—Pasá, pasá, es chiquito, es el típico departamento de portero, pero me encanta. No vivo acá, vivo en otro departamento de la planta baja, éste lo alquilo porque tiene luz, balcón, lugar para los perros y los gatos. ¿Vos tomás té? Tengo uno riquísimo, japonés, que lo compré en Japón. Estuve en Japón hace poco, cantando “María de Buenos Aires”, primera vez que la canto en décadas. Ay, mirá vos, esta perra. Ni la mires porque te va a volver loca. Sentate mientras yo hago el té. Mirá la gata: ya te fichó. ¿Vos tomás con azúcar? Hoy ha sido una locura. Estaba con una alumna, porque doy clases de interpretación, y me llamó el productor de Notorius, el lugar donde voy a hacer el espectáculo de canciones de Astor y Vinícius, y me volvieron loca a llamados. Mirá esta pobre perra, está con displasia, pero no le duele. En cuanto vea que sufre, la pongo a dormir. Eso sí, no escucha nada, sorda como tapia. ¿Cuántos años tenés vos? Ah, una piba. Yo tengo 73. Y tomo sol y no me pasa nada. Es genético. Me pongo el coso, la cosa, la pantalla solar de sesenta en la cara, y me voy a tomar sol. Fumar ya no fumo, fumaba hasta hace diecisiete años, pero no hay que fumar. Yo no fumo y no tomo café.
—¿No te gusta el café?
—Me gusta, pero lo tengo que preparar y me da pereza. Sentate. Mirá, esos son caramelos de café. Agarrá, llevate. Ah, pero sos una piba. Por no decir una pendeja, porque no nos tenemos confianza. A ver, a ver, dónde está el té, dónde está el té. Ay, perra, salí. ¿Vos tomás con azúcar?

La luz del sol entra serena a la sala de este departamento de Barrio Norte, Buenos Aires. Hay una mesa de madera rústica, dos bancos largos, un sofá, tres gatos, tres perros, un televisor, una biblioteca, un escritorio.

—No sabés lo que fue hoy. Me llamaba todo el mundo. Sin azúcar me dijiste. Por eso sos flaca. Yo también soy flaca, pero vos más.

En una de las paredes hay una hoja de papel amarillenta, enmarcada, en la que se lee la letra de un tango escrita a máquina y con algunos tachones en lápiz: “Por las noches cara sucia/ de angelito con bluyín/ vende rosas en las mesas/ del boliche de Bachín”.

—¿Ésa es la letra de “Chiquilín de Bachín”?
—Sí, es. Ésa es la caligrafía de Ferrer.

“Chiquilín de Bachín” es un tango compuesto por Astor Piazzolla y el poeta Horacio Ferrer en 1969, un clásico automático que interpretó por primera vez una mujer llamada Amelita Baltar que ahora, tres y media de la tarde de un día de abril del año en curso, con una camisa gris sobre pantalones blancos, el pelo rubio ceniza que le cae sobre la frente en un mechón que aparta con el pulgar y el índice, como una reina importunada por una mosca, sirve té japonés en el departamento en cuyas paredes repletas de fotos hay apenas dos de Astor Piazzolla, bandoneonista, compositor, argentino, uno de los mejores músicos del siglo XX y el hombre que fue su pareja durante seis —tormentosos, magníficos— años.

—Después me odió, me odió. Me hizo la vendetta, no me perdonó nunca. Pero nadie te odia durante veinte años si no te ama.

***

María Amelia Baltar nació el 24 de septiembre de 1940. Es hija de María Amelia Oviedo Olmos, que a los 21 años se casó con un dandy principesco: Pichón Baltar. Los dos vivían en Junín, una ciudad del interior de la provincia de Buenos Aires, y provenían de familias con posiciones económicas razonablemente buenas. Amelita Baltar —María Amelia, Amelia, Amelie, Amelita— fue única hija de ese matrimonio y, cuando cumplió un año, su padre compró una chacra en las afueras. Se crió rodeada de patos, perros, gallinas y cabras, cantando canciones en francés que le enseñaba su madre, hasta que se mudaron a Buenos Aires y ella empezó a ir al colegio. Cancelado aquel vergel bucólico, dos barrios elegantes de la capital —Recoleta y Barrio Norte— se transformaron en su centro de operaciones y en el paisaje del resto de su vida.

—Por suerte, mis viejos vinieron a este barrio, porque imaginate, vivir en Morón, en San Antonio de Padua, en Devoto. Qué horror. Yo, más allá de avenida Córdoba, no sé qué hay.

Barrio Norte y Recoleta son la columna en torno a la cual se organiza todo: los almuerzos en el restaurante del Museo de Arte Decorativo, la caminata por los lagos de Palermo y la avenida del Libertador, su modisto que atiende a la vuelta del hotel Alvear. Todo lo demás —todo lo que está más allá de la avenida Córdoba— es un territorio que rehúye, pero que debe recorrer cada domingo para ir a la iglesia bautista a la que pertenece desde hace diecisiete años, y que queda en el corazón del popularísimo barrio del Abasto, repleto de vendedores callejeros, inquilinatos.

—Cuando voy a la iglesia me tomo el colectivo y llego al Abasto. Y caminar esas tres cuadras escuchando los gritos: “¡Comidita calientita!”, te dicen los cosos. Todos los guisachos los sacan de una olla y los sirven. De todo venden. Falta que vendan gente. Mmm, qué rico. Mojar las galletitas en el té, algo que no se debe hacer.

En Buenos Aires, vivió con sus padres en la casa de la abuela paterna, en la calle Ayacucho, un escenario de prosapia para años que no fueron buenos.

—Vivíamos de la plata de mi abuela. A mi papá, cuando se gastó la fortuna de la familia, no le quedó nada. Trabajar no sabía. Y le tocó la época de Perón, que para trabajar había que afiliarse al partido peronista, y nosotros somos radicales. Para mí, el líder, Perón, fue la desgracia de la Argentina, porque después vino Isabel Perón y llegó la triple A, y después la dictadura. Ay, un cuete de perro, un pedo de perro, menos mal que es suavecito. Disculpame, nunca hacen esto, no sé qué les pasa.

Abajo de la mesa, un perro se agita. Puede llamarse Nina, o Arena, o Blue Blue. Los perros y gatos son tantos que no se sabe quién es quién, cuál es cuál.

—Mi padre falleció a los 54 años, era alcohólico. No de estar borracho del día a la noche, pero a veces pasaba tres días tomando. Yo no podía decirle a una amiga “Vení a estudiar a casa”, porque no sabía qué día mi papá iba a tomar. Cuando él estaba bien, nos quedábamos a la noche, yo leyendo un libro, mamá cosiendo, y él agarraba una lapicera y le escribía en el borde del diario una cuarteta a mamá, y se la mostraba, y ella decía “Ay, Pichón”.

Mientras iba al colegio secundario empezó a estudiar guitarra, aunque no quería ser música ni cantante sino actriz, y se pasó buena parte de aquellos años improvisando representaciones frente al espejo de una cómoda.

***

—Lo primero que me viene a la mente es su capacidad de trabajo —dice Nora Raffo, una de sus amigas más antiguas—. Íbamos juntas al colegio y su familia no tenía grandes recursos económicos, entonces empezó a dar clases de guitarra. Siempre supo sacar partido de su físico. Tenía una actitud de modelo. Era muy cautivante. Nosotras ya estamos en edad de retirarnos, viste. Pero ella no. Sigue, como si tuviera 40 años. Es muy generosa, pero no le pidas que te escuche, porque no escucha, y habla mal de todo el mundo. Éste es un hijo de puta, éste es aquello otro. Es muy mal hablada. Es una señora de Barrio Norte, elegante, pero rea.

***

La sala está limpia y ordenada, pero aquí y allá se ven almohadones llenos de pelo, sillas deshilachadas por garras felinas, fundas que ya perdieron la batalla contra los arañazos de los gatos y los perros que, a lo largo de años, ella ha encontrado en las calles, y ha entrenado en el arte de orinar en areneros y comer como se debe.

—Les hiervo carcasas de pollo que me vende un carnicero. A veces vienen con tanta carne que salen unas ensaladas y unos sánguches fantásticos.

En 1962, empezó a cantar, como si siempre lo hubiera hecho, en un grupo de folklore llamado Quinteto Sombras.

—Yo nunca decidí que me iba a dedicar a cantar. Un día vino un amigo y me dijo “Che, hay un conjunto de chicos”. Se les había ido la que cantaba y empecé. Después, cuando me casé con Alfredo, dejé un año, para cuidar a Mariano, mi hijo más grande.

Tiene dos hijos, Mariano y Patricio, de dos parejas diferentes. El primero nació en 1964, cuando hacía poco que ella se había casado con Alfredo Garrido, un productor que por entonces era periodista.

—Nos conocimos en una fiesta juvenil —dice Alfredo Garrido, por teléfono—. Estábamos ahí, y de pronto dijeron: “Ahora va a cantar a Amelita”, y cantó ella y pensé: “Uy, no puedo bailar más”. Y ahí empezamos a noviar. Cuando nos casamos, se ocupó muchísimo de Mariano. Dejó su carrera para ocuparse de él. Yo la quiero mucho. Imagínese: fue mi primer amor.

***

—Alfredo es un tipazo. Bien nacido, bien criado. Pero yo me casé para irme de casa. No estaba súper enamorada. Nos separamos tres años después.

En una pequeña sala que funciona como recibidor hay un piano vertical, un mueble repleto de CDs: Jacques Brel, Roberta Flack.

—Tango yo no escucho. Soy más del rock, de la canción francesa. Yo ni bailar el tango sé. La vez pasada…

Encadena las frases con verborragia bulímica, como si sus palabras hicieran un esfuerzo descomunal por ir detrás de un pensamiento que salta de una cosa a la otra sin hacer pie.

—¿Habías tenido novios antes de Alfredo?
—Pero sí. Igual, yo perdí la virginidad a los 18 muy bien cumplidos, porque no se usaba perderla antes. Fue casi una violación. Un tipo mucho más grande. Yo estaba de vacaciones, y estuve histeriqueándole todo el verano. Un día me dijo: “Vení que te acompaño a tu casa”. Y me llevó al río y pum, tum, zac. Yo tenia 18, el tipo 32 y me encantaba. Después me llevó a casa, me dio un beso y me dijo: “Bueno, chau”. Como quien dice: “Espero que no me jodas más”. Pero no me dejó trauma. Lo estuve histeriqueando tanto que medio me lo busqué.
—Bueno, eso no…
—Y a los tres meses conocí a un tipo y me puse de novia, y nunca creyó que nunca me había acostado con un tipo. De lo bien que yo hacía el amor. Algo innato que me salía.
—¿Dónde habías aprendido, leyendo?
—Nada. Me enseñaba la calentura, qué sé yo. Yo siempre hice vida de hombre. Hacía lo que quería. Yo creo que con papá le perdí el respeto al hombre. El hombre, mientras yo lo quería, bien. Pero después, chau.

En abril dio una serie de conciertos en una disquería–bar llamada Notorius, un sitio prestigioso dentro del circuito del jazz, y emprendió otra serie en una gran sala, Tango Porteño. Aunque siempre trabaja, la economía parece estar al límite, y en la conversación se reitera la idea del ahorro: las segundas marcas de detergentes que son igual de buenas que las primeras; las camisetas compradas en oferta.

—En Tango Porteño pagan muy bien, entonces voy a comprar dólares y un lavarropas. El que tengo tiene 19 años, anda estupendo, pero un día, viste, se rompe y chau, entonces lo regalo a la iglesia y me compro otro. Ahora tuve un gasto enorme, porque mi hijo Mariano, que siempre fue modelo, vive en Sudáfrica y está buscando trabajo allá, para tener la residencia. Cumple 50 y le mandé el pasaje para que viniera a festejar acá. Lo pagué yo, él no está bien económicamente.
—¿Cuántos años tiene tu otro hijo, Patricio?
—Treinta y tres.
—¿Qué hace?
—Vive en casa. Hace pelotudeces. Hace las compras del supermercado. Saca los perros. Tuvo un problema con un socio, hace tres años, y quedó con una depre. Desde entonces no hace nada.
—¿Cómo te arreglabas con los chicos y una vida de actuaciones, de viajes?
—Mi mamá. Ella se ocupó mucho.

Se levanta, va hasta la sala donde está el piano, toma un portarretratos, vuelve.

—Mi mamá. Una divinura. Murió hace nueve años, a los 88. Yo sueño una vez a la semana con mamá joven. ¿Sabés lo que es haber soñado con tu madre joven, con esa divinura? Una discreción, una fineza. Mirá la piel, los pómulos, los labios. Yo no heredé nada de ella, nada más que la artrosis. ¡Ay, artrosis! Me tengo que ir al kinesiólogo.

Es delgada, pechos altos, piernas largas. Sentada o de pie, permanece con la espalda recta y gira en bloque, con una media vuelta dramática y teatral. Ahora se pone los anteojos de sol, abre la puerta, cierra la puerta, llama el ascensor, abre el ascensor, sube al ascensor, dice que la chica que la ayuda a limpiar gasta demasiado detergente para lavar los platos, baja del ascensor, abre la puerta de calle y, en la vereda, grita:

—¡Ahhh, mirá! ¡Lo que pusieron ahí enfrente!

Enfrente pusieron —hace un par de horas— un contenedor para deshechos reciclables. Amelita Baltar recoge un envase de gaseosa vacío que alguien arrojó en la vereda, cruza la calle, lo mete en el contenedor, regresa y dice:

—Lo inauguré. Nos vemos la semana que viene, vuelo, me voy a tener que tomar un taxi.

De modo que allá va, camino al kinesiólogo —¡artrosis, artrosis!—, la mujer que le puso voz y rostro a la banda de sonido de una época.

***

En 2013, después de doce años sin sacar un disco, lanzó El nuevo rumbo, producido por un músico joven llamado Sebastián Barbui, con invitados como Luis Alberto Spinetta, Fito Páez y nombres de alto prestigio: Luis Salinas, Raúl Carnota. El disco, editado por Random, incluye folklore, jazz, tango, canción brasileña, y tres temas escritos por ella. La crítica lo puso por las nubes y el disco ganó el premio Gardel —el máximo galardón de la industria discográfica local— al mejor álbum de tango en voz femenina. En el suplemento Radar del diario argentino Página/12, en enero de 2013, el periodista Mariano del Mazo se refería al “notable disco que acaba de sacar la Jane Birkin del tango (…) El disco es un triunfo de una buena idea, una idea audaz y fragmentaria basada en invitados imprevistos, la presentación en sociedad de tres letras de la propia Baltar y un regreso al pasado más lejano de su trayectoria: el folklore argentino (…) Amelita Baltar pertenece más a la sofisticación urbana de los años sesenta que a la densa y endogámica cultura del tango (…) Cuando Piazzolla descubrió a Amelita Baltar en una peña folklórica porteña, debe haber sentido que encontraba a su Brigitte Bardot”.

***

—Amelita todavía no llegó, pero llamó para avisar que la espere —dice una chica joven que abre la puerta del departamento y que, después, desaparece.

Son las cuatro de la tarde. En el departamento del último piso están los tres perros, los tres gatos, y todo a merced: casilla de mails abierta, cajones, cartas, agenda. En la biblioteca hay libros de Pablo Neruda, Mario Benedetti, Orhan Pamuk, Ibsen, Pirandello, un par de biografías de Astor Piazzolla. Sobre el escritorio, una lista: “dermatólogo, pasaje Gardel, carcasas pollo, churrascos”. En una estantería, el Premio Gardel. Como una tromba, ardiendo de indignación, diez minutos más tarde llega Amelita Baltar.

—Ayyy, llegué. Qué terrible. Tenía que cobrar un cheque y me fui a la jefatura de gobierno, y me dicen: “No, es en otra parte”. Y fui a ese lugar, y me dicen, no, debe ser en tal lado, y tampoco. ¿A vos te gustaba el té, o el café? Mirá, esta perra se está haciendo pis.

Viste una camiseta rosa, un chaleco gris, pantalones oscuros, los anteojos sobre el pelo rubio. Desaparece en la cocina, desde donde llega ruido de agua.

—Disculpame, tengo que pasar con una caca del gato —dice, atravesando la sala con un bollo de papel en la mano.

Abre la puerta del baño, arroja el papel al inodoro.

—Muy bien, muy bien, vamos a hacer el té. El té, el té.

Vuelve a desaparecer en la cocina. Se escucha su voz diciendo: “Muy bien, muy bien”, como si quisiera convencerse de alguna cosa.

—¿Hiciste algo en el pasaje Carlos Gardel?
—Sí, ni me hables. Una cosa al aire libre. Había una nenita de cuatro años que se metía todo el tiempo en el escenario. Y yo dije: “Herodes no vino hoy, ¿no?”.

Lleva hasta la mesa de la sala una tetera de cerámica, dos tazas de té, galletas. Se sienta, sirve.

—¿Vos te creés que la gente que estaba ahí le dijo al padre: “¿Podés agarrar a tu hija que está molestando a la artista?”. Encima, ayer me dejó colgada una alumna. Dos horas antes me mandó un mail diciendo que no venía.

En las paredes hay muchas fotos —ella de vacaciones con amigas, ella con otras cantantes—, pero hay sólo dos en las que está con Piazzolla. Son fotos de un hombre y una mujer sonrientes, sin nada que parezca unirlos.

—Bueno, hablemos del maestro.

La noche en que Piazzolla la vio por primera vez, ella cantaba con el Quinteto Sombras en un café concert llamado 676.

—Astor ya estaba divorciado de Dedé, su primera mujer, y tenía dos hijos. Fue a escuchar a un pianista amigo, que tocaba en ese lugar. Fue con un matrimonio y yo estaba saliendo con el hijo de ese matrimonio. Yo estaba divina. Mi minifalda, mis zapatitos.

Astor Piazzolla ya era un compositor al que los tangueros tradicionales atacaban, acusándolo de estar asesinando el género. Horacio Ferrer escribía las letras de sus tangos y entre ambos habían creado la ópera María de Buenos Aires, que durante un tiempo —pero ya no— había cantado Egle Martin, una mujer casada con la que Piazzolla se había enredado sentimentalmente. El día en que Piazzolla escuchó cantar a Amelita Baltar era, además de un hombre atraído por una mujer bella, un compositor revolucionario que necesitaba una voz femenina para grabar su ópera. Y Amelita Baltar era una tormenta. Una cantante de folklore bella y pop, que entendía la moda de la época —largos vestidos a rayas, botas altas, minifaldas, pantalones Oxford—, y que varias noches a la semana se sumergía en las boites porteñas —Afrika, Snob—, donde, apenas el DJ la veía entrar, ponía una canción de Iva Zanicchi que funcionaba como código para avisar a sus amigos que ella había llegado. De modo que Piazzolla vio dos piernas infinitas sostenidas por una voz ronca que le gustó mucho. Ella vio a un hombre mayor.

—Un señor gordito, con entradas en el pelo. Yo estaba saliendo con un bombón de mi edad. Astor estaba con los padres de ese bombón, que me dijo: “Están mis padres con Piazzolla, y te quiere conocer”. Fui. Él me dijo: “Tenés linda voz”. Y yo pensé: “¿Qué le pasa a este señor?”. Yo no sabía de qué hablar. Era un tipo del que me sonaba el nombre y nada más. Yo vivía en el mundo del folklore. Pero pasaron los días y me dijo de grabar María de Buenos Aires, y empezamos a ensayar. Yo me puse a estudiar sociología del tango, letras. Cada tanto él me decía: “Me invitaron al teatro, ¿venís?”. Como vivíamos cerca, me dejaba en mi casa y después seguía hasta la suya. Y me decía: “¿No querés tomar un cafecito en casa?”. Y yo no, no, y me bajaba y me bajaba. Y me bajé cualquier cantidad de tiempo, hasta que un día me habré tomado dos whiskies de más, fuimos y pum. Hicimos el amor y me enganchó. Hasta que volvimos a hacer el amor pasó un tiempo. Pero tuve como un click. Me atrajo el gordito. Pero no me gustaba. Vestía mal. Se ponía un traje con pantalones escoceses, un saco a cuadros, camisa rayada. Usaba guayaberas con florcitas. Era bruto, terminaba de comer y dejaba los cubiertos al costado del plato, y decía: “¿Por qué no me llevan el plato, si no tengo más comida?”.
—¿Y qué te atrajo?
—No sé si me enamoré, pero me gustó. Le enseñé a hacer el amor un poco mejor. Tenía… cualidades importantes, pero era muy rústico. Un tipo rudimentario en todo. Un poco después pasamos la noche juntos y al otro día nos pasaron a buscar para el almuerzo. Yo me estaba duchando y él ya había terminado, porque todo lo hacía en tres minutos, todo a lo bestia. Bueno, ese día escucho el piano, desde la planta baja, porque él vivía en un dúplex. Bajo la escalera, le digo: “¿Qué es eso?”. Y me dijo: “Es lo que me inspiró esta noche que pasé con vos”. Eso fue la Milonga en ay menor.

Un año después estaban viviendo juntos y la marca Piazzolla–Baltar, y su versión Piazzolla–Baltar–Ferrer, empezó a dejar huella. Ella era la muchacha joven que, con una voz personalísima —capaz de brillar en el risco de las notas altas y descender a las honduras opacas de los tangos—, interpretaba las letras kilométricas que un poeta barroco y surrealista —Horacio Ferrer— escribía para un compositor que demolía las formas conocidas. Eran el corazón de la vanguardia, y ella la musa grácil de aquel toro bestial a quien sus músicos, por exigente, llamaban “el Coronel”.

—Astor era muy hincha. No me dejaba cantar con la partitura, y las letras de Ferrer eran eternas. Y me obligaba a cantar en un registro más alto. Así me arruinó la voz.

Su primer disco es del año 1968. En la portada hay una foto suya, el pelo castaño, un cigarrillo sostenido en la mano derecha que se apoya en la frente. El álbum, de canciones folklóricas, llamado Para usted, ganó el Premio Revelación del Festival Nacional del Disco de ese año. Su segundo trabajo fue María de Buenos Aires, grabado con Astor Piazzolla en 1969. Ese año, Piazzola y Ferrer habían compuesto un tango extraño, que tenía aires de vals y una letra surrealista, y decidieron presentarlo a concurso en el Primer Festival Iberoamericano de la Danza y la Canción, que se hizo en el estadio Luna Park. Se llamaba “Balada para un loco” y empezaba, inolvidablemente, con aquel recitado: “Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, viste. Salgo de casa por Arenales, lo de siempre, en la calle y en mí, cuando de repente, de atrás de ese árbol, se aparece. Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus”. La noche del 16 de octubre de 1969, Amelita Baltar salió a cantarlo en el Luna Park y, con la voz desmayada, recitó: “Las tardecitas de Buenos Aires…”. No había llegado al minuto cuando empezaron los gritos: yegua, puta, la puta que te parió.

—Yegua, hija de puta. Nos tiraron monedazos. Era un tango atípico, y los más tradicionalistas estallaron. Yo casi no podía respirar.

El jurado, integrado por Vinicius de Moraes y Chabuca Granda, entre otros, declaró a la canción finalista en la categoría “tango”, y las furias fueron peores.

—La tuve que volver a cantar, y volvieron a chiflar. Fue una cosa muy fea, y el concurso lo ganó otro tango. Pero el lunes salió el disco a la venta, con “Balada para un loco” de un lado y “Chiquilín de Bachín” del otro. Para el viernes había vendido doscientas mil placas. Empezamos a hacer la balada en vivo, y la gente nos tiraba flores. Entonces aquella noche nefasta se desdibujó.

“Balada para un loco” es uno de los tangos más emblemáticos de Piazzolla, y aquello de “ya sé que estoy piantao, piantao, piantao” dio la vuelta al mundo en la voz de Baltar.

La vida con Piazzolla empezó a ser una cabalgata rutilante. Viajaban, se codeaban con Milton Nascimento, Iva Zanicchi, Charles Aznavour, se presentaban en el teatro Olympia de París. A veces iban a la bahía de San Blas, sobre el océano Atlántico, en la Argentina, donde Piazzolla pescaba.

—Él tenía una cosa de competitividad, y yo le decía: “Pero Astor, ponele que yo sea un rosal lindo, pero un rosal. ¡Vos sos un ombú, sos un genio!”. Y era muy celoso. Entrábamos a un cóctel y decía: “Ya me di cuenta de que lo miraste”. Yo no sabía de quién hablaba, pero cuando te meten la espinita empezás a mirar, y decís: “Uy, seguro que es ése”.
—¿Te iba bien con los hombres?
—No se me escapaba nadie. Por un día o por diez o por tres meses. Estuviera yo en el estado civil en que estuviera. Y volvía a mi casa y disfrutaba sin culpas. Era un modo de vivir muy masculino. Pero era muy discreta. Nos encontrábamos en un hotelito, entre las dos y las cuatro de la tarde. Yo decía que me iba a buscar a Mariano a la escuela, y salía un rato antes: “Voy a comprar zapatos”. Pero ahora ya está. Yo soy muy creyente, y como el Señor perdona todo, ya tengo todo perdonado. Desde que estoy convertida, nunca más me acosté con un tipo casado.
—¿Y cuando estabas con Astor también pasaban esas cosas?
—Eh… bueeeno… Era nada más que sexo y chau.

En 1973 se fueron a vivir a Roma, y Mariano, el hijo de Amelita, quedó en Buenos Aires.

—Estuvimos en Roma un año y medio. Y yo un día me compré el pasaje a la Argentina, y me vine. Saqué pasaje para el 27 de mayo, porque el 28 Mariano cumplía 10 años. El chico me extrañaba muchísimo, pero Astor, que sin una mujer no sabía ni limpiarse los mocos, me decía: “No vayas, me voy a quedar solo”. Y yo le decía: “Astor, el chico tiene diez años y vos 55”. Así que me vine.
—Pero algo habría pasado para que te fueras así.
—Y sí, había cosas de un poquito antes. Me había hecho abortar un chico de él.

***

Entre 1968 y 1974, ella fue —en los discos, en el escenario—, la muchacha que ponía la voz a tangos como “Balada para un loco”, “Memoria en ay menor”, “Preludio para el año 3001″. Con 28, 29, 30 años, navegaba sin dificultad por versos difíciles, arrancando chispas de luminosa oscuridad a tangos que decían cosas como las que dice “Balada para mi muerte”: “Moriré en Buenos Aires. Será de madrugada. Guardaré, mansamente, las cosas de vivir. (…) Mi penúltimo whisky quedará sin beber. Llegará tangamente mi muerte enamorada, yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis”

***

—Me había quedado embarazada cuidándome a lo loco. Me habré sacado el diafragma un poco antes, no sé. Él había estado de gira por Europa. El día que llegó estábamos en su departamento. Llegaba de Londres y me había traído un mameluco de jean, y me lo probé. Le dije: “Es medio justito y no sé qué va a pasar dentro de poco, porque estoy esperando un bebé”. Se puso como loco. “¡Cómo, si nos cuidamos!”. Y de ahí en más, fue una tortura mental. “¡Ya tenés un hijo, andate de acá y ponele Baltar, Piazzolla no le vas a poner a eso!”. A la mañana, a la tarde y a la noche. Y yo lloraba. Le decía: “Pero vino sin querer”. Estuvo quince, veinte días así. Ahí supe lo que era la crueldad mental. “Ponele Baltar, yo no quiero hijos”. Ahí se me vino abajo el tipo. Y nunca levantó. Al final dije: “Por favor, llamá a un médico, esto no lo aguanto más”. Ese menosprecio, esa subestimación. Él me dijo: “Bueno, media hora, te anestesian, te lo sacan y ya está”. Yo ya le había contado a Mariano que iba a tener un hermanito, porque qué iba a pensar yo que Astor… Bueno, el día que volví a las siete y media de la tarde a casa, que volví del horror, Mariano abrió la puerta. Le dije: “Hola, mi amor, el hermanito que estaba ahí adentro se murió y tuve que ir a que me lo sacaran”. Y me miró y me dijo, era zetudo: “Loz grandez no zirven para nada”. Y se puso a llorar. Y yo me puse a llorar y me fui a mi cuarto. Entonces vino Astor y me dijo: “Bueno, no te pongas así, vamos a programarlo con tiempo, y vamos a tener uno”. Y yo le dije, textuales palabras…

Hace una pausa, toma aire y, con la voz cargada de ira volcánica, dice:

—“Salí de este cuarto y andate a la remil puta madre que te remil parió, y no entres hasta que yo te llame”. Eso le dije. Y se fue. Y ahí se rompió todo. Yo creo que sentí hasta asco, porque cómo ese hombre, la persona que yo amaba tanto…

Era 1972 y la relación duró, todavía, dos años más. Ella hizo, junto a otras dos cantantes, Susana Rinaldi y Marikena Monti, un espectáculo llamado Tres mujeres para el show, un éxito estruendoso.

—Después nos fuimos a Roma, y ahí lo dejé. Astor estuvo sin llamarme quince días y después empezó a llamar. Me decía: “Hice todo mal, no te valoré, sin vos no puedo vivir”. Y al cabo de dos meses vino a Buenos Aires, y empecé a aflojar. Se iba a Brasil, y me dijo: “Cuando vuelva, volvemos a estar juntos”. Entonces conocí a Ronnie Scally, en un asado. Un modelo que era un sol. Hicimos el amor y me encantó, y cuando a los veinticinco días llegó Astor, le dije: “Conocí a otra persona”. Yo creí no sólo que se moría, sino que me mataba. No me perdonó nunca. Y nunca más lo vi. Después él empezó a salir con la tercera viuda.

—¿La tercera viuda?
—La tercera mujer. Me odia. Porque yo fui el gran amor de Piazzolla. Él me odió durante años. Cuando le preguntaban por mí, decía: “El amor es ciego. Y sordo”. Pero vos no odiás durante veinte años a alguien a quien no amaste.

En 1990, en París, Piazzolla sufrió un ataque que lo dejó semiparalizado y, en 1992, falleció en Buenos Aires.

—Yo fui al velatorio. Fui hasta el cajón y le dije “Viste. ¿Para qué tanto odio?”.

En el libro Astor Piazzolla, a manera de memoria, de Natalio Gorin, el autor pregunta si la separación de Baltar fue conflictiva, y Piazzolla responde: “Sufrí mucho y me hizo daño (…) Los seis años que vivimos juntos fue como estar adentro de un volcán. Dios quiso que el final fuera así, violento, que se fuera de Italia (…) y nunca más se supo. Después me enteré de cosas peores. Gracias a dios, se rompió todo”.

—¿Tenés recuerdos lindos?

Se hace un silencio largo. Entrecierra los ojos.

—Era lindo meter cuatro cosas en un bolso e ir a visitar a su mamá a Mar del Plata. Era lindo ir a pescar con Mariano. Pero la vida linda pasa… y pasa. Te acordás de los momentos feos. Ahora ya soy grande, y está bien que el mundo se entere de cosas que yo pasé.

***

Después de su separación de Piazzolla, pasó cuatro años sin sacar un disco y su producción se volvió más espaciada: si en 1970 había grabado Amelita Baltar con Piazzolla y Ferrer; en 1971, La bicicleta blanca; en 1972, Piazzolla, Baltar, Ferrer; en 1973, Cantándole a mi tierra, recién en 1978 editó Nostalgias y pasaron casi diez años para Como nunca, un disco de 1989. Durante buena parte de todos esos años, su pareja de entonces, Ronnie Scally (que falleció en julio pasado), fue su manager.

—Pero no sabía hacerlo, y me hundió la carrera. Fueron épocas malísimas. Y encima yo tenía las cuerdas vocales destruidas, porque Astor me había hecho cantar en una tesitura más alta.

En 1982, cuando el hijo de ambos, Patricio, tenía un año, se separaron.

—Patricio tiene mala relación conmigo. Yo preparo algo de comer y lo dejo ahí y se lo lleva al cuarto. Si yo entro a su cuarto, se encierra con llave. Lloré mucho. Ahora me da mucha pena el tiempo que pierde ese chico de tener una relación así con la madre. Yo lo adoro.

Desde el recibidor llega el sonido del teléfono fijo.

—Debe ser él.

Se levanta, atiende.

—Hola.

Silencio.

—¿En mi billetera no está?

Silencio.

—Me están haciendo una nota. Bueno, ahí voy.

Cuelga el teléfono, se disculpa:

—Voy a bajar a buscar la tarjeta que necesita Patricio para tomar el colectivo.

Abre la puerta, cierra la puerta. El departamento queda otra vez solo, a merced.

***

Desde el lanzamiento de Como nunca luchó contra una voz mortificada, afónica. Recorrió médicos, fonoaudiólogos, alergistas. Al final, todo se arregló con un milagro cuando, en 1993, empezó a ir a la iglesia bautista. Volvió a cantar en vivo, editó dos discos en 1999, Leyendas y Referencias; Amelita de todos los tangos en 2001 y, doce años después, en 2013, El nuevo rumbo, que presentó en diversos shows. Pero eso, una vez más, es historia antigua.

***

La puerta del departamento se abre, y llega, agitada, desde la planta baja.

—Ya le mostré dónde estaba. No puedo más. Hace rato que no puedo ir a la iglesia, y la iglesia para mí es muy importante. Yo oré, y la voz empezó a mejorar. Fue un milagro, porque tengo las cuerdas vocales ensanchadas, por culpa de Astor, pero canto cada vez mejor.
—¿Seguís presentando el disco nuevo?
—No, porque el grupo me largó en septiembre de 2013. Sebastián, el productor, me vino a ver y me dijo: “Queremos seguir solos, estoy muy estresado por los llamados que me hacen porque vos no sos kirchnerista”. Así que estoy sola. ¿Querés que vayamos abajo?

Es el final de la tarde, y el departamento de la planta baja está oscuro. En el recibidor se amontonan las correas de los perros. En su habitación, la cama ocupa todo el espacio. En el comedor hay sofás cubiertos por telas, para que no los rompan los animales. El sitio donde duerme Patricio es un espacio triangular, separado de la sala por puertas de hierro repujado. Huele a cigarrillo y la luz de la tarde, mortecina, entra por una claraboya.

***

Es martes por la tarde, y ha dormido muy poco, a pesar de haber tomado medio Alplax y medio Valium.

—Desde que me desperté no puedo parar.

Sobre la mesa de la sala hay una caja con artículos y fotos: diarios de Argentina, Brasil, España, Francia, con títulos como “Le superbe tango d’Amelita Baltar”, “La passion Argentine”, “Amelita de todos os tangos”, “Una musa inspiradora”.

—¿Piazzolla te respetaba como artista?
—Yo creo que… él me amaba muchísimo, pero si no le hubiera gustado cómo yo cantaba, no me hubiera tenido en un escenario. La gente se moría cuando me escuchaba. El pudo llegar a ser el amor de mi vida. Pero no llegó a ser. Si no hubiera hecho eso, hubiera sido el amor de mi vida y yo tendría un hijo de 43 años. O una hija.

La puerta del departamento se abre y ella se sobresalta.

—Ay… eh… hola… eh…

Un hombre alto, de barba, entra cargando bolsas de supermercado y, sin saludar, se mete en la cocina.

—Hola, hola —dice ella, como si en vez de hola estuviera diciendo: “Quiero hacerte notar que no has saludado”.

El hombre dice algo que puede ser “hola” o “no me jodas”.

—Ella es… Leila. Está haciendo una nota para una… revista de… de… México.
—Hola —dice el hombre, y se va.
—Chau, chau —dice ella, con un temor que parece más bien una imitación del temor.

Después susurra, como si el hombre pudiera escucharla:

—Ése es Patricio. Tiene unos ojos así y una piel que es un angelito. Yo le pido al Señor: “Por favor, hacé como hiciste con Pablo”.
—¿Quién es Pablo?
—El apóstol Pablo, el único que no conoció a Jesús. Entregaba a los cristianos a los romanos para que los mataran, hasta que un día se desmayó y vino el Señor y le dijo: “Por qué me perseguís así”. Por eso le pido al Señor, que un día este chico se caiga en la calle y necesite ayuda y me diga qué pasa, mamá, te necesito. Vení, vamos a ver qué me trajo.

Sobre la mesada de la cocina hay tres bolsas de supermercado.

—Zapallitos, naranjas. A veces me dice: “¡Quién sos vos, quién sos!”. Y yo le digo “¡La que paga lo que comés, pedazo de pelotudo!”. Es como estar durmiendo con el enemigo. Pero mirá, me trajo naranjas. Me quiere.

Odilon de Oliveira, el juez más amenazado de Brasil, no tiene un solo rasguño pero guarda en su armario una carpeta llena de planes para matarlo. Es una carpeta negra del grueso de una guía telefónica a la que cada semana le agrega un nuevo recorte: emails anónimos, trozos de periódicos e informes de sus escoltas y de la policía que le advierten de posibles atentados. Ahí se encuentran todos los intentos para asesinarlo: cuando dispararon contra su casa y los hoteles donde se hospedó, las tentativas de envenenamiento, cuando estuvo en la mira de un francotirador, el día que un hombre entró al gimnasio donde corría para cortarle la garganta, o la vez que tuvo que rescatarlo un helicóptero. Administrar justicia es un oficio de alto riesgo. Giovanni Falcone, el juez italiano célebre por su lucha contra la Cosa Nostra, fue asesinado con su mujer y tres guardaespaldas en una explosión de media tonelada de dinamita que sacudió la carretera a Palermo. Paolo Borsellino, otro juez antimafia, acababa de almorzar en un restaurante con su familia cuando estalló a su lado un Fiat 126. Rocco Chinnici, jefe de ambos, también murió por la explosión de un coche bomba. Rodrigo Lara Bonilla, ministro de Justicia de Colombia, uno de los mayores enemigos del cártel de Medellín, fue baleado en su coche por un sicario en motocicleta. A Tulio Manuel Castro, un juez colombiano que llamó a juicio a Pablo Escobar por un asesinato, lo acribillaron cuando tomaba un taxi para ir al entierro de un tío. Robert Smith Vance murió al abrir un paquete bomba enviado por un hombre al que había condenado. Al magistrado español José María Lidón un miembro de ETA lo mató frente a su mujer y su hijo. La jueza hondureña Mireya Mendoza estrelló su coche contra un semáforo cuando dos criminales que investigaba le dispararon por la ventanilla. A Alexandre Martins, un juez brasileño que investigaba a un grupo de asesinos a sueldo, lo mataron al llegar al gimnasio el día que dio libre a su guardaespaldas. A Patricia Acioli, una jueza de Río de Janeiro que investigaba los nexos entre la policía y el crimen organizado, le dispararon más de veinte veces mientras intentaba abrir la puerta de su garaje. La Asociación de Magistrados de Brasil dice que al menos cuatrocientos jueces están o se sienten amenazados. Todos pertenecen a la rara estirpe de magistrados que están dispuestos a arriesgar la vida para hacer valer la ley. Los más buscados entre los criminales. Los que sacrifican su libertad. Los que siempre están bajo la mira de un asesino. El juez Odilon de Oliveira lleva chaleco antibalas cuando llega a las diez de la mañana con cinco guardaespaldas a su despacho de Campo Grande, una apacible ciudad de Matto Grosso do Sul, y se acomoda debajo de un crucifijo a trabajar. Por esta zona entra gran parte de la droga proveniente de Paraguay —el segundo productor mundial de marihuana— y Bolivia —el tercero de cocaína—. En Ponta Porá, a tres horas de Campo Grande, viven los grandes capos de la droga de la frontera brasileña. Ser juez penal aquí es uno de los más peligrosos trabajos de escritorio.

En Brasil los jueces más populares se enfrentan contra el poder gobernante. A Joaquim Barbosa, el primer juez negro de la Suprema Corte de Justicia, la gente lo detiene en la calle para agradecerle por acusar de corrupción a una treintena de ministros y funcionarios del partido del expresidente Lula da Silva, y la máscara más vendida del último carnaval de Río llevaba su rostro.

Fuera de Matto Grosso do Sul, un estado en el centrooeste del país, pocos han escuchado hablar del juez más amenazado de Brasil. Y no se venden máscaras festivas de él. Pero algunos de los hombres más peligrosos del país lo conocen de sobra. A Irineu Soligo, ‘Pingo’, uno de los traficantes más buscados del país, Odilon de Oliveira lo condenó por homicidio, tráfico de armas, drogas y formación de un grupo criminal. Nilton Cesar Antunes, ‘O Cezinha’, un jefe del Primer Comando Capital (PCC), ha intentado matar al juez dos veces después de que lo condenara a veintiocho años. Aldo Brandao, ‘Alvejado’, otro narcotraficante del PCC, preparó un plan para matarlo un Día de la Madre. El juez le había dado treinta años de prisión. La Policía Federal descubrió que ‘Alvejado’ había contratado a decenas de sicarios y a una avioneta para vigilarlo. En un solo año Odilon de Oliveira mandó a doscientos traficantes a la cárcel. Las condenas de todos juntos suman diez siglos de encierro.

Odilon de Oliveira tiene un nombre de pila que sugiere una altura mayor a su metro sesenta de estatura. A primera vista parece un tipo duro y desconfiado, excepto cuando mira su colección de amenazas y da la impresión de ser un niño miope y sesentón que se ajusta los lentes para leer un cómic de superhéroes. Sus admiradores le recuerdan cada cierto tiempo que es «el más valiente» por dirigir el único juzgado nacional que persigue delitos financieros y lavado de dinero en un estado del tamaño de Alemania. Ser odiado y amenazado, según él, significa que está haciendo bien su trabajo. Hay quienes coleccionan facturas, cartas o revistas. En un armario bajo llave frente al escritorio de su despacho, Odilon de Oliveira guarda junto a su toga, las fotos de sus padres y el chaleco antibalas, esa carpeta negra con recortes de periódico que anuncian que en la frontera con Paraguay y Bolivia ofrecen dos millones y medio de dólares por su cabeza. La frontera es una especie de Viejo Oeste, una zona árida, porosa y violenta, rodeada de autopistas clandestinas en las que aterrizan avionetas cargadas de droga. Casi no hay controles policiales. Los ajustes de cuentas son comunes en un paisaje de cuerpos decapitados, brazos cortados y hombres quemados vivos. Cuatro periodistas han muerto en menos de un año y medio. Cándido Figueredo, un periodista paraguayo especializado en narcotráfico, tiene la mitad de escoltas que el juez y su casa es un búnker. Los principales enemigos de Odilon de Oliveira —como el ‘Rey de la Frontera’, Fahd Yamil, o la familia Morel, que controlaba la droga que entraba desde Paraguay— viven en Ponta Porá. Odilon de Oliveira no sólo desarticuló en la frontera una parte del Comando Vermelho, el grupo que comandaba Fernandinho Beira Mar, el capo de la droga más famoso del Brasil: también encontró grabaciones en las que ese narcotraficante reía mientras ordenaba a su gente que cortara las orejas, los pies y los genitales a un joven que se había involucrado con una exnovia suya. En otras Beira Mar decía por teléfono a un mafioso: «El juez tiene el tiempo corto. No puedo esperar para matarlo». Como en todas partes, Odilon de Oliveira no puede estar solo allí, donde es más fácil morir que ser héroe. Cuando el juez viaja a esta zona, la Policía Federal interrumpe las comunicaciones, cierra las calles y no permite que nadie se acerque. Hace unos años dispararon al puesto militar en el que el juez de Oliveira dormía junto con cincuenta hombres armados. Dice con jactancia que él no se despertó.

[II]

Cuando tiene pesadillas, el juez Odilon de Oliveira siempre está solo. Unos días antes del Día del Trabajo de 2013 soñó que estaba sin seguridad en una ciudad muy pequeña y que unos hombres armados lo perseguían. Él se escondía en un camión de basura para evadirlos. Su aislamiento le ha permitido reflexionar sobre sus sueños. Aunque esté rodeado de personas, se ha acostumbrado a su soledad. Los justos también viven en cautiverio. Desde hace casi quince años, Odilon de Oliveira nunca puede estar solo. Hoy vive vigilado día y noche por nueve agentes federales que se dedican sólo a cuidarlo. Al menos cuatro de ellos están siempre a su lado. Su esposa, Maria Divina de Oliveira, una mujer más alta que él, de voz grave y que quiere bajar cinco kilos, recuerda la vez que estuvo sola en un concurso de baile esperando a que llegara su marido. Vestía un colorido traje típico sin escote y miraba hacia la puerta cuando supo que De Oliveira, por instrucción de sus guardaespaldas, jamás llegaría. La mujer del juez se quedó sin pareja. «Me he acostumbrado a hacer una vida sola», dijo cuando preparaba pan casero para un asado con su familia y los guardaespaldas de su esposo el feriado del uno de mayo. Durante la parrillada a la que me invitó en su casa, el juez apartó un par de sillas para hablar lejos de su familia. Lo rodeaban sus nietos, un bebé de dos meses y un niño de seis años que tocaba un acordeón. Tampoco sus hijos entran en ese mundo blindado. Su casa, una residencia con piscina y sótano donde habitan nueve personas, se ha convertido en una prisión en la que también duermen los responsables de mantenerlo vivo, que son unos extraños para él. El juez no sabe si tienen hijos o si alguien los espera en casa. Durante el asado, dos de sus guardaespaldas dejaron las armas sobre la mesa: bromeaban y bebían cerveza. A pesar de que el juez se olvida de sus nombres, forman parte de su rutina doméstica. Se turnan de dos en dos para dormir en el sótano de la casa. A la hora de comer, mientras todos se sentaban a la mesa a conversar de fútbol, el juez comía solo y de pie. Como un invitado en su propia casa. Claudia Bittencourt, quien desde hace veinte años es su secretaria, dice que en el juzgado su jefe también almuerza solo en la sala de audiencias junto a su despacho y que jamás visita el comedor. En su casa, durante la parrillada, su hijo y su cuñado reían a carcajadas cuando decían que el juez es hincha del Corinthians, el equipo que suelen seguir los miembros del Primer Comando Capital, la mayor banda criminal en la frontera. Después de comer, los hombres y las mujeres presentes tomaron café por separado. Odilon de Oliveira no entró en ninguno de los grupos. Se paseó por su biblioteca de tratados de derecho y novelas criminales, como GOMORRA, cuyos pasajes sobre lavado de dinero ha subrayado a lápiz. Durante algún tiempo Odilon de Oliveira escribió emails a Roberto Saviano para expresarle su admiración y contarle que él también vivía apresado. Jamás obtuvo respuesta. «Nunca ha sido de muchas palabras, pero desde que tiene seguridad cada vez se aísla más», me dijo su hijo mayor, el encargado de poner la carne en la parrilla, un abogado que vive en la misma casa con su mujer y sus dos hijos. Cuando el juez no está allí, su familia vive sin seguridad. «Los bandidos tienen ética. Nunca se meten con la familia —explica Odilon de Oliveira—. Las mujeres y los hijos son sagrados». El juez habla poco. Sus temas son siempre las drogas y los criminales. Cada vez que puede insiste en que no les teme. Antes de tener guardaespaldas y después de la muerte de su padre, el juez tenía miedo a los fantasmas. Temía que su espíritu se le apareciera por la noche.

Despertaba a su mujer si tenía sed o ganas de ir al baño. Estuvo tres años y medio en terapia, pero aún no le gusta hablar de eso. Sin embargo, Odilon de Oliveira insiste en haber enterrado sus miedos y quiere parecer invulnerable, aunque a veces su inconsciente lo traicione. En una de sus pesadillas, unos criminales lo matan a tiros y él ve cómo meten su cadáver en el féretro. Lleva un traje azul marino. Su familia no está. Nadie lo llora. Todo está muy oscuro. «En la vida real no me siento así —aclara con prisas—. Sólo en los sueños». El juez también está solo en los buenos sueños: a veces trepa un muro de su casa y escapa de sus escoltas.

Aunque sea onírica, la paranoia de Odilon de Oliveira tiene fundamentos. Desde afuera Brasil es visto como el país de la alegría, donde la gente baila samba, toma el sol en playas y juega al fútbol las veinticuatro horas. Pero en la lista de los países que no están en guerra, es el sétimo país más peligroso del mundo. Cada quince minutos una persona es asesinada en Brasil. Campo Grande, donde vive el juez De Oliveira, es una ciudad provinciana en la que sus habitantes toman tereré —especie de mate frío—, se divierten en los karaokes y sufren un calor extremo casi todo el año. En un país en el que se resuelve sólo uno de cada diez asesinatos, Odilon de Oliveira es el héroe de un estado remoto. Pero la mayoría de personas ignora a cuántos delincuentes ha metido a la cárcel ni por cuánto tiempo. Es un héroe porque lo ven rodeado de guardaespaldas. Es un héroe porque otros quieren matarlo y sigue vivo.

[III]

A Odilon de Oliveira la policía le prohibió ir a clases de baile, trotar al aire libre y visitar la peluquería. El juez contrató a un profesor de danza tradicional para seguir bailando en casa con su esposa. Pidió un manicurista a domicilio porque no soporta tener las uñas sucias. Y todos los días va al gimnasio, obsesionado con mantenerse fuerte. El Día del Trabajo de 2013 fue excepcional para el juez: era una de las dos veces al año en que le dan permiso de correr ‘al aire libre’, es decir, encerrado en una pista de doscientos metros de concreto en la sede de la Policía Federal de Campo Grande. Había nueve guardaespaldas armados que lo veían ejercitarse y paseaban a su alrededor. Esa mañana De Oliveira iba a correr con Joao Bittencourt, su mejor amigo, un hombre esquelético, funcionario del Ministerio del Trabajo y esposo de la secretaria del juez. El magistrado vestía una camiseta blanca sin mangas y unos pantalones cortos azules. Antes corría media maratón cada semana hasta que los responsables de su seguridad se lo prohibieron por temor a los francotiradores. Desde entonces Odilon de Oliveira hace pesas y corre en la cinta. Su fisioterapeuta le había advertido que no lo hiciera en superficies de concreto por una lesión que desde hace diez años tiene en la rodilla izquierda. Pero a Odilon de Oliveira no le importa. Apenas llegó a la sede de la Policía Federal se estiró un par de minutos, pidió a uno de sus guardaespaldas que le cronometrara el tiempo y empezó a correr. El juez lucía feliz y relajado. Pero, incluso cuando trotaba, no abandonaba su obsesión por el crimen: comentaba con su amigo de la producción de coca en el Perú y de cómo Sendero Luminoso se había entrometido en mover la droga. Después de cuarenta y cinco minutos, y de correr unos ocho kilómetros y medio, uno de sus guardaespaldas le hizo una señal al juez. Era el momento de detenerse. Decepcionado, De Oliveira abrió los brazos y resopló. Su alegría había durado treinta y siete vueltas.

Después de correr en la sede de la Policía Federal, Odilon de Oliveira se duchó y regresó a su casa rodeado de rifles. Como un condenado, los justos también pierden la libertad. Se olvidan para siempre de correr al aire libre o de ir al cine. Improvisar es casi imposible. La mafia ni perdona ni olvida. Los criminales pueden pasar años estudiando el momento clave para atacar. Para un enemigo de los mafiosos, cada día comienza y acaba entre choferes armados y desconocidos que conducen por ellos y miran con desconfianza por el espejo retrovisor. Tener una escolta es vivir bajo un reflector que te protege y a la vez te exhibe, y también produce sombras que casi nunca te dejan solo. El juez español Baltasar Garzón solía poner música a todo volumen para hablar con su mujer en privado y evitar que lo escucharan sus guardaespaldas. Roberto Saviano, el autor de Gomorra, no tiene domicilio fijo, viaja en autos distintos y vive con más de una decena de carabineros para evitar que la Camorra lo asesine. Jesús Blancornelas, director del semanario mexicano Zeta, vivió más de una década rodeado de militares hasta que un cáncer lo mató. En estos casos, la reclusión es un seguro para conservar la vida, aunque el encierro tampoco garantice sobrevivir. Todos los jueces asesinados eran prudentes, sabían que podían morir y se tomaban en serio su seguridad. Sólo hay dos formas de matar a un juez que vive detrás de vidrios blindados y con un grupo de hombres que protegen sus espaldas: con la espectacularidad de una escena cinematográfica o la ayuda de un traidor. Al juez italiano Giovanni Falcone lo mató una explosión que los sismógrafos registraron como un terremoto. Tampoco hay muchas formas de proteger a un juez. Para cuidar a los jueces amenazados, Brasil decidió que los casos de crimen organizado sean juzgados por tres magistrados en lugar de uno solo. México modificó los horarios de trabajo de los jueces en las zonas más peligrosas del país. Durante los años noventa, Colombia y el Perú crearon la figura de los ‘jueces sin rostro’. Viajaban en coches blindados, distorsionaban sus voces durante los juicios, y las audiencias sucedían bajo máximas condiciones de seguridad. En Honduras, al sentirse desprotegidos, los jueces amenazaron con renunciar a sus trabajos y convocaron a una huelga nacional. Al ver la suerte de otros jueces, Odilon de Oliveira ha tomado sus propias precauciones. El juez ha depositado su confianza en la carpeta que guarda junto a las fotografías de sus padres. Si se quedara sin protección y lo mataran, Odilon de Oliveira sabe que podrían inventarse cuentos de él. Cuando asesinaron a Patricia Acioli, la judicatura brasileña argumentó que ella no quería tener escoltas y que, en ese momento, ya no existían amenazas en contra de ella. La carpeta negra que guarda el juez pesa unos cuatro kilos. Esa colección de amenazas, anónimos y recortes de periódicos no es el capricho de un excéntrico. Es su seguro contra la difamación.

Pero el juez sabe que a veces el enemigo duerme en casa. Su escolta le da cierta tranquilidad porque la Policía Federal es la más respetada de los cuerpos de seguridad brasileños. «Los bandidos les tienen miedo», dice De Oliveira. Sin embargo a veces también hay que temer a algunos policías. Dos escoltas de la Policía Militar intentaron matar a Fabiola Mendez de Moura, una joven jueza de Pernambuco amenazada por investigar un caso de diecinueve policías que pertenecían a un grupo de exterminio, y su marido tuvo que convertirse en su guardaespaldas. Alexandre Martins, el juez más célebre de Espíritu Santo, fue asesinado por investigar a su propio jefe, quien liberaba a criminales de varias pandillas. Según el presidente de la Asociación de Magistrados de Brasil, hace quince años era impensable matar a un magistrado, pero el descontrol de las prisiones brasileñas —en las que hoy se podría encontrar la población entera de Washington D.C.— permitió que las bandas criminales se organizaran tras las rejas y planearan asesinar a los jueces que los habían condenado. Así mataron a la jueza Acioli y al juez Martins. Fue en las cárceles donde nacieron el Comando Vermelho y el Primer Comando Capital. El propio ministro de Justicia de Brasil dijo que preferiría morir antes de pasar varios años en un presidio brasileño. Odilon de Oliveira descubrió que el capo Fernandinho Beira Mar daba órdenes desde una prisión federal a las mafias en Río de Janeiro a través de cartas que escondía en bolígrafos y que su abogado entregaba a sus capitanes. Un setenta por ciento de los presos liberados vuelve al crimen. Muchos de ellos no pueden olvidar al juez que los condenó.

La admiración que Odilon de Oliveira provoca tiene algo que ver con el odio que inspira en otros. Según la lista de sospechosos de la Policía Federal, unas sesenta y siete personas podrían estar tramando su muerte en estos momentos. Cada vez que cierra un caso, el juez gana un enemigo. Entre los montones de expedientes que saturan su oficina, De Oliveira sólo recuerda algunos de los nombres de las personas cuyo destino decidió, pero sus sentenciados se acuerdan bien de él. Según el secretario de Seguridad Pública de Matto Grosso do Sul, Wantuir Jacini, uno tenía la foto del juez en su celda y todos los días juraba ante la imagen que lo mataría. En el derecho anglosajón, los jueces son electos por los ciudadanos, y los veredictos están a cargo de un jurado que decide por unanimidad. Pero, en América Latina, el futuro de una persona está en manos de un solo hombre. Odilon de Oliveira ha desarticulado batallones de grandes organizaciones criminales y les ha pegado donde más les duele. Ha confiscado a las mafias avionetas, coches, ganado y dinero suficientes para financiar el estadio Mané Garrincha de Brasilia, el más costoso del país. En uno de los emails anónimos que le mandan, el remitente le advierte que faltan sólo seis años para que se jubile. Será en febrero de 2019, cuando cumpla setenta años y, por ley, tenga que retirarse de su puesto en el juzgado y pierda sus guardaespaldas. «Ese día —advierte el anónimo— los hijos de aquellos que cometieron un error semejante a robar una gallina y fueron sentenciados por ese loco desgraciado encontrarán una buena oportunidad de venganza». El juez recuerda sus casos por los números, como el de catorce traficantes y siete avionetas en el que ha trabajado en los últimos meses. Casi nunca se queda con los nombres de los delincuentes. Sus condenados, sin embargo, nunca olvidarán el nombre de Odilon de Oliveira. El juez no da detalles a su familia de las amenazas que le siguen llegando. No les cuenta cada vez que tiene que salir en un helicóptero o si recibe una llamada que le pregunta de qué color quiere su féretro. Insiste en que no tiene miedo de morir, pero en su escritorio hay unos papelitos de colores con citas bíblicas que le regaló su hija —una jueza civil en Sao Paulo que se dedica sobre todo a casos de divorcio— y que él utiliza como separadores de las páginas de los expedientes: «¡Líbrame, oh, Jehová, del hombre malo!». «¡Líbrame de gente impía y del hombre engañoso e inicuo!». «Si el justo con dificultad se salva, ¿dónde aparecerán el impío y el pecador?». Odilon de Oliveira reza mientras sentencia.

Si la Justicia es una mujer que sostiene una espada y una balanza con los ojos vendados, el trabajo de un juez es abrir bien los ojos para dar a cada uno lo que le corresponde. Pero si en algún lugar se encuentra la rara especie de los jueces justos, estos se convierten en héroes con sólo cumplir su trabajo. Los jueces, además de castigar a los criminales, trabajan contra la incredulidad de los ciudadanos. El prejuicio sobre los agentes de la justicia —jueces, procuradores, fiscales— es que son corruptos, cobardes o débiles, incapaces de hacer cumplir la ley. Un alto magistrado dio a Rocco Chinnici, el jefe de Falcone y uno de los primeros en investigar a la mafia siciliana, el siguiente consejo: «Sepúltalo bajo montañas de juicios insignificantes. Al menos nos dejará en paz». Chinnici ignoró el consejo y se convirtió en un juez idolatrado. En las librerías italianas se encuentran cientos de libros sobre Falcone. Cada año Palermo recuerda su muerte y la de su colega Paolo Borsellino, con un cartel en la plaza central: «No los han matado: sus ideas caminan sobre nuestras piernas». Baltasar Garzón se convirtió en un fenómeno mediático en todo el mundo por investigar los crímenes del franquismo y los de las dictaduras chilena y argentina. Eugenio Raúl Zaffaroni, ministro de la Suprema Corte de Justicia argentina, recibió cientos de condecoraciones por estudiar los crímenes masivos de los regímenes militares.

Odilon de Oliveira tiene un club de admiradores en Campo Grande, gente que lo llama ‘doctor’, aunque nunca hizo un doctorado y le dejan en su oficina figuras religiosas para que lo protejan. Si alguien quiere un certificado de su valentía, sólo tiene que mirar la pared tapizada de diplomas en los que la Presidencia, la ONU y el Papa lo acreditan. Odilon de Oliveira es especialista en peces gordos. No le interesan las mulas de drogas ni el resto de peones del narcotráfico. Si se cruza con ellos, pide penas mínimas siempre y cuando no tengan antecedentes y comprueben que no viven del crimen organizado. Él busca a los capos, a la gente detrás del dinero, a los empresarios y políticos enredados con el narcotráfico. Cuando llegan al Tercer Juzgado Federal de Campo Grande, especializado en delitos financieros y lavado de dinero, les impone la pena más alta, que es de quince años. Por eso es parte de un grupo de jueces a los que se les llama de linha dura, famosos por condenar con severidad a las mafias organizadas. Cinco de ellos han muerto por eso. Si Odilon de Oliveira muriera, no habría un solo juez en el centrooeste que pudiera reemplazarlo.

[IV]

Casi nunca el juez es el protagonista de una película. Los abogados y los fiscales saben cuál es su posición respecto a la ley y la justicia: a favor o en contra del acusado. En Testigo de cargo, el héroe es un abogado defensor que salva a un hombre culpable porque confía en que es inocente. En Matar a un ruiseñor, un abogado defiende a un afroamericano y prueba que todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario. En Justicia para todos, Al Pacino tiene que enfrentarse a un juez que además es culpable de haber violado a una joven. Las películas muestran la poca fe que hay en la justicia. En la pantalla grande, nadie quiere golpear con un martillo de madera sobre la mesa. Odilon de Oliveira está sentado entre dos conceptos que repite siempre: ‘lo justo’ y ‘lo legal’. Los abogados aprenden que la justicia es aplicar la ley, pero él cree que no siempre es justo hacerlo. Admite que a veces se ha saltado procesos burocráticos para atrapar a un capo. Por eso es el favorito de algunos policías de Matto Grosso do Sul. En ocasiones el juez firma órdenes de captura después de atrapar al malo. Son trucos que no llegan a lo ilegal, pero que le permiten avanzar en las investigaciones. La Orden de Abogados de Brasil lo acusó de grabar sin permiso conversaciones entre abogados y presos en las cárceles. Aunque nunca se comprobó, hay quienes dicen que con ellas atrapó a criminales que ahora planean su muerte desde la prisión. Lo justo y lo legal suponen un dilema moral que le es imposible resolver. Entonces surgen preguntas que intenta responder a su manera. ¿Cómo combatir el narcotráfico si el que roba un bolígrafo cumple la misma condena que el dueño de un camión lleno de cocaína? ¿Cómo hacer justicia si sólo tienes quince días para pinchar los teléfonos de una organización criminal? ¿Cómo proteger a los testigos si el sistema está lleno de delatores? Y concluye: «Puede haber aplicación de la ley, pero no hay justicia». «Aquí la ley no protege ni al juez». A ratos Odilon de Oliveira admite la derrota: «Como juez quiero hacer justicia, pero la ley que tenemos aquí en Brasil no da para eso». Tal vez por eso el juez pase su tiempo libre viendo documentales o leyendo sobre jueces de otros países que admira, como Falcone o Garzón. Pero su mayor héroe es Lampiao, una especie de Robin Hood brasileño, un bandido que a principios del siglo XX robaba a los hacendados y daba dinero a los pobres. Lampiao fue un ídolo nordestino, pero también un criminal temido en todo el país por ser un asesino cruel que torturaba sin piedad a sus enemigos. Lo admira por su sentido de justicia y porque no le importaba romper la ley para luchar por sus ideales, aunque si hubiera vivido en la misma época, Odilon de Oliveira dice que habría condenado a su héroe.

Odilon de Oliveira sabe qué sucederá cuando se muera. Hace unos años, durante el Encuentro Internacional de Magistrados en Victoria, el juez se convirtió en fantasma. Cuando se rendía homenaje a jueces como Alexandre Martins y Antonio José Machado Días, asesinado a tiros en Sao Paulo, se oyó por los altavoces: «Homenajeamos la memoria del juez Odilon de Oliveira». El juez subió al escenario a recoger su diploma. El público quedó atónito: el muerto estaba vivo. Por error se daba por hecho que el juez más amenazado del país ya había sido asesinado. «Ese día—recuerda De Oliveira— me di cuenta de que mi trabajo ha servido de algo». Cuando lo vieron subir al estrado, no le quisieron dar el premio. Era un diploma y una escultura de una mano que sujeta un mazo de juez y un mundo con una lágrima. Peleó para que meses después se los entregaran. Ahora la conserva en una vitrina de su casa.

El día de 2019 que se retire, Odilon de Oliveira se quedará solo. «El día que me jubile, duraré máximo seis meses». Conservará las imágenes religiosas que le han regalado para que lo protejan y esa gran carpeta negra que guarda en su armario. Sólo su esposa y su secretaria tendrán copias de esos archivos que enumeran todos los intentos de atentados contra él y que recopilan cada advertencia, como la vez que la mujer de un mafioso le avisó que su marido planeaba asesinarlo. La carpeta es su única garantía para demostrar que Odilon de Oliveira luchó por la justicia y para que, si llega el día en que lo maten, su muerte no quede impune. El juez está preparado por si le toca enfrentarse contra el sistema después de muerto. Cierra su carpeta con cuidado. En la tapa se alcanza a ver una leyenda: En caso de muerte, no entregar a la Policía Federal.

La estación de trenes de Frankfurt queda justo frente al hotel donde se hospeda Hebe Uhart. Ella y un grupo de escritores, una reducida pero notable delegación argentina, están en la ciudad para la Feria. Hebe tiene preparadas todas sus conferencias para las mesas del stand nacional, prolijamente impresas. Pero no se queda todo el día en la feria: es caminadora y curiosa; quiere conocer. Pasa bastante tiempo en la estación porque le gusta el mercado con sus puestos turcos, el amabilísimo señor de la cervecería que trata de hacerse entender, el restorán al paso de comida china. Es un pequeño mundo y a Hebe Uhart le gustan los pequeños mundos, con sus rituales y lenguajes, aunque aquí todos hablan alemán y no entender nada la desespera un poco.

Una noche, antes de volver al hotel, después de una cena bastante copiosa, Hebe Uhart y los escritores que la acompañan se detienen a mirar a un chico, de unos veinte años, que claramente vive en la calle, duerme en la estación, y tiene como mascota un hurón, ese animal de hocico puntiagudo y ojos tiernos, doméstico pero levemente salvaje.

Hebe se para frente al animal, le apunta con el dedo.

—¡Cuis!— dice, en voz alta.

El chico, la mira: parece desconcertado.

—¡Cuis!— repite ella, bien claro, como si eso facilitara la comunicación. —¿Es un cuis sí o no?

La decepciona un poco comprobar que no, que no es un cuis. Se queda un rato jugando con el animalito y tratando de hablar con su dueño. Tiene un poco de nostalgia, parece. Horas después, bien temprano por la mañana, conseguirá que un taxista la lleve al zoológico. No podrá convencer a ninguno de los escritores para que la acompañen. Pero Hebe Uhart no se ofende ni se resiente por cosas así. La visita a la jaula de los monos, dice cuando vuelve al hotel, al mediodía, estuvo buenísima.

En su último libro, “Un día cualquiera” cuenta sobre los monos que le gusta ver. En el cuento “Hola, chicos” se lee: “En el zoo de Buenos Aires hay una jaula con papiones. El cartel indica: ‘Papión sagrado de la India’. He ido a visitarlos tres veces; iría una cuarta. Siempre que voy me detengo antes frente del mono araña marimoña, que es el mejor equilibrista que he visto”. Pasar una tarde con Hebe Uhart es así: está llena de charlas sobre monos y novios; conversaciones largas, de pequeñas aventuras, de literatura involuntaria.

***

Hebe Uhart ve y escucha atentamente y registra, registra sin parar, se le nota en la mirada inquisidora de sus ojos pequeños y oscuros. Elvio Gandolfo, escritor y crítico, amigo, que la conoce y admira desde hace más de cuarenta años, escribió: “Hebe Uhart se encuentra entre aquellos escritores donde un modo de mirar produce un modo de decir, un estilo: Eudora Welty, Felisberto Hernández, Mario Levrero, Juan José Millás, Rodolfo Fogwill o Clarice Lispector”. Fogwill dijo alguna vez que Hebe era la mejor escritora de la Argentina.
Ella, ya lejos de Frankfurt, en su departamento de Almagro, sirve el lemoncello que le regaló una alumna de su taller de narrativa, abre la ventana que da a un balcón con plantas preciosas, azaleas, santa ritas, y dice:

—Bah.

Y después:

—Cuando uno escribe, si es bueno, le termina llegando el reconocimiento. Mirá que voy a ser la mejor escritora de la Argentina, ¿qué quiere decir eso? Nada.

No hay falsa modestia. Incluso la incomoda ese reconocimiento que llegó todo junto, especialmente después de la publicación de sus “Relatos reunidos” (2010). Y quiere cambiar de tema, rápido. Hablar, por ejemplo, de otro viaje, el que hizo a Bolivia cuando era “muy jovencita”. “Lo hice hace cincuenta años. Fui de turismo. Primero a La Paz y después a Perú, en tren. Fui con dos amigas, una era un personaje tipo princesa en su camarote. Se parecía a Jeanne Moreau. Después fuimos a Perú. Yo tengo primos peruanos. Los hermanos de mi abuela emigraron a Lima y mi abuela emigró acá. Tengo un primo peruano de mi misma edad que me llevó por Lima y he vuelto como cuatro veces”.

A Hebe le gusta viajar, le gustó siempre. Ese placer es obvio en sus dos libros de crónicas de viaje, “Viajera crónica” (2011) y “Visto y oído” (2012). La Patagonia, Ecuador, Córdoba, Roque Pérez, pueblos de la provincia de Buenos Aires con pasajes así: “Para variar, le pedí que me hablara de las costumbres de los animales. Me dijo: el caballo es mejor guardián que el perro, yo tenía uno que con el hocico me abría la tranquera, al caballo hay que saber palenquearlo. Uno ve a un caballo de frente y es un cristiano”, escribe. No tiene sueños de viajes a lugares grandiosos: no piensa en la China ni en la India.

—No entendería nada, sería como un asalto a los sentidos. ¿Cómo hago yo para absorber todo eso? Tampoco me gusta la naturaleza plena, no me gusta el glaciar ni las ballenas. A mí me gustan los pueblos chicos, porque son abarcables, porque se los camina y se los conoce.

Y porque, claro, en los lugares más chicos la gente está dispuesta a saciar la voraz curiosidad de la escritora: ella pregunta, quiere saber; charlar con ella es ser entrevistado. Sabe cuándo detenerse y tiene calculados los límites del pudor. Ella es pudorosa aunque, dice, todos sus cuentos son en alguna medida autobiográficos y los de “Un día cualquiera”, aún más. “En la peluquería” relata sus horas en la peluquería de Medrano y Rivadavia, a la que va seguido.

Mientras se hace los pies, habla con María. Hebe nunca se pinta las uñas, no le interesa, no tiene tiempo. Desde hace unos años, está particularmente intrigada con los animales.

—Es muy curiosa —dice María, sentada en uno de los cuartitos de depilación de la peluquería—. De chica yo vivía en Corrientes, éramos muchos hermanos y teníamos animales: monos, avestruces, loros, perros, gatos. Hebe pregunta mucho por el mono. Quiere saber cómo la convivencia con el mono.
—¿Y vos qué le decís?
—Que el mono es muy inteligente, quizá más que nosotros.
María le recomendó varias veces un viaje a los esteros del Iberá: ahí podría ver de cerca a los animales. Hebe lo viene planeando hace rato, aunque no sabe bien cuándo, porque en el verano hace demasiado calor.

Escribe Hebe: “Cuando está María, la correntina, prefiero ir con ella; inmediatamente se acuerda de todos los animales que tenía su papá en el campo de Corrientes, el tatú, la yegüita alimentada a biberón y el pájaro carpintero. Y ese cubículo frío y blanco, mezquino, se llena inmediatamente de animalitos del campo y el bosque”.

Alertado por María, Maximiliano, el dueño, buscó el texto en internet. “Yo no soy mucho de leer, pero me gustó. Alguien te cuenta que fue a la peluquería y decís “qué aburrido”, pero ella no, lo hace entretenido, te enganchás”, dice Maximiliano detrás de uno de los mostradores de Caprice: en el cuento el nombre de la peluquería es el mismo.

Ese relato son sus peripecias y lucecitas diarias pero también, como siempre, la novela familiar: Moreno, la familia inmigrante y el ascenso social; su tía loca que tiraba baldes de agua a las paredes y humedecía la casa para siempre, protagonista de decenas de cuentos; su experiencia como docente en colegios rurales, los vecinos, los viajes a Buenos Aires a comprar ropa. Su mundo, cartografiado en detalle, hasta que no queda un recoveco de la memoria que no haya sido aireado y de ese rincón sale la frase rescatada, elegida, ese asombro, el humor oblicuo, una forma de escribir que mezcla el estupor con la filosofía, la atención y el tesoro: como si lo más normal fuera rarísimo. Uno de sus cuentos más famosos, “El budín esponjoso”, de 1977, empieza: “Yo quería hacer un budín esponjoso. No quería hacer galletitas porque les falta la tercera dimensión. Uno come galletitas y parece que les faltara alguna cosa: por eso se comen sin parar”. Después de leer esto, ya no se puede comer galletitas de la misma manera, sin pensar en esa tercera dimensión ausente. Elvio Gandolfo escribía en su prólogo para “Camilo asciende”, (de 1987): “Lo que la convierte a la vez en un ejemplo muy poco frecuente de penetración filosófica o antropológica y en portadora de un humor opresivo, desopilante, es que se incluye a sí misma en esa mirada, a través de sus distintos alter ego cuando hablan en primera persona”. Etnógrafa vocacional, la llamó Graciela Speranza. Una de las mejores dialoguistas desde Puig. La mejor cronista de viajes de los últimos cuarenta años, según Gandolfo.

Cuando escucha los elogios, ella mira fijo.

—Qué se yo —dice. Y se va a servir café.

Pía Bouzas es escritora, docente y, después de ir tres años al taller de Uhart, se hicieron amigas. Se visitan, se leen. Pero es una amistad extraña. “Hay mucha diferencia de edad y ella es reservada: no somos pares. Me alegra tenerla cerca porque es una mujer muy sabia”. Pía tiene poco más de cuarenta años. Cuando se conocieron, en los ’90, Hebe atravesaba lo que Pía define como “un momento editorial complicado”. Estaba por publicar, pero las fechas se dilataban, y el libro no salía y eso, cree Pía, la angustiaba. “Creo que a ella la afectaba. Si bien no tiene narcisismo, creo que quería reconocimiento. No es una anacoreta. Sufría bastante la falta de lectores. Pero cuando el reconocimiento le llegó, la encontró parada en un lugar que no tiene nada de vedette. Cuando dice que creerse muy escritor hace mal a la función de escritor, realmente lo piensa”.

En el taller, leían a Chejov, Erskine Caldwell, cronistas brasileños, Saki, Daniel Moyano, Clarice Lispector. Nada sistemática, ninguna línea clásica, nunca Cortázar ni Borges ni Rulfo ni García Márquez. Pía llegó al taller a través de una amiga: había estudiado Letras.

—Fue muy cómico —cuenta—. Quería aprender lo efectivo y a Hebe no le interesa eso en lo más mínimo. Al principio yo estaba entre fascinada y enojada. Decía ¿cómo no me señala el conficto entre los personajes? Solamente hacía intervenciones muy particulares.
—¿Y por qué te quedaste?
— Porque es una gran maestra. Le interesa que cuentes algo que sea tuyo. Trata de ayudarte a que descubras tu mundo, a encontrar lo más singular y propio que tengas.

A Hebe no le interesan las traducciones: para ella no existen, quién sabe lo que pasa en otro país.

Y de las presentaciones de los libros, Hebe prefiere ir a comer con sus amigos. No le importa la posteridad. “Yo vivo hoy”, dice siempre. Tampoco le llaman la atención los grupos. “Recuerdo un cuento donde ella relata que es directora de una escuela durante el Proceso, pero no se habla del Proceso. Sin embargo, hay una tristeza muy profunda en el personaje; la anécdota, en contraste, es mínima. No tiene nada que ver con los grandes discursos y la tradición literaria de los 70. Me cuesta encontrarle una tradición. Salvo los autores que ella menciona, Mansilla, o Fray Mocho, muy atrás”.

***

Hebe Uhart vino a Buenos Aires a estudiar Filosofía desde Moreno. Se mudó cuando tenía unos 25 o 26 años. Empezó la universidad en la calle Viamonte y siguió en la sede de Independencia pero la terminó en Rosario, provincia de Santa Fe. Se le hizo muy difícil ese último año, rendir las equivalencias, estar lejos de las cátedras que ya conocía. ¿Por qué lo hizo?

Sacude la cabeza –el pelo corto, bien teñido, muy cómodo– y enciende otro cigarrillo.

—Me fui escapada por un amor. Me enamoré de un hombre casado y mis amigos me dijeron ‘andate’. La verdad: me fui por boluda. Mi mamá me descubrió esas cartas que escriben las jóvenes para sí mismas, que dicen ‘no puede ser, no puede ser’. Una chica de ahora no se va. Sufre una semana y listo. Me fui un año. Cuando volvía acá, vomitaba. También una mentalidad pasiva mía. Andá a saber.

Hay otros novios en la vida de Hebe Uhart. Lo poco que cuenta –a los novios no los incluye casi en ningún cuento: son esa parte de su vida que no expone ni comparte– habla de relaciones intensas. Elvio Gandolfo la conoce desde los años ’60 y es uno de sus más tempranos entusiastas: supo ver desde el principio esa mirada extraña de Hebe, su diferencia radical. Y se acuerda de un “camionero grandote”, aunque no está totalmente seguro porque, con Hebe, a veces le cuesta distinguir entre ficción y realidad. Dice, en un bar cerca de su casa, en Palermo, los anteojos gruesos y hablar precipitado de lector voraz: “El tipo se borró con el camión y ella se lo fue a buscar a Entre Ríos. Andaba por los campos, golpeando las tranqueras a ver si había pasado por ahí”. Se acuerda también de que el camionero comía con el torso descubierto. “Era pintón, como de ‘Rápido y furioso’”. Pero, dice Gandolfo, no sabe si Hebe tuvo una pareja importante, un gran amor. Pía asegura que hubo un hombre de Tandil muy importante hace más de veinte años. “Es reservada y sobre todo en la vida amorosa o de su familia. Hay zonas sobre las que no quiere entrar y no escribe sobre eso tampoco, no le gusta transitarlas: creo que son lugares de dolor. Una vez me contó que se había vuelto encontrar con el de Tandil veinte años después, tomaron una cerveza. Y le dijo al hombre: ‘La cerveza ya no nos hace lo que nos hacía antes’. Después me lo negó. ‘Yo no digo esas cosas’”.

Hay un novio del que Hebe sí habla, y mucho. Ignacio, el poeta borracho. Fue, dice, mucho más importante que el casado de Rosario.

—Con ese me hice la película, muy fuerte, pero la verdad es que estuve dos veces nada más con él. Con Ignacio no fue una película. Fue muy real.

Y no sólo por Ignacio, sino por lo que Ignacio significó. En ese momento, la casa de Hebe en Moreno era toda desdicha. Su hermano había muerto a los 27 años, en un accidente (de esta muerte joven, cercana, nunca escribe). Su primo, también de 27, aviador, murió en esos años. Y su prima, muy joven, de un problema cardíaco. Su tía loca estaba viviendo en la casa.

—Yo era invisible. Y me fui con Ignacio. Me rajé. Ibamos por ahí, por los cafés. Él chupaba. Las mujeres jóvenes todas creen que los regeneran a los borrachos. Que si una hace bien todo, él va a cambiar. Yo hice todo, lo llevé a un psquiatra, le compré vitaminas y él las tiró a la mierda. Cuando la otra persona no quiere, no quiere. Cuando estaba sobrio era muy bueno, me quería.

Ignacio era buen poeta, dice Hebe pero era “incoherente”: no podía publicar y apenas escribir.

—¿Qué sentías con él?
—Me sentía útil. En mi casa, con toda esa desgracia que había, nadie me miraba ni me podía mirar. Mi mamá, muy eficiente, hacía todo, yo quedaba de lado. Y mi papá murió por esa época. Con Ignacio yo me sentía eficiente. Él no hacía nada y me miraba como si fuera una sabia. Decía que no podía ir a trabajar porque no tenía pantalones. Entonces mi mamá le compró un traje con dos pantalones. Los borrachos son como los perros, pelean al lado de los tachos de basura. Entonces el traje se le rompió todo. Yo iba a la sastrería a ver si se lo podían reparar y él esperaba en el café de la esquina para ver mis gestiones. Los empleados de tienda antes eran muy decentes, de muy buena presencia, y miraban el pantalón y decían “cómo se pudo haber hecho eso”.
El romance duró unos cuatro años. Hacia el final, ya no podía llevarlo a reuniones porque Ignacio se ponía malo, agresivo. Sufría, hablaba de poesía toda la noche y no comía. La iba a buscar a su trabajo –una biblioteca en ese momento– totalmente borracho. Pero la salvó.
—Me sacó de una cosa hecatómbica. Mi casa era una locura.

***

A Hebe le importa publicar y agradece a quien quiera editarla. Le gustan los sellos “caseros”, como los llama. No se fija en las tapas y si hay que cambiarle el título, se lo cambia. Todo lo que rodea al libro no le importa mucho.

Las editoriales de sus libros son todas pequeñas e independientes: Menhir (Rosario), Goyanarte, Fabril, Cuarto Mundo, CEAL, Torres Agüero, Pluma Alta, Bajo la luna, Simurg. Recién en 2003 publicó en Adriana Hidalgo y un año después en Interzona. Luego, sí, en Bajo la luna, una editorial independiente pero de mayor visibilidad. Y, ahora, ya famosa, Alfaguara.

En 1972 publicó por editorial Fabril “La gente de la casa rosa”, con prólogo de Haroldo Conti. Pero si en esa época su literatura era tan secreta y periférica, ¿cómo consiguió el prólogo de Haroldo Conti? ¿Eran amigos? No, amigos no.

—Era amigo de amigos míos. Y me hizo hacer de prejurado para un concurso de cuentos del Cordobazo, en los 70. Después me hizo un prólogo divino, pero antes me hizo laburar. Eran 700 cuentos. Por eso no quiero ser más jurado: es mucho trabajo y mucha responsabilidad. Encima todos los cuentos del mismo tema. Yo no sé por qué cayó, creo que por su amistad con Paco Urondo. ¿Qué podría haber hecho él? Guardar armas en su casa, esas cosas que se hacían.
—¿Y Fogwill, que decía que sos la mejor, era tu amigo?
—No, tampoco. Fogwill era amigo de Elvio Gandolfo, que sí es mi amigo. No tengo muchos amigos escritores. Además, de Fogwill no se podía ser amigo, te hacía quedar mal. Una vez lo invité a una presentación cuando tenía el nene chiquito, de brazos. “Contá cuándo ibas con Ignacio por ahí”, gritaba. Me hinchaba las pelotas. Yo cuento lo que quiero contar. Pero “Los Pichiciegos” qué lindo que es. La gente de los talleres no lo quiere leer, sin embargo. No quieren leer de Malvinas casi nunca así que ya no lo doy.

Hace cinco años, el Viejo Hotel Ostende armó un encuentro de escritores: pasaron varios días ahí, en la playa, fuera de temporada, filmados por Mariano Llinás. Estaban Hebe Uhart y Fogwill. “¡La mejor escritora argentina!” dijo Fogwill ni bien la vio y Hebe le retrucó “dejate de joder”. Y eso fue más o menos todo. La incomodaba, decía, que la llamara así adelante de los demás. Cuando hablaban, solos y por los rincones, se podía intuir cierta complicidad. Pero Hebe prefería estar con los invitados más jóvenes: contarles sobre Ignacio el novio borracho, dar consejos a las chicas sobre sus dramas sentimentales y tomar notas en una visita a un pueblo cercano, donde la directora de un museo local decía, en la visita guiada, “acá los indios eran totalmente mansos”.

Hebe, maravillada, anotaba. Estas son las piedras preciosas que ella encuentra y atesora. Las conversaciones sobre cómo matar una vizcacha. Una mujer que dice “este caballo es de cuarta”. Su tía que hablaba con la televisión y decía “qué limpita esta chica” cada vez que veía una propaganda de shampoo donde la modelo se bañaba. De vuelta en el hotel, Hebe le daba algunas pitadas a un porro –poco, para probar– y después pasaba largos ratos mostrando su valija colorida, muy cómoda y útil para viajar, y preguntando sobre la historia del Viejo Hotel, que alguna vez estuvo bajo la arena y fue inspiración de Silvina Ocampo y Bioy Casares. Pero si fumó fue alentada por el espíritu de estudiantina del evento. Ella, sólo tabaco. Ni siquiera fumaba en los intensos años ’60. Cuenta: “Recuerdo haber probado alguno que otro cigarro de marihuana, pero no me producía gran efecto. Y nada más. Drogas duras tampoco. Muy pocos tomaban drogas duras”.

***

Una vez separada de Ignacio empezó a cambiar. Pasaron dos cosas al mismo tiempo: comenzó a leer literatura política y después eligió ser vicedirectora de una escuela rural. Ese puesto, esa experiencia, la hizo salir de la burbuja. —Entre Ignacio y los amigos de la calle Corrientes el mundo resultaba limitadísimo —dice.

La escuela quedaba en el barrio Los Cuatro Vientos de Moreno. “Elegí ir ahí para ayudar al proceso de liberación nacional. Iba ebria de ideales”. Tomaba el colectivo hasta Once, ahí el tren y después caminaba diez cuadras. Les llevaba material de lectura a los chicos, pero también les llevaba medias. La escuela tenía sólo primaria, y era en el campo. Casitas bajas, los años 70. Ahí, dice, aprendió “cosas de la vida”.

—Después me di cuenta de que una persona sola no puede ayudar, que necesita un equipo. Me desilusioné. Pero me hizo salir, antes no le daba pelota a nadie. Era bastante antojadiza y veleidosa, creía que podía hacer cosas que no podía. Tenía arranques de hacer cosas extraordinarias. Maduré yendo a la escuela de campo. A mí nunca jamás nadie me había pedido nada. Mi sueldo era para mí, para comprar boludeces. Entonces me di cuenta de que había tenido muchos pajaritos en la cabeza, de irme, de buscar una beca, de viajar a París. Me di cuenta de que había otras personas que hacían sacrificios, que aportaban a la casa. Que venían a dedo porque resultaba caro ir en micro. Me dio vergüenza de lo que yo pensaba, de que estuviera tan autocentrada. Ahí tomé color. Hay gente que no toma color ni a los 40. Gente que sigue reclamando y echando la culpa a los padres.

Se acuerda de los signos del terror durante sus años de docente en la década del ’70. “Pero no tenía idea, ni a nadie cerca que haya sido secuestrado”. Cuando llegaba a la estación de Moreno había policías con perros y en las comisarías estaban las metralletas apuntando. En la escuela, no había que hablar con una chica, porque su novio era teniente del ejército. Y Lela, que sigue siendo su amiga, otra maestra, se salvó por un pelo. “Mi amiga estuvo en una toma de una fábrica pero sobre todo ella tenía un novio a quien buscaban: a ella la querían para que diera información. Todo Moreno estaba bajo la base aérea de José C Paz. Ella ya era en ese momento una figura conocida en el pueblo porque trabajaba como maestra. Entonces la citaron de la base, y por la confianza de ser de Moreno ella fue sola, sin ningún recaudo. La interrogaron, le preguntaron por el novio que estaba en una organización armada. Sabían todo de ella. A todo ese grupo no los mataron, pero les fijaron destino en un colegio donde el ejército entraba y vigilaba”.

—Entonces sí sabía lo que pasaba.
—Pero no tenía la global completa, la idea. Sabía, pero una cosa es saber, tener la información, y otra cosa es saber con toda el alma. A mí se me cayeron todas las fichas mucho después, me entró lo que pasó cuando lo escuché a Scilingo por televisión. Cuando contó lo de los aviones (en el año 1995). Eso. Antes tenía la información. Pero con Scilingo caí de la atrocidad.
—¿Con quién trabajabas en Moreno?
—Cuando fui a la escuela entré de costado a los movimientos tercermundistas. En toda la zona de Moreno a Luján trabajaban los tercermundistas, hacíamos teatro en La Reja. Había una monja irlandesa que hablaba, la pobre, como si se le entendiera. Y otra argentina que estaba con la Teología de la Liberación. Pero no era un grupo de armas, era un grupo cristiano. Como el padre Pepe, que se salvó por un pelo. Yo compraba El descamisado pero por modalidad propia hubiera preferido otra línea de penetración que no fuera militarizada. Había una discusión interna, sobre si la forma de penetración debía ser lenta o militarizada. Pero bueno.
—¿Nunca escribiste sobre esto?
—Quise. También quise escribir sobre las veces que fuimos a ver a Perón en los 70, pero no estoy conforme. No me gusta lo que escribí.
—¿Lo viste a Perón?
—No, no llegamos. Fue la primera vez que volvió, durante el gobierno de Lanusse. Fuimos en micros de Moreno, estaban los caminos cortados bordeando Rivadavia y entramos por un camino de tierra a Lobos. No se permitía a la gente que llegaba acercarse, pero tratábamos, íbamos dos del bracete con un muchacho flaquito y nos corrían a gases. Y como el viaje era tan largo desde Moreno, cuando llegamos, unos se metieron en los chalets de Ezeiza y vieron llegar a Peron por televisión. La multitud era interesante vista en sus particularidades porque había todo tipo de personas y actitudes: Un hombre decía que él se quedaria ahí tranquilo en uno de esos chalecitos de Ezeiza, otro decía no sé qué cosa y la dueña de un micro dijo que si hacía eso ella quemaba los micros y no teníamos cómo volver.

Después de Moreno, dando clase en la secundaria, tuvo una experiencia muy ingrata en el Nacional Buenos Aires. El celador era de la policía de Morón. A los chicos no los dejaban ir al baño durante la clase. “Yo le tenía terror a ese colegio. Es la caja de resonancia de todos los procesos políticos que hay en el país y en la dictadura era terrorífico”. Ella necesitaba trabajar y la hija de uno de sus primos le contó que en el Nacional había una suplencia de latín y se fue, con pantalón y blusa. Le dijeron que debía usar pollera. El rector tenía bigotes estilo manubrio y la entrevista, dice Hebe, fue un interrogatorio. “Sepa usted señorita que acá no discriminamos a ningún judío, a ningún italiano”, le dijo. “Era inadmisible, yo nunca más trabajé incómoda”. Si iba a tomar un café al buffet se desesperaba si se le corría la media. “Cuando se murió el rector la mitad de los profesores festejaron con champagne. En los actos los chicos estaban en un silencio helado. Ese colegio es difícil, yo no le guardo cariño. Esa sala de profesores, tan fría. Tiene lindos cuadros, pero es todo tan sombrío. Yo prefiero un colegio ventilado, aireado, más chiquito.”

***

Organiza asados en su casa: mejor dicho, en la terraza del edificio donde tiene su departamento. Tiene distintos grupos de invitados. Los alumnos del taller con los que tiene más afinidad, amigos escritores como Gandolfo, Irene Gruss, Eduardo Muslip, Pía Bouzas o los “trasandinos” Alejandra Costamagna, Alejandro Zambra y Diego Zúñiga. También a veces se reúne con sus compañeros de cátedra: durante veinte años enseñó filosofía en la Universidad de Lomas de Zamora, daba clases un día por semana de 9 a 12, de 12 a 17 y de 9 a 22. Al principio no había combis y tomaba el colectivo en Liniers, dos horas sobre el 188 hasta el sur. Se hizo amiga de varios profesores. “En las cátedras o es gente muy buena o es nido de sierpes.”. En la UBA, trabajó en la cátedra de Filosofía con Tomás Abraham que escribió sobre ella: “Hebe tiene una mirada rara. Toca y se va. No le gusta que se le impongan. Es un ser libre, inaprensible. Sus palabras se miden con una vara pequeña. Le gustan las frases cortas y odia discutir. Prefiere intervenir con interrogantes”.

Está jubilada hace siete años. Los que van dicen que los asados son muy divertidos. Eso sí, las ensaladas son siempre las mismas. Ahora consiguió que encienda el fuego el portero.

El portero en cuestión se llama Norberto: hace el fuego, pone la carne y se va. Le gusta hacerle el favor. Siempre le dice: “Hebe, tenemos que hacer un asado porque la parrilla se oxida”. Norberto trabaja hace poco más de tres años como encargado del edificio de Almagro. Adora a Hebe. “Más que buena: buenísima es”. Cuenta, Uhart es una de las pocas personas que da propina aparte de las expensas. Suele hacerle comida: platos árabes, por ejemplo, que Norberto nunca había probado. Él no sabía que era una escritora “famosa”. Se fue enterando al ver llegar periodistas con cámaras y también por la cantidad de alumnos que van a los talleres lunes y sábados: muchos se van después de las ocho de la noche. Chicas grandes, dice, hasta un señor de más de 70 años.

Cuando se va de viaje, Hebe siempre le avisa a Norberto. El hombre parece muy contento por esa confianza, aunque como todos los que la conocen a veces tiene que responder a sus preguntas.

Un día, por ejemplo, Norberto salía del edificio para ir a la Fiscalía que está en Beruti y Coronel Díaz. Lo habían citado como testigo en relación a un departamento vacío del edificio. Se la cruzó a Hebe, que venía con bolsas del lavadero. Él le contó a dónde iba. Ella le preguntó: “¿Tenés miedo?”.

“Es muy sociable”, cuenta Pía Bouzas. “Y le encanta viajar sola. Tiene que ver con algo vital: la sociabilidad y los viajes la mantienen muy viva y muy activa. Tiene mucha energía aunque es una mujer grande; tiene una enorme libertad. No le interesa que la aprueben. Se toma libertades enomes para las formas, en la vida y en los cuentos”. Es pudorosa, también, con una forma extraña de pudor, porque escribe en primera persona, porque es charlatana, y sin embargo hay algo secreto en ella, algo duro. Algunas de sus amistades son largas y, de alguna manera, tácitas, sin la necesidad del contacto diario. Así es la que tiene con la actriz y maestra de teatro Martha Rodriguez, por ejemplo. Se conocieron hace cuarenta años, cuando Laura Yusem montó la obra de Hebe sobre los borrachos. Eran vecinas, de Almagro. Pasaron años de conexión intermitente hasta que, en 2009, Martha quiso escribir, con Yusem una dramaturgia sobre dos de sus cuentos más famosos, “Guiando la hiedra” y “Querida mamá”, ambos de 1997. Graciela Speranza escribió, para el prólogo de Relatos reunidos, que todo el arte narrativo de Hebe Uhart se resumen en “Guiando la hiedra”. “Podría leerse como suma poética o hilo invisible que guía los relatos. ‘Aquí estoy acomodando las plantas’ se dice en el comienzo, como una advertencia, un desafío, una declaración de principios. La mirada apenas se aparta de las macetas con plantas del jardín, pero la vida entera parece desvelarse en ese aleph discreto, doméstico y barrial”.

Cuando Martha y Laura le preguntaron a Hebe si podían adaptar sus textos, ella les dijo:

—Hagan lo que quieran.

Después fue a algunos ensayos. Desde 2009, la obra se reestrena periódicamente, y le va siempre bien. Cada vez que Martha la llama para avisarle de un nuevo reestreno –lo acaba de hacer, hace días– Hebe dice lo mismo:

—Che, ¿otra vez? ¿Y por qué? ¿Quién lo pidió? ¿No es mucho?

A su taller van famosos: ella los llama así riéndose, pero no da nombres, salvo el de Diego Frenkel, cantante de La Portuaria que “duró varios meses”. La llaman para charlas y conferencias y aperturas de festivales, recibe premios, la invitan a talleres en el interior del país. Gandolfo está orgulloso

—Por suerte se consagró antes de morir. Con Fogwill pasaba lo mismo: en un círculo se decía que era buenísimo, circulaba, pero le dieron bola de verdad hace unos diez años. Antes era un escritor de escritores. De Hebe se decía que era muy buena pero entre la gente que lee literatura. Ahora, si tenés que poner a un escritor nacional, ponés a a Hebe Uhart. Para ella es una suerte.

¿Qué pasó para que la mirada azorada de esta mujer brillante y discreta se haya vuelto central? Pía Bouzas tiene una teoría: “Yo creo que, además de su trabajo y perseverancia, le llegaron los lectores. Los escritores más jóvenes empezaron a mirar más parecido a ella, el detalle, lo que no es central, ni que va por la ruta del escritor programático. Encontró un camino por fuera de la tradición masculina argentina, que no es sólo por escritores hombres sino una manera de tratar el lenguaje. Eso están en consonancia con la búsqueda de lo escritores más jóvenes. Ella toca grandes temas, la inmigración, la familia, lo argentino, pero lo aligera”,

En su departamento de Almagro –el barrio de la más media de las clases medias, dice– busca libros de cronistas brasileños para regalar, porque ella ya “no va a leerlos”. Sirve café en tacitas pequeñas. Menciona de pasada un gato hermoso que tuvo, que se murió y la dejó muy triste: no quiere más gatos. Un alumno la llama por teléfono para avisarle que no viene: en este momento tiene tres turnos, y aproximadamente unos 15 talleristas, aunque el número fluctúa. Muchos se van, también. Es que a Hebe hay cierta tendencia de la literatura contemporánea que la tiene molesta y cuando la encuentra en sus talleres, la señala, la corta. “Acá en Argentina no falta ni talento ni inteligencia”, dice, con cuidado. “Pero me parece que los escritores están mal colocados. Mal encarados. Se colocan de manera muy egocéntrica o narcisista. ¿Sí o no? Hay muchos jóvenes que escriben bien pero los embalurda que son egocéntricos. Es esa actitud medio arltiana muy altanera; Arlt, en sus “Aguafuertes cariocas”, se enoja porque en Río se van a dormir a las 10 de la noche. ¿Y por qué le molesta? ¿Por qué es una vida de mierda esa? Muy autocentrado. Hay una alharaca de lo que no te gusta, por ejemplo. Como si estuvieran mirando solamente para adentro y mal, no da resultado. No importa tanto lo que piensa uno. Es un internismo brutal: también escriben para los pares. Escriben pensando en los amigos, en los conocidos, en los profesores. A lo mejor estoy prejuzgando y a lo mejor no conozco todo bien, pero noto que se escribe internamente”.

—¿Y eso cómo se soluciona?
—Ah, eso es difícil porque es cultural. Pero se debe solucionar levantando la cabeza y mirando alrededor. ¿Sí o no?

El manantial masacrado

Publicado: 11 octubre 2014 en Diego Enrique Osorno
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Durante diez días, entre el domingo 26 de enero y el miércoles 5 de febrero de 2014, casi un centenar de funcionarios públicos de Coahuila dejaron sus escritorios y realizaron un inusual trabajo de campo para investigar qué pasó con decenas de personas desaparecidas en esta región del noreste de México.

El ambicioso operativo oficial incluyó inspecciones forenses a medio centenar de casas, negocios, cárceles, ranchos y predios abandonados así como interrogatorios a ex alcaldes, ex regidores y ex secretarios de once pueblos y ciudades cercanos a la frontera con Estados Unidos.

Sin embargo, la cruzada gubernamental terminó en medio de confusión y reclamos de un sector de la prensa interesada en el tema, y dudas sobre su eficacia por parte de las organizaciones locales que representan a familiares de desaparecidos.

Aunque participaron policías estatales, federales, soldados y marinos, la operación estuvo a cargo de una dependencia del gobierno de Coahuila creada en 2012, cuyo largo nombre resume la tragedia que ha padecido este estado que encabeza la lista de denuncias de desapariciones forzadas en el país: la Subprocuraduría para la Investigación y Búsqueda de Personas No Localizadas, Atención a Víctimas, Ofendidos y Testigos de Coahuila. En esta historia la llamaremos la Subprocuraduría, a secas.

Uno de los lugares en los que se centró el operativo fue Allende, municipio ubicado en la región de Los Cinco Manantiales, conocida así por los enormes nacimientos de agua en medio de su llanura. En marzo de 2011, este pueblo de 20 mil habitantes padeció una masacre que apenas ahora es investigada por las autoridades. Comandos de Los Zetas saquearon y destruyeron medio centenar de edificaciones, al tiempo que secuestraron, según se calcula, a 300 personas durante aquella primavera.

Todo esto sucedió en silencio y bajo encubrimiento oficial.

EN CAMINO

Colombia está a 257 kilómetros de Monterrey. Colombia es el nombre que otorgó el gobierno de Carlos Salinas de Gortari a una comunidad creada en 1992, para devolverle a Nuevo León un pequeño trozo de la frontera de México con Texas, cuya mayor extensión comparten Tamaulipas y Coahuila. Al llegar a Colombia, Nuevo León, hay que tomar La Ribereña, una carretera angosta que recorre la orilla del Río Bravo desde el lado mexicano. Al este quedan Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros; al oeste están Guerrero, Piedras Negras y Ciudad Acuña.

Lo primero que hay al oeste de Colombia —aunque suene raro porque aquí no hay mar— es un Puesto Naval de Seguridad. Decenas de casas de campaña apostadas a la orilla de la Ribereña fueron colocadas por la Marina Armada, que reforzó su presencia desde 2012. Infantes marinos nacidos en Tabasco, Campeche, Veracruz y otros estados tropicales acampan o hacen guardia en trincheras colocadas en medio del monte. Otros revisan a los escasos transeúntes de este camino en el que se han reportado decenas de enfrentamientos entre convoys del narco y de las fuerzas oficiales entre 2010 y 2013, aunque son todavía más los combates que no han trascendido públicamente. Lo que sigue después del Puesto Naval es más monte vapuleado por el sol que aún en invierno azota las yucas y los huizaches de la vegetación. De vez en cuando aparecen letreros anunciando la entrada a ranchos como La Dueña, San Isidro, Los Apaches, La Burra, Arroyo Seco y Don Óscar. También hay construcciones en ruinas de organismos públicos o privados con las paredes agujereadas por balas. Si la Ribereña es ocasionalmente un campo de batalla, los ranchos aledaños pueden ser zonas de abastecimiento, entrenamiento, trasiego o panteones clandestinos. Pareciera que muy pocas veces son ranchos comunes de siembra y cría de ganado.

Durante el operativo especial, la Subprocuraduría encontró cuatro tambos industriales y varias prendas de ropa carcomidas por la intemperie en un predio a la orilla de la Ribereña, a la altura del municipio de Guerrero. Estas barricas son improvisadas como hornos crematorios por la mafia de la región para desaparecer los cuerpos de sus víctimas. A los soldados les gusta usar metáforas gastronómicas en su narrativa. Si en Sarajevo se hablaba de las “carnicerías” orquestadas por Radovan Karadžić, a estas rudimentarias incineraciones Los Zetas las nombraron “cocinas”.

Unas cuantas casas de Guerrero son la única población asentada a la orilla de la Ribereña, entre Colombia y Piedras Negras. Por lo demás, nadie habita junto a este camino que por momentos parece un territorio de Marte. Los únicos humanos que se dejan ver de vez en cuando son unos tipos vestidos con trajes anaranjados que trabajan para Geokinetics, la compañía que explora la cantidad de gas esquisto (Shale) existente. Este hidrocarburo que aquí abunda oculto en las piedras y que hasta ahora no es explotado comercialmente puede generar electricidad. A partir de 2010, el gas esquisto ha tenido un auge, sobre todo en Estados Unidos, donde los especialistas lo llaman “el gas de moda” o “el gas del futuro”. Para poder explotarlo se necesitan dos cosas: permiso del gobierno mexicano y mucha agua. Con la reciente reforma energética, los permisos ya vienen en camino; en cuanto al agua, en la región de Los Cinco Manantiales, el agua es tan abundante como el miedo.

Mientras los hombres de anaranjado miran pacientemente este suelo en busca de piedras que permitirán un negocio energético en millones de dólares, los empleados de la Subprocuraduría también miran hacia la tierra, pero en busca de restos humanos que den sosiego a una región perturbada por la guerra del narco.

Tras recorrer 144 solitarios kilómetros de la Ribereña desde Colombia, Nuevo León, llegamos a Piedras Negras, Coahuila.

PIEDRAS NEGRAS

En Piedras Negras hablamos con algunas personas que atestiguaron el operativo especial. Algunos lo consideraban un show, mientras que otros lo calificaron como un esfuerzo notable pero tardío. Salvo excepciones, la desazón es la nota predominante. Todavía no parece haber suficiente ánimo para pensar que ya pasó lo peor. Coahuila está devastada: la cloaca apenas está abriéndose. Basta ver los periódicos locales del día, cuya noticia principal es: “Javier Villarreal, preso por narco”. Villarreal era el tesorero del anterior gobierno estatal, encabezado por Humberto Moreira, quien está ahora exiliado en España, mientras que su antiguo colaborador se entregó a la agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA) y colabora ahora en una investigación sobre lavado de dinero que amenaza con exhibir una vez más la narcopolítica mexicana.

Lo que sí reconocían los críticos del operativo especial dirigido por el subprocurador Juan José Yáñez Arreola era el empleo de un equipo geolocalizador de alta tecnología y además la existencia de un laboratorio móvil para ir procesando la información que conseguían los investigadores. Leobardo Ramos, uno de los médicos que dirigió la inspección forense, es respetado en Piedras Negras. A cada lugar al que fueron, el especialista y su equipo hacían su trabajo, mientras que la Marina sitiaba los pueblos, el Ejército vigilaba las entradas y salidas, y la policía federal y estatal buscaban a los funcionarios y ex funcionarios públicos para tomar sus declaraciones. El inconveniente es que los sucesos indagados ocurrieron hace tres años, en el mejor de los casos, y pocos de los entrevistados tienen fe en que las pruebas periciales sean contundentes.

Uno de los lugares de Piedras Negras que la Subprocuraduría revisó fue el Centro de Readaptación Social, famoso a nivel nacional por la fuga de 129 reos a finales de 2012. De acuerdo con algunos testimonios, en el interior de esta prisión fueron creadas algunas “cocinas” por parte de Los Zetas. Algunos agentes especulan que el uso de este método de exterminio se incrementó a partir de 2010, tras el hallazgo de 72 migrantes fusilados y abandonados en un galpón de San Fernando, Tamaulipas, así como de la excavación de decenas de restos en otras fosas clandestinas que pusieron a la región bajo escrutinio internacional. De tal forma que para evitar el escándalo derivado de estos hallazgos, los grupos criminales decidieron aumentar el uso de tambos de diesel para no dejar rastro alguno de sus masacres.

El empresario Mauricio Fernández Garza, cuando aún era alcalde de San Pedro, Nuevo León, fue uno de los primeros personajes de la política en hablar sobre lo que estaba pasando. En una entrevista hecha a finales de 2011 lo relató así:

“Yo me entero de eventos, por alcaldes, por amigos míos ganaderos, por gentes que dicen: ‘Pues llegaron y entraron con helicópteros y mataron a todos’. Y eso no sale en ningún medio de comunicación. De esos casos conozco muchísimos: en la frontera, viniendo de la frontera, en Tamaulipas… Amigos míos a los que les ha tocado en sus propiedades, intervenciones importantes del Ejército. Vaya, yo te diría: no las estoy cuestionando, lo único que te digo es que no hay información sobre ellas. Yo creo que lo que sale público es lo inevitable. Por muchísimas cosas que yo me entero, también en Nuevo León han matado a una barbaridad de gente. No sé si será cierto o no, pero un alcalde me decía: ‘Oye, nos pidieron de no sé dónde, un bulldozer para enterrar cadáveres de un operativo del gobierno federal’. Será cierto o no será cierto, yo no estoy cuestionando, simplemente estoy comentando cosas que me toca escuchar. O en un rancho de un amigo que, igual: entraron con helicópteros y básicamente mataron a todo mundo. No dejaron ni cadáveres ni casquillos. Si hay operativos que se están haciendo —lo cual creo que sí se están haciendo— pero mucho de lo que pasa, no sale. Además de que dentro del propio crimen organizado hay cantidad de víctimas, entre pleitos de ellos mismos, que los meten y disuelven en ácido, o entierran, o desaparecen, o cualquier cosa. De esos tampoco te enteras. Entonces, si tú me dijeras: son 50 mil los muertos oficiales, pues yo creo que fácilmente estamos hablando de un cuarto de millón de muertos, digo, por decirte. Yo creo que sería como un cinco a uno, entre lo del crimen organizado que no te enteras y entre lo del gobierno que no te enteras. Aunque no tengo ningún elemento para decirte por qué, simplemente por las cifras que conozco: que matan a 30, que matan a 40, según me cuentan los alcaldes (de Nuevo León), aquí yendo a la frontera. En China, o General Bravo, no me acuerdo cuál, el alcalde me dijo: ‘Ni vayas a Estados Unidos, hubo 30 muertos este fin de semana, hubo 20 muertos el otro fin de semana’, y en los medios de comunicación de aquí en Nuevo León, no salió. Y si son 50 y ni uno más, o son un cuarto de millón, que es más mi estimado, es lo mismo. No es por muertos que vamos a arreglar al país”.

Otros alcaldes de la región también me contaron situaciones parecidas, pero pidieron no dar a conocer sus testimonios hasta que hayan fallecido o existan tiempos más seguros en la zona, algo que todavía ven muy lejano. Como dice Fernández Garza, estas masacres no salían en los medios de comunicación, pero esto no se debía a que los periodistas locales ignoraran lo que ocurría. Tenían alguna idea de lo que estaba pasando pero iniciar una investigación periodística, o peor aún, darla a conocer, implicaban destierro o entierro seguro para los involucrados. Repasamos con un colega de Piedras Negras las diversas formas en que la mafia había amenazado a compañeros de la zona para que no informaran sobre lo que estaba sucediendo. Una lista larga y deprimente que no tendrá cabida en esta crónica.

Aunque todas las recomendaciones indicaban que no lo hiciéramos, después del mediodía salimos de Piedras Negras acompañados por dos camionetas blindadas del Grupo de Armas y Tácticas Especiales. Los GATE son una polémica corporación de élite creada por el nuevo gobernador de Coahuila, Rubén Moreira, y por un grupo de empresarios locales. Se trata de agentes sin rostro ni identidad que tienen el prestigio de actuar con la misma dureza que los grupos ilegales a los que combaten. Los GATE nos acompañarían hasta tres ranchos que fueron tomados por Los Zetas en 2011 para retener y desaparecer a decenas de personas. Quedaban a las afueras del casco principal de Allende, Coahuila. Era un viaje de tan sólo 60 kilómetros adornado por unos nogales hermosos.

EL PUEBLO DEL MANANTIAL

A Allende, Coahuila, le dicen hoy en día Springfield porque la administración municipal que inició el 1 de enero de 2014 pintó de amarillo la presidencia y los principales edificios públicos como el kiosco de la plaza y la Casa de la Cultura. La traducción de Springfield al español sería “campo primaveral” o “campo de manantiales”. Reynaldo Tapia, el alcalde del pueblo, dice que no le gustan Los Simpsons y que tampoco es del PRD, cuyo color oficial es el amarillo. Tapia es dueño de más de veinte casas de empeño y milita en el PRI. Dice que pintaron de amarillo el pueblo porque “el amarillo es el color de la fuerza”.

Amarillo es también el color habitual de traxcavos como los que usaron Los Zetas para derrumbar mansiones del casco principal. El viernes 18 de marzo de 2011, alrededor de 50 camionetas pickup tripuladas por soldados del narco irrumpieron en Allende. De acuerdo con testimonios brindados a la Subprocuraduría, los hombres armados tenían enlistados los domicilios de las casas, negocios y ranchos que iban a saquear y destruir e incluso —mediante un documento— avisaron de eso al alcalde de ese entonces, Sergio Lozano Rodríguez, del PAN. Una de las residencias devastadas está justo frente a la presidencia municipal y frente a la casa particular del político está otra de las construcciones atacadas. Su administración no hizo nada mientras ocurrió la masacre.

Los comandos llegaban a los domicilios y detenían a todas las personas que se encontraban ahí. Se llevaban también los objetos de mayor valor, como dinero en efectivo y joyas. Luego dejaban que los vecinos y demás habitantes del pueblo rapiñaran lo que había quedado. Había gente que se llevaba desde macetas hasta refrigeradores. Uno de los casos más recordados es el de un labriego que se llevó una elegante sala negra de piel que tuvo que poner bajo un mezquite porque su tejabán era demasiado pequeño para meterla.

Una vez acabado el saqueo colectivo, Los Zetas demolían las casas. En algunos casos utilizaban granadas y en otras llegaban directo con mazos y máquinas de construcción. El ataque duró varios días y la policía municipal participó tanto en el ataque como en el pillaje. “También vi gente elegante dirigiendo las máquinas”, recuerda uno de los habitantes entrevistados. Al cabo de una semana, los restos de las casas destruidas en el centro de Allende se amontonaban por doquier. Bloques de cemento gris y vigas de acero dobladas y negras por el fuego aún pueden observarse luego de casi tres años.

En ninguna de las casas destruidas hubo resistencia a balazos y nadie recuerda haber presenciado una ejecución.

—La realidad es que nada más se oyeron las granadas y unas explosiones, pero nunca se vio un cadáver ni se oyó un balazo. Todos los que se llevaron estaban vivos y después ya no se supo nada de ellos, hasta el día de hoy— me explica un entrevistado, cuyo testimonio también fue tomado por la Subprocuraduría.
—¿A quién puedo buscar para que me cuente de sus familiares desaparecidos?
—A cualquiera que le preguntes de aquí te va a decir que tiene un familiar o amigo desaparecido desde aquel entonces. Este es un pueblo chiquillo.
—¿Cuántas personas fueron desaparecidas?
—Se habla de 300, pero yo creo que son más. Era un caos. Aquí la gente ya no se quiere acordar de lo que pasó…
—¿Por qué tanta saña?
—Todo por culpa de dos personas: Luis Garza y Héctor Moreno, que se robaron un dinero de Los Zetas… Lo peor es que los dos están ahora muy tranquilos en Estados Unidos como testigos protegidos.

José Luis Garza Gaytán forma parte de la familia Garza que hace un centenario llegó de Lampazos, Nuevo León a radicar en Allende, Coahuila. Los Garza no eran una familia rica, pero vivían bien gracias a la buena cantidad de tierra que poseían y trabajaban. A la altura del kilómetro nueve de una carretera comunitaria entre Allende y el pueblo de Villa Unión está la entrada de sus propiedades principales. A esos ranchos de Los Garza fueron llevadas las personas detenidas en el pueblo en aquel mes de marzo de 2011. Por su parte, Héctor Moreno Villanueva, pertenece a una familia que hizo mucho dinero con una fábrica de hielo y luego con una pequeña línea de transporte regional.

Por lo menos desde 2008, Garza Gaytán y Moreno Villanueva empezaron a trabajar con Los Zetas. En 2011 ambos habían escalado tanto que alcanzaron niveles importantes en el tráfico de cocaína a Estados Unidos a través de Eagle Pass, la ciudad norteamericana colindante con Piedras Negras. Pero a principios de marzo de 2011, ambos rompieron con la banda.

Y el 18 de ese mismo mes, en venganza, sus antiguos socios tomaron el pueblo del que ambos eran oriundos para destruir todas sus propiedades y levantar a familiares, amigos y hasta trabajadores. Decenas de personas apellidadas Garza, Gaytán, Moreno y Villanueva fueron llevadas al rancho que está en el kilómetro nueve de la carretera entre Allende y Villa Unión. También fueron llevados veladores, cocineros, sirvientas, albañiles y cuidadores de gallos que laboraban para sus familias. Estos ranchos de los Garza, de acuerdo con la investigación de la Subprocuraduría, fueron convertidos en un campo de exterminio donde Los Zetas mataron a los retenidos y después los incineraron clandestinamente en tambos de diesel.

Cualquiera que tuviera estos apellidos estaba en riesgo. Incluso la agente del Ministerio Público local, Blanca Garza —que no es familiar de José Luis Garza—, se tuvo que ir por una temporada. Unos cuantos familiares de Garza Gaytán y Moreno Villanueva lograron escapar y viven ahora en Estados Unidos. Año y medio después, uno de ellos, Sergio Garza, decidió volver a Allende. Abrió una tienda de ropa. Dos semanas después fue ejecutado junto con su hijo.

Desde marzo de 2011 hasta este febrero de 2014, el pueblo ha convivido con las ruinas de las casi 40 mansiones. Unos jovencitos vieron en la tragedia una oportunidad de negocios y empezaron a dar “El tour de las casas destruidas”, explicando a los forasteros lo que había sucedido. Los muchachos aparecieron un día con un tiro en la cabeza. La máquina de la muerte no ha dejado de trabajar.

—Pero, ¿por qué pasó esto?, ¿cómo se permitió una cosa así?— pregunto a uno de los pobladores.
—Si esa gente se propone matar a todos los habitantes, no pasa nada. Así de desprotegido estaba el pueblo.

La Subprocuraduría comenzó un censo de la devastación. El conteo oficial de las casas atacadas en el casco de Allende, hasta principios de febrero de 2014 —sin incluir ranchos y casas a la redonda— es de 29 propiedades. En algunos casos, las personas que aparecen como propietarios son supuestos prestanombres de la familia Garza Gaytán o de la familia Moreno Villanueva.

LA MASACRE

Dejamos el casco de Allende para tomar una carretera vecinal rumbo a Villa Unión. A la altura del kilómetro nueve nos desviamos por una brecha. Desde ese momento estábamos en tierras de la familia Garza. Unos kilómetros adelante encontramos la primera construcción, propiedad de Luis Garza Garza: una casa de cinco cuartos color crema y verde semiderruida. Adentro una luz polvorienta encima de piedras, vidrios rotos y hierba creciendo entre papelería regada a nombre de la familia Garza Garza. En el porche una piscina terrosa que lucía extravagante y triste en medio de la solitaria llanura. Antes de ser arrasado, éste era el hogar de siete adultos y tres niños que desaparecieron. Atrás de la construcción de la casa quedan los restos de una bodega en la que hasta los altos techos de lámina fueron robados.

El siguiente rancho del trayecto es el de Jesús Garza Garza. La casa donde vivía el vaquero tiene las paredes principales con unos hoyos como ventanales. Sólo la mitad de un granero contiguo queda levantado. Uno de los GATEs inspecciona el sitio y dice que parece que fue volado con un misil.

—¿Un rocket?— pregunto.
—Sí, aquí nos han lanzado hasta misiles. Pero ni así han podido con nosotros.
—¿Fue un enfrentamiento?
—No. Nos hicieron una emboscada ahí por la entrada de Allende, por donde pasamos hace rato.

Seguimos caminando. El GATE lleva su uniforme de camuflaje desértico, junto a su AR-15 y su chaleco antibalas. De repente se encuclilla para mirar de cerca unas cenizas. “Yo creo que aquí los cocinaban”, dice, señalando una esquina del granero. “Por eso luego incendiaron todo, para que ni siquiera quedaran rastros de la sangre ni nada”.

Sin embargo, el rancho que tiene en la mira la Subprocuraduría es el tercero, el cual era propiedad de Rodolfo Garza Garza. Mientras nos acercamos al lugar, el persistente sonido de los cables de alta tensión de unas torres que parecen estar levantadas en medio de la nada genera una mayor incertidumbre. A unos 30 metros de distancia de la construcción principal aparecen unas montañas de botes vacíos de aceite diesel de 20 litros y decenas de llantas, que son usadas para facilitar la combustión. Este es el material que suelen emplear los criminales para desaparecer a sus víctimas.

En 2013, un soldado zeta contó al corresponsal de guerra, Jon Lee Anderson, la forma en que funcionan estos lugares:

“JLA: ¡Vaya! Esto del diesel no lo llegué a entender del todo. ¿Se le prende fuego, o el diesel es corrosivo y va acabando con el cuerpo?

Z: Sí. Te echan adentro del tambo, agarras un bote y con una yoga de veinte litros te van bañando. Así le van echando dentro del tonel y ya de pedazo en pedazo te van desapareciendo. Dura como una media hora todo para que ya no quede nada de ti.

JLA: Te disuelves…

Z: Todo. Te van echando diesel y ahí se va acabando la flama. Cuando ves que se está apagando la flama, le echas otro botecito y ahí te vas… Cuando yo estuve la primera vez en eso duré como un mes sin comer pollo ni carne porque huele igual, casi lo mismo, que cuando pasas por un restaurante o un lugar donde venden pollo asado. Me di cuenta que el pollo asado huele como una persona normal”.

OCHOCIENTOS KILOS DE COCAÍNA

Aunque Juan Alberto Cedillo, corresponsal de la revista Proceso en la zona, había escuchado el rumor de que una ruptura al interior de Los Zetas era la razón por la que Allende había sido arrasado en la primavera de 2011, no fue sino hasta abril de 2013 que confirmó con detalle lo sucedido. El día 18 de ese mes viajó a Austin, Texas, para presenciar el juicio a varios miembros de Los Zetas. Mario Alfonso Cuéllar, quien había sido uno de los principales operadores de la banda en la zona, declaró en la corte texana que Miguel Ángel Treviño, líder conocido como el Z-40 había ordenado su muerte porque creía que estaba pasando información a la DEA sobre el tráfico de cocaína por Piedras Negras. En realidad, quienes lo estaban haciendo eran Héctor Moreno Villanueva y José Luis Garza Gaytán, dos de sus testaferros, quienes se acogieron al programa de testigos protegidos. Tanto Moreno Villanueva como Garza Gaytán ayudaban a Cuéllar a traficar entre 500 y 800 kilos de cocaína mensuales con destino al mercado de Estados Unidos —el país más cocainómano del mundo— a través de Eagle Pass, Texas. El precio de un kilo en esta zona fluctúa alrededor de los veinte mil dólares, por lo que la ganancia estimada era de 16 millones de dólares, de los cuales diez millones se iban a pagos de proveedores colombianos, gastos de transportación y sobornos de autoridades de diversos países, principalmente mexicanas. La ganancia neta de la organización era de seis millones de dólares al mes sólo en este punto fronterizo.

En marzo de 2011, Cuéllar, Moreno y Garza dejaron a Los Zetas sin ese ingreso y probablemente también durante los meses siguientes. Todo esto justo en uno de los momentos más álgidos de la guerra librada por la banda de la última letra contra el Cártel del Golfo por el control mafioso de las ciudades fronterizas del noreste mexicano. Una guerra que exigía que Los Zetas tuvieran flujo de recursos. El tráfico por Piedras Negras era uno de sus pocos puntos estables, ya que en las demás ciudades de tránsito (Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros) era complicado trabajar debido a los constantes combates con la banda rival y las autoridades que no habían podido sobornar.

Todo esto derivó en el ataque indiscriminado en contra de familiares, amigos y trabajadores de Garza Gaytán y Moreno Villanueva, principalmente en Allende, aunque también en Piedras Negras y otros municipios de la región de Los Cinco Manantiales.

Desde Estados Unidos, Moreno Villanueva se enfrenta —en una cuenta de Facebook— a sus antiguos socios, quienes acabaron con sus propiedades y buena parte de su familia en Coahuila. Suele escribir cosas como esta en su muro: “Larga vida a mis enemigos para que puedan ver mi gloria”. El día que Miguel Ángel Treviño, el Z-40, fue detenido, escribió: “Ya se cayó el arbolito”. En días recientes, difundió en su muro una nota de Juan Alberto Cedillo publicada en la revista Proceso con el título “Coahuila: en busca de desaparecidos: ‘macro-operativo’ falaz” y luego escribió el siguiente comentario: “Fue humberto moreira gobernador priista de coahuila quien lo permitio y nunca mando ayuda a los 5 manantiales dejandolo en las manos del crimen organizado y polizias secuacez de estos”.

DÍA DEL AMOR

Una semana después del operativo especial de la Subprocuraduría, la administración municipal de Allende decidió adelantar el Día del Soldado, que en México se celebra oficialmente el 19 de febrero. La fecha elegida para que arribaran a la plaza principal 300 soldados de la 14 región militar del Ejército Mexicano, fue el 14 de febrero, Día del Amor y la Amistad. Los militares hicieron un pequeño desfile frente a la presidencia municipal pintada de amarillo, escucharon un discurso de agradecimiento por parte de las autoridades locales y al cabo de una hora regresaron a su cuartel ubicado en Muzquiz.

En 2011, durante la masacre del pueblo, el batallón de la 14 Región Militar llegó demasiado tarde. Cuando finalmente lo hicieron, los ranchos de la familia Garza ya habían sido abandonados por Los Zetas. En ese entonces, los militares ocuparon el gimnasio del pueblo como cuartel provisional.   Después de un año lo abandonaron. Ahora ese antiguo gimnasio-cuartel militar está siendo adaptado como una nave industrial en la que se maquilarán los trajes anaranjados que usan los tipos que recorren la Ribereña y los overoles antiinflamables que necesitarán los obreros que explotarán próximamente el gas Shale en la región.

En una florería del pueblo, mientras arma ramos de rosas y arreglos más sofisticados con otras flores, una mujer víctima del asedio, no parece entusiasmada con el operativo. Su esposo fue uno de los albañiles que construyó la casa de José Luis Garza Gaytán y sólo por eso fue levantado y desaparecido el 18 de marzo de 2011. “Supongo que está muerto. Por esos días se oía que en el rancho de los Garza, que ahí los habían matado. La gente que pasaba por ahí dice que olía feo”, cuenta y empieza llorar.

La florista nunca ha presentado una denuncia formal, como todos los demás familiares de las personas desaparecidas aquí. En realidad, son pocas las personas del noreste de México las que llegan a denunciar formalmente la desaparición de sus familiares. El miedo tanto a las autoridades como a los grupos criminales se los impide. Las que lo hacen, buscan que sea a través de Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Coahuila y Nuevo León, o Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos, organismos civiles que han intentado remontar esta barbarie.

—Qué bueno que hayan venido [funcionarios de la Subprocuraduría], pero sinceramente me da igual —dice la florista que perdió a su esposo.
—¿Por qué? —pregunto.
—A grandes rasgos, esto no se ha acabado. Ellos por aquí andan.

De acuerdo con otros testimonios recolectados, el hombre que dirigió la masacre de la primavera en este pueblo con manantial se llamaba Gabriel Zaragoza y le decían Comandante Flacaman. En 2012, Comandante Flacaman fue asesinado en San Luis Potosí por sus mismos compañeros, durante otra guerra interna.

De los demás ejecutores no se sabe nada.

Tampoco de los funcionarios que permitieron esta masacre.

Conocí a Marcos Abraham Villavicencio en el año 2006. En ese entonces él había aparecido en los diarios de Argentina, mi país, por haber vivido una epopeya. Con apenas diecisiete años, el muchacho –dominicano– se había metido de polizón en un barco en el que había resistido dos semanas sin comer ni beber agua. Él quería llegar a Estados Unidos, ubicado a pocos días de viaje desde su ciudad; pero el cálculo le había salido mal y había terminado en un puerto de Ensenada, una localidad pequeña y deslucida de la provincia de Buenos Aires.

El día de su llegada Abraham fue internado por desnutrición en un hospital local. Ahí lo vi por primera vez. Estaba escuálido y una cánula con suero le colgaba del brazo derecho. A su alrededor, entre tanto, no paraba de entrar y salir gente: Abraham era polizón, pero a esa altura del partido principalmente era noticia.

–Yo quería ir a Nueva York –explicó aquel primer día. Abraham tenía el cráneo romo y un par de ojeras inmensas, pero sobre todo tenía una historia. Una vida dura y maravillosa que yo iría conociendo a lo largo de los meses, durante un reportaje para la revista Rolling Stone que nos ubicó a los dos en esa relación ambigua que se da entre periodistas y entrevistados cuando ocurre un trato prolongado: no éramos amigos, pero cada vez nos conocíamos mejor.

Así fue pasando el tiempo –nos veíamos, hablábamos– hasta que en cierto momento el gobierno se pronunció sobre su caso, le negaron el asilo en Argentina y Abraham tuvo que volver a su país. El día de su partida fui a despedirlo al aeropuerto: su rostro perdido, flotante –estaba tomando pastillas– es lo único que recuerdo de aquel último encuentro. Después lo llamé a la isla un puñado de veces, mas después llegó el silencio, y los años corrieron hasta que unos días atrás, curiosa o aburrida, busqué su nombre en internet y leí, en una noticia breve en un periódico pequeño de San Pedro de Macorís, su ciudad, que Marcos Abraham Villavicencio había sido asesinado a la salida de un bar.

Sentí estupor y tristeza, pero sobre todo sentí una urgencia inexplicable. El muchacho había sido para mí el rostro de un éxodo que en el Caribe llevaba varias décadas y que presentaba al sueño americano en su versión más pura y atroz. ¿Qué había pasado con él? Preguntarme por su muerte era el paso previo a preguntarme por su existencia. Así que hice unos llamados, saqué un pasaje, metí una revista Rolling Stone en la maleta, y aquí estoy: es febrero de 2014 y en unos minutos viajo a la isla. Abraham –o su familia– está esperando.

***

República Dominicana es una isla del Caribe. Hacia el oeste comparte tierra con Haití, pero el resto de los puntos cardinales está lleno de agua y promesas. Puerto Rico está a 135 kilómetros, cruzando el Canal de la Mona, el estrecho tormentoso en el que se unen las aguas del mar Caribe y el océano Atlántico. Y Estados Unidos está a unos quinientos kilómetros: una distancia que, sumada a la pequeñez económica de República Dominicana –y de muchos otros países de la región–, no hace más que multiplicar los sueños de salvación.

Los registros oficiales aseguran que el 10% de la población dominicana vive fuera del país, y los académicos encargados de analizar estos datos aseguran a su vez que ese modelo migratorio no es el único en la zona. Más adelante, en Santo Domingo, la capital de República Dominicana, el sociólogo Wilfredo Lozano, director del Centro de Investigaciones y Estudios Sociales de la Universidad Iberoamericana, explicará todo este esquema –que es complejo– de una manera muy simple. Y dirá que toda el área del Caribe está signada por la transnacionalización, esto es: por un modo de abolir fronteras que está dado por el tráfico de gente y que, más allá de su legalidad, funciona con eficacia desde hace décadas. Cuba, por caso, tiene casi un 10% de su población en el exterior; Puerto Rico tiene más personas afuera (unos 5 millones) que adentro (3 millones 700 mil); Haití tiene emigrada tanto a su élite –que va a Francia o a Canadá– como a sus bases, que van a la Florida; y Jamaica repite el mismo esquema de Haití ya que las clases acomodadas van a Londres y las bajas, a Miami.

En cuanto a los dominicanos, se integraron fuertemente a este modelo tras la muerte del dictador Rafael Leónidas Trujillo, quien impuso su ley entre los años 1930 y 1961 y dejó tras de sí un país económica y socialmente diezmado. En la segunda mitad del siglo XX, hartos de la inflación y de los apagones energéticos de hasta veinte horas, varios millones de dominicanos buscaron suerte en otra parte y a cualquier precio: en su intento por irse, fueron y siguen siendo muchos los que mueren en tránsito. Algunos se lanzan en embarcaciones que no suelen resistir la fuerza del Canal de la Mona, y terminan entre tiburones. Otros se cuelan en el tren de aterrizaje de los aviones y mueren congelados o al aterrizar. Otros viajan hasta Honduras y de ahí intentan cruzar la frontera con Estados Unidos, aun a riesgo de ser encontrados y fusilados por los soldados. Y otros, como Abraham, se hacen polizones, equivocan el curso del barco y quedan expuestos a una muerte por hambre.

Abraham, de hecho, no había viajado solo aquella vez en la que llegó a Argentina. Lo había hecho junto a Andrés Toviejo, un amigo que no sobrevivió. Abraham contó la historia de ese viaje en el hospital de Ensenada en el que nos vimos por primera vez. Dijo que en la madrugada del 16 de junio de 2006, tanto él como Toviejo habían llegado a nado hasta el buque griego Kastelorizo –un petrolero que había atracado en el puerto de San Pedro de Macorís– convencidos de que el destino de ese barco era Estados Unidos. Pero el cálculo falló. Al cuarto día sin ver la tierra, Abraham y Toviejo empezaron a preocuparse. Hasta que, sin bebida y sin comida, Toviejo se desesperó y tomó agua del Atlántico. Esa fue su cruz. Horas más tarde, el muchacho empezó a vomitar y a perder líquido y fuerzas, y en algún momento no queda claro si resbaló o si se rindió: lo cierto es que Toviejo se fue al agua, donde estaba la hélice. Y que su cuerpo se hundió en un reverbero de burbujas encendidas de sangre.

Pero Abraham sobrevivió. Y dos semanas después llegó a La Plata, y allí se dio la secuencia de la que yo estaba al tanto: primero lo trasladaron al hospital; después llegaron los diarios; pronto su historia conmovió al país; luego apareció la familia, desde República Dominicana, diciendo “Dios te guarde la vida, Abraham”; semanas más tarde una mujer argentina se ofreció a adoptarlo; en algún momento Abraham se animó a hablar del futuro (“Quiero quedarme en La Plata”, “Me gustan los motores de auto: quiero ser mecánico en La Plata”) y finalmente la historia, como tantas otras, dejó de servir a los medios y pasó al olvido.

La segunda vez que vi a Abraham fue en un hospital psiquiátrico.

***

–Esta es su casa, amén. Abraham nos contó cómo lo trataron allá en Argentina; él la pasó muy bien pero también muy mal… metido en un lugar de locos malos pero también con gente buena como usted, entonces para nosotros usted es de la familia –dice Bienvenido Santos, el padre de Abraham, mientras me abraza con entusiasmo. Hace tres horas que llegué a República Dominicana y hace minutos que llegué a San Pedro de Macorís, la ciudad en la que nació y creció (y de la que escapó y a la que volvió) Marcos Abraham Villavicencio.

San Pedro de Macorís es una urbe ubicada en la costa sudeste de República Dominicana que a principios del siglo XX fue un importante puente económico para la isla y que en los últimos diez años se desplomó cuando la industria azucarera, uno de sus principales recursos, pasó a capitales extranjeros y dejó a media ciudad sin trabajo. En muy poco tiempo el índice de desocupación de San Pedro trepó al 30%, un número que, sumado a la cercanía geográfica con Estados Unidos, no hizo más que multiplicar los sueños de salvación. Buena parte de la población de San Pedro fantasea con cruzar el agua y cambiar de vida. Y todos hacen el intento una, dos, o tantas veces como haga falta. En el caso de Abraham, entre los trece y los diecisiete años trató de irse en once oportunidades. Pero la experiencia con la última, en Argentina, donde terminó en un hospital psiquiátrico, lo disuadió de seguir insistiendo.

No queda claro por qué razones el muchacho acabó en un loquero. Sí se sabe que el gobierno argentino le había negado el asilo porque no era perseguido por motivos de raza, religión, opinión política, nacionalidad o pertenencia a determinado grupo social. Y que de ahí en más, mientras se resolvía su repatriación, Abraham cayó en un limbo burocrático. Ya no dormía en el hospital sino en un hogar para niños de la calle, y algún día, aburrido de hacer nada, pidió permiso para pasear por La Plata, la capital de la provincia de Buenos Aires, y se perdió. Lo que ocurrió después es un misterio: según la policía, Abraham se desorganizó y tuvo un brote psicótico. Según Abraham, él se desorientó, fue visto por la policía, lo molieron a golpes por ser negro y extranjero, y en el acta se fraguó un brote psicótico para justificar la golpiza. En cualquier caso, Abraham fue derivado al hospital Alejandro Korn, más conocido como “el Melchor Romero”: uno de los psiquiátricos más lesivos que hay en Argentina.

La segunda vez que vi a Abraham, él estaba sentado en un banco desconchado, en un pasillo revestido de azulejos pálidos y cortinas viejas pero sobre todo sucias, en el pabellón de Enfermos Agudos, en el fondo de esa inmensa nave de locos que es el Melchor Romero. Era mediados de agosto. Hacía ya más de un mes que Abraham estaba allí, y aunque los médicos le habían dado el alta él no tenía adónde ir. Abraham estaba serio, o mejor dicho: drogado. Su hablar era lento y pastoso y su voz colgaba como esos jarabes que no terminan nunca de caer.

–Cuando llegó de Argentina estaba gordo fofo, una gordura de pastillas que no era su gordura natural… Él nos contó que estuvo en un lugar horrible. Un lugar donde caía granizo –dice Bienvenido ahora, mientras me hace pasar a la casa. ¿Granizo? Hago memoria y es cierto: en aquellos días de 2006 cayeron piedras en Buenos Aires, y todos padecimos aquel episodio pero Abraham directamente lo vivió como algo sobrenatural. Los polizones, dirá Wilfredo Lozano cuando lo vea en Santo Domingo, no suelen evaluar el factor climático de los lugares a los que viajan. Aún cuando esa circunstancia, más que la económica, es la que muchas veces los angustia y los hace sentir lejos de casa.

El hogar en el que creció Abraham es sencillo. Está ubicado en el México, un barrio de clase baja y calles angostas, y fue levantado sobre un terreno comprado –lo sabré después– por un miembro de la familia que logró llegar a Estados Unidos y que manda un dinero mensual para mantener al clan. Bienvenido construyó todo esto con sus propias manos; es carpintero y albañil, y enseñó el oficio a sus hijos. Abraham lo ayudaba desde los once años, y con el poco dinero que ganaba se compró un planisferio y se pagó un curso de inglés. Para ese entonces él ya quería ir a Nueva York y pasaba tardes enteras en el puerto de San Pedro a la espera de un golpe de gracia. La oportunidad llegó a los trece años. En 1999 logró subirse a un petrolero que, contra todo pronóstico, no lo dejó en Estados Unidos ni en Europa, sino en Jamaica, donde pronto fue descubierto y deportado. Su regreso a República Dominicana hizo un gran ruido mediático: al llegar lo esperaban las cámaras de Primer Impacto, un famoso noticiero sensacionalista que se refería a Abraham como “el Menor” –un apodo que le quedaría para siempre– y en el que Abraham apareció diciendo que se había fugado porque su familia era pobre y quería juntar dinero para ayudar a su madre: un relato épico que conmovió al país y que era estrictamente cierto. Tan cierto que seis meses después el chico se volvió a escapar.

De eso me habló Abraham las veces en las que nos vimos: de los infinitos viajes que hizo como polizón.

–El segundo viaje fue para Venezuela –contó en el Melchor Romero–. Ahí el barco fondeó muy lejos de tierra y me tuve que tirar al nado… y entonces me vio una lancha y me vio una mujer. Una mujer que me quiso adoptar.
–¿Y entonces?
–Y no. Yo le dije que no… porque no me quería quedar porque… Yo quería irme para Estados Unidos. Y eso era Venezuela. Y no quería estar en Venezuela. Es un país malo.
–¿Malo en qué sentido? ¿Te trataron mal?
–No, no. Venezuela tiene la economía baja.
–Y tú quieres un país pujante.
–Con una economía buena, sí.
–Y tú siempre piensas que estás yendo a Estados Unidos.
–Claro. Yo siempre voy para América.

Más tarde, luego de ser devuelto de Jamaica, de Trinidad y Tobago y de Haití, Abraham llegó, finalmente, a Estados Unidos. El barco había fondeado a quinientos metros de la tierra pero alguien lo vio segundos antes de que Abraham diera el salto hacia el agua. Lo encerraron en un camarote y lo único que supo, horas más tarde, era que había estado a quinientos metros de Miami o Nueva Orleans, aunque qué más da: para cuando se enteró de que finalmente había llegado a América, Abraham ya estaba en Haití.

–Trato de ir muy escondido, pero igual me ven… La segunda vez que llegué a Estados Unidos me denunció un remolcador. Y ahí me llevaron por tierra, esposado de pie y de mano: primero pasé por Nueva Orleán, después porLuisana, después por Miami.
–¿Qué te pareció Estados Unidos desde el auto?
–Liiindo. Graaande. Ese era el lugar en el que quería quedarme, sí… Conozco gente que ha escapado a la Florida y ahora está muy mejor.

El sueño americano terminó en la embajada de República Dominicana, donde se hicieron los trámites para que Abraham fuera, una vez más, devuelto a su país. En ese momento tenía dieciséis años. Y un resto físico y mental para seguir insistiendo. Meses más tarde, en 2005, volvió a meterse junto a dos amigos más en la grúa de un azucarero filipino. Creía que iba a Estados Unidos, pero el barco se dirigía a Holanda. Al cuarto día de viaje, cuando estaban en altamar, un filipino los descubrió y los subió a patadas a la popa. Los ataron de pies y manos, los molieron a golpes y los tiraron por la borda. Abraham fue el único sobreviviente: un barco ruso lo vio flotando y lo rescató tres días después. Desde entonces, la familia de Abraham intenta –sin suerte– llevar adelante un juicio contra los dueños del buque.

–Nosotros teníamos un abogado pero los del barco le pagaron un soborno y se cerró la causa –dice Bienvenido Santos. Está sentado en la sala de su casa: un espacio pequeño en el que hay un sillón, un par de sillas, un televisor inmenso y algún cuadro. Y gente. Aquí, me entero, viven once personas, aunque siempre parece que son más. El primero en acercarse fue Bienvenido pero ahora llega Dainés Santos Mota, la prima favorita de Abraham: una muchacha bella, joven y de ojos enormes que me acerca un refresco y se acomoda a mi lado.
–Pregunta tú –dice con delicadeza. Se hace un silencio. Todos tomamos aire. Se supone que ahora empieza una entrevista formal.
–¿Qué pasó con Abraham? –pregunto entonces.

Bienvenido mira a Dainés.

–Ella estaba –dice.

Dainés empieza a hablar. Cuenta que era diciembre de 2012 y que estaban en la casa celebrando el cumpleaños de Ana –otra prima que vive aquí– y que después ella (Dainés) y Abraham salieron en moto, ya borrachos, a seguir bebiendo por el malecón. Eran las dos de la mañana y buscaban locales abiertos donde comprar cerveza con los cinco dólares que les quedaban. Finalmente encontraron un lugar lleno de gente. Aparcaron la moto, entraron, compraron, y al salir Abraham avanzó primero y pensó que Dainés le seguía los pasos. Pero no era así. La chica tuvo un altercado entre el tumulto. Un muchacho le dio un empujón, Dainés le gritó, y en cuestión de segundos se armó una de esas peleas que siempre comienzan por motivos estúpidos. Cuando llegó a la moto y giró sobre sí mismo, Abraham vio a su prima rodeada por quince varones.

–Con mi prima no, qué pasa con la muchacha –gritó mientras quitaba el seguro a la moto. Puso un caño debajo de su ropa para hacer creer que tenía un revólver.
–Qué te pasa, mamahuevo –respondió alguien.
–Cómo así, te quieres tú comer a la chica, ¿eh? –dijo Abraham y empezó a acercarse, y en un santiamén comenzó la golpiza. Dainés se zafó y trató de pegar, pero era inútil. Eran demasiados. En algún momento llegó alguien con un cuchillo e intentó darle a Dainés, pero la chica logró echarse a un costado y el daño le llegó a Abraham, que estaba detrás. Abraham se quedó de pie, inmóvil. La primera puñalada le había quitado un pedazo de oreja. Entonces se acercó otro muchacho.
–Coño, tú no eres un hombre –le dijo a su amigo–, así es que se le da un hombre –concluyó, y apuñaló el corazón de Abraham.
–Ahí Abraham se desplomó –dice ahora Dainés–. Y yo le dije hey, Abraham, y me le tiré encima y él estaba vivo, yo sentía su latido pero lo tenía muy desgarrado eso ahí… Él llegó muerto al hospital; en el camino yo le hablaba y él abría los ojos, pero llegó muerto.

Dainés llora. Bienvenido también. La angustia de ambos es fresca, como si no hubiera pasado el tiempo o como si el tiempo hubiera perdido su compostura. Alguien, entre tanto, vocifera en una habitación contigua, separada del cuarto central por una cortina que oficia de puerta. Se trata de Bernarda Santos, la madre de Bienvenido, la abuela de Abraham. Bienvenido se seca los ojos y se pone de pie para ver qué quiere su madre, y entonces corre la cortina y se ve esto: un cúmulo de huesos finos y postrados en una cama. Bernarda tiene 96 años, una voz grave y, pronto lo sabré, una incapacidad para quedarse en silencio.

Bernarda crió a Abraham, pero aún nadie se atrevió a decirle que el muchacho está muerto. Desde hace un año que todos en la familia le dicen que simplemente no está, o que está muy atareado: un argumento verosímil pues Abraham solía estar ocupado. Para el momento de su muerte, Abraham tenía veinticuatro años, había hecho varios cursos de cocina, tenía tres hijos pequeños –con dos mujeres distintas con las que no había llegado a convivir– y estaba incursionando en la música con un proyecto de reggaetón y dembow con el que había sacado dos discos y había llegado a tocar con el Lápiz Conciente, conocido por ser el padre del rap dominicano.

–Luego de Argentina él nunca más pensó en irse –dice Bienvenido–. Él entendió que hay que estudiar, que hay que echarse p’alante, que ninguno de mis hijos tiene que tener la vida dura que yo tuve. Yo me fui en yola cinco veces para Puerto Rico y las cinco me deportaron, y la mamá de Abraham también se fue en yola varias veces, y eran viajes muy duros, la mamá de Abraham, que vive lejos de aquí, quedó mal de la cabeza de tanto viaje y yo le contaba eso a Abraham para que él no repitiera lo mal hecho. Pero el sueño de él en un comienzo era irse. Todos queremos abrirnos la mente y progresar. Entonces cada vez que la viejita –dice Bienvenido señalando a Bernarda, al otro lado de la cortina–escuchaba que sonaba la bocina de un barco ella decía “ay, se nos va Abraham”.

Teté, hermana de Bienvenido, tía de Abraham, acerca unos plátanos fritos con salami. Mientras como, Bernarda sigue voceando y Bienvenido y Dainés vuelven a llorar. Afuera, a través de las rejas –todo el barrio tiene rejas– se ve a los niños saliendo de la escuela y se ve un tronco de árbol echado sobre la acera. A veces Abraham se sentaba allí a pensar. Bienvenido siempre lo recuerda así: cavilando, hablando poco, tejiendo la trama de una historia que a todos, en un principio, se les hacía insondable. Abraham nunca dijo que soñaba con irse. Pero se empezó a ausentar de la casa y un día su abuela Bernarda le encontró una mochila con chocolates y un ancla.

–Abraham quiere irse de polizón –le dijo Bernarda a Bienvenido. No fue una frase estridente: muchos en la familia se habían ido de una u otra forma. De ahí en más, cada vez que Abraham desaparecía lo buscaban en el muelle y en general lo encontraban charlando con empleados del puerto.
–Abraham, tú le estás preguntando mucho a la gente de barco –llegó a decirle Bienvenido. Pero Abraham no respondía: solo sonreía y con esa sonrisa clausuraba cualquier pregunta nueva. Hasta que a los trece años al fin llegó el día en el que Abraham faltó definitivamente de la casa para volver al tiempo convertido, ante los ojos del país entero, en “el Menor”.
–Él se iba con poca cosa –dice Bienvenido–. Se llevaba unos chocolatitos, agua, un ancla y la Biblia. Le voy a mostrar la Biblia.

Bienvenido se pone de pie y trae la Biblia de Abraham. Está marcada. “Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere”, dice el Santiago 3, 4 que está subrayado.

–Él era un chico muy lector. Venga que aquí están sus cosas –dice Bienvenido y me lleva a su habitación. El cuarto de Bienvenido tiene una gran cama sobre la que el hombre va poniendo libros y películas. Las películas son previsibles: hay de acción, de terror, una de vudú en Haití, alguna porno. Pero los libros, no: hay varios cuadernos de inglés y hay un ensayo titulado Marx y los historiadores: ante la hacienda y la plantación esclavistas.
–¿Y esto?
–Ah, es que Abraham era un chico muy especial. Hay mucho para charlar y para mostrarle… –Bienvenido sale de su habitación, se asoma a un patio, mira hacia arriba–. Nosotros arriba tenemos un cuarto, puede quedarse acá para tener más tiempo y conversar mejor.
–¿No duerme nadie ahí arriba? –pregunto.
–Solo duerme Teté cuando viene a visitarnos.
–Pero Teté ahora está aquí. Me sirvió los plátanos.
–Ah no, esta es una Teté. Pero luego tengo otra hermana, otra Teté, la que vive en Estados Unidos.

Bienvenido cuenta entonces la historia de la otra Teté. La síntesis es que se fue en barcaza cinco veces a Puerto Rico y que en el último viaje, hace ya veintiséis años, el mismo oficial que la había devuelto en su anterior intento se hizo el distraído y la dejó pasar. Hoy Teté tiene la ciudadanía americana y, al igual que cientos de miles de dominicanos que viven afuera, manda todos los meses un dinero con el que la familia entera puede resolver apuros básicos. Unos días después, en su oficina en la universidad, Wilfredo Lozano dirá que las remesas son, luego del turismo, la segunda fuente de ingresos de República Dominicana: todos los años por esa vía entran 3,500 millones de dólares al país. Una parte imperceptible de esa cifra sale del bolsillo de Teté, a quien todos llaman –para diferenciar de la otra Teté– “Teté la grande”.

***

Llego al día siguiente con un bolso. Me recibe Teté con un abrazo y me sienta frente al televisor.

–Mira tú el noticiero, ponte cómoda –dice. Luego me acerca una olla pequeña con arroz, pollo y habichuelas–. Come.

Como el guiso acompañada por los gritos de Bernarda. Al rato termino y Teté se sienta a mi lado.

–Ahora vamos a ver la novela –dice. Nadie aquí trabaja afuera de la casa. En todo San Pedro, y en buena parte del país, la gente vive del chiripeo (los trabajos eventuales), los empleos precarios en las zonas francas, el turismo y las remesas del extranjero. Así que, bueno, todos estamos aquí mirando la novela. Un rato después, cuando ya vi dos programas distintos, se escucha la voz de Bienvenido en la sala.
–Sierva.

Parece que me habla a mí. Doy la vuelta y veo a Bienvenido: está guapísimo. Se ha bañado. Lleva pantalones negros de vestir, zapatos lustrados, y una camisa blanca que contrasta con la piel morena. Bienvenido quiere llevarme a conocer el puerto de San Pedro, el lugar al que iba a buscar a su hijo cuando desaparecía. Le digo que sí. Subimos a un mototaxi y partimos. La ciudad pasa a una velocidad cansina que permite ver detalles. Ahí están los edificios antiguos y venidos a menos; ahí están los negocios oscuros como cuevas en las que los hombres sudan un oficio. Respiro hondo: me gusta el olor del salitre en la cara.

Unos minutos después estamos en el puerto. Hay guardias escoltando la entrada a los muelles, y de modo inesperado alguien nos pide una autorización que no tenemos. Aún no lo sabemos, pero lo cierto es que nunca podremos traspasar esta entrada. Días más tarde Teddy Heinsen, presidente de la Asociación de Navieros de la República Dominicana, dirá en Santo Domingo que han tenido que intensificar los controles portuarios luego de que Estados Unidos pusiera en una lista negra a los navíos salidos de la isla.

–A Estados Unidos no le interesa tanto el inmigrante ilegal como el miedo a que llegue gente con drogas o dinero para lavado o terroristas. En la Asociación llevamos invertidos 25 millones de dólares en personal portuario, escáneres, detectores de mentiras y cámaras infrarrojas para identificar polizones que se cuelan en los barcos. Gracias a eso pudimos salir de la lista negra. Los ilegales ahora se van en yolas, pero ya no tanto en barcos.

Impedidos de entrar, entonces, con Bienvenido bordeamos a pie toda la zona de aduanas y entramos a un callejón que desemboca en el mar. La vista es bella. Recorremos el malecón y se ve la bruma, la espuma, la costura del horizonte. Días atrás, por e-mail, el poeta dominicano Frank Báez me dijo algo hermoso: “Una cosa es un pueblo de montaña y otra cosa es esto. Aquí solo puedes ver el mar. Aquí el horizonte solo te dice vámonos.”

Pienso en eso mientras miro el puerto. Se ve un buque inmenso, amarrado, tranquilo.

–¿Cree que Abraham fue un muchacho feliz?
–Bueno… –Bienvenido vacila–. Él comenzó a vivir una vida no tan desesperante a lo último… Pero antes él estaba desesperado por conocer otro mundo y no estaba feliz porque a veces uno tiene un sueño en la vida, ¿y cuándo uno es feliz? Cuando realiza ese sueño que uno tanto anheló.

Nos quedamos en la costanera hasta que cae la noche y volvemos a la casa. Subo a mi cuarto para darme un baño. En eso estoy cuando alguien toca la puerta.

–Luego sube Natalie para dormir con usted –grita Teté.

Natalie es una de las hijas de Ana y es una de las nietas de Teté. Así son las cosas. Pienso en eso y escucho los gritos de Bernarda, y empiezo a notar que esta será una noche larga. Bajo para la cena. Teté me espera con una silla frente al televisor.

–Aquí no tenemos mesa, así que comemos solos –dice Teté y me extiende un plato de arroz con frijoles–. Siéntate a ver la novela.

La novela de la noche se llama Novio de alquiler.

Detrás de su cortina, sobre la cama, postrada, Bernarda vocifera sin respiro:

–¡teté teté teté, maría maría maría, dónde está maría!
–¡María está en su casa, mamá, deja la bulla!

Así veo la novela. Teté me mira.

–Usted sabe que Natalie solo duerme con Bernarda.
–¿Cómo?
–Que ella solo puede dormir si está en la cama con su abuela.
–¿Y por qué va a dormir conmigo?
–Para acompañarla a usted.
–Ah, pero no necesito compañía.
–¿Usted no tiene miedo de dormir sola?

Le digo que no. Le pregunto cómo hace la niña para dormir con esos gritos.

–Creció durmiendo con Bernarda –Teté se encoge de hombros–. Natalie es la única que no siente sus gritos.

Va llegando gente a la sala. Ahora están Ana, la hija de Teté; Ñoño, hijo de María y hermano de Dainés; Humberto, hijo ya no sé de quién, y en fin: todo empieza a parecerse a esos pasajes del Génesis donde los nombres de los padres y los hijos se suceden hasta que el lector pierde el conocimiento. Me estoy mareando. Solo veo que las mujeres son hembrones con el culo izado como una bandera; y que los varones tienen todos unos cuerpos titánicos. Muchos de ellos se pasean recién bañados y con la toalla envuelta a la cintura. En vez de enviarme a Natalie podrían subir a Humberto o a Ñoño, pienso. Pero me callo. Y al rato me voy a dormir.

***

Me despiertan los gallos y los gritos de Bernarda. En cierto momento junto fuerzas, bajo y tomo un café. Miro a Teté y está exhausta. Duerme en el cuarto contiguo al de Bernarda y desde hace años que no concilia el sueño de un modo decente. Le ofrezco ir a buscar a María para que la reemplace. Salgo. Camino por un callejón angosto que da algunas curvas hasta dejarme en la casa de María, que es también la de Dainés y la de Esmeliana, su niña.

La casa es un lugar muy limpio y prolijo, con cortinas de tul rosado y un retrato enmarcado con las fotos de dos de los tres hijos de Abraham. Sin embargo no es eso lo que llama la atención (la casa de Bienvenido también es limpia y prolija) sino el silencio. Aquí hay silencio.

–Abraham huyó de eso –dice Dainés–. A él no le gustaba toda esa bulla. Cuando se fue no dijo ni la dirección donde vivía. Recién al tiempo me llevó a mí a conocer y la llevó a mi mamá, que era como una madre para él.

La madre biológica de Abraham se llama Mireya y está en Bayaguana, una localidad ubicada en el norte de la isla. Abraham nunca vivió con ella. Apenas nació, Mireya se fue en yola a Puerto Rico y dejó a Abraham al cuidado de su abuela Bernarda. En Puerto Rico, Mireya conoció a un dominicano llamado Marco Villavicencio que ya tenía la ciudadanía portorriqueña. Se casó con él y lo convenció –con el apoyo de Bienvenido– de reconocer a Abraham y darle el apellido. Luego regresó, pero se fue a vivir a otra parte del país.

–A Abraham le iba a servir más tener el apellido de un hombre de allá, así algún día le iba a ser más fácil irse. Uno tiene que ser generoso, tiene que pensar en el hijo –dijo ayer Bienvenido, sentado en el malecón. Por esa razón Abraham no lleva el apellido Santos sino el Villavicencio. Por lo demás, Abraham nunca vivió con su madre y el rol materno siempre estuvo repartido entre Bernarda y María.

María ahora está mirando fotos de Abraham. Las trajo para mostrármelas. Las más antiguas lo muestran pequeño, flaquito, niño; parecido al chico que languidecía en el hospital de Ensenada. Las últimas, en cambio, lo muestran desafiante y robusto, dueño de todos los tics estéticos de un músico de reggaetón.

–Todos en San Pedro conocen a Abraham como “el Menor” –dice Bienvenido tras de mí, mientras mira el afiche. Acaba de entrar a la casa de María. Vino a buscarme para volver al puerto y ver si nos dejan entrar. Esta vez, dice Bienvenido, el salvoconducto es su abogado, un tal Fernando que a la vez es director de aduanas. Fernando es el encargado de llevar la causa contra el barco filipino que arrojó a Abraham al mar. Bienvenido cuenta la historia mientras vamos caminando hacia el puerto. Según dice, eran cuatro los polizones que estaban en el barco. A los tres primeros, los filipinos les pegaron con fierros y luego los tiraron desvanecidos al agua. Pero con Abraham pasó algo distinto.

–¿Este no es Abraham, el que nos hace los mandados allá en San Pedro? –dijo uno.
–Sí, hombre, no le pegues. Solo amárralo y tíralo al mar.

Así fue que Abraham fue arrojado en pleno océano y debió afanarse por sobrevivir. Años atrás, en el loquero, Abraham lo contó de esta forma:

–Creo que sobreviví porque todavía creo en Dios –dijo–. Muy difícil… muy difícil. Todo era mar, mar…
–¿Y cómo hiciste?
–Flotaba. Las amarras se aflojaron con el agua y yo me las quité, y luego flotaba. Y rezaba.

Hasta que por la mañana salió el sol y un barco ruso lo vio flotando. Así se salvó.

–Como los barcos con polizones deben pagar multas altas, muchas veces la tripulación mata a los muchachos que encuentran –dice ahora Bienvenido–. Eso no pasa siempre. Muchos barcos los entregan a la justicia, pero los filipinos tienen mala fama. Esa vez murieron todos menos mi hijo. Dios tenía grandes planes con Abraham.

Bienvenido avanza con paso resuelto. Arriba hay un sol furioso del que hay que cuidarse: Bienvenido se cubre con una Biblia.

–¿Si Dios tenía grandes planes, entonces por qué Abraham está muerto?
–Marcos Abraham nos dejó una historia, cumplió su función. Y ahí terminó su vida.

Bienvenido se detiene antes de llegar al puerto. Hace comentarios vacuos sobre los edificios de Aduanas –sobre la arquitectura– pero noto que está llorando.

–¿Qué función cree que cumplió Abraham?
–Amén… Nos dio a nosotros como una forma de superación, tú me entiendes. Que uno no debe quedarse “con estoy aquí”, y ya. Todavía uno está vivo, uno tiene que hacer lo que ustedes están haciendo: descubrir las cosas, luchar por esas cosas.

Bienvenido se seca la cara. En ese pañuelo hay sudor, hay lágrimas, hay más de una cosa. Luego llega al puerto y pide entrar, pero una vez más nos niegan el paso –el abogado Fernando aún no llegó a su trabajo– y debemos irnos. Bienvenido decide entonces dar una nueva vuelta por el pueblo. En el camino saluda personas y señala lugares: la maternidad donde nació Abraham, el restaurante donde comieron con Abraham, un cementerio.

–¿Aquí está enterrado Abraham? –pregunto.
–No, este es el cementerio de los ricos. Marcos está en Santa Fe, más lejos de aquí. Lo velamos en mi casa y luego los muchachos, los otros hijos míos, decidieron llevarlo con su música.

Santa Fe no queda lejos; son veinte minutos en moto y le pido a Bienvenido que vayamos hasta allá. Accede. Subimos a la moto de un muchacho llamado Robin y salimos de la ciudad en poco tiempo. Antes del mediodía estamos en el cementerio. Es un predio grande y descampado; una suerte de pueblo chico con cielo inmenso. Entramos en moto y andamos entre las tumbas hasta llegar a una zona de lápidas precarias y pastizales crecidos. Ahí bajamos. Bienvenido camina entre pequeñas cruces blancas y algunas florecillas silvestres. Voy detrás. En un montículo de cemento gris, sin nombre, sin flores, está enterrado Marcos Abraham Villavicencio. Apoyo una mano en el cemento. Hay un sol tremendo pero el cemento está frío. No practico ningún culto pero por algún motivo pido a Bienvenido que haga una oración. Él se arrodilla, baja la cabeza, cierra los ojos. Ora.

–Amén.

Terminado todo me persigno como si diera las gracias, y cuando me pongo de pie siento un puntazo hondo en un dedo. Grito. Algo grande me picó, pero levanto el pie y no veo nada.

–¿Fue una hormiga? –pregunto, mirándome el dedo.
–Fue una hormiga –opina Robin, que está con nosotros.
–Es Abraham –dice Bienvenido, y sonríe.

Entonces pienso en Abraham como una hormiga –una hormiga rabiosa– y entiendo que esa es una buena metáfora. Y sonrío también.

UNO

Darío Silva avista una vieja pelota en el patio de su casa paterna. Mientras va a buscarla lo observo con atención. Me sigue asombrando que camine con tanta seguridad. En septiembre de 2006, cuando sufrió el accidente de tránsito que lo apartó del fútbol, muchos pensaron que quedaría cojo. Pero hoy no solo camina sin renquear sino que además es capaz de bailar candombe. Si algún extraño irrumpiera ahora en este lugar no se percataría de que tiene una prótesis en la pierna derecha.

Silva sacude la pelota contra el tronco de un árbol, la hace girar entre sus manos callosas. A continuación retoma el tema que interrumpió hace un momento: su indisciplina como futbolista. Dice que en la Copa América de 2004, disputada en Lima, se escapó todas las noches del hotel donde estaba concentrado con la selección uruguaya; que cuando jugó en Peñarol llegó muchas veces trasnochado a la cancha; que durante su periodo en el Portsmouth se volvió más fiestero.

—¿Cómo hacías para volárteles a los ingleses?
—Allá los equipos no se concentran antes de los partidos. Es más fácil salir de noche.
—Con razón el Portsmouth en esa época no levantaba cabeza.
—Y en esta, tampoco.

Entonces suelta la carcajada.

—Lo que pasa, ¿viste?, es que ellos confían en uno. Uno es adulto y sabe cuidarse.
—Sobre todo, cuidarse. Entiendo.

Silva vuelve a carcajearse. Luego dice que los futbolistas no forjan sus amistades en las canchas sino en los boliches. En las canchas, explica, él solo veía fecha tras fecha a los once jugadores del equipo contrario. Tenía que enfrentarlos y punto. A lo sumo intercambiaba con ellos un saludo durante el protocolo inicial o una palabra durante el partido. En los bares, en cambio, se topaba con multitudes de futbolistas, especialmente los domingos por la noche. Allí sí era posible intimar porque la presión de la competencia había quedado atrás.

Uno de esos amigos conseguidos en los boliches fue el panameño Julio César Dely Valdés. Cuando se conocieron, Silva pertenecía al Peñarol y Valdés, al Nacional. Pese a la rivalidad de sus equipos, tuvieron química desde el comienzo. Se emborrachaban después de los partidos, salían juntos con mujeres, compartían sus discos. Años después la vida les dio la oportunidad de jugar en el mismo club, el Málaga de España, donde conformaron una dupla goleadora. Silva cree que se entendían tan bien en las canchas porque habían intimado muchísimo durante las noches de farra.

DOS

—Cuando me ven en la calle se quedan locos los hijos de puta. Vos viste que yo no cojeo. Seguro piensan: “¿Y este no tenía una pata de palo?”.

Si hay algo que me ha impresionado en los cuatro días que he pasado con Silva es su procacidad. También, la habilidad de su pie artificial. Con ese pie encendió la moto de su hermana Andrea para llevarme a conocer el río Olimar. Con ese pie pateó una lata vacía de gaseosa en el barrio La Agraciada. Con ese pie saltó emocionado cuando su hijo Diego, de diez años, anotó un gol. Aquella tarde confirmé que en la cultura rioplatense el fútbol tiene unos rituales de iniciación similares a los del amor: acompañar al hijo en la cancha es como apadrinarle la primera novia.

Con el pie de la prótesis, digo, corrió hasta alcanzar un taxi que estaba detenido en el semáforo. Cuando nos acomodamos le dije al taxista que Darío Silva debe de haber sido el futbolista más indisciplinado de Uruguay en todos los tiempos.

—No crea —respondió, mirándome con malicia a través del espejo retrovisor—: los hemos tenido peores.
—¡O’Neill, O’Neill! —exclamó Silva, muerto de la risa.
—¿De dónde es usted? —preguntó el taxista.
—Colombiano.
—¿Ya vio la noticia de Fabián O’Neill?
—No.
—Ayer publicó un libro en el que habla de su indisciplina. Ha habido mucho revuelo.
—Peor que yo el hijo de puta —exclamó Silva entre risas—. Cuando estaba pequeño le llenaban la mamadera de vino.

Con ese pie recorrió varias cuadras para llevarme al restaurante donde gastó su primera mesada como esquilador de ovejas. Pidió ensalada rusa, bebió cerveza, afirmó que nunca más volverá a manejar un automóvil. Prefiere movilizarse en la motocicleta de su hermana o caminar. La camioneta donde andaba el día del accidente —añadió— quedó inservible. Sin embargo, se la vendió a una señora millonaria que colecciona objetos raros.

TRES

Silva me muestra el pie derecho. Dice que desde el primer momento se sintió cómodo con la prótesis, sin duda porque fue amputado por debajo de la rodilla, así que conservó la flexibilidad.

—Fue una cosa ilógica que ni yo mismo entendí —señala, y raspa el balón con las uñas.

Luego vuelve a hablar de su ética de trabajo como futbolista. Antes de hacer juicios hay que analizar muchas cosas, dice. Por ejemplo, él se mantuvo juicioso cuando jugó en el Cagliari, y sin embargo, solo marcó veinte veces en los cuatro años que duró el ciclo. En el Málaga, a pesar de que volvió a las juergas, duplicó sus goles. A él la disciplina excesiva le resecaba el alma, advierte. Por eso rendía más cuando disfrutaba la noche, así durmiera poco. Nada lo motiva más que amanecer entre los brazos de una mina. Eso es como reabastecerse de energía: le dan ganas de entrar a la cancha silbando y jugar cinco partidos seguidos.

Silva arroja el balón al suelo, me muestra su teléfono móvil.

—¿Ves cuántas rayitas le quedan a la batería?
—Una sola.
—Exacto. Cuando vos te pasás la noche garchando con una mina, la carga te llega hasta acá.

Y toca la pantalla con uno de sus dedos gruesos. Noto que tiene las uñas sucias.

Me asombran, digo, esas manos tan ásperas. Él responde que durante la mayor parte de su vida ha sido labriego. De niño esquiló ovejas, de adolescente ordeñó cabras. En aquella época el fútbol era apenas una diversión. Por las tardes se iba a jugar con sus amigos en cualquier calle del barrio. Los partidos se disputaban sin árbitros, sin reglas, y terminaban solo cuando la oscuridad de la noche imposibilitaba ver la pelota. Entonces aparecían los padres para ofrecer un brindis. Había vino, empanadas y, en algunas ocasiones especiales, bife. Al día siguiente todo el mundo retornaba a sus deberes.

Para Darío Silva, el fútbol era eso: respiro, camaradería. Pausa entre una jornada cumplida y otra por cumplir. En Treinta y Tres, el pueblo donde nació, las opciones siempre han sido escasas: laburo en el campo para garantizar el pan, fútbol en los ratos libres para entretenerse. ¿Qué más se puede hacer en esos parajes solitarios tan apartados de la capital?, pregunta.

—Se hace una cosa o la otra. ¡Ya está!

De modo que empezó a patear balones por la misma razón por la cual comenzó a arrear cabras: no había más alternativas. Sucedió cuando contaba, más o menos, seis años. Su padre era celador en una escuela y su madre, cocinera en otra. Para no dejarlo solo en casa, ambos se lo llevaban, por turnos, a sus puestos de trabajo. Cada colegio tenía cancha de fútbol, así que el pequeño Darío siempre terminaba metido en los partidos.

—¿Estudiaste en alguno de los colegios donde trabajaban tus viejos?
—Estudiar es un decir. Mi paciencia para eso es cero.
—¿“Eso”? ¿Te refieres al estudio?
—No me va la palabra “estudio” porque yo no estudié. Yo solo fui.
—¿Adónde fuiste?
—Fui al colegio donde laburaba mi padre. Pero era muy haragán.
—¿Hasta qué grado llegaste?
—Segundo. Me dormía en clase. Yo sabía que jamás iba a asomarme por una universidad.
—¿Y el fútbol?
—No pasaba nada con el fútbol.
—¿En la infancia no imaginabas que serías futbolista?
—Nada, no pasaba nada.
—Listo, no pasaba nada, pero ¿nunca imaginaste que podías ser futbolista?
—No.

Por lo menos —añade— no lo imaginaba cuando tenía diez años y comenzaba a esquilar ovejas. Los futbolistas le parecían unos señores famosos que aparecen por televisión jugando en estadios bonitos. Un pibe de provincia que solo aspiraba a entretenerse tras el laburo no accedería ni en sueños a un recinto de esos. Si alguien le hubiera profetizado en aquel momento su destino de futbolista, él lo habría refutado con una frase irónica de su padre: “¡Andá a cantarle a Gardel!”. Lo suyo, pensaba, sería la ganadería. Al entrecerrar los ojos sobre la almohada se veía en una finca propia orientando un rebaño de vacas Hereford.

La vida gira como una pelota, dice Silva ahora. Lo dice mientras pisa el balón con el pie derecho, el de la prótesis. Le doy un vistazo de abajo arriba. Calculo que mide, a lo sumo, 1,76. Me pregunto cómo pudo haber sido un atacante tan depredador con esa estatura. En la selección uruguaya, el 9 casi siempre ha sido un tipo de más de 1,80. Él retoma su idea: la vida es un viaje en redondo. Te desvías, te alejas, pero siempre llegas al lugar predestinado.

Siguió jugando de manera informal, dice. En este punto aclara que no recuerda cómo hizo el tránsito de la calle a la cancha. Lo que sí recuerda es que al principio, quizá por su estatura, fue ubicado como lateral derecho. Tenía velocidad, despliegue físico, ganas, potencia, pero en los recorridos largos fracasaba: no sabía hacer diagonales para acortar el terreno, tiraba mal los centros. Una tarde apareció un entrenador que lo alineó como delantero. ¡Bingo! El patito feo se convirtió en cisne: explosivo en los piques cortos, certero cuando quedaba en posición anotadora.

—¿Vos recordás lo que decía Menotti sobre Romario?
—No.
—Decía que dentro del área era mejor que Pelé.
—¿Te estás comparando con Romario?
—Andate despacio, cada quien entiende lo que quiere.

A continuación señala que Romario siempre fue su referente. Lo cita solo para darme a entender que cuando se convirtió en delantero mostró su mejor faceta dentro de la cancha. Ahí comenzó a despejarse su panorama. La vida, repite, es como una pelota. Da vueltas, va y viene, trae sorpresas, llega adonde debe llegar. Para demostrármelo, me cuenta cómo fue que el fútbol vino hacia él en un momento en que él no estaba yendo hacia el fútbol.

Oigo la historia, coreo su frase: la vida es como una pelota de fútbol. La pelota viaja, se escapa, la controlan los otros, se ve inalcanzable por allá lejos, se acerca, te llega de repente, te rebota, huye de ti, se eleva y, cuando ya la das por perdida, atraviesa un bosque de piernas y te cae cortita y al pie, toda tuya, frente al arco, para que te llenes el empeine con ella, ¡zas!, y metas el gol del triunfo en el último minuto.

Ese fue su caso, ni más ni menos: el balón perdido le llegó directo al pie. Sucedió en 1990, cuando tenía diecisiete años. Juan José Duarte, director técnico de la selección uruguaya sub-20, andaba observando jugadores. Una tarde anunció que viajaría a Treinta y Tres. El periodista radial que lo entrevistaba ni siquiera sabía dónde quedaba ese lugar. ¿Treinta y Tres? Un oyente llamó a la emisora para informar que el pueblo quedaba, más o menos, a trescientos kilómetros de Montevideo. Entonces Silva reconoció su oportunidad, vio de golpe lo que ocurriría. El resto es historia, concluye.

De la selección sub-20 que quedó cuarta en el Mundial de 1991 pasó al Defensor Sporting. Luego, al Peñarol; después, al Cagliari. Vinieron cuatro equipos más, y muchas convocatorias a la selección de mayores. Entonces Silva sintió que vivía al contrario de como lo había pronosticado: dedicado al fútbol y apartado de las granjas donde se hizo hombre. En su viaje se topó con lo inesperado. Asfalto, vértigo, esmog, grandes clubes, estadios llenos, hoteles de cinco estrellas, aplausos, fama, autógrafos, fotos de primera plana, mujeres, licor, discotecas, trasnochos, otra vez mujeres. Una camioneta, un tipo temerario que conduce borracho —él mismo— y el accidente que casi le arrebata la vida.

El accidente que lo hizo salir del fútbol por la puerta trasera, cuando apenas tenía treinta y cuatro años.

Un viaje redondo, después de todo, porque aquí está otra vez, a sus cuarenta y un años, como si nunca se hubiera ido.

Silva calla, mira hacia el otro extremo del patio, donde su hermana Andrea prepara café. Si analizamos bien el asunto —dice a continuación—, su predicción se está cumpliendo: hoy es el adulto estanciero que aparecía en sus sueños infantiles. No guía ningún rebaño de ganado Hereford, es verdad, pero en cambio sí tiene una tropilla de vacas Aberdeen Angus, y ovejas finas como las que esquilaba cuando era niño, ovejas Corriedale, nada menos, y también caballos árabes, y ciervos Axis, y una campiña bien podada.

CUATRO

Cuando estuvimos en su finca, a unos diez kilómetros del pueblo, Darío abrió un baúl en el que guarda recuerdos de su vida en el fútbol: una camiseta de Batistuta, un brazalete de Baresi, unas zapatillas de Ronaldo.

Me mostró sus animales, sus monturas de caballería, el retrato de sus padres ya fallecidos, las fotos de sus dos hijos, una tetera que le dieron en Paraguay y un poncho que le regalaron en Argentina.

Eso es todo lo que necesita para ser feliz, dijo.

Eso, más Lorena, su novia actual. Hace dos días se puso a pensar que ella es la única mujer a la que ha amado.

—¿Por qué lo crees?—Bueno, es la única a la que nunca le he sido infiel, ¡y llevamos más de un año juntos!
—¿Eras muy infiel?
—Ni te cuento.

Me extrañó que ventilara el tema. Para los futbolistas, eso hace parte de la mugre que se oculta bajo la alfombra. Él estuvo de acuerdo, y agregó que la promiscuidad solo sale a flote cuando el equipo pierde, o cuando el dueño necesita un pretexto para borrar a algún fulano de la nómina.

Entonces Darío volvió a hablar de su indisciplina. Un poco después de cumplir treinta años fue contratado por el Sevilla F.C. Allí coincidió con el andaluz Sergio Ramos, que entonces solo tenía diecisiete años.

Como Darío era tan desordenado, no quería que Ramos se le acercara, ya que podría dañarse viendo su mal ejemplo. Así se lo dijo.

—Pero es que tú me caes bien —le respondió Ramos.
—Bueno, hagamos algo —propuso Silva—: al andar conmigo vas a ver que yo digo cosas lindas, como que hay que portarse bien, y también hago cosas malas, como salir de farra la noche antes del partido. Bueno, fijáte en lo que yo digo, no en lo que yo hago.

Y volvió a soltar su eterna risotada.

CINCO

En la casa de los Silva ya huele a café.

Darío dice que Andrea, su hermana, es adicta al laburo. Cocina, plancha, barre, hace lo que sea necesario. Así es él: en su finca no se la pasa sentado viendo cómo vuelan los pajaritos sino sudando la gota gorda como le enseñaron sus mayores. Por eso tiene las manos ásperas: el trajín en el campo percude, encallece. Entonces guarda el teléfono móvil en el pantalón y me muestra el dorso de las manos. Inspecciono sus dedos gruesos, nudosos, su piel cundida de cicatrices.

Le pregunto de quién es el balón. Se encoge de hombros, el ceño fruncido, calla.

—¿Querés café?
—Sí.
—Creo que esta pelota es de mi sobrino.
—¿Cuántos años tiene tu sobrino?
—Y… ya es un hombre.
—¿Es futbolista también?
—Jugaba de chico. Después, largó.
—¡Quién sabe cuánto tiempo llevará esa pelota ahí abandonada!
—Es lo que te digo. Hace un ratito ni la veíamos, y ahora la tengo en el pie.

Quisiera saber, digo, si ha vuelto a meter goles con el pie derecho. Silva responde que por supuesto. A veces participa en torneos de veteranos. Ahí donde lo ven con su pata de palo —bromea— él todavía corre, todavía salta, y siempre que lo pongan mano a mano con el arquero, le va a pasar factura. Hace cuatro años estuvo en Colombia jugando en la despedida de su colega Iván René Valenciano. Después del partido hubiera podido bailar una tanda de candombe, porque se sentía entero.

—Me gustaría verte haciendo pinolas.
—¿Qué son pinolas?
—Cuando haces saltar el balón en el pie, una y otra vez, sin dejarlo caer.
—Ah, como jueguito…
—En algunas partes de Colombia les llaman pinolas y en otras, la 21.
—Qué nombres tan raros. Acá en Uruguay a eso se le llama “dominar”.
—Bueno, por favor, domina el balón para hacerte fotos.
—¡Estás loco!
—No entiendo.
—Así juegan los niños de siete años.
—¿Te parece malo?
—Mala, la muerte de mi abuelita. Pasa que no entrenamos así.
—¡Pero si no estamos en entrenamiento! Es solo para la foto.
—Decile a Maradona. Sacarías miles de fotos, ¿viste?, porque el tipo es capaz de durar una semana sin dejar caer la pelota.

Le pido el balón a ver si lo incito con mi ejemplo. Como apenas logro siete pinolas, Darío suelta una nueva risotada.

—Devolvémelo antes de que te broten hojas. ¡Sos un tronco!

Y otra vez se ríe.

De pronto, sin ningún aviso, se pone a dominar. Me pide que vaya contando en voz alta. Veo su rostro grave, concentrado —va una—, veo su pie izquierdo apoyado en el piso —van dos—, veo cómo el balón rebota suavemente en su pie derecho —tres—, veo cómo se tensa su cuerpo magro —cuatro—, veo sus brazos venosos —cinco—, veo cómo su camiseta lila se infla y se encoge —seis—, veo su nariz aguileña, veo sus pómulos angulosos —siete—, veo su piel cobriza —ocho—, veo su pelo ensortijado, ahora del color negro original —nueve—, veo la bota de su pantalón blanco arremangada hasta la rodilla —diez—, veo su pierna artificial cubierta con espuma de poliuretano —once—, veo cómo el muñón delgado de la prótesis naufraga en la abertura de su zapato. Me pregunto cómo se sostiene, por qué no se mueve.

Doce.

Trece.

Veo que Darío esboza una sonrisa burlona.

Catorce.

Descubro que no estoy contando con la vista sino con los oídos. Sigo oyendo, sigo contando.

Oigo el golpe de la pelota contra el empeine —quince—, oigo el jadeo de Silva —dieciséis.

Y ahora oigo su voz.

—Bueno, ya está.

Se detiene, atenaza el balón con la mano derecha. En seguida dice que nunca fue futbolista de pasatiempos. Los considera inútiles, pues en la cancha nadie anda tonteando. A él dénsela redondita en el área, y ya verán cómo pone a cobrar a todo el equipo.

Siempre creí lo contrario: que su nombre y la palabra divertimento encajaban sin tropiezos en la misma oración. Lo veía contento en la cancha, como más dispuesto a pasarla bien que a competir. En su pelo teñido de amarillo intuía un espíritu vivaracho, en su sonrisa permanente divisaba un temperamento afable. Además estaba el contraste entre su piel achocolatada y la piel blanca de sus compañeros. ¿Qué hacía ese negro mandinga revuelto con aquellos jugadores de aspecto europeo? En este punto Silva vuelve a largar la risotada.

—¡Pero si en la selección uruguaya ha habido más negros!
—Ya lo sé. Pero algunas veces tú fuiste el único.

Silva se mira un brazo, luego el otro.

—¿Te acordás de Marcelo Zalayeta?
—Sí, claro.
—¡A ese hijo de puta lo demoraron en el toaster más que a mí!

Y de nuevo suelta la carcajada.

A mi modo de ver, la apariencia correcta de Zalayeta no desentonaba en aquella tropa de blancos austeros. En cambio Silva me parecía, a ratos, un bailador de samba entrometido en una liga de tango. Era festivo, saltarín, desabrochado. Siempre creí que reivindicaba el significado primario del verbo jugar. Un día tenía el pelo amarillo, otro día rojizo; a veces lo usaba largo, a veces se rapaba. Celebraba los goles sacando la lengua, o brincando como canguro, o metiéndose el balón en la camiseta. Eso sí: aunque pareciera el miembro calavera del grupo, siempre actuó durante los partidos como un competidor feroz.

—Te ponés con firuletes y por ahí te matan.
—Entiendo: la pinta de payaso no impide trabajar en serio cuando empieza la función del circo.
—Si no, no cobrás.
—Claro.
—Cobrás con goles, no con jueguitos.

Calla un instante. Ahora tiene la pelota bajo el brazo izquierdo.

—Yo ensayaba penaltis en aquella pared. ¿Querés que tire uno?
—Claro.
—Patear es mejor que dominar.
—Claro, claro.
—Si nos imaginamos que esa pared es el arco, me vas a ver metiendo un gol con la derecha.
—¿Nunca te dijeron que pareces brasileño?
—¡Puta, miles de veces! Acordate de Catanha.
—Me acuerdo de Catanha, tu compañero brasileño en el Málaga. ¿Por qué lo mencionas?
—Nos confundían, ¿viste? A él le decían Silva y a mí, Catanha.

Andrea, la hermana de Darío, nos trae café.

—¿Ya le contó los desastres que hacía en casa? —me pregunta.
—No.

Entonces se miran, sonríen. Andrea me pasa el pocillo.

—Creció sin ley porque todos lo mimábamos. Es el menor de los tres, el único varón.
—¿Qué desastres hizo?
—Las paredes eran su portería. Mi padre vivía pagando vidrios rotos en el vecindario.
—Le queda muy bien su pelo amarillo.

Por toda respuesta, Andrea sonríe. Sus ojos verdes se iluminan.

—Mi pelo era como el de ella.
—Me imitaba desde pibito.
—Pero ella también me imitó. Ese pelo que tiene ahora se parece al mío cuando jugaba.
—El tuyo se parecía al mío.
—Los dos nos pintábamos.
—Sí, pero yo lo hice primero.

Ambos ríen. Darío arroja el balón al piso para recibir su café.

—¡Mirala bien a mi hermana, es trigueña! ¡A la hija de puta nunca la pasaron por el toaster!

Y suelta la enésima carcajada.

Andrea me mira, y después mira a Darío.

—Él me imitaba. Un día se puso lentes de contacto verdes.
—Pero eso fue de pibe, mirá que ya ni me acuerdo.
—Tuviste ojos verdes.
—No me acuerdo.
—Lo volviste a hacer cuando jugabas en el Málaga.
—Y, bueno, yo era dueño de una discoteca. Esos lentes fueron cosas de la fiesta.
—Me imitabas.

Entonces Darío se dirige a mí:

—¿Vos te imaginás las minas que me hubiera cogido con los ojos de mi hermana?

Y otra vez empezó a ahogarse de la risa.

Me sorprende que haya tenido una discoteca durante su paso por el Málaga. Silva responde que divertirse en un boliche propio siempre será más seguro que hacerlo en uno ajeno. Se trataba de una ocupación adicional como cualquier otra. Como estudiar de noche, por ejemplo, o cuidar un banco. El presidente del club sabía, sus compañeros sabían, la ciudad entera sabía. Nadie protestaba, pues la discoteca era “una inversión personal”. Además, él rendía en la cancha.

Jamás había conocido un deportista que se expresara de manera tan políticamente incorrecta. Para Silva —recapitulo en voz alta— beber antes de un partido era impedir que se le resecara el alma, desvelarse con una mujer era llenarse de motivaciones y atender una discoteca era como estudiar en jornada nocturna. En su credo personal ningún exceso es condenable si el futbolista ofrece resultados. Esto último lo aprendió con la experiencia, advierte entre risas. Al principio se escondía si veía periodistas deportivos en los boliches. Después descubrió que cuando rendía en la cancha a nadie le importaba si se acostaba temprano o amanecía en la calle. Por eso siempre llegó puntual a los entrenamientos, por eso siempre dejó el alma en cada jugada.

En este punto señala que a él le bastaban dos horas de sueño. Andrea asiente con la cabeza. Quisiera saber, digo, cómo puede competir en serio un futbolista desvelado y borracho. Entonces Darío esgrime su tesis más descarada: por haberse criado en el campo, tiene la ventaja de contar con un cuerpo muy fuerte. Me cuesta saber si en verdad piensa eso, o si solo me está gastando una broma. Por lo pronto, digo que quedamos notificados: debemos emplear a nuestros niños como ordeñadores de cabras para que más tarde disfruten de un libertinaje saludable.

Darío se ríe, dice que soy un hijo de puta. Luego agrega que la bohemia es muy común en el fútbol latinoamericano. Los entrenadores suelen mirar para otro lado, porque si ven demasiado pueden perder el control del grupo. Los compañeros suelen ser fieles al código de guardar silencio, porque nunca se ha dado el caso de que a un futbolista lo condecoren por soplón. El que muestra el trapo sucio afuera ensucia adentro. Además, ¿a quién le incumbe lo que vos hagás en tu tiempo libre? Emborrachate, cogete a ese minón que te pidió el autógrafo. Eso sí: al día siguiente llegá puntual al entrenamiento y rompete el orto laburando. Si ganás, nadie te armará lío.

Así funciona, concluye. Uno puede taparse los ojos para no darse cuenta o vendarse la boca para no hablar, pero la indisciplina está ahí.

—Lo que fue, fue. Ya está.

Me niego a creer —le digo— que cuando se encuentra a solas sea tan indulgente consigo mismo. Él responde que nunca lo ha sido. Siempre se ha culpado por su irresponsabilidad, y antes hasta se odiaba por eso. Pudo haber matado a los dos amigos que viajaban con él en la camioneta, pudo haberlos dejado inválidos. Menos mal no sucedió ni lo uno ni lo otro. Jamás se lo habría perdonado, así que ahora yo no estaría conversando con él sino solo con la morocha —y señala a su hermana.

No mató a los amigos, de acuerdo, pero humilló a su familia, la hizo sufrir mucho. Él también estaba desconsolado. Hacía como que olvidaba, como que todo le importaba un higo. Sin embargo, tenía un ahogo en el corazón. Veía su pierna rota, sentía sangre en un oído, escuchaba ruidos en la cabeza. Era quizá la voz de su conciencia. Nada ganaba con quedarse ahí, echado a la pena. Debía existir alguna forma de aprovechar la vida que le quedaba. Una tarde su psicóloga en Montevideo le dijo cuál era: valorarla, honrarla día tras día. Lo único que se le ocurrió entonces para lograr ese propósito fue devolverse para Treinta y Tres a cumplir su sueño de infancia.

Silva pone su mano áspera en mi hombro y me pide que lo acompañe hasta donde está la pared. Quiere que vea su último gol, ese que también fue el primero, el más bonito de todos, el que empezó a marcar desde niño en este patio amado.

Esta es la historia de un hombre que parece haber enloquecido por el fútbol. En su casa se acumulan 4.500 videocasetes con los partidos más estrambóticos; asegura que cuando duerme la cabeza se le llena de arcos. No le dedica más de quince minutos a una charla con su esposa y la última vez que fue al cine fue en los años ochenta, también es capaz de despertar a las tres de la mañana al presidente de Estudiantes de La Plata, club que actualmente dirige, para sugerirle una idea sobre el equipo y, cuando viaja a Roma, prefiere visitar a un futbolista que conocer el Coliseo.

Sin embargo, a Carlos Salvador Bilardo no le dicen “el Loco”, sino “el Narigón”. Ese ha sido el apodo que arrastra desde sus años adolescentes, cuando nadie imaginaba que el muchacho que corría de una cancha a la facultad de medicina y de la facultad a la cancha terminaría siendo el técnico más obsesivo del mundo. Su inconfundible perfil, pan del cielo para los caricaturistas, le valió un mote que más que con pesar lo lleva con orgullo por el mundo. “Alguna vez pensé en operarme”, dice como quien revela un secreto. No entra en detalles, pero se sabe que a finales de los años sesenta se puso de acuerdo con Juan Ramón Verón (ex delantero de Estudiantes y padre del actual jugador del Chelsea inglés) para visitar a un reconocido cirujano plástico de La Plata con la intención de que les mejorara las narices. “Cuando nos sacó la máscara de yeso y nos mostró cómo íbamos a quedar salimos rajando. Siempre rogué para que me fracturaran el tabique nasal y así tener un motivo para que me operaran, pero lo único que me fracturaron fue una costilla”.

Luego de proclamar que jamás volvería a dirigir, en mayo de este año cedió ante el ruego de viejos amigos que le pidieron que tomara la conducción de Estudiantes y lo salvara del descenso. Después de prometer que no cobraría sueldo, que lo haría por amor al club y que pretendía manos libres para moverse, el técnico, que más sabe por zorro que por viejo, empezó otra demostración de sus habilidades: en dos meses Estudiantes no perdió más de un partido y el descenso pasó de largo.

Hace poco tiempo, por ingenuidad, por bondad, o por ego, Bilardo creyó que con la fama alcanzaba para presentarse como candidato a presidente de los argentinos. Su originalidad, indiscutible en este lado del mundo, lo llevó a preparar una reunión en las primeras horas del 1 de enero de 2000, cuando todo el mundo festejaba la llegada del siglo nuevo. Convocó a los medios de comunicación y a sus amigos a un acto en que anunciaba su postulación. “Quiero ser el primer candidato del siglo”, dijo entonces. Y lo logró. Ese día muchos pensaron seriamente que Bilardo entraba en la categoría de lunático. Ahora, resulta inevitable hablar de aquellos sueños que se transformaron en una aventura: “Mi familia no quería, y tuvieron razón. Puse mucha plata y la perdí. Para ser presidente necesitas millones. No era para mí. Gasté en afiches, en alquilar locales, en armar reuniones. En lo único que no gastaba dinero era en la prensa. Me hacían notas todos los días gracias a ser Bilardo. Hasta CNN me entrevistaba para saber por mi candidatura. Bueno, aunque con CNN tengo un trato especial porque ellos me llaman cada tanto para pedirme opiniones de fútbol y a mí me hacen algunos favores”.

La conversación, a esta altura, se parece a un juego de cajas chinas. Entre uno y otro recuerdo, se le mezclan los personajes y las anécdotas. Por el momento son las memorias de un político que duró lo que dura un torneo. “Llegué a armar reuniones en La Matanza, el distrito más popular del Gran Buenos Aires, a las que se acercaban cinco mil personas. Me iba de viaje al interior del país con mi equipo de trabajo, médicos, especialistas en educación, todo. Pero de pronto me quedaba hablando solo porque los médicos miraban el reloj y me decían me tengo que ir a tal lado, los otros también. Hasta que un día en una de las reuniones un tipo dice, bueno, todo muy bien, pero aquí en este distrito se hace lo que yo quiero. Yo no sabía de esto. Ahí me di cuenta de que no iba a poder hacer lo que yo quería”.

Tiene a mano un ejemplar de una revista amarilla de 1983 en la que presagiaba una Argentina en el fondo de los mares. La relectura del semanario Diez indica que Bilardo afirmaba que este país se hundiría durante veinte años y que necesitaría otros veinte para recuperarse. Según el oráculo Bilardo, el 2023 pondrá las cosas en su lugar. “El problema es moral, moral –repite como buen hiperquinético–. Cuando regresé de Colombia a Argentina toda la plata que había ganado la puse en una cooperativa de ahorro y me la comieron, perdí todo”.

***

En los años en que fue asesor de la selección de fútbol de Libia, terminó políticamente de acuerdo con todo lo que propone Gadhafi en “El libro Verde”. ¿Bilardo revolucionario? No estaría mal para dar una primicia mundial. Es el propio Bilardo quien ejemplifica y confunde: “El dinero está mal repartido, si yo tengo una fábrica y llego en un auto modelo 1990, el que trabaja tiene que llegar en un modelo 1970, y los gerentes en uno de 1980, pero todos tienen que llegar. Hoy tenés que ser de derecha o de izquierda según te convenga. Miren, yo fui a la Unión Soviética, a la despedida del legendario arquero Lev Yashin y vi cómo los comunistas decían una cosa y hacían otra. Yo les decía a mis amigos, estos tipos cualquier día de estos tiran todo a la mierda y chau. Así fue. Hoy los pibes no aguantan más, ven la televisión, ven lo que tienen los españoles, ven lo que tienen los extranjeros y quieren vivir bien. No soy de aquellos que piensan que porque soy dueño de una fábrica a los obreros los mato. Esto se los he dicho hasta a los dueños de Torneos y Competencias (empresa dueña de los derechos de T.V. del fútbol argentino y para la que Bilardo realiza comentarios pagos). A mí no me gusta ver pasar 30 millones de dólares ante mis ojos y que la gente reciba muy poco. A la gente hay que tenerla bien”.

A pesar de que lo explica muy seguro y que se le advierte que en realidad parece un socialdemócrata, Bilardo insiste en proclamarse “peronista de Perón”. Las primeras sonrisas grandes de la entrevista llegan cuando el doctor habla de militancias juveniles: “Yo estaba en la UES (Unión de Estudiantes Secundarios, una agrupación que apoyaba a Perón). Era el delegado de los chicos del colegio Bartolomé Mitre. Milité desde los 12 hasta los 18 años. Después me absorbió el fútbol. Era de los que a fin de año iba al edificio del Correo Central a buscar la canasta que regalaba Perón. Íbamos a las inauguraciones de obras públicas como el Embalse de Río Tercero, las instalaciones turísticas de Chapadmalal. Seguí a Perón a muchas partes. Una vez no nos dejaban entrar al Teatro Colón, a una ceremonia final, y no sé cómo hice pero me colé. Por supuesto que fui uno de esos adolescentes a los que los Campeonatos Evita le pegó mucho. Mirá cómo será que me acuerdo la canción: Seremos deportistas de todo corazón/ seremos deportistas de Eva y de Perón/ para formar la nueva y gran generación/ si ganamos o perdemos no ofendamos al rival. Las estrofas entonadas suenan a sacrilegio en boca de este predicador del ganar a cualquier precio, quien siempre tiene a mano la aclaración debida: “Nuestros equipos sacan provecho de todo, pero dentro del reglamento”. Es inútil insistirle con un tema que lo dejó en evidencia ante las cámaras del mundo: la tarde del Mundial de Italia en 1990 cuando un auxiliar de la selección argentina llevó dos bidones con agua durante el partido contra Brasil. Uno contenía agua de la más limpia. El otro una sustancia capaz de descomponer al mejor preparado. Al brasileño Branco lo invitaron a tomar de la mezcla especial y al poco tiempo debió salir de la cancha. La respuesta de Bilardo siempre es la misma, una mueca evasiva.

***

Ningún apellido en el mundo remite tan velozmente a la palabra alfileres como el de Bilardo. Aquella leyenda que se agigantó con los años, la del jugador de Estudiantes de La Plata que entraba a la cancha con un alfiler entre sus ropas para pinchar, provocar y hacer expulsar a los rivales, es desmentida con una voz agria y casi convincente: “No, eso es mentira. ¿Vos te imaginás? Si alguien puede pinchar en la cancha a un rival con un alfiler el tipo no se va a quedar quieto. No, va y te mete una trompada en la jeta. ¡Qué alfileres ni alfileres! En aquella época nos inventaron muchísimas cosas. Decían que yo había aprendido inglés para poder insultar a los jugadores del Manchester. Decían cualquier cosa”.

Los tiempos de Bilardo jugador parecen cuentos fantásticos. Por primera vez un equipo argentino de los llamados “chicos” se colaba en el lote de privilegio mundial. Tres Copas Libertadores en 1968, 1969 y 1970 y una Copa Intercontinental en 1968. Eran los famosos “Pincharratas”. Era el Estudiantes que dirigía Osvaldo Zubeldía, un equipo al que sus detractores bautizaron como “el antifútbol” a partir de acalorados partidos en los que según la definición del humorista y escritor argentino Roberto Fontanarrosa “se veían unas patadas tremebundas, unas planchas asesinas, una cantidad infinita de zamarreos, remolinos, empujones, puteadas y escupidas”. Como adelantándose a cualquier pregunta incómoda, Bilardo explica: “Algunas cosas que decían de nosotros fueron verdad, pero la mayoría son mentiras. Gran parte de la prensa nos tenía envidia. Es que por esa época todo era de los grandes, Boca, River, Independiente, Racing, San Lorenzo. Un día fuimos con el plantel a la redacción de la revista El Gráfico, la más popular en materia de deportes, y le dijimos al director: ‘Mire, nosotros no queremos ser tapa de la revista porque ya sabemos que no vendemos un carajo, pero le pedimos un favor, si salimos en las páginas interiores, al menos denos más espacio’. Yo sabía bien que Estudiantes, pese a su excelente campaña y todo no le interesaba al gran público. Lo sabía porque siendo jugador hacía la cola todas las tardes para esperar a que saliera el ejemplar del diario La Razón y cuando ganaban Boca o River la cola de gente era impresionante y cuando ganábamos nosotros y ellos perdían no llegábamos a veinte. Fue ahí cuando dije que el fútbol es un negocio y casi me matan. Una vez en otra revista que se llamaba Goles no tenían fotos de nuestros jugadores festejando un gol. Y claro, ¡qué la iban a tener si nunca mandaban a sus fotógrafos a nuestros partidos! Resulta que estábamos por salir campeones y tenían que hacer la tapa con nosotros. Nos citaron el lunes a la mañana en la cancha para que nos pusiéramos la ropa de jugador y simuláramos que festejábamos un gol. El fotógrafo nos rogaba ‘pero griten el gol con ganas’ y nosotros le decíamos que se dejara de joder, que no era lo mismo festejar un gol un día domingo, durante un partido, que un lunes a la mañana con frío y cansados”.

Sostiene que después de Buenos Aires su ciudad preferida es Cali a la que define como “el Paraíso. Su gente es increíble, se levantan y todo es música y fútbol, se acuestan y todo es música y fútbol, nunca vi un pueblo tan alegre”. La relación entre Bilardo y Colombia nació después de unos días en que trabajó de jugador y espía. En 1968, su entrenador Zubeldía lo envió a Colombia para elaborar un informe sobre cómo jugaban Millonarios de Bogotá y Deportivo Cali, rivales de Estudiantes de La Plata en el grupo de la Copa Libertadores. “Yo estaba en un hotel con el famoso torero español ‘el Cordobés’ –recuerda, sin salirse un centímetro del estilo cambalache–. El tipo había tenido una mala tarde en Bogotá y se acercó a decirme que al día siguiente iba a realizar una de sus mejores corridas y así fue. Un día después lo llevaron en andas en la Plaza de Toros. Fue en esa semana cuando me presentaron a Álex Gorayeb y nació una amistad que luego me permitiría ingresar al fútbol colombiano y ganarme un lugar”.

El primer contrato en tierras colombianas fue con el Deportivo Cali. Gorayeb, el hombre que lo convocó, le dio un argumento que pegaba en el centro de su orgullo: “Don Álex estaba cansado de que el Nacional de Medellín, que dirigía Osvaldo Zubeldía, le sacara siempre ventaja. Yo tengo que contrarrestar esto –me explicó–, y qué mejor manera que conseguir al discípulo número uno de Zubeldía que es usted. Fue durante una cena en Mar del Plata. A él le encantaba la Argentina, viajaba muy seguido y se instalaba en el Hotel Sheraton de Buenos Aires. Desde allí llamaba a los jugadores para reunirse con ellos y los compraba para llevarlos a Colombia”.

Vuelve una y otra vez a elogiar a Gorayeb, como si hiciera falta remarcar su eterno agradecimiento: “Te los digo en cualquier orden, pero para mí, en el fútbol mundial hubo tres dirigentes inigualables. Te repito, te los digo sin orden: el brasileño João Havelange, el argentino Julio Grondona y Gorayeb. Don Álex era un tipo inteligente. Mirá cómo sería que a los 25 años ya tenía un club en el Líbano”.

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La recepción que el pueblo de Cali le brindó en 1978 al plantel del Deportivo Cali, con Bilardo a la cabeza, cuando clasificó para la final de la Copa Libertadores, jamás se borrara de su memoria, hasta tal punto que la califica de “la emoción más grande que sentí en mi vida”. Son palabras de alguien que no se estremece fácilmente.

Por entonces, ya todos estaban deslumbrados con ese argentino que había llegado con ciertas extravagancias. El primer día pegó varias tapas de la revista El Gráfico en las paredes de los vestuarios mientras les decía a los jugadores: “Miren. Miren bien. De ustedes depende salir en la portada de la revista más prestigiosa de América Latina. Si hacen lo que tienen que hacer lo van a conseguir”. Era el inicio del mito. Su mensaje detallista y triunfalista, el mismo que luego lo convertiría en semidiós para quienes pregonan ganar a cualquier precio, apuntaba a transformar el fútbol de un país que lo había recibido con cierta desconfianza. “Colombia tenía unos jugadores bárbaros –asegura–. Pero estaban desperdiciados. Lo primero que hicimos fue imponer disciplina”.

Suprimió las salidas nocturnas, estableció las concentraciones largas, pero eso sí, no pudo con alguna de las costumbres más populares. “Era imposible decirles que no tomaran alcohol. Si hasta yo tomaba. Me daban una copita de ese aguardiente y chau, quedaba del otro lado. En aquellos años los preliminares de los partidos los jugaban los veteranos. Les dije a los dirigentes que eso era un desperdicio. Con estadios en los que había treinta mil espectadores, los que debían jugar eran los pibes. No tenían vocación por fomentar el trabajo de los chicos. Entonces se me ocurrió una idea: que convocaran a un millonario al que le gustara el fútbol. Me dijeron que ese hombre era Carlos Ardila Lulle, el dueño de la cadena RCN que tenía fábricas y empresas por todos lados. Le propuse que auspiciara un torneo para chicos y me aprobó el proyecto. Así empezó todo. Los veteranos me querían matar, pero la única manera de cambiar el fútbol colombiano era desde abajo”.

Acaso porque no quiere una biografía manchada, se anticipa a aclarar que abandonó Colombia en 1981, después de manejar a la selección. “Yo no viví a pleno la época en la que los grandes narcos tenían dos o tres equipos de fútbol. Pero no voy a negar que tuve alguna relación con varios de ellos. El fútbol es así. Con Miguel Rodríguez conversé dos o tres veces por teléfono. Y con Pablo Escobar tuve algún trato porque él venía a la Argentina a comprar jugadores y me pedía recomendaciones. Te juro que yo no le debía nada a nadie ni nadie me debía nada a mí. Jamás hablaba del tema drogas. Es lo mismo que con el caso de Maradona. Durante todos los años que llevamos de relación jamás hablé con Diego del tema drogas, si él me lo hubiera pedido yo le habría dado mi opinión”.

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El doctor Bilardo, porque al final de cuentas en las venas es un médico, ya no visita pacientes ni recorre salas de guardia. Lo suyo es más artesanal. Hace pocos días, uno de sus jugadores le pidió permiso para salir de la concentración a hablar por teléfono. Hacía frío y Bilardo le concedió cinco minutos. Cuando volvió, cincuenta minutos más tarde, Bilardo lo esperaba con tres tazas de leche, grapa y miel. Pese a todo, el futbolista se pescó una congestión de aquellas y el doctor nuevamente lo trató con su estilo: “durante el partido y al ver cómo estaba pedí unas aspirinas, de esas que no salen en el control antidoping, y las mezclé con Coca-Cola, como cuando estudiábamos”. Su vocación –asegura– no era ficticia ni hija de la presión materna: “Tenía tantas ganas de ser una estrella del fútbol como de ser un excelente médico. Mi padre estaba de acuerdo con que jugara al fútbol y mi madre me dejaba ir a entrenar si estudiaba. No se podían quejar, me llevé una sola materia en el secundario y en la facultad sólo me reprobaron en farmacología”. Así como lo encasillan entre los técnicos “resultadistas y fríos”, su estilo en la medicina andaría por los mismos caminos: “ Yo visitaba a mis enfermos con puntualidad y profesionalismo, pero eso sí, cuando un paciente me decía que se sentía bien le decía chau y no volvía más ¿Para qué?”.

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No se conocen testimonios de quienes pasaron por sus manos cuando aún se calzaba el guardapolvo blanco, pero con la acidez del peor enemigo, César Luis Menotti, el entrenador de la otra vereda, le disparó cierta vez con precisión borgeana: “Miren si el fútbol será maravilloso que sacó a Bilardo de la medicina”. La respuesta de Bilardo, tardía, llegó una mañana durante una entrevista radial cuando acusó a Menotti de ser un comunista que vivía como un burgués: “Ese rabanito mejor que se calle, es rojo por dentro y blanco por fuera”.

Como en las películas en las que está muy claro quiénes son los buenos y quiénes los malos, la sociedad argentina se dividió para siempre en menottistas y bilardistas. Los primeros pregonan algo que suena bien pero se entiende mal: “el buen fútbol es el de izquierda, el que se juega con habilidad”. Los segundos tienen menos prosa: “el buen fútbol es ganar, siempre ganar.”

“Ya van como dos décadas de esa polémica y creo que sí, nunca va a terminar –sostiene como quien acepta morir con las botas puestas–. Y no me olvido que durante el Mundial de 1978, cuando la selección argentina la dirigía Menotti, gente que colaboraba con él me pidió que fuera espía de los futuros rivales argentinos. Los pro-Menotti me acusaban en los años ochenta de ser un maniático de los videos y ahora los usan todos los entrenadores del mundo. Hasta Menotti admitió que los usó”.

El desprecio mutuo ha convertido a una foto virtual en la pieza más deseada del periodismo argentino: quien logre juntar frente a un flas a Menotti y Bilardo recibirá la cámara de oro o algo que se le parezca. Se evitan como el gato y el agua. Más de veinte años son bastantes para un desencuentro. El tiempo, que aclara todo, aquí no ha aclarado nada. Encima, por estos días, a Bilardo se le ocurrió quejarse en cuanta entrevista concede con conceptos menottistas y el desconcierto ha sido mayúsculo: “el fútbol es un circo que se agrandó demasiado y cada vez se juega menos”. Según su nueva forma de ver las cosas, en las grandes ciudades ya no quedan potreros para que los chicos desparramen su talento virgen y eso impide que nazcan jugadores talentosos. “No se equivoquen –aclara–, yo siempre dije que había que trabajar la técnica en las inferiores.

Cuando era chico íbamos a ver los partidos de los domingos y después nos cruzábamos a los terrenos baldíos a jugar horas y horas. Si no tenés contacto con la pelota estás frito. Hoy todos los barrios están llenos de autos, ¿a dónde van a jugar los pibes?”.

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En 1986, meses antes de la partida a México, un burdo intento de un grupo de jerarcas de la Unión Cívica Radical que gobernaba la Argentina, casi culmina en el primer golpe de estado de la pelota. “Querían sacarme del seleccionado –recuerda con renovados aires triunfadores–. El chisme me lo había pasado un mozo que, una noche, había escuchado una conversación entre los diputados Leopoldo Moreau, Fredy Storani, el ex ministro del Interior Coti Nosiglia y un ex funcionario de Economía de apellido Campero. Los tipos, con el argumento de que los resultados no se nos daban, querían cambiar de entrenador y se lo iban a plantear al presidente de entonces, Raúl Alfonsín. Cuando me enteré les avisé a unos periodistas amigos para tener testigos. Después no pasó nada. Pero con el tiempo, Alfonsín me admitió que él había parado todo”.

Cientos de páginas críticas se escribían entonces contra Bilardo y su seleccionado maltrecho que apenas había arañado la clasificación para el Mundial. Los sacerdotes de Menotti no le perdonaban su osadía mayor: le sacó la cinta de capitán al veterano caudillo Passarella y se la entregó al joven y aspirante a rey, Maradona. Un periodista francés fue uno de los pocos que confiaron a ciegas cuando, en las alturas de Tilcara, en la provincia de Jujuy, pueblo elegido para el aclimatamiento a la altura mexicana, vaticinó que si esos tipos vivían allí y corrían como corrían serían los próximos campeones del mundo. Como tantas cosas que explica con lógica de primer grado, no duda que aquello es mérito suyo: “Fuimos la primera selección en llegar a México. Yo sabía, por mi experiencia en la altura de Colombia, que teníamos que llegar mucho tiempo antes. Además, necesitaba tener a los jugadores concentrados casi un mes. Esto del fútbol es como cuando estudiás en la universidad. Te tomás un tiempo para ver toda la materia, pero después necesitás una semana de repaso para fijar bien los conceptos. Nosotros precisábamos un mes de repaso. El resultado fue que aquel equipo, volaba”.

Durante el Mundial de México en 1986, Bilardo vivió su época más brillante. No sólo porque ganó la Copa de la mano de un Maradona hipergenial. También se dio un gusto como pocos: humilló al mismo tiempo a sus enemigos futbolísticos y políticos. La tarde de la consagración en el estadio Azteca, Bilardo se tomó revancha y lavó el nombre de su guía ideológico. Cuando le preguntaron a quién le dedicaba el título, respondió “a Osvaldo Zubeldía”.

“Tanto le habían pegado a Osvaldo que merecía un reconocimiento – dice–. Mirá, de ese día recuerdo que el periodista de Cali, Mario Escobar, me preguntó qué país veía con más futuro en el fútbol después de la Argentina, y yo respondí Colombia. Unos años después Colombia era el país mimado de todos los críticos”.

Hoy, inevitablemente, las selecciones suramericanas están en la mira. Luego de las dos primeras fechas de las eliminatorias al Mundial de Alemania 2006, Brasil se perfila como superfavorito, Chile –por empatar con la Argentina– como la gran sorpresa y Colombia como la gran decepción, sin embargo, Bilardo no ve grandes cambios. “Brasil pinta para ganarle a casi todos. Colombia no es decepción. Cuando uno juega una eliminatoria sudamericana sabe que hay dos rivales contra los que es altamente probable una derrota, Brasil, de local o de visitante, y Bolivia cuando juega en La Paz. A Colombia le tocaron esos dos partidos. Antes de empezar las eliminatorias yo daba a Colombia como candidato seguro y como equipo boom y lo sigo dando. Conozco bien a sus jugadores y sé que son de los mejorcito que hay en el continente. No hay que apresurarse. Creo que es como siempre. Todas las selecciones están muy lejos de Brasil y Argentina. No sé cuáles son los otros dos equipos que van a clasificar, pero por lo visto, puede ser cualquiera”.

—Usted fue a la cancha a ver el debut de la Argentina ante Chile, ¿lo sorprendió la actitud de gran parte del público que no paró de silbar al entrenador, Marcelo Bielsa, y a Juan Sebastián Verón?

Me lo esperaba. Estaba cantado que a los dos los iban a insultar y silbar. Pero van a ver ustedes que el enojo con Verón se va a pasar. Lo de Bielsa es distinto. Yo decía en 1986 que antes del campeonato del mundo me había comprado dos vestimentas blancas, una de jeque para disfrazarme e irme exiliado a Arabia si perdía, y un traje hermoso para darme el lujo de pasearme como un dandy por la avenida Corrientes en Buenos Aires si traía la Copa del Mundo. El cargo de entrenador de Argentina es así. Todo o nada. Bielsa fue el técnico de la selección que eliminaron en el Mundial de Corea-Japón y hasta que no gane el próximo Mundial no va a lavar la ofensa. A las selecciones argentinas, cuando les ha ido mal, hasta recibieron pedradas en el aeropuerto de Ezeiza.

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Pero los técnicos no son los únicos que reciben malos tratos. Bilardo parece dolorido por la forma en que trató a sus familiares y amigos durante la mayor parte de sus 64 años. Está casado con Gloria, una señora a la que el tesorero de la Asociación del Fútbol Argentino definió como “la Virgen María del fútbol. Bilardo la llama por celular a las ocho de la noche y le avisa que se va a ir urgente de viaje a Europa, que le prepare la valija y se la lleve al aeropuerto, y ella calladita, va y le arma todo y se la lleva”. Tienen una hija, a la que, según sus dichos y lamentos, “entre los 10 y los 18 años casi ni la vi”.

Pero enseguida se le pasa y se mete en una confesión: “Viví muy apurado. Todo era fútbol, domingo, miércoles, domingo, miércoles. Desde los 12 años empecé con esto del fútbol y los estudios. Cuando era chico tenía que meter materias porque, si no, los viejos no me dejaban ir a los entrenamientos. Un día en la libreta traje un regular en conducta y la vieja no me dejó salir en todo el mes. Así fue al comienzo, imaginate. Corriendo por todas partes. Había clases los sábados y tenía que llegar a la una para los partidos de las inferiores. Por las noches, cuando me tenía que quedar en el hospital con las prácticas, buscaba las salas donde no había enfermos con dolor y ahí me tiraba a dormir para estudiar o para estar descansado para los entrenamientos. Y después, en la época de Estudiantes, allá por 1966, de doce meses nos pasábamos ocho concentrados. Era mucho.

No se acababa nunca. Cuando dejé de jugar, arranqué como técnico y hasta 1990 no paré. Entonces dije basta. Pero ya era tarde, había sido todo apurado, y me di cuenta de que la vida pasa al lado tuyo y no te das cuenta”.

Así se fue construyendo lo que algunos llaman “el monstruo” y otros “el maestro”. Un hombre que no festeja los cumpleaños, que jamás llega tarde a un entrenamiento, que les huye a las fiestas y que lo único que se le ocurrió decirle a su hija Daniela cuando le avisó por teléfono que se había recibido de abogada fue “me parece bien, cumpliste”.

Cuando elige una canción para definirse, no lo duda: “El tema de Julio Iglesias, ese que dice ‘Me olvidé de vivir’. Una vez lo enganché en un vuelo que iba a Japón. Me senté a conversar con él y le dije que la canción parecía la historia de mi vida. Julio me dijo que a él le había pasado lo mismo y que una vez a su hija, que estaba estudiando periodismo, le habían consultado cuál sería la primera pregunta que le haría al padre y ella respondió ‘si fue feliz’. Cuando muy preocupado por todo lo que decían de mi falta de sentimientos le conté a mi hija todo lo que me criticaban, me contestó que me quedara tranquilo, que la única que podía definir si yo había sido un buen padre o no era ella. Pero bueno, fue así, yo elegí desde muy joven que para ser el número uno en el fútbol hay que estar todo el día dedicado al fútbol”.

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En el libro Yo soy el Diego de la gente, la autobiografía de Maradona que fue best seller en el 2000, el talentoso ex jugador reconoce que Bilardo “es como un padre para mí. Alguna vez dije que me gustaría que mis hijas tuvieran sus principios. Me ayudó mucho y nunca voy a terminar de agradecerle que confiara en mí como confió. Fue decisivo en mi carrera”. En el seleccionado argentino Bilardo dirigió a Maradona durante ocho años, hasta 1990. Pese a ello la relación Maradona-Bilardo estallaría en 1992, cuando el diez lo tuvo como su entrenador en Sevilla y un día se animó a reemplazarlo en un partido por bajo rendimiento. Maradona se fue de la cancha insultando a Bilardo, como lo hacen buena parte de los futbolistas.

Dicho de ese modo no es más que una curiosidad. Pero como Bilardo se tomó siempre los enojos al pie de la letra, su relato no parece una exageración: “Yo no advertí los gestos que me hacía ni el insulto que me dirigía. Cuando terminó el partido, los periodistas se me acercaron para preguntarme sobre el tema y les dije que no había existido ningún incidente. Era verdad lo que decía. Como todos los domingos en la noche, me fui a comer una pizza con mi ayudante y al prender el televisor y ver el resumen de la fecha me encuentro con la imagen de Diego puteándome. Salí disparado rumbo a la casa de Maradona, pero al llegar estaba sólo la mujer. Él se había ido a Madrid. El martes siguiente, cuando empezó la práctica, reuní al equipo y le dije que no me sentía bien.

Maradona no estaba. A la tarde lo fui a buscar de nuevo a la casa y cuando la mujer abrió la puerta lo encaré, lo puteé y le tiré la primera trompada en la cara. Me contestó y empezamos a pelearnos en el medio del living. Nos separaron la esposa y el representante. Nos dijeron de todo. Al día siguiente apareció en mi casa, me presentó disculpas y nos fuimos juntos a tomar una cerveza”.

¿Cuántos Bilardos habrá en el planeta fútbol? La expansión de sus ideas, sus métodos y hasta lo que parecen sus grandes disparates alcanzaron tal magnitud que el actual entrenador del seleccionado argentino, Marcelo Bielsa, hermano del canciller, es considerado un heredero de esa cosa científica que parecen proclamar los bilardistas: disciplina, trabajo, orden, estrategia, estudio del rival. Lo de Bielsa es más lineal, a él si lo llaman “el Loco”. Y ha sido tal la victoria del bilardismo que Julio Grondona, el presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, confesó que si algún día Bielsa renunciara el primer nombre que le aparece en la cabeza es el de Bilardo. Mientras tanto, en el pueblo de Mazzarino, en Sicilia, la lejana familia se enorgullece de su hijo más famoso. Allá está la cuna de los Bilardo. Aquí, en Buenos Aires, el nieto del viejo Salvatore camina por el campo de entrenamiento de Estudiantes y tira semillas de césped antes de empezar el trabajo. Cualquiera vería allí una escena casi espiritual. Pero el doctor es implacable: sólo quiere saber en qué zonas de la cancha los pájaros bajan a comer las semillas. Es que por allí no han pasado sus jugadores para hundirlas y eso simplemente quiere decir que el equipo no ha usado ese sector de la cancha y merece un reto.

Solo le falta poner la zeta, como el zorro.