Las bolas no cuentan

Publicado: 1 marzo 2009 en Martín Caparrós
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Caía la noche sobre una tarde de bochorno y Candela me decía por tercera vez que el joputa, el auténtico joputa era el tonto de Hemingway. Alrededor flotaba un humo pesado de cigarros y gritos que eran suspiros excesivos: olés, exhalaciones desmayadas. Allá abajo, en la arena, un bruto cuerpo negro arremetia contra un cuerpito envuelto en sedas:

–Tonto pero joputa, que te lo digo yo.

Candela era dos labios de pecado y una boca de carretero enfermo. Todo junto bajo los ojos verdes más almendrados que había visto en mi vida –y que incluso, por momentos, me miraban. Candela era morena como sólo puede ser morena una andaluza. Me resultaba tan difícil concentrarme en lo que estaba sucediendo allá abajo, en el ruedo, pero Candela no tenía piedad:

–El muy gilipollas se creyó que los toros eran una cuestión de huevos. Y lo peor es que se lo hizo creer a millones de personas. Huevos…

Repitió. Repetía huevos y al final, ya llegando a la o, sus labios se juntaban adelante en trompita triunfal y silbaba la ese. No era fácil pensar en otras letras.

–Huevos…

Repetía.

–Los huevos, si acaso, sirven para la tortilla que te comes después de la corrida. Pero nada más. Con los toros no tienen ná que ver.

***

Fue mi primera tarde de toros, hace bastante años, y Candela se empeñaba en explicarme todo. Yo sólo quería lo inexplicable pero nunca llegaba. No terminaba de entenderla: hacía semanas que la deseaba en todo tipo de escenarios, cines, bares, museos, un concierto de Phil Woods, dos restoranes chinos; ella seguía favoreciendo los encuentros y los cerraba siempre igual:

–Bueno, a ver cuándo volvemos a vemos. Me gusta mucho estar contigo.

Y una mirada fría que congelaba todo intento. Después, aquella tarde, me invitó a los toros: yo no estaba en condiciones de negarme a nada. El primer toro me cogió, en verdad, desprevenido: no conseguí mirarlo ni un poquito. Candela tenía una falda de crepe muy larga y vaporosa, traslúcida sobre sus piernas como el mundo. Pero al segundo toro la empecé a mirar menos y me interesó lo que veía allá abajo: un hombre vestido con un traje de luces verde y oro, un poco gordo, mechón de pelo blanco y maneras cansinas hacía bailar un toro con lentitud de sueño. Era un hombre mayor, sin la defensa de su físico: puro saber, deseo de la belleza. El hombre no tenía cuerpo para dominar al cuerpo negro, lanzado a cincuenta kilómetros por hora, que le rondaba alrededor: tenía sabiduría. Cada uno de sus movimientos era exacto, preciso: ni un gesto innecesario. El arte es no hacer nada de más, recuerdo haber pensado: que cada movimiento tenga su sentido en un sin sentido que se justifica a sí mismo. El hombre viejo sabía, bailaba la más extraña danza, circunspecta, y hacía que el cuerpo negro dibujara, involuntario, una preciosa geometría.

–Es el maestro Antoñete. Es lo mejor que nos puede pasar a ti y a mí esta tarde.

Me dijo Candela y me quedé enganchado. Yo no lo sabía, pero esa tarde me quedé enganchado. En ese tiempo yo vivía en Madrid; poco después saqué un abono para la plaza de Las Ventas, la más seria del mundo, y, por muchos años, no me perdí ni una tarde de toros.

***

La Argentina tiene una clara tradición taurina: la tilinguería de pensar que “está mal”. Le viene, más que nada, de Sarmiento, que prohibió las corridas porque le sonaban demasiado españolas y lo español, se sabe, le sonaba árabe y lo árabe, precursor, le sonaba muy bárbaro y lo bárbaro, contradictor, no le parecía bárbaro viste. Así que desde 1870 renunciamos a ser un país de toros para convertimos en el país de las vacas, y así nos va. Antes sí hubo corridas: durante toda la Colonia eran el centro de cada celebración y había, por supuesto, una bonita plaza en el predio de Retiro: vengativos, los primeros argentinos obligaron a los españoles prisioneros de guerra a trabajar forzados en su demolición, hacia 1817.

Así que las únicas corridas que nos quedaron fueron las bancarias. Y ese aire de superioridad con el que solemos decir que estamos en contra de la fiesta de toros porque pobre animalito –como si viviéramos a sorgo y margaritas. Y la tontería con la que argumentamos que el torero tiene más posibilidades que el toro, que no es fair. Por supuesto no es: la corrida no es un deporte; es un espectáculo, que no trata de producir competencias, victorias y derrotas, sino algo mucho más modesto: la belleza.

–Los que se oponen a la fiesta de toros so pretexto de cuidar a los toros no se dan cuenta de que esos toros sólo existen porque hay corridas.

Me dijo alguna vez un gran escritor taurino, Joaquín Vidal, a quien citó Cortázar en Un tal Lucas para mostrar cómo puede ser de incomprensible el castellano.

–Criar toros de lidia es carísimo y la raza no sirve para nada: no da buena carne, no trabaja, no nada.

Sólo sirve para echarla a la plaza y que la faene el matador. Si no fuera por eso, ya hace siglos que se habría extinguido.

***

Los mayores antitaurinos suelen ser franceses. Los españoles contraatacan con el ejemplo del foie gras: no está claro por qué, les dicen, sería más cruel matar a un toro en una plaza que mantener a un ganso entubado durante meses para atiborrarlo de comida, producirle cirrosis y, así, comer uno de los grandes manjares de este mundo. Pero además, dicen, la corrida es el mejor destino para un toro. Un vacuno macho bebé hispano nace y se enfrenta a tres opciones: o se pasa doce meses engordando a piensos compensados para que lo electrocuten en mataderos sucios y lo conviertan en chuletas, o le cortan los huevos genitales cojoneros y lo ponen a tirar de un arado veinte años sin retiro voluntario, o lo sueltan en un campo de encinas para que se pase cuatro años saltando y retozando, haciéndose grande fuerte y hermoso para exhibirse, por fin, una tarde de sol, en una plaza donde lo matan ante la admiración de mucha gente. Yo sé qué elegiría.

***

Rojos vuelan y vuelan amarillos. Alguien supondrá que todo esto es una lucha de colores: los vivos contra el negro, los rojos y amarillos de las capas, verdes y azules y blancos y brillos del torero contra el negro del toro donde avanza, poco a poco, el rojo. Alguien supondrá que todo esto es un ballet sin orden ni concierto, vuelos y revoleos y, sin embargo, pocas cosas más rituales que una tarde de toros.

Una corrida es un rito complejo con partes muy precisas. Cada tarde tres toreros torean dos toros cada uno: “seis magníficos toros seis”, suelen decir los carteles; lo que hace cada torero con cada toro se llama una “faena”. Y cada faena está dividida a su vez en tres tercios.

El primero es el tercio de varas: el toro sale al ruedo, el torero lo recibe con su capa rosa y amarilla y le da unos pases con muchos vuelos de la tela: verónicas, chicuelinas, delantales. Es, quizás, la imagen más clásica del toreo y fue, durante siglos, lo más importante. El toreo empezó a caballo: era una diversión de nobles que ‘alanceaban’ toros, los cazaban desde sus monturas en el campo. Cuando empezaron a hacerlo en las ciudades, en la misma época en que fundaron Buenos Aires, los señores necesitaron la ayuda de sus peones que les encarrilaran los toros en la plaza mayor a golpes de capote. Los peones, es obvio, trabajaban a pie: de su tarea subsidiaria, completamente deslucida, viene el toreo moderno.

Ahora los capotazos le sirven al torero para ir viendo cómo embiste el animal: para empezar a conocerlo. Toda la faena es un largo proceso de conocimiento mutuo, donde el hombre tiene que estar seguro de conocer más rápido, saber cómo es el toro para poder engañarlo con el paño: si el toro le descubre el engaño –si es uno de esos toros “que saben latín”–, la bestia dejará de ir al trapo y buscará su cuerpo. Si el hombre no lo entiende veloz no logrará domarlo: una faena es el combate en el que el hombre debe someter al toro, enseñarle a cumplir con las órdenes que le da con cada pase de su paño.

Después, todavía en el primer tercio, el picador, sobre un caballo muy acorazado, deja que el toro lo embista y lo hiere en el cuello con una lanza larga –la vara–, para hacerle bajar la cabeza y perder fuerzas. El picador es lo que queda de aquellos caballeros casi medievales. Y es necesario: un toro es un animal espeluznante, de 600 kilos de músculos y movilidad: si estuviera en plena forma, ningún hombre podría enfrentarlo y salir vivo.

***

–Era un joputa tonto, nunca entendió nada.

Me insistía Candela aquella tarde pero ya nada de eso le importaba: estaba arrobada, tránsida, y yo muerto de celos.

–Has visto lo que es eso, lo que está haciendo ese hombre. ¿Has visto, joder, la belleza perfecta?

Lástima que yo, entonces, no sabía: Candela se habría quedado encandilada si le hubiera contado lo que me contó muchos años después Antoñete, el torero que la estaba encandilando, sobre el tonto joputa:

–La verdadera historia es que el Hemingway llegó aquí a España antes de la guerra, y se enamoró del Niño de la Palma, un torero importante de entonces: enamorado perdido estaba, pobrecillo. Y el otro era un castizo que no le hizo ni caso. Pasó la guerra española, lo echaron de aquí, y cuando volvió, veinte años después, se fue a Pamplona y descubrió al hijo del Niño de la Palma, que era Antonio Ordóñez, y allí se enamoró otra vez, del hijo, y fue cuando escribió aquel libro, Verano sangriento, sobre Ordóñez… Pero no entendía nada. De toros, nada. Si acaso, de toreros.

***

El segundo tercio es el de banderillas: en él, los ayudantes del torero los peones, aquellos subalternos casi medievales banderillean al toro, le pinchan el lomo, para excitarlo. Los buenos banderilleros juegan con sus toros danzas increíbles. Y cuando el animal ya tiene sus tres pares de banderillas, el matador pide permiso para matarlo.

Entonces llega el gran momento: el tercio de muleta, o de la muerte, o de la verdad. Son los diez minutos culminantes de cada faena. El torero, solo en la arena, con una franela roja y chica en la mano, tiene que hacer pasar al toro alrededor de su cintura las veces suficientes para crear la belleza esperada y, ya queda dicho, para enseñarle a seguir sus engaños y, por lo tanto, poder estoquearlo cuando llegue el momento. Cada pase tiene su ortodoxia, sus modos y maneras, sus variaciones según el ejecutor: es un juego de geometrías, movimientos que se hacen lentos en la medida en que el torero los maneja, majestuosos si está en una buena tarde. Es el momento que hizo que tantos se engañaran y creyeran que el toreo era cuestión de huevos, que importaba de un torero su coraje, cuando lo básico es su arte: su poder de dibujar destellos en el aire, movimientos precisos de su cuerpo, líneas sobre la arena trazadas por una bestia espeluznante. El toreo cuando es bueno, es sobre todo un hecho estético, la danza inverosímil entre un hombrecito y una bestia parda. La belleza donde no puede estar.

Esa otra vez, muchos años después de aquella tarde, Antoñete me contaría que él pasaba miedo antes de salir al ruedo pero que después ya nada de eso importa: que por esos minutos sería capaz de entregar todo:

–Son minutos, no dura mucho, pero son de una intensidad tremenda. Cuando el toro es regular estás muy en tensión, sabes que te puede coger y tienes que hacer por evitarlo. Y cuando tienes un toro bueno, pues… Cuando le has dado unos pases buenos y ves al público puesto en pie aplaudiendo, si ahí te dicen mira te doy tanto dinero, lo que quieras, si me cambias el sitio, no habría caso. Ahí no te cambias por nadie. No te importa nada, nada. Una sensación de poder absoluto. Cuando te das la vuelta y ves esa plaza volcada contigo, la emoción es que te ahoga. Allí te tienes que sujetar, porque te gustaría pegar saltos, festejar, pero tienes que comportarte como lo que eres, el torero, y aguantarte, y no expresar la alegría esa loca que te da.

–He oído a toreros diciendo que era una relación casi sexual lo que tenían con el animal en ese punto.

–No. Hay algunos que dicen que es sexual. Yo no, lo mío es cariño puro. Cuando ya te sale bueno sientes un enorme cariño por él: toro bonito, toro guapo, le hablas al toro. Yo le digo esas cosas; son tonterías, pero las sientes en ese momento. Venga toro bonito, toro guapo, embiste. Cositas. Piropos. El toro tiene que saber que tú lo estás queriendo. Ojalá Candela lo hubiese escuchado. Aquella tarde, sin duda, era una de esas tardes. Delirábamos todos.

***

En la faena el hombre debe someter al toro, enseñarle a cumplir con las órdenes que le da con cada pase de su paño. Después el matador –se llama matador de toros– tiene que estoquear a su toro. Es el momento culminante: donde el torero, para enterrar la espada, abandona toda defensa y se la juega a cara o cruz. Si mata bien a la primera estocada –sin necesidad de intentar otras o una espada especial llamada descabello– el torero va a recibir un premio. Son simbólicos: si su faena fue muy buena el público pide, agitando sus pañuelos, que el presidente le dé una oreja del toro; si fue extraordinaria, las dos. Es una rara mezcla de democracia –el público pide– y autoridad –el presidente– decide. Y, si pasó algo fuera de todo lo común, el público entusiasmado le gritará Torero, torero: es la única profesión que conozco donde llaman al profesional profesional, es el mejor elogio imaginable.

Pasaron los años: varios sin saber nada de Candela. Mi insistencia no había dado frutos y hasta yo puedo entender algunos límites, algunas veces: no la vi nunca más –y sólo la recordaba muy de tanto en tanto, como un dolor ligero, como el amago de una mueca que no haría. Había pasado años y tantas otras cosas; esa tarde de mayo, en la plaza de Madrid, era de dioses: hacía mucho que no se veía allí tan buen toreo. Yo había aprendido y ahora podía disfrutarlo de verdad. El maestro Antoñete estaba en su apogeo, y veinte mil desaforados arañaban el éxtasis. Muchos gritaban los olés de rigor, bastantes se agarraban la cabeza, más de cuatro lloraban, uno tiró su chaqueta hacia a la arena. A mi lado, un viejo andaluz estaba al borde del soponcio y repetía una frase, bajito, como una letanía:

El matador tiene que estoquear a su toro. Para enterrar la espada abandona toda defensa y se la juega a cara o cruz.

–Esto no se pué ver. Esto no se pué ver. Es que esto no se pué ver…

Decía, con fatalismo raro. Hasta que realmente no pudo más, se dio vuelta y dejó de mirar: no sabía soportar tanta belleza. En el ruedo, el maestro Antoñete completaba su obra. Más tarde, cuando pude volver a pensar, me di cuenta de que nunca había visto un homenaje mayor: un espectador que, llegado el momento, dejó de mirar el espectáculo porque era demasiado. Como quien mira al sol y se enceguece.

Yo seguía mirando, y entonces la vi, de pie, entusiasmada, cinco o seis filas más abajo. Esa mujer destacaba imponente, el pelo negro despenolado que le caía en cascadas, una mantilla bordada sobre camiseta minimalista blanca, las ancas desbancando un jean bien ajustado.

Tardé unos segundos en ver que era Candela. Yo las voy de moderno, pero me impresionó con qué furia besaba a su pareja: se morreaban con un descaro espléndido. Estaban muy afuera, muy lejos, desdén olímpico del mundo. Si quieren les digo que me quedé más tranquilo, casi reconciliado: Candela, bajo el sol de la plaza, era lenguas y babas con una rubia medio tosca, alemanota, demasiado robusta. No fue por mí, pensé, era cosa del género. Mal de muchos, pensé, y volví a gritar olé.

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comentarios
  1. Olga María Alarcón O. dice:

    El toro de lidia es una raza bellísima, así como la tauromaquia tiene una singular belleza.
    Las corridas de toros, estemos o no de acuerdo con ellas, forman parte de nuestra historia, nacieron con Quito, cuando la franciscana ciudad fue fundada en 1534.
    No las podemos negar como no podemos negar el mestizaje, esa unión y sincretismo que se dio al fundirse dos culturas diametralmente opuestas en todas las artes y surgiendo una nueva con matices grandes y leves de ambas.
    Quito tiene la mejor feria de América, la “Jesús del Gran Poder” y por ella vienen turistas de varios países, como también ecuatorianos a observar y disfrutar de la fiesta brava.
    Por lo tanto, ¿cómo podemos erradicarla si está tan impreganada en la idiosincracia de muchos de nosotros, es como borrar nuestra memoria, solo por el afán de un presidente que quiere perpetuarse en el poder?.

  2. anom dice:

    respuesta: ¿?

  3. lautaro dice:

    olga pete

  4. Piper dice:

    Este post me recordo mucho a los fanfics de mi mejor amiga :P

  5. Queen dice:

    ¿Por qué se la considera una crónica?.

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