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Las pandillas de Río

Publicado: 10 diciembre 2009 en Jon Lee Anderson
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Iara, mujer delgada, de piel oscura, 31 años, administra la favela de Parque Royal, en Río de Janeiro, para un capo llamado Fernandinho. Se llama a sí misma “subdelegada”. Cuando la conocí, Iara estaba organizando la fiesta de diez años para la más pequeña de sus tres hijas. Llevaba una camiseta, pantalones cortos, sandalias y una gorra de beisbol negra sobre una coleta de caballo. Su camiseta tenía un mensaje en portugués: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del maligno. Juan 17:15.” Se notaba un bulto ahí donde una pistola estaba remetida en sus pantalones.

Iara maneja las “relaciones comunitarias” a nombre de su pandilla, el Terceiro Comando Puro, o Tercer Comando Puro. (Ella la denomina “la empresa”.) Se trata de un puesto nuevo, pero necesario. “Antes había algunos problemas, sobre todo faltas de respeto por parte de los traficantes hacia los lugareños”, me dijo. Iara suele lidiar con los problemas “hablando con la gente”, pero si el problema es grande “se va cuesta arriba”, es decir, al Morro do Dendê, la favela donde vive Fernandinho. El día anterior se había suscitado un problema: “Un hombre que golpeaba a su esposa. Ella quería separarse, él la golpeó.” Iara no detalló cómo se resolvió el problema, pero estaba resuelto.

Caminamos por la favela –un revoltijo de casas apiñadas de lámina y ladrillo sin pintar, marañas enrolladas de cable eléctrico robado, paredes cubiertas de grafiti, y callejones en los que pequeñas tiendas y bares rudimentarios que ofrecen cerveza y cachaza se disputan el espacio con locales de iglesias evangélicas. Parque Royal está construida sobre lo que solía ser un manglar, y la casa de Iara se encuentra en un paseo costero repleto de basura. Hay un penetrante hedor a drenaje, pero nadie parece notarlo. Jóvenes armados y de aspecto rudo, vendedores de droga de la pandilla, custodian los callejones. Iara habló con ellos para que no me hicieran ningún daño.

En su brazo izquierdo, Iara lleva tatuado un escorpión rodeado por las iniciales de su gente más cercana: sus tres hijas, su madre, su hermana, una sobrina y un sobrino. El padre de Iara abandonó a su madre cuando ella tenía un año. Su madre era alcohólica, me dijo, “pero ya no”. Ahora es evangélica. Iara jugaba futbol de pequeña, y era tan buena que llegó a entrenar con profesionales; nombró a un par de jugadores famosos. Incluso había salido en la televisión. Pero su hermano mayor solía golpearla. “Decía que era una lesbiana.”

A los catorce años Iara ingresó a la sección local del Tercer Comando Puro. “Me involucré poco a poco, para defenderme de mi hermano, para ganarme respeto”, me dijo. “Cuando estuve dentro, mi hermano dejó de ser un problema.” El hermano de Iara está ahora en Bangu, una prisión al oeste de Río, adonde son enviados la mayoría de los mafiosos, y donde las pandillas también tienen el control. “Es la sexta vez que está en la cárcel”, dijo Iara. “Vendía droga y era un ladrón.”

La hija mayor de Iara, de catorce años, se acercó a decirle algo. Llevaba una camiseta rosa y pantalones cortos. Una vez que se fue, Iara dijo orgullosa: “Es una buena niña, muy responsable. Hasta me regaña.”

En tanto miembro de la pandilla en Parque Royal, Iara percibe un salario de 500 reales a la semana –cerca de 250 dólares–, así como un porcentaje de la venta de drogas. Suele ganar cerca de 1,000 reales a la semana: “Si el producto es bueno, las ventas son mejores.” Es suficiente para mantener a su familia. “Mi único problema es que soy adicta a la maconha” –la mariguana. Se rió. “Si por mí fuera fumaría sólo cuatro veces al día, pero el problema es que siempre que salgo hay alguien fumándose un churro.”

Iara se “retiró” el año pasado, según me contó. Pero cuando su sucesor resultó baleado, el segundo de Fernandinho –Gilberto Coelho de Oliveira, a quien todo el mundo conoce como Gil– le pidió que regresara a sus tareas, y ella lo hizo. Se dice que Gil, el mejor amigo de Fernandinho desde su infancia, es el más violento de los dos.

Iara no piensa mucho en el futuro. La vida más perfecta que puede imaginarse es “nada más vivir, con mis niñas”.

Después una pausa, Iara reveló que a la edad de su hija mayor, la que recién había yo visto, fue violada. “Yo era muy pequeña, así que cortó mi vagina con un cuchillo”, me dijo. “Me dieron siete puntadas y estuve en el hospital una semana.” Después huyó de casa y se fue a vivir con otro hombre –“el hombre que se convirtió en el padre de mis hijas”. Pero ese hombre consumía demasiada droga, y después de un tiempo lo dejó. Ahora estaba sola.

Le pregunté a Iara si era religiosa. No lo era, me dijo, aunque a veces acompañaba a su tía a una iglesia. Y le gustaba el pastor Sidney, un predicador evangélico local muy popular, “porque habla con todos y, si hay alguien que vaya a ser ejecutado, va y habla con el jefe”, dijo. “Todo el mundo sabe que si existe un problema hay alguien a quién acudir para que lo arregle, y ese es Fernandinho.”

Parque Royal está situada en Ilha do Governador, la más grande de las islas que salpican la bahía interior de Guanabara. Se le llamó así por un gobernador de la época colonial que fundó ahí una plantación azucarera, aunque hoy día Ilha pertenece a las orillas de la desbordante metrópolis de Río, y se comunica con tierra firme por puentes y autopistas elevadas. El principal aeropuerto de Río, Galeno-Antonio Carlos Jobim Internacional –bautizado en honor del padre de la bossa nova–, está aquí, apretujado junto con una base de la fuerza aérea, una reserva natural, un astillero, algunas plantas petroquímicas y casi medio millón de residentes, de los cuales un veinte por ciento viven en favelas.

En Río las primeras favelas –el nombre proviene de una hierba de rápido crecimiento– datan de los años posteriores a la abolición de la esclavitud en Brasil, en 1888. Los esclavos libertos, sin otro lugar dónde vivir, construyeron casuchas en las laderas de las colinas, o en manglares casi secos. A los ex esclavos se sumaron los antiguos soldados, ahora desempleados y, en fechas más recientes, los desposeídos brasileños del campo, que invadieron la ciudad huyendo de la sequía y la pobreza crónicas. Hace veinte años se decía que había trescientas favelas en Río. Hace diez años el número había aumentado a seiscientas. Nadie sabe exactamente cuántas favelas existen hoy, pero se estima que hay más de mil, y que albergan a unos tres de los catorce millones de personas que habitan en la ciudad.

En Río las favelas flanquean la autopista al aeropuerto y se extienden en la lejanía. En ocasiones, cuando pandillas rivales se enfrentan a muerte en algún lado de la autopista, vuelan balas por los aires. Ha llegado a ocurrir que las pandillas bajen a la autopista para asaltar a los automovilistas. Casi todos los visitantes van directamente del aeropuerto en Ilha a los hoteles costeros de la Zona Sul, un próspero sector en el sur de la ciudad, en el extremo de las montañas del Parque Nacional Tijuca. Pero también en la Zona Sul hay favelas; no hay forma de escapar por completo de la miseria de Río.

Siguiendo un patrón que se repite por toda la ciudad, los residentes de Ilha viven bajo la autoridad de facto de un capo y su ejército privado. Fernandinho es un vendedor de droga de 31 años cuyo nombre completo es Fernando Gomes de Freitas. En Ilha hay dieciocho favelas, y Morro do Dendê, la colina cubierta de casuchas donde él vive, es la más grande, incluso una de las más grandes de la ciudad. Fernandinho controla todas excepto una de las favelas de Ilha en nombre del Tercer Comando Puro. Además de administrar el narcotráfico de Ilha, recibe comisiones –es decir, dinero a cambio de protección– de comercios legales como compañías de autobuses, operadores de cable y proveedores de gas. En 2007 la policía calculó que Fernandinho ganaba cerca de tres mil dólares mensuales por concepto de droga, pero especuló que sus otras fuentes de ingresos podrían opacar por mucho esta cifra. Fernandinho impone su gobierno y reparte justicia sumaria a través de una pandilla armada. Él es un fugitivo, uno de los criminales más buscados de Río. En una orden policiaca se le describe como “jefe del Morro do Dendê / Ilha do Governador, armado y peligroso, capaz de asesinar a cualquiera que no esté de acuerdo con él o que desobedezca sus órdenes”. Sus otros alias son Lopes, Cebolinha (cebollita), el León y Fernandinho Guarabu –por la favela en que nació. Su padre fue un albañil y un alcohólico que maltrataba a su mujer y a su hijo. Ahora está muerto. La madre de Fernandinho trabaja como cajera y se dice que ha rechazado el dinero del hijo.

Pese a las famosas órdenes de aprehensión, Fernandinho vive abiertamente en Morro do Dendê, donde básicamente se esconde a plena vista. Fue hace cinco años cuando Fernandinho tomó el control de Ilha, después de que su antecesor, un importante capo de nombre Bizulai, a quien agradaba y quien lo había nombrado su lugarteniente, fuera baleado a muerte por la policía militar. La policía ha realizado varios operativos de alto nivel para capturar o matar a Fernandinho. En noviembre de 2005 la policía llevó a cabo una redada en la favela, en la víspera de una fiesta que Fernandinho había preparado para celebrar su cumpleaños número veintisiete y la apertura de una alberca comunitaria que él mismo había mandado construir. La policía no atrapó a Fernandinho, pero confiscó diez mil latas de cerveza. Intentaron de nuevo en 2007, cuando Fernandinho organizó otra fiesta, esta vez para celebrar el arresto de su archienemigo, Marcelo Soares de Medeiros, conocido como Marcelo PQD (las letras son la abreviatura de pára-quedista, “paracaidista del ejército”). Fernandinho escapó; la policía encontró un pastel de metro y medio decorado con el Salmo 23, escrito con betún. También encontraron una efigie de Marcelo PQD, vestido con pantaletas rojas, colgado de un poste de luz.

Marcelo PQD fue alguna vez jefe del Morro do Dendê. Pero, tras cumplir una condena en Bangu, perdió su puesto y cambió de bando, uniéndose a una pandilla llamada Comando Vermelho, o Comando Rojo. Había intentado matar a Fernandinho y recuperar el control de la favela.

El Tercer Comando Puro nació como una facción escindida del Comando Rojo, el cártel más viejo y poderoso de Río. Surgió de un grupo de prisioneros formado en 1979, cuando los criminales comunes y los radicales políticos eran mantenidos juntos en la prisión Cândido Mendes, en Ilha Grande, en el mar al oeste de Río. Cândido Mendes era la Isla del Diablo de Brasil, el lugar donde la dictadura militar del país, que gobernó de 1964 a 1985, encerró a los guerrilleros que no había matado. Han pasado más de veinte años desde la reinstauración de la democracia en Brasil, y ya no hay ninguna guerrilla marxista, aunque varios de los viejos guerrilleros aún tienen puestos en el gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva.

Los fundadores del Comando Rojo aprendieron un poco de organización y unas cuantas ideas sociales de sus compañeros de celda. Incluso adoptaron el lema “Paz, Justicia y Libertad”, que la pandilla aún mantiene. Pero, para mediados de la década de los ochenta, el Comando Rojo y sus filiales habían abandonado cualquier pretensión política que sus líderes pudieran haber tenido. Las pandillas, hoy, son organizaciones puramente criminales: existen para vender drogas a sus compatriotas brasileños.

A diferencia de los cárteles de la droga dedicados a la exportación en Colombia y México, los bandidos de Río son importadores al por mayor –de cocaína de Bolivia, Perú y Colombia, y mariguana de Paraguay–, así como gerentes de sus propias redes de distribución al por menor. Al menos cien mil personas trabajan para las pandillas de la droga en Río, en una estructura jerárquica que imita el mundo de las grandes corporaciones: jefes de favelas que son gerentes gerais, o gerentes generales; sus segundos o subgerentes; y los jefes de pandillas, los donos, o “dueños”.

Cuando visité otra favela, en una colina al norte de Río, una mujer que llamaré Cicliade, administradora de una ONG con financiamiento privado y que maneja un pequeño centro comunitario, me dijo que el Tercer Comando Puro controla la cima de la colina, pero que las laderas son territorio del Comando Rojo. (Hubo un intercambio de disparos de armas automáticas al inicio de mi visita, algo que ocurre a diario, según me informó.) “El camino hacia arriba es del Comando Rojo”, me dijo. “Aquí arriba, nunca podemos vestirnos de rojo. Si ves a un hincha del Flamengo con una de sus camisetas [el Flamengo es uno de los equipos de futbol más populares de Río] sus colores son rojo y negro; eso está bien, pero nunca puedes vestirte sólo de rojo.” Cicliade señaló su propio vestido, de fiable color negro. Una vez, me contó, una niña subió la colina con ropa color rojo. “No la mataron porque era una cristiana evangélica, pero le cortaron la ropa.” El año pasado, en otro incidente, los traficantes le arrancaron las uñas a otra niña porque tenían barniz rojo. “Así que aquí ya no usamos barniz para las uñas”, me dijo Cicliade. El jefe de pandilla de la cima de la colina es egresado de la clase de computación del centro comunitario, agregó Cicliade, así que sus hombres normalmente la dejan hacer su trabajo.

El Estado está prácticamente ausente en las favelas. Las pandillas de la droga imponen sus propios sistemas de justicia, leyes y orden, además de impuestos –todo por la fuerza de las armas. Un mercado negro de armamento procedente de otros países ha alimentado un nivel de violencia pasmoso. Al igual que en México, muchas de las armas ilegales de Brasil llegan de Estados Unidos; pero en años recientes han comenzado a aparecer armas rusas, y armas cada vez más poderosas. Los mafiosos de Río han sido atrapados con metralletas de uso militar y armamento antiaéreo. Los rifles semiautomáticos de asalto y las granadas de mano son lugar común. El póster para la búsqueda de Fernandinho advierte que este posee “una ametralladora Madsen” (que dispara quinientas rondas por minuto).

Río de Janeiro es la ciudad que ocupa el primer lugar a nivel mundial en “muertes violentas intencionales”. Según sus funcionarios, el año pasado se registraron cerca de 5,000 asesinatos, la mitad de ellos relacionados con las pandillas de la droga. (Las cifras no incluyen incidentes como “violación resultante en defunción” o “disturbios resultantes en defunción”.) Fueron asesinados veintidós policías. Por su parte, la policía de Río mata más gente que la policía en cualquier otro lugar del mundo; en 2008 reconocieron haber matado a 1,188 personas que “se resistieron a la detención”, es decir, poco más de tres personas al día. En comparación, la policía estadounidense mató a 371 personas –clasificadas como “homicidios justificables”– en todo Estados Unidos en el mismo periodo de tiempo. Se piensa que las “balas perdidas” matan o hieren al menos a una persona cada día. Basta un simple cálculo para anotar que la seguridad pública en Río de Janeiro es un desastre.

“Río es una de las muy pocas ciudades del mundo donde tienes zonas enteras controladas por fuerzas armadas que no pertenecen al Estado”, afirma Alfredo Sirkis, un importante político de Río que es también un ex guerrillero. “Cualquier pandilla de la droga en la favela más pequeña de Río tiene hoy más armas de las que nosotros tuvimos”, agregó Sirkis. “Nosotros teníamos básicamente un rifle, dos metralletas y un par de granadas. Y con eso poníamos al Estado a nuestra merced.” Negó con la cabeza. “Pero ya nadie quiere hacer la revolución. Lo que esta gente armada quiere hoy es su tajada instantánea de la cultura del consumo. Es tan infantil, tan moralmente infantil, y además matan niños, como un juego de guerra entre niños.” Si alguna vez adquirieran una ideología, podrían amenazar al Estado, dijo. “Pero por ahora son un grupo totalmente entrópico y anárquico de jóvenes que han descubierto cómo obtener lo que quieren, que es básicamente ropa, coches y respeto.”

A decir verdad, lo sucedido en Río se puede aplicar, en distintos grados, a toda América Latina, sobre todo a México, Guatemala, El Salvador y Colombia. Dos décadas después de la caída del comunismo, las guerrillas marxistas de la región desaparecieron, sólo para ser sustituidas por los violentos cárteles de la droga.

Sirkis, que cumple su cuarto periodo en el municipio de la ciudad de Río, es un hombre larguirucho de 58 años con una mata de cabello claro. Sus padres fueron judíos polacos que emigraron a Brasil tras sobrevivir al Holocausto. Sirkis nació en Río. A finales de los años sesenta, siendo un estudiante, se unió a la Vanguardia Popular Revolucionaria, un grupo guerrillero urbano. Sirkis robó varios bancos y, en incidentes separados, ayudó a secuestrar a los embajadores de Suiza y Alemania en Brasil. (Los diplomáticos fueron liberados sanos y salvos después de que el régimen militar accediera a liberar a un total de 110 prisioneros políticos.) En 1971, mientras sus camaradas eran cazados y asesinados, Sirkis huyó del país. Pasó casi nueve años en el exilio, en Santiago, Buenos Aires, París y Lisboa, y regresó después de que los militares declararan la amnistía. Sirkis continuó repudiando la violencia política en un libro muy exitoso, Os Carbonários, publicado en 1980. Ahora es un activista ambiental y líder del Partido Verde de Brasil, bajo cuyo estandarte se postuló para la presidencia en 1998.

El 10 de julio uno de los mejores amigos del hijo de Sirkis, un universitario de veintidós años, fue asesinado en Río. Su cuerpo fue encontrado en un taxi; habían disparado contra él y el chofer; los tenis del estudiante habían desaparecido. Sirkis escribió una carta sombría a un editor en la que señalaba que este era un acontecimiento de tal banalidad que ni siquiera había merecido una crónica noticiosa. Me dijo: “El porcentaje de crímenes resueltos aquí en Río es ridículo: 99 por ciento de los homicidios nunca se resuelven.” Parte de la culpa la tiene la “cultura de lo políticamente correcto” en Brasil. “Puras palabras escandinavas en una realidad iraquí. Río es completamente esquizofrénico. Todo el mundo es muy políticamente correcto, toda esta violencia se ve como producto de alguna injusticia. Y, al mismo tiempo, les gustaría ver las favelas pulverizadas, a la Buck Rogers, con un Desintegrador.”

Sirkis compara el crecimiento de la cultura pandillera de Río con el atractivo que tiene Al Qaeda para los jóvenes sin voz ni voto en las sociedades musulmanas. “Se trata de una cultura que permite la constante reproducción de reclutas cada vez más jóvenes”, me dijo. “Es una especie de autoafirmación. Tienes una situación social que genera un cierto tipo de persona, un ejemplo que es emulado por los chicos jóvenes, y ese ejemplo es un traficante con su AR-15 y sus zapatos Nike. Es una forma de volverse hombre. Las chicas lo miran y él pelea contra sus enemigos, que son jóvenes igual que él. Esto les da un sentimiento de filiación.”

Cada año los mafiosos se vuelven más jóvenes; hoy algunos tienen diez años. Es “como un fenómeno medieval, feudalismo y guerra de señores sin ningún otro propósito que el de vivir en el día a día”, me dijo Sirkis. “Es una insurgencia de baja intensidad, y sin ideología.”

Poco después de que Fernandinho tomara control de Ilha, él y Gil –ambos se denominan a sí mismos la “pandilla LG” (por sus sobrenombres, Lopes y Gil)– comenzaron a aparecer en los titulares de los periódicos de Río. A la generación de bandidos de Fernandinho le gustan las fiestas. Los jefes de las pandillas son grandes promotores del funk carioca, o gangsta rap brasileño. Los fines de semana organizan bailes funk, fiestas callejeras a las que asisten jóvenes de fuera de la favela –de o asfalto, “el asfalto”, como se conoce a las zonas legalmente constituidas de la ciudad– y en las que contratan a dj’s. Los jefes proporcionan cerveza y venden drogas, sobre todo cocaína y mariguana, en grandes cantidades. Fernandinho ha sido filmado festejando con sus “soldados”, bebiendo, cantando y alardeando sobre cómo ha acabado con sus enemigos. En un baile funk de 2005 se le ve rapeando: Amárralo, derríbalo, sigue y muele a este marica. Trae el hacha afilada, mándalo al Infierno. Ahora verás, LG no tiene piedad. Dale con el hacha, será un tullido. ¿Por qué cantaste, marica?

Otro video, de 2005, muestra a Fernandinho en una fiesta, rapeando en el micrófono: Estoy lleno de odio. Soy bueno, pero no collón. Les digo a todos que no soy malo con los de aquí, no. Odio a Chorrão, PQD y Noquinha. Si te pones de su lado, te cortaré en pedacitos. Puedes ir con el tipo equivocado, pero cuando te descubra, el León te comerá.

La primera orden de aprehensión por homicidio en contra de Fernandinho fue expedida ese mismo año. En Praia da Rosa, una favela cercana, se encontraron dos cuerpos desmembrados. Las víctimas eran socios de Noquinha –el rival que Fernandinho mencionaba en su rap. Los miembros de la pandilla de Fernandinho eran los principales sospechosos del asesinato de un policía, frente a decenas de testigos, en una celebración religiosa en 2007, y de la decapitación de un hombre de Dendê unos meses después. (Su pecado había sido asistir a un baile funk de una favela rival.) Y había más. Un residente me dijo que en Praia da Rosa los esbirros de Fernandinho eran conocidos como os açougueiros: “los carniceros”. “Se encargan de los cuerpos de las personas que matan destazándolos y arrojándolos a la bahía”, me dijo aquel hombre. “Los cangrejos se los comen.”

En un operativo especial en marzo de 2008 unos cien policías armados, respaldados por dos helicópteros de combate y un tanque blindado, fueron tras Fernandinho. Hubo una balacera; cinco hombres de Fernandinho fueron acorralados en una casa; varios resultaron heridos o fueron arrestados. La policía dijo que Fernandinho había recibido un impacto de bala, pero que había escapado saltando de azotea en azotea.

A partir de los informes sobre Fernandinho –sus extravagancias publicitarias, su inclinación por desmembrar a sus enemigos, sus escapes al estilo de La pimpinela escarlata– comenzó a gestarse una cierta mitología. Luego hubo una noticia: Fernandinho había encontrado la religión. El 20 de agosto de 2007 un titular del tabloide de Río Meia Hora decía: “MATÓN DECAPITA A QUIENES NO SIGUEN SUS REGLAS” y, debajo, “Fernandinho Guarabu, el jefe de Dendê, usa una hacha para ejecutar a sus víctimas. El traficante evangélico prohíbe incluso la macumba en la favela.” (Macumba se refiere a una de las religiones de origen africano en el país, junto con umbanda y candomblé, que los evangélicos estrictos consideran poco más que brujería.) Ese mismo día, en el periódico O Dia, apareció este reportaje: “Pese a la violencia [de Fernandinho], la ‘palabra de Dios’ siempre debe ser propagada, a veces de forma radical. Guarabu ha prohibido supuestamente los rituales de umbanda y candomblé, así como las sesiones espiritistas. Diariamente, a las 6 p.m., la plegaria de un pastor resuena en los estrechos callejones.”

Sucedió que Fernandinho se había hecho amigo del pastor Sidney, y había vuelto a nacer. El capo se abocaba a su nueva fe con gran entusiasmo. En uno de sus antebrazos llevaba “Jesús Cristo” tatuado en grandes caracteres, y el Morro do Dendê pronto se cubrió de nuevos grafitis religiosos. La alberca comunitaria que había construido tenía ahora un letrero por encima que decía “ESTO PERTENECE A JESUCRISTO”. Además, se dice que Fernandinho ordenó a sus hombres no cometer crímenes “violentos”, como robo de auto con violencia, robo a mano armada y asesinato, aunque podían vender drogas.

Leslie Leitão, el principal reportero de crimen de O Dia, es autor de la mayor parte de las notas sobre Fernandinho publicadas en dicho periódico. Lo fui a ver a las oficinas del diario. Leitão, un hombre amigable e hiperquinético de 32 años –la misma edad que Fernandinho–, me explicó que a menudo encuentra pistas en la red social más popular de Brasil, Orkut, pistas que, según me dijo, la policía también sigue. Muchos miembros de las pandillas suben noticias, videos y fotografías de sí mismos en Orkut. La novia de un famoso traficante sube chismes y fotos reveladoras de sí misma. Leitão nunca ha ido al Morro do Dendê. Habla con Fernandinho por teléfono. “Claro, él niega las cosas que he escrito sobre él”, me dijo Leitão. “Pero es muy amigable, y parece entender que yo sólo estoy haciendo mi trabajo.”

Los periodistas brasileños sencillamente dejaron de entrar a las favelas después de que Tim Lopes, un reconocido reportero de la cadena de televisión O Globo, despareció en 2002, tras llevar una cámara escondida a un baile funk en una favela. Varios días más tarde la policía encontró lo que quedaba del cuerpo de Lopes. Había sido torturado hasta la muerte –golpeado, luego cortado en pedazos con una espada de samurái y finalmente quemado– por un jefe de pandilla del Comando Rojo y sus hombres.

Para los periodistas hay muchos peligros. El año pasado un par de reporteros de O Dia y su chofer fueron secuestrados y torturados por varias horas dentro de una favela. Sus torturadores, que fueron detenidos más tarde, resultaron ser policías, miembros de una “milicia” de patrulla ciudadana. Desde hace casi una década, los policías y los bomberos formaron estas milicias para atacar a las pandillas de la droga asesinando a sus miembros hasta borrarlos del mapa. Al menos cien favelas de Río están ahora en manos de estas milicias, que se han convertido en pandillas por derecho propio. (Me reuní con un miliciano de nombre Silva en una favela que él mismo ayudó a controlar cerca de la Cidade de Deus –la Ciudad de Dios– y le pregunté si existía el peligro de que las milicias se convirtieran en mafias. “Ya son mafias”, me dijo. Pero afirmó que no vendían drogas. La especialidad de Silva, me dijeron, era “desaparecer cuerpos”.) La única favela de Ilha que no domina Fernandinho, justo fuera de la base de la fuerza aérea, está controlada por una milicia.

“Hoy, si vives en el Morro do Dendê, dependes de Fernandinho”, me dijo Leitão. “Si lo arrestan mañana, Gil, su número dos, tomará las riendas. ¿Cuánto tiempo estará aquí?, ¿diez años? Cuando mucho.”

Leitão no sabía si la fe de Fernandinho era genuina o si sólo intentaba crearse una nueva imagen pública: “Podría ser cualquiera de las dos cosas.”

Para saber más sobre Fernandinho, me reuní con un ex vendedor de drogas llamado Washington Luiz Oliveira Rimas, también conocido como Feijão (“Frijol”). Feijão, un hombre negro, bajito, rechoncho, de 33 años, que llevaba ropa Nike de color azul eléctrico y una cadena de oro, había sido chefe, jefe de una favela, para el Tercer Comando Puro, pero se había “retirado” y había tratado de reinventarse como constructor. Sin embargo, la policía aún lo buscaba y en 2006 fue arrestado bajo el cargo de robo de armas de uso exclusivo del ejército. Feijão gastó la mayor parte de sus ahorros en su defensa y fue liberado después de pasar un mes en prisión. Consideró volver a “la vida”, pero la ejecución de un amigo cercano a manos de la policía lo disuadió. Feijão trabaja ahora para una ONG poco común, AfroReggae, una agrupación que intenta mediar entre el Estado y las pandillas, y que además promueve a una banda musical.

Feijão me dijo que conoce a Fernandinho desde hace años. “Fernandinho, ¡es un maluco!” –un loco–, afirmó. “Fernandinho es salvaje. Está chiflado. Fuma y bebe demasiado. Festeja demasiado. El problema es que Fernandinho es muy buscado por la policía. Tiene su lado bueno, pero también tiene su lado brutal. Mató a mucha gente y dejó sus cuerpos en las calles, y llegó a estar en los periódicos: hay fotos de él bailando con una pistola al hombro. Tiene un montón de armas allá arriba, y coches robados.” Feijão continuó: “Y la cosa es que aquí, si haces un montón de tonterías, sí van a venir por ti. Y si [Fernandinho] cae, no va a poder salir.”

Le pregunté a Feijão si pensaba que la tan publicitada renovación religiosa de Fernandinho era real. Reflexionó y dijo: “Creo que sí cree, porque en esta vida pronto te das cuenta de que el único que no te traiciona es Dios.”

El pastor Sidney Espino dos Santos, el responsable de la conversión de Fernandinho (según me dijeron), vive en Parque Royal, a unas cuantas calles de donde vive Iara con sus hijas. Su casa es modesta y bien cuidada, una construcción de dos pisos en una calle de terracería. El pastor Sidney, un hombre negro, bajito y fornido, con la cabeza rapada, me recibió con cautelosa cortesía, y me invitó a pasar y sentarme en la terraza del segundo piso. Llevaba pantalones negros, una camisa beige bien planchada y una corbata a rayas, y tenía un físico consistente que no esperaba encontrar en un predicador.

Había sido católico hasta los veintiún años, me contó, y luego se volvió evangélico protestante. Cuando le pregunté qué había ocasionado su conversión, miró hacia otro lado. Dijo que había tocado música en una banda, que había salido con “muchas mujeres” y que había estado “abrumado por la ansiedad y la depresión”. El pastor Sidney tiene ahora 35 años, y lleva casado quince. Él y su esposa tienen tres hijos. El pastor también había sido paracaidista del ejército y, durante la mayor parte de los últimos doce años, había trabajado en plataformas petroleras en mar abierto, como supervisor de cubierta. Había estado en Angola varias veces, dijo, y también en Trinidad y Tobago. Su último trabajo había terminado hacía dos años, después de que tuvo algunos problemas con un compañero de trabajo estadounidense.

El pastor Sidney me explicó que había conocido a Fernandinho en 2007, cuando algunos líderes de la comunidad lo fueron a buscar. Se habían registrado una serie de balaceras en las que estaban involucrados Fernandinho y sus rivales –gente asociada con Marcelo PQD. “Esto era como una zona de guerra”, dijo el pastor Sidney. “Era muy peligroso, y la comunidad estaba asustada.” Él ya había predicado en algunos de los barrios más bravos de Ilha, y esto le había granjeado cierto respeto. “Trabajaba entre los traficantes. Salía y rezaba en las calles. Yo me acerco a todos de la misma forma, como si estuvieran poseídos por demonios, y descubrí que lo aceptaban, porque hay algo sobrenatural en ello. Sin embargo, había evitado a Fernandinho. Había escuchado cosas de él que no me gustaban.”

Finalmente, “Fernandinho vino él mismo a mí. Me vio predicando. Vio a la gente que caía al suelo. Y me pidió una plegaria”.

En los últimos años las sectas protestantes evangélicas han hecho incursiones sorprendentes en Brasil –un territorio tradicionalmente católico. En algunas favelas de Río hay veintenas de pequeñas iglesias donde, noche tras noche, el Señor es alabado entre gritos y música amplificada. En la iglesia del pastor Sidney, la Igreja Assembléia de Deus Ministerio Monte Sinai, él y sus diáconos, entre quienes se encuentran varios ex mafiosos, cantan y tocan instrumentos, creando una barrera de sonido que mezcla el ska y el hip hop con el rock de gospel brasileño. Los parroquianos bailan, entran en estados de trance y caen al suelo como si exorcizaran sus demonios.

El pastor Sidney me explicó cómo es que puede ver a los demonios: “La gente poseída tiende a ver a un punto fijo y hay un cierto frío a su alrededor; sus ojos no parpadean. Las personas mismas están ausentes.” Cada vez que las ve, “le pido a Jesús que las tome, y los ángeles vienen y les arrancan el demonio”. También ayuda, me dijo, invocar el nombre del Señor. “La fe tradicional te ayuda a centrarte, lo mismo que las demostraciones del poder de Dios.”

Le dije al pastor que había escuchado decir que Fernandinho había dejado de matar gracias a su influencia. El pastor Sidney se mostró escéptico. ¿Pensaba que Fernandinho realmente creía en Dios? “Sólo Dios sabe lo que hay en el corazón de un hombre”, me contestó. “Pero en mi opinión Fernandinho está lejos de aceptar a Dios. Se conmovió un poco, cambió un poco si lo comparamos con lo que era antes. Usa menos la violencia, redujo sus matanzas considerablemente, es cierto. Antes bajaban desde Dendê y robaban casas y coches; ahora eso está prohibido. Ahora sus hombres casi sólo venden drogas.”

Pero las cosas entre él y Fernandinho se habían deteriorado en los últimos años, afirmó. “Nos gusta Fernandinho, pero queremos alejarnos de él para que vea lo que le rodea, para que vea dónde está parado.” Algunos hombres habían sido ejecutados unas semanas antes. “Las muertes me hicieron sentir ofendido”, me dijo el pastor. “Así que ahora estoy harto de ir al Morro do Dendê. Ahora, cuando subo, sólo voy entre la gente de la comunidad. Ya no estoy tratando de convertir a los traficantes. Rezo por ellos sólo si me buscan.” El pastor también estaba molesto por la aparición de algunos evangélicos rivales que se habían congraciado con Fernandinho. “Le están diciendo lo que quiere oír, no lo que necesita oír.” (Una semana antes una redada policiaca en Praia da Rosa había dado con una mochila que contenía un rifle y munición; la mochila estaba escondida en una guardería dentro de otra iglesia de Pentecostés.)

Le pregunté al pastor Sidney si, pese a las tensiones entre ellos, podría aún presentarme a Fernandinho. Frunció el cejo. No quería ver a Fernandinho aún, me dijo, pero me llevaría al Morro do Dendê y haría las presentaciones necesarias. El resto dependía de mí.

Una noche, mientras esperaba para ver a Fernandinho, manejé por los suburbios del norte de la ciudad con un hombre al que llamaré Célio, un ex comando de las Fuerzas Especiales. Célio trabaja para una unidad del departamento de bomberos que recoge los cadáveres de las calles en un vehículo llamado Ravecão. (Más tarde, Célio me dio las cifras del Ravecão para ese día: 48 cuerpos recogidos.)

Manejamos hacia un barrio donde las calles pavimentadas de Río se convierten en terracería. Ahí encontramos a un par de hombres uniformados bajo una farola, sacando un cuerpo de la cajuela de un coche con dificultad: había entrado en rígor mortis. Un coche con varios hombres y mujeres dentro avanzaba detrás de nosotros. Era la familia del hombre muerto. Una mujer bajó e identificó el cadáver. El muerto era un joven que llevaba sólo unos calzoncillos rojos. Cuando levantaron su cuerpo, un chorro de sangre describió un arco de unos dos metros y medio en el aire, el chorro salió de un orificio de bala en su espalda, quizás en su pulmón. Se habían disparado más balas contra su cráneo. Sus pies y manos estaban atados detrás de su espalda, apretados, con una tira de plástico. Había sido ejecutado unas tres horas antes.

A juzgar por su apariencia y por la forma en que fue asesinado, el hombre muerto podría haber sido un vendedor de droga. Sus verdugos podían ser lo mismo miembros de los escuadrones de la muerte organizados por policías y bomberos –los colegas de Célio– u otros traficantes.

Un integrante de la policía civil de Río, Beto, admitió tranquilamente ante mí que la policía ejecutaba a los criminales. Extendió sus manos en actitud de súplica. “¡Es que somos hombres!”, dijo. “Tenemos sentimientos, ¿sabe? Y estos tipos disparan contra nosotros. A veces he salvado vidas. Una vez vi a uno de mis amigos [Beto imitó los movimientos de un policía a punto de ejecutar a alguien] y dije: ‘No lo hagas. Déjalo. Vámonos.’ Pero otras veces no he podido hacer eso. Y, honestamente, hay veces en que no quieres, en que no te importa.”

En un paseo por la ciudad durante el día Beto mantuvo su pistola desenfundada entre las piernas. Su placa policiaca era su “certificado de muerte”, ya que si los miembros de una pandilla la encontraban, lo matarían. Los pandilleros consideran que los diez mil policías civiles de Río no son mejores que los cuarenta mil policías militares. “Los policías militares son más que nada inexpertos y malos; son corruptos, son ellos mismos criminales”, me dijo Beto. “Los mafiosos los matan sin dudar.” En su caso, dijo, “podrían dudar un minuto, pero de todos modos me matarían.”

En marzo de 2005 veintinueve civiles fueron asesinados por policías fuera de turno en un barrio pobre al norte de Río. La policía perpetró la masacre para protestar por el arresto de otros policías, quienes, a su vez, habían sido filmados tirando los cuerpos de varios hombres que habían asesinado. La policía también ha sido blanco de asaltos coordinados. En diciembre de 2006 los líderes del Comando Rojo ordenaron a sus esbirros entrar a la ciudad a sembrar el caos. Las estaciones de policía fueron atacadas con armas automáticas y granadas; una decena de autobuses urbanos fueron incendiados. Murieron al menos diecinueve personas.

Alfredo Sirkis, el secretario municipal, me dijo: “Las pandillas le pagan a la policía para que esta las proteja en las favelas, y si no les pagan, los policías van y matan a todo el mundo y le dejan las operaciones a otra pandilla. La policía tiene una alianza de exterminio con las pandillas.”

El problema, según Sirkis, es que a la policía no se le paga lo suficiente. “Cada policía, sin excepción, tiene un segundo trabajo”, me dijo. “Los policías trabajan en turnos de 24 por 72 horas, de manera que no hay continuidad, no hay una rutina profesional. No se hacen rondas a pie, no hay contacto con la población civil, sólo andan por ahí en patrullas. El 70 por ciento de los policías que son asesinados en Río mueren fuera de su turno. ¿Qué te dice esto?”

Hace treinta años, afirmó Sirkis, “los bandidos no solían matar a un policía. Y, si lo hacían, no se escapaban del castigo. Ahora la policía ha perdido toda dignidad, y los policías son vistos como rivales en el mismo negocio, así que los bandidos los matan”.

Lo primero que hay que hacer, dijo Sirkis, “es terminar con el control de las pandillas de la droga sobre el territorio de la ciudad. Hay que volver a la situación de las ciudades en todo el mundo, a que se venda droga en las esquinas, pero sin que las pandillas tengan el control de los territorios. Esto es posible, pero sólo puede llevarse a cabo mejorando la policía”.

En julio hablé con el nuevo jefe de la policía civil de Río, Allan Turnowski. Le pregunté si la situación de la seguridad en Río era calamitosa. “¿Calamitosa?”, dijo. “No. Si lo fuera, no habría forma de solucionarlo. Y sí podemos. Esto todavía no es Bagdad ni México. Tenemos la capacidad para controlar cualquier parte de la ciudad que queramos. El problema es que no podemos quedarnos a terminar el trabajo.” Turnowski me habló entusiasta sobre una campaña para combatir a las milicias vinculadas a la policía; sobre sus planes para aumentar el número de efectivos policiacos; y sobre la esperanza de mejorar el entrenamiento y los salarios. Mencionó una favela recientemente purgada y cercada, Santa Marta, donde el gobierno ha invertido en infraestructura, como un modelo para el futuro. Señalé que Santa Marta era sólo una favela, y que había otras mil o más aún desatendidas. Turnowski asintió y dijo: “Llevará tiempo.”

El pastor Sidney me guió hasta su coche, un viejo Chevrolet Meriva. Manejamos a través de las calles de Ilha. Después de dar vuelta en una calle residencial, llegamos a una esquina oscura de una favela. El pastor había encendido las luces interiores y había bajado todas las ventanas para que nos pudieran ver. En el primer cruce unos jovencitos con pistolas y rifles de asalto nos bloquearon el paso. Llevaban gorras de beisbol y camisetas con logotipos deportivos, pantalones de surf y sandalias de plástico. Se acercaron a la ventana y, al reconocer al pastor, levantaron los pulgares como signo de aprobación.

A continuación vino un ritual curioso. Uno tras otro, cada pistolero entregó su arma a un camarada y vino hacia la ventanilla abierta del pastor. Cada uno se paró ahí, con las manos a los costados y los ojos cerrados y, mientras el pastor Sidney les hablaba en voz alta, en un atropellado portugués, haciendo una especie de invocación bíblica, entraban en trance. Entonces el pastor extendía su brazo y, colocando su mano sobre la frente del pistolero, gritaba “Sai!” –¡Vete!– una y otra vez. Finalmente, les daba un golpe o un manotazo en la cabeza, y en ese momento volvían en sí, abrían sus ojos sobresaltados, sonreían tontamente y agradecían al pastor.

Durante todo el procedimiento, uno de los jóvenes permaneció en todo momento en el puesto de guardia –una silla de plástico y un bote de petróleo– a la entrada del callejón. El guardia también tenía una arma y una gran bolsa de plástico frente a él, llena de paquetes de cocaína. Era una boca de fumo –una “boca de humo”, la expresión brasileña que designa un lugar donde se venden drogas.

Avanzamos lentamente por el callejón, pasando a hombres y mujeres que tenían que apretarse contra las paredes para que pudiéramos pasar. Percibí el olor a mariguana y, una o dos veces, el tufillo a hule quemado del crack. Nos detuvieron de nuevo; el pastor Sidney repitió su ritual de exorcismo. Entramos a una gran plaza de tierra; estábamos en Praia da Rosa, y había pistoleros por doquier. La atmósfera era tensa; algo estaba pasando. (Descubrí más tarde que la Rata, uno de los subgerentes de Fernandinho en otra favela, había venido esa noche a reclamar justicia de Leo, uno de los gerentes de Fernandinho –y jefe directo de Iara–, porque un soldado de Leo había ido a su territorio y le había apuntado con una pistola. Leo hizo que su hombre se disculpara con la Rata, evitando así el derramamiento de sangre.)

Después de pasar por otros tres retenes, llegamos a un cruce donde la calle se dividía y seguía por los dos lados de un muro pintado con mensajes sobre Jesús. Habíamos llegado al Morro do Dendê.

Los vendedores de droga saludaron respetuosamente al pastor Sidney y le preguntaron si iba a ver al chefe. “No. Sólo llego hasta aquí”, dijo. “Él sabe por qué.” Se veían desconcertados, pero asintieron. El pastor Sidney dijo que quería a alguien “responsable” para llevarme a ver a Fernandinho. Deliberaron; uno de ellos se alejó y habló por su radio. Luego un hombre corpulento de treinta y pico años, con el torso desnudo, dio un paso al frente. El pastor me dijo: “Está bien, puede irse con él. Siéntase como en casa.” Y se alejó en su auto.

El hombre me guió por una calle empinada, por entre espectadores curiosos. En la cima de la colina se detuvo e hizo un gesto para que lo esperara ahí, luego desapareció. Había unos cuantos hombres armados, vestidos con ropa deportiva a lo largo de la calle; la gente subía a comprar cocaína con ellos. La letra de un baile funk retumbaba: “No vales la verga que mamas”, y el coro repetía una y otra vez: “Pau que chupa, pau que chupa [Verga que mamas, verga que mamas].”

Fernandinho apareció. Seis guardaespaldas estaban dispuestos alrededor suyo. Lo reconocí de una fotografía; tenía el tatuaje de Jesús Cristo en el antebrazo derecho, en grandes letras góticas. Llevaba una gorra de beisbol, pantalones cortos y una sudadera sin mangas del São Paulo, con las letras LG bordadas (el logotipo del patrocinador). Llevaba también una enorme cadena de oro con un dije al cuello, inmensos anillos de oro en casi todos sus dedos y un pesado reloj de oro. Todo brillaba con diamantes.

Fernandinho es blanco, tiene aspecto de niño, es de mediana altura y complexión, tiene el cabello castaño y lo lleva cortado a rape. Me saludó amablemente. Sugirió que fuéramos a su casa para charlar. Sus guardaespaldas avanzaron junto con nosotros. Todos eran adolescentes, y llevaban AK-47 y AR-15. Bajamos algunas escaleras, luego caminamos por un callejón y avanzamos por un estrecho pasillo, hasta el interior la habitación de Fernandinho.

No era particularmente grande; su cama ocupaba casi todo el espacio disponible y estaba cubierta con un edredón de un personaje de caricatura. De las paredes colgaban estampas religiosas brillantes y varios salmos enmarcados. En una esquina había un acuario; en otra, una bicicleta fija. Una gran televisión de plasma dominaba la pared frente a la cama. Fernandinho se sentó en el borde del colchón y quitó algunas prendas de un pequeño sofá situado al lado para que yo me pudiera sentar. Sus guardaespaldas permanecieron al final del pasillo.

Una bonita joven embarazada vino a ofrecernos algo de beber. Cuando se fue, le pregunté a Fernandinho si era su esposa, o si llevaba a su hijo. No, era sólo una amiga –su esposa no estaba ahí, dijo, y luego se corrigió: “No nos han casado formalmente.” Tenía seis hijos, y dos más “en camino”. Dijo que su esposa, embarazada de su primer hijo, no sabía sobre ninguno de los niños, excepto el más grande, un niño que iba a la escuela primaria en el asfalto. Me miró con intriga, y dijo que había considerado decirle sobre los otros niños después de que diera a luz. Le contesté que probablemente esa sería una decisión acertada.

Su función en el Morro do Dendê no era diferente de la de un alcalde, me dijo Fernandinho. “La gente viene a mí con sus problemas y yo los cuido.” Me acercó el dije de oro que portaba. Se veía una palma –dendê es la palabra portuguesa para la palma de aceite africana– y unas cuantas casas en la ladera de una colina. Era el símbolo de su gobierno. “Lo diseñé yo mismo”, dijo. “Pesa medio kilo.” Era un traficante, sí, pero vendía drogas sólo porque otros las consumían. Le mencioné los asesinatos que lo habían hecho famoso. Dijo que no tenía que matar a la gente él mismo: había personas que hacían esas cosas en su nombre.

“De niño quería ser jugador de futbol”, confesó. “Finalmente, me di cuenta de que eso era sólo una fantasía.” Se había unido a la pandilla como mensajero y vigía cuando tenía ocho o nueve años. Le pregunté si podía imaginar una vida distinta a la que tenía ahora, si podría ser capaz de cambiarla. “No”, me contestó. “Tengo tantas órdenes de aprehensión contra mí, que ni siquiera salgo de la favela.” No había salido del Morro do Dendê durante dos años y, antes de 2003, sólo había salido un par de veces.

¿Por qué crímenes se le buscaba? “Todo, incluso si no es cierto”, dijo.

Fernandinho había dejado la televisión encendida. Estaba sintonizando la versión brasileña de Discovery Channel, que transmitía un docudrama de crímenes verdaderos sobre el llamado Asesino Sonámbulo. Una dramatización en la que un hombre entra a un dormitorio y masacra a una pareja dormida aparecía una y otra vez en cámara lenta. Finalmente, Fernandinho cambió de canal a la estación local de noticias. Esta transmitía en vivo desde el lugar de un enfrentamiento entre criminales y policías en São Paulo.

“¿Realmente es así?”, le pregunté. “Sí, a veces”, dijo Fernandinho. Pero él trataba de evitar las confrontaciones con la policía, dijo. Siempre que fuera posible, él y sus hombres se escondían cuando la policía invadía la favela.

Fernandinho abrió la puerta de su clóset y hurgó adentro. Después de un rato sacó dos botellas de colonia para hombre, aún en sus empaques. Una era Issey Miyake, la otra Givenchy Pour Homme. “Lléveselas”, me dijo, “son suyas”.

Rezaba mucho, me comentó, incluso rezaba por sus enemigos. Como para demostrar la verdad de esta afirmación, cerró la puerta de su habitación, fue al pie de su cama y se arrodilló. Rezó como un niño, con los dedos entrelazados, los ojos cerrados y los labios moviéndose al tiempo que murmuraba una oración. Fue a buscar su Biblia y, sentado frente a mí en su cama, la abrió en una página donde tenía un marcador, cerca de la cuarta parte del libro.

Felicité a Fernandinho por su esfuerzo. Pero entonces, señalando la contradicción entre su fe religiosa y su empeño en continuar con una vida de traficante, le pregunté: “Para ti, ¿dónde está la línea que divide el bien del mal?”

Ferdandinho sonrió y dijo: “¿Quién decide?”

Un par de días más tarde regresé a Parque Royal a ver al pastor Sidney. Me invitó un plato de feijoada –un platillo tradicional brasileño de puerco y frijoles negros– en un pequeño restaurante que le pertenecía en la plaza de la favela. Me preguntó cómo había resultado el encuentro con Fernandinho. Le dije que Fernandinho había hablado mucho sobre su fe.

El pastor asintió. Sentí que podría estar dispuesto a hablar un poco más explícitamente sobre su feudo con el mafioso. “¿Qué pasó? –le pregunté–. Creí que Fernandinho había prometido detener las matanzas.” “Sí, y por eso me he mantenido alejado de él, porque ha roto su palabra.”

El pastor culpó a Gil, el segundo de Fernandinho. Gil había estado en el hospital, y mientras se había ido las cosas habían estado bien. Luego Gil regresó. El pastor Sidney dijo: “Está sediento de sangre. Yo ya lo veía venir, y le dije a Fernandinho que dentro de una semana las matanzas comenzarían de nuevo. Y, en una semana, así fue.” El pastor había escuchado por ahí que se había capturado a cuatro informantes y que se les había condenado a muerte. Se apresuró para llegar al Morro do Dendê e intentar salvar sus vidas. Fue a ver a Fernandinho, pero sus guardaespaldas le dijeron que el jefe estaba descansando, que no podía ser molestado. Preguntó por los hombres detenidos y le dijeron: “No se preocupe.” Y se fue.

Más tarde escuchó que habían sido asesinados, y se sintió traicionado. “Fui con Fernandinho y le dije que la alianza entre nosotros estaba rota”, dijo el pastor. “Durante dos años habían hecho un voto de que nadie sería asesinado. Le recordé que durante ese tiempo ninguno de ellos había sido asesinado ni arrestado.” El pastor prosiguió: “Predigo que algunos de ellos serán asesinados pronto.”

–¿Qué dijo Fernandinho?

–No respondió absolutamente nada. Yo podía ver a los demonios regresando a través de sus ojos.

Desde la primera vez que se presentó como candidato a la Presidencia de Irán, hace cuatro años, Mahmoud Ahmadineyad ha demostrado tener un hábil manejo de las comunicaciones. Tiene un blog, que se llama “Memos personales de Mahmoud Ahmadineyad”, en el cual habla sobre Dios, sobre filosofía y sobre su infancia, y responde mensajes de los lectores. Los videos de su campaña presidencial de 2005 eran producciones de dos minutos y medio que lo presentaban claramente como un hombre del pueblo. En una escena, Ahmadineyad está haciendo cola para almorzar en una cafetería de autoservicio; en otra, va caminando entre un grupo de gente pobre. Los videos eran transmitidos constantemente por la televisión. El lema de la campaña era: “Es posible… y nosotros lo podemos hacer”.

Los videos fueron concebidos y producidos por Javad Shamaqdari, un hombre grande y barbado, que se desempeña como “asesor cultural” del presidente. Recientemente, Irán exigió una disculpa de parte de Hollywood por haber soportado “treinta años de insultos y acusaciones”. Shamaqdari mencionaba la película 300, del año 2006, acerca de la batalla entre los espartanos y los persas, a quienes presentaban como un pueblo perverso y decadente, y la cinta del año pasado El luchador, en la cual Mickey Rourke lucha contra un viejo vengador llamado “el Ayatolá”, quien trata de estrangular al personaje de Rourke con una bandera de Irán. Durante la campaña, sin embargo, la función de Shamaqdari se parecía más a la de un jefe de comunicaciones norteamericano.

Shamaqdari y Ahmadineyad se conocieron cuando los dos estudiaban ingeniería en Teherán, a finales de los setenta. Durante la guerra contra Irak, Shamaqdari produjo documentales acerca de la vida en el frente. Luego comenzó a hacer largometrajes, entre otros Sandstorm, acerca de la fallida operación norteamericana para rescatar a los rehenes, en 1980. Shamaqdari dijo que, cuando Ahmadineyad se convirtió en alcalde de Teherán, en 2003, y rechazó el salario que le ofrecía la municipalidad pues prefirió quedarse solamente con lo que le pagaban como profesor universitario, “yo sentí que Irán necesitaba tener a la cabeza del país a una persona como él. Así que cuando me enteré de su candidatura le ofrecí mi ayuda”.

Shamaqdari me mostró algunas escenas que fueron suprimidas de los videos, pues Ahmadineyad las consideró “demasiado íntimas”. En ellas Ahmadineyad aparece besando tiernamente en las mejillas a su anciano padre y recitándole poesía persa. “Lo que yo quería mostrar era su honestidad y su sencillez”, dijo Shamaqdari. “Estaba seguro de que el pueblo iraní votaría por él si veían eso”.

Shamaqdari tenía razón. El poder religioso de Irán, de tendencia conservadora y dirigido por el ayatolá Ali Jamenei, el Líder Supremo de Irán, había frustrado los esfuerzos del presidente Mohammad Jatami, que se había presentado como reformista, de abrir Irán al mundo. Los religiosos apoyaron la novedosa e inesperada candidatura de Ahmadineyad y, en junio de 2005, fue elegido presidente con el 62% de los votos.

Las próximas elecciones presidenciales de Irán tendrán lugar en junio de este año. Ahmadineyad ha presentado su candidatura; Jatami también era candidato, pero en marzo renunció a favor de otro reformista, el ex primer ministro Mir Hossein Musavi. Una vez más, los conservadores de Irán se enfrentarán con los supuestos reformadores del país. Y Ahmadineyad está confiando otra vez en el peso de su popularidad.

Shamaqdari me repitió las historias que ya había escuchado varias veces en Teherán, acerca de cómo Ahmadineyad enrolló las antiguas alfombras persas del palacio presidencial y las envió a un museo; cómo rechazó la idea de ocupar el mejor asiento en el avión presidencial; cómo quería seguir viviendo en la modesta casa de su familia en Teherán, hasta que sus asesores de seguridad lo convencieron de mudarse. “Pero no se fue a vivir al palacio presidencial”, dijo Shamaqdari, “sino a un edificio normal, situado en un área restringida”. Ahmadineyad les ofrece a los votantes donaciones en efectivo, llamadas “cuotas de justicia”, que según dicen alcanzan el equivalente a sesenta dólares.

Dentro del poder político de Irán mucha gente desprecia en privado a Ahmadineyad, precisamente debido a su origen. “Antes de llegar al poder solo había salido de Irán en una ocasión, y apenas hasta Irak, por un par de días”, decía un antiguo diplomático. Un funcionario europeo dijo que un empleado del gobierno iraní que llevaba muchos años en su cargo le había confesado que, antes de que Ahmadineyad llegara a ser presidente, era la clase de hombre al que él hacía esperar durante treinta minutos en la puerta de su oficina, solo para ponerlo en su lugar.

Sin embargo, descartar a Ahmadineyad tachándolo de palurdo es un error de comprensión. Ahmadineyad es un populista similar a Hugo Chávez, un político que sabe que su país está lleno de gente como él, y sabe cómo hablarle a esa gente. Para algunos de sus seguidores, Ahmadineyad representa un regreso a las verdades ideológicas de los primeros años de la República Islámica, cuando gobernaba el ayatolá Ruholla Jomeini y los adolescentes se ofrecían voluntariamente al sacrificio. Para muchos iraníes, la promesa de Ahmadineyad de devolverle a Irán el “lugar que le corresponde” en el mundo, y otorgar subsidios y crear empleos, resulta muy atractiva.

La insistencia de Ahmadineyad en continuar con su programa nuclear apela a ese sentimiento nacionalista y tiene amplio apoyo entre los iraníes. “Lo que ellos quieren es respeto”, dice Lee Hamilton, un ex congresista y co-director del Grupo de Estudio para Irak, que ha tenido gran influencia en la definición de la política norteamericana hacia Irán. “Y la mejor manera que vieron para conseguirlo fue dominar el ciclo de combustión nuclear”.

Pero en los cuatro años que han transcurrido desde que Ahmadineyad se presentó por primera vez a la Presidencia, Irán y sus rivales han cambiado: los iraníes se han visto muy afectados por la crisis económica mundial y por la caída de los precios del petróleo; Irán está notoriamente más cerca de convertirse en una potencia nuclear y George W. Bush ha sido reemplazado por Barack Obama. La pregunta ahora es cómo va a manejar Ahmadineyad la presión doméstica y la de esta nueva administración de Washington, mucho más sutil.

El 20 de marzo, al inicio del Año Nuevo persa, Obama grabó un video dirigido al pueblo iraní, en el cual hablaba respetuosamente de la antigua civilización iraní y ofrecía un compromiso “honesto”. El ayatolá Jamenei respondió al video diciendo que “las palabras no eran suficientes” y que Estados Unidos tenía que cambiar sus políticas si esperaba que Irán hiciera lo mismo. Luego, el 31 de marzo, durante una conferencia sobre Afganistán en La Haya, Richard Holbrooke, el representante especial de Obama, conversó con el viceministro de Relaciones Exteriores de Irán. Las dos partes le restaron importancia al encuentro: “Fue cordial e inesperado y los dos acordaron mantenerse en contacto”, afirmó la secretaria de Estado Hillary Clinton. Pero la verdad es que, en términos de contacto directo, ese encuentro fue una verdadera novedad.

En los años de la administración Bush era fácil para Ahmadineyad afirmar que el presidente americano no estaba interesado en tener con Irán nada distinto a una relación hostil. Pero el mensaje de Obama representó un “cambio de juego”, declaró Vali Nasr, un experto en Irán y antiguo miembro del Consejo de Relaciones Exteriores. “Ahora Estados Unidos ha producido un mensaje extraordinariamente distinto, afectuoso, que parece sincero en su deseo de llegar a un acuerdo con Irán. Así que los iraníes le van a preguntar ahora a su gobierno: ¿por qué no aceptan el ofrecimiento?”. Y luego agregó: “Obama ha sido muy astuto al generar un debate entre el pueblo iraní y sus líderes y dentro del mismo grupo de líderes… y, en la medida en que esto sucede tres meses antes de las elecciones, también logró convertirlo en un tema de campaña”.

Por otra parte, la elección también plantea un dilema para los miembros de la administración Obama. Si parecen muy dispuestos a ceder, Ahmadineyad puede afirmar que ha logrado imponerse sobre Estados Unidos, lo cual lo fortalecería en las urnas, y los norteamericanos “no quieren hacer nada que ayude a Ahmadineyad antes de la elección”, dijo sir Kieran Prendergast, el antiguo subsecretario general para asuntos políticos de la Organización de Naciones Unidas, quien ha tenido mucho que ver con Irán. Pero la espera también representa riesgos: Ahmadineyad podría ganar sin recibir ninguna ayuda; o una victoria de los reformistas podría poner a los religiosos a la defensiva e inclinarlos más a bloquear cualquier tipo de acuerdo con Estados Unidos. “En los dos bandos hay partidarios de la línea dura a los que les gustaría ver fracasar cualquier intento de apertura hacia Irán”, afirmó Prendergast. Y Nasr añadió: “No podemos confiar en la lectura de las hojas de té para saber quién va a ganar las elecciones… Ese es un juego muy riesgoso”.

Lee Hamilton declaró que Estados Unidos no podía darse el lujo de demorarse en tomar una decisión, con la esperanza de que Ahmadineyad sea reemplazado por alguien más favorable. “Estamos preparándonos para comenzar a dialogar sobre un amplio abanico de temas y tenemos claro a dónde queremos llegar”, dijo. “Debemos seguir nuestro propio cronograma, no el de ellos”, y agregó: “Obama quiere poner las relaciones con Irán sobre una base mejor y más firme, al igual que yo. Desde la Revolución hemos estado discutiendo si debemos hacer acuerdos o no y nunca lo hemos resuelto. Ahora la discusión no es si vamos a hacer un acuerdo, sino cómo… No creo que haya ningún otro país en el mundo que nos haya causado más preocupaciones durante las últimas décadas que Irán”, siguió diciendo Hamilton. “Hay que reconocer que tenemos una larga lista de reclamos contra Irán… y lo mismo le sucede a Irán con nosotros”.

Ahmadineyad parece deleitarse con su papel de provocador diplomático: como cuando descartó el Holocausto tachándolo de “mito”, cuando pidió el fin del “régimen sionista” de Israel y cuando se ufanó de los progresos alcanzados por el programa nuclear de Irán. Tiene 52 años, es de baja estatura –mide cerca de uno cincuenta– y se mantiene muy delgado. Lleva siempre una barba de cinco días, en señal de devoción. Sus ojos son inusualmente pequeños y negros, como un par de uvas pasas, y los tiene muy hundidos. Cuando uno lo ve de lejos, esto puede darle una apariencia remota, como si fuera ciego. Frente a grandes aglomeraciones, Ahmadineyad se porta como un demagogo y habla con seriedad –un guerrero infeliz–, mientras apunta con el dedo y agita los puños. Pero en ambientes más íntimos proyecta una jovialidad casi inapropiada. Habla dando rodeos acerca del bien y el mal, Oriente y Occidente, Dios y el hombre, pero en sus sinuosos comentarios, siempre ambiguos y evasivos, hay un cierto eco de Chauncey Gardiner, el personaje de Peter Sellers en Desde el jardín, como si estuviera un poco perdido.

El invierno pasado, el presidente Rafael Correa, de Ecuador, un protegido de Chávez, viajó a Teherán para firmar una serie de acuerdos comerciales. Durante la ceremonia, Correa, que es bastante corpulento, se acomodó en un sofá en una actitud muy relajada y expansiva. Ahmadineyad se veía diminuto al lado de Correa, vestido con un suéter de lana y un traje gris arrugado. Sonreía a destiempo y se veía incómodo, sin saber qué decir. Parecían una pareja dispareja, un matrimonio arreglado. Correa dijo todo lo que tenía que decir, en su calidad de líder extranjero que esperaba obtener créditos financieros de parte de Irán. “Creemos que los iraníes son un pueblo heroico que supo deshacerse de una sangrienta dictadura apoyada por Occidente”, dijo. “Este ejemplo nos inspira en Latinoamérica”. Claramente complacido, Ahmadineyad se volvió hacia Correa, lo abrazó y exclamó: “He encontrado un nuevo amigo y no voy a perderlo”.

Conocí a Ahmadineyad poco después de que se convirtió en presidente, durante una sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, cuando ofreció un desayuno en su hotel de Nueva York para académicos y periodistas norteamericanos. Ahmadineyad estaba nervioso y miraba para todos lados. Comenzó recitando algunos versos del Corán y luego, mientras que sus asistentes más experimentados miraban con expresión imperturbable, habló de manera confusa acerca de “problemas de identidad y moralidad en Europa” y concluyó con una letanía de preguntas retóricas: “¿Cuáles son las causas profundas de nuestros problemas? ¿Cuál es la solución? ¿Hacia dónde nos lleva la tendencia actual?”. Éstos, asombrosamente, fueron los puntos centrales de Ahmadineyad esa mañana.

Alguien preguntó sobre la ola represiva que se había desatado en Irán contra las libertades académicas y los medios de comunicación. “Verá usted: en Irán, la libertad es una libertad muy privilegiada”, respondió Ahmadineyad. “Así como ustedes arrestan a un hombre que comete violaciones a las reglas del tráfico, debe haber leyes sociales… Tenemos que volvernos unos seres humanos puros. El hombre tiene que seguir avanzando por un camino sublime”. Luego habló acerca de la justicia y dijo que a los palestinos se les había hecho un gran mal en nombre de los sobrevivientes judíos del Holocausto, el cual, después de todo, ocurrió en Europa. “Es claro que se necesita más investigación”, dijo, al referirse a la masacre de judíos europeos. “¿Por qué no permitimos que haya más investigaciones acerca de esto?”. Ahmadineyad miró a su alrededor y sonrió.

Hubo una pregunta acerca de una fatua emitida en el año 2005 por el ayatolá Jamenei, donde afirmaba que “la producción, el almacenamiento y el uso de armas nucleares está prohibido bajo el Islam, y la República Islámica de Irán nunca va a adquirir esas armas”, aunque, desafiando a la comunidad internacional, Irán ha expandido de manera inexorable su potencial nuclear. Ahmadineyad contestó que la fatua del Líder Supremo expresaba todo lo que había que decir acerca de las intenciones de Irán: “Una de las cosas que caracteriza a la diplomacia iraní es su transparencia. Nosotros somos muy claros”.

Sin embargo, no es muy claro cuánto poder tiene realmente Ahmadineyad dentro de la compleja estructura del estado iraní. No hay nadie más poderoso que el ayatolá Jamenei, quien ha sido el Líder Supremo, la principal autoridad política y religiosa del país y el comandante en jefe de las fuerzas armadas desde la muerte de Jomeini, en 1989. Para pasar una ley Ahmadineyad necesita la aprobación del Majlis o Parlamento iraní; Jamenei puede lanzar una fatua. Después de su elección, Ahmadineyad besó públicamente la mano de Jamenei, en una demostración de su lealtad. Hossein Shariatmadari, el representante del Líder Supremo y editor de Kayhan, el periódico del estamento religioso, dijo: “El señor Ahmadineyad solo es la cabeza de la implementación en Irán”.

Pero su relación es más complicada que eso. En una visita que hice a Teherán con el presidente iraquí Jalal Talabani, en diciembre de 2006, algunos funcionarios iraquíes que estuvieron presentes en las reuniones de más alto nivel me dijeron que Ahmadineyad trataba con respeto al Líder Supremo, pero que era evidente que los dos hombres trabajaban de manera estrecha. Uno de los asesores más antiguos de Talabani relató un momento significativo. Talabani hizo una descarnada presentación de la situación de Irak; en ese momento, los asesinatos entre las sectas chiítas y sunitas estaban en su punto más crítico y las milicias respaldadas por Irán estaban claramente involucradas. Mientras Talabani describía la violencia, Jamenei exclamaba una y otra vez: “¡Ay, qué horror! Estamos orando por ustedes”. Finalmente Talabani lo interrumpió: “Lo que necesitamos no son oraciones, necesitamos medicinas”. Jamenei contestó: “Yo proporcionaré las oraciones y él”, dijo y señaló a Ahmadineyad, “suministrará la medicina”.

“Nos podemos romper la cabeza tratando de entender las intricadas relaciones de la política iraní”, decía Lee Hamilton, “y nunca sabremos realmente la verdad”. Y Vali Nasr agregó: “Hasta la autoridad de Jamenei está restringida por toda una red de relaciones”.

Thomas Pickering, un antiguo subsecretario de Estado que se ha reunido varias veces con iraníes en un esfuerzo para ayudar a formular un nuevo enfoque político de Estados Unidos hacia Irán, dijo: “Después de hablar con iraníes durante varios años, hemos descubierto que es difícil conocer con certeza la arquitectura política interna iraní. No hay manera de tener la inteligencia superior que se requiere para saber cuándo es un momento oportuno para tratar de hablar con ellos. Gracias a la opacidad de su sistema, eso siempre va a ser una empresa riesgosa”.

Mohammad Jatami, el antecesor y rival de Ahmadineyad, es un religioso moderado, lo cual, en términos iraníes, equivale a un reformista. Esa es la formulación corriente. Pero ¿qué significa eso en realidad? Existe una asombrosa gama de definiciones para los modelos políticos en Irán, que van desde los conservadores religiosos de línea dura, representados por Ahmadineyad, hasta los pragmáticos y los reformistas religiosos. “Reformista” es un término relativo. En la política iraní nadie está hablando abiertamente de la separación entre Iglesia y Estado, por ejemplo, y ni siquiera la contemplan seriamente. Cuando hablé hace poco con Jatami, dijo que Irán podría tener “democracia, derechos humanos y todas las libertades que queremos”, pero solo dentro de un “marco moral” islámico.

Jatami estuvo indeciso durante varios meses con respecto a la idea de presentarse a la contienda electoral de este año, una indecisión que causó frustración entre sus seguidores. Desde el comienzo había dicho que si Mir Hossein Musavi se presentaba como candidato él se retiraría, y así lo hizo después de cinco semanas. Musavi, que tiene 67 años, fue primer ministro entre 1981 y 1989, pero luego se retiró de la política durante más de una década, después de perder una batalla política con el ayatolá Jamenei. (Al resaltar el regreso de Musavi, un comentarista lo llamó el “Cincinato persa”.) Lo que la mayor parte de los iraníes recuerda de él es que logró manejar un efectivo sistema de racionamiento durante la guerra contra Irak, lo cual significó que las familias recibían los productos básicos a pesar de la severa escasez que azotaba al país. Musavi surgió de la izquierda radical iraní, los miembros de la generación de revolucionarios que se unieron a los religiosos para expulsar al sha y que no simpatizaban con Occidente ni con la economía de libre mercado. “Muchos de los que se volvieron reformistas fueron al comienzo islamistas de izquierda”, dice Nasr. Musavi está del lado de los reformistas y, debido a sus polémicas con Jamenei y a su reputación como administrador, se considera él mismo un reformista: alguien que está dispuesto a desafiar a los teócratas. Pero su pasado lo vuelve relativamente atractivo para los religiosos de Irán y los Guardias Revolucionarios, quienes no lo desprecian, como sí desprecian a Jatami.

Al parecer, la campaña reformista estimó que Musavi es quien tiene mejores oportunidades de ganar. (Otro candidato del ala moderada, Mehdi Karroubi, tiene una base principalmente rural.) Además, había cierta preocupación por la seguridad de Jatami; dos días después de anunciar su candidatura casi es víctima de un ataque por parte de una chusma de partidarios de la línea dura, y un editorial de Kayhan, el periódico de Shariatmadari, sugería que era posible que Jatami corriera la misma suerte de la líder Benazir Bhutto de Pakistán, quien fue asesinada en 2007. La campaña va a ser dura y, de acuerdo con Nasr, “Jatami no sirve para ese tipo de cosas”.

El invierno pasado Jatami me recibió en la mansión que alberga su fundación, en un suburbio de Teherán que se llama Niavaran, un barrio de mansiones de piedra enclavadas en medio de terrenos arborizados, ubicado contra la base pedregosa de las montañas Elburz. Enseguida dijo que él había hecho grandes esfuerzos durante sus dos períodos como presidente para mejorar las relaciones con Estados Unidos, y habló del apoyo tras bambalinas que le había brindado su gobierno a la campaña norteamericana para derrotar a los talibanes en Afganistán, en 2001, después de los ataques del 11 de septiembre. “Después llegaron los neoconservadores y destruyeron todo”, dijo Jatami. “Creo que todos hemos aprendido lecciones importantes. Obama ha llegado con promesas de cambio. Y tenemos la oportunidad de mejorar otra vez las relaciones, pero solo si, uno, Obama se distancia de los agitadores y partidarios de la guerra que hay en los dos partidos, y dos, se distancia de las actitudes de Bush; en otras palabras, de la actitud de considerar a Estados Unidos como el Gran Hermano. En lugar de eso, Estados Unidos debería ser un gran amigo. Y, también, si Obama reduce la influencia del lobby sionista”.

Luego siguió diciendo: “Soy hijo de la Revolución, usted sabe. Estuve involucrado con el ayatolá Jomeini desde el comienzo. Nosotros sabíamos que había habido cambios en el mundo, en la ciencia y la tecnología, y que no podíamos hacer caso omiso de eso. Pero Irán también necesitaba su independencia. Irán ha tenido una gran civilización. Los intelectuales religiosos pensamos que podíamos lograr todo eso, que podíamos alcanzar la modernidad y ser islamistas al mismo tiempo”. Jatami hizo una pausa y luego agregó: “Éramos muy distintos de aquellos que quieren hacer retroceder al mundo… El destino del Islam depende del resultado de esto: de un Islam que pueda ofrecer diálogo y lógica en lugar de terrorismo, y que le aporte realmente cosas al mundo. Yo creo que eso es lo que quieren los iraníes. Y creo que eso también era lo que quería el imán Jomeini”.

No muchos iraníes experimentan un sentimiento antiamericano especialmente fuerte ni están tan interesados en política. Pero Ahmadineyad es producto y defensor de una fuerza profundamente arraigada en la cultura política iraní, que tiende, según lo atestigua la historia, hacia el absolutismo. Jomeini y los religiosos que lo acompañaban despreciaban las trampas imperialistas del régimen del sha, pero compartían su creencia en el pasado y la gloria futura de Irán, en su carácter excepcional. La sociedad iraní de hoy se caracteriza por una irreconciliable mezcla de nacionalismo religioso y pragmatismo cotidiano. La xenofobia va acompañada de un sentido del derecho. El Estado es una quimera: una teocracia islámica casada con un régimen elegido en medio de unas reñidas elecciones (aunque no totalmente libres) y una economía globalizada. Las elecciones de este verano ayudarán a determinar si las fisuras de Irán –las domésticas y las de su política exterior– pueden ser reparadas a través de la moderación y el acuerdo, o si el régimen continuará manteniéndose a través de la represión.

Shariatmadari, el representante del Líder Supremo, dijo que estaba seguro de que Ahmadineyad sería reelegido. “Él ocupa un lugar especial entre las masas, en especial entre las masas”, dijo. “Otros se le enfrentarán, pero nadie puede competir con Ahmadineyad”.

Mahmoud Ahmadineyad nació en octubre de 1956 en Aradan, un pequeño pueblo situado en una región miserable, desértica y arrasada por el viento, ubicada a noventa kilómetros al sureste de Teherán. Caracterizada por un calor ardiente en el verano y un frío helado en el invierno, carece de estaciones intermedias. Mahmoud fue el cuarto de siete hijos y todavía era un bebé cuando su padre, Ahmad, el dueño de una tienda de víveres en Aradan, se mudó con la familia a Teherán, como parte de una oleada de campesinos que emigraron a las ciudades en busca de una vida mejor. Aparte de cambiarse de sitio, su padre también cambió de apellido y pasó de llamarse Saborjhian, que significa “pintor de hilos”, uno de los trabajos de más bajo nivel en la industria de las alfombras persas, a llamarse Ahmadineyad, que puede significar “raza de Mahoma” o “raza virtuosa”.

La familia se estableció en Narmak, un barrio popular al sur de Teherán, y el padre comenzó allí una herrería, en la cual fabricaba rejas de hierro forjado para puertas y ventanas. Ahmadineyad todavía conserva la casa familiar, una modesta construcción de ladrillo de dos pisos enclavada en medio de edificaciones más grandes. En 1980, cuando tenía 24 años, se casó con una compañera de estudios, Azam al-Sadat Farahi, y ella se fue a vivir con la familia de él. Tienen dos hijos y una hija. Cuando visité Narmak, vi guardias que patrullaban los alrededores de la casa y un grupo de niños que pateaban un balón de fútbol en la calle. En la acera había una caseta de madera, donde varios jóvenes recogían peticiones y quejas. Ahmadineyad instituyó ese sistema cuando fue alcalde de Teherán; cada día se recogían cerca de doscientas cartas, que eran seleccionadas y enviadas a una oficina que se encargaba de procesarlas.

Nasser Hadian, un profesor de ciencia política de la Universidad de Teherán, creció con Ahmadineyad en Narmak. Hadian me lo describió como un buen estudiante, muy disciplinado y trabajador, que se destacaba particularmente en ciencias: lo que hoy llamaríamos un nerd. “A los papás les gustaba que sus hijos fueran amigos de él”, dice Hadian. Para ser un par de adolescentes en la Teherán de la época del sha, los dos eran más bien conservadores. “Éramos muy sanos, no vivíamos persiguiendo chicas, ni bebiendo ni fumando hachís”.

Después de graduarse de la secundaria Ahmadineyad entró a la Universidad de Irán de la Ciencia y la Tecnología y siguió viviendo en casa de sus padres. A Hadian sus padres lo enviaron a estudiar medicina en el San Jacinto College de Texas. Allí cambió la orientación de sus estudios a sociología y se involucró en el Islam y la política; en Teherán, Ahmadineyad siguió el mismo camino. “Comenzamos a escribirnos y teníamos la costumbre de encabezar las cartas con la frase ‘En nombre de Dios, el más misericordioso, el más compasivo’ ”, cuenta Hadian. “Cuando mis padres descubrieron eso quedaron atónitos y me pidieron que dejara de estudiar sociología, pues pensaban que me estaba influenciando demasiado. Tenían razón”.

Hadian dice que él y Ahmadineyad se sintieron muy influenciados por las ideas de Ali Shariati, un filósofo iraní educado en Francia, que adaptó el marxismo y la teoría anticolonialista a una nueva comprensión del Islam y la “sociología de la religión”. Shariati conoció a Jean-Paul Sartre, tradujo al farsi el libro Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon, y abogó por una especie de teología islámica de la liberación. “Shariati era nuestro puente entre la lectura ideológica del Islam y el Islam conservador tradicional”, dice Hadian. En 1973 Shariati fue llevado a prisión por el régimen del sha, durante dos años, y poco después de ser liberado murió en el exilio en Inglaterra, de un ataque al corazón. (Aunque persisten las especulaciones acerca de que fue asesinado por agentes del sha.)

Después de la muerte de Shariati los futuros revolucionarios de Irán se aglutinaron alrededor del ayatolá Jomeini. El radicalismo sincrético de Shariati representaba una herejía para muchos de los mulás tradicionales de Irán, pero Jomeini, que seguía su propia versión del Islam político, se negaba a condenarlo. Jomeini había sido expulsado por el sha en 1964; primero huyó a Irak y luego volvió a salir a la luz publica, después de años de ausencia, cuando llegó a Francia, a finales de 1978. Para ese momento en Irán ya se estaba gestando el movimiento revolucionario. Otro de los amigos de infancia de Ahmadineyad, Ahmad Derahvasht, que es hoy en día dentista y vive frente a la secundaria a la que asistió Ahmadineyad, recuerda cómo ambos solían distribuir los panfletos clandestinos de Jomeini en sus bicicletas.

En un texto aparecido en su blog, Ahmadineyad escribió acerca de este período y su creciente adoración por Jomeini: “Cuanto más me familiarizaba con sus pensamientos y su filosofía, más afecto sentía por ese líder divino, y su separación y ausencia resultaban intolerables para mí”.

Ahmadineyad culpaba del empobrecimiento de los iraníes a “la depravación del clan de libertinos que rodeaba al sha”, y mencionaba en particular “las desastrosas fiestas” que el sha organizó en 1971 para conmemorar los dos mil quinientos años de la monarquía iraní. Entre los invitados a las celebraciones, que duraron tres días, estuvieron el duque de Edimburgo, la princesa Grace, Imelda Marcos y Spiro Agnew. Uno de los menús se componía de asado de pavo real relleno de foie gras, y a los invitados se les agasajó con champaña Moët & Chandon de 1911. Gracias a la extravagancia del sha, “la almádena y el yunque de mi padre no alcanzaban a cubrir los gastos básicos de mi familia… ni los costos de mi educación”, escribió Ahmadineyad. Por eso, mientras continuaba sus estudios trabajaba en una tienda que vendía sistemas de refrigeración. No fueron épocas fáciles, recordaba Ahmadineyad. “El traidor del sha y su pandilla trataron de abolir las creencias islámicas y los motivos revolucionarios entre los estudiantes, a través de la propagación de la inmoralidad, la promiscuidad y la perversión”, afirmaba Ahmadineyad, insinuando que él logró resistirse a esas tentaciones.

El 16 de enero de 1979 el sha huyó del país. El 1 de febrero Jomeini llegó a Teherán. Los comités islámicos revolucionarios que se formaron en las calles saquearon los cuarteles del sha en busca de armas; Derahvasht dice que Ahmadineyad dirigió durante un tiempo corto el comité de su propia calle. Rápidamente los comités fueron absorbidos por las fuerzas de policía y algunos de sus miembros, como Ahmadineyad, se unieron a un ejército paramilitar voluntario llamado los Basij. Al ser esencialmente un ejército civil, los Basij funcionan como el brazo de refuerzo social de la Guardia Republicana y con el tiempo se han convertido en una importante base de apoyo para Ahmadineyad. Mohammad Atrianfar, un importante editor, me describió a los Basij como “la policía moral de Ahmadineyad”. En tiempos de Jatami, los miembros de los Basij solían atacar a los agitadores estudiantiles; hoy son menos visibles porque hay menos oposición.

Ahmadineyad también se unió a un grupo estudiantil radical que seguía a Jomeini, la Oficina para Consolidar la Unidad entre Universidades y Seminarios Teológicos, la cual dirigió la toma de la embajada de Estados Unidos. Varias personas que fueron retenidas allí han afirmado que Ahmadineyad participó en su captura e interrogatorio; Ahmadineyad ha rechazado esa acusación y antiguos colegas suyos están de acuerdo y dicen que, de hecho, Ahmadineyad se opuso en su momento a la toma de la embajada.

Ahmadineyad y Hadian, que ya había regresado del exterior, asistían a la misma mezquita en Narmak, la cual comenzó a ofrecer clases de islamismo. “Ahmadineyad me introdujo en esto”, dice Hadian. “Ahora parece increíble, pero la verdad es que a pesar de nuestra edad –¡teníamos 22 años! – los dos estábamos enseñando. Yo daba clases de política contemporánea y él enseñaba principios religiosos”. En junio de 1980 Jomeini cerró las universidades de Irán para poder revisar minuciosamente los antecedentes de los empleados y profesores y depurar los currículos de “influencias occidentales y no islámicas”; tres años después las volvieron a abrir. Cuando comenzó la guerra contra Irak, en septiembre de ese año, Ahmadineyad se presentó de manera voluntaria y entró a prestar servicio a la unidad de construcción.

Ahmadineyad nunca ha sido muy abierto con los detalles de su vida, y los años ochenta son un período particularmente vago. No obstante, se sabe que tuvo una serie de puestos administrativos en la provincia de Azerbaiyán Occidental. Durante esos años también obtuvo su grado en ingeniería. En 1993 fue nombrado gobernador de Ardabil, una provincia recién creada en el noroeste de Irán. Cuando el presidente Jatami asumió el poder, en 1997, nombró a otra persona en la gobernación y Ahmadineyad regresó a su antigua universidad a trabajar como profesor. Ese año recibió un doctorado en manejo del tráfico.

“En la universidad, Ahmadineyad era muy activo en la organización de los Basij, y cuando llegaron al poder los reformistas con Jatami, en 1997, solía ponerles problemas a los profesores y llegar a clase con el tradicional kaffiyeh, para mostrar su solidaridad con la causa palestina”, dice Hadian. Ahmadineyad enseñó en la universidad hasta 2003, cuando el concejo de la ciudad de Teherán, que en ese momento estaba en manos de una facción política conservadora de línea dura, lo nombró alcalde.

Desde entonces, los caminos de Ahmadineyad y Hadian se han separado de manera significativa. “Seguimos siendo amigos, pero también teníamos terribles discusiones. Siempre fue así entre nosotros”, dice Hadian, que prefirió mantenerse lejos de Ahmadineyad para no crearle problemas. “La gente que lo rodeaba me veía como un personaje occidentalizado o incluso un espía. Él me defendió. Pero lo cierto es que tenemos posiciones opuestas en casi todos los temas”. Y Hadian agrega: “Su entrenamiento como ingeniero lo hace pensar que el mundo social es como el mundo físico, que uno puede cambiarlo como quien organiza ladrillos. No es un problema de cociente intelectual, es un problema de conocimiento y entrenamiento”.

Ahmadineyad es un chiíta duodecimano, es decir, seguidor del duodécimo imán, y un ferviente mahdista, lo cual, en el contexto iraní moderno, significa que es el equivalente de un cristiano renacido. En la tradición chiíta, el duodécimo imán, o el Mahdi, desapareció en el siglo IX, oculto por Dios. Su regreso, junto con el de Jesucristo, será el preludio del paraíso terrenal. (En el Islam, Cristo es visto como uno de los primeros profetas.) Esto explica las alusiones evangelizadoras de Ahmadineyad al “prometido”, cuando se ha dirigido a la Asamblea General de las Naciones Unidas. Esas demostraciones públicas de fervor le han atraído críticas de los mismos iraníes, entre otros de religiosos viejos, uno de los cuales lo criticó por producir la impresión de tener un vínculo especial con el imán escondido. En el desayuno al que asistí, Ahmadineyad se refirió al Mahdi como “el hombre perfecto”.

Un importante político iraquí que se ha reunido con Ahmadineyad en diversas ocasiones contó que hace dos años, en una reunión en Teherán, Ahmadineyad casi no habló de otra cosa que del Mahdi. El político también dijo que había oído que Ahmadineyad ya tenía los planos de una superautopista triunfal y un sitio de recepción en Teherán, que serían construidos para prepararse para la eventual llegada del Mahdi.

El mentor espiritual de Ahmadineyad es el ayatolá Mesbah-Yazdi, el líder de la escuela Haqqani, de tendencia ultraconservadora. Mesbah-Yazdi ha abogado por el uso de la violencia política en contra de los moderados; algunos miembros de la escuela han dicho que están dispuestos a ejecutar la fatua lanzada en 1989 contra Salman Rushdie. En 2005 Mesbah-Yazdi les ordenó a sus seguidores que votaran por Ahmadineyad; un gesto polémico, en la medida en que se supone que los clérigos deben abstenerse de avalar explícitamente a algún candidato, aunque todo el mundo conoce su posición. (Cuando le pregunté a Shariatmadari, el representante de Jamenei, si el ayatolá apoyaba la reelección de Ahmadineyad, Shariatmadari sonrió y me advirtió: “El Líder Supremo nunca revela por quién vota. ¡Ni siquiera sus hijos lo saben!”.) “Algunas personas piensan que el ayatolá Yazdi formó una especie de partido y preparó a Ahmadineyad para llegar al poder”, dijo Hojatoleslam Gharavian, un asistente de Mesbah-Yazdi, cuando nos encontramos en la ciudad sagrada de Qom. “No es cierto. Ellos terminaron acercándose gracias a la similitud de su pensamiento”.

Gharavian enumeró las virtudes de Ahmadineyad: su modestia, su patriotismo, su determinación de luchar contra la corrupción. Otro asistente, un investigador religioso, intervino y contó una historia acerca de cómo, cuando era alcalde, Ahmadineyad limpió una alcantarilla tapada con sus propias manos. “Igual que en Los miserables”, dijo. “Esta historia se difundió por todas partes”.

Muchos iraníes educados con los que hablé trataron de convencerme de que la posición de Ahmadineyad acerca del Holocausto no era más que una muestra de ignorancia. Pero hay mucha gente en las altas esferas del régimen que comparte o apoya esas opiniones. El “antisionismo” se volvió parte del discurso oficial después de la Revolución Islámica, y la comunidad judía de Irán, que alcanzaba cerca de 80 mil personas en los setenta, se redujo a cerca de 20 mil, pues muchos de ellos emigraron. A los judíos iraníes se les permite practicar su credo religioso y están representados en el Parlamento, pero bajo Ahmadineyad la antipatía oficial de Irán hacia los “sionistas” se ha transformado en algo mucho más feo.

La Exposición Internacional de Caricaturas sobre el Holocausto fue inaugurada en Teherán en el año 2006. Muchas de las caricaturas participantes representaban a los judíos con narices ganchudas y grotescamente largas, o como judíos nazis. Visité la exposición y hablé con Shamaqdari, el asesor artístico de Ahmadineyad, acerca de ella. “Lo que descubrimos después de que cuarenta países enviaran sus contribuciones fue que todo el mundo piensa de forma muy parecida”, dijo Shamaqdari, y luego me mostró una caricatura que le gustaba. En ella aparecía el famoso aviso de “Hollywood”, pero decía “Holocausto”.

En enero de este año, una semana después de la posesión de Barack Obama, tuvo lugar en Teherán una conferencia titulada “¿El Holocausto? Una mentira sagrada de Occidente”. En unas palabras de bienvenida que envió a la conferencia, Ahmadineyad decía que los sionistas habían “enredado a muchos políticos y a muchos partidos”. Y en una declaración posterior agregó: “Ocurrió un incidente conocido como 9/11. Todavía no está claro quién lo llevó a cabo, quién colaboró con los atacantes ni quién les allanó el camino. El suceso tuvo lugar y, al igual que en el caso del Holocausto, lo sellaron y se negaron a permitir que grupos de investigación objetiva averiguaran la verdad”.

Le pregunté a Thomas Pickering por qué Ahmadineyad habría elegido ese momento en particular para hablar de manera tan provocadora acerca del Holocausto. “Creo que probablemente se sintió alentado por el Papa”, respondió Pickering, haciendo referencia a la noticia de esa semana según la cual Benedicto XVI le había levantado la excomunión a un obispo británico que negaba el Holocausto. (Después el Papa le pidió al obispo que se retractara.)

La persona que asesora a Ahmadineyad en el tema del Holocausto es Mohammad Ali Ramin, y se dice que él es quien le ha dado forma a las opiniones del presidente a ese respecto. Ramin aceptó reunirse conmigo y con un intérprete una mañana del invierno pasado, en el campus de la Universidad del Mensaje de la Luz en Teherán, donde enseña filosofía comparada. Nos sentamos al aire libre, en una caseta con bancos de cemento que semejaban tocones. Ramin es un hombre alto, de unos cincuenta y tantos años, inusualmente blanco para ser iraní, tiene el cabello rubio, que está comenzando a escasearle, y lleva la barba corta. Vivió y trabajó en Alemania durante muchos años, pero nunca dice en calidad de qué.

Ramin nos explicó que la historia del Holocausto que primaba entre la opinión pública era injusta. Occidente, dijo, le había transferido al Medio Oriente su “problema judío”. “Pero parece que Estados Unidos y otros gobiernos occidentales finalmente han decidido deshacerse de los judíos”, dijo Ramin. “Al traer a Hitler y llevar a los judíos al mundo musulmán han creado una situación en la cual los judíos serán destruidos. Han creado una situación en la cual los judíos son más odiados que nunca, debido a que están matando palestinos”. Luego se puso sus lentes y, por primera vez, me miró a los ojos. “Y así se puede ver que Israel fue creado no solo para destruir a los musulmanes sino a los judíos mismos”.

Después de un rato comenzó a hacer frío, pero Ramin parecía renuente a llevarnos a su oficina. Finalmente nos hizo seguir de mala gana y miró nerviosamente a su alrededor cuando entramos. Cuando nos sentamos frente a su escritorio, Ramin me informó que los judíos habían ejecutado los ataques del 11 de septiembre. “Los sionistas han culpado del ataque a los musulmanes para tener la excusa de atacar a algunas naciones musulmanas”, dijo. Pero todo había sido en vano. Los judíos también habían ayudado a Nerón, pero eso no había salvado al Imperio Romano de la destrucción.

Detrás del escritorio de Ramin había una inmensa biblioteca que iba de pared a pared. Me llamaron la atención un par de fotos que tenía exhibidas en uno de los estantes. Una era de Imad Mugniyah, el líder de Hezbollah, quien fue asesinado por la explosión de un carro bomba en Damasco, en febrero de 2008. En la otra aparecía un grupo de hombres, judíos ortodoxos, cuya silueta se recortaba sobre un fondo amarillo. En la parte inferior de la foto se veían los elegantes trazos de unas palabras escritas en farsi, en tinta roja. Cuando Ramin tuvo que levantarse para atender un asunto en la puerta durante un momento, le pedí a mi intérprete que me tradujera rápidamente las palabras que había en la foto. Entonces dijo: “Dice ‘usureros, sanguijuelas’ ”.

Para muchos iraníes la supremacía de Ahmadineyad representaba el carácter invencible de la ley religiosa y la derrota de los reformistas. “Ahora los reformistas tienen los pies sobre la tierra”, dice Hamid Reza Jalaipur, un analista político y reformista religioso. “Ya no buscan imponer una democracia laica de la noche a la mañana. Hay un nuevo pragmatismo”. Y luego agregó con una sonrisa amarga: “Entre los que quedan”.

Pero los iraníes siguen ampliando los límites en otras áreas distintas a la política electoral, particularmente en las artes. Vi una exposición de cuadros pintados por una joven, Sara Dowlatabadi, que se centraba en las ejecuciones en Irán, en especial las ejecuciones de mujeres. El asesinato, la violación, el tráfico de drogas, la apostasía y la homosexualidad son todos delitos castigados con la muerte. (No obstante, no son cosas tan raras: se calcula que hay cerca de dos millones de adictos al opio y la heroína en Irán). Hasta hace poco, los condenados eran ahorcados ante el público, colgándolos de grúas. En 2008 Irán ejecutó al menos a 346 personas, entre ellas a seis menores de edad, lo cual lo sitúa en el segundo lugar mundial, después de China. (Estados Unidos quedó en quinto lugar, con 37 ejecuciones.) En julio pasado 29 prisioneros fueron ahorcados el mismo día en la infame cárcel de Evin, en Teherán.

Los cuadros de Dowlatabadi eran lienzos minimalistas que mostraban lo que parecía un manojo de nudos que representaban personas, colgadas de cuerdas. Estaban intercalados con pinturas que parecían no tener nada que ver con ejecuciones. Después me dijeron que las habían organizado de esa manera pues les preocupaban las consecuencias de ser demasiado explícitos.

El temor a una retaliación no es infundado. En el año 2003, Zahra Kazemi, una reportera gráfica irano-canadiense, fue arrestada mientras tomaba fotografías afuera de la cárcel de Evin. Después de casi tres semanas de arresto, murió. Inicialmente las autoridades declararon que Kazemi había sufrido “un ataque” y se había caído “accidentalmente”. Un médico del Ministerio de Defensa, que huyó después a Canadá, dijo que había examinado a Kazemi cuatro días después del arresto y había encontrado señales de golpes y violación; le habían arrancado varias uñas y tenía el cráneo fracturado. En medio del clamor internacional, un agente de inteligencia fue acusado de “asesinato casi intencional”. Pero el hombre fue absuelto cuando las autoridades declararon que la muerte de la periodista había sido un accidente.

La cárcel de Evin está situada en un barrio que limita con una zona muy popular para escalar y hacer picnic. Una noche un amigo me llevó a ver las murallas de ladrillo que rodean la prisión, bajo la vigilancia de los guardias y potentes luces amarillas. La cárcel es el lugar de retención de miles de prisioneros, el escenario de masacres no reconocidas donde murieron miles de víctimas y el sitio de varias fosas comunes.

Nasrin Sotoudeh es una de las pocas abogadas de derechos humanos que trabaja abiertamente en Irán. La visité en su diminuta oficina, en un apartamento en Yousef Abad, la zona más antigua de Teherán. Sobre el escritorio tiene una estatuilla de bronce que representa a la Justicia. Cuando nos sentamos, Sotoudeh se quitó la bufanda que llevaba en la cabeza. Es una mujer pequeña, de poco más de cuarenta años, con pelo negro corto y lentes. Envuelta en su amplia túnica negra, parece una monja.

Una de las clientes de Sotoudeh es una mujer que fue arrestada por asistir a una reunión sobre la Campaña del Millón de Firmas, una iniciativa que busca la revocación de las leyes más duras contra las mujeres en Irán. La mujer fue sentenciada a recibir azotes y pasar dos años y medio en prisión. Sotoudeh resaltó que, hoy por hoy, el 60% de los estudiantes universitarios en Irán son mujeres; sin embargo, ante la ley, el testimonio de una mujer iraní equivale a la mitad de la declaración de un hombre. Desde los nueve años las niñas tienen la obligación de comenzar a usar el hijab, el velo islámico, y esa también es la edad a la que se vuelven totalmente responsables ante la ley. Los niños, en cambio, solo son legalmente responsables desde los quince años.

Si Ahmadineyad sale reelegido en junio, dice Sotoudeh, las cosas se van a poner “mucho más horribles” que lo que están hoy. Si ganara un reformista sería mejor, pero ella no está esperando ningún “milagro”. Ella tiene la esperanza de que Irán y Occidente puedan resolver sus diferencias, pero la perspectiva de un acuerdo también la preocupa. “Después de que Occidente llegó a un acuerdo acerca del tema nuclear con Gaddafi, los derechos humanos de los libios cayeron en el olvido”, dice. “Para mí, las prioridades son los derechos de las mujeres iraníes, de los niños y de los activistas de derechos civiles”.

En una casa de té al norte de Teherán conocí a otra de las clientas de Sotoudeh, Mansoureh Shojaee, una antigua bibliotecaria de 50 años. Shojaee tiene el pelo oscuro y lleva una bufanda a rayas de colores vivos, un suéter rojo grueso e inmensos aretes de plata que le cuelgan de las orejas, una manera de vestir que, en Irán, ya es una declaración política en sí misma. Shojaee estuvo muy involucrada en la Campaña de las Firmas y ha sido detenida, amenazada e interrogada con frecuencia por la policía. También le confiscaron el pasaporte. Hace dos años, después de uno de esos arrestos, Sotoudeh y Shirin Ebadi, la activista por los derechos humanos más famosa de Irán y ganadora del Premio Nobel de Paz en 2003, consiguieron que la dejaran salir de Evin. “Ellos dijeron que la Campaña de las Firmas era una acción ‘contra la seguridad nacional’ ”, dice Shojaee. “Les dije a los que me estaban interrogando que ya tenía cincuenta años y estaba preparada para pasar en prisión los próximos cincuenta, así que no tenía miedo”. Shojaee describe su situación como una especie de arresto domiciliario en casa abierta y, sin embargo, se niega a mantener un bajo perfil. “¿Por qué tenemos que encerrarnos? Dejemos que ellos nos metan a la cárcel”.

Shojaee se lamenta por la falta de astucia y visión de los reformistas. “El otro día, mientras se refería a la caída de los precios del petróleo, Ahmadineyad dijo que podría gobernar Irán aunque el precio del crudo cayera hasta los cinco dólares por barril”, dice. La afirmación es absurda, indica Shojaee, pero es concisa, transmite seguridad y cala efectivamente en la gente. “Ese mismo día, los medios recogieron las siguientes palabras de Jatami: ‘La raison d’être de la filosofía del diálogo entre civilizaciones se basa en la humanidad’”. Shojaee sonríe y agrega: “Con esos galimatías, ¿por quién cree que votará la gente del común?”.

Al anunciar su campaña para la Presidencia, Mir Hossein Musavi dijo: “La tecnología nuclear es uno de los ejemplos de los logros de nuestra juventud”. Los políticos iraníes, tanto los reformistas como los conservadores, comparten esa visión. Están orgullosos de los científicos de su país y creen que a Irán se le debe permitir poseer energía nuclear, si no armas nucleares. Mohammad Hashemi, el hermano menor del ex presidente Ali Akbar Rafsanjani, un reformista que era estudiante de Berkeley en los años setenta, se quejó de la existencia de una “doble moral”: “¿Por qué a India se le permite tener energía nuclear, pero no a Irán?”.

Cuando sugerí que tal vez tenía que ver con la retórica incendiaria de Ahmadineyad, Hashemi se rio: “Tenemos muchos otros líderes”, dijo. “De hecho, tenemos varios matices de gris, pero ustedes insisten en ver solo el negro”.

En 2003 Jatami aceptó suspender los esfuerzos de Irán para enriquecer uranio, un proceso que puede producir combustible para un arma nuclear. En ese momento, el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) creía que Irán estaba instalando 160 centrifugadoras. En el año 2006 Ahmadineyad reactivó el proceso de enriquecimiento de uranio, y en abril de 2007 los inspectores de la OIEA confirmaron que Irán tenía 1.300 centrifugadoras; en noviembre pasado, Ahmadineyad anunció, lleno de júbilo, que el número era 5 mil. “Y si uno puede operar 5 mil, puede operar 60 mil”, dijo un experto internacional en el tema nuclear. (En ese punto, se vuelve viable un programa nuclear, ya sea para fines civiles o militares). Irán también ha aumentado el alcance de sus misiles. Estos últimos desarrollos han producido un alejamiento diplomático con la Unión Europea y Estados Unidos y han puesto a Irán a las puertas de recibir sanciones. Las negociaciones nucleares se han estancando debido a la insistencia de Estados Unidos en que Irán abandone el proceso de enriquecimiento de uranio antes de comenzar a dialogar y también debido a la intransigencia y la actitud evasiva de los iraníes.

“Esto no solo es decisión de Ahmadineyad”, dice el experto nuclear. Aun si Ahmadineyad pierde las próximas elecciones, dice, el programa de enriquecimiento de uranio va a continuar en Irán. “Hoy día ese es el primer tema de la agenda nacional en Irán. No creo que, hoy por hoy, nadie pueda hacer un acuerdo acerca del tema nuclear. Los iraníes tienen la ambición de alcanzar un estatus global, no solo capacidad nuclear. Y eso significa que uno pueda ir a cualquier parte del mundo y nadie lo pueda comprar”.

Algunos expertos creen que, al final de este año, Irán habrá producido suficiente uranio enriquecido como para fabricar una bomba atómica, independientemente de que ése sea o no el propósito. Sin embargo, no hay consenso respecto a este punto entre la comunidad de expertos. Benjamin Netanyahu, el nuevo primer ministro de Israel, ha calificado a Irán de “amenaza existencial” para Israel y ha dicho en repetidas ocasiones que Israel no va a permitir que Irán se convierta en una potencia nuclear. En días pasados, el periódico israelí Ha’aretz afirmó: “Algunos políticos cercanos a Netanyahu dicen que él ya tomó la decisión de destruir las instalaciones nucleares de Irán… por la fuerza, aunque Israel es el único interesado en usar la fuerza”. Esas declaraciones pueden ser parte de un intento por convencer a la administración Obama de adoptar una actitud más agresiva con respecto a Irán; no está claro si Israel tiene la capacidad de lanzar un ataque exitoso contra las instalaciones nucleares de Irán –mediante ataques aéreos, por ejemplo– sin la participación de Estados Unidos. Pero ese movimiento parece improbable, si se tienen en cuenta las prioridades de la administración Obama. Eso solo deja la opción de buscar un acuerdo político.

Ali Larijani, un conservador pragmático y ex candidato presidencial, que se desempeñó dos años como negociador nuclear de Irán (ahora es vocero del Parlamento) y es una figura ampliamente respetada tanto dentro como fuera del país, autor de un libro sobre Immanuel Kant, dijo que Irán podía “encontrar una fórmula que satisficiera a la comunidad internacional” y resaltó que la administración Bush había dicho que el Irak de Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva, aunque no habían encontrado ninguna. Pero expresó un sentimiento de impaciencia frente a los miembros del equipo de Obama. “Con respecto al tema nuclear, están repitiendo las mismas cosas que decía la gente de Bush”, dijo Larijani. “Es como si Estados Unidos no quisiera que los musulmanes tuvieran tecnología nuclear. Así que parece que con Obama cambiaron los colores y las tácticas, pero no las estrategias. Tiene que haber un nuevo enfoque o, de lo contrario, no va a haber muchos cambios. La política del ‘garrote y la zanahoria’ no es la manera de hablar con Irán”.

Lee Hamilton dice que no cree que “hayamos resuelto o sepamos con certeza” si los iraníes realmente van a construir una bomba, en caso de que lleguen a tener la capacidad de hacerlo. Pero “la idea central de la administración Bush, que estaba exigiendo la suspensión del programa de enriquecimiento de uranio como condición para los diálogos, era impracticable y Obama parece haberse dado cuenta de eso”. Tiene que haber incentivos, dice, y éstos tienen que ir de la mano con la amenaza de sanciones. “Hay que tener una política diplomática inteligente, pero no se puede renunciar a los puntos de influencia”. Hamilton había oído que Estados Unidos tenía en curso una serie de operaciones secretas contra Irán; mencionó programas de “manipulación de la moneda y desinformación”, lo cual piensa que podría servir. Pero, dice, “si se trata de acciones encubiertas de carácter militar o paramilitar y dirigidas a cambiar el régimen, creo que hay que abandonarlas. Hay que olvidarse de cambiar el régimen, nuestra política puede estimular más bien un cambio de comportamiento; esa es la línea que yo trazaría. Por nuestra parte, hay que cambiar la retórica, el uso de un lenguaje menos belicoso ayudaría”, sigue diciendo Hamilton. “Ningún presidente va a retirar de la mesa la opción militar. Pero el hecho de hablar menos acerca de ella puede ayudar”.

En una conferencia de prensa que ofreció el 24 de marzo, el presidente Obama habló de una “filosofía de la persistencia”, la cual aplicó tanto a la crisis económica como a las relaciones con Irán. “Hicimos un video para enviarles un mensaje al pueblo iraní y a los líderes de la República Islámica de Irán. Y algunas personas dijeron: ‘Pero ellos no se comprometieron inmediatamente a eliminar las armas nucleares y a dejar de financiar el terrorismo’. Pues bien, eso no era lo que estábamos esperando. Esperamos poder hacer progresos constantes en ese frente”.

“Siempre supimos que no iba a ser fácil con Irán”, dijo Vali Nasr. “Hay demasiados temas, demasiadas autoridades paralelas y no hay ningún antecedente ni hay confianza. Hace treinta años que los dos países no tienen relaciones y no tenemos un buen conocimiento de los actores de la otra parte”.

Lo más probable es que los próximos pasos sean coordinados por Dennis Ross, un negociador veterano del Departamento de Estado, experto en Medio Oriente, quien ha sido designado como asesor especial sobre Irán de la secretaria de Estado Hillary Clinton. Un lugar para empezar es Afganistán, donde Irán tiene mucha influencia en las regiones del norte y el occidente. En la reciente conferencia en La Haya, los iraníes se comprometieron a ayudar a combatir el tráfico de drogas en Afganistán, lo cual, tal como declaró Clinton después, “es una preocupación de los iraníes que nosotros compartimos”.

Thomas Pickering elogió el enfoque de Obama hasta ahora, pero advirtió que no hay manera de predecir si será fructífero. “Estoy tratando de ser lo más realista posible en mis evaluaciones”, dijo Pickering. “Pero siempre he creído que, si en una habitación hay una puerta cerrada, hay que tratar de abrirla”.

El reino de España

Publicado: 28 septiembre 2008 en Jon Lee Anderson
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El barón me enseñó su vieja mazmorra, donde unos grilletes y unas esposas de hierro siguen estando firmemente sujetos en el muro de piedra. Después, salimos a uno de los balcones de su castillo. Debajo, se extendían los campos en forma de abanico y perfectamente cuidados de la propiedad. Había pequeñas parcelas delimitadas por muros de piedra que pertenecían a los antiguos vasallos de su familia. El barón me explicó que durante los últimos 170 años —cuando se abolieron los señoríos o tierras feudales— los descendientes de los vasallos han sido propietarios de terrenos, aunque siguen la tradición del primogénito, tal y como hace el barón. El primer hijo recibe toda la herencia, para evitar así la división de las tierras. “¿Ve?”, comenta sonriendo, “algunas tradiciones, las más prácticas, todavía hoy sobreviven. Son las más útiles”.

 

Entramos para beber algo y nos sentamos en unos sillones frente a la chimenea.

 

La habitación estaba elegantemente decorada con retratos enmarcados en plata de sus anteriores y actuales amigos: el rey italiano exiliado Víctor Emmanuel, el rey Zog de Albania, los Grimaldi de Mónaco, el Generalísimo Francisco Franco. El barón me habló de su familia, que recibió su título nobiliario hace cientos de años. En el siglo XIX eran carlistas, oponentes a la reina Isabel II, cuyo derecho a gobernar le disputó su tío, Don Carlos. La causa carlista llevó a tres guerras civiles en el XIX y siguió siendo un terreno de disputas hasta bien entrado el siglo XX.

 

Ahora ya es una vieja historia, aseguró el barón; su familia hizo las paces con el actual rey, Juan Carlos I, tataranieto de la reina Isabel II. “Gracias a Juan Carlos tenemos una monarquía después de todo”, puntualizó. “Y merece el mayor de los respetos por garantizar que la transición a la democracia se realizara sin derramamiento de sangre; ¡en un país en el que nos gusta tanto la sangre!”.

 

Unos días después estaba en Barcelona, hablando con un funcionario, ex alto cargo del Gobierno socialista, en una oficina situada en una torre de cristales tintados. “Puede sonar ridículo, pero soy absolutamente leal a la Corona”, afirmó. “Y tengo un gran amor y respeto por el Rey. Incluso si supiera algo de él que pudiera criticar, no lo haría”.

 

En su oficina, llena de piezas de arte moderno, el tecnócrata socialista coincidía con el barón: Juan Carlos de Borbón es algo bueno. En 1975, cuando Franco murió y el Rey accedió al trono, España era una nación atrasada y aislada, gobernada 40 años por un régimen con leyes muy estrictas de censura, que ilegalizó el control de natalidad y los partidos y ejecutó a presos políticos.

 

Hoy en día, es una nación tolerante, próspera y con una democracia que funciona.

 

“Imagine”, dice Salvador Giner, un académico vasco-catalán, decano de la Facultad de Sociología de la Universidad de Barcelona. “Durante 40 años tuvimos a Franco, un pequeño dictador fascista, con un sombrero con borlas, que no hablaba ninguna lengua extranjera y que tampoco viajaba al extranjero. Después, llegó Juan Carlos. Es alto, guapo, habla varias lenguas, y también tiene buen pedigrí –mejor  que el de la reina de Inglaterra, que desciende de una rama secundaria de la realeza alemana–”. Para ilustrar su descripción se rasca la nariz: “Él tiene la gran nariz de los Borbones y –estirando su labio inferior– los labios de los Habsburgo”.

 

En distintas salas del Museo del Prado, en Madrid, hay varios retratos de Goya en los que aparece el antepasado de Juan Carlos, Carlos IV, un Borbón que se ganó la ignominia para siempre por entregar España a Napoleón en 1808.

 

En uno de los cuadros, el Rey está rígido y pálido, parece severo e incómodo, viste una levita carmesí y una peluca. Sus fajines de seda y las medallas denotan su elevado cargo. El efecto dista mucho del que produce Juan Carlos, delgado y de tez morena, a quien le gusta tripular su propio barco y tiene una colección de motos. El parecido, sin embargo, es importante. Hay, desde luego, un “look borbónico”: una frente despejada, una nariz amplia y gorda y un mentón protuberante.

 

Pensaba en el retrato de Goya mientras seguía los pasos de Juan Carlos durante una recepción celebrada en Madrid a principios de este mes. Se conmemoraba el centenario del Colegio de Médicos de Madrid. Se había celebrado una ceremonia, en la que el Rey había pronunciado un discurso y se le había obsequiado con una medalla de oro. Él y su mujer, la reina Sofía, se paseaban entre la gente y los camareros, que llevaban bebidas y carritos con entremeses.

 

El Rey y la Reina tomaron rutas separadas, sonriendo y hablando animadamente. Juan Carlos tiene el cuerpo ágil de un atleta, pero noté que tiene poco pelo y su papada y mejillas están ligeramente caídas, propias de un hombre que está envejeciendo. Tiene 60 años.

 

Cuando nos presentaron, el Rey fue increíblemente atento. Después de las preguntas de rigor, me preguntó dónde había aprendido español. Le expliqué: “En Latinoamérica, sobre todo, su Majestad, y más recientemente en Cuba, que es un lugar muy interesante. Creo que usted no ha estado nunca”.

 

La posibilidad de un viaje del Monarca a Cuba era un tema tenso en Madrid por aquellos días, y se discutía ampliamente en la prensa española. Este año es el centenario de la guerra hispano-americana, en la que España perdió prácticamente todo lo que quedaba de su imperio. Si el Rey visitara Cuba, aseguran fuentes de la Casa Real, convertiría el viaje en un acto de reconciliación entre los dos países, como ocurrió con una visita en febrero a Filipinas, otra colonia perdida en la guerra de 1898.

 

España ha tenido una relación relativamente buena con Cuba desde principios de la década de los ochenta, cuando el PSOE asumió el Gobierno.

 

Pero en 1996, los socialistas perdieron las elecciones ante el conservador Partido Popular. El nuevo presidente del Gobierno, José María Aznar, entró en una guerra de poder con Castro, quien rechazó al nuevo embajador español en La Habana. Después, Aznar se negó a nombrar a nadie más. A principios de marzo, Castro invitó en público al Rey a visitarle, y Aznar lo tomó como un insulto. Al parecer, creyó que Castro intentaba desacreditarle.

 

Al principio, Juan Carlos no respondió a mi comentario sobre Cuba, movió la cabeza, como si fuera a irse, pero se volvió, se inclinó hacia mí y en tono bajo me comentó: “Acabo de mandar a Castro una carta a través de su embajador. Le he pedido que deje de tirarme flores, de halagarme y de invitarme de forma tan directa. Crea problemas. Él sabe que para invitarme debe hacerlo a través del Gobierno, y primero, el Gobierno debe nombrar un embajador. Incluso Felipe [el ex presidente del Gobierno, el socialista Felipe González], quien no está precisamente de acuerdo con el actual Gobierno, cree lo mismo. Cuando le vi. el otro día, me dijo: “Castro lo sabe de sobra. ¡No debería hacer esto!”.

 

Sorprendido tanto por la forma de hablar del Rey como por su trato cercano, le respondí que esperaba que Su Majestad, después de todo, pudiera ir a Cuba. ¿Creía él que sería posible? “Oh, sí”, replicó el Rey. “Tan pronto como el Gobierno nombre un embajador, it will be fine [todo irá bien]”. Las últimas palabras las pronunció en un impecable inglés.

 

Después, insistiendo en que el Rey “no debe dar opiniones políticas”, una de sus ayudantes aseguró inquieta que nuestra conversión era off the record. Argumentó que si se ponían esas palabras en la boca del monarca “podrían crear un conflicto diplomático entre España y Cuba”. El problema, de todas maneras, no parecía venir de Cuba, sino más bien del propio Aznar. “Hay mucha gente que desea ir a Cuba”, aseguró cortante el presidente del Gobierno durante una entrevista radiofónica el día después a la recepción. El Rey irá a Cuba cuando “toque”.

 

La irritación de Aznar y el astuto gesto de Castro ilustran la frágil naturaleza de las relaciones entre un Rey muy popular y un Gobierno elegido democráticamente. A pesar de que Juan Carlos está formalmente limitado por la Constitución Española para desempeñar una serie de funciones públicas simbólicas

–ratificar leyes, convocar elecciones, acreditar embajadores, etcétera– y a pesar de las afirmaciones de su equipo de que él está “por encima de la política”,  tiene, aunque sea difícil de cuantificar, una gran influencia política.

 

La Constitución le define como “el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones”.

 

La descripción está abierta a varias interpretaciones, y el Rey ha desarrollado un estilo que parece ser bastante efectivo. Por ejemplo, tiene audiencias diarias con políticos, empresarios, periodistas, académicos y oficiales militares en su residencia del palacio de La Zarzuela, situada a las afueras de Madrid. Las audiencias le permiten dar pequeños consejos, así como recoger las diferentes opiniones.

 

John Brademas, un ex congresista por el Estado de Indiana, y que ahora trabaja en el Centro Juan Carlos I de España de la Universidad de Nueva York, habla sobre una comida que tuvo con el Rey, y cómo, cuando mencionó el nombre de un empresario, Juan Carlos “arrugó su nariz”. Es todo lo que tenía que hacer. “Es un rey que te hace saber cómo se siente”, explica Brademas.

 

Se llega a La Zarzuela por una autopista un poco congestionada que sale del norte de la ciudad, pasado el palacio donde reside el presidente del Gobierno. Una salida, al otro lado de una ronda un tanto enrevesada, lleva a una garita y a una carretera que atraviesa un pequeño bosque de encinas y pinos, donde pastan grupos de ciervos y en ocasiones algún jabalí. La casa real es un edificio de pocas plantas, de ladrillo rojo y piedra, que domina los montes del Pardo. Más abajo, hay un anexo para el personal. Está unido al palacio a través de un corredor subterráneo cubierto de cristales donde están cuidadosamente expuestos los barcos de la colección privada del Rey.

 

La jefa de prensa de la Casa Real, Asunción Valdés, tiene una oficina en el anexo. Valdés se expresa de forma alegre y optimista, y sonríe mucho. Una buena parte del personal habla de la misma manera. Es como si hubieran adoptado el conocido tono afable del monarca. “El Rey trata al jardinero del palacio con la misma naturalidad con la que se dirige a un Jefe de Estado”, enfatiza Valdés. “Tiene el don de hacerse con la gente. Te da confianza y hace que la gente se sienta cómoda con él”. Valdés trabaja como jefa de prensa de la Casa Real desde 1993, cuando hubo una gran renovación del personal del Palacio. Fue justo después de que el Rey concediera una serie de entrevistas que no fueron bien acogidas por la opinión pública.

 

Un diplomático extranjero describe el trabajo de Valdés como mantener “el frente de Verdún” alrededor de Juan Carlos. “La Zarzuela difícilmente puede llamarse un palacio”, indica ella. “Realmente es una casa grande. El Rey vive aquí de manera muy normal. Podía haber escogido cualquiera de los otros palacios reales, que son mucho más amplios y lujosos, pero no. Sus Majestades aseguran que quieren vivir en un lugar de dimensiones humanas”. En el césped que se ve fuera de una de las habitaciones privadas hay una escultura de piedra marrón del artista vasco Eduardo Chillida, que, como indica Valdés, se parece a un trono. Ella me recuerda que Juan Carlos es un monarca que nunca “se ha puesto su corona, ni se ha sentado en un trono”. La figura, explica, es lo más parecido que tiene, “un trono simbólico”.

 

El lema de Juan Carlos es “la Corona debe ganarse todos los días”, y sus amigos y empleados repiten la frase con regularidad. “Las encuestas de aprobación pueden ser favorables, pero no debemos dejar de trabajar”, dice Valdés. Abre una gran carpeta con el sello real. Examina un apartado titulado ‘Lugares visitados’, que recoge todas las ciudades que han recorrido cada uno de los miembros de la familia real, y si el objeto del viaje ha sido por motivos sociales, educativos, económicos, culturales o militares. “Aquí vemos, por ejemplo, que no han visitado mucho esta ciudad, así que debemos ir pronto”, exclama.

 

Juan Carlos parece tener un talento particular para controlar su imagen. “Este rey no es idiota”, resalta Baltasar Porcel, director del Instituto Catalán de Estudios Mediterráneos, y quien ve periódicamente al Monarca durante las audiencias. “Su simplicidad es muy real, pero al mismo tiempo está muy calculada”.

 

Siguiendo su política de crear “una monarquía moderna”, Juan Carlos no se ha aislado, ni se ha creado una corte real. Esto ha causado malestar entre algunas de las viejas familias de la nobleza española, quienes tradicionalmente disfrutaban de sinecura y de acceso especial al monarca. “El hecho de que no haya creado puestos tradicionales, como Proveedor de la Casa Real, o Peluquero Oficial del Rey, ha significado que los Grandes le detestan”, dice Joan Fontfreda Puig, un noble catalán. “El Rey es más popular entre la gente del pueblo que entre la aristocracia”, añade.

 

Juan Carlos no fue siempre tan popular, ni se creyó que tuviera inteligencia política. De hecho, cuando fue coronado, se le caricaturizaba como a una marioneta militar poco brillante. Todo el mundo creía que no duraría mucho.

 

Chistes acerca de Juan Carlos ‘el Breve’ eran habituales. El abuelo paterno de Juan Carlos, el rey Alfonso XIII, se marchó de España de forma ignominiosa, cuando fue declarada la República. Alfonso fue despojado de su ciudadanía y se le incautaron todas sus propiedades. En el exilio, primero en París, y después en Roma, vivió una vida de playboy, mujeriego, era aficionado al juego y a la caza. Su mujer, la reina Victoria Eugenia, de origen británico y nieta de la reina Victoria, le dejó pronto.

 

La República cayó en 1939, y Franco se proclamó Caudillo de España. No quiso compartir el poder con los Borbones, y éstos permanecieron en el exilio. Juan Carlos, que nació en Roma en 1938, se trasladó con sus padres a Suecia y después a Portugal. En 1941, poco antes de su muerte, Alfonso XIII abdicó a favor de su hijo, el padre de Juan Carlos, Don Juan.

 

Juan Carlos visitó España por primera vez en 1948, cuando tenía 10 años. Fue el resultado de un acuerdo pactado entre Franco y su padre durante una reunión en el yate del Caudillo, anclado cerca de la costa norte española. Franco propuso a Don Juan que permitiera a Juan Carlos completar su educación en España. El Caudillo creyó, evidentemente, que de esta manera evitaría una alianza entre los monárquicos y los socialistas del exilio, y neutralizaba a Don Juan, quien vería la invitación de Franco como una puerta abierta a una Restauración borbónica. Don Juan aceptó.

 

Juan Carlos pasó su juventud estudiando en colegios especiales o enclaustrado en palacios, donde se le enseñaba de forma privada y estaba vigilado por guardianes, que informaban tanto a Don Juan como a Franco, dependiendo de sus lealtades. No era un estudiante muy brillante, pero era buen deportista, era un compañero de clase afable, aunque un poco pasivo. Acudía con periodicidad al palacio del Pardo, donde Franco le trataba como a un nieto. En su primer encuentro, le regaló al chico una pistola; es de suponer que sus primeros recuerdos del Caudillo sean buenos. Durante las vacaciones visitaba a su familia en Portugal.

 

Don Juan y Franco se reunieron otras dos veces para discutir el futuro del príncipe. En ambas ocasiones prevalecieron las opiniones de Franco. En lugar de estudiar en Bélgica, como quería su padre, Juan Carlos fue enviado a academias militares españolas. Su hermano pequeño, Alfonso, estuvo de cadete con él, y en 1956, cuando ambos visitaban a sus padres ocurrió un terrible accidente.

 

Los chicos estaban jugando con una pistola y se disparó. Alfonso fue herido en la cabeza y murió al instante. Después de aquello, Juan Carlos se encerró en sí mismo durante meses y nunca ha hablado del incidente en público.

 

Juan Carlos acudió a la universidad en Madrid durante dos años. En 1962, cuando tenía 24, se casó con la princesa Sofía de Grecia. Era la hija germano-griega de Pablo I de Grecia y de Federica de Hannover. Era un buen matrimonio para el futuro Rey de España. Como Juan Carlos, Sofía era descendiente directa de la reina Victoria, y también del káiser Guillermo II. Se establecieron en La Zarzuela, que había sido un palacio real de caza. El edificio había quedado muy dañado durante la Guerra Civil, pero Franco lo restauró y lo puso a punto especialmente para ellos. Pronto tuvieron tres hijos: dos chicas, Elena y Cristina, en 1963 y 1965, respectivamente; y después un chico, en 1968, un heredero, Felipe.

 

Juan Carlos se dio cuenta de que Franco no permitiría a su padre acceder al trono. El Caudillo dejaba caer que favorecía a Juan Carlos como su posible sucesor, pero también se aseguró de que Juan Carlos se sintiera inseguro acerca de su futuro. Mucho antes, en 1952, Franco había guardado otra baza frente a Juan Carlos invitando a su primo, Alfonso de Borbón-Dampierre, a estudiar a España. Con los años, los primos rivales habían logrado una serie de aliados políticos que defendían sus causas. Varios amigos aseguran que por aquel tiempo, cuando Juan Carlos andaba en la veintena, tenía muy clara su herencia dinástica. Quería ser Rey.

 

En 1972, Alfonso se casó con la nieta de Franco. La posición de Juan Carlos, sin embargo, se había reforzado de forma considerable tres años antes cuando el Caudillo le convocó en El Pardo y le anunció su intención de nombrarle su sucesor, “con el título de Rey”. ¿Aceptó? Tal y como Juan Carlos ha contado la historia desde entonces, Franco le pidió una respuesta inmediata, y no tuvo oportunidad de consultarlo con su padre.

 

Hay una versión alternativa de esta historia, como ocurre con muchos de los episodios cruciales de la vida del Rey. “¡Así no fue como ocurrió!”, dijo riendo el barón que me había enseñado su castillo. “Durante años le había pedido a Franco que le nombrara su sucesor, y cuando Franco lo hizo, tuvo que inventarse una excusa de por qué no se lo había dicho a su padre antes de aceptar”. Tres semanas después de que Franco le hiciera la propuesta, el príncipe comparecía ante las Cortes para jurar lealtad a su propia persona y a su régimen.

 

Pasaron meses antes de que Don Juan accediera a hablar con su hijo, y, según algunos de los mejores amigos de Juan Carlos, la relación entre padre e hijo no se normalizó hasta varios años después. De acuerdo con la descripción de Asunción Valdés, “la relación entre el Rey y su padre era algo parecido a una tragedia de Shakespeare”.

 

Don Juan no renunció formalmente al trono hasta 1977, más de un año después de la muerte de Franco y de que su hijo fuera coronado. Por entonces, el nuevo Rey de España se había mostrado como una caja llena de sorpresas. Destituyó al presidente del Gobierno, el derechista Carlos Arias Navarro, y en su lugar nombró a un joven político reformista llamado Adolfo Suárez. Las Cortes franquistas fueron disueltas y se convocó un referéndum para aprobar una ley de reforma política, que fue aceptada por una mayoría abrumadora. Los partidos políticos fueron legalizados, y en junio de 1977, Juan Carlos convocó elecciones generales. Adolfo Suárez salió elegido presidente del Gobierno. En 1978, cuando fue aprobada una nueva Constitución, España se convirtió en una monarquía constitucional con un sistema democrático.

 

La nueva Constitución despojó a Juan Carlos de los amplios poderes que había heredado de Franco. Sin embargo, en la Carta Magna, se incluyó un punto que para él –nacido en el exilio, hijo de un rey sin corona y nieto de un rey que se vio forzado a marcharse de su país– podría ser más importante: “La

Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica”.

 

Ahora el heredero legítimo es el príncipe Felipe, quien cumplió 30 años el pasado enero. Es alto, atlético y elegante. Tiene un máster en Relaciones Internacionales por la Universidad de Georgetown, en Washington. Recientemente, ha empezado a realizar más apariciones públicas y a asumir algunas de las tareas propias de su padre. Una de sus actividades ha sido acudir a la ceremonia inaugural de la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno. En marzo, encabezó una amplia delegación de empresarios en Japón.

 

El príncipe Felipe es uno de los solteros más cotizados de Europa, y las revistas del corazón especulan frecuentemente con la identidad de sus novias o con las posibles candidatas a esposa. Hace poco, se le ha relacionado con la archiduquesa de Austria Catalina de Habsburgo, pero hasta el año pasado todas las historias giraban en torno a su presunta relación con una joven americana, Gigi Howard, a quien había conocido en Georgetown. Se cuenta que la relación terminó por orden de la reina Sofía, de quien se dice que quiere que su hijo se case con alguien de la realeza europea.

 

La cobertura mediática de la familia real en España es abrumadoramente positiva, y los medios no suelen entrometerse en sus vidas privadas. A veces, aparece en la prensa amarilla alguna historia sobre las supuestas amantes del Rey.

 

Periodistas españoles de prestigio e, incluso, políticos amigos de Juan Carlos, confirman, off the record, las historias acerca de una larga relación con una mujer en Palma de Mallorca, y relaciones más cortas con otras mujeres. Aunque todos dan poca importancia a sus hábitos sexuales. “La relación entre Mónica Lewinsky y Clinton no tendría segundas lecturas en España. Aquí, este tipo de cosas se consideran un asunto privado”, explica Xavier Batalla, periodista de La Vanguardia.

 

Reconoce que existe “un pacto de silencio en los medios para no escribir sobre los temas personales del Monarca… No está escrito. Nadie me ha dicho nada. Tal vez sé algo, pero no voy a escribir sobre ello. Nadie me tiene que decir lo que tengo que hacer”. Batalla defiende su autocensura asegurando que “la

rumorología” acerca de la vida privada del Rey “está motivada por intenciones que tratan de dañar la solidez de la monarquía”.

 

La lealtad y la peculiar defensa que inspira el Rey, incluso por parte de unos medios relativamente libres, emana de las circunstancias de la historia moderna española. La Guerra Civil dividió a España en dos hace tan sólo 60 años. Fue un episodio brutal, incluso dentro de los estándares de la brutalidad del siglo XX. Murió un millón de personas.

 

Después de la caída de la República, Franco impuso un estado policial represivo, en el que los disidentes políticos eran torturados y golpeados hasta la muerte. A principios de la década de los 70, cuando Juan Carlos se preparaba para acceder al trono, tuvo lugar una campaña de desestabilización y violencia política. En diciembre de 1973, el grupo vasco separatista ETA asesinó con un coche bomba al presidente del Gobierno de Franco, el mejor aliado de Juan Carlos, el almirante Luis Carrero Blanco.

 

Juan Carlos se erigió como el baluarte contra el caos político en la noche del 23 de febrero de 1981, cuando altos mandos de la Guardia Civil entraron armados en las Cortes y tomaron como rehenes a los diputados. El líder del intento de golpe de Estado insinuó que el Rey les apoyaba. Sin embargo, cuando horas más tarde el Monarca apareció en televisión vistiendo su uniforme de capitán general de las Fuerzas Armadas españolas y apeló a la defensa de la democracia, la intentona de derribar al Gobierno fracasó. El Rey había terminado con una era de intervención militar en la política española.

 

Hay escépticos que se cuestionan lo que ocurrió durante las siete horas que trascurrieron desde el asalto del Parlamento hasta la aparición del Rey. La versión oficial cuenta que estuvo en todo momento al teléfono dando instrucciones a sus partidarios. Los escépticos aseguran que no tomó partido. Lo que nadie pone en duda es el extraordinario sentido del Rey de lo que es su trabajo político. Como Asunción Valdés asegura con admiración, “sabe por dónde sopla el viento”.

 

Los poderes de Juan Carlos aumentaron con una reorganización de la estructura política de España. De alguna manera nadie lo previó, y su inmediato apoyo a la devolución limitada de poderes desde Madrid a las regiones históricas –como Cataluña, País Vasco y Galicia– incrementó su influencia. Desde 1982, España se divide en 17 comunidades autónomas. “El Estado español es muy débil, debido a las autonomías, y esto es lo que hace que el papel de la monarquía sea tan importante”, explica Charles Powell, un historiador anglo-hispano y consejero del Parlamento español. “El Rey es la única figura genuinamente nacional en un país con un déficit inusual de símbolos nacionales. En España hay menos fiestas nacionales que en otros países europeos y el himno se escucha en muy pocas ocasiones”.

 

Cataluña, con su capital Barcelona –una rival tradicional de Madrid–, ilustra la relación del Rey con las comunidades autónomas. Xavier Roig, un socialista que trabajó como consejero de Pasqual Maragall, ex alcalde de Barcelona, recuerda que él y sus compañeros trataron de involucrar a Juan Carlos en sus actividades cuando ganaron más poder a principios de los ochenta. “Imagine”, dice, “por entonces todos éramos muy jóvenes y tomamos posesión de nuestros cargos como izquierdosos. Pero enseguida nos dimos cuenta de que para ser eficientes debíamos seguir las normas de protocolo de la monarquía. Por ejemplo, en nuestros boletines internos escribíamos notas como: ‘Creo que sería apropiado invitar a S.M. el Rey a esta actividad’. El “S.M.” era un esfuerzo consciente. Sabíamos que debíamos reforzar el papel de la monarquía para que no virara a la derecha”.

 

El presidente de la Generalitat catalana, Jordi Pujol, que pide una mayor independencia para la región dentro de una Europa cada vez más integrada, tiene una relación especial con el Monarca. La idea es que Cataluña juraría lealtad a la Corona como símbolo no unificador, y la relación con España sería más parecida a una confederación. Pero, como puntualiza Charles Powell, “si las autonomías piden una relación especial con la Monarquía, crearía problemas con el Gobierno central”.

 

Muchos catalanes creen que existió algo llamado ‘Operación Cristina’, que pretendía fraguar un vínculo directo entre Cataluña y la familia real. La infanta Cristina trabaja en Barcelona, en la Fundación La Caixa. Un catalán cercano al Monarca niega la existencia de la ‘Operación Cristina’, aunque reconoce que “la presencia de la Infanta en Barcelona no es casual. No estuvo planeado, pero parece que es útil”.

 

El pasado octubre, Cristina contrajo matrimonio con Iñaki Urdangarín, un jugador profesional vasco de balonmano. “El Rey sabe cómo repartir cosas simbólicamente”, afirma Salvador Giner. Una hija se casa con un vasco en Cataluña, a la otra –Elena– le concede el título de Duquesa de Lugo, que está en Galicia. Felipe es el Príncipe de Asturias”. Baltasar Porcel añade que cuando el Monarca visita Cataluña da sus discursos intencionadamente una parte en catalán y otra en castellano. “El hecho de que el Rey hable catalán cuando nos visita hace más difícil a los españoles atacarnos”.

 

Cuando José María Aznar derrotó a Felipe González en las elecciones de 1996, tuvo que pactar con los partidos catalanes y vascos para ser elegido presidente del Gobierno. Cuando las conversaciones parecían no dar sus frutos, Juan Carlos intervino. “El Rey agarró el teléfono”, cuenta Richard Gardner, embajador de EEUU en España entre 1993 y 1997. “Llamó a Aznar, Pujol y Arzalluz y dijo ‘España no puede resistir un periodo largo de incertidumbre. Haced que funcione. Estaré vigilando”. Según Gardner, la presión del Monarca precipitó los acuerdos y se cerraron poco después. A cambio de concesiones importantes, Aznar logró los votos suficientes para ser elegido presidente del Gobierno.

 

Cuando Aznar realizó su primera visita oficial a EEUU, el Monarca, de nuevo, le allanó el camino. Unas semanas antes, durante una visita a Nueva York, Juan Carlos había invitado a Gardner a cenar. “Me llevó al restaurante de Plácido Domingo”, recuerda. “Me expresó su deseo de que se hiciera todo lo posible para ayudar a Aznar. Me explicó que era su primera visita a EEUU y que carecía de experiencia. Después me pidió, o más bien insistió, en que estuviera Madeleine Albright cuando viniera Aznar. Insistió en que le escribiera una nota que él me dictaría. Le recordó a ella que había sido profesora del príncipe Felipe en Georgetown. Poco después, vi a Madeleine. Me dijo: ‘¡Querido, se supone que debo ir a Moscú!’ Al final retrasó el vuelo para poder ver a Aznar”.

 

Durante la ceremonia de inauguración del nuevo Centro Juan Carlos de la Universidad de Nueva York, Gardner vio cómo el Rey le daba un sobre a Hillary Clinton, que había ido a Washington especialmente para asistir al acto. “Después leí la carta”, cuenta Gardner, “en ella, el Rey pedía a Clinton que llegara a España dos días antes de la Cumbre de la OTAN en Madrid para ir con él a Palma de Mallorca. En la parte superior, Clinton había escrito “HRC” –como el presidente suele referirse a Hillary– “cree que es una gran idea. Hagámoslo”.

 

La idea, según el ex embajador, era que los Clinton descansaran y se relajaran en el yate del Rey, el Fortuna. “Una semana antes de la visita”, indica Gardner, “un reportaje publicado en ABC detallaba los planes de los Clinton y mencionaba que Aznar y su esposa también estarían en el barco. Esto me sorprendió y decidí enterarme de lo que ocurría”. Gardner explica que la Casa Blanca estaba tan sorprendida como él de que Aznar estuviera invitado al yate.

 

Clinton no quería tener un encuentro con el presidente del Gobierno español previo a la Cumbre. “La Casa Blanca me pidió que le dijera a la Casa Real que era mejor si Aznar no acudía a Palma de Mallorca”. Gardner cumplió, pero la reacción del vizconde Fernando Almansa, jefe de la Casa Real, fue tajante. “Me dijo, ‘Es el yate del Rey, y el Rey invita a quien quiere’. Yo contesté: ‘Sí, lo entiendo’. Comenté en la Casa Blanca que era mejor dar por zanjado el tema. Al final, todos navegaron durante cinco horas: la familia real, el matrimonio Clinton, Chelsea y el matrimonio Aznar. Poco después en Madrid, mientras íbamos en la limusina presidencial, le pregunté a Clinton cómo había ido todo. Me contestó: ‘¡Fantástico! Durante cinco horas el Monarca, el presidente del Gobierno y yo hemos discutido sobre qué clase de mundo queremos para nuestros hijos’. Le pregunté quién traducía. ‘¡El Rey!’, contestó. Así que Aznar estuvo con Clinton durante cinco horas, algo que muy pocos jefes de Estado o de Gobierno extranjeros logran. Y no se hubiera producido de no ser por el Rey”.

 

El mes pasado, cuando los comentarios acerca del posible viaje del Rey a Cuba llegaban a su punto álgido, el presidente Aznar fue acusado de tener “complejo de inferioridad” ante las habilidades diplomáticas del Rey. “Es difícil ponerse a la altura del Monarca”, dice un alto asesor del Gobierno. “Habla varias lenguas, ha conocido a todos los presidentes estadounidenses desde John Fitzgerald Kennedy. Su experiencia es muy importante. ¿Quién es Aznar?”.

 

La tarea del Rey como promotor de España en el extranjero ha resultado especialmente satisfactoria. A primeros de abril, Aznar sabiamente dio marcha atrás en el tema de Cuba y nombró un nuevo embajador. Así, facilitaba el viaje del Rey a La Habana. En la primera visita del Rey a Latinoamérica, en 1976, Juan Carlos fue recibido por niños en las calles de Bogotá al grito de “¡Nuestro Rey ha vuelto!”. Durante buena parte de este siglo, España tuvo dificultades para venderse al exterior. Pero su transición a la democracia es muy admirada en los países latinoamericanos, que tratan de sacudirse sus propias dictaduras. La influencia política española a través de la Unión Europea y la OTAN hace al país incluso más atractivo. Un 60% de la inversión privada española en el extranjero, que suma unos 17 mil millones de dólares, se realizó en Latinoamérica durante los primeros ocho meses de 1997. La inversión española en Cuba es ahora tan visible que los propios cubanos bromean con que España trata de “reconquistar” la isla que perdió hace 100 años.

 

España tiene ahora una economía más fuerte que cuando Juan Carlos accedió al trono. En 1975, cuando tomó posesión de su cargo, el producto interior bruto era de 40.000 millones de dólares. Ahora alcanza casi los 500.000 millones. La Bolsa subió varias veces a principios de abril, y aunque sigue teniendo una tasa alta de paro, España es uno de los primeros países de la UE que ha logrado cumplir los objetivos de Maastricht para introducir el euro, previsto para el año que viene.

 

Una cosa que no ha cambiado mucho en España, a pesar de todo, es la manera de hacer negocios. El robo de fondos públicos, los sobornos, el nepotismo y la corrupción en general están a la orden del día. Una de las razones por las que el Partido Socialista de Felipe González perdió las elecciones de 1996 fue porque se vio envuelto en una serie de escándalos. Hasta hace poco, el Rey no se vio involucrado en ello. La Constitución dice que “la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”. Los medios españoles siempre han sido muy cuidadosos en no publicar alguna historia que le pueda implicar en un escándalo.

 

Las finanzas de la familia real son un tema muy delicado dentro de una vida cuidadosamente protegida. Políticos, historiadores reales, biógrafos y periodistas  que siguen a la familia real recalcan que “no es una familia rica”. Insisten en que los Borbones perdieron sus posesiones cuando Alfonso XIII salió de España. Durante el largo exilio, algunas familias nobles españolas entregaban mensualmente cantidades de dinero a Don Juan y su familia para su manutención.

 

Las propiedades de la familia real, si es que tienen alguna, no son del dominio público. El chalet que usan habitualmente en los Pirineos es un préstamo de una estación de esquí, mientras que La Zarzuela y Marivent, la residencia de verano en Palma de Mallorca, pertenecen a Patrimonio Nacional. Él recibe del Estado unos siete millones de dólares al año, con los que paga parte de su manutención, los salarios de los empleados de La Zarzuela y los impuestos.

 

No suele hablarse de los asuntos financieros del Rey. Aunque esto cambió en 1992, cuando se descubrió que el Monarca “había desaparecido” unos días. Los periodistas preguntaron al presidente González dónde estaba y contestó que no lo sabía. Apareció en Suiza, aunque parece que aprobó una ley como si hubiera estado en Madrid. Los medios comenzaron a especular sobre los motivos de su viaje. “Al parecer estaba con una mujer”, explica Albert Montagut, director de la edición de El Mundo en Cataluña. Era la primera vez que se publicaba algo negativo sobre Juan Carlos, y dejaba la puerta abierta a un mayor escrutinio. “Desde entonces tuvo que andar con pies de plomo”, indica Montagut.

 

Lo que hace al Rey ser más vulnerable es su posible papel como persona que puede usar su influencia en beneficio de otros o para él mismo. Entre sus más firmes defensores, cualquier atisbo de que pueda haber estado envuelto en asuntos poco éticos para su propio beneficio es rechazado tajantemente. Otros sugieren que, si de algo es culpable, es de ser muy afable: como Rey corre el riesgo de juntarse con amigos que sólo buscan beneficios con su amistad. Algunos admiten que, en cualquier caso, esto puede que no sea del todo cierto. “Juan Carlos probablemente gana dinero cuando abre paso a ciertas personas”, indica un diputado veterano, quien puntualiza que “reunir a personas a cambio de una comisión” es común entre la realeza europea.

 

“El asunto del dinero es importante”, dice Charles Powell. “En los años ochenta, cuando mucha gente amasaba dinero rápidamente, el Rey sintió que se quedaba fuera de juego, así que pidió a varias personas que invirtieran por él. Uno deduce que es así como empezó su amistad con Mario Conde”. Conde era el presidente del banco Banesto y una figura muy importante dentro del mundo financiero del boom de la década de los ochenta. En marzo fue enviado a prisión para cumplir una condena de cuatro años y medio por malversación de fondos. También está acusado de otros delitos financieros y está a la espera de juicio. Antes de su caída en desgracia, en 1994, era una figura muy cercana a Palacio, y se rumoreaba que por lo menos había realizado una operación económica con el Rey.

 

Si se pregunta a Baltasar Porcel, columnista de opinión de varios periódicos y radios, y ocasional consejero del Rey acerca de asuntos sobre Cataluña, elige sus palabras cuidadosamente. “El Monarca es un hombre muy abierto, y ha sido amigo de Mario Conde”, explica. “Y si el Rey ha sido amigo de Mario Conde durante años, es lógico que Conde trate de aprovecharse de esta relación”.

 

Parece que esto mismo es lo que hizo Conde, cuando a mediados de marzo afirmó que había pagado dos millones de dólares al ex presidente del Gobierno Adolfo Suárez, gran aliado de Juan Carlos. Se dijo que había sido una contribución para el partido político de Suárez a cambio de su ayuda para resolver una fusión bancaria. (Suárez lo niega.) Conde también se las apañó para hacer notar que durante años había sido alguien cercano al vizconde Almansa, jefe de la Casa Real. Los que siguen el caso Conde interpretan estas declaraciones sobre Almansa como una advertencia a los lazos que mantiene el Rey.

 

Lo que preocupa a algunos aliados del Monarca es que es posible que Mario Conde tenga en su poder alguna evidencia que implique al Rey en asuntos turbios. “Conde tiene grabaciones, documentos y ese tipo de cosas”, afirma un empresario muy bien relacionado, que conoce al Rey desde los años sesenta. “Pruebas muy incriminatorias. Sería terrible si decide sacarlas a la luz”.

 

Aun así, añade, cree que el ex banquero no lo hará, ya que espera ser incluido en una “gran amnistía de fin de milenio” aprobada por el Gobierno conservador. El monarca, dice, es la “última carta” de Conde. Sólo la usará si ve que no puede salir de la cárcel”.

 

“El Rey tiene estas pequeñas cosas negativas, y sólo juegan en su contra”, asegura el barón que me enseñó su castillo. “Pero, para ser justos, uno tiene que mirar toda su vida en perspectiva, y como yo lo veo, pesan más los aspectos positivos que los negativos”.

 

El socialista de Barcelona, quien se declara “absolutamente leal” al Rey, está de acuerdo. “Su figura es lo mejor que podíamos haber inventado para el sistema político español. Ésta es la razón por la que la mayoría de los españoles quiere protegerle… Si hiciera mal su trabajo, o si tuviéramos un Rey diferente, nada habría merecido la pena. Mientras el Rey no rompa las reglas del juego, la monarquía tampoco se romperá”.

 

Las “reglas” en España han cambiado sustancialmente desde los tiempos del abuelo de Juan Carlos y de Franco. La ironía es que el Rey debe su credibilidad e influencia a un sistema democrático que ayudó a poner en su sitio. El monarca ya no es inmune, pero como la monarquía es útil y funciona –como la herencia del primogénito de los antiguos vasallos del barón– es poco probable que pierda el apoyo de la gente. “Es un espejo en el que la gente puede verse reflejada”, afirma Charles Powell. “La razón principal por la que es tan popular es porque simboliza un nuevo sistema democrático. Si criticas a la monarquía, estás cuestionando todo lo que ha ocurrido desde la muerte de Franco. Si cuestionas el sistema de gobierno, abres la caja de Pandora y todo queda fuera de lugar. La monarquía ha sido útil. Es posible que no lo sea en 20 años, y entonces la familia real tendría que hacer las maletas”.