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Desde que llegué a Salamanca, varios me han advertido acerca de Benjamín Franklin y sus inventos. Su nombre completo es Benjamín Franklin Silva Donoso y vive en esta pequeña ciudad al norte de Chile. Tiene treinta y cuatro años, es soltero, no está de novio y vive con sus padres. Su piel es más clara que la del promedio de habitantes de este pueblo andino y, por eso, se protege del sol con anteojos y gorra. Cuando nos conocemos, en la plaza central de Salamanca, llena de árboles, Benjamín Franklin llega vestido con una gorra azul de visera larga, anteojos oscuros y jeans.

—Hola, soy Benjamín –me estira su mano con timidez.

Logré contactarlo por intermedio de una secretaria de la municipalidad. Por estos días, llegar a Salamanca como periodista te convierte casi en un extranjero ilustre: las autoridades se ponen a tu disposición y las secretarias de cualquier jefe oficial pasan a ser tus propias asistentes. Todo, creo, gracias a internet.

Salamanca es el primer poblado de Latinoamérica con internet gratis, inalámbrico, y, según lo que me han dicho, absolutamente democrático: para todos.

En sus manos, Benjamín Franklin trae su último invento: una antena artesanal que sirve para conectarse mejor a la señal inalámbrica de internet. Un tubo con cables que, conectado a la computadora, mejoraría la captura de la señal. Por casi veinte dólares, el precio al que vende su invento, promete a los habitantes de Salamanca una significativa mejora en la conexión a la red. En tres meses ha vendido más de diez de sus antenas y, con el dinero que ha ganado (en dólares serían dos billetes con la cara del Benjamín Franklin original), le ha bastado para vivir exclusivamente de su idea. Todavía no tiene pensado patentarla. Por ahora, el tiempo se le va en pensar cómo mejorar su antena.

Cuenta que en los últimos meses lo han entrevistado en varios canales de televisión, en un par de radios locales y en diarios de circulación nacional. Está orgulloso. No sólo eso, el 12 de octubre del 2006 apareció en la portada de La Voz del Choapa, un pequeño diario que circula por Illapel, la ciudad grande vecina a Salamanca. Internet ha traído cambios a su vida, y no únicamente tecnológicos. Casi le digo que lo entiendo, porque gracias a internet he podido sobrevivir escribiendo historias desde diferentes lugares, pero al final me limito a escucharlo.

Benjamín Franklin dice que siempre le han gustado los inventos. Su hablar es pausado. Recuerda que muchos años atrás, antes que internet fuera inalámbrico, antes aun que apareciera internet, Salamanca era una ciudad aun más plana y aislada del resto del país, y él diseñó su primera antena. Empezaban los años noventa y hablar de una red mundial de comunicación, en Salamanca, todavía era como pensar en ciencia ficción: las computadoras sólo eran robots gigantes propios de ciudades ahogadas entre rascacielos. Era una época donde todavía tenía una importancia gravitante la radio. Las primeras antenas de Benjamín Franklin fueron precisamente para eso, para captar ondas de radios de Santiago, la capital del país.

La vida en Salamanca es apacible, tranquila, con familias en bicicleta, niños que van caminando a la escuela, policías que saludan a los vecinos, perros que se pasean sin sus dueños y automóviles estacionados con las ventanas abiertas. Aquí se ven muy pocos taxis, casi no hay semáforos y los bomberos hace varias semanas que no van a apagar un incendio. Para entretenerse hay una piscina municipal, un estadio, un gimnasio y dos discotecas que abren sólo los fines de semana. Una vieja camioneta amarilla, con parlantes a todo volumen, se pasea anunciando un festival de música ranchera. Un grupo de jóvenes toca guitarra en la plaza. El centro tiene pocas calles. De los dos cajeros automáticos de Salamanca, uno está en una gasolinera y otro en la única sucursal bancaria de la ciudad. La mayor parte del tiempo uno tiene la sensación de estar en una ciudad desenchufada. Totalmente acústica.

Sentado en la plaza de Salamanca, rodeado de niños que persiguen pelotas de fútbol y de jubilados que ya no persiguen nada, Benjamín Franklin me dice que en la ciudad la gente escucha música campesina, cumbias y rancheras:

—No desmerezco ese tipo de música, pero a mí me gusta mucho más lo que es el anglo. Me gustan los clásicos, los Beatles, los Creedence Clearwater Revival, entonces fue por esa necesidad que comencé a inventar las primeras antenas.

Así recuerda, buscando en el pasado una consecuencia lógica para su actual trabajo de inventor de antenas para internet.

La historia de por qué este poblador de Salamanca se llama Benjamín Franklin empieza en la década de 1900, cuando su abuelo, Pedro Silva Contreras, sale a recorrer el mundo como marino de la Esmeralda, el buque escuela de la Armada de Chile. En uno de esos viajes, de hace cien años, el barco llegó a Nueva York.

—Mi abuelo recorrió cuatro veces la vuelta al mundo, pero le gustó Estados Unidos. Siempre hablaba de Nueva York y nos contaba que se subió a la Estatua de la Libertad.

Tanto le gustó a su abuelo Estados Unidos que bautizó a sus hijos con los nombres Washington, Edison, «y a mi papá le puso Franklin». Y, para seguir la tradición familiar, su padre lo bautizó Benjamín Franklin, como el inventor.

En un momento y en silencio, como una sombra entrada en años, se suma a la conversación el papá de Benjamín Franklin. Canoso, de ojos claros y pocos dientes, parece que no ha querido faltar a la cita que su hijo tenía con un periodista. Los dos padres del inventor de antenas son artesanos en madera, y venden sus trabajos en la plaza central de Salamanca. Hasta antes que llegara internet a la ciudad, el hijo los acompañaba en el trabajo y en la venta. Ahora, como los viejos buscadores de oro, abandonó todo por la tecnología.

—Siempre fue inventor mi hijo, igual que el otro Benjamín Franklin –dice su padre, Franklin Silva-. Yo no entiendo de internet, no sé nada, pero veo que lo que hace mi hijo es algo muy importante y que puede estar conectado con todo el mundo. Mi padre dio la vuelta al mundo cuatro veces, en barco, y ahora mi hijo lo hace por internet. Desde la casa.

Mientras el padre interrumpe con sus opiniones, el hijo, el inventor, Benjamín Franklin Silva Donoso, mira hacia los cerros de la cordillera de los Andes, tal vez pensando en un nuevo experimento. Tal vez pensando en su abuelo marino. Tal vez sorprendido por el orgullo público que le demuestra su padre: con sus antenas, la precaria señal llega mejor a los hogares de Salamanca.

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Los últimos kilómetros antes de llegar a Salamanca son una interminable seguidilla de curvas y contracurvas, subidas y bajadas empinadas por una zona de valles precordilleranos estrechos y peligrosos. Son más de trescientos kilómetros al norte de Santiago. Tengo la sensación de estar ingresando a una zona aislada y escondida, a un territorio al que podría caerle una bomba radioactiva y el resto del país tal vez ni se entere. El bus entra a Salamanca a baja velocidad y con el motor aún forzado. La mayoría de los pasajeros son obreros de Los Pelambres, un yacimiento de cobre, moderno y privado, en el país que es el principal productor de cobre del mundo. Paradójicamente, la sostenida alza del cobre en los últimos años se debe al auge mundial del cableado de cobre, negocio que se vendría abajo en un mundo inalámbrico.

Antes de saltar a los medios de comunicación como la primera ciudad iluminada con wifi (abreviatura de wireless, es decir, sin cables), Salamanca era conocida por la leyenda de ser una zona de brujas. Basta llegar a la ciudad para ver dibujos de brujas volando en escobas pintadas en las paredes, en las tiendas, en los anuncios de restaurantes, en las publicidades locales.

—Siempre se dice que acá hay brujas, pero nunca vi una –dice Roxana Pizarro, una joven nacida en Salamanca que trabaja para la municipalidad y que ahora escucha radios de Santiago por internet–. De todas maneras, es lo que identifica a la ciudad en el resto del país. Mejor dicho, lo que lo identificaba, porque ahora somos conocidos por el wifi.

El proyecto de internet gratuito para esta aislada localidad chilena se llamó «Salamanca sale al mundo», y el slogan fue acompañado de una bruja montada en una escoba.

Si bien los veinticinco mil habitantes del lugar sabían que la llegada de la tecnología podía traer cambios, tras la instalación de las once antenas que distribuyen la señal sin cables, Salamanca siguió con su vida cansina, con una economía dividida entre el trabajo en la minería y la agricultura. Pero la noticia del experimento corrió rápido, y no tardó en salir de Chile. Varios recuerdan que a los pocos días de inaugurada oficialmente la señal libre, el 4 de septiembre del 2006, la información estaba siendo trasmitida por CNN en español para toda América Latina y Estados Unidos. Desde los estudios instalados en Atlanta, la periodista Carolina Escobar abría el informativo con entusiasmo: uno, dos, tres, ¡al aire! «Una pequeña ciudad en Chile es la primera en Latinoamérica que cuenta con conexión inalámbrica gratuita a internet de banda ancha. El experimento busca potenciar las capacidades de los ciudadanos, con las ventajas de internet: contenidos gratuitos, alfabetización digital, capacidad de subir contenidos, entre otros».

De ser una perdida ciudad cordillerana del norte de Chile, estaban saliendo al mundo como los primeros de Latinoamérica. Y no había pasado siquiera un mes de conexión.

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La municipalidad de Salamanca está frente a la Plaza de Armas de la ciudad y, para llegar a la oficina del alcalde, hay que atravesar un pasillo oscuro donde se ven varios escritorios con funcionarios que te saludan moviendo las cejas. Fundada en 1844, en sus habitantes se ve la mezcla del pasado prehispánico marcado por los incas y los indios Diaguitas. Hoy, todas las computadoras de la municipalidad están conectadas a internet y, sobre el escritorio del alcalde, hay una poderosa laptop inalámbrica.

El despacho de la máxima autoridad de la ciudad es simple, y además de su escritorio repleto de papeles y de algunas sillas, hay una pequeña mesa de reuniones donde están repartidos los planos de lo que será la plaza central después de la remodelación que se tiene planeada. Pese a ser de día, están las luces prendidas. El alcalde se llama Gerardo Rojas, es abogado y nació en Salamanca hace cuarenta y tres años. Es calvo, tiene voz aguda y está recién divorciado.

El alcalde de Salamanca se muestra entusiasmado con el proyecto. Y casi no es necesario hacerle preguntas para que se largue con entusiasmo a hablar de la experiencia.

Así cuenta que el proyecto comenzó cuando estaba leyendo una entrevista, en un diario de circulación nacional, al senador Fernando Flores. El senador hablaba de los blogs. En la entrevista, Flores planteaba que las comunas que estaban dispuestas a hacer algo en tecnología, podían llamarle. La idea quedó dando vueltas en la cabeza del alcalde de Salamanca. Algunos días despertaba con ganas de llamarlo, otras veces pensaba que para qué si no le darían mucha ayuda. Así pasaron como dos meses. Hasta que un día…

—Un día dije, voy a llamar. Lo hice pensando a ver si quedaba algún cupo por ahí. Lo llamé y parece que no lo había llamado nadie. Nadie.

Con entusiasmo, el alcalde Gerardo Rojas cuenta que el senador los puso en contacto con su fundación, llamada Mercator. A los pocos días llegaba a Salamanca la primera comitiva de técnicos de Mercator y en la primera reunión, sin muchas demoras, lo primero que se conversó fue de iluminar la comuna con wifi. Cuatro antenas lanzando la señal inalámbrica de internet por sobre todo el pueblo. Eso sucedía en junio del 2006. Tres meses después, la presidenta de Chile estaba inaugurando la señal libre para que lo viera todo el país.

El propio alcalde de Salamanca dice que su ciudad está de moda. Jura «por Dios» que el proyecto nunca fue pensado como una competencia y que ser los primeros de Latinoamérica los sorprendió a todos: le ha subido la autoestima a toda la comuna.

En Chile es común –asunto de gran orgullo nacional– las noticias internacionales que ponen al país primero en diferentes rankings de Latinoamérica. Atrás, muy atrás, parecen haber quedado los traumáticos años donde viajar con pasaporte chileno, en plena dictadura militar, equivalía a pasar horas extras en cualquier aeropuerto del mundo. En menos de veinte años, de un país culposo por las violaciones a los derechos humanos, los chilenos han asumido el rol continental del orgullo. De un orgullo basado en la economía.

Ahora aparecen en los titulares de todos los medios nacionales, noticias que confirman esta tendencia. «Chile sigue liderando a Latinoamérica en ranking de competitividad», dice el informe anual del Foro Económico Mundial. «Chile sigue liderando a Latinoamérica en clima de inversión», según un informe del Banco Mundial. «Chile lidera ranking de apertura en Latinoamérica», dice un informe de Federal Express (FedEx). «Chile es líder en la lucha contra la corrupción en Latinoamérica», según Transparencia Internacional. Un orgullo para el país que hace rato viene generando una enemistad regional.

—Ya somos los primeros en Latinoamérica, eso no lo puede negar nadie -dice el alcalde de Salamanca, Gerardo Rojas, mientras nos tomamos un café a media tarde. Buena parte de la ciudad, a esta misma hora, está durmiendo la siesta.

Sin embargo, en un momento de la charla, el alcalde reconoce que hay que perfeccionar la conexión. Y que el asunto tiene «tres patitas». Una, la instalación de las antenas. Dos, la capacitación de la gente. Tres, la creación de un blog municipal.

De un cajón de su escritorio saca unas fotocopias, donde me lee que en enero del 2007 hicieron un curso de alfabetización básica para casi cinco mil personas, «para la gente que no tiene idea de nada». La capacitación fue con voluntarios venidos de Santiago y se realizó en el liceo de Salamanca, que tiene treinta y cuatro computadoras, las que se distribuían en tres turnos. Benjamín Franklin fue a una de las capacitaciones y dice que aprendió bastante, aunque quisiera aprender más.

—Y estamos haciendo un convenio con la Embajada de Estados Unidos por el asunto del inglés –remata orgulloso el alcalde.

Cuando le pregunto al alcalde por un beneficio concreto que traerá la red a Salamanca, pienso en los cambios que la red ha traído en mi propia vida: paso la mayor parte de mis días pegado a internet, desde el punto que sea, mi oficina portátil es mi correo electrónico. Para el alcalde, en cambio, las transformaciones han sido diferentes. Dice que hoy Salamanca existe y ese lado ha sido bueno. Cuenta que hace unos días, en un noticiero nacional, estaban hablando de que Shanghái se iba a iluminar completamente con wifi. Y uno de los conductores dijo: «Ah, sí, pero nosotros ya tenemos a Salamanca».

—¿Pero habrá libertad absoluta para internet, señor alcalde?
—Hay restricciones para el sexo y la música. Nada más.

Dice que es por un asunto técnico, que descargar esos materiales haría muy pesado el tráfico. Aunque a los pocos minutos confiesa que, por ahora, los filtros no se han puesto a funcionar. Y vuelve a remarcar que el objetivo es educar, que la comunidad agilice los trámites, que Salamanca salga al mundo. A ese mundo donde lo que más se descarga, justamente, es música y pornografía.

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—Antes que en París, Nueva York o Buenos Aires, Salamanca vuela con internet.

La periodista Scarleth Cardenas, de Televisión Nacional de Chile, inició así su despacho en directo al resto del país. Fue el 4 de septiembre del 2006, el día que la presidenta Michelle Bachelet inauguró oficialmente el internet sin cables para todo Salamanca.

El riesgo asumido por Salamanca era alto. Un año antes, otra ciudad chilena, Puerto Montt, había hecho el mismo anuncio. Pero había fracasado. Aunque nadie lo decía públicamente, el día de la inauguración muchos recordaban una ceremonia similar ocurrida el 2005. El protagonista era el anterior presidente, Ricardo Lagos, de la misma coalición de la actual presidenta, quien inauguraba la primera ciudad iluminada por wifi del país: Puerto Montt. El portal de la BBC lo anunciaba al mundo.

Sin embargo, aquella carrera por ser primeros terminó estrellada contra interminables fallas técnicas. Puerto Montt tuvo que abortar su plan de liderazgo. Y esa posta del número uno, en un país obsesionado por los rankings, la tomó Salamanca. Aunque también con problemas.

En la municipalidad de Salamanca recuerdan que al principio hubo fallas porque pusieron las antenas que no eran las adecuadas. Y que hasta el día de hoy no son capaces de cubrir toda la ciudad. Si bien las autoridades están asustadas por los problemas que presenta el proyecto, hay una persona en esta historia que está feliz con las dificultades. Él le ha encontrado una solución a los desperfectos. Esa persona se llama Benjamín Franklin Silva Donoso.

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Si uno no tiene computadora, la hora de internet en un cibercafé de Salamanca cuesta un dólar. Frente a la plaza central hay dos, donde la mayoría son niños que juegan en línea a dispararse y acuchillarse con los vecinos de asiento. El resto lo usa para mandar o leer correos electrónicos, y para chatear. Rara vez se pasa de ahí. Uno de los que chatea me dice que habla con un compañero de colegio que está a dos cuadras y que se están poniendo de acuerdo para un trabajo. Al lado hay una mujer mayor, que le está mandando un mail a su hermana en Santiago, y dice que sólo lee los correos y que para informarse prefiere la radio, que una sola vez leyó un diario de Santiago, y que nunca entró a un website de un periódico extranjero.

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Estos días en Salamanca me quedo en el hotel My House, de avenida Infante 451 y donde generalmente se alojan ingenieros que vienen a la mina Los Pelambres. Cuando me registro, la recepcionista me pregunta si vengo por la minera. Quizá deba sentirme orgulloso: los que trabajan en la mina son los más respetados de Salamanca.

En la recepción del hotel hay internet, pero no funciona con wifi, sino que con banda ancha. En los días que me quedo en My House, los que más utilizan la red son los hijos de la dueña, para hacer las tareas. El hotel es nuevo, tiene cortinas de flores, un baño amplio y esta frente al estadio de la ciudad. Cada vez que conecto la maquina, ésta capta la señal de dos antenas. Desde la ventana se ven las antenas, que están cerca, y no hay interferencia ni árboles. En otras palabras, no es tan difícil que capte internet en el hotel.

Según las autoridades, los problemas son los árboles, que interfieren la señal. En realidad, dice el alcalde, acá debería instalarse wi max, que es más avanzado, pero aún no está del todo desarrollado.

La dueña del hotel sabe que estoy escribiendo esta historia y siempre que puede me habla del alcalde:

—La verdad es que es mucho ruido todo, pero no ha cambiado tanto internet –dice–. Es más la publicidad que lo importante.

Pese a los problemas, la fiebre continúa.

En realidad, en todo Chile persiste esta fiebre por querer ser los líderes en adoptar la tecnología para ser «los primeros en Latinoamérica». En octubre del 2006, dos diputados del Partido por la Democracia, en esa época el mismo partido del alcalde de Salamanca, propusieron una reforma a la Constitución del país para que el acceso a internet sea incluido entre los derechos fundamentales de los ciudadanos. «La conectividad digital debe ser considerada, al igual que el acceso al agua potable o a la luz eléctrica, un derecho humano que acorte las brechas sociales en Chile», afirmó el día del lanzamiento de la propuesta uno de los gestores de la iniciativa.

—Tengo como meta, para septiembre del 2008, tener cobertura en todo el sector rural de la comuna –se atreve a pronosticar el alcalde de Salamanca, pero sabe que en muchos sitios la señal no llega.

Golpeo en la puerta de madera de la casa de Benjamín Franklin, donde hay un anuncio que dice «antenas artesanales para wifi». Son las tres de la tarde y me abre cansado. Lo desperté de la siesta.

Esta nueva visita ya no tiene la formalidad de la primera vez que nos vimos en la plaza central, y si bien Benjamín está sin la camisa puesta, es amable. A los pocos minutos me trae una silla y pela una naranja que compartimos durante la charla.

El tema de internet le gusta y cualquier anécdota tecnológica la escucha atento. Le cuento que durante varios años escribí casi todo mi trabajo de periodista en cibercafé de distintos países, sin oficina fija, y que me bastaba entrar a un ciber para estar conectado a las redacciones donde ofrecía mi trabajo de cronista free lance. Cuando le cuento que a ese tipo de periodismo lo llamé periodismo portátil, repite «periodismo portátil», como si estuviera registrándolo en su propia memoria o pensando en algo nuevo para su antena.

—La verdad es que el wifi es intramuros, por eso no funciona bien. Pero con mi antena queda perfecto –dice Benjamín Franklin, mientras me muestra su taller, donde corta las cañerías de plástico y coloca en un extremo de ellas una placa dorada con conexiones interiores: de allí cuelgan cables que se conectan a las computadoras.

Benjamín Franklin me dice que le gusta internet, pero también que le gustaría tener una novia aunque es muy difícil, porque las mujeres de Salamanca se van en los autos de los trabajadores de la mina. También me cuenta que chatea con una mujer de Santiago, pero que todavía no se encuentran. Dice que tiene muchas depresiones, que le duele la cabeza y que a veces está varios días sin salir de casa.

Al rato aparecen sus padres, que siempre están cerca. Mientras ellos hablan al mismo tiempo, sobre Benjamín Franklin, su hijo, él se da vuelta buscando alambres que muestra como un inventor que revela sus secretos. Al rato me hace pasar al cuarto donde tiene su computadora, pegada a una cama sin hacer, y donde se ven tres direcciones de sitios para adultos escritos en la pared.

—Ya hay varias zonas donde no se puede escuchar radios, ni bajar música. Ya cortaron eso en algunos lugares -se queja con el fastidio de quien escucha a los Beatles en una ciudad dominada por las rancheras.

Semanas después de esa visita, en un correo electrónico, Benjamín Franklin me diría que ya casi ni se dedica al negocio. «Las redes sirven muy poco. Es que fue un trabajo muy mal hecho, en principio todo anduvo bien, pero a medida que fueron ingresando más usuarios se fue empeorando la cosa. Ahora es muy difícil conectarse porque después de Navidad aparecieron unos cientos o mil usuarios más y además los estudiantes están de vacaciones». Como si lo importante, más que dar un buen servicio, fuera promocionar un servicio que se vendió al mundo como el primero de Latinoamérica.

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El bus sale de Salamanca, la primera ciudad con internet de toda Latinoamérica, y la mayoría de ocupantes son obreros de la mina Los Pelambres, que vuelven de estar varios días encerrados en el yacimiento. En mi mochila llevo una laptop, diferente a aquella que me compré hace casi siete años, cuando me fui de Chile a vivir del periodismo gracias a que las revistas, los diarios, los bancos, los pasajes de avión y los hoteles ahora están conectados a internet. En siete años muchas cosas pueden cambiar. Finalmente, no le conté a Benjamín Franklin que internet a mí también me transformó la vida, pero supongo que lo pensó cuando me dio un papel con su dirección de e-mail para conectarse al messenger.

Mientras dejamos atrás la ciudad, los caminos son de tierra, y al paso del bus vamos levantando polvo que no deja ver hacia fuera. Pero aunque no se vea, afuera del bus está Salamanca, una pequeña ciudad de un país en veloz carrera, y donde los índices de desigualdad se disparan tan rápido como las buenas cifras económicas. Un país orgulloso, que a veces parece esclavo, por ser el mejor en términos económicos de la región. El primero de Latinoamérica que tiene tratados de libre comercio firmados con Estados Unidos, con la Unión Europea, con Japón y con China. Y recuerdo el «Antes que Nueva York, París y Buenos Aires, Salamanca sale al mundo», y aunque trato de mirar por la ventana, sólo se ve una nube de polvo.

En el restaurante más caro de Etiopía las copas de vino son de plata y los cubiertos son dorados. La cuchara, el tenedor y el cuchillo parecen bañados en un oro que encandila. Tal vez, por eso hay tantos guardias de seguridad en la puerta: un salero debe costar más que un sueldo promedio en el país más pobre del mundo según el Banco Mundial (en una medición que combina el PIB, el valor de los activos, el capital humano, la producción y los intangibles de cada nación). El lugar queda dentro del Hotel Sheraton Addis, una pequeña ciudad lujosa dentro de la gran capital de la hambruna. Se trata de una enorme fortaleza, amurallada, donde las habitaciones están sobre los 300 euros y ya está lleno por varios meses. La mayoría de los funcionarios internaciones o empresarios o invitados del gobierno se quedan en este hotel, que tiene de todo lo que debe tener una ciudadela boutique. Dentro de sus varios restaurantes hay uno llamado Shaheen, que ofrece “elegante comida de la India”. El Shaheen es el restaurante más caro del país más pobre. Cuando entro, dos mujeres vestidas con trajes de la India, me dan la bienvenida, me corren la silla, me traen el menú.

Un guardia, con audífono en la oreja y que seguramente está armado, te conduce amablemente al Shaheen. Cuando ingresas al lugar más caro de la ciudad no piensas en el país más pobre. El sitio no es muy amplio, la mitad de las mesas están desocupadas y hay un enorme vidrio tras el cual se puede ver a un habilidoso cocinero preparando los platos de comida india.

En la mesa de al lado hay una pareja de rusos gordos que se ríen a carcajadas. Más allá un solitario hombre de negocios, que parece de la India, bebe una sopa típica de Bombay con su cuchara bañada en oro. En una de las paredes hay un estante con vinos de Francia. La luz es baja, encienden velas en candelabros de plata y toda el agua que se ofrece es embotellada en Europa. Si no fuera por la exagerada ostentación, podría ser un típico restaurante bueno y caro de Nueva York o París, pero estoy en Etiopía.

Me sirven el vino en la copa de plata, y antes de que lleguen los platos, recuerdo que el alimento no es solo placer gastronómico. La comida sirve para satisfacer el apetito, las funciones fisiológicas, regular el metabolismo corporal y mantener la temperatura corporal. La comida es indispensable para el ser humano, y cada vez más escasa en un mundo donde comienzan a faltar los alimentos. Pero cuando finalmente la comida llega, me olvido de esas necesidades básicas y me dedico a comer por placer. A degustar, minuciosamente y con gusto, cada diferente sabor que cae sobre la mesa. Como, masticando lento y pausado y disfrutando cada plato de comida india. Como, sabiendo que hay pocas cosas tan placenteras como la comida. Y pocas tan injustas.

Me sirvo otra copa de vino, y otra, y agrego un nuevo plato, y otro. La cuenta final parece la alineación de un equipo de fútbol indio: un Mun Makahanwalla, un Tandoori Tang, un Subzi Pulao, un Garlio Naan, un Biebal Ki Handi. Todo eso, más una botella de vino etíope Axumit, no supera los 70 dólares. Una fortuna, para el etíope promedio: un alquiler en el centro de la capital puede salir por 30 dólares y un campesino del interior puede ganar 4 dólares semanales, lo mismo que el agua mineral sin gas que pido al final, sin mucha sed.

* * *

Cuando uno cruza la puerta de un restaurante caro, quedan afuera los niños mendigos, los viejos mutilados, las mujeres con poliomielitis, las moscas gordas, la miseria y, fundamentalmente, el hambre. Adentro, uno se siente a salvo del bombardeo mental que significa recorrer la ciudad. En un país azotado por la hambruna, como Etiopía, los buenos restaurantes funcionan como refugios antiaéreos. Un búnker en mitad de la guerra existe para resguardar a los de siempre: altos funcionarios internaciones y a esa parte de la élite local que aún no deja el país. El mismo tipo de personajes que veo en las mesas vecinas esta noche en el restaurante Ghion, otro de los restaurantes caros del país del hambre.

El Ghion es el restaurante más caro de los que se dedican a la comida etíope. Por eso, todo lo que a uno le sirven, viene acompañado con un show folclórico compuesto por cinco músicos y cuatro bailarines: dos hombres y dos mujeres que se cambian de trajes y saltan risueños mientras nosotros comemos. Cerca del escenario, tres tipos de corbata (un etíope con traje italiano y dos europeos) hablan de negocios y brindan con vino francés y uno saca fotos del show con su iPhone. Los bailarines son delgados como una bicicleta y se mueven de manera nerviosa, con movimientos rápidos y bruscos, al límite de terminar con el codo dislocado o un hombro salido. Entre los garzones, que siguen transportando bandejas con comida, hay una mujer de traje negro y peinado de trenzas que se acerca para tomar mi pedido:

—Le recomiendo esto— me dice, con acento de inglés para turistas, indicando con su dedo largo un Doro Wat.

El restaurante Ghion está dentro del hotel Ghion, un cinco estrellas estatal, que se vende como “The garden palace of east Africa”. Dentro del local, adornado con largas cortinas blancas y donde se huele incienso, no hay mesas. En Etiopía, un país con su propio alfabeto, su propio horario y su propio calendario, no es de extrañar un restaurante sin mesas. Tampoco hay cubiertos. Tradicionalmente, los etíopes comen con las manos, entre varios, y sobre una gran tortilla llamada injera. La misma mujer que me toma el pedido vuelve a los pocos minutos con una gran jarra, la inclina, y deja caer agua para que me lave las manos. Al rato, comienza la comida con un procedimiento simple: te ponen frente a ti la injera, una suerte de crèpe gigante hecha con un cereal etíope que se llama teff, y sobre ese mantel esponjoso y comestible van depositando lo que pediste. Ya sea una carne picante, un saltado de verduras o una preparación de pollo, el Doro Wat. La idea es que todos los que están sentados alrededor de esta gran tortilla, vayan cortando pedazos de injera para hacer unos tacos con la comida. La gracia de comer comida típica entre extranjeros te puede salir por unos 50 dólares. Y con 50 dólares en Addis Abeba se pueden comprar 25 entradas, de la tribuna preferencial más cara, para un partido del Campeonato Nacional de Fútbol de Etiopía.

En eso estoy, destrozando la gran tortilla esponjosa para atrapar el pollo con tomates, cuando los músicos comienzan una nueva canción. Los bailarines parecen poseídos, saltando hasta dislocarse, ejecutando una tradicional danza dedicada al agua: las sequías prolongadas habituales en Etiopía —y que repercuten en malas cosechas— son una de las razones de tanta hambruna. Antes que termine el baile, y que me termine el pollo, entran al restaurante un grupo de cuatro parejas de italianos cargando niños africanos que seguramente acaban de adoptar. Uno de ellos filma todo, le habla a la cámara, y enfoca a su mujer que besa con entusiasmo a la niña de dos años que lleva en brazos. Afuera del restaurante, afuera del búnker, está el país con el mayor número de niños huérfanos del planeta.

* * *

En Etiopía no hay muchos restaurantes de comida típica. Seguramente, porque casi no hay turistas, la gran masa consumidora de platos típicos. Dentro de los destacados está el Teshomech Kitfo House y Carnivore’s restaurant, pero la gracia del restaurante de Ghion es que además de tener buena fama en su comida, tiene un espectáculo de danza típica.

Después de un rato de comer con la mano esta tortilla esponjosa sobre la que han esparcido pequeños guisos picantes, uno ya está manchado. Las manos, alrededor de la boca, la servilleta y tal vez algo del pantalón. Otros platos destacados, de una comida basada en la simpleza de meter todo sobre la tortilla son: el Kifto, carne de res cruda y condimentada y cortada en pedacitos, que es la forma más popular de cocinar la carne en el país; y el picante Hummus de garbanzo con cebolla. En el menú, donde se ven pocos platos, bordean los 12 dólares. En general, la comida etíope no tiene mayores pretensiones y en la carta no hay aperitivos ni postres. Sin embargo, en otros lugares está convertida en todo un éxito.

Mientras las Naciones Unidas tiene a Etiopía como uno de los países con alarmante falta de alimentos y siempre dispuesto a aumentar su porcentaje de hambruna, en ciudades como Nueva York, Londres o París, la comida Etíope cada vez está más de moda. Hace poco se abrió un restaurante en Madrid, en Berlín hay varios y en DF algunos habitantes de paladar exótico claman en los foros gastronómicos para que pronto llegue “un etíope a La Condesa”. El restaurante Queen of shebba, uno de comida etíope en Manhattan, fue elegido el año pasado entre los mejores de la gran manzana. Y hace varios años que Marcus Samuelsson, un chef nacido cerca de Addis Abeba, está considerado por The New York Times dentro de los mejores cocineros de la ciudad.

Dentro del restaurante se huele el aire cosmopolita que tiene esta comida en el primer mundo. Una pareja de novios canadienses, que parecen saber que Etiopía hoy es un destino cool entre “viajeros vanguardistas”, se preparan bocadillos de injera con la delicadeza de expertos. Fuera del restaurante, del búnker que nos mantiene a salvo del bombardeo, claramente la realidad de la comida etíope es otra.

De los 75 millones de habitantes que tiene el país, más de 15 millones están bordeando la línea de la hambruna. A esto hay que agregar la crisis mundial de alimentos que vive el planeta. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) estima que unos 1.500 millones de personas en el mundo sufren de hambre y desnutrición, y Etiopía es una de las naciones que lidera el ranking. Si la comida sigue subiendo de precio, su tendencia en los últimos meses, la consecuencia lógica será que aumente la cifra de miles de personas que mueren al día a causa del hambre. Stop. Disculpen, pero quiero frenarme en esa última frase: “Miles de personas mueren al día a causa del hambre” es una oración que ya no dice nada, tal como no dicen nada “Se están quemando nuestros bosques” o “Salvemos las ballenas”. Pero, por un momento, detengámonos en esa frase: Miles de personas se mueren, cada 24 horas, por no tener nada para comer. Esas miles son 25.000 al día, 750.000 al mes. A partir de hoy, y en apenas seis años, morirán de hambre en el mundo la misma cantidad de personas que toda la población de Colombia.

No es que morirán en una guerra, ni que los picará una víbora, o les explotará una bomba, o los contagiará una epidemia o los aplastará una ola gigante: morirán por no tener comida. Morirán oxidados, como quedan los autos en aquellas ciudades donde ya no llega el combustible. Morirán, como siempre sucede cuando no hay alimentos, con los ojos hundidos y la boca abierta.

Estos días en Etiopía he visto el hambre muchas veces, pero no la he sentido ni de cerca. Los médicos dicen que para sentir hambre, verdaderamente hambre, hay que pasar al menos 14 horas sin ingerir alimentos. Y en esta historia, la de comer en Addis Abeba, nunca ha pasado un par de horas sin que coma algo. He comido mientras me contaban la historia del emperador etíope Haile Selassie, el único rey africano de la historia y en quien se inspiró la fundación del movimiento rastafari y la música reggae. He comido mientras una enfermera belga me decía que este país es el que tiene el mayor número de ONG humanitarias del planeta, y me lo decía en una pizzería donde casi todos eran empleados “humanitarios”. He comido recordando que las únicas veces que sentí verdaderamente hambre en mi vida fue en Barcelona, donde nunca pasé un día completo sin comer. He comido mientras recordaba que el Chavo del ocho siempre tenía hambre, pero que nunca le faltaba algo para meterse a la boca: incluyendo un pescado vivo de la pecera de don Ramón. He venido a comer por trabajo, y he comido en lugares lujosos, exclusivos como pocos, y que sin embargo son baratos en precios internacionales: la comida típica del Ghion me salió por 40 dólares, lo mismo que un sueldo de cajero en Addis.

* * *

Por estos días, Etiopía sigue celebrando la llegada del nuevo milenio. Basta un recorrido por el centro de la capital, repleta de edificios eternamente a medio cons(des)truir, para sorprenderte por la cantidad de afiches oficiales saludando la llegada del año 2000. No es una broma. Etiopía puede ser visto como un ejemplo del atraso, pero es un dato objetivo que ellos recién viven la llegada del nuevo milenio.

—Tenemos nuestro propio calendario, en años y en meses. Nosotros tenemos 13 meses— me dice orgulloso Alemayehu, el empleado de una empresa de buses para turistas, flaco y largo como el famoso fondista etíope Abebe Bikila. Pero Alemayehu no corre. Y se toma las cosas con calma: son muy pocos son los turistas que llegan hasta aquí, y menos son los que contratan su servicio.

Como muchos etíopes, el flaco Alemayehu tiene la piel negra y los rasgos árabes. Mueve las manos cuando habla, y trata de decir las cosas educadamente. Tiene 32 años, no conoce ningún otro país africano, y con los 140 dólares que gana le alcanza para arrendar un departamento para él solo, comprarse una corbata al año y comer bien.

—Yo sé que tenemos una mala imagen en el extranjero. Que se dice que en Etiopía hay muchos enfermos, mucha hambruna, muchos niños desnutridos. Eso es cierto, pero también es un poco exagerado. No somos solo eso. Etiopía tiene muchas otras cosas para ofrecer— dice, con la heroica defensa de cualquier hijo de vecino cuyo país tiene un estigma mundial.

Me habla de religión, de parques naturales, de tribus en el interior del país, del café (cuyo origen mundial está en Etiopía), y remarca que Addis Abeba es considerada una de las primeras ciudades de la civilización. De hecho, en el Museo Nacional de la ciudad, está Lucy, considerada la momia más antigua de la historia.

Sin embargo, hay otro dato que más enorgullece a Alemayehu y al resto de los etíopes: nunca fueron colonia de nadie.

—Nunca, nunca, nunca fuimos conquistados. Somos el único, el único país de todo África que nunca fue colonia. Italia nos intentó conquistar, pero los expulsamos. Y después, durante Mussolini, ellos ocuparon el país unos pocos años. Pero nunca fuimos conquistados, nunca fuimos colonia— la calma de Alemayehu se transforma en desbordado entusiasmo. La ciudad parece arrasada, el país vive en constante bombardeo por la hambruna, y ahí esta él, como muchos etíopes, defendiendo el orgullo de ser parte de este lugar en el mundo. Rescatando, pese a todo y con energía, ser verdaderamente un etíope.

—¿En los colegios les hablan mucho de que Etiopía nunca fue colonia de nadie?

—Mucho. Siempre lo recuerdan. Siempre está presente— y deja clavada en su cara una sonrisa que dura varios segundos, hasta que se vuelve a empinar la Coca – Cola.

Estamos en el restaurante-bar de la piscina del hotel Hilton. Cada uno pidió un Club Sándwich, con abundantes papas fritas. En la piscina hay dos chicas en bikini que hablan en inglés y parecen ser las novias de algún funcionario internacional que se aloja en el hotel. En la capital de Etiopía la mayoría de los extranjeros prácticamente vive en los hoteles. El Hilton de Addis, por ejemplo, tiene adentro un supermercado con productos importados, para que cada funcionario internacional o miembro de la elite local que aún no se va del país, haga su propio búnker en casa. La comida de los dos sale en 30 dólares.

Dos horas antes de llegar al bar de la piscina había estado comiendo. Por eso, dejo la mitad del club sándwich en el plato. No porque tenga mal sabor, sino porque no doy más de tanto alimento. Tal vez, de vuelta a casa, debería ponerme a régimen. Desde que estoy en Addis, la capital de la hambruna, casi no he parado de comer.

Por algún momento, un extraño momento, pienso que sería bueno envolver esa mitad de club sándwich para regalárselo a alguno de los niños con hambre que están afuera del hotel pidiendo limosna. En Latinoamérica, donde también está lleno de niños hambrientos que piden limosna, hay muchos que consideran su gran labor contra el hambre envolver las sobras del restaurante en una servilleta y regalárselas al chico que nos cuidó el auto. Pero aquí es diferente. Sentir que estamos construyendo un mundo mejor por regalar las sobras aquí, al menos, parece ineficiente. Supongo que, dadas las circunstancias, el camino más efectivo para que estas sobras lleguen a la gente es dejarlas en el mismo plato.

No es algo que se me ocurra, ni de ahora. Ya lo contaba Ryszard Kapuscinski en su libro El Emperador, donde relata la vida del emperador etíope Haile Selassie. Ahí cuenta Kapuscinski de una reunión de presidentes africanos en el palacio imperial de Addis Abeba, a mediados de los 60. Describe una fiesta de la abundancia. Muchos miles de dólares se le había pagado a la famosa cantante Miriam Makeba, la voz de “Pata Pata”, para que entretuviera a las autoridades y periodistas acreditados durante esa gala adornada con cerros de comida. En eso, el periodista polaco sale un segundo del palacio, y escucha un ruido extraño colina abajo: “En la profundidad de la noche, hundida en el barro y bajo la lluvia, se apiñaba una turba de mendigos descalzos a los que arrojaban las sobras de las bandejas los que trabajaban en el barracón fregando platos y cubiertos”.

* * *

Uno podría pensar que África es un invento de la televisión. Que más que un continente, es obra de esa gran y millonaria religión llamada “caridad”. Un truco, una leyenda, por la que hacemos conciertos y campañas y grabamos discos en el mundo ¿Y si África en realidad no existe? ¿Y si esos niños desnutridos no son más que muñecos a control remoto, construidos especialmente para dar miedo y lástima, y que han sido filmados en un desierto cerca de Los Ángeles? ¿Si es todo un invento para que, finalmente y en comparación a esas imágenes, nos sintamos afortunados? Tal vez sea así, y eso explique el porqué África siempre ha estado ahí, incomodándonos a todos, pero ahí se queda.

La noche que fui al Shaheen, el restaurante más caro de Etiopía, las calles de la ciudad estaban a oscuras, y en muchas esquinas se veían bultos que seguramente respiraban y tenían ojos. Iba rumbo al restaurante más caro del país más pobre, y en el trayecto pasamos por un gigantesco edificio del Ministerio de Agricultura, porque Etiopía existe, claro que existe, igual que África. Y desde el taxi se veía casi lo mismo que en cualquier capital latinoamericana, pero muy exagerado y sin salsa ni reggaetón.

Después de la larga comida, junto a la cuenta me dieron una invitación para una fiesta de los años 80 en la discoteca del hotel. La noche prometía. En la puerta de la discoteca, había dos guardias y una pareja de franceses jóvenes que le discutían algo. Pasé mi invitación, y el guardia me detuvo en seco: “Usted tampoco puede pasar”, me dijo, y apuntó a los pies antes de decir: “¡Solo con zapatos de vestir!”. Fuera de ahí, en el país bombardeado por la hambruna, la mayoría de los niños andaban descalzos.

Dakar sin rally

Publicado: 22 enero 2009 en Juan Pablo Meneses
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Dakar es un rally, que por estos días recorre Argentina y Chile. Dakar es un negocio, que mueve millones de dólares en auspicios y se trasmite a medio mundo. Dakar es una marca, que los consumidores de vehículos asocian a las 4×4. Y Dakar, esto parece conocerse un poco menos, es el nombre de una ciudad africana. Así se llama la capital de Senegal, y a pocos minutos de aterrizar aquí, un oficial de la aduana senegalesa deja un Dakar timbrado en mi pasaporte.

–¡Bienvenu à Dakar!

Llegué a Dakar en vuelo directo desde París. Apenas aterricé, detuve el cronómetro: mi primer trayecto entre París y Dakar duró 5 horas y 32 minutos. Menos de seis horas, arriba de un boeing de Air France, para unir las mismas dos ciudades que los pilotos de rally enlazaban en quince días cruzando dunas y desiertos. Un trayecto donde los jeep y motos de último modelo cruzaban a toda velocidad por aldeas de hambruna, por caseríos adonde desde hace meses no llega el agua, por territorios de dictaduras feroces y mercado clandestino de esclavos. Buena parte de la fama mundial del rally París-Dakar se debe, precisamente, a eso: a lo adrenalina que vivían los competidores europeos acelerando al máximo por entre la pobreza africana.

Eso, hasta la edición 2009, en que los organizadores del rally cambiaron Dakar por Buenos Aires.

En la capital de Senegal hay casas mediterráneas, junto al mar, y el resto es arena y casas a medio construir y sol que pega en todos los ángulos posibles. El deporte popular es la lucha, pero no esa de mentira al estilo Titanes en el Ring, sino una con golpes de verdad y sangre y dientes volando: la tapa de los diarios, cada lunes, trae la foto de algún luchador levantando los brazos. Hay vendedores ambulantes por todo el centro viejo de Dakar, y hay muchos mercados: angostos, repletos, por donde caminan los pocos turistas que llegan hasta aquí.

–Aproveche, es una oportunidad histórica –dice la mujer, en uno de los callejones del Mercado Central de Dakar. Es medio-día, y el olor a pescado corre por todo el viejo edificio. Entre esos pasadizos con puestos de artesanía, verduras, especias, zapatos y tambores, está la vendedora. Lleva un largo vestidocolor esmeralda y un turbante negro. Su local es de camisetas para turistas. Tiene de equipos de fútbol europeo: del Barcelona (con todos sus colores), la última del Manchester, del Inter y del Chelsea. También vende remeras blancas con el mapa de África en el pecho: puede ser con el continente pintado negro, o con varios colores a la vez, o con un color por cada uno de los más de 50 países africanos. Hay varios modelos diferentes de camisetas con la bandera de Senegal, que tiene los colores amarillo, rojo y verde. Hay remeras con la cara de los luchadores más conocidos, en un país donde “la lutte” llena estadios, se transmite en directo por televisión. Sin embargo, la camiseta que ella ofrece como “una oportunidad histórica”, no es ninguna de las anteriores.

–Cómprela ahora, que es de colección –insiste. Y ahí está ella, en mitad del Mercado Central de Dakar, desplegando una polera negra que dice en letras naranjas: “Rally Lisboa–Dakar 2008, categorie marathon”.

La camiseta es histórica porque hace un año, pocos días antes de largar el “Rally Lisboa-Dakar 2008, categorie marathon”, cuando estaba todo listo para iniciar la edición 30 del Dakar, la prueba fue suspendida. Todas estas camisetas, que siguen vendiendo un año más tarde, estaban pensadas para los turistas que nunca llegaron. Suspender la prueba fue un desastre, no sólo para los vendedores de camisetas. Aunque ella no lo dice, la suspensión los dejó atrapados con cajas y cajas de camisetas de una edición 2008 que nunca se corrió. Ni se volverá a correr.

–Llévela como recuerdo, ahora que el París-Dakar se va a Sudamérica– dice ella.

El fin del Dakar por tierras africanas, en beneficio nuestro, tiene más de una lectura. Los meses que siguieron a la suspensión, las principales noticias fueron trasmitidas con ojos –y por medios– occidentales. En ellas, se insistía en mostrarnos ciudades africanas sumidas en el desconsuelo por perder la competencia.

–Fue una estrategia para que se crea que es un honor que el rally se corra en tu país, pero no siempre es así. Hace mucho tiempo que hay lugares que no querían más la competencia. De hecho, la primera ciudad en deshacerse de la competencia fue París– dice el periodista senegalés Akon NGoro.

En realidad, no hacen falta muchos días en la capital de Senegal para comenzar a escuchar otras historias. Esa otra cara, que habla del rally como una máquina depredadora de paisajes vírgenes, como una tromba salpicada de accidentes y como una caravana que cruzaba el oeste de África a toda velocidad, dejando a su paso polvo, prostitución, y un gran puñado de dólares.

Hoy, como casi todos los días del año, Dakar amaneció con el cielo totalmente despejado y repleto de pájaros negros del tamaño de un gato. Después de algunos días en la ciudad uno ya se acostumbra a las familias viviendo en casas que no se han terminado de construir, en barrios donde están por llegar la luz y el agua potable, cruzando calles que están empezando a pavimentar. Dakar, como muchas otras capitales africanas, parece una ciudad habitada antes de tiempo. O como si no hubiera alcanzado el dinero para terminarla.

–Mauritania, el país donde se corrían más etapas del rally, es un país muy pobre. En Senegal la situación no es muy distinta. Y el París-Dakar, el rally París-Dakar era una caravana con mil mecánicos con dólares en los bolsillos, que se sentían dueños de las ciudades por donde pasaban. Aumentaba mucho la prostitución, incluso de niños, y los gobiernos no hacían nada porque el París-Dakar traía dinero– continúa Akon.

Akon es flaco y alto, como muchos senegaleses, y viene de pasar un tiempo en París como corresponsal. Estábamos en el bar del Novotel, uno de los dos únicos hoteles de cadenas internacionales de la ciudad. En el lobby del hotel de la cadena francesa se veían viejas obras de arte africano, mejor mantenidas y –según Akon– más valiosas que todo el patrimonio del alicaído Museo Nacional de Senegal.

En Mauritania, el país donde se corrían más pruebas del rally, los ingresos por la competencia llegaban a representar el 15 por ciento del PBI del país. Aunque en países tan pobres esa cifra no signifique casi nada.

–Se la puedo dejar en cinco dólares –dice ella, mientras de los puestos vecinos se asoman para ver si finalmente me venderá o no la camiseta del Dakar 2008.

Senegal fue colonia de Francia hasta 1960 y en el centro de la ciudad todavía se destacan importantes edificios de esa época. Casi todas las grandes empresas francesas mantienen oficinas en el país, y en la mayoría de las playas hay casas de veraneo de jubilados franceses que pasan los tres meses de invierno europeo aquí. Jean Fernán es uno de ellos. Durante la colonia trabajó como funcionario de correos en Dakar, y desde hace quince años viene de vacaciones. Está vestido con traje de baño blanco y un gorro de KTM. En una mano tiene una botella de agua y en otra un puñado de lápices:

–Todos los días salgo a repartir lápices a los niños. Se ponen felices. Con mi mujer traemos varias cajas. Aquí la gente no tiene nada, es muy pobre, pero es tan alegre, tan agradecida.

Jean me dice que la gorra de KTM se la regaló un mecánico francés, el año pasado. KTM es uno de los equipos fuertesen el rally mundial. Le hablo del nuevo Dakar, por rutas de Argentina y Chile:

–Mirá, no es que quiera hablar contra Sudamérica, pero te digo que cuando el rally se corría aquí, el cariño de la gente era impresionante. En todos los pueblos los salían a saludar,
y en las ciudades los niños corrían para ver a los pilotos. Estoy seguro de que ese cariño tan fuerte no lo van a sentir ni en Chile ni en Argentina.

Aunque en la memoria colectiva el rally sigue siendo conocido como el París-Dakar, hace muchos años que la maratón de motores que cruzaba el desierto africano no partía desde la capital francesa. Hasta 1994, la carrera fue fiel a la ruta original. En los últimos años la partida ha variado entre ciudades europeas como Granada, Marsella, Barcelona o Lisboa. Era precisamente desde Lisboa, en Portugal, de donde debía largar la versión número 30 suspendida por amenazas de terrorismo. Un par de informes de espionaje, donde se hablaba de Al Qaeda y el sabotaje a los competidores y coches bombas y posibles secuestros de pilotos, determinó la suspensión de la edición 2008 y el traslado para Sudamérica.

La prueba fue fundada en 1979 por Thierry Sabine, un piloto francés que se extravió por el desierto africano y que a partir de entonces decidió que su experiencia se tradujera en el rally más duro e inhóspito del mundo. En pocos años, el pequeño rally trazado en forma casi amateur se fue convirtiendo en la megaempresa que es hoy. Las grandes compañías de motos y autos inyectaron millones de dólares en llegar primeros a la meta, y las pérdidas publicitarias por la suspensión alarmaron a los gerentes de las empresas mucho más que a los habitantes de Dakar.

–Me gustaba verlos llegar. Era una alegría, pero que duraba muy poco. Apenas dos o tres días, y nosotros vivimos aquí todo el año. Es triste que no venga más, pero para nada nos cambiará la vida, como dicen –explicó la jefa de reservas de uno de los hoteles donde descansaban los deportistas al final de la prueba, en la zona de Ngor. A pocos metros de nosotros está el monolito con la fotografía de Thierry Sabine, que murió durante el rally de 1986 cuando se estrelló el helicóptero en el que seguía la competencia.

Senegal es conocido en el mundo por el rally París-Dakar y, en otros círculos, por ser el país de Youssou N’Dour: elcarismático músico africano que hace veinte años vino a la Argentina para el recital de Amnesty Internacional. Hoy el músico lidera una campaña para promover el microcrédito en Senegal, y el año pasado la revista Time lo nombró como una de las 100 personas más influyentes del mundo. Youssou N’Dour es alto, usa anteojos modernos y una polera que dice “Africa Work”.

–No me gustaba el rally. No quiero referirme al tema de la suspensión, pero no me gustaba –dice, en una rueda de prensa de Birima, su proyecto destinado al microcrédito–. No me preocupa lo que vaya a pasar con los competidores, ni adónde se van a ir. Me preocupa la gente que perderá dinero, que perderá trabajo por el fin del rally. Quiero que esa gente que ya no tiene el rally busque nuevas alternativas de trabajo. Tenemos que llegar a ellos, y creo que si fomentamos el microcrédito, ya no vamos a tener que depender tanto de este tipo de cosas.

Hace tres años, 24 organizaciones no gubernamentales y ecologistas suscribieron e hicieron público un manifiesto donde pedían la suspensión del rally. Acusaban a la prueba de ser una millonaria comitiva publicitaria por el continente de la pobreza y criticaban el impacto para la zona de una caravana forma-da por cientos de vehículos todoterreno, especialmente arreglados para altas velocidades. Camionetas, jeeps, motos y camiones que con su cargamento de combustibles, aceites, carburantes, neumáticos y pinturas, destruían sistemas de dunas, pasaban a llevar vestigios arqueológicos y dejaban sordos a los camellos acostumbrados a la soledad del desierto.

–Es una buena compra –dice la vendedora, cuando le paso los cinco dólares, y antes de entregármela mete la polera negra del Dakar 2008 en una bolsa blanca que dice Senegal.

–¿Vendés muchas?

–Se venden, porque van a ser de colección. Pero creo que tardaré un par de años en venderlas todas.

Es un misterio qué sucederá al final del primer trazado del Dakar por Sudamérica. Aquí en Dakar, el primer rally fuera de la ciudad más bien se ignora. Para los contrarios a la competencia, su ausencia no genera mayores problemas. Para los seguidores, Dakar seguirá siendo el emblema de cualquier competidor de rally del mundo. Aunque sea un piloto amateur.

–Venimos de Costa Rica. Somos 14 amigos, que hicimos el recorrido del París-Dakar –dirá mañana Rodolfo Carboni, uno de los pilotos de una caravana amateur, con el entusiasmo de cumplir el gran sueño: llegar en moto hasta el verda-dero Dakar. Me mostrará fotos del cruce por Mauritania, las ruedas gastadas de la moto y sus manos endurecidas tras cruzar por el desierto de dunas. Me dirá que gastaron unos 15 dólares cada uno, que contrataron a un camión asistente en Italia y que hay muchos pilotos amateurs que siguen recorriendo esta ruta. Contará que él recorrió Argentina y Chile en moto, hace unos años, pero que no tiene comparación con esto. Me dirá que lo de Argentina y Chile es un paseo, y que todavía no puede creer que llegó en moto hasta la mismísima Dakar.

Mientras me lo cuente, se acercarán dos niños africanos a pedirnos dinero. Pero eso sucederá mañana, porque ahora estoy en el Mercado Central de Dakar, recibiendo una polera del Dakar 2008, mientras ella se guarda los cinco dólares y se pone a mirar de un lado a otro del pasillo, esperando que aparezca otro posible cliente, ojalá un nostálgico del rally a quien poder venderle otra de estas camisetas del último Dakar.

Día 1. Mañana. Ramblas. Barcelona.

Manu Chao habla con voz de payaso. Es lo primero que me llama la atención al topármelo en directo. “No estoy dando entrevistas, lo siento”, me dice su voz de sonsonete circense. Es una voz gruesa, atrofiada, típica de los payasos cuando están bajo el escenario, pero esta vez de civil, sin maquillaje ni nariz gigantona. La gente de circo, acostumbrada por años a gritar chistes forzando al máximo su garganta, acaba por heredar este timbre para su vida diaria. “Lo siento, pero no puedo ayudarte”, repite, como el mono de un ventrílocuo. Estoy en Ramblas, el paseo peatonal emblemático de Barcelona. Me he tropezado con Manu Chao de casualidad, mientras él pasea en su bicicleta azul y yo camino hacia el mar. Hace días que andaba buscándolo y el azar ha querido que encuentre aquí al francés ex líder de Mano Negra, al tipo cuarentón que recorre los escenarios del mundo vestido de niño. A Manu Chao, el cabecilla informal de los jóvenes europeos que luchan contra la globalización económica del mundo, el divertido cantante de “Me gusta marihuana, me gustas tú”, la superestrella de vida sencilla, amable, contestataria y solidaria. “Deberá ser otro día, hermano”, y en eso, de la nada, aparece un gordo y maceteado amigo de Manu, tal vez un ex boxeador que se cruza de brazos entre yo y el cantante hasta que la estrella desaparece, humildemente, pedaleando Ramblas abajo.

Día 2. Noche. Barrio Gótico, Barcelona.

Estoy en la Plaza George Orwell del Barrio Gótico. A la plazoleta se le conoce como la Plaza de Trippy, por la desinhibida venta de trip (una suerte de éxtasis barato y molido que se jala) entre quienes deambulan por el lugar: varios europeos descuidadamente hippies y un montón de sudamericanos ovejas negras dentro de sus buenas y blancas familias. Este es el barrio de Manu Chao. Desde el principio supuse que escribir sobre él resultaría una paradoja. Estoy en un bar de la plaza Orwell, con banderas jamaiquinas en el techo, un disco de Mano Negra rotando a volumen fuerte y bebiendo de una cerveza barata y de poco gas. En sus últimos dos discos, ha vendido casi diez millones de copias en todo el mundo. En promedio –me sopla un amigo infiltrado en la industria– el músico recibe un dólar por cada venta (sin contar los derechos de autor, que duplican o triplican las ganancias). Es decir: Manu Chao es millonario. Y en dólares. Fito Páez, aquel arribista rockero argentino, lo critica diciendo que Chao vive como pobre siendo millonario. Él, Páez, vive como millonario siendo pobre. ¿Qué es peor?

Día 3. Tarde. Metro. Sarriá

Próxima estación, Sarriá, suena por los parlantes del metro interurbano de Cataluña. Hace unos días Manu Chao actuó gratis en Barcelona, delante de unos doscientos mil jóvenes antiglobalización que protestaban por la cumbre de líderes europeos hecha en la ciudad. Fue una semana de palos policiales y barricadas en las calles que terminó festivamente con la actuación de Manu y su banda, Radio Bemba. No es la primera ni será la última vez que Chao aparece en el momento justo y a la hora indicada. Ya lo hizo en México, en la Plaza del Zócalo, frente a las ciento cincuenta mil personas que esperaban el arribo de la caravana del Subcomandante Marcos. También estuvo en Génova, en julio de 2001, para apoyar otra vez la causa de la antiglobalización durante la cumbre del G-8. Por eso, muchos lo consideran el líder de un movimiento que en Europa no es pequeño ni tranquilo, pero que en Latinoamérica suena lejano y ridículo. “Que los jóvenes gringos reciban palos por nosotros me parece extraño”, me dice John Machuca, un ecuatoriano que barre calles y comparte asiento conmigo en el metro. Entonces me pregunto: ¿Hay algo más políticamente correcto que estar en contra de la globalización? ¿Hay algo más políticamente correcto que ser joven y luchar por un mundo mejor y más justo? ¿Existe algo más políticamente correcto que Manu Chao?

Día 4. Madrugada. EasyInternet Café. Barcelona.

Son las dos de la mañana y, en el EasyInternet Café, la globalización esta a full. Sudamericanos, marroquíes, alemanas, chinos, gringos, españoles, todos chateando al mismo tiempo. Respondiendo e-mails, mirando a sus familias por webcam, buscando novia, escuchando discos en MP3, encargando los papeles para dejar de ser ilegal. Después de varios meses, recibo un e-mail de mi padre. En su carta electrónica, me dice, sobre todo, lo buen deportista que él sí es. Pero Manu Chao no compite con su padre. Ellos sí que son grandes amigos. Ramón Chao, padre de Manu, es un periodista gallego emigrado a Francia y que trabaja para Radio France Internationale. Anda orgulloso de su hijo, al punto que se presenta como “el padre más célebre del mundo”. Incluso más: en 1993, Ramón Chao acompañó a Manu y a toda la troupe de Mano Negra a una gira en tren por el interior de Colombia, en mitad de la guerra, desde donde el padre de Manu regresó con un libro bajo el brazo: Un tren de hielo y de fuego. Ramón Chao se transformó en éxito de ventas, y su libro viajero se tradujo a varios idiomas. Manu Chao, su padre y los músicos de Mano Negra, en tren por Colombia es una imagen que me lleva a pensar en Bono, el carismático dueño de U2. Hace un año los irlandeses presentaron en Barcelona su reciente disco, Evolution, donde, según Bono, la banda retomaba su discurso de alto contenido social y político. Luego de esta militante actuación, Bono subió a su jet privado y voló hasta Ibiza. Del aeropuerto isleño, donde lo recogió un lujoso automóvil, se fue derecho al salón VIP de Pachá, la más glamorosa discoteca de Ibiza. Lo recuerdo perfectamente porque esa noche, y por cosas de trabajo que no vale la pena explicar, esa noche yo también estaba en el VIP de Pachá. Y ahí estaba Bono, el comprometido, deslumbrado con las modelos y los halagos como el muchacho que nunca ha dejado de ser: un adolescente de barrio popular irlandés que sueña con dejar la barriada y llegar a lo más alto. Bono vive en un castillo y Manu en un piso de un barrio malo. Por supuesto, Manu nunca fue pobre. Dice que tocó guitarra en las calles y en el metro de París, pero creció en un ambiente de exquisita intelectualidad izquierdista. Su padre cobijó a los más connotados exiliados latinoamericanos en sus casas de París y Barcelona. Desde niño, Manu supo que el dinero por sí sólo era demasiado barato. Y entendió, o le enseñaron, que luchar por causas perdidas era más respetable entre sus pares que perseguir millones. El poder de la influencia (que a veces llega acompañado de un cerro de dólares) por encima de la mera contundencia mercantil. Ambiente intelectual, finalmente. “Yo apoyo al EZLN, a los zapatistas”, declaró hace un tiempo, “por eso, se creen que yo apoyo a cualquier guerrilla de Hispanoamérica. Es todo lo contrario, ni de coña. Voy a Colombia y no entiendo nada. No me llega un mensaje claro como el de Chiapas. Voy al Perú y ¿Sendero Luminoso? No, gracias”. ¿Entendió?

Día 4. Mediodía. Interior de una habitación. Barcelona.

Hoy despierto con ganas de ser Manu Chao: ir de aquí para allá, abrazar causas tan nobles como globales y estar rodeado de amigos simpáticos y musicales con sólo pisar los aeropuertos. Volver luego a este primer mundo asqueroso y criminal, y contar lo que está pasando en los cerros de Colombia y en las favelas de Brasil. Tener una novia de veinte años, ojos claros, cintura de tabla y grandes pechos. Tener un discurso vendedor, ser millonario, sencillo y que todos me encuentren la razón. No, ya no quiero ser Manu Chao: ser el líder natural de un rebaño conformado por jóvenes intelectuales europeos con sentido de culpa, y por otro puñado de latinoamericanos, de los sectores que sueñan ser progres. Saber que todos esperan de mí una frase célebre, una denuncia impactante, una vida ejemplar. Que se busca la consecuencia en cada uno de mis actos y que, sin notarlo, me he convertido en un funcionario del antisistema. Que en cada bar me ofrezcan cerveza, hachís, y que no pueda decir que no, porque me gusta la marihuana, me gustas tú.

Día 4. Tarde. Universidad Autónoma de Barcelona. Bellaterra.

En la UAB hay una manifestación en contra de la LOU (Ley Orgánica Universitaria), y en contra de quienes promueven el nuevo reglamento: el Partido Popular de Aznar. Las clases están suspendidas y en los patios universitarios se bebe cerveza y se escucha Manu Chao. Su música es alegre, contagiosa, ideal para acompañar una revuelta universitaria donde nunca va a llegar la policía, a no ser que sea para pedir que bajen la música, por los vecinos. Ideal para donde sólo habrá pistolas, si se organiza una guerra de agua y donde el único humo visible es el del hachís mezclado con tabaco. La lírica en las canciones de Chao es tan básica, tan sin pretensiones, tan elemental, que da gusto. Su fuerte son los ritmos, una mezcla de pachanga, candombe, reggae y vallenato. Todos ritmos latinoamericanos que ese nuevo conquistador saqueó para llevarse a Europa. Pero Manu no tiene la culpa, ¿O es acaso responsable de que los grupos musicales de América Latina hayan obviado sus ritmos ancestrales para tratar de ser rockeros anglos y conquistar la lista de los Billboard? Mientras en nuestros países vivimos mirando a Estados Unidos, con los pantalones abajo y la boca abierta, un francés vestido como el Chavo del Ocho se llevó baúles y baúles con nuestra música y ahora es un líder mundial. Gol de Manu. Gooool. De su paso por Mano Negra, su legendaria primera banda, Manu Chao publicó los discos Patchanka, en 1988; Puta´s Fever (¡Sífilis!), en 1989 (disco con el que acompañó a Iggy Pop en su gira por Estados Unidos, y que, pese a su éxito, la banda descartó la idea de hacer carrera en el país soñado por los músicos del sur); King of Bongo, en 1991; un disco en vivo, en 1992, llamado In the Hell Patchinko, grabado en una gira por Japón; y Casa Babilón, en 1994. Clandestino, el primer disco de Manu Chao en solitario, 1998, iba a ser lanzado por Mano Negra. Pero vinieron las peleas. Los abogados. Las demandas por el nombre del grupo. Toda una guerrilla de declaraciones, tinterillos e intereses millonarios, muy lejos del estilo de vida descarriada de los músicos clandestinos.

Día 5. Noche. Concierto-Bar. Terrasa.

–Tenemos la obligación de luchar por un mundo mejor –grita Chao, con su voz de payaso, a sus doscientos acólitos que han llegado esta noche al suburbio barcelonés de Terrasa. De vez en cuando, Chao hace este tipo de conciertos, algo íntimos, casi nada promocionados (apenas fotocopias en los bares del Gótico), y que él mismo define como ensayos con público. “Si seguimos así, con este puto mundo tan malo, nos daremos contra una pared”, y todos aplauden, algunos chicos empuñan la V de la victoria y una chica rubia, que parece alemana, levanta un libro rojo cuya portada lleva la cara del francés. No es un detalle menor. Se trata de Manu Chao: música y libertad, un libro que acaba de publicar la multinacional Mondadori, escrito por el desvergonzadamente zalamero periodista Alessandro Robecchi, en el que califica a Chao con títulos del tipo “el líder de una nueva juventud”, “el salvador del antisistema”, “el motor de muchas causas”, “su vida es la libertad misma”, y otras alabanzas de semejante calaña. Terrasa es un sitio pobre dentro de los parámetros españoles. La mayoría de los asistentes al recital viene de otros lugares de Barcelona. Sin embargo, a pocas cuadras de donde ha sido el concierto, está el Cataclismo, una fuente de soda donde se reúnen los ilegales sudamericanos. Pero no son como los latinos que siguen a Manu junto a sus novias europeas. No. Estos son de los feos, de los negros, de los peruanos y bolivianos y ecuatorianos que no pueden llevar el pelo largo porque no se los permiten en el sitio donde limpian baños. De esos que tratan de vestirse muy correctamente, y se perfuman con la camisa dentro del pantalón y llevan lustrosas chaquetas de cuero para que no los detenga un policía en la calle. De esos ilegales que dejaron sus países porque no tenían un peso y, aprovechando el ofertón del mundo global, vinieron en busca de unos sueños que ahora son pesadillas. En resumen, de esos por quienes lucha Manu Chao. Es por el futuro de estas cuatro parejas, de estas ocho personas que se emborrachan con cerveza su único día libre del mes, por quienes evangeliza Manu Chao. Pero en el Cataclismo, todos bailan y corean “Fueee por una ráfaga de amoooor”, del grupo Ráfaga. Y levantan los brazos y hacen el trencito y el túnel y sólo empuñan la mano para levantar el vaso cervecero que terminará haciéndoles perder el juicio. Ninguno de ellos sabe que a unos cuantos metros de allí, casi de manera clandestina, acaba de hacer su aparición el Comandante Manu Chao. Y qué les importa: ellos sí saben que no existe un mundo mejor. –Necesitamos un mundo mejor. Cambiemos el mundo –insiste Manu. Y hay una sorprendente semejanza con las frases que gritaba Danny el Rojo, líder del movimiento del Mayo Francés y que ahora, viejo y ecologista, acaba de ser sometido a juicio en Alemania por pedofilia. Y antes de que los muchachos de Radio Bemba se lancen a tocar, Manu Chao susurra a capela, “Tú no tiene la culpa, mi amor, que el mundo sea tan feo”. Y el alarido de las chicas, con sentimiento de culpa por ser hijas de un padre con demasiados empleados, no se hace esperar. Esa es la gracia de Manu. Así como Ricky Martin pudo atravesar fronteras y embobar a las adolescentes descocadas del norte y del sur, Manu Chao ha cruzado el charco y unido a los jóvenes-sensibles-e-idealistas de ambos lados del planeta. Todo un mérito, y eso se debe reconocer honestamente. Aunque, cuando termina el show otra vez trato de hablar con Manu, y, otra vez, aparece ese amigo gordo con cara de ex boxeador, que me detiene y me prohíbe acercarme.

Yo corrí en San Fermín

Publicado: 16 septiembre 2008 en Juan Pablo Meneses
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Al final de la corrida le pego una bofetada a Ernest Hemingway. Se la pego a un costado de la cara, entre su oreja y mejilla izquierda. Pero eso sucede al final de la corrida que ahora está por comenzar. Quedan pocos minutos para un nuevo encierro, el sexto de este año en San Fermín, la famosa fiesta de Pamplona donde sueltan a los toros por las calles mientras miles corren eufóricos escapando de una cornada.

 

Hace cuarenta minutos que pasaron las siete de la mañana, y a los que hoy vamos a correr nos tienen encerrados hace más de una hora. A las ocho soltarán ocho toros, pero unos minutos antes abrirán el encierro de los corredores. Un mozo, como se le dice tradicionalmente a quienes corren delante de los animales en San Fermín, puede aprovechar esos minutos de ventaja y correr las ocho cuadras sin problema. De hecho, la mayoría de los que corre nunca ve ni de cerca a los animales. “¡Hay que esperarlos!”, grita uno con sonrisa dura, en mitad de una espera llena de nervios. Hay gente asustada de verdad. Algunos abandonan a último minuto. Otros cantan sevillanas. “Yo me iré corriendo rápido antes de que los suelten”, murmura uno de México, saltando como si tuviera resortes en las zapatillas.

 

Si bien no hay obligación, la mayoría de los corredores están vestidos de blanco y con cinturón o pañuelo rojo. Otra vieja costumbre que todavía se mantiene, especialmente los gringos en plan “¡Gran-tour-a-San-Fermín!”, es correr con un diario enrollado en forma de palo. Así, dice la tradición, se le puede pegar y espantar al toro sin dañarlo físicamente. A diferencia del resto del mundo, donde se ven grandes investigaciones o crónicas periodísticas envolviendo pescado, en estos minutos previos al encierro veo cientos de notas periodísticas enrolladas y muy bien dispuestas para alejar a los toros en caso de emergencia.

 

En eso, aparece una voz por los parlantes y la ciudad estalla en aplausos llenos de vivas y de ¡olé! Los altavoces están por todo el recorrido. Los que más aplauden son los que no corren, los que miran de afuera, sin peligro, y que entienden que la fiesta está por comenzar. La voz de los parlantes viene dirigida a nosotros, a los que estamos encajonados esperando que abran la puerta. Nos anuncian a todo volumen unas medidas de seguridad que salen en castellano, francés, inglés, italiano y alemán. No hay indicaciones en euskera, aunque esta es una fiesta vasca, con origen vasco, en una región vasca y en donde todas las noches, en más de algún bar, se termina empinando la copa y gritando: “¡Gora Eta!”

 

Las precauciones a tomar parecen simples, pero al escucharlas por parlantes y en un encierro junto a personas que saltan nerviosas y con un diario enrollado en la mano, la cosa se agranda: “Si te caes al suelo tápate la cabeza con las manos; nunca toques a los toros; no te subas a las barandas mientras corres; no corras si bebiste”. Lo del alcohol es ridículo: el 80 por ciento de los que estamos aquí adentro nos pasamos la noche despiertos, en fiestas, conciertos o en bares bebiendo kalimotxo, como le llaman a la mezcla de vino tinto y Coca Cola que riega la ciudad esta semana. La policía saca de entre los corredores a un par que ya no se puede mantener en pie y a otro que trae ojotas en vez de zapatillas, pero no mucho más. Si bien la mayoría pasamos de largo, hay algunos corredores que recién se levantaron después de dormir ocho horas para correr más despiertos. Casi todos son estadounidenses que han llegado en tours organizados con varios meses de anticipación. Traen zapatillas especiales, camisetas alusivas al viaje y chapas de San Fermín.

 

Para el resto, la noche previa, como todas las noches y días desde que con la ceremonia del Chupinazo larga San Fermín, son de una fiesta interminable y repetida. Basta una hora para saber lo que te va a esperar durante las 23 restantes hasta completar cada día de una semana, que empezó el siete y terminó el lunes pasado. Hay peñas folclóricas que pasan tocando tambores, trompetas y olés a las horas más insólitas, cuando la mayoría duerme. El negocio es gigante. La alcaldía acondiciona plazas para que los corredores sin alojamiento puedan dormir al aire libre. Todo el Casco Viejo de Pamplona se convierte en un enorme shopping al aire libre con todo tipo de souvenirs de la fiesta. Se acreditan más de 600 periodistas de todo el mundo, participan más de 3.000 voluntarios y en total hay más de 200 actividades. Además de los turistas, durante esta semana vuelven a Pamplona todos los que hicieron su vida en otras ciudades de España, por estudio o trabajo, y se reencuentran así con sus padres y amigos del barrio, con quienes comentan el crecimiento de la familia mientras en la mesa vecina se emborrachan unos alemanes. También llegan muchos sudamericanos que hacen tatuajes con henna, malabares con fuego, tocan guitarra o venden tejidos; y marroquíes y paquistaníes que se abocan básicamente a vender cerveza suelta y chocolate las 24 horas.

 

Queda menos. Se abre la primera puerta y comenzamos a avanzar por la calle San Nicolás en dirección a la Plaza de Toros, donde termina el encierro. Más adelante hay una barrera de policías que detiene a los mozos que avanzan más rápido: la idea es que haya corredores por todo el trayecto, por eso tantas barreras y detenciones antes de la largada. Aquí cualquiera puede correr. No hay que pagar inscripción, y todavía no es necesario registrarte por Internet en la web de Nike o de Reebok para correr de a miles. Cualquiera se puede sumar, libremente, con requisitos mínimos. La nueva barrera de policías sirve para una nueva revisión, esta vez sacan de la pista a un japonés que no quiere soltar su cámara de video. Está prohibido correr con cámaras. Si estás solo y no tenés quién te tome una foto, al final de cada encierro las casas fotográficas de Pamplona ponen a la venta cientos de imágenes sacadas por fotógrafos estratégicamente ubicados: después de cada encierro muchos mozos se van al centro del casco antiguo a ver si salieron en alguna foto, por la que deberán pagar 12 euros.

 

Ya no queda nada. Ahora los mozos estamos todos dispersos por estas ocho manzanas adoquinadas, las mismas que durante el resto del año transitan a paso lento y bastón en mano una mayoría de jubilados. Los que estamos adentro del encierro somos pocos y la mayoría de los visitantes han preferido —sensatamente— ver la escena desde tranquilas tribunas o desde balcones que se alquilan por buen precio y con meses de anticipación. Ya está. No queda tiempo. Alguien grita que ya son las ocho. Pasa un minuto más. Boooooooom.

 

El bombazo se escucha lejos y anuncia que acaban de soltar a los toros. Y que ya vienen hacia nosotros. Todos comenzamos a correr desesperadamente hacia adelante. A correr sin que importe si pisamos a alguien en el camino. Lo que hasta hace unos minutos era nerviosismo colectivo, ahora es individualismo desatado. Aparece San Fermín en su esencia. De pronto, todos estamos viviendo en directo la metáfora de la vida que nos quieren hacer vivir: aquí adentro nos salvamos aplastando cabezas ajenas y nos abrimos paso sin importar quién quede en el camino. Adrenalina pura.

 

La carrera termina en la Plaza de Toros de Pamplona, pero claro, para eso falta mucho. Esto recién empezó. Si bien oficialmente una corrida dura dos o tres minutos, aquí adentro el tiempo se alarga. Dos o tres minutos es muchísimo. Es como una semana sin adrenalina. Y seguís corriendo. El grito de los otros mozos te pone más nervioso. Todos gritan y todos corren desesperadamente. De los balcones lanzan papel picado y sobre tu cabeza cae una lluvia infinita de flashes fotográficos. La Televisión Española transmite en directo al resto del mundo, como todos los julio de cada año, las imágenes de Pamplona. Hay cámaras de televisión por toda la calle, como si esto fuera un gran set de televisión. Y seguís corriendo. Corrés mirando hacia atrás. Corrés arrancando. Corrés con el corazón en la boca. Corrés entre los turistas gringos. Corrés asustado. Corrés entre las familias de Pamplona. Corrés como un ladrón de carteras del DF, como un tira-collares de Buenos Aires. Corrés de los toros. Corrés con furia, como nunca corriste. Corrés frente a los fotógrafos, que más tarde venderán tu foto en la tienda del casco Viejo. Corrés sabiendo que te siguen, que están cerca, que ya se sienten. Cada vez más cerca. Corrés nervioso, pero con valor. Los toros se escuchan, porque traen en el cuello campanas que anuncian su presencia policial. Ya casi te agarran. Y corrés para salvarte el pellejo. Con todo. Que no te agarren. Hijodeputa que no te agarren, corré mierda, corré mierda, corré como nunca corriste por la puta madre. Y tus piernas se mueven más rápido de lo que pensaste. Estás en San Fermín, la famosa fiesta de los toros, y ahora los toros te pasan a pocos centímetros, cerca. Tratás de mantener la calma, pero el latido de tu corazón te parte la cabeza, y ahí acaban de pasar y sientes miedo de verdad pero no lo sabes.

 

Cuando entrás corriendo a la plaza de toros, junto a los animales, te recibe un estadio lleno de gente vestida de blanco y pañuelos rojos que te aplaude a rabiar por lo que acabás de hacer. Miles de personas sentadas en las tribunas, que esperaron pacientemente la muerte de alguno de nosotros, y que ahora te lanzan vítores y disparan fotos.

 

Cuando termina el nuevo encierro, en la plaza de toros sueltan unas vaquillonas para que los corredores se entretengan jugando a ser toreros. De los litros de kalimotxo ya no queda nada. La adrenalina de la corrida se llevó el alcohol. Sin embargo, aunque ya han pasado unos minutos del fin te sentís eufórico, como si te hubieras inyectado bebida energizante. Tenés ganas de gritar. Y gritás. Gritás como si estuvieras solo en la mitad de un desierto, gritás en el centro de la plaza de toros de Pamplona un mes de julio durante San Fermín, gritás con los puños apretados y aflojás y sacás toda la tensión de jugar a arriesgar la vida en una fiesta transmitida en directo por Televisión Española.

 

A la salida de la plaza de toros, una enorme estatua de Ernest Hemingway le hace un homenaje al escritor que hizo famosa la fiesta de San Fermín con la publicación, en 1926, de la novela Fiesta (The Sun Also Rises). En Pamplona están conscientes de los resultados que trajo la novela del escritor rudo, de puño cerrado, que le contó al mundo lo bravo que era escapar de toros sueltos por la mitad de las calles. Y ahí está Hemingway, mirando con ojos de bronce cómo salimos todos los corredores de la plaza de toros. Entonces, con la adrenalina descontrolada y la exaltación de sentirme superhéroe por un par de minutos, salto y me subo a la estatua del admirado Ernesto. Me acerco a su cara, lo miro fijo y le doy una bofetada. “Nunca te atreviste a correrla de verdad”, le digo sin quitarle la vista, antes de irme a buscar un nuevo kalimotxo para seguir en la fiesta interminable.