“Ha aparecido por los lados de San Cristóbal un presunto caníbal, que supuestamente ha matado y comido a varias personas; luce un rostro beatífico y hasta se permite reflexiones filosóficas, como cuando declara que ‘el terror es necesario para enderezar el mundo’. Los periodistas lo llaman ‘El comegente’”.
Elio Gómez Grillo, criminólogo. Opinión, diario El Nacional, 1999.
El aire se vuelve denso; el frío, ineludible; incómoda la banca de concreto. Entonces hay que levantarse y caminar un poco, pues la espera, a medida que se prolonga, atiza la ansiedad. Me encuentro en una comandancia de policía. Ese tipo de lugares donde la desgracia es lo común. Oficiales van y vienen. Órdenes y contraórdenes. Han pasado veinte minutos desde la hora acordada y la siquiatra aún no llega. Ni modo, hay que esperarla. Sin ella, no podré hablar con el detenido.
“Puede preguntarle lo que quiera —comenta al fin Gloria Matoma, la especialista: ojos diminutos, cabello recién lavado y un niño aferrado a su mano— Él aquí es inofensivo. Desde que llegó no se ha puesto violento. Mientras reciba su pastilla, no hay problema. ¿Se la han estado dando?”. El uniformado, firme junto a ella, asiente: “Se la metemos en la comida, doctora, porque no le gusta”.
— Compre leche y cigarrillos; eso es lo que le gusta— recomienda Matoma antes de entrar.
Así supero los primeros barrotes mientras todos me miran. Saben a qué vengo. Estoy entre policías y delincuentes. Nada más. Se respira el peligro. Cuando he alcanzado el segundo portón, el que me separa del crimen, un oficial gordo sentado tras un escritorio escucha esto a modo de presentación: “El señor es periodista; viene a hablar con Dorángel”. Por razones de seguridad, él prefiere que hagamos la entrevista a través de esta reja, pero qué va, nada de eso: he sido autorizado por sus superiores para hablar cara a cara con Dorángel Vargas Gómez, el famoso “Comegente”, el “Hannibal de Los Andes”.
Cuerpo Técnico de Policía Judicial (CTPJ). Delegación del Táchira. Trascripción de novedad. San Cristóbal, 12 de febrero de 1999. 2:10 p.m.
Llamada radiofónica. Se recibe reporte del sargento segundo Pedro Hernández, adscrito a la Policía de Táriba, informando que debajo del Puente Libertador de esa localidad hallaron osamenta presuntamente humana.
Expediente F — 322.609. Inspección ocular número 591. CTPJ. Delegación del Táchira. Táriba, 12 de febrero de 1999. 5:00 p.m.
Parque 12 de octubre. Parte inferior del Puente Libertador. Táriba.
Se halla entre la vegetación una mano y un pie humano cuya piel es de color blanco. A un metro y diez centímetros se localiza un segundo pie humano, también de color blanco. Se localizan, cubiertos entre la vegetación, dos receptáculos de metal debidamente tapados. Al ser revisado su contenido se observan trozos de tejido muscular humano, piel y algunos huesos; al igual que vísceras. Todo esto en proceso de descomposición (…) Luego de pasar un pequeño caño, hay varios neumáticos quemados, y varias piedras dispuestas en forma de cocina; localizando un receptáculo de metal de forma cuadrada; dicho recipiente contiene carne de color gris con agua, dejando constancia de que la carne presenta características de haber sido sometida a un proceso de cocción. Bajo la estructura del puente se encontró una choza elaborada con escombros.
En el mes de febrero de 1999, cuando Venezuela entera se encontraba agitada por el reciente ascenso al poder del comandante Hugo Chávez, estalló en los medios de comunicación (primero locales, luego del mundo) el hallazgo de varios restos humanos regados debajo de un puente en una autopista del estado Táchira. A la zona viajaron corresponsales y criminólogos de todas partes, atraídos por una escandalosa novedad: ¡la probable existencia de un antropófago moderno!
Para la fecha, y aún hoy, San Cristóbal era ese tipo de ciudad en donde nunca, casi nunca sucede nada. Está ubicada en un bonito valle y, desde arriba, la custodian enormes montañas de un verde constante. Los taxistas consideran “lejito” cualquier trayecto urbano que supere los diez minutos. Viven aquí un millón doscientos mil habitantes, y la temperatura oscila entre los 12 y los 26 grados centígrados. La ganadería y la agricultura son los motores de la economía local. En resumen, se trata de un lugar semibucólico en donde uno esperaría otro tipo de suceso, jamás la temible actuación de un asesino múltiple que, por si fuera poco, descuartizó a todas sus víctimas para luego cocinarlas y comer de ellas.
Es la mirada de ese hombre la que ahora me llega desde un calabozo en penumbras.
“Dorancel, venga que le presento a un amigo que quiere hablar con usted”, le dice el policía. Detrás de los barrotes, en una ducha, el sujeto deja caer agua sobre sus manos. “Ah… ¿un amigo?… ya voy… ya voy”, grita. Al poco tiempo está fuera y mira a su alrededor con aire distraído. Ya no exhibe la melena desaliñada y la barba copiosa, tipo Charles Manson, que usaba hace cinco años cuando se volvió noticia de tapa. “Mira, también vino la doctora”, le indica el oficial, y Dorancel la mira sin mucho interés; sólo repite: “Ah… la doctora… la doctora”. Durante la breve escena me he limitado a observarlo, tratando de estudiarlo; intentando en vano improvisar una estrategia antes de iniciar la entrevista. Luego, apenas él me lanza su primera mirada directo a los ojos, ensayo un tímido gesto de aproximación, y le extiendo la leche y los cigarrillos que he traído, mientras estrecho su mano con energía.
De la puerta de su celda pasamos al centro de un patio interno, rodeado por las cuatro paredes de uno de los edificios que ocupa la Dirección de Seguridad y Orden Público del estado Táchira (Dirsop). Hay un par de sillas plásticas dispuestas para la entrevista. Desde los pisos de arriba, durante la hora y media que durará ésta, nos miran apiñados en sus celdas decenas de detenidos en tránsito. Es una masa compuesta por violadores, estafadores, asesinos, ladrones y algún inocente; todos aburridos, aguardando la decisión que los llevará al siguiente paso: el presidio definitivo o la libertad.
En adelante hablaremos siempre ante la mirada inalterable de un policía fornido; un tipo moreno con la corpulencia necesaria para convencer a cualquiera de que es mejor no buscar problemas. Yo, viéndolo, espero que su autoridad baste para mantener a raya cualquier acción violenta de mi entrevistado. Por su parte la siquiatra, la esperada doctora Matoma, abandonará enseguida el lugar para cumplir otros compromisos. Sí, ha llegado el momento de hablar.
— ¿De qué te acusan?
— Ah… eso… eso… como yo… como yo como gente. Entonces la gente por ahí se perdía, se perdía por ahí, entonces… entonces se daban de cuenta. Todos se enteraban. Entonces se daban de cuenta por ahí: “el tipo comiendo la gente”. Conocen a la persona que se pierde… ¡la conocen! Entonces me tiran ese ganso… pran, pran, pran: que criminal, que tal y qué sé yo. Y ahora me lo tienen enterrado y no me lo quieren sacar, pensando que soy un criminal.
— ¿Por qué comías humanos?
— Uy, la necesidad, el hambre. ¡Las ganas de comerse uno al otro! O sea, los veía así, y me provocaba agarrarlos y comérmelos. Entonces les caía a diente… pero eso… eso… eso es perdonado, ¿no?
— ¿Recuerdas la primera vez?
— Sí, claro. La primera vez… la primera vez un tipo cargaba un litro de miche (aguardiente). Entonces se metió un trago y se quedó dormido… dizque me iba a regalar el organismo; y llegué yo y ¡pran!, me lo comí. Si usted… si usted me ofrece miche, nos lo tomamos. Usted se toma la botellita y se emborracha… se emborracha y se deja… se deja matar.
— ¿Quién fue el primero?
— Cuando me llevaron a Peribeca (colonia siquiátrica) yo ya me había comido a uno. Fue… fue uno que se llama Cruz… Cruz. Un tipo ahí. Uno colora’o él.
— ¿Tenías herramientas para matar?
— ¡Claro! Eso hay herramientas especializadas… herramientas especializadas: yo tenía una… una… una cabilla de esas… de esas… gruesas. Con eso golpeaba: un toquecito ahí, y listo, en la cabeza, ¡plin! Eso llega uno y de una vez lo corta, como un conejo. ¿Usted ha comido… ha comido… peras? Bueno, igual: como comer peras.
Informe del siquiatra Ítalo Pierini, del día 18 de febrero de 1999. Fue examinado el paciente Dorancel Vargas Gómez por solicitud de la PTJ (Policía Técnica Judicial). A través de la entrevista puede evidenciarse una actitud tranquila; se encuentra esposado, vestido acorde al sexo, con descuido y deterioro de su aspecto personal. Luce consciente y desorientado en tiempo, espacio y persona. Lenguaje incoherente, insulso y de tono normal. (…) Pensamiento alterado con ideas de contenido paranoide. Se expresa con la mayor frialdad y sin ningún sentimiento de culpabilidad. Su juicio está alterado; con alteraciones de la sensopercepción (…) No tiene conciencia de enfermedad mental. Impresión diagnóstica: esquizofrenia paranoide. Sugerencias: mantener recluido en centro cerrado bajo tratamiento siquiátrico por irreversibilidad del cuadro.
Ahora en “cristiano”: el paciente que sufre de esquizofrenia paranoide, según una definición de la española Fundación Intras (Investigación y Tratamiento en Salud Mental y Servicios Sociales), “puede pensar que el mundo entero le persigue, que las personas le miran mal y que tienen ganas de hacerle daño o incluso de matarle. Estos pensamientos pueden venir acompañados de alucinaciones, aparición de personas muertas, diablos, dioses, alienígenas y otros poderes supernaturales”.
La condición siquiátrica de Dorancel lo ubica en un estatus jurídico especial. Por su calidad de “inimputable”, no puede ser considerado un delincuente común; ni puede recibir una condena específica. También está descartado que lo envíen a un penal corriente, pues ninguno en Venezuela cuenta con una unidad siquiátrica adecuada para recibirlo. No pueden dejarlo libre, pues fue juzgado por el delito de homicidio intencional. Está detenido bajo una “medida de seguridad intemporal”, que sólo cesará si su condición mental mejora lo suficiente como para dejar de considerarlo peligroso. Dado que su enfermedad es “irreversible”, estará en prisión para siempre.
Según una declaración de su padre, Pedro Vargas, que consta en el expediente, Dorancel Vargas Gómez es el tercero de diez hermanos y nació en Mérida el 14 de mayo de 1957, en el seno de una familia dedicada a la agricultura. Estudió solo hasta sexto grado de primaria (la pericia con que realizaba los cortes de sus víctimas influyó en la falsa teoría de que había estudiado medicina en la Universidad de Los Andes). Siempre portaba una peinilla y un puñal, y cumplió durante dos años el servicio militar, donde fue dado de baja por problemas de comportamiento. Según su hermana Sobeida, tuvo solo dos novias en su juventud.
Los primeros síntomas de desvarío se presentaron en la adolescencia. Cierta conducta violenta, dirigida hacia sus padres (ellos aseguran haberlo tratado igual que al resto de los hijos), lo alejó del hogar. Durante largas temporadas, de hasta cuatro años, se ausentó; vagando por ciudades como Valencia, Mérida y Maracaibo. Finalmente la familia se desentendió de él “porque se ponía muy violento”. Hoy en la Dirsop recibe visitas frecuentes de su hermana Sobeida. No hay antecedentes de esquizofrenia en la familia.
Franklin Moreno, testigo. Trabajaba como “playero” en el río Torbes. San Cristóbal, 12 de febrero de 1999.
Hoy me encontraba con Jhonny Neira y Alexis Moreno por el río Torbes. Estábamos en el monte y de repente sentimos un mal olor. Miré hacia el suelo y vi un pie de una persona y también una mano. Yo salí corriendo, y fui y le avisé a un funcionario de la policía y él fue al sitio y revisó lo que había ahí; y vio los pies y la mano de un ser humano y entonces avisó a la PTJ, quienes llegaron al sitio y se llevaron las partes del cuerpo, y nos trajeron para que declaráramos. (…) Cuando estábamos cerca del puente de Táriba, hablando con el policía sobre lo que habíamos conseguido, vimos a un sujeto que conozco sólo de vista, que le dicen “El loco”, y cuando nos vio se nos quedó mirando en forma extraña y se perdió dentro del monte.
Quien habla es uno de los sobrinos del difunto Cruz Baltazar Moreno, la primera víctima conocida de Vargas Gómez (a él se refiere en una de sus respuestas anteriores). Según el testimonio de Clara Moreno, hermana de Cruz, éste “desapareció de aquí el 17 de enero del 95. Se desapareció y no volvió a aparecer más. En esos días él le estaba trabajando a mi hermano, que estaba haciendo una casita. Se vino en la tarde de allá y aquí no lo vimos más, hasta que dijeron que lo habían conseguido ahí debajo del puente”.
Sólo unos trescientos metros separan el Puente Libertador de la casa de los Moreno, que está ubicada en el barrio El Lago, un pequeño caserío adyacente al río Torbes. Al llegar parece no haber nadie, pues están cerradas todas las puertas y ventanas, hechas de sólidas láminas de metal. Un horno. Llamo y me recibe doña Clara, vestido azul claro, cabello cano, rostro rosado pleno de arrugas. En medio de una salita mínima intenta el abominable ejercicio de recordar la muerte de su hermano:
Creo que lo agarró por ahí en la tarde, sería cuando bajaba pa’ acá pa’ la casa, y nunca llegó. Desde el mismo día que desapareció lo empezamos a buscar, por la radio, por todas partes, y nada. La PTJ llegaba a cada ratico por aquí a buscar, pero nada. Cruz dejó nada más que una sola hija. Nosotros ni los restos de él recuperamos. La PTJ decía que sí era él; sin embargo nosotros nos quedamos con la duda, porque decían que el cuerpo era de alguien que sufría de la columna, y mi hermano no sufría de eso. No pudimos ver los restos. La PTJ dijo que era él por lo de la columna y porque tenía el pelo canoso. Cuando murió, Cruz tenía cuarenta años. Él era el único que nos ayudaba aquí en la casa. Yo a veces no quiero, mejor dicho, ni acordarme. Eso es imborrable, porque el que se muere, listo, uno lo enterró y ya; pero él no: nunca apareció. Eso es triste pa’ nosotros. A mí por lo menos no se me borra nunca de la mente eso. Yo he tenido muchos sueños con él: veo una bolsa negra enterrada debajo de una piedra, pero nosotros hemos ido a buscar donde yo veo, pero no hemos encontrado nada. Hemos ido debajo del puente a ver en los lugares que yo sueño, y nada.
En la casa viven doña Clara, su hermana, sordomuda, lentes oscuros, sombrero y maquillaje en exceso, y la hija de Cruz, que tiene 15 años. Cuando Dorancel asesinó a su padre, la niña ya era huérfana de madre. Aún no se recupera del trauma. Según cuenta Clara, que la ha criado los últimos nueve años, la niña abandonó la escuela durante tres, y todavía despierta de noche, entre la nausea y el llanto, cuando las pesadillas le dinamitan la conciencia. Todo esto lo refiere su tía en voz muy baja, intentando no ser escuchada; justo después de que la hija de Cruz ha abandonado la sala con violencia, entre lágrimas, el llanto mudo, el rostro descompuesto.
Tras la muerte de Cruz Moreno, el 9 de mayo del mismo año, la juez Míriam Pacheco, del Juzgado del municipio Cárdenas, dictó auto de detención a Dorancel por homicidio intencional y porte ilícito de arma blanca. Más tarde, refiere una nota escrita por la periodista Eleonora Delgado, corresponsal del diario El Nacional en la región, “el 30 de mayo, el presunto demente rindió declaración indagatoria, y en ocho oportunidades el tribunal solicitó a la Unidad de Pacientes Agudos del Hospital Central de San Cristóbal, la valoración psiquiátrica, acción que nunca se llevó a cabo, entre otras causas, por los constantes paros médicos que se realizaron en esa oportunidad”. Luego, continúa Delgado, “mientras Vargas Gómez permanecía aislado en una celda del Centro Penitenciario de Occidente, el tribunal concluye el sumario y el 24 de febrero de 1997 se remite el expediente a la Fiscalía General de la República. Es cuando la fiscal Maritza Castellanos pide el sobreseimiento de la causa, bajo el argumento de enajenación mental y falta de indicios que determinen acciones de canibalismo”.
Finalmente, según la misma nota, en junio del mismo año, “el juez Jesús Guillermo Espitia, mediante oficio número 1.756, libra boleta de excarcelación y ordena el traslado del presunto orate al Instituto de Rehabilitación Siquiátrica de Peribeca, donde permaneció hasta que se comprobó que “no representaba ningún peligro para la colectividad”. ¡Ningún peligro para la colectividad! Es decir, luego de dos años de presidio, así, sin más, Dorancel fue liberado por la justicia venezolana.
En 1995, un amigo del fallecido Cruz Baltazar Moreno sirvió de testigo en el proceso e identificó a Vargas Gómez como el asesino. Eran vecinos y compañeros de trabajo. Ese hombre se llamaba Antonio López Guerrero, mejor conocido como “Toño”. Atención: fueron sus restos los que encontró el sobrino (testigo) de Moreno debajo del mismo puente en febrero de 1999. Con apenas cuatro años de diferencia, Vargas Gómez… ¡asesinó y se comió a los dos amigos!
Los familiares de Toño creen que Dorancel, más allá de la antropofagia, pudo haberlo asesinado en venganza por aquella delación. Aunque niega la represalia como móvil en este caso, las respuestas del homicida son de vértigo:
— ¿Recuerdas a Antonio, Antonio López?
— ¿Antonio? ¿Usted lo conoció?
— No.
— ¿Antonio? ¿Era familia suya?
— No.
— Yo me lo comí. ¿No era nada suyo?
— No.
— Antonio… ese me lo comí yo. Antonio se llamaba.
— ¿Te arrepentiste después?
— Nooo, me sentí bien de la salud; ¡qué se va a arrepentir uno, si eso es lo que le hace falta a uno!
Los López Guerrero viven también en el barrio El Lago, apenas a media cuadra de la familia Moreno. Se trata de una casita mínima, donde cohabitan varias generaciones de la misma familia. En la sala hay muy poca luz, y las fotos familiares cubren buena parte de las paredes. Es la misma casa de dónde salió Toño por última vez el martes 9 de febrero de 1999. Doña Alicia Guerrero de López, morena de cabello rizado, lentes de aumento, última fotografía de su hijo en los brazos, recuerda:
— El martes hubo un entierro de un amigo; un viejito. Toño anduvo con nosotros. Ese fue el último día que lo vi. Yo me vine a la casa y el se fue pa’ Táriba. No… no volvió. Dijo que tenía que ir por allá, a trabajar, a ayudar a la gente. Por allá lo querían mucho; eso le hicieron rezos y todo. Y no se creía lo que pasó. Yo me fui pa’ Mérida; eso fue un miércoles. Entonces yo me levanté y me fui. Pero él no estaba en la camita. Yo me fui y les dije a mis hijos: “miren a ver si Toño está trabajando o estará borracho en Táriba”. Y me fui, pero siempre con algo de preocupación, porque él nunca se quedaba por fuera, así llegara tomado. Él no llegó ese miércoles… no llegó. Él tenía un amigo, un compañero. Ellos trabajaban juntos y hacía cuatro años el compañero se desapareció. Este… Moreno… Cruz Moreno; él también era de aquí, del barrio. Entonces, ya de verlo a uno aquí afanao, unos sobrinos de Cruz fueron los tres allá debajo del puente. Entonces, pasando por ahí, se tropezaron con un pie. De una vez se fueron pa’ allá pa’l parque a avisarle a la policía. Se alborotó todo eso y encontraron muchas cosas que Dorancel tenía ahí. ¡Ahí consiguieron muchas víctimas!
Expediente número F — 322.609. Inspección ocular número 592. Táriba, 13 de febrero de 1999.
Se observa entre dos pequeños montículos de tierra un área donde hay acumulación de moscas, y sale un fuerte olor a productos descompuestos. Al remover la tierra se encuentra una bolsa plástica de color blanco. Al revisar el contenido se encuentra una cabeza humana en proceso de descomposición, de piel blanca, cabello negro, corto y liso; Se encuentra también cubierta con tierra otra bolsa plástica, localizando en el interior de la misma otra cabeza humana. Presenta barba y bigote abundante de color negro, frente amplia, cejas pobladas, ojos grandes. La segunda cabeza fue identificada por quienes prestaban colaboración a la comisión policial como “Toño”, habitante del barrio El Lago; cuyo nombre es Antonio López Guerrero, venezolano, soltero, obrero”.
El sábado 13 de febrero de 1999 Juan Alberto López Guerrero, hermano de “Toño”, amaneció con un intenso dolor de cabeza. Estaba en una tienda del barrio tomándose una pastilla cuando los vecinos lo sorprendieron con el grito de “¡encontraron la cabeza de Toño; encontraron la cabeza de Toño!”. Juan Alberto caminó hasta la parte baja del Puente Libertador. Sí, definitivamente conocía el rostro que recién habían sacado de la bolsa. La conmoción no evitó que reconociera a su hermano.
A Dorancel no le agrada bañarse. Aunque se nota que lo han aseado para la entrevista, él aún despide un olor desagradable. Lleva las uñas muy largas, y demuestra un obsesivo celo mientras las limpia. Fuma un cigarrillo detrás de otro y, a ratos, lo molesta un intenso ruido; un ruido que no existe.
— ¿A cuántos mataste?
— A seis; maté a seis.
— ¿Recuerdas cuál te costó más?
— ¡Uy, eso le cuesta a uno, porque la gente no se deja matar! Sí, sí; yo fui a matar un tipo, ¿no?; entonces el tipo se hizo amigo mío, y tal y qué sé yo. Conversábamos y tal. Y nos pusimos a conversar… entonces el tipo se daba de cuenta que yo me lo tenía ganas de comer… entonces… coño… él me dijo: “no me vayas a matar; yo me voy a dormir, pero no me vas a matar”. Yo le dije: “no, tranquilo; acuéstese completo ahí, tranquilo”. Entonces como yo estaba todo… todo… todo armado, ¿no? Entonces primero le di con… con una piedra de gran valor: ¡pran! No joda, y el tipo: “hey, qué, ¿me vas a matar?”. “¡Sí!” (ahora ríe a carcajadas). Bueno, después me tocó agarrar la… la… la cabilla, la cabilla; me tocó darle cuatro cabillazos bien fuerte… cinco; y el tipo cubriéndose: arrecho pa’ matarlo. Juancho se llamaba. Amigo mío. ¡Pero qué hipueputa de tirar puños pa’ no dejarse matar! ¿Por qué? Porque se hizo amigo mío… conversando los dos aquí, tal y qué sé yo. Entonces usted se da de cuenta de la vaina, de que soy un criminal (ríe agitado). Bueno, eso daba vueltas… se cubría como… como un boxeador pa’ no dejarse matar. Eso después que uno se hace amigo, ¡eso pa’ matar a un amigo cuesta una bola!
— ¿Sentiste en algún momento que no querías matarlo?
— Nooo, qué va. Yo estaba preparado.
— ¿Qué sentías después de matar?
— No, me sentía bien de salud; sentía descanso con la carne… sentía descanso de comer. Uno solo me duraba siete días… descansa uno como siete días con la carne, con la comida, ¡porque los mataba era por hambre! A uno me le comí el cuero todo. ¿Usted también mata?
— No.
— Pero sí le provoca…
— No, hasta ahora no.
— ¿No? ¿Entonces usted no ha matado a ninguno?
— No.
— ¿Y no piensa matar?
— Por ahora, no.
— ¿Por ahora no? Yo tampoco… yo tampoco.
— ¿Recuerdas cuando te capturaron?
— ¡Uy, sí! ¡Eso andaba un viaje de gente! ¡Eso se llenó ahí! Policías. ¿Qué tal si me encuentran con… con… matando gente? Yo estaba solo, pero no estaba comiendo. No encontraron casi nada, porque yo me lo comí todo… sí… ¡eso yo cargaba un hambre vieja! Eso uno agarra, pran, pran; abre un hueco y entierra los huesos y el mondongo… el cuero lo echa al río. No se come uno sino esta parte de aquí (se toca el abdomen); los puros pedacitos… puras mentes especiales.
Tres siquiatras que lo han examinado insisten en que el homicida no distingue entre el bien y el mal. Esto, según ellos, explica su frialdad y falta de arrepentimiento. No obstante, en varias oportunidades durante la entrevista Vargas Gómez dejó ver cierta pena; una tenue, lejana pero probable demostración de culpa:
— ¿Te da miedo que te coman a ti?
— Coño, de bolas, me da miedo.
— ¿Te gustaría que te comieran?
— ¡Nooo, cómo se imagina! ¡No!
— ¿Aún escuchas voces?
— ¿Los muertos? ¡Esos son los que lo joden a uno! Ahí llegan… ahí llegan… todos… todos escoñetados. Eso es lo que me tiene jodido. Ahí llegan los muertos… los que me comí. A veces vienen de noche; no me dejan dormir. A veces vienen, a veces se van. Y hablan… y me dicen que no le piense nada… vienen a esta hora, a joder por ahí; ¡puro a joderlo a uno! Me dicen que no los piense, que no piense nada… ¿será pa’ ayudarme?
Sólo han transcurrido cinco años desde la cinematográfica captura del “Comegente” del Táchira. Después de haberse convertido en poco menos que una estrella de rock, su caso cayó en el olvido. Fue tal la fama y el morbo que desató, que hubo peregrinaciones a su vieja guarida, convertida en sitio turístico. Y hay más: ¡de algunas escuelas mandaron a estudiantes a visitar el lugar con “interés científico”! Decenas de páginas en Internet, dedicadas al tema de la antropofagia, exhiben a Dorancel Vargas Gómez en un “top ten” macabro, entre los más célebres caníbales modernos. De esa “comunidad” recibió el apelativo de “Hannibal de Los Andes”. Las autoridades sólo lograron identificar a tres víctimas (y eso con la ayuda de vecinos y familiares), pero se hallaron restos incompletos de alrededor de una decena de personas; además de una cantidad impresionante de prendas de vestir. Muchos de los fallecidos, por no tener familiares en la zona, jamás fueron reclamados. La mayoría de sus víctimas eran “playeros”, obreros que trabajaban a destajo en el río. Desafortunados que estuvieron en el lugar equivocado en el peor de los momentos.
Culminan casi dos horas de entrevista; cien minutos de tensión sicológica; miles de segundos dialogando con la insania. Son las once de la mañana. Ni frío ni calor. Mientras lo regresan a su celda, pienso en Dorancel y su drama, su cautiverio físico y cerebral; su doble presidio: ante semejante conflicto mental, los barrotes deben parecer un simple decorado, otra original versión de un nuevo papel tapiz. Me sorprende mi aplomo; mi serenidad provisional. Puede que el truco haya estado en la abstracción: para escarbar en el horror, primero hay que meterse el corazón en el bolsillo.
Dorancel se disculpa por no tener frutas para ofrecer. Ya he apagado la grabadora, y él sigue balbuceando desde el amplio calabozo, despidiéndose. Saca la mano a través de los barrotes, y de nuevo se la estrecho. Entonces se acerca a la reja, esboza una sonrisa en silencio y me mira de arriba abajo, como escrutándome, casi invadiéndome, y susurra:
— Se ve usted muy saludable; cuídese.
Dice que se llama Teresa, que tiene 26 años, que es de Honduras, que se dirige a la frontera con Estados Unidos, que venía andando por la vía del tren junto a otros emigrantes cuando dos tipos le salieron al paso, uno de 37 o 38 años y el otro de 25 o 26, que les dijeron que agacharan la cabeza y pusieran sus manos en la nuca, que se adentraran en el monte, que si cooperaban no les iba a pasar nada. Dice Teresa que a los hombres los registraron y les quitaron el dinero, pero que a ella y a su amiga, las únicas mujeres del grupo, las apartaron y les ordenaron que se bajaran los pantalones, que ellas se los bajaron mientras el revólver del más viejo las iba apuntando a las dos, de una a otra, como si dudara con cuál quedarse. El viejo, dice Teresa, era de bigote abundante, ojos grandes y nariz aguileña, el cutis áspero como si hubiera tenido acné o una cicatriz. Del joven sólo recuerda que era flaquito y tenía el pelo liso.
-El joven fue el que me violó a mí.
El siguiente se llama Mario. Dice que tiene 28 años, que es de Guatemala, que él y su novia, Elsa Marlen, de 19 años, embarazada de gemelos, apenas habían iniciado su viaje hacia Estados Unidos cuando en el municipio de Huixtla, en el Estado de Chiapas, Elsa Marlen desapareció. Dice que él la buscó durante semanas y que, buscándola, desanduvo sus pasos y regresó a Guatemala. Que fue allí donde meses después, y a través de fotografías que le mandó la cancillería de su país, reconoció el cadáver de su novia. Tenía las manos cortadas. La habían enterrado en una fosa común.
-He vuelto a México para matar a los asesinos de Elsa Marlen.
***
Hay más historias, muchas más, y todas esperan en fila para que Arelí las apunte en su libreta. La historia de un chaval de 13 años que confiesa haber matado a un hombre y ahora huye de vagón en vagón. La de un joven que fue violado y que nada más escapar de sus verdugos buscó por las vías del tren el amor de una mujer para intentar olvidar. La de un hombre llamado Donar, que se quedó dormido cuando viajaba junto a otros emigrantes en el techo de uno de esos trenes que van hacia el Norte. Y se cayó. El tren lo reclamó para sí, su tributo de sangre, y le cortó las piernas. Y Donar, que es hondureño y tiene un carácter dulce que es una lección de vida, se quedó aquí, en el albergue de Ixtepec, junto a Arelí, que llena libretas y libretas con el dolor que no cesa, y junto a David, un tipo fornido y bueno que se ocupa del difícil trabajo de proteger a los emigrantes de los que no lo son pero se visten como ellos para robarles hasta el aliento. Y de Alejandro, un cura valiente al que los traficantes de hombres han estado muchas veces a punto de asesinar, pero al que Dios aún no ha llamado a su lado, temeroso tal vez por la bronca que el padre le tiene preparada…
Porque Dios, si existe, fracasa aquí todos los días. Todas las noches.
Y esta noche -madrugada ya- es una de ellas. Esto es Ixtepec, un municipio de 25.000 habitantes del Estado de Oaxaca, lindando con Chiapas. Sur de México. Un lugar de paso casi obligado para los miles de emigrantes centroamericanos que cruzan desde Guatemala por el río Suchiate, buscando el tren soñado y temido que los llevará hacia Estados Unidos. Sin embargo, por culpa del huracán Stan, que a principios de octubre de 2005 azotó la zona llevándose por delante los puentes y el trazado ferroviario, los emigrantes tienen que cubrir a pie o en microbuses unos 280 kilómetros hasta llegar a Arriaga y abordar el primer tren, ya en el Estado de Chiapas. Hacen el camino intentando burlar los controles de la policía y el ejército, y para ello tienen que internarse en el monte, exponiéndose y cayendo con frecuencia en poder de las bandas de asaltantes que infestan una zona conocida como La Arrocera. Es el principio de una larga travesía que, de hacerse en línea recta, se alargaría casi por espacio de 5.000 kilómetros, pero que se convierte en infinita porque los trenes que van hacia el Norte son de mercancías y zigzaguean por todo el territorio mexicano sin frecuencia ni horarios fijos, sometidos al capricho de un fantasma tirano. El trayecto entre el río Suchiate e Ixtepec constituye, pues, el primer contacto de los emigrantes con la realidad del camino. A tenor de sus historias, las mismas que Arelí va apuntando en sus libretas, muy poderosa debe de ser la atracción del paraíso al que creen dirigirse o muy espantoso el infierno de miseria del que escapan para que sigan caminando.
***
Dice Gerardo, que tiene 39 años y es de Honduras, que precisamente en La Arrocera, al tratar de rodear una garita de vigilancia, cinco hombres le salieron al paso. Dice que dos de los asaltantes iban armados, uno con una escopeta, el otro con una pistola de nueve milímetros, que le obligaron a desnudarse, que lo tiraron al suelo de un garrotazo, que registraron sus ropas, que le quitaron todo el dinero que llevaba y que le amenazaron con matarlo si denunciaba. Uno de los asaltantes, el más joven, era alto y flaco, tenía el pelo lacio y calzaba sandalias, “guaraches”, dice Gerardo. El otro, el más viejo, llevaba sombrero y era bigotudo y tenía una cicatriz como de un navajazo en la quijada del lado derecho…
Es entonces cuando Arelí, apenas 27 años, levanta la mirada de la libreta y sonríe, pero su rostro, sus ojos verdes, que son el único eco de esperanza en esta madrugada tan negra, no reflejan precisamente alegría:
-El tipo del bigote…, la señal de la cicatriz en la cara…, el sombrero… La descripción de su acompañante: más flaco, más joven, con el pelo lacio. ¿Se da cuenta? Hace meses que los emigrantes, sean hombres o mujeres, vengan de Honduras o de Guatemala, nos señalan a los mismos tipos como sus verdugos. Pero no pasa nada. Las autoridades no hacen nada. Mire: lo peor no es el tren, que si te duermes y te caes te corta en dos como a Donar o te mata como a tantos otros. Lo peor no es ni siquiera la existencia de bandas de maleantes, de extorsionadores, de gente que mata o que viola. Lo peor de todo, la verdadera mezquindad, es saber que nadie te va a ayudar, que al Estado mexicano no le importa lo que le pase a los centroamericanos que pasan por su territorio camino de Estados Unidos. Que ni la policía ni el ejército, ni las autoridades encargadas de ayudarte, te van a ayudar. Porque aquí, desengáñese, el Estado no está, es un teatro. A veces, en el albergue hemos sabido que entre los emigrantes hay infiltrados sicarios de Los Zetas [uno de los carteles más sanguinarios de México], pero no hemos podido ni siquiera pedir ayuda a las autoridades porque sabíamos que no nos la iban a dar. Que incluso podía ser peor porque los mismos emigrantes te cuentan que ellos fueron asaltados por policías…
Hay un informe de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) de México que corrobora las palabras de Arelí. Está confeccionado con los testimonios que 30 agentes de la comisión -sólo 30- recogieron en un periodo de seis meses -sólo seis meses-. Y aun así, los datos no pueden ser más terribles. Entre septiembre de 2008 y febrero de 2009, casi 10.000 emigrantes centroamericanos que trataban de llegar a Estados Unidos fueron secuestrados y tratados con extrema crueldad a su paso por territorio mexicano. Muchos de ellos fueron capturados en grupos, bajados de los vagones de tren y confinados en casas de seguridad o en naves industriales. El rescate que se les exigía fluctuaba entre los 1.500 y los 5.000 dólares. La Comisión Nacional de Derechos Humanos calcula que la industria del secuestro obtuvo en ese corto espacio de tiempo más de 25 millones de dólares. Para ello, los verdugos no dudaron en utilizar una violencia extrema, que incluyó en muchos casos la tortura, la violación y el asesinato. Nueve de cada 10 víctimas recibieron amenazas de muerte dirigidas a ellas o a sus familiares. El 67% de los secuestrados era de Honduras; el 18%, de El Salvador; el 13%, de Guatemala, y el resto, de Nicaragua. También constataron los agentes de derechos humanos el paso de emigrantes procedentes de Ecuador, de Brasil, de Chile, de Costa Rica… Pero son los centroamericanos los que con mayor frecuencia, y con mayor desesperación, hacen la ruta hacia El Dorado que todavía, pese a la crisis, sigue representando Estados Unidos. Sus familias, y también sus países, dependen de sus remesas.
***
Hay quien sostiene, con una dureza no exenta de tino, que algunas naciones centroamericanas han sacrificado a sus ciudadanos para salvar sus economías. Al emigrante se le presenta en sus lugares de origen como un héroe, no como una víctima. A eso contribuye que el que llega encierra su rosario de sufrimientos y humillaciones, tal vez por vergüenza, en un cofre con siete llaves. Y el que no llega… también. Sólo Arelí y quienes como ella no están dispuestos a que México, su país, siga siendo un testigo mudo del horror, se han propuesto que las organizaciones de derechos humanos y la prensa conviertan en visible lo que hasta ahora no lo ha sido. El dolor tan íntimo de Teresa, la furia de Mario en busca del asesino de su novia, la huida sin destino de un niño asustado de 13 años, la terrible maldad de quien aprovecha el paso por sus pueblos de los más desprotegidos para hacer negocio. Golpeando, violando, matando… Sin freno. Sin castigo.
El albergue está lleno esta noche. Hay rumores de que la Bestia volverá por fin a rugir. La Bestia es el tren. Aun parado y en silencio, merece un apodo tan rotundo. Lleva dos días dormitando por culpa de un fuerte vendaval que mantiene cerrado el puerto de Salinas Cruz. Pero al parecer el viento ya está amainando y los barcos empiezan a llegar. El tren será cargado y volverá a pasar por Ixtepec de camino a Medias Aguas. Ése será el momento en que las decenas de emigrantes que dormitan en el albergue, al pie mismo de las vías, aprovechen para saltar y encaramarse al techo.
***
La vigilia se hace muy larga. A las tres de la madrugada, tan lejos aún del amanecer, los gallos se despiertan. Sólo un rato después, varios grupos de emigrantes, algunos con síntomas de haber entretenido la espera tomando alcohol, se acercan al albergue. David se coloca en la puerta. Sin más escudo que sus buenas palabras, los va cacheando uno a uno para evitar que entren con armas. Sentada en una mesa de plástico, Arelí les va preguntando uno a uno sus nombres, su procedencia, si han tenido algún sobresalto en el camino. Algunos mienten, y Arelí lo sabe. No son emigrantes. Tal vez algún día lo fueron, pero luego fueron captados por los propios carteles y pasaron de ser víctimas a trabajar para los verdugos. Son especialmente peligrosos porque tratándose de hondureños, guatemaltecos o salvadoreños, hablan el mismo lenguaje que los emigrantes y los hacen confiarse, desvelar el nombre del familiar que, casi siempre desde Estados Unidos, los está apoyando con sus dólares. Una vez que descubren quién tiene dinero, el siguiente paso consiste en avisar a sus compinches de que en el vagón tres de la Bestia, con sudadera roja y una gorra negra de Nike, viaja un hondureño con plata. El asalto al tren, entonces, está cantado. Y esta noche es una de esas noches angustiosas en que David y Arelí sienten que algo sucio se está tejiendo. El techo de la Bestia no irá sólo ocupado por indefensos emigrantes a la búsqueda de un sueño.
El tren llega a Ixtepec un poco después del amanecer. Destino: Medias Aguas. Ese nombre destila peligro. “Medias Aguas ya es zona de Los Zetas. Si quieren montarse en el tren para acompañar a los emigrantes”, aconseja David a los periodistas, “intenten convencer al maquinista para que les pare en Matías Romero. Y si no les para, tírense del tren en marcha cuando aminore la velocidad. Pero por nada del mundo sigan hasta Medias Aguas”. David, aseguran quienes lo han tratado de antiguo, no es un hombre de muchas palabras, pero las que dice son de ley. Sin embargo, el maquinista no está de muy buenas pulgas. “¿En Matías Romero? ¿Parar allá? ¿Para qué? Ya veremos…”, contesta desde lo alto de su trono de hierro. “¿Usted sabe?”, se anima por fin sin que medien preguntas, “¿que los emigrantes nos acusan de estar coludidos con las mafias y que paramos el tren para que los asalten? ¡Qué barbaridad! Mire: usted mismo, si gira ese volante de hierro pintado de amarillo que hay entre vagón y vagón, puede parar el tren. Y los asaltantes lo saben. ¿Que no les ayudamos? ¿Eso dicen los emigrantes? Pues eso sí es verdad, ¿pero qué quieren que hagamos cuando nos apuntan con pistolas y hasta con cuernos de chivo…?”.
El tren se pone en marcha. Isabel Muñoz, autora de las fotos de este reportaje, lleva meses retratando el sufrimiento, y también las ilusiones, de los emigrantes centroamericanos a su paso por México. Esta mañana ya está montada en el techo abarrotado de la Bestia. Será su último viaje antes de concluir este reportaje, pero también uno de los más peligrosos. Arelí y David tenían razón. El tren es abordado a última hora, cuando ya está en movimiento, por cuatro muchachos que levantan las sospechas del resto. La Bestia acelera, ruge, pero ya se ha convertido en un peligro secundario. Todos los emigrantes, y no cabe ni un alma más en el techo, tampoco en los reducidos espacios que quedan entre los vagones, están pendientes de esos cuatro muchachos. No les quitan ojo. Ni apartan sus manos de las piedras que casi todos han ido cosechando silenciosamente en la estación de Ixtepec por si la ruta se tuerce. Los emigrantes tienen ante sí miles de kilómetros como éstos, llenos de peligros, de amenazas.
El tren sigue hacia el Norte después de hacer un alto en Matías Romero. Los periodistas se bajan. Y también lo hacen los cuatro muchachos, confirmando con esa sola acción que su interés no era precisamente la ruta hacia el Norte. Unos kilómetros atrás, en el albergue de Ixtepec, Arelí disfruta de unas horas de paz hasta la llegada del próximo tren. Cuando eso suceda, mujeres rotas y hombres manchados de miedo le contarán que un tipo con bigote, nariz aguileña y algo muy parecido a una vieja cicatriz surcándole la cara les obligó a desnudarse, les quitó el dinero, los apuntó con un viejo revólver…
-¿Se termina uno acostumbrando a tanto horror?
-Se termina uno acostumbrando. E incluso te puedes permitir acostumbrarte. Pero lo que no puedes hacer nunca es dejar de estar enojada. El día que dejes de enojarte con las injusticias, ya no servirás. Y habrán ganado ellos.
Los que hacen daño. Los que no hacen nada.
I
Mauricio Fernández Garza recibió un estruendoso aplauso que se prolongó durante poco más de tres minutos en el Auditorio de San Pedro. Acababa de anunciar la muerte de un mafioso antes de que la policía encontrara su cadáver en la ciudad de México y dijo que pasaría por encima de la ley para combatir al crimen en el municipio de San Pedro Garza García. Estaban presentes dos ex gobernadores, un general del Ejército, diversos empresarios y los representantes oficiales de los tres poderes del Estado.
Luego de la ovación, Mauricio dio una conferencia de prensa en los camerinos del teatro, para después dejarse querer en el lobby de un foro donde lo mismo se dan conciertos de cámara que shows del comediante Polo-Polo. Cuando apareció en el vestíbulo principal, algunos de los más de 300 invitados a la ceremonia, aún emocionados, probaban canapés y bebían vino blanco. “Ésos son huevos”, le dijo al oído un dirigente de empresarios locales mientras lo abrazaba y le arrugaba la solapa del traje negro. “Eres un valiente, Mauricio”, siguió Gilberto Marcos, ex conductor de televisión y presidente de la Federación de Colonos de San Pedro, uno de los principales grupos civiles de la locacicalidad.
“Estuviste maravilloso”, exclamó mientras abría los brazos el priísta Jorge Treviño, ex mandatario de Nuevo León. “Cómo nos hacías falta”, “Tú si los tienes donde deben estar”, “Te la van a pelar”, continuó el coro de voces excitadas que escuchaba el alcalde mientras se abría paso con su jefe de escoltas detrás, vigilante de cualquier situación inesperada.
“Ya te renunciaron 15 policías, después de que escucharon tu discurso”, bromeó un cónsul. “No vas a cambiar nunca”, le dijo con cariño una anciana que traía el pelo relamido, un vestido azul chillante y lustrosos brazaletes en las muñecas. Ella le pidió que posaran juntos para una foto.
Diez minutos después Mauricio salió del auditorio, dejando atrás un público aún emocionado con su nuevo alcalde.
—El anuncio de la muerte de Héctor El Negro Saldaña fue algo muy fuerte —le dije mientras se subía a su camioneta, que iba escoltada por otras cuatro llenas de hombres armados.
—Pues sí, porque nadie sabía.
—¿Es un mensaje para los otros criminales?
—Sí, cómo no, sin duda, porque si partes de la base de que era bastante obvio que él me quería matar, y bueno, pues resultó muerto el día en que yo me siento en la alcaldía. Es un buen mensaje.
—Fue como advertirle a los tres poderes del Estado y a la sociedad de que ibas a hacer muchas cosas…
—Bueno, de hecho, si tú quieres fue una presentación un poco violenta, porque dije públicamente: “Me voy a tomar atribuciones que no me corresponden”. Yo siento que como está el país no lo vamos a arreglar, y de aquí pa’ que las cosas cambien, pues yo no me voy a poner a esperar.
II
Cuando uno viaja en el mismo vehículo que los hombres que se encargan de cuidar la vida de Mauricio Fernández, el cuerpo se pone alerta. Voy en una suburban que está a la vanguardia del convoy del alcalde. Acabamos de salir del auditorio donde rindió protesta. El llavero del conductor tiene la imagen de un cristo que a veces, con el vaivén, choca con la AR-15 que tiene a un lado, cargada y lista para ser usada en cualquier instante.
La caravana avanza. Rebasa de manera espectacular, con rechinido y todo, a un Camaro amarillo. Después, el convoy se pasa un semáforo en rojo para llevar al Palacio Municipal al alcalde recién asumido. En la camioneta en la que viajo, los escoltas llevan una maleta con cambios de ropa, latas de comida, cepillos de dientes y varias metralletas. La rutina de estos hombres será tan incierta a partir de hoy, como la de su jefe Mauricio.
Ya en el Palacio Municipal me sorprendo de saber que el abogado Hiram de León, uno de esos juristas que hasta en las fiestas habla como si estuviera en un juzgado, será el encargado de vigilar el cumplimiento de las leyes en el nuevo gobierno, aunque su titular haya decretado que burlará la Constitución. Así como Mauricio es famoso por su estilo desenfadado, Hiram lo es por su mesura. Otra sorpresa es que el secretario del Ayuntamiento será Fernando Canales Stelzer, hijo del ex gobernador y empresario Fernando Canales Clariond, antiguo adversario de Mauricio, con quien parece ha hecho una especie de pacto político.
Mientras se desarrolla la sesión protocolaria de cabildo, algunos miembros del equipo del alcalde me confiesan en voz baja que tienen miedo. Dicen que quisieran tener la certeza de que no es demasiado peligroso lo que está haciendo su jefe, de que lo que dijo hace unos minutos en la toma de protesta no va a terminar provo cando que un día entre al palacio un comando armado echando bala, o bien, que algún sicario lance una bomba.
Al terminar el acto oficial entre bostezos generalizados, Mauricio va a comer a la Barra Antigua, un restaurante con los mejores tacos de ternera de la ciudad, donde ya lo esperan tres de sus hijos, quienes han venido del extranjero sólo para verlo en este día especial. El alcalde me invita a acompañarlos y una vez sentados en la mesa, uno de sus hijos le platica de sus mejoras para disparar el rifle. Otra hija es la que escapó de ser secuestrada hace un par de años y en este momento habla cariñosamente con su padre, a la vez que lo llena de abrazos. Poco después se aparece el asesor israelí que Mauricio ha dicho públicamente que le ayudará en temas de seguridad. El hombre apenas habla durante la comida.
Al cabo de una hora, y sin probar postre, Mauricio anuncia que iremos a la casa de Márgara, su madre, la cual, se dice en la ciudad, lo adora. Mauricio es el segundo de los hijos de la mujer que con más de 80 años de edad es una de las grandes personalidades locales. Los otros hermanos de Mauricio son Alberto, el primógenito, ex presidente de la Coparmex; Balbina, quien hace poca vida pública; Alejandra, que pertenece a una corriente distinta a la de Mauricio dentro del Partido Acción Nacional (PAN), y Álvaro, el más joven, quien lo sustituyó hace un par de años como representante de la familia ante el consejo directivo del Grupo Alfa.
—¿Eres el consentido de tu ma-má?—pregunto mientras vamos a las camionetas.
—Mi madre no es de consentimientos —contesta de tajo.
A los pocos minutos llegamos a la mansión de Márgara Garza Sada. Mauricio entra y los escoltas y yo esperamos cerca de 20 minutos afuera. Al salir, el alcalde recién asumido se ha quitado ya el saco negro y la corbata a rayas para andar sólo con una camiseta blanca y el pantalón negro del traje. Nos dice que iremos al Club Deportivo de Cazadores a que su hijo dispare un rato. Tras llegar al lugar, los otros tiradores ponen cara de inquietud ante el imponente convoy, pero una vez que miran a Mauricio bajar de una de las camionetas, todo vuelve a la calma. Uno de los hombres que está en el sitio, vestido con pantalón Wrangler, camisa colorida y botas vaqueras de piel de avestruz, le grita: “¡Ese mi alcalde, es usted un chingón!”. Mauricio responde solamente con una sonrisa y sigue caminando hasta una palapa, donde se pone orejeras para que no le lastime el sonido de los disparos. Ahí, su hijo saca de su estuche un rifle del tamaño de una boa y se alista para enseñarle a su padre la mejoría con el arma. Pero un empleado del club llega a avisar que la máquina que lanza los blancos móviles se ha estropeado hace apenas un instante y que será imposible que el alcalde y su hijo la utilicen para disparar. “Chingado, hombre”, se lamenta Mauricio y anuncia la retirada a su equipo de seguridad, el cual ya había hecho un discreto perímetro de vigilancia alrededor de la palapa.
Atardece y Mauricio me invita a su casa para que platiquemos con calma. Recorremos la colonia El Rosario, donde las casas tienen el tamaño de una manzana y se estima que en cada cochera hay un promedio de seis automóviles. Subimos por una calle sinuosa las laderas del cerro Chipinque, donde también hay viviendas pero en realidad ya hay más ardillas que seres humanos. En la parte más alta queda La Milarca, la residencia del nuevo alcalde, quien tiene una fortuna valuada en 800 millones de dólares, según algunas revistas de negocios. Su hogar es una especie de castillo que se construyó hace 20 años a partir de unos hermosos techos mudejar de los siglos XIII y XVI que habían pertenecido al estadounidense William Randolph Hearst, recordado contra su voluntad como el “Ciudadano Kane” de la película de Orson Welles. Jorge Loy-zaga, arquitecto preferido de familias ricas de la ciudad, como los Junco de la Vega, dueños de los diarios Reforma y El Norte, se encargó del proyecto. Dentro de la mansión, llamada La Milarca en honor a un personaje de la literatura medieval, las colecciones de arte popular mexicano se entremezclan con el cráneo de un tricerátops en la sala; una escultura de Rufino Tamayo, en el jardín, con las cabezas humanas reducidas por jíbaros; una pintura de Julio Galán con aerolitos que cayeron en Argentina, y una colección de mapas antiguos con la piel de un oso cazado por Mauricio. El arquitecto japonés Tadao Ando, quien visitó este sitio hace unos años, le escribió semanas después a Mauricio una carta en la que le dijo que La Milarca es “una obra de arte”.
—¿Cómo te ves a ti mismo? Muchos te ven como el rico excéntrico —le digo, mientras nos sentamos a conversar.
—Yo me veo como yo soy. Cada vez he aprendido más a verme como a mí mismo, ya sin confrontarme.
—¿Por qué te gusta transgredir?
—No es que me guste eso.
—Hoy lo hiciste con tu discurso y lo has hecho otras veces.
—Mira, yo por un rato batallé mucho para entenderme a mí mismo. No sé cómo decírtelo. Sentía que iba muy cruzado a las cosas, no en la corriente. Pero luego también me empecé a dar cuenta de que tenía capacidad de cambiar cosas y que en realidad los que iban en la corriente eran una masa que nunca cambiaría nada.
La plática tiene lugar en la cocina de La Milarca. Entre los dos hay una botella de tequila reposado que conforme pasa el tiempo y las palabras, se va quedando vacía. No hay nadie más en casa, salvo Frida, una mapacha que hace un año llegó y se hizo la mascota preferida de Mauricio. De vez en cuando, uno de los escoltas personales del alcalde, cargando su AR-15 como guitarra, se asoma por la ventana con discreción.
Mauricio habla con orgullo de sus hijos y de su paso por la vida. En algún momento le pregunto sobre sus experiencias como cazador en África, donde dice que una vez perdonó de morir a un león, ya que le pareció demasiado inocente. En cambio, cuenta a detalle cómo mató a un leopardo, a un hipopótamo y a un elefante. Me aconseja que si algún día trato de matar uno, además de valentía y buen tino, procure cargar con suerte.
“Fue maravillosa la primera vez que yo maté uno”, dijo. Eran los ochenta y el Parque Nacional Tsavo, de Kenia, una de las congregaciones de elefantes más grandes que hay en el planeta, autorizó la cacería de estos mamíferos gigantes, a causa de una sobrepoblación que ponía en riesgo a las demás especies. Mauricio viajó para allá en cuanto supo. Acompañado por un asistente africano que le cargaba las municiones y el resto del equipo, anduvo de safari varios días hasta que dio con un paquidermo. Tras esconderse entre la vegetación durante varios minutos, Mauricio apuntó con su rifle .458 a los codillos del enorme animal y jaló el gatillo. El mamífero trastabilleó herido, pero otros elefantes de la manada corrieron en estampida, cerca de donde él se escondía, y tiraba ya el segundo y tercero y cuarto disparos.
“Si matas a un elefante, puedes hacer muchas cosas en la vida. Yo, no tienes idea de cuántos elefantes he tenido que matar para poder ser yo mismo”.
III
Mauricio Fernández Garza cumplirá 60 años el 13 de abril de 2010. Es hijo de Alberto Fernández Ruiloba, quien falleció en 2005. Su padre fue un industrial que consolidó una empresa de pigmentos y óxidos. También fue miembro fundador del PAN de Nuevo León, pero carecía de un apellido con el mismo abolengo que el de la rama materna de Mauricio.
El abuelo del alcalde fue Roberto Garza Sada. Junto con su hermano Eugenio, era el capitán de la industria de Nuevo León. El abuelo Roberto también fue uno de los primeros ricos que abandonó la vieja colonia Obispado, ubicada en un cerro del corazón de Monterrey donde vivieron las familias más prósperas desde el siglo XIX, para luego trasladarse a San Pedro Garza García, un sitio al pie de la imponente Sierra Madre Occidental. Ahí, los millonarios locales compraron enormes extensiones de tierra y construyeron su utópica ciudad durante los últimos 40 años.
En los sesenta, Mauricio acompañaba a su abuelo Roberto a excursiones al cerro boscoso de Chipinque, lo mismo que viajaba con él a la ciudad de México para visitar la tienda de antigüedades La Granja, donde a los 12 años compró unas licoreras alemanas rojas del siglo XIX con animales grabados. Éstas fueron las primeras manifestaciones de una afición de coleccionista que mantiene hasta la fecha y que lo ha llevado a fundar tres museos donde exhibe algunos objetos.
Su madre, Márgara Garza Sada, también ha tenido una relación intensa con el mundo del arte. Fue mecenas del Museo Franz Mayer y del Rufino Tamayo, e inculcó a su hijo el gusto por el mundo cultural.
De su padre, en cambio, aprendió el gusto por la política. Cada vez que se llevaban a cabo elecciones en Nuevo León, durante la era del régimen del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Alberto Fernández Ruiloba era el único panista que podía vigilar los comicios gracias a una acreditación expedida por la Secretaría de Gobernación. En una ocasión, cuando Mauricio tenía 13 años y acompañaba a su padre a supervisar la instalación de una casilla en San Pedro Garza García, ambos notaron que aunque apenas pasaban de las ocho de la mañana, dos urnas ya estaban llenas de votos. Mientras su papá discutía con los funcionarios electorales sobre el improbable suceso, Mauricio tomaba fotos a la paquetería electoral, evidentemente manipulada. La discusión en la casilla acabó a golpes y Mauricio salió volando de un aventón que le dieron los porros priístas, luego de destruir su cámara fotográfica. “Yo me inicié en la política así, volando y entre aventones. Y así sigo”, se jacta Mauricio.
Otra de las aficiones inculcadas por su padre fue la de disparar armas de fuego. Durante las cacerías de animales organizadas por su familia en los linderos del cerro de Chipinque, aprendió a tirar con una increíble precisión. Quienes lo conocieron en los años sesenta recuerdan que Rodrigo Bremer, su mejor amigo de la infancia, sostenía en la cabeza botellas de vidrio o ampolletas medicinales que volaban con los balazos que salían del revólver calibre .38, favorito de Mauricio a los 10 años de edad.
Mauricio cuenta que en los días de adolescencia, sin que sus padres lo supieran, llevó más lejos su gusto por las armas y comenzó a revender pistolas entre los agentes de San Pedro Garza García. “Yo creo que a los 12 años, yo era el abastecedor de armas de la policía de aquí”, dice. Cuando los policías terminaban sus rondas en lo que antes era un tranquilo poblado donde sólo había dos cantinas y un prostíbulo, pasaban por él para irse a cazar liebres a parajes silvestres que hoy son predios en los que el metro cuadrado cuesta hasta 800 dólares.
Durante aquellos años, Mauricio se recuerda a sí mismo como “un guerrillero que salía a escondidas por la ventana de la casa, con escopeta y pistolas” para sentarse en el cofre delantero de un Jeep de la familia, a esperar a que llegaran sus amigos policías. Adolescente precoz, casi estaba preparado para ir a una guerra: sabía usar ballestas, cuchillos, hachas, rifles y las ametralladoras de la época.
Ya desde entonces, Mauricio causaba controversia. “Había amigos míos a los que sus mamás no dejaban salir conmigo, porque decían que yo estaba loco”, recuerda entre risas.
IV
Tras estudiar Ingeniería Industrial en la prestigiada Universidad de Purdue, en Indiana, Estados Unidos, Mauricio Fernández Garza volvió a México y se casó con Norma Zambrano, integrante de otra de las familias adineradas de la ciudad. Para muchos en San Pedro Garza García eran la pareja ideal. A principios de los años setenta ambos se fueron a vivir a la ciudad de México. En la capital del país, a Mauricio le gustaba ir a La Lagunilla a
buscar objetos curiosos y visitaba regularmente Morelia, Michoacán, donde conoció a un artista llamado Juan Torres, quien tenía una especie de casa-museo en Capula, la cual lo inspiró en parte para construir La Milarca, años después.
Durante esa época, Mauricio se fogueó en el mundo empresarial para asumir en los años ochenta la dirección general del proyecto Casolar del Grupo Alfa, el cual se encargó del desarrollo de varias zonas del país, como Las Hadas, en Manzanillo, Colima. Aunque algunos empresarios afirman que Casolar fue un fracaso, Mauricio asegura que en su momento “fue calificado como uno de los mejores proyectos inmobiliarios del mundo, aunque ahorita otra vez no vale nada”. Lo cierto es que en 1994, Mauricio tuvo posibilidades de ser el presidente del Grupo Alfa, el consorcio del que proviene la mayor parte de la fortuna familiar, junto con Cemex, compañía en la cual también tienen acciones. Ese año, su primo Dionisio Garza Medina y él, eran los candidatos que se manejaban para asumir la presidencia y la dirección general del grupo, pero según Mauricio, él decidió declinar.
—¿Por qué renunciaste a esa posibilidad?
—Porque yo pensé que Alfa necesitaba una sola cabeza, que lo mejor era que se conjuntara la dirección en una sola presidencia. Entonces, yo hice una propuesta, y bueno, toda la familia me la compró.
Por entonces, Mauricio ya había ingresado a la política como alcalde de San Pedro. Sus tres años de gobierno aún son recordados por amigos y enemigos, como los mejores en la historia de la ciudad. Abrió calles y las convirtió en amplias calzadas arboladas que son un orgullo local. Llevó servicios públicos a las desordenadas colonias de posesionarios y redujo los indicadores de pobreza, pero sobre todo, consolidó las condiciones para que San Pedro Garza García se convirtiera no sólo en el lugar de residencia de los ricos del norte del país, sino también en la sede de una veintena de corporativos financieros.
En lugar de la presidencia del poderoso Grupo Alfa, tres años después, Mauricio buscó la candidatura del PAN al gobierno de Nuevo León, pero la perdió frente a Fernando Canales Clariond, el primer mandatario neoleonés panista en la historia. Como no fue el candidato de su partido a la gubernatura, ese mismo año se postuló para senador y ocupó una curul entre 1997 y 2003. Allí presidió la Comisión de Cultura y se hizo famoso por sus corbatas de Mickey Mouse. También protagonizó una pelea pública con Felipe Calderón, entonces líder nacional del PAN, quien había emprendido una campaña para buscar, por supuesta ineficiencia, la destitución del gobernador del Banco de México, Guillermo Ortiz, a la fecha, amigo de Mauricio Fernández. A finales de los años noventa, firmó y pagó para su publicación un desplegado de apoyo a Ortiz, además de que encaró a Calderón, diciéndole: “Estoy dispuesto hasta renunciar al partido si no se me permite discrepar”.
En general, no parecen ser buenos los recuerdos que tiene Mauricio de su experiencia legislativa y de las decisiones cupulares que, dice, ahí se dieron. “En el senado sí veías unas cargadas, para mí, muy cuesta arriba. Son grupos colegiados que de veras, para como se toman las decisiones, mejor que dejen a dos o tres senadores nada más, y a dos o tres diputados de cada partido, y ya. Así nos ahorraremos bastantes millones que bastante falta le hacen a la patria”.
En 2003, volvió a buscar la gubernatura de Nuevo León. Esta vez sí consiguió ser el candidato de su partido, pero perdió en la contienda frente a su amigo, el priísta Natividad González Parás. Días antes de que iniciaran esos comicios, un grupo de emisarios del cártel de Sinaloa se presentaron con él, en su oficina de Los Soles, para ofrecerle velices llenos de dinero para su campaña a cambio de que si ganaba la gubernatura, ignorara el tráfico de drogas en el estado. Años después, en una entrevista que me concedió para Milenio Diario de Monterrey, me relataría este suceso y provocaría con ello uno de sus habituales escándalos en los medios de comunicación locales.
Tras la derrota en la contienda electoral de 2003, Mauricio se fue de pesca a Alaska y al volver anunció que se retiraría de la política para dedicarse a sus museos, patronatos culturales, así como a administrar sus empresas, una de ellas de puros, que le granjeó buenas relaciones en Cuba, incluso con Fidel Castro. Se convirtió también en uno de los activos promotores del Fórum de las Culturas que se celebró en 2007 en la ciudad, para el cual convenció a su amigo el pintor oaxaqueño Francisco Toledo, de que hiciera una escultura urbana de La lagartera, una de sus piezas más famosas.
Durante ese tiempo, además de separarse de su esposa Norma, dos hechos familiares causaron un gran impacto en su vida. El primero ocurrió el 15 de septiembre de 2006, cuando se desplomó en Toluca la avioneta en la cual viajaba Martell, su hijo de 18 años junto con otros cuatro jóvenes. El segundo fue el intento de secuestro de su hija Milarca en 2008, quien logró escapar de manera sorprendente gracias a las lecciones antisecuestro que había recibido años atrás. Este último suceso, según me dijo, fue definitivo para que volviera a la política.
V
Héctor El Negro Saldaña era considerado el testaferro del crimen organizado en San Pedro Garza García. Quienes lo vieron entrar a restaurantes y discotecas, lo describen como un hombre con cuerpo de jugador de futbol americano, que parecía medir casi dos metros y se desplazaba en un Lamborghini murciélago amarillo, que ni siquiera para los parámetros de una ciudad rica como San Pedro, pasaba desapercibido. El aviso “Nos reservamos el derecho de admisión” solía cumplirse a carta cabal, hasta la aparición de Saldaña y su banda, la cual además de armar escándalos, cobraba cuotas periódicas para “garantizar” la seguridad de los exclusivos lugares.
La carrera delictiva de Saldaña había sido meteórica en los últimos dos años. Tras comenzar en la década de los noventa como ladrón de automóviles con la protección de la policía judicial estatal, donde fue “madrina”, se había consolidado como uno de los jefes del crimen organizado en el área metropolitana de Monterrey. El 9 de enero de 2007 fue capturado por la desaparecida Agencia Federal de Investigación, acusado de distribuir cocaína en los bares del centro de Monterrey, pero una polémica decisión de un juez lo dejó en libertad al poco tiempo. Como en 1997 y 2004, cuando sobrevivió a sendos atentados en su contra, la suerte había estado de su lado.
Sin embargo, la buena racha se le acabó el 29 de octubre de 2009. Ese día murió según la autopsia practicada por el Servicio Médico Forense, aunque fue dos días después cuando su cadáver, el de su hermano Alan y el de otras dos personas, aperecieron en una camioneta Equinox estacionada en la calle Sóstenes Rocha, de la delegación Miguel Hidalgo del Distrito Federal. Sobre los cuerpos, encontrados tiesos como el cuero por un comandante de la policía judicial capitalina, habían sido colocadas dos cartulinas. Una decía: “JOB 38:15” y la otra: “Por secuestradores, atte el jefe de jefes”. Según reportes de la Secretaría de Seguridad Pública Federal, El Jefe de Jefes es el alias de Arturo Beltrán Leyva, el capo para el que supuestamente trabajaba Héctor El Negro Saldaña, antes de ser ejecutado.
Arturo Beltrán Leyva y sus hermanos son oriundos de Sinaloa, y en 2007 se separaron de la organización dirigida por Joaquín El Chapo Guzmán para montar su propio cártel. Según reportes de inteligencia federal, la familia Beltrán Leyva ha conseguido un pacto de convivencia con Los Zetas, a fin de operar en San Pedro Garza García y dejarle al brazo armado del cártel del Golfo, el control del resto de las ciudades del noreste del país, lo cual incluye Nuevo León, Tamaulipas y Coahuila.
A Mauricio también se le ha señalado públicamente por una supuesta relación con Arturo Beltrán Leyva. Un ex jefe de policía local me dijo que si esto fuera cierto, el nuevo alcalde estaría jugando con fuego. Según él, los narcos, después de hacer pactos, son tan silenciosos como buitres. Esperan su momento. Son siluetas con voz, un gobierno en la sombra. Todo indica, en las historias de mafia, que una vez dentro, es imposible retirarse a tiempo.
Mauricio rechaza que él sea un mafioso. Afirma que Tatiana Clouthier, su antigua aliada política y amiga personal, buscó a diversos magnates de la ciudad, los del mítico nombre de “El Grupo de los 10”, para acusarlo de narco. “Ella [Tatiana] pensó que yo estaba coludido y fue con los empresarios de aquí a decírselos. Le dijo a gente de la IP [iniciativa privada] que yo era el brazo político de los Beltrán Leyva, y ellos le dijeron que si alguien no está coludido con el narco soy yo, que me dejara trabajar, porque yo era el único que nos podía sacar de donde estamos en San Pedro”.
VI
No es la primera vez que se especula que empresarios de San Pedro Garza García tienen escuadrones de la muerte a su servicio. El 17 de septiembre de 1973 fue asesinado Eugenio Garza Sada, tío abuelo de Mauricio Fernández y uno de los empresarios más importantes del país. Un grupo de jóvenes guerrilleros de la Liga Comunista 23 de Septiembre trataban de secuestrarlo, pero Garza Sada, su escolta y su chofer iban armados y respondieron la agresión. Al final de la balacera habían muerto un guerrillero, los dos empleados y el empresario, presidente de la Cervecería Cuauhtémoc.
El asesinato conmocionó a la ciudad. Los industriales locales insultaron al presidente Luis Echeverría cuando se hizo presente en los funerales del magnate. Aunque Echeverría emprendió como ningún otro presidente moderno una cacería contra la guerrilla de los años setenta, en su discurso pseudorrevolucionario solía insinuar diversas críticas contra los burgueses de Nuevo León, quienes a su vez, lo cuestionaban por el manejo populista de la economía nacional.
La muerte de Garza Sada endureció el sentimiento antigobiernista que circulaba en el empresariado local y pronto empezaron a aparecer cadáveres de jóvenes guerrilleros que no necesariamiente eran asesinados por la Dirección Federal de Seguridad (DFS).
Para tratar de documentar la existencia de estos grupos, conseguí hace unos años que Manuel Saldaña, un hombre clave de entonces, me diera una entrevista. Tras muchos intentos nos vimos en el Nuevo Brasil, entre canciones de Joaquín Sabina y el sonido de las rotativas del periódico El Norte, que se encuentra a un lado de la céntrica cafetería. Saldaña había sido en esos años agente infiltrado de la DFS en la Liga Comunista 23 de Septiembre, aunque al final terminó ayudando a los guerrilleros. De acuerdo con él, sus reportes confidenciales eran entregados por igual a la DFS, la Policía Judicial del Estado y a un Departamento de Inteligencia creado por los empresarios locales, el cual operaba en las instalaciones de la Cervecería Cuauh-
témoc. Quienes se encargaban de estas tareas, según Saldaña, eran Fernando Garza Guzmán por la policía judicial, Ricardo Mundell por la DFS y Adrián Santos, por parte de los empresarios neoleoneses. “Los empresarios tenían su cuerpo de inteligencia y tenían una red igual a la de la DFS”, dijo Saldaña.
Tras la muerte de Garza Sada, llegó a la ciudad Salvador del Toro Rosales, a quien se le conoció como el Fiscal de Hierro por la feroz persecución de guerrilleros. Antes de morir, este hombre me concedió una entrevista en la cual estuvo presente Héctor Benavides, uno de los periodistas más respetados de Nuevo León. En esa ocasión, Del Toro Rosales me confirmó la creación de los escuadrones de la muerte. La genésis de éstos, según él, fue la siguiente: “Dos o tres años antes del secuestro del señor don Eugenio Garza Sada, se tenía conocimiento de la existencia de diversos grupos subversivos que operaban en distintas partes del país; se sabía también que esos grupos cometían ‘expropiaciones’, como ellos le llamaban a los asaltos bancarios y secuestros de personas, con la finalidad de tener recursos con los cuales financiar su movimiento y la compra de armas. Entonces, toda aquella gente
adinerada, como es el caso de don Eugenio [Garza Sada], eran candidatos a ser secuestrados sin necesidad de que el gobierno les avisara de esa situación. Muchos acaudalados hombres de empresa tomaron sus precauciones y fue cuando empezaron a nacer esos grupos de guardias personales”.
Unos días antes de concluir la redacción de este texto, la investigadora Ángeles Magdaleno me compartió un gran hallazgo que hizo en el Archivo General de la Nación. Se trata de un documento oficial desclasificado que contiene la declaración hecha por el cubano Juan Carlos Corbea ante la dirección de Seguridad Pública de Veracruz, en febrero de 1963, la cual se acompaña de una nota para el secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz, donde se le informa que un grupo de empresarios de Monterrey está financiando un pequeño ejército que tiene como fin volver a Cuba y derrocar al naciente gobierno de Fidel Castro.
La declaración, escrita en papel membretado, dice: “Respecto a sus actividades en el país y de los campos de entrenamiento para cubanos anticastristas… que en el estado de Tabasco se encuentra ubicado el campo de entrenamiento en el lugar denominado MAL PASO al que se llega entrando por Cárdenas, a donde se encontraban como 400 cubanos a quienes cada mes les llevaba medicinas, zapatos y ropa que donaban en Monterrey algunas personas por conducto del Lic. Ricardo Margáin SUSAYA [sic], de la Asociación de Padres de Familia y la proporcionaban quinientos mil pesos cada mes, de lo que tomaba para gastos… Margaín, edificio del Banco Industrial, ubicado en calle de Juárez en Monterrey, N.L.”.
Margaín Zozaya es el padre de Fernando Margaín Berlanga, el alcalde que le entregó el gobierno de San Pedro Garza García a Mauricio Fernández Garza el pasado 31 de octubre.
VII
Conocí a Mauricio Fernández Garza 10 años antes de que se convirtiera en un enfant terrible de la vida pública nacional. Cuando yo trabajaba en una estación llamada Radio Alegría, a la par que estudiaba periodismo en la Universidad Autónoma de Nuevo León, Mauricio ya era un heterodoxo de la política.
Junto con Tatiana Clouthier, me parece que es el político de Nuevo León más interesante que he conocido en persona, aunque a la vez, el más enigmático. Su brutal franqueza, inusual en un mundo donde el lugar común se prodiga y los reporteros lo repetimos como ecos amaestrados, así como su genio desparpajado para emprender proyectos en apariencia imposibles, lo convierten en alguien poderosamente atractivo, complejo y riesgoso a la mirada periodística. Quizá por eso pienso en Mauricio como crisol de Monterrey. Relatarlo a él, me parece, es relatar lo que es en parte mi tierra natal y sus peculiares contradicciones.
A finales de agosto de 2009, previendo que su gestión en la alcaldía seguramente daría mucho de qué hablar, le llamé por teléfono para plantearle la posibilidad de escribir un texto sobre él.
—Quiero hacer un perfil tuyo para la revista Gatopardo —planteé.
—Pero no tengo mucho dinero ahorita —respondió con desgano.
—Con que no nos cobres está bien —le dije riendo.
—¿Cuándo quieres que nos veamos? —preguntó seco.
Cuando tuvimos la primera entrevista en su despacho privado del edificio Los Soles, un laberinto de oficinas inmobiliarias, fiscales y de abogados donde se concentra buena parte del poder privado, me dijo que mandaría a su familia fuera del país, ya que su proyecto de “blindaje”, además de implicar el brincarse trancas legales, era algo riesgoso.
Durante los últimos seis años, las extorsiones de la mafia a negocios y a profesionistas, ya comunes en muchos lugares del país, empezaban a acechar también a San Pedro Garza García. Para nadie es un secreto que en los otros siete municipios que conforman el área metropolitana de Monterrey, grupos de hombres armados y protegidos por Los Zetas o la organización de los hermanos Beltrán Leyva, cobran cuotas periódicas a empresas, comercios informales y profesionistas.
Ante tal panorama, Mauricio, quien considera que la criminalización de las drogas ha provocado el aumento de otros delitos, me decía que tenía que enviar un mensaje fuerte a los pequeños grupos criminales para que no aprovecharan el poder de los grandes cárteles del narco y realizaran por su cuenta extorsiones, secuestros, y robos. “Siento que San Pedro es el que más o menos la libra en el área metropolitana, pero lo demás sí está muy complicado”.
Mauricio me aseguraba estar consciente de que un lugar como San Pedro Garza García tiene condiciones únicas gracias a su inmejorable ingreso per cápita, pero que estas condiciones “había que resaltarlas”, aunque tal cosa provocara que “al ser el municipio más seguro de México, El Chapo Guzmán, o cualquiera de ellos, va a querer venirse a vivir aquí. No se van a ir al más inseguro”.
“Ante eso: ¿yo como alcalde a qué le debo de tirar?”, se preguntaba. “Pues a tener el municipio más seguro, ésa es mi chamba. Si eso provoca que venga esta gente, pues ahí están las instancias federales correspondientes para buscarlos”.
Para su cruzada contra las extorsiones y el secuestro, Mauricio me dijo también que contaba con el apoyo de los empresarios más importantes de San Pedro Garza García, así como con el respaldo de un hombre clave en la inteligencia del país: Jorge Tello Peón, ex director del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen), quien vivió varios años en esta ciudad, donde trabajaba como encargado de seguridad del Grupo Cemex, antes de convertirse en asesor del presidente Felipe Calderón en asuntos de seguridad nacional.
Mientras charlábamos en su oficina, Mauricio interrumpió la conversación un par de veces. La primera para atender a un artesano de San Luis Potosí que lo visitaba para pedirle apoyo económico con el fin de montar una feria de arte popular; la segunda, cuando llegó un alto directivo de TV Azteca con quien se reunió 10 minutos en otra oficina del despacho.
—¿Y si te desaforan? —le pregunté cuando volvió.
—¿Quién me va a desaforar?
—Pues la gente que se inconforme con lo que hagas.
—¿Y quién sabe que estoy haciendo? Yo te voy a decir que voy a hacer cosas, pero no te voy a decir al detalle. Y además ¿quién me va a acusar si estoy haciendo qué? No creo que el propio crimen organizado diga: “Hey, mira el alcalde tiene un sistema de inteligencia y me anda espiando”.
—Entonces, ¿para qué andar amagando que habrá comandos rudos y limpiezas?
—Cuando hablas de estos temas de blindajes, tú confrontas los problemas. Estos temas son tan complejos que yo los confronto con la gente. Yo así soy. Yo debo decirle a la ciudadanía: “Miren, así está el huato, y así está el rollo, y ésta es la tarea. Y si queremos arreglar esto, tenemos que hacer un blindaje que requiere esto”, y esto es lo que yo haré, y vamos a limpiar esta ciudad. A lo mejor no te digo al detalle cómo, pero de que la vamos a limpiar, la vamos a limpiar, de eso no hay duda.
VIII
El discurso de Mauricio en su toma de protesta se metió a la discusión nacional durante los días siguientes. Carlos Marín escribió en Milenio que con “suicida temeridad”, el alcalde se había colocado bajo dos miras: “La letal de las organizaciones criminales que andan cazando a servidores públicos… y la ministerial de orden penal”. Raymundo Riva Palacio, en Eje Central, lo definió como “El llanero solitario” y aseguró que Mauricio “respaldado en lazos sanguíneos, poder económico y político, se siente lo suficientemente protegido”. En una columna publicada en el diario Reforma bajo el título “¿Escuadrones de la muerte?”, Miguel Ángel Granados Chapa advirtió que “mediante escuadrones de la muerte parecería que la sociedad se hace justicia a sí misma, al margen del Estado. Es clara la barbarie que eso implica, porque los asesinos organizados hoy matan a presuntos delincuentes pero mañana pueden actuar contra usted”.
En medio del escándalo desatado, me entrevisté con un antiguo amigo de Mauricio que supo que yo estaba haciendo un perfil sobre él. Quería contarme que Mauricio ya no era el mismo de antes, aquel que había cautivado a la metrópolis por su franqueza para hacer política y por los aires liberales con los que se movía. Según él, Mauricio aunque no lo reconociera, estaba derrumbado íntimamente a causa de sus tragedias familiares y estaba llevando a un errante fin su paso triunfal por la vida pública de Nuevo León. Hace un año, durante una cena, me aseguró que le dijo: “Mauricio, cuando ya no nos queda inspiración, es mejor dejar de inspirar”. Pero el alcalde ni siquiera se dio por enterado.
Tatiana Clouthier, vecina de San Pedro Garza García e hija del Maquío, uno de los iconos del panismo, me recibió un domingo en la mañana en su casa, donde se curaba de una tos. Mientras charlábamos, organizaba también el día de descanso de sus hijos más pequeños. Madre de familia de grandes ojos azules que corre maratones y enarbola causas ciudadanas, me dijo que hasta hace un par de años había sido una “mauricista de hueso colorado”.
El desencanto que le provocó Mauricio a Tatiana, se hizo evidente a mediados de 2009, cuando, con el Partido Nueva Alianza, Tatiana compitió con él por la alcaldía de San Pedro Garza García y llegó a denunciarlo ante las autoridades por unas grabaciones reveladas por la revista electrónica Reporte Índigo, en las cuales Mauricio hablaba sobre la presencia del cártel de los Beltrán Leyva en la ciudad.
De acuerdo con Tatiana, meses antes de los comicios, fue a avisarle a Mauricio que buscaría la alcaldía. En su oficina de Los Soles, éste le respondió que él también lo haría, porque ya no tenía nada que hacer en la vida, porque se había querido regresar a su casa, “y se dio cuenta de que no tenía familia”, le dijo, según Tatiana.
Cuando le pregunté sobre la supuesta visita que hizo a los empresarios para advertirles que Mauricio estaba ligado con los narcos, Tatiana me contestó que tal cosa era falsa. Que realmente no tenía acceso a la mayoría de los principales empresarios conocidos como “El Grupo de los 10” y que sus denuncias contra Mauricio siempre fueron públicas. Ese día que hablamos, Tatiana estaba preocupada por la euforia que había provocado el discurso de Mauricio. “Mucha gente es cortoplacista. Celebra lo que dijo Mauricio pero no vemos lo que está pasando ahorita. El procurador debería actuar, porque si el Estado permite la violación a los derechos, entonces la ley se cumple al antojo del gobernante. Y al rato, si hay un litigio con el gobernante, ponle Mauricio o ponle el que sea, él va a resolver las cosas como quiera”.
Para Tatiana, más que la inseguridad, lo que ha aumentado en San Pedro Garza García durante los últimos meses, ha sido la psicosis, gracias a mensajes electrónicos y llamadas telefónicas de extorsionadores. “Hace poco hablaron a la casa de un vecino y contestó su hijo y le dijeron que tenían secuestrados a sus hijos. El niño les respondió: “Yo no tengo hijos, soy niño”, cuenta. Sin embargo, también reconoce estar enterada de algunos secuestros recientes, como el de un yerno de Gustavo Valdés Madero, uno de los santones del panismo local.
Felipe Calderón debería impedir que sigan sucediendo cosas extrañas en San Pedro Garza García, considera esta mujer que renunció al PAN en 2005. Sin embargo, ve complicado que tal cosa ocurra, ya que cuando el actual presidente renunció a la Secretaría de Energía en 2004, Alejandra Fernández Garza, hermana de Mauricio y consejera panista local, se encargó de pasar la charola entre los empresarios locales para seguirle dando un sueldo a Calderón, quien tras su renuncia se había quedado sin ingresos y tenía pendiente el pago de la mensualidad de su casa.
Durante las casi dos horas en las que charlamos, Tatiana estuvo recordando su participación en diversas campañas políticas, siempre al lado de Mauricio, a quien veía como uno de los políticos más visionarios. “Pero Mauricio ya no es el mismo de antes. Desde la segunda campaña por la gubernatura, Mauricio empieza a tener una descomposición y ahora nada más mira quienes son sus amigos”, insistió para luego decirme los nombres de esos amigos: los ex gobernadores del PRI, Natividad González Parás y Jorge Treviño, así como el de Rogelio Cerda, un antiguo secretario de gobierno hoy diputado federal, que fue señalado públicamente por supuestas ligas con el narco. “Mauricio está mal en muchos sentidos. Hace unos días vino un periodista y me dijo que le pidió la entrevista y Mauricio le dijo: ‘No te la puedo dar porque ando ahogado’. Yo había sido mauricista y la verdad es que me duele… Creo que ahora Mauricio quiere ser inmolado y quiere la estatua de Juanito, eso me queda cada vez más claro”.
La campaña que lanzó al llegar a la alcaldía para realizar justicia por las buenas o por las malas en contra de secuestradores y extorsionadores, puede acabar en tragedia, considera Tatiana, quien me asegura que hace unos meses, un grupo de vecinos contrataron a un matón para que acabara con un asiduo ladrón de su barrio. “Todo esto que está pasando es a causa de que con el gobierno de Natividad González Parás quedó la sensación de que la justicia no se impartía en los tribunales, sino en algunos influyentes despachos de abogados”.
IX
El sábado 7 de noviembre, exactamente una semana después de su toma de protesta, volví a La Milarca. El alcalde estaba contento, satisfecho con lo que había provocado. No parecían importarle demasiado las críticas de los analistas nacionales y resaltaba el apoyo recibido en blogs, Facebook, Twitter y cartas que le han llegado en los días recientes. Parecía un chico divertido que entre pose y pose, frente al fotógrafo de Gatopardo, llamaba en su jardín a Frida, su inseparable mapacha, que había desaparecido repentinamente. Ya luego, en la sala de la casa, justo cuando posaba junto a unas catrinas tamaño natural, uno de sus escoltas apareció detrás de Frida, la cual había atorado su cola en una puerta y ahora entraba de manera triunfal a la residencia.
—Dicen que estás loco —le comenté de repente.
—Pues normal, normal, no soy —respondió con una ligera sonrisa.
Mauricio me explicó que todo lo que había sucedido en la semana, estaba calculado. “Mira, ya lancé el granadazo para dar una sacudida a esto y para que nos pongamos a repensar el tema de la seguridad”.
Sin embargo, dos días después de que nos vimos, durante una gira del presidente Felipe Calderón por la ciudad, vi de lejos cómo cambiaba el semblante de Mauricio, cuando el mandatario, sin nombrarlo, lanzaba un claro mensaje contra él, diciendo que nadie podía estar por encima de la ley. Mauricio estaba sentado a un lado del general Cuauhtémoc Antúnez, comandante de la Séptima Zona Militar, quien antes de que hablara el presidente Calderón se acercaría a decirle: “Qué bueno que hizo lo que hizo, porque despertó conciencias”, pero después, durante una reunión privada con alcaldes, disparó un dardo contra Mauricio al asegurar que los soldados no eran matones, sino una instancia indicada con capacidad jurídica para enfrentar los problemas de delincuencia, “algo que no se resuelve con un grupo que actúa fuera de la ley”.
Al siguiente día, supe que Mauricio había sido citado a declarar ante la PGR por la muerte de Héctor El Negro Saldaña, mientras yo revisaba unas fotografías de distintas ocasiones de su vida en su despacho ubicado en el edificio de Los Soles. En algún momento de la mañana, la secretaria privada del alcalde hizo una mueca de asombro tras atender una llamada telefónica. Una señora había llamado para preguntar a qué número de cuenta bancaria podía realizar un depósito para apoyar la creación del comando rudo que Mauricio andaba promoviendo para blindar a San Pedro Garza García de los secuestros y las extorsiones de la mafia.
Maradona estaba en camino a la última escena. Tras una serie de obstáculos, plantones, idas y vueltas, un avión privado, contratado únicamente para él, lo había recogido en Dinamarca y acababa de dejarlo en el aeropuerto de Belgrado. Desde allí debía seguir un trayecto de cuatro horas en auto por una zona montañosa hasta la casa del hombre que intentaba retratarlo: el cineasta Emir Kusturica. El encuentro era parte de un documental sobre la vida del que algunos consideran el mejor jugador de fútbol de la historia. Ésta sería una de las tres entrevistas en profundidad pactadas. Los organizadores habían comprometido hasta a la policía nacional serbia para escoltar el vehículo que lo trasladaba.
Por eso, cuando la llamada del chofer fue respondida, las sirenas oficiales se filtraban por el audífono. «Señor Kusturica, el señor Maradona me pide que lo regrese al aeropuerto, ¿qué hago?», dijo el hombre, como si tuviera otra opción antes de que aquello se transformara en un secuestro. La pobre recepción de la zona complicó la llamada. «¿Me escucha?», gritó el conductor. La voz de Kusturica debía llegarle entrecortada, pero el mensaje era una sola palabra repetidas varias veces: ¡sranje! En serbio quiere decir: ¡mierda!
Poco después otro celular sonó en casa del cineasta. Era el de José Ibáñez, el productor español de la película. Maradona llamaba para quejarse. Dijo que nadie lo había prevenido del agotador itinerario, que la casa estaba muy lejos y que debía regresar a Buenos Aires para resolver quién sabía qué tema, adiós. Fin de la llamada.
Kusturica imploró paciencia al cielo: hacía días que preparaba aquel encuentro. Que el avión privado, que las cámaras, que las luces, que los micrófonos, que el clima. ¿Adónde está la traductora? ¿Y el fotógrafo? ¿Hay algo para tomar? Nos sentaremos allí porque hay mejor luz. También estaba entre ellos el cantante Manu Chao, que había compuesto una canción especialmente para el filme. La casa se había transformado en estudio. Maradona sólo tenía que llegar, pero a mitad de camino se arrepintió, se cansó, tenía que volver, chau, adiós. Y así los dejó. Boquiabiertos.
–Fue surrealista –recuerda Ibáñez–. El día anterior había ocurrido un hecho premonitorio: cuando íbamos con Manu Chao a la casa, a mitad del recorrido, él me había advertido: «Acá Maradona pegará la vuelta».
Así fue. Maradona se largó. Aquél fue uno de los desencuentros que marcaron un rodaje de pesadilla persiguiendo a un personaje al que algunos millones de seguidores llaman D10s.
***
La productora española Pentagrama Films se había propuesto conseguir la historia de un gran personaje contada por un gran director. Maradona aceptó un acuerdo económico –dicen– no tan bueno como el que obtuvo por el cargo de director técnico de la selección argentina de fútbol. El nombre de Kusturica saltó a la mesa cuando alguien recordó una escena de su película Gato negro, gato blanco en que el protagonista, un muchacho gitano, grita a orillas del Danubio: «Maradooona», en señal de júbilo. ¿Quién mejor que un director que alguna vez quiso ser futbolista profesional para retratarlo? ¿Y qué mejor que no fuera argentino? Se lo propusieron y Kusturica aceptó. Se puso a trabajar en el 2004. Pasarían cuatro años y varias crisis antes de que el documental quedara listo.
El itinerario de la producción incluía escenarios como Villa Fiorito, el barrio obrero en el que Maradona nació y donde aprendió a jugar al fútbol; La Habana, ciudad en la que vivió tres años para limpiarse de las drogas; Nápoles, que es quizá el lugar más maradoniano del planeta; y también Belgrado, la ciudad que Kusturica adoptó para reafirmar su origen. Pero las cosas no salieron como estaban planificadas. El director iba a pasar momentos de angustia y furia antes de conseguir la entrevista principal con su personaje. Unas veces era Maradona el que lo dejaba plantado sin motivo. Otra vez, en medio del rodaje, sufrió un colapso físico que lo dejó al borde de la muerte. Pero también el mismo Kusturica estuvo a punto de mandar todo al diablo. Las interrupciones fueron tantas que entre el inicio y el final Kusturica tuvo tiempo de rodar otra película: Promise Me This.
Y sin embargo, parecía dispuesto a todo por culminar el proyecto, un retrato personal del futbolista más importante de su tiempo.
El desafío no era menor. Maradona es un tema inagotable. Según la base de datos cinematográfica más confiable de la web, Internet Movie Database, hay más de veinte películas que tienen que ver con él (entre producciones para cine y televisión, participaciones especiales en filmes de otros y compilados de los mejores goles). Una estadística elemental sugiere que, si contamos desde que nació hasta su edad actual, cada dos años alguien intenta contar su vida para una pantalla. Esto sin sumar los libros. El valor agregado de este nuevo filme sería la visión que un narrador desbordado como Kusturica podía tener de una leyenda desbordante como Maradona.
Si algo comparten ambos personajes es que sus vidas públicas y privadas han generado revuelos. A Maradona le basta con abrir la boca para que sucedan negocios o escándalos desopilantes. Kusturica, por su parte, ha repetido que desde ¿Quién se acuerda de Dolly Bell? (película con la que ganó el León de Oro de Venecia en 1981) siempre ha rodado la misma historia:
–Es la locura vista por un loco –dijo una vez.
¿De qué se trataría pues el insólito desafío de filmar un nuevo documental sobre Maradona? ¿Acaso la historia de un loco que intenta comprender a Dios?
***
Buenos Aires, abril de 2005. El escenario es Devoto, un barrio de clase media donde está la casa de la familia Maradona. La tropa cinematográfica llega cuando se festeja el cumpleaños de su hija mayor, Dalma.
–¿Quién es?
–Soy Emir y el equipo.
Pasan. Aparece un Maradona obeso, de andar cansino, y los saluda. No se conocían. Fue el primer encuentro, informal, cámara en mano. Lo primero que Kusturica le dice es: «He llorado dos veces por tu culpa: cuando hemos perdido y cuando marcaste el gol contra Inglaterra». En el documental, Maradona le contesta que mientras hacía ese gol sus piernas se movían para vengar a los muertos de la Guerra de las Malvinas.
–¿Y el gol con la mano? –pregunta Emir.
–Ése para mí fue como robarle la cartera a un inglés –se ríe Diego haciendo gala de su humor y viveza criolla.
Poco después Kusturica y su equipo se van, no sin antes arreglar una entrevista para los días siguientes. Allí empieza el desconcierto.
La segunda vez que tocan el timbre de la casa de Devoto, nadie atiende. Kusturica pone cara de rottweiler. La espera se alarga sentados en el vehículo de filmación. Al final sale Maradona, habano en mano, dice: «Hola, qué tal», se sube a su camioneta y se va sin más. Todos quedan haciendo el tonto con las cámaras encendidas. «Es como un juego infinito de puertas que se abren y se cierran. Me siento un paparazzo a la espera de que la estrella se despierte», exclama Kusturica en el documental.
***
Sebastián Naranjo tiene veintisiete años y pertenece a la generación de adolescentes que se decepcionaron –con ese desencanto negro de la adolescencia– cuando a Maradona le dio positivo el control antidopaje en el Mundial de Estados Unidos. Guardaba hacia él resentimiento y le echaba la culpa de no haber visto fútbol por varios años después de ese episodio. Aunque es hijo de quien fuera el médico de los Maradona en los tiempos en que en esa familia no había dinero para médicos, no era fanático del ex capitán de la selección argentina. Pero lo que volvió a acercarlo a él fue que Sebastián es también amigo de Verónica Ojeda, la novia que Maradona había conocido durante el rodaje, en noviembre del 2005. Él había sido invitado al casamiento de un sobrino en los suburbios del sur de Buenos Aires. Allí se reencuentra con familiares, amigos y vecinos del barrio de su infancia. Gente querida. Allí, hacia un costado, ve a una rubia. La invita a bailar. La chica tiene veintisiete años. También es de Villa Fiorito. Desde entonces están juntos. Viven en una casa quinta en Ezeiza, cerca de donde él entrena a la selección argentina. La chica no sale en el documental, tampoco nadie de su entorno. Tal vez porque para terminar la película fue fundamental la participación de Claudia Villafañe, «La bruja», como la llama cariñosamente Maradona. Su ex esposa, madre de Dalma y Gianinna, abuela de su nieto. Pero sobre todo en este caso, su mánager.
Dicen que Maradona suele ser generoso con los allegados. En marzo del 2006 la banda irlandesa U2 llegó a tocar a Buenos Aires. Maradona estaba invitado por Bono Vox, por lo que le dio a su novia un puñado de pases VIP. Podía repartirlos a quien quisiera. Sebastián Naranjo, quien estaba alojado en casa de los Ojeda por esos días, fue uno de los beneficiados. Aunque no lo vio antes ni durante el show. Pero a eso de las cinco de la mañana, escuchó un ruido seco en el líving. Al asomarse al pasillo, Sebastián vio a Maradona parado a un metro de distancia y se quedó pasmado. Estaba con ropa de casa, pantalones cortos y un gorro de cowboy en la cabeza. Después se enteraría de que Bono le había regalado el sombrero que usó durante todo el Tour Vértigo, la exitosa gira que entre el 2005 y el 2006 llevó a la banda por el mundo para promocionar el disco How to Dismantle an Atomic Bomb.
–No me pude volver a dormir. Es que vos lo ves y… ¿Viste cuando en el juego del pacman el muñequito se come la fruta que suma puntos y aparece un hongo de luz fluorescente alrededor? Bueno, el tipo tiene eso. Una energía increíble.
Al día siguiente fueron presentados:
–Ah, vos sos el hijo del doctor –afirmó Maradona mientras le tendía el brazo donde tiene tatuado al Che.
Gestos como esos le bastan para tumbar resistencias. Ahora había sumado un nuevo fan.
***
«Dios es el único ser que para reinar no tuvo ni siquiera necesidad de existir», dice una frase de Baudelaire que abre la película. Maradona en cambio existe. Pero gasta una aureola de divinidad que podría dar para un estudio de psicosis colectiva. Una vez se disponía a pagar el peaje en una autopista y el empleado en la cabina, en vez de recibirle el dinero, le agarró la mano y no se la quería soltar. En otra ocasión un muchacho que iba en moto casi se estrella por quedarse mirándolo de costado en plena marcha. El mismo Maradona le gritaba: «¡Mirá para adelante! ¡Te vas a matar!». Un amigo que prefiere mantenerse en el anonimato me cuenta que en su casa todos los días se escuchan gritos de la gente que hace guardia en la puerta: «Diego salí, Diego ídolo, Diego te quiero».
Creer en Dios es un misterio de fe. Y la fe no se cuestiona. Durante el rodaje de la película, Maradona asistió a una fecha de la Fórmula 1 en Montecarlo. Apenas apareció, toda una tribuna comenzó a cantarle. La gente se le tiraba encima, lo quería abrazar con un fervor irracional [esta escena fue suprimida del documental, porque no todo podía entrar: en total filmaron ciento ochenta horas]. En Nápoles, adonde había asistido para el partido de homenaje a su ex compañero de equipo Ciro Ferrara, se lo ve saludando desde la ventana de su hotel. Abajo la gente se amontona, grita, aúlla. Hay llantos, estampidas, policías. Poco después, la gente golpea el vehículo que lo traslada. «¡Maradoooona! ¡Diegooooo! ¡Diegoooooo!»
–¡¿Por qué golpeás, la puta que te parió?! –lanza Maradona su ira, fuera de sí.
Ellos parecen implorarle salvación. En el documental la voz en off de Kusturica se pregunta:
–¿Quién es este hombre? ¿Quién es ese mago del balón? El Sex Pistol del fútbol internacional.
***
La segunda gran crisis tuvo un trasfondo extra futbolístico y extra cinematográfico. Un telón ideológico.
–¡Si Maradona viaja primero a Croacia que a Serbia me retiro del proyecto!- gritó Kusturica al teléfono y luego colgó.
Era un viernes por la noche. Estaba con el equipo de rodaje en Italia. Corridas. Llamadas. Productores y técnicos en pánico y el protagonista que se les escabullía como una zarigüeya. Maradona había viajado para un partido homenaje y de allí planeaba visitar Croacia, donde un ex compañero de fútbol había inaugurado una obra benéfica. Croacia es un país tradicionalmente enemigo de Serbia, y a Kusturica esa escala inesperada le parecía una afrenta. Fue un punto crítico. El director había coordinado hasta un encuentro con el presidente serbio para el documental. Si Maradona hacía ese trayecto, la película se abortaba.
Chocaban los dioses en los infiernos de sus idearios. Se mezclaba el fútbol con las heridas abiertas en los Balcanes. Para intentar entenderlo había que identificar a los enemigos de Kusturica. Tal vez volver a mirar la que muchos consideran su obra maestra: Underground –filme que lo consagró a nivel internacional y le valió su segunda Palma de Oro en Cannes–, una ficción satírica que recorre casi medio siglo de la historia de la ex Yugoslavia. Es su visión personal sobre el conflicto de los Balcanes, esa región que un día estalló en guerras de independencia sucesivas y donde hubo masacres que horrorizaron al mundo. Por ella este director nacido en Bosnia se ganó la embarazosa etiqueta de «proserbio», que en lenguaje moderno es un eufemismo de nazi. Algunos intelectuales franceses, entre ellos Bernard-Henri Lévy, criticaron su postura política. Ciertos sectores de su propio país incluso lo acusaron de ponerse al servicio del genocida Slobodan Milosevic, a quien muchos consideran el principal responsable de ese baño de sangre.
–Los que me dijeron proserbio son putas baratas- respondió él en una entrevista.
En su ciudad de origen, Sarajevo, asediada y martirizada por el ejército serbio durante los ataques de 2005, varios sectores no le perdonan su posición sobre esta guerra. Nunca se alejó de Slobodan Milosevic. En una entrevista Kusturica explicó que está en contra de la simple división de buenos y malos. Pero sabe tomar partido. De hecho hay quienes aseguran que Kusturica –hijo de musulmanes conversos– ha reivindicado hoy su origen serbio y hasta se ha vuelto a bautizar eligiendo el nombre de Nemanja. Con ese trámite habría borrado las huellas musulmanas de Emir, el nombre que le dieron sus padres. Sus amigos lo llaman Kusta.
De modo que sus amenazas de parar el documental si Maradona iba primero a Croacia no eran palabrería. El caos se presentó de golpe para la producción. Un integrante del equipo recuerda que estaban cenando cuando sonó el teléfono de la productora. Lo que siguió fue una secuencia de caras largas y luego el anuncio de que el rodaje no seguiría. «Después de la cena fuimos a tomar unos tragos en una plaza y a las tres de la mañana llaman a uno de los productores diciéndole que reuniera al equipo urgente porque a las cinco salíamos cruzando Italia por tierra hasta el mar Adriático, para embarcar rumbo a Belgrado». Maradona había aceptado el cambio de itinerario.
Entre idas y vueltas, al otro día desayunaron en Serbia. Kusturica conducía el coche. Tenían cita con el presidente, luego irían al estadio Estrella Roja. Durante el camino, Maradona miraba las calles de Belgrado. En un momento, al pasar por las ruinas del Ministerio del Interior, se sorprendió con los restos de un bombardeo. Pidió al director que le contara lo que había pasado. Necesitaba entender un poco mejor la reciente guerra.
Kusturica manejaba y al mismo tiempo hablaba por teléfono con su madre enferma. En un momento, le pasó el teléfono.
–¡Hola, Senka! voglio te, (te quiero) –dijo Maradona en italiano confuso.
Después de rodar la llegada a Serbia, Kusturica anunció que daría una fiesta en su yate en honor del astro argentino. Sería un recorrido por las aguas del Danubio, con una orquesta gitana, bandejas con delicias pantagruélicas y el inevitable desmadre de vinos y espumantes que políticos, mecenas, artistas y productores bebían y comían a libre demanda. Esa noche Diego Maradona y su anfitrión se batieron en un duelo de baile y carcajadas, venerados por un círculo de gente, hasta que al finalizar la fiesta sonó el teléfono y llegó el aviso. «La madre de Emir agoniza». Maradona había sido una de las últimas personas con las que habló.
***
El último episodio crítico de la filmación no ocurrió en un yate, sino en un tren. Fue en la víspera de la IV Cumbre de las Américas, en noviembre del 2005, durante una masiva protesta contra la visita de George W. Bush a la Argentina. Una anticumbre cuyo tema de fondo sonaba como un partido de fútbol: Alca versus Alba. El modelo de comercio norteamericano versus el modelo de resistencia latinoamericano. El convoy de protesta partiría de Buenos Aires hasta la sureña Mar del Plata, a bordo de cinco vagones bautizados con un nombre lírico: Expreso del Alba. Entre los ciento sesenta pasajeros había personajes famosos de la cultura y la política, desde el presidente venezolano Hugo Chávez y el entonces líder cocalero Evo Morales al premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, actores, periodistas, Maradona y Kusturica. No todo era poesía aquella noche. «Maldito, borracho, asesino, criminal de guerra, Stop Bush, no al Alca», decían los gritos militantes.
Kusturica pensaba realizar allí la entrevista a su personaje. Eso habían arreglado.
–¡Comandante! –saludó el director al encontrar a Maradona.
Pero éste estaba disperso. Mucha gente, mucha prensa. Tiró besos desde la ventanilla, se sacó fotos con los mozos, hasta tuvo tiempo de firmarle un autógrafo al inspector general del tren en su camiseta de Boca.
A eso de las dos de la mañana, la escena parecía sacada del antiguo cine soviético: un tren del siglo pasado llegando a la estación de un pueblo bajo una lluvia que sólo se podía ver a través de los tímidos chorritos de luz de los faroles. Unas trescientas personas se mojaban en la estación. No era para apoyar la anticumbre. Era para saludar a Maradona.
Kusturica desesperaba porque nunca se daba el momento para la entrevista.
A las seis de la mañana un bocinazo barítono, nasal, anunció que habían llegado. La llamada Ciudad Feliz estaba convertida en un fortín, cerrada con vallas, con toda la policía argentina volcada a las calles y el servicio secreto norteamericano escondido por los rincones. Y con un desmadre de gente que quería tocar a Maradona. Hubo que retirarlo por su seguridad.
Todo estaba fuera de control. Esto está en el documental: el protagonista gambetea al director. Que se fue a un hotel. Que no se sabe. Que la maldita lluvia. ¿Que adónde se metió? Kusturica estaba frustrado. El rodaje se le iba de las manos. A esas alturas la sensación de desorden era tal que los inversionistas franceses del proyecto, cuyo presupuesto pasaba del millón de euros, habían iniciado una demanda para presionar. Uno de los productores tuvo un preinfarto. Los médicos dijeron que era por el estrés. El cineasta también llegó a su límite: ante ese contratiempo, mandó todo al diablo, se subió a un coche y se volvió a Buenos Aires. Parte del equipo de filmación se dedicó a buscar un bar para desayunar. ¡Sranje! ¡Sranje!
***
La última entrevista, la que faltaba para terminar la película, se realizó en un estudio en la capital argentina. Tres años después de aquella primera que se hiciera en el cumpleaños de Dalma. Y todo, según dicen, gracias a las múltiples gestiones de Claudia Villafañe, a quien se la ve sentada al fondo de la escena. En esa charla, una de las mejores del documental, Maradona le dice a Kusturica que está arrepentido de haberse perdido la infancia de sus hijas por estar bajo los efectos de la droga –una recaída en el 2006 supuso otro agujero negro en el rodaje–. Pero que ya no puede volver el tiempo atrás, porque no es Dios. Y que si no está muerto es porque «el de arriba» no quiso. Kusturica lo escucha y lo deja hablar, en su mejor faceta de entrevistador.
–Cuando alguien se resigna a la muerte y habla con el corazón como Diego, tiene el camino allanado hacia la santidad –reflexiona el cineasta–. Pero aún no era el momento de convertirse en santo, y creo que por eso se convirtió en toxicodependiente.
Maradona quedó satisfecho con su perfil. Y dicen que a Kusturica también le gustó cómo quedó su película. El día del estreno, en el Festival de Cannes, director y protagonista parecían libres de cicatrices mutuas. Maradona estaba rebosante, acompañado por tres mujeres vestidas de negro: su ex mujer y sus dos hijas. Kusturica también había llevado a su familia. Sobre la alfombra roja, acribillados por los flashes, ambos estrenaban también una empatía que resultaba extraña tras los meses de tensiones. Fuera como fuera, «Maradona by Kusturica» estaba listo para recorrer el mundo sobre la corriente de admiración que despierta el astro argentino por todas partes. Y sin embargo, el documental no tuvo la repercusión esperada.
No recibió buenos comentarios de la crítica. Y hasta hoy sólo ha sido proyectado en salas comerciales de Italia, Serbia y Francia, donde permaneció muy poco tiempo en cartelera. En España esperan un buen momento que, al parecer, aún no ha llegado. En Perú ya fue comprada por el distribuidor Eurofilms, pero todavía no tiene fecha de estreno.
Lo más extraño, sin embargo, es que ni siquiera en el país de Maradona haya sido vista todavía. No sólo por lo que aquí significa Maradona, sino porque también Kusturica tiene muchos fans, de sus películas y también de su música.
La vida de Maradona ha seguido desde entonces llena de sorpresas: se convirtió en abuelo (su nieto es el hijo de Dalma con la estrella del fútbol Kun Agüero), se trasformó en el director técnico de la selección argentina y hoy todos le rezan por haber logrado cupo para el próximo Mundial. El documental pudo recibir salpicones de esas ráfagas de interés que este ídolo histriónico suele atraer sobre sí, pero no ha pasado eso. ¿De qué se trata este silencio al final del maratónico esfuerzo de un loco que trata de retratar a un dios? Nadie lo explica demasiado bien. Dicen que el circuito de los documentales es así. Que tiene buena acogida en su formato de DVD. Las razones quedan cortas. Y queda flotando una hipótesis esotérica que tiene que ver con aquellos que osan meterse en la intimidad de los dioses: ¿es ésta una película maldita?
I. Grande como los dinosaurios
Pambelé volvió a bramar frente a las cámaras y descargó un nuevo puñetazo contra la pared. Tenía la bata típica de los enfermos de hospital, pero a través de los barrotes de la ventana parecía un condenado a muerte que reclamaba compasión.
La escena resumía de manera dramática lo que había sido su vida: el llanto y los golpes, el trastorno y el encierro, la fama y la oscuridad.
—¡Ayúdenme! —exclamó, con su vozarrón despedazado.
En ese momento, los reporteros se metieron a la fuerza en la habitación. El hombre dejó de aporrear las paredes y la emprendió a bofetadas contra su propio rostro. Los camarógrafos ajustaron sus planos para registrar la nueva reacción. Relampaguearon los flashes, se desbordaron los murmullos. Y Pambelé lució más desvalido entre aquella horda de perdición.
—¡Ay, mi madre —fue todo lo que alcanzó a decir, antes de sentarse en el borde de la cama y ponerse a llorar con el rostro hundido entre las manos.
El siquiatra Christian Ayola, que manejaba el caso de Pambelé en el Hospital San Pablo, de Cartagena, se disponía a almorzar en su casa aquel mediodía de enero de 1994. Estaba pasmado ante las imágenes del noticiero, que le resultaban crueles y de pésimo gusto. Su mayor preocupación no era, sin embargo, darles una cátedra de derechos humanos a los periodistas sino averiguar por qué su paciente entró en crisis. Supuso que tal vez no había tomado las medicinas.
“Él tenía que estar a punta de eurolépticos para el estado sicótico y estabilizadores para el humor”, recuerda Ayola.
A esa inquietud se sumaba otra: Andrés Pastrana, aspirante conservador a la Presidencia de la República, lo había llamado por la mañana para decirle que quería ver a Pambelé. Ayola le respondió que no se oponía, siempre y cuando la visita fuera secreta y no un acto público con intenciones políticas. El candidato presidencial volvió a la carga, con el argumento de que a los amigos no se les esconde.
Esa relación se había forjado 22 años atrás, cuando Misael Pastrana Borrero era el presidente de Colombia y Antonio Cervantes, más conocido como Kid Pambelé, era el campeón mundial del peso walter junior. La empatía entre los dos fue inmediata. El presidente lo recibía en el Palacio de San Carlos, lo ponía de ejemplo en sus discursos y se hacía fotografiar frente al televisor cuando Pambelé peleaba. Como si fuera poco, iba a Palenque, el pueblo pobre donde nació el campeón, a inaugurar los servicios de energía eléctrica y acueducto. Pambelé, por su parte, le dedicaba cada triunfo. Viajaba desde donde estuviera para acompañar a Andrés, el hijo del presidente —entonces un muchacho de 18 años— en las caminatas que organizaba por las calles de Bogotá.
Desde el 28 de octubre de 1972, cuando Pambelé ganó el título, el país permanecía en trance de adoración. Los periódicos no le perdían ni pie ni pisada. El Heraldo lo mostraba en el aeropuerto de Barranquilla, besando a una rubia de camisita breve abierta en el pecho. El Universal lo retrataba en una notaría de Cartagena, mientras firmaba las escrituras de tres apartamentos que había comprado de un solo tirón. El Espectador nos informaba por quién iba a votar en las próximas elecciones. El Siglo mandaba reporteros a las casas del ex presidente Carlos Lleras Restrepo y del poeta León de Greiff, para preguntarles sus impresiones sobre el ídolo. Cromos enviaba a su mejor cronista, Juan Gossaín, a los países donde Cervantes defendía el título. Fernán Martínez Mahecha revelaba que El Tiempo tenía cuatro carpetas de material de archivo sobre Pambelé y solo una sobre Gabriel García Márquez. Y El Espacio, claro, lo sacaba en primera página apretando por la cintura a una azafata, bajo la palabra “¡Pillado!” escrita en grandes letras rojas.
Pambelé, además, salía con la cantante de moda en Colombia, recibía homenajes de alcaldes y concejales, cultivaba amistad con famosos como José Luis Rodríguez (El Puma) y Óscar de León; regalaba toros en cuanta corrida podía, coronaba reinas en ferias populares, les tenía sendas mansiones a sus dos mujeres oficiales, pontificaba sobre la temperatura ideal del vino de Oporto, se hacía brillar las uñas en salones de belleza, coleccionaba autos lujosos en cada una de sus viviendas y liquidaba sin misericordia a todos los boxeadores que enfrentaba.
El culto a su figura se debía, explica Juan Gossaín, a que Pambelé fue el hombre que nos enseñó a ganar. “Antes de él”, añade, “éramos un país de perdedores. Nos consolábamos conjugando el verbo casitriunfar. Vivíamos todavía celebrando el empate con la Unión Soviética en el mundial de fútbol del 62. Pambelé nos convenció de que sí se podía y nos enseñó para siempre lo que es pasar de las victorias morales a las victorias reales”.
A mediados de los años 70, Gossaín fue testigo, en Cartagena, de un hecho que le hizo entender la idolatría que desataba el boxeador. El periodista pasaba por una calle del centro, en medio de la modorra de la dos de la tarde, cuando de pronto se asomó una prostituta envuelta en una toalla. La mujer se dirigió a gritos a los vendedores de lotería de la otra acera.
—Oigan, ¿a qué hora es la pelea de Pambelé?
En aquellos años de esplendor, el campeón era un tema obligado en la entrada o en el postre. Cuenta el ex presidente Belisario Betancur que en cierta ocasión el escritor Gabriel García Márquez fue recibido, en una reunión de colombianos en Madrid, con la siguiente exclamación:
—¡Acaba de llegar el hombre más importante de Colombia!
Entonces García Márquez, moviendo la cabeza en forma teatral, como buscando a alguien en el recinto, respondió:
—¿Dónde está Pambelé?
Y Pambelé estaba sentado en el borde de su cama en el Hospital San Pablo. Lloraba sin lágrimas, con un resuello profundo. A los 49 años había perdido la estampa magnífica del pasado. De la musculatura que en su época de boxeador causaba admiración en las ruedas de prensa no quedaba ni la sombra. Apenas los huesos continuaban allí: largos, nudosos, escasamente forrados por el pellejo. Nada de uñas pulidas, nada de bigote recortado en forma milimétrica. Se veía desgreñado, sucio. La bata ancha aumentaba su aire de huérfano. En sus brazos tan flacos sobresalían las venas, gordas y tensas. La piel negra ya no refulgía sino que se asemejaba al hierro oxidado. Donde antes brillaba un diente recubierto de oro con sus iniciales engastadas, había ahora un portillo oscuro que inspiraba pesar. Sus ojos no parecían hinchados por el llanto sino por una paliza.
Viéndolo así, el médico Christian Ayola no fue capaz de probar bocado. Le parecía el colmo que se expusiera el dolor de un ser humano a semejante contemplación tan morbosa. En ese momento hubiera hecho cualquier cosa con tal de impedir que un sitio sagrado como un hospital fuera convertido en circo bárbaro. Llamó por teléfono a la enfermera jefe y le dio las instrucciones del caso. Cuando colgó se puso a pensar que en Cartagena todo conspiraba contra el propósito de curar a Pambelé. Había demasiados fisgones que convertían su salud en un asunto de dominio público, demasiadas lenguas diligentes que podían dañarlo más con sus comentarios y demasiados compinches esperando a que terminara el tratamiento para festejarlo en grande con una nueva orgía de bazuco. Ayola recordó que el Hospital Siquiátrico de La Habana tenía renombre por su manera de tratar la adicción a las drogas y consideró que sería una buena opción para Pambelé, no solo por la calidad de sus médicos sino también porque allá estaría aislado de los peligros que afrontaba en nuestro país. En Cuba, por ejemplo, sería un ciudadano más, un hombre anónimo entreverado en una legión de enfermos iguales a él. Compartiría un pequeño cubículo con tres pacientes, lo cual podría servirle para que dejara de creerse el cuento de que era un ser único, el eterno campeón mundial, el negro más grande, el patrono del nocaut, la jáquima de los boxeadores, el que pega como con un martillo, el que enseñó a ganar a los colombianos, el de siempre, no hay con quién, el que a la hora de rematar no parece usar dos puños sino las aspas de un ventilador asesino, el único otra vez, el invencibleeeeeee Kid Pambeléeeeeeeeeeee.
Ayola suponía que la egolatría de Cervantes empezaría a resquebrajarse cuando se sintiera desconocido en Cuba. Allá, además, no pensaría en fugarse del hospital, porque no tendría adónde ir. Esto último era especialmente importante si se tenía en cuenta que en 1987 se había escapado de Hogares Crea, la finca de rehabilitación adonde lo internaron gracias a una campaña del periodista Fabio Poveda Márquez.
Frente al aspecto cadavérico que ofrecía Pambelé en su catre del Hospital San Pablo, resultaba inevitable preguntarse cómo se produjo su caída desde la cúspide hasta el fondo del barranco. Nacido y criado en el naufragio, no supo qué hacer en tierra firme, cuando los vientos empezaron a ser favorables. Se enloqueció con el oro, se intoxicó con el vino. Tocado de pronto por la varita de los dioses, olvidó que estaba marcado a hierro vivo por la desgracia. Siguió lanzando golpes a diestra y siniestra, sin darse cuenta de que no ganaba en el ring para salvarse sino para tallar su propia derrota.
Las drogas y el licor le arrebataron la fuerza, la disciplina y la corona de campeón. Lo llevaron a humillar y a destrozar a su familia. Después le aniquilaron la vergüenza. Lo sometieron al escarnio público como sinónimo del bruto que destruye con la cabeza el imperio que edificó con los puños. Los colombianos, que antes lo veneraban, lo volvieron blanco de burlas. “¿En qué se parecen Pambelé y los dinosaurios?”, preguntaban. “En que fueron grandes en el pasado, pero hoy no existen”. Convertido ya en hazmerreír, pusieron en boca suya la frase “es mejor ser rico que pobre”, incluida con frecuencia en las antologías nacionales de la estupidez. Como si esa declaración tan sensata, en medio de tantas tonterías que se repiten con énfasis en este país, no fuera casi una sentencia filosófica.
El promotor boxístico Nelson Aquiles Arrieta, quien descubrió a Pambelé cuando era un vendedor de cigarrillos de contrabando en Cartagena, asegura haberlo visto en su esquina, durante una de sus últimas peleas, haciendo trampa para reanimarse y poder aguantar el siguiente round. “Sergio Álvarez lo había golpeado muy duro y Pambelé estaba atravesando un sofoco. Entonces aplicó la jugadita de un cantante vallenato que no te voy a nombrar: sacó un pañuelito con coca y se pegó un pase delante de todo el mundo. Eso se vio hasta en la Patagonia. Cuando sonó la campana salió hecho una fiera y le dio un concierto de boxeo a Álvarez”.
Al final del combate, según Arrieta, Pambelé le reclamó al empresario el botín convenido: una camioneta y un kilo de cocaína. Poco tiempo después, cuando se apartó del boxeo, su situación empeoró. Las cuentas bancarias se fueron consumiendo en una vorágine de candela y desenfreno. Lo que se le iba por el bolsillo izquierdo no regresaba jamás por el derecho. Muy pronto quedó arruinado. Pasó de brindar whisky Sello Negro a mendigar sobras de cerveza en bares de mala muerte, del avión al bus cebollero, de los zapatos Corona a las chancletas de plástico, de los manteles presidenciales a los andenes, de la cocaína al bazuco, de las cantantes de moda a las puticas de cuchitril, de las primeras planas a las páginas judiciales. El capital que derrochó, según cálculos del periodista Eugenio Baena, fue superior al millón y medio de dólares.
Los amigos del éxito —comparables con esos insectos que se emborrachan dando vueltas alrededor de las lámparas— partieron cuando sintieron la oscuridad del fracaso. Necesitaban un nuevo campeón para la foto. Llegaron entonces los perdedores, envueltos en una humareda terrible. Libre de los compromisos del gimnasio, de la dictadura de la dieta, Pambelé se tiró al desastre. De repente, parecía haber adquirido el don de la ubicuidad. Un día lo expulsaban de un bar de Manizales por bailar desnudo sobre la barra y, cuando todavía no nos habíamos repuesto de la sorpresa, aparecía en Pasto con el rostro ensangrentado por negarse a pagarle a un taxista.
En un restaurante de Cartagena le vaciaron una olla de sopa hirviente en el pecho y en el aeropuerto de Bogotá le rompieron la frente con una tranca. En Barranquilla le pegaron con un tacón puntilla por limpiarse las manos en el vestido de un maniquí. En Cali un ganadero le ofreció un mazo de billetes con tal de que se fuera rápido de la plaza de toros. Se volvió inquilino asiduo de calabozos y hospitales. Lo vieron sin dientes en Armenia y sin zapatos en Tunja. Lo vieron y lo vieron y lo vieron y lo vieron. Estaba en todas partes pero no estaba en ninguna. En Colombia todo el mundo, grande o chico, gordo o flaco, alguna vez se había tropezado a Pambelé armando escándalos. Llegó un momento, incluso, en que lo veían aunque no lo vieran. Fantasma de sí mismo, un día fue dado por muerto en Radio Sucesos RCN. Cuando reapareció indignado por la noticia, hubo gente que no le creyó que, en efecto, seguía vivo.
Que siguiera vivo, después de todo, era un milagro. Eso pensaba el siquiatra Christian Ayola mientras buscaba en su agenda el número telefónico de Hernando Múnera Cavadía, el director de Coldeportes en Bolívar, para plantearle la idea de trasladar a Pambelé a Cuba. En este país violento —cavilaba— habían matado a mucha gente por desmanes menos graves que los suyos. Los ofendidos lo perdonaban quizá por su pasado glorioso. O porque entendían que era una pobre criatura aplastada por una enfermedad superior a sus fuerzas. O porque sabían que cuando estaba sobrio era un caballero intachable. A Ayola le gustaba la forma en que Juan Gossaín definía a Pambelé: “El coloso que decidió ponerle dinamita a su propia estatua”.
En esas andaba cuando lo llamaron por teléfono para contarle que Andrés Pastrana se encontraba en el Hospital San Pablo tomándose fotos con Pambelé y conversando con él en medio de la turba de reporteros. Suspiró con resignación y se reafirmó en su idea de que a Pambelé había que sacarlo de Colombia.
Al día siguiente, cuando abrió el periódico, lo primero que vio fue la enorme foto de la visita, bajo el título “Pambelé adhiere a Pastrana”.
II. El ruido y la furia
La casa-finca de la familia Cervantes Orozco, único vestigio que queda de la fortuna de Pambelé, está ubicada en el pueblo de Turbaco, a una hora de Cartagena. El patio mide dos hectáreas y tiene mangos, guanábanos, nísperos, limones, papayos, plátanos y tamarindos. Hay una gallina aburridora que le sabotea la siesta a un perro perezoso, una bicicleta recostada contra un árbol y una pelota de fútbol. El piso de tierra es pulcro: ningún guijarro suelto, ninguna lata vacía, ningún zapato viejo retostado por el sol. Las hojas secas no andan volando por ahí sino que están escrupulosamente recogidas en un montoncito apartado contra la cerca. El sol reverbera en el tejado, hierve en el aire. Son las tres de la tarde del seis de enero de 2004.
En la terraza de grandes baldosas rojas, sentados en mecedoras de mimbre, se encuentran Carlina Orozco, esposa de Pambelé, y sus hijos José Luis y Rubén. También están las mujeres y los hijos de ellos dos, junto con algunos vecinos que han venido de visita. Solo falta Lucy, que vive aparte con su marido y sus cuatro niños. Los chicos corretean por todos lados, arman un barullo tremendo. A ratos, los adultos les piden dejar la gritería.
Hoy, al igual que hace dos días, cuando vine a esta casa por primera vez, Carlina se niega a abrir la boca. Cuando le pregunto algo, se pone el dedo índice de la mano derecha sobre los labios y mira hacia un lado. Supongo que con su gesto histriónico pretende advertirme que no está dispuesta a pronunciar ni media palabra sobre su marido. O quizá me pide que me calle. José Luis, en cambio, se desborda. Admite que a ratos se desespera tanto que piensa en la posibilidad de amarrar a su padre y meterlo en un hueco subterráneo durante cinco años, a ver si de pronto se corrige. Después afirma que la pensión mensual que el gobierno le da a Pambelé por haber sido un símbolo del deporte —un millón y medio de pesos— sólo ha servido para patrocinar sus desórdenes.
—A mi mamá no le da ni cinco centavos —protesta— y tampoco quiere aceptar que ella sea la que cobre y administre la pensión. Él es un hombre enfermo que se enloquece más cuando ve plata. Mire, se desaparece varios días, nadie sabe por dónde anda, es la locura total. Nosotros volvemos a verlo es cuando se queda sin nada y en malas condiciones.
En este momento, a propósito, lleva varios días perdido. Algunos dicen que está en Barranquilla, donde una amante llamada Cecilia. Otros juran que amaneció descalzo en el mercado de Galapa, Atlántico, jugando dominó. Los de más allá aseguran que como en Cartagena hay temporada taurina, es imposible que haya salido de la ciudad. ¿No era, acaso, el que andaba ayer por el Parque Bolívar, con una camiseta enrollada en la cabeza, convidando a pelear a un lustrabotas? ¿No era el que devoraba una posta de sábalo frito en una cabaña de La Boquilla? Si te pones a buscarlo, te pierdes tú también. Te confundes, sientes dolor en los talones. No entiendes por qué si Pambelé es omnipresente como el sol, tú no lo encuentras. Si quieres tropezarte con él —te previene el vendedor callejero de mariscos— debes ir a las 11 en punto de la mañana a los quioscos de La Matuna. Un jubilado de los que tertulian en los alrededores de la Gobernación cree que Pambelé pasó hace media hora por el malecón de Bocagrande. Un taxista del aeropuerto jura que lo saludó en las playas de Crespo. Las prostitutas de la Calle de la Media Luna suponen que está almorzando con los boxeadores del Pie del Cerro y los boxeadores, a su vez, se lo imaginan encerrado con las prostitutas. Las versiones se multiplican según el número de personas a las cuales les preguntas.
—La semana pasada estaba en el barrio Chiquinquirá con un vaso de tinto en la mano.
—Hace cuatro días tenía una gorra de los Yankees y estaba conversando con su compadre Bernardo Caraballo.
—Si hubieras llegado diez minutos antes, lo habrías encontrado en esa cafetería tomando jugo.
—Ahora mismito se fue de aquí, mi hermano. ¡Corre, para que te lo pilles en la otra esquina!
Y cada vez te lo van arrimando más en el espacio y en el tiempo, hasta que empiezas a creer que ya lo encontraste, y resulta que es una sombra engañosa, se alarga y se encoge en el piso, mas no se deja tocar. Todo lo que hagas por retenerlo será inútil, pues cuando Pambelé está de farra es como un nubarrón, viejo, anda lento pero llega lejos, lo ves cerca pero no lo alcanzas. Además, no hay manera de controlarlo. Cuando pasa frente a ti, cargado, turbio, lo intuyes amenazante y, sin embargo, te descuidas, porque ya lo consideras parte del paisaje. Entonces, cuando te acostumbras tanto que terminas por olvidarlo, el nubarrón descarga su cólera contra lo primero que se le atraviese. Bum, bum, bum. Oyes el estruendo, pasan los policías, se forman los corrillos, se desatan los rumores y al otro día, claro, lo tienes por fin frente a ti: está retratado en El Universal mientras es conducido a la cárcel de San Diego, por haber agredido a Jolinis Pérez Ortega, una joven que se negó a bailar con él.
Esta vez, sin embargo, su familia no lo ha visto ni siquiera en el periódico. Cuando pregunto que si por casualidad saben dónde se encuentra, Carlina vuelve a sellarse la boca con el dedo índice. José Luis responde que con seguridad su padre anda de parranda. Añade que donde quiera que esté, quizá tenga miedo de regresar a la casa, porque hace unos días, cuando se presentó borracho y empezó a reventar platos contra las paredes, él y su hermano Rubén lo aquietaron a la brava. Y no sólo eso: le aclararon que como volviera a irrespetarlos de esa manera, se verían obligados a encadenarlo en un árbol. Después llamarían a los periodistas para que lo vieran maniatado, a fin de que él sintiera en carne propia la humillación que ellos habían soportado toda la vida. Tan viejo, carajo, y no coge juicio. O se calma o lo calmamos. Por último, lo aguijonearon en su punto débil: si seguía causando problemas, le advirtieron, tendrían que internarlo de nuevo en un hospital siquiátrico.
José Luis confiesa que muchas veces él y su hermano han empleado la rudeza para contener a Pambelé. Es horrible, me explica, llegar a ese extremo. Horrible pero inevitable. Durante muchos años ellos han vivido emboscados en un callejón sin salida, sometidos a un dilema malvado: resignarse a que el padre los destroce o dominarlo con sus propios métodos brutales. Cuando Pambelé llega borracho o drogado, escupe insultos, reparte porrazos, lanza ollas y calderos, patea neveras. Ataca como fiera y devasta como terremoto.
—Yo recuerdo que mi papá rompía un televisor todos los meses, cuando le entraban sus loqueras —dice Rubén—.Y como en ese tiempo todavía tenía plata, se iba al día siguiente para cualquier almacén y compraba un televisor nuevo.
Cuando Pambelé se retiró del boxeo, en 1983, José Luis tenía 12 años; Rubén, 11 y Lucy, 8. A partir de ese momento, como ya no necesitaba cuidarse para la próxima pelea, abandonó los pocos escrúpulos que le quedaban. Ahí fue cuando la vida de todos se volvió un infierno. Los niños miraban impasibles cómo su padre llegaba de repente, a cualquier hora de la noche o de la madrugada, convertido en un ciclón que desbarajustaba la casa. La escena era traumática: había puñetazos, estropicio de muebles, desvelo. En medio del caos, mamá Carlina pasaba de los gritos de espanto al llanto de desconsuelo. Entonces, los chicos también lloraban. El depredador tomaba un segundo aire, rugía, se encaminaba hacia la cocina. Luego pateaba al perro, rasgaba el mantel, botaba los peroles. Cada agresión era más feroz que la anterior. Daba la impresión de que sólo se detendría cuando hubiera machacado el último florero. Lo peor, sin embargo, no era su sed de aniquilación sino su cara de lunático. ¿En qué momento, por Dios, el padre amoroso que esta mañana, antes de salir, les preparó el desayuno, los peinó y les dio un beso, se transformó en este monstruo desbocado? Ahora, el exterminador se quitaba la camisa. Parecía dispuesto a embestir con más determinación para consumar su faena demoledora. Pero cuando todos esperaban el envión final, el golpe de gracia que acabaría para siempre con este mundo cruel, el hombre se frenaba en seco, adoptaba la guardia clásica de un boxeador, tiraba una seguidilla de ganchos y rectos en el aire, y exclamaba con toda su alma:
—¡Y en esta esquinaaaaa, el campeón mundiaaaalllll Kid Pambeléeeee!
Al rato se quedaba en silencio. Se sentaba en alguna mecedora que hubiera sobrevivido al cataclismo y permanecía allí, inmutable, durante varios minutos. Chasqueaba los dedos, bajaba la cabeza. Era la calma después de la tempestad, el cielo apacible después de las centellas. Pero entonces, de manera inesperada, soltaba un pujo largo y rompía a llorar como un niño lastimado.
En este punto de la conversación, Carlina Orozco se lanza por fin al agua: agita el dedo índice, a la altura de su propio rostro, y dice que sólo los que actúen de buena fe lograrán enderezar lo que está torcido.
—La palabra de Dios nunca regresa vacía —añade—. Nosotros no queremos que el mal ejemplo de Antonio caiga en saco roto. ¡Apréndanse esa lección y úsenla para vencer al Demonio!
En seguida, mira hacia un lado y vuelve a su silencio. Como sabe que la observo, demora más de lo acostumbrado con el rostro escondido. Aprieta los puños sobre las rodillas, mece el tronco hacia atrás y hacia delante. Se ve demacrada, oprimida por el fracaso.
José Luis insiste en que su padre los ha sometido a una pesadilla demasiado larga. Para la mayoría de la gente en la calle, Pambelé es, a pesar de todo, un espectro inofensivo. Lo ves en la televisión, lo ves en el periódico, lo ves en tu barrio, lo ves en la sopa, pero al fin y al cabo, verlo no te mata. Él allá y tú acá. Él, envuelto en llamas y tú, fresco. Él, en el fondo del pantano y tú, a salvo en la tierra firme. Es cierto que si va tomado o drogado y tú te le acercas, el problema es inminente. Mantén una prudente distancia y conjurarás cualquier peligro. De todos modos, hay que admitirlo, puede ocurrir que te lo tropieces de frente en un espacio reducido y él te conecte con un mortífero uppercut de izquierda en la punta de la barbilla. Pero en ese caso, viejo, te tocará reconocer que la culpa no es de Pambelé, carajo, sino de tu mala suerte. La posibilidad de que se encuentre contigo, precisamente contigo, y te atice un soplamocos con la poderosa zurda, sigue siendo más remota de lo que muchos suponen. Así que volvemos a lo mismo: tú, sentado bajo la sombra del almendro y Pambelé, calcinándose en la mitad del sol. Tú, engordando en tu vida sedentaria y Pambelé, enflaqueciéndose en su andadura febril. No temas, que él se va alejando, se va alejando, se va alejando y se va alejando, hasta convertirse en una rastra de humo en la memoria.
A su esposa y a sus hijos, en cambio, les sucede lo contrario: pase lo que pase, Pambelé siempre se acerca. Hoy o dentro de seis meses, pero se acerca. Cuando vuelve es un lío; cuando se va, también. Están atados a su destino. Les toca cargar con él y con su fantasma, que para ellos pesa el doble. Encorva la espalda y duele muy hondo. Todo lo que Pambelé haga frente a ellos o a leguas de distancia puede afectarlos irremediablemente. Cuando él se pierde del mapa, ellos no tienen tregua, porque, de todos modos, él sigue repercutiendo en sus vidas de manera contundente. Es cierto que cuando él se encuentra lejos, la atmósfera es tranquila y los platos están a salvo. Pero en ese caso, las preocupaciones no desaparecen sino que cambian de foco. ¿Habrá armado un nuevo escándalo? ¡Claro, a la fija atacó a alguien y lo metieron preso! Luego se preguntan si está vivo. Se ponen tensos, se alteran con el mínimo ruido de la calle, llaman por teléfono, averiguan si lo han visto. De pronto, en medio del sobresalto, se miran las caras y comprenden que no están buscándolo por deber sino porque lo extrañan. Pobrecito, tal vez no ha comido. Quién sabe dónde le tocará dormir esta noche. Empiezan a pensar que es una criatura enferma, una víctima, un tipo que no tiene la culpa de haber venido al mundo con un corazón bueno y una cabeza mala. Porque, eso sí, ¿quién va a negar que cuando el hombre está en sus cabales es la decencia en persona? Y de la generosidad, ni hablemos. Acuérdense de la cantidad de gente a la cual ayudó sin estar obligado a eso. Primos, concuñados, compadres de ocasión.
Recuerden que él desde chiquito tuvo que hacer las veces de papá de sus cinco hermanos menores, porque el padre de verdad, el viejo Manuel, estaba perdido en Venezuela y hacía años que de él no había razón ni larga ni corta. Y cuando fue campeón mundial hizo que le pusieran la luz y el agua a Palenque, un adelanto para el pueblo, sí señor, con presidente y todo, que eso es algo que los viejos todavía comentan. ¡Ese era el tipo correcto en la vida! Ahí donde lo ven tan loco estaba pendiente de su gente. Cuando se ganó la corona y cobró los cinco mil dólares de la bolsa, pagó la nevera de la mamá —que se la iban a embargar— y compró por fin su primera cama doble, ya que hasta ese momento dormía con mamá Carlina en un estrecho catre de resortes. Juicioso, compa, juicioso. Y honrado. Usted podía mandar un saco de monedas de oro con él y no se extraviaba ni una sola. No le debía un centavo a nadie. Al contrario: se quitaba la ropa para regalarla. Sudaba para conseguir lo que necesitaba. En vísperas de un combate, no tomaba gaseosa, le hacía mala cara a la grasa, se apartaba si veía un sancocho, mejor dicho, mírame y no me toques. Se cuidaba más que un obispo, mi hermano. Cero trasnocho, mucho trote. Hasta pasaba la noche en un cuarto independiente, estudiando los videos del boxeador al que iba a enfrentar, analizando por dónde era que le iba a meter uno de los puños esos que, según el periodista Melanio Porto Ariza, tenían cloroformo. Cuando ya ganaba su pelea, otra vez dormía con mamá Carlina. Y ella amanecía con una sonrisa de oreja a oreja. Él cocinaba y nos llevaba el desayuno a la cama. Después tocaba las palmas, como si nos estuviera aplaudiendo, pero en realidad lo que nos quería decir con ese gesto era que nos bañáramos rápido para salir a pasear. Escríbalo como suena: éramos felices en esta casa. Bueno, quiero decir, antes de que él probara el veneno ese que lo malogró.
Una vez más, Carlina Orozco se anima a meter su cuchara en la conversación.
—Antonio es de mala cabeza pero él no se desgració solo. ¡Bastante que lo aprovecharon cuando estaba arriba! ¿Usted cree que nosotros no sabemos quiénes fueron? Nosotros sabemos todo, lo que le robaron, las porquerías que le dieron, todo. Sabemos dónde lo metían para dañarlo. Lo que pasa es que no vamos a mover ni un solo dedo para castigar a nadie, porque en la Biblia está escrito que el que a hierro mata, a hierro muere, y Dios ya le tiene su paga guardada a cada quien.
Fiel a su costumbre, Carlina vuelve a callar. Mira hacia un lado. Se mece. José Luis me reta ahora a comprobar que de los once hijos que tuvo su padre con cuatro mujeres, ninguno siguió su mal ejemplo. Al contrario, explica, todos exageran los buenos modales, sin duda para notificarle a su interlocutor, desde el comienzo, que están hechos de otro material. Pero —añade a continuación— con su padre esa cortesía no siempre funciona. Y además, la paciencia se agota. Cuando eran niños se resignaban al pánico en forma pasiva. Soportaban el maltrato a su madre, el escarnio público. No tenían manera de impedir que el huracán destruyera su morada. Estaban montados contra su voluntad en un carrusel de atrocidades que pulverizaba los nervios y nunca terminaba de girar. Además de padecer barbaridades, oían comentarios sobre las penurias económicas que se avecinaban: Pambelé remató los ocho apartamentos de Bocagrande y los cinco del Edificio Comodoro. Pambelé llegó al banco en bermuda, camisilla y chancletas, y retiró 10 mil dólares por ventanilla. Pambelé vació las tres cuentas corrientes y las dos de ahorros. Pambelé ferió los últimos 50 mil dólares que le quedaban de sus propiedades en Venezuela.
Pambelé vendió su colección de vehículos de lujo y quién sabe en qué se gastó la plata. Pambelé cambió una finca de 300 hectáreas por una noche de farra. Pambelé —y esto ya es el colmo— dejó perder hasta la casa que le había regalado a su mamá, a la pobre vieja Ceferina. Todas estas mortificaciones, afirma José Luis, se acumularon en forma dañina. Un día, cuando él y su hermano Rubén sintieron que habían crecido lo suficiente como para levantar el pecho, se sublevaron. En ese momento descubrieron que de todos modos no tenían alternativas: desterrar a su padre los pone a salvo de sus impertinencias, pero también les genera zozobra. Amarrarlo es librarse de sus golpes, pero condenarse a ver una escena pavorosa que duele hasta las lágrimas.
¿Para qué les ha servido, entonces, haberse rebelado? Por lo menos —responde Rubén— para conservar esta casa—finca, que fue lo único que le quedó a su madre. La lucha ha sido brava, añade. Varias veces han tenido que perseguir con machete a desconocidos que aparecen de repente pidiéndoles desalojar el predio, dizque porque ya Pambelé les firmó la promesa de compraventa.
III. Pambelé, el memorioso
El sol es ahora menos inclemente. Sopla la brisa, ladra el perro dormilón, se espanta la gallina latosa. El ruido es ensordecedor. Desquicia. Los niños se desordenan cada vez más. Corren, gritan, sacan la lengua. Parecen tener la energía suficiente para saltar durante tres días seguidos. De pronto, uno de ellos se desprende del grupo y se viene para donde yo estoy. Tiene la cara amoratada por el trajín, chorrea sudor. Me cuenta, con la voz entrecortada por la agitación, que se llama Bryan, que tiene ocho años y es hijo de José Luis.
—Oiga, señor, ¿esa grabadora graba lo que uno dice?
—Sí, claro.
—Yo quiero grabar algo sobre mi abuelo.
El chico se frena, mira a su padre y a su abuela. Se nota que busca aprobación. Como no ve la señal por ninguna parte, se mordisquea el dedo índice, agacha la cabeza, sonríe apenado.
—¿Qué quieres decir? —insisto.
Pero el muchachito no se pasa de la raya ni un milímetro. Duda otra vez. Sonríe. En ese momento su padre le arroja el salvavidas.
—¡Ajá, di lo que quieres decir!
Entonces, como impulsado por un resorte, Bryan acerca el rostro a la grabadora, se pone las manos alrededor de la boca en forma de bocina y habla con un tono fuerte.
—¡Mi abuelo a veces se porta bien y a veces se porta mal!
Cuando termina de hablar permanece acurrucado con la vista fija en la grabadora.
—¿Qué hace cuando se porta bien?
De nuevo, arma una bocina con las manos y levanta el tono para responder.
—Cuando se porta bien compra Bom Bom Bun y me da a mí y le da a Brenda.
—¿Y cuando se porta mal?
—Le pega una lluvia de puños a la ropa que está ahí colgada y dice: “¡No jodaaa, yo soy el campeón mundial Kid Pambeléeeee!”.
En esta última frase se esforzó por remedar el vozarrón de su abuelo. Además, trató de copiar sus ademanes. Por eso, respondió lanzando puñetazos en el aire, como si él también les estuviera pegando a las camisas tendidas en la cuerda del patio. Después hundió el rostro en el vientre de mamá Carlina y se quedó quieto.
—El problema de mi papá es ese —dice ahora Rubén—. Él no quiere aceptar que ya no es campeón mundial. A nosotros nos han dicho los médicos y varios conocidos de él, que eso es lo que le hace más daño.
Son muchas las personas que, en efecto, dan fe de ese delirio. Como Orlando García, el gran lanzador del béisbol colombiano. En 1987, los dos ex deportistas coincidieron en la sucursal de Hogares Crea en Barranquilla, con el propósito de curarse de la adicción a las drogas. Desde el principio —cuenta García— el líder del grupo les dejó en claro que allí no serían tratados como celebridades sino como seres enfermos. Por eso les pidió borrar el pasado y empezar de cero.
“Usted, por ejemplo”, añadió, “aquí no se llama Pambelé sino Antonio. ¡Pambelé fue el boxeador y lo dejamos allá afuera, porque aquí adentro nos importa una mierda! ¡Aquí no queremos nombres sino hombres!”.
Al principio, Pambelé se pasaba la norma por la faja. Era displicente si le llamaban Antonio, recitaba cada rato, en voz alta, los pormenores de su gloria; actuaba como lo que siempre ha creído ser: el campeón. Un día los compañeros lo sentaron en el banquillo de los acusados y lo acribillaron en una terapia de confrontación de quince minutos.
—¡Qué vas a ser tú campeón mundial ni qué nada!
—¡Olvídate del tango, que ya Gardel murió!
—¡No creas que eres mejor que nosotros! ¡Recuerda que estás aquí por soplador!
—¡Hablando basura y permitiste que tu vieja quedara otra vez en la calle!
—¡Tú no eres más que un pobre negro hijueputa, cabezón y maluco!
El periodista Eugenio Baena cuenta que ha sido testigo, por lo menos dos veces, de cómo Pambelé, en momentos de desvarío, confunde el pasado con el presente. “Yo estuve con él en el Madison Square Garden, cuando peleó contra Miguel Montilla. Eso fue en 1979. Hace como dos años me lo encontré en la Plaza de los Coches y me preguntó que cuándo había regresado de Nueva York”.
Baena recuerda que en ese momento, como vio que se acercaba un grupo de turistas extranjeros, Pambelé tiró varias combinaciones de golpes en el aire, acentuadas por su respiración. Movió la cintura, echó la cabeza hacia atrás, como esquivando un leñazo, y al final sacó un violento uppercut de izquierda que con seguridad le quebró la quijada a su rival imaginario.
Los turistas, que se habían detenido para ver la inesperada exhibición, aplaudieron. Los comerciantes del Portal de los Dulces rieron a carcajadas. Lo rodearon. Alguien gritó: “¡Buena esa, campeón!”. Otro dijo: “¡Mataste a ese pobre man!”. Pambelé levantó el puño derecho hacia el cielo. Lo agitó en el aire, como si estuviera agradeciendo con un pañuelo los cumplidos del público. Luego se dirigió otra vez al periodista.
—Doctor Baena: dígale a esta gente cómo dejó la nieve esa de Nueva York. Yo me vine primero que usted porque el frío me acobarda. Además, voy a vender el Mercedes Benz deportivo.
Más adelante, cuando por fin encuentre a Pambelé, comprobaré cuán atinadas son todas estas voces que, en el camino, me lo van retratando como un rehén de su pasado. Oyéndolo hablar durante horas en diferentes cafeterías del centro de Bogotá, concluiré que es un hombre encandilado por su propia gloria. El fogonazo de sus recuerdos es tan vasto que no le permite ver lo que ocurre más allá. Es un resplandor que lo persigue de manera obsesiva, recurrente, en la vigilia y en el sueño. Pambelé es incapaz de precisarte, por ejemplo, qué camisa se puso hace dos días o cuál era el apellido de Rosita, su primera novia. Si le preguntas cuántos nietos tiene, tartamudea. Si le pides que te diga quién es su sobrino mayor, bosteza. No sabe dónde botó el papelito en el que, hace 10 minutos, le anotaste tu número telefónico. Pero en cambio evoca con pelos y señales los detalles de sus 21 peleas por el título mundial: el día y la hora, los hoteles en los cuales se alojó, lo que se comió y lo que se bebió, los titulares de los periódicos, los colores de cada pantaloneta suya y de los rivales, el olor de los camerinos. Tú le mencionas un nombre —Nicolino Locche, pongamos por caso— y en seguida te recita la película completa: Gimnasio Maracay, diez mil espectadores, sábado 17 de marzo de 1973, nueve de la noche. Locche con la ceja rota en el segundo round. Locche con una hemorragia brutal en el quinto. Locche llorando porque en el noveno su esquina tiró la toalla, en señal de rendición. ¡Nocaut técnico, señores! ¡No hay quien pueda con Pambelé! ¡Tenemos campeón para rato!
Se sabe cada pelea de memoria. Te puede decir en qué punto exacto del ring derribó al oponente, con qué clase de golpe lo fulminó, quiénes llegaron a su esquina para felicitarlo, en qué restaurante fue la cena de celebración, con qué tipo de vino fue el brindis. Tú sólo tienes que darle un nombre, y listo. Él cuenta entonces que a Chang Kil Lee lo tumbó con la derecha y a Víctor Millón Ortiz, con la zurda. Que a Héctor Thompson lo noqueó con un directo a la mandíbula y a Norman Sekgapane, con un gancho al hígado. Cuando le toca hablar de Esteban de Jesús, suspira profundo y dice: “Pobrecito, después murió de sida”. Si le mencionas a Pepermint Frazer, su respuesta es más larga, pues a ese rival le arrebató el título, el 28 de octubre de 1972, en el Gimnasio Nuevo Panamá. En la revancha —agrega a continuación— lo noqueó más rápido. Él todavía conserva, sí señor, la foto que sacó El Tiempo en primera página, al día siguiente de ese combate: aparece Peppermint gateando, los ojos vidriosos, el protector bucal tirado en el piso, bajo el siguiente epígrafe: “¡Porque sé que de este golpe ya no voy a levantarme!”.
De su vida como campeón, a Pambelé no se le escapa nada, ni lo grande ni lo pequeño, ni lo sufrido ni lo bailado. Él recuerda, por ejemplo, en qué aerolínea viajó a Panamá cuando iba a pelear contra Lion Furuyama; a qué hora aterrizó en Seúl cuando iba a defender el título ante Kwang Min Kim y quiénes eran sus acompañantes en cada uno de esos vuelos. Luego te informa que el día que se enfrentó a Wilfredo Benítez, en San Juan de Puerto Rico, comió pescado en un restaurante español. Que la tarde que le ganó a Benny Huertas, en Cali, comió churrasco en un asadero argentino. Y todo eso te lo cuenta sin titubeos. En uno que otro caso, incluso, te da el color y la moda de la camisa que tenía puesta durante la cena.
¿Anécdotas? ¡Ufff, un montón! En Tokio terminó con las manos hinchadas de tanto pegarle a Yasuaki Kadota. En todos los rounds lo tiraba a la lona una o dos veces. Cada caída era más aparatosa que la anterior. Kadota no parecía al borde del nocaut sino de la muerte. Sin embargo, siempre que lo derribaban se levantaba del suelo con un entusiasmo irritante, digno de mejor causa. Otra vez le atizaban un porrazo que lo acostaba con las piernas para arriba, y de nuevo se reincorporaba, se sacudía las nalgas y se aprestaba a reanudar la contienda. Lo suyo ya no era coraje sino capricho. O, como dice Pambelé, “puras ganas de joder”.
En el minuto de descanso anterior al sexto round, el campeón lucía desesperado por el dolor en las manos. Entonces fue cuando le disparó a su entrenador una de las ocurrencias más sublimes de la historia del boxeo.
—Oye, Tabaquito, yo creo que estos japoneses me están cambiando al tipo. Fíjate a ver si es el mismo.
Contagiado por la carcajada que genera su historia, Pambelé sonríe. En seguida dice que en Palenque también le sucedió algo gracioso. Fue el día de la inauguración del servicio de energía. Los paisanos que habían concurrido a la plaza principal no parecían tan interesados en la ceremonia oficial como en desfilar delante de la imagen de San Basilio, el patrono del pueblo. La gente llegaba donde el santo, le decía unas palabras y se iba. Muertos de curiosidad, el presidente Misael Pastrana y el alcalde de Cartagena, Juancho Arango, decidieron acercarse para ver qué estaba pasando. Entonces oyeron la insólita plegaria.
—San Basilio bendito, San Basilio bendito, como Pambelé pierda el título, ¡te jodes con nosotros!
Cuando le pregunto de dónde sacó ese chiste, responde que “esas son vainas del doctor Fidel Mendoza Carrasquilla”.
Más adelante, cuando por fin encuentre a Pambelé, compararé su memoria con una videocinta que solo contiene imágenes de su pasado como campeón. Descubriré que a veces, cuando habla, no parece estar recordando sino encendiendo la casetera. Play, y empieza el combate. Forward, y la acción se adelanta hasta el siguiente nocaut. Review, y proyecta la caída del rival desde otro ángulo. Pause, y congela el cuadro para ufanarse de la precisión del jab. Repetir las escenas es repetirse a sí mismo en la gracia, volver a tener en los músculos la consistencia del acero. Es recuperar los laureles estropeados por la calamidad, sentarse de nuevo en el trono de la Diosa Fortuna. Es verse inundado de luz por los siglos de los siglos, indestructible y hermoso, besado por las azafatas en los aeropuertos, venerado por presidentes y ministros.
Todo eso, claro, lo pensaré cuando esté por fin frente a Pambelé. Por lo pronto, como todavía no lo he encontrado, sigo armando un bosquejo previo con las voces que voy oyendo en el camino. Ahora, el turno es para Billy Chams, el empresario boxístico barranquillero. Alguna vez que Pambelé trató de rehabilitarse, Billy le brindó la oportunidad de trabajar en su cuerda como entrenador. Quienes lo veían en aquella época —verbigracia, el periodista José Marenco— se asombraban con su progreso: estaba juicioso, totalmente entregado a sus deberes. La sobriedad se le acabó la noche en que peleó Miguel Happy Lora contra Lucio Metralleta López. Antes del combate, los organizadores de la velada les rindieron honores a los campeones mundiales de boxeo —retirados o activos— que había producido Colombia. Uno a uno, los homenajeados fueron subiendo al ring para recibir el respaldo del público. Cuando le tocó el turno a Pambelé, tambalearon las graderías. La gente, tal vez conmovida por la recuperación de su ídolo, se puso de pie y le tributó el más grande aplauso que se haya oído jamás en la Plaza de Toros de Cartagena. Esa noche, Pambelé se perdió, en sentido metafórico y en sentido literal. Pero antes de evaporarse en las tinieblas lo vieron tirar puños en el aire, destapar una botella de ron y gritar que él es el único, el campeóoooon mundialllllllllll. Nunca más volvió a asomar sus narices por la oficina de Billy Chams.
El médico Christian Ayola declara que las drogas y el alcohol no ocasionaron el problema de Pambelé, como todo el mundo cree, sino que lo agravaron. Ayola descarta, además, posibles secuelas del boxeo, ya que Pambelé no fue un hombre golpeado. “Yo estudié su cerebro y no tiene ni una sola lesión neurológica”, agrega. “Mi diagnóstico es el siguiente: trastorno bipolar afectivo, lo que anteriormente se conocía como enfermedad maniaco—depresiva”. Según Ayola, se trata de un mal genético que Pambelé heredó de su madre, doña Ceferina Reyes. “Obviamente, en el caso de él, la crisis se recrudece por el uso de sustancias alucinógenas y por su sentido totalmente errado del éxito y del fracaso”.
Humberto Martínez, quien estuvo a cargo de Pambelé en el Hospital Siquiátrico de La Habana, explica que justamente ese mal manejo del éxito y del fracaso es lo que genera su conducta agresiva. “Él fue un ganador nato y quiere aferrarse a eso hasta que se muera. Sin darse cuenta, plantea su vida en el pasado y trata de resolverlo todo con los golpes, porque necesita sentir que todavía puede ganar”.
Tal vez fue por eso que hace dos años el periodista Raúl Porto Cabrales lo vio peleando a puñetazo limpio, en pleno centro de Cartagena, contra el también ex boxeador Milton Méndez. Ambos estaban descamisados bajo la canícula atroz de la una de la tarde, en medio de un círculo de bárbaros que los azuzaban a gritos. Los dos lucían rotos, hinchados y el público les reclamaba más sangre. De pronto, en forma inesperada, dejaron de pegarse y se dieron un abrazo inmenso. Intercambiaron elogios. Los espectadores no entendían nada. Y quedaron más confundidos aún cuando Pambelé sacó del bolsillo del pantalón un billete de 20 mil pesos y se lo entregó a Milton Méndez. Alguien preguntó qué carajos era lo que pasaba. La respuesta fue de Milton Méndez.
—Hombe, mi hermano, lo que pasa es que Pambelé llegó buscando problema. Ustedes saben cómo es él. Yo le dije: mierda, Pambe, yo peleo contigo ¡pero si me das 20 mil barras!
El cronista Jaime de la Hoz Simanca considera que Pambelé comete sus famosos atropellos de manera inconsciente. Lo que él busca, en su delirio, no es abusar de las demás personas sino ratificarse como el campeón. No es que él quiera robarle al taxista el dinero del servicio, ni pasarse de listo con la señora que le vendió el almuerzo. Al negarse a pagar, cree simplemente que está ejerciendo un derecho. ¿Acaso olvidas que él es Pambelé? ¡Pero cómo así, mi brother! ¿Estás loco? ¡Tuviste a Pambelé en tu restaurante, brother, en tu restaurante! ¿Y pretendes cobrarle? ¡No, brother, déjate de venir a inventar películas de terror! ¿Tú piensas que Pambelé es uno de los clientes pringacaras esos que comen en tu negocio todos los días? ¡Qué falta de respeto es esa, brother!
Cuando Pambelé está en crisis no distingue el pasado del presente. Recuerda el nocaut antiguo, lanza de nuevo el uppercut. Y va por ahí disparando puñetazos alucinados que también a él le duelen. Pega y vuelve a pegar pero recibe muchos golpes, a menudo más brutales que los suyos. Vive convencido de que las calles son un ring del que puede salir airoso sólo con la potencia de sus nudillos. Pero allí la violencia es a otro precio, viejo Pambe. Allí no te muelen la osamenta con una trompada sino con un garrote, ni te parten la ceja con un jab sino con un pico de botella.
Y ese peligro es el que a Rubén Cervantes, su hijo, le inspira más temor. Mientras entramos en la sala, me comenta que su padre festeja cada 28 de octubre —día en que ganó el título mundial— con una borrachera tremenda. Desde temprano empieza a llamar por teléfono a sus amigos, para que lo feliciten. “¿Tú sabes qué día es hoy?”, les pregunta. Cuando ellos reafirman la fecha, entonces Pambelé les contesta. “Bueno, saca la cuenta. ¿Cuánto hace que soy campeón?”.
Noto que la pared principal de la sala está llena de fotografías del Pambelé victorioso: con el brazo derecho en alto, con presidentes y cantantes, levantado en hombros, asediado por los micrófonos, inmenso como una catedral sobre un rival que agoniza en la lona. Rubén me informa que el propio Pambelé fue quien armó esta galería y que se sabe de memoria la posición de cada retrato. Si alguien le cambia el orden a una foto, él lo descubre en la primera ojeada. Y agarra una rabieta monumental.
Carlina Orozco, que se ha venido detrás de nosotros y está parada al frente de la galería, se persigna. Sólo dice dos palabras, antes de esconder la mirada y taparse la boca otra vez con el dedo índice.
—Pobre Antonio.
IV. Perder es cuestión de método
El empresario cartagenero Nelson Aquiles Arrieta recuerda con nitidez la imagen del muchacho. Llegó una mañana de 1963 a su oficina, con una bolsa de cigarrillos de contrabando debajo de la axila derecha y un cajón de lustrar zapatos en la mano izquierda. Fiel a su costumbre, Arrieta lo examinó de pies a cabeza en el primer vistazo. Lo midió al ojo, le calculó el peso. Su olfato de tiburón se excitó en el acto, reconoció en aquel intruso de extremidades largas y aceradas, al campeón soñado. Era magro como una anguila pero sólido como una roca. Daba la impresión de que, en la misma noche, podía bailar una tanda de mapalé y pelear contra cinco tipos. Sin preámbulos, —y todavía de pies— el visitante fue al grano: dijo que se llamaba Antonio Cervantes Reyes, que había nacido en Palenque de San Basilio el 23 de diciembre de 1945 y que quería una oportunidad como boxeador.
Esa misma tarde comenzó a entrenar en el gimnasio. Arrieta demoró varios minutos para creer lo que estaba viendo: Cervantes soltaba las manos con la rapidez de un relámpago y la fuerza de un mortero. Cada vez que le asestaba un golpe al saco de arena de 120 kilos, lo desplazaba 90 centímetros. Ninguno de los otros boxeadores de la cuerda había logrado una hazaña similar. Arrieta sintió que se había ganado el premio gordo de la lotería sin necesidad de comprar el boleto.
—Lo único que no me gusta —le dijo al muchacho cuando terminó la práctica— es tu nombre. ¡De ahora en adelante te llamarás La Amenaza Negra!
El optimismo de Arrieta, sin embargo, se desvaneció apenas su pupilo debutó en el ring. ¡Cuánta torpeza, por Dios! Usaba la guardia tan abierta que recibía todos los golpes que le lanzaban. Era muy frío. Podía permanecer un round completo sin soltar las manos, como si la lluvia de golpes que le estaba cayendo en el rostro no fuera un problema suyo. Cuando por casualidad tiraba un puño, fallaba de la manera más ridícula.
En aquella época, el público deliraba con la técnica refinada de Bernardo Caraballo y con el coraje suicida de Mario Rossito. Cervantes, tosco y apático, era la antítesis de los dos ídolos. Para sobrevivir en el mercado boxístico de aquella Cartagena racista y de ínfulas virreinales, era necesario polarizar a la gente: encarnar, por ejemplo, la rabia de los oprimidos. O ser el negro pedante al que todos los blancos quisieran ver con las costillas rotas. Cervantes no representaba ni lo uno ni lo otro. Nadie se herniaba haciendo fuerza para que ganara, nadie apostaba un ojo por su derrota. Los que lo veían pelear, se aburrían. Pero al día siguiente ya todo el mundo lo había olvidado.
Arrieta se avergonzó de haber visto a Cervantes como el campeón mundial de sus sueños. Sin embargo, cuando dejó de confiar en él no lo marginó, sino que empezó a utilizarlo como relleno en sus carteleras. ¿Que no vino el boxeador panameño que iba a pelear contra Barbulito Zuluaga? Ahí está Cervantes, vayan a buscarlo. ¿Que se necesita un oponente de última hora para medirse contra Félix Salgado? Traigan a Cervantes. Un día el empresario notó que los cartageneros no querían verlo ni siquiera como bulto de ocasión. Entonces decidió que era hora de probar nuevas alternativas. Supuso que en los pueblos, como había una menor oferta de entretenimiento, su pupilo sería recibido sin prevenciones y sin exigencias. De modo que un sábado lo programaba en Cereté y a los 15 días en María La Baja. En un lugar era presentado como La Pantera Asesina y en el otro, como La Araña Negra. Después de probar varios apodos impuestos por el mánager, el propio Cervantes solicitó que lo llamaran Kid Pambelé, el mote que, allá en Palenque, le había acuñado su tío Pablo Salgado, en homenaje a un boxeador nicaragüense. A esas alturas, por andar peleando de carpa en carpa, tenía el aire bonachón de los leones de circo. No inspiraba respeto.
Los compañeros de Kid Pambelé en sus correrías rurales eran los otros boxeadores de la cuerda de Nelson Aquiles Arrieta, casi todos pegadores del montón. Se la pasaban peleando entre sí mismos, en un círculo repetitivo. El adversario más recurrente de Cervantes en aquella etapa era José Godoy, un mecánico empírico al que usaban como escalera de los muchachos que venían surgiendo. Todo el que lo enfrentaba, avanzaba un peldaño en el escalafón. Su asombrosa cadena de derrotas inspiró un chiste: se decía que una fábrica de jabones pretendía contratarlo como objeto publicitario, y que para tal fin pondría el anuncio en la suela de sus botines, ya que de esa forma el público apreciaría mejor la marca del producto, en el momento en que Godoy cayera a la lona con los pies para arriba. A Godoy, sin embargo, no había derrota que lo desmoralizara. Siempre estaba disponible para el próximo combate. A cualquier hora del día o de la noche que llegaran a buscarlo, abandonaba el taller y se iba. Ni siquiera preguntaba para dónde lo llevaban ni a quién tendría que enfrentarse.
—Antonio y yo peleamos cuatro veces —me dice José Godoy—. Él me ganó siempre.
Nos encontramos en el Gimnasio del Pie del Cerro, donde Godoy se desempeña como celador. Sin esperar mi nueva pregunta, me informa que precisamente por haber peleado tanto contra Pambelé fue que llegó a quererlo como lo quiere. Viajaban juntos en los buses, compartían las habitaciones de paso, almorzaban en las mismas fondas de carretera. Gastaban como amigos el poco dinero que habían ganado golpeándose como enemigos. Era muy raro, a propósito, que dos púgiles se odiaran. A veces alimentaban en público la idea de una inquina feroz, para que los aficionados se tragaran el anzuelo y acudieran en masa a ver el espectáculo. Pero tenían un profundo sentido de la solidaridad social.
—Se ve muy maluco que un pobre escupa a otro pobre, le dijo una vez el boxeador Enrique Higgins al periodista José Ignacio Betancur. Y ese principio, en aquella época, era sagrado. Cuando Bernardo Caraballo noqueó a Antonio Mochila Herrera, se puso contento porque al fin había reunido el dinero suficiente para ampliar su casa. Al día siguiente fue a buscar al único albañil que, según él, merecía ganarse los honorarios de la obra: nada menos que el mismísimo Mochila Herrera, quien todavía tenía los párpados inflamados por la muenda.
Cuando le pregunto a Godoy su concepto sobre Pambelé, se explaya en elogios: el más grande, el de la pegada más poderosa, el que puso en alto el nombre de Colombia, el que hizo que el país se fijara en el boxeo, el mejor campeón mundial de su peso en toda la historia. Como persona —añade después de una pausa— también es lo máximo, siempre y cuando se encuentre sobrio. A veces, cuando le pagan la pensión, viene al gimnasio por el mediodía y manda a comprar almuerzos para los boxeadores que permanezcan entrenando.
—Pobre Antonio —suspira—. ¡Venir a tropezarse con esa mala enfermedad! Él cuando se encuentra conmigo, me abraza. La última vez que vino por aquí me dijo: fíjate, cabezón, lo que es la vida. Tú perdías con todo el mundo y estás mejor que yo.
—Y usted, ¿qué le contestó?
—Yo le dije: marica, tú te volviste bueno fue después, porque cuando andábamos peleando por los pueblos esos, pasabas las de San Quintín. ¡Casi ni a mí me podías ganar!
—Así es —confirma ahora Nelson Aquiles Arrieta—. ¡Casi ni a Godoy le podía ganar!
Después cuenta que tampoco en los pueblos había público para las presentaciones de Pambelé. En Calamar, por ejemplo, la taquilla fue tan pobre que sólo alcanzó para pagarle el almuerzo. Le pregunto a Arrieta por qué Cervantes, a pesar de tantos descalabros, insistía en pelear. “Porque cualquier cosa que le diera el boxeo era mejor que lo que tenía antes”, responde sin vacilar.
¿Y qué era lo que tenía antes? En principio, allá en su natal Palenque, era un niño doblegado por la aspereza de su rutina diaria: tenía que madrugar a buscar el agua, arrear las hojas de bijao para envolver los pasteles que hacía su madre, cortar una carga de leña, vender pescado de casa en casa —a pleno sol y con los pies descalzos— y por la tarde llevarle a su abuela, en Cartagena, un bulto de plátano verde para que ella lo revendiera en el Mercado del Arsenal. Era el mayor de los seis hermanos. Esa circunstancia, sumada a que el otro varón de la familia era todavía un bebé y a la ausencia prolongada de su padre, le impuso desde muy temprano obligaciones de adulto.
Antonio no había cumplido los 10 años cuando los Cervantes Reyes se mudaron para Cartagena. En su pueblo —uno de los primeros enclaves de negros cimarrones que hubo en América— escaseaba el dinero, pero sobraban los alimentos. La yuca crecía silvestre, el ñame se extendía como la plaga y los peces se multiplicaban en cualquier época del año. Nunca faltaba un sancocho de hueso humeante en el fogón del patio. Tampoco, un allegado que cocinara cerdo y te regalara, por lo menos, la asadura. Había comida suficiente para que te hartaras y te olvidaras de que eras pobre. Pero ahora, en Cartagena, Antonio debía acostarse algunas noches con el estómago vacío.
Su familia se estableció en Chambacú, un tugurio ubicado en las afueras del sector colonial. Aquello era entonces un fangal de olvido disputado por los zancudos y los vándalos. Una tarde, un hombre atracaba a otro con una hachuela de carnicero. Al día siguiente, dos mujeres peleaban a arañazos y mordiscos por el amor de un negro que tenía tres dientes forrados en oro. En el barrio siempre estaba sucediendo algo espantoso que parecía definitivo. El apremio de cada hora impedía ver más allá del momento. Nadie se preocupaba por el mañana, pues lo verdaderamente urgente era terminar con vida la noche actual.
Antonio se preguntaba si sobreviviría a la hostilidad de las calles y a la miseria de su casa. Le mortificaba que los haraganes de esquina se mofaran de su acento palenquero. Sufría viendo las angustias de su madre. Un día entendió que nadie lo respetaría en aquel universo de infamia, si no era capaz de castigar a todo el que le faltara con una buena trompada en el caracol de la oreja. ¡Santo remedio! Para combatir al otro enemigo —el hambre— se consiguió un cajón de lustrabotas y un cartón de cigarrillos de contrabando. Y se fue a probar suerte en el Camellón de los Mártires.
No tardaría en descubrir que en aquella época la única opción digna que la ciudad les ofrecía a los muchachos negros y pobres como él era el boxeo. De modo que cuando por fin se calzó los guantes no fue para empezar la pelea sino para seguirla, porque, como advertía el periodista Melanio Porto Ariza, “el primer ring es la vida misma, que manda unos porrazos fuertes de hambre y dolor”.
—A mí me impresionaba mucho —dice Nelson Aquiles Arrieta— que él no expresaba desilusión por su falta de carisma para atraer al público. Era un conformista de tiempo completo.
Tan resignado estaba Pambelé a su papel de perdedor, que cuando volvieron a programarlo en Cartagena le apostó a su propia derrota. Dos días antes de la pelea fue contactado por unos desconocidos, que le prometieron dinero si se arrojaba a la lona en el cuarto asalto. Y claro: aceptó en menos de lo que canta un gallo. Lo que no imaginaba era que su adversario, Chico González, le arruinaría el plan. En el segundo round, sin que Pambelé le rozara un pelo, el tipo se tiró al piso. Torció los ojos, estiró una pierna. El árbitro empezó entonces el conteo fatídico.
—Uno, dos.
El público vio claramente que, antes de los diez segundos de rigor, a González no lo levantarían del suelo ni con una grúa.
—Seis, siete.
—¡Párate, hijueputa, que no te he pegado!, gritó Pambelé.
—Nueve, diez. ¡Nocaut fulminante!
Todo el mundo en Cartagena se enteró de que González parrandeó esa noche, hasta el amanecer, con los carniceros del mercado, quienes habían urdido la patraña. Pocos días después, la Federación Colombiana de Boxeo determinó suspender por un año a los dos protagonistas del insólito tongo doble, único caso de su género en los anales de este deporte.
Maniatado por la sanción y abochornado por los comentarios de la gente, a Pambelé no le quedó más opción que irse del país. Su nuevo destino: Caracas, la capital de Venezuela.
V. Paseando en el carro de bomberos
Quienes lo conocieron en Cartagena como un simple relleno de carteleras quedaron desconcertados la noche del 28 de octubre de 1972, cuando la radio empezó a difundir la noticia de que se había convertido en el primer campeón mundial de Colombia.
Algunas personas, convencidas de que su victoria por nocaut sobre Alfonso Peppermint Frazer había sido producto de un golpe de suerte, vaticinaron que sería un monarca efímero, dueño de un trono de papel que volaría en pedazos con la brisa más leve. Sin embargo, Pambelé ganó su primera defensa del título y después la segunda. Luego siguió aniquilando retadores, hasta imponer la más férrea dictadura que se recuerde en la categoría de las 140 libras. El torpe se había transformado en un verdugo implacable, en una máquina de demolición que no tenía fisuras por ninguna parte.
En el ring lucía más bien sereno, nada de despilfarrar los golpes como si fueran baratijas. Erguido, los pies separados en un compás perfecto, lanzaba los puños solamente cuando tenía la certeza de que iban a dar en el blanco. La mano izquierda adelantada mantenía a raya al contrincante, con una arrogancia nunca antes vista. No era el típico jab que apenas sirve para demarcar el territorio e impedir que el otro se acerque, sino un martillo persistente que aturdía y perforaba. Pum, en la boca. Pum, en la boca adolorida. Pum, en la boca rota. Pum, en la boca que chorreaba sangre. El martillo pegaba y pegaba, obsesivamente, donde más te dolía, y sólo te dejaba en paz al final de su tarea asesina. Pum, pum, pum. Cuando lograbas superar el cerco de esa mano izquierda de pesadilla, entonces te esperaba, inexorable como un trancazo, la derecha.
Si el porrazo explotaba en la punta de tu barbilla, te garantizo que caías al piso como un tronco cercenado por un hacha. Es posible que en esos diez segundos de penumbra soñaras, como Sonny Liston, con una manada de cocodrilos interpretando un concierto de violines. Pero al despertar no encontrabas música sino un mapa borroso que te confundía.
El repertorio ofensivo de Pambelé era completo. Podía noquearte con un solo golpe o con la combinación de varios, en el estómago y en el tabique nasal, por arriba y por abajo. Incluso se permitía pegar mientras retrocedía, una virtud que sólo han poseído unos pocos elegidos en la historia del boxeo. Sereno, la izquierda por delante, la derecha al acecho, esperaba su oportunidad. Entre tanto, miraba sin parpadear, con la concentración de un felino que prepara su zarpazo. Pum, el jab en el ojo. Pum, el jab en la ceja. Cuando su olfato de bestia detectaba el desfallecimiento del rival, lo remataba sin contemplación, con una eficacia deslumbrante.
En total realizó 21 combates de título mundial, un récord para la división walter junior. En 1980, cuando perdió la corona, los colombianos entendieron que esa era la consecuencia lógica de su desorden. Además, ya contaba 35 años —que en el boxeo equivalen a la ancianidad— mientras que su rival, Aaron Pryor, era diez años menor. Y tenía hambre.
En octubre de 1998, Pambelé fue incluido por expertos internacionales en el Salón de la Fama, un museo consagrado a honrar la memoria de los mejores de todos los tiempos. A la emotiva ceremonia, llevada a cabo en Bangkok, Tailandia, tuvo que viajar el periodista Estewil Quezada, porque Pambelé llevaba varios días perdido y nadie sabía dónde se encontraba. Cuando apareció, recibió el premio: un anillo de oro que tenía escrito su nombre en alto relieve.
Le pido a Pambelé por enésima vez que me informe dónde está el anillo de oro que le dieron en el Salón de la Fama. Se hace el loco, sorbe el pitillo de su gaseosa. Nos encontramos sentados en el segundo piso de una solitaria cafetería del centro de Bogotá. Llevo cinco días entrevistándome con él y no le he oído ni una sola respuesta concreta sobre los temas espinosos de su vida.
Siempre contesta que quiere mucho a los colombianos, que él es un hombre del pueblo y que gracias a Dios todavía hay salud. No pronuncia ni media palabra sobre la posibilidad de comenzar otro tratamiento en Cuba, ni aclara para dónde se va cada tarde, cuando terminamos la sesión de diálogo y él se mete por el callejón del frente. Uno le pregunta que si ha llamado a Carlina y él responde que casi todos los días habla por teléfono con José Luis. No dice, en cambio, cuándo regresará a Turbaco para ver a sus hijos, ni cuándo fue la última vez que compartió la pensión con su mujer. No hay por dónde agarrarlo. Agita la botella de gaseosa, sorbe el pitillo y evade los ojos de su interlocutor. Cae en un silencio incómodo, tamborilea en la mesa con los dedos de la mano derecha, consulta el reloj. Me gustaría que precisara —le digo a quemarropa— en qué momento se volvió adicto y qué tipo de drogas ha consumido. El hombre me observa con fastidio. Luego declara, con el más serio de sus rostros, que ya no se acuerda de esa parte de su vida “porque fue hace mucho tiempo”.
—¿Usted todavía se cree campeón mundial?
—No.
Y no agrega ni un suspiro. Pambelé te oye con sumo cuidado, te calibra aunque parezca que no te presta atención. Calcula la respuesta. Luego dispara un monosílabo tajante, como un jab con el cual pretende mantenerte a distancia. Jamás deja escapar una palabra que lo comprometa. No dice, por ejemplo, quiénes fueron esos cartageneros de clase alta que, en las fiestas de Bocagrande, le enseñaron a esnifar cocaína. “Toda esa gente ya se ha ido muriendo”, es lo máximo que suelta, cuando ya te tiene algo de confianza. Si lo interrogas sobre los perjuicios que le ha ocasionado a su familia, pone cara de confusión, como si le estuvieras hablando en chino. Si lo cuestionas sobre sus arranques de ira, también se muestra desconcertado. Debe ser un error, te aclara, porque él nunca ha llegado a su casa rompiendo objetos ni lanzando porrazos contra todo lo que se mueva. Tampoco admite que arma líos en la calle. “Lo que pasa —explica— es que yo tengo una voz muy fuerte y cuando hablo muchas personas piensan que estoy peleando”. De los hospitales —agrega ahora, mientras revuelve el pitillo dentro de la botella— recuerda muy poco. Al final, como si descargara el recto de derecha largamente preparado, se viene con una de esas frases felices que pronuncia cuando quiere cerrar un tema embarazoso. “Menos mal que ya salí de los problemas y ahora soy un hombre nuevo. Gracias, Colombia, te lo dice Pambelé”.
—¿Ahora sí me va a decir dónde quedó el anillo de oro?
—Hay unas personas de Cartagena que lo tienen guardado porque van a montar un museo sobre la vida mía.
—¿Quiénes son esas personas?
—Vamos a dejar las cosas de ese tamaño. Tú sabes, ese es un anillo de oro fino y no es bueno que la gente sepa dónde está.
—Él nunca va a decir dónde vendió el anillo ese —me advierte Miguel Gómez—. Es la persona más mentirosa y manipuladora que yo he conocido en mi vida.
Gómez es el propietario de Bogotana de Ediciones, una empresa distribuidora de libros donde Pambelé actúa como “relacionista público”. Los dos piden citas en diferentes empresas de la capital, para ofrecer enciclopedias didácticas. Ante los obreros reunidos en pleno, el ex boxeador pronuncia unas palabras sobre su caída en el vicio. Hace dos días, por cierto, los acompañé a visitar un cultivo de flores de la sabana de Bogotá. Pambelé comenzó su intervención recordándoles a los presentes que él había sido el primer campeón mundial de boxeo nacido en Colombia. Lo tuvo todo a sus pies —prosiguió— pero cayó en la mala situación “por culpa del licor, las drogas y las mujeres malas”. Luego, sin dar mayores explicaciones, soltó una conclusión feliz.
—He encontrado la luz al final del túnel.
Me pareció que seguía al pie de la letra un libreto gastado en la memoria, deteriorado por el uso. No era el testimonio vibrante de alguien que se ha sumergido hasta el fondo en el horror, sino un parlamento epidérmico, recitado a la carrera como parte de una estrategia comercial. El hombre no abría su corazón: trabajaba.
Sin embargo, el auditorio lo escuchaba con la boca abierta. Cuando Pambelé terminó la presentación, Gómez sacó la caja de la mercancía y la puso sobre la mesa. En cuestión de minutos, se vendieron las enciclopedias. Cada empleado se arrimaba después a Pambelé, para que le autografiara su ejemplar. Cualquiera que hubiera visto la escena sin conocer al personaje, habría podido confundirlo con una celebridad literaria de El Congo. Ese mismo día, por la noche, se fue para Barranquilla sin avisarle a nadie. Entonces, convertido de nuevo en su propio fantasma, emprendió el camino inverso de su discurso, hasta encontrar otra vez el túnel al final de la luz.
—Es manipulador —repite ahora Miguel Gómez.
Estamos sentados en el altillo de su casa, en el norte de Bogotá. En Turbaco, los hijos de Pambelé me habían comentado que tienen una deuda de gratitud con Gómez, no sólo por el sueldo que le paga a su padre, sino también por la protección que le ha brindado a toda la familia durante casi 15 años.
Hoy, sin embargo, Gómez se declara aburrido por la conducta de Pambelé. Le ha aguantado muchas fallas, me dice. Una vez, en Manizales, tuvo que ir en persona a sacarlo de una bodega, donde estaba revuelto con seres cadavéricos que llevaban varios años consumiendo bazuco sin ver la luz del sol. Después, en Bogotá, debió hospitalizarlo de emergencia, porque la mesera de un restaurante del barrio Santa Fe le había partido el pómulo con una botella. También le ha tocado rescatarlo en Cali y en Armenia. Lo peor —añade— no son sus desmanes públicos sino sus mentiras. Para justificar su apreciación, cuenta la historia de la madrugada en que lo llamaron a su casa, para avisarle que Pambelé estaba retenido. Cuando Gómez llegó a la estación de policía, encontró a los agentes de turno asustados por la posibilidad de que Pambelé resultara matándose delante de ellos, ya que tenía las manos sangrantes de tanto estrellarlas contra las paredes. Además, lloraba como un niño y le pegaba cabezazos desesperados al borde de una banca.
Ya liberado, cuando Miguel Gómez le preguntó por qué lo habían retenido en la estación, Pambelé le dio una respuesta que lo dejó perplejo.
—¿Y a ti quién te dijo que yo estaba preso? Lo que pasa es que esos policías son amigos míos y me invitaron a tomar tinto.
Gómez —como muchas de las personas con las que me entrevisté— considera que a Pambelé le hizo daño el no haber conservado su arraigo social cuando fue campeón. Marcado por su infancia tan pobre, sentía quizá que debía mejorar el estrato económico para que su éxito fuera completo. Por eso se mudó para el exclusivo sector de Bocagrande, donde nunca antes habían aceptado a un negro, y cambió a sus amigos de siempre por gente famosa o adinerada como él. Ensoberbecido en las alturas, olvidó quién era y de dónde venía. No entraba en el Mercado de Bazurto porque le parecía hediondo ni visitaba a sus antiguos compadres porque vivían muy lejos. Caminaba sin mirar para los lados. Y ya no quería comerse el pescado con la mano sino con cubiertos de plata. Extraviado en un círculo social al que no pertenecía, sus relaciones dependían más del dinero que del afecto. Algunos de los vecinos que le abrían calle de honor cuando lo veían a bordo de su Mercedes Benz deportivo tal vez habían pasado frente a él, sin saludarlo, cuando era un muchacho pobre que andaba en chancletas vendiendo Marlboro de contrabando por el Camellón de los Mártires. ¿Quién, en ese universo ancho y ajeno, tendría interés en protegerlo?
En cambio Rodrigo Valdez —me decían las fuentes— preservó el sentido del arraigo cuando fue campeón mundial del peso mediano. Siguió viviendo en Olaya Herrera, con el argumento de que el pobre es pobre aunque tenga plata. Compraba buses para darles trabajo a sus compadres, abría las puertas de su casa, se comía el pescado con las manos. Como era tan tímido, sólo se sentía cómodo entre su gente. Huía de los extraños —aun de los más distinguidos— como si fueran el mismísimo demonio. Una noche le dejó la cena servida nada menos que al Príncipe de Mónaco, con la excusa monda y lironda de que tenía mucho sueño. Al día siguiente, mientras desayunaba, alguien le dijo que había actuado mal. “Verdad que sí —admitió— qué pena con ese pobre príncipe”.
—Gracias a algunos de sus nuevos amigos ricos —dice Gómez—, Pambelé probó la cocaína. Claro que lo peor de él es eso de creer que es campeón mundial.
—Es su obsesión.
—Yo no sé si tú recuerdas que antes, cuando los boxeadores regresaban a Colombia después de ganar el título, los subían en un camión del Cuerpo de Bomberos y los paseaban por las calles para que la gente los viera. Él sigue creyendo que es 28 de octubre de 1972 y que ya vienen a buscarlo para darle su paseo.
—¿Usted no cree que ponerlo a firmar libros es seguirle dando tratamiento de campeón?
—Si a eso vamos, ¿dónde quedan los periodistas que le hacen reportajes?
De las palabras de Miguel Gómez me acordé la última tarde que me vi con Pambelé. Fue en la carrera 7a. con calle 17, igual que las veces anteriores. Lo encontré parado en la esquina, con un vaso de tinto en la mano derecha. Cuando empezamos a caminar rumbo a la cafetería, un pordiosero que estaba acurrucado en el piso lo saludó levantando el pulgar derecho. Luego un agente de la Policía, guiñando un ojo, dijo que así como se veía hoy era como todos los colombianos querían verlo. Lo saludaron el vendedor de libros piratas y la empleada de la tienda de discos. En la cuadra siguiente nos tropezamos con un hombre que, al reconocerlo, le tiró un gancho suave en el estómago. De pronto, los pasajeros de un bus estacionado en el frente, empezaron a llamarlo a gritos:
—¡Adiós, campeón!
—¡Campeónnn!
Pambelé hizo la “V” de la victoria con la mano izquierda, aparentemente despreocupado por establecer de dónde venían los gritos. Sonrió, tocó la cabeza de un niño que venía en un coche. Entonces tuve la impresión de que ya no avanzaba a pie sino encaramado en lo más alto del camión de los bomberos, donde jamás de los jamases volvería a alcanzarlo la derrota. Lo vi desamparado en su quimera, pero dispuesto a defender hasta el final el único trono que le queda.