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Era el 16 de abril de 2003 en el hospital Guillermo Patterson de San Pedro, Jujuy, y la vida transcurría sin que nadie fuera capaz de imaginarse nada. Los enfermos dormían, el suelo apestaba a lavandina, y diez embarazadas hacían fila para que la doctora Mónica Torres de Pilili las atendiera de una vez. Ventanas afuera, San Pedro amanecía como de costumbre: con una luz diáfana y ciega, que les da a las montanas una nitidez que luego se pierde en el transcurso del día. A las ocho de la manana, entonces, a la hora en la que todo parece más claro que lo habitual, una enfermera se acercó a Torres de Pilili casi sin aire.

- Llegó una bebé toda con sangre, doctora. Toda, toda, recién le salió a la chica y está muy pequeñita, como que le salió antes de tiempo.

Estaba envuelta en una toalla y la traían dos mujeres con la cara rota por el susto. Decían que acababa de nacer. Que la madre había parido en el inodoro de la casa y que aún seguía en el baño, enajenada, como si alguien la hubiese abierto y embalsamado allí mismo.

- No sabíamos que tenía a la bebé adentro. ¡Si no se le notaba! Nunca dijo nada, mi Dios, no sabíamos nada y ahora la Romina sigue allá, está como idiota, como ida, llena de sangre.

Dijo la madre de Romina, que se llama las cosas de la vida Elvira Baño.

Elvira jamás supo que su hija estaba encinta. Tampoco lo supo Florentino Tejerina, el padre, ni Mirta, la hermana veinte años mayor. Casi nadie en San Pedro sabía de este tema. La única que estaba al tanto era Erica, la hermana más cercana en edad (Erica tenía 22, Romina 18), pero había callado todo con una fidelidad de acero.

- Si decís algo a los papás, me mato.

Le había dicho Romina. Y Erica no habló.

Durante siete meses, Romina se envolvió con una faja y logró disimular su panza. No había mucho que esconder, de todos modos. Pesaba 46 kilos y las tabletas de laxantes que tomaba a diario la ayudaban a perder en líquido lo que ganaba en carnes. El 15 de abril a la noche, acompañada por su hermana confidente, tomó una tableta entera y se dejó llevar. A las siete de la mañana se sentó en la taza sin saber que iba a parir.

Más adelante, Romina contará que no recuerda ese momento. Que no sabe cómo se cortó el cordón umbilical, ni cómo es que la beba pasó del inodoro a un toallón blanco. Romina mira hacia atrás y esa mañana es nada. O casi nada.

- Sólo me acuerdo del llanto del bebé. Eso, nomás.

La primera imagen que aparece, casi en sueños, es la del hospital: Romina veía todo rojo.

- Qué te hacés la nerviosa, la mosquita muerta – le dijo la doctora Torres de Pilili-. Mirá lo que hiciste, loca.

La sangre no era sólo del parto: después de una breve inspección, Torres de Pilili supo que la beba había sido acuchillada.

René Reyes, un policía del hospital y amigo de la familia Tejerina, se agarró la cabeza. Empezó a llorar y a invocar a Dios.

- Virgen santa, qué hiciste, Romi, Dios mío, Dios mío, pónganle un nombre al menos, pónganle Milagros del Socorro.

Dijo.

Todos le hicieron caso. Milagros del Socorro murió dos días más tarde.

***

La noticia recorrio San Pedro no tanto porque fuera grave –suelen pasar cosas así en la zona– sino porque San Pedro es chica. La ciudad, en rigor, tiene 70 mil habitantes, pero no queda claro dónde está toda esa gente. Aun en la zona céntrica –cinco cuadras llenas de autos y comercios– los sonidos llegan desde lejos, como si no tuvieran suficiente masa donde rebotar. Y no es sólo una cuestión sonora: en San Pedro la vida entera parece aminorar el paso. En el pueblo hay tiempos lerdos, animales dormidos, una iglesia, un hospital, una intendencia, algunas radios, una plaza principal. Hay también dos boliches, Pacha y Metrópoli, que le dieron al lugar una fama en todo Jujuy: se dice que en San Pedro, a 63 kilómetros de la capital, la noche se mueve más que cualquier otra en la provincia.

Los boliches no son gran cosa. Vistos de afuera, Metrópoli parece un cine porno y Pacha –con acento en la primera “a”– podría pasar por un galpón clausurado. Justamente en Pacha, detrás de un portón sucio de óxido y afiches rotos, solía bailar Romina. Y dicen que bailaba bien.

Cuando iban las bandas tropicales, hasta la subían al escenario para que ella bailara dirá después Mirta Tejerina, docente, militante gremial y hermana mayor de Romina. Y yo admito que le daba permiso para bailar. Mamá me dijo después: “¿Por qué le dabas, Mirta, por qué?”, como si eso hubiera sido la culpa de todo.

“Todo” es que el 1º de agosto de 2002, Mirta autorizó a Romina y a Erica para ir a Pacha. Erica salió primera y, horas más tarde, Romina fue a buscarla al portón, pero no la encontró. En ese instante, y en circunstancias que aún no quedan claras, Romina habría sido arrastrada por un hombre hasta un Renault 9 color rojo, habría sido amenazada, y habría sido violada poco después.

El hombre habría sido Eduardo Pocho Vargas, un tipo veinte años mayor que ella que vivía medianera de por medio con Romina. Ante la Justicia, Vargas diría, catorce meses después, que Romina entró en el auto y se dejó avanzar con gusto. Pero Ro- mina no recuerda el gusto: dice que Vargas le tapó la boca, que la violó, y que amenazó con matar a toda su familia si ella se animaba a gritar.

Romina no gritó.

Volvió a su casa en silencio.

La familia supo todo siete meses más tarde, cuando Romina parió en forma prematura y protagonizó una escena digna de Hitchcock. En un brote psicótico, vio en el bebé la cara del violador, tomó un cuchillo Tramontina estaba allí para raspar el verdín de los azulejos y le dio diecisiete puñaladas.

Desde entonces, romina esta presa en la Unidad 3 de San Salvador de Jujuy, a la espera de un juicio oral en el que probablemente le den 25 años de prisión bajo el cargo de homicidio agravado por el vínculo. Su supuesto violador, en cambio, estuvo veintitrés días demorado y le acaban de confirmar el sobreseimiento. Por esta paradoja, el caso Tejerina cuenta con un respaldo inédito en la Argentina. Más de cincuenta organizaciones no guberna- mentales, nacionales e internacionales, pidieron su liberación, y hasta la Corriente Clasista y Combativa de Carlos “El Perro” Santillán hizo causa común con Tejerina, a tal punto que le puso la abogada.

Se entiende ese interés: detrás de Romina asoma una polémica en torno del infanticidio, una figura jurídica que estaba contemplada hasta 1994, y que disminuía la condena para las mujeres que mataran a su hijo durante el parto o inmediatamente después si lo hacían “para ocultar su deshonra”. En caso de infanticidio, la pena era de 1 a 6 años de prisión. Pero, en 1994, el Congreso derogó esta figura con el argumento de que “ni la honra ni el honor se comprometen hoy en el parto”, y el mismo hecho pasó a ser un homicidio agravado por el vínculo, al que le cabe la máxima sanción que prevé el Código Penal.

La defensa –encabezada por la abogada Mariana Vargas– pide la liberación de Romina; argumenta que la violación le ocasionó una negación del embarazo, y que esa crisis generó en la chica un episodio psicótico que desembocó en homicidio. El juez Argentino Juárez, en cambio, procesó a Romina sosteniendo que no es inimputable porque “tuvo intención homicida para con su hija antes del hecho, cuando quiso abortar en reiteradas oportunidades y también al momento del parto”.

Jujuy lidera el ranking nacional de mujeres con –diría Juárez– “intención homicida”. La forma que tiene el Estado para medir esta práctica es el índice de mortalidad materna, que en la provincia trepa al 2 por mil, una cifra que duplica y triplica los números del Centro y el Sur del país. Y esto no es porque las mujeres mueran al parir: mueren complicadas en intentos de aborto. El derecho de pernada de padres, padrastros y patrones hizo que en el Norte los hijos no sean, necesariamente, fruto del amor y las buenas costumbres que defienden los jueces. En muchas zonas de Jujuy, las madres y los hijos nacen y mueren del mismo modo que nacen y mueren las llamas y los perros: sin mucho espamento.

Los diarios de San Pedro siempre cuentan esas historias: está la del padre que vivía en el ingenio La Esperanza, que dejó embarazada a su hija, y que zafó de la cárcel porque su mujer –mamá de la criatura– fue llorando a la comisaría pidiendo que lo suelten, porque el hombre era sostén del hogar. Uno de los últimos chismes es el del barrio Albornoz: hace poco una chica se abrazó a un poste, parió a su hijo como quien escupe, y después se fue andando, como si nada, mientras que al cuerpito se lo comieron los perros. Por este tipo de casos, en San Pedro ya es famosa la pregunta que Elsa Colque, maestra y militante de la Corriente Clasista y Combativa, hizo durante un discurso en defensa de Romina: “¿Ustedes saben?”, quiso saber. “¿Ustedes saben cuántos fetos hay enterrados en los fondos de las casas?”

La casa donde vivia romina queda en el barrio Santa Rosa de Lima, y es una construcción blanca, de tres ambientes y paredes despintadas, ubicada en el cruce de dos calles en las que abundan el polvo y los perros. Hoy vive allí una mujer ajena a la familia: su mayor preocupación consiste en juntar dinero para cambiar el inodoro.

- Nos mudamos con lo justo y no puedo ni mirar ahí. Me da asco. Yo acabo de tener una bebé y ya le dije a mi marido: “El inodoro se va de esta casa”.

Explica. Y no explica más nada.

Desde marzo de 2001 y hasta el 16 de abril de 2003, vivieron allí las tres hermanas Tejerina. Esa casa era la síntesis de una emancipación familiar: a los 39 años, Mirta Tejerina había decidido abandonar el nido paterno. Llegó a la casa nueva en calidad de cuidadora, y pocos días después sus dos hermanas, Erica y Romina, se fueron con ella.

Yo las llevé conmigo porque quería otra vida para las chicas. No hablo de libertinaje, pero yo tuve una juventud tan… Mi papi está por cumplir los 70 el mes que viene, mi mami tiene 64. La diferencia generacional es grande Yo no quería lo mismo para ellas.

¿Qué es “lo mismo”?

- Hoy, a mis 42 años, estoy sola. En la casa de mis papis el sexo era eso sucio, eso peligroso, eso horrible, eso pecaminoso. Ellos decían que si un día nosotras nos aparecíamos embarazadas a mi papi le iba a dar un derrame cerebral. Eso decían. Por eso la Romi nunca contó nada, porque… ¿y si el papi se nos moría? Y además estaba el miedo a los golpes de la mami. Mi mami me pegaba a mí de chica, lo pegaba a mi hermano Julio César, que ahora tiene 35, lo pegaba con la sartén. Y también las pegaba a mis hermanas. Y yo pensé que si ellas venían conmigo iban a tener una juventud mejor.

Nadie puede imaginar que Mirta tiene 42 años. Aun vista de cerca parece una muñeca joven y herida: tiene flequillo castaño, uñas pintadas de rosado, y unos ojos que se abren y cierran como si tuvieran párpados de pez: nunca parecen cerrarse de verdad. Mirta pestañea y hace esfuerzos para no llorar, mientras ceba mate en la cocina de su nueva casa. El 14 de noviembre de 2003 se mudó con Erica a San Salvador de Jujuy, a un lugar pequeño y de aires tranquilos al que Mirta llama “nuestro refugio”. Mirta quiso irse cuando la vida en San Pedro se le volvió insoportable.

- A mi hermana la juzgan en San Pedro porque no era una ignorante absoluta, ¿no? Y a mí me da tanta bronca. Yo siento que mucha gente disculparía a Romina si tuviera puesta la pollera de siete colores. Y cuando ven que no, que es una adolescente común que sufrió una tragedia, entonces se ponen con la moral y el dedito. Me acuerdo de una charla con un diputado de San Pedro: “Es que estas chicas salen de noche”, me decía. “Y esas polleras cortas, y esa música que bailan, y estos jóvenes que consumen alcohol.” Sí, mami. ¡Decía eso! Decía lo mismo que el intendente de San Pedro. ¿Sabés lo que nos dijo el Julio Moisés en una charla, a la abogada y a mí? Que las mujeres violadas no existen. Que todas quieren. Si yo me pongo a hablar de los funcionarios de acá… El día del hospital, cuando a mi hermana la detienen, estuvimos todo el día buscando al juez de turno, el Argentino Juárez, para que nos permitiera ver a Romina. Horas estuvimos dando vueltas por San Pedro. ¿Sabés dónde lo encontramos? En el casino. Porque la única forma de encontrarlo es ahí.

El caso de Romina está dividido en dos causas, que son tratadas por dos jueces distintos de San Pedro. El homicidio cayó en el juzgado de Argentino Juárez, y la violación en el de Jorge Samman, un juez que, antes de absolver a Eduardo Vargas, preguntó a los testigos cuáles eran los hábitos de Romina: si tomaba alcohol, si vestía polleras cortas y si actuaba con los hombres de un modo provocativo.

A los Tejerina, este procedimiento no los sorprendió. Samman ya es famoso en San Pedro por el “caso la Verón”: la historia de una chica, Olga Verón, que era violada y golpeada por su padre policía desde la más tierna infancia. Verón lo denunció varias veces, pero nadie le llevó el apunte. Una tarde, luego de una golpiza que las dejó violetas a ella y a su madre, Verón hizo una denuncia por intento de homicidio. El juez Samman la citó.

- Ya no quiero vivir con él – dijo entonces la Verón.

- Vuelva a su casa -contestó el juez.-Y respete a su papá, que la cuida y la quiere.

Un par de meses más tarde, luego de un manoseo seguido de golpes y amenazas, la Verón decidió solucionarlo todo. Esperó a que su padre durmiera, agarró la pistola, le habló para ver si el sueño era profundo, y le dio un balazo en la cabeza. Ahora tiene 16 años y carga con prisión perpetua. Es la mejor amiga de Romina.

Romina y “la Verón” todo San Pedro la llama así están presas en la Unidad 3 del Servicio Penitenciario de Jujuy, alias “La Granja”: un predio de dos hectáreas cubierto por un pasto desganado, y cruzado al medio por una calle de tierra. Al final de la calle están las construcciones del penal: una serie de edificios distribuidos todos en una sola planta, y separados entre sí por callejuelas de polvo reseco por el sol. Cuando llueve, el espectáculo es francamente triste: las paredes chorrean mugre, el suelo se hunde, y las celadoras corren por callejones vacíos como si fueran una curiosa versión de los chasquis: en “La Granja” hay un solo teléfono y la comunicación entre sectores se hace a los trotes.

Los días de sol, en cambio, es el lugar menos peor para estar preso. Los perros se rascan bajo las copas de los árboles, las trenzas de las celadoras brillan casi con alegría, y la luz cruza las ventanas como si fuera la mismísima libertad que entra en el penal. En el cuarto de visitas al que Romina llegará en unos minutos hay una cortina sucia y estampada con gatitos cariñosos, una cruz torcida, un espejo, un sillón semicircular y un televisor que ya no debe servir para nada.

A través de la ventana se ve estacionar un móvil penitenciario. Bajan de allí cinco mujeres morrudas y cuadradas, que parecen formar parte de algún club de fans de La Raulito. Detrás de las chicas desciende Romina, distinta. Tiene tacos, un jean ceñido al cuerpo, y un modo de andar que recuerda ese hartazgo existencial que muestran las modelos cada vez que caminan. Acaba de llegar de una visita a su psicóloga, y ahora se está acercando al cuartito. Bordada sobre la remera, a la altura del pecho, tiene una mariposa de lentejuelas plateadas: Romina titila cuando avanza. Se sienta. Mira con ojos vacíos, como si hubiese despertado de una siesta.

Antes de pisar este lugar, ella pensaba que “La Granja” era un camping.

- Sí eso pensaba yo. De chica mi papá me amenazaba, a mí y a mis hermanas. Cualquier cosa que nosotras hacíamos, nos decía: “Van a terminar en «La Granja»”. Así decía. Ni idea tenía yo de este lugar inmundo.

Romina llegó a “La Granja” el 9 de mayo, después de pasar veintitrés días en un calabozo de San Pedro. La trajeron a la cárcel sus propios padres en el auto familiar, porque el servicio penitenciario no tenía coches disponibles.

- Por fin nos traen carne fresca.

Dijo la Verón apenas la vio entrar. A Romina le bajó la presión del susto. Tuvieron que llevarla a enfermería. Mientras la curaban, otra interna le susurró al oído: “No vayas al comedor porque te van a pegar como a un sapo”.

- Eso me dijo la Claudia. A la Claudia la pegaron así, en el comedor, y ninguna celadora movió un dedo. La Claudia está adentro porque mató a su nena después de que el marido se la violara. Cinco años tenía la nenita. Y acá le gritaban todo lo que me gritaron a mí: “asesina”, “ahí va la guasa”. Porque acá les dicen guasa a las que matan a sus hijos.

- ¿Y a vos te pegaron?

- Casi, pero no. Tenían pensado pegarme en el comedor, que ahí las celadoras ni se meten. Me iban a pegar a la mañana, cuando fuera a hacerme el té. Pero esa mañana no fui. No les voy a dar el gusto, pensé. Y después, más tarde, cuando se calmaron un poquito, les conté por qué yo estaba ahí. Que me habían violado. Y entendieron. Y nunca me pegaron y me respetan. Porque acá me hostigan todo el tiempo. Todo. Pero yo no les doy bolilla y se quedan tranquilas. Una chica que ya se fue me dijo: “Vos a todas las has matado con la indiferencia, Romi. Las has dejado como hablándoles a las paredes”.

Romina tiene esa forma tan jujeña de decir las cosas: habla como en lamentos, como si cada palabra subiera trabajosamente una montaña antes de sonar. Cada tanto se olvida de qué está hablando, o quizá se aburre, o quizá no entiende, y entonces mira por la ventana. La luz del sol le hace brillar las lentejuelas.

- Es linda tu remera.

- Esta me la trajo la Erica. Cuando me llevan a la psicóloga o al médico voy mirando ropa desde el móvil, por esa ventanita con barrotes, ¿viste? Me miro todo. Recién vi una camisita de media manga, blanca, de Yenny, ¿viste Yenny? Es talle 2, porque el de antes ya no me va, estoy más gorda de comer tanta porquería acá. Si podés contale a la Erica: esa me va bien porque me hace juego con un pantalón negro que tengo, negro con rayitas blancas.

- Sos una loca por la ropa.

- ¡Sí! Cuando me van a sacar, desde la noche anterior pienso: “¿Y qué me pongo? ¿Hará frío?”. Igual estoy tratando de no ser tan pavota.

- Tan frívola, querés decir.

- No, pavota porque yo prestaba toda la ropa a las chicas. Lo mismo que hacía con mis amigas cuando yo estaba afuera. Y resulta que acá yo prestaba a las chicas y me quemaban todo.

- ¿Te lo prendían fuego?

–¡No! ¡Me lo quemaban! Después, cuando me la ponía yo, ya estaba como muy vista, ¿no? Después me dicen que soy la nariz parada de acá. Por la ropa y lo de la planchita, también.

–¿Qué planchita?

–La del pelo. De todo me hice en el pelo. Porque este no es mi pelo natural. Yo tengo ondulado, pasa que me hago la planchita. Al principio venía la Erica con la plancha, yo me alisaba el pelo y ella después se llevaba la plancha. Hasta que le insistí tanto al director: “Déjeme traer una plancha, déjeme, déjeme”. Y al final se cansó de mí y me la dejó traer. Al principio tuvieron la plancha secuestrada no sé cuántos días en un cuartito, porque en este lugar son así de tontos, ¿no? Pero ya me la dieron.

–¿Y no te da miedo de que te peguen por caprichosa?

–Pegarme no me pegan. Malcriada, me dicen. Pero no me tocan. Es que yo siempre fui así. Por ejemplo, yo nunca lavé ni una olla y mañana tengo que hacer la fajina y me toca la cocina. Y yo ya le dije a la sargento que la cocina no la hago porque yo no como la comida del penal. Me da asco. Es fea. Las cocineras no se lavan las manos, encontrás pelos en la comida. Yo eso no como, y me dicen malcriada. Pero y qué. Prefiero comer papafritas del kiosco y la comida que me trae mi familia, que me la guardo abajo del colchón. Acá dan porotos, arroz con salsa, comida tumbera. Si hasta para agredirte te dicen “vos sos mondonguera”, porque la comida es como una mala palabra acá, ¿no? Al juez le llegan todos los informes míos que dicen “no come, no come, no come”. Y no como ni toco la comida de acá. Hoy le dije a la sargento que la cocina no la lavo sola, que me pongan una ayudante. Y ya me dijeron que me la van a poner.

–¿Y qué te dicen tus amigas de acá adentro sobre estos planteos?

–No tengo amigas.

–¿Y la Verón?

–No, ya no… Es que ella… es como que se confundió. Ella es lesbiana, ¿viste? Acá son todas así. Y yo ya le dije mil veces que a mí me gustan los hombres. Porque acá adentro, si hay algo que me quedó claro es eso: que me gustan los hombres. Y yo le dije a la Verón, pero es como que ella no entendió, o no sé… Yo ya no quiero saber más nada.

–¿Y te quedan amigas de las de antes?

–No. Esas ni volvieron a aparecer. Viste cómo es eso de que en las buenas están todas, ¿no? Pero yo sé que cuando salga van a estar toditas pasando por casa.

Lo dice con el resentimiento leve, casi aburrido, que tienen las chicas a los 20 años en San Pedro. Romina entorna los párpados, se mira las uñas con desdén, y de no ser por este cuarto inmundo podría pensarse que está en su cama, un sábado a la tarde, contándole a su hermana las últimas peleas del pueblo. Antes de entrar en “La Granja”, Romina se juntaba con amigas, se peleaba, se amigaba, tomaba sol, preparaba la ropa una y diez veces, y hablaba de su novio, el policía, uno que animaba los bailes en Pacha y que ahora dice que Romina era una puta.

Además de Erica, sólo una amiga sabía del embarazo.

–Una noche en el baile, esta chica me dice: “Pero Romina, vos estás más gorda”. Porque a mí no se me notaba la panza, pero la espalda sí la tenía como más ancha. Y ahí le conté. Ella me dijo metéte una sonda, metéte perejil, tomá agua con laurel, pegáte la panza, y yo le decía ni loca, me da miedo. Y fui a varios médicos para que me sacaran la bebé. Yo les contaba que me habían violado, pero todos me querían cobrar 300 pesos. Así que yo me ponía la faja y hacía la vida así, como normal, ¿no? Y no se me notaba, porque yo pesaba como 46 kilos.

–¿Qué es lo que más te aterraba? ¿Ser mamá tan joven, o que fuera un hijo no querido?

–Todo me aterraba. Tenía momentos de llorar sola y me ponía como loca. La pegaba a mi hermana, lo pegaba al novio de mi hermana, la pegaba a mi amiga, pero también me iba al baile y me iba al gimnasio. ¡Todo junto! ¡Si levantaba más peso que la Mirta en el gimnasio!

–¿Y recordás algo del parto?

–No. Me acuerdo del llanto de la bebé y después lo seguido que me acuerdo es el hospital y una mancha roja. Y ahora también otra cosa. Cuando escucho los gatos en celo se me viene a la cabeza la bebé, ese llanto. Me hace daño eso.

–Y antes, ¿qué pensabas de las chicas que se quedaban embarazadas?

–”Eso para mí, nunca.” Eso pensaba. Yo tenía compañeras en el colegio o conocía chicas del baile que se habían quedado y… y lo primero que yo les preguntaba era: “¿Y no te dijo nada tu mamá?”.

elvira baño y florentino tejerina se conocieron hace medio siglo en el lote Barro Negro del ingenio Río Grande. Ambas familias trabajaban en los cañaverales, y Elvira y Florentino terminaron juntos porque en esos casos siempre se termina así. Años después, el ingenio pasó a manos privadas y el hombre se quedó sin trabajo. La pareja se mudó al centro de San Pedro y en el hotel Vélez Sarsfield Florentino consiguió un puesto de conserje. Décadas después se jubiló, y ahora –a los 70 años, sin estudios primarios– otra vez está haciendo reemplazos en el hotel. Con ese dinero le paga a Romina la ropa y las tarjetas telefónicas.

–En el hotel lo quieren mucho a mi marido, y la gente misma aquí nos conoce qué clase de gente somos nosotros. Somos buenos vecinos y… y yo soy una persona servicial para todos, para mis tres hijas, soy una persona que cuando los vecinos me necesitan, hágame esto, hágame lo otro, cuídeme la casa, cuídeme al enfermo, yo estoy ahí. Entonces, ¿cómo me puede tocar esto?

Elvira llora y Florentino escucha con el gesto inmóvil. Están sentados en el living de su casa: un inmueble austero y fresco ubicado en el Roberto Sancho, un barrio obrero delimitado por un largo bulevar lleno de pasto reseco. La casa tiene dos dormitorios y un living con un sillón bordó, en el que descansan dos muñecas de ojos siempre abiertos. Son las muñecas de Mirta, que ya no juega con ellas. Entre ambas, sentado, está Florentino: no queda claro quién está más vivo en el sillón.

–Y encima justo a la Romi le viene a pasar. Ella era la rezadora del barrio, ¿usté sabe? ¡Justo a la rezadora le viene a pasar! Por eso yo le pido a Dios… Yo a veces tengo ganas de empeñar algo y conseguir un revólver y buscarlo al tipo. Se lo juro que es así. Pero a veces uno se contiene.

–Uno a veces tiene malos pensamientos –Florentino se mira las palmas de las manos–. Y yo, como le digo a Romina: “Yo quisiera estar vivo todavía para cuando vos estés afuera”. Yo le digo siempre: “Vos portate bien, hacé buena conducta”, porque ella tiene buena conducta. Pero ahí dentro están… una cosa bravísima.

–¿Bravísima en qué sentido?

–Ahí, ahí… parece que existieran… Cómo se dice estas mujeres… las lesbianas.

–¡Ah, sí! –Elvira se ríe, muestra una perfecta hilera de dientes postizos– ¡Sí! Si hasta a mí me tocaban en las requisas, jijiji. Si son así, muy brutas, muy torpes son. Y nosotros le decimos: “Romi, que no te pase a vos también”. Porque ella tiene tan buena conducta, ¿no? Y yo siempre espero que no se junte mucho con las chicas. Además, porque son bravas las chicas. ¡Se cortan todas! Después les dan pastillas para que se calmen y andan como borrachas por los pasillos. Menos mal, le digo a Romina, que vos vas a la psicóloga y no te dan pastillas. Porque las otras… usté sabe que cuando se cortan, las celadoras las atan y las llevan a un lugar que le dicen “el chancho”, y las tiran ahí, las tienen atadas en el piso. “El chancho” le dicen, será porque tienen que estar como chanchos tiradas, digo yo. Pero no las curan cuando se cortan. Las tiran, las pegan. Les tiran un tarro de esos descartables para que tomen agua así, del piso, atada. ¿Y atada cómo van a tomar? Eso le hicieron a la más amiga de Romina, la Verón. Ella vive cortándose y cortándose, tiene todas las manos hechas pomada, no sé para qué. Y yo le digo a la Romina vos nunca te cortes, hija. No vayas a quedar libre y salir de ahí toda cortada.

Romina es la hija menor de cuatro hermanos. A los cuatro años de matrimonio, los Tejerina tuvieron a su primera hija, Mirta, y seis años después nació Julio César, que no vive en Jujuy. Pasaron doce años hasta el nuevo embarazo.

–Serán los nervios –dijo Elvira una tarde, viendo que la menstruación se retrasaba.

Meses después nació Erica, que recibió el apodo “Nervios” a modo de extraña ironía familiar. Cuando llegó el cuarto embarazo, el de Romina, Elvira descartó los nervios.

–Será la menopausia –dijo. Y a Romina la apodaron Menopausia.

Elvira cuenta la anécdota entre risotadas tristes. Habla de Romina como “mi chinita” o “mi negra”, mientras Florentino mira hacia algún punto fuera de este mundo.

–¿Cómo era Romina de chica?

–Cuando iba a la escuela le costaba integrarse a los compañeritos porque muy tímida era. Por ejemplo nosotros la llevábamos al gabinete… ¿cómo se llama? lo de la psicóloga, porque con decir que a veces no quería ni pedir permiso para ir al baño y se hacía la pis ahí mismo, sobre el banquito. Ella era tímida y a veces, claro, por vergüenza se orinaba ella, y a veces yo la pegaba a ella, vos tenés que avisar, le decía. Siempre me acuerdo yo de estar volviendo de la escuela, ella con sus zapatitos con pis y yo pegándola… ¡Y se quedaba de grado siempre! Creo que en primer grado se ha quedado, después creo que ya ha ido a la secundaria y también. Y después yo no niego: a ella le gustaba salir, bailar, y bueno. Y la gente decía Romina baila lindo, qué bien que baila Romina. Y yo a veces las pegaba para que no se vayan al baile, porque siempre he sido una madre que… yo las pegaba, las pegaba, las pegaba porque yo vivo aquí y pasan por la ventana de la casa las chicas pero borrachas, usté viera. ¡Y yo era enemiga de todo eso! Y quizás el temor le hizo a Romina no contarme lo que le pasaba. Porque bueno. El mal de ella es que ha callado. Aunque la familia del violador diga que ella estaba de acuerdo, es todo mentira. El gran problema de Romina son esos silencios que ella tiene.

Vistas de lejos, la madre de Romina y la de Eduardo Vargas se parecen. Son mujeres retaconas, de andar lento y cuerpo cuadrado, que en vez de usar las palabras se hicieron entender a los golpes. Por lo demás, parecen buenas señoras: ambas hicieron de su vida vecinal un mundo, y ese mundo las trata con respeto.

Irma de Vargas cuenta que los días en los que su hijo estuvo preso verdaderamente se sintió morir.

–No me pasó nada porque no era mi hora.

Recuerda. Y asoma en su boca una mueca de horror.

Está parada en el frente de su casa: una construcción idéntica a la de las hermanas Tejerina, donde viven también su marido y sus dos hijos, uno de ellos Eduardo, alias Pocho: un tipo de cuerpo macizo y lentes oscuros que ahora llega en bicicleta de un paseo por San Pedro. Antes tenía un auto –un Renault 9 rojo–, pero tuvo que venderlo para pagarle el honorario a su abogado.

Hace veintidós años que Vargas vive acá. Dice que tenía novia y todo, y que el caso Tejerina lo dejó solo.

- El año pasado tuve una hija, pero estoy distanciado por todo esto. Esa Romina Tejerina me arruinó la vida a mí. Perdí mi prometida, perdí mi trabajo en Salta. Ella es una mentirosa, farsante. Ella y su hermana mayor, esa Mirta. Y su mamá también. Si ahora mi abogado las está denunciando porque pensamos que entre todas la mataron a ese pobre angelito.

- ¿Pero vos nunca tuviste relaciones con Romina?

- Yo no niego que tuve relación casual con ella. Pero era muy de ocasión, porque aparte ellas vivían al lado. Igual, no son de primera vez esas chicas. Han querido tapar lo que han hecho, una estrategia mal planteada. Pero ella no era virgen, que no se haga la mosquita muerta.

Vargas habla con la voz tranquila y sinuosa. Su madre cuenta, con la voz quebrada, que la libertad de Pocho se festejó con familia, vecinos, música y comida. No era para menos: el primer abogado de Pocho Vargas había dicho que su cliente admitía haber tenido relaciones con Romina cerca del 1º de agosto, pero que había sido con consentimiento. Cuando a Vargas lo detuvieron por veintitrés días –producto de esta afirmación– la familia cambió de abogado. El nuevo defensor, Miguel Angel Míguez Agras, cambió la estrategia y dijo que el tiempo de gestación que llevaba el feto no coincidía con el 1º de agosto. Como prueba, presentó una tabla gestacional. La abogada de Romina pidió entonces un examen de ADN. Al principio, Vargas se negó. Pero días después, cuando finalmente aceptó hacérselo, el juez Samman consideró que la tabla gestacional era prueba suficiente, y sobreseyó a Vargas sin hacerle el análisis. Romina recuerda ese día y dice que lloró durante horas, y se llenó de odio. El modo en que lo dice es raro y lejano, como si el odio y el llanto le hubieran ocurrido a otra persona.

–Yo me desesperé cuando me dijeron que lo habían dejado en libertad, porque encima él se burlaba de mí y de mis hermanas. Si después de violarme yo me lo cruzaba y él me miraba y se reía. Así son en ese barrio y en ese pueblo. Y hasta inventaron que mi mamá me ayudaba a saltar la tapia para verlo a él, cualquier cosa… Ese gordo horrible. A mí el violador me arruinó mi cena blanca. Yo soñaba con la cena blanca.

–¿Qué es eso?

–Es la cena que hacés cuando terminás la secundaria. Te hacés todo un vestido de fiesta… Yo ya tenía pensado todo. Había pensado un vestido distinto a todos los demás. De dos piezas, con plumas. ¡Si las vecinas de mi mamá se reían! “Vamos a empezar a juntar desde ahora las plumas de pavo y de gallina para la Romina”, decían. Pero el violador me dejó todo en nada.

–¿Por qué no lo denunciaste?

–Porque el gordo ese me decía que iba a matar a mi papá si yo decía algo. Y tenía miedo de que me echen de mi casa, que me peguen, que me digan cosas. Acá adentro también es así. Yo tengo que aguantar lo que me dicen las guardias. El otro día me estaban trasladando a la psicóloga y en la camioneta estaban escuchando cumbia, y una de las guardias dice: “Ah, escuchan esto, se visten así, y después dicen que las violan”. Es todo el tiempo así.

–Las debés odiar.

–A todas no… Si igual yo quería ser policía, de chica. No sé… creo que me gusta mandar. Soy mandona, yo. A la Erica siempre la tuve de acá para allá, y eso que yo era la menor. Pero ella siempre me seguía y yo la llamaba “mi sirvienta”, jijiji. Era mala, yo. Ella siempre fue pegada a mí. Cuando quedé embarazada, le hice jurar que no iba a decir nada, y no dijo. Y ahora está remal. Yo le digo: “Tenés que despegarte de mí, tenés que tener tu personalidad”. Y de a poco está haciendo sus cosas. De a poco la Erica está siendo como era yo cuando estaba afuera, una chica independiente.

Erica tiene una belleza de ojos grandes y rasgados, y sabe moverse con demoledora dulzura. Está sentada en la cocina de su casa en San Salvador –“nuestro refugio”– y recuerda la noche en que su hermana dio a luz.

–Teníamos una cama cucheta. Ella estaba arriba, sentada por los dolores. Y yo abajo. Yo le decía: “Vayamos a bailar, así te relajás un poco”. Pero ella no tenía ganas. Así que nos pedimos una pizza. Ella casi no comió. Durante horas, Romina repitió el mismo itinerario: bajaba de la cama, iba a la cocina, se sentaba un rato, miraba televisión, abría la heladera, volvía a su colchón.

–Como que ella no sabía qué hacer. Tenía la panza dura. Después me explicaron que eran las contracciones, y que además tenía más duro de lo normal por tanta faja que se había puesto. Pero nosotras creíamos que era otra cosa, ¿no? La Mirta dormía. Llamamos un taxi y nos fuimos a la farmacia a comprar laxantes.

Eran las seis de la mañana. Una hora después, mientras Erica intentaba relajarse en su cuarto, Romina fue al baño y parió con dolor. Mirta se despertó al escuchar el llanto, vio a la bebé, llamó a su madre. Mirta y Elvira llevaron el cuerpo envuelto al hospital; minutos después volvió Mirta para llevar a Romina. Mientras Erica limpiaba el baño, Romina empezó a ver todo rojo.

–Mirá lo que hiciste, loca –escuchó que le decían.

La recibió Torres de Pilili. Y después sigue todo lo demás.

Pollita en fuga

Publicado: 15 septiembre 2008 en Josefina Licitra
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No se le notaba. La última vez que Silvina cayó presa -el 5 de mayo pasado- estaba en la cama con su novio, embarazada y desnuda, pero no se le notaba. La brigada bonaerense la encontró a quince cuadras de la Villa Hidalgo, en el partido de San Martín, en una casa chica de cemento blanqueado, jardín reseco en la entrada y una segunda construcción al fondo. Silvina estaba encerrada en un cuarto con Jorge, uno de sus novios, cogiendo bajo el aire de un ventilador de techo. La brigada entró en el cuarto con modales bonaerenses y la sacó a patadas.

—Rati puto -saludó Silvina. Le pegaban más fuerte y no la dejaban vestirse.
—Rati la conchadetumadre dame la ropa.

La brigada le pateó los riñones, el estómago, las piernas y el culo. Silvina gritó:

—En la panza no. Quiero a mi abogado.

Pocos días más tarde, Clarín tituló: está embarazada, tiene 15 años y se dedica a secuestrar. Estaba embarazada de dos meses. Pero a esta altura -sesenta días después, cuando nos encontramos en algún lugar de la provincia de Buenos Aires- sé que lo perdió.

Porque Silvina, ya van a ver, es uno de esos casos en los que se pierde todo.

—Yo quería un hijo para tener algo -me dirá en un rato con los ojos chicos, inflamados. Ese tipo de hinchazones que provocan los sedantes o el llanto.

Es martes 17 de junio a la noche, y voy por la autopista para encontrarme con ella. Está prófuga. Ayer se escapó por cuarta vez de un instituto de menores, y me dice su abogado que está guardada en algún rincón de este mundo. Está enferma y prácticamente sola. Sus padres, sus abuelos y buena parte de sus tíos se murieron. No tiene amigos y sus tres novios están presos. En este momento, lo único que tiene Silvina es un aborto infectado y un prontuario de miedo. Con apenas 15 años, está acusada de liderar una banda de secuestros exprés apodada “Los Enanos” -un nombre puesto por la policía, que alude a la poca edad de los chicos-; de robar algunos autos; y de llevar de paseo a por lo menos veinte personas.

El comienzo del fin, suponiendo que las cosas terminaron, fue en marzo y abril de este año. En apenas dos meses, la banda secuestró a ocho tipos -entre ellos a Cristos Trasivulidis, un empresario griego armador de barcos que pagó 10 mil dólares de rescate- y se los llevó en gira mágica y misteriosa por la Villa Hidalgo de San Martín: una variante del Impenetrable en pleno conurbano bonaerense. En los expedientes, una víctima cuenta que le hicieron fumar porro. Otra se queja porque la dejaron sola en medio de la villa mientras iban a comprar cigarrillos. Y hay una tercera que asegura que “la chica tuvo sexo con tipos delante mío”. Todas, sí, coincidían en un punto: el líder de la banda era una mujer, y esa mujer tenía el pelo rosado.

Con estos datos, el 5 de mayo la brigada de Investigaciones de San Isidro acorraló a Silvina en la casa que alguna vez fue de sus abuelos. Jorgito, miembro fundador de la banda, fue a parar al Instituto Belgrano. Silvina terminó en una celda de dos por dos en la Delegación Femenina de San Martín. Allí la fueron a visitar una tía -casi su única familia- y una asistente social. Y desde ahí la trasladaron al Establecimiento Asistencial Ursula Llona de Inchausti, uno de los institutos de menores más seguros de todo Sudamérica. Ahí duró un mes, hasta que fue absuelta de algunas causas y la mandaron al Instituto Pelletier en La Plata. Silvina se escapó por la misma puerta por la que sale la ropa sucia.

7 de mayo, en el Establecimiento. Antes de esta cita clandestina, pude ver a Silvina sólo una vez, durante diez minutos. El encuentro fue en el Establecimiento Inchausti: un edificio de cuatro pisos y fachada prusiana levantado sobre la calle Perón, en pleno barrio de Once. Un primer vistazo hace pensar que es un geriátrico, un telo, o alguna cosa de ésas con plaqueta de bronce en la entrada. Pero el segundo vistazo deja una impresión siniestra: los vidrios están espejados y las ventanas tienen barrotes.

Adentro, definitivamente, no es un telo. Hay un hall chico con dos sillones de cuero verde y viejo, y un gato anaranjado imitación Chatrán que duerme despatarrado. Se lo nota feliz: es el único que pasa por los barrotes.

Al lado de Chatrán hay tres celadoras en estado de sopor. Toman mate dulce y se dejan cebar por un hombre de seguridad. Hay un contraste entre el gesto amable del cebador, y el brillo amenazante de sus borceguíes negros, brutales, recién lustrados. El tipo me ofrece un mate, no dejo de mirarle los pies.

—Si me hacen un psicofísico, ahora estoy peor que cuando entré, ja.

Una celadora entra en rapto de sinceridad. Y cuenta que en el instituto hay veinticinco chicas, todas bravísimas, todas capaces de destrozar un piso entero en ataque de nervios.

—Una vez deshicieron la planta baja. Los varones se portan mejor, las pibas son tremendas. Te prepotean, no te hacen caso. Te piden un cigarrillo y después se frotan las muñecas con la colilla encendida hasta sangrar. Lo hacen para que las llevemos al hospital. Con el papel metalizado que viene en el paquete, lo enrollan hasta hacer un palito y con eso también se cortan. El tema del cigarrillo es bravo -dice con el entrecejo en frunce existencial, mientras cala hondo un cigarrillo rubio. El aire está enviciado y quiero irme. Todas las celadoras están teñidas de negro. Me pregunto si Koleston habrá sacado una línea “negro celador” porque el color es sencillamente único.

La directora también tiene esos pelos. Es una mujer robusta y de ojos muy celestes, parecida a Mirta Wons, que media hora más tarde baja hasta la entrada para abrirnos el camino hacia Silvina. Y digo abrirnos porque está conmigo Gustavo Semorile, uno de los dos abogados contratados por la tía de Silvina. Semorile es un tipo alto y flaco, de aspecto tribunalicio -siempre de corbata, gabán beige y anteojos- que contra todo pronóstico tiene sentimientos y cierta sensatez. Es esa clase de gente que disfruta hablando en broma pero en serio, o en serio pero en broma. Esa ambigüedad irrita, pero a él lo entretiene. Me presenta ante Mirta Wons como su colaboradora. “Porque los periodistas acá no entran”, susurra divertido.

Subimos al despacho de Mirta. El ascensor es de un metal despintado, es angosto, es demasiado, todo acá es angosto, pienso, y pienso en las celdas, los barrotes, las colillas, ese mate, los borcegos, quiero irme.

Quiero irme.

El camino a Silvina nunca se abre: para llegar a ella hay que encerrarse.

Mirta es simpática, redonda y maternal. Desde su despacho, y a través del ventanal abarrotado, se ve la calle sucia, la gente enloquecida, la torpeza del tránsito. El mundo insoportable, visto desde el encierro, es el Edén. La miro a Mirta: la gente simpática y maternal no trabaja en lugares como éste. Ella, como adivinando, me muestra una sonrisa de marfil. Cuenta que la idea del Instituto es conocer la historia de cada interna, recuperarlas para la sociedad, tener con ellas un trato personalizado.

—Lástima que a Silvina casi no la conozco -sonríe-, porque se la pasa afuera declarando.

Cayó presa por unas diez causas, pero, desde entonces, cada día le imputan un secuestro nuevo. El panorama hace pensar que podría llegar a veinte. Una cifra que, en la Brigada y en Tribunales, se hace incomprensible para una chica de 15 años. Cuando la detuvieron, la Dirección Departamental de Investigaciones (alias Brigada) llamó a Victoria Camacho Hidalgo, la otra abogada de Silvina, para que les llevara el documento: no creían que tuviera esa edad. En Tribunales le dan el tratamiento que recibe un “menor adulto” (entre los 16 y los 18 años) y eso significa que la indagan y la ponen en rueda de reconocimiento, dos prácticas que no se pueden hacer con una menor. Hoy, 7 de mayo, el secretario de turno se olvidó (“Me olvidé”, dijo) de que Silvina tiene 15 años, y mandó un oficio para mantenerla incomunicada. Eso significa que no puede tener visitas, ni hablar por teléfono, ni mandar o recibir cartas.

Eso significa que la van a enloquecer pronto.

Semorile grita: se está violando la Convención de los Derechos del Niño.

Silvina es una niña.

La sala de visitas es una casilla con paredes blancas, tres sillas de plástico y un escritorio de fórmica. El infierno tiene sucursales como ésta: incómodas, despojadas, con largos pasillos color celestoso, y con portones cerrados bajo siete llaves. A lo lejos un portón se cierra (ese estruendo metálico) y el sonido de los pasos es cada vez más fuerte: viene Silvina.

Lo primero es el pelo. Parece esas muñecas del Once con melena barata color fucsia. Tiene el flequillo stone, las raíces marrones y las puntas virando hacia un tono anaranjado. En los diarios dicen que la tintura es parte de un modus operandi: se tiñe después de cada secuestro para que no la reconozcan. Pero su tía Betty dirá, días más tarde, que se tiñe porque es coqueta. Ya fue rubia, morocha y pelirroja. Al fucsia llegó por error, cuando quiso teñirse de negro sobre una base ciruela y las proporciones usadas, más la condición berreta del producto, la dejaron parecida a una Bandana.

Puedo creer lo de la coquetería. El pelo está limpio, las cejas cortas y depiladas, y las uñas sin morder. Ya se estuvo quejando porque no la dejan usar aros ni anillos.

—¿No ven que una mujer sin alhajas no es mujer? -le dijo a una celadora. Pero la celadora no entendió. Le ofreció, a cambio, un poco de Koleston negro. Por algún motivo comprensible, Silvina no aceptó.
—Nena porelamordedios teñíte.

Gustavo Semorile le ruega, la abraza, la besa y muestra un trazo paternal que parece sincero. Debe quererla. Debe quererla porque la ve sola. Es curiosa la respuesta de Silvina: se relaja en él. Se afloja entre los pliegues del gabán. Desde esa patria amable que es el pecho de su abogado, me mira torcido. Desconfía.

—¿Y ella quién es?

Tiene los ojos gordos, dopados y ni siquiera sé si me está viendo. Está tomando tres sedantes por noche, y tiene pérdidas y dolor de panza. Nadie apuesta demasiado a este embarazo por la cantidad de golpes que recibió últimamente, y por la cantidad de drogas que tomaba antes de caer presa. Los botines, contará días más tarde un familiar suyo, se gastaban generosamente en entradas a boliches, remises, alcohol, cocaína, pastillas, porro y poxirán para todos. Silvina también se compraba zapatillas.

Son su perdición.

Cuando su tía Betty va a visitarla, siempre le lleva unas distintas para que se cambie: en el Establecimiento la dejan tener sólo un par. Sin joyas y sin Nike, Silvina se desequilibra. Ahora tiene puestas unas Rebook plateadas imitación nasa -valor aproximado, 465 pesos- y tiene también un jogging azul que le embolsa el metro cincuenta de estatura. Mientras habla retuerce el buzo, se lo sube, se lo baja. Se rasca como si rascarse fuera una forma de pasar el tiempo. Tiene la panza morena y blanda: dos meses de embarazo sin glamour.

—Hoy me llevaron a declará, pero dije que no hablaba si no estabas. Dijeron que te estaban llamando y no te encontraban.

Habla como una tumbera en Andalucía.

Semorile putea entre dientes: nadie lo llamó, nadie le dijo que Silvina estaba en Tribunales.

—Entonce me querían hacer firmar un papé, pero yo digo si no leo no firmo. Entonce leo tatatá tatatá y de golpe leo no se qué secuestros exprés y entonce no firmé. Puse apelo.

Sonríe casi como en sueños. Entre los párpados cansados hay un hilo de pupila que brilla.

—Y cuando el tipo leyó me dijo pero qué apelá, por qué apelá. Y yo le dije: apelo porque no entiendo lo que dice, je.

Semorile se ríe. Le dice “sos una hija de puta”, pero principalmente se ríe. Vuelve a abrazarla, le pide que se tiña, que cuide su embarazo, que se porte bien. Ella le dice que sí a todo.

Nos vamos.

—Yo la quiero a la piba, pero para la gente es una bestia -dice el abogado a la salida-. A la Justicia le pedimos paciencia. Con la vida que tuvo, tendría que ser asesina serial.

La vida boba. La vida de Silvina fue normal hasta los 6 años. Su padre se llamaba Beto, era sodero, y repartía sifones con un carro y un caballo por el partido de San Martín, a pocas cuadras de la Villa Hidalgo. Su madre, Zully, trabajaba en una fiambrería de Martínez y era, a decir suyo y del barrio, una mujer intachable. Los momentos epifánicos llegaban de tarde en tarde, cuando Beto bañaba y peinaba a Silvina y a su hermana Vanessa (tres años más grande) y se las llevaba a pasear en carro. Vivían a quince cuadras de la villa (a doscientos metros de la casa donde fue apresada Silvina) y tenían una de esas vidas humildes y tranquilas. Betty, una de sus tías, me muestra una foto familiar: padre y madre alzando a las nenas, sonrientes. A Zully se la ve robusta y de mejillas rosadas. Tiene una mirada ensoñada que reconozco en Silvina. Beto está anguloso y flaco. Por la camisa asoma un tatuaje: Roberto. En el dorso de la mano hay también una cruz.

En esa foto las cosas ya andaban mal. Antes del nacimiento de Silvina, Roberto cayó preso por un robo que no cometió. Un año y medio después fue absuelto, pero salió de la cárcel con hiv y muchos vicios. Se empezó a picar. Sin decirle nada, contagió a su mujer. Cuando Silvina tenía 5 años, Beto murió y Zully se enfermó de odio.

—Nunca le seas fiel a ningún hombre, no se lo merecen -le decía a Silvina-. Mirá cómo estoy. La única persona con la que me acosté fue tu padre, y me contagió el sida.

Zully se mudó con sus padres y palió la angustia trabajando todo el día. A cargo de Silvina y Vanessa quedaron los abuelos maternos. Pero no era lo mismo. Para ellos las nenas eran una molestia -ensuciaban, hacían ruido- y las mandaban siempre a la calle. A los 9 años, Silvina ya fumaba porro, paraba con bandas de la Villa Hidalgo y jugaba con fierros de 9 y 45 mm.

A Zully le daba todo igual.

—Viví la vida -le decía-. Total, uno se muere de cualquier cosa.

Y Zully se murió.

Silvina fue a vivir con sus abuelos paternos, en la casa donde finalmente fue apresada. Ella les hacía la comida, les charlaba, les lavaba los pies. Pero cuando tenía 11 años, los abuelos siguieron la senda de Beto y Zully y se murieron. Silvina quedó al cuidado de unos tíos que vivían en una construcción trasera. Pero el tío tenía cáncer, y entró en una agonía que devino el telón de fondo de una vida cotidiana insoportable. Silvina asistió a su tío hasta la muerte. A la parte delantera de la casa, mientras tanto, se mudó otro tío paterno con su mujer. El hombre tenía prontuario, y estaba involucrado en el secuestro de la hija de un narco de la zona. La policía lo buscaba por un lado, y el narco, por el otro. El tipo se sintió acorralado y no lo soportó. Un día Silvina abrió la puerta de calle y lo vio colgando del taparrollos de una cortina. Ahorcado, claro.

Desde entonces, cada vez que la detienen, la primera pregunta de Silvina es: “¿Quién hay?”. Quiere saber si hay alguien esperándola en plaza Lavalle, frente a Tribunales. En general, aunque queda alguna parentela viva, hay sólo dos personas: Betty y Vanessa.

La familia.

No hay mucho que pueda decirse de Betty: es una tía, es la única adulta sin prontuario, y acepta la entrevista bajo condición de no revelar ningún rasgo que la identifique. Tal como está todo, decir que Betty no tiene prontuario ya es decir mucho.

—Tantas veces Silvina me abraza y me dice “Bah, si esta vida es una mierda, no tenemos a nadie, los que no están muertos están presos”. De algo hay que morir, tía. Eso me dice. Intentó suicidarse varias veces. Cortarse las venas. Yo la quiero convencer de que no está sola. Estoy yo, está mi marido, está su hermana. Le digo no te drogues, y ella me dice: “¿Para qué querés que viva, tía? ¿Para acostarme a la noche y no tener quién me dé un beso? ¿Para no compartir una mesa? ¿Para que nadie vea mis cosas del colegio?”. Entonces me decía: “Yo voy a la esquina, me fumo, me tomo una cerveza y ya fue. Cuando me acosté, no necesité de nada de lo que no tengo”.

Betty llora. Betty tiene una casa con olor a incienso (una bruja le dijo que flotaba una onda mala) y un hijo, Luis, detenido por una declaración de Silvina. Pero ella no tiene rencor; Luis tampoco. Dicen que Silvina declaró ante la Brigada bajo la presión de golpes y amenazas de violación.

—Cuando no querés que te peguen más, sos capaz de mandar en cana a Gandhi.

Betty sonríe o hace una mueca de cansancio. Recuerda una de las tantas veces que Silvina defendió a su hijo.

Fue hace dos años, en un boliche de provincia. Luis estaba borracho y no tenía plata para cerveza. Pero encontró la solución: en la barra había un pibe con una jarra llena. Se acercó y le pidió un trago. No te doy. Dale. No te doy. Dale. No te doy.

—Mirá que soy chorro y te puedo meter un tiro -explicó Luis.
—Mirá que soy policía y te voy a meter en cana -contraexplicó el de la jarra.

Hay ciertos conceptos que son esclarecedores. Luis se retiró con modales de paje real, y se encomendó al santo de turno para no terminar preso.

Pero Silvina escuchó todo.

Se acercó despacio, con una serenidad de western.

—¿Qué te pasa? -sacó pecho-. ¿Porque sos rati no le podés convidar a mi primo?

Entonces fue cuando, faaaa, le tiró la jarra a la mierda. “Silvina, te mato, porque voy en cana”, le gritó Luis, pero ella redobló la apuesta y cuando el policía sacó los dientes ella, faaaa, le dio un cross en la mandíbula.

-Esta también va por mi primo -explicó.

Luis y Silvina eran inseparables. Tanto, que hay quienes piensan que el Segundo Gran Desastre para Silvina, después de la muerte de sus padres, fue el arresto de Luis. El cayó el 6 de julio de 2002, junto con ella y Jorgito. Todos formaban parte de la banda. Luis y Silvina paraban con la misma gente y, salvo el desayuno, compartían todo. El punto de encuentro familiar era la casa de los abuelos paternos. Betty sacaba a sus hijos más chicos del colegio y los llevaba a tomar la merienda con ellos. Había un pacto: los primitos sólo iban si Silvina estaba sobria. Ella cumplía. Tomaba la leche como un telepibe, y cuando los nenes se iban, prendía un faso.

En esa época Silvina tenía 13 años y ninguna noción de riesgo. A los 11 ya había sido agarrada robando en un supermercado, y la liberaron porque la abuela le lloró al juez de menores. A los 13 se drogaba tanto que, algunas noches, no sabía ni con quién cogía. Luis, cuando la encontraba, se la llevaba a casa de los pelos y a los golpes.

Luis también cuidaba de Vanessa, la hermana mayor de Silvina. Pero Vanessa cambió.

Veo a Vanessa en fotos: es morocha, de cara redonda y cejas depiladas, y tiene el mismo cuerpo rotundo de Silvina. Todos dicen que es un primor. Empezó drogándose, pero a los 15 quedó embarazada y su vida cambió. Los hijos, a veces, tienen el aura purificadora del Evangelio. Vanessa se fue a vivir con el padre de la beba, se hizo ama de casa, sacó chapa de ángel.

—Ayer fue a ver a Silvina y salió llorando, con colitis -cuenta Betty.

Ayer fue 18 de mayo. Silvina tuvo un aborto espontáneo y ningún médico le limpió los restos del feto. El útero está infectado y mientras tanto la medican y la inyectan. Silvina babea, tiembla y no puede armar oraciones. Siente que una bola se le mueve en el estómago. Vanessa se desespera:

—La van a matar.

Durante un mes, nadie me deja ver a Silvina. Su salud es un problema serio, y prefiero no insistir por un tiempo. Hasta que el 17 de junio suena el teléfono. Es Gustavo Semorile. Quiere saber si ya entregué la nota. Le explico que no. Que necesito hablar con ella para poder escribir algo. Le pido que me deje verla. Le prometo ir sin grabador, sin libreta, sin birome…

Semorile me frena en seco.

—Se fugó.

Recuerdo el Establecimiento -rejas hasta en el inodoro- y pienso que la de Semorile es una de esas bromas.

—Se fugó. Nos vemos en una hora en el EuroBar de Tribunales.

Clandestina. El EuroBar es un lugar chico, impersonal y lleno de abogados con celular inquieto. Al fondo, cortesía de la casa, hay un televisor sintonizado en Crónica tv. Semorile llega, se sienta y habla sin sacar los ojos de la pantalla. Explica que la chica se escapó. Fue absuelta de algunas causas y la trasladaron al Instituto Pelletier de La Plata. Ahí defendió a una compañera del abuso de un celador, y le pegaron.

—Pero el problema es la Brigada -no despega los ojos de la tele-. La están volviendo loca.

Hace un año, el 6 de julio de 2002, la golpearon y amenazaron de violación y muerte. En ese contexto, dice Silvina, delató a su primo. Cuando hace pocos días llegó a La Plata, bajo la promesa del juez de que ahí estaría segura y tranquila, tuvo dos sorpresas. La primera fue una paliza. La segunda: en el Pelletier le abrieron las puertas a la Brigada para que la interrogara. Silvina vio entrar a las mismas caras que el 6 de julio le habían jurado muerte a los golpes.

—Entonces se las picó. Ayer. La puta madre, mirá.

Me doy vuelta. Crónica mandó la placa roja: piba fuga de correccional / es silvina, lider de banda “los enanos”/ se dedicaba a secuestrar. El celular del abogado empieza a sonar a gritos. No para. No va a parar nunca. Semorile ofrece llevarme esta misma noche hasta donde está Silvina: quiere que la sociedad sepa que a su cliente la golpearon y amenazaron de muerte.

Acepto.

Son las 8 de la noche y estamos en un auto con el fotógrafo. Le cuento cosas. El anecdotario de Silvina es una forma rara de pasar el tiempo. Nos preguntamos si habrá vidas sin elección. Los griegos decían eso: nacemos con un destino -la moina- y no hay nada que podamos hacer para evitarlo. El héroe trágico es el que intenta zafar; el que busca -y no puede- quebrar ese destino inexorable. Edipo intenta pero falla: se arranca los ojos y termina desterrado. Antígona quiere sepultar dignamente a su hermano criminal, y termina lapidada. Cabe preguntarse qué tipo de marca hay en la frente de Silvina. En qué medida la biografía es, siempre, una suma de elecciones.

La pregunta es obvia: ¿Silvina puede elegir?

El 25 de Mayo pasado, Néstor Kirchner dio su primer discurso como Presidente y, por primera vez en décadas, le dio al problema de la seguridad una explicación social. “La inseguridad no es sólo el Código Penal”, dijo, “sino el cumplimiento de los derechos de la Constitución”. Habló también de “mano blanda”, y quizá no sea una cuestión de demagogia: nadie sabe qué tipo de mano le vendría bien a Silvina (probablemente la de un padre). Pero sí queda claro que, en términos prácticos, la que recibió hasta ahora no sirvió de nada.

Las luces del auto rebotan en los faros de otro coche. Es la Isuzu del abogado, estacionada en un recodo del camino. Cambiamos de auto. Semorile hace jurar por la tumba de nuestros muertos presentes y futuros que no daremos datos del lugar.

Supongamos, entonces, que el camino hasta Silvina es un túnel. Al final hay una casa, hay gente, hay Crónica tv, y hay una chica sentada en un sillón. Silvina está hinchada, rígida y con los ojos inflamados. Apenas puede abrirlos. Tiene puesta una vincha de colores, y por abajo asoman unas manchas pardas y acuosas: se acaba de teñir. De castaño.

Pero eso es lo de menos.

—Me fui porque me pegaron. A una chica le estaban pegando, me metí para defenderla y me pegó un celador. Me pateó. Y yo saqué pecho, mavale. Le volví a pegá. La otra vez que estuve ahí también me pegó. Ya tiene varias denuncias. La brigada también me amenazaba. Me pegaron, todo. Yo ya los denuncié. Y le dije al juez que no quería volver al mismo lugá, porque me habían amenazado que me iban a pegá y a violá. Y el juez me dijo que me quede tranquila, que voy a estar bien. Pero me volvieron a llevar al mismo lugá. Y me volvieron a maltratá. Y pegarme no es tratarme bien.
—¿Y cuando te peleás, no te da miedo?
—Defenderme no me da miedo. Defender tampoco. La policía sí me da miedo, mavale. Pero hago lo que puedo.

Silvina habla lento. Monocorde. Su forma de estar es casi autista. Frente a ella, sobre la mesa, hay una ecografía. Es el útero: hoy fue al médico y la infección es grande. El problema es que no puede volver a ese doctor, porque está prófuga. Ese es, quizá, el motivo principal por el que, al momento de encontrarme con ella, sus abogados están considerando que se entregue.

—Hablé con la psicóloga del Instituto. Dije que la estaba pasando mal. Pero me dijo que los celadores están para agarrá a las chicas cuando están nerviosa. Y le dije pero no hay que pegá. Y me dice bueno, cada uno tiene su manera. Y yo dije a mí no me pegan más. Ayer a la mañana estaban sacando la ropa para limpieza y habían dejado la puerta abierta. Y me fui.

Es la cuarta vez que se escapa. La primera fue a los 12. Se entregó a la Brigada Femenina de San Martín por pedido de Victoria, quien entonces era su abogada. En general, los delincuentes entran en la Brigada llorando. Pero ella se dio vuelta en la puerta, miró a la abogada, y le gritó:

—En dos días te veo.

De la Brigada siempre la mandan a colegios “abiertos”: lugares con jardín y paredes relativamente bajas. Sin barrotes. Silvina nunca dura más de un mes. Un diálogo telefónico típico con Victoria es:

—Me voy a ir.
—Nooo. No te vaaayas. Quedáte un poquito más.
—No. Me aburro.

Cada huida es revolucionaria. Cada vez es un comienzo desde cero. Siempre que se escapa, Silvina promete que va a portarse bien.

Ahora también promete.

—Quiero cambiá. Sí. Quiero ser profesora de natación. Fui dos años con el colegio y me gusta.
—¿Cómo te imaginás la felicidad?
—Portándome bié. Estudiando natación. Eso. A veces estoy contenta. Pero siempre me pasa arruinarme la poca alegría que tengo. Y mi mayor sueño es que salga Luciano. Porque tengo tres chico preso: Leandro, Luciano y Jorge. Y los tres piensan en trabajá. Se quieren casar conmigo. Y yo les creo. Y mi sueño es que salga el que más quiero, que es Luciano. Y me gustaría tener un hijo, porque sé que un hijo me va a rescatá. Quiero tener un hijo y despué irme.
—¿A los 15 ya querés tener hijos?
—Sí. A los 12 yo ya buscaba un hijo. Con mi novio Leandro. El también quería ser padre. Pero ya es tarde. No conmigo. Me pegaba mucho Leandro. Era golpeador.
—¿Por qué te pegaba?
—Viste cómo son los hombre. Vos hacés algo malo y está todo bien. Hacés las cosas bien y terminás perdiendo. Te estoy dando un consejo.

El primer novio de Silvina fue Leandro. Tenían 12 años. En esa época, la vida de Silvina ya daba material para seis capítulos de Tumberos. A veces no tenía dónde comer, así que su tía Betty le había abierto una cuenta corriente en un kiosco. Lo que más salían del kiosco eran los Evatest.

Silvina, ¿dónde mierda metés las pastillas anticonceptivas que te doy?

—Leandro se las pone al champú, para que el pelo le crezca más rápido.

Leandro, además de coqueto, era golpeador. La quería. Cómo no la va a querer. Pero el porro lo ponía violento. Ella se la devolvía y eso no ayudaba: los hombres siempre pegan más fuerte.

Hasta que Silvina se cansó.

—No me vas a pegar má, porque yo te viá matá. Porque no tengo papá y nadie nunca me pegó y vos menos me va a pegá.

Ella lo amaba. pero lo corrió a los tiros.

—Me pegó -explica con la voz cansina, adormecida-. Y había cerca un pibe con un fierro y se lo saqué de la mano y le tiré. Corriendo. Por la calle. Y no lo vi má. No lo mataba, pero le iba a dar en el pie. Estaba cansada, pero era boluda porque era chica. Bah, soy chica. Pero al ser mi primera vé este pibe, y todo, era como que estaba re-enamorada, y no me importaba si me pegaba. Y ahora él me escribió que va a salí, que va a cambiá. Pero es como los borrachos: dice no tomo má, pero ve un vaso de vino y te lo va a agarrá. Entonces él dice voy a trabajá, pero después se fuma un porro y yo no estoy haciendo nada y pum, me caga a palos.

Con el segundo, Jorgito, empezó a tener una relación más linda. Si ella tenía hambre, él la acompañaba a hacer mandados. Esas cosas. El problema era todo lo demás. Desde los 12 años, Silvina se movió en una villa que adoptó la modalidad del secuestro extorsivo. En el 2000 hubo un surgimiento de bandas de secuestradores, que tuvieron su centro de actividad más fuerte en Villa Hidalgo, Bajo Corea, Cárcova y Bajo Boulogne, todas en la provincia de Buenos Aires. Si Silvina hubiera crecido en otra villa, quizá se hubiera dedicado a la droga. O a nada. Pero creció en la Hidalgo, donde -entre otros casos- estuvo retenido Cristian Riquelme. El 25 de mayo de 2002, según los registros judiciales, Silvina subió un escalón en el Código Penal para llegar por primera vez a una de las figuras más graves: secuestro extorsivo. En la banda, de unos veinte miembros, estaba Jorgito.

El 6 de junio de 2002 los detuvieron. Jorgito fue al Belgrano y Silvina, al Pelletier. Jorgito todavía sigue preso. Silvina se fugó en una semana. Tres meses después empezó a visitar a Jorgito en el Belgrano. Ahí conoció a Luciano, su tercer novio. Luciano no tenía quién lo visitara, y Silvina le prometió ir a verlo.

Cumplió.

Desde entonces se escriben, se hablan, se prometen el mundo.

—Queremos tener un hijo. Lo de Leandro era otra cosa: te decía: “Ah, te drogás, vení, drogáte conmigo”. En cambio este pibe no. Me dice vos no te drogás con nadie. El me ayudó a cambiar mucho. Y para mí tener un hijo con él va a ser lo más lindo. Este que tuve lo perdí. Vino y se fue solo. Pero si llegaba a tenerlo iba a ser la más feliz. No me iba a importar criarlo sola, porque soy orgullosa y no le voy a pedir nada a nadie. Sé que sola iba a podé. Me lo imaginaba varoncito, llevándolo a la escuela, cuando recién empiece a hablá. Tener un hijo es lo único que me va a cambiá.
—¿Por qué?
—Porque voy a tener a alguien.

Vanessa, su hermana, también se salvó con un hijo. Es una beba. Ludmila. El día que nació, Silvina sintió celos. Pero después la adoró. Desde hace tres años, todos los domingos, Silvina va a verla. A veces drogada. O borracha. Eso es lo de menos. Lo importante son los rollitos. Le gusta pellizcarle los rollitos.

—Ludmila es todo. Y yo ya tenía 13 años, era grande, ya andaba en la calle, y la pellizcaba. Era maldita yo. Pero la quería. La quiero. Cuando nació fue el día más feliz.
—¿Y el peor día cuál fue?
—Lo peor fue la muerte de toda mi familia. Todos los años se va alguien. Empezó con mi viejo. Yo me arrepiento de llevar la vida que llevo. Me arrepiento mucho. Y no tengo la culpa. Lamentablemente. La culpa es de mi viejo, por haber contagiado a mi vieja de sida. Y se murió mi vieja. Y si mi viejo no la hubiese contagiado, mi vieja ahora estaría conmigo. Y yo no haría lo que hice porque no me dejaba salir a ningún lado mi vieja. Porque yo a mi mamá le iba a hacer caso.
—¿Por qué empezaste con todo esto?
—Porque lo necesitaba. Dormí en la calle, todo. Necesitaba comé. Me faltó comida muchas vece. Me faltó techo muchas vece. Y todo lo que hice fue para pagarme mis cosas. Porque una mujer necesita toallitas, higienizarse, cosas que mi familia no me las daba, aunque se las pedía.

Hace cuatro años, Silvina le pidió a su tía que la anotara en un colegio privado. Quería saber cómo se siente el uniforme, los libros. La vida normal. A la primera fiesta de sexto grado, volvió espantada.

—Mis compañeras son unas estúpidas -dijo-. Parecen de jardín de infantes.

Betty no alcanzó a sacarle una foto con el uniforme puesto. A los dos meses, Silvina vendió el jumper, los mocasines, las medias y el manual del alumno bonaerense. El año pasado quiso volver a la escuela, y la anotaron en un público. Se fue porque no soportaba el delantal blanco. Blanco de bebé.

—Ella quería mostrar su ropa. Ir con las uñas pintadas.

Cuando cobra un trabajo, Silvina se va al shopping.

—Me compro todo.
—¿Y qué se siente con tanta plata?
—Me siento la mejor. Poderosa. Me compraba zapatillas, camperas. Me encantan las zapatillas. Todas. Me gustan las Nike, las que tienen aire. Son carísimas.
—¿Y ahora trabajarías de algo normal?
—Por qué no.
—No vas a poder comprarte zapatillas de 400 mangos.

Silencio.

—Eso me dolió. Me tocó acá. Me muero si no me puedo comprar algo que quiero. La zapatilla y la ropa es lo que más me gusta.

Suena el teléfono y Silvina salta del sillón. La poca salud que le queda se descargó en este segundo fulminante. Camina apurada hacia el teléfono. Tiene un jean reventando en el cuerpo. Un pulóver turquesa muy kosiuko. Unas zapatillas espaciales.

Parece una chica pop.

El teléfono se corta antes de que atienda. Está esperando una llamada de Luciano. El sale en cinco meses.

—Tiene una casa en Gesell y él también quiere cambiá. Y me dijo si me quería casar con él. Yo quiero. Me imagino en la playa dando clase de natación. Pienso que de tanto sufrimiento desde tan chica un día mi vida tiene que cambiá. Un día tiene que ser hasta acá lo malo. Lo material no me importa. Habré tenido de todo, porque tuve de todo y lo tengo, pero lo material pasa. Puedo vivir en un rancho, pero si estoy con él y con mi hijo, no necesito nada.
—¿Y si un día no tenés con qué darle de comer?
—Ahí no sé lo que haría. No me gustaría ir a robar tampoco, porque ahí va a haber un bebé de por medio, y si no está la mamá, no quiero que pase lo mismo que pasé yo, que anduve con los tíos de acá para allá, tratando de hacer las cosas bien. Porque mis tíos me quieren pero yo estoy sola. Me siento sola. Me siento totalmente sola.

Hay segundos donde el mundo se detiene y sólo queda una postal. Está Silvina con los ojos inflamados. En silencio.

Sola.

Prende un Philip Morris y lo calza en la juntura de los dedos. Fuma raro. Fuma con cierto músculo. Como si tuviera a la colilla de rehén.

Le pregunto entonces cómo se va a llamar su hijo.

—Lucifer -responde.

Traga el humo hasta el filtro, prende otro. Vuelve a tragar hasta que no quede más nada.