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—¡Ay, Dios mío, ahora sí se complicó esto! –lamenta el capitán de fragata Wilfredo Castañeda–. ¡Ay, Dios mío, ahora sí va a estar difícil esto!

A punto estaba el capitán de iniciar su explicación sobre la carta náutica que tiene pegada en la pared de su oficina, al principio del muelle de Puerto Cabezas, o Bilwi, como los indígenas nicaragüenses que habitan este olvidado Caribe llaman a su capital. Se fue la luz. Un apagón, de lo más común en la zona. A veces duran hasta un día entero.

Por supuesto, la Capitanía de Puerto encargada de vigilar estos 500 kilómetros de costa enclavados en la principal ruta marítima de las más de 500 toneladas anuales de cocaína que escalan Centroamérica hacia el norte, no tiene un generador eléctrico. Hoy, por cierto, ni siquiera pilas para la lámpara de mano.

—Bueno, si usted quiere, podemos seguir hablando en lo oscuro –me ofrece el capitán, un hombre alto y ancho.

Hablar en la precariedad de lo oscuro es el ambiente más acorde para esta charla. El capitán, ya que no puede mostrar nada en la carta náutica, enumera lo que no tiene, lo que le falta. Personal, repuestos de alta rotación, combustible, lubricante, motores fuera de borda de 200 caballos de fuerza, lanchas -o pangas, como llaman aquí a esas palanganas de entre 10 y 15 metros de eslora-. Todo eso le falta, dice, para poder atrapar a los rápidos colombianos que se deslizan todas las semanas en sus potentes pangas con cuatro motores fuera de borda de 200 caballos cada uno, con más de 500 kilogramos de cocaína invariablemente. Eso y también aseguramiento técnico de especialistas. Suena muy técnico, pero no lo es, nada es muy técnico aquí en Bilwi.

—¿Qué es eso del aseguramiento, capitán? –pregunto.
—Ajá, es que como nosotros mandamos lanchas de intercepción, la permanencia en el mar se hace de tres a seis días de forma continua. ¡Parecemos náufragos! Por el día, la inclemencia del sol; y por la noche, el sereno de la madrugada. Estamos a la intemperie.
—Sigo sin entender qué es eso del aseguramiento, capitán.
—Ahí te va. Raciones frías. En una lancha rápida no vas a estar cocinando, requerís de latas. Un plato de comida lo podés valorar en unos 40 córdobas (poco menos de 2 dólares), término medio de una comidita casera. Mientras que una sola sardina, una sola lata de choricitos o atún, te vale 25 córdobas, y un jugo te vale 15, y aunque sea unas galletitas saladas. Total que de 40 te pasa a 60, 70 córdobas, depende de qué le estés dando al hombre. Por eso te digo, que el aseguramiento técnico para el hombre es complicado.

Aquí el mar lo da todo. Esta es gente de mar. Escurren agua salada buena parte del día. Del mar salen las langostas que durante ocho meses pescan, cuando no hay veda. Por el mar se transportan, porque los pueblitos y aldeas costeras que rodean Bilwi y componen la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN) no tienen acceso por tierra. Puro mar, pura panga. Por el mar se mueven los barcos caracoleros que llevan a los indígenas varias semanas a los cayos a traer aquellos enormes caracoles. Por el mar patrulla la gente del capitán. Por mar entran los colombianos con su cocaína y sus fajos de dinero.

—Actualmente, la gente más bien ve como una bendición que una lancha de narcos llegue y desembarque o quede varada frente a la comunidad. Es un gran beneficio para ellos. Nuestras comunidades se han convertido en base social del narco –dice el capitán, en lo oscuro.

Afuera, el sol se va y alrededor del sucio muelle todavía hay alboroto. Si alguien tiene en mente una estampa hermosa de un Caribe blanco y pulcro, puede deshacerse de ella aquí mismo. Las últimas pangas que llegaron de los pueblitos, de Walpasiksa, de Sandy Bay, de Haulover, de Wawa, son descargadas por algunos mendigos de Bilwi. Al pie de la Capitanía de Puerto, encalladas en la arena, tres pangas de 15 metros de eslora son devoradas lentamente por el salitre. Se las decomisaron a unos colombianos y hondureños que lograron descargar la cocaína en uno de esos pueblitos antes de abandonar sus naves. Los militares no las usan porque no tienen suficientes motores como para impulsarlas, ni la gasolina necesaria tampoco, ni suficientes latas de atún ni galletas.

Las lecciones de Walpasiksa

Aquí no hay guerra, ni lucha frontal, ni batalla, ni ninguna de esas otras palabras que algunos gobiernos como el de México ocupan para describir lo que hacen respecto a los traficantes de drogas. Aquí no hay suficientes pangas, ni motores, ni balas para hacer nada de eso, y más bien lo que hay es un intento modesto de contener un flujo salvaje. Más bien lo que hay es un pacto tácito: pasa sin molestar, navega con discreción.

Sin embargo, eso no quiere decir que no ha habido balas y muertos. En estas rutas siempre los hay. Eso no quiere decir que este Caribe no haya perdido su inocencia.

Si hay un parteaguas, en este litoral tiene nombre. Lo dice el capitán y lo repiten todas las fuentes con las que he hablado, desde investigadores académicos hasta detectives policiacos. El parteaguas se llama Walpasiksa.

La brisa marina es agradable en este restaurante de mariscos y cerveza bien fría. Espanta por rachas el calor resplandeciente del verano de la RAAN. Abajo, arena color café con leche y un mar inmenso, azul intenso, rayado solo por las pangas que van y vienen del muelle.

Enfrente tengo a Matías, un agente de inteligencia policial de la lucha contra el tráfico de drogas en toda la RAAN. Lo conoceremos así, por su seudónimo. Moreno, pequeño, risueño, dicharachero. Entre los policías de la zona se dice que si se sale con Matías a alguna misión lo más probable es que haya jaleo.

Matías lleva en la piel los recuerdos de aquel día en Walpasiksa.

—Por aquí –se señala el muslo derecho, Matías–, por aquí la tengo.

Se refiere a la herida por la bala que le entró y salió de la pierna durante aquella lluvia de disparos que les arreció cuando ni siquiera se habían bajado de las pangas en la playa de Walpasiksa.

El 7 de diciembre de 2009, una avioneta cargada con al menos 3 mil kilogramos (3 toneladas) de cocaína se estrelló mientras intentaba hacer un aterrizaje de emergencia en esa comunidad al sur de Bilwi, casi frontera con la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS), que termina en la frontera con Costa Rica.

No es un secreto que toda la región está atestada de pistas clandestinas. Esta es la zona más pobre de Nicaragua. El departamento de la RAAN que menos pobreza extrema tiene es Bilwi, donde casi el 64% de los habitantes están bajo esa línea, según información del Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas (IEEPP). Hacia el mar hay relativa vigilancia del Estado; hacia el interior, por tierra, hay una franja de selva salpicada por asentamientos a los que se accede por tortuosos caminitos de tierra o remontando ríos en panga. Territorio perfecto para construir pistas de aterrizaje. De hecho, en una ocasión, hace poco más de dos años, un helicóptero repleto de cocaína se estrelló casi en la frontera con Honduras. Cuando los militares llegaron encontraron no solo el vehículo, sino también tractores y camiones de volteo que construían un complejo de pistas de aterrizaje. ¿Cómo llegaron los camiones hasta ahí? Solo por aire los pudieron haber trasladado, me dijo el capitán Castañeda. Los vecinos de aquella zona no quisieron devolver ni los camiones, ni los tractores, ni mucho menos la cocaína. Así es esto, aquí se negocia con los indígenas miskitos, mayagnas, ramas o garífunas que habitan la RAAN. Si estos dicen que no, pues no.

En fin, de vuelta en Walpasiksa, aquel 7 de diciembre los pobladores de esa comunidad precaria que no supera las 100 chozas lograron rescatar a los pilotos colombianos y salvar el cargamento de droga. Al día siguiente, se apostaron en la playa porque sabían que dos pangas con ocho policías y 12 militares llegarían por la tarde. Los espías del muelle de Bilwi les informaron desde la mañana que habría movimiento.

Porque, como dijo el capitán Castañeda, mire no más dónde está ubicada la Capitanía de Puerto, justo frente al muelle, donde pescadores, comerciantes, mendigos, pangueros, se mueven a diario. De ahí salen las pangas militares a operativos y a patrullar. Desde ahí observan los espías, atentos a cualquier movimiento para llamar a los teléfonos satelitales que, gracias al patrocinio de los colombianos, tienen las comunidades estratégicas para el tránsito de la cocaína. Comunidades como Walpasiksa.

Cuando a las 3:30 de la tarde las dos pangas policiales se acercaron a la playa de Walpasiksa, unos 40 hombres de la comunidad hacían señales.

—¡Váyanse, váyanse, aquí no hay nada que ver! Eso nos gritaban –explica Matías, y echa un enorme sorbo a la fría Toña antes de azotarla contra la mesa, pedir otra y seguir con el relato.

Un minuto duró el diálogo. Los policías negociaban que los dejaran entrar aunque fuera a reconocer la escena. De repente, una bala cayó cerca de una de las pangas. Hubo silencio, como cuando las primeras gotas de lluvia crujen en la tierra y todos callan para saber si anunciar: llueve. Llovió. El silencio terminó cuando todas las armas de los guardianes de Walpasiksa empezaron a tronar. AK-47, escopetas 22 y fusiles FAL escupieron balas sin cesar mientras los policías y militares, ante la insólita reacción, se refugiaban en sus propias barcas durante los 30 minutos en los que Matías apenas logró asomar el cañón de su Taurus para responder con algún plomo.

Cuando las dos pangas intentaron huir, ya llevaban un muerto, el teniente de corbeta Joel Eliécer Baltodano, y un herido agonizando que moriría horas más tarde, el sargento tercero Roberto Somarriba.

No satisfechos con repelerlos, los pobladores de Walpasiksa subieron a cuatro pangas y persiguieron a los atemorizados policías y militares.

—Creyeron que nos iríamos costeados –explica Matías–, pero nos tiramos para aguas profundas para entrar en el radar de los gringos, porque con los motores que tienen, si tratábamos de huir por la costa nos terminaban ahí no más.

Los policías y militares se fueron mar adentro y lograron asustar a los pobladores enfurecidos con su estrategia que consistía en acercarse a aguas internacionales, como dando el mensaje de que los estadounidenses vendrían del navío Dauntless que por acuerdo internacional tienen en esa zona, a proteger a los agentes. La estrategia funcionó y, con sus motores de 175 caballos, solo fueron perseguidos durante unos segundos por los 800 caballos de las pangas que los colombianos dejaron a los nicaragüenses de Walpasiksa. Por un pelo, como dice Matías.

En Managua hablé con el investigador Roberto Orozco, del IEEPP, y coautor del estudio “Una aproximación a la problemática de la criminalidad organizada en las comunidades del Caribe y de fronteras”. Le pregunté de dónde salieron las armas con las que mataron a los dos militares, y Orozco me respondió que no salieron de ningún lado, que ya estaban ahí.

El Caribe nica, pobre, extenso y poco accesible, ofrece una característica más que hace que sea suculento para los narcotraficantes. Está armado. Si bien en el Pacífico y el centro del país hubo procesos de desarme, en toda la Región Autónoma del Caribe, sur y norte, no hubo nada de eso. Durante la guerra civil nicaragüense y aún años después, desde aquí operaron dos grandes grupos de la Contra que se oponían a la revolución, unificados en el Frente Indígena. Los FAL y AK-47, armas que escupieron la muerte en las guerras centroamericanas, con los que dispararon los habitantes de Walpasiksa no vinieron en lancha desde Colombia. Estaban aquí desde la década de los ochenta.

Durante al menos dos años antes de la balacera, Walpasiksa fue territorio de colombianos vinculados al Cártel de Cali. Según la Fiscalía nicaragüense, los indígenas actuaban bajo las órdenes de Amauri Paudd, un colombiano de 45 años radicado como empresario en Managua, conocido como AC, y buscado por la Interpol por no presentarse al juicio al igual que otros 18 miskitos acusados por la balacera de Walpasiksa. Se le acusa también de ser uno de los principales responsables de haber organizado a las comunidades del Caribe nica como base de apoyo para el traslado de la cocaína.

—No fue tan así –discrepa Matías, para quien Paudd es un viejo conocido–. El caso es que a AC lo querían mucho. Dicen que cada vez que llegaba repartía 2 mil dólares a cada casa, fue quien puso energía eléctrica con generadores en esa zona. Por eso nos vieron como los que llegábamos a quitarles el pan de cada día. Pero no fue AC quien dijo que dispararan. Él dijo que no dispararan, que cuidaran bien el cargamento, porque también había como un millón de dólares en el helicóptero, pero quienes decidieron disparar fueron algunos pobladores. ¡Porque andaban bolos! No le hicieron caso, a él no le interesaba enfrentarse, así son las reglas aquí. Fueron unos bolos los que jodieron todo ahí.

Tiene lógica. Matías, sus jefes, el investigador del IEEEP y el capitán Castañeda confirman que aquí el que dispara pierde. Los policías no llegan a requisar: negocian, piden permiso, insisten en que les entreguen algo cuando saben de un alijo de cocaína. Los narcotraficantes no abren fuego contra los militares y policías, esa es la regla de este Caribe del tráfico normalizado. Prefieren dejar caer la mercancía al mar y avisar a los pobladores del lugar más cercano que vayan a traer las pacas de coca, que ellos luego la pasarán a buscar y pagarán buen dinero al acopiador que la haya reunido. Nada de vendettas como las que Los Zetas desataron en Guatemala, por ejemplo.

Aquí en los alrededores de Bilwi incluso los narcos no sueltan bala cuando se supone que deben hacerlo.

Sin embargo, en diferentes escalas, el narcotráfico genera violencia y corrupción, ese eslogan ya está asumido.

—Y viveza –agrega Matías, para entrar en materia y explicar otro fenómeno de este Caribe y su cocaína.

Resulta que, a veces, algunos indígenas, generalmente aquellos que en algún momento pertenecieron a las redes de los colombianos, se suben en sus lanchas, encienden sus cuatro motores de 200 caballos y salen a toda marcha, pero no cargados de cocaína, sino detrás de ella.

Los tumbadores y la violencia que prospera

Son los celebérrimos –al menos en la jerga de esta RAAN en la que muy pocos se interesan– tumbadores del mar.

—Los tumbadores, narcos que asaltan narcos –define Matías.

Desde inicios de este siglo hay registro de redes sociales de las comunidades de la RAAN como Walpasiksa que han servido de apoyo logístico a los colombianos que utilizan este Caribe, a diferencia de los mexicanos que se deslizan por el Pacífico.

Según el investigador Orozco, esto se debe a características físicas y culturales.

—Un colombiano de la isla de San Andrés, moreno, es más fácil que pase inadvertido en Bluefields y Puerto Cabezas; el mexicano se detecta inmediatamente. El colombiano hasta habla igual –me explicó en Managua.

Orozco dice que uno de los problemas que derivó en los grupos indígenas de apoyo al traslado de la cocaína fue el manejo que las policías dieron a sus denuncias.

—Al inicio, los pastores moravos, cuando había operativos en aguas internacionales y las corrientes traían la droga a la playa, el miskito no sabía qué era eso. Solo sabía que era malo, solo iba y entregaba a la Policía. Pero, como a veces era capturada la persona, comenzaron a ocultar la droga. Pasaba después el colombiano acopiando, se dieron cuenta de que había un negocio, no la consumían, la volvían a meter al circuito. Comenzaron a surgir personas que comenzaron a acopiar la droga que tiraban en aguas internacionales los narcotraficantes perseguidos. Comenzaron también a vender localmente y a traficar hacia Managua. Así nacen entonces el tráfico interno de cocaína y las redes de acopiadores.

Y una cosa lleva a la otra. En una red, sobre todo en este tipo de redes, hay conflictos. Unos se pelean con otros. Unos pecan de ambiciosos y otros responden con envidia y venganza. Con una gran parte de las comunidades con miembros armados y que han sido servidores de los colombianos, los resentidos encontraron cómo encauzar su enojo. De ahí los tumbadores.

Son nicaragüenses miskitos que saben infiltrar a las redes de apoyo de los narcos, enterarse de cuándo viene una panga cargada de cocaína y salir en sus pangas a interceptarla.

Normalmente, una panga que viene de Colombia trae cuatro tripulantes. Un capitán, que es el jefe a bordo; un panguero, que es un experto conductor de estas aguas y sabe cómo sortear el oleaje sin volcar; y dos tripulantes, encargados de rellenar el tanque de gasolina y de disparar si hay que disparar. Los tumbadores, al no llevar ni cocaína ni barriles con gasolina, pueden ser igual de rápidos que los traficantes aunque lleven más tripulación. Seis y hasta ocho hombres armados se van al encuentro de las pangas colombianas. Narcos que asaltan narcos.

—Eso ha de traer consecuencias brutales. Supongo que luego los narcos colombianos regresarán a cobrar con sangre lo que les quitaron –le digo a Matías, aplicando a este Caribe sin turistas la lógica que asumo luego de investigar durante años la forma de operar de los mexicanos en México.
—Ja, ja, ja. No, hombre, no son pendejos. Prefieren tener tranquila la comunidad. Ellos llegan a la comunidad en cuestión de horas, a veces los mismos que fueron asaltados. Los tumbadores en un ratito llegan a la comunidad y venden a uno de los acopiadores, que es conocido de todos, y luego los colombianos llegan donde él: Hey, mirá, nos robaron tantos kilos, y como es nuestra, te vamos a dar solo tantos miles de dólares por ella. Llegan a un acuerdo. No pasa ni un día desde que los tumbadores roban hasta que los colombianos la llegan a comprar.

El comisionado policial Benjamín Lewis, miskito y jefe de Matías, me explicó hace dos días, en una entrevista larga realizada al amparo de una destartalada máquina de aire acondicionado, que incluso los cárteles colombianos se comunican entre ellos cuando hay un tumbe. Esos paquetes de droga marcados de tal manera y robados cerca de tal aldea son nuestros. Los demás cárteles, víctimas también de los tumbadores, cumplen el pacto y no aceptan comprar, sino que la dejan para que su dueño original llegue a negociar el precio de lo que le robaron.

Según el capitán de fragata Castañeda, en cambio, no todo es negociaciones. Durante nuestra charla allá en su oficina del muelle dijo que los tumbadores ya habían cambiado el signo pacífico de este litoral. Sus palabras fueron de una resignación extraña en un militar.

—Hace unos seis años atrás, cuando nos identificaban, tiraban las armas, y la captura se hacía pasiva, menos cuando era de noche y no había visibilidad, pero al grito de ¡Fuerza Naval de Nicaragua! todo cambiaba. Ahora, todo ha cambiado en un 100%. Es un combate. El año pasado, septiembre, un sargento perdió la pierna producto de un intercambio de disparos con narcos. El narco ya no nos respeta como autoridad. Cuando se ven perseguidos, se van orillando a la costa, y al verse cercanos a una comunidad, varan la lancha y te siguen tirando bala en lo que descargan y se esconden. Las comunidades ya saben qué hacer.

Es quizá porque los militares no terminan de adaptarse a las reglas de este Caribe. Los policías sí tienen bien asumidas las reglas del juego. Lewis utilizó un ejemplo genérico para explicarlo.

—Cuando llegamos nos abocamos al síndico, a los pastores de la Iglesia Morava o al consejo de ancianos: Miren, venimos a ver este cargamento que sabemos que está aquí. Y de ellos depende. No lo esconden: sí, vinieron,  le dieron a fulano y mengano, se fueron y ya lo vendimos. Hay muy buena comunicación, pero como le digo, puede más el dinero.

Todo se trata de dinero, de necesidades. Ser pobre en un barranco, a la par de otro pobre, es asumible. Terrible, pero asumible. Ser pobre a la par de otro pobre que dejó de serlo y ahora vive en una enorme casa a la par de tu casucha debe de ser más complicado, sobre todo si uno mismo puede, de la noche a la mañana, entrar en el negocio que hizo prosperar a tu vecino.

Eso sí, a más red, a más gente metida en esto, a más dinero, más violencia. No necesariamente como la mexicana, guatemalteca u hondureña, donde los cárteles hacen performance de la muerte desmembrando gente, masacrando enormes grupos y dejándolos ahí, a la vista, y hasta con mensajes escritos. Pero sí más violencia, alguna que otra balacera y delitos de bagatela, de esos que hacen la vida más incómoda.

La tarde se nos va del todo, y desde el balcón del restaurante ya no se ve el Caribe, pero se escucha suave, meneándose y reventando en la orilla en discretas olas. Luego de haber escuchado a Matías, el agente de inteligencia policial, de saber que su mayor éxito según él es cuando decomisó dos pangas con barriles de gasolina, pero ya sin la droga ni los traficantes, le pregunto por qué demonios le interesa seguir en esta lucha, y contra qué exactamente lucha. ¿Contra unas pangas abandonadas? ¿Contra unas siluetas que disparan desde la playa de Walpasiksa? ¿Contra unos pastores, unos ancianos, unos miskitos que salieron de la miseria gracias a unos colombianos?

—Te diré por qué –me responde serio–. Si antes te emborrachabas aquí en Bilwi y te quedabas dormido en el parque central, amanecías con zapatos. Hoy no, amanecés sin zapatos y sin pantalón, porque los muchachos que fuman el crack hacen lo que sea para tener dinero y comprar. Esta gente es pacífica. Abandonados como están, siempre han sabido vivir comiendo de lo que cultivan y curándose con sus raíces. El paso de la droga crea necesidades. Le enseña al que no tiene nada pero es feliz, que otro tiene algo mejor, que eso otro es felicidad, y eso jode, jode a un pueblo. Contra eso lucho.

El dilema de Sadú

Hoy nos hemos dado cita con Matías en el mismo restaurante con mirador. Ayer le comenté que necesitaba encontrar fuentes directas, algún “ha-sido-de-todo” como le dicen por aquí a los multiuso. Matías prometió presentarme a un panguero que conoce muy bien las ofertas de los narcos y que una vez –solo una vez, dijo– les llevó una panga.

Puntuales, se bajan de un carro tan destartalado que a nadie le extrañaría verlo en una chatarrería debajo de otro carro. Sadú es un hombre negro y alto de 45 años, con los antebrazos fibrosos y marcados, como todos los hombres que trabajan las pangas y se la pasan jalando cuerdas, apretando tuercas y manipulando motores. Se sienta con la humildad de un campesino. Callado, sin mirar nunca durante mucho tiempo a mis ojos y agarrando sus manos entre sus piernas, encorvado hacia adelante.

—¿Y qué cuenta, Sadú? –pregunto, invitando a sonreír.
—Ayer, frente a laguna de Bismuna hubo persecución, pero no lograron, porque narco llevaba 800 caballo –reza el miskito con su imperfecto español, asumiendo que lo quiero para que me cuente persecuciones, fechas, nombres, lugares. Pero no es para eso que quiero escucharlo.

Ha sido imposible sacar a Sadú de esa lógica. Ha hablado, ha contado la lógica de las pangas: no siempre menos peso es más rápido, porque sin el peso suficiente mucha velocidad vuelca la panga en una persecución. Ha explicado cómo en Sandy Bay, tras lo de Walpasiksa, sitio estratégico para los colombianos, una panga se interna por la laguna, se esconde entre matorrales y por caminitos de tierra es descargada en menos de una hora por los locales. Ahora sé que esto es de ida y vuelta, que los pangueros suben la cocaína a Honduras y al bajar pasan por Jamaica para recoger marihuana y llevarla a Costa Rica. Sé que los estadounidenses están en el meridiano 82 y que las pangas se deslizan entre dos y siete millas mar adentro, que las persecuciones no son como las de los carros, a unos centímetros uno del otro, sino que es algo de millas, que a veces ni ves la lancha que seguís, pero que sabés que ahí va, porque alguien –normalmente los estadounidenses– te van dando las coordenadas. Sé que los narcos llevan GPS, mapas y brújula y que bien cargados alcanzan las 50 millas por hora. Todo eso sé, pero aún no sé nada de Sadú.

Al final de la tarde, le pido que nos lleve en su decadente carro. Él, de momento, vive de esa chatarra, es su taxi. En Bilwi, casi todos se mueven en taxi, pero una corrida normal se paga a 75 centavos de dólar. Aquí, en tierra, todo se paga mal.

En el camino logro arrancarle un pedacito de él. Dice que era pescador de langostas, que había logrado comprar un tanque de aire y una cámara fría para guardar la langosta. Dice que ahora mismo le va mal, que el huracán Félix, ese que se ensañó contra estos indígenas en septiembre de 2007, lo dejó cinco días de náufrago en altamar, agarrado a unos bidones de gasolina, viendo morir a sus dos compañeros de pesca. Cuenta que ahí perdió el motor y que la panga apareció tiempo después en una playa. Dice que desde entonces no levanta cabeza.

Amanece. Ayer, luego de que nos dejara, acordé con Sadú que hoy nos volveríamos a ver. Le pedí que esta vez me enseñara su panga y su casa.

Su casa, como la de la mayoría de pescadores, está en el barrio El Muelle. Su casa es la de un pobre, de tablones viejos de madera, con apenas muebles, y los que hay muy viejos. En la sala, hace de asiento la palangana para las langostas que lleva cinco años en desuso.

—Esta es mi casa –dice Sadú, ceremonioso como es, estirando su brazo con lentitud, como lo haría una modelo de televisión para lucir el carro que rifan en su programa. Adentro, gris, poco–. Vamos a ver lo demás que tengo –me invita Sadú, y con eso se refiere a que vayamos a ver la otra pertenencia que tiene en su vida, una panga inútil.

Caminamos entre casuchas de madera de las que sale un olor a pescado. La gente saluda a Sadú, pero yo no entiendo ni pizca de miskito. Sadú saluda con su largo brazo.

—Ahí está –dice, cuando salimos a una pequeña playita atrás del barrio.

¿Y bien? Sí, ahí está, efectivamente. Es un momento de expectativa derrumbada. Una panga sin motor tirada en la playa es eso y nada más, una panga sin motor tirada en la playa.

—¿Y cuándo comprarás motor, Sadú?
—No puedo. Motor de 60 caballos vale 5 mil dólares. Aquí todo más caro, porque todos venden a precio de gente que puede pagar, y alguna gente puede pagar mucho.
—¿Y cómo es que antes lograste comprar tu motor?

Sadú me mira y sonríe apenado. Baja el rostro. Se me vienen a la mente las palabras con las que Matías me presentó a Sadú: solo una vez les llevó una panga. Cambio mi pregunta.

—¿Cuánto le pagan los colombianos a un panguero por llevar una panga de la frontera con Costa Rica a la frontera con Honduras, Sadú?
—Si va de marino simple, 35 mil dólares; si usté es capitán, hasta 80 mil.

¡Eso pagan los narcos por un recorrido que dura un día y una noche! Pagan en efectivo, sin trámites ni esperas. Es normal, un cargamento de una tonelada es vendido en destino final, en Estados Unidos, por alrededor de 60 millones.

Los estudiosos, los analistas, los políticos utilizan casos de otros políticos que fueron comprados por el narco por exorbitantes sumas, por millones de dólares. Políticos con buenos sueldos y excelentes carros que querían más y más y más, pero no porque no tuvieran. Pero, pienso yo aquí al pie de una panga inútil, si no es el dilema de Sadú el que explica mejor lo complicado –imposible– que es cortar este flujo que no solo tiene que ver con drogadictos y traficantes, sino también con gente pobre que necesitaba un motor, gente indígena que lo consiguió aceptando la única oferta que tenía a la mano, gente que perdió un motor, gente que de nuevo necesita un motor. Gente que de nuevo tiene solo una oferta.

La reverenda Cora Antonio coincide conmigo, pero encuentra que hay otros factores que han convertido a este Caribe en uno donde solo hay tres opciones: cocaína, pangas o langostas.

Los tres temores de la reverenda

Cora me recuerda al personaje de un cuento de Truman Capote, Mr. Jones, un señor misterioso que recibía en su casa a cuanto visitante llegaba. Y llegaban muchos a contarle cosas, a preguntarle cosas, a contarle infidencias. El cuartito de Brooklyn donde Mr. Jones recibía a sus invitados cambia en el caso de Cora por el porche de su modesta casa de cemento, con una segunda planta en construcción, en pleno barrio Moravo de Bilwi, un sitio apacible. Cora pasa las tardes sentada en su mecedora, atendiendo a personas que parecen escucharla como lo haría un hombre juzgado cuando su abogado le cuenta las opciones que le quedan.

Es de las mujeres más respetadas de todo el Atlántico nicaragüense, y una de las personas que mejor lo conoce. La reverenda fue la primera mujer en formar parte del Sínodo de los moravos, su organismo de dirección, y hasta  mediados del año pasado cuando dejó el cargo, la primera mujer en ocupar el cargo superior, superintendente. La protestante Iglesia Morava es la que tiene mayor presencia en este Caribe, y lleva una ventaja abismal sobre las demás. La explicación se mide en años. Fue en 1849 cuando los primeros misioneros traídos por los ingleses llegaron a estas costas a evangelizar a los indígenas. Casi cada comunidad tiene un pastor moravo que si bien ya no tiene el poder absoluto que tenía hasta la década de los ochenta, sigue siendo uno de los que lleva la voz cantante en las comunidades de este litoral.

Acudí a Cora para que me ilustrara sobre hacia dónde ir y me presentara a algún pastor con quien conseguir entrada en una comunidad, ya fuera Sandy Bay o Walpasiksa. Pensé, por alguna extraña razón, que un pastor moravo estaría lejos del dilema de Sadú, y me podría hablar de lo que pasa en su comunidad mientras me llevaba en una panga hacia ella. Cora me ayudó a aterrizar.

—¿Para qué te voy a mentir? Sí hay muchos pastores involucrados –dice Cora, y cuenta una anécdota de cuando un taxista le reclamó que por qué denunciaba la droga si la droga les daba de comer, si la droga ponía las ofrendas que llenaban su charola los domingos, si la droga le construía sus templos en las comunidades. Y Cora le respondió que eso era diferente a aceptar dinero de un narco, y luego me dice que ella misma retiró a un pastor cuando supo que aceptó 5 mil córdobas.

—¿Cómo vas a predicar cuando los narcos entran y violan a las muchachas y pagan a las muchachitas de 13, 14 años, 20 dólares para dormir con ellas? Ellos entran, tienen el dinero y van… Incluso, si se enamoran de la esposa de una persona van a acostarse con la esposa del señor, y las muchachitas ahí andan, porque quieren dinero –recuerda Cora que reprendió a su pastor.

Convencido de que el ingreso a una comunidad no será a través de ningún pastor elijo cerrar la conversación preguntando a Cora por el futuro, por sus miedos de lo que se viene. Los tiene muy claros, en la punta de la lengua. Tres cosas, dice, levantando tres dedos.

—La primera –dice– es la tenencia de tierra, porque mucha gente del Pacífico –así nos llaman a los que no somos de aquí– está viniendo a comprar tierra al ver que hay cómo hacer negocio, y los afectados van a ser los indígenas desplazados. La segunda –sigue–, aquí hay armas, y las personas que se meten en este trabajo ven la ambición, el dinero, no ven que tarde o temprano entre ellos se van a matar, o que otros narcos los van a venir a matar. Y la tercera, que el paso de la droga esconde otros problemas de comunidades que siguen siendo pobres, con muy poca educación, con casi ningún puesto de asistencia médica en lugares a los que solo por mar se llega.

Así cierra su enumeración de temores. Pero tiene algo más que decir.

—Los gobiernos se despreocuparon de esta costa Atlántica, y otros se hicieron cargo, eso es lo que pasó –lamenta y luego me lanza una recomendación–. No vaya solo a Sandy Bay, que alguien de aquí lo acompañe. No gusta mucho la gente del Pacífico que llega sola allá.

Mansiones entre cocoteros

Llegar a Sandy Bay ha sido una peripecia. Es domingo, y hoy no suelen salir pangas de pasajeros, por lo que la única que llegó, la del lanchero con el que ayer apalabramos la salida, fue la nuestra, a la que más gente se subió aprovechando la inusual ocasión. Pero claro, como no declararon salida, el ejército nos interceptó con otra panga apenas unos 300 metros pasado el muelle en dirección a Honduras. Nos devolvieron, nos revisaron, solo cuando el capitán de corbeta Castañeda me vio a bordo suavizó la medida y no retuvo la panga.

—Es que ando revisando si no llevan licor, porque ese es el trato, allá no se permite tomar –dijo, para mi total admiración el capitán de corbeta.

La incomodidad de dos horas bajo el inclemente sol y el dolor en las nalgas causado por el golpeteo de la lancha con el oleaje empiezan a valer la pena cuando nos desviamos por la laguna rodeada de manglar que da entrada a Sandy Bay. Esta es la capital de la droga en la RAAN, según los militares y los policías. A simple vista, un lugar hermoso. Compuesto por 11 barrios, Sandy Bay se muestra primero a través de uno de ellos, Lidaukra. Guardando las distancias, esto recuerda a la isla de los famosos de Miami, casas de dos plantas con fachada a la laguna, amplios ventanales y jardines bien recortados.

Bajamos en Nina Yari, hasta cuyo muelle se llega adentrándose en los caminitos que dejan los manglares, una especie de callejuela de agua que abre camino a otros callejones que la maleza esconde, un verdadero laberinto salado. Unos hombres descansan frente al desembarcadero. Caminamos ante sus miradas fijas. ¿Hacia dónde van?, se escucha que pregunta uno. Y el fotógrafo Edu Ponces esquiva con su respuesta. ¿Para dónde caminan?, insiste, y Ponces señala a Ruth Jackson, la periodista miskita que nos acompaña, a lo que le dijimos es un viaje para conocer su comunidad, nada más. El hombre nos deja en paz. Es un hecho. Entrar a Sandy Bay sin ser detectado es una fantasía, hay ojos por todas partes y los motores fuera de borda se escuchan desde lejos cuando navegan por los callejones del manglar.

El wihta Seledón López nos espera en su casa de cemento de dos plantas. Él es el jefe máximo de la comunidad. Asesorado por el consejo de ancianos, es quien dirime cualquier problema y ordena prisión a quien sea. Lo interrumpimos, ya que veía un partido de fútbol en su enorme televisión de plasma. Como muchas de las casas de Sandy Bay, esta también tiene antena propia, que le da comunicación y televisión por cable. Al poco tiempo, se escucha el rugido de varias motos. Afuera de la casa del wihta, que nos pidió esperar un momento antes de hablar, estacionan sus Yamaha nuevas siete hombres recios. Se trata de la comisión de seguridad de Sandy Bay. Desde que los miskitos echaron a la policía y los militares de aquí en 2009, mantienen su propio grupo encargado del orden, esos hombres que patrullan en sus motos.

El comisionado policial Lewis me dijo que entre los 23 miembros de esa comisión hay algunos reconocidos maleantes que trabajan con los colombianos. La policía incluso envió una carta de protesta al gobierno regional, el GRAAN, pidiendo que sacaran a algunas personas de la comisión, porque ellos los tenían fichados como operadores de los narcos.

De Sandy Bay, tanto Lewis como Matías, el capitán de corbeta y el investigador Orozco coinciden en lo mismo, que se puede resumir en una sentencia de Lewis.

—Ahí mandan ellos, los vinculados a los narcos. Tienen el poder económico y armado. Ahí operan colombianos, jamaiquinos, ticos, hondureños. Llegan, se están cuatro, ocho días, hacen sus contactos, salen; se habla de dos, tres pistas clandestinas en lugares bien difíciles de acceso, difíciles para nosotros. Hay personas que nos han querido llevar a fotografiar, pero no hemos hallado por dónde entrar, no hay modo sin que nos miren.

Todos coinciden también en que los narcos buscan primero o al pastor o al wihta o al consejo de ancianos para crear base social; todos coinciden en que sin ellos no hay negocio. Sin embargo, Seledón, diminuto, con lentes, moreno, como cualquier campesino centroamericano, con su graciosa forma de hablar español y sus 50 años, parece tan inofensivo…

Con toda la amabilidad del mundo escucha nuestras peticiones, recorrer todas las comunidades desde ahora mismo hasta que anochezca. Acepta y nos dice que para eso ha llegado la comisión, que ellos nos llevarán en sus motos si queremos hacer el recorrido.

Es descarado cómo estos hombres pretenden llevarnos solo a conocer el Sandy Bay más precario. Decimos que queremos ver el muelle, para acercarnos a las casas tipo Miami de Lidaukra, y nos llevan al margen casi inaccesible de una pequeña laguna. Decimos que queremos conocer el centro del pueblo y nos llevan a la casa de una anciana que no habla español y que ayer perdió su choza de palma de coco y madera por un incendio accidental, y se ha quedado sin nada, nada de nada. Pedimos ir hacia el centro una vez más y nos llevan a enseñar su cárcel, una mazmorra asfixiante donde encierran a los borrachos y problemáticos.

Sin embargo, nada les da resultado. Sandy Bay es alucinante y para verlo no hay que detenerse a mirar, basta con pasar zumbado en una motocicleta. Para llegar a la laguna, para ir hasta la casa de la viejita, se atraviesa el centro de Sandy Bay por la callejuelita de cemento que hace de único camino vehicular en este extraño sitio. Es un paseo de lujo. Casas, mansiones que no tienen nada que envidiar a las de veraneo que los millonarios centroamericanos tienen en la playa. No una, decenas de casas de tres plantas con piscina, revestidas de azulejo. Recuerdo lo que dijo Matías: cemento en esas comunidades es igual a narco. Es carísimo, mucho más que en Managua, hacer una construcción de cemento aquí, porque tienes que transportar los sacos en pangas, y eso no está al alcance económico de un pescador.

Volvemos de noche y Seledón, amable, nos invita a salir de su casa de dos plantas, cruzar la pequeña callejuela y pasar a la cocina, que los miskitos suelen tener separada de su lugar de habitación. Nos sentamos a comer mientras Seledón habla de la paz que ha traído la comisión de seguridad, de lo tranquilos que están los 16 mil habitantes de Sandy Bay, de la falta de medicinas y atención médica, de cómo solo una enfermera los atiende. Lo interrumpo a cada frase e intento meter, solapada, la pregunta. Al final, lo logro.

—¿Y por qué tienen tan mala fama los de aquí?
—¡Claro, todos saben de qué habla ahora! ¡Traficantes! Dejamos pasar, no encarar nosotros a ellos porque andan arma, dejamos pasar.

Eso fue todo sobre el tema.

Temprano, agradecemos a Seledón la comida y el techo para pasar la noche y nos vamos. Regresamos sin novedades. A medio camino, el panguero se ilusiona al ver un barril azul asomando en una playa desierta. Da un giro vertiginoso a la panga y dice algo en miskito a su ayudante, que se abalanza al agua hasta llegar al barril. Vacío. El panguero le dice algo en miskito al muchacho. Solo entiendo la palabra droga. El muchacho da vuelta al barril, que solo deja caer unas gotas de agua, y se encoje de hombros. Seguimos hacia Bilwi.

Un buen día

Mañana nos iremos de la RAAN. Al mediodía sale nuestra avioneta hacia Managua. Es la única forma de llegar hasta aquí en un tiempo razonable. Por tierra, el recorrido puede ser de entre 16 y 28 horas, dependiendo del estado de la precaria calle de terracería.

Me llama Matías.

—¿Viste algo raro por allá? –pregunta.
—No, nada.
—Es que estamos persiguiendo un cargamento que llegó. Iremos a ver hoy, mañana te cuento.

Amanece.

—Matías, ¿fueron?
—Sí.
—Ajá, ¿y qué?
—Nada, nos dijeron que ya la habían vendido. La encontraron los pescadores de un barco caracolero que andaba allá por los cayos y la vendieron en Sandy Bay al acopiador. Eran 200 kilos que los narcos tiraron en una persecución. A cada marino le pagaron 5 mil dólares.
—¿Y cuántos marinos eran?
—80.
—¡Qué! ¿Será eso posible?
—Ay, hermano, salí y mirá las calles.

El sol resplandece con fuerza y Bilwi está alegre, los negocios están repletos de gente y el muelle bulle con pangas que salen y entran con más gente que viene a hacer compras.

La Bestia

Publicado: 7 junio 2011 en Oscar Martínez
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El potente pitido suena profundo y prolongado en la oscuridad. La Bestia llega. Un toque. Dos toques. La llamada imperativa del viaje. Los que están dispuestos tienen que seguirla en este momento. Esta noche unas 100 personas lo hacen. Se levantan de su sueño, se sacuden el cansancio acumulado, encajan en sus hombros las mochilas, cargan las botellas de agua y caminan otra vez hacia el inicio de un recorrido de muerte.

Las siluetas del grupo de los fuertes se distinguen entre las sombras que recorren las vías del tren. Son una treintena de contornos masculinos. Perfiles de guerreros. Desde sus manos, como extensiones del cuerpo, se dibujan troncos y varas de hierro de hasta dos metros. No están dispuestos a ceder en caso de que asaltantes del camino hagan su abordaje. Saben que entre ellos mismos, migrantes centroamericanos, pueden ir ya esos piratas de las vías, listos para atacar en la oscuridad selvática del recorrido entre Ixtepec y Medias Aguas, entre los estados de Oaxaca y Veracruz.

Parlamentan en las vías mientras la locomotora ordena en un solo carril los 28 vagones que están a punto de salir. La consigna es unánime: si es necesario, pelearemos. La mayoría de los cajones de acero están alineados; sin embargo, aún hay algunos en otra de las líneas férreas. Es momento de incertidumbre. Las cien sombras giran la cabeza de lado a lado, como intentando leer los movimientos. Se apresuran a lo largo de la vía y luego vuelven. Es necesario tomar una decisión antes de que las máquinas jalen la carga y los polizones que van hacia el Norte tengan que abordarla en marcha.

Este será mi octavo viaje, pero acostumbrarse a este momento me ha resultado imposible. Es un vaivén de siluetas que corren y gritan; de fondo, el sonido metálico de la Bestia lo inunda todo, y no hay mucho tiempo para pensar. En el cerebro, una sensación entre el miedo y la emoción por algo nuevo. Solo sabes que no quieres perder el tren, que no te quieres equivocar de vagón y acabar en la línea de cajones que no se moverá. Solo piensas en ti mismo, en esa escalera que has elegido, en treparla, en que nadie se interponga.

En medio de las dos filas el grupo de 30 hombres elige su territorio: la línea de la izquierda. Uno tras otro suben por la escalerilla lateral y se posan en el techo del tren de mercancías. El vagón es suyo. Esos20 metrosserán su nido durante seis horas de viaje. De sus parrillas se aferrarán durante todo el recorrido, para no caer y ser tragados por las ruedas de acero. Ese espacio es el que defenderán. Por eso destierran a un joven moreno, salvadoreño, de unos 17 años. Durante algunas horas del día, en el albergue para migrantes de Ixtepec, a la orilla de las vías, el muchacho habló con un pandillero deportado que regresaba de Estados Unidos y que, aislado del resto, fumó marihuana gran parte de la tarde. Tienen desconfianza y prefieren no arriesgarse. “Vos no venís con nosotros”, le dice uno de ellos a manera de orden, y el joven, ante la mirada de todo el grupo, decide irse a  buscar su lugar.

En este vagón, con el grupo de salvadoreños, nicaragüenses, guatemaltecos y hondureños que se han juntado en el camino, nos acomodamos Eduardo Soteras, el fotógrafo, y yo.

Las pocas mujeres que abordan el sólido gusano se acomodan en los balcones que hay entre vagón y vagón. Algunos, los menos, tienen plataforma abajo. El resto, solo unas vigas metálicas sobre las que los migrantes tendrán que hacer equilibrios. Pero viajar ahí supone no tener que esquivar los cables y ramas que se entrometen en el camino de los que van arriba. También evitan las corrientes de viento que harán tiritar a muchos que se lanzan sin abrigo.

Arriba se acomodan los 30 albañiles, fontaneros, electricistas, agricultores, carpinteros y jardineros convertidos unas horas en guerreros por un viaje que se ha cobrado un número indeterminado de vidas. Nuestro círculo más cercano lo componen unos hermanos con pinta de raperos que tras ser deportados van de regreso hacia el que consideran su país; un ex militar que quiere volver a su vida de albañil en el Norte; y también viaja Saúl, el muchacho que se exhibe confiado de su dominio de la Bestia. Sube y baja, amarra su bolsa de plástico a las parrillas y luego se lanza a recoger cartón de las vías para que la fibra de vidrio del techo no le penetre las nalgas como constantes picadas de zancudos.  Los cuatro son guatemaltecos.

La locomotora echa a andar. Jala los 28 vagones. El golpe seco empieza desde la cabeza y resuena hasta la cola, en efecto dominó. Tac, tac, tac. Vagón por vagón es tirado por la potente máquina, mientras los migrantes se aferran donde pueden. Muchos han sido mutilados en este primer movimiento cuando, ignorantes de las reglas de la Bestia, han apoyado su pie entre la juntura de los vagones: dos barras ensambladas una dentro de otra, con un sistema de amortiguación para cuando el tren frena o jala. Las muelas les llaman. Ahí, entre el traqueteo del efecto dominó, el tren les ha triturado el pie como martillo a una nuez.

Pero este inconveniente está de sobra compensado por una ventaja invaluable: la Bestia se monta mientras está detenida. En otros puntos, como Lechería, Tenosique, Orizaba o San Luis Potosí, el tren hay que agarrarlo en marcha, porque los famosos garroteros, guardias privados de las compañías ferroviarias, impiden el paso a las estaciones, y los migrantes tienen que acechar su transporte más adelante.

En un viaje, Wilber, un veinteañero hondureño que guiaba a indocumentados por México, me dio un curso básico de cómo treparse al tren cuando este ya está en marcha:

—Primero, lo medís. Dejás que las manijas de los vagones te golpeen la mano, para ver qué tan rápido va, porque esto hay que sentirlo, no solo verlo. Engaña. Si te creés capaz, corrés unos20 metrospara tomarle el ritmo, agarrado de una manija. Cuando ya le tengás el pulso, te dejás ir con los brazos. Te levantás con los puros brazos, para alejar las piernas de las ruedas, y apoyás en las gradas la pierna que tengás del lado del tren, para que tu cuerpo se vaya contra el vagón y no te desbarajuste.

Cuando lo intenté en aquella ocasión estábamos en Las Anonas, un pequeño poblado entre Arriaga e Ixtepec. El tren pasó a unos15 kilómetrospor hora y yo cometí el error básico de los migrantes que han sido mutilados en este arranque: olvidé el detalle de la pierna y apoyé en la escalera la contraria. Estaba sostenido del agarradero con el brazo izquierdo y, más abajo, mi pie derecho se posó en la grada, mientras el resto de mi cuerpo quedó maniatado por ese nudo de extremidades. El tren me arrastró varios metros, porque el cuerpo perdió su punto de equilibrio. Por suerte, algunos se bajaron a desentramparme.

Sin embargo, Wilber cree que esos viajeros que quedan mutilados tan pronto en el viaje “tienen suerte”, porque el tren va lento y pueden tomar una decisión:

—Yo vi cómo a uno el tren le pasó encima de la pierna –dijo Wilber tranquilo, como quien cuenta el resultado de un partido de fútbol–, porque no pudo agarrarlo cuando ya iba corriendo. Pero como no iba tan rápido, le dio tiempo de verse la pierna cortada y de meter la cabeza abajo de la siguiente rueda. Pues sí, si iba a buscar un trabajo allá arriba es porque no ganaba bien abajo, y ya sin una pierna, ¿qué iba a hacer?

¿Por qué no dejarlos subir mientras la locomotora no arranca? ¿Por qué, si se sabe que de todas formas subirán, obligarlos a abordar el gusano en movimiento? Es una pregunta que ninguno de los jefes de las siete empresas de ferrocarriles contestará. No dan entrevistas, y si se logra hablar con ellos por teléfono, cuelgan cuando se enteran de que se pretende conversar sobre migrantes.

El viaje inicia. La poca luz de los dos reflectores de las vías de Ixtepec desaparece mientras nos internamos en un paraje de llanos iluminados solo por el resplandor amarillento y suave de una luna llena grande y misteriosa.

Este es el transporte de los migrantes de tercera, los que viajan sin coyote y sin dinero para autobuses. Ellos repetirán al menos ocho veces esta dinámica de abordaje en el territorio mexicano. Dormirán en las vías en varios puntos, esperando que aquel pitido no se les escape y les haga pasar una noche, dos o tres a la espera del siguiente. Recorrerán más de5,000 kilómetrosbajo estas condiciones. Esta es la Bestia, la serpiente, la máquina, el monstruo. El tren. Rodeado de leyendas y de historias de sangre. Algunos, supersticiosos, cuentan que es un invento del diablo. Otros dicen que los chirridos que desparrama al avanzar son voces de niños, mujeres y hombres que perdieron la vida bajo sus ruedas. Acero contra acero. Una vez escuché una frase en uno de estos viajes nocturnos: “Este es primo hermano del río Bravo, porque la misma sangre tienen, sangre centroamericana”.

El tren es todo un código que descifrar. ¿Qué vagones van a salir? ¿Cuál es la máquina que va para Medias Aguas y cuál es la que regresa a Arriaga? ¿En cuánto tiempo sale? ¿Cómo evitar a los maquinistas? Ante un asalto, ¿es mejor ir en los vagones de en medio o en los de atrás? ¿Qué sonido indica: ¡agárrate!? ¿Cuándo bajar? ¿Qué hacer si el sueño te vence y necesitas dormir? ¿De dónde te tienes que amarrar? ¿Qué indica que un asalto ha empezado?

El tramo de Ixtepec a Medias Aguas es un tramo de200 kilómetrosque el tren hace en seis horas como mínimo, pues curvea las carreteras, se aleja de ellas, para pasar por escenarios desolados. Ahí, en medio de esos montes, recarga cemento o agrega más vagones. De eso, del tiempo que pare en esos sitios, dependerá si el trayecto será de las seis horas habituales o si se excederá hasta dos días antes de llegar a su destino. A pesar de ello, este recorrido es entendido como intermedio. Los recorridos cortos son de unas tres horas, y los largos, de más de diez.

Allá arriba, mientras todo se contonea, es el mejor momento para conversar con un migrante. Te reconoce como igual. Estás en su territorio, y es tu colega si has hecho un pacto de solidaridad con él. Compartir cigarrillos, agua, comida o firmar un acuerdo para atacar en caso de necesidad. Ese pacto terminará cuando el tren se detenga en su siguiente punto, y ahí es donde se tiene que decidir si se renueva o no.

Conversar es la mejor forma de no dormirse y no convertirse en un personaje más de las anécdotas del camino que hablan de mutilados tirados en campos oscuros y solitarios, a la espera de auxilio mientras se desangran de los muñones que el tren les dejó.

La mordida de la Bestia

Esta tarde, mientras esperábamos la llegada del tren, conversamos con Jaime Arriaga. Es un hondureño humilde. Tiene 37 años y es el clásico campesino que se fue con un sueño muy diferente al del joven migrante que busca un carro, ropa diferente, darse algún lujo y parecerse a su primo que regresó vestido con una camiseta de Los Angeles Lakers. Jaime salió en enero de este año de su humilde aldea en la costa norte hondureña, y en su mente solo traía una imagen: su humilde casa, en su humilde aldea, rodeada de dos manzanas de sembradillo de maíz, arroz y frijol.

Jaime iba por el segundo intento. Pasó dos años en Estados Unidos. Ahorró. Logró construir su casa de cemento y teja, que le costó $17,000. Regresó para quedarse. Ya tenía lo que quería: su casa en su aldea y sus cultivos. Pero seis meses le duró la inversión de dos años: “Un huracán, una tormenta de esas que siempre caen en esa parte de Honduras me destruyó todo”. Todo: la casa y la milpa.

Y entonces, como la primera vez, Jaime volvió a empacar un poco de ropa y algunos dólares, y se despidió de su mujer.

—Ya sabés que la única manera de volver a lograr lo que he perdido es en Estados Unidos.

Pero antes de llegar a Estados Unidos está este camino, que a veces arrebata más de lo que ya se ha perdido. Esta tarde, en el patio de la casa del sacerdote Alejandro Solalinde, Jaime hablaba bajo un árbol de mango, sentado en una silla de plástico y con su pie izquierdo apoyado en la tierra. Su otra pierna termina en muñón. Carne blanda que aún cura. El tren le arrancó el pie derecho el 16 de enero.

A Jaime lo venció la desesperación. Quería seguir avanzando. Volver a ver florecer su milpa lo antes posible. Pero la Bestia se ensaña con los impacientes. Estaba cansado, había dormido poco y acababa de llegar de Arriaga, tras 11 horas de tren. Además, con el cansancio cerrándole los ojos, se subió en la máquina que salió hacia Medias Aguas y que solo arrastraba cajones. Ni un vagón bueno. Una combinación mortal.

Los cajones son literalmente eso, cajas rectangulares de acero, sin balcones entre vagón y vagón, sin parrillas arriba en las que meter los dedos para sostenerse. En medio de cada cajón solo están las muelas del tren, y una pequeña barra de hierro sobre la que los impacientes se paran y se sostienen como crucificados de la pared del cajón. El suelo discurre abajo, a pocos centímetros de los pies de los que viajan en esas junturas. El recorrido es de seis horas. Seis horas en cruz, aguantando, apretando los dedos. El tren llega a alcanzar los70 kilómetrospor hora. A veces en curva. Y no hablamos de la velocidad de un vehículo. El tren hace que esa velocidad sea una experiencia diferente. No es un automotor arrastrado por cuatro ruedas. Es un gusano sólido de hasta un kilómetro de largo que se retuerce y contonea mientras avanza y chilla. Una máquina imponente.

En ese trayecto, Jaime habló con su primo y otros dos nicaragüenses que lo acompañaban en aquel vía crucis. Hizo algo de ejercicio de brazos para intentar despertarse. Y casi lo logra. “Un minuto cerré los ojos”, cuenta. Más bien se le cerraron. El cansancio del migrante, tras varios días caminando para rodear casetas de carretera hasta llegar a Arriaga y un tren de 11 horas bajo el inclemente sol chiapaneco hasta llegar a Ixtepec es mucho cansancio. Mucho sueño. Un viaje donde se descansa poco y mal. No se duerme bien en las noches en el monte durante las paradas en las caminatas. Un ojo está cerrado y el otro medio abierto, escrutando la oscuridad.

Cuando despertó, Jaime se sintió caer, y asegura que en ese momento la vida se ralentizó. Él flotando en el aire. Él dándose cuenta de que iba directo hacia las vías. Él y sus rezos: “Dios mío, guárdame”. Y luego, todo volvió a ser ruido y velocidad. Quedó pegado como esparadrapo al suelo. La Bestia es colosal. Rompe el aire, crea corrientes cuando pasa, y esa corriente hizo que Jaime quedara pegado a los soportes de cemento de las vías, con la cabeza a centímetros de las ruedas de acero.

—Solo escuchaba: riiin, riiin, riiin, cómo pasaba el tren. Casi me quedo sordo.

Cuando la mayor parte de vagones pasaron reventando los tímpanos de Jaime, se creó una corriente diferente que lo despegó de los soportes y lo levantó como una pluma que flotó durante unos segundos hasta ser tragada por el efecto de vacío e introducida en las vías. Entonces, el último vagón le pasó por encima a su pierna derecha, y luego la cola de aire de la máquina lo escupió hacia el monte, tal como se lo había tragado.

—Yo sentía que estaba bueno. No sentía dolor –recuerda.

Es lo normal. La historia se repite en todos los migrantes mutilados con los que he hablado. Al principio no duele. Luego, antes o después, el dolor hará que se te contraigan los músculos del rostro, y un repentino e intenso calor invadirá tu cuerpo hasta hacerte sentir que la cabeza va a explotar por una presión interna.

Jaime sintió que algo le faltaba cuando intentó pararse. Su pierna se dobló y él volvió a caer. Estaba mutilado. Su pierna terminaba en huesos estrujados y pellejos colgando que aún sostenían su pie amoratado, casi por caerse. Quiso salir del monte ayudándose de unos palos, pero esas hilachas de piel se enredaban con la maleza y lo retenían. Sacó su navaja y se terminó de separar lo que el tren le había mascado. Arrancó un harapo del pantalón que se había molido con su carne y se hizo un torniquete.

Logró caminar una hora siguiendo las vías. “No sentía dolor.” Cuando ya no tenía fuerzas de caminar y se sentía mareado, había logrado llegar hasta un punto donde una callejuela de tierra cortaba las vías. Ahí quedó tirado durante diez horas. Escuchando y viendo, sin poder moverse. Solo. El tren atraviesa montes, corta llanos, bordea pueblos. Si alguien se cae del tren, sobretodo en tramos rápidos como este entre Ixtepec y Medias Aguas, nadie se lanzará a socorrerlo. Logrará salir de ahí si lo logra. Así de sencillo. Si no, morirá lentamente, desangrándose, y nadie más volverá a saber de él. Ninguna estadística lo incluirá y será considerado un migrante desaparecido si un familiar pregunta por él al consulado de su país.

A las 4 de la tarde, Jaime estaba rodeado de zopilotes, que esperaban por un pedazo de carne. Fue entonces cuando un pick up se detuvo. Tres hombres bajaron, y uno más, escuchó Jaime, se excusó: “Yo no voy, padezco del corazón y si lo veo, capaz que me muero primero que él, porque está vivo”.

Lo llevaron al hospital, lo sedaron, lo amputaron hasta la rodilla. Cuando despertó, alucinaba. “Le veía unos ganchos en la cabeza a la enfermera, como si fuera el demonio.” El dolor llegó esa noche. Jaime soñó que jugaba fútbol, que pateaba una pelota con el pie que ya no tenía. Su cuerpo dormido hizo el movimiento, y se despertó en medio de un intenso dolor, de un calor que le recorría el cuerpo desde el muñón del que aún brotaba sangre. El grito fue tan estruendoso que varias enfermeras llegaron al cuarto.

—Que descansen –dice Jaime a modo de consejo para los que viajan como él, cuando la conversación termina a la sombra del árbol de mango–. El tren nunca se arruina. Estados Unidos no se va. Es mejor llegar tarde que nunca llegar.

La tensión del viaje

El tren se detiene enLa Cementera, una sucursal de la empresa de concreto Cruz Azul incrustada en esta zona selvática. La máquina despega vagones y se cambia de carril para recoger otros que luego alinea en la columna de acero. Es momento de hacer guardia. Los hombres del vagón se levantan y fijan sus ojos en las veredas que circundan el tren.

Los asaltantes del camino se incorporan entre los polizones cuando la maquina hace paradas o los maquinistas, a veces de acuerdo con estos piratas, bajan la velocidad de las locomotoras para que puedan trepar. En este vagón, los hombres levantan sus varas y palos. Los dejan a la vista, para que se sepa que si hay asalto habrá respuesta. Un indígena guatemalteco sujeta la rama que lleva como si fuera un fusil, y apunta a la oscuridad. La silueta engaña.

El grupo divisa una algarabía lejana. En los vagones de atrás se ve movimiento y una lámpara que se enciende y se apaga, cada vez más cerca de nuestro territorio.

La señal clara de que hay asalto en la noche, me dijo una vez un migrante, es cuando la luz de una linterna se mueve sobre los techos. En una ocasión, mientras hacía este mismo recorrido, ocurrió eso: a lo lejos, se veía una bola luminosa rompiendo la oscuridad, la circunferencia resplandeciente de la linterna flotando sobre el tren. Avanzaba y desaparecía entre los vagones, seguramente cuando los asaltantes bajaban a los balcones a recoger el dinero. Luego, el circulito volvía a emerger y avanzar. Esa vez logramos librarnos gracias al ingenio de un migrante que recomendó al fotógrafo que encendiera todas sus luces, incluido un reflector portátil, de un solo golpe y en dirección hacia los asaltantes. Así fue. El círculo luminoso dejó de avanzar. Se quedó inmóvil unos minutos y luego, en una parte de lenta velocidad, lo vimos saltar del tren y perderse entre los árboles.

Los asaltantes del tren, salvo cuando han ocurrido abordajes específicos para secuestrar mujeres, y se trata del crimen organizado, son delincuentes comunes, habitantes de rancherías cercanas a las vías. Amigos del pueblo, débilmente armados, con un revólver calibre .38 y machetes. Pero también son asaltantes despiadados, sabedores de que allá arriba, si los migrantes se oponen, se trata de matar o morir. De lanzar o ser lanzado a las vías.

La guardia se monta rápido. Un guatemalteco vigila la parte trasera del vagón mientras otro compatriota suyo se encarga de la delantera. Saúl, un joven de 19 años, guatemalteco también, se cubre con la capucha de su sudadera. “Para parecer más barrio”, argumenta. Al fondo, en la cola del tren, se divisa el movimiento de lámparas, pero aún es muy pronto para saber de qué se trata.

Saúl enciende un cigarrillo y repite en voz alta la consigna: “¡A la puta, si es un ladrón que se deje venir, aquí lo atendemos!”. Es su quinto intento por regresar al país del que fue deportado hace cerca de mes y medio. Allá pertenecía al Barrio 18, la pandilla más numerosa de Latinoamérica. Hizo algunos asaltos menores por los que lo aprehendieron.

Suma cuatro intentos fallidos, atrapado por la migra mexicana. Lleva miles de kilómetros sobre la Bestia. Y una consigna: “Hay que tenerle respeto a este animal. Si has visto lo que yo he visto, hay que tenerle respeto”. Así, joven duro como es, hombre prematuro que huye de su país porque la otra pandilla,la Mara Salvatrucha, tiene dominada la colonia donde vive, Saúl sabe dónde esta parado, y sabe que el techo del tren no es mejor que lo que ha vivido.

—Siempre da miedo, siempre.

La escena que nunca se le borrará de la mente es la de una hondureña de unos 18 años con la que viajó en su primer reintento hace unas semanas. Ella cayó en medio de la algarabía que se formó cuando todos pensaron que había un operativo de migración más adelante. Cayó.

—La vi cuando se iba para abajo, con los ojos bien abiertos –recuerda.

Y después solo alcanzó a escuchar un fino alarido que se extinguió de golpe. A lo lejos, vio rodar algo.

–Como una pelota con pelos, supongo que su cabeza.

Alejandro Solalinde es el artífice de que esos operativos hayan disminuido en el sur mexicano. Protestó ante el Instituto Nacional de Migración. No era posible que los operativos se hicieran de noche, en lugares montañosos. Una escena que apabullaría a cualquiera: la noche, el sonido constante del tren que combina el ruido del golpe metálico con unos chillidos finos, tétricos, que a veces parecen el grito lejano de una mujer, y de repente, a los costados, una iluminación cegadora. Decenas de reflectores, y gritos: ¡bajen, bajen, bajen! Y el tren deteniéndose, y sombras lanzándose sobre las vías, donde las llantas de acero aún pueden rebanar. No es posible, argumentó Solalinde, tienen que encontrar otros métodos, porque muchos migrantes quedan mutilados en aquel alboroto. Ciegos corriendo, ciegos saltando, ciegos empujando.

Desde entonces los operativos en el sur han cesado. Más adelante, luego de rodear la capital mexicana y atravesar un lugar llamado Lechería, ya no son dominios de Solalinde, y aquellos sobresaltos nocturnos siguen sucediendo.

La luz de las linternas se acerca más. Cuando avancen dos vagones más será posible saber de qué se trata. Saúl enciende un segundo cigarrillo. Mientras el tren está en marcha, aspirar el humo es difícil. El viento es el que consume el tabaco.

—Hicimos un pacto de que no nos van a asaltar –continúa Saúl–. La .38 tiene seis balas y a un par se pueden llevar, pero después les va a caer toda la raza y les va a aplicar la ley del tren.

La ley de la Bestia que tan bien conoce Saúl y que solo deja tres opciones: resignarse, matar o morir.

—Fue hace un mes, cuando que me agarraron en Reynosa, ya en la frontera. Esa vez, entre Arriaga e Ixtepec, al tren se subieron tres vatos. Cabal, dos con machete y uno con la .38 de tamborcito. La onda es que esa vez no íbamos de acuerdo los del vagón, pero cuando el de la pistola le pasó por el lado a un hondureño que iba ahí… Cobrando el dinero andaba el de la pistola, y tonto, pues, él se tiene que quedar apuntando en la esquina del vagón, y mandar a uno con machete a recoger… La onda es que el hondureño le agarra la pierna y lo bota, y la gente rapidito se le aventó a los dos del machete….

Y ahí viene, la ley del tren.

—…primero los reventamos a verga. Después, el mismo hondureño le dijo a un su amigo: hey, ayudame. Y agarraron al de la pistola, uno de los brazos y otro de las piernas, y lo aventaron entre los dos vagones. Partidito en dos lo hizo el tren. Lo mismo le hicieron al otro. Cuando iban por el tercero, un salvadoreño les dijo que mejor lo dejaran, para que fuera a contar que la raza no se iba a dejar. Lo tiraron a un lado del tren, pero había como un barranco ahí. Yo creo que igual se murió también.

¿Cuántos cadáveres se habrán fundido con la tierra que rodea las vías? Bien dijo una vez Alejandro Solalinde que estos terrenos son un cementerio anónimo.

Las luces de las linternas ya están cerca, y los vigías logran divisar de qué se trata: “¡Hey, guarden los palos, son los maquinistas que andan cobrando!” Tres de los maquinistas llegan a nuestro vagón. La gente se cubre el rostro como puede y se sienta dándoles la espalda, mirando hacia los costados del gusano.

“A ver, muchachos, no vaya a ser que haya operativo más adelante, en Matías Romero, y podemos parar o seguir de largo, pero a ver cómo se van a portar con nosotros”, dice uno. Quieren dinero. Van por los tejados como cobradores de autobús, pidiendo billetes y monedas por un viaje del que no pueden garantizar nada. Nadie en nuestro vagón les contesta ni les extiende un cinco. “¡Hijos de la chingada!”, refunfuña otro, “allá adelante se los va a llevar la verga”. Nosotros no nos identificamos. Los maquinistas detestan a los periodistas. Eduardo Soteras esconde la cámara en su impermeable y deja salir el lente para captar el momento en que extorsionan a los de más adelante.

Los de este vagón son viajeros experimentados, saben que si hay retén no dependerá del maquinista parar o no. Tiene que detenerse. No puede pasar de largo y dejar a militares y policías federales con sus luces encendidas.

La locomotora vuelve a empalmar vagones. El viaje continúa. De nuevo el efecto dominó. El arrastre de cada una de las cajas de acero mientras todos se aferran a las parrillas.

El frío empieza a meterse hasta los huesos por entre la tela de los suéteres, y hiere la piel como diminutos cristales lanzados con violencia. Algunos empiezan a caer dormidos. Se amarran como pueden, metiendo sus cinturones o lazos entre los huecos de las parrillas. Entonces, aquellos techos repletos de gente silueteada por la luz de la luna parecen un campo de refugiados. Entumecidos, envueltos en su propio cuerpo, se abrazan a sí mismos.

La regla del camino vuelve a aplicarse. Si es malo, puede ser peor. Saúl se encaja unos guantes de tela mientras lanza su pregunta retórica.

—¿Vos creés que esto es frío?

La respuesta no es necesaria. En ciertos momentos, una corriente helada recorre el interior del cuerpo y provoca temblores.

—Esto no es nada. Yo he visto a gente a la que se le han congelado los dedos y se han caído del tren en la cordillera del hielo.

Pronto, Saúl y los demás tendrán que experimentar esas temperaturas. Después de Medias Aguas viene Tierra Blanca. Después, Orizaba. Tras eso, viene la cordillera de hielo. Diez horas o hasta dos días transitando en el lomo de esta máquina hasta llegar a Lechería, bordeando cerros nevados. Y, para terminar de hacer épico ese tramo, hay ahí 31 túneles en los que la Bestia se introduce, en las faldas de los cerros. Túneles donde no es posible verse ni la mano frente al rostro. “Aquello sí es frío”, ridiculiza Saúl lo que ahora sentimos. Aquel frío, el de la cordillera, llega a ser de hasta cinco grados centígrados bajo cero.

Media hora más ha pasado, y la tenue iluminación de las calles vuelve a despertar a los que se habían dormido. Estamos en Matías Romero, a medio camino entre Ixtepec y Medias Aguas. De nuevo la alerta se activa. El tren no está en marcha, y puede haber asaltantes. Los viajeros que van en los balcones también se ponen alertas. El maquinista había lanzado una advertencia de operativo y, aunque lo más seguro es que fuera una amenaza sin fundamento, hay que estar alerta. Un operativo de migración en este punto dejaría libres solo a los más ágiles. Estamos en los patios de la estación de este pueblo. Barda a un lado y barda al otro lado. Filas de vagones nos flanquean. La huída sería una carrera de obstáculos.

De repente, un grito violento llama la atención de todos los del vagón.

—¡Ajá, hijueputa, ya nos vamos a volver a ver!

Es Mauricio, un ex militar guatemalteco de 42 años, que va en su décimo intento por regresar a los dólares, a su vida como albañil en Houston que le quitaron hace tres años, cuando lo deportaron. Le grita al pandillero que fumó marihuana gran parte de la tarde en el albergue de Ixtepec, antes de que la máquina hiciera su llamado nocturno.

La razón de la rencilla es simple: el pandillero le robó a Mauricio un pantalón que dejó secando en el albergue. Las implicaciones pueden ser muy graves: Mauricio prometió venganza en el tren. La situación es preocupante: El pandillero viajaba en el último vagón del gusano. Se acercó hasta el nuestro para intentar convencer a un señor salvadoreño de que él, su esposa y su hija de 12 años se fueran atrás con él y sus amigos, que los protegerían si había operativo. ¿Por qué quiere el pandillero llevarse justo a esa familia? ¿Con cuántos amigos viaja?

Ante el grito de Mauricio, el resto del grupo responde como si hubiera escuchado tambores de guerra. Una lluvia de piedras se cierne sobre el pandillero, que corre despavorido, mientras otros de los viajeros se encargan de convencer al señor de que cometía una estupidez si aceptaba la propuesta de irse con ellos.

Luego, como minutos antes de empezar este viaje, los guerreros vuelven a parlamentar. Por un momento, la decisión que toman está a punto de generar una batalla: Mauricio, Saúl, un guatemalteco que lleva consigo una vara de hierro de dos metros y tres hondureños irán hasta el último vagón a darle al pandillero y sus amigos dos opciones: se bajan o los bajamos. La expedición se está armando. Piedras, palos y vítores: “¡Vamos a romperle el hocico!”. En eso, la Bestia marca sus tiempos y recuerda a los viajeros que en este camino la voluntad de lo que pasa o deja de pasar es solo suya. Arranca. Efecto domino: Tac, tac, tac… El viaje continúa.

La siguiente parada será Medias Aguas. El viaje ya lleva dos horas de retraso por las paradas enLa Cementeray Matías Romero. Pronto amanecerá.

Los primeros rayos del sol se asoman por atrás de los montes, y atenúan la oscuridad. El frío es cada vez más insoportable, y las ráfagas de viento congelan. La cara se siente entumecida, rígida. Los dedos ya no quieren apretar. Se tensan. Y el metal frío por donde hay que escurrirlos no ayuda en nada. Solo nos rodean campos de bruma, donde apenas destaca la copa de algún árbol. Campos inundados por neblina. Un espesor grisáceo, impenetrable, que abarca hasta donde la vista se pierde.

Estamos cansados tras ocho horas de tensión y frío. Las ropas están húmedas. Esa neblina las ha penetrado. Ocho horas de posturas incómodas y alertas intermitentes. Amanece cuando entramos en Medias Aguas. La estación de estaciones, donde la ruta del Atlántico y esta del centro en la que venimos se juntan. Donde los migrantes empiezan a tener solo una opción, un tren. Una ruta, hasta que se vuelva a separar en Lechería, tres paradas más adelante.

El potente pitido suena profundo y prolongado y alerta a los viajeros que, como hicieron hace ocho horas, se sacuden el cansancio, se encajan sus mochilas y bajan por las escalerillas de la máquina antes de que esta se detenga. La mayoría de secuestros masivos de migrantes ocurren en este momento, cuando los trenes cargados de víctimas entran a las ciudades dominadas por bandas del crimen organizado. Es mejor abandonar lo antes posible el tren.

La mañana es fría. Aquí no hay albergue, y tampoco los habrá en las tres siguientes estaciones. Todos buscan una parcela engramada donde descansar. La sombra de un árbol que los cubra del sol que saldrá en unas horas. Un poco de agua, algo de comida. La calle de tierra que en Medias Aguas corre paralela a las vías se llena de mendigos centroamericanos, que piden cualquier cosa para llevarse a la boca. Después, con algo o nada en el estómago, dormitarán con los ojos a medio cerrar hasta que la Bestia los vuelva a llamar, y el viaje hacia Estados Unidos inicie otra vez.

Parte I: Los informes y los informantes

El viejo motor del pick up parece quejarse de la carga de más de una docena de costales blancos apiñados en la estrecha cama del vehículo. Harina Maseca, dice la viñeta de cada saco. Es el primero de dos vehículos que cruzan por un angosto puente de cemento, a través de la línea divisoria entre Honduras y El Salvador, en una frontera donde no hay retenes ni preguntas.

—¿Y no van a revisar? ¡Revisen! —reclama a dos soldados un visitante en esa zona, un policía vestido de civil que sorprende a los únicos vigías del tránsito en ese punto.

Los soldados defienden su indiferencia:

—Son muchos carros y gentes. No podemos revisar uno por uno —dice uno de los militares, en voz baja, como aceptando el regaño.

Ese punto se llama San Fernando, un municipio mínimo y pobre de Chalatenango que por núcleo urbano tiene un puñado de casas, una iglesia, un comedor, una escuelita y ningún puesto policial. El papel de policías y agentes aduaneros lo hacen dos hombres bajitos vestidos de verde olivo y cachucha. Cada uno carga un fusil M-16 y una sonrisa con la que reciben a los visitantes. Saludan el paso de cada carro a la entrada del pueblo. Sin preguntas ni trámites.

—No hay ni un policía, y de noche es más fácil transitar —dice el agente policial que sorprendió a los militares del Comando Sumpul, fuerza del ejército que tiene la misión de cuidar los puntos ciegos en las froteras salvadoreñas.

Los soldados regañados están acostumbrados a ver pasar libremente camiones, pick ups y todo tipo de vehículos.

Este es el punto ciego de San Fernando, Chalatenango, donde comienza la ruta de la cocaína conocida como El Caminito.

San Fernando es una puerta abierta de par en par, por donde igual que sale libremente gente y mercadería hacia Honduras, entra libremente gente y mercadería desde Honduras. En la frontera de San Fernando rara vez revisan si productos como los sacos de Maseca contienen en realidad lo que su etiqueta anuncia. Ahí circulan camiones cargados con mercadería, niños hondureños que llegan a San Fernando a estudiar, armas de fuego, sacos con harina y otros sacos que también contienen un polvo blanco, aunque se trata de una sustancia muy distinta: cocaína. San Fernando es el inicio de la ruta salvadoreña por la que transita parte de la cocaína proveniente de Suramérica en camino hacia Estados Unidos.

Es ahí donde, según tres distintos informes de inteligencia que sirvieron de base a esta investigación, empiezan los territorios de “Chepe Diablo”, el señor de la droga de occidente, jefe de uno de los cárteles más grandes del país y uno de los más acaudalados de los narcos en el norte del departamento de Santa Ana. “Chepe Diablo”, según la Inteligencia Policial y varios funcionarios del gabinete de seguridad, es uno de los tres fundadores del Cártel de Texis y se llama José Adán Salazar Umaña.

Salazar Umaña es un campechano salvadoreño de 62 años conocido en cuatro mundillos sociales: los empresarios del sector turismo lo conocen como hotelero; las personas del sector futbolístico lo conocen como el mecenas del equipo de fútbol de primera división Metapán y como presidente de la primera división del fútbol salvadoreño; en el sector ganadero se le conoce como un prominente ganadero, y en el sector de seguridad pública e informes secretos del Estado se le describe como “empresario, ganadero y narcotraficante”.

La Policía, el ejército y la Fiscalía saben de Chepe Diablo. Los informes de inteligencia obtenidos en esta investigación dicen con claridad que es uno de los jefes del cártel que controla esa ruta que inicia en San Fernando. El camino corre hacia el sur hasta Dulce Nombre de María, donde vira hacia el occidente, pasa por Nueva Concepción y llega al municipio de Metapán, en la esquina superior izquierda del mapa salvadoreño, y que es fronterizo con Guatemala. Este recorrido que hace la droga es un camino que en estos días está cerca de lograr un ascenso con la apertura de una autopista, la carretera Longitudinal del Norte. Los policías que investigan a Salazar y a su grupo llaman a la zona de operación del cártel La Ruta Norteña de la Cocaína o El Caminito.

El informe con el que inició la investigación tiene fecha del 22 de marzo de 2000, y El Faro lo obtuvo en diciembre del año pasado. Contiene datos obtenidos por investigadores policiales y está titulado “Caso Metapán”, número 003/00. En el transcurso del reporteo se sumaron otros documentos realizados entre 2008 y el presente año. Las pesquisas abarcan ya tres períodos presidenciales: las de Francisco Flores y Antonio Saca, de Arena, y la de Mauricio Funes, del FMLN. Las investigaciones policiales han sido realizadas bajo la dirección de cinco directores de la PNC: Mauricio Sandoval, Ricardo Menesses, Rodrigo Ávila, Francisco Rovira, José Luis Tobar Prieto y Carlos Ascencio.

La droga que pasa por San Fernando proviene en su mayoría de las costas del Atlántico hondureño y llega a Honduras por dos lugares principales. Por mar, las lanchas rápidas provenientes de Colombia atraviesan el abandonado Caribe nicaragüense haciendo breves escalas hasta trepar hacia el departamento hondureño y fronterizo de Gracias a Dios. Por aire, las avionetas descienden en el selvático departamento hondureño de Olancho o en la frontera entre ambos países marcada por el río Coco. La droga se abre rutas cortando la zona central hondureña hasta llegar al departamento de Ocotepeque, frontera con El Salvador, frontera con Chalatenango, frontera con San Fernando.

San Fernando es el punto de relevo donde los hondureños entregan la estafeta a los salvadoreños, en una carrera que dirigen los colombianos y mexicanos. Una autopista que mueve millones de dólares en ganancias para sus controladores disfrazados de empresarios, ganaderos, alcaldes, policías, pandilleros, coyotes y diputados. Cada uno juega un papel: los policías comprados por el narco custodian y transportan la droga, quitan retenes, avisan de operativos; los alcaldes dan permisos de construcción, formalizan los negocios, son informantes privilegiados y, en un caso, hasta líder del grupo; los pandilleros matan y trafican en mercados locales; los diputados dan acceso a las altas esferas del poder; y algunos jueces y fiscales se encargan de que cualquier intento de judicialización quede bloqueado por el peso de la burocracia más detallista.

¿Y cuánto dinero maneja Chepe Diablo? En los últimos cinco años ha declarado ingresos que suman más de 30 millones de dólares. Solo en el año insigne de la crisis financiera internacional, el 2008, José Adán Salazar Umaña reportó al fisco más de 9 millones de dólares en ingresos por actividades comerciales.

La Oficina de Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito calcula que por Centroamérica cruzan anualmente entre 500 y 600 toneladas de cocaína hacia Estados Unidos, al menos desde 2006. La administración antidrogas de Estados Unidos (DEA, por sus siglas en inglés) y la Policía Nacional Civil han asegurado en medios internacionales y directamente a este periódico que por El Caminito circula un gran porcentaje de la cocaína que pasa por El Salvador, que es la ruta de moda, la principal vía de abastecimiento para los cárteles de Guatemala.

Los narcos del Cártel de Texis trabajan como agentes libres en el mercado internacional de la cocaína: surten al Cártel del Golfo como pueden surtir al Cártel de Sinaloa o como pueden servir a Los Zetas… Quien paga obtiene sus servicios y tiene vía libre por El Caminito, que termina en la frontera salvadoreña de Santa Ana con el departamento guatemalteco de Jutiapa, conocido bastión de narcotraficantes de ese país.

Durante cuatro meses de investigación, El Faro recorrió El Caminito y habló con policías, militares, alcaldes, ministros, comisionados policiales, fuentes de inteligencia e investigadores que han trabajado para la DEA. Estos son los resultados y las pruebas. Estas son las voces que muchas veces pidieron anonimato y todas conocen del Cártel de Texis y saben de Chepe Diablo y sus socios.

—El camino que empezamos reparte dinero. ¿Vieron a esos dos soldados? —nos pregunta El Detective, una de las fuentes claves que nos guiaron.

El Detective es un investigador policial que ha participado en operativos antidrogas en colaboración con agencias como la DEA, de la que es uno de sus principales proveedores de información. Le respondemos que sí vimos a esos dos soldados.

—Ellos se conforman con nada: un plato de comida, 10 dólares…
—Estamos sorprendidos, por aquí podría pasar lo que sea y a cualquier hora.
—Es un chorro abierto. ¿Vio esos costales de harina? Cocaína pudo ser y nadie preguntó nada.

La primera pista del Cártel de Texis nos llegó en diciembre de 2010. Un hombre de confianza del ex presidente Antonio Saca se nos acercó para darnos información de lo que llamó “un caso grueso” que nunca ha sido resuelto por las autoridades.

—Esto no es nuevo, es un archivo que tienen la DEA, la PNC, la misma Fiscalía. Pregunten por su cuenta y van a ver que no estoy mintiendo –dijo.
—¿Y Saca supo de esto? —preguntamos.
—Ja, ja, ja, todo el mundo sabe de esto, son la competencia de Los Perrones.

Los Perrones son esa banda a la que la Policía comenzó a investigar en 2003 y que terminó desbaratando en 2008. Cuando las autoridades empezaron a seguirle la pista a los narcos del oriente del país, ya tenían al menos dos años de estar siguiendo la pista del Cártel de Texis.

La teoría que este contacto nos expuso aquel 15 de diciembre en una cafetería era que el crecimiento del Cártel de Texis y su profesionalización durante los últimos 10 años era tal que judicializarlo es un reto casi imposible para esta Policía, que no encuentra en la Fiscalía un aliado firme.

—Hasta que afecte muchos intereses de los gringos, hasta entonces va a haber movimientos –predijo.

Ese Primer Informe tenía 60 páginas con mapas de pistas de aterrizaje clandestinas, las fichas con datos generales de los principales miembros del cártel y los croquis con la ubicación de los negocios de las personas investigadas.

Ese Primer Informe incluía la mención de los principales socios de Chepe Diablo: Juan Umaña Samayoa, alcalde del municipio de Metapán, político prominente del derechista Partido de Conciliación Nacional (PCN); y Roberto Antonio Herrera, alias El Burro, ex presidente de la Feria Ganadera de Santa Ana, a quien el FBI y la DEA tienen en la mira desde hace al menos cinco años.

A principios de febrero de 2011, cuando la desconfianza en un informe que ni siquiera mostraba autoría alguna empezó a transformarse en certezas y pistas concretas, un prominente funcionario de la Policía nos confirmó que José Adán Salazar Umaña, Roberto Antonio Herrera y el alcalde de Metapán dirigen actividades delictivas. Dijo que según la Policía ese informe era cierto, y que hasta se quedaba corto en cuanto a la amplitud de la red. Lo dijo un comisionado policial a quien llamaremos así, El Comisionado.

Pasaron las semanas y un día El Comisionado se presentó con un folio bajo el brazo. Nos entregó el Segundo Informe, uno elaborado por la inteligencia policial, uno con autoría que confirmaba lo escrito en el Primer Informe y entraba en mayores detalles sobre los miembros de la red y las maneras de operar.

Pasaron los días y siguieron las conversaciones hasta un día cuando El Comisionado llegó acompañado de un hombre vestido de particular. Ese día, El Comisionado nos presentó a El Detective.

—Él sabe del tema que ustedes quieren investigar, es confiable y anda en el terreno —nos dijo, para presentarnos.

El Detective, desde esa primera reunión, empezó a comentar con detalle la función de cada miembro de este cártel oculto, nos dimensionó su tamaño y le puso una voz a los informes.

—Miren, todos estos narcos tienen un administrador general, hay más gente arriba. En occidente están estos. Ahora, cada uno tiene una red de personas. Detrás de cada cabeza hay una red de familiares, gente de confianza. Solo Chepe Diablo tiene más de 50 personas, y cada persona tiene a otras personas, él ya no se mancha las manos.

Aunque la Policía, como institución, se rehusaba a colaborar con nuestra investigación, nuestros informantes decidieron dar luz verde a abrirse ante nuestras preguntas y solicitudes de información, pero pronto se hizo necesario encontrar otras fuentes. No podíamos correr el riesgo de que el Primer Informe fuera también policial y tuviéramos un caso basado solo en información de una fuente. Sin embargo, hablar era muy difícil para los funcionarios a los que nos dirigimos. El de José Adán Salazar Umaña es un nombre del que oíamos hablar a todas las fuentes, pero que sigue libre a pesar de años de investigación. Es un narco muy bien protegido, decían. ¿Qué gano yo con hablar?, parecían preguntarse, porque la actitud de muchos que callaron era la de alguien que tiene aquello en la punta de la lengua, pero cierra la boca y se guarda el verbo.

Un buen día, otra de nuestras fuentes claves, a quien llamaremos El Funcionario, decidió escucharnos y colaboró a lo largo de toda la investigación. Es uno de los altos mandos en cuestiones de seguridad en este gobierno, un hombre de confianza del presidente Mauricio Funes.

La primera reunión funcionó como se había pactado: solo nosotros y él, nada de grabadoras. Mencionamos a José Adán Salazar Umaña, conocido como Chepe Diablo, y El Funcionario asentía; mencionamos a Juan Samayoa, alcalde de Metapán, y a Roberto “El Burro” Herrera, como principales socios, y volvía a asentir; el Cártel de Texis, el Cártel de Chepe Diablo, el Cártel de El Caminito, la Ruta Norteña, y El Funcionario asentía. Asentía, asentía, asentía…

—Me suena —dijo, finalmente, con naturalidad, sin exaltaciones—, todo esto me suena. Déjenme averiguar un poco más. Veámonos la otra semana.

Durante esa semana hicimos un intento con un jefe policial que, tras escuchar nuestra exposición, decidió guardarse el verbo. La semana pasó y llegamos ante El Funcionario, quien tenía en sus manos unas hojas de papel engrapadas.

—Entonces, ¿obtuvo algo de información?
—Sí, está aquí —contestó, dando un golpecito con el dedo índice al legajo, y luego volvió a callar.
—¿Y qué dice ahí?

Continuó en silencio unos segundos más. Puso los folios sobre la mesa, colocó su celular sobre las páginas y nos miró.

—¿Ustedes saben en lo que se están metiendo? —preguntó, con gesto serio—. Aquí tengo una información, pero quiero saber si saben en lo que se están metiendo, porque esta gente manda matar… así funcionan. Si te metés con ellos, ellos se meten contigo. No es ninguna broma.

Le contestamos que sí. Le contamos que esa frase, con otras palabras, la veníamos escuchando desde hacía semanas. Levantó el celular, abrió las páginas y nos leyó generalidades.

—Operan en la conocida como la Ruta Norteña… tienen conexiones internacionales con Guatemala, Honduras y México… la Policía de Metapán los protege… su forma de protección también es a través del sicariato…

Aclaró que no podía entregarnos el documento. Insistimos tanto que al final logramos un pacto. El Funcionario prepararía un informe basado en las preguntas que le hiciéramos llegar.

—Máximo nueve preguntas —nos advirtió. Nosotros le hicimos llegar 13, esperanzados en que se animara a responderlas todas.

Semanas después, El Funcionario nos entregó sus respuestas. Fue la primera vez que hablamos del Informe Secreto, que es como membretó el documento.

Durante aquellos días empezamos a ver más a El Detective. Logramos al menos cinco reuniones con él. El Detective no ve hechos aislados, sino tramas complejas que normalmente terminan con el nombre y apellido de un político o empresario del país.

—Haciéndola de abogados del diablo, ¿de dónde sacan este tipo de información? —le preguntamos durante una de nuestras últimas reuniones.
—Les cuento algo: hasta el año pasado teníamos a un informante que le conducía el carro a uno de los más importantes delincuentes de este país, uno de los cerebros de lavado de dinero… no les puedo decir más.

La Policía tiene detectives que poco pasan encerrados en oficinas. Es una red de más de 400 informantes repartidos en todo el país que mira, oye y sigue a personas fichadas por la PNC o por la DEA, pues a menudo ambas instituciones trabajan de la mano.

Así nacen los informes que llegaron a nuestras manos. El Primero y el Segundo Informe coincidieron en una cosa: en quiénes son los principales y más activos miembros del Cártel de Texis. Chepe Diablo, el Alcalde de Metapán y El Burro se repiten. Los informes tienen fotos de ellos juntos, en fiestas, en jaripeos… También revelan que mantienen una relación cercana, que se comunican y coordinan operaciones.

¿Qué tipo de operaciones coordinan los líderes del cártel? Los informes ejemplifican con hechos. La noche del sábado 8 de mayo de 2010, por ejemplo, José Adán Salazar Umaña mantuvo una reunión en uno de sus seis hoteles. La cita fue en el hotel Tolteka, ubicado en la entrada al departamento de Santa Ana. Llegó en un carro todoterreno. En la cita estuvieron Roberto Herrera, El Burro; un abogado al que la Policía y el cártel conocen como El Sapo, y otro miembro del cártel al que apodan El Men, quien había llegado en representación de un especialista en lavado de dinero y a quien vigilan y persiguen la Policía y la DEA.

El Detective comentó que en la reunión, Chepe Diablo recomendó a los principales miembros de la organización evitar la portación de armas de fuego. Argumentó que no era conveniente, que lo mejor era comprar protección de la PNC y del ejército. Para hacer efectiva la recomendación propuso con urgencia la creación de un fondo especial para el pago de sobornos a jefes policiales y oficiales militares.

Los espías habían realizado bien su trabajo. El Burro, por ejemplo, es un hombre al que la Policía le tiene un récord de siete antecedentes penales en El Salvador, entre lesiones menos graves, estafa y portación, tenencia y conducción de armas de guerra. Este salvadoreño también tiene nacionalidad estadounidense. En ese país, en California y Texas, fue detenido siete veces por portación de armas, intento de robo, posesión de vehículo robado, asalto agravado con arma, por lo que fue condenado a cinco años de libertad condicional y pago de una multa de 500 dólares.

El martes 18 de enero de este año a las 6:42 de la tarde, un fax etiquetado como “URGENTE” llegó a las oficinas de Interpol en San Salvador. El mensaje explicaba que dos agencias federales de los Estados Unidos buscaban a El Burro. Una de ellas, decía el texto, no pediría la extradición y la otra aún no confirmaba si lo haría. Por eso, la Interpol con sede en Washington solicitaba: “Favor de avisarnos si su país tiene la ubicación sobre el precitado con fines de detenerlo si la respuesta de la segunda agencia es afirmativa”.

Un mes después, agentes policiales salvadoreños lo persiguieron y lo retuvieron. Al día siguiente, La Prensa Gráfica reportó el hecho en su portada: “Capturan a presunto narco de occidente”. Sin embargo, la captura fue más una retención de horas. Hubo una confusión entre los agentes salvadoreños y la Interpol de Washington. Finalmente, ninguna de las dos agencias federales de Estados Unidos solicitó la extradición, por lo que no hubo argumentos para mantener detenido a El Burro.

Sus seguidores policiales en El Salvador concluyeron en 2010 un informe exclusivo sobre El Burro, que asegura que en El Salvador tiene contactos al más alto nivel. Para muestra, anécdotas: entre enero y febrero de 2010, los investigadores reportaron haberlo visto en una reunión en su hacienda El Rosario, de Santa Ana. Lo acompañaba el comisionado policial Fritz Gerard Dennery Martínez, jefe de la División Antinarcóticos del país. Ahí se reunieron con personas de Guatemala y México. A tres de estas personas, luego se les comprobó su pertenencia al cártel mexicano de Los Zetas. Un informe anexo que fue realizado para la administración actual del Ministerio de Seguridad y Justicia consigna con más contundencia cómo participa este alto funcionario.

“Está involucrado con la estructura de narcotraficantes que opera en occidente… Es señalado por varios testigos de recibir grandes sumas de dinero en efectivo y vehículos. También le proporciona información y despeja rutas de tráfico del occidente salvadoreño a la estructura. Ha participado en varias reuniones con El Burro y otros narcos del occidente en la Hacienda El Rosario, ubicada en la calle de Texis a Metapán”, dice el documento.

De todos los policías vinculados por los documentos al Cártel de Texis, este fue el único que puso a dudar a dos altos jefes policiales consultados. A pesar de que dijeron no tener conocimiento de sus reuniones en El Rosario, ambos justificaron a Martínez, asegurando que es uno de los hombres clave en la lucha contra el narcotráfico en el occidente del país.

El Primer Informe explica que El Burro y sus aliados operan redes numerosas. Por ejemplo, menciona que José Adán Salazar Umaña tiene al menos 41 personas y 19 vehículos en su red de distribución de cocaína tanto a nivel nacional como internacional. También explica que esa red opera en cinco zonas del país: Metapán, Ciudad Merliot, Centro Penal de Apanteos, Centro Penal La Esperanza (Mariona) y Apopa. Dicho informe tiene el número de placas de cada vehículo, el número de identificación tributaria (NIT) y el nombre de cada una de las personas de la red. A nivel internacional, los dos informes coinciden, al igual que El Detective y El Comisionado, en que el Cártel de Texis encaja como organización libre en el tráfico latinoamericano de cocaína. No son lugartenientes de los poderosos mexicanos ni de los colombianos que resurgen luego de sus años de crisis. Son empleados de quien pague. Pasan la mercancía de quien tenga el dinero.

La ruta que inicia en San Fernando es el eslabón más importante que El Salvador aporta a todo el tránsito latinoamericano de la cocaína que viaja hacia Estados Unidos.

Los informes van desde lo grueso hasta lo particular. Por ejemplo, un anexo del Segundo Informe incluye el tipo de funciones que realiza El Burro dentro de la organización. Dice el anexo: “El 12 de junio de 2009, El Burro coordinó el envío de 40 miembros de la pandilla MS a recibir adiestramiento de tipo militar de parte del “Grupo Los Z” en la zona conocida como La Laguna del Tigre, jurisdicción del departamento del Petén, Guatemala; de estos 40 pandilleros, 12 eran de nacionalidad salvadoreña; el resto, hondureños y guatemaltecos”.

La información sobre la supuesta relación de pandilleros y Zetas en aquella laguna guatemalteca apareció publicada en medios nacionales, e incluso en algunos extranjeros como la BBC.

El 14 de julio de 2010, espías policiales siguieron a El Burro hasta el restaurante Lover’s Steak House, de Santa Ana, y lo que ahí escucharon lo escribieron en el informe de 45 páginas que está dedicado a este personaje y sus conexiones. Ahí se reunió con tres comensales: el comisionado policial Víctor Manuel Rodríguez Peraza, jefe de la Delegación de Santa Ana; la subinspectora Nataly Pérez Rodríguez y la ex gobernadora departamental Patricia Costa de Rodríguez. Ella fue diputada suplente por el partido de derechas Arena pero terminó el período 2006-2009 en el de izquierdas FMLN. En marzo de este año abandonó el cargo de gobernadora para ser candidata a alcaldesa de Santa Ana por Arena. En la reunión, El Burro habló de los problemas que el comisionado Mauricio Arriaza Chicas, jefe regional de occidente, estaba poniendo al no querer colaborar con la estructura de tráfico de cocaína y ganado. Dos altos mandos policiales que no participaron en la elaboración de este documento aseguraron que conocen de la colaboración de la ex gobernadora con la estructura. El documento cita que la ex funcionaria se ofreció para negociar el traslado de Arriaza Chicas.

—Se está poniendo pendejo, hay que buscar la forma de apartarlo –sentenció El Burro.

También menciona el documento que en otra reunión fechada el 25 de julio de 2010, pocos días después de la anterior, esta vez en el restaurante El Ganadero, en la Feria Ganadera de Santa Ana, El Burro entregó al comisionado Peraza y a la subinspectora Pérez Rodríguez “un rollo de billetes”.

Los informes, confirmados por las voces policiales que nos guiaron, ubican a El Burro como un hombre de contactos al más alto nivel dentro de la Policía. Y no solo se refieren a contactos recientes, como el Comisionado antes mencionado, que había sido nombrado en el cargo apenas cinco meses antes de que, como se consigna, El Burro le entregara el rollo de billetes.

“Cuando José Luis Tobar Prieto fue director de la Policía, El Burro lo utilizaba como enlace de algunas actividades”, dice el informe anexo que detalla las conexiones del Burro. Tobar Prieto fue director de la PNC hasta mediados de 2009.

En el otro informe policial anexo, el que fue realizado para las jefaturas del Ministerio de Seguridad y Justicia, Tobar Prieto vuelve a aparecer como alguien que se vinculó con estructuras del narcotráfico y en actividades de lavado de dinero mientras fue director de la institución.

El Primero y el Segundo Informe crecieron cuando nuestras fuentes agregaron más comunicaciones oficiales de la Policía a esos archivos. Ambos son ricos en especificaciones, pero dejaban ciertos vacíos que solo las respuestas a las 13 preguntas que hicimos a El Funcionario podían respondernos en aquel momento.

Desde la última cita con El Funcionario habían pasado dos semanas. Él había prometido pensar, decidir si contestaría a nuestras preguntas, y fuimos a escuchar su decisión. Esperamos media hora hasta que alguien nos avisó que El Funcionario estaba ocupado en una reunión, pero que quería decirnos algo, que entráramos a su despacho. No nos dejó pronunciar ni una palabra. Estaba realmente apurado.

—Miren, yo ya les advertí, ustedes sabrán en qué se meten. No les puedo dar el documento, pero tienen media hora para sacar de él toda la información que puedan –dijo, y acto seguido lanzó sobre una mesa el documento membretado en cada una de sus páginas con la inscripción “Secreto”. Por primera vez tuvimos para nosotros un informe no policial, el Informe Secreto, proveniente de una de las instituciones del gabinete de Seguridad, que contestaba con datos de inteligencia a 13 preguntas que realizamos, y que van desde quiénes son los hombres de confianza de Chepe Diablo hasta qué funcionarios lo respaldan y cuál es su sistema de almacenaje y transporte de la cocaína.

Al salir del despacho de El Funcionario tuvimos, por primera vez, los tres informes que son la base de esta investigación. Los analizamos, los comparamos y obtuvimos rutas respaldadas por mapas, coincidencia de nombres de policías, diputados y alcaldes, vínculos con asesinatos y pandilleros. Luego corroboramos toda la información al recorrer dos veces El Caminito y otras zonas del país, lo que nos permitió conversar con militares de terreno, ex policías frustrados por las dinámicas fronterizas de la corporación e inspectores de Hacienda. Asimismo, estudiamos registros mercantiles, declaraciones de renta incluidas en los informes y órdenes de captura internacionales.

Los señalados como cabecillas del cártel son empresarios metidos en el mercado de los granos, en la ganadería, dirigentes del fútbol, dueños de hoteles… Este último negocio, el de los hoteles, hizo brillar a Chepe Diablo. Fue por ese lado que un fiscal empezó a notar su bonanza financiera y a sospechar. Este ex fiscal de la Unidad de Delitos Financieros supo de José Adán Salazar desde 2003.

—Es un señor que parece un contador, su oficina estaba en el sótano del hotel Capital, en San Salvador. Sus hoteles nunca han estado llenos, y esa es una forma muy conocida de lavar dinero, dedicarse a servicios que nadie puede comprobar —nos dijo el ex fiscal.
—¿Pero formalmente no estaba siendo investigado? –indagamos.
—Les explico: siempre ha sido sospechoso de lavar dinero, pero les mentiría si les digo que alguien trabajó como se debe este caso, pues para eso hay que tener luz verde. Procesarlo es otra cosa.

Parte II: Las cuentas sospechosas

La historia empresarial de José Adán Salazar Umaña comenzó en 1990. Según el Registro de Comercio, ese año Inversiones Salazar debutó en “la compra de cartera e inversión financiera”. Era una empresa familiar: los otros dos accionistas eran su esposa, Sara Paz Martínez Bojórquez, y su hermano Marcos Francisco Salazar Umaña, que ahora es diputado suplente del partido Arena por el departamento de Santa Ana.

La empresa dejó de reportar operaciones al Centro Nacional de Registros (CNR), en 1995, el mismo año que tuvo problemas para cobrar unos cheques sin provisión de fondos. Inversiones Salazar tenía activos por 49 mil dólares y alguien le había pagado deudas por 33 mil 535 dólares que en el balance general de la compañía fueron clasificados como “estimación para cuentas por cobrar de dudosa recuperación”. Desde entonces, ya no reportó actividades al CNR.

Un año después, en 1996, Salazar Umaña regresó al CNR a fundar otra empresa: Hoteles San José. En septiembre de 2004, se le unió una segunda empresa, llamada Servicios Turísticos.

En el Registro de Comercio, en las dos compañías aparece como socio de Salazar Umaña su hijo, José Adán Salazar Martínez. Mencionar a esas dos empresas es hablar de seis hoteles. Hotel Capital, en San Salvador; Hotel Pacific Sunrise, en el Puerto de La Libertad; Hotel Tolteka, en Santa Ana; Hotel San José, en Metapán; Hotel Bahía Dorada, en La Paz, y Hotel Sevilla, en Usulután.

Salazar Umaña dice que el éxito de sus negocios ha sido producto de la buena fortuna. “El hotel San José, en Metapán, fue un éxito financiero, gracias a un golpe de suerte ya que en pocos años había recobrado la inversión y todavía me quedó un poquito de ganancia, entonces me gustó y comencé a buscar créditos para un segundo proyecto: el Hotel Capital”, declaró al periódico santaneco El País, en julio de 2009.

Para llegar a ese éxito, Hotesa tuvo que endeudarse. El balance general de 1996 consigna que la empresa le debía a su mismo dueño, José Adán Salazar Umaña, 285 mil 700 dólares (2.5 millones de colones) por el terreno y el edificio del hotel metapaneco. Dos años después, la deuda ya no era con Chepe Diablo. Según el balance general de 1998, Hotesa adquirió un préstamo con la banca por 514 mil 67 dólares que le concedió el Banco Desarrollo.

Esas no son las únicas empresas de Salazar Umaña. Él también tiene participación en otras tres sociedades: Salazar Espinoza, S.A de C.V., Agroindustrias Gumarsal y Servicios Logísticos, según un informe de inteligencia policial titulado “situación fiscal” que coincide con los datos del Centro Nacional de Registro. Según la escritura de constitución, Servicios Logísticos se formó para dedicarse a “actividades relacionadas al transporte”. Uno de los fundadores es el diputado suplente Marcos Francisco Salazar Umaña, pero esa sociedad nunca reportó actividades empresariales al Registro de Comercio.

Pero no fueron ni sus seis empresas ni sus 14 propiedades inmuebles ni sus 35 vehículos -26 de ellos ya traspasados- los que despertaron las sospechas de la DEA. En una carpeta de investigación esa agencia estadounidense envió a la Fiscalía en 2001, se mencionaba a Salazar como sospechoso de lavado de dinero y narcotráfico, una acusación que salpicaba a una empresa constructora de su primo, Salazar Romero, S.A. de C.V., en la cual Chepe Diablo aparentemente no mete mano.

Otro ex fiscal, que trabajaba en el área antinarcóticos, conoció esas investigaciones.

—La DEA hizo su propia investigación. El problema era que algunas diligencias las revelaban a la Fiscalía y otras no. Recuerdo que en este caso ellos tenían una buena fuente de información, un informante, y en realidad no sé por qué nunca reventaron el caso.

El documento que el ex fiscal citó incluía las sospechas de la DEA sobre la constructora, que pertenece a familiares cercanos de Chepe Diablo. La compañía fue creada el 22 de abril de 1994 por José Raúl Salazar Landaverde. Su socio y representante legal de la empresa es su hermano Carmen Salazar, ex alcalde de Metapán por el partido Arena desde 1988 hasta 1994. Ambos son primos de Chepe Diablo.

Cuando la DEA incluyó esta empresa en la carpeta de investigación que remitió a la Fiscalía, sospechaba que podía haber lavado de dinero.

Otro que tiene sus propias empresas y que en el Primer Informe aparece como socio de Chepe Diablo es Juan Umaña Samayoa, alcalde pecenista de Metapán. Este ha invertido en granos. El 23 de mayo de 1997 fundó Agroindustrias Gumarsal, empresa dedicada al procesamiento de arroz y comercialización de productos de la canasta básica. A esta empresa se suman Gradeca, S.A. de C.V. y Agroarroz, S.A. de C.V.

Aparte de las empresas, el alcalde ha adquirido 34 vehículos que ha ido traspasando principalmente a sus empresas y familiares. Cinco camiones, cuatro tractores, dos furgones, dos rastras, un cabezal y el resto de vehículos livianos.

El alcalde Juan Umaña reportó al fisco que entre 2006 y 2009 percibió ingresos por 141,572 dólares. Esto es, unos 35 mil dólares al año entre 2006 y 2009.

El tercer personaje señalado por los informes como líder de la estructura, Roberto “El Burro” Herrera, reporta ingresos similares a los del alcalde. En cuatro años, de 2006 a 2009, percibió 139,849 dólares, según los datos que presentó a Hacienda. Sus ingresos provienen de dos actividades: comerciales y agropecuarias.

En cuanto a sus declaraciones de renta, en 2005, El Burro hizo una declaración que reportaba un salario mensual de 565 dólares e ingresos totales por 6,790 dólares. Para 2007, los 6,790 dólares ascendieron a 31,517 dólares. Un año después llegó a los 40,000 y en 2009 casi llegó a los 50,000.

En cuanto a vehículos, Chepe Diablo no se queda atrás del alcalde. A su nombre hay nueve vehículos, entre ellos una camioneta Porsche Cayenne y otros 26 que ha vendido o traspasado, por ejemplo, a la Alcaldía de Juan Umaña Samayoa.

Los amigos del camino

El Caminito que recorremos continúa entre calles, callejuelas y anécdotas de El Detective, que ora cuenta de una mansión en un pueblito, ora de un restaurante donde se reúnen a planificar. Pero, sobre todo, la conversación que brota con los kilómetros contiene nombres de personas, cargos y nombres de partidos políticos.

El camino de polvo que empieza en San Fernando lleva montaña abajo. En casi una hora estamos en Dulce Nombre de María, que tiene agua potable, luz, teléfono, correos, un puesto de Policía, un juzgado de paz, internet…

—Aquí estaba un jefe de la policía que se hizo rico. Tiene grandes terrenos, caballos, muy amigo del ex director Menesses –suelta de repente El Detective, que nos conduce en este viaje.

Esa versión la corroboraríamos después, cuando escucharíamos hablar del subinspector José Alfonso Mata Portillo.

Hace 21 meses, el 12 de agosto de 2009, a 25 kilómetros de Dulce Nombre de María, cerca de la presa del Cerrón Grande, fueron detenidos José Gerardo Ventura y Juan José López López. Los detuvieron en dos vehículos, cuando realizaban una negociación. En el pick up de López López fueron encontrados 88 kilogramos de cocaína, y el 10 de febrero de 2011 fue condenado por el Juzgado de Sentencia de Sensuntepeque a purgar 10 años de prisión. La droga fue valorada por la Fiscalía en 2 millones 216,650 dólares. El Informe Secreto asegura que esa red, la del Cártel de Texis, era la propietaria de esos 88 kilogramos de droga.

A solo 15 minutos de distancia de Dulce Nombre de María llegamos a una súper carretera, la gran obra casi terminada del proyecto Fomilenio: la Carretera Longitudinal del Norte. Esta conectará la frontera entre La Unión y Honduras con la frontera entre Santa Ana y Guatemala. Una línea casi recta de pavimento y cuatro carriles que cruza de punta a punta el norte de El Salvador.

—Bonita les están dejando la autopista —ironiza El Detective—. Como dicen los gringos y los hermanos lejanos: es un freeway, ja, ja, ja. La verdad, es un conducto abierto para el paso de coca, ganado y armas.
—¿Pero hay retenes? –preguntamos.
—Ja, ja, ja –vuelve a reír El Detective—. Mire, ahí hay un retén. ¡Es casi anunciado! Hay horarios, y los narcos los tienen. Los jueves y los viernes hay fiesta, son los días de retén. El viernes que más dinero ganan los policías que cuidan.
—Ajá, explíquenos eso.
—Usted viene en un camión cargado con cocaína o ganado de contrabando, ese que viene de Honduras. En el retén, el jefe de delegación que los puso ya sabe a qué policías mandó, los policías ya saben cómo operar. A lo mucho son dos.
—No terminamos de entender.
—¡Les dan 10 dólares, 100 dólares, y pasan! Con esta calle llegan más rápido.

El tramo de la carretera de Fomilenio, como ya ha sido bautizada por los habitantes de la zona, está también en el ojo del Cártel de Texis. No sólo sirve cómo vía rápida para acortar El Caminito, sino que también buscan utilizarla como una excusa para lavar dinero, según documentos oficiales de la Policía.

Fomilenio es un proyecto de desarrollo para la zona norte del país financiado con donativos de los contribuyentes estadounidenses. En septiembre del año pasado, una oficina de la Policía escribió un memorando confidencial en el que alertaba a las autoridades del gobierno salvadoreño sobre un grupo de narcos que estaban metiendo papeles para lavar dinero a través de la Cuenta del Milenio, que es el fondo con que se financia la carretera Fomilenio.

El memorando explica que una familia de narcos logró obtener un préstamo de 600,000 dólares a través de un proyecto de Fomilenio para el desarrollo agropecuario en la región. También dice que Reynaldo Cardoza, actual diputado del PCN, vinculado con la estructura criminal estaba buscando un préstamo de 800,000 dólares.

La familia de narcos a la que se refiere el memorando incluye a uno de los prófugos más buscados por la Policía. Se trata de un narcotraficante vinculado a una estructura de pandilleros de la Mara Salvatrucha. Es conocido como Medio Millón.

“Se ha logrado individualizar que Marcos Cisneros Mata (padre fallecido), José Misael Cisneros Rodríguez (a) Medio Millón, Manuel de Jesús Cisneros Rodríguez (a ) Millón, Douglas Alfredo Cisneros Rodríguez (a) Melón, José Moisés Cisneros Rodríguez y David Elías Cisneros Rodríguez son miembros activos de una estructura de narcotraficantes que manejan y controlan la mayoría de zonas y rutas de la zona norte de Chalatenango”, dice un documento que se escribió como anexo al Segundo Informe.

El Banco Multisectorial de Inversiones autorizó el desembolso el 28 de agosto de 2009 y, como prueba, la PNC envió el número de acta del comité de inversiones a los altos cargos del gabinete de Seguridad de El Salvador.

Medio Millón es, según la Policía y la Fiscalía, un narcotraficante de la zona occidental, señalado como socio de la Fulton Locos Salvatrucha, y uno de los más buscados por la PNC. De este personaje sabríamos mucho más cuando nos encontramos, más adelante, en su lugar de operaciones.

Una vez en la carretera asfaltada, El Detective vuelve a referirse a los narcos.

—¿Sabe quién más opera en esta zona? —pregunta, a sabiendas de que no sabemos, y entonces él mismo responde casi de inmediato—. El Rey, el diputado del PCN.

El Detective nos acaba de dar otro sobresalto.

—¿Reynaldo Cardoza?
—Ajá, él es otro de los malos. Tiene una pistola de oro, se la logramos decomisar, pero se la devolvió el juez –explica El Detective, que asegura que conoce a los colegas que realizaron el operativo donde le decomisaron el arma.

Vamos en un carro cuatro por cuatro y anotamos más peticiones de documentos para El Funcionario, El Comisionado y el resto de fuentes que conocen del Cártel de Texis.

El Rey, ese diputado del PCN, también aparece en la lista de personas que la PNC ha clasificado como narcotraficantes y que quieren usar Fomilenio para lavar dinero. A Cardoza lo ubican en las cercanías del Cártel de Texis, no como parte de la red, sino como aliado. El documento dice que el diputado del PCN es uno de los principales miembros de la estructura de narcotraficantes de la zona norte de Chalatenango. Dice también que se ha presentado ante las oficinas centrales del Banco Mutisectorial de Inversiones para solicitar un crédito de 800,000 dólares.

El 13 de septiembre de 2005, Reynaldo Cardoza fue capturado por la Policía acusado de pertenecer a una red de traficantes de personas y de la violación de dos menores de edad. Fue capturado junto a Juan Ovidio Cerón Moreno, un ex policía que fue arrestado y expulsado de la corporación por su vinculación con la banda de robafurgones de Margarita Parada Grimaldi. Al ahora diputado le decomisaron una pistola Jericho con una placa dorada con su nombre grabado. Según la Policía, esa placa es de oro. Además, le decomisaron una licencia de conducir mexicana, en la que la foto del diputado aparecía con un nombre diferente: Reinaldo Guerra Flores.

Cardoza quedó en libertad bajo fianza de 2,000 dólares en noviembre de 2005. Un año después, en noviembre de 2006, el caso se cerró definitivamente, ya que la Fiscalía no presentó la solicitud para reanudarlo. Dos años y dos meses después, en enero de 2009, fue elegido diputado del PCN.

De la autopista a los caminos de tierra

San Sebastián Salitrillo es la estampa de un pueblito. Así, con lo que conlleva el diminutivo. Cinco viejitos se sientan en las escaleras del parque a tomar el fresco bajo un árbol y a saludar a quien pase. Se sientan ahí porque queda justo frente a la cuadra más emocionante del lugar, la acera de la Alcaldía, donde unas 10 personas esperan en la puerta la llegada del alcalde como quien espera en la puerta de casa a un familiar. Las calles son de adoquín, las casas de teja, y el pueblo, todo él, una cicatriz de cemento delgada y recta en medio del monte. Es un conglomerado de cuatro cantones y 21 caseríos.

Llegamos hasta ahí a finales de marzo, cuando todavía no habíamos comprendido a la perfección la ruta precisa de El Caminito. Sin embargo, conocíamos ya sus principales puntos, sus dos brazos. Salitrillo, como lo conocen sus habitantes, seguía siendo una incógnita. ¿Por qué El Funcionario y El Detective nos mencionaron este lugar como clave? ¿Qué papel juega este pueblito en la ruta si no está justo en ella, si no es frontera con Guatemala, si no tiene más que calles de tierra? De hecho, Salitrillo queda del otro lado, en sentido opuesto. En lugar de estar entre las ciudades de Santa Ana y Metapán, está al suroeste de Santa Ana, en dirección opuesta a Metapán. Estábamos perdidos, pues, pero gracias a eso, comprendimos cómo las rutas marcadas se desvían lo necesario para alternar entre pueblitos y autopista.

Como esas 10 personas, entramos a la Alcaldía cuando entró Francisco Castaneda, el alcalde del FMLN, un hombre muy respetado en su comunidad. A él nunca le mencionamos nuestro verdadero interés. Para poder conversar sobre estas rutas, nos presentamos como unos reporteros cándidos que pretendían enterarse de cómo es que un lugar como este era eslabón de las rutas del contrabando, de la bagatela, de ganado y mercadería sin permiso y, de rebote, droga. Así en seco, sin nombres ni organizaciones.

Fuimos al grano, le preguntamos por qué su municipio sonaba tanto en esto del contrabando.

—Es que estamos en la red de caminos rurales. Esa mercadería no se tira por carretera directamente, se mete en estos pueblitos, utiliza los caminos de terracería y vuelve a salir a la autopista.
—¿Pero hablamos de personas caminando con cosas o de…?
—Nooo, aquí pasan furgones por estos caminitos, que se pierden allá atrás del pueblo. Pasa gente vinculada al narco y eso se vincula con el problema de las pandillas, de redes asentadas aquí para esa actividad, y eso es lo que perjudica al municipio, no el paso en sí, sino las necesidades que el paso genera.

Salitrillo cuenta con 50 policías que se turnan y que tienen tan solo dos patrullas que cubren no solo el casco urbano, sino las urbanizaciones como Ciudad Real, que están sobre la carretera y que, según datos de la Alcaldía, han llevado a duplicar el número de habitantes del municipio hasta dejarlo en 30,000.

Ciudad Real es un proyecto de aquella empresa constructora –Salazar Romero- valorada en más de 70 millones de dólares que despertó las sospechas de la DEA.

—En esas zonas residenciales que han proliferado se hace evidente que el contrabando nos ha alcanzado. En esas zonas nuevas no tenemos claro quiénes son sus habitantes –continuó Castaneda.

El alcalde fue amable, pero lo que nos dijo no nos bastó. Aunque salimos de su despacho convencidos de que lo que se transporta por esa zona no se trata de pequeñeces sino de rutas alternas, puntos de quiebre del Cártel de Texis para abandonar y reincorporarse adelante en El Caminito, necesitábamos más detalles. Gracias a un diputado santaneco logramos acceder a otra fuente que tiene bien estudiado el fenómeno de cambio que ha tenido el lugar.

Visitamos al informante y, de nuevo, los pactos del temor volvieron, y el anonimato con ellos.

La conversación fue breve y, en resumen, lo que nos contó es una historia que bien podría aplicarse a los narcos de El Salvador. Contrabandistas que cuando descubrieron algo mejor que contrabandear dejaron los quesos y se dedicaron a la cocaína.

—Aquí en este pueblito que antes era bien tranquilo se ha venido gente rara en sus grandes carros. Vienen a intentar comprar a los policías, a ofrecerles dinero así, como cheradas, como en buena onda. Necesitan asentarse en la zona. El tráfico de ganado y de vehículos pick up que se internan en los caminos comunales así sin más, y que seguro transportan droga, a veces se da a la luz del día, y llegan días en que cada cinco minutos pasan. Así, sin control –nos explicó el informante de Salitrillo.

La cuna del Cártel

Texistepeque es el lugar de nacimiento de la mayoría de los mencionados como los narcos que controlan El Caminito. Un municipio de poco más de 20 mil habitantes ubicado entre Santa Ana y Metapán, donde el Ministerio de Gobernación tiene identificadas como propiedades del narco algunas construcciones impresionantes, según cita en su página web.

En ese terreno es donde vive y coordina sus operaciones uno de los principales miembros del cártel: El Burro. Así lo señala un informe policial anexo que habla solo de este personaje, y que nos fue entregado por El Detective. Este personaje, según el documento, tiene una de las propiedades más sobresalientes del paisaje, una gran casa de incontables habitaciones, que a pocos metros tiene una especie de palenque donde ha sido visto el alcalde municipal, Armando Portillo Portillo, otro importante personaje de la estructura señalado en los informes.

La Policía mantiene una permanente vigilancia sobre esta propiedad de uno de los miembros del Cártel.

Portillo Portillo es un señor gordo en el que sobresale un delgado y peinado bigote. En una foto del Informe Secreto aparece sentado en su oficina y en un informe policial aparece junto a Chepe Diablo y El Burro. Es su primer período como alcalde y ganó las elecciones pasadas arropado bajo las banderas de una coalición entre PDC y FMLN.

Al pie de la foto, el Informe Secreto presenta a este jefe municipal como uno de los salvadoreños vinculado al Cártel de Sinaloa, de México. Aparece en la misma línea de mando que Chepe Diablo, El Burro y el alcalde de Metapán, en la mesa principal de los comensales que se alimentan de la ruta de El Caminito.

Los miembros del Cártel de Texis se reúnen y se ponen de acuerdo, pero no es una estructura vertical. El Burro tiene una cadena de gente que lo sigue, Chepe Diablo tiene otra cadena, el alcalde de Metapán y el de Texistepeque también, como el diputado del PCN y su primo, ex diputado del PDC. Esas estructuras, se lee en los informes, son locales y se enlazan para operar. Los capos del Cártel de Texis se ponen de acuerdo, coordinan.

Vamos en un carro cuatro por cuatro de la Policía que no ostenta ningún distintivo. Ya pasamos por San Fernando, Dulce Nombre de María y estamos en medio de la llamada calle Fomilenio. Vamos rumbo al tramo final, al lugar donde domina con más descaro el Cártel de Texis. Mientras avanzamos, conversamos con El Detective sobre la capacidad que han tenido estos narcotraficantes para operar impunemente. El Detective se queja, como hace desde que lo conocimos, porque desde su óptica no logra entender cómo es que teniendo tanta información de los servicios de inteligencia esta gente continúa por las calles.

Parte III: El manto protector del Cártel de Texis

Hace apenas dos semanas tuvimos la ocasión de sentarnos a charlar detenidamente con el subdirector de investigaciones de la PNC, el comisionado Howard Cotto. Llegamos a él con la duda que carcome a El Detective. Aunque ya teníamos una noción de cómo es que el Cártel de Texis logra seguir operando luego de más de 10 años de pistas que entran y salen de todos los despachos de los altos funcionarios vinculados al tema de seguridad. Necesitábamos escuchar qué respondía la institución encargada de combatir el crimen junto a la Fiscalía.

—Mire, lo que de verdad no entendemos es por qué no los procesan judicialmente —le comentamos.
—Vaya, le voy a contar una experiencia, tal vez así entienden. Hace un tiempo realizamos un operativo para secuestrar archivos documentales de uno de los miembros de esta estructura… Esto no es caricatura, la Policía tiene bien claro que obtener una orden de cateo en todo occidente es casi imposible. ¡Si supiera la amistad con ellos que tiene el juez más importante de ahí! El caso es que logramos obtener una orden de allanamiento a través de otro juez. Entramos a muchas propiedades y encontramos armas de guerra que no podía justificar. Hoy anda prófugo. Les cuento esto porque también encontramos otra sorpresa: este señor tenía en su casa una gorra que, por el identificativo, solo podía haber pertenecido a un director de la Policía.

El dueño de la casa donde la Policía encontró 13 armas, entre ellas dos de uso privativo de la Fuerza Armada y granadas, en abril de 2010, se llama Leonel Sandoval Villeda, y está prófugo y con orden de captura internacional girada por la Interpol. Sandoval Villeda se fugó luego de que el juez tercero de instrucción de Santa Ana le otorgara libertad bajo fianza de 100 mil dólares. Sandoval Villeda pagó la fianza, pero nunca volvió a presentarse.

Aunque lograron obtener orden de allanamiento con otro juez, la treta al final no pudo impedir la huida de Sandoval Villeda. Y el “importante juez” al que se refirió el jefe policial se llama Tomás López Salinas, un funcionario que ya es investigado por la Corte Suprema de Justicia por dejar en libertad a una banda de traficantes de personas. El Departamento de Investigación Judicial de la Corte Suprema de Justicia tiene el expediente del juez Salinas en la lista de los cinco casos más graves por resolver.

A finales de 2010, Salinas, juez especializado de instrucción de Santa Ana, dejó libres a nueve personas acusadas de integrar una red de tratantes, dos de ellas acusadas además de violar a una niña. En síntesis, el razonamiento del juez fue que los acusados fueron víctimas de engaño por una menor de edad que deseaba prostituirse.

El Detective, El Comisionado y Cotto coinciden en algo: en que los narcos de occidente han estado actuando con total libertad en gran parte porque los esfuerzos investigativos incluso a nivel judicial se metieron en oriente, en el caso de Los Perrones.

Intentamos conocer sobre las diligencias que ha realizado la Fiscalía General de la República en occidente. El 1 de febrero pasado pedimos una entrevista con fiscales de la División Élite contra el Crimen Organizado y la Unidad Antinarcotráfico. Además, pedimos entrevistas con los fiscales que, en la etapa de vigilancia penitenciaria, han dado seguimiento a la condena que se le impuso al concejal de Metapán Amadeo Figueroa Morales. Al cierre de esta nota, esa institución no ha resuelto sobre las tres peticiones de información.

Los personajes vinculados al Cártel de Texis se ven constantemente involucrados en hechos que siguen llamando la atención de la Policía, pero esto no parece traducirse en investigaciones desde la Fiscalía. Ejemplos llamativos sobran: el 16 de noviembre de 2010, José Salvador Cardoza, ex diputado del PDC por Chalatenango y mencionado por nuestros tres principales informantes como cómplice del Cártel de Texis, sufrió un secuestro e intento de asesinato. José Salvador Cardoza es primo de El Rey, Reynaldo Cardoza, el diputado por el PCN.

—¿Los señores Cardoza operan juntos? –preguntamos al jefe policial.
—Cada uno anda en lo suyo, pero los dos son gruesos. Les decía, a Salvador lo secuestraron, le quemaron el carro, no lo mataron porque no quisieron. Le dispararon un balazo en cada pierna, por las nalgas. ¿A quién le pasa eso?

Este atentado ocurrió en un municipio perdido de La Unión, Nueva Esparta. El ex diputado del PDC andaba esa vez con Alfredo Portillo Portillo, hermano del alcalde de Texistepeque. Este hecho, que durante uno de nuestros encuentros El Detective nos relató, aparece consignado en el Informe Secreto. El informe agrega que Cardoza sufrió el atentado cuando supuestamente supervisaba los trabajos de una empresa constructora de su propiedad.

Los hechos hablan de las dificultades para judicializar a los narcos de El Caminito. Sin embargo, fue un documento que recibimos casi al final, un último informe macro que describe los puntos de encuentro del Cártel de Texis con otras estructuras similares, el que nos dejó claro cuán difícil es para la Policía hacer de este conocimiento prueba judicial.

En la parte de recomendaciones para operar contra esa red de cárteles salvadoreños, los policías de inteligencia se dirigen a sus jefes en una especie de lista de deseos que devela lo que de momento no tienen.

Ahí se pide un equipo especializado en homicidios, tráfico de personas, lavado de dinero y activos y contrabando de mercadería. Se pide que ese equipo esté fuera de cualquier puesto policial y que se entienda solo con el Subdirector de Investigaciones, a fin de evitar la filtración de información. Se pide un grupo selecto de fiscales y el involucramiento del ministro de Justicia y Seguridad, el director de la PNC y el mismo presidente de la República.

La realidad dista mucho de la situación requerida. La Unidad de Investigación Financiera de la Fiscalía, por ejemplo, cuenta con solo dos fiscales en todo el país.

Ahí donde se suma la pandilla

El camino que inició en el pueblito fronterizo de San Fernando, que bajó hasta Dulce Nombre de María, que a 15 minutos de carro se convirtió en la flamante autopista de Fomilenio, llega a su punto de quiebre en otro municipio de suelo de adoquines y techos de teja: Nueva Concepción.

Este municipio que también tiene acceso por la nueva carretera de Fomilenio tiene casi 30,000 habitantes, y es la puerta de salida que el Cártel de Texis utiliza para dejar Chalatenango y entrar al departamento de Santa Ana.

Nueva Concepción es el lugar donde el paradigma de operación de los cárteles centroamericanos se rompe. En Guatemala y Honduras, las familias de narcotraficantes han optado por deshacerse de los pandilleros de las dos grandes organizaciones, la Mara Salvatrucha y el Barrio 18. En departamentos neurálgicos del narco de Guatemala, como Alta Verapaz o San Marcos, los pandilleros han sido expulsados por las familias dominantes, bajo amenazas de muerte. En Nueva Concepción, bajo este modelo horizontal de los cárteles salvadoreños, el que tiene control de una zona, tiene carta para participar del negocio, sea pandillero, empresario o policía. En Nueva Concepción, el control del crimen lo tiene la Mara Salvatrucha, y más concretamente uno de sus más poderosos “programas” nacionales que tiene vínculos hasta Estados Unidos: se trata de los Fulton Locos Salvatrucha, y todos señalan como uno de sus cabecillas a un prófugo llamado José Misael Cisneros Recinos, el conocido como Medio Millón.

Todos los informes coinciden en este nombre, a quien mencionan como representante de su pandilla en la organización dedicada al traslado de la cocaína

“Es importante mencionar que, en la relación Chalatenango-Santa Ana, esta estructura se vincula con el narcotraficante Misael Cisneros, quien el 15 de septiembre de 2010 escapó de un cerco policial que pretendía capturarlo en Nueva Concepción. Se considera que además de traficar cocaína, también abastece de armas a pandillas de la zona y posee acercamientos con mandos locales de la PNC”, dice el Informe Secreto.

A diferencia de los otros documentos, que lo ubican como miembro activo de la MS, este último lo deja en el grado de socio.

Respecto a cómo es que Medio Millón logró burlar un operativo policial que se venía planificando desde hacía meses, todas las fuentes con las que hablamos señalan como culpable a un subinspector activo: José Alfonso Mata Portillo, quien hasta febrero de 2010 fue jefe de la subdelegación de Dulce Nombre de María. De él dicen que fue quien, gracias a la relación que cultivaron cuando operaban en municipios vecinos avisó a Medio Millón de los detalles de la investigación en su contra. Mata Portillo es ahora jefe de la subdelegación de Ciudad Delgado, en el Área Metropolitana de San Salvador.

El Detective nos anexó un documento sobre el perfil de este subinspector. En 2010 su reporte de ingresos fue de 118,879 dólares. El mismo documento policial contiene las placas de los 28 vehículos que supuestamente están a nombre de Mata Portillo, entre ellos varios furgones y tractores. Este anexo cierra con una conclusión:

“Presenta irregularidades en sus declaraciones tributarias. Sus costos y gastos declarados son desproporcionales a sus ingresos”. Desde la jefatura policial no nos dieron un monto exacto, pero nos aseguraron que, en el caso de que reciba bonificaciones extras, no podría sobrepasar los 1,200 dólares mensuales libres de impuestos y descuentos.

Nueva Concepción es de esos lugares que aparentan sosiego y esconden secretos que son susurrados por todos, pero que al ojo inexperto son imperceptibles.

Hacemos una pausa en el recorrido por El Caminito, nos detenemos un momento para conversar con el jefe policial del municipio. El subinspector Quijano Aguilar tiene menos de un año como jefe de este complejo municipio perdido entre llanos secos, una autopista de lujo y cerros de vegetación tostada. Su respuesta era la obvia, que sabe poco, que aún se está enterando, que cree que Medio Millón sigue por la zona -pues sigue dando órdenes a los pandilleros-. Eso sí, cuando le preguntamos cuántos pandilleros podía haber en este pequeño lugar, su respuesta nos dejó muy claro por qué el Cártel de Texis tuvo que asociarse con la Mara Salvatrucha.

—Calculamos que la clica (Fulton Locos Salvatrucha) es de unos 200 muchachos con armas aquí en Nueva Concepción, casi todos ellos ubicados por nosotros.

No se refería al “programa”, sino solo a la clica, al grupo local de este municipio. Una clica grande, importante, suele tener a unos 50 miembros, aún cuando operen en zonas claves de la capital. En este rural punto de quiebre de El Caminito, la pandilla ha decidido cuadruplicarse.

Una potencia que no solo se demuestra en número de miembros, sino en capacidad armada. A las 5 de la mañana del pasado 3 de mayo, un operativo de la 4a. Brigada de Infantería y Descatamento Militar Número Uno, en conjunto con policías, detuvo a 12 presuntos pandilleros en Nueva Concepción. Entre el armamento decomisado en una vivienda del cantón Los Romeros había cuatro fusiles AK-47, un fusil G-3, una subametralladora Uzi y un lanzagranadas M-79.

Nueva Concepción no solo es clave porque agrega pandilleros a la lista que, a este punto, ya contiene a policías, alcaldes, jueces, empresarios y diputados. Nueva Concepción es el recodo, el punto donde El Caminito se divide en dos brazos que salen de Chalatenango para adentrarse en el departamento de Santa Ana. Ambos brazos terminan en la frontera con el departamento guatemalteco de Jutiapa, donde según las autoridades de ese país opera la familia Lorenzana, la más antigua de las familias chapinas del narco, de la que hay registros desde los años setenta.

Según lo recogido de los informantes, de los tres informes y sus anexos, uno de los brazos es más importante que el otro por flujo de cocaína, algo que infieren del control operativo que el Cártel de Texis muestra en cada lugar: más discreto en un ramal y mucho más descarado y monopólico en el otro.

El ramal menor continúa desde Nueva Concepción casi en línea recta. Antes de llegar a la frontera, atraviesa el cantón de Peñamalapa, luego el río Lempa hasta llegar al cantón Guarnecia, luego al caserío El Aguacate, hasta la ciudad de Texistepeque, desde donde parten para la ciudad de Santa Ana. Una vez ahí, se conducen hasta los puntos finales de cruce, los puntos ciegos que rodean los pueblos de Santiago de la Frontera y San Antonio Pajonal.

El otro ramal, el más importante, parte de Nueva Concepción hacia el oculto pueblito de Santa Rosa Guachipilín, que ahora tiene acceso de pavimento gracias a las obras secundarias generadas por la autopista de Fomilenio.

En el primer recorrido hicimos una parada en el camino. Visitamos al grupo de 14 militares que custodian los puntos ciegos alrededor de Santa Rosa Guachipilín, a medio camino entre Nueva Concepción y Metapán. Un lugar desde donde los cargamentos pueden desviarse por caminos rurales hasta buscar puntos ciegos de la frontera. Ahí nos recibió el jefe del grupo, a quien identificaremos como El Sargento.

No se esmeró en vendernos imponentes operativos ni complicados decomisos. Más bien, se mostró resignado ante la inmensidad de la zona y la normalización del paso de mercaderías ilícitas. Nos contó que el soborno está a la orden del día, que por 20 o 30 dólares, algunos militares o policías permiten pasar un camión.

Nos aseguró que el Cártel de Texis tiene un nombre para lo que en México llaman halcones y en Guatemala, banderas. Aquí llaman postas a esos niños, niñas, mujeres y ancianos que no se dedican sino a vigilar qué hacen El Sargento y los suyos, hacia dónde se mueven. Nos dijo que en lo que llegan a un punto ciego como Ostúa, El Valle de Los Quijada, El Despoblado, cerros perdidos en la frontera a más de media hora de lento avanzar en un vehículo con doble tracción, todos los de ese lugar saben que llegará un extraño. Lo dijo de una forma más gráfica.

—Desde que llegás, todos te ven como si fueras un extraterrestre.

Desde el polvoso Santa Rosa Guachipilín, la carretera permite acceder hasta Masahuat, igual de rural, pero más grande. Desde Masahuat, alguna droga se pasa por los cerros de alrededor, nombrados por sus pobladores por particularidades que solo ellos saben discernir. El grueso de los cargamentos continúa su viaje. Intercepta la carretera que conecta Santa Ana y la ciudad fronteriza de Metapán. La droga se incorpora alrededor del kilómetro 99 de esa carretera, y llega a su base final, el centro de operaciones de Chepe Diablo, la última escala antes de internarse en los puntos ciegos que besan Guatemala. La ciudad donde el Cártel de Texis muestra su poderío, su capacidad de sobornar y de matar.

Parte IV: Los policías que llevan coca

Metapán resplandece. Pareciera que el sol está más cerca del pavimento que en otras ciudades. Ciega. Metapán parece de día un gran mercado, al menos su centro, que no es sino unas callejuelas empinadas que desembocan en la carretera que lleva de Santa Ana hacia la frontera de Anguiatú, al norte del lago de Güija. En todas ellas, el comercio bulle, se toma las aceras. Hay ventas por todas partes. Comida, ropa, granos, artículos agropecuarios. Metapán se viste de ciudad fronteriza de Centroamérica.

Al llegar al hotel San José, contiguo a la carretera hacia Guatemala, nos atiende una amable recepcionista, que se despereza cuando suena la puerta que se abre.

—¿Tiene habitaciones?
—Sí.
—¿Dobles?
—Sí.
—¿No suele estar ocupado este hotel?
—Casi no, ahorita solo dos habitaciones tengo ocupadas.

El hotel, uno de los seis de Chepe Diablo, tiene cinco plantas, y cerca de 40 habitaciones. Es normal su desocupación. El costo de la habitación doble roza los 50 dólares en una ciudad acostumbrada a dar alojamiento a camioneros que no viajan con grandes fondos.

Si bien el Cártel de Texis no se descubre como uno de los más violentos de Centroamérica, esta es su ciudad de control por excelencia, su base de operaciones, y también la que ha sido testigo de que este tipo de negocios inevitablemente siembran corrupción y violencia a su paso. Eso consignan los tres informes.

Todos los informes y todos los informantes hicieron énfasis una y otra vez en que la subdelegación policial de esta ciudad pertenece a Chepe Diablo.

En una ocasión, mientras tomábamos un café, le pedimos a El Comisionado que nos contactara con algún agente de su confianza dentro de esta subdelegación. Cuando nos volvimos a reunir, luego de la semana que nos pidió para buscar un perfil como el que le pedimos, su respuesta fue contundente.

—No puedo recomendarles a ninguno.

La violencia, por otra parte, demuestra que el trabajo de funcionario municipal puede ser muy riesgoso en este municipio.

El 1 de diciembre de 2007, Bertín Valle Marín, síndico de la Alcaldía de Metapán, murió de un disparo en la cabeza. La información publicada en los periódicos, basada en lo que dijeron los policías del lugar, resume su asesinato así: dos hombres borrachos se agarraron a tiros en medio de un jaripeo de un cantón sin nombre de Metapán, y Bertín recibió una bala que no iba para él. Pero el Informe Secreto agrega algo que no apareció publicado en las noticias de esos días: dice que durante la investigación del asesinato, el actual alcalde, Juan Umaña, se empeñó en desvirtuar la hipótesis de que se trataba de rencillas entre narcotraficantes.

Ocho meses después, el 4 de agosto de 2008, el síndico que ocupó el puesto dejado por Bertín, fue secuestrado a plena luz del día y en su propio carro, luego fue llevado a un predio de un caserío de Metapán, donde le dispararon 13 veces. Israel Peraza Díaz también era pecenista.

Dos muertos a plomo en menos de un año. Dos síndicos. Y en realidad no eran las únicas víctimas de violencia vinculables a la estructura de Chepe Diablo o a las de sus socios. Tres semanas antes del secuestro y asesinato del síndico, el amigo de Chepe Diablo y alcalde de Metapán, Juan Umaña Samayoa, fue atacado a balazos en una zona muy peligrosa de su municipio. Eran las 8 de la noche cuando iba con tres de sus guardaespaldas en una calle oscura del cantón San Jerónimo. El tiroteo fue de tres contra dos. De tres guardaespaldas que se enfrentaron a dos atacantes resultó muerto uno de los hombres del alcalde. Este transitaba en un camino conocido como “punto ciego”, en San Jerónimo, uno de los lugares clave para la ruta controlada por este cártel.

Y eso no era todo. Dos años antes, el antecesor del alcalde Juan Umaña no había logrado sobrevivir a un atentado. El 4 de julio de 2006, Gumercindo Landaverde, amigo de Chepe Diablo y vinculado en los informes al Cártel de Texis, fue atacado por dos mujeres y un hombre que actuaron como sicarios. Esto ocurrió en la ciudad de Santa Ana y según los tres informes y El Detective, las dos mujeres eran pandilleras que pertenecían a una red de sicariato.

Cuando en una conversación preguntamos a El Detective por este asesinato, no dudó en responder que creía que había sido el mismo Chepe Diablo quien había ordenado su muerte debido a rencillas sobre la manera de manejar los traslados de cocaína. Días después, nos entregó otro anexo de Inteligencia Policial, donde se apuntaba el caso.

En el anexo, un informante declaró que el ex alcalde de Metapán, Gumercindo Landaverde, fue asesinado tres días después de terminar su periodo por órdenes de la estructura de Chepe Diablo y El Burro. El informante dijo que el alcalde habría proporcionado información de transacciones de drogas a un oficial de la Policía, que la estructura se dio cuenta y decidió ejecutarlo.

—El señor Gumercindo tenía conocimiento de planificaciones de la estructura, de embarques de drogas en la zona de Metapán, las cuales provenían de Guatemala -agrega el texto oficial.

El Primero y el Segundo Informe ya ubicaban al fallecido como uno de los miembros de la estructura. Gumercindo Landaverde fue alcalde por Arena durante dos períodos consecutivos, y ya era investigado por la Fiscalía por enriquecimiento ilícito en 2005. La Sección de Probidad de la Corte Suprema de Justicia detectó que en un año este alcalde incrementó en 500,000 dólares su patrimonio, y esto fue punta de lanza para que la Fiscalía abriera un expediente.

El Burro está siendo investigado por el homicidio de Abel Padilla. Uno de los anexos del Segundo Informe dice que el 14 de agosto de 2008, El Burro “ordeno el asesinato del señor, Abel Padilla”. Los investigadores explican en el documento que Abel Padilla perdió dos kilos de cocaína y que nunca canceló al Burro el dinero que valía esa cantidad de droga.

Unos baleados, otros secuestrados y asesinados, y otro de ellos preso. El récord de los funcionarios de Metapán augura trágicos destinos para sus cargos más altos.

El 25 de marzo de 2009, la División Antinarcóticos de la PNC arrestó a Amadeo Figueroa Morales, quien había sido elegido el 18 de enero de 2009 para integrar el concejo municipal de Metapán, representando al PCN y acompañando al alcalde Juan Umaña. El operativo de captura fue realizado en la colonia Jardines de Metapán. Junto al concejal también fue arrestada su esposa, Sonia Haydeé Mira de Figueroa. Ella es parte del núcleo cercano del alcalde de Metapán. Su hermana está casada con el hijo del alcalde, Wilfredo Guerra. En la casa de Amadeo y Sonia les decomisaron 2.42 kilogramos de cocaína, valorados por la Policía en 71,000 dólares. A Figueroa lo acusaron de tener tres años de dedicarse al comercio de drogas, y fue condenado a 12 años de prisión el 28 de octubre de 2009.

Jueces regionales, concejales, alcaldes y pandilleros, todos forman parte de esta red compleja según los informes y los informantes consultados. Y, como eslabón último de la cadena, las hormigas necesarias para hacer de este paso de la cocaína por El Caminito una ruta efectiva: algunos policías de la subdelegación de Metapán.

La corrupción, como bien lo saben los altos cargos policiales con los que hablamos, es una regla asumida entre los agentes de esta zona. Se refieren a esa corrupción baja, normalizada, la misma que tiene un policía que acepta mordida para dejar ir a un infractor de tránsito.

—A la mayoría, los contrabandistas que llevan ganado o mercancía sin declarar les dan 10 o 20 dólares porque los dejen pasar o no los revisen, eso así funciona –nos dijo en una de las conversaciones El Comisionado.

Esos son la mayoría, la base con la que opera la minoría, los que sí trabajan orgánicamente con el Cártel de Texis. Estos otros policías de la ciudad, identificados con nombre y apellido por los tres informes y los tres informantes, son señalados como encargados de librar de retenes el paso de los grandes cargamentos, e incluso de transportar ellos mismos la cocaína hacia los puntos de intercambio con los guatemaltecos.

Es de noche en Metapán, y salimos de un bar cuando pasa frente a nosotros, con lentitud, un pick up Nissan Frontier negro. Los hombres que van dentro nos observan con detenimiento y luego aceleran la marcha. Todo parecería normal si los hombres en ese carro sin identificación no fueran policías. Todo parecería normal si antes no hubiéramos conversado con nuestro informante que salió de la subdelegación.

Gracias a una serie de coincidencias, un policía radicado por ahora en otra zona del país, que prestó servicio recientemente en Metapán, comentó ante un reportero de este medio algo relativo a Chepe Diablo. Nadie había preguntado nada al policía sobre el tema. El colega, conocedor de nuestra investigación, se acercó a él, hablaron largamente, y él aceptó recibirnos con la condición de que no reveláramos su nombre ni su ubicación.

Una tarde calurosa, hace unos días, nos sentamos con el policía que, ante nuestra sorpresa, nos recitó los nombres de sus compañeros que aparecen mencionados en los informes que este agente nunca leyó. El policía se explayó en detalles.

—Mire, esto está bien organizado en Metapán, que es de lo que le puedo hablar, pero también uno de policía se entera de dónde viene esto. Desde arriba. Venía desde los comisionados de la zona, que generaban el encubrimiento del tráfico de armas, droga y ganado. Ahí estaba la comisionada Corina Palma, que permitía todo esto.

Empezó fuerte. Según este agente, todos los policías que han trabajado en Occidente saben cómo se mueven los hilos de la zona. En febrero del año pasado hubo muchos movimientos dentro de las jefaturas de occidente, uno de esos fue el de la comisionada Zoila Corina Palma, de 54 años, que ahora desempeña un cargo administrativo, cerca de papeles y lejos del terreno. Desde el 17 de febrero de 2010 es jefa de la Secretaría General de la PNC. Antes fungió como jefa regional de occidente. A ella no solo la menciona el policía que trabajó bajo sus órdenes, sino también un anexo a los informes policiales que asegura que despejaba rutas, recibía “grandes sumas de dinero” y proporciona información a la estructura de El Burro.

Muchas voces dentro de la institución aseguran que este es el mecanismo con el que la PNC se defiende de sus altos cargos sospechosos de corrupción. A falta de una Inspectoría fuerte y vinculante, por falta de voluntades políticas, optan por remover a las manzanas podridas de donde más daño causan. Esa, según nos informaron altos cargos policiales, fue la estrategia que utilizaron con la comisionada Palma y el subinspector José Alfonso Mata Portillo, el que es acusado por sus compañeros de haber ayudado a Medio Millón a escapar del cerco policial que le tendieron en Nueva Concepción. En la jefatura policial parece haber una filosofía clara: si no puedes deshacerte de los que sospechas, mantenlos cerca, para saber qué hacen.

—¿Quién es el encargado de la logística del traslado de la cocaína en la subdelegación de Metapán? —preguntamos a nuestro informante.

Sin dudar, mencionó un nombre que aparece en el Informe Secreto.

—El cabo Cástulo Enrique Morán Jiménez. Ese tipo se ha quedado encargado de estar apoyando la red en Texistepeque, Metapán, San Antonio Masahuat y Santa Rosa Guachipilín.

Agregó a la lista de nombres el de la alcaldesa de San Antonio Pajonal, Silvia Echeverría, en calidad de “aliada”.

—La red así opera, hay gente grande arriba que no más sepan de esta publicación nada les cuesta dar una orden.

Cada conversación con un informante agrega nombres a la lista. La red es grande, compleja, enraizada en el occidente del país. En este texto solo se han mencionado los nombres de quienes al menos dos fuentes de información que no pudieron haberse coordinado mencionaron. En el caso de la alcaldesa del partido Arena en el fronterizo San Antonio Pajonal, El Detective había mencionado su nombre antes de que conversáramos con el policía. Una alcaldesa de un pueblito fronterizo no transporta cocaína, necesariamente. Su función, nos dijo el policía, se reduce a saber y dejar hacer, a extender permisos de entrada y salida de mercancías al país, a facilitar bodegas y dar información. Otros, como el cabo Cástulo, son señalados en el Informe Secreto como operadores directos en el traslado de la droga.

A la pregunta de quiénes son los hombres de confianza de Chepe Diablo y dónde operan, el Informe Secreto respondió. “Se tiene conocimiento de algunos colaboradores, como Bernardo Antonio Cruz Baños y Cástulo Enrique Morán Jiménez, de la subdelegación de Metapán, colaboradores del alcalde”.

Ninguno de los jefes policiales con los que conversamos negó que estos agentes participaran en la red. Por el contrario, uno de ellos validó la información.

—Ahí operan los narcotraficantes en la zona del Valle de Los Quijada, San Jerónimo… Y no crean que la pasan los señores traficantes en sus vehículos de último modelo. ¡La pasa la Policía! Si hubiera una investigación sabrían que los alcaldes le han conseguido vehículos sin logo de la Policía a las diferentes subdelegaciones. La de Metapán y el puesto de San Jerónimo tienen vehículos sin logo, son pick ups Frontier negros y polarizados. Cambian droga por ganado, traen ganado de Guatemala a veces y van a entregar la droga en esos carros.

Según este policía, los pick ups regalados por la municipalidad, como el que vimos pasar frente a nosotros, sin logo alguno, son perfectos para operar. Sirven para no ser tan identificables como miembros de la institución. Continuó explicando que algunos policías, coordinados por Baños y Morán, ubican retenes vehiculares en las vías que vienen de puntos ciegos de la frontera con Guatemala, como El Valle de los Quijada o San Jerónimo. Lo hacen cuando sus compañeros van a entregar la droga del Cártel de Texis a los guatemaltecos, que muchas veces les pagan con “dos o tres camionadas de ganado”. Los retenes son ubicados para garantizar que nadie se interponga en el camino de la droga que va y el pago en reses que vuelve. Y, claro, como dijo nuestro informante, para “hacer la paja de que vigilan”. Todos los señalados como líderes del Cártel de Texis son asiduos a jaripeos y ranchos ganaderos. Roberto “El Burro” Herrera incluso fue presidente de la Feria Ganadera de Santa Ana.

—Si un agente llega a decomisar una camionada de esos animales, inmediatamente le buscan la baja, el traslado o le buscan otro problema para que no vuelva a intervenir –explicó el policía.
—¿Y cómo reclutan a la gente?—No es que anden ofreciendo trabajo, sino que es una estrategia política, si quien supervisa te lleva a eso, a que recibas mejor unos 10 o 20 dólares por cada camión que dejes pasar sin las cartas de venta o la guía, porque él sí recibe un buen dinero por mantener así la dinámica. Imagínese que el cabo Cástulo es el supervisor de retenes. Él mismo va a hacer entregas a los puntos ciegos, a entregarla a los chapines.
—¿Y quién les entrega la droga a los policías de Metapán?
—La vienen a dejar en vehículos chatarreros, de los que llevan chatarra, pick ups o camioncitos, y ahí la meten en los Frontier, que son todoterreno, y que sí se pueden meter en los puntos ciegos. Ahí pasan granos, droga, armas y ganado, y lo digo porque yo lo he visto, porque yo he estado ahí.
—¿Y cómo le pagan a estos policías como el cabo Cástulo Morán?
—Les compran casas en otro lugar. Por ejemplo a este cabo Cástulo le han comprado una casa en Chalchuapa, ubicada al norte de la pirámide El Tazumal, y una finquita en la zona de La Magdalena, rumbo a El Coco, así es como esta gente le paga a los que andan de lleno. A los que no saben, les basta con los 10, 15 dólares que les dan los de los camiones.

El sistema de pago a los funcionarios que se prestan como piezas del engranaje del Cártel de Texis es algo que nos confirmaron El Detective y El Comisionado. Esta manera de retribuir a los amigos es también una de las más difíciles de comprobar, ya que rara vez las propiedades se inscriben a nombre del propio cómplice. Se suele utilizar algún pariente.

Fin del viaje

Venimos del núcleo urbano de Metapán. Estamos en otra calle de polvo parecida a la de San Fernando, pero en terreno llano, sin montañas. Nos adentramos en los puntos ciegos que rodean la ciudad. El investigador de la División Especializada de Crimen Organizado que regañó al soldado de San Fernando ve para todos lados. El Detective saca su pistola. Por cada cambio de velocidad, la cacha de su arma recibe una caricia de la palanca. Saben que hay ojos que vigilan estas terracerías, y están nerviosos.

—Aquí agáchense, estamos en terreno peligroso —bromea el investigador, para distender el ambiente.
—Cerca de aquí fue que le dispararon al alcalde de Metapán —agrega, esta vez serio, El Detective.

Estamos pasando por Ostúa, un diminuto caserío que recibe a sus visitantes con una pared que sirve de letrero para quien quiere marcar dominio de la zona. “MS13”, dice la mancha que firma El Demonio. Cada letra es del tamaño de una persona. La pared pertenece a lo que parece la tienda más grande del caserío.

El Sargento con el que hablamos en Santa Rosa Guachipilín nos había hablado de que aquí vive Óscar, El Coyote, uno de los miembros de la red que opera en territorio de Chepe Diablo. Nos mencionó ese nombre para explicarnos cómo la gente que anda en esto gana buen dinero.

—Vean la casa que tiene –nos dijo-, tiene piscina y un bar solo para él.

Es la única referencia que tenemos de este caserío repartido a la orilla de un polvoriento camino por el que transitamos sin meternos en los callejones de tierra a buscar la mansión de Óscar, El Coyote. En el mapa de la droga, Ostúa aparece como uno de esos puntitos por los que hay que pasar antes de llegar a Guatemala sin necesidad de toparse con Migración y Aduanas. En un mapa oficial de El Salvador no aparece como paso fronterizo.

Está oscureciendo, y el camino por el que vamos recibe a otro carro. Va despacio, a la velocidad de una patrulla policial que hace una ronda de vigilancia.

El investigador anota el número de placas del único carro que apareció en el camino que conecta Ostúa con San Jerónimo, otro punto ciego utilizado por el Cártel de Texis. El investigador está atareado pidiendo a la central policial las referencias de la matrícula. Es la primera vez que ocupa su radio en el recorrido que ha durado ocho horas. Dice que los tres hombres que van en ese viejo automóvil son sospechosos.

—Creo que son pandilleros —nos dice, mientras alista una subametralladora que apareció en sus manos instantáneamente.

Estamos a media hora de llegar al punto ciego de San Jerónimo, el último de los puntos clave de El Caminito, donde el Cártel de Texis pasa la estafeta a los narcos de Guatemala, a los del departamento de Jutiapa. El carro con los tres hombres acelera repentinamente, nos deja atrás y sigue con rumbo a San Jerónimo. El Detective no quiere seguirlos, olfatea peligro.

—Vámonos, aquí no es bueno andar de noche —ordena.

Parte V: Epílogo

Domingo 15 de mayo de 2011. A las 7:40 de la noche realizamos la primera llamada. Marcamos el número celular de José Adán Salazar. Envía directamente al buzón de voz, pero no permite dejar mensajes. Marcamos al Hotel Capital, donde tiene su oficina, pero nos contestan que llegará hasta este lunes por la mañana. Desde entonces, marcamos a todos los teléfonos que obtuvimos de los principales mencionados en los informes. Fue imposible comunicarse con el alcalde de Metapán y con otros de los señalados en los documentos y por las otras fuentes. Dos comisionados, un ex director de la Policía y un diputado atendieron sus teléfonos. Todos aseguraron no saber nada de lo que les mencionamos. Dijeron no temerle a una investigación sobre su participación como colaboradores del Cártel de Texis. Estas fueron parte de sus respuestas.

Comisionado Víctor Manuel Rodríguez Peraza, jefe de la Delegación de Santa Ana: “De verdad desconozco de qué me está hablando, porque nunca he conversado con el señor Herrera. Es más, ni siquiera lo conozco. Lo ubico porque sé que estuvo de presidente de la Feria Ganadera, pero en ningún momento he entablado con él una relación de amistad. Jamás he conversado con él en ninguna reunión”, respondió, cuando se le relató el contenido de la investigación. Cuando se le mencionó que eran varios los informes que lo ubicaban como alguien que coopera con El Burro, volvió a negar, y agregó estar dispuesto a ser investigado: “Le repito, no tengo ninguna relación con el señor Herrera, me someto a cualquier tipo de investigación que en cualquier momento quisiera nuestra titular de la Policía ejercer (en clara referencia a Zaira Navas, la inspectora general de la PNC). Nunca he conversado con él. En caso saliera esa información me someto a cualquier tipo de investigación”.

Se le especificó que un informe de inteligencia policial lo ubicaba en un restaurante reunido con El Burro, en referencia a la información de que el 14 de julio de 2010 fue visto en el Lover’s Steak House de Santa Ana junto a la subinspectora Nataly Pérez Rodríguez y la ex gobernadora de Santa Ana, Patricia Costa de Rodríguez, conversando con El Burro sobre la necesidad de sacar de la zona al jefe regional de occidente, el comisionado Mauricio Antonio Arriaza Chicas. Rodríguez Peraza contestó: “Jamás he estado en un restaurante con el señor Herrera que usted menciona”.

Reynaldo Cardoza, diputado del Partido de Conciliación Nacional (PCN) por Chalatenango: su primera reacción al mencionarle que aparecía en los informes y en las declaraciones de los informantes como aliado del Cártel de Texis fue de sorpresa: “¡Qué raro ese volado! Al alcalde de Metapán claro que lo conozco, pero nomás porque es alcalde del partido, pero que yo sepa que anda relacionado en alguna cosa de esas, ni idea. Déjeme decirle que las investigaciones que las hagan, que las hagan correctamente, porque es bien feo que lo estén involucrando en estas cosas, no sé si será tema político y están siguiendo la corriente de lo que está pasando actualmente en el partido, o qué será el interés de sacar esta publicación. ¿Y lleva nombres y apellidos y todo?”, preguntó.

Luego se le mencionó que según la lógica de la información, un diputado como él era importante para el cártel por el nivel de información e influencias que maneja. Volvió a negar: “Por eso, pero donde usted me está diciendo acceso a los altos círculos de información, eso me implica de que como si yo estuviera dando información a estas redes… No entiendo cuál es el involucramiento, tienen que tener alguna evidencia clara para que a mí me estén… y me involucren y me saquen en una publicación de este tipo. De lo contrario, de lo contrario… Si a mí me investigaron por tráfico ilegal de personas, me detuvieron, y el tema se llevó en tribunales, de otra cosa ni sé, ni estoy involucrado dando información a ninguna persona, mucho menos en vínculo con tráfico de drogas y de ganado, me parece sorprendente”.

Aseguró tener algún conocimiento de José Adán Salazar. “¿Es el dueño del FAS?”, preguntó. José Adán Salazar fue propietario del Metapán, equipo de la primera división del fútbol salvadoreño.

Acerca de Roberto “El Burro” Herrera, dijo no conocerlo de nada, y justificó: “Yo, antes de la política, tuve un caballo de escuela, un caballito humilde, yo visité la feria (ganadera) de Santa Ana, yo era amigo de Horacio Ríos (ex diputado del desaparecido Partido de Acción Nacional), de muchos amigos que han andado en eventos de estos de jaripeo, pero que esté en alguna reunión privada con alguna gente de esas es totalmente imposible. Que haya llegado y le haya dado la mano a alguien eso es común de un político”.

Finalmente, hizo un llamado y volvió a negar enfáticamente su vinculación con actividades delictivas: “Para eso están los entes de investigación, que las hagan (las investigaciones), que no me quieran vincular por casos políticos, porque no sé… No se acepta, o que se quiera que por la imagen y el trabajo que he hecho en el departamento quieran comenzar a vincularme con otra cosa, pueda ser diferente. De lo contrario, estoy totalmente dispuesto a que hagan las investigaciones y las sigan haciendo… uno cuando no anda metido en ni mierda nada tiene que temer”.

Comisionado Fritz Gerard Dennery Martínez, jefe de la División Antinarcóticos de la Policía: Los informes de inteligencia policial dicen que el actual jefe de la División Antinarcóticos de la Policía se reunió con Roberto “El Burro” Herrera y otras personas en la Hacienda El Rosario, ubicada sobre la calle que de Metapán conduce hacia Texistepeque. “No me he reunido con ellos”, fue su primera respuesta. Y luego cuestionó: “Si es información de inteligencia, sus fuentes deben ser responsables ante esa información, que saquen pruebas si es que las tienen y que dejen de estar queriendo dañar imágenes de personas que somos trabajadoras. No me causa ninguna importancia esa información”.

A la pregunta de si conoce o guarda amistad con Roberto Herrera respondió: “Yo no soy de Texistepeque, soy de Santa Ana y a quien conozco de vista porque es de Santa Ana es al señor Herrera, verdad, ya de ahí que digan sus fuentes, que saquen la información, algo que a mí no me quita el sueño porque no he tenido ningún tipo de reunión. Lo conozco (a Herrera Hernández) como de seguro lo conoce mucha gente en el departamento de Santa Ana”.

Al jefe de la DAN se le intentó preguntar cuál ha sido el seguimiento o las diligencias de investigación que se han realizado contra José Adán Salazar Umaña, señalado por la inteligencia policial desde el año 2000. “Debería ser en persona su entrevista, ¿cómo sé que es de El Faro la persona que habla? No le voy a seguir contestando porque no sé si es usted o no es. Pida una entrevista y con gusto se la conceda en mi oficina”.

José Luis Tobar Prieto, director de la PNC de septiembre de 2008 a junio de 2009: La Policía lo señala en dos de sus informes como alguien que coordinó operaciones con “El Burro” Herrera, pero el ex director asegura que no conoce ni por el nombre ni por el apodo a la persona que le mencionamos. La conversación fue corta:

“Informes policiales lo vinculan a usted particularmente a Roberto Hernández, alias el Burro, un señor investigado como parte de estructura criminal que opera en el occidente del país”, le dijimos. “Primero que nada”, respondió”, “no conozco a ese señor que está mencionando. Segundo, que tienen que ser muy cuidadosos en el sentido de vincular a una persona, particularmente a mí, con una persona que no conozco”.

“¿No le suena nada el nombre de Roberto Antonio Hernández, El Burro, o José Adán Salazar?”, insistimos. “Por eso les digo”, siguió, “ustedes tienen que ser cuidadosos. Primero, no conozco a la persona, ni por el nombre ni por el apodo que me está dando; y, segundo, porque puedo tomar mis acciones legales”, contestó.

“Ahí en Apanteos puede ocurrir una masacre en cualquier momento. Solo estamos esperando a ver qué pasa. ¿Y saben qué es lo peor? Que con nuestros recursos no podemos evitarlo”. Lo dijo en aquella reunión ante los cuatro periodistas que lo rodeábamos. Ya lo había insinuado antes, pero esta vez completó la frase. Y la remató tras la última pregunta, antes de despedirnos, de pie, cerca de la puerta de su despacho: “¿Y eso lo podemos citar?” “Claro, es que de lo que no puedo evitar no puedo ser responsable”.

Lo normal es que un funcionario, sobre todo si es de la rama de seguridad del país más violento del continente, enrolle los argumentos, matice, relativice… suavice, ese es el verbo. La usanza es que argumente desconocimiento, que se escabulla, que se excuse… rehúya, ese es el otro verbo.

Aquella tarde en su oficina, Douglas Moreno, el director de Centros Penales, no hizo uso de los verbos básicos del botiquín de un funcionario. Cuando eso pasa, cuando uno espera lo contrario, las palabras suenan con más fuerza, con más entonación, sobre todo en el caso de una tan potente: ma-sa-cre.

Sí, una masacre en Apanteos. Eso es lo que en aquella charla a inicios de septiembre de 2010 auguró el director del sistema de centros penales para la cárcel de Santa Ana. Una matanza entre los 3 mil 700 internos apiñados en ese espacio diseñado para un máximo de mil 800 seres humanos. Una carnicería en aquel recinto que alberga a mil 900 presos más de los que le caben.

Mi duda era si el pronóstico de Moreno era producto de la inteligencia dentro de centros penales, del conocimiento profundo de lo que tras sus barrotes se cuece o si, por el contrario, era una amenaza perceptible para cualquiera que estuviera cerca de Apanteos. Cualquier familiar, cualquier abogado, cualquier representante de reos, cualquier reo.

El siguiente día me reuní en el centro de San Salvador con alguien muy cercano a los reos comunes del país, “los civiles”, los que no son pandilleros ni ex policías ni ex militares. Mi contacto es un ex reo, como casi todos los que aquí afuera representan a los que están allá adentro. Es alguien que les conecta abogados, que conoce a muchas de las familias de los presos, que sabe sus apodos y que tiene sus números de celular, esos que los presos contestan dentro de las cárceles.

Aquel restaurante, aunque se anunciara como tal, de chino solo tenía las letras y algún adorno en forma de gato. Pedí pollo frito y mi contacto pidió carne frita. Ambos pedimos horchata. Era la tercera reunión que teníamos, pero la primera tras haber escuchado lo que Moreno dijo. Fuimos al grano.

-Entonces, ¿todos están esperando la masacre en Apanteos?

-Pues sí, yo te dije que ahí lo que tienen es una bomba de tiempo que va a estallar de un solo vergazo, pues.

-Pero algo se podrá hacer.

-Separarlos, eso es todo. Si el clavo que tienen allá adentro es que no les ha gustado que lleven a los muchachos de la mara.

A principios de junio, más de 100 mujeres de la Mara Salvatrucha habían llegado al sector 1 de Apanteos, una cárcel en el occidente del país que en teoría es exclusiva para reos comunes. Entonces, las alertas se empezaron a encender en los sectores 5, 6, 7 y 8. Uno tras otro, varios reos se desvelaron como miembros activos de la Mara Salvatrucha y otros como simpatizantes: familiares de pandilleros, habitantes de sus barrios, compañeros de historias. Simpatizantes. Aquellos personajes de los que un marero bien podría decir: “los dejamos caminar con nosotros”.

La llegada de las jainas de la MS desató un efecto dominó que ni siquiera la dirección del penal se esperaba. De un día para otro resultó que cinco de los 11 sectores de Apanteos pertenecían a la MS. Hombres que se habían declarado civiles, que sabían que eso determinaría si serían recluidos en un penal de la mara o en uno como Apanteos, ahora cambiaban el guion.

-Y eso no gustó –me dijo mi informante en el restaurante de las letras chinas.

Me pregunté a quién con exactitud no le gustó, pero en los platos ya no había pollo ni carne frita y en los vasos solo quedaba la base espesa de la horchata y la conversación tenía que terminar y yo acostumbrarme a la regla de quien pregunta por lo que pasa en las cárceles: hay otra pregunta más importante detrás de tu pregunta. Hay un hecho oculto detrás de ese hecho. Hay una historia que explica esta historia. Hubo otras masacres antes de esta masacre. En resumen: el iceberg tiene base, y vos estás parado en la cima.

Apanteos antes de los últimos muertos

Si se hiciera un casting televisivo para interpretar el papel de jefe de custodios de un penal salvadoreño, el jefe Molina tendría altas posibilidades de ganar si se presentara. Recio, compacto, bigotón, de hablar rápido y amañado por su medio. Él no te dice algo: te lo reporta; para él no es que no pase nada: es que no se registró novedad; él no se dirige a Juan o a Pedro: él le habla al custodio o al señor director o al señor periodista. El jefe Molina es el jefe de custodios de Apanteos y en mi primera visita a mediados de septiembre tuvo la amabilidad de “darme parte” de la organización del “centro penitenciario”. A voz alzada, como quien pasa lista al regimiento:

-Sector 1, 176 féminas de la MS; sector 2, enfermos, delitos menores y viejitos; sector 3, reos con derecho a media pena; sector 4, penas largas y delitos graves, como secuestro u homicidio; sector 5, cumplimiento de más de dos tercios de pena; sector 6, fase de admisión y adaptación al centro; sector 7, penas de tres a 13 años; sector 8, penas de tres a 20 años, pero ahí tenemos ahorita a los mareros varones de la MS, a 269; sector 9, penas leves y procesados sin condena; sector 10, procesados sin condena por penas graves y condenados también; sector 11, es un sector especial, ahí tenemos a los internos inadaptados, desafiantes, que representan amenaza. Oiga usted, no a los malos, que aquí todos son malos, sino a los desafiantes.

Del sector 3 al 8 componen la galera, la nave central de cemento y hierro donde cada sector está dividido por muros y rejas, y los internos pueden insultarse o saludarse a través de los barrotes que dividen los bloques de celdas. Los sectores 9 y 10 están separados por poco de la galera y el 1 y el 11 lo están del todo.

La petición estaba cantada:

-Por favor, jefe Molina, déjeme hablar con el representante de los desafiantes, del sector 11.

Se quitó la gorra, se rascó la coronilla, se revolvió en la silla y llamó a su jefe, el director del penal. “Sí, sí, eso quiere… sí, le daré parte, jefe… sí, sí, como usted ordene”.

-Lo sacaremos, pero acuérdese de que esta gente es astuta y tiene tiempo para pensar en lo que dirán, y ponen caras visibles, amables, que no siempre son los verdaderos líderes, sino sus representantes.

Si lo que pretendían los del sector 11 era mostrar su cara más amable, habría que ver qué otras fisionomías hay allá adentro. Sale un tipo flaco, fibroso, tatuado desde los hombros hasta las muñecas, y con unas ojeras que le ensombrecen la mitad de su rostro de mapache. Es el representante de los “rebeldes”. Representante es un cargo informal que formalmente representa a su sector. Como me dijo un funcionario de cárceles: “Si el representante no avala que entrés al sector, solo la UMO puede ayudarte”.

El representante del 11, que prefiere que no publique su nombre, escuchó mi presentación y sin más se lanzó a hablar sobre las “inhumanas” condiciones que hay dentro de las prisiones. Me vi obligado, luego de cinco minutos de cortesía, a detenerlo y explicarle que no quería hablar de eso. No hace falta una investigación para saber que en un sistema apto para 8 mil 80 reos que alberga a 23 mil 48, las condiciones están a un abismo de distancia de ser óptimas. No hace falta quitarle tiempo a un reo para enterarse cuando el mismísimo director de centros penales lo reconoce y los directores de los penales cuentan anécdotas de reos que duermen parados, de olores fétidos hasta lo vomitivo, de reos que cazan gatos para hacer sopa, de enfermedades sin médicos ni medicinas, de extorsiones entre reos, de violaciones perpetradas con penes, botellas, garrotes y cuchillos, de algunos que han perdido la razón entre barrotes… No pocas, muchas anécdotas. “Allá adentro se violan derechos humanos que no han sido inventados”, ironizaba un colega que lleva meses inmerso en la dinámica de las cárceles.

El representante del 11 endureció el gesto.

-¿Entonces de qué querés hablar?

-Dicen que está por estallar una masacre aquí.

-Ajá, ¿y dicen que es nuestra culpa?

-No, dicen que hay inconformidad con los nuevos internos.

-Entonces la solución es bien fácil: sacá a esos nuevos internos, llevátelos a una de sus cárceles, a una de mareros. Sacá mañana a esos mareros del sector 8 y este penal se arregla. No podemos convivir con ellos, porque extorsionan, amenazan. No vamos a actividades deportivas porque no nos podemos encontrar, no salimos a la enfermería porque no nos podemos encontrar. Ni a programas, cine, nada, porque se nos avientan si nos ven.

-¿Les están disputando a ustedes el control del penal?

-¡No! Ya vas con lo mismo. Si aquí no es por control, es por tranquilidad que queremos que se vayan. Ellos sí quieren control, sacaron a 25 amigos nuestros del sector 8 hace unos días, se les tiraron encima. Acordate de que aquí hay quienes cumplen condena porque mataron a algún mierdoso allá afuera, y acordate que esos no se tientan para vengarse y acordate que aquí adentro uno arrastra sus clavos y todo se paga. Entonces, ¿por qué no se los llevan? Si saben que esto es una bomba de tiempo. ¿O ya no se acuerdan de la masacre de 2007?

El coordinador del 11 le llama mierdosos a los mareros. El coordinador del 11 lleva más de 10 años encerrado. El coordinador del 11 sabe que en las cárceles hay tiempo para cobrar las deudas, y lo recuerda de su última masacre.

Quien a masacre mata, a masacre muere

En las cárceles se arrastra clavos. En las cárceles se lleva marcas. Cuando eso pasa -y ha pasado-, uno, o muchos a la vez, pagan con la vida sus clavos, sus marcas. Fue en Apanteos donde ocurrió la última masacre del sistema penitenciario salvadoreño. En enero de 2007.

A las 5 de la tarde del viernes 5 de enero de ese año, los civiles de Apanteos escucharon disparos desde los garitones de vigilancia de los custodios. Disparos cada cinco minutos y rumores de rabia atrás de la pared que separaba los sectores de civiles del sector donde 500 miembros del Barrio 18 cumplían condena. No tenían ni idea de qué ocurría. Eso me contó el representante del 11 y además otro reo de otro sector de Apanteos que también estuvo ahí, y también un custodio que disparó desde los garitones.

Los rumores pronto se convirtieron en un retumbo en el sector 7. “Pum, pum, pum, sin parar”, recordó uno de los informantes. “Las paredes se sacudían. Los pandilleros estaban dándoles desde el otro lado con los catres, sabíamos que las tirarían tarde o temprano”.

Los civiles eran menos en los sectores a los que, desde el 7, los pandilleros accederían. Los civiles no eran todos amigos y la actitud común no hubo que consensuarla, se asumió con naturalidad. Algunos se acurrucaron en las esquinas, enrollados, con sus cabezas entre las rodillas; o se sentaron en los catres, como quien hace recuento del día antes de tumbarse a dormir; y los que menos, “los que sabían de su clavo”, caminaban nerviosos afuera de las celdas a las que nunca volvieron a entrar desde que escucharon los disparos. ¡Pum, pum, pum! Durante dos horas. Y la pared cayó.

Uno de mis informantes presos recuerda que entonces todo se ralentizó. El retumbo cesó y un silencio total puso dramatismo a la escena de centenares de pandilleros entrando por el hueco de la pared. “Con cuchillos, corvos, garrotes y al menos dos pistolas”. Luego, agujerearon las demás paredes y entonces tuvieron todo el interior para ellos. Pocos fueron los tontos que en los sectores de civiles echaron a correr. ¿Hacia dónde? Hacia un muro y después hacia el otro. “Como hormigas locas”.

Los pandilleros caminaban por los sectores en grupos de 30 o más. Cada líder de grupo llevaba un celular con cámara de video. La turba se detenía frente a cada civil que, como niño de escuela en pleno regaño, esperaba con la vista fija en el suelo. Levantaban por los pelos su cara, le apuntaban con el lentecito del celular y preguntaban a quien estaba al otro lado de la línea: “¿Este?”. Si la voz por el auricular respondía que no, la marcha seguía; si la voz respondía que sí, como bien describió mi informante, “le caían todos, como hienas hambrientas a un caballo moribundo. Solo veías volar los pedazos de carne”.

Desde las 7 de la noche hasta las 9 de la mañana del día siguiente, la marcha de los 18 recorrió cada sector y levantó la cara de cada civil y devoró a 27 de ellos según la versión oficial. “Fueron más”, asegura uno de mis informantes desde una prisión. “Fueron más”, asegura otro de mis informantes desde otra prisión. Y es que, según ellos, hubo algunos de los que solo quedó sangre. Gente convertida en charco. “Como a cuatro, que a saber qué clavo cargaban, los hicieron picadito en los baños, pedacitos que después tiraron a los inodoros”.

¿Pero por qué los masacraron? Y mis fuentes respondieron con la misma normalidad, hasta con asombro, como preguntándose por qué más podría ser: “Pues porque arrastraban un clavo”. “Un clavote”. Ese clavo era otra masacre. La del penal de Mariona en 2004.

En agosto de 2004, en Mariona había miembros de la Barrio 18 y civiles, muchos de estos últimos agrupados en la otrora organización criminal líder dentro de los penales: La Raza. Todo empezó, según tres reos que estuvieron en aquel momento, porque los 18 compraron a los custodios unos polines que unos albañiles que realizaban obras en el penal habían olvidado. Y dentro de un penal, un polín en manos de un reo es un arma. Punto. El Viejo Posada, heredero de la tradición de civiles amos y señores del sistema penal, heredero a la fuerza de nombres míticos como Trejo, Guandique o Bruno, le pidió a una de sus manos derechas, a Racumín, que llevara un mensaje a los 18: “Entreguen esos polines o vamos a jugar pelota con sus cabezas”.

Nunca los entregaron. El Viejo Posada ordenó que repartieran las armas a su ejército: corvos y pedazos de catres afilados. En silencio, con ayuda de los custodios que les dejaron el paso libre, ingresaron a los sectores 1 y 2, donde los 18 ya los esperaban con sus polines. Empezó el cuerpo a cuerpo. Murieron civiles y 18, nadie sabe con exactitud cuál bando fue el más golpeado, pero se estima que fue el de los civiles, porque el Viejo Posada, como explica uno de mis informantes que peleó de su lado, “se entregó a los custodios para que no lo mataran los 18. Se entregó cagado y meado, y les dio la pistola .38 que andaba”. Tras “la molleja” -como se llama a los motines en el diccionario de la prisión-, las autoridades contaron 32 cadáveres. “Más, más, como 37, si contás a los picados en los baños”. Al parecer, el subregistro de las masacres carcelarias se va por los inodoros.

A muchos de los participantes en la masacre los trasladaron de penal, y muchos, pandilleros y civiles, coincidieron en Apanteos. De ahí la revancha de 2007. Ojo por ojo, masacre por masacre. En el sistema penitenciario flota una memoria infalible. Los clavos se cargan. Las marcas se llevan. Los 18 que en 2007 estaban en Apanteos nunca olvidaron que tras el muro había deudores. Y esperaron lo que hizo falta para leerles la sentencia: “Aquí hay algunos que llevan sangre de homeboy en las manos, y ya saben a qué venimos”. Las hienas sobre el caballo moribundo. “Fue una cacería de brujas”, recuerda uno de los informantes.

Y la máxima se repite: hay una historia que explica esta historia. Hubo otras masacres antes de esta masacre. El iceberg tiene base y, para llegar a ella, tenés que descender desde la cima.

“No somos los MS, son los 18 el problema”

Era ya el gesto común con el que el jefe Molina reaccionaba ante mis peticiones: la gorra fuera, el frotamiento en la coronilla y los murmullos: “A ver, a ver, qué cosas, señor periodista”.

En esa ocasión le pedí que sacara al representante del sector al que todos quieren fuera de Apanteos, el 8, de los supuestos MS. El jefe Molina llamó por el radio a un custodio y le preguntó si era posible sacar al representante del 8 “sin que haya trifulca”. El custodio le contestó que sí, porque a los 15 minutos se sentó frente a mí en una banca lejos de cualquier otra persona un señor bajito y curtido, llegando a los 40 malvividos años, con estereotipo de albañil y ni pizca de marero. Aparte de pedir que ocultara su nombre, no prestó más dificultades para hablar y fue al meollo.

-El problema aquí es que los del 9 y el 10 son de la 18.

-Y ustedes de la MS.

-Lo que pasa es que si vivís donde hay MS, ya dicen que sos de la MS y llevás clavo y te quieren trabonear. Y uno lo que quiere es pagar su viejita, nada más. Yo no quiero ser raíz de aquí.

-¿Vos sos MS?

-Lo que pasa es que uno vive donde ellos viven, ahí los ve, y uno tiene parientes, y puede tener alguna simpatía, pero el problema no es ese… el problema no somos nosotros los MS, son los 18 que se andan llevando con los de la banda de Los Trasladados, que los dominan desde el 11.

Luego me enteraría de que su hijo y hermano son MS, que él está preso por un delito cometido junto con dos miembros activos de la MS, presos en un penal dispuesto para ese grupo. Sin embargo, el pequeño albañil había agregado un nuevo nombre al mapa de poderes que esos muros guardan: La banda de Los Trasladados.

Este es un grupo formado a mediados de esta década, cuando los civiles se dieron cuenta de que eso de la separación de presos en cárceles de pandilleros y no pandilleros era más media mentira que media verdad. La masacre de 2004, que tanto debilitó a La Raza -que ahora solo manda en pocos sectores de Mariona-, y la masacre de 2007 en Apanteos, fueron definitorias para la creación de este grupo. Los asesinados en 2007 eran trasladados, removidos de una prisión a otra, de Mariona a Gotera y de Gotera a Apanteos, donde se volvieron a topar, con un solo muro de por medio, con sus enemigos del Barrio 18 que sí seguían organizados. En cambio ellos, debilitados por tanto ir y venir, apenas si conocían a algunos de los civiles de su nuevo penal. Eso derivó en que tuvieran que esperar como caballos moribundos el momento de las hienas.

Con la memoria fresca de sus muertos, fueron los civiles de Apanteos los que dieron impulso a la banda de Los Trasladados luego de la masacre. La lógica fue sencilla: hablemos con nuestra gente con liderazgo en los diferentes penales de civiles que, visto lo visto en Apanteos, están llenos también de pandilleros. Digámosles que adoctrinen, que junten gente, que creemos códigos y que allá donde nos manden seamos Los Trasladados y que allá donde arrastremos nuestros clavos con mareros, nuestras marcas con El Barrio, no nos encuentren solos. Y entonces hubo unidad y se corrió la voz y dominaron el negocio del tráfico de drogas dentro de sus penales y hubo un líder con varios nombres: Miguel Ángel Navarro. El Ex PNC. El Animal. Pero de él hablaremos casi al final.

Antes de que se llevaran al enjuto encargado del sector 8, le hice la misma pregunta que días atrás había hecho al representante de sus enemigos, el del sector 11:

-¿Por qué querés dominar el penal? ¿Cuál es el negocio?

Sonrió desafiante.

-Ninguno, ninguno, solo queremos cumplir la viejita en paz.

Las revelaciones de El Gusano

Las entrañas de los penales plantean ese problema: que cuando hablan con el mundo exterior todos quieren cumplir la viejita en paz, la culpa es del otro, de la MS, del Barrio 18, de Los Trasladados, pero nunca de uno mismo, de la MS, del Barrio 18, de Los Trasladados.

Los líderes de sectores solo quieren hablar de las infrahumanas condiciones, pero nunca de sus disputas por poder. Y es cierto, las condiciones son infrahumanas, inmundas, injustas, pero en esa inmundicia, las disputas son por poder.

Fui de director en director, de contacto exterior en contacto exterior, de custodio en custodio, hasta encontrar a quien buscaba, un perfil poco usual. A este preso le llamaremos El Gusano. Lleva más de ocho años encarcelado en cinco prisiones, algunas de pandilleros de la MS, otras de civiles y otras de civiles y miembros del Barrio 18. Él no pertenece a ningún grupo. Si tuviera que pelear de un bando pelearía del lado de Los Trasladados, del Barrio 18 o, si no queda de otra, de la MS, en ese orden. Es un sobreviviente, y esos saben acoplarse. Él sí quiere cumplir su viejita en paz y conoce la clave: un perfil bajo, a ras de piso, un gusano arrastrándose silencioso en un mundo de fieras. Viéndolo todo.

Lo primero que le pedí es que hiciera el mapa de poderes, aquel que oficialmente dibujó el jefe Molina cuando lo conocí. Esto es lo que El Gusano, agazapado, desdentado y famélico, dibujó con sus palabras:

-Lo importante es saber que en Apanteos, en el sector 11 están Los Trasladados con algunos de La Máquina y de la Mao Mao (pandillas en decadencia). Los Trasladados controlan otros sectores, como el 5 y 6; en el 9 y el 10 están los 18 y algunos de La Mirada (pandilla con nexos con la 18), que no tienen clavo con los del 11; y en el 8 están los MS que tienen a algunos infiltrados en los otros sectores. Se putean cuando se ven, no pueden coincidir. Los del 8 están contra los demás y andan buscando cómo encontrarse.

-¿Por qué? ¿Qué quieren?

-Hacer negocios en paz y que los demás no los hagan. Tenés que saber que aquí todo está conectado, un penal es una pieza dentro del sistema. Sirve para hacer presión, sirve para hacer motines generales, sirve para que los líderes cobren rentas, aunque sea de a poquito, a los demás sectores o a los que como yo no pintamos nada. Sirve para negociar allá arriba. Si no tenés poder, nadie te escucha y mientras más penales tengás, más te van a escuchar.

-¿Y quién es el líder?

-Mirá, si buscás al líder de Apanteos, pues ahí está, es El Cobra, del 11, pero si querés saber quién es el líder líder, preguntá por El Animal, que está en Zacatecoluca. Él es el que dice estornuden y todos estornudan. Desde aquella cárcel ladran los más perrones, y en las demás muerden sus perros.

Todas las voces, la del director de Centros Penales, la del representante de Los Trasladados de Apanteos, la del representante de los MS de Apanteos, la del jefe Molina, la de El Gusano, apuntaban a un inminente enfrentamiento en esa prisión. Todos lo sabían. Hasta la voz más sometida dentro de los barrotes. Sin embargo, El Gusano ayudaba a comprender cuán grande es el iceberg y cuán poco deja ver. La masacre venidera no tenía que ver con pleitos de “me caés mal”, tenía que ver con estructuras, con dominós donde las piezas son penitenciarías y el premio es el control de centrales del crimen. Desde una cárcel, la de máxima seguridad, llegaban las órdenes, unas de El Animal y otras probablemente de El Diablito, el señalado como jefe nacional de la MS, y en Apanteos sus perros escuchaban y se preparaban. Unos infiltrando los sectores de los otros. Los otros dándose cada vez más cuenta de la estrategia y murmullando cómo enfrentar el embate. Y el sistema viendo, incapaz de meter mano, lo que se venía.

“¡Perame, que aquí se nos armó!”

Desde cuando el director de Centros Penales, Douglas Moreno, comentó aquello de que se veía venir una masacre, empecé a tener contacto con Orlando Molina, un hombre serio, con voz de mando, que es el director del penal de Apanteos desde hace poco más de un año.

El 24 de noviembre a las 12 del mediodía marqué al celular del director. Contestó. Parecía estar en medio de una obra de la construcción. Sonó como si en esa obra utilizaran mucha lámina, pues todo tronaba, un tronido metálico.

-Señor director, dicen que se desató la batalla.

-Es… Dad… Otín…

Estruendo de fondo.

-Señor director, ¿qué pasa?

-¡Perame –gritó- que aquí se nos armó!

Colgó.

A las 11 de la mañana los del sector 8, los salvatruchos y acólitos, dijeron basta. Desde hacía tres días, todos los sectores habían iniciado una recomposición del penal. Agarraban por las solapas a aquellos que creían eran mareros o esbirros del 8 y se presentaban ante los custodios: ¿se los llevan a donde pertenecen o los matamos? Así, los civiles habían vuelto a tomar control de casi todos sus sectores. Cerca de 100 reos fueron apiñados en el sector 8, escupidos por los demás sectores. Ese día 24, a las 11 de la mañana, el sector 6 hizo lo suyo y exigió lo mismo: ¿se llevan a estos 25 o los matamos? Se los llevaron y en el sector 8 no cabía la gente. Ni la rabia.

El director ingresó al sector 8 cuando sus custodios le informaron que ahí se preparaba una ofensiva contra el 6. “Es que nos están sacando a toda la gente de los sectores y eso no puede ser”, le gritó el hombre, ese con aspecto de albañil con el que semanas antes yo había hablado. Cuando el enjuto reo dijo eso, sus compañeros de sector ya invadían el tejado de la galera para acceder a los lugares de los que habían sido expulsados.

El director se movilizó al sector 6 a escuchar el argumento de los civiles. Era muy sencillo: “No podemos convivir con los MS, eso es todo”, confirmó el coordinador. El director abandonó el 6 para pensar con calma cómo actuar. En ese momento le llamé. Las láminas tronaron. Los MS invadieron el 6. El primero en caer fue ese hombre, el último reo en hablar con el director. Un objeto contundente le destrozó el cráneo a Luis Antonio Molina Ruiz, de 41 años, condenado por un delito menor, usurpación. El 8 contra el 6 y parte del 7 iniciaron la esperada batalla. Hacía mucho que se arrastraban clavos en Apanteos.

Minutos después, en el sector 8 murió de una puñalada en el corazón Víctor Kennedy Menéndez, de 25 años. “Ellos dos eran civiles, vinculados a Los Trasladados. Al del 6 lo mataron por bocón, porque algún infiltrado de la mara escuchó lo que le dijo al director; al del 8 lo mataron porque era infiltrado de los civiles entre los mareros, y ese fue el momento de pagar su clavo”, me diría El Gusano cinco días después de los asesinatos.

Los custodios habían logrado desalojar gran parte del sector 6 antes de que los pandilleros terminaran de invadirlo. El director sabía que algo explotaría luego de hablar con Molina Ruiz, y ordenó evacuar a los civiles hacia otros sectores. Molina Ruiz no tuvo ni tiempo de decidir. Como dijo el director: “Fue yéndome yo y matándolo a él”. El resto, los 22 heridos por arma blanca, eran civiles que no evacuaron cuando se les indicó. Por eso fueron golpeados, puyados, magullados por los mareros –y amigos de mareros, que para este caso da lo mismo- que se replegaron gracias a que no habían logrado entrar todos y aque los custodios, disparos de por medio, consiguieron parar una masacre que ahora quizás se recordaría por al menos 24 cadáveres.

La masacre no fue más lejos por cuestión de unos segundos, por la poca rapidez del grupo de salvatruchos, por su ineficiente letalidad al atacar a los heridos. “Pero el clavo queda ahí, y este sistema a huevo te vuelve a juntar. En el futuro será”, me dijo El Gusano.

Tal vez cuando el penal de Gotera -donde trasladaron a más de 200 pandilleros y amigos- se llene y esa gente vuelva a recalar en penales de civiles. Tal vez cuando los que quedaron en Apanteos se topen con aquellos a los que atacaron. Tal vez en un descuido. El clavo ahí queda.

El nuevo clavo

El 30 de noviembre, un hombre de 36 años apareció apuñalado en la cárcel de Zacatecoluca, la de máxima seguridad. Su nombre era Miguel Ángel Navarro. Su apodo: El Animal.

Los noticiarios dedicaron notas de alrededor de 30 segundos, los periódicos notas de media página o menos. Decían que fue apuñalado, que purgaba condena por robo agravado y asociaciones ilícitas, y que quizá se debió a una riña entre pandilleros.

Nadie se percató de que apareció muerto en la celda de su vocero y mano derecha, Iván Buenaventura Alegría, mejor conocido como “El Violador de Merliot”, sentenciado a 107 años de prisión en 2001, por agresiones contra ocho mujeres. Nadie descartó lo de riña entre pandilleros bajo el argumento de que esa celda estaba en la planta baja del sector 3 de la cárcel, donde están los civiles dividiendo a los sectores 1 y 2 de los salvatruchos del 4 de los del Barrio 18. Nadie ató cabos y pensó que quizá esto tuvo algo que ver con lo de Apanteos. Nadie relacionó que un clavo arrastra otros clavos, que El Animal era el jefe de Los Trasladados, el hombre que cuando ordenaba estornudar, todos los civiles estornudaban. El hombre que, como interpretan dos fuentes del sistema penitenciario, dio la orden a los civiles de su ex penal, el de Apanteos, de que sacaran a los MS de sus sectores.

En abril del año pasado, nueve penales civiles iniciaron una rebeldía liderada por Apanteos, a la que luego se sumaron seis penales de pandilleros. Se dijo que era por las infrahumanas condiciones en las que los tenían adentro. Mis fuentes, desde aquel hombre con el que me reuní en el restaurante chino, pasando por El Gusano, hasta un ex custodio de Zacatecoluca (de los despedidos en diciembre), aseguran que hubo otro motivo: en abril, las autoridades penitenciarias trasladaron a El Animal de Apanteos a Zacatecoluca. El iceberg nunca es lo que su punta dice, o al menos no es solo eso.

El director de Apanteos me recibió por última vez el miércoles 1 de diciembre, un día después de que El Animal apareciera con más de 72 perforaciones en su cara, cuello, pecho y espalda. Orlando Molina sonríe muy pocas veces, pero cuando uno se acerca a la pregunta que él cree correcta, sonríe.

-Mataron a El Animal, director. Pareciera que los altos mandos terminaron de dirimir en Zacatecoluca lo que se inició aquí entre el sector de MS y los de civiles.

Sonrió.

-¿Usted cree? Son complicadas las cuestiones de penales y reos en este país, ¿verdad?

Es discreto y de ese tema no quiso hablar más. Sin embargo, El Gusano aseguró que entre pasillos y barrotes solo se barajan dos opciones: una, que lo mataron los MS en venganza por lo de Apanteos. Dos, que lo mataron otros civiles, aspirantes a líderes de Los Trasladados, inconformes con que pusiera a la banda en contra de la mara. El ex custodio de Zacatecoluca, que llegó para encontrar el cuerpo ensangrentado, agregó: “Un interno que temía por su vida, por cercanía con El Animal, aseguró que fue Abraham Bernabé Mendoza, El Patrón, que le disputaba el liderazgo… Supuestamente del sector donde están los MS alguien dio alguna orden a los del sector 3, a El Patrón”. Quizá las dos hipótesis de El Gusano forman una sola verdad.

A El Animal lo mataron luego de que alguien tapara las dos cámaras del patio donde los reos salen en grupos de 12 durante 40 minutos al día. Lo mataron entre las 11 y las 11:20 de la mañana. Solo hay 11 sospechosos.

-Director, por poco ocurre una masacre anunciada en Apanteos.

-Sí, sabíamos que algo ocurriría, pero no en ese momento.

Los funcionarios lo reconocen con toda naturalidad. En este sistema, las masacres se pueden prever como las tormentas: se espesa el horizonte, parece que va a llover. Lo de detenerlas es otro cuento. Depende del momento en que se desatan.

El director hizo una pausa y abandonó su sobrepoblado penal para ver más allá:

-Porque el problema no es que aquí iba a pasar o no, el problema es el sistema, que está deteriorado. Este fue solo un problema de los que habrá más.

-¿Más masacres?

-Tal vez. Ese no es el punto. Sufrimos las secuelas de años y años de abandono. Problemas de administración, capacitación, vigilancia, depuración, infraestructura, finanzas. ¿Por dónde quiere empezar? Todo esto tiene consecuencias prácticas. El sistema agrupó a los pandilleros para que no se mataran. Ahora, ya no le caben en sus cárceles de pandilleros. En las de occidente ya los mismos pandilleros no aceptan a más de los suyos. O sea que los devolvieron a cárceles de civiles, y estos se agruparon también. Ahora hay más grupos y todos buscan lo mismo: poder, poder, poder. Las preguntas son: ¿Cuántos grupos más se formarán? ¿Qué harás con ellos? Si ya no te caben separados, ¿los vas a juntar?

-Supongo que eso harán. Si no caben, no caben.

-Pues sí, supongo que sí.

En Apanteos hay 240 mareros o seguidores en el sector 6. Otros 250, los que más participaron en la trifulca, fueron trasladados al penal de Gotera. En Apanteos casi todos los sectores siguen en tensión con el 6. Los militares llegaron a custodiar perímetro, pero eso es de los muros para afuera. Hacia adentro, como dijo el director, “se sigue balanceando, negociando, porque tensión siempre habrá”.

En este sistema, entre los reos, corre una memoria infalible que combinada con la sobrepoblación es una bomba de tiempo permanente.

Bien dijo El Gusano: “Los clavos de uno aquí adentro no desaparecen. Los clavos solo se arrastran”.

Hoy, esos hombres arrastran otro clavo.

En el camino

Publicado: 19 febrero 2010 en Oscar Martínez
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—Huyo porque tengo miedo de que me maten –dice Auner cabizbajo.

La primera vez que se lo pregunté me dijo que migraba porque quería probar suerte. Dijo aquella frase hecha de que buscaba una mejor vida. Es normal. Cuando uno huye, desconfía, y entonces miente. Es ahora que estamos solos, apartados de sus hermanos que juegan cartas en un albergue para migrantes del sur de México, ahora a la par de las vías del tren con un cigarro en los labios, que él acepta que su verbo es huir, no migrar.

—¿Volverías? –pregunto.

—No, nunca –sigue con los ojos clavados en la tierra.

—¿Renunciás a tu país?

—Sí.

—¿No volverías nunca?

—No… Bueno… Solo si tocan a mi mujer o a mi hija.

—Y entonces, ¿a qué volverías?

—A matarlos.

—¿A quiénes?

—No sé.

Huye de una muerte sin rostro. Allá atrás, en su mundo, solo queda un agujero repleto de miedo. Aquí y ahora solo queda huir. Esconderse y huir. Ya no es tiempo de reflexiones. De nada vale detenerse a pensar cómo él y sus hermanos tienen que ver con aquellos cadáveres. De nada serviría.

Salió de El Salvador hace dos meses y desde entonces camina con sigilo y guía con paciencia a sus hermanos. A los 20 años, dueño de su miedo, Auner no quiere dar un paso en falso. No quiere caer en manos de la Migración, no quiere ser deportado, no quiere que le desanden su camino, porque eso significaría tener que volver a empezar. Como a él le gusta repetir: “Para atrás, solo para tomar impulso”.

Auner se levanta silencioso y pensativo. Camina la vereda polvorienta que termina en el albergue de Ixtepec, en el estado de Oaxaca. Se une a El Chele y Pitbull, sus hermanos menores, y hacen rueda junto a los lavaderos a medio construir. Nos envuelve un calor húmedo que casi puede tocarse. Discuten cómo continuarán la huida. La pregunta es una: ¿seguir en el tren como polizones o ir en buses por los pueblos indígenas de la sierra con la esperanza de que no haya retenes policiales?

El viaje por la sierra los llevaría a atravesar lo verde y espeso de la selva oaxaqueña, a transitar lo irregular. Los llevaría a internarse en un camino poco conocido por los migrantes. Es una ruta alterna utilizada sobre todo por coyotes y que llegó a oídos de Auner gracias a que Alejandro Solalinde, el sacerdote que fundó este albergue, entendió que no estaba de más dar una opción extra a los que huyen.

El viaje en tren los obligaría a encaramarse como garrapatas en el lomo del gusano metálico. Aferrarse en medio de la oscuridad a las parrillas circulares del techo y seguir así durante seis horas, hasta llegar a Medias Aguas, en Veracruz. Luego tendrían que tumbarse en el suelo, en las afueras de ese pueblo escondido a esperar que salga otro tren. Dormir con un ojo cerrado y el otro medio abierto a la espera de señales para echarse a correr. Porque Medias Aguas es base de Los Zetas.

Los Zetas un grupo formado en 1999 por el narcotraficante Osiel Cárdenas Guillén, preso desde 2003 en Estados Unidos. El fundador del poderoso Cártel del Golfo creó Los Zetas con algunos militares de élite que desertaron para formar este grupo que ahora se considera un cártel con independencia y que desde 2007 agregó a sus actividades el secuestro masivo de indocumentados, por los que pide rescate a sus familiares. “El grupo de sicarios más peligroso y organizado de México”, se les llama en un informe de la División Antinarcóticos de Estados Unidos divulgado en enero de 2009.

La respuesta a la pregunta que se hacen los hermanos Alfaro podría parecer lógica para cualquiera que no conozca las reglas de este camino. Sin embargo, el riesgo de la sierra tampoco es leve. De cada diez indocumentados centroamericanos seis son asaltados por las mismas autoridades mexicanas. Esa sería una catástrofe para unos muchachos que atesoran los 50 dólares que su padre les envía desde Estados Unidos cada cuatro días. Los atesoran porque con ellos compran las tortillas y los frijoles que comen una vez al día cuando no están en un albergue y se sientan entre matorrales a recuperar aliento para seguir en esta huida.

La decisión es aún más complicada para quienes huyen de la muerte, porque el retorno no significa nomás volver a casa con los hombros abajo y las bolsas vacías. El retorno puede costarles la vida, igual que subirse al tren, que a tantos ha despedazado.

Hoy mismo me enteré de que José perdió su cabeza bajo el tren. Era el menor de tres salvadoreños con los que hace dos meses hice un recorrido por La Arrocera, bordeando la carretera para no enfrentar a las autoridades. Un rebane limpio, me contaron. Acero contra acero. Fue allá por Puebla, unos 500 kilómetros arriba de donde ahora estamos. El viaje es intenso. El sueño es leve. El cansancio a veces gana.

José cayó en uno de los tambaleos, que sin problemas se sacudió a un hombre débil y medio dormido. Me lo contó Marlon, uno de los que viajaba con él. Ellos también huían. En su caso, sí tenían certeza de por qué. Escapaban de las pandillas, que les arruinaron su panadería cuando les impusieron una renta impagable: 55 dólares semanales o la vida. La empresa entera emprendió la retirada. Eduardo, el propietario y panadero; José, el repartidor; y Walter, el ayudante. Uno de ellos ya volvió a El Salvador en una bolsa negra.

Los hermanos Alfaro decidirán esta noche qué hacer. Tienen que decidir con tino; si no, podrían encontrar aquí lo que buscan dejar allá abajo.

El primer cadáver

—¡Hey, hijueputa! –escuchó Pitbull en su retaguardia el grito amenazador.

Giró la cabeza y vio un cañón 9 milímetros. Pensó que le apuntaba a él. Directo en la frente. Dio un salto de gato y antes de caer escuchó las dos detonaciones. Los disparos atravesaron la cara y la espalda a su amigo Juan Carlos Rojas, un pandillero. Unos pedazos de sesos mancharon a Pitbull la camisa polo que se había puesto para conquistar chicas con Juan Carlos en una sala de maquinitas del centro de Chalchuapa. Era un día soleado de enero o febrero de 2008.

A Pitbull se le subió a la cabeza esa rabia descontrolada que le nace del estómago, esa que hace que se le crucen los cables allá arriba. Cuando eso pasa, durante unos cinco minutos, no hay quien lo detenga. Se vuelve un animal. Un pitbull.

Echó un vistazo atrás y, entre el desparrame de materia viscosa, no le quedaron dudas de que su amigo estaba muerto. Pitbull echó a correr con furia, gritando incoherencias. Vio al asesino y a su cómplice. Escapaban. El que disparó iba relegado, jadeando. Esa es la presa, pensó Pitbull. Le importó un carajo que tuviera en la mano una 9 milímetros cargada. El hombre, un viejo borracho de unos 50 años, retomaba la huida y se volteaba para apuntar a Pitbull, y decirle entre exhalaciones.

—¡Parate que te disparo, pendejo!

No había negociación posible. Entre el estómago y el cerebro de Pitbull la efervescencia subía. Cuando estaba a tres pasos del borracho, Pitbull brincó hacia adelante, con las manos extendidas como garras. Tumbó al hombre. Le dio vuelta y no se preocupó del arma que quedó un metro adelante. Dice que se cura más la rabia si es a puño limpio. Así, con los nudillos, empezó a deformarle el rostro.

La policía se había acercado después de tanto barullo. Entre dos agentes atraparon al muchacho que daba cabriolas. Levantaron al borracho del suelo, inconsciente.

Lo primero que hicieron los policías fue sacar conclusiones que en un país como El Salvador pueden parecer obvias: un joven en medio de una escena de un crimen, pandillero. El primer cuestionado por aquel desbarajuste fue el muchacho.

—¿De qué mara sos? –le preguntó un agente.

—De ninguna, pendejo –le respondió Pitbull, ya no por la rabia, sino porque así es él.

—Sos de la 18 como tu amigo al que mataron, ¿vea? –continuó el policía que ya conocía a Juan Carlos porque en uno de estos pueblos con título de ciudad, a pesar de haber 73,000 habitantes, los policías conocen a los pandilleros por su nombre, su pandilla, su apodo y hasta su función.

—¿Que sos sordo, chimado? –le refutó Pitbull al agente, que ya estaba a punto de ponerse violento.

De repente, llegó el subinspector, que había recogido testimonios de la gente alrededor.

—A ver, muchacho, ya me dijeron que actuaste en venganza. Decime, ¿querés venir a la delegación a testificar para que podamos encerrar al asesino?

—Va, juega –respondió Pitbull que con sus 17 años (18 ahora que huye) siempre andaba buscando cómo meterse en alguna aventura que, por peligrosa, le espabilara.

Eso consiguió. Un día sin aburrimiento. Se fue, vestido de policía, a buscar en las colonias del centro de Chalchuapa al cómplice del asesino de su amigo. Se internó por las calles adoquinadas que parten de la avenida central de esta ciudad comercial y bulliciosa, repleta de tiendas, almacenes y puestos callejeros. Una gracia para él. Un relato divertido en su mundo.

—Bien vergón andar vacilando en la patrulla. Lástima que ligerito encontramos al viejo chimado ese –dirá después Pitbull.

Pitbull fue al reconocimiento en la delegación y lo dijo claro. En sus caras.

—Esos dos viejos cerotes son los que mataron a Juan Carlos.

Pero esos dos viejos también lo vieron a él. En aquel pueblo para nadie es difícil reconocer a alguien del casco urbano, que vive en el centro, y no en los cantones alejados que rodean el municipio. Saber que Pitbull era hijo de doña Silvia Yolanda Alvanez Alfaro, la de la tiendita que está frente a la pupusería, a la par de la fábrica Conal. Que ese chico de pelo rapado y arete plateado era Jonathan Adonay Alfaro Alvanez. Albañil, agricultor, carpintero, fontanero. Todólogo. Johny. Pitbull.

Pitbull, el tipo duro

—Tenés que tener alguna idea –le insisto a Pitbull en las vías del tren de Ixtepec, mientras tomamos un refresco y fumamos.

Después de que Auner me revelara por qué viajaban, y como quien pide a un padre una cita con una de sus hijas, le pedí permiso para hablar con sus hermanos. Aceptó. Uno a uno empiezo a alejarlos del barullo del albergue. Primero a Pitbull. Lo escondo entre los matorrales de las vías, para que se sienta tranquilo y recuerde.

—No, loco, no sé quiénes putas eran esos viejos. Solo sé que cuando íbamos para las maquinitas, mi chero me dijo que tenía que recoger algo en la cantina. Salió bien tranquilo. Empezamos a caminar, y ahí fue cuando salieron esos chimados y lo mataron.

—¿No creés que sean ellos quienes los están amenazando de muerte?

—Ahí sí que no sé. No tengo idea de quiénes putas son.

Nada. Ni una pista. Pitbull huye, pero no sabe de qué. Si fuera un personaje de ficción, seguro que la trama lo obligaría a investigar, a mover sus contactos en el barrio, a poner nombre a los dos viejos borrachos. Pero esto es la realidad, y Pitbull es solo un joven de 18 años del país más violento de América, acostumbrado a la muerte.

Qué más da si ni los reportes policiales abundan en detalles. Cuando mataron a Juan Carlos –enero o febrero, no lo recuerda a cabalidad– otros nueve jóvenes de entre 18 y 25 años fueron asesinados en Chalchuapa. Pero Pitbull ni siquiera sabe si Juan Carlos era su nombre real.

—Él así decía que se llamaba, pero como era de la pandilla y tenía problemas en otras colonias, yo le escuché otros nombres.

William, José, Miguel, Carlos, Ronal, No identificado, cualquiera de estos podría ser el nombre real de Juan Carlos. Todos ellos murieron en Chalchuapa en los meses en los que él cayó. Cualquiera podría ser el registro policial de su cadáver. Aunque alguien quisiera saber la verdad sobre esa muerte, la verdad sería tan esquiva como lo que jamás ocurrió.

Pitbull se voltea lascivo hacia unas muchachas migrantes que salen del albergue. “¡Ricas!”. Huir no siempre es una romería fúnebre. Al menos no para este muchacho. Da una calada a su cigarrillo. Vuelve la calma. Continúa respondiendo preguntas echado en los rieles, con una roca como almohada y la vista fija en el cielo. Parece un paciente de psicoanalista.

Después del primer cadáver, Pitbull se largó un tiempo de Chalchuapa. Dos viejos borrachos estaban siendo juzgados por homicidio porque él los señaló en la cara. Lo mejor era retirarse.

Se fue a Tapachula, la ciudad mexicana fronteriza con Guatemala donde estaba su hermano menor: Josué, El Chele, de 17. Josué llevaba más de cinco meses en aquel sitio que huele a frituras y plomo. Desde que emprendió el viaje a finales de 2007 rumbo a Estados Unidos, El Chele seguía esperando mientras reparaba carros y dormía en un taller mecánico de la zona maquilera. Esperaba que su padre, como le había prometido, le llamara un día diciendo que el coyote que lo guiaría a Estados Unidos estaba listo, que el dinero había sido reunido y que la promesa terminaría de cumplirse.

—Nos vamos al Norte, hijo, verás cómo allá sí hay chamba, buen jale, buen dinero –había dicho el padre con su español migrante, esa mezcla de acento centroamericano y diccionario chicano.

El Chele y Pitbull nunca fueron amigos ni enemigos tampoco. Son dos tipos diferentes obligados a compartir historias. Auner seguía en lo suyo, allá en El Salvador, labrando el campo a la espera de que su esposa pariera. Ninguno de los tres se comunicaba. Siempre han tenido esa relación de campesinos que parecen tener como regla la prohibición de mostrarse afecto con gestos o palabras.

El Chele tenía la confianza de los dueños del taller, pero no tanta como para que su hermano durmiera también allí. Le permitían, eso sí, llevar muchachitas para pasar la tarde con los pantalones abajo. El Chele no se metía con nadie, no hizo ningún amigo en Tapachula. Se engominaba en extremo el pelo rizado a eso de las 5 de la tarde, luego de darse una buena ducha para sacarse el hollín de su piel blanca. Se ponía una camiseta estampada que cubría la de manga larga que llevaba por dentro. Se calzaba sus imitaciones de Converse y se lanzaba a las esquinas de las cafeterías de la plaza central, al céntrico y seudocolonial quiosco blanco, a las paleterías donde los muchachos y las muchachas van a hablarse. A enamorarse, dice él. A veces triunfaba y seguía citándose con la muchacha, en alguna banca del parque. Comían algún helado, hasta que un día conseguía llevarla al taller, se bajaban los pantalones, luego se olvidaba de ella y volvía a iniciar la rutina.

Parte de su éxito se debía a que El Chele no parece un delincuente. A diferencia de Pitbull y de Auner su piel es la de un adolescente y no una tostada y agrietada. La mirada inocente hace juego con sus rizos castaños y le dan ese aire de alguien en quien se puede confiar. Sus manos no tienen callos y lleva siempre las uñas limpias y recortadas. Podría decirse que por su cuerpo no ha pasado la vida de obrero que siempre ha llevado.

Pitbull iba donde podía. Vivía en casa del compañero de trabajo que le diera posada. Se movía por la zona de Indeco, una de las colonias más peligrosas de Tapachula, zona de fábricas y maquilas. Ahí, gracias a los enormes muros manchados con pintadas de la Mara Salvatrucha que protegen las industrias, la calle que hace de columna vertebral parece amurallada, una especie de límite entre dos países en conflicto. Pitbull trabajó de albañil, de ayudante de mecánico, de cargabultos en el mercado. Todo era provisional. Todo era acostumbrarse a aquel pueblo con aires de ciudad. Un tiempo para hacer amigos y volver a vivir en esa cuerda floja que lo mantiene siempre en el límite de convertirse en cadáver. Esa misma donde caminaba en El Salvador, decidiendo si lo mejor no era ser como sus amigos, meterse en la pandilla, ganarse el miedo con el que se trata a esa familia de desahuciados.

—Yo no es que me quisiera meter a la pandilla, sé que es un pedo andar en eso, pero es que como nos parecíamos… Así, pues, que somos bichos que no estudiaron, que andamos solo vagando y viendo cómo nos divertimos –define Pitbull sus razones.

En Tapachula divertirse siguió significando lo mismo: caminar en la cuerda floja. Si no hay riesgo de caer, tampoco hay entretenimiento.

Se topó con otro de su estirpe, “un chavo ratero” que le hizo la oferta como quien ofrece un pedazo de pan. Eso bastó para que Pitbull volviera a las andadas.

—¿Qué onda, vamos a chingarnos algo por ahí?

—Vamos –respondió.

Robaron a mano limpia carteras y bicicletas a señoras y niños. Afuera de las escuelas, en la clasemediera colonia Laureles, en las calles que rodean el mercado. Una de esas carteras lo devolvió a El Salvador. La rapiñó, corrió, pero a la vuelta de la esquina había una patrulla. Pitbull no quiso dejar la bicicleta en la que huía. En lugar de escapar por callejones siguió por las aceras hasta que otra patrulla más lo alcanzó y lo llevaron a la comisaría.

—A ver, pinche marerito, a mi país vienes a hacer tus fechorías. Te vamos a recomendar tres años para que aprendas a no venir a joder.

La apariencia no le ayudó. Pitbull tiene ese caminar insolente de los pandilleros, que doblan las rodillas y aflojan el cuerpo para balancearlo de lado a lado. El pelo al ras, y una mirada retadora que sale de su rostro redondo y que siempre ve de reojo, hacia arriba, como si estuviera a punto de atacar.

Ni siquiera intentó explicar al policía que no era ningún marerito, sino solo un joven de Centroamérica. Lo único que se le pasó por la cabeza en aquel momento fueron los años.

—Tres años… Voy a salir casi de 21… Ya viejo.

En lo otro no reparó. Siempre que un policía lo detenía, le preguntaba lo mismo: ¿de qué mara? Lo que es costumbre, por definición, ya no llama la atención.

La amenaza fue solo eso. Pitbull se fue a la prisión de menores de Tapachula durante ocho meses. Nadie lo visitó nunca. Ni El Chele ni Auner ni doña Silvia, su madre.

—Entré como pollo comprado –recuerda tieso y temeroso.

La recibida no fue calurosa. En su primera ducha le pidieron por las malas sus tenis y su bermuda.

Con el paso de los días aprendió a escuchar. Y lo que escuchó le resultó familiar. Cuando oyó palabras como perrito, chavala, boris o chotas, empezó a sentirse en casa. Era el lenguaje de la pandilla, esta vez de la Mara Salvatrucha. Entonces sí supo qué hacer. Se volvió a convertir en el muchacho jodón y temerario que siempre fue. Cuatro días tardó en que su jerga le abriera el acceso al grupo dominante de la prisión: el de los pandilleros centroamericanos.

Ahí, en la banda, estaba el líder, El Travieso, un pandillero guatemalteco de 18 años, preso a los 14, cuando ya llevaba tres homicidios, tatuados como lágrimas negras en su rostro; el Smookie, con sus dos gotas de la muerte y el MS en el labio inferior interno; El Crimen, también guatemalteco, también con dos lágrimas; El Catracho y Jairo, ambos hondureños.

—Todos eran de las dos letras, todos de Centroamérica, y éramos los meros chingones de la cárcel. Vendíamos la mota, los cigarros y la coca, y poníamos orden a todos los demás pendejitos.

¿De qué se trata ser joven? Pitbull parece decir: hay que ser temerario. Como Juan Carlos, el que reventó a la par suya en Chalchuapa; como El Travieso, como El Crimen; como sus amigos de toda la vida: como él mismo, que ahora huye de nuevo. ¿Y para que le sirve ser temerario? Pues para ganar reputación. ¿Y cuándo ese joven es más reputado? Cuando tiene lágrimas negras en el rostro, cuando siendo niño tiene el currículum de un sicario, cuando dentro de la cárcel él es quien manda y no quien entrega su bermuda y sus tenis en las duchas.

—Lo primero que hice ya siendo de los chingones fue recuperar mis cosas y huevearles las suyas. Ja, ja, ja. Se cagaron los bichos cuando llegué con la otra raza a ponerles en la madre. Así era la onda, ni modo que anduviera con los vergones y no arreglara eso. Así que reventamos a esos cerotes en el baño –recuerda Pitbull en el albergue de migrantes.

Nos acercamos a la mesa a terminar la partida de conquián, el juego de cartas predilecto de los migrantes, con sus dos hermanos. Por un momento todos se olvidan de aquellos cadáveres que sin saber por qué les marcaron el destino en El Salvador.

Echan algunas risas. Pienso si no es así, con esa confianza convertida en insultos amables, que se expresan el cariño, la alegría de estar juntos en esta huida. Cuando uno de ellos lanza la carta incorrecta en este juego de velocidad y reacción, los otros sueltan carcajadas. Balbucean adjetivos. Pendejo, cerote, burro. El que los recibe también ríe. Ríen juntos.

Auner me aparta por un momento de la mesa. Quiere contarme la decisión que ha tomado.

—Nos vamos en bus por la sierra… Pero… La onda es que… Quiero ver si nos podés echar la mano, porque… Es que no conocemos ni nada.

Acordamos que en lo que se pueda así será. Viajaremos juntos hasta Oaxaca. Acordamos vernos por la mañana en el parque de Ixtepec. Nos despedimos.

El caer de una pluma

En la mañana el sol aún no calcina en este pueblo. Una marcha popular recorre las calles adoquinadas, encabezada por el pick up que hace las veces de vocero del periódico local. La gente de los puestos callejeros se asoma a ver a los marchantes, unas 100 personas. Esta vez el carro de las noticias ha prestado sus servicios para denunciar la supuesta violación por parte de ocho policías municipales de una prostituta local. No me extraña. Hace dos años estuve aquí y escribí un reportaje sobre una banda de secuestradores de migrantes conformada por municipales y judiciales.

—¡Puta madre! –exclamo– la violaron entre ocho.

Auner y El Chele bajan la cabeza. Murmuran un “qué paloma” y siguen mirando las revistas del puesto. Pitbull tarda más en responder. Se queda pensativo hasta que lanza su evaluación.

—¿Y no era puta la chimada, pues?

Quién sabe qué es lo que hace que entre tres hermanos con los mismos orígenes haya uno que sea más paternal, Auner; otro que puede confundirse con adolescente cualquiera, El Chele; y otro que parece un ex convicto de toda la vida. Unos minutos de más un día en la tienda de la esquina donde se conoció a un amigo, un partido de fútbol, una golpiza en un mal momento por parte del padre. Supongo que es eso, algo tan sutil e impredecible como el descenso de una pluma.

Nos embutimos en el autobús de tercera que viaja repleto de indígenas hacia la sierra. Pocas horas tardamos en descubrir por qué esta ruta es utilizada por los migrantes que llevan los suficientes pesos para el boleto. La calle es una angostura de pavimento que sube, baja y se curva como un intestino. Bordea precipicios interminables. Corta cerros de piedra caliza. Es comprensible por qué el Instituto Nacional de Migración no incluye esta dentro de su ruta de retenes.

Sin mucho espanto para un camino diseñado para aterrar al indocumentado, llegamos a Santiago Ixcuintepec. Es un pequeño pueblo de indígenas en medio de la bruma, la llovizna y la sierra tupida. Nos arrimamos al portal de la iglesia para descansar las 9 horas que tenemos libres antes de que el otro autobús salga rumbo a la ciudad de Oaxaca. Algunos jóvenes nos miran desafiantes, y Pitbull vacila si responderles con otra mirada más provocadora o seguir como debería, cabizbajo, asumiendo que huye y que este camino está del todo en su contra. Por suerte, no dice nada.

Tres indígenas se acercan con diferencia de minutos. Enjutos, con caras bondadosas y sandalias de caucho. Todos vienen con mentiras. Dicen que nos llevan a sus casas, en un pueblo intermedio. Dicen que ahí dormiremos bien y tendremos un plato de frijoles con tortillas para llenar la panza. Que solo cobran 150 dólares por el grupo. Que el bus que esperamos no saldrá. Son una panda de timadores. El bus sí saldrá, y su precio es de 8 dólares por cabeza. Este pueblito, como otros tantos que he visto en este camino, no tardará mucho en convertirse en un nido de rateros. Los migrantes son la presa perfecta. Huyen de las autoridades, se esconden, quieren ser invisibles.

Los muchachos me voltean a ver sin saber qué contestar. Es obvio que las propuestas de los indígenas no les resultan malas. Avanzar es avanzar de todas formas.

Los otros cadáveres

—Hey, madrecita, aliviánenos con unas sodas –dijeron Los Chocolates a doña Silvia.

Los Chocolates eran dos hermanos pandilleros de Chalchuapa. Ambos de la 18. Pasaban las mañanas y los atardeceres frente a la tienda de doña Silvia, la madre de los hermanos Alfaro. Pedían un refresco regalado, con ese deje de superioridad que recubre a los pandilleros en sus zonas. Fumaban marihuana y montaban guardia en su barrio.

Era el 19 de junio de 2008. Un día de lo más normal.

—Otra vez esos muchachos. Que no podrán irse a poner a… –intentó terminar la frase doña Silvia cuando escuchó ocho detonaciones y los alaridos de su hija mayor, que estaba afuera con sus pequeñas.

La madre salió corriendo. Encontró a su hija y sus nietas en gritadera y amontonadas en una esquina. Un taxi aceleraba dando vuelta en U. Los Chocolates, Salvador y Marvin, de 36 y 18 años, yacían desparramados en el suelo. Cara, pecho, piernas… Todo había sido agujereado por el metal.

El taxi había llegado con sus vidrios polarizados hasta arriba. Se estacionó frente a Los Chocolates, que descansaban en el murillo de la tienda. Como quien va a bajar el vidrio para pedir una dirección, el taxi se mantuvo inmóvil. En efecto, los vidrios se bajaron, los de adelante y los de atrás del lado derecho del coche. Salieron cuatro cañones de 9 milímetros. Empezó y terminó la masacre.

Silvia se quedó petrificada, con la mirada fija en la huida del taxi.

Escenas fugaces e incomprensibles. Esa es la materia de la que se componen los campos de la violencia. No son zonas de traqueteos de metralleta ni de hombres y mujeres en fuga constante. Son silencios y ocasos que se rompen por esa fugacidad en las banquetas donde los niños juegan, en las esquinas donde los jóvenes conversan, en las tiendas donde las madres despachan.

Después, como quien despierta a medianoche de una pesadilla, todo regresa a la normalidad. Silvia dijo a las niñas que entraran. Cerró la tienda. Nadie se quedó para ver cómo los forenses levantaban los cadáveres. Nadie se quedó a dar ninguna respuesta.

Pero a Silvia algo le daba vueltas en la cabeza. Ella creció en este país, en zona de pandillas. Ahí crió a sus hijos. En su mente, una cosa, quién sabe cómo, podía derivar en otra. Corazonadas de madre, supongo. Al día siguiente llamó a sus dos hijos, a Auner y a Pitbull –recién deportado desde Tapachula–, y les pidió que se fueran al municipio de Tacuba, a estar con el abuelo. El Chele seguía en México, y nadie le contó que dos pandilleros cayeron en el porche de la tienda de su mamá.

Quién sabe qué le cruzó por la cabeza a doña Silvia. ¿Sabía algo? Nunca lo averiguaron. Nadie los apuntaba aún, pero su madre presintió algo. Ella dio el pistoletazo de salida: huyan muchachos.

Auner y Pitbull hicieron caso. En Tacaba chapodaron, pastorearon vacas y afilaron machetes, pero aquello era muy aburrido. Para Pitbull era como volver a ser un joven campesino cuando intentaba por todos los medios ser un joven moderno, jugar maquinitas, comprarse camisas polo, conquistar a las chicas y ponerse aretes. Para Auner era inviable. Él tenía una mujer y un sueño de mantenerla. Su abuelo le pagaba en frijoles y tarros de arroz con tortillas. Eso no era suficiente.

Por aquellos meses de mediados de 2008 los dos se fueron a Tapachula. Auner durmió una última noche con su mujer. Pitbull probó por primera vez fuera de los barrotes la marihuana con sus amigos de Chalchuapa. Al día siguiente se juntaron y montaron un autobús rumbo a Tapachula.

Allá se dieron la mano, se despidieron y continuaron con esa relación de hermanos campesinos que no se abrazan ni construyen destinos juntos. Hasta que el destino mismo los obliga. Uno albañil, Auner; el otro cargador, Pitbull. El Chele, en lo suyo, en sus esquinas de parques, sus chicas, su taller mecánico y su pelo engominado.

Una noche de agosto Auner volvía del trabajo caminando por el parque de Tapachula. Caminaba ensimismado con esa posición encorvada que mantiene el muchacho de rostro anguloso y barba de candado. Un rostro que debería de tener alguien con unos diez años más que los que él tiene. Cuando aquel aire caliente le atravesaba el pelo negro y tupido, el pasado lo obligó a juntar a sus hermanos. Auner recibió una llamada de su tío en el celular. Aquella tarde, el mayor de los hermanos escuchó la peor noticia de su vida como si fuera un problema cotidiano: Auner, hoy nos cortaron el agua; Auner, hoy me rompí una pierna.

—Auner, hoy mataron a tu mamá.

Doña Silvia Yolanda Alvanez murió a los 44 años de un balazo en la frente o de un balazo en su sien izquierda. Quien sabe cuál entró primero. Fueron dos muchachos. Uno manejaba la bicicleta, el otro iba parado en los tornillos de las ruedas. Aparcaron frente a la tienda. Ella lavaba trastos en la piedra. Caminaron silenciosos frente al hermano de Silvia, el tío de los muchachos. Se pararon junto a ella. Uno enfrente, el otro a la par. Le volaron la cabeza.

La melancolía del que huye

—¡Ve qué hijueputa este! –dice Pitbull, y levanta la voz con toda la intención de ser escuchado.

El autobús que va de Ixcuintepec a Oaxaca traquetea más que el anterior. Esto sí es romper la oscuridad. La luz de los faros genera en la selva que atravesamos dos remolinos de mosquitos y mariposas nocturnas. Pitbull cede ante la impotencia y se echa a dormir. Desde hace varias horas intenta que el motorista quite la monótona música norteña que nos ha impuesto desde que salimos. Pitbull quiere un disco que asoma en el tablero, uno de reguetón.

El Chele y Auner duermen atrás. Previendo que algún policía se suba, nos repartimos en asientos separados. Aunque la pretendida confusión poco hubiera funcionado. Los muchachos son casi fluorescentes en el autobús: tres jóvenes con pantalones flojos y zapatos tenis entre un montón de indígenas. Más que viajar, huyen. Eso se nota. Son los tres de sueño ligero. Son los que se despiertan a asomarse por las ventanas cada vez que el bus se detiene. No importa si es para que el motorista orine, salude a alguien en un pueblito o suba a otro que espera entre los árboles. Se asoman.

Amanece entre las montañas. La vereda de tierra se ha convertido en una carretera de curvas cuando abrimos los ojos. El Chele viajó en silencio. No pronunció palabra y mantuvo la mirada perdida entre los montes. Pitbull, mientras estuvo despierto, fue el mismo muchacho inquieto de siempre: volteó a ver para todos lados, lanzó una que otra broma, insultó al motorista, tarareó tonos que le vinieron a la mente. Auner eligió dormir casi todo el camino, pero ahora que despertó, una mirada triste se le escapa por la ventana. Con el ceño fruncido de quien recuerda, el mayor de los hermanos viaja con gesto de preocupación cuando me siento a su lado.

—¿Qué te pasa, viejo? –pregunto.

—Aquí, dándole vueltas a la cabeza.

—¿La familia?

—La familia.

—¿Qué pensás?

—Solo que espero que estén bien… Que las amenazas que nos llegaron no fueran para ellos también… Es que como fueron así tan raras… Sin decir para quién iban, pues… Solo que para la familia.

La familia, para Auner, son los muchachos que lo acompañan en este autobús, es su hermana mayor que se quedó atrás, y sobre todo es su mujer y su hija de dos meses. El resto, su abuelo, sus tíos, sus primos, todos los que callaron ante la muerte de doña Silvia, le importan un pito.

—A esos que se los lleve la bestia si quiere.

Aquella noche calurosa de Tapachula, cuando Auner recibió el llamado de su tío, juntó a sus hermanos para que iniciaran la marcha fúnebre para despedir a su madre. Ninguno quiso contarme cómo vivió el momento. Solo me dijeron frases cortas: fue duro, nos ahuevamos, bien pura mierda.

Dos días viajaron como migrantes a la inversa, buscando el Sur, alejándose de Estados Unidos, pidiendo aventón, cruzando la frontera de México a Centroamérica por el río que los divide. Llegaron tarde, solo para ver cómo metían la caja bajo tierra.

El Chele llevaba adentro la rabia de un niño asustado. Enojado, pero con más ganas de llorar que de pegar. Pitbull y Auner, sin decirse nada, querían matar. ¿Pero a quién?

Una lápida de silencio cayó sobre el cadáver de su madre. El tío que vio pasar a los sicarios enmudeció: no, no sé nada, no los vi, me quedé paralizado. Fue todo lo que dijo. El abuelo, el patriarca de la familia, desde su Tacuba campesina y con su Biblia de pastor evangélico como escudo, repetía su monserga: confórmense, déjenla en manos de Dios, así lo quiso él, dejen de preguntar.

Pasaron los meses. Ellos insitían, pero solo les respondía el silencio. Las preguntas se fueron atenuando. La rabia se convirtió en tristeza. Las dudas quedaron ahí. ¿Habrá sido una venganza de los borrachos a los que Pitbull encerró? ¿Habrá sido la mara que no quería testigos de la muerte de Los Chocolates?

—Quizá una vieja que es bruja y que odiaba a mi mamá –agrega Pitbull.

La muerte no tiene una sola cara en un país como El Salvador. No siempre viene de un solo lado. Se puede presentar en forma de abanico. Sus mensajeros son tantos que cuesta pensar en uno solo. Es como cuando en el mar sientes que algo te picó en el pie. ¿Un cangrejo, una medusa, un erizo? ¿Un borracho, un marero, una bruja?

Los meses pasaron bajo el calendario del luto: dos meses de rabia y preguntas, otros dos de conformismo intermitente y uno más de tristeza a secas.

Después, los muchachos recogieron lo que sembraron. Aquellas preguntas que hicieron nunca parieron respuestas, pero sí amenazas. La misma semana su tío y su abuelo, desde Chalchuapa y Tacuba, recibieron la misma advertencia que trasladaron a Auner para luego volver a enmudecer.

—Muchacho, alguien los quiere matar, me dijeron que van a matarlos a ustedes tres y a toda la familia.

Nada más.

El verdugo clandestino regresó como siempre lo hizo en la vida de los hermanos Alfaro. Regresó a los meses, cuando el último estallido de violencia se había disuelto en el tiempo. Sin dar explicaciones, sin mostrar la cara. Las únicas decisiones que permite son afrontar o huir.

Sintieron la condena de su región, la fuerza con la que su país lanza los escupitajos hacia afuera o el bagazo de 12 cadáveres diarios en promedio en un pequeño país de poco más de 6 millones de habitantes. Ellos son escupitajo. Hicieron maletas y emprendieron el viaje. Se unieron a la romería de los vomitados centroamericanos. Se metieron en este flujo de los que escapan. Unos de la pobreza, otros de la imposibilidad de superarse. Muchos, de la muerte. Esa que todo lo cruza y que toca a los jóvenes y viejos, a hombres y mujeres, a pandilleros y policías.

Dos historias de violencia

No puedo evitar pensar en otras historias que conocí en este camino. La sorprendente indiferencia con que las amenazas caen a la par de personajes distintos. Recuerdo el gesto similar de susto con el que una agente de la policía hondureña y un pandillero guatemalteco me contaban lo mismo: tuve que escapar. Y enfatizaban el tuve.

El pandillero se llamaba Saúl. Tenía 19 años, 15 de vivir en Los Ángeles, con su madre. Desde hacía cinco pertenecía al Barrio 18 en su gueto latino. Lo deportaron cuando ya no estaba activo –al menos eso me dijo–, por un robo que cometió contra una tienda 24 horas.

Lo conocí a medio México, cuando viajábamos hacia Medias Aguas colgados de las parrillas del tren que en la noche rompía cerros intransitables para cualquier otro vehículo. Iba por su quinto intento. Uno tras otro, sin descansar. Fumábamos haciendo cuenco con las manos. Él hablaba desbocado y hacía énfasis en una frase que, según interpreté, buscaba que yo entendiera que él no tenía opción, que hay gente en el mundo que no tiene dos ni tres alternativas. Solo una.

El efecto del tren es siempre el mismo. Allá arriba no hay periodistas y migrantes. Hay gente colgada de una máquina que lleva sus vagones vacíos. Allá arriba solo hay marginación y velocidad. Y todos somos iguales, porque el suelo está al mismo palmo de nuestros pies y porque las sacudidas sacuden a todos por igual. Es todo lo que importa.

Saúl volvió deportado a Guatemala, un país que no conocía. Hizo lo que pudo, llamar a su tío paterno de Los Ángeles con la única llamada que le dieron las autoridades migratorias de su país. Consiguió una dirección. Hacia allá fue, a buscar a un señor que no conocía. Llegó a un barrio marginal, a la par de un río. Eso me contó. Entró caminando, como cualquiera entraría a cualquier barrio. Le pasó lo que le pasaría a cualquier joven inexperto en Centroamérica, que no sabe que estos no son barrios cualquiera. Una turba de muchachos salió de un callejón. Le cayeron a patadas y le arrancaron la camiseta.

—¡Ajá, un chavala hijueputa! –gritaron hambrientos cuando le vieron el 18 en su espalda.

Saúl alcanzó a gritar el nombre del señor al que buscaba.

—¡Alfredo Guerrero, Alfredo Guerrero!

La turba se calmó. Se voltearon a ver entre sí y lo arrastraron por la colonia como quien arrastra a un animal. El cuerpo magullado de Saúl fue lanzado a los pies de un hombre en el interior de una casa. En una mejilla el hombre tenía una M; en la otra, una S.

—Ajá, chavala de mierda, ¿para qué me buscás? –dijo el hombre.

—¿Alfredo Guerrero? –repitió Saúl.

—Ajá –contestó el hombre.

—Soy Saúl, tu hijo, me acaban de deportar.

El hombre –así lo recordó en aquel tren Saúl– abrió los ojos hasta más no poder. Después respiró hondo y volvió a tener aquella mirada de rabia.

—Yo no tengo hijos, chavala –zanjó su padre.

El hombre, sin embargo, le hizo el único regalo que Saúl recibió de su padre. Reconoció ante su barrio que ese era su hijo. Le entregó como obsequio un hilo de vida.

—No vamos a matar a este culero, pero le vamos a aplicar el destierro. Y si te vuelvo a ver, hijueputa, creéme que yo mismo te voy a matar.

Lo desterraron. Lo dejaron en calzoncillos, con su 18 expuesto, en otra zona de la Mara Salvatrucha, de la que Saúl logró salir embarrándose de lodo y aparentando ser un loco.

A la agente de Policía la conocí un año antes que a Saúl. Se llama –o se llamaba, quién sabe si logró llegar a Estados Unidos– Olga Isolina Gómez Bargas. Rondaba los 30 años. Su historia también era la de un terreno donde no hay que entrar. Su relato también llevaba tatuadas dos letras: MS.

Decidió huir de su país porque una bala iba a atravesarle la cabeza. La bala iba a salir de una pistola 9 milímetros, una que ella portaba en el cinturón cada día.

A su primer marido, también policía, se lo mató la Mara Salvatrucha en un operativo. Una leve descoordinación. Entró cuando los refuerzos aún no llegaban a una zona del barrio El Progreso, de Tegucigalpa. Una lluvia de 30 balas le dejó el cuerpo como colador. Ocurrió dos años antes de que Olga Isolina me llorara su historia en las vías, cuando escapaba de sí misma.

A su segundo marido, también policía, se lo mataron un año y medio después que al primero. Ella vivía en una colonia con fuerte presencia de la Mara Salvatrucha, pero había sabido cómo rebuscarse para que no supieran que era policía. Trabajaba en otras zonas. Regresaba a su casa vestida de civil cada fin de semana. A su marido la cautela le importó un comino. Él entraba al barrio vestido de policía y con la pistola en el cinto.

Un día, por atrás, tres balas en la nuca le explicaron al segundo marido de Olga Isolina que la soberbia y la violencia no se llevan bien. Desde entonces, ella empezó a mirar su pistola como una salida de aquel huracán.

—Me mato, mato a mis hijas y a mi perro para no dejar a nadie desamparado –pensó muchas veces acariciando la cacha de su 9 milímetros.

Hasta que eligió mejor separarse de su pistola. Salir de la policía e ir a buscar al Norte un trabajo donde no hubiera balas con las que suicidarse.

La violencia, así lo vivió Saúl, a veces viene de los que llevan tu sangre. La violencia, como bien sabe Olga Isolina, se puede traducir en tristeza. La violencia, bien lo saben los hermanos Alfaro, ahuyenta incluso cuando no tiene rostro.

Adiós, muchachos

El centro de la ciudad de Oaxaca se muestra colorido y dominical cuando nos bajamos del taxi. Hace unos minutos llegamos a la terminal de los buses provenientes de la sierra. Niños rubios pasean de la mano de sus globos a la par de sus padres, también rubios y sanos, que fotografían a las indígenas que venden artesanías en la plaza.

Auner, Pitbull y El Chele sonríen con recato ante aquello, como si no se lo merecieran. Abren los ojos y tuercen la nuca de un lado a otro. Uno sigue los pasos del otro, que a su vez sigue los pasos del anterior. Buscan guía en este pequeño mundo perfecto. Esta plaza de paletas y manzanas acarameladas. Caminan como un gusano torpe que no logra coordinar ninguna de sus patas. Parecen el extracto de una película blanco y negro en una de color.

Ya sabemos que aquí nos diremos adiós. Los acompaño en su última negociación. Su padre, desde Estados Unidos, les dictó un número de celular. Les dijo que es un amigo oaxaqueño que conoció en el Norte, con quien trabajó. Él les echará una mano. Se preguntan en qué los ayudará. ¿Es un coyote al que su padre le ha pagado para que los lleve seguros hasta su encuentro? Ojalá, suspiran los tres. ¿Es solo un amigo que les dará comida y casa para que descansen antes de continuar? Bueno, algo es algo, repiten.

Les doy el celular para que salgan de la duda. Queda claro que en cuanto a migrar se trata, los tres son inexpertos. Escapar es otra cosa, no hay alternativa ni mucha estrategia. Solo aquella que la prisa permita. En este camino hay lobos y caperucitas. Ellos no se mueven como lobos. Me queda claro cuando ni por un momento se preguntan qué hacer si el amigo de su padre es un coyote. Con uno de esos ases del camino hay que saber qué palabras utilizar, qué negociarle. Son expertos subiendo cuotas, cobrando servicios extras. Si detectan que enfrente tienen a un primerizo lo desvirgarán sin compasión.

La llamada termina. Auner me devuelve el celular con el vacío en los ojos. Es solo un amigo. Un plato de comida, una cama caliente y algunos consejos.

Seguirán solos en su huida a partir de ahora. La noticia les cae como balde de agua fría porque, aunque puedan seguir tomando algún que otro autobús, los espera el tren. Tarde o temprano. Sus asaltantes, cuatro puntos más donde puede haber secuestros y la región norte mexicana, donde más operativos policiales de Migración ha habido en el último año.

Las tardes en la plaza de Oaxaca te llenan de calma. Hojas secas tapizan el suelo o vuelan por ahí. Ancianos descansan en bancas forjadas frente a las que la gente pasa y saluda con alegría.

En una de esas bancas, en un remanso en la huida, luego de lanzar una mirada humilde y cómplice a El Chele y Pitbull, Auner me hizo una pregunta.

—Disculpá, espero que no te ofenda, pero hay algo que no entendemos. ¿Por qué nos ayudás? ¿Por qué te importa?

Parece sencilla de responder. Porque voy a contar su historia. Pero en el contexto del adiós es un enorme nudo introducido de golpe en la garganta. Sin bisturí. A mano limpia.

Aquella pregunta escondía otras miles. ¿A quién le pueden interesar tres condenados a muerte? ¿Por qué seguir a unos hermanos campesinos que solo dejaron cadáveres atrás? ¿Qué tienen de raro los cadáveres? ¿Por qué ayudarnos? ¿Por qué, si hasta nuestro propio país nos echó? ¿Qué de importante puede haber en lo que ha sido escupido?

No hubo tiempo de nada más. Un hombre prieto se acercó a la banca. Era el amigo del padre de los hermanos Alfaro. Hizo un gesto rápido con la mano. Nos dimos un fuerte abrazo y vi a Auner, Pitbull y El Chele perderse en la plaza, entre niños y juegos. Ellos continúan escapando.

¿Dónde están?

Los días pasan y la comunicación con los muchachos se reduce a un intercambio de mensajes de celular.

—¿Dónde están? ¿Cómo están?

—Bien. Vamos a tomar un bus para el DF.

Los días pasan. En Chalchuapa y Tacuba varios jóvenes siguen cayendo como Auner, Pitbull y El Chele estaban condenados a caer. Roberto, Mario, Jorge, Yésica, Jonathan, José, Edwin, todos entre los 15 y los 27 años, fueron asesinados en estos meses de agosto y septiembre.

—¿Dónde están? ¿Cómo están?

—Aquí vamos. Ya no nos queda de otra, vamos a subirnos al tren.

La comunicación se interrumpe. Mis mensajes se quedan sin respuesta. Hoy, principios de septiembre, hubo un secuestro masivo en Reynosa, frontera norte de México. Al menos 35 migrantes centroamericanos fueron bajados por un comando armado de Los Zetas cuando los indocumentados llegaban a esa ciudad montados como polizones en el tren de carga.

—¿Dónde están? ¿Cómo están?