El barrio de Portales de la ciudad de México siempre me trae malos recuerdos: en un segundo piso de la calle de Odesa me pescó el terremoto de 1985. El edificio justo en la esquina se vino abajo. Ahora un territorio de talleres mecánicos, secundarias técnicas, zapaterías y expendios de alcohol, a la colonia Portales sólo se va a dos cosas: a comprar en el mercado de segunda mano o a ver a Carlos Monsiváis. Aquí es fácil extraviarse entre la discontinuidad de la numeración y los pocos letreros en las calles, pero basta preguntarles a los transeúntes por el escritor y todo mundo señala la puerta negra.

La medida del hombre más público desde hace décadas en México, y a la vez el más esquivo, es el buzón en la puerta: una enorme rendija por la que cabe un tomo de una enciclopedia. Hacerse visible e invisible es uno de los juegos favoritos de su dueño: el gato de Cheshire está al tanto de todo y, al mismo tiempo, a sus anchas en la desaparición voluntaria. Por eso el buzón por el que pasan libros, periódicos, revistas, manuscritos, invitaciones de estudiantes o de obreros en huelga, pero también de canales de televisión, galeristas, políticos, funcionarios culturales, universidades extranjeras. Y, dentro de la casa, el teléfono suena de mañana, tarde y noche. A Monsiváis se le caza por teléfono hasta un día en que no está ante algún público, en México o en cualquier parte del mundo, contesta, finge ser su propia secretaria, si está indispuesto, o hace una cita. Pero ello no es garantía de verlo.

Estoy parado frente a su puerta negra con el buzón descomunal y es posible que nadie me abra o que no esté siquiera en el país. Adentro, sus ayudantes no sabrán más que el día en que ha quedado de volver. Sé de unos jóvenes que esperaron a Monsiváis en la calle durante una hora. Habían concertado ir por él para llevarlo a hablar sobre contracultura juvenil en el oriente de la ciudad. Pero no les abrió. Cuando creyó que los jóvenes se habían dado por vencidos, Monsiváis salió. Y fue atrapado. Sin más alternativa, se dejó llevar hasta el coche y, cuando se distrajeron, Monsiváis se echó a correr.

¿Por qué todo mundo quiere ver y escuchar a Carlos Monsiváis, tanto que él mismo tiene que escapar de citas simultáneas? Para el gran público —el que no lo lee— Monsiváis es el escritor por antonomasia. Es el nombre que brotó de la boca de una actriz de telenovelas cuando hace unos años fue presionada por la prensa para que dijera su libro favorito: “Los poemas de Carlos Monsiváis”, dijo. Y, aunque equivocó el género literario, atinó al autor. Hasta para ella no cabía duda: Monsiváis es un escritor. Para el público que lo escucha en entrevistas grabadas, en directo, o por teléfono —en su última visita a México el director de la editorial Anagrama se quejó así de la ausencia del escritor en la mesa en el Palacio de Bellas Artes: “México está en una crisis de abasto. Se han quedado sin clones de Monsiváis”—, en presentaciones de libros, conmemoraciones y hasta en aniversarios de escuelas públicas, Carlos Monsiváis es la voz autorizada, por solitaria, creíble y siempre ocurrente: sus dichos y textos casi siempre están envueltos en un humor seductor. La distancia, física o irónica, es un juego de seducción. Ante el acontencimiento cultural o la tragedia persistente siempre tendrá un aforismo profundo y desparpajado a la vez: “El subdesarrollo es no poder mirarse en el espejo por miedo a no reflejar”; “Entre nosotros y la moda se interponen los harapos”; “Hasta los más apartados rincones de México han acudido el PRI, la Coca-Cola, y la noción del complejo de Edipo”; “Somos tantos en la ciudad de México que el pensamiento más excéntrico es compartido por millones”; “Sólo una Revolución obra la saña de anticiparse al cine”; “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la falta de locura”, por citar, al azar, algunos.

Fue una frase la que me atrapó hacia finales de los años setenta cuando lo vi por primera vez, por supuesto, en un canal de televisión. Era un homenaje a Agustín Lara y, entre pianistas y cantantes, el cronista y teórico súbito fue compelido por el conductor a definir lo cursi. Monsiváis dijo: “Lo fallidamente bello”. La sensación —la recuerdo— fue que, de pronto, lo que se decía tenía relación con lo existente o, por ponerlo en una definición súbita, “Monsiváis dice lo que tú ibas a pensar”. Desde ese instante testifico la capacidad descomunal de un hombre que nos dice qué somos y hemos sido, qué leer y ver, a qué poner atención ante lo fugitivo del presente y lo abrumador de la tradición y, que, en fin, tiene como obra la construcción de la vida nacional como la réplica exacta de su propia cultura. Desde la aparición de Aires de familia (2000) este efecto se amplía hacia América Latina —lo que incluye a la franja sur de Estados Unidos— en esa doble vía de su pensamiento: recordarnos e interpretarnos.

Y parado en esta calle de la Portales recuerdo los terribles días que sucedieron a los sismos de 1985. Fue él quien, mirando a la ciudad en ruinas, apurada por rescatar sobrevivientes debajo de los escombros, afanada en la entrega de comida, agua y medicinas, frenética en el reestablecimiento del tránsito, aseguró que lo que estaba sucediendo era, en realidad, una insurrección civil. Y, en efecto, los habitantes de la ciudad se habían olvidado de notar que las autoridades seguían pasmadas, en el mejor de los casos, o que, de plano, obstaculizaban el rescate. Si eso no era una rebelión que hizo de lado a la autoridad, se convirtió en una cuando Monsiváis la describió como “la toma del poder” (Entrada libre, 1987). Pero Monsiváis se autocritica desde su perplejidad y murmura, cada vez que parece tener razón: “Cuando entendía lo que estaba pasando, ya había pasado lo que estaba entendiendo”.

***

Por fin alguien contesta el interfón y la puerta cede con el sonido de la bienvenida. Lo que sigue es un garaje largo con macetas y, al fondo, los restos de algo como una silla de ruedas. La casa es un vagón de tren a tu derecha y el estudio es la punta más baja de una “ele”. Éste es el patio de casi toda su vida, un lugar al que se mudó de niño y que recuerda en su Autobiografía (1966) como el destino del éxodo de la familia Joad en The Grapes of Wrath, de John Steinbeck, pero a la mexicana y en un barrio popular. La niñez del escritor es la de los libros, la memorización poética. En los años cuarenta fue parte del programa radiofónico conocido como Los niños catedráticos, que respondían con erudición a las preguntas del público. Casi 60 años después, sentado en un escritorio repleto de papeles, libros, informes, periódicos, libros antiguos, cuadros, Carlos Monsiváis extiende la mano izquierda para que me siente frente a él; en la otra mano tiene el teléfono. Los gatos circulan con libertad del librero a tu cabello al teléfono que contestan y cuelgan a placer. Y constato como Monsiváis es también un icono invariable: el pelo cano revuelto, los anteojos pesados, las cejas desgreñadas, el mentón rotundo, los atuendos de mezclilla, la camiseta debajo de la ropa. Es un hombre esencialmente del 68, cuando la ropa era una declaración de que la ropa no importa tanto como para no preocuparse por ponerse algo que contenga una declaración. O algo así.

Justo en la pared lateral dos dibujos cuentan una historia clave de la cultura nacional: uno es la primera página manuscrita de El llano en llamas, de Juan Rulfo, autografiada y con el trazo preciso de un coyote aullando. El otro es el dibujo hecho por José Luis Cuevas del rostro de Monsiváis con adornos muy pop en los lentes. Se da cuenta así de la construcción de un ambiente literario en los años cincuenta y sesenta que iba desde Salvador Novo, Rulfo, Juan José Arreola hasta José Emilio Pacheco y Monsiváis, pasando por Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. Pero también registran las relaciones que esa misma comunidad tenía con los pintores que rompieron con la escuela de los muralistas mexicanos y que ayudó a crear el efímero Soho mexicano, la Zona Rosa de la ciudad de México que murió con el movimiento estudiantil de 1968 (Días de guardar, 1970). De esa etapa le queda al escritor el gusto del coleccionista de obra plástica. Cuando termine de recopilarla en estanquillos de todo el país, Monsiváis donará todo a un museo en la calle de Isabel la Católica, en el centro histórico de la ciudad. Su otra colección, la de películas clásicas, servirá para fundar una cineteca en el barrio de Portales.

—¿Cuántas películas tienes ya? —lo atizo.
—Como cinco mil —responde esbozando una sonrisa triunfal.

Como en el caso de Borges con los relatos fantásticos, Monsiváis ha visto más películas de las que realmente existen.

***

Ahora vamos dentro de un taxi hacia cualquier lugar. Puede ser el Museo de la Ciudad de México o la Biblioteca México, el escritor invitado no lo tiene del todo claro. El taxista lo reconoce de inmediato:

—Usted es Carlos Monsiváis, el que habla de Cantinflas y María Félix en la tele. ¿Qué opina de lo que está pasando ahora?

Monsiváis es una figura de autoridad que se ha opuesto con consistencia a las figuras de autoridad. En muchos sentidos, él es el intelectual comprometido que emerge del sangriento 68 mexicano, una era en que el momento político era cultural porque el PRI había cerrado cualquier otro flanco. Desde la cultura da la batalla por la verdad histórica que llevo al PRI a masacrar estudiantes en la plaza de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968 (Parte de guerra, 1999) o a eliminar el único periódico opositor en 1976 (Tiempo de saber, 2003). Junto con otros, notablemente con el periodista Julio Scherer, Monsiváis fue uno de los principales arquitectos de la opinión pública que se creó enfrentada crecientemente al PRI, erigiéndose como un consenso de lo que era razonable, admisible y valorable, y lo que no; justo a la mitad entre el autoritarismo y la violencia política. No fue nunca un experto, sino un estratega cultural.

En una estancia en la Universidad de Essex, le escribe a Elena Poniatowska (1971): “Yo me sigo preparando para un acaso imposible trabajo periodístico. Todo lo que veo, leo y escucho lo refiero a una especie de archivo de experiencias utilizables. Leo un libro diario, veo de dos a tres películas y me inundo de revistas”. Así, la estrategia del cronista es registrarlo todo para cernirlo después sobre el público lector. Si es bien conocida su táctica de darle valor a la cultura popular (Amor perdido, 1977; Escenas de pudor y liviandad, 1981; Los rituales del caos, 1995), la otra ventana, popularizar lo elitista, está desde los inicios en su intención. De nuevo, como en el mapa que, según Borges, manda hacer el emperador chino con tanta exactitud que el plano acaba por tener la extensión del mismo imperio, cubriéndolo, la abrumadora obra de Monsiváis de registrar lo importante y lo revelador, la permanencia de lo fugitivo y lo brumoso de nuestras certezas, acabó por abarcarlo todo. Aun los temas que no son de su interés, como los campeonatos del futbol, son analizados en su conexión con el nacionalismo o la era de la televisión total. Pero sobre todo a últimas fechas, es una referencia obligada en temas del día al día de la política, porque las batallas culturales que ha peleado siempre se dieron, nunca desde el poder o la militancia de izquierda sino desde el lenguaje. Un código de sospechas, burlas, y llamadas de atención que minó al discurso priista y que, en 30 años, lo hizo perder el poder (su columna satírica que, por décadas, fustigó a los políticos con sus propias declaraciones bochornosas, “Por mi madre, bohemios”). Del otro lado del espectro, Monsiváis también ha sido distante: al Subcomandante Marcos le ha reprochado el discurso de la muerte y el sacrificio. Y de ambas batallas, el escritor ha salido más o menos airoso reivindicando lo mejor de la sociedad mexicana: el relajo, el caos creador, el desmadre sin más. Desde ese terreno creado desde el lenguaje, es que Monsiváis habla.

Pero ahora que el taxista continúa con su interrogatorio eufórico el escritor no parece muy dispuesto a responder la pregunta.

—¿Qué le parece la telenovela de las nueve? —pregunta el taxista.

El cronista murmura para sí, pero lo suficientemente claro para que yo lo escuche:

—No tengo idea de lo que habla. No veo televisión.

Y otra paradoja nos azota: el escritor mediático es un escéptico de la televisión.

Llegamos a la Biblioteca México y, aunque están muy orgullosos de que haya asistido a ese recinto la mesa no es ahí. Cambiamos de taxi a petición del cansado entrevistado. Cuando por fin traspasamos la puerta del Museo de la Ciudad, todo está a punto de terminar. Pero no es demasiado tarde. El público lo ovaciona y él se disculpa con un chiste:

—Llego tarde porque pensé que ustedes eran impuntuales.

Carcajadas. Lo ha hecho otra vez.

***

Como estratega cultural, Carlos Monsiváis ha sido un escritor de batallas. Si bien en 1961 participa con los escritores José Emilio Pacheco y José Revueltas en una huelga de hambre convocada por la feminista Benita Galeana en contra del encarcelamiento del líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo, él mismo minimiza la posible heroicidad de las 62 horas de ayuno: “Una de las hermanas Galeana me dio un chocolate”. En 1965 durante un seminario en Harvard, Monsiváis entra en contacto con organizaciones de derechos civiles y activistas de la entonces “Nueva Izquierda”. Pero no es un activista. De hecho, tanto su participación en el Comité de Artistas y Escritores en el 68 mexicano como el texto que ciñe esos meses de rebelión (Días de guardar, 1970) dialogan con Norman Mailer y “Los ejércitos de la noche”, un texto que pone en tensión la labor del escritor y el entorno de la rebelión de los años sesenta. Parece que es en ese instante que Monsiváis que decide que es sólo desde el lenguaje que puede hacer algo para cambiar el estado de cosas en los años más duros del autoritarismo del PRI. Quizá su principal batalla sea la de haber desvirtuado, a base de persistentes artículos periodísticos y libros, la versión que el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz dio de la masacre de estudiantes en Tlatelolco: una “conjura comunista contra el Presidente para sabotear los Juegos Olímpicos de México 68” o la idea de que los estudiantes, al igual que el ejército y los paramilitares vestidos de civiles, estaban armados. A lo largo de 30 años, Monsiváis se dedicó a clarificar, junto con otros periodistas, la verdad sobre el 68 mexicano: el gobierno creó a un enemigo con base en entrar en las escuelas y universidades públicas a detener estudiantes. Lo único que los estudiantes pudieron hacer fue salir a protestar en las calles por esa arbitrariedad y, una vez que las principales universidades del país estallaron la huelga, el gobierno los masacró en Tlatelolco. Esta simple verdad —que no había “conjura comunista” y que no había armas en Tlatelolco de parte de los jóvenes— costó 30 años de batalla desde la cultura. Pero se ganó.

Monsiváis, como personaje público, ha presentado otras batallas de igual importancia para la cultura mexicana: por una nueva moral del cuerpo (que va del elogio de la desnudez en el cine mexicano, la vida nocturna descabellada, hasta la educación sexual y la elección privada de las preferencias sexuales, pasando por el feminismo y la reproducción elegida); contra el racismo hacia los indígenas y por la derogación del término “naco”; contra la idea de que la religión oficial es la católica y no el laicismo; por un canon cultura que ponga en el centro a lo popular y no a los “hombres ilustres” que el PRI enterraba en un solo cementerio asediado por la gloria del orador vagamente encendido; contra la derecha radical que pretende despojar a los ciudadanos de derechos que ahora son vistos como “privilegios”; y contra la izquierda acartonada y solemne que sigue defendiendo a Fidel Castro y su maltrato a los disidentes o ETA y las supuestas buenas razones para volar civiles. De esta permanente atención a los lenguajes públicos y a los debates agitados, Monsiváis ha dicho: “Creo que el problema de mantener una actitud crítica, disidente, es un problema de lucha contra la locura”. A diferencia de los intelectuales vinculados al PRI o a sus facciones en la oposición, Monsiváis, en el fondo, piensa que el delirio baja desde el poder y que es la sociedad la que enarbola, vez tras vez, la cordura. Tiene una confianza casi absoluta en la ciudadanía informada y sus poderes saludables.

La oficina de fin de semana de Monsiváis es una mesa de un viejo café de la Zona Rosa a la que son convocados personajes siempre extraños, interesados en que escriba, asista, hable, recomiende. Por ahí he visto pasar a periodistas, funcionarios culturales, asesores de gobernantes, pintores, una peruana que se puso a cantar con él, tras hablar de Montesinos, una argentina que insistía en que debería escribir para su revista de cocina, estudiantes en busca de apoyo moral, cobradores de los estanquillos que siguen esperando el pago a plazos de unas acuarelas de Diego Rivera en Acapulco, y los infaltables: dos de los mejores caricaturistas del país que, muy serios, advierten de los problemas del nuevo orden del capitalismo global. Monsiváis va recibiendo a todos mezclándolos en el relajo absoluto filtrando chistes, rumores que siempre resultan ciertos o, al menos, creíbles, y anécdotas, decenas de anécdotas: el encuentro de los mariachis del mundo en Guadalajara, la entrega del “hijo predilecto” del estado de Durango a José Revueltas, o la última ida de una defensora de derechos humanos a la selva de Chiapas.

Cuando me invita, salgo de esa oficina improvisada con una o dos frases memorables. Por la tarde, siempre alguien me pregunta, al momento de soltar una carcajada fuera de lugar:

—¿De qué te ríes?
—De nada.

Es que hoy vi a Monsiváis y dice que…

—¿A poco vas a entrar? —me dice Monsiváis en la puerta del Auditorio y asiento con la nariz—. No vayas a publicar luego algo que dije o que dices que dije —advierte sonriendo.
—A eso vengo —le respondo y nos metemos.

Es una de las tantas apariciones del cronista ante el público esta semana, pero es el tema el que me atrajo: “Los cinco libros que más me impactaron”. Es un ciclo al que han concurrido otros escritores, pero a mí me interesaba saber si el lector ávido que es Monsiváis podía haber llegado a una lista de cinco, sólo cinco. Y lo hizo, al menos por un rato.

El primer libro es, por supuesto, la Biblia:

—No creo en lo que dice —advierte—, pero la fuerza del lenguaje, la poesía, por ejemplo, en los Salmos, me resulta todavía extraordinaria.

Rezo y poesía están vinculados en el pensamiento de Monsiváis.

El siguiente es una obra de teatro, La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde:

—Cada línea contiene un aforismo brillante.

El tercero es La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán:

—Es la gran novela de la conspiración política, de la intriga, y la barbarie institucional.

El penúltimo es Noticia Bomba, de Evelyn Waugh:

—No comparto las posturas políticas del autor —vuelve a advertir—, pero es la novela que mejor parodia el trabajo periodístico.

El último es Adiós a Berlín, de Christopher Isherwood:

—El retrato de lo prohibido y la fiesta clandestina, los lugares escondidos de una ciudad.

Pero cuando llegan las preguntas del público el asunto deviene en listas bibliográficas, en algún momento, Monsiváis comienza a recitar poesía, y ya no son cinco, sino 60 libros los recomendables: ciencia ficción, policiaca, Dickens, Shakespeare y más.

Del acto me escabullo con un aforismo que creó al ser interrogado por la ausencia de Sófocles en su lista:

—A la tragedia griega me la ahorro en forma de telenovela mexicana.

A pesar de que Monsiváis aparezca en varias películas —un Santaclós borracho y un jugador de dominó— o que haya tenido con el escritor José Agustín un grupo de rock humorístico llamado Los Tepetates, o que haya sido personaje de cómics mexicanos o, incluso, que aparezca de sí mismo en alguna telenovela, lo suyo ha sido la crónica. En este 2004 se cumplen 50 años de su primera incursión en el género que él ayudó a valorar y a enriquecer (A ustedes les consta, 1980). Nunca he leído esa crónica pero sé que describe una manifestación política en la que participaron Diego Rivera y Frida Kahlo. Monsiváis tendría apenas 16 y Frida moriría ese mismo año. Entusiasmado por el hallazgo, le telefoneo para preguntarle si puedo entrevistarlo para cosas sobre su vida que siempre mantiene alejadas de la publicidad.

—No es mucha la autobiografía —responde comiendo algo—. Un día nací y otro me moriré —y se tira una carcajada.

Asumo que se ha imaginado en el carnaval de los vivos justo como hace años se lo dijo a Elena Poniatowska: sus cenizas esparcidas por el piso del California Dancing Club, mientras la concurrencia se revienta un conmovido danzón.

Me río de lo que no ha dicho. Monsiváis guarda silencio del otro lado de la línea. Y se despide con esa cordial invitación que siempre hace pero que puede resultar en que no esté, no conteste el teléfono, que yo no me levante para llamarle, o que en efecto, terminemos hablando delante de un capuchino y una empanada de atún en el café:

—Háblame el sábado.

Martes, 11 de septiembre de 2001

Rafael Hernández despertó antes de las seis de la mañana y se sentó en el filo de la cama. Había tenido días difíciles –extrañaba a sus hijos y lo mataba la monotonía de su empleo de vendedor en una tienda de televisores en Nueva York–, pero ese martes amaneció de mejor humor: Arned Azis, su patrón, un musulmán paquistaní, le había autorizado unos días para recuperarse de seis semanas de trabajo sin descanso. Se lavó la cara y los dientes, se vistió, revisó los bolsillos para asegurarse que llevaba las llaves y la chapa que siempre porta con él, y salió del apartamento que rentaba en la avenida Roosevelt, en Queens.

Lo acompañaba Jaime, un amigo mexicano con el que compartía cuarto. Caminaron frente a las taquerías y abordaron el metro, que a esa hora corre a toda velocidad llevando en sus entrañas ejecutivos de Wall Street, meseros, médicos y albañiles.

Cuando el tren salió del túnel, la silueta de Manhattan emergió iluminada por un sol otoñal. Habían planeado pasar unos días en los casinos de Atlantic City. En el metro intercambiaron opiniones sobre la empresa que elegirían para viajar: un par de ellas obsequiaban cupones de 30 dólares en apuestas. Verían a dos amigas peruanas a las 8:30, a tres calles del World Trade Center. Hernández se había disfrazado de turista: camiseta, jeans y zapatos deportivos.

Llegaron media hora antes y caminaron a la esquina de Fulton y Church street. Hernández, 1 metro 65, piel chocolate y nariz aguileña, tenía un cuerpo de luchador: la espalda ancha, brazos como tubos y un tórax de cantante de ópera. Sintió hambre y caminó a una tienda donde compró un café y un sándwich de jamón y queso. Cuando regresó encontró a su amigo leyendo el New York Post.

“Ya es tarde y no aparecen estas mujeres ¿Vendrán en camino?”, preguntó.

Los segundos siguientes fueron confusos: un rugido en el cielo, la panza de un avión demasiado cerca, una explosión, un hongo de humo y fuego. Hernández creyó que se trataba de una de esas películas que se filman en Nueva York. Años atrás había visto en las calles de Manhattan una escena en la que Samuel L. Jackson volcaba una patrulla, y el fuego y los heridos eran tan reales que no parecían ficción.

“¿Será un truco de cine?”, preguntó en voz alta.

Su amigo estaba mudo, con los ojos desorbitados y las manos en la cabeza. Corrieron en sentido opuesto a las torres. La gente a su alrededor miraba los edificios verticales recortados por un cielo sin nubes. Sobrevino un torbellino de papeles y pedazos de metal. Se alejaron para ponerse a salvo y de pronto Hernández se detuvo. Su deber era acudir a las torres. Le pidió a su amigo que convenciera a las peruanas de que lo esperaran: regresaría para ayudar como voluntario.

Rafael Hernández era bombero.

Sabía que en los siguientes minutos ocurriría una gran movilización. Eso lo había aprendido en su niñez, que había transcurrido entre historias de rescates en el batallón de bomberos al que pertenecía su papá, en la ciudad de México. Antes de que le creciera el bigote, Hernández comenzó a sentir una poderosa atracción por las emergencias. A los 14 años se metió entre las llamas que devoraban el edificio Astor en el Distrito Federal y tres años después ya era paramédico y bombero. Era el comienzo de un largo camino que lo llevaría a conocer medio mundo en huracanes, incendios y terremotos.

Corrió en dirección al World Trade Center hasta que llegó a la estación de Liberty y Church street. Se echó la mano al bolsillo derecho y aproximándose al hombre que repartía órdenes a gritos le mostró su placa del Heroico Cuerpo de Bomberos de México, un pedazo de metal dorado en forma de corazón.

“Vengo a ayudar. Soy bombero, soy mexicano”, se presentó.

El capitán, un rubio fornido que llevaba en la camiseta el apellido Jefferson, le ordenó que fuera  por un casco y una chaqueta y que se uniera a un grupo de bomberos que se dirigía a las torres. Hernández se echó al cuello la chapa y al llegar al World Trade Center vio que una decena de policías muy nerviosos intentaba comunicarse con otros oficiales por medio de radios portátiles. Uno de ellos dijo que se preparaban para evacuar.

Volvió a mirar hacia al cielo. En la torre debía haber miles de personas atrapadas. Alguien gritó que no servían los elevadores y que las escaleras estaban obstruidas. Un grupo de bomberos corrió hacia los elevadores de emergencia y fue detrás de ellos. Dos forzaron la puerta con una llave especial. Cuando se abrió, el cubo escupió una lengua de fuego.

Hernández no dejaba de mirar hacia la parte alta del edificio. La columna de humo se había propagado y era difícil ver con claridad. Con un gran esfuerzo pudo notar una línea de fuego y calculó que debía ser el piso setenta. Un policía lo cogió de un brazo y lo sacudió con fuerza.

“Vaya a ayudar a una persona cerca de la entrada del edificio. Es una mujer con el tobillo roto”, le dijo.

Salió a la calle y se detuvo a dos pasos de la puerta. Recorría la zona con la vista para encontrar a la mujer cuando algo pasó junto a él. Sintió un viento ligero y escuchó un golpe seco. No sabía de qué se trataba. Volvió a mirar al cielo y entonces lo entendió todo: había personas lanzándose al vacío.

Un hombre cayó junto a él y más allá una mujer se estrelló en el piso. Llevaba un bebé en los brazos. “Esto no puede estar sucediendo”, se dijo Hernández, cerró los ojos y sacudió la cabeza. Ya no fue en busca de la mujer con el tobillo roto. Pensaba en la gente atrapada en el rascacielos y en la angustia de sentirse abrazada por el fuego. En veinticinco años como rescatista nunca había visto a alguien saltar a la muerte para escapar de la muerte. “¿Qué infierno es este? –se preguntó –. Dios mío ¿cómo los vamos a ayudar?”

Cuando salió de su aturdimiento corrió a donde unos treinta bomberos y paramédicos subían las escaleras en tropel. Se les unió y varios pisos arriba un capitán los dividió. Le dijo que no podía ir más allá porque no llevaba más protección que una chaqueta, unos guantes y el casco. Estaba en el piso 28.

“Ahí está una mujer embarazada en trabajo de parto”, le dijo apuntando una esquina “Hágase cargo de ella. Llévela fuera y póngala en manos de los paramédicos”.

Era una rubia de ojos azules y una panza enorme. La levantó sin decirle nada y comenzó a bajar las escaleras con la mujer en los brazos. Escuchaba gritos de gente presa del pánico y a su paso veía, en los descansos de las escaleras, personas con quemaduras en el rostro, los brazos y las piernas.

Del otro lado del muro de cristal podía observar una columna de humo en la torre sur. Todos, excepto los viejos y los heridos, corrían sin control escaleras abajo. Algunos chocaban de frente con los bomberos que subían.

Bajaba las escaleras con dificultad, tratando de mantener el equilibrio en medio de la multitud. Hacía calor y el humo de los pisos superiores había descendido lo suficiente para nublarle la vista y hacerlo toser. Sudaba y pensaba que debía pensar con claridad. Sentía que la mujer le pesaba como si llevara en los brazos a tres personas.

Unos pisos abajo sintió un tirón en el pantalón. Era una negra joven con quemaduras en casi todo el cuerpo. “Ayúdeme por favor”, le dijo. Le prometió que volvería por ella.

En el piso quince se detuvo en un descanso junto a los escalones. Le dolían los brazos y le faltaba el aire. Puso una rodilla en el piso y apoyó a la rubia en la otra pierna. Por un momento pensó en dejarla ahí para ayudar a la negra que había dejado arriba, tirada en el piso. Se dijo que lo necesitaba más que la rubia, pero también pensó que un bombero siempre cumple órdenes.

Entonces escuchó la voz de la rubia por primera vez. Era como si hubiera podido ver sus pensamientos:

“No me abandones aquí”, le dijo y se aferró a su cuello tan fuerte que sintió dolor. Sollozaba y el cuerpo le temblaba. Su voz era débil, casi imperceptible. “No me dejes en medio de este caos”, le suplicó.

Hernández le dijo que no la abandonaría. Estaban en una esquina y junto a ellos la multitud seguía atropellándose. Eran muchos los que caían al piso.

“¿Cómo te llamas?”

“Allison”, le dijo y volvió a abrazarlo con fuerza.

En el cuarto piso volvió a escuchar su propia voz que le decía: “Con calma, tranquilo”. Sentía que no podía más, que en cualquier momento se derrumbaría con la rubia en los brazos. “No te desesperes”, se repetía, pero no podía evitar desesperarse. De pronto sus piernas comenzaron a moverse con rapidez y sus hombros empujaban a la gente que encontraba a su paso. Trastabilló dos veces y cuando recuperó el equilibrio continuó su descenso enloquecido.

En el segundo piso se dijo que tenía que salir de una vez de ese infierno. Bajó corriendo la escalera eléctrica, y escuchó gritos y otra vez los golpes secos en el piso. Salió a la calle, un policía hizo sonar su silbato y se acercaron dos paramédicos jóvenes. Abrieron las puertas y Hernández acomodó a la rubia en una camilla. Colocaron en la boca de la mujer una máscara con oxigeno, la subieron a la ambulancia y se enfilaron hacia un hospital.

Hernández estaba exhausto. Sus brazos eran dos hilos pesados y las piernas le temblaban. No podía caminar. Se hincó para llenarse los pulmones de aire. Decenas de personas yacían a su alrededor. Los paramédicos colocaban etiquetas en la ropa de la gente: rojas de atención urgente, amarillas de no inmediata, verde para quienes podían caminar y negras en los muertos.

Aspiraba aire con fuerza. Había pasado tal vez un minuto desde que había alcanzado la calle, cuando sintió en las rodillas apostadas en el piso un repiqueteo intenso, como si los dedos de un gigante tamborilearan el piso. Escuchó un estruendo parecido al que se escucha en las vías cuando un tren se aproxima, y vio correr a decenas de policías y bomberos. Algunos se quitaban las chaquetas y arrojaban los guantes y los cascos y gritaban:

“¡Corran!”

“¡Vámonos de aquí!”

“¡Dios mío!”

Hernández arrastraba las piernas con dificultad. Logró trotar un tramo y sólo se detuvo cuando alguien pasó junto a él, lo golpeó en el hombro y le gritó algo que no pudo entender. Se detuvo y al alzar la vista se dio cuenta de que corría en sentido opuesto: la torre sur se sacudía como una bestia herida. Dio media vuelta, corrió lo más rápido que pudo y oyó un ruido atronador. El edificio se desplomaba y sus entrañas escupían una gigantesca nube negra.

A unos pasos estaba un camión de bomberos. Se lanzó al piso y arrastrándose se metió debajo.

El día se hizo noche. Todo se obscureció y no podía ver sus manos. Sentía que la tierra temblaba y escuchaba el ruido de los muros de concreto al chocar con el piso. Sobre la plancha del camión caían residuos. Cerró los ojos y quiso rezar, pero él, que es cristiano, había olvidado sus oraciones. Apretó los ojos con fuerza y dijo:

“Dios mío, protégeme, no permitas que nada pesado caiga aquí. Dios Mío, no me dejes morir”. Tenía las manos en la cabeza y el cuerpo encogido debajo del camión. “Dios mío, si sólo vine a ayudar ¿Por qué me llevas? Dios mío, en tus manos pongo mi alma”.

Cuando el ruido cesó, pensó que estaba muerto. En la obscuridad de los párpados pudo verse de niño, vio a su abuela muerta, a sus padres, a sus hermanos. Se preguntaba dónde estaba, y si estaba vivo o muerto.

La nube de polvo lo cubría todo y él intentaba respirar con la nariz debajo de un trozo de tela que había arrancado de su camiseta. Cuando pudo verse las manos, palpó el costado del camión para encontrar una llave: la abrió, se enjuagó la boca y escupió. El polvo de la nube gigante le quemaba el cuerpo. Metió la cara y las manos debajo del chorro de agua. Se incorporó y escuchó un alarido.

Era un policía negro, un hombre gordo que no podía respirar. Abría la boca con desesperación, como un pez gigante fuera del océano. Lo llevó debajo del camión de bomberos, abrió la llave y le aventó agua sobre el rostro varias veces.

Unos minutos después salió cuando escuchó voces. Recuerda vagamente que un policía le pregunto si estaba bien. No podía pensar claro ni pronunciar una frase. Se inclinó y al apoyarse sobre las rodillas se dio cuenta de que había orinado los pantalones.

Sentía la quijada trabada y los oídos tapados. Otro policía se acercó, le dijo que cerca había unas personas heridas y le pidió que lo acompañara. Corrió a la entrada número cinco del estacionamiento de la torre norte y volvió a escuchar el ronroneo de la tierra y se encontró con la misma imagen: el edificio se convulsionaba y comenzaba a desplomarse como si fuera de arena.

En ese momento lo invadió un miedo que no había sentido nunca. Corrió en dirección a Vesey Street. Mucha gente corría junto a él. Pasó junto a un camarógrafo latino con una cámara al hombro. Tenía una rodilla sobre el piso y no se movía. Levántate, le dijo jalándolo de un brazo, pero el hombre no le respondió. Ven conmigo, hermano, volvió a decirle, pero era como si le hablara a una esfinge. Le tomó por el cinturón y le arrastró unos metros hasta una tienda de cigarros y refrescos.

Abrió la puerta, empujó al camarógrafo dentro y se encontró con un asiático a cargo del lugar. Dos francesas lloraban y hablaban por teléfono. Preguntó dónde estaba el sótano y siguió al encargado. El hombre indicó un espacio en el piso, Hernández lo abrió, gritó que todos se metieran ahí, y cerró la puerta. Las mujeres se abrazaban y podían escuchar gritos en la calle. En ese momento comenzó a sentirse muy mal. Estamos en guerra, pensó. Nos van a matar. Me voy a morir. Cerró los ojos y vio a sus tres hijos.

El sótano estaba obscuro, hacía calor y las francesas sollozaban. El camarógrafo seguía sin decir una palabra. Veinte minutos después Hernández les avisó que saldría a ver qué estaba pasando. Cuando alcanzó la calle sintió que el corazón se le hacía pequeño.

Había participado como rescatista en los terremotos de ciudad de México, Nicaragua y Guatemala; en la erupción del nevado de Ruiz que sepultó la ciudad de Armero, Colombia y jamás había visto una devastación semejante. La nube de polvo se había disipado y podía ver una montaña humeante de concreto y metales retorcidos.

Vio a un grupo de bomberos que movía los desperdicios y arrodillándose en la tierra preguntaba si había alguien con vida. Se ajustó los guantes y el casco y comenzó a remover escombros. No paró para comer o descansar en las siguientes ocho horas, concentrando en una acción única, repetitiva, urgente: levantar pedazos de concreto y metal, guardar silencio y entonces gritar: ¿Hay alguien ahí debajo?

El grupo con el que trabajaba encontró un bombero bajo las ruinas de una de las torres. Se sintió impotente. Se arrodilló y preguntó:

¿Por qué, Dios, por qué?

A las seis de la tarde, cuando se encontraba en los desechos de la zona norte, sintió un cosquilleo en el pecho. Era como si un ejército de hormigas ascendiera por su garganta y le impidiera respirar. Apoyó las manos en las rodillas e intentó jalar aire, pero comenzó a toser. Tosió con furia dos o tres minutos hasta que un paramédico se acercó.

Le colocó una máscara de oxigeno en la boca y después le sacó polvo de la garganta con una sonda.

“¿Te quieres ir a casa?”

“No. Estoy bien, me siento bien, aquí me quedo”.

Hernández trabajó hasta las diez y media de la noche, cuando ya no podía sostenerse más en pie. Caminó tres calles hasta llegar a la Capilla de St. Paul, en Fulton street, donde se había instalado un campamento para rescatistas y voluntarios. Un médico lo revisó y un soldado le entregó un casco color naranja y dos overoles, uno azul y otro anaranjado. Se bañó, mordisqueó un sándwich y durmió en las bancas de madera que suelen ocupar los feligreses.

A la medianoche lo venció el sueño, un sueño lleno de sobresaltos. Tenía sueños entrecortados de la torre, del fuego, de la gente saltando, y despertaba cada quince minutos. A las cinco de la mañana escuchó los gritos de unos soldados que llamaban voluntarios.

Los acompañó, pero no tuvieron suerte. Los teléfonos sonaban dentro de los portafolios sepultados bajo la tierra. Había cadáveres, cuerpos mutilados, manos y piernas sin dueño. Mientras retiraba piedras, pensaba que en veinticinco años de bombero nunca había visto nada parecido.

Dos horas más tarde un sol furioso cubrió la zona y la temperatura aumentó durante el día como resultado de pequeños incendios. Por la noche las cosas empeoraron. No había luz. Los focos estallaban y una planta generadora de energía instalada por el ejército se arruinó. Le costaba trabajo creer que todo eso ocurría en Estados Unidos.

Cuando se retiraba a descansar la noche del segundo día, un soldado le prestó un teléfono satelital. Llamó a la casa de sus hijos en la ciudad de México y le respondió su ex esposa. Conversaron unos minutos y luego tomaron el teléfono sus hijos: Aurora, de ocho, Sharon, de seis, y Nicolás, de cuatro años.

“Regresa, papá. Toma un avión y vuelve hoy mismo”, le pidió Aurora. “¿Están en guerra? ¿Los están atacando?

“Todo está bien, mi amor. Estoy bien. No nos están atacando. Me voy a quedar aquí unos días. Tengo que ayudar”.

Con el paso de los días se crearon varias cuadrillas de rescate. Estaba la de los escarbadores, a la que él pertenecía, en la que hombres equipados con un balde retiraban piedras con las manos. No utilizaban máquinas para evitar lastimar a la gente. Había otro equipo para atención de lesionados. Eran centenares los rescatistas que trabajaban de día y de noche utilizando nada más que las manos.

Las siguientes noches volvió a despertar con los gritos de los militares. Se ponía el casco y se dirigía hacia donde un grupo de hombres permanecía en un sitio determinado, en silencio, intentando escuchar el menor indicio de vida debajo de los escombros: un quejido, un golpeteo de metales, una voz pidiendo ayuda.

La mayoría de la gente que metía las manos en los escombros era hispana, y eso le provocaba sentimientos encontrados. Sentía orgullo y al mismo tiempo rabia: el gobierno de la ciudad daba trescientos dólares a los contratistas para pagar a los trabajadores por ocho horas de trabajo, y éstos pagaban ochenta dólares a quienes se empleaban para remover escombros.

Hernández se metía en donde cabía: en una grieta, en un hoyo obscuro, entre dos muros. Tres días después de los atentados encontró a un hombre atrapado cerca de la tienda de Disney y un almacén de revelado Kodak. Podía oler el nitrato de plata de unos contenedores gigantes que se habían derramado. Parte de su equipo de rescate era una lámpara y un radio por el que dio la voz de alerta. Con frecuencia vestía una camisa verde con el escudo de México que le regaló una mujer con la que un día conversó cerca del enrejado alrededor de la Zona Cero.

El hombre debía tener unos cincuenta años y dos paredes lo habían prensado. Estaba cubierto de polvo y tenía el pecho abierto a la altura del corazón. Le dijo un número telefónico y le pidió llamar a su esposa y a sus hijas. “Diles que las amaré siempre”. Pronto llegó un equipo de dieciséis rescatistas con unas tijeras gigantes que cortaron el concreto como si fuera de papel. Debieron pasar veinte minutos antes de que pudieran sacarlo de la trampa en la que había caído. Murió ese mismo día.

Al día siguiente Hernández llegó hasta el campamento del muelle donde eran atendidas las familias de las víctimas, sacó del overol un papel y marcó un número telefónico. Contestó una mujer. Le transmitió el mensaje del hombre y le informó dónde había encontrado a su marido. “Tiene que ir a la morgue”, le dijo. “No pude hacer nada más por él. Lo siento”.

El campamento de la capilla de St. Paul se había transformado en un centro de mando. Había camastros, almohadas y comida caliente. Era el único sitio donde se sentía tranquilo. Durante el día varios médicos revisaban a los rescatistas y un grupo de monjas los confortaban. Muchas hablaban español. Les daban masajes en los brazos, en las piernas y les decían que sí querían hablar de lo que estaban viviendo, podían hacerlo. “Si quieres llorar, puedes hacerlo”, le dijo una monja una tarde.

Hernández sentía el espíritu desecho por tanta muerte. Pero no debía llorar. Estaba ahí para ayudar.

Uno de esos días su amigo Jaime llegó hasta el campamento. El día de los atentados se había despedido de él con la mano en alto, cuando la policía ya había cercado la zona. Le contó que las peruanas nunca llegaron y que había regresado al apartamento de Queens. Se abrazaron y le entregó un sobre con dos mil dólares. Se lo enviaba su patrón, el paquistaní musulmán. Una turba lo había golpeado en Queens, a su esposa le habían arrancado la ropa y había decidido volver a su país.

Durante los días siguientes Hernández volvería a sentir en el pecho y en la garganta la misma sensación de miedo que tuvo el día de los atentados. Ocurría sobre todo por las noches, cuando trabajaba en la Zona Cero y sin anunciarse surcaban el cielo aviones de combate que volaban muy bajo, o unos helicópteros militares que arrojaban una luz potente.

Pensaba que cualquier día aparecería uno de esos aviones y lanzaría una bomba. Era un pensamiento recurrente y cuando se le presentaba se decía que pasara lo que pasara no se movería del sitio donde se encontraba. Si corría podía caer en alguna fosa y terminaría sepultado por toneladas de concreto. Si permanecía ahí, inmóvil, al menos moriría en la superficie.

Todo lo que encontraba bajo las ruinas –bolsos, teléfonos celulares, portafolios, fragmentos de ropa –lo depositaba en unos contenedores plásticos. Los momentos más tristes eran cuando encontraban a un bombero o un policía muerto. Sentía que ese cuerpo era el de un hermano al que no conocía. Todas las tareas se detenían y sonaban las sirenas.

Una tarde, cuando descansaba, un bombero le ofreció un cigarro. Hernández no fumaba pero decidió aceptarlo. Salió de la capilla y se acercó al enrejado. Del otro lado estaba una mujer, una negra que lo llamaba con las manos. Le dijo que tenía que ayudarla, que llevaba nueve noches durmiendo ahí. Le alargó una fotografía con la imagen de dos mujeres. “Son mis hijas. Ayúdame a encontrarlas”. Le dijo que no podía, que él estaba ahí sólo como voluntario. La mujer no se rindió. Tomó la fotografía y regresó al campamento.

Caminó al sitio en donde trabajaban los hombres que se encargaban de recoger cuerpos y enviarlos a la morgue. Habló con uno de ellos y le mostró la fotografía. “No debemos hacerlo –le respondió– pero no soporto verlos caminar día y noche sin saber dónde encontrar a sus muertos”. Tomó la fotografía y se marchó.

Por la noche le entregó un papel con unos números. Hernández caminó al sitio donde había fumado: la mujer estaba sentada en el piso, en vela. Le dijo que lo sentía mucho, que sus hijas estaban en la morgue. Ella comenzó a llorar y pegó el cuerpo a las rejas, como si quisiera abrazarlo. “Dios recompensará tu bondad”, le dijo. “Al menos tendrán un lugar para descansar”.

Cuando caminaba rumbo a la capilla, no pudo más. Los focos de emergencia alumbraban el desastre y las carpas donde la policía etiquetaba cuerpos.

Se echó al piso y lloró.

Lloró con un quejido, cubriéndose la cara con las manos, en silencio, para que no lo escucharan. Detrás de él empezaron a alzarse voces. Giró y vio movimiento en las cuadrillas de rescatistas. Se quitó las lágrimas con las manos sucias, se puso de pie y regresó a trabajar.

Hernández vivió en la Zona Cero setenta y dos días. El 11 de noviembre de 2001 removía losas y metales en busca de sobrevivientes cuando miró el balde que lo acompañaba siempre: jirones de ropa y piel y huesos secos era todo lo que sacaba con las manos.

Se quedo mirando sin ver, respirando con pesadez, con la cabeza en otro mundo.

Fue a la capilla y entregó el casco y los overoles. Ya no tenía caso seguir ahí. Su misión había terminado.

Julio de 2011

Hernández vivía en Queens, en un cuarto de dos metros por tres que compartía en un apartamento con un colombiano y otros migrantes. Su habitación era limpia y ordenada. Sobre los muros había fotos de sus hijas, una bota de bombero y una imagen de él en The New York Times: está de pie, con el casco anaranjado, junto a un grupo de bomberos que removían las ruinas del World Trade Center.

En ese micro mundo tenía lo que necesitaba para vivir: quince botes pequeños repletos de pastillas y una cámara de oxigeno. En la pared pendía una máscara azul de plástico. Sin ella, se asfixiaría mientras duerme.

En las bocinas conectadas a su iPhone se escuchaba la voz de Jobim, hipnótica, suave, anestésica. “Me ayuda a relajarme”, dijo Hernández. Con frecuencia lo escucha y se tumba seis horas en la cama a chupar oxigeno de la máquina. Suele hacerlo cuando está harto de sentir la máscara como un segundo rostro. Le apena que, cuando duerme con ella, al día siguiente se levanta con un óvalo rojo de la frente a la barbilla.

Hernández trabajaba como mesero en una compañía de catering en Houston y un día, cuatro años después de los atentados, sintió una punzada en el pecho y se desplomó. En el hospital le dijeron que tenía unas nubes en los pulmones y le preguntaron si había trabajado con asbesto. Dijo que no, pero que había vivido en la Zona Cero.

Unos días más tarde estaba de regreso en Nueva York. En el hospital Mount Sinai le hicieron una serie de exámenes y le informaron que tenía nódulos, células de polvo y filtraciones pulmonares. Los médicos le diagnosticaron rinitis, rinosinusitis, faringitis, asma y alergia crónica. Un amigo bombero le dijo que tenía derecho a demandar. Hernández fue llamado a declarar en la corte.

En la audiencia final se sentó frente a un juez, dos jurados y siete abogados, y durante nueve horas respondió cientos de preguntas: ¿Su padre fumaba? ¿De qué había muerto su abuela? ¿Padecía asma antes? ¿Quién lo había llamado al World Trade Center?

“A mí nadie me llamó, señoría. Yo decidí meterme ahí. No conocía a nadie. Salvé vidas como hubiera salvado la de mis hijos. Nunca dudé lo que debía hacer. Si hoy volviera a suceder, haría lo mismo”.

En marzo de 2010 el juez Peter Georgalos falló a favor de Hernández y le concedió atención médica de por vida. En la resolución WBC 00804564 de la corte de Nueva York, el juez determinó que el voluntario mexicano padecía asma, apnea obstructiva del sueño, rinosinusitis, estrés postraumático y depresión.

Hernández espera la solución de otra demanda como parte de la Ley Zadroga, que indemnizará a bomberos, paramédicos y rescatistas. El juez le prohibió realizar trabajos que requieran esfuerzo físico.

Desde entonces los detectives de la corte le han hecho visitas sin anunciarse para comprobar que está en su casa y han investigado la cámara de oxigeno para confirmar si la usa. Hernández se sostiene con préstamos de amigos y donaciones de empresarios de Sonora y el Estado de México. El gobierno mexicano le entregó mil dólares durante ocho meses, después de que reveló a un noticiero las grabaciones de una conversación telefónica con una funcionaria que le dijo que el Presidente Calderón no tenía por qué ayudarle.

Un sábado de julio lo visité en su departamento de Queens. Diez años después Hernández conservaba el cuerpo de luchador, aunque había perdido peso y aquellos brazos como tubos parecían ahora tuberías.

Llevaba unas gafas obscuras, una camiseta, bermudas y en el cuello una cadena de plata. Antes de cerrar la puerta se echó al hombro la mochila en donde siempre lleva cuatro frascos imprescindibles con medicamento con su nombre y la leyenda: “Health for Heroes”.

Abordamos un autobús que nos llevó a la avenida Roosevelt en Queens. En el Sol Azteca se pidió unas enchiladas de mole y un Squirt.

Me dijo que planeaba volver a México en unos meses. Extrañaba a sus hijos y echaba de menos las emergencias, aunque sabía que esos tiempos no volverán. Estaba dedicado a guiar a un grupo de cien hombres y mujeres de origen latino que trabajaron en el World Trade Center. Los ayudaba a traducir documentos y los orientaba en las cortes. Entre las enchiladas y el postre recibió tres llamadas de ellos.

Cuando salimos del restaurante una mujer lo detuvo para saludarlo. Era María, una colombiana que trabajó removiendo escombros.

“Qué mala noticia la de hace dos días”, dijo María refiriéndose a una notificación la Ley Zadroga de acuerdo con la cual los trabajadores de limpieza y rescatistas recibirán una compensación en dos partes: el 23 por ciento en una  fecha que se definirá en septiembre de este año, y el resto en 2016.

“No se rinda, siga luchando”, le dijo Hernández. María encogió los hombros y se marchó caminando sobre Roosevelt Avenue.

Hernández me contó que lo peor no son las enfermedades ni la dilación en el pago del fondo de compensaciones, sino las pesadillas y las ráfagas de recuerdos que lo asaltan en cualquier momento.

Mientras duerme con frecuencia ve a Nueva York bajo una lluvia de bombas. Cuando los recuerdos le asaltan, ve imágenes de personas lanzándose al vacío y le sobreviene un ataque de ansiedad. Entonces, como sucedió en el restaurante, llora como un niño y su cuerpo se sacude dominado por estremecimientos breves.

Hace tres años pensó en suicidarse. No llegó a intentarlo: cuando sintió el impulso de colgarse llamó a la doctora Alicia Hurtado, su psiquiatra. La idea de matarse parece haberse extinguido.

“Sé que todo esto se me pasará”, dice Hernández con un asomo de esperanza en los ojos tristes. “No sé cuándo, pero algún día se me pasará”.

Septiembre de 2011

El día del décimo aniversario de los atentados Hernández asistió a dos homenajes donde lo recibieron como héroe. Estaba listo para volver a México en diciembre y en febrero de 2012 se sometería a una operación. “Me retirarán una costra como de arena entre la nariz y los pómulos que no me deja respirar”, me contó. Esa noche Discovery Channel transmitió seis historias de sobrevivientes de las torres gemelas. Una de ellas era la suya, y el bombero se sentía orgulloso. Vio el programa con el teléfono en la mano, conversando con sus hijos Aurora, Sharon y Nicolás.

Volvimos a platicar el viernes 23 de septiembre. Me dijo que una de sus hijas cumpliría años. Estaba vendiendo un reloj Cassio para comprarle un regalo.

Al día siguiente se reunió en su casa con Jaime Munebar, el colombiano con quien había compartido piso durante siete años, y con otra amiga. El domingo 25 de septiembre, Munebar se fue a misa. Por la noche, a su regreso, llamó a la puerta sin que su amigo respondiera. Cuando pudo entrar, Hernández estaba tendido en la cama.

El bombero al que nadie llamó había muerto.

El funeral tuvo lugar en Queens, un jueves lluvioso. Sus hijos no pudieron viajar, pero estaban los latinos a los que Hernández ayudaba en las cortes. Había una multitud llorosa, coronas y flores. Cuando los rezos terminaron, Munebar se acercó al cónsul Mario Cuevas y le dijo: “Ayúdenos a que Estados Unidos no se salga con la suya. El fondo de compensación por el que Rafael luchó pertenece a sus hijos”. La oficina forense extrajo algunos órganos del cadáver para los exámenes de rigor, y el cuerpo fue trasladado a México hasta el 1 de octubre.

Las despedidas a los héroes con frecuencia no son como deberían ser.

Tres meses después, la oficina forense de Nueva York no había dictaminado sobre las causas del deceso. En la corte, el caso de Hernández estaba detenido y de la compensación que recibiría en estas fechas no se sabe nada. El cuarto de Hernández permanecía clausurado por la policía. Un día alguien violó los sellos y saqueó la habitación.

Munebar pudo rescatar la última pertenencia de su amigo, y la guarda como si fuese algo sagrado.

En una bodega de Queens yace la cámara de oxígeno que mantuvo con vida a Hernández los últimos años.

Es su última cita del día y Joseph Stiglitz no va a llegar a tiempo. Dentro de dos horas tiene una reservación para cenar y su mujer luce preocupada: a veces él se queda conversando durante horas sobre economía con sus colegas y se olvida de comer. Esperar por Joseph Stiglitz es un ejercicio de fe. Su vida es una vasta colección de momentos que suceden a destiempo. Cuando alguien pide una cita a su asistente para discutir con él sus problemas con el tiempo, la muchacha que debe administrar el caos de su agenda solo atina a reírse. En 2002, cuando un periodista de la revista The Nation debió entrevistarlo varias veces en Manhattan para escribir un reportaje biográfico, todas las entrevistas comenzaban al menos una hora tarde. Cuando era el conferencista principal de un debate sobre el mundo después del 11 de setiembre, estuvo a punto de perdér­selo porque había olvidado en qué día estaba. Una vez por fin llegó puntual a una charla en Australia, pero, al no tener tiempo de revisar la presentación que había preparado en el avión, cometió errores durante su dis­curso. Sus estudiantes enla Universidadde Columbia le preguntan por qué llega tarde y él les explica que, si su impuntualidad fuese real, la clase empezaría sin él. En una disciplina donde el prestigio está en acertar a los pronósticos, todos pueden asegurar que Stiglitz llegará, pero nadie se atreve a predecir cuándo. Que un Nobel llegue con retraso a las reuniones con familia y amigos lo humaniza; que lo haga a las cenas con presidentes, y nadie se enfade con él, certifica su estatus de celebri­dad: el poder es capaz de esperar por un señor miope que ve las cosas con demasiada claridad. Esta tarde de verano de 2011, el Nobel de Economía más rebelde de la historia entra al lounge ejecutivo de un lujoso ho­tel en Washington con el paso apurado de los que han aprendido a llegar tarde. Stiglitz mueve su metro se­tenta y cinco con agilidad, y como si la almohada que tiene por barriga fuera de plumas. Viste un traje azul oscuro y una camisa celeste de algodón que se afana por salirse del pantalón. Se ha sentado en el filo de un sillón de terciopelo borravino con filigranas dora­das y ha depositado el codo sobre el apoyabrazos y el mentón sobre su puño derecho con la tranquilidad de los que tienen todo el tiempo del mundo. Pero no es así: pronto deberá cenar, y antes tendrá que descan­sar, ver correos, darse un baño. No parece importar­le. Su trabajo es pensar el futuro del mundo pero no suele tener en mente sus próximas dos horas.

The Fairmont es un hotel para poderosos como Joseph Stiglitz. En los años noventa, Bill Clinton lo puso al frente de sus asesores enla Casa Blanca, y él luego recibió el siglo como el economista jefe del Banco Mundial. Stiglitz tam­bién es el Nobel de Economía del año en que los talibanes aprendieron a estrellar aviones, y antes fue el mejor eco­nomista joven de Estados Unidos el año en que los taliba­nes se fueron a las montañas de Afganistán a combatir a los soviéticos. En los últimos veinte años, Stiglitz se peleó con todos sus poderosos empleadores de Occidente y se ganó el cariño de naciones en miniatura como Indonesia y Ecuador, los globalifóbicos yla Chinaposcomunista. The New York Times dijo que era el economista teórico más influyente de su generación solo para que una déca­da después Newsweek lo llamara el hombre más incomprendido por el poder en Estados Unidos. Para llegar al hotel The Fairmont, esa tarde Stiglitz tomó un taxi en el centro de Washington DC hacia el noroeste de la ciudad a la hora en que los burócratas y los diplomáticos se su­ben a sus autos y escapan del verano de una capital que se derrite en un país que se derrite. Anya Schiffrin, su mujer, lo llamó a mitad de camino para planificar la cena. Quería que descanse, pues asumía que se sentaría a con­versar, un ejercicio al que se lanza con la determinación de los clavadistas. El hombre más esperado del mundo estimó que llegaría en diez minutos. Lo hizo en media hora, y con la camisa a punto de salirse del cinturón.

Joseph Stiglitz ha hecho de la impuntualidad un mé­todo. Si no llegó tarde a ser investido porla Academiasueca era porque el premio Nobel lo estaba esperando, y ese miércoles de octubre de 2001 un transporte pasó a buscarlo temprano por su hotel. Cuando lo conocí en su oficina dela Universidadde Columbia, en Nueva York, una mañana de primavera de 2011, Stiglitz venía de su casa con el periódico bajo el brazo y llegaba, por supuesto, tar­de. Había postergado una entrevista previa y la siguiente y, cuando concluyó, la agenda de sus asistentes ya era un calendario viejo. En un momento de la reunión, Stiglitz levantó el brazo para rascarse la cabeza y la manga de la camisa dejó asomar el reloj: eran las 11.30, pero marcaba las 10.30. Stiglitz es un iconoclasta que parece creer que los relojes, las agendas y los calendarios no son más que pro­ductos perecederos. Para él su tiempo personal resulta una abstracción de importancia efímera, un recurso que dista de ser una ventaja competitiva. Pero cuando le preguntan si siempre llega tarde, no tarda un segundo en responder:

—Por supuesto que no: lo consigo si me lo propongo.
—¿Nadie le dice nada por sus demoras?

Anya Schiffrin, la esposa, que lleva la estadística de sus tardanzas, sí.

—Joe olvida una cosa importante cada día.

Stiglitz bebe de la copa de agua Perrier que su mujer ha depositado sobre la mesa de centro en The Fairmont. Elige una uva de un plato con quesos y panecillos y la lanza a la boca sin mirar.

—¿Cómo define su relación con el tiempo?

Juega con la uva, la mueve de un lado al otro y parpadea.

—Yo diría que es más bien relajada.

Stiglitz tiene los ojos mínimos y azules, y mira con la intensidad de un búho. Uno de sus amigos dice que es la encarnación del Profesor Tornasol de Las Aventuras de Tintín, un genio que se distrae por experimentar en todos los campos posibles del conocimiento. Un sibarita de la curiosidad que goza pensando en la misma econo­mía que a otros los tiene con los dientes apretados. El hombre relaja el nervio: a su lado parece que el capita­lismo no se desmoronará jamás. La sonrisa de Stigtliz es breve, de labios finos como vainas que dejan asomar los dientes blancos, odontológicamente perfectos. Mientras escucha, la sonrisa está siempre a punto de soltarse, tem­blando en los labios, pero cuando habla se ensancha y se contrae en un solo movimiento; ese gesto dubitativo que los tímidos muestran cuando parecen recordar una picardía. Stiglitz, que se gana la vida resolviendo compli­cadas fórmulas matemáticas y traduciéndolas para que el resto de los mortales entiendan las leyes que gobiernan los bolsillos es un bromista sutil que oculta lo que ríe. Tiene la voz suave de los astutos.

Joseph Stiglitz ofrece esperanza para los menos favore­cidos en un lenguaje que todos pueden entender. Sus pa­labras taciturnas se reproducen en las naciones emergen­tes y el mundo más pobre. Es un descastado voluntario y, para muchos, un traidor. Su exuberancia no soporta el corsé retórico de los gobiernos y las instituciones, y sus peleas han sido grabadas en la memoria de quienes siguen los chismes de académicos como si fueran fenómenos de las guías de espectáculos. En 1999 el Banco Mundial lo despidió por criticar abiertamente sus políticas. Él, un justiciero de marcadores indelebles, ha declarado apoyar el cobro de un impuesto estilo Robin Hood a las activi­dades de la banca especulativa para aliviar las dificulta­des de los pobres. En 2002 Kenneth Rogoff, ex jefe del departamento de investigaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), le escribió una carta abierta en la que cuestionaba su autopromocionado estilo de lanzador de piedras. Rogoff recordaba una conversación de ambos cuando enseñaban enla Universidadde Princeton, en la que Stiglitz le había preguntado sobre Paul Volcker, ex jefe dela Reserva Federal(FED) durante las presiden­cias de Jimmy Carter y Ronald Reagan. “Ken, tú traba­jaste para él” –le dijo Stiglitz–. “Dime, ¿es realmente listo?”. Rogoff había trabajado para Volcker y creía que había sido el mejor presidente dela FEDen todo el siglo veinte. Stiglitz insistió: “Pero ¿es listo como nosotros?”. Después explicó que con esa pregunta sólo había querido indagar sobre la capacidad de Volcker como teórico, no sobre su inteligencia. Stiglitz también ha declarado que las políticas del Departamento del Tesoro de Esta­dos Unidos son sentencias de muerte y ha sido severo con sus ex colegas del Banco Mundial, a quienes acusó de imponer a las naciones más débiles recetas económicas como si fueran manuales de tormentos. Su blanco preferi­do ha sido el FMI, el financista de los gobiernos con pro­blemas de dinero. Stiglitz lo ha comparado con un hospital donde los enfermos empeoran que contrata estudiantes de tercera categoría en universidades de primera. Un día le preguntaron qué debían hacer los países en desarrollo con los consejos de los técnicos del FMI sobre sus economías.

—Juntarlos y tirarlos a la basura –respondió.

La vida de Joseph Stiglitz es hoy la de una persona­lidad global con una armada de detractores y seguido­res en cada rincón del planeta. Han fracasado las ideas más conservadoras –lo que él llama el fundamentalismo de mercado–, y la heterodoxia de Stiglitz ocupó su espa­cio a la par que nuevas naciones –desde China a Bra­sil, desde India a Sudáfrica– suben como espuma para desafiar a Estados Unidos y Europa. La aburrida y re­servada existencia de los economistas se ha convertido en una asamblea pública en la que el nombre de Joseph Stiglitz crece en los pasillos creando bandos. El Nobel es cándido y humano para tirios y un intolerable arrogante para troyanos. Un ingenuo bienintencionado o un teóri­co puro incapaz de gestionar. Un intelectual insurgente, alborotador y tirabombas o un intelectual insurgente, al­borotador y tirabombas. Amigos como Barry Nalebuff, un colega en Yale que sabe de su trato amable de abuelo tranquilo, no dudan.

—Joe es un perrito hogareño.

Anya Schiffrin, la esposa, asegura que cuando sus pa­dres querían saber quién era ese hombre veinte años ma­yor que ella y con un Nobel en su vitrina, les dijo de Sti­glitz: “Es igual que nosotros, pero buena persona”. Para sus enemigos, en cambio, Joseph Stiglitz, la mascota del hogar, muerde.

Cuando Stigliz propuso reemplazar el dólar como moneda global por una nueva, el eje del planeta se mo­vió, pues los chinos giraron los oídos hacia sus oficinas de Nueva York. Robert Johnson, un economista del Se­nado de Estados Unidos que ha viajado con él, dice que en Asia lo reciben como si fuera un dios. Cuenta que gracias a sus ideas de una economía con los ojos en los pobres, algunas personas en Asia y Sudamérica lo re­conocen en la calle. No hay movimiento anticapitalista que no lo cite –sin saber qué hace– ni presidente sud­americano que no desee fotografiarse con él –sin saber qué es capaz de hacer–. Hugo Chávez tiene sus libros en el Palacio de Miraflores y los exhibe en sus mítines políticos como si fueran un recetario de cocina. Stiglitz puede sentarse a dos mesas distintas con la misma muda de ropa sobre el cuerpo. Allí está el primer ministro de China, Wen Jiabao, influido por todo su trabajo, y allí también el premier británico, Gordon Cameron, quien lo hizo viajar de Sudáfrica a Londres para que lo ayudara a prepararse para una reunión de las naciones más poderosas del mundo. La economía global vive en el mundo al revés, donde el Partido Comunista de Mao celebra a un liberal estadounidense y los conservado­res herederos de Margaret Thatcher piden consejos al rebelde que los azota. Sin proponérselo, Stiglitz ha ata­do a Carlos Marx y a Adam Smith: todas las ideologías quieren tomarse una foto con él. Hay un mundo según Joseph Stiglitz y un mundo para Joseph Stiglitz. Menos, por supuesto, en Estados Unidos.

—El apellido Stiglitz no nos consigue mesa en los res­taurantes de Washington o Nueva York –se ríe su mujer.

En alguna medida, Stiglitz se ha ganado a pulso el re­chazo en Estados Unidos. El presidente Barack Obama ha tratado a Stiligtz con pinzas. Dice escucharlo con atención, y a última hora lo ha invitado a cenar ala Casa Blancacon otros economistas, pero no ha logrado que el Nobel guarde el garrote. Obama nunca le ofreció un puesto en el gabinete pero sí a sus adversarios, y Sti­glitz ha sido especialmente crítico por su fracaso para controlar a los financistas que desataron la crisis y para dotar de músculo a una economía paralizada. La crisis de hoy –piensa Stiglitz– reclama un rol más decidi­do del gobierno, que gaste más dinero para reactivar el crecimiento de los países. Las teorías clásicas dicen que el mercado puede arreglar los problemas por sí solo, sin necesidad del Estado: la “mano invisible” de la oferta y la demanda asigna los recursos con mayor eficiencia. Esta forma de pensar, que Stiglitz califica de fundamen­talismo de mercado, ha dejado a los Estados reducidos a quioscos en los últimos treinta años y ha conducido al tren bala de la economía global hacia un murallón. An­tes de que se desplomaran las economías más poderosas, el Nobel ya había advertido que la “mano invisible” se parecía más a una mano negra. Los estados pequeños han dejado sin regulación los fondos de inversión y per­mitido el alegre dispendio de créditos hipotecarios que ahora son imposibles de pagar. Para Stiglitz el mundo debería aprender a equilibrar un mercado sin trabas ni control del gobierno. Pero quienes no quieren a Stiglitz en Estados Unidos, y son muchos, aseguran que sus ideas son inaplicables por la dimensión de los intereses en juego: el poder puede corregirse a sí mismo, pero como ejercicio de cosmética no con cirugía integral. Las primeras medidas después de la crisis no ayudan al Nobel: las corporaciones se salen con la suya, el Estado termina rescatándolas y pierde. Stiglitz gana en la tri­buna, pero no en el campo de juego.

***

Los primeros dos premios Nobel de Economía del si­glo XXI nacieron en el mismo lugar, Gary, Indiana, una ciudad industrial del medio oeste americano, a unos cuarenta kilómetros al sur de Chicago. Stiglitz creció en el ambiente donde los Estados Unidos de posguerra creían que el sueño americano era una casa, un auto, mil millones de cachivaches y un empleo a perpetuidad. Tolstoi llamó a pintar la aldea propia para descubrir lo que sostiene al mundo. Gary fue el mundo tosltoiano de Stiglitz. En su autobiografía cuenta que fue en esa ciudad donde los inviernos congelan el pensamiento que aprendió a preocuparse por quienes la pasan peor. Fundada a principios del siglo XX alrededor dela US Steel, una de las mayores corporaciones siderúrgicas de Estados Unidos, Gary creció rápidamente hasta dejar la llanura pinchada de chimeneas y cuadriculada por tu­berías, cables de alta tensión y autopistas que producían dinero. Pero esa pintura ideal de su aldea se revelaba distinta al levantar la alfombra: debajo de Gary corría un tajo con pus de la historia norteamericana. Los me­jores trabajos eran para los blancos. Stiglitz creció ro­deado por una fauna metalúrgica de obreros sometidos a empleos sulfurosos y empresarios que engordaban sus cuentas de dólares con el mismo afán con que llenaban sus bocas de espíritu patriótico. Una de las imágenes más viajadas dela Chinamás moderna muestra a cada ciudad industrial, desde la septentrional Guangzhou a la norteña Shenyang, hundida en un flan de hollín. En los años ochenta, antes de que ser verde estuviera tam­bién de moda entre los economistas, Stiglitz ya cono­cía esa postal. Parida por un horno de fundición, Gary respiraba nubarrones de plomo, y cuando no era una magnífica aurora boreal de polución eran las lenguas de fuego de la cama de petróleo y químicos sobre las aguas del Calumet River las que iluminaban la ciudad. El Nobel insurgente supo desde muy temprano que el progreso puede ser tóxico e intragable.

—¿Tuvo que luchar viniendo de allí? –le pregunto en el aire acondicionado de The Fairmont.

Suena el teléfono y Stiglitz se disculpa un segundo. Va hasta el bolsillo del saco y extrae un Motorola Razor des­pintado. Se resiste a comprar un teléfono más actual por sentido práctico: no tiene idea de cómo recuperar men­sajes de un contestador y pierde los aparatos con dema­siada frecuencia. Stiglitz tiene un iPad cuyos mecanismos desconoce, y en su oficina, donde conserva un teléfono de tubo inservible, la pantalla y el teclado de su compu­tadora Dell compiten para obtener primero la jubilación.

—No –dice cuando regresa de la llamada telefóni­ca–. Yo tuve suerte.

La suerte, en la vida de Stiglitz, asume tres formas. Sus padres, que lo impulsaron a estudiar y le dieron una buena vida. La escuela pública de Gary, que segre­gaba por raza pero reunía a los hijos de inmigrantes sin preguntar si sus padres fundían acero o atendían una consulta médica privada. Y sus maestros, gente de un magisterio en una época en que dedicaban tiempo per­sonal a sus estudiantes. Stiglitz se crió en una familia de clase media interesada por la política y gustosa de la conversación. Su madre, una maestra de inglés afiliada al Partido Demócrata, y el padre, un vendedor de segu­ros, lo formaron en la escuela del compromiso personal y la autoconfianza. A los diecisiete años, cuando salió de Gary, Stiglitz se dio con un supermercado de ideas liberales en el Amherst College de Massachussets. Allí se convirtió en el hombre que es ahora. Fue una estre­lla del club de debates, donde aprendió un esgrima de verbos ácidos y argumentos. Sus maestros le enseñaron el método socrático y él organizó su vida para respon­der preguntas con nuevas preguntas. Si el joven huma­nista creció rodeado de metales, el economista adulto germinó en un jardín de profesores de ideas clásicas. Allí recibió dos de sus principales influencias: las ideas de John Maynard Keynes, el gran teórico moderno que creía que el Estado debía intervenir en la economía para corregir los desequilibrios generados por los pri­vados, y de Robert Solow, un genio que construía mo­delos econométricos como quien hornea pasteles cada fin de semana. En su autobiografía, Stiglitz escribió que debía haber algo en el aire de Gary –además de polución– que orientaba a sus habitantes a la economía: Paul Samuelson, uno de los primeros economistas en adoptar las ideas de Keynes a la práctica política y el Nobel que lo precedió, era, como Stiglitz, nativo de la ciudad. Pero la mundana singularidad de Gary es toda­vía mayor. Cuando Stiglitz era un adolescente de quin­ce años, en un hospital de la ciudad se escucharon los primeros berridos del octavo hijo de Katherine Scruse y un obrero metalúrgico de los barrios pobres. El chico se llamó Michael Jackson y dejó ese pueblo para ser el Rey del Pop. Con su particular sentido del tiempo, Stiglitz también es un rock star.

Unas mil quinientas invitaciones para hablar en con­ferencias en todo el mundo llegan cada año a la oficina del profesor Joseph Stiglitz en el octavo piso del edifi­cio Uris Hall, la sede de Columbia Business School, en Nueva York. Cuando la economía del mundo empieza a toser, los teléfonos de su oficina y su casa suenan his­téricos por el asalto de la prensa internacional en busca de sus recetas de botica. En los últimos diez años, Stiglitz ha acumulado tantas millas de vuelo como para dar la vuelta al mundo varias veces. Solo quince días después de su estancia en The Fairmont, visitaría An­gola, Egipto y Grecia. Como parecía sobrarle el tiempo, escribió entre un país y otros dos ensayos sobre la crisis de Occidente para Project Syndicate y sobre el desmoronamiento europeo para The New York Times. En me­dio, viajó a España. En Madrid, Stiglitz suele visitar a la familia de su mujer, Anya Schiffrin, nieta de un general republicano exiliado. La rutina incluye salir de paseo por la Plaza Mayora beber una horchata y detenerse en el Café Gijón a comer churros. Pero esta vez Stiglitz cambió de ruta y se apareció a dar un discurso calleje­ro por el Parque del Retiro, donde se reunió con una fracción de los Indignados, el gran movimiento juvenil que levanta campamentos para exigir más democracia y menos atención a los intereses de los grupos de poder, tal como Stiglitz demanda en su libro Cómo hacer que funcione la globalización. Su aparición en la calle sorprendió a algunos de los jóvenes, pero la improvisa­ción es parte del protocolo de Stiglitz. Horas antes unos asistentes a su conferencia en el Palacio de El Escorial de Madrid se acercaron a invitarlo. Un rato después, un Stiglitz, en pantalones caquis y tenis, continuaba su revuelta personal en el Retiro, un antiguo parque de se­ñores y reyes que esa tarde andaba alborotado por mu­chachos en chancletas sentados en el césped quemado por el sol del verano.

—Joe es una de las pocas personas en el mundo que podría ser excusada de comportarse como una prima donna –dice por correo electrónico Ha-Joon Chang, un profesor de la Universidadde Cambridge que prolo­gó sus ensayos de El Rebelde Interior–. Y lo es, pero jamás actúa como tal.

En el parque El Retiro, Stiglitz, quien cree que el capitalismo de este siglo será conducido por las perso­nas y no por las corporaciones, tomó un megáfono con la misma naturalidad que utiliza en el podio del Foro Económico Mundial que reúne a los empresarios y pre­sidentes más poderosos del planeta. Stiglitz repitió su discurso habitual que reclama por un Estado regulador y convocó a la solidaridad frente al sálvese quien pueda de las ideas conservadoras.

—No se pueden reemplazar malas ideas por “no-ideas” –dijo al final–, sino por ideas mejores.

Fue una frase común e intrascendente en un discur­so sin nada del énfasis teatral de los políticos. Pero fue efectiva. Los Indignados aplaudieron y teclearon en sus teléfonos celulares con furia. Unas horas después la no­ticia ya estaba en su biografía de Wikipedia, y Twitter, YouTube y Facebook contagiaban los videos de los ce­lulares a todo el mundo. Stiglitz, el rockstar de los eco­nomistas pop, lo había hecho otra vez.

Hasta hace unas décadas, los economistas teóricos eran señores de traje y corbata pasados de moda que se peinaban para atrás y envejecían en los departamen­tos de estudios de las universidades. Hoy el Nobel Paul Krugman da cátedra a amas de casa y jubilados desde uno de los blogs de The New York Times y Nouriel Rou­bini, quien predijo la crisis de las hipotecas tóxicas que desataron el colapso global, es invitado al programa de humor Saturday Night Live. ¿Por qué habría de sor­prender que la economía haya ido del libro de texto a la televisión si un grupo de estudiantes de Física son las estrellas de una serie de TV como The Big Bang Theory y la biopic del fundador de Facebook es candidata al Os­car? El siglo XXI ha hecho carne la película La vengan­za de los nerds: la tecnología y la educación amplia­rán más la brecha entre quienes tienen conocimiento y quienes solo tienen manos para trabajar. Algo de eso está en los estudios por los que Stiglitz obtuvo el Nobel en coautoría. Su teoría de las asimetrías informativas es una idea tan obvia que parecía raro que nadie la hubie­ra visto antes. Una explicación simple es ésta: en toda relación hay alguien que sabe más que otro, y eso genera desequilibrios de poder y oportunidades. La teoría de Stiglitz, que puede aplicarse a todo tipo de relación, desde una transacción de negocios hasta los noviazgos, refuta la idea de los economistas clásicos, que asumen que todos los tomadores de decisiones tienen informa­ción perfecta. La última crisis financiera comprueba sus ideas: los banqueros ofrecían hipotecas a gente poco informada; Wall Street maquillaba su riesgo y vendía las deudas entre especuladores ávidos de ganancias rápi­das. La burbuja se infló hasta que explotó y, como no había regulaciones, las ganancias quedaron en manos de privados y los costos fueron absorbidos por los go­biernos, algo que habían advertido Stiglitz y otros nerds. Un nerd como Stiglitz, que ha dedicado su existencia al cálculo aritmético y no tiene interés por asuntos tan humanos como los deportes o la ficción, puede explicar la vida de la sociedad moderna, su pasado y los días por venir. La nueva especie dominante escribe el mundo con lentes de aumento.

***

Joseph Stiglitz ha aprendido a vivir con la fama como si no fuera él a quien le toca. En The Fairmont, mientras acaba con los bocadillos, un vecino de otra sala mira a Stiglitz con fijación, mientras se rasca la barbilla. Va, viene y se peina el cabello, uno de esos gestos usua­les de quien no se decide a interrumpir. El merodeo dura unos diez minutos, hasta que el desconocido se desanima y el Nobel parece no notarlo. Está hablando de sus problemas con el tiempo. Stiglitz, un economista neoclásico, es el mejor vendedor de la economía pop. En su más reciente viaje a China, uno de los vicepresi­dentes del Congreso Nacional del Pueblo se le presentó con una de sus primeras publicaciones en la mano. La había leído quince años atrás, cuando no era más que un economista de nivel medio. Era una edición en papel económico y tenía las páginas amarillentas y curvadas, y estaba subrayada y escrita en los márgenes.

—Fue conmovedor –dice de repente, y parpadea rá­pido; sonríe otra vez, y se disculpa por salir.

Estos días, millones de copias de sus dos docenas de libros recorren el mundo. Stiglitz ha tenido la ha­bilidad de convertir en bestsellers temas de aridez de­sértica, como la macroeconomía, las regulaciones fi­nancieras y el comercio internacional o la propiedad intelectual y las privatizaciones. Para El malestar en la globalización se sentó a escribir varios meses du­rante jornadas de siete o más horas, de las que emer­gía con los ojos rojos. Su mujer, una ex redactora de finanzas, es también su consejera y editora. Llegó a corregirle doce borradores. Anya Schiffrin dice que fue agobiante, pero ese libro llevó a su marido a otro nivel de popularidad y justo a tiempo, pues, cuando el mundo explotaba con la crisis, Stiglitz se convertía en protagonista de una película: la suya.

Jacques Sarasin fue trabajador humanitario en África, circunstancial emprendedor en Argentina y vendedor de botes en su Suiza natal hasta que un día decidió con­vertirse en cineasta. Sarasin leyó El malestar en la globalización, llamó al Nobel, lo invitó a ver una pelí­cula, fueron a cenar y, a la vuelta de una larga conver­sación, lo convenció de hacer Alrededor del mundo con Joseph Stiglitz. El filme repara en los fracasos y desafíos de la globalización para hacer al mundo más rico –o menos pobre– y se grabó en Estados Unidos, Ecuador, India, China y Botswana. En los primeros fotogramas, Stiglitz llega a Gary en un tren plateado y baja del vagón en un andén de deprimente concre­to gris. Una estación vacía, viejas pipas echando humo blanco, la congestión de cemento y hierro hecha fábri­ca bajo una telaraña de cables de electricidad. El tren de Stiglitz deja la estación y la sirena de una patrulla se despega del sonido de fondo: Gary es una ciudad que boquea como un pez sin agua, un cementerio de óxi­do, un escombro en el derrumbe de Estados Unidos. En un momento, Stiglitz visita al alcalde del pueblo, Rudy Clay. El experto en globalización quiere saber cómo la globalización afectó a Gary y de qué modo respondió la ciudad. Clay viste un delicado terno gris, una camisa blanca y corbata color uva para recibir al hijo pródigo de la que hoy parece una ciudad fantasma. Stiglitz lleva también traje, pero el suyo es negro, como si asistiera a un velorio. Con tono pausado, Clay explica que se ha reunido treinta veces con inversores de China para convencerlos de montar en Gary las líneas de ensam­blaje de los productos que fabrican en Oriente. Es una fotografía triste. Gary, cuando ascendía hacia las estrellas, fue llamada La ciudad del siglo. Hoy la ciudad natal de Stiglitz ruega clemencia al mundo.

—Eso es lo opuesto de lo que debiera estar pasando –dice Stiglitz al alcalde, que buscaba una ayuda y en­contró sarcasmo.

Las entrevistas para la película sumaron seis horas y me­dia de grabación entre Estados Unidos y China, y un Sti­glitz entusiasta nunca perdió el tiempo en mirar su reloj.

—Joe quiere que lo entiendas y se toma el tiempo para explicar –dice Sarasin a través del ojo de Skype–. Te hace sentir que eres importante, no un estúpido.

Las crisis son momentos para profetas, y Stiglitz tie­ne feligresía. El mundo ha perdido la brújula, y él es de los pocos economistas con fondo para arriesgar un trata­miento a los desequilibrios entre quienes saben y no sa­ben, tienen y no tienen. Su mérito es más que paradójico: puede criticar el discurso único dominante porque parti­cipó en las organizaciones que lo inocularon. Compartió el nido de las serpientes y, cuando se revolvió contra ellas a denunciar el veneno, las multitudes lo abrazaron. Quie­nes lo odian le gritarían traidor. Quienes lo aman, aliado.

—La globalización abrió oportunidades para encontrar nueva gente a la que explotar su ignorancia –dijo él, una vez, a Newsweek–. Y la encontramos.

Stiglitz admite que podría haber empezado a tirar de la fra­zada mucho antes para descubrir al FMI y al Banco Mundial, y que los abusos de las grandes empresas y gobiernos han llegado demasiado lejos. Pero es un profesor, no un político en busca de votos, y recién habló cuando las evidencias fueron irrefu­tables, como cuando el FMI y el gobierno de Estados Unidos recomendaban a las naciones asiáticas enfrentar su crisis de fin de siglo recortando gastos. Ahora ha adoptado una costumbre muy temprano, a la hora del desayuno: buscar las bombas de tiempo que esconde la economía mundial en las páginas de fi­nanzas de The Wall Street Journal, Financial Times y The New York Times y en las columnas escritas por Paul Krugman y Martin Wolf, otros dos viudos de Keynes que piden al go­bierno de Estados Unidos que salve al país gastando dinero mientras los conservadores proponen serruchar las patas de las camillas de los hospitales para ahorrar.

—Joe lee y dice: “Esto va a ser un problema” –cuenta su esposa, relajada en el sofá del President’s Club de The Fairmont–. Y acaba siendo un problema.
—¿Así de simple?
—Así de simple –sentencia Schiffrin–. Joe sabe cómo funciona el mundo.

Entender al mundo es una buena razón para excu­sar demoras.

Joseph Stiglitz comienza el día temprano: a las siete y media baja de su departamento con vista al río Hudson en el Upper West Side, en Manhattan, a una cuadra de la iglesia de Saint Paul & Saint Andrew y a unos minutos a pie del Museo de Historia Natural, y camina un buen rato por Central Park. Regresa a la casa por un café, que marea durante cuarenta y cinco minutos mientras desanda los periódicos, y allí agota la mañana escribiendo, sentado en el sillón con las iniciales «J.S.» que se llevó del Banco Mundial, rodeado de libros y papeles. Por la tarde, asiste a reuniones y, si le corresponde, da clases en la Universidadde Columbia. La noche es para una cena con su mujer o con amigos si es fin de semana. Antes de dormir, leerá y conversará otro tanto. Dejará sus gafas sobre la mesa de noche, junto a la pila de libros y las vitaminas. Stiglitz abo­rrece la televisión: al economista pop le parece una pérdi­da de tiempo, pero sí ve en DVD 30 Rock la serie donde la cadena de TV NBC está patas arriba y en manos de Jack Donaghy, el director ejecutivo protagonizado por el actor Alec Baldwin, un hipócrita adorable que añora a Ronald Reagan y esclaviza al personal para ocultar que en realidad es sensible. En 30 Rock, el personaje preferido de Stiglitz es el pasante multiuso Kenneth Parcel, un chico ingenuo y amable hasta el abuso. El pasante es hijo de un granjero que cría cerdos en un pueblito de Georgia y tiene una ab­negación de misionero. En un episodio, su jefe lo encierra en un elevador con nueve personas, le informa que sólo hay aire para ocho y el bueno de Parcel se ofrece a volar­se la cabeza de un disparo. Es un voluntario al sacrificio ante el problema básico del que se ocupala Economía: la escasez de recursos. En otro episodio de la serie favorita de Stiglitz, un sacerdote le pregunta a Donaghy si tiene fe.

—Por supuesto; tengo fe en cosas que pueda ver y comprar y desregular –dice el personaje dela NBC–. Mi religión es el capitalismo.

Stiglitz se ríe de las devociones de los conservadores.

Annya Schiffrin sugiere que, cuando su marido se con­centra, se separa del mundo. El economista no deja de hacer una tarea hasta que la concluye, y en la red de la concentración pierde la noción del tiempo. Cuando co­menzó a estudiar en el Massachusetts Institute of Tech­nology, se convirtió en la estrella de la camada de doc­tores en Economía de su año encerrándose a estudiar y dormir en la oficina. Schiffrin insinúa que el Nobel tiene más parecido con un dinka del África que con un ha­bitante de Kansas City. Los dinkas son una etnia de la cuenca del Nilo que vive de criar ganado: un dinka toma sus vacas y las lleva a pastorear en los campos ribereños, se sienta a esperar hasta que los animales terminan de comer y no hace nada más. Recién comenzará algo nue­vo después de regresarlos a los corrales. Schiffrin dice que esa misma dedicación es evidente en su marido, los primos de su marido, los hijos y los nietos de su marido. Stiglitz viene de una tribu cerebral que agota las horas sin dar una respuesta por definitiva. Cuando piensa, el profesor que llega tarde es un velocista que pulveriza cronómetros y agota al tiempo por extenuación.

—Joe puede ser el máximo ejemplo de –profesor dis­traído–. En una discusión, él ya ha resuelto lo que otros tratan de entender –dice Ha-Joon Chang, el economis­ta de Cambridge–. Se traslada a un argumento similar, resuelve ese, y está pensando en el siguiente paso lógico, así que cuando expresa sus pensamientos los demás qui­zás no entiendan de qué está hablando.

Después de estudiar en el MIT, Stiglitz siguió con­centrado en pasarse las luces rojas de los formalismos y tomando todas las verdes del éxito académico. En las dos décadas siguientes cubrió posiciones en Cam­bridge, Yale, Oxford, Stanford y Princeton, la crema de la academia. Sus largas tardes y noches dedicadas a macerar ideas le pusieron en el pecho la medalla John Bates Clarke, que todavía hoy se entrega cada año al economista joven más influyente de Estados Unidos. Stiglitz tenía entonces treinta y cuatro años, y, a la par que no perdía el tiempo, construía el mito que asegura que él no es una persona común. Mientras sus colegas cuidan sus formas, él se pasea sin zapa­tos por su oficina, usa las mismas camisas celestes o blancas y los mismos pantalones caquis. Sus pelos se despeinan por nada y puede pasarse el día en reunio­nes con VIP sin notar que los cristales de sus anteojos de aumento están sucios de sebo.

A Stiglitz lo domina el afán de conocer, y para saber es preciso tiempo: perderlo hoy para ganarlo luego. Stiglitz ha estudiado y estudia mucho: él mismo es la premisa de su teoría de la información asimétrica que gana por acumulación de poder y acceso. Tiene reu­niones de largo aliento para discutir nuevos modelos y teorías. Conversador nato, sus charlas de sobreme­sa pueden romper un récord y sus reuniones de me­dia hora en la universidad nunca duran media hora. Stiglitz llega tarde para adelantarse al futuro. En su universo, la importancia de las cosas no está determi­nada por el reloj. Para saber arreglar la economía, en la que el tiempo es uno de los bienes más escasos y complejos de administrar, Stiglitz ha debido apren­der a perderlo. Le ha robado horas con impunidad a la trivialidad del calendario para entender los meca­nismos que mueven al poder y encontrarles una so­lución. Llegar tarde es su modo de estar a tiempo, de ser el hombre indicado en el momento correcto.

Ahora, en The Fairmont, Stiglitz come sus últimas uvas cuando su mujer regresa de hacer llamadas de un pasillo del President’s Club. No hay tiempo para más. Una mesa los espera en Ris, un restaurante de autor en Washington DC, muy cerca del hotel, luego debe descansar. Schiffrin lo apura. Stiglitz se disculpa con la mirada. Mañana espera otro viaje, otra batalla por el mundo por el que Joseph Stiglitz va a seguir perdiendo el tiempo. Stiglitz se embucha una última uva. De salida, dice ser optimista, muy a pesar de la crisis. En su mente, el capitalismo del siglo XXI va a ser más democrático, pero las naciones que deseen crecer deben educarse más y tomar decisiones por sí mismas. Volverse adultos es un asunto que siempre excede al tiempo. Stiglitz toma su saco y Schiffrin le cuenta que, de regreso a la sala, se había cruzado con Jack McBryer, el actor que interpreta al pusilánime Kenneth Parcel en 30 Rock. El actor esperaba a alguien frente al escritorio de la concierge del President’s Club. Schifrrin dice que McBryer es idéntico –idén­tico– a su personaje. Stiglitz festeja el hallazgo, ríe y se acomoda los pantalones.

—¿Le dijiste que somos sus fans? –le pregunta.

1.

Lo encontré.

Esa fría y pálida tarde de invierno lo sorprendí en su escondite. Estaba borracho y con el rostro engrasado por salsa de tomate. Apestaba a rancio, a hombre que la vida le importa poco. Pero eso nada valía: por fin lo tenía al frente, vulnerable, despreocupado, devorando como bestia salvaje un plato de jugosos tallarines. Esa fría y pálida tarde de invierno era la primera vez que reparaba en su aspecto después de escuchar tantas veces su nombre, de escuchar tantas veces maldecirlo, y de preguntarme cómo es que está vivo. Sí, sobrevivió.

En el barrio Miraflores, a diez minutos del centro de Chimbote, ciudad pesquera en el norte peruano, Denys Ponce Aznarán se escondía. La policía tenía orden de capturarlo por la muerte de 38 personas, pero no daba con su paradero –o quizás no tuvo tiempo para buscarlo-. Sin embargo, yo lo encontré cerca de su casa, haciendo lo que acostumbra  todos los domingos: embriagarse hasta que los sentidos simplemente ya no respondan.

Al verme, saltó voraz a la calle. Algo lo alteró, lo pude notar en su mirada examinante. Como perro me olió a la distancia, listo para el escape. Tenía la casaca entreabierta y el torso desprotegido, un flojo y desteñido pantalón blue jeans y zapatillas blancas que -como él- lucían descuidadas. Su instinto de supervivencia lo lanzó sobre el cuello de Yorman, aquel amigo que me llevó hasta su paradero. Lo arrastró algunos metros como si se tratara de un ave a punto de sacrificar y lo interrogó en voz baja. Luego de unos instantes, parecía estar todo bien: ellos habían trabajado juntos; después de tiempo se encontraban.

Denys tiene el rostro maltratado, los ojos desafiantes y la sonrisa macabra. El cabello negro y alborotado y una insípida barba que le cuelga del mentón. Su piel es morena, pero sus facciones no son las de un descendiente de Mandela o E’to. Es alto y macizo. Da miedo. Más ahora descontrolado por varios litros de energía alcoholizada.

Era la una y treinta de la tarde, el sol brillaba con palidez entre las nubes. A lo lejos, se    escuchan los gritos desaforados de unos muchachos que juegan al fútbol junto al cuchicheo de una que otra familia que va en busca del almuerzo tradicional  en el que coinciden todos los domingos. Ya más tranquilo, Denys bajó la guardia, aunque no del todo. Se recostó con pesadez sobre un muro mal pintado, apoyado sobre esa pierna derecha, la que estuvo a punto de perder hace cinco meses. Miró de un lado a otro, desconfiado, y por ratos clavó la cabeza al suelo, angustiado. Sólo entonces, tras varios intentos fallidos, con la voz partida y con los ojos apretados, pronunció la frase que lo persigue desde el fatídico 22 de febrero de 2010, poco antes de las 6 de la mañana:

—Si no se hubiera metido, ni mierda hubiera pasado ese día.

Pero pasó.

***

El fuerte impacto se produjo a pocos minutos del alba. La espesa neblina y la densa oscuridad vieron con horror como dos pesados ómnibus repletos de historias, sueños e ilusiones chocaban a varios kilómetros por hora, despertando así al armónico silencio del desierto con el ruido de la muerte. Del terror.

Kilómetro 534, carretera Panamericana Norte, provincia de Virú, región La Libertad, Perú. Eran las 5 y 45 de la mañana y Denys Ponce Aznarán, con 31 años encima, iba al volante de un vehículo de la empresa América Express. Su destino era la ciudad de Chimbote, a tan sólo 2 horas al sur de su punto de partida.

Para él era un viaje cualquiera hasta que apareció, como un monstruo sacado de la tierra, el ómnibus de la empresa Crisolito que iba a la ciudad de Chiclayo, más al norte, proveniente de Lima. Las luminosas farolas brillaron intensamente, su corazón se aceleró al mismo tiempo que sus desesperadas manos giraron el timón a la izquierda. Dicha maniobra le salvó la vida, pero no pudo evitar la tragedia: 38 personas murieron, literalmente, en un abrir y cerrar de ojos.

Si algo recuerda con claridad Ponce Aznarán de aquel momento es la muerte de su compañero Alex Ramos Barbarán, de 28 años de edad. Cuenta que el muchacho saltó sobre el timón al ver que el otro ómnibus se incrustaba por el lado del copiloto. Tras el impacto, ambos fueron disparados por el parabrisas. El desplome de Denys fue amortiguado por Alex que, sin tiempo a reaccionar, soportó parte del pesado vehículo convertido en filudas navajas.

Denys vio espantado la escena a un metro y medio. El intenso dolor en la pierna derecha y en todo el cuerpo no le permitieron llorar ni siquiera pensar. Todo estaba oscuro y sólo escuchaba el lamento de los pasajeros aterrados, quienes invocaban a los suyos sin respuesta alguna. Entre lágrimas, pedían ayuda y él, inmovilizado sobre la arena, no podía hacer nada. Poco a poco las voces se apagaron, recuerda. Luego llegaría la primera ambulancia y en ella, aunque no está seguro, se alejaría de la escena.

Atrás dejaría a los rescatistas que llegaban sin saber por dónde empezar. El panorama era desolador por no decir un infierno. Cada fierro, cada vidrio, cada cuerpo, cada grito, cada llanto, cada segundo eran parte de la tragedia. “Aquí hay siete”, gritó alguno y en adelante la cifra fue casi incontenible.

***

Proveniente del desierto, apareció una patrulla salvadora. Eran obreros de la siembra, cosechadores de madrugada, que por cosas del destino trabajan cerca. Escucharon los llamados desesperados de auxilio y dejaron a un lado sus espárragos para ayudar a los heridos, para acopiar muertos. Junto a ellos, los bomberos quienes trepaban y anunciaban a gritos que aún había gente con vida entre los fierros retorcidos o que tenían otro cadáver –o lo que quedaba de él-.

Entre la muchedumbre un hombre era inconfundible. Se movía con destreza en medio del sangriento escenario. Como otros, usaba mascarilla y guantes. Era el antropólogo forense. Caminaba de un lado a otro cargando cabezas, brazos y piernas para encontrar el cadáver correcto. Se acercaba a cada cuerpo y analizaba el color y tipo de piel, la textura y sus cicatrices. Metros más allá, las ambulancias esperaban con las puertas abiertas de par en par para recoger a los heridos que estaban sumergidos en la inconsciencia. Uno de ellos fue Denys, internado de emergencia en una sala del hospital Belén de Trujillo. Desorientado, horas después, despertaba bajo la desesperada mirada de gente que buscaba un milagro entre los sobrevivientes. Asustado y con la pierna derecha magullada, escuchó el rumor intrahospitalario que viajaba en el aire: “Uno de los choferes está vivo”.  Cerró los ojos y guardó silencio.

***

La noche anterior al accidente, Marco Zárate, joven médico de 27 años, volvía a cenar, después de mucho, junto a toda su familia. El trabajo en el hospital de la Solidaridad, en Lima, lo alejó varios años del sosiego que sentía al estar en casa. Esa noche, preparó su ligero equipaje para volver al amanecer a su faena médica: se trataba de una campaña gratuita en Chimbote.

Durmió sin mayor sobresalto y salió de casa prometiendo volver pronto. Tomó un taxi hasta el terminal terrestre de la empresa América Express, en la salida al sur de Trujillo. Al trepar los escalones del ómnibus se cruzó con Denys fijo al volante, pero ninguno reparó en el otro. Se acomodó en los primeros asientos y cuarenta minutos después el destino rompía a la fuerza su promesa de regresar: Marco no sobrevivió.

***

Aquella mañana a Carlos Alvarado Rojas se le partió el corazón. Una llamada telefónica le anunciaba que el ómnibus en el que horas antes partió su hijo a Chimbote nunca llegó. Desesperado dejó las oficinas del Colegio Militar de Trujillo donde trabajaba para buscar a su engreído, un funcionario del Scotiabank.

A esa hora ya muchos heridos estaban en los hospitales y clínicas de Trujillo. Por allí, con los ojos hinchados de angustia, empezó la búsqueda: pasillo a pasillo, cama por cama. Descubrió que esa era la primera vez que deseaba con desesperación verlo herido, pero nada: no figuraba en la lista de ningún nosocomio. Se sentía morir.

Sin pensarlo viajó a la zona del accidente y al no hallarlo entre los escombros metálicos desperdigados en la carretera, siguió camino hasta el centro de salud de Virú, a pocos minutos de allí. En su auditorio, convertido aquel día en un improvisado mortuorio, reposaban decenas de cuerpos inertes y tapados, entre ellos el de Carlos Alvarado Bazán, su hijo.

***

Habían pasado cinco horas del accidente cuando Gladys Neyra se enteró de lo sucedido. Un leve escalofrío le recorrió el cuerpo: un ómnibus de la empresa en la que su hermano Víctor solía viajar había chocado. Justo ese día, muy temprano, él se despidió para nunca más volver. Lo hizo sin fuerza porque estaba seguro que la semana entrante se reunirían en una fiesta familiar en Chimbote, ciudad en la que trabajaba, entornillado en la oficina de registro de la Universidad Los Ángeles.

Como casi todos, Gladys buscó primero en los hospitales. Adentro se topó con un hombre que llegaba del siniestro provisto de una lista de pasajeros. Allí se enteró que los primeros veintitrés tripulantes del bus América Express no sobrevivieron. Víctor iba en el asiento dieciocho.

***

Con un cálido beso en la boca, Nadia Isminio Chuquival y Luis Atto Pulido, se despidieron para siempre. Sólo tenían 11 días de feliz matrimonio. La noche del 21 de febrero él viajaba a Tarapoto, a la selva peruana, y ella debió retornar de Trujillo, a la misma hora, a Chimbote, ciudad en la que ambos comerciantes vivían. Por cosas que Luis aún no llega entender, Nadia viajó al día siguiente.

Cuenta Luis que a mitad de su viaje, una llamada le entró al celular. Era la voz pausada del doctor César Quito, médico legista de Virú, quien en medio del proceso de identificación y levantamiento de cadáveres encontró, bajo los escombros, un teléfono con varias llamadas no contestadas. “Buenos días, le habla el doctor César Quito ¿Conoce a la propietaria del celular? … ¿Es su esposa?…Lo siento, ella murió”.

***

El doctor César Quito es un hombre al que le sobran algunas cosas como la amabilidad y los kilos. Es padre, médico y profesor de medicina forense. Siempre va bien peinado, impecable. De eso se olvidó aquella mañana del 22 cuando le ordenaron ir al lugar del accidente.

—Recién al mediodía se realizaba el rescate del último cadáver atrapado en el ómnibus de la empresa Crisolito. Lo llevamos decapitado. Al llegar con el cuerpo cercenado, vi que el centro de salud de Virú estaba rodeado de gente reclamando a sus familiares después de haberlo reconocido en el auditorio. Las escenas eran muy dramáticas. Un médico legista está acostumbrado a ver el dolor de un grupo de personas ante la muerte de alguien, pero esta vez era el llanto de toda una multitud- recuerda Quito.

—Certificamos la muerte acta por acta – continuó-. Algunos casos fueron más complicados que otros por el estado de deformación de los cadáveres. Pasadas dieciséis horas del accidente, el antropólogo forense junto al grupo fiscal continuaba en la identificación y entrega de cuerpos.

Cuenta Quito que nadie almorzó. Virú ardía en calor y los cuerpos aceleraban su descomposición. De rato en rato dejaban de escribir formularios, caminar entre muertos, meterlos al cajón, escuchar llantos, restar uno y de nuevo llenar más documentos. Escapaban a la calle para alejarse del olor a muerto y tomar nuevas dosis de oxígeno o simplemente para descansar. Pero no lo lograban. Su sola presencia en los exteriores de ese hangar de la muerte movilizaba a la multitud que, entre gritos y empujones, exigía prisa.

***

Así cayó el manto oscuro de la noche. En el auditorio ya sólo quedaban algunos cuerpos; afuera, la multitud ya no existía. El fiscal Robert Angulo, un hombre joven de voz paciente y cabello rebelde, se tomaba una pausa. Todo retornaba a la calma de siempre, la calma que hace horas extrañaba.

Eran las siete de la noche y un hombre ingresaba presuroso al lugar preguntado por el fiscal. Una hora antes, hablaron por teléfono. Sin demora, ambos ingresaron. El hombre se aproximó a los cuerpos más pequeños, buscando uno. Entonces encontró lo que temía, a su pequeña hija: tendida, sucia, rígida e inerte. Las lágrimas se le escurrieron y las rodillas le temblaron al ponerlas al suelo. Lloró con lo último de sus fuerzas, mientras acomodó el cadáver de la pequeña sobre su pecho. La abrazó y besó. “Mi reinita, te fuiste, mi reinita”. El fiscal Robert Angulo recuerda que esa era la primera vez, en todo el día, que se conmovió. Se quebró.

El hombre, encogido de angustia, siguió entre los pequeños cuerpos y encontró el cadáver de su otra hija. Con ella repitió la triste escena. A ambas las reconoció por la ropa. Finalmente, fue hasta el cuerpo de su esposa, irreconocible entre grumos de tierra seca. Supo que era ella porque hace algún tiempo se tatuó en el cuello una carita feliz que, esa noche, no había perdido la sonrisa.

***

Según su historia clínica, Denys no era el chofer del ómnibus América Express, sino un pasajero. En una de las camillas del antiguo hospital, fundado hace más de quinientos años en el centro histórico de Trujillo, Denys mintió. Por ello, en menos de 48 horas, pidió ser dado de alta para retornar a Chimbote. En el trayecto, pasó por el lugar del accidente. Nadie sabe en qué o quién pensó en ese momento. Quizás en su compañero Alex. Quizá en él. Quizá en todos.

Quince días después, en su declaración ante la policía y el fiscal, Denys reconocía ser el chofer. En la comisaría, respondió más de veintidós preguntas contando con detalles lo sucedido. Había bajado de peso, tenía sobresaltos y un cuadro depresivo lo torturaba. Su padre, su esposa y sus pequeñas hijas veían como se desmoronaba después de sortear a la muerte. Así, sumergido en su profundo trance, fue llevado por unos días a una ciudad al norte peruano, bien al norte: Piura. Con rituales extraños, intentaron devolverle la vida que parecía perder poco a poco. Al otro lado, en la vía legal, su situación se agravaba. La Fiscalía Provincial Mixta Corporativa de Virú formalizaba la denuncia en su contra por homicidio culposo en agravio de 38 personas y por lesiones a más de cuarenta.  Entonces, Denys iniciaba sus primeras sesiones psicológicas, pero el peso de la ley seguía recayendo sobre él. El Juzgado de Investigación Preparatoria del Módulo Básico de Justicia de Virú ordenaba su captura y reclusión preventiva en una prisión. Denys prefirió la clandestinidad.

2.

Lo busqué.

Salí a su encuentro 159 días después del accidente. Chimbote, aquella ciudad porteña que en la década del sesenta era la mayor productora de harina de pescado en el mundo, amanecía nublada. Domingo uno de agosto, cinco meses después del siniestro. Unas doscientas veinte mil personas viven allí entre buques, lanchas, redes, fábricas de acero, arenales, chicha de jora, gaviotas que revolotean en el cielo jugando a volar, barrios marginales, autos destartalados, comercio ambulatorio y pestíferos olores. Después de su vertiginoso auge, la sobre pesca, la contaminación y el terremoto del setenta la sepultó bajo los escombros de una ciudad decadente.

En ese lugar nació Denys. Gran parte de su vida trabajó en San Pedro, aquel reputado y malhechor barrio llamado así en honor al santo patrón de los pescadores y cuyas pistas carecen de asfalto. De la zona son populares “Las picanterías”, locales turbios de dudoso prestigio en el que se da la bienvenida a los parroquianos al ritmo de cumbia, chicha y demás géneros musicales de moda. Toda una fiesta a la que más vale estar invitado ya que, sin tarjeta de presentación, la probabilidad de salir envuelto en algún lío es mayor.

De San Pedro parte una de las líneas de transporte público de la urbe: La número cinco. Su paradero es sólo una esquina abandonada sin carteles que alerten de su existencia. Cada cierto tiempo, aparece uno de los vehículos de la empresa tropezando sobre los desniveles de la trocha  accidentada. Son ´combis` de color blanco matizado con franjas de color marrón, naranja y beige. Todas andan empolvadas por los arenales que les toca cruzar. Sus choferes son seres mecanizados que van al volante por una ciudad que no los entiende –y que no los quiere-. Hace años, uno de ellos era Denys.

 —Yo era su cobrador. Él me despertaba todos los días temprano para trabajar, pero me daba pereza. Él me decía: “Sólo para dar unas vueltas” y era mentira. Salíamos a las cinco de la mañana y volvíamos en la noche – cuenta Yorman, quien vio a Denys un mes antes del choque y, desde entonces, poco supo de él. Aquel domingo de invierno, Yorman me ayudaba a buscarlo.

 —El trabajaba por temporadas. Era un buen chofer, tenía caña. En la empresa, lo premiaron por eso. Hasta que un día desapareció. El feo – como lo llaman- resultó de chofer en América Express.

En San Pedro, desde donde se puede ver todo Chimbote, incluyendo el mar, las lanchas y sus islotes perla, todos conocían a Denys, pero pocos querían decir su paradero. Eran casi correligionarios que guardaban el secreto popular en medio de un barrio convulsionado por la violencia y marginalidad: muy cerca, en los arenales, yace el cementerio de los pobres, donde muchos fueron a parar para guardar sus propios secretos. El silencio, en este barrio, vale mucho más que la palabra de cualquiera.

—No está por acá y punto – vociferaban.

Sí pues, no estaba allí. Lo encontré en Miraflores, un barrio colindante al mar que para llegar a él se debe atravesar el centro de Chimbote. Miraflores es tan o más peligroso que San Pedro. Sus calles sigilosas, casi vacías, dan la impresión de estar siempre ante una trampa: la sospecha que tras la esquina seis o más tipos desquiciados aguardan ansiosos, nunca dejará de estar latente.

Denys estaba en casa de su padre almorzando con la placidez de un fugitivo sin escrúpulos. Sus pequeñas hijas jugaban cerca, despreocupadas. Es difícil saber si poco o nada le importaba a Denys que unos desconocidos llegaran, quizás yo, y le recordaba aquello que tanto trataba de olvidar. O peor aún: que irrumpan policías y lo lleven enmarrocado. Sus hijas, que seguían jugando, jamás entenderían la historia aquella en la que su padre resultaba ser el malo: ´Treinta y ocho personas murieron dicen por culpa de tu papá´ o ´Estará encerrado en un lugar del que no puede salir´.

No. Jamás lo entenderían.

***

—Si no se hubiera metido, ni mierda hubiera pasado ese día.

Esa era su defensa.

En la respuesta 22 de su declaración decía no ser culpable. Recordaba que delante de él, en su carril, marchaban dos vehículos: un ómnibus y, más adelante, un tráiler. De pronto, este último, frenó intempestivamente para evitar chocar con un auto que invadió su carril. Esto obligó al primer ómnibus a despistarse a su derecha, mientras que Denys optó por ir a su izquierda. Entonces, chocó.

—Sí, invadí el carril contrario. Sí, lo hice- reconoce Denys -, pero fue por instinto, por mi vida. Tenía tres opciones: Salir a la derecha y chocarme con el ómnibus, frenar y chocar con el tráiler o salir a mi izquierda. Claro, en esta última, estrellarme nunca estuvo entre mis posibilidades. Al ver el ómnibus, ni siquiera pude frenar. Giré a mi izquierda y lo  esquivé, pero el otro chofer maniobró a su derecha y chocamos.

Sin embargo, el fiscal Robert Angulo no le cree. Su tesis, sustentada en el informe técnico del Departamento de Investigación de Accidentes de Tránsito de la Policía Nacional (DIVAT), es que Denys invadió el carril contrario en una zona prohibida para intentar sobrepasar al tráiler. Marilú Alvarado Rivera era pasajera del ómnibus América Express que viajaba en los asientos uno y dos junto a su esposo, Santos Roldán Fernández, y su pequeña hija de siete meses, Jazmín Roldán Alvarado. Marilú, la única sobreviviente de los tres, confirmaba para la fiscalía esta versión. En su declaración dijo que, momentos antes del impacto, vio por una de las ventanas del lado derecho como un tráiler iba quedando en el camino. Luego de esa imagen sólo recuerda abrir los ojos en el hospital.

Además, un informe elaborado por especialistas físico – matemáticos determinaron que, al momento del impacto, el vehículo América Express aceleraba. Para la fiscalía es un indicio más de que Denys intentaba pasar a otro vehículo.

El día que lo encontré en la casa de su padre, no hablamos mucho. Él cuidaba a sus hijas. Las quiere; aunque su talante no parezca el de un hombre amoroso. Después de verlas jugar y pedirles que vuelvan a casa, Denys anunciaba, esta vez con una leve sonrisa, que pronto respiraría los agrios rumores de una prisión. Se entregaría en 48 horas y, según él, aceptando los cargos que la fiscalía le imputaba. Puede que las noches intranquilas que no lo dejaban dormir lo llevaran a tomar tal decisión. Quién sabe.

El plazo venció y, como era de esperarse, no lo hizo. Recién, cuando el reloj marcaba las tres de la tarde del 10 de agosto, Denys Ponce Aznarán, acompañado de un policía, ingresaba al centro penitenciario El Milagro, en Trujillo, perdiéndose, a paso lento, entre pabellones y los más de mil quinientos presos que allí purgan condena.

3.

Lo encontré, otra vez.

Han transcurrido apenas cinco días de su encierro. Es mediodía del domingo 15 de agosto: día de visita en la prisión. Largas filas humanas se extienden desde la puerta de ingreso al penal. Minutos antes, todos corrimos para que un policía, con el ceño fruncido, nos coloque un sello y un número con un bolígrafo indeleble azul en el brazo derecho. En la piel me estampó el 634. Pasaron largos e intensos 40 minutos para chocar cara a cara con un agente penitenciario, joven y de voz agresiva, que uno a uno hace pasar a los últimos visitantes hombres. Por la tarde, ingresarían las mujeres. Después de más controles y órdenes, de más sellos e inspecciones, logro ingresar. Adentro, me siento un recluso más, pero extraviado entre pabellones, celdas y prisioneros.

Siempre tuve la idea de que al ingreso me preguntarían a quién buscaba y yo respondería: “A Denys Ponce Aznarán”, pero nunca pasó. Entro desorientado. Al pasar delante del primer pabellón tengo sobre mí a un grupo de hombres, con algo para vender en las manos, interrogándome, casi a gritos, por quien iba (notaron que estaba perdido y asustado) y les respondo: “Por Denys Ponce Aznarán”. El primer hombre, moreno, flacucho, decrépito y de aspecto delincuencial, se ofrece a llevarme. Metros más allá, descubro que es un preso.

—Tan rápido lo conoces. Apenas ingresó hace cinco días- Le digo.
Conozco a todos acá adentro- Responde.

 

No damos más de diez pasos y reclama su salario. Se lo doy. Dos paso más allá, me dice: “Él te llevará”. Es otro vendedor, también preso, con una bolsa de caramelos. No pasa mucho y también me pide dinero. Se lo doy. Sin embargo, ninguno me ha llevado a Denys. En menos de cinco minutos en la cárcel, dos tipos ya me han estafado.

En el ingreso a una especie de encuentro entre conductos enrejados que llevan a los diferentes pabellones del penal y que es custodiado por un carcelario, me topo con un hombre de mediana estatura y que viste chaleco naranja. A la entrada, me lo advirtieron. “Ellos te pueden guiar”. Y así lo hace con una amabilidad sorprendente. Mientras me lleva, pienso en si es preso o no. Es más probable que sí. Nadie, que no sea un agente del orden o administrativo, ingresa a trabajar a un penal.

Él sí conoce a Denys. Por lo menos sabe quién es y cómo es. Dice que desde temprano llegaron a verlo, se trata de su padre y alguien más. Ellos le advirtieron que otras dos visitas llegarían; por supuesto, no se trataba de mí. Mientras camino, divago entre la reacción de Denys y su padre al verme, en la mirada desafiante de algunos internos y en el laberíntico inframundo urbano en el que me sumerjo. Reacciono cuando me veo entre celdas: tugurizadas, desordenas, sucias, oscuras; casi impenetrables. Quedé suspendido en el aire unos segundos y comprendo: Estoy en la cárcel.

En día de visita, las celdas lucen abiertas y los presos deambulan no lejos de allí. En una de ellas, hay una mesa tembleque, con un grupo de personas que conversan y juegan casinos. Denys está en el patio, a espaldas de su calabozo, junto a dos hombres de avanzada edad. A lo lejos, parece reconocerme. Es la segunda vez que nos vemos, pero ni una mueca ni un gesto amable despide su rostro. Debe pensar que soy una especie de cargo de conciencia con dos patas. Me acercó y apretamos las manos. A nuestro alrededor, pasan desapercibidos otros internos. Cruzamos algunas palabras y ahora sí, una leve, muy leve sonrisa se deja ver.

Transcurren apenas cinco minutos y el horario de visita acaba. Sólo alcanza a contarme que si todo le va bien, pasará encerrado los próximos seis años y ocho meses. Si le va mal, serán más. Eso es todo. Mucho tiempo, para él. Poco tiempo, para otros. Tal vez 38 cadenas perpetuas los logre consolar; tal vez no. Aquí pudo haber acabado una historia, pero nunca dejarán de comenzar otras. Catorce murieron en la carretera a Cajamarca y otras 23 perdieron la vida al caer a un abismo en la sierra de La Libertad. Como Denys, como otros, como todos, me pregunto: hasta cuándo y no tengo respuesta. Puede que sea inútil.

Mientras camino a la puerta de salida, la mirada viaja hasta el dedo pulgar izquierdo buscando la vieja cicatriz que me hice correteando junto a un amigo cuando aún éramos niños. Ambos creíamos ser los campeones del mundo, despreocupados aquel entonces de nuestro destino. Él fue uno de los 38. Recobro la libertad y Denys vuelve a su celda. Tras las rejas, entre cuatro paredes y tendido sobre su catre tratará, como otros, como todos, de cerrar el 22 de febrero de 2010, que minutos antes de las 6 era un día normal; a pocos minutos del alba.

Al penal La Esperanza se entra por la biblioteca. Un oscuro patio de columnas, encharcado y maloliente, que tiene al fondo las puertas oxidadas de dos celdas gemelas, sin estantes, libros ni bibliotecario, literalmente atestadas de hombres sin camisa sentados en el suelo. Un pasillo lateral conduce al núcleo central de la cárcel, que se divide en sectores separados por muros, pasillos laberínticos y puertas enrejadas. El ligero olor a detergente no logra ocultar otro, más denso, a alcantarilla. Todo el penal huele, siempre, día y noche, a tierra, basura y años de humedad. No importa las veces que se desinfecten los suelos ni cuánto froten los reos con agua enjabonada las baldosas rotas o los muros de hormigón; el aliento del penal La Esperanza, al que todos llaman Mariona por el cantón San Luis Mariona, del municipio de Ayutuxtepeque, en el que está clavado, apesta a abandono.

Son las 8 p.m. Por la noche, cuando ni el sol ni el ruido confunden los sentidos, los olores de la cárcel son más agudos y perceptibles. Sobre todo en la biblioteca, la antigua biblioteca convertida desde 1996 en módulo de aislamiento.

Atravieso el patio encharcado tratando de no pisar esas bolsas de plástico rellenas que hay esparcidas por el suelo y me acerco a una de las celdas. La de la derecha. Los presos sentados más cerca de los barrotes me devuelven el saludo con timidez o desinterés, pero al saber que soy periodista me escanean con la mirada y se convierten rápidamente en un coro de personas volcadas sobre una reja que denuncian lo evidente: que viven en condiciones medievales.

Se quejan de la falta de agua y sol, de la humedad que lo penetra todo, de la comida insuficiente y de la lenta atención médica, de los ratones y cucarachas, de la falta de camas. Me muestran los cartones sobre los que casi todos duermen en el suelo, porque en la celda solo hay una hamaca y un camarote con dos colchones. Algunos aprovechan para revelar supuestas injusticias en su condena o para reclamar mejor atención médica. Otros me preguntan a qué equipo de fútbol apoyo. Los que en la esquina derecha ocupan el solitario camarote, callan. Son los veteranos que saben que, en un sistema penitenciario como el salvadoreño, con 25 mil reos en 19 cárceles que solo tienen camas para 8 mil, pedir a un periodista que te cambie la vida es como echar una moneda en una fuente.

Separado de él por la puerta enrejada, escucho la historia de Douglas, un joven nicaragüense de 25 años que ya ha pasado por cuatro cárceles en El Salvador y que está en aislamiento -si a estar con otras 22 personas en una celda se le puede llamar aislamiento- porque reos de otro sector de la cárcel, el 3, le robaron la ropa y los zapatos hace un mes y le amenazaron con matarlo si les denunciaba. Les denunció, y por eso las autoridades lo esconden en una celda de la biblioteca.

Al cabo de un rato agachado tomando notas, las piernas se me duermen y me levanto para estirarlas. De inmediato se pega a mi rostro una máscara asfixiante de sudor, orina y calor. Son los olores que despiden los 23 cuerpos apiñados en esta caja de tres por cuatro metros. Me mareo. Apenas estoy a un metro y medio de altura, pero los gases buscan el techo y me hacen difícil respirar. Me avergüenza, pero siento náuseas.

Antes de volver a agacharme en busca de oxígeno, entre los barrotes veo a un hombre que se acerca a la pared del fondo y orina en un ancho tubo de plástico hecho con botellas vacías encajadas unas en otras. El artilugio da a un pequeño sumidero en el suelo. Permite a los presos orinar de pie y evita más suciedad.

En la otra celda no hay sumidero, ni artilugio. A un metro de distancia, a mi izquierda, un preso saca un brazo por la puerta, agarra una botella de plástico del suelo, la destapa, se apoya contra los barrotes, saca el pene de su pantalón corto y, con pericia aprendida, orina en la botella. Al terminar, la tapa y la deja de nuevo en el suelo, con las otras. 20 botellas con orines de diferentes tonos de amarillo cercan por fuera la puerta de la celda. La misma puerta enrejada en la que tres veces al día les entregan la comida.

Por ser celdas para reos problemáticos o amenazados de muerte por otros internos, los hombres de la biblioteca solo tienen derecho a salir al patio 10 minutos por la mañana y 10 minutos por la tarde. Justo antes del desencierro de las 6 a.m. y poco después del encierro de las 6 p.m., para no coincidir con los demás. 20 hombres encerrados día y noche sin urinario.

—¿Y dónde cagan? —pregunto.
—Uno trata de educar el vientre para ir al baño en los ratos que nos dejan salir —dice Douglas.
—¿Y si no?
—Si no, como en esta celda no hay letrina, cagás en una bolsa y la tirás al patio.

Ahora sé qué hay en las bolsas plásticas del patio encharcado.

Los hombres de la otra celda reclaman mi atención. Piden contar también su historia. Bromean. Unos desean que hable con el gobierno para que les saque de aquí; otros que les consiga una chica. Cuando al cabo de un rato me despido de todos ellos y me alejo, vuelven poco a poco al silencio y a dejar caer los minutos a la espera de una razón para dormir. La cárcel más grande de El Salvador, La Esperanza, Mariona -o Miami, como la llaman a veces sus 5 mil internos-, en teoría está en letargo desde hace más de dos horas.

* * *

El despacho del comandante Mundo es rudimentario y limpio. No tiene recuerdos ni fotos familiares. Parece el lugar de trabajo de alguien que está de paso, o que está acostumbrado a la austeridad. Tal vez sean las dos cosas. Por un lado, Mundo fue militar; por otro, el empleo de subdirector de seguridad de Mariona -un penal con largo historial de sangre- no es un trabajo para toda la vida.

Cuando, meses atrás, me presenté en este despacho con un permiso especial de la Dirección General de Centros Penales y del director de Mariona para visitar periódicamente la cárcel durante la noche, Mundo -diminutivo de Edmundo- se mostró extrañado. La cárcel no suele tener más visitas que las de los familiares y abogados de los presos. Además, por las noches aquí, supongo que pensó, todo duerme y no hay mucho que ver.

A los sectores 2 y 3 del penal de Mariona se accede por un pasillo interior protegido por alambre razor y desde hace unos meses controlado con cámaras de vigilancia.

El fotógrafo Pau Coll y yo opinábamos lo contrario. Las 12 horas que dura la noche de los presos, las 12 horas que pasan cada día comprimidos en sus celdas, son las que dan verdadero significado a la palabra hacinamiento, que se ha convertido ya en cliché cuando se habla de las cárceles salvadoreñas. “Hacemos esfuerzos para mitigar el hacinamiento”, repiten los funcionarios, que tras esa palabra de cinco sílabas esconden las posturas corporales, olores, temperaturas y roces de pieles de 5 mil hombres habitantes de una cárcel diseñada para 800. El hacinamiento genera sus propias rutinas, enfermedades y leyes. Pau y yo queríamos acercarnos a las lógicas internas de esa vida en sociedad apartada de lo que los hombre libres llamamos sociedad.

Hubo un tiempo en el que esta pequeña sociedad de Mariona se gobernó a machetazos. Por las puertas del penal, en los años 90, salían cadáveres y heridos todas las semanas. Las bandas peleaban entre sí para controlar el mercado interno de drogas y el favor de las autoridades corruptas. Ahora, te aseguran los internos más veteranos con el orgullo de los sobrevivientes, ya no es como antes. Está todo más tranquilo. Eso dicen.

Aun así, Mundo se acaricia la quijada perfectamente afeitada cuando le digo que queremos asistir al encierro de las 6 de la tarde. Se reacomoda en su vieja silla de oficina y parece dudar. Con su marcado acento de San Miguel, una ciudad al oriente del país –su voz recuerda constantemente a la de los viejos discursos de Roberto d’Aubuisson-, me dice que el encierro es uno de los momentos más complicados para los custodios. Y por complicado debe entenderse peligroso. Especialmente en los sectores 2 y 3.

* * *

El sector 2 de Mariona tiene una población de unos 2 mil presos y camas para menos de mil. Durante el día, si no llueve, su patio es un denso ir y venir de cantos de alabanza, partidos de fútbol, tareas de limpieza y lavandería y, sobre todo, espera. La teoría dice que el sistema penitenciario ofrece talleres, escuela primaria y bachillerato a los presos que lo desean, pero lo cierto es que no hay cupo para todos y en los talleres cada cual ha de comprar su propia materia prima, sea madera, hilo o pintura. Los talleres son, en Mariona, cosa de solo unos pocos. Alguno que otro monta en el patio su propio negocio de reparación de calzado o de corte de pelo, pero la mayoría invierte el tiempo en la nada, en esperar los horarios de comida y el ceremonial encierro de las 6 p.m. en el que cuatro custodios asumen la responsabilidad de que 2 mil hombres se metan por grupos de 30 o 40 en celdas para 16, como si en Mariona, por arte de magia, cada noche la pasta dentífrica volviera a entrar en el tubo.

Es martes y rondan las 5:30 p.m. Se abre un candado y accedemos al patio del sector 2. Junto a la puerta, un enorme montículo de basura y restos de comida fermentados al sol nos dan la bienvenida. En teoría los deshechos de cada sector se recogen una vez al día, pero hoy no hubo recogida.

Decenas de reos nos miran curiosos y forman un pasillo. La ley establece que los presos que tienen condena han de estar separados de quienes esperan juicio o sentencia, y que debe haber espacios diferenciados por tipo de delito, grado de reincidencia, etcétera. En Mariona no hay sitio para esos remilgos. El sector 1 es para la fase de adaptación de los recién llegados y el 4 uno de muchos espacios reservados para aislar a los más violentos, pero el 2 y el 3 son dos crisoles confusos de delitos e historias. En este patio hay desde estafadores de unos cientos de dólares hasta asesinos múltiples; desde ladrones de relojes encarcelados por primera vez hasta líderes de bandas de secuestradores que ya suman tres ingresos en prisión.

Camino al edificio de dos pisos en el que están las celdas, pasamos junto a los lavaderos, que están flanqueados por dos hileras de cubículos sin puerta. Son las letrinas. No es necesario que nadie lo diga, pues el hedor las delata. Una cabeza asoma de una de ellas, para averiguar el por qué de la inusual algarabía que nos acompaña. Aunque se acerca la hora del encierro, la cena, que en teoría se sirve a las 5, aún no ha llegado y la mayoría de presos está en el patio.

“Tampoco hubo agua en todo el día”, dice Carlos, uno de los presos que hace funciones de coordinador del sector, y que hace un minuto ha cumplido con el ritual de autorizar nuestra entrada al recinto, lo que significa, en el fondo, que La Raza, la organización de reos que manda en este sector, garantiza nuestra seguridad.

* * *

Justo antes del encierro se reparte la cena, que hoy incluye frijoles y huevo de soya. En una de las celdas del sector 2 los internos ponen su recipiente en el suelo y esperan su ración.

—Eran las 9:30 o 10 de la mañana. Nos rodearon como 10 babosos, así con corvos. Pero en serio… Y otros se pusieron rodeándonos así, al otro lado, y a mi compañero dos lo agarraron de aquí, de la nuca, de las manos, y le pusieron un corvo en la espalda. Y le dijeron: “Danos el celular”.

Es miércoles y el patio principal del sector 3, con sus murales en las paredes, con sus porterías solitarias, tiene la calma triste de un colegio sin niños. Son casi las 9 de la noche. Hace menos de una hora que terminó el lento encierro de hoy, celda por celda, candado por candado, y uno de los custodios ha accedido a contarme un poco de lo que sabe y ha vivido aquí. Juega con las llaves en la mano. Tiene un hablar pausado y desprendido, como si todo en la vida fuera inevitable.

—Claro, nosotros lo habíamos decomisado porque es un ilícito, ¿verdad?

Ilícito es como en la cárcel llaman a todo lo que está prohibido por el reglamento interno. Se tienen ilícitos. Se cometen ilícitos. Una paliza, una violación, un asesinato. Una pistola, un cuchillo, un punzón, una porción de crack, una botella de vodka, una pastilla de jabón, un paquete de cigarrillos… Un teléfono. Los reos usan los teléfonos celulares para hablar con su familia, para que las bandas o pandillas repartan órdenes de un penal a otro o de un sector a otro, para denunciar con pequeños videos su situación, y a menudo para extorsionar a transportistas o comerciantes de todo el país. Un celular, en Mariona, es una ventana ilegal a la libertad. Hace algunos meses, el custodio con el que hablo entró al sector 3 para una gestión de rutina, descubrió por azar a un interno que hablaba por celular y le hizo entregárselo. Cuando él y su compañero salieron al patio camino de la puerta del sector, los estaban esperando.

—Nos pusieron los corvos y unos punzones. Así, ¿ve? —dice, y repite el gesto como si él mismo se fuera a apuñalar en las costillas—. Y uno no se puede querer poner en su lugar, de autoridad, en un momento así, porque… porque tiene familia uno. ¿Y cómo?

—¿Y qué pasó con el teléfono?
—Se lo llevaron de nuevo —dice, y con la mirada me repite ese lapidario “¿Y cómo?”, que se puede traducir por un “Usted no ha entendido nada todavía”.
—…
—Así nos bailaron los corvos, mire, contra el piso, que hasta les sacaron fuego.
—Ustedes no llevaban armas.
—No, así entramos. Sin arma, por si acaso.

Lógico, porque entrar al sector armado y en minoría numérica es regalar el arma. Y porque en un sector como el 3, de casi 3 mil reos, los custodios siempre están en minoría numérica.

—Uno, con la experiencia que ha adquirido, aprende a ubicarse. Porque nosotros no nos podemos poner en contra de ellos, ¿verdad? Yo sé que es mi trabajo, y si puedo lo hago…
—Usted cuando entra al sector, ¿no tiene la sensación de que está en manos de los internos?
—No es una sensación. Sabe uno que es una víctima. Si ellos quisieran hacer algo, lo hacen. ¿Y qué va a hacer uno? Por eso entrás tranquilo, sereno, con respeto, pidiendo las cosas por favor.
—Como si domara leones.
—Como si uno fuera súper especial para que no le pase nada, ja, ja. Es lo que hay.

Es lo que hay. Con las actuales cifras de presos, el número de custodios y de celdas necesarios para garantizar un cierto control de lo que sucede en los penales triplica la cifra real. Por no hablar de la compleja distribución física de los sectores, que los convierte en ratoneras y complica cualquier acción en caso de motín. Este custodio lo sabe, y su jefe también. La primera vez que me senté con el comandante Mundo a comienzos de año, le pregunté por el publicitado y aplaudido papel del ejército en la seguridad del penal.

—Ellos están en la seguridad perimetral, y nosotros en la seguridad intermedia —me dijo.
—¿Intermedia? ¿Y la seguridad en los sectores?
—Ah, no, esa depende de los mismos internos.

No quise preguntarle cómo garantiza entonces el Estado —custodios, Policía y ejército— la seguridad de los internos, porque es evidente que no lo hace. Tampoco le pregunté si él, como subdirector del penal, se sentía responsable por la rehabilidación de los presos o no, teórico fin último del encarcelamiento. Me arrepiento. Hubiera sido curioso conocer su respuesta.

* * *

Durante el encierro, en los estrechos pasillos del sector 2 cientos de cuerpos se empujan en idas y venidas, en un frenesí como de estación de trenes en último minuto. “Hay galletas, galletas”, “Sí hay chile y mayonesa”, zigzaguean entre la multitud los que venden algo. En el patio, dos parejas de jugadores ultiman sus partidas de ajedrez. Muchos presos esperan en fila pegados a la pared, junto a la puerta de su celda, a que les llegue el turno de entrar, mientras cuatro custodios, empequeñecidos y acorralados por los cientos de hombres a los que en teoría vigilan, se abren paso de una celda a la siguiente, como viejos guardallaves a sueldo cuyo cometido fuera solo abrir y cerrar las puertas de una casa ajena.

Junto a ellos, un interno, cuaderno y lapicero en mano, cuenta cabezas. Una serpiente interminable de hombres entra por la boca de la puerta. Uno, otro… 10, 11… algunos se empujan con prisa, como si en vez de a una caja de cerillas entraran a un bus que les lleva a casa. 15, 16… 22, 23… el desfile sigue, como si la celda no tuviera fondo. 30, 32, 34… Los rostros de los últimos en entrar son inexpresivos. Sus pasos, displicentes, distraídos.

Suena el candado que cierra el pestillo que cierra la puerta de hierro viejo y los custodios y el contador se mueven a la siguiente celda. El candado se balancea pesado y oscuro, serio, como si en realidad cerrara algo. La última vez que los internos decidieron no encerrarse, en noviembre de 2010, no intentaron abrir los cerrojos ni tumbar las puertas. Fue más fácil derrumbar los viejos muros junto a ellas, abrir huecos por los que podían pasar dos personas al mismo tiempo. Estuvieron 10 días en rebeldía. Entrando y saliendo a toda hora de esas celdas de puertas cerradas y paredes abiertas.

Dos hombres atraviesan la muchedumbre con cubos de plástico en cuyo fondo se adivinan un par de litros de un líquido oscuro. Es sopa de frijoles. Otros dos les siguen con recipientes en los que hay huevos de soya y arroz. Como la cena se retrasó, a la mayoría de internos les tocará cenar dentro de la celda, sentados todos codo a codo en el mismo suelo en el que duermen y con el plato en la mano; o de pie, apoyados en la pared, antes de meterse en la “cueva”, el espacio bajo las camas, donde pasarán la noche.

El proceso de reparto de comida es un ejercicio de urgencia casi animalesca. Aliprac, la empresa privada que alimenta a todos los reos de El Salvador, descarga cada día en un patio trasero de Mariona enormes bandejas y ollas con la dieta para un número preciso, que suele rondar las 5 mil personas. Después, sus empleados, con jarras plásticas o cucharones, vierten cantidades aproximadas a los enormes cubos plásticos con los que se presentan los encargados de cada sector. “Para 35”, dice un hombre, y un joven de camisa blanca le vuelca una jarra de sopa o de jugo. “Para 43”, dice el siguiente, y de nuevo el joven vuelca una jarra llena en el nuevo cubo plástico. “Para 19”, y el sentido común hace que el joven le vuelque, aproximadamente, media jarra.

Hoy, las primeras celdas se han ido cerrando y el patio está mucho más descongestionado. A un lado, un hombre se baña desnudo, a guacaladas, a la vista de todos. En otra esquina del patio, frente a la celda 16-B, los frijoles, el huevo que no es huevo y el arroz pasan a manotazos de los cubos a una treintena de recipientes de plástico de diferente forma y tamaño colocados en el suelo. Muchos son fondos de botella plástica. Las botellas de gaseosa vacías son la principal pieza de vajilla multiusos en la cárcel.

Con la mano, un hombre de unos 30 años pellizca de uno de los platos ya servidos un poco de arroz apelmazado y lo deja en otro. Después, mete los dedos en un tercer recipiente y vuelca algo de caldo de frijoles en el de al lado. Repite la operación una y otra vez, como si sus dedos grasientos fueran la cuchara de la que todos comerán, y como si tuviera en los ojos una báscula que mide los miligramos y cumple alguna lógica oculta de equitatividad o privilegio, por la que a uno de sus compañeros de celda le corresponden veinte granos de arroz más, o en aquel plato más profundo y estrecho el montículo de comida apelmazada debe ser un poco menos alto. Las cantidades en los recipientes, digan lo que digan las cifras de los informes que habrá firmado algún nutricionista, son evidentemente insuficientes para la alimentación de un hombre adulto. Alrededor del árbitro de los dedos grasientos, una docena de hombres espera con la mirada cargada de atención y hambre. Nadie se queja.

Por fin, las últimas celdas se cierran y se hace algo que parece silencio. En los pasillos solo quedan los charcos. A través de los barrotes de las puertas se ven escenas repetidas. En casi todas las celdas los internos han colgado sábanas a modo de cortinas que tratan de reservar algo de intimidad a quien ocupa cada cama y que maquillan estas mazmorras oscuras con su colorido. El olor a humedad y a orines, sin embargo, no se disipa y parece emanar de los mismos muros. Ajenos, manojos de rostros se vuelcan sobre sus pequeños recipientes de comida, con una cuchara algunos, con las manos muchos más.

Por el pasillo aparece un gato negro. En una de las primeras celdas que se cerró, dos chicos de menos de 30 juegan al parchís mientras el resto se acomodan de dos en dos en los colchones. Todos pasarán las próximas 12 horas pegados unos a otros en un calabozo en el que no hay espacio para caminar y apenas pueden estirarse para dormir. Muchos de los internos tienen enfermedades cutáneas por la humedad y la suciedad del suelo. “Sarna” es una palabra de uso corriente en Mariona. Se escucha a alguien lavarse. Desde el segundo piso llega un murmullo de alabanzas.

En medio del patio interior en el que estamos, decenas de sillas vacías se arremolinan mirando a un televisor apagado y cubierto con una bolsa negra. “Por la noche cada uno deja su asiento, porque si no, al día siguiente no encuentra lugar. Y mañana, además, hay partido”, me explica Carlos. Los cuatro coordinadores del sector se han quedado un rato más fuera de sus celdas para acompañarnos en lo que queda de recorrido.

Insisten en mostrarnos las celdas de los ancianos y las de los enfermos. Victimarios que aquí son víctimas. En las celdas de los más viejos, se amontonan hombres escuálidos malafeitados y desdentados, de ojos desorbitados. Todos tienen más de 60 años. Algunos superan los 70. Su fragilidad desgarra. Recuerda a las torturadas víctimas del genocidio nazi. Pregunto a uno de ellos por qué está aquí. “Por violar a una niña”, me responde uno de sus compañeros, sin darle tiempo a alegar. “¿Y usted?” “Por extorsión”.

En la celda de los enfermos, la 26-A, está Jaime. Tiene 38 años y cuando entró en la cárcel hace cinco años por intento de homicidio tenía las dos piernas. En Mariona contrajo erisipela, una enfermedad de la piel, muy contagiosa, que le infectó el torrente sanguíneo y acabó causándole una trombosis en el pie. Una dolencia que en teoría se cura con penicilina acabó desgarrándole la carne en una herida sangrante, y pudriéndole el hueso. Le amputaron la pierna izquierda a la altura del muslo. Ahora tiene la misma dolencia en la otra pierna. Comparte cama con otro amputado.

Jaime (a la derecha, con el rostro fuera de cuadro) perdió la pierna en Mariona, a causa de una enfermedad cutánea mal curada y comparte celda con otros enfermos y lisiados.

Contra toda lógica de atención sanitaria, en la celda de los enfermos el nivel de hacinamiento es mayor que en otras. Son 40. Los coordinadores, con un discurso que no por ser cierto deja de sonar a aprendido, reclaman que la clínica del penal está desbordada y las visitas programadas no se cumplen. Claro, por eso han creado para los más enfermos un gueto.

—Los separamos en una sola celda porque así es más fácil sacarlos si necesitan atención por las noches —explica uno de ellos.

No les creo. Si fuera así, no estarían en las últimas celdas, las más escondidas, las más alejadas de la puerta principal.

En otra de las puertas, un hombre joven me pide atención y suplica que le ayude. Dice que es inocente. En esta parte del pasillo no hay luz, pero entre las sombras veo justo detrás de él las risas de sus compañeros de celda. A medida que insiste, que cuenta que está acusado de violación, que no lo hizo, que le pregunto qué sucedió y él insiste en que lleva seis años preso sin culpa, las risas se vuelven jaleo y burlas que ya llegan desde otras celdas. “Llorá para que te crean, culero”, le grita alguien. “Yo no conocía a la chica que me denunció”, dice él. “¡Echale huevos!”, le braman desde la celda de enfrente, entre un coro de carcajadas.

Al otro lado del patio, tras otras rejas, una luz anaranjada rompe los grises de las paredes y la penumbra. Es un preso que calienta los frijoles que le tocaron en un hornillo eléctrico artesanal -una larga espiral de alambre hecha a mano y encajada en un surco en un ladrillo-, conectado a dos cables sucios que suben por la pared y terminan en la única bombilla de la celda.

Las autoridades han intentado retirar los enchufes de las celdas para que los reos no carguen sus celulares, pero es un esfuerzo absurdo en una cárcel con muros frágiles, a no ser que decidas quitar cualquier luz eléctrica y el televisor colectivo. Los techos de Mariona están plagados de agujeros por los que asoman manojos de cables viejos y despellejados. Las lámparas de los techos son simples bombillas que se bambolean cuando hay viento, y que los mismos presos han de sustituir cuando se funden. “Si se estropea el foco de una celda lo pagan entre los de la celda. Si es de un pasillo, entre todo el sector”, me explica Carlos. “En la ferretería del penal nos venden los focos a 4 dólares cada uno. ¿Y sabe cuánto cuesta uno allá afuera?” Sí, uno de 100 watts cuesta 45 centavos.

La Ley Penitenciaria prohíbe que los internos tengan aparatos eléctricos, así que el hornillo es un ilícito, pero el custodio que nos acompaña lo mira sin atención y no dice nada.

—¿Qué tal es la relación con los “charlis”? —pregunto a Emilio, otro de los coordinadores. “Charlis”. Así llaman los internos a los custodios.
—Con ellos no hay problema. Solo con alguno que tenga un modo raro.
—¿Y con los nuevos?
—Ah, los nuevos todos vienen raros.

Los nuevos son los que durante este último año han salido de la reestructurada Escuela Penitenciaria, para sustituir a los cientos de custodios despedidos desde que Douglas Moreno asumió el cargo como director general de Centros Penales. En algunos penales, como el de máxima seguridad de Zacatecoluca, mandó a su casa a todos de una sola vez, porque concluyó que todos eran culpables —o en el mejor de los casos cómplices— de la corrupción en el penal.

Le pregunto al custodio que nos acompaña cuánto tiempo lleva en este trabajo. Seis años. Parece que es de los que no da problemas, de los que cumple las normas… de los presos. Cuando salgamos del sector, su noche por fin podrá ser tranquila.

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Uno de los dos patios interiores del sector 2, que alberga actualmente a 1.881 reos civiles. Solo en la planta baja residen 937 presos en 30 celdas.

Limpiar los patios y las celdas, recoger y servir la comida, lavar los trastos usados, ayudar al encierro, vocear por los pasillos la lista de reos que tendrán audiencia judicial o cita en la clínica al día siguiente… Las tareas rutinarias internas de Mariona se desarrollan con un ritmo y orden casi mágicos, con reos que trabajan para el colectivo con una aparente espontaneidad que remite de inmediato a la precisión de los ires y venires de las hormigas en el hormiguero. Y cuesta creer que sea solo el instinto y la solidaridad la que lo impulsa. En una jungla de cientos de hombres con diferentes fuerzas, motivos y límites morales, el espíritu de comuna que los coordinadores exhiben en la visita guiada resulta teatral.

Recuerdo un diálogo sostenido a inicios de año con un coordinador del sector 3, acerca de sus funciones y del mantenimiento del orden entre los reos. Le pregunté quién elige a los coordinadores y me dijo que los propios internos, en votación. Le pregunté cómo evitan que los rencores acaben -como ocurría hace apenas una década- en continuos ajustes de cuentas y cadáveres, y me quiso convencer de que la vida, incluso en Mariona, es paz y amor.

—Los internos obedecen más a otro interno que a la seguridad del penal. Ostentar un cargo de coordinador en medio de 2 mil o 2 mil 500 personas no es fácil, pero el respeto se gana siendo transparente, siendo correcto, siendo honesto, y no inclinándote por este o aquel, aunque sea tu amigo.
—¿Y si alguien se sale de orden?
—Ehhhh… la situación aquí es dialogando, es dialogando.
—Entenderás que no te creo…
—Ja, ja, ja, ja, ja.

Lo dice el sentido común, lo dicen los funcionarios de prisiones, pero sobre todo lo dicen los reos cuando logras hablar con alguno aparte, en confianza: los coordinadores no son los que mandan. Son internos con don de palabra, con buena cabeza y sentido del orden, que trabajan para los verdaderos líderes del sector. Por eso los coordinadores siempre trabajan por parejas y se vigilan entre sí. Ninguno habla con custodios o periodistas, ni toma decisiones, si no está presente al menos otro coordinador. Su humildad y atenciones al visitante son algo ensayadas. No están guiándote por su terreno, sino por el territorio de otros; de hombres sin nombre, invisibles. En las bandas de civiles -presos que no son de pandillas- a quienes dan las órdenes también se les llama palabreros, y en los sectores 1, 2 y 3 de Mariona, después de unos años en los que la banda de Los Trasladados amenazó su control, quienes mandan son los palabreros de La Raza.

La noche que nos acompañaron durante el encierro, a los coordinadores del sector 2 les tocó responder a la misma pregunta que hice a los del 3. ¿Cómo se garantiza el orden?

—Entre los internos tenemos un jefe de disciplina —dijo Carlos.
—¿Y podemos hablar con él? ¿Se puede saber su nombre?
—No, no se puede.

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Ha pasado una semana desde que estuvimos en el encierro del sector 2 y, mientras los internos duermen, en los pasillos vacíos del sector 3 decenas de botellas de agua, pares de zapatos y mesas de madera cuelgan de las paredes. Dentro de unas horas, cuando comience el desencierro, a medida que se abran de una en una las celdas, los dueños de esas mesas saldrán y correrán a toda velocidad para descolgarlas e instalar antes que el resto sus puestos de venta en lugares ya asignados. Champúes, rollos de papel higiénico, maquinillas de afeitar, algunas medicinas para dolencias comunes, dulces, bolsas de churros, flautas de pan… Por la mañana estos pasillos serán un mercado. Un mercado que tributa a La Raza.

Para tener un puesto de venta en el sector hay que pagar un impuesto a La Raza. Para poder hacer fila en la puerta de la tienda oficial del penal, en la que el Estado vende artículos de higiene, gaseosas y boquitas a los internos, hay que pagar un dólar a La Raza. Para que los pequeños puestos de los presos con mesas de madera te vendan lo que ofrecen tienes, antes, que pagar un dólar a La Raza.

Un sistema de control del dinero y las mercancías en el que no basta con poder pagar. En la cárcel todos los favores se venden y se compran, y si La Raza no lo autoriza, un interno no podrá comprar ni vender; su dinero será papel mojado. En Mariona hay algo más importante incluso que los dólares: tener el visto bueno de La Raza, que da órdenes a los coordinadores, que dicta las normas de orden y funcionamiento de cada sector. Que las hace cumplir.

Hombres que llevan un buen número de años en el penal aseguran que la estructura de poder de la banda incluye actualmente a cerca de 500 personas por sector, y que llega a mover alrededor de 12 mil dólares al mes en tributos de todos los presos. 144 mil dólares al año. Cada preso que es enviado por un juez a Mariona paga entre 6 y 8 dólares al llegar a los sectores 2 o 3 desde otro sector o cárcel, y todo el mundo entrega un dólar como cuota fija mensual a partir de ese momento, aparte de los otros impuestos.

Quienes gobiernan Mariona y administran ese dinero no tienen celdas individuales como los narcos mexicanos, ni televisores de plasma como los mafiosos de las películas. Sería demasiado evidente. En Mariona todavía se recuerdan los años en los que Bruno era el único líder de La Raza y tenía una celda solo para él, las mujeres que llegaban a visitarle y sus dos perros. Esos tiempos, en El Salvador, ya pasaron. Pero, con lo que recaudan, los palabreros de La Raza costean sus gustos, mantienen satisfecha a su estructura de fieles en el penal y logran que, pese al cerco perimetral de la Fuerza Armada, en Mariona siga habiendo drogas, siga habiendo alcohol embotellado -aparte de la tradicional chicha, destilada por los mismos reos- y sigan entrando celulares.

—¿Pese a la renovación de custodios, siguen aceptando sobornos? —le pregunto a un hombre que ha cumplido más de 10 años en Mariona y ha probado los placeres de ser cómplice de La Raza.
—No solo ellos —responde. Y se lleva la mano a la sien, simulando un saludo militar.

Por dejar entrar un teléfono normal, con su correspondiente cargador, se pagan entre 300 y 400 dólares a un custodio o militar del Comando San Carlos dispuesto a ser tuerto. Por dar vía libre a un Blackberry que permita a un reo acceso a internet, se pagan 600 dólares.

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En Mariona hay días en los que no hay agua y en los retretes rebalsan las heces de cientos de hombres con la salud destrozada por el moho, el encierro y la escasa comida. Y hay noches en las que el sonido de torrentes abiertos indica que sí hay agua pero no chorros que la contengan. En el patio trasero del sector 3, entre pequeños huertos, un enorme lavadero se rebalsa para formar un riachuelo que se pierde en una alcantarilla. En el hierro forjado de la tapa se lee una fecha: 1969. Estamos en un penal con más de 40 años de edad.

Después de unos minutos de impasibilidad, un custodio arranca un pedazo de bambú de las plantas del patio y trata de tapar el chorro, que queda goteando. En el patio también hay mesas de piedra y algunos restos de hogueras que los internos usan durante el día para cocinar lo poco que logran cultivar, comprar o guardar, porque desde hace más de un año tienen prohibido recibir alimentos del exterior.

La cárcel está en silencio. Los muros externos de las celdas dejan salir haces tenues de luz. Las débiles paredes están llenas de agujeros. Son respiraderos, abiertos a base de golpes para aliviar algo el calor de los cuartos sobresaturados. Vista desde aquí, la infraestructura de Mariona revela la ruina que en realidad es. Al piso superior se sube por escalones de hormigón sin barandilla y carcomidos en sus bordes, como si el tiempo o los mismos reos los mordisquearan sin cesar hasta dejar al descubierto las varillas de acero que los sostienen.

Los tres controles de seguridad que hay que pasar para llegar hasta aquí se vuelven de pronto ridículos. ¿Armas? Basta con trepanar la cabeza de alguien contra una de esas varas de acero, o golpearlo con uno de los cientos de adoquines sueltos que las múltiples iglesias evangélicas con presencia en el sector apilan a modo de bancos para improvisar en el patio principal sus templos. Por no contar los pozos de agua sin tapadera o los larguísimos metros de cables y alambres que se reparten por el penal. Aquí, como decía el custodio, quien no mata es porque no quiere. O porque hay alguien de La Raza que da la orden de no hacerlo.

Camino a la salida, atravieso el patio principal en el que aquel día el custodio tuvo que devolver el celular decomisado. Sobre mi cabeza, decenas de largas líneas de alambre cruzan la enorme explanada. De día, son tendederos que además de airear la ropa convierten parte del patio en un inmenso laberinto cuyos rincones escapan del control visual de los guardias. El motín en el penal de Quezaltepeque el pasado julio, que terminó con siete heridos, comenzó porque los custodios obligaron a los pandilleros allí encerrados a retirar unas sábanas colgadas que les impedían la vigilancia.

En Mariona, entre esas sábanas y en los pasillos de los sectores, reina la ley del ver, oír y callar que encubre las razones de muchos otros heridos que no son noticia, de escaramuzas cuya verdadera causa nunca se acaba de conocer fuera de estos muros. La mayoría de los reos te dicen que solo quieren pasarla sin problemas y que en Mariona se vive mal pero tranquilo. Mienten. Los que saben que pasarán aquí más tiempo se han de someter a la autoridad de la mayoría y confiar en caer bien, o ganarse el respeto con inteligencia y fuerza física. Los débiles viven una condena dentro de su condena, sometidos a robos, golpes o violaciones. Ya no se pasea el corvo colgado del hombro, como ocurría en los años 90, pero entre tablones, ladrillos y colchones la mayoría de reos esconde algún arma afilada con la que defenderse.

—Para matar, un punzón es mejor que un corvo. Es mejor puyar que dar un filazo –me explica el mismo condenado que habló de los sobornos a militares.
—¿Por qué?
—Porque la víctima se desangra por dentro y se ahoga en su sangre. Y es más difícil saber qué órganos están heridos.

Miro su mano y descubro un bolígrafo, con el que gesticula para explicar mejor a qué se refiere.

—Yo ya no ando en eso, pero hay que estar preparado. En la cárcel siempre hay que estar alerta.

La Raza también está siempre alerta. El 29 de octubre en el sector 3 de Mariona hubo una pelea que causó cinco heridos. La versión oficial dijo que se habían emborrachado con chicha y eso originó la pelea. En Mariona hay quien dice que varios de ellos eran pandilleros, que la MS-13, el Barrio 18, la Mao Mao, la Máquina… todas las pandillas tienen a gente sin tatuar infiltrada en el penal, para saber lo que sucede y, algún día, si pueden, cuando sean suficientes, luchar por el control. Si efectivamente lo intentan, la seguridad perimetral e intermedia no podrán hacer nada por evitar que haya muertes. El verdadero poder que rige la vida de los presos no se elige en las urnas ni, de momento, lo designa el presidente de la República.

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En la biblioteca, la humedad y el calor mantiene a los reos semidesnudos. A los confinados en estas celdas de aislamiento solo se les permite salir al patio 20 minutos al día.

Del penal La Esperanza, en Mariona, se sale por la biblioteca. Tras dejar atrás los enormes patios de los grandes sectores, se pasa junto a dos celdas asfixiantes y sin letrinas en las que 43 hombres condenados por la justicia del Estado y amenazados por las autoridades de La Raza están sentenciados a dormir en el suelo semidesnudos y a ver pasar a todo el que entra y sale. Me despido. Douglas, el nicaragüense, devuelve el saludo mientras se afeita la cabeza. “Por higiene”, dice.

Los controles de seguridad al salir son más permisivos que al entrar. El cacheo es menos exhaustivo. La revisión de libreta y grabadora más rápida. A pocos metros, un militar encapuchado hurga en la bolsa de un custodio vestido de civil que entra al turno de noche. Trae ropa, champú para la mañana, y una enorme caja de donas. El soldado las mira dubitativo y hace un amago de tocarlas con sus guantes de látex, pero le vence la vergüenza y decide no estropear la comida. Yo, no puedo evitar enumerar mentalmente las sustancias u objetos que podrían ir ocultos en esas donas. Ni puedo dejar de pensar que los muros de Mariona no protegen nada, ni a nadie. Solo delimitan una ciudad infierno.