Las madres guaraníes saltan a la cancha

Publicado: 8 julio 2011 en Ander Izagirre
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El partido entre los equipos de Urundaiti y Boyuibe se retrasa unos minutos: Susana, una de las jugadoras, está detrás del córner dando el pecho a su bebé. Por fin, entrega la criatura a una amiga, sale corriendo al campo y se instala en el borde de su área, donde no dejará pasar ni un balón en todo el partido. Susana, defensa central infranqueable, es una mujer guaraní que tiene 25 años y seis hijos.

El partido sufre otra demora: alguien avisa de que tres de las futbolistas están embarazadas y no deberían participar. Se reorganiza el equipo. Unas señoras obesas de unos 35 o 40 años se visten la camiseta y sustituyen a las embarazadas. Con ellas sale otra chica de 15 años, que también ha estado amamantando a su bebé en la banda.

El árbitro lleva por fin el balón al centro del campo, una explanada de tierra en la aldea guaraní de Urundaiti, bacheada y generosamente alfombrada por cagadas de oveja. Las futbolistas se acercan y forman un corro para escuchar las palabras de Margoth Segovia, promotora de estos encuentros: “Amigas, nos reunimos para disfrutar todas juntas del deporte. No se trata de jugar a muerte. Queremos que perdure la amistad, el respeto y la solidaridad entre todas nosotras. Hacemos deporte para distraernos de lo que ustedes ya saben”.

La revolución del fútbol

Lo que ellas ya saben: cinco o seis hijos, a veces nueve o diez, hacinados en una caseta de adobe sin agua ni electricidad, acosados por el hambre y las enfermedades parasitarias. Maridos que se marchan y no vuelven. O que vuelven borrachos, gritando y golpeando. Trabajo sin descanso para cuidar a los niños y llevar la casa, limpiar, coser, cocinar, cultivar un poco de maíz en una parcelita miserable, criar algún chancho, unas gallinas, y salir unas horas a la ciudad para vender empanadas en la calle o limpiar casas a cambio de unos pesos. Y por la noche, fútbol.

“Estas señoras que vienen a los entrenamientos dos o tres veces por semana tienen un mérito extraordinario”, explica Segovia. “Llegan agotadas pero participan porque el fútbol representa para ellas mucho más que un deporte: es su espacio de libertad, el momento de la semana en el que se juntan con las amigas, charlan, se ríen, practican deporte en grupo, y durante unas horas se olvidan de sus vidas tan duras. La sociedad guaraní es muy machista. Aquí las mujeres no tienen vida propia, sólo hacen lo que les permita el marido, pero ellas han ido ganando sus espacios”.

En apenas dos años, el fútbol ha impulsado una pequeña revolución social en el Chaco: “Al principio, muchos hombres se negaban a que las mujeres jugaran. Les parecía algo ridículo, vergonzoso. ¡Sus mujeres jugando al fútbol! Las que se atrevían a venir recibieron más de una paliza. Pero los hombres han ido poco a poco acostumbrándose y cada vez vienen más a ver los partidos. Un domingo me di cuenta de que estábamos cambiando las cosas: vi cómo una de las jugadoras dejaba el bebé a su marido y salía a la cancha. Aquello era revolucionario: ¡el hombre con el niño en brazos, mientras la mujer jugaba! No me lo podía creer”.

Sí que hay bastantes hombres viendo el partido Urundaiti-Boyuibe, aunque permanecen en grupos, un poco alejados, a la sombra de los árboles. Las que más jaleo montan son las espectadoras, volcadas en la misma línea de banda: los universales gritos al juez, aunque siempre con educación (“¡marque bien la barrera, señor árbitro!”), las bromas contra algunas jugadoras mayores que pierden el balón ante las jóvenes más ágiles (“¡está muy pesada!”) y la carcajada general cuando la extremo derecha de Urundaiti se queja a voces de los malos pases de sus compañeras (“¡me hacen correr como pelotuda para nada!”).

No es fácil dirigir el balón entre los hoyos y los bultos del terreno, así que las chicas de Urundaiti intentan pases largos y aéreos hacia sus dos delanteras. “Al principio pateaban la bola y corrían todas detrás como ovejas, hasta las arqueras”, dice Carlos, el entrenador. Después de unos meses, las jugadoras han aprendido a repartirse el campo. Carlos interrumpe las explicaciones para pedirle un cambio al árbitro: un bebé llora y llora en la banda, así que la madre debe abandonar el terreno para atenderlo.

Pero no hay manera de calmar al bebé. Llora y no quiere mamar. “Es que tengo la teta caliente de tanto correr y no toma”, dice la madre. Y luego chilla: “Señoras, ¿quién tiene una teta fría?”. Se ríen las espectadoras y también las futbolistas, que andaban peleando el balón en un barullo dentro del área. “Mírenlas, toditas juntas, parecen hormigas nomás”, grita otra espectadora. Más cachondeo.

Mostrarse al mundo

En el descanso, las chicas de Boyuibe están contentas: ganan por dos a cero. Pero su arquera Yobinka Guzmán ha tenido que trabajar bastante. “Necesitamos más fuerza en la defensa para que no me lleguen tantos balones al arco”, dice. Yobinka tiene 29 años, cuatro hijos y un sobrino adoptado en su propia casa. Todos los días se levanta a las seis de la mañana, da la leche a su chiquito de 2 años, prepara el desayuno a los mayores y sale al trabajo: es educadora en una escuelita de la aldea guaraní de Pueblo Nuevo, donde atiende a niños pequeños. Al mediodía prepara la comida y arregla a los hijos para que vayan al colegio por la tarde. Luego dedica varias horas a limpiar las ropas y la casa. Y por la noche acude a los entrenamientos. “Duermo como muerta”, dice, entre risas. “Pero tenemos que practicar fuerte para viajar a España”.

Yobinka y sus compañeras anhelan formar una selección de madres guaraníes que vuele a España y participe en torneos como la Donosti Cup de San Sebastián, que en su última edición intentó traerlas pero no consiguió superar algunos trámites. A pesar de las destrezas de ciertas jugadoras, el criterio para seleccionar a las que viajen tendrá que ser más biológico que futbolístico. “Aquella chica tan hábil irá a la Donosti Cup, ¿no?”, preguntamos, señalando a una adolescente que controla, regatea y pasa con una precisión admirable. “Sí”, suspira Segovia, “si no se queda embarazada…”.

A Inocencia, de 23 años, el calendario le cuadra. En diciembre dará a luz a su cuarto hijo, de modo que le quedarán seis meses para preparar el torneo donostiarra: “Ojalá podamos viajar, para nosotras sería una oportunidad única en la vida. El fútbol es importante, nos ayuda a desarrollarnos: yo cuido a mis niños, limpio las ropitas, hago la casa, trabajo tejiendo y haciendo pan, pero siempre guardo tiempo para los entrenamientos porque gracias al fútbol nos reunimos las mujeres, conocemos nuestros problemas, nos ayudamos. Los hombres ya van entendiendo. Les parece bien. En mi casa jugamos los dos: mi marido es futbolista y me apoya, está dispuesto a cuidar los niños si yo viajo a España. Es importante que vayamos: tenemos que enseñar a todo el mundo cómo nos estamos preparando las mujeres de Bolivia”.

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