En Casilda, provincia de Santa Fe, todos hablan de la misma foto. Fue tomada veinte años atrás y muestra a un par de chacareros jóvenes, parados sobre una montaña de granos, brindando con dos copas de champagne llenas de soja. Era fines de los ’80 y la revista Gente había usado esta imagen para ilustrar lo que ellos entendían como un estado de euforia agropecuaria: el boom de la soja revitalizaba al campo y a Gente, que siempre le gustaron las fiestas, se le había ocurrido hacer otra portada feliz. En Casilda no hay un solo personaje vinculado al agro que, dos décadas después, omita esta anécdota. Porque Casilda fue tapa de un medio nacional. Pero, principalmente, porque el epílogo de esa foto fue amargo: cuando vio la imagen, el padre de los chacareros se refirió a sus propios hijos con palabras como “par de pelotudos”. Y meses más tarde, cuando el valor de la soja se desplomó, los productores –cumpliendo de algún modo con la profecía paterna– quedaron fundidos para siempre.

Nadie sabe, en Casilda, qué se hizo de esos hombres. Pero en el pueblo –de 32 mil habitantes– quedó el rastro de un fracaso y una enseñanza imborrable: no hay que brindar en público. Aún cuando hoy, veinte años después, otra vez haya motivos para estar eufórico.

—La están levantando con pala, pero ninguno lo admite. Se la pasan llorando con los impuestos que pagan, pero ojalá yo pudiera… A mí no me alcanza la vida para ganar la mitad de lo que ganan ellos con una sola cosecha.

Carlos Albinoli es médico y está sentado en una mesa del Sarmiento, el bar tradicional de Casilda. Son las diez de la noche del sábado y una hilera de coches llamativamente limpios avanza por la calle a paso de hombre. Alfa Romeos, BMW, Camionetas 4×4, Audis y Peugeots 407 –el más barato de esta lista cuesta 50 mil dólares– circulan por el centro con la elegancia impostada de una modelo en tanga. Algunos vecinos, sobre todo los domingos a la tarde, salen a la vereda con mate y reposeras para ver la caravana. Pero otros, como Albinoli, la ven pasar desde el bar.

—Si querés ver cómo le va a Casilda –dice– mirá sus autos.

Casilda, como buena parte de las localidades agrícolas del interior argentino, nunca vivió un momento más próspero. La devaluación del peso –que favorece las exportaciones– más el valor alto de las commodities (fundamentalmente la soja) en el mercado internacional, hicieron que los chacareros se transformaran en la más impensada clase terrateniente. No tienen doble apellido. No viven de rentas. No tienen delirios de clase. No tienen latifundios. Y –por sobre todas las cosas– no tienen ganas de contar lo que sí tienen. Pero un cálculo elemental hace sospechar que tienen bastante: tierras que valen millones (una hectárea en Casilda no baja de los 18 mil dólares, y casi ningún productor posee menos de cien), maquinarias modernas (una cosechadora puede salir 300 mil dólares) y una liquidez monetaria que de un modo silencioso, sin copas en alto, está activando la economía de todo el país. Sólo en Casilda, en los últimos cinco años una de las principales concesionarias de autos aumentó las ventas de coches de alta gama en un mil por ciento. Y Rosario, donde van los productores cuando quieren gastar su dinero en grande, se está transformando en el nuevo polo de consumo de lujo de la Argentina.

—El país vive de nosotros, porque inyectamos dinero y porque el gobierno siempre nos mete la mano para sacar plata fácil –se ufana y se queja, todo junto, Cristian Villarreal, 38 años, productor agropecuario–. Del interior salen subsidios para peajes, planes trabajar, dinero para movimientos como el Teresa Rodríguez, la guita que le dan a Moyano para que no joda… El gran problema de la Argentina son, primero, los gobernantes. Y segundo, Buenos Aires. Yo creo que el país se tiene que deshacer de Buenos Aires.

Villarreal está sentado en el patio fresco de una casa rosa, antigua, elegante. La construcción fue levantada en 1903 y está rodeada por sesenta hectáreas que pertenecieron siempre a su familia. Villarreal empezó a trabajarlas a los dieciocho años y siempre secundó a su padre. Pero hace un mes el hombre murió de un infarto y Cristian quedó repentinamente a cargo de esta tierra: un suelo privilegiado en el que se cultiva soja y maíz de un modo experimental, y donde algunas empresas vienen a probar semillas, variedades, herbicidas, fertilizantes y distancias de siembra. El campo de Villarreal es casi una boutique: están los cultivos perfectos, las glicinas, las lavandas, el olor de la última lluvia rielando de las plantas. Pero años atrás la situación era distinta.

—Distinta no: tremenda –corrige–. Vengan que les muestro el chiquero.

Villarreal tiene anteojos en vincha, remera Polo y esa forma de andar que sólo se articula en los varones con buena vida: los hombros relajados, los brazos flojos y el tronco sosteniendo el cuerpo desde las alturas. Villarreal se detiene en un rincón del campo que parece en ruinas. Hay charcos, barro, el esqueleto metálico de algo que alguna vez fue otra cosa.

—Acá, por ejemplo, una vez criamos cerdos –señala–. Pero fracasamos. En tiempos de convertibilidad se importaba cerdo de Brasil con un truco: se lo hacía pasar como “grasa de cerdo”, que no paga impuestos. Y era imposible competir con ese precio. También en el uno a uno compramos una máquina para hacer leche de soja, pero no funcionó. Hubo gente que fracasó tanto que les remataron el campo, fue un desastre. Entonces, sí, ahora ganamos dinero. Pero porque durante años nos pelamos el culo trabajando y el Estado no se acordó de nosotros. Se acuerda ahora, cuando necesita plata fácil con las retenciones.

—Pero sin retenciones algunos productos se volverían inalcanzables para los argentinos.

—¿Cómo cuáles?

—El trigo sería carísimo, no podríamos comer pan.

—Y bueno, ¡no se comerá pan! Brasil no tiene pan. Aumentá los salarios o buscáte otra forma. Escocia es productora de whisky y los escoceses toman el peor whisky de todos. Si no podemos pagar el pan, entonces comamos lenteja.

El segundo tema común a todos los productores –además de la foto de los chacareros brindando– es el de las retenciones a la exportación. Las retenciones, por definición, son un mecanismo fiscal puesto para capturar las ganancias extraordinarias que una devaluación le otorga a un puñado reducido de grupos empresarios. Dicho de otro modo, si un productor –favorecido por el cambio– quiere vender fuera del país, debe tributar al Estado un canon: 35 por ciento en el caso de la soja, 25 por ciento si se trata de maíz y 28 por ciento si es trigo. Ese dinero –que este año le asegurará al fisco un ingreso de por lo menos 400 millones de dólares– teóricamente luego es redistribuido y usado en políticas que achiquen la brecha entre ricos y pobres.

La queja del agro es doble: dicen que las retenciones se usan para cualquier cosa, menos para hacer políticas sociales. Y subrayan que ellos no son un “grupo empresario”, sino gente de campo que está pasando por una buena racha. Traducido a términos partidarios, no existe un solo productor kirchnerista y ese descontento se canalizó votando al socialista Hermes Binner en las últimas elecciones provinciales. Así y todo, y a pesar de los descuentos, los chacareros viven su momento de gloria. Cien hectáreas en zona pampeana significan, hoy, una liquidez neta que ronda los 150 mil dólares al año.

Al médico Albinoli, en el bar Sarmiento, hacer este tipo de cuentas lo pone todavía más enérgico.

—Eso significa entre 10 y 15 mil dólares mensuales, sin contar la maquinaria y sin contar que cien hectáreas significan casi 2 millones de dólares en tierra –masculla–. Con ese dinero, acá en Casilda, sos Gardel. Pero ellos lloran. Quieren que les llueva 40 milímetros, les llueve 42 y es mucho. Les llueve 38 y es poco. Los gringos siempre se quejan, son unos miserables.

Comparada con el ingreso de los pools de siembra o las grandes industrias, la liquidez que manejan los productores no es, en verdad, demasiado alta. Estos números sólo permiten ver cuál es el caudal económico con el que se manejan los actuales dueños de la tierra: chacareros que –en los números y en el manejo de capitales simbólicos– tienen muy poco que ver con el arquetipo histórico de “terrateniente argentino”. Para Guillermo González Taboada, director de González Taboada-Guevara, una agencia especializada en publicidad dirigida a la población agropecuaria, se está gestando “una segunda revolución de las pampas”. Y la novedad es, justamente, el perfil de sus protagonistas: casi no existe el doble apellido. Y eso se debe, por sobre todas las cosas, a que los clanes tradicionales sucumbieron ante su propia moral: siempre fueron familias con muchos hijos y eso significó que a lo largo de las décadas, conforme iban pasando las herencias, los latifundios terminaran diezmados por la propia prole. “Al campo le ocurrió lo que pasa en cualquier sociedad cuando trabajan los herederos: los hijos a lo mejor disfrutan, consumen y no producen –explica González Taboada–. Entonces fueron ellos los que produjeron, a su pesar, la reforma agraria. Por supuesto que hoy hay grandes empresas que tienen grandes cantidades de campo, pero el grueso de los dueños son productores medianos y chicos, con campos de entre cien y mil hectáreas. Son ellos los que produjeron el boom”.

¿En qué gasta su dinero un chacarero? La respuesta siempre es la misma: en más campo, en renovar la maquinaria, en departamentos para los hijos y en autos último modelo. No hay un solo productor que ponga su capital en la bolsa, en bonos o en cualquier otra abstracción por el estilo. Tampoco gastan plata en delirios étnicos. Adriano, el único restaurante gourmet de Casilda –abierto seis meses atrás– rema contra el gusto de una población que es conservadora incluso, o principalmente, con el paladar: les gusta el vino y el asado. “Un productor agrícola, aunque tenga la plata, no come sushi ni se compra una Ferrari para mostrar en Punta del Este –subraya González Taboada–. Esta gente sabe que este año le fue bien, pero si el año que viene no llueve o cae piedra están en problemas. Hoy vas a lugares como San Antonio de Areco, donde hay mucha agricultura, y si ves las casas donde viven jamás imaginarías cuánto dinero manejan. Son chalets sencillos, y capaz que los dueños tienen tres millones de dólares en máquinas”.

La casa de los Olivieri está en una esquina de veredas calientes, a cinco cuadras del centro de Casilda. Afuera la luz rebota en las calles, los techos, las chapas de los autos. Adentro, en un living de tamaño moderado y de espaldas a un jardín con hamaca paraguaya, Hugo Olivieri y su mujer rubia, sonriente, hermosa, toman agua con hielo y hacen números.

—Tenemos, entre propias y arrendadas, mil cien hectáreas –puntualiza Olivieri y para qué pedir detalles: les va bien. Les va muy bien. Podrían hacer lo que quisieran, ir adonde quisieran, comprar lo que quisieran, ponerse –si quisieran– una fábrica de hamacas paraguayas. Pero a Olivieri no le alcanza el tiempo.

—Podría vivir de rentas, pero quiero transmitirles a mis hijos mi pasión por el campo. La carga emocional es fuerte, manejar esta superficie me absorbe. A un pool de siembra no le importa si el trabajador pasa calor. Pero si yo me manejo mal, las cuatro familias a las que les doy de comer me vienen a buscar a mi casa.

Olivieri bebe y fuma: tiene la voz áspera. Todos los hombres de campo tienen la voz áspera y la ropa ahumada.

—¿Quieren ver el campo que está más cerca? –pregunta.

Olivieri mira a su mujer y ella confirma la invitación con la cabeza. Luego llaman a las hijas: dos bellezas tranquilas.

—Vengan, nenas –les dicen– vamos en la chata al campo.

“La chata” es una nave espacial Toyota Hilux valor 60 mil dólares a precio contado. Por la ruta, a los costados del camino, hay un único paisaje: soja, soja y más soja. Una eternidad verde que hace línea con el horizonte y que confirma que la soja es, por lejos, el cultivo más rentable. No sólo porque es una planta de evolución sencilla (exige menos tecnología que, por caso, el maíz) sino también, o antes que nada, porque en los últimos diez meses su valor internacional subió más de un 50 por ciento. La soja se cultiva hasta en las banquinas. Y los terrenos, en los últimos años, aumentaron su valor escandalosamente. Una década atrás, la hectárea en Casilda estaba a 2 mil dólares. Ahora no baja de los 18 mil, una disparada que no sucede sólo en este pueblo. En la pampa húmeda y las zonas agrícolas extra pampeanas, la Compañía Argentina de Tierras registró en el último año un aumento del 35 por ciento en el valor del suelo.

—¿Ves todo este campo? –señala Olivieri–. De los siete kilómetros que hicimos hasta ahora, el Estado se queda con cuatro.

Olivieri nació en el campo, cerca de Casilda. Es hijo de Juan Domingo Olivieri y –cosas del peronismo– Juana Dominga Maralli. Juan Domingo era colono, es decir que trabajaba un campo ajeno. Hasta que lo desalojaron del campo y, al no tener dónde ir, la dueña decidió venderle una parcela de diecinueve hectáreas. El acuerdo se hizo un sábado, pero el lunes –cuando había que firmar– estalló el Rodrigazo y a la dueña le agarró tal susto que quedó hemipléjica, o al menos eso es lo que dijo. Cuando se recuperó por completo, una semana después, la tierra ya valía el doble. Para poder comprarla, Juan Domingo sacó un crédito en el Banco Nación. El plan era devolver el préstamo con los rindes de la tierra, pero al campo lo agarró el granizo y Juan Domingo tuvo que pedir plata en un banco provincial para pagar la deuda con el nacional. Mientras tanto, sembró girasol para pagar el segundo crédito. Pero las langostas se comieron todo y terminó siendo Augusto Olivieri, el padre de Juan Domingo, quien financió a su hijo para que cosechara maíz y empezara a saldar el tren de deudas. Juan Domingo y Juana Dominga trabajaron el maíz día y noche, turnándose, con un único tractor. Habrá sido entre turnos: décadas después tuvieron un hijo, Hugo.

Hugo Olivieri terminó heredando 150 hectáreas.

—Entonces muchos dicen “ah, el campo, el campo” –Olivieri mira por la ventanilla–. ¿Y sabés qué es el campo? Para vos es un paisaje. Para mí es algo que se sufre.

Se sufre y se disfruta. Olivieri dice que en estos años se han dado gustos. España, Cancún, Puerto Madero.

—La cultura, Direct TV, Internet, Puerto Madero son para todos –opina Olivieri mientras maneja.

—Pero es difícil hacer grandes gastos –agrega su mujer, Silvia Batistielli–. En Casilda no hay mucha ropa. Soda Stéreo da recitales en todos lados menos en Rosario. Tampoco hay exposiciones de arte. El problema es que en Rosario no hay mucha cultura para consumir.

En Rosario, en realidad, está casi todo. La ciudad es un puerto de salida de granos y eso –sumado al boom del campo– transformó a la capital en el principal polo de consumo de artículos de lujo del país. La compra de yates y veleros, amarrados sobre el río Paraná, el último año creció un 5 por ciento. La venta de vinos caros se activó tanto que Rosario ya es la segunda ciudad –después de Buenos Aires– con mayor cantidad de vinotecas por número de habitantes. Como los productores también invierten en inmuebles, la construcción creció a tal punto que, durante el año pasado, el sesenta por ciento de los nuevos puestos de trabajo perteneció a la construcción. A su vez, esa construcción tuvo su derrame sobre la venta de muebles y electrodomésticos: dos rubros que ampliaron su oferta gracias a la llegada de dos shopping, que significaron 413 nuevos locales de venta, entre ellos algunos de marcas exclusivas. Los autos de alta gama, por último, iniciaron un idilio que parece no tener techo: durante el 2007 abrió la primera concesionaria Porsche (el año pasado vendieron 18 unidades), abrió un concesionario Mini Cooper, se patentó la primera Ferrari comprada en el interior del país, Audi vendió 238 coches, BMW entregó 162, Alfa Romeo 9, y Volvo 150.

—Cuando vienen a comprar, los chacareros no hacen el cálculo en dólares sino en quintales de soja –asegura Luis Cattena, titular de la concesionaria Autosud, con sede en Casilda–. Los tipos pagan directamente con el cheque del cerealista. Para ellos, los bienes son el reflejo del trabajo. Y como a la casa no se la puede sacar a pasear, se saca el coche.

Todos los que tienen auto quieren parecerse a José Mattievich: el dueño de la empresa faenadora más importante del país; un casildense que empezó como chofer de un matarife y terminó, dos décadas después, con diez plantas procesadoras de carne y más dinero del que se pueda gastar en siete vidas. El auto de Mattievich es la meta aspiracional no sólo de Casilda, sino de toda la región. En Los Molinos, por caso, una localidad cercana de cinco mil habitantes, los chacareros se cansaron de su propio pueblo y ahora van a circular en auto por Casilda.

—En Los Molinos los tipos se ven todos los días las mismas caras, entran al club a la misma hora, hablan siempre las mismas boludeces, y para ellos mostrar el coche es lo único que tiene sentido –cuenta Hugo Racca, 54 años, presiente del Centro Económico de Casilda–. Pero como el pueblo es chico ya se conocen los autos entre todos, y encima nunca falta el que termina diciendo que sos trolo, que tu mujer te gorrea, y entonces descubrieron Casilda: vienen a dar la vuelta al perro, a mostrar el auto y a ver qué se compró Mattievich. A la biblioteca, que es espectacular, no va nadie. Y ni siquiera viajan. El productor, aunque hay excepciones, tiene plata pero es bastante bruto. Una vez uno viajó a Cuba, volvió, y en el bar le preguntaron cómo se había arreglado con el idioma.

Algunos viajan, pero no lo cuentan a cualquiera. Saben que la ostentación es un capricho que –si se muestra ante los medios– tarde o temprano se paga, sobre todo con la llegada de la AFIP. Sentado en un despacho oscuro, al fondo de un pasillo, rodeado de montones de papeles que multiplican la sensación de encierro, un contador que trabaja con productores y empresas acopiadoras –pero que no quiere dar el nombre – dice que gracias al campo pudo darse los gustos que le debía la vida: sólo el año pasado compró cuatro autos último modelo, gastó 50 mil pesos en viajes y ahorró para comprar tierras.

—Yo antes no tenía un mango y la de la plata dulce la vi pasar, pero esta vez yo también entro –dice el contador con esa voz oleosa, argentina, que tienen algunos cuando por fin salen del hoyo–. Esto es un solcito sojero, pero esta película ya la vimos. Mientras esto aguante yo aprovecho y le rezo todos los días a San Duhalde. En el campo no sé por qué se quejan. Vos vas a una protesta del agro y la chata más vieja es del 2007.

Seis años atrás, Casilda se hizo famosa por una protesta hecha a pie. Una manifestación de chacareros contra el sistema financiero terminó con el destrozo de cinco bancos, la sede de la AFIP y una buena cantidad de comercios. En los medios nacionales se habló de Casildazo, una pueblada que rompió con el mito del interior tranquilo. Hugo Racca recuerda esos días del desastre: la soja no valía nada. Los bancos remataban campos. Las fábricas se fundían. Los obreros industriales vivían tocando el bombo y tirando bombas. Y el clima, en el pueblo y en todo el país, era casi de guerra civil. Hasta que llegó –como ellos dicen– San Duhalde. Y algunas cosas cambiaron. Antes de la devaluación, por ejemplo, Racca tenía un terreno: 135 hectáreas heredadas, que en tiempos de convertibilidad no le compraba nadie. Cuando se agudizó la crisis, Racca fue a ver a los tres principales corredores de campos, pidió 110 mil dólares y no recibió una sola oferta. Pero llegada la devaluación, y con el boom de la soja, logró vender el campo a 360 mil dólares, un monto que le permitió iniciar el proyecto inmobiliario más ambicioso de Casilda: el primer hotel cuatro estrellas del pueblo, que será inaugurado parcialmente dentro de un mes.

—¿Vamos a verlo? –invita.

Racca tiene el cuerpo menudo, el pelo blanco y la confianza intacta: camina  por la calle sin mirar atrás, saluda a los autos que lo pasan rozando y mientras sobrevive (sin saberlo) a infinidad de accidentes, levanta el brazo y señala: fijáte el ancho de esta calle, qué perfecto. Fijáte esa plaza, qué amplitud. Fijáte el hotel, qué barbaridad.

Las cosas hay que verlas en contexto. Y el hotel de Racca, en Casilda, es como la Torre Dubai en cualquier otro lugar del mundo. La construcción tiene cuatro pisos, ventanales inmensos y hasta hidromasajes con ventana al dormitorio, para ver la televisión mientras uno se baña. Acá –explica Racca y sube, baja, señala, enciende– también habrá un gimnasio, un spa, tres salas de reuniones, un centro comercial, un bar moderno y demás facilidades que hasta ahora no existían en Casilda.

—Los cuatro estrellas de Rosario son, al lado de esto, un poroto –se jacta.

Racca levantó el edificio con el dinero del campo, con los rindes de otro hotel modesto que tiene en Casilda, y con esfuerzo familiar: su sobrino hizo la instalación eléctrica, su hermano la herrería y Racca hace todo lo que puede, incluso pintar los cuadros que irán como decoración. Racca quiere convertir el hotel en el centro de operaciones de las grandes empresas cerealistas y agroquímicas.

Pero también quiere otra cosa.

—Cuando termine –adelanta– te aseguro que toda la región va a venir acá a mostrar sus autos.

La sonrisa de Racca es corta y delgada. Un hilo de Gioconda que se pierde entre los ventanales, las calles, las vidas contentas.

Las gotas de sudor le escurrían por la barbilla y bajo sus manos y rodillas sentía el monte seco y la tierra caliente de aquel llano donde la tenían en posición, dispuesta para ser violada. Su camiseta había sido hecha jirones segundos antes por uno de esos hombres con aspecto de agricultores que salieron de la breña, con sus escopetas y machetes, oliendo a pasto, ahí por La Arrocera. Paola, serena a pesar de estar “de perrito”, como ella dice, sabía que aún le quedaban dos cartuchos: su ingenio y su talante.

Sin voltear a ver a quienes merodeaban su retaguardia, Paola, el transexual guatemalteco de 23 años, escuchaba los sonidos de cinturones desprendiéndose y de negociaciones entre bandidos.

-Dale tú primero, pues. Después voy yo -dijo uno. Y entonces Paola los interrumpió, dejándolos atónitos.

-Miren, hagan lo que quieran, pero por favor pónganse condones, ahí hay unos en mi mochila, la rojita. Se los recomiendo, porque tengo sida. Es que yo pensé que eran machos, y que solo a mujeres violaban -les dijo, a pesar de que hace años se reconoce como mujer y de que si se le llama por su nombre de nacimiento ya hace mucho que no voltea la cabeza. Paola no tiene sida. Lo que tiene, luego de cinco años de prostituirse en su país y en la capital mexicana, es la medida de los hombres perversos. Lo que tiene es su ingenio y su talante.

Hubo silencio unos segundos. Paola cree que entre ellos se volteaban a ver desconcertados, pero no está segura, porque seguía ahí, clavada al suelo, con el sol en la espalda, sin girarse. Digna a pesar de estar como estaba, con la cabeza levantada y los ojos perdidos en el horizonte.

-¡Levántate, pinche puto! ¡Váyanse a la verga todos ustedes! -le dijeron a ella y a su grupo como confirmación de que sus últimos dos cartuchos habían sido efectivos.

Ya sin un cinco en la bolsa, todos continuaron su camino al norte por las mismas veredas perdidas en los montes.

-Es que yo ya venía preparada, como dicen que siempre le pasa eso a una cuando viene migrando -termina su relato Paola, a la vera del tren estacionado en Ciudad Ixtepec, al norte de donde tuvo que zafarse de aquella incómoda postura.

Ahora, alta, morena y echando mano de lo que le dejaron en su mochila roja, se ha maquillado, se ha puesto una blusa negra y escotada y un pantalón vaquero. Ahora ya sabe que siempre pasa algo, desde hace años, en ese lugar, reducido a un nombre, La Arrocera. Los 45 que llegaron con ella a este punto fueron asaltados en ese tramo entre Tapachula y Arriaga. Este es punto rojo para nosotros los migrantes, dicen unos. Este es el lugar más perro para pasar, dicen otros. Pero la mayoría, sin saber que con el nombre de unas pocas hectáreas resumen 262 kilómetros de camino, le llaman simplemente La Arrocera. Apodan a toda esa espesura utilizando el nombre de un pequeño asentamiento, de unos 28 ranchos, que toma su nombre de la inhabilitada bodega de arroz que aún se destartala en la carretera.

Eso lo saben ella y muchos migrantes centroamericanos más. Muchas autoridades y muchos que lo supieron tarde, antes de morir entre esos matorrales.

Lo supo incluso la mujer guatemalteca que antes de asfixiarse en El Relicario, con la boca llena de pasto seco y con su propia blusa atorada dentro de su garganta, solo logró ver sobre ella al hombre que la agredía.

Fue el 10 de noviembre de 2008. Ella era guatemalteca. Eso dijeron algunas personas que aseguraron haberla conocido en Tapachula, frontera con Guatemala. Que aseguraron conocer también al hombre con el que andaba en El Relicario esa noche, caminando por las vías del tren, por donde a diario pasan decenas de indocumentados. Un hombre con un escorpión tatuado en la mano. Ocurrió en El Relicario, entre casas de teja y un amasijo de cemento y bahareque incrustradas entre crecidos pastizales.

Nadie sabe muchos detalles y eso es normal. Aquí, la policía rural no existía entonces, y ahora que existe son siete hombres del pueblo con garrotes que cuidan como pueden en sus tiempos libres. Lo que se sabe es que aquella muerte no fue lenta. En la fotografía que se publicó en un pequeño diario de la zona, El Orbe, mezclada con la de otros dos muertos en media página, aparecía la muchacha con los ojos bien abiertos, puñados de zacate con tierra y hojas secas saliéndole de la boca, y la mitad de la cabeza que nace en la frente ya sin pelo, como si la hubieran arrastrado por pavimento antes de meterla a la breña crecida entre los escombros donde la encontraron. O como si le hubieran arrancado a mano limpia los mechones. Estaba desnuda y tenía las piernas abiertas y ligeramente flexionadas, como si un cuerpo hubiera tenido que caberle entre ellas.

No hay investigación abierta. De ella, solo queda el relato de Orlando, el viejo enterrador del cementerio de Huixtla, que saca la lengua lo más que puede para explicar que al cuerpo de la guatemalteca se le salió más de lo normal cuando él logró extraerle de la garganta la blusa que le habían metido. Solo eso queda, y una cruz púrpura y pequeña, escondida en el panteón. Y un epitafio: “Falleció la joven madre y sus gemelos. Nov. 2008.” Y sus gemelos. Estaba embarazada.

Quién sabe si el que la mató eligió con precisión de homicida experto el lugar. Lo cierto es que, lo hiciera queriendo o no, le salió bien. En estos montes de los migrantes, en esta espesura de Chiapas, como descubrimos cada día desde que iniciamos este recorrido, los cadáveres son incontables, las violaciones pan de cada día, y los asaltos el mal menor.

La guerra tardía

Llegamos en tiempos hostiles. Desde inicios de este año, y por primera vez, el gobierno del Estado de Chiapas le ha puesto cara a los asaltantes de estos senderos. Asaltantes que hace años empezaron como jornaleros de los ranchos que veían pasar a filas y filas de indocumentados centroamericanos huyendo de las autoridades. Hasta que se les encendió el foco e hicieron sus conjeturas: si ocupan estas sendas para evitar a las autoridades quiere decir que nunca se les ocurriría buscarlas ni siquiera para denunciar un asalto, una violación, un asesinato.

Los migrantes cruzan el río Suchiate que divide a México del istmo. Y desde entonces, empiezan su intermitente viaje en microbuses (combis les llaman aquí). Suben a una, bajan de ella cuando está por acercarse a una caseta de revisión migratoria en la carretera. Se internan en el monte y caminan varios kilómetros, bordeando, hasta que más adelante retornan al pavimento y esperan otra combi. Cinco veces lo hacen en estos 282 kilómetros, hasta que llegan a Arriaga, donde pueden abordar el tren de mercancías como polizones, colgados de sus techos.

Durante años los indocumentados han asumido este peaje de la delincuencia como un obstáculo infranqueable. “Lo que Dios quiera”, repiten. Los coyotes empezaron a dar condones a las mujeres y a advertir a los hombres de que no se opusieran. Las historias de maridos, hijos, madres que han visto a sus mujeres vejadas por esos asaltantes han abundado durante más de 10 años en este México profundo, olvidado, escondido.

A principios de 2009, luego de una década de peticiones de organizaciones de derechos humanos, el gobierno chiapaneco hizo caso a las repetidas medidas de presión. Una visita de los cancilleres de Guatemala y El Salvador y una carta enviada por más de 10 organizaciones, incluida la Iglesia Católica, lograron que se diera el primer movimiento. Se creó la Fiscalía Especial para la Atención de los Migrantes, y el gobernador Juan Sabines giró órdenes a las comandancias de la Policía Sectorial de Huixtla y Tonalá para que patrullaran esas zonas de vez en cuando. En este punto estamos, cuando por fin han decidido empezar a escarbar en este vertedero de maldad impune. Y toda la porquería está saliendo a flote. Por todas partes. Y los delegados de recogerla se dan cuenta de que son muy pocas las palas que tienen para levantar todo el desperdicio acumulado en tantos años.

El comandante Máximo nos recibe en este caluroso día. Son los meses extremos en esta región ya de por sí sofocante. Mantener la camisa seca es misión imposible. A cada paso, decenas de gotas de sudor salen a toda prisa. El comandante de la región, que cubre de Tonalá a Arriaga -la mitad de este infierno- ordena que le traigan mapas, documentos y una jarra de limonada con mucho hielo.

-Bueno, muchachos -se dirige al fotógrafo Toni Arnau y a mí, antes de que empecemos a preguntarle-. Como verán, hemos atacado el problema de raíz, y le hemos dado solución. Yo les digo que en mi área no hay ni un solo asalto ni violación más.

La pila de hojas que pone sobre la mesa se titula “Operativo amigo”. En su interior hay una página que nos llama la atención. Se ve a ocho hombres, ninguno mayor de 35 años. Arriba se lee: “Supuestos delincuentes agresores en los sucesos en el tren el día 23 de diciembre de 2008”. Se supone que son asaltantes que, aún en Chiapas, dejaron la zona de a pie y ampliaron su área de pillajes al tren que sale de Arriaga. En ese asalto, mataron a un migrante guatemalteco que se opuso. Machetazos, balas y lanzamiento desde la locomotora en marcha.

-¿Y a cuántos han detenido? -pregunto al comandante.

-Creo que uno está a disposición de las autoridades -responde.

Luego de eso, Maximino (llamado Máximo por sus subordinados), saca otro folio para quitarse el mal sabor, lo pone sobre la mesa, lo abre en una hoja y le da golpecitos con el dedo índice, que resuenan sobre la mesa de plástico:

-Este es uno que acabamos de agarrar en la zona de El Basurero. Él se encargaba de desviar a los migrantes en el crucero Durango y mandarlos directo al asalto. A ese ya lo atrapamos.

Es la foto de Samuel Liévano, un viejo ranchero de 57 años que tiene su pequeña parcela justo en ese desvío, donde la calle de tierra desemboca en la carretera. Ahí se bajan los indocumentados, para sortear la última caseta, la de los policías federales que está antes de entrar a la ciudad del tren. Liévano les indicaba que siguieran hacia El Basurero por las inhabilitadas vías férreas. Ese sitio es un botadero al aire libre y un famoso punto de asalto y violaciones, que muchas veces se esconde bajo el nombre de La Arrocera. Lo atraparon justo ahí, luego de haber mal enrumbado a dos hondureños que denunciaron el asalto en el albergue de Arriaga, de donde llamaron a Maximino.

Los denunciantes son dos muchachos negros. Llegan relucientes, sin una sola gota de sudor al albergue, a las 3 de la tarde. Son de la ardiente costa atlántica hondureña, buceadores a pulmón, acostumbrados a achicharrarse en cada jornada de trabajo, que compensan luego bailando ritmos garífunas descalzos en la arena. Ellos fueron los que denunciaron al viejo Liévano. Y ahora, tras más de cinco días esperando que la Fiscalía los llame para el careo, están hartos, y quieren seguir sus caminos. Elvis Ochoa, de 20 años, aventurero y experimentado, es uno de ellos: “Esto no es nada”, dice y chasquea los dedos al estilo de los iconos pandilleriles de Los Ángeles, donde ya estuvo durante unos meses. Andy Epifanio Castillo, de 19 años, primerizo y cándido, ya tuvo su dosis y no quiere volver a poner un pie nunca en este país: “Es andar arriesgando la vida por conseguir una mejor”, se lamenta con sus grandes ojos abiertos y encorvando los hombros. Si se van mañana, Liévano volverá a su rancho, a indicar el camino a los migrantes que se bajen en el crucero Durango, y las palabras de Maximino quedarán ahí, como testimonio de otro intento superficial de terminar con un problema estructural.

Los asaltantes, los que desplumaron a Andy y Elvis dos minutos después de haber escuchado a Liévano, aún siguen por aquí, uno con su 9 milímetros y el otro con su escopeta 12.

Al salir del albergue, vamos a hacer un intento por entrar en la zona de asaltos con algo de protección. Maximino nos dio un recorrido por la zona de El Basurero, pero es de tontos esperar que las cosas fluyan con la normalidad que fluyen para el indocumentado cuando se viaja en un pick up con cuatro policías cargando sus fusiles Galil.

Nos queda una opción. La Fiscalía especializada está en ronda de operativos. De esa oficina piden apoyo al Ministerio Público (MP) de los diferentes pueblos, que les asignan a agentes ministeriales. Entonces, se internan como migrantes en los lugares de asesinatos y violaciones, a la espera de una emboscada, y luego se cuecen a tiros con los delincuentes.

Nada más hace tres semanas, aquí cerca, en El Basurero, cuatro policías infiltrados se toparon con un asalto. Dos delincuentes salieron de la breña y empezaron su procedimiento.

-¡Quietos, hijos de puta, al que se mueva lo reviento! -les ordenaron los asaltantes.

Pero se movieron. Los policías infiltrados desenfundaron sus pistolas y los asaltantes dispararon las suyas y echaron a correr. Los dos fueron atrapados: Wenceslao Peña, de 36 años, y José Zárate, de 18, los dos mexicanos. Mientras huían, uno fue alcanzado por el disparo policial en el cuello. El otro se llevó dos impactos que le atravesaron por atrás un muslo. Cuando todo terminó, solo dos de los participantes en la refriega estaban intactos. Los asaltantes quedaron tendidos, y dos policías también. Las balas expansivas de escopeta los alcanzaron. Todos están aún en el hospital de Tonalá.

En la oficina del MP, tres muchachos se derriten como helados frente a un ventilador. Al ver que nos asomamos, entreabren la puerta, y uno de ellos pregunta qué queremos. Le explicamos, y de la puerta sale Víctor, un agente que estuvo en aquel combate. Lleva la camisa desabrochada en sus últimos botones. La panza estira la tela, y se puede ver asomar por el cinto la cacha de su 9 milímetros.

-Díganme -nos saluda.

-Le explicamos a su compañero lo mismo que a Ludman, el asistente del fiscal Enrique Rojas. Llevamos una semana en la zona, intentando internarnos en la ruta del migrante, para ver la situación como les ocurre a ellos, pero no hemos conseguido nada -explicamos.

-O sea, ¿qué es lo que ustedes quieren?

-Acompañarlos en una de las operaciones donde se infiltran.

Víctor lanza una fugaz mirada a su compañero que lleva cruzada al pecho la cinta que sostiene su fusil. Ambos esbozan una sonrisa ladeada.

-Nooo, eso es imposible, es muy peligroso, hasta para nosotros que vamos armados. Ahí se arma la tiradera, esos delincuentes no se la piensan para disparar. Nosotros caminamos armados, y vamos protegidos por un grupo encubierto de cinco agentes que nos siguen a unos kilómetros.

Le damos nuestros argumentos, le insistimos, pero a cada interlocución nuestra, otra gota de sudor le resbala desde la cara hasta el ombligo y agrega un nuevo contraargumento.

-Peor en la zona de La Arrocera (entendido esta vez solo como la parte del municipio de Huixtla). Ahí hay bandas organizadas que operan con AR-15. Ahí entramos con operativos más planificados.

Nos alejamos sabiendo que la última opción es aproximarse e improvisar. No es usual que nadie quiera internarse en este lugar. Los cadáveres se cuentan cuando ya han sido evacuados. Los periodistas y organizaciones de derechos humanos denuncian lo que escuchan en relatos que les llegan de albergues, pero este es terreno no pisado. Aquí, y nunca mejor dicho, es la ley del monte.

El año pasado, los cancilleres guatemalteco y salvadoreño recorrieron unos kilómetros del lugar. Para ello, se montó todo un espectáculo: cerca de 30 agentes de la policía federal los escoltaban, más dos cuadrillas de caballería de la policía sectorial que iban adelante barriendo la zona, mientras varias patrullas de la estatal esperaban en la carretera. Un ejército de uniformados. Honduras está preparando su visita guiada para este año, y bajo las mismas condiciones. De ahí salieron titulares que a los hondureños garífunas, a los fiscales infiltrados o a Paola -el travesti guatemalteco- les hubieran sacado al menos una sonrisa irónica: “En Chiapas se garantizan los derechos humanos de los migrantes”, titularon con pequeñas variantes por aquellas fechas tres de los diarios que circulan aquí.

El comandante Roberto Sánchez -conocido como comandante Maza- nos recibe en las afueras de Huixtla. El sofocante calor no da tregua. Acaba de llover, pero parece que el agua se hubiera filtrado hasta las capas más profundas de la tierra para luego salir como vapor infernal.

Sánchez nos da todo su apoyo. La conversación es breve y fluye entre apodos, muertos e impunes. Que al Chayote -famoso asaltante de migrantes en la zona- lo detuvieron hace cuatro meses, pero fue liberado en unos días porque los agraviados siguieron su marcha. Que luego, el mismo Chayote hubiera preferido pasar unos años en la cárcel antes de acabar lapidado hace dos meses abajo de uno de los puentes de La Arrocera, seguramente por migrantes que se defendieron. Que El Calambres, de la cuadrilla del anterior, está detenido en Tonalá, pero que sus denunciantes -“¿Qué creen?”- también prefirieron continuar. Es normal. Chiapas es el Estado de México donde se registran más abusos a los centroamericanos por parte de los policías. Ponerse en sus manos, en el mundo de los indocumentados, es equivalente a pedirle a un soldado que vaya a solicitar agua a la guarnición enemiga.

Mañana iremos al campamento de los ocho policías de caballería que desde hace tres meses patrullan el sector. Seguimos en el mismo embrollo: lo que tenemos es un recorrido por la zona peligrosa sin posibilidades de oler el peligro que los migrantes respiran a diario.

A pie con los migrantes

Llegamos a las 6 de la mañana. Los patrulleros hacen su recorrido cuando el sol todavía no atormenta. En el campamento nos encontramos una sorpresa: hay tres migrantes salvadoreños que pidieron posada para descansar un poco antes de seguir su ruta y bordear su primera caseta, la de Huixtla.

Ahí se desperezan -después de apenas cuatro horas de sueño- Eduardo, el panadero de 28 años que huye de las maras; Marlon, el repartidor de pan de 20 que huye con su jefe, y José, el albañil de 26 que se les unió en el intento. Les dieron posada por esta noche en el rancho, y les recomendaron no seguir hasta que el sol saliera, porque bajo la luna, ni los uniformados se pasean por La Arrocera.

Los tres salvadoreños se unen a los tres policías y a nosotros en la marcha. El recorrido empieza con un gesto de amabilidad entre el monte. Al salir del potrero que hace de base de esta cuadrilla de caballería, hay una casita de teja y cemento descascarado. En el portal de la casita está un señor de unos 40 años, descalzo y sin camisa, que toma de bracete a su hija de unos 12 años. Ambos levantan y mueven sus manos diciéndonos adiós.

-¿Y ellos? -pregunto al agente que llevo a la par-. ¿Amigos?

-Espías -contesta-. Trabajan con las bandas de asaltantes. Son los que desvían a los migrantes para donde los esperan los asaltantes, y nos controlan cada vez que salimos a dar la ronda.

Enfilamos por las vías del tren que el huracán Stan destrozó en 2005, y que ya solo sirven de guía a los indocumentados. A nuestra derecha, a pocos metros, detrás de la barrera de vegetación, está la caseta migratoria de El Hueyate. Aquí, lo verde es espeso y nos cubre, el suelo es un lodazal y los charcos son pequeños pantanos. Si se observa fijamente detrás de los pastizales, se siluetean callejuelas escondidas, que llevan a ejidos o ranchos perdidos. Más parecen pasadizos secretos.

-Aquí fue -dice a secas el agente, mientras cruzamos un pequeño puente férreo, y señala la bóveda que nos queda bajo los pies.

Ahí fue donde mataron el año pasado a uno de sus compañeros que patrullaba. Un machetazo seco le rompió el hueso de la frente cuando se topó con unos asaltantes. Un machete afilado, que para algunos de los delincuentes es más un arma que una herramienta de trabajo. La utilizan como espadachines en esta zona donde muchas discusiones de cantina se saldan a fierrazos. Lo ocupan para desmalezar la tierra, para asaltar, para defenderse. Lo llevan siempre en la mano, como una extensión natural de su cuerpo. El machete es su fiel compañero, su quinta extremidad.

En el camino se escuchan ladridos de perros y tras las verjas de las casitas se ven ojos que salen a enterarse.

-Ahorita nos tienen bien vistos -prosigue el agente, antes de soltar otra de sus parcas referencias-. Lo que le dije de los huesos, aquí fue; y a El Chayote, lo encontramos allá.

Lo de los huesos fue literalmente eso, un esqueleto que encontraron hace unos meses ahí entre un montarrascal igual a los demás. Los zopilotes merodean el área siempre, por la cantidad de ganado que muere, y no tardan en encontrar un cadáver que consumir. Por eso, aquí huesos no es sinónimo de fósil, sino más bien de cadáver reciente. Y El Chayote, el asaltante, apareció metido en otra de las bóvedas que vemos desde este punto, acostado en el suelo, con una magulladura en la frente, que le había reblandecido la sien como si fuera de plastilina. Otras rocas estaban a su alrededor. Si el machete es lo suyo para muchos asaltantes de poca monta, la piedra lo es para los migrantes que se proponen defenderse.

Aquí se camina entre muertos, la vida se relativiza como un valor que se menea en una cuerda floja. Matar, morir, violar, ser violado pierden sus dimensiones. Es rutina. Punto de referencia: aquí, en esta piedra, violan; allá, en ese arbusto, matan.

-Allá las separan a las mujeres del grupo cuando las violan -señala el agente una pequeña parcela de plataneros-. Y hasta aquí llega nuestra ronda diaria.

Hemos caminado apenas media hora, y hasta aquí llegan. Luego, suelen regresar por el otro lado de la carretera, lo que llaman La Arrocera alta, cerros que se levantan de la planicie que ahora pisamos, al otro lado de la carretera. Pero hasta aquí, no es ni la mitad de una décima parte del camino del indocumentado. Hasta aquí es apenas parte del comienzo. La primera caseta, el primer punto caliente.

Este cruce lo conocen como La Cuña, una callejuela que sale a la carretera, adelante de El Hueyate. Un árbol de mango donde violan, una terracería donde algunos coyotes de Huixtla entran a dejarle migrantes a los asaltantes, con los que están de acuerdo.

El agente sigue hablando mientras los salvadoreños, con miradas, nos preguntan qué haremos.

-Por aquí todavía andamos buscando a un malhechor de esos. Le dicen La Rana, tiene una cicatriz en el rostro y opera en la parte alta, pero no lo encontramos. Como nos tienen bien vigilados desde que salimos, siempre dan el pitazo cuando andamos de ronda.

Apenas termina la frase, estrechamos su mano sin darle explicaciones y le decimos que vuelvan, que seguiremos hasta Arriaga, hasta el tren, con Eduardo, José y Marlon. Los agentes se quedan desconcertados, pensando qué dirá el comandante Sánchez de esto. Para las autoridades, un migrante muerto es cosa normal, pero un periodista es otra cosa, y nadie quiere ese cadáver en su región.

En esto -y en nada más- nos ayuda esta geografía. Al poco tiempo, los hemos perdido de vista entre la maleza y los arbustos. Ahora, empieza el viaje de un migrante.

Avanzamos entre la espesura unos cinco kilómetros más, hasta que encontramos un sendero que lleva a la carretera. El retén ha quedado atrás, y Eduardo sale a la carretera a detener una combi para seguir avanzando hasta Escuintla, el siguiente poblado.

La caminata por La Arrocera, el lugar que le da nombre a toda esta región escondida, nos ha dejado claro que los esfuerzos chiapanecos por limpiar la zona están muy lejos de lograr su éxito. La Rana sigue por aquí, los asaltantes de los hondureños están más adelante, y los cadáveres aún son un recuerdo fresco, que aún apesta. Pero lo que más nos ayudó a tener clara la situación fue El Calambres. Se llama Higinio Pérez Argüello, tiene 26 años, es reconocido por la comandancia de La Arrocera como asaltante de migrantes, y desde hace tres meses guarda prisión en el penal de Huixtla, donde aceptó recibirnos y conversar con nosotros un día de estos si acatábamos su única regla: que lo que contara lo contaría en tercera persona, que se dijera “ellos” donde se podría decir “nosotros”.

Una charla con El Calambres

Estaba acusado de violación, portación de arma prohibida y asalto. Se le acusó de violar a una migrante, pero la denunciante desapareció. Le quedan los otros dos cargos, y espera la sentencia.

El director del penal nos habilitó su despacho para la charla, y ya antes había advertido que era probable que Higinio aceptara. Su argumento fue desconcertante, pero es comprensible en esta zona:

-Yo digo que hablará, porque aquí no tenemos a gente acusada de crímenes graves: están acusados de homicidio, violación o robo, pero nadie está por narcotráfico.

Delgado, de facciones afiladas, con una larga camisa que le da un extraño look de pandillero a pesar de sus campesinas maneras, sus brazos venosos. De 1.65 metros de altura, con sus uñas largas y afiladas, ojos achinados, siete crucifijos y rosarios colgándole del cuello y un bigote escaso y asimétrico, Higinio se sentó, se cruzó de brazos, clavó la mirada en el piso y empezó la conversación en código.

-Sí, yo conozco lo que pasa por ahí (La Arrocera). Yo vivía en un rancho por ahí. Sí, ahí asaltan los que andan ahí siempre chingando -inició.

-¿Quiénes andan chingando? -pregunté.

-Gente que vive o trabaja ahí. Yo he visto bandas organizadas. Ahorita anda una banda, una que se viene desde Tapachula a hacer sus cosas ahí. El Chino es el que se ha venido de allá abajo, y El Harry es el otro jefe, y ya hace tiempo que operan por ahí. Es su trabajo, andar cazando indocumentados.

-¿Y por qué solo asaltan a los indocumentados?

-Porque saben que esas personas van de paso, no causan daño, en cambio si asaltan a alguien de aquí, saben que es un problema, te metes en un problema. Los otros van de paso.

El Chino aún sigue por la zona. Se le conoce solo por el apodo, y es un famoso delincuente de La Arrocera. El Harry es aún más mítico. Él fue uno de los primeros que iniciaron con la dinámica de asaltos y violaciones, a él se le prendió el foco antes que a nadie. Lo atraparon, y estuvo preso en Tapachula, por asalto, pero logró pagar los 50 mil pesos de fianza, y ya anda libre de nuevo. El Harry cayó junto con El Cochero (Filadelfo González) y El Diablo (Ánderson). Ellos dos están presos en el penal de El Amate, el centro de reclusión más grande de Chiapas, sobre el que el Estado no tiene control. Ahí adentro mandan los narcotraficantes, ellos ponen cuotas a los nuevos internos, y no permiten el paso de custodios ni de autoridades a la zona de celdas. Ellos dos eran la banda de Harry. Gente ruda que desde 1995 se paseaba en motos expoliando a los indocumentados que no tomaban el tren por miedo a un operativo migratorio, que preferían caminar ocultos en el monte. El Cochero mostró su talante entre grandes delincuentes haciéndose jefe de uno de los sectores, del módulo verde. Él lo administra, él cobra cuotas, él asigna celdas. Así lo decidió el jefe de la prisión (el preciso general le dicen en la jerga carcelaria), el narcotraficante Herminio Castro Rangel, al ver la violencia con la que El Cochero actuó cuando hubo que luchar durante dos días por decidir qué grupo se quedaba con el control de El Amate.

-Pero no entiendo: ¿Cuánto puede sacar alguien asaltando migrantes? -pregunté.

-Depende de lo que lleve la gente, pero hay desde los que llevan 10 pesos hasta los que llevan sus 5 mil u 8 mil pesos. Es que no solo aquí los chingan, los vienen chingando desde allá abajo, así que algunos ya llegan sin dinero -contesta.

-¿Y cómo es el negocio? ¿Si yo quiero agarro mi machete y empiezo a asaltar?

-Nooo, ahí mandan las bandas del lugar, ellos se reparten los lugares, y solo ellos pueden operar. Si te metes, te sacan a balazos.

-Si un migrante se opone, ¿no se tientan para dispararle?

-¡Uuuh! No, no, pues, por eso los matan, porque se oponen.

-Habrá muchos muertos ahí que nadie ha encontrado, ¿verdad?

-¡Uuuh! Un chingazal.

Le expliqué a El Calambres lo que los comandantes Maximino y Sánchez nos habían dicho. Le conté que aseguraban que el problema estaba resuelto. El Calambres levantó la vista, cruzamos una mirada de obviedad por un segundo, y sonrió para sí mismo.

-Es que no es solo uno el que anda ahí, son bandas, y no es solo una. Ahí no para, no es que vaya a dejar de haber alguien. Si cae uno, entra otro. Ahí es terreno grande, miran la ley cuando va, ellos vigilan. Están en el alto, y la ley los va buscando, pero ellos ya están viendo a la ley, y esta gente conoce mejor su terreno que la ley. La ley no alcanza a rodear todo. Esa zona es muy grande. Y si los encuentran, se echan bala con la ley. Escopeta 12, AR-15, .357. Hasta chaleco antibalas tienen.

Y es que, como bien dijo aquel agente del MP, La Arrocera en Huixtla es otra cosa, ahí hay bandas mejor preparadas. El Calambres asegura que esos grupos se dedican a lo de los migrantes como negocio fijo, pero que a veces “gracias a sus conectes”, les ofrecen otros negocios: asaltar joyerías, robar carros, comercios. Que esas bandas no trabajan solas, que hay autoridades que se llevan su tajada de las cinco bandas. Lanzamos las últimas preguntas. Para responderlas, El Calambres se encogió, habló en susurro, bajó más la cabeza y ya no la volvió a levantar.

-Y entonces, lo de violar a las migrantes, ¿qué es? ¿La diversión luego del asalto? -pregunté.

-Sí, pues, una diversión para ellos… una diversión…

-Claro, es fácil violar a alguien que sabés que no se va a quedar a denunciar.

-Sí, pues… sí, pues…

Salen de sus casas por las mañanas, como si fueran empresarios rumbo a sus empresas. Salen de la colonia El Relicario, Buenos Aires, El Progreso, Cañaveral, El Espejo, de ejidos, y ponen su puesto de asalto y violación, y se reparten el botín y vuelven a sus casas a esperar una nueva jornada de trabajo.

Los ranchos, el cansancio, la tensión

Ya en Escuintla, un pequeño pueblo de casas bajas y puestos callejeros, Toni, el fotógrafo, se pelea con el motorista de la combi que nos ha traído y que, a pesar de saber que los tres migrantes salvadoreños viajan con dos periodistas, intenta cobrar de más por el pasaje.

-¡Cinco pesitos, pa’l chesco, puta, unos pesitos de más!

Eso quiere, cinco pesos más por cada pasaje. A pesar de ser injustificada, sigue siendo una cuota decente para lo que suelen hacer estos asaltantes diplomáticos. Hay algunos que cobran a los migrantes 200 pesos por un pasaje que a un oriundo le cuesta solamente 10. No pagamos su impuesto, y seguimos en otra combi rumbo a Mapastepec. De nuevo la misma dinámica. Antes de llegar al segundo retén, pedimos bajarnos. Nos quedamos bajo un puente peatonal, donde preguntamos a un señor que espera su autobús si las vías del tren están muy lejos.

-Como a unos cinco kilómetros para allá, pero síganlas, no se vayan por este lado de la carretera, que hace como dos semanas los ladrones mataron a un migrante ahí.

Nos internamos en el monte una vez más, con la idea en la cabeza de que si nos toca, nos tocará, de que es inevitable. Hay algo en lo que pocos reparan. Los migrantes no solo mueren y son mutilados, no solo son baleados y macheteados. Las cicatrices de su viaje no quedan solo en sus cuerpos. Hay algo luego de tanta tensión que tiene que quedarse dando vueltas en la cabeza. Son más de 25 días de viaje. Escondiéndose, temiendo, pensando si el siguiente paso no es el paso en falso y tras él está la migra, el asaltante, el violador.

Pocos piensan en las consecuencias sicológicas de esas miles de centroamericanas que fueron violadas en esta espesura. ¿Quién las atiende? ¿Quién les cura esa herida oculta? Bien lo definió Luis Flores, encargado de la Organización Internacional para las Migraciones: “Aquí el gran problema no es solo lo que se ve, va más allá. Se trata de toda una visión de las cosas, de una mentalidad. Las mujeres migrantes tienen un rol ante los asaltantes, ante el coyote y entre su propio grupo, y durante todo el viaje viven bajo esa presión, asumiendo una lógica: ‘Sé que me va a suceder, pero ojalá que no’.”

Y su papel es el de un ser humano de segunda. Migrante y mujer equivalen a blanco fácil. Y eso nos quedó muy claro cuando hace unos días visitamos en las oficinas de Migración a Yolanda Reyes, la hondureña de 28 años, que desde 1999 vive en Tapachula como indocumentada. Tras tantos años, hizo su vida, la intentó normalizar, pero hay algo que no se borra: Yolanda seguía siendo centroamericana, seguía siendo indocumentada. El día que la conocimos ella terminaba de sacar sus papeles, tras todo un proceso de denuncia, luego de que su pareja, un policía sectorial de Chiapas, le metiera 11 machetazos, cuatro de ellos en la cara, por un simple coraje, y mientras le gritaba con todas sus fuerzas:

-¡Puta, puta, vas a aprender, eres una pinche centroamericana y aquí no vales nada!

Tras dos horas de caminata, las camisas ya escurren sudor. El sol nos ha tostado la frente, y las piernas empiezan a resentir la caminata. Estamos a la altura de Madre Vieja, un ejido, igual que el resto: monte, lodo, silencio. Aquí, hace unos ocho meses encontraron al último muerto de la zona.

Salimos a la carretera, pero el retén aún sigue a unos 400 metros. ¡Hemos caminado dos horas y sigue ahí! Es que tuvimos que internarnos primero en el monte, hasta encontrar las vías, antes de empezar a comer camino. Nos escondemos en el camellón que divide la carretera, entre un montarrascal. Cruzamos hasta el otro lado de a poco, como animales asustados, hasta que logramos meternos en otra combi. Ya hemos bordeado dos casetas.

Apenas nos bajamos en Mapastepec, nos embutimos en otra combi, para seguir hacia Pijijiapan. La rutina provoca hartazgo. De nuevo, le pedimos al motorista que nos baje antes del retén. El conductor nos deja en El Progreso. Ya es mediodía. Cuando nos volvemos a perder entre los montes de nadie, sentimos el calor infernal con toda su inclemencia. Ni Eduardo ni Marlon ni José hablan mucho ya. Cuando esta caminata termine y el tren aparezca, a ellos les faltará más del 90% de México por cruzar. El solo pensar eso hace que uno quiera pedirles que se rindan.

Aquí cruzamos por ranchos privados. Hemos atravesado siete cercas de alambres de púas, 10 ranchos de ganado, un río. Tomamos este camino por recomendación de un viejo al que encontramos en los primeros cinco kilómetros de este tramo. Ese viejo nos advirtió que allá adelante a veces asaltaban, y que no lo fuéramos a acusar de cómplice si eso pasaba, que él solo nos recomendaba el camino más corto para regresar a la carretera. No importó. Había otro camino, pero era más largo. Solo queríamos agua y sombra, y la palabra atajo se impuso a la amenaza de asalto.

Llevamos tres horas caminando por estos ranchos. No sabemos si hemos enrumbado bien o si estamos dando círculos. Había otra mejor opción, bajarnos en El Mango, un desvío adelante de El Progreso, pero ahí el asalto es garantía, nos dijeron. Al fin, en una casita destartalada, encontramos todo lo que necesitamos: un viejo que nos guíe y un pozo de agua. El viejo nos dice que tenemos suerte, que las cosas están más tranquilas, y que pronto dejarán de estarlo. Hace dos semanas, la policía atrapó a padre e hijo, ambos asaltantes de Santa Sonia, una zona ubicada al otro lado de la carretera. Que debido a eso, los sobrinos de ese señor, también asaltantes, habían bajado la frecuencia de sus ataques de este lado.

-Es por un rato, mientras todo se tranquiliza, luego ahí van a andar otra vez.

Por fin salimos a la carretera y logramos enrumbar en combi hacia Pijijiapan. De nuevo nos bajamos de esta para subirnos a otra que va a Tonalá. Preguntamos, y nos dicen que el retén que hay es militar, que solo buscan droga y armas, que no piden documentos. Estamos cansados, no nos importa un riesgo que muchos kilómetros atrás no hubiéramos asumido. Es un retén menos. Lo aceptamos con alegría, convenciéndonos de que no nos bajarán, aunque sabemos que muchas veces sí lo hacen.

Pasamos. Solo buscaban armas y droga. Tuvimos suerte.

Tras 40 minutos de combi, pedimos que nos bajen en el crucero Durango. Estamos a 20 minutos en combi de Arriaga, del tren, pero no, tenemos que bajarnos y caminar dos horas más. El silencio empieza a convertirse en enojo. Aquí nos encontramos, entrando por donde el viejo Liévano desviaba a los migrantes para que fueran asaltados.

El paraje cambia. Ya no se trata de ninguna espesura verde. Caminamos por piso de piedras sueltas siguiendo las vías. Es un sitio mucho más apocalíptico. Seco, yermo. Adelante, pasamos al lado del famoso basurero, un punto esperpéntico de asaltos y violaciones. Un basurero al aire libre repleto de bolsas y cartones multicolores que vuelan con el viento y se prenden en las verjas de los ranchos, creando una escena que parece posterior a la explosión de algo que ha dejado sus pertrechos regados por todas partes.

Hemos caminado dos horas más. Tenemos llagas en los pies después de 45 kilómetros bordeando casetas. El puente férreo que da entrada a Arriaga aparece al fondo como una puerta industrial a una pequeña ciudad sin ningún atractivo. Pero para nosotros es una visión única. Hemos caminado desde las 6 de la mañana hasta esta hora, las 7 de la noche, pensando todo el tiempo que en algún momento nos asaltarán. El puente de Arriaga es lo único que queríamos ver.

Nos despedimos. Marlon, Eduardo y José, los salvadoreños, se van al albergue, mientras nosotros regresamos a Huixtla. No hubo asalto en toda esa inmensidad conocida como La Arrocera. Quizá se han calmado los delincuentes. Tal vez El Calambres no tenía razón, y tras una banda no viene otra. Quizá la historia cambia aquí en Chiapas, y los fiscales y los comandantes están logrado su objetivo.

Nada es lo que parece

Hace cuatro días que hicimos la caminata por los montes de los migrantes. Desde entonces, he conversado con tres personas para saber cómo sigue el área. Para conocer si los demás que han pasado han corrido con nuestra misma suerte.

Carlos Bartolo, encargado del albergue de Arriaga, me cuenta que solo hoy han llegado cuatro migrantes asaltados. Uno de ellos es Ernesto Vargas, un joven de 24 años, de Atiquizaya. Le quitaron 25 dólares y 200 pesos. Fue un hombre con un machete el que lo revisaba, mientras su compañero le apuntaba al pecho con un revólver .38.

Llamo al comandante Maximino, quien explica que está saliendo a un reconocimiento. Al parecer, una banda de asaltantes de La Arrocera se ha trasladado a los límites con el estado de Oaxaca, y han establecido una casa de seguridad en el monte. Su consigna parece ser que si no pueden asaltar a los que van a pie, asaltarán a los que viajan en tren. Le pregunto si ya coordinaron con las autoridades del estado de Oaxaca, si ya les dijeron lo que saben. Responde:

-Es que a ellos no les interesa, no están metidos en el tema, no se puede coordinar con ellos.

Un día más ha pasado. Llamo a Alejandro Solalinde, el encargado del albergue de Ixtepec, Oaxaca, donde llega el tren que lleva a los que han salido de Arriaga. Me cuenta que el tren que llegó esta mañana, después de muchos meses, fue asaltado. Unos vándalos se subieron al vagón en los límites entre Chiapas y Oaxaca, y a punta de pistola y filo de machete, desplumaron a los viajeros.

Una vez más llamo al albergue de Arriaga. Hoy llegaron otros tres salvadoreños asaltados en Huixtla, y una mujer. Una joven hondureña de 24 años. Hace dos días fue violada. Fue en La Arrocera. Lo hicieron sus mismos compañeros de viaje, que dijeron ser migrantes cuando la convencieron de que los acompañara. La violaron los tres y le patearon el estómago hasta que perdió el conocimiento. Cuando despertó, ni ellos ni su amiga estaban. Como pudo, caminó hasta la carretera a pedir ayuda. Sangraba. Era su hijo que se le escurría por las piernas. Se lo mataron a patadas en La Arrocera.

Mi sola presencia en este lugar invoca a la muerte. Me lo dice esta mujer que llora delante de mí: si no me voy, ella se muere.

Estamos en una comunidad marginal en alguna parte de Ilopango. Queda al lado de una carretera principal, pero es invisible en la calurosa selva urbana: un foso donde corren aguas malolientes, muros pintados con spray, casas de techo bajo, gente que barre hojas secas, ropa tendida al sol… En una de esas comunidades estoy ahora con un fotógrafo, amenazando la vida de esta mujer. Eso es lo que ella nos dice mientras nos mira con un miedo que la hace llorar.

Desde la calle cuesta adivinar la profundidad que pueden tener los estrechos pasajes y lo enredados que pueden llegar a ser. Llegamos a este lugar luego de dar muchos rodeos por la zona y de que mucha gente señalara en direcciones opuestas. Habíamos pasado frente a este grupo de casas al menos dos veces. Pero ya hemos dicho que es invisible. Preguntamos a un grupo de mujeres y señalaron una casita. Nos acercamos y preguntamos a otra que estaba sentada a la entrada de una tienda y señaló la misma casita. De los pasajes comenzaron a salir muchachos que nos miraban con descaro y quizá con reto. Nos seguían con la vista. La mujer que estaba sentada en la tienda desapareció.

Luz se asomó tras la puerta de su casa. Es una mujer mayor a la que aún es atrevido llamar anciana. Mide poco más de metro y medio y va descalza. Tras ella, como pollitos, salió un grupo de niños. ¿Cinco, seis? Todos iban descalzos. Cuando escuchó el motivo de nuestra visita negó con la cabeza y le dijo a sus pollos descalzos que se largaran, que esa no era plática de niños, sino de abuelas corajudas. Los chicos se replegaron, pero volvieron como moscas atraídas por el misterio. Vinimos a ver a Luz para preguntarle sobre Clara, su hija.

-¿Y cómo dio conmigo?

- Preguntando.

-¿Y preguntó a los vecinos?

-Sí.

-¡Ay, Dios! No. ¿Y le preguntó a la mujer que estaba sentada ahí a la par?

-Eeeeh… pues sí.

Entonces fue cuando Luz se echó a llorar y a moverse como si algo le doliera por dentro, a frotarse las manos, a mirar al cielo. Hemos revuelto un hormiguero. Es que esa mujer que estaba sentada ahí a la par ordenó matar a su hija Clara, y Luz había jurado olvidarlo, no acordarse, no volver a pronunciar su nombre, no revolver en el recuerdo a sus fantasmas y, sobre todo no hablar. No hablar ni una palabra. Y ahora, como elefantes en una cristalería hemos entrado preguntando por su dirección a la asesina de su hija. La pandilla tiene oídos en todas partes y Luz lo sabe; tendrán curiosidad de saber qué hablamos y Luz lo sabe, y si creen que ha hablado de más la van a matar… y Luz lo sabe.

El fotógrafo apenas ha disparado un par de veces para conseguir imágenes del entorno. A la mujer le ofrezco disculpas e intento actuar, diciendo lo más alto que puedo: “¡Vámonos, Mauro, si esta señora no nos quiere decir nada, está en su derecho!” Y le ofrezco largarnos de inmediato. Se tranquiliza, nota que hemos entendido. Antes de que salgamos de la colonia me dicta en un susurro un número de teléfono y promete contármelo todo.

* * *

Era diciembre de 2006 y Zoila Cisneros estaba un poco nerviosa. Antes de que dieran las 7 de la mañana entró en aquel edificio ahumado de tres plantas donde tenía algunas semanas entrenándose en el arte de contestar teléfonos. Pero aquel día sería especial, porque ella se convertiría, al fin, en una recepcionista del sistema de emergencias 911.

El edificio que alberga la central de recepción de llamadas queda justo atrás del cuartel central de la Policía y su fachada no invita a la alegría. Es una estructura monótona surcada de cables, bañada a diario por las excrecencias de los escapes de miles de vehículos. Lo único bueno -o coherente al menos- es que la fachada anuncia con bastante fidelidad el ambiente interior: un conjunto de salones desolados y oscuros, como una especie de convento policíaco. Ahí estaba Zoila aquel día de diciembre, en absoluto preocupada por la decoración. En su cabeza había otras prioridades, como la de tener que lidiar con gente en problemas que esperaría que ella tuviera respuestas atinadas y ágiles, cabeza fría. Zoila aún no sabía que en El Salvador, cuando se atiende un teléfono de emergencias, se corre el riesgo de contestarle al horror, de escuchar lo abyecto, de oír la voz de lo oscuro. Pero ya lo aprendería.

En realidad el entrenamiento que reciben los operadores del 911 no es muy diferente al de un operador de cualquier call center; de forma que saben lo básico como para reservar vuelos en una línea aérea, rentar un carro o mandar una pizza a domicilio. Aunque hay una diferencia importante: el software que utilizan los telefonistas de Pizza Hut es más avanzado. El subcomisionado Gersan Pérez, jefe del sistema 911, explica el procedimiento que se utiliza para elegir a los telefonistas de emergencias: primero pasan por un examen sicológico, luego por uno de inteligencia, después uno de cómo contestar el teléfono. Si aprueban, pasan dos semanas familiarizándose con la estructura jerárquica de la Policía y con el sistema técnico. “Bueno, últimamente se les ha dado también unos cursos de superación y de liderazgo”, anota el oficial.

Faltando algunos minutos para las 9 de la mañana, luego de las últimas explicaciones sobre su trabajo, Zoila se sentó en el cubículo número 4. Quizá le designaron ese sitio para que la novata pudiera estar más cerca del supervisor. El cubículo número 4 queda justo frente al puesto de mando de la central de llamadas que en ese momento ocupaba un cabo de apellido Rauda. Zoila tomó asiento, se colocó la diadema con el micrófono y los audífonos y esperó la primera llamada que atendería en su primer turno de trabajo. El teléfono no tardó en sonar.

La grabación de la primera llamada de Zoila circuló meses después por internet, viajando por el carril del morbo a gran velocidad. Fue enviada en cadenas de correo, colgada en varios blogs y dramatizada con fotomontajes: sólo en Youtube hay cuatro vídeos en los que se ilustra la pista de voz. Hasta el cierre de este artículo habían sido reproducidos 206 mil 765 veces. La llamada la perseguiría desde entonces, pero en aquel momento Zoila no tenía forma de saberlo. Apretó el botón para recibir y escuchó en sus audífonos la voz rota de una niña que sollozaba al teléfono:

Niña: Aló, buenas, vengan por favor a mi casa.

Zoila: Aló.

Niña: Aló, venga a mi casa por favor.

Zoila ¿De dónde estás hablando?

Niña: De celular.

Zoila: Dame el número

Niña: … De celular… 703070…

Zoila: ¿Qué te pasa?

Niña: Un hombre está peleando con mi mami.

Zoila: ¿Dónde vive? ¿No hay nadie adulto que te pueda ayudar?

Niña: No.

Zoila: ¿Dónde vivís, en qué colonia?

Niña: Por Ticsa

Zoila: ¿Por dónde?

Niña: Por la escuelita de Altavista… ¡nooo, nooo!

Es en ese momento cuando todo se sale de control, cuando el horror brinca como una alimaña corrosiva y se transforma en la voz de una niña que grita un grito torturado, como si se lo arrancaran de la garganta con un instrumento afilado. Cuando aquella niña grita “nooo”, la voz se le derrumba y se le muere. Luego grita sin decir nada, como gritaría un animal.

Niña: (Gritos agudos).

Zoila: Espérese, hijo.

Niña: (Gritos).

Zoila: Aló.

Niña: (Se escucha su voz alejada del teléfono) ¡Déjela, por favor!

Zoila: ¡Ay, Dios mío!

Niña: (Gritos) ¡Déjela, por favor! (Llanto) ¡Ayúdeme, ayúdeme!

Zoila: ¡Ay! Hay un niño pegando unos gritos…

Niña: ¡Ayúdeme!

Zoila: Aló.

Niña: Es que mi mami está peleando.

Zoila: Por eso: ¿dónde estás?

Niña: (Gritos y llanto) ¡No, no, no, noooo! ¡La mataron, la mataron, la mataron! ¡Mami, mami, mami! (llantos y gritos) ¡Mamita, no te mueras, mamita…! (Suena otra voz de niño: ¡La mataron, la mataron! ¡Tía, la mataron! Llanto.

De entre los 13 operadores que cada turno atienden el sistema simultáneamente, esa llamada fue desviada precisamente al cubículo 4, donde la nueva. Zoila, la recepcionista novata, no supo cómo actuar y ella misma cortó la llamada. Después se quedó con un retumbo en la cabeza, con el eco que deja una bomba que explota cerca. Le comentó a su vecino de cubículo lo que acababa de escuchar y este hizo un gesto como quien oye llover. Total, los niños son traviesos y hábiles maestros del engaño. “Hay que saber porque los niños lo engañan a uno”, le recomendó, a partir de su experiencia. Pero él no había oído esos gritos, él no había escuchado la muerte por el auricular, él no había tenido esa voz al teléfono pidiendo misericordia. Zoila comenzó entonces a entender su trabajo y a contestar las llamadas con el aliento contenido. ¿Qué le pasaba a esa niña? Evidentemente Zoila no tenía la más mínima idea de dónde estaba Ticsa y mucho menos la escuela de Altavista. Al verla dudar tanto, su compañero de cubículo le recomendó que se curara en salud y que le comentara lo sucedido al cabo Rauda, el supervisor.

“Me levanté y le fui a decir al supervisor que acababa de recibir una llamada y que el niño gritaba y que yo creía que quería ayuda y que yo tenía el número y entonces él marcó el número de celular y le contestó un señor, le puso el altavoz al auricular y le dijo: ‘Hemos recibido una llamada pidiendo ayuda’. El señor le dijo que no, que no habían llamado al 911. El supervisor le dijo: ‘Cómo no, un niño está diciendo que le están golpeando a la mamá’. El otro: ‘No, aquí ha habido un pequeño problema entre hermanos, pero ya pasó todo, los niños son escandalosos’. Y entonces el supervisor colgó”, recuerda Zoila.

Zoila entendió que sus compañeros del 911 no iban a comprender su angustia porque ellos no habían escuchado aquella voz al teléfono. “Los compañeros que tienen experiencia me decían: ‘A todos nos pasó el primer día, uno se asusta, pero los niños son excelentes para fingir’. Pero yo entendía porque ellos no escucharon a ese niño. Cuando yo le fui a decir al supervisor, él creyó que yo estaba por primera vez impactada por lo que escuchaba, y yo le digo: ‘Yo de lo único que estoy segura es que ese niño necesitaba ayuda’. Es una angustia terrible. Después, cuando el supervisor habló con el señor y le dijo ‘los niños son bien escandalosos’, en ese momento a mí se me olvidó ya ese evento”.

Zoila se tranquilizó y siguió haciendo su trabajo y volvió a escuchar a otros niños que hacían bromas y fue adquiriendo pericia y familiarizándose con las direcciones, con las calles y con las esquinas. Así siguió una semana. Así hubiera seguido de no haber sido porque un operador del sistema, husmeando entre los archivos en busca de grabaciones que pudieran ser empleadas con fines didácticos, escuchó aquella grabación y la rescató del olvido, quizá más de lo que él se imaginó.

“Todo cambió cuando a la semana llegó uno de informática y me dijo: ‘¿Qué tal?’ Yo le dije que bien. ‘¿Y el primer día?’ ‘Bien’ , dije. ‘¿Segura?’ Entonces me llamó y me llevó a que escuchara esa grabación. Él me dijo: ‘¿Sabía que a la mamá la estaban matando?’ ” Y entonces todo volvió a aparecer y lo que estaba sepultado como una broma, reapareció como una niña que miraba cómo agredían a su mamá, quizá hasta la muerte. Zoila reclinó la cabeza y lloró amargamente.

El software de la Policía permite contestar una llamada y poco más. El comisionado Gersan Pérez, jefe del 911, envidia a los despachadores de pizzas, porque estos, con su tecnología pueden crear una base de datos. Así, cuando un hambriento llama por segunda vez a la misma cadena de comida rápida, se sorprende cuando la recepcionista le saluda con su nombre y apellido. La Policía no puede permitirse esos lujos y se conforma con grabar cada llamada. Cada vez que suena el teléfono es un misterio, y la pronta ubicación del lugar de los hechos depende del conocimiento que los telefonistas y los despachadores de unidades tengan de la nomenclatura urbana. Y, claro, desde luego, el archivo no guarda automáticamente delicadezas como el día y la hora de cada llamada. Por eso, cuando un bromista entra al sistema, ocupa una de las 13 unidades durante el tiempo que dure la broma. Y si vuelve a llamar no hay forma de reconocerlo. Así que los policías salen a la calle a hacer conciencia de la necesidad del buen uso del 911. ¿Y qué mejor manera de explicar lo importante de tener las líneas despejadas que la primera llamada de Zoila?

Así que ese archivo circuló entre el cuerpo de agentes, pasó de computadora en computadora, de memoria en memoria, hasta que una vez, casi dos años después de la llamada, luego de un curso de formación con personal policial, un sargento consideró que la llamada ameritaba ser compartida con el público y la subió a internet. Lo que se escuchaba resultó tan atroz que de inmediato comenzaron a aparecer muchas preguntas al respecto. 2006 no fue un buen año para la Policía ni para la política de seguridad del presidente Saca. Ese año se batió el récord de homicidios y El Salvador encabezó en violencia todo el continente. Durante los años que siguieron, la política de “mano dura” hacía agua por todos lados. Era obvio que la llamada de una niña a la que no se le pudo dar respuesta no ayudaba mucho a mejorar la imagen de la PNC ni colaboraba tampoco con la campaña presidencial que se avecinaba.

Según unos agentes del sistema 911, se involucró a la División Anti Homicidios (DIHO) y a la División de Investigación Criminal (DIC) para dar con la identidad del agente que había subido el archivo a internet. Estos investigaron diligentemente hasta dar con el malhechor cuya identidad guardan con celo. Después de eso, ¿qué hacer con la llamada? Simple: mentir. Mentir a quien hubiera que mentir. Pasara lo que pasara, esa llamada no había existido, era falsa. Y así fue creciendo y creciendo un curioso muro de mentiras y silencio.

* * *

Me subo al vehículo y veo de reojo la esquina donde hace tres años terminó muerta Clara, tirada en el charco de su propia sangre, a menos de una cuadra de la casa de Luz, su madre.

Al día siguiente marco el teléfono que Luz me dictó con sigilo y quedamos de vernos en el interior de una estación policial, que es el único lugar donde se siente segura para contar su historia, que es en realidad la historia del asesinato de su hija.

Conseguí llegar hasta Luz gracias a una diligente gestión del departamento de comunicaciones de la PNC. Un procedimiento simple, un trámite de unos minutos. Yo que pregunto por la grabación que circulaba en internet y Wendy -la chica de comunicaciones- que me contesta en unos minutos para decirme con detalle la dirección de la víctima.

Llego a la estación de Policía que habíamos pactado y Luz ya está esperándome. Ahora no va descalza, se ha puesto elegante. Lleva un vestido café, unas sandalias y un toque ligero, casi imperceptible de maquillaje. Se hace acompañar por una de sus cuatro hijas que aún viven. La chica permanece en el más absoluto silencio mientras nos presentan. Se limita a mirarme con desconfianza y a extenderme la mano. Conseguimos que los policías nos dejen utilizar las bancas de madera de la cafetería que está en la estación y Luz busca la más apartada, aquella donde nadie puede oírnos.

“Lo que le voy a contar no se lo he contado a nadie, a nadie, ni a la Policía y usted tiene que prometerme que no se los va a contar tampoco”. Lo prometo y Luz comienza a pronunciar la historia que la quema por dentro. Clara era la cuarta de sus hijas, tenía 23 años y dos hijos de padres diferentes: una niña de 10 años y un chico de 8. Clara poco a poco comenzó a andar en malos pasos, a desaparecer noches enteras, luego por varios días y luego apenas visitaba a su madre. Bebía mucho y cuando bebía no medía sus palabras. Eso la mató. Un día ofendió a aquella mujer que descubrimos sentada a la entrada de una tienda. Fue un insulto serio. Al parecer Clara le sabía algunos secretos a aquella mujer, secretos que cuestan la vida y Clara los gritó en público. La tipa era miembro de la pandilla y desde aquel agravio estaba obligada a hacer correr sangre para limpiar su honor. Unos días después, Clara estaba recogiendo agua en una cantarera y un desconocido se acercó a hablar con ella. Dos tipos más se aproximaron y le pidieron al muchacho que les mostrara su torso desnudo. Buscaban tatuajes. Clara intervino y los pandilleros le dispararon a quemarropa. Quedó tirada en el suelo con cuatro balazos en el cuerpo, sucia de sangre y de tierra. “Como una empanada en azúcar”, recuerda Luz, su madre. Esto es todo lo que se puede decir de la muerte de Clara sin poner en riesgo al resto de su familia. Luz decidió no hablar, no confía en nadie. El lugar donde ocurrió es una de las tantas y tantas comunidades que quedan entre Ticsa y Altavista.

Pero la historia no cuadra. Cuatro tiros a quemarropa no dan espacio para que nadie haga una llamada al 911. Ninguno de los hijos de Clara estaba en casa en ese momento y de haber estado ninguno tenía un celular del cual llamar. Además, a Clara no la mataron a las 9 de la mañana. Unos días después del asesinato de su hija, un investigador de la Policía se presentó a su casa comentándole algo sobre una llamada al 911 hecha por un menor. A Luz sólo le importaba que ese señor se fuera, así que le dijo la verdad: no sé nada sobre ninguna llamada de ningún niño. Asunto cerrado. Ningún policía ha vuelto a llegar jamás a casa de Luz.

Lejos, muy lejos de aquella casa sencilla, en la cuarta planta de un edificio en la lujosa colonia Santa Elena, alguien más decidió investigar. Karla de Varela, especialista de políticas públicas de Unicef, quedó impactada cuando el año pasado alguien le hizo llegar la grabación que ya circulaba en internet. Decidió hacer algo y sus contactos le permitieron indagar al más alto nivel. Ella llegó en calidad de funcionaria de Naciones Unidas hasta el ex ministro de Seguridad Pública, René Figueroa, a quien preguntó por la veracidad de la llamada y Figueroa se comprometió a investigar.

Días después, Varela y otros funcionarios de Unicef volvieron a reunirse con el ministro de seguridad y este les tenía una noticia tranquilizadora: todo era una falsa alarma. Una mentira muy bien orquestada. “Una leyenda urbana”, fueron sus palabras. A esas alturas conocían sobre la veracidad de la llamada, como mínimo, una operadora de teléfono, uno de sus compañeros, su supervisor, el grupo de soporte técnico del sistema, un sargento aficionado al internet, varios grupos de oficiales que utilizaron la llamada para dar cursos, varios agentes que recibieron esos cursos, un grupo de oficiales que -según Zoila, la telefonista- se reunieron para evaluar su caso… y el comisionado José Luis Tobar Prieto, director general de la Policía. Pero René Figueroa, con su sonrisa de cortesía, le aseguró al Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia que todo era una leyenda urbana, un mito.

* * *

La primera vez que hablé con Gersan Pérez, jefe del sistema 911, el presidente de la República aún era Antonio Saca y el jefe de la policía Tobar Prieto. Faltaba una semana para que las nuevas autoridades asumieran sus cargos y a Gersan el tema parecía resultarle incómodo. Me recomendó que hablara con la unidad de comunicaciones y le conté el periplo que me había supuesto valerme de la información que esa unidad me había proporcionado. “El director nos ha pedido explícitamente que no hablemos de ese tema. Te prometo que vamos a hablar, pero esperame después del lunes”. El lunes al que él se refería era el 1 de junio, día en que la administración Saca entregaba el poder.

Días después, sentado en su despacho, Gersan explicó la razón del silencio: ni la Policía, ni la Fiscalía habían podido nunca ubicar el origen de la llamada. En parte debido a que Zoila nunca generó “evento”, que en el argot policial quiere decir que, en el rudimentario sistema informático de la Policía, la recepcionista jamás consignó la fecha ni la hora de la llamada, de manera que, al cabo de los años, esos datos naufragaron -quizá para siempre- en la memoria de la PNC. A pesar de que se trató del primer día de trabajo en cabina de Zoila, y de la primera llamada que recibió, ella no recuerda la fecha exacta. Y no hay registros. El sistema tampoco archiva automáticamente el teléfono del que proviene la llamada y este aparece en la pantalla de la recepcionista justo el tiempo que tarda la llamada, como en cualquier teléfono. Si este no es anotado a mano, el número también dejará de existir. En la llamada, la niña que denuncia la muerte de su madre está a dos dígitos de pronunciar el número celular del que habla, cuando Zoila la interrumpe. Nunca la policía dio con el caso y en lugar de asumirlo decidió guardar silencio o, simplemente mentir. “Claro que afectaba a la Policía, por el mismo desgaste que esto ha generado”, explicó Gersan.

En un país donde el promedio de asesinatos diarios fue de 9.5 en los últimos cinco años, no es difícil encontrar un cadáver que coincida con la ubicación espacial entre Ticsa y Altavista. Otro cadáver al que, por cierto, tampoco se le ha hecho justicia. Sólo en Ilopango, durante el año 2006 murieron 15 mujeres. El rango de edad en que la muerte reclamó prendas va desde menos de un año hasta los 54 años de edad. 11 murieron asesinadas a balazos, una murió estrangulada, dos fueron muertas con instrumentos afilados y de una más no se detalla el instrumento que le quitó la vida.

La lista de circunstancias de las muertes que detalla el archivo del Instituto de Medicina Legal entraña algunas anotaciones inverosímiles: “Atada de todo el cuerpo; se hacía pasar por hombre; semienterrada; plancha de pupusas…”.

Quizá nunca sepamos qué fue de aquella niña que un día de 2006 tomó un teléfono y compartió su suplicio con una recepcionista novata del 911. Ahora su voz circula en internet. Ahí, en Youtube, donde se puede encontrar la constancia de su terror, en la lista de opciones que se llama “videos relacionados” aparece el video de otra niña que también le habló al mundo, sólo que ella era de Vancouver, Canadá y al mundo le habló desde el podio central en una reunión de Naciones Unidas. Su nombre: Severn Cullis Suzuki.

A los nueve años de edad, Suzuki fundó una organización de niños por la defensa del ambiente y a los 12 se dirigió a los representantes de distintos países del mundo reunidos en la Cumbre de Medio Ambiente y Desarrollo en Río de Janeiro. Ahora ella es una prestigiosa bióloga graduada en Yale. Pero cuando tenía apenas 12 años así le habló Suzuki a los adultos del mundo:

“… Perder mi futuro no es como perder unas elecciones o unos puntos en el mercado de valores. Estoy aquí para hablar en nombre de todas las generaciones por venir. Estoy aquí para hablar en defensa de los niños hambrientos del mundo cuyos llantos siguen sin oírse… En mi país derrochamos tanto… Compramos y desechamos y aún así, los países del Norte no comparten con los necesitados. Incluso teniendo más que suficiente, tenemos miedo de perder nuestras riquezas si las compartimos. En Canadá vivimos una vida privilegiada, plena de comida, agua y protección. Tenemos relojes, bicicletas, ordenadores y televisión… No puedo dejar de pensar que esos niños tienen mi edad, que el lugar donde naces marca una diferencia tremenda. Yo podría ser uno de esos niños que viven en las favelas de Río; podría ser un niño muriéndose de hambre en Somalia; un niño víctima de la guerra en Oriente Medio, o un mendigo en la India…”

Quizá si Suzuki, la niña, o la bióloga de Yale, escuchara a aquella otra que aparece en un “video relacionado”, podría agregar: “… o una niña que le grita y le suplica a un teléfono mientras a su madre la matan ante sus ojos, en El Salvador”.

Capítulo I

1. Al partir en este viaje, mis votos son los de un monje: pobreza y castidad. He decidido vivir seis meses en Medellín con el salario mínimo y no sé cuál será mi casa, si tendré amigos, si un día me acostaré con una mujer. Mis únicas certezas son un número de teléfono y un puesto como bodeguero, que he conseguido a través de un conocido en una empresa de confección infantil llamada Tutto Colore. Repito el nombre en voz alta y con un falso acento italiano: Tu-tto Co-lo-re, una ironía si pienso en la monocromática vida que me espera como operario de una fábrica. Además de mi ropa, en la maleta llevo varios tubos de crema dental y pastillas de jabón, tres desodorantes y dos cepillos de dientes. Es la única trampa que voy a hacer. Los artículos de aseo son lo más costoso de la canasta familiar: en ellos me he gastado unos setenta mil pesos, casi una sexta parte de lo que voy a ganar al mes. En la billetera tengo un calendario de bolsillo para tachar los días en que viviré como un honesto impostor: serán seis meses de ser lo que no soy y de saber lo que puedo llegar a ser.

Ya llevo un día en Medellín. Sentado en un bar del centro de la ciudad, recorro los clasificados del diario El Colombiano para buscar una pieza donde dormir. He encerrado en un círculo unas cuantas habitaciones en lugares que reconozco por libros y guías que leí antes de venir aquí. El clima primaveral que anuncian los folletos es mentira: un termómetro en la pared marca 32 grados, pero estoy contento de no tener que llevar puesta una chaqueta. Podrá sonar ingenuo, pero elegí Medellín porque creo que pasar necesidades en un clima más amable será menos complicado. Siempre he querido vivir en Buenos Aires y quizás ahora mi sueño por fin se cumpla: hay algunas pensiones para hombres solteros situadas en el barrio que lleva por nombre la capital de Argentina. Elijo otro par en Aranjuez y Manrique, unos barrios obreros fundados en la primera mitad del siglo pasado, esa etapa de esplendor de la industria textil. Es como si tirara los dados sobre el periódico.

No sé qué resultará de mi elección. Pero el dinero manda y mi criterio es simple: ganaré 484.500 pesos, incluido el subsidio de transporte, así que según mis cuentas no puedo gastar más de 150.000 por mes en el arriendo. El resto de mi sueldo lo destinaré para los buses y la comida. ¿Me sobrará dinero? ¿Unos 120.000 pesos para darme gustos los fines de semana? Algún helado, las cervezas, una película, una discoteca, la vida. El lujo de ser un soltero sin hijos que gana el sueldo mínimo y no tiene la obligación de enviarle dinero a su madre.

No sobran posibilidades para elegir un cuarto barato en Medellín. Estuve muy cerca de mudarme a una habitación de siete metros cuadrados y paredes descascaradas en el barrio Manrique Central. Tenía una cocineta a medio terminar y un baño sin cortina. El antiguo inquilino se había llevado los bombillos, pero en retribución dejó una revista pornográfica y una olla ahumada. Al frente del cuarto, en un patio interior, quedaba un lavadero de cemento donde los habitantes de la pensión, hombres solos, refregaban su ropa sucia y la colgaban en un alambre retorcido. Sobre el patio daba sombra un bonito samán, muy viejo, a juzgar por las enredaderas que lo cubrían. El árbol fue lo único que no encontré amenazador. El hombre que me mostró el cuarto, un tipo flaco que me recibió en chancletas y sin camisa, me dijo que el teléfono público del pasillo no servía porque lo dañaron al querer sacarle las monedas: “Es que la gente no respeta. No vaya a dejar la ropa colgada durante la noche. De pronto no la encuentra al otro día”, insistió.

No me ilusionaba tener que golpear puerta por puerta preguntando por mis calzoncillos. Su sinceridad bastó para que me decidiera a usar el número telefónico que tenía anotado en un papel. Me lo había dado un periodista al que le había contado sobre esta mudanza. Llamé y así fue como apareció en mi vida una mujer que trabajaba en la alcaldía de Envigado. En menos de dos horas me consiguió una habitación en la casa de su mejor amiga, en el barrio Santa Inés, al nororiente de la ciudad. Hasta el 2000, la comuna tres, donde me quedaría, había concentrado la mayoría de bandas de Medellín en su etapa más sangrienta, entre ellas La Terraza, que llegó a dar empleo a unos tres mil sicarios. No sé muy bien por qué, pero algo me decía que ahí, en ese barrio popular que fue campo de guerra, encontraría lo que estaba buscando. Sin pensarlo dos veces, al día siguiente me mudé a ese lugar.

2. He empezado a vivir con tres desconocidos en una casa donde las habitaciones no tienen puerta. Un velo de tela separa mi cuarto del comedor y de una cocina que me tiene deslumbrado: es de metal, vidrio y madera y parece que la hubieran arrancado de un apartamento de estrato seis para empotrarla en un lugar, que, según un recibo de servicios públicos que vi sobre la nevera, es del estrato dos. Pregunté cuánto había costado y uno de los aún desconocidos, una mujer de un metro cincuenta y hablar dulce, me dijo que dos millones de pesos. Los cuartos de la casa no tienen puertas, pero los Carrasquilla, mis anfitriones, poseen una de las cocinas más caras de este barrio que lleva el nombre de una santa.

Hay que reparar en los nombres, a veces el secreto está en ellos. ¿Quien bautizó el barrio sabía acaso que la santa había sido mártir? Dicen que Inés fue juzgada por rechazar un pretendiente noble y sentenciada a vivir en un prostíbulo, donde permaneció virgen gracias a varios milagros. De acuerdo con las Actas de su martirio, aunque fue expuesta desnuda, los cabellos le crecían de manera que tapaban su cuerpo. El único hombre que intentó desvirgarla quedó ciego. Pero Santa Inés lo curó a través de sus plegarias. Luego fue condenada a muerte y decapitada.

La primera noche pegué un mapa de Medellín en una de las paredes de mi cuarto. Antes había revisado allí cómo funcionaba un televisor de perilla y verificado la dureza de mi cama. Ambas cosas iban a ser definitivas en mi nueva vida. Lugares comunes como un televisor y una cama entrañan verdades más profundas de las que uno solo se entera por el paso del tiempo y la experiencia. Lo confirmaría días después cuando sintiera qué significaba trabajar diez horas al día en una fábrica de ropa. Quién sabe si, cuando vuelva a esa casa, mi único deseo será desparramarme en el colchón para ver un programa de televisión sobre casas de campo en Gales.

Don Guillermo Carrasquilla, el dueño de casa, había fabricado el clóset de madera donde colgué las cuatro camisas y los tres pantalones que había traído desde Bogotá. Esa primera noche acomodé en un rincón mis dos pares de zapatos y unas chanclas y me senté por unos minutos en la cama a ver el punto exacto del mapa donde estaba mi nueva casa. Lo había señalado con una estrella mientras doña Lucero Carrasquilla, esa mujer de hablar dulce que es la esposa de don Guillermo, me preguntaba si tenía algún gusto culinario especial. “Fríjoles, me gustan los fríjoles”, le respondí sonriente. No esperaba que alguien se preocupara a tal punto por mi comida.

De un modo extraño, mi cuarto se ha vuelto una mala clase de geografía. El mapa sobre la pared muestra los casi 250 barrios urbanos oficiales que tiene la ciudad. Por sus nombres puedo decir que me agradan Moscú No 2, La Frontera, La Avanzada, Caribe, La Pilarica, La Mansión, Ferrini, Castropol y El Corazón. Según los cartógrafos, la ciudad se acaba unas veinte cuadras al oriente de donde estoy. Más allá aparece una gran superficie verde, el pico de la montaña sobre la que fue construida Santa Inés durante los años setenta, justo cuando un código de construcción decretó la discriminación social en la ciudad. Así, El Poblado, el barrio donde terminaron asentándose los adinerados de Medellín, sería una zona residencial de baja densidad, con lotes por vivienda de 1.200 metros cuadrados; mientras que aquí, en el nororiente, las casas tendrían solo 90 metros. He subido a la terraza de esta casa que alguna vez tuvo las paredes de ladrillo desnudo y el piso de cemento —la de enfrente todavía los tiene— para comprobar si el verde del mapa existe a la vista, pero desde allí no se ve. O está muy lejos. Antes se divisa una hilera de ranchos fabricados en madera y zinc, como los quince que este año fueron sepultados por un alud de tierra a causa del invierno. En realidad pudieron haber sido treinta mil las viviendas destruidas, que es el número de casas ubicadas en zonas de alto riesgo de deslizamiento en Medellín y que, por supuesto, no aparecen en mi mapa.

Al regresar de la terraza, decepcionado de las discrepancias entre los cartógrafos y la realidad, paso a la lección de matemáticas. Hago cuentas en la calculadora de mi teléfono, un celular prepago que traje para que me pueda encontrar mi familia. Estoy acostado sobre mi nueva cama, en la que mis pies sobresalen unos cinco centímetros. Por la pieza acordé pagar 250.000 pesos, unos 100 más de lo presupuestado en un principio. Pero este precio incluye tres comidas diarias y la lavada y planchada de la ropa. En verdad es una ganga. Debo tomar cuatro buses al día para ir y volver del trabajo, a 1.100 pesos cada uno, lo que significa que me gastaré 88.000 pesos en transporte. Tendría que vivir más cerca de la fábrica para tomar solo un bus, pero ya es muy tarde para esta clase de contemplaciones. Los descuentos de mi salario por salud serán de 8.674 pesos y por pensión 8.414. Dios, los números me desesperan. Siempre he preferido las letras. Empiezo a pulsar las diminutas teclas de mi teléfono con temblor. Si quito todo eso de los 484.500 que tengo derecho por trabajar casi cincuenta horas a la semana, me sobran 129.412 pesos. Mi cálculo inicial no estaba tan lejano. Y ahora, la gran división, el conejo que sale del sombrero: al día tendría libres 4.313 pesos. Pienso entonces en la templanza, en los espartanos, en los estoicos.

Los Carrasquilla, esos tres desconocidos a quienes he invadido en su casa, se corresponden como las piezas de un rompecabezas. Son una pareja de esposos, él de cincuenta y pocos; ella de cuarenta y tantos, más segunda hija, una veinteañera pelirroja y de andar huracanado. En la sala de su casa hay una mesita con fotos de la familia. En uno de los retratos, ya descolorido, don Guillermo Carrasquilla lleva una melena y unos pantalones de bota ancha que nunca habría adivinado en él. Un domingo, cuando lo saludé por primera vez, me intimidó su pinta de cantante de boleros: ese bigote recortado, su corte de pelo y peinado perfectos, el aplomo de quien va a recitar una copla o a dar un discurso fúnebre, y esas manos endurecidas de maestro albañil. A su lado, en aquella fotografía, Lucero Carrasquilla llevaba un vestido de flores y tacones altos. Aún así le llegaba al hombro a su marido. En otra foto, aparecen sus tres nietos en la piscina que les infla el abuelo durante los días de sol para jugar en la terraza. Ese altar familiar lo acaban de componer unos retratos en blanco y negro de familiares muertos y, en el centro, en un marco dorado, varias veces más grande que los demás, sonríe Astrid Carrasquilla el día en que cumplió los quince años. De Farley y Lili, sus otros dos hijos, no hay ningún recuerdo sobre esa mesa de centro.

Tres noches después de mi mudanza, doña Lucero Carrasquilla dejó de ser una extraña para mí. Antes de irse a dormir descorrió el velo de mi cuarto y se despidió con una frase que me acompañaría el resto de mis días en esta casa. “Mi niño, que la virgen me lo bendiga”. De su hija menor me hice amigo desde el primer fin de semana. Sentados sobre la cama de su cuarto, ante su diploma de la Universidad de Antioquia y una colección de collares que alimentan su vanidad, Astrid me invitó a beber una botella de tequila. Se había graduado de comunicadora social gracias a una beca. Siete tragos después, hizo sonar en el computador una veintena de canciones de salsa que jamás había oído. Mi nueva amiga cantó una a una las canciones, paladeando un despecho amoroso que la envolvía por esos días y yo la acompañé en los coros. Fue ella quien me hizo adicto a Latina Stereo, esa emisora de salsa de Medellín que transmite las 24 horas y que me acompañaría en mi cuarto cada domingo. A don Guillermo Carrasquilla me tomó más tiempo conocerlo. El señor con pinta de cantante de boleros se ausentaba con frecuencia de la casa. A menudo, le encargaban remodelar fincas en pueblos de las afueras de Medellín, como Santa Fe de Antioquia, La Ceja y Guatapé. A veces, el maestro de obra estaba hasta una semana fuera. Pero estoy seguro de que fue él quien puso una foto mía en la mesita de la sala al mes de haberme recibido en su hogar.

3. Dos meses después, ya no me siento más un intruso en el barrio ni un incómodo forastero. Lo supe cuando el Tigrillo, un hombre joven en el que no riñen unas gafas de varias dioptrías y unos tenis de jugador de básquet profesional, y que cada día empieza su jornada con un tinto y un cigarrito de marihuana, me apretó la mano con firmeza un lunes a las 6:05 de la mañana. A esa hora, a dos cuadras de mi casa, tomo el taxi colectivo que me llevará al centro de Medellín. Todos los días me bajo en el parque San Antonio y hago fila en un paradero para subir al bus que me conducirá a Guayabal, la zona donde queda mi fábrica. Suelo marcar mi tarjeta a las 6:45 a.m. Recién cuando había cumplido dos meses con la misma rutina de irme a trabajar, me saludó con un firme apretón de manos un personaje del barrio famoso por repartir orden y justicia: cada mañana, el Tigrillo organiza con disciplina marcial la fila para tomar un taxi colectivo que está prohibido por el código de tránsito de la ciudad. En él se suben cuatro personas por turno. Es más rápido que el bus pero vale doscientos pesos más que él y, a esa hora, corro el riesgo de llegar tarde y que me descuenten.

Debo cuidar cada peso de mi quincena. No había calculado en mis cuentas del principio esos doscientos pesos extras. Son cuatro mil pesos con los que ya no cuento. Cuatro mil pesos = tres cervezas y un paquete de cigarrillos menos. En las noches, después de que doña Lucero Carrasquilla me sirve la comida, suelo subir a la terraza a fumar. Fumo a solas mis Soberanos, a manera de oración. Son unos cigarrillos nacionales con olor a vainilla que se consiguen en una cigarrería del parque Bolívar, en pleno centro de Medellín. En diagonal a la cigarrería está La Góndola, el restaurante más barato de la ciudad. Un almuerzo con sopa, un plato de fríjoles con carne, pollo o cerdo y mazamorra vale allí 2.600 pesos, lo que cuesta un pastel de pollo y una gaseosa en cualquier otra parte. Si no me hubiera mudado a casa de los Carrasquilla, los fines de semana los pasaría en La Góndola, llenándome la panza con sopa de pasta y arroz.

Luego de esa bienvenida oficial del Tigrillo, sentí más confianza y empecé a caminar con soltura por las calles de Santa Inés, un barrio en el que a mediados de la década de los noventa las bandas habían decretado un toque de queda a las seis de la tarde. Quien se decidía a violarlo era porque no estaba contento con su vida. Una década después, no tengo que temer por la mía. Puedo ir en paz a comprar una bolsa de crispetas con caramelo en la tienda de la esquina o bajar tres cuadras hasta la cancha de fútbol del barrio a ver la clase de aeróbicos de los miércoles. Esa es una de mis nuevas alegrías. Ver a las vecinas hacer complicadas coreografías al ritmo de Madonna.

4. Una mañana, tres meses después de mi llegada, doña Lucero Carrasquilla me pide que la acompañe a buscar el chicharrón para el almuerzo. Hoy no es un día cualquiera: es un domingo de clásico futbolero entre el Atlético y el Deportivo Independiente de Medellín. Desde las escaleras de la casa alcanzo a ver una camioneta con vidrios oscuros y una bandera del Independiente amarrada al techo. El auto pasa muy despacio, casi desafiante, frente a cuatro jóvenes recostados sobre un muro que tiene una imagen de Andrés Escobar, el sitio de reunión de los hinchas de la camiseta verde antes de los partidos. El conductor baja la ventanilla y les dice algo. La escena es un cruce de insultos. Uno de los jóvenes le da un manotazo a la puerta del conductor. Por un segundo, siento que va a estallar una pelea, pero la camioneta se despide con un chillar de llantas y todo queda en groserías destempladas. Aunque matar parece haber dejado de ser la manera de resolver los problemas en Medellín, la tensión de épocas anteriores sobrevive cuando los equipos de fútbol de la ciudad se vuelven a ver las caras. Por fortuna llevo puesta una camiseta amarilla. Soy neutral.

Volteamos a la altura del rosal de la esquina, uno de los pocos jardines del barrio, y mi madre putativa retrocede para esconderse detrás de mí. Me toma la mano con firmeza, como si estuviera agarrando por el borde la estampita de San Judas, el responsable de protegerla de todo mal y peligro. “Mirálo, yo creo que es el diablo”, me dice señalando a un hombre canoso. Está sentado en una silla de metal, mirando cómo un perro callejero roe un hueso todavía sangriento que robó de la carnicería a donde vamos. Era don Roberto Correa. Me hablaba de él como del diablo y uno esperaba voltear y ver a un tipo ceñudo y de ojos rojos, tal vez con un revólver al cinto, listo para matarte con una sola mirada. Pero allí solo estaba un viejo sin nada que hacer. Correa fue el general de la pandilla que diez años atrás había desafiado a la banda La Terraza. Había sido el Padrino de mi cuadra, el maligno de dos manzanas a la redonda, el señor de las tinieblas local.

En un instante, La Terraza tuvo el poder de alzarse contra Diego Murillo Bejarano, alias Don Berna, el hombre que había recogido los hilos de Pablo Escobar. La banda, hoy desarticulada, tenía su cuartel a tres cuadras de la que ahora es mi casa. En uno de los enfrentamientos con Los Chiches —la banda de Correa e hijos— uno de los pandilleros heridos trató de buscar refugio en la panadería que por esa época tenía don Guillermo Carrasquilla. “No lo dejé entrar. Suena cruel pero si lo hubiera hecho me habría ganado a la otra pandilla en contra. Así le pasó a un primo, a quien le pusieron un petardo en la licorera”, me dijo un día frente a un plato de morcilla, en medio de una borrachera en ascenso. Era el cumpleaños de su esposa y Astrid le trajo una serenata de mariachis de regalo. Su hija tiene bien merecido su podio entre las fotos familiares. Un año antes le había regalado la cocina a su madre y la semana pasada pagó para que alguien le cantara Un mundo raro y otra docena de rancheras. El trabajo de Astrid en la Universidad de Antioquia parecía haber conjurado para siempre la pobreza de los Carrasquilla.

La noche en que su padre me contaba esa historia, la festejada, cubierta de confeti en el pelo, terció en la conversación: “Negrito, ¿y se acuerda cuando se nos metió ese muchacho con una esquirla en el cuello?”. Ese muchacho, al parecer, había llegado hasta la ventana donde estábamos parados. “No decía nada. Le brotaba sangre a chorros, estaba pálido el pobrecito, dio vueltas y después salió como si nada”. Lucero Carrasquilla lo contaba horrorizada, como si tuviera que trapear de nuevo el charco rojo que dejó ese hombre. Un pedazo de guerra que había parido el narcotráfico y continuado las milicias, los paramilitares y las bandas también tuvo lugar en la sala de esta casa y en la del frente. La casa en diagonal a la nuestra sirvió de trinchera en varios tiroteos. Pero esta mañana de domingo, luego de ver a Roberto Correa, el ex jefe de una de las bandas de Medellín, casi siento lástima por él: arrastró a sus hijos a la guerra y al final ni siquiera supo quién los mató. Si eran paras, guerrilleros o narcos, quién sabe. Hoy Correa vive sus días en un exilio interior del que, en este instante, lo rescata un perro al que ahora amenaza con un puntapié. Mientras, en busca del chicharrón y ya en la cola de la carnicería, Lucero Carrasquilla hace valer su lugar. El mismo dueño le entrega su pedido: lo viene haciendo desde hace treinta años. Su familia y la de los Carrasquilla llegaron a Santa Inés con semanas de diferencia. La de ella venía de Barbosa y la de él de Sopetrán, un pueblo frutero del que cada fin de semana salían hasta quince camiones con naranjas y mangos antes de que, a finales de los años ochenta, las fincas de la región se convirtieran en casas de recreo de narcotraficantes. Había que dejar atrás esos recuerdos y volver a casa con dos libras de tocino.

Media hora más tarde, parada en la cocina, con un cuchillo en la mano, Lucero Carrasquilla se queja de sus dolencias. Tiene lupus, enfermedad que la ha obligado a transitar por los laberintos del Sisbén, el sistema que en Colombia clasifica a la población en niveles según su poder adquisitivo para que puedan acceder a subsidios médicos. Si no le aprueban la droga que debe tomarse para mantener a raya el lupus, tendrá que poner una tutela ante el Ministerio de Salud. Solo las pastillas le valen 400.000 pesos, casi tres veces lo que los Carrasquilla pagan por agua, luz, teléfono y alcantarillado. En todos ellos se gastan cerca de ciento 150.000 pesos, que incluye el servicio de internet que usa Astrid. “La banda ultradelgada”, la llama ella. Por suerte esta casa les pertenece y no tienen que buscar más dinero para el arriendo. En el barrio una casa como la de ellos puede costar casi 300.000 pesos al mes, pero las disponibles se cuentan con los dedos. Santa Inés tiene reputación de ser un buen vividero.

El almuerzo de este domingo, tan abundante como el de todos los días, me ha tumbado en la cama. Decido tomar una siesta y esta vez, por el calor, bendigo no tener puerta. Antes de quedarme dormido me visitan Sofía y Sara, las hijas de Farley, el hijo mayor de la familia, muy querido en el barrio por la habilidad y rapidez con la que enchapa baños y terrazas, y a quien veo muy de vez en cuando a pesar de que vive a media cuadra. Entre sueños las oigo hablar. Se cuentan unos chismes con voz de señora:

—Los policías pasaron y dijeron que iban a matar a los que encontraran fumando.

—No, fueron los muchachos —corrige una de ellas, a media lengua—. Ellos dijeron que los iban a matar.

—Por la casa hay un muchacho que le dicen el carnicero porque los mata a cuchillo —añade la otra.

Como ven que me estoy quedando dormido, se van para la sala a jugar con sus muñecas.

Astrid Carrasquilla lleva a todas partes un cuchillo, pero es muy diferente al del carnicero del que hablaban Sara y Sofía. El de mi amiga es tan pequeño que cabe en su bolsa de cosméticos. Cuando lo vi por primera vez, me pareció una de esas armas blancas que los presos fabrican en la cárcel. Pensé que lo tenía con ella como quien carga un amuleto, solo para sentirse protegida. Pero me engañó: Astrid es diestra con el cuchillo y saca su miniatura de arma antes de que vayamos a comer un helado. Me pagaron el viernes. Ir por un cono doble con leche condensada hasta Vista Hermosa, un barrio cerca de Santa Inés, me parece un buen remate para este domingo de clásico de fútbol. El cuchillo resplandece bajo la luz de su cuarto. Se lo lleva a la cara y tengo que voltear para no ver lo que hace. Un viento frío me pasa por la espalda. Ella ha probado todos los aparatos que se han inventado para encresparse las pestañas y ninguno logra el efecto de su cuchillo sobre ellas. No tiene filo. Se mira al espejo dos veces y me dice con la voz más natural del mundo:

—Ahora sí. Vamos caminando y de paso te muestro El Desierto, un famoso botadero de cadáveres.

Atravieso con ella varias calles del barrio, cargadas de humo. Un incendio ha devorado parte de una montaña cercana. Cada esquina guarda recuerdos de muertos sin manos, fuego cruzado en las noches, Kawasakis que no paran de rugir, bombas en panaderías o licoreras. Un tour macabro pero necesario para entender el horror que vivió mi nueva familia cuando yo estaba ausente, en Bogotá, esa ciudad donde nunca pasa nada.

Capítulo II

Tengo hambre y quisiera comprar una bolsa de churros recubiertos de azúcar, pero no me alcanza la plata. Mañana deberían pagarme mi cuarta quincena y ahora solo me queda lo del bus. Hago fila en el paradero del 069, la ruta que desde hace dos meses tomo cada día para ir a mi barrio. Son las siete de la noche y acabo de salir de la fábrica. Los churros valen mil pesos. El bus, mil cien. Tendría que pedir prestado, pero la pregunta es a quién. No sé. En el trabajo todos estamos igual: en las últimas. Menos mal que Lucero Carrasquilla me espera en casa. El mes pasado le tuve que pagar cinco días después de lo convenido. Una niña embarazada se ha sumado a la fila y compra una bolsa de churros. Ya somos seis en el paradero: un viejo con unas cantinas de leche desocupadas, dos señoras de mediana edad que chismosean entre risas, un hombre sin la pierna derecha, la niña encinta y yo. Todos los días veo media docena de muchachitas con la barriga crecida en uniforme de colegio.

Los churros huelen muy bien. El hombre que los prepara lo hace con toda la curia del caso. “Curia”. Así dicen los paisas al trabajo hecho con el mayor de los cuidados. El lenguaje clerical, heredado de la asfixiante presencia de la Iglesia en sus vidas por tres siglos se cuela por todos los rincones del habla de los antioqueños. Cuando doña Lucero Carrasquilla anuncia a cuatro voces que va a dedicar el día a limpiar la casa a fondo, suelta un sonoro:

—Ahora sí vamos a sacar al demonio.

En el paradero del 069 descubro que mi zapato derecho tiene una mancha de pegante y no tiene cara de salir con facilidad. Quisiera comprar un par de tenis que el otro día vi en el Hueco, ese mercado gigante en el centro de Medellín que queda a unas cuadras de aquí. En el Hueco todo huele a contrabando y es fácil caer en la trampa de toda vitrina: “Tú acá y yo allá”. De ambos deseos primarios, dulces recién hechos y ropa nueva, se compone una parte de mi nuevo mundo. No tener dinero es como andar por la calle desnudo o haber perdido a la madre en la infancia. Es difícil luchar contra este sentimiento de orfandad. ¿Pero qué es tener dinero? ¿Y si se tiene dinero, qué se es? Dicen que la única manera de dejar de pensar en el dinero es tener tantísimo que ya no importa su valor. ¿Y cómo se hace? ¿Traficando droga?

No debería quejarme. Uno de mis compañeros en la fábrica gana lo mismo que yo y tiene un hijo. Sin duda, lo ayuda que su mujer también trabaje. Acaba de pasar de secretaria a vendedora con comisión y moto en una empresa que vende llantas para tractores. Él está feliz por ella, pero también sabe que a la hora de las peleas su salario mínimo es una pompa de jabón como escudo frente al de su señora. Así la llama: “Mi señora”. Yo no tengo señora, pero preferiría tener señora antes que dinero. Mi compañero de la fábrica estuvo unos nueve años en el Éxito, también de bodeguero. Qué nombre para un almacén de cadena: el Éxito. Cuando lo despidieron, le pagaron un millón de pesos por año trabajado. Cada diciembre, entonces, recibía aguinaldo, bonificación y prima. Cuando le pasaron la carta de despido, lloró como un niño. “Un mes completo llorando”, me dijo en un almuerzo. Si no lo hubieran corrido, se habría jubilado en unos años más.

Por suerte, en media hora estaré sentado en la mesa de mi casa con un abundante plato de comida recién preparada. Los churros eran un antojo idiota; los tenis, una vanidad. Cuando sean una necesidad, veré qué hacer. Además, me gustan mis zapatos viejos. Pero me atormenta una duda: ¿y si llego estrenando será que la mujer de la fábrica que me gusta me mirará por fin? Para amar se requiere plata, y a veces más que para otras cosas. La poderosa economía del amor. Podría pedir que me presten para comprar los tenis. Valen 70.000 pesos. Pedir, pedir, pedir, pedir, pedir. ¿Pero a quién? O tal vez podría sacar un par a crédito en Flamingo, pero serían otros tenis. No esos que quiero. Ese almacén es la salvación de unos y el grillete de una legión. Llegas, te abren una cuenta con apenas dar tu nombre y sales con lo que has deseado todo el mes. Luego vuelves al mes siguiente. O a los quince días. La gente hace fila para entrar a un lugar como Flamingo. No me gustan las filas. Cuando me paguen, preferiría jugar a la lotería. O entraría a uno de los nuevos casinos que abrieron en el centro. El azar podría ser un remedio contra la escasez.

Una solución que no dependa de la suerte sería acudir a un usurero. Una vecina del barrio suele pedir plata prestada a través de una modalidad atroz que se llama “el pagadiario”: llamas al celular de un muchacho de la cuadra que siempre tiene efectivo, él te presta sin papeles ni fiadores y a las dos horas tienes tu plata. El problema viene cuando no pagas. Entonces, el muchacho golpea dos, tres veces, tu puerta el mismo día. El muchacho viene por ti a la semana. El muchacho deja de ser el muchacho y ya no tiene celular: tiene otra cosa en las manos y, en un segundo más, puedes ser carne de muchacho.

Busco en mi bolsillo derecho y confirmo que las monedas con que debo pagar el bus están allí. ¿Qué haría si las perdiera? ¿Solo se puede vivir con dinero? Aquí viene el 069. Está repleto. Allí va el 069. Mientras espero el siguiente bus, recuerdo una frase: “Es mejor ser rico que pobre”. Nunca entendí por qué se volvió tan famosa. Me pregunto cuánto sería un salario mínimo decente. ¿Ser pobre es ganar el salario mínimo? No, si creemos en los informes del Departamento Nacional de Planeación, no lo es. En una ciudad, se denomina “pobres” a los que reciben 245.000 pesos al mes; en el campo, a quienes viven con 165.000. El hombre de los churros desarma su puesto, pero no puedo evitar seguir pensando en el dinero. ¿Se trata de no desear nada? ¿Si en verdad hubiese nacido en un barrio popular de Medellín, qué ruta habría elegido? ¿La del dinero fácil? Nunca lo sabré. En todo caso no desearía estar muerto. Si uno está muerto, no desea nada.

Ya son las siete y media. No entiendo por qué se tarda tanto el otro 069. Tres señoras que llegan a la fila me proponen que nos vayamos en un taxi. Sería perfecto: hay un partido de la Copa América que empieza en un cuarto de hora. Si espero el bus me demoraría media hora hasta llegar a la casa. Les digo que sí. Caminamos hasta la otra esquina y me acuerdo que tengo 1.100 pesos en los bolsillos. Nada más. Cada uno tiene que poner 1.300 para el taxi. Le digo en voz baja a una de las señoras que me faltan 200 pesos. “Mijo, pero qué le pasa. Vamos, a ver”, me reprende indignada. Contra la falta de plata, a veces queda la solidaridad. Los ricos no suelen ser solidarios. Es mejor ser pobre que rico. La gente no es rica ni pobre: es gente. “En Colombia, el 44% de la gente vive en la pobreza”, decía el periódico de hoy. Paramos un taxi, pero antes de montarme rebusco en el bolsillo izquierdo y descubro un papel arrugado. Es un billete de 1.000 pesos. Los 1.000 del paquete de churros que no me compré.

Capítulo III

1. Las cien personas que trabajan en la fábrica de ropa Tutto Colore apenas se han dado cuenta de mí. Podría haber sido un actor, pero soy tan invisible que más parezco un extra. Quisiera creer que todo se trata de una gran impostura, pero la verdad es que ya soy un bodeguero: llevo un mes siéndolo, unas diez horas al día. Durante estas cuatro semanas en la empresa he repetido un puñado de frases que apenas varían: “Sí, señor. No, señor. Ya mismo lo hago”. He aprendido a moverme con la agilidad de un pez vela por el segundo piso, donde está mi puesto de trabajo.

Cada día almaceno bolsas con prendas de vestir en unos estantes de metal que parecen el costillar de un transbordador espacial. Llevo también un inventario de camisetas y sudaderas sobre una mesa tan larga como la del comedor de un colegio y recibo con humildad benedictina órdenes de mi jefe, un hombre neurótico que nos prohíbe oír música a mí y a mis compañeros de faena. En los otros pisos de la fábrica, los operarios fruncen menos el ceño. Se relajan oyendo rancheras, merengues, baladas. Nosotros trabajamos sin banda sonora. Si pudiéramos balbucear alguna canción, la que fuera, estoy seguro de dos cosas: 1. Que los hombres con quienes trabajo dejarían de obsesionarse en hablar sobre la manera de complacer a sus mujeres y 2. Que yo no desarmaría mentalmente mi vida una y otra vez como si se tratara de un cubo Rubik.

Mi rutina laboral comienza a las 6:45 de la mañana. A esa hora el portero de la empresa, un hombre calvo al que se le enredan las palabras en la boca, me abre la puerta y saluda con un desganado buenos días. Busco en la entrada una tarjeta amarilla con mi nombre y la deslizo por la ranura de un reloj de metal muy parecido a una pequeña caja fuerte. Odio el ruido que hace en la mañana, ese clack pesado como un grillete; adoro la música que sale de sus entrañas a las cinco de la tarde, mi hora de salida, como un chasquido de dedos que me devuelve al mundo. Cada vez que marcas tarjeta en una fábrica es como poner un precio a tu día. El mío vale 14.500 pesos.

Antes de que otro reloj señale las siete de la mañana, saco mi uniforme de un casillero marcado con el número 49 y me cambio en el último baño de la segunda planta, el único con un orinal. Los otros baños son para las operarias de la Sección de Terminación, mis compañeras de piso. Son mujeres que revisan posibles imperfecciones en la ropa que sale de las máquinas de coser ubicadas una planta más arriba, y también doblan y empacan las prendas. Entre ellas está la mujer más bonita de la fábrica, una niña que revisa con la concentración de un banderillero las costuras de blusas, pantalonetas y vestidos, envuelta en una bata de cuadritos. En cuanto a mí, el vestuario es simple: una camiseta de dotación azul, hecha de algodón y con un cuello grueso que me ahorcó durante la primera semana de trabajo. Lo termina de componer un jean con el tiro demasiado largo que compré en el centro por 15.000 pesos, y un par de zapatos viejos que me sientan como un guante. Estos son los únicos con los que resisto las diez horas que dura mi jornada.

Un día, dos meses después de llegar a la fábrica, el pago del sueldo se retrasó y empecé a sentir que mis zapatos me apretaban. Había cumplido puntual y obediente la misma rutina: marcar tarjeta-uniformarme-contar-almacenar y mover cajas-volver a marcar tarjeta. Pero la quincena ya llevaba dos días de retraso y necesitaba comprarme una cuchilla de afeitar y una pastilla para la gripa. Tenía plata solo para una de las dos. Pensé en buscar un trabajo extra. Uno de mis compañeros, por ejemplo, atiende un carro de perros calientes los fines de semana y otro es mensajero de una droguería. Trabajan siete días a la semana, cincuenta y dos semanas al año, y crecieron en unos barrios populares donde sus amigos cambiaban de moto cada dos meses. Hoy sus amigos están muertos. ¿Es acaso mejor estar vivo y marcar tarjeta en una fábrica?

El día en que los zapatos me estaban matando, le pregunté a la secretaria de la empresa por qué aún no nos consignaban la quincena.

—No sabemos cuándo se les pueda pagar —me dijo, con cara de pésame.

2. La fábrica Tutto Colore queda en una esquina de Guayabal, el parque industrial de Medellín, sobre una avenida de árboles ennegrecidos por el humo de los buses. La circundan y le hacen sombra unos vecinos poderosos: las chimeneas de Noel, la Compañía Colombiana de Tabaco, gaseosas Postobón y Estra. Hace dos años Tutto Colore saltó de ser una empresa que funcionaba en una casa vieja de dos plantas a convertirse en un edificio de ladrillo de cinco pisos. El salto parece haberla dejado sin aliento. Al igual que las primeras fábricas textiles que se crearon a principios del siglo XX en Medellín, esta es propiedad de una sola familia: los cinco hijos del ex dueño, el fallecido Ernesto Correa, se reparten ahora las gerencias. El patriarca y fundador, que murió de cáncer, sobrevive ahora en unas fotos enmarcadas y recubiertas por una pátina. Los retratos, pegados a la entrada de cada piso, llevan su imagen como si se tratara de un santo patrono. Debajo de ellos se lee una sentencia lapidaria, una oración sacada de la sabiduría empresarial: “El trabajo es el único capital no sujeto a quiebras”.

Un día después de la celebración del Día del Trabajo, la tarde del 2 de mayo, el gerente general de Tutto Colore, un hombre bajito que siempre lleva en la mano una pequeña bolsa de cuero —nadie sabe qué carga en ella—, pidió que nos reuniéramos para explicarnos por qué el sueldo no estaba llegando a tiempo. Por la fecha, más que una paradoja parecía una broma pesada. Cuando lo vimos aparecer por las escaleras, traía la cara de un adolescente al que su madre le ha acabado de confesar que es su hijo adoptivo.

—En casi tres décadas de existencia —dijo—, este es el peor semestre en las finanzas de la empresa.

Una muchacha de la planta de confección que tiene tres niños se mordió la boca. Creí que iba a sangrar.

Como si se tratara de una tarea escolar, el hombre recitó las razones que explicaban el retraso del pago de la nómina. Eran unos cincuenta millones de pesos cada quincena: 1. El hueco que le dejó a la fábrica un millonario robo continuado hecho por una empleada de confianza. 2. El aliento del dragón chino sobre nuestra nuca con productos baratos que llegan vía Panamá. 3. El desplome del dólar, que en menos de seis meses bajó 500 pesos. En este punto dejé de oírlo y me concentré en un tic que se había apoderado de él. Era como un movimiento espasmódico, casi imperceptible, que lo obligaba a subir y bajar el hombro derecho cada cinco segundos. Mis compañeros miraban al suelo. El gerente continuó, entre nervioso y avergonzado, con sus malas noticias. Recitó una cuarta razón por la que no podía pagarnos la quincena: nuestros grandes deudores. Por ejemplo, una empresa mexicana a la que le facturamos una importante suma de dinero y que hasta ahora no nos ha pagado. El hombre guardó silencio, tal vez esperando la reacción de los operarios. Solo uno de mis compañeros preguntó:

—Mañana no tengo para el bus. ¿Qué hago?

En la cadena alimenticia de la industria textil, Tutto Colore es apenas un atún mediano que puede ser tragado por cualquier ballena. Los obreros somos el fitoplancton. Unos días de retraso en el sueldo se traducen en cortes de luz por no haber pagado o en hacer llamadas a los familiares más pudientes buscando plata para el transporte. En mi caso, bajarle la guardia a mi casera con algún chiste barato y pedirle un compás de espera para pagar el arriendo. Aunque la mala racha no es un caso exclusivo de Tutto Colore: es solo un síntoma de la agonía de la industria textil por la caída del dólar. Doce mil empleados de estas fábricas ya perdieron su trabajo en el primer semestre del 2007 y algunos trabajadores de la empresa han empezado a emigrar antes de que les llegue una carta de despido. Uno de mis compañeros me dijo en un pasillo que se iba al Chocó a administrar una ferretería. Su última tarde en Tutto Colore coincidió con el Día de la Madre. Mereció un pedazo de torta y helado de ron con pasas y algunas palmadas en la espalda por esa década y media de haberse partido el lomo en esta fábrica. Algo huele mal en la ciudad. Miles de paisas se abrieron paso a través de una geografía agreste y fundaron Medellín, la gran ciudad de las fábricas. Ahora sus descendientes retornan a la humedad de la selva.

3. Una mañana, antes de salir de la casa para la fábrica, puse una nueva rayita en el calendario de bolsillo que guardo en mi billetera. Lo miro después de bañarme con agua helada como un soldado mira la foto de su novia bajo el ruido de los aviones enemigos. Hoy taché el martes 3 de julio. Desde hace una semana, y para el bien de mi salud mental, tengo una nueva responsabilidad en la empresa: acompaño al chofer de Tutto Colore en sus recorridos por los talleres caseros, a los que la fábrica les encarga la terminación de prendas con alguna característica en especial. Por ejemplo, un broche doble. Mi tarea es reemplazar al antiguo ayudante del conductor —quien se fue a trabajar a una empresa de vigilancia en la que le pagan casi dos salarios mínimos por cuidar un parqueadero—. Dejar la bodega y salir a las calles de la ciudad ha logrado salvarme de mi trabajo de robot de los cuatro meses anteriores, en los que se me iba la vida contando mamelucos para niños.

Una tardé conté 1.253 prendas de vestir, y anoté el número en un papel para acordarme siempre de lo que un hombre puede hacer por dinero. Un compañero bodeguero que antes trabajó en Noel había pasado tres años y medio, de diez de la noche a seis de la mañana, viendo desfilar millones de galletas por una banda. Era eso o no alimentar a su hijo recién nacido. Otro, que se enganchó en una empresa de cosméticos, trabajó durante tres meses en jornadas de doce horas y en aquel trimestre solo descansó un domingo al mes. “No me hubiera importado hacerme matar con tal de seguir con ese sueldo. Era una belleza”, me dijo a la hora de la salida, frente a los casilleros de la fábrica.

En esos meses, él perdió seis kilos.

En estos meses, solo he bajado un kilo y medio.

Ahora me he convertido en el segundo de don Jaime Isaza, un canoso fortachón que maneja una camioneta de la empresa por Medellín. Hace ya siete días que llenamos el tanque con un billete de 50.000 y vamos de taller en taller recogiendo docenas de talegos con la ropa terminada. La mayoría de estas fábricas en miniatura, armadas en el comedor o la sala de casas, están en barrios populares. Se reconocen desde la calle por las luces de neón empotradas en el techo y el ruido afanoso de una máquina para confeccionar ropa. La que más me agrada visitar es una que queda en el barrio Manrique, en una casa vieja que custodia un perro tuerto.

La dueña, una señora que por sus vestidos parece haber quedado anclada en otra época siempre nos da jugo de mora cuando Isaza y yo terminamos de cargar la camioneta con talegos repletos de ropa. A simple vista, esos talegos significan más ventas, la certeza de que el bache económico del primer semestre quedó atrás, en eso confía el nuevo gerente, un hombre alto y amable, que recoge cada hebra que ve en el piso de la fábrica para echarla a la basura. Para él, los talegos son como cartas venidas desde lejos con buenas noticias. Por ahora, nosotros somos los carteros.

Hoy, martes 3 de julio, ha sido un día tan largo como los de Alaska en su verano. A las nueve de la mañana, Isaza y yo fuimos al aeropuerto de Rionegro a dejar una exportación en los muelles de carga. Los agentes de aduana le hicieron firmar un documento en el que declaraba no tener droga camuflada entre las cajas con ropa que viajaban a España. Antes de bajarlas de la camioneta, le tomaron una foto con las cajas detrás como prueba documental. Si las autoridades españolas encontraran cocaína entre sudaderas y vestidos, sabrían qué hacer.

A eso de las diez de la mañana, bajo una lluvia apocalíptica, salimos del aeropuerto hacia una cooperativa en La Ceja, un pueblo a media hora de Medellín: teníamos que entregar una máquina de coser. Mientras la descargaban, Isaza me pidió plata prestada para comprarle a su madre unas hortalizas frescas que venden en un mercado parte de la misma cooperativa. Le presté 3.000 pesos con los que había pensado tomarme un par de cervezas después del trabajo. A veces, por las tardes, cuando salgo de la fábrica, paso por alguna heladería del centro. Así se les llama a los bares antiguos de Medellín. Son como casas de té para los antioqueños solitarios. Las muchachitas que atienden las mesas son sus geishas de tierra caliente: se dejan invitar a una copa de aguardiente, les ponen sus canciones favoritas en las rocolas y oyen con paciencia las historias de estos hombres de manos tan grandes como las de Isaza.

De regreso a Medellín, con las ventanillas de la camioneta abiertas y el olor a pasto mojado, el conductor de Tutto Colore me muestra algo. Es el parador Tequendama, donde, cuando le sobra algo del sueldo, invita a su novia a comer trucha y a ver una cascada bajar por las montañas. Isaza me sugirió que hiciera lo mismo, pero mis votos de pobreza y castidad se han cumplido.

Él tiene más de cincuenta años, una novia y dos divorcios.

Yo sigo sin tener señora. La que tenía nunca entendió por qué me vine a Medellín.

A la una y media de la tarde, regresamos a la empresa para tomar el almuerzo. Como todos los días, tuve que calentar mi comida en el microondas del quinto piso y devorarla en quince minutos. Ese es el tiempo reglamentario para alimentarnos. Fueron dos presas de pollo sudadas, arroz, papas fritas y medio plátano maduro. Después de las dos, el jefe de la bodega, ese hombre sin sentido musical, nos encargó llevar unos botones, bandas elásticas y marquillas a un taller del barrio San Javier, en la comuna 13, en el norte de la ciudad. “Hace unos años no habríamos podido asomarnos por allá”, me dijo Isaza mientras encendía el motor de la camioneta.

Hace años, recuerdo haber visto en el noticiero cómo un helicóptero negro levantaba los techos de zinc de algunas casas de San Javier, un barrio de calles laberínticas y empinadas como el mío. En aquella zona, la policía y el ejército se enfrentaron a quemarropa con milicianos y paramilitares. Al final, un hombre cayó muerto en el fuego cruzado mientras trataba de alcanzar una cabina telefónica para avisarle a su familia que estaba vivo. Han pasado cinco años desde aquella mañana que vi por televisión el día en que la guerra entraba a una ciudad de Colombia. Junto a Isaza, durante media hora recorrí las calles de San Javier y en ese tiempo conté seis jóvenes en sillas de ruedas.

Nuestra segunda asignación de la tarde fue ir a un barrio que está sobre un antiguo basurero. Debíamos recoger allí una docena de talegos de ropa. Era Moravia. O lo que quedaba de él. La noche anterior de mi mudanza a Medellín un incendio acabó con doscientas casas de este barrio. Mis recorridos con Isaza se estaban convirtiendo en la comprobación de las tragedias de la ciudad. Moravia es el sitio donde he visto a más perros vagar sin dueño. A las cuatro y media de la tarde regresamos a la fábrica con las gargantas tan secas como un manglar muerto y de inmediato descargamos los talegos.

Ya casi son las cinco, la hora de salida. Siento como si hubiese adquirido ciertas habilidades especiales. He aprendido a identificar las prendas que vienen en los talegos sin necesidad de abrirlos. El que llevo ahora a mis espaldas por una escalera que va al segundo piso tiene pantalonetas de dril y por eso pesa tanto. Me siento como uno de esos joyeros capaces de ponerle precio a un diamante con apenas sostenerlo sobre la palma de la mano, una virtud por la que me pagarían más de un salario mínimo. Pero la única verdad es que mi columna vertebral cruje al final de esa escalera. Es el último de los talegos que trajimos de Moravia. De nuevo olvidé subir a la sección de corte y pedir prestado un cinturón para prevenir una futura escoliosis. Es un artículo parecido al que usan los fisicoculturistas cuando entrenan. Si continuara haciendo este trabajo sin llevarlo puesto, en cinco años tendría mi columna como una letra ese.

Huelo muy mal después de diez horas de trabajo. En la sección de Terminación descargo el talego con la camiseta empapada de sudor. El lugar está vacío. Las mujeres que trabajan revisando las prendas se han ido a las tres de la tarde. Al recorrer sus cubículos vacíos me deprimo. No hay nada más desolador que sus herramientas de trabajo regadas y huérfanas. En uno de los cubículos, veo un cuaderno con ositos en la portada, el caucho para el pelo que alguna de ellas olvidó, un esfero mordido en la punta. En otro, veo una máquina para etiquetar ropa marcada con una calcomanía que dice “corazón valiente”. No hay nadie alrededor. Camino hasta la silla donde se sienta la jefa de la sección, una señora que lleva trabajando años en la empresa. Vive en una casa al lado de un río, en Caldas, un pueblo a 45 minutos de Medellín, y tiene un afiche sobre el comedor en el que un hombre de espaldas se enfrenta a dos caminos: el Recto y el de la Perdición. En el primero, aparece la figura de un azadón, una mujer y unos niños sonrientes y una casa modesta con un jardín. En el segundo, hay una botella de aguardiente, un fajo de billetes y monedas, un arma y un ataúd. Conozco ese afiche porque he ido con Isaza a recoger talegos de ropa de los que la señora se ocupa los fines de semana para ganarse unos pesos de más. Unos pesos de más son unos pesos de más: por enganchar cada prenda y embolsarla se gana 150. Hace unos meses, ese afiche me habría parecido de un maniqueísmo insoportable.

Hoy también creo que solo hay dos caminos. Doña Luz Castro, así se llama la mujer, escogió el recto a pesar de que su casa no tiene jardín. De otra manera no me explico la tranquilidad que desprende cada vez que me acerco para hacerle una pregunta de trabajo. Parado a su lado, me toca algo de su paz interior. Sé que esto suena demasiado metafísico, pero no tengo una mejor explicación y no me he molestado en buscarla. A veces las cosas son como son, así suene a Cantinflas. ¿No es suya la frase “hay momentos verdaderamente momentáneos”?

Quisiera que ella todavía estuviera aquí para que el cansancio después de un día tan pesado se desvanezca. En su lugar, se acerca mi jefe y me dice que tiene otro encargo: tres talegos para recoger en el barrio Castilla, al otro lado de la ciudad. Son las 4:50 de la tarde. El incansable Isaza me espera en la calle con el motor prendido.

4. Han transcurrido cinco meses y medio desde que aterricé en Medellín y empecé a trabajar en la empresa. Es viernes por la tarde y estoy sentado en el último baño del segundo piso de la fábrica. Si aguzo el oído, puedo oír su funcionamiento en pleno. Cierro los ojos y se me aparecen las cortadoras del quinto piso, las bordadoras y estampadoras del cuarto, las cincuenta máquinas de confección del tercero, a estas alturas, sonidos tan familiares como las teclas de un computador. Mi jefe debe creer que sufro de diarrea crónica. Visito la taza a menudo, pero por otras razones. Aquí he tomado notas sobre qué diablos es vivir con el salario mínimo. Cada vez que escribo algo en esta libreta negra siento que la respuesta se aleja como un barco mercante rumbo a Oriente. Una vez también leí aquí, con los ojos aguados, una carta que me entregó una joven operaria junto a un paquete de galletas de chocolate y aquí mismo tomé aire durante los momentos más duros de mi estadía en la fábrica, de esta travesía por el desierto.

Desde que trabajo en la empresa, las metáforas bíblicas vienen a mí con más frecuencia de lo que quisiera. Algunas mañanas en las que el bus me dejaba quince minutos antes de lo usual en la esquina de la avenida Guayabal donde queda Tutto Colore, decidía caminar hasta una iglesia cercana. Eran raptos religiosos que nunca antes había tenido. Sentado sobre la última banca, le pedía a una estatua de yeso darme más fortaleza para alcanzar las cinco de la tarde y de paso hacía tiempo para no llegar tan temprano a marcar tarjeta. En dos ocasiones, me encontré aquí con doña Luz pidiendo el temple necesario para seguir por el camino recto. Después de una breve oración, iba por un buñuelo de cien pesos a una panadería. Me lo comía en forma de hostia antes de entrar a la fábrica y ponerme el uniforme en el mismo baño.

Ahora que he soltado la cisterna, me lavo las manos y me miro en un espejo. Mi pelo ha vuelto a crecer desde que me lo corté a ras antes de venir a Medellín. Esa tarde, cuando salí de la peluquería, se abrió un paréntesis en mi vida. Quedan pocas horas para cerrarlo: hoy es mi último día en la fábrica. La niña que me regaló la carta y las galletas me llama. Acaba de llegar la comida. Mis compañeros de la bodega compraron una torta y una Coca-Cola para despedir a un hombre que nunca les dijo quién era en realidad.

Capítulo IV

Frente a mí, una pareja se prepara para salir a la pista de baile. La mujer debe pesar más de cien kilos y es bonita como un globo aerostático que surca un cielo libre de nubes. Su cara es blanca y limpia y sus ojos guardan esa tristeza de sentirse observada a diario con estupor. Sobre una báscula, el hombre debe registrar la mitad de su peso. Para no verse tan desiguales a la hora de bailar, el hombre usa una chaqueta muy amplia que le llega a las rodillas. La ama y por eso no quiere que sufra con las miradas de los demás cuando el DJ les ponga un bolero de Toña La Negra, se paren de la mesa de enfrente y empiecen a moverse lentos en una esquina de Brisas de Costa Rica, este bar de salsa en el centro de Medellín al que he venido por lo menos una noche de cada quincena desde que llegué a esta ciudad. Hoy será la última vez que vea a Alirio, el DJ del bar, y el retrato del papa Juan Pablo II que tiene en la barra. Mañana regreso a Bogotá. Durante seis meses, Brisas de Costa Rica ha sido el búnker donde me he refugiado para estirar las piernas después de las largas jornadas en la fábrica. Me despido del lugar que hice mío, este bar donde una docena de hombres solitarios trata de sepultar una semana de trabajo a punta de movimientos frenéticos, tumbadoras y trompetas.

En las tardes, Brisas se llena de varones que piden una cerveza y bailan solos bajo las lucecitas de Navidad que adornan el sitio. Bailan salsa o mambo sin pareja. Casi siempre somos los mismos: el hombre en silla de ruedas que se sienta en una mesa cerca de la entrada; un gordo que habla solo y trabaja para la Secretaría de Salud del municipio; un joven arquitecto que a veces va con su novia, una mujer mayor de pelo parado y botas de tacón puntilla, y Guillermo León. La primera vez que vi bailar a León entré en un trance hipnótico: me sorprendieron sus movimientos, una mezcla de break dance y sofisticados pasos de salsa. Esa noche él vestía de negro y tenía un reloj pesado como un tejo que ya no lo acompaña. Esa noche, también, compartimos una cerveza y me contó que había aprendido a bailar en Nueva York. Le enseñó un italiano para quien trabajaba en los años setenta. Desde aquel día hice de Brisas mi fortín y traté de memorizar los pasos de Guillermo León, su resbalar sobre las baldosas, la mano quebrada sobre el pecho, la risa que nunca le abandona. Desde entonces, cada mañana en la ducha, antes de salir para la fábrica, traté de imitarlo.

Me siento extraño mientras la pareja de enamorados baila un segundo bolero. “Mañana ya no debo volver a la fábrica”, me digo como si mi cuerpo me pidiese regresar a ella. Me he sentado siempre en la mesa de Brisas que está a la izquierda de la entrada. Desde aquí puedo ver a la gente que pasa por Tejelo, ese callejón empedrado. Es un paseo peatonal oloroso a mango, a pescado y a morcilla, por el que he visto caminar a una indigente en calzones, a un borracho con una botella de alcohol antiséptico mezclada con Coca-Cola y a la Reina del parque Bolívar, un travesti cincuentón que en la noche se cambia cuatro veces de ropa. Acaba de entrar a Brisas con un canasto en el que vende cigarrillos, chicles y condones. El travesti se llama Danny y se jubiló de la empresa Fabricato. Hoy tiene una tiara, una peluca canosa y un vestido de raso color carmín. La pareja de enamorados le compra un paquete de Kool antes de sentarse y la única mesera de Brisas lo saluda de mala gana. Al verlo entrar, el DJ cambió de disco con rapidez e hizo sonar cinco segundos de una charanga que dice “mariquita, mariquita”. Al fondo, donde está la barra, Alirio se ríe como un niño que le ha pegado a un perro con una cauchera. Danny pasa frente a mí ofreciendo sus artículos y no me saluda. El día en que me lo presentaron olvidé que era una dama: le estreché la mano con excesiva fuerza y su rencor quedó decretado. Aún estoy solo esta noche. Ya deberían haber llegado Astrid Carrasquilla y María Elena González, su mejor amiga, la que me consiguió la habitación en Santa Inés y me presentó el Brisas. Ambas me patrocinaron durante estos seis meses la mayoría de las cervezas que me he tomado en este lugar en el que el Alirio es el sacerdote máximo. El DJ cambia una vez más de disco y arranca El pollino. Puedo reconstruir a la perfección la mañana en que salía de la casa para la fábrica a tomar el colectivo en la esquina y sonó esta canción en el pequeño radio que me prestó la mejor amiga de Astrid para oír la emisora de salsa Latina Stereo. Había dormido poco, llovía y no tenía paraguas y el Tigrillo, ese guardián del barrio, ni siquiera estaba para organizar la fila, pero bastó un par de compases de este mambo contundente para que recobrara el brío y enfrentara otro día de trabajo. Al cliente de la silla de ruedas parece que le gusta tanto El pollino como a mí. Cierra los ojos para oírlo. En su cabeza debe estar dando vueltas enloquecido como lo hacía antes de que una bala perdida lo dejara cuadrapléjico. Es un cliente muy antiguo, me ha contado la mesera, una mujer con una de las sonrisas más bonitas que he visto a pesar de que le falta un diente. Un muchacho con alguna clase de retraso mental está enamorado de ella. Por lo menos una vez en la noche pasa por Brisas, le compra un cigarrillo y pide que se lo fume frente a él. El espectáculo de estos tres personajes me hace pensar en la vida como un puñado de soledades que se acompañan por un par de horas.

Se acaba el mambo y la música deja de sonar por tres segundos. Alirio nos maneja con el dedo meñique. En medio de la fiesta —ya no hay mesas disponibles— suena Los desaparecidos, una canción muy lenta de Rubén Blades. Desde que Brisas funciona en este local, parte de su público está compuesto de hombres con varios muertos sobre los hombros y esta canción les altera el pulso. Otra de las noches que pasé aquí uno de ellos me habló. Estaba en la mesa de al lado, me ofreció un trago de aguardiente y, como no tenía plata más que para dos cervezas, se lo recibí. Llevaba puesto el uniforme de una empresa de mensajería y estaba rapado. Era corpulento y el amigo con el que venía le decía “Negro”. Bastó brindar con un tercer aguardiente para que se confesara. Al parecer, necesitaba hacerlo. El hombre había sido soldado profesional y combatió en Urabá por la época de las masacres en los pueblos bananeros, pero le dieron de baja después de tres años de servicio. Regresó a San Javier, su barrio en la comuna 13, y vagó por tres meses. Una madrugada, después de estar tomando con sus amigos de la cuadra, volvió a su casa y se encontró con un señor que lo estaba esperando en la puerta.

—Tenía una ruana y era cojo. Cojo —repitió la última palabra mirándome a los ojos.

Se refería a Diego Murillo, Don Berna. Un día, el sucesor de Pablo Escobar quedó con la pierna derecha destrozada después de recibir 17 tiros. El señor le dijo que quería que trabajara para él. El Negro aceptó y así fue como se convirtió en uno de los comandantes paramilitares de San Javier. Ahora está desmovilizado y conduce un camión.

—Soy un don nadie —me dijo cuando terminó la historia.

Por fortuna no me preguntó qué clase de don nadie era yo. Esa noche con el Negro también sonó la canción de Rubén Blades que acaba de poner el DJ, y fue el único momento en que el Negro paró de hablarme. La oía como si se la hubiesen escrito para él. ?

Anoche escuché varias explosiones, / Tiros de escopeta y de revólveres,/ Carros acelerados, frenos, gritos,/ Ecos de botas en las calles,/ Toques de puerta, quejas, pordioses, platos rotos./ ¿A dónde van los desaparecidos /Busca en el agua y en los matorrales./ ¿Y por qué es que se desaparecen / Porque no todos somos iguales./ ¿Y cuándo vuelve el desaparecido / Cada vez que los trae el pensamiento./¿Cómo se le habla al desaparecido / Con la emoción apretando por dentro.

Cuando se acabó la canción me dijo:

—Maté mucha gente, tanta que por las noches me despierto llorando. Tomémonos el último aguardiente que ya me voy a guardar el camión de la empresa.

Me dio un abrazo de oso y salió por la puerta con su nuevo uniforme de conductor. En seis meses, fue la única vez en que me temblaron las piernas.

Cuando Astrid y María Elena llegan al Brisas, ya me encuentran borracho. Son las diez de la noche de esta última noche en la ciudad. Con la plata de la liquidación por haber trabajado en Tutto Colore, me compré una botella de aguardiente. Ahora va por la mitad. También compré un regalo para Guillermo y Lucero Carrasquilla, un equipo de sonido que luego pondrían en la sala de su casa, al lado de la mesita con las fotos familiares. Me tomo un aguardiente doble, brindo con mis amigas y saludo con la mano a otro habitual, un negro con una agenda debajo del brazo que no para de sonreír. Su boca parece una fuente de luz. Después de tantas noches en Brisas, reconozco las canciones que pone Alirio. Oigo sonar Montaña rusa y el milagro sucede: me paro a bailar solo en mitad de la pista. Es la primera vez que lo hago y mis amigos del bar aplauden. Para mi sorpresa, puedo imitar con soltura algunos de los pasos de Guillermo León. Todas estas mañanas practicando bajo la ducha de mi casa no se fueron por la cañería. Tal vez buscaba esto cuando decidí venir a Medellín para vivir con el salario mínimo, tal vez era solo esto, dar vueltas y cantar con los ojos cerrados: la vida es una montaña rusa, sube y baja, es como las olas del mar, que van subiendo y bajando y la cosa es seguir flotando.

Nada en Young recuerda que en esta pequeña ciudad de Uruguay, hace un año, ocurrió una tragedia que por grotesca fue noticia en el mundo. Nada recuerda que ocho personas murieron cuando un programa de televisión “solidario” convocó al pueblo a remolcar una locomotora en apoyo del hospital local. Donde ocurrió la masacre el 17 de marzo de 2006 no hay flores que recuerden a los muertos. La gente pasa por allí como si nunca hubiera sucedido nada. En todo Young no hay ni siquiera un graffiti que mencione la tragedia. Es como si el pueblo hubiera decidido que nunca ocurrió.

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Young tiene 15.000 habitantes, teléfonos de cuatro cifras y una sola esquina con semáforo. Young –a la que llaman Yung- no es capital departamental, no es sede de ninguna fiesta de renombre y carece de atractivos turísticos. Quizás por eso fue tan impactante que la televisión nacional decidiera hacer un programa allí. La idea fue de Griselda Crevoisier, una administrativa del hospital de 51 años, que cada semana miraba en Canal 10 el programa Desafío al Corazón. En él, distintas instituciones eran conminadas a cumplir con una prueba insólita y recibían como premio el dinero donado por los televidentes, sensibilizados a través de la pantalla. En 2004 el hospital no tenía ambulancia. Crevoisier convenció al director de entonces de participar en Desafío y así poder comprar una. Como ella conocía a uno de los dueños de Canal 10, logró que el hospital fuera anotado en la lista de espera del programa. Hoy Crevoisier no cree haberse equivocado. Casi todo lo que hay en el hospital, explica, fue conseguido gracias a donaciones que han suplido el aporte siempre insuficiente del Estado. Celia González, otra funcionaria, cuenta una historia ocurrida años atrás: un día hubo una emergencia y a la ambulancia le faltaba un neumático. El director del hospital no sabía qué hacer. Entonces, contra los reglamentos, llamaron por teléfono a radio Young y pidieron por favor una cubierta. En pocos minutos consiguieron cuatro. Así se hicieron siempre las cosas.

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Cómo a los creativos de Desafío al Corazón –Ernesto Depauli, de 38 años, y Fernando Seriani, de 30-, se les ocurrió que la gente remolcara una locomotora se explica en el expediente judicial de la tragedia. Dos años después de la gestión realizada por Crevoisier, al hospital de Young le llegó el turno de participar en Desafío. Depauli y Seriani visitaron el pueblo en febrero de 2006 y se reunieron con el nuevo director del hospital, Juan Pablo Apollonia, y su comisión de apoyo. Los locales sugirieron realizar una prueba con caballos, pero eso no convenció a los capitalinos. Depauli y Seriani recorrieron Young y, al ver las vías del ferrocarril, se inspiraron. De regreso en Montevideo, Depauli le envió un mail a Apollonia: “Te mando el desafío que pensamos (…): un grupo de personas de Young deberá arrastrar un convoy formado por un vagón de tren, un camión y un tractor, con los motores apagados, una distancia de por lo menos 56 metros, utilizando una cuerda o similar. Es importante que sea un vagón de pasajeros porque es mucho más vistoso. Cuantas más personas haya, mejor, cuanto más larga sea la cuerda, mejor. Si pueden conseguir una locomotora, mucho mejor”. ***

Young hierve en verano. Los tanques de agua se recalientan tanto que, en el hotel, incluso de la canilla fría sale un líquido que quema. La ciudad nació alrededor de una estación de tren, en una de las zonas agrícolas más ricas del país. El intenso movimiento de carga dio origen al pueblo, en medio del campo. “Acá no tenemos río, ni nada parecido. En otros lugares la gente sale a caminar por la costanera. Acá se mira mucha televisión”, dice Ricardo Fontana, empleado del canal de cable local. Uno de los programas más vistos en Young era Desafío al Corazón. Alba Lemes, 68 años y herida en la tragedia, cuenta: “Todos lo mirábamos. Es tan lindo”. Lemes habla en su pequeño living, con el televisor encendido. Participar en Desafío le costó siete costillas fracturadas, el omóplato partido en tres, el peroné quebrado, una fisura en el tobillo, lesiones en el hígado y 300 centímetros cúbicos de sangre del pulmón. Estuvo a punto de morir y aún le duele, pero dice que volvería a hacerlo todo de nuevo. Jonathan Muñoz, que tenía 14 años cuando la televisión visitó el pueblo, tampoco se perdía Desafío al Corazón. “Siempre lo mirábamos”, relata su madre, Ivanna Gómez, en la puerta de su mísero rancho de madera. “Jonathan se ponía muy contento cuanto se cumplía una meta”. Ivanna es fuerte. Sólo al recordar lo bien que Jonathan jugaba al fútbol, y que unos días antes del programa lo había contratado San Lorenzo, el campeón local, las lágrimas asoman a sus ojos.

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Cuando Apollonia, el director del hospital, recibió el mail en el que los creativos del programa le proponían remolcar un tren, un camión y un tractor, respondió en otro mensaje: “Nos parece una muy buena idea”. En ese mail, Apollonia le sugirió al canal que sería mejor tirar de una locomotora y dos vagones. El canal aceptó. El director cambió también el objetivo del “desafío”: había reparado tres viejas ambulancias y ahora quería dotar de calefacción al hospital. Necesitaba 30.000 dólares. “El frío en invierno es terrible”, cuenta. “Compré estufas eléctricas, pero se rompían porque no están hechas para estar prendidas todo el día”. Apollonia es enfermero. Fue designado director del hospital por el Frente Amplio, la coalición izquierdista que gobierna Uruguay desde 2005. Admite que la calefacción debería se provista por el Estado, pero no culpa a la actual administración. “Los gobiernos anteriores dejaron caer los hospitales. Las cosas no pueden cambiar de un día para otro y yo no puedo esperar a que el Estado tenga plata”. Cuando se le hace ver que una cosa es recaudar fondos para un hospital haciendo sorteos y otra es que la gente tire de una locomotora en la televisión, Apollonia lo acepta. “La idea fue de la anterior comisión de apoyo. Cuando llegó la propuesta, yo tenía que decidir… y me enganché”.

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La noticia entusiasmó porque combinaba dos pasiones de Young: la televisión y el hospital. “Hay una identificación muy fuerte con el hospital”, explica Apollonia. “Hasta hace pocos años, cuando abrió un sanatorio privado, aquí todos nacían y morían en él. El programa iba a permitir demostrar el cariño que se le tiene”. Yolanda Faccio, a quien la locomotora le arrancó un brazo, se sintió feliz al enterarse. “Yo miraba el programa siempre. ¡Y que emoción cuándo dijeron que venían a Young!”. Faccio sonríe mientras levanta la manga izquierda de su blusa para mostrar su muñón. Una vez aceptado el “desafío”, Canal 10 se desentendió de toda la organización. Por norma, el canal sólo graba las pruebas, pone los conductores y vende la publicidad. Los televidentes, conmovidos por los “desafíos”, son los que llaman por teléfono para donar el dinero. Organizar, conseguir lo necesario para cumplir con el reto, solventar los gastos, todo corre por cuenta de la institución necesitada. Son las reglas de la televisión “solidaria”. Lo primero que hicieron Apollonia y la comisión de apoyo fue gestionar una locomotora ante el Ministerio de Transporte y AFE, la ferroviaria estatal. La consiguieron, sin demasiadas preguntas ni condiciones. También eligieron a la profesora de educación física Adriana Borba, de 44 años, para dirigir la “cinchada”, como se llama en Uruguay al acto de remolcar un objeto con cuerdas. Como Borba no sabía cuánta gente se necesitaba para arrastrar un tren, propuso llamar al pueblo vecino de Algorta porque allí, una vez en una fiesta popular, habían remolcado siete vagones. La llamada la hizo Gustavo Meyer, secretario de la Junta de Young, el gobierno local, pero no permitió aclarar nada. Interrogado por el juez, Meyer afirmó: “La secretaria de aquella junta no tenía mucho conocimiento, no sabía cuántas personas habían cinchado (…) No pudimos saber eso”. Borba dio otra versión en el juzgado. Dijo que de esa llamada concluyó que se necesitaban 60 personas para tirar de la locomotora. Para obtener 80 voluntarios (los titulares y 20 suplentes) invitó a empresas e instituciones locales. Los bomberos, por ejemplo, comprometieron diez “cinchadores”. El número exacto de personas necesarias para remolcar el tren nunca quedó del todo claro. No hubo cálculos científicos ni ensayos. El pastor Gustavo Muñíz, un religioso luterano que se entusiasmó con el “desafío”, llegó a creer que se requerían “por lo menos mil personas”, relata hoy Marina, su esposa. Mientras tanto, Apollonia y los integrantes de la comisión se entrevistaron con el comisario Julio Sosa, jefe policial del pueblo. Hay dos versiones opuestas sobre la reunión: según Apollonia, el comisario aseguró que se encargaría de la seguridad del “desafío”. Según Sosa, él sólo aceptó controlar el “orden público” pero no la seguridad de la prueba televisiva. Un integrante de la comisión de apoyo que participó de la reunión le dijo al juez que Sosa advirtió que, como mucho, podía aportar ocho agentes. Apollonia y Sosa acordaron, eso sí, que un grupo de desempleados, integrantes de un plan laboral de emergencia que reciben del Estado el equivalente a 112 dólares por mes a cambio de trabajos poco calificados, ayudarían a controlar la seguridad.

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Nada fue tan publicitado en Young. Los escolares pintaron decenas de carteles. Se pusieron pasacalles en las principales esquinas. Se avisó en la prensa del pueblo. Los organizadores fueron entrevistados en cada programa periodístico local. Se abrió una página en internet para que participaran los younguenses emigrados. Y, con la melodía de un viejo aviso televisivo de salchichas, se compuso un jingle que se irradió una y otra vez con altoparlantes: “No se quede en casa / Ni en la oficina / Venga usted y la vecina / Venga usted y la vecina / Vengan todos y todos juntos lucharemos / Y la meta cumpliremos”. La constante apelación a la palabra “todos” hizo que muchos creyeran que cuánta más gente “cinchara” del tren, mejor. Pese a su imprecisión, la campaña publicitaria fue un éxito a la hora de generar expectativa. Cuando llegó el día, el entusiasmo era enorme. En la calle algunos se saludaban diciendo “todo por el hospital”; esperaban que por fin llegara la hora. Yolanda Faccio estaba segura: ella tiraría del tren. Ramón Bacino, que trabajaba en una hacienda fuera del pueblo, le anunció a su esposa que viajaría especialmente para ayudar al hospital. Yamila Racouky, de 15 años, quería estar ahí. “Era algo nuevo, acá nunca pasan cosas así”, dice. Yamila pensó en invitar a la “cinchada” a Jonathan, su compañero de liceo, el chico que jugaba bien al fútbol. El pastor Muñíz también se despertó ilusionado y le preguntó a Marina, su esposa: -¿Qué hago? Si puedo cinchar del tren, ¿cincho? -Sí, claro, mi amor. Si eso es lo que querés.

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La locomotora llegó a Young a las 13 horas del 17 de marzo, una hora y media antes de la hora fijada para grabar la “cinchada”. Recién al ver con sus propios ojos esa gigantesca mole de 56.000 kilos algunos organizadores tuvieron una idea más certera del “desafío” que habían aceptado. Eduardo Quintana, un miembro de la comisión de apoyo al hospital, le dijo a María Emma Reggio, otra integrante: “¡Pah, está gorda esta muchacha! Me parece que no la vamos a poder mover”. La locomotora trajo dos vagones y cuatro empleados ferroviarios: administrativo, inspector, conductor y ayudante. Ellos no habían recibido ninguna instrucción especial de la compañía. El de mayor rango era el administrativo Héctor Parentini y su superior no le había explicado nada. “Sólo me dijo que viniera a Young a ponerme a las órdenes de los organizadores del hospital”, le contó al juez. Los ferroviarios dejaron la máquina en una de las tres vías que pasan frente a la estación, la que corre pegada al andén. Nadie ha podido explicar por qué se eligió esa vía, un detalle clave en la tragedia. No se hizo ningún ensayo del “desafío”. Mientras la estación se llenaba de gente enfervorizada, la profesora de gimnasia Adriana Borba tuvo un breve diálogo con el ferroviario Parentini sobre cómo comenzaría la prueba. Borba le dijo a que a las 14.30 le ordenaría sacar el freno de la locomotora, pero no le dijo cómo lo haría y él no le preguntó. Parentini debía dar, a su vez, la orden a sus compañeros, que permanecerían en la cabina y manejarían el freno. Más o menos a esa hora, el equipo de Desafío al Corazón llegó a Young. Pensaban ir a almorzar, pero se quedaron en la estación. “Vimos tanto movimiento, tanta buena onda que decidimos quedarnos a filmar”, le dijo al juez Fernando Seriani, uno de los creativos del programa. “Había una euforia indescriptible, lo que vimos en Young nunca lo habíamos visto”.

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Yamila Racouky, la compañera de liceo de Jonathan Muñoz, no quería perderse eso por nada del mundo. Young no ofrece mucha diversión para los jóvenes. “Vamos al ciber, al baile, nos sentamos en la vereda a tomar mate. No hay mucho que hacer”. Para peor, las últimas salidas habían terminado en peleas entre sus amigos “planchas” (adolescentes pobres y reacios al estudio y al trabajo) y los “conchetos” (adolescentes ricos). “Acá están muy marcadas las clases sociales, es horrible”, dice Yamila. Cuenta que sus amigos “planchas” salen “y como no tienen plata para emborracharse, empiezan a apedrear las casas, a insultar a la gente…”. Luego vienen las riñas. Yamila tiene sus uñas cortas pintadas de rosa. Aquella tarde pasó a buscar a Jonathan para ir a la “cinchada”. Jonathan era pobre pero no “plancha”. “Era muy sociable, le encantaba la gente”. En el rancho de madera donde vivía, Jonathan le dijo a Yamila que su padre no quería que fuera al “desafío”. Pero ella insistió y Jonathan le mintió a su padre: le pondrían falta en el liceo si no iba. Su padre le creyó. En la estación los chicos se encontraron con multitud enfervorizada. Estaban todos los escolares, sus compañeros de liceo, el pueblo entero. Desde los altoparlantes sonaba a todo volumen, una y otra vez, el pegadizo jingle: todos juntos lucharemos, todos juntos lucharemos. Por sobre la música, Ariel Pérez, un periodista local, y otros dos comunicadores del pueblo animaban la fiesta. Subida al tren estaba Paola Bianco, estrella de la tele, conductora de Desafío al Corazón. Jonathan se entusiasmó y le dijo a su amiga que él tiraría de la locomotora. Yamila le recordó que en el liceo les habían advertido que sólo los adultos podían, pero Jonathan no la escuchó. Yamila también vio a muchos de sus amigos “planchas” frente a la máquina, buscando un sitio para “cinchar”. “Uno de ellos dijo: ‘cuando empiece, me voy a tirar debajo de las ruedas, así me muero de una vez’”. Yamila le pidió a Jonathan que se quedara, pero no hubo caso.

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Adriana Borba, la profesora de gimnasia, le contó al juez de su vasta experiencia en conducir eventos sociales exitosos. Organizó, por ejemplo, el certamen Reina de la Piscina ante 500 personas. Pero esta vez las cosas no salieron tan bien. Había comenzado a llover. La multitud reunida era gigantesca y no se veía ningún policía. El cordón humano que debía separar al público de las vías estaba formado sólo por los desempleados del plan asistencial del gobierno y nadie les hacía caso. Tampoco se respetaban las cintas amarillas colocadas para que la gente no se acercara al borde del andén. “Había gente que se les paraba arriba para que otros pasaran. Yo los vi”, cuenta María Emma Reggio, integrante de la comisión de apoyo. Una multitud se apiñaba al borde mismo del andén y cientos de personas estaban en la vía, delante la locomotora. Borba, que había previsto que cuatro cuerdas bastarían para los 60 tiradores, hizo atar otras dos. A las 14.10 convocó a los “cinchadores” a una charla para explicarles cómo debían tirar del tren, pero sólo 20 fueron a escucharla. Ella había calculado que, para no ser atropellados, todos debían ubicarse a más de diez metros de la locomotora. Pero según Francisco Lafourcade, que participó de esa reunión, ese dato no les fue comunicado. “En ningún momento se nos explicó a cuántos metros de la locomotora debíamos estar”, le dijo al juez. “No nos dijo cómo iba a dar la orden, pero sí que íbamos a empezar a las dos y media”. Borba también les advirtió que si uno caía, los otros tenían que levantarlo rápido. Por seguridad, la profesora quería que los bomberos fueran los “cinchadores” más cercanos a la locomotora, pero ellos entendieron lo contrario y se ubicaron en la punta de las sogas, los más alejados de la máquina. El jingle sonaba a todo volumen, los escolares cantaban, los animadores decían que Young podía, la gente aplaudía. Pasadas las 14, Seriani, uno de los productores de Desafío al Corazón, llamó a sus compañeros a Montevideo. Quería que escucharan el bullicio, le dijo al juez: “Era hermoso el ruido”.

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María López, empleada de comercio, se emocionó en la estación. Pensó: “Este pueblo es muy individualista, pero acá estamos todos juntos para ayudar al hospital”. Casi todos en Young se definen como solidarios e individualistas al mismo tiempo. Y en la estación se notó: muchos querían ayudar al hospital y decidieron “cinchar”, aunque sabían que no debían. Pasadas las 14.10, cientos de personas buscaban tomar un pedacito de cuerda y así poder participar de la “cinchada”, ayudar al hospital, salir en la tele, demostrarle a todo Uruguay que Young existe. El entusiasmo era indescriptible. Los que estaban frente a la máquina llamaban a sus amigos que permanecían en el andén para que bajaran a tirar. Adriana Borba revive hoy la desesperación que comenzó a ganarla en esos momentos. “Todos manotearon las cuerdas. No estaba previsto. Eran las ganas de ayudar, de decir yo estoy, yo estuve, yo tiré. Les pedí que salieran y nadie me hizo caso. Me pasaron por arriba”. Selva Carballo, de 57 años, no había pensado participar, pero allí le vinieron ganas. “Todo era una fiesta, y como nadie me dijo nada y como veía que otros lo hacían yo fui a cinchar y le dije a unas conocidas: vengan, vengan”. Alba Lemes, la mujer de 68 años que se partió siete costillas, el peroné y el omóplato en tres, bajó a las vías y tomó una de las cuerdas junto con su amiga Silvia Porcal. Se sentía feliz. “Era tanta la euforia, la algarabía”. Lemes todavía recuerda cuando Jonathan se acercó y les dijo: “Señoras, ¿no me dejan agarrar la cuerda acá?”.

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Algunos percibieron que las cosas no iban del todo bien. El ferroviario Héctor Parentini advirtió a los organizadores que existía un desnivel peligroso en el piso, bajo los durmientes y contra el andén, donde se iba a realizar el “desafío”. Apollonia, el director del hospital, llamó a la comisaría para protestar por la ausencia de policías. Susana Estigarribia, otra profesora de educación física, sacó de las vías a varios chicos y a un adulto que quería tirar del tren con una niña en brazos. Sin embargo, nadie propuso detener la prueba. “Había gente que decía ‘esto va a terminar mal’, pero la inmensa mayoría de los que estábamos viviendo esa fiesta no nos queríamos dar cuenta”, lamenta Ariel Pérez, el periodista local que animaba de la jornada. En las vías, tomando las cuerdas frente a la locomotora, había ancianos, enfermos, rengos, mujeres con tacos, chicos en hawaianas. A Eliseo Silva, de 57 años, que tenía un by pass, una amiga le dijo “vos no podés tirar”, pero él no hizo caso y se quedó allí con su esposa. En total, unas 400 personas estaban listas para remolcar el tren. Faltaban quince minutos para la hora fijada, las 14.30. Pero muchos ya estaban “cinchando”. El pastor Muñíz le decía a la gente a su alrededor: “no tiren, no tiren, todavía falta”, y no le hacían caso. Las cuerdas estaban tensas, pero la locomotora no se movía porque tenía el freno puesto. “Ojalá caiga una lluvia muy fuerte para que cinchen sólo los que tienen que cinchar”, pidió el pastor. Pero el cielo no lo escuchó.

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Quién y cómo debía dar la orden para comenzar la prueba es el punto clave del caso judicial. Los funcionarios de Canal 10 dijeron que la orden la darían ellos. El director del hospital, Apollonia, sostuvo que hizo alquilar el mejor equipo de audio de Young para que todo el mundo escuchara la orden. La profesora Borba dijo que ella iba a impartir la orden con un megáfono y una señal a Parentini, que iba a estar sobre la locomotora. Parentini, el ferroviario que debía indicarle al conductor cuándo sacar el freno, no estaba arriba de la máquina, sino abajo, entre la multitud enloquecida. Él esperaba la orden de Borba, pero no sabía cómo se la iba a dar. Parentini miraba a Borba, que iba y venía entre la muchedumbre enfervorizada. Borba intentaba sacar de las vías a los no que debían tirar. Se había juntado tanta gente que, en lugar de diez metros entre los “cinchadores” y la locomotora, apenas había dos. “¡Suelten la cuerda”, gritaba, pero nadie le hacía caso. Faltando unos doce minutos para la hora fijada, decidió ir a buscar el megáfono, que tenía una colega. Quería avisar a todos que la prueba así no comenzaría. No se le ocurrió recurrir al poderoso equipo de audio que seguía atronando el jingle (¡todos juntos lucharemos!) y el aliento de los conductores (¡vamos que podemos!). Por fin Borba encontró el megáfono. Eran las 14.20. La profesora gesticula mucho cuando cuenta su historia. Es posible que en aquel momento de nerviosismo también gesticulara. Ella jura que no hizo ninguna seña, pero Parentini dice que sí, que toda la gente empezó a gritar “¡Vamos!” y que entonces vio a Borba hacer la señal que estaba esperando. Faltaban diez minutos, pero el ferroviario dice que a él nadie le dijo la hora exacta en que comenzaría la prueba. “Estaba toda la gente tirando y era un grito unísono ‘vamos, vamos’ y todos tiraban. Primero fue el grito y luego la señora me levanta la mano”, dijo Parentini en el juzgado. “¿Qué más se podía esperar? Yo interpreté que la señora me daba el o.k.” Entonces le dijo al maquinista que sacara el freno.

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La locomotora arrancó. Borba dijo: “la puta que lo parió, ¿quién dio la orden?”. La gente del canal prendió las cámaras. El conductor Ariel Pérez, dudó un instante. Sabía que no era la hora fijada, pero no quiso arruinar el momento así que gritó, según quedó registrado en un video aficionado: “¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos que se puede! ¡Sí, sí, sí!”. La alegría duró poco. Cuando Pérez pronunció su quinto “vamos”, ya había ocurrido todo lo que tenía que ocurrir. Tanta gente tiró de las cuerdas que la máquina arrancó a una velocidad impensada. Los rieles mojados potenciaron el efecto. Los que estaban demasiado cerca debían correr para que la locomotora no los alcanzara; había niños, viejos, gente en sandalias. El desnivel que había marcado Parentini fue una trampa mortal. Allí resbaló y cayó una mujer que tiraba de la soga más cercana al andén. Fue el fin de la fiesta: los que venían detrás empezaron a caer, uno arriba del otro. La máquina se acercaba y ellos no podían salir de la vías porque el andén les impedía rodar o tirarse al costado. “Corríamos, pero alguien se cayó y no nos dio tiempo a nada”, dice la abuela Lemes. “La locomotora era una plumita y cuando nos quisimos acordar fue horrible”, recuerda Selva Carballo. Unos fueron aplastados por el gentío, otros destrozados por la máquina. “Una multitud cayó encima mío”, recuerda Silvia Porcal. “Yo sentía que la columna se me quebraba y las costillas se me clavaban en los pulmones. Era un dolor horrible. Sentía también como el tren iba chupando gente. Yo gritaba ¡auxilio, auxilio! Pensaba que me estaba muriendo. No tenía aire. La conciencia se me iba. Me prendí a la tierra para que el tren no me chupara, el cuerpo se me retorcía…” A Yolanda Faccio la embistió la locomotora. “Vi que se me venía encima, venía más rápido de lo que yo podía avanzar, me caí y me levanté sin el brazo”, relató en el juzgado. Parada en el andén Yamila Racouky, la amiga de Jonathan, vio cómo de golpe todo quedó en silencio. Vio a una mujer sin un brazo y una amiga que estaba con ella, sobrina de Yolanda Faccio, empezó a llorar.

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Ariel Pérez, el animador, quedó mudo. “Vi salir a una persona caminando sin un brazo, no me olvido más. Al rato vino alguien y me dijo: ‘Un desastre lo que hicieron. Hay gente muerta ahí abajo’”. Pensó que le tomaban el pelo, pero no. Había muertos, sangre, pedazos de cuerpo. El pastor Muñíz había muerto. Eliseo Silva, el hombre que quiso tirar a pesar de tener un by pass, había fallecido de un infarto al ver como la máquina mataba a su esposa. Ramón Bacino, que había venido especialmente a “cinchar” por el hospital, había muerto. También el ex comisario Elbio Recoba, de 77 años, y Selva Real, de 56. A Jonathan Muñoz la locomotora lo había abierto al medio. Había heridos graves como Faccio, Porcal, Lemes, Carballo y una anciana irreconocible por las laceraciones sufridas. Panchito Portela, de 14 años, que jugaba al fútbol con Jonathan, no soltaba el cuerpo de su amigo. Cuando sonó su celular y su madre le preguntó dónde estaba, él respondió: “Mamá, estoy al lado de Jonathan y la gente está loca. Dicen que está muerto y está sólo dormido”. Mientras algunos alejaban a los niños, el rescate era caótico. No había camillas ni ambulancia. Alguien consiguió unas tablas y, sobre ellas, los heridos fueron llevados al hospital por el cual se había hecho el Desafío al Corazón.

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Néstor Díaz es dueño de una inmobiliaria frente a la estación. Pensaba cerrar a las 14.30 para ir a la “cinchada”, pero no le dieron tiempo. A las 14.20 empezó a llegar gente llorando y pidiendo agua para los heridos. “Me puse nervioso por mi esposa y mi hija, que estaban allí. Por mi madre no, con casi 80 años, ¡qué me iba a imaginar!”. La mujer y la hija de Díaz estaban bien, pero su madre era la anciana irreconocible por las heridas. Agonizante, Ramona Gallay logró balbucear su nombre y así supieron quien era. Ni bien Díaz llegó al hospital supo que había pasado algo muy malo: “todo el mundo lloraba, hasta las enfermeras lloraban, la situación las había superado totalmente”. La madre de Jonathan también estaba ahí. Había ido a donar sangre para los heridos y le informaron que su hijo había muerto. Díaz no encontró a su madre. “La habían trasladado porque estaba muy grave. El tren le había abierto el cráneo, le había borrado la cara, le había destrozado todo un lado del cuerpo”. Ramona Gallay, de 79 años, murió dos días después. Fue la octava víctima fatal del Desafío al Corazón.

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Canal 10 dio la primicia. Apollonia, el director de hospital, dijo en la pantalla que lo ocurrido era fruto del “entusiasmo que se contagia cuando estamos todos juntos por un esfuerzo común”. El juez de Young, Mario Suárez, afirmó: “fue un accidente”. El 18 de marzo seis víctimas del Desafío fueron enterradas en Young. Canal 10 llevó allí a todos sus famosos y muchos en el pueblo aprovecharon para pedir autógrafos. En el cementerio, el sacerdote Fernando Pigurina, principal de la Iglesia católica local, dijo que todo había ocurrido “por un exceso de amor, no le busquemos más vueltas. La gente quiso dar tanto que dio todo”. Una monja definió a los muertos como “mártires de la solidaridad”. Ese fin de semana, un vecino rico donó los 30.000 dólares que el hospital necesitaba. El 2 de abril Canal 10 emitió un programa llamado Todos por Young. Los televidentes donaron 100.000 dólares: las familias de los muertos y heridos graves recibieron unos 7.000 dólares cada una. El municipio le dio un empleo al padre de Jonathan, que era desocupado. Psicólogos de Montevideo llegaron para atender a la población, que estaba en shock. Apollonia, Borba, los integrantes de la comisión de apoyo al hospital, todos estaban entre la gente más querida del pueblo, al igual que muchos de los muertos. Comenzó a ganar terreno la versión dada por la televisión y por el sacerdote Pigurina: no había culpables. En la prensa y en especial en la televisión, la tragedia pronto perdió espacio. Durante algunas semanas, Canal 10 no se pronunció sobre la suerte que correría Desafío al Corazón. Ya tenían grabado otro programa, en apoyo del hospital de la ciudad de Tacuarembó. En él un “mentalista” manejaba un auto con los ojos vendados entre gente sentada en la calle. También partía de un machetazo una sandía en la cabeza de un voluntario. El 21 de marzo, los fieles de una iglesia evangélica de Young oraron para que Desafío no fuera sacado del aire. El programa volvió el 25 de abril, aunque nunca se emitió el capítulo grabado en Tacuarembó.

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En el juzgado del pueblo se inició la investigación penal de la tragedia. Pero al revés de lo habitual en estos casos, en Young hubo una cruzada para que no se hiciera justicia. La encabezó Silvia Sosa, de 46 años, viuda de Ramón Bacino, muerto en el Desafío. Sosa visitó a cada familia alcanzada por la tragedia y les pidió que firmaran una carta para que la Justicia abandonara el caso. Sosa lleva una gran cruz en el pecho. Dice que superó lo que le tocó vivir gracias a la fuerza de Dios y muchos amigos. “Quedate tranquila que Ramón estaba feliz cinchando”, le han dicho algunos que estuvieron allí. -¿Por qué hizo la carta? -Acá no hay culpables. Nadie tiene que ir preso, porque en todo caso todos tendrían que ir. Si alguien iba preso, iba a ser muy triste. Los involucrados son gente muy querida. ¿Yo me iba a sentir mejor si iban presos? No, me iba a sentir peor. Ramón nunca volverá. -¿Nunca piensa por qué ocurrió la tragedia? -Sólo una vez, el mismo día. Después me mentalicé para no hacer ningún drama. Hace 25 años que soy catequista, no puedo echar por tierra todo en lo que yo creo. Sé que Ramón está bien, murió por otros, para salvar vidas. Siento tristeza, pero una gran paz interior. No podemos vivir buscando culpables. Sucedió, se terminó. Los padres de Jonathan firmaron. “Fue un accidente. No se puede culpar a nadie, porque fuimos todos culpables”, dice la madre, que ni siquiera estuvo en la “cinchada”. “El padre Pigurina fue el portavoz de la comunidad. No vamos a hacerle juicio a nadie. Acá siempre se necesita del hospital y Canal 10 quiso ayudarnos, ¿cómo vamos a hacerles algo así? Y por más plata, a mi hijo no me lo van a devolver”. También firmaron la familia de Ramona Gallay y la mayoría de los heridos, como Faccio, la mujer que perdió su brazo. El juez Suárez jura que nunca recibió un pedido así en su vida.

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La carta promovida por Silvia Sosa no fue firmada por los hijos del matrimonio Silva, la familia del ex comisario Recoba, la viuda del pastor Muñíz, ni por Silvia Porcal, una herida grave. Ella sabe lo difícil que es sostener en Young una verdad distinta a la oficial. El 23 de marzo su esposo Pablo Benítez y la abogada Jacqueline Portela anunciaron una demanda civil contra los organizadores por el daño que ella había sufrido. Porcal, que trabajaba como empleada doméstica, se quebró tres vértebras lumbares, dos costillas y tuvo fracturas expuestas de tibia y peroné. Estuvo cuatro meses enyesada de pies a cabeza. Pasó el peor día de su vida cuando la pusieron en un aparato llamado “la cruz de Cristo” para enyesarla. Aún no puede trabajar. La noticia provocó una ola de repudio en Young. “No querés al hospital”, le decían a Benítez. “A vos nadie te obligó a cinchar”, acusaban a Porcal. Una radio local los criticó con saña y el asunto terminó sólo cuando Porcal llamó a la emisora desde el sanatorio en el que estaba internada y dijo que no haría ningún reclamo. Benítez, un obrero metalúrgico, está indignado. “Si yo hubiera provocado una tragedia así, estaba preso en una tarde. ¡Que no hay culpables! Es fácil hablar, pero Silvia no va a poder trabajar más”. Silvia Porcal, de 38 años, cuenta que pasó de trabajar todo el día a estar en la casa de sol a sol. “Estoy despierta a las dos, tres de la mañana y el accidente me vuelve: siento el ruido, el dolor. Me miro mucho al espejo: hay veces que pienso ‘estoy toda vieja, rota, quebrada: ya no sirvo para nada’”. La abogada Portela aún les aconseja demandar y ellos lo creen posible. “¿Dónde estaba la policía?”, dice Benítez. “¿Cómo dejaron tirar del tren a un nene de 14 años? Dicen que los muertos fueron ‘mártires de la solidaridad’ ¡Cómo van a ser mártires! ¿Fueron ahí a morir? No, fueron a colaborar y encontraron la muerte por la desorganización. Hubo negligencia… ¿nadie va a hacer un mea culpa?”

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“Tu madre es una hija de puta”, le dicen a Panchito en la escuela. Panchito es el chico que lloraba al lado del cuerpo de Jonathan. Su madre es la abogada Portela. “Me siento vapuleada. Es triste ver que la gente que uno conoce es tan ignorante”, dice la abogada. Cree que en Young nadie dice lo que piensa porque la Iglesia es poderosa y hay mucho miedo. “El cura Pigurina realizó una campaña a favor de quienes organizaron el evento. Obvió las leyes y le lavó el cerebro a los younguenses. Hizo reuniones en las que se decía que hay que olvidar. Pero no puede ir contra el derecho de las personas que deben ser reparadas por un evento que les cercenó las vidas”. Portela critica a Canal 10 por proponer un desafío tan inútil como riesgoso y a los organizadores por realizarlo sin la mínima seguridad. Según ella, haber creado esa mezcla de fervor incontrolable y desinformación provocó la catástrofe: “El jingle fue tan irradiado que hoy los niños lo siguen cantando. La gente creía que todos tenían que ir a cinchar. El jingle lo repetía todo el día: tiremos todos, tiremos todos”.

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Apollonia, el director del hospital, dice tener la conciencia en paz. Mientras toma mate, sostiene: “Una comisión de apoyo de un hospital de un pueblo chico no tiene más remedio que hacer las cosas artesanalmente. Todo lo que estaba a nuestro alcance, se hizo. Hubo un entusiasmo colectivo ingobernable, sin explicación racional”. A la profesora Borba no le molesta pasar por el lugar de la tragedia. Piensa que preverla hubiera sido como anticipar el atentado contra las Torres Gemelas. “Todavía no puedo encontrar una explicación lógica. Actuaron por sentimientos. La gente estaba totalmente eufórica. Era una gran fiesta. Creo que sí hubiera habido más gente cuidando, también los hubiesen pasado por arriba”. El mea culpa que quiere Benítez no existe. Apollonia sigue siendo el director del hospital. Sosa, el jefe de policía del pueblo. Borba dirige el sindicato municipal. Los miembros de la comisión de apoyo al hospital son los mismos. Los que tuvieron la idea de remolcar una locomotora siguen en Canal 10, pensando nuevos éxitos.

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El cura Pigurina fuma en pipa. Mientras una veterinaria atiende a su perro basset, dice que tiene ideas opuestas sobre programas como Desafío al Corazón: no deberían existir, pero si no existieran ¿quién atendería demandas como la del hospital de Young? Sabe que la televisión exacerbó el entusiasmo del pueblo: “Era una forma de decirle al Uruguay: ¡acá están los younguenses!”. Y cree que, de un modo aciago, ese objetivo se cumplió, que hoy los uruguayos –incluso el mundo- ven con respeto y admiración a Young por su reacción ante la tragedia, por “haber conservado la unidad, no culpar gente, defender que fue un accidente, estar de acuerdo en que a los que participaron y a los que murieron los animaba la buena intención”. Cuando se le pregunta si aún cree que todo pasó por “exceso de amor”, responde: “No sé si hoy usaría la misma expresión, pero sí hay mucho amor por el hospital. Ese amor en exceso provocó el desastre organizativo que disparó la tragedia”. El sacerdote admite que no es fácil que alguien en Young se atreva a pedir responsabilidades, cuando la mayoría exige lo contrario. “Se cerraron filas en torno a una interpretación y zafar de ella es muy difícil. Hay una presión interna, que no es violenta, pero es muy fuerte”.

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En Uruguay los jueces no pueden encausar a quienes no son acusados por los fiscales, que dependen del Poder Ejecutivo. La fiscal Silvia Blanc sólo pidió procesar al ferroviario Parentini, el único implicado que no vive en Young. El día que Parentini fue llamado al Juzgado de Young para oír su suerte, 400 personas se reunieron allí para reclamar que nadie fuera preso. Llevaban carteles que decían “somos todos culpables”. Estaban los padres de Jonathan, Yolanda Faccio sin su brazo y los otros firmantes de la carta. En su sentencia, el juez Suárez afirmó que es evidente que Parentini no fue el único responsable de la tragedia. Por eso lo procesó, pero sin prisión. Quiso evitar la injusticia de que uno solo pagara en la cárcel lo que muchos provocaron. “Había dos o tres responsables más”, dice hoy. Como sea, nadie fue preso. En Young hubo una caravana de festejo.

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Dos hijos del ex comisario Recoba que viven en Montevideo son los únicos que hoy acusan a los promotores del “desafío” en la justicia civil, culpándolos por la muerte de su padre. Gustavo Salle, su abogado, ha dicho que Canal 10 y varias oficinas estatales son responsables. También que “la convocatoria se hizo para un fin que, en definitiva, es esencial del Estado, que no cumple” y que en Uruguay “existe una verdadera involución cultural, educativa, intelectual que también explica la tragedia de Young”. En la pequeña ciudad insisten en lo contrario. Ana Portela, periodista local y abanderada del “no hay culpables”, porfía que todo ocurrió por ser un pueblo tan bueno. “De tan solidarios que somos, no nos dimos cuenta que era una barbaridad lo que íbamos a hacer”.

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Ramón Díaz llora cuando recuerda a su madre, la anciana de 79 que el tren desfiguró. Sabe que hubo errores de organización, pero no quiere pensar en eso: “Prefiero proteger la vida familiar, trato de olvidar”. Díaz trabajó más de 20 años en otras comisiones de apoyo. Una vez una horda le arrebató los juguetes que repartía durante un beneficio infantil. “La gente se atropella, pierde la compostura. El día de la tragedia había gente muy acelerada, querían salir en televisión. Había muchos jóvenes que no tienen nada que perder, esos que pelean todas las noches sólo para hacerse notar…Y muy poca guardia policial. Los organizadores se quedaron cortos, pero no fue adrede. Los que participaron se sienten culpables y yo también. Con mi experiencia pude haber ayudado”.

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Ariel Pérez, el animador que gritó “Vamos, vamos” cuando el tren arrancó, ahora trabaja en Montevideo. Muchas veces allí escuchó que la gente, al ver el video de la tragedia y oír sus gritos, comenta: “A ese tipo hay que matarlo”. “Mi trabajo era ése”, explica. “Si hay culpables somos los 3.000 o 4.000 que estábamos ahí. Todos vimos que eso estaba mal hecho: cinchar una locomotora con los rieles mojados, con niños… era una prueba hecha por el hospital y ni siquiera había una ambulancia. Todos lo vieron: las autoridades, la gente del Canal 10 y nadie reaccionó. Yo lo vi y no me di cuenta. Yo fui uno de los que estuvo en la gran masacre que hicimos, y me duele”. El dolor no deja vivir a Ruben Muñoz, el padre de Jonathan. “No lo puedo aguantar”, le dijo a un diario. En su rancho se apilan los ladrillos que compró para levantar una casita con el dinero que le dieron. Yamila Racouky cuenta que la tragedia cambió a sus amigos: uno se está construyendo una casita, otro se puso a trabajar, ella quiere irse a estudiar a Montevideo. Marina Rodríguez, la viuda del pastor Muñíz, una argentina de 34 años, pensó en irse, pero se quedó. “Fue doloroso, pero a mis hijas Young les habla de su papá y Buenos Aires no”. Llora cuando cuenta que suele ir a la estación a “hablar” con su esposo. No firmó la carta pidiendo el archivo del caso. “Estoy de acuerdo con que nadie vaya preso, es agregar dolor al dolor. Pero es importante que la Justicia coloque las cosas en su lugar”. Silvia Sosa, la mujer que lideró la cruzada para que la Justicia abandonara el caso, está satisfecha con lo que hizo. “Sólo quiero que esto pase de una vez. Al accidente lo trato de minimizar: ya lo minimicé todo lo que pude y voy a tratar de que desaparezca”. Yolanda Faccio tampoco quiere recordar. Tras la tragedia, siguió mirando Desafío al Corazón. Su sueño es recibir un brazo ortopédico que sustituya al que le arrancó la locomotora, y con él ir a Montevideo y aparecer, esta vez sí, en la pantalla de Canal 10.

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