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Las bolas no cuentan

Publicado: 1 marzo 2009 en Martín Caparrós
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Caía la noche sobre una tarde de bochorno y Candela me decía por tercera vez que el joputa, el auténtico joputa era el tonto de Hemingway. Alrededor flotaba un humo pesado de cigarros y gritos que eran suspiros excesivos: olés, exhalaciones desmayadas. Allá abajo, en la arena, un bruto cuerpo negro arremetia contra un cuerpito envuelto en sedas:

–Tonto pero joputa, que te lo digo yo.

Candela era dos labios de pecado y una boca de carretero enfermo. Todo junto bajo los ojos verdes más almendrados que había visto en mi vida –y que incluso, por momentos, me miraban. Candela era morena como sólo puede ser morena una andaluza. Me resultaba tan difícil concentrarme en lo que estaba sucediendo allá abajo, en el ruedo, pero Candela no tenía piedad:

–El muy gilipollas se creyó que los toros eran una cuestión de huevos. Y lo peor es que se lo hizo creer a millones de personas. Huevos…

Repitió. Repetía huevos y al final, ya llegando a la o, sus labios se juntaban adelante en trompita triunfal y silbaba la ese. No era fácil pensar en otras letras.

–Huevos…

Repetía.

–Los huevos, si acaso, sirven para la tortilla que te comes después de la corrida. Pero nada más. Con los toros no tienen ná que ver.

***

Fue mi primera tarde de toros, hace bastante años, y Candela se empeñaba en explicarme todo. Yo sólo quería lo inexplicable pero nunca llegaba. No terminaba de entenderla: hacía semanas que la deseaba en todo tipo de escenarios, cines, bares, museos, un concierto de Phil Woods, dos restoranes chinos; ella seguía favoreciendo los encuentros y los cerraba siempre igual:

–Bueno, a ver cuándo volvemos a vemos. Me gusta mucho estar contigo.

Y una mirada fría que congelaba todo intento. Después, aquella tarde, me invitó a los toros: yo no estaba en condiciones de negarme a nada. El primer toro me cogió, en verdad, desprevenido: no conseguí mirarlo ni un poquito. Candela tenía una falda de crepe muy larga y vaporosa, traslúcida sobre sus piernas como el mundo. Pero al segundo toro la empecé a mirar menos y me interesó lo que veía allá abajo: un hombre vestido con un traje de luces verde y oro, un poco gordo, mechón de pelo blanco y maneras cansinas hacía bailar un toro con lentitud de sueño. Era un hombre mayor, sin la defensa de su físico: puro saber, deseo de la belleza. El hombre no tenía cuerpo para dominar al cuerpo negro, lanzado a cincuenta kilómetros por hora, que le rondaba alrededor: tenía sabiduría. Cada uno de sus movimientos era exacto, preciso: ni un gesto innecesario. El arte es no hacer nada de más, recuerdo haber pensado: que cada movimiento tenga su sentido en un sin sentido que se justifica a sí mismo. El hombre viejo sabía, bailaba la más extraña danza, circunspecta, y hacía que el cuerpo negro dibujara, involuntario, una preciosa geometría.

–Es el maestro Antoñete. Es lo mejor que nos puede pasar a ti y a mí esta tarde.

Me dijo Candela y me quedé enganchado. Yo no lo sabía, pero esa tarde me quedé enganchado. En ese tiempo yo vivía en Madrid; poco después saqué un abono para la plaza de Las Ventas, la más seria del mundo, y, por muchos años, no me perdí ni una tarde de toros.

***

La Argentina tiene una clara tradición taurina: la tilinguería de pensar que “está mal”. Le viene, más que nada, de Sarmiento, que prohibió las corridas porque le sonaban demasiado españolas y lo español, se sabe, le sonaba árabe y lo árabe, precursor, le sonaba muy bárbaro y lo bárbaro, contradictor, no le parecía bárbaro viste. Así que desde 1870 renunciamos a ser un país de toros para convertimos en el país de las vacas, y así nos va. Antes sí hubo corridas: durante toda la Colonia eran el centro de cada celebración y había, por supuesto, una bonita plaza en el predio de Retiro: vengativos, los primeros argentinos obligaron a los españoles prisioneros de guerra a trabajar forzados en su demolición, hacia 1817.

Así que las únicas corridas que nos quedaron fueron las bancarias. Y ese aire de superioridad con el que solemos decir que estamos en contra de la fiesta de toros porque pobre animalito –como si viviéramos a sorgo y margaritas. Y la tontería con la que argumentamos que el torero tiene más posibilidades que el toro, que no es fair. Por supuesto no es: la corrida no es un deporte; es un espectáculo, que no trata de producir competencias, victorias y derrotas, sino algo mucho más modesto: la belleza.

–Los que se oponen a la fiesta de toros so pretexto de cuidar a los toros no se dan cuenta de que esos toros sólo existen porque hay corridas.

Me dijo alguna vez un gran escritor taurino, Joaquín Vidal, a quien citó Cortázar en Un tal Lucas para mostrar cómo puede ser de incomprensible el castellano.

–Criar toros de lidia es carísimo y la raza no sirve para nada: no da buena carne, no trabaja, no nada.

Sólo sirve para echarla a la plaza y que la faene el matador. Si no fuera por eso, ya hace siglos que se habría extinguido.

***

Los mayores antitaurinos suelen ser franceses. Los españoles contraatacan con el ejemplo del foie gras: no está claro por qué, les dicen, sería más cruel matar a un toro en una plaza que mantener a un ganso entubado durante meses para atiborrarlo de comida, producirle cirrosis y, así, comer uno de los grandes manjares de este mundo. Pero además, dicen, la corrida es el mejor destino para un toro. Un vacuno macho bebé hispano nace y se enfrenta a tres opciones: o se pasa doce meses engordando a piensos compensados para que lo electrocuten en mataderos sucios y lo conviertan en chuletas, o le cortan los huevos genitales cojoneros y lo ponen a tirar de un arado veinte años sin retiro voluntario, o lo sueltan en un campo de encinas para que se pase cuatro años saltando y retozando, haciéndose grande fuerte y hermoso para exhibirse, por fin, una tarde de sol, en una plaza donde lo matan ante la admiración de mucha gente. Yo sé qué elegiría.

***

Rojos vuelan y vuelan amarillos. Alguien supondrá que todo esto es una lucha de colores: los vivos contra el negro, los rojos y amarillos de las capas, verdes y azules y blancos y brillos del torero contra el negro del toro donde avanza, poco a poco, el rojo. Alguien supondrá que todo esto es un ballet sin orden ni concierto, vuelos y revoleos y, sin embargo, pocas cosas más rituales que una tarde de toros.

Una corrida es un rito complejo con partes muy precisas. Cada tarde tres toreros torean dos toros cada uno: “seis magníficos toros seis”, suelen decir los carteles; lo que hace cada torero con cada toro se llama una “faena”. Y cada faena está dividida a su vez en tres tercios.

El primero es el tercio de varas: el toro sale al ruedo, el torero lo recibe con su capa rosa y amarilla y le da unos pases con muchos vuelos de la tela: verónicas, chicuelinas, delantales. Es, quizás, la imagen más clásica del toreo y fue, durante siglos, lo más importante. El toreo empezó a caballo: era una diversión de nobles que ‘alanceaban’ toros, los cazaban desde sus monturas en el campo. Cuando empezaron a hacerlo en las ciudades, en la misma época en que fundaron Buenos Aires, los señores necesitaron la ayuda de sus peones que les encarrilaran los toros en la plaza mayor a golpes de capote. Los peones, es obvio, trabajaban a pie: de su tarea subsidiaria, completamente deslucida, viene el toreo moderno.

Ahora los capotazos le sirven al torero para ir viendo cómo embiste el animal: para empezar a conocerlo. Toda la faena es un largo proceso de conocimiento mutuo, donde el hombre tiene que estar seguro de conocer más rápido, saber cómo es el toro para poder engañarlo con el paño: si el toro le descubre el engaño –si es uno de esos toros “que saben latín”–, la bestia dejará de ir al trapo y buscará su cuerpo. Si el hombre no lo entiende veloz no logrará domarlo: una faena es el combate en el que el hombre debe someter al toro, enseñarle a cumplir con las órdenes que le da con cada pase de su paño.

Después, todavía en el primer tercio, el picador, sobre un caballo muy acorazado, deja que el toro lo embista y lo hiere en el cuello con una lanza larga –la vara–, para hacerle bajar la cabeza y perder fuerzas. El picador es lo que queda de aquellos caballeros casi medievales. Y es necesario: un toro es un animal espeluznante, de 600 kilos de músculos y movilidad: si estuviera en plena forma, ningún hombre podría enfrentarlo y salir vivo.

***

–Era un joputa tonto, nunca entendió nada.

Me insistía Candela aquella tarde pero ya nada de eso le importaba: estaba arrobada, tránsida, y yo muerto de celos.

–Has visto lo que es eso, lo que está haciendo ese hombre. ¿Has visto, joder, la belleza perfecta?

Lástima que yo, entonces, no sabía: Candela se habría quedado encandilada si le hubiera contado lo que me contó muchos años después Antoñete, el torero que la estaba encandilando, sobre el tonto joputa:

–La verdadera historia es que el Hemingway llegó aquí a España antes de la guerra, y se enamoró del Niño de la Palma, un torero importante de entonces: enamorado perdido estaba, pobrecillo. Y el otro era un castizo que no le hizo ni caso. Pasó la guerra española, lo echaron de aquí, y cuando volvió, veinte años después, se fue a Pamplona y descubrió al hijo del Niño de la Palma, que era Antonio Ordóñez, y allí se enamoró otra vez, del hijo, y fue cuando escribió aquel libro, Verano sangriento, sobre Ordóñez… Pero no entendía nada. De toros, nada. Si acaso, de toreros.

***

El segundo tercio es el de banderillas: en él, los ayudantes del torero los peones, aquellos subalternos casi medievales banderillean al toro, le pinchan el lomo, para excitarlo. Los buenos banderilleros juegan con sus toros danzas increíbles. Y cuando el animal ya tiene sus tres pares de banderillas, el matador pide permiso para matarlo.

Entonces llega el gran momento: el tercio de muleta, o de la muerte, o de la verdad. Son los diez minutos culminantes de cada faena. El torero, solo en la arena, con una franela roja y chica en la mano, tiene que hacer pasar al toro alrededor de su cintura las veces suficientes para crear la belleza esperada y, ya queda dicho, para enseñarle a seguir sus engaños y, por lo tanto, poder estoquearlo cuando llegue el momento. Cada pase tiene su ortodoxia, sus modos y maneras, sus variaciones según el ejecutor: es un juego de geometrías, movimientos que se hacen lentos en la medida en que el torero los maneja, majestuosos si está en una buena tarde. Es el momento que hizo que tantos se engañaran y creyeran que el toreo era cuestión de huevos, que importaba de un torero su coraje, cuando lo básico es su arte: su poder de dibujar destellos en el aire, movimientos precisos de su cuerpo, líneas sobre la arena trazadas por una bestia espeluznante. El toreo cuando es bueno, es sobre todo un hecho estético, la danza inverosímil entre un hombrecito y una bestia parda. La belleza donde no puede estar.

Esa otra vez, muchos años después de aquella tarde, Antoñete me contaría que él pasaba miedo antes de salir al ruedo pero que después ya nada de eso importa: que por esos minutos sería capaz de entregar todo:

–Son minutos, no dura mucho, pero son de una intensidad tremenda. Cuando el toro es regular estás muy en tensión, sabes que te puede coger y tienes que hacer por evitarlo. Y cuando tienes un toro bueno, pues… Cuando le has dado unos pases buenos y ves al público puesto en pie aplaudiendo, si ahí te dicen mira te doy tanto dinero, lo que quieras, si me cambias el sitio, no habría caso. Ahí no te cambias por nadie. No te importa nada, nada. Una sensación de poder absoluto. Cuando te das la vuelta y ves esa plaza volcada contigo, la emoción es que te ahoga. Allí te tienes que sujetar, porque te gustaría pegar saltos, festejar, pero tienes que comportarte como lo que eres, el torero, y aguantarte, y no expresar la alegría esa loca que te da.

–He oído a toreros diciendo que era una relación casi sexual lo que tenían con el animal en ese punto.

–No. Hay algunos que dicen que es sexual. Yo no, lo mío es cariño puro. Cuando ya te sale bueno sientes un enorme cariño por él: toro bonito, toro guapo, le hablas al toro. Yo le digo esas cosas; son tonterías, pero las sientes en ese momento. Venga toro bonito, toro guapo, embiste. Cositas. Piropos. El toro tiene que saber que tú lo estás queriendo. Ojalá Candela lo hubiese escuchado. Aquella tarde, sin duda, era una de esas tardes. Delirábamos todos.

***

En la faena el hombre debe someter al toro, enseñarle a cumplir con las órdenes que le da con cada pase de su paño. Después el matador –se llama matador de toros– tiene que estoquear a su toro. Es el momento culminante: donde el torero, para enterrar la espada, abandona toda defensa y se la juega a cara o cruz. Si mata bien a la primera estocada –sin necesidad de intentar otras o una espada especial llamada descabello– el torero va a recibir un premio. Son simbólicos: si su faena fue muy buena el público pide, agitando sus pañuelos, que el presidente le dé una oreja del toro; si fue extraordinaria, las dos. Es una rara mezcla de democracia –el público pide– y autoridad –el presidente– decide. Y, si pasó algo fuera de todo lo común, el público entusiasmado le gritará Torero, torero: es la única profesión que conozco donde llaman al profesional profesional, es el mejor elogio imaginable.

Pasaron los años: varios sin saber nada de Candela. Mi insistencia no había dado frutos y hasta yo puedo entender algunos límites, algunas veces: no la vi nunca más –y sólo la recordaba muy de tanto en tanto, como un dolor ligero, como el amago de una mueca que no haría. Había pasado años y tantas otras cosas; esa tarde de mayo, en la plaza de Madrid, era de dioses: hacía mucho que no se veía allí tan buen toreo. Yo había aprendido y ahora podía disfrutarlo de verdad. El maestro Antoñete estaba en su apogeo, y veinte mil desaforados arañaban el éxtasis. Muchos gritaban los olés de rigor, bastantes se agarraban la cabeza, más de cuatro lloraban, uno tiró su chaqueta hacia a la arena. A mi lado, un viejo andaluz estaba al borde del soponcio y repetía una frase, bajito, como una letanía:

El matador tiene que estoquear a su toro. Para enterrar la espada abandona toda defensa y se la juega a cara o cruz.

–Esto no se pué ver. Esto no se pué ver. Es que esto no se pué ver…

Decía, con fatalismo raro. Hasta que realmente no pudo más, se dio vuelta y dejó de mirar: no sabía soportar tanta belleza. En el ruedo, el maestro Antoñete completaba su obra. Más tarde, cuando pude volver a pensar, me di cuenta de que nunca había visto un homenaje mayor: un espectador que, llegado el momento, dejó de mirar el espectáculo porque era demasiado. Como quien mira al sol y se enceguece.

Yo seguía mirando, y entonces la vi, de pie, entusiasmada, cinco o seis filas más abajo. Esa mujer destacaba imponente, el pelo negro despenolado que le caía en cascadas, una mantilla bordada sobre camiseta minimalista blanca, las ancas desbancando un jean bien ajustado.

Tardé unos segundos en ver que era Candela. Yo las voy de moderno, pero me impresionó con qué furia besaba a su pareja: se morreaban con un descaro espléndido. Estaban muy afuera, muy lejos, desdén olímpico del mundo. Si quieren les digo que me quedé más tranquilo, casi reconciliado: Candela, bajo el sol de la plaza, era lenguas y babas con una rubia medio tosca, alemanota, demasiado robusta. No fue por mí, pensé, era cosa del género. Mal de muchos, pensé, y volví a gritar olé.

Niponas

Publicado: 18 febrero 2009 en Martín Caparrós
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1.

Hay un lenguaje: todo país es un lenguaje. Quizás, a veces, el viajero puede incluso suponer que entiende lo que le está diciendo. Y casi siempre se confunde, pero ése es el salero de los viajes.

 

Japón, en japonés, no se llama Japón sino Nihón –o Nipón si se le quiere dar más énfasis, como en dale nipón dale nipón o nipón la victoria final te espera virgen. No conozco más casos de países donde el nombre propio sea tan distinto del nombre propio que le dan los ajenos. Debe ser otra muestra de ese imposible: la comprensión entre nipones y gaijines –o goyim, o extranjeros.

 

Si hay algo que por el momento me impresiona de estos señores y señoras es su meticulosidad, sus miramientos. El horror por la mancha bajo cualquiera de sus formas: grande, enorme, clara, oscura, muy paralelepípeda, real, imaginaria. Les sospecho una taxonomía anchurosa de la mancha: como los esquimales tienen cincuenta palabras para hablar de los tonos del blanco, los ornitólogos decenas para las variaciones del jilguero, los argentinos tantas más para decir cagaste.

 

Porque la vida es más o menos así: uno se cree que ha visto pescados –por ejemplo– hasta que llega un día a ese mercado y descubre que no ha visto nada. Entonces va y dice la vida es así, hasta que llega un día y descubre que no ha visto nada. Entonces va y dice que la vida, hasta que llega un día. Y mientras tanto aquí, en el mercado de pescado de Tsukiji, se esconde el tremebundo fugu. Cada dos meses, poco más o menos, un japonés muere de fugu. El fugu es un pescado que tiene en sus vísceras veneno suficiente como para matar 600 vacas –supongo que es un cálculo, que nunca lo probaron–, y los locales se lo comen. Si no está bien preparado –por alguno de los cocineros que han seguido un curso de dos años y conseguido la licencia oficial–, el fugu mata: ruleta rusa con escamas. Ellos dicen que es rico, pero nadie les cree: no parece necesario que lo sea.

 

Como si lo que de verdad les importara fuera verse honorables: limpios, pulcros, la cabeza erguida, el traje presuntuoso por lo austero, la reverencia pronta. Por momentos pienso que tanto trabajo para edificar una fachada debe ocultar monstruos extraordinarios; después el optimismo se me pasa.

 

Tsukiji, todavía. En una palangana llena de agua boquean almejas. Escupen de vez en cuando, abren y cierran conchas. Me pregunto qué percepción de la vida y la muerte, las almejas. Les imagino modos: las han traído aquí, no saben dónde están y suponen quizás que su caparazón las protege todavía. Escupen, boquean; se las comen lo más tarde mañana. Me imagino que no imaginan nada, las almejas. Después, para mi gran sorpresa, veo que cuando las abren les mana sangre roja. Yo sé que no es así, pero las sorpresas siempre me hacen pensar que entendí algo.

 

Aunque nunca sea cierto. A lo lejos, Tokio parece un horror de edificios modernos y brillosos. De cerca, a veces, también, pero no es. Es muy difícil saber a qué distancia hay que mirar a las ciudades para verlas.

 

O para aprender a no mirarlas. Todos los japoneses esperan como un solo japonés su turno en los semáforos, en los largos semáforos de Tokio: en Tokio los semáforos son largos como una noche de esperarte. Le sugiero a un amigo sociólogo que calcule el tiempo que un japonés promedio usa, en su vida, para mirar al hombrecito rojo. Mi amigo me dice que entonces son felices:

 

–Están cumpliendo con su deber, cargando sobre sus pies el peso de las reglas, obedeciendo. No tienen nada que preguntarse, la consigna es clara: la siguen con un esfuerzo mínimo, sólo con sumisión. Es el momento japonés perfecto.

 

Me dice y yo le digo que sí, pero que en la tradición más clásica el cumplimiento del deber era más meritorio cuanto más difícil, y hablamos de los 47 ronin que llevaron el deber hasta la muerte y más allá, cerca de la deshonra.

 

–Es cierto. A los viejos, quizás, a los tradicionales les gustaría más que, frente al semáforo, en la vereda donde tienen que esperar, una parrilla les calentara los pies hasta justo antes de lo intolerable.

 

Dice mi amigo, o si acaso lo piensa, Pero ese arte de vivir se está perdiendo: a los jóvenes ya no les gustaría.

 

Contra tanta armazón de los mayores, jóvenes se desperdigan desparraman. Maneras de disidencia jovencita: los cuerpos desgarbados, las espaldas bombé, las mechas disparadas, los brazos dos colgajos monos remolones. Los jóvenes se empeñan con la figura de sus cuerpos en demostrar que no forman parte de la máquina, que no son un engranaje de Japón & Co –hasta que se gradúan y consiguen el puestito en la empresa y lo defienden con su vida. Lo conservan, lo pagan con su vida.

 

Y los patios de los templos están cubiertos de piedritas muy ruidosas. ¿Cómo si no podría saber el dios que el fiel está llegando?

 

En uno de los cientos de templos de Kioto tres monjes cantaban –calmo salmo– las palabras de Buda. No podía entenderlas y me aliviaba no poder: el olor del sándalo de sus ofrendas era mucho más que suficiente.

 

Los templos en Japón se esconden en la naturaleza, forman parte del paisaje que los rodea: me hacen pensar en una religión de hombres que aceptan su lugar y se acomodan. Los templos en Occidente acaban con cualquier naturaleza circundante: me hacen pensar en una religión de hombres que pretenden dominio. Prefiero la religión occidental –el orgullo de seguir buscando. O quizá nunca tuve la chance de preferir nada.

 

Los lugares turísticos de Japón se parecen a los lugares turísticos del resto del mundo en que unos y otros siempre rebosan de turistas japoneses. Pero lo que no sorprende en Notre Dame desentona en Tokio: el turista debería ser un animal exótico, cuya rareza justifique el esfuerzo de ir a verlo.

 

Tsukiji, una vez más. Un hombre que acariciaba, tajeaba, limpiaba y volvía a acariciar los restos de un atún hasta transformar cada trozo en partes de su arte. Pocas veces ví a alguien tratar la materia tan amorosamente como ese hombre su pedazo de atún, y después ví otro y otro y otro hombre, y más. Imaginé delicadezas, la famosa cultura milenaria, el templo. Aunque era claro que lo hacían por la razón de siempre: para que su aspecto sedujera al comprador que se lo va a comer dentro de un rato, a desaparecerlo.

 

Pero, sobre todo, las niponesas son maestras en el arte difícil de pararse con los pies para adentro: rodillas ligeramente juntas, los muslos separados, kawa bata.

 

“Vuela un cuervo. En la rama
posa el cuervo sus patas.
Vuela el resto”.

Dice el otro, ya tan atragantado de nipón que se le cruzan palabras sin quererlo.

 

2.

En niponés no hay letras, hay dibujos –que nos recuerdan que las nuestras son dibujos también, aunque hayamos aprendido a ya no darnos cuenta. Son dibujos, firuletes tan bellos. Una ciudad que no se puede leer es un alivio y es un desafío: vivimos en la facilidad de las palabras. Aquí, donde las letras no lo son, hay que buscar otros indicios, otros signos. Aprender a mirar o a simular miradas. Saber equivocarse. Aquí los perros no pueden salir a la calle sin correa –como en casi todo el mundo. Aquí lo observan. Se diría que aquí son, sobre todo, observadores fieles.

 

Aquí, en niponés, quiere decir otoño. Aquí, ahora, es primavera.

 

El reemplazo de signos funciona bien en la comida: cuando se les ocurrió que los extranjeros quizás merecían alguna información decidieron poner imágenes de sus platos a la entrada de sus comederos. Por alguna razón no creyeron en la fotografía: en la mayoría de los restoranes de Tokio hay modelos de plástico –la escala es uno a uno– de lo que dan como comida. Algunos harían furor en una muestra muy moderna; todos –casi todos– son mucho más apetecibles que el plato que, después, te ponen en la mesa. Una lección –menor– sobre la utilidad de la mirada.

 

El japonés es un idioma plástico, en aquel sentido de plástico como proteico, pasible de las formas más variadas. Escucho japonés y creo estar oyendo brasileño, italiano, ruso incluso, a veces japonés. La ignorancia permite casi todo –incluso la osadía de suponer que en esa supuesta falta de carácter se esconde alguna clave.

 

Vago con basuritas en la mano, pañuelos de papel sin nada más que dar o que tomar. En una ciudad tan impecable nunca encuentro tachos de basura. Un amigo español me demuestra que ellos también pueden ponerse psicologistas:

–Sí, los japoneses tragan, tragan, tragan. Así como se tragan la basura.

 

Otro me explica que, en el Imperio de la Regla, el cáncer de estómago –el arte de tragar– tiene más incidencia que cualquier otro cáncer.

 

Detesto esas definciones, pero aún así diré que este país es un país de tímidos tan tímidos. Supongamos que un gaijin –un extranjero– le muestre al guarda del tren su pase ferroviario tapando con los dedos la fecha de validez –que ya se habrá vencido. Supongamos que el guarda haga un pálido intento por pedirle que le muestre la fecha, que el gaijín ponga cara de no ve que estoy muy ocupado cómo se atreve a molestarme so empleado; el guarda, entonces, carraspeará muy leve pero no le exigirá al gaijin colado –¿existe, en niponés, la palabra colado?– que le muestre su pase ferroviario. Yo lo ví. La timidez es el horror ante la sombra de un conflicto: para evitarlo están las reglas, los límites, la honestidad antes que nada, un aparato que también llaman cultura.

 

También es esa escena repetida: no hay que contar el vuelto, me explican a menudo; contarlo sería ofensa, suponer que podría haber de menos –¿que podría haber de más? El mecanismo es simple: buscas el hotel, llegas al hotel, entras en el hotel. Antes que nada te hacen sacarte los zapatos: te sacas los zapatos y pides un lugar –porque no sabes cómo llamarlo, no es una habitación, pero tampoco estaría bien llamarlo nicho.

 

Entonces te dan una llave, te dicen que dejes toda tu ropa en el armario de esa llave, que te pongas la bata. Embatado, descalzo, bajas por escalera con alfombra hasta el piso del baño comunal: quince o veinte japoneses en pelotas lavándose hasta el último pecado con duchitas antes de meterse en la inmensa bañera de agua muy caliente. Retozas, entonces, en la bañera, entre cuerpos japoneses relajados, distantes –tímido te mueves, casi nada, sin saber cómo tendrías que hacerlo. Igual te miran.

 

Sales del agua, vas hacia tu ¿espacio?: es hora de acostarse. Entonces atraviesas pasillos y pasillos llenos de agujeros como un ojo de buey, dos filas superpuestas, lo más parecido a una morgue americana de película, y un leve nudo en la garganta. Estás a punto de salir corriendo –y no sabes por qué no sales corriendo. Hasta que encuentras tu número, un nicho de la fila de abajo, te metes, buscas la luz, enciendes la luz, ves el espacio pura cama, sólo el espacio indispensable de la cama. El hotel-cápsula sólo te da lo imprescindible para el sueño: el espacio cama, la almohada, media sábana, la tele chiquitita. Sólo lo imprescindible: por supuesto, la tele.

 

Todos lo dicen: Japón es un país en crisis. Para oponerse a la falta de recursos del Estado, un secretario de Estado anuncia que piensan subir el impuesto al consumo –el IVA local– del 5 al 10 por ciento. Dice que está en estudio y que la medida, si se aprueba, entrará en vigor dentro de cuatro o cinco años. Dice: dentro de cuatro o cinco años.

 

Estoy harto de que me hablen de crisis –japonesa. En la Argentina la recesión se ve: son vacíos, agujeros en lo que alguna vez supimos ser. La economía se ve y, por esa exhibición, se vuelve porno. Aquí, si acaso, se comprende tras larga explicación. La economía, aquí, se vuelve a su lugar: la abstracción, la mano con los hilos detrás de la cortina, erotismo.

 

En el canal porno del nicho pasan una larga larga larga violación nipona. Está filmada tan torpe que parece real –o quizás en eso esté su astucia. Es porno brutal: muy efectivamente repugnante. La mujer se resiste como podría resistirme yo a una lectura de poemas de Mario Benedetti: sin mayor entusiasmo. En algún momento empieza a aceptar su suerte; después simula que disfruta. Parece que los hombres niponeses también necesitan creer que las mujeres niponesas no pueden seguir decidiendo más allá del momento en que ellos les muestran –como sea, la garompa en la mano, el ceño amenzante, la palabra suave– lo que ya decidieron.

 

Pero hay maneras. En medio de lo bestia unos cuadriculitos esconden los genitales de ambos sexos –los sexos de ambos genitales. Me parece muy japo: la brutalidad más absoluta también está sometida a reglas, límites precisos, que la convierten –suponen, supongo– en algo que podríamos llamar civilizado.

 

Luna sobre el estanque, los movimientos lentos, la flor de los cerezos palideciendo el aire: el tono del viejo Japón es la melancolía. Y ahora que eso también es viejo, la melancolía de extrañar aquel humor melancólico, cuando cada cosa ocupaba su sitio, cuando era claro el sitio de las cosas. La civilización, aquí parece, es una forma de la melancolía.

 

“Tantas hojas cayeron;
otras no.
Creyeron ser de piedra”.

Musita el otro, los ojos achinados de distancia, ya partido.

 

3.

Hay momentos. Me fascinó la forma en que el aprendiz le preguntaba a su maestro cocinero si había cortado bien aquel pescado. Podría pensarlo, analizarlo y estaría tan en contra: la sumisión, el poder del saber, la jerarquía triunfante. Pero ese gesto de los ojos bajos y las manos crispadas preocupadas y el temor del rechazo o de la aceptación eran amor: belleza pura. Uno se deja trampear por esas cosas. Y entonces el maestro mira aquel pescado, los ojos bajos del joven aprendiz y le dice que, en realidad…

–¿Qué querrías que dijera? Yo, ahora, por ahora, podría decidirlo. Es mi prerrogativa.

 

Son tan amables, pero tan tan amables. La amabilidad es el arte de mantener perfectas las distancias.

 

No hay lugar. Por eso es tan difícil mantener distancias. No hay lugar, y quizá su efecto más visible –más allá de las masas desatadas, las aglomeraciones siempre tan prolijas– sea el concepto de ciudad realmente vertical, que no he visto en ninguna otra parte. Nuestras ciudades son verticales para ciertas cosas: está entendido que el nivel de la calle es el espacio público, el lugar del mercado, y los altos el espacio privado: la habitación o la administración. Aquí no. Hay, por supuesto, un negocio en la planta baja, pero también puede haber un restorán en el quinto, una peluquería en el séptimo, una juguetería en el cuarto piso. Será tonto, quizás, pero es distinto.

 

Acabo de pasar tres semanas en Japón –por razones de fuerza mayor que se volvió menor. Y hubo tantas tonterías que me llamaron la atención:

Que nadie entiende un mapa.

Que las puertas de los taxis se abren y se cierran solas.

Que en tres semanas no vi ni una sola mujer embarazada: o se cuidan muchísimo o casi no se cuidan.

Que los oficinistas dejan sus portafolios en el portaequipajes del subte y se duermen –tan tranquilos, por fin tan relajados.

Que nunca –salvo dormidos en el subte– conseguí verlos relajados.

Que hay tantos oficinistas –su traje oscuro, su camisa blanca, una corbata al tono de esa falta de tonos.

Que todos creen que los demás son fiables –y actúan en consecuencia.

Que al cabo de unos días yo mismo empecé a actuar en consecuencia, y era tan agradable.

Que en tres semanas las carcajadas fueron siempre extranjeras.

Que hay falsas pistas de esquí que parecen hangares inclinados, falsas canchas de golf que parecen grandes pajareras, falsos lagos de pesca que parecen piletones de la empresa de aguas: que cosas que simulan que son otras parecen a su vez otras cosas, y así y así y así.

Que hay muchos policías con sus gafas de aumento.

Que hay muchos policías que se te tiran encima con bastones.

Que hay tanta tanta tanta gente.

Que las sonrisas pueden significar cualquier cosa y su contrario.

Que muy pocos hablan inglés –sin entusiasmo.

Que la televisión parece boliviana –con el debido respeto a los hermanos latinoamericanos.

Que tantos se desviaron de su recorrido para llevarme al mío.

Que los trenes tampoco saben llegar tarde.

Que no se oyen bocinas.

Que los niponeses parecen creer menos que otros en la utilidad de las palabras.

Que Tokio es una potencia desatada –y a su lado Nueva York es un museo de provincia francesa.

Que de tanto en tanto aparece, en medio del vértigo, un templo –y todo se detiene.

Que las mujeres tienen las piernas macetonas y muy muy pocas son bonitas –con perdón del concepto.

Que todos creen que los extranjeros son un poco tontos.

Que los extranjeros, ante tanto despliegue, en general se atontan.

Que me gustó haber estado mucho más que estar pero eso, por desgracia, me pasa tantas veces.

 

Lo entendí tarde: una buena chica japonesa –dicho, digamos, en el sentido en que se diría buena chica judía: pronunciado por la posible suegra– debe tener las rodillas lo bastante chuecas como para que se vea que responde a su raza.

 

Responden, revolotean, abundan. Colegialas vestidas de marineritos que son el non plus ultra del erotismo japonés. Colegialas vestidas de marineritos: lo que está cerca de ser una mujer sin ser una mujer. Una mujer, supongo, debe serles algo de temer. Por eso, me apresuro, la idea de la geisha: todo ese poder a su servicio –por definición, por tradición a su servicio.

 

Otra vez el pescado –pero los japoneses son los reyes del pescado: se comen, ellos solos, un décimo de todo lo que en el mundo nada.

–¿Pero usted puede comer pescado crudo?

 

Me pregunta, con gran delicadeza, una geisha que hacía de camarera o viceversa en un famoso restorán de Tokio que, por supuesto, sirve pescado crudo.

–Sí, claro.

–¿Está seguro?

 

Un modo extremo del nacionalismo: la ceguera. No creer –no querer saber– que millones de personas en el mundo se comen su pescado crudo, que extranjeros pueden hacer cosas que sólo japos deberían. La astucia no está en rechazar al gaijín porque se diferencia; sí, en rechazarlo cuando podría parecerse. El extranjero, para ser, debe ser extranjero, o sea: distinto, por favor, faltaba más.

 

Japón no parece preparado para la diferencia. Me paso los días golpeándome las cabezas con carteles bajos, puertas bajas, lámparas más bajas –y no se me cae nada. Nunca antes me había sentido tan alto. Ahora sé cuál es el precio del orgullo.

 

Alguien dijo que la vergüenza ocupa en el Japón el lugar de regulación de las conductas que la culpa cumple en Occidente, y puede ser. Hay vergüenza cuando su grupo –el fragmento de sociedad que lo rodea– le hace ver al fulano que ha hecho lo que no debía; culpa, cuando su Dios –el que el fulano se inventó, sí mismo– sabe que ha pecado. La vergüenza es grupal, la culpa función del individuo: es una diferencia significativa.

 

Suelen ser jóvenes, suelen ser hombres: los encerraditos son un invento niponés y se pasan entre seis meses y varios años en un cuarto –de la casa familiar, habitualmente– sin hablar con nadie, saliendo si acaso por las noches a buscarse una comida, una revista, algún otro alimento. En Japón hay un millón de encerraditos: el grado último de la timidez, del miedo a la vergüenza.

 

Chocar de una campana con sí misma: música de la ausencia reclamando.

 

¿Importa en el largo plazo quién inventa algo? Se supone que fueron los chinos los que inventaron la pólvora; está claro que fueron los europeos los que la usaron para conquistar el mundo. Está claro que fueron los europeos los que inventaron el avión, la televisión, el microchip; se puede suponer que quizás sean los japoneses o los chinos los que los usen para reconquistar el mundo.

 

Me incomoda: aquí las siluetas son occidentales. Los coches tienen las formas que les pensaron el señor Daimler o el señor Peugeot, las casas las que Le Corbusier o Frank Lloyd Wright, los trajes las que Saville Row, las laptops las que William Gates –y muchas costumbres también se reformulan en el mismo sentido. Entonces, si Japón o China dominan –Dios no lo quiera– alguna vez el mundo, quién lo habrá dominado, me pregunto.

 

Veía un cartel en inglés que ofrecía “your virgin rolex in this shop” y me imaginaba cómo sería un rolex desvirgado y la escena sangrienta de su desvirgue y algún grito: cuántas cosas te hacen decir las palabras, pensaba, sin querer, y me preguntaba qué estuvieron diciendo las mías en estos días nipones.

 

“Un semáforo, dos,
tres: una sola
manera de mirarlos”.

Murmuró, modernizado, harto de las metáforas jardineras y de un mundo que te explica todo el tiempo como tienes que usarlo, y se volvió a su casa.

Muxes de Juchitán

Publicado: 22 septiembre 2008 en Martín Caparrós
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Amaranta tenía siete años cuando terminó de entender las razones de su malestar: estaba cansada de hacer lo que no quería hacer. Amaranta, entonces, se llamaba Jorge y sus padres la vestían de niño, sus compañeros de escuela le jugaban a pistolas, sus hermanos le hacían goles. Amaranta se escapaba cada vez que podía, jugaba a cocinar y a las muñecas, y pensaba que los niños eran una panda de animales. De a poco, Amaranta fue descubriendo que no era uno de ellos, pero todos la seguían llamando Jorge. Su cuerpo tampoco correspondía a sus sensaciones, a sus sentimientos: Amaranta lloraba, algunas veces, o hacía llorar a sus muñecas, y todavía no conocía su nombre.

Son las cinco del alba y el sol apenas quiere, pero las calles del mercado ya están llenas de señoras imponentes: ochenta, cien kilos de carne en cuerpos breves. Las señoras son rotundas como mundos, las piernas zambas, piel cobriza, los ojos grandes negros, sus caras achatadas. Vienen de enaguas anchas y chalecos bordados; detrás van hombrecitos que empujan carretillas repletas de frutas y verduras. Las señoras les gritan órdenes en un idioma que no entiendo: los van arreando hacia sus puestos. Los hombrecitos sudan bajo el peso de los productos y los gritos.

—Güero, cómprame unos huevos de tortuga, un tamalito.

El mercado se arma: con el sol aparecen pirámides de piñas como sandías, mucho mango, plátanos ignotos, tomates, aguacates, hierbas brujas, guayabas y papayas, chiles en montaña, relojes de tres dólares, tortillas, más tortillas, pollos muertos, vivos, huevos, la cabeza de una vaca que ya no la precisa, perros muy flacos, ratas como perros, iguanas retorciéndose, trozos de venado, flores interminables, camisetas con la cara de Guevara, toneladas de cedés piratas, pulpos ensortijados, lisas, bagres, cangrejos moribundos, muy poco pez espada y las nubes de moscas. Músicas varias se mezclan en el aire, y las cotorras.

—¿Qué va a llevar, blanco?
—A usted, señora.

Y la desdentada empieza a gritar el güero me lleva, el güero me lleva, y arrecian las carcajadas. El mercado de Juchitán tiene más de dos mil puestos y en casi todos hay mujeres: tienen que ser capaces de espantar bichos, charlar en zapoteco, ofrecer sus productos, abanicarse y carcajearse al mismo tiempo todo el tiempo. El mercado es el centro de la vida económica de Juchitán y por eso, entre otras cosas, muchos dijeron que aquí regía el matriarcado.

—¿Por qué decimos que hay matriarcado acá? Porque las mujeres predominan, siempre tienen la última palabra. Acá la que manda es la mamá, mi amigo. Y después la señora.

Me dirá después un sesentón, cerveza en la cantina. En la economía tradicional de Juchitán los hombres salen a laborar los campos o a pescar, y las mujeres transforman esos productos y los venden. Las mujeres manejan el dinero, la casa, la organización de las fiestas y la educación de los hijos, pero la política, la cultura y las decisiones básicas son privilegio de los hombres.

—Eso del matriarcado es un invento de los investigadores que vienen unos días y se quedan con la primera imagen. Aquí, dicen, el hombre es un huevón y su mujer lo mantiene .

Dice el padre Francisco Hererro o cura Paco, párroco de la iglesia de San Vicente Ferrer, patrono de Juchitán.

—Pero el hombre se levanta muy temprano porque a las doce del día ya está el sol incandescente y no se puede. Entonces, cuando llegan los antropólogos ven al hombre dormido y dicen ah, es una sociedad matriarcal. No, ésta es una sociedad muy comercial y la mujer es la que vende, todo el día; pero el hombre ha trabajado la noche, la madrugada.
—Pero entonces no se cruzan nunca…
—Sí, para eso no se necesita horario, pues. Yo conozco la vida íntima, secreta, de las familias y te puedo decir que allí tampoco existe el matriarcado.

No existe, pero el papel de las mujeres es mucho más lucido que en el resto de México.

—Aquí somos valoradas por todo lo que hacemos. Aquí es valioso tener hijos, manejar un hogar, ganar nuestro dinero: sentimos el apoyo de la comunidad y eso nos permite vivir con mucha felicidad y con mucha seguridad.

Dirá Marta, mujer juchiteca. Y se les nota, incluso, en su manera de llevar el cuerpo: orgullosas, potentes, el mentón bien alzado, el hombre —si hay hombre— un paso atrás.

Juchitán es un lugar seco, difícil. Cuentan que cuando Dios le ordenó a San Vicente que hiciera un pueblo para los zapotecos, el santo bajó a la tierra y encontró un paraje encantador, con agua, verde, tierra fértil. Pero dijo que no: aquí los hombres van a ser perezosos. Entonces siguió buscando y encontró el sitio donde está Juchitán: éste es el lugar que hará a sus hijos valientes, trabajadores, bravos, dijo San Vicente, y lo fundó.

Ahora Juchitán es una ciudad ni grande ni chica, ni rica ni pobre, ni linda ni fea, en el Istmo de Tehuantepec, al sur de México: el sitio donde el continente se estrecha y deja, entre Pacífico y Atlántico, sólo doscientos kilómetros de tierra. El Istmo siempre ha sido tierra de paso y de comercio: un espacio abierto donde muy variados forasteros se fueron asentando sobre la base de la cultura zapoteca. Y su tradición económica de siglos le permitió mantener una economía tradicional: en Juchitán la mayoría de la población vive de su producción o su comercio, no del sueldo en una fábrica: la penetración de las grandes empresas y del mercado globalizado es mucho menor que en el resto del país.

—Acá no vivimos para trabajar. Acá trabajamos para vivir, no más.

Me dice una señorona en el mercado. Alrededor, Juchitán es un pueblo de siglos que no ha guardado rastros de su historia, que ha crecido de golpe. En menos de veinte años, Juchitán pasó de pueblo polvoriento campesino a ciudad de trópico caótico, y ahora son cien mil habitantes en un damero de calles asfaltadas, casas bajas, flamboyanes naranjas, buganvillas moradas; hay colores pastel en las paredes, jeeps brutales y carros de caballos. Hay pobreza pero no miseria, y cierto saber vivir de la tierra caliente. Algunos negocios tienen guardias armados con winchester “pajera”; muchos no.

Juchitán es un pueblo bravío: aquí se levantaron pronto contra los españoles, aquí desafiaron a las tropas francesas de Maximiliano y a los soldados mexicanos de Porfirio Díaz. Aquí, en 1981, la Coalición Obrero Campesino Estudiantil del Istmo —la COCEI— ganó unas elecciones municipales y la convirtió en la primera ciudad de México gobernada por la izquierda indigenista y campesina. Juchitán se hizo famosa en esos días.

Amaranta siguió jugando con muñecas, vestidos, comiditas, hasta que descubrió unos juegos que le gustaban más. Tenía ocho o nueve años cuando las escondidas se convirtieron en su momento favorito: a los chicos vecinos les gustaba eclipsarse con ella y allí, detrás de una tapia o una mata, se toqueteaban, se frotaban. Amaranta tenía un poco de miedo pero apostaba a esos placeres nuevos:

—Así crecí hasta los once, doce años, y a los trece ya tomé mi decisión, que por suerte tuvo el apoyo de mi papá y de mi mamá.

Dirá mucho después. Aquel día su madre cumplía años y Amaranta se presentó en la fiesta con pendientes y un vestido floreado, tan de señorita. Algunos fingieron una sorpresa inverosímil. Su mamá la abrazó; su padre, profesor de escuela, le dijo que respetaba su decisión pero que lo único que le pedía era que no terminara borracha en las cantinas:

—Jorge, hijo, por favor piensa en tus hermanos, en la familia. Sólo te pido que respetes nuestros valores. Y el resto, vive como debes.

Amaranta se había convertido, por fin, abiertamente, en un “muxe”. Pero seguía sin saber su nombre.

Muxe es una palabra zapoteca que quiere decir homosexual pero quiere decir mucho más que homosexual. Los muxes de Juchitán disfrutan desde siempre de una aceptación social que viene de la cultura indígena. Y se “visten” —de mujeres— y circulan por las calles como las demás señoras, sin que nadie los señale con el dedo. Pero, sobre todo: según la tradición, los muxes travestidos son chicas de su casa. Si los travestis occidentales suelen transformarse en hipermujeres hipersexuales, los muxes son hiperhogareñas:

—Los muxes de Juchitán nos caracterizamos por ser gente muy trabajadora, muy unidos a la familia, sobre todo a la mamá. Muy con la idea de trabajar para el bienestar de los padres. Nosotros somos los últimos que nos quedamos en la casa con los papás cuando ya están viejitos, porque los hermanos y hermanas se casan, hacen su vida aparte pero nosotros, como no nos casamos, siempre nos quedamos. Por eso a las mamás no les disgusta tener un hijo muxe. Y siempre hemos hecho esos trabajos de coser, bordar, cocinar, limpiar, hacer adornos para fiestas: todos los trabajos de mujer.

Dice Felina, que alguna vez se llamó Ángel. Felina tiene 33 años y una tienda —“Estética y creaciones Felina”— donde corta el pelo y vende ropa. La tienda tiene paredes verdes, maniquíes desnudos, sillones para esperar, una mesita con revistas de cotilleo, la tele con culebrón constante y un ordenador conectado a internet; Felina tiene una falda corta con su larga raja, sus piernas afeitadas más o menos, las uñas carmesí. Su historia es parecida a las demás: un descubrimiento temprano, un período ambiguo y, hacia los doce o trece, la asunción de que su cuerpo estaba equivocado. La tradición juchiteca insiste en que un muxe no se hace -nace-y que no hay forma de ir en contra del destino.

—Los muxes sólo nos juntamos con hombres, no con otra persona igual. En otros lugares ves que la pareja son dos homosexuales. Acá en cambio los muxes buscan hombres para ser su pareja.
—¿Se ven más como mujeres?
—Sí, nos sentimos más mujeres. Pero yo no quiero ocupar el lugar de la mujer ni el del hombre. Yo me siento bien como soy, diferente: en el medio, ni acá ni allá, y asumir la responsabilidad que me corresponde como ser diferente.

Cuando cumplió catorce, Amaranta se llamaba Nayeli —“te quiero” en zapoteca— y consiguió que sus padres la mandaran a estudiar inglés y teatro a Veracruz. Allí leyó su primer libro “de literatura”: se llamaba Cien años de soledad y un personaje la impactó: era, por supuesto, Amaranta Buendía.

—A partir de ahí decidí que ése sería mi nombre, y empecé a pensar cómo construir su identidad, cómo podía ser su vida, mi vida. Tradicionalmente los muxes en Juchitán trabajamos en los quehaceres de la casa. Yo, sin menospreciar todo esto, me pregunté por qué tenía que cumplir esos roles.

Amaranta mueve su mano derecha sin parar y conversa con soltura de torrente, eligiendo palabras:

—Entonces pensé que quería estar en la boca de la gente, del público, y empecé a trabajar en un show travesti que se llamaba New Les Femmes.

Durante un par de años las cuatro “New Les Femmes” recorrieron el país imitando a actrices y cantantes. Amaranta se lo tomó en serio: estudiaba cada gesto, cada movimiento, y era muy buena haciendo a Paloma San Basilio y Rocío Durcal. Era una vida y le gustaba —y podría haberle durado muchos años.

En Juchitán no se ven extranjeros: no hay turismo ni razones para que lo haya. Suele hacer un calor imposible, pero estos días sopla un viento sin mengua: aire corriendo entre los dos océanos. El viento refresca pero pega a los cuerpos los vestidos, levanta arena, provoca más chillidos de los pájaros. Los juchitecas se desasosiegan con el viento.

—¿Qué está buscando por acá?

En una calle del centro hay un local con su cartel: Neuróticos Anónimos. Adentro, reunidos, seis hombres y mujeres se cuentan sus historias; más tarde ese señor me explicará que lo hacen para

dejar de sufrir, “porque el ser humano sufre mucho los celos, la ira, la cólera, la soberbia, la lujuria”. Después ese señor —cuarenta años, modelo Pedro Infante— me contará la historia de uno que vino durante muchos meses para olvidar a un muxe:

—El pobre hombre ya estaba casado, quería formar una familia, pero extrañaba al muxe, lo veía, la esposa se enteraba y le daba coraje. Y si no, igual a él le resultaba muy doloroso no poder dejarlo.

Sabía que tenía que dejarlo pero no podía, lo tenía como embrujado.

De pronto me pareció evidente que ese hombre era él.

—¿Y se curó?

Le pregunté, manteniendo la ficción del otro.

—No, yo no creo que se cure nunca. Es que tienen algo, mi amigo, tienen algo.

Me dijo, con la sonrisa triste. Felina me había contado que una de las “funciones sociales” tradicionales de los muxes era la iniciación sexual de los jóvenes juchitecas. Aquí la virginidad de las novias era un valor fundamental y los jóvenes juchitecas siguen respetando más a las novias que no se acuestan con ellos, y entonces los servicios de un muxe son el mejor recurso disponible.

Las New Les Femmes habían quedado en encontrarse, tras tres meses de vacaciones, en un pueblo de Chiapas donde habían cerrado un buen contrato. Amaranta llegó un día antes de la cita y esperó y esperó. Al otro día empezó a hacer llamadas: así se enteró de que dos de sus amigas habían muerto de sida y la tercera estaba postrada por la enfermedad. Hasta ese momento Amaranta no le había hecho mucho caso al VIH, y ni siquiera se cuidaba.

—¿Cómo era posible que las cosas pudieran cambiar tan drásticamente, tan de pronto? Ellas estaban tan vivas, tenían tanto camino por delante No te voy a decir que me sentía culpable, pero sí con un compromiso moral enorme de hacer algo.

Fue su camino de Damasco. Muerta de miedo, Amaranta se hizo los análisis. Cuando le dijeron que se había salvado, se contactó con un grupo que llevaba dos años trabajando sobre el sida en el Istmo: Gunaxhii Guendanabani—Ama la Vida era una pequeña organización de mujeres juchitecas que la aceptaron como una más. Entonces Amaranta organizó a sus amigas para hacer campañas de prevención. Los muxes fueron muy importantes para convencer a los más jóvenes de la necesidad del sexo protegido.

—El tema del VIH viene a abrir la caja de Pandora y ahí aparece todo: las elecciones sexuales, la autoestima, el contexto cultural, la inserción social, la salud, la economía, los derechos humanos, la política incluso.

Amaranta se especializó en el tema, consiguió becas, trabajó en Juchitán, en el resto de México y en países centroamericanos, dio cursos, talleres, estudió, organizó charlas, marchas, obras de teatro. Después Amaranta se incorporó a un partido político nuevo, México Posible, que venía de la confluencia de grupos feministas, ecologistas, indigenistas y de derechos humanos. Era una verdadera militante.

En la cantina suena un fandango tehuano y sólo hay hombres. Afuera el calor es criminal; aquí adentro, cervezas. En las paredes hay papagayos pintados que beben coronitas y en un rincón la tele grande como el otro mundo repite un gol horrible. Bajo el techo de palma hay un ventilador que vuela lento.

—Venga, güero, tómese una cerveza.

Una mesa con cinco cuarentones está repleta de botellas vacías y me siento con ellos. Al cabo de un rato les pregunto por los muxes y hay varias carcajadas:

—No, para qué, si acá cada cual tiene su mujercita.
—Sus mujercitas, buey.

Corrige otro. Un tercero los mira con ojitos achinados de cerveza:

—A ver quién de ustedes no se ha chingado nunca un muxe. A ver quién es el maricón que nunca se ha chingado un muxe.

Desafía, y hay sonrisas cómplices.

—¡Por los muxes!

Grita uno, y todos brindan…brindamos.

La invitación estaba impresa en una hoja de papel común: “Los señores Antonio Sánchez Aquino y Gimena Gómez Castillo tienen el honor de invitar a usted y a su apreciable familia al 25 aniversario de la señorita María Rosa Mística que se llevará a cabo en”. La fiesta fue la semana pasada; ayer, cuando me la encontré en la calle vendiendo quesos que prepara con su madre, la señorita María Rosa Mística parecía, dicho sea con todos los respetos, un hombre feo retacón y muy ancho metido adentro de una falda interminable que me dijo que ahorita no podía charlar pero quizás mañana.

—A las doce en el bar Jardín, ¿te parece?

Dijo, pero me dio el número de su celular “por si no llego”. Y ahora la estoy llamando porque ya lleva una hora de retraso; no, sí, ahorita voy. Supuse que se estaba dando aires —un supuesto truco femenino-. Al rato, Mística llega con Pilar —“una vecina”— y me cuenta que vienen del velorio de un primo que se murió de sida anoche:

—Pobre Raúl, le daba tanta pena, no quería decirle a nadie qué tenía, no quería que su madre se enterara. Si acá todos la queríamos Pero creía que la iban a rechazar y decía que era un virus de perro, un dolor de cabeza, escondía los análisis. Y se dejó morir de vergüenza.

Dice Mística, triste, transfigurada: ahora es una reina zapoteca altiva, inmensa. El cura Paco me había dicho que aquí todavía no ha penetrado el modelo griego de belleza: que las mujeres para ser bellas tienen que ser frondosas, carnosas, bebedoras, bailonas. “Moza, moza, la mujer entre más gorda más hermosa”, me dijo que se dice. Así que Mística debe ser una especie de Angelina Jolly: un cuerpo desmedido, tacos, enaguas anchas y un huipil rojo fuego con bordados de oro. El lápiz le ha dibujado labios muy improbables, un corazón en llamas.

—Yo también estoy enferma. Pero no por eso voy a dejarme morir, ¿no? Yo estoy peleando, a puritos vergazos. Ahorita me cuido mucho y cuido a las personas con las que tengo relaciones: la gente no tiene la culpa de que yo me haya enfermado. Yo no soy así, vengativa. Ahorita ando con un muchacho de 16 años; a mí me gustan mucho los niños y, la verdad, pues me siento bien con él pero también me siento mal porque es muy niño para mí.

Declara su vecina. Pilar es un muxe pasado por la aculturación moderna: hace unos años se fue a vivir a la ciudad de México y consiguió trabajo en la cocina de un restorán chino.

—Y también trabajo a la noche, cuando salgo y no me siento cansada, si necesito unos pesos voy por Insurgentes, por la Zona Rosa y me busco unos hombres. A mí me gusta eso, me siento muy mujer, más que mujer. A mi lo único que me falta es ésta.

Dice y se aprieta con la mano la entrepierna. Pilar va de pantalones ajustados y una blusa escotada que deja ver el nacimiento de sus tetas de saldo.

—Te sobra, se diría.

Le dice Mística, zumbona.

—Sí, me falta, me sobra. Pensé en operarme pero no puedo, son como cuarenta mil pesos, es mucho dinero.

Cuarenta mil pesos son cuatro mil dólares y Pilar cobra doscientos o trescientos pesos por servicio. Mística transpira y se seca con cuidado de no correrse el maquillaje. A Mística no le gusta la idea de trabajar de prostituta:

—No, le temo mucho. Me da miedo enamorarme perdidamente de alguien, me da miedo la violencia de los hombres. Yo me divierto en las fiestas y en la conga, cuando ando tomada ligo mucho.

Tradicionalmente los muxes juchitecas no se prostituyen: no lo necesitan porque no existe la marginación que les impide otra salida. Pero algunas han empezado a hacerlo.

—Ni tampoco quiero operarme. Yo soy feliz así. Tengo más libertad que una mujer, puedo hacer lo que quiero. Y también tengo mi marido que me quiere y me busca

Dice Mística. Su novio tiene 18 años y es estudiante: ya llevan, dice, orgullosa, más de seis meses juntos.

En septiembre del 2002, Amaranta había encontrado un hombre que por fin consiguió cautivarla: era un técnico en refrigeración que atendía grandes hoteles en Huatulco, un pueblo turístico sobre el Pacífico, a tres horas al norte de aquí.

—Era un chavo muy lindo y me pidió que me quedara con él, que estaba solo, que me necesitaba, y nos instalamos juntos. Era una relación de equidad, pagábamos todo a la par, estábamos haciendo algo juntos.

Amaranta se sentía enamorada y decidió que quería bajar su participación política para apostar a “crear una familia”. Pero una noche de octubre se tomó un autobús hacia Oaxaca para asistir a un acto; el autobús volcó y el brazo izquierdo de Amaranta quedó demasiado roto como para poder reconstruirlo: se lo amputaron a la altura del hombro.

—Yo no sé si creer en el destino o no, pero sí creo en las circunstancias, que las cosas se dan cuando tienen que darse. Era un momento de definición y con el accidente tuve que preguntarme: Amaranta dónde estás parada, adónde va tu vida.

Su novio no estuvo a la altura, y Amaranta se dio cuenta de que lo que más le importaba era su familia, sus compañeros y compañeras, su partido. Entonces trató de no dejarse abatir por ese brazo ausente, retomó su militancia con más ganas y, cuando le ofrecieron una candidatura a diputada federal —el segundo puesto de la lista nacional—, la aceptó sin dudar. Empezó a recorrer el país buscando apoyos, hablando en público, agitando, organizando: su figura se estaba haciendo popular y tenía buenas chances de aprovechar el descrédito de los políticos tradicionales y su propia novedad para convertirse en la primera diputada travestida del país y —muy probablemente— del mundo.

El padre Paco lleva bigotes y no está de acuerdo. El cura quiere ser tolerante y a veces le sale: dice que la homosexualidad no es natural pero que en las sociedades indígenas, como son más maduras, cada quien es aceptado como es. Pero que ahora, en Juchitán, hay gente que deja de aceptar a algunos homosexuales porque se están “occidentalizando”.

—¿Qué significa occidentalizarse en este caso?
—Pues, por ejemplo meterse en la vida política, como se ha metido ahora Amaranta. A mí me preocupa, veo otros intereses que están jugando con ella o con él no, con ella, pues. Porque el homosexual de aquí es el que vive normalmente, no le interesa trascender, ser figura, sino que vive en la mentalidad indígena del mundo. Mientras no rompan el modo de vida local, siguen siendo aceptados
—¿Tú has roto con esa tradición de los muxes?

Le preguntaré otro día a Amaranta.

—La apuesta no es dejar de hacer pasteles o de bordar o de hacer fiestas, para nada; la apuesta es fortalecer desde estos espacios públicos eso que siempre hemos hecho.

Amaranta Gómez Regalado es muy mujer. Más de una vez, charlando con ella, me olvido de que su documento dice Jorge.

Hay estruendo de cuervos y bocinas y no se sabe quién imita a quién. En el medio del Zócalo —la plaza central de Juchitán—, junto al quiosco donde a veces toca la banda o la marimba, una panda de skaters hace sus morisquetas sobre ruedas. Las piruetas les fallan casi siempre. Una mujer montaña con faldas de colores, enaguas y rebozo se cruza en el camino y casi provoca el accidente. Llevan pantalones raperos y gorras de los Gigantes de San Francisco o los Yankees de Nueva York, y uno me dirá que lo que más quiere en la vida es pasar la frontera, pero que ahora con la guerra quién sabe:

—No vaya a ser que te metan en su army y te manden al frente.

Entonces le pregunto por los muxes y le brillan los ojos: no sé si es sorna, orgullo o sólo un buen recuerdo.

—¿Tú has venido por eso?

No puedo decirle que no; tampoco vale la pena explicarle que no es lo que él supone. Se huele el mango, los plátanos maduros, pescado seco, la harina de maíz y las gardenias. Más allá, una sábana pintada y colgada de dos árboles anuncia que “la Secretaría de la Defensa Nacional te invita a ingresar a sus filas en el arma de Infantería. Te ofrecemos alojamiento, alimentación, seguro médico, seguro de vida”; dos soldaditos magros esperan candidatos. Los lustrabotas se aburren y transpiran. Por la calle pasa el coche con altavoz que lee las noticias: “Siete días tuvieron encerradas a parturienta y sus gemelas por no pagar la cuenta” Dos mujeronas van agarradas de la mano y una le tienta a otra con la mano una pequeña parte de la grupa:

—¡Mira lo que te pierdes!

Le grita a un hombre flaco que las mira. A un costado, bajo un toldo para el sol espantoso, se desarrolla el “Maratón microfónico y de estilistas” organizado por Gunaxhii Guendanabani: una docena de peluqueras muxes y mujeres tijeretean cabezas por la causa mientras una señora lee consejos “para vivir una sexualidad plena, responsable y placentera”. Una chica de quince embarazada, vestidito de frutas, se acerca de la mano de su mamá imponente. Colegialas distribuyen cintas rojas y Amaranta saluda, da aliento, contesta a unas mujeres que se interesan por su candidatura o por su brazo ausente. Lleva un colgante de obsidianas sobre la blusa de batik violeta y la pollera larga muy floreada, la cara firme, la frente despejada y los ojos, sobre todo los ojos. Se la ve tan a gusto, tan llena de energía:

—¿Y cómo te resulta esto de haberte transformado en un personaje público?
—Pues mira, no he tenido tiempo de preguntármelo todavía. Por un lado era lo que yo quería, lo había soñado, imaginado.
—Pero si ganas te va a resultar mucho más difícil conseguir un novio.

Amaranta se retira el pelo de la cara, coqueta, con mohínes:

—Sí, se vuelve más complicado, pero el problema es más de fondo: si a los hombres les cuesta mucho trabajo estar con una mujer más inteligente que ellos, ¡pues imagínate lo que les puede costar estar con un muxe mucho más inteligente que ellos! ¡Ay, mamacita, qué difícil va a ser!

Dice, y nos da la carcajada.

Amaranta Gómez Regalado y su partido, México Posible, fueron derrotados. El resultado de las elecciones fue una sorpresa incluso para los analistas, que les auguraban mucho más que los 244.000 votos que consiguieron en todo el país. Según dijeron, el principal problema fue el crecimiento de la abstención electoral y las enormes sumas que gastaron en propaganda los tres partidos principales. Amaranta se deprimió un poco, trató de disimularlo y ahora dice que va a seguir adelante pese a todo.

Pole pole

Publicado: 18 septiembre 2008 en Martín Caparrós
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Hace caliente. Las sábanas se encharcan y busco la manera; el olor es sudor y canela. Dos mariposas rojas se rozan en el aire; cotorras cuchichean. La plegaria del almuecín se cuela por las celosías; más abajo, en la calle, las colegialas llevan velos negros, y grititos cuando las mira un hombre. La siesta llama cuerpos. Un soplo apenas mueve el tul azul que cuelga de las columnas de mi cama: relámpagos serenos. Zanzíbar es un exceso de todos los sentidos, el peso de una fruta reventando y la cama encharcada y yo, en medio de este aire, sigo leyendo como un nabo el mayor best-seller periodístico del siglo XIX.

“El 16 de octubre de 1869, cuando me hallaba en Madrid en mi casa de la calle de la Cruz, me trajo mi criado un telegrama expedido por el señor James Gordon Bennet, director del New York Herald, de quien yo era corresponsal. Rasgué el sobre y leí: ‘Vuelva a París, asunto importante’”. Así empezaba En busca del doctor Livingstone, de Henry Morton Stanley: el asunto era, por supuesto, la búsqueda de David Livingstone, el explorador por excelencia, que llevaba años perdido en el corazón del África. Para el público occidental de 1870 las expediciones al África eran tan emocionantes como lo fueron para el de 1970 los viajes a la Luna, sólo que mucho más difíciles: sobre el África nadie sabía nada.

Stanley era básicamente un mentiroso: un gran cronista. Cuando nació, en 1841, Henry Morton Stanley se llamaba John Rowlands y lo anotaron como el hijo bastardo de una mucama soltera y galesa; hay quienes dicen que toda su vida fue la lucha para deshacerse de esa primera etiqueta. Muchos años después, cuando escribió sus memorias, Stanley dijo que se llamaba Stanley porque lo había adoptado Henry Stanley, un comerciante de Nueva Orleáns que nunca lo adoptó. Stanley había cruzado a Norteamérica buscándose la vida y se enroló en el ejército esclavista del Sur porque una señorita sureña le mandó una enagua vieja para tratarlo de cobarde. Pero cayó prisionero en su primera batalla. Seis semanas después aceptó la oferta yankee: recuperaría su libertad a cambio de incorporarse al ejército enemigo.

A sus 25 años, marinero experimentado y embustero crónico, Stanley decidió dedicarse a la profesión que le correspondía: el periodismo. Empezó en un diario de Saint Louis, Missouri: lo mandaron a seguir una campaña contra los pieles rojas. La expedición fue pacífica, casi pachorrienta, pero Stanley informó a sus lectores “el principio de la Gran Guerra India”. Stanley, pese a todo, sabía mirar a su alrededor para contar lo que veía: eso, en el periodismo de 1870, era una novedad, y le dio cierto espacio.

Stanley era sobre todo un resentido: alguien que quería más que nada demostrarle su error al mundo que lo había despreciado. Tiempo después le ofreció al dueño del New York Herald, el diario más amarillo de la época, cubrir a sus expensas la expedición militar británica contra Teodoro, emperador chiflado de Abisinia. Fue su primer gran éxito: sobornando al telegrafista de Suez consiguió mandar la noticia de la muerte del emperador mucho antes que sus colegas. Aquella exclusiva lo convirtió en un periodista reconocido, y en eso estaba cuando se lanzó a la búsqueda del viejo explorador. Livingstone, misionero escocés, era uno de los grandes personajes mediáticos del momento, un héroe nacional británico: su desaparición tenía en vilo a las masas. Dicen que Stanley era bajo, gordito, cara coloradota, y la primera mentira de su relato es aquel primer párrafo: en realidad, le costó horrores convencer a su jefe de que lo dejara emprender la partida. Su viaje, como todas aquellas expediciones, vino a empezar aquí. Zanzíbar es una isla deliciosa en el Océano Indico, frente a la costa oriental del África y era, entonces, el mayor centro del tráfico de esclavos. Yo siempre había soñado con Stanley y Zanzíbar: desde mi primer romance. Fue en las sierras de Córdoba, años sesentas: mis padres psicoanalistas me habían llevado a un congreso, y la hija de otros psicoanalistas y yo decidimos que seríamos novios. Teníamos siete u ocho años: la palabra novio no tenía mucho sentido para mí, pero ella insistió y yo quería darle gustos. Creo que nuestro noviazgo se basaba en la posesión común de dos gatitos. Los recuerdo mal; sé que uno era casi pelirrojo y que los dos se lanzaban intrépidos a través del pasto que rodeaba aquella casa. No sé quién tuvo la idea pero creo que fui yo: los gatitos exploradores se llamaron Livingstone y Stanley. Fueron los nombres de mi primer amor. Y estaba, por supuesto, la famosa frase.

Por las calles de Zanzíbar no circulan ni los coches ni el tiempo: los coches no cabrían en este laberinto tan estrecho, el tiempo no sabría adónde ir. Sí pasan mujeres envueltas en túnicas negras desde los pies hasta el final del aire, chicos revoloteando, olores de las especias del mercado. Las viejas casas árabes se rinden: el salitre del mar las va royendo. De pronto se abre una pequeña plaza: hombres toman café, juegan al dominó, charlan, no charlan.

-Ndio, hakuna matata.

“Sí”, dice, “ningún problema”. Zanzíbar se presenta como el reino del hakuna matata. El hakuna matata tuvo un breve período de gloria cuando una mangosta que se divertía con el Rey León lo repetía y lo volvió canción.

-Hakuna matata, pole pole. ¿Y no te querés comprar una mujer? Acá es tan barato comprarse una mujer. ¿No querés? Te consigo una.

Me dice un cuarentón de panza. En el África la panza todavía es un orgullo: la moda light es un lujo de países obesos. Aquí cuando se come hay que aprovechar cada bocado, porque no siempre hay.

-A nosotros nos puede costar unos 200.000 shillings; a vos seguramente te harían precio de blanco, te cobrarían más.

200.000 shillings son 250 dólares, y yo juro que no había hecho nada; la idea de casarme se le ocurrió al panzón. En Tanzania, como buen país musulmán, las bodas se arreglan entre el novio y el padre de la novia, y la dote es de rigor. Una vez que se ponen de acuerdo, el novio se aposenta en su casa y espera: el día señalado le llega el delivery de novia, joya nuevita nunca taxi.

-Un hombre puede tener dos o tres porque acá no se gasta mucho en una mujer. Hay que comprarle dos kangas y poco más: no necesita zapatos ni cosméticos ni sacarla a pasear. La mujer es una flor que crece en el hogar. Así son felices: tienen todo su tiempo y uno después viene y les trae el pescado y ellas lo cocinan y no tienen que hacerse más problemas. Hakuna matata.

El tipo me sigue dando charla; a mí, al principio, me parece un dechado de amabilidad, hasta que entiendo: me está ganando para la causa del negocio:

-Bueno, entonces, ¿qué necesitás? ¿Un hotel, cambio de dólares…?

Me decepciona y reacciono mal: que se vaya, que me deje tranquilo. El panzón intenta recomponer y al final se ofende con altura:

-¿Y a vos te parece que a mí me gusta hablar con gente como vos? Lo que pasa es que yo soy pobre.

En Tanzania casi todos son pobres. Tanzania es un país imaginario: la unión, resuelta en 1964, de dos unidades totalmente distintas. Zanzíbar, una pequeña isla árabe en el Índico, y Tanganica, un millón de kilómetros cuadrados altamente africanos. Tanzania tiene 35 millones de fulanos, un gobierno elegido en elecciones más o menos limpias y hace 15 años que abandonó el camino al socialismo del padrecito Nyerere para seguir las recetas del FMI. Tampoco le resulta: su producto bruto es de 250 dólares por cabeza, entre los diez más bajos del mundo, y sigue malviviendo de la agricultura: café, té, sisal, algodón, maní, maíz, banana, coco. Y ahora, si pueden, en Zanzíbar, turismo. Por eso tienen que vender hakuna matata y pole pole: es lo quieren los blancos cuando se van al trópico.

-Acá antes había paz: ni siquiera se conocían las armas de fuego. Comíamos pescado, coco, lo que había y vivíamos tranquilos…

Me dice Ibrahim, las lanas rastas, la musculosa vieja, y me muestra con la mano alrededor. Si algún lugar da bien el mito del paraíso primitivo, debe ser Bwejuu. Bwejuu es un pueblito de pescadores en la costa este de la isla de Zanzíbar: palmeras, la playa interminable, sus corales, colores: celestes, verdes, turquesas y violetas de mentira en el agua. No sé cuándo se nos ocurrió que éste era el paisaje del paraíso, pero es. Para nosotros occidentales estas playas pueden ser uno de los rincones más hermosos del mundo. Para sus habitantes, en cambio, son algo casi superfluo; a lo sumo, el lugar por donde pasan cuando van a pescar o a cosechar algas. Las mujeres de Bwejuu no saben nadar.

-… hasta que llegó el doctor Livingstone y todos ésos, los blancos que vinieron detrás, y ahora estamos como estamos.

Dice Ibrahim. El pueblito es una imagen casi excesiva del huevo tropical: las chozas de caña y de coral, los techos de palma, las calles caprichosas, trazadas al azar de las casas, el movimiento: pescadores que reparan sus redes, dos vacas flacas que lamen una piedra, una nena que dibuja vestidos en un cuaderno viejo, la tonta del pueblo que corre y da grititos, cinco chicos que juegan al fútbol con su pelota de trapos mal atados, tres cabras que escalan una colina de basura, siete adolescentes que charlan sentados junto al único kiosco de gaseosas, mujeres con sus telas de todos los colores que preparan la comida de la noche, dos patos que gritan al paso de una bicicleta, una chica velada que avanza con el Corán en la mano y cara de saber algo importante, cuatro viejos con kepí musulmán que se quejan de la pesca últimamente. El olor son los pescados que se pudren al sol y la leche de coco bullendo en los calderos. Yo doy vueltas y vueltas y por momentos me parece que acá nunca debe pasar nada, que el tiempo no llegó, que la pobreza es una carga tolerable en el trópico feliz.

-Eh, vos, el mzungu.

Mzungu, en swahili, quiere decir hombre blanco –o algo peor, pero te dicen que quiere decir hombre blanco. Alguien me dijo que en verdad quería decir “lo que es blanco y se vuelve rojo bajo el sol”; otros, que significaba “los que nos rodean”.

-Sí, vos, vení.

Insiste en inglés un hombre sentado con otros veinte en un claro entre las casas. Es una ronda adorable: los supongo contándose viejos relatos ancestrales.

-¿Vos sos un espía, no? Hace días que te vemos que venís por acá, mirás todo.

Parece que el concepto de turista mirón no ha llegado a estas playas –y en otras circunstancias podría ser una suerte.

-¿Y espía de quién, sería?

-Del gobierno, quién va a mandar espías.

Yo trato de explicarles que no soy y que, además, si su gobierno quisiera espiarlos se buscaría a alguien más mimetizable, menos evidente. Dicen que bueno y les pregunto de qué estaban charlando.

-Nada, de la vida, del mundo, de esas cosas.

-¿O sea?

-Bueno, estábamos hablando de política.

Declara el portavoz, y mira alrededor. Después baja la voz y me dice que ellos son del partido de oposición, el CUF, y que esa tarde su partido ha hecho manifestaciones en las islas para pedir que repitan unas elecciones que fueron, dice, fraudulentas.

-Parece que hubo muchos muertos. Por lo menos diez muertos, hay. Yo lo sé porque estuve escuchando la radio de Londres.

Es un mazazo: el idilio se desmorona, y el edén vuelve a ser de este mundo.

-¿Y ustedes qué piensan hacer?

-No, eso no te lo puedo decir… Yo soy un político, y los políticos no podemos decir abiertamente todo lo que pensamos.

La postal tropical se cae en mil pedazos, y yo me siento el más tonto del barrio. Después leeré la historia: el gobierno había dicho que si el CUF se manifestaba le tirarían, y cumplió. Hay políticos serios. Nadie sabe cuántos son los muertos: entre 25 y 150. Hasta ayer, Tanzania tenía la reputación de una isla de paz en un continente agitado por las guerras; mañana los diarios del mundo dirán que en África ya no quedan islas.

El accidente existe para que uno recuerde que nada vale nada y por lo tanto todo vale muchísimo. El accidente es un refinamiento: la irrupción bruta de lo innecesario. Un patinazo que no tenía por qué ser, de pronto, cambia el mundo: justo me encandiló la luna, aquella puta piedra resbalosa de musgo, ese mosquito me distrajo. Por lo que fuere, esa mañana, un coral me cortó feo la planta del pie y tuve que caminar varios kilómetros hasta el dispensario de Bwejuu, el único para una zona de más de 5.000 personas.

-No, el daktari debe estar durmiendo la siesta. Si quiere lo vamos a buscar.

El daktari Ahmed llegó chancleteando media hora más tarde. El daktari tenía una camiseta muy lavada y el kepí ladeado, la sonrisa atractiva, no más de 30 años. El daktari se lavó las manos en el agua que le tiraba su enfermera con un jarro de plástico; después me toqueteó un poco la herida, me hizo inventar puteadas en swahili, me dijo que debería coserme pero no había instrumentos y cuando tuvo que ponerme una gasa se acordó de que hacía mucho no tenía. En la sala había media docena de pinzas y tijeras, dos o tres palanganas, una silla, un banquito cubierto con un hule sucio, un frasco de desinfectante que decía atención no beber, un afiche de lucha contra la malaria con dibujitos infantiles, una gran ventana por la que cinco o seis mujeres miraban los monigotes de mi cara, y nada más. La enfermera dijo que quizás a fulano le quedara todavía un sobrecito y fue hasta su casa, a ver si se lo regalaba. Esperamos. La enfermera volvió con dos gasas envueltas en un papel de diario. Tampoco había tela adhesiva, pero el daktari me pegó la gasa con dos curitas mías. Después me dijo que tenía mucho trabajo porque estaba solo para hacerse cargo de todo y no me quiso cobrar nada; le pregunté cuánto ganaba.

-45.000 por mes, pero si fuera médico ganaría un poco más.

45.000 son 60 dólares, y mi sobresalto fue bastante más caro:

-¿Cómo que si fueras médico? ¿Qué sos?

-Bueno, en realidad soy dentista.

Me dijo, y me explicó que la carrera de Odontología eran sólo tres años y que no le dio para más, pero como faltan médicos el gobierno le dio este trabajo.

-Igual algunas cosas de medicina tuve que aprender en la facultad.

 

En Tanzania hay un médico cada 30.000 habitantes; en la Argentina, sin ir más lejos, uno cada 300. En Tanzania la esperanza de vida está en los 47 años –por persona. Algunos, por supuesto, tienen suerte y viven más, lo cual significa, como de costumbre, que muchos viven menos.

-Cuídate el pie: no camines por unos días, tratá de cambiarte el vendaje.

-¿Cada cuánto?

-Cuando puedas.

Así fue como tuve que recorrer 3.000 kilómetros de África a paso pole pole.

 

Pole pole parece ser el concepto básico del weltanschauung swahili: se podría traducir libremente como tranqui, para-qué-calentarse, take it easy. Se lo puede pensar como una manera de saber vivir sin apremios o resignarse a los ritmos posibles, o como una forma de resistencia pacífica: cuando cualquier prisa es beneficio para el amo, ir pole pole es una forma de recortarle las ganancias.

-Hakuna matata. Pole pole.

Todos lo dicen, todo el tiempo, y no es reciente: Henry Stanley se pasó meses en Zanzíbar tratando de apurar los preparativos de su expedición, sin conseguirlo. Aquellas expediciones eran algo serio: para lanzarse a los desconocido se necesitaban muchos hombres y equipo; sobre todo, porteadores que llevaran los travellers checks de entonces, los fardos de tela que servían como dinero para pagar peajes y sobornos a los reyezuelos que aparecían en el camino. Aquella expedición le costó al New York Herald 20.000 dólares de entonces –250.000 de ahora.

Por fin, el 4 de febrero de 1871, Stanley desembarcó en el continente, en Bagamoyo. En esos días Bagamoyo era el puerto más próspero del tráfico de esclavos; de hecho, Bagamoyo significa “deja aquí tu corazón”, porque era el lugar donde los esclavos se embarcaban hacia el mercado de Zanzíbar, donde perdían toda esperanza de volver a su tierra alguna vez. Eran, cada año, unos 100.000. A principios de siglo el puerto de Dar es Salaam reemplazó a Bagamoyo; ahora Bagamoyo es una ruina que no sabe que ya hace mucho que no existe.

Dar es una ciudad chiquita, polvorienta, acostada sobre una gran bahía donde entran cada día unos pocos aliscafos, cuatro o cinco barcos por semana, las chalupas a vela. Dar tiene poco más de un siglo. Primero fue capital de la colonia alemana: los germanos construyeron un hospital, un edificio de correos, una catedral, un fuerte con prisión, un monumento al ejército del Kaiser y no mucho más. Los ingleses que vinieron después tampoco exageraron: Tanganica no era una colonia sino un protectorado que no les importaba mucho: no valía la pena gastar en ladrillos. Tras los vuelos orientales de Zanzíbar, Dar es África, crudamente África: las calles anchas desoladas, las veredas de tierra, el sudor, los olores, los vendedores gritando su carga de bananas o buñuelos, los coches destartalados embistiendo ciclistas, el sol sin sombras, las casas de los años sesentas roídas derruidas, algún hotel reciente ya patinado por el tiempo, las multitudes pisoteando. Dar es Salaam es la capital de la República Unida de Tanzania.

 

Ahora Dar es Salaam está sin agua porque la estación que la provee se quedó sin electricidad. Hace tres días que no puedo ducharme, pero paso a comprar los diarios por el Sheraton y el jardín está lleno de mangueras que lo riegan generosamente. En el mercado de pescados, en cambio, no hay más agua que la del mar en baldes. Pero hay algo parecido a un alma: la agitación de miles de personas peleando por sus vidas. El mercado es una playa atestada donde los pescadores recién llegados rematan sus langostas a los gritos y después se juegan sus monedas a los dados; otros arreglan redes, uno afila amoroso su machete, otros se frotan con el agua de balde para sacarse este olor indeleble; muchos miran, sentados a la sombra de algún tronco raquítico, pole pole, rascándose los pies. Las mujeres sentadas en la arena desescaman el pescado chico con cuchillos chiquitos o lo cocinan en calderos tiznados, las moscas forman cuerpos tan negros como los cuervos que revolotean a ver si pueden picar algo, un chiquito de un año juega a comerse la cabeza de un pescado boqueando, un chiquito de doce le dice cosas a una chiquita más chiquita y la toca y se miran con risas, el vendedor de cigarrillos los cobra cinco centavos cada uno y los que llegan del mar se dan el gusto, de una canasta se escapan docenas de cangrejos y hay corridas y todos gritan mucho, como si quisieran combatir el silencio del mar. El brujo me saluda dándome la mano.

-Karibu, mzungu.

Dar la mano aquí es muy intrincado: un movimiento que involucra la palma, el índice, el pulgar, con varias posiciones. Me costó varios errores aprenderlo. Al cabo de unos días alguien me dijo que entre ellos no se saludaban así, que eso lo hacían con los mzungus porque sabían que los mzungus lo hacían: un buen ejemplo del malentendido.

-Si necesitás cualquier embrujo, yo te puedo proveer los mejores. Tengo para la mala suerte, la impotencia, el cáncer. Te puedo curar esa renquera.

-¿Y está seguro de que funciona?

-Si tenés fe va a funcionar.

El planteo es perfecto: toda la responsabilidad del éxito o fracaso del ensalmo queda depositada en mí. Su magia es impecable, aunque sea imposible comprobarlo: si no produce los efectos deseados el fallo es todo mío. Aquí saben de eso. Hace unos años, el brujo más poderoso de Tanzania fue convocado para un trabajo de suprema importancia: Simba, el mejor equipo local, tenía que jugar la final de la Copa de África contra Stella, de Costa de Marfil. El fútbol, aquí, está por todas partes, y Maradona es un grito frecuente. El brujo se instaló frente al hotel del equipo visitante y le lanzó todo tipo de conjuros letales. Pero después llegó el partido y los marfileños ganaron dos a cero. Nadie entendía qué había pasado, hasta que al fin se supo que los verdaderos jugadores del Stella nunca habían estado en ese hotel: habían mandado un grupo falso. Los verdaderos llegaron directo a los estadios desde el aeropuerto, limpios de toda magia, arrolladores.

 

Henry Morton Stanley se alejó de la costa escoltado por 180 porteadores nativos y los gritos de todos, las salvas y los himnos. Yo dejo Dar en micro. Este es uno de los más nuevos que he visto por aquí: un Scania con menos de 25 años de servicios, y una de sus cubiertas tiene la sombra del dibujo: la delantera izquierda. La terminal es un caos de gritos, paquetes, vendedores, y todos se te tiran encima todo el tiempo. 60 que la civilización provee son intermediaciones, filtros. Un heladero ambulante en España está tan ansioso por venderte un helado como éste, pero el español no se te va a tirar encima porque le enseñaron que eso no se hace; un taxista argentino odia que no lo tomes pero no te va a seguir durante dos cuadras al grito de taxi taxi bwana: supone que su orgullo está en no hacerlo; un escolar americano siente tanto picor de huevos como el morocho de aquí enfrente, pero la madre le dijo que queda feo rascárselos en público. A cambio hay otras reglas, pero no siempre resulta fácil descubrirlas.

-¡Arriba, arriba que nos vamos!

El ómnibus tenía que salir a las diez, pero a las diez y cuarto éramos sólo 15 pasajeros a bordo, así que decidimos esperar un rato más. A las once menos cuarto el pasaje no había aumentado mucho; era lógico: cada vez que alguien quería subir una docena de morochos se le tiraba encima y lo empujaba hacia el ómnibus de la competencia; muy pocas veces se agarraban a piñas. Los ómnibus de la competencia eran un par de años más modernos pero el nuestro tenía mejor música: reggae del Congo y algún son cubano. Cada ómnibus llevaba el nombre del espíritu que debía protegerlo: Beckham, Thierry Henry, George Weah. El mío era Roberto Carlos.

-¡Vamos, que nos vamos!

Ya habían salido dos ómnibus llenos de la competencia, y nosotros seguíamos esperando. Un par de veces pensé en pasarme a la contra, pero es triste traicionar una causa tan ajena. Miré a mi vecino, le señalé el reloj, el tipo se sonrió y me dijo: pole pole. De puro embale prendí un cigarrillo. Sabía que estaba prohibido, pero ellos no podían obligarme. Es lo que se llama un espiral: si ellos no cumplen con el horario yo no tengo por que cumplir con sus reglas, y así sucesivamente: grandes reinos se han derrumbado de esta suerte. Salimos a las once y veinte, cuando mis convicciones ya flaqueaban. Pole pole.

El ómnibus avanza a golpes de una bocina honda como la sirena de un barco. La carretera es la mejor del país: los pozos nunca tienen más de medio metro de profundidad. A los lados, una larga llanura enturbiada de arbustos: tierra roja. El ómnibus no baja de noventa por hora; de tanto en tanto una gallina huye despavorida o un ciclista se tira a la banquina; a veces hay banquina. El chofer va charlando con un amigo pero de vez en cuando mira la ruta: seguramente no hay nada en ella que le interese demasiado. O sea que el viaje no parece mucho más peligroso que iniciar una guerrilla en el Congo y, en cambio, hay esperanzas de llegar a alguna parte, pero yo debo estar poniendo alguna cara, porque mi vecina de asiento, que no me ha dicho una palabra en todo el viaje, me mira compasiva:

-Cuando te tiene que tocar te toca: ni antes ni después.

Quizás el fatalismo sea la respuesta a mi pregunta: hace días que trato de imaginar por qué soportan todo lo que soportan, cómo. Había pensado en los bebés: los bebés africanos pueden pasarse horas y horas colgados a la espalda de su madre, envueltos en un pañuelo, con los brazos apretados retorcidos, sin una sola queja: aprenden la resignación. Y suponer que lo que debe pasarnos ya está escrito ayuda mucho a aceptar lo que sea.

 

Cuando llegué a Tabora ya era noche cerrada. Pregunté por el hotel que me habían recomendado y me miraron con horror; un taxista me sugirió llevarme al Golden Eagle. El edificio del Golden era de pena: lo habían construido ya viejo hace unos 20 o 30 años, y aceptaba mansito su destino. El Golden tenía una docena de habitaciones alrededor de un patio; la mía era paredes de distintos colores, el suelo de cemento, una camita triste, su tremendo candado y el techo amenazando. El ventilador tampoco andaba. La habitación costaba cuatro dólares, desayuno incluido.

Al costado había un bar: guirnaldas en el techo y una reja sobre la barra, al estilo de las viejas pulperías, que protegía a la camarera. En la barra cuatro putas en el viaje de vuelta, y alrededor los cinco o seis fulanos que las malvivían; yo era el único cliente posible. Era un entorno acogedor y traté de adaptarme. Uno de los fulanos me contó que el gobierno había cerrado el otro hotel porque el año pasado violaron a una huésped danesa. Las chicas me miraban sugerentes; una, la más sutil, se manoseaba la entrepierna. Los empresarios no se tocaban pero me miraban con caras peor trazadas. Fue una velada encantadora.

La luz, decía Perogrullo, despeja muchas sombras. A la mañana siguiente la habitación ya no era tan terrible, el bar estaba vacío, el mundo refulgía, caliente, luminoso, y decidí ir a dar un paseo. Tabora es una ciudad de 50 o 60.000 habitantes, destartalada, bulliciosa. En Asia aún los países más pobres tuvieron culturas que dejaron monumentos, y nosotros respetamos ese tipo de marcas. Acá, en cambio, da la impresión de que todo fue mal hecho ayer para que dure hasta mañana. El centro de Tabora es un mercado al aire libre, algunos negocios, la iglesia, la mezquita, un par de oficinas; el cine del pueblo anuncia que allí se dan películas parlantes, pero hace tanto que no da ninguna. Todo lo demás son callecitas de tierra, chozas, pequeños cultivos de maíz, gallinas fugitivas: éste es un mundo básicamente rural, y una ciudad es casi un accidente. Aunque Tabora ya era una ciudad en junio de 1871, cuando vino Stanley: “Es el establecimiento más considerable de los traficantes (de esclavos) de Mascate y Zanzíbar en el centro de África, una buena colección de ejemplos de nobleza y elegancia”, escribió entonces el cronista, que se quedó por aquí dos o tres meses, en un caserón de adobe amurallado que todavía se guarda. Allí, Stanley resistió los ataques de Mirambo, el jefe de una tribu que se había levantado en armas y asolaba la región. Allí pensó, seguramente, su famosa frase. Allí se aburrió lo suficiente como para caer en ciertas tentaciones: “El hombre que desprecia al principio la figura poco clásica de una negra africana acaba por no fijarse luego en los perfiles ni el color, y aprecia las curvas poco armoniosas de aquellas formas pesadas, encontrando atracción en aquellos rostros anchos, sin la menor expresión inteligente, y en aquellos ojos de un negro azabache privados de la chispa que ennoblece nuestra pobre humanidad”.

 

Al lado del Golden, en la calle, unos chicos arreglaban bicicletas; mi pie estaba mejor y les propuse alquilar una. Me pidieron dos dólares y ninguna garantía: ni siquiera me preguntaron cómo me llamaba. Era agradable pasear en bicicleta: en las calles casi no había coches -probablemente porque casi no había calles. Iba entre palmas, bananeros, mangos, cuando se me cruzó una lagartija de medio metro: cola azul, cuerpo naranja y cabeza rosada; yo debería haber sospechado. Justo entonces vi un grupo de muchachos con bermudas y camisas blancas, descalzos, que cortaban el pasto a la entrada de un hospital con sus machetes. Me paré a sacarles una foto: ni siquiera era muy interesante, pero algo había que hacer.

-¡Stop picha, stop!

Al swahili –como al castellano– le faltan ciertas palabras de la modernidad y por eso usan el anglicismo picha –picture– donde nosotros usaríamos el galicismo foto –photo–. Pero por alguna razón los tanzanos detestan que los inmortalicen. Quizás sea su espíritu musulmán o quizás sólo el hecho de que no quieren trabajar gratis de modelos. Y el grito es siempre el mismo:

-¡Stop picha!

Sólo había gatillado una vez cuando lo oí. Ya estaba acostumbrado y no le hice gran caso, pero cuando levanté la cabeza vi a un soldado de uniforme marrón y boina de comando que me apuntaba con un fusil viejo. Se lo notaba intrépido:

-Esos son presos. No se puede sacarles fotos, porque los presos son propiedad del Estado. Me tiene que entregar el rollo.

Yo le pedí disculpas y le dije que me dejara conservarlo, que tenía fotos que quería guardar: discutimos un rato. El soldado resultó ser sargento y no dejaba de apuntarme. Me pareció que el tipo esperaba que le ofreciera una coima, pero no podía estar seguro y un error en eso podía ser terrible. Me acordaba de algo que había dicho Richard Leakey, el paleontólogo y político keniata: “Aquí la mayoría de la gente vive de la tierra y no tiene acceso al dinero, pero cada vez hay más cosas para las que se necesita dinero. Entonces quien tiene acceso a él, un policía por ejemplo, está casi forzado a ser corrupto, porque tiene una familia extensa que espera que se ocupe de ella”. Al final el sargento me dijo que tenía que seguirlo: pegó un chiflido y su subordinado reunió a los muchachos de blanco.

Fuimos una curiosa procesión: adelante, dos docenas de presos descalzos armados con machetes; yo detrás, arrastrando la bici, reputeando; al fondo, el sargento y su subordinado. Después el sargento decidió que era un caballero y le ordenó a un preso que me llevara la bici; yo le pregunté si era peligroso y el sargento me dijo que no.

-No mató a nadie…

Se sonrió.

-…todavía.

Caminábamos entre huertas y maizales: pole pole. Por alguna razón extraña yo trataba de que no se me notara la renquera. Una mujer le preguntó algo al sargento; yo entendí que hablaban de mí e intenté mi primera frase en swahili:

-Mzungu matata.

Blanco problema, dije, con sintaxis dudosa. La mujer no sabía si reírse. Por afuera la prisión era una fortaleza; por adentro una villa miseria. Una puerta chiquita y sólida daba a un gran patio de tierra lleno de chozas; alrededor, paredón alto con alambre de púas. El sargento le explicó al jefe de la prisión lo que pasaba; el jefe me dio la mano, me sonrió, me dijo que se llamaba Joseph y que lo que yo había hecho era muy serio: tenía que mandarme al cuartel de policía.

-¿Estoy arrestado?

Le pregunté, y me contestó que no, pero que en la policía había un buen cuarto oscuro.

-Ahí van a poder solucionar nuestro problema.

Todo lo que me dijo era mentira. Caminamos diez cuadras: en la comisaría había un tremendo olor a meo, mucho botón en marcha, seis presos sentados en el suelo, maniatados, con cara de tragedia; el sargento me dijo que esperara. Cuando prendí un cigarrillo me dijeron que ahí no se fumaba; cuando quise salir a fumarlo a la puerta un policía me agarró de la camiseta y me hizo entender que no podía. Después pasaron dos policías agarrados de la mano. Al cabo de un rato llegó un jefazo y todos se cuadraron. Le pregunté al sargento quién era.

-Es el jefe de toda la región.

-Qué raro, parece más joven que los demás.

-¿Más joven? No, es por la buena vida.

Después el sargento dijo que entráramos mi bicicleta. Le pregunté por qué: si la querían guardar era que no pensaban dejarme salir. El sargento me dijo que era por los ladrones.

-Pero cómo la van a robar acá, en la puerta de la comisaría…

El sargento me miró con sonrisa: no me hagás hablar, decía, o algo así. Al final el jefazo se dignó atendemos: estaba sentado detrás de una mesa y delante de su mesa había otra mesa, perpendicular: yo tenía que pararme al final de la segunda mesa, guardando las distancias. En su oficina había un mapa de la zona, un cartel que decía “esta es una región libre de corrupción”, una palangana para lavarse las manos y un teléfono. El sargento le explicó en swahili lo que había pasado; el jefazo puso una cara muy seria y agarró el teléfono. Mientras escuchaba al sargento hablaba con alguien y le comunicaba la cuestión; yo no podía entender ni una palabra: era perturbador. Después de un rato de charla entre ellos y el teléfono me dijo que había cometido un delito muy serio y que me iban a procesar; yo le dije que no sabía nada, que era un extranjero, que había obrado de buena fe. El sargento parecía un poco arrepentido del alud que había desatado. El jefazo disfrutaba poniendo cara de servidor del orden y diciendo que no era su problema: me decía que aquí también tenían leyes y que todos debían respetarlas:

-Incluidos los extranjeros. Ahora le vamos a enseñar cómo cumplimos las leyes, nosotros, en Tanzania.

Me gustan los policías cuando les da el nacionalismo: son como próceres de un billiken pomo. Después me interrogó hábilmente:

-¿Para qué vino a Tabora?

-Estoy de viaje, voy hacia Kigoma.

-¿Y para qué quiere ir a Kigoma? Dígame la verdad.

-Le digo, estoy viajando, conociendo. Quiero hacer el viaje que hizo el inglés Stanley.

-Esa no es una razón. Usted me miente.

Al final tocó un timbre, vino un zumbo y me mandó con él. El zumbo me llevó a un cuartito donde el olor a meo era más fuerte y me empezó a tomar declaración. Produjo una hoja en blanco no muy blanca, le trazó márgenes con una regla rota y escribió el encabezado: Tanzania Police Force, Official Statement. Después escribió que si lo que yo declaraba no era cierto todo el peso de la ley caería sobre mí, y me hizo firmarlo; después tuve que contarle el incidente y él lo anotaba en un inglés imposible. En ningún momento me pidió un documento.

Cuando la terminó se fue y cerró la puerta; yo seguía sin poder creer lo que estaba pasando.

Empecé a imaginarme las posibilidades: un par de días en ese calabozo, un abogado chanta de Tabora, si tenía suerte quizás me echaran del país sin joder demasiado. Era un clásico pobre: cómo una tontería se vuelve pesadilla.

Pasó más de una hora: de vez en cuando alguno entraba y me miraba: visiblemente se estaban divirtiendo. A eso de las doce el jefazo me llamó de nuevo, me dijo que había leído mi declaración y que si entregaba el rollo no me procesarían; a esa altura, es obvio, el rollo me importaba tres carajos. El jefazo gozaba como un chancho: esa noche le contaría a sus amigos que había tenido un mzungu a su merced.

-Estamos considerando la posibilidad de dejarlo en libertad.

El fulano me dio un sermón edificante sobre el respeto por las leyes de los países, las propiedades del Estado y su resanta madre, y al final me dijo que estaba libre y podía irme. Afuera hacía un calor intolerable pero ya no olía a meo. A esta altura, supongo, el estimado lector se estará preguntando qué carajo hacía yo en un sitio como ése; yo también.

La clave del buen periodismo es hacer las preguntas adecuadas. Iba en mi bicicleta, pole pole, buscando una respuesta –cabeza dura, confusión, el recuerdo de un héroe de mi infancia–, pero un ruido en la rueda trasera me impedía concentrarme en la respuesta. En la calle, bajo un árbol frondoso, tres muchachos arreglaban bicis. Uno me chifló y señaló mi rueda, desinflada; por señas me dijo que tenían un inflador y fui. El más joven me mostró que la rueda no tenía válvula, le puso una nueva, la infló y me mostró con orgullo el trabajo terminado. Le pregunté cuánto le debía y me dijo que nada; tratamos de conversar un poco, nos sonreímos.

-Karibu. Tu taunana.

 

“Bienvenido. Hasta la vista”, me dijo, y yo me fui pensando que quizás esto fuera la estúpida respuesta a mi pregunta.

 

En la estación, esta mañana, un par de cientos de personas esperamos que llegue el tren. Algunos, para tomarlo; la mayoría, para tratar de venderles algo a sus pasajeros. Las mujeres jóvenes vienen con bebé y el revoltijo de telas y colores alrededor del cuerpo y el pañuelo de colores envolviendo cabezas: una masa de colores y una cara negra. Los hombres en cambio se visten occidental: cuestiones de género y desarrollo desigual. Y siempre hay un chico chiquito que me ve y se larga a llorar con mocos y terror: nada personal, supongo. Pero son tantos: la mitad de la población tiene menos de 15 años.

-¿Así que va a llegar a las nueve y media?

-No, caballero, no es tan así. Sospechamos que va a llegar a las nueve y media, pero nadie puede estar seguro.

El tren tenía que pasar a las siete; ya son las ocho y cuarto y me preocupa que no hayan abierto la boletería: me han alertado mucho sobre lo difícil que puede ser sacar boletos. Así que decido hacer lo que detesto: chapear. Yo pensaba que no había nada peor que chapear de periodista –no, mire, agente, lo que pasa es que estoy cubriendo una nota, entonces, pero chapear de blanco es aún más detestable. A los que quieren ser siempre el alma de la fiesta les recomiendo los pueblitos del África: nunca dejarán de ser mirados. Siempre el mzungu, el raro: el blanco de los ojos. Entro en la oficina del jefe de la estación y le pregunto cómo es posible que su ventanilla esté cerrada; el jefe me pide disculpas y me despacha él mismo. Afuera hay diez o doce locales aguantando la cola bajo el sol socarrón.

-Los blancos nos convencieron de que éramos incapaces de hacer nada. Tuvieron que hacerlo: si no ¿cómo iban a controlarnos, por qué íbamos a obedecerlos? Pero ahora nos cuesta mucho sacarnos esa idea de la cabeza.

Me dirá, más tarde, en el tren, el estudiante Francis. El vagón de tercera es una fiebre de personas. Las personas abundan, rebosan: personas se desbordan. Docenas y docenas de personas en los lugares más inverosímiles: sobre los bancos de madera, en los espacios entre los bancos en el suelo, en el pasillo, en los apoyabrazos. Las personas subieron con sus mejores galas pero ya llevan más de un día frotándose, y todo se derrama. De los portaequipajes cuelgan cosas: bolsas de pan, canastas, botellas con agua. Lo que cuelga se mueve al compás del traqueteo, hay grabadores que gritan música y el olor también es fuerte: el tren rebulle de sentidos. El micro es un vehículo; el tren, un mundo que se mueve. Despacio, en este caso: pole pole.

-Pero es cierto que acá somos muy perezosos.

Me dice el estudiante Francis. Ya lo escuché demasiado en estos días; yo creía que era una idea de blancos sobre negros: parece que muchos negros también lo suponen. Y he escuchado tanzanos que definían a sus paisanos como cobardes o corruptos o brutos: todas flores.

-Por eso no tenemos futuro. Acá futuro es una palabra sin sentido.

El estudiante tiene veintipico, una barbita bien cortada, su musculosa blanca limpia, y me dice que se quiere ir del país, que casi todos los jóvenes como él, educados, se quieren ir de su país, y yo no le digo que su cuento me suena.

 

-¿Te puedo contar una historia?

El pibe no sabe que ha dado con la frase precisa. Una de mis actividades principales en este viaje es decir que no a cantidad de ofertas, pero una historia es una que no sé rechazar.

-Hace dos años me escapé de Ruanda, sabés. Mi madre era hutu y mi padre era tutsi. Cuando empezaron las matanzas yo no sabía de qué lado ponerme: todos me tomaban como un enemigo. El pibe se llama Rachid, tiene 17 y una camisa de franela que lo hace transpirar a manantiales. Es pleno invierno: la temperatura ha bajado hasta los 25 grados así que esta mañana todo feliz poseedor de un pulóver lo está usando. Kigoma temblequea.

-¿Y qué pasó?

-Los mataron a los dos…

Cuando llegué a Kigoma el cielo estaba encapotado y turbio: el lago era un mar infinito. Stanley lo llamó el mar de Ujiji, y supongo que tenía razón. Ahora le dicen lago Tanganica: mide 650 kilómetros de largo, 50 de ancho y su margen es una de las formas posibles del fin del mundo. Estoy a 1600 kilómetros de la costa: acá se acaban Tanzania, el ferrocarril, la relativa paz, y empieza lo que Conrad llamó el corazón de las tinieblas. Del otro lado del lago, tras esa línea de montañas azuladas, yacen Ruanda, Burundi, el Congo: las peores guerras de estos días.

-¿A los dos los mataron los mismos?

-No, a cada uno los otros. Eso fue hace tiempo. Yo traté de seguir mi vida, empezar todo de nuevo, quedarme, pero el año pasado cuando hubo otro golpe militar pensé que ya no soportaba más y me fui.

Rachid, entonces, me pide algún dinero para ayudarlo en sus estudios: se lo doy, emocionado. Al cuarto que me aborda con la misma historia, el sonsonete empieza a parecerme sospechoso o por lo menos aburrido: quizás hasta sea cierto, pero es duro que todo pueda ser usado así. Y, además, no hay nada más banal que el horror repetido.

-¿Mzungu, te puedo contar una historia?

-Después, más tarde.

Kigoma es un pueblo como tantos: una calle principal más o menos asfaltada, rodeada de los mayores mangos, que baja una colina hasta la estación de tren, un edificio alemán de principio de siglo que todavía se usa, imponente, a punto de caer. A los costados de esa calle están los puestitos de ananás o maíces asados, los bicicleteros, los bodegones de tres mesas, un banco, dos almacenes de ramos generales, tres chiringuitos que ofrecen fotocopias, una carnicería, cuatro pensiones imposibles, la peluquería Tercer Mundo, la peluquería Barcelona, la peluquería Sheraton, la peluquería Saigón, la entrada del mercado, el descampado donde paran los daladalas, una tienda de casetes más o menos truchas, y docenas de carteles pintados a mano que muestran lo que cada negocio ofrece: aquí la palabra escrita no siempre sirve, y los dibujos garantizan. Kigoma es una calle como tantas, sólo que la atraviesan todo el tiempo 4×4 nuevas relucientes con un negro afeitado al volante y un blanco mal afeitado aliado y el escudo de un organismo internacional pintado en cada puerta.

-Puede sonar raro, pero para nosotros la llegada de estos refugiados trajo sus beneficios…

Me dijo un funcionario del gobierno tanzano. En los campamentos alrededor de Kigoma se hacinan 400.000 fugitivos de los países fronterizos, la mayor concentración del mundo ahora: esto es un enclave de los nuevos misioneros –Cruz Roja, ACNUR, Médicos sin Fronteras– y los viejos, los de las iglesias más diversas.

-Con todas las agencias y organizaciones que vinieron a instalarse la economía de la zona se dinamizó mucho, hay nuevos puestos de trabajo, han hecho carreteras, algún puente, traen medicamentos… A nosotros nos ha venido muy bien toda esta historia.

 

Los primeros llegaron amontonados en la parte de atrás de una pickup. Lloraban, gritaban y agitaban una cruz de madera. Eran como veinte, más mujeres que hombres; entre todos, gritando, llorando, bajaron de la pickup el ataúd. El cementerio viejo de Kigoma está en una colina: desde aquí se ve el lago y, en los días claros como hoy, las montañas del Congo. Los árboles parecen centenarios y algunas tumbas están comidas por la hiedra.

-Era tan joven, era tan tan joven…

Un muchacho de 20 no paraba de decir que el muerto era tan joven:

-Casi tan joven como yo. Así vamos a terminar todos, me dijo el reverendo, si no seguimos el camino recto.

Tardaron en contarme que el muerto se había muerto de sida: tuve que preguntarlo varias veces, escuchar negativas o puteadas hasta que, al final, una chica me lo dijo en voz baja.

-Pero hay que decirlo. Si no empezamos a pelear contra el sida nos vamos a morir todos.

Es probable que se mueran igual, pero la chica era demasiado joven para saberlo. Las estadísticas oficiales –confusas, aproximativas– dicen que el 10 por ciento de los tanzanos es HIV positivo: la cifra real parece bastante mayor. Lo cual significa que de estos veinte jóvenes en el cementerio, siete u ocho van a morirse de sida más o menos pronto: dicho así suena fuerte. Pero hasta ahora fue muy difícil combatir la epidemia, y no sólo por el precio de las drogas; además, el pudor de la sociedad musulmana y tribal impedía llevar adelante campañas de educación sexual que redujeran los riesgos. La semana pasada el primer ministro hizo un discurso lanzando “la guerra contra el sida” y dijo que si la tendencia no cambia pronto, la esperanza de vida de los tanzanos va a caer unos 15 años en la próxima década.

-Acá hay un par de hospitales que te hacen el análisis.

Me dice la chica, y que algunos lo hacen sin consultar, como los bautistas. Y que cuando alguien es positivo lo anuncian a la comunidad; supuestamente para que no contagie a nadie pero sobre todo como ejemplo moral. Los infectados quedan afuera, temidos, despreciados.

-Pero, ¿para qué? Si te llegan a decir que sos positivo, ¿qué hacés?

Los remedios son inalcanzables. La medicina occidental no soluciona nada, y muchos vuelven a los viejos brujos: al menos se hacen cargo.

 

-¡Ujiji, Ujiji!

Junto al mercado de Kigoma, los boleteros de los daladala ofrecen el viaje. Los daladalas son las combis que recorren los peores caminos del África y que, en la última década, han transformado la vida de millones de africanos: campesinos clavados en la tierra ahora pueden moverse, ir a vender sus productos a mercados, ver a un médico, llegar hasta una escuela; donde no parece posible meter más de 10 personas suelen amontonarse 25, y un daladala que se precie no anda más de 200 metros sin parar para que se suba o baje un pasajero.

-¡Ujiji, Ujiji!

Hace cuatro días que vegeto en Kigoma: llueve y llueve. El tren no funciona, el avioncito no puede volar por las tormentas. Ya estoy casi curado de mi herida pero no tengo adónde ir: estoy en la apoteosis pole pole y me paso las tardes mirando el lago-mar, encapotado. Estoy a 10 kilómetros de Ujiji, el lugar del encuentro, pero no quiero ir todavía; no hasta que sepa cómo saldré de aquí. Cuando llegue a Ujiji, mi viaje estará terminado.

-¡Ujiji, Ujiji!

En 1870, Ujiji era la base de los traficantes árabes junto al Tanganica: allí recibían los esclavos que les traían desde la otra orilla. Los alemanes lo condenaron cuando decidieron que la terminal de su ferrocarril iba a estar en Kigoma. Ahora es un pueblito amable, 5.000 habitantes, calles de tierra roja que se cruzan en esquinas, casas de adobe. Ujiji es un pueblito pero fue una ciudad; Kigoma es una ciudad que siempre será un pueblito. Pero de pronto el pueblo se acabó y empecé a caminar por un lugar de ensueño: un bosque de palmeras, mundo verde, senderos retorcidos y de tanto en tanto alguna choza. Grandes orquídeas colgaban de las ramas, sombra, una brisa fresca. Abundaban unos bichos extraños: eran mariposas muy azules en el aire y cascarudos feos cuando se posaban y cerraban las alas. Crecían las guaridas de termitas: castillitos de arena grandes como castillos. La ilusión era casi perfecta: chicos jugando, perros perezosos, mujeres peinándose o lavándose o amamantando chicos. La miseria era otra vez belleza. Tardé en darme cuenta de que en ese mundo perfecto no había hombres. Cuando salí a la costa descubrí que no sabía dónde había estado, que nunca más podría volver.

-Muy buenos días, señor, cómo le va.

Me dice ahora, en un francés de opereta, un viejo con la ropa en jirones. A la orilla del lago pescadores reparan sus redes, chicos empaquetan pescaditos minúsculos en bolsas elefante, unas pocas mujeres cocinan pescado en un caldero muy tiznado, un pato verde se pasea con cara de despiste, boteros construyen sus chalupas tallando troncos igual que sus abuelos. Estos botes, antaño, traían esclavos desde el corazón de las tinieblas. Ahora traen refugiados que se escapan de la guerra del Congo, 20 dólares por cabeza: a veces llegan, otras los tiran en el medio del lago.

-Muy bien, y usted.

-Excelente, gracias. ¿Y cómo está la salud de su señora mamá?

Me sigue preguntando. Tres vacas duermen a la sombra, cangrejos corren locos, mujeres lavan ropa, muchachitos se bañan. Un chico de remera amarilla salta saltos mortales de a docenas. El viejo aprendió su francés en una escuela de misioneros belgas en el Congo, y me da charla.

-¿Usted viene de América, parece?

-Sí, de Sudamérica.

-Y ustedes en América son ricos. Hasta los negros son ricos en América. Yo a veces pienso, sabe. Pienso: qué curioso. A nuestros mayores más desafortunados los llevaron a América de esclavos; ésos ahora son ricos. Nosotros, los descendientes de los hombres libres, en cambio somos pobres. ¿No le sorprende a usted, señor? A mí sí me sorprende.

Un chico arrea cabritos a piedrazos. Al cabo de muchos circunloquios, el viejo me dice que su red se rompió y está desesperado y si, cuando vuelva a mí país, no podría mandarle el dinero para arreglarla.

-Usted no sabe lo que eso significaría para mí.

-¿Y cuánto sería eso?

Le pregunto, ya malhumorado: el antiguo mangazo nunca muere.

-Tres mil shillings.

Que son exactamente cuatro dólares.

 

Creo que hice todo este viaje sólo por la frase, y la frase, en principio, no es nada memorable. Sólo vale la pena si alguien hizo todo aquel viaje antes de decirla. La frase es bastante banal pero era, también, la puesta en escena de una idea del mundo: lo íbamos a dominar sin que se nos torciera el nudo del black tie, así somos, lo dominamos bien derecho. La frase se hizo célebre: la repetían en diarios, teatros, tabernas y academias. La frase era el Imperio.

Es mediodía: el sol está sañudo. Ya he caminado mucho por Ujiji; vueltas y vueltas para no terminar de llegar al lugar del encuentro: el lugar de la frase. Pole pole. Es obvio que no tengo nada que hacer aquí: lo mío era un jardín en las sierras de Córdoba donde Livingstone y Stanley eran dos gatitos que ya deben haber muerto, yeso no está en Ujiji ni en ninguna otra parte. Cavafis, el viejo poeta alejandrino, me dice que no me preocupe:

-Itaca te dio el hermoso viaje./ Sin ella no habrías emprendido el camino. / Pero no tiene ya nada que ofrecerte.

El lugar está en las afueras del pueblo, donde llegaba la orilla del lago Tanganica. La orilla ya no llega: por alguna razón el lago mar huyó y ahora está mil metros más abajo. En el lugar sólo quedaba el mango enorme a cuya sombra se saludaron dos ingleses; el mango cayó en 1927 y ahora hay uno que dice ser su cría. El cuidador trata de contarme la historia de aquellos exploradores en un inglés incomprensible: la herencia que dejaron.

El cuidador se va y sólo queda la vieja calma cementerio. Una avispa me ronda. Una hoja cae del árbol de mango pole pole y planea minutos antes de aterrizar; la avispa se cruza con un avispo y se fornican en el aire. Lejos se oyen voces de chicos; una mariposa roja y negra chupa de flor en flor: la agitación es casi intolerable.

Aquí, bajo aquel mango, Henry Morton Stanley encontró, el 10 de noviembre de 1871, tras ocho meses de marchas espantosas, al doctor David Livingstone. Era la culminación perfecta del viaje más osado: el momento del éxito. Stanley sabía que lo había logrado, que su vida ya tenía sentido, pero estaba confuso: los caballeros british siempre se habían reído de él y Livingstone cargaba fama de despreciativo. Decidió ser más inglés que los ingleses:

“Podría haber dado rienda suelta a mi loca alegría mordiéndome la mano, dando volteretas o aporreando los árboles, para moderar esos sentimientos de excitación incontrolables. Mi corazón galopaba, pero no debía dejar que mi cara traicionara mis emociones, y menos aún faltar a la dignidad de un hombre blanco que se presentaba en circunstancias tan extraordinarias.

Así que hice lo que creí más digno. Aparté a las multitudes y caminé a lo largo de una avenida viviente de hombres hasta que llegué frente al semicírculo de árabes que rodeaba al hombre blanco con la barba gris. Avanzando hacia él, noté que estaba pálido, parecía cansado. Llevaba una gorra azulada con una cinta de oro marchita, una chaqueta de mangas rojas y un par de pantalones grises. Yo habría corrido hacia él, pero me acobardé al ver a tanta gente –y lo habría abrazado, pero él era un inglés y no sé cómo me habría recibido, así que hice lo que la cobardía y el falso orgullo me sugirieron: caminé hacia él con calma, me saqué mi sombrero y dije:

-¿Doctor Livingstone, supongo?”.

El pueblo más denso de Colombia

Publicado: 15 septiembre 2008 en Martín Caparrós
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En el Islote no vive ningún muerto. Solo vivos: el Islote es el único lugar del mundo donde no hay más que vivos. Desde que se hicieron hombres, los hombres y mujeres convivieron con sus muertos: metieron a sus muertos en cavernas, tinajas, cajas de madera, hoyos en la tierra y los guardaron dentro de su espacio. En el Islote no hay espacio: los vivos viven apiñados, los muertos viven fuera -en un cementerio chiquito muy atacado de maleza en otra isla. Dicen que cada vez que un islotero se muere lo ponen en su cajón, le rezan, lo encomiendan a la virgen del Carmen y, por fin, lo cargan en la lancha; entonces buena parte de sus vecinos lo acompaña hasta la isla de Tintipán, lo deja ahí, y se vuelve.

El Islote de Santa Cruz es una isla del Caribe colombiano, archipiélago de San Bernardo, departamento de Bolívar. El Islote -así lo llaman todos- es la isla del Caribe que menos se parece a una isla del Caribe: allí donde el lugar común y la memoria piden palmas, playas de arena blanca, hamacas y mojitos, el Islote es un barrio pobre de cualquier ciudad apareciendo de pronto en el medio del mar más esmeralda.

Mamá Elena tiene 74 años, cuatro dientes, una camisa vieja muy manchada y, seguramente, más plata que casi nadie en el Islote. Mamá Elena es la dueña del único restorán, una gran cocina y unas mesas de plástico junto al agua, donde prepara la mejor langosta que he comido -y patacones fritos en aceite de coco. Mamá Elena sonríe a menudo, para mostrar los dientes que le quedan. Sus abuelos llegaron desde Tolú, en el continente, hace quién sabe cuánto: setenta, cien años. Eran pescadores; al principio quisieron instalarse enfrente, en Tintipán -grande, bonita, forestada-, pero la plaga los corrió.
-¿La plaga?
-Sí, los moscos esos, los jejenes. Todas esas islas tienen plaga porque tienen ciénega. Nosotros no tenemos.

Es el secreto del Islote: como al principio casi no existía, por no tener, tampoco tenía bichos. El Islote, al principio, era un pequeño arrecife coralífero de veinte por veinte: la nada entre las olas. Pero cuando aquellos pescadores vieron que era la única isla donde los animales no los atacaban, empezaron a usarlo como refugio. A mí, cuando me lo dijeron, me pareció exagerado que desdeñaran las bellas islas de los alrededores y se instalaran en este baldío solo por los jejenes: después entenderé.

Primero pasaban una noche, dos, en medio de la pesca. De a poco, algunos se afincaron. Y fueron agrandando el arrecife: juntaban trozos de coral, caracol pala, restos varios, y le ganaban tierra al mar. El Islote es una obra del hombre -quizás por eso sea tan feo. O lindo a su manera: con la belleza de lo inesperado y diferente. Con la elegancia de oponerse a todos los clichés, todas las fotos.

El Islote, ahora, tiene 5.600 metros cuadrados -media manzana- y, según el último censo, 1.087 habitantes: una densidad de 194.000 habitantes por kilómetro cuadrado. Colombia, por ejemplo, tiene 42; Bogotá 3.912. Por eso suelen decir que el Islote es el lugar más densamente poblado del mundo. No debe estar muy lejos.

En el Islote no hay policía, no hay cura, no hay médicos ni notarios ni abogados. Y encima el mar, tan verde, tan azul.

-¿Y no es mejor vivir en tierra firme?
-No, mi hermano. Acá vivimos mucho mejor. Allá usté tiene que tener algún trabajo para ganarse su vida. Acá no, acá usté sale a pescar a la mañana y ya con eso vive. Si sabe bucear, acá siempre va a tener algo de qué vivir.

El mito cuenta -como cuentan los mitos, con detalles diversos, contradicciones, coincidencias- que, hace ocho o diez años, una lancha cargada de cocaína se dio vuelta en el mar, cerca de aquí. Y que unos pescadores del Islote la avistaron, avisaron a todos los demás y salieron a buscarla. El mito cuenta que la recuperaron, que su legítimo dueño les pagó un rescate más que millonario, que los isloteros repartieron la plata entre todos: que algunos se la bebieron con tozudez y buena entraña, que otros aprovecharon para hacerse sus casas. El mito cuenta -como cuentan los mitos- que esa lancha fue fundamental en el destino del Islote: que fue entonces cuando el pueblo dejó de ser casillas de madera y palma, que fue entonces cuando se construyó la mayoría de las casas de material -algunas de dos pisos-, que fue entonces cuando se compraron muchas lanchas. Que fue un gran momento común, y que fue emotivo cómo todos compartieron el dinero que les trajo el mar. Y que, después, todos juraron olvidarlo.

El médico es un problema: viene, se pasa diez días, se va otros diez, vuelve. Diez días son muchos para mil personas. También viene, de tanto en tanto, un odontólogo, pero no tiene ningún equipamiento: mira las bocas, rezonga, da consejos.

Lo que el mito no cuenta es que esa lancha podría ser una metáfora mala de lo que pasó en muchos rincones de un país que, entonces, se llamaba Colombia.

-A los ocho meses me voy pa Cartagena y ya me quedo hasta el día del parto. Acá con la vaina de que el médico está y no está, uno no sabe qué puede pasar.

Dice Rosa, 16 años, seis meses de embarazo, sentada en la entrada de una casa amarilla. Rosa dice que este es solo el primero, que quiere tener por lo menos cuatro más. Julley, su amiga, le aconseja que se vaya antes, pero Rosa prefiere esperar hasta el último momento porque no quiere estar tanto tiempo lejos de su novio: Roberto tiene 17 y trabaja en el Hotel Punta Faro, en Tintipán. Últimamente el turismo -trabajar en los hoteles y restoranes de las islas vecinas- también es una opción, más suave que la pesca; si sigue así, el Islote va a pasar a ser el clásico barrio pobre cuyos habitantes se van todos los días a trabajar para los ricos del barrio de al lado.

-Qué Roberto ni qué nada, Rosa, ese man es un flojo, ni siquiera te va ayudar con plata. Además, lo más importante es tu pelao, ¿sí o no?

Dice Mirledis, una Angelina Jolie color caoba en mecedora de madera, mientras se pinta las uñas de los pies. Mirledis es la más chica y dice que es la más moderna:

-Por eso a mí lo de tené pelaos no me gusta. Los pelaos joden mucho y ya despué uno no tiene tiempo pa más na. ¡Ni pa los hombres!? Las demás se ríen y dicen que lo que pasa es que Mirledis tiene muchos hombres. Ella estira sus piernas infinitas y se ríe, que no, que eso no es cierto, que ella no tiene ningún novio, solo su cantidad de enamorados.
-¿La pesca es peligrosa?
-No, a pulmón libre no hay ningún peligro, es mucho más fácil que con tanques. El tanque sí es peligroso, uno se mete muy abajo y de pronto se te acaba y no puedes salir. En cambio el pulmón te avisa, cuando se te va a acabar el aire el pulmón te lo dice, te da tiempo a escaparte.

Los muchachos llevan años sentados en esta mesa en un rincón de la plaza, jugando al dominó. Ayer jugaban; ahora siguen jugando -y jugarán, parece. La ronda vale 200 pesos; a veces se distraen. Les pregunto a cuánto está el kilo de langosta y me dicen que 18 ó 20 mil y se enzarzan en una discusión sobre el crecimiento del animal: que si crece una cuarta cada vez que muda, que si entonces habría langostas de mil kilos, que la más grande fue una que sacó el Churo, que tenía cinco kilos. Cuando me voy, veinte minutos después, la discusión arrecia.

-Y, a la una, dos de la tarde ya vuelves de la pesca y te vas a comentar lo que pasó con los amigos.

-¿Cómo qué, por ejemplo?
-Cosas de la pesca, comentamos. Digamos que arponeo una barracuda y la dejo ir con el arpón porque se enreda, entonces se me queda todo eso en el pensamiento y la comento con amigos, nos damos consejos, conversamos.

La plaza -el único espacio vacío de la isla, el centro ineludible de la isla- es un rectángulo de cemento de diez metros por veinte con dos árboles que se llaman zaragozas, los troncos retorcidos. Es mediodía: en el medio de la plaza solo hay chicos de ocho o diez descalzos jugando a la pelota -porque hace un calor de mil quinientos perros- y chicas de ocho o diez descalzas barriendo el suelo con escobas caseras. En una esquina de la plaza está la discoteca del Bárbaro, el edificio privado más grande de la isla; al lado está la escuela, planta baja y dos pisos pintados de rosado y, delante, la virgen del Carmen. Después está la casa de María Candela, dos pisos, vidrios nuevos en las ventanas, tele chata de 25 en el salón, pintura blanca. Al fondo, en el lado corto, hay una casa verde pobre. Sobre el otro lado largo del rectángulo, tres casas de familia: verde, amarillo, amarillo -con sus toques de rosa y de celeste. Y, en el otro lado corto, la tienda de Eder, donde Eder tiene su mesa de jugar al dominó y ver pasar el tiempo. Diez metros más allá, las basuras y el mar, todo el Caribe.

Hoy hay brisa fuerte, casi ningún pescador ha podido salir: algunos van a comer muy poco. Juan me dice que él salió igual y que se trajo dos kilos de caracol, que son 12.000 pesos, la platita para pasar el día. Todos dicen que la pesca ya no es como antes: que antes había langosta por todos lados, que ahora hay que salir cada vez más lejos y bajar cada vez más hondo, a veinte, veinticinco metros, porque antes pescaban nada más los muchachos del pueblo, ochenta, cien, y ahora en cambio vienen de muchos lados y son como quinientos y así no hay mar que aguante. Y que ahora los buzos del Islote salen solos: que antes, cuando pescaban fácil, iban de a dos o tres o cuatro, pero que ahora ya no hay para repartir y cada cual la pelea por su cuenta. La escasez, decíamos, rompiendo aquellas redes.

El Islote está de verdad en el medio del mar: ninguna casa a más de cincuenta metros de las olas. El Islote es realmente una isla del Caribe.

Los chicos de diez años ya salen a pescar, ganan su plata, se hacen, de alguna forma, independientes de sus padres. Pero se quedan en las casas de sus padres hasta que son adultos: en el Islote no hay lugar para instalar vivendas nuevas. En el Islote hay doce bachilleres, ningún profesional, un par de ricos: Mamá Elena, los dos mayoristas de pescado -que se lo compran a los pescadores y lo venden, con cincuenta por ciento de recargo, a los distribuidores de la costa.

El Islote tiene noventa casas: noventa unidades familiares. Pero hay pocas familias y están todas mezcladas. Y tienen chicos, cantidades de chicos: de los 1.087 isloteros, 735 son chiquitos. Las parejas del Islote tienen un promedio de cinco hijos. Últimamente ha habido planes para “desconectar” mujeres, y cinco lo aceptaron, pero es muy duro convencerlas:

-Ellas piensan que cuando se desconecten no las va a querer más nadie. Yo les digo que no tengan tantos pelaos, que se ocupen más bien de los que tienen; ellas me dicen que lo que pasa es que son muy tiradoras. No, tiradoras no; ustedes lo que son es parenderas, les digo yo. Las tiradoras tienen muchas vainas, preservativos, pastillas, muchas cosas.

Faider Agresott es el Inspector de Policía del archipiélago San Bernardo -con base en el Islote. Faider no es policía sino empleado de la Alcaldía de Cartagena -pero si en la isla hubiera policía estaría bajo su mando. Había dos, pero ya no: hace unos años, decidió que no eran necesarios y que era mejor que sus habitaciones en los altos del Centro Educativo quedaran para los profesores.

-Acá es muy tranquilo, no valía la pena tener dos policías. Es muy raro que haya robos, esas vainas. Acá nomás hay riñas: como buenos costeños les gusta mucho el guaro, el trago, y se meten en riñas entre ellos.

Dice Faider, cuarentón, costeño, y dice que todos los días recorre las diez islas del archipiélago en la lancha que le donó un paisa rico y amador del Caribe, pero que ahora hace tiempo que no lo puede hacer porque la lancha está dañada y todavía no consiguió la plata para hacerla arreglar, pero por lo menos ya pudo llevarla a Cartagena.

En el Islote no hay iglesia; solo una Cruz de Mayo, una imagen del Sagrado Corazón, otra de la Virgen del Carmen -que está, también, en casi todas las casas del pueblo.

-Los pescadores necesitamos a la Virgen. Ella es la que nos cuida cuando salimos al mar. Quién sabe, si no fuera por ella…

En el Islote no hay cura, por supuesto. Cuando alguien quiere casarse o bautizarse, tiene que anotarse en una lista y esperar a que se junten varios; entonces llaman a un cura que los consagra al mayoreo.

Faider fue sargento de la Marina, pero ya lleva muchos años administrando islas. Faider se ocupa de muchas cosas -atiende el consultorio cuando no está el médico, dirime diferendos, presenta proyectos, persigue subvenciones, insiste para que los isloteros “no sean tan flojos y se busquen la vida”. Y dice que está feliz, que aquí siente que puede hacer algo importante, mejorar la vida de una comunidad. Uno de sus proyectos más avanzados es construir noventa baños, uno por cada casa:

-Hay que hacerlos para que esta gente haga sus necesidades como Dios manda, porque es muy feo para el turista que estén haciendo sus necesidades por ahí y, mostrándole sus pompis, ajá hombe, caramba.

María Consuelo tiene 56 años, siete hijos. El mayor nació hace 36 y, durante los 15 siguientes, ella se dedicó a parir parejito.

-Así pude salir rápido de esa obligación. Ya después a uno le queda tiempo pa otras cositas. Aunque a veces también uno se aburre. Uno cría los pelaos, después ellos crecen y se van y ajá, ya casi no queda na pa hacer. Lo bueno es que después vienen los nietos. Yo ya tengo ocho.

Después pasa una mujer de falda negra con un balde de pintura blanca y una brocha; dice que va a pintar la Cruz de Mayo, al final de la plaza.

-Esa se llama María Candela, le decimos así por la lengua que tiene. Esa le va diciendo las verdades en la cara a todo el mundo. Es viuda, pobrecita. Pero también se pega sus chapeteras, no se vaya a creer.

María Candela es la organizadora de los grupos de limpieza: todas las nenas, armadas con escobas de palito, barren el pueblo un día a la semana. Y todos los nenes llenan los sacos de basura y los llevan al final de la isla, para seguir creciendo.

-¡Mayo, mija, cómo estás! Ahora vienes por acá para echar una hablaíta.

Le grita María Consuelo, pero María Candela le dice que no sea vaga, que más bien vaya a ayudarla con la pintura.

-Sí, hombe, yo te ayudo. Si tampoco no tengo nada qué hacer.

En el Islote, tan rodeado de agua que es muy difícil caminar sin verla, el agua es un problema. Cuando llueve, los vecinos la recogen en aljibes; cuando no, llega en barco cisterna desde Cartagena. A veces hay que pagarla, a veces no. La luz, en cambio, cuesta 2.000 pesos por día y por cabeza -por seis horas de corriente eléctrica. Todos los días, los de la Junta Vecinal recorren las noventa casas para recaudar la plata del gasoil; a veces consiguen lo necesario, a veces no. Los días que no, la luz se apaga antes.

El equipo de fútbol de Islote nunca pudo jugar de local: no tiene cancha, lugar para una cancha. Juan Guillermo pesca langosta y es su entrenador: ahora me cuenta que cuando pueden van a tierra firme a jugar un partido o algún cuadrangular, pero que en general pueden, en junio y en diciembre porque en el equipo juegan unos sobrinos suyos que estudian en Cartagena y el papá tiene una lancha grande, pero solo se la presta si sus hijos van con ellos y ellos solo están para las vacaciones, en junio y en diciembre; que si no se la alquila y es demasiado caro. Es complicado. En cambio para entrenarse no hay problema: varias veces por semana cruzan hasta la isla de enfrente, donde sí hay espacio para patear un rato.

-¿Y van en lancha?
-No, casi nunca tenemos. Cada cual va con su canoa, su cayuquito, pues.

Me imagino la Gran Flota de los Veinticinco Cayucos Futboleros cruzando triunfal el brazo de mar entre Islote y Tintipán: veinticinco remeros denodados braceando hacia el espacio.

El Islote de Santa Cruz es pura diferencia, una isla tan aislada y tan distinta de cualquier otra isla, un mundo transplantado al mundo equivocado, un barrio donde no puede haber un barrio, suburbio sin ciudad, espacio sin espacio. Pero yo no podía creer que todo eso -esa densidad, esa fragilidad, ese aislamiento- fuera solo para evitar “la plaga”. Hasta esta noche. Vuelvo al continente. Duermo en una cabaña sobre el golfo de Morrosquillo, un lugar maravilloso con la gente más atenta y sonriente. A la mañana, cuando me despierto, mis pies son una sola roncha. Arden, queman, joden -casi no puedo caminar. Recién ahora entiendo a aquellos negros fundadores: se escapaban de esto. Huían de la naturaleza. El Islote es una batalla más de la lucha del hombre por contener a la naturaleza. O sea: la cultura.