Burdel de burras

Publicado: 13 mayo 2010 en Margarita García Robayo
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La respuesta de Andrés fue muy directa. Me dijo que le gustaba tener sexo con burras porque no se sentía en la obligación de demostrarle nada a nadie, que estaba él solo con ella, dejándose llevar por lo único que le interesaba en ese momento: tener un orgasmo.

Mientras me cuenta, pienso en ese juego de cumpleaños que se llama “ponerle la cola al burro”. Es complicado: cada niño debe caminar con los ojos vendados hasta la pared donde está colgado el muñeco de cartón y tratar de pegarle el rabo lo más cerca posible de la crucecita roja que señala el nacimiento de la cola. Recuerdo un cumpleaños en que casi todas las rifas se sortearon con ese juego; el regalo que todos queríamos -un game boy que traía el jueguito de Mario Bross- se lo ganó Danielito, un niño de la cuadra a quien la mamá le sopló dónde estaba la crucecita roja. La señora le gritaba “¡dale, Dani, más a la izquierda, eso, eso, en el culito del burro!”. Después de ese día, Danielito no volvió a salir a la puerta de su casa a jugar con el game boy, porque los demás niños le decían que se lo había ganado por darle en el culo a un burro. Pobre Danielito, cómo lloraba.

Yo no entendía por qué.

Ahora, cuando se lo cuento, Andrés pone cara de no entender tampoco: él nunca jugó a ese juego. Por lo menos no cuando era chiquito.

Me dice que todo comenzó a sus doce años. El capataz de su finca en Turbaco (un pueblo a 40 minutos de Cartagena, hacia el sur) le había contado muchas historias sobre las bondades de las burritas, de las que hoy él da fe.

Describe su aventura zoofílica como una “maldad de pelao”. Cuando lo hizo por primera vez tenía trece; esa es la edad más habitual para las burras: entre los doce y los dieciséis, años más, años menos.

Andrés y sus amigos pasan los veinte. Son cinco: dos paisas, un monteriano y dos cartageneros -la variedad de sus orígenes desmiente el mito de que la burricie sea una práctica exclusiva de los costeños-. Todos aseguran que ya no tienen contacto sexual con las burritas, que ahora tienen novias y les basta con ellas. Pero aún se van de paseo los fines de semana a la finca de Turbaco.

-La vuelta de ahora es otra -me dice el paisa.

Y me explica que se dedican a llevar “pelaítos” de catorce y quince, para hacer lo que ellos ya hicieron: perderle el miedo al sexo. Pero no se trata de filantropía: el cupo vale $2.000 y “usar” las burritas cuesta entre $5.000 y $7.000, según la que se escoja.

-Mejor dicho: con diez mil pesitos que el pelao ahorre en la semana ya está hecho.

El paseo

Los cinco muchachos salen todos los sábados a las 7:30 de la mañana en la camioneta de Andrés. Es una Ford verde muy vieja que se llama Miss Donkey, tiene los vidrios polarizados, lo que les permite camuflarme en el paseo de este sábado. En el camino recogen a los clientes, que por lo general no suman más de diez. Muchos repiten.

Esta mañana salimos por el corredor de carga que a esa hora está casi vacío. La carretera termina en el cementerio Jardines de Paz, donde todos nos santiguamos. A la subida de la loma de Turbaco (aproximadamente 180 m de altura) hay una señal de carretera que dice “Revise su culo antes de viajar”. Cuando la pasamos todos los chicos, en la parte trasera de la camioneta, se ríen estrepitosamente.

-Siempre que pasamos por aquí es la misma vaina -me dice Andrés, quien está al volante.

Luego frena y se baja del carro:

-¡Se les va a acabar el chiste a estos maricas!

Andrés camina hasta el cartel, recoge una piedra y repasa las letras que alguien borró delante de la palabra “CULO”: “VEHÍ”. Los chicos lo abuchean.

A las ocho llegamos a la finca. El clima de Turbaco es fresco, casi frío (25° C promedio). Se siente mucha humedad porque por ese terreno corre un arroyo.

El lugar es acogedor. Tiene lo que una finca de fin de semana en Cartagena necesita tener: un gran palo de caucho que da mucha sombra y sirve para recostar varias butacas, acomodar la caja de cervezas e improvisar sobre las inmensas raíces una mesita de dominó, y al fondo: un corral lleno de burras.

Los chicos saltan de la camioneta y se dispersan. Se van hacia la parte trasera de la casa y yo aprovecho para bajarme.

Y allí está Orlando, el capataz. Ha preparado seis burras y un burrito adicional. “Son las más sanas y pollinitas”, dice Andrés. En la puerta de la casa hay tres hamacas, cuatro butacas y dos mecedoras. En el medio hay una nevera de icopor gastada y sucia. A los clientes no se les da trago, pero los cinco patrones siempre se sientan a tomar cerveza y a oír vallenato mientras los demás hacen lo suyo.

Ahora huele a sancocho. Las dos hijas de Orlando preparan un caldo para “después”.

-¿Después de qué? -les pregunto a las niñas. Se ríen. Clara y Cecilia tienen 11 y 13 años y son huérfanas de madre.

Todos quieren con Marylin

Los muchachos también se ríen. Les hizo gracia que les preguntara si hay preferidas entre las burras, porque todavía les resulta increíble que los clientes se peleen por una en especial. Es chiquita, huesuda y mansita; es pollina, pero lleva rato en el negocio. Les sugiero bautizarla Marylin. Más risas.

Parece que el secreto de Marylin y de otras veteranas está en la temperatura que alcanzan. Andrés asegura que eso es un indicador de que la burrita “lo está disfrutando”. Veinte metros más allá, en el corral, las burras corren, se escapan. Orlando las ataja, las echa para adentro. La jornada apenas empieza.

Luego le pregunto a Orlando si ellas sufren. Se ríe y me pregunta si alguna vez he visto a un burro. Yo no sé si debo ruborizarme.

-Las que corren es porque se asustan de ver tanto pelao alrededor, pero no porque sufran. Claro que hay unas a las que les gusta más. Eso es como todo…

El “como todo” suena raro. Me pregunto si querría decir que es como con las mujeres. Si estaría comparando su negocio con cualquiera de los que funcionan en la media luna (especie de zona de tolerancia en Cartagena). Hay unas a las que les gusta más, dijo. Le faltó agregar: esas son las más putas.

Al fondo se ven los clientes en fila india. Son tan niños. Me recuerdan a Danielito con su game boy de Mario Bros. Algunos, sin embargo, parecen muy “curtidos” en el asunto. Hay uno que hace chistes todo el tiempo y se agarra con una mano la cremallera de su bermudita Nike: como si en cualquier momento le fuera a estallar.

-Venga, no se deje ver por los clientes -me dice uno de los paisas y me ofrece cerveza.

Ahí me empieza a explicar por qué es tan bueno estar con una burra. Me habla otra vez de la temperatura: “Lo tienen muy caliente”, dice, y también menciona el popular “chancleteo” que se hace con burros. Entonces entiendo el porqué del burrito adicional.

-Para chancletear usted amarra con la cabuya las bolas del animal, se la pasa después por debajo del pie y la tensa por un extremo y la chancletea así chan, chan, chan (él chancletea). ¿Me entiende?… y cuando el burro aprieta, ¡uno ve el mismísimo cielo!

Ahora se sonroja un poco y se queda mirándome, como buscando palabras menos evidentes. No las encuentra y se calla. Después me dice, todavía nervioso, que él prefiere a las mujeres.

El negocio

Esto parece muy profesional. Está claro que se trata de una forma de proxenetismo (barato) en el que todos se llevan su parte, hasta las burras:

-A ellas les dejamos buena comida y las mantenemos bien cuidaditas. Orlando se ocupa de ellas toda la semana y el sábado las tiene ‘al pelo'; él se gana una comisión: por ahí el diez por ciento de lo que recojamos. Hay otra parte que se va en gasolina y en la caja de cerveza que nos tomamos para pasar el rato. Yo cojo el veinte por ciento de lo que queda y el resto se divide en cuatro partes iguales para los que consiguen a los pelaos. Pero lo más importante, claro, es que el cliente quede satisfecho -expone Andrés con cara de gerente.

Ahí está el negocio. No genera grandes utilidades (aproximadamente $400.000 netos al mes) pero tampoco presenta riesgo porque los clientes deben confirmar con dos días de anticipación, y si es el caso reservar a la burrita de su preferencia. Cuando no hay gente suficiente no se hace el paseo, el punto de equilibrio se determina por los costos fijos: la gasolina, la comisión de Orlando y la cerveza. Los cinco coinciden en que si un día no hay utilidad, no pasa nada. Es todo muy organizado. El paisa lleva las cuentas.

Si el tema del sexo con burras no fuera tan incómodo, estoy segura de que los cinco empresarios tendrían folletos promocionales de su negocio. Se ven tan orgullosos como cualquier joven local que abre una “tiendecita pa’ vendé cerveza” frente a la universidad.

Le pregunto a Andrés quién fija las tarifas de cada ejemplar.

-Orlando.

-¿Y por qué él?

-Porque él las conoce y las lidia en la semana. Y él también es quien recibe las sugerencias de los clientes y se da cuenta de cuál es la que les gusta.

-Ya. Son algo así como “sus chicas”.

-Sí, algo así.

Riesgos

Ellos insisten en que la burras no son portadoras de enfermedades y “esas cosas”. De todas formas algunos clientes prefieren usar preservativos. Pero Orlando dice que eso no es bueno para el animal: que las burras no están acostumbradas al material sintético.

-A una la tuvimos que retirar porque se enfermó de sus partes. Después supimos que había sido una irritación producida por el condón. Por eso yo prefiero asignarle una a cada cliente. Antes uno podía compartirlas, pero es que no existían esas enfermedades de ahora -explica Orlando cual apoderado responsable del gremio, y yo pienso que Marylin no la debe pasar muy bien.

El riesgo está entonces en compartir la burra. Porque, según los patrones “ella solita no te contagia de nada; es el hecho de que otros ya han pasado por allí justo antes que tú”. En esos casos sí recomiendan a sus clientes que usen condón, muy a pesar de la burra. Vuelvo a pensar en Marylin.

De todas formas el mayor riesgo sigue siendo que los papás se enteren. Ni los papás de Andrés, ni los de sus cuatro amigos, ni los de los clientes adolescentes se imaginan en lo que andan sus hijos. Todos se creen el cuento del paseo de fin de semana a la finca de algún amigo en Turbaco. En Cartagena hay tantos amigos con fincas en Turbaco.

Orlando les hace “el dos” porque le parece que los muchachos no están haciendo nada malo. Al contrario, cree que está bien que los pelaos aprendan esas cosas. Después de todo, dice, “a los quince años ya se está en edad de merecer”.

Ponerle la cola al burro

Insisto en que ponerle la cola al burro es un juego difícil. Algunos lo definen como una adaptación sofisticada de la gallina ciega. Puede ser. La gran diferencia es que acá la destreza del niño está en la precisión para ponerle la cola al muñeco. Algo parecido sucede en la vida real.

Tener relaciones con burros requiere de toda una parafernalia. Por ejemplo, como los chicos no las alcanzan toca buscarles banquitos para que queden a la altura del animal. Esa fue la primera inversión que hicieron los muchachos para que los clientes no tuvieran que turnarse el único que había. Lo que sigue es casi un ritual que empieza por alzarle el rabo a la burrita y jalárselo mientras se “procede con el asunto”. Me cuentan que ese es el mejor momento para el cliente, pero el peor para la burra. Aún con banquito sigue siendo una relación desigual.

Algunos de los clientes entran al corral con una vara de madera y casi todos llevan su respectiva cabuya. Orlando me explica que la vara es para animarlas, para que se muevan. No sé qué expresión habré hecho para que Orlando volviera a hablarme ahora con cara y tono de preocupación: “No se angustie tanto, niña, que ellas son ‘casi’ mujeres y todo eso les gusta…”. Y sigue hablando y hablando, pero ya no lo escucho. No aclares que oscurece, dicen por ahí.

Se supone que no debo llegar hasta el corral, pero me acerco un poco. Orlando me sigue. El monteriano está justo debajo del palo de caucho cogiendo fresco. Le paso por delante y ni se inmuta. Me agacho detrás de una matarratón y veo a todos esos muchachitos encaramados en sus burritas. Algunos revoloteando, esperando su turno, calentando motores, haciéndose chistes. Parece una piñata.

Hay uno que está sentado y suda a chorros. A sus espaldas hay otro de gorrita roja que está en plena acción y tiene los ojos cerrados, concentrado. Hace mucha fuerza: le tiene las uñas enterradas en las ancas al animal. Se aferra, se acerca, se mueve rápido, pero sin gracia. Luego la suelta y cae extenuado al lado de su amiguito.

De este lado alcanzo a ver algunas nalgas rosadas temblorosas. Me llama la atención que la mayoría se deja la bermuda en los tobillos y las camisetas colgadas en la cabeza. Están tan ansiosos que casi ninguno se demora más de dos minutos en cumplir con su deber.

-¡Ven, Horacio, que te toca otra vez! -grita el más alto desde el fondo del corral.

Horacio está sentado:

-Ya no puedo más, marica, deja que coja aire.

-Ayyyy, mariquita -le gritan los demás.

-Abre el ojo que te estás volviendo impotente -le dice el alto.

Horacio se pone de pie y le tiemblan las piernas. Se quita los tenis y se manosea un poco.

-Ya. Parece que ahora sí -dice.

Y corre hasta donde está la burra, se sube al banquito, se baja rápidamente la bermuda, la agarra y se le pega. Creo que está simulando porque no se mueve. En la otra esquina del corral hay un monito que decidió no esperar tanto y entregó sus afanes a sí mismo.

Referencias culturales

En la Costa pocos reconocen abiertamente haber tenido sexo con burras, pero el asunto es de dominio público. Lo decente es que escandalice. Lo exagerado es que enorgullezca. El rey de los exagerados fue Raúl Gómez Jattin, un prestigioso poeta costeño ya fallecido al que muchos colombianos bautizaron “el putas”. Erudito en temas de zoofilia, drogadicto, demente y suicida. Autor del poema Te quiero, burrita: “Te quiero burrita porque no hablas ni te quejas/ ni pides plata/ ni lloras/ ni me quitas un lugar en la hamaca/ ni te enterneces/ ni suspiras cuando me vengo/ ni te frunces/ ni me agarras/ Te quiero sola, como yo/ sin pretender estar conmigo/ compartiendo tu crica con mis amigos/ sin hacerme quedar mal con ellos/ y sin pedirme un beso”.

Orlando defiende un discurso similar. Se confiesa parte de toda una línea ancestral que tuvo sexo con burras desde los ocho años. Me cuenta además que uno de sus tíos nunca se casó porque se enamoró perdidamente de su burra: la bautizó Yolanda. Y su padre, dice, también fue burrero hasta viejo.

Andrés y el segundo cartagenero no se imaginan a sus papás en esos menesteres, pero tampoco les extrañaría. Los paisas ni por plata lo aceptan. El monteriano guarda silencio.

Los muchachos cambian el tema. Son pudorosos. Prefieren darme todas las explicaciones de su negocio que suponen muy original, pero que en verdad no presenta ninguna innovación. Lo que sí hacen es poner en evidencia algo que todavía muchos creían un mito. No es mito. Es una práctica que puede definirse rural por simple oportunidad, pero que eventualmente puede colarse en las ciudades y convertirse, como en el caso de Andrés, en un negocio. Según ellos, les venden a los más chicos la posibilidad que la calle les niega, ese viene siendo el componente moralista; el romántico se lo agrega Orlando: “Las burras son para los niños algo así como el primer amor”.

En medio de la conversación se asoman Clara y Cecilia con caritas burlonas. No se atreven a salir hasta la terraza donde estamos sentados:

-¡Vayan pa’ dentro, culicagadas, ¿no ven que esto es pa’ grandes?! -grita Orlando, mientras las niñas corren soltando carcajadas y se esconden otra vez en la casa.

-Pa, es que ya está la sopa -gritan en coro desde adentro.

Los cinco “doctores” siguen su exposición.

-Nuestra estrategia consiste en facilitarles las cosas a los pelaos. Peor es que se vayan pa’ la media luna a acostarse con esas mujeres que los pueden contagiar de enfermedades y a exponerse a que se los lleve la policía por ser menores. Además les sale mucho más caro -habla por fin el monteriano. Se pone de pie y camina hacia el comedor, a un extremo de la terraza.

Se trata de ofrecer “condiciones más favorables” a un mejor precio, dicen los patrones. A la larga lo que aquí se discute es si acostarse con una mujer o con una burra. Me pregunto si los usuarios de la media luna tendrán esta opción en mente y si las trabajadoras del sector sabrán quiénes se vislumbran como su competencia.

Yo las tengo a todas enfrente: “Las más pollinitas”. La selección de Orlando para la semana: sin duda el mejor catador. En la esquina, ya fuera del corral, está Marylin o una que se le parece. Masca hierba y se ve cansada: ha trabajado mucho hoy.

Al otro lado están los clientes tomándose la sopa.

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comentarios
  1. javierquinteroflores dice:

    Suena cómico, parece grotesco; pero entre la comedia y lo grotesco hay un buen texto narrativo. “Nalgas rosadas”, “piernas temblorosas”, “niños que preparan motores”. Qué risa!

  2. milena dice:

    que deberian ser mas cortos.

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