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1. Un detective busca el cadáver de su hija

Antes de caer hipnotizado por la calavera, en una mañana de diciembre, Noé Martínez examinó, con mucho detenimiento, el esqueleto dispuesto sobre la mesa de aluminio de la bodega de cadáveres del Instituto de Medicina Legal, en San Salvador. Era un esqueleto joven, a juzgar por su tamaño, con huesos finos, “completamente chelitos”. Pero esos huesos no le decían nada más.

A la calavera la vio de reojo, sobre otra mesa de aluminio a un costado del esqueleto. Él cree que la calavera le habló, y aquel momento se convirtió en un torbellino: dos huecos penetrantes le apuntaron a los ojos, y una mandíbula, con su dentadura saltona, le sonrió y le gritó: “¡Soy yo, papá! ¡Soy yo, Iris!”

Cuando relata ese momento, Noé lo dramatiza: “Luego vi como que me sonrió así”, y pela los dientes, hundiendo la mandíbula inferior para adelantar aún más sus dientes superiores.

Sacudido por aquel espejismo, la imaginación de Noé intuyó que algo quería decirle aquella calavera. Así que se acercó a ella, tanto, que hasta olfateó el olor a tierra húmeda impregnado en ella. Luego transformó sus ojos en dos lupas de detective forense y examinó la mandíbula superior. Eso era lo que querían decirle esos huesos: esa dentadura se parecía mucho a la de su hija. Noé vio que tenía los dientes superiores ligeramente pronunciados hacia adelante.

Para confirmar sus sospechas, se le ocurrió que necesitaba comparar la sonrisa de Iris, inmortalizada en una fotografía, con la dentadura de la calavera. De esa comparación, pensó, a lo mejor obtenía un resultado positivo. Eso se le ocurrió a este pobre hombre porque luego de dos meses de desaparecida su hija, él estaba convencido de que era el único que la andaba buscando.

***

Noé Martínez, en los últimos tres meses, se ha convertido en una especie de detective. Empírico, lo reconoce, pero detective al final de cuentas. Las sospechas y pistas que hay en el caso de su hija, asegura, fueron recogidas por él. Por él y nadie más.

La vida de Iris Martínez es como un rompecabezas al que le faltarán, quizá para siempre, muchas piezas. Noé lo sabe. Este vendedor de pizzas en motocicleta no tiene ni idea de qué fue lo que ocurrió, aunque las piezas que ha recogido en todo este tiempo le hacen sospechar, principalmente, de la posible participación de dos pandillas: la de la colonia en la que vivía su hija, Barrio 18, y la del Instituto Técnico San Luis, de Soyapango, la Mara Salvatrucha-13. Él sospecha más de la última que de la primera.

Cuando transcurrieron las primeras 24 horas de la desaparición, Noé se sintió solo. Buscó auxilio en la delegación policial de Agua Caliente, en Soyapango, pero se decepcionó con la atención brindada por el agente de turno. No quería tomarle la denuncia. Le dijo que debían pasar 72 horas para que su hija fuera catalogada como desaparecida. Noé insistió, y solo venció al oficial hasta que otros tres jóvenes llegaron a reportar la desaparición de otra muchacha. Noé se fue de ahí con la impresión de que ese policía lo único que hizo fue deshacerse de él para luego intentar deshacerse de los otros tres muchachos.

Creyendo que ningún policía le ayudaría, cuando se cumplieron 48 horas, Noé armó un plan de búsqueda en el que incluyó a varios de sus sobrinos, que le servirían para llegar adonde a él le sería más difícil: los amigos del Instituto en donde estudiaba Iris. Con su ayuda ubicó a los amigos de su hija y los buscó en sus casas, afuera del Instituto, o los contactó por teléfono.

A las 72 horas, Noé ya tenía avances. Días más tarde incluso dio con tres vecinos que le aseguraron que Iris “y una amiga” habían abordado el mismo microbús que ellos, y que se bajaron frente al centro comercial Unicentro, de la ciudad de Soyapango, en el oriente de San Salvador. Hasta esa parada se dirigió también Noé, con una fotografía de ambas chicas en la mano, preguntándole al viento si había visto quién se llevó a su hija y a su amiga. El viento, convertido en vendedora, recordó haber visto a dos muchachas, parecidas a las de la foto, que se subieron en un auto de color rojo.

Quien acompañaba a Iris Martínez aquella mañana era su amiga del Instituto, Verónica Platero. Verónica, desde hacía un mes, vivía en casa de Noé. Las dos estudiaban el bachillerato en salud del Instituto Técnico San Luis. Ambas tenían 20 años.

Noé, desde el inicio, creyó manejar una probable hipótesis. Katherine Martínez, de 15 años, hermana de Iris, había emigrado hacia Estados Unidos en marzo de 2012, obligada por su papá, para prevenir que unos estudiantes del Instituto la siguieran maltratando. En febrero de 2012 la golpearon una vez, y Noé no permitiría que a su segunda hija la golpearan una vez más. A Katherine la acosaban porque ella se resistía a formar parte de la Raza Técnica, la pandilla estudiantil con vasos vinculantes a la Mara Salvatucha-13. Cuando en sus averiguaciones Noé encontró indicios de que a Iris probablemente le estuvo ocurriendo lo mismo que a Katherine, preguntó a esta por teléfono. En una primera llamada, Katherine le dijo que no sabía nada. Días más tarde, desde Estados Unidos, Katherine le habló llorando a su papá. Se disculpó por no haberle dicho la verdad y le confesó que en septiembre de 2012 Iris le contó que tenía problemas con los mismos compañeros que a ella la habían golpeado. Katherine no había dicho nada porque se avergonzaba de haber guardado ese gran secreto.

Noé Martínez contrastó los nombres y apodos de los estudiantes acosadores que Katherine recordaba, con los que le dieron los compañeros y amigos de Iris. Cuando creyó haber encontrado coincidencias, lo reportó a la dirección del Instituto, pero la respuesta que obtuvo fue que el Instituto tenía controlado eso de las bandas juveniles. Fue entonces cuando Noé se dio cuenta de que él no es ninguna autoridad, que todo lo que él había averiguado probablemente no le serviría para nada.

Y, mientras tanto, ningún policía se acercó o lo contactó para ofrecerle ayuda o darle noticias sobre su denuncia.

Noé siguió buscando y encontró una pista más al hablar con los familiares de Verónica, la otra desaparecida. Risueña, simpática, Verónica había pedido posada en la casa de Noé porque aseguraba que era maltratada en la suya. Uno de los familiares de Verónica le dijo algo a Noé y él encontró otra probable ruta de investigación.

—Ellos me dijeron que la muchacha como que había tenido algo que ver con un joven de su colonia, que decían que era pandillero, y eso le había generado problemas. Por eso se había salido de su colonia.

Noé estaba desesperado y recordaba -aún recuerda- con mucho dolor algo que ocurrió cuando se cumplieron 72 horas de la desaparición de Iris. El jueves 1 de noviembre, en un despliegue exhaustivo, efectivo, de película, la Policía y la Fiscalía resolvieron la desaparición y posterior asesinato de otra joven, reportada como desaparecida un día después que su hija. Noé recuerda bien su nombre: “Helene Arias”. Noé no entendía cómo ese caso, y no el de su hija, recibió esa fuerte atención policial y de la Fiscalía.

Pieza suelta #1

2012 pasará a la historia como el año en el que los homicidios se desplomaron, gracias a una tregua negociada entre el gobierno y las pandillas (cese al fuego entre las pandillas a cambio, al menos, de beneficios en cárceles y la promesa de un plan integral de reinserción). Pero desplomados los homicidios de 12 a 5 diarios, la gente comenzó a especular que a la gente quizá la estaban desapareciendo. Eso se piensa, sobre todo, si en un país como El Salvador, desde 2004, se registran cementerios clandestinos en donde las pandillas han enterrado a sus víctimas.

La sospecha de que hay menos homicidios porque hay más desaparecidos es una constante difícil de borrar. Por ejemplo, el presidente de la Comisión de Seguridad de la Asamblea Legislativa, Ernesto Angulo, del partido Arena, está convencido de que los homicidios se han reducido no porque se deje de matar gente, sino porque se están desapareciendo los cadáveres.

El ministro de Seguridad, David Munguía Payés, ha pedido que creamos, desde marzo de 2012, que la cifra de desaparecidos ha ido a la baja. También ha mandado un mensaje a la población: al fenómeno se le está dando especial atención. Por eso, los casos más sonados de personas desaparecidas durante 2012 fueron investigados por una unidad élite: la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas.

En mayo, la atleta de lucha libre Alison Renderos desapareció en San Vicente, y la unidad policial encontró su cadáver, mutilado, 21 días después. En junio, cinco estudiantes desaparecieron en la ciudad de Santa Tecla, y la misma unidad dio con sus cadáveres, enterrados en una zona verde de esa misma ciudad, un mes más tarde. En septiembre, una maestra de un colegio privado desapareció, y la Policía logró ubicarla, viva, semanas más tarde, en Nicaragua. Luego, en octubre, desapareció Helene Arias, y la Policía resolvió el caso en tiempo récord: en menos de 48 horas. A simple vista, las cosas funcionan bien. Si uno desaparece, el Estado se encargará de buscarnos vivos o, al menos, de encontrar nuestros restos.

Pero hay piezas que no encajan en el rompecabezas de los desaparecidos en El Salvador. Y eso que no encaja bien es la prioridad que la Policía le da a unos casos a costa de la inmensa mayoría. La búsqueda exhaustiva que aplica la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas es prioritaria solo si los casos caen en una categoría especial, a discreción de la cúpula policial. De lo contrario, dependerá de los recursos de las delegaciones policiales en donde se denunció la desaparición, y de las ganas de los investigadores de esas delegaciones, para resolver lo que esas mismas autoridades califican como un eventual homicidio, sobre todo si el tiempo avanza y la persona no aparece.

¿Por qué un caso se investiga con prontitud y en otros el engranaje gira más lento? Según el subdirector de la Policía Mauricio Ramírez Landaverde, porque hay casos como el de la atleta Alison Renderos, o como el caso de Helene Arias, que son considerados como “casos importantes”, en virtud de la alarma social que dejan a su paso.

El Instructivo de Investigaciones de Personas Desaparecidas y Extraviadas de la Policía, un documento aprobado en junio de 2012 por la Dirección de la PNC, dice que son casos importantes la desaparición de autoridades públicas, funcionarios públicos, extranjeros con misión diplomática y policías o militares. Hay una quinta categoría que entra para como “caso importante”: aquel que cause alarma y conmoción nacional. Aquel que se refuerce con la presión mediática. Es la Dirección de la Policía la que decidirá, se explica en ese manual, si un caso ha causado la suficiente conmoción social como para que sea retomado por la unidad especial de investigación.

Iris Martínez y Verónica Platero desaparecieron el 29 de Octubre de 2012. Estudiaban el bachillerato en Salud en un instituto de Soyapango. Ambas tenían 20 años.

***

Una mañana después de que Noé se enterara del caso de Helene Arias, mientras manejaba su moto por la avenida Juan Pablo II, en el centro de San Salvador, se topó con un vehículo del Canal de Noticias 21. Se le atravesó al vehículo, se bajó y le contó su caso al conductor y al copiloto. Les dijo que él también andaba buscando a su hija desaparecida. El canal pasó la noticia de Iris y Verónica. Luego El Diario de Hoy publicó una nota. El 2 de noviembre, Día de los Difuntos y cinco días después de la desaparición de Iris y Verónica, el caso de las estudiantes de enfermería ya estaba en redes sociales.

A los días, y luego de varias publicaciones en medios, Noé Martínez recibió una llamada desconocida que luego le resultó sorpresiva. Desde el otro lado de la línea, un hombre se presentaba como investigador de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas de la Policía. El caso de Iris y Verónica, por fin, había sido tomado en cuenta.

Noé no recuerda exactamente la fecha, pero cree que fue entre el 15 y el 18 de noviembre cuando visitó por primera vez a los detectives de la Unidad de Búsqueda de Desaparecidos. Dos investigadores lo citaron en el cuarto piso del segundo edificio de la División Central de Investigaciones (DCI). Lo recibieron en una sala estrecha, con luces opacas, muy parecida a un cuarto de interrogación.

—Cuéntenos: ¿qué es lo que usted sabe? –le preguntaron.

Y Noé, el detective, les dio sus pistas y sus hipótesis a sus colegas.

Les dijo de Verónica y su posible relación sentimental con un pandillero. Les contó de los problemas que había tenido su otra hija, Katherine, y de los nombres de los supuestos estudiantes acosadores que él había conseguido. Por último, les confesó algo más. Les dijo que él, a mediados de 2011, tuvo una serie de desencuentros con los pandilleros que dominaban la comunidad en donde él vivió junto a sus hijas.

—¿Qué problemas, Noé? –le pregunto yo.
—No eran cosas serias. Ellos querían que uno los saludara con respeto y yo y mi hermano siempre les dijimos que el respeto se ganaban, no se imponía a la fuerza ni con la intimidación. Discusiones tontas… de esas con las que ellos intentan bajarle la moral a la gente. Pero uno no tiene que dejarse, porque media vez se deje, entonces ya se perdió todo. Eso fue lo que pasó.

Noé le contó a los detectives que para evitar problemas decidió migrar hacia Estados Unidos, a mediados de 2011. Una corta temporada, mientras la temperatura bajaba. Les dijo que regresó en febrero de 2012, para solucionar el problema de Katherine, y que los pandilleros y él arreglaron, en teoría, las cosas.

—¿Las arreglaron? –le pregunto.
—Yo creo que sí. ¡Si a esos cipotes yo los he visto crecer! ¡Son cipotes bayuncos! Yo creo que sí se arreglaron, pero después de todo este tiempo uno no sabe qué pensar. A veces creo que fueron ellos, todavía resentidos. Pero entonces me pregunto: ¿Pero por qué no lo hicieron antes, cuando yo no estuve, pues?

En aquel primer encuentro con los detectives, que duró alrededor de tres horas, Noé les dijo que sospechaba más de la pandilla estudiantil que acosó a sus hijas que de la pandilla que dominaba en su comunidad.

La segunda vez que Noé fue citado a la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas ocurrió a finales de noviembre.

—Solo eso me preguntaban: cuéntenos, ¿qué ha averiguado? Yo les dije que no sabía más de lo que ya les había contado, pero ellos no me quisieron decir si por su parte habían averiguado algo más.

La tercera vez, Noé no fue citado, sino que él llegó a preguntar a la unidad si ya había algún avance. Los detectives lo recibieron, de nuevo, con la misma pregunta: ¿y usted qué ha averiguado? Noé se molestó, pero aun así, quería que los detectives se interesaran y jalaran del hilo que él había descubierto en esos días.

En Estados Unidos, Katherine sostuvo un intercambio de mensajes por Facebook con un joven que decía tener información sobre el paradero de Iris y Verónica. El joven decía que fue novio de Verónica y que las protegía cuando ellas, contratadas por alguien a quien no conocía, servían de modelos o bailaban en barras show de la playa San Diego, en el departamento de La Libertad. Los detectives apuntaron esa información y Noé les dio el número de Katherine para que la corroboraran. Días más tarde, Katherine le comentó a su padre que los detectives ya le habían hablado.

***

El 17 de diciembre de 2012, Noé Martínez se creyó un médico forense y se le ocurrió que si comparaba esas mandíbulas de la calavera con la fotografía de la sonrisa de su hija, a lo mejor y le atinaba.

Pero un día más tarde, un verdadero médico forense le dijo que eso no demostraría nada, sobre todo porque su hija, según había declarado Noé, cuando la buscó en esas mismas oficinas, por primera vez, hacía dos meses, tenía una corona en una muela. La calavera, en cambio, no tenía alteraciones en ninguno de sus molares.

Noé Martínez cerró el año 2012 agobiado por una pesada incertidumbre.

—Uno nunca pierde la esperanza, pero a veces quisiera que al menos me dijeran que está muerta. Que me dijeran: ¡tomá, Noé, estos son sus huesos! Así tal vez yo me quedaría tranquilo –dice Noé, cuando se acerca el final del año.

El 3 de enero de 2013 reinició su búsqueda. Regresó -de nuevo- a preguntar a la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas si existía algún avance en el caso.

—Me salieron con que este caso era como buscar una aguja en un pajar, que no tenían hipótiesis… hi-pió-te-sis…
—Hipótesis.
—¡Eso! Que no tenían hipótesis que les dieran certezas de nada. Luego me dijeron cuáles son sus hipótesis, y mire: ¡lo que me da cólera es que son exactamente las mismas que les he dado yo!
—¿Pero siguen investigando?
—Me dijeron que no había forma ni pistas para seguir investigando, pero que le iban a seguir echando ganas. Eso no sé qué significa –dice Noé.

El jefe de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas es el inspector Jaime Ramírez Palma. En realidad, él es el jefe de la Unidad de Delitos Especiales, y bajo la sombrilla de esta oficina cayó la oficina que atiende los casos de desaparecidos. Ramírez Palma es un oficial de voz ceremoniosa, que antes de este cargo dirigió algunas delegaciones del occidente del país. Él dice que no es cierto que la Policía se haya quedado solo con la información recabada por el padre de una de las chicas, ni que el caso de Iris Martínez y Verónica Platero haya dejado de investigarse.

El inspector asegura entender la preocupación de los familiares de los desaparecidos, pero insiste en que ellos no pueden andar revelando detalles de sus investigaciones, para no entorpecer los casos.

—Las investigaciones continúan y van por buen camino. Estamos en un 50 %, del otro 50 % solo falta encontrar una pista que andamos buscando y ese caso se resuelve.
—¿Cree que están vivas? -le pregunto, y el inspector responde sin dar mucha información.
—Hay probabilidades de que pudieran estar fallecidas. Le voy a explicar una situación, y esta es una valoración personal. Si una persona lleva más de 12 días desaparecida, hay un 40 % de que esa persona esté fallecida. Y mientras más pasa el tiempo, esa probabilidad aumenta.

Pieza suelta # 2

Desde hace muchos años (desde 2004, según la PNC; 2005, según el criminalista Israel Ticas, de la Fiscalía General de la República; y desde 2008, según Medicina Legal), cientos de salvadoreños viven con la angustia de no saber qué ha pasado con sus hijos, hijas, esposos, esposas, madres, padres…

Y las cifras, al menos las que se han ventilado públicamente, hablan de muchos casos denunciados. En 2011, la PNC registró 1,267. En 2012, las denuncias aumentaron a 1,564, pero el número de personas que hasta la primera semana de enero continuaban desaparecidas cerró en 612. Al Instituto de Medicina Legal, en 2011, familiares llegaron a reportar 2,007 casos solo en el departamento de San Salvador. Pero en 2012, los reportes de Medicina Legal, a nivel nacional, fueron a la baja: 1,601.

Otra cifra: el criminalista Israel Ticas asegura que entre 2005 y 2012 ha encontrado, debajo de la tierra, en diferentes zonas del país, 655 cadáveres de 655 personas que en su momento fueron consideradas desaparecidas por sus familiares.

Más allá de estas cifras, no hay más cifras. Lo Policía reconoce que el manejo estadístico del fenómeno, hasta 2012, se hizo muy mal. “Eso es algo que yo, en lo personal, estoy interesado en corregir”, dice el ministro de Seguridad, David Munguía Payés.

Por ahora, hay tres bases de datos que hablan de los desaparecidos: los reportes que anota Medicina Legal, las denuncias que recibe la Policía, y los reportes que anota Israel Ticas, el criminalista de la Fiscalía. La suya es una lista informal, desordenada, apuntada en hojas sueltas, a lápiz, a lapicero, en pequeños papeles mal doblados en el interior de su cartera, o en cinco hojas de papel bond, llenas hasta los bordes, que guarda en el asiento trasero de su camioneta. Dice que en sus agendas, las viejas y las nuevas, tiene más, pero que prefiere no hablar de esas cifras porque lo suyo no es un dato oficial ni es un dato que pueda ser atribuido a la institución para la cual trabaja.

—Es un dato que toma Israel Ticas, el ser humano –dice-. El dato oficial, el dato que puede compartir Israel Ticas, el funcionario de la Fiscalía, es que yo he desenterrado, entre 2005 y 2012, 655 cadáveres de salvadoreños que estaban desaparecidos.

Si se tomaran como válidos el total de casos denunciados a la Policía entre 2011 y 2012, tendríamos como resultado que en dos años, los nuevos desaparecidos alcanzaron el número de casos de niños desaparecidos de manera forzada durante la guerra, según las estimaciones de la Asociación Probúsqueda de Niñas y Niños Desaparecidos. Pero el problema es que los casos denunciados entre 2011 y 2012 no son confiables. De hecho, uno puede no puede fiarse de la “reducción de casos” de la que hablan la Policía y el ministro de Seguridad, David Munguía Payés.

Intentemos resolver ese rompecabezas: La Policía ha dicho que en 2011 se registraron 1,267 “casos denunciados”. Y según sus registros, en 2012 el dato “casos denunciados” subió a 1,564. Entre un año y otro, los casos denunciados aumentaron. Sigamos. La Policía ha depurado los casos denunciados en 2012. Y concluye que del total de casos denunciados, 820 fueron archivados porque reaparecieron las personas. También dice que 132 personas fueron encontradas fallecidas, y que, al final, hasta la primera semana de enero, 612 continuaban reportadas como desaparecidas. De esa depuración, la Policía y el Ministro de Seguridad sacan la siguiente conclusión: respecto a 2011, hay 655 casos menos. Pero esa pieza del rompecabezas las autoridades la quieren introducir a la fuerza. Es una comparación imposible, a menos que queramos comparar peras con manzanas, comparar “denuncias” con “personas que continúan desaparecidas”.

La comparación errónea entre “casos denunciados 2011” contra “total de personas desparecidas 2012” fue un dato que Raúl Mijango, el negociador de la tregua entre las pandillas, filtró, el 11 de diciembre de 2012, en una reunión con los diputados de la comisión de Seguridad Pública de la Asamblea Legislativa. Mijango presentó esa “reducción de casos” como uno de los logros obtenidos en el año de la tregua. Mijango y la Policía aseguran que son datos oficiales, emanados de la propia PNC. La única diferencia entre los datos que presentó Mijango con los que la Policía dio a conocer en enero de 2013 fue la actualización de los mismos.

Luego de explicarle la inconsistencia en la comparación, el ministro de Seguridad, David Munguía Payés, reconoce que han hecho una comparación imposible.

—Lo que pasa es que antes de que llegáramos a la Policía había algunas falencias en el área de estadísticas que las estamos corrigiendo.
—Pero ustedes están comparando casos denunciados de 2011, es decir, el total de casos, contra casos depurados de 2012. Deberíamos contar con el dato de casos depurados de 2011 para que la comparación sea correcta.
—Sí. No existe en su totalidad el dato de 2011. A partir de 2012 sí está depurado, y hemos afinado los procedimientos estadísticos de investigación, de tal manera que hoy sí podremos hacer comparación de lo que sucedió en 2012 y lo que sucederá en 2013.

Durante dos meses, El Faro solicitó a la Policía el dato de denuncias de desaparecidos de 2011 –y de años anteriores- , pero al cierre de esta crónica no hubo respuesta. Al ser consultado al respecto, el jefe de la Unidad de Delitos Especiales, el inspector Jaime Ramírez Palma, explicó que sus jefes le había autorizado hablar de todo, menos de las cifras.

—Al menos aclárenos una duda. ¿Esos datos existen?
—Sí, existen. Tienen que existir.
—¿Usted los ha visto?
—No. Pero le voy a explicar una cosa: el año 2011 fue característico por la creciente de homicidios. Se me ocurre (y es una percepción, no estoy diciendo que así fue) que no era la prioridad andar buscando a personas desaparecidas con esa cantidad de homicidios que había. La prioridad en ese momento era ir a capturar a los homicidas. Esa era la prioridad.

Fotos de desaparecidos en el monumento a las víctimas de la guerra civil en el parque Cuscatlán de San Salvador. Foto Mauro Arias

2. El desaparecido al que nadie está buscando

—¿Quién desapareció?
—Amílcar Sadrat Santos.

El Sargento -así quiso que lo llamara, “El Sargento”- le preguntó a su compañero, otro policía, si le sonaba ese nombre. Se lo preguntó, también, a un soldado moreno y joven, que descansaba junto a ellos en la orilla del Puerto Joacaz, el embarcadero de lanchas de la Isla Tasajera, en la costa del departamento de La Paz.

El paisaje que nos rodeaba no podía ser más hermoso. El estero de Jaltepeque lucía inmenso, con sus canales y sus islas y sus manglares. Al fondo, sobresalía muy por encima de la línea del horizonte, el volcán de San Vicente.

Por un momento, la confusión y el asombro de los dos policías y el joven soldado contagiaban. Uno se preguntaba: ¿Quién puede desaparecer de un lugar tan hermoso? Las lanchas atravesaban el estero ora con turistas, ora con los habitantes de la isla, que cargaban provisiones desde San Luis La Herradura, el poblado en tierra firma más cercano, ubicado a uno hora de distancia, al otro lado del estero. Pero así es esta parte del mundo, calificada en 2011 como la segunda más violenta de la Tierra en la región más violenta de la Tierra. Hermosa y llena de contrastes. De ese paraíso, que las agencias de turismo no han sabido explotar, desapareció un joven de 21 años.

El Sargento terminó de sacar conclusiones con sus compañeros.

—Usted me está preguntando por El Piñata –dijo.
—¿El Piñata?
—Sí. Así le decían a ese vago. Ese era pandillero.
—¿Hay pandillas en la isla?
—No, no es que haya, pero ese quería comenzarla.
—¿Por qué dice que era pandillero?
—Era. Hubiera visto cómo caminaba.

El joven soldado interrumpió la conversación. Era moreno y se rehusó a identificarse. Mientras me contaba una historia, el otro policía, que tampoco quiso identificarse, apuntó mis datos en una libreta.

A inicios de 2012, dijo el joven soldado, ese al que le dice El Piñata bailaba en una fiesta, junto a un grupo de jóvenes “malas piezas de allá de La Herradura”. Luego El Piñata, junto a esos sus amigos, se hicieron señas, y se reían. Según el soldado, eran de esas señas que hacen los pandilleros.

—¿Y de que pandilla creen que era?

El Sargento se le adelantó al soldado.

—En La Herradura hay de las dos, pero es más fuerte la MS… Pero mire: ¿Y para qué anda perdiendo el tiempo, preguntando por el paradero de ese marero? –preguntó.
—¿Me está diciendo eso en serio?
—¡Sí, hombre! Que no ve todo el mal que hacen esos… Mejor que se desaparezcan, así dejan de andar jodiendo a tanta gente. Yo creo que la gente ha de estar feliz porque ellos desaparezcan.

Pieza suelta # 3

¿Cuántos desaparecidos hay en El Salvador? La respuesta a esa pregunta es un rotundo misterio o, si se quiere, es una respuesta parcial. La Policía solo puede dar como reporte oficial los 612 casos registrados en 2012, de 612 personas que todavía continúan desaparecidas (más los 132 casos de aquellos que estuvieron desaparecidos y que fueron encontrados fallecidos). Pero los casos de los años anteriores son un misterio. En 2011 hay 1,165 casos denunciados pero se desconoce el número real de desaparecidos. Hacia atrás, las datos (si es que existen) o están archivados en las delegaciones del país o son un secreto que la Policía no quiere revelar. Sin embargo, ante la falta de información, tampoco puede decirse que haya más o menos desaparecidos hoy que ayer.

En síntesis, aquel que es considerado como un grave problema desde hace muchos años, en el manejo estadístico (que serviría para analizarlo, formular planes de acción, etcétera) demuestra una de sus principales falencias.

Pero esa falla no es solo de la Policía. En junio de 2012, el director de Medicina Legal, Miguel Fortín Magaña, aseguró que había más desaparecidos que los que informaba la Policía. Entre enero y abril, según la institución, solo en el departamento de San Salvador, habían levantado 876 reportes, contra 397 informados por la Policía. Miguel Fortín Magaña dice que nunca han querido dar sus cifras como una verdad absoluta. De hecho, tras los desencuentros entre el Ministerio de Seguridad y el IML, él siempre sostuvo que los datos del IML debían tomarse como reportes que no podían mantenerse en el tiempo. “Nosotros no sabemos si a los dos días que un familiar vino a reportar a una persona desaparecida, esa persona desaparecida ha sido encontrada. Eso le compete a la Policía”, dice.

Para Fortín Magaña, la necesidad de divulgar esa información era para “registrar un fenómeno que me parece grave, y al que el país debe prestarle atención”. Pero lo que Medicina Legal no hizo público en esos debates, es que ellos también dijeron algo que no se correspondía o que no se sustentaba con cifras. En 2011, el Departamento Académico y Estadístico (DAE) informó a la prensa sobre 2,007 reportes de desaparecidos, solo en el departamento de San Salvador. Fue una noticia alarmante reproducida por varios medios de comunicación. Sin embargo, en el primer trimestre de 2012 el DAE descubrió que tras aquellos datos había reportes duplicados, amén de que, en ocasiones, a una misma persona desaparecida la habían llegado a reportar dos o más familiares, sin que ese segundo registro fuera depurado.

Al percatarse del error, el DAE corrigió, y digitalizó todos los reportes para detectar las duplicaciones. “Es un grave error. Pero ya corregimos del 2008, 2009, 2010. 2011 todavía nos falta, y puedo darle certezas de que 2012 ya no sufrió esa falla porque corregimos el mecanismo de toma de información”, dice Fortín Magaña.

Entre enero y diciembre de 2012, el IML registro 1,601 reportes “libres de fallas”. El IML no ha terminado de depurar los datos de 2011, y la institución sospecha que la falla no pasó de los 100 registros. Aún así, lo cierto es que en 2012 los reportes del IML no solo bajaron en la comparación interanual, sino que durante todo el año cayeron mes a mes. Así lo confirma el balance anual que la institución presentó en enero de 2013. Gracias a lo que la institución menciona en ese reporte, el IML también corrigió el dato que había dado en junio, cuando dijo que en el período de enero a abril del año pasado, habían registrado 807 reportes de desaparecidos. Según el balance de cierre de año, en ese periodo solo se levantaron 640 reportes.

***

Amílcar Sadrat Santos salió de su casa (dos cuartos grandes, con piso de arena de mar en el patio, en los cuartos, en la sala y en la cocina), al mediodía del 15 de junio de 2012. Por la mañana, dice José, su padre, Amílcar le ayudó a regar veneno en una milpa que la familia tiene en el norte de la isla.

A Amílcar, sus padres le conocían un solo pecado: cuando tomaba mucho, se ponía violento. Dicen que bebía, se embriagaba, y ya borracho armaba pleitos. Una vez incluso se agarró a trompadas con uno de sus amigos de la infancia, un pescador de la isla. Por ese pleito terminó preso tres días, acusado de lesiones, en la delegación de La Herradura. Quienes lo capturaron, y se lo llevaron preso, atravesando en una lancha el estero de Jaltepeque, fueron los policías comunitarios asignados a la isla. Al final, el amigo de la infancia de Amílcar, el pescador que lo denunció, dice que nunca se le cruzó por la mente vengarse, desaparecerlo. Tampoco la familia de Amílcar cree que Joel lo haya desaparecido, mucho menos por un pleito de borrachos.

—Si a los días que salió de la bartolina ya andaban molestándose, como cipotes que eran, de nuevo –dice el padre de Amílcar, el joven de 21 años de edad.

El día que Amílcar desapareció llevaba en su cartera 25 dólares. Se los había regalado su padre, para que se comprara unos tenis que desde hacía mucho tiempo él le había prometido. Los zapatos los iba a comprar en el mercado de San Luis La Herradura.

Antes de partir, Amílcar se despidió de su hijo, un niño de tres años, moreno, igualito a su papá. En enero de 2013, dice la abuela de Francisco, el niño todavía pregunta: ¿cuándo regresará del trabajo mi papi?

En el pueblo de La Herradura, Amílcar tenía dos casas en donde quedarse a dormir: la de uno de sus hermanos mayores, y la de la mamá de su hijo. Por eso sus padres no se preocuparon cuando él no apareció las noches del 15 y del 16 de junio. Pero cuando al tercer día Amílcar no contestó su teléfono, su padre presintió que algo malo podía haberle ocurrido.

Al cuarto día fueron a buscarlo. Cruzaron el estero, tomaron un autobús, y en cuestión de una hora llegaron a La Herradura. Amílcar no había llegado ni a la casa de su hermano ni a la de la madre de su hijo. Fueron a preguntar a la delegación policial de La Herradura, creyendo que a lo mejor había caído preso de nuevo, por andar tomando, pero Amílcar tampoco estaba ahí.

De su desaparición, rápido se enteraron todos en la comunidad. Incluyendo El Sargento y su compañero, y los soldados que les ayudan a patrullar la isla.

***

—Ese Piñata quería levantar una clica acá en la isla –dice El Sargento-. Quería comenzar a rentear acá. A él lo brincaron en La Herradura, vaya a preguntar por él a la delegación y allá se lo van a contar.
—La familia asegura que…
—Las familias de los mareros nunca quieren aceptar que sus hijos son mareros. Las hermanas de él saben, que a lo mejor la clica en La Herradura le dio chicharrón, porque no tenía autorización para hacer nada acá. Ellas saben pero no dicen nada.

Al puerto Joacaz se acercó un hombre que cargaba un plato con carne frita y tortillas. “¿Quiere culebra, Sargento?”, dijo, y le convidó una porción de su comida. El Sargento partió el trozo por la mitad y me entregó una de las dos partes. La anguila frita sabía a sal frita. El Sargento, mientras comía de su porción, se cuidó de no tragarse ninguna espina, y mientras se sacaba una que se le escabulló entre uno de los dientes, insistió:

—No ande investigando eso.
—¿Por qué?
—¡Porque era pandillero, hombre! Ta bueno que desaparezca. Ya lo vamos a encontrar en alguno de los cañales que hay por allá, por La Herradura.

En junio de 2012, la bitácora de denuncias de la subdelegación de La Herradura solo registra la desaprición de un joven de 20 años llamado Jorge Alberto Guillén. Fue reportada el 5 de ese mes.

En la delegación El Pedregal, a la cual están adscritas La Herradura y la delegación de la policía comunitaria de Tasajera, tampoco aparece el nombre de Amílcar para esas fechas. En esa delegación, el 9 de junio, solo hay dos reportes de dos mujeres desaparecidas. Luego, hasta el 12 de octubre hay otra quinceañera reportada como desaparecida; y dos meses después, el 17 de diciembre, fue reportado como desaparecido un hombre de 57 años.

***

Los padres de Amílcar Sadrat Santos acuden a una iglesia evangélica. Desde que Amílcar desapareció, todos los sábados, sin falta, los miembros de la congregación llegan hasta el patio de la casa de Amílcar para celebrar un culto en su nombre. Para que Dios lo proteja o para que, si está muerto, “lo tenga en su gloria”. Así lo dice María, su madre.

Ella agachó la cabeza cuando le dije que en ninguna de las delegaciones de la Policía aparece la denuncia de desaparición de su hijo. Francisquito revoloteaba la arena a los pies de su abuela.

—Es que cuando fuimos, la mamá de este niño fue la que entró a preguntar, y solo dijo que Amílcar no aparecía, y preguntó si no lo tenían preso.
—¿No le tomaron la denuncia?
—A lo mejor no… es que yo ya no sé.
—¿Usted no puso la denuncia?
—No, es que yo ya no entré.
—¿Quiere ir a poner la denuncia?
—Es que tenemos miedo…
—¿Los ha amenazado alguien?

María se encoge de hombros y guarda silencio durante un par de segundos.

—(…) Tenemos miedo de que nos pase algo por andar preguntando por él. Mire que en La Herradura salió la noticia de que los mismos policías andaban haciendo cosas malas, junto a unos pandilleros.
—Pero si no denuncian la desaparición, nadie va a buscar a su hijo.
—Ya mejor que quede así. Si está vivo, que Dios lo proteja, y si está muerto… Disculpe que lo hicimos venir hasta acá, pero ya no queremos que se anden revolviendo las cosas.

Entre la casa de la familia de Amílcar y la sede de la policía comunitaria de Tasajera solo hay un rancho de por medio. El viernes 4 de enero El Sargento no estaba, tampoco el soldado joven que aseguró haber visto a Amílcar haciendo señas de pandilleros. Sí había otros dos soldados y el compañero policía de El Sargento.

—¿La familia de Amílcar Santos no les reportó a ustedes la desaparición del muchacho?
—¿Y ese que no ya había aparecido?
—No, no ha aparecido.
—¡Qué raro! Nosotros entendíamos que ya había aparecido. Por ahí así andaban diciendo
—Ustedes, que ya saben que está desaparecido, ¿no pueden hacer nada para que alguien comience a buscarlo?
—Si dice que no hay denuncia, está difícil, mi hermano. A lo mejor si se metieran los derechos humanos…

Pieza suelta # 4

El 24 de mayo de 2012, Óscar Luna, el procurador de Derechos Humanos, se pronunció en el tema de los desaparecidos. Recomendó a la Fiscalía que investigue los casos, que cree una Unidad de Personas Desaparecidas, un sistema de datos confiables, en donde pueda consultarse información sobre los registros de personas desaparecidas y encontradas; y una red de intercambio de información entre hospitales, migración, cárceles, celdas policiales, iglesias…

A la Policía, el Procurador le pidió que refuerce las acciones para prevenir el fenómeno y para investigarlo.

Aún y cuando el Código Penal Salvadoreño ya tipifica la desaparición forzada como un delito, la Fiscalía dice sentirse con las manos atadas, debido a que la denuncia de desaparición de una persona en sí misma no es la denuncia de un delito. Hasta que la Policía devela insumos que apunten a la posible comisión de un delito (llámese este homicidio o privación de libertad) la Fiscalía actúa.

Fuera de estas dos grandes ramas de investigación, la Fiscalía se aproxima al tema, de manera indirecta, cuando investiga los casos de cementerios clandestinos, de donde el criminalista Israel Ticas ha desenterrado 655 cadáveres en siete años. Pero de nuevo: ese procedimiento no nace de la búsqueda de una persona desaparecida, sino de la información de un testigo criteriado o de una fuente infiltrada en las pandillas, que revela que en algún punto del país hay una decena de cuerpos escondidos bajo tierra. Oficialmente, a través de su departamento de prensa, la Fiscalía responde que en materia de desaparecidos no pueden actuar ni tomar una denuncia ni tomar una cifra sino hasta que la Policía recopila insumos que hablan de un delito que se pueda perseguir.

Aquello que la Fiscalía considera lo más aproximado al fenómeno es la privación de libertad. De esos, en 2012, la institución solo actuó en 12 casos.

La Procuraduría de Derechos Humanos hizo ese llamado en mayo, y a la fecha solo la Policía activó la unidad especial para buscar desaparecidos, y creó un instructivo para que actúe esa unidad, y el resto de unidades de investigaciones diseminadas en el país, que son en realidad las que trabajan la mayoría de los casos. La PDDH ya no dijo más. Pero al menos reconoce que también ha cometido una falla. Cuando a las oficinas de la institución llegan los familiares de los desaparecidos a reportar sus casos, o a reportar que perciben que las autoridades no les ayudan a encontrar a sus parientes, la PDDH no registra esos casos. Lo dicen las oficiales de prensa de la institución. Lo dice, también, el procurador adjunto Gerardo Alegría.

3. Una madre que busca auxilio encuentra a un amigo

Irma Guadalupe Pérez desapareció el 5 de Octubre de 2012, en Aguilares. Su desaparición la investigan su madre y un Policía amigo que le informa sobre la aparición de cadáveres en la zona.

En una de las entradas de la Catedral de San Salvador hay una fotografía de una chica que tiene 14 años. La chica es morena, lleva una camisa de tirantes color negro y en la foto sonríe a la cámara. “SE BUSCA”, dice el cartelito. Así, en letras mayúsculas.

La persona que pegó ese cartel es una mujer analfabeta. Tiene 37 años. No fue ella quien escribió lo que en ese cartel dice, sino que fue uno de sus hermanos. Su nombre es María. La que está en ese cartel es su hija, Irma Guadalupe.

Irma desapareció el 5 de octubre de 2012 a las 4 de la tarde. Vestía una camisa verde, un pantalón negro y zapatos cafés. Así dice el cartel, así la recuerda su madre. Lo último que le dijo a María, antes de que la tierra se la tragara, fue que iría al supermercado del municipio de Aguilares, un caluroso pueblo ubicado a 33 kilómetros al norte de la capital.

Dos horas pasaron para que María, que sabía que esa ida y esa vuelta no debían demorar tanto a su hija, se desesperara. María esperó dos horas más antes de decidirse a ir a reportar la desaparición de su hija a la delegación policial del pueblo, ubicada a dos kilómetros de su casa. El oficial de turno le dijo que no podía tomarle los datos, y le dijo que regresara hasta el siguiente día. Que a lo mejor su hija se había escapado con algún novio.

María, a las 8 de la mañana del siguiente día, regresó a la delegación. Le tomaron sus datos y le dijeron que le iban a avisar de algún avance, y que regresara si ella descubría algo por su cuenta.

Un día después volvió a llegar, y le dijeron que no se sabía nada. Al cuarto día ella decidió que tenía que buscarla sola. Se lo dijo a su hermana, Claudia, que vive en otra comunidad, muy lejos de Aguilares.

Su hermana, preocupada por la desaparición de su sobrina, también se preocupó por la seguridad y el bienestar de María. Sobre todo porque María es analfabeta, y, desesperada, le dijo que iría a buscar a su hija por todo el país.

La familia de María, pero sobre todo María, son muy pobres. Ella vive de lavar ajeno y, cuando puede, de vender papas fritas con salsa de tomate, mayonesa y queso rayado. A la semana, cuando había una buena semana, lograba 30 dólares entre las lavadas y la venta de papitas fritas. Desaparecida su hija, uno de los dos rubros se le cayó: Irma Guadalupe era quien le ayudaba a cargar el quintal de papas que compraban en el mercado La Tiendona, en San Salvador. Sin su hija, María no tiene con quién hacer ese viaje ni las fuerzas para cargar, ella sola, un quintal de papas.

Así que desde la desaparición de Irma Guadalupe, María solo se dedicó a lavar ajeno para sobrevivir. Y de las tres lavadas que hacía semanales, tuvo que quedarse solo con dos, porque cinco de los siete días de la semana los dedica a buscar a su hija. Su presupuesto se redujo.

Con 20 dólares, y sin saber ubicar nombres de calles ni direcciones, barrió –recuerda- todo el municipio de Aguilares, “siete montañas y cuatro barrancos” en las primeras dos semanas tras la desaparición. Se metía en los huatales y a pura memoria lograba salir por donde había entrado. No se metió en los laberínticos pasajes ni en las colonias con mayor presencia de pandillas porque sintió miedo. Eso de que hubiera pandillas ella lo intuía por los manchones en las paredes o porque algún buen samaritano le recomendaba no entrar a las zonas peligrosas.

Una vez, recuerda, un tipo que le salió en medio de una hondonada amenazó con violarla. Ella no sabe cómo se llama ese lugar. María imita la voz aguda de aquel hombre:

—¡Ay, mamacita, mirá dónde te agarré solita! –dice-. Así me dijo, fíjese.

El hombre caminaba a su alrededor, mientras seguía hablándole. María recuerda sus escalofríos.

—Estás bien rica para hacer el amor, mi amor.

María no entiende qué pasó con el hombre, y ahora se ha creado en la cabeza la escena de un milagro.

—Yo todavía no entiendo, porque cuando se me acercó solo me puse a llorar… Pero es que ni grité y el hombre de repente solo se fue.

La familia de María le pidió que ya no anduviera arriesgándose. Que ella sola no iba a encontrar a su hija. Le recomendaron, para calmar su ansiedad, que mejor pegara carteles con los datos de Irma Guadalupe y con el número de su teléfono celular.

Con el poco presupuesto con el que contaba, María solo pudo sacarle 256 fotocopias al cartel. Una de esas todavía hoy sigue pegada en una de las entradas de la catedral de San Salvador.

***

A finales de octubre de 2012 -no recuerda la fecha-, María recibió una llamada telefónica en su celular. Como María no sabe leer –solo puede reconocer los números- identificó que aquel era un número extraño porque no lo reconocía. María memoriza los números de sus contactos más asiduos.

—¿Usted es la mamá de la muchacha desaparecida? –le preguntó una voz de hombre.

Quien le habló se presentó como un policía. Le dijo que había encontrado uno de los carteles con la foto de su hija, y que a partir de ese momento él le iba a ayudar.

El policía amigo, en efecto, es un policía. Está asignado a una delegación que no es la delegación de Aguilares, sino a una muy cercana. Cuando en el radar a él le aparece la información del descubrimiento de un cadáver, se lo informa a María. En los últimos tres meses le ha informado de cinco hallazgos, pero en ninguno ha aparecido Irma Guadalupe. A los cinco él mismo acompañó a María, y se ha decepcionado junto a ella cuando confirman que en esos lugares la muchacha no está enterrada.

—Yo le voy a ayudar a ella en lo que pueda. Cualquier indicio o información que tengamos vamos a ver en qué se puede ayudar. Creo que para eso estamos, para ayudar a gente que necesita ayuda como esta señora –dice el policía amigo.

***

María, dice su hermana, se ha puesto mal de salud. Ha olvidado muchas cosas, ha adelgazado 30 libras, y por ratos se queda como ida, como perdida. Su hermana no se equivoca. Hoy día hay que repetirle a María las cosas, cuando se platica con ella, para que no pierda el hilo de la conversación. Algo más le ha pasado también a María: ha perdido la fe en Dios.

Cuando la conocí, hace dos meses, María vestía una falda larga, hasta los tobillos, y una camisa cerrada, que no dejaba escapar nada más abajo del cuello y nada arriba de las muñecas. Dos meses más tarde, y en contra de los estándares de la iglesia evangélica a la que asistía, se atrevió a ponerse licras pegadas y camisas escotadas. Me dice que por eso lleva como dos semanas sin visitar a su madre, para que no la regañe. La madre de María vive 33 kilómetros lejos Aguilares. Nunca, en el último año, su madre la ha visitado. Desde que desapareció su hija, en Aguilares, a María solo le queda su marido, un jardinero que trabaja de podar jardines ajenos en una colonia privada de San Salvador.

En la mañana del 3 de enero de 2013, frente a la casa de María, cientos de motoristas y cobradores cerraron la carretera, en una serie de protestas que paralizaron las entradas y salidas a la ciudad de San Salvador. Los transportistas le exigían al gobierno que mantuviera el subsidio al sector, o que se atuviera a las consecuencias: más bloqueos como el de ese día, paros o un incremento en el precio del pasaje.

En la carretera de Aguilares, frente a la casa de María, se armó un pequeño disturbio. Cuando María me cuenta lo que vio, es la primera vez, en los últimos dos meses, que la veo sonreír, emocionada.

—¡Hubiera venido! Viera qué alegre se puso eso. ¡Me daban ganas de hablarle para reportárselo en vivo y en directo!

Pero entones María perdió el hilo de la conversación. Se le fue a un costado, allá adonde había clavado la mirada. Su marido siempre regresa tarde a casa, o cuando no consigue paga, no regresa. Desde que Irma nació, ella había sido su única compañía. Más que madre e hija, dice, con Irma eran como dos inseparables amigas.

—¡Ay, amor! Viera qué desesperante es esto de sentirse tan sola.

***

—¿Cómo dice que se llama la desaparecida?
—Irma Gualupe Pérez.
—Permítame un segundo…

El policía de turno asoma la cabeza por la ventana de la delegación, y le pide a la gente que está afuera que guarden silencio. Son los familiares de los transportistas detenidos en la mañana. Son las 6:30 p.m., y la algarabía que hay afuera es porque no les han dicho si dejarán que sus familiares detenidos puedan recibir la cena que ellos les han llevado.

En la pared de la delegación de Aguilares hay tres fotografías de tres niños desaparecidos. Uno de los casos es el de una niña desaparecida en una provincia de Argentina. Pregunto cómo ha venido a parar ese cartel, con un caso ocurrido en Suramérica, hasta ese pueblo caluroso del país, y el oficial de turno reponde que un día llegaron los miembros de una oenegé y pidieron permiso para colgarlo.

El segundo cartel es el de un joven de unos 17 años. No se distingue nada de la información sobre ese joven porque alguien ha tachado todos los datos de contacto con manchones de lapicero. El tercer cartel es el de un niño, demasiado niño para la edad que dice en el cartel: 15 años.

En la delegación no está la foto de Irma.

Los investigadores que estuvieron de turno ese día ya se fueron a sus casas. Solo ha quedado rezagado uno, que se asoma a la recepción. El oficial de turno lo detiene.

—Hey, vo’: ¿quién llevaba el caso de la chamaca bonita que teníamos pegada en la pared?
—¿Cuál, vo’?
—El de la chamaca que frecuentaba a los vagos del parque, homb’e.
—¡Ahhhh! Ya sé cuál decís. No, ese no lo llevaba yo. Yo llevo el de la otra chamaca aquella… ¿por qué, vo’?

Entre los dos investigadores dan pistas sobre el investigador del caso de Irma Guadalupe. Antes de despedirse, el investigador rezagado advierte que Irma Guadalupe ya apareció. Le digo que eso es bien extraño, porque todo ese día estuve con la madre de la joven y ella, a la fecha, la sigue esperando.

—Pero es que mire, no le crea a esa señora. Esa maitra como que es algo zafadita, ¿o no?

***

Viernes 4 de enero.

—Sí, yo investigaba el caso de esa muchacha.

Al otro lado de la línea telefónica me responde el “Investigador Jaime”. Dice que solo lo llame así. Le pregunto que por qué dejó de investigar el caso de Irma Guadalupe, y me responde que porque una señora llegó a decir que ya había aparecido.

—La señora dijo que era la abuela.
—¿Y no lo ha corroborado con la madre de Irma? Ella la sigue buscando.

La voz detrás de la línea telefónica guarda silencio. Luego se despide.

—Mire, la verdad es que ahorita no tengo tiempo de seguir hablando porque debo ir a dejar una información a la Fiscalía. Hábleme más tarde.

Después, el Investigador Jaime nunca más atendió el teléfono.

Última pieza suelta

El subdirector de la Policía nos recibe en su amplia oficina ubicada en el segundo piso del cuartel central de la Policía Nacional Civil, en el centro de la ciudad de San Salvador. Mauricio Ramírez Landaverde, durante 2012, y sobre todo después de iniciada la tregua entre las pandillas, se convirtió en el portavoz de las estadísticas del gabinete de Seguridad. Sobre todo a partir de la segunda mitad del año, el Ministerio de Seguridad metió un gol al convocar, mensualmente, una conferencia en donde se informaba de -en la mayoría de los meses- la reducción de los homicidios. Una estrategia exitosa, un termómetro constante de la evolución de la tregua. Pero en esas conferencias, el tema de los desaparecidos siempre se mantuvo constante. Sobre todo porque hasta septiembre, el Instituto de Medicina Legal hizo lo mismo, diciendo que en sus reportes había más casos que los que daba a conocer la Policía. Al menos por el papel que le ha tocado jugar al subdirector, creemos que es quien mejor conoce no solo las estadísticas, sino también el fenómeno. Mientras el actual director, el general Francisco Salinas, apenas ingresó a la Policía a inicios de 2012, Mauricio Ramírez Landaverde tiene toda una carrera en la institución policial, y estuvo en mandos importantes para cuando, según dice, comenzaron en la Policía, a registrar el fenómeno. Eso fue, recuerda, allá por el año 2004.

—¿La Policía considera que hay un fenómeno grave detrás de las estadísticas de personas desaparecidas?
—Lo vemos con mucha preocupación, y sobre todo cuando es una situación que ha cobrado tanta relevancia y alarma social. Pero no es un fenómeno nuevo. Le hemos venido registrando desde hace muchos años.
—Si no es un fenómeno nuevo, ¿por qué se crea una unidad que investigue los casos hasta este año?
—Que la unidad haya nacido recientemente no significa que la Policía no haya enfocado sus esfuerzos para investigar el fenómeno. La Policía lleva muchos años enfocada en las estructuras que se dedican a cometer estas acciones.
—La Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas solo lleva los “casos importantes”. Si yo tomara el papel de un defensor de los derechos humanos, le diría: ¿no le parece que todos los casos son igual de importantes?
—No, yo le diría que no. Todos los casos son igualmente importantes… pero hay casos que la víctima… por ejemplo: el caso de una niña o un niño usted no lo puede ver igual que otro caso, usted tiene que velar por el interés superior del niño… Todos los casos de personas desaparecidas preocupan igualmente a la Policía, pero si es una niña, debemos pensar que estamos ante un caso de trata, de violación, el caso de que un pandillero la pretendía, y al no acceder a sus pretensiones mandó matarla… son criterios…

Hay casas que hablan. Gritan cosas, cuentan retazos de grandes historias. Esta, en la que recién entramos, es una de ellas. No es muy grande: cuatro cuartos, una pequeña terraza y un patio. Por los acabados que sobreviven -piso cerámico, ladrillo rojo que decora las paredes exteriores, portón de rejas metálicas- uno diría que la familia que vivió aquí le puso mucho cariño y empeño a esta casa. Por las advertencias pintadas en las paredes, uno también diría que la familia que vivió aquí sufrió el desplazamiento, la huida, el dejarlo todo.

***

Si la vida de Sabine Moreno pudiera explicarse con una línea de tiempo, una sucesión de hechos representados por coordenadas y picos unas veces altos, otras veces bajos, podríamos decir que la antigua vida de Sabine Moreno acabó cuando su familia recogió lo poco que podía y huyó de la comunidad sin rumbo fijo.

Pico alto en el diagrama: la familia huye sin rumbo fijo. Un momento trágico, aunque quizá no tanto como el asesinato del abuelo, emboscada en el camino, no muy lejos de la comunidad, muy cerca de la estación de taxis; tres balas, ningún testigo, sangre manando de la boca. Un momento no tan trágico, quizás, pero doloroso al fin de cuentas.

Pico alto en el diagrama: asesinato de su abuelo. Mauricio Moreno. Q.E.P.D. 06/10/1960 – 18/11/2010.

El asesinato de Mauricio activó por fin esos sensores nerviosos que desde el cerebro le ordenan a los pies correr. Los mismos sujetos que se presume lo mataron, en ese mismo año, ya habían acabado a otros seis miembros de la familia de Sabine, para entonces una colegiala de 16 años con muchos sueños. Uno podría preguntarse: ¿por qué esa familia no huyó cuando cayó la primera de sus víctimas? ¿Quién aguanta tanta muerte antes de decidir largarse de su comunidad? Entre las mujeres que ahora lideran a la familia hay versiones encontradas. Blanca, la madre de Sabine, dice que al principio no creyeron que esas muertes tuvieran que ver directamente con ellos. Amelia, la abuela paterna de Sabine, dice que no se iban por culpa de su marido. La familia hacía todo lo que dispusiera Mauricio, y Mauricio se oponía a abandonar ese pedazo de tierra en medio de huertas y cafetales que tanto les había costado a todos.

Mauricio era un evangélico comprometido y confiaba en que Dios resolvería todos los problemas en los que se metieron solo por el hecho de vivir donde vivían. Decía que si Dios quería que dejaran este mundo, no había por qué oponérsele. Pero el abuelo también era un pecador. Lo dice Amelia, su viuda. Se refugiaba en la iglesia para huir del trago. En su batalla interna entre el bien y el mal, los asesinatos en contra de sus familiares poco a poco fueron inclinando la balanza hacia su principal flaqueza. Por eso, en una de sus tantas borracheras perdió la compostura y desenmascaró sus rencores frente a unos ojos que se enfurecieron cuando lo escucharon proferir una amenaza. Una noche, a la orilla de un camino que atraviesa la comunidad, tambaleante y extasiado Mauricio se olvidó de Dios y dijo que haría justicia con sus propias manos. A los días de esa borrachera y de esa amenaza lo emboscaron y lo acribillaron a balazos. Su familia encontró su cadáver ensangrentado, con tres balas en el pecho y una en el rostro. A esos que ofendió no les gusta que los amenacen.

***

Habrán sido, alguna vez, felices. Lo dice, en primer lugar, ese paisaje que sobresale detrás de una ventana sin vidrios y sin barrotes. En ese hueco está pintado el volcán de San Salvador. Es un cuadro hermoso: el río bajo la cumbre, la carretera, una milpa -el maizal infaltable en el paisaje salvadoreño-, y al fondo el volcán, imponente, sombreado por unas nubes.

Quienes vivieron aquí añejaron muchos recuerdos. Lo dicen los árboles de mango y mandarina que inundan con su aroma todo el patio. A juzgar por su altura -ocho metros la mandarina, 15 metros el mango-, los árboles llevan varios años echando frutos.

***

Muerto el abuelo, ya no había poder que se opusiera al éxodo de la familia Moreno. Una mujer bajita, morena y resuelta decidió por todos. Amelia, la abuela de Sabine, viuda de la noche a la mañana, se echó a cuestas el control de toda la familia, compuesta por 20 integrantes. La séptima muerte en la familia los hizo partir. El miedo por fin fue miedo, y ordenó a los pies de esas 20 almas correr en abierta y urgente estampida. Se lo dijeron a Blanca, la mamá de Sabine, el sábado 11 de diciembre de 2010. Sabine lo escuchó todo.

—Dijeron que nos íbamos a ir pero no dijeron cuándo. Para nosotros fue una gran sorpresa cuando al siguiente día nos avisaron que alistáramos las cosas -dice.

Huir, abandonarlo todo, sacudió las fibras más íntimas de Sabine. No es fácil abandonar el terruño, piensa ella. No es fácil que le roben el terruño a punta de pistolas y muertos. Lo comprendió cuando buscó sus cosas para meterlas en una maleta. Sintió un vacío en el pecho, pensó que es difícil dejar atrás toda una vida, sobre todo cuando ahí han crecido tres generaciones de una gran familia. Ella (16 años), su madre (35 años), su abuela materna (50), su abuela paterna (52), habían nacido ahí, en el cantón El Guaje, y a partir de aquella noche ya nunca más regresarían ahí, donde lo dejaron todo. Al igual que ellos, otras 23 familias de esa comunidad huyeron en diferentes oleadas a lo largo de 2010.

Recuerdo de Sabine: empaca lo que puede en cuatro horas. Se siente triste, se pregunta: ¿se puede meter toda una vida en una maleta? La respuesta es obvia. Apenas y alcanza llevarse, además de la ropa, un televisor. Sabine cree que hacia donde la llevaban podrá conectar el televisor. Un carro patrulla de la Policía Nacional Civil entra a la comunidad. Sigue a otro vehículo con placas particulares, prestado por un amigo. Es un camión. Es lo único que la autoridad puede hacer: entrar y salir, custodiar la partida. Todos se encaraman en la cama de los vehículos. Huyen. Se largan para nunca más volver.

Coordenada: Sabine Moreno y su familia huyen de la Mara Salvatrucha 13.

Pico alto: Sabine es desplazada del cantón El Guaje, en Soyapango, El Salvador. Soyapango, parte del Área Metropolitana de San Salvador, es la segunda ciudad más populosa del país.

***

La casa abandonada habla más que la vecina nerviosa que vive en la casa de al lado, que revuelca las pocas palabras que salen de su boca y responde apresurada y nerviosa a las preguntas de Houston, el policía que nos acompaña. Esa vecina no recuerda el nombre de los inquilinos. “Se fueron hace mucho tiempo. No los trataba mucho”. La casa dice que la desmantelaron. No hay techos ni focos ni ventanas ni cableado eléctrico. Tampoco grifos en las pilas ni palanca para el retrete.

La casa también le pone nombre y apellido a “los muchachos” que ahuyentaron a los que aquí vivían. En una de las paredes, hay dos letras pintadas en negro. Una es M y la otra S. Son dos letras mayúsculas, muy grandes. Son las siglas de la Mara Salvatrucha 13, unas de las pandillas más peligrosas del mundo. En otra pared, esas letras están separadas por dos manos huesudas, con uñas largas, como cuchillos. Las manos hacen señas. Una es una garra, la otra es una letra. Abajo hay tres letras más. Son las iniciales que dan nombre a la clica que se tomó esa casa: Diábolicos Criminales Salvatrucha (DCS).

En el patio, debajo del árbol de mango hay frutos masticados, semillas chupadas, colillas de cigarrillos, una botella plástica que alguna vez almacenó guaro. En el retrete hay restos de heces. Ya están secos. Houston dice que aquí se reúnen los muchachos. Que la casa para ellos es estratégica, porque desde este punto de la colina pueden observar cuando los policías entran o salen de esta colonia. Houston dice, sin dramatismos, que los muchachos se reúnen aquí “para planear sus fechorías”.

—Por eso expulsaron a los inquilinos -dice.

Nos alejamos del sector y después de cruzar dos redondeles y tres calles estamos en otra colonia. Houston nos muestra otros pasajes con casas abandonadas. Pero aquí los muchachos que ahuyentan a la gente tienen otra nomenclatura para autonombrarse. “Fuck the police”, escribió alguien en una pared. “18″, cierra esa frase. Aquí controla la pandilla Barrio 18, otra de las pandillas más peligrosas del mundo, y enemiga de la Mara Salvatrucha.

En un radio de unos dos kilómetros, las pandillas con mayor fuerza, poder y presencia territorial de El Salvador envían mensajes por medio de los grafitos de las casas abandonadas.

Otra casa que habla. Y otra más: alguien arrancó los ladrillos de esta y ha sembrado una pequeña huerta en el patio y en el último cuarto. En otra, unos niños han entrado a jugar con pintura. Se mancharon las pequeñas manos y las estamparon sobre las paredes. En otra alguien le declaró su amor a alguien más. “Dagoberta y Seco. Amor por siempre y para siempre”, escribieron, junto a un corazón pintado con tiza en la pared, y un cártel de Minnie y Mickey tomados de la mano.

En este pasaje de 70 casas hay 25 abandonadas. ¿Qué les pasó a esas familias? ¿Por qué huyeron? ¿De qué huyeron? ¿Quién compra o alquila una casa para luego dejarla abandonada? ¿Por qué nadie llega a vivir ahí? ¿Por qué ningún vecino explica adónde se fueron esos otros vecinos?

Nadie, en este pasaje, se atreve a contestar esas preguntas. Menean la cabeza en señal negativa y entre el silencio y la mirada esquiva uno alcanza a percibir algo que se podría traducir como miedo. Miedo a decir algo que no deben decir. Miedo a ser vistos hablando con la policía. Pero Houston, 23 años como policía, es atrevido y desconfiado. Dice que la gente que se ha quedado no contesta porque son familiares de “los muchachos”. Uno no sabe si creerle a él o sospechar que esos que se han quedado simplemente tienen miedo. Quién sabe.

Houston pide que aceleremos el paso. Lo pide luego de que un par de niños se nos han atravesado, por tercera vez, montados en unas bicicletas. “Son orejas de la pandilla. Andan queriendo saber qué estamos haciendo”, dice Houston, de nuevo, sin dramatismos. Uno piensa que esos niños, a estas horas de la mañana, deberían estar en clase, pero tal vez reciben clases en la tarde. Quién sabe.

Los compañeros de Houston -otros siete policías- se repliegan y avanzan hasta el carro patrulla. Hace unos minutos, dos de ellos custodiaban con sus rifles la entrada del pasaje de las casas abandonadas. Otros dos estaban en el otro extremo del pasaje, y el resto había hecho un cerco alrededor nuestro. Nos daban las espaldas y miraban en todas direcciones, incluyendo a los techos de las casas de un solo piso. Todos vigilaban. Saben que este es territorio de la pandilla y de nadie más.

Salimos de Lourdes, Colón, uno de los municipios más violentos de El Salvador ubicado unos 15 kilómetros al oriente de San Salvador. Salimos apenas con una idea de lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo en este país. Las casas han contado algo pero no lo suficiente. Sus inquilinos han desaparecido y es casi una norma para los desplazados continuar así: olvidados por todos. Es preferible eso a meterse en problemas con aquellos que los expulsaron. Por eso, para entender lo que esas casas no pueden terminar de contar, habrá que rastrear a esos fantasmas desplazados, subir una cumbre ubicada en las afueras de la ciudad, luego bajar, acercarse a las orillas de un río y entrar a una casa con paredes de lámina y piso de tierra. Habrá que seguir hablando en el último refugio de Sabine Moreno.

***

Hace más de 30 años, El Salvador entró por una puerta angosta a uno de los capítulos más oscuros de su historia. En las montañas tronaban las balas, estallaban las bombas y morían centenares de salvadoreños. En algunos puntos del país se cometieron barbaries contra hombres, mujeres y niños. Bombas, balas, sangre, muertos. Acusados de pertenecer a uno u otro bando (el ejército o la guerrilla) muchos campesinos decidieron dejar sus ranchos, bajar de las montañas y esconderse donde fuera. Fueron desplazados. Se movieron a las ciudades, a la orilla de los ríos, o a pequeñas comunidades marginales que con el tiempo crecieron y se convirtieron en colonias legales. Muchos otros no solo fueron desplazados sino que se convirtieron en migrantes y lograron llegar hasta los Estados Unidos.

Pico alto para El Salvador: guerra civil. 1980-1992.

Finalizada la guerra, hace 20 años, a El Salvador regresó la paz. Pero sería difícil precisar cuánto tiempo duró esa paz, porque el país comenzó a experimentar otra guerra: la de las pandillas. No hay nada concluyente sobre la razón que originó esta nueva guerra, y solo el odio se asoma por la puerta como posible explicación a las discordias entre los dos bandos.

Todo comenzó cuando unos jóvenes, deportados de los Estados Unidos, se mezclaron con otros muchachos más jóvenes en barrios, plazas y parques. Los que bajaron del norte tenían un nuevo estilo no solo de ver la vida sino de la moda. Vestían camisas flojas, pantalones flojos, pañoletas, gorras… Los de acá se fascinaron con esa nueva moda. Que se mezclaran no fue ningún problema. El problema fue que los de aquí hicieron crecer a las pandillas de los que venían de allá. Los odios continuaron. Dos de las pandillas más peligrosas del mundo encontraron en El Salvador un campo fértil para la batalla, y el Estado se convirtió apenas en un observador silencio de esos enfrentamientos.

No está nada claro, pero si la historia reciente de El Salvador fuera una línea de tiempo, en los últimos 20 años podrían ubicarse muchos estallidos, representados por picos altos, que demuestran la evolución de las pandillas a base de peleas, cuchillos, balas y muertes. Ahí donde vivían sus miembros, las pandillas comenzaron a dominar el territorio, se expandieron, y pelearon otros territorios, a lo largo y ancho del país. Para 2005 habían dominado las colonias de Lourdes, Colón, en La Libertad. Esas colonias que patrullamos junto a Houston y sus policías. Cinco años más tarde, en 2010, la Mara Salvatrucha conquistó el Cantón El Guaje, el hogar de la familia de Sabine, en Soyapango.

El ministro de Seguridad, David Munguía Payés, ha llegado a sugerir que las pandillas son un ejército que acerca a los 70 mil miembros directos, más el aporte que dan sus familiares. Si la estimación es exacta, uno de cada 100 salvadoreños es pandillero. El ministro es de los que creen que los familiares han dejado de ser actores pasivos en la estructura de las pandillas.

Lo cierto es que el de las pandillas no es un mundo de blancos y negros. Y es en ese gris tan confuso donde se entremezclan simpatías, miedos, obediencias, abusos, extorsiones y silencios. Sobresale en ese gris confuso la clara utilización de la violencia para obtener control territorial. La población que vive en los territorios dominados por las pandillas está expuesta a normas que aunque no están escritas, se cumplen al pie de la letra. “Ver, oír y callar”, es la principal, dice Sabine Moreno. Luego hay otras, muchas, demasiadas…

Si uno vive en una comunidad MS no puede transitar por la vecina comunidad 18, so pena de que cualquiera de las dos pandillas concluyan que uno es un espía.

Uno no puede estudiar en un instituto nacional si vive en una zona controlada por la Mara Salvatrucha, como no puede estudiar en un instituto técnico nacional si vive en una zona controlada por el Barrio 18. En El Salvador, hasta la definición de la educación media es algo que miles de jóvenes tienen que pensar bajo los esquemas de las pandillas, que también reclaman para ellas esas instituciones del Estado.

Uno no puede ser visto hablando con la policía porque automáticamente se convierte en un sospechoso soplón.

Uno no puede tratar mal ni con miradas, gestos o palabras subidas de tono a los pandilleros, porque eso es una ofensa que puede pagarse con la vida.

Si se es mujer, se corre el peligro de que usurpen tu cuerpo uno o varios de los miembros de la pandilla que dominan la colonia.

Cuando una clica de las pandillas Barrio 18 o Mara Salvatrucha entra a un territorio y lo conquista, lo conquista todo. No está nada claro qué buscan, pero el narcomenudeo, la ganancia que deja el control de las extorsiones y la expansión territorial para hacer crecer esas dos fuentes de ingreso se asoman como posibles explicaciones. Hay otros casos, como en El Guaje, en Soyapango, en donde solo la geografía del territorio es apetecida por las pandillas.

El municipio de Soyapango, en San Salvador, por años fue considerado como la primera gran ciudad dormitorio del país. En las décadas de los 60 y 70 allí se afincaron familias obreras que crearon un bum inmobiliario que convirtió las otroras fincas de café o cañaverales en laberintos inmensos adornados con diminutas casas de concreto de dos y, con suerte, tres cuartos y un patio. Soyapango es una de las ciudades más densamente pobladas del país. Es la ciudad creada para las familias obreras del Área Metropolitana de San Salvador. Y en esa mancha de concreto son pocas las islas verdes que le sobreviven. El cantón El Guaje es una de ellas.

Cuando una clica de la Mara Salvatrucha (la Sureños Locos Salvatrucha) conquistó la comunidad del cantón El Guaje, e instaló ahí una sucursal con el nombre de la comunidad en la que creció Sabine Moreno (la clica “Guajes Locos Salvatrucha”) fue porque le interesó la geografía del lugar. Le interesó lo aislado del terreno para organizar ahí reuniones con las clicas más fuertes de Soyapango y, según la policía, para dejar regadas a sus víctimas.

Lastimosamente para familias como las de Sabine, saberse conquistados siempre se explica con violencia, intimidación y muertes.

Si antes los desplazados huían de las bombas o de los reclutamientos forzados -sobre todo del ejército, pero también de la guerrilla- ahora huyen casi que por las mismas razones. Huyen porque no quieren que sus hijos se hagan pandilleros, no quieren que los fuercen a hacerse pandilleros, porque no quieren que sus hijas sean violadas, porque muy cerca han impactado las balas, porque los acusan de estar con la policía o con la pandilla contraria. Eso le pasó a la familia de Sabine. Los rumores los acusaron de informar a la policía y de ayudar a la pandilla contraria.

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Recuerdo de Amelia, la abuela de Sabine: El Guaje era un lugar tranquilo en el que se podía vivir. Era una antigua finca, donde se asentaron unos colonos y sus descendientes desde hace más de 50 años. Ahora diezmada y convertida en una especie de oasis en medio de dos colonias con mala fama, en el Guaje sobreviven diminutos cafetales y huertas. Rodean a esa comunidad rural las colonias Santa Lucía y Sierra Morena. Hace siete años, esas dos colonias fueron noticia cuando por primera vez se habló en la prensa de toques de queda impuestos por las pandillas.

El 2005 fue un año de toques de queda en los barrios. Se peleaba el territorio, y las pandillas advertían a los habitantes de esos territorios que no debían salir de sus casas pasadas las 7 de la noche, para no ser confundidos con el enemigo. Al menos eso reportaba la policía. Eso pasaba muy cerca de El Guaje, que para ese momento seguía siendo una comunidad tranquila.

A El Guaje la Mara Salvatrucha llegó cuando se pavimentó el camino que conecta a Soyapango con el municipio de San Marcos. Antes quien entraba a El Guaje solo era alguien que tuviera algo que ver con El Guaje. Pero a mediados de 2008, un grupo de jóvenes, extraños, circuló por esa carretera y le gustó aquello con lo que se encontró.

Recuerdo de Sabine: eran cinco jóvenes. Llegaban a la cancha de fútbol de la comunidad. Se hicieron amigos de los jóvenes de la comunidad. Fumaban cigarrillos y “le decían cosas a las bichas”.

Desde cerca, que cinco jóvenes intenten controlar una pequeña comunidad en medio de la nada puede significar muy poco. Una pandilla de barrio, una pequeña pandilla. Pero si se amplían las coordenadas, esos cinco jóvenes ya no son una pequeña pandilla, sino más bien los emisarios de una organización muy grande, con nexos en todo el país, con normas en todo el país. Normas que no tardaron mucho en calar en El Guaje.

Cuando esos cinco jóvenes que Sabine recuerda llegaron a El Guaje, Remberto Morales tenía 12 años. Remberto era, según Sabine, “un niño bien, que se vestía bien, amable, que jugaba con nosotros”. Pero Remberto tomó la decisión de acatar y de hacer cumplir las normas de la mara. Se hizo amigo de esos muchachos y entonces dejó de ser amigo de Sabine. Remberto Morales, brincado por la clica Guajes Locos Salvatrucha, se convirtió en El Panadol.

Recuerdo de Sabine: Desde que le pasó eso, se hizo huraño, pasaba con el ceño fruncido y a quien le mirara mal lo amenazaba de muerte.

No pasaría mucho tiempo cuando Sabine y su familia fueron amenazadas de muerte después de la masacre en la que fue asesinado El Panadol.

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El Salvador es un país con 6.2 millones de habitantes y en el que en 2011 hubo un promedio de 12 asesinatos diarios. Una tasa de homicidios de alrededor de 70 por 100 mil habitantes. Desde cuando los pandilleros comenzaron a ser noticia recurrente, en el año 2003, tras el lanzamiento del primer plan mano dura -un plan represivo que consistía en encarcelar pandilleros acusados de “asociaciones ilícitas”- muchas comunidades, asentamientos y colonias fueron estigmatizados.

Lo que nunca nadie cuestionó fue la incapacidad del Estado para recuperar el control de esos territorios. Lo policía hacía redadas en las colonias dominadas por las pandillas pero eso nunca garantizó que el Estado volviera a controlar esas zonas. Solo eso explica que para 2012, junto a ese elevado promedio de homicidios diarios, se creara una lista de 25 municipios considerados como los más peligrosos del país. Entre estos se incluye a Soyapango, en el oriente de San Salvador, y a Colón, en el occidente de la capital. En medio de todo ese caudal de cifras y muertos, el drama de las familias que huyen de la violencia, moviéndose de un lado a otro, como nómadas, nunca fue ni ha sido tomado en cuenta.

No hay una cifra de desplazados por la violencia en El Salvador porque simplemente el fenómeno no se ha estudiado con rigurosidad y profundidad. No es un dato que exista porque no es un dato que se denuncie ni se sistematice, y los casos son tan complejos, y los escapes tan silenciosos, que solo los afectados saben lo que les está ocurriendo. La policía se ve amarrada a brindar seguridad a las retiradas y luego hace conjeturas sobre las razones que llevan a una familia a abandonar su casa, sus pertenencias, su vida. Del lado de las familias, la norma no establecida dicta que nadie ponga denuncias por temor a represalias, porque lo que más quieren es desaparecer, pero con vida, no enterrados bajo tierra.

Quizá el dato que más se acerque a la magnitud del problema sea una lista de casas desocupadas que maneja el Fondo Social para la Vivienda (FSV), institución estatal que facilita préstamos para que las familias de bajos recursos adquieran una casa propia. Para siete colonias dominadas por las pandillas, ubicadas en los departamentos de San Salvador y La Libertad, la cifra llega a las 613. Si el promedio de personas por familia en El Salvador es de cinco, según el censo de población de 2007, eso significa que unas tres mil personas abandonaron su hogar sin una razón clara.

Uno bien podría pensar que los inquilinos de esas casas se fueron porque no pudieron seguir pagando la cuota, según responden de manera oficial las autoridades del FSV. “La norma que une a todos esos casos es que por alguna razón cayeron en mora, y eso obligó a un proceso de recuperación de esas viviendas”, dice el gerente de créditos de la institución, Luis Barahona.

Pero uno también podría sospechar que hay algo más fuerte detrás de tanta casa abandonada en esas colonias, dadas las coincidencias entre el elevado número de viviendas solas y la presencia de pandillas.

— ¿Uno puede hacer esa relación simple entre casas del Fondo deshabitadas y el contexto de la colonia en donde está ubicada? ¿Uno puede decir, por ejemplo, que quienes se fueron de la colonia La Campanera, dominada por el Barrio 18, se fue huyendo de la violencia de esa pandilla?

— No creemos que sea el factor principal, pero no podemos negar que en algunos casos se nos ha manifestado que se van porque se ven afectados por la delincuencia de la zona. El problema es que no estamos ante una estadística concreta, como para poder decir: es un 5% de todos los casos, un 10%. Le mentiríamos.

El FSV no es la institución competente para crear una lista de casos, pero al menos reconoce que en aquellas zonas en donde tienen presencia como autoridad, compiten con la autoridad de las pandillas. A quienes solo tienen esas colonias como opción de vida, el FSV les llama “segmento vulnerable”.

Es un círculo vicioso. Entre las ofertas de ayuda que da el FSV a aquellos que huyen de la violencia -previa comprobación con una denuncia policial- está la permuta de esa vivienda en otro sector con similares características. Eso, por defecto, y sin que la institución pueda hacer nada, incluye la presencia de alguna de las dos pandillas en el paquete de compra.

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Coordenadas: es el 31 de julio de 2010. Es de noche. En el cantón Cuapa, fronterizo con El Guaje, unos jóvenes organizan un baile. Si algo puede explicar mejor hasta dónde llegó la violencia en el cantón El Guaje, para que de ahí huyeran 23 familias, fue lo ocurrido después de ese baile, al que acudieron cinco jóvenes, otrora amigos de Sabine Moreno. Uno de ellos era aquel niño que se vestía bien y que terminó, con 14 años, convertido en El Panadol. También iba un joven de 19 años que recién se había convertido en padre. Su nombre era Dagoberto, quien junto a una morena y pequeña joven de nombre Lucía, hermana de Sabine, había procreado a una pequeña niña que para mediados de 2010 tenía año y medio. Dagoberto, un joven inquieto, sin ideas claras sobre qué hacer con su vida, era amigo de El Panadol y de los homies de El Panadol.

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En los territorios dominados por las pandillas, la frontera que divide la amistad, el apego y el cariño entre los pandilleros, sus familias y sus vecinos a veces es tan difusa, tan poco clara, que omite certezas. Esa falta de certidumbre puede conducir a resultados trágicos, potenciados por conclusiones apresuradas. A la familia de Sabine, esas conclusiones apresuradas fueron las que la diezmaron. La única muerte que nada tuvo que ver con esas conclusiones fue la que inició la tragedia de los Moreno.

Pico en la familia de Sabine: Ernesto Quintanilla, un expandillero deportado de los Estados Unidos, muere asesinado el 14 de febrero de 2010.

Ernesto era un hombre tatuado y deportado. En Los Ángeles fue miembro de la Mara Salvatrucha y ni Sabine ni su madre pueden precisar de cuál clica era. Lo cierto es que en el año 2000, Ernesto llegó a vivir a El Guaje, porque en El Guaje vivía el único familiar que lo ataba a El Salvador. Vivió en paz Ernesto, sin meterse con nadie, escondido en esa zona rural rodeada por colonias de concreto, hasta que una clica de la MS comenzó a visitar el lugar. La clica lo ubicó, le pidió que hiciera cosas, pero Ernesto se negó. Por eso lo mataron, porque es muy difícil que un pandillero retirado pueda vivir tranquilo sin hacer cosas por el barrio.

Recuerdo de la madre de Sabine: su hermana se puso muy triste. Nunca pensaron que esa sería la primera de muchas muertes, porque siempre creyeron que lo que le ocurrió a Ernesto no tenía nada que ver con ellas.

El problema es que otro familiar hizo que tuviera mucho que ver.

Pico alto en la vida de la familia Moreno: José Mena desaparece en abril de 2010.

José Mena era un vendedor de muebles de madera que se crio en El Guaje y terminó casado con Beatriz Cruz, una mujer risueña que vivía de lavar trastos y cocinar sopas en un mercado. Beatriz Cruz era tía de Sabine Moreno.

José Mena y Beatriz Cruz frecuentaban mucho la casa de Ernesto Quintanilla, porque José y Ernesto, con el tiempo, se hicieron buenos amigos. El dolor que le provocó la muerte de Ernesto hizo que José perdiera la compostura. En la tienda de la comunidad, José dijo que sabía que los muchachos de la pandilla tenían que ver con el asesinato de Ernesto. A José, a los días de andar haciendo esas acusaciones, se lo tragó la tierra. Desapareció sin dejar rastro. A oídos de la madre de Sabine Moreno llegó el rumor de que El Panadol y el resto de miembros de la clica Guajes Locos Salvatruchos habían asesinado a José en el cafetal, después de obligarlo a cavar su propia tumba. Pero Blanca fue astuta. Escuchó el rumor y calló.

El cafetín en el que José Mena acusó a los pandilleros por la muerte de su amigo Ernesto Quintanilla, era regentado por Fidelina y Yesenia Moreno, prima y sobrina de Mauricio, el abuelo de Sabine. Era ese un cafetín modesto, en el que se vendían almuerzos y se cocían pupusas. Era ese un cafetín frecuentado por todos: vecinos, amigos, pandilleros y policías. Pero que los policías lo visitaran, lejos de traer seguridad, solo provocó otra desgracia para la familia Moreno. Como los rumores pueden ser una suerte de verdades para aquellos que se los creen, Fidelina y Yesenia recibían en ese lugar a los policías para contarles de las andadas de los pandilleros de El Guaje.

Pico alto en la familia de Sabine: en la mañana del 16 de junio de 2010 fueron asesinadas Fidelina y su hija Yesenia.

Las acribillaron en medio de la carretera, antes de que prepararan su puesto de venta de pupusas. Por ese asesinato, Mauricio Moreno, el abuelo de Sabine, comenzó a tomar de nuevo.

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El baile en realidad no era un baile sino que una emboscada. Así como la MS se tomó El Guaje y reclutó pandilleros en El Guaje, el Barrio 18 hizo lo mismo en un cantón aledaño a El Guaje: el cantón Cuapa. Muy tarde lo comprendieron los cinco jóvenes que iban hacia aquel baile.

A las 11 de la noche de aquel sábado 31 de julio, la puerta de la casa de la viuda de José Mena fue sacudida por una lluvia de golpes y gritos.

—¡Abra la puerta! ¡Abra la puerta! -gritaban los jóvenes.

Beatriz se sorprendió al ver, en la cabeza de aquel grupo asustado, a Dagoberto, el marido de Lucía, su sobrina. Beatriz los dejó pasar, y no pasó mucho tiempo cuando otra lluvia de golpes sacudió de nuevo la puerta.

Cuando Beatriz abrió de nuevo, fue abatida por un empujón, y solo alcanzó a ver a unas sombras desconocidas que apalearon uno por uno a los jóvenes.

Recuerdo de Blanca, la madre de Sabine: Beatriz, su hermana, nerviosa y asustada, sacude la puerta de su casa y le cuenta lo sucedido. Le dice que la empujaron y que se los llevaron con las manos amarradas con las cintas de los zapatos. Luego Beatriz regresó a su casa, a trancar muy bien las puertas, y retornó donde Blanca todavía más afligida.

Recuerdo de Sabine: ella estaba dormida y la despertaron unos disparos. Al rato llegó Beatriz, gritando: “¡Ya los mataron, Blanca! ¡Escuché unos gritos por el maizal”

Los gritos fueron seguidos por unos disparos, los disparos que despertaron a Sabine Moreno.

A la mañana siguiente, esa masacre en El Guaje fue noticia a nivel nacional. Dagoberto, el cuñado de Sabine, padre de una bebé recién nacida; Remberto, el otrora amigo de Sabine, convertido en el pandillero El Panadol, fueron asesinados. De los cinco, solo Dagoberto, que no era pandillero, sino que amigo de pandilleros, conservó intacta la cabeza.

Recuerdo de Sabine: a los demás les cortaron la cabeza y les cortaron sus partes íntimas. Luego las partes íntimas se las metieron en la boca.

Corrección de Blanca: solo a uno de ellos le arrancaron sus partes íntimas para metérselas en la boca.

Un mes después de esa masacre, las conclusiones apresuradas volvieron a enlutar a la familia de Sabine. El rumor decía que Beatriz Cruz había “vendido” a los cuatro miembros de la clica Guajes Locos Salvatruchos con la pandilla rival. Los rumores decían que quienes llegaron a sacarlos de su casa no eran policías, sino pandilleros del Barrio 18, disfrazados de policías, y alertados por Beatriz. Para la madre de Sabine, esos rumores guiaron a un desconocido hasta el mercado en el que trabajaba su hermana. Pico alto en la familia de Sabine: el mediodía del 28 de agosto de 2010, Beatriz Cruz fue asesinada a los pies de una cantarera.

Dos días después, una amenaza recorrió por todo El Guaje. Aquellos que no tuvieran familiares pandilleros debían salir de la comunidad o de lo contrario serían exterminados. El mensaje llevaba una dedicatoria expresa a la familia de Sabine. Dicen que el papel decía: “Empezando por toda la familia de Mauricio Moreno…”.

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Mauricio Moreno era un hombre que no le temía a las serpientes. Lo dice su mujer, Amelia de Moreno. Lo dicen tres fotos que la familia conserva en un álbum. En las fotos, tomadas en diferentes momentos todas, Mauricio alza tres diferentes masacuatas, unas boas que pueden superar los dos metros de largo. En las fotos, Mauricio sonríe. Se le ve contento.

Tras la muerte de Beatriz, pasaron tres meses en los que ocurrió muy poco en El Guaje. Mauricio Moreno pensó que había zanjado el problema denunciando a la policía lo expuesta que estaba su familia después de tantos asesinatos y amenazas. La policía entonces patrulló un par de veces a la semana pero en noviembre dejó de hacerlo. Y Mauricio, que durante todo ese tiempo siguió tomando, y en más de alguna ocasión profiriendo amenazas, diciendo que haría justicia con sus propias manos, retó a los mareros.

No pasó ni una semana cuando él también cayó muerto.

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El primer refugio fue un infierno.

Recuerdo de Sabine: lloviznaba. El camión los aventó en una calle frente a una gruta, a la orilla de un río. Ella no sabía ni siquiera cómo se llamaba ese lugar, pero sintió que en nada se comparaba al lugar en el que vivían, porque el frío en esa montaña calaba hasta los huesos. Llegaron a esa gruta por sugerencias de otra vecina que también había huido de El Guaje, tres meses antes que ellos.

Esa vecina, esa amiga, a la mañana siguiente, cuando se enteró del arribo de la familia de Sabine, fue a darles abrigo. Les cocinó salchichas con huevo y tomate. Sabine recuerda que la tristeza, la rabia, el enojo, le quitaron el hambre. Quería largarse de ahí, y entonces supo que no tenía ningún otro lugar a donde ir.

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¿Cuántas familias son desplazadas en El Salvador? La respuesta a esa pregunta podría ser una incógnita para siempre. Lo cierto es que mientras más se pregunta, mientras se revuelve entre las historias de amigos y conocidos, siempre aparecen muchos casos. Demasiados.

Caso 1: Jaime, un policía de Soyapango, ahora asignado a otra unidad, huye a mediados de 2011 de la colonia en la que compró su casa porque se descubrió vecino de pandilleros del Barrio 18. Al principio trazaron un pacto de caballeros, pero a medida que la convivencia convirtió esa frontera imaginaria en un barril en el que pueden depositarse todas las rencillas, Jaime prefirió huir. Ya había amenazado con una pistola y no quería sacarla por segunda vez. Temía que lo mataran o terminar preso por el simple hecho de defenderse de aquello que él consideraba como una amenaza.

Recuerdo de Jaime: Una noche de mediados de 2001 tomaba con un vecino, en la tienda de la colonia, cuando sus vecinos pandilleros, también embriagados, llegaron a preguntarle si él era de los policías que mataban homies. Jaime, que estaba sentado, se paró y sacó su pistola. Se volvió a sentar y la posó en su pierna derecha. “Si quieren, probamos”, les dijo.

Al día siguiente recibió un anónimo debajo de la puerta de su casa: “O te vas o se mueren vos, tu mujer y tus dos hijos”.

Jaime lo dejó todo. Todavía intenta vender la casa y ahora alquila otra en otro municipio, en otro departamento.

Caso 2: Carolina nació, creció y se desarrolló en una comunidad dominada por la Mara Salvatrucha. Esa frontera gris que obliga a convivir con pandilleros, compartir con ellos, respetarlos a ellos, terminó definiendo el amor de Carolina hacia uno de esos pandilleros. Carolina se hizo su mujer y tuvo un varón de esa relación. Cuando el niño tenía dos años, su padre cayó preso.

Recuerdo de Carolina: su marido la obligó a visitar el penal de Ciudad Barrios, al oriente del país, todas las semanas, y en cada visita la obligó a meterse droga y chips de celulares en la vagina. A mediados de 2009, unos custodios la descubrieron con un paquete de marihuana que llevaba en la vagina. Se le cayó después de que la obligaron a hacer decenas de cuclillas. Fue encarcelada seis meses en el penal de Mujeres, en el municipio de Ilopango. Cuando salió, los pandilleros de la colonia la llegaron a buscarla hasta su casa. Le dijeron que debía continuar con las misiones. Carolina se negó, la golpearon enfrente de su hijo. La dejaron malherida.

Carolina decidió largarse de su casa, abandonar a su familia, y cargar con su hijo, hoy de cinco años. Alquiló una casa en el departamento de Santa Ana, al occidente del país, pero hasta allá la persiguió la pandilla. Alguien la denunció como desaparecida y en agosto de 2011 colgó su imagen en el noticiero 4 Visión, uno de los de mayor rating en El Salvador. Al siguiente día, una vendedora de celulares, mientras ella cargaba su saldo, la reconoció y le preguntó que por qué se había fugado de su casa.

Recuerdo de Carolina: caminó de regreso a su casa, junto a su hijo, mirando por el rabillo del ojo. Cruzó el centro de la ciudad, llegó al mercado, lo atravesó, y por todo ese trayecto sintió que alguien la perseguía. Al día siguiente se dio cuenta de que la vendedora no guardó su secreto, y que incluso distribuyó su celular. Lo supo porque alguien marcó a su teléfono, y antes de que esa voz terminara de decir: “Al fin te encontramos, bicha hija de…”, ella aventó el aparato en un basurero del parque central. Carolina se movió a otro departamento, y luego cruzó, indocumentada, hacia Guatemala. No piensa regresar.

Caso 3: A Juan lo acaban de amenazar de muerte. Lo han amenazado sus propios sobrinos, que ahora “caminan” con la Mara Salvatrucha. Juan vive en una comunidad al occidente del país, y no sabe qué hacer con su vida. Entres sus alternativas todavía no contempla huir, porque dice que adonde quiera que vaya pasará lo mismo.

—Las pandillas están en todas partes. Tengo dos lugares adonde ir, pero en esos dos lugares también hay pandillas. A lo mismo voy a ir a dar -dice Juan.

—¿Y entonces qué piensa hacer?

—Esa es la cuestión. Yo no quiero perder todo lo que tengo acá, así que a lo mejor me toca defenderme por mis propios medios. Porque a uno, de pobre, ¿quién va a venir a prestarle ayuda?

***

El segundo refugio fue toda una molestia. La familia de Sabine se movió a la orilla de un río, porque 20 personas no pueden vivir sobre un camino vecinal, interrumpiendo el tráfico de vehículos más de dos días. Por eso al segundo día los hombres levantaron unas chozas con techos de aluminio encima de unas peñas gigantescas. No tenían agua para beber ni para lavar la ropa y la del río no daba consuelo porque estaba y sigue contaminada. No tenían en qué cocinar la comida porque todos los utensilios quedaron en la casa que dejaron en El Guaje. No tenían en dónde bañarse ni en dónde defecar, más que en un hueco pestilente que quedaba entre los peñones del río.

—Pasamos dos semanas serenándonos (a la intemperie)… Mire: sufrir así, esto no se le desea a nadie -dice Sabine.

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El tercer refugio es una champa protegida detrás de un portón de hierro largo y alto. Este pedazo de tierra que no es suyo, que nunca será suyo, era el parqueo de la casa de otra familia que les ha brindado cobijo.

En la sala hay un sillón largo, dos sillas de plástico y aquel televisor que Sabine logró rescatar en la huida de El Guaje. El sillón, las sillas plásticas, las láminas, la cocina de leña, la mesa del comedor, son cosas que ha tocado conseguirlas a base de sacrificios que Sabine y su madre no tenían contemplados. Aquí no hay trabajo para ninguna y les toca sobrevivir vendiendo pastelitos rellenos de papa y empanadas de plátano a sus vecinos, entre lo que se encuentran otras tres familias de refugiados de El Guaje.

La sobrina de Sabine, la hija de Remberto, el joven asesinado junto a otros cuatro pandilleros justo hace dos años, enciende el televisor. Están pasando la caricatura de Bob Esponja.

—¿Ustedes quieren regresar? -preguntamos.

—Por mí, yo quisiera estar en mi lugar otra vez, pero es imposible regresar. Las casas de nosotros ya están ocupadas por gente de los mismos pandilleros. Ellos se apoderaron de ese lugar -responde Sabine.

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En marzo de 2012, ocurrió un suceso inédito en El Salvador. El gobierno hizo un pacto con la pandilla Barrio 18 y la Mara Salvatrucha 13 que consistió en la reducción de los homicidios a cambio de traslados de los líderes de las pandillas de penales de máxima seguridad a cárceles con menores restricciones.

Los traslados de 30 líderes de las pandillas coincidieron con la reducción significativa de los homicidios. A un mes de la tregua y de esos traslados, los homicidios se desplomaron en un 59%, de 13.6 a 5.6 diarios. Reducción que para agosto de 2012 se mantiene. Si la tendencia sigue a lo largo del año, El Salvador se alejaría muchísimo de la tasa de muertes con la que cerró 2011 (alrededor de 70 homicidios por cada 100 mil habitantes), y que lo ubicaron como el segundo país más violento del mundo, solo superado por Honduras, que registró 82 homicidios por cada 100 mil habitantes.

El gobierno de El Salvador, encabezado por el presidente Mauricio Funes, niega la existencia de negociaciones del gobierno con las pandillas, pero desde entonces ha caído en una suerte de contradicciones al tiempo que se ha comprometido a buscar apoyos en los partidos políticos, la empresa privada y la sociedad para acabar de una vez por todas con la violencia entre las pandillas. Además, el mismo ministro de Seguridad, David Munguía Payés, ha dejado claro que el plan de conciliación entre las pandillas fue afinado en su despacho y con pleno conocimiento de Funes.

Oficialmente, lo que ha ocurrido en El Salvador es una tregua entre el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha respaldada con el apoyo logístico del gobierno.

Pico alto para El Salvador: después de años de violencia, hoy es tiempo de tregua entre las pandillas.

—¿La tregua no las anima para regresar a sus casas?

Comentario de Sabine: esa tregua es mentira y para nosotros no sabe a nada. Nadie revivirá a mis familiares muertos y nadie nos garantiza que podemos regresar, y estar sanas y salvas, en nuestro lugar de origen.

“¿Quién dijo miedo detrás de una palmera?”.
Dicho de los campesinos del Movimiento Unificado Campesino del Aguán (MUCA), Honduras.

Doris en el laberinto

A las 11 de la noche del 25 de diciembre de 2009, Doris Pérez se preparó para una emboscada. Se puso unos vaqueros, una camisa grande de hombre, de botones, cuadriculada, unas botas de hule y sobre el cabello castaño un gorro negro.

Cinco horas más tarde cargaba un machete en una mano. Avanzaba despacio y en silencio. Los rayos de la luna se colaban raquíticos hasta los senderos que separan a unas palmas africanas de otras palmas africanas. Gracias al follaje de las palmeras, elevado 25 metros, ella y el resto de campesinos eran sombras sigilosas que esquivaban como podían las ramas secas del camino. El menor ruido, cerca de la estación de guardias de seguridad, a la entrada de la finca, podía frustrar la misión.

En el Valle del Aguán, al noroeste de Tegucigalpa, Honduras, una plantación de palma africana puede convertirse en un laberinto sin paredes. Forma senderos interminables y desde cualquier punto evoca un espejo infinito: palmeras gigantescas, casi idénticas, alineadas una detrás de la otra, una a la par de la otra; cientos a la derecha, cientos a la izquierda y en diagonal… Un mar geométrico de árboles en el que solo los expertos saben entrar, salir, esconderse.

Doris no conocía ese laberinto pero no iba sola. Era una más entre el grupo de 100 usurpadores que avanzaban, decididos, para tomarse La Aurora, una de las plantaciones propiedad de la Exportadora del Atlántico, empresa de Miguel Facussé, uno de los hombres más poderosos de Honduras. La mayoría de los sigilosos invasores cargaba machetes y gorros como los de Doris. Unos pocos, los que lideraban la expedición, se cubrían además el rostro con pasamontañas. Esos cargaban armas de fuego.

El asalto fue rápido. “¡Ahí vienen los campesinos!”, gritó un guardia a lo lejos. Alguien disparó, otros respondieron y Doris se escondió detrás del tronco de una palmera. La División Nacional de Investigación Criminal (DNIC) en el municipio de Tocoa, departamento de Colón, insinúa que fueron los campesinos los primeros en apretar los gatillos. “Los campesinos amenazaron con armas de fuego”, escribió en un informe -elaborado año y medio después, en mayo de 2011- el jefe departamental de la división, Nelson Aguilera. Según los campesinos, ellos únicamente respondieron al fuego de los vigilantes. En el Bajo Aguán, las versiones sobre los enfrentamientos siempre están divididas.

De los hechos de aquella madrugada basta decir que había 25 guardias armados contra un centenar de campesinos. Los guardias huyeron serpenteando entre las palmeras. Cuando uno de los campesinos de la delantera descubrió la retirada, gritó: “¡Vencimos!” Doris también gritó, varias veces, mientras alzaba su machete, mientras brincaba, mientras se fundía en un abrazo con Geovany, el joven que venía a su lado: “¡Ganaron los campesinos! ¡Ganamos! ¡Que vivan los campesinos!”

***

El Valle del Aguán es una inmensa alfombra verde que atraviesa los municipios de Tocoa y Trujillo, en el Caribe hondureño. Es un paraíso agrícola en el que confluyen transnacionales como la Standard Fruit Company, con sus furgones planchando día y noche la Carretera Panamericana; poderosos terratenientes como Miguel Facussé, con más de 16 mil hectáreas de tierra; un ejército de guardias privados para custodiar la carretera y las fincas; y más de 3 mil campesinos pobres y sin tierras.

Hace tres años, en mayo de 2009, se expresaron aquí las profundas diferencias entre esos hombres y mujeres pobres y los terratenientes millonarios. En una revuelta pacífica y sorpresiva, un millar de campesinos ocuparon la planta El Chile, una de las procesadoras del aceite de palma africana de la Corporación Dinant, la empresa insignia de Miguel Facussé.

Esa toma generó pérdidas millonarias a Dinant, porque en un mundo con una creciente crisis energética los derivados del aceite de la palma africana generan cada día millones de dólares en ganancias. El aceite de palma es el cuarto producto de mayor exportación en Honduras, y en los últimos 10 años ha colocado al país en la lista de los 10 principales productores del mundo. Pero más allá de lo económico, se impone el valor simbólico de lo que ocurrió hace tres años: por segunda ocasión en una década, los campesinos de esta zona del país entonaban un mismo cántico revolucionario. Exigían más tierras para los pobres a costa de quitar tierras a los ricos.

Doris Pérez y el resto de los que participaron en aquella primera toma de 2009 y en las que la han seguido desde entonces, están inspirados por otros que en el año 2000 se tomaron por primera vez tierras en el Aguán. En aquel entonces, la región intentaba recuperarse de la devastación provocada por el Huracán Mitch de 1998, que dejó inundaciones, ríos revueltos, puentes destruidos, derrumbes y muerte. Más de un millón de damnificados, 5 mil fallecidos y 8 mil desaparecidos. Honduras, el país más afectado por el huracán, tenía hambre y frío. Entonces de todos los rincones del país, una masa de campesinos caminó hasta el Valle del Aguán, aquel que en otros tiempos había sido un edén de productividad agrícola, de empleo, de estabilidad, pero que para el nuevo siglo se había convertido en un intrincado sistema de compraventas, de cooperativas campesinas quebradas, estafadas, sobornadas. Todo eso lo sabían los campesinos, pero aún así las familias marcharon cargando machetes, una muda de ropa, animales de granja y niños. Decían que si la tierra alguna vez fue de los campesinos debía volver a manos de los campesinos. Decían que el Estado no los podía dejar morir de hambre. Se instalaron en las tierras del otrora Centro Regional de Entrenamiento Militar (CREM), el campamento en el que Estados Unidos entrenó en tácticas contrainsurgentes a los ejércitos de Centroamérica, hace más de 30 años, en los 80. Se instalaron y ya nunca se fueron. Luego de meses de negociaciones, los campesinos aceptaron asentarse en una porción de tierra lo suficientemente grande como para que ahora quepan ahí los cultivos, las edificaciones, y hasta la tercera generación de esos primeros colonizadores.

Los campesinos de 2009, autonombrados como el Movimiento Unificado Campesino del Aguán (MUCA) emularon aquellas tomas pero le agregaron un nuevo matiz: se armaron. El entonces presidente de Honduras, Manuel Zelaya, intentó reaccionar y diluir el movimiento aceptando sus motivos, negociando entregas parciales de tierras y prometiendo soluciones futuras, pero el golpe de Estado que lo derrocó en junio de 2009 truncó cualquier posible acuerdo.

El movimiento creció y se organizó. Para el primer semestre de 2010 eran 23 las plantaciones tomadas, en una operación que paralizó la producción en más de 20 mil hectáreas de tierra, el equivalente al área urbana de la capital del país, Tegucigalpa, o a casi cuatro veces la isla de Manhattan, en Nueva York. El 10 de diciembre, 200 campesinos se tomaron 950 hectáreas de la finca La Confianza; el 22 de diciembre cayó la finca San Isidro; en la madrugada del 26, Doris y sus compañeros se tomaron La Aurora; el 5 de enero de 2010 cayó la Finca Concepción…

El gobierno de Porfirio Lobo, electo a finales de 2009 e instalado el 27 de enero siguiente, se encontró con un fenómeno desbocado y ya no pudo hacer mucho. Las tomas siguieron. El nuevo presidente apenas alcanzó a colocarse como intermediario entre los campesinos y los terratenientes, encabezados por Miguel Facussé, dueño de 12 de las 23 fincas tomadas. La intermediación solo consiguió que los campesinos entregaran la mayoría de las tierras a sus actuales dueños y se instalaran en poco más de 4 mil hectáreas, a cambio de una promesa de compraventa, de remediciones y acciones jurídicas que definieran si era legal que un pequeño grupo de terratenientes tuviera tanta tierra en su poder. Así se desarrolló el conflicto: con el gobierno negociando con cada grupo por separado, y con los bandos enfrentados entendiéndose con las armas. Lo dicen los hechos. Lo dice el odio que ha crecido en estos tres años entre los dos bandos armados. Lo dicen los muertos que comenzó a cobrarse y que se sigue cobrando el conflicto del Bajo Aguán.

Como los tres guardias que en enero de 2010, cinco semanas después de la toma en la que participó Doris Pérez, regresaron a sus puestos de vigilancia en La Aurora creyendo que la Policía había desalojado a los usurpadores. Se encontraron con las armas de los campesinos, decididos a preservar a cualquier precio la tierra conquistada. Los tres fueron abatidos a balazos. Del lado de los campesinos no hubo ninguna baja. Las autoridades no realizaron capturas. Por ninguna de las más de 60 muertes que ha caudado la guerra por el Bajo Aguán hay capturas. Ni una sola. Los guardias, eso sí, han vengado a los suyos por la vía de las armas, en otros enfrentamientos, de otras maneras.

Zona de guerra

—¡Ahí van esos hijos de puta! ¡Sígalos, compa, sígalos!

Contagiados de la urgencia que hay en la voz de Vitalino, giro a toda velocidad el timón, damos media vuelta y enrumbamos de regreso a Tocoa. El pick up con el que nos acabamos de cruzar y que ha despertado la cacería desaparece en una curva. Aceleramos. 80 kilómetros por hora. Lo redescubrimos a lo lejos, en la recta de asfalto. En la cama del pick up van, parados, sujetos a un armazón de hierro, media docena de hombres. Algunos llevan pasamontañas. Van armados, pero por la distancia no sabemos si lo que cargan son escopetas, fusiles o -quién sabe- armas de juguete. Vitalino Álvarez, “El Chino”, el vocero del MUCA, que está sentado a mi lado y nos sigue animando a darles alcance, asegura que vio armas largas.

—¡Ahí llevan AK-47, compa! ¿No las vio? ¡Métale, compa! Métale para que les saquen la foto.

En el asiento trasero, el fotoperiodista alista su cámara. Los guardias bajan la velocidad cerca de la entrada a Tocoa, en un desvío en el que hay una gasolinera y que separa a la ciudad de las plantaciones. Entre Tocoa y las plantaciones de palma de Miguel Facussé hay 15 minutos en automóvil. La división entre lo urbano y lo rural es una nada.

Nos llevan 200 metros de ventaja cuando llegan al desvío y cruzan a la derecha. Vitalino, mi copiloto, sube el vidrio y se enrolla en el asiento. Perseguimos a los guardias de la finca San Isidro, la propiedad que colinda con el asentamiento campesino de La Confianza y con la finca La Aurora. Esta zona de plantaciones es como un rombo en el que en cada esquina hay hombres armados. Los guardias controlan una de las cuatro partes del territorio en disputa. Los campesinos las otras tres.

Los encapuchados giran a la derecha y se meten en una calle de tierra, paralela a la Carretera Panamericana. Vitalino grita:

—¡Siga recto, compa! ¡Ahí ya no nos metamos! ¡Esa es zona caliente!

Apenas y asoma los ojos chinos por la ventana, mientras los guardias se alejan, escoltados por una nube de polvo. No hemos tenido oportunidad de fotografiarlos. Damos media vuelta, ya despacio, y emprendemos el camino original hacia La Confianza. Vitalino no sale del caparazón en el que convirtió el asiento de copiloto hasta que retomamos la Carretera Panamericana. Son las 6:30 de la mañana. Es martes 29 de mayo de 2012 y faltan dos días para que venza un ultimátum que lanzó el terrateniente Miguel Facussé.

Han pasado tres años desde las primeras tomas en el Bajo Aguán y el gobierno no ha resuelto nada. Aquí todavía suenan las balas y caen los cuerpos. La lista de asesinados supera, repito, los 60. La mayoría de las bajas son del lado campesino. Las autoridades no han hecho, repito, ni una sola detención. El terrateniente dijo hace dos semanas que los campesinos tienen que desocupar las 4 mil hectáreas en las que se replegaron mientras esperan que el gobierno haga algo que convenza a todos, que deje satisfechos a todos. Pero en estos días nadie entiende, ni siquiera el gobierno, por qué el terrateniente tiene tanta prisa. Los campesinos han respondido que de esta tierra solo los sacan muertos.

Por fin atravesamos La Confianza, el asentamiento campesino más organizado del Bajo Aguán, y nos topamos con la cerca que separa la finca San Isidro de las tierras a las que las gentes del MUCA llaman con mística revolucionaria “territorio liberado”. La calle se convierte en una T que surca un océano de palmeras. Si vamos hacia la izquierda, nos explica Vitalino, daríamos con la misma “zona caliente” donde se metieron los guardias que perseguíamos. Ahí no entra nadie, dice. A la derecha está el sector de Sinaloa, con las instalaciones del Instituto Nacional Agrario (INA) y el camino hacia la finca La Aurora, ambas en manos de los campesinos. Enfrente, 50 metros detrás de la cerca que protege la finca San Isidro, sobresale una barricada.

Es un muro de sacos de arena levantado debajo de las palmeras. Parece que no hay nadie, pero igual nos sentimos observados. Tomamos fotos. Esta es “zona caliente”, tierra de sospechas, de paranoias. Enfrente tenemos el territorio que ocupan los hombres de Facussé.

Vitalino nos invita a un café en un chalé ubicado en medio de los dos territorios enemigos. Bromeamos con que este lugar fue la Casablanca del Bajo Aguán, como en la película. Aquí, hace solo un año, guardias y campesinos coincidían a la hora del almuerzo. Hoy se han acumulado demasiados odios como para que eso se repita. Aquí, en este Rick’s centroamericano, mientras su dueña prepara huevos fritos, calienta el café y hornea las tortillas, Vitalino nos cuenta de una campesina aguerrida, una líder del movimiento. Nos habla de Doris Pérez.

***

A las 6 de la mañana del 5 de junio de 2011, Doris Pérez preparó cinco pollos que comerían su familia y sus amigos más tarde, en el almuerzo. Primero les torció el pescuezo. Luego los desplumó. Por último, les sacó las entrañas.

Terminando estaba con el último animal cuando unos jóvenes le advirtieron que los guardias de la finca San Isidro hacían “una gran disparazón”. “Ahí que se maten ellos, nosotros no les estamos haciendo nada”, respondió ella. Los jóvenes le dijeron que por atenida le podía ir mal, y se marcharon.

Media hora más tarde, cinco mujeres pasaron junto a Doris corriendo, espantadas. Cuando, intrigada, fue a ver qué pasaba al otro lado de la casa, que alguna vez funcionó como oficina gubernamental, a Doris se le aguadaron las piernas. Un grupo de guardias armados cruzaba la calle de tierra y estaba a punto de entrar al INA, el sector ocupado por los campesinos en el que desde un año antes vivía Doris. A gatas se metió a la casa y encontró a tres de sus cuatro hijos escondidos debajo de una cama. La mayor, de 11 años, que ya no cupo en el hueco, le dijo: “¡Hoy nos matan, mamita!”. Ambas se tiraron al suelo cuando la casa fue barrida por los disparos.

Pasaron unos minutos hasta que el silencio que suele seguir a las balas logró convencer a Doris de que era hora de escapar. Uno de los pasillos internos de la casa conducía al patio, donde quedaron unos pollos sin plumas, encima de una pila. Ahí reunió a los niños, que temblaban, y les dijo: “Primero Dios no nos pasa nada, pero tenemos que correr con todas nuestras fuerzas”. Les ordenó desfilar uno detrás del otro, lo más recto posible. Doris imaginaba que si corrían en grupo serían un blanco fácil. No habían avanzado ni 10 metros cuando le dieron la razón los zumbidos de los disparos que caían a los lados de la fila, que zigzagueaba entre los arbustos.

Cerca de la salida de la propiedad encontraron apretujadas, asustadas, congeladas, a las mismas que huyeron cuando inició el ataque. “¡Levántense, que ahí vienen los guardias!”

Y entonces Doris sintió el balazo.

Todavía siguió corriendo junto a sus hijos por unos minutos, hasta que uno de sus compas, que acudía en auxilio de quienes huían en desbandada, se le echó encima y la aventó al suelo. “¡Cuidado, muchacha!”, le dijo, antes de que ambos rodaran en la tierra, antes de que una bala zumbara justo donde ella estaba parada. Ese hombre, cree ella, le terminó de salvar la vida. El compa se levantó, tomó su fusil y se fue a repeler a los guardias. Antes de irse, le dijo a otro que auxiliara a Doris, gravemente herida. Solo entonces Doris se tocó el vientre y se manchó con su propia sangre; solo entonces se dio permiso para ser débil. Sintió algo ácido en el estómago y vomitó.

La bala había atravesado el celular que cargaba en la cintura, sostenido por unos apretados vaqueros, y se le había alojado en las entrañas. Ella cree que esa costumbre de cargar ahí los celulares le permitió sobrevivir. Ahí carga ahora su nuevo celular, cubriendo la cicatriz del disparo. “Imagínese me agarran de nuevo”, dice Doris Pérez.

***

Los guardias de los terratenientes tienen bien ganada mala fama entre los campesinos y entre oenegés que velan por los derechos humanos en Honduras. En la semana del ultimátum de Miguel Facussé un grupo de estas oenegés instauró en Tocoa un juicio simbólico en el que se recogieron más de 15 testimonios que hablan de asesinatos, maltratos, desapariciones, persecuciones a manos de esos guardias. Asistieron cientos de habitantes de las comunidades de la zona y de los asentamientos del MUCA. En la mesa de honor lograron sentar a un representante de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA.

Nadie contó el caso de Carmela Chacón. El 15 de mayo de 2011, los guardias de la finca San Isidro secuestraron a Pascual López, su cuñado. Pascual, de 45 años, le cuidaba unas vacas a Carmela en un pastizal ubicado al extremo norte de la finca, que linda con otro asentamiento de campesinos llamado Rigores. Cuando los guardias lo vieron, le dispararon en una pierna y luego lo arrastraron hacia el laberinto de las palmeras. Todo esto ocurrió frente a los ojos de Jaime, un niño de 12 años que acompañaba a Pascual aquella tarde. Será porque iba al otro lado del rebaño, cubierto por una docena de vacas, pero no vieron a Jaime, que cuando escuchó los disparos se escondió detrás de unos matorrales. Un año después, el niño no logra sacarse de la cabeza aquella imagen: un hombre arrastrado hacia una plantación mientras grita que lo suelten, que le den auxilio. Pascual, a la fecha, no aparece. Su cuñada, cuando lo recuerda, todavía llora.

Cuando inició el conflicto, los principales periódicos de Honduras, el gobierno y buena parte de la sociedad, cuando hablaban de la guerra en el Bajo Aguán se referían únicamente al terror que provocaban los “campesinos guerrilleros”. La violencia ejercida por el ejército de guardias armados que custodian las fincas de los terratenientes no encontraban espacio en ninguna portada ni en ningún discurso gubernamental. Si se pregunta a las autoridades, casi siempre dicen que los guardias actuaron en legítima defensa. Tuvieron que pasar tres años, y más de 60 muertos, la mayoría campesinos, para que los campesinos dejaran de ser víctimas de “la violencia” -así, en abstracto- de un país devorado por la delincuencia y con la medalla de tener la tasa de homicidios más alta del mundo. Ahora los periódicos comenzaron a preguntarse quién asesina a los campesinos del Aguán y a pedir reacciones a la Corporación Dinant, a la que los campesinos acusan de ordenar la mayoría de asesinatos. Dinant se lava las manos. Le reclama al gobierno porque no logra poner orden en la zona. Hoy que le toca responder, cuando un campesino cae muerto o desaparece, la empresa de Facussé responde que no se dedica a la eliminación sistemática de personas.

Los familiares de estos campesinos no creen a Dinant.

Yamileth Valle es una de las que desconfía. A mediados de marzo de 2012, dos fiscales del municipio de Trujillo ingresaron al recién inaugurado cementerio del asentamiento campesino en La Confianza. Pretendían exhumar un cadáver, pero no pudieron iniciar la excavación porque Yamileth Valle, de 16 años, estaba sentada sobre la tumba recién sellada y no quería levantarse. Tenía una mirada furiosa, en la mano derecha una piedra, y alrededor de los pies otra docena. Yamileth desafió a los fiscales a que intentaran desenterrar a su padre, Matías Valle, asesinado un mes antes, pero les advirtió que con las piedras apuntaba a la cabeza. Los fiscales no lo intentaron demasiado.

Yamileth desconfiaba de los fiscales. Ni siquiera creía que fueran fiscales. Aún hoy no tiene cómo comprobarlo, pero en el conflicto del Bajo Aguán casi nadie trata de confirmar sus sospechas. Aquel día, Yamileth temía que esos hombres estuvieran del lado de los asesinos de su padre, uno de los máximos líderes del MUCA. Desde el día del asesinato, los rumores decían que los sicarios que lo mataron no podían cobrar su pago porque les pedían la cabeza de Matías Valle como prueba para cobrar la recompensa.

Matías Valle se había convertido en los últimos años en uno de los principales promotores de la lucha campesina en el Bajo Aguán. Exsoldado, se convirtió a la causa campesina después de asistir a algunas asambleas que el MUCA organizó en su comunidad, ubicada muy cerca de una de las fincas de Miguel Facussé. Al principio, Valle llegaba a escuchar, pero pronto comenzó a hacer oír su voz y se acabó por convertir en el enlace de los campesinos del Aguán con las organizaciones campesinas del resto del país. Él fue el principal organizador de la revuelta pacífica que culminó con la toma de la planta extractora de aceite de palma de la Corporación Dinant en mayo de 2009. La primera toma campesina, la que dio inicio al conflicto armado entre los campesinos pobres y los guardias de los terratenientes.

La identidad del hombre que ordenó la muerte de Matías Valle quizá sea, para siempre, un misterio sin resolver. Yamileth da por hecho que los gatilleros eran hombres de Miguel Facussé. En la mañana en que fue asesinado, Valle esperaba un autobús en una parada cuando dos sicarios, en moto, lo acribillaron. Tres de los disparos le entraron en el tórax. Matías Valle quedó tendido sobre un piso de tierra, con los ojos completamente cerrados, frente a unas cajas de cervezas y gaseosas llenas de botellas vacías.

Lo velaron en su comunidad, y en la noche de la vela un amigo corrió el rumor de que los sicarios, guardias de una de las fincas, necesitaban cortarle la cabeza al cadáver para cobrar por el trabajo. Por eso en el cementerio de Quebradas de Arena se abrió un nicho para un cuerpo que nunca se enterraría. La familia decidió hacerlo en otra comunidad llamada Suyapa, pero el rumor también los alcanzó hasta allí. Matías Valle fue enterrado en los terrenos de La Confianza porque es zona liberada y los policías y fiscales saben que no pueden llegar hasta allí sin bajar los vidrios de los autos y, sobre todo, sin permiso del MUCA. La tumba fue cavada debajo de unas palmas africanas.

El sueño del guerrillero

Si no hubiera tanto en juego, las muertes en el Bajo Aguán quizá hubieran significado poca cosa en Honduras, el país más violento del mundo. Su tasa de homicidios para 2011 fue de 82 por cada 100 mil habitantes, y diluidos en esas cifras los asesinatos por este conflicto bien podrían pasar inadvertidos. Pero lo que ocurre aquí importa. Están en juego millones de dólares representados por miles de hectáreas agrícolas cultivadas con palma africana. Y está en juego un proyecto político.

En 2009 se expresaron aquí las profundas diferencias entre Manuel Zelaya, un presidente que se salió del molde de las élites hondureñas, y la poderosa clase empresarial del país. Es curioso que para entender el conflicto del Bajo Aguán haya que revisar el papel de un antiguo terrateniente convertido en político y derrocado con un golpe de Estado.

En junio de 2009 Zelaya, un finquero hijo de finqueros de la región ganadera de Olancho, había dado la espalda al ala tradicional del Partido Liberal, que lo llevó a la presidencia, y se había convertido en aliado del presidente venezolano Hugo Chávez. También se había revelado como un defensor populista de las causas campesinas en Honduras. El 17 de junio de 2009, en una reunión con un millar de campesinos del Bajo Aguán, realizada en la ciudad de Tocoa, Zelaya lanzó una bomba para el sector político empresarial del país: prometió remedir las tierras de los terratenientes y entregar los excedentes que estuvieran fuera de la ley, junto a otras tierras ociosas, a unos 100 mil campesinos que reclamaban suelo cultivable. Los líderes del MUCA que participaron en la firma de ese acuerdo no pudieron ser más felices. Zelaya movió hilos en el Congreso y aprobó el decreto que haría realidad sus promesas. El conflicto del Bajo Aguán parecía solucionado. Pero la alegría campesina duraría muy poco. 11 días después de esa promesa, el domingo 28 de junio de ese mismo año, el ejército, tras conspirar con la élite económica del país y con la mayoría del Congreso, sacó a Zelaya de su casa en plena madrugada y lo subió a un avión con destino a Costa Rica. Allá llegó exiliado el presidente derrocado. Allá se bajó de un avión, vestido en pijamas.

“Eso nos hizo entender que había que actuar por la fuerza, dado que el sistema estaba colapsado. No había otra salida”, dice hoy Jhony Rivas, uno de los líderes políticos del MUCA y el negociador en la mesa del gobierno de Porfirio Lobo, que tres años después todavía intenta solucionar el conflicto.

¿Qué pasó en el Bajo Aguán tras el golpe? Hasta agosto de 2009, dos meses después del golpe, los campesinos no hicieron nada. Se sumaron al Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP), un movimiento que abrazaba a un sinnúmero de gremios, oenegés y asociaciones que van desde defensores de derechos humanos, maestros, sindicalistas, estudiantes, obreros, políticos y campesinos opuestos al golpe de Estado. El FNRP era una nueva izquierda visible, y quería el regreso de Zelaya. Para agosto de 2009 ya era evidente que no lo lograría. Entonces los campesinos se decidieron a actuar.

“Si algo estalla, va a estallar en el Bajo Aguán. Allá hay comunidades entrenadas, comunidades con armas”, nos dijo aquel agosto un activista beligerante del FNRP en Tegucigalpa. Este activista, en esa época, era uno de los encargados del sistema de comunicaciones, tenía contactos con la mayoría de líderes de esa resistencia.

Tres años después, en el Bajo Aguán hay una guerra entre dos frentes: los campesinos y los guardias de los terratenientes, y el Estado es apenas un testigo silencioso de lo que aquí está ocurriendo.

En septiembre de 2011 el general René Osorio, jefe de las Fuerzas Armadas hondureñas, calificó de “guerrilla” a uno de los bandos en esta guerra. Se refería a los campesinos.

***

Atardece en el Bajó Aguán, a la redonda todo se ha pintado gris y se aproxima una tormenta. La anuncia una llovizna que humedece la frente de Vitalino Álvarez, “El Chino”, el hombre con el que estuvimos persiguiendo a un pick up lleno de guardias. Recién cruzamos la caseta de control de la entrada principal y un hombre con pistola al cinto y un fusil en la mano le pregunta a Vitalino quiénes somos. Se lo pregunta con un semblante serio, con desconfianza. “Vienen conmigo, compa. Vienen a conocer el asentamiento”, explica Vitalino. El equipo de seguridad tiene todas las alertas encendidas.

Entramos a La Confianza y desde decenas de ranchos de manaca (como se llama aquí a las chozas hechas con ramas de palma africana unidas con nailon y recubiertas con barro) hombres, mujeres y niños nos observan curiosos. Los campesinos han soñado con que esto algún día se convierta en una bonita colonia. Las calles ya están trazadas, hay una escuela con techos de lámina, un templo católico, uno evangélico, los cimientos de una casa comunal y el pasto para una cancha de fútbol. El dinero para todo esto ha salido de la venta de la fruta de la palma africana que los campesinos han cosechado en las fincas tomadas. Los líderes del MUCA estiman que solo en 2011 lograron un producción de 114 millones de lempiras (alrededor de 6 millones de dólares). La administración de estos fondos recae en una asamblea comunitaria. Los del MUCA se han convertido en millonarios, por decirlo de alguna manera. En la tierra ocupada dan empleo a cientos de familias y con los beneficios pagan salarios que rondan los mil 300 lempiras semanales (68 dólares) por ocho horas de trabajo. Comparando con los 38 dólares semanales que ganaban trabajando para los terratenientes en estas mismas fincas, con jornadas que superaban las 12 horas diarias, los campesinos dicen sentirse satisfechos.

El MUCA asegura que el pago de salarios consumió el 60% de lo que el movimiento ganó en 2011. El resto lo invirtieron en seguir edificando La Confianza y en el mantenimiento de la organización. Y el mantenimiento de la organización incluye la compra de armas. En lo que va de conflicto, la Policía ha recogido rumores sobre las armas de los campesinos a lo largo y ancho del caudal del río Aguán. Solo rumores, porque armas de guerra no ha pescado ninguna. Esos rumores dicen que las AK-47 están escondidas en el follaje de las palmeras oenterradas a la orilla del río o en cajas, debajo de las chozas en los asentamientos… Hay fotografías que alimentan esos rumores: hace dos años, un fotógrafo de La Prensa captó la imagen de un grupo de encapuchados que cargaban lo que se presume eran unos fusiles de guerra.

Más rumores. Un periodista de la Resistencia Nacional, que nunca publica nada con su nombre real, que viaja por todo el país para monitorear cómo se está moviendo la Resistencia, invita a creerle y a no creerle cuando habla de los secretos del Aguán. “En una de las zonas tomadas hay un campo de entrenamiento militar, pero como nunca los dejarán llegar hasta ahí, y como el periodismo vive de confirmaciones, esto que les cuento no les sirve de nada”.

Lo cierto es que en La Confianza hoy Vitalino carga en la cabeza una gorra; en la espalda una mochila; y en la cintura, por debajo de la camisa, una pistola nueve milímetros. “Está en regla”, dice. Es decir, que es un arma legal, registrada a su nombre. Con la pistola se protege cuando sale del perímetro custodiado por el equipo de seguridad, porque el vocero del MUCA, dice, no puede andar desarmado cuando viaja a otros lugares. “Los compas me lo han exigido”. Los compas se la han comprado. Luego nos pide que no hablemos de las otras armas, que no fotografiemos las otras armas, que no escribamos de las otras armas.

Vitalino no es campesino. Al menos no un campesino que cultive palma africana. Es un activista político que antes del golpe de Estado trabajaba en la construcción y administraba una pequeña tienda. Ahora trabaja a tiempo completo como vocero del MUCA y enlace del movimiento con la prensa nacional e internacional. “¡Hasta la victoria siempre!”, se lee en su tarjeta de presentación. Vitalino ha sido político siempre. Es un sobreviviente de la década más represiva de un país que aniquiló, en los 80, todos los intentos de la izquierda de acabar por las armas con “los opresores” de este país. En Honduras hubo un intento de formar una guerrilla, como la de El Salvador, como la de Nicaragua, como la de Guatemala, pero fracasó. Vitalino sueña ahora con una segunda oportunidad.

En aquella época hubo dos famosas células guerrilleras ligadas al Partido Comunista de Honduras: las Fuerzas Populares de Liberación “Lorenzo Zelaya”, y los Cinchoneros. A los integrantes de la primera los llamaban “Lenchos”, en honor al pionero de las luchas campesinas, asesinado en 1935. Los de la segunda le deben su nombre a Serapio Romero, un campesino que vivía de hacer cinchos y correas para caballos. Hace un siglo y medio, Romero lideró una revuelta en contra del presidente de turno, fue capturado y murió decapitado, por orden judicial, el 20 de julio de 1868.

—A una de esas células pertenecía, pero no les voy a decir a cuál –dice Vitalino, mientras tomamos gaseosas al pie del rancho que comparte con su pareja, una morena de pelos rizados y labios gruesos. En una esquina del solar que ocupa en La Confianza, Vitalino tiene una letrina, y la puerta de lámina de la letrina está recubierta por una llamativa bandera de Estados Unidos. “Es que el imperio se ha cagado tanto en nuestros pueblos, compa, que hay que jugarle una broma”, dice Vitalino, mientras ríe con los dientes completamente pelados. Según él, en algo tiene uno que pensar mientras caga.

***

A Vitalino no le gusta revelar muchos secretos. No es originario del Bajo Aguán. Su verdadera residencia está a siete horas de camino, en otro departamento. Allá viven sus hijos y la madre de sus hijos. “Aquí está mi otra familia. Aquella ya la formé, ya camina sola. Ahora aquí me necesitan más”, dice. A su modo, Vitalino protege a los suyos, intercede por los suyos. Y ellos se lo agradecen.

“¡Chino! ¡Chino!”, grita una niña pelirrubia que nos sale al paso, con los brazos abiertos, bajo la llovizna. Seguimos recorriendo La Confianza y la niña prácticamente se cuelga de Vitalino, que la carga y la abraza mientras hace de guía en esta utopía de comunidad autorregulada. “El robo y el hurto comprobado se sanciona con tres veces el valor de lo robado, y se anotará en el expediente personal del compañero sancionado. Att. Junta de Disciplina y Vigilancia”, se lee en un rótulo colgado en la puerta de la administración de la comunidad.

Avanzamos. Un niño chapotea casi desnudo en una poza que se ha formada en la calle de tierra. Vitalino se molesta. Hay visita -nosotros- y quiere que todo brille en el asentamiento estrella del MUCA y un niño careto, con los calzones llenos de lodo, rompe con la estampa. Le grita a la mamá del niño y le hace señas. Se lo llevan. “¿Quieren ver la quesera?”, nos pregunta Vitalino, mientras la madre y el niño se escabullen dentro de una champa. “Eso que ven allá, al fondo, es el bulevar. Ya casi está terminado”. En una ancha avenida de tierra, una docena de lámparas formadas en línea recta esperan a que llegue el cemento.

Una reportera de la televisión local, del municipio de Tocoa, se entretiene entrevistando a la niña pelirrubia de siete años, ojos vivaces y pestañas colochas.

—¿Qué querés ser cuando seas grande? –le pregunta.
—Una socia de la cooperativa porque aquí vivo muy bien –contesta la niña, risueña pero apenada, moviendo los pies, apretándose los dedos, mirando hacia el suelo barroso.

Vitalino, complacido, sonríe. “Estos niños ya saben lo que significan las siglas del MUCA. Desde pequeños los vamos preparando”, nos dice. En las escuelas de los asentamientos, además de enseñarles a sumar y a restar, a los niños les inculcan la historia y los valores del movimiento campesino.

La reportera entrevista a Vitalino. “(…) Esta es una lucha que nunca vamos a dar por perdida”, alcanzamos a escuchar, mientras nos concentramos en la pelirrubia que ahora juega sobre un montículo de arena.

—¿Qué es el MUCA? ¿Qué significa? –le preguntamos.

La niña levanta el dedo índice y gira 360 grados, al tiempo que responde, risueña, con la mirada perdida en algún punto del asentamiento, que desde aquí luce inmenso:

—Todo esto es MUCA.

***

Son las 2 de la tarde y en el Bajo Aguán el calor provoca sudores a un millar de campesinos que rodean al ministro de Agricultura, César Ham. Ham es un ingeniero agrónomo de la Universidad Nacional de Honduras que con el tiempo se convirtió en burócrata y en uno de los líderes del partido de centroizquierda Unión Democrática (UD). Cuando derrocaron a Manuel Zelaya fue uno de los principales opositores al golpe y al gobierno de facto de Roberto Michelletti, pero no renunció a participar como candidato a la presidencia por UD en las elecciones que ganó Porfirio Lobo. El FNRP no se lo perdona. Le acusan de legitimar el proceso electoral y con ello al gobierno de facto. Peor fue cuando Ham aceptó integrar el “gobierno de unidad” que Lobo instauró, y se convirtió desde 2010 en ministro de Agricultura. A él le ha correspondido actuar como mediador en el conflicto de tierras en el Aguán. Sin resultados hasta el momento.

Ham es un hombre recio y desconfiado. No confía en los campesinos y tampoco confía en los guardias de Miguel Facussé. Hace dos horas entró al INA, el lugar en el que casi perdió la vida Doris Pérez, custodiado por un convoy militar compuesto por tres vehículos Humvee armados con metralletas M-60. Cuando entraron, los soldados apuntaron hacia los campesinos con sus armas. Un grupo compuesto por unos 30 campesinos respondieron apuntándoles con sus celulares. Decían que había que registrar en fotografías esa “intimidación”. Los soldados se retiraron del lugar, y se parquearon frente a la finca San Isidro, sin dejar de apuntar con sus metralletas. La reunión está por terminar y los soldados siguen patrullando el perímetro.

Ham ha venido para dar otro ultimátum a los campesinos: o firman un acuerdo de compraventa con el gobierno y asumen un préstamo con bajos intereses para pagar con él las tierras ocupadas a Miguel Facussé, o serán desalojados. “Es ahora o nunca, compañeros, tienen que firmar”, dice el ministro Ham. Le responde el silencio. Los campesinos no entienden por qué el gobierno se ha contagiado con la prisa del terrateniente.

Antes de que se retire, una campesina increpa al ministro:

—¿Por qué nos llama compañeros, si mire cómo nos viene a visitar: presionándonos, intimidándonos con esos hombres y esas armas?
—Compañeros, a mí me hubiera gustado ir a la finca La Aurora para reunirme allá con ustedes, pero es que no nos engañemos: esta zona es caliente allá y acá, y uno solo quiere ser precavido.

Ham se monta en su camioneta, y atraviesa La Confianza para buscar la Carretera Panamericana. Ni un ministro custodiado con tres Humvees se atreve a tomar el camino que corre a lo largo de la finca San Isidro, la zona caliente. En esta zona hay que ser precavidos.

***

El ministro se fue hace 10 minutos y nosotros queremos conocer a los famosos guardias del terrateniente. La guerra del Aguán se ha cobrado ya una docena de bajas de su lado y ellos también tendrán algo que decir. Pese a las advertencias de Vitalino Álvarez y a la precaución del mismo César Ham, decidimos que es ahora o nunca, así que tomamos la calle de la zona caliente y la atravesamos. Avanzamos a 10 kilómetros por hora. Desde ambos lados de la calle, el laberinto de palmeras africanas nos vigila.

A los pocos minutos los vemos. Serán unos ocho o 10. Quizá una docena. No hay tiempo para contarlos. Unos están sentados en una especie de banca y otros están parados. Parecen posar para una foto de postal, con el paisaje de las palmeras al fondo. Portan armas. Parecen escopetas. A su alrededor hay pichingas de agua. El grupo es una mancha azul turquesa en medio del negro de las sombras de las palmeras y del verde del follaje. De un inconfundible azul chillón es la camisa de su uniforme.

Vamos a detenernos. Levantamos la mano para saludar. Ellos nos han visto llegar y ahora nos pueden distinguir a través de la ventana abierta del copiloto. Es entonces cuando escuchamos un disparo. ¿Un disparo? En esta zona hay que ser precavidos, ya lo dijo el ministro, así que para efectos prácticos ese tronido fue un disparo. Aceleramos. Las llantas traseras se barren. ¿Se barrieron? Nos perdemos delante de una nube de polvo. ¿La levantamos?

Un día después, le narramos lo sucedido al jefe policial del municipio de Tocoa, Daniel Reyes.

—¿Un arma con silenciador? Tal vez un disparo a la tierra. ¿50 metros? ¿Dice que había palmeras? El sonido pudo ahogarse entre las palmeras… Pero mire, déjeme decirle algo… Eso que hicieron es una imprudencia. ¡Si ni nosotros vamos por esa ruta! Y si vamos nos coordinamos primero con ellos. ¿Es qué don Vitalino no les advirtió que esa es zona caliente?

En ese camino, en esa zona caliente, el 15 de agosto de 2011 cinco personas fueron asesinadas. Tres hombres y dos mujeres. Recién habían salido de las instalaciones ocupadas del INA. Nadie sabe por qué tomaron la calle de la zona caliente. Nadie les dijo que debían ser precavidos. Lo cierto es que un pick up los interceptó y desde el pick up los acribillaron. Cuatro de los asesinados eran empleados de la embotelladora Pepsi, que venían de pintar unas vallas publicitarias. La quinta era la dueña del negocio favorecido con la publicidad de esa compañía. Por esta masacre no hay ningún sospechoso, mucho menos algún capturado. Ya hemos dicho que por las muertes en el Aguán no hay nadie detenido. Nadie.

Tres días más tarde, en Tegucigalpa, le narramos lo mismo al gerente financiero de la Corporación Dinant, Roger Pineda.

—Honestamente no sé qué decirle. La verdad es que los nervios están crispados. No se justifica, pero (los guardias) deben tener una paranoia, sobre todo cuando ven gente extraña. Bueno, ustedes lograron captar la esencia del ambiente que está ahí, ¿no?

El terrateniente padece dolores de espalda

A juzgar por una foto colgada en el lobby de su oficina en la ciudad de Tegucigalpa, en la que se le ve con una banda azul cruzándole el pecho, uno pensaría que Miguel Facussé Barjum es el presidente de Honduras y está pasado de años. Por las fotos que hay en un taburete de su oficina, sin embargo, el terrateniente es un abuelo canoso, bonachón y sonriente. Y por el aparato de masajes dispuesto frente al ventanal, en el que se somete a dos sesiones diarias de terapia, Facussé es un anciano de 85 años que debe inclinarse mucho, boca arriba, para intentar sosegar sus fuertes achaques en la espalda.

Facussé es todo eso y más. Es uno de los empresarios más poderosos de Honduras y sus detractores dicen que es pieza clave para poner y quitar presidentes en su país. Su influencia se extiende por todo el istmo centroamericano, donde su empresa, Corporación Dinant, tiene fuertes inversiones. Inunda las cocinas -y los anuncios en televisión- con el popular aceite vegetal “Mazola” y las pastas marca “Issima”. En las tiendas y supermercados introdujo la marca “Yummies”, especializada en las tajaditas de plátano “Zambos”, en los palitos de papa “Zibas”, y en los aros de cebolla “Taco”. Las inversiones de Facussé inclusive saltan hasta México, al Norte; y Colombia, al Sur. El 4 de mayo de 2011, un fan escribió en la página de Facebook de la compañía: “Grande el Zar de las marcas”. Dinant produce y exporta snacks, jabones, lejías, pastas y aceite de palma. También ha invertido con éxito en biogás, biodiésel y biomasa. Todo esto último gracias a la palma africana.

A Facussé en las esferas políticas de Honduras todavía lo llaman “Tío Mike”, un mote que cobró relevancia cuando su sobrino, Carlos Flores Facussé, gobernó el país entre 1998 y 2002. Pero para los campesinos del Bajo Aguán este empresario es “el terrateniente”. El mote tiene un asidero lógico: según Dinant, antes de las tomas Facussé tenía en Honduras 16 mil hectáreas destinadas al cultivo de palma africana. Eso sin contar las propiedades que aseguran poseer en Nicaragua. El mote también lleva un dejo de rencor que asoma en la voz de los campesinos cada vez que hablan del conflicto: ¿De quién son esas tierras? “Del terrateniente”. ¿A dónde trabajaba antes de ingresar al MUCA? “En la palma del terrateniente”. ¿Quién mató a su esposo? “Los guardias del terrateniente”. ¿Por qué no denunció el asesinato? “Porque la Policía está con el terrateniente”.

En su oficina hay otros dos objetos que lo perfilan: un cuadro pequeño, con un dibujo a grafito, en el que sobresale orgullosa una palma africana, y una avioneta a escala que reposa sobre un archivero, al lado del escritorio. “¡Le fascinan!”, dice Anabela, su asistente en los últimos 25 años. En Honduras dicen que Facussé suele poner a disposición de los presidentes y de la élite política centroamericana sus avionetas. También hay quienes dicen que muchas de esas avionetas aterrizan con fines sospechosos en las plantaciones de palma del terrateniente. Sobre todo después de que la organización WikiLeaks revelara en 2011 algunos cientos de cables confidenciales de la embajada de Estados Unidos en Honduras.

En uno de esos cables, fechado el 4 de marzo de 2004, la embajada reporta el aterrizaje, descarga y posterior destrucción de una narcoavioneta en una finca de Facussé, ubicada en el municipio de Trujillo.

En el conflicto del Bajo Aguán, el narcotráfico ocupa un papel importante. Según el ejército, gracias a los narcos los campesinos se han armado hasta los dientes. Según los campesinos, algunos de los enfrentamientos en los que han muerto guardias e incluso policías han sido en realidad revueltas entre narcotraficantes y guardias o policías que se les enfrentan. Lo único cierto es que se ha comprobado que los narcotraficantes utilizan las fincas más cercanas al mar Caribe para aterrizar sus avionetas o descargar narcolanchas. Lo único seguro es que esta región está dominada por el narcotráfico.

Según el mismo cable develado por WikiLeaks, en marzo de 2004 fue el mismo Miguel Facussé quien reportó a las autoridades que una narcoavioneta fue derribada por los guardias cuando sobrevolaba su finca. Al margen de las diferentes versiones que la embajada norteamericana recogió sobre el suceso, el entonces embajador Larry Palmer cerró el cable considerando “de mucho interés” el hecho de que en los 15 meses previos al reporte otros cargamentos de droga habían tratado de desembarcar en esa misma propiedad de Miguel Facussé:

“In July 2003, a go-fast boat crashed into a sea wall on the same property and engaged in a firefight with National Police forces. Two known drug traffickers were arrested in this incident and 420 kilos of cocaine were recovered. Earlier in the year, another air track terminated at the same property and appeared to have used the same airstrip”.

***

Es lunes 4 de junio de 2012. El plazo para que los campesinos firmen con Facussé un acuerdo de compra o desalojen las tierras se ha vencido, y aunque la Policía ya recibió las órdenes de desalojo, por instrucciones del gobierno no han actuado y dan un compás de espera. El MUCA, acorralado, ha anunciado que firmará el acuerdo y comprará las tierras usurpadas. En la sede de Corporación Dinant, un complejo de oficinas situado en una loma, en el centro de Tegucigalpa, nadie está celebrando nada. Facussé no está en casa. Pese a la promesa de su equipo de relaciones públicas, el empresario designa a otro para que hable en su lugar: el gerente financiero, Roger Pineda. Al terrateniente no le gusta hablar con la prensa.

Pineda es un ingeniero agrónomo, experto en banca, que lleva 16 años trabajando para Facussé. Es un hombre de buenas maneras que habla fluido, como un candidato entrenado en plena campaña electoral, y quizá sea por eso que me recuerda a los diputados cuarentones, pasados de peso, que se saben ganadores porque hay alguien mucho más fuerte detrás de ellos que los respalda. Pineda es el representante y vocero de Facussé para el conflicto en el Bajo Aguán. Es quien da la cara a la prensa por su jefe. Desde septiembre de 2011 no viaja a la zona porque dice que lo han amenazado de muerte. Hace una semana, por sugerencias del departamento de seguridad de la compañía, blindó su camioneta.

Pineda asegura tener una visión clara de lo que está ocurriendo en el Bajo Aguán, pero antes de compartirla con nosotros ofrece copias de denuncias por usurpación y de un informe elaborado por la Dirección Nacional de Investigación Criminal de la Policía de Honduras, en donde se detallan todos los ataques contra la Exportadora del Atlántico en el Bajo Aguán. Pineda muestra fotocopias de notas periodísticas que habla de campesinos armados y violentos. Habla de guardias desaparecidos. De guardias torturados “a los que les arrancaron la oreja como salvajes”.

—Contra los guardias de esta empresa también hay serias acusaciones –le decimos.
—¿Pero dónde están judicializadas? ¿Dónde están las pruebas? Nosotros amparamos nuestras acusaciones sobre la base de denuncias verificables en las oficinas destinadas a perseguir el delito. Los dichos de los campesinos, en cambio… ¿cuál es el asidero de sus denuncias?
—¿Los guardias de esta empresa nunca han disparado un arma contra un campesino?
—Siempre que han utilizado un arma de fuego es para defenderse. Nuestros guardias siempre han fallecido adentro de las fincas, no fuera de ellas.
—¿Qué ocurrió en la finca El Tumbador?
—No hay una conclusión clara sobre lo que pasó, pero nuestros guardias portaban pistolas y escopetas. Sin embargo, los campesinos tenían disparos de AK-47. Como le repito, nosotros pusimos a disposición de la justicia a nuestros guardias pero no hubo y a la fecha no hay certeza de lo que pasó.

El 15 de noviembre de 2010, en la finca El Tumbador, ubicada en el municipio de Trujillo, cinco campesinos fueron asesinados y otra media docena fueron heridos de gravedad, tras una toma que terminó en tragedia, los 100 campesinos que intentaron hacerse de la finca terminaron huyendo despavoridos. Según la Fiscalía, los cinco asesinados fueron abatidos fuera de la finca custodiada por los guardias de Dinant. Una de las víctimas, un joven de 23 años, José Luis Sauceda, padre de dos niños, recibió “varios disparos en la cabeza”.

—¿Qué tipo de armas utilizan los guardias de la empresa?
—Armas legales: escopetas y pistolas.
—¿No utilizan armas de guerra?
—Hay fotografías, de la prensa, en donde usted se da cuenta que son los campesinos los que utilizan armas ilegales. Yo no sé qué pasó en esa ocasión en El Tumbador… Supongo que ellos mismos, en la desesperación, fueron presas del cross-fire.
—El jefe de la policía municipal en Tocoa dice que en los enfrentamientos entre guardias y campesinos nunca han encontrado casquillos o municiones de escopetas o pistolas. Dice que los enfrentamientos son con armas largas.
—¡Pues claro! ¡Son las que usan los campesinos!

Roger Pineda saca una última fotografía: es una ampliación a colores. En la imagen, un hombre carga una pancarta de color rojo con las siglas MUCA pintadas de blanco. En la esquina de la pancarta aparece dibujado, en negro, el rostro del Che Guevara. Para Pineda detrás de las acciones de los campesinos hay una motivación política.

***

Un sábado de 2010 –Pineda no recuerda la fecha- un hombre que lo había visto en la televisión lo abordó a la entrada de un supermercado. Para esa fecha, primer trimestre de 2010, las 23 fincas en el Bajo Aguán seguían tomadas. El hombre le preguntó a Pineda si ya habían resuelto el problema, y Pineda le respondió que lo estaban intentando resolver. Entonces el hombre se le quedó mirando, serio, y Pineda se asustó. Después, se sorprendió. “Dígame la verdad –le dijo aquel hombre-, tengo 45 manzanas de tierras y quiero saber si las voy a perder o no”.

—Ahí me cayó el 20 de por qué el MUCA ha hecho esto, sobre todo a don Miguel. Lo que han logrado es crear en la mente de la población un estado de indefensión inmediato, bajo la siguiente lógica: la gente ve el escenario y se pregunta: ¿si al grande, o a uno de los más grandes lo botaron, por qué no me van a botar a mí?

Pineda está convencido de que hay un grupo detrás de los campesinos que está utilizando la fuerza como estrategia de una campaña política, pero no se atreve a ponerle nombre alguno a sus suposiciones. “No, sé, no sabría decirle…”

Pineda cierra su hipótesis citando otros hechos. Según él, la guerra por el Bajo Aguán lo que ha hecho es levantar otros frentes de guerra. Para junio de 2012, en varias regiones del país, incluido el Valle de Sula, departamento de Cortés, movimientos campesinos se habían tomado miles de hectáreas de cultivo de caña de azúcar. La industria azucarera de Honduras reportó pérdidas superiores a los 300 millones de lempiras debido a la toma de las tierras. Los campesinos de esa zona han copiado la organización de las tomas en el Bajo Aguán.

Los hombres más tristes del mundo

La penúltima vez que vimos a Jhony Rivas, el líder político del MUCA, a Vitalino Álvarez, el vocero, y a Doris Pérez, la campesina que se tomó La Aurora y fue baleada en el INA, fue el viernes 1 de junio, en la toma del puente sobre el río Aguán, que sirve de entrada al municipio de Tocoa. El día anterior había vencido el ultimátum del terrateniente y del gobierno.

Vitalino llevaba gorra, camiseta y su nueve milímetros en la cintura; Jhony Rivas un fólder en la mano y dos custodios en los costados; Doris Pérez llevaba sombrero, una camisa cuadriculada de botones tallada en la cintura, jeans apretados y un par de botas negras con tacón alto. Parecía una vaquera a la moda.

Vitalino soñaba con que en la marcha los campesinos desfilaran con los machetes en alto y con los malayos con los que cortan la fruta de la palma africana. El malayo es un tubo de aluminio de 25 metros de largo que tiene acoplada una hoja curva y afilada en la punta. “¿Ha visto cómo desfila el ejército chino, compa? Eso da una impresión de poder”, nos dijo días antes de la marcha. Pero en la marcha eran muy pocos los campesinos que cargaban machetes y solo él y los guardias de Jhony Rivas estaban visiblemente armados. Ese viernes, el MUCA, a sus campesinos, les aseguraba que nadie podía presionarlos, que la lucha llegaría hasta las máximas consecuencias.

Dos días después, el domingo 3 de junio, nos reencontramos con ellos en Tegucigalpa. Estaban recluidos en un hotel custodiado por el equipo de seguridad del MUCA. Después de la marcha en el puente, el equipo de negociación de los campesinos, liderado por Jhony Rivas, se había movilizado de urgencia para pensar mejor las cosas y había acabado por aceptar el acuerdo ofrecido por el gobierno, con cierta sensación de derrota.

Doris Pérez se alegró al vernos, pero rápido regresó a la melancolía que reinaba en el lugar. Nos dijo que los habían presionado con el uso de la fuerza, con las amenazas de desalojo, que firmaron sin querer firmar. Lo mismo repitieron Vitalino y Jhony Rivas.

Vitalino improvisó una conferencia de prensa y Johny Rivas se lanzó a hablar. A medio discurso entró al salón uno de los máximos dirigentes del Frente Popular de Resistencia Nacional de Honduras. Nos vio, saludó y se retiró. Era Rafael Alegría, uno de los hombres más cercanos al depuesto presidente Manuel Zelaya, que hoy impulsa la candidatura presidencial de su esposa, Xiomara, por medio del Partido Libre, extensión del FNRP.

La conferencia de Rivas se alargó una hora. Aunque la lógica mandaba que estuvieran felices porque ahora La Confianza y más de 4 mil hectáreas de tierra iban a ser suyas, porque ya no habría amenazas de desalojos y las escrituras estarían a su nombre, porque el conflicto, en teoría, estaba resuelto y cesarían los enfrentamientos, la violencia, los asesinatos, Jhony y Vitalino estaban tristes. En aquel hotel, lejos de celebrar que habían ganado tierra para más de 600 familias campesinas, actuaban como si lo hubieran perdido todo.

***

Un hombre camina lento en un camino de tierra, a un costado de una plantación de palma africana. Esa plantación es el laberinto de la finca Paso Aguán, otra de las propiedades del terrateniente Miguel Facussé. El campesino se llama Gregorio Chávez, tiene 69 años. Gregorio es miembro activo del MUCA. Alguien aborda a Gregorio y Gregorio desaparece sin dejar rastro. Desaparece en la tarde del domingo 3 de junio, el mismo día en el que el MUCA decidió darle una tregua al conflicto. A la fecha, Gregorio sigue desaparecido.

***

Un grupo de hombres encapuchados, sigilosos, armados, se abre paso entre las palmas africanas. Es la madrugada del domingo 8 de julio. Ha pasado un mes desde que los campesinos, el gobierno y Miguel Facussé acordaron la tregua; un mes desde la desaparición de Gregorio Chávez en la finca Paso Aguán. Los campesinos que caminan entre los árboles de palma saben que hay un acuerdo firmado y saben que hay un desaparecido más. Por supuesto que lo saben. Quizá albergan esperanzas de encontrar mientras avanzan los restos de Gregorio Chávez. Pero su objetivo es otro. El grupo sigue avanzando y esquiva como puede las ramas secas del camino. El menor ruido, cerca de la estación de guardias de seguridad, a la entrada de la finca Paso Aguán, podía frustrar la misión…

Capítulo 1. Los huesos

Idalia, la nieta de Orlando Márquez, está hipnotizada por la pantalla del televisor, sentada en una silla plástica, con las piernas dobladas. Idalia tiene seis años y se entretiene con una carrera de atletismo en una casa perdida entre las montañas del oriente de El Salvador. Detrás de la niña, en otra silla, descansan dos de sus bisabuelos y tres de sus tíos. El televisor transmite la edición 16 de los Juegos Panamericanos que se celebran en Guadalajara, México. Es la segunda semifinal de los 200 metros planos y la velocista cubana Nelkis Casabona está en posición de salida. Nelkis arranca y corre, corre y corre hacia la meta… 24 segundos después, las cámaras la muestran caminando con los brazos que le cuelgan aguados a los costados, mientras el estadio estalla en aplausos. La habitación donde están Idalia y sus dos bisabuelos y sus tres tíos también estalla en aplausos, pero la única que aplaude es Idalia, porque sus bisabuelos y sus tíos están muertos.

Es la tarde del miércoles 26 de octubre, y Míriam Núñez, la esposa de Orlando Márquez, toma entre sus manos a los dos bisabuelos y a los tres tíos de Idalia, que descansan en la silla de atrás, dentro de un saco de yute. Abandona la habitación y sale hacia un pequeño patio contiguo a una pequeña casa con paredes de concreto. Después regresa por la silla. Pone el saco sobre la silla y lo abre. Adentro hay dos bolsas plásticas. Toma la más grande y la coloca en este suelo donde hace un año cavaron las bases de su nueva casa.

—Yo le insistí a Orlando que construyéramos aquí, y mire: nunca imaginamos. Fue como si quisieran que los encontráramos -dice Míriam.

Quienes parecieran desear que se les encontrase son los bisabuelos Santos y Agustina, y los tíos José, Edith y Yesenia. Míriam explora el saco y las bolsas dentro del saco.

—Mire –dice, al mostrar el contenido. Hay huesos largos, huesos color café, huesos terrosos, huesos porosos, huesos quemados… Hay también pedacitos de huesos tan pequeños como una canica. O quizá más pequeños. Pone una bolsa en el suelo y saca retazos de ropa: de camisas, de pantalones, de vestido, sandalias de mujer, zapatitos de niña…
—Mire –repite, mientras su mano saca más de los bisabuelos y tíos de Idalia. Aparecen unos jirones de tela quemados y en la bolsa más pequeña una dentadura pegada a una quijada. También hay dientes: mínimos y de color café.
—Aquí los tenemos, mire: aquí están los restos de mi suegra y de mi suegro, y de los hermanos más pequeños de mi esposo –dice Míriam, mientras coloca un hueso sobre otro, encima de la silla en donde antes descansaban.

***

Orlando Márquez presintió que aquella sería la última vez que charlaría con Santos, y por eso platicaron y platicaron y platicaron, hasta que se dieron cuenta de que el autobús había ingresado a San Martín, un municipio alejado varios kilómetros al oriente de la terminal de buses en donde Orlando tuvo que haberse bajado, en San Salvador.

Una de las dos cosas que recuerda Orlando de aquella larga y última charla que sostuvo con su padre, el domingo 29 de noviembre de 1981, fue el consejo que Santos le dio para administrar mejor el dinero.

—Ahorrá. Te va a servir en el futuro –le aconsejó.
—Es mi gusto darle estas cosas… Ahí también van unos cortes para usted –respondió el hijo, mientras enumeraba los regalos que iban en la bolsa: ropa interior para su mamá, vestidos para sus hermanas y zapatos para su hermano.

Orlando también intentaba persuadir a Santos, una vez más, de que sacara a la familia de El Mozote, un caserío escondido en las montañas del norte de Morazán, en el municipio de Arambala.

—Yo sí quisiera venirme, hijo –le dijo Santos a Orlando-. Pero tu mamá quiere quedarse allá, y si tu mamá quiere quedarse, entonces yo me quedo con ella.
—Vénganse conmigo, papá. Aquí es más seguro –insistió Orlando.
—Vamos a ver qué dice tu mamá.

***

Orlando Márquez había huido de El Mozote a los 22 años. Era 1980 cuando supo que le temía a cuatro cosas: que lo reclutara el ejército, que lo reclutara la guerrilla, que lo matara el ejército o que lo matara la guerrilla. No había nada claro en las montañas de Morazán para esa época, excepto que no había grises, solo blanco o negro. Entonces o se era de un bando o se era del otro; se colaboraba con uno o con los dos; o se huía de los dos.

Orlando Márquez escogió la última de las opciones y decidió probar suerte muy lejos, porque lo último que quería era terminar cargando un fusil, o que lo terminaran cargando a él, muerto, cuando él ya había cargado demasiados cuadernos. Orlando Márquez no estaba hecho para la guerra.

En los dos años siguientes visitó solo dos veces a su familia, porque el norte de Morazán era un territorio lleno de ojos desconfiados, escondidos en cada esquina y en cada cerro. Subir era un calvario peligroso. En aquellos días, las sospechas y sus portadores con frecuencia terminaban aniquilados antes de convertirse en certezas.

Alejado un centenar de kilómetros, y para agilizar sus trámites laborales, Orlando había cambiado el domicilio que registraba su cédula de identidad. En el documento decía que era originario de El Mozote, Morazán, pero que vivía en Lourdes, Colón, La Libertad.

En aquellos años, la calle negra, como le llaman aún a la calle asfaltada que nace en San Francisco Gotera, la cabecera departamental, y termina en Perquín, un pueblo encumbrado entre pinos y cipreses, era la única ruta directa para llegar a cualquier parte del norte del departamento, fronterizo con Honduras. Todos los que subían en autobús (como los que caminaban o iban en sus propios transportes) tenían que identificarse en tres retenes militares distribuidos a lo largo de esa carretera. En esos retenes había soldados malencarados que manipulaban unas listas infestadas con nombres. Para el ejército, Morazán era cuna de subversivos y había que hacer de todo para encontrarlos y exterminarlos, como muy bien lo sabían hacer los regímenes de la época, con todos aquellos que no comulgaban con la bota y el fusil, fueran guerrilleros o no.

En el último viaje que hizo a El Mozote, en enero de 1981, un soldado le cuestionó a Orlando esa incongruencia en su cédula, y aunque las preguntas no pasaron a más, Orlando temió que en un futuro la sospecha fuera más fuerte que cualquier explicación. Lo mismo pensó que le podría ocurrir si el documento lo revisaba una patrulla guerrillera. “Cualquiera podía decir que yo era oreja y ahí no más hubiera terminado”, dice.

10 meses después de su última visita a El Mozote, fue Santos quien viajó a la inversa para visitarlo. Compartieron un fin de semana hasta que se despidieron en la parada del poblado de San Martín.

Semanas después, el 23 de diciembre de 1981, a la casa de Orlando llegó un telegrama. Una vieja amiga de la familia le pedía que se presentara a la caseta telefónica del pueblo, a las 6 de la tarde del siguiente día, para recibir una noticia. El telegrama era de carácter urgente.

A la 6 de la tarde de esa Nochebuena Orlando contestó una llamada y al otro lado la mujer solo lloraba y lloraba.

—¿¡Qué ha pasado, pues!? –preguntó Orlando a la mujer, cuando se cansó de tanto llanto.

La amiga se recompuso y le dio la noticia:

—¡Pídale fuerzas a Dios, Orlando, porque a su familia ya no la volverá a ver!

Orlando guardó silencio mientras el cuerpo se le congelaba.

—Han matado a todos en El Mozote, les han rociado gasolina y les han prendido fuego.

Orlando sintió como que abandonaba este mundo.

***

Orlando Márquez no regresó a la casa de sus padres sino hasta 12 años después, en 1993, un año después de finalizada la guerra. Se sorprendió al ver que El Mozote se había convertido en un pueblo fantasma: sin gente, sin casas, con matorrales tan altos como él. Cuando llegó al terreno de sus padres solo encontró un par de paredes quemadas y pequeños recuerdos de otra época: el tizón para marcar ganado, algunas vasijas quebradas de su madre…

Acongojado, regresó hasta su comunidad, en Lourdes.

Pero en el año 2000 le llegaron nuevas noticias sobre El Mozote. En el pueblo había cada vez más repobladores y él decidió ir a proteger el terreno de su familia con cercos y alambres. Con el tiempo se cansó de poner el cerco y encontrarlo meses después arrancado. Jubilado, decidió instalarse por temporadas largas, que intercalaba con viajes frecuentes a Lourdes, donde lo esperaban su esposa e hijos.

Cinco años más tarde las noticias viajaron a la inversa. Lourdes cambió demasiado y la colonia donde vivía su familia se había convertido en un territorio controlado por la Mara Salvatrucha, una de las pandillas más violentas del mundo. Míriam le contaba que a los compañeros de colegio de sus hijos los estaban asesinando, le dijo que a veces, en las noches, se escuchaban gritos desgarradores, como de gente torturada. Un amanecer, después de una noche de gritos, Míriam supo que cerca de la colonia apareció la cabeza decapitada de una mujer.

Fue entonces cuando Orlando decidió que la nueva familia Márquez repoblaría también El Mozote, el lugar del que había huido por culpa de una guerra, el lugar al que regresaría para refugiarse de otra.

***

Míriam Núñez deja los huesos en la silla y se dirige con paso veloz al cuarto en donde su nieta sigue viendo las carreras. A la casa ha llegado un visitante, Juan Bautista Márquez, un pariente lejano de su esposo, Orlando. Segundos después regresa emocionada, con otra bolsa, más pequeña que todas las anteriores.

Es la primera vez que Míriam ve a Juan; un viejo pequeño, blanco y flacucho que carga en la cabeza un sombrero, en el hombro izquierdo un maletín y en la mano una cuma.

Antes de que Míriam fuera a traer la bolsa, ambos habían caído en la misma conclusión respecto a la dentadura que había sacado del saco. Según Juan, esa dentadura tenía que ser del finado Santos, porque era muy grande para ser de un niño y porque no podía ser la de Agustina, dado que él la conoció bien como para saber que esos no eran sus dientes. Míriam asintió y le pidió que esperara. Luego regresó con la otra bolsa y sacó de ellas dos dentaduras postizas en perfecto estado.

—Esta es la dentadura de mi suegra –dijo Míriam.
—¡Esa sí, mire! Yo la conocí bien a la finada Agustina, porque le venía a comprar cuajadas. Todavía tiene los dientes de oro, mire… ¡Qué barbaridaaad!

Juan Bautista contempla la dentadura y los huesos y aunque esta no es la primera vez que mira a un amigo resumido en ese estado, el impacto es tan poderoso como para que todo le siga pareciendo increíble. “¡Qué barbaridaaaad!”, repite, mientras se frota la frente.

Orlando Márquez aparece luego: alto, grueso y moreno. Juan Bautista se le acerca a Orlando en silencio, y cuando Orlando termina de hablar, el viejo le pide que ahora lo escuche a él, porque hay algo que nunca le ha contado.

—Yo vine aquí, Orlando. Yo vine después de las masacres, pero no vi nada Orlando. Quise venir a ver porque yo los conocía a todos ellos. Eran los compadres de mi papá. Aquí venía a comprar azúcar y cuajadas de la finada Agustina. ¡Viera qué cuajadas hacía! Pero es que no se aguantaba la hedentina, Orlando. Y eso me imposibilitó…

Juan Bautista sigue hablando con Orlando Márquez pero lo que le cuenta es apenas el final de muchos escapes que tuvo que hacer para salvarse del Batallón Atlacatl, una unidad élite del ejército salvadoreño entrenada en Estados Unidos, que en cuestión de tres días aniquiló a un millar de personas entre hombres, mujeres, ancianos y niños en siete caseríos del norte de Morazán, en diciembre de 1981.

Y esa, la carrera de Juan Bautista contra la muerte, inicia y termina justo en esta meta, bajo la sombra del árbol de manzano que custodia el terreno y los huesos de la familia de Orlando Márquez. Pero para conocer todo lo que Juan Bautista recorrió, vio y escuchó, habrá que regresar en el tiempo, 30 años hacia atrás, al inicio de todas las masacres de El Mozote.

 

Capítulo 2. Los escapes de Juan Bautista

Juan Bautista no era un hombre feliz aquella mañana del 9 de diciembre de 1981. Consternado por la bomba que había estallado en el caserío, y por los llantos de los familiares del niño y del anciano a quienes esta había afectado, acababa de entrar al terreno de la familia Márquez, en donde quería resguardarse su madre, y es posible que algo le afligiera por dentro. Juan Bautista, entonces con 40 años y la piel más despegada de los huesos, presintió que competiría en una carrera desigual contra la muerte.

Pocos días tenía Juan Bautista como refugiado en El Mozote, un caserío grande y poblado, con un llano en el centro, con cancha de fútbol en las afueras, con escuela, parroquia y un cerro centinela llamado “La Cruz”, que fingía protegerlo todo. A todos. Estaba ahí porque donde vivía, en otro caserío cercano llamado Los González, un soldado patrullero le había aconsejado que huyera, porque se asomaba una nube ofensiva contra la guerrilla y contra todos aquellos que colaboraran con los compas.

Juan Bautista, que sabía que eso de “colaborar” dependía del momento y de la orden del colaborado, se enojó. A su hermano, Nicolás, que había colaborado –en realidad había sido soldado de cuartel, hecho y derecho-, se lo habían matado un año antes, el 30 de septiembre de 1980, otros soldados como Nicolás. “Lo mataron y a mí no se me olvida”, dice Juan. ¿Y por qué lo mataron? Porque sospecharon que era guerrillero. “¿Qué tipo de guerrillero sería este que mataron?”, se pregunta Juan, todavía con rabia, y describe a su hermano: ex comandante con carné y con permiso para portar arma, porque los comandantes de otras épocas podían andar armados.

El 30 de septiembre de 1980, frente a la alcaldía de Jocoaitique, un poblado también escondido entre las montañas de Morazán, pero al sur de El Mozote y del otro lado de la calle negra, una sospecha mató a Nicolás, porque como colaboraba con la guerrilla…

Alguna vez sospecharon los guerrilleros de Juan Bautista, porque él también, 20 años más joven, había prestado servicio militar, y portaba un salvoconducto del cuartel de San Francisco Gotera, que más de alguna vez lo había sacado de más de algún apuro con los soldados, a quienes les temía más – después de lo de su hermano- que a los guerrilleros, que le ganaron confianza cuando vieron que Juan Bautista, en lugar de soplarlos, les avisaba por dónde se movía la tropa militar, cuando esta pasaba cerca de Los González.

Así que tras la advertencia de aquel soldado patrullero, sin colaboración de guerrilleros ni de soldados, Juan Bautista armó sus maletas, cargó a su familia y se fue a refugiar a El Mozote.

Y Juan Bautista no fue el único forastero que llegó a El Mozote en esos días.

Entre los huecos que dejaban las montañas se había colado un viento que decía que a un comerciante, llamado Marcos Díaz, colaborador del ejército, los soldados le habían dicho que si la gente de los cantones y caseríos aledaños se aglutinaba en El Mozote, no les pasaría nada. Muchos llegaron entonces, como Juan Bautista, con la diferencia de que muchos, muchísimos, ahí se quedaron para siempre.

Ese 9 de diciembre de 1981 lo cambió todo para Juan Bautista, que vio en ese bombazo que reventó en el caserío una revelación: había que huir de nuevo, hacia cualquier otra parte que estuviera alejada de las balas y las bombas.

A El Mozote esa bomba no le tocaba, pero le cayó, porque alguien calculó mal la distancia del objetivo, que estaba en otro caserío ubicado a dos kilómetros, llamado El Portillón, donde soldados y guerrilleros se disparaban a muerte. El operativo Yunque y Martillo de la Fuerza Armada había iniciado. Y Juan, que tenía buen oído, entendió que aquel tronar de las balas y la explosión de las bombas, que se escuchaban cada vez más fuertes y más cercanas, eran el pitazo de salida para largar a toda prisa en la primera de sus guindas.

—¡Tenemos que irnos, mamá! –le dijo Juan Bautista a Isabel Argueta, de 60 años.
—Andate vos, hijo, para que te defendás vos y a esos niños. A mí me venís a buscar ahí por la casa donde el compadre José María –le dijo, quizá porque creía que en El Mozote no ocurriría nada.

José María era el hermano de Santos Márquez, ese hombre de 40 años que recién había viajado a Lourdes, Colón, para despedirse -para siempre y sin saberlo- de su hijo mayor, Orlando, que se había ido a vivir hasta allá para huir de la guerra.

Atribulado por la decisión de su madre, Juan Bautista se despidió y caminó bajo un árbol de manzano antes de alejarse de los terrenos de la familia de los dos hermanos Márquez. Allá, lejos, en el monte, lo esperaban su mujer y sus seis hijos.

***

A 30 años de distancia debería ser motivo de llanto el revisar las colecciones de los diarios de esa época y caer en cuenta de que esta historia nunca existió.

“Inició ayer operación de contrainsurgencia la F.A. (Fuerza Armada)”, tituló el matutino La Prensa Gráfica en un amplio reportaje que apareció publicado el 9 de diciembre de 1981.

La nota hablaba de la toma de Morazán por parte del ejército, del control de la zona, de la prohibición del acceso a la Cruz Roja salvadoreña y otras entidades de servicio humanitario para evitar “cualquier lamentable hecho desagradable”.

“Lo más violento de las operaciones podría llegar en las próximas horas, ya que la tropa sigue su marcha en busca de contacto con los grupos terroristas escondidos en tatus, bosques y montañas del departamento de Morazán, según revelaron fuentes militares”, imprimió el matutino.

Un cable emitido un día antes por la United Press International le puso nombre al comando que dirigiría el operativo:“Fuerzas del gobierno, encabezadas por soldados entrenados por los Boinas Verdes norteamericanos, iniciaron una ofensiva contra los guerrilleros en del departamento de Morazán (…) contingentes de las provinciales capitales de San Miguel, La Unión y Usulután, así como la Brigada de Infantería Atlacatl, adiestrados por los Boinas Verdes fueron los asignados a la ofensiva”.

¿Cuántos ojos habrán leído estas notas, sin imaginarse que en los bosques y las montañas quienes correrían para esconderse eran decenas de Juanes Bautistas? ¿Quién habrá imaginado que en nueve poblados de Morazán serían niños, en su gran mayoría, los “terroristas” con los que fieros soldados habrían de entablar combate los días que le sucedieron al 9 de diciembre de 1981?

El 9 de diciembre podría ser recordado, entonces, como el día en el que un fantasma vagó tan lejos como pudo para alejarse de los ojos de los soldados, que sin saberlo él ni ellos, a cada hora le cercaban más el paso. ¿Quién iba a imaginarlo? Ni él lo imaginaba, pero la noche del 9 de diciembre, en el caserío El Hormiguero, del cantón La Joya, ubicado al sur de El Mozote, sería su última noche en paz.

***

Sus hijos apenas y podían conciliar el sueño con todas las detonaciones que se escuchaban cada vez más cerca, la noche del 11 de diciembre de 1981. Por primera vez, Juan Bautista andaba cabizbajo y deprimido, con el pensamiento puesto en El Mozote, donde había dejado a su mamá. No reaccionaba, y si dos días antes había salido corriendo de allá, por culpa de las balas que sonaban demasiado cerca, ahora no hacía nada, solo esperar y esperar que algo ocurriera.

Por suerte para él y para su familia, lo que ocurrió es que otro sobreviviente, que sabía del paradero de Juan Bautista, arriesgó la vida para venir a advertirle que los soldados acababan de arrasarlo todo en el caserío El Potrero, del cantón La Joya. Y ahora marchaban en dirección hacia El Hormiguero.

—Como ellos sabían que solo yo andaba bastantes niños, llegaron a sacarme de la casa y me dijeron: “Mire, don Juan, levántese y vea para dónde se va porque a nosotros ya nos mataron toda la familia, toda la gente de El Potrero” –recuerda Juan.

A las 10 de la noche del 11 de diciembre de 1981, Juan Bautista corrió de nuevo, hacia el monte, junto a su familia. Antes de desaparecer entre los matorrales que mordían una cumbre, Juan Bautista se detuvo y retrocedió la vista solo para contemplar que los cerros que escondían al cantón La Joya y a El Mozote se habían transformado en diminutos volcanes que escupían humo.

 

Capítulo 3. Las aventuras y desventuras de Quicón y Felipón

Es la noche del 19 de julio de 1979. En las montañas de la zona norte de Morazán truenan los morteros y sale humo, pero no de incendios ni ajusticiamientos, sino que estruendo y humo de petardos y de hogueras que celebran, como si fuera propia, la fiesta que en Nicaragua apenas comienza.

Allá, ese día, las columnas guerrilleras del Frente Sandinista para la Liberación Nacional entraron en Managua, la capital de ese pobre país, apoyadas por el pueblo, para consumar la derrota de Anastasio Somoza Debayle, para consumar el triunfo de la revolución sandinista.

En El Salvador, donde muchos andaban buscando también un triunfo similar, los vasos comunicantes entre los sandinistas y la incipiente guerrilla salvadoreña ya habían cruzado casi todo el país, de punta a punta. En el oriente aguantaron el calor de esas ciudades, se escondieron de los cuarteles y huyeron de infinidad de persecuciones. Aguardaron por años para que el pensamiento y los planes maduraran, fluyeran, cuesta arriba, sobre la calle negra.

Hasta que todo fue propicio, y los vasos comunicantes llegaron donde Andrés Barrera, un hombre al que la mañana del 20 de julio lo cogió desvelado y festejado en una hamaca, larga como él, hasta donde llegaron dos jóvenes, que le conocían, para molestarlo. Uno de ellos se llamaba Pancho.

—Estos catequistas son jodidos –le dijo Pancho a su acompañante-. Han amanecido desvelados ahora porque anduvieron haciendo fiesta anoche.

Andrés Barrera se recompuso, miró serio a los dos visitantes, con dos ojos que de claros en ese momento no tenían nada, y adoptó una guardia que le exigía el guerrillero que ya llevaba adentro: ese al que llamaban con el seudónimo de Felipón, los que le sabían las andadas. Y quienes conocían esa otra cara, tenían que andar en lo mismo, porque de lo contrario no podían ser otra cosa más que orejas, informantes del ejército. Pancho y su amigo no caminaban por los mismos senderos de la guerrilla, y por eso se puso en guardia Felipón, porque Morazán sudaba desconfianzas.

—¿Allá andabas vos, pues? – preguntó Andrés, serio, intentando zanjar el tema.
—No, pero por ahí dicen que ustedes eran… ¡Esos catequistas son guerrilleros! –soltó Pancho, con una mueca irónica, para la aflicción de Andrés.

Descubierto, Felipón improvisó:

—Mira: por favor, esa broma si la están haciendo en serio, por favor que sea una broma. Porque si van a informar a la guardia, me van a venir a masacrar a toda mi gente aquí, a toda mi familia y a toda la comunidad…
—¡Ya se enojó! –dijo Pancho, riendo-. ¡Son bromas, homb´e! No se enoje.

Pero Felipón quedó enojado, y a finales de ese año se desquitó de Pancho. Le habían encomendado hacer una requisa de armas, y como sabía que el muchacho portaba una, hasta su casa lo fue a buscar. Cuando Pancho se dio cuenta de que la cosa iba en serio, dejó de decir que no tenía el arma y se la entregó. Con todo y municiones.

—O te organizás o te calmás, y dejás de andar hablando tonteras. La cosa así es: ahora ya se descubrió esta cuestión y ahora no hay de otra: los que están con los pobres ya se va a ver, y los que están con los ricos, la fuerza armada y las autoridades represivas también ya se va a ver. Así que ahí ves de cuál lado te vas, porque hoy sí ya se descubrió esta cosa.

***

Andrés Barrera no era el único guerrillero en La Guacamaya, ni en el municipio de Arambala, ni en el de Jocoaitique, ni en Joateca, ni en Perquín ni en Torola, ni en San Fernando, ni en Meanguera… Andrés Barrera era uno de cientos de campesinos que se habían ido formando por tandas, desde 1972.

Todos eran hombres que bajaron de las montañas para recibir unos cursillos impartidos por unos catequistas católicos que se habían instalado en el departamento de San Miguel.

Andrés Barrera, eso sí, no había sido el primero en irse de La Guacamaya para recibir la palabra de Dios, los cursos de primeros auxilios, las inducciones sobre igualdad social, los cursos de organización clandestina, y el uso de armas. Todo por etapas, todo enseñado por diferentes profesores. La palabra de Dios, los primeros auxilios y las lecciones sobre igualdad social u organización comunal era enseñanzas de los curas. “Lo otro lo venían a enseñar unos compas con más trayectoria”, recuerda el primero de La Guacamaya que se fue a recibir esos cursos, en 1972. Su nombre es Tereso de Jesús Márquez, amigo y vecino, en esa época, de Andrés Barrera.

Campesino y sin estudios –apenas tenía segundo grado- Tereso se emocionó con la lectura bíblica, con las clases en las que aprendió a inyectar y con unas palabras que en la cabeza le revoloteaban como mariposas libertarias: igualdad, derechos, igualdad, derechos…

Cuando regresó a La Guacamaya, semanas después, rápido convenció a uno de sus mejores amigos, y entonces Andrés Barrera también quedó sintiendo las mismas mariposas locas en la cabeza.

Con el tiempo, Andrés Barrera se convirtió en encargado, en La Guacamaya, de una de las primeras células guerrilleras de lo que después sería el Ejército Revolucionario del Pueblo, que comandaba el frente de guerra en Morazán. Tereso, convertido en “Quicón”, vagó por todos los cerros haciendo lo mismo que alguna vez hizo Jesús de Nazaret, con la diferencia de que él, cuando salía a pescar más hombres para la causa, siempre iba acompañado de dos escoltas y una carabina.

***

Las aventuras de Quicón y Felipón fueron aventuras de guerreros clandestinos hasta que la guerra, injusta, se las cobró bastante caro.

Contrario a cualquier lógica conocida por Andrés y Tereso, el ejército les demostró que podía darles grandes sorpresas. Nunca se imaginaron ellos, ni nadie, que las familias que no lograron huir del campamento ubicado en La Guacamaya serían asesinadas de manera salvaje por los soldados, el 11 de octubre de 1980, un año antes de todas las masacres de El Mozote.

El operativo militar había arrancado en Perquín, en la cumbre del departamento, y luego bajó por Torola, se metió por El Rosario, cruzó la calle negra, y se metió en La Guacamaya, de donde no habían logrado salir todos.

Ese día, Felipón, como encargado del campamento, movilizó a toda la gente hacia el río Sapo, para esconderla ahí. Entre el grupo iban su esposa, Maclovia Márquez; y su suegra, Heriberta Márquez. Iban también todos sus hijos, que sumaban nueve, más uno que todavía no había nacido.

Por este último, Maclovia detuvo la marcha, y le dijo a Andrés que hasta ahí llegaba, hasta la primera cumbre que la alejaba de La Guacamaya. “Yo ya no aguanto caminar”, le dijo, mientras se colocaba la mano derecha en la cadera, que sostenía una panza que ya casi le reventaba.

Andrés, indeciso, fue vencido por las responsabilidades de Felipón, que tenía que proteger a las familias del campamento, compuesto por unas 300 gentes. Entonces aceptó que se quedaran atrás su mujer, su suegra, y sus cinco hijos pequeños, que andaban entre los 11 años y los 17 meses, más el que estaba por nacer. Los más grandes, los más jóvenes, se quedaron con su padre.

A los días de esa primera masacre, Andrés Barrera regresó a La Guacamaya, y en el lugar donde asesinaron a su mujer, a su suegra y a sus hijos solo encontró un sostén. “Estaba empapado de sangre, todavía húmedo. Y un codito de un niño. Fueron los que logré enterrar, al lado de donde me los habían enterrado unos compas”.

Entre la gente que logró huir iba Tereso de Jesús, junto a la mayoría de sus familiares. A Tereso también le mataron una tía, hermana de su papá, que aceptó quedarse para cuidar a su hija, y a los hijos más pequeños de su hija, que, embarazada, ya no aguantó el paso del campamento. “Maclovia era mi prima”, dice, entre sollozos, con la voz quebrada, Tereso de Jesús Márquez.

Ahora ni la cólera que les provocó tanta muerte, que los estimularía durante 12 años para guerrear con más fuerza, los consuela del todo. Ganó el país, dicen, ganó la paz, ganó la democracia. Pero a costa de un gran sacrificio que duele, dicen, sobre todo porque no hay justicia ni para sus inocentes ni para los de los demás, que pagaron por ellos, ellos que hasta ya perdieron aquella esperanza que les decía, al oído, que todo iba a cambiar.

—Fueron heridas un poco… que no tan luego se pueden cicatrizar… Yo me alegro cuando veo gente que a diferencia de cómo las conocí… y ahora con los buenos carros, buena casa… Y todo eso gracias a esta revolución que se hizo, que costó un precio alto de sacrificio y de sangre. Por lo menos algotros no quedamos tan fregados –dice Felipón, mientras sonríe, con una mueca irónica que le nace en el labio superior, rompiéndole las arrugas.

Tras la masacre de La Guacamaya, en octubre de 1980, Felipón y Quicón siguieron con sus andanzas. Quicón buscó entre los caseríos a más guerrilleros, hasta que en enero de 1981 llegó a El Mozote, donde nunca consiguió uno solo, apenas algunos colaboradores. Entre estos, uno que se llamaba Marcos Díaz, que era comerciante, que había sido soldado, y que colaboraba con ambos bandos, porque los colaboradores respondían a las órdenes de los colaborados.

A dos cosas llegó esa vez Quicón: a hacer lo que ya bien sabía, y a despedirse, obligado, de una tía. Esa vez, Clementina Argueta le dijo a Tereso: “¡Ya no vengás, ya no vengás, que por tu culpa nos van a matar!”. Enmudecido y triste, sin poder defenderse, Tereso le dijo adiós a Clementina, a su tío Cesáreo y a su prima Hilda. 11 meses más tarde, el 11 de diciembre de 1981, morirían masacrados todos ellos, más otro primo llamado José, y los tres hijos, niños todos, de Hilda.

La despedida que Felipón le dio a El Mozote tuvo que ver más con la lejanía, los disparos, las montañas y el humo. La célula guerrillera de La Guacamaya se había desplazado hacia un lugar llamado Las Pilas, cuando se enteró del operativo que realizaría el Ejército en toda la zona. Las Pilas es una cumbre ubicada en una dirección opuesta a otra cumbre, desde donde Juan Bautista, que huía del caserío El Hormiguero, del cantón La Joya, observaba lo mismo que el guerrillero Felipón.

—De ahí divisábamos para el llano, para toda esa zona. Se oía la tirazón y se veían las humazones de las casitas. Por donde quieran se miraba las humazones de esos cerros.

 

Capítulo 4. El hombre gato

El hombre gato bajó de una cumbre, se metió al caserío y cruzó entre dos casas y no se dejó escuchar. Quizá le ayudó el hecho de que era pequeño el hombre gato. Pequeño y sigiloso. Quizá le ayudó también que era de noche. De todos los hombres que estaban esa noche en el caserío, él era el único que no era soldado.

Antes de aventarse al llano que lo separaba de su casa, y del patio de su casa, el hombre gato se acurrucó en la esquina de una pared y olfateó hacia todos lados. También miró hacia arriba y hacia abajo, a un lado y al otro. ¡Tas! Ya estaba el hombre gato más cerca de su casa, arrastrándose entre unos matorrales.

Pero tuvo que detenerse y pensársela bien, antes de intentar otro movimiento veloz. En la casa no se escuchaba ninguna bulla, y había demasiados soldados cerca, como para arriesgarse por la puerta. Lo mejor era bordear, buscar el patio de su casa por una vía más alejada del llano. En esas estaba, cavilando, cuando sintió un golpe en la nuca. “¡Ya me agarraron!”, pensó el hombre gato.

El susto se le pasó cuando se dio cuenta de que un perro vagabundo le había quitado una de sus nueve vidas.

—¡Diomecuarde! Yo me asusté, pego el salto para atrás y el perro hijueputa, hubiera visto…

El hombre gato, después del susto, logró llegar a la fosa que tanto andaba buscando. Él había ayudado a cavarla, por recomendación de los compas, que habían aconsejado eso a los habitantes del cantón La Joya para que se protegieran de los bombardeos. Al hombre gato le habían ayudado, además, sus dos hijos mayores, Santos y José, que para esa fecha ya eran unos prominentes guerrilleros.

-Llego yo, a gatas, para dicha fosa, y andaba un foco (una linterna). Me puse embrocado, en la orilla, y vide…

En la fosa había una docena de cuerpos apilados. El cuerpo que estaba encima de todos era el de una niña que dormía, acurrucadita, encima de los muertos.

El hombre gato estuvo tentado a pararse, como hombre, para que alguien lo viera y lo arrojara junto a esos cuerpos. El hombre gato, lo que más quería en la vida era estar con esos muertos.

No dejó de pensar eso sino hasta cuando se acordó de que en el Cerro Brujo, a tres kilómetros de distancia, había dos niños, agazapados, que lo estaban esperando. Así que retrocedió, de nuevo a gatas, hasta que logró encaramarse en un cerro, mientras dejaba el caserío que a sus espaldas terminaba de extinguirse en llamas.

***

Sotero Guevara salió de la cueva en donde se refugiaba en el río La Joya y llegó a la cima del Cerro El Brujo a las 6 de la tarde del 11 de diciembre de 1981. A esa hora había quedado de juntarse ahí, en ese escondite, con su esposa.

Sotero Guevara se había despedido de Petronila a las 3 de la madrugada. Agarró camino para las cuevas junto a sus dos hijos varones, Anastasio y Lucas; y ella se quedó, junto a Catalina, la hija menor de ambos, para echar tortillas, para que en el monte no les agarrara el hambre. Se suponía que Petronila saldría del cantón La Joya inmediatamente después, pero los soldados frustraron sus planes. A las 8 de la mañana, La Joya ya había sido tomada.

Un día antes del inicio de las masacres, una docena de helicópteros volaron encima del cantón La Joya y descargaron soldados en las cumbres de Quebracho y Arada Vieja. Desde esas cumbres, los soldados atacaron y lograron destruir algunas casas. Era un blanco fácil todo allá abajo de esos imponentes cerros que lo cercan todo en los cuatro puntos cardinales. Por su geografía, La Joya es un sumidero, y por eso todos huían hacia las quebradas o hacia los cerros para ocultarse entre el follaje o las vaguadas.

Ese 10 de diciembre, hubo otra mujer que también se despidió de su marido creyendo que podría librarla fácil. Era Rosa Ramírez, la esposa de Pedro Chicas, un hombre alto, grueso y blanco, uno de los líderes del cantón La Joya. “¡Que Dios te ampare entonces, mujer!”, le dijo Pedro Chicas a Rosa, quien se equivocó al creerle a un tío cuando este le dijo que no pasaría nada. Pedro Chicas se fue ese 10 de diciembre a una cueva escondida en el río, y Rosa, que esquivó durante horas a las balas y las bombas, se arrepintió de no haberle hecho caso a su marido. Rosa logró huir hasta muchas horas después de que cesaran las primeras bombas y tronazones, en la madrugada del 11 de diciembre.

Rosa también subió el cerro El Brujo y ahí se juntó con otras familias más, y con Sotero Guevara, que desesperado preguntaba por su mujer y su hija. Rosa Ramírez le dijo que no las había visto, y eso bastó para que Sotero le dejara a Anastasio y Lucas, porque él se regresaría a La Joya por la mujer y la hija que se le habían quedado.

Sotero Guevara hoy es un viejo infinitamente pequeño y delgado. Está lleno de arrugas y da la impresión de que si se le toca muy fuerte, podría quebrarse. Hace 30 años era igual de pequeño, pero su cuerpo no estaba tan marchito. Era ágil, tan ágil como para moverse como la guerra le había enseñado: a gatas.

Aquella noche, hace 30 años, todos le advirtieron que no fuera loco, que si se iba solo sería para ir a fracasar, como habían fracasado ya muchos otros. Los familiares de Sotero que no lograron salir fueron nueve, los de Pedro Chicas fueron 13. Se lo dijeron, que podía fracasar, pero Sotero no entendió razones. Bajó del cerro y en tres horas ya se había puesto en el caserío, que ahora estaba oscuro, silencioso e infestado de soldados.

En una fosa encontró Sotero Guevara a su familia: a Petronila y Catalina, a su hermana Justa, a su sobrina Jacinta y a los hijos de esta: Roque, de 5 años, y María, de seis.

Al siguiente día, Sotero Guevara esperó la noche, la del 12 de diciembre, para convertirse en gato de nuevo. De nuevo le advirtieron y de nuevo regresó a la fosa, se acercó al borde, encendió su lámpara y contempló a sus familiares.

Esa noche Catalina estaba desnuda bajo la luz de la luna. Las llamas la habían dejado limpita.

—Es que yo no hallaba fundamento. Yo quería estar allí con los muertos. Para qué le voy a mentir… allí quería estar –dice Sotero Guevara.

Cuando regresó al cerro El Brujo, le contó al resto de refugiados que en La Joya ya no quedaba nada, que lo habían arrasado y quemado todo. El grupo, entonces, decidió separarse. Hubo unos que se fueron con Rosa Ramírez y los familiares de Pedro Chicas, en dirección a unos descampados en donde podían encontrar ranchos abandonados. Otras familias tomaron otras direcciones y Sotero Guevara decidió quedarse, con sus hijos, cerca de La Joya.

A los ocho días, la familia de Pedro Chicas, con Pedro Chicas incluido, se reencontró con Sotero Guevara en el llano de La Joya. Mientras enterraban a los muertos que podían, le contaron que habían sobrevivido en los descampados del El Rincón, pero que unas patrullas los habían corrido hasta Jocote Amarillo, donde descubrieron que también había ocurrido otra desgracia.

Y esa, de la que hablaba la familia de Pedro Chicas, fue en la que por poco asesinan a toda la familia de Juan Bautista.

 

Capítulo 5. Dos familias, dos masacres

La noche del 12 de diciembre de 1981 fue la última noche que agarró a Juan Bautista desprevenido. También fue la última noche que se refugiaría bajo un techo seguro. A partir de esa noche, la luna lo agarraría a él y a su familia en quebradas, montes y matorrales. A sus hijos, incluido uno de dos años, se les extinguiría el llanto y el hambre, y la cocina quedaría relegada para aquellos momentos nocturnos en los que Juan lograría apilar las rocas necesarias para el filtro que escondería el humo que desprenderían las ramas secas.

Al límite. Así aprendieron a vivir Juan Bautista y su familia. Pero eso era mejor que regresar a cualquier casa. El susto que pasarían en Jocote Amarillo les enseñó que había que estar siempre alertas.

El 12 de diciembre, un compa desarmado -porque la guerrilla tenía pocas armas en esa época- le advirtió a Juan que el ejército seguía avanzando, le contó que El Mozote y el cantón La Joya estaban arrasados y los regañó por seguir escondidos donde menos debía. “Juan: vos sos muy confiado para estar en casa”, le dijo, y luego se marchó, en dirección a La Guacamaya.

A la mañana siguiente, Juan Bautista dejó a su mujer en la casa de Santos del Cid, un amigo que les brindó refugio a él y a otros más. A las 6:30 a.m. se movió con sus hijos mayores para inspeccionar el terreno, y luego los dejó cerca de la casa, escondidos entre unas peñas rodeadas por arbustos. Entonces Juan se abrió paso hacia una quebrada cercana, pero se detuvo. En una casa que le quedaba decenas de metros escuchó una tronazón.

Juan Bautista palideció. Tanto, que la impresión aún lo hace dudar de si fue cierto que algunas balas le zumbaron cerca o si se las imaginó. Lo que sí fue cierto es que desanudó el camino que había hecho, regresó a la casa de Santos del Cid pero a ninguna otra más, porque ahora los disparos se escuchaban más cerca. Juan agarró a su mujer, a los niños más pequeños, y se fueron allá adonde había dejado a los más grandes. Se acurrucaron entre las piedras y los arbustos y esperaron. Y esperaron…

Juan Bautista logró salvar a la familia de su anfitrión y a su anfitrión también, pero hubo una mujer a la que no pudo salvar. Se llamaba Genoveva Díaz, quizá con los mismos años que tenía su madre. “¡Aquí es que se esconden los guerrilleros!”, recuerda Juan que gritó un soldado antes de ingresar a la casa donde la única guerrillera que había era una anciana que no podía caminar.

Cuando los soldados dispararon, Juan no pudo ver nada, pero sí lo escuchó todo. Y oír cómo mataban a la anciana, y ver cómo se quemaba la casa después de la balacera, fue para Juan Bautista otra revelación: a esas alturas, él ya sabía que su madre también estaba muerta.

La masacre duró dos horas, aproximadamente. Juan Bautista escuchó y vio lo que pudo. Hubo otro, sin embargo, que un día antes, una masacre antes de la que se salvó Juan Bautista, vio lo que Juan solo alcanzó a escuchar.

***

Cavilando. Así tuvo que haber llegado Antonio Pereira a su milpa, la mañana del 12 de diciembre de 1981. 30 minutos habían pasado desde que él había consolado el miedo de su madre con la misma estrategia que utilizó su mujer para consolarlo a él.

Antonio Pereira, antes irse a trabajar, le había rogado a Natalia Argueta que se escondiera en el río Sapo, ubicado a un kilómetro del caserío Los Toriles. Pero por más que le recordó la advertencia que días atrás había dado una patrulla guerrillera (“salgan de las casas porque los soldados arrasarán con todo”), ella no dejó de creer en otra que habían dado los soldados, semanas antes que los guerrilleros. La de los soldados decía que matarían a aquellos que anduvieran en el monte. Cuando Natalia vio que su marido no cedía, le tocó el punto débil: “Primero Dios no pase nada”.

En el caserío Los Toriles la gran mayoría eran evangélicos.

Antonio Pereira, sin embargo, como a muchos otros, le parecía demasiado extraño que se escucharan tantas detonaciones dos días seguidos, todas provenientes de todas las direcciones. Desde Arambala, el municipio en donde el Batallón Atlacatl había iniciado el operativo, dos días atrás, los soldados venían cercándolo todo en una formación que se asemejaba a la de una herradura.

Vencido por su mujer, Antonio Pereira escondió sus temores y fue a saludar a Simeona, su madre, que vivía en la casa contigua. Entonces, cuando ella le dijo “está feo esto”, antes de despedirse, él le contestó como le había contestado su mujer: “Primero Dios no pase nada”.

El problema es que sí pasó.

Antonio Pereira recién había llegado a su milpa cuando observó que los soldados bajaban por una de las lomas que rodean el caserío. Entonces corrió en dirección a su casa, pero ya no pudo avisarle a nadie porque los soldados habían llegado antes que él.

Cuando la tropa ingresó al caserío, Antonio Pereira ya no supo si había corrido para sacar a su familia de su casa o para meterse junto a ellos, porque el miedo lo obligó a esconderse entre unos matorrales desde donde podía verlo todo: tenía de frente la puerta de su casa y la de su mamá.

Los soldados primero entraron como intrusos por la puerta de su casa, a la fuerza, y en un primer momento Antonio Pereira pensó que a su familia se la llevarían a algún refugio, pero rápido entendió que aquello no era más que un deseo, porque a los refugiados no los sacan encañonados, como sacaban ahora a Natalia, a Mario y a María, en ese orden, que lloraban y marchaban en línea recta, uno detrás del otro, mientras los soldados los arriaban decididos, tanto los de adelante como los de atrás, hasta que todos se perdieron tras unos árboles y una casa, la de Abilio Vigil, quien nunca pudo ver quiénes lo encañonaron a él, a su familia y a la de Antonio, porque Abilio Vigil era ciego.

A partir de ese momento los segundos fueron las hebras de un nudo que en el pecho a Antonio se le amarraba fuerte, que apretaba más fuerte; y se descubrió solo y con dos manos labriegas incapaces de defenderse –y defenderlos- de los soldados que se los habían llevado hasta aquel lugar donde los ojos de Antonio ahora eran tan inútiles como los de Abilio Vigil.

El nudo en su pecho volvió a apretarse fuerte… más fuerte… más fuerte… más fuerte… hasta que los balazos tronaron allá, donde sus ojos ya no llegaban. Fue ahí cuando el nudo se le reventó, revolviéndole todo por dentro, con la furia de un tropel de recuerdos que ahora sentía salvajes.

Mario, su varoncito de 10 años al que le gustaba jugar con las vacas; María, su muchachita de 14 a la que le gustaba ir a la escuela; Natalia, la esposa a quien había conquistado en el pueblo de Jocoaitique, 20 años atrás, habían desaparecido para siempre.

Cuando logró que los ojos se le desempañaran, los soldados ahora caminaban de regreso hacia la casa de su madre, Simeona, de 85 años. Ahí también estaban sus hermanos, Juan Ángel y Bertolino, sus respectivas familias y Nelly, una de sus sobrinas. Los soldados entraron igual pero salieron diferente: ya nadie marchó en línea recta porque arremangaron a la gente contra la pared. A 10 contra la pared. Para entonces, Antonio ya no tenía incertidumbres en la cabeza y lo que estaba a punto de atestiguar serían puras certezas.

—Viera eso, eso es duro: estar viendo que le están matando la familia a uno. Cuesta aguantarse. Y entonces uno piensa: uno solo con las manos, ¿a qué iba a llegar? Hubiera andado algo, tal vez… Pero así nomás, solo a caer allí también… Por eso mejor me quedé, tuve aguante de quedarme y estar viendo.

Nelly, su sobrina, se separó del grupo y rogó para que no mataran a su abuelita, pero más ligero le dieron a ella para que dejara de hacer bulla.

La espalda de un soldado se interpuso entre Nelly y Antonio, que no la volvió a ver sino hasta cuando otro estallido se convirtió en un recuerdo seguido de otro recuerdo: un disparo, un cuerpo de niña de 10 años derrumbándose a los pies de un soldado.

El silencio que produjo ese disparo dio paso al silencio de las víctimas y a la furia desatada de los victimarios, que tampoco dijeron nada. Los únicos que hablaron fueron los fusiles. El grupo contraminado era una rueda humana desordenada, amontonada y temblorosa; el grupo armado eran unas espaldas y unos perfiles sin rostro ni identidad que apenas y se meneaban mientras disparaban. La rueda, con vida, recibió ráfagas provenientes de seis fusiles activados por seis pares de manos. Cuando los fusiles se callaron, el silencio de verdad fue silencio, los cuerpos quedaron amontonados unos sobre otros, y Antonio Pereira creyó que había terminado todo, mas no sabía lo equivocado que estaba.

—El objetivo de ellos era acabar con todo -dice, y recuerda al soldado que se acercó y pinchó el bulto en el que terminó convertido la rueda humana. Luego el soldado se alejó y desde la lejanía les aventó un objeto que Antonio no alcanzó a distinguir pero sí a escuchar. Y la explosión no la escuchó una sino que dos veces más, tres en total –tres en total: uno, dos, tres- hasta que sus familiares quedaron resumidos en otras cosas que ya no podían llamarse cuerpos humanos.

Hoy sí, cuando todo había terminado, Antonio Pereira comprendió que en el mundo ya no habría quién por él. Y eso, todavía hoy, 30 años después, lo hace guardar silencio, guardar silencio, guardar silencio… y se limpia los ojos que no lloran pero que se empañan.

La masacre en Los Toriles duró cuatro horas, desde las 8 de la mañana hasta el mediodía. De las 18 familias que ahí vivían solo una sobrevivió completa, gracias a que la casa se hizo invisible detrás de un cerro. Antonio Pereira salió de su escondite hasta en la noche, bajo la luz de la luna que, según recuerda, durante los días de las masacres alumbro más fuerte que nunca. De noche enterró a sus víctimas, mientras otros tres hombres, amigos de toda la vida antes de la masacre; esposos sin mujer, padres sin hijos después de la masacre, también enterraron a los que pudieron. Cuando todos estuvieron cansados, Antonio decidió por la suerte del resto de cadáveres.

—Les dije: enterremos la familia que es de nosotros para salvar que no se los coman los animales. Los demás ahí que queden porque no se ajusta.

Todos asintieron y se convencieron aún más cuando en la mañana del 13 de diciembre cayeron disparos sobre Los Toriles. Luego de la masacre, el ejército dejó a uno que apuntaba su mira contra los fantasmas. Los muerteros agarraron rumbos distintos en esa guinda y ni alcanzaron a despedirse.

Antonio Pereira recaló en el río Sapo, ubicado a un kilómetro del caserío. A diferencia de Juan Bautista, que en esa misma mañana, en Jocote Amarillo, también corría hasta una casa para salvar a su familia, Antonio Pereira pegó carrera solo y sin familia, y así estuvo durante 15 largos días, y luego durante cuatro largos años.

Cuando se cansó de roer guineos verdes caminó y caminó y caminó hasta que se refugió en un pueblo llamado Masala, donde ya no había soldados ni guerrilleros ni peligros. Todavía hoy no sabe explicarse cómo fue que en medio de tanto sufrimiento le entraron ganas de trabajar. “Solo quería trabajar”, dice. Cuatro años después se casó de nuevo y se hizo una nueva familia. Y entonces caminó y caminó y caminó de nuevo y terminó viviendo en El Mozote, desde donde sale todas las mañanas para ir a cultivar la milpa que le crece allá donde enterró a aquella otra familia que tanto él quería.

***

Juan Bautista no salió de su escondite, en Jocote Amarillo, sino hasta en la madrugada del 14 de diciembre de 1981.

Cuando él y los suyos salieron, de inmediato caminaron hasta la casa en la que se habían refugiado, y ahí encontraron el cadáver calcinado de la anciana Genoveva Díaz.

Caminaron más y encontraron el de otra mujer, rodeada por cuatro cuerpos de niños también muertos, también calcinados.

En los alrededores de esa casa, bajo la luz de la luna, que lo alumbraba todo, Juan Bautista contó 10 cadáveres más, hasta que se cansó de ver tanta muerte y caminó de regreso con su mujer y sus hijos hacia el monte.

Pasarían varios días para que el miedo lo abandonara por completo. Pero no fue sino hasta cuando se convenció de que las tronazones habían desaparecido cuando decidió regresar a donde todo había comenzado.

—Entonces yo salí de regreso por el mismo camino que ya había pasado, regresé a El Hormiguero. Ahí nos mantuvimos. No recuerdo cuántos días, pero ahí nos estuvimos.

Una mañana, otro compa que se cruzó por El Hormiguero le contó a Juan Bautista que en El Mozote ya no había soldados, porque los habían hecho retroceder más allá de Arambala, el municipio en donde las masacres habían iniciado.

Entonces, resuelto, alistó a su familia y se la llevó hasta las cercanías de El Mozote, donde la dejó escondida, porque a buscar el cadáver de su madre decidió que tenía que ir solo.

Llegó hasta las cercanías del cerro La Cruz, pasó bajo un árbol de manzano pero hasta ahí pudo llegar, porque la hedentina era demasiado poderosa, porque en el terreno de la familia Márquez todo era irreconocible, porque todo estaba quemado hasta los huesos.

 

Capítulo 6. Los reencuentros

La mujer sigue sacando huesos. Tantos que da pena. Ya no caben en la silla, pero ella los sigue sacando. “A mis hijos les daba miedo al principio”, dice. Uno de sus invitados, que desde hace varios minutos se ha quedado hipnotizado, reacciona cuando escucha la palabra miedo. “No, no hay que tenerles miedo”, corrige.

Míriam Núñez, entonces, le cuenta una infidencia.

—Mire: a mí no me dieron miedo, pero me impresionó al principio encontrar tanto hueserío. Pasé enferma como cuatro meses, con fiebres y calenturas. Pregúntele a mi esposo. Él se puso malo también.
—¡Es que no es así no más! -dice Juan Bautista, reflexivo.
—¡Yo me impacté tanto! Ni creía. Mi esposo me había contado, había leído el libro, pero como uno lee libros de historias… Y ahora ya no es cuento porque ahora es la propia realidad.

Míriam sigue sacando huesos. Juan Bautista se desahoga:

—Y aún así la gente no cree… Es tan dura la gente, usted…

Míriam saca un zapato de niña, tierroso, y se le queda viendo.

—¡Imagínese! ¿Cuántos años tiene todo esto y no se ha destruido por completo? 30 años parece, ¿vedá?

Míriam, entonces, decide que tiene que contarnos cómo fue la masacre en El Mozote.

—Estos huesos están aquí porque a la mayoría los quemaron ahí en lo que es ahora la plaza. Ahí hicieron fila: a las que eran mujeres aparte, y hombres aparte. Ahí en esa iglesia encerraron a unos ancianos y ancianas. A esos los mataron adentro. Y todos los que estaban haciendo fila afuera los mataron afuera. Y de ahí los recogieron todos juntos y les dieron fuego. Y aparte de eso a los niños los habían metido en la casa de…. ¿cómo se llama este señor? …

Míriam busca apoyo en Juan Bautista, pero Juan Bautista no interviene porque Míriam recuerda el nombre del hombre que hace 30 años esparció un rumor, que viajó por las montañas de Morazán, para que a El Mozote llegaran cientos de campesinos a refugiarse. Entre estos Juan Bautista.

—¿Comó se llama este señor …? ¡Marcos Díaz! Yo no soy de aquí, pero he leído el libro, le estoy diciendo lo que he leído y no me estoy inventado nada. Ahí habían encerrado a los niños. Y la señora que quedó de sobreviviente, que se llamaba Rufina Amaya, ella escuchaba los gritos de los niños. ¡Mamá, nos están quemando! ¡Mamá, nos quieren matar! Entonces en esa casa de Marcos Díaz encerraron solo niños. Y a los adultos los mataron en el parque, en el llano… Eso es todo lo que le puedo decir.

Juan Bautista guarda silencio, satisfecho. Míriam Núñez ha hecho un buen extracto del relato que él ya había escuchado, completo, 21 años atrás, cuando se reencontró con Rufina Amaya.

***

Es el 30 de octubre de 1990. En los pasillos de los tribunales de San Francisco Gotera, cabecera del departamento de Morazán, dos campesinos están sentados y están nerviosos. Ambos saben que todo puede acabar aquí, adentro de una casa con paredes blancas. Pero también todo puede comenzar. Y esa pequeña posibilidad los anima a estar ahí, y es más fuerte que el miedo que les provoca estar ahí. La guerra todavía no ha terminado y el ejército sigue teniendo demasiado poder.

Los campesinos estaban animados también porque ya uno de ellos, antes que ellos, sí se atrevió a poner la denuncia, a sabiendas de que el viaje podía ser peligroso. Todo eso lo habían deliberado ellos, junto a sus abogados, cuando se reencontraron, nueve años después de haber huido de esas tierras arrasadas, en los reasentamientos del norte de Morazán, ubicados a las orillas de una calle que hoy siguen llamando calle negra.

Tras las masacres, los civiles que huyeron de la guerra y la gran mayoría de los sobrevivientes terminaron refugiados en unos campamentos ubicados en Colomoncagua, Honduras, hasta que en 1989, gracias a la presión internacional, retornaron a Morazán, que para los últimos años de la guerra, fue una zona controlada por la guerrilla.

Antes de poner la denuncia, los campesinos se reunieron junto a sus abogados en la clandestinidad. Las últimas reuniones ocurrieron en una casa de unas monjas católicas, en la cabecera del departamento. Ahí acordaron todos que había que interpretar roles. Uno pondría la denuncia y otros dos serían los testigos. Uno de estos contaría el resultado de varias masacres, la otra, la testigo principal, diría cómo había sobrevivido y cómo es que había visto, casi de manera completa, la masacre en el caserío El Mozote.

Entonces Pedro Chicas, un hombre blanco, alto y determinado, otrora líder de un cantón llamado La Joya, llegó a decir a ese juzgado: “Mi nombre es Pedro Chicas y vengo a poner una denuncia…”.

Cuatro días después fue el turno para Juan Bautista Márquez y Rufina Amaya.

El relato de Rufina se robó los silencios del juez y de la auxiliar del juez. Se robó también algunas lágrimas de Juan Bautista, quien ya lo había escuchado antes, pero que entonces sintió como que aquella fuera la primera vez.

***

Para 1990, las masacres de El Mozote seguían siendo ocultadas por los gobiernos de El Salvador y Estados Unidos.

La primera denuncia ocurrió el 27 de enero de 1982, cuando muy lejos de El Salvador, The New York Times y The Washington Post dijeron -de manera simultánea- que en el departamento de Morazán, cientos de campesinos habían sido masacrados por el ejército salvadoreño, según denunciaba un grupo de sobrevivientes, entre ellos, Rufina Amaya, la única sobreviviente del caserío El Mozote.

El primer funcionario salvadoreño en negar la masacre fue el entonces embajador de El Salvador en Estados Unidos, Ernesto Rivas Gallont. “Rechazo enfáticamente la afirmación de que el ejército salvadoreño haya matado mujeres y niños. Este tipo de actuación no está de acuerdo con la filosofía de las instituciones armadas”.

En Estados Unidos, luego de las publicaciones, a los dos autores de las notas los acusaron de inventar las historias con el interés de favorecer a la guerrilla salvadoreña. En ciernes estaba la aprobación del Congreso estadounidense para incrementar la ayuda militar a El Salvador.

Aunque al público el gobierno de Estados Unidos negaba las masacres, en enero de 1981 varios cables diplomáticos entre San Salvador y Washington ya planteaban lo contrario. Esos cables, ahora desclasificados, muestran cómo la información que el entonces embajador de Estados Unidos, Deane Hinton, transmitía a Washington, fue en escalada progresiva. “No se puede probar ni descartar la violencia contra civiles. La guerrilla no hizo nada para desalojar la zona. Civiles murieron durante la Operación Rescate pero no hay evidencias de que fueran masacrados por el ejército de El Salvador. El número de civiles muertos no se acerca ni por asomo al número descrito por otros reportes internacionales”, decía en un primer cable, en enero de 1981.

Luego, en otro memorando, ya ofrecía una versión de lo que pudo haber ocurrido: “La población estimada del Mozote durante la masacre era de unos 300 habitantes. Batallón Atlacatl condujo la operación rescate del 6 de diciembre al 17 de 1981. La guerrilla conocía la existencia de la operación desde el 15 de noviembre. Los civiles que estuvieron presentes durante la operación y las batallas con la guerrilla podrían haber resultado muertos”.

Antes de que el Times y el Post informaran al mundo de las masacres, a El Salvador, solo la clandestina Radio Venceremos, voz de la guerrilla, la contó.

En la segunda mitad de diciembre del 81, los periódicos de El Salvador solo reportaron lo que informaba el ejército salvadoreño.

La Prensa Gráfica, 10 de diciembre de 1981. (…) Felicidad. Miles de campesinos acuden a saludar a las tropas que están llegando a las zonas que durante varios meses han sido amenazados por los grupos extremistas.

La Prensa Gráfica, 19 de diciembre de 1981. (…) La Fuerza Armada ha considerado como exitosa la Operación Rescate, tanto en el aspecto militar como en el social, ya que miles de campesinos que huyeron del terror que habían implantado los extremistas están regresando paulatinamente a sus terrenos o casas, para rehacer su vida.

Diario Latino, 30 de diciembre de 1981. (…) Afirman que los grupos terroristas han dejado de funcionar con la que lo venían haciendo desde hace algunos días, debido a que se la ha causado una considerable cantidad de bajas entre sus militantes.

Para cuando Pedro Chicas, Rufina Amaya y Juan Bautista pusieron la denuncia, nueve años más tarde, la masacre de El Mozote seguía sin existir. El juez de la causa, Federico Portillo, quería que siguiera sin existir. Los fiscales del caso querían que siguiera sin existir. Sin embargo, dos años después, todo cambiaría, cuando los sobrevivientes se reencontraron, por primera vez, con los huesos de todas sus víctimas.

***

Las inspecciones fueron más rápidas de lo que debieron haber sido.

Rufina Amaya descubrió los huesos de El Mozote el 27 de mayo de 1992. Lo que había contado era cierto. Que los soldados habían asesinado a cientos de niños era cierto. Que habían violado y asesinado a las mujeres más jóvenes en el cerro La Cruz era cierto. Que habían metido ancianos y ancianas en el convento, adonde los masacraron, era cierto. Que habían matado a su marido y a sus cuatro niños era cierto. Cristino, el mayor de esa camada, tenía nueve años; María Isabel, la menor, ocho meses.

Todo lo que Rufina Amaya gritó, muchos años antes, cuando el mundo le dio la espalda, era cierto.

Semanas más tarde, un hombre esperó ansioso a que unos forenses argentinos desenterraran a los suyos. Mientras lo hacían, en su cabeza navegaba el recuerdo de cuando se arrastró, a gatas, para ver cómo habían fracasado sus familiares. Cuando uno de los forenses sustrajo del agujero una muñequita, Sotero Guevara sintió como si esa muñequita fuera Catalina, su hija, el cuerpo que él alumbró con una lámpara durante las noches del 11 y 12 de diciembre de 1981. “Era colochita, bien bonita la muñequita. Me había costado cincuenta centavos. Cuando la vi… ¡Ay Dios! Entonces sí me quebré, mire. Le dije: con su permiso, pero yo me voy a retirar a meditar… y me fui por ahí, a esconderme detrás de un palo”.

En esa exhumación también participó Pedro Chicas, que enseñó dónde estaban sus muertos. Luego dijo que podía enseñar más enterramientos, pero el juez del caso se enojó, ya no quería ver más restos, y lo suspendió todo a las 3:30 de la tarde.

Antonio Pereira se reencontró con los suyos dos meses después, y de nuevo sintió aquel nudo que alguna vez le apretó el pecho, más fuerte, más fuerte, más fuerte, cuando recordó la última vez que vio a su mujer y sus hijos, cuando marchaban, con el pelotón apuntándole sus cañones, hacia la casa donde vivía la familia de un hombre ciego.

***

Las masacres de inicios de diciembre de 1981 se extendieron en un radio tan amplio que llegaron hasta una cueva del Cerro Ortiz, en donde se refugiaron algunos sobrevivientes, hasta que los soldados los ubicaron y les lanzaron granadas. Los soldados también llegaron hasta Cerro Pando, el día 13, y ahí acabaron con una comunidad, compuesta en su gran mayoría de familias evangélicas, que se resguardaron adentro de un templo, donde oraban, pidiéndole a Dios que las salvara.

Pero Dios no atendió los ruegos y ahí dejó, que se murieran, orando, mientras los soldados les disparaban.

En las inspecciones y exhumaciones que se realizaron entre 1992 y 1993, a identificar esa masacre llegaron otros sobrevivientes, a los que Juan Bautista conoció mejor en la repatriación de 1989.

Pero las masacres se extendieron en un radio tan amplio, que muchos sobrevivientes nunca han sido escuchados, porque nadie supo de ellos antes o después del paso del ejército por la zona.

Ese es el caso de Anatolio Argueta, un hombre que cuando niño, a los 11 años, se quedó solo en el mundo, porque el ejército le mató a todo: tíos, primos, hermanos, hermanas, sobrinos, abuelos, padres… A 50 parientes le mataron.

Anatolio solo se salvó porque fue un mal hijo, que desobedeció a su padre y se fue con unos primos a ver qué era eso de las escuelas de menores que los guerrilleros estaban inaugurando en unos montes alejados del cantón. Tres días después masacraron a su familia, y hasta muchos días después le llegó a él la noticia.

Lo que más le impresionó a Anatolio cuando regresó a su caserío fue que los zopilotes y los perros habían devorado casi todos los cuerpos. “Solo una niña estaba enterita, porque la mataron en una hamaca, y ahí no la alcanzaban los animales”.

A partir de ese día, Anatolio Argueta se hizo dos promesas: que entonces sí se haría guerrillero, para buscar justicia en la venganza, y que nunca más pondría un pie en la que era su casa. La segunda no la cumplió, porque en un tablón donde antes estaba su casa nos cuenta su historia, 30 años después. La primera tampoco la cumplió porque cuando en la guerra entendió que se estaban matando entre hermanos la venganza ya no tenía sentido.

Por eso, Anatolio Argueta, ahora pide justicia para él y sus familiares.

En ese mismo cantón, Domingo Tobar, un ex soldado que meses antes de las masacres se había convertido en guerrillero, también perdió a su familia. A su mujer, a sus hijos, a sus padres y hermanos. Todo eso le duele a Domingo Tobar, pero lo que más le duele es que 30 años después, sigue sin saber qué le pasó a su bebé de nueve meses. Porque de la bebé no encontró rastros, y eso, ignorar si está viva o está muerta, lo sigue torturando 30 años después… Domingo Tobar sigue buscando el rastro de lo que podría ser un fantasma.

***

Durante las inspecciones, Juan Bautista también recorrió de nuevo el camino que lo llevó hasta Jocote Amarillo, donde casi muere, por desprevenido, junto a toda su familia, en la mañana del 13 de diciembre de 1981. En los días de las inspecciones, en 1992, Juan Bautista también guió otra expedición.

11 años atrás, después de que intentó sin éxito identificar los restos que había en el terreno de la familia Márquez, en las afueras de El Mozote, cerca de un árbol de manzano, Juan Bautista se topó con un guerrillero que custodiaba la zona. El guerrillero estaba al pie del cerro La Cruz.

Armado, le cercó el paso y le dijo que se retirara, que no iba a dejarlo entrar al caserío, porque era demasiado lo que había ahí, y aunque quisiera, no lo iba a poder soportar.

Juan Bautista, aunque enojado, no tuvo más remedio que aceptar, porque cuando intentó acercarse al terreno de la familia Márquez no soportó la hedentina.

Entonces se le ocurrió que su familia podía haber fracasado en Ranchería, otro caserío cercano a El Mozote, donde de haber huido antes de la masacre, pudo haberse refugiado su mamá.

11 años después, en los días de las inspecciones, Juan Bautista reencontró en Ranchería a sus 19 cadáveres, tal cual y adonde los había dejado la primera vez.

 

Capítulo 7. Los verdugos que nunca existieron

Por la calle negra que atraviesa el departamento de Morazán, patrullan hoy unos soldados que en la solapa cargan, bordado, el nombre del comandante que dirigió todas las masacres de El Mozote.

En nada tienen que ver esos soldados de hoy, con los soldados de hace 30 años. Pero mucho tienen que ver con la ironía, la burla, la demostración de poder del ahora.

“Tercera Brigada de Infantería, teniente coronel Domingo Monterrosa Barrios”, se llama el regimiento que domina toda la zona oriental del país. Ese es el nombre que llevan bordado en la solapa los soldados.

Los verdugos que no existieron siempre fueron –y han sido-“héroes” para un ejército y un país que le temen verse frente al espejo de la historia.

El primero en llamarlos así fue el ministro de Defensa de aquellos días, José Guillermo García. La Prensa Gráfica reportó el 17 de diciembre de 1981, cuatro días después de finalizadas las masacres, que José Guillermo García calificaba como “verdaderos héroes” a los soldados que arriesgaban su vida en las montañas de Morazán, para librar al país de la guerrilla.

Tres años más tarde, el 23 de octubre de 1984, Domingo Monterrosa murió luego de un atentado explosivo de la guerrilla, ocurrido en el municipio de Joateca, en las montañas de Morazán. La guerrilla activó una bomba en el helicóptero en que viajaba el comandante, junto a otros oficiales, periodistas de la Fuerza Armada y unos sacerdotes castrenses.

Un día después, la Asamblea Legislativa declaró duelo nacional. Tres días de duelo nacional: uno, dos, tres…

***

¿Sí existieron? ¿Sí existen? Los oficiales denunciados por la Comisión de la Verdad y por Tutela Legal del Arzobispado sí existen, sí existieron. La gran mayoría eran oficiales graduados con honores, expertos en guerra, entrenados en la Escuela de las Américas.

Lo que no existe, o quieren hacer creer que no existe, es un registro de las actividades realizadas por cada uno de ellos en las fechas de las masacres. Ni de ellos ni de las tropas de San Miguel, San Francisco Gotera, más los comandos del Batallón Atlacatl que lideraron las masacres.

A los militares que han dirigido a la Fuerza Armada de El Salvador, durante los últimos 30 años, sus jefes, civiles, siempre les han creído que esos archivos no existen.

Por ejemplo, el 21 de julio de 1992, el juez Federico Portillo pidió a la Presidencia de El Salvador que informara de los operativos realizados por el ejército, en los días de las masacres, en el departamento de Morazán.

En respuesta, Óscar Santamaría, entonces ministro de la presidencia del gobierno de Alfredo Cristiani, contestó:

“Al revisar el libro de registro de operaciones militares que lleva el Ministerio de Defensa, no se encontró orden militar alguna para realizar operativos militares durante el mes de diciembre de 1981 en la zona de Meanguera, departamento de Morazán, ni antecedentes de ninguna clase que se relacionen con la supuesta operación militar”.

Esa respuesta se incluyó como ejemplo, por parte del Estado salvadoreño ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, para rechazar los alegatos de los demandantes, quienes aseguran que no se las ha hecho justicia. El Estado salvadoreño asegura que sí, que el caso ya fue juzgado.

***

El 1 de septiembre de 1994, el juez Federico Portillo aplicó al caso de las masacres de El Mozote la ley de amnistía de 1993. Lo cerró. ¿Pero a quién aplicó la amnistía, si los militares que perpetraron las masacres nunca existieron, porque según la Fuerza Armada los archivos de esos operativos no existen? ¿A quién hizo responsables, si no había -no hay aún- forma de comprobar que los denunciados estuvieron ahí?

Aunque el operativo sí existió, los verdugos no existieron, porque alguien quiere que así sea.

Pero los denunciados sí existieron. Siguen ahí, con una vida normal. El Faro encontró a uno el pasado octubre, y aunque no quiere hablar, no niega nada acerca de las masacres.

En sus informes, Tutela Legal del Arzobispado incluyó el nombre del subteniente Luis Ángel Pérez Reyes, como comandante de una sección del Batallón Atlacatl al momento de la masacre.

Pérez Reyes llegó a coronel en su carrera militar, y ahora trabaja como gerente de la alcaldía de Santa Rosa de Lima, en La Unión. Se molestó el coronel cuando El Faro, vía telefónica, le preguntó por la masacre en la que participó.

“No estoy interesado en hablar”, dijo el coronel. “Eso pasó hace mucho tiempo ya”, se escudó el coronel. “¡No tengo tiempo!”, gritó el coronel. “Tal vez en otro momento la llega a leer usted (mi versión) en algún libro”, terminó el coronel, antes de colgar el teléfono.

El caso de las masacres de El Mozote ya no está en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, sino en la máxima instancia de justicia continental: la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Eso porque el gobierno civil siempre le ha creído a sus militares, porque ni la Fiscalía ni el juez fueron a secuestrar los archivos militares de la época, en lugar de pedirlos prestados. A menos que algo diferente ocurra, las masacres de El Mozote seguirán en la impunidad. A menos que ocurra algo más que pedir perdón a las víctimas por parte del Estado.

 

Capítulo 8. Las despedidas

Pedro Chicas está sentado en una banca y se siente humillado. Durante 20 años ha liderado en la fase judicial las peticiones de justicia para las víctimas de la masacre, y le enoja presentir que se acerca la hora para que él claudique. A Pedro Chicas se le está acabando el tiempo.

Pedro Chicas está sentado en una banca de su casa, dispuesto a dar su testimonio, pero no lo puede dar. Un cáncer en la garganta le ha ido cortando el habla poco a poco, y ahora apenas y puede pronunciar monosílabos.

Los viejos ya están viejos, y no faltará mucho para que guarden silencio y dejen de contar sus historias para siempre. Rufina Amaya falleció hace cuatro años, el 20 de mayo de 2007, sin ver justicia.

Los viejos ya están viejos, y delgados. Juan Bautista, Sotero Guevara, Antonio Pereira y Pedro Chicas han perdido los músculos, y ahora son piel que se pega cada vez más a sus huesos.

Pedro Chicas se frota las manos, ladea la cara, carraspea, mientras una muchacha lee un papel y dice que su nombre es Pedro Chicas, y que lo que tiene que contar es que el 10 de diciembre… Pero la muchacha no es Pedro Chicas, porque Pedro Chicas está a su lado, escuchando aquello que tanto quiere decir, las veces que sean necesarias. Pero no puede.

Somos salvajes, porque queremos que Pedro Chicas hable, que su voz quede grabada en el vídeo, en el audio, y le disparamos una pregunta.

Entonces Pedro Chicas, con el poco aire que le permite pasar su garganta, devuelve cuatro enfáticos gemidos:

“¡Que se haga justicia!”

***

En la casa de Orlando Márquez ya nadie está viendo el televisor. Se acabaron las carreras y la nieta de Orlando, Idalia, corretea por el patio, mientras Míriam bromea con sus invitados, porque a sus invitados se los están comiendo los jejenes.

Orlando Márquez aún no se va hacia la milpa, en donde ha dejado embalada la corta de la temporada, porque espera que le terminen de preparar la comida del siguiente día. Dice que tiene que ir a acampar porque últimamente en la zona se han estado robando las siembras.

Juan Bautista asiente, y le dice que dentro de poco él también tendrá que hacer lo mismo con su milpa, que todos los días llega a cuidar en unos terrenos que tiene cerca de El Mozote. Se lamenta también por lo caro del transporte, y rememora aquellos años, los de antes de las masacres, con un “antes no era así esto”.

En eso, Míriam Núñez se para en la puerta del cuarto y llama a Juan Bautista porque quiere enseñarle una foto. Es una fotografía viejísima, de más de 30 años. En el retrato se ve cómo eran Agustina, Edith y Yesenia antes de convertirse en los huesos que hoy están en el saco. Detrás de Míriam, los huesos de sus suegros y de sus pequeños cuñados ya están descansando de nuevo en una silla de plástico.

—El único que hace falta es don Santos y José. De ellos no tenemos fotos –dice Míriam.

En la imagen aparece una Agustina alta, blanca y de semblante serio. Su hija Edith es pequeña, pero no tanto como Yesenia. Y Yesenia me mira directo a los ojos mientras descansa para siempre en los brazos de su madre.

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*Nota de la redacción: El lunes 28 de noviembre de 2011, el Juzgado Segundo de Primera Instancia de San Francisco Gotera ordenó la exhumación de los restos sin rescatar bajo los cimientos de la casa de Orlando Márquez. Los forenses del Instituto de Medicina Legal no solo encontraron más restos de los padres y hermanos de Orlando, sino también los huesos de otras siete personas.

Hasta donde sabemos, antes de morir, la última persona con la que Saúl Cedillos habló fue Eusebio Pleitez, director del Instituto Nacional de Comercio, Administración y Democracia. Del director solo diremos que luce cansado y fofo, que dirige una pequeña casa donde funciona un instituto, que es dueño de unas palabras estiradas y cansinas, de un escritorio ancho y antiguo -de madera y con polillas-, y de unos diplomas grises colgados en la pared.

La casa-instituto es pequeña. Tiene tres cuartos que funcionan como claustrofóbicos salones de clases y un patio tan angosto en el que no caben 20 personas paradas. La casa tiene un cuarto más que funciona como oficina del director. Es por lo ocurrido dentro de esa oficina por lo que conocemos algunas de las últimas palabras de Saúl Cedillos.

Aquella no fue la primera vez que el director platicó sobre el mismo tema con ese estudiante. Para Saúl Cedillos lejos de esas pequeñas paredes había algo mucho más interesante y adictivo que el encierro, y por eso ya había escapado muchas veces.

—Vamos a veeer, Saúúúl, ¿qué has decidiiido? ¿Seguirás con tus auseeencias, con tus escaaapes? –preguntó el director, sentado al otro lado del escritorio.
—Es que ya le dije: en mi casa necesitan dinero y por eso hago más jornadas en el taller donde trabajo –respondió el muchacho, de pie.
—Ya te había dicho que arreglaras tus horarios, Saúúúl. ¿Quieres que lo hablemos con tus paaadres?
—No, señor. Ya no faltaré a clases –mintió el muchacho.
—¿Es una promeeesa?
—Sí.

Dos horas después, a las 11 de la mañana del jueves 18 de agosto, Saúl Cedillos escapó de nuevo y el director ni cuenta se dio porque desde su oficina solo ve lo que ocurre en el patio. El salón de clases de Saúl, por el contrario, tiene la puerta enfrente y a solo unos pasos de la salida.

El arrugado vigilante de la colonia en donde está la casa-instituto fue la última persona que, hasta donde sabemos, vio con vida al estudiante. “Iba solo. Apurado… como preocupado… así: pensativo y cabizbajo”, recuerda.

Saúl Cedillos, el estudiante asesinado en agosto pasado en Ciudad Credisa.

***

La colonia donde fue asesinado Saúl Cedilllos tiene el nombre de un banco extinto: Ciudad Credisa. Es un puñado de casas empinadas y alejadas de la línea de un tren en desuso que atravesó alguna vez San Salvador. De la línea del tren para abajo, Ciudad Credisa es zona controlada por la pandilla Barrio 18. De la línea del tren para arriba, es zona controlada por la Mara Salvatrucha.

Saúl Cedillos murió en la parte alta a la 1 de la tarde del jueves 18 de agosto. Murió en una zona alejada una veintena de kilómetros de su casa y de sus amigos. Saúl vivía en un municipio violento llamado Mejicanos y murió en otro más violento llamado Soyapango. No tenía cómo defenderse y los pequeños y morenos músculos que esculpió con pesas de nada le sirvieron contra una pistola nueve milímetros.

A Saúl le gustaba levantar pesas y jugar balonmano primitivo, un deporte de muchas caídas y empujones. Cuando jugaba lo invadía una fuerza colérica que le permitía sacudirse a los rivales que intentaban robarle la pelota. Lo botaban, le brincaban encima y él aun así se levantaba con todo y balón. Una de sus amigas, alguna vez, escuchó que Saúl gritó “¡a-laa -graaan-puuutaaa!” mientras se sacudía a aquellos que lo contraminaban en el suelo. Aquel día, cuando sonaron los disparos, Saúl murió. Pero no al primero ni al segundo. Tampoco al tercero ni al cuarto ni al quinto, y ni al sexto ni al séptimo ni al octavo. Murió hasta cuando la novena bala hizo estragos detrás de su ojo derecho.

“Pobrecito -dijo una anciana cerca de la escena del crimen-. Y pobrecita la mamá: imagínese, a estas horas ha de estar pensando que su hijo anda en clases”.

Saúl vestía un pantalón gris de uniforme y una camisa blanca sin identificativo. Llevaba bolsón, y adentro del bolsón, cuadernos. Tenía 17 años y era estudiante. En uno de los países más violentos del mundo los estudiantes también mueren asesinados. Él fue el número 104 de una lista que llegó a 139 casos para octubre de 2011. Al día siguiente de su homicidio, las imágenes de su cuerpo inerte acompañaron noticias que hablaban del homicidio de otro estudiante.

De Saúl sabemos también que tenía muchas novias. “Tan bonito que era el mono”, le dijo una vecina a su madre, el día de la vela. Sabemos, además, que aquella que le atribuyeron en la escena del crimen no era la novia oficial.

***

El sábado 20 de agosto un autobús repleto de jóvenes se aparcó dentro del cementerio Los Olivos. Ubicado en uno de los extremos del municipio de Mejicanos, el cementerio está al final de una hilera de colonias alineadas con pasajes estrechos y diminutas casas de un solo piso. En esa colonia domina la Mara Salvatrucha y los que se bajaron del bus eran los amigos y excompañeros de Saúl Cedillos.

Sabemos que para prevenir problemas entre los lugareños y los jóvenes dolientes, la mamá de Saúl, Flor, pidió apoyo a la Policía. Entonces, detrás del autobús, como si fuera parte del cortejo fúnebre, ingresó un carro patrulla.

Entre los que se bajaron del autobús estaba la novia oficial de Saúl: Claudia. Ella es una espigada morena con ojos almendrados a la que le gusta vestir camisas hechas para que los ombligos escapen. El día anterior al del entierro, el día de la vela, Claudia abrazó el ataúd y le gritó al vidrio que cubría el rostro de su novio: “¡Te lo advertí, Saúl! ¡Te lo advertí!”

En un vehículo aparte, al cementerio llegó también una mujer joven de pelo recogido, ojos claros y cuerpo gordito. Una que no es estudiante pero que conoce a la mayoría de los que iban en el bus. Ella recordaba a Saúl quizá como nadie más. Durante el entierro, en su cabeza marchó un ejército de inquietudes alimentadas por todas las confesiones que alguna vez le hizo Saúl en un cafetín, mientras ella preparaba platos de comida y él tomaba gaseosas. Pero aquella mañana de sábado, Pamela se guardó esos secretos y solo se decidió a llorar junto al resto de muchachos.

Al entierro no llegó el director con voz cansina ni los estudiantes que reciben clases en la casa-instituto. El grupo de amigos dolientes lo lideraron los excompañeros que tuvo en aquel instituto grande y con mala fama del cual lo habían sacado sus padres. Antes de enterrarlo, uno de estos habló por todos y dijo que su muerte no sería en vano.

Este grupo, antes de irse, formó una rueda enfrente del hoyo en el que fue enterrado el cuerpo de Saúl. Entonces los muchachos, abrazados, cantaron una canción muy peculiar. La entonaron queditos, entre murmullos.

“Que vayas con Dios
amigo del alma
me despido y jamás
me voy a olvidar
de nuestra linda amistad…”.

Esa canción del rapero Big Boy es parte del rito con el cual los pandilleros del Barrio 18 despiden a sus soldados caídos.

***

La oficina de investigación de homicidios de la Policía en el municipio de Soyapango está ubicada contiguo a un comedor que también es criadero de moscas. Es un amplio cuarto a la par de otro más amplio en donde se cocina comida barata y se escapa un olor como de aceite quemado que alcanza a los cubículos de los detectives.

Dos meses después del asesinato de Saúl Cedillos logré reunirme con el detective Antonio Ramírez. Nos vimos en el cuarto que es cafetín. Mientras hablábamos, ambos espantábamos moscas.

Del detective Ramírez sabemos que en la escena del crimen sacó la cartera que estaba en el bolsillo trasero del pantalón de Saúl Cedillos. En ella encontró un carné que lo acreditaba como alumno de un instituto diferente al de aquel en donde pronunció algunas de sus últimas palabras. Era un carné del Instituto Nacional Francisco Menéndez (Inframen).

Ramírez también encontró un celular, y dentro del celular dos fotos con las cuales sostiene la única hipótesis que tiene sobre el caso. Una de las fotografías era la imagen del escudo de El Salvador con un número 18 a un costado. “La otra era la imagen de unos batos cholos como rifando”.

El detective está joven pero tiene unas ojeras pronunciadas que lo hacen ver mayor. Tiene más de 20 casos en espera de investigación aparte del de Saúl Cedillos. “Con tanta masacre que ocurre aquí… es que aquí sí matan gente…”, se excusó Ramírez, frente a un reclamo que solo apareció en su mente.

El caso de Saúl consta en un expediente de cuatro páginas, en donde la primera incluye la instrucción de realizar las diligencias que un fiscal le pidió hace dos meses: regresar a la escena del crimen, entrevistar a posibles testigos, a los familiares, a los amigos y a todos aquellos que hubieran tenido contacto con el joven. También le pidió que vaciara el contenido del teléfono móvil para verificar con quiénes habló Saúl antes de morir. Esas diligencias debían estar listas una semana después del asesinato. Dos meses después del crimen no se había hecho nada.

El detective dijo que lo tendrá que hacer pronto y se inquietó cuando le dije que a todos los que tiene que entrevistar ya los había entrevistado yo. Cuando le conté que nadie entiende la muerte de este estudiante, y que quienes cuentan de sus inclinaciones rebeldes aseguran que estas no fueron más allá de tener un pie afuera y otro adentro de una pandilla estudiantil, se recompuso. Entonces sacó a colación, de nuevo, las fotos alusivas a los símbolos de la pandilla Barrio 18. En el mundo del detective las sospechas siempre son de color negro o de color blanco. El gris no cabe ni por asomo.

—Pero eso no concluye nada –le dije.

—Él estaba metido en algo. Yo creo que si no caminaba, ya simpatizaba con la 18. ¿Dónde estudiaba?

El día que mataron a Saúl Cedillos el detective marcó el número de un director. Llamó a uno que tiene línea directa con la Policía, amén de que dirige una institución en donde cada año muchos jóvenes velan a sus compañeros de clases.

Sergio Mejía atendió la llamada en su oficina: un amplio salón con aire acondicionado y una mesa de madera pulida y brillosa. Luego de la petición del detective se sentó frente al ordenador y buscó un expediente entre los archivos digitales. Cuando encontró lo que buscaba, dijo: “Es un estudiante inactivo. Los papás lo sacaron de aquí en junio”.

***

Flor Reyes crio a Saúl Cedillos en un entorno con fuertes raíces evangélicas. Todos sus familiares van a la iglesia: papás, primos y su hermanita… Su familia no concebía que sus jóvenes vagaran en la colonia por las noches. Conocían los riesgos en la colonia y también conocían los peligros que arrastra el Inframen en su hoja curricular. Por eso hace dos años, cuando Saúl pidió que lo matricularan ahí, Flor se opuso con fuerza.

A la familia Cedillos le tocó vivir en una de las colonias más peligrosas de uno de los municipios más peligrosos de uno de los países más peligrosos del mundo. En 2010, su colonia, en Mejicanos, fue una de las 10 más peligrosas de El Salvador: ahí, entre pasajes laberínticos y viejos adoquinados asesinaron a 20 personas. Por eso a Saúl le imponían toques de queda. No deambulaba después de las 7:30 de la noche y en el día, al salir de clases, debía reportarse en su casa o en la de una tía, ubicada a dos cuadras de la suya.

La colonia de la familia es igual a la colonia donde murió Saúl: está al límite de los territorios dominados por las pandillas. Los Cedillos viven del lado del Barrio 18. Pero hasta donde sabemos, Saúl nunca anduvo en malos pasos en su colonia. Uno de sus mejores amigos, El Moisa, dice: “No vacilábamos después de las 7 de la noche porque la zona es muy peligrosa”. Con El Moisa fumaban Diplomat 100 sin mentol a escondidas de Flor, se reunían en las esquinas de la cuadra y se prestaban las zapatillas deportivas. De hecho, Saúl se quedó con las zapatillas favoritas de El Moisa y este nunca pensó en pedírselas. “Usted sabe, cuando alguien es vergón con uno, uno tiene que devolver con la misma moneda. Y Saúl era cabal conmigo. Lo voy a extrañar un vergo”, dijo, mientras lloraba, el día de la vela. El Moisa lloró mucho a su amigo ese día, el siguiente y durante toda esa semana.

Según El Moisa, los pandilleros de la colonia no fueron los que buscaron a Saúl porque ellos siempre los evitaron. “Allá abajo están los muchachos y es mejor no toparse en su camino”. El allá abajo es apenas dos cuadras, en un laberinto de calles adoquinadas que conducen a pequeños y enredados pasajes de una comunidad marginal.

—Él no era desorden, pero en esa escuela (el Inframen) tienen desorden. No todos los estudiantes, pero hay unos que sí tienen desorden. Por eso él mejor prefirió salirse, por unas cosas que me contó.
—¿Querían que se metiera?
—Ajá. Y la cosa es que cuando te metés en algo sabés que no andarás tranquilo en la calle porque andarás a otras personas atrás, siguiéndote.

Flor Reyes vivirá convencida de que matricular a su hijo en el Inframen fue un grave error. A ella le daba más miedo un instituto con puertas cerradas que las calles violentas de su colonia. Ella dice, tocándose el pecho, que cuando Saúl le contó que quería graduarse ahí, ella presintió algo que no puede explicar con palabras.

—¿A qué le temía?
—A que cambiara… a lo que le pasa a esos muchachos, a lo que miraba en las noticias… Tanto muchacho en problemas, desaparecido y asesinado.

La casa de Saúl Cedillos es una pequeña construcción de cemento con dos salas. En la primera hay una hamaca que ocupa un pequeño corredor y en la segunda hay unos viejos sillones que contemplan un armario cargado con fotos familiares. En esta sala, a finales de 2009, Saúl le rogó a Flor hasta convencerla de que lo matriculara en el Inframen. Dice Flor que le habló al oído, prometiéndole que se portaría bien, que no andaría en malos pasos, que se esforzaría. Dice Flor que su hijo siempre que la convencía le hablaba al oído. Pero ella aceptó matricularlo no porque estuviera convencida sino porque descubrió que la verdadera intención del muchacho era seguir las faldas de Claudia, la espigada morena que gritó “¡Te lo advertí, Saúl!” en la vela. Y Claudia, para Flor, era una aliada. “Cuando no me contestaba el teléfono yo le hablaba a ella para que averiguara adónde se había metido”.

En alguna de esas escapadas, Flor le reclamó a Saúl por su comportamiento. Entonces Saúl le habló al oído de nuevo: “Mamá, si usted sabe que yo sé cuidarme”. Se levantó del sillón y luego se metió en su cuarto a ver una película. Le gustaba ver películas pirateadas. Hoy es su hermana quien devora su colección. Se sienta en una silla pequeña y levanta la cabeza para alcanzar la imagen del televisor dispuesto en la cima del armario. Cerca de ese armario todavía está amontonada la ropa sucia de Saúl. Sobresale entre las camisas la de su viejo uniforme del Inframen.

La primera vez que Flor quiso sacar a Saúl del instituto fue al tercer mes de su primer año de bachillerato. El miedo a que le pasara algo la agobiaba. Los cuentos de Saúl y las noticias que miraba en la televisión alimentaban ese temor. Una vez Saúl llegó contándole que la Policía había encontrado los cuerpos de dos alumnas, envueltos en unas sábanas, en los alrededores del instituto. Las muchachas, de 16 años, habían desaparecido días antes y luego reaparecieron estranguladas. Ese caso, real, ocurrió en enero de 2010.

Luego vino la gota que derramó el vaso, o más bien, la primera bomba que le estalló cerca a Saúl Cedillos. En su vida este joven caminaba al igual que muchos otros jóvenes de El Salvador: como un soldado que atraviesa un campo minado.

El 13 de marzo de 2010, un fotoperiodista de La Prensa Gráfica captó el asesinato de un estudiante del Inframen a manos de un estudiante del Instituto Nacional Técnico Industrial (INTI). En la secuencia, el segundo acuchilló sin compasión al primero. Cuando terminó, el atacante le quitó la camisa roja del instituto a la víctima y huyó. “¡Te me salís de ahí!”, le exigió Flor a Saúl, y este le habló de nuevo al oído. “Mamá –le dijo-: ese bicho dundo fue por andar con el uniforme en esa zona. Uno sabe dónde puede y dónde no puede moverse con la camisa. Usted sabe que yo por eso no agarro el micro de la 47 porque ahí se suben los muchachos”.

Saúl se refería a los pandilleros de la Mara Salvatrucha. Esa es una de las rutas que controlan en Mejicanos. Sabía que subirse a ese microbús con el uniforme era una sentencia de muerte.

Tres meses después el muchacho dimensionó todo el campo minado. Un domingo de junio de 2010, en venganza contra la Salvatrucha, unos pandilleros de la 18 quemaron uno de esos microbuses que tanto evitaba Saúl. En el microbús murieron calcinadas 14 personas. A los pocos que consiguieron salir del vehículo en llamas los esperaba una lluvia de balas.

Saúl y El Moisa se enteraron al día siguiente y corrieron a ver la escena. Más tarde Saúl regresó a casa. Estaba conmocionado. Lo había impresionado el olor a carne quemada.

A los días de esa masacre la Presidencia de la República colgó en una de las calles aledañas a la colonia una valla gigantesca. En la imagen aparecía una especie de seudosupermán que se desabotonaba la camisa y mostraba en el pecho las letras ES. “Nadie va a intimidar a El Salvador”, decía el lema. El creador de la campaña sin duda no tiene ni la más remota idea de lo que significa sobrevivir en colonias como la de Saúl Cedillos o de cómo sobrevivir en un mundo como el de Saúl Cedillos.

***

30 días después de que Sergio Mejía se convirtiera en director del Inframen, un grupo de estudiantes encapuchados protestó frente a la entrada del instituto. Vestidos con el rojo uniforme de educación física y con los rostros cubiertos con pañoletas exigieron su renuncia.

La queja de los estudiantes puede parecer banal, pero detrás de ella, según dijo Mejía a la prensa en enero de 2011, había una verdad oculta. Los vigilantes del Inframen habían descubierto que vestidos con ese uniforme ingresaban al centro educativo pandilleros disfrazados de estudiantes. Entraban, se sospecha, para reclutar a aquellos jóvenes que ya tenían un pie adentro de una pandilla estudiantil que se autonombra como “raza nacional”. Por eso Mejía prohibió el uso diario de ese uniforme: para impedir el ingreso de estos pandilleros y para intentar que aquellos inmersos en batallas estudiantiles –y los que no- se expusieran menos frente a sus enemigos: los estudiantes de la “raza técnica”.

Antes de llegar al Inframen, Mejía dirigió otro instituto nacional: el Instituto Nacional de Comercio (Inco). Por eso sabía muy bien que en las batallas estudiantiles los uniformes, los cinchos y las camisetas son prendas de cuidado: identifican a los jóvenes guerreros, ponen en peligro a aquellos que no se meten en nada y son preseas codiciadas por el bando contrario. Preseas por las cuales hasta se mata.

De Mejía sabemos que hace siete años no tenía todos los problemas que tiene hoy. Daba clases de matemáticas en un colegio para niñas de familias acomodadas y entre sus principales preocupaciones estaba que sus alumnas no comieran en clase. Pero entonces vino la oportunidad de un ascenso y el profesor Mejía lo aceptó sin dudar. Hoy este hombre de piernas largas, voz severa y entradas pronunciadas conoce el tablero donde se mueve y sabe que en este hay desde buenos estudiantes hasta jóvenes que en sus mochilas esconden afilados puñales. Algunos de sus estudiantes lo intimidan. Y tiene por qué temer: a sus antecesores los han amenazado y a uno, en septiembre de 2001, incluso le lanzaron una granada que estalló cerca de la oficina principal.

En el Inframen, Mejía siempre carga un radiocomunicador a través del cual habla con los guardias de seguridad que controlan las entradas y salidas del instituto. Intenta estar al tanto de todo.

Cuando Mejía llegó al Inframen heredó una institución al borde de la locura. En 2010, el Inframen sumó 10 estudiantes asesinados o desaparecidos. Dice que en las clases lloraban algunas alumnas y un halo de incertidumbre paseaba por los rostros preocupados de aquellos que no se metían en nada. Y la incertidumbre continuó. En el primer semestre de 2011 asesinaron a cuatro más y en agosto, el exestudiante Saúl Cedillos cayó muerto en una colonia empinada de Soyapango.

A Mejía le costó reconocer de cuál estudiante le estaba hablando cuando le mencioné a Saúl Cedillos. Ni siquiera recordó que el 18 de agosto por ese mismo muchacho le preguntó un policía de Soyapango en una llamada telefónica. En una primera cita el director prometió buscar el expediente e intentar convencer a los profesores de Saúl para que hablaran sobre su alumno. En la segunda, Mejía confirmó que los papás de Saúl lo habían sacado del colegio en junio sin dar explicaciones; y en la tercera cita, dijo que sus compañeros de trabajo no querían hablar y él tampoco quería ponerlos en riesgo.

Luego lanzó una idea al aire, para intentar explicar por qué han matado a tantos estudiantes del Inframen. Una explicación que según él es aplicable a la mayoría de los homicidios de estudiantes que no son atribuibles a las batallas estudiantiles. Mejía cree que a muchos jóvenes los matan por los problemas que adquieren con las pandillas en sus comunidades de origen. Para él, muchos jóvenes no tienen la libertad de estudiar donde se les antoje porque esa decisión les puede costar la vida.

El director lanzó un ejemplo para reforzar su hipótesis. A mitad de 2011 suspendió a 10 estudiantes provenientes de cierta comunidad de San Salvador para salvarles la vida. “No podemos hacer más. A ellos los han amenazado en sus comunidades, dominadas por la pandilla contraria, para que dejen de estudiar en un instituto que… usted ya sabe…” El director es una persona que aun a puertas cerradas no se atreve a pronunciar el nombre de la pandilla contraria ni el de la que influye en algunos de sus estudiantes.

De los 10 jóvenes amenazados, dos optaron por arriesgarse y siguen llegando a clases. Los otros ocho se han quedado en sus casas. “Es que son muchachas y eso las hace más vulnerables”. A las muchachas, para que no pierdan el año, se les da educación a distancia.

Para él, que sean estudiantes las víctimas mortales también es circunstancial. “Ahí quieren que debatamos –el gobierno- el problema pero es que no es a estudiantes a quienes están matando. Es a jóvenes de cierta edad, de cierto estatus que, claro, en el momento en el que los asesinan, son estudiantes”.

En nuestro último encuentro le pedí que me permitiera pasear por el instituto para hablar con aquellos estudiantes que estuvieran dispuestos a hacerlo. Se negó rotundamente. “Por la seguridad emocional y física de ellos, y por seguridad nuestra. Nunca sabemos con quiénes estamos hablando. Usted debería tener cuidado también”.

***

En un lugar cuya ubicación no diremos hay un cafetín. Tiene dos planchas para cocinar y cuatro mujeres que ora están sirviendo platos, ora lavando trastos, ora regresando vueltos. Una de esas mujeres lleva el pelo recogido, tiene ojos claros y cuerpo gordito. Su nombre es Pamela, pero todos la llaman “Pame”.

Un día de mediados de septiembre un estudiante llegó al comedor 15 minutos antes de entrar a clases. Se quitó el bolsón, llamó a Pame y le pidió permiso para guardarlo sobre el techo de lámina que cubre una de las bancas de la esquina: la banca donde se sentaba Saúl Cedillos. Luego el estudiante tomó camino hacia el Inframen. 45 minutos después regresó molestísimo con un maestro, según dijo.

—¿Qué te pasó? –preguntó Pame, mientras empaquetaba unos platos de pollo frito con arroz y ensalada.
—Ese viejo hijueputa no me dejó entrar y había examen.
—Vos tenés la culpa: mirá a la hora que veniste… te fuiste a joder y luego querés entrar de campeón así nomás.
—¡Me las va a pagar, Pame! Yo sé qué bus agarra, para la Nacional agarra. Sé dónde se baja del bus también.

Dijo eso y chocó su puño derecho contra su palma izquierda mientras bufaba como caballo salvaje.

—¡Calmate! ¿Qué vas a ganar poniéndote así? Igual vas a dejar la materia.
—¡El año ya no lo gano, pero bien que me gano otra cosa buscando a ese viejo cerote!
—Ay, bicho loco —dijo Pame y se encogió de hombros. El muchacho bajó su bolsón del techo de lámina y se despidió, y mientras caminaba repetía en voz alta: “Otra cosa voy a ganar, otra cosa voy a ganar…”

***

Un día de inicios de 2010, a la banca cubierta por un techo de lámina llegó a sentarse un estudiante que se había pintado el pelo.

—¡Veee! Te querés morir rápido.
—¿Por qué dice eso, Pame?
—Que no sabés que los pelirrojos se extinguirán antes que todas los demás especies. Salió en National Geographic, ¿no lo viste? -dijo Pame, y luego se echó una carcajada.

El pelirrojo era Saúl Cedillos. Pame lo conoció hace dos años, cuando Saúl llegó a comprar una gaseosa a ese cafetín. Dice que de entrada hicieron química. Con el tiempo él la convirtió en su confidente y ella en uno de sus mejores amigos. “Mire: hay cosas del pelirrojo que no le puedo decir porque son secretos que me dio a guardar”, me dijo, sonriendo, la primera vez que platicamos.

De Pame sabemos que trabaja en ese cafetín desde hace seis años. Entre pollos fritos, chiles rellenos, pagos y vueltos, se ha convertido a fuerza de sonrisas y bromas en una mujer de confianza para un nutrido grupo de jóvenes que orbitan alrededor de ese cafetín.

De Pame también sabemos que una mañana de mediados de septiembre le prestó dinero a cinco estudiantes sin apuntar la deuda en una libreta. También sabemos que ese mismo día, otros cinco estudiantes llegaron a pagarle la cora que le debían.

Pero a ella no la buscan solo para pedirle dinero prestado. También la buscan para contarle sus aventuras más aguerridas, sus alegrías inspiradas por hormonas y feromonas y también sus más terribles tristezas. Pame es como un oasis. De entrada sonríe, inspira confianza, pronuncia palabras que abrigan. Ella va para los 30 años pero su cara alegre, sus ojos radiantes y la risa que suelta siempre que hace alguna broma la hacen ver menor, apenas unos años arriba de los estudiantes que ya pisan la mayoría de edad. Pame es como una hermana mayor para todos ellos.

Tres semanas después de nuestra primera plática accedió a revelarme un poco más de Saúl, amén de que, según dijo, me estaba haciendo una imagen equivocada de su amigo. En ciernes estaba la posible inclinación de Saúl hacia el Barrio 18, a juzgar por las fotos que le encontró en el celular el detective Ramírez. Pame, entonces, insistió en que dejara de pensar como policía.

—No, mire, él no se había metido –me dijo-. Pero estaba en un momento, ¿cómo le digo?… como de transición en su vida. Usted sabe cómo es su mamá, cómo lo han educado, y aunque lo otro le atrajera, como que lo conflictuaba. Pues, él con sus valores, con su forma de ser… porque mire, ese niño sí que era una persona que de entrada uno se daba cuenta que no mataba ni una mosca.
—¿Y las fotos, Pame? ¿Qué significan las fotos?
—¡Ay! Mire, no se abata. Si por eso dicen que era pandillero es porque son brutos los policías. Entonces tendrían que decir que todos los estudiantes del Inframen son pandilleros. Ya ve cómo es ahí, y quiérase o no a estos bichos los mueve lo que ahí hay, pues, porque los rivales no distinguen para atacar a uno de estos bichos.
—¿Se metió a la pandilla, Pame?
—No, se lo juro que no. Pero sí estaba como conflictuado por todo lo que le pasaba. No tomaba la decisión pero sentía como empatía…

***

El 18 de septiembre de 2011, al mes del asesinato de Saúl Cedillos, sus antiguos compañeros del Inframen se repartieron unas placas con su fotografía. En la placa estaban escritas estas leyendas: “La raza nunca olvida. El Green. Nacionales. Inframen”.

Pame cree que hay una gran diferencia entre un joven metido en una pandilla estudiantil y un pandillero de la 18 o la MS. Saúl, según Pame, no se había metido a la 18 como cree el detective Ramírez de la Policía de Soyapango. Saúl estaba fascinado con la raza nacional, una frontera difusa entre el Barrio y el territorio de las pandillas estudiantiles.

Si en las pandillas Barrio 18 y MS hay brincos, soldados, palabreros, jerarquías y misiones para delinquir; en las pandillas estudiantiles hay jóvenes que pueden llegar a odiar a muerte a los otros jóvenes del instituto rival.

El conflicto entre estudiantes técnicos y nacionales no es igual al conflicto entre la MS y la 18 pero es tan delgada la línea que los separa, y tan compleja también, que se desdibuja alrededor de los símbolos, de las identidades y de las simpatías que cada bando profesa a una de las dos pandillas. Una simpatía que nació en los primeros años de la década de los 90, cuando los primeros pandilleros californianos deportados se acercaron a los institutos como quien busca una cantera: la MS se identificó con los técnicos y la 18 con los nacionales.

Muchos años después, jóvenes como Saúl Cedillos aprendieron que no pueden vestir su uniforme escolar cerca de su colonia si en esta hay presencia de la pandilla rival del instituto. Muchos años después, el director de un instituto nacional suspendió a 10 estudiantes a mitad de 2011 porque esos jóvenes cruzaron sin querer una línea imaginaria al salir de sus comunidades, dominadas por la MS, para estudiar en un instituto influenciado por la 18.

En medio de tanta violencia, lo que queda, según Pame, es “empatía”. Por eso, siempre que asesinan a un Inframen se sospecha que los responsables fueron los técnicos o la MS. Y viceversa. Luego la raza se enorgullece con sus muertos y hace medallitas como las que hicieron para recordar a Saúl. En ese mundo, dice Pame, es fácil que cualquier muchacho en un momento determinado quede fascinado y quiera defenderlo todo.

Pame alguna vez también fomentó la fascinación de Saúl hacia la raza nacional. Alguien le regaló un cincho con el escudo del INCO y ella se lo regaló a Saúl sin pensarlo. Luego se arrepintió, porque ella sabe lo que significa un símbolo como ese: identifica, provoca empatía, orgullo y pertenencia. “Estaba emocionado. Se levantó de la banca y se lo puso de inmediato. Después me quedé pensando que la había regado, que si la mamá se lo miraba, conmigo se iba a desquitar”, dice Pame y luego se tira una carcajada.

—Con solo que no me vaya a decir que en el Inframen no hay pandilleros, Pame…
—Mire: ahí sí hay de todo, como ya se habrá dado cuenta, pero pesa más lo otro, lo de la raza, que le llaman. Sí hay muchachos, así, completos, no se lo voy a negar, pero pesa más lo otro.

***

En un muro de Facebook dedicado a estudiantes nacionales, a las 21:43 horas del 23 de septiembre, Snow escribió:

“hey vichona floja de la rider te espera la raza soyas IN y parques DJG cerka del INFRAMEN pero llevanos las regalias de la rata y la iron y la guanaca y hoy si llevan spray para akapararlos y mancharles el pelo traboniarlos y zapatiarlos”.

A las 2:14 horas del día siguiente, Rider contestó:

“Pobre culeritosi no pudiero solo con 6 jaja ban a poder con la mara 503 k pedorros desime papa pedorro papi desime jajaajaj te gusto va culero asta la paca de tu burro sete kedo jajaja k culero la Salvatrucha en grande”.

Pame me había dicho que buscara en Facebook para entender mejor “eso de las razas”. En Facebook hay páginas y perfiles de estudiantes del Inframen y del Inti que hacen señas con las manos adentro de un salón de clases, en el patio, en la calle…

También hay perfiles de estudiantes del instituto hermanado con el Inframen, el INCO, el que alguna vez dirigió Sergio Mejía. En todos esos perfiles hay fotos de mascotas vestidas como si fueran pandilleros, con pantalones holgados, como los usan los vatos cholos. También hay dibujos de estudiantes cholos posando sobre un grafito del Inframen, un dibujo parecido al que llevaba Saúl Cedillos en su celular.

En una secuencia de fotos que subió un estudiante del INCO el protagonista es un machete: uno con el machete, dos con el machete, tres con el machete, el machete en el centro de un grupo de estudiantes que viajan dentro de un bus que los lleva hacia alguna excursión, una chica uniformada con el machete adentro de un salón de clases…

En Facebook también hay emblemas y preseas: cinchos alusivos a los institutos nacionales y cinchos alusivos a los institutos técnicos. Dependiendo del bando en el que se postee, los emblemas del bando contrario aparecen siempre boca abajo y con comentarios amenazantes: “en bolsa van aparecer estos perros chavalas de mierda de los IN (institutos nacionales)”, posteó en una de las páginas de supuestos alumnos del Inframen alguien que se decía del Instituto Nacional Técnico Industrial (INTI). “Mierdas del club del Mikey Mouse, los vamos a hacer picadillo”, respondió un supuesto estudiante del Inframen.

Seis días antes de que asesinaran a Saúl Cedillos, en Facebook, otro grupo de jóvenes lloró en 200 comentarios el asesinato de un estudiante del INCO. Se trataba de Águila, un joven que murió en la sala de emergencias de un hospital público minutos después de haber sido acuchillado en el centro de la ciudad capital.

El 12 de agostó en el muro de Águila, Lotto, uno de sus amigos, escribió:

“El compadrito queria ser loko y ganarse su respeto…….. ahora ya no esta con nosotros pero ants de irse logro ganarse su respeto y lo vamos a recordar como los grandes….. como lo demostro hasta el ultimo momento……. Guerriando hasta el final……… dio su vida por el instituto y eso no se va a quedar asi malditos perros de mierda…… RIP SR. ÁGUILA………….Que Diosito me lo tenga con el en el cielo…….siempre lo llevaremos presente en la mente y me voy a desquitar aunq m tilden de delincuent….. Se metieron con la family E.N.C.O. y eso no se hace……..!!!!!! Asi q nos vemos a la vuelta de la esquina para la revancha…………”.

A 15 personas les gustó esto.

Escribí un mensaje al inbox de Lotto para que me contara qué pasó con Águila y respondió dos días después.

“Bien viejo l es l águila pues fue a las 6y30 d la ma~ana l 12 d agosto frent al palacio nacional lo traboneron con una mariposa unos dl iti al águila lo auxiliaron 2 ke handaban con l y corrieron hasta l punto d la 48 fue ahí cuando l águila c dsmayo en ese momento iva pasando una patruya n la ke lo subieron pro el ya iva inconcient fue en l hospital ke trajicament murio. Esa s la historia viejo”.

El 13 de agosto de 2011, otro de los amigos de Águila posteó el video de la canción que le cantaron a Saúl Cedillos en el cementerio. Aquella canción que utilizan los dieciocheros para despedir a sus soldados caídos también la invocan jóvenes que en Facebook se dicen simpatizantes de la raza nacional.

A 30 facebookeros les gustó eso.

En Facebook, aquellos estudiantes que simpatizan con las razas dan a conocer sus simpatías. En la foto, dos jóvenes posan con un machete en un aula del Instituto Nacional de Comercio.

***

A finales de 2010, un estudiante llegó al cafetín con la camisa estrujada y sucia. Sudaba cuando llegó al comedor de Pame. Estaba como encendido, como si una descarga de energía lo hiciera sentarse y pararse, sentarse y pararse de nuevo, y dar vueltas alrededor de su banca preferida. Se tronaba las manos también y miraba para todos lados. La última vez que se sentó fue cuando le pidió agua a Pame.

—¡Casi me matan, Pame! –dijo.
—¿¡Qué te pasó, pelirrojo!?
—Ahí en la parada me agarraron a patadas. Si no hubiera llegado el Chino ya no se lo cuento. Ya dos contra dos no les gustó… ¡Casi me agarran, Pame!

Antes las avanzadas contra los del Inframen ocurrían cerca de la puerta, pero desde inicios de este año el escenario cambió. Cerca de la puerta hay una estación móvil de la Policía dentro de la cual dos agentes se detienen las quijadas todo el día o, a veces, se entretienen con las guapas estudiantes que desfilan frente a sus ojos. La estación la pidió el director Sergio Mejía y el mismo director de la Policía Nacional Civil, Carlos Ascencio, fue a inaugurarla una mañana soleada de enero de 2011.

Con el tiempo, esa caseta lo único que logró fue que las peleas ocurran más arriba, en una parada donde se detienen los buses que vienen del centro de San Salvador o del centro de Mejicanos. Ahí se bajan, provenientes de ambas direcciones, decenas de estudiantes que luego caminan un kilómetro cuesta abajo.

Se les puede ver a las 6 de la mañana, bajando en grupos, como si fueran manadas que intentan protegerse de fieras salvajes. Se les puede ver al mediodía y pasadas las 6 de la tarde. Es raro que un estudiante del Inframen busque solo la parada de su conveniencia. La vez que golpearon a Saúl Cedillos, recuerda Pame, él venía solo porque iba tarde a clases.

—Los estudiantes siempre van alertas —dice Pame.

El director Mejía, en uno de nuestros últimos encuentros, ocupó otra figura:

—Esos son mecanismos de supervivencia. Para entrar al INCO, por ejemplo, siempre cruzan en grupo un mercado que hay cerca de la entrada. Lo hacen así porque ese mercado está infestado por la pandilla que no va con el instituto. Si agarran a un estudiante solo, lo pueden matar o simplemente hacer desaparecer.

Otro método de supervivencia consiste en vestir ropa particular. Algunos alumnos llegan vestidos con jeans y camisas casuales, tenis, sandalias. Cuando entran al instituto se ponen el uniforme y cuando salen, de nuevo, regresan disfrazados a sus colonias.

—Para que no los identifiquen —dice Mejía. Saúl Cedillos, cuando emprendía su camino de regreso a casa, se quitaba la camisa y el cincho.

***

La puerta del Inframen está custodiada por un vigilante que se turna con otro vigilante cada 24 horas. Cuando los alumnos entran, los vigilantes les exigen que comprueben con un carné que estudian ahí y que definan en cuál sección están inscritos. Entonces verifican en unos horarios colgados en la pared si la sección que los alumnos señalan tiene clases o no. Si no tienen, no los dejan entrar y les piden que se retiren.

Debajo de esa misma puerta, hace muchísimos años, las cosas funcionaban de diferente manera. El Inframen fue la cuna de ilustres personajes de la vida nacional. Era el instituto público por excelencia. Los mejores profesores del país daban clases a los mejores alumnos del país. De ahí se graduaron los ex presidentes Adalberto Rivera y Arturo Armando Molina, el poeta Alfredo Espino y -a finales de los 30s- una de las intelectuales más conocidas de El Salvador: la actual ministra de Salud, María Isabel Rodríguez.

Pero la gloria de antaño se ha desdibujado por completo. Hoy el Inframen, como el resto de institutos nacionales, se distingue más por la violencia contra sus estudiantes, por sus cachiporristas y por sus bandas musicales que desfilan el 15 de septiembre, día de la independencia.

En todos estos años muchos funcionarios del sistema educativo tuvieron que dormirse en sus laureles para que la excelencia académica de la educación media se haya transformado en un bonito y añejado recuerdo.

Solo así se explica que bajo la puerta que alguna vez cruzaron estudiantes que luego se convirtieron en líderes de época ahora se cuelguen advertencias. Estas son fotografías de muchachos que tienen prohibida la entrada. Son caras serias de carné, fotografías ampliadas de rostros con miradas desafiantes. En una de las visitas que hice el vigilante de la entrada me contó las historias detrás de esos rostros según el grado de sus travesuras: “Mire –señaló con el dedo-: este se sacaba sus partes y se las andaba enseñando a las muchachas en las zonas verdes; este otro una vez quiso ingresar con un puñal; este de aquí con un corvo y este último amenazó de muerte a un compañero después de casi matarlo con una gran cachimbeada”.

***

Entre las pocas cosas que quedan por contar de Saúl Cedillos está la camarilla a la que ingresó dentro del Inframen. “¿Qué pedos?”, saludaba, cuando se topaba con su novia, Claudia, y con sus amigas: La Cookie y Morelia. En el grupo, a Saúl le decían “El Green”. Le pusieron así al inicio de año, cuando en una plática sobre la Navidad él dijo que esas fechas lo deprimían. Entonces de “el Grinch” su apodo degeneró en “El Green”.

Los cuatro muchachos se dedicaron todo el primer semestre de su primer año de bachillerato a vagar dentro del instituto. La Cookie, sonriente, gordita y juguetona, lo define así: “Mire: nos dedicamos ¡a joder! Es que si viera de los colegios de donde venimos, estar aquí, en esto tan grande, era como estar en un parque de diversiones”.

La Cookie estudió en una escuelita del oriente de San Salvador. Saúl y Claudia llegaron de otra pequeñísima de Mejicanos. Una que tiene un basurero en la fachada y tristes pupitres que se desarman con un soplido feroz. El Inframen con su parqueo interno, sus amplios patios, teatro, restaurante, cancha de fútbol y de voleibol, marca una gran diferencia. Antes tenía piscina, pero los terremotos que sacudieron al país entre enero y febrero de 2001 la inhabilitaron.

El prestigio de antaño y las instalaciones del principal centro de estudios público es lo suficientemente atractivo para que 2,600 estudiantes se la jueguen cada año. “Es que mire, esto es un parque de diversiones al que venimos buenos, no tan buenos y los muchachos”, me dijo La Cookie, riéndose, mientras señaló con la boca a un grupo de estudiantes que jugaban a perseguirse frente a la cancha de basquetbol en horas de clase.

En los muros internos del Inframen es raro encontrar pintas alusivas a la raza nacional. Sin embargo, en los baños de los estudiantes varones las pintas se hacen en los azulejos y hasta en las ventanas.

Saúl y Claudia dejaron ese primer año y de los dos solo Saúl repitió en el Inframen. Flor Reyes no pudo sacarlo de ahí sino hasta en junio de 2011, luego de que una profesora se lo aconsejó porque Saúl mucho frecuentaba a “los muchachos”. Entonces Flor lo matriculó en una pequeña casa-instituto dirigida por un director dueño de palabras estiradas y cansinas.

Antes de morir asesinado, Saúl se escapó en cinco ocasiones y en todas se juntó con sus amigos en el Inframen. En la penúltima, Saúl celebró junto a sus ex compañeros el día del alumno. En el patio grande se reencontró con La Cookie y con Morelia. Bebió vodka Troika de un termo plástico y bailó en los pasillos del corredor.

Más tarde fue al cafetín para saludar a Pame. Siempre la buscaba. En una de esas últimas escapadas llegó con la mano herida y le pidió a Pame que lo curara. Ella, bromista como es, exprimió medio limón en la herida. “¡Ay! ¡Ya ve cómo es, Pame!”

Pero aquella última vez que platicaron ella recuerda solo una extraña pregunta que le hizo su amigo:

—Pame: ¿y usted iría a mi funeral?
—Ve, este bicho loco. ¿Y por qué me preguntas eso? –respondió ella.
—En serio, Pame. ¿Usted iría a verme a mi funeral?
—Si das Pollo Campero sí voy –dijo, y rio.
—Las patas le voy a ir a jalar si no va… Pero en serio, ¿iría o no?
—Ya te dije: ¡si das Pollo Campero me echo toda la vela!

***

En las primeras semanas tras la muerte de su hijo, hubo un tiempo en el que Flor Reyes creyó que lo habían asesinado por culpa de una muchacha. El día de su entierro, Flor se nos acercó para entregarnos una foto: era la cara sonriente de “una muchachita que no conozco”. Saúl andaba esa foto en su cartera cuando lo asesinaron. Y aunque para la Policía esa foto no significó nada, el corazón de Flor Reyes le decía que algo tenía que ver. Algo. Sus sospechas surgieron luego de que todos los noticiarios que cubrieron la muerte de Saúl dijeran lo mismo: el joven asesinado venía de dejar a su novia. “Averígüenme y díganme si anda aquí”, nos pidió Flor.

Su sospecha también descansaba en una verdad ineludible: Saúl tenía muchas novias. “Y solo por una muchacha sería tan bobo para irse a meter donde no debía”. Lo novio se lo sabían La Cookie, Claudia –que por extraño que parezca lo toleraba, siempre y cuando ella siempre fuera la oficial- y Pame.

A ella se lo confesó en el cafetín mientras coqueteaba con una chica que, a lo lejos, platicaba con su novio.

—Pame: ¿verdad que es bonita?
—¡Ay, Saúl! Que no ves que ahí está el novio.
—Pue sí, pero es que yo no lo estoy viendo a él… y ella sí me está viendo a mí.
—Ya te van a venir a dar un tu sopapo, por baboso.
—¡Ay, Pame! Si yo estoy bicho y guapo, y si no aprovecho ahorita, después no me va a salir nada.

En ese mismo cafetín Pame descartó que la muchacha de la foto fuera la que Saúl anduviera buscando en la colonia empinada en la que lo mataron. La muchacha de la foto era una de sus mejores amigas en el Inframen. La conoció en el trayecto que recorre la manada después de que se bajan del bus. “Él la protegía en el camino”, dijo Pame.

***

El 22 de septiembre Saúl Cedillos habría cumplido 18 años. “¿Por qué mataron al estudiante?”, me preguntó, ese día, frente a su tumba, la vendedora de sepulcros del cementerio Los Olivos. En el camposanto solo estábamos un vigilante, ella y yo. Le respondí que no había nada seguro sobre su muerte. La vendedora se encogió de hombros y me contó una historia corta: “La semana pasada enterramos a un maestro que fue asesinado por el novio de una inquilina que él tenía. ¿Ve donde está el toldo levantado? Ahí fue. La viuda nos contó que la muchacha no había pagado tres meses de alquiler y entonces el señor la sacó de la casa. A los dos días el novio, que era pandillero, lo llegó a matar. Por cualquier cosa matan a la gente, ¿verdad?”

Un mes después Flor me dijo que ese día no llegó al cementerio porque no lo hubiera podido aguantar. Los nervios la están traicionando. La visitamos por última vez porque ya habíamos advertido que vernos la hacía recordar demasiado a su hijo, y cuando Flor recuerda a Saúl llora.

Esa última vez las lágrimas bajaron de nuevo por su mejilla. Pasados unos minutos se recompuso y contó lo último que sabemos de Saúl Cedillos: la hizo abuela. “Pero no sé cómo averiguar más. No sé…”

Entonces le hablé por teléfono a Pame, la confidente que guardó muchos de los secretos de Saúl.

—¿Quién se lo dijo? –preguntó, sorprendida, desde el otro lado de la línea.
—La mamá. A ella se lo contó Claudia, y a Claudia alguien que escuchó la plática que Saúl tuvo contigo en el cafetín.

Pame se tardó varios segundos antes de contestar.

—Sí, es cierto… No, no sé quién es la muchacha… Tampoco sé dónde vive… Dígale a la mamá que yo la voy a buscar para ver cómo hacemos… La niña tendrá cinco meses… Se llama Estrellita.