El Pasaje Tres de la Sierra Alta es un callejón sin salida. De día sesenta metros de pendiente malempedrada se desbarrancan en una vista imponente del valle con el cerro de Guazapa al fondo: una vista privilegiada que miente como suelen mentir las apariencias. Aquí arriba no hay horizontes. Aquí arriba lo único que se impone es un silencio profundo, enquistado, oculto como los miedos viejos bajo los ruidos y voces cotidianas.

El Pasaje Tres son veinte casas con puertas metálicas siempre entreabiertas y tejados irregulares. Una antigua sede de Alcohólicos Anónimos bebe del sonido de los televisores ajenos, los pasos despistados de dos niños que buscan juego en la calle y el aburrimiento de un perro. Después, como cada tarde, Niña Elena freirá yuca o papas en la calle. Abierto al cielo, con luz de día, la primera vez que estuve en el Pasaje Tres me pareció un lugar familiar, lleno de oxígeno, habitable.

Ahora sé en qué casa vive un joven de 27 años mutilado a machetazos, y dónde vivía el taxista al que asesinaron el pasado julio. Y sé que al fondo, a la derecha, está la pequeña casa de dos cuartos en la que vivía José Noé Sánchez Ramírez con sus padres, su hermana, su abuela, su esposa, su hijo. Y un poco más acá, veo la de Michael Douglas Ávalos, el niño al que no le gustaba hacer mandados. Y aquí al inicio, la agujereada fachada amarilla contra la que los mataron a ambos.

Y unos pasos más allá, al otro lado del camino principal, me siento amenazado por las dos pequeñas mesas redondas de piedra donde se apostaron a vigilar el 3 de octubre de 2008 tres de sus asesinos, mientras los otros dos los acribillaban. Se dice que eran pandilleros de la Mara Salvatrucha (MS o MS-13).

***

Noé creía que le habían perdonado la vida, pero no era así. En realidad nunca tuvo la certeza de estar condenado. Pero por años supo que tenía razones de peso para temer y se cuidaba con la serenidad de los que no se esconden porque se creen imbatibles y caminan por los días como si para los guapos y descarados todo dependiera de un golpe de buena suerte; con la prudencia de los que conocen las reglas del juego y saben que un as del mejor tahúr puede perder la partida frente a una bala.

—Mire, papá, uno no es que busque la muerte, uno ya tiene el día y la hora –dijo una vez.

Pero se negaba a ir al terreno que la familia tiene al final de la calle Progreso porque decía que había tenido problemas con los chicos de allá y, como el resto de jóvenes del barrio, nunca jugaba a fútbol en la cercana cancha de la colonia Buenos Aires, porque no era suya, era de otros.

Aquel viernes de 2008 Noé llegó a eso de las cinco y media de la tarde a casa. Yenson Amílcar, su hijo, cumplía cinco años pero no había habido piñata. Noé venía de una entrevista de trabajo en la fábrica Muebles Capri y le latía en el pecho una sensación de futuro. A sus 21, después de años de ocupaciones temporales, de estudiar electricidad, de aprender costura con el tesón de los que no se rinden o de acompañar a su padre a vender queso y juegos de sábanas puerta por puerta, iba a tener un sueldo fijo, seguro social, plan de pensiones. En una colonia llena de jóvenes desempleados, esa fábrica era una llave a una nueva vida que empezaba el lunes.

—Voy a ganar bien, ya no voy a andar de arriba para abajo –dijo a su padre, Don Rigoberto, que regresaba de un mal día de negocio–. ¿No trae un dólar que me dé?

Y con ese dólar se fue a jugar naipes a la calle. El cielo estaba cubierto de nubes.

—No salgás –le dijo Lissette, su esposa, mientras contestaba al teléfono–. Andás siempre afuera jugando. Dios no quiere eso.

—Ojalá que Dios no me haga entender por las malas, porque eso no lo quiero –respondió con una sonrisa cómplice–. Me voy para afuera.

—Te apurás.

—Sí, solo voy a jugar un rato.

Pasó llamando a Michael, el hijo de Doña Gladis, de 15 años. Ambos se sentaron en unos pequeños escalones a la entrada del pasaje y abrieron la partida de póquer con apuestas de unos pocos centavos de dólar.

La descarga de disparos sonó en todas las casas de todos lo que juran no haber visto nada. Lissette pensó que era el ruido de algún cohete. El resto de vecinos supo que habían matado a alguien. Eran poco más de las seis.

***

—Hoy han matado a uno de los que se dio gusto con mi hijo –me dijo Don Rigo la tarde en la que nos conocimos, en su casa, una tarde a finales de julio.

Ese miércoles, la clínica parroquial había permanecido cerrada desde la mañana y la ruta 2 de buses había trasladado unas cuadras el fin de su trayecto, para evitar problemas. Era el velorio de un pandillero de la MS, Noel, al que alguien de su misma mara había asesinado unas horas antes. Tenía 17 años y él también era un asesino.

—Era el hijo de Érika y tiene una hermana de 14 que acaba de quedar embarazada.

Me cuenta Toño, el padre Toño, como lo llaman señorialmente los parroquianos.

—Era uno de los que mataron a Noé y Michael –tanteo.

—Sí, eso dicen.

Pregunto a Toño el apellido de Noel, y mientras rebusca en su memoria tantea la mesa en busca de su teléfono celular, marca un número de su agenda y espera.

—Hola, ¿Érika? ¿Con quién hablo? ¿No está Érika? Soy el padre Toño. No, no le diga nada, ya la llamaré yo después.

Toño es un cura joven, de esos incómodos para la jerarquía eclesial porque llaman por su nombre de pila a pandilleros y ladronas y porque marcan al teléfono de la madre de un joven asesino muerto.

Es español aunque a veces disimula las zetas al hablar, y conoce las muertes de los jóvenes de la zona oriental de Mejicanos, pero también conoce sus vidas. A Noel lo conoció cuando tenía 7 años, porque los asesinos también tuvieron 7 años y en este caso un abuelo bromista. Y conoce a Érika, como la conocen todos en la zona. Porque en cada colonia todo el mundo conoce al que dispara y a su víctima, y la madre de la víctima a menudo conoce a la madre, padre y hermanos del que dispara o acuchilla.

En la Sierra Alta todos conocen a Zenaida, sobrina de Don Rigo, que se metió en el Barrio 18 con 14 años y a los 16 tuvo que embarazarse porque se lo exigió su clica al completo; y huyó, y abortó ese niño que no sabía seguro de quién era.

Saben que los hijos de la niña Felícita, Tomás y Alejandro, se hicieron de la MS y ahora están muertos; y que la hermana que queda a veces acompaña a Felícita a repartir sopa en el céntrico parque Libertad a los mendigos, pagada por un empresario de San Salvador.

—A Noel lo mató otro pandillero, Jovel. Pero él antes, en noviembre del año pasado, había matado a Josué, “Pintín”, que tenía 14 años.

Un redoble de asesinados entre miembros de la misma clica. La MS de la Buenos Aires se autoextermina con la misma soltura con que marca los tiempos en la vida de los barrios y colonias que la rodean.

Hubo un tiempo en el que enormes grafittis de letras góticas señalaban los límites del territorio controlado por cada pandilla. Hoy los miembros de la Salvatrucha y de la 18, las dos pandillas rivales que dominan la violencia juvenil en El Salvador, toda Centroamérica y parte de México, no se tatúan para no ser reconocidos con tanta facilidad por la Policía. Barrios enteros o pequeños municipios se sienten marcados sin necesidad de que sus paredes estén manchadas. Basta el asedio de enterarte cada mañana en primera persona, en la panadería, de lo que el resto del país solo sabe por los noticieros.

Toño recibe a menudo en su oficina recados anónimos, mensajes en el celular, pedazos de papel o algún croquis que le indican dónde hay otro cadáver.

—Cuando encuentras un muerto, va a haber otro. El fin de semana pasada hubo cuatro, y la semana que viene va a haber cinco.

Porque cada crimen es el comienzo de una venganza. Toño sabe –toda la comunidad sabe– que en un año han muerto cuatro de los cinco pandilleros que supuestamente estuvieron allí. Don Rigo y los jóvenes de la Sierra Alta dicen no tener nada que ver, pero cuando lo oyes por primera vez cuesta no sospechar que alguien esté saldando cuentas. El tiempo te hace cambiar de opinión. Una vez respiras la cadencia con que camina la muerte en este territorio empiezas a aceptar que la velocidad de caída de los cuerpos puede deberse a una simple razón física, porque el mundo de las maras tiene su propia ley de la gravedad.

***

Vestidos de negro, los dos pandilleros dieron el tiro de gracia a Michael primero y a Noé después. Uno de ellos llevaba la cabeza descubierta; el otro, tapada con una capucha. No tenían más de 15 años. Apuntaron con sus pistolas ya sin balas a las ventanas y puertas que vieron abiertas, y el silencio fue el sí que esperaban. Nadie reconocería nunca haberles visto. Salieron corriendo hacia la senda que lleva a la Buenos Aires. Hay quien dice que se metieron en una vigilia. Hay quien insiste en que cuando la Policía llegó y lo supo no quiso ir a buscarlos.

Michael, que había recibido los disparos por la espalda, trató de llegar a su casa. Apenas dio un par de pasos y cayó, con los naipes al alcance de la mano. A Noé lo recogieron aún con vida en el lugar en el que estaba sentado. Don Rigo pidió con desesperación un carro pero solo encontró un muro de miradas. A pocos metros había un taxi pero el dueño parecía haberse esfumado. El resto de quienes en la colonia tenían vehículo se encerraron. En el otro pasaje, Carlos, “el Garra”, ya emprendía marcha cuando llegaron a pedirle el auto. Hizo bajarse a su familia, cargó lo que quedaba de Noé y voló hacia el Hospital Zacamil. En el carro iba también Zulma, una prima de Noé.

Arriba, en la comunidad, se había desatado una lluvia tenaz y Doña Gladis, la madre de Michael, colocó una sombrilla negra sobre el cuerpo de su hijo, para que no se mojara. La Policía había acordonado la zona pero Medicina Legal tardó cerca de tres horas en aparecerse. Para cuando lo hicieron, ya casi todos los vecinos estaban en sus casas.

Cuando Noé llegó al hospital, los enfermeros no quisieron bajarlo del vehículo porque pensaban que ya estaba muerto, pero Zulma le habló entre lágrimas:

—No nos dejés.

Noé alcanzó a mover un brazo. Murió a los pocos minutos, en una camilla.

***

Doña Gladis es una mujer pequeña y vivaracha que esconde su energía detrás de un puesto del mercado de Mejicanos y su dolor tras dos ojos achinados que se ríen todo el tiempo. Diluye la ausencia de Michael en sus dos perros, en días llenos de prisa y preocupaciones rutinarias que ya lo eran hace un año, pero que ahora se levantan como un parapeto para que el día a día le permita no pensar en el día a día. Falta más de un mes y medio para que se cumpla un año exacto del asesinato pero me pregunta si el padre Toño ha dicho algo sobre los recuerdos, unas estampas de cartón impreso que Don Rigo y ella quieren entregar a quienes asistan a la misa de aniversario.

Está impaciente porque me marche, pero me muestra un recorte de periódico de dos días después del crimen. En él se dice que los dos jóvenes eran ex pandilleros en rehabilitación.

—No es cierto –dice.

No es cierto que fueran ex pandilleros en rehabilitación, pero sí lo es que Noé estuvo a punto de brincarse cuando estaba en noveno grado. El año anterior lo habían expulsado de la escuela República de Francia. Allí había conocido a Alexander, el “Araña”, un líder local de la MS, que le agarró cariño pese a que tenían un par de años de diferencia de edad.

Noé era vivo, descarado, inconforme, y buscaba opciones. Compartió horas muertas, tabaco y marihuana con el “Araña” y otros pandilleros. Vaciló con la MS, como tantos otros hacen atraídos por la violencia, que por momentos parece un rasgo de determinación ante una vida, la verdadera culpable de las desgracias. El “Araña” le dijo que no se metiera, que era un camino difícil, y él le hizo caso. Al “Araña” lo mataron a finales de 2007.

—Unos primos me lo han dicho. Incluso dicen que sí se había brincado –confirma Zulma, que vive en la casa contigua a la de Don Rigo.

Brincarse es cruzar la frontera difusa entre el dentro y el fuera de la pandilla. Y a la pandilla no le gustan las fronteras ni los que las frecuentan ni quienes tratan de regresar atrás después de haberlas cruzado. Noé creyó por un tiempo que la MS le había perdonado la vida porque se había calmado y tenía un hijo, pero en los últimos meses comentó a un par de amigos y conocidos su miedo a la ira de la MS. Es difícil, aun así, estar seguro de por qué murieron Noé y Michael.

—Fue la 18.

Moisés es, de los muchos primos de Noé, el que más tiempo pasaba con él, y cuando dice que lo mató la 18 lo hace con la seguridad de los jóvenes que creen haber vivido más que sus mayores. Quince días después del asesinato, se encontró con Walter, “el Pelón”, el líder de la MS que sucedió al “Araña”:

—¿Es verdad que mataron a “la Perra”? –preguntó usando el apodo que muchos amigos daban a Noé.

—Sí. Y todos dicen que fueron ustedes.

—En ningún momento. Yo no di orden ni autorización para que subieran a fregar aquí.

Y Moisés le cree, porque dice que Walter es “el que lleva la palabra, quien decide quién vive y quién muere”. Y porque otros vecinos le han dicho que la noche del 3 de octubre estaba entre los verdugos de negro un 18 al que todos conocen. Moisés cree que iban por otros.

—Fue como dejar un mensaje: no los encontramos, pero matamos a estos y volveremos. Y no ha quedado ahí… Por eso los mismos mareros siguen subiendo.

Siempre suben a la Sierra Alta. Pero nunca se quedan, porque aquí los jóvenes presumen de no estar en maras, pero también de ser valientes y de haberse enfrentado con ellas a pedradas y cuchilladas hace años, cuando las maras aún no eran una rueda dentada de matar. Los que hace diez años eran jóvenes en la comunidad, Carlos “el Garra”, “Calín” y algún otro que roza la treintena, tenían tres “chacas” –escopetas hechizas– y baldes con piedras escondidos por si los pandilleros se acercaban. Carlos, que llevó en su carro a Noé al hospital, tiene dos cicatrices de cuchillo y causó otras tantas. Eran tiempos de cierto tú a tú. Mandaba el cuerpo a cuerpo.

De aquella época vienen extraños respetos que hacen que los de la Sierra Alta no puedan bajar a la colonia Montreal o la Buenos Aires, pero los de allá o los de la Mónico tampoco puedan pasear por los pasajes de la Sierra Alta si no están dispuestos a recibir o dar palos o tiros. En los jóvenes de la Sierra Alta hay una fuerza desafiante que no se apaga con muertos.

—Es mejor que no sepas. Mejor no preguntes.

Le dijeron a Elizabeth, que vive en el Pasaje Dos, una vez que preguntó a sus amigos por qué la rivalidad entre los jóvenes de la Sierra Alta y los pandilleros de la Buenos Aires. Le contaron que el problema es que la MS quiere, siempre ha querido, que los chicos de la Sierra Alta se hagan pandilleros. Le dijeron que amenazan con matar a quien no se les une. Pero no es del todo cierto.

—La mara no recluta –dice Toño.

—La mara no presiona. Meterse es voluntario –dice Moisés.

Lo que le ocultan a Elizabeth es que muchos jóvenes de la Sierra Alta fueron años atrás de la Mara Gallo, una de esa pequeñas pandillas como la Mao Mao, como la Mara Chancleta, que nacieron a principios de los 90 para pelear por el control de unas pocas cuadras y acabaron sucumbiendo o siendo absorbidas unos años después por la violencia casi industrial de la MS y del Barrio 18. Ahora los mapas de municipios como Mejicanos se dividen entre zonas controladas por una u otra, y zonas en disputa. No hay más. Como mediante un GPS artesanal, el espacio se define respecto a la mara más cercana.

***

Después de la muerte de Noé y Michael hubo como seis meses de toque de queda sin que nadie lo decretara. Ningún niño o joven salía a la calle después de las cinco. Muchos se fueron a pasar una temporada a casa de algún familiar, lejos. Niña Elena no vendía comida por las tardes. Dejó de haber partidas nocturnas de cartas. Un año después, a un mes justo del aniversario, el temor ha cedido pero la Sierra Alta solo despierta a ratos.

—Esto está peor. Están subiendo más a menudo; casi todos los días. Es insoportable.

Al otro lado del teléfono, Elizabeth es más serena que sus palabras.

Días después, en su casa, me cuenta que el viernes 14 robaron el celular a Edgardo, “el Flaco”, que vive en el Pasaje Cuatro, y le amenazaron con matarlo si volvían a verlo. Esa misma noche subió sus cosas al baúl del carro de su hermano y se fue.

El día antes, el jueves 13, la madre de Elizabeth dormía en una hamaca en el patio de su casa y escuchó a eso de las diez de la noche un tropel y voces juveniles.

—Aquí pasan, aquí se reúnen esos hijos de la gran puta, aquí suelen estar como a estas horas.

Eran los de la MS de la colonia Montreal, pero esa noche no había nadie. Los jueves, de vez en cuando, un grupo de jóvenes de barrio se reúne en la calle con un monitor de la parroquia, para hablar. Durante el último año han cambiado su rutina y no tienen ni día ni lugar fijo para esas reuniones. Por seguridad. Saben que para la mara cualquier concentración de jóvenes, cualquier grupo organizado, es un adversario. Ni siquiera dejan que los vecinos de la comunidad sepan con antelación dónde y cuándo será la próxima cita. No se fían.

Porque hay una vecina que todos dicen que llama por teléfono a los mareros para avisar si los jóvenes están reunidos o dónde están los chicos jugando cartas. Y hay un joven del Pasaje Tres del que se cree que anda de novio con una pandillera de la 18. Y hay otros que se juntan con los de la MS y viven en el Pasaje Ocho. En la colonia ya nadie sabe bien en quién confiar. Cada vecino está solo, y ninguno cree en la Policía.

—Cuando te llamen, espera a la balacera y solo llegas a reconocer a las víctimas. Así no te arriesgas. Si no, no vas a durar mucho en este trabajo.

Dice una vecina que instruyeron a un primo suyo, cuando ingresó en la Policía Nacional Civil.

Los vecinos también tienen sus propias instrucciones, impuestas por la mara: “Ver, oír y callar, o vos seguís”. Y para cumplir es mejor ni siquiera mirar cuando alguna tarde pasan jóvenes con una pistola en la mano, y es conveniente que nadie sospeche que hablas de lo que no debes.

Por eso Doña Gladis, la madre de Michael, apenas me habla y teme que los vecinos sepan que soy periodista.

***

Desde el Hospital Zacamil, Carlos regresó al pasaje pero de inmediato se fue adonde un amigo a lavar el carro.

—Le tuvimos que meter el taladro al suelo del lado del copiloto para vaciar la sangre que se había encharcado, porque no había de otra manera. Hicimos cuatro agujeros con un taladro y dejamos que se vaciara. Todavía están ahí los agujeros, debajo de la alfombrilla de mi carro.

La noche en que Carlos “el Garra” me cuenta esto a pocos metros de la esquina del crimen, Don Rigo, a mi lado, de pie en la calle, llora en silencio y mira hacia otro lado. Noé llegó al hospital casi sin sangre en las venas, con la mandíbula y parte de la cara destrozada. Y su padre lo escucha, como si mi necesidad de averiguarlo le obligara a revivirlo.

La vela de Noé y Michael fue multitudinaria. Por la Funeraria López desfiló toda la comunidad, entre el dolor y la ira. A los jóvenes de la Sierra Alta les prohibieron acudir en grupo y lo hicieron en relevos, acompañados de sus familias. Les dijeron que era más seguro. Aun así, fue una noche de miedos. Corría el rumor de que iban buscando a otro más de los muchachos para matarlo.

—Decían que allí mismo andaban los que dispararon a Noé.

Cuenta Lissette con un susurro casi mecánico que parece frío, o tal vez habituado a arrastrar a velocidad constante el peso incómodo de las palabras. Me ha recibido con frialdad. No está de acuerdo con que se remueva lo sucedido. A su lado, Yenson juega en el suelo y al cabo de un rato se hace el muerto. Me pregunto si todos, de niños, jugamos a morirnos. Supongo que sí, pero nunca me pareció tan turbador.

Lissette y el niño, aterrados, se fueron de la Sierra Alta al día siguiente del funeral. Ahora están con la madre de ella cerca de la frontera con Honduras en el departamento de  Morazán o en el La Unión, no sé bien, porque temo que ella me miente cuando me dice dónde está viviendo.

La madre de Noé, Nora, tardó unos meses más en abandonar a su esposo. Lo hizo poco a poco, pasando cada vez más tiempo fuera al principio, llegando tarde por las noches después, hasta que un día ambos se encontraron en la calle y ella aprovechó para decirle que no la esperara despierto, que no iba a regresar. No soportó la soledad de no tener a Noé, el único que la defendía en las disputas familiares. Dejó a Don Rigo engrillado a una casa sin heredero, en la que hace un año vivían siete personas y ahora son solo tres, y de la que Guadalupe, su hija, se irá también en cuanto pueda.

Como pretende hacer Zulma.

—Lo que quiero es trabajar y marcharme de este sitio. No por mí, sino porque mis hijos acaban siendo un factor de riesgo –dice.

Tiene dos: uno de diez y otro de doce. Los sacó de la escuela Francia, en la que estudió ella, en la que estudiaron Noé y Michael, y “el Garra” y “Calín” y Noel y “Pintín”. Y la mayoría de los que han estado a uno de los dos lados de un cañón de pistola los últimos años en esta zona. Dice que allí las pandillas están ya hasta en las aulas de cuarto grado.

—Yo si hubiera tenido la conciencia social que tengo ahora no tendría hijos; me hubiera esterilizado. Y los amo, pero este país no es apto para tener hijos.

***

Hugo Ramírez tiene nuevo despacho. Hubo cambio de mandos en la Policía hace unas semanas y el subcomisionado Ramírez ha ascendido a subdirector nacional de Seguridad Pública. Dicen de él que es uno de los que mejor conoce a las pandillas en El Salvador, desde sus años de trabajo de campo en Mejicanos.

Me recibe cordial y comenta el último parte policial que ha llegado a su mesa: pandilleros de la MS en un vehículo le arrebataron de los brazos a su hijo a una pandillera de la 18 que esperaba turno en una unidad de salud del barrio Concepción, en el centro de San Salvador. El bebé de 13 meses apareció al día siguiente en un predio baldío de Quezaltepeque, a 20 kilómetros de la capital. Lo habían degollado con una hoja de afeitar. Se hace un silencio y me ofrece café. Dice que un amigo le ha traído un café colombiano que es delicioso.

—Hemos previsto recuperar el sistema de patrullajes porque se puede decir que hemos perdido control el territorio.

Admite cuando le pregunto por la situación actual del combate a las pandillas en el país. Asegura que las políticas de los anteriores gobiernos hicieron menos eficiente a la Policía, pero dice que eso va a cambiar. Cree que la Policía ha estado separada de la comunidad, que hay una crisis de confianza y, cuando le pregunto por la muerte de Noé y Michael, busca en sus tablas y no encuentra nada. Ni siquiera los dos cadáveres. Se quita las gafas.

—Que raro… uno en 2003, otro en 2005, en 2006 me aparecen dos… un total de cuatro, pero después no me aparecen más homicidios en esa zona. Habría que revisar.

El subcomisionado se compromete a investigar y lo hace. Un par de semanas después me llamará para confirmarme que la única pesquisa que se hizo sobre el doble asesinato en la Sierra Alta fue una inspección ocular la lluviosa noche del 3 de octubre. Desde entonces, nada. Es uno de los miles de casos que nunca se resolverán en un país que en 2009 promedia 13 homicidios diarios.

—¿Qué papel tienen los vecinos en la lucha contra las pandillas?

Ramírez, con el pelo corto plagado de canas y bigote, casado y sin anillo, levanta la cabeza y mira al techo, no se bien si esperando que en su cerebro se decante la mejor respuesta o improvisando una para una pregunta que nunca se ha hecho. Un ayudante suyo, Wilfredo Preza sale al paso.

—Es que… ¿habrá que llamarlo lucha?

Le veo intenciones de lanzarse a una reflexión sobre la prevención y el abordaje de la violencia desde las teorías del desarrollo humano sostenible. No le da tiempo.

—En la práctica es una guerra, una guerra social, no política –arranca por fin Ramírez, como callando al pupilo–. La Policía nunca ha sido un objetivo para ellos en términos e beligerancia…

—¿Y qué ha sido la gente común?

— Mientras no haya más organización de las comunidades, fuerte estructuración, presión social, ellos van a tener un papel intrascendente, de espectadores… de víctimas.

***

Los compañeros de equipo de Noé y Michael no han venido a la misa del aniversario de su muerte. Dicen que tenían partido, que no podían faltar. Supongo que alguno de ellos se habrá dicho a sí mismo qué es lo que Noé y Michael hubieran querido. No han visto derrumbarse en la última fila de bancos de la Iglesia a Doña Gladis, deshecha en llanto, casi cargada sobre los hombros de su madre y de Elizabeth, ni la han visto reinventarse en risas en cuanto terminó la ceremonia, hablando de su perrita que va a dar a luz, echándome en cara con gestos de madre que hace días que no voy a visitarla.

Don Rigo ha llegado del cementerio bien peinado, con una impecable camisa amarilla, y se ha sentado en un banco de adelante él solo, con la sonrisa de un día de fiesta, nervioso, después de haber llorado lo necesario de rato en rato durante todo el día y anfitrión ahora de la conmemoración del vacío alrededor del que gira su vida.

La iglesia está casi vacía. La madre de Noé no ha llegado, ni ha llamado en todo el día, ni existe ya en esa familia. El pequeño Yenson se ha dormido en brazos de Lissette, sentada en una de las últimas filas. Han hecho un viaje de seis horas para estar aquí pero mañana se van de nuevo.

—No podemos seguir callados ante estos niveles de impunidad; no podemos mantener la cabeza agachada.

Predica el padre Toño, sin tono de arenga. El único que asiente con evidente convicción es un seminarista aplicado que escucha a pocos metros delante de mí. Tras el “pueden ir en paz”, Don Rigo se acerca hasta donde está Doña Gladis y saluda con simpatía y sin ceremonia, como se saluda a quien se ve todos los días. Ambos comparten la risa ligera, cordial, de quienes acumulan dolor pero no se conceden el lujo de la tristeza.

Un rato después, ya en casa, un Don Rigo más sombrío ve un mal partido de fútbol en la televisión mientras Lissette y Guadalupe callan como única compañía. El niño duerme, su bisabuela también. Pasaje arriba, me despido de Zulma mientras cierra el portón de su casa. Unos días antes me había dicho, con la solvencia de la víctima.

—Cuando llegue a tocar al rico, entonces sí se va a sentir que hay delincuencia en el país. Mientras los pobres se estén matando entre sí no importa: nos van a seguir viendo como nos ven ustedes los periodistas, como un laboratorio. Pero un día sus hijos van a vivir la realidad, como la viven los míos.

También me dijo que estuvo tentada de agarrar un arma para vengar a Noé, pero no lo hizo por falta de valor y de recursos. No la detiene ningún principio moral sino la cobardía de los buenos. Supongo que por eso hay tantos jóvenes asesinos en El Salvador: porque sobran desesperados y valientes.

Son más de las siete y media. Ha llamado a los niños para adentro y va a hacer las últimas compras a la tienda de Niña Elena. Allí, siete chicos juegan a las cartas. Una pareja de adolescentes sube la pendiente agarrada de la mano. La puerta de Doña Gladis está cerrada, muda.

En la esquina siguen los ocho agujeros de bala que desde hace un año dan testimonio de la muerte de Noé y Michael. Busco en ellos con el dedo algún contacto mágico con el plomo del proyectil, con quien lo disparó, con sus razones. Y recuerdo lo que dijo otro día Elizabeth.

—No sé por qué no los han tapado. Yo ya lo hubiera hecho.

Tal vez siguen ahí porque nadie se atreve a deshacer lo que hizo la mara, esa deidad de antiguo testamento que se teme y está de alguna manera dentro de todos los de la comunidad. Miro de lejos hacia las mesas de la esquina, que reinan vacías en la Sierra Alta. Todavía se sientan allí algunos días los herederos de los verdugos de Noé y Michael. Ahí fuman como sombras, haciendo girar sus pistolas y chasqueándolas, para que los vecinos de las casas cercanas oigan ruido de metal y, aunque no los vean, sepan que están ahí.

A mediados de 1973 me ofrecieron una beca para estudiar la licenciatura en Chile. No me acuerdo de qué carrera se trataba, pues para mí era un asunto absolutamente secundario. Lo importante era vivir lo que se llamaba “la experiencia chilena”, solidarizarse con la izquierda de ese país que, contra viento y marea y cada vez con mayores tropiezos, intentaba gobernar. El día que tomé el vuelo a Santiago los rumores a todo hervor pronosticaban desastres —un golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende, una cacería de brujas a los integrantes de su gobierno, tal vez hasta una masacre indiscriminada de izquierdistas— y al despegar el avión luché por liberarme de una especie de terror premonitorio. A la mitad del vuelo el sistema de sonido irrumpió en zumbidos y truenos. De la borrasca eléctrica se desprendieron, como piedras, algunas palabras: Capitán… Santiago… Fuerzas Armadas… Allende…

—¿Qué dijo? —le pregunté angustiada a la aeromoza de Braniff.
—Que ha habido un golpe y que Allende se suicidó —respondió tranquila—. Vamos a aterrizar en Buenos Aires.
Acto seguido se repartió champán, y el avión estalló en aplausos y risas. Haciendo la fila de la aduana en Buenos Aires aquel 11 de septiembre, por única vez en la vida me desmayé.

***

Cinco años después, en México, un enamorado me regaló un televisor. Yo prefería la lectura, pero para complacer a mi generoso amigo prendí el aparato un par de veces a la hora del noticiero. A la tercera, quedé hechizada por imágenes que de tan regocijantes parecían aumentar el brillo de la pantalla: una veintena de jóvenes macilentos, vestidos de verde olivo y estallando de euforia, asomaban por las ventanillas de un bus amarillo, puño en alto. El bus escolar recorría lo que evidentemente era la carretera muy mala de una ciudad muy pobre, y la cámara mostraba los besos y los vivas que lanzaban al paso de los guerrilleros hombres y mujeres casi en harapos, y casi tan felices como ellos. Desde el golpe en Chile me encontraba sumida en la desidia, decepcionada, incapaz de desear nada serio, pero esa noche cuando apagué la televisión no logré dormir. Demoré apenas tres días en conseguir dinero prestado, un boleto de avión, y una visa para viajar a Managua, Nicaragua, donde un grupo guerrillero casi desconocido acababa de inaugurar la revolución.

Retrocedo un poco para explicar que el evento que acaparó los noticieros esa noche, había comenzado dos días antes, por la mañana del 22 de agosto de 1978: en Managua, un comando de guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación Nacional, disfrazado de integrantes de la Guardia Nacional del dictador Anastasio Somoza, irrumpió en el Palacio Legislativo, tomó como rehenes a cientos de empleados y visitantes y a todos los congresistas, y exigió la liberación de medio centenar de sus compañeros presos. El operativo era audaz y su ejecución absurdamente deficiente –meses después, uno de sus comandantes me contaría, entre carcajadas, como habían pintado de color verde perico el camión supuestamente militar en que viajaron, porque no habían conseguido pintura verde olivo– y a pesar de las prisas y la improvisación, triunfó. Cuando quedó claro que los guerrilleros tenían bajo su total control a los rehenes (de los cuales los más interesantes para Somoza eran un sobrino y un primo suyos) el dictador cedió a las demandas rebeldes en menos de 48 horas. La guerrilla sandinista llevaba años enmontañada predicando revolución o muerte, pero el operativo urbano contra un Congreso que, gracias a su larga complacencia con el dictador, era conocida popularmente como “la chanchera” (criadero de puercos) cambió la relación de los rebeldes con la población. En el recorrido del Palacio Legislativo al aeropuerto se dio la aclamación espontánea que vi por televisión en México. Se trataba apenas del inicio de una gran gesta –o por lo menos, eso deseábamos ardientemente los que soñábamos con revoluciones y despertamos de nuevo a la ilusión ese día.

***

En la sala de aduana el calor era como una bestia encerrada que respiraba incendios. Aparte de los guardias nacionales y sus terroríficos lentes de sol (que no se quitaban tampoco en la sombra), había apenas una docena de pasajeros, una cinta de equipaje, dos o tres burócratas encargados de revisar los pasaportes, y un mapa de relieve del istmo centroamericano. Me apresuré a consultarlo: ¿Nicaragua quedaba antes o después de Costa Rica? Quedaba antes. ¿Y Managua? Un punto negro en un país verde, al borde de un lago azul. Con el corazón en la boca, presenté el pasaporte y la visa: ¿me creerían que era reportera? Pues no era verdad. Si bien era cierto que había escrito uno que otro artículo para una publicación feminista, y algunas reseñas de danza para una revista semanal, me ganaba la vida como intérprete simultánea. Lo más cerca que llegaba al periodismo era un trabajo artesanal que me había ofrecido el año anterior un amigo en Londres, editor de un boletín quincenal, escrito en inglés pero de gran prestigio en América Latina: el Latin American Newsletters. Mi tarea consistía en recortar de los principales periódicos las notas que me parecieran más importantes, y enviarlas por correo a Londres una vez por semana. Resultó, como resultan las cosas que tienen que ser, que el corresponsal del boletín para Centroamérica y el Caribe se había ido de pesca el día que los sandinistas realizaron su operativo genial, y mi amigo editor estaba desesperado por encontrar quién pudiera ir a cubrir en directo la gran noticia. Ya en otras ocasiones me había alentado a lanzarme al periodismo, pero nunca me interesó la idea. Ahora, con tal de ir a Managua, le prometí que le enviaría reportajes desde allá. Contaba con una sola ventaja a la hora de contrarrestar mi perfecta falta de capacitación profesional: gracias a una educación que llamarían ahora multicultural, pensaba en español, pero escribía en inglés. En cuanto a lo demás… ya iría averiguando por el camino cómo se hacía eso.

Sabía por las películas que lo que hacen los periodistas al salir de un aeropuerto es tomar un taxi al hotel donde se encuentran sus colegas (y también por las películas sabía que los taxistas siempre están al tanto de éste y otros puntos de interés).

—Lléveme al hotel donde están los periodistas –dije al subirme al carro.

No hacía falta tanto detalle. En un país de apenas dos y medio millones de habitantes, había un solo hotel al que acudían los extranjeros.

El taxi era un vetusto modelo de aquellos que tenían como colmillos en el frente y aletas de tiburón atrás. Hubiéramos podido caber sin problema ocho personas, pero yo era la única pasajera, y en cuanto arrancamos me sentí muy sola. El áspero terciopelo sintético del asiento me cepillaba los muslos, el carro rebotaba, según los baches, ahora suavemente, ahora con rechinidos histéricos, y el chofer guardaba un silencio negro, feroz, deprimido, que después aprendería a reconocer entre aquellos que han sufrido alguna catástrofe.

Era el final de la tarde, y el sol caía a fuego. Reconocí el paisaje visto en el noticiero, pero por lo pronto de la revolución que había venido a ver no había ni asomo. Vi carretera, polvo, casuchas de tablón, algún carrito con hielo raspado y jarabe de colores, terrenos baldíos, más polvo, una farmacia, un semáforo, casuchas de bahareque, perros flacos. Aquí y allá, los nicaragüenses: gente de piel morena, huesos finos y ojos grandes. Después los descubriría pícaros y coquetos como nadie, y de un arrojo digno de las mejores epopeyas. Por ahora, los veía como los volvería a ver una vez pasados los días de gloria de la insurrección: quietos, con el ceño fruncido por la preocupación del qué comer, y vencidos –hoy por el calor, mañana por algún nuevo fracaso.

Hundida ya de plano en el sudor y la duda, sentí miedo. ¿Dónde estaban las consignas, los gritos, las marchas, la euforia que había venido a compartir? ¿Y dónde estaba el hotel? De un momento a otro se había acabado la carretera: parecía que nos adentrábamos en la ciudad, y sin embargo ahora me encontraba, como en un sueño, en la penumbra, y en unos como pastizales que surgían entre las ruinas de una ciudad fuera del tiempo. Ya no había carros, ya no había gente, sólo el chofer y yo, y por allá, inalcanzables, unas vacas que pastaban entre los muros derruidos. Anochecía muy rápidamente (en el trópico siempre es así) y era evidente que estaba por sufrir un asalto.

—¡Le dije que me llevara a Managua, y al hotel! –grité.
El chofer se volteó hacía mí, y dijo:
—Doña, estamos en Managua.

***

Después del terremoto de 1972, que destruyó íntegramente el centro de Managua, Somoza mandó arrasar las ruinas. Llevaba seis años así, sin ningún cambio o mejora que no fuera el manto de enredaderas y pastizales que iban cubriendo suavemente lo que quedó del horror. No creo que nadie haya afirmado nunca que la ciudad anterior al cataclismo fuera bonita, pero tendría lógica y pasado, tradiciones y personajes. Lo que ahora se llamaba Managua –los enormes barrios de invasión, las largas avenidas que atravesaban kilómetros de nada, las direcciones que tenían como punto de referencia algo que ya no existía (“de donde fue ‘El Arbolito’, dos cuadras al lago”) – era más bien una anticiudad con mucho de fantasmal, hecha de desplazados y migrantes. Yo me encontraba en su centro muerto, en los escombros que Somoza le había entregado a las vacas y al tiempo.

Con la barbilla, el taxista señaló lo alto de una suave colina cercana.
—Allá está el hotel.
En dos minutos me depositó frente a la gran pirámide blanca del Hotel Intercontinental, ocupado por Howard Hughes hasta el día del temblor, y ahora, a raíz de la gran travesura sandinista, por los reporteros. Había terminado el viaje.

Mi nueva vida, la que me habría de mantener entretenida y ocupada durante las siguientes tres décadas, empezó a la mañana siguiente. No había despuntado el sol cuando me despertó el teléfono. Rápidamente, mi interlocutor dijo que 1) era un buen amigo de mi amigo en Londres, 2) era el director suplente de la sección de internacionales del periódico londinense The Guardian, 3) compartía con Latin American Newsletters el mismo corresponsal aficionado a la pesca, y por lo tanto el mismo problema de escasez de artículos, 4) nuestro amigo en común le había dicho que yo era una excelente reportera (¡¿?!) y 5) quería pedir el favor de algunas notas para el diario. Lo inverosímil de mi situación entera me autorizó a decirle sin rubor que sí. En compañía de varios colegas –eso eran ahora, pues sin titubear me habían adoptado desde la noche anterior como una más entre ellos– salí a recorrer la ciudad en busca de aventuras y entrevistas. Me pareció entonces (y a decir verdad, hasta la fecha) que el oficio de reportear no encerraba grandes misterios: andar sin destino fijo; detenerse a ver cosas interesantes; hacer preguntas impertinentes sin que nadie reclame; escuchar algún tiroteo por ahí y sentir el relampagazo doble de la adrenalina y la curiosidad; agotarse buscando respuestas sobre temas esenciales; sentirse conectada a las mejores causas… Todo era sencillo y emocionante. Faltaban todavía algunos días para que se declarara la huelga nacional contra Somoza que, con la entusiasta participación de los pobres del país, y con su enorme sacrificio, lograría quebrar la escuálida economía nacional. Faltaban meses para que estallara el levantamiento general en los barrios y barriadas de Managua y surgieran barricadas y héroes en cada esquina. Sería hasta mayo que se daría el bombardeo del dictador a su capital insurrecta. Dar cuenta entonces de los acontecimientos se volvería arriesgado hasta para nosotros, los de la casi siempre protegida prensa extranjera, pero por el momento teníamos sólo la deliciosa ilusión del peligro. Alrededor nuestro, la gran mancha de Managua se convertía en laberinto: ¿qué camino oculto nos llevaría hacia los guerrilleros?

Managua era, tal vez, la ciudad capital más feraz del mundo, y en términos de su perfil urbano, sin duda la más plana (alguna vez conté el número de elevadores en Managua, que es lo mismo que decir que en todo el país: eran diez). Llena de basura, arbolada no por diseño urbano sino por voluntad irreductible de la naturaleza en el trópico, la ciudad vivía a espaldas de un lago que resultó ser no azul sino marrón, el color de la cloaca abierta en que la había convertido el desprecio de los Somoza. A orillas del lago, en barrios silenciosos y aplastados por el sol, pudriéndose en el olor fermentado, vivían los más pobres. Allá fuimos, en búsqueda inútil de los guerrilleros, a quienes no lograríamos entrevistar en Managua sino hasta muchas semanas después.

Lo único que siempre me ha resultado verdaderamente difícil a la hora de reportear es el abordaje inicial, el saludo impertinente del periodista. Va uno con su ropa decente y su reloj de pulso, su cámara y sus dientes completos alineados en sonrisa, y cuaderno en mano, saluda a una víctima del destino. Por cortesía, el incauto infeliz devuelve el saludo, y en premio se ve interrogado, escudriñado, examinado, confesado, y nuevamente abandonado –todo en cuestión de minutos, y para que al final resulte que ni siquiera queríamos hablar con él, sino con cualquier otro damnificado que tuviera más muertos en su familia, o con alguien que pudiera contactarnos con un guerrillero del cual nuestra presa jamás habría escuchado hablar–. Los reporteros, que por regla general no somos malas personas, estamos conscientes del abuso que representa nuestro modo de operar, y sufrimos. Esa mañana nuestro pequeño grupo deambuló por calles y barrios sin atreverse a hacer la primera desfachatada pregunta hasta que, con la amenaza de la hora de cierre encima, y todavía sin nota, nos detuvimos a la entrada de un barrio cualquiera –recuerdo la tiendita de la esquina, pero la placa fotográfica de la memoria no revela más detalles– y, dispersándonos por sus calles, salimos cada quien a buscar suerte.

A pesar de considerarme de izquierda, yo era una más entre los millones de radicales que en el mundo han enarbolado banderas sin gran conocimiento de las clases sociales que pretendían redimir. Hablaba, por supuesto, con la señora del puesto del mercado donde muchas veces comía, o con el que venía a recoger la basura, pero se trataba de diálogos mediados por el intercambio de dinero por servicio. En cambio, en mis primeros días de reportera en Managua, las innumerables excursiones en las que no dimos con un solo guerrillero fueron para mí un devastador acercamiento a un universo cercano e invisible, y el inicio de una larga serie de conversaciones con la pobreza. No recuerdo con precisión qué fue lo que me contaron mis entrevistados en esas primeras jornadas, pero retengo en cambio la presencia espantosa de las moscas; el calor insoportable que se genera bajo un techo de lámina; la asombrosa silueta de las iguanas (dragones en miniatura que, al correr por la lámina, hacían ruido de tormenta); el borde cortante de la cuchara de peltre con que comí un arroz que me ofrecieron; la desesperación de los subempleados (en Nicaragua eran con mucho la mayoría), que habían salido a vender chicles y no habían logrado vender los suficientes para costear el día. Los niños barrigones correteando en el polvo, las mamás ojerosas, con sus vestiditos de tergal y sus manos huesudas… ¿Por qué aceptaban su condición con tanta mansedumbre? ¿Y por qué en unos pocos meses se dispondrían a la rebelión? ¿Por qué en países hasta más pobres que Nicaragua no se darían nunca insurrecciones parecidas? La búsqueda de respuestas a las preguntas que se me presentaron entonces me ha dado material para pensar durante muchos años.

Fue un alivio salir de aquellos barrios. No recuerdo en dónde comimos, pero comimos bien, y con aire acondicionado, como para exorcizar el recuerdo de la basura, el calor, la tierra entre los dientes, y el miedo terrible a llegar a ser algún día así de pobres nosotros también. Debo aclarar una cosa, sin embargo, porque me doy cuenta al leer esto que hasta yo misma podría pensar que detesté Managua: en realidad me iba enamorando perdidamente. Mi vida entera había transcurrido en ciudades enormes –México, Los Ángeles, Nueva York– y se entenderá lo candorosamente urbana que fui si confieso que, en una excursión infantil, me enteré que la leche era algo que salía no de una lata sino de la asquerosa ubre de un animal enorme y babeante. Ahora, en un país que producía vacas y poetas, azúcar y algodón, y poca cosa más, me arrobaba –sólo cabe la palabra de novela rosa– ante sus apacibles volcanes y sus grandes cielos claros, y el escándalo alegre de los loros que lo atravesaban en bandadas, charloteando. Me enteraba, agradecida, de que el acento risueño de los nicas y su vocabulario extravagante, y a mis oídos, infantil, era en realidad el más puro lenguaje cervantino, preservado casi intacto a través de los siglos. Me mareaba con el olor siempre presente de la vegetación, desnudo y brusco como el del sexo, y el de las hornillas de carbón en las que, al amanecer y por las tardes, se cocinaban las tortillas de maíz recién molido. Managua no era, ni remotamente, una ciudad bonita, pero me mantuvo desde el primer momento con toda la piel atenta, la sangre despierta.

Después de la comida de ese primer día, algún reportero me invitó a acompañarlo a la casa en donde todos sabían que se escondía el cura Miguel d’Escoto, integrante de la oposición civil a Somoza y futuro canciller sandinista. Me sumergí con alivio en el ambiente fresco de una típica casa de la burguesía: un árbol de mango en la esquina de un patio de frescas baldosinas, rodeado por un corredor tejado amoblado con lo indispensable; materas, un ventilador, varias mecedoras, y una hermosa hamaca bordada. ¿Por qué, si todo el mundo sabía dónde estaba escondido el cura, no lo sabía Somoza también? Supongo que la respuesta tendrá algo que ver con la embajada de Estados Unidos, que en ese momento representaba al anómalo gobierno de Jimmy Carter y transmitía al dictador la recomendación de que se abstuviera de resolver la crisis a punta de asesinatos. El tema principal de la entrevista de mi colega, de hecho, fue seguramente la relación sandinista con Estados Unidos, pero a esas alturas, y a pesar de que el cura d’Escoto era vivaz y ocurrente, y recibía y rebotaba las preguntas como si fueran pelotas de ping pong, lo que él dijera era lo de menos para mí. Lo importante era que yo (¡yo!) me encontraba a años luz de mi casa y de mi vida tranquila, metida en una entrevista con un personaje clandestino, en un país tropical en el que se cocinaba una revolución. Y lo verdaderamente importante era que, en esas circunstancias, no me perseguían ni el miedo a la vida, ni a los demás: fatalmente tímida desde siempre, acababa de descubrir el alivio. Un cuaderno de apuntes y un bolígrafo eran mejor escondite hasta que los lentes oscuros detrás de los cuales se parapetaban los matones de la Guardia Nacional.

Unos meses después, ya en plena insurrección, se racionaría el agua en el hotel, y me tocaría salir con los colegas a buscar no sólo noticias sino también frijoles, y con suerte arroz y algún plátano maduro, o yuca, para que el personal siempre leal y amable del Intercontinental nos pudiera preparar la magra cena colectiva. Por ahora, felizmente, el Intercontinental todavía ofrecía agua en abundancia, y un remedo de glamour en su bar de espejos y cuero negro. Allí me senté por la noche de ese largo primer día, a fingir que tomaba algún cóctel (entre las muchas habilidades periodísticas que todavía me faltaban estaba la de saber beber), y a someterme al interrogatorio entre burlón y afectuoso de varios reporteros que no habían visto otro caso como el mío (por lo menos desde que ellos mismos se iniciaron en el oficio).

***

Uno recuerda las cosas como cree que fueron (y, las más de las veces, como quisiera que hubieran sido) y luego las cuenta como mejor puede. La realidad, sin duda, fue mucho más enredada de lo que se puede contar en el ámbito de esta crónica. Los días se sucedieron uno a uno, al azar, y sólo es a la distancia de treinta años que parecen ser los primeros giros lentos de una rueda que está por precipitarse cuesta abajo en una dirección inevitable. A los once meses de la toma sandinista del Palacio Legislativo, los nicaragüenses –y yo entre ellos, yo también– vivimos la euforia total del triunfo de la insurrección contra Somoza. Fue quizás el último momento inocente en mi vida y en la de muchos de los que estuvimos allí. Entre los días de aventura, adrenalina y dicha vinieron días aciagos. Ya había visto a mi primer muerto, y luego, conforme fueron creciendo los conflictos y las guerras centroamericanas, vería a muchos, cientos, demasiados más. Después de Nicaragua viajaría a nuevas ciudades desconocidas, y después de ésas, a otras más. El hecho de subirme a un avión con rumbo a un nuevo destino perdería hasta la más pequeña connotación de aventura, exotismo o glamour (y a cambio, me llegaría a sentir en todo un continente como en mi casa, llena en cualquier parte de amigos y recuerdos). He visto y contado tantas historias que tengo la impresión de haber olvidado las más importantes, mientras que hay otras que no me gusta repasar. Managua es hoy una ciudad de casi dos millones de habitantes, con más pobreza y seguramente también más elevadores que antes, a la que no he vuelto en veinte años. La decepción que eventualmente nos produjeron los sandinistas a casi todos los que los vimos triunfar fue quizá la más amarga de las tantas decepciones parecidas que nos aguardaban a los izquierdistas por el camino. Pero aquella no-ciudad brutal, caótica y conmocionada, tomada por la violencia y la ilusión, permanece prístina en mi recuerdo y en la piel.

Nunca me habían recibido con un lanzagranadas. Roberto, un corpulento moreno con la cabeza rapada como militar, se asomó al portal de su casa con el tubo verde olivo, no muy largo, que sostenía en su hombro derecho, apuntándolo hacia mí, mientras yo temblaba en medio de la calle, garabateando con dificultad en la libreta la palabra “mortero” para disimular el miedo.

Con semejante recibimiento inició mi visita al reparto Shick, el barrio de clase baja del distrito cinco de Managua, una gris capital cada día consumida por la pobreza y la delincuencia. El barrio ocupa un lugar privilegiado en las crónicas rojas de los periódicos, donde con mucha frecuencia se coloca la foto de algún muerto.

—No tengás miedo, chele –dijo El Flaco, que se acerca a mi lado e intenta convencerme que su amigo no disparará el lanzagranadas.

Roberto y El Flaco forman parte de Los Cancheros, una pandilla del reparto Schick que se llama así en honor a la cancha de baloncesto cercana al sector donde viven.

Roberto escondió el lanzagranadas de nuevo en su casa –pequeña, de tablas que hace tiempo pidieron ser jubiladas– y se dirigió hacia el otro lado de la calle, donde El Flaco me decía que no tuviera miedo.

—Es para defendernos si nos atacan –dijo Roberto.

Pero el mortero no sirve, y me di cuenta por el comentario de mi fotógrafo que aquella escena ha sido igual a la de niños jugando a la guerra con pistolas de agua: el arma ya está usada, dice el fotógrafo, es una vieja arma de guerra.

—¿Si los ataca quién? –pregunté.

—Los Cholos –respondió El Flaco.

Los Cholos son la pandilla rival de Los Cancheros, que viven separados apenas por unas calles. El Flaco cuenta que pelean una guerra a partir de la muerte de uno de Los Cholos.

El Flaco tiene 26 años, es delgado como vara de cohete pero de contextura firme, lleva un pañuelo en la cabeza y habla con las manos. Parece un cantante de rap.

Viene entonces el cuento. Dice que José, el hijo de Irene Fuentes, murió asesinado casi frente a su casa. El muerto era de Los Cancheros y había participado supuestamente en el asesinato de un miembro de la pandilla rival, un joven al que llamaban Miguelito.

Miguelito murió en febrero de 2008 cuando regresaba, borracho, de una fiesta.

*

Irene Fuentes no le creyó a su hijo cuando se le apareció en la puerta de la casa con las manos apretando el estómago.

—Mama, me pegaron –dijo el muchacho.

—Dejá de jugar, chavalo –le respondió Irene, creyendo que su hijo menor le hacía una broma. Hasta que José se desmayó frente a ella.

Irene dejó escapar un alarido de dolor.

—¡Ay, mijo!

Eran las 7:30 de la noche del 25 de agosto. Unos minutos antes, José jugaba a la pelota con un vecino del reparto Schick, el barrio donde vivía con su madre y hermana. Los dos muchachos, aburridos de darle al balón, decidieron parar. Querían tomar agua. Saciaron la sed. Cuando el compañero de juegos de José entró a guardar los vasos, escuchó un disparo.

El mismo disparo que oyó Irene, a una cuadra de distancia, encerrada en la pequeña sala. Sintió un estremecimiento, pero no salió a ver qué pasaba. El hijo de Irene, de 16 años, murió de un disparo hecho casi a quemarropa. En el barrio dicen que fue una pasada de cuentas.

La casa de Irene es una construcción de tablas viejas pintadas de celeste, láminas de zinc por techo y piso de cemento. Es una sola habitación dividida en el interior por mamparas de madera que forman los dos únicos cuartos, en los que duermen Irene, su madre, su hija y sus nietos. Está ubicada en el Sector Dos del reparto Schick, el barrio construido como proyecto habitacional durante el Gobierno del presidente René Schick, un político leonés que gobernó el país entre 1963 y 1966, quien donó las tierras donde se afincan los personajes de esta historia.

Una hilera de casas se reparte un enorme territorio hasta formar el barrio, uno de los 45 del Distrito Cinco, el segundo más grande de Managua.

Según las estadísticas de la Policía Nacional, quien entre ahí debería tener miedo. Las cifras dicen que es uno de los barrios más peligrosos de una ciudad que sin embargo en el exterior sigue manteniendo la imagen de ser una de las más seguras de Centroamérica. Esos datos muestran que en 2008 en el Distrito Cinco se registraron 10,995 delitos. Los más graves: 31 muertes violentas y 55 violaciones. La violencia germina en los barrios más pobres, abonada por la pobreza y el desempleo.

La casa de Irene está sobre una calle muy transitada. Desde la puerta entran los sonidos de cláxones, el chirrido de las llantas, las maldiciones de los buseros. Montados en sus viejos buses amarillos desechados de las escuelas de Estados Unidos, los choferes lanzan un “apártense, cabrones” a los muchachos que se cruzan en el camino siguiendo sus balones.

Desde su casa, la melancólica Irene escucha la alegría de los gritos y calla. Es una mujer morena, recia. A la cabellera negra la invaden las canas. Habla con cierto deje cantado, un poco rápido y a veces se le va la voz. De todos modos poco habla ahora. No se escucha el silbido con que termina sus frases. Piensa.

“Tenemos miedo. Los vecinos en las noches han visto a hombres encapuchados que pasan armados. Nadie sabe quiénes son. La gente ya no aguanta. Hay vecinos que están vendiendo sus casas”.

—¿Y usted vendería la suya?

—No tenemos donde ir. Pero vivimos con miedo. No podemos dormir tranquilas durante las noches.

Silencio. Irene vuelve su mirada hacia la calle. El fantasma del hijo se aparece en la mirada. Aquel día, recuerda, cuatro hombres salieron de la nada y le dispararon al muchacho. Apenas tuvo tiempo de correr hasta su casa. Se desmayó. Murió desangrado minutos después en una sala del Hospital Manolo Morales, ubicado a ocho minutos del reparto.

—¿Su hijo era pandillero?

Ella está quieta, las manos juntas sobre el regazo.

—No –se interrumpe– Mi hijo no era pandillero.

*

El Flaco supo del asesinato del hijo de Irene como todos en el barrio. El Flaco vive a dos cuadras de la cancha que le da el nombre a su pandilla. Aquí operan, como dice la Policía.

La cancha es un cuadro de baloncesto hecho de cemento y rodeado de mallas, con bancas alrededor donde se sientan los muchachos por las tardes a ver jugar, a piropear muchachas o conversar. Nada para alarmarse. Un peligro que nadie advierte.

La cancha es una isla rodeada de casas viejas y otras cerradas con barrotes de hierro. La gente vive encarcelada.

Era un día caluroso. El primer día que llegué al reparto fui directo a la cancha. Iba acompañado por una amiga que me presentó a Mauricio, uno de los Cancheros que dice dejar el grupo. Mauricio sería el contacto para moverse entre esa montaña de violencia descrita en los medios de comunicación.

Historias de crímenes, asesinatos, violaciones y la moneda corriente: ser pobre y tener miedo. Ni los taxistas quieren entrar. El horario impuesto para salir del turno es usado muchas veces de excusa para no entrar al barrio. Uno que me conducía una noche calurosa hasta mi casa, me dijo que él ni loco se metía allí y soltó su argumento irrefutable: “Me dejan sin el carro”.

A simple vista el reparto no parece tan violento. En las calles polvosas, los niños que juegan al fútbol sueñan con ser como Messi. Los novios agarrados de las manos se dan besos apasionados. Las amas de casas compran verduras en las pulperías y los hombres toman el fresco bajo la sombra de los árboles, porque este calor de Managua la hace parecer un pequeño infierno, un horno de más de 32 grados centígrados.

Mauricio hizo lo suyo. Me presentó a El Flaco, el rapero que además lucía tatuajes en hombros y abdomen (luna y sol, ying y yang) y la voz ronca como si fuese 50 Cent.

Estamos encerrados en la casa de El Chato, un miembro de la pandilla que ha estado dos veces preso en la cárcel La Modelo, la prisión más grande del país donde muchos de estos muchachos se encuentran por múltiples causas, una de ellas: el asesinato.

La casa parece un gran cajón de madera, un sauna. No hay ventanas, sólo una puerta de hierro resguardada por dos miembros de la pandilla que asoman la cabeza cada vez que pasa una moto por la calle encharcada.

Con el lanza morteros guardado, los muchachos explican que compran armas como compran tomates. Lo hacen para defenderse de sus rivales que llegan a su zona de repente, montados en moto y disparan sin importar a quién le dan.

Afuera, los centinelas vigilan.

—¿Y cómo hacen para conseguir las armas?

Y viene ahí la explicación: O roban para comprarlas o se las roban a los vigilantes que ya de viejos no pueden con el ímpetu de la juventud.

¿Cómo quiere su arma? La rueda de muchachos dice que hay de varios tipos, incluso caseras. Algunas se alquilan. Así que hay que imaginar a un grupo, armando, ajustando el arma hechiza, antes que estos muchachos la saquen en la penumbra de este cuarto asfixiante.

El Flaco la toma con cuidado, como un niño tomaría su juguete más valioso. En el barrio las armas se usan para martar gente como José, el hijo de Irene Fuentes, o “el cholo” Miguelito.

*

La madrugada que mataron a Miguelito, en febrero de 2008, la Policía golpeó a la puerta de Irene Fuentes. Gritaban, exigían que abriera. Los oficiales preguntaron por su hijo, José, que dormía a pierna suelta a su lado.

A la captura repentina siguieron las patadas, golpes en el estómago y empujones. José era sospechoso de la muerte de Miguelito, y esa madrugada fue a parar la estación de policía acompañando a un grupo de sospechosos.

—¿Por qué lo involucraron en la muerte de Miguelito?

Irene levanta la vista. Mira a los ojos.

—Es que no sé, porque mi hijo no estaba en pandillas –repite.

*

Las pandillas siembran el temor en los barrios más pobres de la ciudad, pero este fenómeno es distinto al resto de Centroamérica. Las pandillas aquí son pequeños grupos de vecinos, amigos, que se forman al rededor de su cuadra, de la cancha más cercana, que se protegen, que roban para sobrevivir, que consumen drogas y se enfrentan a grupos rivales.

De ahí, el tipo de nombres con los que se identifican: Los Cancheros, los de la Rampla, Los Cuarteros, Los Comemuertos, Los Mataperros…

José Soza es un sociólogo de la Universidad Centroamericana en Managua que ha estudiado durante años el fenómeno de las pandillas, compartiendo con grupos juveniles de los barrios más pobres de la ciudad.

Soza explica que el desarrollo de las pandillas en el país se ha visto frenado por tres factores. “Nicaragua guarda vestigios de una estructura de los ochenta que respondía a controles barriales, que servían de cohesión, que permitió que los pandilleros encontraran un bloque en esos controles.” La Policía, agrega, ha desarrollado un papel de cercanía al barrio, sin políticas de mano dura, sino con proyectos de trabajos comunitarios, deportivos. Y la presencia de las iglesias, principalmente evangélicas, es un espacio que vincula a los chavalos de los barrios a un cambio de vida.

—Pero recientemente hay más muertos, más violencia.

(Datos oficiales: en Nicaragua ocurre un robo cada 21 minutos, se registran once delitos sexuales a diario y en 2007 se produjeron 1,675 muertes violentas. Entre enero y agosto pasados, se registraron 816 muertes de este tipo.)

Soza dice que se debe a la intensificación del narcotráfico en Centroamérica. “Las pandillas y sus manifestaciones culturales han desaparecido para dar paso a grupos delincuenciales, más relacionados con el narcotráfico. Yo ya no hablaría de pandillas”, dice Soza.

Este sociólogo dice que tiene miedo. El temor de que grupos organizados hagan uso de los barrios de la ciudad en busca de refugio y que se conviertan en zonas controladas. “Así pasó en Honduras”, dice. Por el momento, afirma, Managua sigue siendo una ciudad segura. Pero sólo por el momento.

Mirlen Méndez es la comisionada encargada de la Estación Cinco de la Policía Nacional en Managua. Ella defiende ese trabajo con los jóvenes de los barrios que menciona Soza. Méndez dice que la Policía hace lo que pueda para sacar a los chavalos de las pandillas y mantenerlos ocupados, utilizar las energías que tienen de sobra en algo más que asaltar a los desprevenidos.

El trabajo de Mirlen Méndez no es fácil. A su cargo está la seguridad de 45 barrios, donde viven unas 200 mil personas. A su estación llegan todos los días denuncias de robos, pleitos de vecinos, violencia familiar. Y Méndez trata de arreglar todo. Trata. Porque, admite, no es fácil quedar bien con todo mundo.

Pero esta tarde parece que no hay mucho trabajo. En las bancas de cemento de la Estación, un edificio pequeño y relativamente nuevo, un grupo de policías platica con cara de pereza, esperando que termine su turno. La comisionada Mirlen, como la llaman en la estación, dice que la Policía se esfuerza por reducir la violencia, pero se lo impiden los números rojos de un país en el que el 79 por ciento de la población vive con dos dólares al día.

Los jóvenes, explica Méndez, tienen la protección de sus familiares, y cuando algún chavalo es apresado con relación a algún asalto o por peleas, familiares y vecinos llegan a la Policía a exigir que lo liberen.

“Las familias viven del robo, porque no tienen trabajo. Y si detenés al hijo, vienen diez, quince familiares y vecinos a pedir que lo saquemos, porque todos hacen la misma actividad y se protegen entre ellos”, dice la comisionada.

*

No debe ser fácil vivir con miedo. Tener que aguantar el horror a que una bala salga de la nada y acabe con todo. La mayoría de vecinos quieren hablar, pero el coro es el mismo: Pese a las riñas, pese a las muertes, no vaya a poner nuestros nombres. No quieren ser uno más.

Detrás de la cancha del reparto Schick hay una iglesia protestante. Allí están Wilfredo y Silvia, que disponen las sillas de plástico del templo para el culto que iniciará en una hora. Lo hacen con parsimonia, cuidando que las sillas queden en perfecto orden, una detrás de otra, de cara al altar.

Wilfrido y Silvia acceden a platicar. Acomodan tres sillas en una esquina del templo y responden las preguntas en voz baja, como si tuvieran miedo a que alguien más los escuche.

—El problema se está volviendo desesperante, más caótico –dice Wilfredo.

—Uno no pude salir confiado a la calle porque están en las esquinas. Ellos caminan con armas hechizas, con cuchillos y a nuestra vista saltan y hacen sus cosas –agrega Silvia.

Wilfrido afirma moviendo la cabeza. Baja más la voz, tanto que cuesta escucharlo.

—En el sector donde vivo salen a toda hora los pandilleros. Los Cholos, que parece que son los más peligrosos, andan en vehículos. Tienen sentenciadas varias casas. La vecindad está desesperada.

—¿Han puesto denuncias en la Policía?

—La Policía a veces ni quiere entrar y a las nueve de la noche no hay gente en las calles.

Silvia toma la palabra, en sus manos parece apretar más fuerte la Biblia.

—Se han hecho comités con la Policía para ver qué se puede hacer con los jóvenes, pero hasta la fecha no hay cambios. Los enfrentamientos son diarios, con balaceras. Y sin asco matan a muchachos que no son de su grupo.

*

En el caluroso reparto Shick, no siempre las armas han estado en manos de los pandilleros.

En 1994, cuando las pandillas estaban en plena ebullición, se enfrentaban a pedradas. Querían defender su cuadra.

Eran los tiempos en que una pandilla infundía respeto desde el nombre: Los Comemuertos, un grupo de muchachos que hacían de las suyas sobre las lápidas del cementerio cercano al reparto y que ahora, 15 años después, se volvieron un mito pese a desaparecer.

Allá en los noventa el cementerio cobraba vida por las noches, cuando de él salían raros suspiros, palabras dichas despacito, el sonido de labios juntándose en besos, movimientos de cuerpos desesperados como el aleteo de los peces fuera del agua. Gritos de desahogo.

—Allí se hacían orgías –dice Andrés en el porche de su casa, una sólida construcción de cemento que además de ser casa, parece cárcel.

El cementerio ahora da lástima: Tumbas abandonadas, cruces de colores sobresalen de la maleza que se ha tragado todo, no hay más allí jóvenes retozando después de un rato de placer. Muchas de las inscripciones han desaparecido. Nada separa el cementerio del barrio. Está ahí, un grupo de tumbas destruidas en medio de un caserío triste, igual de triste que las criptas.

Andrés tiene 31 años y entró a Los Comemuertos a los 13. Es un moreno bajito, tan flaco que se le remarcan los huesos del pecho debajo de la camiseta. Tiene un pequeño tatuaje en el brazo derecho, un águila como la que adorna el escudo de Estados Unidos.

Esta tarde prefiere hablar desde lejos, tiene una infección en el ojo izquierdo que, dice, se contagia. Después de seis años de sembrar el terror se convirtió al protestantismo y como prueba de su indoblegable decisión saca un libro pequeño de la casa con el que exorciza sus recuerdos del pasado: El Nuevo Testamento.

Consagrado a Dios, recuerda que había miembros de la pandilla que se daban a la tarea de profanar las tumbas más viejas. Querían ver los cadáveres y robar alguna prenda.

Muchas veces la tarea podía ser monumental y después del trabajo de romper la lápida, revisaban los dientes buscando los que fuesen de oro. Con ese dinero podían seguir consumiendo drogas.

Un día se asomó a una de las tumbas, pero no tuvo suerte: los huesos sólo abrazaban una Biblia.

Del cementerio también salían listos para la guerra. Allí se planificaba la estrategia contra pandillas rivales.

—Antes usábamos morteros. Les metíamos tachuelas, vidrios y hierros para que reventaran más fuerte. Había pistolas, pero no como ahora que tienen armas hechizas y las consiguen con conectes –explica.

La nueva generación de pandilleros tiene entre 17 y 18 años. Los más viejos ya se jubilaron.

—Unos trabajan, tienen esposa e hijos y ya no piensan en esas cosas. Pero la pandilla se mantiene en las cabezas de muchos.

—¿Por qué hacerse pandillero?

—La pandilla hace que te miren las jañas, te sentís respetado, nadie se mete con vos. Es más por vanidad. Al principio te da alegría y cuando te adaptás a esa vida el miedo se te quita.

Andrés sí sintió miedo. Fue en 1996, durante un enfrentamiento con tres pandillas que eran conocidas como La Rampla, Los Churros y Los Brujos. La batalla se dio porque Los Comemuertos entraron a la zona de esas pandillas para usar su nuevo juguete: tenían un arma de guerra, de las que quedaron en el país tras la transición democrática y el desarme de 1990.

—Entre Los Comemuertos nunca hubo jefes. Podía haber líderes, pero nunca jefes. El AK se convirtió en nuestro jefe –recuerda Andrés.

El culto al arma pronto se convertiría en miedo, un sentimiento que se metió en el cuerpo de Andrés esa ocasión sin que él siquiera lo imaginara. “Ah, yo sentí como que me entraba un gusano”.

La bala entró por la cadera. “Al rato sentí que no me respondía la pierna. Me desmayé. Cuando me llevaron al hospital estaba quieto, ya no aguantaba. Si no me hubieran llevado, me muero. Tenía 18”, se acuerda.

Andrés ahora es uno de los jubilados. Tiene tres hijos y una esposa y se mantiene alejado de las pandillas, aunque dice que aún lo invitan a regresar. Trabaja medio tiempo en la Alcaldía y el resto del tiempo en una barbería que ha improvisado en su casa. Barbería significa tener una máquina para rapar y cortarle el pelo a los chavalos del barrio.

*

Desempleo es una palabra común para El Flaco. Sin dinero en la bolsa y padre de una nena, cree que trasegar drogas es el negocio más atractivo que se puede encontrar: hay que comprarle a la niña leche, frijoles, arroz, ropa y para eso se necesita plata.

A él le ofrecían 3 mil córdobas (150 dólares) por cargar una libra de marihuana. Aceptó el trato.

Le dieron el paquete, una escopeta y una pistola calibre 38 y se fue acompañado de un chavalo de 17 años, pandillero como él.

En el traslado de la droga, El Flaco sintió que lo perseguían. Eran jóvenes. Pensó que eran pandilleros rivales. Sacó el revólver que llevaba escondido en una mochila y disparó dos veces.

Los disparos alertaron a una patrulla escondida, que de la nada apareció frente a El Flaco y su acompañante. Los oficiales de la patrulla y los vestidos de civil los atraparon, les quitaron armas y marihuana y los montaron al vehículo. Los golpearon mientras los interrogaban.

—Hijueputa, mierda, vas preso para largo –dijo un oficial.

Unos segundos después otro se acercó y le dijo:

—¿Qué onda, chavalo, todo o nada?

—Nada –respondió El Flaco. En las pandillas existe también la Omertá (código de la mafia italiana): Un bocón no sobrevive, pero además hay razones sentimentales.

“Es deacachimba andar en turqueaderas –dice circunspecto–: sentir la adrenalina, dar, apuñalar; me encantaba apuñalar. Lo hice varias veces… por un par de zapatos, por una gorra, por un reloj”.

La primera vez que El Flaco apuñaló a alguien fue durante las fiestas de diciembre. Se fue con un grupo de amigos a residencial Santo Domingo, esa zona de gente adinerada de Managua donde una compañía de bebidas enciende un árbol de Navidad gigante y hay música y alegría en esta capital gris. El Flaco estaba bebiendo cuando sintió que alguien lo machucó. Lastimó su orgullo. El Flaco entonces sacó su puñal e inició su carrera de delincuente.

“A ver, cabrón, ahorita sigues tú”, le dijeron los policías judiciales militares al teniente de Caballería Roberto García Ramírez en uno de los pasillos de la zona de detención del Campo Militar Número 1 mientras en un cuarto se torturaba a otra persona.

Sudoroso, semidesnudo, con los ojos vendados, esposado y con la barba un poco crecida, el teniente escuchaba los gritos del detenido, “Sergio N”, que al parecer no estaba resistiendo el tormento, al punto de que un judicial militar se asomó para exclamar: “¡Médico, médico… se nos va!”.

A Roberto se le aceleró el corazón y empezó a sudar más profusamente. Ya sentado, se preguntaba por qué procedían contra él si apenas tres días antes, el 23 de marzo de 2009, acababa de realizar, en una casa de Culiacán, el segundo aseguramiento de dólares estadunidenses más cuantioso en la historia de las operaciones antidrogas en Sinaloa: poco más de 5 millones 100 mil dólares.

Eso justamente recordaba cuando un judicial del Ejército lo tomó del brazo para ponerlo de pie y, sin más, le dijo que se bañara, se rasurara y se cambiara de ropa para que le diera tiempo de alcanzar el vuelo de regreso a Culiacán.

Roberto no dijo nada pero su silencio fue como una pregunta para los militares. “Sergio ya cantó, tú te puedes ir… te vamos a llevar al aeropuerto”, añadieron.

Nunca vio cara a cara al tal Sergio “N”, pero tres meses después, cuando lo detuvieron por segunda ocasión, dedujo que el hombre torturado –”Sergio N” o “Teniente Sergio”– se llamaba en realidad Sergio Armando Martínez Fajardo, que en 2003 había desertado del Ejército –cuando era teniente de Infantería adscrito a la 7ª Compañía No Encuadrada en Culiacán– y que a él se atribuía un testimonio que, rendido en abril de 2009, lo involucró con el narco y motivó su reaprehensión.

Fue en esta última etapa cuando dice haberse enterado también de que el “Teniente Sergio” estaba al servicio del cártel del Chapo Guzmán, que era un operador, un reclutador de militares y policías federales y que, tras las probables torturas que siguieron a aquella de marzo, lo había señalado a él y a otros ocho oficiales, suboficiales y elementos de tropa como cómplices e integrantes de una supuesta célula al servicio del narco en esa entidad.

Recibió igualmente información en el sentido de que, luego de haber referido hechos, nombres y cifras ante autoridades militares y agentes de la SIEDO, el “Teniente Sergio” se había “esfumado” y nunca ratificó sus dichos ni ofreció pruebas contundentes de las acusaciones contra él y los demás detenidos, como la consistente en que pagaba a Roberto García 7 mil 500 dólares quincenales para que diariamente le reportara los movimientos del Ejército en Sinaloa.

Casi un héroe…

Todas estas cosas estallaban en la cabeza del Teniente Roberto García la tarde del pasado 12 de junio, dos días después de haber sido felicitado y de haber recibido un reconocimiento “su destacada actuación en la aplicación de la Directiva para el Combate al Narcotráfico, 2007-2012” por parte del alto mando por sus méritos en la lucha contra el narcotráfico.

El documento llevaba la firma del General Secretario de la Defensa Nacional, Guillermo Galván Galván, con número de matrícula 4749031, y la fecha que el teniente nunca olvidará: 10 de junio de 2009.

Por si fuera poco, la distinción al militar era otorgada por el Alto Mando en reconocimiento a su destacada labor en al menos 29 aseguramientos relevantes efectuados como oficial del 24 Regimiento de Caballería Motorizado dentro de la Operación Conjunta Culiacán-Navolato.

Los aseguramientos, de los que el Teniente dio parte a la PGR, se realizaron entre el 25 de octubre de 2008 y el 7 de abril de este año.

El reconocimiento oficial a la labor del Teniente se produjo luego del aseguramiento del 23 de marzo en Culiacán, Sinaloa, en donde fueron localizados $5,107,744 en una casa localizada en el boulevard Montecarlo y calle Mito, en el fraccionamiento Montecarlo, en la salida norte de Culiacán.

En la incursión –en la que no hubo detenidos– se aseguraron además siete armas largas y tres armas cortas, 1,500 cartuchos y tres vehículos.

Como ocurre en cada operativo, el aseguramiento del 23 de marzo fue acreditado al jefe de la unidad militar participante y en el acta de Puesta a Disposición firmaron el TENIENTE DE CABALLERÍA, ROBERTO GARCÍA RAMÍREZ, el SARGENTO SEGUNDO ANTONIO LÓPEZ CANDELERO y el CABO ROBERTO GALÁN BELLO, todos pertenecientes al 24 Regimiento de Caballería Motorizado.

En todos los operativos antidroga efectuados por el 24 Batallón en los que participaba el Teniente Roberto García, él era el encargado de firmar las Puestas a Disposición ante la PGR.

Durante su paso por el 24 Regimiento Motorizado, el Teniente García efectuó 29 aseguramientos. Entre ellos hubo tres de especial relevancia, porque se trató de la incautación de fuertes sumas de dólares americanos para pagar nóminas de policías y funcionarios corruptos, de informantes, de infiltrados en corporaciones de seguridad y de algunos militares comprados por el narco.

Además del dinero, los militares aseguraron lotes de joyas y relojes finos, así como armas de alto poder y cartuchos útiles.

El reporte de la Puesta a Disposición del 23 de marzo de 2009 indicaba que también habían sido asegurados un lote armas largas, dos camionetas, droga y chalecos tácticos con insignias de la Policía Judicial del Estado de Sinaloa.

Casi dos semanas después, la Sección (alrededor de 32 elementos) que encabezaba el Teniente Roberto García encabezó un operativo en la colonia Desarrollo Urbano Tres Ríos, en Culiacán, Sinaloa, en donde se efectuaron cateos en al menos tres domicilios.

En dos de ellos los militares aseguraron de nuevo fuertes sumas de dólares americanos, así como un cuantioso lote de joyas y relojes finos, armas, droga y vehículos.

En una de las casas fueron hallados 252 mil 982 dólares y un lote de 164 relojes finos, de las marcas Cartier, Rolex y Bvlgary, entre otros. También se encontraron 17 esclavas de oro, 5 cadenas de oro, 4 crucifijos con incrustaciones de piedras preciosas, 2 amillos, 5 cadenas con incrustaciones de pedrería fina y una caja fuerte abierta y vacía.

El tercer cateo volvió a quedar en la Hoja de Actuación del Teniente García, porque los elementos bajo sus órdenes hallaron un lote de 61 paquetes en los que había $2,805,635, 15 relojes finos y una caja fuerte.

También se hallaron 18 pistolas, cuatro  fusiles de asalto, una ametralladora y decenas de cargadores y cartuchos útiles.

Este numerario bastó para que él y varios de sus compañeros de unidad fueran tomados en cuenta por el alto mando para recibir reconocimientos, premios e incentivos por su “destacada actuación” en la aplicación de la directiva de lucha contra el narcotráfico.

Acompañado de su esposa y de su hijo, un pequeño que sufre problemas de salud muy especiales, el Teniente Roberto García y otros militares fueron premiados el 10 de junio en las instalaciones del Campo Militar Número Uno.

Roberto pensó que con la entrega del Reconocimiento firmado por el General Secretario Galván quedaban saldados los difíciles episodios vividos en marzo, cuando se le detuvo en Culiacán, se le trasladó al Distrito Federal vendado, esposado e incomunicado para ser sometido a todo tipo de presiones antes de decidir que con él no había problema, porque otro más ya había cantado.

Quizá en la entrega del Reconocimiento había una especie de mea culpa, algo que indicara que con él se había cometido un exceso, dos errores, tres injusticias.

En total, el Teniente García y sus soldados lograron asegurar -entre el 25 de octubre de 2008 y el 7 de abril de este año- $8,211,588, 57 vehículos, 20 paquetes de droga y 130 armas de fuego de diversos calibres.

Por eso tras recibir el reconocimiento y haber aguantado el arresto del 26 de marzo, el Teniente Roberto tomó la decisión de solicitar su baja definitiva del Ejército.

Sus jefes le dijeron que debía esperarla en Culiacán, pero él pidió regresar a su tierra, a Cerro Blanco, Veracruz, con su esposa y su hijo enfermo.

En eso estaba, cuando…

…todo un narco

El 9 de abril de 2009, el Teniente de Intendencia (prófugo) Sergio Armando Martínez Fajardo se presentó en las instalaciones de la Policía Judicial Federal Militar para ofrecer una declaración ante autoridades castrenses referente a su participación, desde 2003, en las filas del narcotráfico al servicio del cartel de Sinaloa.

La confesión del ex Teniente Sergio era inusitada pero no gratuita; si estaba ahí, si se había atrevido a regresar a la SEDENA era porque su vida corría peligro y dado su nivel de involucramiento con el crimen organizado no tenía otra opción más que presentarse a las instalaciones militares, soltar la lengua y ofrecerse como testigo protegido para salvar el pellejo por lo menos ante el Ejército Mexicano.

De hecho eso fue lo primero que deseó asentar en su declaración; que acudía ante autoridades militares porque no confiaba en la gente de la SIEDO ya que era muy corrupta y estaba infiltrada por muchos espías, no solo del cartel de Sinaloa sino también de otras organizaciones criminales.

Soltó entonces un primer nombre, el de otro ex militar (un Subteniente de Infantería) que ya había estado preso en la cárcel del Ejército en Mazatlán, Sinaloa, y aún así logró ser aceptado en un área sensible de la PGR desde la que informaba sobre movimientos, operaciones y planeamiento para capturas importantes.

El ex militar comenzó un viaje declarativo que lo llevó a explicar por qué había traicionado al Ejército y se había sumado a las filas del cartel de Sinaloa tras desertar de la 7° Compañía No Encuadrada que opera en Culiacán, Sinaloa, el 19 de marzo de 2003.

Justificó su decisión por las presiones que sobre él y su familia habían hecho los operadores y sicarios de Sinaloa, buscándolo, hostigándolo, amenazándolo de muerte a él y a su familia para que dejara al Ejército y se fuera con el cartel.

El ex Teniente Sergio cedió a las presiones y en septiembre de 2003 desertó de la 7° Compañía No Encuadrada. Según su relato a los mandos militares, sus dotes de organizador y su sangre fría le valieron ascender muy rápido en el cartel de Sinaloa y en menos de seis años ya era encargado de la logística y de la seguridad de Vicente Zambada Niebla, “el Vicentillo”, hijo del Ismael Mayo Zambada García, uno de los líderes históricos del grupo criminal.

Sin embargo, explicó, el ascenso le acarreó más responsabilidades y una de ellas era la de revisar la logística y movimientos del “Vicentillo”. La captura del hijo del Mayo fue el principio del fin para el Teniente.

El 19 de marzo de 2009, el día en que Vicente Zambada fue detenido en el Pedregal, en la Ciudad de México, los operadores y lugartenientes del cartel buscaron de inmediato al Teniente Sergio para reclamarle por la detención “del hijo del patrón”.

Está cabrón -le dijeron-, la gente te está buscando para que les expliques que pasó, cómo es que lo ubicaron, le decían.

Que te muevas para la capital, para el Distrito Federal porque te van a ver allá. Que esperes en el lugar para que te ubiquen y te digan a donde vayas, fue lo último que le dijeron en Culiacán.

Sergio entendió que iban por él, que estaba en la mira “porque me estaban echando la culpa de la captura del hijo del jefe”. No había nada qué hacer. Lo iban a cazar. Por eso se ocultó en varios puntos de Sinaloa y luego en ciudades cada vez más cercanas a la capital del país, ganando tiempo mientras el cartel se recomponía tras la captura del “Vicentillo”.

Antes de presentarse en las instalaciones de la SEDENA para soltar lo que traía y negociar con la SIEDO protección para él y su familia, el Teniente Sergio trató de arreglar las cosas con la gente de Sinaloa pero sus esfuerzos fueron nulos.

El 9 de abril por fin declaró ante los militares y no solo implicó al Teniente Roberto García Ramírez, sino a otros ocho militares y a varios civiles y agentes de la PGR que formaban parte de una red de apoyo al cartel creada aparentemente desde 2007.

En su declaración sobre el Teniente Roberto García Ramírez, el ex militar detallaba que éste pertenecía al 24 Regimiento de Caballería Motorizado.

“A Bobby lo conocí en un puesto de control en Navolato, Sinaloa; presentándome primero como informante, diciéndole primero como informante. Diciéndole que había sido militar y que tenía información de narcotráfico, para que agarrara confianza, inclusive le puse unas casas de narcomenudeo y después lo invité a trabajar para la organización, y aceptó la invitación por lo que a partir de ahí me entregaba todas las mañanas un informe con las actividades de su Regimiento, el cual tenía su base en la ciudad de Tehuacán, Puebla, pero se encontraba de apoyo en la Operación Culiacán-Navolato, Guamúchil, Sinaloa, pagándole a través de depósitos a un número de cuenta que en este momento no recuerdo, y por dicha información se le pagaban $7,500.00 dólares quincenales, y para que contactara más militares…”

Luego siguieron las declaraciones en las que el Teniente Sergio explicaba cómo había conocido o contactado a los ocho oficiales restantes y cuál sería su supuesto nivel de involucramiento con las operaciones del cartel en Culiacán, Navolato y en otros puntos de Sinaloa en donde la gente de Joaquín Guzmán y de Ismael Zambada tenían intereses.

El Teniente Sergio amplió su declaración dos días más tarde ante autoridades de la SIEDO. Para el 12 de junio, cuando el Ejército realizó las primeras detenciones y traslados del personal militar al Distrito Federal, algunos de los abogados defensores pudieron acceder al expediente para saber quién los acusaba, de qué delitos y cuáles eran los elementos de prueba firmes que se habían exhibido para proceder contra ellos.

Aparecieron de inmediato el nombre y los datos del Teniente Sergio Armando Martínez Fajardo y su odisea como desertor, operador y jefe de seguridad de Vicente Zambada Niebla y la debacle personal del ex militar tras la captura del hijo del “Mayo”.

Apareció también el argumento de la SIEDO en el expediente acerca de la naturaleza del testigo Sergio Armando Martínez Fajardo y la confusa explicación de la subprocuraduría acerca de que el ex militar, dada su condición y su situación al conocer información delicada, necesitaba protección especial.

Sin embargo, la SIEDO se negó llamarlo o reconocerlo en el expediente de la averiguación previa PGR/UEDICS/143/2009, como “testigo protegido”.

El viernes 12 de junio de 2009, la SEDENA emitió un boletín de prensa sin número en el que informaba haber detectado “que un grupo de diez oficiales subalternos filtraban información a integrantes de la organización delictiva “GUZMÁN LOERA (sic)”.

La secretaría añadía en el escueto comunicado –en el que no se mencionaron nombres ni grados– que “El día de hoy dichos militares fueron puestos a disposición de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada para los efectos de su competencia”.

El domingo 14 de junio, la PGR emitía su comunicado de prensa 652/09, en el que precisaba los nombres y grados de nueve militares entre los que no figuraba el Teniente de Intendencia Sergio Armando Martínez Fajardo. La PGR anunciaba que desde ese día comenzaba al arraigo de los detenidos para “agotar las investigaciones en torno a su probable responsabilidad en la comisión de los delitos de delincuencia organizada y fomento a las actividades de narcotráfico de la organización criminal liderada por Ismael Zambada García (a) “El Mayo Zambada” (sic).

Aguanta tantito… Ya mero te vas

Seis días antes de que se cumpliera la ampliación de segundo arraigo por 40 días en contra de los 9 militares, el Juez Primero de Distrito de Nayarit, con sede en Tepic, en la causa penal 234/2009, obsequió la orden de aprehensión para enviar a los militares arraigados y a los tres ex agentes de la SIEDO al Centro Regional de Readaptación Social de Chilpancingo, Guerrero.

De acuerdo con los abogados del Teniente Roberto García Ramírez, EL Ministerio Público Federal adscrito a la SIEDO no aceptó en principio las pruebas ofrecidas tras la detención del oficial.

Por eso se interpuso el Juicio de Amparo 693/2009-7, con el que se buscaba obligar al MP federal a aceptar las pruebas y sobre todo a llamar a 24 testigos pertenecientes al 24 Regimiento de Caballería Motorizado.

La defensa del Teniente Roberto había solicitado como primer testigo de calidad en el desahogo de pruebas al General Secretario de la Defensa Nacional, General Guillermo Galván Galván, para que respondiera algunas preguntas en su oficina sobre el Reconocimiento que se le había entregado al militar dos días antes de su detención.

Los abogados del Teniente pensaban preguntarle si tenía conocimiento o no acerca del historial y a hoja de servicios y de actuación que amparaba el comportamiento del detenido en el combate al narcotráfico; si el detenido estaba sujeto a algún tipo de investigación por supuestos nexos con el narcotráfico; si la SEDENA y él en particular acostumbraban entregar reconocimientos y luego detener a los militares que se habían hecho acreedores a ellos; saber cuáles eran los mecanismos con los que la SEDENA se alegaba información de su personal encargado de combatir a los cárteles de la droga y cuándo le era entregada al General Secretario.

Ya no hubo tiempo para las preguntas al titular de la SEDENA y mucho menos para que los 24 testigos del Regimiento citados por la defensa rindieran también sus testimonios, porque los abogados habían ganado el juicio de garantías el 14 de agosto para hacer que el MP admitiera las pruebas y llamara a los testigos de la parte acusada.

El segundo testigo de importancia era el Teniente Sergio Armando Martínez Fajardo, a quien se le exigirían detalles precisos sobre desde cuándo habría supuestamente reclutado al Teniente Roberto, cuánto dinero le había entregado en total, en que cuenta y sucursal bancaria, así como elementos contundentes tales como fotos, grabaciones, videos u otros que fortalecieran las acusaciones y no sólo vagos señalamientos.

El Amparo 693/2009-7 concedido por el Juez Cuarto de Distrito de Amparo en Materia Penal en el Distrito Federal, Francisco Javier Sarabia Ascencio, le daba al Teniente la protección de la ley y obligaba al MP a citar a los testigos. Las diligencias nunca se llevaron a cabo.

Los nueve militares y los tres agentes de la SIEDO fueron consignados al penal de Chilpancingo, Guerrero, el pasado 28 de agosto bajo la acusación de presumiblemente “proporcionar información de las indagatorias que integraba la SIEDO contra miembros de esas estructuras delictivas” (Boletín de Prensa de PGR, 1062/09).

La consignación se hizo con base en los testimonios y pruebas aportadas por el Teniente Sergio Armando Martínez Fajardo, a quien la SIEDO le habría dado el nombre clave de “María Elena” para seguir aportando datos en otras averiguaciones.

De estas cosas platicaba el Teniente Roberto García durante su arraigo, cuando recordaba las palabras de sus compañeros en el Regimiento.

Los Oficiales que estaban al tanto de su situación, de la detención y traslado al Distrito Federal en marzo, y que conocían su decisión de darse de baja por todo lo ocurrido, le aconsejaban “aguanta tantito, ya mero te vas”.

 

Hay una habitación de hotel, hay una ventana, hay un edredón tiñéndose de rojo con la luz del atardecer. Hay una ciudad llamada Columbus, en el estado americano de Ohio y hay, en la habitación, un hombre que escribe: un hombre joven que escribe una de las cartas que, durante esos días, intercambia con la experta en arte contemporáneo Lynne Cooke y que, tiempo después, formarán parte de un texto llamado Letters (Cartas, 15/7/1994-10/10/1994). El hombre escribe –en esa carta– que está sentado frente a una ventana en una habitación de hotel y que, por la ventana, ve la ciudad de Columbus, en el estado americano de Ohio: “A lo largo de los años he coleccionado metáforas sobre el arte basadas en fragmentos de canciones, películas o poemas, en anécdotas o situaciones de la vida cotidiana. Pero estoy lejos de casa y tu pregunta me sorprende en este hotel de Columbus, Ohio. Tengo la cabeza vacía. Estoy sentado frente a esta enorme ventana, por la que se ve toda la ciudad. Todo ahí afuera parece pedir: ‘Desciframe’; exigir: ‘Haceme mejor, más oscuro, más simple, más osado… haceme lo que sea, pero haceme algo que sea tuyo’. Ahora, yo solo ruego: llevame de regreso a casa”.

Y cuando Guillermo Kuitca –pintor, argentino– escribe la palabra casa piensa en una casona de tres pisos en el barrio porteño de Belgrano donde viven él y un perro. Y eso, para Guillermo Kuitca, es el hogar: un sitio vertical habitado por un perro, por un hombre solo.

*****

El estilo señorial está contrariado por un frontis plano y dos puertas de madera cruda, altas. La casa, en el corazón elegante del barrio de Belgrano, Buenos Aires, tiene rejas y, sobre las rejas, grafitis y, detrás de las rejas, un jardín. Es una mañana de fines de junio de 2008. Cuando las puertas se abren aparece Daniela, la mujer uruguaya que junto a su marido, Sergio, se ocupa, desde que Kuitca vive aquí –1994– de que la casa funcione: pague sus impuestos, degluta sus mensajes telefónicos, alimente a su dueño.

–Pase. Ya le aviso a Guillermo que llegó.

El recibidor es así: un espacio con paredes verdes donde hay un baúl con la inscripción White Chappel Art Gallery y, sobre el baúl, un teléfono, un cuaderno en el que Daniela anota mensajes (“Llamó su papá. Pregunta si recibió el mail”; “Llamó el señor Javier. Está en México. Lo va a volver a llamar”) y la foto de un perro. Hay un cuadro –un Kuitca– y, por lo demás, no hay adornos ni muebles ni objetos caros, nada que indique que aquí vive un hombre de 47 años cuya obra es las más cotizada entre la de los pintores argentinos vivos y que ha sido exhibida en el MoMa, en el Reina Sofía.

El taller está junto al recibidor y es un espacio grande lleno de cuadros y lienzos y estanterías y libros y brochas y pintura –seca y no tanto– y pinceles –secos y no tanto– y pilas de cedés y un equipo de música y un piano de cola y, sobre el piano, más libros y más pinceles y ejemplares del New Yorker.

Cuando Guillermo Kuitca aparece –bajando las escaleras que llevan a los pisos superiores– no tiene el aspecto de ser alguien que fue desaforado. Usa un suéter claro, pantalón amplio, el pelo corto, la voz suavísima y lejana cuando dice miren quién llegó.

–Miren quién llegó.

Y entonces se agacha y sonríe y tiene el gesto de franca alegría cuando acaricia a Don Chicho, el otro habitante de esta casa donde viven el hombre solo, el perro.

*****

Hijo de Jaime, contador, y de María –Mary–, psicoanalista especializada en niños, hermano menor de una hermana llamada Rut –Ruty– nació Guillermo David en el año 1961 y se crió en un departamento –en este departamento– de La Recoleta, el barrio elegantísimo de Buenos Aires.

–Íbamos a la playa –dice Mary Kuitca, que cumplirá ochenta en unos meses– y Guillermo tenía dos años y alisaba la arena y dibujaba casitas con puertas y ventanas y chimeneas. Yo veía ese nivel de dibujo, que era de un chico de unos siete años, y decía bueno, hay que prepararse, acá hay una personita.

Por sugerencia de alguna maestra del kínder sus padres lo inscribieron en un taller de dibujo, pero el pequeño Kuitca era un dibujante limitado: alguien incapaz de copiar un jarrón o el rostro de un héroe de historietas. De modo que le fue mal y peor, en ese y otros talleres, hasta que, a los nueve años, dio con quien sería su maestra: Ahúva Slimowicz, una mujer que –al ver los arañazos, los dedos mutilados, los rostros en torsión que el niño era capaz de arrancar a su mundo sumergido– lo puso a compartir clase con señoras y señores de cuarenta. Después de una infancia que no recuerda tortuosa –en la que odiaba, sobre todo, ir al analista– el alumno precoz decidió exhibir su obra, de modo que salieron –él y su padre– a buscar galería. No fue fácil: en todas aducían que, a edad temprana, una muestra podía aniquilar cualquier carrera promisoria. Pero Kuitca insistió hasta que una galería llamada Lirolay dijo que sí y, el 16 de septiembre de 1974 –regordete, rulos, ropa negra–, el artista cachorro inauguró la muestra propia. Vendió seis cuadros, fue invitado a un programa de televisión (al que se negó a ir) y un diario publicó una reseña: elogiosa. A los trece años era eso que no volvería a ser en mucho tiempo: un éxito.

*****

Sentado a una mesa redonda, junto a una de las ventanas del taller, Kuitca dibuja –garabatea mientras habla– no sobre un papel sino sobre la mesa: sobre el lienzo que la cubre. Este y otros lienzos forman una serie de cuadros llamada Diarios, que se construye precisamente así: con las cosas que Kuitca garabatea mientras habla.

–Yo recuerdo que cuando era chico me encantaba el colegio. Lo que no me gustaba era ir al analista. Pero en esa época, estornudabas y en vez de mandarte al clínico te mandaban al analista. Hace años, a la inauguración de una muestra, llegó un hombre y me dijo “Yo fui tu primer analista”. Y me dijo que a mí no me gustaba dibujar, que lo que me gustaba era verlo dibujar a él. Fue una revelación. Porque el mito familiar dice que a mí siempre me gustó dibujar. Y pensé que es probable que todos armemos nuestra historia en torno a un origen que en verdad nunca es tan puro como se supone. Yo creo que era un chico muy tímido y que pintando no lo era tanto. Y que mis viejos me mandaron a los talleres por eso: porque les habrán dicho que me iba a hacer bien.

En el centro del taller hay una columna y, en la columna, papeles adheridos y, en los papeles, palabras sueltas, frases, posibles títulos de cuadros y de muestras: Mi soledad es una grieta, Deshielo, Desenlace, Farsa, Evasión fiscal, Desesperación y aislamiento.

–Pero la gente no tiene sentido del humor. Desesperación y aislamiento a todo el mundo le pareció fatal.

Y, cuando levanta la cabeza –los ojos claros–, tiene una mirada que tendrá otras veces: compungida, enteramente triste. Pero se ríe: como quien dice –como quien quiere decir– no me hagan caso.

*****

En el último piso de la casa hay un pequeño estudio. Una biblioteca armada con estantes de los que se compran en el supermercado recorre las paredes y en los estantes hay objetos abandonados por una marea distraída: catálogos de Christie’s, una bufanda, una cámara de fotos, cables. Desde un placard, mal cerrado, asoman bolsos y valijas. Por estos días Kuitca pasa, aquí, más horas que en su taller. Revisa las propuestas para la tapa del catálogo de Plates Nº 01-24, la muestra que su galería europea, Hauser & Wirth, organiza en sus dos sedes de Londres; trabaja en el diseño del telón para la Winspear Opera House de Dallas, un edificio que lleva la firma de Foster & Partners y que abrirá en otoño de 2009; corrige su biografía y elige fotos de infancia para el catálogo de la muestra itinerante que comienza el 9 de octubre de 2009 y continúa hasta el 30 de enero de 2011 con el título Everything: Guillermo Kuitca, Paintings and Works on Paper, 1980-2008, que pasará por el Miami Art Museum, la Albright-Knox Art Gallery de Buffalo, el Hirshhorn Museum and Sculpture Garden de Washington, y terminará en The Walker Art Center, Minneapolis.

–Mirá, encontré esta foto para el catálogo de Everything, mi hermana y yo de chiquitos.

En el original su hermana aparecía con los ojos cerrados, de modo que Kuitca le aplicó ojos abiertos y el resultado es pavoroso: el rostro agradable de Rut parece el de alguien con un terrible padecimiento psíquico y un lejano parecido a un axolotl: los ojos anormalmente separados, no ensoñados sino arrasados por alucinaciones.

–Me parece que le puse dos ojos izquierdos. ¿Se nota mucho?

Se ríe. Después, es igual: su risa se retira, como un mar reservado y discreto, no se sabe si triste.

–Es la una. ¿Vamos a comer?

Cada día, a la una de la tarde, Kuitca y sus dos asistentes, Jorge Miño y Mariana Slimowicz (hija de Ahúva, ya fallecida) se reúnen en la cocina de la planta alta (un lugar angosto, una isla de mármol rodeada de bancos altos: un sitio para un hombre solo, un perro), disponen la comida que Daniela deja preparada, y almuerzan. Y así fue, y así es, y así será mientras se pueda.

–No estoy seguro de cuál es la ventaja de cambiar –dice, sorteando el cuerpo dormido de Don Chicho, bajando las escaleras hacia la cocina–. A mí la falta de rutina me inquieta.

*****

Tenía dieciséis años cuando sus padres le alquilaron un taller, un pequeño departamento donde empezó a dar clases mientras intentaba lo que parecía natural: volver a exponer. Pero no pudo: ahora, extrañamente, su obra parecía no interesar a nadie. Y, si infancia no fue del todo mala, adolescencia fue feroz: a los diecisiete descubrió que todos sus amigos, menos él, tenían un plan. Ingresó a la Escuela de Bellas Artes, asistió a una clase –de filosofía– y la abandonó para siempre. Era 1979 (y plena dictadura militar en la Argentina) cuando, un día de tantos, vio una obra de Pina Bausch en el teatro. El ascetismo lacerante de la puesta, los gestos severos y económicos, cayeron sobre él como una revelación y supo que eso quería para sus cuadros: esa peligrosa austeridad. “El teatro de Pina Bausch –diría en una entrevista con Hans-Michael Herzog en el libro Das lied von der Erde (Daros Latinoamérica) me pareció lleno de violencia y de enorme verdad. Pina Bausch había dicho [...] que en la danza con caminar era suficiente [...] Y eso hizo que me preguntara cómo hacer mi obra desde esa perspectiva. [...] en mi pintura yo no había hecho nunca eso. Me había pasado todo el tiempo dando saltos”. Pero, por entonces, era un pintor joven y un joven frustrado, y no pudo hacer, con la centella de ese deslumbramiento, nada. Lo creía todo perdido cuando, en 1980, Jorge Helft –coleccionista y flamante dueño de un espacio llamado Fundación San Telmo– llegó a su taller y vio su obra. Poco después, Kuitca y sus cuadros desembarcaron en la Fundación San Telmo con una muestra llamada Cómo hacer ruido en la que vendió tres dibujos, una pintura y ganó cinco mil dólares. Con ese dinero se fue a Europa: a seguir los pasos de Pina Bausch. En Wupper tal, donde la coreógrafa tenía la base de su compañía, se quedó dos semanas. Y lo que vio allí –una obra llamada Bandoneón– lo dejó peor: paralizado. Cuando regresó a la Argentina era 1981, tenía veinte años y estaba arrasado por la fuerza del despojo: no tenía qué ni cómo pintar.

Es viernes. En la casa no hay ruidos ni música: apenas el teléfono que suena cada tanto, la respiración leve de Don Chicho, la voz suave de Kuitca que, sentado frente a la mesa del taller, dice:

–Tenía la sensación de que mi obra no iba ni para atrás ni para adelante. No tenía idea de lo que podía o quería hacer. Estaba paralizado. Un día dije “Voy a trabajar con lo que tenga a mano, no voy a comprar materiales”. Había un pote rojo de témpera seca que disolví con agua y que apenas podía mover. Tenía pinceles muy secos. Y había un par de puertas viejas, un mueble que yo había desmontado. Me puse a pintar sobre esas cosas: puertas, pedazos de muebles. Y la primera imagen que apareció fue la mujer de espaldas.

La mujer de espaldas es una figura de pocos trazos, siniestra en su agobio, que apareció por primera vez en 1982 y trajo consigo la serie Nadie olvida nada, un puñado de cuadros con los que Kuitca comenzó a ser Kuitca y en los que, en medio de espacios abrumadores, hay figuras humanas pequeñas (la mujer de espaldas es una de ellas) que parecen sorprendidas en el minuto exangüe y tenso de una tragedia que acaba de empezar y que podría no terminar nunca.

–Cada vez que hacía a la mujer, el cuadro me devolvía una imagen muy potente. Y siempre tenía la sensación de que estaba desmembrada o tenía una enorme carga psicológica. Estaba tan conectado. Yo creo que es un momento que te pasa una vez en la vida.

Kuitca empezó por esos cuadros, y ya no se detuvo. A esa serie siguieron otras: Si yo fuera el invierno mismo, Siete últimas canciones, El mar dulce. En todas hay camas vacías, cochecitos de bebés rodando por escaleras tremebundas en claras citas al Acorazado Potemkin, camas en las que duermen niños a punto de ser aplastados por un garrotazo de madre, sillas tumbadas, figuras humanas diminutas rodeadas por paredes del tamaño de olas de tsunami, parejas enredadas en cópulas estériles. “Esos cuadros producen el mismo pavor que producen las cercanías en la oscuridad –escribe el crítico de arte Jerry Saltz en Un libro sobre Guillermo Kuitca, editado por la Fundación de Arte Contemporáneo de Amsterdam y el ivam, de Valencia–: hay en ellos algo ciego, algo que tantea, algo visto solo a medias”.

En 1984, Kuitca mostró esos cuadros en la galería del Retiro, de Julia Lublin. Dos años más tarde la misma galería organizó la muestra Siete últimas canciones. Después de eso, la crítica empezó a llamarlo “el joven Kuitca” y a aplicar, a lo que hacía, el adjetivo de prodigio.

Él, mientras tanto, vivía en casa de sus padres, estaba en el centro exacto de un vórtice oscuro y, aunque no podía saberlo, Siete últimas canciones sería la última muestra que haría en su país durante los próximos diecisiete años.

–Se especuló mucho con eso de que yo no exponía acá y no fue nada pensado. Empezó a pasar el tiempo y cada vez tenía más compromisos afuera, y de pronto pasaron cinco, diez años. Yo no especulé hasta que en un momento pensé “Esto no está tan mal, esto interesa”. Me gustó la idea de que el artista esté en un lugar y su obra afuera.

Afuera la mañana es azul, impávida. En el taller, semana tras semana, pocas cosas cambian: los dibujos siguen allí; las pilas de cedés siguen allí; el piano de cola sigue allí, cubierto de todas las cosas que siguen allí. El cambio, en el taller, es apenas.

–¿Te molesta si pinto mientras hablamos?

Se sienta frente a un lienzo. Fondo blanco, recorrido por una pérfida corona de espinas. El pincel hace un ruido seco sobre la tela: raspa. Después de aquellos cuadros de los años ochenta, las figuras humanas desaparecieron de su obra y los temas fueron, de pronto, otros: una planta de departamento (la misma enloquecedora planta de departamento cuyo perímetro está formado por huesos o jeringas o la frase gimme shelter,entre otras cosas), planos de ciudades, mapas, mapas pintados sobre colchones de camas liliputienses (“La cama y el mapa –dice en Guillermo Kuitca, conversaciones con Graciela Speranza, Grupo Editorial Norma– eran para mí imágenes de dos espacios extremos –la cama como el espacio más privado y el mapa como el espacio más público posible– y pienso que, cuando pinté los mapas sobre colchones, esos extremos, la cama y el mapa, se reunían”), cintas transportadoras de equipajes, plantas de prisiones, plantas de cementerios, plantas de teatro, coronas de espinas.

–Empecé a trabajar en una planta de departamento y entonces pensé en una suerte de zoom en el que la cama está en una habitación, y luego la habitación está en una casa, y después la casa en una ciudad. El primer mapa fue un mapa de Praga que hice en 1987. Y fue tan fascinante la idea del mapa que no la abandoné más. Fue como si lo hubiera encontrado en la naturaleza: como si hubiera excavado y lo hubiera descubierto: “Oh, un mapa”.

Desde 1985 y hasta fines de los ochenta expuso en Bélgica, São Paulo, Rio de Janeiro. En 1991 hizo una muestra individual en la serie Projects del MoMa e implementó la beca Kuitca (que implica su asesoramiento personal, espacio de trabajo y dinero para materiales). En 1992 fue el único artista latinoamericano en la IX Documenta Kassel. En 1993 su muestra antológica –Guillermo Kuitca, Obras 1982-1992– se exhibió en el IVAM de Valencia y en el Museo Rufino Tamayo de México. En 1994 Burning Beds, otra muestra antológica, se exhibió en el Wexner Center for the Arts en Columbus, Ohio, y viajó el año siguiente al Miami Art Museum y a la Whitechapel Art Gallery de Londres. En 1995 uno de sus cuadros de la serie El mar dulce se vendió en un remate por 156.000 dólares: un récord para un artista local contemporáneo.

Kuitca se pone de pie, se aleja un par de pasos, mira lo que pinta, vuelve a sentarse.

–¿Sabés tocar el piano?

–No. Era de un dealer que yo tenía, y que también arreglaba pianos. Me lo dejó acá porque no tenía dónde ponerlo. Cada tanto venía él y tocaba. Y un día se murió. Se llamaba El Colo.

Empezó a tomar cocaína en 1983, un año después de haber iniciado la serie Nadie olvida nada, y siguió tomando, en forma sostenida y creciente, hasta 1987. Cuatro años de consumo impiadoso, entre los 22 y los 26: los años en los que Kuitca se hizo Kuitca.

–Estar en el taller, tomar, pintar, tenía algo que no pasaba de otro modo. La serie de Siete últimas canciones la hice completamente drogado. Había algo en la cocaína que no era lo que te dejaba hacer, sino lo que no te dejaba. Los estados de bajón eran horribles y te daban una sensibilidad tremenda. Ahora veo esos cuadros y están llenos de un desgarramiento enorme. Y detrás de ese desgarramiento está el bajón de merca. La cocaína no servía para nada, excepto cuando no estaba. Me iba a una casa en las afueras, a pintar, y le pedía a tal que me mandara un libro y adentro del libro venía la merca. O si no tomaba anfetaminas. Picaba anfetaminas en el mate. Me estaba empezando a ocupar de eso: compraba cápsulas, ponía la anfetamina ahí. La muestra de Siete últimas canciones fue un hit total. Después de eso me tenía que ir a España. Llegué, hice dos o tres intentos de probar heroína y vomité como una bestia. Y largué todo. No volví a tomar nunca. Creo que la cocaína tenía esa especificidad: pintar. Me hacía una raya, ponía a los Rollings, corría y pintaba, eufórico, y lo que quedaba en el cuadro era una imagen depresiva y bajoneada. Los cuadros de Tres días y Tres noches fueron pintados en ese estado.

Los cuadros de Tres días y Tres noches: parejas unidas en cópulas secas, una bruma lechosa sobre todo. El rastro violento de la felicidad cuando se acaba.

–Seguramente era lo que duraban esos días. Tres días y tres noches.

Afirmado en el respaldo de la silla, el rostro de quien dice esto también pasó: yo fui también el hombre que hizo eso.

–Aguantaba hasta que me caía.

*****

Sonia Becce conoció a Guillermo Kuitca cuando Guillermo Kuitca era ya un artista formado, conocedor autodidacta de la pintura y del cine. Eso quiere decir que Guillermo Kuitca tenía catorce años. Desde entonces, Sonia es su mano derecha, su amiga, su asistente, la curadora de algunas de sus muestras.

–Era tan joven y sabía tanto y todo lo había aprendido por su cuenta. Un día lo estaba viendo pintar. Hizo así, un solo trazo, un zapato rojo de taco rojo. Y ya estaba. Y tuvo una elegancia para hacer eso. Todo tan precioso, tan precioso. Y quedó tan bien y era lo que le faltaba. Cuando se hizo el homenaje a la muerte de Van Gogh él fue a Holanda, a participar, y me acuerdo que bajé en el aeropuerto y estaba la postal que había hecho él, en medio de los artistas más famosos del mundo. Y cuando vi eso lloré mucho. Él es una persona encantadora, generosa. Claro que de recatado y de santo, nada. Hubo una época, sobre todo en los ochenta, que íbamos a bailar cuatro veces por semana. Caíamos en lugares complicados. Recorrimos todo Rio buscando un disfraz de cura para él, y uno de monja para mí, para ir disfrazados a la inauguración de una muestra suya. Eran años… desaforados.

–Fui un desaforado –dirá Kuitca después–. Puedo serlo todavía. Pero ahora la temeridad está puesta en los cuadros. No en la vida cotidiana. Creo que es el lugar donde ser valiente tiene sentido.

Rut Kuitca tiene tres hijos, un marido, es licenciada en Educación. Aquí, en el living de su casa, tiene un par de cuadros de su hermano, un enorme mueble repleto de retratos de familia, gran televisor.

–Jugábamos a recortar del diario los avisos de ventas de departamentos, donde salían las plantas dibujadas. Las recortábamos, las pegábamos en hojas y jugábamos a la inmobiliaria. Él siempre estaba dibujando, mamarracheando. Siempre fue generoso con nosotros. Cada vez que necesitamos, estuvo. Yo casi no voy a la casa. Es muy reservado. Me imagino que debe llevar una vida social muy activa. Una sola vez le pregunté si no tenía ganas de tener una pareja, de casarse. Y me dijo que para él sería un caos. Muchas veces mi mamá me toca el tema a mí: “¿Por qué será que no tiene pareja?”. Y le digo “Tendrá otros intereses”.

*****

Una vez a la semana o cada veinte días, Guillermo Kuitca cena con un grupo de amigos: cinco o seis cineastas, artistas, galeristas a los que conoce desde hace muchos años. A esas cenas las llaman Copas y el grupo de las Copas es un grupo ritual: se reúne regularmente, nadie puede irse antes de la una de la mañana y, hacia el final, Kuitca y un amigo cantan a dúo la misma canción –“Voyage, voyage”– imitando uno a Mercedes Sosa, el otro a una mujer llamada Nacha Guevara. Y así fue y así es y así será mientras se pueda.

Porque Kuitca es puntual. Kuitca no se toma vacaciones excepto una semana de tiempo compartido en Punta del Este en baja temporada. Kuitca no tiene caprichos culinarios: Kuitca come lo que le ponen delante. Kuitca alquiló, durante quince años, el mismo departamento en Nueva York, y tiene los mismos asistentes –Jorge, Mariana– desde 1989. Kuitca no tiene electrodomésticos caros ni muebles de estilo ni auto lujoso: Kuitca tiene un Peugeot que compró después de dos años de pensarlo mucho y los únicos objetos caros de su casa son sus propios cuadros. Kuitca almuerza todos los sábados con sus padres y le gusta mirar televisión (y eso incluye realitys y programas de chimentos), no va a fiestas ni a muestras y come, siempre, a la una de la tarde.

Kuitca pintó cuadros de ambientes ominosos, y después pintó plantas de departamentos y después planos de ciudades y después mapas y después cintas transportadoras de equipaje y coronas de espinas y plantas de teatro y –ahora– abstracciones.

En su pintura, Kuitca hizo, del cambio, una extraña forma de fe.

Pero, en todo lo demás, Kuitca no cambia.

En todo lo demás, Kuitca permanece.

*****

Horacio Dabbah es empresario textil, dueño de una galería de arte –Dabbah-Torrejón– y amigo de Kuitca desde hace veinticinco años.

–Yo lo adoro. Tiene como una melancolía, una especie de tristeza alegre. ¿Te contó que fue a Disney cuando tenía 30 años? Es como un chico. Cuando se mudó a la casa de Belgrano no tenía idea de dónde comprar sábanas, toallas. Él no tiene una vida burguesa, no tiene idea de esas cosas. Con los objetos tiene una relación muy distante, como con el dinero. En las Copas paga muchas veces él. Es muy generoso con sus amigos. Cuando uno conoce mucho a alguien, ve su obra y ya sabe qué le pasa. Y yo vi su retrospectiva en Miami y vi toda la serie de Nadie olvida nada junta y… me aterra esa serie. Me produjo mucho dolor.

*****

En febrero de 2003, cuando un cuadro suyo (La consagración de la primavera, 1983) compartía espacio en el Museo Nacional de Bellas Artes junto a los de los pintores más importantes del siglo XX en la Argentina y cuando su obra de los mapas pintados sobre pequeñas camas había sido comprada por la Tate de Londres, el Museo Reina Sofía, en Madrid, organizó una muestra retrospectiva: Guillermo Kuitca, Obras, 1982-2002. Un video muestra aquellos días: Kuitca en las salas todavía desnudas, parado frente a enormes cajas de madera, viendo cómo su obra, dispersa por el mundo, llegaba hasta él. Pocos meses más tarde la misma muestra desembarcaba en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) y miles de personas se amontonaban para ver el regreso del pródigo. Así, después de diecisiete años de ausencia sin haberse ido, Kuitca volvió a exponer en su país y supo –por primera vez– cómo era aquello de salir de una muestra propia y no irse a dormir a un hotel.

*****

–La muestra del malba fue maravillosa, pero me quedé sin lo que más me gusta, que es el contacto con artistas locales. Por algún motivo la muestra llegó como una especie de ovni, y yo no pude estar rodeado de colegas que me dijeran lo que les parecía mi trabajo. Me gustaría hacer una muestra acá, alguna vez, que no llegue como si llegara el circo de Moscú.

En el primer piso de la casa, en una biblioteca enorme, mezclados con libros de Sebald, Carver, Deleuze, Stevenson, Salinger, hay objetos, algunos identificables: entradas a recitales, fotos de Don Chicho, casetes despanzurrados. Abajo suena el teléfono, una y otra, y otra vez. La voz de Daniela pregunta de parte de quién, y dice no, no está. Kuitca, sentado en el primer piso, se ríe. Con esa risa –un poco amarga– que –quizás– quiere decir no me hagan caso.

–Esta casa parece la KGB. Viene poca gente. A mis viejos les digo que salgo mucho. Sería cruel decirles que me quedé mirando televisión y hacerles entender, además, que lo pasé bien. Acá mis viejos vienen poco. Y cuando vienen, son una máquina de decir boludeces. Mi viejo dice siempre lo mismo: “Uh, qué trabajo”. O “A mí me gustaban las camitas”. No entienden nada, y la verdad no puedo creer que no entiendan nada.

A metros, algunas de las pequeñas camas sobre las que pintó mapas y, bajo una ventana, sobre un zócalo, un cuadro ínfimo: la camita amarilla. En los años ochenta, durante las muestras en la galería de Julia Lublin, uno de los cuadros de la serie Nadie olvida nada –este cuadro– desapareció.

–Un día me llama un tipo y me dice “Yo tengo la camita amarilla. Si querés te lo devuelvo porque me dijeron que sos un buen tipo”. Vino con la camita amarilla envuelta en papel de diario. Cuando lo desenvolví vi que tenía una mancha de tuco. Y le dije “Che, comiste arriba del cuadro”. Y me puteó. Era un arquitecto que estaba muy loco. Se llevó el cuadro porque se había enojado con las dueñas de la galería.

–¿Y cuánto vale ese cuadro?

–Un montón de plata. Pero ya ves dónde está. Mi obra está más protegida en las manos de otro que en mis manos. En mi casa no son objetos de culto. Son cuadros, nada más.

Un día de tantos la casa quedará sola. En el estudio, en el taller, en las habitaciones: nadie. En los baños, en el pequeño cuarto donde se amontonan cuadros, en la cocina y en la biblioteca: nadie. La camita amarilla estará arriba. Sola.

Arriba y sola, y la puerta de la calle con la llave puesta.

Jaime Kuitca tiene ochenta años y está sentado frente al escritorio de su estudio, en la casa de La Recoleta.

–Siempre supo que quería ser pintor. Y nosotros pensamos que si él hubiera querido ser abogado o médico le hubiéramos financiado la carrera, así que había que hacer lo mismo con esto. Pero una vez tuve que ir a retirar un cheque en el Bank of America. Cuando vi un cheque de 5.000 dólares a nombre de mi hijo quedé impresionado. Empezaba a ver resultados económicos mucho más rápido de lo que pensábamos. Y esas cifras empezaron a transformarse en rutina y a crecer, a ser muy diferentes. Yo le llevo la contabilidad, y un día no sé qué comentario hizo mi señora, acerca de cuidar el dinero. Y yo le dije “Mary, él hizo en un año lo que nosotros no hicimos en toda la vida. Así que callémonos”. Lo que a uno le gustaría es verlo en una estructura familiar. Yo me imagino que su vida debe ser socialmente muy activa, que debe salir bastante. Porque es feo comer solo. Pero no sé. Se habrá casado con la pintura. Pero cuando pienso que… bueno, que va a estar en los museos del mundo, y por ahí uno no va a poder ver…

Jaime Kuitca titubea. Se humedece.

–Perdonemé. Es un gran hijo.

*****

Desde 2003, Kuitca hizo muestras en Cartagena, Nueva York, Zurich, París. En 2003, además, montó en el Teatro Colón la escenografía de El holandés errante. En 2007 su muestra Stage Fright se vio en la Gallery Met, del MET de Nueva York. Ese mismo año fue invitado a la 52 Bienal de Venecia donde compartió espacio en el pabellón central con Sophie Calle, Sol Lewitt, Félix González Torres y, en vez de llevar su obra de siempre, llevó cuatro enormes pinturas abstractas. “No hace falta decir que fue un momento alto en su carrera –dice desde Nueva York Angela Westwater, de Sperone Westwater, su galería desde hace 15 años que también maneja a artistas como Bruce Nauman y Richard Tuttle y vende obra de Andy Warhol y De Chirico–. Y, en vez de ir a lo seguro, Guillermo decidió presentar cuatro pinturas muy dramáticas, de gran escala, de estilo cubista”.

En las subastas de arte contemporáneo la obra de Kuitca aparece, hoy, junto a la de Basquiat o la de Félix González Torres y puede alcanzar –dicen quienes saben– precios de 400.000 dólares.

*****

En un cuarto rojo, en la última planta de la casa, hay un sofá, un proyector, películas, una heladera para vinos tintos desenchufada que guarda geles descongestivos. En la habitación de Kuitca, contigua al cuarto rojo, hay zapatos amontonados junto al colchón que está en el piso. Entre el colchón y el vestidor hay una cinta de correr sobre la que se acumulan bolsas vacías, pilas, toallas. La cinta tiene ropa colgada en las manijas. Es viernes, de mañana. Hay sol, las ventanas están abiertas y la casa parece la casa de alguien que acaba de mudarse o la casa de alguien que está a punto de irse de allí.

–Nunca me imaginé casado, ni viviendo con nadie. Creo que probablemente nunca tenga una pareja estable y viva rodeado de la gente con la que trabajo, mis amigos, los perros. Y creo que acepto eso con cierta… resignación. Me gusta mucho estar solo y soy muy inestable. Tuve novias cuando era más joven. Tuve una novia por un tiempo más largo con quien pensé que en algún momento iba a tener una vida en común, pero me parecía que no era muy honesto seguir una relación con una mujer cuando yo tenía más bien otra inclinación sexual. A veces pienso que no encontré a la persona. Y a veces pienso que no quiero algo muy distinto a lo que tengo.

Un día, cuando sea de noche, cuando llegue a la cocina y abra la heladera y encuentre la tarta de pollo que le gusta y descubra que tiene el crucigrama del diario todavía sin hacer. Un día, cuando se siente solo en la isla negra de la cocina y cene solo haciendo el crucigrama, sentirá crecer dentro del cuerpo un brote de felicidad. Un brote de felicidad perfecta. Y se preguntará si es bueno: que la felicidad sea así. Que la felicidad pueda ser eso.

*****

Formas de recorrer un museo.

Encontrarse con Guillermo Kuitca una noche lluviosa en el MALBA. Dejar los abrigos en el guardarropas. Subir una escalera mecánica hasta la planta alta. Caminar. Detenerse, aquí y allá. Escucharlo hablar con cariño de Frida Kahlo. Con horror de Pettoruti. Sentarse frente a una pantalla y ver un video en el que un hombre altísimo y varias ovejas giran en torno a un mástil. Deliberar acerca de si la oveja es la misma o si son varias. Quedarse mucho rato. Volver a caminar. Hablar de televisión: de realitys de televisión, de programas que venden objetos absurdos a altas horas de la madrugada por televisión. Caminar. Detenerse. Escucharlo decir, frente al cuadro de alguien que no suele hacer cosas horribles, “Esto es horrible”. Escucharlo, después, decir “Una vez el New York Times dijo que en una muestra mía en Nueva York había cosas really awful. Y yo pensé que mi carrera se había terminado ahí”. Bajar las escaleras mecánicas. Entrar al bar del museo. Elegir una mesa junto a la pared de vidrio porque llueve: para que no deje de llover. Sentarse. Pedir un té. Hablar de psicoanálisis. Hablar de la posibilidad de abandonar el psicoanálisis. Hablar de la posibilidad de conseguir un psicoanalista que haya estudiado por correspondencia o que haga terapias de vidas pasadas o que trabaje como panelista de programas de televisión. Escucharlo decir “Entregarle la mente a un tránsfuga. Qué lindo”.

Dejar correr el tiempo. Después reír. Después pagar. Y después irse.

Y verlo irse, también, bajo la lluvia.

Un hombre sin hogar, tratando desesperadamente de volver a alguna parte.

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