En los vestidores de la Arena México, un joven de 22 años, bajito y estrecho de espaldas, se ponía unas mallas blancas decoradas con un par de hostias doradas. Fray Tormenta, cura-luchador célebre por adoptar huérfanos, se acercó a saludarlo.

—Gracias por venir, padrino —le respondió el joven.

Al abrazarlo, Tormenta sintió el cuerpo magro de su ahijado deportivo: «Pensé: el público va a decir “¡dale de tragar a tu chamaco, mira cómo está de chorrillento!”».

Nervioso, ese 18 de junio de 2004 el muchacho iba de un lado a otro. En el vestidor, además de muchos gladiadores, estaba el poderoso dueño del Consejo Mundial de Lucha Libre, Francisco Alonso Lutteroth. La noche lo ameritaba: Vampiro Canadiense, Tarzan Boy, Negro Casas, Shocker, Pierrot y el Hijo del Perro Aguayo estaban a punto de jugarse la cabellera dentro de una jaula, en el evento El Juicio Final.

«Hoy se marcará el debut de Místico, aventajado alumno de Fray Tormenta», se limitó a informar en interiores el diario Esto, el único que le dedicó dos líneas. A punto de salir a escena, Místico se acomodó brazaletes y antebraceras, amarró sus botas plateadas e hizo algunos estiramientos.

Ameno: Dori me / Interimo adapare dori me / Ameno ameno / latire, Latiremo, Dori me… A las 9 PM, las estrofas en latín del grupo Era irrumpieron en la arena. El presentador Armando Gaytán anunció a los 14 mil asistentes el inicio del cartel.

Bañado por una luz amarilla, Místico bajó con su capa plateada hasta el ring, secundado por Fray Tormenta. Apenas se oyeron unos aplausos. El religioso tomó el micrófono para pedirle al público que tratara a su discípulo igual que a él y lo persignó.

En una esquina, Místico, Felino y Volador Jr. En la otra, Averno, Mephisto y Olímpico. La lucha transcurrió seca, a ras de lona, hasta que el debutante sacó a su rival del cuadrilátero con una tijera voladora y volvió a su esquina. Ahí, sofocado, jalaba de la tela que cubría su rostro: cerrada en boca y nariz, la máscara le dificultaba respirar. Al volver, se impulsó en las cuerdas, dio una vuelta de carro y con la espalda hacia las gradas saltó sobre el tercer cordón. Dio un espectacular giro en el aire y cayó sobre Mephisto fuera del ring. Incrustado bajo la primera fila, los aplausos se descolgaron. Minutos más tarde, al inmovilizar a Olímpico con una llave, daba la victoria a su bando. Felino, levantándolo eufórico de la cintura, llevó a Místico hasta la esquina.

«Muestra patas para gallo», soltó el comentarista de Televisa Miguel Linares. «¡Místico está con las musas. Es el surgimiento de la nueva figura de la lucha profesional!», exclamó su colega Alfonso Morales. De pie en la segunda cuerda, el luchador volteó hacia la multitud extasiada, entre la que estaba “La Güera”, hoy madre de sus dos hijas. Unas semanas después, Místico ya era un fenómeno sólo comparable al del Santo.

Presuroso, el CMLL dejó correr una historia de congoja: de niño, decía la leyenda, agobiado por la pobreza, Místico dejó a su familia en el DF para refugiarse por su propio pie en la casa hogar Cachorros de Fray Tormenta, una AC que el cura fundó en 1970 en Emiliano Zapata, Hidalgo. «Esa historia es una novela bien llevada», asegura el cronista Arturo Rivera.

—No tengo a nadie —le habría dicho el niño al cura el día que tocó a su puerta.

Pero a Fray Tormenta —al que entrevisto en la Iglesia de la Santísima Trinidad, en Texcoco— le cuesta recordar a aquel muchacho.

—¿Cuándo llegó Místico a su casa hogar? —pregunto.
—Dios mío, no sé. Hace como diez años o menos, no recuerdo bien.
—¿Cuánto tiempo estuvo con usted?
—Cinco o seis años.

De ser cierto, Místico habría dejado la casa hogar hacia los 20 años. Para entonces, el muchacho —bajo otra identidad— ya era luchador profesional.

—Dicen que nunca estuvo con usted.
—Bueno, eso se comenta. ¿Pero a ellos les consta, o qué, o cómo?
—¿Es cierto que él vivió con usted?
—…
—¿Padre?

«Ustedes viven en Tepito, pero no dejen que Tepito viva en ustedes», era la consigna en la casa de Dr. Karonte, donde el rudo vivía con sus seis hijos, sus dos hijas y su esposa. «Mi papá siempre llegaba con maletas —cuenta Argenis, hermano de Místico y luchador de la empresa rival Triple A—. Veíamos fotos de Dr. Karonte, pero él decía que era nuestro abuelo. Supe que era luchador a los seis años». El matrimonio temía, quizá, que en una de esas ausencias paternas los pequeños fueran arrastrados por la violencia de la calle.

Dr. Karonte admitió que sus hijos entrenaran lucha. Por las mañanas, acudían a la escuela y en la tarde ayudaban en los puestos de ropa de su padre. Al llegar la noche, los hermanos caminaban hasta el Deportivo Morelos, donde su papá daba clases. Uno de esos muchachos, el nacido el 22 de diciembre de 1981, se entrenaba como un obrero: no bromeaba, cumplía sus rutinas y se dirigía poco a los demás. Pronto decidió ser luchador: con 16 años debutó en los combates del Deportivo Kid Azteca. Los vecinos de las calles Tenochtitlan o Peñón aún lo recuerdan. «Casi no hablaba con nadie: se le dificultaban las relaciones personales», cuenta una vecina.

Con dos hermanos creó la tercia integrada por Dr. Karonte I, Dr. Karonte Hijo y él como Dr. Karonte Jr. Lucharon en arenas del norte metropolitano, como la Aragón, sin sembrar emociones duraderas.

Por eso el muchacho cambió de identidad. Se hizo llamar “Astroboy” y a su equipo lo recargó de violeta y rosa, algo raro en la lucha. Quería emular al niño robot de la serie japonesa de los 60, que entonces experimentaba un nuevo aire en la TV mexicana. Aunque protagonizó luchas de domingo en Naucalpan o Neza, no obtuvo títulos, máscaras o cabelleras. Su seriedad, sin embargo, le otorgó el respeto del público y sus primeros rivales acérrimos: Los Rayos Tapatíos.

La aceptación de Astroboy amplió sus fronteras. Viajó a Japón una decena de veces para luchar con una nueva identidad: “Komachi”, de sugerente significado en japonés: “Belleza de la ciudad”. Pero de regreso a México su presencia se diluyó.

Francisco Alonso Lutteroth, jerarca del CMLL, recomendó al joven que había encarnado a Astroboy con Tony Salazar, maestro de la empresa. El joven de negra melena llegaba a entrenar a la Arena México en su Ford Topaz blanco. Aspiraba a un lugar en la arena Neza o Coacalco. Luego buscaría mejor suerte. «No luchaba tan bien, pero no le tenía miedo al aire —admite Salazar—. Caía de cabeza, se sacaba el aire y llegó a perder el sentido, pero se levantaba y volvía a intentarlo».

La oficina de Programación del CMLL guarda una vitrina con las máscaras originales de Santo y Blue Demon. Bajo esas leyendas, José Feliciano trazaba a fines de 2003 el boceto de una nueva máscara. «Tratábamos de sacar un personaje que diera competencia al entonces ídolo Hijo del Santo y surgió el nombre de “Místico”. Ignorábamos quién lo usaría, pero para registrarlo había que tener una máscara y [Lutteroth] me la encargó».

Ese día, a la mente de Feliciano vino la imagen de una hostia, el pan ázimo símbolo de la carne de Cristo. La dibujó en dorado. Y para reforzar la mirada, desechó el hueco de la boca y la nariz.

El mascarero Ángel Azteca elaboró la primera capucha de Místico, con la hostia y un resplandor. Dos meses colgó en un muro de la oficina en espera de un valiente. Al final, el CMLL llamó a aquel muchacho sagaz para los vuelos. «Lo hacían diferente su plancha con tornillo y el brinco para quedar parado sobre la tercera cuerda —dice Feliciano—. Pero, sobre todo, tenía carisma».

El flamante Místico no mostró alegría. «Lo que quieren es trabajo y se ponen el equipo con tal de trabajar», justifica Feliciano. La máscara era un problema en sí misma: cerrada de boca y nariz, dificultaba jalar aire cuando lo que más se requiere en una lucha es oxígeno. Además, impide escupir.

Arturo Bucio, encargado de uniformar a la estrella, le elabora hoy unas ocho máscaras por semana: cada una demanda 18 piezas para los oídos y 18 para el resplandor, más los ojos y la hostia. Es decir, sobre la lycra nylon hay 38 fragmentos. El costo de un uniforme, con máscara, botas, mallas, capa y accesorios, supera los 400 dólares. La imagen de Místico se completa con lo que podría ser un plagio: adoptó los tradicionales pupilentes del luchador Rey Misterio.

—¿Cuánto debe Místico a su imagen?
—El uniforme es un 50% del éxito —afirma Feliciano.

Místico me pidió entrevistarlo en Querétaro, donde actuaría con su pareja Héctor Garza, 12 años mayor que él. Decenas de fans se agolpaban fuera de vestidores pese a la molestia de los guardias. De pronto, un chavo de máscara roja entró como si nada: era Místico, camuflajeado.

Atestada, la Arena Querétaro era un hervidero. Caminando entre las butacas, un joven teñido de rubio vendía boletos para tomarse una foto con Místico o llevarse un autógrafo. «¡Llévatela de recuerdo!», vociferaba. Los precios iban de 120 a 300 pesos.

Las luces se apagaron: la gente gritaba y chiflaba. Místico subió al ring y, cual stripper, se sacó el pantalón. Las mujeres enloquecieron: ¡Mís-ti-co, Mís-ti-co!, soltaban a todo pulmón, mientras los hombres le lanzaban, para mi sorpresa, un: ¡Pu-to, Pu-to!

Místico ganó, pero la gente respondió lo mismo con ovaciones que con abucheos. Unos querían tocarlo, otros le arrojaban limones desde lo alto.

Cincuenta personas apretujadas esperaban la salida del ídolo para tomarse la foto prometida. Mientras un canal de televisión local le hacía grabar una cápsula, Brazo de Platino, su asistente, me advirtió: «Pocas preguntas, ¿eh? Lo están esperando», me dijo, en referencia a la clientela de las fotos.

—¿Cómo vives detrás de la máscara?
—Es muy difícil mi vida: quiero descansar, dormir, ir al gimnasio y comer bien; si no, un día de estos me van a ver tirado.
—¿Qué haces fuera del ring?
—Voy al cine, convivo, veo mis videos, me subo al metro. La vida con una doble personalidad es difícil: me quito la máscara y no soy nadie. La fama es la máscara. Yo, como persona, soy igual que ustedes.
—¿Te afecta no traerla?
—No, descanso de la responsabilidad. La dejo y digo «vaya, por fin».
—Ya tienes el título de parejas… —interrumpe un reportero. Místico lo oye y cambia de registro: vuelve a ser el personaje.
—En la lucha de hoy los “perros” se vieron rabiosos, nos quieren comer a como dé lugar. Pero ya tengo los campeonatos Mundial Medio, Welter, Semicompleto, Intercontinental y Mundial de Parejas.
—¿Qué te falta? —pregunta otro reportero.
—La cabellera del Hijo del Perro.
—Místico, se dice que hay varios Místicos.
—Sí, el que come, el que duerme y el que desayuna —dice con una carcajada que todos celebran—. Es la envidia de la otra empresa [Triple A] porque lleno donde me paro. Pero es difícil que me clonen: soy delgadito, chaparrito. No se vale que el mandamás de la otra empresa les diga a sus luchadores que hablen mal de mí: al final es el mismo negocio.

Brazo de Platino me pide con la mano que corte.

—¿Eres el América de la lucha? —alcanzo a preguntar.
—Exacto: quien no me odia me quiere, pero siempre están aquí.

Le pido un instante para la foto: «Rápido, me van a regañar, me están esperando afuera». En cuanto suena el obturador, sale corriendo. Afuera, la gente aguarda que la estrella cumpla por lo que le pagaron.

Con su 1. 74 de altura y 70 y pico de kilos, su porte no prometía taquilla. Pero luchando junto al Hijo del Santo recibió un golpe inicial de fama. Otro paso lo dio en su primer lucha de campeonato ante Averno, en 2005.

En la tercera caída saltó, atenazó con las piernas el cuello del rival y dio dos giros aéreos para rendirlo con palanca al brazo: había nacido “la mística”, su emblema. «Había practicado esa llave año y medio», dice su maestro Salazar.

Al acabar la lucha, el público VIP de la primera fila lanzó billetes, una vieja costumbre para corresponder a un gran desempeño. Eran de 200 y 500 pesos, algo excesivo. Místico ya agradecía con un gesto que se ha convertido en su icono: juntar las manos, como si rezara, e inclinar la cabeza.

Para su 73 aniversario, el CMLL organizó un pago por evento para un máscara contra máscara entre Místico y Black Warrior. Ganó con “la mística” y descubrió el rostro de su rival. Los aficionados le dieron una vuelta en hombros por el ring, como ocurría con el Santo. Canales de TV, revistas y diarios que nunca se ocupaban de la lucha lo hicieron porque se trataba de Místico. En meses, aquel chavo de Tepito era un fenómeno que atraía dinero, flashes, mujeres: «La sensación es inigualable —dice la fantástica morena Isela Palacios, edecán que ha salido de la mano del luchador—. Toda la gente le grita. Logra una vibra muy cabrona».

En un mes, Místico ha llegado a luchar 40 veces, por cada una de las cuales los promotores de las arenas pagan cerca de 50 mil pesos. La paradoja es que su éxito en el ring lo ha ido alejando de éste.

Guillermo Gutiérrez, creativo de Sony BMG, disquera de La Quinta Estación, lo apalabró para el video Me muero, del álbum El mundo se equivoca. «Ése fue su detonante mediático —dice Gutiérrez—, pero ya está sobreexpuesto: si no cuida su marketing será un negocio a corto plazo».

Editorial Toukan lanzó el comic Místico, el príncipe de plata y oro. «Queríamos un héroe de Chilangolandia envuelto en aventuras reales», dice Verónica Vázquez, coordinadora editorial.

Luego de enfrentar en la historieta a seres terribles, como La Mataviejitas, la vorágine creció: Coca-Cola usó su imagen en la Gladiator Energy Drink, Helados Nestlé lanzó la paleta Místico, de naranja por el dorado de la máscara y limón por el plateado. Y aunque dicen en su barrio que es tieso para bailar, en el CD Las favoritas del Místico la disquera Sony compiló sus 17 temas preferidos (Elvis Crespo, Los Flamers, Magneto, Bronco…)

La intriga sobre su identidad crecía. Una noche, en los Bisquets Obregón, el luchador clavó sus ojos en el programa La Oreja: la emisión de Origel pasaba un video donde, sin máscara, Místico hablaba con varios compañeros en el vestidor de la Arena Isabel de Cuernavaca. «Se preocupó. Me dijo: “tengo que hablar con Lutteroth para ver qué pasó”», recuerda el narrador Leonardo Riaño, su acompañante esa noche. El responsable fue Danger, gladiador que de inmediato fue cesado. Hasta hoy, 110,000 personas han visto el video en Youtube.

Su fama era tal que Televisa le dio un papel en la novela Muchachitas como tú. Reducido su trajín deportivo, llegaba a los foros en su Mitsubishi en tenis Nike, con gruesas cadenas de oro con medallas de la Guadalupana y la Santa Muerte. «Debe entender que es luchador», reclama Alfonso Morales. «Se creyó que ya era galán», añade Arturo Rivera.

Místico es un redituable producto para él mismo, pero más para el CMLL, dueño del personaje. Fuentes que pidieron no ser identificadas señalan que la empresa se lleva cerca del 70% de lo obtenido por su imagen, mientras que el deportista el 30% restante.

En un departamento de la Roma, Místico vive con su mujer y sus dos hijas; cada viernes lo acompañan a la Arena México. Fuera del ring, el luchador defiende con celo su apariencia: cuida su corte de pelo, se tiñe de rubio y depila sus cejas. Por las noches, cena en los Bisquets Obregón.

El CMLL asume que es momento de explotar intensivamente al personaje. Al ser parte del equipo de Televisa en los Juegos Olímpicos, fue apartado de la primera gira del CMLL en Europa.

Hoy, el tepiteño padece algo que meses atrás sonaba a desvarío: la gente en las arenas empieza a repudiarlo. Una razón podría ser el hastío ante un personaje que empieza a saturar. Otra, el resentimiento: suele llegar a los eventos con un chofer del CMLL y su cuerpo de seguridad lo protege con fiereza de los fanáticos. Si le piden una foto, debe haber un pago. «El año pasado la gente se le empezó a voltear», dice el cronista Leonardo Riaño. «Necesita alguien que lo guíe», sostiene Leobardo Magadán. «El personaje lo absorbió tanto que ni sus compañeros pueden verlo», expresa Arturo Rivera.

Fray Tormenta me muestra a sus “cachorros” sobre un ring a espaldas de su iglesia. «Hacen “la mística” mejor que Místico. Cuando me dicen que quieren ser como él les digo que no sirven: o son mejores o nada».

—Dile al Gato que venga —pide Tormenta. De un cuarto sale un chavo con máscara y melena con rayitos. De cerca, noto sus pupilentes blancos.
—Muéstrales “la mística” —propone el cura. El Gato sube al ring, agarra a un gordito, se impulsa y ejecuta la llave. «¿Ves?», me dice orgulloso.

Antes de despedirse, el cura que bendijo a Místico en su debut le reclama incumplir lo que al parecer fue un pacto: «Desde que subió a la Arena México jamás dio un litro de leche a los muchachos de aquí. Sin humildad, ¿cómo va a durarle la fama? Dios lo bendiga».

Cada vez con más frecuencia, a Místico le mientan la madre. Si eso no cambia, se verá obligado a volverse rudo.

Y esa podría ser su sentencia de muerte.

Harry, el policía matapandilleros, me guía esta tarde hacia el borde de una quebrada estrecha, a las orillas de una colonia a la que le han arrancado las últimas casas. Aquí solo hay paredes desnudas; unos marcos sin ventanas; unos arcos sin puerta; unas vigas sin techo. Entre el abismo y las casas abandonadas hay un pasillo de maleza y ripio. Hace algunos minutos, mientras bajábamos una calle empinada adornada en las aceras con vendedores de frutas y verduras, una niña que vendía ropa usada, un viejo que vendía pan dulce, un pastor evangélico armaba alboroto con un micrófono en una mano y una Biblia en la otra. “¡Cuando el hombre ya está fracasado, todo macheteado –gritaba el pastor-, cuando está con las tripas de afuera, ahí es cuando el hombre se viene a acordar de Dios!”. Harry, el policía matapandilleros, cree que lo que grita el pastor es algo cierto: “¡Hey! Cuando esos ‘josdeputa’ la sienten cerquita lloran, se retuercen, intentan quitarse las esposas, se acuerdan de mamita y luego le ruegan a uno y después a Dios”. 

Harry me ha traído hasta el hoyo, en los confines de esta colonia, porque aquí hacen meeting los pandilleros. No tiene caso decir cuál pandilla domina en este sector porque para efectos prácticos, sean de letras o de números, a mi guía le da lo mismo. Lo que sí es importante recalcar es esto: esta es una de las colonias más grandes de El Salvador dominadas por pandillas. Alguna vez, un ministro de Seguridad dijo que aquí descuartizaban seres humanos. No hace mucho acribillaron en el corazón de la comunidad a un homeboy acusado de soplón; y a un técnico de una compañía eléctrica lo lincharon por intentar cortar la electricidad en la casa de un pandillero. Una mañana, a la delegación policial una señora llegó a despedirse, advirtiéndoles que no compraran “¡pero ni chicles!” en las tiendas más cercanas al hoyo, porque se rumoraba que los pandilleros habían orquestado un plan para asesinarlos con veneno.

Es un “territorio liberado”, conquistado por ellos, dominado por ellos. Quienes no estaban de acuerdo, han huido. Otros han sido asesinados; otras han sido violadas. Otros más han desaparecido. Aquí Harry -lo sabe bien- es un intruso. Los dueños del territorio son sus enemigos, los “tinteados”, que son muchos. Según sus cálculos más precisos son 20 contra uno. Que sean tantos a él le enchina los pelos y lo anima a pensar en las posibilidades: cuando pueda, intentará exterminarlos a todos. Como lo ha hecho en otras zonas, según cuenta. Es cuestión de dividirlos, de agarrarlos desprevenidos. Él se justifica de dos formas: lo suyo es “un acto estúpido” y también “un mal necesario”. Él se ve a sí mismo como un hombre destinado a exterminar a los pandilleros porque sus cábalas le dicen que ya no existe ninguna otra fórmula que la muerte para detener la violencia de las pandillas.

Harry me ha traído hasta aquí porque quiere que sienta lo que él siente cuando se enfrenta a un pandillero. Me conduce, pues, a una cacería.

—¡Hey! ¡Ya va a ver cómo se le enchinan los pelos! ¡Es pura adrenalina!

***

Harry, el policía matapandilleros, es un investigador de la Policía Nacional Civil de El Salvador (PNC). La PNC fue creada producto de los acuerdos de paz de 1992 para acabar con décadas de seguridad pública bajo dominio militar, y de paso con las violaciones a los derechos humanos de las dictaduras militares salvadoreñas. Con 20 años de vida, en la última década ha sido la institución más denunciada ante la Procuraduría de Derechos Humanos, aunque entre 2011 y 2013 las denuncias fueron a la baja. De 1,710 a 1,571 y luego a 1,207. Cinco salvadoreños denunciando vejaciones, cada día, hace tres años; cuatro, hace dos; tres, hace uno.

Harry sugiere que hay un subregistro. Dice que en 2013 desapareció a cuatro jóvenes. Primero los capturó y por último los aventó en un sector de la pandilla rival. En la guerra entre pandillas, un pandillero que cae en territorio contrario es muy probable que no sobreviva.

—Quizá no salieron con vida, ¿verdad? ¡Hey! Si hubieran salido con vida ya me hubieran denunciado, ¿verdad? Pero no me ha salido nada…

***

Atado a un poste de luz hay un cabrito que bala cuando descubre las botas negras de Harry, que manda hacer un alto, se hinca y acaricia al cabrito. Luego se lleva la mano derecha hacia la cintura, destraba el botón de la funda y luego saca su pistola. Una nueve milímetros. La chasquea y la regresa a su sitio. El cabrito sigue balando. “¡Beee, beee!” A unos metros, un perro grande, negro y viejo, está echado bajo la sombra de un árbol. Un par de gallinas, una blanca y otra negra, picotean la tierra húmeda a su alrededor. El perro grande, negro y viejo levanta la cabeza, bosteza y nos mira con desgano. Alguna vez habrá sido un feroz guardián, pero hoy, por suerte, es un rotweiler venido a menos. Al pie de los vestigios de la última casa, elevada a unos cuantos metros sobre un montículo, se asoma alguien. Es un niño armado. Tendrá unos siete años y lleva dos pistolas en la cintura. Una a cada lado. Se para desafiante, la espalda reclinada hacia atrás, el mentón levantado, la cara congelada, los ojos bravos.

—¿Son tuyas esas gallinas? –pregunta Harry. El niño asiente en silencio.

Cuando le damos la espalda, el niño saca una de sus armas y nos apunta con una pistolita color verde y aprieta un gatillo color naranja.

—¡Pen! ¡Pen! ¡Pen!
—¿Qué fin tendrá este niño? –pregunto a Harry, que recién ha entrado a una de las casas abandonadas. Un eco responde desde el fondo:
—Este niño: ¿por qué anda así, con dos pistolitas? ¿Por qué se para así? ¿Por qué nos dispara? ¡Hey! Él lo ha visto. Él ha visto violencia. Aprende de ella. Este niño no tiene futuro porque más adelante se va a topar con alguien como yo.

***

El Salvador enfrenta la violencia con ensayos de prueba y error. En 2003 apareció el primer plan Mano Dura: la PNC rompió puertas, magulló cuerpos y capturó a miles de pandilleros, pero no acabó con las pandillas. Un gobierno después, el plan Súper Mano Dura lo repitió todo, sobresaturó aun más las cárceles pero lejos de erradicarlas, radicalizó a las pandillas. En 2009, el primer gobierno de izquierdas coqueteó con prevención y rehabilitación pero terminó sacando a casi todo el ejército a las calles, las 24 horas, los siete días de la semana, para intentar reducir la violencia. Los militares también se tomaron las cárceles y fueron denunciados porque a las abuelas, madres, esposas, novias, y amantes de pandilleros les metían el dedo en el ano y la vagina para buscarles objetos ilícitos. Ellos respondieron: en el último trimestre de 2010 y el primero de 2011 cayeron 11 militares y 8 policías. El ministro de Defensa de la época, David Munguía Payés, declaró guerra a las pandillas y para 2011 El Salvador cerró con cifras de 11.9 homicidios diarios. La Asamblea Legislativa declaró que ser pandillero era un delito con una nueva ley de proscripción de pandillas, que continúa vigente. Las pandillas, sin embargo, parece que hoy tienen más poder que hace 11 años.

***

Harry, el policía matapandilleros, enciende un cigarro en los vestigios de un parque. Nos hemos alejado del hoyo porque ahí no había ningún pandillero. Ahora estamos rodeados de más casas abandonadas, y cada vez más cerca se escuchan las risas de unos niños. Los niños corren descalzos, pero se detienen cerca de Harry para dramatizar una escena. Solo uno de ellos lleva camisa, y se distingue del resto porque es un niño con síndrome down.

—¡Agárrenlo, agárrenlo, que ese marero va armado! –grita uno de ellos, el más pequeño, mientras el niño con síndrome down se aleja, sigiloso, hacia el centro del parque.
—Dígame, señor, ¿quién es el marero? –pregunta otro, el más alto, impostando una voz ronca. Este niño lleva una pistola de juguete de color rojo.
—¡Allá va! ¡Allá va! –grita el niño más pequeño, señalando al niño con síndrome down, que de inmediato corre en círculos, gritando: “¡La Policía! ¡La Policía!”

En segundos, el niño grande y el niño pequeño han sometido al niño con síndrome down, que se lleva los brazos a la cabeza y abre las piernas. El niño grande se las abre todavía más, y por momentos pareciera que va a desgoznarlo. El niño pequeño le levanta la camisa al niño con síndrome down. “Vamos a ver adónde tiene los tatuajes”, le dice a su compañero. Luego hacen como que lo esposan y lo encaminan hacia una mesa de concreto, con las manos sujetas a la espalda. Se acercan a la mesa de concreto y el niño down deja caer su pecho y su cara contra el cemento gris. Luego grita:

—¡Aaay! ¡No me pegue, policía! ¡Aaay, aaay!

Todos los niños ríen y la dramatización termina. Las coincidencias son extrañas. Hace unos minutos Harry utilizó a un niño para explicar a sus enemigos y ahora son otros niños los que lo explican a él. “Se están burlando de usted”, le digo. Harry no me responde. Tira la colilla de su cigarro y luego me pide que continuemos con el recorrido.

***

Harry lleva 16 años en la PNC. Su manera de actuar, de conducirse, de desconfiar de todos, dice que lo aprendió “de los antiguos, las generaciones dosmiles, tresmiles”. Se refiere a los primeros agentes graduados en la corporación, provenientes de las filas del ejército o de la guerrilla, y en cuyas placas su número de identificación inicia con esas cifras: “dosmiles, tresmiles”, repite.

A Harry le entrenaron los antiguos y, para entender sus mañas, es importante tener en cuenta dos ideas que son principios en su cabeza: con la PNC nadie se mete; y la segunda: al enemigo se le extermina para que ya no siga jodiendo. Él lo explica mejor con el siguiente episodio: en diciembre de 2002, en el Centro Penal La Esperanza, conocido como Mariona, la cárcel más grande del país, se amotinaron unos reos. Protestaban contra una requisa y unos traslados sorpresivos organizados por la PNC. En el motín, dos agentes fueron asesinados. Al agente Pedro Canizález lo golpearon en la nuca con un fierro, mientras este suplicaba que los soltaran. Al agente German Rodríguez lo vapulearon y luego le sacaron la sangre abriéndole hoyos en el torso con un picahielo. Cuando ya estaban muertos, cuatro reclusos arrastraron sus cuerpos hacia los baños y luego lavaron la sangre regada en el sector intentando borrar las evidencias. Afuera de la cárcel había varias decenas de agentes antimotines sedientos de sangre, pero no entraban porque la entonces procuradora de Derechos Humanos, Beatrice de Carrillo, se los impedía. En teoría, Carrillo quería evitar una masacre. Más tarde, cuando se supo de la muerte de los agentes, fue acusada de obstaculizar su rescate y eso casi le significó la muerte política.

12 años después Harry cuenta una versión que abona a la causa que alguna vez emprendió Carrillo. Él estuvo en esa escena, o en el final de ese linchamiento, que acabó en la rendición de los reclusos, y más tarde en un juicio con culpables por la muerte de los agentes. Fue enviado junto a otros a limpiar los escombros después de la batalla. En el patio del sector amotinado había una pirámide de escombros tan alta como un poste de luz eléctrica. Sobresalían fierros, armas artesanales, estacas de madera ensangrentadas… Él, que estuvo ahí, al finalizar esa jornada, cree que los otros policías atrapados adentro de la cárcel –cuando inició el motín- dejaron morir a sus compañeros. Eso concluyeron los antimotines que ya no pudieron entrar. Eso concluyó también él.

—Pero si el problema fue que los antimotines ya no pudieron entrar –le digo.
—Pero adentro había más policías, junto a los custodios… Y adentro no estaban las cámaras de televisión, que estaban afuera cubriendo el relajo de la procuradora. Los de adentro, apoyados por los custodios, pudieron haber rescatado a sus compañeros haciendo una sola matazón. ¡No lo hicieron por culeros!
—¿Usted qué hubiera hecho?
—Si yo hubiera estado en ese primer pelotón, aunque sea a unos mis seis me hubiera bajado antes de que me agarraran.
—Pero lo habrían matado.
—¡Pero yo me hubiera llevado a seis!

***

Harry está tenso. Sospecho que le molesta la ausencia de pandilleros en nuestro recorrido. Harry está tenso, pero eso no lo desconcentra. Se detiene en cada cruce entre pasajes, asoma medio cuerpo por la comisura de las paredes y vigila el movimiento a través de las esquinas de las casas. Se mueve en este barrio, en el que ahorita no pasa nada, como si fuera miembro del equipo SWAT.

* * *

La primera vez que nos cruzamos, Harry también estaba tenso. Fumaba un cigarro tras otro y me miraba, como hipnotizado, recostado en un carro patrulla. No decía nada, solo fumaba y exhalaba el humo y me miraba mientras sus compañeros hacían guardia en un terreno polvoriento, al borde de un precipicio. Estábamos rodeados por una pequeña comunidad compuesta por unas 80 casas diminutas, ubicadas a la orilla de una quebrada profunda y sinuosa. Al otro lado de la quebrada, otra comunidad se prendía como garrapata a una cumbre, adornada en las faldas por una triste milpa. Al cabo de unos minutos, un agente emergió desde el fondo de la quebrada.

—Sin novedad allá abajo –le dijo a Harry, que le contestó:
—¡Hey! Pensé que te había llevado la correntada.

Harry se asomó a la pendiente y aventó una colilla hacia la nada.

—¡Es que esos ‘josdeputa’ han de estar bien escondidos! –dijo Harry.

Aquella mañana, Harry y los suyos no iban por ninguna captura ni por una investigación en proceso y muchos menos le hacían el tour a un periodista. Estaban haciendo un servicio. Una madre fue hasta la delegación a pedirles protección para velar en paz a su hija recién fallecida. Aquella comunidad también era –y es- territorio de una pandilla. Aquella madre era muy pobre y no tenía para una funeraria. “¡Ni a verga hacés ese show aquí! ¡Ay de usted si nos viene a meter a la jura!”, le habían dicho los pandilleros, pero aquella madre se la jugó. Quizá porque ya tenía resuelto abandonar la comunidad o porque el velorio lo miraba ella como una especie de venganza, un grito de desahogo contra quienes le asesinaron a la hija de 18 años. Así que llamó a la delegación de la PNC y pidió seguridad para velarla en casa. “Como ella hubiera querido”, me dijo la señora cuando la entrevisté. Harry y su equipo le ayudaron. Harry dice que su misión en la vida es ayudar, “como pueda”, a los más jodidos. Aun y cuando él crea que los más jodidos también tienen culpa de sus desgracias, como la chica a la que estaban velando, que se supone la mataron porque se hizo novia de un pandillero rival.

Harry se me acercó, ofreciéndome lo que en ese momento pareció una mala broma: “¡Hey! Si alguna vez tiene un problema con un ‘jodeputa’ habemos quienes podemos ayudarle. En tiempo libre le hacemos de seguridad privada también. Nosotros ponemos el arma”, dijo, entre risas.

Luego intentó salir de su duda.

—¡Hey! ¿Y para qué se viene a meter a este hoyo a cubrir esto? ¿Tiene importancia la muerte de una cipota como esta? ¡Hey! ¡Si por maje la mataron! Estas bichas no entienden que no hay que meterse con estos ‘josdeputa’.

***

Dice Harry, el policía matapandilleros, que cuando ya nada funciona, hay que buscar otras maneras para solucionar el problema de las pandillas. Remedios más efectivos. “Males necesarios”. Algo parecido hizo el gobierno en marzo de 2012, cuando negoció con las pandillas la reducción de los homicidios a cambio de beneficios carcelarios para sus líderes. Más adelante a ese proceso se le llamó “la tregua” entre las dos facciones de la pandilla Barrio 18 y la Mara Salvatrucha 13. El general que había prometido guerra a las pandillas luego pactó con ellas la reducción de los asesinatos.

Los pandilleros redujeron los homicidios porque dejaron de matarse entre ellos, y en teoría ocurrió un armisticio entre la fuerza pública y las pandillas. Al menos así lo sugieren ellos, los pandilleros, que ahora acusan a los agentes de la PNC de regresar a sus viejas prácticas. “Los males necesarios” de los que se jacta Harry. Males que evolucionan con el tiempo, las ansias, la desesperación. Males salvadoreños: cuando el otro es visto como una cucaracha que ensucia la casa, la solución es aplastar a la cucaracha. Pero un policía no se levanta un día, sale a la calle, y mata pandilleros porque se le ocurrió de repente. Como en este relato, un policía primero se cansa de las quejas de las víctimas, luego demuestra fuerza en los cateos, luego en las capturas, luego vendrán las desapariciones -“facilitarle la tarea a la pandilla rival”- y, por último, vendrán las ejecuciones.

***

A Harry la tregua lo enfada.

—¡Hey! El primer año uno no podía tocar a esos ‘josdeputa’ porque los jefes como que los protegían, por órdenes de arriba.

Harry recién ha cateado a un joven que se nos cruzó a toda prisa. Se resignó el joven cuando Harry hurgó en los tobillos, en los muslos, en la entrepierna. Debajo de la camisa no tenía tatuajes, dijo que era electricista. Harry le permitió seguir su camino. “¡Recogé tus babosadas  y andá!”

—Explíquese –le digo.
—Así como en un cateo: en el primer año de la tregua bien envalentonados esos ‘josdeputa’, queriendo sacar pecho frente a uno, la autoridad, resistiéndose a los registros. Eso nunca se había visto.
—¿Y ahora?
—Ahora esos ‘josdeputa’ se la están viendo negras, amigo.

***

El poder de las pandillas devora a las comunidades. Se calculan en 60 mil sus miembros, y aunque no todos tendrán pistola, y casi todos serán jóvenes, o incluso niños, su recurso humano casi triplica a los 23 mil agentes que tiene la PNC. Solo el poder de las pandillas, evidenciado en la tregua, logró que para inicios de 2013 el promedio de homicidios se mantuviera en los cinco diarios. Pero en mayo de 2013 la tregua comenzó a tambalear. El general Munguía Payés fue destituido porque la Corte Suprema decretó que un militar no puede dirigir una institución de seguridad pública, destinada a control de civiles. Las nuevas autoridades bloquearon la tregua y el gobierno y los políticos se inventaron un nuevo remedio: reformar el Código Penal haciendo más blandas las auditorías a los operativos policiales. Alguien como Harry, con muchas ganas de hacer justicia con sus propias manos, puede interpretar esas reformas a su favor. Los pandilleros se quejaron de que los policías regresaron a las viejas prácticas de disparar primero y preguntar después. Así que reaccionaron. Los policías han vuelto a morir asesinados, los homicidios subieron de cinco a casi 10 por día y hay síntomas de lo que parece una guerra. A mediados de 2014 se registraron una docena de ataques contra carros patrullas y sedes policiales en todo el país. Ocho agentes asesinados. Las pandillas denuncian que más de 30 homeboys han sido asesinados a manos de policías.

***

Una noche de finales de abril, tres líderes pandilleros convocaron a algunos medios de comunicación, entre estos El Faro, a una reunión clandestina en una casona del centro de la capital, San Salvador. Uno de ellos, el más viejo, el que más hablaba, parecía un obrero, un albañil, un tipo sin pinta de pandillero. Otro parecía un universitario, y el tercero era el único flojo, tumbado. Aquella noche, uno de ellos escondía los ojos detrás de unos lentes negros. El primero dijo ser representante de los sureños del Barrio 18. El segundo de los revolucionarios del Barrio 18. El tercero era un MS. En el cuarto, la televisión tronaba. El Noticiero de las 8 de la noche ocupaba el tiempo hablando de una balacera entre policías y pandilleros. Apagamos el televisor.

Habló el sureño, cigarro en la boca:

—Desde que se modifica la ley comienza de nuevo la represión. Hasta ahora van 29, 30, 31 pandilleros asesinados a manos de policías. Eso no se miraba en tiempo de tregua.

Los otros dos asintieron. Luego habló el emeese, brazos cruzados, lentes oscuros:

—Ahora tenemos un gran problema con las autoridades. En las calles, en las canchas de nosotros. Le tienen miedo a la Policía porque agrede al muchacho que llega y que sale de su casa porque lo toman como parte de la mara.

Los otros dos asintieron. Luego habló el revolucionario, que leyó el último comunicado de las pandillas dirigido a la sociedad salvadoreña. El último punto de ese comunicado es un mensaje para la PNC.

—La Policía siempre ha hecho vulnerable este proceso, desde un principio. Aunque nosotros siempre hemos tenido a la gente amarrada de la mano –dijo el revolucionario–. Te matan tres cipotes en cierta colonia, ¿qué les vas a decir vos? ¿¡N’ombre, vayan a resguardarse todos!? Eso va creando resentimiento no solo en nuestra gente, sino en la población civil. Violencia trae más violencia, y se está creando una situación complicada donde ya se compite por quién dispara primero.

***

Estamos por terminar el recorrido cuando frente a Harry aparece la figura esbelta de su enemigo. Es El Pandillero, 21 años. Está parado al final de dos escalinatas. Harry está abajo, a unos cinco metros, con la mano derecha cercana a la funda de la pistola. El Pandillero pudo haber corrido, pero la sorpresa lo ha dejado congelado. Harry pudo haber desenfundado, pero la sorpresa también lo ha dejado pasmado.

—¡Bajá! –le ordena Harry.

El Pandillero no puede ser más pandillero. Tatuajes en el cuello, detrás de una oreja, la barriga, la espalda. Viste un centro blanco, cubierto por una camisa gris de la Mayor League Baseball de Estados Unidos. Short jeans flojo, tumbado, zapatillas Nike Cortez.

—¡Metete ahí! –le ordena, y El Pandillero avanza 10 metros y se introduce en otra casa abandonada.

El Pandillero repite un libreto que ya conoce: abre las piernas, pero en lugar de cruzar las manos detrás del cuello las levanta alto, las palmas contra la pared. Harry lo catea, y cuando termina no lo suelta. Se queda detrás, topando su abdomen contra la espalda de El Pandillero, haciéndole preguntas a su nuca. Mientras le habla, Harry se asegura de que yo lo vea. Su brazo derecho ha rodeado el estómago de El Pandillero, como abrazándolo, y a cada pregunta que da, y a cada respuesta que recibe, El Pandillero siente encima de su pulmón izquierdo golpecitos de la palma derecha de Harry. “¿Así que acabás de salir del tabo? ¿Por qué te llevaron? ¿Un criteriado? ¿Y ya te lo echaste? ¿Seguro que nel?”. Cinco golpecitos en el pulmón izquierdo.

—Una última pregunta.
—¿Qué pasó, micharlie?
—¿Y ustedes por qué se corren cuando ven a la Policía?
—No, yo no me les corro. Si solo hoy en la mañana ahí me agarraron otros de sus compañeros.

Harry deja ir a El Pandillero. “Agarrá tus mierdas y andate con cuidado, oyiste. No quiero oír que andás haciendo desvergues porque ya sabés…”, le dice Harry. El Pandillero recoge su cartera, su celular, “nombre, micharlie, si yo alsuave ahí”, y luego baja unas gradas, y luego otras, y Harry no le despega la vista sino hasta que El Pandillero se acerca al grupo de niños que hace un rato cateaban a un pandillero de mentiras. La cacería ha terminado. Harry se da la vuelta, y confiado en que ha logrado su cometido -ponerme cara a cara con un pandillero, humillarlo, hacerme sentir lo que él siente cuando aplasta con su poder-, me suelta una pregunta, como para confirmar que yo también comparto la adrenalina del encuentro:

—¿Se siente rico, veá?

Pero se siente miedo. Miedo a que El Pandillero pierda por completo el miedo, que ya comenzaba a escurrírsele por la mirada brava, encabronada porque Harry, empoderado, lo sometió en su propia casa y frente a un extraño. Se siente miedo. Miedo a la empatía por el pandillero humillado y miedo a la empatía por Harry. Se siente miedo. Miedo a pensar que quizá nunca encontremos otra fórmula más que escuchar al Harry matapandilleros que llevamos dentro para erradicar a las pandillas.

***

La reforma legal aprobada por la Asamblea Legislativa en resumen hace blandos los controles de vigilancia para la PNC. En las delegaciones del país, la Inspectoría General, la oficina que se supone investiga las faltas de los agentes, desplegó un comunicado que resume el espíritu de la reforma. “En cumplimiento al ordenamiento legal vigente esta Inspectoría no iniciará procedimientos disciplinarios sancionatorios en contra de los miembros de la Corporación Policial que en operativos y en cumplimiento de su deber, plenamente justificado y probado, cometa cualquier tipo de faltas sancionadas en la Ley Disciplinaria Policial”, escribió el Inspector, Ricardo Martínez, el 28 de abril de 2014.

Martínez es un notario que presumió ser experto en derecho procesal penal en los albores de su proclamación como investigador de policías. Alguna vez también fue representante legal de la Asociación de Empresarios de Autobuses Salvadoreños (AEAS). Los empleados de los empresarios transportistas –buseros, microbuseros, cobradores de ruta- en 2011 lideraron el oficio más peligroso de El Salvador, con más de 110 empleados asesinados por no pagar extorsiones.

—Inspector, ¿le han dado licencia para matar a los policías?
—No. Tal como lo resaltamos en negrito, les estamos diciendo que si existe causa de justificación, no vamos a levantar expediente administrativo. No estamos dando licencia para matar, porque aquel que cometa actos arbitrarios, aquel que maltrate, ya sea a un pandillero u otro tipo de ciudadanos, se le va a hacer el proceso penal y administrativo. Se les va a juzgar normalmente como se les debería juzgar a los pandilleros.
—Las pandillas denuncian torturas, asesinatos, desapariciones…
—Yo no creería a los pandilleros porque a una persona que mata despiadadamente… que ellos vengan a querer acusar a un elemento de la Policía de eso… creerle sería como creerle al diablo.

***

La semana previa a nuestro recorrido le cuento a Harry la historia del último comunicado de las pandillas.

—¿Y no le da miedo reunirse con esos ‘josdeputa’? –me pregunta-. Nunca confíe en ellos. Ellos no respetan ni a su mujer. Solo respetan a sus hijos y a sus madres. Yo por eso pienso que una solución podría ser matarles a sus familias, para que ellos sientan el dolor que causan en el resto de la población.

Le llevo una copia del comunicado, se pone unas gafas, le jala al cigarro, lo lee.

—¡Ahora resulta que estos ‘josdeputa’ quieren hacer una tregua con nosotros! Ja, ja, ja. ¡Que la aguanten!
—¿Nada de lo que denuncian es cierto?
—¡Hey! Le voy a decir una cosa: hay algo que sí es cierto. ¡Hey: eso yo lo he hecho!

***

Harry, el policía matapandilleros, me cuenta por primera vez una de sus técnicas para exterminar pandilleros. Él la llama “facilitarle el trabajo a la pandilla contraria”. Fuma recio mientras me lo cuenta, quizá como fumaba la mañana en la que se topó con un ‘jodeputa’ que se estaba escondiendo entre unos matorrales.

Al pandillero lo delató el caminado, pero sobre todo el malogrado escondite. Harry le mandó el alto desde el carropatrulla. El joven, de unos 17 años, salió del matorral. Cabizbajo. Abrió las piernas, cruzó las manos sobre la nuca. Cabizbajo.

Esperó. Esperó. Esperó.

Harry se bajó del carropatrulla. Tiró el cigarro, afianzó el tolete.

El cateo.

Harry le descubrió al ‘jodeputa’ 240 dólares y tres celulares.

—¿Así que venís de extorsionar, ‘¡jodeputa!’? –le dijo.

Toletazo a la pierna derecha.

Harry soltó una frase y hoy me la repite en cámara lenta:

—Rogá-a-Dios-que-sal-gás-vi-vo-de-es-ta, ‘¡jo-de-pu-ta!’

Más toletazos a la pierna derecha. El ‘jodeputa’ gimió, o más bien es Harry el que ahora gime. “Se le desmayó la pierna. ¡Ay, ay, ay!”, dice Harry. El ‘jodeputa’ fue esposado de las manos, por detrás, y fue aventado de frente a la cama del carropatrulla. “¡Aaaaay!”, gime Harry. La cara del ‘jodeputa’ se estrelló en el metal. Harry estrella su cara contra un escritorio. Ahora se pone de pie, y en sus recuerdos la punta de su bota derecha golpea el muslo derecho del ‘jodeputa’. Luego desamarró a su presa y volvió a amarrarla a una barra de hierro en la cama del pickup, ubicada detrás de la cabina.

El carropatrulla arrancó a toda velocidad. Serpenteó sobre las calles de una colonia inmensa. El ‘jodeputa’ se retorció cuando reconoció hacia dónde lo estaban conduciendo. El pickup se detuvo cerca de una cancha de basquetbol. La cara del pandillero sudó, los ojos lloraron. Un joven recordó a su mamá, a Dios, maldijo su ‘jodeputa’ vida y luego le rogó al ‘jodeputa’ que lo estaba torturando que no lo dejara ahí, donde lo mataría la pandilla contraria.

—Vea, micharlie, no me deje aquí… Aquí me van a matar, micharlie –dijo el pandillero.

Harry lo sentenció:

—Mirá, ‘jodeputa’, tenés dos opciones: rogale a Dios que no se den cuenta estos ‘jodeputas’ o corré duro, papá.

Harry se fue. Cruzó, subió y bajó; pero luego se detuvo y regresó por el ‘jodeputa’.

—¿Ya lo habían agarrado? –le pregunto.
—Yo no sé cómo hizo ese ‘jodeputa’, pero ya se había alejado bastantito, renqueando a toda prisa.
—¿Se arrepintió? –le pregunto.
—¿Yo? ¡No’mb’e! ¡Hey! Es que ya llevaba dos horas fuera de turno, y si mataban ese ‘jodeputa’ ahí, a mí me iba a tocar ir a investigar la escena. ¿Hasta las 9 de la noche? ¡Hey! ¡Ni a verga!

***

Hace tres años, Carlos Recinos, un sicólogo forense, dijo que la sociedad salvadoreña está adaptada a lo desadaptado. En el Instituto de Medicina Legal, Recinos trabaja con asesinos, violadores y con pandilleros con perfiles antisociales, sicópatas. En la sociedad salvadoreña hay civiles, policías y pandilleros. En El Salvador solo hay 15 sicólogos -con similar perfil al sicólogo forense Recinos- para atender a 23 mil agentes de la PNC.

Uno de estos sicólogos despacha en una oficinita minúscula de una delegación que no vale la pena mencionar. Es un señor viejo y flaco El Psicólogo. Cuando conoce a alguien siempre pregunta: “¿y usted adónde vive?”. Su oficina queda demasiado lejos de su hogar y al parecer El Psicólogo siempre busca quién pueda sacarlo del infierno por una vía más rápida que la que le ofrece el transporte público. En su oficina apenas y gira el ventilador que lo refresca. Es el único aparato eléctrico con el que cuenta. En una mesa hay un teléfono que no tiene línea y está cubierto por una gruesa capa de polvo. “Le voy a dar el número de acá”. Descuelga el teléfono y presiona un botón como para darle tono. “Sus pacientes me han dicho que no sirve esa línea”. Cuelga el teléfono. “¡Ah, sí! Tiene razón. Está cortada”.

Junto al teléfono hay un libro grueso y también cubierto de polvo que habla sobre el comportamiento de la psique humana. Un maletín negro, grueso y ancho, parecido a una caja, y todavía más polvoriento que el libro y el teléfono, descansa sobre el suelo. En el interior guarda unas encuestas con más de 500 preguntas y unas láminas de plástico transparente para evaluar las respuestas que escriben los policías. En la mesa hay un ejemplo de esas pruebas. Una hoja con muchos círculos blancos dentro de los cuales hay números. En cada línea hay manchas de color rojo en el centro de los círculos.

El Psicólogo tiene 18 años como sicólogo. Ha trabajado en cárceles, ha evaluado cadetes que aspiran a policías, ha trabajado con policías, se le han suicidado policías…

—En una sociedad como la nuestra, ¿en cuánto tiempo se trastorna la mente de un policía?
—Un policía que se ha graduado de la Academia se supone que está preparado para manejar el estrés. La vocación de servicio le da fuerza…

El Psicólogo es institucional. Le cuento el perfil de Harry, el policía matapandilleros. El Psicólogo levanta los hombros, arquea las cejas, abre grandes los ojos. No lo cree. Sus policías no actúan así. Le digo que conozco a uno que sí.

—En un caso hipotético como ese, porque yo no creo que suceda, lo hubiéramos detectado. ¡Eso se detecta! Esa persona necesita venir a hacerse una evaluación porque está manifestando un trauma sicopático con tendencias antisociales.
—¿Cómo las que presentan algunos pandilleros? -pregunto.
—No puedo comparar porque no tengo a la vista los casos, pero mire… ¡trabajar con gente así quiere ganas!

Muy pocos policías buscan a El Psicólogo. Un promedio de cinco al mes, según sus registros. Y quienes lo buscan lo hacen con un único propósito: que él les pase la prueba de las 500 preguntas con circulitos de colores para determinar si son aptos de llevarse el arma de equipo a casa. Los policías cuando salen de servicio vagan desarmados. Y los agentes quieren estar armados, porque cuando entran y salen de los territorios de pandillas, cuando vagan como civiles, se sienten presas. El Psicólogo recuerda que esa medida de privarles del arma de equipo se impuso hace nueve años, luego del alza de casos de policías que robaban amenazando con esa arma; que disparaban borrachos con su arma de equipo; que mataban a sus mujeres con su arma de equipo; que se suicidaban con el arma de equipo; que trabajaban como vigilantes privados, en sus días libres, con su arma de equipo; o que, en el mejor de los casos, simplemente la perdían.

Hoy día, para que puedan llevársela, deben pasar por un sicólogo, hacer la prueba de los 500 circulitos y no tener procesos disciplinarios abiertos. O simplemente no tener la mala suerte de caerle mal al jefe inmediato superior, porque aunque el sicólogo los apruebe, él nada puede hacer si el jefe inmediato superior rechaza la moción.

El Psicólogo no lo sabe, pero yo sé que Harry hace algunos años pasó por esta oficina y aprobó sin problemas su prueba de los circulitos. La conclusión de El Psicólogo fue que Harry estaba en pleno uso de sus facultades mentales cuando cometió algunos de los crímenes que ahora me cuenta.

***

Harry cree tener las respuestas para su “mal necesario”. Me las dijo una tarde, en su delegación, mientras observaba a un compañero recién salido de la Academia Nacional de Seguridad Pública, la institución que forma a los policías salvadoreños. La diferencia entre generaciones es notable. Harry está flaco, descuidado, ya le pesan los años y las ojeras, y su uniforme es viejo y sus botas están roídas y una pequeña barriga cervecera se le asoma detrás de los botones. Su nuevo compañero, en cambio, tiene un uniforme nuevo y bien planchado; el abdomen plano; la placa reluciente; la manga corta, cortísima, apretando unos músculos torneados; gelatina en el pelo; botas bien lustradas; pantalones apretados. El nuevo agente “se siente salsa”, según Harry.

Le pregunto si ese muchacho llegará a hacer lo que él ha hecho.

—Se le va la vocación a uno. Al ver todo esto así, tan hecho mierda, se le va la vocación. Lo ven bonito ser policía, y se entra con gran ánimo. Cuando uno recién llega mantiene esa vocación, pero luego o te relajás o siempre mantenés la vocación pero tratás de solucionar las cosas en lo que podás, de otras maneras…

Le pregunto cómo es que justicia se puede convertir en sinónimo de exterminio.

—¿Cómo es que he llegado a pensar estúpidamente? La palaba es la indignación. Es cuando se llega a sentir el dolor de las personas. “Mire, me voy a desplazar, porque si no me voy me violan a mi niña”. ¡Qué ‘josdeputa’! ¡Neta! Eso: llegar al punto donde uno dice que la única solución es matar, aun a riesgo de que lo descubran.
—¿Diría que es una práctica común en la PNC?
—No todos pueden hacerlo. Y tampoco es de que le digan “haga esto”. Agarrar a un ‘jodeputa’ de los pies, amarrarlo y zamparlo boca abajo en un pozo… ¡Y hacerlo mierda! A mí la ética, las normas internacionales me dicen que no. Pero lo hago. Una vez se me quedó un ‘jodeputa’.
—¿Se le ahogó?
—Lo reviví dándole rodillazos en la boca del estómago.
—¿Por qué lo estaba ahogando?
—Me habían matado a un informante y quería joderlos. Pero para eso necesitaba otro informante.
—¿Cómo es capaz de hacer eso?
—Uno tiene que estar al mismo nivel que ellos: aprender de lo bueno y aprender de lo malo. Ser bueno para la bueno y malo para lo malo. Aquí hay males necesarios en la PNC. Acciones que hacemos algunos policías no para afectar a la gente buena, sino que al delincuente.
—¿De dónde sacó que torturar es un mal necesario?
—Es que mire, por las buenas ya no se puede, ¡es paja! ¿Cuánto tiempo llevamos con las pandillas? ¿Cuántos planes se han inventado? ¿Dígame para qué han servido? ¡Neta! ¿Cuál ha sido el gran resultado de unidades como la Antipandillas? Yo no necesito andar botando puertas para solucionar este problema.
—¿Cree que la gente lo apoyaría?
—Al clamor de la sociedad tenemos algunas opciones. ¡Hey! ¡La gente ya no aguanta! A mí me vale que renteen a la Diana, a la Coca-Cola… Ahí pueden estar renteando pero eso me pela. A la gente que sí me debo es a la que está más jodida. Y lo yuca es que esa gente es la que también dice que la PNC no sirve, que está cayéndose. Y entonces uno dice: “Púchica, si algo pudiera hacer…” Póngale encuentro un pandillero lesionado… uno piensa en exterminarlo. “El ‘jodeputa’ se va a morir. En el trayecto al hospital se va a morir. ¡Hey! ¿Y si no se muere?

Es normal que los carropatrullas de la PNC tengan conos naranjas para detener el tráfico. Harry se pone de pie y a medida que habla lo imagino entrar a su carropatrulla y tomar uno de esos conos. Él levanta la bota derecha, y luego la suspende en el aire, a centímetros del suelo. Me mira mientras hace de equilibrista:

—¿Y si no se muere este ‘jodeputa? Va a seguir jodiendo. ¿Y entonces? “Ponele la bota. O ponele el cono y presionalo con la bota… y se muere”. (¡Paf! Estrella la bota contra el suelo). Yo he hecho eso.

Harry me confiesa que lo ha hecho una, dos, tres veces. “Yo he hecho eso”, me repite, y fuma y baja la mirada y cuando la levanta distingo en sus ojos un dejo que bien podría ser tristeza o arrepentimiento. Quién sabe. Solo él lo sabe. 

—¿Y puede vivir con eso?
—Algún momento habrá que parar. Pero al calor de esos momentos ni se piensa. A mí lo que me jode de eso es que haya mucha gente y que te vean y murmuren y digan que uno es así.
—¿Usted se siente un “mal necesario”?
—Sí, hacemos algo estúpido, pero es un mal necesario. ¡Pero no basta eso! ¡Hey! Para solucionar esta situación no basta eso. ¿Cómo se puede ir más allá?
—Dígame usted.
—¡Volver a los viejos métodos! Uno de los viejos métodos que aprendí… bueno, que me contaron: es dividirlos entre ellos. Agarrar un cabrón, soltarlo, y regar la bulla. Decir que habló. Entonces ellos lo matan, agarramos a la clica y criteriamos a uno que haya participado del homicidio. Eso es matar dos pájaros de un tiro: se matan entre ellos y los metemos presos.
—Lo tiene bien claro.
—¡Hey! Usted quizá va a pensar que está hablando con el perfil de un asesino, pero es que algo hay que hacer, y tampoco con solo eso basta.
—¿Qué más puede haber aparte de lo que me ha contado? -le pregunto, y entonces Harry me cuenta algo que ha “estado pensando”.
—Se mata a familiares de jueces, y se dejan signos de que fueron pandilleros.
—¿Y qué tienen que ver los familiares de los jueces?
—Ellos son un gremio bien unido. ¿Usted cree que si hacemos eso no van a condenar a todo esos ‘josdeputa’ que lleguen a los juzgados, por lo que sea? ¡Los van a condenar! Me corto las manos si no mandan al bote a todos los ‘josdeputa’ que lleguen por cualquier cosa.
—¿De verdad esas son las únicas soluciones posibles para acabar las pandillas?
—No, mire, en serio, ¿nunca se ha puesto a pensar, allá en casita, que la única solución es exterminarlos?

***

Un policía matapandilleros puede ser cualquier policía. En 2012 conocí a uno que tuvo que huir de su colonia, abandonar su casa, cuando se descubrió apuntándole en la sien a un pandillero del Barrio 18. Ese agente se había pasado de tragos, y en un arranque de matón justiciero creyó que su familia y las otras familias de su colonia vivirían más felices si eliminaba al hijo de la vecina, que era pandillero. Así es El Salvador: los policías de calle son pobres y los pandilleros también. Muchos conviven puerta con puerta, y la vida marcha normal hasta que alguien estalla. Aquel agente tuvo que huir, dejar su casa, junto a su familia, porque pronto supo que ni él ni su placa ni su pistola podrían contra el pandillero que se dijo ofendido y le juró venganza. Violencia se paga con más violencia.

Un policía matapandilleros puede ser cualquier policía. En la madrugada del 30 de abril de 2014, 12 policías llegaron, sigilosos, a una casa extraviada en un campo de la zona paracentral del país. Horas más tarde las noticias reportaron que cinco jóvenes, supuestos pandilleros, habían muerto en un enfrentamiento con la PNC. La versión oficial dijo que cuando los agentes llamaron a la puerta, los jóvenes les respondieron disparando con pistolas y escopetas. Cuatro de los cinco muertos tenían 17 años. No habían alcanzado la mayoría de edad. En los días previos a ese enfrentamiento, en Zacatecoluca, cabecera del departamento de La Paz, otros supuestos pandilleros atacaron a unos policías que buscaban las pistas de dos vehículos robados. A inicios del año el asesinato de la madre de un policía se presume fue el detonante de las batallas entre policías y pandilleros.

El día que cinco jóvenes cayeron en Zacatecoluca, alguien subió a la página de Facebook Valor Policial El Salvador las fotografías de los muertos. Dos de los jóvenes yacen tirados en el suelo, boca abajo. Otro está sin camisa, boca arriba. El cuarto quedó recostado de lado, y el quinto terminó con medio cuerpo guindado en una hamaca, la cabeza en el suelo, sobre un espeso charco de sangre. Quien haya tomado la secuencia llegó después del operativo. Quizá fue un policía o quizá un periodista al que dejaron acercarse lo suficiente a la escena para que con un teléfono blackberry tomara las fotografías. En la última aparece en primer plano un policía de espaldas, oculto en un gorro navarone. Al fondo hay una multitud. Acompañando a la foto, el administrador de Valor Policial El Salvador escribió: “familiares de los 5 ratas muertos en Zacatecoluca intentaron entrar por la fuerza a reconocer cadáveres”.

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Hace un mes, en su delegación, le pregunté a Harry sobre este caso. En ese momento ninguno sabía de la existencia de las fotos subidas a Facebook.

—Es muy raro que se haga así. Son actos descabellados los que yo le cuento, acciones de improvisto, al calor del momento. Es muy raro que se monte un operativo porque es bien difícil que con un grupo de compañeros armemos un operativo para ir a bajarnos a unos ‘josdeputa’. ¡Hey! Mucho color, amigo.

Semanas más tarde, cuando las fotografías se hicieron públicas, me reuní de nuevo con Harry, esta vez en un bar del centro de San Salvador.

—¿Ya vio las fotos? Fueron a matarlos, ¿verdad? -le pregunto.

Harry hace una mueca sucia, pícara. Le da un trago a su cerveza y le jala al cigarrillo.

—Ya las vi. ¡Lindas esas imágenes!, ¿verdad?

***

David Morales, el procurador de Derechos Humanos, dijo este año que han detectado 10 casos de homicidios en los que el modus operandi sugiere la presencia de grupos de exterminio. El procurador ha pedido a la PNC que investigue a fondo si hay policías detrás de estos crímenes contra pandilleros, dado que las denuncias acusan a hombres vestidos con trajes de la PNC. El director de la policía hasta el pasado 1 de junio, Rigoberto Pleités, negó categóricamente que sus agentes cometieran ejecuciones extrajudiciales.

* * *

Es mi última visita a la delegación de Harry, el policía matapandilleros, y me encuentro de nuevo con el agente recién graduado de la Academia. Sigue “bien salsa”, con su uniforme impecable, las botas muy lustrosas, la gelatina en el cabello y la manga corta mostrando el músculo moreno. Ni siquiera nos esforzamos mucho para llegar a un tema en común: los ataques de pandilleros contra policías.

—¿Se siente en guerra con los pandilleros? -pregunto.
—Así como una guerra no, pero esos malditos no se tocan el corazón para buscar joderlo a uno, a los compañeros. Por eso uno debe parárseles firme, porque ellos cuando se sienten con fuerza… ellos van midiendo el nivel de fuerza, igual que uno. ¿Sabe cuál sería una solución para esto?
—¿Cuál?
—Que los políticos se dejaran de babosadas, y que promulgaran una ley que diga que yo puedo matar a esta gente. ¿Sería como una pena de muerte, vea? Pero así, expedita, sin pasar por un juez. Que diga algo así esa ley: que todo aquel que sea pandillero, o sospechoso de ser pandillero, con tatuajes o sin tatuajes, o que todo aquel relacionado con pandillas…

*Con reportes de Fátima Peña

Apenas un roce delicado, un contacto lento, sutil, levemente húmedo, como se besa a un recién nacido. Así acaricia Gabriel Granados a sus propias manos. Primero se inclina sobre ellas, mirándolas como si se asomara a un estanque y buscara ahí, en esas palmas rosas y regordetas, su imagen reflejada. Sus ojos tiemblan de curiosidad, detenidos ante esos dedos enroscados que ahora se alzan a la altura de su cara. Parecen dos cachorros dormidos, dos animales mansos que también lo miran con el púrpura de sus uñas.

A Gabriel no le parece extraño estar enamorado de sus manos. Es un hombre delgado, de estatura media y una nariz achatada y grande que hace parecer sus labios más finos. Esos labios que ahora truenan, una y otra vez, entre sus dedos.

¿Por qué no habría de quererlas, si sus manos le sirven tanto? Son ellas las que lo lavan y visten cada mañana, las que lo alimentan tres veces al día, las que frotan sus ojos para quitarse el sueño. Gracias a ellas puede firmar, rascarse, contar el cambio, abrazar a sus hijos o a su esposa, hablar por teléfono, aplaudir. Mimarlas con tanto esmero es una manera de enseñarles a que lo quieran tanto como él las quiere a ellas.

A veces no puede evitar hablarles.

–Vamos, manitas, tenemos que salir adelante –las anima, torciendo una sonrisa, y las manos parecen reanimarse, se acarician entre sí, alternadamente. Su dueño arruga la mirada de puro gusto y luego las pasea por su cabello negro salpicado de canas. Está seguro de que ellas pueden escucharlo, de que de alguna misteriosa manera sienten sus palabras y agradecen.

Él sabe su cuento. Explica que sus manos, antes de ser manos, son un trozo de vida. Por eso les habla y las consiente tanto, porque todo lo vivo agradece el cariño recibido. “A un animalito lo agarras y si lo acaricias con gusto, él lo siente. Si dicen que hasta los bebés, en el vientre, escuchan lo que les dice su mamá, ¿tú crees que mis manos no?”, pregunta y, como si le respondieran, las manos se restriegan contra sus mejillas.

Gabriel Granados repite que esas manos son suyas, de nadie más, que no le importa que parezcan dormidas, ni que sea aún sea tan difícil abrirlas o cerrarlas por completo. Ya tampoco le importa que el color de sus dedos sea distinto al del resto de su cuerpo o que apenas hace un año obedecieran las órdenes de otra persona. Las quiere tanto o más que a sus manos anteriores.

Porque a él le tiene sin cuidado que hace apenas un año estas manos respondieran a las órdenes de ese vigilante cuya vida quedó en el limbo cuando unos maleantes le incrustaron una bala en el cerebro.

***

Los labios de Granados se juntan y dejan escapar un zumbido seco, parecido a lo último que escuchó antes de sentir que los dientes tronaban adentro de su boca: “¡Bzzzzuuuuuttt!”.

Era martes, era invierno y el día parecía correr con la desesperante lentitud de siempre. Granados tenía 51 años y planeaba jubilarse de su empleo como perito contable en la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal. Sus dos hijos ya cursaban la universidad y él mismo se preparaba para estudiar Derecho como segunda carrera en la UNAM.

El que estuviera de vacaciones no impidió que él, hombre de rutinas y voluntad férreas, se levantara aquel 4 de enero de 2011 a las cinco de la mañana, como era habitual. Antes de entrar a la bañera, midió la temperatura del agua con la mano derecha y esperó hasta que estuviera caliente. Sólo el frío le pareció distinto, un frío húmedo en el aire.

Después de dejar a su esposa Celina Castillo en su trabajo, Gabriel condujo el auto a la colonia Carmen Serrano, donde se levantaba una barda en la azotea de otra de sus casas. Una de sus sobrinas y su novio lo ayudarían.

Se disponían a empezar, así que Gabriel, como maestro, tomó un pedazo de varilla del suelo y con ella señaló un punto en el aire.

–La barda tiene que ir, más o menos, a esta altura –fue lo último que dijo. Un poder sobrehumano lo arrancó de la tierra en ese instante.

La humedad en el aire sirvió para conducir 20 mil voltios de energía eléctrica que brincaron de los cables de alta tensión que colgaban cerca y alcanzaron la varilla en la mano de Gabriel. Se formó lo que los especialistas conocen como “arco cónico”. La corriente entró por su mano y rompió la resistencia de la piel. Las señales de su cerebro se interrumpieron y su cuerpo dejó de pertenecerle. Cada uno de sus músculos se doblegó ante ese relámpago que llegaba del exterior.

En ambas manos, puntos de entrada y salida de la corriente, la energía se concentró tanto que la carne literalmente empezó a humear. En menos de dos segundos, la alta temperatura casi carbonizó los tejidos musculares y el hueso. Si el camino de la corriente se hubiera acercado un poco, o si ésta hubiera sido ligeramente más alta o durado más tiempo, el corazón del contador se habría acelerado al punto de provocar un corto circuito y habría muerto al instante por un paro cardiaco o respiratorio.

Cayó al suelo echando espuma por la boca. De lo que ocurrió desde ese momento y hasta 48 horas después, ni idea. Quedó inconsciente.

No supo, por ejemplo, que una ambulancia lo llevó al Hospital López Mateos y que luego lo trasladaron al Hospital 20 de Noviembre, donde cuentan con un área especial para quemados.

Dos días después despertó. Aún temblaba. Orinaba rojo. La sal y los líquidos de su cuerpo se habían evaporado por completo, lastimando severamente sus riñones.

Pero ese sería el menor de los daños. Poco a poco, tarde a tarde, Gabriel Granados atestiguó cómo morían sus manos. El tejido nervioso dejó de conducir las señales eléctricas debido a la coagulación y al daño celular. Sus brazos simplemente dejaron de responder. Trece días después del accidente, el lunes 17 de enero de 2011, los médicos seccionaron la piel, los músculos y los huesos del brazo derecho, por debajo del codo; el siguiente jueves amputaron el brazo izquierdo.

–Mejor me hubiera muerto –lamentó Gabriel al despertar y darse cuenta de que donde antes había dos manos, no había nada ya.

Ahora las ves.

“¡Bzzzzuuuuuttt!”

Ahora no las ves.

***

La espuma blanca se expande uniforme por las mejillas y el largo cuello. La mano derecha empuña el rastrillo y trata de no dudar al momento de arrastrar la espuma y el vello que ha empezado a poblarle el rostro. Primero de la patilla hacia abajo, después de la garganta hacia el cielo. Tiene que hacerlo con la firmeza suficiente para que su cara quede limpia, pero con la delicadeza necesaria para no provocarse cortes.

Es la primera vez que Gabriel Granados intenta rasurarse por sí mismo con sus nuevas manos. Sus dedos han ganado fuerza: ya pueden apretar y sostener pequeños objetos, pero aún permanecen engarrotados contra sus palmas que miran siempre hacia el frente. Los músculos expansores, esos que permiten extender las falanges, aún se hallan dormidos y las manos de Gabriel no están nunca cerradas ni abiertas. Parecen dos capullos que poco a poco han empezado a separarse.

–Estamos pensando en comprar una rasuradora eléctrica –dice mientras inclina la cabeza, atrás y a la izquierda, y se mira en el espejo, calibrando el siguiente movimiento del rastrillo. Su voz rebota en los azulejos azules del baño diminuto–, pero como que sería demasiado fácil, ¿no?

Hasta ahora, se hacía rasurar por su hijo o por su esposa. Durante un año y medio, necesitó de la diaria ayuda de su esposa para bañarse, vestirse o comer. Hoy, por fin, puede entrar a la regadera solo. Lo hace igual que hace tres años. Pero algunos detalles han cambiado.

La llave del agua fue cambiada por una palanca para facilitarle su uso y ya no mide la temperatura del agua con la mano derecha, pues ésta aún es insensible al calor y al frío.

En cada mano, una pequeña gasa le cubre un punto rojo en cada mano.

–¿Te inyectaron?
–Me salieron unos granitos –dice cabizbajo y muestra sus brazos. Un pequeño salpullido, apenas visible, le enrojece ligeramente la piel. Parece preocupado aunque intenta no darle importancia–. No parece grave, pero queremos ver qué está pasando.

Abotonarse la camisa, anudarse las agujetas y afeitarse son actividades que hace apenas tres meses parecían imposibles. Hoy ha logrado rasurarse de nuevo.

Y un pequeño salpullido no le va a arrebatar el gusto.

***

La idea de que la muerte puede engendrar vida es siempre extraña. Explicar que la muerte de un ser querido significa la salvación de un desconocido requiere carisma, tacto, temple y empatía. Pedir un órgano a la familia de un paciente con muerte cerebral es hacer la pregunta más difícil en el momento menos apropiado.

Eso lo sabía Selene Artemisa Santander, una joven médico que hacía su servicio social en el Instituto Nacional de Nutrición, cuando se acercó a solicitar las manos de aquel hombre de 34 años que llegó al Centro Médico Nacional Siglo XXI con un balazo en la cabeza.

Pero una cosa es que la familia ya hubiera decidido donar varios de los órganos de ese hombre y otra que su esposa y su madre accedieran a entregar las extremidades a quien esperaba unas manos como las de él.

Selene quiso mostrarles fotografías de Gabriel Granados para sensibilizarlas y explicarles los alcances de una donación. Fue inútil.

–Déjanos tus papeles ahí y te hablamos después –respondieron con indiferencia y le dieron la espalda, abstraídas en su dolor. Selene sabía que sería difícil encontrar otras manos totalmente compatibles; se sintió frustrada.

El primer paso para procurar un órgano es encontrarlo. No es sencillo. Quienes como ella y su compañero Diego Ricaño, integrantes del programa de trasplantes del Instituto Nacional de Nutrición, hoy conocido como Tlalpan Team, se dedican a la búsqueda de órganos deben revisar los reportes de todos los servicios de urgencias de neurología para identificar a pacientes con muerte cerebral.

Luego, acuden al hospital, valoran y verifican que la persona no sea portadora de ninguna infección y que, además, sea física, biológica y antropomórficamente compatible con el receptor.

En un país donde existen más de 17 mil personas en espera de un trasplante, cada paciente con muerte cerebral se convierte en un tesoro invaluable. Es común ver a varios grupos de médicos procurando al mismo tiempo una parte distinta del cuerpo. Lo más urgente es extraer el corazón –es el órgano más solicitado y el que muere más rápido–, le siguen el hígado, la córnea, la piel y otros tejidos. Pero extraer quirúrgicamente una mano es todavía un evento extraño.

Por eso el rechazo inicial de la familia del donante de las manos fue un revés. Eso pensaba Diego Ricaño cuando salió del Instituto Nacional de Nutrición hacia su casa, pero a medio camino sonó su celular y escuchó la voz atrabancada y aguda de Selene al otro lado de la línea.

–Oye, ya me llamaron los familiares. Aceptaron. Vete rapídisimo al Centro Médico.

Las extremidades se extrajeron en la madrugada y, antes del amanecer, ya habían sido trasladadas a Nutrición en una pequeña nevera. Diego Ricaño se quedó en el Centro Médico para colocar un par de prótesis ortopédicas en el cadáver del donador, un procedimiento que busca aminorar el impacto en la familia.

Recuerda a un hombre moreno, fornido y de estatura baja, conectado a tubos que lo mantenían con vida de manera artificial. Días antes de morir, le contaron, el joven vigilante le había compartido a su madre una especie de presentimiento sin sentido: creía que moriría joven y “quería hacer algo grande antes de morir”.

Sin saberlo, hizo algo grande. Es por eso que Gabriel quisiera agradecerles, pero la ley prohíbe que se acerque a la familia del donador o viceversa.

–Mira… –dice y muestra su mano, ahora cubierta por una férula rosácea que lo protege de lastimaduras o roces–. Piénsalo: esa persona está aquí conmigo.

Somos los dos juntos los que estamos aquí. Yo siempre digo eso. No puedo dejarme vencer, ¿no? Porque una parte de él está viviendo aquí, conmigo. Sería como dejarlo morir otra vez.

***

Es la hora del desayuno y Gabriel se sienta a la mesa frente a un platón de fruta y un café. Viste pantalón y chamarra deportiva azul, playera negra y tenis sin agujetas. Celina extraña verlo de traje y corbata, como solía vestir antes del accidente. Pero la ropa formal sólo le complica la vida. Abrocharse de nuevo un cinturón puede convertirse en un suplicio a la hora de ir al baño.

Con dificultades, acomoda el tenedor entre el anular y el medio. Los dedos aprietan y el instrumento queda fijo, aprisionado entre ellos. Sin dejar de comer, dándose espacio entre los mordiscos, comenta las modificaciones que tuvieron que hacer en la casa después de que perdió las manos. Las perillas redondeadas de las puertas fueron cambiadas por palancas, al igual que las llaves del lavaplatos. De algunos cajones cuelgan pequeños cordones para que sea más fácil abrirlos.

–Mis manos todavía no tienen fuerza para usar el cuchillo, aún no puedo picar la fruta –explica y cambia de tema. El orden no le importa mucho.

El encanto de Gabriel Granados tiene efectos inmediatos, aunque su hablar cantinflesco hace difícil seguirle el paso. Dice que él come de todo. Que hasta hace poco trabajaba en la Secretaría de Hacienda realizando auditorías. Que su dieta no ha cambiado en absoluto después de la operación, salvo por los triglicéridos y otras cosas de las que no se acuerda. Que nació en Bellas Fuentes, Michoacán, cerca de Quevedo. Que no le gusta la política. Que entrenó box con Rubén El Púas Olivares en su juventud, en la colonia Bondojito, que era un buen hombre. Que lo que más le pesa es no poder ayudar en las tareas del hogar como hacía antes. Que era capaz de derribar a una persona de un solo golpe. Que al principio, los medicamentos lo ponían de mal humor. Que planchar ropa lo desespera, pero que sentirse un inútil es peor que cualquier otra cosa.

Entonces hace una pausa y, con ambas manos, Granados atenaza la taza de café. Tarda en acomodar sus manos para que ésta no se le resbale y en cerciorarse de que se ha enfriado lo suficiente para no quemar la piel. Su boca se acerca a la taza y en un solo movimiento da un trago rápido y abundante. La taza regresa a la mesa con suavidad y Gabriel se limpia con la manga un hilo oscuro que le escurre por la comisura de sus labios.

Selena, su hija mayor, se sienta a la mesa y muestra un par de cuadernos. Apenas dos semanas después de haber perdido sus manos, Gabriel entró a la UNAM a estudiar Derecho. Cualquiera hubiera extraviado los ánimos, pero este hombre parece invulnerable, impermeable a la desesperanza. Estos cuadernos de pasta azul y estampado a rayas contienen los apuntes de aquellos primeros semestres. Adentro, con una letra apretada y pequeña, se habla de filosofía del derecho, de derecho fiscal o derecho administrativo. Pero sobre todo se habla de la voluntad extrema de este hombre. Las letras llenan todas las hojas, sin dejar un espacio en blanco. Cada palabra está remarcada con un segundo trazo. Es difícil creer que escriba tanto un hombre que carece de manos.

–¿Cómo hacías eso?
–Pues así, juntaba yo mis muñoncitos y apretaba duro la pluma –dice, como si fuera cualquier cosa y sus codos se acercan intentando repetir el procedimiento–. Todos los días me sentaba a leer y a transcribir apuntes de los libros.
–¿Cuánto tardabas en llenar una hoja?
–Al principio sí me tardaba horas, no creas tú. Pero fíjate lo que son las cosas. Cuando me pusieron las manos de nuevo, yo extrañaba mis muñoncitos porque ya era bien hábil con ellos. Y tuve que empezar desde el principio.

En la sala de su casa el espacio lo llenan dos sillones grandes, una televisión, un crucifijo y una foto de bodas en la pared. En ella, Celina y Gabriel aparecen de perfil, una luz tenue los ilumina; sonríen y lucen 25 años más jóvenes. A un lado de la foto, un pequeño cartel blanco anuncia con letras fosforescentes: “En este hogar vive un buen hombre y una mujer enojona que se la pasa chin.. y chin.. y chin…”.

–Celina es una mujer dura –explica Granados–. Un día me dijo: “Si tú no hubieras sido tan luchón, te hubiera dejado ahí, sin manos”. Lo decía bromeando, pero fíjate lo que son las cosas, ¿no? Yo, sin ella, no hubiera logrado hacer esto. Detrás de su imagen dura es una buena persona, quiere mucho a los suyos y los defiende. Es porque ella es Géminis, ¿te fijas? Es doble cara.
–Y tú ¿qué signo eres?
–Yo soy Libra –responde de inmediato y mira sus manos, las coloca al lado de su cara, con las palmas hacia arriba, como si sostuvieran un peso–. Soy una balanza, el equilibrio de la balanza… Tal vez por eso es que tenga yo tanta paciencia.

***

Parece un sueño. Martín Iglesias piensa que la sola idea parece salida de un imposible sueño. Sentado detrás de su escritorio, sus manos revolotean como mariposas en el aire. Habla de ciencia ficción y recuerda al Frankenstein de Mary Shelly. La posibilidad de crear a un nuevo ser combinando los miembros de varios cadáveres es, según él, uno de los pensamientos primarios del ser humano.

El doctor Martín Iglesias es una de las autoridades en materia de trasplantes en el país. Cirujano plástico egresado del Centro Médico La Raza, un hospital que en aquel entonces, hace más de 20 años, era el único que atendía a toda la zona industrial del norte de la Ciudad de México. Ya no recuerda la cantidad de miembros que en aquel entonces tuvo que reimplantar por los constantes accidentes de trabajo. Los tiempos no han cambiado. El IMSS reporta 3 mil amputaciones de extremidades superiores por año. Fue por eso que Iglesias decidió comenzar un programa de trasplantes hace ya tres años y, con el tiempo, ser parte de la historia de Gabriel.

Así que cuando tuvo que hacerlo, Martín Iglesias no lo dudó. Marcó el número a pesar de que eran las cuatro de la mañana del 18 de mayo de 2012. Celina atendió y la voz del doctor Iglesias retumbó.

–Gabriel, ya tenemos donador. Te necesito aquí en una hora.

A él le gustó la urgencia y la premura en esa voz. Las dudas se le escurrieron al instante. Meses antes, su familia le había pedido reconsiderar la operación a la que estaba a punto de someterse. Lo preferían sin manos, pero vivo, decían.

Todos lo sabían. Una operación exitosa, sobre todo una tan nueva y tan compleja, es precedida siempre por múltiples fracasos. Aunque el proceso de reimplantación es conocido desde hace al menos medio siglo, hasta el momento trasplantar una extremidad de un cuerpo a otro sigue siendo un acontecimiento peligroso.

Existen no más de 100 personas en el mundo que se han sometido a trasplante de alguna extremidad. Climt Hallam fue el primer paciente en recibir un trasplante de mano con éxito en 1998. Le siguió Matt Scott, de Nueva Jersey, un año después y, luego, Jerry Fisher, de Michigan, en 2001.

Gabriel no es el primer mexicano en recibir un trasplante de ambos brazos, es el primero que ha sido exitoso. Apenas unos meses antes de su operación, una chica de 14 años se sometió en el Instituto Nacional de Nutrición a una intervención similar. La cirugía fue exitosa, pero su cuerpo no soportó los medicamentos inmunosupresores y falleció a las pocas horas.

En febrero del año pasado, el turco Sevket Cavdar se convirtió en el primer trasplantado cuádruple del mundo luego de una operación de 20 horas. Como Granados, había perdido sus extremidades por una descarga de alta tensión. A los pocos días, su cuerpo comenzó a rechazar los nuevos miembros al punto que tuvieron que volver a amputárselos. Los tejidos no eran compatibles. El sistema vascular no aceptó los trasplantes y el hombre murió a los pocos días.

El del neozelandés Clint Hallam es un caso que muestra la complejidad de una intervención de esta magnitud. Primer hombre en recibir un trasplante de mano, tres años después de la cirugía pidió que se la amputaran de nuevo. En una entrevista transmitida por la BBC, Hallam declaró que había dejado de tomar los medicamentos porque ya no soportaba mirar su mano: “Es como tener la mano de un muerto, sin sensibilidad, más ancha y larga que la izquierda, con un color distinto y una piel blanda. Mi cuerpo y mi mente han dicho ‘basta”.

–La comunidad médica mexicana consideraba que era muy arriesgado. A fin de cuentas, todos podemos vivir sin manos. Es cierto, se puede vivir sin manos –explica Iglesias–, pero la calidad de vida es, a veces, más importante que la vida misma.

***

Hoy, las ojeras oscurecen el rostro de Gabriel. Son las 10 de la mañana de un sábado de mayo y es el último día de clases en la Facultad de Derecho de Ciudad Universitaria. El próximo lunes empiezan los exámenes y ha pasado toda la semana estudiando cuatro o cinco horas por la mañana y, por las tardes, preparando un dictamen que le pidieron en el Tribunal Fiscal. A eso hay que sumar las seis horas de terapia diaria para recuperar la movilidad de sus dedos.

–Ayer, después de la terapia, ya no pude más. Me quedé dormido a las nueve de la noche –se talla los párpados caídos con la palma de sus manos y su boca se abre en un bostezo larguísimo–, hoy nomás ya no podía levantarme.

Al frente de la clase, un hombre barbado de traje marrón no para de hablar de hipotecas y deudores, de contratos civiles, del derecho de enajenación y de garantías. Entre una cuarentena de alumnos de todas las edades, Gabriel asiente sin tomar notas. Es un tema que conoce. Sus ojos, sin embargo, permanecen atentos, fijos, y de vez en cuando se adelanta con un murmullo a los comentarios del profesor.

Al final, el profesor se toma unos minutos para dar un breve discurso motivacional. Su voz áspera y dura gana volumen e intensidad. Los alumnos lo miran conmovidos. Granados sonríe. El discurso parece hecho a su medida.

–Señores, soñar no cuesta nada, cumplir su sueño puede costarlo todo –elabora el maestro–. Terminen su carrera. ¡Titúlense! Hagan a un lado esos atavismos tontos de pensar que somos menos por ser una universidad pública. ¡No, señores! Sépanlo: somos los mejores. Hagamos un pacto ahora, señores, y todos, con orgullo verdadero, entonemos un Goya para cerrarlo.

La porra estudiantil de la UNAM hace vibrar las ventanas. Gabriel alza una de sus manos y grita también. Su emoción no es gratuita. Cinco veces presentó el examen de admisión sin aprobarlo. Sólo hasta la sexta vez lo consiguió y ahora, con dos años de carrera, la porra estudiantil le hincha el pecho de orgullo. Y aunque la posición de sus manos le impide chocar las palmas con fuerza, su aplauso es uno de los más significativos del aula.

–La vida te enseña muchas cosas –reflexiona después, mientras acaricia una Constitución Política–. A mí me enseñó a no rendirme. Yo siempre quise estudiar Derecho para fundamentar bien mis dictámenes. En este país las leyes son muy intrincadas y uno debería tener obligación de conocerlas.

Gabriel camina por la facultad. Aquí, sus manos parecen pasar inadvertidas. La mayoría lo saluda sin hacer referencia a su condición física. “¿Gabi, listo para el examen de Comercio Exterior?”, le recuerda una chica. “¿Qué tal te fue en Fiscal?”, pregunta un hombre de lentes. “Échame una mano con los apuntes, manito”, le dice un bromista.

En uno de los pasillos, Gabriel se topa con el coordinador de la carrera. Un hombre de lentes de pasta dura, de dos metros de alto, voluminoso y de labios gruesos que parece nunca separar las manos de su espalda.

–¿Cómo va el asunto de la huella digital? –le pregunta en la puerta de un salón, en donde un grupo de alumnos responden un examen con concentrada angustia.

Al momento del trasplante, nadie pensó en los múltiples trámites a los que Gabriel tendría que enfrentarse. Uno de ellos, por ejemplo, la actualización de su huella digital que, legalmente, pertenece a otra persona. No existe hasta el momento ninguna disposición para un caso como el suyo. Maestros y abogados le han recomendado no hacer nada para no incomodar a las instituciones. Pero él es terco y quiere elaborar una propuesta de reforma que facilite el proceso a las personas que en un futuro se encuentren en su misma situación.

–Yo soy el primero, pero los trasplantes como el mío van a ser algo muy común en unos años –dice y es cierto. Actualmente, existen ya dos candidatos en el Instituto Nacional de Nutrición que esperan un donador.
–Ese es un excelente tema de tesis –responde el coordinador.

***

Gabriel ingresó al quirófano confundido, nervioso y caminando.

–¡Qué barbaridad, esto es una cirugía! –gritó la jefa de enfermeras al verlo ingresar a la sala de operaciones–. Llévenselo y tráiganlo en una camilla.

No pudo evitar sonreír al notar que los médicos mostraban tanto temor como él. Había pasado 16 meses en espera de unas manos y había que actuar contrarreloj. Desde el momento en que se seccionan las extremidades al donador, se cuenta con sólo ocho horas para volver a vascularizarlas, es decir, para hacer que la sangre corra de nuevo en ellas. Si el tiempo es mayor, el tejido comienza a morir.

En su operación participó una maquinaria de 19 cirujanos, anestesiólogos, ortopedistas y enfermeras que debía funcionar de manera sincronizada y perfecta.

El tiempo no da un respiro. Siete horas tardaron en volver a hacer circular la sangre por las nuevas manos de Gabriel. Otras 12 en ajustar microscópicamente cada detalle. Horas de vértigo, sin margen para el error. Nadie se detuvo, ni siquiera para beber un vaso de agua. Sólo la adrenalina mantuvo en pie a los médicos reunidos en un espacio menor a 30 metros cuadrados.

Que alguien done sus extremidades no es algo que suceda a diario. Que además sean compatibles con las del receptor es casi como sacarse la lotería. No hay segundas oportunidades.

Cada mano humana está compuesta por 28 músculos, 27 huesos, tres nervios principales, dos arterias y tres venas principales, sin mencionar piel, tendones, cartílagos, grasa y vasos sanguíneos. Y todo tiene que volver a reconectarse, vincularse o pegarse al realizar un trasplante.

El caso de Gabriel es fascinante y excepcional. Si no existen más de 150 personas con un trasplante exitoso de pies o de manos, no se cuentan más de 50 casos que hayan recibido un doble trasplante de extremidades superiores. Entre 7 mil millones de habitantes del planeta, Granados pertenece a una pequeñísima élite de privilegiados beneficiados por los avances científicos.

El doctor Iglesias no cree en Dios, pero no puede evitar sentir el peso de ser responsable de lo extraordinario. Él fue el ilusionista que hizo aparecer de nuevo las manos.

–A mí no me gusta hablar de magia, ni de milagros –dice ahora, en voz baja, como si compartiera un secreto–, pero uno no puede evitar pensarlo, ¿verdad? Es algo extraordinario.

***

La luz matutina entra por la ventana y le ilumina el rostro imperturbable frente a la pantalla. Presiona las teclas de su computadora gracias a una pluma que empuña con fuerza. Busca la letra rápidamente y, con una destreza inesperada, deja caer la punta de la pluma sobre la tecla: tap, tap, tap. Utilizar los dedos para escribir es algo todavía imposible. De vez en cuando aprovecha las protuberancias de sus nudillos para escribir, pero este método le parece más sencillo.

Su estudio es un recinto estrecho, lleno de libreros y pequeños sillones. A pesar de las hojas, que se apilan por todos lados, el sitio proyecta una sensación de orden. En uno de los estantes que lo rodean mientras escribe, entre los volúmenes de Derecho Fiscal y Contaduría, espera un libro de superación personal que aún no ha tenido tiempo de leer. Una vida sin límites, del sueco Nick Vujicic, un predicador cristiano que nació sin piernas ni brazos y que recorre el mundo dando conferencias sobre la capacidad del hombre para ser feliz. A Gabriel le gustaría leerlo, pero casi nunca tiene tiempo. En una pequeña mesa, descansan unas 500 hojas repletas de términos abigarrados que hablan sobre expropiaciones, propiedades crediticias y derecho internacional. Debe leer toda esa pila en unas horas.

–Mañana tengo examen de Comercio Exterior –dice, consternado, sin abandonar la pantalla–, es una materia bien complicada.
–¿Te preocupa reprobar?
–No, mira –explica mientras revuelve unas hojas y busca alguna definición que se le escapa a la memoria–. Siempre hay una manera de lograr las cosas, un procedimiento. Nomás hay que encontrarle el modo al asunto. Nada es imposible.

Su sencillez y su sinceridad conmueven. En los labios de Gabriel las frases hechas, dignas de cualquier libro motivacional, adquieren una fuerza inesperada. “Nada es imposible”, repite mientras empuña la pluma y la deja caer sobre el teclado. Tap. Tap. Tap. Tap. Tap. Su infinita paciencia hace que sea fácil creerle.

***

Tres electrodos se encuentran conectados a cada uno de los brazos de Gabriel. Sus dedos responden rítmicamente a los impulsos. Un hormigueo los recorre. La misma energía que hace dos años le arrebató sus brazos, ahora reactiva los nervios dormidos debajo de su piel.

La sala de fisioterapia del Instituto Nacional de Nutrición es un lugar blanco, lleno de pequeños cubículos. Al fondo, un par piscinas para hidromasajes y una especie de sala de juegos llena de pelotas de distintos pesos, caminadoras y rampas en donde los pacientes pueden realizar actividades de la vida diaria con supervisión médica.

Gabriel habla con África Navarro, una joven fisioterapeuta a quien conoció mientras ésta realizaba su servicio social y que ahora dedica tres horas para intentar devolver la movilidad total a las manos del hombre al que ve un día sí y otro también.

Parecen dos amigos que charlan en un café despreocupadamente. Como Gabriel acostumbra, su plática viaja de un tema a otro. Habla del gato de sus hijos que tuvieron que castrar para que no se peleara por las hembras de la cuadra. De que a veces no puede destapar sus medicamentos por sí mismo. Menciona el sacrificio que representa asistir todos los días a terapia. Cuenta que siempre le han gustado los animales. Que hace mucho tuvo un perro corriente, “eléctrico”, que le salvó la vida. Dice que su hijo se duerme hasta tarde estudiando y que no le gusta despertarlo temprano para que le prepare el desayuno. Habla de sus antiguas novias y de los trabajos que ha tenido en todos estos años: desde acomodador en la librería Porrúa y albañil, hasta mozo de cocina en Liverpool y distribuidor de productos farmacéuticos.

Gabriel mira sus manos de nuevo. Los primeros días no fueron fáciles. Apenas despertó de la operación sintió el peso de dos rocas colgando de sus hombros. Se había acostumbrado a la ligereza de sus brazos ausentes. Cada uno puede pesar hasta cuatro kilos y, a pesar de los ejercicios para fortalecer sus antebrazos, el peso lo desesperaba.

Recuerda que sus manos anteriores eran más grandes, poderosas, con las venas prominentes. Los dedos eran largos y delgados, achatados en la punta. Ahora una protuberante cicatriz divide sus brazos en dos mitades de colores distintos. Sus manos actuales son morenas y regordetas.

Tampoco se acostumbraba a sus uñas. “No podía dejar de mirarlas”, cuenta su hijo, también llamado Gabriel, un muchacho de 21 años, de lentes y cabello crespo, quien aún intenta acompañarlo todo el tiempo a la escuela y a las terapias.

La mirada ausente y extrañada de su padre se clavaba durante largos ratos en esas uñas que seguían creciendo aunque su dueño original estaba ya muerto.

“Son tus manos papá. Grábatelo en la cabeza, son tuyas”, le dijo su hijo una noche, preocupado. Y desde entonces, Gabriel padre repite esas palabras como si fueran un mantra.

–¿Qué es lo que más extrañas de tus manos?
–Cuando terminó la operación, las miré y, no te voy a decir que no, la verdad sí las extrañé –dice con una sonrisa tímida, como si le avergonzara reconocerlo–. Me gustaban más, pues. Eran más grandes y tenían marcas de todo lo que yo había trabajado. Pero, ¿sabes? Cuando las miré bien, vi que en las uñas de éstas había restos de pintura. Entonces me di cuenta de que también eran trabajadoras. Desde entonces me empezaron a gustar.

Después de acabar su sesión con los electrodos, Gabriel sigue con ejercicios sencillos pero que aún lo hacen sudar.

Intenta ordenar por tamaño una serie de cilindros, bota pelotas de diferente peso y tamaño, abre y cierra compuertas y cerrojos en una tabla de un metro cuadrado repleta de cerraduras y dispositivos.

Lo más difícil es hacer que las manos recuperen la conciencia del espacio. La propiocepción es la facultad del cerebro por ubicar la posición de los músculos o de los miembros del propio cuerpo.

Cerrar los ojos y ubicar el dedo índice sin verlo, o medir la distancia para tocar los objetos en una mesa, es algo que casi todos podemos hacer sin dificultades. A Gabriel le costó meses.

–A veces me siento frustrado. “¡Ya no puedo!”, les digo.
–¿Qué ha sido lo más difícil?
–Venir todos los días y sentir que mis manos siguen igual, engarrotadas. África y yo hemos llorado porque sentimos que no avanzamos.
–¿Y no avanzan?
–¡Claro que avanzamos! Y vamos rápido. Lo que pasa es que uno no lo nota.

Hasta el momento, su mano izquierda es la que lleva ventaja. Es la más fuerte y la mejor educada.

Algo llama la atención. Vista a la distancia, la forma de sus brazos parece completamente armónica con la de todo su cuerpo. Según los médicos, es gracias a la plasticidad del cuerpo y el cerebro. Una vez que la mente acepta los nuevos brazos, comienza a moldearlos de acuerdo con sus características y necesidades. Hace unos meses, eran ligeramente más anchos. La diferencia era notoria. Hoy, parecen haberse afilado. También el color de piel ha cambiado, poco a poco los brazos han comenzado a aclararse, a adoptar el tono de piel del resto del cuerpo.

El intercambio de sustancias va adaptando lentamente las manos y moldeándolas al nuevo cuerpo, como si fueran plastilina.

***

Hay días que lo arrasan todo. Días como tornados capaces de apagar las esperanzas con un solo soplo. A nuestro alrededor todo parece más frágil que de
costumbre, a punto de romperse.

Pero existen personas invulnerables a esos días negros, capaces de devolver el golpe con elegancia y humildad. Hombres que parecen haber comprendido que el dolor es sólo una de las muchas estaciones por recorrer. Y que no vale la pena quedarse demasiado tiempo ahí.

Gabriel Granados parece ser una de esas personas, aunque aún no pierde el miedo de subir a una azotea y acercarse a la orilla. Recuerda el día en que el rayo lo alcanzó y dice que, a fin de cuentas, los planes de Dios casi siempre son perfectos y que los imperfectos somos los humanos.

–¿Te imaginas si la descarga hubiera alcanzado a mi sobrina en lugar de a mí? ¿Crees que lo hubiera resistido? –pregunta y niega con la cabeza, sin esperar la respuesta.

Después de dos años y medio, por fin puede entender el sentido de aquel día en que la alta tensión lo hizo escupir espuma. Es increíble que después de todo lo sufrido, pueda agradecer lo sucedido.

–Pude haberme muerto, pero no me morí –dice Gabriel–. No fue fácil.

Después de perder sus manos, no dejaba de lamentarse. “¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí?”. Hasta que su hermana, harta de verlo decaído, lo reprendió: “Porque de todos nosotros, de toda tu familia, tú eres el único que lo hubiera soportado”. Y Gabriel supo que era cierto.

Debió someterse a una larga cadena de estudios y valoraciones: pruebas psiquiátricas, de anestesiología, de cardiología, rayos X, resonancias magnéticas.

Se necesitaba a un candidato a ser receptor con una salud impecable capaz de soportar no sólo la cirugía, sino los medicamentos que tomará de por vida, el proceso de rehabilitación y el impacto psicológico de tener las manos de otra persona integradas a su propio cuerpo.

Según el diagnóstico psiquiátrico que le realizaron, se trata de una persona con un grado de inteligencia emocional alto, capaz de adaptarse a cualquier circunstancia adversa. El éxito de la operación se debe, en gran parte, a la sana personalidad de Gabriel, a su equilibrio mental y al apoyo de sus hijos y esposa.

***

Mañana es 17 de mayo de 2013 y Gabriel Granados se vestirá solo. Apenas requerirá de la ayuda de su hijo para anudar su corbata azul cobalto y abotonarse la camisa, en un tono más claro del mismo color. Está a punto de cumplir un año exactamente de la fecha en que una cirugía le devolvió las manos. El Instituto Nacional de Nutrición se ha querido vestir de gala y ha organizado una conferencia de prensa.

Pero ahora recuerda su infancia. Aquellos primeros años en su natal Michoacán, cuando en casa no había más que un plato de frijoles para comer. Evoca el momento en que llegó al Distrito Federal a los seis años y los días en que vendía hielo y alfalfa de casa en casa para ayudar a la economía familiar.

Cada que se le pregunta sobre cómo ha logrado avanzar tan rápido en su recuperación, responde lo mismo: “La vida te enseña muchas cosas”.

Es una frase que repite cada tanto, como un pequeño mandamiento.

–Cuando terminé la carrera de Contaduría –dice ahora, en voz baja y seca–, mi mamá me dijo algo que nunca voy a olvidar: “Hijo, te fallamos. Tú triunfaste, nosotros te fallamos”. Ese día yo me quebré.

La voz se le adelgaza, cada palabra llena de agua sus ojos. Antes del accidente Gabriel nunca lloraba. Prefería tragarse las lágrimas, ignorar el sentimiento. La vida te enseña muchas cosas, repite y es cierto. Últimamente, está aprendiendo a llorar. Porque hay días en que el dolor asoma con todo.

–No creas. Todos nos quebramos. Pero no estoy solo. Lo que he logrado, lo he hecho con mi esposa y con mis hijos –afirma, secándose las lágrimas con la manga de su sudadera deportiva–. En ocasiones no se puede solo. Y bueno, esto de las manos, es una victoria para mí. Pero también es una victoria de todos. De mi familia, de mis papás, de los doctores, de la persona que me los donó, de las fisioterapeutas. De todos, de todos.

Mañana, Gabriel estará frente a un atril y dará su testimonio. Responderá las preguntas de los reporteros con la sencillez de siempre, como si en verdad quisiera decirles a todos que, si bien ha sido un proceso difícil, tampoco ha sido la gran cosa. “Caray, es sólo cuestión de disciplina y de paciencia, sobre todo, mucha paciencia”.

Dos años y medio después de su accidente, el día ha llegado: posa para las decenas de cámaras que lo apuntan y lo iluminan. Los flashes lanzan cientos de destellos al aire cuando él sonríe y levanta las manos.

Dos palmas regordetas, coronadas por 10 uñas oscuras y redondeadas, se alzan por encima de su cabeza en un gesto triunfal.

Revolotean por el aire.

—Dame lápiz y papel —dice el piloto de Aerolíneas Argentinas Jorge Polanco, chomba amarilla, ojos claros, gesto tranquilo en este bar de Palermo.

Y en el cuaderno dibuja el gráfico de su aterrizaje en Bariloche: el lago, la pista, la maniobra en forma de gota, la flecha que representa el avión y, frente a él, a la derecha, la luz que le cambiaría la vida.

—En la cabina éramos cuatro. El primer oficial dijo: che, ¿qué carajo es eso? Y cuando levanté la cara vi algo de 30 metros de diámetro, con una luz arriba, naranja, que titilaba como si estuviera respirando, y otra verde, un verde rarísimo que en la puta vida había visto.

Empecé a pensar: esto es un sueño, no me puede estar pasando. Es un sueño y, en un rato, me voy a despertar.

Dijeron los diarios más importantes del país que el 31 de julio de 1995, una luz siguió durante 15 minutos al vuelo 734 de Aerolíneas Argentinas que manejaba Polanco. Según comentaron en el aeropuerto, durante ese cuarto de hora, que coincidió con un apagón eléctrico en toda la ciudad de Bariloche, los instrumentos de la torre de control fallaron: las agujas se movían violentas. Desde un avión de gendarmería, que volaba dos mil pies encima del Boeing, también vieron la luz.

—Fue la confirmación de algo que se venía hablando desde hacía mucho. La gente decía: este tipo no chupa, no es un boludo, no se confunde con una luz cualquiera.

Esa noche, Polanco volvió a Buenos Aires manejando el mismo avión.

—Estaba agotado. Como si me hubieran molido a palos, como después de un ataque de hígado que te hace vomitar toda la noche. Como si algo me hubiera sacado la energía.

A las 7.30 de la mañana siguiente lo despertó el teléfono. Querían hablar con él de una radio de Bariloche. A las 8, el timbre. El portero le avisaba que en la puerta había, por lo menos, quince periodistas.

“Era una luz entre ámbar y blanca, una especie de estrella pero bastante más grande y con un brillo muy intenso. En la torre, algunos instrumentos empezaron a moverse de un lado para otro sin ningún sentido”, dijo al diario Clarín, el entonces jefe de turno del aeropuerto, suboficial principal Daniel García.

—A los tres días me llamó mi abogado para que fuera a su estudio: me querían conocer. Al llegar, en la sala de reunión encontré la mesa con vasos de Coca Cola, sanguchitos de miga, parecía un cumpleaños de chicos. Y personas: jueces de la Corte Suprema, jueces federales, abogados. Mientras les contaba lo que había pasado hice un esquema en una hoja. Cuando terminé, uno me pidió el papel y otro: ¡Yo también lo quiero! Y un tercero, que gritaba que eso era un documento, una copia más. Me fui de ahí pensando que esos tipos estaban completamente locos.

“Vimos sobre el lago una luz ámbar que aumentaba y disminuía de intensidad y se desplazaba a gran velocidad hacia la Cordillera”, dijo al diario Crónica dos días después del incidente, Juan Domingo Gaitán, copiloto del avión de gendarmería que volaba encima del Boeing de Aerolíneas.

—Y después sí, fue una locura. Estaba comiendo en un restaurante y se me acercaba alguien y me decía: “yo también vi algo, dejame que te cuente”. Salí en revistas, fui a la televisión a almorzar con Mirtha Legrand dos veces, nota para esto, nota para el otro y a los diez días estaba harto. Me venían a ver los que estudian los ovnis: me querían usar de mujer barbuda. “Vení que tengo una conferencia en no sé dónde y quiero llevarte”. Yo he corrido turismo carretera, tengo un programa de televisión, pero la repercusión de ese caso superó lo que uno puede imaginar.

En la octava fila de asientos del vuelo 734 que manejaba Polanco, junto a la ventanilla derecha, sentado: el periodista Mariano de Vedia, hoy editor de política del diario La Nación, leía un libro de García Márquez. “El otoño del patriarca” o “Crónica de una muerte anunciada”. No se acuerda cuál. “Me enteré de todo al día siguiente —cuenta por teléfono—. Salvo por un sacudón y el comentario de que no se iba a poder aterrizar porque no había luz en el aeropuerto, no vi nada: miré por la ventanilla, pero todo estaba oscuro. A mí me quedó la sensación de que el piloto hizo una mala maniobra y debió arreglarla con un movimiento brusco. Tengo la sospecha de que para justificar ese movimiento ideó la fantasía que contó en todos lados. Quizás, después se la creyó. No sé si existen los ovnis, pero para mí en ese vuelo no hubo una certera señal de que se tratara de uno”.

—Yo me retrotraje mucho con este tema —sigue Polanco y de un trago termina el cafè—. Me saturaron. Me hincharon las pelotas. Soy comandante de Jumbo desde hace 33 años, soy asesor de la Administración Nacional de Aviación Civil (ANAC). Y en un momento dije: ya está. El que quiere tener la cabeza abierta, el que quiere creer, que crea. Pero es muy difícil encontrarte con tipos que te dicen: che, ¿vos viste un plato volador? No, boludo, estaba al pedo e inventé este quilombo porque no tenía nada más que hacer.

Creer o no creer

El mundo de los ovnis es un mundo de afirmaciones y negaciones, de crédulos e incrédulos, de ficción, dichos incomprobables, mitos y fantasía.

Los que creen parecen tener miedo de hablar abiertamente, reconocen que hay muchos prejuicios, y antes de explayarse tantean a quien pregunta, lo miden, certifican si, aunque mínimamente, comparte la creencia. Luego, ya en confianza, citan fechas y casos y eventos y nombres en inglés, declaraciones, una montaña de información que, a ellos, les resulta suficiente.

Dicen que los militares investigan y ocultan, que la iglesia pone mucho esfuerzo en que nada se sepa, que a nadie le conviene encontrarse con una civilización mucho más adelantada, con tecnología superior. Se esfuerzan en tratar de convencer a otros, despertarlos, abrirles los ojos para que vean que todo esto no son puras palabras. Dicen tener contacto con muchos científicos (físicos, astrónomos y otros) que no pueden decir lo que piensan por temor a ser excomulgados de la comunidad. Dicen que, aunque sea imposible de demostrar, de cada diez científicos, dos o tres creen en silencio.

Nombran comisiones locales que nunca se dieron a conocer, dicen que la página web de la fuerza aérea chilena publica casos puntuales de avistajes, nombran ejemplos internacionales de investigación y censura: mencionan el cierre del “Project Blue Book” (Proyecto Libro Azul) en 1969, un programa estadounidense para la investigación ovni. Y se preguntan por qué la fuerza aérea norteamericana dispuso las ordenanzas AFR 200-2 y JANAP-146, que establecen penas de 10 años de cárcel y US$ 10 mil a los pilotos civiles y militares que divulguen información de observaciones.

Sin embargo, en un momento de la charla, reflexivos, aceptan que hay una barrera infranqueable en cuanto a la investigación. Se llega hasta donde se puede y luego, a la hora de pensar el origen de los fenómenos, empiezan las hipótesis:

—Y ahí sí —dicen—, se propone cualquier cosa.

Y cuando se les pregunta qué se supone que son los ovnis, hablan de tres posibilidades:

Un fenómeno espacial que viene de otro planeta.

Un fenómeno de un mundo dimensional: adelantado al nuestro, quizás, 15 minutos.

Un fenómeno creado por una potencia terrestre. ¿Su utopía? Encontrar un método predictivo. Revisar la estadística, los casos y las particularidades de cada uno y así descubrir una clave, algo que indique cuándo un ovni va a aparecer; para estar preparados y poder ir a su encuentro.

Del otro lado, los que dudan o no creen hablan de locura, de ansias de fama y trascendencia, de mentira y negocios. Dicen que no hay nada concreto que demuestre que existen los extraterrestres, ni los ovnis ni nada.

Están los que no saben demasiado sobre el tema, no conocen casos, fechas ni detalles. Tampoco les interesan. Y los desmitificadores, que llevan adelante una guerra contra lo que nombran como una manga de chantas. Conocen, con precisión, casos falsos, burdamente armados y enumeran absurdos y sinsentidos, nombres de investigadores, a los que tildan de truchos y asocian con fraudes memorables.

Los que dudan o no creen parecen tener ganas de que todo sea mentira. Parecen temer que algo pueda ser verdad. Dicen que sí, que hay gente que ve. Y, luego, preguntan si de esos avistajes se puede deducir la existencia de civilizaciones avanzadas. Y, arrebatados, siguen: ¿Qué vieron? Seguramente meteoritos o globos aerostáticos o restos de un satélite o aviones o helicópteros, prototipos militares, o fenómenos climatológicos poco comunes, raros fuegos de San Telmo o meteoros ígneos, descargas de efecto corona electroluminiscentse provocadas por la ionización del aire en fuertes tormentas eléctricas.

Dicen los que no creen que uno puede encontrar a quince, veinte personas, que digan que un plato es circular aunque lo veamos cuadrado. Que el problema es cómo demuestra el que argumenta que ese plato es circular.

Hay, también, conversos, arrepentidos. El periodista Alejandro Agostinelli es uno de ellos. Y aunque hoy se defina como un agnóstico, hace unos 30 años armó un centro de investigaciones ufológicas: el Centro de Estudios de Fenómenos Aéreos no convencionales.

Luego, empezó a trabajar en diarios y revistas, investigó casos y se fue transformando, sin quererlo, en un desmitificador. Publicó un libro, “Invasores. Historias reales sobre extraterrestres en la Argentina” en el que compiló once historias de extraterrestres. En el prólogo resume la experiencia. Escribe: “Yo también sabía que la ufología no era una ciencia. Pero sus aficionados hacíamos lo posible por parecer científicos. Buscábamos asesores en diferentes ramas del conocimiento, aprendíamos a hacer encuestas con el manual Técnicas de investigación social, de Ezequiel Ander-Egg, y compartíamos un sueño: descubrir algo capaz de poner patas para arriba a la ortodoxia científica. Pero éramos, en realidad, una cruza extravagante de filatelistas, cazadores de pterodáctilos y micólogos: coleccionábamos recortes, buscábamos platos voladores cuando ya se habían retirado y desenterrábamos hongos en las zonas de aterrizaje”.

Hay, además de personas que creen y no creen, dudosos, agnósticos, conversos y arrepentidos, casos que sorprenderían al prejuicioso. Como el del físico Stephen Hawking, que uno supondría racionalista y escéptico, pero que en abril de 2010, meses antes de negar a dios, descartarlo como creador del Universo, dijo que casi seguramente los seres extraterrestres existan. Que los seres humanos deberíamos hacer todo lo posible para evitarlos.

Creer o no creer en Dios es una cuestión de fe.

Al parecer, creer en los ovnis, también lo es.

Una comisión oficial

En 2011, según la Fundación Argentina de Ovnilogía (FAO), hubo en el país 250 avistajes: observaciones de objetos, fotografías, videos, marcas de terrenos. Al menos para la Argentina, en materia de ovnis no fue un año demasiado prolífico. La oleada más grande de los últimos tiempos, según datos de la FAO, se produjo en 2008 con 555 casos registrados. Si hubo más, nadie lo sabe. Y sin embargo, para los amantes argentinos de los ovnis, los ufólogos, los curiosos del espacio, 2011 fue un año histórico por otro motivo: En abril, la Fuerza Aérea presentó una Comisión de Investigación de Fenómenos Aeroespaciales, un organismo oficial para estudiar casos ovnis, para responder “al incremento de avistamientos por parte de la gente”, integrada por especialistas en meteorología, interpretación de imágenes, fotografía aérea, ingenieros electrónicos, aeronáuticos, radaristas licenciados y geólogos: militares racionales. Y por cinco civiles que, sin duda alguna, creen.

El chico rubio, de unos veinte años y el modo amable y cálido de un militar de bajo rango, cuenta que se emitió un comunicado a las tres fuerzas que ordena que cualquier persona que vea “algo extraño” debe informarlo a la Comisión. Además, explica, reciben denuncias de civiles en la página. Y dice que esta mañana entrevistaron a un piloto, muy experimentado, que vio luces extrañas en el cielo. Dice que si un periodista le pidiera a su jefe el contacto de ese piloto, seguramente, él no tendría problemas en facilitarlo. Se equivoca.

El jefe, a cargo de la comisión, es el vocero de la Fuerza Aérea, el capitán Mariano Mohaupt. Hablar con él es como tratar de atravesar una pared de cemento empujándola con la frente. Amable, se saca las preguntas de encima como si fueran hojas que hubieran caído sobre su uniforme. Con delicadeza, las corre hacia el costado y, sonriendo, mientras espera las siguientes, las ve girar hasta el suelo.

Uno pregunta y él responde, en casos, como si las palabras que suceden a la consulta no tuvieran por qué tener una estricta relación con la misma.

—Leí que anteriormente que, si bien no se dieron a conocer, a lo largo de la historia en la Fuerza Aérea Argentina hubo comisiones que investigaron casos de ovnis. ¿Ese material de archivo se pudo usar?
—La comisión empieza basándose en cuestiones netamente técnicas y profesionales con personal que se encuentra en este momento en actividad, y personal que está afuera. Lo importante es que la comisión sea interdisciplinaria y que las profesiones de sus diversos integrantes confluyan en el objeto de estudio para, de esa forma, poder determinar cuestiones de la manera más conveniente posible.

Mohaupt explica que se trata de aprovechar “las capacidades remanentes de la institución”. Es decir, que el personal participa “sin perjuicio de sus funciones”. Dice que la Fuerza Aérea uruguaya tiene una comisión, que Chile tiene la suya, que Brasil lo mismo. “Somos parte de una suerte de contexto internacional”. Que la comisión nació a raíz de consultas de la ciudadanía. Y que hasta el momento han obtenido resultados satisfactorios.

Los procedimientos, detalla, son similares a los que usa la junta investigadora de accidentes. Llegan al lugar, entrevistan a posibles testigos y analizan la información. No obstante, en la charla, que durará media hora, el capitán dirá cinco veces que la comisión “no es un órgano de difusión”.

—¿A qué se refiere puntualmente?
—Nosotros investigamos. Si en un momento determinado no se sabe qué es algo, habrá que acumular información para que, en otro momento, quizás se pueda saber de qué se trata. Sin embargo, mientras tanto puede jugar la imaginación. Y nosotros no podemos estar sujetos a eso.

Servicios Ad Honórem

Si en enero de 1976, Carlos Ferguson no hubiera visto, sobre esa terraza de Saavedra el objeto color aluminio, dos platos perfectos uno junto a otro, que se movía de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, a menos de 45 metros de donde él estaba, no se habría metido en este tema. Pero, dice hoy en el comedor de su casa de La Plata, lo vio.

—Era un platillo volador, que se elevó hasta quedar hecho un punto y desapareció hacia el sudeste.

Decidió empezar a investigar. Le escribió al reconocido ufólogo Fabio Zerpa: trabajó cinco años con él. Y, luego, en 1991, para aunar esfuerzos en la titánica tarea de entender el fenómeno ovni, decidió formar la Red Argentina de Ovnilogía (RAO), que reunía a 50 grupos nacionales y de países limítrofes.

Un día de 2010, Ferguson, que trabaja en el área logística del Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires, se enteró por los diarios de que la Fuerza Aérea iba a armar una comisión, pero no como las anteriores, puertas adentro, sigilosas, sino una más abierta. Y decidió contactarse.

—Tuve suerte, o habrá sido la insistencia al llamar.

Fue el primer convocado.

Luego, le pidieron que sugiriera nombres, y él sugirió. Alberto Brunetti, del Grupo Investigador de Fenómenos Aeroespaciales Desconocidos (GIFAD); Carlos Alberto Iurchuk, analista de sistemas e investigador independiente de fenómenos siderales, y Andrea Simondini, de la CEFORA, la Comisión de Estudios Fenómeno ovnis de la República Argentina. Todos prestarían servicios ad honorem.

El mayor aporte que hicieron a la comisión, dice, fueron dos test. Uno más simple, de extrañeza y credibilidad, creado por el norteamericano Josef Allen Hynek, que los ufólogos usan al llegar a un lugar.

Y otro, mucho más complejo, que sirve para clasificar los casos en cuanto a su puntaje: el test de índice de certidumbre. Un test difícil de aplicar, pero al parecer muy preciso, estructurado en base a tres factores (fuente, extrañeza y credibilidad) que al multiplicarse darán un número, un resultado que definirá si un caso es “bueno” o no merece atención.

1. La fuente tiene distintos valores. Si es desconocida o dudosa, no sirve (valor cero). Si pertenece a la prensa, el valor es 0,3. Si es un caso de difusión oficial o lo está investigando una comisión oficial, el valor es 1.

2. La extrañeza, a su vez, se divide en siete subfactores: aspecto anómalo, movimientos anómalos, incongruencia físico espacial, detección tecnológica, encuentro cercano (menos de 150 metros), existencia de seres, existencia de luces y efectos. Cada subfactor vale 1/7. Si hay cuatro, la extrañeza será de 4/7.

3. La credibilidad, por último, se divide también en seis subfactores (número de testigos, profesión, edad, relación entre testigos, relación geográfica entre ellos, actividad del testigo a la hora de la visión), que antes de ser sumados entre sí deben multiplicarse por un coeficiente fijo que corresponde a cada subfactor. Por ejemplo: si el testigo es trabajador o ama de casa, el valor es 0,1. Si es estudiante universitario: 0,6. Hombres de negocios, empleados, comerciantes o artistas: 0,14. A este valor hay que multiplicarlo por el número 0,2. No es lo mismo si los testigos están viajando (0,01) que si estaban haciendo una actividad cultural o intelectual (0,12), que si estaban trabajando (0.15). Este item debe multiplicarse por 0,15.

De acuerdo al puntaje que tengan, los casos se ordenan según fiabilidad.

—Desde 1940 a 2011, de 1.700 casos que tenemos contabilizados en la Argentina, sólo hay 150 realmente buenos —dice Ferguson—. Uno de los que figura como los mejores, que dio la vuelta al mundo y apareció en libros de investigación oficial en Europa es el de Bariloche, el del comandante Polanco. Si bien para los civiles que la integran la comisión fue un sueño, algo que habían esperado durante años, dentro de los ufólogos hay opositores furiosos que creen que todo esto es una maniobra de ocultamiento.

“Una verdadera cortina de humo”, dice por teléfono Luis Burgos, presidente de la Federación Argentina de Ovnilogía (FAO). “No se armó para aclarar sino para desinformar y ridiculizar a los investigadores”.

Burgos está enojado. Dice que desde hace un año, a pesar de los 300 reportes ovnis en el país, la Comisión no emitió una sola declaración. Dice: “La integran meteorólogos, ingenieros, personas que están en contra del fenómeno. Para ellos, nosotros le mentimos a la gente”.

El mundo ovni es más chico de lo que parece. Burgos trabajó con varios de los civiles que integran la Comisión. Civiles que, según dice, lo defraudaron: lo decepcionaron por completo. “Pensaron que debajo de una comisión gubernamental iban a tener acceso a algo. Pero, por ahora, no les dieron nada. Cada uno sabe lo que hace: yo, al menos, los pantalones no me los bajo”.

Queremos saber la verdad

A principios de octubre de 2012, a días de la explosión que sacudió el barrio 9 de abril, en Esteban Echeverría, el cartel escrito sobre una sábana blanca, seguía colgado de una de las vallas que había puesto la policía. En letras negras, desprolijas, se leía: “No fue gas. Los vecinos queremos saber la verdad”.

El lunes 29 de septiembre, cerca de las dos de la mañana, una explosión increíble mató a la peruana Silvia Espinoza (43), hirió a otras ocho personas, derrumbó dos casas y afectó otras cien. Nadie sabe quién lo dijo primero, pero la mañana que siguió al accidente en la televisión había ufólogos y especialistas que hablaban de la posibilidad de un meteorito, un ovni, un microcometa, un fragmento de chatarra espacial, entre muchas otras cosas. En un canal, incluso, se publicó la foto de una bola de fuego roja que, dijeron, un vecino había tomado con su celular.

Julio Leiva, que vive en la esquina de Vernet y Los Andes, les contó a los periodistas que estaba en la cocina calentando agua para tomar unos mates, cuando en la ventana vio “una cosa roja con forma de pera que bajaba del cielo”. Otros vecinos también vieron, o sintieron, o creyeron ver o sentir que algo raro había pasado. Luego, alguien dijo que la foto era falsa. Luego, supuestamente, la policía detuvo al hombre que había difundido la foto.

La fiscal de la causa dio intervención a la Comisión Investigadora de Fenómenos Aeroespaciales. La comisión se hizo presente. Los civiles aplicaron el test de mayor simpleza, el de Hynek, el test de extrañeza y credibilidad. Se lo aplicaron a tres testigos, incluyendo a Julio Leiva. Según los resultados, el caso no cumplió con el mínimo valor aceptable para ser válido. Sin embargo, según los mismos resultados, los testigos no mintieron ni fabularon.

Ese mismo día, hombres de la CONEA, con trajes blancos y máscaras y guantes verdes, midieron la radiación en el lugar.

Luego, hubo una limpieza de los escombros.

El martes a la noche los vecinos quemaron gomas y cortaron la calle. Querían que liberaran al preso que habría difundido la foto, querían que dejaran de decir que había sido un escape de gas, querían una explicación: ellos sabían que todo era mentira.

“Una vecina que vive a 13 cuadras comentaba que se le prendió y se le apago la luz, esto lo dijeron un montón de vecinos, la luz se prendió y se apagó en el mismo momento”, decía alarmada la movilera de un canal de televisión y seguía: “A los vecinos les llamó atención que se hubiera limpiado tan rápido absolutamente todo”. En los demás programas se consultaban especialistas, se mostraba el lugar. Se hablaba mucho y se explicaba bien poco. Y cada vez era más los vecinos que decían haber visto un ovni.

A seis meses de la explosión, en el departamento de prensa de la Unidad Fiscal de Investigación 6 de Lomas de Zamora, a cargo del caso, indican que si bien “las tareas investigativas continuaban”, las pericias de Fuerza Aérea, bomberos y policía fueron concluyentes. “Se comprobó que hubo conexiones clandestinas de gas y se imputó a los dueños de la casa que explotó. Por otra parte, se agregaron oficios de la Fuerza Aérea donde dicen que en esa fecha no hubo movimientos interestelares ni meteoritos que pudieran estar relacionados con los hechos”.

Y sin embargo, los vecinos siguen creyendo que la municipalidad y la policía esconden algo. Cuando se les pregunta, no dejan de mencionar la palabra ovni. El creador de la Red Argentina de Ovnilogía cree que mucha gente entró al lugar. Que se hizo lo que no hay que hacer en estos casos: en vez de cercar el perímetro y realizar una minuciosa requisa del terreno, las topadoras removieron todo. Que la investigación se derrumbó en el momento en que las pruebas desaparecieron. Que, sin elementos, el caso quedará como inválido. Que ya, nunca más, se podrá saber qué fue lo que verdaderamente pasó.

Epílogo

¿Qué fue lo que verderamente pasó?

Mi tío me llama por teléfono desde Mendoza. Le cuento que estoy viendo unas fotos en internet, unas fotos que parecen cuadros pero son del espacio. Me pregunta por qué estoy viendo eso. Estoy terminando una nota sobre los OVNIS, tío, el eje de la nota es que, a fin de cuentas, creer o no creer es una cuestión de fe.

—No, no. Yo los vi.

Mi tío es universitario, da clases en un posgrado, hace poco lo convocaron desde Arabia Saudita para que hiciera una consultoría. Viajó: le fue bien.

— ¿Cómo?
— Fue a principios de febrero del 64. En ese momento yo vivía en una pension cerca del centro de Bahía Blanca, sobre la Avenida Alem, a unas cuadras de la Plaza Rivadavia. Me acuerdo, era una noche calurosa. Y de pronto, todos mirando hacia arriba. Una formación de tres estrellas. Me acuerdo, haber dicho: pucha, ¿y eso qué es?
—…
— Cambiaban de color: verde, azul, rojo, era muy extraño. Parecían estáticas, pero de repente salieron a una velocidad notable. Como tejos, rajando para un solo lado. No sé cuánto tiempo pasó, deben haber sido unos cinco minutos, pero al día siguiente saliò una nota en el diario La Nueva Provincia. Mucha gente los había visto.

Lo saludo. Corto. Sigo viendo fotos.

Parecen cuadros abstractos.

Así es el espacio. Debe ser así.

Habrá que creer, ¿no?

Una tarde de 1946 ó 1947 Dora Llosa tomó del brazo a su hijo Mario Vargas Llosa, de apenas diez años de edad, lo sacó a la calle, lo llevó caminando hacia el Hotel de Turistas, en el Malecón Eguiguren de la calurosa Piura, y allí le hizo una gran revelación:

— Tú ya lo sabes, por supuesto —dijo su madre — ¿No es cierto?
—¿Qué cosa? —respondió Mario.
—Que tu papá no estaba muerto.
—¿No me estás mintiendo, mamá?
—¿Crees que te voy a mentir en una cosa así?
—¿De veras está vivo?
—Sí.
—¿Lo voy a ver? ¿Lo voy a conocer? ¿Dónde está, pues?
—Aquí, en Piura. Lo vas a conocer ahora mismo.

Aquella noticia paralizó a Mario, quien hasta ese momento creyó que su padre había muerto y estaba en el cielo. Su madre, sus abuelos y tíos le habían ocultado la verdad hasta ese día del cual, asegura el escritor, aún no se ha recuperado.

La imagen que Mario tenía de su padre era la de un hombre “alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir”. Ese día la imagen de su padre cambiaría para siempre, una vez que ingresó con su madre al hotel y vio que un hombre vestido de terno beige y corbata verde se acercaba a ellos. La idea que tenía, del apuesto joven de la foto que acompañó su niñez, cambió rápidamente a la de “un hombre de carne y hueso, con canas en las sienes y el cabello ralo”.

Tenía como el sentimiento de una estafa, recuerda Mario Vargas Llosa en su libro de memorias “El pez en el agua” (1993). “Este papá no se parecía al que yo creía muerto”, enfatiza.

“¿Éste es mi hijo?”, le escuchó decir Mario. “Se inclinó, me abrazó y me besó. Yo estaba desconcertado y no sabía qué hacer. Tenía una sonrisa falsa, congelada en la cara”.

La Piura de esa época, que Mario Vargas Llosa abandonó el mismo día que conoció a su padre para viajar con él y su madre a Lima, ya empezaba a dejar unahuella en su vida.

***

Son las 11 de la mañana de un día de inicios de enero y en Piura hace calor. El termómetro registra 32 grados en esta ciudad rodeada de desiertos; o mejor dicho, plantada en medio del desierto del norte peruano, a unos mil kilómetros de Lima. Los árboles de algarrobo le dan un poco de frescura a la ciudad. Las carreras de la Navidad han pasado y todo parece tomar su curso cotidiano. La avenida Grau, esa calle donde se ubican tiendas de ropa, bancos, farmacias, almacenes de zapatos y otros negocios, está más sosegada que durante la última semana de diciembre.

Por estas mismas calles caminó durante su niñez y juventud Mario Vargas Llosa, durante los casi dos años que vivió al lado de su abuelo Pedro, su madre Dora y sus tíos Luis y Olga. El abuelo había sido nombrado como prefecto (gobernador) de la ciudad y viajó con parte de su familia desde Cochabamba, Bolivia, donde Mario había vivido sus primeros años. Por estas mismas calles caminó Vargas Llosa con el sueño de ser un gran escritor, viajar a Paris y hacer su vida como dramaturgo o novelista, pues sabía que difícilmente en un país como Perú podría salir adelante.

Por estas mismas calles caminó el escritor que más adelante un compañero suyo del Colegio Militar Leoncio Prado describirá como “un mozo que nació con un don”.

Son estas mismas calles las que el ahora Premio Nobel ha vuelto a recordar en su novela “El héroe discreto”, publicada en septiembre de 2013, y en la que cuenta la historia de Felicito Yanaqué, un empresario piurano dueño de una empresa de transportes que es extorsionado por unos mafiosos:

“…Volvió a sumergirse en el centro de la ciudad, lleno de gente, bocinas, calor, altoparlantes, mototaxis, autos y ruidosas carretillas. Cruzó la avenida Grau, la sombra de los tamarindos de la Plaza de Armas y, resistiendo a la tentación de entrar a tomarse una cremolada en El Chalán, enrumbó hacia el antiguo barrio del camal, el de su adolescencia, La Gallinacera…”

***

Me he propuesto visitar algunos de los lugares que marcaron la vida del escritor. Para empezar debo buscar el Teatro Variedades, donde Vargas Llosa presentó su primera obra de teatro, en julio de 1952. Me han dicho que debo buscar el Foto Estudio Carrasco o la tienda de Telas Manrique, el lugar donde alguna vez existió el famoso teatro y donde llegaban las familias piuranas de la época para asistir a las proyecciones y actos que allí se realizaban.

No es difícil encontrarlo, pese a que el edificio de cuatro plantas parece mimetizarse muy bien en medio del lugar. Los transeúntes, amables para orientar al turista, señalan de inmediato la esquina donde está la casa.

En el Teatro Variedades Jorge Mario Pedro Vargas Llosa presentó su primera obra, “La huida del Inca”. Había comenzado a escribirla en 1951 y unas semanas después de haber iniciado su quinto año de secundaria, en el Colegio San Miguel, se la mostró a su profesor de literatura, José Robles. El maestro la leyó y le sugirió enviársela al director Marroquín para ver la posibilidad de presentarla durante la semana de Piura.

“El doctor Marroquín aprobó el proyecto y, sin más, quedé encargado de dirigir el montaje, para estrenar la obra el 17 de julio, en el Teatro Variedades”, recordará el escritor muchos años después. “Vaya exaltación con la que corrí a la casa a contárselo al tío Lucho: ¡íbamos a montar La huida del inca! ¡Y en el Teatro Variedades, nada menos!”

Los ocho compañeros de Mario que conformaban el elenco de la obra ensayaron durante casi dos meses y medio. Sobre ese acontecimiento, Mario Vargas Llosa recuerda:

“La propaganda para la obra fue enorme, en La Industria y en El Tiempo, en las radios, y, por último, perifoneando por las calles. Recuerdo haber visto pasar, por la puerta del diario, a Javier Silva, rugiendo en una bocina, desde lo alto de un camión: «No se pierdan el acontecimiento del siglo, en vermouth y noche, en el Teatro Variedades…»

El teatro fue para Mario Vargas Llosa su primer amor. Desde aquel día de su adolescencia en que vio en el Teatro Segura, de Lima, “La muerte de un viajante”, de Arthur Miller. “Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista”, afirma. El escritor ha dicho que aunque Piura solo le hubiera permitido estar en un escenario disfrutando de la ficción del teatro y poniendo en escena una historia inventada por él, su deuda con esa ciudad sería impagable.

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Entre abril y diciembre de 1952 Vargas Llosa regresó a Piura a vivir en casa de sus tíos Lucho y Olga. Allí cursó su quinto año de secundaria en el Colegio San Miguel. Durante ese tiempo aprendió con los buenos profesores de la época que avivaron su interés intelectual, mientras trabajaba como periodista en el diario La Industria, donde oficiaba como redactor de notas locales e internacionales, y donde recibía un salario de 300 soles mensuales.

Del San Miguel recuerda que era un magnífico colegio en el que “convivían muchachos piuranos de familias humildes —de la Mangachería, de la Gallinacera y otros barrios periféricos— con chicos de clase media y hasta de familias encumbradas de Piura, que iban allí porque los padres del Salesiano ya no los aguantaban o atraídos por los buenos profesores”.

No olvida a sus maestros, al profesor Guillermo Gulman, quien dictaba un curso de economía política. “Fue ese curso, creo, y también los consejos del tío Lucho, los que me animaron a seguir luego, en la universidad, las carreras de Letras y Derecho”. También a Néstor Martos, profesor de historia, un hombre “de figura desbaratada, bohemio impenitente, que parecía llegar a clases, a veces, directamente de alguna cantinilla donde había pasado la noche entera tomando chicha, despeinado, barbicrecido, y con una bufanda cubriéndole media cara —¡una bufanda, en la tórrida Piura!—”.

Rememora también al Ciego Robles, su profesor de literatura, quien apenas descubrió la vocación de escritor le tomó mucho aprecio y le prestaba con frecuencia sus libros, que estaban forrados con papel rosado y sellados con su nombre.

Pero sobre todo, también recuerda que antes de terminar la secundaria, él y su amigo Javier Silva alborotaron a sus compañeros, porque las directivas del colegio habían decidido que los exámenes finales no los harían con horarios definidos sino de improviso, con el objetivo de poder “evaluar con mayor exactitud los conocimientos del alumno”. Por ello estuvo a punto de ser expulsado del colegio pero el director Marroquín, para no “estropearle su futuro”, decidió suspenderlo solo durante siete días.

“Todas las cosas que me pasaron allí, entre abril y diciembre de 1952, me tuvieron en un estado de entusiasmo intelectual y vital que siempre he recordado con nostalgia”, rememora el escritor sobre aquellos años en Piura.

Con amplios pasillos y espaciosos salones, el San Miguel se ubica a la altura de la cuadra nueve de la avenida Grau. En su entrada hay una escultura de uno cinco metros de altura con la figura del ángel del mismo nombre, que porta una espada en su mano derecha. La estructura del colegio fue reformada hace algunos meses y las placas donde se homenajeaba al Nobel están guardadas en algún salón de objetos viejos.

En uno de los salones de estudio que ahora observo, cuyas paredes están pintadas de un verde claro, estudió su último año de secundaria el Nobel peruano y en el colegio no parece haber ningún registro de tal acontecimiento.

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La Piura que recuerda el escritor y cuyas experiencias ha plasmado en libros como “El Jefe”, “¿Quién mató a Palomino Molero?”, “ El Pez en el agua” y ahora en “El héroe discreto”, es más que el día en que descubrió que su padre estaba vivo, el momento en que presentó su primera obra de teatro, o los recuerdos de su breve paso por el Colegio San Miguel. Es también el burdel “Casa verde” –de allí se inspiró para publicar la novela del mismo nombre– que quedaba camino al pueblo de Catacaos, a donde iban los piuranos de todas las clases sociales. —Ir a esa casa pintarrajeada de verde, en las afueras de Castilla, camino a Catacaos, me costaba mi magro sueldo de La Industria, de manera que fui apenas unas cuantas veces a lo largo del año—. Es también La Piura de los burros que en su época abundaban en las calles polvorientas y que todos los de su generación llamaban “piajenos”. Pero es, además, la Piura donde descubrió que los hijos no venían al mundo traídos por una cigüeña, “sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal”.

Esto lo supo un día en que se bañaba con dos de sus amigos en las aguas del río Piura. Allí entendió el significado de la palabra “cachar”.

El afecto que el escritor tiene por Piura es mayor al que podría tener por cualquiera de las ciudades donde ha vivido, pese a que su permanencia allí no fue mayor a dos años: entre 1946 y 1947, y en 1952. Pero “han sido épocas claves”, le respondió a un periodista hace un par de años:

“Cuando salía de la niñez y pasaba a la adolescencia y luego cuando salía de la adolescencia. O sea, viví en dos épocas fronterizas de la vida y debieron ser experiencias muy importantes porque fíjese todo lo que he escrito yo sobre Piura. Yo he estado y he vivido más tiempo en muchas ciudades del mundo, pero no he escrito mucho sobre ellas a pesar de que fueron ciudades en las que realicé gran parte de mi trabajo literario y, en cambio, de Piura sí. Y sigue siendo todavía una fuente de fantasías y sueños”.

En los recuerdos del escritor permanecen vivos los desiertos infinitos de la costa peruana, los tonos blancos, grises, azulados y rojizos que se formaban según la posición del sol y las playas solitarias; “un paisaje que más tarde me acompañaría siempre en el extranjero, como la más persistente imagen del Perú”.

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Modesto Ramos, próximo a cumplir 82 años, un hombre de buen hablar y larga experiencia; compañero durante dos años de Mario Vargas Llosa en el Colegio Militar Leoncio Prado, de El Callao, a quien encuentro por pura casualidad a un lado de donde quedaba el antiguo Teatro Variedades, destaca la gran capacidad que tenía su amigo para escribir.

“Fue un diablo, un diablo en el sentido que le dio Dios al dotarlo de este poder, porque es un poder que tiene”, afirma con convicción. “Este mozo nació con el don que tiene”. Contará además que en la calle Arequipa vivía el gordo Silva Ruete, íntimo amigo suyo, quien llegó a ser ministro de economía del Perú y a quien Mario dedica su libro “El héroe discreto”. Recordará también al BorraoGarcés, con quien se juntaba en la plazuela Merino a canjear estampillas.

—Mario ha sido mi perro en el colegio militar —afirma.
—¿Su perro?
—Un año inferior, yo lo mandaba.
—¿Cómo era él en esa época?

Modesto no duda en responder:

—Vago. Vago en el sentido de que no iba a clases, porque tenía el don ese de captar. Entonces, en el colegio militar, se perdía en una pérgola; no sé cómo conseguía la llave o cómo se metía, y ahí hacía los dibujitos a los que le incorporaba leyendas. Ese era Vargas Llosa.
—Es un orgullo para el Perú tener a un Premio Nobel como Vargas Llosa –le respondo.
— ¡Carajo, de primera! Y ahorita la ha embarrado, se ha metido a pelear con Cipriani, el primado de la iglesia del Perú. Y se mete con el papa. Se congracia con el papa y pelea con Cipriani.
—¿A Vargas Llosa le gusta cazar peleas?
—Agarra lo que puede, carajo, y donde se mete, se mete…

Don Modesto me da la mano y sigue su camino, perdiéndose entre las personas que pasean durante el mediodía por la avenida Grau.

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A inicios de marzo de 2012 Mario Vargas Llosa regresó a Piura. Durante varias horas caminó por sus calles, visitó pueblos vecinos y conversó con algunas personas. Seguramente observaba los escenarios de la que sería su siguiente novela, “El héroe discreto”. Se asombró de ver el crecimiento de la ciudad, con sus múltiples avenidas, sus centros comerciales, fábricas y hoteles. Sin duda, una Piura muy diferente a la que ha tenido en su memoria. De esa experiencia dio cuenta en su columna semanal “Piedra de Toque”:

“Los cambios en todo Piura son impresionantes. La Piura de mi memoria se ha volatilizado en un torbellino de gigantescos centros comerciales, flamantes urbanizaciones que se comen el desierto, gallardos edificios, universidades, colegios, fábricas, nuevas avenidas, nuevos hoteles y plantaciones de agroindustria para la exportación que han puesto a esta región a la vanguardia del desarrollo peruano… El Perú despegó por fin y la Piura querida de mi infancia y adolescencia está en el pelotón de cabeza de esta transformación”.

Lamentó que “la guadaña del tiempo” se hubiera llevado a sus profesores del Colegio San Miguel, a sus compañeros de clase y a buena parte de los que lo acompañaron en la primera obra de teatro que escribió y que presentó en el Teatro Variedades.

Y recordó el Hotel de Turistas de la Plaza de Armas donde vio a Ernesto, “ese personaje” que era su padre, y al río Piura que traía vida y por la que la ciudad celebraba con pólvora, fuegos artificiales y bandas de música…

Esa ciudad que al escritor le había generado tanta nostalgia y que le trae tantos recuerdos, parecía otra y sin embargo tenía la misma esencia de la que conoció de niño, la que terminó por cambiarle la vida.

Iris despertó con la tos de su esposo. Una nube de humo blanco le impedía abrir los ojos, incapaces de ver a su compañero de vida a pesar de los pocos centímetros que los separaban en la cama. Emiliano yacía a su lado, tratando de buscar una bocanada de oxígeno en ese nubarrón que inundaba su cuarto de 6 metros por 5. Seguía tosiendo en metralla. Casi sin parar. Buscando a tientas el brazo de Iris en medio del espesor de aquella cortina que, por más que trataba, no podía apartar de sus grandes ojos de miel.

—¿Viejito? ¿Qué te pasa, viejito? –preguntó Iris sobresaltada.

La respuesta de Emiliano fue la misma: una retahíla de toses e inhalaciones intercaladas con el mismo ahínco de los segundos anteriores.

Iris calzó sus sandalias plásticas para encender la luz en plena madrugada, bordear la cama matrimonial y llegar hasta la mesa de noche del lado de Emiliano, donde guardaba el nebulizador que le había comprado su hija para casos como estos. Preparó el equipo y lo dispensó ahí, sobre la cama, semi sentado y en medio de la nebulosa. Sacarlo de la habitación era inútil: el humo blanquecino estaba en todos los cuartos, en toda la casa, en toda la comunidad.

Dejó a Emiliano con la mascarilla puesta. Corrió en bermudas hasta el baño para buscar una toalla con la que iba a resguardarse del humo, si es que no quería terminar como su esposo. La idea era salvarlo y, para ello, era necesario usar un tapabocas.

Cuando Robert, el hijo de Emiliano –33 años, piel morena, contextura gruesa–, apareció en el cuarto esa madrugada, las explicaciones no fueron necesarias. Ambos sabían lo que pasaba. Emiliano no mejoraba con el nebulizador. La tos seguía su martilleo y su tez comenzaba a purpurarse. Fue entonces cuando Robert tomó la decisión:

—Vamos a sacarlo de aquí antes de que se nos muera.

Sin importarle el frío de la noche salió a la calle para que el teléfono tomara señal. Llamó al 171, pidió una ambulancia hasta su casa, en el sector 2 de Cambalache. “La del portón anaranjado”, “¿dónde venden leche de chiva? Más allaíta”.

Mientras tanto Iris vestía a Emiliano para llevarlo hasta una clínica: los dos Barrio Adentro de la comunidad y el módulo asistencial de la zona estaban cerrados.

En 15 minutos la ambulancia aparcó frente a su casa, pintada de un verde claro, casi invisible en la neblina. Dos paramédicos cruzaron el humo para cargarlo en la camilla. Eran cerca de las 12 y 20 cuando el vehículo corrió hasta la Clínica Caroní. El médico especialista no estaba de turno. De ahí aceleraron hasta la Clínica Ceciamb, donde luego del papeleo lo ingresaron a terapia intensiva.

Ahí estuvo internado por tres días: tiempo suficiente para aliviar parte de su crisis y agotar los 50 millones del seguro que le había contratado su hija María Auxiliadora.

—Se los tenemos que dar –dijo el médico refiriéndose al paciente.
—Está bien –asintió Iris, quien ya había tomado la decisión con Robert de llevarlo a un hospital.

En la sala de cuidados intensivos Emiliano volvió a toser. Tosía y tosía, como si no hubiera salido de aquella humareda. El monitor marcaba su ritmo con tono acelerado. Los médicos no tardaron en reaccionar. Le pusieron oxígeno. Nada. Electro-shock. Nada. El monitor hacía su ruido cada vez más continuo, hasta que, finalmente, a pesar de los esfuerzos de los médicos, aquel concierto de pitidos se convirtió en un sonido continuo.

Iris respiró profundo, salió a tomar aire y llamó a sus hijos. Contuvo las lágrimas antes darles la noticia: Emiliano De Pablos había muerto aquella mañana del 15 de septiembre de 2010. Otra víctima de la contaminación atmosférica de Cambalache. Otra víctima que arropa el vertedero de basura con su aliento mortal.

II

Fundado hace más de 50 años, incluso antes de la ciudad que la alberga, Cambalache es el asilo de un vertedero que alguna vez fue un relleno sanitario. Fue en 1985 cuando la Corporación Venezolana de Guayana (CVG) decidió que en ese espacio se dispondrían los detritos de la primera ciudad planificada de Venezuela: Ciudad Guayana, tierra del hierro. Del acero. Del aluminio. De las represas que todavía surten de energía eléctrica al país. La gran maqueta del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts, por su siglas en inglés) y el soñado polo de desarrollo como alternativa no petrolera.

La CVG decidió plantar ahí la semilla del vertedero, pero nunca lo consultó con los habitantes. Apenas se dijo que el terreno pasaría a formar parte de la corporación, pero nada más allá de eso. La comunidad se negó a salir. El estado se negó a reconocer. Los tractores derrumbaron casas, ranchos y hasta ganas de vivir durante más de 10 años en favor del reciente vecino.

A pesar de las tensiones, la vida transcurrió sin problemas. Al menos, en sus años primeros. Después de todo era un relleno, con 12 años de vida útil y una provisional de sólo 3. ¿Qué tanto daño podría causar? ¿Qué tanto problema sería una disposición de desechos controlada?

III

Es la mañana de un lunes quieto en el sector de Cambalache. Una nubosidad blanca y espesa acompaña el olor a lluvia que respira la comunidad: ese aroma que mana de la tierra húmeda con los primeros soles de la jornada. Es lunes 27 de mayo de 2013 y Tibisay Rosas está en su día libre. Aprovecha el descanso para ir al módulo asistencial, detrás del único colegio cercano, para ponerse la dupla de vacunas que aún tiene pendiente.

—Vente, Tibisay –le ordena la enfermera en tono amable, dirigiéndose a aquella mujer de estatura media, contextura gruesa, ojos grandes y aguarapados, que contrastaban con el curtido de su piel canela con 38 años de uso.

Tibisay accede con risa. Nerviosa. No le gustan mucho las inyecciones, pero sabe que es por su bien. Se para al lado de la enfermera, Mariluz Verde, quien recoge la manga de su franela roja donde reza la inscripción “Chávez corazón de mi patria”. Mariluz ahoga una torunda de algodón en el alcohol. Tibisay voltea. Cierra los ojos con fuerza y se ríe al sentir que esa masa fría le recorre en círculos el hombro izquierdo.

—Ya está listo, chica. ¿Viste que fue un pinchacito?

La paciente no pronuncia palabra. Sabe que viene otra inyección. Se prepara para el mismo procedimiento en el brazo derecho y salir de una buena vez de todo aquello.

Tibisay está en su día libre. No porque no tenga que ir a trabajar, sino porque no hay ni una asamblea en su agenda de actividades. “Andamos a cada ratico en una reunión porque aquí en Cambalache todos los días es un problema diferente”, dice la vocera del consejo comunal del sector 3, retorciendo los labios y encogiéndose de hombros mientras baja el tono de voz hasta el silencio absoluto.

Justo fuera del módulo de salud, refugiada en la sombra de un mango, Tibisay cuenta que el vertedero de basura es el responsable de la fetidez. De las moscas. Del mar de podredumbre que los embarga cada vez que arrecian las lluvias. La acumulación de desperdicios, sobregirada en tiempo y espacio, ha hecho que el depósito se convierta en una máquina de fluidos putrefactos que inundan la tierra hasta sus entrañas: un contenido que viaja hasta emerger en los patios de los vecinos.

Por eso, cuando llueve en Cambalache, llueve arriba y llueve abajo. Llueve adentro y llueve afuera. Agua de vida y agua que mata. Agua que inunda las casas de cinco de los seis sectores del asentamiento.

—A mí me ha pasado que cuando llueve en la noche, cuando voy a poner el pie en el suelo, eso es puuuura agua podrida –irrumpe la señora Aura Morillo, que detiene su paso al lado de Tibisay para reforzar su testimonio.
—Ella es un libro de aquí, de Cambalache. Ella tiene años viviendo aquí. Yo soy nueva. Yo tengo son 12 años acá. Ella tiene toda una vida viviendo aquí –refiere Tibisay con tono de respeto.

Aura tiene 64 años, pero parece de 80. La piel blanca de sus tiempos mejores es hoy una película de pliegues rojos y tostados, con manchas y surcos que le cincelan la cara. Sus ojos achinados, negros e irritados por el humo son lo único que asoman sus párpados caídos por el paso de los años. Aura vive en el sector 5 y, a pesar de que su piso es de concreto, los “lixiviados” (fluidos inmundos que manan de la basura) se abren paso entre el cemento, sus muebles y su dignidad.

Ya no es Aura la única que acompaña a Tibisay. Ahora hay otras mujeres y hombres de la comunidad. Todos forman un semicírculo alrededor del mango, que funge ahora de tribuna para exponer los problemas de la zona.

Ahí está Ana Morillo, que no es familia de Aura pero son “hijas de Chávez y hermanas en Cristo”. También está Cristian Morales, que encontró a su padre muerto tratando de escapar de una humareda nocturna la mañana de un 13 de octubre. También está su esposo, José Cedeño, que cuida la casa cuando hay inundación para evitar que entren los saqueadores. Está el sol, el mango, el calor, la humedad…

Las horas se gastan en comentarios y actualizaciones. En sus denuncias sobre la laguna de lodos rojos. En que el alcalde y el gobernador no sirven. En el brote de H1N1 y cómo prevenirlo. En que todos ahí son “revolucionarios” y en que la oposición, por más que quiera, “más nunca volverá”.

Mientras tanto el vertedero palpita a su propio ritmo, abriendo sus fauces a los camiones que van a alimentarlo con dosis de entre 1.000 y 1.400 toneladas diarias. Una bandada de zamuros lo custodia desde el cielo, con su vuelo en espiral capaz de preludiar hasta la misma muerte. Allá van los camiones, como piezas de juguete en ese campo de inmundicia. Allá van “los otros”, “aquellos”, los “medio raritos”, los que viven de la revisión y colecta de desperdicios que queman de vez en cuando.

Es ese humo el que afecta a la comunidad; el que les da a muchos ese timbre fañoso cuando hablan. Ese humo los afecta, claro, pero son sólo focos eventuales. El gran temor en Cambalache es la combustión espontánea que se genera por la acumulación de gases inflamables, y que los sume a ellos y a parte de la ciudad en una nube tóxica que deja muertes a su paso. A veces lentas. A veces rápidas.

—Disculpe, señora. ¿Cómo llegamos al vertedero?
—¿Ah, ustedes van pa’l bote?
—Sí.
—¿Vinieron armados? Pa’ allá no se puede entrar si no es armado. Después no digan que no se los advertí.

IV

Ese día cayó lunes, 3 de octubre de 2011: tres días después de la fecha límite para que el Estado clausurara todos los vertederos a cielo abierto. Así dictaba la ley de desechos aprobada un año antes, pero en ese tiempo de gracia el humo siguió azotando a los pobladores y sumaba nuevas vidas a su cuenta. Eso sin contar los casos que a diario saturaban el módulo asistencial de niños con gripes, alergias y un sinfín de asmas.

Todo esto fue minando la paciencia de la comunidad. Pero fueron las palabras del gobernador Francisco Rangel Gómez, el 30 de septiembre de 2011, las que pusieron a prueba el temple de los vecinos: para el gobierno el vertedero no se cerraría, sino en un plazo de cinco años.

Prepararon todo el domingo en la noche. Tibisay Rosas, Cristian Morales, Eliana Villanueva y Aurelio Vásquez. A la mañana siguiente, Cristian los pasaría buscando en su Cheyenne blanca a las 4:00 de la madrugada. Saldrían hasta la avenida Angosturita –hoy Avenida de los Trabajadores– para iniciar su protesta.

A las 5:00 de la mañana los cuatro estaban en la vía, cerrando el paso con palos y cauchos que consiguieron en el vertedero. Minutos más tarde, un primer camión de basura llegó al sitio con las luces encendidas. Nunca pasó. Tibisay le explicó el motivo de su queja solo para darse cuenta de que los camioneros también los apoyaban. Llegaron más camiones. Ninguno pudo pasar. La línea de carga con desechos sólidos fue creciendo con el paso de las horas, al igual que la indignación de los conductores comunes y el infarto de las vías alternas.

Ya a las 9:00 de la mañana el tráfico había colapsado. Ya no eran únicamente Tibisay y sus amigos, sino un bloque de la comunidad, dispuesta a detener el tráfico hasta sus últimas consecuencias. Hubo un grupo de camiones que trató de entrar, pero una vez más se lo impidieron. Las mujeres se acostaron en el calor de aquel asfalto. Ninguno se atrevió a tentar al destino.

Minutos más tarde comenzaron las llamadas. Era el secretario político de la Gobernación Horacio Alarcón –gordo, moreno, rapado, nariz ancha y estatura media– informándole que la tranca impedía el paso de los camiones de asfalto con el que hacían mantenimiento a la avenida.

“¿Ah, sí hay asfalto pa’ la Angosturita, pero pa’ Cambalache no hay nada? ¡Bueno, si no hay asfalto pa’ nosotros tampoco hay pa’ nadie!… ¿Ah, y nosotros no valemos? ¿El poder popular no vale?”, respondieron indignados.

Casi en paralelo llegó una delegación de la Alcaldía de Caroní. La gente la rechazaba. Querían la presencia del alcalde y una respuesta directa como diera lugar. Llegó un puñado de guardias nacionales, que luego de escuchar el argumento de Tibisay se quedaron en el sitio para resguardarlos. Pronto salieron “los de adentro”, con su aire de iracundia para exigir la reapertura del vertedero de basura. “¡Nosotros vivimos de esto! ¡Este es nuestro trabajo!”, gritaban los más amables, antes de que llegaran las patrullas de la policía municipal.

“No sé en qué momento fue eso, pero apenas llegaron se prendió una trifulca entre la gente de la comunidad y los del vertedero. Mi hijo tenía un palo en la mano y fue a ver lo que pasaba pero no soltó el palo. En eso vino la policía, lo agarró y lo metió preso”.

Tibisay abandonó la tranca. Fue hasta la comisaría de Unare para buscar a su hijo, pero no se lo devolvieron. Mientras tanto el alcalde José Ramón López ponía los pies en la zona de conflicto, pero ya las reglas habían cambiado: o devolvían al hijo de Tibisay o no soltaban al alcalde. Al final el trueque se dio. Se levantó la protesta y la gente sucumbió al calor de las 2:00 de la tarde. Recorrieron el vertedero, tomaron decisiones y a los tres días comenzaron las labores de saneamiento.

V

El cambio se sintió en el ambiente. La combustión espontánea cesó. Hoy Cambalache respira un aire más limpio, pero nadie sabe hasta cuándo dure la dicha. Hoy todos celebran la victoria, la de ellos, la de sus antecesores, la de los que lucharon y los que quedaron en el camino, pero ya volverán los camiones con nuevas de toneladas de basura. Volverán las moscas. Volverá la fetidez. Volverá el mar de podredumbre que los embarga cada vez que arrecian las lluvias. Los zamuros volverán a preludiar a la muerte, y aquellos, “los raritos”, los que viven entre delincuentes, volverán a quemar los desechos de vez que les venga en gana.

Hace tres años que Emiliano De Pablos murió, a causa de la asfixia provocada por el humo de las llamas. Esos son los fuegos del vertedero. Las candelas de “el bote”, que duerme ahora al cobijo de una nube que, a pesar de los años, todavía pulula sobre su lecho.

Todo el mundo sabe lo que pasó en la cárcel de El Porvenir y todo el mundo, especialmente Honduras, parece haberlo olvidado: cuando a las 9:10 de la mañana del 5 de abril de 2003, 10 minutos después de que estallara el motín, la Policía y el Ejército entraron a los patios con sus armas largas y sus pistolas, en teoría para poner orden, solo habían muerto cinco personas. Dos horas después, en aquel penal de una veintena de celdas se amontonaban 68 cadáveres.

***

La batalla la iniciaron los pandilleros del Barrio 18. Entre ellos y los Paisas -los presos no pandilleros- había un acuerdo de no agresión que se había respetado durante meses. A pesar de ser los eternos protagonistas de las portadas de diario, a pesar de encarnar todos los males y provocar todos lo miedos, a pesar de su talento para la violencia, la historia indica que en Honduras, cuando se trata de plantar batalla a otros grupos criminales o a las fuerzas de seguridad, los pandilleros llevan las de perder. En esa certeza descansaba la paz de El Porvenir, en la costera ciudad de La Ceiba. Los paisas cuadruplicaban a los pandilleros en número, aun contando a los recién llegados. Y eran paisas los “rondines”, el grupo de presos en los que las autoridades delegaban desde hacía años el orden en los patios, los hombres que a golpe de tolete o de machete imponían ley intramuros.

En plena explosión del plan “Cero Tolerancia” contra las pandillas impulsado por el gobierno del presidente Ricardo Maduro, si en las calles se temía y despreciaba a los pandilleros y la Policía había comenzado a perseguirlos a plomazo limpio con el aplauso de la población, en la cárcel se les vigilaba y trataba como a animales peligrosos. En El Porvenir, las autoridades habían dado a los rondines las llaves de las celdas 2 y 6, ocupadas por el Barrio 18. Los paisas, liderados por su coordinador general, Edgardo Coca, decidían quién entraba y salía, y cuándo. Hacían constantes registros, hasta tres al día. Establecían para los pandilleros castigos colectivos.

Esa paz desigual, sin embargo, comenzó a agrietarse el 7 de marzo, cuando Mario Cerrato, el Boris, aterrizó en El Porvenir con otros 29 dieciocheros. Habían sido trasladados desde la Penitenciaría de Támara, en teoría para evitar roces con otros presos. En teoría para evitar muertes.

Una vez en El Porvenir, el Boris no tardó en comprobar, indignado, que su Barrio bajaba la cabeza ante los abusos de los presos no pandilleros. Casi deinmediato conjuró reglas no escritas en la pandilla y logró desplazar al hasta entonces líder de los dieciocheros en el penal, Edwin Calona, El Danger, en la toma de decisiones. El Boris tenía en mente una guerra. Se sabe que sobornó a un custodio para que le proporcionara un arma y organizó un plan de ataque durante cuatro semanas. El sábado 5 de abril tomó su nueva pistola y se dirigió a la celda en la que estaban reunidos Coca y el resto de líderes de los rondines. Con él iban El Danger y otros ocho pandilleros armados con palos y cuchillos. El primer disparo de El Boris mató a José Alberto Almendárez, el subjefe de rondines. Encaramados a la confusión inicial, los pandilleros lograron abatir a balazos o machetear hasta matarlos a otros cuatro paisas. Buena parte de los rondines huyeron y buscaron refugio en los baños de sus celdas. Otros, los más veteranos, corrieron a buscar sus armas, para responder a El Boris.

Todos los testigos coinciden en que cuando, 10 minutos después del primer disparo, los policías que custodiaban el penal y los soldados de refuerzo entraron en los patios, lo hicieron a cañón suelto y con la intención clara de proteger a los paisas, matando a todo pandillero que encontraban a su paso. De inmediato, rondines, custodios y militares formaron un solo batallón que hizo retroceder a la mayor parte de dieciocheros hacia sus celdas. La carnicería estaba por comenzar.

Un rondín cerró con candado la celda 6, en la que se habían refugiado 25 personas, incluida una mujer y una niña que habían entrado de visita poco antes de la balacera, colocó cartones y colchones sobre la puerta de reja, los roció con combustible y les prendió fuego. Los policías que le vieron hacerlo no movieron un dedo.

A pocos metros, frente a la celda número 2, policías, soldados y rondines descargaron sus armas hacia los pandilleros que se habían refugiado allí, al tiempo que les gritaban que se rindieran. Por un instante cesó el fuego cruzado: los pandilleros se rindieron y lanzaron sus armas hacia el patio, pero los primeros que se atrevieron a salir con las manos en alto fueron acribillados. Uno murió en el acto. Los que quedaron en el suelo, heridos, retorciéndose, fueron rematados a golpes y cuchilladas por los rondines. Aquellos que en un primer momento se quedaron parapetados en la celda sufrirían una muerte más brutal: cuando el humo y las llamas que de la celda 6 ya pasaban a la 2 les forzaron a salir, fueron tumbados boca abajo en el suelo. En esa posición los ejecutaron. Después de lincharlos y acuchillarlos, todos fueron rematados a tiros. Los mismos tiros que más tarde permitirían reconstruir lo sucedido a Arabeska Sánchez.

En cada rincón del penal, respaldados por las armas de la Policía y los militares, los presos paisa completaron la venganza. Policías remataban a los pandilleros heridos, soldados contemplaban en silencio cómo rondines se ensañaban con cadáveres ya desfigurados.

El comandante a cargo del operativo, el subcomisionado Carlos Esteban Henríquez, detuvo la matanza alrededor de las 11, cuando supo que desde la escalera de un camión de bomberos que acababa de llegar a sofocar el incendio un camarógrafo lo grababa todo. Solo entonces ordenó a sus hombres dejar de disparar y trasladar hacia un hospital a los heridos. En su primera declaración a los periodistas, un vocero del Ministerio de Defensa, el subcomisario Leonel Sauceda, dijo que, de los incidentes carcelarios causados por pandilleros en los últimos meses, este había sido “el más grave”.

23 de las 68 víctimas tenían heridas por arma de fuego. 60 de ellas eran pandilleros del Barrio 18. Cinco murieron desangradas. Una recibió 20 machetazos en la cabeza. En la celda número 6 murieron 25 personas asfixiadas o quemadas. El cuerpo de una de ellas quedó calcinado a tal punto que fue imposible identificarla, y ni siquiera se pudo conocer su edad o su sexo. Los cuerpos de los muertos fueron trasladados a San Pedro Sula para que se les realizara la autopsia. Llegaron como podridos a la morgue. No aguantaron las cuatro horas de viaje a bordo de camiones sin refrigeración.

El presidente Ricardo Maduro, su ministro de Seguridad Óscar Álvarez y su viceministro Armando Calidonio, llegaron al penal a las 4 de la tarde, cuando todavía había cadáveres en el suelo. A los minutos, un miembro de la comitiva presidencial ordenó a los bomberos limpiar de inmediato el escenario de la masacre para que los presos sobrevivientes, que también habían sido evacuados tras el alto el fuego, regresaran lo antes posible a sus celdas. No importó —todavía hoy hay quien sugiere que ese era el propósito de la orden— que con el agua se borraran posibles pruebas y se convirtiera en tabula rasa la escena del crimen.

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La de El Porvenir fue la primera de las tres grandes masacres ocurridas en la última década en cárceles hondureñas. Un año después, en 2004, la quema del sector de la Mara Salvatrucha en el penal de San Pedro Sula causó 107 muertos. En febrero de 2012, como en una escalada macabra, otro incendio consumió casi totalmente la granja penal de Comayagua y murieron 361 hombres y una mujer que había llegado de visita. Medio millar de muertos en tres zarpazos bajo el aplauso de buena parte de la sociedad hondureña, que suele recibir la muerte de presos como una purga sanadora. Pero la huella puntiaguda de estos tres episodios en las gráficas oficiales de muertes violentas en los penales de Honduras no cuenta la verdadera historia. Es en el valle de los muertos casi diarios y en la negativa del Estado a asumir la responsabilidad por ellos donde brutalidad de la política penitenciaria en Honduras se vuelve transparente.

La hemeroteca y el relato de quienes sobreviven intramuros rebalsa de casos extraordinarios: en marzo de 2008 un grupo de expandilleros fue trasladado desde San Pedro Sula hasta Támara tras un motín en el que hubo nueve muertos. Una vez en la Penitenciaría Nacional fueron metidos en plena noche en sectores de paisas, pese a la certeza de que acabarían muertos. Así fue. Al amanecer había 18 pandilleros acuchillados. A mediados de 2009, dos juezas ordenaron medidas cautelares para proteger a un preso por homicidio cuya vida peligraba si era ubicado en el mismo sector en que cumplía pena el hermano de su víctima. Pese a haber recibido y leído las órdenes judiciales que explícitamente pedían que se le asignara al reo otro área del penal, el director del centro lo envió a la muerte. El director está hoy acusado de homicidio. En 2011 otro director penitenciario mantuvo a un preso epiléptico engrilletado de pies y manos en una pequeña celda de castigo en la base de un torreón de vigilancia, y se negó a que el personal de la clínica le diera su medicación. El preso murió y nadie señaló culpables. Son constantes los enfrentamientos entre internos, con armas de fuego. El 29 de marzo de 2012 un grupo de presos de la cárcel de San Pedro Sula derrocó por las armas a su coordinador general y estableció en el penal un nuevo orden. Tras varias horas de tiroteo se contaron 14 cadáveres.

Los informes de diversos organismos internacionales de derechos humanos, como la Comisión Interamericana o Naciones Unidas, han denunciado regularmente desde hace más de una década la crueldad de las condiciones de las cárceles hondureñas y el constante riesgo para la vida de los presos. Sin que haya habido cambios. Solo en los últimos tres años han muerto de forma violenta en cárceles de Honduras más de 450 presos. En promedio, uno cada dos días y medio. Baleados por los guardias, acribillados por disparos de otros reos, perforados por las esquirlas de una granada, estrangulados, acuchillados, ahorcados, apaleados, empalados, decapitados, quemados vivos.

Resulta imposible acceder a registros sistematizados y completos de muertes violentas en las últimas décadas, pero los datos oficiales de mortalidad en cárceles, que convenientemente mezclan los decesos naturales con homicidios y asesinatos, no logran esconder lo evidente: el promedio entre 2003 y 2012 fue de 106 muertes anuales dentro de prisión, la inmensa mayoría de ellas por hechos violentos. Si Honduras es el país más violento del mundo con una tasa de homicidios de 79 por cada 100 mil habitantes en 2013, y tiene una mortalidad total de 4.78 por cada mil habitantes según datos de 2012, sus cárceles son el lugar más peligroso de Honduras con una tasa de mortalidad promedio que supera los 7.8 por cada mil presos en la última década.

Las autoridades hondureñas suelen sugerir que los incendios en cárceles son excepcionales e imprevisibles, que las muertes de presos en plena fuga son inevitables y justas, y que los motines o las venganzas entre internos son aleatorias. Como si las lógicas salvajes de los presos fueran incomprensibles. No es sino una forma de mentira institucional. En las cárceles, las muertes siempre tienen una explicación. Y las masacres de El Porvenir, San Pedro Sula y Comayagua no son sucesos aislados sino cimas, cumbres, de la normalidad asesina del sistema penitenciario de Honduras. Unas veces el Estado mata directamente a través de sus funcionarios de prisiones; otras, facilita que sean otros los verdugos en un sistema de pena de muerte tácita.

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10 años después, sentada en el bar de la zona hotelera de Tegucigalpa, Arabeska Sánchez reflexiona sobre la masacre. Es evidente que le alegra que a alguien le importen aquellos muertos tanto tiempo después y en un país que todavía aplaude sin pudor diversas formas de limpieza social.

Lo que llegó a la mesa de Arabeska Sánchez no parecía una bala. Ese pedazo de metal deforme podía ser cualquier cosa, y aun asumiendo que fuera un proyectil iba a ser imposible rastrear el arma del que salió. Ella, corpulenta, bajita, arrugó la cara, detrás de sus lentes entrecerró aun más sus pequeños ojos e intentó adivinar alguna pista en esa esquirla de plomo, pero terminó por rendirse. Había visto en televisión las escenas de la masacre de la cárcel de El Porvenir y la carcomía el deseo de ayudar a identificar a los perpetradores. Pero de los centenares de balas y casquillos recogidos por el Ministerio Público después de la matanza, su astilla era la más inútil. Incómoda, la devolvió a la bolsa en la que venía etiquetada como indicio y escribió en su dictamen: “El fragmento ha perdido masa y características de clase e individualizantes. No tiene valor analítico.”

Sentada en la parte menos ruidosa de un bar que pretende ser bohemio, en medio de la zona hotelera de Tegucigalpa, Arabeska Sánchez se aferra a un vaso con hielo y seven up mientras rememora su intento de descifrar los secretos de aquel pedacito de plomo. No he conseguido que acepte una cerveza o que me acompañe con un trago de ginebra. Dice que mañana tiene que madrugar.

—Nada de alcohol si hay que trabajar.

Es, y lo demuestra en cada frase y cada gesto, una mujer serena. Dura, agresiva en sus opiniones, pero serena. Supongo que solo anclado en esa serenidad puede uno haber visto desfilar ante sus ojos toda la muerte que cabe en Honduras y continuar creyendo que se puede salvar a este país de sí mismo.

Aquel abril de 2003, como si se apiadara de su frustración, el azar quiso que el peritaje fallido le abriera a Arabeska Sánchez una puerta mayor en la investigación de la masacre. Puesto que era la única miembro del laboratorio que no presentaría prueba balística en el juicio, la fiscal del caso le asignó una nueva tarea: reconstruir con la mayor precisión posible, usando los informes de sus compañeros, la masacre de la granja penal de El Porvenir. Sin pedirlo, se convirtió en una pieza clave para probar cómo el Estado hondureño, en complicidad con una banda de matones, asesinó de manera salvaje en dos horas a seis decenas de seres humanos.

Asegura que, más aun que la masacre en sí, y por despiadado que parezca, fue el largo y tenso juicio posterior el que retrató el nivel de desprecio del gobierno de Honduras por la vida de los prisioneros.

—Si quieres saber cómo es, incluso 10 años después, el sistema penitenciario de Honduras, buscá y revisá el expediente del caso de El Porvenir. Fue la primera vez que se desnudaron todas sus debilidades.

Arabeska no lo dice, o lo dice con otras palabras: la de El Porvenir no es una historia del pasado. El país más violento del mundo mantiene aún hoy, como política no oficial, el exterminio sistemático de sus presos.

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El juicio por la masacre de El Porvenir inició en marzo de 2008 y fue un pulso del Estado hondureño consigo mismo. Mientras el Ministerio Público pujaba por el esclarecimiento de las 68 muertes, el Ejecutivo ponía todo su empeño en el encubrimiento. Quedó probado que la dirección del Sistema Penitenciario había alterado en su libro de incidencias la hora en que comenzó la masacre. Quedó probado que los informes de novedades de la Policía Preventiva se habían falseado para hacer ver que la voz de alarma se dio tarde y el operativo policial había durado una hora menos de lo que realmente duró. Quedó probado que el jefe policial a cargo del operativo mintió en su informe y escribió que sus agentes habían sido recibidos a balazos por los pandilleros y solo habían disparado en defensa propia. La Secretaría de Seguridad pagó los abogados de los custodios, contrató a peritos en balística e incluso reclutó a investigadores del Ministerio Público para que argumentaran en contra de las pruebas de la acusación.

Con la mirada endurecida detrás de sus inseparables lentes, Arabeska Sánchez explica la sensación de desventaja que tuvo el equipo fiscal durante todo el proceso que duró 159 días, algo más de cinco meses.

—Éramos cuatro personas: dos fiscales, un médico forense y yo, y delante teníamos un buró de 60 defensores, una barbaridad de gente. Sentíamos una presión terrible.
—¿Recibieron alguna amenaza?
—Hubo vehículos sospechosos siguiendo el carro de la Fiscalía que usábamos en La Ceiba, así que pedimos un vehículo de refuerzo que nos acompañara cada vez que nos desplazábamos del hotel a la audiencia. Después de cada sesión teníamos que encerrarnos. Balearon a un muchacho en el parqueo de mi hotel, y también hubo disparos frente al hotel en que se estaba quedando la fiscal.

Las salas de audiencia de los tribunales en La Ceiba eran demasiado pequeñas para un proceso de estas dimensiones, así que el juicio se celebró en la sede local del colegio de abogados. Todos los días se desplegaba un cordón policial que rodeaba el edificio en el que se estaba juzgando, principalmente, a policías por el asesinato de presos. Aunque se esgrimía razones de seguridad, para el equipo fiscal era una forma más de intimidación. Durante las audiencias, los jueces pidieron a los acusadores que no se levantaran al baño en los recesos para no exponerse a recibir ataques. A los pocos días de comenzar el juicio, una amenaza de bomba obligó a desalojar todo el edificio y suspender la audiencia durante horas.

Toda La Ceiba se convirtió para Arabeska Sánchez y su gente en territorio hostil. Mientras los acusados y sus familiares celebraban barbacoas por la noche, los cuatro miembros del equipo fiscal comían aislados en su hotel. No había quien quisiera sentarse con ellos ni se podían dar el lujo de caminar tranquilamente por la ciudad costera.

Las pruebas y testimonios eran, en todo caso, aplastantes. Durante el juicio se mostraron imágenes de televisión en las que se veía a agentes golpear a pandilleros moribundos de la mano de presos rondines. Los informes de balística confirmaron que la mayoría de víctimas habían muerto por disparos de armas asignadas a policías y soldados. También pusieron en evidencia que algunas de las armas homicidas nunca llegaron a ser entregadas a la Fiscalía por parte de la Policía. Simplemente desaparecieron.

21 de los 33 acusados fueron declarados culpables y recibieron condenas que oscilaron entre los 3 y los 1,035 años de cárcel. El comandante de la Policía al frente del operativo, Carlos Esteban Henríquez, fue declarado culpable de omisión en 19 asesinatos y condenado a 17 años de prisión. El director del penal, Danny Alexander Rodríguez Valladares, no fue en cambio ni siquiera imputado porque el día de la masacre, aunque no tenía permiso, no se presentó a trabajar. En el año siguiente a la masacre fue trasladado varias veces y dirigió los penales de Santa Bárbara y Danlí, y en 2012, como si en Honduras la burla fuera una política de Estado, fue enviado de urgencia a sustituir al director del penal de Comayagua, fulminantemente suspendido tras el incendio en que murieron 361 personas.

Desde junio de 2013, Rodríguez Valladares es el director del penal de San Pedro Sula, el segundo más grande del país. Allí, como una década antes en El Porvenir, comparte el poder con un equipo de rondines armados, presos que, bajo el liderazgo de otro preso, imponen disciplina, operan como la verdadera autoridad de la cárcel y deciden sobre la vida y la muerte del resto de internos. Como si no hubiera huella del pasado y la muerte de 68 reos fuera un apunte marginal, anecdótico, en la doctrina del sistema y la carrera de un funcionario.

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La noche lo calla todo menos al río, cuyo rugido parece advertir que en este suelo, donde hubo una vez risas y bailes con orquesta, nadie debe volver a construir nada. Por décadas la corrupción hizo de La Mora -el pabellón de los presos ricos en la antigua Penitenciaría Central de Honduras- un lugar feliz para quien pudiera pagar. Mientras los presos comunes, encerrados en la parte alta del recinto, malcomían y asistían a la escuela para aprender a leer, en las celdas de La Mora se instalaron mesas de casino y en su patio se celebraban a menudo veladas de boxeo con púgiles invitados.

El huracán Mitch barrió todo eso. El 30 de octubre de 1998 las aguas del río Chiquito, convertidas en el brazo de un gigante desbocado, redujeron La Mora a un predio baldío. Del resto del penal quedaron ruinas de cierta solemnidad, pero de La Mora solo sobrevive un torreón de vigilancia, en extraño equilibrio sobre sus bases mordidas.

Entre los cimientos de ese torreón, a oscuras, Dionisio Sánchez ordena sin prisa sus montículos de cartón, sus redes llenas de latas y sus amasijos de quincalla. El aire en Tegucigalpa está limpio, como entre lluvias. Dionisio es pequeño y tiene una sonrisa burlona. Al hablar despereza dos ojos sorprendidos, como si conversar fuera para él una excentricidad o un placer olvidado y redescubierto.

Se asentó bajo este techo prestado en el año 99, pocos meses después del paso del huracán y vive de vender basura y cargar bultos en el mercado mayorista. Nunca ha pisado una cárcel, pero sabe perfectamente qué sucedió acá el día que desapareció La Mora:

—Cuentan que se iban y los mataban. Los presos se iban y los mataban.

Aquel jueves, con Tegucigalpa entera en estado de alarma, con el río a punto de desbordarse, entre los presos de la Penitenciaría Central corrió el rumor de que nadie iba a llegar a evacuarlos. En mitad de la emergencia, mientras temblaban los muros que trataban de sostener el río y se filtraba el agua, decenas de reclusos de La Mora treparon uno tras otro por las paredes pensando que era su oportunidad de escapar o de salvar la vida. Los guardias dispararon a matar. Alrededor de 30 presos fueron arrastrados por el río heridos o ya muertos. Sus cuerpos nunca aparecieron.

Años después, en una nota que pretendía resultar entrañable, el diario El Heraldo escribió que en las ruinas de la vieja cárcel de Tegucigalpa hay fantasmas de guardias y de presos muertos. Como si la leyenda negra de un país que mata a sus presos fuera un juego de miedos infantiles. Como si los asesinatos en una cárcel hondureña fueran cosa del pasado o de otros mundos.

Esta noche, en mitad del antiguo patio de La Mora, a pocos metros de su torreón, Dionisio Sánchez parece uno de esos fantasmas. Sabe que desde este torreón mataron a gente porque se lo contó un amigo que cumplía sentencia en aquellos días en La Mora y vio con sus propios ojos morir y hundirse en los remolinos de agua a compañeros de encierro. Una rata del tamaño de un gato atraviesa el predio en dirección a Dionisio y se cuela entre sus cartones.

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El Doctor de la cárcel de Támara fue un fantasma en la vieja Penitenciaría Central en los años 90 y la condena de ver pasar cadáveres de presos le ha acompañado hasta hoy. “Aquí la primera causa de muerte es la herida por arma de fuego”, dice, y mantiene una postura fría, los brazos sobre el escritorio, la espalda recta, el gesto ausente, como si hubiera repetido esta frase mil veces y no sirviera para nada.

La Penitenciaría Nacional Marco Aurelio Soto, conocida popularmente como Támara, estuvo una vez llamada a ser la primera piedra de un nuevo sistema penitenciario en Honduras. Cuando Mitch derribó los muros de la antigua Penitenciaría Central, en Támara se estaba terminando de construir una cárcel modelo para 1,800 personas, diseñada para facilitar la clasificación de internos por perfil criminológico y tipo de delito, a la medida de un futuro sistema progresivo de reinserción. Apenas albergaba entonces a 300 presos y debía irse llenando paulatinamente, bajo nuevos criterios de administración.

También eso se llevó el huracán. Los presos de la Central fueron finalmente evacuados de urgencia la tarde del 30 de octubre e instalados temporalmente en los bajos de las gradas del Estadio Nacional, a 200 metros de distancia cruzando el río, pero a salvo de las aguas y al cabo de unas semanas se les trasladó a todos, a los 3,500 que se amontonaban en la Central, a la nueva penitenciaría, donde quedaron de nuevo amontonados. No hubo, claro, más criterio que la prisa a la hora de asignarles celda. Ni perfil, ni distinción entre condenados y pendientes de condena, ni clasificación por grado de peligrosidad. Aún hoy los sectores del penal de Támara se llaman Procesados 1 y 2, y Sentenciados 1 y 2. Una falsedad.

En los desagües del Estadio Nacional aparecieron a los pocos días restos humanos. Los presos de la Central habían hecho sangrientos ajustes de cuentas mientras estuvieron en ese albergue temporal y llevaban consigo hasta el nuevo penal la tradición carcelaria de muerte y corrupción de las décadas anteriores.

El Doctor vivió aquel tránsito de la Central a Támara y ha estado en esta cárcel los últimos 15 años. Él ronda los 60. Su pelo peinado hacia atrás, su afeitado riguroso de médico viejo, y su camisa impecable debajo de la bata blanca contrastan con la clínica en ruinas en la que trabaja, sin equipo de rayos x, sin apenas camas, entre telarañas y pasillos a los que les faltan las ventanas. Como el resto de médicos y enfermeros de Támara, trae cada día de casa sus bisturíes, sus tijeras, su estetoscopio, sus guantes.

El penal es una ciudad pobre, sobrepoblada por 4,000 personas a las que las autoridades alimentan con una dieta única de frijoles y arroz tres veces al día. Además, el agua de Támara, los días que no falta el suministro, no es potable. El Doctor dice que la tratan para eliminar algunos gérmenes, pero que de ninguna manera es potable. Aun así, se bebe. Hacinados, malnutridos, maltratados, enfermos, en los meses de verano tres cuartas partes de los presos tienen sarna.

—Hubo un tiempo en que sí, como a finales de los 80, por el sida, pero desde hace unos 15 o 20 años ya no son las enfermedades las que matan a la gente aquí en las cárceles —aclara el Doctor—. Primero crecieron las muertes por arma blanca, y ahora ya no, ahora son por arma de fuego.

En Támara, la cárcel más grande del país y la más cercana a la capital, conseguir un revólver .38 cuesta alrededor de 25 mil Lempiras, 1,300 dólares, y que las autoridades dejen pasar una pistola 9 mm. cuesta 45 mil, unos 2,300 dólares. Un AK47 o una granada tienen precios lógicamente mayores, pero igual se pagan. Los agentes policiales que custodian la cárcel se dejan sobornar tanto por paisas como por pandilleros y los surten de armas para que se maten entre ellos, como auténticos vendedores de muerte. En un círculo vicioso que se ha perfeccionado con el paso del tiempo, las mafias de los internos alimentan la corrupción y la corrupción a su vez fortalece a las mafias de los internos.

—Mire, en las cárceles hay un poder fáctico que está por encima del director —dice el Doctor—. Los llaman “los Toros”. Son los reos poderosos, los que en cada penal manejan el narcotráfico, los negocios ilícitos, el crimen…

El Doctor no ha necesitado hacer preguntas incómodas ni meterse en los asuntos de otros para averiguar lo que sabe. Por su clínica pasan las consecuencias de todos los problemas de la cárcel. Hace algunos años comenzaron a aparecerle heridos con unos extraños cortes circulares en el cuero cabelludo, un mosaico de incisiones regulares y profundas. Le llevó un tiempo deducir de dónde venían. Los coordinadores de los sectores usan un tablero lleno de corcholatas, chapas de botella, clavadas boca arriba, y colocan al reo con la cabeza sobre las chapas, con los pies levantados y apoyados en la pared, sin manos, para que todo el peso del cuerpo descanse sobre la cabeza y los filos dentados de las corcholatas atraviesen lenta pero profundamente la piel.

Es solo una de las muchas formas en las que Támara se autogobierna de muros para adentro con la absoluta complicidad de las autoridades. Al igual que sucedía con los rondines de El Porvenir, y como sucede en casi todos los penales de Honduras, en Támara los internos que regentan los patios disciplinan al resto con torturas sistemáticas. En cada sector tienen celdas reservadas expresamente para el castigo y la tortura. A esas salas las llaman CORE, como el CORE VII, la posta Metropolitana n°1 de la Policía Nacional en Tegucigalpa, en la que tradicionalmente se ha dicho que las autoridades torturan a su vez a sus detenidos.

15 años después del huracán, la que pretendía ser una cárcel ejemplar está carcomida por la corrupción y la desidia institucional. Las autoridades tratan a los presos como animales y les permiten gobernar su propia jungla. El resultado es un poder, el de los internos, que nadie logra ni -tal vez- quiere domar. Las autoridades se limitan a fingir que al menos pueden evitar que ese poder salga de su jaula. Por eso, cuando no se trata de un escape planeado y pagado a las redes de corrupción del penal, que inician en los coordinadores de cada sector y terminan en las oficinas administrativas del penal, los custodios disparan a quienes tratan de fugarse.

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El 19 de mayo de 2009, Alexander Noé Moncada Zúñiga, un joven de 29 años condenado por allanamiento de morada trató de fugarse de la prisión Marco Aurelio Soto de Honduras, conocida por todos como Támara. Llevaba menos de un mes de reclusión, pero estaba nervioso como un adicto separado de sus dosis. La cárcel, al principio, puede ser un picor insoportable. A las 11 de la mañana de un martes de mayo, ese preso delgado y con bigote se lanzó, vestido con ropa deportiva, sobre el primer muro de los dos que forman el perímetro de seguridad del penal. Los vigilantes le descubrieron en la llamada “zona muerta” entre las dos paredes y le hicieron disparos de aviso. Él dudó unos instantes, midió sus remotas posibilidades de éxito y decidió que lo más seguro era volver a saltar de regreso a su sector. Pese a ver que el preso regresaba al recinto, un custodio le disparó por la espalda y le hirió en el glúteo.

El disparo no lo mató. El escapista frustrado recibió atención primaria y llegó incluso a hablar con los periodistas a su llegada al hospital Escuela de Tegucigalpa, un par de horas después del suceso. Explicó que quiso fugarse por la ansiedad de que su familia no lo llegara a visitar. Sonrió a las cámaras. Antes de que anocheciera estaba muerto. Desangrado, según la versión oficial. Un año después, el custodio fue condenado a 15 años de cárcel.

Es el único caso de este tipo por el que el Ministerio Público de Honduras ha conseguido jamás una condena. A los internos les da miedo denunciar o testificar porque al regresar al penal temen que los custodios, o los coordinadores de sectores, coludidos con las autoridades corruptas, los vayan a asesinar.

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El Fiscal batalla con cientos de casos como el de Moncada: torturas, abusos, violaciones a los derechos humanos en las cárceles. Como El Doctor, cuenta sus anécdotas desde la protección que da el anonimato, porque ha recibido amenazas directas de muerte y porque en Honduras los asesinatos de fiscales y defensores de Derechos Humanos en los últimos tres años han hecho del miedo un rasgo de sentido común. Los canallas no quieren que cambie el sistema, y El Fiscal sabe que los canallas, especialmente los que trabajan en despachos oficiales, le conocen y le odian. Por eso aprendió a disparar y anda siempre armado.

—Es típico, ocurre a veces que un interno logra pasar la zona muerta y lo persiguen 10 o 15 policías, y cuando lo tienen casi sometido, y así es más fácil, le disparan en la espalda y muere. O lo capturan, lo ingresan al penal y muere.
—¿Se abren expedientes internos o investigaciones por esos casos?
—Al Ejecutivo no le interesa. Nunca hay sanción para el custodio que dispara. Nunca hay una investigación interna cuando muere un preso. Si la Policía se da cuenta, no investiga. Solo se abre un caso cuando el Ministerio Público toma su propia iniciativa o por denuncia de una oenegé.

Cuenta El Fiscal que una vez llegó a Támara para investigar un caso de abuso de autoridad y se le arremolinó alrededor un grupo de presos ansioso de que viera algo. “Ya le van a conseguir los lisiados”, le dijeron. Al poco vio acercarse a una docena de personas cojeando, malcaminando, apoyada en muletas. Una procesión de tullidos y gente rota. Se trataba de presos que habían intentado fugarse y recibido castigo de los guardias por ello. Muchos tenían brazos rígidos y doblados por fracturas que nunca les fueron enyesadas, o pies ladeados.

—Me han hablado de disparos en los pies, como castigo ejemplar -le pregunto.
—Varios me dijeron: “Mire, yo me escapé, pero cuando ya me tenían detenido me dispararon en la pierna, ‘para que no lo volvás a hacer’, me dijeron, y pummm”. En Támara hay muchos casos. Podés hacer un libro con ellos. Y no es lo peor que ha pasado y sigue pasando.

El 27 de marzo de 2014, a las 2 de la tarde, tres internos trataron de fugarse del penal de Támara después de, aparentemente, sobornar al soldado que ocupaba una torreta de vigilancia. Cuando otros centinelas se dieron cuenta de lo que sucedía, les persiguieron y, tras hacer disparos de aviso, terminaron por apuntar al cuerpo. Uno de los presos, Erik David Sevilla Salgado, recibió un tiro en una pierna. Aunque fue trasladado al hospital en Tegucigalpa, murió desangrado. Otro preso herido que, como Moncada en 2009, murió desangrado.

24 horas después, las autoridades de Támara no habían hecho llegar a las oficinas centrales del Sistema Penitenciario, que están a menos de un kilómetro de distancia del penal, ningún informe escrito sobre el suceso. El Fiscal sabe que, cuando algo así sucede, no va a encontrar ayuda policial para dar con un culpable.

—Ya te digo que estos asuntos no le interesan a nadie.

***

El preso más conocido -y probablemente uno de los más aplaudidos- de Honduras se llama Moncho Cálix. En los periódicos le han dado el apodo de “El exterminador de mareros” por la larga lista de ataques que, ya estando en la cárcel, ha perpetrado -con cuchillo, con pistola, con granada- contra presos pandilleros.

El 24 de julio de 2012 volvió a hacer gala de su sobrenombre. Ese martes, en el módulo de máxima seguridad de Támara, una cárcel aparte construida a un centenar de metros de la Penitenciaría Nacional, Moncho Cálix sacó un revólver .38 por la ventana de su celda y comenzó a disparar contra los pandilleros del Barrio 18 que en ese momento estaban en el patio. Hirió a tres. A uno de ellos, al que Cálix disparó primero, su verdadero objetivo, le acertó en la cabeza. Era Norlin Ardón Varela, “Lucifer”, uno de los principales líderes de la 18 en Honduras.

Ninguno de los pandilleros murió pero en Támara se dice que las secuelas de Lucifer son graves y le han dejado a merced de cualquier enemigo. Ya no puede valerse y menos defenderse solo. Por eso no regresó a Máxima Seguridad sino al módulo El Escorpión, donde está con sus homiesy el Barrio 18 puede atenderle y protegerle.

Es obvio que fue un custodio, un policía, quien proporcionó a Cálix el revólver. Al día siguiente del ataque se habló en los periódicos de la corrupción del sistema penitenciario y de revisar los videos para ver quién entregó el arma. El Ministerio Público anunció la apertura de una investigación. Pero casi dos años después no ha habido ningún detenido ni tiene sentido pensar, a estas alturas, que algún día lo habrá.

Cuando le pregunto a La Sombra por Moncho Cálix su respuesta es el inicio de una cita enciclopédica: “Moncho Cálix Urtecho… es familiar de los Urtecho, que han sido asesores de seguridad pública…”

De la Sombra diremos solo que, por su trabajo atraviesa a su antojo los muros y conoce desde hace años todos los rincones de las cárceles hondureñas. Conoce a los custodios, conoce coordinadores de cada módulo, conoce a los pobres diablos que sufren sus castigos y sabe tanto de las corruptelas administrativas como de los grandes negocios entre la dirección de cada penal y sus presos. Sabe, siempre, qué dicen los patios sobre cada muerte y sobre cada fuga.

Me recibe en su casa, una vivienda sobria en una colonia obrera del extrarradio de Tegucigalpa. Viendo las limitaciones del lugar, uno dría que La Sombra, pese a moverse entre la corrupción del sistema penitenciario de Honduras, tiene las manos limpias.

—Mucha gente me ha hablado de Cálix -le digo-. Le llaman el asesino de mareros.
—Es de Olancho, pero residía en la Mosquitia. Es un exmiembro de las Fuerzas Armadas con mucha experiencia militar que está ahí dentro por un tema de drogas. Heroína. Cayó con su esposa pero él se hizo responsable y cargó con todo. Y ya una vez en prisión se convirtió en sicario.
—¡¿Se convirtió en sicario ya estando dentro?!
—Pues sí. Él no tenía antecedentes violentos, pero al principio le hicieron atribuirse muertos que no eran suyos, y después ya él puso sus muertos. Es el principal enemigo de la 18. Lleva ya… mínimo… 40 o 50 cadáveres dentro de la prisión, pero en tu artículo ponele que son 20 o 30, para que no digan que ando exagerando.

La Sombra habla de los crímenes de Cálix con cierta naturalidad cínica, como lo haría un enterrador, pero poda los números que no puede probar para que nadie le tome por un charlatán. En Honduras la gangrena maloliente de la corrupción carcelaria es tan voraz y ramificada que hay que desbrozarla para que resulte verosímil. ¿Quién demonios va a creer que entre los muros de una cárcel se forjó un asesino en serie de esas dimensiones sin que las autoridades actuaran, sin que el periodismo lo advirtiera y la sociedad se indignara, sin que el esperpento fuera ya una novela o una película?

Yo mismo desconfiaría de La Sombra, de sus números, si no fuera porque el nombre de Moncho Cálix se ha repetido en cada conversación que he tenido las últimas dos semanas acerca de las muertes de presos en Honduras. Cálix es el sicario-símbolo de los penales de Honduras. Entró a la cárcel en 2001 con una condena a 19 años y, a base de cometer asesinatos a plena luz del día en diferentes penales y confesar muchos de ellos, ha sumado condenas hasta tener ahora 340 años de cárcel por cumplir.

Hace unos días, una defensora de Derechos Humanos que sigue su caso, que le teme, que nombra a Cálix en susurros, temiendo que él pueda oírle aunque con certeza sabe que estamos a muchos kilómetros de distancia, me confesó que las sentencias contra Cálix se quedan cortas y ella le atribuye más de 100 asesinatos.

—Analizando sus expedientes le conté 104 muertes en penales, la mayoría por ahorcamiento y casi todos pandilleros, eso entre 2003 y 2006 -me dijo en su pequeño despacho-. Después le perdí la cuenta, dejé de seguir sus casos, hasta que 2012 quiso matar a ese otro… Al pandillero que quedó fregado. Y ahí me vino todo otra vez a la cabeza.

Le pregunto a La Sombra quién ordena todas esas muertes y de repente transita del cinismo y la indignación. Parece que no termina de decidir si le importa, y cuánto, lo que pasa dentro de los muros. O cuánto está dispuesto a permitir que le importe.

—Lo que ocurre es que los organismos de Derechos Humanos no tienen valor, se acomodan, todos… porque ellos tienen que sobrevivir también.
—¿Quiere usted decir que denuncian solo parte de lo que saben?
—Sí, y no son preventivos, no ponen el dedo donde es, no denuncian a quienes controlan los sectores o las cárceles. Solo se dedican a pedir indemnizaciones.
—Pero ese dinero es para las víctimas.
—¿Y es que con una paga se solucionan las muertes? Mire, al final de todo el problema, la pelea, no es la muerte del recluso… sino lo que reclaman los vivos. Eso es lo que he aprendido.

Que los internos controlen de forma absoluta la vida de los sectores no solo implica que establezcan sus propios y brutales sistemas de disciplina. Significa que en complicidad con las autoridades del centro administran todo lo que hay y sucede en la cárcel como un bien privado. Puesto que la opinión de los coordinadores influye en el diagnóstico de peligrosidad del preso, cobran 300 mil lempiras, más de 15,000 dólares, por no enviar a máxima seguridad a un interno que no se pliegue a su jerarquía, o 150 mil por dejarlo en el sector de Diagnóstico, reservado a los recién llegados y en teoría más seguro. Y una vez allí cada cama, cada espacio para dormir, tiene un precio. Se pagan 6,000 lempiras (300 dólares), por el derecho a dormir en el suelo de un pasillo.

Y las vidas, privatizadas, también tienen un precio.

—En 2013 hubo dos muertes de 2 millones de lempiras cada una, pagadas por narcotraficantes y ejecutadas con autorización del director del centro: la de Tatum, un narco de la Mosquitia, y la de “El Chino”, que era de los Cachiros.

David Dalbet Golcher Tatum tenía 55 años y lo mataron el 19 de julio, en un tiroteo en el sector Diagnóstico de Támara, durante la jornada de visitas. Estaba condenado a 20 años de cárcel por narcotráfico y lavado de dinero. Había llegado trasladado desde otro penal por haber recibido amenazas de muerte. “El Chino”, Wilmer Javier Herrera Sierra, fue ejecutado un mes antes, el sábado 15 de junio en la carretera de entrada a Tegucigalpa, junto a otros tres presos y la esposa de uno de ellos. Los tres tenían permiso de semilibertad y pasaban en casa los fines de semana. Dos vehículos en los que iban cuatro hombres encapuchados interceptaron el pick up en el que viajaban y los ametrallaron. Los tiradores se ensañaron especialmente con el rostro y la cabeza de Herrera. En el lugar quedaron más de 100 casquillos de bala. Oficialmente fueron dos muertes más, de entre las muchas que quedan sin explicación ni culpables en Honduras. La Sombra dice que cada una costó unos 100 mil dólares.

Hacemos una pausa. El hijo de La Sombra se acerca a la mesa y le dice que va a salir, que tomará su coche.

—Vaya, pero ya sabés: bajá el vidrio.

La Sombra ve mi rostro de extrañeza. Esta noche hace frío en Tegucigalpa y el vehículo tiene los vidrios tintados. El sentido común dice que sería más seguro llevar la ventana cerrada. Pero en Honduras conviven varias lógicas:

—No quiero que lo confundan conmigo y le hagan algo.

La Sombra teme porque conoce.

—Usted ya ha escrito sobre Chepe en San Pedro Sula, pero hablemos de Támara: Miguel Flores fue el primer coordinador general de la Penitenciaría Nacional después del traslado desde la PC en 1998. Cuando lo liberaron hace cinco años asumió Jacobo Ramírez, que estaba en Procesados 2. Quedó libre en 2013 y desde hace un año el coordinador es Cosme Flores, que está en Sentenciados 2. Y así seguirá la cadena. Ahorita el coordinador de Procesados 2 es el hermano de Jacobo Ramírez, y ya se dice que es el posible sucesor como coordinador general cuando Cosme Flores se vaya.

—Esos son los verdaderos dueños de la cárcel.
—Y está Wilmer Escoto, el coordinador de Casa Blanca (el módulo Sentenciados 1, aislado del resto), que es un histórico, muy sanguinario. No se equivoque, todos son más sanguinarios que Moncho Cálix. Él es solo un comodín, un sicario al que mantienen con comida y dinero desde los módulos. Pero en Honduras, en prisión, va a encontrar a más de 10 Monchos Cálix.
—¡Pero si él ha matado a decenas!
—Él es mediático, pero otros son los verdaderos sicarios en la prisión.

Pese a las denuncias generalizadas, en la última década no se ha desarticulado o juzgado una sola red de sicariato operada desde prisión. El sistema penitenciario de Honduras no se interpone en el camino de nadie que arroje presos muertos por el desagüe. Aplica un despiadado “dejar hacer y dejar pasar” que sujeta a los presos a los designios de una mano criminal invisible. Y a veces tiene la fortuna de que, gracias a que el Estado mantiene la infraestructura de los penales en permanente riesgo de colapso, el asesino a sueldo se llame fuego.

***

La celda número 19 del penal de San Pedro Sula era un cajón rectangular de concreto de 200 metros cuadrados en el que vivían 183 miembros de la Mara Salvatrucha. Un ataúd gigantesco sin ventanas ni ventilación, sin agua corriente, sin duchas ni lavabos y con una única puerta enrejada de salida, de alrededor de metro y medio de ancho.

A la 1:30 de la madrugada del lunes 17 de mayo de 2004, justo encima de esa puerta se produjo un cortocircuito y comenzó un incendio. Durante una hora los presos de la 19 clamaron por auxilio, pidieron extintores, agua, algo. Desde hacía una semana el agua de los retretes, la única que llegaba al lugar, estaba cortada. Pidieron que les abrieran la puerta, que los dejaran escapar de las llamas y el humo. Los custodios que les escucharon hicieron disparos al suelo para advertirles que no se acercaran a la reja. Algunos les insultaban. “Déjenlos, déjenlos”, se decían entre ellos. “Déjenlos morir quemados”. Las autoridades del penal tardaron 25 minutos en avisar a los bomberos. A las 2:30 los mismos presos, los que quedaban vivos, lograron forzar el portón y volver a respirar. Dentro quedaron 107 cadáveres. Unos pocos abrasados por las llamas, más de un centenar muertos por asfixia.

El gobierno de Ricardo Maduro, con la memoria de la masacre en El Porvenir todavía fresca, reaccionó rápido y dispuso una partida especial para indemnizar a las víctimas. Al siguiente día aún quedaban cuerpos por identificar y entregar, pero a las familias ya se les estaban dando 10,000 lempiras (525 dólares de ahora), como ayuda para los gastos del sepelio. El presidente, que estaba de viaje oficial en Europa, suspendió su asistencia a la boda del príncipe de España y regresó a Honduras. Dijo estar consternado. El sentido común hace suponer que debía estar, también, avergonzado: tras la masacre de El Porvenir Maduro ordenó la inmediata creación de una comisión para la reforma carcelaria y un mes después, el 13 de mayo de 2003, tenía en su mesa un informe de más de 100 páginas reconociendo errores, denunciando ilegalidades y corrupción en el sistema penitenciario, proponiendo reformas. Había pasado un año de aquello y 107 cadáveres desmaquillaban su voluntad política.

Lorena tomó los 10,000 lempiras por la muerte de Wilfredo, su esposo, un pandillero de 24 años que iba a salir libre la semana del incendio, y con ellos le compró un ataúd y una lápida. El mismo día que esperaba recibirlo en casa, lo enterró. Seis días llevaba preso y quizá nunca tuvo que haber caído por segunda vez, pero la suerte a veces te condena, de manera justa o injusta.

A Wilfredo, esa segunda vez, le tocó llegar a la cárcel de manera injusta. Por confiado, por creer que a Honduras le importan sus reos y la rehabilitación. Un año antes había pagado unos meses en la cárcel por vender cocaína en una esquina, y una vez dentro había aceptado en secreto entrar a un plan de rehabilitación que incluía borrarse los tatuajes. De regreso en las calles llevaba una carta de la pastoral penitenciaria que decía que estaba en el buen camino y que se iba a rehabilitar. Por eso no corrió como sus amigos cuando llegó la policía a su colonia, la Rivera Hernández, una de las más violentas de San Pedro Sula. Confió su suerte a la carta que llevaba en el bolsillo y no corrió. Los policías le rompieron la hoja de papel frente a la cara. Y se lo llevaron, por asociación ilícita.

Lorena es una mujer pequeña y redonda que parece sonreír hasta cuando llora. Siempre ha comido de vender. Elotes, yucas… Cuando niña, habitaba en La Satélite, otra de las colonias sampedranas famosas por la presencia de pandillas y por su rutina de homicidios. Su familia salió de allí porque el huracán Mitch, que como toda tragedia natural persiguió a los más pobres para ensañarse con ellos allí donde estuvieran, les arrebató la casa.

Tiene cierta coquetería de vendedora ambulante y descaro al hablar. Le caen tres rizos sobre la frente y cierra los ojos cuando asiente o emite una sentencia, como los niños aplicados de la clase.

—Mire, creen que con 10,000 lempiras le callan la boca a uno. Lo dieron rápido, como para que uno se callara y ya no hablara, pero con eso no pagan todos los años que hemos sufrido. ¡Las muertes tienen que servir para mejorar! -dice, y levanta los hombros en un salto, para convencerme de que lo que dice es obvio.
—¿A qué se refiere?
—A que el problema ahora es para los hijos, que quedan con aquel dolor, culpando a la sociedad, culpando a todo mundo. Mi hija tenía 6 años cuando lo del incendio y culpa a la Policía y culpa al gobierno.
—¿Porque no abrieron la puerta para que se salvara su papá?
—Claro.

Al lado de la tumba de Wilfredo, en el cementerio Los Laureles de la colonia Rivera Hernández, hay colocadas en línea otras siete lápidas de pandilleros muertos en el incendio del penal de San Pedro Sula. En Honduras hay colonias enteras en los que la cárcel es como una calle más del vecindario, por la que a veces se pasa por destino o por mala suerte, por culpa de otros o por los pies de uno mismo. La Rivera Hernández es una de ellas. Por eso, el día que se quemó una celda en el penal de San Pedro, en la Rivera Hernández lloraron ocho familias y ahora hay en la colonia una niña, Kailin, que ya tiene 16 años y odia a los policías porque dejaron morir a su padre.

***

Kaylin se volcó a llorar frente a la pantalla del televisor. Ningún canal de televisión hubiera mostrado en primer plano el cadáver sangrante de un viceministro, de una abogada, de un policía asesinado, pero los cuerpos semicalcinados de los presos no pasaron por los filtros éticos que las sociedades suelen aplicar a los muertos propios. Kaylin vio en la pantalla los humeantes pedazos de seres humanos y se echó a llorar aunque no conocía a ninguna de las víctimas.

—¡Mami, viera qué montón de muertos hay en Comayagua! —le dijo a Lorena por teléfono, entre sollozos—. ¡Otra vez! ¡Otra vez!

***

El esposo y el suegro de la mujer que tengo sentada delante rogaron por años que los trasladaran de la cárcel de San Pedro Sula porque tenían miedo a que volviera a incendiarse o estallara el enésimo motín. El padre había sobrevivido a la tragedia de 2004 y sentía que quedarse él y su hijo allí era tentar a la maldita suerte. Se alegraron en 2009 cuando supieron que los movían a la de Comayagua, una pequeña cárcel de pueblo, plácida, una granja penitenciaria de espacios abiertos en la que los presos paseaban sus sombreros por los patios.

Allí murieron tres años después. El 17 de febrero de 2012. En plena noche, un incendio se extendió a velocidad vertiginosa por 5 celdas y calcinó el cuerpo de los presos encerrados en ellas. Como en San Pedro antes, ningún custodio abrió las puertas y no había extintores ni mangueras para matar el fuego. Como en San Pedro, a las autoridades no creyeron necesario llamar a los bomberos. Como en San Pedro, la guardia disparó para evitar fugas porque los presos pueden morir pero no escaparse. Se quemaron vivos o asfixiaron 362 de los 852 internos que había en el penal. Más de la mitad no tenían condena. Eran, legalmente, inocentes.

La mujer que tengo delante viste toda de negro. Habló por teléfono con su esposo el día del incendio y escuchó de fondo, por el auricular, los gritos de los que se quemaban. Él había escapado de las llamas por los baños de su celda. Estaba agitado, pero a salvo. La amaba y le iba a llamar al día siguiente, le dijo. Después de colgar descubrió que su padre había quedado dentro y entró de nuevo a esa cueva de humo. Ninguno de los dos salió ya nunca.

La mujer tiene miedo a dar su nombre y a que se conozca el de sus muertos. Ha dejado de estudiar abogacía porque sola, viuda, no hay quien le ayude a mantener a dos hijas de tres y nueve años. Antes vivía del negocio de comidas que él tenía en el penal. La cárcel en Honduras es una ciudad más, un exilio forzoso desde el que se envían remesas. Ella está convencida de que lo de Comayagua no fue fruto del azar y como la mayoría de familiares de víctimas del incendio piensa que fue un ataque más de esa mano negra empeñada en limpiar de presos Honduras, exterminarlos.

—Imagínese. Sobrevivir a la quema de San Pedro Sula para ir a morir de la misma forma en Comayagua. Es como que los eligieran. ¡Este año vamos a quemar este!

La mujer de negro dice que a ella y al resto de viudas de Comayagua no les va a pasar como a las de San pedro Sula, que tuvieron que esperar diez años para que les hicieran caso. Dice que ya están listas para poner, ellas también, una demanda internacional.

***

“El Estado, con lo de Comayagua, lo que hizo fue ponerse una pistola en la cabeza”. Sentado en una cafetería de San Pedro Sula, Joaquín Mejía se sonríe como un jugador de ajedrez que ve que su oponente acaba de dejar desamparada la reina. Justo como debió sonreírse él mismo una mañana de febrero de 2012, al revisar su correo electrónico y encontrar uno de la asistente de la Procuradora de la República, Ethel Deras.

Joaquín Mejía lleva botas, unos jeans azules, camiseta ajustada, un pequeño collar de cuentas y pulseras de cuero y tela. Viste más como un cantante de rock o un estudiante universitario poco aficionado a las clases que como uno de los abogados más influentes de Honduras. Pero con su barba perfectamente recortada y su verbo descarado, en los últimos cinco años ha impulsado y ganado desde el ERIC, una oficina jurídica fundada por los Jesuitas, varios casos por atentados contra ambientalistas o contra activistas de los derechos campesinos, entre otros. Tiene 39 años y ya hay quien lo promueve como posible Procurador de los Derechos Humanos en el futuro.

Cuando ardió el penal de Comayagua, este enfant terriblede la lucha por los derechos humanos en Honduras formaba parte de un equipo creado por Cáritas y Pastoral Penitenciaria, que llevaba ocho años presionando sin suerte al Gobierno para que diera una señal de arrepentimiento por la quema del penal de San Pedro Sula en 2004 y asumiera su responsabilidad por lo sucedido. Puesto que en la justicia hondureña se había absuelto al director del penal sin investigar otros posibles culpables, ese equipo había llevado el caso a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y después a la Corte Interamericana. Las únicas respuestas del Estado habían sido la negación unas veces y el silencio administrativo otras.

Pero a los pocos días del nuevo incendio a Joaquín Mejía le llegó un correo electrónico. La Procuradora de la República, dependiente del despacho del Presidente de la República, quería reunirse con ellos. A esa maniobra desesperada, evidentemente causada por las muertes en Comayagua, llama él “ponerse una pistola en la cabeza”.

—¿En qué sentido? —le pregunto.
—El Estado iba a sentarse a negociar un caso previo pero con una tragedia reciente encima de la mesa, totalmente deslegitimado, abierto a aceptar cualquier cosa. De ahí en adelante nosotros nos aprovechamos… así, literalmente, nos aprovechamos, de la inexperiencia de la gente del Estado en litigios en el sistema interamericano.

El gobierno estaba repentinamente desesperado por lograr un acuerdo porque para el 28 de febrero estaba programada una audiencia de la Corte Interamericana en su sede en San José, Costa Rica, para resolver el caso de San Pedro Sula. Urgida por borrar en días la imagen de indolencia ante la muerte de presos que el gobierno se había forjado por años, Ethel Deras se trasladó a San Pedro Sula para tener reuniones con los abogados de las víctimas. Los encuentros, celebrados en la sede del obispado, no bastaron para cerrar un acuerdo pese a la inédita flexibilidad de los negociadores del gobierno, abogados privados contratados para la ocasión. El día 27, el diálogo se trasladó a Costa Rica.

La noche antes de la audiencia se celebró una reunión definitiva en un hotel de San José. Las discusiones fueron muy tensas: Joaquín Mejía cuenta que los abogados de Cáritas y él se habían repartido los papeles de poli bueno y poli malo. Cada vez que había un desencuentro, él se levantaba de la mesa y amenazaba con irse y arrastrar al resto de la delegación. Normalmente, los abogados del Estado terminaban cediendo. Consciente de su superioridad moral en este caso y técnica en litigios internacionales, Joaquín Mejía admite que llegó, incluso, a engañar a sus interlocutores citando sentencias inexistentes de la Corte para sustentar sus puntos, ante la torpeza de las personas en las que el Estado había enviado a negociar, evidentemente legas en materia de legislación internacional en Derechos Humanos. El acuerdo que se terminó firmando cinco minutos antes de que iniciara la audiencia y en presencia de los magistrados de la Corte, era casi una rendición.

—Por lo que cuenta son ustedes unos cabrones.
—¡El estado es más cabrón! ¿Sabés por qué los engañé? Porque la procuradora, sabiendo eso de contratar gente privada para algo así es algo, pucha, terrible, se atrevió a decirme a mí, ella, en San José, que estos tres abogados privados, venían pagándose sus gastos y lo hacían por amor al país. ¡Piensa que uno es pendejo! Después me di cuenta de que al menos uno de ellos ganó por aquello medio millón de lempiras.

El 28 de febrero de 2012 el Estado hondureño aceptó formalmente su responsabilidad por los 107 muertos en 2004 en la cárcel de San Pedro Sula y se comprometió a indemnizar a los familiares de las víctimas. También se comprometió a emprender una profunda reforma del sistema penitenciario, y por ello en junio de 2013 comenzó a funcionar una comisión de transición llamada a sanear las cárceles del país. Sus primeros pasos han sido tímidos. El Ejecutivo le ha dado autoridad pero no presupuesto para nuevas cárceles, ni para formar a nuevos custodios, ni para investigar casos, ni para reforzar la seguridad…

Con la memoria puesta en la inutilidad de las promesas de reforma que Ricardo Maduro hizo tras la masacre de El Porvenir, Joaquín Mejía es pesimista respecto al proceso de reforma actual. Pero se consuela pensando que la sentencia de la Corte ayuda a hacer pública una verdad dolorosa:

—El Porvenir fue la confirmación de que la política de mano dura, de limpieza y exterminio social en las calles, se estaba trasladando a los centros penales —dice—. Y luego ves lo de San Pedro Sula y lo de Comayagua… No queda otra explicación lógica: hay una política de Estado, porque una política no sólo es hacer algo; la política de Estado puede ser no hacer nada.

La serenidad de Arabeska Sánchez contrasta con el ímpetu de Joaquín Mejía pero a ambos los une una tenaz filosofía de maratonista en su batalla contra esa política de Estado. Mientras termina su seven up, Arabeska Sánchez cuenta que su último trabajo para el Ministerio Público fue sistematizar en una base de datos toda la información forense de las víctimas del incendio de Comayagua. Cadáveres y más cadáveres. Después de eso renunció. Ahora trabaja en el Observatorio de violencia de la Universidad Autónoma de Honduras, la UNAH. Dice que aunque los testimonios hablan de custodios disparando a los presos para que no intentaran fugarse, ella no encontró en ningún informe de autopsia rastros de bala.

—Mi conclusión es que en Comayagua, a diferencia de lo que pasó en El Porvenir, aprendieron a matar sin dejar pistas.

***

En domingo de visita y con el día soleado, hasta un lugar tan sórdido como la cárcel de Támara ofrece una estampa de parque familiar. Parejas abrazadas, niños que corren por las canchas deportivas, bolsas de comida que van y vienen. Solo la mirada inquisitiva de los custodios, los límites que imponen a quien quiera moverse por el recinto, recuerdan que no todo lo controlan todavía los presos. Me impiden llegar hasta la celda de aislamiento en la que está Moncho Cálix; va a ser imposible entrar a los edificios de Sentenciados 1 y 2 en busca de los CORE, o llegar hasta El Escorpión, el sector que ocupan los presos del Barrio 18, para recoger su versión sobre la matanza más reciente.

El 3 de agosto de 2013, a las 7 de la mañana, pandilleros de la Mara Salvatrucha abrieron un boquete en uno de los muros que separa el sector el Barrio 18 del resto del penal y atacaron a sus enemigos con fusiles AK-47 y hasta once granadas. Murieron tres dieciocheros. La nueva comisión de transición para la reforma del sistema penitenciario llevaba apenas dos meses en sus cargos. Toda una bienvenida.

Desde que supe del ataque, dos detalles me llamaron especialmente la atención: por un lado, para llegar desde sus celdas hasta las de sus enemigos, los miembros de la MS-13 tuvieron que atravesar todo el penal, tres sectores, controlados totalmente por paisas. Es obvio que hubo una alianza entre pandilleros y no pandilleros para atacar al Barrio 18. Por otro, la reacción de las autoridades fue esencialmente aumentar la seguridad perimetral de la cárcel, pero no hubo grandes novedades o acciones hacia el interior. De hecho, en los registros de celdas que se hicieron a los pocos días, la Policía y el Ejército no fueron capaces de encontrar ni un solo arma larga de las utilizadas en el atentado.

Pero estando aquí, en Támara, paseando por sus patios y hablando con algunos internos, aparece una nueva sorpresa: justo sobre el lugar en el que la Mara perforó el muro tras al menos una hora de martillar, hay una torreta de vigilancia ocupada las 24 horas del día por un centinela. Las autoridades del penal, me resulta evidente, toleraron de alguna forma el ataque.

Sentado en una banqueta de madera dentro de una de las pequeñas tienditas ilegales que hay por todo el penal, comento con El Guitarrista mis conclusiones. Se limita a sonreír.

El Guitarrista es un hombre joven, que no tiene mucho más de 30 años pero lleva más de una década en cárcel por homicidio y sabe que de muros para adentro es mejor no cruzar acusaciones con otros presos. Por eso calla y solo sonríe. Estaba en El Porvenir el día de la masacre, hace once años. Era uno de los rondines bajo las órdenes de Coca. Asegura que él no participó en la muerte de ningún pandillero.

—A mí, cuando el forense pidió ayuda, me tocó embolsar los cuerpos de la mujer y la niña que estaban visitando a los pandilleros…. Mire, yo no justifico lo que allí ocurrió, pero sí le digo que la intención de esos mareros era matarnos a todos los que estábamos allí. De haberles dejado nos mataban a todos.

No le creo una palabra. No me lo imagino de brazos cruzados o debajo de su cama durante aquella guerra de las dos horas. Parece un hombre tranquilo pero en la cárcel la mayoría de los que destriparían al vecino con la pata de una silla si se sintieran en peligro son, en el día a día, hombres tranquilos.

Mientras juguetea con unos acordes al azar, el Guitarrista asegura que lo de El Porvenir fue solo un caso más. Que en realidad cada preso muerto es un éxito en los planes de las autoridades.

—Se hacen la vista gorda porque piensan que si en una cárcel hay un motín no es pérdida, sino ganancia. Es una depuración, y cada preso que muere es un ahorro de gasto para el gobierno. Aunque sean inocentes.
—Es una idea cruel aunque sean culpables.
—Pues sí, pero así reducen. Se lavan las manos. ¡Un delincuente menos! Se supone que así reducen el índice de criminalidad, pero los criminales son ellos.

A su lado, El Ronco asiente. Tiene bigote y cuerpo de boxeador. Uno diría que el torso se le ha comido el cuello y que todavía, aunque tiene más de 50 años, entrena todos los días. Me cuenta que se crió en Estados Unidos y fue a la universidad allí. No me dice dónde. Si yo me pregunto qué le haría cometer el error de regresar a Honduras, seguro que él se lo pregunta también. Habla de la cárcel con la concisión del viejo que lo ha visto todo y recibe mis preguntas y mis dudas con un dejo de desánimo: le fastidia mi ignorancia.

—Detrás de muchas de las masacres está el gobierno, él es —dice con su voz grave.
—Esa es una acusación grave. ¿Tiene pruebas?
—¿Cómo va a ser de otra forma? El gobierno es aquí un simple mediador entre grupos. Nos echa leña, nos da las armas para que nos matemos, y si él es la Policía, al que tiene más dinero a ese apoya. Inclina la balanza para un lado o para el otro cada vez.

Támara debió ser una cárcel modelo y es actualmente un enjambre de negocios ilegales, odio y armas deseando purgar esos odios. Sentado en el corazón de este penal resulta difícil creer en soluciones. Cuando le pregunto a El Ronco si es posible que todo esto ocurra sin conocimiento del director del penal y también de sus superiores, él ríe.

—Como en cualquier empresa, nada pasa sin que el jefe reciba su parte del dinero. Créame. Yo he hecho negocios con ellos, con la administración del penal. Negocios ilícitos, pues.
—¿Así de simple?
—Así. Pero el gobierno es ciego y tonto, porque si esto sigue igual, si todo sigue podrido y sigue la matazón, ¿qué va a pasar con los hijos de ellos? ¿No los van a matar como a los hijos de usted o como a los míos?