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No somos inmunes a la muerte de otro. No importa si no lo conociste. Da igual si no sabés cómo se llamaba, cuántos años tenía, qué le gustaba hacer. El cuerpo está ahí en el suelo y acá estamos nosotros. Hay que levantarlo y llevarlo a otra parte. Cuando lo movemos, queda una huella. En la nieve aparece una marca que tiene forma de persona. Dentro de nosotros, también.

El escalador italiano Reinhold Messner decía que las grandes montañas no son justas o injustas, simplemente son peligrosas. Los escaladores sabemos que, cuando salís a la montaña, la muerte es una posibilidad. Creo que aunque sea inconscientemente todos lo saben. Ahí está el desafío. Si no hay riesgo, el desafío no existe.

Los padres de algunos chicos no entienden la pasión de sus hijos por la montaña. En esos casos, es más difícil aceptar la muerte. Aunque no sé si existe un caso en el que sea fácil aceptarla.

Cuando atendés el teléfono y alguien te avisa de una avalancha, no hay espacio para miedos, nervios ni reflexiones. Una descarga de adrenalina te cae sobre los hombros. Y la cabeza, como si no estuviera unida al cuerpo, se escapa para adelante. ¿Cuánta gente tenemos? ¿A qué distancia estamos?  ¿Hay camionetas? Los sentimientos se borran o, mejor dicho, se adormecen por unos días; se ocultan detrás de la euforia de la concentración metódica. El cirujano opera en el quirófano. El rescatista, donde sea, organiza el rescate. Hay poco tiempo. O, lo que no es lo mismo pero se le parece, hay personas que ahora están vivas. Que lo sigan estando depende de que nos apuremos.

***

El primero de septiembre de 2002, en la planta baja de la casa, el teléfono sonaba desesperado. En el primer piso, el médico e instructor de ski Ramón Chiocconi, que había vuelto temprano del cerro Catedral, donde trabaja como responsable médico de las pistas, pensó en no atender. Algo lo hizo cambiar de idea. Bajó la escalera y levantó el tubo.

—Avalancha en el Ventana —escuchó—. Hay entre diez y doce desaparecidos.

Y la cabeza, como si no estuviera unida al cuello, se le escapó para adelante. Con lo que le quedaba del cuerpo, pasó a buscar a un amigo.

Desde hace veinte años, Chiocconi es uno de los cien voluntarios que integran la comisión de auxilio del Club Andino de Bariloche. Ninguno cobra: todos ponen su equipo, su tiempo, su experiencia. A veces, reciben donaciones que usan para comprar cuerdas, cascos o camillas. En la Comisión no hay jerarquías ni reglamentos. Los voluntarios tienen otros trabajos. La decisión de acudir a un llamado es una cuestión de compromiso interno. Pero, frente a un problema, siempre hay de diez a treinta personas listas, preparadas para ayudar.

Mientras iban en el auto, pensaban qué había pasado en avalanchas anteriores. Siempre, o la mayoría de las veces, las víctimas estaban en el depósito final: la nieve se acumula a los pies de la ladera y allí, sepultados, quedan los escaladores.

En la sede del Club Andino se encontraron con otros voluntarios. Fueron hasta el cerro, donde se cruzaron con bomberos que iban en cuatriciclos. Así, pudieron subir, más rápido, por el bosque.

Al llegar al cauce, el lugar de la avalancha, encontraron una especie de río, de un kilómetro, con depósitos a diferentes alturas. Había sol, estaba despejado y no hacía demasiado frío. Un depósito final, enorme, y otros intermedios, más chicos. Imposible saber dónde buscar.

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Después de una avalancha, cuando la nieve frena, más del 90% de las personas sepultadas están vivas. Sabemos por estudios que a la media hora, debido a la asfixia, ese porcentaje cae al 40%. A veces, la hipotermia protege. Si el cuerpo se enfría muy rápido, la necesidad de oxígeno de las células es menor y la persona puede sobrevivir por más tiempo.

Las estadísticas marcan que a las dos horas de producida la avalancha, sólo el 8% de los sepultados está vivo. Pero, ¿quién nos asegura que en el próximo rescate no entren todos dentro de ese pequeño grupo? No podés anticiparte. Hay que ir al lugar y buscar. Una vez que sabés dónde está el cuerpo, ubicar la cabeza y liberar la vía aérea. Es importante que en el grupo haya un médico o un guía experimentado que evalúe si delante de la cara, bajo la nieve, hay una cámara de aire: un pequeño espacio que le permita al sepultado respirar. El pronóstico cambia radicalmente.

Cuando las personas sepultadas son varias, hay que actuar rápido. Demora significa muerte. Si pasaron noventa minutos y encuentro a alguien sin pulso: o se murió por asfixia o está bajo hipotermia. En ese momento, hay que tomar una decisión. Se intenta salvar a esta persona o se sigue para encontrar a otros. Si no tiene cámara de aire, mejor buscar a los demás: tienen más chances de estar vivos.

***

¿En cuál de todos los depósitos buscar? No había tiempo para reflexiones. A un costado del bosque, Chiocconi fue a atender a tres heridos. Uno de ellos estaba bien. El segundo, Nicolás Lemos, tenía traumatismo de cráneo. Martín, su hermano mellizo,  fractura de pelvis. Era el más grave. Chiocconi habló con él durante unos 45 minutos. Le puso oxígeno y suero. Lo mejor hubiera sido trasladarlo. Pero no había forma. De a poco, el cuadro se fue agravando hasta que el chico murió. Seguramente, por una hemorragia interna.

Llegaron más voluntarios, y Chiocconi pasó a estar encargado de la evaluación de los heridos. Tres veces tuvo que certificar la muerte. Mario Sebastián Tapia, Paolo Jesús Machello, Oscar Fabricio Vaccari. Eran adolescentes de 18 y 19 años. Y había que seguir buscando.

Para poder cubrir la zona de una manera más o menos lógica, los voluntarios se dividieron en grupos. De cinco, ocho, diez personas. Una al lado de la otra, como en una barrera de fútbol. Con una sonda de caño, pinchaban la nieve.

Trabajo lento.

Un paso. Clavar la sonda, sacarla. Otro paso. Clavar la sonda, sacarla. Cuando uno toca una piedra, se siente rugoso y duro. Si es una rama, se siente distinto. Si hay enterrada una persona, la sensación, para alguien con experiencia, es inconfundible.

Sin embargo, esa tarde, hubo muchas alarmas falsas.

***

En el momento lo tomás con relativa naturalidad. Estás ahí, en ese lugar. Hacés lo que hay que hacer. En realidad, las limitaciones son gigantes: hacés lo que podés. Lo más terrible es decirle a la familia de alguien perdido en la montaña que la búsqueda se va a detener. Pero, a veces, el riesgo de avalancha continúa. Y nuevos muertos por buscar casi cadáveres no tienen sentido.

Dos o tres días después de un rescate en el que murió gente, la anestesia que dormía los sentimientos empieza a desaparecer. Surge el cansancio. Un cansancio brutal. Mental y físico. Es difícil de explicar la frustración por no poder devolverle a la familia una persona viva, mezclada con la tristeza por la muerte. Te pesa hasta la piel.

Uno maneja la angustia como puede. Tenés que contarlo, hablar, sacarlo afuera. Porque es acumulativo. Es como si te fueras cargando muertos arriba de la espalda. Y, aunque se diga lo contrario, con el tiempo no te hacés más resistente. Te volvés más trágico. Ahora, por ejemplo, que estoy acá sentado acordándome de esto, lo siento: sin que yo haga nada para que pase, cambia mi tono de voz.

Siempre digo que no tiene sentido aparentar dureza, simular que a uno estas cosas no lo afectan. Todos sufrimos igual. Lo importante es que el dolor, esa mezcla ácida que se extiende por las venas, no nos quede dentro del cuerpo.

***

Sin embargo, esa tarde, no todas las alarmas fueron falsas.

En la nieve se había formado un cañadón. Los rescatistas bajaron. Al rato, uno de ellos quiso subir por una pared de hielo. Para hacerlo más fácil, pensó en tallar escalones. Picó y encontró una mancha marrón. Siguió picando. Era el pelo de Adrián Mercado (18), que ya había muerto. Mientras lo sacaban, alguien creyó escuchar un grito.

—¡Silencio! — pidieron.

Iban cinco horas de búsqueda. Las chances de haber oído lo que parecía un pedido de auxilio eran inverosímiles. Los ruidos de treinta personas que no querían hacer ruidos. El sonido del viento. Y de nuevo, el grito.

Liliana Alonso, novia de Mercado, sobrevivió después de estar enterrada durante más de cinco horas. Había quedado en una posición en la que un brazo le cubría la cara. Así, pudo respirar. Estaba bien abrigada. La primera imagen que vio al salir de la nieve fue la de su novio congelado.

A las tres de la mañana, después de diez horas, los organizadores suspendieron la búsqueda. Podía haber más avalanchas y las posibilidades de encontrar a alguien vivo eran prácticamente nulas. De cualquier modo, un grupo, con bolsas de dormir, se quedó a hacer una guardia. Chiocconi bajó al pueblo. Fue al hospital a ver a los heridos. Unas horas más tarde, ya en su casa, intentó dormir. Se quedó acostado hasta aceptar que no iba a poder hacerlo.

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Muchas veces volví a pensar en aquella tarde. Muchas otras, lo hablé con amigos. Qué habría pasado si hubiéramos buscado más en este lugar, si nos hubiésemos quedado otros quince minutos en aquel. Pero sería como hablar de la carrera después de que el último cruzó la meta. No había un equipo armado esperando que esto sucediera. El grupo se organizó la tarde en que sonó la alarma. Se hizo lo que se pudo y de la mejor manera. Y se hizo muchísimo.

Un operativo de siete días en el que participaron 742 personas. Una presión mediática inmensa: fue tapa de todos los diarios del país, había cámaras de cada uno de los canales de televisión de Buenos Aires.

Con pequeños cortes, lo que pasó esa tarde me quedó grabado, casi como si hubiera sido una película.

***

En la peor tragedia del andinismo argentino murieron Mario Tapia, Paolo Machello, Adrián Mercado, Martín Lemos, María Gimena López, Fabricio Vaccari, Antonio Díaz, Roberto Monteros y Gimena Padín cuyo cuerpo fue encontrado dos meses después de la avalancha, una vez que se derritió la nieve. Siete personas sobrevivieron a la avalancha. Además de la Comisión de Auxilio del Club Andino, en el rescate participaron Gendarmería, Parques Nacionales, Defensa Civil y dos cuarteles de bomberos voluntarios.

En mayo de 2005, el Tribunal Oral en lo Criminal Federal de General Roca condenó al guía y profesor que conducía el grupo, Andrés Lamuniere, a tres años de prisión de cumplimiento efectivo e inhabilitación por diez años para ejercer como docente o guía de montaña. El cargo: homicidio culposo agravado por el número de víctimas fatales y lesiones culposas.

***

Los voluntarios sabemos que no quedamos en deuda con nosotros ni con los demás pero, de cualquier modo, la situación es triste.

Poco tiempo después de la avalancha, empecé a dar clases en la universidad y tuve como alumnos a algunos de los chicos sobrevivientes.

Nunca dudé de si seguir trabajando en esto. Aunque reflexioné mucho sobre esa, noche sobre lo importante de transmitir lo que fui sintiendo. A los chicos que recién empiezan, suelo decirles que lo fundamental es aprender a sacarse el sufrimiento de encima; para que, con a las palabras, de la boca también salga esa sensación horrible que los psicólogos llaman angustia.

7 horas 40 minutos

Publicado: 26 noviembre 2010 en Federico Bianchini
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La carrera ya empezó y yo todavía no me puse los pantalones cortos, ni la pechera reglamentaria. No, no estoy soñando. Tengo los ojos abiertos y ni siquiera siento que deba apurarme. En realidad, falta más de un mes para la largada pero acabo de recibir un mail donde me confirman la inscripción en la ultramaratón de 80 kilómetros de San Martín de los Andes, la primera de este tipo en la Argentina. Algunos piensan que las carreras empiezan uno o dos días antes de la largada, yo creo que al menos mentalmente arrancan cuando te anotás.

Se vienen días complicados. Días en los que me concentro y no quiero ver a nadie. No quiero que me pregunten cuánto voy a tardar, por dónde es la carrera, cómo estoy. Solo. Quiero estar solo. Enfocarme en cómo voy a reaccionar en cada momento, en la manera de regular los tiempos y las distancias. Nunca corrí 80 kilómetros sin parar. Gané carreras combinadas, como el tetratlón de Chapelco, pero no es lo mismo.

Va a ser una experiencia linda. El camino lo conozco. Nací acá, en San Martín de los Andes, hace 32 años. Estoy acostumbrado a andar en la montaña, a los distintos tipos de suelo, las diferentes clases de piedra. Muchas veces, cuando uno camina por los cerros, no les presta atención a estos detalles, pero en la carrera son importantes para anticipar lo que va a venir.

No me voy a encontrar con nada raro. Eso ya lo sé. Lo raro va a ser estar rodeado de tanta gente. Suelo ir solo, o con 10 ó 20 corredores. Esta vez vamos a ser 121 en los 80 kilómetros y dicen que en total, sumando a los de las otras categorías, hay casi mil inscriptos. Me entusiasma: la gente te alienta, te da ánimo si te ve caído. Hay mucha caballerosidad deportiva. También, por qué no decirlo, hay mucha locura. Sana locura. La carrera más larga en las olimpíadas tiene 42.500 metros y nosotros vamos a correr 80.000.

Aunque pocos lo admitan, este tipo de distancia es cosa de locos. Pero dicen que los locos saben disfrutar y ver de otra forma. Y también, aunque en voz bastante baja, dicen que, por miedo, los cuerdos se pierden demasiadas cosas.

Largada

Son las seis de la mañana. No nieva como habían pronosticado, pero garúa y hacen cuatro grados bajo cero de sensación térmica. De cualquier manera, el clima no cambia las cosas. Estoy preparado. No voy a rendir menos por esto. Sólo espero que no se largue una tormenta. Somos muchos. La música de los parlantes, el locutor. Las ganas de arrancar. La energía se siente en el aire.

Gritos. La cuenta inicial, cuatro, música a todo lo que da, tres, me persigno, dos, a dejar todo, uno. Salimos. Adelante, una moto nos marca el camino.

Cuatrocientos metros tranquilos y, luego, después del polígono de tiro, la primera subida. Voy trotando. Muchos me pasan. Corren como si volaran. Como si no supieran que la carrera es de 80 kilómetros. Si largás muy rápido, en algún momento la vas a pagar. Depende de tu entrenamiento, claro. Pero, por lo general, eso es lo que pasa.

Llevo musculosa, remera de manga larga, una mochilita y la pechera reglamentaria. En las piernas, medias de compresión para que la sangre circule y no se me hinchen los pies. Y en el gemelo derecho, dos parches antinflamatorios. El médico fue claro. El músculo no da más. Puede desgarrarse a los 200 metros, a los mil, o soportar toda la carrera. En la semana fui a hacerme masajes y no dolió. Lo siento tenso. Un parche a lo largo y otro a lo ancho. Voy tranquilo. Sólo pienso en el gemelo derecho. Lo pruebo despacio. En las pendientes muy empinadas trato de caminar. Subo, no molesta. Bajo sin sentir nada especial. Estoy esperando el tirón, un pinchazo profundo. Pero no aparece y, de a poco, voy tomando confianza.

Aún no amaneció, pero todos llevamos una lámpara frontal en la cabeza, como los mineros. Se ve bastante y como somos un grupo de diez corredores podemos ir anticipando lo que viene por cómo se mueve el de adelante.

Pasamos cerca de la laguna Rosales y entramos en una senda empinada. El viento viene de frente, corta la velocidad, tira para atrás. Acabamos de arrancar, estoy entero. Pero el desgaste mental es importante: ¿Qué va a pasar, después, si este viento sigue en la Pampa de Trompul, donde no hay un solo árbol?

Llego al filo con un grupo de diez corredores. Trato de no hablar mucho, pero ellos saben que soy de acá y preguntan. Y si uno pregunta, otro responde. Quieren saber si la planicie que viene es realmente plana y yo digo que sí. Ahora hay que ver qué consideran ellos plano. Para el que vive en Buenos Aires, plana es la ruta. Acá el plano tiene sus desniveles y no es lo mismo el plano en tierra, que en pasto, que en asfalto.

Puesto Colorado I (kilómetro 26)

Puesto de hidratación. Hay comida caliente, pero no. Sólo tomo un poco de agua. Desayuné fuerte: yogurt, banana, mate cocido y dos latas de un suplemento alimenticio: cada una reemplaza una comida. Durante la carrera voy a gastar entre diez mil y doce mil calorías. Sin embargo, estoy acostumbrado a ir con el tanque al límite y decidí seguir una estrategia a base de geles energéticos. Uno cada hora. Son dulces y de distintos gustos: vainilla, menta, chocolate.

En este puesto, algunos corredores tienen una bolsa con ropa extra que entregaron a la organización antes de la largada. Se cambian las zapatillas, las medias, la remera, llenas de transpiración y de lluvia. Yo sigo. Estoy acostumbrado a ir así. Soy medio arrabal, voy con lo que tengo y me aguanto.

Deja de llover. Un conocido me dice que estoy a un cuarto de hora del puntero, pero que a cinco minutos tengo a cuatro corredores. Trato de no hacerme la cabeza. Todavía quedan más de cincuenta kilómetros. Sigo tranquilo, con el mismo ritmo, mantengo la intensidad.

Atravieso varios mallines con bastante agua. El mallín es engañoso, zona de pantanos, si no conocés y pisás mal te hundís hasta la rodilla. Voy saltando, los paso sin problemas aunque veo a un par de corredores a los que se les complica. El objetivo es llegar a Quilanlahue.

Estoy entrenado para tramos largos. Es una fija: a partir de las dos horas me empiezo a sentir un poco mejor.

En 1996 y 1997 gané el tetratlón de Chapelco. El año siguiente fui a correrlo sabiendo que si lo ganaba tres veces seguidas me daban una copa. Salí segundo porque estuve todo el tiempo pensando en esa copa: no en mí, no en la carrera. Podría haber quedado último o primero, pero disfrutando la experiencia. No la disfruté. Me dolió mucho haber modificado mi forma de pensar por un trofeo. Y me prometí no volver a hacerlo. No lo hice y tampoco lo voy a hacer hoy. La respiración se agita, pero el cuerpo aguanta. ¡Vamos! ¡Vamos que vas bien! ¡Disfrutala que podés! ¡Vamoooos!

Puesto de Quilanlahue I (Kilómetro 34)

Puedo parecer medio loco, pero durante la carrera hablo solo. No soy el único. Hay que alentarse en los momentos buenos. Y un reto, en los malos, no viene mal. Hay que escucharse y escuchar al cuerpo. Algunos dicen que si no corren con música, la respiración los cansa. Puede ser. Cada uno tiene su técnica. Yo prefiero oír el bosque, el canto de los pájaros, el sonido de la lluvia.

Entro en el puesto de Quilanlahue, un enorme galpón de gendarmería y veo a uno de los chicos de la organización que abrigado ceba mate. Me imagino lo cómodo que debe estar, calentito, mirando a los que pasan y tengo ganas de quedarme acá, pedirle si no me hace un lugar, me ceba uno. Pero ya va a haber tiempo. Ahora, hay que seguir.

Trabajo con el reloj. En el entrenamiento, desde acá hasta Quechuquina tardo una hora y diez. Voy a tratar de hacerlo en una hora y media. Chequeo cómo voy. Si estoy bien, acelero. El reloj sólo sirve para compararme con el entrenamiento. Si lo uso con otro sentido, si me fijo qué hora es, cuánto falta, empiezo a quemarme: a pensar que el tiempo es como un líquido, que se acaba de a poco; y me desespero.

Puesto de Quechuquina (Kilómetro 46)

Hace tres años perdí a papá. Rodolfo Martín Muñoz. Él también competía; aunque arriba de una bicicleta. En esa época yo era muy chico: no llegué a verlo. Pero los que lo conocieron, dicen que era pura garra. Que no paraba, le metía y le metía, hasta el final.

Cuando empecé a correr, a los 16 años, iba conmigo a todas partes. Era llegar a los últimos doscientos metros y mirar, detrás de las vallas, para buscarlo entre la gente. Estaba ahí. Lloviera, hiciese dos grados o cuarenta, él estaba ahí. Esperándome. Y si me lo cruzaba, en el medio de una carrera, me decía como un reto cariñoso: dale, no jodás, vamos que acá tenés que dejar todo.

Y ahora, que me acerco a un lugar adonde él no va a estar, lo extraño. Falta una imagen, hay un espacio vacío. Pero te pido una ayuda, pá. Y sé que vos me la mandás. Te pienso y me siento bien, me siento acompañado.

Quechuquina. Fotógrafos y el pibe de la revista que me sigue desde hace varios días. En el puesto me dicen que no pare, que siga, que acá cerca tengo a tres corredores. Tranquilos, todavía falta bastante. Agarro un manojo de pasas de uvas, una banana y caramelos de miel. Me preguntan si quiero llevarme agua. No la necesito. A unos kilómetros hay un arroyo, donde puedo tomar. Corro un rato pero, después, camino mientras como la banana. Viene una subida de 25 minutos y tengo que cargar energías.  Troto. Los músculos vienen al límite, el gemelo derecho duele desde hace un rato. Los pinchazos se van esparciendo por toda la pierna como si quisieran desconcertarme. Duele todo. Estoy cansado, ya van más de cinco horas de carrera. El endurecimiento de los gemelos se empieza a extender hacia arriba y se transforma en un pequeño calambre que no me deja seguir. Freno. Elongo un poco, tomo agua, como unas pasas de uva y vuelvo a caminar. Trato de no ir rápido, pero adelante lo veo a Facundo Romero y, casi sin pensarlo, estoy corriendo otra vez. Lo paso, le saco diez metros y el cuerpo me vuelve a avisar. Tan rápido, no. Pero no le aflojo, sigo. A lo indio.

Voy dejando atrás a Romero. Cuando agarre el plano, el dolor se va a ir, pienso. Pero el plano llega y la molestia sigue estando. Siguen, chiquitos, los calambres en el gemelo y se me escapa alguna lágrima. Hasta que llego a la naciente del río Quilanlahue, quince metros de ancho, treinta centímetros de profundidad, y meto los pies y me siento como esos beisbolistas que después de haber jugado entran en enormes piletas con hielo. En 15 segundos, el tiempo que tardo en cruzarlo, las piernas se enfrían, los músculos se relajan, el dolor de las rodillas, los tobillos, las plantas de los pies se va yendo. ¡Dale, que podés! ¡Dale que podés!

Pampa Trompul (kilómetro 66)

Al principio corrés contra 120 corredores. Después, los otros desaparecen y te enfrentás contra vos mismo. Hay que aguantar. Si vas adelante, el esfuerzo es doble. Hace un rato, en Colorado, me dijeron que estoy séptimo. Arranqué demasiado tranquilo. Me va a sobrar resto. Debería haber empezado un poco más fuerte pero el posible desgarro me frenó. Tarde. Ya no puedo hacer mucho. Miro para atrás, no veo a nadie pero sé que están ahí. Y sé, también, que si me canso, freno o me tuerzo un tobillo, me van a pasar como a un poste. Me cruzo con corredores de la categoría de 50 kilómetros que me gritan: Vamos, loco, vamos. Voy a dejar lo último que queda.

Tengo hambre. Saco un gel de la mochila pero apenas lo veo me dan ganas de vomitar. Los dos primeros son ricos. El tercero aburre y el séptimo es una pasta inmunda. Igual, trato de abrirlo, algo tengo que comer, pero me asqueo y lo guardo. El cuerpo viene vacío. Por eso los calambres. Es el riesgo de hacer una estrategia de geles. Llovía, había viento, tampoco podía parar a comer y enfriarme. Queda menos. La rama que antes no sentía, ahora la siento. La piedrita que se me metió en la zapatilla, parece un adoquín. Me molestan cosas a las que antes no les daba bolilla. Pero queda menos para la llegada. Para encontrarme con mi vieja, mi hermana, mi sobrino. Los muslos pesan. Ya no salto los troncos como un ciervo, parezco una señorita: primero una pierna, después la otra.

Puesto Bayos (74 kilómetros)

Me preguntan cómo estoy. Entero, cansado, roto, pero con buen ánimo. Queda menos. Desde acá, es todo bajada. No voy a poder pasar a nadie. Ya está. Ahora, tengo que cuidarme. Bajás rápido, el cansancio, las molestias, pisás una piedra, te duele todo, te torcés el tobillo y la carrera termina ahí. Y después, la lesión.

Si alguna vez me dijeran que no puedo correr más, me pasaría como a los árboles: empezaría a morir por dentro. Me volvería loco. Tres días sin entrenar y ya estoy nervioso. Pero atento, me fijo dónde pongo los pies; sé que puedo hacerlo.

El tiempo y la distancia los sacás de la cabeza. No existen. Son pocos kilómetros pero si los pienso, no los hago. Pensé en la copa y salí segundo. Ahora, sólo trato de disfrutar. Si gano, mejor. Pero el disfrute, después, dura cuatro o cinco minutos y en cuarenta días, nadie se acuerda quién gano la carrera. Estoy entrenado para la multidisciplina: kayak, ski, mountain bike y hoy compito contra atletas que sólo corren. Lo lindo es llegar.

San Martín de los Andes (79,5 kilómetros)

Se está terminando. Estoy terminando los 80 kilómetros en algo más de siete horas y media. Es tremendo. Por suerte se me dio todo. Dolor hay, pero no se siente.

Dejo atrás la tierra. Entro a las calles pavimentadas del pueblo y me cruzo a mucha gente conocida. Largué un poco lento, pero no importa. Cumplí el objetivo que era llegar. Quedé séptimo. El médico fue claro. Por suerte, el gemelo resistió. Escucho los anuncios del locutor, en la costa del lago, y veo las carpas en la llegada; sólo faltan dos cuadras. La gente grita: ¡vamos! ¡Vamos que no falta nada! ¡vamos! Ya está. Pienso que puedo, y acelero hacia la meta.

Cuatro horas después de terminar la carrera

Cruzás la línea de llegada y el dolor te cae encima de golpe. Pero no hay que quedarse quieto porque por dentro el cuerpo sigue corriendo. Caminé las cinco cuadras que separan el lago de mi casa. Llegué acá, y comí enseguida. Lo ideal hubiese sido fideos o ravioles, para recargar energía. Pero tenía hambre y no iba a esperar que el agua hirviese. Comí lo que encontré en la heladera: pollo, ensalada rusa y papas fritas.

Me bañé y fui a hacerme unos masajes en las piernas. Ayudan, pero si camino diez metros, duele todo. A cuatro horas de haber terminado la carrera, no puedo ni elongar. Me agacho y siento como si los músculos fueran elásticos viejos a punto de rasgarse. Si estoy quieto, siento puntadas. Si me enderezo es peor. Y mañana, la incomodidad pura.

Los médicos dicen que en este tipo de competencias la última fibra se recupera un mes después de que dejaste de correr. Lo ideal sería reposar treinta días, pero quién puede. Ni los profesionales lo hacen. El cuerpo está cansado, sin embargo la cabeza necesita seguir entrenando. Además, el lunes tengo alumnos a la mañana. En verano y otoño, entreno gente. En invierno, trabajo en las pendientes como sillero o auxiliar de pista: siete u ocho horas arriba del cerro, y después bajo y salgo a correr.

Mañana, voy a andar un rato en bicicleta para hacer circular la sangre mala y sacar el torrente de ácido láctico que se generó por tanto desgaste.

Hasta hoy, el cuerpo estaba tranquilo. De golpe, se movió todo y luego otra vez la quietud. Un temblor, como los que hubo acá en San Martín de los Andes hace pocas semanas, sólo que interno pero con las mismas consecuencias.

Temblor de músculos y de venas, que cuando llega la calma terminan de desmoronarse.

8 horas 17 minutos

Publicado: 9 julio 2010 en Federico Bianchini
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Me llamo Damián Blaum. Tengo 28 años, y descalzo mido un metro setenta y seis, desnudo peso setenta kilos, y por así decirlo ahora estoy desnudo, acostado boca arriba, hablándole a la oscuridad en esta pieza de hotel. Un viejo maestro, Claudio Plit, que fue cuatro veces campeón del mundo, siempre decía que si la noche antes de una carrera uno logra mantener el cuerpo en posición horizontal y los ojos cerrados durante más de cuatro horas, tiene que estar agradecido. Pero miro el reloj, son las cinco menos cuarto de la madrugada, sólo dormí dos horas, y a las siete menos diez tengo que levantarme. En un rato arranca la carrera.

Muchas veces sueño con que llego primero a la meta. Otras tantas, con que me quedo dormido y me pierdo la largada. Ahora trato de no pensar. Intento no volverme loco. No es fácil. La semana pasada nadé desde Santa Fe a Coronda, 57 kilómetros. Nadé sin parar durante siete horas y el cuerpo lo siente.

Ayer llovió. Hoy, el río está muy alto. A pesar de lo contradictorio que puede sonar el calificativo para una carrera de 88 kilómetros, va a ser una carrera rápida. Habrá que esperar y ver qué pasa, arrancar tranquilo, percibir cómo se van dando las cosas, acomodarse y, recién ahí, pensar en atacar. Quizás llueva. Hace unas horas, en la charla técnica el prefecto dijo que si hay tormenta y mucho viento la carrera no se hace. Espero que no se suspenda. Es dura, pero me cae bien. Vuelvo a mirar el reloj. Pienso en el tiempo que me queda para disfrutar este relajo. Trato de dormir. Y duermo.

Largada

Domingo. Nueve cincuenta y cinco. El agua del Paraná está un poco mejor que la semana pasada, pero sigue caliente: veintitrés, veinticuatro grados. Y eso que todavía es temprano y el sol aún no quema. Me siento más cómodo en agua fría.

Estamos todos, los 21 nadadores, en una misma línea. La veo a Esther, mi novia, que también compite. Le sonrió. Espero que hoy le vaya bien. Nos avisan, vamos a largar. Explota la bomba y nadamos.

El plan de carrera es estar tranquilo, ver qué hacen los demás y, después, a medida que me sienta bien, ir incrementando el ritmo. Recorremos 40 metros en contra de la corriente, hasta una boya, y luego giramos con el río a favor. En segundos, la largada, el barco donde hicimos la preparación, la gente que aplaude, desaparecen. El río está rápido en serio. Va a ser una carrera corta.

Las primeras cinco horas hay que pasarlas, como sea, con el menor desgaste posible. Mantenerse relajado, divertirse dentro del primer pelotón. Salvo excepciones, las carreras se definen en los últimos minutos. Lo peor viene al final.

Una hora veinticuatro minutos

No tengo ojos. Cuando estoy en el agua, mis córneas son las de Gustavo Langone, mi guía, que va en un bote, ahora a mi derecha. Igual, veo: sé dónde está el alemán, detrás de mí, el italiano y el esloveno, la costa santafesina, la entrerriana, lo que falta para Brugo, pero es él quien maneja la carrera y quien decide, desde ahí arriba, hacia qué dirección tengo que ir. Además de gritar, y me grita bastante, Gustavo, o Guga como le digo, tiene una especie de pizarrón donde anota cosas que yo leo sin detenerme. Letras que quizás alguien sin experiencia no podría descifrar de un vistazo. Pero el hombre es un bicho de costumbre y yo, al agua, estoy digamos que acostumbrado.

Hice esta carrera unas cinco veces. Y antes, años atrás, por el campeonato nacional, nadé el último tramo otras siete. Conozco el terreno. Estamos en la zona del Víbora. Sigo primero.

Freno a tomar agua.

–¿Voy por acá? –grito y señalo hacia adelante.

Guga me responde, callado, con una sucesión de carteles. Escribe, me muestra, borra con un trapo, y vuelve a escribir.

Confiá en vos.

Y confiá en mí

Estás entrenado para nadar fuerte.

No para hacerle la carrera a los otros.

Sigo. Brazadas y patadas. Tac, tac, tac, tac.

Dos horas treinta y seis minutos

Van dos horas treinta y seis minutos de carrera. Lo sé por mi plan de hidratación. Cada doce minutos, Guga me da para tomar un carbohidrato puro que compramos en Alemania. Cada hora, tomo el carbohidrato mezclado con un gel que tiene cafeína. El gusto y la consistencia cambian y yo me doy cuenta de que pasaron otros 60 minutos. Precisión. A las dos horas doce minutos, cuatro horas doce minutos, seis horas doce minutos como, además, un pedazo de banana. Comer sirve para orientarme temporalmente. A las dos horas treinta y seis, cuatro horas treinta y seis y seis horas treinta y seis, tomo un ibuprofeno. Por reglamento el nadador no puede tocar al bote ni a su guía. Para evitar sospechas, me acerco, abro la boca y Gustavo, como si alimentara una orca, trata de encestarme en la garganta.

Pasamos Brugo, hay que cambiar de orilla. Nado por el medio del río. El alemán y los dos italianos prefieren ir más cerca de la costa. Estoy primero. La jugada viene bien pero en un momento, al cruzarse de margen ellos agarran una corriente y aparecen cien metros delante de mí. Mierda. Tengo que desgastarme para ir a alcanzarlos. Ellos trabajan juntos, yo vengo solo. Es como en el ciclismo, siempre es preferible pertenecer al pelotón. Acelero y llego, pero cansa y ahora tengo que recuperar. El río está sembrado de camalotes.

Cuatro horas doce minutos

Somos cinco en el primer pelotón. Yo, el alemán Studzinski, los italianos Valenti y Volpini y el esloveno Rok, en ese orden. Me siento bien. Voy a probarlos. Meto cambios de ritmo, piques cortos. Dos o tres minutos fuertes, les sacó quince metros, y relajo. Cuando se me acercan: dos o tres minutos fuertes, les sacó diez metros, relajo. Si les jugás a nadar tranquilo, algunos se agrandan, piensan que mandan ellos. Y se equivocan.

Cartel: creo que el cambio les está rompiendo las bolas.

No les va a ser fácil. Ahora, en el primer pelotón, sólo somos cuatro. Rok, el esloveno, quedó atrás. Mientras nado, meo. No necesito frenar.

Siete horas

Pasamos Villa Urquiza. Voy segundo. En la ribera, gente que aplaude. Faltan veintidós kilómetros, dos horas de carrera. Cruzamos el río, desde la costa entrerriana a la santafesina. Los tríceps, las piernas, se me empiezan a acalambrar. El cuerpo grita. Mientras tomo la bebida, dos segundos, trato de patear un poco de pecho, como las ranas, porque los músculos me duelen todos. Los que usé, mucho. En los otros tengo una sensación extraña, no es dolor, no es cansancio. Es una especie de entumecimiento, los dedos acalambrados. Trato de estirarlos, de hacerlos sentir vivos.

El cuerpo pregunta qué carajo pasa; el estómago se desconcierta: ¡Bebida, bebida, bebida, Coca Cola, banana, ibuprofeno! Se preocupa, pasa a ser un estómago angustiado y quejoso: ¡Qué me están dando hijos de puta, me va a agarrar una úlcera enorme!

El alemán está 80 metros delante de mí. No lo puedo seguir. Los hombros. Hay viento y muchas olas. Atrás tengo a los italianos, Valenti y Volpini. Me pregunto si estarán trabajando juntos para alcanzarme. La semana pasada salí cuarto en Santa Fe. No puedo salir cuarto de vuelta. Los hombros. No trabajé tanto para salir cuarto. Tengo que seguir a Studzinski.

Guga me grita que no baje los brazos. “¡El otro está tan cansado como vos, seguí, seguí, seguí, huevo, seguí, seguí!”, me dice. Puteo. Nadamos seis horas y media, esto parecía una pileta y ahora, en el momento más importante, empieza a haber olas. Quién mierda me mandó a hacer esto.

Cartel: No te entregués, los tanos siguen luchando.

Están atrás. Puedo. Los hombros. Le pido a Guga que me dé algo que me levante, que me saque de este pozo en el medio del río: Carbohidratopotasiomagnesio. Si a mí me duele, a ellos, a todos ellos, debe estar doliéndoles el doble, o el triple, o más. Sé cuán entrenado estoy. Lunes, martes, jueves y viernes, a la mañana y a la tarde: cinco horas por día en el agua, una de gimnasio. Puedo. Nado en aguas abiertas desde los seis años. Puedo. Me gusta, es mi trabajo y, como otros llenan planillas sentados detrás de un escritorio, me gano la vida con esto.

Los hombros. Siento que estoy nadando dentro de una armadura. Me duelen los hombros. Sin embargo, lo tengo claro, el dolor pasa. Pasa y después viene la gloria. No voy a sentirme bien, pero dentro del cansancio, voy a acostumbrarme. Si lo supero, voy a estar más fuerte. Y puedo superarlo.

De a poco, el bajón se va. Duele todo, pero me siento bien, y sigo.

Ocho horas doce minutos

El sol me da de frente. Sólo veo sombras y, a lo lejos, los edificios de Paraná. Más cerca, botes. Botes con gente que me grita que siga, que falta poco, que ya lo alcanzo.

En otros lugares del mundo, corro más tranquilo. Acá, en la Argentina, durante las tres semanas previas a la carrera sólo escucho: ¡Vamos que el domingo hay que ganar!, ¡Vamos que el domingo es tuya, campeón! Aliento, que indirectamente te presiona. Ayuda, aunque es más difícil.

A Studzinski no lo veo pero Guga está desesperado mirando adelante y grita: dale, boludo, seguí que lo tenés. Y si Guga está así, lo conozco, falta poco para alcanzarlo. La gente está eufórica. Gritan todos. Y hay un bote, a la izquierda, con unos flacos que tocan bombos. Guga escribe en el cartel: Apretá los dientes y buscá.

Si uno nadara bien, las piernas no se tocarían. Pero después de horas, cansancio, olas, ya no responden como uno quisiera y chocan entre ellas. Igual que los brazos. La cara contra el cuello. Me afeité al ras pero la barba, que no se ve pero existe, raspa continua y lastima.

Freno a tomar la bebida y una mujer, desde una lancha, larga un grito desgarrador, ¡Vaaaaaaamos Damiaaaaaán!, como si su vida dependiese de esto. Tiro el vaso hacia atrás, queda flotando, solo, en el medio del río, meto la cabeza bajo el agua y arranco. Saco fuerzas de donde no tengo y trato de llegar. Lo veo a Studzinski, quieto y con cara de dolor: el hombro no le da más. Adelante, la meta. Al verme, acelera. Nos cuesta. Seguimos juntos hasta el andarivel. Sólo faltan unos metros. No pienso en nada. Tampoco entiendo. Después de ocho horas, quién puede entender. La placa. Escucho a la gente, los gritos, el aguante, y quiero llegar a la placa. Y muevo los brazos, falta poco, las piernas, y Studzinski va quedando unos metros atrás, toco la placa. Me paro, llegué, gané, lo hice, siento un calor que me sube desde el estómago y vomito con fuerza.

Estoy sentado en un banco de la carpa de rehabilitación, con mi abuelo al lado, intentando bajar las pulsaciones. El primer pensamiento que te pasa por la cabeza después de tocar la meta es: no vuelvo nunca más. El río, a veces, es cruel. De Villa Urquiza hasta acá, nos trató mal. Apenas llegué, algunos periodistas me preguntaron cómo estaba. Cuando les dije que mareado, muy dolorido, realmente me siento mal, algunos se sorprendieron. No deberían, aunque sé que, sin haberlo vivido, es imposible entender cómo se siente uno después de nadar durante más de ocho horas. Quizás, se me ocurre, para que entendieran habría servido la frase que le dije a mi abuelo en la llegada, cuando lo abracé, después de tocar la placa y de que entre tres o cuatro tipos me sostuvieran, no podía mantenerme en pie, no podía parar de vomitar, estaba extenuado: “Las mil putas que los parió, me duele todo el cuerpo”, le dije.

Una noche más

Boca arriba en la cama del hotel, las piernas y los brazos flojos, el aire acondicionado a full. Ya está. Ya pasó, pero son las tres de la mañana y todavía tengo los ojos abiertos. El éxito es efímero: la premiación, las repercusiones en los diarios, el reconocimiento, las felicitaciones, los abrazos; que la gente te quiera sacar fotos no es poca cosa en un país tan futbolero. Pero no hay que flotar. En un abrir y cerrar de ojos, te golpeás contra la pared y así como te fue bien, te puede ir como el culo. Me cuesta dormirme. El cuerpo sigue en el río. Todavía está ahí. Los hombros, la piel, los músculos, las piernas, el cuello, los brazos. Duelen.

La mujer está desnuda y cuando habla mira a los ojos: según dice, por una cuestión de respeto. Los pezones parecen pesarle como plomo; las tetas caen lánguidas sobre la panza. “Soy poco promiscua. Y venir a encuentros de gente sin ropa me permite ver penes de distintos tamaños y colores”, confesará después, cuando entre en confianza. Por el momento, sólo comenta que un desnudo no la excita. Dice que ella no ve cuerpos, ve partes: un brazo, un hombro, un testículo, un prepucio, una rodilla. Simula ser un urólogo aburrido, acostumbrado a tocar tejidos escrotales.

Sin embargo, es locutora. Tiene cerca de cuarenta años, la piel demasiado blanca y cuatro estrías que le recorren la panza en sentido vertical. No se debe haber depilado el pubis en los últimos doce meses: Un matorral oscuro le oculta la vagina. Caóticos, los pelos llegan hasta a unos pocos centímetros del ombligo.

Dice no tener problemas en mostrar el cuerpo, aunque es la segunda vez que se desnuda en público y, a diferencia de los nudonaturistas experimentados que se pasean orondos exhibiendo sus genitales, suele llevar una remera larga que la cubre hasta los muslos. Se presenta como Claudia.

La hija y la hermana de Claudia son las únicas personas de su familia que saben que se reúne con gente desconocida, se saca la ropa y actúa como si estuviera vestida. Claudia no piensa decir su apellido y trata de que no la llamen por su nombre. Prefiere un seudónimo. Tiene miedo de que su ex esposo se entere de su afición y le saque la tenencia de la nena. De que la gente comente y la señale como una loca, miedo a que la echen del trabajo. Se llama Claudia, sin embargo, insiste en que le digan “La locutora”. Desnudarse en público no es una tarea fácil.

Uno, dos, tres. Bajás el pantalón y el boxer y quedás casi desnudo: zapatillas, medias, piel. Tenés la toalla: podrías justificar que la llevás por higiene, para no manchar una silla con la transpiración de la cola pero, sabés, la usás para taparte. Hay un barrera propia —sentís que te están mirando, incluso si no hay nadie alrededor—, una barrera cultural muy poderosa que impide que te relajes. Te sentís incómodo, ridículo, vulnerable y no entendés el motivo que amerita la exposición. A las horas de estar sin ropa, olvidás la desnudez por un rato hasta que aparece alguien vestido y te trae la vergüenza.

En los recreos nudonaturistas, los nombres y apellidos, generalmente ficticios, identifican tanto como el tamaño de los genitales, la cantidad de pelo o las marcas de la piel. El apelativo es, quizás, una de las pocas cosas en las que puede mentir un nudista. “Hay personas que cada vez que vienen se presentan con una identidad distinta y eso nos crea un caos en los registros —cuenta José Blanco, de la comisión directiva de Edén, una quinta naturista en Moreno, Provincia de Buenos Aires— Nosotros les decimos que manejamos los datos con estricta confidencialidad pero no nos hacen caso. Así que les pedimos que si inventan un nombre, siempre usen el mismo”.

A su modo, Blanco dirá que un cuerpo desnudo es una verdad explícita. Sin embargo, para poder exhibir esa verdad, en muchos casos, la mentira se torna imprescindible.

Cuestión de convenciones

Preguntarse cuántos nudistas hay en la Argentina es similar a tratar de averiguar qué cantidad de personas divorciadas se masturba pensando en su ex pareja. Aun así, Eduardo Leiro, dueño de una agencia de viajes que ofrece destinos naturistas, calcula que cerca de 10.000 hombres y mujeres disfrutan de estar sin ropa. El número es relativo, azaroso, casual, por no decir inventado. No hay registros y nunca se hizo un censo. Lo cierto es que, de a poco, la cantidad aumenta. Muchos se animan en el exterior: en hoteles de Estados Unidos, en playas de Brasil, México o Uruguay, y luego quieren repetir la sensación.

A diferencia de lo que pasa en otros países, donde la gente con malla convive con el que no la tiene, en casi todos los lugares argentinos donde se practica el nudismo, sacarse la ropa es obligatorio. Y eso, para alguien que quiere iniciarse, para un textil

—como llaman al que porta tela sobre su cuerpo— puede significar la cancelación de la experiencia.

“Tratamos de evitar que vengan mirones —explica Miguel Suárez, coordinador del recreo naturista Yatán Rumi—. Sabemos que al principio puede costar un poco y por eso, para los debutantes, hay una hora de adaptación. Pero si después de ese tiempo la persona sigue sintiéndose incómoda, le pedimos que se retire”.

Para evitar este tipo de situaciones, en los foros de internet —donde se concentran, comunican y discuten los nudistas— hay consejos y advertencias de todo tipo. Allí, un novato puede aprender que está bien mirar, pero no fijamente. Que ante una erección: una toalla bien colocada, la zambullida en una pileta fresca o una puesta boca abajo son buenas actitudes. Que si uno se siente muy gordo o mal formado para hacer naturismo, no entendió para nada el espíritu. Que tener la malla puesta simboliza arrastrar, con una cadena, a la sociedad entera. Y que, a fin de cuentas, es sólo una cuestión de convenciones.

Non sexual journalist

Como en todos los ambientes, en el nudismo hay grupos y subgrupos. Hay alianzas, acuerdos y también oposiciones. En los foros de internet, la división es taxativa: nudismo familiar, nudismo para adultos con respeto de las normas del nudo naturismo (no se permite el ingreso de menores) y nudismo para adultos (a secas). “Muchos disfrutan el contacto con la naturaleza, pero otros buscan sexo. Ambas posturas son respetables: Lo importante es que la gente sepa dónde va, para que después no haya sorpresas ni problemas”, explica Eduardo, creador de la página web Sernudista.com.

Los nudonaturistas —practicantes del nudismo familiar— integran el grupo más cerrado. Sus conceptos son rígidos. Para ellos, el nudismo está lejos del apasionamiento sexual. Sacarse la ropa se interpreta como “la máxima prueba a la que se someten hombres y mujeres relacionándose sin prejuicios en la búsqueda primaria de una amistad profunda”.

Epicuro es su padre filosófico. El placer constituye el bien supremo y la meta más importante en la vida. Pero los placeres son intelectuales y no sensuales, ya que estos tienden a perturbar, íntegra, la paz del espíritu. En resumen: de sexo ni hablar.

Se comportan como una especie de pastores evangélicos de la desnudez. Tratan de convencer, insisten, aseguran que si uno prueba, sin dudas, va a repetir la experiencia. No hay forma de que alguien que se anime a disfrutar de un baño sin malla, se prive de ese placer en lo que le queda de vida.

En la Argentina, están nucleados en la Asociación Para el Nudismo Naturista Argentino (APANNA), tienen personería jurídica y siguen las reglas de la Federación Internacional de Naturismo, sintetizadas en un código de convivencia. No fotografiarás a nadie sin permiso. Reservarás los actos eróticos al ámbito privado. Usarás una toalla para sentarte. No consumirás “drogas ilegales”, no mantendrás actitudes hostiles, no harás gestos obscenos y así. “La observancia de estas sencillas normas hará más placentera la estadía de todos; quien las transgreda podrá merecer —según la gravedad de la falta— desde una advertencia hasta la expulsión”.

Los nudonaturistas temen que los tilden de pervertidoonanistas libertinopedófilos orgiásticoswingers exhibiocionistamasturbadores. Tienen pánico. Saben que, si alguna vez, incluso por error o casualidad, alguien se sintiese acosado en un recreo y el hecho se conociera, el mundo caería sobre sus cabezas.

“Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que el día que comáis del fruto del árbol que está en el medio del huerto, serán abierto vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal”. Y como la manzana era el fruto del pecado en el Jardín del Edén, la insinuación sexual es lo prohibido en el mundo nudo naturista. Y quien ose transgredir esas reglas, quien se anime a dar un mordisco, a liberar su instinto pecaminoso, será echado del huerto, para que labre la tierra de donde fue tomado.

Una vez por año, realizan “la maratón desnuda”. Tres kilómetros y medio en las sierras, sin más que un par de medias y zapatillas. Entre los invitados, hay corredores profesionales ajenos al ambiente. Al final de la competencia, una nudonaturista de raza le muestra fotos a uno de ellos. Todo va bien hasta que él, con un gesto demasiado preciso como para ser espontáneo, indica: “a ver esa” y roza, sutil pero firme, el pezón izquierdo, de arriba hacia abajo. “¿Qué hacés, imbécil?”, dice la chica. El hombre se disculpa acongojado. Es tarde. Ya mordió la manzana. En un rato —horas, quizás minutos— recibirá el mensaje de expulsión.

Fiestas. orgías, grandes quilombos

Si los lugares nudonaturistas representaran el paraíso, Palos Verdes, un campo de seis hectáreas en Moreno, Provincia de Buenos Aires, sería el Infierno. Aquí, a 60 kilómetros de Capital Federal, el fruto prohibido se alcanza con solo estirar el brazo.

Vestido, el dueño del lugar Ricardo Peralta comenta que el instinto no puede ignorarse, que los orgasmos “son algo fantástico”. A unos cincuenta metros, acostada sobre el pasto, una mujer lame el pene de su pareja como si con la lengua tratara de sacarle lustre.

Aquí, reina la calentura. “El templo de la diosa afrodita” es una especie de galpón con largos sillones. El que entra sabe lo que va a hacer y acepta lo que otros dispongan. Según cuenta Ricardo, en el lugar se han hecho “fiestas, orgías, grandes quilombos”. Y detalla: una señora sin dientes que practicaba sexo oral al que se ubicara en la fila. Una mujer culta, Verónica, de apariencia tranquila, “que se ponía en cuatro y pedía que fueran pasando”. A veces, eran cinco o seis los que la penetraban. Otras, llegaban a quince.

La esposa de Ricardo, Estela, no entiende a los nudistas. “Todo el tiempo hablan de libertad pero siempre llevan una toalla, como si la tuvieran atada”, dice irónica.

Sonreís. Tampoco entendés. Nadie te dice no mires, pero, está implícito, no tendrías por qué hacerlo. Te sentís incómodo, ridículo, vulnerable. Muy desubicado. No encontrás razones para sacarte la ropa. Ellos dicen que quien lo hace, lo repite. Que no hay forma de que alguien que se anime a disfrutar de un baño sin malla, se prive de repetir esa sensación en lo que le queda de vida. Sin embargo, sabés, esa libertad no alcanza. Haría falta mucho más que el placer de sentir el aire en las partes para animarte de nuevo y volver a comprobar que desnudarse en público no es una tarea fácil.