Archive for the 'Daniel Titinger' Category

Mañana es la batalla de Tocto y he puesto todas mis esperanzas en que haya un muerto. Al menos uno. Me han dicho que en el 2001, en esta batalla campal al sur del Cuzco, murió un combatiente; que el año pasado, 2006, algunos luchadores perdieron los ojos; y que hace dos años una bala perforó el corazón de un caballo color almendra. «No se usan armas de fuego –intentaron explicarme–, no sé qué pasó allí». Lo cierto es…

Surinam es un país. Es lo primero que digo cuando me preguntan qué cosa es Surinam. No está extraviado en las selvas del África salvaje ni escondido como un enano travieso en medio de dos super gigantes asiáticos. Tampoco es una isla del Caribe, ni de Indonesia, ni de las Antillas, ni de Oceanía. Ni siquiera es una isla. Menos un paisito de Centroamérica cercano a México. A ver, consigue un mapa del mundo. Ubica América del Sur…

Color orina y sabor a chicle. Él no lo dijo, pero quizá lo pensó. Muchos lo piensan. En abril de 1999, el recién llegado a Lima presidente del directorio de The Coca-Cola Company, M. Douglas Ivester, tuvo que probar en público –para el público– la gaseosa que los peruanos preferían. Entrevista de rigor. La prensa esperaba el trago definitivo. Él no lo dijo, pero quizá lo pensó: la bebida gaseosa más bebida en todo el mundo había sido derrotada, lejos de casa, por una desconocida. El brindis fue la claudicación: Coca-Cola no podía competir con Inca Kola, así que sacó la billetera y la compró. Perder, comprar, todo depende del envase con que se mire. Lo cierto es que la compañía que había hecho añicos a la Pepsi en Estados Unidos, y que…

-Mira cómo mato peruanos, papá, mira.

El niño, capucha naranja que le cubre la cabeza, se detiene detrás del cañón que ya no dispara, sostiene unas manijas largas de madera que son puro adorno, ya no sirven para nada, pero sí: al menos para que el niño cierre…

Decían que el niño no era humano. Entonces él tenía seis años, una Biblia gruesa en las manos pequeñitas, un traje oscuro que le quedaba enorme, y decía en plazas públicas, al norte del Perú: Cristo viene y qué cuenta le vas a dar al Señor. O se arrodillaba en púlpitos de iglesias evangélicas, levantaba ambos brazos para luego sacudirse al ritmo frenético de su propia voz impostada, grave y gutural. A veces daba miedo: nunca se había visto…