Una tarde fui a conocer al dictador más malvado del mundo. Su nombre es Charles Taylor, gobernaba Liberia y era un asesino en serie con el disfraz de un presidente. Había ido a entrevistarlo a su residencia de Monrovia, la capital de ese país, en los días que había ordenado exorcizar su palacio presidencial. No era un megalómano como Saddam Hussein, quien se creía la reencarnación del rey Nabucodonosor de Babilonia, y ejercía su poder de una manera tan absoluta y brutal como otro de sus héroes favoritos, Stalin. Tampoco era como el disparatado de Kim Jong II, el sol Radiante de Corea del Norte, cuyos caprichos llegaban hasta raptar a directores de cine para que rodaran películas bajo su dirección, y era hijo de su fallecido papá Kim Il Sung de quien había heredado su poder dinástico y, gracias a ese curioso sincretismo de estalinismo y confucionismo, también su estatus de dios viviente. Tampoco encajaba en la estirpe de dictadores fundamentalistas como Pinochet, quien desde una lógica nazi y anticomunista de la Guerra Fría, creía que todos sus crímenes eran por el bien de su pueblo.

No es ninguna novedad decir que los dictadores son malvados, pero siempre será un desafío entender el origen y el método de su maldad. El presidente de Liberia había asesinado a más de medio millón de inocentes. La explicación es tan simple que hasta podría parecer la de una madre a su niño: Charles Taylor mataba porque quería más riqueza, más poder y, al parecer, mataba también porque le daba la gana.

Pero mi fascinación por Taylor no había nacido sólo al enterarme de las terribles noticias sobre él, sino también porque yo había vivido en Liberia, cuando era un adolescente. Entonces me había internado en su selva más hostil y visitado varias veces el caserío Balama, donde vivía gente de la etnia Bpelle. La primera vez que bailé en mi vida fue con ellos y sus habitantes me bautizaron con un nombre honorífico: Saki. Significaba, según me dijeron, “el chico que llegó por sorpresa”. Durante años llevé con orgullo ese nombre, y desde entonces soñaba siempre con volver a Liberia. La oportunidad fue cuando me enteré de que Charles Taylor había aparecido monte adentro, como líder de unos guerrilleros.

Liberia deriva, es obvio, de libertad. La tradición decía que el poder quedaría en manos de los libero-americanos, es decir, de los descendientes de los esclavos norteamericanos devueltos a África, quienes a mediados del siglo XIX fundaron el país de Liberia, la primera democracia de África. Todo iba como de costumbre –harta corrupción sin una violencia descarada–, hasta que en 1980, un sargento de la etnia Krahn, Samuel K. Doe, dio un golpe de estado. Para comenzar, Doe y sus amigos destriparon al entonces presidente William Tolbert en su cama. La primera dama fue violada y luego desnudada y humillada en público.

Doe invitó a la prensa internacional a Monrovia para que fuesen testigos de una serie de ejecuciones en una playa cerca de la capital. Allí sus soldados mataron a balazos a los principales ministros del gobierno del ex presidente Tolbert. Fue el fin de una era, la del poder de los libero-americanos. Fue el principio del poder de los de monte adentro y también de una guerra tribal sangrienta.

Uno de los primeros aliados de Doe fue Charles Taylor, hijo de un maestro bautista, quien se había puesto a sus órdenes al día siguiente de su golpe de estado. Entonces Taylor era un activista estudiantil que acababa de volver de Massachussets, donde había estudiando administración de empresas en un college. De inmediato se lució al lado del analfabeto Doe. Llegó a ser el ministro de la Agencia de Servicios Generales, que vigilaba todas las compras del gobierno y aprovechó al máximo su tarea: acusado de un desfalco de un millón de dólares, Taylor se esfumó de Liberia y volvió a aparecer en Boston, su antigua morada, cuando estaba a punto de ser arrestado (y quién sabe si asesinado por Doe). A insistencia de éste, fue capturado por la policía de los Estados Unidos y encarcelado, en espera de su extradición. Dos años después, Taylor escapó de la cárcel y se volvió un misterio.

La Nochebuena de 1989, el hombre más buscado de Liberia apareció en la selva fronteriza de este país encabezando un grupo armado, el Frente Patriótico Nacional. Se sabe que antes había estado en Libia, recibiendo armas y entrenamiento de Muammar Kaddafi para su gesta libertadora. Y Taylor empezó la guerra. A los seis meses, sus guerrilleros habían avanzado hasta las afueras de Monrovia. Lo único que los frenaba era la intervención de tropas de los países vecinos, sobre todo de Nigeria. En medio del caos, uno de sus principales lugartenientes, Prince Johnson, rompió con Taylor, lideró su propia facción, y frente a las narices de las tropas extranjeras capturó al presidente Doe. Después, en una noche de cerveza, videos y sangre, lo torturó hasta la muerte filmándolo todo.

Me fui acostumbrado así a las noticias de Liberia. La televisión exhibía, como un macabro carrusel, las imágenes de sus guerreros adolescentes, vestidos con batas de ama de casa, pelucas y máscaras tipo Viernes 13, envueltos en una orgía de sangre que iba a exterminar a por lo menos doscientos mil liberianos en los siguientes siete años. Taylor se había hecho invencible en un pueblo del interior –próximo a Balama, ese caserío selvático de mi adolescencia–, donde vivía custodiado por sus incondicionales soldados que vigilaban los puntos de entrada a su refugio y que adornaban sus retenes con calaveras y vísceras humanas. Cuando veían mujeres embarazadas, los guerreros de Taylor hacían apuestas jugando a adivinar el sexo de los fetos. Para averiguar quién era el ganador, abrían los vientres de las mujeres con bayonetas y machetes. Les gustaba bautizarse con nombres tipo General Fuck Me Quick, Babykiller y Dead Body Bones. A ojos de todos, arrancaban los corazones de personas vivas y se los comían crudos en plena calle, con el doble propósito de intimidar a los transeúntes y, según las viejas creencias tribales, adquirir el poder de los fallecidos.

No fue suficiente quedarse a jugar a ser el diablo en Liberia. Otro de sus lugartenientes, Fondoy Sankoh, volvió a Sierra Leona, su país natal fértil en diamantes y vecino del infierno de Taylor. Entre su séquito, el nombre en clave de Sierra Leona era Kuwait. Allá, en su patria, Sankoh fabricó una guerra civil y más muertes con su fúnebre ejército de guerreros arrancalenguas y cortabrazos. Desde sierra Leona, Sankoh enviaba a Taylor los diamantes de las minas conquistadas para que éste los vendiera a su antojo. En 1997, dueño de las tres cuartas partes del territorio de Liberia, Taylor accedió a presiones internacionales para participar en elecciones democráticas, a sabiendas de que las iba a ganar. Su escalofriante eslogan de campaña era “Better the Devil you know than the Angel you don’t”. Más vale demonio conocido que ángel por conocer. Taylor ganó. Setenta y cinco por ciento de los votantes eligieron al diablo conocido. Sabían que, si no votaban por él, el diablo continuaría su guerra.

Volví a Liberia un año después de la llegada al poder de Taylor, quien entonces ya era el presidente legítimo de Liberia. Monrovia era casi una ruina, sin luz eléctrica ni agua potable. Taylor se había mandado a construir una villa despampanante en un suburbio, Congotown, muy cerca de un campamento de desplazados de la guerra. Aquella residencia estaba amurallada y adentro tenía una capilla privada, una cancha de tenis y otra de baloncesto, una piscina y una flota de Mercedes Benz. Vivía ahí con su mujer y una cuarentena de huérfanos de guerra a quienes trataba como si fueran sus hijos. Cada mañana, Taylor salía de su residencia escoltado hacia sus oficinas de la Mansión Presidencial en un convoy de unos treinta vehículos manejados a alta velocidad por sus niños asesinos –los llamaba su Special Security Service–, quienes apuntaban sus Kalashnikov y cohetes antitanques RP-7 a todo civil que aparecía a su paso por la calle. De vez en cuando, mataban a alguien.

Afuera de esa mansión hubo una estatua conmemorativa del soldado desconocido. Había estado allí hasta unas semanas antes de mi llegada a Liberia, cuando el dictador ordenó su destrucción a través de un “ritual de purificación” de ese palacete. Fue el propio consejero religioso del presidente, el obispo Alfred Reeves, quien me explicó que era una operación urgente y necesaria: había rumores de que, como un ritual de sacrificio, el ex presidente Doe había enterrado vivo a un niño bajo ese monumento. El obispo en persona se encargó de esa ceremonia de purificación, que, además de la demolición de la estatua, involucró la “consagración” de cada habitación de la Mansión Presidencial. Setenta clérigos se dividieron en siete y siete, y se pasaron siete días trasladándose de una sala a otra, orando y en ayunas. “El número siete –me recordó el obispo– es el número de suerte del presidente”. A pesar de estos rituales, según el consejero, era posible que la purificación no hubiera funcionado del todo. En los últimos días se había detectado un gato negro husmeando por el palacio. No era un gato cualquiera: “Es un brujo transformado en gato”, me dijo el obispo. “Y esto es muy peligroso”, advirtió.

Un día, mientras visitaba la Mansión Presidencial, vi que estaban talando los árboles del jardín. Un soldado me dijo que los estaban cortando porque habían visto un búho. Y era obvio: los búhos no eran búhos, sino brujos. La brujería, el Juju, ha sido siempre fundamental en la política de Liberia, y en algunas de sus prácticas como el canibalismo y los sacrificios humanos. La ceremonia de consagración de La Mansión era un indicio de que Taylor era creyente del Juju. Los rumores que circulaban en Monrovia durante mi visita decían que Taylor tenía un balde de sangre fresca humana al lado de su cama, y que cada día se bañaba en él. Pero también que él era culpable de la serie de asesinatos rituales cometidos por esos días por los cazadores furtivos de corazones humanos, llamados “hombres-corazón”, quienes proveían de órganos vitales a gente con ambiciones políticas, o a políticos que deseaban aún más poder. Así mataban a civiles incautos, les arrancaban el corazón y se los daban a los candidatos, quienes se lo comían con la convicción de que iban a acrecentar su poder.

Algún tiempo antes, Charles Taylor se había añadido el título Dakhpannah al de presidente, que, entre las doce tribus de Liberia, significa “Zo Supremo”, o Gran Jefe de todas las tribus del país. Existen dentro de ellas unos seres llamados “Diablos del Monte”, quienes ejercitan su poder en complicidad con los jefes tribales de la estrategia del terror. Son hombres de verdad, shamanes que viven escondidos en la selva y que sólo aparecen de noche, disfrazados de máscaras y disfraces espantosos para ejecutar rituales, sermonear a las tribus y castigar con maldiciones de Juju a los pecadores. Taylor se había hecho no sólo con el poder político de Liberia, sino también con ese poder folclórico, el del terror de los diablos del monte. No era un presidente cualquiera, sino el Supremo.

Aquella tarde que fui a visitar a Taylor a su residencia en Monrovia, el dictador me recibió en la cochera de su casa, frente a la fila de sus Mercedes Benz. Era un hombre bajo, atlético, con barbita y cara de luna. Vestía un camisón y pantalones sueltos de color marfil, calzaba unas pantuflas de piel de pitón con adornos de oro, un reloj de oro incrustado de diamantes y anteojos negros con mangos de oro. Se protegía del sol con una gorra de béisbol negra adornada, en hilo dorado, con unas letras que decían: “President Taylor”. Sus manos descansaban sobre un palo color sangre de buey. Me dijo que ese palo provenía de un árbol sagrado de la selva cuya virtud era causar la muerte de todo animal que se acercaba. A primera vista, Taylor parecía el espectro de un rey de la Edad Media.

Sentí que me estaba confirmando todo lo que sospechaba de él: con su respuesta sobre el palo, me estaba diciendo que tenía poder sobre la muerte y que le gustaba conservarla siempre cerca. Sentía una profunda repugnancia, pero también una extraña fascinación hacia él. Quería saber hasta dónde estaría dispuesto a revelar su verdad, saber si aún podía existir una gota de conciencia en ese hombre. Le pregunté si sentía alguna responsabilidad moral por todas las atrocidades cometidas en su país durante la guerra. “Yo ya me he disculpado con la gente de Liberia. He pedido su perdón”, me dijo. “Y también los he perdonado”. Lo interrogué también sobre los rituales Juju de su ceremonia de consagración. “¿Fue un exorcismo?”, pregunté. “Ay, no, mi querido, yo no diría que fue un exorcismo”, me dijo, riéndose a carcajadas. “A través de los años de guerra en Liberia, hemos rezado y ayunado. Somos un pueblo muy, muy, muy religioso. Somos gente que reza, como en los Estados Unidos. Quiero decir, allí está nuestra fuerza y en Dios confiamos”, me dijo.

Su modo de evadirme y la falta de sinceridad eran evidentes. Hablaba sin convicción alguna, sus ojos vagaban a los lados y no dejaba de acomodarse en su tronito. Taylor seguía explicándome en un tono altanero y pedagógico. “Tú sabes, en algunas partes de África hay todavía gente que cree en los sacrificios humanos. Todas esas cosas son pura vanidad”. Taylor dejaba todas las sospechas sobre él flotando en el aire. Y era lógico: en la duda está el terror. Y en el terror está su poder. “Así que, después de la guerra, y cuando llegué a ser presidente –continuó– creímos esencial consagrar esta Mansión Presidencial. La purificación era para rezar y agradecer a Dios por traer un presidente a este edificio”. Y me dio una sonrisa complaciente.

He conocido en persona a varios dictadores, pero nunca a alguien tan malo como Taylor. A su lado, Fidel Castro es un santo caribeño digno de beatificación. El propio Pinochet, con quien conversé varias veces antes de que lo detuvieran en Londres, estaba consciente de que era responsable de unos tres mil muertos, pero el tono de sus evasivas me hizo comprender que sabía muy bien que había cometido esos crímenes y que temía ser juzgado y castigado. Dentro de él, había, muy escondida, una conciencia moral que él mismo había violentado. Pinochet fue cobarde y criminal, pero no me pareció un hombre intrínsecamente malo. También había ido a Irak a investigar a Saddam Hussein, y llegué a conversar con amigos muy cercanos de él. Su cirujano plástico de cabecera me lo definió como un hombre muy práctico, algo paranoico y brutal: “Es muy bueno con su amigos”, me dijo, “pero implacable con sus enemigos”. Su caso es comprensible, en su tradición regional, donde el ejercicio del poder ha sido de lo más paranoico y sangriento.

Saddam Hussein quizás estaba loco, pero con cálculo: mataba y tenía delirios de grandeza, pero hacía obras sociales. Taylor, en cambio, parecía ejercer mal como un destino en sí, y existir incluso al margen de sus deberes públicos de presidente: se quejaba conmigo de que la gente le molestara demasiado con sus súplicas, pidiéndole ayuda siempre. En un año de gobierno, no había hecho ninguna construcción, excepto la de su propia mansión. Puede entenderse que haya hombres que se corrompen con el poder, incluso que los seres humanos más normales y anodinos sean capaces de crueldad en situaciones extremas de guerra y de miedo. Pero Charles Taylor ejercía esa maldad perversa de los asesinos en serie, que se deleitan con hacer sufrir a sus víctimas prolongando su agonía, esa crueldad espantosa que uno se pregunta si puede provenir de un ser humano.

La maldad de Taylor era tan insólita que él era un extravagante del mal. Si hacemos matemáticas –entre Liberia, Sierra Leona y Guinea, otro país vecino adonde ha llegado el efecto Taylor– más o menos medio millón de personas ha muerto por él, un promedio de cincuenta mil vidas al año y de modos tan atroces que no me atrevería a contar. ¿Cuántos más iban a morir por él mientras viviera? Había que entender que Taylor era como Nosferatu: necesitaba sangre fresca para mantenerse poderoso y con vida. Si alguien puede tomarse la molestia y hacer el favor de fulminarlo de una vez, se salvarán miles de vidas humanas.

Anoche Lucía Armijo reventó dinamita. Pasada la medianoche despertó con el sonido de los silbatos: la señal que sus vecinas hacen sonar para alertarse del peligro. En la penumbra escuchó los ladridos destemplados de los diez perros que vigilaban la minúscula construcción de adobe en la que vive. Medio minuto después sintió pasos arrastrados, carreras nerviosas y voces roncas de desconocidos alrededor de la casa. “Afuera hay rateros”, murmuró a sus hijos en la oscuridad y salió de su cama. Se abrigó apenas, encendió una lámpara de carburo, tomó un palo de madera y salió a mirar lo que sucedía. Tenía que vigilar que no robaran las bodegas de herramientas y maquinarías que tiene a su cuidado. Es su trabajo.

—Los vi en la negrura. Querían abrir la puerta de una de las casetas que están cerca de la bocamina. Eran cuatro.

Tenían cubierta la cara con unos pañuelos. Me vieron con la lámpara y me amenazaron. Me dijeron, “te vamos a pegar chola de mierda, ándate a dormir, no cuides tanto cosas que no son tuyas”.

Eso le dio rabia. Corrió a su casa a buscar unos cartuchos de dinamita, encendió uno y se lo arrojó.

—Explotó casi en sus piernas cuando arrancaban cerro abajo.

Para asegurarse de que no volvieran, Lucía tiró otro cartucho de dinamita.

Lucía Armijo trabaja de guardabocamina en “Monja uno”, una de las 600 faenas que socavan la falda del Cerro Rico en Potosí: la montaña que tiene la reserva de plata y estaño más grande de Bolivia. La que asombró a los conquistadores. La que nutrió a España y Europa con multimillonarias oleadas de plata y la que, ahora, desde los túneles que barrenan su interior, todavía fluye lo poco que queda de su hemorragia de riqueza.

Lucía es una de las 200 guardabocaminas que existen en Cerro Rico. Tiene 40 años, una sonrisa con tapaduras metálicas, las mejillas resecas por el sol y la piel cobriza. Vive con sus seis hijos y una nieta recién nacida en una caseta de seis por tres metros: un cuartucho con poca ventilación, techo de zinc oxidado, piso de tierra y una puerta con rendijas tapadas con cartones.

—No es mucho, pero tengo una llave de agua potable cerca y electricidad. Hay otras partes del cerro donde las mujeres deben caminar a una cisterna para tener agua –dice mientas masca unas hojas de coca. Está sentada en su caseta. Sus escasas pertenencias la rodean abarrotadas y mustias: dos camarotes que se reparten entre toda la familia, cajas con ropa, una mesa con las patas chuecas, una cocina y un televisor que ahora está encendido en un canal de dibujos animados para entretener a Juan Eduardo, el menor de sus hijos.

La caseta –que está decorada con guirnaldas y globos de colores por las fiestas de carnaval que acaban de terminar– es parte de su pago por vigilar la mina y cuidar las bodegas de esta empresa en la que trabajan 60 mineros.

Lucía es guardabocaminas desde hace 14 años. Llegó aquí desde Comunidad de Jesús –un sector poblacional de Potosí–, la primera vez que la abandonó su marido.

—Me dejó sin nada. Entonces me vine para acá, al Cerro Rico, porque podía trabajar en la mina sin dejar a mis hijos botados. Después volvió, pero no funcionó y nos separamos otra vez. Trabaja de chofer en la ciudad, pero no me importa. Acá tengo casa, un sueldo y la posibilidad de pichar los minerales sobrantes. Con eso me doy vueltas.

Podría ser peor.

Pichar consiste en barrer las rocas que se caen de las volquetas que sacan los mineros de la mina. Las guardabocaminas las juntan cerca de su cabina y luego las venden a pequeñas empresas compradoras de minerales que pagan lo recolectado en efectivo. De la concentración de metal con valor comercial que contenga su cargamento dependerán sus ganancias. Lucía vende lo que picha cada dos meses. Si tiene suerte puede ganar 1.500 bolivianos (213 dólares estadounidenses). Eso aumenta el sueldo de 700 bolivianos que gana mensualmente (alrededor de 100 dólares) por su trabajo de guardabocamina y el otro tanto que consigue lavando ropa de algunos mineros.

Algunas veces también “carretea”: arrastra los vagones con mineral desde el interior del socavón cuando hace falta fuerza de trabajo. La ayudan sus dos hijas mayores de 16 y 18 años.

—Cuando hay buen mineral, podemos sacar hasta 30 carros y ganar 100 bolivianos más.

Pero la principal responsabilidad de Lucía es vigilar las casetas de las herramientas y las maquinarias. Si llegaran a robarles, tendría que pagar todo de su bolsillo. Y como Lucía, al igual que las otras guardas, no tiene ahorros, le descontarían su sueldo. Se quedaría con nada.

—Conozco a muchas guardas que trabajan gratis, como si fueran esclavas. Hace unos días robaron más arriba y los dueños de la mina echaron a la guarda de su caseta, la despidieron y no tiene dónde dormir con hijos –dice y se persigna para conjurar esa posibilidad.

A Lucía han intentado robarle cuatro veces.

Por eso todas las noches duerme a medias.

Por eso guarda dinamita detrás de su puerta, al lado de los juguetes de su hijo.

Por eso anoche lanzó dos cartuchos en la oscuridad.

***

Potosí fue mucho, pero ahora es poco. La ciudad –ubicada a más de cuatro mil metros de altura al sur de La Paz– languidece en sus recuerdos. Su casco histórico de calles estrechas, monumentos imponentes como La Casa de la Moneda –la segunda construida por los españoles en el Nuevo Mundo– y caserones con escudos de nobles españoles ya desaparecidos son historia. El presente, en cambio, es duro. Según el Instituto Nacional de Estadísticas de Bolivia, ocho de cada diez habitantes del Departamento de Potosí viven en la extrema pobreza.

Ya no queda nada de la portentosa riqueza que relató el cronista Nicolás de Martínez Arzanz y Vela en el Siglo XVIII en su libro “Historia de la Villa Imperial de Potosí”. Ahí describe una ciudad “donde la plata abundaba como la arena a orillas del mar y su resplandor opacaba al de la luna llena”.

Ahora, Cerro Rico –un triángulo casi perfecto hecho una montaña de tonos rosados que marca el paisaje de la ciudad– es un montañón menoscabado. Una pirámide carcomida en su interior por 619 bocaminas y, al menos, 150 kilómetros lineales entre cuevas, galerías y pasadizos, según datos de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol). El cerro también se está hundiendo. Si en 1545, cuando se inició la explotación de su riqueza, tenía una altura de 5.183 metros, hoy los estudios geológicos comprueban que ésta se redujo en 787 metros por los trabajos mineros y la erosión.

En su época dorada, durante la Colonia, Cerro Rico nutrió con embarques de riqueza a Europa. Los historiadores más discretos hablan de 15 mil toneladas de plata pura enviadas a ultramar; los más sensacionalistas, de treinta mil.

El cronista León Pinelo sostenía en 1629 que la producción del cerro era tanta que “bastaría para un puente o camino desde Potosí a Madrid de 2.071 leguas de largo, cuatro dedos de espesor y 14 varas de ancho”.

En los registros históricos dicen que en 1630 Potosí llegó a tener 160 mil habitantes, un poco más que la población que por entonces tenían París y Londres. Mientras Potosí resplandecía con la riqueza -en sus calles se vendían perlas de Ceylán, tenía treinta y seis iglesias espléndidamente ornamentadas, 14 escuelas de baile y en la Casa de

Moneda se acuñaron monedas para las Filipinas-, en el cerro se escribía el capítulo oscuro de su historia: miles de indios fueron esclavizados y otros tantos africanos fueron traídos por los españoles para cumplir con la ambición.

El esplendor de Potosí no duró demasiado. Su altura, las bajas temperaturas y las constantes epidemias hicieron que los españoles emplazaran una nueva ciudad: Sucre, un lugar más cómodo, menos cruento. “La nueva población, ubicada a 150 kilómetros, fue otro parásito de la riqueza del Cerro Rico. En 1650 sus vetas escasearon y la ciudad imperial comenzó a hundirse en el olvido, pero ha sobrevivido gracias al estaño y otros metales menores como el zinc y el bórax”, asegura Olivier Barras, investigador social suizo-francés radicado en Potosí y que investiga la minería boliviana.

Pero el verdadero caos llegó en 1985 cuando la Comibol –que explotaba el 75 por ciento del Cerro Rico– se desmembró por las deudas, la ineficacia y la corrupción. Se vinieron los despidos masivos: sólo mantuvieron su puesto dos mil trabajadores de los 13 mil que conformaban su plantilla. Muchos emigraron en busca de otras oportunidades, otros saquearon las instalaciones y unos cuantos esperaron una solución gubernamental. La respuesta fue que formaran sus propias cooperativas. El Estado aportaría las herramientas y la asistencia técnica y los mineros su trabajo. En el Cerro Rico todo fue alegría. Era el comienzo de una nueva era, nueva época que nunca llegó.

En menos de un mes se conformaron 50 nuevas cooperativas privadas con unos pocos socios que arrendaron un yacimiento y comenzaron a explotarlo sin medidas de seguridad, con jornadas extenuantes, fuera de los derechos laborales y con un rendimiento deprimente.

Ese es el sistema que se mantiene hasta hoy.

***

Es hora de almuerzo en Pailaviri –la principal mina de Cerro Rico y la única que pertenece al Estado boliviano– y Paulina López –66 años, viuda y de modales bruscos– está vestida con su mejor traje de chola: faldón abultado, falso de enaguas, chal tejido, medias de seda y bombín negro en la cabeza.

Unos turistas europeos, que se preparan a entrar al museo mineralógico que existe en el lugar, se quedan mirando a Paulina. A la distancia disparan sus cámaras. Ella masculla unas palabras en quechua, se cubre la cara con el manto y apura el tranco.

—Estos gringos, piensan que somos parte del museo.

Paulina está del mal humor. Hace poco llegó de Potosí. Bajó a la ciudad para visitar a su hijo menor, pero no lo encontró. Su nuera le dijo que había entrado a trabajar en una mina en el sector de Robertito, en la parte trasera del Cerro Rico, la más aislada, la más pobre.

—Me venció. Yo no quería que ninguno de mis hijos trabajara en el cerro. Quería que tuvieran una mejor vida, que no siguieran mis pasos ni los de mi esposo. Él murió por el mal de la mina, de los pulmones. Yo empecé a recolectar mineral del suelo cuando tenía 14 años, al igual que mi madre y mi abuela –dice Paulina y frunce el ceño mientras se encamina a un costado de la mina a buscar a sus compañeras palliris, que están pallando los minerales que recolectaron de las sobras de la mina.

Las palliris conforman uno de los grupos más tradicionales y enraizados entre las mujeres de la cultura minera del alto andino. Su nombre proviene de la palabra quechua Pallay que significa “escoger”. Su oficio consiste en recolectar el material que sobra de los relaves o los residuos que se concentran fuera de las bocaminas y cuentan con autorización de los dueños de las cooperativas. El proceso es simple, pero agotador: recogen las piedras de entre los restos en un delantal, las acumulan en una bolsa plástica y luego lo trasladan a un corral cuadrado de murallas de piedra. Ahí lo parten con un martillo o con las manos para extraer el material minero que queda y luego venderlo. Mensualmente ganan un promedio de 1.200 bolivianos (170 dólares).

—Ahora ganamos poco, no trabajamos tanto. Las palliris somos mujeres viejas, ya no llegamos al alba como antes. Nos duelen los huesos, nos cansamos rápido y tampoco tenemos que mantener a nuestros hijos –dice

Adelaida Jancko, una mujer de 74 años que está pallando sentada en el suelo de su corral. En sus manos callosas y con dedos como garfios sostiene un martillo con el que golpea una piedra. La examina y sólo guarda un pequeño trozo en un saco que está extendido a su lado.

Adelaida habla la mayor parte del tiempo en quechua. Lo prefiere al español, el que pronuncia con tono duro, sin ritmo. Empezó como palliri hace 35 años. Antes era dueña de casa, pero después que su marido murió en un accidente dentro de un socavón, salió a trabajar al cerro para mantener a sus nueve hijos. Conocía el oficio. Lo había visto cuando acompañaba a su madre que era “muira”: entregaba la comida y el agua que llevaba sobre una mula a las distintas bocaminas del cerro.

—Yo, en cambio, nunca quise traer a mis hijos para acá. Siempre los dejé en casa en Potosí para que estudiaran.

Me hicieron caso: cuatro son profesores y otro es pastor en una iglesia. Ellos no quieren que suba, pero en mi casa me aburro. Me acostumbré a trabajar mucho, me molesta estar en la casa sentada.

Adelaida masca coca y la escupe disimuladamente. A su lado María Vargas, una palliri un poco más joven y callada golpea una roca. La mira y la arroja para un lado.

María tiene 54 años y quedó viuda en 1999. Mientras la silicosis consumía a su marido y vio que no tenían comida en casa, se vino a pallar al cerro. Después de su muerte siguió escarbando entre los escombros, buscando entre el residuo de los metales algo que rescatar. Es la tradición de la mina. El destino que por centurias ha marcado a las viudas de Cerro Rico.

—Las cosas ya no son como antes. Quedamos pocas palliris, ahora hay más guardabocaminas. Ellas tienen más trabajo y sufren más –dice María sin dejar de golpear la roca.

—Ahora nada tiene la pureza de antes –refunfuña y martillea con fuerza una piedra hasta hacerla polvo.

***

Palliris y guardabocaminas forman parte de un perverso sistema que tiene su postal más cruel en “la montaña devora hombres”, como llaman los mineros al Cerro Rico, y que se replica en otros centros mineros de Bolivia.

Según Comibol, en todo el país alrededor de cinco mil mineros trabajan para la empresa estatal. Nueve mil lo hacen para compañías privadas. Pero existe una cifra fantasma, un número que nadie maneja, de los trabajadores de los pequeños minerales: en bocaminas sostenidas por maderos viejos, con túneles enclenques, pozos de “copajira” (agua tóxica) y gases contaminantes que los mineros combaten cubriéndose sólo con pañuelos.

Las mujeres también forman parte de esta cifra fantasma. Aunque desde 1985, cuando se reestructuró el sistema minero boliviano, las palliris fueron reconocidas como socias por las cooperativas mineras y se integraron a las asociaciones gremiales. En estas organizaciones en teoría también se deberían integrar a las guardabocaminas, pero siempre han existido diferencias entre ellas. “Las palliris sienten que tienen otro estatus en el sistema cooperativo: ellas son socias, mientras que las guardas son asalariadas, con contratos de palabras y sin protecciones legales.

Pero también existe la diferencia generacional: las guardas son más numerosas y jóvenes, mientas que las palliris son ancianas y están desapareciendo lentamente”, explica la investigadora boliviana Ingrid Tapia, autora del libro

“La herencia de la mina”.

Según Eblyn Cavero, asistente social y encargada en Potosí del programa de mujeres mineras del Centro de Promoción Minera de Bolivia, las guardabocaminas son las que están expuestas a las peores condiciones laborales.

“Además de no tener beneficios sociales y estar a merced de la voluntad de sus empleadores a la hora de negociar sus sueldos, deben vivir en condiciones deplorables, muchas veces sin agua y expuestas a la contaminación de los residuos tóxicos que salen de las minas. Y bueno, estar expuesta a la violencia de los asaltantes de los yacimientos a los que se enfrentan con piedras, palos o dinamita. Porque los dueños prefieren contratarlas a ellas antes que a un sereno a quien deben pagarle un sueldo legal”.

Eblyn Cavero, quien lleva cerca de cinco años recorriendo Cerro Rico de punta a falda, dice que “es imposible magnificar la realidad de las mujeres mineras. Es muy diversa, pero no es nada agradable”.

Aún así se puede bosquejar su perfil con la información que maneja Comibol: tienen sobre 40 años, en su mayoría fueron abandonadas por sus esposos o quedaron viudas. Se estima que cada trabajadora tiene al menos tres hijos.

La mayoría trabaja fuera de la mina, pero otra vez aparece la cifra no oficial que asegura que por lo menos dos mil mujeres realizan faenas al interior de los piques.

“Eso sucede especialmente con chicas jóvenes, muchas menores de edad, que trabajan fuera de la ley y con salarios de miseria en minerales más alejados de Cerro Rico y en pueblos rurales de la Provincia de Oruro, la otra gran zona minera de Bolivia”, explica el investigador Olivier Barras.

***

Anoche a Ema Mendoza –26 años, estatura baja, piel oscura, cara redondeada– le envenenaron uno de los siete perros que la ayudan a vigilar el socavón San Miguel, el mineral donde trabaja como guardabocamina desde hace tres años. Lo encontró esta mañana tirado tras la cabina en la que vive con sus dos hijas, Nayeli (10) y Carolina (5). Al animal, que no tenía nombre, lo enterraron los mineros bajo una pila de piedras.

—Querían dejarlo ahí tirado, pero como por acá no pasan recogiendo basura, les pedí que lo enterraran. A cambio tuve que lavarles la ropa –dice Ema. Son las tres de la tarde, el sol cae recto sobre Cerro Rico, pero corre un viento helado. Dentro de la casucha hace frío y suena una radio con música romántica. En una cocinilla hierve una tetera.

—Yo creo que lo mataron los mismos que trataron de robar allá abajo, en donde tiraron dinamita anoche.

Ema habla bajo, con los ojos entrecerrados y con los brazos cruzados sobre el pecho. Se vino desde Bentasus, un pequeño pueblo agrícola que está a una hora de Potosí, cuando tenía 20 años. Siguió a una amiga de infancia que trabajaba en el cerro. Su primer trabajo fue seleccionar piedras que se caían de los camiones. Ganaba 25 bolivianos al día (menos de 4 dólares). Después aceptó cuidar la mina “La Amorosa”, que está en la parte media del cerro.

—Ahí la pasé mal. No tenía agua y no me pagaban las pichas que hacía. Los mineros eran atrevidos, no podía estar tranquila. Así que me fui a otra mina, en la que trabajaba con mi mamá que también dejó el pueblo cuando enviudó, y después conseguí trabajo acá que es mejor porque tengo agua y luz.

Su madre, Victoria, se quedó en la otra mina. La mujer tiene 63 años, está enferma de la espalda y ahora está en cama inmóvil. Pero no quiere dejar el trabajo. Es su único ingreso. Ema ahora tiene que subir a cuidarla y mirar esa mina todos los días. Va tres veces: por la mañana, después del mediodía y cuando comienza a oscurecer.

Anoche, cuando sintió los silbatos de las otras guardabocaminas, pensó en subir, pero cuando escuchó la primera explosión de dinamita desistió de hacerlo.

—Mis hijas se asustaron y no quise dejarlas solas. Acá puede pasar cualquier cosa. En el cerro estamos desamparadas.

Hubo un tiempo en que la fábrica fue el orgullo y el motor del pueblo: allí trabajaron casi cien personas. Hoy la fábrica no existe, el agua tónica es propiedad de Pepsi Cola (Pepsico Inc., NuevaYork) y en Paso de los Toros lo único que queda es un cartel despintado al borde de la carretera que tiene el logotipo del agua tónica y dice: “Aquí nació Paso de los Toros”.

En 1924 Mangini, un montevideano que había llegado a Paso de los Toros para trabajar en el comercio de la familia de su esposa, instaló una pequeña fábrica de soda. Un año después la amplió y comenzó a fabricar el jabón Teru Teru, y en 1926 incorporó a su producción refrescos con gustos de frutas.

Aunque aún hoy en Paso de los Toros se recuerda el dulce sabor de la Manzanet, solo uno de aquellos productos sobrevivió y se hizo verdaderamente famoso.

Quien desafió -y ayudó- a Mangini a conseguirlo fue un inglés llegado al pueblo de la mano del ferrocarril. Se llamaba Jorge Jones y era “un amante de la buena vida y exquisito bebedor”, relata Pedro Armúa en su Historia de Paso de los Toros.

Por entonces, la tónica más consumida en Uruguay era la Bull Dog, importada de Inglaterra. Una de las tantas tardes en que Mangini y Jones coincidieron en el club 25 de Agosto, el inglés desafió al uruguayo: ¿por qué no fabricaba un agua tónica tan buena como la inglesa?

Mangini respondió que no sabía la fórmula y Jones le contestó que él conocía los ingredientes, pero no las proporciones. Allí mismo, Jones le dijo a Rómulo cuáles eran los componentes.

Pocos días después Mangini hizo su primer intento y se lo dio a probar al inglés.

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Así pasaron los meses, probando la fórmula uno, probando su sabor el otro. Para Mangini, un hombre de carácter fuerte, ex campeón de lucha grecorromana, aquello era un desafío.

Un folleto editado por Pepsi en 1992 -escrito por su ex funcionario Carlos Pijuán- relata que Mangini “se sumergió en una febril búsqueda de hierbas silvestres y frutas. Ninguna se salva de ser exprimida, diluida, mezclada. Agita, deja reposar, prepara fuego con leña, calienta el brebaje lo enfría, y con él concurre al club una y otra vez durante dos años”.

Julio Monestier, un familiar de Mangini recientemente fallecido, cuenta en un escrito inédito que esos “largos meses de tanteos y experimentos tuvieran al fin su recompensa” el día que Jones sentenció: Esta es verdaderamente el agua tónica inglesa.

De tanto probar y probar fórmulas y licores diversos, Mangini había engordado. Su esposa lo retaba por ello y lo cachaba por ir tan seguido al baño, relató su nieto Marcelo Ceriani, de 33 años.

Mangini se lo tomaba con humor. Años después le contó a uno de los camioneros que transportaban sus bebidas cómo habían sido aquellos días probando potajes imperfectos. “Un día el Viejo me dijo: Me agarré unas cuantas cagaleras probando”‘, recuerda Roberto Paladino, que hoy tiene 62 años.

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Apenas Jones dio el visto bueno, Mangini comenzó a fabricar el agua tónica. Las fuentes no coinciden respecto a la fecha de inicio de la producción, se sabe que fue en los años 20. Su primer nombre fue “Príncipe de Gales”. La calidad del paladar de Jones fue ratificada por el público: la nueva bebida fue un éxito en el pueblo. Luego su fama llegó a Durazno. Los pedidos crecieron de tal modo que pronto Mangini dejó de fabricar jabón y se concentró en las bebidas, sobre todo en la tónica. Con el paso del tiempo y viendo que la fama de su agua seguía creciendo, le cambió el nombre para homenajear al pueblo donde la había creado: Paso de los Toros.

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En la pizzería 18 de Julio, en Paso de los Toros, todavía conservan tres de aquellas primeras botellitas, que cada día eran más requeridas. En 1946 ya se vendían en la capital. “Mi padre le llevaba un camioncito chico por semana a un tal Sanguinetti que empezó a distribuir la tónica en Montevideo “, relató Paladino. Aquello del camioncito chico una vez por semana “habrá durado seis meses” porque los montevideanos cada vez pedían más y hubo que multiplicar los envíos.

Pero el éxito comenzó a generarle un problema a Mangini: su fábrica no daba abasto y él carecía del capital necesario para ampliarla.

“Un día a Rómulo se le ocurrió ofrecerle a unos baristas grandes de Montevideo hacerse accionistas”, continuó Paladino.

Mangini le propuso a Sanguinetti que lo ayudara a conseguir el apoyo de esos comerciantes. Pero -recordó Paladino- el distribuidor montevideano le respondió a Mangini: “Con esas agüitas sucias no vas a hacer mucho”.

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Consiguió los capitales en 1947. Dos acaudalados hombres de Durazno -Frank Marshall y Adolfo Caorsi- se asociaron con Mangini para fundar la Sociedad Anónima Agua Tónica Paso de los Toros. Además, se pusieron en venta acciones en el pueblo, a diez pesos cada una. “De inmediato se instaló en el viejo local una moderna máquina que aumentó en forma extraordinaria la producción”, explica Armúa en su libro.

“En 1947 ya usábamos cuatro camiones para llevar el agua tónica a Montevideo y cada uno hacía tres viajes por semana. En verano-recuerda Paladino- no dábamos abasto. Yo llegué a hacer un viaje por día. Cada vez llevábamos más”.

Mautone es uno de los pocos ex empleados de Mangini que sobrevive. Tiene 81 años, diez hijos, más de 60 nietos, ocho bisnietos y un hogar muy modesto ubicado donde la avenida 18 de Julio, la principal de Paso de los Toros, comienza a transformarse en campo. Cuando habla del agua tónica, los ojos le brillan. “Si usted estaba engripado o se sentía mal, se tomaba una y un Mejoral y ¡usted volaba!”.

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Mangini solo confió su fórmula a su empleado de mayor confianza: Vignoly.

“Había un altillo donde se preparaba la esencia, pero solo subían él y Vignoly. Mi papá sabía hacer la Manzanet, que era tan rica, pero el agua tónica nunca supo”, relató Raquel Torres que cuando niña se paseaba entre las máquinas de la fábrica porque su padre era uno de los empleados más antiguos.

Mautone recuerda que “cuando Vignoly terminaba de preparar un jarabe; le hacía una seña y el Viejo subía al altillo y probaba. El Viejo siempre tenía que dar el visto bueno”.

Sin embargo, había un ingrediente que todos conocían: rayadura de cáscara de naranja. “Contrataban mujeres para rayar naranja. Las rayaban a mano, con rayadores parecidos a los de cocina. Usaban solo la cáscara y regalaban las naranjas peladas: todo el pueblo comía naranjas gratis”, explicó Torres.

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Torres no tiene muy buen recuerdo de Mangini. “Tenía mal carácter. Cuando le pedían dinero decía: “Los pobres tienen que comer polenta y porotos”‘.

Para Mautone, Rómulo era un jefe duro pero noble: “Como todo el personal, pasé muchos malos ratos ahí, porque trabajé como 20 o 21 años y el Viejo, como todo patrón, tenía sus cosas. Pero cuando lo precisé, siempre estuvo puesto”.

“¿Sabe cuál era el sistema que tenía para retarnos?”, pregunta sentado en una de las dos únicas sillas de su pieza. “Cuando se enojaba empezaba a bajar la escalera, y a medida que se acercaba iba apagando todas las máquinas. Cada paso que se acercaba, más silencio se hacía. Cuando había apagado todo, ahí nos empezaba a retar. Nos gritaba, pero nadie le contestaba. ¡Quién le iba a contestar! Si pesaba como 200 kilos y había sido campeón de lucha grecorromana! Gritaba: “Si hay algún hijo de una gran puta que me quiera pelear ¡le pago para que me pelee! Era bravo, pero de buen corazón”.

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El 17 de julio de 1948 el periódico isabelino La Idea homenajeó a Mangini y “a la consagrada y recomendada Agua Tónica, conocida y apreciada, no solo por su sabor exquisito sino también por sus condiciones medicinales”.

“En honor a la verdad-se decía- es la única fábrica que funciona en esta villa, y que merced al esfuerzo incesante de su gestor y director-técnico, ha llegado a un grado de perfeccionamiento y actividad que ya no solo es conocida en este centro de la República, sí que también en el litoral, playas del Este y en la misma metrópoli”

José Pedro Álvarez, hoy de 66 años, recuerda que fue empleado por la fábrica en 1949: “Las máquinas no daban abasto, trabajábamos fuerte de día y de noche; en tres turnos de siete horas”.

Precisamente tal era el crecimiento de la demanda en la metrópoli, que a principios de los años 50 Mangini y sus socios instalaron una segunda fábrica, en la avenida Millán, en Montevideo.

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“Un día llegaron a Paso de los Toros unos representantes de Pepsi Cola y comenzaron a ofrecer dinero por las acciones de la fábrica “, recuerda hoy Armúa. “Mucha gente las tenía olvidadas en los roperos. Fue un revuelo, todo el mundo buscando. Pepsi las pagaba muy bien y todos las vendieron locos de la vida”.

Pepsi se dedicó, paso a paso, socio a socio, a conseguir la mayoría de la empresa y lo logró el 14 de febrero de 1955. Con la mayoría también consiguió la fórmula secreta.

Aquello fue duro para Mangini. “Demasiado pronto, el capital accionario del presidente quedó en minoría. El viejo luchador sintió hondamente que la empresa de toda su vida ya no era ‘su empresa’”, escribió Monestier.

Poco después, el 19 de enero de 1957, Mangini murió.

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“Murió el Viejo y todo cambió”, opinó Mautone. El ex empleado recordó que todas las bebidas “las hacíamos con agua corriente, pero la soda y la tónica se hacían con agua de un pozo que estaba en la misma fábrica. La tónica nunca fue la misma, porque el secreto era el agua de ese pozo. Ahora es agua dulce nomás”.

Todos los que vieron la tónica de Mangini, concuerdan en que tenía reflejos azules.

“Era azulada. Uno la ponía a contraluz y veía el tornasol que formaba el aceite que llevaba, extraído de la cáscara de la naranja. La de antes le sacaba el dolor de estómago como si fuera un medicamento. Ahora es todo hecho en base a productos químicos. Nunca va a ser igual”, dijo el ex empleado Álvarez.

Después de la muerte de Manzini, Pepsi cerró la fábrica de Paso de los Toros y la tónica fue fabricada solamente en Montevideo. “Afortunadamente, el destino no quiso que él fuera testigo del desmantelamiento y la desaparición de la planta embotelladora isabelina, (…), drama al que la población local asistió con asombrosa pasividad y que constituyó una injusticia histórica para el creador del producto que ha paseado el nombre de Paso de los Toros por el mundo”, escribió Monestier.

Pepsi insistía ante la familia de Mangini para que vendieran las acciones que aún permanecían en su poder. La viuda de Rómulo falleció en 1958. En 1961 la hija del matrimonio Mangini accedió a vender.

“Hoy yo no lo haría. Creo que mi madre lo hizo mal aconsejada y por todo lo que se le vino arriba de golpe, con la muerte de sus padres”, dice hoy Marcelo Ceriani, 33 años, nieto de Mangini y funcionario del Sodre, el ente que controla las emisiones de radio y televisión del estado uruguayo.

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El local donde estuvo instalada fábrica todavía existe, frente a la estación de trenes de Paso de los Toros, en una calle rebautizada Rómulo Mangini aunque los carteles todavía no fueron cambiados y conservan el nombre anterior: Treinta y Tres.

En la fachada aún se lee “establecimiento industrial”. Adentro todavía está el pozo de donde se extraía el agua de la tónica. Está sellado y -dice la leyenda- lleno de vidrio, arrojado cuando se cerró la fábrica. Sobre el techo aún cuelgan, inútiles, algunos de los caños por donde circularon los brebajes de Mangini. También se conserva la puerta original de la cámara frigorífica.

Más allá de eso, de la fábrica no queda nada. La mitad del local es hoy un galpón semivacío; la otra mitad, una oficina pública.

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En Paso de los Toros no todos se resignan a que aquello se haya ido para siempre. “Se ha movilizado gente para que Pepsi Cola abra una fabrica acá, aunque sea chica, para que los que llegan y preguntan por el agua tónica tengan algo para ver. Pero no hay interés”; lamentó Gustavo Reisch, periodista local.

Los intentos son cíclicos. Ramón Anzalá era presidente del centro comercial cuando una delegación fue a hablar con Pepsi en 1982. Se les respondió que la empresa “tenía una dependencia prácticamente total de su casa central en Estados Unidos” y que allí ni se pensaba en reabrir la fábrica.

“Después que todo quedó descartado con Pepsi, iniciamos gestiones con gente vinculada a Coca Cola”, continuó Anzalá. El grupo se había contactado con Vignoly y éste les había demostrado “con hechos fehacientes” que conocía la fórmula secreta. “Entonces le ofrecimos a la gente de Coca-Cola mejorar la Itú hasta darle el sabor de la Paso de los Toros. Pero ahí quebró la tablita y eso echó por tierra todos los intentos”.

Hoy Vignoly también está muerto y “ya nadie sabe cómo hacer la tónica”, sentencia Torres.

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La historia dio la razón al olfato empresarial de Pepsi. “El agua tónica Paso de los Toros es un fenómeno sorprendente, demostrado por su triunfo absoluto sobre las otras aguas tónicas contra las cuales compitió “, dice el folleto de Pijuán.

Paso de los Toros fue lanzada en Argentina en l964 y conquistó 95% del mercado, un guarismo impresionante si consideramos que su único y gran oponente (agua tónica Cunnington) contaba con un firme arraigo desde 1940″, agrega.

En Uruguay su imposición es mayor aun. Según el departamento de marketing de la Pepsi local, Paso de los Toros acapara prácticamente el 100% del mercado de las tónicas.

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En Paso de los Toros existen emociones cruzadas respecto a la historia del agua tónica.

“Mangini pudo haberse hecho multimillonario, pero cometió el error de hacer una sociedad anónima “, dice Álvarez.

“La pena es que malvendió aquella fábrica, donde trabajaba tanta gente”, dice Torres.

“Es un orgullo. Muchas veces no nos conocen como pueblo, pero nos conocen a través del agua tónica. Gracias a ella saben que existimos. Eso es muy importante. Lamentablemente no dejaron nada acá. En vez de adelantar al pueblo, lo atrasó “, resume Álvarez.

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Durante años, en casa de los descendientes de Mangini, no se mencionó a la Tónica, ni a la fábrica perdida ni a los millones que Pepsi gana con el invento de su padre y abuelo.

“No se hablaba mucho del tema para no ahondar el dolor de la vieja”; explica Roberto Ceriani, nieto de Mangini, de 32 años.

Nada quedó finalmente de la fábrica para la familia. El dinero que se obtuvo por la venta de las últimas acciones sirvió para hacer una casa y se acabó. “A partir de ahí siempre vivimos del salario de mi padre”, relata Marcelo, el hermano de Roberto.

Las pocas veces que “el manto de silencio ” se quebraba, la hija de Mangini “solo pedía que ojalá se reconociera un día el mérito de su padre para que alguien en la familia pudiera aprovecharlo”.

En cierto modo sus ruegos fueron escuchados. En los últimos años, Pepsi quiso demostrar su deuda de gratitud con dos hechos: en 1992 una nueva planta inaugurada en Colonia fue bautizada “Rómulo Mangini”. Además, se ofreció a la familia que eligiera a uno de los nietos para ingresar a la empresa. Hoy Roberto trabaja en la planta que lleva el nombre de su abuelo.

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En la semipenumbra de su pieza Valentín Mautone quiere encontrar los certificados donde constan la cantidad de años trabajados en la fábrica, pero no recuerda dónde están.

Hay dos sifones azules apoyados sobre la vieja heladera. “Son de la fábrica. También tenía una botellita de tónica, pero se me cayó y se rompió”.

Mautone recuerda cada detalle de la historia. “Así era la orden del viejo patrón: después de sacarle la cáscara a las naranjas; ocho a diez cajones se llevaban a las escuelas. También se le daba una bolsa a todo el que pedía. Y el resto se tiraba”.

El barrio donde vive es pobre y su casa es una única pieza muy humilde. El piso de portland está cubierto de ramas que, a falta de leña, alimentan la estufa. Casi no hay muebles y una bicicleta sirve de perchero.

Cuando termina de contar su historia, Mautone sonríe contento pero, cuando se despide, sus ojos se llenan de lágrimas. Los recuerdos le han dejado un sabor dulce y a la vez amargo. Como el agua tónica.

Víctor Hugo Viscarra no murió en su ley, como quería: “solo y como un perro, pero libre, tomando el último trago”. No pudo decirle nada al alcohol –que tanto le dio y tanto le quitó– en sus últimos suspiros. No pudo brindar ni tan siquiera con una gota de licor adulterado. Porque dijo adiós desde una cama de hospital, no en una cantina. Porque su estómago maltrecho sólo admitía las cucharaditas de sopa que la escritora Vicky Ayllón le daba en la boca con la paciencia de un editor de textos.

Viscarra solía decir a sus amigos más cercanos que no pasaría de los 50. Que si lo hacía, “nacionalizaría un revólver para pegarse un tiro”. Pero no hizo falta. El cuadro clínico que lo llevó a la tumba resultó más contundente que un disparo: reumatismo, neumonía crónica, alteraciones digestivas y cirrosis galopante. Se fue un miércoles, a las 10 de la mañana del 24 de mayo de 2006, a los 49 años.

Antes, intuyendo probablemente la fatalidad, bautizó el último libro que publicó en vida con un título premonitorio: Avisos necrológicos. Y poco después el suyo apareció en las páginas de los periódicos más importantes del país a modo de noticia.

“El Bukowski boliviano” o “Viskarrowski”, le llamaban algunos periodistas. “El narrador de los márgenes”, decían otros. Pero él se definía simplemente como un pobre diablo que esperaba ir al infierno. Porque allí, bromeaba, “por lo menos hay calefacción”.

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Mi primer encuentro con Víctor Hugo fue sin trago de por medio, en enero de 2004, a las siete y media de la noche en la Casa de la Cultura de La Paz. Yo no lo conocía. No había visto antes ninguna fotografía suya. Y las interrogantes eran muchas. ¿Serán sus lentes gruesos? ¿Será dueño de una barba mal cortada o de un bigote bien cuidado? ¿Llevará una botella estrangulada en alguna de sus manos? ¿Fumará negro?, me preguntaba. Hasta que el portero de la Casa de la Cultura me devolvió a la realidad con un anuncio escueto. “Ahí está”, dijo, estirando luego el dedo índice como un pirata, hacia lo lejos.

Más que una persona, medio encorvado, parecía una sombra. Caminaba lento, a pasos cortos, mezclado entre la gente sin que nadie reparara en su presencia. Se cubría con una chamarra café, una camisa medio blanca, medio sucia, un suéter viejo y un pantalón negro. Tenía la pinta lúgubre de un enterrador antes de meter pala a una tumba.

Cuando le hice una señal se acercó enseguida y alargó la mano para darme un apretón tibio. Después soltó uno de los chistes que usaba a veces para romper el hielo.

–Hola, soy Víctor Hugo Viscarra, el antropólogo –me dijo.
–¿El antropólogo? –contesté con un ademán de sorpresa, medio confundido.
–Sí, sí, el especialista en antros –dijo él con cara de no haber roto nunca un plato. Y luego me mostró una sonrisa de niño malo a la que le faltaban varios dientes.

Días atrás, Viscarra había llamado a la redacción del diario en el que yo trabajaba porque lo había mencionado en un reportaje sobre el binomio escritura-alcohol y quería conocerme. Hablamos un ratito por teléfono y acordamos una cita. Pero con él los compromisos tenían menos valor que un cheque sin fondos. Y corría el riesgo de que no se presentara. Un año antes, una periodista del diario chileno La Nación pasó las de Caín para ubicarlo. Pablo Gozalves, su editor en aquel tiempo, lo había dejado esperando en la capilla del Sagrado Corazón, pero escapó para continuar con su farra interminable y demoraron casi una semana en rescatarlo de las calles para que atendiera la entrevista.

Por eso, el hecho de tenerlo frente a mí era un alivio. Y en un par de minutos comprendí el por qué de su puntualidad y su buen aspecto, cuando me confesó que llevaba casi 11 meses sin beber para cumplir con un tratamiento contra la tuberculosis que le había impuesto el médico. Porque, aunque borracho de corazón, lo hizo con la misma determinación con la que un predicador alza la Biblia para pregonar el fin del mundo. En los momentos de mayor flaqueza, Viscarra solía lanzar una amenaza contra sí mismo como quien recita una poesía: “El trago o yo”, decía. Esta vez fue él y su salud se lo agradeció.

De mutuo acuerdo decidimos ir a una cafetería cercana en los bajos del hotel Gloria, al abrigo de una ciudad gris, con olor a orín en las aceras, paredes mal pintadas y subidas y bajadas en cada esquina. El escritor pidió un mate y un sándwich de jamón con queso. Y a continuación depositó en la mesa un amasijo de recortes y varios de sus libros con un gesto de cierta pesadez, como si también dejara ahí encima sus más de 30 años vividos en la calle, la apariencia de alguien de 60 y su tos de perro apaleado.

“Nací viejo”, escribió Viscarra en Borracho estaba, pero me acuerdo, quizás su obra más autobiográfica. “Si es cierto eso de que en cada hombre hay un niño, el que habita en mí debe de ser muy triste”, añadía unos renglones más abajo. Su madre, según él mismo contaba, rompió varias escobas contra su espalda. Su padre, “aunque un buen hombre”, tras una paliza de su madrastra, cuando Viscarra le dio a escoger entre él o ella, la prefirió a ella; y a los 12 años comenzó el vía crucis del autor en la indigencia.

Desde entonces, no dejó de sentir frío. “Es artero, sale como de un gigantesco refrigerador y lo envuelve a uno por completo”, describía. Por eso andaba siempre encogido. Por eso observaba a todos de abajo arriba y no de arriba abajo. Y desde esa posición me vigilaba mientras esperaba su tentempié con una ansiedad no disimulada.

–Esto es un robo a mano armada –me dijo apenas tuvo la oportunidad, tras echar una mirada a la carta de los precios. Acostumbrado a pagar sólo unos pesos por los “soldaditos” –pequeños envases de plástico con alcohol casi puro dentro–, el café con leche de dos dólares que yo acababa de pedirme le parecía quizás un caro capricho.

De cerca, los rasgos de Víctor Hugo se intensificaban. Su nariz, fruto de las caídas y los golpes recibidos, parecía un gancho retorcido de derecha a izquierda. La línea de sus cejas subrayaba unos ojos achinados y meditabundos. Y disimulaba la lámina de grasa que le invadía el pelo con un peinado clásico con la raya a un lado.

Conversamos, sobre todo, de la calle. Su máxima era ésta: “Allí, con mis delincuentes, mis putas, mis mendigos y mis ladrones, me siento en casa”. Me comentaba que los ambientes en los que se movía eran los tugurios que pueblan diferentes rincones de la ciudad:

La Garita de Lima, Tembladerani, Achachicala, Gran Poder, Alto Tejar y Chijini, entre otros. Que los protagonistas de sus escritos subsistían en los callejones de algunos de estos lúgubres enclaves. Y aseguraba que el mayor halago que recordaba se lo debe a una mujer en estado de embriaguez. “Escritor, he leído tu libro. No mentiste”, le dijo.

Memorioso, Víctor Hugo enlazaba una anécdota detrás de otra, recordando con detalle cada fecha, cada espacio, cada nuevo remiendo en la ropa de sus cuates, cada cicatriz que conformaba el mapa de sus rostros. Era capaz de recitar párrafos enteros de sus libros. Es más, lo hacía a menudo porque recordar se convirtió en su estrategia de supervivencia. Como escribía en servilletas y pedacitos de papel que solía perder por el camino, aprendió a reconstruir los textos en tan sólo unos minutos. Y manifestaba tanto arte a la hora de reescribirse que cualquiera diría que vivía en un monólogo constante.

Al hablar, sus mañas se hacían más visibles. Sus manos se movían rápidas de un lado para otro, como las de un mago veterano. Silabeaba. Se secaba los labios una y otra vez relamiéndolos con la lengua sin sutileza. Marcaba las eses y las pes para dar mayor énfasis a las palabras. Y un leve tartamudeo, imperceptible casi, acompañaba su discurso.

También se mostraba deslenguado:

–Aunque digan que no tengo estilo literario, a mí me encanta escribir de esta manera. Es mi forma de hacer las cosas, y al que no le guste que se meta su dedo y su desagrado en el orificio de su disgusto –me dijo mientras hincaba el diente al emparedado.

Y cuando la charla no dio más de sí, se retiró con lentitud a tomar un minibús con dirección a la parroquia del Rosario, de su amigo Humberto, cura en el barrio de Villa Dolores, de la ciudad de El Alto.

Allí Viscarra dormía a veces porque el sacerdote le prestaba una computadora en la que escupía sus historias tremebundas; y porque luego le guardaba los archivos, ya que él no sabía manejar bien aquella máquina.

***

Tras la muerte de Viscarra, visité en Villa Copacabana a uno de los hombres que mejor lo conocía: Manuel Vargas, su último editor.

Villa Copacabana es un barrio en el que rige el caos de las laderas, sin un orden lógico de números en el marco de las puertas, con algunas edificaciones de ladrillo descubierto y otras salpicadas de cal blanca. Un lugar en el que los perros –esos perros que fueron durante décadas los compañeros más fieles de Víctor Hugo– suelen buscar algún resto de comida entre las bolsas de basura. Y Manuel es un hombre espigado que rodea de silencios prolongados todo lo que hace, que oculta su rostro alargado bajo unos lentes de alambre y que luce siempre una perilla bien dibujada que otorga un aire de mayor calidez a la expresión de su cara. El día que me recibió usaba una gorra de chulapo madrileño para recoger su media melena. Y no tardó en confirmarme una realidad que a menudo había sospechado: tras mi primer encuentro con él, Víctor Hugo volvió enseguida al trago. “Estuvo sin chupar 11 meses y tres días –me dijo Manuel–. Y estoy seguro de que eso fue para él una auténtica condena”.

Cuando Manuel me hizo pasar a su escritorio había allí decenas de libros: muchos, bien ordenados en los estantes; otros, formando montañitas que crecían desde el suelo. Hallé de todo: literatura inglesa, francesa y latinoamericana. Y también estaban a la vista las obras de Viscarra: Coba, lenguaje secreto del hampa boliviano (1981), Relatos de Víctor Hugo (1996), Alcoholatum y otros drinks: crónicas para gatos y pelagatos (2001), Borracho estaba, pero me acuerdo (2002) y Avisos necrológicos (2005).

Coba es una experiencia creativa que refleja la jerarquización de clases y la división de la sociedad a través del lenguaje. Viscarra publicó la primera edición con la ayuda desinteresada del escritor tradicionalista Antonio Paredes Candia, ya fallecido. Y solía compartir una anécdota muy jugosa sobre la publicación con sus colegas. “Me entregaron el primer ejemplar en la plaza Alonso de Mendoza, una tarde nublada. Me fui a festejar y se lo regalé a la mesera que me atendía sin saber si ella sabía leer”.

Con Relatos, Alcoholatum, Borracho estaba y Avisos necrológicos, el escritor se adentró en un universo de supervivencia que, en palabras del crítico Germán Aráuz, “bebió a cada momento en carne propia”. Y en las páginas de Alcoholatum dejó además plasmado su único testamento conocido, un testamento literario que muestra a un Víctor Hugo con todos sus aderezos: irónico, sarcástico y tremendamente ácido.

El “documento”, en algunas de sus partes, dice así: “Mis libros los dono a la Biblioteca de Alejandría. Puesto que los he perdido irremediablemente, presumo que a ese lugar han ido a parar. Los textos que me fueron robados quedan en calidad de perdidos. Ya que no pude hacer nada para retenerlos, menos puedo hacer para recuperarlos. Mis pensamientos se los cedo a la humanidad entera, no para que los aproveche, sino para que aprenda cómo en el más completo estado de abandono uno puede cultivarse y educarse sin pasar por institutos, universidades, simposios, congresos, diplomados, maestrías y demás tucuymas. Todas mis deudas se las dejo generosamente dora mis acreedores, porque, sabiendo que yo vine al mundo sin traer nada, ¿cómo voy a tener algo para pagar deudas a otarios y prestamistas? Lo que sé es que cada obrero es digno de su salario. Por lo tanto, lo único que hice fue cobrarme las lecciones que les di, desasnándolos. Los culturicé un poco. Las pocas ropas que poseo son sólo para mí. A los que se jactaban y se jactan todavía de ser mis enemigos les dejó mi perdón.

“Y mi pobre corazón, hecho pomada desde los tiempos en que era ingenuo y cándido y con el que recorrí los caminos de la frustración y el desengaño, se lo dejo a aquellas personitas que se divirtieron hasta el cansancio con sus juegos sentimentales; a esas personitas que supieron poner en práctica sus ardides y sus mañas femeninas, lastimando a su gusto mis pálidos estertores personales para dejarme llorando mi desconsuelo en cantinas y chicherías donde estúpidamente moría ahogado en ingentes cantidades de licor. Sólo a ellas pertenecen los guiñapos de mi devaluado corazón”.

Tras leerme en voz alta algunos fragmentos de ese texto cuando menos curioso, Manuel quiso enseñarme la edición española de Borracho estaba, pero me acuerdo, que llegó a La Paz tan sólo dos días después de la muerte de Viscarra. Un libro de tapa blanca con una botella de cristal, una hoja de libreta y un lapicero ilustrando una portada –según un lector– “ajena al miedo y asco que se esconde entre las páginas”.

–¿Y por qué quisiste publicar a Víctor Hugo en tu editorial (Correveidile)? –pregunté a Manuel aprovechando un minuto en el que no decía nada. Y él simplemente se sentó, sonrió y acomodó su voz grave y pausada a la acústica de papel de su refugio.
–Marcela Gutiérrez, una amiga suya, tenía en sus manos un cuaderno con los escritos de Víctor Hugo. Había buenos textos, pero ella no sabía si él estaba vivo o muerto porque hacía ya mucho que no lo veía. Luego, él me buscó y me dejó una caja mal amarrada llena de recortes. “De ahí escoge tú”, me dijo. Era todo una especie de rompecabezas, con hojas sueltas, relatos incompletos, cuartillas rotas y un sinfín de anotaciones. En ocasiones, escribía un párrafo, lo numeraba y había que buscar en otro de los papeles la numeración siguiente para continuar con la lectura. Al final, logré hacer una selección de lo rescatable y de ahí nació Alcoholatum, la primera obra suya que edité.

Por convenio, Manuel le daba a Viscarra sus derechos de autor en ejemplares. A veces, todos de golpe y a veces unos cuantos, porque, cuando peor estaba, Víctor Hugo todo lo que vendía lo bebía de un trago: cambiaba ejemplares por una botella o los ofrecía sin ton ni son en las cantinas. En una ocasión, en pleno proceso de impresión, llegó a aparecerse completamente borracho en la imprenta para pedir libros. Y a veces él mismo se pirateaba: fotocopiaba sus Relatos de Víctor Hugo para multiplicar la plata.

Según Manuel, cuando Viscarra estaba farreando no se podía contar con él para nada. Sano, sin embargo, era serio y responsable.

–Y durante esos guiños de sobriedad aprovechábamos para trabajar juntos.

Solían juntarse en casa de Manuel, en una sala con suelo de madera y olor a pipa en la que el editor intentaba transmitirle a Víctor Hugo algo del calor que le faltaba.

–Yo le daba ropa y él, cuando conseguía nuevas prendas, regalaba las viejas o las tiraba. Su ropa interior, decía, estaba sucia y destrozada. No lavaba.

Sus enseres eran siempre de usar y tirar. Y como las serpientes cambian de piel, él mudaba de aspecto a cada rato. Para mimetizarse con las calles que tantas veces se convirtieron en su madriguera y lo ocultaban.

Viscarra pudo escapar de ellas, pero no quiso. Por eso, cuando se mencionaba su nombre en algún sitio, la pregunta era casi inevitable: ¿Seguirá vivo?

***

Mi segundo encuentro con Víctor Hugo fue casual, en 2005, otra vez en las puertas de la Casa de la Cultura. A las tres de la tarde de un día de lluvia. Lo vi venir mientras estaba esperando a que escampara, con sus pisadas irregulares pero bien marcadas. Apareció tambaleándose, dando saltitos, como un duende salido de las entrañas de una bestia, como un don Quijote que no se acuerda dónde dejó a su Dulcinea. Su cara me pareció una mueca macabra, muy distinta a la del escritor que un año antes compartió conmigo un café dulce y una charla amena sin vapores etílicos de por medio.

Cuando se acercó hasta donde estaba, masculló primero un par de maldiciones. Después puteó a unos policías. Se quejó además de dos mujeres que yo no conocía. Y luego ahogó sus palabras en un susurro incomprensible. Estaba borracho. Temblaba. Una capa de mugre envolvía su ropa ajada. Su noche había sido demasiado “larga”, me confesó apenas.

Cuando tomaba, Viscarra caminaba a menudo sin rumbo para luchar contra las bajas temperaturas. A veces se animaba a dormitar en alguna gradita. Pero no siempre, porque cuando lo hacía no faltaba el vecino madrugador que lo despertaba temprano con un balde de agua. Cuando su cuerpo estaba helado, se animaba a armar una fogata con los maleantes que suelen rodear algunos basurales, sacrificando los cartones mal cortados que le servían para enrollar su propio cuerpo en los amaneceres congelados.

Antes de irse, Viscarra me pidió sin mucha amabilidad 20 pesitos.

–No tengo más que 10, Víctor Hugo –le dije mientras buscaba en mi cartera.
–Entonces, me das 10 ahora nomás y me debes otros 10 –me dijo. Aquella frase era habitual en él, y la solía conjuntar con la sonrisa más pícara de su repertorio.

Le entregué un billete arrugado y antes de meterlo en su bolsillo jaló la tela para comprobar que no había agujeros por donde pudiera salir la plata. De cerca, pude ver una cara muy hinchada; y me di cuenta también de que fruncía el ceño impulsivamente, como si de un tic se tratara, concentrando un mar de arrugas sobre su nariz desviada.

Se marchó sin despedirse. Para seguir peregrinando en su improvisado papel de recaudador de impuestos. Porque cuando deseaba alcohol, visitaba a los amigos y les reclamaba dinero sin cuidar las formas. Sobrio, sin embargo, el orgullo le podía. Y no se dejaba invitar ni siquiera a un té o un pan con queso. Incluso se permitía el lujo de dar limosna a algún borracho. “Yo sé lo que es necesitar para tomar un trago”, decía.

Se alejó atravesando puestos llenos de enchufes, dulces, peluches, devedés y libros pirata. Esquivando a charlatanes que ofrecían lociones contra la calvicie, antenas de televisión y manuales para todo y para nada. Parando después frente a una nutrida marcha de protesta. Y no tardó en ser absorbido por el magma de una ciudad que al mismo tiempo era su trinchera, rumbo a las cantinas hasta quién sabe qué día del almanaque.

Él resumía esta experiencia itinerante mejor que nadie. “Pierdo la noción del tiempo y algunas noches, víctima de los insomnios prolongados, me hace fechorías mi cerebro. Se acelera, se me escapa todo lo negativo y me asusto. A veces lloro, pero como estoy sin compañía nadie se entera. La hora avanza y espero la amanecida para huir del antro en el que me encuentre en ese momento. Entonces me pongo más tranquilo. Cuando me siento ya muy mal, tengo mi propio tratamiento: primer día, puro líquido, agua, mates o refrescos; después, cosas suaves, como sopa; y luego me meto lo que venga: pollo, res o lo que sea. Soy como un perro, sin ayuda me curo, yo solito”.

***

Uno de los “infiernos” favoritos de Viscarra era el Bocaisapo, una taberna impregnada por un profundo olor a viejo, iluminada por la luz delgada de un puñado de velas, con mesas robustas y embovedada rústicamente con ladrillos rojizos que parecen recién horneados. Un punto de reunión casi obligado para jóvenes universitarios, alcohólicos con cierto pedigrí y poetas trasnochados. Y el lugar en el que semanas después de la muerte de Víctor Hugo me cité con Erick Ortega, periodista y buen amigo del escritor.

El viernes en el que nos encontramos el ritmo del folclor boliviano armaba la banda sonora del local: morenadas, cuecas, sayas, diabladas y demás familia. Los vasos chocaban con energía y se repartían sin cesar cuencos con hoja de coca desde una pequeña barra adornada con una campana que quisiera pensar que estaba allí para dar el toque de queda a los últimos borrachos. Un vaho de humo de cigarro lo inundaba todo, conformando un sinfín de formas caprichosas que se confundían sutilmente con la decoración. Un mural con personajes de la bohemia de La Paz ocupaba una de las paredes. Y, como no podía ser de otra manera, en él también estaba inmortalizado Víctor Hugo.

Erick pidió un yungueñito –aguardiente con naranja– para recordar los buenos tiempos. Tenía ojeras profundas, pero ya no por las noches en vela a lomos de una copa “sino por mi beba, que no perdona”, me dijo. Luego me contó que siempre traía aquí a sus chicas para que las conociera Víctor Hugo. Que a una le recitó algunos versos en quechua y quedó enamoradísima. “Pero lo que jamás olvidaré –me confesó Erick– es cuando le presenté a la madre de mi hija. ‘Por fin te has jodido la vida’, se reía a carcajadas. Así era él, conciso y directo en sus apreciaciones, y lleno de anécdotas. Una vez me habló de un morguero que tenía relaciones con una cholita muerta. Y cuando se deprimía lloraba, lloraba muchísimo, con un llanto bien indígena, sin soltar lágrimas”.

Erick fue un privilegiado. Sin ser alcohólico, pudo acompañar a Viscarra en algunas de sus muchas escaramuzas para calentar el alma, un alma que el escritor sentía siempre fría. Y en cada salida con él se sorprendía. “Un par de veces quiso llevarme al Averno, un local de mala reputación, pero ya no existía, y en una ocasión terminamos en un bar en el que sólo había baldes para tomar. ‘Si entras aquí, no vas a querer salir’, me dijo”.

En Borracho estaba, pero me acuerdo Víctor Hugo dibuja con sus afiladas descripciones escondrijos similares. Uno de ellos es el famoso Cementerio de los Elefantes. Y lo describe así: “Para los que quieren suicidarse bebiendo sin parar está el traguerío de doña Hortensia, conocido entre los ‘artistas’ –los borrachos– como el Cementerio de los Elefantes, un lugar en el que el ‘artista’ que decide suicidarse es conducido a un cuarto para que pueda terminar con su existencia. Como los bebedores tienen el pulso de pajero, doña Hortensia les vende el trago en un balde de plástico en el que caben dos litros de líquido. Para beber, a falta de un vaso de cristal, les da un vasito vacío de yogurt. Y para que el tipo no se eche atrás, cierra la puerta con un candado, cuya llave guarda luego en uno de los bolsillos de su pollera [falda]. Cuando hay necesidad de botarlo a la calle –porque está tieso–, no faltan nunca voluntarios para llevarlo al callejón, donde lo recoge luego la furgoneta de homicidios”.

Según Erick, la mayoría de los sitios que Viscarra visitaba eran sórdidos, sucios, desaconsejables para los estómagos sensibles, pero excelentes para que Víctor Hugo alimentara sus relatos. El escritor aseguraba que en La Casa Blanca, donde atendían de domingo a domingo, tomó una vez 19 días y 19 noches consecutivos y que no recordaba haber comido nada en aquella aventura. En el Callejón Tapia, ubicado en un rincón con el mismo nombre, tuvo su bautizo de fuego: allí, a los 16 años, comenzó a probar sus primeros tragos fuertes; y allí comprendió que con alcohol en el cuerpo las bajas temperaturas son más llevaderas. Del Averno destacaba las peleas, tan violentas que “a nadie le extrañaba ver el empedrado manchado de sangre cuando amanecía”. Y contaba que, cuando tenía plata, trataba de no abandonar estos tugurios hasta las primeras luces, cuando el sol entraba en el cuerpo de uno como si fuera agua bendita.

–Cuando tomaba, él era consciente de que moriría joven –me dijo Erick antes de que abandonáramos juntos el Bocaisapo.

Después subimos las graditas que conectan con la calle Jaén, una vía estrecha y adoquinada, llena de balcones señoriales, donde los vecinos aseguran haber escuchado cascos de caballo, lamentos de condenado y los pasos de una viuda negra.

***

Mi último encuentro con Víctor Hugo fue en abril de 2006, en el café Alexander de Sopocachi, un barrio de La Paz con casas de pocas alturas y grandes edificios donde en los últimos años se ha instalado una buena parte de la bohemia de la ciudad, pero una bohemia bastante ligada a una clase media que desagradaba especialmente al escritor.

Quizá por eso no tardó mucho en llegar el primer reproche de la tarde:

–¡Esta mate no tiene nada de sabor, parece agua, carajo! –protestó.

Aquel día estaba a mi lado Mabel Franco, también amiga de Viscarra y periodista del diario La Razón. Aunque él quería irse, insistimos en quedarnos para que llenara el buche con algo consistente. Y al final pidió a regañadientes una ensalada muy frugal: sin champiñones, ni pepino, ni tomate, ni pan, ni aliño. Lechuga y punto.

–El estómago no me acepta casi nada –justificó al notarnos a Mabel y a mí un poco inquietos. Su cara estaba inflada, parecía una caricatura. Sus palabras, a ratos, sonaban como un aullido apagado. Pero no había perdido su buen humor: su humor negro.
–Si pudiera, me compraría un cuerpo a medio uso en el Barrio Chino –nos dijo, divertido, acto seguido.

El Barrio Chino es un pequeño territorio de La Paz, entre las calles Sagárnaga e Isaac Tamayo, donde transan los volteadores, descuidistas, rateros y raterillos. Y donde se dan cita habitualmente los “vizcachas” (vendedores de objetos robados), quienes, según Viscarra, están sindicalizados y afiliados a la Central Obrera Boliviana.

Mientras Víctor Hugo hablaba, algunas miradas furtivas se concentraban a nuestro alrededor. Un par de encorbatados de las mesas contiguas parecían incómodos con nuestra presencia. Examinaban disimuladamente al escritor, pero con asco. Hasta que Víctor Hugo volteó los ojos y, sin pronunciar palabra, los tuteó con apenas un golpe de vista. Fue como si dijera: más asco les tengo yo y no pasa nada.

–No soy como ellos. No me gusta el deporte. No me gusta la política. Y no me gustan los intelectuales. Pero bueno, aunque otros ganan el quivo (la plata), yo me he llevado la fama. Hay que tener agallas para desenvolverse en este mundo y no en el cuento de hadas donde habita la mayor parte de esta gente –resumió Viscarra de un tirón (porque Mabel y yo reaccionamos como si no entendiéramos bien lo que pasaba).

Era un Viscarra envuelto en una bufanda roja desgastada y en un suéter gris con agujeros que se veía igual de mal que el escritor, igual de maltratado. Lucía como un viejo achacoso. Su tos se había vuelto crónica. Un temblor repetitivo en una mano dificultaba sus movimientos. Y su listado de dolencias se había multiplicado. Por eso el reencuentro duró menos de lo habitual, de lo esperado. Y con la ensalada todavía a medio terminar nos retiramos del café despacio, a su paso.

Cuando salimos, Viscarra se agarró al brazo de Mabel como si fuera una botella. Andamos unos pocos metros, hicimos parar un taxi y él se despidió con una sola frase:

–Ya estoy demasiado mayor para amargarme –nos dijo.

Ya nunca más volvería a escuchar su voz. Dos semanas más tarde, ingresó al hospital Arco Iris. Otras dos después murió.

***

Vicky Ayllón estuvo a su lado en esos momentos tan difíciles. Aquellos días muchos de los que conocían a Víctor Hugo desaparecieron. Ella no: el escritor le había rescatado en una de las dictaduras más sangrientas de Bolivia, la de García Meza, en los ochenta, que persiguió y castigó con saña a muchos de los miembros del Partido Comunista.

Cuando me entrevisté con Vicky en un despacho de la editorial Plural, poco después del fallecimiento de Viscarra, ella combatía el frío con cafés y cigarrillos. Y recordaba con los párpados completamente cerrados cómo el escritor le guió por una parte de la ciudad que desconocía para protegerla de los torturadores que por aquel entonces la acechaban. Concentrada, sin abrirlos ni siquiera un segundo mientras hablaba.

–El día que Víctor Hugo me ayudó a escapar de los que me buscaban nos vimos en el mercado Uruguay. ¿Estás dispuesta a ir donde sea?, me dijo. Le contesté que sí. Estaba anocheciendo y me llevó primero por un sinfín de recovecos. Yo era una intrusa, pero sabía que él dominaba bien el barrio y eso me daba confianza. Seguimos por más callejones hasta llegar a una puerta de latón. Y luego comenzamos a bajar hasta un lugar con una tela blanca. Detrás había un hueco. Era un cuarto de tierra con las paredes blanqueadas con cal, un colchón de paja y una manta. Había que usar velas para ver bien. Y me dejó allí sola. Dos horas más tarde volvió con una hamburguesa y varias revistas: Vanidades y Cosmopolitan. Me salvó la vida. Y yo le quedé eternamente agradecida.

La complicidad creció y Vicky se convirtió después en una incondicional de Víctor Hugo. Por eso no me extrañó ver encima de su mesa un par de libros de Viscarra. Mientras hablábamos los manoseaba. Pero sin detenerse a mirar ninguna de las páginas.

–Su estrategia, sin duda, se basaba en la supervivencia –siguió contando Ayllón mientras sorbía su café de a poco, como si eso le tranquilizara–. Y consiguió algo muy difícil de lograr cuando la calle es casi el único mundo en el que uno se desenvuelve: ser respetado. En una ocasión me invitó a La Guerra, un local de los bajos fondos de La Paz, y la experiencia fue hermosa. “Puedes poner tu cartera y el celular sobre la mesa. Han destinado a un tipo para cuidarnos”, me dijo. Luego, la señora que nos atendía lo felicitó sincera. “Podías habernos delatado y no lo has hecho. Eso significa que eres un buen escritor”, le dijo. Para mí no hay crítica literaria más profunda que esa.

En casa de Vicky, Víctor Hugo, que no tenía un peso casi nunca, y menos para comprarse libros, leía a los clásicos y a los no tan clásicos con la voracidad de un lector al que le quema el papel entre las manos.

–Cuando lo hacía, se encogía. Mostraba toda su joroba y volcaba su cuerpo sobre el libro. Era muy inquieto. Reía, puteaba, exclamaba. No era educado. Ejercía su derecho activo sobre la lectura: hacía escuchar las reacciones que le provocaba el texto.

Gracias a estos encuentros, Vicky pudo saber algo más de su pasado, aunque tampoco mucho. Supo que Viscarra estuvo en un albergue para menores. Que luego entró al seminario como novicio. Que allí no duró mucho. Que perteneció a las juventudes comunistas. Que trabajó para el Servicio de Aduanas en la localidad fronteriza de Charaña, conocida por su dureza, por ser un punto perdido en mitad del Altiplano. Que le dieron un puesto en la Casa de Cultura de Cochabamba. Que no aguantaba eso de estar en medio de oficinas. Que su psiquiatra le recomendó escribir todo lo que sentía. Y que así lo hizo, pero llevando la experiencia con el alcohol hasta las últimas consecuencias.

La conversación se interrumpió cuando Vicky recibió una llamada telefónica de sus amigos, que le estaban convocando a tomar unos “traguines” más tarde en el Bocaisapo. Unos de esos que a Viscarra tanto le gustaban. Porque le distraían. Porque le relajaban. Porque supuraban las heridas.

***

En diciembre de 2006, casi siete meses después de su muerte, fui al Cementerio General para volver a ver a Víctor Hugo. Tardé un poco en dar con su tumba. Las únicas referencias para localizarla me las había proporcionado Manuel Vargas, su editor, tomando como único punto de partida la capilla donde se realizan los responsos a los difuntos antes de los entierros.

Desde ahí desfilé frente a una hilera interminable de tumbas, todas parecidas, con flores de plástico y pequeñas fotos de los fallecidos insertadas en portarretratos minimalistas. Mientras caminaba, pensaba que en lugares como éste también hay clases: granito, mármol y mausoleos para la gente con plata y cemento, mucho cemento, para el resto. Seguí andando y me topé con dos o tres tumbas sin lápida, con una inscripción mal hecha cuando el cemento estaba todavía fresco. Y tardé un rato en hallar la de Viscarra, aún más sencilla. Su familia –al parecer– no quiso gastar ni un solo peso para adecentar su sepultura.

Como hicieron otros antes, le llevé una botella de aguardiente. Para que matara las penas. O las quemara. Porque su madre, a la que tanto odiaba, ni siquiera muerto lo dejó descansar tranquilo. “Sinvergüenza, lo que me has hecho sufrir, te has dejado vencer porque eres un débil”, cuenta el cineasta Armando Urioste que exclamó ella en pleno entierro.

Ese día, Ayllón brindó a su salud con los alcohólicos que seguían la comitiva fúnebre.

–¡Viva La Guerra! –gritó alzando un botellín de cerveza en honor al antro donde una vez se emborracharon juntos.
–¡Ya, mierda, así como pateaste la vida patea ahora la muerte! –dijo después. Y la tierra se tragó a Viscarra con la misma velocidad con la que él vaciaba los vasos una y otra vez cuando estaban llenos.

Víctor Hugo sostenía que los marginados –como él– conforman un gremio en extinción permanente. “Pero, por suerte, siguen llegando nuevos adscritos”, añadía.

Hacen falta. Porque a veces los que parecen no tener ninguna dignidad cargan con toda la dignidad del hombre, como lo hacía Viscarra, que continúa todavía vivo como personaje literario, en sus libros.

Salí del cementerio y atrás quedaron las “aves funerarias”, adolescentes que conocen las historias de cada una de las fosas del camposanto; los rezadores profesionales, que reparten ave marías y padres nuestros con la misma seriedad con la que los panaderos hornean el pan cada mañana; las lloronas, que lloran como lo hacía Víctor Hugo, sin verter lágrimas; los limpiadores de tumbas, que escalera en mano, por unos pocos pesos, se encargan de que los sepulcros se mantengan blancos; los niños sin techo, que esnifan pegamento en los nichos vacíos; y Viscarra.

A falta de fogatas, esperaba que el escritor se mantuviera caliente con la botella de alcohol que unos minutos antes dejé a su lado. Aquel día hacía frío, mucho frío.

Blanca y Alicia

Las dos reporteras están en la escena del crimen en un cruce astral, la calle Piscis entre Acuario y Leo, en una colonia polvorienta y dislocada, como son todas las colonias de Ciudad Juárez. Es su primer muerto del pesado turno de la noche. La fotógrafa no puede acercarse demasiado a ver el cadáver. No puede traspasar la cinta amarilla de los forenses. Les han dicho que la víctima es un policía de la Procuraduría General de la República (PGR). Con el teleobjetivo se acerca. Clic, clic. Un niño se metió en el cuadro. Ahora ya se escapó. Sale la camioneta del forense.

Yo llegué tarde. Una reportera ya estaba terminando de sacar sus fotos, la otra ya se había subido a una grúa, que estaba casualmente ahí, y con el celular tomó un video y lo transmitió en directo a la página web de su diario.

Nos presentamos. Blanca tiene el nombre apropiado, es casi pálida. Alicia, morena y energética. Escasos treinta años. Ahí paradas en medio de la calle conversamos y nos reímos no sé bien de qué. Unos vecinos nos miran con curiosidad. Debe ser mi acento colombiano lo que les llama la atención.

Mientras llegamos al carro de Blanca, un hombre desproporcionadamente grande me sonríe desde el techo de una casa. Es el alcalde, me explican, cortado en cartón pegado en un muro alto que sobresale de los tejados. “Seguro que no vio nada”, dice alguna entre risas. Partimos rumbo al periódico en el carro destartalado, por el que Blanca me pide excusas.

—Este sector no me asusta, me dice. Nací en Juárez y estoy acostumbrada a esto. Cuando estaba en la prepa, empezaron a matar mujeres. Recuerdo que un profe nos decía: “Si las violan, no peleen para que no las maten”.

Sigue conversando mientras conduce por esta ciudad extensa y árida, de autopistas que conectan barrios y centros comerciales entre escampados de arena. Me muestra un parque bonito, recién hecho, y me explica que es parte de la campaña “Todos somos Juárez”, destinada a mejorar la autoestima de la ciudad. Y después recuerda que allí mataron a siete muchachos que calentaban para un partido. Amontonaron los cadáveres debajo del eslogan “Todos somos Juárez”.

Es la primera parada del violentour, como lo llamó en broma otra colega juarense, como lo hacían los niños de Medellín, cuando lo guiaban a uno a la esquina donde le habían dado “chumbimba” a alguno del barrio, y con sus manitas repasaban los agujeros de las balas en la pared. Eso fue cuando era esa ciudad, y no Juárez, la que rompía los récords mundiales de homicidios. Allá llegó al tope de trescientos ochenta y uno por cada cien mil habitantes en 1991. Aquí la más alta hasta ahora ha sido en 2010, que llegó a trescientos, sin contar los desaparecidos. Este año puede ser peor. Al terminar febrero de 2011 ya iban sesenta y dos muertos más que el año pasado.

“Al paso que voy me quedo sin fuentes”, dice Blanca con una sonrisa tímida. Ya le han matado como treinta, la mayoría policías y abogados. No hace aspaviento sobre los peligros de su oficio. Ése es su trabajo y punto. Del auto de enfrente se baja un hombre fornido y mira en nuestra dirección. Ella detiene en seco su relato.

“¿Éste qué se trae?”, se dice. Y cuando ve que sigue su camino, ella retoma su cuento en el punto en que lo dejó. A veces siente la presión. “Se me acumula aquí y me hace doler”, dice y se señala el pecho. Para quitársela hace spinning y queda livianita otra vez.

Lo que aún no logra domar es la angustia que siente por los deudos. “Me dan ganas de llorar”, dice. Como aquel día en que vio la escena de un papá que murió abrazando a su hijo de ocho años, los dos tiroteados y quemados. Ella vio llegar a la madre desquiciada gritándoles a todos: “Si era un niño inocente, ¿por qué no hicieron nada?”.

Apenas llegamos al estacionamiento del diario, timbra su celular. Es su colega, Julio, fotógrafo. Le dice que hay muerto en Isla Terranova. Ella no alcanza a terminarse el tomate que tiene a medio comer en una caja plástica. Se lo recomendaron para quitarse los calambres que le dan seguido. Terranova…, busca en Google Maps en su teléfono, no lo encuentra. Nerviosa llama a una fuente, que no sabe.

Julio, el flacuchento fotógrafo, aparece cargando dos maletines que se le ven desproporcionadamente grandes, como sus anteojos.

—Que ya están todos allá, vamos —nos dice apurado—. Por el camino ya averiguaremos bien dónde es.

Nos subimos al carro, sin rumbo fijo, al tanteo, y ya empieza a anochecer. Soy demasiado ajena al lugar para sentir miedo. Los veo a ellos, que parecen tan tranquilos en su rutina nocturna de reportear muertos, que me siento en una película, una de esas de persecuciones de carros a toda velocidad por la autopista, en medio de la nada. Nos zumba al lado un automóvil con dos tipos enormes, con música a todo volumen. Vemos el brazo tatuado de uno. Blanca desacelera. No le gusta cómo van, cerrándoseles a todos en zigzag, casi chocando, y lo dice en voz alta.

Una ciudad en guerra

Después de varios días en Juárez, los periodistas me van dejando ver la verdad. No es que estén acostumbrados a la violencia, como insistió Blanca tantas veces. La muerte se les vino encima de repente, como una nube oscura que todo lo ensombreció. En 2007 hubo menos de un asesinato al día. Pero en sólo tres años son más de diez los muertos diarios en promedio. En Medellín, entre 1985 y 1991, los homicidios se triplicaron. La barbarie no les era tan ajena y tuvieron tiempo de prepararse mejor. Aquí no; aquí se multiplicó por diez en un santiamén y sigue creciendo.

No son tampoco los muertos invisibles de hace quince años. La de ahora es una muerte-espectáculo, de escenas macabras de fusilados con máscaras de cerdo. Es una muerte desalmada, de niños acribillados en discotecas y parques; van veintinueve en los dos primeros meses de este año. Es una muerte paralizante, le puede tocar a cualquiera, en cualquier lugar.

Antes, cuando el Cártel de Juárez, que dominaba sin disputa el gran negocio ilícito de pasar drogas a Estados Unidos, desaparecía en fosas a sus enemigos o al que se le atravesara, el odio era silencioso. El primer estallido fueron las misteriosas muertes de las mujeres de Juárez, que hicieron que el mundo empezara asociar a esa ciudad con la violencia. Pero la guerra ruidosa se desató después, desde fines de 2007, cuando el Cártel de Sinaloa entró de lleno a contender por la plaza de Vicente Carrillo. El desgreño social que transformó a los desesperanzados hijos de las maquilas en temibles pandillas, como las de Los Aztecas y los Artistas Asesinos, alimenta la máquina de terror.

Ni los editores ni los reporteros están entrenados ni protegidos para el horror que les copó el oficio sin avisar. Son policías desarmados en permanente emboscada. Son bomberos arrojados a las llamas sin protección. Son médicos impotentes que no pueden auxiliar a nadie. Su único instrumento es la palabra, y aun ésta se les contaminó de términos extraños, como sicariar y levantones y ejecuciones. El riesgo de cubrir a ritmo frenético tantos crímenes es obvio, pero no pueden parar.

Julio

No alcanzó Blanca a desacelerar cuando sentimos las sirenas. Una aparatosa camioneta azul con dos policías federales vestidos de blindaje, de pie en el platón, una mano en sus potentes fusiles, la otra agarrándose fuerte de las varillas, empezó a perseguir a los del Buick. Nos pasó en un segundo.

Para escabullirse, o para detenerse sin parar el tráfico, no sé bien, el Buick dio un volantín en “U” y detrás de ellos los federales.

—¡La foto! ¡La foto! —gritó Julio.

Y detrás de ellos fuimos nosotros, las llantas chirriando con la forzada curva. Cuando nos detuvimos a la salida del callejón donde los hombres se habían metido, la policía ya los estaba requisando. Julio saltó del carro con su cámara lista, y comenzó a disparar sin preguntar. Un policía que lo vio se molestó.

—¡Identifícate! —vociferó.
—Primero saco las fotos —reviró Julio.

El policía, un muchacho joven que temblaba sofocado bajo su traje antibalas, se le vino encima amenazante. El roce subió de tono.

—Que te esperes —dijo el policía—. De la manera más atenta te lo pido. ¿No ves que estoy en plena acción? ¿No ves que venían chocando carros? Traigo la adrenalina más alta que nada, compréndeme.

Julio mostró su carnet de periodista, alegó un poco más y se subió al auto. Blanca, que había aprovechado para grabar la requisa con su celular, también subió. Conteniendo la rabia le dijo a Julio: “Cuando te maten no quiero estar ahí contigo”.

Ya Julio me había contado que se hizo fotógrafo por pasión. Se rebuscó un puesto en el diario, como temporal y, después de año y medio y un premio estatal, quedó contratado de planta. Cuando debutó como reportero judicial nocturno, la guerra arreció. El 21 de enero de 2008 mataron al director operativo de la policía municipal, y esa misma noche atentaron contra el jefe de la policía ministerial estatal de Juárez. Se dispararon los homicidios.

Alarmado, el presidente Felipe Calderón envió en marzo un contingente de dos mil soldados para frenar el desmadre. Pero las matanzas siguieron. En su lugar llegaron más policías federales, pero no les ha ido mejor.

La noche del roce con el policía debió ser para Julio una escaramuza sin importancia. Había tenido días peores, como el de su último cumpleaños, en que al llegar al periódico a las cuatro, como todos los días, se enteró de que habían matado a Luis Carlos Santiago, un joven practicante de fotografía con el que había salido un par de veces a trabajar. Se llenó de coraje. Ese día escribió en su Facebook: “Hoy no habrá serpentinas ni pastel de chocolate para mí, hoy mataron a Luis Carlos”.

Una tarde caminaba por el centro y notó que la calle se veía misteriosa con la lluvia. Sacó la foto. Retratar una tarde bonita, los picos grises de las colinas cortados sobre un atardecer rojo de Juárez. “Eso me salva, saber que todavía puedo sentir lo bello”, dice. De inmediato sintió que tres tipos lo seguían. Uno le pidió ver las fotos. Julio le respondió que no los había captado a ellos. El otro le sacó la pistola y le dijo: “¿Te crees chingón?, si quiero te mato”. Julio no arrugó: “Si lo vas hacer, pues lo vas a hacer. No tengo más que mi palabra y ya te dije que no los tengo en la foto”. Intentó llamar a su compañero y los tipos le apagaron el celular. Pero su amigo llegó a la escena como por telepatía. Se fueron a comer y uno de los tipos lo siguió y lo esperó mientras comía. “En cualquier momento me rafaguean”, pensó.

Hoy el centro es un lugar vetado para todos los periodistas de la ciudad. Allí están los picaderos, los expendios de droga, el narcomenudeo, el último rescoldo del otrora poderoso cártel. Cualquiera puede ser un enemigo.

El talento ha llevado a Julio a exponer sus retratos de la tragedia juarense en Milán, junto a Leticia Battaglia, la gran fotógrafa de la violencia siciliana. Pero el precio ha sido alto. En las mañanas sale con forma humana, mira al cielo y disfruta la vida. “A medida que voy sacando fotos de los muertos, siento que me voy deformando, que me voy volviendo un monstruo”, dice y levanta los brazos como Frankenstein.

La protección

¿Quién protege a los periodistas en México? La Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) puede dictar medidas cautelares de protección a un periodista en riesgo, explica Darío Ramírez, director de Artículo 19, el capítulo mexicano de la organización británica de defensa de la libertad de expresión. El problema es que la protección la tiene que dar la autoridad local, y sólo la da si quiere.

Además, desde hace casi un año, el gobierno federal viene desarrollando un mecanismo nacional que pueda tramitar protección inmediata a un periodista amenazado o en grave riesgo. En noviembre pasado, el gobierno firmó un convenio con la CNDH, la PGR y otros organismos para ponerlo en marcha.

Con el mecanismo enredado en los hilos burocráticos, cuando hay amenazas la reacción es lenta en el mejor de los casos. Sucedió en el de la reportera Jazmín Rodríguez. Ella y otros dos periodistas estaban cubriendo un atentado contra el periodista José Alberto Velázquez en Tulum, Quintana Roo, y cuando partía hacia el hospital, Velázquez se levantó la máscara de oxígeno, y denunció que había alcanzado a reconocer a los sicarios, y que eran gente del alcalde de Tulum. Después murió. Con gran coraje, Jazmín dijo que atestiguaría ante la justicia, pero la amenazaron. Michael O’Connor, el periodista investigador del Comité de Protección de Periodistas de Nueva York (CPJ, por sus siglas en inglés) basado en México, pidió a la Secretaría de Gobernación que la protegiera, pero la policía local se demoró dos semanas en aparecer.

El mecanismo que aún no se echa a andar se inspiró en parte en uno similar empleado en Colombia para proteger a grupos vulnerables, como defensores de derechos humanos, sindicalistas y periodistas. El comité, en el que tienen participación activa los representantes de varias organizaciones de prensa, ha tramitado en promedio 161 casos de periodistas en riesgo cada año, desde 2007. Una fundación colombiana privada, la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip), constata en cada caso que la amenaza sea auténtica y por razones del oficio, y vigila que el Estado, en efecto, proteja al periodista con celeridad. La acción mancomunada de Estado y sociedad civil le ha subido el costo político a los perpetradores de atentados graves contra la prensa. Y los homicidios han bajado.

Una diferencia entre el proyecto mexicano y el comité colombiano pareciera ser que este último arrancó con el respaldo financiero sólido de dineros estadounidenses del Plan Colombia. En 2010 tuvo un presupuesto de 62 millones de dólares. Al de México, en cambio, no le han encontrado aún los recursos suficientes. Y la entidad que lo podría hacer, la Comisión de Agravios contra Periodistas de la Cámara de Diputados, carece de facultades para presentar una ley que asigne el presupuesto necesario. Tampoco se ha concretado la voluntad política de los partidos para sacarla adelante. La segunda diferencia, dice Ramírez, es que la sociedad civil mexicana no tiene un poder decisorio en el comité, y eso le resta eficacia y legitimidad. La tercera, que quien da la protección a los periodistas colombianos es la fuerza pública nacional, y en cambio en México, la orden de protección la daría el gobierno federal, y siguen dependiendo de los agentes locales cumplirla o no.

Los reporteros de Juárez dicen que sería un suicidio contarles a policías locales o estatales a dónde van a cada hora o meterlos a sus casas. Son entidades muy infiltradas. Al subdirector de El Diario de Juárez, Pedro Torres, su jefe le ofreció ponerle un carro blindado y custodios, pero no los quiso. “Llamaría más la atención y no resolvería nada. Mi mayor miedo es por los periodistas”, me dijo en su oficina.

Alejandro

A la entrada de El Diario de Juárez, un edificio grande y luminoso, no se ve a los guardias que dicen que hay. Es algo muy extraño para mí siendo colombiana. Aún hoy con la violencia a la baja, no hay medio en mi país que no tenga celadores, detectores de metales y hasta perros antiexplosivos.

Alejandro, el amable editor de un tabloide popular de Juárez, me cuenta que ha habido muchos asesinatos a pocas cuadras de su oficina. “Mire el último”, me dice. Y saca su celular para mostrarme la foto de un hombre baleado entre un carro. Me cuenta que escuchó el tiroteo y salió a tomar la foto por si los fotógrafos no llegaban a tiempo.

Todas las madrugadas, a las cuatro, llega para revisar qué pasó en la noche. Intenta darle una página a cada muerto, la foto, los datos del asesinato. A veces no le alcanzan las páginas para recoger tanta sangre y tiene que meter a tres o cuatro en una sola.

Las notas de su diario retratan el Juárez de hoy. “Nos ven como el resumidero de la cloaca —dice con pesar—. Y sí, ayudamos a que no se olviden que somos muchas las víctimas vivas, que la autoridad no actúa, que los asesinos son adolescentes, que no hay escuelas, no hay trabajo, que matan por mil pesos”. Sesenta y cinco mil juarenses compran el diario todos los días para constatar que su pariente está muerto, para enterarse de lo que pasa en la calle o por puro morbo.

Alejandro dice que lidia con una sociedad en estado patológico. El domingo se va a El Paso, al otro lado de la frontera, para poder bajar los vidrios sin temor a que una ráfaga de plomo lo alcance.

Las amenazas son cotidianas. Le mandaron decir que le iba a pasar lo que a sus colegas asesinados, por publicar una foto del lugar equivocado. A su director le tocó negociar con los afectados para que no llevaran a cabo la amenaza. También lo llamaron de un cártel, por haber sacado una manta con un mensaje del otro. Para demostrar su neutralidad, tuvo que mandar un fotógrafo a fotografiar otra manta con la respuesta a la anterior. “Debajo había cuatro cuerpos y una cabeza”, dice.

No se va porque es su ciudad y es lo que sabe hacer. Se compró un chaleco antibalas, pero casi no lo usa porque es incómodo, y sabe que las balas “matapolicías” lo atraviesan todo. Cambia de peinado, se deja la barba, se turna los lentes para que no les quede fácil reconocerlo. Vive cada día y se despide de su mujer como si fuera el último. Está resignado. Adivina que un día va a salir fotografiado en su propio diario, sin compasión, su cuerpo tirado por ahí.

El daño emocional

Cuando cubrir la muerte ya no espanta; cuando ya no hay tiempo para recuperarse del miedo de una amenaza porque ya viene la siguiente, el daño psicológico puede ser permanente, dice el Manual para el apoyo emocional del periodista, que publicó la Flip de Colombia. La rabia sale súbita a borbotones. Es difícil concentrarse. Cada vez se siente menos, se vive anestesiado. Hay que perseguir el peligro para mantener la adrenalina fluyendo. La mente se vuelve un disco rayado con los mismos pensamientos negativos, pesadillas recurrentes. Crece la desconfianza, se pican pleitos con todo mundo. Se bebe más de la cuenta. Aparecen los dolores.

Mientras leía partes de este manual en una reunión improvisada con varios periodistas del diario, vi sonrisas. Muchos se reconocían. Bromearon por lo del alcohol. Las burlas, la risa nerviosa, tienen algo de fatalismo. Varios creen que el final violento es inevitable. Eso le pasó a Bladimir Antuna, el avezado reportero judicial de Durango, asesinado por sicarios en noviembre de 2009. Un mes antes, dice el reporte del CPJ sobre la libertad de prensa en México en 2010, algunos de sus amigos “cuentan que lo vieron abatido y aterrado, un hombre aparentemente resignado a ser asesinado”. Tanto así que estaba desesperado por ahorrar para no dejar a su mujer y a sus hijos en la calle.

Sandra

—¿Quieres ver el Juárez más bello? —me pregunta. Acelerada, Sandra tiene una energía brillante, de esas que iluminan hasta los corazones más tristes. Salimos en su carrito atestado de papeles por una autopista que le sirve de cinturón a la ciudad gris ceniza. Se ve El Paso ahí nomás, el lado verde de la misma Juárez.
—Allá sólo tuvieron nueve homicidios el año pasado. Es más de lo que habían tenido nunca, pero aquí hubo 3 100 —dice Sandra—. Aquí se mata porque se puede; allá no.

Sandra ha tomado una licencia del diario porque está escribiendo el libro en el que quiere contar lo que ha investigado desde que llegó del DF, hace poco menos de una década. Ya ha publicado reportajes sobre las fortunas que hicieron los políticos con la especulación de la tierra urbana, y cómo eso estiró la ciudad artificialmente y condenó a la gente a vivir mal. Ahora quiere contar cómo se formaron las pandillas, que ella mapeó, barrio a barrio. La de la guerra del último tiempo de fuerzas legales de seguridad tan arbitrarias como las ilegales: montajes contra inocentes, allanamientos patanes, ruedas de presos descaradamente torturados.

El retiro también es su forma de tomar distancia, adivino. Desde septiembre pasado las cosas empezaron a ponerse muy mal. Vino el asesinato de Luis Carlos un jueves. El sábado apareció una manta, con un mensaje críptico: “Si no nos regresaban la copa les pasa lo que a los periodistas”. Y esa misma tarde apareció un cuerpo con la cabeza aparte y, al lado, páginas de su diario gemelo en Chihuahua, la capital.

El domingo siguiente salió el conmovedor editorial de El Diario de Juárez dirigido a los narcotraficantes de la ciudad: “Hacemos de su conocimiento que somos comunicadores, no adivinos. Por tanto, como trabajadores de la información queremos que nos expliquen qué es lo que quieren de nosotros, qué es lo que pretenden que publiquemos o dejemos de publicar, para saber a qué atenernos. Ustedes son, en estos momentos, las autoridades de facto de esta ciudad porque los mandos instituidos legalmente no han podido hacer nada para impedir que nuestros compañeros sigan cayendo, a pesar de que reiteradamente se los hemos exigido”.

Algunos leyeron en ese grito desesperado de auxilio una entrega a las organizaciones criminales, una claudicación. No lo era. Pocos en las regiones asoladas por el narcotráfico en el norte han demostrado tanto coraje para investigar, atar cabos y sobre todo publicar lo que pasa de verdad, como este diario.

Entonces les tendieron la trampa. Alguien se hizo pasar por director del partido de gobierno y les dijo que se iba a iniciar una tregua con los narcos. Ellos publicaron a ocho columnas. Los desmintieron, y ya no quedó nada de moral entre los colegas que venían de enterrar a Luis Carlos.

Inmersa en el relato de Sandra, recién me di cuenta de que ya se había hecho casi de noche y ya no había un alma en la ruta que serpenteaba atravesando los montes que le sirven de fondo a la ciudad. Juárez se muere temprano cada día.

Las alertas

Organizaciones de defensores y derechos humanos se han ido perfeccionando en la tarea de conseguir la información sobre ataques a la libertad de prensa, verificar, sistematizar los datos y publicarlos en alerta e informes. Fue un avance obligado desde los tiempos en que los colegas protestaban por las violaciones, pero su gesta no pasaba de la denuncia.

“Ahora el clamor es más constructivo, busca resolver problemas”, dice Darío Ramírez de Artículo 19. Con los ataques al alza, esta organización y Cencos (Centro Nacional de Comunicación Social) ya han unido sus esfuerzos y publican alertas sobre amenazas, asesinatos y hostigamientos a los periodistas del país; también sobre avances o frustraciones de los procesos judiciales para investigar a los “reportericidas”. El Cepet (Centro de Periodismo y Ética Pública) también saca sus alertas e informes del estado de la libertad de prensa en México. Prende (Prensa y Democracia), basada en la Universidad Iberoamericana, ha sido una fuerza de amalgama entre periodistas del país y los del DF porque los ha puesto a compartir aula.

Y en los últimos tiempos, Periodistas de a Pie, que nació para mejorar la cobertura de problemas sociales, terminó siendo el movilizador de la raza, como dicen los reporteros mexicanos para subrayar su complicidad de oficio. El 7 de agosto de 2010, miles de reporteros y otros mexicanos solidarios marcharon simultáneamente en diez ciudades para protestar por los ataques a la prensa, exigir justicia y denunciar las crecientes zonas de silencio forzado por el terror impuesto. “Ni uno más”, gritaron ese día. También en Juárez marcharon para recordar a Luis Carlos y Armando Rodríguez, su querido Choco de El Diario de Juárez.

El Choco

Desde 2007 se supo en Juárez que la Línea, ese grupo parapolicial armado que protege al Cártel de Juárez, se estaba dividiendo. Con un jefe muy represivo, muchos se cambiaron al bando del Chapo Guzmán que, como dicen en la jerga del bajo mundo, venía a disputarles la plaza. La “Gente Nueva”, los llamaron. Armando Rodríguez, al que todos le decían el Choco, el experimentado reportero judicial del diario, lo supo apenas empezó la desbandada. Sintió turbio el ambiente de los policías de la procuraduría estatal infiltrados por los criminales.

Al comenzar 2008, cuando la guerra estaba en pleno auge, llegó una amenaza colectiva a los reporteros de todos los medios que cubrían la procuraduría. A unos los cambiaron. El Choco se asustó mucho, y como los dolores de espalda se le habían vuelto insoportables, aprovechó para tomarse una licencia de unos meses y para operarse la columna. Volvió renovado, más dispuesto a denunciar lo que estaba mal y mantuvo su fuente.

El 28 de octubre ejecutaron a dos hombres en una camioneta. Al día siguiente, el Choco publicó la nota, en la que reveló que uno era sobrino político de la procuradora de Chihuahua, Patricia González, y además que tenía antecedentes de tráfico de drogas, según expedientes que consultó en El Paso. La nota llevaba su firma. El 13 de noviembre en la mañana, mientras esperaba en su carro con su hija de ocho años a que su hija más chica saliera de la casa, un hombre le disparó. Lo mató delante de su pequeña.

Desde ese día nadie usó su escritorio. Sus colegas pegaron un papel con su foto impresa en la pantalla de la computadora, y alrededor le ponen flores, como un altar improvisado. Y en cada aniversario de su muerte vuelven a publicar la nota que sospechan fue la que lo mató. Aunque no están seguros, porque su crimen sigue sin esclarecerse.

La impunidad

En febrero de 2006, como respuesta al incremento de asesinatos a periodistas, el recién posesionado gobierno de Felipe Calderón creó una fiscalía especial para investigar los delitos en contra de la libertad de expresión. Ésta debe atraer e investigar los homicidios de los reporteros, pero sólo los del fuero federal, asociados al terrorismo, al narcotráfico o cometidos con armas de uso exclusivo de las fuerzas armadas.

El asesinato del Choco, como el de la mayoría de los periodistas, sin embargo, no clasificó como delito federal. La PGR hizo las averiguaciones y no lo atrajo. La procuraduría estatal recogió los datos periciales, pero no investigó mucho más.

Ni siquiera revivieron el caso cuando secuestraron al hermano de la procuradora, días después de que terminó su mandato en octubre de 2010. Ni tampoco cuando en el blog JL en Chihuahua salió el secuestrado, rodeado de hombres encapuchados y armados, y en una confesión arrancada con torturas dijo que su hermana había mandado matar al Choco. Después el hombre fue asesinado en cámara y el video puesto en YouTube. Esta versión coincidió con otras. Pero no se sabe si es la verdad porque la justicia no actuó.

Si bien últimamente ha empezado a investigar con mayor ahínco, la fiscalía especial no ha esclarecido plenamente ni uno solo de los veintinueve asesinatos y las siete desapariciones de periodistas, ni de los tres trabajadores de la prensa que, según cifras del CPJ, han sucedido en México desde que Calderón es presidente. “Van gastados cinco años de recursos públicos para investigar casos de agresiones a periodistas con cero resultados”, dijo Ramírez, quien explicó que esto se da porque para el gobierno federal tiene un alto costo político meterse en los feudos de los estados a investigar. Pero si el gobierno federal no investiga, tampoco lo hacen en muchos estados con entidades permeadas por el crimen organizado.

Más han hecho las organizaciones de prensa. Desde hace dos años, por ejemplo, Artículo 19 está litigando como abogado de las víctimas a las que les toca investigar los casos por su cuenta. Así, por ejemplo, para determinar si el cuerpo de José Antonio García Apac, periodista desaparecido en Michoacán en noviembre de 2006, fue arrojado a una laguna, el propio Artículo 19 tuvo que contratar unos buzos por su cuenta, ante el desgano de la autoridad judicial estatal para buscarlo.

“La impunidad sistemática permite que se arraigue la inseguridad”, dice el informe del CPJ sobre México. Si los criminales saben que no tendrán castigo por matar a un periodista, eliminarán, sin pensarlo dos veces, al siguiente que los incomode. Son además muertes estratégicas: silencian al vocero y todos los ciudadanos callarán.

En Colombia, la justicia no tiene un récord mucho mejor. De los ciento treinta y ocho casos de periodistas asesinados entre 1977 y 2010, sólo se han condenado los autores intelectuales de los homicidios de cinco periodistas, según lo documentó la Flip. Y esto gracias a una negociación que hicieron los paramilitares con el gobierno, por la que confesaron sus delitos a cambio de condenas leves. Algunos contaron al detalle cómo mataron a periodistas, casi siempre en complicidad con políticos locales. Pero eso ha sido excepcional. La norma ha sido la inmunidad para los asesinos de la libertad de prensa.

Durante un tiempo las organizaciones de prensa colombiana y los propios medios se unieron contra la inoperancia judicial. Así por ejemplo, la temprana investigación periodística realizada en conjunto por los principales medios impresos nacionales sobre el homicidio del subdirector de La Patria de Manizales, Orlando Sierra, marcó la pauta para que nueve años después, al fin, en marzo pasado, la justicia acusara formalmente a dos políticos como los autores intelectuales. Pero esta solidaridad se ha ido desvaneciendo. Y desde 2006 han asesinado a nueve periodistas en Colombia, y los medios ya no se unieron para investigar por qué.

Lucy

Lucy, la reservada mujer que reemplazó al Choco como reportera judicial del diario, vive obsesionada con registrarlo todo. Tiene un calendario de esos de escritorio, pero no para escribir allí sus citas y deberes. Desde hace mucho tiempo anota en cada fecha el número de mujeres asesinadas. El 8 de marzo, día de la mujer, mataron a cinco.

A diario apela a la ley de transparencia: que le digan dónde exactamente fueron los secuestros, cuál es la edad más frecuente de las víctimas, cuántos autos incautaron. “Me ponen candados legales —me explicó Lucy después, en la noche, cuando logré hablar con ella en una cafetería—, estoy por presentar una denuncia a la CNDH contra la unidad de transparencia de la Fiscalía de Chihuahua porque me dicen que debo viajar hasta la capital para que me den la información”.

En su escritorio tiene los casquillos de balas de todos los calibres que ha recogido en cientos de escenas del crimen. Hay unos achicharrados, como si antes hubieran atravesado árboles y casas, ropas y cuerpos. Y al fondo, un altar como de Día de Muertos, donde se alcanza a ver un afiche del censo de 2010 que dice “En México todos contamos”, con un toque de humor negro escrito a lápiz: “Los que quedamos”.

Se hizo periodista en la calle, cubriendo notas policiacas, en los años noventa, cuando empezaron a aparecer las mujeres de Juárez muertas por todas partes; las obreras de la maquila para las que no hubo justicia, pero a cuyos parientes Lucy aprendió a reconfortar. Siguen matando mujeres, pero ahora hay cada vez más sicarias, niñas rudas metidas al narco. Y Lucy siente que tiene que involucrarse personalmente; da primeros auxilios a los heridos, consuela a las viudas en shock, las orienta a dónde pedir ayuda. “Le meto mucho tiempo a esto”, dice. Quiere exhibir la impunidad, la indolencia. Conseguir que eduquen a la autoridad, a militares y a policías para que no violen la ley, igual que los criminales.

A veces se siente desesperanzada y contempla la idea de cambiar de tema. Pero entonces le avisan que hubo otro homicidio y ella tiene que irse corriendo. Con el trabajo de Lucy que cruza fuentes y lleva cuentas, y con los informes diarios de la procuraduría, su jefe, Martín, escribe su propio tablero de muertos, año a año desde 2008; mes a mes (febrero de 2011: 230 homicidios, 36 mujeres, 19 niños).

El silenciamiento

¿Qué pasaría si Martín no tuviera su doliente tablero al día?, ¿qué, si Lucy no insistiera en las peticiones de acceso para conocer la verdadera dimensión del secuestro, ni Sandra fuera a El Paso a consultar los expedientes gringos para reconstruir los mapas de las pandillas?, ¿y si Julio y Alicia no tomaran fotos de cada escena, ni Alejandro las publicara, ni Blanca entrevistara a los vecinos tras cada crimen? ¿Qué pasaría en Juárez si ni los periodistas del 44, ni del 5, ni de los otros ocho canales de TV cubrieran los tiroteos y las ejecuciones?

¿Y si Ismael Bojórquez y Javier Valdez y sus colegas de Río Doce, de Culiacán, no contaran cómo son las estructuras cambiantes del Cártel de Sinaloa ni cómo les duele a los habitantes su violencia y la corrupción estatal? ¿Y si los herederos del valiente Jesús Blancornelas, del semanario Zeta de Tijuana, hubieran resuelto callarse, hablar de otra cosa, en lugar de seguir dándole con la denuncia?

El país sería un cuerpo sin fiebre. Matarían sin parar, y no habría alarma que los detuviera. Secuestrarían sin límite y la autoridad abusaría a sus anchas, y un buen día caerían de podredumbre como el muro de Berlín. El mundo comunista probó que el silencio no compra legitimidad, más bien esconde sus carencias. Y los mexicanos que hoy sufren bajo el terror del narcotráfico, sufrirían doblemente porque ya no tendrían esperanza de ser escuchados.

No es mera especulación. Ya está pasando. En Tamaulipas, la ferocidad de la guerra del cártel narco-militar de los Zetas contra el Cártel del Golfo sumió a la mayoría de los periodistas en el mutismo. Unos medios que no alcanzaron a salirse del todo de la censura patriarcal del Partido Revolucionario Institucional (PRI), cuando ya les cayó la otra más violenta del narcotráfico, han optado por no contar lo que pasa para sobrevivir. Los bajos salarios de los reporteros en éste y otros estados no ayudan. Nadie se arriesga a sabiendas de que va a dejar a su familia en la calle.

En ese mismo estado, en julio de 2010, corrió el rumor de que siete periodistas habían desaparecido. Las organizaciones de prensa no pudieron confirmarlo ni desmentirlo.

“Por el creciente nivel de peligrosidad en México, no veo que la cobertura periodística refleje la realidad —dice con el ceño fruncido Mike O’Connor del CPJ—. Estás en otoño y la prensa te dice que es primavera. Hay notas aquí y allá, pero no hay investigación en muchas partes; no te dicen por qué florece el narco en Tamaulipas, por qué la gente se encierra apenas cae la noche en Durango, cómo se deprimió el centro de Monterrey”.

Pero ésa es una cara de la moneda. En la otra, está el temor de que la prensa sirva de megáfono del terror. Que la cotidianidad de la violencia vacune a la sociedad contra el espanto y en el espejo de su realidad, que son los medios, sólo se vea reflejado su rostro más feo.

El miedo a convertirse en idiotas útiles del crimen no es infundado. Menos en el último año, cuando éste intenta imponer a la fuerza su versión de los hechos. En Ciudad Victoria es frecuente que los Zetas envíen notas de prensa ya listas para publicar, incluidas fotografías de sus fiestas, según lo contó otro periodista que conoce la situación.

El secuestro de los periodistas de Milenio, Televisa y El Vespertino en Coahuila también fue un intento del narcotráfico de forzar a los medios a publicar denuncias contra la posible corrupción de la justicia. Y unos cedieron, pero otros no, gracias a la solidaridad de algunos medios que no divulgaron la noticia, permitiéndoles a los afectados que se garantizara antes su liberación.

Para enfrentar con mayor potencia esta amenaza, y hacer conciencia del riesgo de convertirse en los propagandistas del narcoterrorismo, setecientos quince medios mexicanos nacionales y locales sellaron un acuerdo, en marzo pasado. El pacto consiste en no magnificar los crímenes, ser claros en que están del lado de la ley, pero denunciar también a los agentes estatales que la violen. Además proponen desarrollar protocolos internos de seguridad, ser solidarios con los medios más golpeados por el narco y proteger la dignidad de las víctimas.

El acuerdo, sin embargo, según lo han señalado ya varios críticos, tiene dos carencias graves. La primera, que no convoca a unirse para poder informar más y con mayor libertad sobre el crimen organizado. La segunda, que no exige al gobierno que proteja a los periodistas ni plantea estrategia alguna para hacerle pagar a la justicia un alto costo político por su desidia para investigar los crímenes contra la prensa libre.

El pacto les viene bien al gobierno y a muchos empresarios preocupados por que la mala prensa acabe con la inversión privada, el crecimiento sano, las únicas armas de fondo para combatir la expansión del crimen. ¿Pero qué pasaría si mientras la prensa da sólo “buenas noticias”, los narcos, vía redes sociales, se ocupan de las malas?

Pedro y Emilio

Como el mejor equilibrista, el subdirector de El Diario de Juárez, Pedro, consigue el balance de cada día: informar sin poner vidas en vilo; contar lo que pasa, pero borrar el nombre que hará estallar la metralla.

El año pasado sus corresponsales en una ciudad pequeña de Chihuahua le enviaron una información sencilla: la captura de cinco personas asociadas al Cártel de Sinaloa. Para completarla, consiguieron fuentes en Juárez y en Los Ángeles (California). Apenas salió publicada la nota, llegó la llamada: “Si publican una línea más del tema, sus corresponsales en esa ciudad se mueren”, le dijo una voz áspera por teléfono. Pedro sacó a los periodistas en riesgo y canceló el tema. Ninguna nota vale una vida.

Con la cadencia típica del mexicano norteño y una sonrisa dulce que esconde su calvario, Pedro relata uno y otro episodio inquietante de la semana. Se están tomando medidas, no firmar, evaluar si se entrevista a los familiares del narco muerto, editar con lupa. Con todo y eso, en tres años han asesinado a dos reporteros, seis voceadores y una distribuidora del diario. La justicia no investiga. Ninguno de los 1 300 agentes de policía municipal, federal, ministerial, estatal y de la PGR, ni los soldados que hay en Juárez los cuidan a ellos ni a ningún otro periodista. Están solos.

La prensa nacional, con contadas excepciones de algunos que han narrado lo que ellos no pueden, informa menos que los diarios locales sobre lo que le está pasando a Juárez, dice Pedro.

Suena el teléfono y es Emilio, un periodista que trabajaba en el diario pero escapó a Estados Unidos para que no lo mataran. Un general lo amenazó por publicar que sus soldados estaban robando a las personas a las que les allanaban sus casas. Él lo denunció, pero al final, general y periodista acordaron olvidar el asunto.

Dos años después, sin motivo, una horda de enmascarados allanó su casa, destruyó sus muebles e intimidó a su familia. No encontraron nada. Días después, Emilio empezó a ver una vigilancia extraña, que no lo dejaba en paz. Una fuente le avisó que lo iban a matar. Organizó lo que pudo y pasó de ilegal a Estados Unidos con su hijo de quince años a donde se entregó a las autoridades y pidió asilo. Fue detenido siete meses; su hijo, dos. Ahora tiene una visa temporal y espera que le den el estatus de refugiado permanente.

La justicia no ha investigado las amenazas contra él; ninguna otra fuerza estatal lo protegió. Lo ha salvado la solidaridad de algunos colegas. Periodistas de a Pie hizo una colecta para ayudarlo a mantenerse; una organización canadiense le dio un premio; colegas estadounidenses vinieron a su juicio para respaldar su testimonio. Pero se siente abandonado a su suerte. Está cortando césped y lavando platos para sobrevivir. “Casi treinta años de profesión a la basura”, me dijo por teléfono con voz cansada.

La partida

En la madrugada, una colega me llevó a tomar el avión. Mientras atravesábamos las largas avenidas que unen las colonias como puntos inconexos de una ciudad que no es, la colega me relata con desesperanza que no ve muchas salidas a la situación. Un cambio de política quizá; que legalicen la droga, pues la prohibición es la que la vuelve el negocio astronómico que arrasa con todo; que inviertan menos en tropa y más en pupitres y cuadernos; hay en Juárez barrios populosísimos con apenas una escuela; que la corrupción desapareciera…

De pronto bajó la velocidad. En medio de la calle hay dos bultos enormes envueltos en bolsas negras. Cuando pasamos de lado, vimos el plástico rasgado pero no asomaba ningún desperdicio. Sábanas blancas arropaban el bulto debajo del plástico negro.

—¿Muertos? —le pregunté escalofriada a mi colega.
—Es probable que sí —dijo sin mayor impresión—. Ésta es la hora en que suelen botarlos.

Cuando el avión despegó, Ciudad Juárez me pareció entrañable. Nunca había conocido periodistas más valientes.

 “Ya me duele mucho el alma de saber cómo se tortura a nuestra gente”.
Monseñor Óscar Arnulfo Romero, diciembre de 1977.

La hora de visita es de 1 a 2 de la tarde y son casi las 8 de la noche. El vigilante no tendría por qué haberle dejado, pero Norberto Fernández, Beto, ha logrado entrar en el Dr. José Molina Martínez, el único hospital público de Soyapango. La súplica para que le permitan ver a su sobrino siquiera unos minutos lo ha convencido. Beto conoce el centro y va directo al pabellón de  Cirugía-Hombres. Emboca el pasillo central y camina ligero mirando a los enfermos, la cabeza inquieta a un lado y a otro. Recorre el galerón entero, sin éxito, da media vuelta, y regresa para preguntar a la única enfermera que se ha cruzado en la ida.

—Disculpe, aquí es Cirugía-Hombres, ¿veá?
—¿Busca a alguien?
—A mi sobrino. Se llama Dani… Carlos Daniel Fernández. Lo ingresaron ayer noche. Tiene 17 años…

La enfermera se gira, camina un par de pasos, verifica un cartoncito, y da por terminada la conversación con un lacónico este es.

Tirado sobre una estrecha camilla hay un joven con un aparatoso vendaje en la cabeza que le cubre las heridas y el cabello teñido de rojo. A Beto le cuesta relacionarlo con la imagen mental de su sobrino. El rostro lo tiene descubierto, pero deformado por la hinchazón y con grandes llagas y manchas de sangre coagulada. Beto se acerca y comienza a orar, a pedir al Señor que lo saque de esta. Le agarra la mano, y Dani, al sentirla, se esfuerza por apretar la suya y abre los ojos con timidez.

—Tío… –susurra.
—Gracias a Dios. ¿Qué te pasó, m’hijo? ¿Quién te ha hecho esto?
—Los policías, tío, los policías me golpearon…

***

Hoy es 1 de febrero de 2012, miércoles, un día sin estridencias, de esos en los que parece que no sucede nada llamativo: el cielo azul de la estación seca, la campaña electoral que monopoliza los noticieros, el termómetro arriba de los treinta grados centígrados, protestas en los hospitales públicos, dieciocho asesinatos registrados por la Policía… Pura rutina salvadoreña.

Dani tiene día libre. Lo ha pasado en casa, en familia, pero a eso de las 3 de la tarde toma un bus de la ruta 41-D hasta el centro de San Salvador. El punto de reunión con sus amigos es la plaza Morazán, y ahí permanecen, sentados y platicando, hasta que se juntan seis. Dani viste como podría hacerlo cualquier otro joven de 17 años: camisa blanca con rayitas horizontales, jeans, tenis blancos y cachucha negra. Lo singulariza su pelo, teñido de rojo desde la coronilla hasta la frente. Lo lleva así porque estudió Cosmetología y trabaja en un salón de belleza.

—En mi trabajo uno tiene que andar fashion –me dirá otro día–, para que la gente tenga una buena imagen de uno.

Los seis cheros deciden tomar dosquetrés, recorren las dos cuadras de distancia que hay de la plaza Morazán al parque San José y entran en el chupadero-disco acostumbrado. Para cuando Dani termina su tercera cerveza Golden ya ha anochecido, y por un momento duda entre regresarse a casa o continuar tomando y dormir en algún hospedaje, como ha hecho otras veces. Opta por irse. Al rato se despide y se dirige solo a la parada de la ruta 3-microbús, a un costado del parque San José. Son las 8 de la noche cuando aborda la unidad.

Dani vive en el cantón El Limón de Soyapango, de Unicentro hacia el norte. En este cantón de colonias urbano-marginales mal ensambladas residen más de cuarenta mil personas, y es un hervidero de maras. Cuatro clicas de la Mara Salvatrucha (MS-13) controlan las cinco etapas de la urbanización Las Margaritas, y la facción de los Sureños del Barrio 18 manda en Montes IV, en Santa Eduviges, en la San Francisco, en Villa Alegre, en la San Antonio, en San Ramón y en el sonoro reparto La Campanera. También opera de forma marginalla Mao-Mao.

La casa familiar es de adobe y bambú, con techo de láminas, y se ubica en una zona semirrural, el asfalto a no menos de 400 metros. El área está salpicada de placazos (grafitos) del Barrio 18. De unos meses para acá los patrullajes de soldados y policías son habituales, pero en el fondo no ha servido de mucho: los de la distribuidora de energía eléctrica apenas llegan a leer el contador por miedo a los pandilleros y afinan el consumo con promedios. Si bien ir desde la lotificación donde está la casa hasta el reparto La Campanera toma no menos de 20 minutos caminando a buen ritmo, a todas las comunidades satélite del sector se las conoce como Las Campaneras. Dani vive con su madre, varios chuchos, su padrastro, dos hermanos menores –él y ella–, pollos, gallinas y una niña de un año que cuidan como si fuera propia.

Dani no es pandillero. Para nada.

El microbús que ahora lo regresa a casa no va muy lleno, todos sentados. La idea es bajarse en la parada del centro comercial Plaza Mundo, cruzar la pasarela del bulevar del Ejército, caminar hasta el centro de Soyapango, y tomar un bus de la 49. El tráfico está pesado, y a Dani el sueño le cierra los ojos apenas se recuesta sobre la ventana. Va dando cabezadas y, al despertar de una, se da cuenta de que ha subido una pareja de policías, los únicos parados. Nada anormal. Vuelve a dormitar.

Cuando reabre los ojos, el microbús está llegando al paso a dos niveles ubicado después de Plaza Mundo, donde está el desvío a la urbanización Sierra Morena. La reacción al ver que ha pasado su parada es levantarse y caminar hacia la puerta, pero uno de los policías se cruza y con la cabeza le indica que regrese a su asiento.

—Vamos a ir a la delegación –dice con tosquedad.

Dani conoce Sierra Morena y sabe que en efecto hay una delegación, por lo que en principio prefiere no alterarse. Son además agentes en toda regla: uniformes, placas doradas, cachuchas oficiales, pistolas, macanas…

El microbús pasa de largo la parada de la delegación, y Dani comienza a inquietarse. Recuerda un consejo que algún día le dio su padrastro para estas situaciones, e intenta ver los números de identificación bordados en el pecho, pero un fuerte golpe en la cabeza subraya la orden de mirar solo al piso. Le ordenan que baje una o dos paradas antes del punto de los microbuses. Hay media luna creciente sobre la Sierra Morena, pero para Dani todo es oscuridad. El microbús se aleja, los policías le piden que camine.

***

El Salvador es un país con 6.2 millones de habitantes y en el que en 2011 hubo en promedio doce asesinatos diarios. La tasa de homicidios por cada cien mil habitantes fue 70, el doble que Guatemala, cuatro veces la de México. La salvadoreña es una sociedad violenta, ultraviolenta, y los policías salvadoreños son parte de esa sociedad.

En la República de El Salvador el mandato constitucional de velar por el respeto y la garantía a los derechos humanos recae en la sigla PDDH, la Procuraduríaparala Defensade los Derechos Humanos. Es una institución joven, un logro de los Acuerdos de Paz que en 1992 pusieron fin a doce años de guerra civil. En dos décadas,la PDDH ha demostrado que opera con relativa independencia, pero carga el lastre de que sus resoluciones no son vinculantes. En la práctica, la institución es poco más que una caja de resonancia que acumula denuncias, que media en conflictos y que emite cientos de informes y pronunciamientos públicos.

A finales de cada año,la PDDH acostumbra a elaborar una especie de memoria de labores. La presentada en diciembre de 2011 señaló a por enésima vez la Policía Nacional Civil (PNC) como la institución pública más denunciada por violar los derechos humanos. De enero a noviembre acumuló un promedio diario de cinco denuncias –digo: cinco denuncias contrala PNC todos y cada uno de los días–, para un total de 1 mil 710. Las violaciones al derecho a la integridad física fueron, siempre según los datos oficiales, las más habituales.

Son miles pues los salvadoreños que en su diario vivir han tenido experiencias tan negativas con los policías que hasta se han atrevido a denunciarlo.

—¿Qué tipo de denuncias reciben contrala Policía? –le pregunté un día al procurador, Óscar Humberto Luna.
—Por uso excesivo de la fuerza. O sea, a la gente la siguen maltratando, golpeando… y son denuncias que llegan permanentemente. Los policías escogen a un joven, lo golpean, lo ponen en libertad… El problema es que el tema de la seguridad no puede enfrentarse solo con represión.

Las cinco denuncias diarias en la PDDH, sin embargo, no parecen quitar el sueño al ministro de Justicia y Seguridad Pública, el responsable político de la PNC. Luego verán. Y eso que las denuncias son apenas una fracción de lo que en verdad está ocurriendo en las colonias y comunidades de El Salvador. Luego verán también.

***

Hay media luna creciente sobre la Sierra Morena, pero para Dani todo es oscuridad. El microbús se aleja, los policías le piden que camine. Serán, lo más, las ocho y media.

Un agente ronda los treinta años, y cree haberle visto barba corta y bigotón. El otro está cerca de los cuarenta. Dani camina un metro por delante. Entran en un pasaje. Miedo. La mirada siempre al piso. Girarse supone golpe seguro. La colonia es un desierto, como si hubiera toque de queda. Dani sabe que es territorio de la MS-13. ¿¡A qué ibas a la SierraMorena!?, le preguntan. En Plaza Mundo quería bajarme, pero me dormí. Puños en la espalda, manotazos en la cabeza. Otro pasaje. De un golpe le botan la cachucha. El pelo teñido de rojo aflora. ¿¡Por qué!?, preguntan. Soy estilista. ¡Vos culero sos! La agresividad se intensifica. ¡Pendejo! Otro pasaje. Aún no se han cruzado con nadie ni se cruzarán. Dani es pura sumisión. Uno desenfunda su pistola. Miedo. ¡Un puto culero de mierda sos! A los policías les ha cambiado el hablado. “Puro marero”, piensa Dani. ¡Semejante culero! Otro golpe. Otro. Llegan al final de un pasaje. Está oscuro. Las últimas casas, deshabitadas, desmanteladas. Se detienen. Le ordenan que dé media vuelta. “El hablado de un marero, igualito, quizá ni policías sean”. ¿¡A qué venís a Sierra Morena!? Otro golpe. ¡Mono cerote! Otro. Pero esto recién comienza…

—¿Dónde vivís? –pregunta un uniformado.
—En Las Campaneras…

Como si fuera la señal que estaban esperando. Allá son Barrio 18. Un seco puñetazo en la quijada bota a Dani al suelo. Los dos se abalanzan rabiosos como perros rabiosos. Golpean duro. Parejo los dos. Al rostro. ¡Culerohijoeputa! Dani se cubre como puede. Le apartan los brazos, las manos. Quieren desfigurarlo. Aquí muero. Lo golpean. Lo golpean. Lo golpean. Los nudillos ensangrentados. La tortura. Aquí te vas a morir, culero. ¡Ayuda!, grita Dani. O cree que grita. ¡Callate, culero! Tortura, según la RAE: “Grave dolor físico o psicológico infligido a alguien, con métodos y utensilios diversos, con el fin de obtener de él una confesión, o como medio de castigo”. Más puñetazos más. Un ser humano a merced. Una vida a merced. La sangre mancha el suelo, la camisa. Jadeos de cansancio. ¿Qué piensan en ese instante los torturadores? ¿Qué piensa en ese instante el torturado? Aquí te vas a morir. Aquí me van a matar. Y sin embargo. Llanto. Forcejeo desigual. Más golpes más… hasta que cesan de a poco.

—¡Levantate, culero! –escucha al rato, aún escucha–. ¡Levantate y caminá, hijoeputa!

Dani se incorpora como puede. ¡Caminá, culero! Un policía saca su celular y llama. Está hablando de mí. Salen del pasaje. Embocan otro, cuesta arriba. La sangre gotea. ¿Salgo corriendo? No, dispararían. Caminan. Dani oye voces delante. Mira de reojo. Son tres jóvenes, delgados. Uno luce tatuajes en piernas y brazos. La esperanza se desvanece. Son pandilleros. Miedo. Se acercan. El policía los telefoneó a ellos. Hablan puro marero los cinco. Son cherada. Dani va el primero, pegado a la pared. Miedo. Apenas se juntan los dos grupos, uno de los pandilleros le agarra la cabeza y se la estampa contra el muro. Dani cae inerte. Ahora los escucha lejanos, cada vez más. Ya no comprende lo que dicen. Se pierde, se pierde, se pierde…

***

Kenia, la hermana dos años mayor que Dani, tenía 15 cuando desapareció el 23 de septiembre de 2007. Ese día se fue de la champa que la familia ocupaba en la colonia Veracruz, en Mejicanos, y no volvieron a saber de ella en meses. Fueron tiempos de incertidumbre: que si los pandilleros la habían matado, que si un día la vieron por el Parque Infantil, que si se había ido a Estados Unidos, que si estaba embarazada… Las dudas solo se disiparon cuando un investigador de la PNC los contactó para decirles que Kenia era uno de los cuerpos encontrados en un cementerio clandestino usado por la MS-13 en Finca Argentina, no muy lejos de donde vivían. En mayo de 2008 pudieron al fin enterrar las partes de Kenia que les entregaron.

En estos días Dani y los suyos se están acordando de ella más que de costumbre. Temen que suceda algo parecido a lo que ocurrió en 2007, cuando, en las semanas posteriores a la desaparición, comenzaron a caer llamadas y mensajes intimidatorios. Soy la muerte, decía uno. La presión fue acumulándose hasta que la familia se convenció de que eran objetivo de la clica de la MS-13 que opera en la Montreal, y esa presión estalló en una atropellada huida nocturna: en cuestión de horas tuvieron que desmontar la champa y escapar con lo puesto.

La migración forzada por las maras no es algo nuevo en El Salvador, solo que afecta casi exclusivamente a los escalafones más bajos de la pirámide social.

—Salir otra vez ahora… ¿y para dónde? –dice la madre–. Ya me pasó lo primero con la Kenia y ahora esto… Quizá lo quieran matar, o a cualquiera de nosotros, porque a Dani también le robaron el teléfono, y había fotos de todos.

Para un indeterminado pero amplio sector de la sociedad salvadoreña, la línea divisoria entre pandilleros, policías, narcotraficantes y soldados no está tan bien definida. Tampoco el reparto de roles de buenos y malos, confiables y no confiables. Dani siente hoy igual o más temor hacia policías y soldados que hacia los pandilleros.

***

Jaime Martínez, director de la Academia Nacional de Seguridad Pública, está convencido de que el policía salvadoreño tiene una formación sólida, envidiable en el contexto latinoamericano. Antes de graduarse, los agentes son capacitados un mínimo de once meses. Aprenden a desarmar a un delincuente, a custodiar la escena de un crimen, a redactar una esquela, a disparar… pero también se cultiva el respeto a los derechos humanos, asegura enfático Martínez, con materias específicas sobre derechos de la mujer, derechos de los jóvenes y filosofía de policía comunitaria. Martínez parece creerse lo que dice.

Su jefe inmediato es el general David Munguía Payés, ministro de Justicia y Seguridad Pública. También dice estar convencido de que los agentes de la PNC respetan los derechos humanos y el Estado de Derecho. Un día de mediados de febrero le pedí que intentara explicar por qué entonces cinco denuncias diarias en la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos.

—Bueno –respondió–, lo primero es que vivimos en un país democrático, y cualquier persona que se siente agraviada puede presentar una denuncia. Por eso algunos hacen denuncias hasta por una mala mirada, y ahí quedan, así que no me extraña que una corporación como la nuestra, que está en contacto permanente con la ciudadanía para darle protección, sea señalada por delincuentes o por organizaciones que pudieran estar relacionadas con los delincuentes.

***

Dani cae inerte. Ahora los escucha lejanos, cada vez más. Ya no comprende lo que dicen. Se pierde, se pierde, se pierde… Deben ser las nueve, nueve y poco.

[…]

Amanece. Dani recobra el sentido en una ambulancia que lo regresa del Hospital Rosales, en San Salvador, al Hospital Molina Martínez. Le duele todo, pero recuerda con claridad la paliza y a quienes se la dieron. Cuando le preguntan, da su nombre y el teléfono de su madre. Ella llegará a verlo pasadas a las 7 de la mañana.

Son unas ocho horas las transcurridas entre el cabezazo contra la pared en la urbanización Sierra Morena y el despertar en la ambulancia. Con los días Dani sabrá que al Molina Martínez ha llegado en la cama de un pick up de la PNC, en torno a las 10 de la noche. Los policías han dicho que un grupo de jóvenes lo estaba apedreando y que ellos lo han rescatado. Por el estado crítico en el que ha llegado, lo han trasladado al Rosales, lo han evaluado y ahora viaja de regreso hacia el único hospital público de Soyapango.

—Esos policías se llevaban con los mareros de la Sierra Morena–especulará Dani dentro de unos días–, y me dejaron vivo… pues a saber, supongo que se convencieron que yo no era pandillero.

La familia avala esa creencia. Los cuatro días más que Dani permanecerá ingresado los usarán para tratar de buscar justicia. Lo denunciarán en la delegación de la PNC de Soyapango. Lo denunciarán en la Oficina Fiscal de Soyapango. Lo denunciarán incluso en la Unidad de Asuntos Internos de la PNC, en la colonia San Benito de San Salvador. La sensación que les dejará tanto ir y venir de un lugar a otro es que el sistema trabaja para que los que denuncian este tipo de agresiones se desesperen y tiren la toalla. Quizá así sea.

Un mes y medio después de la paliza preguntaré en la Oficina Fiscal de Soyapango por el caso. Sin avances, se limitará a decir un fiscal. Fuera de grabación, y bajo condición de anonimato, me dirá que él estima que a juicio solo llega el 1% de los delitos que se cometen, y me dirá que las denuncias contrala PNC por agresiones son muy frecuentes, pero que no recuerda ni un solo caso que se haya podido judicializar. “Le voy a ser franco: yo, que trabajo aquí, a nadie le deseo ser víctima en un proceso penal que involucre a policías, porque todo es cuesta arriba”, dirá. Otro día le plantearé lo sucedido a un comisionado de la PNC, y –también fuera de grabación– confirmará no solo que las torturas y las agresiones son práctica común en la Policía, sino que es un hecho que hay agentes que tienen filiación con una u otra pandilla.

Fuera de grabación, El Salvador suena muy diferente al de los discursos oficiales.

***

Mañana calurosa en Soyapango la del jueves 8 de marzo. El doctor Manzano –cirujano general,

PUESIESQUE hace calor en el despacho de este doctor que ahorita se arranca en caliche 

gabacha blanca desabotonada, lentes– trata de reconstruir en su propio lenguaje las consecuencias

médico a contarme lo de Dani. A veces hablan como si no quisieran que los entendiéramos,

de la brutal paliza que los policías dieron a Dani: ingreso inconsciente en Emergencias, puntaje

como si fuera virtud usar esa terminología aséptica que disfraza la realidad. A Dani dos

abajo de 12 en la Escala de Glasgow, remisión inmediata a hospital de tercer nivel –al Rosales–

policías lo dejaron puro monstruo, pero a saber cuántos jóvenes terminarán tirados en una

por sospecha de trauma cráneo-encefálico, tomografía axial computerizada para evaluar posibles

quebrada, para que al día siguiente los periodistas digamos que lo mató la mara rival, la

daños en el cerebro, cirugía menor en cuero cabelludo, reconstrucción de la oreja derecha,

versión oficial. En El Salvador, cualquier día te agarran y te dan una taleguiada hasta bajarte 

penicilina sódica vía intravenosa, traumas contusos y abrasiones que derivaron en un proceso

el puntaje de Glasgow ese y ya: un expediente clínico más, y la sensación –la certeza– de que

inflamatorio agudo en el rostro, diclofenaco sódico vía intramuscular…

habrá más danis, mientras el país siga carcomido por la violencia. Y SIACABUCHE.

***

A Dani le dieron el alta médica ayer en la tarde, después de cinco días postrado en una cama. Al irse, una de las enfermeras, sabedora de que la familia había denunciado la paliza en la Fiscalía, quizá conmovida, le recomendó presentarse en el Instituto de Medicina Legal cuanto antes, mientras las marcas fueran visibles.

Hoy es martes, 7 de febrero, y permanecer parado todavía es una penitencia para Dani, lo poco que camina lo hace cauteloso como un octogenario, y su rostro –un collage de puntos de sutura, costras, moratones– sigue siendo una adivinanza de sí mismo.

—Pero ahora ya se ve bien –me dice la madre–, el jueves y el viernes estaba como que era monstruo.

En ruta a Medicina Legal, Dani ocupa el asiento del copiloto del Toyota del 81 de su tío Beto. Atrás, en la cama, vamos la madre, la hermana menor y yo. Cargan una copia de un requerimiento de “reconocimiento médico legal por lesiones”, con fecha del 2 de febrero y con sello de la Oficina Fiscal de Soyapango. Falta nada para las 9 de la mañana, el tráfico está calmado, y en poco más de veinte minutos el pick up recorre la distancia entre el cantón El Limón y las instalaciones de Medicina Legal, en el centro de San Salvador. Al llegar, solo permiten la entrada a Dani y a su madre. No tardan ni quince minutos en salir.

—¿Qué pasó? –pregunta Beto.
—¿Vas a creer –dice la madre– que dicen que ya llegaron al hospital? Que ya llegaron a reconocerlo, dicen, ¡pero si a él nadie lo ha visto ni le ha preguntado!
—A mí nadie me preguntó nunca nada –apuntala Dani.

Por lo visto, un médico forense llegó ayer al hospital y, dado que su informe contiene datos como la fecha de nacimiento, infieren que se limitó a leer el expediente clínico, donde quedó registrada la versión de los policías que llevaron a Dani moribundo a Emergencias.

—Todo está como que los agentes se lo encontraron tirado –dice la madre, cada palabra acentuada por la resignación– y lo rescataron de unos muchachos que le estaban tirando piedras. Y dicen que, si ya lo vio un médico, no lo pueden examinar otra vez.
—¿¡Pero cómo que otra vez si no lo ha visto nadie!? –responde Beto.

Beto agarra el requerimiento fiscal de las manos de su hermana, lo desdobla y lo lee en silencio hasta que encuentra algo que lo impulsa a elevar la voz: “…El peritaje se requiere en el plazo de veinticuatro horas, para ser agregado a diligencias que se siguen en la Oficina Fiscal de Soyapango”.

—¿Y vos enseñaste esto?
—Pues sí, se lo enseñé y me lo regresó, y ella dice que no, que ya fueron al hospital, que ya lo vieron y que no se puede hacer nada.

Beto se toma un instante para pensar su conclusión.

—¡Se tapan entre ellos!

Dani ha optado por el silencio, pero permanece de pie en el improvisado círculo. Por un momento da la impresión de que se marea, y sugiero que se siente en el carro. Esos segundos de silencio en los que camina cauteloso hasta el viejo Toyota son en los que, sin decirse nada, sin siquiera mirarse uno al otro, tío y madre parecen llegar a la misma conclusión.

—¿Y vos qué decís? ¿Vamos a los derechos humanos? –las preguntas de Beto son suspiros–. Aunque si aquí que tenían la obligación no han hecho nada…
—Yo digo que… mejor nos vamos a la casa. Quizá lo mejor sea orarle al Señor.

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(Aclaración: los nombres algunas de las personas que aparecen en este relato se modificron para proteger sus vidas)

El 16 de enero de 1997 Mario Hueicha enterró a su hijo en el cementerio público de Río Gallegos y salió a buscar venganza. Se calzó un revólver 38 en la cintura y manejó 350 kilómetros de estepa –que es como la nada- hasta El Calafate, a orillas del Lago Argentino. Pasó días enteros tratando de encontrar a los asesinos de Gabriel. Dice que fueron dos semanas y que no pudo pegar un ojo. O apenas un poco: se acostaba en un colchón en casa de su hermano y antes del amanecer, cuando lo movía la ansiedad, salía a deambular por el pueblo, con el arma llena de balas. Revisaba los bares, entraba y salía de pulperías y cabarets. Le habían dicho que los homicidas estaban atrincherados en la estancia Cerro Buenos Aires, a 40 kilómetros del pueblo, pero le aconsejaron que no fuera: que estaban armados y que iban a disparar si lo veían aparecer, que dormían con las armas entre la ropa, quemando leña, acurrucados alrededor de un brasero. A pesar de eso, el tehuelche fue. Era una tarde fría: trágica, patagónica. Se paró frente a la tranquera, gritó que salieran –”salgan, hijos de puta, salgan”, dijo–, pero nadie le respondió. Y siguió gritando varias veces más, hasta que se quedó sin aire y la furia se le volvió llanto.

Después, cuando Hueicha –sin venganza y con un hijo menos– volvió a su rutina de empleado público del área de vialidad de la gobernación de Santa Cruz, ocurrió lo que todos saben, pero todos callan. La Justicia fue contra los sospechosos y los detuvo. El juez Santigo Lozada, el mismo que lleva la causa por el manejo de los fondos públicos provinciales, arrestó a Mario Maldonado, Mauricio Barría, Pablo San Pedro y Javier Belloni. Los cuatro estuvieron presos entre diez días y dos meses hasta que recuperaron la libertad, se les dictó la falta de mérito y la causa se planchó en otras instancias. En aquella época Belloni tenía 26 años. Ahora tiene 37 y no es el mismo: es intendente de El Calafate.

El Calafate tampoco está igual. Cuando Gabriel Hueicha murió, a la salida de un boliche regenteado por un paisano al que apodan “La Yegua Negra”, el pueblo era el olvido: una comarca con temperaturas de refrigerador, decididamente gris, habitada por 5.000 personas, a 80 kilómetros del glaciar. El Perito Moreno era una cantera poco explotada. Para llegar hasta su frente de hielo había que atravesar vados y cornisas y el turismo internacional aún no lo había encumbrado en el podio de los lugares más bellos de la Tierra: no lo había dolarizado todavía. Corría la primera intendencia de Néstor Méndez, un hombre rústico, apadrinado por Kirchner, que había sido chofer de ambulancias y mandaba a su estilo. Su poder se resumía en una frase que repetía todo el tiempo a todo el mundo: “Yo te voy a dar un terrenito”.

Belloni fue concejal de las dos gestiones de Méndez, entre 1999 y 2007, hasta que las internas los separaron. El 28 de diciembre último ganó las elecciones locales. Su triunfo fue una sorpresa porque no era la primera opción del oficialismo. Tampoco era el candidato de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. El Lupo –como llaman a Kirchner acá– y su esposa promovían a Julián Osorio, la clara continuidad de Méndez. Pero como el Frente para la Victoria tenía que asegurarse el dominio del pago chico presidencial y se sabía que el electorado podía castigar a Méndez por las sus irregularidades en el reparto de tierras, también apoyó a otras cuatro listas. Uno de ellas fue la de Belloni.

El muerto. Gabriel Hueicha tenía 22 años cuando lo mataron, una novia de 15, Lorena, y la hija de ambos, Aylén, de 22 días. Lorena tiene ahora 27, ningún trabajo, varios piercings repartidos por el cuerpo y una casa de colores chillones en un barrio estepario. Dice que “Gabi” era bueno en la construcción y que le gustaba salir con sus primos. “La noche que lo mataron -cuenta- Gabi salía por primera vez desde que había sido padre. Lo vi por última vez a las once de la noche. Se despidió de mí, de la nena y salió a buscar a Marcelo en bicicleta.”

Los Hueicha son nacidos y criados en el sur. Los primeros llegaron desde Chile a principios del siglo XX para trabajar en la esquila de los campos de la familia Braun Menéndez. El abuelo de Gabriel participó de la huelgas obreras de 1921 en la estancia La Anita, que terminaron con las matanzas ordenadas por el Ejército Argentino durante la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen: la Patagonia Trágica. El padre de Gabriel nació en 1954. Se casó en 1974 con Margarita Alvarado. Mario y Margarita tuvieron cuatro hijos. Gabriel fue el primero. Hoy tendría 32 años, la misma cantidad de años que trabajó Mario como empleado público de Santa Cruz.

En 1993, sus padres decidieron mudarse a Gallegos, pero Gabriel eligió quedarse en El Calafate porque creía que ahí estaba su vida. Era evangelista pero no era un santo. Que era un pibe difícil, dice su padre: que a veces se pasaba con la cerveza y entonces se ganaba algunos problemas. “Y bueno, no sé, sé que pasó el tiempo y una mañana vino mi hermano y me trajo esa noticia”.

-¿Y qué pasó esa noche?

-Me lo mataron.

El 15 de enero de 1997 Gabriel y su primo Marcelo cruzaron el pueblo en bicicletas y las dejaron una sobre otra, entre los caballos de la paisanada, en la puerta del Tío Cacho. Pidieron algo para beber: una Brahma. Y otras más.

Mientras los primos celebraban, en una casa cercana se cocinaba la desgracia. Maldonado, San Pedro, Barría, Belloni, Méndez y otros muchachos del lugar se habían reunido alrededor del fuego: asaban un capón.

-En esa comida tengo entendido que decidieron pegarles. Ir a buscarlos.

Dice Hueicha padre, y detrás de él, el Lago Argentino refracta un brillo de flash que le ilumina la cara.

La muerte. Existía una rivalidad previa: cierta confrontación adolescente entre dos bandos, los tehuelches por un lado, los veinteañeros bien del pueblo por el otro. Habían tenido problemas por unas mujeres y se habían agarrado a trompadas un par de veces. Pero en el juzgado donde se tramitó la causa dicen que los que estaban en el asado enfilaron para lo de Yegua Negra sin saber que encontrarían a los Hueicha: que los vieron y pasó lo que pasó.

Llegaron en una F-100 negra. Entraron a la cantina y se acodaron en la barra, a unos metros de la mesa donde Gabriel y su primo brindaban. No los provocaron, nada: los dejaron seguir tomando. Y el vino y la cerveza y la buena cumbia de aquellos años, Comanche y La Nueva Luna, corrieron varias horas más. Para cuando llegó la primera provocación, Gabriel estaba borracho, como vencido: tenía la cabeza apoyada sobre la mesa. Marcelo igual. Una de las putas que esa noche trabajaban en el boliche fue a decirle a los tehuelches que iban a cerrar. Los primos se pararon como pudieron y caminaron sin equilibrio. Agarraron sus bicis y pretendieron andar unos metros. Pero entonces se encendieron las luces de la F-100 y se escuchó el motor acelerar y las ruedas arar sobre la piedrilla. La camioneta los embistió a los dos. Pero no los mató. Los atacantes se bajaron y comenzaron a darles duro. A Gabriel le patearon la cara hasta que comenzó a tener convulsiones. Marcelo estuvo a punto de perder un ojo y quedó inconsciente. Los cargaron en la chata y los llevaron a la zona de la usina de agua, a orillas del lago, detrás de un cerco de álamos. Ahí murió Gabriel, dicen que por una quebradura de cuello. Marcelo estuvo a punto. Lo salvó haber entrado en shock.

Los asesinos se desesperaron. No sabían qué hacer con un muerto y un moribundo encima. Los pasearon por el amanecer del pueblo, dieron vueltas en círculos, a las puteadas, hasta que finalmente los abandonaron en una esquina en la que, durante un tiempo, hubo una cruz.

Después, las noticias: “Una información suministrada por la policía provincial indica que en la víspera se iniciaron actuaciones judiciales al tomarse conocimiento mediante llamado telefónico efectuado desde el Hospital de El Calafate que en la intersección de las calles Los Gauchos y Pantín se encontraban dos personas tiradas en el piso presentando diversas lesiones, siendo identificados como Gabriel Esteban Hueicha y Luis Marcelo Hueicha, ambos de 22 años y primos entre sí. Al centro asistencial, el primero llegó fallecido, en tanto Luis Marcelo presentaba heridas con hemorragia en el ojo izquierdo, herida cortante en el labio inferior, similares en la zona del mentón y escoriaciones en la mano derecha y en las piernas…”

La impunidad. La Justicia detuvo a los implicados diez días después del crimen. Los trasladaron a la Alcaldía de Río Gallegos, donde pasaron dos semanas. El juez Lozada dictó el procesamiento y prisión preventiva de Mario Maldonado y concedió la libertad al resto, pero los mantuvo ligados a la causa como presuntos encubridores. Los abogados de Maldonado apelaron la medida de Lozada. Con el correr de los días el caso fue perdiendo tensión mediática y a mediados de año ya no había detenidos. El homicidio de Hueicha, un crimen que todos en el pueblo asociaban con el caso María Soledad, había quedado realmente sepultado. “Fue el policial emblemático de El Calafate –dice Sergio Villegas, un periodista local–, porque fue claramente una historia de chicos cercanos al poder y una víctima de bajos recursos. Se dice que hubo pactos, que se falsificaron pruebas para que los sospechosos quedaran libres. En esa época, Kirchner y su gente gobernaban y siguieron todo con detalle.”

Álvaro De Lamadrid, abogado y dirigente del radicalismo local, también dice que se fabricaron pruebas: “Hubo presiones políticas y aprietes para que los sospechosos quedaran libres. La familia fue muy manoseada. A los Hueicha, con tal de mantenerlos callados y en línea, les ofrecían todo: plata, cargos políticos. Todo el aparato político local operó en la Justicia para limpiar a los implicados.” Protegían a los suyos: los cuatro involucrados eran militantes del justicialismo local, delfines de Méndez, allegados del ministro de gobierno Julio De Vido, conocidos de Néstor Kirchner y de otros personajes más del peronismo local. Eran hijos de la clase media próspera de un pueblo donde la prosperidad está íntimamente ligada a la política.

El tiempo barrió huellas. Maldonado hizo carrera política. Hasta diciembre del año pasado fue director de Medio Ambiente. San Pedro volvió a atender el negocio de la familia, la primera tienda de El Calafate. Barría trabaja actualmente para el área de compras municipales y tiene línea directa con Belloni. El intendente Belloni hace de chofer cada vez que Kichner y Cristina llegan en busca de sosiego. Admitió durante la campaña que lleva con mucho dolor el recuerdo del crimen de Hueicha, que haber estado preso por esa muerte es una piedra para él, pero también aclaró que no tuvo nada que ver con la matanza. Fue una de las pocas veces que dijo algo. Cuando el equipo de este diario que viajó a El Calafate para investigar la historia fue a buscarlo al edificio de la municipalidad, el intendente se atrincheró en sus oficinas y dio la orden de no atender a los periodistas. Sus asesores dijeron que estaba de viaje.

Los cuatro implicados, y otros más, siguen siendo amigos y se reúnen en los bares del pueblo. En El Calafate, cuando se habla de la nueva gestión municipal, se habla del gobierno de “los chicos”.

Marcelo Hueicha, el primo sobreviviente, no quiere ver periodistas ni en sueños. Nunca habló y no lo hará ahora. Trabaja como barrendero municipal. A Mario Hueicha, en tanto, lo tentaron con cargos políticos, le ofrecieron buenos sueldos a cambio de que no hiciera denuncias y que dejara de pedir justicia por el crimen de su hijo. Dice que hace años Julio De Vido se comunicó con él para preguntarle qué iba a hacer, para pedirle tranquilidad. Otra vez, la esposa de Carlos Zanini, que es abogada, lo llamó para ofrecerle asesoramiento. “Pero creo que era más para calmarme, para controlar que no hiciera ninguna denuncia, que para ayudarme a encarcelar a los asesinos”, comenta el hombre.

Finalmente el temor a quedarse sin trabajo, varias amenazas y el miedo de que sus otros hijos corrieran la misma suerte que Gabriel lo mantuvieron callado. No estaba tranquilo: algunas noches, la idea de que había abandonado a su hijo muerto le robaba el sueño. Pero ahora se jubiló, dejó de depender del poder provincial y decidió que ya no más: esta mañana llegó de vuelta a El Calafate.

¿La justicia? Cruzó la estepa a bordo de un micro incómodo, con un bolso diminuto, donde lleva algo de ropa, un desodorante y una carpeta con recortes de la época del crimen bajo el brazo. Desde que aceptó conversar con este diario empezó a recibir llamadas inquietantes. Un enviado de la municipalidad de El Calafate, dice, lo llamó y le dijo:

–Mario, dicen que te estás viendo con periodistas de Buenos Aires y que estás pensando en hablar porque querés conseguir un terreno. Fijate bien lo que vas a hacer. Hay otras maneras de conseguir tierra.

–Yo no quiero nada.

Cuenta Hueicha que dijo esa vez.

–¿Quiénes mataron a su hijo?

-Mario Maldonado es el asesino. El fue el que lo mató. Y Belloni es el encubridor, porque él estaba esa noche.

–¿Alguna vez habló con Belloni en todos estos años?

–Aquella vuelta, cuando los soltaron, él vino llorando, nervioso, a pedirme clemencia. Me dijo que él no había sido, que por favor no hiciera nada. Pensaba que yo quería matarlo. Y me decía: ‘Marito, yo no fui, Marito’. Pero yo quiero justicia. Todavía me da miedo porque mi hija está tratando de conseguir trabajo en El Chaltén y mi otro hijo trabaja para la municipalidad de Río Gallegos, y acá los castigos vienen por ese lado: cuando hacés algo que no les gusta te dejan sin laburo. Pero, la verdad, yo quiero que alguna vez esto se resuelva, que los que mataron a mi hijo tengan que pagarlo. Es eso. No estoy pidiendo mucho más.

El mismo juez de todos los casos

Santiago Lozada, el juez que llevó el caso y que detuvo a los sospechosos del crimen, conoce la Justicia de Santa Cruz desde que entró a tercer grado de la escuela primaria. El hombre -titular del juzgado de instrucción número 1 de Río Gallegos-, tenía ocho años cuando su papá mudó a la familia a la Patagonia para asumir como vocal del Tribunal de Justicia.

Lozada siguió el mandato paterno: empezó ayudando en la fiscalía de Estado, después consiguió un puesto como secretario en una fiscalía federal y en 1996, Néstor Kirchner, por recomendación de Carlos Zannini, lo citó en Casa de Gobierno para ofrecerle ser juez de instrucción.

Su resolución más famosa es invisible. En junio de 2005 cerró la causa judicial que investigaba el manejo de los 500 millones de dólares que la provincia tiene en el exterior. Hace tres semanas, volvió a fallar en la misma línea: un fiscal había solicitado la indagatoria de Kirchner por la administración de los fondos y Lozada clausuró el expediente. El expediente Hueicha descansa, olvidado, en su despacho.