Esta historia comienza en 1966, cuando Montserrat Fontané y Josep Roca adquieren en el pueblo de Taialà, en un suburbio de Girona, España, una propiedad que se convertirá en el bar del barrio, el cual será frecuentado por los obreros de la zona. Luego, la pareja construirá la vivienda que los albergará junto a sus tres hijos: Joan, Josep y Jordi. Y es ahí también en donde nacerá el primer restaurante Can Roca…

Después de pasar por un jardín de infantes, al lado de un condominio de departamentos, divisas su toldo color crema y la terraza concurrida por jubilados. Ingresas al bar donde la gente se reúne para tomarse un cafecito o una caña en la barra. Son vecinos del barrio Germans Sabat. Hoy, Montserrat dará de comer a 180 personas con la ayuda de dos cocineros.

“El único rato que veo a mis hijos es a la hora de la comida. A Joan le encanta el arroz, pero no sé si vendrá hoy. Tiene mucho trabajo. Mis hijos no saben decir no a nadie, y esto los tiene atados… uno por aquí, otro por allá. Nunca sé dónde están. Cuando me enteré de que eran los primeros en el mundo, pensé que si antes no tenían tiempo de venir a comer, ahora ni desayunarán. Y eso que a ellos les encanta venir acá”, dice Montse.

La cocina del Can Roca se llena dos veces al día con el personal que trabaja en su restaurante hermano, El Celler de Can Roca, considerado el mejor del mundo. Los empleados recorren a diario los 200 metros que los separan de las cazuelas de Montserrat. Tienen suerte de no perderse del arroz que ella prepara cada jueves y que goza de una fama adquirida. “Hoy tenemos, además, escalivada, tortilla de patata y, de segundo, carne a la brasa, pollo con butifarra, chuleta de cerdo y pescado. Los viernes tocan los canelones”.

Por su parte, Joan comenta que “ir a comer a casa de mi madre es una manera de decir: ‘Estáis en casa’, pero también es una manera de decir: ‘Ésta es la cocina tradicional catalana y vamos a tocar todos con los pies en el suelo’. Aunque digan que somos los mejores ante el mundo, nuestro origen es éste. Mi madre sirve un menú de diez euros. ¿Le han preguntado por qué no sube el precio? Podría cobrar más y la gente vendría igual. Ahora, con todo este vuelo mediático, se ha convertido en un lugar de curiosidad y peregrinaje”.

Montserrat agrega: “¡Y qué culpa tienen mis clientes de que mis hijos se hayan hecho famosos! ¡Esta gente ha venido aquí toda la vida y no voy a cambiar nada!”.

Montserrat se ocupa de cada guiso. Lo remueve con dedicación. Se siente responsable de lo que se da de comer en su casa. Por esa razón se les ve a los tres hermanos Roca comer parados en la cocina de su madre. La acompañan mientras ella cuida de sus cazuelas.

“Mi madre es la reina del mambo. Ella es la que hizo que todo esto fuera posible. En los primeros años era una locura abrir un restaurante gastronómico en el barrio obrero de una pequeña ciudad. Quien vio que todo esto podía ser fue ella, porque nosotros no lo teníamos claro. Nuestro padre es más pragmático y menos idealista. Para él, todo esto sería un desastre. Además, ella es cohesionadora de ese triángulo que hemos ido formando y que hoy lo vemos natural. A mis diez años le dije a mi madre que quería ser cocinero. Yo lo tenía muy claro. Josep no lo tenía tanto. Una circunstancia clave es que la escuela de hostelería estaba aquí, en Girona. Solo había dos escuelas. Una en Madrid y otra en Girona. Y Jordi llegó más tarde. El quería ser bombero”, cuenta Joan.

Los chicos Roca consiguieron en 1995 su primera Estrella Michelin, el máximo reconocimiento que se entrega en el mundo gastronómico, y colocaron a Girona en el mapa.

Frente a la cocina: Joan

Once de la mañana. En la terraza de El Celler de Can Roca se está a gusto. Joan vive en esta casona elegante y modernista de 1911, construida por el arquitecto Isidre Bosch I Bataller. Jordi vive al lado y Josep en la calle de atrás. “Nosotros pasamos mucho tiempo juntos, sea porque nos tomamos un café en el office, porque discutimos algo o porque nos encontramos en la recepción de la mercancía. Para la creatividad lo más fructífero es poder pasar tiempo juntos en algún momento del día”. Muchos platos resultan de estas conversaciones, el trabajo conjunto se apunta en la pizarra negra que está a la entrada de la cocina.

“Hemos estructurado el proceso creativo. Lo hemos organizado para que las ideas se canalicen y no dependan de que las ejecutemos nosotros. Tenemos una pequeña oficina donde tres chicos están desarrollando las ideas que nosotros lanzamos”. Este proceso puede durar semanas y a veces hasta un año. Las ideas interesantes son las más difíciles de volverlas realidad. “Necesitas un diálogo transversal con otras disciplinas; en muchos casos un diseñador industrial o un artista”, dice Joan.

Los Roca siempre han vivido en el kilómetro cero. Su madre cocinaba con lo que tenía en su huerto y su alrededor. “La verdad es que ahora quieres tenerlo todo: la vainilla de Madagascar, el parmesano italiano y el chile. Quieres productos que puedan viajar bien. De ahí nace la idea de hacer un mundo para comérselo”.

Un día, Joan paseaba por el bosque vecino. Acababa de llover y olía a tierra húmeda. Quiso captar ese aroma e incorporarlo en la cocina. Con un destilador logró recoger el aroma y obtener un líquido que podía convertirse en una salsa. Obtuvieron un ingrediente nuevo: el sabor de la tierra de su bosque. Esto generó un platillo: una ostra con tierra, mar y montaña, característico de la cocina catalana.

Lanzaron un libro que explica, a través de 16 conceptos, los puntos creativos de su cocina. Hablan de tradición, memoria, paisaje, magia, atrevimiento y sentido del humor. El Somni es la síntesis de este diálogo transversal y multidisciplinario. “Hablando con un artista especializado en escenarios de ópera nos comenta que le hubiese gustado hacer una ópera donde se pudiese comer. A nosotros nos viene muy bien contar el menú a través de un formato operístico. Queremos que la comida llegue a ser todo un viaje. Que un plato tenga relación con otro a través de una historia”. El Somni es una forma de comer que está vinculada a impactos visuales y piezas musicales. Ahora lo puedes ver en Girona, en el museo de arqueología.

Rodeados por un jardín que deja entrar luz natural, conviven con 30 cocineros, casi uno por comensal. Cada cuatro meses llegan 15 stagiers nuevos. Vienen a adquirir conocimientos técnicos. Se irán más sabios, más fuertes y más seguros. Por acá pasaron René Redzepi del restaurante Noma; Heston Blumenthal, del Fat Duck y, Andoni Luis Anduriz del Mugaritz.

“En mi cocina trato de que haya mucha concentración y poca tensión. Pero aunque no había sucedido antes, este verano se me cruzaron los cables. Empecé a chillar y a romper platos como nunca antes en la vida lo había hecho. Nadie creía lo que estaba viendo. Les he pedido disculpas mil veces. Por suerte es una anécdota, no es la norma. Aunque queramos relajar la tensión, los comensales vienen con una expectativa muy alta. Lo que para nosotros es cotidiano, para la gente que viene es especial”.

Y todos se lo toman en serio: empiezan a trabajar entre 8:30 y 9 de la mañana. A las 13:30 todas las estaciones están concentradas. Hay silencio. Hay calma. No hay un solo grito. Entre hornos modernos que controlan hasta muy bajas temperaturas, roners y rotavales cuelgan tres grandes lámparas doradas que iluminan el mesón de donde parten los platos. Los cocineros montan el plato con goteros y con pinzas, mientras Joan entra y sale de la cocina sin dar ninguna orden directa, sin apurar ni regañar. No se le ve preocupado. En el fondo, sabe que todo está bajo control.

Restaurantes triangular

El disfrute empieza desde que se abre la gran puerta de este caserón remoledado en 2007 por Isabel López Vilalta, que da acceso al recibidor minimalista de color blanco. En una mesa hay fotos y recuerdos de una carrera de éxito. La sala triangular asoma a un bosque interior de abedules. La luz natural se concentra en este bosque encerrado por paredes transparentes, que dejan observar y ser observados.

Sillas de madera de líneas simples y elegantes. Todavía no es hora del servicio. Un grupo de jóvenes está concentrado en sus tareas. Una joven plancha los manteles de hilo blanco que cubrirán las mesas. “Es como hacer un crepe”, explica. Veinticinco personas en la sala atenderán a 45 comensales. Están alistando el lienzo donde se posarán los platillos más famosos del mundo. La vajilla Rosenthal comparte la mesa con tres rocas que simbolizan a los hermanos.

La bienvenida inicia con una copa de cava de un cultivo ecológico, especialmente embotellado para la casa: Albet I Noya El Celler de Can Roca Brut.

Para Joan lo importante es estar a la altura de la gente. “En Girona sienten tu éxito como suyo. Han visto que en nosotros hay transparencia, sinceridad, trabajo, esfuerzo, generosidad y hospitalidad. Somos felices haciendo lo que nos gusta. Pienso que es muy importante recibir al cliente y mirarle a los ojos cuando llega y cuando se va”.

La oficina de Joan es abierta. Da a la cocina, desde donde vigila a los 30 chefs que están trabajando para dar de comer a 45 personas en cada servicio.

Los martes no dan reservas y los dedican a darles formación. Los llevan a visitar las granjas, tienen charlas de creatividad y comparten conocimientos técnicos.

Al chef le parece fascinante descubrir productos cuando viaja, siente que le abre nuevos registros, pero no intenta traerlos consigo. Cada lugar tiene su propia identidad. Recientemente, en Sao Paulo, le hicieron más de diez propuestas para abrir restaurantes, pero es algo que no le interesa. Él está concentrado en El Celler de Can Roca. Ha llegado lejos y ha recorrido un largo camino acompañado por su familia.

Su cocina es arraigada a la tradición, y esto lo distingue de otros restaurantes. “Para mí lo importante es que la gente venga con el corazón y la mente abierta, con ganas de dejarse seducir. Quiero que entiendan lo que estamos haciendo. Nosotros hemos crecido poquito a poco y cada vez nuestros menús son más complejos. Nuestra cocina es una cocina catalana que dialoga, que está abierta a otras disciplinas. Es una cocina que quiere ser auténtica, que se entienda, que esté modulada para ser bien interpretada. Es inconformista, sin límites y comprometida con su entorno. Pero también es atrevida. Es una cocina triangular. Yo soy parte de ese triángulo que formamos los tres hermanos. Para entender El Celler de Can Roca esto es muy importante”, asegura.

La famosa lista del mundo gastronómico The Best 50 Restaurants lo reconoce como el mejor restaurante del mundo. “Esta lista tiene vida propia y nos va a comer a todos tarde o temprano. Esta lista ha cambiado el mundo de los restaurantes. Nosotros somos los primeros en quitarle importancia. Que no se tome demasiado en serio. Pero no me hacen caso”, dice Joan.

Reciben más de 3 mil correos electrónicos diarios con solicitudes de reserva. Han tenido que contratar gente extra para atenderlos. Los Roca se toman el éxito con naturalidad.

Un “stage” del mundo

Carles Aymerich, sommelier en El Celler de Can Roca y encargado de gestionar la bodega y al equipo, da una gira por la cava para quienes tengan interés en conocer más del vino que se sirve en este restaurante. “Muchas de las botellas que tenemos acá están guardadas hasta que alcancen su óptimo estado, no tenemos prisa”, comenta Carles.

Al restaurante llega gente de todo el mundo. Tienen registro de haber atendido a comensales de 54 diferentes países.

En la cocina también se oyen muchas lenguas. Los becarios llegan de todas partes del mundo. Amanecer Ramírez es de México y lleva tres años ahí. “Soy una apasionada de los restaurantes. Antes estaba haciendo prácticas en pastelería con Paco Torreblanca, un pastelero famoso en España, y bueno, conocí a Joan en un congreso en Alicante. Le pregunté si era posible venir a conocer algo de su cocina y mi paso se prolongó un poco”, cuenta la mexicana. Nacho Bautells es catalán. Es uno de los jefes de cocina. Empieza a trabajar a las en la mañana. Trabajó con Santi Santa María y otros chefs antes de tomar este puesto. Entró hace cinco años a hacer unas prácticas por seis meses y se fue, pero al cabo de un tiempo lo llamaron y volvió. “Me dedico a la organización de la cocina. Llevo a los chicos que están haciendo prácticas a que aprendan a limpiar pescado. Que toquen el producto. Que conozcan esta tierra”.

Nori Diaz, mesera, es de Ecuador. Lleva cuatro años trabajando en El Celler de Can Roca. “Mis padres emigraron cuando yo tenía ocho años. Estudié en Barcelona. Siempre quise trabajar acá. Envié mi currículum y aquí estoy. Cuando llegué, El Celler estaba en el cuarto lugar y con dos Estrellas Michelin”.

Hernan Luchetti, argentino, es el segundo jefe de cocina. Lleva aquí cinco años. “Empecé de prácticas, pasé a ser jefe de partida y luego me ofrecieron ser jefe de cocina. Estoy tratando de disfrutarlo cada día. No sé si algo así me vuelva a suceder en mi vida. Es una suerte poder contar con Joan, Josep y Jordi, tratar de absorber de ellos lo máximo y transmitir eso que ellos nos enseñan de la cocina a los platos. Soy argentino y estoy lejos de mi casa, de mi familia, pero soy inquieto. Trabajé con varios chefs. Estuve en El Bulli dos temporadas. Hace poco estuve con Joan cocinando en el DF en Millesime”, relata.

La experiencia Roca

Uno de los elementos primordiales para ser elegido como el mejor restaurante del mundo por más de 800 cocineros, periodistas y críticos gastronómicos es la comida.

Un ejemplo de lo que podrías degustar en El Celler de Can Roca inicia con los aperitivos. Un globo terráqueo de papel encierra el concepto de globalidad. Interpretaciones de la cocina de México, Perú, Marruecos y Japón se toman con los dedos y van directo a la boca. México sabe a guacamole y cilantro; Perú, a ceviche de pescado; Japón es miso y dashi; Marruecos pone lo dulce con pasta philo almendra y miel. Lo sirven con la cava de la casa. Le sigue el olivo con aceitunas caramelizadas con emulsión de anchoas. Los hermanos Roca intentaron cambiar este aperitivo y trabajaron con pino y piñones. “Pero no le llegó a la talla del bonsai de olivo, de donde cuelgan las aceitunas que dan la bienvenida al Mediterráneo”. Se acompaña con un vermouth Carpano. Terminan los aperitivos con bombones de trufa y un brioche de setas acompañado de un vino blanco de la zona de Penedés, Estrany 2011.

Inician los platos con un consomé de verduras hecho a baja temperatura. Es como una infusión acompañada de flores, frutas e incurtidos.

Recibirás la instrucción de comer en orden las nueces, el arbero, el queso de oveja acompañado de compota de higos ahumados, y un pistelli con helado de  vinagre e higos. El Sancerre Vacheron se casa de maravilla con este plato. Sigue una corteza de espárragos blancos con trufa y un riesling Kabinett Joh. Jos. Prum 2009, aromático y muy ligero. El siguiente plato es un pescado caballa acompañado de botarga con alcaparras y olivas negras. El montaje del plato, explica Hernán Luchetti, está hecho con un molde en 3D que simula la piel plateada de la caballa. Lo maridan con Suertes del Marqués Vidonia del 2011, un vino de la zona de Tenerife del valle de la Orotava. Un DO de la zona volcánica que le aporta carácter. La variedad listón blanco tradicional de la zona. El sommelier Carles Aymerich explica: “La panza de nudo son unas nubes que se mantienen durante el tiempo de la maduración de la uva y la hacen más lenta, lo que resulta en pura frescura”.

Le sigue un plato de mar, dentro de jugo de anémonas, acompañado de algas, navajas y cocombro de mar. Le va muy bien la bota de vino blanco Florpower de Equipo Navazos. Una bodega que consigue botas de jerez que están escondidas, que no saldrían a la luz de no ser por ellos.

Nori, la orgullosa ecuatoriana, presenta el siguiente plato: “Lo que tenemos aquí es una gamba completa cocida a la brasa, el jugo de la cabeza en el fondo del plato, aire de destilación de gamba, crujientes de la patita, pan de algas y plancton marino. Todo es para comérselo, sobre todo los crujientes saladitos”.

Explica Hernán, el chef de cuisine, que al hacer este plato se preguntaron: “¿Qué podemos aprovechar de la gamba? Y nos dimos cuenta que todo era bueno y así lo hicimos: antenas, el caldo, que es el mismo jugo de las cabezas –porque cuando te comes las gambas en casa lo más bueno es chuparse la cabeza– y acá te tomas el jugo sin ensuciarte las manos”. Llegó con Viña Tondonia. Ideal.

Humeantes aparecen las cigalas. Se están acabando de cocer al vapor y el vino maridaje viene incluido en el plato, en la cucharilla. Se come primero la cigala, después el jugo de las cabezas con un aire de avellanas, y por último, lo de la cucharita: reducción del Gutiérrez Colosía Palo Cortado de una solera de la familia.

Para el lenguado escogen el Pedra de Guix Torroja del Priorat, garnacha blanca, Pedro Ximénez y macabeo. Esto viene de la bodega Terroir al Límit. Cosa seria. Un vino con una densidad que sorprende a cualquier paladar exigente y que le va estupendamente con el ajo fermentado con que preparan este platillo.

Continúa esta obra maestra con la ventresca de cordero, berenjena y mollejas. La debes tomar con la pinza y mojar en la reducción de la cocción. El Puntido 2004 es un rioja de la familia Eguren. Especialmente interesante este tempranillo arraigado en las latitudes alavesas de Laguardia.

No en vano Josep Roca, a sus 47 años, es conocido como el mejor sommelier de España y del mundo. “Es importante para recoger estos tesoros escondidos tener amistad con mucha gente, lo que me permite ir a las botas especiales y a los vinos más singulares. Soy sommellier desde muy pequeño; lo que pasa es que no sabía que existía ese nombre para un vendedor de vinos de restaurantes. Para mí es algo natural y lo que hemos hecho es buscar nuestro camino. Solo nos hemos movido 200 metros. Llevamos 27 años en esto y tenemos más de 35 mil botellas en stock. Son 27 años de hacer las cosas más con el corazón que con la cabeza”, revela.

El momento dulce: Jordi

El sentido del humor viene por las ideas, muchas irrealizables, que propone Jordi. Es una manera de quitar hierro a la seriedad de la cocina.

Él se ocupa de lo dulce. También está concentrado en un nuevo proyecto: una torre que se colocará en la mesa al inicio del servicio de postres. Una caja de bombones.

Con 35 años, reconoce que quería ser cualquier cosa menos cocinero. Estaba emborrachado de tanta gastronomía y tanta hostelería. Empezó a trabajar de camarero, era una forma de ayudar en casa. Luego descubrió que los cocineros terminan su trabajo antes y más pronto podía encontrarse con sus amigos. El patissier Damian Allsop vino al Celler de Can Roca a trabajar una temporada. Lo inspiró. Jordi se enamoró de la pastelería. “Me formé con una profesión que mis hermanos no controlaban y así empezamos a tener este diálogo de tú a tú a tres bandas con Josep y Joan. Se acabó formando este triángulo creativo”.

Para Jordi, el momento dulce de la comida es cuando se está más dispuesto. Aún hay fuego y puede plantar sus ideas descabelladas, como el gol de Messi o el postre de masa madre. “Como soy el más joven tengo ese rol de atreverme a hacer cositas. Algunas no han visto la luz porque no todo me lo permiten mis hermanos”, dice.

Jordi aparece con su conocido postre Masa Madre. Es un plato que respira, se mueve. Son merengues de vinagre y helado de masa madre con lychees. Luego nueces crudas, crema de nueces tostadas con arce, y un licor de nueces verdes y hierbas. “Como estamos en época de fiestas –dice Jordi–, culminamos con las manzanas caramelizadas de la feria de Girona”.

El Celler de Can Roca es resultado de 27 años de trabajo. “Nos han llegado ofertas de abrir restaurantes en otras partes del mundo, pero esto restaría la atención al servicio que ofrecemos, algo que aquí no hemos descuidado nunca. Y es que no solo estamos aquí, vivimos aquí”.

Y esto es lo extraordinario. Tres hermanos de personalidades distintas, pero complementarias, se unieron para lograr la experiencia gastronómica más importante del mundo. Si esto no convence de que el nirvana está en un plato, nada lo hará.

El Che Guevara F.C.

Publicado: 18 abril 2014 en Juan Pablo Meneses
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Está por empezar la revolución. Y todos esperan se gane. El silencio previo a la batalla se rompe cuando, finalmente, aparece el comando infantil guevarista. Son once niños con las manos en alto, camisetas rojas, zapatos de fútbol y la cara del Che en sus camisetas. Entran al campo de juego muy serios, concentrados, como si supieran que solamente la disciplina y la conciencia podrán ayudarlos a tomar por asalto al equipo rival y clavar la pelota en el arco enemigo. Sus padres y hermanos y amigos y abuelos y tíos y vecinos saludan su ingreso gritándoles “¡Vamos, Che Guevara!”, o “¡Vamos, Che, carajo!”, o “¡Hasta la victoria siempre!”, o “¡Guevaristas hasta el final!”, o “¡Aguante el Che!”.

En esta historia, el Che Guevara es un equipo de fútbol.

Como todos los fines de semana, cada partido del equipo se transforma en un acontecimiento familiar. Más allá del fútbol, dicen. Los padres montan una comida comunitaria y cargan bolsas con los alimentos y se saludan de abrazos y besos guevaristas, mientras las madres se cuentan las últimas novedades, y van cortando tomate y partiendo el queso y picando cebolla y abriendo el pan y buscando la sal.

No hay otro Che Guevara oficial en la historia del fútbol mundial. El único club inscrito con ese nombre es el de estos niños argentinos que compiten en las distintas categorías.

Antes del pitazo inicial, cuando ya está todo en orden, los familiares despliegan una gran bandera con la cara de Ernesto Guevara y por una radio suena la canción Hasta siempre, Comandante. Esa suerte de himno del Che, que compuso el cubano Carlos Puebla en 1965, y que dice en una parte que aquí se queda la clara / la entrañable transparencia / de tu querida presencia / Comandante Che Guevara.

Se inicia el partido

Es posible que de aquí, de entre estos pequeños guevaristas que ahora persiguen la pelota en una cancha de tierra, salga la nueva estrella del fútbol latinoamericano. Pero más importante, o al menos esa es la idea de la presidenta del club, es que de aquí salgan los nuevos líderes de la barriada, los nuevos agentes sociales de cambio para los pobres de la ciudad de Jesús María, en la provincia argentina de Córdoba. Más que nuevas estrellas, dicen en el Che Guevara, lo que se espera es algo más ambicioso: que salga el Hombre Nuevo.

El Che Guevara está en Jesús María

La ciudad de Jesús María está en la provincia de Córdoba, Argentina, 50 kilómetros al norte de la capital de la provincia. Para llegar, hay que tomar la Ruta Nacional 9 y atravesar campos con vacas y vaquillonas y terneros y toros, y por la carretera van camiones con animales y camionetas con gauchos y autos armados en Argentina y motos con parejas de enamorados que van cruzando en medio de la llanura pampeana por entre gigantescas publicidades de Messi afeitándose o Messi tomando una bebida que recupera energía o Messi usando una determinada marca de ropa deportiva o Messi comiendo un pan que le da fuerza.

Jesús María es conocida en el resto de Argentina porque aquí tiene su sede el Festival Nacional de la Doma y el Folclore. Un encuentro folclórico con música en vivo y hombres tratando de durar mucho tiempo sobre caballos sin domar. Ajustando las rodillas para no salir volando, apretando fuerte las manos para no terminar en el suelo con algún hueso partido.

En uno de los barrios residenciales de Jesús María está la casa de Mónica Nielsen, la presidenta del Club Social y Deportivo Che Guevara, fundado el 14 de diciembre de 2006. Mónica me recibe con un mate, mientras ponemos a helar un par de cervezas.

—Te digo algo de entrada. Nosotros no vamos a sacrificar a un chico para mantener a 200. No vamos a vender jugadores a cambio de dinero —tira directo, como frenándome. La entrevisto, porque será parte de un libro que publicaré un tiempo después, y que se llama Niños futbolistas.

En los últimos meses, después de la aparición del libro, han llegado hasta aquí a grabar un documental para Europa, la contactó un entrenador de España que los quiere ayudar y los han entrevistado en una docena de medios de diferentes partes del mundo.

—Con este proyecto vamos en contra de lo que corrompió al fútbol. Nosotros llevamos un nombre fuertísimo. Yo no me puedo poner a hacer negocio con los chicos.

La presidenta del club Che Guevara sabe que lo que viene no es fácil. Que el exitismo acecha todo el tiempo, desde todos lados. Lo sabe, dice, porque recuerda que desde que toda esta historia empezó, las cosas nunca han sido sencillas. Hoy tienen unos 120 jugadores de 6 años en adelante en siete divisiones diferentes. Todo gratis, remarca ella. Ninguno paga nada. Mónica dice que esta es su causa. Se nota entusiasmada con todo lo que ha provocado. Ya los han invitado a jugar fuera de Argentina, y en muchos lugares quieren imitar la idea. Ella sabe que una buena campaña, con triunfos y campeonatos, haría mucho por la causa. Pero también sabe que, al menos en su club, lo importante no es ganar.

—Lo primero: esto es un club social. El niño que entra en el Che Guevara sabe que, si se quiere ir a otro club, nosotros le damos el pase libre. Las puertas están abiertas. Acá nadie está secuestrado. Nosotros competimos contra clubes que tienen tomados a los pibes. Somos muy audaces al competir con equipos que tienen un poder adquisitivo superior al nuestro. Equipos que sí hacen negocios con jugadores, que cobran derechos y han vendido chicos. De este campeonato de fútbol de Jesús María han salido niños que ahora están jugando en River o en Boca. La gente lo ve como algo normal que el chico se vaya, que el club cobre, que la familia cobre y que el chico sea negocio. Como si fuera un producto más del mercado en la sociedad de consumo en que vivimos.

Hasta hace un tiempo, Mónica mantenía el club con su plata. El presupuesto mínimo que necesita mensualmente para funcionar la institución es de poco más de 3000 pesos argentinos (unos 780.000 pesos colombianos) por mes. Dice que no tiene idea, ni le interesa saber cuánta plata ha gastado de su bolsillo, pero que su satisfacción va por otro lado.

Hoy, el Che Guevara tiene personería jurídica y sus jugadores están federados a la Liga Cordobesa de Fútbol. Compiten en la Liga Regional Colón, con las categorías de primera y reserva. Desde el año pasado, también se sumaron la sub-17 y sub-12. Los entrenamientos se realizan en las canchas de clubes amigos y solidarios que les facilitan sus instalaciones.

—¿Tienes claro que el modelo del Che Guevara se contrapone a todo lo que sucede en el fútbol actual, donde la compra y venta de niños es el negocio de moda?
—Sí, sí, pero yo no me puedo poner a hacer negocio con los chicos. Si sos guevarista, vamos con el guevarismo a morir. Moriremos en el guevarismo.
—¿Y si te sale un Messi?
—Si ese chico es realmente consciente de darles una mano a sus congéneres o a los que vienen por detrás, se verá. Ese es el desafío. El pendejo sabrá si quiere darle una mano al club, si tiene la solidaridad que nosotros les estamos dando. El otro día les dije: “Chicos, ¿ustedes saben lo que es la solidaridad? Solidaridad es dar, es escuchar, es respetar”. Nosotros no le cerramos la puerta a ningún chico, ni para que entre ni para que se vaya. Y si alguien se quiere ir, bien, ya se corre la bola de que el Che Guevara no le priva el pase a ningún chico.

El Che Guevara va perdiendo

Antes de terminar el primer tiempo, van con dos goles en contra, pero eso no detiene a los pequeños jugadores ni a sus familias ni a la presidenta de un club de niños donde la idea es no venderlos.

En Francia hay un perfume llamado Che Guevara. Las zapatillas Converse sacaron una publicidad con la cara del Che Guevara. La modelo Gisele Bündchen desfiló por Nueva York con un bikini que llevaba estampadas cientos de caras del Che Guevara. Hay marcas de habano, de camisetas, de editoriales con la cara de Ernesto Guevara de la Serna. Pocos rostros, a nivel mundial, han podido conseguir esto.

Cuando le pregunté a Jon Lee Anderson, el mejor biógrafo del Che, sobre la explotación de su nombre por distintas marcas y productos, me dijo:

—El fenómeno del Che-Chic existe en los países del Primer Mundo, es decir, en los países industrializados, donde el Che representa algo ajeno a sus realidades (como lo fue estando él con vida) y donde el fetichismo y la parafernalia del Che (poleras, relojes, pósteres, etcétera) son más que todo una expresión cultural de retro-chic romántico, o exótico. Como lo sería, en menor grado, pues, Mao, o incluso figuras pop como Lennon. Coincide con el “fashion” de que Eres lo que Vistes. Pero en mucho del resto del mundo, donde hay pobreza aguda, carencia de libertad política, social y económica y del Estado de derecho, el Che sigue siendo un símbolo potente de rebelión y desafío del statu quo, un héroe que apela a la emulación.

En el club Che Guevara, la apropiación de la figura va más allá del chic mundial. Así lo ve su presidenta:

—Ya parezco Fidel Castro. Lo digo con orgullo, con honor, porque yo siempre les digo a los chicos que nosotros tenemos que formar cuadros dentro del club: “Chicos, miren hacia el futuro, una institución como esta nos sirve políticamente. El día de mañana ustedes pueden ser desde concejales hasta intendentes de este pueblo. Porque acá es la formación, acá ustedes tienen que dirigir, tienen que querer esta institución, valorarla, respetarla, contenerla, porque ella les va a dar a ustedes lo que ustedes no se imaginan lo que en el futuro les puede dar”.

En su casa tiene varias fotos de Ernesto. De distintos tamaños y colores.

En el segundo tiempo, el Che Guevara sigue perdiendo

El Che Guevara, por su parte, no fue un gran futbolista. En el deporte que más destacó fue el rugby, donde jugó bastantes años hasta que el asma le impidió hacer mayores esfuerzos. También hizo natación —llegó a participar en torneos escolares—. Y jugó ajedrez de forma competitiva.

En su libro El Che Guevara, el periodista argentino Hugo Gambini detalló la verdadera relación del comandante con el fútbol: “Leía las crónicas deportivas para informarse sobre los campeonatos profesionales de fútbol y, como la mayoría de sus amigos eran adictos a los mismos clubes (Boca o River), Ernesto quiso elegir uno distinto. Cuando descubrió la existencia de Rosario Central, un club de la ciudad donde él había nacido, adhirió fervorosamente a su divisa. A partir de ese instante le encantó que le preguntaran ‘¿De qué cuadro sos?’, porque le daba la oportunidad de responder con cierta altivez: ‘De Rosario, de Rosario Central. Yo soy rosarino’. No tenía la menor idea sobre esa ciudad ni había visto jamás a su equipo, pero él era rosarino y defendía su identidad…”.

En el libro se recuerda que Guevara jugaba de arquero, y que era de esos guardavallas muy gritones, que daba instrucciones a sus defensas.

El arquero del Che Guevara, en cambio, es un niño de menos de 12 años que en el segundo tiempo ha tenido que ir a buscar la pelota dentro del arco un par de veces, nuevamente.

El Che Guevara no es un equipo competitivo. Siempre va en los últimos lugares de la tabla.

Joaquín Rojas quiere ser futbolista y todos los fines de semana sale a la cancha vistiendo una camiseta del comandante Ernesto Che Guevara. Joaquín Rojas tiene 6 años y juega desde los 5. Es del barrio Güemes, una villa miseria vulnerable donde la pasta base de cocaína se llama paco y la venden en todas las esquinas. Joaquín obligó a su padre y a sus hermanos a que lo acompañaran al Che Guevara, porque, a su corta edad, ya tenía claro que quería jugar al fútbol.

Hay clubes que compran jugadores de solo 6 años porque les ven futuro dentro de la cancha. Mónica, con un olfato de cazatalentos políticos, dice que Joaquín, a su edad, ya es un líder social.

Para transmitirles a los niños futbolistas quién era, realmente, el comandante Guevara, la presidenta del club optó por algo práctico: les pasa las películas del Che que protagonizó Benicio del Toro y que fueron producidas por Hollywood. Los chicos se sientan alrededor de la pantalla, y siguen sus aventuras como las de un superhéroe deportivo.

Para los chicos es orgullo jugar en el equipo del protagonista de esos filmes.

También, lo han dicho, es un orgullo jugar en un club con tanta hinchada en tantos lugares del mundo. Cada vez que los noticieros muestran una marcha política o disturbios con la policía en alguna parte del mundo, donde los manifestantes levantan banderas con la cara del Che Guevara, los niños se ponen contentos porque piensan que son hinchas de su club.

El Che Guevara termina perdiendo el partido de esta tarde.

A nadie parece importarle demasiado. La revolución de este comando de niños guevaristas continuará.

Sinopsis. Jota Erre es dueño de un perro de pelea que ha quedado ciego, tiene unos cuantos casetes de Chamín Correa, un Dodge Dart 70 que no arranca, un reloj de mano al que se le descompuso el segundero, un zapapico Truper y una guitarra con la que cantó en su boda. Un día, viendo una película de Pedro Infante, se da cuenta de que la pobreza ni en la tele es bonita. Entonces agarra a su esposa y a sus dos hijos, y baja de la sierra. Pronto descubrirá que la mayoría de los que han emigrado de su pueblo a Culiacán vive como Dios manda: si no lo tienen, lo compran, y si no lo compran, lo arrebatan. Jota Erre terminará imantado por ese mundo de dinero y pólvora, y hará lo que esté a su alcance para poder cantar ese corrido que dice: Ya empecé a ganar dinero, las cosas están volteadas, ahora me llaman patrón, tengo mi clave privada. Para convertirse en un capo que se respete, Jota Erre probará suerte como achichincle, motero, sicario, narcomenudista, lavador de droga y prestanombres. Esa vida, sin embargo, lo llevará a conocer la mala suerte y a entenderlo de una vez por todas: “Eso de que todo aquel que entra al narco se hace rico, es nomás un pinchi mito”.

Intento número uno. Todo empezó así: estaba yo en mi cantón, oyendo a Chamín Correa bien acá, cuando llegó un primo que había bajado de la sierra bien cuajado, bien billetudo. “Pariente —me dijo—, ocupo una gente de harta confianza pa’ bajar la mota a Culiacán”. Y no sé, como que ves, en un jale de ésos, una ilusión de hacerte rico y dices chingue a su madre, de aquí soy. Yo ya estaba fastidiado de vender productos naturistas. Aquí en Culiacán a la raza no le interesa morirse de un infarto o del azúcar, y pos casi no vendes. ¿Y qué hice? Le entré. Pa’qué te digo que no, si sí. Además, en esos años, te hablo de los noventa, el jale estaba tranquilo. El cártel era uno solo y no había las broncas de hoy, donde tienes que definirte si trabajas pa’l Chapo Guzmán o pa’ los Beltrán. Como si uno no supiera que, escojas a quien escojas, de todas maneras te van a matar. Total que mi cabeza de volada se puso a hacer cuentas y la verdad resultaba una buena pachocha irme de motero. Mi amá se enojó, pero no le hice caso. Ya ves que los sinaloenses somos mitad tercos y mitad vale madres. “Nomás te voy a decir una cosa cabrón —me dijo mi amá—. Si te matan, que Dios no lo quiera, no vengas a aparecerte por aquí, que ya con el ánima de tu padre tengo suficiente”.

(Culiacán. Jota Erre serpentea por la avenida Lázaro Cárdenas, a la altura de la colonia Popular. La estética Ilusión está cerrada porque la dueña, Micaela Cabral, recibió hace pocos días la visita de un tipo que no fue a cortarse el pelo. Fue a decirle “te traigo un regalo”, sacó la nueve milímetros y le disparó seis veces. Jota Erre se sabe ésta y otras historias del puñado de muertos que deambulan por estas calles. Él no quiere morir. Por eso me ha pedido que no ponga su nombre. Tampoco le gustaría que hable del trabajo por el que conoció al Hijo del Santo ni que describa su rostro. Acepta, eso sí, decir que hoy se dedica a la cantada, que tiene dos mujeres y que roza los cuarenta años.

Ése fue el trato. Y, una vez aceptado, nos trepamos a un auto que le diría a cualquier valet que recibirá buena propina, y Jota Erre aceleró como si pisara una serpiente. Así llegamos hasta aquí, el cruce con la calle Río Aguanaval, la última parada de Micaela.

Jota Erre dice que esa cuarentona no estaba involucrada en la mafia, que la han de haber tumbado porque, últimamente, en Culiacán se mata por capricho. Y tiene razón: en febrero, el mes que terminó ayer, hubo más muertos que días: 41 de los 130 en todo Sinaloa. Hasta podría decirse que en esta ciudad la tasa de natalidad, 1.5 por día, se controla por el mismo número de asesinatos.

Pero no quiero desviarme del tema; yo he venido aquí a escuchar la verídica historia de Jota Erre).

Tú sabes que no sólo de pan vive el hombre y ai te voy tendido como bandido a Tamazula. Yo me wachaba como el jefe de los moteros, con una troca bien chila y con el cuerno bien terciado. Y nada, bato. Llegué de achichincle. De pinchi gato. Y pos a trabajar, ni modo que qué. Ahí aprendí que pa’ que no nos vieran los helicópteros de los guachos, teníamos que ir a un arroyo a empaquetar la mota en greña. Y eso sí: nada de hablar ni agarrar cura con los compas. Si dices algo o te andas riendo, el jefe te suelta un chingazo.

¿Has estado cuando empaquetan la mota? Chale, entonces no has vivido. Como nadien habla nomás se oyen los ruidos de los gatos hidráulicos y de la cinta canela. ¿Sí sabes que con los gatos se hacen los cuadritos? Pos sí, con esa madre armas los paquetes, y ya luego los envuelves con hule delgadito, del que usan las doñas en la cocina, y después viene la cinta canela. Les echas grasa pa’que no se mojen cuando los lleven por mar, y al final les avientas otra pasada de hule y cinta. Eso hice durante tres meses, hasta que se juntaron como cinco toneladas. “Tú y tú van a bajar la mota”, nos dijo mi primo y nos dio un radio de esos de banda corta y las llaves de los camiones. Y ai te fui, siguiendo a los punteros, los weyes que van en las cuatrimotos diciéndote si hay guachos o no. Todo iba bien, pero como el jale lo haces de noche, pos no miras muy bien y yo me fui a estrellar. Tuvieron que mandar otra media rodada, pasamos la mota en friega y nos quedamos en un pueblo porque nos amaneció. Total que pa’ no hacértela tan larga, entregué el jale en Culiacán y me lancé a cobrarle a mi primo. “En la vida todo se paga —me dijo—. Y tú desmadraste un camión”. “Pero pariente, no chingue, si no fue porque quise”, le contesté. “Nada, nada pescadito, cuentas claras, amistades largas”. Nomás porque mi amá es su madrina, sacó doscientos pinchis dólares. Le valió madre que le haya dicho que me había rifado al cien. Pinchi bato. Si yo no sé por qué me aferré. Desde esa vez debí haber entendido que en el narco está duro el piojo.

Vida mafiosa. Sentado en una hielera y escuchando un corrido le jalé a un cuerno de chivo, rodeado de mis amigos con los versos recordaba todo lo que en mi vida he sido, canta el Coyote ahora que Jota Erre maneja por los Huisaches, un arrabal donde la mayoría de los jóvenes piensa que la mejor salida es la fama y el sabor de una muerte violenta.

—La chamacada de hoy está enferma de mafia —me dice este Jota Erre que, vale contarlo de una vez, habla tan rápido que parece estar en una lucha constante contra un cronómetro—. Los plebes le entran al negocio nomás pa’ rozarse con el Macho Prieto o con el Chino Ántrax, los pistoleros del cártel. Entran pa’ decir que son gente del Chapo o del Mayo Zambada, y así imponer respeto y sentirse la cagada más grande. Quieren andar en una troca pa’ darse una vuelta a las prepas y subirse una morrita…
—Pero al final tienen dinero, ¿no? —lo interrumpo.
—¡Ni madres! —y pega en el volante para reafirmar sus palabras—. Las trocas que traen son robadas, porque los jefes se los permiten pa’ trabajar; la ropa que usan es china, chafa, pura imitación; las pistolas tampoco son suyas, y si conocieras en la ratonera que viven te darían más lástima.
—Pintas una vida muy distinta a la que aparentan.
—Yo anduve en el negocio, tengo amigos en él, y puedo decirte que un setenta por ciento, si no es que más, está bien jodido. Se gastan lo poco que ganan en droga y pisto. Aquí en Culiacán a nadien le gusta confesar su pobreza, prefieren pedirte fiado y decirte que es pa’ una inversión.

Intento número dos. “Quihubo bato —me dijo un compadre por teléfono—. Se lo voy a decir rapidito porque estos tratos no debe escucharlos ni la sombra de uno”. Y que me suelta que quería mis servicios pa’ mover cocaína. Hasta bendije a los pinchis colombianos. Y no sé, como que me dieron ganas de brindar conmigo mismo, con mi alma se puede decir. Y ai me tienes yendo a su cantón pa’ que me explicara el jale. Neta que me waché en Bolivia, en Perú, en Colombia y en todos esos pinchis países drogos. Y nada. Mi compadre me mandó a Mexicali. Me dijo que rentara una casa pa’ guardar la coca, que yo la iba a recoger en el Golfo de Santa Clara y que otro bato la cruzaría por California. Pero qué coca ni qué nada, era mota. “Ni modo —me dije—. Y me eché un gallo, pero nomás pa’ que apestara”.

En el primer jale no tuve problemas. La mota llegó a su destino. La bronca fue que mi compadre no me pagó. “Es que tenía deudas, pero pa’l siguiente cargamento tiene su dinero”, me prometió.

Ese segundo cargamento fue en Semana Santa. Me acuerdo porque durante el día nos vestíamos de turistas. Ya sabes: bermudas, sandalias y lentes oscuros. Ya en la noche íbamos a donde estaba el faro descompuesto, que se conoce como El Machorro. Ahí esperábamos a los pangueros. Una de esas noches les echamos tres veces la luz de la lámpara pa’ decirles que se acercaran, que ya estábamos listos. Pero ellos nos contestaron con dos luces. Y dos luces, por si no sabes, es que hay peligro. Echamos un zorro alrededor, pero todo estaba bien oscuro y no vimos nada. Decidimos aguantar. Y no sé, pero en una de ésas waché hacia el faro y que alcanzó a ver a un bato prendiendo un cigarro. “¡Ya nos cayeron, fuga, fuga!”, les dije a mis compas y en friega nos abrimos. Yo venía en una troca que traía la gasolina pa’ los pangueros y, ¡madres!, que se atasca en la arena. No, pos patas pa’ qué las quiero. La bronca es que nunca he sido delgado y me fui cayendo entre los balazos. Me fui tocando el cuerpo, pero no tenía nada, sólo miedo. “¡Policía judicial, párate cabrón!”, alcanzaba a oír, y yo nomás pidiéndole a Dios que me ayudara, aunque ya sé que no debo meterlo en estas pendejadas. Total que alcancé a llegar al pueblo y le pedí ayuda a un viejo pescador. “Compa —le dije—. Me vienen siguiendo, hazme el paro; mi troca se quedó atascada, pero ahí tengo doscientos litros de gasolina, son tuyos si me ayudas”. Y como la gasolina en esos lugares vale oro, el bato me escondió en una troje donde guardaba cagadero y medio.

Los judiciales empezaron a buscarme casa por casa. “¿Dónde andas cabrón?”, alcanzaba a escuchar que gritaba un bato, que luego supe era el comandante Jorge Magaña, el papá del chavalo ese que mató a una familia en el Defe, ese que se llama Orlando. “Orita que te encuentre me vas a ver a la cara pa’ que sepas a quién buscar en el infierno”, gritaba el comandante y yo me oriné. Total que no me hallaron y hasta las horas salí de la troje pa’ darle los doscientos litros de gasolina al viejo y me jalé a Mexicali.

Cuando llegué, vi la casa toda desordenada, como si la hubieran cateado. No, pos mejor me fui, pero afuerita ya estaba el comandante Magaña con mis compas. “¿Así que tú eras al hijo de la chingada que andaba buscando ayer? —me dijo—. Pos te salvaste porque ya arreglamos el asunto”. Y el arreglo” era que la policía se quedaría con la mitad de la mota. Me acuerdo que hasta nos ayudaron a descargarla de las pangas.

Mi compadre me pagó quinientos dólares. Me dijo que le había perdido al jale, que entendiera la situación y yo lo mandé a la chingada. Casi cuatro meses arriesgando el pellejo pa’ quinientos dólares. La mitad se lo mandé a mi esposa y con el resto compré productos naturistas que quise vender en Mexicali. Digo quise, porque el día que salí a venderlos, iba caminando cuando un bato me aventó la troca. Era el comandante Magaña. “¿Quihubo pinchi sinaloense, traficando y no me avisan?”, me dijo de entrada y sacó la pistola. “No jefe, ya no ando en ese jale, ya trabajo limpiamente”, y le enseñé mis productos. Me creyó después de darme unos zapes y cortar cartucho en mi cabeza. “Es tu día de suerte —me dijo—. Necesito a alguien con contactos pa’ cruzar polvo”. Pensé que la vida me estaba dando otra oportunidad y le dije que sí. Tiré mis productos en la carretera y me subí con él. En el camino fue más específico y me desanimé: en realidad quería que fuera madrina, que anduviera madriando a los puchadores y me pagaría con autos robados pa’ que yo los vendiera. Vas a pensar que soy un idiota, pero nunca me ha gustado robar. Me pueden acusar de todo, pero no de ratero. Y pos ai te vengo a Culiacán sin un pinchi peso.

Autógrafo. En la marisquería donde comemos, una preparatoriana se acerca e interrumpe a Jota Erre.
—¿Usted es Jota Erre, el cantante?
—No —le contesta Jota Erre—. Me parezco, pero no.
—Sí es, a mí no me va a engañar.
—Oquéi, si tú lo dices —y Jota Erre sonríe como diablo en pastorela, encogiéndose de hombros.
—Deme su autógrafo —dice la preparatoriana, entregándole una liberta y el bolígrafo.
Firmó Jota Erre: “Con todo mi cariño. El que se parece a Jota Erre”.

Intento número tres. La fuerza de la costumbre es cabrona y yo extrañaba andar en el ajo. Te estoy hablando ya del 2003, 2004. Y así, cuando más lo pedí, que me busca un viejón de mi pueblo. “Quiero que me hagas un paro —me dijo—. Ve a matar a un cabrón que me debe dinero, ¿cómo ves?”. “Simón —le contesté sin pensarla—, nomás porque no he tenido chanza, pero cuando hay que chingar, chingo, y que cuando hay que pasar desapercibido…”. “Ya, ya, párale —me dijo—. ¿Tienes visa?”. “Simón”. Y ai te voy esa misma noche a Tijuana, pa’ pasarme a San Ysidro.

“Cuando llegues, le hablas a tal bato; él te va a llevar con el que me debe”, me había dicho el viejón y yo seguí las instrucciones. “Compa, soy Jota Erre, ya ando aquí”, dije por teléfono. “Está bien, nos vemos en el cruce de la gásinton y la mein”, me dijo y yo sin saber dónde estaba eso porque nunca había ido al gabacho. Le pregunté a una pochita que estaba dos tres y me dijo que debía subirme al troley, que contara tres estaciones, que ai me bajara y saliendo ai estaban esas calles. Y sí, bajando del troley vi la gásinton y la mein. “Compa, ya estoy aquí”, le volví a llamar. “¿Donde está usted hay un macdonals?”, me preguntó. Waché y le dije que sí. “¿Enfrente hay un futloker?”, volvió a preguntarme. Waché y le dije que sí. “Ai voy, deme unos quince minutos”. Y pasó una hora y nada. Entonces le hablé al viejón y le conté que el bato me traía como su pendejo.

“¿Sabe?, yo creo que éste también está coludido con el que le debe”, le dije. “Pos mira —me contestó—. En cuanto lo veas dile que te dé las armas, le preguntas dónde vive aquel cabrón y tumbas a los dos”. Como a las dos horas le marqué al bato. “Oiga, hijo de su pinchi madre, aquí me tiene esperándolo como vil tacuache, no mame”. “A ver compa, ¿dónde está, que no lo miro?”. “Pos aquí, frente a macdonals”. “Pos no lo miro y eso que la calle está vacía”. Y yo diciéndole: “Pos si ya son las tres de la mañana, a esta hora ya hasta los perros se fueron a dormir”. “A ver, compa, pregúntele a alguien cómo se llama dónde está”. “Pero si no hay nadien”. Y caminé hasta la parada del camión y un bato que hablaba español me dijo: “En nacional ciry”. Le volví a marcar al bato y le dije: “¡Estoy en nacional ciry, cabrón!”. “No, compa, está usted muy pendejo —me dijo—. Yo estoy en Fontana, como a tres horas de donde me está hablando”. Chale. ¿Yo qué iba a saber que en el gabacho hay miles de calles guásinton y mein?

Ya en Fontana, el bato me llevó hasta donde según vivía el wey que tenía que matar. Me dijo qué troca manejaba, que estaba gordo como cochito y me dio su apodo. Me la pasé wachándolo una semana hasta que se apareció el cabrón. En friega saqué el pistola y entré a su casa rompiendo la puerta. “¡Hasta aquí llegaste, pinchi cerdo!”, le dije apenas lo vi. El bato era puerco pero no trompudo, y le di una madriza a la Charles Bronson. Luego corté cartucho y le dije: “Me manda el viejón, ¿cuáles son tus últimas palabras?”. Sé que se oyó bien mamón, pero fue lo único que se me ocurrió. “¡No me mates, compa!, ¡no me mates!”. Y yo diciéndole que no fuera puto, que los de Durango nos dejábamos ir con calma y dignidad, porque me habían dicho que era de por ahí. Él empezó a decirme que conocía a fulano y zutano, que ellos le podían ayudar a conseguir el dinero. Yo me saqué de onda porque yo conocía a esa gente. “¿Pos cómo se llama, compa?”, le pregunté. ¿Y qué crees? El bato era uno de los de la clica de mi carnal. Valiendo madre. Si no lo reconocí fue porque estaba bien gordo y ya se le había deformado la cara. “¿Entonces tú eres Jota Erre?”, me preguntó y terminamos dándonos un pinchi abrazo.

Le conté cómo estaba el jale y él me pidió veinte días pa’ juntar el dinero. Yo le dije al viejón que el bato se estaba escondiendo, pero que me diera tiempo pa’ encontrarlo. “¿Oiga? —le pregunté—. ¿Y si el bato quiere pagar?”. “Pos se la perdonas porque es de la familia”. Total que todos los días salí de fiesta con el gordo. Pero lo bueno se acaba pronto y yo me regresé a Culiacán, porque pagó.

Nomás bajé del avión y fui derechito a la casa del viejón. De los tres mil dólares que me había dado de viáticos, ya nomás me habían quedado como cincuenta dólares, y él me había dicho que al regresar fuera a verlo pa’ pagarme el trabajito. Me recibió de volada, me abrazó, me dijo que le había gustado mi dedicación, o algo así, y que en la mañanita fuera a su rancho, que ahí iba a estar Miguelón, su hombre de confianza, pa’ decirme qué seguía. Ir al rancho del viejón no cualquiera, y por eso pensé que, mínimo, me iba a regalar una de sus trocas o me pagaría con droga. Y que voy llegando a la hora que me dijo, que pregunto por el Miguelón y que me ponen a podar el pinchi pasto y darles de tragar a los caballos. Neta. Te lo juro por mis hijos. No, pos no aguanté. Le di las gracias al viejón y volví a la calle a vender mis productos naturistas.

El pistolero. Komander: Qué sorpresa encontrarlo en mi rancho. Erick Estrada: Hace un rato lo estoy esperando. Komander: ¿Por qué trae bastantes pistoleros? Erick Estrada: Yo prefiero bastante dinero. Komander: No comprendo de qué estás hablando. Erick Estrada: Me pagaron por asesinarlo.

—La chamacada escucha corridos como éstos y ya andan diciendo que traen callos en los dedos de tanto jalar el gatillo —filosofa Jota Erre cuando pasamos por el estadio de béisbol. Luego baja la ventanilla entintada para ver los guindas exactos, y les mienta la madre a los Tomateros—. Te decía: a los sicarios de hoy les pagan dos mil pesos a la semana, cuando mucho. O sea, esos batos nomás saben una cosa: que van a morir y que no será una muerte fácil.

Intento número cuatro. Un día entendí que el narco es el negocio más individualista de todos, que es onda de uno y nomás. Que aquí dos cabezas sirven pa’ que te den en la madre más pronto, y por eso no está de más ser desconfiado. Por eso nunca pude trabajar bien allá en Michoacán. Ai te va pa’ que me entiendas:

Un narco segundón me propuso que fuera su socio en el cruce de mota. ¿Wachas? Ya no iba a ser un pinchi gato. Esto era más grande, era un jale donde no faltaría quien quisiera arañarnos las manos de tanto billete que tendríamos. “No, compa, siempre salgo jodido”, le dije porque el bato sabía que yo era de los que no se dejaban ir de hocico a la primera. Y me estuvo rogando hasta que le dije arre pues. Él puso millón y medio de pesos, y lo que debía hacer era comprar la mota, transportarla, cruzarla y cobrar. Lleva las de ganar, y sin tanto riesgo porque en ese entonces, como el 2006, todavía te dejaban trabajar por tu cuenta, siempre y cuando pagaras piso. La bronca fue que los de Juárez y los pinchis Zetas se pusieron ambiciosos y violentos, y pos ahora es una locura llevártela tú solo. Pero te decía: ai te voy tendido como bandido a mi pueblo pa’comprar mota. Y nada. Todos tenían apalabrada la mota con el Chapo y no pudieron venderme. Fui a Badiraguato y nada, quesque la siembra había estado jodida por el calentamiento de no sé qué, que nomás había salido pa’ trescientas avionetas, y que iban pa’ los Beltrán. Fui a Atascaderos, en Chihuahua, y tampoco; ya estaba vendida a los Carrillo. No, pos bajé bien agüitado. “¿Sabe qué compa? —le dije a mi socio—, este negocio parece estar hecho con la mano del diablo, no hay mota”. “¿Cómo no va a haber, compa, si es lo que sobra?”. “Se lo juro por la tumba de mi padre”. Mi socio hizo unas llamadas. “Ya está compa —dijo—. Váyase a Michoacán, allá por Lázaro Cárdenas, allá sí hay”. Y me fui en fuga, pensando en el billete que me iba a embauchar si salía el jale.

Allá llegué con un bato bien pinchi enfadoso, con dientes de plata y que se la tiraba de galán. Dos días me estuvo castre y castre con que los sinaloenses éramos güevones, borrachos, feos y maricones. Tuve que ponerle unas pinchis ganatadas en la cara y decirle que nos fuéramos respetando, que yo había ido a comprar mota y él a conseguirla.

Donde estábamos era una playa, y pa’ subir por la mota era en chinga; máximo tres horas. El mundo ideal. Desde el primer día nos pusimos a bajar unos kilos y entre más bajábamos, más insoportable se ponía el bato enfadoso. ¿Cómo te diré? Era presumido. Sacaba mi troca y se paseaba por el pueblo con el estéreo a todo volumen. “Compa, ya déjese de payasadas, nos van a atorar”, le reclamé. “¿Cómo cree?, aquí todo está controlado”. De andar por la troca pasó a aventar balazos y luego a emborracharse y decir que trabajaba pa’ unos sinaloenses pesados. Ya no dijo más porque, una mañana, llegó la judicial a mi hotel. Quise salirme por la ventana, pero por todos lados había policías. Cuando salí, waché que tenían todo madriado al bato enfadoso. “¡No he dicho nada, no he dicho nada!”, decía el cabrón. Le dije al comandante que sí, que era de Sinaloa, y que estaba ahí porque un socio y yo queríamos poner una empacadora de camarón que traeríamos de Mazatlán. “Pos fíjese que no le creo, pero tampoco le hemos encontrado a este fulano la mota; lo voy a vigilar, ya está advertido”, y se fue. La mota estaba en la casa de la amante del bato enfadoso, por eso no la encontraron los federales.

Y luego luego le hablé a mi socio: “Este pinchi bato enfadoso jodió todo, mañana me voy”. “¿Cuánta mota ha juntado?”. “Tonelada y media”. “Está bueno, mañana le mando las pangas y véngase ya”.

Al otro día mi socio cumplió con la palabra y llevamos la mota a las pangas. Y yo creo que eran la una de la mañana cuando nos cayó la judicial. “¡Trépese, compa, trépese!”, me dijo el panguero, y ai te voy. En ese momento, la verdad, no me agüitó que háigamos dejado media tonelada en la playa. Lo que yo quería era perder a la policía. Y sí. Le dimos tan recio mar adentro que nos perdimos hasta nosotros. Como habíamos salido en fuga, al panguero no le dio tiempo de poner la brújula. Y ai fue cuando le juré a Dios que si me ayudaba a librarla sería el último jale.

Sería bien largo contarte cada uno de los siete días que estuvimos perdidos. A lo mejor hasta escribo una novela de eso. Lo que sí te digo es que como al cuarto día empecé a alucinar: veía tráilers en el mar, y eso que no le metí al perico como los dos batos con los que iba. Ellos, en algún momento, se quisieron matar a cuernazos; se reclamaban mutuamente por lo de la brújula. Yo me quemé todo, parecía cáscara de mango podrido, y bajé kilos como nunca. En el quinto día vimos un barco, pero era de la Marina y otra vez a altamar. La gasolina se nos empezó a acabar y, cuando creímos que nos íbamos a morir en una panga llena de mota, apareció un barco. Nos ayudaron a subir, mis compas les apuntaron con los cuernos, y yo nomás les pedí de comer y agua. La neta nos alivianaron. Hasta nos orientaron con la brújula. Estábamos a veinte horas de las Islas Marías. Y así, a puro motor muerto, pudimos llegar a Mazatlán. Ahí nos rescató mi socio.

Yo quería descansar, pero en chinga tuve que irme a Mexicali pa’ vender la mota porque ya se estaba poniendo café, y así ya no sirve. La vendí, cierto, pero bien barata y ni siquiera recuperamos la inversión. O sea: no gané ni madres.

Plebitas chacalosas. Lucen las mejores marcas y ropa de pedrería, los más caros celulares, uno para cada día, las uñas bien decoradas, les gusta verse bonitas.

—Esta música del movimiento alterado es pura enfermedad —dice Jota Erre, ahora que suena en el estéreo una tal Jazmín—. Esa música y que aquí anden paseando las hijas de los pesados hacen que las morras se sientan narcas. Unas se ven débiles, pero consiguen cuernos y se vuelven poderosas. Y las otras sueñan con andar con uno de su calaña. Pero volvemos a lo mismo: en el narco la mayoría de los batos no tiene ni dónde caerse muerto.
—Si alguien de ellos te escuchara pensaría que les tienes envidia.

Jota Erre me mira con cierto desprecio y da vuelta en la primera calle. Toca el claxon frente a una casa que el tiempo le ha dado un poco de consistencia. Un tipo, que no pasará de los treinta años, sale y saluda a Jota Erre.
—Compa: ¿cuánto llevas en el jale?
—¿Por qué? —pregunta el tipo desconfiado y me mira como si fuese policía.
—¡Contesta, cabrón!, ¿cuánto? —interviene Jota Erre.
—Ya voy pa’ los ocho años —le contesta.
—¿Y tienes dinero?
—Pos no tanto así, pero traigo esa troca que levanta morras de a madre.

Jota Erre acelera y me dice:
—¿Wachaste cómo está el pedo?

Intento número cinco. Mis días como narcomenudista fueron fugaces. Tardé más en aprender cómo lavar la coca que darme cuenta que el traficante termina trabajando pa’ pagarle al cártel o termina muerto. Yo empecé a vender grapas y cuando iba a cobrarle a la gente me salía con la pistola, diciéndome que no me iban a pagar. Y que a ver cómo le hacía. Por eso te digo que ahí no duré mucho. Luego, un capo me buscó pa’que le lavara un kilo de la buena. Y ai me tienes comprando el éter, la acetona, el ácido clorhídico, el amoniaco, el papel y las vasijas. Yo había lavado por pedacitos y esa vez, por güeva se puede decir, lavé toda de un jalón. ¡Y madres!, que se me echa a perder. Le dije al narco y él me salió con que tenía dos días pa’ pagarle. El bato era cabrón, nomás de oírlo mentar se le pegaba a uno la diabetes. Y ai me tienes consiguiendo quince mil dólares. Pedí prestado aquí y allá, le vendí el alma a unos cuantos, y hasta mi mamá vendió un carrito que tenía. Chale, quién sabe por qué, pero como que todo se echa a perder en esta vida, ¿no?

Reflexión sierreña. —¿Te arrepientes de algo? —le pregunto a Jota Erre cuando vamos camino a la fiesta de un locutor de radio en Culiacán.

—Sí y no —dice y los dientes le relucen como el acero—. Sí, porque pude aprovechar el tiempo en algo más de bien. No, porque le puedo decir a mis hijos que el narco no es el mundo que pintan. No, porque nunca robé ni maté a nadien. Yo creo que la vida debe ser la que está arrepentida de que siga yo aquí, porque este jale es como la lotería, y el premio gordo es vivir.

El último intento. Mi dizque carrera de narco estaba de picada. Ya no quería saber nada. Ora sí le iba a cumplir a Dios. Pero pa’ ese entonces me buscó la mano derecha de uno de los más chacas. “Lo ocupamos pa’ que sea el prestanombres, le vamos a pagar bien”. Como nomás se trataba de hacerle el paro a una gente, pos no entré en conflicto con Dios. Lo que tenía que hacer era acompañarlos a Oaxaca, decir que era empresario, hospedarme en el hotel Victoria y esperar a que llegara una avioneta llena de coca. Y ai te fui vestido bien acá, bien placoso. Llegué y me presentaron al viejón, al dueño de la droga. “He oído de ti, dicen que eres honrado, pendejo, pero honrado”, me dijo y yo nomás me reí. Ni modo que qué.

Me hospedé en el Victoria, ya te dije, y me puse a esperar. Había días que nomás dormía y otros jugaba ajedrez con el viejón. Una tarde, el brazo derecho me dijo que la avioneta iba a llegar esa noche, que si todo salía bien, yo me devolvía a Culiacán con un buen billete. Bajé al restorán y me puse a tragar como cochito de pura alegría. Me acuerdo que en la tele estaba una película de narcos, y yo pensé que qué sentido tenía verla si yo estaba con el viejón. En eso, vi a dos batos que en los diez días que llevaba hospedado nunca había visto. Y luego otros tres. Y luego otro. Salí, fui con los pistoleros del viejón y les dije lo que había visto. Ellos me mandaron a avisarle al viejón y, cuando subí, el viejón ya sabía cómo estaba el rollo: “¡Son militares, ya nos chingaron!”.

Desde morro, casa a la que iba, casa a la que veía por dónde saltarme. Y pos en el hotel había encontrado una escalerita que te llevaba a otro predio. “No se agüite, patrón, yo lo voy a sacar”, le dije y me lo llevé. Cruzamos la calle y él se subió a un carro y se fue. Su brazo derecho me dijo que yo también aplicara la fuga, que el cargamento había sido decomisado, que no iba a haber billete.

Me regresé a Culiacán como pude, pero no perdí la esperanza de una buena recompensa. Al tiempo lo vi en Guadalajara. ¿Y sabes qué pasó? Nada, nomás me abrazó, me dijo que nunca iba a olvidar lo que hice por él y me regaló un bucanas dieciocho. Valiendo madre.

El señor de la montaña. Un tipo sostenía el Nextel. Al otro lado del auricular alguien escuchaba el cóver que cantaba Jota Erre: Joaquín Loera lo es y será prófugo de la justicia, el señor de la montaña, también jefe en la ciudad; amigo del buen amigo, enemigo de enemigos, alegre y enamorado así es Loera, lo es y será.

Cuando terminó de cantar, el tipo del Nextel se acercó a Jota Erre y le entregó el radio. Escuchó: “Canta usted muy bien, compa, lo felicito; ai cuando se le ofrezca algo en todo México nomás búsqueme”.

—¿A poco era el Chapo? —le pregunto a Jota Erre cuando llegamos a su casa.
—El mismo que viste y calza.

Jota Erre se desparrama en el sillón y empieza a platicarme su vida como músico. Pero ésa es otra historia.

En la cocina de una casa en Batey Cruz, a 50 y tantos kilómetros al sur de La Habana, un matrimonio cubano sostuvo un diálogo que difícilmente podrían olvidar.

—¿Irás a buscar los vegetales para preparar el almuerzo? –preguntó ella.
—No, no creo que comamos esos vegetales. Hoy mismo me tomarán preso –contestó él, José Ubaldo Izquierdo.

Eran las 11 de la mañana del miércoles 19 de marzo de 2003.

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El aeropuerto de Pudahuel estaba particularmente frío la madrugada del 4 de agosto de 2010, cuando ocho cubanos atravesaron Policía Internacional hasta la comitiva de Cancillería y el senador DC Patricio Walker. Eran seis adultos, dos niños. Entre los primeros estaba José Ubaldo Izquierdo –hoy de 48 años–, uno de los 75 disidentes cubanos que en 2003 fueron tomados presos y sentenciados a 16 años de prisión por discrepar ideológicamente con el gobierno castrista.

Lo acompañaban su mujer Yamilka Morejón y sus tres hijos, Jennifer, Mari Karla y Alejandro. También sus suegros y un sobrino. El primer estrechón de manos fue entre José y el senador Walker, el anfitrión de aquel encuentro.

Luego, esa mañana, vino una conferencia de prensa. Mucho se sabía sobre el también cubano disidente Orlando Zapata y la huelga de hambre de 86 días que acabó con su vida el 23 de febrero de 2010. Muy poco, en cambio, sobre los presos que lo vieron consumirse. José fue uno de ellos.

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Durante 18 años, José trabajó como almacenero, hasta que en 2002 fue despedido por razones políticas. Se sabía de su militancia en el Partido Liberal, contrario al oficialismo cubano. Pero ese mismo año, gracias a un programa de becas mediado por la Embajada de Suiza en La Habana, tomó un curso de Periodismo por internet en la Universidad Internacional de Florida. Así llegó a ser reportero en el Grupo de Trabajo Decoro, que alimenta al sitio de noticias Cubanet.org, administrado por detractores al gobierno y que viven en EE.UU.

Se dedicó a cubrir noticias en la ciudad de Güines, donde creció e hizo su vida con Yamilka, su segunda esposa y miembro de las Damas de Blanco, la agrupación femenina que lucha contra el encarcelamiento y la persecución política en la isla. Trabajando en la calle, José sólo reafirmó sus ideas y su descontento con la realidad cubana.

Pronto, su nombre ingresó a la lista de los rastreados por militares. José fue detenido cuatro veces en un año. Y luego, para la celebración del día de la Virgen de Santa Bárbara, el 4 de diciembre, en Güines fue embestido por la espalda por un automóvil de Seguridad Nacional mientras volvía a su casa. Más tarde, durante la noche, una lluvia de piedras cayó sobre su casa.

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El 18 de marzo de 2003 corrió la noticia de que Fidel Castro había ordenado detener a varios disidentes. José sabía que lo buscarían.

Al día siguiente, su hermano Alejandro lo despertó. Por los alrededores se habían instalado motos de Seguridad Nacional montadas por militares. “Creo que te están vigilando”, le dijo. José lo ignoró. Se levantó y fue a la cocina. Fue entonces cuando su mujer le preguntó:

—¿Irás a buscar los vegetales para preparar el almuerzo?

José visitaría a un amigo agricultor esa mañana. Allí conseguía más alimentos, pues la cartilla de racionamiento mensual no le alcanzaba para alimentar las ocho bocas que comían en su mesa. Pero antes quiso llamar a La Habana para saber qué pasaba.

Cuando llegó al teléfono público del almacén, y antes de poder marcar, tres militares se le pusieron en frente. Fue esposado y detenido.

Desde marzo de 2003 hasta el día de su liberación, el 23 de julio de 2010, estuvo en varios calabozos e internado cinco meses en el Hospital Militar en La Habana por las úlceras y la gastritis crónica que lo afectan desde los 11 años.

En medio de los dolores de ese tiempo, si hay algo que José recuerda hoy con emoción, sentado en la terraza del supermercado en Las Condes donde trabaja como guardia y reponedor durante seis veces a la semana, es que durante su presidio se convirtió en padre por tercera vez. En una de las visitas conyugales a la cárcel, su mujer quedó embarazada de Mari Karla, hoy de siete años.

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Su esposa es, según José, “la heroína de las mil batallas”. De no ser por ella, quizás la posibilidad de llegar a Chile ni siquiera hubiera existido. Su mujer, quien actualmente trabaja como vendedora en una zapatería en un mall en La Florida, pertenece a las Damas de Blanco y mientras José estuvo preso se contactó con varias embajadas tanteando opciones, hasta dar con la chilena.

A mediados de 2010, y cuando ya se rumoreaba que José sería liberado en La Habana y expulsado a España –tras varias interpelaciones de la Iglesia católica, lideradas por el Papa Benedicto XVI–, el senador Patricio Walker tomó contacto con la agrupación de mujeres cubanas. Habló con Yamilka, después con el canciller Alfredo Moreno, y luego, éste último con el presidente Sebastián Piñera. José se convertiría en el primer cubano refugiado político en Chile.

“El (Patricio Walker) conversó directamente con Berta Soler, líder de las Damas de Blanco. El sabía de mi caso y que yo era inocente. Le planteó la idea de refugiarme en Chile al presidente Piñera a través de la Cancillería. El accedió de inmediato, y todo el asunto se dio en solo unos días”.

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Para cuando José y su familia arribaron a Chile desde España –adonde viajaron junto a otros 20 disidentes liberados el 23 de julio de 2010–, Soledad Alvear, Gutenberg Martínez, Patricio Walker, Ximena Rincón y la asistente social de la Fundación de Ayuda Social de Iglesias Cristianas (Fasic), Elizabeth San Martín, tenían todo listo para ellos. El mismo 4 de agosto, los cubanos fueron trasladados a la que sería su casa durante un año, subsidiada por el Estado, en Maipú.

Pero durante la primera semana en su nuevo hogar, José sintió un golpe en la puerta de entrada. Cuando la abrió, encontró un paquete de cera envuelto en llamas. Tras su denuncia, un vehículo de la PDI rondó la casa durante días.

“También ocurrió en otra ocasión: para la visita de Raúl Castro en enero del año pasado, varios compatriotas fuimos a expresarnos a Plaza Italia. Solo recibimos improperios. Lo mismo pasó cuando asistimos a un homenaje en memoria de Orlando Zapata. Sabemos que fueron militantes del Partido Comunista”, comenta.

A pesar de esos episodios, la nueva vida iba bien. Desde su llegada y por un año, recibió $800 mensuales para gastos, además de asistencia médica gratuita en el Hospital San Alberto Hurtado, matrículas para sus dos hijas en el colegio Hermanas de la Providencia de Maipú y asesoría para obtener la visa permanente de residencia definitiva en el país, la que obtuvo un par de meses después. Todo corría por cuenta de Cancillería y Fasic.

Con el tiempo, y tras encontrar su primer trabajo como reportero en una radio en Isla de Maipo, José y su familia comenzaron a disfrutar de la nueva vida: internet, tv cable, el metro, restaurantes buffet, el supermercado.

Algún día, dice José, le gustaría militar en la DC, pues mantiene estrechas relaciones con Patricio Walker y Soledad Alvear. Con ellos se reúne a veces a tomar un café, a conversar, a discutir política. Cuenta que les ha dicho que no le parece la alianza con el Partido Comunista en el pacto Nueva Mayoría. Y que tampoco le gusta Michelle Bachelet.

—¿Cómo te defines políticamente?
—Soy anticomunista y anticastrista. Y una cosa tiene que ver con la otra, irremediablemente. Fidel Castro traicionó al pueblo cubano, porque cuando triunfa
la Revolución y se logra sacar una dictadura del poder, él instaura otra.
—¿Volverías a Cuba?
—Una de las cosas que más extraño de Cuba es a mi madre. Ella no quiso venir, tiene 86 años, está muy anciana. Quiere morir allá. De todos modos, pude tenerla conmigo para el Día de la Madre este año. Juntamos unos pesos con mi mujer y la trajimos.

Esa tarde celebraron a la chilena. Asado, ensaladas, incluso vino. Los vecinos de su nueva casa, en la avenida Pajaritos, dicen que José se ha convertido en un pequeño oasis cubano de rumba y danzón entre tanto reggaetón y bachatas del barrio. Por las ventanas se oye la música, y desde la cocina se cuela el aroma de la comida de la isla. Quien pasa y se acerca, puede notar también esa especie de santería presente en el lugar, donde permanece la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, la misma a la que le rezaba durante los ocho años más difíciles de su vida. De una de las paredes del living, como es tradición, cuelga una bandera cubana. Esta vez junto a una chilena, bajo la foto presidencial.

Los soldados colombianos que asesinaron a Leonardo Porras cometieron errores flagrantes al disfrazar su crimen. Gracias al empeño de Luz Marina Bernal, madre de Leonardo, el caso sirvió para destapar un negocio siniestro dentro del Ejército: los falsos positivos. Secuestraban a jóvenes para asesinarlos, luego los vestían como guerrilleros y así cobraban recompensas secretas del Gobierno de Álvaro Uribe. La Fiscalía has registrado 4,716 casos de homicidios presuntamente cometidos por agentes de las fuerzas públicas. Bernal y las otras Madres de Soacha (el primer municipio donde se supo de esto) luchan desde entonces contra la impunidad. Los observadores internacionales denuncian la dejadez, incluso la complicidad del Estado en estos crímenes masivos.
—Así que es usted la madre del comandante narcoguerrillero –le dijo el fiscal de la ciudad de Ocaña.
—No, señor. Yo soy la madre de Fair Leonardo Porras Bernal.
—Eso mismo, pues. Su hijo dirigía un grupo armado. Se enfrentaron a tiros con la Brigada Móvil número 15, y él murió en el combate. Vestía de camuflaje y llevaba una pistola de 9 milímetros en la mano derecha. Las pruebas indican que disparó el arma.
Luz Marina Bernal respondió que su hijo Leonardo, de 26 años, tenía limitaciones mentales de nacimiento, que su capacidad intelectual equivalía a la de un niño de 8 años, que no sabía leer ni escribir, que le habían certificado una discapacidad del 53%. Que tenía la parte derecha del cuerpo paralizada, incluida esa mano con la que decían que manejaba una pistola. Que desapareció de casa el 8 de enero y lo mataron el 12, a setecientos kilómetros. ¿Cómo iba a ser comandante de un grupo guerrillero?
—Yo no sé, señora, es lo que dice el reporte del Ejército.
A Luz Marina no le dejaron ver el cuerpo de su hijo en la fosa común. Unos veinte militares vigilaban la exhumación y le entregaron un ataúd sellado. Un año y medio más tarde, cuando lo abrieron para las investigaciones del caso, descubrieron que allí solo había un torso humano con seis vértebras y un cráneo relleno con una camiseta en el lugar del cerebro. Correspondían, efectivamente, a Leonardo Porras.
Este fue uno de los casos que destapó el escándalo de los falsos positivos: miembros del Ejército colombiano secuestraban a jóvenes de barriadas marginales, los trasladaban a cientos de kilómetros de sus casas, allí los asesinaban y los hacían pasar por guerrilleros muertos en combate, para cobrar así las recompensas establecidas en secreto por el Gobierno de Álvaro Uribe. De ahí el término “falsos positivos”, en referencia a la fabricación de las pruebas.
Diecinueve mujeres, cuyos hijos fueron secuestrados y asesinados por el Ejército a principios de 2008, fundaron el grupo de las Madres de Soacha para exigir justicia. A mediados de 2013, la Fiscalía General contaba 4,716 denuncias por homicidios presuntamente cometidos por agentes públicos (entre ellos, 3,925 correspondían a falsos positivos). Navanethem Pillay, alta comisionada de las Naciones Unidas para los derechos humanos, denuncia que las investigaciones son muy escasas y muy lentas, que los militares vinculados a los crímenes continúan en activo, que incluso reciben ascensos, y que sus delitos gozan de una “impunidad sistémica”.
“Escogíamos a los más chirretes”
Leonardo Porras desapareció el 8 de enero de 2008 en Soacha, prácticamente un suburbio de Bogotá, una ciudad de aluvión en la que se apiñan miles de desplazados por el conflicto colombiano, miles de inmigrantes de todo el país, una población que en los últimos veinte años pasó de 200,000 a 500,000 habitantes, muchos de ellos apiñados en casetas de ladrillo y tejado de chapa, estancados en asentamientos ilegales, divididos por las fronteras invisibles entre bandas de paramilitares y narcotraficantes.
El mediodía del 8 de enero alguien llamó por teléfono a Leonardo. Él solo respondió: “Sí, patroncito, voy para allá”. Colgó y le dijo a su hermano John Smith que le acababan de ofrecer un trabajo. Salió de casa y nunca más lo vieron.
En Soacha todos conocían a Leonardo, el chico “de educación especial” que se apuntaba siempre a los trabajos comunitarios, a limpiar calles y parques, a trabajar en la iglesia, y que hacía recados a los vecinos a cambio de propinas. Algunos abusaban de su entusiasmo: le tenían acarreando ladrillos o mezclando cemento en las obras y al final de la jornada le daban un billete de mil pesos (cincuenta centavos de dólar).
—Él no distinguía el valor del dinero –dice Luz Marina Bernal–, pero le gustaba mucho ayudar a la gente, era muy trabajador, muy sociable, muy cariñoso. Cuando ganaba unos pesos, me traía una rosa roja y una chocolatina, y me decía: “Mira, mamá, me acordé de ti”.
Alexánder Carretero Díaz sí distinguía el valor del dinero: aceptó doscientos mil pesos colombianos (unos 100 dólares) a cambio de engañar a Leonardo y entregárselo a los militares. Carretero vivía en Soacha, a pocas calles de la familia Porras Bernal, y llevaba varias semanas prometiéndole a Leonardo un trabajo como sembrador de palma en una finca agrícola. El 8 de enero le llamó por teléfono, se reunió con él, y al día siguiente viajaron juntos en autobús unos 600 kilómetros, hasta la ciudad de Aguachica, en el departamento de Norte de Santander. Allí dejó a Leonardo en manos del soldado Dairo Palomino, de la Brigada Móvil número 15, quien lo llevó otros 150 kilómetros hasta Ábrego. “El muchacho no era normal, hablaba muy poco, miraba muy raro”, dijo Carretero ante el juez, casi cuatro años más tarde. A Leonardo los soldados lo llamaban “el bobito”, explicó.
Carretero era uno de los reclutadores que surtía de víctimas a los militares. Otro de los reclutadores, un joven de 21 años, testigo protegido durante uno de los juicios, explicó que engañaban a chicos desempleados, drogadictos, pequeños delincuentes: “Escogíamos a los más chirretes, a los que estuvieran vagando por la calle y dispuestos a irse a otras regiones a ganar plata en trabajos raros”. Confesó haber engañado y entregado a más de treinta jóvenes a los militares, por cada uno de los cuales cobraba 200,000 pesos, la tarifa habitual. También hizo negocio revendiendo pistolas y balas del mercado negro a los soldados del Batallón 15, que luego se las colocaban a sus víctimas para hacerlas pasar así por guerrilleros.
El reclutador Carretero entregó a Leonardo a los militares el 10 de enero. Le quitaron la documentación y su nombre desapareció. A partir de entonces aquel chico ya solo fue uno de los cadáveres indocumentados de los supuestos guerrilleros que la Brigada Móvil 15 afirmó haber matado en combate, a las 2:24 de la mañana del 12 de enero de 2008, en el municipio de Ábrego. Ya solo fue uno de los cuerpos acribillados, guardados en bolsas de plástico y arrojados a una fosa común. No existió nadie llamado Fair Leonardo Porras Bernal, ni vivo ni muerto, en los siguientes 252 días.
Esos 252 días los pasó Luz Marina Bernal buscando a su hijo en comisarías, hospitales, juzgados y morgues, levantándose a las cinco de la mañana para recorrer los barrios de Soacha y Bogotá, por si su hijo había perdido la memoria y dormía en la calle. Su hijo estará de fiesta, le decían los funcionarios, se habrá escapado con alguna muchacha. En agosto empezaron a identificar algunos cadáveres hallados en una fosa común de la ciudad de Ocaña, departamento de Norte de Santander: pertenecían a otros chicos de Soacha, desaparecidos en la misma época que Leonardo Porras. El 16 de septiembre una doctora forense enseñó a Luz Marina Bernal una fotografía.
—Era mi hijo. Fue espantoso verlo. La cara estaba desfigurada por varios balazos pero lo reconocí.
Le pedían casi $7,000 por exhumar y transportar el cadáver, una cantidad desorbitada para una familia pobre de Soacha. Durante ocho días reunió dinero, pidió préstamos y al fin alquiló una furgoneta en la que viajó hasta Ocaña con su marido y su hijo John Smith. Allí el fiscal le dijo que Leonardo era un comandante narcoguerrillero y que había muerto en combate.
Uribe: “No fueron a coger café”
Luz Marina Bernal, 54 años, es una mujer de gestos pausados, con un discurso tranquilo del que brotan verdades punzantes; parece que ha amasado el dolor hasta cuajarlo en una firmeza granítica. Vive en una de las pequeñas casas de ladrillo de Soacha. El dormitorio de Leonardo es ahora un santuario en memoria del hijo asesinado, un pequeño museo con fotografías, recortes de prensa y velas. Luz Marina muestra un retrato enmarcado de su hijo: un joven de hombros anchos y porte elegante, vestido con chaqueta negra, camisa blanca y corbata celeste, que mira a la cámara con la mandíbula prieta y unos ojos claros deslumbrantes. Son los mismos ojos claros de Luz Marina, que acerca mucho el retrato a su cara.
Desde la cocina se extiende el olor de las arepas que está cocinando John Smith Porras, hermano de Leonardo, para desayunar. John Smith viene a casa de vez en cuando pero tuvo que marcharse a vivir a otro lado porque recibió amenazas de muerte. Y porque ya asesinaron al familiar de otra víctima de Soacha, “por no cerrar la boca”. Ante la pasividad judicial, John Nilson Gómez decidió averiguar por su cuenta quiénes habían sido los reclutadores y los asesinos de su hermano Víctor. Recibió amenazas telefónicas, le conminaron a marcharse de la ciudad y al final alguien se le acercó en una moto y le pegó un tiro en la cara. La familia Porras Bernal ha recibido amenazas por teléfono, por debajo de la puerta y en plena calle. Para que cierren la boca.
Luz Marina abre un álbum. Colecciona las portadas que publicaron los periódicos en aquellos días de septiembre de 2008, cuando iban apareciendo los cadáveres de los chicos de Soacha. Clava el dedo índice sobre uno de los titulares: “Hallan fosa de 14 jóvenes reclutas de las FARC”.
El presidente Álvaro Uribe compareció ante los medios para ratificar que los chicos de Soacha habían muerto en combate: “No fueron a coger café. Iban con propósitos delincuenciales”. Luz Marina Bernal mastica despacio esa frase, con una media sonrisa dolorida: “No fueron a coger café. No fueron a coger café. Fue terrible escuchar de la boca del presidente que nuestros hijos eran delincuentes”.
Luis Fernando Escobar, personero de Soacha, defensor de la comunidad ante la administración, denunció las sospechosas irregularidades de estas muertes. Tres semanas más tarde el escándalo era ya indisimulable. Se demostró que los chicos habían sido asesinados muy lejos de sus casas a los dos o tres días de su desaparición (y no al cabo de un mes, como afirmó Uribe para defender la idea de que habían organizado una banda) y se encontraron diversas chapuzas en los montajes de los crímenes: algunas víctimas llevaban botas de distinto tamaño en cada pie; otras aparecieron con disparos en el cuerpo pero les habían puesto unas ropas de guerrillero en las que no había un solo orificio; incluso aparecieron cadáveres acribillados en terrenos donde no había ni una sola huella de disparos. El caso del discapacitado mental al que los militares presentaron como comandante colmó el vaso.
Ante la avalancha de pruebas, Uribe no tuvo más remedio que comparecer de nuevo, esta vez acompañado por generales y por el ministro de Defensa Juan Manuel Santos, su sucesor en la Presidencia de Colombia. Y dijo: “En algunas instancias del Ejército ha habido negligencia, falta de cuidado en los procedimientos, y eso ha permitido que algunas personas puedan estar incursas en crímenes”. Luego anunció la destitución de 27 militares.
Las destituciones fueron un mero gesto administrativo. No se emprendieron investigaciones sobre las denuncias por ejecuciones extrajudiciales, que se iban acumulando por cientos, sino todo lo contrario: el Estado las obstaculizó de mil maneras. Y cuando el general Mario Montoya, comandante del Ejército, dejó su cargo por el escándalo de Soacha, Uribe lo nombró embajador en la República Dominicana.
Ante la proliferación de casos denunciados y documentados, Philip Alston, relator especial de las Naciones Unidas para ejecuciones extrajudiciales, viajó a Colombia en junio de 2009. “Las matanzas de Soacha fueron flagrantes y obscenas”, declaró al final de su estancia, “pero mis investigaciones demuestran que son simplemente la punta del iceberg”. El término “falsos positivos”, según Alston, “da una apariencia técnica a una práctica que en realidad es el asesinato premeditado y a sangre fría de civiles inocentes, con fines de lucro”. Describió de manera detallada los reclutamientos con engaños, los asesinatos y los montajes. Afirmó que los familiares de las víctimas sufrían amenazas cuando se atrevían a denunciar. Y rechazó que se tratara de crímenes aislados, cometidos “por algunas manzanas podridas dentro del Ejército”, como defendía el Gobierno de Uribe. La gran cantidad de casos, su reparto geográfico por todo el país y la diversidad de unidades militares implicadas indicaban “una estrategia sistemática”, ejecutada por “una cantidad significativa de elementos del Ejército”.
Se sucedieron las denuncias de observadores internacionales y asociaciones colombianas de derechos humanos: las desapariciones forzosas y las ejecuciones extrajudiciales eran una práctica frecuente dentro de las fuerzas públicas y el Estado obstaculizaba las investigaciones y hasta homenajeaba a los agresores. En palabras de la Fundación para la Educación y el Desarrollo (FEDES), de Bogotá: en Colombia la impunidad es una política de Estado.
El presidente Uribe respondió que “la mayoría” de las acusaciones eran falsas. Que venían de “un cúmulo de abogados pagados por organizaciones internacionales”, cargados “de odio y de sesgos ideológicos”. Y salió una y otra vez a defender a los militares: “Nosotros sufrimos la pena de ver cómo llevan a la cárcel a nuestros hombres, que no ofrecen ninguna amenaza de huida, simplemente para que sean indagados. Tenemos que asumir la defensa de nuestros hombres contra las falsas acusaciones”.
Mientras el presidente desplegaba los recursos públicos para defender a los militares imputados en los asesinatos, los familiares de las víctimas solo recibían portazos de las instituciones. Cuando las Madres de Soacha decidieron manifestarse un viernes al mes para reclamar el apoyo de las autoridades, cuando contaron sus historias en los medios, empezaron las amenazas. El 7 de marzo de 2009, María Sanabria caminaba por una calle angosta cuando se le acercaron dos hombres en una moto. El que iba detrás, sin quitarse el casco, se bajó, agarró a Sanabria del pelo y la empujó contra la pared: “Vieja hijueputa, a usted la queremos calladita. Nosotros no jugamos. Siga abriendo la boca y va a acabar como su hijo, con la cara llena de moscas”.
El hijo de María, Jaime Estiven Valencia Sanabria, tenía 16 años y estudiaba el bachillerato en Soacha cuando lo secuestraron, lo llevaron al Norte de Santander y lo asesinaron. Cuando su madre empezó a buscarlo, un fiscal le dijo que su hijo estaría de farra con alguna novia mientras ella lloraba “como una boba”. Cuando llegó a Ocaña, a sacarlo de la fosa común, le dijeron que su hijo era un guerrillero. Cuando se van a cumplir seis años del asesinato, ni siquiera se ha abierto una investigación judicial, María ni siquiera sabe si el caso está en los juzgados de Cúcuta o de Bogotá, porque en la Fiscalía nadie le responde.
“Sabemos que a nuestros hijos los mataron a cambio de una medalla”, dice Sanabria, “a cambio de un ascenso, a cambio del dinero que les pagaba el Estado”.
A $2,000 el muerto
El Estado pagaba recompensas a los asesinos. A los pocos días de que Uribe alegara “negligencia” y “falta de cuidado en los procedimientos” del Ejército, el periodista Félix de Bedout reveló una directiva secreta del ministerio de Defensa. La directiva 029, del 17 de noviembre de 2005, establecía recompensas por la “captura o el abatimiento en combate” de miembros de organizaciones armadas ilegales. Se contemplaban cinco escalas: desde los $2,000 por un combatiente raso, hasta $2.5 millones por los máximos dirigentes. También incluía una tabla exhaustiva de seis páginas con las recompensas por el material incautado a los combatientes, material que iba desde aviones hasta pantalones de camuflaje, pasando por ametralladoras, misiles, minas, balas, discos duros, teléfonos o marmitas.
En enero de 2008, en las mismas fechas en que los soldados de la Brigada 15 estaban secuestrando y asesinando a los chicos de Soacha, uno de los antiguos miembros de esa brigada reveló en la prensa la práctica de los falsos positivos. El sargento Alexánder Rodríguez ya había denunciado los asesinatos y los montajes en diciembre ante sus superiores militares. A los tres días lo retiraron de su puesto. Entonces acudió a la revista Semana y contó cómo sus compañeros de la Brigada 15 habían asesinado a un campesino, cómo habían puesto un dinero común para comprar la pistola que después le colocaron a la víctima y cómo a cambio de su colaboración en el crimen obtuvieron cinco días de descanso. Las denuncias del sargento Rodríguez fueron acalladas por los altos mandos y así no hubo ningún problema para que en las siguientes semanas secuestraran y asesinaran a los chicos de Soacha.
Las recompensas alentaron un negocio siniestro dentro del Ejército: la fabricación de cadáveres de guerrilleros. A raíz de la directiva 029, las denuncias por ejecuciones extrajudiciales se multiplicaron: en 2007 ya eran más del triple que en 2005 (de 73 pasaron a 245, según la Fiscalía colombiana). Y aún no había llegado la oleada de denuncias tras el escándalo de Soacha en 2008. Los dedos empezaron a señalar las políticas del presidente Uribe.
Álvaro Uribe estableció como eje de sus mandatos entre 2002 y 2010 la llamada Política de Seguridad Democrática: una ofensiva del Estado, principalmente militar, para imponerse a las guerrillas (que sufrieron grandes derrotas pero aún cuentan con más de 9,000 miembros), a los paramilitares (que pactaron una desmovilización pero que en realidad mutaron en nuevas bandas) y al narcotráfico (un fenómeno que sigue envolviendo como una hiedra al conflicto colombiano).
Uribe multiplicó el presupuesto y la actividad del Ejército. Con la bandera de la “lucha contra el terrorismo”, empezaron las detenciones masivas y arbitrarias de civiles. En los dos primeros años arrestaron a 7,000 personas de forma ilegal, según denunciaron asociaciones de derechos humanos y las Naciones Unidas. Los agentes llegaban a un pueblo y detenían a montones de personas, con una acusación genérica de colaborar con las guerrillas, sin indicios ni fundamentos. Arrestaban a pueblos enteros y luego los investigaban, para ver si descubrían alguna conexión con los guerrilleros.
En la madrugada del 18 de agosto de 2003, la Policía detuvo a 128 personas en Montes de María, acusadas de rebelión. El fiscal Orlando Pacheco vio que no había ninguna prueba, que los informes policiales estaban plagados de disparates, y ordenó liberar a todos los detenidos. Entonces el fiscal general de Colombia destituyó inmediatamente al fiscal Pacheco y lo tuvo dos años y medio bajo arresto domiciliario. Al cabo de tres años, tras las denuncias de asociaciones jurídicas internacionales, la Corte Suprema dio la razón al fiscal Pacheco. Pero nadie fue castigado por las detenciones ilegales multitudinarias.
En Arauca, una de las zonas con mayor presencia de las guerrillas, el presidente Uribe hizo esta declaración el 10 de diciembre de 2003: “Le dije al general Castro que en esa zona no podíamos seguir con capturas de cuarenta o cincuenta personas todos los domingos, sino de doscientos, para acelerar el encarcelamiento de los terroristas”. Miles de personas fueron detenidas sin pruebas ni garantías, pasaron temporadas largas en la cárcel y salieron absueltas pero con un estigma social muy grave. “La política de seguridad democrática de Uribe ha vulnerado masiva, sistemática y permanentemente el derecho a la libertad”, denunció la misión de observadores internacionales CCEEUU (Coordinación Colombia-Europa-Estados Unidos).
También se desató una persecución sistemática a los opositores políticos. La revista Semana reveló en 2009 abundantes casos de espionajes ilegales, grabaciones, pinchazos de teléfonos, acosos y criminalizaciones contra periodistas, jueces, políticos, abogados y defensores de derechos humanos, persecuciones montadas por el DAS, los servicios secretos directamente dependientes de Uribe. El DAS ya había protagonizado otro escándalo en 2006, cuando su director Jorge Noguera, hombre de confianza de Uribe, fue acusado de colaborar con grupos paramilitares y de facilitarles información sobre sindicalistas y defensores de derechos humanos que luego fueron asesinados. En plena tormenta, Noguera dejó la dirección del DAS. Pero Uribe afirmó que ponía la mano en el fuego por él y lo nombró cónsul en Milán. Cuando en 2011 condenaron a Noguera a 25 años de cárcel por homicidio, concierto para delinquir, revelación de secretos y destrucción de documentos públicos, Uribe publicó este mensaje en Twitter: “Si Noguera hubiera delinquido, me duele y ofrezco disculpas a la ciudadanía”. Algunos de los delitos, como el espionaje a periodistas y jueces, se fueron extinguiendo por la lentitud de los procesos judiciales y prescribieron.
Al final de sus ocho años de mandato, la Oficina de la Presidencia de Uribe dio estas cifras para mostrar la eficacia de sus políticas: 19,405 combatientes fueron “abatidos” (un eufemismo para no decir “muertos”), 63,747 fueron capturados y 44,954 fueron desmovilizados.
La suma alcanza 128,106 personas y resulta asombrosa. La fundación FEDES calcula que en el año 2002 había unos 32,000 miembros armados ilegales en Colombia, entre guerrilleros y paramilitares. Es decir: o cayeron todos y se renovaron por completo cuatro veces seguidas o en realidad “la llamada Política de Seguridad Democrática no estaba exclusivamente dirigida contra miembros de estos grupos sino en contra de un amplio espectro de la población civil, que fue víctima constante de crímenes como los falsos positivos”.
Con la necesidad de presentar cifras de bajas y con el estímulo de las recompensas secretas fijadas en 2005, en los años de Uribe se multiplicaron las ejecuciones extrajudiciales. La misión de observadores internacionales CCEEUU documentó 3,796 ejecuciones extrajudiciales entre 1994 y 2009, de las cuales 3,084 ocurrieron en la segunda mitad de este periodo, durante la Política de Seguridad Democrática.
Una grieta en la impunidad
La familia Porras Bernal no tenía dinero suficiente para una tumba en Soacha. Un amigo les dejó un espacio en el cementerio de La Inmaculada, una extensa pradera con pequeñas lápidas dispersas, en el extremo norte de Bogotá. Desde Soacha, en el extremo sur, Luz Marina tarda dos horas en autobús cada vez que va a visitar la tumba de Leonardo.
A la entrada del cementerio compra tres ramos de claveles y margaritas. Camina por la hierba mullida, coloca las flores en el lugar donde reposan los restos de Leonardo, se sienta en el césped y acaricia la tierra. Llora en silencio y habla en susurros, mirando al suelo.
—Le doy las noticias de la familia. Le explico cómo estamos, qué hacemos, cuánto le echamos de menos. Y le cuento cómo va la lucha de las Madres de Soacha. Le digo que los diecinueve muchachos asesinados tienen que pedirle a Diosito que nos dé fuerzas, que estamos luchando por ellos, para que les hagan justicia. Se lo cuento todo a Leonardo y vuelvo a casa más tranquila y más fuerte.
Luz Marina cumple otra cita con Leonardo y los muchachos asesinados: las concentraciones de las madres en un parque de Soacha, el último viernes de cada mes. María Sanabria le ayuda a llevar una gran pancarta en la que denuncian casos de tortura, desapariciones forzadas, montajes, fosas comunes, y en las que acusan a los presidentes Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos de ser responsables de más de 4,700 crímenes de lesa humanidad. Las Madres de Soacha visten túnicas blancas, llevan al cuello las fotos de sus hijos asesinados y despliegan pancartas.
Cuando empezaron a reunirse y a reclamar la verdad, llegaron las amenazas, las persecuciones, los ataques. Pero ellas nunca callaron. Y sus gritos y sus cantos quebraron el silencio: los medios relataron sus historias; Amnistía Internacional les envió 5,500 rosas y 25,000 mensajes de todo el planeta y les organizó una gira por Europa en 2010 para denunciar sus casos; y en marzo de 2013, a propuesta de Oxfam-Intermón, recibieron el premio Constructoras de Paz en el parlamento de Cataluña.
—Nos siguen acosando –dice Luz Marina Bernal–, pero la comunidad internacional vigila y esa es nuestra protección. Si nos ocurre algo, nosotras señalamos al Estado.
La Corte Penal Internacional tiene a Colombia en la lista de los países en observación, desde 2005, por la sospecha de que no investiga ni juzga debidamente los crímenes de lesa humanidad cometidos por las FARC, los paramilitares y los agentes de las fuerzas públicas. Uno de los casos bajo la lupa es precisamente el de los falsos positivos. En un informe de noviembre de 2012, la Corte Penal Internacional afirmó que había “bases razonables” para creer que estos crímenes corresponden a una política estatal, conocida desde hace años por altos mandos militares y como mínimo “maquillada” o “tolerada” por los niveles superiores del Estado.
El empeño de Luz Marina Bernal y las Madres de Soacha consiguió un triunfo mayúsculo el 31 de julio de 2013. El Tribunal Superior de Cundinamarca (departamento al que pertenece Soacha) aumentó la condena a los seis militares culpables de la muerte de Leonardo: de los 35 y 51 años de prisión con los que fueron castigados en primera instancia, pasaron todos a 53 o 54 años. Y lo más importante: además de considerarlos culpables de desaparición forzada, falsificación de documentos públicos y homicidio, como se estableció en el primer juicio, el Tribunal Superior añadió que se trataba de un plan criminal sistemático de los militares, ejercido contra población civil, y que por tanto debía considerarse como crimen de lesa humanidad. Y que así debían considerarse todos los casos de falsos positivos.
Como crímenes contra la humanidad
Esta sentencia fue un terremoto: los crímenes contra la humanidad no prescriben y pueden juzgarse en cualquier país. Así se abrieron las primeras grietas en la impunidad. Los 4,716 casos de ejecuciones extrajudiciales denunciados ante la Fiscalía colombiana, muchos de ellos encerrados en un sarcófago de olvido, podrían recibir alguna luz a través de esas grietas.
Pero no será fácil. Los abogados recurrieron la sentencia, que tardará en ser firme. Los observadores internacionales insisten en que las investigaciones son escasas y lentas. Y el asesinato de Leonardo Porras fue el más flagrante pero aún quedan muchas muertes que no han recibido ninguna atención. Como la de Jaime Estiven Valencia, el estudiante de 16 años, el chico que quería ser cantante y veterinario, el hijo de María Sanabria.
—A mi niño me lo asesinaron el 8 de febrero de 2008, va para seis años, y no se ha dado ni una orden de investigación –dice–. A mi niño me lo mataron y a nadie le importa. La impunidad me enferma. Me muero de tristeza. Pero sigo viviendo para que nuestros hijos no hayan muerto en vano. Porque al denunciar sus casos conseguimos salvar muchas otras vidas.
—Necesitamos la verdad para seguir viviendo –dice Luz Marina Bernal–. Y no nos basta con saber quiénes apretaron el gatillo. Solo están condenando a los soldados, a los rangos bajos, pero queremos saber quiénes lo organizaron todo, quiénes dieron órdenes y quiénes pagaron los asesinatos con dinero del Estado.

Ella despertó sin hacer mucho ruido, recogió su cabello enmarañado y lo domó con una cola. Era la última hora de una cotidiana oscurana disfrazada en la fecha del 16 de septiembre. El día anterior, el 15, el país entero estuvo de fiesta. Por el espacio aéreo que envuelve a la capital del país zumbaron los Arava militares; y, en el suelo, sobre una larga calle, retumbaron tres millares de botas negras e igual número de ojos serios. Los camiones-tanque, las camionetas humvee, los caballos y jinetes, fueron aplaudidos por una capital que se rindió, como lo ha hecho desde siempre, a una marcha que culminó en el estadio “Mágico” González, un coliseo en el que unas 30 mil almas, incluida la del presidente Mauricio Funes Cartagena, aplaudieron las destrezas guerreras del ejército salvadoreño, espléndido en un aniversario más de la independencia patria. Pero lejos de la capital, de las marchas, de las “bandas de paz” y de las banderitas blanquiazules ondeadas por los estudiantes; en una casita de dos cuartos que gobierna la cumbre de una ladera de una de las montañas del norte de Morazán, ella pasó su último día en esta tierra atendiendo a unos familiares que la visitaron desde muy lejos. Aquello fue una despedida. En la madrugada del lunes 16, arrastró las sandalias hacia la penumbra, encendió un fogón en la cocina, abrió una puerta de metal y salió al patio. Afuera no había nadie. El aire estaba fresco y aunque ya alumbraban algunas lámparas, solo algunos gallos merodeaban por los alrededores.

Su hijo más pequeño se levantó poco después, se acostó en la hamaca que domina la salita principal de la casa y escudriñó un cuaderno. Esa semana arrancaba exámenes de penúltimo periodo del primer año de bachillerato. Debajo de esa hamaca, en la que él se mecía mientras revisaba sus notas, todos los días, desde que el sol se encendía, hasta que se apagaba, siempre había un huacal pequeño y hondo lleno con ceniza. Ella le ofreció desayuno pero él solo aceptó café. Se lo sirvió, y ella salió de nuevo al patio. Desde el otro lado de la pared, él escuchaba cómo su madre jalaba agua desde el fondo de una vieja y honda pila y la vertía catarata contra algunos platos sucios, hasta que aquellos ruidos se desvanecieron por completo cuando él se sumergió en los misterios de unas páginas que rebalsaban letras y números.

A las 5:30 de la mañana, Anacleta Márquez, de 99 años, escuchó un ruido y eso la despertó.

—¿Está bien tu mamá? —preguntó a su nieto—. Creo que le ha pasado algo —presintió la anciana.

***

Un contingente de soldados avanza, sin levantar mucho polvo, hacia los caseríos del cantón Cerro Pando. Al primero que llegan es a El Barrial, formado por una colección de casitas mínimas, muy pobres. Los soldados queman las casas, y mientras las queman recomiendan a los campesinos que todavía no han huido a los montes para que lo hagan. “Los que vienen no van a perdonar”, les advierten.

Más tarde llegan “los que vienen”. A las 8 de la mañana inicia la masacre, y “los que vienen” son soldados del Batallón de Reacción Inmediata Atlacatl. Desde hacía cuatro días en el municipio de Meanguera, en Morazán, se habían escuchado la detonación de bombas y granadas, el traqueteo de metralletas y los disparos secos de las pistolas. Por los aires zumbaban helicópteros, y por las tardes, de entre las montañas, nacían potentes columnas de humo que arañaban el cielo. Para cuando “los que vienen” llegan a Cerro Pando, soldados del Destacamento Militar No. 4, de San Francisco Gotera, de la Tercera Brigada de Infantería de San Miguel y del Batallón Atlacatl, ya han ejecutado a centeneras de campesinos en los poblados de El Mozote, y otros siete asentamientos más. Niños fueron la mitad de las víctimas.

El ejército combatía a la guerrilla en Morazán. O al menos eso declaraba el alto mando de aquella época a la prensa. El ejército iba a desmontar a la Radio Venceremos, creada a inicios de 1981, o al menos esa era la segunda justificación. Pero la verdad fue otra, y el ejército salvadoreño combatía contra campesinos desarmados, hombres, mujeres, ancianos, niños y niñas. Los militares concluyeron extrajudicialmente que toda esa gente era subersiva, y que por esa razón merecían la muerte. No había defensa legal ni poder de convencimiento en los ruegos de las víctimas. La orden se cumplía sin objeciones. Los llantos de los niños solo hacían más dramáticas las escenas. En uno de los caseríos hubo un tío que vio cómo le volaban la cabeza a su sobrina, que lloraba y pedía clemencia; en otro, una mujer escuchó los últimos ruegos de sus hijos antes de que los mataran. Los niños clamaban su nombre: “¡mamita Rufina, nos están matando!”, decían. Así, campesinos pobres convertidos en soldados asesinaron a otros campesinos pobres que vivían en un territorio dominado por dos bandos. Porque en Cerro Pando, como en casi todos los caseríos del norte de Morazán, así como algunas familias tenían vínculos de sangre con la guerrilla; otras también los tenían con el ejército.

En Cerro Pando, por ejemplo, vivió alguna vez un soldado formado en el destacamento de San Francisco Gotera que se llamaba Domingo Tobar. Meses antes de la masacre, luego de los ruegos de sus primos, él decidió convertirse en guerrillero. En ese mismo cantón, a otros que no se dejaron convencer, la misma guerrilla se encargó de matarlos. “Ajusticiarlos”, era el eufemismo que usaban los guerrilleros. Durante la masacre, ninguna de esas conexiones y desconexiones importaba porque la guerra atacaba sin sentido, como un perro loco y rabioso.

La comunidad estaba compuesta, en su gran mayoría, de familias evangélicas, que se resguardaron adentro de un templo, donde oraban, pidiéndole a Dios que las salvara. Pero Dios no atendió los ruegos y ahí dejó, que se murieran, orando, mientras los soldados les disparaban. Domingo Tobar, el exsoldado y guerrillero, perdió a toda su familia en esa masacre. A su mujer, a sus hijos, a sus padres y hermanos. Todo eso le duele a Domingo Tobar, y cuenta la historia con la importancia que le da un narrador a una historia que ya lo tiene aburrido. Lo ha contado 32 años. Mientras narra, él da los últimos retoques a una pila que está levantando en medio del patio de su casa. Se detiene para cerciorarse de que su obra está perfecta. Se seca el sudor de la frente. Se sacude el cemento pegado en las manos. Todo su diminuto cuerpo está empapado en sudor. Se sienta en una silla. Y es hasta entonces cuando se conmueve de sí mismo. Lo que más le duele es que 32 años después, sigue sin saber qué le pasó a su bebé de nueve meses. Porque de su hija no encontró rastros entre los cuerpos carbonizados o devorados por los animales, y eso, ignorar si está viva o está muerta, lo sigue torturando 32 años después… Domingo Tobar sigue buscando el rastro de lo que podría ser un fantasma.

Él no es el único que ha cargado con una pena más grande que todas sus alegrías conquistadas en la posguerra. Él tiene una vecina. Y muchos alguna vez la llamaron “la Siguanaba”.

***

Ella corre, despavorida, y huye. Huye de la masacre. Atrás van quedando los gritos, las balas, el fuego y el humo. Atrás quedan 141 amigos, vecinos, familiares. Asesinados todos en Cerro Pando. Por eso ella corre, y corre, y brinca entre los matorrales, fundiéndose con la espesura del bosque. A cada brinco va desprendiéndose de su humanidad, en cada metro conquistado deja de ser ella y se convierte en otra cosa. Corre, huye, se salva y se transforma.

Para cuando ella se siente segura, está consciente de que lo peor está por venir. Pero se resiste a creerlo, y sigue corriendo, más rápido, y mientras corre, sigue apretando con fuerza el bulto inerte que carga en los brazos.

Ambos, ella y el bulto, están empapados en sudor y sangre. Finalmente, al pie de un árbol, en un lugar que solo ella conoce, deposita a su hija. La había nombrado Ana Maribel. La había visto llegar hasta un año y medio de vida y ahora Ana Maribel lo que tiene es un cráneo destrozado por una bala que las persiguió y las alcanzó.

La madre quizá grita, quizá llora, quizá se vuelve loca. Ella quizá verbaliza las últimas palabras que pronunciará durante mucho tiempo. Entierra a la niña. Al pie de aquel árbol, en medio de la espesura del bosque. Y entonces vienen las primeras noches negras, y tras de ellas, los terribles primeros días.

A la niña la desenterraron unas fieras que empezaron a comérsela. A la niña hay que enterrarla de nuevo, lo más hondo y más profundo que puedan excavar unas desgastadas uñas.

A la niña la desenterraron de nuevo. De la niña quedó solo el recuerdo.

***

Cuando vaga por los montes, entre la maleza, en los ríos o en lo profundo de las quebradas, ella se esconde de la humanidad. Cualquier ruido son sus verdugos, así que decide convertirse en un fantasma que se asoma a los ríos por las noches y en una cueva se refugia de los días. Come cangrejos y chacalines, con suerte pescados crudos o secados al sol; de las matas de las huertas arranca guineos verdes.

Poco a poco la camisa desaparece a jirones; el pelo se la hace una compleja maraña.

Íngrima, se comporta como si fuera un animal. Y es así durante 28 largos meses, casi dos años y medio, hasta que una noche ella se acerca a la misma ribera de siempre, para buscar comida, y huye despavorida cuando escucha la presencia de unos hombres armados.

Ella cree que esos son los mismos verdugos que acabaron con su hija. Ella no sabe que ellos también le tienen miedo.

***

La guerrilla nunca se fue de La Guacamaya. En Meanguera, Morazán, ese cantón fue uno de sus principales bastiones. Ni siquiera la masacre ocurrida en octubre de 1980, un año antes de la masacre de El Mozote, ahuyentó a los combatientes, que establecieron en La Guacamaya una de sus comandancias.

Desde ese cantón, ubicado entre montañas, peinaban toda la zona las patrullas guerrilleras, que bajaban hasta El Mozote o patrullaban cerca de las riberas del Río Sapo. Cuando en diciembre de 1981 ocurrió el operativo que terminó en masacre, los guerrilleros se dispersaron, pero para enero de 1982, tras la salida del ejército, ya habían recuperado la zona, y para 1984 controlaban el puesto de Arambala, el más cercano a El Mozote y al resto de caseríos masacrados.

En uno de los patrullajes a la orilla del río, un guerrillero divisó un bulto, una sombra, un espectro.

—¡Es una mujer! –dijo.

—¿Cómo lo sabes? –preguntó otro.

—¡Le vi las tetas!

Muchos de los combatientes, campesinos la mayoría, echaron a reír. Pero otros abrieron grandes los ojos. Todos ellos compartían en su memoria un relato ancestral, un mito contado de generación en generación, conocido desde El Salvador hasta Costa Rica, que habla de una mujer hermosa que se pasea por las riberas de los ríos, desnuda, y que atrae a los hombres para luego jugarlos, espantarlos, porque en realidad se transforma en un monstruo, con largos senos colgantes y uñas largas, con el pelo enmarañado, y un rostro horrible, como de bruja.

La Siguanaba se llama ese espanto. Según la leyenda era una india muy hermosa que fue castigada por los dioses. La india le fue infiel a su pareja y abandonaba a su hijo, Cipitío, en sus escapes. Entonces los dioses la maldijeron, y la convirtieron en un espejismo que vagaba por la tierra, penando a su hijo, y engañando a los hombres como mujer bonita, para luego volverlos locos con su cara de bruja.

La supuesta aparición de la Siguanaba se esparció rápido por los campamentos del norte de Morazán, y de ser una burla entre las tertulias pasó a ser un tema serio, de miedo. Nadie quería ir al río Sapo. Pero el país estaba en guerra, y la guerra exigía conductas de combatientes serios. Así que se armó una expedición para capturar al espanto.

“Corría el bulto y corrían más ellos, hasta que, al fin, entre las ramazones, lo alcanzaron. Sí, era una mujer. Pero una mujer espantosa. Tenía todo el pelo enmarañado y larguísimo, la cara tierrosa, con unos harapos sucios que apenas cubrían aquel saco de huesos”, escribió el periodista José Ignacio López Vigil, para el libro Las mil y un historias de Radio Venceremos.

La guerra, esa perra rabiosa que mordió a El Salvador durante 12 años, desapareció a los vivos, masacró a los vivos, convirtió a los familiares de todos los muertos en menos que un espanto, fantasmas errantes en busca de huesos, y fue capaz también de hacer que un mito cobrara vida. Que cobrara vida en ella, en aquella mujer que lo había sufrido todo 28 meses atrás.

—¿Eres de esta vida o de la otra? —le preguntaban. Pero ella no contestaba palabra. Sólo los miraba con un par de ojos desorbitados.

Los guerrilleros la llevaron al campamento. Y se la presentaron a Eduardo, un médico mexicano que dirigía la clínica de la guerrilla. Él había entrado a Morazán después de una larga y clandestina marcha desde México, que arrancó en los primeros días de enero de 1981. En Tegucigalpa, Honduras, Eduardo tuvo una larga y solitaria estancia, mientras se concretaba el plan para ingresarlo a El Salvador. Él llegó al campamento de La Guacamaya a las 8 de la mañana del 9 de febrero de 1981, 10 meses antes de la masacre de El Mozote. Así lo escribió en su diario. Viajó ocho horas en jeep desde Tegucigalpa hacia un punto muerto; y caminó desde “las 20:00” hasta las “8:00” el resto del trayecto entre las veredas de las montañas. “Me faltaba el aire de manera extraordinaria”, describió. “Vomité, y después de un tiempo comenzaron a dolerme las rodillas”.

Antes de entrar a El Salvador, de los compas que le ayudaron a cruzar la frontera aprendió vocablos salvadoreños. “Enriquezca su vocabulario: guaro (aguardiente de maíz); alentado (mejorado, aliviado, sano); cipote (niño pequeño); guinda (huida)…”.

Cuando a Eduardo le llevaron a la Siguanaba, él rápido le dijo a los compas:

—Esta es una mujer humana.

—Es la Cochina, doctor.

—Cochina sí que está, la pobrecita. Báñenla. Frótenla bien.

—¿Alguna medicina, doctor?

—Comida —dijo Eduardo—. Solo eso.

Y llevaron a aquella infeliz a la pila. La bañaron, la vistieron, la peinaron. Después, fue como un milagro: apareció una muchacha jovencita y linda. Escuálida, pero muy linda. Le ofrecieron cafecito y frijoles. Y entonces ella balbuceó sus guindas.

El 24 de julio de 1984, Santiago, uno de los fundadores de la Radio Venceremos, conoció a la famosa Siguanaba. Ella le dijo su verdadero nombre y le contó su historia.

—¿Usted la vio cuando la capturaron? –pregunto a Santiago, hoy director del Museo de la Palabra y la Imagen.

—No. Ya la habían atendido cuando la entrevisté.

—¿Qué es lo que más recuerda de aquel momento?

—Recuerdo algo que me dijo que me conmovió mucho.

—¿La muerte de su hija?

—No, pero claro que eso también era fuerte. Recuerdo que me contó cómo le costó luchar, durante varios días, recogiendo ramas secas para avivar la llama de una fogata que se había formado gracias a un rayo que cayó sobre un árbol.

—¿Cuánto tiempo la habrá mantenido?

—Días… no recuerdo. Pero sí recuerdo que se la apagó una lluvia, y cuando me lo contó me lo dijo con una profunda tristeza. Esa mujer sufrió mucho.

El día que la conoció, en su diario, Santiago escribió:

“Era una mujer, con tal desnutrición, que tenía la piel pegada a los huesos. Al principio solo emitía gruñidos… Ha sido traída a nuestra clínica de Arambala donde se está recuperando. Quizá con el tiempo logre borrar del alma los traumas y los miedos que Domingo Monterrosa y la ‘guerra de baja intensidad’ dejaron incubados en la mente de esta humilde campesina salvadoreña”.

***

Ella fue enviada a los campamentos de refugiados en Colomoncagua, Honduras, y allá se reencontró con su madre, Anacleta, que ya la daba por perdida. Aprendió a hacer sombreros.

Retornó a El Salvador, y junto a su madre se instaló en la comunidad Segundo Montes. Intentó rehacer su vida, amó de nuevo y tuvo dos hijos: Juan y Mario. Terminó la guerra y vivieron la posguerra en una pequeña casa, de dos cuartos. Pero una herida nunca le cicatrizó. Y su trauma no solo le alborotó los pensamientos, sino que también le afectó físicamente. Nunca más recuperó el habla de manera fluida. Dicen que hablaba como una niña que está aprendiendo el idioma, con palabras entrecortadas. Quedito.

En la comunidad trabajó de cocinera y de niñera en una guardería.

El estigma de la Siguanaba, aquella figura fantasmal que hizo temblar a los compas, la acompañó por siempre.

Denuncian sus hijos que en su lugar de trabajo era objeto de burlas y humillaciones. Que eso a ella le afectaba mucho; y que esas humillaciones y el recuerdo de su pasado, últimamente, le habían hecho padecer de los nervios.

Trabajaba de 5 de la mañana a 6 de la tarde. Nunca convivió con sus hijos más allá de la cotidianidad básica: alimentarlos en la mañana, a la hora del almuerzo y en la cena. Pero nunca permitió que les faltara nada. Lo dicen ellos, orgullosos de su madre. Ella, que les dio estudio, alimentación y abrigo con un sueldo de 68 dólares mensuales.

Ella tampoco desatendió a su madre, Anacleta, la anciana de 99 años que ya no puede moverse, y que vive vencida por la flema y la tos. Por eso, debajo de la hamaca en la que la ponen a descansar, ella siempre ponía un huacal relleno de ceniza. Para que la anciana escupiera ahí las flemas, que encima del huacal formaban grumos grises.

Muy pocas veces habló ella de su historia, aunque a su casa siempre llegaban extraños que se iban satisfechos con el placer de haberla conocido. De cerciorarse de la realidad de aquel mito.

***

Dice Juan, 24 años, su hijo mayor, que extraña mucho a su madre. Le duele no tenerla consigo. Le duele descubrir que para cuando su hijo nazca, en febrero próximo, su madre ya no estará ahí.

Ella nació un 4 de febrero del 58 y con Juan cruzaban los dedos para que el niño naciera en la misma fecha.

Juan es pequeño, muy pequeño. Tiene 24 años pero parece un jovencito de 16. Estamos sentados en el portal de su casa. Anacleta descansa en la hamaca y al fondo hay un altar con la foto de la madre de Juan. Nos acompaña Mario, el hermano menor de Juan. Mario parece estar hecho para el baloncesto. Es callado, quizá como lo era su madre.

Han pasado 32 años desde la masacre en El Mozote y otros siete poblados. Y por más que se siga celebrando la paz –un paz pactada entre los bandos en conflicto, pero que no pidió opinión a las víctimas inocentes- en todo El Salvador hay gente que vive marcada. Por lo que hizo, por lo que vio o sufrió. Quien diga que esto no es cierto quizá estaría pecando de mentiroso. Basta con platicar con estos jóvenes, que crecieron en la posguerra, para comprobarlo. A ellos, la guerra que terminó 22 años atrás, ahora los has marcado.

Le pregunto a los hermanos qué piensan de este círculo vicioso. De este trauma que no se cierra. Juan dice, con rabia:

“¡A mi cólera de me da! Por esa masacre que se dio, mi mamá estuvo perdida todo ese tiempo. ¡Le mataron a mi hermana! ¡Porque esa criatura que cargaba en brazos era mi hermana! Por todo ese problema… ¡Ella nunca recibió ayuda! Por decir algo: un sicólogo, alguien que la escuchara, que le ayudara a superar todo ese problema. Tal vez así se hubiera mejorado… porque ella sí quedó dañada por esa masacre. Le afectó mucho, fue como una presión que cargó todo este tiempo. Una presión que le hizo hacer eso…”

***

Anacleta ha escuchado un ruido y sospecha que a su hija le ha ocurrido algo.

Anacleta está inquieta y angustiada. No puede moverse, y desde el pequeño dormitorio le habla a su nieto, que estudia recostado en la hamaca.

Mario le responde a su abuela que no pasa nada, que su mamá está lavando los platos en el patio, pero es hasta entonces, cuando ya ha salido del sopor en el que lo tenían los números y las letras de su cuaderno, cuando repara en que allá afuera solo hay un profundo silencio.

Mario se baja de la hamaca, da dos pasos hacia la cocina y es entonces cuando la encuentra flotando en el aire al otro lado de la puerta. Ella quizá ya no aguantaba vivir sin paz. Quién sabe. Lo cierto es que antes de morir, sus ojos apuntaron hacia los cerros en los que se perdió una joven llamada Andrea Márquez.

***

Miércoles 15 de enero de 2014. Mañana se cumplirán cuatro meses desde su muerte. He logrado hacer contacto con Eduardo, el médico que hace 30 años la atendió luego de que los compas la capturaron cerca del río. Me ha escrito esta mañana, desde algún lugar de México: “Lamento mucho la muerte de la compañera. Las heridas de la guerra están mucho más profundas y guardadas de lo que imaginamos. Sus efectos seguramente han cambiado la vida de muchos de nosotros, aunque creamos que salimos ilesos y estamos ´normales’. Algunos tal vez logren sobreponerse a aquellas, pero en el caso de la compañera, un efecto tardío, como una metástasis oculta de aquel terrible cáncer de la guerra y sus crueldades, terminó llevando su vida”.

[I]

Nada banal sucede bajo un paraguas. Lo digo con la certeza de quien le debe la vida a uno. Un joven que acude al servicio militar espera un autobús bajo la lluvia. Todos los botones abrochados, los guantes blancos, los zapatos impecables. Una joven que acude a clases de mecanografía espera el autobús bajo su paraguas. La cara lavada, el jersey de lana, las botas altas. En algún momento ambos se reunieron bajo esa cúpula que convertirían en su lugar de encuentro diario. Durante los meses siguientes, cinco elementos iban a repetirse: el joven, la joven, el autobús, el paraguas, la lluvia. Así se enamoraron mis padres, bajo un paraguas. El lugar donde sucede casi todo en Galicia.

La capital gallega, Santiago de Compostela, recibe diez mil vasos de lluvia al año por cada metro cuadrado. Ningún gallego se imagina una ciudad en la que no caigan gotas del cielo. Llegué a Lima sin saber que sus habitantes, aunque viven bajo un permanente techo de nubes grises, no tienen paraguas. La lluvia en la capital del Perú es un plan fracasado. Allí, si en un solo día lloviera lo de todo el año, la capa de agua que cubriría la ciudad apenas llegaría a un centímetro. En Lima la lluvia es tan sólo una garúa. En CONVERSACIÓN EN LA CATEDRAL, la novela de Mario Vargas Llosa, el protagonista dice sentirla como caricias de telarañas en la piel: «Una sensación más furtiva y desganada todavía. Hasta la lluvia andaba jodida en este país. Piensa: si por lo menos lloviera a cántaros». En Galicia, en cambio, el cielo gris es una amenaza seria: un tajo abierto del que insiste en caer la lluvia, desde siempre y para siempre. Esa constancia la ha convertido en parte del carácter del pueblo. Las enciclopedias definen nuestro clima como oceánico, suave y húmedo, pero los gallegos somos más categóricos: «nueve meses de lluvia y tres de mal tiempo». Es decir, y para zanjar el tema: en Galicia la lluvia no se acaba nunca.

[II]

Los gallegos despertamos al cielo nublado ciento cincuenta días al año. También vivimos en la región con más suicidios de España. Sería fácil creer que la lluvia es un depresivo natural. La climatología médica estudia la influencia del clima en la salud. El sol es un bloqueador de melatonina, hormona que provoca el sueño, y dispara el nivel de serotonina, la «hormona de la felicidad», cuya carencia se asocia a estados depresivos. El clima altera tu ánimo. El sol te hace extrovertido, la lluvia te vuelve ensimismado. El sol te distrae, la lluvia te confronta. El sol se empeña en que no pienses, la lluvia te obliga a pensar. Desde la antigüedad, cuando más dependíamos del clima para vivir, arrastramos la creencia de que el tiempo gris vuelve triste al ser humano. Hoy la ciencia matiza. Según el psicólogo Renato Santiváñez, la oscuridad potencia los estados melancólicos, pero no los desencadena. Unos investigadores de la Universidad de Santiago de Compostela y del Instituto de Medicina Legal de Galicia niegan que la lluvia influya en el ánimo suicida de los gallegos: en otras partes de Europa con clima similar no sucede lo mismo. Pero en el imaginario popular, la lluvia sigue siendo el escenario obligatorio para cualquier depresión que se respete. Mario Benedetti definió la tristeza como la lluvia sobre un tejado de zinc. Para escribir cuentos, Chéjov aconsejaba: «No digas que uno de tus personajes está triste: sácalo a la calle y haz que vea un charco en el que se refleje la Luna». Las desgracias literarias nunca tienen lugar en días resplandecientes. Los asesinatos, los abandonos, las despedidas o la muerte suelen situarse bajo la lluvia. Todos los primeros de noviembre, el único día en el que en los cementerios hay más vivos que muertos, en Galicia llueve. Y el cementerio ese día parece más que nunca lo que es: un lugar para la muerte. La lluvia actúa como una segunda capa de pintura, infunde un tono épico a cualquier imagen. Es como si en un día lluvioso doliera más recordar a los muertos.

Nadie ve llover desde una ventana escuchando reggaeton o heavy metal. La lluvia lo hunde a uno en acordes lastimeros. Existe un subgénero no oficial de canciones para los días que llueve. El tango dice: «la lluvia castigando mi angustia en el cristal», la trova canta a «la gota de rocío que del cielo se cayó» y al pop le «sigue lloviendo el corazón». Hay canciones en las que no llueve pero lo parece. Y hay quienes parecen siempre caminar bajo la lluvia. Como Leonard Cohen en Blue raincoat. Cuando Cohen se planta en el escenario con traje y sombrero, uno espera que empiece a llover en cualquier momento. Fue él quien dijo: «Pesimista es alguien que está esperando que llueva. Yo ya estoy calado hasta los huesos». Cohen pertenece a la tribu de aquellos que distinguen el tono exacto de gris de un cielo de lluvia.

Desde que cayó sobre la Tierra cuarenta días y cuarenta noches, la lluvia es símbolo de la fragilidad humana: nadie puede impedirla ni escapar de ella. Más de la mitad del planeta es lluvia en potencia. Cada segundo se evapora el equivalente a seis mil cuatrocientas piscinas olímpicas. Y todo volverá a caer. Entonces sucederán cosas: cosechas, romances, castigos divinos. También la vida o la muerte. El agua que transporta un huracán pesa más que todos los elefantes del planeta. Desborda ríos y devasta poblaciones enteras. Pero su amenaza es sigilosa. Menospreciamos su poder porque —como escribió la norteamericana Ann Patchett— una inundación no es algo tan súbito como un terremoto o un incendio. Las inundaciones son, cuando empiezan, sólo inofensivas gotas de lluvia.

Algo tiene de atractiva, que intentamos reproducirla. Medio millón de internautas visitan cada mes la web RainyMood, que permite escuchar treinta minutos de tempestad online. Otro millón ha comprado el videojuego de intriga psicológica HEAVYRAIN, donde cae agua sin descanso y las víctimas se ahogan en la lluvia. El pintor Cézanne, alertado de una tormenta, prefirió retratarla en lugar de huir. Murió de neumonía. Blanco de todos los clichés, en una novela nunca llueve porque sí. En Macondo llovió sin pausa durante cuatro años, once meses y dos días, hasta un viernes a las dos de la tarde, en que el grifo se cerró y en diez años no llovió más.

Los campesinos gallegos viven en un diluvio similar. Según escribió el periodista Prudencio Rovira a principios del siglo XX, tienen una vida ‘cuasi anfibia’: «Es una tierra tan empapada por la lluvia, un ambiente tan saturado de agua, que parece constituir un término medio entre el mundo puramente acuático y el terrestre». En el campo, la lluvia engendra seres con el don de la predicción. Los campesinos palpan la humedad de las piedras, miran la manera de tumbarse las vacas en el prado, escuchan el modo de soplar el viento y el canto de las ranas, apuntan la estela de los aviones. En la India, hay seiscientos millones de personas en el campo que necesitan saber con precisión cuándo llegarán las lluvias. Que la bolsa de Bombay baje o suba también depende del monzón. Los brujos y los campesinos fueron los primeros hombres del tiempo.

[III]

En Galicia tenemos más de setenta palabras para decir ‘lluvia’. Froalla si cae con sol, corisca si baja con nieve, arroia si llena estanques, poalla si moja lento, sarabia si llueve granizo, chuvasca si trae viento, treboa si incluye truenos, orballa cuando es menuda, babuña cuando es viscosa, pingota si hay gotas gruesas, mera si hay niebla espesa, batega si acaba pronto o barruña si persiste. Es lógico: el lenguaje se adapta al medio y la lluvia es un visitante habitual en nuestras vidas. Nadie se atrevería a llamarle «precipitación pluvial». Sería un insulto. Los gallegos la tratamos con la confianza de un amigo. Aquel al que le perdonamos todos los defectos. Nos preocupa si llega tarde y le rogamos que no nos falte. Nos acostumbramos a su olor. En Lima la humedad entra todo el tiempo por la nariz, pero nunca huele a lluvia. Según la ciencia, ese aroma viene de las plantas y algunas bacterias del suelo al liberar sus propios olores. El olor de la tierra mojada es el de una bacteria hidratada.

Con la lluvia, el gallego se siente menos solo. Es una cómplice con el que compartimos el territorio y la memoria sentimental, un pariente que tiene las llaves de la casa y puede presentarse sin avisar, porque siempre se le espera. Uno le conoce la rutina, las costumbres, la siente llegar antes de que aparezca. Cuando era niña, y mi madre empezaba a cerrar las ventanas al caer la tarde y guardaba en lo alto del armario las blusas de manga corta, sabía que algo iba a cambiar. Llegaban los días de la contemplación boba, aquellos en que no había otra opción que pasar horas frente a la ventana. El otoño empezaba el día que te calzabas las botas de goma. Durante la infancia, ese espacio sin calendarios, la lluvia era la única certeza del paso del tiempo.

Cuando cae agua del cielo, algo en nosotros se transforma. «Llueve y nos dan ganas de ser inteligentes —dice el periodista Omar Rincón—, queremos ver una película, leer un libro, escuchar música; con la lluvia intentamos la cultura». Pero no siempre es así. A veces resulta un pretexto para exiliarnos del mundo y holgazanear: dormir, ver la lluvia caer, amar. Estimula la pereza. Por eso los estudiosos coinciden en que no hay nada como una lluvia abundante para calmar una revolución: el chubasco desanima a los manifestantes. Gay Talese decía que un día lluvioso en Nueva York solía ser «un día solitario para los sargentos de reclutamiento, los limpiabotas y los ladrones de Times Square, que tienden todos a perder el entusiasmo cuando se mojan». THE NEW YORK TIMES comparó los días de lluvia en Nueva York con las estadísticas de homicidios del Departamento de Policía de la ciudad en años anteriores, y concluyó que hay menos crímenes en las noches lluviosas. Vernon Geberth, antiguo jefe de homicidios del Bronx, solía bromear sobre el efecto perezoso de los días con aguacero: «El mejor policía del mundo está de servicio esta noche», decía refiriéndose a la lluvia. Pero Geberth afirma también que dificulta cualquier investigación, porque las huellas desaparecen. Según su fuerza (cae a velocidades entre ocho y treinta y dos kilómetros por hora), el agua arrastrará fluidos corporales, fibras capilares o casquillos de bala. También es más difícil encontrar testigos: todo el mundo está tan concentrado en escapar, que no presta atención.

Bajo los aleros de los edificios, bajo toldos y puentes, en las estaciones, o en las barras de los bares, la lluvia es una lección de paciencia. Esos refugios resguardan del agua y de la soledad. Apiñados bajo un techo, los extraños se estudian, se vigilan. Algunos se hablan. Se sienten a salvo. Años más tarde, mi padre admitiría olvidar su paraguas a propósito para esperar junto a mi madre todos los días.

[IV]

Los gallegos somos seres con sólo una mano hábil: la segunda está siempre sujetando un paraguas. Es el apéndice sin el cual nos sentimos incompletos. Un gallego sin paraguas es una criatura mutilada. Viven en las mochilas, en los trasteros o en las maleteras de los carros, pero su cuartel general es el paragüero. Un pozo sin fondo al que llegan paraguas raquíticos que entran en un bolso y paraguas donde cabe una familia. Hay dos señales inequívocas de que una vivienda está habitada: un paraguas abierto en el porche y un paragüero a la entrada.

Maniobrarlo con destreza es un talento superior. Una mezcla de audacia y urbanismo que pocos dominan. Cualquier torpeza puede ocasionar un accidente. Las metrópolis lluviosas como Londres o Nueva York tienen reglas de etiqueta. El protocolo es estricto. Jamás debemos abrir un paraguas sin mirar antes a todas partes. En una calle angosta, la persona más alta debe siempre elevarlo para dar paso a la más baja. Hay decisiones que son fundamentales. Paraguas o alero; nunca las dos cosas. Así se evitarían los momentos incómodos en que se encuentra bajo la cornisa gente sin paraguas versus gente con paraguas. Cualquier esquina es un atolladero, y un callejón estrecho se convierte en una pista de contorsionismo con escaso margen de maniobra. Caminar así es un ejercicio de ciegos.

Llevar paraguas es un síntoma de madurez. En la infancia, cubrirse de la lluvia es una imposición, igual que asistir a misa, cortarse el pelo o abrocharse hasta el último botón de la camisa. Las madres creen que los paraguas no se llevan porque llueve, se llevan por si acaso llueva. Pero una ley no escrita dicta que salir con paraguas ahuyenta la lluvia. Sin saberlo, ellas han alimentado la oculta vocación de los paraguas: perderse. En cuanto cruza la puerta, corre el peligro de no regresar. Robert Louis Stevenson decía que era un signo de solvencia: «No todo el mundo puede exponer una propiedad que vale veintiséis chelines a tantas ocasiones de robo y pérdida». Debería redactarse un inventario de lugares propicios al olvido: las paradas de autobús, los asientos de tren, los respaldos de las sillas, los taxis, las estaciones de metro. Los paraguas se pierden con el espíritu de ser encontrados. Suelen decorar las oficinas de objetos perdidos; en medio de documentos de identidad, llaves de casa, gafas graduadas o dentaduras postizas, objetos inútiles que no sirven a nadie más que a su dueño. Los paraguas perdidos, en cambio, jamás se consumirán en un despacho burocrático. Pasan de mano en mano sin antipatías. Un paraguas es de todos.

[V]

La lluvia cuando es leve despierta placer. Aparece siempre en esas listas inútiles que flotan en Google del tipo: «Cincuenta razones por las que merece la pena vivir». Parece que «tardes de lluvia y lectura» o la combinación «lluvia y cama» —en sus vertientes onírica y sexual— nos alegran la existencia. A la pregunta «¿Te pone melancólico la lluvia?», un amigo respondió: «A mí lo que me pone melancólico es que no llueva». Un día soleado no es memorable. La lluvia, sin embargo, no se olvida nunca. Se pueden perder los detalles, los matices: no recuerdo el día, la hora, no sé por qué calle entré ni cuándo me fui, pero sé que llovía. A los días lluviosos pertenecen los recuerdos más vivos. En Chile nació un niño que escribiría en su biografía: «Comenzaré por decir, sobre los días y años de mi infancia, que mi único personaje inolvidable fue la lluvia». Cuando Pablo Neruda se instaló en Isla Negra, hizo colocar sobre su estudio un techo de zinc para escuchar la lluvia con la misma fuerza que el niño que fue.

Mi primer recuerdo de ella es su percutir. Los silencios del principio y del final de los días nunca eran completos. Crecí escuchando ese ruido tenaz: los picotazos del agua en el tejado. Un runrún que nunca, en ningún lugar, volvería a serme ajeno. Nuestro vínculo no se ha roto desde el día en que mis padres se encontraron por primera vez bajo un paraguas. No la necesito, pero la extraño. Donde no llueve siento una ausencia rara, un aire seco que me inquieta. Y cierta compasión por los que no han forjado una memoria saltando charcos. Triste vida la de los hombres y mujeres sin paraguas.