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Miss Mundo no puede ser normal. Es una palabra demasiado terrenal para alguien que ha sido elegida con tres mil millones de votos, como si todos los habitantes del Perú se hubiesen puesto de acuerdo para marcar cada uno su nombre unas ciento veinte veces en una computadora. Esa cifra es mucha gente, y ella, Miss Mundo, es una sola. De súbito la eligen la más bella del planeta, y todo su pasado debe leerse a imagen y semejanza de ese nuevo privilegio: nunca más volverá a ser la misma, ni siquiera en su ordinaria historia de cuando no era Miss Mundo. Ahora merece su propia ficción, porque la belleza debe ser así: irreal, inalcanzable, casi divina. Una diosa necesita de su mitología, y Trujillo, la Ciudad de la Eterna Primavera, departamento de La Libertad, República del Perú, ha creado la suya para ella: María Julia Mantilla, Maju, como la llaman desde niña, vivió en la urbanización Vista Hermosa. Eso sí es verdad. Miss Mundo 2004 vivió en Vista Hermosa. Y lo que más recuerdan los vecinos de allí fue cuando se le apareció el ángel Gabriel, un 24 de diciembre del 2002, después de las nueve de la noche.

Era martes, no hacía tanto calor como en días pasados. «A Maju le irradiaba luz del cuerpo», dice una de sus vecinas. Maju había sido elegida por el párroco de la iglesia frente a su casa para ser la Virgen María en el Nacimiento escenificado de ese año. «Tenía un rostro de pureza, angelical», asegura la hermana mayor de una de sus amigas. «Nunca habíamos visto a una Virgen tan bella», recuerda una testigo que aquella noche se sentó en la segunda fila de la iglesia de la Santísima Trinidad. «Hasta parecía un ángel», dice la dueña de una tienda de dulces de Vista Hermosa. Son los efectos especiales de la memoria, las consecuencias de un reinado mundial en los habitantes de un barrio de provincia, sin dramas, con un parque, una iglesia, una tienda de dulces, y la numeración de algunas casas escrita con tiza.

Por ejemplo, el F-27 de la familia Mantilla, una casa de dos pisos, en cuya ventana del segundo se ve una cortina entreabierta. Por allí se asoma Elia Mantilla, la hermana mayor de Maju, cuando alguien llama a la puerta. Se diría que son idénticas hasta que se acerca demasiado. No es alta, sino alargada, de ojos verdes que te miran a los ojos así ella no te mire. Lleva una sonrisa sin esfuerzo, de una naturalidad tan desconcertante que a veces quisieras mirar a otro lado.

—Mi vida también ha cambiado –se divierte esta hermana mayor.

Desde que Maju ganó el Miss Mundo 2004, Elia Mantilla es una  estudiante de Agronomía que opina sobre belleza por lo menos una vez a la semana. Belleza: propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual. Ni en su primera acepción el Diccionario de la Real Academia puede definir la belleza sin hacer un amague de ternura. La belleza sería, antes que nada, un asunto interior, y una mujer bella, un objeto de contemplación. Miss Mundo es la proyección de millones de maxilares entreabiertos. Nadie puede permanecer inmune a la belleza. La hermanita mayor se le parece, pero mientras el mundo recuerde a Maju, Elia Mantilla tendrá la mala fortuna de parecer sólo un ensayo. Sentada en un mueble rojo, en la planta baja de la casa de Miss Mundo, rodeada de fotografías de Miss Mundo cuando era simplemente Maju disfrazada de cholita, de bailarina de danzas típicas, Maju sonriendo, Maju con papá y mamá, linda, angelical, Elia Mantilla no se incomoda.

—Lo importante es que en mí reconocen a Maju, y eso me gusta.

Reconocer: si Maju se hubiese paseado por cualquier calle de Trujillo un  día antes de ser coronada la más bella del mundo, sólo unos cuantos la hubiesen reconocido. Aún no eran tiempos de cuentos de hadas. En su ciudad, María Julia Mantilla sólo era famosa entre los que votaron por ella vía Internet. Su dentista dice que votó dos veces. Su hermana, cincuenta. Su profesora de francés del colegio, veinte. El jefe de imagen de la universidad donde ella estudió Idiomas votó sólo una vez, lo mismo que la diseñadora del vestido turquesa con el que desfiló la noche de su coronación en China. En Lima, casi ni se sabía de su existencia. En Trujillo, muy pocos confiaban en Maju. El día que partió al Miss Mundo sólo fueron a despedirla al aeropuerto sus padres, su hermana y sus abuelos.

—Nadie confiaba en ella –confiesa Olmedo Mantilla, su padre, que luego se avergüenza–: ni siquiera yo.

La noche del concurso era de día en Trujillo, y Olmedo Mantilla prefirió no ir a casa de un vecino para poder ver el Miss Mundo en una TV con cable. Pero un mes después, cuando María Julia Mantilla regresó a su ciudad con la corona de Miss Mundo en la cabeza y un traje celeste y ojos verdes y una sonrisa sin esfuerzo, miles salieron a las calles sólo para poder contar después que la habían visto. Algunos llevaban camisetas recién impresas que decían: «Te queremos, Maju». Otros sólo gritaban su nombre. Maju, Maju, Maju. Su pasado tenía que ser escrito de nuevo. Un taxista recuerda que Maju subió a su auto. Un vendedor de dulces de la Plaza Mayor de Trujillo jura que Maju le compró unos caramelos de limón. Maju vino a comer a mi restaurante vestida de rojo. Maju jugó básquet conmigo. Maju iba a ser mi pareja en la fiesta de promoción, pero al final no pudo ir. Maju venía siempre a mi tienda sólo para comprar galletas de vainilla. Maju me saludó por mi cumpleaños aquí, en este lado de la mejilla, cerca a mi boca, ¿ves? Maju estudió en la universidad con una prima mía. Maju bailó conmigo en una fiesta y no tenía maquillaje, imagínate, nunca usaba maquillaje. Maju estuvo parada allí, donde tú estás parado ahora. Todos la habían visto por lo menos una vez. Ella regresó a Trujillo y paseó por su ciudad saludando desde una limosina blanca, tan brillante que uno podía verse reflejado en el capó. En el capó de la limosina de Miss Mundo. Maju, Maju, Maju. Todos la adoraban. Ella lloraba. Se frotaba los ojos con los dedos. Moretones de rímel. La azucarada comprobación de que Miss Mundo siempre llora: nunca puede disimular la alegría de no ser tan humana como tú.

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Houston, marzo, 2005. Miss Mundo es la invitada especial de Unicef a una cena en beneficio de los niños afectados por el tsunami del sudeste asiático. Miss Mundo se pasea por las mesas mientras saluda y sonríe a los millonarios de Texas. Cada gesto de su boca es ahora una ecuación al servicio de la comunidad: cuanto más sonríe Miss Mundo, más dinero se recauda. Si Miss Mundo se acerca a tu mesa, es porque has pagado más que el resto para verla sonreír a treinta centímetros de distancia. Miss Mundo es la imagen de todas las virtudes, es bella y consigue más dinero que un presidente en campaña. Nadie puede permanecer indiferente cuando sabe que está frente a ella. ¿Puede cambiar tanto la gente cuando está frente a la imagen de la belleza mundial? Admirar a Miss Mundo es pretender, por un instante, un mundo como ella. En un escenario empiezan a desfilar modelos espigadísimas, diseños de Roberto Cavalli, Dolce & Gabbana, Emanuel Ungaro y Vera Wang. Cuando termina el desfile, Miss Mundo sube a la pasarela junto a unos niños vestidos con trajes regionales de diversos países. La presencia de Miss Mundo asegura mucho dinero. Es la belleza al servicio de los pobres, de los indefensos, de los discapacitados del planeta. Después partirá a Rusia para visitar orfanatos y recaudar treinta y cinco mil dólares. Dos días antes de la cena en Houston, Miss Mundo había pasado por Iowa y obtenido fondos para The Children’s Charity of Iowa. En un hospital de niños lisiados, la reina cantó canciones del Rey León. Se recaudaron casi cinco millones de dólares.

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Sanya era la ciudad de China donde iba a coronarse a Miss Mundo 2004. Hasta allí Maju Mantilla había viajado muy sola. Había aprendido a peinarse sola, y sola también a saludar en mandarín: «Wo ai ni, Sanya» (Te amo, Sanya), con esa voz nasal que siempre ha tenido, de una lentitud chocante, inocente, como si estuviese hablando un juguete de felpa. Maju había aparecido en un escenario circular con un vestido turquesa refulgente, de pedrería y cristales, en medio de otras ciento seis candidatas, la mayoría más altas que ella y con vestidos más ostentosos que el suyo. Un día antes, en la entrevista personal a todas las misses, Maju no había podido responder a algo tan sencillo como contar un episodio gracioso de su vida. En su lugar, recuerda haber contado que leía el catecismo a niños de Trujillo, y luego subido a su habitación del hotel a llorar. El dato del llanto no parece gratuito: si pretendes ser Miss Mundo, debes tener la lágrima fácil. O por lo menos aparentarlo. En la demostración de talentos, Maju bailó marinera, y los organizadores le dijeron que eso era un baile típico y no tanto un talento. En la prueba deportiva, en la que tenía que demostrar por qué había sido elegida «mejor atleta nacional» en 1999, y haber viajado por el Perú ganando más de treinta medallas de oro y plata en atletismo, Maju tampoco quedó primera: Miss Trinidad y Tobago la dejó atrás en el primer test de velocidad. Sí, las reinas de belleza también compiten detrás de cámaras. La organización se encarga de expandir el rumor de que Miss Mundo no sólo es una cara bonita. En natación, a Maju le fue tan mal que su estilo libre fue una improvisación desesperada de sus brazos por no hundirse en una piscina que era seis centímetros más alta que ella.

Pero no eran esas derrotas lo que más le dolía. Miss España, su compañera de habitación en China, había viajado con su madre y su hermano. Y Miss Rusia, con un séquito de quince personas, entre maquilladores y estilistas. Había candidatas a quienes las acompañaban managers, agentes, jefes de prensa, familiares. Pero Maju estaba sola, saludando en mandarín, sola y su alma, porque nadie confiaba en ella, o porque Ernesto Paz, el gerente de la organización Reinas del Perú, no tenía dinero para dos boletos de avión. O tal vez porque la madre de Paz estaba con neumonía, como diría luego en televisión, y por eso no viajó. «Nunca dejé que me vean triste», dijo la nueva Miss Mundo, por si alguien no se hubiese dado cuenta. «Siempre fue una niña insegura, muy tierna y dulce», recuerda ahora Cecilia Vázquez, diseñadora de modas en Trujillo, quien aún parece enojada porque años atrás no la dejaron vestir a Maju para un concurso menor de belleza. ¿Pero cómo era posible que Ernesto Paz hubiese dejado tan sola a Maju? Se lo preguntaron en voz alta cuando todo el mundo ya la quería. Incluso él. Fue un 4 de diciembre del 2004, antes de las 11 de la mañana de un día ordinario en Trujillo. Habían coronado a Miss Perú Mundo 2004, María Julia Mantilla, como la más bella del planeta.

Las cámaras de televisión la enfocaron llevándose las manos a los ojos, en ese instante del ritual de toda nueva reina de belleza: el llanto; un estado de conmoción light, mezcla de grito contenido, risa e incredulidad, siempre con un tenue temblor en la barbilla y derrames de rimel en la cara. Maju saltaba a un nuevo estatus de belleza mientras le colocaban una corona de topacios azules, turquesas y cristales. Ahora Miss Mundo podía llorar sin aspavientos: era el retrato de la bondad, y la bondad suele ser para llorarse. En cambio, una Miss Universo tiene que mantener su mirada de femme fatale. Maju era la nueva Miss Mundo y viajaría por el planeta recaudando fondos para los más pobres. Miss Universo 2004 es una rubia de Australia que quiere ser modelo. La nueva Maju dice en sus primeras entrevistas que quiere estudiar turismo en Europa para luego volver a ayudar a su país. Las cuentas claras: Miss Mundo gana cien mil dólares al año por reinado, pero no se sabe cuánto gana Miss Universo. A ésta la ven seiscientos millones de televidentes, y a Miss Mundo la ven doscientos millones más. La franquicia de Miss Universo es propiedad del estadounidense Donald Trump, dueño de los edificios más estrambóticos de Nueva York y de una fortuna que según la revista Forbes se acercaría a los dos mil millones de dólares. Él escribió el libro de autoayuda Cómo hacerse rico. La dueña de Miss Mundo es la inglesa Julia Morley, conocida por cuidar que sus reinas tengan chaperona y haber recaudado hasta el 2003 más de doscientos cincuenta millones de dólares para los niños pobres del planeta. Ella creó la organización benéfica «Belleza con un propósito». La reina universal tiene el deber de ser más sofisticada. La mundial es más popular. Miss Mundo y Miss Universo son bellezas y concursos opuestos. Una es elegida para conmover. La otra, para envidiar.

No había sido la primera coronación en la familia de Maju. Las mujeres Mantilla son toda una monarquía casera, y cada una de ellas una sucesora. Cuatro hermanas de su padre habían sido antes reinas del departamento de La Libertad. En 1953, Lydia Mantilla. Cinco años después, Martha Mantilla. Once años más tarde, María Julia Mantilla. Diez años después, María del Pilar Mantilla. Qué bonita familia. Pero entre todas sus tías reinas, la que la marcó más fue su homónima, María Julia Mantilla, aquella Miss La Libertad que fue también Miss Perú 1969, y semifinalista en Miss Universo de ese año. Cuando Maju ganó en China, todos en Trujillo recordarían a su tía del mismo nombre. Aunque antes, en el colegio, la homonimia la ponía nerviosa: «Vas a ser como tu tía Maju», le decían, pero entonces ella quería ser atleta y no bonita. La tía prefiere no dar entrevistas, y da un par de razones. 1) Su sobrina es Miss Mundo, y ella no. 2) Ella está resfriada. ¿A quién se le ocurriría visitar a una ex Miss Perú con catarro? Sin embargo, al día siguiente de que su sobrina ganara en China, bajo presión mediática, la tía María Julia Mantilla dijo con la elocuencia de una ex reina de belleza que su sobrina había brindado lo mejor de sí. Era imposible quedarse callada: la nueva reina de la familia había ganado con tres mil millones de votos vía Internet. Fue el primer Miss Mundo de la historia en el que se eligió a la reina en el ciberespacio. Brasil, Chile, España, Perú, Japón y China habrían sido los países que más votos le dieron a la belleza del Perú. En realidad, no existen datos oficiales sobre cuáles son los países que más aman a Miss Mundo 2004. En la vida y milagros de María Julia Mantilla existiría más de un asunto que se quiere guardar en secreto.

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Indonesia, abril, 2005. Miss Mundo está al lado de Jackie Chan, esa estrella mundial del cine capaz de hacerte reír a patadas con un acrobático y gracioso kung fu. Han llegado hasta Banda Aceh, la región indonesa que más sufrió con el tsunami, cuatro meses atrás. Jackie Chan tiene una camiseta naranja de manga larga, y suda. Miss Mundo parece inmune al sudor. No tiene siquiera que hablar. Sólo pararse a un costado y sonreír. Jackie Chan dona una camisa. Miss Mundo, un sistema de filtración de agua. De algún modo, Banda Aceh regresará a los periódicos del planeta, o habrá gente que por primera vez escuchará el nombre de Banda Aceh, gracias a Miss Mundo y al rey de las patadas. En Lima, dos días antes de su cita con Jackie Chan, la organización Reinas del Perú, al mando de Ernesto Paz, había separado un teatro al aire libre en el Parque de la Exposición del centro histórico de esta ciudad. Entrarían cuatro mil quinientas personas para verla coronar a la siguiente Miss Perú Mundo, al haberse acabado su tiempo de reinado nacional. Miss Mundo seguiría siendo ella, pero en el Perú ya debía entregar la posta. Los periódicos y revistas anunciaban el nuevo certamen con fotografías de Miss Mundo, a toda página, como queriendo gritar que la próxima reina no sólo sería la nueva Miss Perú, sino la siguiente María Julia Mantilla. «No va a poder venir porque se le cruza con otra actividad en Indonesia», había advertido su hermana semanas atrás. Los organizadores no pudieron callarlo. Miss Mundo estaría en Banda Aceh con Jackie Chan, «pero está con nosotros en el pensamiento», tuvo que improvisar el presentador la noche del concurso en Lima. Entregaron la nueva corona de Miss Perú Mundo en un auditorio casi vacío, que por ratos se dedicó a distinguir en cada candidata los defectos que Miss Mundo no tiene.

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Miss Mundo 2004 no admite la arrogancia de su escote. No lo dice. Sería como una invitación a mirar la abertura de su blusa rosada, la entrometida desnudez debajo de su cuello. Miss Mundo es delicada y simétrica, como un jarrón de porcelana fina. Debe guardar la compostura, y cualquiera frente a ella debe guardar la compostura, o lo que es lo mismo: mirarla sólo a la cara. Igual Maju sonríe, pero es imposible no darse cuenta de que su mano izquierda está tratando de inventar, en el aire, un nuevo botón para su blusa. Ahora está sentada en una sala de muebles marrones, mesas de madera oscura y cuadros negros, como si todo hubiese sido colocado a propósito para encender aun más la blusa rosada de la reina, el pantalón rosado, los enormes tacos blancos que hacen que cualquiera se vea como una miniatura al lado de Miss Mundo. Es de noche, y la sala queda en un décimo piso. Afuera se ven árboles como si fueran sólo sombras y unas canchas de tenis. San Isidro es un distrito con edificios, árboles y canchas de tenis. Maju está de visita en Lima, y Ernesto Paz le ha prestado su departamento. Tal vez sea cierto que Paz no viajó a China porque su mamá estaba con neumonía. Ahora son muy amigos. Y Maju sonríe. Su mano izquierda viaja de vuelta hacia su escote.

—Estoy muy feliz con todos mis viajes –dice Miss Mundo con su voz de juguete.

Luego sonríe con suma ternura, como si hubiese estudiado cuál es el desenlace perfecto de esa voz. El sonido no hace juego con su escote.

—Mi mamá siempre me enseñó a hacer obras de caridad desde pequeñita –cuenta Miss Mundo, y hace el gesto de pequeñita con los dedos.

Dice que estuvo en Perm, unos mil quinientos kilómetros al este de Moscú. Así de lejos, sonríe. Allí visitó un hospital para niños y luego, en una cena de gala, se recaudó un millón de rublos para los pobres gracias a que Miss Mundo estuvo allí para sonreír.

—No sé cuánto es un millón de rublos –sonríe–. Debe ser bastante.

Dentro de algunos minutos dirá que ya regresa, que tiene que cambiarse, que todavía no se despide.

A veces, cuando le haces una pregunta impertinente a Maju, por ejemplo, ¿qué recuerdos tienes del instituto Leonardo Da Vinci?, ella mira a Ernesto Paz y él le hace una seña con los ojos, como diciendo, contesta, no hay problema. Contesta y sonríe. Y Maju es obediente y buena, «y si fuera hombre sería el Papa», cree Fernando Mansen Lou, el primer hombre que vio en ella una candidata a certamen de belleza. «Era tan natural como un gato». Antes de Mansen, todo había sido un juego. En junio del 2002 Maju aceptó posar en una prueba fotográfica para ser modelo y anfitriona del instituto de computación Leonardo Da Vinci. Hacía dos meses que se había torcido la rodilla jugando básquet en su universidad. «Estaba encestando, y sentí que se me aflojó la rodilla. Cuando caí, mi pierna resbaló en el suelo». Tenían que hacerle una prueba médica, una resonancia magnética que hasta ahora no se ha hecho. Ya no podía ser campeona olímpica de atletismo, un golpe que pudo haber sido traumático. Maju sabía de sus limitaciones. Era toda una promesa en salto largo y en velocidad, pero perdía de vez en cuando. Si algo la había motivado toda su vida, no era llegar a las olimpiadas, como dicen sus biógrafos de cabecera, sino ganar. Un verbo tan simple. Ganar. Quizá por eso le parecía demasiado arriesgado llamarse como su tía reina. Tenía miedo de no ganar como ella. Una de sus mejores amigas de Trujillo, Paola Chávez, recuerda que cuando Maju entrenaba en la pista atlética del estadio Mansiche y no superaba sus propias marcas, se ponía a llorar de impotencia. Ella sí puede decirlo porque es una de sus mejores amigas, y en la historia reinventada de Maju Mantilla sólo los mejores amigos y la familia se acercan a la verdad. Elia Mantilla recuerda que su hermana era tan competitiva que cada Año Nuevo escribía en una pizarra blanca todo lo que ganaría en los siguientes trescientos sesenta y cinco días. Si no escribió ganar en una prueba fotográfica para un instituto de computación fue sólo porque esa decisión la tomó de improviso. Maju se torció la rodilla y cambió sus planes para ganar en otra parte.

El instituto de computación Leonardo Da Vinci es el más conocido de Trujillo. Tal vez porque su director, el Dr. Escudero, un médico cirujano con maestría en Administración y Negocios, ha sabido escoger a las alumnas que aparecen en sus afiches, folletos y eventos. El mensaje de su publicidad podría ser: «Aquí no hay feas: estudia computación en el Da Vinci». Cada ciclo se inscriben allí unos dos mil quinientos alumnos, casi el doble que en el instituto de la competencia. Maju necesitaba ganar, y el Dr. Escudero la necesitaba a ella.

—Queríamos un rostro de niña con cuerpo de mujer –dice años después Escudero, sentado en su oficina del instituto Da Vinci, peinado con gel, reloj de oro en la muñeca, corbata de marca en el cuello.

Afuera, la avenida España, la más transitada de Trujillo, se ahoga con el calor del mediodía, y es indiscreta con su bulla de bocinazos y gritos: cuando alguien traspasa las puertas del Da Vinci, no entra sino escapa. Ahora el Dr. Escudero está rodeado por mujeres en minifaldas moradas, el color del instituto, que sonríen a los visitantes y saludan con un beso a los alumnos. Minifaldas moradas en el primer piso, en el corredor, en la administración, e incluso en la oficina del director. Allí hay un estante repleto de libros de historia y economía. Destaca uno: Diferenciarse o morir. Cuando Escudero vio por primera vez a Maju Mantilla, una estudiante de computación y sistemas con ojos verdes, cabello castaño y muslos anchos, se le ocurrió que esa belleza de folleto podía ser perfecta para representar a un instituto de computación con nombre de artista del Renacimiento.

—Quería que se identificara el rostro de Maju con el Da Vinci –dice él.

No había creado nada nuevo. Era sólo la belleza al servicio de la publicidad. No se recuerda a Maju: se le inventa. No se habla de ella: se le usa. Entonces la alumna Mantilla pasó la prueba fotográfica y empezó a vestirse de morado Da Vinci en lugares como una conferencia en la Cámara de Comercio o un partido de fútbol en alguna universidad. Debía ser anfitriona. Por suerte, no tenía que hablar. Sólo pararse a un costado y sonreír. Le iban a pagar unos treinta dólares por hacerlo cada vez.

No necesitaron convencerla para que luego aceptara concursar en Miss Leonardo Da Vinci. «Al comienzo no quería, te lo juro», dice Maju en la sala de Ernesto Paz, con ese juro tan suyo, porque Miss Mundo sí puede jurar en vano. Dos años antes había sido reina de su colegio, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Eran esos tiempos en que Maju vestía buzos anchos y zapatillas blancas, y hacía todo lo posible para pasar tan desapercibida como una sombra de ojos verdes. «No era preciosa, sino muy buena, y podía convencerte de cualquier cosa», recuerda Jorge Lamas, uno de sus mejores amigos de la promoción del colegio. A él, por ejemplo, que odiaba bailar, Maju lo convenció para que lo hiciera en una actuación escolar, una coreografía con fondo musical de Gloria Estefan. Según Jorge Lamas, gracias a Maju terminó él dedicándose a la danza profesional durante dos años. Es la mitología Miss Mundo: Maju, toda bondad, siendo capaz de convencerte de cualquier cosa. Terminó como Señorita Perpetuo Socorro porque ella era la imagen que el colegio necesitaba: deporte y bondad en un solo cuerpo. Su belleza no era de calendario, sino de postal de Navidad. Se le veía linda como se podría ver a un oso de peluche. Le dieron una corona de fantasía y unos sesenta dólares. «Ese día parecía un ángel», recuerda su profesora de francés, madame Bejarano. «Irradiaba una sencillez que nos dejaba a todos con la boca cerrada», dice la directora del Perpetuo Socorro, Julia Geldres. ¿Acaso Maju nunca tuvo enamorados? ¿Acaso nunca enfadó a sus padres? ¿Acaso nunca fue capaz de insultar a una profesora? No. Maju es Miss Mundo. Miss Mundo es incapaz de hacer algo así.

Ella ganó el Miss Da Vinci sin esfuerzo, una corona que hubiese sido olvidada con facilidad si no fuera por un cuidadoso error del Dr. Escudero. Cuando Maju ganó en China, el Perú celebró el retorno de su reina a Lima. Miss Mundo 2004 llegó en una limosina hasta el Congreso de la República. El presidente del Parlamento le entregó una medalla. Miss Mundo visitó la Municipalidad de Lima. El alcalde de la ciudad la condecoró con la Orden al Mérito en el grado de Gran Oficial. Miss Mundo visitó Palacio de Gobierno. El presidente Alejandro Toledo la nombró Embajadora de la Buena Voluntad y dijo que estaba muy contento de que los peruanos triunfaran fuera del país. Sofía Mulanovich es una surfista del Perú que acababa de quedar primera en el ránking mundial de tabla hawaiana. Meses atrás, un club de fútbol del Cuzco, Cienciano, había ganado al Boca Juniors la Recopa Sudamericana. Cienciano, Sofía Mulanovich, María Julia Mantilla. Deporte y bondad en un solo país. No podía ser real tanta felicidad. Parecía demasiado premio para un pueblo acostumbrado a las derrotas, capaz de celebrar un primer lugar en un campeonato de canicas.

Maju merecía una historia aparte. Miss Mundo era el nuevo tesoro nacional. Regresó Maju y hasta el presidente del Perú quiso celebrar. ¿Por qué el Dr. Escudero no podía hacerlo allá en Trujillo? Antes de que Maju viajara a su ciudad con el nuevo estatus de topacios sobre su cabeza, el Dr. Escudero mandó a colgar una banderola de unos seis metros de largo en la fachada de su instituto de computación: «Felicitaciones María Julia Mantilla. Miss Da Vinci 2002 / Miss Mundo 2004». Eso decía. Pero en esa simple celebración pública había un detalle que luego fue difícil de borrar. En cada esquina de la banderola aparecía una fotografía de su ex alumna más famosa. Ambas eran Maju, pero no tenían la misma cara. Entre una y otra foto había dos años de diferencia. Gimnasios. Dietas. Un par de cirugías plásticas. La gente que pasaba por allí no miraba a Miss Mundo, sino que descubría por primera vez a Miss Leonardo Da Vinci, sentada e inmóvil, con los hombros caídos, la sonrisa timorata, apretada en un vestido morado Da Vinci. Se puede decir en su defensa que ésa no era la mejor pose de Maju. ¿Además cómo se puede retratar la bondad en una fotografía? Se trataba sólo de un instante infeliz para una muchacha que iba a acabar coleccionando cinco reinados de belleza en su vida. Pero era suficiente desnudez para los transeúntes. ¿Cómo había llegado esa chiquilla a ser la más bella del mundo?

***

Lima, mayo, 2005. Miss Mundo camina por un largo pasadizo del Hospital Nacional Edgardo Rebagliati. Junto a Miss Mundo camina Fiorella Castellano, Miss Perú Mundo 2005, su sucesora, «más alta pero menos bonita», según un camarógrafo de TV que las está filmando en este instante. Es fácil percibir la llegada de Miss Mundo: sus tacos contra las mayólicas grises suenan como un desfile de caballos de paso. Es el quinto piso del hospital, el servicio de obstetricia, un lugar repleto de mujeres en bata que cargan a recién nacidos. Alguien les avisó de que llegaría Miss Mundo y todas han salido de sus habitaciones. Miss Mundo avanza por el pasadizo del quinto piso y se detiene en algunas puertas para cargar a un bebé, para besar a un bebé, para tocar a un bebé. Fiorella Castellano hace lo mismo, pero se le nota forzada, como si estuviese copiando los movimientos de Miss Mundo, que ahora mismo levanta una mano saludando a cualquier parte, y elige, porque quiere y puede, entrar en la habitación 527. El niño que Miss Mundo ha escogido al azar se llama Orlando André. «A partir de ahora, mi hijo sólo tendrá suerte en la vida», asegura la mamá. ¿Qué cambia a la gente cuando está frente a una belleza? ¿Desde cuándo? Bebés de dos días han quedado hipnotizados mirando fotografías de gente bella. Lo dicen científicos ingleses, quienes hicieron el experimento en el 2004. Una cara linda, un bebé feliz. Es decir, podemos reconocer una belleza desde que nacemos. Miss Mundo sonríe. La mamá de Orlando André sonríe. Fiorella Castellano sonríe, pero se le nota forzada. Cualquier comparación es absurda. Sólo Miss Mundo es capaz de tocar a un bebé y darle buena suerte para toda la vida.

***

Hay gente mala: lo dice Miss Mundo y, contra lo que se cree, la sentencia se vuelve menos obvia.

—Hay gente que quiere sacar provecho conmigo –dice ella.

Pregunta inevitable: ¿Te refieres al Dr. César Morillas? Maju mira a Ernesto Paz, y en el departamento de San Isidro se escucha un silencio incómodo. El Dr. Morillas fue autor de la frase: «Maju Mantilla es la mayor satisfacción de la cirugía plástica peruana». Él la operó antes del Miss Perú 2004 y luego del Miss Mundo se encargó de divulgarlo. Se convirtió en el lobo malo del cuento de Maju. Hace algunos minutos, Miss Mundo estuvo tomándose fotografías para un periódico de Trujillo. Maju, mira aquí. Maju, ahora sentada. Maju, por favor, la última, parada aquí. Maju, disculpa, una conmigo. Miss Mundo no tiene idea de cuántas fotos le toman cada día, pero no le molesta, es parte de la rutina. Levantarse, maquillarse, visitar hospitales, sonreír, besar niños, sonreír, llorar, visitar orfanatos, posar para fotografías, dar autógrafos, sonreír, visitar asilos, ir a cenas para recaudar dinero, entregárselo a los pobres, sonreír. ¿En qué parte de su agenda dice que Miss Mundo tiene que responder preguntas sobre el Dr. Morillas? No está molesta por la pregunta, pero sus ojos verdes han retrocedido algunos meses hasta un recuerdo que le ha disipado la boca. Luego dice, casi como pensando en voz alta:

—¿Por qué recién cuando fui Miss Mundo la gente se puso a hablar de mí?

Y sonríe. No está bien que Miss Mundo dé muestras de resentimiento. Miss Mundo debe recibir un golpe y entregar la otra mejilla. Miss Mundo tiene la apariencia del perdón.

No hay nada de qué avergonzarse. Para una reina de belleza de estos tiempos, la cirugía plástica es sólo un maquillaje más caro. Un eufemismo de este gremio plástico ha minimizado los atentados contra el propio cuerpo llamándolos «retoques», una palabra más cercana a una pincelada cosmética que al cuchillazo de un cirujano malévolo. Fernando Mansen Lou es dueño de un chifa, pero en abril del 2003 descubrió la belleza natural de Maju en plena calle, «caminando por el parque como en una pasarela». Él, aficionado a los concursos de belleza, llevó su nuevo hallazgo al Miss Universidad Nacional de Trujillo (UNT), donde Maju ganó su tercera corona consecutiva. Los reflectores de Lima por fin la iluminaron: la chica no estaba mal, aunque todos sus triunfos hubieran sido hasta aquel entonces en competencias menores. El Perpetuo Socorro, el Leonardo Da Vinci, el Miss UNT: concursos de juguete que Maju igual hubiese ganado despeinada, de mal humor y haciendo muecas.

Recién ahora empezaba el mundo real. En el mundo real de la belleza, una nariz más ancha que otra es la diferencia entre ser coronada reina o competir por el premio consuelo de Miss Simpatía. La diseñadora de modas que no pudo vestir a Maju, Cecilia Vázquez, sigue enojada: «Siempre fue bonita –dice–, pero no daba para tanto. No tenía busto, por ejemplo, tampoco buen derrier». Si Maju quería concursar en el Miss Perú 2004, tenía que hacerse algunos retoques. Para que no quedaran dudas, los organizadores se lo demostraron sin anestesia: recién coronada Miss UNT, la enviaron a la ciudad de Ibarra, en Ecuador, a competir en su primer certamen internacional. Faltaba un año para Miss Mundo, y en Ibarra Maju no quedó ni entre las cinco primeras. Sólo compitieron dieciséis. Era el mundo real de la belleza.

La mitología existe hasta que alguien levanta la alfombra: cuando todos hablan bien de ti, un periodista a veces hace el papel de aguafiestas. Buscar las espinas de la corona no es políticamente correcto, pero tampoco difícil. Maju volvió de Ecuador y le dijeron que tenía que operarse. Ella no quería, pero Maju sin operarse era como un tenor resfriado. Tal vez pensó que ya había llegado demasiado lejos. Le gustaba competir, pero una cirugía plástica, para alguien tan disciplinada como ella, debía sonar como una dosis de efedrina para un corredor de maratones. Ecuador le había enseñado a perder, y Maju Mantilla no estaba hecha para el fracaso. Ella es cáncer, del 10 de julio: intuitiva, muy sentimental, pero también racional para tomar decisiones. Ganar o no ganar, de eso se trataba. Si ya tenía el rostro de la bondad, por qué no elevarlo a la máxima potencia.

Entonces se dejó llevar, como una muñequita.

Las paredes de la academia de Marina Mora están pintadas de beige y vestidas con fotografías de ella misma: ojos enormes, seriedad aprendida, pelo suelto que desciende en cascada sobre un punto medio entre el escote y sus hombros. Marina Mora conoció a Maju y desde ese día quiso ayudarla. Ambas son de La Libertad, de donde se dice son las mujeres más bellas del Perú. Marina Mora, Miss Perú 2002 y segunda finalista en el Miss Mundo de ese año, apareció en el momento de las decisiones. Fue jurado de Miss UNT y allí vio a Maju por primera vez.

—Pensé que Maju podía ser Miss Mundo desde que la vi –profetiza Mora con años de atraso, mientras se maquilla en una oficina de su academia de modelos y misses.

Son casi las seis de la tarde, e incluso salir de su oficina requiere algo de maquillaje. Una ex reina de belleza es casi una pieza de museo: su trabajo es la condena de lucir preciosa para siempre. ¿Qué es la belleza para ti? Marina Mora deja de maquillarse la cara, piensa unos segundos y responde que la belleza es el complemento del espíritu y del cuerpo. Su academia se ha especializado en lo primero. Maju podía ser Miss Perú y para ello recibió cursos de oratoria, dicción, maquillaje y pasarela. Leyó libros de Paulo Coelho, simuló entrevistas de radio y aprendió a responder a favor de la paz mundial («la respuesta sigue siendo buena», Marina Mora dixit). Lo segundo fue el arte del Dr. Morillas, quien, coincidencia o destino, también nació en La Libertad. Maju ya no estaba dispuesta a perder por una nariz. Es la mitología Miss Mundo: querer es poder. El Dr. Morillas dice que su arte no consiste en cambiar por completo a una persona, sino sólo en perfeccionar sus rasgos. Es decir, el quirófano sólo se encargaría de exagerar su bondad. Nada malo, mientras no sea evidente, primera regla de la cirugía estética. Maju siempre ha creído que «la belleza es relativa». La opinión del cirujano sólo aumenta el concepto en dos palabras: es relativa al quirófano.

Isa Torres es la diseñadora del vestido turquesa refulgente con el que Maju ganó el Miss Mundo. Recuerda que Maju tuvo que mudarse a Lima y vivir más de una semana en la Clínica Morillas, un lugar tan inmenso que tiene hasta una cancha de fútbol. ¿Por qué se dejó llevar? ¿Si era tan buena y angelical, acaso no podía seguir siéndolo sin una corona? Hay preguntas que no pueden responderse: el pasado de Maju a veces es tan incierto como la historia no contada de una novela. «Donde Morillas Maju se sentía sola y tenía miedo», recuerda Fernando Mansen Lou. La mayoría de sus amigos le perdió el rastro. La clínica Morillas se había convertido en su escondite. No quería que la vieran. No quería un antes y después, como si fuese protagonista de una publicidad de detergentes. «Hola, cómo estás, yo maso [más o menos], no quiero participar en Miss Perú», escribió Maju al teléfono celular de un amigo. Él no ha querido borrar el mensaje porque ahora son las palabras de una Miss Mundo.

María Julia Mantilla no quería que la tocaran, pero acabó por entrar al quirófano en los primeros días de febrero del 2004, dos meses antes de concursar en el Miss Perú: le empinaron la nariz, le aumentaron el busto, estuvo semanas tratándose la piel y sudó todos los días en un gimnasio. Fue como llegar con un Mercedes Benz y salir con un Ferrari último modelo.

—Maju fue muy fuerte para poder soportar esos días –hace memoria Isa Torres, sentada en una oficina repleta de retazos de tela y fotografías de Miss Mundo.

Mostrar esas fotos en su oficina es una forma liliputiense de hacer lo que el Dr. Escudero había hecho con su banderola gigante en la fachada del Da Vinci. No se habla de Maju: se la usa. Ganó Miss Perú Mundo 2004 con la sonrisa plástica más natural del mundo, y por entonces nadie dijo nada. Recién cuando la coronaron reina en China todos tuvieron algo que decir. El Dr. Morillas declaró a una revista de Lima que Maju era la mayor satisfacción de la cirugía plástica del Perú, y también colgó una banderola afuera de su clínica felicitándola por el título. «Hay gente mala», dice Maju, y la sentencia ya se ha vuelto menos obvia. Los correos electrónicos se abarrotaron en distribuir curiosas fotografías de la nueva Miss Mundo de los tiempos cuando había sido Miss Leonardo Da Vinci. Las diferencias eran obvias. Los programas de chismes de farándula también mostraron el antes y después de Maju. En foros de Internet empezó incluso a discutirse sobre si merecía la corona, o mejor era entregársela a la dominicana Claudia Cruz, quien había quedado segunda. Un dominicano escribió: «Maju lucía muy grande de cuerpo. A Claudia se le veía hermosa y además contestó en inglés». ¿Qué se puede decir con honestidad de una Miss Mundo?

Cuando iban a nombrar a la ganadora en China, Maju cerró los ojos. Luego recuerda que pidió a Dios que le diera fuerza. «Después, como todas las misses, me puse a llorar». La ciudad de Trujillo fue el epicentro de su nueva mitología. Maju era demasiado buena para inventarle cirugías que sí existieron. Parecía tan pura, que la ciudad entendió que tuvo que abandonar a su enamorado porque no podía ser bella y buena y enamorada a la vez. ¿Qué puedes hacer si tienes la mala suerte de ser novio de Miss Mundo? Giuliano Barraza. Así se llama el hombre abandonado. Se hizo famoso por esos cinco minutos en los que apareció en televisión, esperando a la nueva reina del mundo en el aeropuerto de Trujillo. Maju bajó del avión vestida con un traje celeste y llorando, siempre llorando de verdad. Miss Mundo fue recibida con una banda de música de la Policía y banderas del Perú y miles de gritones. Maju, Maju, Maju. Miss Mundo caminó por una alfombra roja hasta donde la esperaba una comitiva de familiares y autoridades de la ciudad. En esa comitiva, Giuliano Barraza, un ingeniero agrónomo, camisa naranja, pantalón blanco y barba crecida, aguaitaba con una notoria timidez.

Miss Mundo no puede besar en la boca. Cuando estuvieron uno frente al otro, se abrazaron durante cuatro segundos y luego se dieron un beso en la mejilla. No. Miss Mundo no puede besar en la boca. Miss Mundo no puede tener enamorado. Eso dijeron todos cuando Miss Mundo abandonó a Barraza. «Ya no quiero hablar más del tema. Ese mundo no me interesa», se defendería luego él, porque la prensa le inventó también su propia historia: el novio de Miss Mundo era feo, agresivo, malo, no la quería. Incluso su hermano José Barraza acabó creyendo que Maju merecía algo mejor. «Mujeres como ella ya no existen», dice el gran hermano, antes de contar el último rumor que escuchó sobre Miss Mundo. «Al parecer, hay un príncipe que se ha enamorado de ella, ¿no?», dijo por teléfono.

—¿Un príncipe? No, imagínate –responde ahora sorprendida Maju, y se ríe como nunca debería reírse una Miss Mundo, casi a carcajadas, como cuando uno se entera de un chisme cómico y ridículo.

Ernesto Paz se ríe con ella y todo vuelve a ser felicidad en la vida de Maju. Sus fotos del antes y después siguieron circulando por Internet, pero con una novedad: ahora se ven más naturales los retratos más recientes. Como si antes Maju hubiese sido un remedo de lo que es ahora, y no al revés. La que ganó Miss Mundo era la verdadera. «Ni nos habíamos dado cuenta del cambio», dijo con sinceridad su amiga Paola Chávez. Maju Mantilla siempre había sido así. Todos la habían visto siempre así. Pero ahora todos hablan (y escriben) de ella y es muy difícil distinguir la ficción de la realidad. A Maju siempre le decía que iba a salir en las portadas de las revistas de Ebel. Maju estuvo sentada en esa mesa hace como tres años, y le encanta la papa a la huancaína. Maju siempre fue el amor platónico de un amigo del colegio Claretiano: bueno, en realidad a mí también me gustaba. Maju ganó, y el productor de la franquicia de Miss World declaró al mundo: «Cuando Maju habla, no sólo crees en lo que dice. Crees en ella». Los mismos foros que antes habían dudado de la legitimidad de su cara, días después se arrodillaban ante la reina. «Déjame decirte que eres la mujer de mis sueños», se declaraba uno. «Tu acariciadora sonrisa vale un Perú», declamaba con patriotismo otro. «Desde pequeña demostraste ser digna representante de tus metas. Te saluda tu profesor Alberto Maqui». Le dedicaron canciones y le escribieron poemas. «¡Oh Dios! Ábreme las puertas / abre las puertas del cielo. / Que de Trujillo es la reina / que ha deslumbrado con su candor, / engalana nuestra patria / y a una sola voz se aclama: / ¡Que viva Maju Mantilla!». Incluso le escribieron una novela. Nayla: éste es el nombre ficticio de Maju en la novela inédita de Guillermo Cabanillas.

—La empecé a escribir para desahogarme –dice Cabanillas entre sorbos de Coca-Cola, en un restaurante de comida rápida de Lima.

Se enamoró de Maju, y ella le dijo que estaba enamorada de otro. Eso fue en el 2001, cuando ella no era más que Señorita Perpetuo Socorro. Un amor sin conveniencias. La novela no es otra cosa que la historia del fracaso de Cabanillas. «Nayla, Nayla, Nayla, era la única palabra que veía a mi memoria cuando quería poner en marcha algo». No todos han escrito más de cien páginas sobre la mujer más bella del mundo. Ahora se dedica a espiarla por Internet, a seguir su itinerario día a día, a estar atento a qué sucede en su casa de reina en Inglaterra, donde vive junto a la dueña de la franquicia de Miss World, en alguna cena benéfica de Houston, en la Muralla China, antes de visitar niños con sida, en Indonesia al lado de Jackie Chan, que suda, y ella no. Adonde va la reina, va Guillermo Cabanillas, vía Internet.

—Nunca pensé que estaría enamorado de una Miss Mundo –se lamenta platónico y sonriente.

Luego se pregunta cómo reaccionará Miss Mundo cuando sepa que es protagonista de una novela. Entonces ella se ríe como no debe hacerlo una Miss Mundo. «¿Una novela?, por Dios». Aún no se acostumbra del todo a que su vida sea una ficción.

***

Trujillo, febrero, 2006. Miss Mundo ya no usa maquillaje. El público perdona el atrevimiento de Miss Mundo –vestida con un traje corto de orquídeas de colores– porque en realidad ya no es Miss Mundo. Hace sólo dos meses le cedió la corona a Unnur Birna Vilhjalmsdottir, una abogada islandesa de veintiún años que además es agente de policía, y que en su primer día de reinado entendió la verdadera función de su cara: «Ninguna ex Miss Islandia hizo trabajos de caridad y mi objetivo será cambiar eso». En Trujillo, la Ciudad de la Eterna Primavera, Miss Mundo siempre será ella. Y en el Centro de Modelaje y Belleza Integral, donde hoy ha llegado para contar sus anécdotas de reina de belleza, alguien ha colgado un afiche con su fotografía donde se lee claramente: «Miss World 2005», como si la policía islandesa no existiera. Unas cien niñas vestidas de rosado escuchan a Miss Mundo y sueñan a ser María Julia Mantilla. Ahora estudian para ser modelos. Miss Mundo 2004 también quiere ser modelo. Ya no tiene que pedir permiso de todo lo que hace a la organización. No quiere ser obediente. No más. No le gusta que la reconozcan tanto en la calle. No quiere oír nuevas versiones de su cirugía, ni recordar el nombre de los periodistas que escribieron lo que a ella no le gusta. No guarda rencores, eso dice. No volverá a participar en un certamen de belleza. No quiere ser diferente. Ha ingresado a una universidad para ser publicista, pero no va mucho a clases. Aún no quiere casarse. No posaría desnuda, jamás, «eso no». No haría publicidad de cerveza. No usa maquillaje. Miss Mundo 2004 quizá tenga la sensación de que ahora, por fin, hace lo que le da la gana. Pero nadie puede permanecer inmune a la belleza, menos ella. El pasado la condena: Miss Mundo 1987 es una australiana que aparece en series de televisión y hasta escribió dos libros sobre el uso de cosméticos. Miss Mundo 1990 es una estadounidense que trabaja en una revista de entretenimiento y hace labores de caridad a favor de los niños. Miss Mundo 1996 es griega y aparece en comerciales de TV y videoclips. Miss Mundo 1998 es de Israel, dice que es «la misma persona con mejores cualidades», y trabaja para los niños de su país. La corona es una camisa de fuerza: si tu vida es común y corriente, pero de pronto eres elegida Miss Mundo, estás condenada a ser inocente, angelical, reina de belleza para toda la vida.

Una batalla en el fin del mundo

Publicado: 7 noviembre 2008 en Daniel Titinger
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Mañana es la batalla de Tocto y he puesto todas mis esperanzas en que haya un muerto. Al menos uno. Me han dicho que en el 2001, en esta batalla campal al sur del Cuzco, murió un combatiente; que el año pasado, 2006, algunos luchadores perdieron los ojos; y que hace dos años una bala perforó el corazón de un caballo color almendra. «No se usan armas de fuego –intentaron explicarme–, no sé qué pasó allí». Lo cierto es que las probabilidades de que mañana corra sangre son muchas: la vida es frágil cuando se acerca la batalla. «¿Te vas a la lucha de Tocto?, uy, allí se matan como animales», me advirtió una mujer con los ojos encendidos. Las secuelas de una guerra son previsibles, lo mismo que el paisaje a casi cuatro mil metros de altura: nubes gordas y blanquísimas nadando en un cielo color cielo, con muchas piedras empinadas y montañas verdes como pirámides imperfectas. Hoy es una mañana luminosa y helada en el distrito de Quehue, a unas siete horas de Tocto, a pie. La altura es perversa si vienes de un lugar con vista al mar: sólo dar un paso te demanda media vida de aliento. ¿Siete horas a pie no es como morir un poco? Pero esa incertidumbre recién será mañana y entonces he puesto todas mis esperanzas en que haya un combatiente muerto. Hay que ser fríos y despiadados y políticamente incorrectos: un periodista va a la guerra y confía en que las armas hagan su trabajo; que el protagonista principal de su historia –en este caso, Benedicto Cayllo, veintiocho años, natural del distrito de Quehue, provincia de Canas, departamento del Cuzco– sea derribado por el enemigo. La violencia nos afecta a todos.

–¿Y no tienes miedo de que te pase, no sé… algo? –interrumpo a Benedicto Cayllo en un restaurante de Quehue, donde almuerza un inexpresivo estofado de gallina junto a otros dos campesinos con ojotas, esas sandalias de caucho que forman una X sobre el pie.

Benedicto sonríe sutilmente, se acomoda el sombrero que le hace sombra a sus ojos, termina de tragar un trozo de gallina y responde, sin darle mucha importancia al asunto:

–No, pues, yo voy a pelearles también a ellos, para hacerles lo mismo.

–¿Has matado a alguien, Benedicto?

–No, pues.

Las tres mesas del restaurante son tablones de madera vieja y oscura, con cuatro patas flaquísimas que podrían quebrarse de un soplo. Las paredes de adobe están disfrazadas con propaganda electoral de las pasadas elecciones presidenciales del Perú, vota por mí, la prueba de que alguien sabe (sabía) que este lugar existe en el mapa del país. El techo es un plástico celeste sujetado con piedras y el piso es de tierra seca, como el aire que uno respira. Afuera, una placita principal en medio de ese paisaje previsible, con una iglesia cerrada, un colegio sin niños, una municipalidad sin funcionarios, la modorra natural de un pueblo chico a la hora del almuerzo, y en el restaurante de paredes de adobe, distraído con el estofado de gallina, a Benedicto Cayllo no le preocupa la batalla.

–¿Primera vez que vas a pelear en Tocto? –le pregunto.

–Hace diez años voy, desde que tenía dieciocho –sonríe y come.

Benedicto no tiene ni treinta años y puede morir mañana. No es exagerado pensarlo. La misma mujer que antes me había dicho que en Tocto se matan como animales sabe de una persona que murió unos días después de ir a la lucha. «Los del otro bando le habían arrancado las orejas, la lengua y los dedos de los pies», dice. Ella no es de Quehue, sino de Sicuani, un distrito alejado, y desde ese lugar entiende la violencia de la lucha de Tocto como una práctica bestial. Una señal de radio que llega al pueblo anunciaba la tarde anterior a la batalla: «Prepárense. Mañana sólo irán los hombres más hombres que los hombres». Tener miedo es una enfermedad grave a la que aquí se le dice animu qarqusqa, alma espantada, y la culpa la tienen los espíritus malignos. Eso es lo que se cree: el miedo también mata.

Aquí se creen muchas cosas que no aparecen en los panfletos de turismo. Sigue siendo el Cuzco, pero no es esa ciudad prometida donde cientos de turistas gringos fotografían una piedra. Estamos en la comunidad de Quehue, provincia de Canas, y mañana es la guerra.

–Yo no siento que sea guerra –dispara desde su mesa Benedicto Cayllo, quien hace unos años regresó de Tocto con una fractura en un pie que lo tumbó seis meses en una cama–. Es como un juego.

Las reglas del juego son claras. Cada año, en tres fechas distintas –8 de diciembre, 1 de enero y el segundo jueves de febrero–, dos provincias cuzqueñas que viven en paz, una al lado de la otra, tienen la oportunidad de odiarse a muerte por un día. Mañana, segundo jueves de febrero, será la última lucha de la temporada, y dicen que por eso será la más sangrienta. Fuera de la batalla (del juego), los combatientes ni se conocen. Canas versus Chumbivilcas son los vecinos perfectos hasta que llega una de las fechas en las que tienen que derribarse a pedradas. Para ello han elegido un lugar neutral y limítrofe, Toqtopata, «el andén que explosiona», una quebrada casi inaccesible con truenos, rayos, granizo y unos cinco mil metros de altura. Hasta allí llegarán cientos de combatientes de cada bando. Desde Quehue, donde estoy ahora, no irán muchos, quizá veinte o treinta hombres que se juntarán en el camino –siete horas a pie, ya lo dije, con desfallecimiento prematuro– con hombres de otros distritos de Canas: Yanaoca, Langui, Ch’eqa, Kunturkanki, Chimpactocto, treinta, cincuenta, cien, doscientos combatientes, quizá más, que se enfrentarán a los distritos de la provincia de Chumbivilcas. No habrá jueces ni turistas. La vida, es decir, la posibilidad de no perderla, es una tautología de la que todos tienen conciencia: el que muere muere.

Aunque el objetivo sea otro: ahuyentar al adversario disparando piedras con unas hondas de lana de llama –a pie o a caballo– o combatiendo cuerpo a cuerpo con unos látigos que terminan en puntas de metal. Si te golpean en la cabeza, se termina la batalla, se acaba el juego. No sobrevives. «Los hombres están bestializados por el alcohol y el odio –apunta el cuzqueño Mario Alberto Gilt, un erudito del tema–. Quieren ver sangre y, en el furor del combate, los bandos toman contacto y luchan cuerpo a cuerpo». «Es gente muy violenta», me dijo en la ciudad del Cuzco, en su casa de la calle Alabado, el historiador Abraham Valencia. ¿Por qué pelean? Es difícil que entiendas lo que sucede en Toqtopata: son reglas distintas a las tuyas. Canas y Chumbivilcas son dos provincias del Perú, pero desde una visión costeña, citadina y pequeñita, parecen otro país. Incluso otro planeta. Aquí se cree, por ejemplo, que la sangre de los heridos y de los muertos regará la tierra –la pachamama– y así el año siguiente será próspero y fértil. Que los dioses esperan como ofrendas las almas de los caídos. Que los vencedores, en tiempos inmemoriales, bebían chicha, ese alcohol fermentado del maíz, en el cráneo de los vencidos. Que a esos perdedores les espera una pobre cosecha hasta la siguiente batalla. «El guerrero que cae –escribió una periodista cuzqueña– no es llorado por sus familiares, porque su sangre riega los surcos y los fructifica». No es jugar por jugar. Sólo un forastero podría creer que se matan como animales.

–¿Odias a los de Chumbivilcas, Benedicto?

–No, pero si les cae una piedra mía, no siento nada, igual a mí me cayó.

Es mediodía en Quehue, provincia de Canas, y Benedicto Cayllo sale a la placita para terminar la faena del día. Mañana, cuando el sol se asome detrás de los cerros, Benedicto irá a pelear. Si muere muere. En todo caso, no es una posibilidad en la que él esté pensando. Hoy está trabajando junto a otros campesinos en cercar la cancha de fútbol del pueblo, cansados de que sea invadida por chanchos y vacas. La única agenda posible es la del día a día. El césped de la cancha llega a los talones y para el ganado debe ser apetitoso pastar allí. Al centro de la plaza de Quehue hay una pileta de piedra con una escultura central de casi tres metros, sobre la que cuelga un puente en miniatura, hecho de metal y pintado de dorado. A cada lado del puente hay una persona también de metal, pintada de blanco y salpicada de colores. El artista ha sido cuidadoso en los detalles. Una lleva una honda y parece estar a punto de disparar una piedra. La otra empuña una soga de tres puntas de fierro. Frente a frente, preparan sus armas para la inminente pelea.

–Más luego conversamos –promete Benedicto en su modesto español.

Al menos sabe español. Yo no hablo quechua.

Luego se pierde por una calle de tierra, doblando en una esquina donde hay un letrero escrito a mano. El mensaje es claro y se puede leer casi desde cualquier lugar de la plaza: «Se vende cajón mortuorio».

 

El gobernador del distrito de Quehue se ha remangado el pantalón para mostrar la cicatriz que le dejó una batalla. Nadie se lo ha pedido, pero las heridas de guerra son trofeos que uno debe lucir: una prueba inequívoca de valentía. Si la evidencia está oculta, entonces hay que remangarse, señalarla con un dedo: ésta es, mira. La herida es de hace cinco años y ahora tiene el aspecto de un lunar de carne. Feísima. Del tamaño de un botón. Leopoldo Puma es el gobernador de Quehue y recuerda que en el ardor de una lucha sintió un golpe seco a la altura del tobillo. No le dolió a muerte sino hasta un rato después, cuando cayó derribado como un saco de papas. Mala suerte, o quién sabe qué. Que te pegue una piedra tal vez sea un mensaje de los dioses. Son cientos de personas luchando en medio de la nada. La nada es inmensa. ¿Cuál es la probabilidad de que te caiga una piedra? Si fuera tan fácil dar en el blanco disparando una honda de lana, entonces Canas y Chumbivilcas serían provincias repletas de lisiados. Aunque la lucha puede complicarse, ponerse más violenta y, de pronto, dos enemigos se encuentran cara a cara. Se acercaron demasiado y ahora deben usar sus látigos con puntas de metal para defenderse uno del otro. Defenderse es atacar. Atrás, se escuchan los insultos de ambos bandos; encima, las piedras que silban como balas. Se oyen truenos y la marea natural de la guerra ha puesto a dos combatientes frente a frente. Uno deberá ser fulminado. Pero ésa es otra historia. A Leopoldo Puma lo que le sucedió fue que una piedra lanzada con una honda le cayó cerca del tobillo. Sus compañeros lo pusieron a salvo; de lo contrario, él mismo se habría convertido en un trofeo para el enemigo. Tal vez hubiese sobrevivido: dicen que está de moda tomar prisioneros y no matarlos. Las nuevas generaciones han aprendido costumbres extrañas.

Son las dos de la tarde y Puma se ha sentado frente a la puerta de la iglesia de Quehue, bajo un arco de adobe que produce la única sombra a la vista: el sol serrano puede dejarte la piel como una tostada y es preciso tomar precauciones. En la lucha es distinto. Dicen que te olvidas hasta de quién eres, o como me contó un antiguo combatiente que ahora vende pan de trigo en una de las esquinas de la plaza, «al cuerpo le entra una emoción que llega al hueso». Antes de los incas, éste fue el territorio de la nación K’ana. Dicen los cronistas que los k’ana eran guerreros temibles, adoradores de las fuerzas telúricas, «de naturaleza indómita», los definió Alfonsina Barrionuevo, una periodista del Cuzco. «El kana –escribió ella– cree en la profunda relación que hay entre el hombre y la tierra. Por eso, cuando alguien muere en la lucha, se alegra». La herencia es tan obvia como una mancha en la cara: al caneño de estos tiempos le gusta pelear, casi como si se tratara de un deporte de aventura. Quizá hasta destile la misma cantidad de adrenalina que un paracaidista espiando el vacío desde la puerta abierta de un avión de combate. Es sólo que aquí la guerra, el deporte, el juego, o lo que sea, es parte de un rito tan antiguo como la memoria del hombre.

–Los apus se alimentan del derrame de sangre de la gente –trata de explicar el gobernador.

Los apus son los cerros sagrados. Se pelea por ellos, frente a ellos. El que pierde, pierde más que una lucha.

–Toda una vida los de Canas hemos ganado –dice el gobernador Leopoldo Puma–, pero cuentan que los de Chumbivilcas se han reforzado para este año.

Mala noticia. Mañana estaré junto con Carlos Díaz, el fotógrafo, en el bando de Canas, y preferiríamos que sigan manteniendo su fama de ganadores. Los combatientes de uno y otro lado beben mucho antes de pelear, y el alcohol le suma violencia a la violencia. Sería preocupante vivir esa experiencia etílica junto a los vencidos. Otra mala noticia: el gobernador no irá mañana. Ha pedido que el pueblo de Quehue designe a una persona para que nos acompañe. Mejor es ir con alguien, nos previene. Luego levanta unos centímetros el cerquillo que le cubre la frente y ostenta una segunda cicatriz, más vieja que la otra, obra de una piedra que casi le perfora un ojo.

–Como dice el dicho –dice el gobernador–, no temes morir ni vivir.

El dicho, naturalmente, sólo existe aquí. Cuando se pronuncia en quechua, parece poesía. Si no entiendes quechua, no entiendes nada. Se vive también en otro idioma.

–¿Estás llevando casco para protección? –me pregunta ahora el gobernador de Quehue.

–Sí. No quiero terminar como usted.

–Pero no –se acaricia el botón de carne–, no vayas a creer que estas heridas son del Tocto.

El gobernador habla (y se viste) en perfecto español, zapatos negros de cuero, un pantalón de sastre, una casaca marrón sobre la camisa. Leopoldo Puma es un hombre respetado en Quehue. Su fama jerárquica sobrepasa los límites del distrito y él quiere escribirle una carta a los tenientes gobernadores de la comunidad más cercana a Toqtopata para que mañana, cuando nos acerquemos a la lucha con los carnés de periodistas, no nos larguen a pedradas. Es un buen tipo el señor Leopoldo Puma. Aunque en Tocto todo es incierto y hasta él correría peligro. Cualquier hijo de campesino podría tirarle una piedra y Puma no tendría por qué vengarse al día siguiente. Así es el juego. Parece que se odian por unas horas y luego se van a sus casas. Leopoldo Puma dice que ha peleado en Tocto muchas veces pero que las marcas en su piel no son de allí. «No vayas a creer que estas heridas son del Tocto», fue lo que había jurado hace un momento bajo la sombra de la iglesia. Hay otras luchas similares, a eso se refiere. Sus cicatrices, por ejemplo, son trofeos del Chiaraje, que es el nombre de una pampa cercana a Quehue donde la pelea es cada 20 de enero, por el día de San Sebastián, ese mártir cristiano que murió azotado por los romanos. Su recuerdo festivo, en las alturas del Cuzco, no podía ser menos violento.

De diciembre a febrero, el calendario de guerra marca cuatro fechas entre Tocto y Chiaraje. Yo había leído acerca de esta otra batalla ritual en un diario de Lima hace algunos años. «Batalla deja al menos sesenta campesinos heridos en Cuzco», decía el titular. «Para los campesinos de Canas, no es un encuentro más, sino un rito ancestral que practicaban los incas», se leía en el artículo. Pero el inicio de la guerra es un misterio. Ambas luchas son tan antiguas que ni los actuales combatientes pueden precisar su génesis. Los españoles, cuando llegaron a esta esquina del mundo, descubrieron con espanto que se adoraba al Sol, a los cerros y a la tierra, y no tardaron en imponer su propia divinidad. San Sebastián, el santo que murió azotado, debió llegar en esa nueva camada de devociones, y entonces los indígenas, quienes ya jugaban a pedradas desde antes de la conquista, modificaron su calendario bélico de acuerdo con costumbres menos blasfemas. Se empezó a luchar por el Día de Compadres, por San Sebastián, por Carnavales. «Juego bestial de hondazos y piedras», se horrorizaban los paisanos de Pizarro. La tierra, sin embargo, siguió siendo sagrada, y había que ofrendarle más sangre. Pero si en Tocto el combate es entre provincias vecinas, la batalla de Chiaraje es de una violencia más doméstica. Canas versus Canas, la misma provincia dividida en dos bandos. Como no es una pampa alejada, hay turistas y curiosos. El Chiaraje tiene tanto de sangre como de feria, y mientras los combatientes arrojan sus piedras en el campo de batalla, en los cerros vecinos se vende comida y alcohol, y se disparan muchos flashes. El Tocto, sin embargo, mantiene su violencia en estado puro. Visto desde una lejanía sobre el nivel del mar, es como si buscaran motivos para matarse. Es algo que no entiendes. Los apus, la pachamama, la guerra con piedras, son protagonistas de un mundo que va más allá de tus narices y que no acaba en estas pampas cercanas a Quehue. En Arequipa, Puno, Ayacucho y Apurímac, otros departamentos del Perú, hay combates similares. Se lucha también en Bolivia, en Ecuador, incluso en el norte serrano de Chile y en Argentina. A la batalla la llaman tupay o tincui o pukllay. Significa «encuentro». Se pelea (se juega) para contentar a los dioses.

El gobernador ha caminado ahora hasta su oficina, en lo que antes era la estación de Policía de Quehue. Empieza a anochecer. Cada cierto rato, el pueblo retumba con el sonido de unos truenos cercanos, pum, pum, pum, como si estallaran bombas a pocas cuadras de aquí. Desde inicios del 2007, más de cuarenta campesinos de Chumbivilcas han muerto al ser alcanzados por rayos. Los dioses también son violentos. Pero hoy, en la provincia vecina, alguien te dice que no hay por qué estar asustado. Me explota la cabeza por culpa de la altura. No tengo hambre, ni sed, ni sueño. No quiero estar aquí. Leopoldo Puma ha pedido que nos hagan una cama al lado de su oficina. En pocas horas se decidirá quién nos acompañará mañana, y tendremos que salir al alba, dice. El frío penetra la habitación-congeladora. Ya no hay nadie, sólo nosotros. En la plaza apenas quedan encendidas las luces de la municipalidad, donde se está decidiendo el nombre de nuestro acompañante. Tiene que ser alguien a quien le guste la lucha, me advirtió el gobernador antes de irse. Además, tiene que ser un hombre sano; es decir, que no se embriague como el resto de combatientes, «si no, no los podrá cuidar». Se escuchan pasos. Es un campesino con una gorra verde muy vieja y unos ojos bastante irritados, como si no hubiese dormido en tres días.

–Van a ir con el que cuida la antena del pueblo –nos dice sin mucho preámbulo.

–Ya, ¿y cómo se llama?

–Benedicto Cayllo –contesta, antes de desaparecer en la noche.

¿Qué soñaron? –nos pregunta Benedicto cuando apenas estamos subiendo la primera colina de la mañana.

A nuestros pies, la última panorámica de Quehue (5:50 a. m.) son casitas de techos a dos aguas, corrales para chanchos, una antena parabólica y una cancha de fútbol recién cercada. Benedicto Cayllo, preocupado por los sueños, se ha vestido con unos botines negros, un jean oscuro, una camisa a cuadros y un sombrero de vaquero andino. Su armamento está a la vista: lleva en el cuello una honda de lana y, amarrado en la cintura, un zurriago mortífero del que cuelga una tuerca de hierro. Dice que no tiene la intención de matar a nadie y que no amaneció pensando en su propia muerte. Anoche no tuvo ningún sueño y se le ve tranquilo. Otros años ha soñado «cosas malas», dice, y no le ha ido bien en la lucha: los espíritus malignos, culpables del miedo, están en todos lados. Carlos Díaz, el fotógrafo, está preocupado porque soñó algo que ahora prefiere no contar. Durante los pocos minutos que yo pude dormir, soñé que una serpiente me mordía la mano izquierda. ¿Debo angustiarme? No se lo pregunto a Benedicto Cayllo, sino al fotógrafo, quien me dice que eso significa cosas extrañas, pero no sabe qué: en Cuzco siempre se sueña muy raro. Por ahora avanzamos entre cerros donde sólo crece el ichu (7:30 a. m.), ese pasto sin gracia que a veces es la única vegetación cuando la altura es, peligrosamente, muy alta. Además de piedras (cada una, la posibilidad de un proyectil) y de la tediosa alfombra de ichu, no hay nada a la vista, sólo la promesa de Benedicto Cayllo de que llegaremos a Toqtopata a mediodía. Vamos. Es de mala suerte tener pensamientos negativos, dice. Es de mala suerte tener pesadillas. Es de mala suerte dudar de uno mismo, y aquí se piensa que el alma –que habita la cabeza de cada hombre– puede escaparse por las sienes. También es de mala suerte interponerse en el camino de un combatiente. Una vez, cuenta Benedicto, su esposa le rogó que no fuera a Tocto. Fue en esa lucha, hace ya algunos años, que una piedra perdida le fracturó el pie.

El día avanza y cruzamos el río Apurímac, enredado en sus propias piedras. Nos acercamos lentamente a la comunidad de Huinchire (9 a. m.), desde donde saldrán al menos cincuenta hombres. El cielo está manchado con nubes grises que anuncian la lluvia (malos presagios, según he leído en un estudio sobre ritos en los Andes, y ya parece que todo aquí significa otra cosa). La ansiedad por la batalla es visible y en Huinchire algunos partieron muy temprano, junto con sus mujeres de faldones inmensos que cargan comida y botellas de un alcohol dulce y helado. Otros recién nos empiezan a dejar atrás. En su mayoría, los hombres van armados con hondas de lana y con zurriagos de los que cuelgan tuercas deformes, resortes de camiones, tuberías de metal para hacer daño. «¡Chucho, carajo!», se escucha un grito detrás de algún cerro. A los de Chumbivilcas les dicen chuchos, y los de Canas se van armando de valor coreando arengas en contra del enemigo. (11 a. m.). El paisaje, conforme uno se acerca a Toqtopata, se va llenando de guerreros con trajes bordados de colores, con inscripciones al dorso como «El rebelde caneño», «Las águilas negras», «Retroceder nunca». Hace un frío casi intolerable, y les encanta pelear. Muchos llevan ponchos y chullos, esas gorras del Ande en forma de cono que protegen las orejas y casi les cubren los ojos: unas miradas incendiadas en las que podría confundirse con facilidad el odio con la embriaguez. «Hay que tomar para darnos fuerzas», dice un hombre, y compra una de esas botellas de alcohol que cargan las mujeres del camino. La etiqueta dice Anís, dos soles, algo menos de un dólar. En pocos minutos, unos veinte luchadores han formado un círculo humano y van pasándose la botella hasta no dejar una gota. Luego una segunda botella, y después acabarán la quinta casi sin darse cuenta. Beben de un vaso rosado de plástico, del tamaño de una copita de vino, un trago directo a la garganta y el otro a la tierra (12:10 p. m.), a la sagrada pachamama. «¡Chucho, carajo! –grita uno de los hombres, afectado ya por eso que dice Anís–. Pensaba comer gallina, pero comeré gallo». Se refiere, supongo, a que quiere matar a un chucho.

–¿Tú piensas matar a un chucho, Benedicto?

–Yo voy a jugar, nomás.

Seguimos entonces en medio de la nada (12:40), y Benedicto Cayllo jura que falta muy poco para llegar. A lo lejos, en un cerro vecino, se distinguen las figuras de al menos cien hombres, todos avanzando en el mismo sentido: Toqtopata. Allá vamos. Se ven jinetes montando caballos, choqchis, les llaman, sacudiendo en el aire unas boleadoras de tres puntas, que bien arrojadas a las patas de un caballo enemigo pueden causar heridas importantes. He leído que, antes de ensillar su caballo, el jinete le cuenta al oído lo que soñó la noche anterior y pide que estén juntos hasta el final de la lucha. El frío penetra hasta las piedras. (1:20). Llegamos.

Toqtopata son muchos cerros pedregosos, lagos, quebradas, casi cinco mil metros de altura y, si no eres de aquí, sólo te quedan fuerzas para tumbarte –moribundo– en una ladera. La pelea será lejos. En otro cerro se distinguen las sombras enemigas. Benedicto Cayllo me pregunta si puedo quedarme solo, si todo está bien. Nada está bien, pero le digo que sí, que vaya a pelear, que mucha suerte. Entonces Benedicto se desamarra el zurriago de la cintura y hace chau con una mano, sonriendo sin algunos dientes. Llegar hasta donde están los chumbivilcanos le tomará al menos quince minutos. Ayer pensé en que podía morirse, pero hoy sólo quiero que regrese a salvo, y es casi en lo único en que puedo concentrarme. El fotógrafo lo sigue, pero el camino terminó para mí. Ya salieron también los jinetes caneños, gritando insultos indescifrables, y los guerreros a pie beben su última botella antes de darles el alcance. En pocos minutos sólo quedarán algunas mujeres con bolsas llenas de comida y más botellas de alcohol, esperando a que sus hombres regresen. Me siento junto a ellas y se ve, a lo lejos, lo que parece que sucede: al filo de los cerros vecinos, las sombras de los guerreros se mueven en desorden, van y vienen, como si retrocedieran para atacar, mientras se oyen muchos gritos que hacen un eco macabro o, al menos, es lo que siento en este instante que ha empezado a granizar y hay que cubrirse con cualquier cosa: un plástico, puede ser, o una casaca. Los truenos y los rayos llegan en el momento preciso y el espectáculo es de otro mundo (de un mundo distinto al mío), pum, pum, sobre nosotros, pum, y siguen gritándose allá donde todo parece estar sucediendo, aunque desde aquí no se distingan las piedras que seguro se están lanzando, ni se vea a los combatientes que irremediablemente van cayendo. Todo eso ocurre, pienso, antes de que me quede dormido.

–No murió nadie –me despiertan de pronto.

Han pasado unas dos horas.

–Los chuchos se corrieron como perros –se queja un tipo arrugando la frente.

Ya no cae granizo y el cielo está en paz. La ladera que estaba casi vacía ahora parece una fiesta: los combatientes regresaron y se ponen a cantar en quechua y a beber tanto alcohol que en pocos minutos la euforia se torna peligrosa.

–Esos chuchos de mierda –dice uno–, siempre se corren.

Benedicto Cayllo regresa sonriente y cansado.

–No pasó nada –dice, creyendo que es una primicia.

Hay jinetes de Chumbivilcas que se asoman por la ladera de otro cerro, y alguien dice algo así como «quieren más esos perros, ya verán». Pero ahora sólo es tiempo de beber, incluso para Benedicto Cayllo, que se supone era un «hombre sano». Ya no nos va a cuidar. Un combatiente de negro me dice que si quiero entrevistarlo tendré que pagarle. «Aquí yo soy el jefe, carajo», dice sacudiendo una mano en el aire y escupiendo cada palabra. Su mensaje es claro: hay que salir de aquí, pero ¿cómo? La respuesta está en un hombre alto y flaco que acaba de aparecer en la ladera. Tiene una casaca roja, lentes sin marco y una filmadora. Se pasea entre los hombres con naturalidad, así que debe ser alguien importante del lugar.

–La batalla estuvo mala –dice.

Su nombre es Humberto Romero y es el fiscal de Canas. Aunque hoy no ha venido como fiscal, sino como documentalista aficionado: el fiscal Romero ha filmado luchas rituales desde el 2005 y cuenta que ya tiene cuarenta horas grabadas de pura batalla, con todo y heridos. «Lo de hoy no ha sido nada», comenta con desilusión, porque otras veces ha tenido hasta que correr para salvarse. El fiscal de Canas no parece de Canas, sino de la ciudad del Cuzco, o incluso de Lima: blanco, alto, ojos claros, ropa moderna de marcas. Es decir, Romero es alguien importante en su provincia, pero su extraña condición occidental no es un salvoconducto. Hay que irse. El fiscal tiene un auto esperándolo a pocos minutos de aquí, y ofrece llevarnos de regreso. El último recuerdo de Toqtopata es un campesino viejo y alcoholizado con una herida en la frente. Hace tanto frío que la herida le ha dejado de sangrar y casi parece una cicatriz. Lleva un sombrero encima del chullo y acepta posar para la fotografía con una mirada fija en alguna parte. Es normal que haya aceptado una foto: es el único herido de una tarde sin gloria, y las heridas de una guerra, ya se sabe, son trofeos que uno debe lucir.

–Les gusta pelear –dice el fiscal, mientras maneja por un camino de tierra al borde de un precipicio.

El auto se aleja con rapidez. El fiscal sabe lo que dice. Además de filmar un documental, está escribiendo una tesis sobre las luchas de Tocto y Chiaraje, que regalará a la Municipalidad de Canas cuando termine. Ha empezado a llover y el camino es resbaloso.

–Cuarenta horas de purita batalla –no baja la velocidad–. Una vez, en Chiaraje, sentí que una piedra me rozó el ojo, y hasta escuché su sonido como el de un helicóptero.

El fiscal habla con una pasión casi descontrolada, y he aquí la ironía: si la tarea de un fiscal es hacer cumplir la ley, ¿qué hace el doctor Romero investigando batallas donde la ley no existe?

–Es que estamos en otro país, se habrá dado usted cuenta –dice.

–Pero ¿y si muere alguien? –le pregunto, pensando aún en la muerte al borde de un precipicio.

–Es otro mundo –continúa–, la lucha es su desfogue, su catarsis.

–¿Desfogue de qué? –le digo, porque al parecer no entendí nada.

El fiscal espía mi ignorancia por el espejo retrovisor y responde como si estas batallas tuviesen mucho sentido.

–Todos tenemos cargas emocionales, ¿no cree usted?

 

CODA

Han pasado casi dos meses desde la lucha de Tocto y el fiscal de Canas, Humberto Romero, está de visita en Lima, donde su hijo estudia Psicología. Es sábado, último día de marzo, y nos encontramos en un café de un distrito moderno y bullicioso, que es aún más moderno y bullicioso porque él está aquí, y viene desde otra esquina del mundo. Dice que hay una noticia que le ha cambiado la forma de pensar. Ayer adelantó algo por teléfono. «Ese día, después de que nos fuimos, mataron a un combatiente». Hoy ha traído el borrador de un documento de su fiscalía, donde resuelve, según se lee, «ampliar la investigación en torno a la muerte del que en vida fuera Francisco Ccahuana Huancahuire».

–La ley no puede permitir muertes –dice ahora el fiscal–. Yo antes veía todo esto como una cosa lúdica, pero el muerto me ha cambiado todo el esquema.

¿No era necesaria la sangre para alimentar a la tierra? ¿No se peleaba para contentar a los apus? ¿No servía la violencia como un desfogue y las heridas no significaban prosperidad? Francisco Ccahuana tenía treinta y siete años y, en realidad, no murió en la batalla, sino unas horas después. Ahí el detalle. El rito ha sobrepasado sus límites: ya no es tupay ni tincui ni pukllay. Es asesinato. Los hechos, tal y como sucedieron luego de nuestra partida, se cuentan así: los caneños se quedaron tomando en la ladera y, al poco rato, ya que los chuchos seguían asomándose por los cerros, «en evidente señal de provocación», decidieron regresar a pelear. Volvieron a correrlos «porque los de Canas son bravos», continúa el fiscal sorbiendo su café. Pero en esa segunda incursión, lograron quitarles dos caballos, y eso parece que molestó mucho a los de Chumbivilcas. Ccahuana, el muerto, era de Canas, y había estado tomando alcohol antes de ir a Toqtopata. Al regreso, como a las seis de la tarde, según cuenta el fiscal Romero, un grupo de chuchos lo encontraron perdido en el camino «y lo masacraron». Murió después, «en brazos de uno de sus hijos», dice. No pudieron llevarse al muerto hasta el día siguiente, ya que era muy tarde, y tuvieron que dejarlo envuelto en una frazada «en el lugar de los hechos». El fiscal dice que a Ccahuana lo enterraron en su pueblo sin que intervengan la policía ni los médicos legistas. «Imagínate», se queja. Ahora tendrá que regresar para exhumar el cadáver y encontrar culpables. Porque esto no puede quedar así, dice, ha cambiado su forma de pensar. Entonces uno piensa que el fiscal es de un pueblo muy cercano a la lucha, pero que Toqtopata, el andén que explosiona, nunca había sido parte de su mundo.

–Tengo filmadas cuarenta horas de batalla –dice–, y recién voy a tener que ver un muerto.

 

La leyenda de Surinam.

Surinam es un país. Es lo primero que digo cuando me preguntan qué cosa es Surinam. No está extraviado en las selvas del África salvaje ni escondido como un enano travieso en medio de dos super gigantes asiáticos. Tampoco es una isla del Caribe, ni de Indonesia, ni de las Antillas, ni de Oceanía. Ni siquiera es una isla. Menos un paisito de Centroamérica cercano a México. A ver, consigue un mapa del mundo. Ubica América del Sur y luego apunta Brasil con un dedo. Empieza a bordear, de abajo hacia arriba, su inmensa costa atlántica –Río de Janeiro, Salvador, Fortaleza, Belém–; en algún momento llegarás indefectiblemente a la Guyana Francesa, una suerte de club privado y de ultramar de Francia. Si sigues bordeando esa arqueada costa atlántica aparecerá de pronto un puntito, quizá más chico que la yema de tu dedo: Surinam es casi del tamaño de Uruguay. Pero es un país. Hay pruebas suficientes para afirmarlo. Por ejemplo, existe el río Surinam, una línea aérea llamada Suriname Airways, la Federación de Fútbol de Surinam, el Banco de Surinam, el mapa de Surinam bajo tu dedo y una ingeniera de la Universidad de Surinam, surinamesa de piel morena y pelo revuelto y descuidado que me dice, en este instante: “Surinam es un país hermoso, pero nadie conoce Surinam”. Ni a los surinameses.

 

Ella es la primera que he visto en mi vida.

 

Estamos en el renovado aeropuerto de Maiquetía, Venezuela, sentados en un rincón del Gate-17, al lado de las grandes ventanas que dan a las pistas de aterrizaje. Es de noche. Afuera sólo se distinguen las sombras de las montañas y las luces blancas de los aviones. Adentro se escucha el insoportable volumen de los televisores: el reguetón de moda, el último éxito de Shakira, la voz caribeña del presidente Hugo Chávez que repite, como en una letanía: Estos son mis logros, o algo así. La ingeniera Audrey Singh debe hablar en voz alta para contrarrestar la bulla. En inglés. Me dice que no todos los surinameses hablan inglés; y casi ninguno español. “Somos de Sudamérica, pero lo siento, no parecemos de Sudamérica”, dice Audrey Singh, ingeniera sanitaria de cuarenta y cinco años que llegó a Venezuela luego un congreso medioambiental en Lima, Perú, hace más de diez horas, y desde entonces espera un vuelo que la lleve de regreso, primero a Puerto España (en la isla de Trinidad y Tobago), y luego a Paramaribo, la capital de su país. Es absurdo que para volar de Sudamérica a Sudamérica, uno tenga que salir de Sudamérica. Perú-Venezuela-Trinidad y Tobago-Surinam. Surinam es un país. Al norte de América del Sur, sólo una panza de océano lo separa de la costa sur de Miami, pero no se puede llegar desde allí. En realidad, el tráfico aéreo no te permite llegar a Surinam casi desde ninguna parte. Sólo desde Puerto España, hacia donde va Audrey Singh. O desde Belém, en Brasil. O desde Ámsterdam, en Holanda. Entérate desde ahora: necesitas visa para llegar a Surinam, y ésta le dará un inusual colorido rasta a tu pasaporte. En un mundo donde las distancias se miden de aeropuerto en aeropuerto, las cercanías de un mapa son pura coincidencia.

 

–¿Para qué vas a Surinam? –Singh tiene una curiosidad lógica: ¿Para qué (diablos) va uno a Surinam?

 

El país más nuevo y más chico de Sudamérica, independizado de Holanda en 1975, no llega al medio millón de habitantes. Hay más, pero no viven en Surinam. Unos trescientos cincuenta mil surinameses pasan sus días en Holanda, y en su exilio europeo dejan espacio al pesimismo: más que visitar Surinam, pareciera que lo que busca la gente es irse. Nadie conoce Surinam, porque nadie quiere ir a Surinam. “Nadie”, en todo caso, es una exageración estadística: poco más de cien mil personas visitan el país cada año, mientras que su vecino, Brasil, recibe unos seis millones de turistas. Surinam no tiene un cantante célebre, ni una estrella del cine, ni una Miss Mundo. Sí tiene un nadador famoso, Anthony Nesty, que hasta conquistó la única medalla olímpica del país en Seúl 88. Pero Nesty –y aquí el drama– nació en Trinidad y Tobago. Surinam no tiene un Premio Nobel, ni un best-seller, ni una playa para lucir en postales. Ni siquiera el pontífice más famoso, Juan Pablo II, apodado El Papa viajero, viajó alguna vez a Surinam.

 

Aunque existen dos motivos obvios por los que un extranjero iría a Surinam. Primero, para buscar oro en la selva y volverse menos pobre. Segundo (esto sólo si eres holandés y estás aburrido del frío), para tomarte unas soleadas vacaciones haciendo turismo ecológico en tu antigua colonia. La selva cubre más del ochenta por ciento del país. Lo dicen las agencias de turismo en sus panfletos: “Suriname, your destination for nature, adventure and culture”. Lo que era la Guyana Holandesa aún siente nostalgia de su pasado nada remoto y recibe con los brazos extendidos a los blanquísimos ciudadanos holandeses de mochila al hombro y muchos euros. Luego de pensarlo un poco, le explico a Audrey Singh que quizá exista un tercer motivo para visitar su país, pero entonces un empleado de Aeropostale –la línea aérea venezolana tristemente célebre por sus demoras– interrumpe la conversación y se pone a gritar que el vuelo para Puerto España está demorado.

 

En español. Singh no sabe español pero sospecha lo que está ocurriendo, y en una lengua muy extraña, indescifrable, traduce aquello que no entendió a una amiga suya, surinamesa especialista en el manejo de basura sólida que ahora la mira con estupor. Hay un retraso en el vuelo y ellas no entienden la razón. No entienden lo que la gente comenta a su lado. La gente no las entiende a ellas. Nadie entiende a nadie.

 

Están desconcertadas.

 

–En Suriname hablamos sranang tongo –dice Audrey Singh, que luce muy incómoda con el retraso.

–Parece un idioma difícil.

–Más difícil parece llegar a Surinam –se frota con una mano el cabello desordenado de tantas horas muertas, se acomoda una casaca de lana de colores Made in Perú, improvisa una mueca de molestia–

¿Tú para qué vas?

 

Curiosidad. Quizá esa palabra resuma los motivos de cualquier viaje. Le explico que me gustaría saber por qué muy pocos conocen de la existencia de Surinam y sin embargo, lejos de aquí, pateando una pelota en el estrellato donde brillan las figuras del fútbol europeo, hay nombres famosos como Edgar Davids, Patrick Kluivert, Clarence Seedorf, Ruud Gullit, Frank Rijkaard, que tienen un pasado surinamés pero visten o vistieron la camiseta de Holanda. Surinam no tendrá muchas cosas, pero los dioses de hoy usan shorts, patean una pelota y tienen la textura de una pantalla plana: ¿Quién no ha visto en la televisión a Davids, Kluivert, Seedorf, Gullit o Rijkaard? Hay países que doblan en tamaño a Surinam y que no tienen ni la mitad de apellidos célebres.

 

–Si vas a Surinam –me decían días antes algunos enterados–, no puedes dejar de buscar a sus futbolistas.

 

Hay quienes sólo saben de la existencia del país porque en alguna parte escucharon acerca de su principal leyenda: Surinam produce futbolistas así como Venezuela produce petróleo. Días después, en Surinam, descubriría que los surinameses se enorgullecen de hacer algunas preguntas: “¿Sabías que Seedorf es de Surinam?”. Audrey Singh parece estar muy enterada del tema y sólo asiente con la cabeza. El planeta es un balón y se mueve bajo leyes muy extrañas: ¿Por qué Surinam produce futbolistas brillantes? ¿Por qué en Surinam el fútbol profesional no existe? Es extraño. De ser cierta la leyenda, Surinam crea dioses que se veneran en los estadios de Holanda. En casa, sin embargo, se practica el fútbol amateur, y este es tan desconocido como Surinam. Tal vez ésa sea la máxima paradoja del país: su mejor producto de exportación patea una pelota y consigue el pasaporte holandés. Si estos hijos de Surinam fueran en realidad embajadores de su nación de origen, ésta saldría del anonimato por lo que ya no le pertenece.

 

El vuelo lleva demorado cuatro horas. Singh ya sabe que perdió la conexión en Puerto España y que deberá esperar dos días en Trinidad para encontrar un nuevo avión que la lleve a casa. Es difícil llegar a Surinam. O peor todavía: es difícil regresar. Singh señala otro rincón del Gate-17, donde cuatro personas se ríen cuando no parece haber nada de qué reírse. “Ellos también son de Surinam –dice Audrey Singh–. El hombre del sombrero es muy importante, fue ministro de Transportes.” El hombre del sombrero que se ríe está vestido con un traje verde oscuro y dos enormes anillos de oro en el dedo anular de la mano izquierda. Lleva un maletín negro con documentos que parecen valiosos. Por su aspecto y su idioma –un sranang tongo pausado pero gutural–, cualquiera en este aeropuerto de Sudamérica podría pensar que se trata de un líder africano. Su nombre, sin embargo, es Guno Castelen, hermano mayor de Romeo Castelen, “el diamante de Surinam”, actual delantero del Hamburgo de Alemania.

 

Por fin, se anuncia la salida del vuelo a Puerto España.

 

 

***

 

La isla de Sudamérica.

Hay ocho surinameses varados en el hotel Piarco de Puerto España, riéndose de todo, hasta de su mala suerte. Es sábado al mediodía en la soleada capital de la isla de Trinidad y el restaurante del hotel, un lugar de mesitas de madera, un bar de madera y ventanas que dan a una piscina, estaría vacío si no fuese por los surinameses que se ríen todo el tiempo, con estallidos de carcajadas que se oyen afuera en la piscina o en los pasillos del segundo piso. “Así somos en Surinam”, me explica Guno Castelen, a quien todos llaman mister Castelen, y que hoy se ha vestido con un short celeste, el mismo sombrero que llevaba ayer en el aeropuerto, y una camiseta blanca con la bandera de Uruguay.

 

–¿Uruguay queda por el Perú? –me pregunta en inglés uno de los surinameses de la mesa.

 

Al sur del mismo continente, Uruguay queda casi tan lejos del Perú como de Surinam, pero el dato parece una primicia.

 

Se ríen. A los surinameses les gusta bromear y carcajearse por casi todo, es lo que Mr. Castelen quiso decir hace un rato y luego yo comprendería. Han dejado de lado sus dramas aeroportuarios –llegaron ayer, saldrán mañana– y ahora festejan la momentánea felicidad del instante: hacen bromas acerca del clima (“Nos encanta la lluvia, pero sólo si hay una fiesta afuera”); sobre la paternidad responsable (“Yo sólo tengo tres hijos… oficialmente”); sobre sus edades (“Había una vez, cuando Mr. Castelen era joven”); sobre mi nombre (“El apóstol Daniel está sentado aquí”); sobre el fútbol en su país (“Si vas a escribir sobre eso, sólo tienes que poner muy grande, al centro de la página: ‘Siempre pierden’”). De hecho, hace sólo unas semanas, Surinam perdió 5 a 0 contra sus vecinos de Guyana, otro país enano de la Sudamérica más desconocida, con un fútbol históricamente menor al de Surinam, y confirmó en la vergüenza que cuando algo anda mal, aún puede estar peor.

 

–El primer paso es ser el mejor equipo del Caribe –me diría Mr. Castelen días después, sentado en su espaciada oficina del Puerto de Paramaribo, con aire acondicionado y asientos de cuero.

 

Mr. Castelen es un político importante que opina de fútbol como cualquier ciudadano lo haría, sólo que él tiene el prestigio de ser hermano de una estrella del Hamburgo. Por eso lo volví a buscar en Paramaribo y ahora está hablando sobre los pasos que Surinam debe seguir para llegar a un mundial. Primero, dice, hay que ganarle a los del Caribe. Dentro de la FIFA, ese gigante omnipotente que rige el fútbol del planeta, Surinam pertenece a la Concacaf, igual que Estados Unidos, México o los países del Caribe. Con Guyana sucede lo mismo, pero el resto de Sudamérica juega su partido aparte en la Conmebol, con sus propios campeonatos y eliminatorias para los mundiales. Si Surinam participara en la Conmebol, contra las deidades de Argentina y Brasil, por ejemplo, sería apabullada como un equipo de niños con los ojos vendados. Lo extraño es que teniendo una leyenda de creadora de estrellas y jugando por la Concacaf –sin duda, de un nivel menor– pierda 5 a 0 contra sus vecinos famosos por ser igual de malos. Sin embargo, en Paramaribo siempre habrá espacio para el optimismo: Mr. Castelen creía que Surinam podría haber llegado a su primer mundial de fútbol en 2010, y “el primer paso era ser el mejor equipo del Caribe”. No era fácil.

 

–Por lo menos seis jugadores deben venir de afuera –dice Mr. Castelen.

 

Afuera, en Surinam, sólo quiere decir Holanda.

 

–Si su hermano Romeo tuviese la oportunidad de elegir un equipo nacional (entre Holanda y Surinam), ¿cuál elegiría? –le pregunto.

–Es difícil decirlo por él, pero cuando vino hace como tres años se lo pregunté, y su respuesta fue: por Surinam.

 

Luego sabría que hay tantos jugadores de Surinam en Holanda que es imposible contarlos con los dedos de ambas manos. Pero la tragedia de los paisanos de Seedorf es que ninguno puede venir a jugar por su país de origen. Sin embargo, aún no es momento para despejar esos enigmas migratorios.

 

Sí para reír, hasta de la mala suerte. En el hotel de Trinidad estallan las carcajadas. Salen los pollos fritos con arroz, las Coca-Colas heladas y las cervezas Stag. Llueve. Los prodigios del humor están reñidos con la gastronomía: los surinameses sólo dejan de reír cuando están comiendo.

 

Lo extraño no es que se rían todo el tiempo, sino que muy pocos en esta mesa se conocían antes de quedar varados en Puerto España, y ahora parecen los mejores amigos. A lo largo de este viaje, hay cosas que jamás entenderé de Surinam –y de los surinameses–, y quizá el rasgo que más defina al país, para quienes lo vemos desde afuera, es su imposible comprensión, su prodigioso misterio.

 

Mr. Castelen ocupa uno de los lados de la mesa y es a quien todos se dirigen para hablar y hacer sus chistes. Ayer, cuando recién arribamos al aeropuerto de esta isla, Mr. Castelen improvisó una junta para decidir qué debíamos exigirle a Aeropostal por su demora. La junta fue en sranang tongo para que el empleado de la aerolínea no se enterase de nada. El sranang tongo sólo se habla en Surinam, parte de Aruba y de las Antillas Holandesas. Tiene palabras en inglés, español, holandés y lenguas imposibles de descifrar si no tienes el oído entrenado. Cuando por fin tomaron una decisión –habían formado un círculo al que me permitieron entrar–, Mr. Cautelen tuvo la amabilidad de preguntarme si yo estaba de acuerdo. “Yes”. Así que Aeropostal nos trajo al hotel Piarco, a sólo cinco minutos del aeropuerto. Nada mal. Los pollos fritos empiezan a desaparecer de los platos. En la mesa también están Audrey Singh, la ingeniera sanitaria, y su amiga, especialista en el manejo de basura sólida. Frente a mí hay un hombre muy delgado que parece un monje shaolin y que después se presentaría como miembro de la seguridad del presidente de Surinam. “Otra persona muy importante”, según Singh. En un país que tiene menos de la tercera parte de la población de Manhattan, lo natural es querer conocer a todo el mundo. Al parecer, las buenas relaciones sociales se establecen desde el “hola”, y en una mesa de “importantes” es bueno que se acuerden de tu cara. Al lado de Singh está la jefa del puerto de Paramaribo, de rasgos chinos, que tiene la voz grave y hace sentir sus bromas incluso por encima de las carcajadas ajenas. Hay un abogado negro, hermano de una ministra, que viste una camiseta blanca con cuello y lentes oscuros Ray-Ban; un hombre de rasgos indígenas muy callado y un ingeniero musculoso con pasaporte holandés pero nacido en Paramaribo. Los ocho comensales de esta mesa podrían parecer de distintos países del África, del Asia y hasta de Europa. Pero todos son de Surinam.

 

Surinam es un país.

 

Un mundo aparte dentro de América del Sur, habitado por distintas razas. Los surinameses varados en este hotel podrían ser una muestra representativa del ciudadano promedio, y me lo hacen saber. En Surinam hay descendientes de indostaníes, que es como llaman a los que vienen de la India; descendientes de africanos que los mismos surinameses dividen en dos grupos: criollos y marrones; javaneses, como les dicen a todos los que vienen de Indonesia así no sean de Java; chinos; nativos y blancos. No sólo hablan sranang tongo, sino que se comunican en diecisiete lenguas distintas. ¿Por qué son tan diferentes del resto de sudamericanos? Cuando los europeos se repartían el mundo, y ganaban territorios o los perdían como si jugaran Monopolio, los holandeses intercambiaron Nueva Ámsterdam (actual Manhattan) por Surinam, ya entonces un territorio frondoso al norte de Brasil, dominado por la Marina de Zeeland. Era 1664, y mientras España y Portugal tenían el poder en el resto del continente, Holanda importaba a su nuevo territorio esclavos de sus colonias africanas. Más de doscientos años después, una vez que los esclavos negros dejaron de ser esclavos, los holandeses tuvieron que buscar mano de obra de distintos lugares. No habría sido su intención, pero crearon un lugar único en el planeta: en Surinam la televisión está en holandés, pasan películas de Bollywood, hay animadores criollos y venden productos de belleza para javaneses.

 

–No vas a entender nada –me dice el ingeniero musculoso con pasaporte holandés–, aunque sólo te tomará cinco minutos conocerlo todo.

 

Hace un rato, hablando de la cantidad de razas que hay en Surinam, alguien le preguntó a Mr. Castelen acerca de su origen. La mesa esperaba que él dijera “criollo” o “marrón”, pero el ex ministro prefirió un chiste: “¿No lo ven acaso? Soy chino”. Es imposible reconocer a un surinamés. Los hay hindúes, protestantes, católicos y romanos, musulmanes, judíos. Como en esta mesa del hotel Piarco, todos se llevan bien, parecen grandes amigos. Mientras el resto del mundo dispara sus misiles sólo porque una piel es distinta o porque los dioses no tienen el mismo aspecto, los surinameses viven su anonimato en son de paz. Y se ríen hasta de ser distintos en un continente de iguales.

 

–En Surinam manejamos con el timón al otro lado.

 

A los surinameses les gusta repetir sus peculiaridades.

 

A la noche siguiente, en el avión que nos llevaba a Paramaribo, conversé con el miembro de seguridad del presidente de Surinam. Se llama Mario Sowidjojo, es descendiente de javaneses, y habla algo de español. Dice que estuvo en Venezuela, participando de un congreso sobre trata de gente e intercambio de inmigrantes. Yo estaba leyendo una típica revista de avión donde aparecía un mapa de una parte del

Caribe.

 

–Mira, Mario, la isla más grande es Trinidad –le digo con algo de nostalgia por abandonar la isla.

–No, chico, Surinam –me corrige Sodwidjojo.

–Pero Surinam no es una isla.

–Sí, es isla –dice el miembro de la seguridad del presidente, en español–, sólo que pegada a América del Sur.

 

Ni en sranang tongo lo hubiese explicado mejor.

 

 

***

 

El drama de los hijos negados.

Por fuera, el estadio donde entrena la selección nacional de Surinam parece una fábrica de tornillos abandonada. La imagen de desolación –vigas de metal oxidadas incrustando como colmillos las inmundas paredes bañadas de orines– habla por sí sola. Hacer una metáfora con el fútbol surinamés (“Siempre pierden”) sería redundante. Mario Sowidjojo tiene el cabello muy cortado, estático y puntiagudo como el de un erizo, una camisa celeste, un enorme anillo de oro que son dos manos estrechándose, y una corbata negra con dibujos de automóviles de colores. Ahora estaciona su automóvil “con timón al otro lado” afuera del estadio y ordena que no tome fotografías. “Cuando hables con el presidente de Surinaamse Voetbal Bond sí, antes no. No permitido”, dice. El torpe español de Sowidjojo, aprendido en Venezuela, tiene cierto tono tarzanesco de imposición: tú hacer, tú no hacer. En este caso, no puedo fotografiar el estadio en ruinas porque a él no le da la gana. Todos nuestros países tienen sus propias miserias, y al principio pensé que Sowidjojo no quería mala publicidad para las suyas. Pero era más una deformación profesional: ser miembro de la seguridad del presidente de un país pacífico y anónimo debe de ser muy aburrido, y hay que imaginar intrigas hasta debajo de las piedras (más tarde me diría: “Si fotografías cuartel militar, vas a cárcel, chico”). Sowidjojo es una buena persona, pero anda preocupado por nada.

 

La Surinaamse Voetbal Bond a la que se refiere es la Federación de Fútbol de Surinam. Su presidente es Louis Giskus, un hombre delgado de apariencia tranquila y cabello gris. “El espíritu de nuestro fútbol es amateur”, explicaría un espiritual Giskus días después, buscándole una razón ingenua al pobrísimo nivel de su fútbol. En Surinam no hay una liga profesional, y los pocos clubes que existen –con futbolistas que tienen “verdaderos” trabajos que les dan de comer– arman un campeonato donde el objetivo recuerda a la génesis del deporte: jugar por jugar. Y está bien, pero sus triunfos y derrotas quedan en casa; porque afuera, en el mundo real, no le ganan a casi nadie. ¿Cómo entender que en Holanda los hijos de Surinam metan los goles que aquí hacen tanta falta? La realidad es cruel y paradójica: el listado de apellidos célebres es bastante más largo de lo que uno puede deletrear de memoria (Davids, Kluivert, Seedorf, Gullit, Rijkaard). El presidente de la Federación diría luego que hay unos ciento cincuenta jugadores surinameses pateando una pelota en las divisiones profesionales de Holanda. Ciento cincuenta es bastante gente. Mario Sowidjojo por fin ingresa al estadio y contempla las tribunas celestes de madera gastada, las graderías populares que sirven de depósito de basura, el césped mal cortado. Es obvio que el lugar tenga la triste apariencia del abandono: los futbolistas se fueron de allí apenas tuvieron la oportunidad.

 

–¿Dónde te gustaría jugar? –le preguntaría una noche a Giovanni Drenthe, uno de los mejores futbolistas de la sub-17 de Surinam, un muchacho de dieciséis años, negro y flaquísimo como una escopeta.

–Afuera –fue su rápida respuesta.

 

Es la típica angustia del Tercer Mundo: hay que salir para ser alguien.

 

Pero ahora es la una de la tarde de un lunes de octubre y el calor agobia: la ciudad-sauna, purgatorio-capital de Surinam, no es apta para la manga larga. Ni para el trabajo. En Paramaribo no es común encontrar una oficina abierta después de la 1 de la tarde, hora en que el sol despliega toda su fuerza en contra de los seres humanos. Mario Sowidjojo ordena que es hora de almorzar. “Comida javanesa, chico”. Su automóvil “con timón al otro lado” avanza por las estrechas calles de Paramaribo sin señalizar. La única señalización visible son los letreros amarillos con los nombres de las calles. Zwartenhovenbrugstraat, Schimmelpenninckstraat, Onafhankelihkheidsplein. “Es un lugar muy extraño, de gente muy extraña”, me había dicho semanas atrás, acerca de Surinam, una periodista venezolana que trabajó en Paramaribo algunos meses. Lo extraño, en todo caso, es que quede tan cerca de Venezuela y sea tan distinto. Desde el telescopio de Sudamérica, Asia, África y hasta Norteamérica pueden ser mundos opuestos, pero lo que uno espera de un vecino es encontrar similitudes.

 

Sowidjojo tenía razón: Surinam es una isla.

 

En Keizerstraat, una de las calles principales del centro, hay una enorme mezquita al lado de una sinagoga, y no hay hombres disfrazados de bombas que detonan en las esquinas. Hay templos hindúes que nunca terminan de construirse del todo, y música de Naks Kaseko –una mezcla de guitarras tropicales y tambores africanos– que escuchan los taxistas indostaníes. Los indostaníes conversan en sarmani, una variante del hindi. Hay cientos de joyerías manejadas por chinos que hablan en chino, Chan Chi Pin, Li Tak Sing, Liang Lung, y bazares donde puedes comprar desde una peluca dorada hasta falsas camisetas del Barcelona de España y euros de juguete. La mayoría de construcciones son de viejas tablas de madera, algunas sin pintar, otras deshabitadas que tienen la apariencia de casas embrujadas. “La gente se va, chico.” Y se ríen todo el tiempo. Por Wagenwegstraat avanza un automóvil que tiene una inscripción en uno de sus lados: “Cosmetic for exotic skin tones”. Todos se ven distintos, y sólo en sus anillos, cadenas y pulseras doradas se parecen. Repletos de oro, negros, chinos, indios, javaneses y blancos viven en armonía, haciendo resplandecer en sus cuerpos, con el sol, su máxima semejanza.

 

El sol achicharra las pistas, donde no hay adoquines. Los motociclistas circulan sin casco, a toda velocidad, y son cientos; los autobuses blancos con figuras del cine indio avanzan vaporosos, repletos de sudores enlatados, zigzagueando entre motociclistas que gritan en sranang tongo, rebasando árboles frondosos y peatones de piel morena que se hacen a un lado en las apretadas veredas. “Coño, es que los negros caminan mucho”, responde Sowidjojo a una pregunta obvia si eres testigo de la calle: ¿La mayoría de surinameses son negros, no? No, es que los negros son los que caminan. Más de una persona me diría lo mismo. No existe racismo en el comentario. Hay javaneses preparando comida, indostaníes que se la llevan a la boca con la mano, negros que caminan, chinos que venden joyas, árabes en el negocio de las telas, brasileros en busca de oro, y cualquier surinamés parece estar obligado de brindarle al forastero ese dato crucial: cada rostro corresponde a una raza distinta, y hay que estar enterado. De pronto, Sowidjojo hace un ruido con la boca (hummm), como si le hubiesen puesto un dulce de chocolate en las narices, y toca el claxon dos veces: “Mira esa indostaní, chico, linda indostaní”. La indostaní pasa por delante del auto, impávida, tal vez anestesiada por el sol: treinta y seis grados centígrados, o más. Bajo este clima infernal, es común ver muchachos jugando fútbol en la calle, pateando una pelota de trapo en algún terral de Paramaribo. La imagen es tierna en el sentido deportivo, pero cruel en cualquier otro sentido. Una pelota de trapo en una cancha de tierra: ¿Por qué las metáforas siguen siendo redundantes?

 

 

–Nuestros jugadores con nacionalidad holandesa no pueden jugar por Surinam –diría Louis Giskus, el presidente de la Federación, tratando de encontrarle una razón a tanto descuido.

 

Teniendo tantos jugadores profesionales en Holanda, las derrotas tienen una explicación sencilla: a los surinameses de allá no los dejan jugar por su país de origen. Es el momento de despejar el enigma migratorio. “El Gobierno de Surinam no acepta la doble nacionalidad”, dice Giskus, como sí sucede en Guyana o en otros lugares del Caribe. En la selección de Trinidad y Tobago, país que clasificó al último mundial de Alemania, hay jugadores con pasaporte inglés que juegan al fútbol en Inglaterra. Según los entendidos, cuyo entendimiento es casi rudimentario –se basan en la obviedad de los resultados–, el futuro exitoso del fútbol surinamés pasa por copiar esas reglas. De los ciento cincuenta jugadores allá, “no todos podrían jugar en la selección holandesa, pero sí los podríamos usar en Surinam”, sueña Giskus en voz alta. ¿Y por qué no?

 

–Es una decisión política –dice el presidente de la Federación.

 

El periodista deportivo Quaraisy Nagessersing, director ejecutivo de una cadena de televisión que lleva las siglas de su nombre, QN, me había dicho antes que los políticos tienen miedo: “Creen que si cambian la regulación, la gente de otros partidos que está en Holanda también podría postular en las elecciones de Surinam y ganarle al actual partido”. La lógica del poder desbarata las redondas ilusiones. Pan y circo, pregonaban los antiguos romanos para adormecer a su pueblo. El fútbol actual también es un aparato político, pero en Surinam parece funcionar al revés. “A nuestro presidente no le gustan los deportes”, me dijo Nagessersing, y la explicación, aunque es razonable, no se entiende. Sucede en el fútbol como en la vida: una vez que abandonas Surinam es como si perdieras tu derecho al pasado. Decir: “Tengo un hermano en Holanda” es igual a decir “Tengo un pariente holandés que alguna vez fue de Surinam”. Tal vez muy pocos saben de la existencia del país porque su gran producto de exportación –su gente– enseña otro pasaporte en los aeropuertos.

 

Mario Sowidjojo, por ejemplo, tiene a un hermano en Holanda, dueño de un restaurante de comida indonesa. Lo dice mientras comemos nasi rames, una mezcla de arroces de distintos colores, un espagueti llamado bami, y una ensalada de pimienta y maní que tiene el nombre de pitjel. Deliciosa y picante. El restaurante se llama Sarinah y queda a cinco minutos del centro de Paramaribo. En realidad, cualquier lugar queda a cinco minutos del centro: el nuevo mall al que todos van el fin de semana, el restaurante ´Tvat (barrilito), repleto de turistas holandeses con erisipela, el estadio en ruinas. Luego de almorzar con Sowidjojo, regresaría a ese estadio para ver un entrenamiento de la selección nacional de fútbol (y tomar fotografías). Ya es de noche en Paramaribo y corre una ligera brisa que permite caminar sin sudar. Los jugadores surinameses van de un lado a otro con la pelota, pero sin patear al arco, alumbrados apenas por las luces tenues que disparan las torres. Los titulares visten de amarillo. Los suplentes, de rojo. El entrenador se llama Keeneth Jaliens y es tío de otra superestrella del fútbol holandés, Keyew Jaliens, quien participó, aburrido en la banca de Holanda, en Alemania 2006. El entrenador de Surinam es tan flaco que parece un corredor de Kenia, y lleva puesta una camiseta roja que le queda grande. La práctica de hoy terminó a cero goles y los jugadores de Surinam descansan haciendo bromas, riéndose y arrojándose vasos de agua unos a otros. Tres veces por semana, siempre de noche, practican en esta cancha para jugar un campeonato contra algunas islas del Caribe. Jaliens se ha sentado en una de las tribunas y dice que el fútbol en su país jamás mejorará si antes no se hace algo con la estructura. No se refiere a la estructura del estadio –no hace falta– sino a la de la organización. “Sin liga profesional, los jugadores no tienen oportunidad”, se queja.

 

–¿Y su sobrino?

–Mi hermano se fue a los dieciocho años. Keyew nació allá –dice, por si algo no me quedó claro.

 

Allá está el verdadero mundo. Acá, el estadio que parece una fábrica abandonada.

 

***

 

La ciudadanía precoz.

–No he visto chinos de Surinam que jueguen por el AC Milan –dice Johan Seedorf, padre del aún jugador del AC Milan de Italia, Clarence Seedorf.

 

Su testimonio tiene la rudeza de un golpe en el abdomen, pero papá Seedorf no parece preocupado por lo políticamente correcto. Además, en un país que trata de comprenderse como nación, aun marcando las diferencias en la fisonomía de sus ciudadanos, el dato –viniendo de un surinamés de raza negra– suena tan relevante como ordinario. Davids, Kluivert, Seedorf, etcétera, son descendientes de hombres de piel oscura venidos del África. Ni chinos ni javaneses ni indostaníes ni nativos sudamericanos, “los buenos jugadores son los negros”, golpea otra vez Johan Seedorf, cómodamente sentado bajo una de las tres glorietas construidas en el inmenso complejo deportivo que lleva el nombre de su hijo más famoso. Hasta allá lo fui a buscar para preguntarle si él también creía, como pregonan sus compatriotas más entusiastas, que hay algo mágico en su tierra, una bendición que los hace reproducir, como en una fábrica de talentos, jugadores excepcionales.

 

Para llegar al Clarence Seedorf Sport Complex hay que tomar una suerte de carretera de un solo carril, al sudeste de Paramaribo, y enfilar primero por la orilla del río Surinam, sinuoso y marrón como una serpiente de chocolate, hasta llegar a una zona boscosa salpicada de espacios residenciales. A la derecha de la pista, lejos ya de la ciudad –aunque la lejanía, en Paramaribo, puede ser de unos quince minutos, o menos– hay una tranquera cerrada y una muralla blanca sobre la que cuelga un cartel con la fotografía de Clarence Seedorf. Aquí es. En la imagen que custodia el complejo, el jugador del Milan tiene la mano derecha sobre el corazón, como algunos devotos a la patria suelen hacer para cantar sus himnos nacionales.

 

Seedorf es holandés.

 

Tenía apenas dos años cuando su padre se mudó a Holanda. Ahora, bajo el cielo tropical de Paramaribo, una fotografía suya en blanco y negro lo muestra sonriente, peinado hacia atrás con esas trenzas largas que solían columpiarse con el viento en contra cuando jugaba en el Real Madrid, a fines de los años noventa. En la fotografía, Seedorf también usa un bigote apenas perceptible y unos lentes oscuros que no permiten interpretar su mirada. En todo caso, a veces son las interpretaciones las que generan más preguntas. ¿Por qué Surinam exporta futbolistas tan buenos?

 

–Hay algo biológico en la gente de Surinam –dice papá Seedorf–, pero no creo que la respuesta sea Surinam.

 

Él ya fue contundente con su punto de vista –su golpe abdominal–, aunque la verdadera razón obligue a cruzar, imaginariamente, un océano. “El problema de nuestro fútbol es de mentalidad –me dijo el periodista Quaraisy Nagessersing–. Si hace frío, el jugador de Surinam dice no, me quedo adentro. No entrena.” Pero el sol de Surinam contrasta con el frío holandés y las mentalidades tienen la misma temperatura. Los jugadores de Surinam que destacan en Holanda emigraron a una edad que quizá no les permite tener memoria del sol, como Seedorf, o nacieron allá, luego de que sus padres fueran en busca del sueño europeo. Es el caso de Patrick Kluivert, máximo goleador de la historia del fútbol holandés, o de Frank Rijkaard, ex entrenador del Barcelona de Leonel Messi.

 

–Mi hermano se fue de Surinam cuando tenía nueve años –me contó Mr. Castelen acerca de Romeo, “el Diamante de Surinam”.

 

Los buenos se marcharon temprano. En ese panorama de exitosas migraciones infantiles, Giovanni

Drenthe, el muchacho de dieciséis años, flaco como una escopeta, ya es casi un anciano para ser apodado “el Siguiente Kluivert”. ¿Dónde te gustaría jugar? “Afuera”. Desney Romeo, un famoso periodista deportivo de la TV de Surinam que había estado allí para escuchar esa respuesta –y traducirla del sranang tongo al inglés–, me había dicho que Drenthe es muy bueno, pero ya no para triunfar en Holanda.

 

–¿Como quién te gustaría ser? –le pregunté a un niño que pateaba una pelota de trapo contra una pared de madera, cerca de las oficinas principales de la compañía telefónica de Surinam.

 

–Como Clarence Seedorf –respondió, con una sonrisa para dentistas.

 

En Paramaribo corre el rumor de que Seedorf es el único jugador surinamés en Europa que quiere invertir en su país de origen. Construir un complejo deportivo para que nazcan los futuros futbolistas –y crezcan sin necesidad de mirar a Holanda– es un regalo poco común. Querer ser como él, en una nación pobre como Surinam, es casi como pretender, de grande, ser astronauta o superhéroe. En todo caso, las tres posibilidades son difíciles.

 

Los niños quieren ser como sus ídolos y crecen bajo la leyenda de que pueden lograrlo. Sin embargo, de los ciento cincuenta futbolistas surinamenses en Holanda, el mundo ha tenido noticias de muy pocos. Recítelos de memoria. Si algo se sabe de ellos, es que son holandeses. En eso consiste el fin de la leyenda: Surinam no produce superfutbolistas; en todo caso, Davids, Kluivert, Gullit o Rijkaard no han sido estrellas del fútbol por tener raíces en Surinam, sino que triunfaron como podría hacerlo un ciudadano cualquiera de los Países Bajos. Lo mismo ocurre con Seedorf, así su padre parezca más preocupado por su color de piel. Hay que salir temprano para ser alguien, y esa es la fórmula secreta del éxito. Cuando Surinam se independizó, unos cuarenta mil surinameses eligieron la ciudadanía holandesa. Pasando en limpio esas cifras: la mitad de la fuerza laboral huyo del país. Lo que pudo parecer una novedad, ya sucedía desde mucho antes.

 

–Se ha dicho que Rijkaard llevó al fútbol la moda del mestizaje, ¿qué quiere decir esto? –le preguntó un periodista español al ex entrenador del Barcelona.

–¿Yo, mestizo?, sí, de madre holandesa –contestó Rijkaard.

–Acabáramos, entonces es su padre quien llegó de Surinam. ¿Cuándo llegó a Holanda?

–En los años cincuenta.

–¿Tiene aún familia en Surinam?

–Sí, pero sólo los he visitado una vez que jugamos allí con el Ajax, en los años ochenta.

–O sea que usted no aprendió a jugar en la calle, como los niños de Brasil y Surinam, por ejemplo.

–¿Yo? Sí, sí, en las calles de Ámsterdam.

 

Hace unos minutos empezó a caer el diluvio en esta otra esquina del mundo, y papá Seedorf –cuarenta y nueve años, Rolex de oro, cadena de oro, un anillo de oro en cada mano– tuvo que refugiarse bajo el techo de una de las glorietas. El Clarence Seedorf Sport Complex tiene más de un kilómetro de largo, y a lo lejos se pierde entre los enormes árboles de maripa y can can trie. En la cancha principal, custodiada por una moderna tribuna para unas cuatrocientas personas, sólo hay unos sabakus blancos y estirados, pájaros que bajo la lluvia se alimentan de las semillas del césped. En la tribuna y al lado de ella hay camerinos y habitaciones que llevan el nombre de los equipos por los que pasó Clarence Seedorf –Real Madrid, Ajax, Sampdoria, Internationale, AC Milan–, construidos con una visión cronológica de la arquitectura. El complejo, dice papá Seedorf, se construyó porque el sueño de su hijo es regresar a su país para ayudar. “Quiero ser como Clarence Seedorf.” Las mejores instalaciones deportivas del país han sido levantadas con dinero que viene directamente desde Milán. “Clarence es deportista y el camino más fácil para ayudar era a través del deporte”, dice papá Seedorf. El complejo, con estadio incorporado, aún no empieza a funcionar como tal, y el patriarca de la familia prefiere no dar fechas, que es la fórmula más inteligente de cumplir objetivos.

 

–¿Qué piensa del ejemplo de Seedorf de construir un estadio? –le preguntaría al presidente de la Federación, Louis Giskus.

–Ese estadio, en este momento, es privado –sería su lacónica respuesta.

 

En el Tercer Mundo, lo que no es gubernamental suele funcionar de maravilla.

 

Días después, paseando por Paramaribo en el automóvil “con timón al otro lado” de Mario Sowidjojo, el miembro de la seguridad me preguntó si quería entrevistar al anterior presidente del país, Jules Wyjdenbosch, “un hombre que apoyó mucho el deporte”, dice.

 

–Bueno, hay que llamarlo.

–No, vamos a buscarlo –propuso, como quien pretende hacer una visita inesperada a un viejo amigo.

 

Sólo que Wyjdenbosch no es amigo de Sowidjojo, así que la propuesta no sonaba muy sensata. Nadie busca a un ex presidente sin una invitación previa. Pero allí estábamos, afuera de la casa de Jules Wyjdenbosch, en el barrio de Geyersvlyt, una zona de gente adinerada al norte de Paramaribo. En su cochera hay tres automóviles de lujo, uno de ellos blindado, y una camioneta blanca doble tracción. Presidente de Surinam desde 1996 hasta el 2000, la gente parece recordar a Wyjdenbosch por dos motivos principales: 1. Construyó el puente más grande del país, que lleva su nombre y que une, a través del río Surinam, Paramaribo con el distrito de Commewijne. 2. “Apoyó mucho el deporte.” También hay quienes dicen que robó, pero el puente, sin duda, parece más importante.

 

Nunca supe por qué aceptó recibirnos, pero supongo que así se solicitaban entrevistas cuando en el mundo la gente conversaba sin mucha burocracia. Es como si Surinam hubiese hecho pause en el tiempo. Además, ya se sabe, hay cosas muy extrañas en Surinam, y uno no puede pretender encontrarle una explicación a todo. “Regresen en media hora”, fue lo que le dijo alguien a Sowidjojo, y entonces regresamos media hora después. Nos hicieron pasar a una habitación con aire acondicionado, unos muebles de cuero negro, y poca luz, dominada por un cuadro amarillo con un collage de fotografías de Wyjdenbosch acompañadas del escudo de Surinam (dos indios, un barco navegante y una estrella de cinco puntas que representa los cinco continentes de donde provienen los habitantes del país). Wyjdenbosch es descendiente de africanos, un hombre alto de movimientos lentos.

 

–Escucha –es lo primero que dice luego de sentarse en un escritorio, dándole la espalda al cuadro amarillo–, como presidente de Surinam apoyé el deporte porque creo que es una de las principales cosas en la vida de la gente y de la sociedad.

 

Su discurso parece memorizado, como si lo hubiese repetido muchas veces. El ex presidente Wyjdenbosch viste una camisa celeste a cuadros y jeans anchos. Estoy algo desilusionado por su aspecto de jubilado con mucho tiempo libre. Tal vez me recibió porque estaba muy aburrido. “Lo que yo quería –dice el ex presidente– es empezar a organizar el fútbol con niños por debajo de los nueve años.” Wyjdenbosch usa el tiempo condicional en pasado para referirse a sus metas incumplidas. Quería. Es decir, quiso, pero no pudo. Los problemas del país fueron más grandes que sus posibilidades: el ochenta por ciento de la población de Surinam vive por debajo de la línea de pobreza y los niños abandonan las escuelas como quien se cambia de zapatos. Al final, el país no es tan distinto a sus vecinos del sur. “Países en desarrollo”, les dicen, para ocultar dramas mayores. Johan Seedorf lo había explicado mejor: “Si un padre está distraído buscando comida, no tendrá tiempo para dedicarse a sus hijos”. Menos para crear estrellas del fútbol. ¿Por qué entonces fue distinto con su hijo?

 

–Clarence tenía talento –explica papá Seedorf abandonando la glorieta, mientras un tímido sol empieza a evaporar los charcos de agua– y, quien sabe, quizá nació con talento porque fue creado en Surinam.

 

A los pocos minutos vuelve a llover, esta vez con más fuerza. Es imposible entender Surinam –y a los surinameses–. Cuando todo parecía más claro, resulta que sigue siendo posible nacer aquí para ser apodado “el Siguiente Kluivert”.

Color orina y sabor a chicle. Él no lo dijo, pero quizá lo pensó. Muchos lo piensan. En abril de 1999, el recién llegado a Lima presidente del directorio de The Coca-Cola Company, M. Douglas Ivester, tuvo que probar en público –para el público– la gaseosa que los peruanos preferían. Entrevista de rigor. La prensa esperaba el trago definitivo. Él no lo dijo, pero quizá lo pensó: la bebida gaseosa más bebida en todo el mundo había sido derrotada, lejos de casa, por una desconocida. El brindis fue la claudicación: Coca-Cola no podía competir con Inca Kola, así que sacó la billetera y la compró. Perder, comprar, todo depende del envase con que se mire. Lo cierto es que la compañía que había hecho añicos a la Pepsi en Estados Unidos, y que en menos de una semana desbarató el imperio de esta bebida en Venezuela, que facturaba más de diez mil millones de dólares al año, que pudo conquistar el enorme mercado asiático, que auspiciaba en exclusiva los mundiales de fútbol y las olimpiadas, que distribuía botellas etiquetadas en más de ochenta idiomas, que alguna vez hizo de Buenos Aires la ciudad más cocacolera del mundo, que se había adueñado de Columbia Pictures, que estuvo a punto de comprar American Express, que fue publicitada por The Beatles y Marilyn Monroe, y que hacía que el emperador de Etiopía, Haile Selassie, subiera a su avión sólo para ir a comprarla a países vecinos, es decir, la Coke, nunca logró convencer del todo el paladar de un país tercermundista llamado Perú. Primera plana del día siguiente: «Presidente de Coca-Cola brinda con Inca Kola». Era Goliat arrodillándose ante David luego de la pedrada en la frente.

El gigante maquilló bien la herida. M. Douglas Ivester tomó Inca Kola con una enorme sonrisa: el sabor dulce de la derrota. ¿Dulce? «Demasiado. La gaseosa es horrible, no me gusta», respondió Gregory Luboz, francés en el Perú, a una de las preguntas que lanzamos por Internet. «It’s bubble gum. How do you like that thing?», escupió Ingrid, asqueada, desde Alemania. «Una rara avis, por su color y sabor indefinible», escribió el catalán Óscar del Álamo en su estudio La Fórmula mágica de Inca Kola para el Institut Internacional de Governabilitat de Catalunya. Pero esa «uncommon cola» sobre la que previene la guía de viajes South America, editada en Estados Unidos, despunta con el cuarenta y dos por ciento las estadísticas de preferencias de gaseosas en el Perú. Mientras, Coca-Cola, always, más abajo, tiene un treinta y nueve por ciento. Pepsi (y su vergonzoso cinco por ciento) no existe. Años atrás, la cadena de comida rápida McDonald’s demostró, divorciándose de su eterna compañera, que el Perú sólo tenía ojos para una bebida gaseosa. Surgió el matrimonio Big Mac-Inca Kola. Empezaban los años noventa y los chifas –restaurantes de comida chino-peruana, la de mayor oferta en Lima– tuvieron que cambiar sus contratos de exclusividad en vista de la avalancha amarilla. «Coca-Cola la ve negra», informaba 17,65%, una revista de publicidad de Lima. «Enjoy Coke, but in Peru… Inca Kola is it!», titulaba la Universidad de Harvard un estudio de su Escuela de Administración de Negocios. Cadenas internacionales de televisión como la CNN, Univisión y Eco, difundían reportajes sobre el fenómeno amarillo. Había un obvio ganador.

En el cólico de la desesperación, la transnacional desmanteló dos veces su equipo de márketing en Lima, y un grupo de empresas coreanas encabezado por Hyundai anunciaba su interés por embotellar la «gaseosa color orina» (Maria Johnson, e-mail desde Canadá) en su país. 1997 fue el año en que Coca-Cola empezó a negociar la compra de su vencedor. Tenía que apurarse. La familia Lindley, dueña de Inca Kola, ya coqueteaba con Cervecerías Unidas S.A., la mayor cervecera de Chile, y con el grupo Polar de Venezuela. Así que el mandamás de Coke tuvo que pagar doscientos millones de dólares para adueñarse del cincuenta por ciento de Inca Kola y celebrar su propia derrota. Luego, el brindis. «Inca Kola es un tesoro peruano. Vemos que hay buenas posibilidades para ampliarla al mercado internacional», dijo Mr. Goliat elogiando a David. Pero han pasado varios años, Coca-Cola ya es dueña absoluta de Inca Kola, y el imperio de la Inca sólo se ha expandido unos metros al sur y otros al norte de su frontera original. Lo que M. Douglas Ivester no sabía –y usted está a punto de degustar– es que para exportar Inca Kola hay que exportar primero los sabores excesivos del Perú. Ésa es su fórmula secreta.

* * *

En el tercer piso del Wa Lok, el chifa más grande de Lima, un grupo de mozos le canta a un cliente el feliz cumpleaños en chino. Los parlantes susurran la balada de una olvidada cantante caribeña, resucitada en chino. La administradora, Liliana Com, descendiente de chinos, coge su teléfono celular y le pregunta a uno de sus empleados, en chino, cuál es la bebida que más se vende en este restaurante. Afiches de dragones. Manteles rojos. Aroma dulce de kam lu wantan. Nada hace suponer que afuera existe aún el distrito de Miraflores, la antigua clase alta de Lima desperezándose del almuerzo, el mismo cielo resfriado que sedujo a Herman Melville. Nada, salvo ese amarillo burbujeante que los mozos se apuran a servir en cada mesa. «Siete vasos de Inca Kola por cada tres de otras gaseosas», traduce Com al castellano la inmediata respuesta de su empleado. En los predios del chifa, la Coca-Cola es una forastera. Forasteros. Gonzalo Alfano, e-mail de Buenos Aires: «Yo la probé con su chifa, y ni así me gustó». Liliana Com señala entonces la mesa que ocupó uno de sus visitantes más famosos. «Allí estuvo Joaquín Sabina. Claro, él no quiso Inca Kola. Prefirió una cerveza». Quién los entiende. «Yo los entiendo: los extranjeros no están acostumbrados a su sabor», dice la publicista de la agencia Properú que manejó la cuenta de la gaseosa durante veinte años. La construcción de la época dorada. Avisos de radio, televisión, periódicos, paneles: Inca Kola iba con un plato de comida, siempre. Inca Kola y un cebiche. Un lomo saltado, un arroz con pollo, un seco con frejoles, con Inca Kola, siempre. «Lo del chifa fue después, algo no previsto por nosotros, y tuvimos que incluirlo», recuerda con nostalgia la misma publicista, quien ha preferido evitar dar su nombre para hablar de ese pasado. No le conviene. Coca-Cola les quitó la cuenta en 1999. Hay una herida que no cierra. Los artífices del fenómeno fueron desplazados cuando la receta ya estaba bien definida: mesa-comida-Inca Kola. La amarilla era la invitada de honor. La otra, la negra, no tenía lugar en ese banquete.

En el clímax de la efervescencia mediática, incluso las lenguas más sabihondas sucumbían ante la idea de su sabor. «Inca Kola no sólo es buena con la comida peruana, sino que cae bien con todo», se relame el chef Cucho La Rosa, uno de los mentores de la cocina novoandina. Humberto Sato, artífice de la comida peruano-japonesa y dueño del Costanera 700 (un restaurante al que Fujimori solía llegar acompañado por otros presidentes), dice que no hay nada mejor que una bebida clara como Inca Kola para digerir los sabores extremos de su menú. Isabel Álvarez, socióloga de la gastronomía peruana, llevó el brebaje amarillo transparente a un festival gastronómico celebrado en Filipinas para someterlo al paladar extranjero. Ahora, sentada en su restaurante El Señorío de Sulco, recuerda que sólo a algunos orientales les gustó. En la última década del siglo XX, la frase publicitaria «Inca Kola con todo combina» sonaba más en la radio que cualquier hit de Ricky Martin. Los dueños de la marca, la familia Lindley, arriesgaron entonces cinco millones de dólares para aumentar la distribución y mejorar el márketing de su gaseosa. Pusieron un vaso de la Inca en manos de Carlos Santana y de Fito Páez. Nadie supo si les gustó. La única estrella que opinó en público fue Celia Cruz, la reina del guaguancó. «¡Azúcar!», gritó con suma honestidad. Pero la ambigüedad de su muletilla tampoco sabía a nada. Coca-Cola, desde el exilio del menú, reaccionó con el hígado. Quiso copiar la receta. Lanzó un comercial de comidas que no satisfizo a nadie. Y ese fue el fin. Cifras de consumo en 1995. La amarilla: 32,9 por ciento. La negra: 32 por ciento. Nunca más la superó.

Empiezan a despedirse los comensales del Wa Lok. «Imagínate que la gente que se va al Asia se lleva Inca Kola, aun si pesa mucho», dice Liliana Com sorbiendo té chino de su taza. En sus manos, dos páginas del libro Los chifas en el Perú, escrito por la periodista Mariella Balbi. «La Inca Kola reemplazó al té en el chifa peruano», lee Com. Hasta se diría que es buena para la digestión: «Dorada, dulce y con cierto sabor a hierbaluisa». ¿Hierbaluisa? Planta aromática originaria del Perú, de tallo corto y subterráneo. Puede medir hasta dos metros de altura. El neurólogo Fernando Cabieses, especialista en medicina tradicional, escribe en uno de sus libros que la hierbaluisa es digestiva, combate los gases intestinales (pedos) y es antiespasmódica. Bajativo perfecto para la comida peruana: picante, pesada, ácida, deliciosa. Pero no se emocione. La fórmula amarilla es tan secreta como la 7X de Coca-Cola. Se fantasea demasiado sobre el ingrediente oculto que le da el sabor dulzón. La hierbaluisa podría ser o no ser: he ahí el misterio. En todo caso, la empresa tampoco lo ha desmentido. «Podría ser cualquier cosa», llegó a decir Hugo Fuentes, quien fuera jefe de marca de Inca Kola hasta el 2004. El catalán Óscar del Álamo vino al Perú, tomó Inca Kola y sintió allí el sabor de la verbena. ¿Verbena? Planta aromática originaria de Europa mediterránea, de tallos erectos y cuadrados. Rara vez llega al medio metro de altura. A dosis prudentes baja la fiebre. Si se excede la dosis, provoca el vómito. Hicimos la prueba con Inca Kola. Demasiada coincidencia. Los libros advierten: «No confundir con la hierbaluisa». Hierbaluisa: «Resulta un excelente insecticida y fumigatorio contra moscas y mosquitos». Seguir investigando podría llevarnos por caminos insospechados. Allá vamos.

–¿Hierbaluisa? ¿Verbena? Yo me inclinaría por el plátano –dijo el único de los Lindley que se atrevió a tocar el tema con la condición del anonimato.

Y todos los caminos conducen a Coca-Cola. Preguntando por la Inca se llega a la Coca. Las relaciones públicas de la amarilla en el Perú las ve la negra. «Ni plátano ni nada. El ingrediente no te lo va a dar nadie», se ríe Hernán Lanzara, quien vela por la imagen de Coca-Cola en el imperio de la Inca. Si algo ha cuidado siempre la Coke es la fórmula secreta de sus más de ciento cincuenta bebidas gaseosas en todo el mundo. Coke, por supuesto, encabeza la lista del recelo. La 7X sólo ha corrido peligro una vez. 1985: Pepsi, líder en Estados Unidos. Roberto Goizueta, presidente de Coca-Cola, enloquece de pronto. Cambia el sabor de la gaseosa. La Nueva Coke genera una cruzada nacional de indignación. Un jubilado de Seattle entabla una demanda judicial para que se revele la clásica 7X y así otros puedan fabricarla. Goizueta, arrinconado, resucita la negra de siempre. «No tiene coca, sólo cola de nuez y un saborizante hecho de hoja de coca descocainizada», explica Lanzara. No revela nada nuevo. Su oficina flota en el piso once de un edificio de San Isidro, ese Manhattan limeño de rascacielos enanos. Y desde allí, el fiel escudero desinfla los rumores que siempre han circulado sobre su gaseosa. No tiene coca, repite. Mezclada con aspirina no produce efectos alucinógenos, no derrite filetes, no oxida objetos metálicos, no produce piedras en el estómago, no desatasca desagües, no sirve de espermicida. «Son ataques que se repiten desde hace veinte años y no tienen sustento», dice Lanzara. El hombre termina su taza de café. Con cafeína.

Piso once del edificio de San Isidro. En una pared roja de la recepción el logotipo de Coca-Cola ha cedido espacio al de Inca Kola. La entrometida merece un reconocimiento: «Sí, pues, la Inca va bien con las comidas». Tampoco ahora Lanzara revela nada nuevo. Comida. Dos horas antes, el chifa Dragon Express soporta una marea de oficinistas en trance digestivo. Más afiches de dragones. Por allí hay dos reporteros de prensa. Llevan una libreta con preguntas para más tarde. ¿Por qué va bien con las comidas? ¿Por qué no se vende tanto en otros países? Uno de los periodistas elige un tallarín saltado. El otro, un pollo chijaukay. ¿Por qué la publicidad ha sido tan importante? ¿Por qué los peruanos la preferimos? Afuera, dos niños haraposos golpean un teléfono público para robarse unas monedas. ¿Acaso Coca-Cola la compró para arruinarla? Llegan los platos. Llegan las incakolas abiertas. Lo que en cualquier ciudad del mundo podría considerarse una imposición, en Lima se toma de buena gana. Inca Kola sí o sí. Sólo después nos damos cuenta de lo que acaba de ocurrir: el estómago siempre opina con sinceridad. ¿Por qué Inca Kola? Comemos y respondemos. A uno le encanta el sabor dulce, el gas apenas perceptible, ese amarillo helado que abre el apetito. El otro no sabe por qué la toma. Nunca se había puesto a pensar en ello. ¿Identidad nacional? ¿Lucha contra el imperialismo yanqui? ¿Gastritis? La toma y punto, sin explicaciones. Dos más, heladas. Los niños dejan el teléfono y entran en el chifa. «Invita tu gaseosa, pe’», llegan a decir antes de que el mozo los eche a patadas. Ya no hay ganas de comer. La cuenta, por favor. Ahora sí, dos horas después. Frente al edificio de Lanzara acaba de inaugurarse el restaurante La Chapa de Coca-Cola, émulo de La Esquina Coca-Cola en Ciudad de México y en Buenos Aires. Un lugar ideado por la compañía gringa para combinar comidas sólo con la Coke. Afiche en la puerta de entrada: tallarines con huacatay, pan con jamón y cebolla, torta de chocolate, botella de Coca-Cola. Adentro, dos empleados del local comparten su refrigerio en una mesa. Se ven aburridos. Son los únicos comensales.

* * *

Susana Torres es una artista plástica, salvo cuando insiste en volver a ser la princesa Inca Kola. No habría historia decente sobre la sed amarilla sin citar a su fanática más artística. «Si van a escribir sobre Inca Kola no pueden dejar de hablar con Susana Torres», nos advirtió alguien. Ahora ella pregunta si la queremos como la princesa Inca Kola para la fotografía. Entonces tendría que posar arrodillada, con un vestido largo de figuras de piedra y con las trenzas tan falsas como largas que le darían esa apariencia vaga de medusa incaica. Tendría, además, que elevar una mirada de ñusta embriagada, de princesa cuzqueña, y levantar en la misma dirección una botella de Inca Kola, plena de ella. «Si quieren hacemos así la foto», grita Susana desde alguna parte de su casa. Antecedentes: página completa de la revista Debate, editada en Lima. Full color. Susana Torres aparece como la princesa Inca Kola en todo su esplendor: ese vestido largo de figuras de piedra, trenzas negras, la botella alzada como si fuera un vaso inca ceremonial. En su casa de Chaclacayo, a una hora de Lima, Susana guarda un ejemplar de esa revista junto con una colección de botellas históricas de Inca Kola, recortes periodísticos sobre Inca Kola, un álbum editado por Inca Kola, publicidad de Inca Kola, la copia de uno de sus cuadros pop con motivos Inca Kola y una Coca-Cola Diet en el refrigerador. «Yo era adicta a la Inca Kola hasta que Coca-Cola la compró», reniega la artista plástica. Sigue viendo Incas por todas partes. Llegó a pintar desde Gauguines acompañados por Inca Kola hasta ensayar una historia pop de esta gaseosa en el Tahuantinsuyo. Ahora, rumbo a una nueva exposición, amenaza con resucitar a la princesa Inca Kola disfrazándose de botella. De botella de Inca Kola sin helar. En resumen: Susana Torres está Coca-Cola. Una limeñísima forma de decir que alguien ha perdido la razón.

Ahora la artista plástica está al teléfono. ¿Aló? Su voz es pausada y áspera, sin secuelas de ansiedad. Pudo librarse sentimentalmente de la adicción amarilla hace algunos años, y jura que ya no le hace falta. Desde entonces no se ha vuelto a levantar a las cuatro de la mañana para servirse un trago más, ni se ha desesperado ante la ausencia de una botella en la cocina. Si algunos rastros le han quedado de esa adicción, son las formas y colores que aún desbordan en sus pinturas, y esa obstinación por recolectar todo lo que encuentra sobre Inca Kola o sobre cualquier cosa que se le parezca. Logotipo de la botica El Inca, etiquetas de pinturas Inca, de la librería El Inca, de Incafé. «Lo incaico es, en cierta forma, el paraíso terrenal, y la Inca Kola, su mayor exponente», sentencia Susana Torres. Tenemos que ir a Chaclacayo, donde ella vive. Sobre el piso de la sala, su colección desperdigada de botellas antiguas de Inca Kola forma una especie de laberinto para hormigas. Si a un bicho se le ocurriese atravesar los confines del jardín se estrellaría irremediablemente con incakolas. Sucede lo mismo en tamaño natural. En su casa, por donde uno camina, tropieza con incakolas. En la pared, en los muebles. Amarillo y azul sobre el parqué, en los armarios, hasta en el altar improvisado bajo la chimenea. «Era adicta a la Inca Kola hasta que Coca-Cola la compró». De aquella Susana Torres Inca Kola sólo queda la obra. Las exposiciones que vendrán. La comprobación tardía, según ella, de que la amarilla sabe a chicle. Ahora sí, dice ella: sabe a chicle. Desde que la Coca-Cola la compró, sí.

Antes, su tranquilidad dependía de una dosis de un litro cada tarde y del siguiente pasaje de avión. Así fue. En su juventud, Susana Torres y su esposo se buscaban la vida en otros países. Y en esos países, buscaban Inca Kola. Y en la Inca Kola Susana buscaba su pasaje de vuelta al Perú. Argentina, Estados Unidos, países de Europa. «Era emocionante encontrar por ahí una lata de Inca Kola», recuerda ahora desde su cercana lejanía de Chaclacayo. Luego desempolva una botella de su colección. Transparente. 1952: Un soberano inca de perfil en alto relieve. Lo que un amigo suyo encontró en la basura ya habría hecho llorar de melancolía a cualquier incakólico. No a ella. Si la guarda es para utilizarla en algún momento bajo la excusa del pop art, que no necesita excusas. El mismo fin que tendrán otras botellas bastardas. Gaseosas que han querido parecerse a la original y que ella encuentra en cualquier parte. En un basurero, en un parque, en la puerta de su casa. Ccori Kola, Sabor de Oro, Triple Kola. Todas de color amarillo transparente y dulces, pero tristes remedos al fin de la amarilla mayor.

La artista anda ahora tras la búsqueda de la Inga Kola, invento de un peruano en España que, según los enfermos de nostalgia, no es la misma, pero sabe igual. Ya lo dijo un psicólogo en el exilio: Inca Kola, afuera, duplica su valor emocional. Repasemos. Giannina, peruana desde Vancouver, Canadá: «Acá la venden en tres tiendas. A veces no encuentro ni una lata y me desespero». Paola, desde Miami: «Se ha vuelto una necesidad tener que tomarla. Por suerte está en cualquier parte». En Japón, dos litros de Inca Kola cuestan cinco dólares (pero valen mucho más). Brigitte, desde Alemania: «La consigues por Internet a 4,90 euros. Una locura». Sí, ser adicto a la Inca, fuera de su imperio, es una locura. Recuérdese sino a Susana Torres: se volvió Coca-Cola por culpa de la Inca Kola.

* * *

Afuera de la planta embotelladora de la Inca, el antiguo distrito del Rímac sobrelleva su rutina castigado por el río inmundo que le da su nombre. Esqueletos de casonas desaliñadas, un puente virreinal a punto de caerse por los orines, una alameda de esculturas ausentes. Sólo los perros caminan tranquilos. Nadie les roba. Se abre la puerta de la fábrica. Olor a caramelo guardado bajo el techo. Bajo esa techumbre, alguien va a contarles la historia de Inca Kola. Visita de rutina. Julio, 2003. Ernesto Lindley fue militar, pero ahora es jefe de Relaciones Públicas de la empresa. Fusila de aburrimiento al auditorio. Da fechas y más fechas. Hay que tomar asiento. Ernesto Lindley se para frente a la veintena de estudiantes universitarios y su profesor. En escena, lo acompaña una enorme botella amarilla inflada de aire, un puntero láser en su mano derecha, la secretaria marcando el ritmo de las diapositivas. Discurso de rigor.

Manuscritos. 1910: la familia Lindley muda su vida de la Inglaterra industrial a un Perú en pañales. En un terreno de doscientos metros cuadrados fundan la Fábrica de Aguas Gasificadas Santa Rosa, de José R. Lindley e Hijos. El Rímac era entonces un barrio apacible de calles quietas. Buen lugar para vivir. De vez en cuando, el rumor del río se alteraba por el trote de las mulas cargadas de alimentos. Diapositiva siguiente: las primeras criaturas de Santa Rosa fueron Orange Squash, Lemon Squash, Kola Rosada. Que en paz descansen. Todo se hacía manualmente. Una botella por minuto. Un alumno de la segunda fila bosteza. Lindley no pierde la concentración. En 1918 compran una máquina semiautomática. Quince botellas por minuto. Asume la conducción José R. Lindley hijo. Otro bostezo reprimido por la mirada del profesor. La empresa familiar se transforma en sociedad anónima. El profesor también bosteza. La prehistoria de la Inca Kola, contada por Lindley, suena tan fascinante como la de una fábrica de clavos.

Más fechas y más bostezos. Ernesto Lindley anda ya por la década de 1930. Sería ideal una Coca-Cola con cafeína para despertar al auditorio. Coca-Cola. La negra ya vendía más de treinta millones de galones al año y empezaba a rebalsar su imperio desde Estados Unidos. Honduras, Guatemala, México y Colombia sucumbían en el Tercer Mundo. El Perú aún no la tomaba, pero ya la veía en el cine: Johnny Weissmuller, Tarzán, el Hombre Mono, bebía Coca-Cola. Greta Garbo y Joan Crawford comparaban sus curvas con la botella. Pero en la fábula oficial que Lindley cuenta sobre la Inca Kola ese lobo no existe. El ex militar nunca menciona a la Coke. Diapositiva siguiente: Inca Kola se crea en 1934, pero se lanza un año después. 1935: primera estrategia. La familia aprovecha los bombos y platillos del cuarto centenario de Lima para presentar en sociedad su gaseosa amarilla. Botella verde transparente con un inca de perfil en la etiqueta. Sabor dulce, demasiado dulce. No fue amor a primera lengua: la ciudad estaba acostumbrada a la tradicional chicha de maíz morado.

Nada de esta historia cuenta Ernesto Lindley, empalagado de la historia oficial de la Inca. Segunda estrategia: «Inca Kola OK» fue el eslogan más primitivo. Mínimo, olvidado, gringo, sin personalidad. Insuficiente para resistir la oleada negra de 1939. Ese año, Coca-Cola llegó al Perú y se encontró con una empresa familiar que distribuía su exótica gaseosa amarilla en un camioncito Ford. Insignificante. La Coke llegó con la frase «La bebida que todos conocen». Con Greta Garbo y el Hombre Mono. El cine bebía Coca-Cola. Los peruanos llenaban los cines. La negra sepultaría a la amarilla hasta la llegada de la televisión.

–Inca Kola comienza a ser bastante popular cuando arranca la televisión –dijo Hernán Lanzara en su otro fortín, el de San Isidro.

Preguntando por Inca Kola se llega a Coca-Cola. Siempre. Pero hubo un tiempo en que la Inca tenía voz propia. Años dorados. Años de The Beatles. La gaseosa de los Lindley derramaba en la pantalla chica su estrategia final: «Inca Kola, la bebida de sabor nacional». Era la frase más celebrada en la púber tanda comercial de ese entonces. De allí en adelante la publicidad ha ensayado seducir con lo mismo, pero de modos diferentes. «Ésa ha sido la magia del producto», recuerda esa anónima publicista de la agencia Properú. Inca Kola, la bebida de sabor nacional. Inca Kola, la bebida del Perú. Mesa-comida-Inca Kola. La fuerza de lo nuestro. Inca Kola es nuestra. Lo nuestro me gusta más. Hasta el eslogan del nuevo siglo responde a la misma variación: «Inca Kola sólo hay una y el Perú sabe por qué». Salvo algunos disparos al aire, la publicidad nunca más cambió su receta.

La clave del éxito de la gaseosa fue haber explotado la televisión con un sabor más local que la Coca-Cola. Lo dice el sociólogo Guillermo Nugent, que (de Inca Kola) sabe bastante. Así, mientras la amarilla husmeaba en fondas y chiringuitos, Washington enviaba al Tercer Mundo al hermano del presidente, Ted Kennedy, para repartir cocacolas. Inca Kola tanteaba la mesa exhibiéndose junto a un plato de cebiche con música criolla de fondo. Coca-Cola, desde sus oficinas de Atlanta, salpicaba al mundo con el comercial de unos niños cantando «I’d like to buy the world a Coke». Inca Kola llamaba al almuerzo con el estribillo musical «La hora Inca Kola». Coca-Cola, aún puntera absoluta, decía en ochenta idiomas ser «parte de tu vida». Lomo saltado, música afroperuana: Inca Kola. Popcorn, rock and roll: Coca-Cola. Gladys Arista, la modelo limeña de moda, posaba con la bebida amarilla en almanaques y periódicos. «Está para comérsela», decían los sibaritas. Bill Cosby abrazaba a la negra en todos los países adonde llegaba su show de familia negra y feliz. Inca Kola era la bebida del Perú. Coca-Cola, caído el Muro de Berlín, irrumpía con sus camiones de reparto en Europa Oriental e irritaba a los franceses colocando una máquina expendedora en las patas de la Torre Eiffel. Coca-Cola era para el mundo. Inca Kola apelaba a su país y a la lealtad.

Última diapositiva del expositor y se prenden las luces. La secretaria de Lindley despierta al auditorio con la promesa de incakolas y panes con jamón. Al peruano le entra todo por la boca. «Ésa es la realidad: sólo podemos ser peruanos a través de un placer tan elemental como la comida», dice el psicólogo Julio Hevia desde su esquina. Y en esa esquina, Julio Hevia, vademécum andante de las fobias y vicios del limeño, asoma detrás de una botella de Coca-Cola. «La Coca es más intelectual. A la Inca déjala para las comidas», arremete sorbiendo el filtro de su quinto cigarrillo. El paisaje es la Universidad de Lima. Una cafetería. Se diría que Hevia es inofensivo hasta que tiene razón: «Nosotros vemos comida por todas partes». Nuestra jerga es casi un menú. Cuando vemos piernas, decimos «yucas». Cuando vemos tetas, pensamos en «melones». Cuando vemos traseros, imaginamos un «queque». Nos hacemos «paltas» cuando estamos en problemas. Metemos un «café» cuando alguien se equivoca. Tiramos «arroz» cuando queremos zafar de un compromiso. «Creo que la identidad peruana que posee Inca Kola es equivalente a la que tiene la comida». Hevia ha disparado el tiro de gracia: la mesa ha estado siempre servida y la amarilla sólo se aprovechó de ella. Si la comida ha formado siempre nuestra identidad, a Inca Kola sólo se le ocurrió acompañarla. La publicidad dio en el plato. Hevia tiene que dictar clases. Bebe su último trago de Coca-Cola y chau, nos tira arroz.

* * *

Susana Torres ha bebido más de la cuenta. Ayer corrió vino en la reunión y se le nota rendida. La Inca Kola no le hubiera dejado esta resaca. A mediodía, el intenso sol de Chaclacayo invita a la siesta. Ella quiere dormir. Abre la puerta. «Quizá sea una tontería, pero creo que Coca-Cola compró Inca Kola para arruinarla», dice la artista despidiéndose. Arruinarla. Brindar con Inca Kola para arruinarla. ¿Salud? Ya Hernán Lanzara nos había asegurado que no era así y le creímos: «Es un gran producto. En cualquier momento podría crecer hacia fuera». Pero los mismos números que muestra lo desaprueban.

Cuando Goliat pagó por David, los veinticinco operadores de Coca-Cola en el mundo recibieron una muestra de Inca Kola para probar sus posibilidades de expansión. M. Douglas Ivester lo había prometido: el imperio de la Inca ya estaba listo para conquistar otros territorios. Botellas en guardia. Se dispara el sabor. El noventa y dos por ciento del planeta se resiste. Puaj. Color de orina y sabor a chicle. Sólo el norte de Chile y un pedazo de Ecuador sucumbieron a la seducción amarilla. Es decir, en un mapa de conquistas, el imperio de la Inca es algo así como el antiguo Tahuantinsuyo. No más. Los mismos límites que los incas jamás pudieron atravesar. Inca Kola tampoco. En el colmo de la sed más sentimental, algunas empresas exportadoras sólo envían un par de botellas a países lejanos. En agosto del 2005, Artesanías Maguiña mandó dos incakolas a Bélgica. Salud. La negra, sin embargo, ha convertido el mundo en su rayuela. Salta de un país a otro y se apodera de él. Desde México hasta Islandia, mil millones de vasos al día. El mundo bebe Coca-Cola y se embota del american way of life. Ahora sí, nos entregan el premio consuelo: la única gaseosa que en todo el planeta ha podido derrotar a la negra es peruana y amarilla.

* * *

Pregunta dramática: ¿Podría el Perú sobrevivir sin la Inca Kola? Le quedaría Machu Picchu, el cebiche, el pisco. Beberíamos más limonada, comeríamos más caramelos. Inca Kola va con todas las comidas, y seríamos menos tolerantes después de cada almuerzo. Y más flacos y quizá más tristes. Orinaríamos menos en las calles. Ojalá. Pero ya no habría Inca Kola para vanagloriarse afuera –o adentro, con los de afuera–, donde a sólo unos cuantos les gusta Inca Kola. En el extranjero tendríamos más tiempo para añorar menos. Una razón menos para querer regresar. No regresaríamos tanto si no existiera la Inca. Además, nos reconoceríamos menos. Sobreviviría el Perú, pero no seríamos igual de peruanos. ¿Cómo una bebida tan dulce puede llegar a ser parte del melodrama nacional? ¿Con qué acompañaríamos nuestra comida? Hemos hecho de Inca Kola una bandera gastronómica en un país donde la identidad entra por la boca. Cosa curiosa: nuestra bandera tiene los colores de Coca-Cola, la forastera. Forasteros: el ex parlamentario inglés Matthew Parris vino al Perú, tomó Inca Kola, conoció los Andes y escribió un libro sobre su viaje que ahora es un best seller: Inca-Kola: Traveler’s tale of Perú. Fue publicado en Inglaterra y ya va por su undécima edición. Paradoja: el libro lleva el nombre de la gaseosa amarilla, y Parris casi ni la menciona. No era necesario. Inca Kola fue para él –paladar acostumbrado al té y a la Coca-Cola helada– lo más folclórico de su aventura. Lo más exótico de nuestra cultura. Pero hay algo más detrás de esa botella: en el Perú, las familias, los amigos, siguen siendo tribus reunidas alrededor de una mesa. Y en la mesa, la comida. Y con la comida, la amarilla. Un ingrediente de nuestra forma de ser gregarios. Frase para la despedida: en el Perú, Inca Kola te reúne. Afuera, te regresa.

Adiós al Huáscar

Publicado: 15 septiembre 2008 en Daniel Titinger
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—Mira cómo mato peruanos, papá, mira.

El niño, capucha naranja que le cubre la cabeza, se detiene detrás del cañón que ya no dispara, sostiene unas manijas largas de madera que son puro adorno, ya no sirven para nada, pero sí: al menos para que el niño cierre apenas los ojos como buscando un blanco a través de una mirilla y «ta-ta-ta-ta», haga un ruido furioso con la boca, como si disparase una ametralladora y no un cañón; en fin, tiene siete años y mata peruanos en su cándida imaginación.

El papá se ríe. Es el mismo papá que hace unos minutos, en el piso de abajo que aquí en el barco llaman «segunda cubierta» y huele insoportablemente a barniz, estuvo tan gracioso que hasta hizo sonreír a un joven marinero de gorrita blanca, encargado de cuidar que nadie toque nada y de responder preguntas que casi siempre son la misma: ¿Y esto qué es?

Sobre un estante de madera hay un proyectil enano y al lado una inscripción: «Proyectil donado por el Almirante Don Miguel Grau a la Srta. Carmencita Pomareda».

—Parece que Grau era mujeriego -dice el papá en voz alta, cantando las sílabas como hacen los chilenos.

Fue chistoso para algunos.

Miguel Grau, el héroe máximo del Perú, el Caballero de los Mares, el comandante del monitor Huáscar hasta que le cayó la noche -era de día-, y murió combatiendo contra Chile, 1879, cuando las guerras eran más nobles, pero guerras al fin y al cabo, es ahora mujeriego en la versión anacrónica del padre. Grau, decía, murió en el Huáscar, y no quedó casi nada de él luego de un cañonazo del enemigo de ese entonces, y del Huáscar, al Perú, no le quedó nada.

Estamos, obvio, en Chile, ciento veintiocho años después, a bordo del Huáscar. Un día antes, en Viña del Mar, el almirante en retiro Jorge Patricio Arancibia, ex edecán de Pinochet, diputado, calvicie avanzada, pulóver marrón, me había advertido que al pisar el Huáscar se me iban a poner los pelos de punta. De emoción, claro. Eso dijo: «Vas a pisar el Huáscar y te vas a dar cuenta de que es un santuario». No sé, quizá vine en un mal día.

Es domingo, casi mediodía, y el puerto de Talcahuano, al sur del país del sur, es, visto desde esta orilla, un conjunto de cerros verdes que dan al mar: una bahía en medialuna, casi una laguna de mar. En el mar, el Huáscar. Las visitas al Huáscar son grupales, mil pesos por cabeza, un frío que atraviesa dos casacas. Me tocó en el grupo esta familia de chilenos: un cañón para matar peruanos, ta-ta-ta-ta, el mujeriego almirante Grau. Mala suerte. Desde el muelle, una balsita de madera nos lleva hasta el buque, inofensivo, bonito como el juguete de un coleccionista, como recién pintado, sesenta metros de largo que aquí le dicen «eslora» y que lo hacen bastante más chico de lo que pensé: la realidad echando por la borda todos esos años de remota imaginación escolar, con el inmenso, imponente, majestuoso Huáscar que luchó contra los crueles enemigos chilenos en esa guerra de los libros de Historia del Perú, y que de pronto, unos metros más allá, era (sólo) eso.

El Huáscar es el segundo museo más visitado de Chile.

Ahora estoy, entonces, en el Huáscar, y no se me erizan los pelos, no lloro de emoción, no grito: «Chile, devuélvenos el Huáscar», que es una muletilla en el Perú, mi país, desde sabe Dios cuándo.

Se escucha un disparo.

Hay unos altavoces en distintos lugares del buque. He visto uno frente a la torre giratoria de dos cañones, lo último de la tecnología bélica allá por mil ochocientos sesenta y tantos, cuando el Huáscar se construyó en Inglaterra y se lo bautizó así en honor al inca Huáscar, hijo de Huaina Cápac y Ráhuac Ocllo. Los disparos salen de allí. No de esos cañones estáticos que ni siquiera son los originales -para desilusión de los turistas hay otro ejemplo: un veinte por ciento del casco del buque no es original-, sino de los altavoces. Se trata de una recreación grabada de un combate naval en la agitada voz de un periodista que supuestamente es de guerra, despachando supuestamente desde el mismo epicentro del combate naval, que no es cualquier combate, sino el de Iquique.

21 de mayo de 1879. Iquique, Perú. Flameaba en el Huáscar la bandera peruana. (Dato al margen: Iquique y el Huáscar tienen hoy nacionalidad chilena.) Grau estaba al mando. En la otra esquina, la Esmeralda, buque de Chile comandado por Arturo Prat. Ocho de la mañana. El Huáscar dispara el primer tiro. Mala puntería. Cae en el agua. La Esmeralda, en una maniobra bien estudiada, se pega mucho a la orilla para que el adversario deje de disparar. El almirante Grau era conocido por su caballerosidad y jamás iba a poner en riesgo a la población de enfrente. Entonces el Caballero de los Mares deja de hacer ruido con su cañonería y embiste a la Esmeralda con su espolón de proa, que es como se le dice aquí a la parte de adelante del buque. Diez de la mañana. Tan pegados estaban el Huáscar y la Esmeralda que Prat se lanza al abordaje del buque peruano.

—¿Qué pasa con el comandante Prat? ¿Dónde lo ves? -grita una voz por los altavoces.

Decía que es bonito el Huáscar. Los chilenos lo han cuidado bien, después de todo. El camarote del comandante hasta tiene la foto de Grau, «es un cabro flaco, Grau», dice el papá y el hijo se ríe. Jorge Figueroa, ex publicista, alargado y viejo como el Quijote, presidente de la Corporación de Defensa de la Soberanía de Chile, me dijo hace unos días que «se visita el Huáscar como una capilla, como un convento». Mientras que Sergio Villalobos, Premio Nacional de Historia de Chile, nacionalista al extremo, según cuentan, lentes anchos como fondos de botella, dice que «el Huáscar es parte de la gloria nacional». La de Chile. «No sólo por habérselo quitado al Perú, sino por los actos heroicos que hubo en él». Prat saltando al Huáscar es, dice Villalobos, un acto heroico. Lo confirma la historia. La de Chile.

—¡Muerto! ¡Muerto! -se escucha ahora por los altavoces-. ¡El comandante Prat tiene la frente destrozada!

El supuesto periodista llora a mares e inunda el Huáscar -el de hoy- con su propio melodrama. Eso parece.

Pero han pasado ciento veintiocho años y la gente no entiende nada. Prat murió por su patria. Chile, al final, ganó la guerra. Grau, meses después, moriría también por su propio bando. Perú perdió. Vencedores y vencidos se encargarían de crear sus propios héroes, y «desgraciado el país que necesita héroes», dijo Brecht. Así es. Ciento veintiocho años y un cliché: parece que fue ayer. Chile y Perú siguen peleando una guerra que podría ser la misma o no ser, y esas voces grabadas que se escuchan en el Huáscar le dejan al visitante la extraña sensación de que todo sucede en el momento, en tiempo real, como le llaman.

Y el tiempo real es hostil.

Perú, en su versión 2007, le reclama al vecino un triángulo de mar en la frontera: treinta y cinco mil kilómetros cuadrados de anchoveta no es poca cosa. Chile dice que no hay nada que reclamar, y al rato señala que hay un territorio que le pertenece, que, según Perú, es del Perú. «Los peruanos siempre reclamando cosas», dispara el ultranacionalista Villalobos. Un diario de Lima aprovecha el pánico y se queja en su portada: «Chile se burla de protesta peruana». Seguro que vendió muchos ejemplares ese día. Chile, en el Perú, es un tema que vende: el viejo cuento del enemigo único. O somos soberbios (ellos) o resentidos (nosotros), o victoriosos o derrotados, o chilenos o peruanos, y eso basta para vivir bajo sospecha.

Otro ejemplo. Ollanta Humala («Chile, devuélvenos el Huáscar») y sus huestes del Partido Nacionalista Peruano amenazan con ir hasta la frontera con Chile para «reclamar la integridad territorial y marítima de nuestro país». Al final, Humala no va a ninguna parte y sólo algunos pocos «humalistas» llegan a dos kilómetros de la frontera. Una frontera, por cierto, llena de minas, que no es una metáfora de nada.

—Como chileno, le tengo mucho miedo a Humala -me dijo un periodista de Chile, cuando visitó Lima en mayo del 2007.

El periodista se llama Claudio Fariña y trabaja en la Televisión Nacional de Chile, TVN. Vino a Lima para conocer qué pensamos aquí sobre el documental Epopeya, transmitido por su canal, y que narra, a través de un soldado chileno que sólo existe en la ficción pero que pudo ser real, esa misma guerra de 1879. Fariña jamás hubiese venido a Lima si el embajador peruano en Santiago, con una llamada telefónica al director de TVN, no hubiese puesto en alerta a ese medio sobre los efectos que podría provocar Epopeya en la relación de ambos países. En tiempos de nacionalismo extremo, hay miedo de lo que pueda decir el uno del otro.

El documental se postergó un tiempo y Rafael Cavada, conductor de Epopeya, pelo largo, barba crecida, «el único periodista chileno que estuvo en la invasión de Irak», me han dicho, toma una cerveza en la terraza del Liguria, en Santiago, y dice: «Debido a la torpeza de nuestras cancillerías, esto [el documental] se transformó en un lío más entre ambos países». El mar, la frontera, Humala, el papá de Humala que declara: «Perú debe invadir Chile con fusiles y penes», Fujimori en Santiago, Chile, devuelve al asesino, Epopeya, el 74,6 por ciento de los limeños considera que Chile es un país expansionista.

Al final, lo más devastador de una guerra son las esquirlas que deja. El día después. Lo raro es que este después dure tanto y que sea tan distinto, dependiendo del mirador de cada país.

Hay una versión de los vencidos: Grau, el Caballero de los Mares, el Huáscar que nos quitó Chile, la frontera que estaba más al sur, el pisco es peruano y no chileno, el enemigo es soberbio, expansionista, el resquemor.

Hay una versión de los vencedores. La historia es cíclica, circular, se muerde la cola:

—Mira cómo mato peruanos, papá, mira.

* * *

Jura que es el sobrino bisnieto de Miguel Grau y dice que su máximo sueño es trabajar en el Huáscar y recibir visitantes como si fuera el mismo Grau quien lo hiciera: «Te imaginas”, me dice, muy serio, “porque sólo yo tengo la cara para hacerlo». Es verdad: el tipo es idéntico a Grau, el rostro abultado, la barba gruesa, exagerada como el retrato de un caballero antiguo, una barba macerada que sólo deja al descubierto el mentón circular, algo tosco, pasadísimo de moda. Es idéntico: tiene una calva prominente, una nariz como estrellada en la pared, ojos claros, hasta una insospechada voz de niño que no hace juego con su cara de Grau, o sí: «Voz de timbre femenino», decía un cronista que tenía el héroe del Perú, y este sobrino bisnieto lo copia también en un gabán azul oscuro que casi le llega a los talones en esta noche helada, en Lima, frente al mar.

Al mar, aquí, se lo llama Mar de Grau.

—Yo podría ir al Huáscar como enviado del Perú -dice Germán Seminario, el sobrino bisnieto-, ya estuve tres veces allí y cuando me ven va mucha gente.

No es muy alto, Grau tampoco lo era.

El sobrino bisnieto tiene cincuenta y tres años, una barba pintada del luto más oscuro, el tiempo no pasa en vano y «Grau murió joven, qué puedo hacer». Hoy ha llegado hasta el malecón con vista al mar en el distrito de Miraflores, que en el espejo retrovisor de la historia sólo puede ser la Batalla de Miraflores, un 15 de enero de 1881, Perú versus Chile. Ganó Chile. Primero, habían conquistado el mar, que era el mar de Grau pero ya era de Chile, y aquél era un mundo sin aviones invisibles ni bombas a control remoto ni guerras en el cielo. Las guerras se ganaban en el mar. Ocho de octubre de 1879. «Falleció Grau. Murió mucha gente», decía un telegrama publicado entonces, en letras pequeñitas, en el diario El Comercio de Lima. «Cuando perdimos el Huáscar, perdimos la guerra», me había dicho el historiador peruano Joseph Dager, en su oficina azul de la Universidad Católica de Lima. Perdimos el Huáscar, ganaron el mar, y luego avanzaron de sur a norte hasta Lima, veinte mil soldados chilenos, saqueos, violacion
es, robos que Sergio Villalobos, supernacionalista, dice que nunca hubo, y ahora Germán Seminario, el sobrino bisnieto, carga un maletín negro lleno de papeles: recortes de prensa con su fotografía y titulares del tipo «Soy la reencarnación de Miguel Grau»; invitaciones a colegios en Perú y en Chile, a ceremonias de la Marina de Guerra del Perú, de la Policía Nacional del Perú, un diploma, algunas cartas, y una hoja desteñida con el árbol genealógico de su familia. Mira. «Éstos son los Seminario, éstos los Grau, y éste de la izquierda es Miguel Grau Seminario, ¿ves?».

—Ése no es nada de Grau -me había advertido un día antes, en su oficina del Museo Naval del Perú, en el Callao, el contralmirante en retiro y director del museo, Fernando Casaretto.

Son las diez de la mañana con un cielo sin cielo, gris, como si siempre estuviese a punto de llover, y el contralmirante Fernando Casaretto, historiador naval, es un hombre flaco de corbata azul que tiene ganas de conversar sobre la guerra. Primero, que ese «Grau» no es nada de Grau sino un farsante, óyelo bien, que en realidad nadie puede ser Grau, «porque ese hombre era un genio”, dice Casaretto. “No puedo aspirar a hacer cosas que hacía Grau, no me siento capaz, por ejemplo, de salvar náufragos chilenos tirados en el mar». Iquique, Perú. Habíamos dicho que el Huáscar hunde a la Esmeralda, muere Prat gritando «¡Viva Chile!», se crea un héroe, sesenta y dos chilenos quedan flotando en el mar y Grau ordena arriar sus botes y recogerlos, imagínate. Salvar chilenos. Ni Epopeya dijo eso, pero bueno, «ése fue un documental chileno y cada país tiene derecho a hacer su circo».

El sobrino bisnieto, o quién sabe qué, no ve por el ojo izquierdo.

Esa falla genética truncó, dice él, su «brillante futuro» en la Marina de Guerra del Perú. Germán Seminario hoy camina por el malecón de Miraflores, pasos cortos, mirada al frente, «buenas noches, caballero», la espalda tan recta que parece que tuviera un dolor muscular, y los transeúntes -«te juro que siempre es así, me ven y me quieren, te juro»- se le acercan sin miedo, «buenas noches», «yo lo he visto en televisión, mis respetos, señor», «caballero, cuánto gusto», le dan la mano, una palmada en la espalda, lo señalan de lejos, «habla, Bolognesi», le gritan, y es que los jóvenes de ahora, pobres, no saben nada de los héroes de antes. La misma heroicidad es una ligereza de la tele, un producto del azar, de atrapar a un ladrón robando una cartera, o cosas así. Ya nadie es tan valiente de morir por su país. Ya nadie es tan idiota de morir por su país.

Como el chileno Prat, o como Grau, porque nadie puede aspirar a ser Grau, óyelo bien, o como ese otro héroe peruano, Francisco Bolognesi, «habla, Bolognesi», le gritan, y en Chile, cuenta Germán Seminario, a él hasta lo han confundido con Prat.

Algunos libros de historia, en el Perú, dicen que Arturo Prat jamás saltó al abordaje del Huáscar, sino que cayó allí luego del espolonazo, y que hasta gritó «¡Viva el Perú!» en señal de rendición.

Algunos libros de historia, en Chile, aseguran que Miguel Grau había sido un traficante de chinos.

Todo puede ser verdad, y «cualquier versión oficial es dudosa», me había dicho, en Santiago, el historiador chileno Alfredo Jocelyn-Holt. Lo único cierto, en los libros de historia de ambos países, es que hubo una guerra. Febrero, 1879. Perú limitaba, al sur, con Bolivia. Bolivia tenía casas con vista al mar, pero «el boliviano es un ser que tiende a irse a las alturas”, dice el nacionalista Sergio Villalobos, “allí está su realidad cultural, el litoral nunca representó nada para ellos». El litoral era Antofagasta y estaba lleno de chilenos, quizá por lo que dice Villalobos o quizá por eso otro que me dijo, en el Museo Naval, el contralmirante Casaretto: «Chile siempre quiso dominar el Pacífico». Había mucho salitre en Antofagasta, y el salitre era como el petróleo de hoy, todos babeaban por el salitre. Bolivia le subió el impuesto, Chile dijo no, no pago, y al rato llegó con su ejército al que ahora ellos llaman, con razón, «ejército vencedor, jamás vencido».

Fue entonces que Perú se metió en el lío ajeno, que de alguna forma era suyo por ese extraño afán de firmar acuerdos, de formar alianzas, y Chile otra vez dijo no, y al rato nos declaró la guerra.

-Algunos libros de historia, en el Perú, dicen que el Perú no deseaba la guerra y que Chile la preparaba.

Algunos libros de historia, en Chile, dicen que el Perú y Bolivia se habían aliado para atacarlos.

-Creo que en cualquier situación de conflicto, incluso entre dos personas, hay mucha razón y sinrazón de ambos lados -me dijo Alfredo Jocelyn-Holt.

Es una mañana fría en Santiago y Jocelyn-Holt está sentado en su biblioteca de estanterías blancas, una barba alargada, un cigarro Drum extinguiéndose en su mano derecha.

-Los historiadores tienen que jugar un papel racionalizador -dice él-. Tienen que escuchar los dos lados y tratar de encontrar un sentido.

Pero cuidado, ésa es tarea de los historiadores. El intelectual es consciente de que el pasado nos condena; el ciudadano de la calle sólo vive el día a día y está donde le acomoda mejor. En las portadas de prensa, por ejemplo, en la TV, en los políticos que amenazan con llegar a la frontera, en los símbolos, en Internet, asolapado en la seguridad del anonimato, diciendo lo que le da la gana, lo que realmente piensa.

Usted no cierre los ojos. Lea estos comentarios del ciberespacio, en voz alta, y no se tape los oídos: no le dé la espalda a la realidad.

-Los chilenos son cruce de payaso y prostituta.

-Viva Chile, ejército vencedor, jamás vencido.

El sobrino bisnieto (o imitador) de Grau dice que no quiere hablar de la guerra. Que todo el mundo quiere hacerlo pero él no, que no le importa la guerra, dice, que nunca ha leído los foros en Internet pero que hasta su madre tiene algo que decirle sobre eso, «ten cuidado, no te vayan a matar los chilenos», muerta de miedo cuando él viaja a ese país para visitar colegios, museos, el Huáscar, y siempre para hablar de lo mismo.

-A mí lo que me gusta es hablar de los valores, no de la guerra -dice Germán Seminario.

También dice que el gobierno del Perú debería pagarle un sueldo decente para trabajar en Chile -que lo apunte en mi libreta, por favor, que lo diga en el artículo- y huir por fin de su trabajo de oficina, sellando papeles en el Ministerio de Transportes, y huir de su casa sin desagüe -¿acaso a nadie le importan ya los héroes?-, y huir de los medios que lo tratan de loco, de que quiere parecerse a Grau, «pero yo no quiero parecerme a Grau, yo me parezco».

En las guerras, cuenta el sobrino bisnieto, peleaban caballeros. No existía Internet. Miguel Grau, su tío bisabuelo, según el árbol genealógico personal, rescataba náufragos, le escribía una carta linda a la viuda de Arturo Prat, le mostraba sus condolencias, le devolvía la espada con la que murió su esposo, y la viuda le respondía «profundamente reconocida por la caballerosidad de su procedimiento», dice la carta. Eran otros tiempos, claro. Toda guerra es absurda, y decir eso es tan obvio como disfrazarse de Grau. Perú, Bolivia, Chile, el salitre, a quién diablos le importa y a ver quién lanza la primera piedra de la historia.

¿Por qué fuimos a la guerra? ¿Por qué peleamos? ¿Por qué el peruano odia al chileno? ¿Por qué el chileno se siente superior al peruano? ¿En verdad es así? ¿Tan longevas pueden ser las consecuencias de una guerra? «Es que las guerras hacen mucho daño», dice por fin, sobre la guerra, Germán Seminario, idéntico a Grau, «pero lo que hay que rescatar son los valores», continúa con su monotema antes de cruzar una calle, «buenas noches, señor», un auto que se aproxima y él que se detiene para dejarlo pasar, la mano derecha dentro del gabán azul, como Napoleón, el auto que ahora se detiene y el chofer haciéndole una señal con la mano: «Pase». El sobrino bisnieto me mira, como para que lo entienda de una vez por todas:

-¿Ves? Ésos son los privilegios que uno tiene.

* * *

Es feriado en Chile. En Talcahuano decían que iba a llover, pero amaneció despejado. Pasa siempre.

Hoy el puerto tiene la apariencia disipada de un domingo y el olor a buñuelo de una feria. Es lunes. Es 21 de mayo. Es el combate de Iquique, el Día de las Glorias Navales, le dicen aquí, y las calles han sido tomadas por ambulantes que ofrecen cualquier cosa: flores artificiales sin espinas, banderitas de papel, ratones verdes de peluche, hombres araña montando patinetas, ande, llévelo, el Huáscar en miniatura.

-Cuatro mil pesos -me dice un vendedor sin dientes, señalando con los ojos el barquito de plástico.

El hombre sospecha que la venta es inminente. El cliente evalúa el producto, no sé, está algo dañado por estribor.

-Me lo llevo al Perú, por si acaso.

-Oye, gallo, éste te lo llevái adonde quieras -me dice-, pero el otro ya ni navega.

El otro sólo puede ser uno.

El vendedor sonríe, con suerte le quedan tres muelas, amablemente.

Al final de la calle, en las faldas del Cerro Alegre, así se llama, hay un estrado azul con hombres uniformados: un militar envuelto en una capa gris, draculeano, me recuerda a Pinochet.

-Pinochet no quería mucho al Perú, ¿no? -le había preguntado antes, en Viña del Mar, al edecán de Pinochet.

-No, no es que fuese antiperuano, sino que quería mucho a Ecuador -fue lo que dijo.

No sé si odiaba al Perú. No sé si le importaba el Huáscar. Lo que sí sé es que el otro día me llegó el correo de un amigo chileno. Allí me contaba un detalle curioso. Eran los tiempos de protestas en contra de Pinochet, y él, mi amigo, era un asiduo en esas marchas. A mediados de los años ochenta, dice en su correo, apareció un vehículo represivo para correr manifestantes, «un lanza-agua muy grande, con una torreta en la cabina, desde donde se lanzaba agua con una presión increíble». A ese carro lo llamaban «el Huáscar», pero no sabe por qué. «Todavía se me ponen los pelos de punta”, dice, “cuando recuerdo a mis amigos gritar en la universidad: ‘Viene el Huáscar, viene el Huáscar’».

Supongo que algo así se gritaba, en Chile, cuando Grau era el capitán del Huáscar. La historia siempre es circular.

Hoy es feriado en todo el país y «en la corbeta Esmeralda brillaba la serenidad de don Arturo Prat», continúa el discurso del comandante. Viene el Huáscar, viene el Huáscar. «Si el enemigo era superior, no importaba». «En medio del fragor del combate, el comandante salta al abordaje e inicia su inmortal viaje a la gloria». «Los chilenos celebramos el 21 de mayo pues nos sentimos interpretados por las acciones de los hombres». Viva Chile. Aplausos. Empieza el desfile militar. Siempre detesté la altanería de los desfiles militares, pero éste dura poco. Más aplausos. Banderitas al viento: los chilenos han aprendido a celebrar su victoria conmemorando una derrota. En el Perú sucede algo tibiamente parecido: se recuerda la derrota conmemorando las derrotas. Es extraño el porvenir de los héroes. Pero «ya va a empezar lo importante y vamos rápido al Huáscar», me dice la encargada de prensa de la Segunda Zona Naval.

-¿Y si yo le digo que Chile devuelva el Huáscar? -le había preguntado al edecán de Pinochet-. ¿Sería un gesto importante?

-Es impensable -contestó con la rapidez de una metralleta-, allí murió Prat.

El Huáscar ya no puede navegar. Sólo flota, como una maderita.

Hoy han maquillado al Huáscar, lo han dejado más lindo, con banderas de colores que van de la proa a la popa, como en la carpa de un circo. Ahora sale un sol estridente, inesperado pero frío, el clima perfecto para conversar sobre el clima cuando otro periodista te pregunta: «¿Y qué hace un peruano aquí?».

Sobre el puente de mando -que no es el original- todo resulta más claro: el mundo siempre se ve mejor desde arriba. El piso de madera vieja, la torre giratoria con orificios parchados e inscripciones que dicen, por ejemplo, «Rasmilladuras causadas por fragmentos de granadas», o «Perforación de la coraza. Angamos, 8-X-1879», justo del día en que murió Miguel Grau, y aquí hay un monolito de bronce en su honor. Más allá, una placa dice: «Han rodado en mis entrañas minutos eternos de eterno heroísmo». Hay un par de salvavidas con las palabras «Huáscar» y «Chile» estampadas una sobre otra. Hay una campana que dice «Huáscar». Hay tres banderas de Chile y anotaciones por todos lados que dicen «Armada de Chile». A mí no me parece mucho un museo, con Grau y todo, es como forcejear para arranchar una cartera y honrar, con el tiempo, a la mujer perjudicada.

Hay otro monolito que indica el punto exacto donde Arturo Prat recibió el disparo en la frente, y justo adelante están paradas las autoridades de Talcahuano, que han empezado a colocar ofrendas florales.

-Corneta, toque silencio -grita alguien, y un marinero lleva una corneta a la boca y la hace sonar en toda la bahía.

No entiendo bien cómo es eso de tocar silencio, pero ahora no se escucha nada, salvo el ruido destemplado de la corneta. Es una quietud extraña: lo que el Huáscar suele generar es mucho ruido. Chile, devuélvenos el Huáscar, dicen los foros en Internet, los nacionalistas acalorados, «es un trofeo de guerra», dicen, «es un símbolo de su soberbia», «es un buque peruano». Se pide la devolución del Huáscar con la misma obstinación con la que nos acercamos a una sección de «objetos perdidos». Allí murió Grau, y la devolución del Huáscar sería, dicen algunos, «un imperativo moral», una forma de curar heridas. Chile, devuélvenos el Huáscar. Devuélvenos los libros de la Biblioteca Nacional del Perú, saqueos, incendios, dicen, y los leones de la avenida Providencia, en Santiago, también son peruanos, y la Pila del Ganso, esa estatua de la alameda Bernando O’Higgins, y los adornos del cerro Santa Lucía, y muchos monumentos de Valparaíso, devuélvenos, etcétera. La guerra con Chile nos mató.

Pero siempre hay dos versiones, ya se sabe, y a mí me toca ser imparcial: en el Huáscar murió Prat, su monolito de bronce, el combate de Iquique, y la corneta que toca silencio, en este instante, en homenaje a todo eso.

-Yo no se lo devolvería a nadie -me había dicho el ex publicista chileno Jorge Figueroa-, el Huáscar es un barco maravilloso, elegante, finísimo, no es un trofeo de guerra sino un santuario.

Hay chilenos que pensaron distinto. Era 1968 y al senador Tomás Pablo Elorza se le ocurrió decir que su país, Chile, en un gesto de hermandad debería devolver el Huáscar al Perú. Indignación. Cómo se le pudo ocurrir eso. Tomás Pablo Elorza sí se hundió, políticamente, y “el Senador que quiso devolver el Huáscar” fue su largo sobrenombre desde ese momento. «No lo eligieron nunca más nunca», me dijo en Viña del Mar el edecán de Pinochet. El escritor y psicólogo chileno Jaime Collyer escribe en una página de opinión del diario Las Últimas Noticias, de Chile: «Esa reliquia oxidada a ras de agua, proveniente de una contienda infame con nuestros vecinos». Un doctor en derecho, de Chile, pide devolver el Huáscar y reemplazar el 21 de mayo, «por su carácter militarista y triunfalista». Existe un Comité Chileno por la Devolución del Huáscar al Perú, y todo bien, salvo que estos ejemplos son aislados, peticiones imposibles, manotazos de ahogado.

-Los peruanos consideran al Huáscar como peruano -me dijo el nacionalistísimo Sergio Villalobos-, pero también fue chileno y es parte de nuestra gloria nacional.

El Huáscar, incluso, peleó en la guerra contra el Perú, a favor de Chile. Fue peruano quince años. Angamos, 8-X-1879. Granadas, disparos, cañonazos, muere Grau, se crea un héroe, cadáveres y cuerpos mutilados por todas partes, y los sobrevivientes del Huáscar quisieron hundirlo antes de que lo tomara el enemigo. No pudieron, obvio, el Huáscar está aquí, en Talcahuano, ciento veintiocho años después, porque los chilenos llegaron a tiempo.

-Corneta, toque romper el fuego -grita alguien, y el mismo marinero de antes hace sonar la corneta en toda la bahía.

Se escucha un disparo. Luego otro, y otro.

-¿Por qué los disparos? -le pregunto a un marinero que tengo al lado.

Nadie habla, hay un minuto de silencio y mi pregunta suena como un lunar en la cara.

-Es el momento en que murió Prat -me dice, incómodo, el marinero.

Semanas después, el historiador peruano Joseph Dager, en su oficina de la Universidad Católica de Lima, dice que no tiene mucho sentido que el Perú pida la devolución del Huáscar. «Fue importante para Perú y hoy es un museo en Chile que, para mi gusto, es un poco destemplado, descomedido. Podría ser un poco menos pedante en recrear el triunfo». Claro, luego Dager se da cuenta de que puede estar hablando desde la derrota (yo también). «Para ellos es una forma de crear identidad», da el tiro de gracia Joseph Dager. Un ejército jamás vencido y un buque para demostrarlo. ¿Qué hubiese pasado si el Perú ganaba esa guerra? ¿Acaso no sería todo al revés?

-Es indigno pedir el Huáscar -me diría también el contralmirante Fernando Casaretto, en su oficina del Museo Naval-. Es un trofeo de guerra que ellos ganaron, yo no lo podría aceptar, tendría que hundirlo.

Pero son casos aislados, las mismas peticiones imposibles desde el otro bando.

-En el nombre del padre, del hijo… -un sacerdote termina la ceremonia en el Huáscar y dice que Jesucristo, el Señor de los Mares, así dice, le otorgue a Prat «el descanso eterno».

Ahora el monolito a Prat está lleno de flores, muy colorido, así es todos los años, luego nos piden abandonar el buque porque le toca ingresar a la gente, al ciudadano de la calle que hace fila, afuera, desde muy temprano. A la gente le gustan estas cosas, por suerte está lindo el clima. Otros años han tenido que suspender la ceremonia en el Huáscar y hacer el desfile militar bajo techo, sólo con invitados oficiales. Un sargento a cargo del Huáscar me invita a un último recorrido antes de bajar. Vamos. Aquí estaban las calderas que ya no existen, éstos son los cañones que no son los originales, éste el puente de mando que tampoco, esta capillita antes no existía, y abajo se le ha dado más peso al buque para que no se dé vuelta. Pero flota solo.

-¿Puede navegar?

-No -intuye la trayectoria de mi duda, la esquiva, se defiende-: cuando se lleva a mantenimiento, cada tres años, se necesitan dos remolcadoras.

Es un buque viejo, el Huáscar. Collyer, el escritor y psicólogo chileno, habló de «esa reliquia oxidada a ras de agua» y luego propuso que una comisión de los dos países «vaya un día a pararse en el muelle y hunda, de común acuerdo, el Huáscar». Adiós al Huáscar, sí. O mejor: que se remolque hasta la frontera de los dos países, que la Armada de Chile y la Marina de Guerra del Perú le rindan honores, Grau, Prat, la importancia de los símbolos, que una corneta toque silencio, que no se escuche nada salvo eso y el ruido de una nave atravesando el agua, por fin, adiós al Huáscar, lentamente, que la corneta toque romper el fuego.

Que se escuche un disparo y que sea el último.