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Una carrera abominable

Publicado: 14 julio 2012 en Ander Izagirre
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La leyenda del Tour nació con un grito. En 1910 el ciclista Octave Lapize atacó desde la salida en la etapa Luchon-Bayona, la primera que recorría los caminos pirenaicos. En su escapada de 326 kilómetros, el francés pedaleó durante catorce horas y por el camino se topó con cinco monstruos que entonces nadie conocía: Peyresourde, Aspin, Tourmalet, Soulor y Aubisque. Lapize excavó la ruta de los mitos a golpe de dolor. Llegó a la cumbre del Aubisque gimiendo; tiró al suelo la bicicleta, se dirigió hacia uno de los organizadores del Tour y, cuando sus pulmones reunieron un poco de aire, cinceló la primera sentencia en las tablas del ciclismo: “¡Asesinos!”.

Octave Lapize resumió en una palabra lo que muchos corredores han descubierto durante más de un siglo: el instinto criminal del Tour. También lo descubrió Paco Cepeda, que se mató en el descenso del Galibier en 1935. Y Wim Van Est, el holandés que marchaba con el maillot amarillo en 1951, se despeñó por un barranco de setenta metros en el Aubisque y apareció vivo cuando bajaron a buscar su cadáver. Y Roger Riviére, un chaval que volaba hacia la victoria en 1960 cuando se estrelló en el Perjuret: se partió la columna vertebral y pasó el resto de sus días en una silla de ruedas. Y Fabio Cassartelli, el campeón olímpico que en 1995 se quedó para siempre en una curva del Portet d’Aspet. Y Jean Robic, un escalador de bolsillo que en los descensos se cargaba de plomo para compensar su poco peso y que llevaba un anillo con la inscripción bretona Kenbeo kenmaro, a vida o muerte. Robic, vencedor del Tour de 1947, se fracturó a lo largo de su carrera la muñeca izquierda, las dos manos, la nariz, la clavícula izquierda, el omoplato derecho, el fémur; se abrió una ceja y sufrió el desplazamiento de cuatro vértebras; se partió el cráneo dos veces y se lo tuvieron que reforzar con una plancha de acero. Era Robic trompe-la-mort, el engañamuertes. También Louis Malléjac esquivó el filo de la guadaña en 1953: “He creído morir subiendo el Mont Ventoux”. Malléjac acababa de intuirlo: la muerte esperaba en aquella montaña para llevarse un ciclista. En 1967 Tom Simpson dio sus últimas cuarenta pedaladas en el Ventoux y cayó fulminado por una mezcla de fármacos, alcohol y calor. El fallecimiento de este inglés, que en 1965 se había proclamado campeón del mundo en San Sebastián, removió las entrañas de miles de espectadores que seguían la tragedia en directo por televisión. Simpson se les murió en el salón de casa.

Esta competición de instinto feroz empezó a gestarse  a finales del siglo XIX, en las redacciones de dos diarios deportivos parisinos. En 1891, el diario Vélo organizó la París-Brest-París, una prueba ciclista de 1.260 kilómetros que ganó Charles Terrot tras 71 horas de pedaleo. Los lectores, ansiosos por conocer el relato de semejante aventura, agotaron los ejemplares de Vélo. El éxito asombró al director del diario, Pierre Giffard, quien no tardó en crear la Burdeos-París y la París-Roubaix, un monumento del ciclismo que aún hoy recorre las rutas empedradas de hace un siglo, conservadas exclusivamente para que los ciclistas sufran en ellas una vez al año. Aquellas primeras maratones ciclistas eran en el fondo un escaparate de dos negocios en simbiosis: la venta de diarios y la venta de bicicletas. El diario Vélo se financiaba en gran parte por los anuncios de los fabricantes de bicicletas, y ambos, periodistas y fabricantes, se aliaban para organizar grandes espectáculos deportivos. El objetivo era seducir con las hazañas ciclistas tanto a los espectadores que presenciaban en directo el paso de las carreras como a los lectores de las crónicas del Vélo, teñidas de épica rimbombante. Lo consiguieron: la venta de diarios deportivos y bicicletas se disparó en Francia.

Y así, otros periodistas franceses se inventaron el Tour para vender más diarios. El hombre clave fue Henri Desgrange. Este antiguo ciclista, que entre otras hazañas había establecido en 1893 el récord de la hora en 35,325 kilómetros, trabajaba de jefe de publicidad para Adolphe Clément, fabricante de bicicletas. Organizaba carreras ciclistas para promocionar las bicicletas Clément,  incluso lanzó la idea de construir el velódromo del Parque de los Príncipes -donde terminaría el Tour todos los años, hasta 1977-. Pero Clément y Desgrange rabiaron: el diario Vélo jamás publicaba noticias sobre las competiciones que ellos organizaban. Y cuando se dignó a mencionar el velódromo del Parque de los Príncipes, solo fue para sentenciar que resultaba “demasiado grande” y quedaba “demasiado lejos” del centro de París. Desgrange y Clement, indignados por el monopolio informativo y publicitario que ejercía Vélo, se reunieron con los presidentes de varios clubes y fabricantes automovilísticos -entre ellos, un tal Édouard Michelin- y en 1900 decidieron fundar un diario sobre automovilismo y ciclismo: L’Auto-Vélo. Henri Desgrange fue el primer director. Pero Pierre Giffard contraatacó pronto: denunció al nuevo diario por uso indebido de una marca registrada y ganó el juicio, por lo que Desgrange tuvo que eliminar la palabra Vélo y quedarse solo con L’Auto, a pesar de que también hablara de ciclismo.

Henri Desgrange, alias El Patrón, decidió luchar contra Giffard con su misma fórmula, y como primer ensayo organizó la carrera ciclista Marsella-París. La prueba tuvo cierto éxito, pero L’Auto no vendía más de 20.000 ejemplares mientras que el Vélo de Giffard rondaba los 80.000. Por eso, el 20 de noviembre de 1902, Desgrange reunió a sus colaboradores para pensar en algún proyecto más ambicioso que permitiera dar un revolcón a las cifras de ventas. La idea germinó en el cerebro del redactor Géo Lefèvre:

—Últimamente nos llegan cartas desde las ciudades de provincias, porque quieren ver a las figuras del ciclismo. Podríamos organizar una carrera por etapas que saliera de París y que recorriera las ciudades principales. Sería una vuelta a Francia.

El proyecto apasionó al Patrón, quien durante los siguientes días se reunió con Lefèvre en el restaurante Madrid para concretar los detalles de semejante carrera. Por fin, el 19 de enero de 1903, la portada del diario L’Auto anunció el nacimiento de la criatura: “La mayor prueba ciclista del mundo entero. Una carrera de un mes, del 1 de junio al 5 de julio, por Lyon, Marsella, Toulouse, Burdeos y Nantes. 20.000 francos en premios”. El proyecto aún estaba prendido con alfileres, pero Desgrange, publicista hábil, solo redactó esa especie de telegrama porque sabía que causaría expectación y que las cábalas de los demás diarios y de los lectores engordarían como una bola de nieve: “Una prueba monstruosa llamada a causar sensación” (Le Figaro), “Una carrera gigantesca, un espectáculo grandioso” (Le Soleil), “Nunca jamás se había anunciado una prueba deportiva de tal calibre” (Le Matin).

Hay que entender aquella euforia efervescente dentro de su contexto. A principios del siglo XX se vivía una fe algo ingenua en el progreso material. Era la época de las hazañas deportivas y las proezas técnicas, del avance imparable de las comunicaciones y los medios de transporte, de la creencia en que el progreso tecnológico acercaría a los pueblos del mundo y abriría camino a una fraternidad universal. Como escribió Josep Pla, aquellos hombres que estrenaron siglo creían que la paz y la tranquilidad humana dependían del mejoramiento del motor de explosión o de la telegrafía sin hilos. Divinizaban el tornillo, el cambio de marchas y la carburación.

También lo hacían los franceses de 1900: se inauguró el metro parisino, el piloto Blériot atravesó el canal de la Mancha en aeroplano, se organizó la prueba automovilística París-Madrid, los ferrocarriles se habían extendido ya por todo el país y todo el continente, los transatlánticos que zarpaban de El Havre tardaban menos de doce días en llegar a Nueva York. Y donde aún no se podían construir raíles, carreteras o motores, se dejaba vía libre a la poesía y la imaginación: el cineasta Georges Méliès estrenó su delicioso Viaje a la Luna. Muy poco después, en 1914, estalló la Gran Guerra y sobrevino la peor catástrofe jamás conocida, precisamente porque el progreso material había aumentado también la potencia de los horrores. Quedó un mundo en ruinas, amargo y perplejo. Pero aquella oleada de optimismo que bañó los primeros años del siglo XX dejó algunas huellas perdurables: el Tour de Francia, por ejemplo. Con la bicicleta, ese invento genial, los hombres se movían por su propio esfuerzo a velocidades similares o superiores a las que alcanzaban los automóviles de la época. Y esa máquina tan sencilla permitiría recorrer Francia entera, en una ruta que de paso era una exploración por los límites de la capacidad humana.

Porque la magia del ciclismo nace siempre de ese misterio que existe más allá de la frontera del sufrimiento. El corazón late como una lavadora a punto de estallar, hierven los muslos, los pulmones se ahogan. Saltan todas las alarmas y el cuerpo pide clemencia, pero el ciclista prolonga cuanto puede esa agonía: “Cuántas veces cerré los ojos sobre la bicicleta -escribió Pello Ruiz Cabestany-. Me acuerdo de esos momentos tan duros, en los que me olvidaba de todo: de mis amigos, de mi familia y de mí mismo. Todas mis fuerzas concentradas en las bielas que subían y bajaban. Toda mi imagen enfocada en la rueda trasera de quien me precedía. Mis ojos se cerraban para que no entrase ningún pensamiento que pudiera distraerme. Llegaba a los límites físicos, a salirme de mi cuerpo”. Cuestión de límites. La diferencia entre un buen ciclista y un campeón reside en la capacidad agonística, en ese punto del sufrimiento que distingue a unas personas de otras. “He llegado muy lejos en el dolor”, confesó Miguel Induráin.

Y el Tour de Francia dibujó esa ruta del dolor: 2.428 kilómetros divididos en solo seis etapas. Henri Desgrange perfiló los detalles de la prueba. Entre una etapa y otra habría dos o tres jornadas de descanso. Por miedo a quedarse sin corredores, Desgrange permitió que los ciclistas pudieran participar en algunas etapas y renunciar a otras, pero el triunfo final solo se disputaría entre quienes completaran todo el recorrido. Se establecían, además, dos categorías: una para los ciclistas que competían en equipos profesionales y disfrutaban de la ayuda de mecánicos y masajistas al final de las etapas, y otra para los isolés -aislados-, también conocidos como desherités -desheredados-, que se las apañaban para buscar comida y alojamiento, para lavarse la ropa y curarse las heridas, para reparar la bicicleta y parchear los neumáticos. Al contrario que en muchas pruebas de la época, no se permitía pedalear a rueda de motoristas o ciclistas ajenos a la prueba. Los corredores no podían llevar “coches de apoyo con víveres, repuestos o entrenadores”, ni “recibir comida o bebida de una mano amiga” -deberían buscarla en las posadas y fuentes del camino-; tampoco cambiar de bicicleta -“salvo que encontréis fortuitamente a un ciclista desconocido que acepte la vuestra en mal estado y os dé la suya en bueno”- y la ayuda mecánica estaba totalmente prohibida.

Desgrange contrató al ciclista y poeta italiano Rodolfo Muller, para que meses antes recorriera en solitario todo el trazado de la prueba, a modo de ensayo. Desde el final de cada trayecto, enviaba un telegrama para informar al Patrón sobre las condiciones de la ruta y los lugares adecuados para establecer controles de paso. Sobre aquellas carreteras de tierra y socavones, Muller dibujó la primera huella ciclista a través de toda Francia. Y los organizadores temieron que quizá fuera la última: a pocas semanas de la fecha de inicio, solo se habían inscrito quince ciclistas. Eso sí, entre ellos figuraban los nombres más prestigiosos del ciclismo europeo, como Maurice Garin, Léon Georget, Hippolyte Aucoutourier y el alemán Joseph Fischer. Pero Desgrange no estaba dispuesto a poner en marcha el Tour si al menos no participaban sesenta corredores. Para darle un impulso a las inscripciones, los organizadores retrasaron la fecha de salida y redujeron la duración de la prueba: se celebraría del 1 al 19 de julio, para que los corredores no profesionales pudieran participar con más facilidad, sin tener que abandonar el puesto de trabajo tanto tiempo. Y además de los premios, L’Auto ofreció una dieta de cinco francos para los primeros cincuenta de cada etapa, una pequeña ayuda que permitiría a muchos sufragarse los gastos mínimos de la aventura. En pocos días, la redacción recibió 78 nuevas inscripciones, aunque algunos de ellos decidieron borrarse al final.

Por fin, el 1 de julio de 1903, frente a una posada de carretera llamada Reveil Matin (“el despertador”) se apelotonaron 76 figuras extravagantes, ataviadas como una mezcla de aviador, minero y vagabundo, con los tubulares enrollados a la espalda, con un maletín de cuero en el manillar para cargar con la comida y una botella de vidrio. Al frente de ellos, hablaba un hombre de mostacho, chaqueta de tela y sombrero de panamá: el periodista Georges Abran, encargado de dar la salida.

—Señores, debido a unas obras en la carretera, la prueba comenzará seiscientos metros más adelante, en dirección a Draveil.

Los corredores recorrieron ese tramo a pie, con la bici en la mano, charlando y bromeando con amigos, familiares y seguidores.

—Alto.

Todos se detuvieron en silencio, mientras Abran levantaba un banderín amarillo -el color de las páginas de L’Auto, que en 1919 se convertiría en el color del maillot del líder-. A las 15 horas y 16 minutos de aquel 1 de julio de 1903, Abran bajó la bandera y los 76 ciclistas emprendieron la marcha en esa primera etapa de 467 kilómetros hasta Lyon. Nada más empezar, Aucoutourier lanzó el primer ataque de la historia del Tour. Este ciclista impaciente, que recurría al vino tinto para soportar el esfuerzo, acabó derrengando en una cuneta y se tuvo que subir al tren para llegar hasta Lyon.

Dentro del pelotón pedaleaba otro personaje insólito: Géo Lefèvre, el redactor de L’Auto a quien se le había ocurrido la idea original del Tour de Francia. Lefèvre cumplía los papeles de director de carrera, vigilante de los controles de paso, cronista y cronometrador. Tomaba la salida con los corredores y les seguía en bici durante veinte o treinta kilómetros, paraba en una estación y se subía al tren para adelantarse hasta otro tramo de la carrera, donde volvía a unirse a los corredores de cabeza. Al final, buscaba otro tren que le llevara a meta y allí se encargaba de tomar los tiempos. Fue el primer enviado especial al pelotón y el único de la historia que lo siguió con la fuerza de sus piernas.

El deshollinador Maurice Garin, ganador del primer Tour, venció también en esa primera etapa, después de pedalear durante toda la tarde, la noche y la madrugada, hasta alcanzar la meta de Lyon a las nueve de la mañana del día siguiente, tras dieciocho horas de esfuerzo. Cerca de él llegó su compañero de equipo Pagie, a un minuto, y en tercer lugar entró otro de los favoritos, Georget, a 35 minutos. Al mediodía, Géo Lefèvre dejó el cronómetro en manos de un ayudante y se marchó a redactar la crónica. Aún faltaban muchos participantes por llegar, pero gotearon hacia la meta de Lyon durante toda la tarde. El último llegó tras veintiocho horas de pedaleo, diez horas más tarde que Garin. Y como en esa etapa inaugural, era frecuente que los ciclistas se pasaran la noche entera pedaleando. La etapa Toulouse-Burdeos, por ejemplo, comenzó a las tres de la mañana mientras un cinematógrafo proyectaba en una sábana imágenes de las etapas anteriores.

Antes, en la segunda etapa, un suceso obligó a Desgrange a cambiar el reglamento sobre la marcha. Aucoutourier, el ciclista que bebió demasiado tinto y llegó a Lyon en tren, quedó descalificado para la clasificación general y ya solo optaba a las victorias parciales, de modo que alcanzó un acuerdo con Georget, el tercer clasificado: se fugarían juntos para atacar al líder Garin. Así lo hicieron, y se presentaron en una Marsella abarrotada de espectadores con 26 minutos de ventaja sobre Garin. Los dos compinches se repartieron el botín: Aucoutourier ganó la etapa y Georget recortó casi toda la ventaja perdida en la primera jornada. Desgrange, consciente de que los llamados “parciales” como Aucoutourier podrían influir en el resultado final, decidió dividir el pelotón en dos. Quienes no optaran a la clasificación general saldrían unas horas más tarde que el resto.

Garin aprovechó las siguientes etapas para vapulear a sus rivales. Este es un fragmento de la crónica nocturna escrita por Géo Lefèvre durante la tercera etapa: “Léopold Alibert y yo pedaleamos por la carretera de Nimes. En plena noche, luchamos contra las ráfagas del mistral desencadenado y las nubes de polvo. Alrededor de nosotros, la oscuridad completa. Solo la carretera blanca reluce bajo la luna. De pronto, cuatro fantasmas nos sobrepasan. Yo salgo tras ellos y les grito: “¿Quiénes sois?”. Me responde una voz: “¿Quién eres tú?”, y reconozco a Maurice Garin. Me presento. “¡Monsieur Géo! ¡Buenas noches!”, dice Garin. “He dejado atrás a Georget, lo tengo ya dominado”. Entonces habla la otra voz: “¡Yo soy Dargassies, Dargassies de Grisolles!”. Las sombras de Garin y Dargassies desaparecen en la noche. Pronto llegan los siguientes corredores, en plena persecución rabiosa. Nos gritan: “¡Apartaos a la derecha!”. Es la voz nasal de Rodolfo Muller, quien me grita: “¡Muy bien, Géo, cumples muy bien con la vigilancia!”.

La carrera fue un éxito completo. La tirada de L’Auto pasó de 20.000 ejemplares a los 50.000 que se vendían durante el Tour, y la cifra seguiría creciendo año tras año hasta los 320.000 en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Los lectores seguían con avidez las crónicas pedaleadas de Lefèvre, las entrevistas, las semblanzas de los campeones, los mínimos detalles magnificados por el plantel de periodistas de L’Auto. Cuando los 21 ciclistas supervivientes llegaron al atestado velódromo del Parque de los Príncipes de París, el público rompió en una ovación estruendosa. En la clasificación final, Garin, ganador de tres etapas, aventajó en casi tres horas a Pottier; y Muller, el ciclista que corrió dos Tours el mismo año, concluyó cuarto a cinco horas. El vencedor consiguió una velocidad media de 26 kilómetros por hora, superior a la que podían obtener los automóviles de la época por aquellas rutas.

Ya se iba gestando el mito. Los periodistas ensalzaban a los ciclistas con apelativos y epítetos de estilo homérico: acuñaron la expresión “gigante de la ruta” como sinónimo de ciclista; Garin era “el pequeño deshollinador”; Dargassies, “el herrero de Grisolles”; estaban “el poeta Muller”, “el terrible Aucoutourier” y “el escalador Fischer”. ¿El escalador, en un Tour plano, sin montañas? El apodo le había caído unos meses antes, al final de las 72 horas de París, una de esas pruebas ultramaratonianas tan del gusto de la época, en la que los ciclistas pasaban tres días seguidos dando vueltas al velódromo del Parque de los Príncipes. El alemán Fischer terminó la carrera al borde de la locura. Tiró la bici, salió del velódromo, escaló un árbol y se sentó allí, sobre una rama, en silencio. Durante un par de horas, el alemán no dijo media palabra y nadie le convenció para que bajara. Joseph Fischer, el escalador. Había nacido la leyenda del Tour y la leyenda de sus primeros personajes.

“He sufrido penurias; he pasado sed, frío y sueño; lloré entre Lyon y Marsella”, declaró Garin en L’Auto. “Ahora que la carrera ha terminado y que no estoy obsesionado con la siguiente etapa, puedo decir que vuestra carrera es la más abominablemente dura que se pueda imaginar. Habéis revolucionado el ciclismo. El Tour marcará un hito en la historia de las carreras en ruta”.

El balón salió rechazado hacia el pico del área, justo donde llegaba Lidia Galván, la extremo derecha boliviana: “Pateé fuerte y de pronto vi la bola en la red. No me lo podía creer. Salí corriendo pero no sabía adónde ir, me sentí medio mareada”. Sus compañeras se le echaron encima, la abrazaron, saltaron, gritaron.

Galván es la mayor del equipo (39 años), la que más hijos tiene (siete) y la que más goles metió en el primer partido (dos). Cuando se separó del abrazo colectivo, se tapó la cara con las manos y volvió caminando a su posición, con la cabeza baja. Al reanudarse el juego, recibió un par de broncas del entrenador: corría despistada, había dejado marchar a la lateral contraria banda arriba, sin seguirla.

“Anoche estaba muy nerviosa, me costó dormir”, contó al final del partido, en un campo de San Sebastián, durante el torneo internacional Donosti Cup. Para Galván, como para casi todas sus compañeras, era la primera vez que salía del Chaco boliviano. “Quería meter un gol, por lo menos uno en todo el campeonato, por mi familia, por mis hijos, por mi país, por los auspiciadores que nos ayudaron a venir. Marqué y lo primero me acordé de mi familia. Hace unos días llamé por teléfono y casi no pude hablar con ellos, me entraron ganas de llorar. ¿Por qué? Porque estamos muy lejos. Ahora me siento feliz pero mi marido y mis hijos aún no saben que marqué dos goles”.

Galván luce con orgullo sus dos empeños más recientes: el fútbol y el trabajo en el vertedero de Camiri donde, con otras veinte mujeres, recicla botellas. “Soy la reveterana del equipo. Pero no me siento vieja, estoy muy viva”, dice. “Siempre me gustó el deporte, de niña jugué a voleibol y a básquet, pero luego ya no pude. Tuve que criar a mis hijos, cuidar a mi mamá, llevar la casa. Por muchos años no pude hacer deporte ni tener un trabajo. Pero mis hijos ya crecieron, algunos incluso salieron bachilleres, estoy muy orgullosa. El año pasado empecé a trabajar en el vertedero, y dos días por semana voy a los entrenamientos del equipo”.

Revolución a balonazos. Galván es una de las veintidós futbolistas que el pasado julio viajaron a San Sebastián con la selección del Momim (Movimiento de Mujeres Indígenas del Mundo). Esta organización se fundó en el Chaco para apoyar a las mujeres guaraníes, que padecen condiciones muy duras: muchas viven con cinco o seis hijos, a veces nueve o diez, hacinados en casetas de adobe sin agua ni electricidad, acosados por el hambre y las enfermedades parasitarias. Los maridos a menudo se marchan y no vuelven. O vuelven borrachos, gritando y golpeando. Ellas trabajan sin descanso para cuidar a los niños y llevar la casa, limpiar, coser, cocinar, cultivar un poco de maíz en una parcelita, criar algún chancho, unas gallinas y salir unas horas a la ciudad para vender empanadas en la calle o limpiar casas a cambio de unos pesos. A partir de 2003, el Momim les ofreció cursos de salud, talleres de formación profesional y asesoría para las víctimas de violencia de género. Con el tiempo, empezaron a organizar equipos de fútbol.

“Estas señoras que vienen a los entrenamientos dos o tres veces por semana tienen un mérito extraordinario”, explica Margoth Segovia, directora del Momim en el Chaco. “Llegan agotadas pero participan porque el fútbol representa para ellas mucho más que un deporte: es su espacio de libertad, el momento de la semana en el que se juntan con las amigas, charlan, se ríen, practican un juego en grupo, y durante unas horas se olvidan de sus vidas tan duras. La sociedad guaraní es muy machista. Aquí las mujeres no tienen vida propia, sólo hacen lo que les permita el marido, pero ellas han ido ganando sus espacios”.

En apenas dos años, el fútbol impulsó una revolución social en el Chaco: “Al principio, muchos hombres se negaban a que las mujeres jugaran”, cuenta Segovia. “Les parecía algo ridículo, vergonzoso. ¡Sus mujeres jugando al fútbol! Las que se atrevían a venir recibieron más de una paliza. Pero los hombres se fueron acostumbrando poco a poco y cada vez vienen más a ver los partidos. Un domingo me di cuenta de que estábamos cambiando las cosas: vi cómo una de las jugadoras dejaba el bebé a su marido y salía a la cancha. Aquello era revolucionario: ¡el hombre con el niño en brazos, mientras la mujer jugaba! No me lo podía creer”.

Muchas de estas mujeres padecen además el Mal de Chagas, una enfermedad transmitida por la vinchuca, un insecto al que llaman “el vampiro de los pobres”, porque se reproduce en condiciones de miseria y de insalubridad. Hace unos años la doctora valenciana Pilar Mateo viajó a Bolivia con una pintura de su invención, que se aplica a los muros de adobe y repele a la vinchuca. Desde entonces la pintura de la doctorita ha salvado muchas vidas. Pero los inicios fueron desalentadores: “Llegué al Chaco con mi pintura para las paredes y descubrí que a veces no tenían ni paredes, que algunas familias vivían con esteras y lonas. Al principio pensaba que la enfermedad requería una solución simplemente científica, pero me di cuenta de que el verdadero problema es la pobreza, la desesperanza, la resignación. No es una cuestión de química sino de justicia: el Mal de Chagas tenía que haberse erradicado hace cien años, pero persiste porque aún persiste la miseria. Y los científicos no estamos solo para escribir publicaciones y decir que los guaraníes se mueren, sino para denunciarlo y para poner el conocimiento en acción”.

Mateo fundó el Momim para ayudar a que las mujeres, responsables principales de las familias, pelearan por mejorar sus condiciones. En esa lucha por la autoestima llegó el fútbol. Y unos años después, llegó la oportunidad para que una veintena de jugadoras volaran a Europa. En ese proyecto, y en la búsqueda de patrocinadores, tuvieron mucho que ver otras dos personas: Íñigo Olaizola, director del torneo Donosti Cup, que todos los veranos reúne en San Sebastián a más de cinco mil jóvenes futbolistas de todo el mundo, y Xabier Azkargorta, el entrenador guipuzcoano que en 1994 llevó a Bolivia a un Mundial por única vez en su historia, y que se ofreció para entrenar a las mujeres guaraníes.

Estreno con goleada. El Profe Azkargorta, el Bigotón, es un ídolo semidivino en Bolivia. Unas semanas antes del torneo viajó al Chaco para entrenar a las mujeres del Momim, y su presencia lanzó la historia a las televisiones y a las portadas de los diarios bolivianos: “El Bigotón dirigirá a jugadoras guaraníes en torneo mundial en España”. Las futbolistas se convirtieron de pronto en estrellas. Las empresas locales se apuntaron como patrocinadoras del viaje. A Azkargorta lo llevaron de acá para allá, por ruedas de prensa y platós, y cuando lo bombardeaban con preguntas de la actualidad futbolera boliviana, él siempre insistía en que estaba allí para contar la historia de las mujeres del Momim.

El Profe enseñó a las jugadoras a repartirse el espacio, ese inmenso campo de fútbol once en el que antes naufragaban y se perdían de vista. Ya en San Sebastián, en los partidillos previos al torneo, les gritó hasta perder la voz para que vigilaran sus posiciones, para que las centrales no se quedaran atrás rompiendo el fuera de juego, para que la arquera se colocara más adelantada, para que formaran un 4-4-2 muy apretado, en el que pudieran mantenerse cerca unas de otras. Las chicas aprendieron los movimientos para sacar el balón desde atrás con apoyos, empezaron a jugar pendientes de las compañeras, se organizaban a voces, tomaron soltura. Se atrevieron a regatear. Perdieron el miedo a chutar. Y así llegaron los goles.

En el primer partido del torneo, contra el equipo vasco del Bidebieta, las centrocampistas bolivianas tenían la lección bien aprendida: buscaban siempre a Griselda, la 10, la más habilidosa. A los quince minutos, Griselda recibió el balón en la banda izquierda, dribló a dos rivales con dos ruletas dignas de Zidane, y entró al área. Cuando le salió al paso la última defensora, pasó la bola al otro extremo, por donde llegaba embalada Esther Medina, la Niña, la 9, su compañera en el ataque doble del Momim, que pegó un zambombazo en diagonal y coló el balón junto al poste.

La Niña se volvió loca de alegría, corrió por el campo, chilló, se quitó la camiseta, pegó saltos, recibió el abrazo tumultuoso de sus compañeras. “De pronto me dio miedo”, explicó al final del partido. “Pensé que el árbitro me iba a enseñar tarjeta por sacarme la polera”.

No hubo tarjeta. El árbitro estaba distraído contemplando el baile del pollo con el que las bolivianas celebraban el 1-0 –“¡el pollo, el pollo con una pata, el pollo con una alita, el pollo con la colita!”-, igual que se distrajeron las rivales del Bidebieta, igual que se distrajo el público, entre el que había un grupo de emigrantes bolivianos afincados en San Sebastián, que animaban con banderas y con las caras pintadas de rojo, verde y amarillo.

Las futbolistas del Momim se crecieron. Jugando muy juntas, replegadas en su propio campo, robaban balones y salían al contragolpe con chispa. En el descanso ya ganaban tres a cero. Algunos bolivianos bajaron de la grada para felicitar a las jugadoras, y Azkargorta se enfadó: “¡Eso al final, al final! Chicas, no se relajen, empezamos la segunda parte como si fuéramos cero a cero”.

En el segundo tiempo llegaron otros tres goles del Momim, incluidos los dos de la reveterana Lidia. Con el 6-0 definitivo –dos de Lidia, dos de Griselda y dos de la Niña-, corrieron al centro del campo las jugadoras, las suplentes y los espectadores bolivianos, que querían fotografiarse con ellas y con el míster. Azkargorta posó rápido y se llevó a su equipo al vestuario, donde recibió un maremoto de besos y abrazos. Luego pidió silencio.

—Chicas, clasificar a Bolivia para el Campeonato del Mundo fue el mayor éxito de mi carrera como entrenador. Pero la alegría más grande que jamás me ha dado el fútbol ha sido esta victoria de ustedes.

Las mujeres lo abrazaron de nuevo, lloraron y le cantaron a pleno pulmón: “¡Te queremos, Profe, te queremos!”.

Derrotas y orgullo. Al día siguiente jugaron otros dos partidos contra rivales muy superiores: perdieron 12-0 por la mañana y 11-0 por la tarde. En el primero, cuando las catalanas del AEM marcaron el undécimo gol en un clamoroso fuera de juego, a Azkargorta se lo llevaban los demonios. Era el undécimo, quedaban tres minutos para acabar, pero corrió por la banda en pleno arrebato de furia, sacudiendo los brazos y chillando al árbitro como si le hubieran robado un penalti en la final de la Copa del Mundo. El duodécimo, justo después, también lo marcaron en un fuera de juego de libro. Al final del partido, algunas futbolistas del Momim se acercaron al árbitro y le reclamaron que descontara esos dos últimos goles y que dejara el marcador en un 10-0. No lo hizo, claro, pero ese detalle de rebeldía entusiasmó a Azkargorta, quien escribió en su cuenta de Twitter: “Cada día estoy más orgulloso de estas madres y su espíritu, su gran capacidad de lucha y sus ganas de vivir. Han cantado a pesar de la derrota”.

También cantaron y bailaron tras los dos partidos siguientes, perdidos por 7-1 y 5-1, con nuevos goles de Griselda. El entrenador insistió en la idea: “Estas mujeres ya han ganado el partido más valioso. Su participación en la Donosti Cup es una manera de decir que son pobres, que tienen el Mal de Chagas… ¡y qué! Esos problemas no son ahora lo importante, lo importante es que han aprendido a luchar, a levantarse”.

A Barbarita Saavedra, coordinadora de la expedición, tampoco le importaron las derrotas: “Nuestro triunfo es que ya no somos invisibles. Allá en nuestras casas muchas mujeres no tienen voz ni capacidad de decidir. Sufren una triple discriminación: por ser mujeres, por ser pobres, por ser indígenas. Pero en este torneo somos futbolistas como todas las demás, venimos a competir de igual a igual con cualquiera. Si nos meten gol, no importa: recogemos la bola y empezamos de nuevo. Queremos mostrar a las mujeres de nuestras comunidades que tenemos que pelear, y que, si caemos, nos levantamos otra vez. Cuando vuelvan a casa, estas futbolistas van a ser líderes en sus comunidades. Van a tomar la iniciativa y no van a callar más”.

El partido entre los equipos de Urundaiti y Boyuibe se retrasa unos minutos: Susana, una de las jugadoras, está detrás del córner dando el pecho a su bebé. Por fin, entrega la criatura a una amiga, sale corriendo al campo y se instala en el borde de su área, donde no dejará pasar ni un balón en todo el partido. Susana, defensa central infranqueable, es una mujer guaraní que tiene 25 años y seis hijos.

El partido sufre otra demora: alguien avisa de que tres de las futbolistas están embarazadas y no deberían participar. Se reorganiza el equipo. Unas señoras obesas de unos 35 o 40 años se visten la camiseta y sustituyen a las embarazadas. Con ellas sale otra chica de 15 años, que también ha estado amamantando a su bebé en la banda.

El árbitro lleva por fin el balón al centro del campo, una explanada de tierra en la aldea guaraní de Urundaiti, bacheada y generosamente alfombrada por cagadas de oveja. Las futbolistas se acercan y forman un corro para escuchar las palabras de Margoth Segovia, promotora de estos encuentros: “Amigas, nos reunimos para disfrutar todas juntas del deporte. No se trata de jugar a muerte. Queremos que perdure la amistad, el respeto y la solidaridad entre todas nosotras. Hacemos deporte para distraernos de lo que ustedes ya saben”.

La revolución del fútbol

Lo que ellas ya saben: cinco o seis hijos, a veces nueve o diez, hacinados en una caseta de adobe sin agua ni electricidad, acosados por el hambre y las enfermedades parasitarias. Maridos que se marchan y no vuelven. O que vuelven borrachos, gritando y golpeando. Trabajo sin descanso para cuidar a los niños y llevar la casa, limpiar, coser, cocinar, cultivar un poco de maíz en una parcelita miserable, criar algún chancho, unas gallinas, y salir unas horas a la ciudad para vender empanadas en la calle o limpiar casas a cambio de unos pesos. Y por la noche, fútbol.

“Estas señoras que vienen a los entrenamientos dos o tres veces por semana tienen un mérito extraordinario”, explica Segovia. “Llegan agotadas pero participan porque el fútbol representa para ellas mucho más que un deporte: es su espacio de libertad, el momento de la semana en el que se juntan con las amigas, charlan, se ríen, practican deporte en grupo, y durante unas horas se olvidan de sus vidas tan duras. La sociedad guaraní es muy machista. Aquí las mujeres no tienen vida propia, sólo hacen lo que les permita el marido, pero ellas han ido ganando sus espacios”.

En apenas dos años, el fútbol ha impulsado una pequeña revolución social en el Chaco: “Al principio, muchos hombres se negaban a que las mujeres jugaran. Les parecía algo ridículo, vergonzoso. ¡Sus mujeres jugando al fútbol! Las que se atrevían a venir recibieron más de una paliza. Pero los hombres han ido poco a poco acostumbrándose y cada vez vienen más a ver los partidos. Un domingo me di cuenta de que estábamos cambiando las cosas: vi cómo una de las jugadoras dejaba el bebé a su marido y salía a la cancha. Aquello era revolucionario: ¡el hombre con el niño en brazos, mientras la mujer jugaba! No me lo podía creer”.

Sí que hay bastantes hombres viendo el partido Urundaiti-Boyuibe, aunque permanecen en grupos, un poco alejados, a la sombra de los árboles. Las que más jaleo montan son las espectadoras, volcadas en la misma línea de banda: los universales gritos al juez, aunque siempre con educación (“¡marque bien la barrera, señor árbitro!”), las bromas contra algunas jugadoras mayores que pierden el balón ante las jóvenes más ágiles (“¡está muy pesada!”) y la carcajada general cuando la extremo derecha de Urundaiti se queja a voces de los malos pases de sus compañeras (“¡me hacen correr como pelotuda para nada!”).

No es fácil dirigir el balón entre los hoyos y los bultos del terreno, así que las chicas de Urundaiti intentan pases largos y aéreos hacia sus dos delanteras. “Al principio pateaban la bola y corrían todas detrás como ovejas, hasta las arqueras”, dice Carlos, el entrenador. Después de unos meses, las jugadoras han aprendido a repartirse el campo. Carlos interrumpe las explicaciones para pedirle un cambio al árbitro: un bebé llora y llora en la banda, así que la madre debe abandonar el terreno para atenderlo.

Pero no hay manera de calmar al bebé. Llora y no quiere mamar. “Es que tengo la teta caliente de tanto correr y no toma”, dice la madre. Y luego chilla: “Señoras, ¿quién tiene una teta fría?”. Se ríen las espectadoras y también las futbolistas, que andaban peleando el balón en un barullo dentro del área. “Mírenlas, toditas juntas, parecen hormigas nomás”, grita otra espectadora. Más cachondeo.

Mostrarse al mundo

En el descanso, las chicas de Boyuibe están contentas: ganan por dos a cero. Pero su arquera Yobinka Guzmán ha tenido que trabajar bastante. “Necesitamos más fuerza en la defensa para que no me lleguen tantos balones al arco”, dice. Yobinka tiene 29 años, cuatro hijos y un sobrino adoptado en su propia casa. Todos los días se levanta a las seis de la mañana, da la leche a su chiquito de 2 años, prepara el desayuno a los mayores y sale al trabajo: es educadora en una escuelita de la aldea guaraní de Pueblo Nuevo, donde atiende a niños pequeños. Al mediodía prepara la comida y arregla a los hijos para que vayan al colegio por la tarde. Luego dedica varias horas a limpiar las ropas y la casa. Y por la noche acude a los entrenamientos. “Duermo como muerta”, dice, entre risas. “Pero tenemos que practicar fuerte para viajar a España”.

Yobinka y sus compañeras anhelan formar una selección de madres guaraníes que vuele a España y participe en torneos como la Donosti Cup de San Sebastián, que en su última edición intentó traerlas pero no consiguió superar algunos trámites. A pesar de las destrezas de ciertas jugadoras, el criterio para seleccionar a las que viajen tendrá que ser más biológico que futbolístico. “Aquella chica tan hábil irá a la Donosti Cup, ¿no?”, preguntamos, señalando a una adolescente que controla, regatea y pasa con una precisión admirable. “Sí”, suspira Segovia, “si no se queda embarazada…”.

A Inocencia, de 23 años, el calendario le cuadra. En diciembre dará a luz a su cuarto hijo, de modo que le quedarán seis meses para preparar el torneo donostiarra: “Ojalá podamos viajar, para nosotras sería una oportunidad única en la vida. El fútbol es importante, nos ayuda a desarrollarnos: yo cuido a mis niños, limpio las ropitas, hago la casa, trabajo tejiendo y haciendo pan, pero siempre guardo tiempo para los entrenamientos porque gracias al fútbol nos reunimos las mujeres, conocemos nuestros problemas, nos ayudamos. Los hombres ya van entendiendo. Les parece bien. En mi casa jugamos los dos: mi marido es futbolista y me apoya, está dispuesto a cuidar los niños si yo viajo a España. Es importante que vayamos: tenemos que enseñar a todo el mundo cómo nos estamos preparando las mujeres de Bolivia”.

Mineritos

Publicado: 31 diciembre 2010 en Ander Izagirre
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Hacia las seis de la tarde, la montaña empieza a escupir hombres azules. Salen de las bocaminas, rebozados de polvo de estaño, levantan la cara hacia la luz y enseguida la agachan, deslumbrados. Caminan cabizbajos, sin quitarse el casco, arrastrando las botas por la gravilla, en silencio. Diez mil mineros bajan como hormigas por las laderas del Cerro Rico hacia la ciudad de Potosí.

En un pedregal a 4.300 metros de altitud, en la caseta de adobe donde vive con su familia, Abigaíl Canaviri Canaviri se calza el casco, la lámpara frontal y las botas de goma. Esta niña de 14 años espera a que salgan los mineros para entrar a trabajar toda la noche bajo tierra.

El Cerro Rico es un montañón despellejado, destripado y desmochado. Esta pirámide rosácea, de la que manan hemorragias minerales por seiscientas heridas, alcanzaba los 5.200 metros de altitud cuando llegaron los colonos españoles y ha menguado hasta los 4.700. Durante cinco siglos la han perforado, socavado, dinamitado y triturado, le han roído noventa kilómetros de túneles, pozos y ramificaciones en las entrañas, quizá doscientos, quizá quinientos kilómetros. Le arrancaron quince mil toneladas de plata pura, quizá treinta, quizá cincuenta mil toneladas; hoy le siguen sacando tres millones de kilos de rocas al día para obtener estaño, cinc y plata. La montaña es un cascarón mineral cada vez más hueco, las laderas se derrumban aquí y allá, y los potosinos temen el día del colapso final, el hundimiento apocalíptico que culmine la historia del Cerro Rico: en sus entrañas yacen los huesos, o el polvo de los huesos, de docenas de miles de mineros. La montaña que devora hombres, la llaman.

Los supervivientes de hoy bajan caminando o apiñados en camiones a la ciudad, extendida en una meseta a 4.000 metros, con las iglesias alzando torres barrocas en medio de un oleaje de luz blanca, del mar de destellos que el sol arranca a los tejados de calamina del cinturón de chabolas, del esplendor de la miseria que inunda Potosí al atardecer.

Y a las ocho, cuando ya van saliendo los últimos hombres azules, Abigaíl entra por una bocamina angosta. Da pasos cortos, siempre pisando los raíles de las vagonetas para no hundirse en el fango anaranjado, en ese puré de metales y aguas fétidas, estirando el brazo derecho para palpar metro a metro la roca viva, agachándose cada poco para no golpearse con las vigas podridas que todavía apuntalan la galería pero ya resquebrajan el ánimo. Así camina por los bronquios del Cerro Rico, respirando un miasma caliente, pegajoso, saturado de sílice, asbesto y arsénico, abriendo en la oscuridad una cuña de luz con la lámpara de su casco.

Avanzar “como lagarto”

En el fondo del túnel, a 1.500 metros de la superficie, le esperan las rocas arrancadas por los mineros durante el día. A veces con la ayuda de su madre, casi siempre ella sola, amontona las piedras en una vagoneta y la empuja por los raíles hacia el exterior. La carga ronda los trescientos o los cuatrocientos kilos. “Cuando empecé con 12 años, se me hacía muy pesado”, explica. “Ahora ya me voy acostumbrando. Pero siempre es muy cansado. Hace calor. Y a veces tengo miedo”.

Abigaíl tiene miedo de que se le voltee el carro, cuando se lanza en los tramos cuesta abajo y ella intenta retenerlo. Tiene miedo de los lugares tan estrechos en los que apenas hay sitio para la vagoneta y ella tiene que agacharse, empujar y avanzar “como lagarto”. Miedo de los dolores en la espalda y los brazos. De la silicosis: un médico le dijo que debe dejar la mina para que no le ocurra como a su papá, que por la noches reventaba en un terremoto de toses, un derrumbe de alveolos, una sacudida de costillas que lo doblaba en dos. Su papá escupía pedazos de pulmón sanguinolentos. Y murió ahogado cuando ella tenía 8 años. Abigaíl también teme que algún minero borracho la viole: dos amigas suyas de 12 y 13 años ya han tenido bebés por este motivo. Pero le empuja otro miedo mayor: el miedo al hambre. “Hace pocos días murió un bebé en Pailaviri porque no tenía qué comer”, dice. Y piensa en su hermano de cuatro años.

Durante el día, entre los trabajadores de este submundo también pueden verse adolescentes: golpean la peña con mazo y cincel, horadan la galería con barrenas, insertan cartuchos de dinamita, incluso ayudan a los perforistas, que taladran la pared con martillos neumáticos en medio de un zumbido atronador y una polvareda tóxica que ciega y asfixia. Los chavales más pequeños reptan por túneles minúsculos, donde no cabe un adulto. Meten la cabeza en el hoyo, pasan los hombros y se tumban con el pecho sobre la roca. Reptan apoyándose sobre los antebrazos, arrastrando la perforadora con la mano, acercándose metro a metro hacia una cavidad ardiente. La temperatura suele superar los sesenta o setenta grados. Tienen diez minutos para excavar un poco más el hueco, enroscarse sobre sí mismos, girar y regresar arrastrándose al encuentro de sus compañeros y del aire fresco.

Durante la noche, la mina está desierta. En la oscuridad sólo resuena el chapoteo de las botas de Abigaíl. Puede que en alguna galería lejana un juku rasque rocas. Los jukus (búhos, en quechua) son ladronzuelos nocturnos, casi siempre jóvenes, que excavan túneles clandestinos para llegar a las vetas y robar mineral. Si los atrapan los mineros adultos, es probable que salgan con la cara hinchada, algún diente de menos y varios huesos rotos.

Abigaíl tarda dos horas en caminar hasta el fondo de la galería y sacar una vagoneta cargada. Repite la operación seis o siete veces. Comienza a las ocho de la noche y no suele terminar hasta las ocho o diez de la mañana. Por ese trabajo de doce o catorce horas nocturnas, la cooperativa de mineros le pagaba veinte pesos diarios (dos euros), cuatro veces menos de lo que cobra un adulto por la misma tarea. Pero desde hace varios meses Abigaíl trabaja gratis. Sus minúsculas ganancias se las restan a la deuda de 2.000 euros que le cargaron a su madre viuda.

La historia de doña Margarita, la madre de Abigaíl, es la de tantas viudas de mineros: al morir el marido y quedarse sin ingresos, tuvo que abandonar su vivienda y subir con los cuatro hijos a una caseta de adobe en la ladera pelada del Cerro Rico, a 4.300 metros, junto a la bocamina. La caseta es un refugio de seis metros por dos y medio, un cuartucho lóbrego, sin ventanas, cubierto por una chapa de cinc agujereada. Los vendavales del Cerro silban en las rendijas de las paredes, apenas tapadas por cartones y plásticos. Las goteras suelen embarrar el suelo de tierra, donde se aprietan los sacos con la ropa de la familia, una mesita con una cocina de gas y la cama donde duermen Abigaíl, su hermano y su madre, menos apretados desde que los dos hermanos mayores emigraron a Porco y Oruro para buscarse la vida. En esta casa comen maíz hervido, papas y arroz. Y acarrean el agua potable desde una cisterna cercana. En eso están mejor que otras familias, todavía acostumbradas a usar las aguas cargadas de metales que fluyen por la ladera.

Viven aquí, en la canchamina, porque sólo aquí pueden rascar algún sustento. Doña Margarita trabaja de palliri, partiendo rocas con un mazo para seleccionar los bloques más valiosos, barre el polvo de la mina para obtener algunas pizcas de estaño y ejerce de guarda, custodiando las herramientas y la maquinaria de los mineros en un anexo de su caseta. Entre una cosa y otra, gana unos 400 pesos mensuales (40 euros). Pero adquiere un compromiso: se hace absolutamente responsable del material guardado en la caseta, apenas cerrada por una plancha metálica que no encaja en el quicio.

Un domingo de diciembre del 2008, cuando doña Margarita y Abigaíl regresaban a casa cargando un bidón de agua potable, vieron que alguien había arrancado la puerta. Y que les habían robado tres máquinas de los mineros, valoradas en unos 700 euros cada una. Desde entonces, ambas trabajan gratis para la cooperativa, hasta satisfacer la deuda.

Para sobrevivir, Abigaíl escamotea algunos pedazos de mineral y los vende a los turistas de Potosí a cambio de unos pesitos.

Peor que hace cien años

Abigaíl es el eslabón más débil y machacado de un sistema perverso. En Bolivia, alrededor de 5.000 mineros trabajan para la empresa estatal Comibol, otros 9.000 lo hacen para compañías privadas, pero la gran mayoría, unos 45.000, se buscan la vida -y a menudo la muerte- por su cuenta y riesgo.

El caos empezó en 1985, cuando Comibol, ahogada por las deudas, la ineficacia y la corrupción, despidió a 23.000 mineros y dejó muchos yacimientos sin control. Modesto Pérez es minero viejo, una categoría improbable en Bolivia: “Cuando se quedaron sin empleo, muchos saquearon las instalaciones para vender el material”, recuerda. “Se llevaron los raíles, las tuberías de ventilación, los cables, las máquinas; hasta el último fierro y el último perno se llevaron”. Los mineros despedidos se organizaron en unas mal llamadas cooperativas: cuadrillas de unos pocos socios que arrendan un yacimiento, lo explotan de manera artesanal y sin medidas de seguridad, y obtienen un rendimiento exiguo. Si las cosas van bien, ofrecen trabajo a otros mineros para seguir con la explotación: sin contratos, sin seguros, sin cotizaciones, con jornales que alcanzan para sobrevivir y poco más.

Y trabajan en peores condiciones que hace cien años, como explica Pérez: “Desde los saqueos, en muchas galerías no hay vagonetas ni raíles; tenemos que cargar los sacos de mineral al hombro y llevarlos andando tres o cuatro kilómetros hasta el exterior. Acá en el socavón de Cancañiri al menos funciona un generador, pero la electricidad falla a menudo, así que nos quedamos sin jaula [el ascensor que desciende a las galerías inferiores] y bajamos y subimos por las escalas, cuarenta o sesenta metros en vertical, cargados con las perforadoras o con los sacos. Es muy riesgoso. Un resbalón y adiós”. La falta de planificación también mata: “Ya no hay ingenieros ni técnicos. Antes se prohibían las zonas peligrosas, las que se podían derrumbar. Ahora cada cuadrilla taladra por donde quiere, arriba, abajo, en diagonal, sin plan. Harta gente muere porque excava sin saber lo que hay encima y se le derrumba la galería. Ayer mismo murió un compañero, Miguel Characayo, aplastado. Como no volvió a casa, bajaron a buscarlo hasta el nivel -250 y allá encontraron un derrumbe. Entre las piedras sacaron su cadáver”. El apuntalamiento de las galerías da escalofríos: el peso de la montaña descansa sobre vigas combadas, roídas, puestas hace demasiados años. “Ya no se cambian”, dice Pérez, “porque ganamos lo justito para sobrevivir y nadie puede gastar dinero en medidas de seguridad. Tampoco podemos reconstruir el sistema de ventilación. Algunos compañeros trabajan en pozos muy estrechos, donde sólo pueden entrar arrastrándose, y como ya no hay bombeo de oxígeno, encuentran una bolsa de gas y se ahogan allá dentro”. A los 59 años, a Pérez no le queda ningún compañero de su edad. Todos murieron aplastados por derrumbes o asfixiados por la silicosis.

Es difícil que un minero viva más de 35 o 40 años. Cuando muere el padre, la viuda y los hijos quedan al borde de la miseria, se instalan en las casetas de la bocamina y los adolescentes como Abigaíl empiezan a trabajar en las galerías. O en los ingenios exteriores, donde muelen el mineral con enormes quimbaletes manuales (corren el riesgo de aplastarse las manos o los pies, se les hinchan las articulaciones, sufren artritis y tendinitis), concentran el estaño utilizando aguas saturadas de ácidos y xantato (y por las noches sienten clavos incandescentes atravesándoles la cabeza) o acarrean el mineral hasta los almacenes (y quedan doblados por los dolores de espalda). Las autoridades calculan que unos 3.800 niños y adolescentes trabajan en las minas bolivianas, pero según la ONG local Cepromin (Centro de Promoción Minera), los buenos precios actuales del estaño atraen a los adolescentes que quieren hacer dinero y la cifra real de mineritos ronda los 13.000.

Cómo salir de la mina

Cepromin intenta sacar a los niños del subsuelo. Los acoge en sus centros al pie de mina, donde los pequeños trabajadores tienen asegurado un desayuno, una comida, un baño de agua caliente y un entorno amable, a salvo del alcoholismo y la violencia que azotan muchas casas. Cuentan con profesoras de apoyo, que ayudan a los niños con las tareas para evitar que se retrasen mucho en la escuela y abandonen los estudios. Los adolescentes reciben formación profesional y algunas familias obtienen microcréditos para poner en marcha pequeños negocios (panadería, mecánica, electricidad, costura, zapatería…). En la ciudad de Llallagua, donde 175 niños trabajaban en la minería, las ayudas de Cepromin consiguieron que casi todos abandonaran esas actividades y siguieran con sus estudios o los compaginaran con empleos más suaves.

A uno de esos centros acude Abigaíl muchas mañanas. Su empeño es asombroso: cuando sale de la mina, después de trabajar toda la noche, no se mete en la cama sino que acude al centro de Cepromin para desayunar y hacer las tareas del colegio, al que asiste algunas tardes. “Tengo que estudiar para tener una profesión. Es la única manera de sacar a mi mamá y a mi hermanito de la mina”, explica, mientras sorbe un puré de verduras. Con sus manos de minera, curtidas, agrietadas y teñidas por el polvo de estaño, hojea libros ilustrados de Disney y detiene la mirada en los vestidos de Cenicienta o la Bella Durmiente. Le quedan por delante cuatro cursos para sacarse el bachillerato. Suspira: “Pero la escuela se me hace difícil. A veces me quedo dormida”.

La lucidez de Abigaíl es demoledora. Sabe que debe buscarse la vida porque no puede esperar ninguna ayuda de las autoridades: “Se habla mucho de los derechos de los niños. Pero en Potosí esos derechos no existen. Nos maltratan. Y queremos que las autoridades nos expliquen por qué nadie protege nuestros derechos, por qué no vienen a visitar nuestras casas en la bocamina. Nosotros tenemos miedo. Pero ellos están muy ocupados”.

¿Qué hacen las autoridades? El Ministerio de Trabajo boliviano tiene un Plan para la Erradicación Progresiva del Trabajo Infantil. Pero cuenta con un presupuesto exiguo y, en el caso de la minería, su actuación no va más allá de enviar a unos pocos inspectores de trabajo a las bocaminas y organizar algunos talleres de sensibilización. “Es cierto que disponemos de pocos recursos”, reconoce Eva Udaeta, directora del Plan, “pero antes no había nada. El Gobierno de Evo Morales es el primero que dedica algo de dinero a esta cuestión y, lo que es más importante, ataca la base del problema: la pobreza. Con los bonos para ayuda escolar, para las madres embarazadas, para los jubilados, ayudamos a que las familias padezcan menos necesidades y no tengan que enviar a los niños al trabajo. Lo más importante es que con este Gobierno tenemos un sistema económico que por fin invierte los grandes recursos del país en la mejora de las condiciones de vida de los bolivianos. Para acabar de verdad con el trabajo infantil, hay que acabar con la pobreza”.

Los chavales no esperan de brazos cruzados. Muchos de ellos, con 12, 14 o 16 años, se reúnen en asambleas, debaten sobre los derechos de los menores y las leyes bolivianas, redactan informes con sus peticiones y las envían a las autoridades locales para reclamar su atención. Son los grupos nats (“niños y adolescentes trabajadores”), organizaciones dirigidas y gestionadas por los propios jóvenes, que convocan congresos con grupos de toda Bolivia y luchan por mejorar las condiciones de los mineritos, los vendedores callejeros, los empleados del hogar, los lustrabotas…

Fernando Pérez tiene 18 años y por eso cumple sus últimos días como presidente de los nats en la región minera de Llallagua y Uncía. Nos muestra la casita que han construido con ayuda de Cepromin y varias instituciones extranjeras y que los propios jóvenes administran: comedor, sala de reuniones, dormitorios… También cuentan con un horno de pan y tres pequeños invernaderos, cuya producción sirve para financiar los gastos. Fernando está organizando un encuentro de nats de toda Bolivia, que se ha retrasado varios meses porque falta parte del dinero: “Es importante que nos juntemos”, dice, “para conocernos, compartir nuestros problemas y plantearlos a los políticos”.

Fernando empezó a trabajar en la minería con 13 años, en una tarea típica de los adolescentes: se dedicaba a filtrar las aguas sobrantes que vierten los ingenios, aguas cargadas de ácidos que corren por una quebrada pestilente, alfombrada de basuras y cadáveres de animales putrefactos, donde los niños rescatan las últimas arenillas de estaño. Trabajando ocho horas diarias en ese arroyo tóxico, su hermano Ricardo y él sacaban veinte sacos de treinta o cuarenta kilos que luego acarreaban hasta los almacenes compradores de mineral. Ganaban dos o tres euros cada uno, a cambio de quemarse la piel de los brazos, machacarse la espalda, sufrir dolores de cabeza y tener dificultades para respirar.

“Entonces éramos changuitos y aquello era bien duro”, cuenta Fernando. “Después descargamos camiones y trabajamos en la construcción. Mi hermano entró a la mina pero yo nunca quise. Es muy riesgoso. Hace mucho calor, se respira mal, se clavan piedritas filosas en los ojos y hartos mueren por los derrumbes. Una vez a mi hermano se le hundió el suelo bajo los pies. Salió trepando, corrió por el socavón y unos segundos después se derrumbó toda la zona”.

Fernando tiene muy claro lo que no quiere. Y lo que quiere: marcharse a Sucre para matricularse en Bioquímica y ser farmacéutico. Abigaíl también sueña con estudiar Medicina “para darles medicinas a los niños pobres y curarlos gratis”. Ambos pertenecen a esa nueva generación de mineritos que no se resignan a un futuro acorralado por derrumbes y enfermedades. Ambos pelean por salir del subsuelo.