Archivos de la categoría ‘Oscar Martínez’

“Ahí en Apanteos puede ocurrir una masacre en cualquier momento. Solo estamos esperando a ver qué pasa. ¿Y saben qué es lo peor? Que con nuestros recursos no podemos evitarlo”. Lo dijo en aquella reunión ante los cuatro periodistas que lo rodeábamos. Ya lo había insinuado antes, pero esta vez completó la frase. Y la remató tras la última pregunta, antes de despedirnos, de pie, cerca de la puerta de su despacho: “¿Y eso lo podemos citar?” “Claro, es que de lo que no puedo evitar no puedo ser responsable”.

Lo normal es que un funcionario, sobre todo si es de la rama de seguridad del país más violento del continente, enrolle los argumentos, matice, relativice… suavice, ese es el verbo. La usanza es que argumente desconocimiento, que se escabulla, que se excuse… rehúya, ese es el otro verbo.

Aquella tarde en su oficina, Douglas Moreno, el director de Centros Penales, no hizo uso de los verbos básicos del botiquín de un funcionario. Cuando eso pasa, cuando uno espera lo contrario, las palabras suenan con más fuerza, con más entonación, sobre todo en el caso de una tan potente: ma-sa-cre.

Sí, una masacre en Apanteos. Eso es lo que en aquella charla a inicios de septiembre de 2010 auguró el director del sistema de centros penales para la cárcel de Santa Ana. Una matanza entre los 3 mil 700 internos apiñados en ese espacio diseñado para un máximo de mil 800 seres humanos. Una carnicería en aquel recinto que alberga a mil 900 presos más de los que le caben.

Mi duda era si el pronóstico de Moreno era producto de la inteligencia dentro de centros penales, del conocimiento profundo de lo que tras sus barrotes se cuece o si, por el contrario, era una amenaza perceptible para cualquiera que estuviera cerca de Apanteos. Cualquier familiar, cualquier abogado, cualquier representante de reos, cualquier reo.

El siguiente día me reuní en el centro de San Salvador con alguien muy cercano a los reos comunes del país, “los civiles”, los que no son pandilleros ni ex policías ni ex militares. Mi contacto es un ex reo, como casi todos los que aquí afuera representan a los que están allá adentro. Es alguien que les conecta abogados, que conoce a muchas de las familias de los presos, que sabe sus apodos y que tiene sus números de celular, esos que los presos contestan dentro de las cárceles.

Aquel restaurante, aunque se anunciara como tal, de chino solo tenía las letras y algún adorno en forma de gato. Pedí pollo frito y mi contacto pidió carne frita. Ambos pedimos horchata. Era la tercera reunión que teníamos, pero la primera tras haber escuchado lo que Moreno dijo. Fuimos al grano.

-Entonces, ¿todos están esperando la masacre en Apanteos?

-Pues sí, yo te dije que ahí lo que tienen es una bomba de tiempo que va a estallar de un solo vergazo, pues.

-Pero algo se podrá hacer.

-Separarlos, eso es todo. Si el clavo que tienen allá adentro es que no les ha gustado que lleven a los muchachos de la mara.

A principios de junio, más de 100 mujeres de la Mara Salvatrucha habían llegado al sector 1 de Apanteos, una cárcel en el occidente del país que en teoría es exclusiva para reos comunes. Entonces, las alertas se empezaron a encender en los sectores 5, 6, 7 y 8. Uno tras otro, varios reos se desvelaron como miembros activos de la Mara Salvatrucha y otros como simpatizantes: familiares de pandilleros, habitantes de sus barrios, compañeros de historias. Simpatizantes. Aquellos personajes de los que un marero bien podría decir: “los dejamos caminar con nosotros”.

La llegada de las jainas de la MS desató un efecto dominó que ni siquiera la dirección del penal se esperaba. De un día para otro resultó que cinco de los 11 sectores de Apanteos pertenecían a la MS. Hombres que se habían declarado civiles, que sabían que eso determinaría si serían recluidos en un penal de la mara o en uno como Apanteos, ahora cambiaban el guion.

-Y eso no gustó –me dijo mi informante en el restaurante de las letras chinas.

Me pregunté a quién con exactitud no le gustó, pero en los platos ya no había pollo ni carne frita y en los vasos solo quedaba la base espesa de la horchata y la conversación tenía que terminar y yo acostumbrarme a la regla de quien pregunta por lo que pasa en las cárceles: hay otra pregunta más importante detrás de tu pregunta. Hay un hecho oculto detrás de ese hecho. Hay una historia que explica esta historia. Hubo otras masacres antes de esta masacre. En resumen: el iceberg tiene base, y vos estás parado en la cima.

Apanteos antes de los últimos muertos

Si se hiciera un casting televisivo para interpretar el papel de jefe de custodios de un penal salvadoreño, el jefe Molina tendría altas posibilidades de ganar si se presentara. Recio, compacto, bigotón, de hablar rápido y amañado por su medio. Él no te dice algo: te lo reporta; para él no es que no pase nada: es que no se registró novedad; él no se dirige a Juan o a Pedro: él le habla al custodio o al señor director o al señor periodista. El jefe Molina es el jefe de custodios de Apanteos y en mi primera visita a mediados de septiembre tuvo la amabilidad de “darme parte” de la organización del “centro penitenciario”. A voz alzada, como quien pasa lista al regimiento:

-Sector 1, 176 féminas de la MS; sector 2, enfermos, delitos menores y viejitos; sector 3, reos con derecho a media pena; sector 4, penas largas y delitos graves, como secuestro u homicidio; sector 5, cumplimiento de más de dos tercios de pena; sector 6, fase de admisión y adaptación al centro; sector 7, penas de tres a 13 años; sector 8, penas de tres a 20 años, pero ahí tenemos ahorita a los mareros varones de la MS, a 269; sector 9, penas leves y procesados sin condena; sector 10, procesados sin condena por penas graves y condenados también; sector 11, es un sector especial, ahí tenemos a los internos inadaptados, desafiantes, que representan amenaza. Oiga usted, no a los malos, que aquí todos son malos, sino a los desafiantes.

Del sector 3 al 8 componen la galera, la nave central de cemento y hierro donde cada sector está dividido por muros y rejas, y los internos pueden insultarse o saludarse a través de los barrotes que dividen los bloques de celdas. Los sectores 9 y 10 están separados por poco de la galera y el 1 y el 11 lo están del todo.

La petición estaba cantada:

-Por favor, jefe Molina, déjeme hablar con el representante de los desafiantes, del sector 11.

Se quitó la gorra, se rascó la coronilla, se revolvió en la silla y llamó a su jefe, el director del penal. “Sí, sí, eso quiere… sí, le daré parte, jefe… sí, sí, como usted ordene”.

-Lo sacaremos, pero acuérdese de que esta gente es astuta y tiene tiempo para pensar en lo que dirán, y ponen caras visibles, amables, que no siempre son los verdaderos líderes, sino sus representantes.

Si lo que pretendían los del sector 11 era mostrar su cara más amable, habría que ver qué otras fisionomías hay allá adentro. Sale un tipo flaco, fibroso, tatuado desde los hombros hasta las muñecas, y con unas ojeras que le ensombrecen la mitad de su rostro de mapache. Es el representante de los “rebeldes”. Representante es un cargo informal que formalmente representa a su sector. Como me dijo un funcionario de cárceles: “Si el representante no avala que entrés al sector, solo la UMO puede ayudarte”.

El representante del 11, que prefiere que no publique su nombre, escuchó mi presentación y sin más se lanzó a hablar sobre las “inhumanas” condiciones que hay dentro de las prisiones. Me vi obligado, luego de cinco minutos de cortesía, a detenerlo y explicarle que no quería hablar de eso. No hace falta una investigación para saber que en un sistema apto para 8 mil 80 reos que alberga a 23 mil 48, las condiciones están a un abismo de distancia de ser óptimas. No hace falta quitarle tiempo a un reo para enterarse cuando el mismísimo director de centros penales lo reconoce y los directores de los penales cuentan anécdotas de reos que duermen parados, de olores fétidos hasta lo vomitivo, de reos que cazan gatos para hacer sopa, de enfermedades sin médicos ni medicinas, de extorsiones entre reos, de violaciones perpetradas con penes, botellas, garrotes y cuchillos, de algunos que han perdido la razón entre barrotes… No pocas, muchas anécdotas. “Allá adentro se violan derechos humanos que no han sido inventados”, ironizaba un colega que lleva meses inmerso en la dinámica de las cárceles.

El representante del 11 endureció el gesto.

-¿Entonces de qué querés hablar?

-Dicen que está por estallar una masacre aquí.

-Ajá, ¿y dicen que es nuestra culpa?

-No, dicen que hay inconformidad con los nuevos internos.

-Entonces la solución es bien fácil: sacá a esos nuevos internos, llevátelos a una de sus cárceles, a una de mareros. Sacá mañana a esos mareros del sector 8 y este penal se arregla. No podemos convivir con ellos, porque extorsionan, amenazan. No vamos a actividades deportivas porque no nos podemos encontrar, no salimos a la enfermería porque no nos podemos encontrar. Ni a programas, cine, nada, porque se nos avientan si nos ven.

-¿Les están disputando a ustedes el control del penal?

-¡No! Ya vas con lo mismo. Si aquí no es por control, es por tranquilidad que queremos que se vayan. Ellos sí quieren control, sacaron a 25 amigos nuestros del sector 8 hace unos días, se les tiraron encima. Acordate de que aquí hay quienes cumplen condena porque mataron a algún mierdoso allá afuera, y acordate que esos no se tientan para vengarse y acordate que aquí adentro uno arrastra sus clavos y todo se paga. Entonces, ¿por qué no se los llevan? Si saben que esto es una bomba de tiempo. ¿O ya no se acuerdan de la masacre de 2007?

El coordinador del 11 le llama mierdosos a los mareros. El coordinador del 11 lleva más de 10 años encerrado. El coordinador del 11 sabe que en las cárceles hay tiempo para cobrar las deudas, y lo recuerda de su última masacre.

Quien a masacre mata, a masacre muere

En las cárceles se arrastra clavos. En las cárceles se lleva marcas. Cuando eso pasa -y ha pasado-, uno, o muchos a la vez, pagan con la vida sus clavos, sus marcas. Fue en Apanteos donde ocurrió la última masacre del sistema penitenciario salvadoreño. En enero de 2007.

A las 5 de la tarde del viernes 5 de enero de ese año, los civiles de Apanteos escucharon disparos desde los garitones de vigilancia de los custodios. Disparos cada cinco minutos y rumores de rabia atrás de la pared que separaba los sectores de civiles del sector donde 500 miembros del Barrio 18 cumplían condena. No tenían ni idea de qué ocurría. Eso me contó el representante del 11 y además otro reo de otro sector de Apanteos que también estuvo ahí, y también un custodio que disparó desde los garitones.

Los rumores pronto se convirtieron en un retumbo en el sector 7. “Pum, pum, pum, sin parar”, recordó uno de los informantes. “Las paredes se sacudían. Los pandilleros estaban dándoles desde el otro lado con los catres, sabíamos que las tirarían tarde o temprano”.

Los civiles eran menos en los sectores a los que, desde el 7, los pandilleros accederían. Los civiles no eran todos amigos y la actitud común no hubo que consensuarla, se asumió con naturalidad. Algunos se acurrucaron en las esquinas, enrollados, con sus cabezas entre las rodillas; o se sentaron en los catres, como quien hace recuento del día antes de tumbarse a dormir; y los que menos, “los que sabían de su clavo”, caminaban nerviosos afuera de las celdas a las que nunca volvieron a entrar desde que escucharon los disparos. ¡Pum, pum, pum! Durante dos horas. Y la pared cayó.

Uno de mis informantes presos recuerda que entonces todo se ralentizó. El retumbo cesó y un silencio total puso dramatismo a la escena de centenares de pandilleros entrando por el hueco de la pared. “Con cuchillos, corvos, garrotes y al menos dos pistolas”. Luego, agujerearon las demás paredes y entonces tuvieron todo el interior para ellos. Pocos fueron los tontos que en los sectores de civiles echaron a correr. ¿Hacia dónde? Hacia un muro y después hacia el otro. “Como hormigas locas”.

Los pandilleros caminaban por los sectores en grupos de 30 o más. Cada líder de grupo llevaba un celular con cámara de video. La turba se detenía frente a cada civil que, como niño de escuela en pleno regaño, esperaba con la vista fija en el suelo. Levantaban por los pelos su cara, le apuntaban con el lentecito del celular y preguntaban a quien estaba al otro lado de la línea: “¿Este?”. Si la voz por el auricular respondía que no, la marcha seguía; si la voz respondía que sí, como bien describió mi informante, “le caían todos, como hienas hambrientas a un caballo moribundo. Solo veías volar los pedazos de carne”.

Desde las 7 de la noche hasta las 9 de la mañana del día siguiente, la marcha de los 18 recorrió cada sector y levantó la cara de cada civil y devoró a 27 de ellos según la versión oficial. “Fueron más”, asegura uno de mis informantes desde una prisión. “Fueron más”, asegura otro de mis informantes desde otra prisión. Y es que, según ellos, hubo algunos de los que solo quedó sangre. Gente convertida en charco. “Como a cuatro, que a saber qué clavo cargaban, los hicieron picadito en los baños, pedacitos que después tiraron a los inodoros”.

¿Pero por qué los masacraron? Y mis fuentes respondieron con la misma normalidad, hasta con asombro, como preguntándose por qué más podría ser: “Pues porque arrastraban un clavo”. “Un clavote”. Ese clavo era otra masacre. La del penal de Mariona en 2004.

En agosto de 2004, en Mariona había miembros de la Barrio 18 y civiles, muchos de estos últimos agrupados en la otrora organización criminal líder dentro de los penales: La Raza. Todo empezó, según tres reos que estuvieron en aquel momento, porque los 18 compraron a los custodios unos polines que unos albañiles que realizaban obras en el penal habían olvidado. Y dentro de un penal, un polín en manos de un reo es un arma. Punto. El Viejo Posada, heredero de la tradición de civiles amos y señores del sistema penal, heredero a la fuerza de nombres míticos como Trejo, Guandique o Bruno, le pidió a una de sus manos derechas, a Racumín, que llevara un mensaje a los 18: “Entreguen esos polines o vamos a jugar pelota con sus cabezas”.

Nunca los entregaron. El Viejo Posada ordenó que repartieran las armas a su ejército: corvos y pedazos de catres afilados. En silencio, con ayuda de los custodios que les dejaron el paso libre, ingresaron a los sectores 1 y 2, donde los 18 ya los esperaban con sus polines. Empezó el cuerpo a cuerpo. Murieron civiles y 18, nadie sabe con exactitud cuál bando fue el más golpeado, pero se estima que fue el de los civiles, porque el Viejo Posada, como explica uno de mis informantes que peleó de su lado, “se entregó a los custodios para que no lo mataran los 18. Se entregó cagado y meado, y les dio la pistola .38 que andaba”. Tras “la molleja” -como se llama a los motines en el diccionario de la prisión-, las autoridades contaron 32 cadáveres. “Más, más, como 37, si contás a los picados en los baños”. Al parecer, el subregistro de las masacres carcelarias se va por los inodoros.

A muchos de los participantes en la masacre los trasladaron de penal, y muchos, pandilleros y civiles, coincidieron en Apanteos. De ahí la revancha de 2007. Ojo por ojo, masacre por masacre. En el sistema penitenciario flota una memoria infalible. Los clavos se cargan. Las marcas se llevan. Los 18 que en 2007 estaban en Apanteos nunca olvidaron que tras el muro había deudores. Y esperaron lo que hizo falta para leerles la sentencia: “Aquí hay algunos que llevan sangre de homeboy en las manos, y ya saben a qué venimos”. Las hienas sobre el caballo moribundo. “Fue una cacería de brujas”, recuerda uno de los informantes.

Y la máxima se repite: hay una historia que explica esta historia. Hubo otras masacres antes de esta masacre. El iceberg tiene base y, para llegar a ella, tenés que descender desde la cima.

“No somos los MS, son los 18 el problema”

Era ya el gesto común con el que el jefe Molina reaccionaba ante mis peticiones: la gorra fuera, el frotamiento en la coronilla y los murmullos: “A ver, a ver, qué cosas, señor periodista”.

En esa ocasión le pedí que sacara al representante del sector al que todos quieren fuera de Apanteos, el 8, de los supuestos MS. El jefe Molina llamó por el radio a un custodio y le preguntó si era posible sacar al representante del 8 “sin que haya trifulca”. El custodio le contestó que sí, porque a los 15 minutos se sentó frente a mí en una banca lejos de cualquier otra persona un señor bajito y curtido, llegando a los 40 malvividos años, con estereotipo de albañil y ni pizca de marero. Aparte de pedir que ocultara su nombre, no prestó más dificultades para hablar y fue al meollo.

-El problema aquí es que los del 9 y el 10 son de la 18.

-Y ustedes de la MS.

-Lo que pasa es que si vivís donde hay MS, ya dicen que sos de la MS y llevás clavo y te quieren trabonear. Y uno lo que quiere es pagar su viejita, nada más. Yo no quiero ser raíz de aquí.

-¿Vos sos MS?

-Lo que pasa es que uno vive donde ellos viven, ahí los ve, y uno tiene parientes, y puede tener alguna simpatía, pero el problema no es ese… el problema no somos nosotros los MS, son los 18 que se andan llevando con los de la banda de Los Trasladados, que los dominan desde el 11.

Luego me enteraría de que su hijo y hermano son MS, que él está preso por un delito cometido junto con dos miembros activos de la MS, presos en un penal dispuesto para ese grupo. Sin embargo, el pequeño albañil había agregado un nuevo nombre al mapa de poderes que esos muros guardan: La banda de Los Trasladados.

Este es un grupo formado a mediados de esta década, cuando los civiles se dieron cuenta de que eso de la separación de presos en cárceles de pandilleros y no pandilleros era más media mentira que media verdad. La masacre de 2004, que tanto debilitó a La Raza -que ahora solo manda en pocos sectores de Mariona-, y la masacre de 2007 en Apanteos, fueron definitorias para la creación de este grupo. Los asesinados en 2007 eran trasladados, removidos de una prisión a otra, de Mariona a Gotera y de Gotera a Apanteos, donde se volvieron a topar, con un solo muro de por medio, con sus enemigos del Barrio 18 que sí seguían organizados. En cambio ellos, debilitados por tanto ir y venir, apenas si conocían a algunos de los civiles de su nuevo penal. Eso derivó en que tuvieran que esperar como caballos moribundos el momento de las hienas.

Con la memoria fresca de sus muertos, fueron los civiles de Apanteos los que dieron impulso a la banda de Los Trasladados luego de la masacre. La lógica fue sencilla: hablemos con nuestra gente con liderazgo en los diferentes penales de civiles que, visto lo visto en Apanteos, están llenos también de pandilleros. Digámosles que adoctrinen, que junten gente, que creemos códigos y que allá donde nos manden seamos Los Trasladados y que allá donde arrastremos nuestros clavos con mareros, nuestras marcas con El Barrio, no nos encuentren solos. Y entonces hubo unidad y se corrió la voz y dominaron el negocio del tráfico de drogas dentro de sus penales y hubo un líder con varios nombres: Miguel Ángel Navarro. El Ex PNC. El Animal. Pero de él hablaremos casi al final.

Antes de que se llevaran al enjuto encargado del sector 8, le hice la misma pregunta que días atrás había hecho al representante de sus enemigos, el del sector 11:

-¿Por qué querés dominar el penal? ¿Cuál es el negocio?

Sonrió desafiante.

-Ninguno, ninguno, solo queremos cumplir la viejita en paz.

Las revelaciones de El Gusano

Las entrañas de los penales plantean ese problema: que cuando hablan con el mundo exterior todos quieren cumplir la viejita en paz, la culpa es del otro, de la MS, del Barrio 18, de Los Trasladados, pero nunca de uno mismo, de la MS, del Barrio 18, de Los Trasladados.

Los líderes de sectores solo quieren hablar de las infrahumanas condiciones, pero nunca de sus disputas por poder. Y es cierto, las condiciones son infrahumanas, inmundas, injustas, pero en esa inmundicia, las disputas son por poder.

Fui de director en director, de contacto exterior en contacto exterior, de custodio en custodio, hasta encontrar a quien buscaba, un perfil poco usual. A este preso le llamaremos El Gusano. Lleva más de ocho años encarcelado en cinco prisiones, algunas de pandilleros de la MS, otras de civiles y otras de civiles y miembros del Barrio 18. Él no pertenece a ningún grupo. Si tuviera que pelear de un bando pelearía del lado de Los Trasladados, del Barrio 18 o, si no queda de otra, de la MS, en ese orden. Es un sobreviviente, y esos saben acoplarse. Él sí quiere cumplir su viejita en paz y conoce la clave: un perfil bajo, a ras de piso, un gusano arrastrándose silencioso en un mundo de fieras. Viéndolo todo.

Lo primero que le pedí es que hiciera el mapa de poderes, aquel que oficialmente dibujó el jefe Molina cuando lo conocí. Esto es lo que El Gusano, agazapado, desdentado y famélico, dibujó con sus palabras:

-Lo importante es saber que en Apanteos, en el sector 11 están Los Trasladados con algunos de La Máquina y de la Mao Mao (pandillas en decadencia). Los Trasladados controlan otros sectores, como el 5 y 6; en el 9 y el 10 están los 18 y algunos de La Mirada (pandilla con nexos con la 18), que no tienen clavo con los del 11; y en el 8 están los MS que tienen a algunos infiltrados en los otros sectores. Se putean cuando se ven, no pueden coincidir. Los del 8 están contra los demás y andan buscando cómo encontrarse.

-¿Por qué? ¿Qué quieren?

-Hacer negocios en paz y que los demás no los hagan. Tenés que saber que aquí todo está conectado, un penal es una pieza dentro del sistema. Sirve para hacer presión, sirve para hacer motines generales, sirve para que los líderes cobren rentas, aunque sea de a poquito, a los demás sectores o a los que como yo no pintamos nada. Sirve para negociar allá arriba. Si no tenés poder, nadie te escucha y mientras más penales tengás, más te van a escuchar.

-¿Y quién es el líder?

-Mirá, si buscás al líder de Apanteos, pues ahí está, es El Cobra, del 11, pero si querés saber quién es el líder líder, preguntá por El Animal, que está en Zacatecoluca. Él es el que dice estornuden y todos estornudan. Desde aquella cárcel ladran los más perrones, y en las demás muerden sus perros.

Todas las voces, la del director de Centros Penales, la del representante de Los Trasladados de Apanteos, la del representante de los MS de Apanteos, la del jefe Molina, la de El Gusano, apuntaban a un inminente enfrentamiento en esa prisión. Todos lo sabían. Hasta la voz más sometida dentro de los barrotes. Sin embargo, El Gusano ayudaba a comprender cuán grande es el iceberg y cuán poco deja ver. La masacre venidera no tenía que ver con pleitos de “me caés mal”, tenía que ver con estructuras, con dominós donde las piezas son penitenciarías y el premio es el control de centrales del crimen. Desde una cárcel, la de máxima seguridad, llegaban las órdenes, unas de El Animal y otras probablemente de El Diablito, el señalado como jefe nacional de la MS, y en Apanteos sus perros escuchaban y se preparaban. Unos infiltrando los sectores de los otros. Los otros dándose cada vez más cuenta de la estrategia y murmullando cómo enfrentar el embate. Y el sistema viendo, incapaz de meter mano, lo que se venía.

“¡Perame, que aquí se nos armó!”

Desde cuando el director de Centros Penales, Douglas Moreno, comentó aquello de que se veía venir una masacre, empecé a tener contacto con Orlando Molina, un hombre serio, con voz de mando, que es el director del penal de Apanteos desde hace poco más de un año.

El 24 de noviembre a las 12 del mediodía marqué al celular del director. Contestó. Parecía estar en medio de una obra de la construcción. Sonó como si en esa obra utilizaran mucha lámina, pues todo tronaba, un tronido metálico.

-Señor director, dicen que se desató la batalla.

-Es… Dad… Otín…

Estruendo de fondo.

-Señor director, ¿qué pasa?

-¡Perame –gritó- que aquí se nos armó!

Colgó.

A las 11 de la mañana los del sector 8, los salvatruchos y acólitos, dijeron basta. Desde hacía tres días, todos los sectores habían iniciado una recomposición del penal. Agarraban por las solapas a aquellos que creían eran mareros o esbirros del 8 y se presentaban ante los custodios: ¿se los llevan a donde pertenecen o los matamos? Así, los civiles habían vuelto a tomar control de casi todos sus sectores. Cerca de 100 reos fueron apiñados en el sector 8, escupidos por los demás sectores. Ese día 24, a las 11 de la mañana, el sector 6 hizo lo suyo y exigió lo mismo: ¿se llevan a estos 25 o los matamos? Se los llevaron y en el sector 8 no cabía la gente. Ni la rabia.

El director ingresó al sector 8 cuando sus custodios le informaron que ahí se preparaba una ofensiva contra el 6. “Es que nos están sacando a toda la gente de los sectores y eso no puede ser”, le gritó el hombre, ese con aspecto de albañil con el que semanas antes yo había hablado. Cuando el enjuto reo dijo eso, sus compañeros de sector ya invadían el tejado de la galera para acceder a los lugares de los que habían sido expulsados.

El director se movilizó al sector 6 a escuchar el argumento de los civiles. Era muy sencillo: “No podemos convivir con los MS, eso es todo”, confirmó el coordinador. El director abandonó el 6 para pensar con calma cómo actuar. En ese momento le llamé. Las láminas tronaron. Los MS invadieron el 6. El primero en caer fue ese hombre, el último reo en hablar con el director. Un objeto contundente le destrozó el cráneo a Luis Antonio Molina Ruiz, de 41 años, condenado por un delito menor, usurpación. El 8 contra el 6 y parte del 7 iniciaron la esperada batalla. Hacía mucho que se arrastraban clavos en Apanteos.

Minutos después, en el sector 8 murió de una puñalada en el corazón Víctor Kennedy Menéndez, de 25 años. “Ellos dos eran civiles, vinculados a Los Trasladados. Al del 6 lo mataron por bocón, porque algún infiltrado de la mara escuchó lo que le dijo al director; al del 8 lo mataron porque era infiltrado de los civiles entre los mareros, y ese fue el momento de pagar su clavo”, me diría El Gusano cinco días después de los asesinatos.

Los custodios habían logrado desalojar gran parte del sector 6 antes de que los pandilleros terminaran de invadirlo. El director sabía que algo explotaría luego de hablar con Molina Ruiz, y ordenó evacuar a los civiles hacia otros sectores. Molina Ruiz no tuvo ni tiempo de decidir. Como dijo el director: “Fue yéndome yo y matándolo a él”. El resto, los 22 heridos por arma blanca, eran civiles que no evacuaron cuando se les indicó. Por eso fueron golpeados, puyados, magullados por los mareros –y amigos de mareros, que para este caso da lo mismo- que se replegaron gracias a que no habían logrado entrar todos y aque los custodios, disparos de por medio, consiguieron parar una masacre que ahora quizás se recordaría por al menos 24 cadáveres.

La masacre no fue más lejos por cuestión de unos segundos, por la poca rapidez del grupo de salvatruchos, por su ineficiente letalidad al atacar a los heridos. “Pero el clavo queda ahí, y este sistema a huevo te vuelve a juntar. En el futuro será”, me dijo El Gusano.

Tal vez cuando el penal de Gotera -donde trasladaron a más de 200 pandilleros y amigos- se llene y esa gente vuelva a recalar en penales de civiles. Tal vez cuando los que quedaron en Apanteos se topen con aquellos a los que atacaron. Tal vez en un descuido. El clavo ahí queda.

El nuevo clavo

El 30 de noviembre, un hombre de 36 años apareció apuñalado en la cárcel de Zacatecoluca, la de máxima seguridad. Su nombre era Miguel Ángel Navarro. Su apodo: El Animal.

Los noticiarios dedicaron notas de alrededor de 30 segundos, los periódicos notas de media página o menos. Decían que fue apuñalado, que purgaba condena por robo agravado y asociaciones ilícitas, y que quizá se debió a una riña entre pandilleros.

Nadie se percató de que apareció muerto en la celda de su vocero y mano derecha, Iván Buenaventura Alegría, mejor conocido como “El Violador de Merliot”, sentenciado a 107 años de prisión en 2001, por agresiones contra ocho mujeres. Nadie descartó lo de riña entre pandilleros bajo el argumento de que esa celda estaba en la planta baja del sector 3 de la cárcel, donde están los civiles dividiendo a los sectores 1 y 2 de los salvatruchos del 4 de los del Barrio 18. Nadie ató cabos y pensó que quizá esto tuvo algo que ver con lo de Apanteos. Nadie relacionó que un clavo arrastra otros clavos, que El Animal era el jefe de Los Trasladados, el hombre que cuando ordenaba estornudar, todos los civiles estornudaban. El hombre que, como interpretan dos fuentes del sistema penitenciario, dio la orden a los civiles de su ex penal, el de Apanteos, de que sacaran a los MS de sus sectores.

En abril del año pasado, nueve penales civiles iniciaron una rebeldía liderada por Apanteos, a la que luego se sumaron seis penales de pandilleros. Se dijo que era por las infrahumanas condiciones en las que los tenían adentro. Mis fuentes, desde aquel hombre con el que me reuní en el restaurante chino, pasando por El Gusano, hasta un ex custodio de Zacatecoluca (de los despedidos en diciembre), aseguran que hubo otro motivo: en abril, las autoridades penitenciarias trasladaron a El Animal de Apanteos a Zacatecoluca. El iceberg nunca es lo que su punta dice, o al menos no es solo eso.

El director de Apanteos me recibió por última vez el miércoles 1 de diciembre, un día después de que El Animal apareciera con más de 72 perforaciones en su cara, cuello, pecho y espalda. Orlando Molina sonríe muy pocas veces, pero cuando uno se acerca a la pregunta que él cree correcta, sonríe.

-Mataron a El Animal, director. Pareciera que los altos mandos terminaron de dirimir en Zacatecoluca lo que se inició aquí entre el sector de MS y los de civiles.

Sonrió.

-¿Usted cree? Son complicadas las cuestiones de penales y reos en este país, ¿verdad?

Es discreto y de ese tema no quiso hablar más. Sin embargo, El Gusano aseguró que entre pasillos y barrotes solo se barajan dos opciones: una, que lo mataron los MS en venganza por lo de Apanteos. Dos, que lo mataron otros civiles, aspirantes a líderes de Los Trasladados, inconformes con que pusiera a la banda en contra de la mara. El ex custodio de Zacatecoluca, que llegó para encontrar el cuerpo ensangrentado, agregó: “Un interno que temía por su vida, por cercanía con El Animal, aseguró que fue Abraham Bernabé Mendoza, El Patrón, que le disputaba el liderazgo… Supuestamente del sector donde están los MS alguien dio alguna orden a los del sector 3, a El Patrón”. Quizá las dos hipótesis de El Gusano forman una sola verdad.

A El Animal lo mataron luego de que alguien tapara las dos cámaras del patio donde los reos salen en grupos de 12 durante 40 minutos al día. Lo mataron entre las 11 y las 11:20 de la mañana. Solo hay 11 sospechosos.

-Director, por poco ocurre una masacre anunciada en Apanteos.

-Sí, sabíamos que algo ocurriría, pero no en ese momento.

Los funcionarios lo reconocen con toda naturalidad. En este sistema, las masacres se pueden prever como las tormentas: se espesa el horizonte, parece que va a llover. Lo de detenerlas es otro cuento. Depende del momento en que se desatan.

El director hizo una pausa y abandonó su sobrepoblado penal para ver más allá:

-Porque el problema no es que aquí iba a pasar o no, el problema es el sistema, que está deteriorado. Este fue solo un problema de los que habrá más.

-¿Más masacres?

-Tal vez. Ese no es el punto. Sufrimos las secuelas de años y años de abandono. Problemas de administración, capacitación, vigilancia, depuración, infraestructura, finanzas. ¿Por dónde quiere empezar? Todo esto tiene consecuencias prácticas. El sistema agrupó a los pandilleros para que no se mataran. Ahora, ya no le caben en sus cárceles de pandilleros. En las de occidente ya los mismos pandilleros no aceptan a más de los suyos. O sea que los devolvieron a cárceles de civiles, y estos se agruparon también. Ahora hay más grupos y todos buscan lo mismo: poder, poder, poder. Las preguntas son: ¿Cuántos grupos más se formarán? ¿Qué harás con ellos? Si ya no te caben separados, ¿los vas a juntar?

-Supongo que eso harán. Si no caben, no caben.

-Pues sí, supongo que sí.

En Apanteos hay 240 mareros o seguidores en el sector 6. Otros 250, los que más participaron en la trifulca, fueron trasladados al penal de Gotera. En Apanteos casi todos los sectores siguen en tensión con el 6. Los militares llegaron a custodiar perímetro, pero eso es de los muros para afuera. Hacia adentro, como dijo el director, “se sigue balanceando, negociando, porque tensión siempre habrá”.

En este sistema, entre los reos, corre una memoria infalible que combinada con la sobrepoblación es una bomba de tiempo permanente.

Bien dijo El Gusano: “Los clavos de uno aquí adentro no desaparecen. Los clavos solo se arrastran”.

Hoy, esos hombres arrastran otro clavo.

En el camino

Publicado: 19 febrero 2010 en Oscar Martínez
Etiquetas: , , ,

—Huyo porque tengo miedo de que me maten –dice Auner cabizbajo.

La primera vez que se lo pregunté me dijo que migraba porque quería probar suerte. Dijo aquella frase hecha de que buscaba una mejor vida. Es normal. Cuando uno huye, desconfía, y entonces miente. Es ahora que estamos solos, apartados de sus hermanos que juegan cartas en un albergue para migrantes del sur de México, ahora a la par de las vías del tren con un cigarro en los labios, que él acepta que su verbo es huir, no migrar.

—¿Volverías? –pregunto.

—No, nunca –sigue con los ojos clavados en la tierra.

—¿Renunciás a tu país?

—Sí.

—¿No volverías nunca?

—No… Bueno… Solo si tocan a mi mujer o a mi hija.

—Y entonces, ¿a qué volverías?

—A matarlos.

—¿A quiénes?

—No sé.

Huye de una muerte sin rostro. Allá atrás, en su mundo, solo queda un agujero repleto de miedo. Aquí y ahora solo queda huir. Esconderse y huir. Ya no es tiempo de reflexiones. De nada vale detenerse a pensar cómo él y sus hermanos tienen que ver con aquellos cadáveres. De nada serviría.

Salió de El Salvador hace dos meses y desde entonces camina con sigilo y guía con paciencia a sus hermanos. A los 20 años, dueño de su miedo, Auner no quiere dar un paso en falso. No quiere caer en manos de la Migración, no quiere ser deportado, no quiere que le desanden su camino, porque eso significaría tener que volver a empezar. Como a él le gusta repetir: “Para atrás, solo para tomar impulso”.

Auner se levanta silencioso y pensativo. Camina la vereda polvorienta que termina en el albergue de Ixtepec, en el estado de Oaxaca. Se une a El Chele y Pitbull, sus hermanos menores, y hacen rueda junto a los lavaderos a medio construir. Nos envuelve un calor húmedo que casi puede tocarse. Discuten cómo continuarán la huida. La pregunta es una: ¿seguir en el tren como polizones o ir en buses por los pueblos indígenas de la sierra con la esperanza de que no haya retenes policiales?

El viaje por la sierra los llevaría a atravesar lo verde y espeso de la selva oaxaqueña, a transitar lo irregular. Los llevaría a internarse en un camino poco conocido por los migrantes. Es una ruta alterna utilizada sobre todo por coyotes y que llegó a oídos de Auner gracias a que Alejandro Solalinde, el sacerdote que fundó este albergue, entendió que no estaba de más dar una opción extra a los que huyen.

El viaje en tren los obligaría a encaramarse como garrapatas en el lomo del gusano metálico. Aferrarse en medio de la oscuridad a las parrillas circulares del techo y seguir así durante seis horas, hasta llegar a Medias Aguas, en Veracruz. Luego tendrían que tumbarse en el suelo, en las afueras de ese pueblo escondido a esperar que salga otro tren. Dormir con un ojo cerrado y el otro medio abierto a la espera de señales para echarse a correr. Porque Medias Aguas es base de Los Zetas.

Los Zetas un grupo formado en 1999 por el narcotraficante Osiel Cárdenas Guillén, preso desde 2003 en Estados Unidos. El fundador del poderoso Cártel del Golfo creó Los Zetas con algunos militares de élite que desertaron para formar este grupo que ahora se considera un cártel con independencia y que desde 2007 agregó a sus actividades el secuestro masivo de indocumentados, por los que pide rescate a sus familiares. “El grupo de sicarios más peligroso y organizado de México”, se les llama en un informe de la División Antinarcóticos de Estados Unidos divulgado en enero de 2009.

La respuesta a la pregunta que se hacen los hermanos Alfaro podría parecer lógica para cualquiera que no conozca las reglas de este camino. Sin embargo, el riesgo de la sierra tampoco es leve. De cada diez indocumentados centroamericanos seis son asaltados por las mismas autoridades mexicanas. Esa sería una catástrofe para unos muchachos que atesoran los 50 dólares que su padre les envía desde Estados Unidos cada cuatro días. Los atesoran porque con ellos compran las tortillas y los frijoles que comen una vez al día cuando no están en un albergue y se sientan entre matorrales a recuperar aliento para seguir en esta huida.

La decisión es aún más complicada para quienes huyen de la muerte, porque el retorno no significa nomás volver a casa con los hombros abajo y las bolsas vacías. El retorno puede costarles la vida, igual que subirse al tren, que a tantos ha despedazado.

Hoy mismo me enteré de que José perdió su cabeza bajo el tren. Era el menor de tres salvadoreños con los que hace dos meses hice un recorrido por La Arrocera, bordeando la carretera para no enfrentar a las autoridades. Un rebane limpio, me contaron. Acero contra acero. Fue allá por Puebla, unos 500 kilómetros arriba de donde ahora estamos. El viaje es intenso. El sueño es leve. El cansancio a veces gana.

José cayó en uno de los tambaleos, que sin problemas se sacudió a un hombre débil y medio dormido. Me lo contó Marlon, uno de los que viajaba con él. Ellos también huían. En su caso, sí tenían certeza de por qué. Escapaban de las pandillas, que les arruinaron su panadería cuando les impusieron una renta impagable: 55 dólares semanales o la vida. La empresa entera emprendió la retirada. Eduardo, el propietario y panadero; José, el repartidor; y Walter, el ayudante. Uno de ellos ya volvió a El Salvador en una bolsa negra.

Los hermanos Alfaro decidirán esta noche qué hacer. Tienen que decidir con tino; si no, podrían encontrar aquí lo que buscan dejar allá abajo.

El primer cadáver

—¡Hey, hijueputa! –escuchó Pitbull en su retaguardia el grito amenazador.

Giró la cabeza y vio un cañón 9 milímetros. Pensó que le apuntaba a él. Directo en la frente. Dio un salto de gato y antes de caer escuchó las dos detonaciones. Los disparos atravesaron la cara y la espalda a su amigo Juan Carlos Rojas, un pandillero. Unos pedazos de sesos mancharon a Pitbull la camisa polo que se había puesto para conquistar chicas con Juan Carlos en una sala de maquinitas del centro de Chalchuapa. Era un día soleado de enero o febrero de 2008.

A Pitbull se le subió a la cabeza esa rabia descontrolada que le nace del estómago, esa que hace que se le crucen los cables allá arriba. Cuando eso pasa, durante unos cinco minutos, no hay quien lo detenga. Se vuelve un animal. Un pitbull.

Echó un vistazo atrás y, entre el desparrame de materia viscosa, no le quedaron dudas de que su amigo estaba muerto. Pitbull echó a correr con furia, gritando incoherencias. Vio al asesino y a su cómplice. Escapaban. El que disparó iba relegado, jadeando. Esa es la presa, pensó Pitbull. Le importó un carajo que tuviera en la mano una 9 milímetros cargada. El hombre, un viejo borracho de unos 50 años, retomaba la huida y se volteaba para apuntar a Pitbull, y decirle entre exhalaciones.

—¡Parate que te disparo, pendejo!

No había negociación posible. Entre el estómago y el cerebro de Pitbull la efervescencia subía. Cuando estaba a tres pasos del borracho, Pitbull brincó hacia adelante, con las manos extendidas como garras. Tumbó al hombre. Le dio vuelta y no se preocupó del arma que quedó un metro adelante. Dice que se cura más la rabia si es a puño limpio. Así, con los nudillos, empezó a deformarle el rostro.

La policía se había acercado después de tanto barullo. Entre dos agentes atraparon al muchacho que daba cabriolas. Levantaron al borracho del suelo, inconsciente.

Lo primero que hicieron los policías fue sacar conclusiones que en un país como El Salvador pueden parecer obvias: un joven en medio de una escena de un crimen, pandillero. El primer cuestionado por aquel desbarajuste fue el muchacho.

—¿De qué mara sos? –le preguntó un agente.

—De ninguna, pendejo –le respondió Pitbull, ya no por la rabia, sino porque así es él.

—Sos de la 18 como tu amigo al que mataron, ¿vea? –continuó el policía que ya conocía a Juan Carlos porque en uno de estos pueblos con título de ciudad, a pesar de haber 73,000 habitantes, los policías conocen a los pandilleros por su nombre, su pandilla, su apodo y hasta su función.

—¿Que sos sordo, chimado? –le refutó Pitbull al agente, que ya estaba a punto de ponerse violento.

De repente, llegó el subinspector, que había recogido testimonios de la gente alrededor.

—A ver, muchacho, ya me dijeron que actuaste en venganza. Decime, ¿querés venir a la delegación a testificar para que podamos encerrar al asesino?

—Va, juega –respondió Pitbull que con sus 17 años (18 ahora que huye) siempre andaba buscando cómo meterse en alguna aventura que, por peligrosa, le espabilara.

Eso consiguió. Un día sin aburrimiento. Se fue, vestido de policía, a buscar en las colonias del centro de Chalchuapa al cómplice del asesino de su amigo. Se internó por las calles adoquinadas que parten de la avenida central de esta ciudad comercial y bulliciosa, repleta de tiendas, almacenes y puestos callejeros. Una gracia para él. Un relato divertido en su mundo.

—Bien vergón andar vacilando en la patrulla. Lástima que ligerito encontramos al viejo chimado ese –dirá después Pitbull.

Pitbull fue al reconocimiento en la delegación y lo dijo claro. En sus caras.

—Esos dos viejos cerotes son los que mataron a Juan Carlos.

Pero esos dos viejos también lo vieron a él. En aquel pueblo para nadie es difícil reconocer a alguien del casco urbano, que vive en el centro, y no en los cantones alejados que rodean el municipio. Saber que Pitbull era hijo de doña Silvia Yolanda Alvanez Alfaro, la de la tiendita que está frente a la pupusería, a la par de la fábrica Conal. Que ese chico de pelo rapado y arete plateado era Jonathan Adonay Alfaro Alvanez. Albañil, agricultor, carpintero, fontanero. Todólogo. Johny. Pitbull.

Pitbull, el tipo duro

—Tenés que tener alguna idea –le insisto a Pitbull en las vías del tren de Ixtepec, mientras tomamos un refresco y fumamos.

Después de que Auner me revelara por qué viajaban, y como quien pide a un padre una cita con una de sus hijas, le pedí permiso para hablar con sus hermanos. Aceptó. Uno a uno empiezo a alejarlos del barullo del albergue. Primero a Pitbull. Lo escondo entre los matorrales de las vías, para que se sienta tranquilo y recuerde.

—No, loco, no sé quiénes putas eran esos viejos. Solo sé que cuando íbamos para las maquinitas, mi chero me dijo que tenía que recoger algo en la cantina. Salió bien tranquilo. Empezamos a caminar, y ahí fue cuando salieron esos chimados y lo mataron.

—¿No creés que sean ellos quienes los están amenazando de muerte?

—Ahí sí que no sé. No tengo idea de quiénes putas son.

Nada. Ni una pista. Pitbull huye, pero no sabe de qué. Si fuera un personaje de ficción, seguro que la trama lo obligaría a investigar, a mover sus contactos en el barrio, a poner nombre a los dos viejos borrachos. Pero esto es la realidad, y Pitbull es solo un joven de 18 años del país más violento de América, acostumbrado a la muerte.

Qué más da si ni los reportes policiales abundan en detalles. Cuando mataron a Juan Carlos –enero o febrero, no lo recuerda a cabalidad– otros nueve jóvenes de entre 18 y 25 años fueron asesinados en Chalchuapa. Pero Pitbull ni siquiera sabe si Juan Carlos era su nombre real.

—Él así decía que se llamaba, pero como era de la pandilla y tenía problemas en otras colonias, yo le escuché otros nombres.

William, José, Miguel, Carlos, Ronal, No identificado, cualquiera de estos podría ser el nombre real de Juan Carlos. Todos ellos murieron en Chalchuapa en los meses en los que él cayó. Cualquiera podría ser el registro policial de su cadáver. Aunque alguien quisiera saber la verdad sobre esa muerte, la verdad sería tan esquiva como lo que jamás ocurrió.

Pitbull se voltea lascivo hacia unas muchachas migrantes que salen del albergue. “¡Ricas!”. Huir no siempre es una romería fúnebre. Al menos no para este muchacho. Da una calada a su cigarrillo. Vuelve la calma. Continúa respondiendo preguntas echado en los rieles, con una roca como almohada y la vista fija en el cielo. Parece un paciente de psicoanalista.

Después del primer cadáver, Pitbull se largó un tiempo de Chalchuapa. Dos viejos borrachos estaban siendo juzgados por homicidio porque él los señaló en la cara. Lo mejor era retirarse.

Se fue a Tapachula, la ciudad mexicana fronteriza con Guatemala donde estaba su hermano menor: Josué, El Chele, de 17. Josué llevaba más de cinco meses en aquel sitio que huele a frituras y plomo. Desde que emprendió el viaje a finales de 2007 rumbo a Estados Unidos, El Chele seguía esperando mientras reparaba carros y dormía en un taller mecánico de la zona maquilera. Esperaba que su padre, como le había prometido, le llamara un día diciendo que el coyote que lo guiaría a Estados Unidos estaba listo, que el dinero había sido reunido y que la promesa terminaría de cumplirse.

—Nos vamos al Norte, hijo, verás cómo allá sí hay chamba, buen jale, buen dinero –había dicho el padre con su español migrante, esa mezcla de acento centroamericano y diccionario chicano.

El Chele y Pitbull nunca fueron amigos ni enemigos tampoco. Son dos tipos diferentes obligados a compartir historias. Auner seguía en lo suyo, allá en El Salvador, labrando el campo a la espera de que su esposa pariera. Ninguno de los tres se comunicaba. Siempre han tenido esa relación de campesinos que parecen tener como regla la prohibición de mostrarse afecto con gestos o palabras.

El Chele tenía la confianza de los dueños del taller, pero no tanta como para que su hermano durmiera también allí. Le permitían, eso sí, llevar muchachitas para pasar la tarde con los pantalones abajo. El Chele no se metía con nadie, no hizo ningún amigo en Tapachula. Se engominaba en extremo el pelo rizado a eso de las 5 de la tarde, luego de darse una buena ducha para sacarse el hollín de su piel blanca. Se ponía una camiseta estampada que cubría la de manga larga que llevaba por dentro. Se calzaba sus imitaciones de Converse y se lanzaba a las esquinas de las cafeterías de la plaza central, al céntrico y seudocolonial quiosco blanco, a las paleterías donde los muchachos y las muchachas van a hablarse. A enamorarse, dice él. A veces triunfaba y seguía citándose con la muchacha, en alguna banca del parque. Comían algún helado, hasta que un día conseguía llevarla al taller, se bajaban los pantalones, luego se olvidaba de ella y volvía a iniciar la rutina.

Parte de su éxito se debía a que El Chele no parece un delincuente. A diferencia de Pitbull y de Auner su piel es la de un adolescente y no una tostada y agrietada. La mirada inocente hace juego con sus rizos castaños y le dan ese aire de alguien en quien se puede confiar. Sus manos no tienen callos y lleva siempre las uñas limpias y recortadas. Podría decirse que por su cuerpo no ha pasado la vida de obrero que siempre ha llevado.

Pitbull iba donde podía. Vivía en casa del compañero de trabajo que le diera posada. Se movía por la zona de Indeco, una de las colonias más peligrosas de Tapachula, zona de fábricas y maquilas. Ahí, gracias a los enormes muros manchados con pintadas de la Mara Salvatrucha que protegen las industrias, la calle que hace de columna vertebral parece amurallada, una especie de límite entre dos países en conflicto. Pitbull trabajó de albañil, de ayudante de mecánico, de cargabultos en el mercado. Todo era provisional. Todo era acostumbrarse a aquel pueblo con aires de ciudad. Un tiempo para hacer amigos y volver a vivir en esa cuerda floja que lo mantiene siempre en el límite de convertirse en cadáver. Esa misma donde caminaba en El Salvador, decidiendo si lo mejor no era ser como sus amigos, meterse en la pandilla, ganarse el miedo con el que se trata a esa familia de desahuciados.

—Yo no es que me quisiera meter a la pandilla, sé que es un pedo andar en eso, pero es que como nos parecíamos… Así, pues, que somos bichos que no estudiaron, que andamos solo vagando y viendo cómo nos divertimos –define Pitbull sus razones.

En Tapachula divertirse siguió significando lo mismo: caminar en la cuerda floja. Si no hay riesgo de caer, tampoco hay entretenimiento.

Se topó con otro de su estirpe, “un chavo ratero” que le hizo la oferta como quien ofrece un pedazo de pan. Eso bastó para que Pitbull volviera a las andadas.

—¿Qué onda, vamos a chingarnos algo por ahí?

—Vamos –respondió.

Robaron a mano limpia carteras y bicicletas a señoras y niños. Afuera de las escuelas, en la clasemediera colonia Laureles, en las calles que rodean el mercado. Una de esas carteras lo devolvió a El Salvador. La rapiñó, corrió, pero a la vuelta de la esquina había una patrulla. Pitbull no quiso dejar la bicicleta en la que huía. En lugar de escapar por callejones siguió por las aceras hasta que otra patrulla más lo alcanzó y lo llevaron a la comisaría.

—A ver, pinche marerito, a mi país vienes a hacer tus fechorías. Te vamos a recomendar tres años para que aprendas a no venir a joder.

La apariencia no le ayudó. Pitbull tiene ese caminar insolente de los pandilleros, que doblan las rodillas y aflojan el cuerpo para balancearlo de lado a lado. El pelo al ras, y una mirada retadora que sale de su rostro redondo y que siempre ve de reojo, hacia arriba, como si estuviera a punto de atacar.

Ni siquiera intentó explicar al policía que no era ningún marerito, sino solo un joven de Centroamérica. Lo único que se le pasó por la cabeza en aquel momento fueron los años.

—Tres años… Voy a salir casi de 21… Ya viejo.

En lo otro no reparó. Siempre que un policía lo detenía, le preguntaba lo mismo: ¿de qué mara? Lo que es costumbre, por definición, ya no llama la atención.

La amenaza fue solo eso. Pitbull se fue a la prisión de menores de Tapachula durante ocho meses. Nadie lo visitó nunca. Ni El Chele ni Auner ni doña Silvia, su madre.

—Entré como pollo comprado –recuerda tieso y temeroso.

La recibida no fue calurosa. En su primera ducha le pidieron por las malas sus tenis y su bermuda.

Con el paso de los días aprendió a escuchar. Y lo que escuchó le resultó familiar. Cuando oyó palabras como perrito, chavala, boris o chotas, empezó a sentirse en casa. Era el lenguaje de la pandilla, esta vez de la Mara Salvatrucha. Entonces sí supo qué hacer. Se volvió a convertir en el muchacho jodón y temerario que siempre fue. Cuatro días tardó en que su jerga le abriera el acceso al grupo dominante de la prisión: el de los pandilleros centroamericanos.

Ahí, en la banda, estaba el líder, El Travieso, un pandillero guatemalteco de 18 años, preso a los 14, cuando ya llevaba tres homicidios, tatuados como lágrimas negras en su rostro; el Smookie, con sus dos gotas de la muerte y el MS en el labio inferior interno; El Crimen, también guatemalteco, también con dos lágrimas; El Catracho y Jairo, ambos hondureños.

—Todos eran de las dos letras, todos de Centroamérica, y éramos los meros chingones de la cárcel. Vendíamos la mota, los cigarros y la coca, y poníamos orden a todos los demás pendejitos.

¿De qué se trata ser joven? Pitbull parece decir: hay que ser temerario. Como Juan Carlos, el que reventó a la par suya en Chalchuapa; como El Travieso, como El Crimen; como sus amigos de toda la vida: como él mismo, que ahora huye de nuevo. ¿Y para que le sirve ser temerario? Pues para ganar reputación. ¿Y cuándo ese joven es más reputado? Cuando tiene lágrimas negras en el rostro, cuando siendo niño tiene el currículum de un sicario, cuando dentro de la cárcel él es quien manda y no quien entrega su bermuda y sus tenis en las duchas.

—Lo primero que hice ya siendo de los chingones fue recuperar mis cosas y huevearles las suyas. Ja, ja, ja. Se cagaron los bichos cuando llegué con la otra raza a ponerles en la madre. Así era la onda, ni modo que anduviera con los vergones y no arreglara eso. Así que reventamos a esos cerotes en el baño –recuerda Pitbull en el albergue de migrantes.

Nos acercamos a la mesa a terminar la partida de conquián, el juego de cartas predilecto de los migrantes, con sus dos hermanos. Por un momento todos se olvidan de aquellos cadáveres que sin saber por qué les marcaron el destino en El Salvador.

Echan algunas risas. Pienso si no es así, con esa confianza convertida en insultos amables, que se expresan el cariño, la alegría de estar juntos en esta huida. Cuando uno de ellos lanza la carta incorrecta en este juego de velocidad y reacción, los otros sueltan carcajadas. Balbucean adjetivos. Pendejo, cerote, burro. El que los recibe también ríe. Ríen juntos.

Auner me aparta por un momento de la mesa. Quiere contarme la decisión que ha tomado.

—Nos vamos en bus por la sierra… Pero… La onda es que… Quiero ver si nos podés echar la mano, porque… Es que no conocemos ni nada.

Acordamos que en lo que se pueda así será. Viajaremos juntos hasta Oaxaca. Acordamos vernos por la mañana en el parque de Ixtepec. Nos despedimos.

El caer de una pluma

En la mañana el sol aún no calcina en este pueblo. Una marcha popular recorre las calles adoquinadas, encabezada por el pick up que hace las veces de vocero del periódico local. La gente de los puestos callejeros se asoma a ver a los marchantes, unas 100 personas. Esta vez el carro de las noticias ha prestado sus servicios para denunciar la supuesta violación por parte de ocho policías municipales de una prostituta local. No me extraña. Hace dos años estuve aquí y escribí un reportaje sobre una banda de secuestradores de migrantes conformada por municipales y judiciales.

—¡Puta madre! –exclamo– la violaron entre ocho.

Auner y El Chele bajan la cabeza. Murmuran un “qué paloma” y siguen mirando las revistas del puesto. Pitbull tarda más en responder. Se queda pensativo hasta que lanza su evaluación.

—¿Y no era puta la chimada, pues?

Quién sabe qué es lo que hace que entre tres hermanos con los mismos orígenes haya uno que sea más paternal, Auner; otro que puede confundirse con adolescente cualquiera, El Chele; y otro que parece un ex convicto de toda la vida. Unos minutos de más un día en la tienda de la esquina donde se conoció a un amigo, un partido de fútbol, una golpiza en un mal momento por parte del padre. Supongo que es eso, algo tan sutil e impredecible como el descenso de una pluma.

Nos embutimos en el autobús de tercera que viaja repleto de indígenas hacia la sierra. Pocas horas tardamos en descubrir por qué esta ruta es utilizada por los migrantes que llevan los suficientes pesos para el boleto. La calle es una angostura de pavimento que sube, baja y se curva como un intestino. Bordea precipicios interminables. Corta cerros de piedra caliza. Es comprensible por qué el Instituto Nacional de Migración no incluye esta dentro de su ruta de retenes.

Sin mucho espanto para un camino diseñado para aterrar al indocumentado, llegamos a Santiago Ixcuintepec. Es un pequeño pueblo de indígenas en medio de la bruma, la llovizna y la sierra tupida. Nos arrimamos al portal de la iglesia para descansar las 9 horas que tenemos libres antes de que el otro autobús salga rumbo a la ciudad de Oaxaca. Algunos jóvenes nos miran desafiantes, y Pitbull vacila si responderles con otra mirada más provocadora o seguir como debería, cabizbajo, asumiendo que huye y que este camino está del todo en su contra. Por suerte, no dice nada.

Tres indígenas se acercan con diferencia de minutos. Enjutos, con caras bondadosas y sandalias de caucho. Todos vienen con mentiras. Dicen que nos llevan a sus casas, en un pueblo intermedio. Dicen que ahí dormiremos bien y tendremos un plato de frijoles con tortillas para llenar la panza. Que solo cobran 150 dólares por el grupo. Que el bus que esperamos no saldrá. Son una panda de timadores. El bus sí saldrá, y su precio es de 8 dólares por cabeza. Este pueblito, como otros tantos que he visto en este camino, no tardará mucho en convertirse en un nido de rateros. Los migrantes son la presa perfecta. Huyen de las autoridades, se esconden, quieren ser invisibles.

Los muchachos me voltean a ver sin saber qué contestar. Es obvio que las propuestas de los indígenas no les resultan malas. Avanzar es avanzar de todas formas.

Los otros cadáveres

—Hey, madrecita, aliviánenos con unas sodas –dijeron Los Chocolates a doña Silvia.

Los Chocolates eran dos hermanos pandilleros de Chalchuapa. Ambos de la 18. Pasaban las mañanas y los atardeceres frente a la tienda de doña Silvia, la madre de los hermanos Alfaro. Pedían un refresco regalado, con ese deje de superioridad que recubre a los pandilleros en sus zonas. Fumaban marihuana y montaban guardia en su barrio.

Era el 19 de junio de 2008. Un día de lo más normal.

—Otra vez esos muchachos. Que no podrán irse a poner a… –intentó terminar la frase doña Silvia cuando escuchó ocho detonaciones y los alaridos de su hija mayor, que estaba afuera con sus pequeñas.

La madre salió corriendo. Encontró a su hija y sus nietas en gritadera y amontonadas en una esquina. Un taxi aceleraba dando vuelta en U. Los Chocolates, Salvador y Marvin, de 36 y 18 años, yacían desparramados en el suelo. Cara, pecho, piernas… Todo había sido agujereado por el metal.

El taxi había llegado con sus vidrios polarizados hasta arriba. Se estacionó frente a Los Chocolates, que descansaban en el murillo de la tienda. Como quien va a bajar el vidrio para pedir una dirección, el taxi se mantuvo inmóvil. En efecto, los vidrios se bajaron, los de adelante y los de atrás del lado derecho del coche. Salieron cuatro cañones de 9 milímetros. Empezó y terminó la masacre.

Silvia se quedó petrificada, con la mirada fija en la huida del taxi.

Escenas fugaces e incomprensibles. Esa es la materia de la que se componen los campos de la violencia. No son zonas de traqueteos de metralleta ni de hombres y mujeres en fuga constante. Son silencios y ocasos que se rompen por esa fugacidad en las banquetas donde los niños juegan, en las esquinas donde los jóvenes conversan, en las tiendas donde las madres despachan.

Después, como quien despierta a medianoche de una pesadilla, todo regresa a la normalidad. Silvia dijo a las niñas que entraran. Cerró la tienda. Nadie se quedó para ver cómo los forenses levantaban los cadáveres. Nadie se quedó a dar ninguna respuesta.

Pero a Silvia algo le daba vueltas en la cabeza. Ella creció en este país, en zona de pandillas. Ahí crió a sus hijos. En su mente, una cosa, quién sabe cómo, podía derivar en otra. Corazonadas de madre, supongo. Al día siguiente llamó a sus dos hijos, a Auner y a Pitbull –recién deportado desde Tapachula–, y les pidió que se fueran al municipio de Tacuba, a estar con el abuelo. El Chele seguía en México, y nadie le contó que dos pandilleros cayeron en el porche de la tienda de su mamá.

Quién sabe qué le cruzó por la cabeza a doña Silvia. ¿Sabía algo? Nunca lo averiguaron. Nadie los apuntaba aún, pero su madre presintió algo. Ella dio el pistoletazo de salida: huyan muchachos.

Auner y Pitbull hicieron caso. En Tacaba chapodaron, pastorearon vacas y afilaron machetes, pero aquello era muy aburrido. Para Pitbull era como volver a ser un joven campesino cuando intentaba por todos los medios ser un joven moderno, jugar maquinitas, comprarse camisas polo, conquistar a las chicas y ponerse aretes. Para Auner era inviable. Él tenía una mujer y un sueño de mantenerla. Su abuelo le pagaba en frijoles y tarros de arroz con tortillas. Eso no era suficiente.

Por aquellos meses de mediados de 2008 los dos se fueron a Tapachula. Auner durmió una última noche con su mujer. Pitbull probó por primera vez fuera de los barrotes la marihuana con sus amigos de Chalchuapa. Al día siguiente se juntaron y montaron un autobús rumbo a Tapachula.

Allá se dieron la mano, se despidieron y continuaron con esa relación de hermanos campesinos que no se abrazan ni construyen destinos juntos. Hasta que el destino mismo los obliga. Uno albañil, Auner; el otro cargador, Pitbull. El Chele, en lo suyo, en sus esquinas de parques, sus chicas, su taller mecánico y su pelo engominado.

Una noche de agosto Auner volvía del trabajo caminando por el parque de Tapachula. Caminaba ensimismado con esa posición encorvada que mantiene el muchacho de rostro anguloso y barba de candado. Un rostro que debería de tener alguien con unos diez años más que los que él tiene. Cuando aquel aire caliente le atravesaba el pelo negro y tupido, el pasado lo obligó a juntar a sus hermanos. Auner recibió una llamada de su tío en el celular. Aquella tarde, el mayor de los hermanos escuchó la peor noticia de su vida como si fuera un problema cotidiano: Auner, hoy nos cortaron el agua; Auner, hoy me rompí una pierna.

—Auner, hoy mataron a tu mamá.

Doña Silvia Yolanda Alvanez murió a los 44 años de un balazo en la frente o de un balazo en su sien izquierda. Quien sabe cuál entró primero. Fueron dos muchachos. Uno manejaba la bicicleta, el otro iba parado en los tornillos de las ruedas. Aparcaron frente a la tienda. Ella lavaba trastos en la piedra. Caminaron silenciosos frente al hermano de Silvia, el tío de los muchachos. Se pararon junto a ella. Uno enfrente, el otro a la par. Le volaron la cabeza.

La melancolía del que huye

—¡Ve qué hijueputa este! –dice Pitbull, y levanta la voz con toda la intención de ser escuchado.

El autobús que va de Ixcuintepec a Oaxaca traquetea más que el anterior. Esto sí es romper la oscuridad. La luz de los faros genera en la selva que atravesamos dos remolinos de mosquitos y mariposas nocturnas. Pitbull cede ante la impotencia y se echa a dormir. Desde hace varias horas intenta que el motorista quite la monótona música norteña que nos ha impuesto desde que salimos. Pitbull quiere un disco que asoma en el tablero, uno de reguetón.

El Chele y Auner duermen atrás. Previendo que algún policía se suba, nos repartimos en asientos separados. Aunque la pretendida confusión poco hubiera funcionado. Los muchachos son casi fluorescentes en el autobús: tres jóvenes con pantalones flojos y zapatos tenis entre un montón de indígenas. Más que viajar, huyen. Eso se nota. Son los tres de sueño ligero. Son los que se despiertan a asomarse por las ventanas cada vez que el bus se detiene. No importa si es para que el motorista orine, salude a alguien en un pueblito o suba a otro que espera entre los árboles. Se asoman.

Amanece entre las montañas. La vereda de tierra se ha convertido en una carretera de curvas cuando abrimos los ojos. El Chele viajó en silencio. No pronunció palabra y mantuvo la mirada perdida entre los montes. Pitbull, mientras estuvo despierto, fue el mismo muchacho inquieto de siempre: volteó a ver para todos lados, lanzó una que otra broma, insultó al motorista, tarareó tonos que le vinieron a la mente. Auner eligió dormir casi todo el camino, pero ahora que despertó, una mirada triste se le escapa por la ventana. Con el ceño fruncido de quien recuerda, el mayor de los hermanos viaja con gesto de preocupación cuando me siento a su lado.

—¿Qué te pasa, viejo? –pregunto.

—Aquí, dándole vueltas a la cabeza.

—¿La familia?

—La familia.

—¿Qué pensás?

—Solo que espero que estén bien… Que las amenazas que nos llegaron no fueran para ellos también… Es que como fueron así tan raras… Sin decir para quién iban, pues… Solo que para la familia.

La familia, para Auner, son los muchachos que lo acompañan en este autobús, es su hermana mayor que se quedó atrás, y sobre todo es su mujer y su hija de dos meses. El resto, su abuelo, sus tíos, sus primos, todos los que callaron ante la muerte de doña Silvia, le importan un pito.

—A esos que se los lleve la bestia si quiere.

Aquella noche calurosa de Tapachula, cuando Auner recibió el llamado de su tío, juntó a sus hermanos para que iniciaran la marcha fúnebre para despedir a su madre. Ninguno quiso contarme cómo vivió el momento. Solo me dijeron frases cortas: fue duro, nos ahuevamos, bien pura mierda.

Dos días viajaron como migrantes a la inversa, buscando el Sur, alejándose de Estados Unidos, pidiendo aventón, cruzando la frontera de México a Centroamérica por el río que los divide. Llegaron tarde, solo para ver cómo metían la caja bajo tierra.

El Chele llevaba adentro la rabia de un niño asustado. Enojado, pero con más ganas de llorar que de pegar. Pitbull y Auner, sin decirse nada, querían matar. ¿Pero a quién?

Una lápida de silencio cayó sobre el cadáver de su madre. El tío que vio pasar a los sicarios enmudeció: no, no sé nada, no los vi, me quedé paralizado. Fue todo lo que dijo. El abuelo, el patriarca de la familia, desde su Tacuba campesina y con su Biblia de pastor evangélico como escudo, repetía su monserga: confórmense, déjenla en manos de Dios, así lo quiso él, dejen de preguntar.

Pasaron los meses. Ellos insitían, pero solo les respondía el silencio. Las preguntas se fueron atenuando. La rabia se convirtió en tristeza. Las dudas quedaron ahí. ¿Habrá sido una venganza de los borrachos a los que Pitbull encerró? ¿Habrá sido la mara que no quería testigos de la muerte de Los Chocolates?

—Quizá una vieja que es bruja y que odiaba a mi mamá –agrega Pitbull.

La muerte no tiene una sola cara en un país como El Salvador. No siempre viene de un solo lado. Se puede presentar en forma de abanico. Sus mensajeros son tantos que cuesta pensar en uno solo. Es como cuando en el mar sientes que algo te picó en el pie. ¿Un cangrejo, una medusa, un erizo? ¿Un borracho, un marero, una bruja?

Los meses pasaron bajo el calendario del luto: dos meses de rabia y preguntas, otros dos de conformismo intermitente y uno más de tristeza a secas.

Después, los muchachos recogieron lo que sembraron. Aquellas preguntas que hicieron nunca parieron respuestas, pero sí amenazas. La misma semana su tío y su abuelo, desde Chalchuapa y Tacuba, recibieron la misma advertencia que trasladaron a Auner para luego volver a enmudecer.

—Muchacho, alguien los quiere matar, me dijeron que van a matarlos a ustedes tres y a toda la familia.

Nada más.

El verdugo clandestino regresó como siempre lo hizo en la vida de los hermanos Alfaro. Regresó a los meses, cuando el último estallido de violencia se había disuelto en el tiempo. Sin dar explicaciones, sin mostrar la cara. Las únicas decisiones que permite son afrontar o huir.

Sintieron la condena de su región, la fuerza con la que su país lanza los escupitajos hacia afuera o el bagazo de 12 cadáveres diarios en promedio en un pequeño país de poco más de 6 millones de habitantes. Ellos son escupitajo. Hicieron maletas y emprendieron el viaje. Se unieron a la romería de los vomitados centroamericanos. Se metieron en este flujo de los que escapan. Unos de la pobreza, otros de la imposibilidad de superarse. Muchos, de la muerte. Esa que todo lo cruza y que toca a los jóvenes y viejos, a hombres y mujeres, a pandilleros y policías.

Dos historias de violencia

No puedo evitar pensar en otras historias que conocí en este camino. La sorprendente indiferencia con que las amenazas caen a la par de personajes distintos. Recuerdo el gesto similar de susto con el que una agente de la policía hondureña y un pandillero guatemalteco me contaban lo mismo: tuve que escapar. Y enfatizaban el tuve.

El pandillero se llamaba Saúl. Tenía 19 años, 15 de vivir en Los Ángeles, con su madre. Desde hacía cinco pertenecía al Barrio 18 en su gueto latino. Lo deportaron cuando ya no estaba activo –al menos eso me dijo–, por un robo que cometió contra una tienda 24 horas.

Lo conocí a medio México, cuando viajábamos hacia Medias Aguas colgados de las parrillas del tren que en la noche rompía cerros intransitables para cualquier otro vehículo. Iba por su quinto intento. Uno tras otro, sin descansar. Fumábamos haciendo cuenco con las manos. Él hablaba desbocado y hacía énfasis en una frase que, según interpreté, buscaba que yo entendiera que él no tenía opción, que hay gente en el mundo que no tiene dos ni tres alternativas. Solo una.

El efecto del tren es siempre el mismo. Allá arriba no hay periodistas y migrantes. Hay gente colgada de una máquina que lleva sus vagones vacíos. Allá arriba solo hay marginación y velocidad. Y todos somos iguales, porque el suelo está al mismo palmo de nuestros pies y porque las sacudidas sacuden a todos por igual. Es todo lo que importa.

Saúl volvió deportado a Guatemala, un país que no conocía. Hizo lo que pudo, llamar a su tío paterno de Los Ángeles con la única llamada que le dieron las autoridades migratorias de su país. Consiguió una dirección. Hacia allá fue, a buscar a un señor que no conocía. Llegó a un barrio marginal, a la par de un río. Eso me contó. Entró caminando, como cualquiera entraría a cualquier barrio. Le pasó lo que le pasaría a cualquier joven inexperto en Centroamérica, que no sabe que estos no son barrios cualquiera. Una turba de muchachos salió de un callejón. Le cayeron a patadas y le arrancaron la camiseta.

—¡Ajá, un chavala hijueputa! –gritaron hambrientos cuando le vieron el 18 en su espalda.

Saúl alcanzó a gritar el nombre del señor al que buscaba.

—¡Alfredo Guerrero, Alfredo Guerrero!

La turba se calmó. Se voltearon a ver entre sí y lo arrastraron por la colonia como quien arrastra a un animal. El cuerpo magullado de Saúl fue lanzado a los pies de un hombre en el interior de una casa. En una mejilla el hombre tenía una M; en la otra, una S.

—Ajá, chavala de mierda, ¿para qué me buscás? –dijo el hombre.

—¿Alfredo Guerrero? –repitió Saúl.

—Ajá –contestó el hombre.

—Soy Saúl, tu hijo, me acaban de deportar.

El hombre –así lo recordó en aquel tren Saúl– abrió los ojos hasta más no poder. Después respiró hondo y volvió a tener aquella mirada de rabia.

—Yo no tengo hijos, chavala –zanjó su padre.

El hombre, sin embargo, le hizo el único regalo que Saúl recibió de su padre. Reconoció ante su barrio que ese era su hijo. Le entregó como obsequio un hilo de vida.

—No vamos a matar a este culero, pero le vamos a aplicar el destierro. Y si te vuelvo a ver, hijueputa, creéme que yo mismo te voy a matar.

Lo desterraron. Lo dejaron en calzoncillos, con su 18 expuesto, en otra zona de la Mara Salvatrucha, de la que Saúl logró salir embarrándose de lodo y aparentando ser un loco.

A la agente de Policía la conocí un año antes que a Saúl. Se llama –o se llamaba, quién sabe si logró llegar a Estados Unidos– Olga Isolina Gómez Bargas. Rondaba los 30 años. Su historia también era la de un terreno donde no hay que entrar. Su relato también llevaba tatuadas dos letras: MS.

Decidió huir de su país porque una bala iba a atravesarle la cabeza. La bala iba a salir de una pistola 9 milímetros, una que ella portaba en el cinturón cada día.

A su primer marido, también policía, se lo mató la Mara Salvatrucha en un operativo. Una leve descoordinación. Entró cuando los refuerzos aún no llegaban a una zona del barrio El Progreso, de Tegucigalpa. Una lluvia de 30 balas le dejó el cuerpo como colador. Ocurrió dos años antes de que Olga Isolina me llorara su historia en las vías, cuando escapaba de sí misma.

A su segundo marido, también policía, se lo mataron un año y medio después que al primero. Ella vivía en una colonia con fuerte presencia de la Mara Salvatrucha, pero había sabido cómo rebuscarse para que no supieran que era policía. Trabajaba en otras zonas. Regresaba a su casa vestida de civil cada fin de semana. A su marido la cautela le importó un comino. Él entraba al barrio vestido de policía y con la pistola en el cinto.

Un día, por atrás, tres balas en la nuca le explicaron al segundo marido de Olga Isolina que la soberbia y la violencia no se llevan bien. Desde entonces, ella empezó a mirar su pistola como una salida de aquel huracán.

—Me mato, mato a mis hijas y a mi perro para no dejar a nadie desamparado –pensó muchas veces acariciando la cacha de su 9 milímetros.

Hasta que eligió mejor separarse de su pistola. Salir de la policía e ir a buscar al Norte un trabajo donde no hubiera balas con las que suicidarse.

La violencia, así lo vivió Saúl, a veces viene de los que llevan tu sangre. La violencia, como bien sabe Olga Isolina, se puede traducir en tristeza. La violencia, bien lo saben los hermanos Alfaro, ahuyenta incluso cuando no tiene rostro.

Adiós, muchachos

El centro de la ciudad de Oaxaca se muestra colorido y dominical cuando nos bajamos del taxi. Hace unos minutos llegamos a la terminal de los buses provenientes de la sierra. Niños rubios pasean de la mano de sus globos a la par de sus padres, también rubios y sanos, que fotografían a las indígenas que venden artesanías en la plaza.

Auner, Pitbull y El Chele sonríen con recato ante aquello, como si no se lo merecieran. Abren los ojos y tuercen la nuca de un lado a otro. Uno sigue los pasos del otro, que a su vez sigue los pasos del anterior. Buscan guía en este pequeño mundo perfecto. Esta plaza de paletas y manzanas acarameladas. Caminan como un gusano torpe que no logra coordinar ninguna de sus patas. Parecen el extracto de una película blanco y negro en una de color.

Ya sabemos que aquí nos diremos adiós. Los acompaño en su última negociación. Su padre, desde Estados Unidos, les dictó un número de celular. Les dijo que es un amigo oaxaqueño que conoció en el Norte, con quien trabajó. Él les echará una mano. Se preguntan en qué los ayudará. ¿Es un coyote al que su padre le ha pagado para que los lleve seguros hasta su encuentro? Ojalá, suspiran los tres. ¿Es solo un amigo que les dará comida y casa para que descansen antes de continuar? Bueno, algo es algo, repiten.

Les doy el celular para que salgan de la duda. Queda claro que en cuanto a migrar se trata, los tres son inexpertos. Escapar es otra cosa, no hay alternativa ni mucha estrategia. Solo aquella que la prisa permita. En este camino hay lobos y caperucitas. Ellos no se mueven como lobos. Me queda claro cuando ni por un momento se preguntan qué hacer si el amigo de su padre es un coyote. Con uno de esos ases del camino hay que saber qué palabras utilizar, qué negociarle. Son expertos subiendo cuotas, cobrando servicios extras. Si detectan que enfrente tienen a un primerizo lo desvirgarán sin compasión.

La llamada termina. Auner me devuelve el celular con el vacío en los ojos. Es solo un amigo. Un plato de comida, una cama caliente y algunos consejos.

Seguirán solos en su huida a partir de ahora. La noticia les cae como balde de agua fría porque, aunque puedan seguir tomando algún que otro autobús, los espera el tren. Tarde o temprano. Sus asaltantes, cuatro puntos más donde puede haber secuestros y la región norte mexicana, donde más operativos policiales de Migración ha habido en el último año.

Las tardes en la plaza de Oaxaca te llenan de calma. Hojas secas tapizan el suelo o vuelan por ahí. Ancianos descansan en bancas forjadas frente a las que la gente pasa y saluda con alegría.

En una de esas bancas, en un remanso en la huida, luego de lanzar una mirada humilde y cómplice a El Chele y Pitbull, Auner me hizo una pregunta.

—Disculpá, espero que no te ofenda, pero hay algo que no entendemos. ¿Por qué nos ayudás? ¿Por qué te importa?

Parece sencilla de responder. Porque voy a contar su historia. Pero en el contexto del adiós es un enorme nudo introducido de golpe en la garganta. Sin bisturí. A mano limpia.

Aquella pregunta escondía otras miles. ¿A quién le pueden interesar tres condenados a muerte? ¿Por qué seguir a unos hermanos campesinos que solo dejaron cadáveres atrás? ¿Qué tienen de raro los cadáveres? ¿Por qué ayudarnos? ¿Por qué, si hasta nuestro propio país nos echó? ¿Qué de importante puede haber en lo que ha sido escupido?

No hubo tiempo de nada más. Un hombre prieto se acercó a la banca. Era el amigo del padre de los hermanos Alfaro. Hizo un gesto rápido con la mano. Nos dimos un fuerte abrazo y vi a Auner, Pitbull y El Chele perderse en la plaza, entre niños y juegos. Ellos continúan escapando.

¿Dónde están?

Los días pasan y la comunicación con los muchachos se reduce a un intercambio de mensajes de celular.

—¿Dónde están? ¿Cómo están?

—Bien. Vamos a tomar un bus para el DF.

Los días pasan. En Chalchuapa y Tacuba varios jóvenes siguen cayendo como Auner, Pitbull y El Chele estaban condenados a caer. Roberto, Mario, Jorge, Yésica, Jonathan, José, Edwin, todos entre los 15 y los 27 años, fueron asesinados en estos meses de agosto y septiembre.

—¿Dónde están? ¿Cómo están?

—Aquí vamos. Ya no nos queda de otra, vamos a subirnos al tren.

La comunicación se interrumpe. Mis mensajes se quedan sin respuesta. Hoy, principios de septiembre, hubo un secuestro masivo en Reynosa, frontera norte de México. Al menos 35 migrantes centroamericanos fueron bajados por un comando armado de Los Zetas cuando los indocumentados llegaban a esa ciudad montados como polizones en el tren de carga.

—¿Dónde están? ¿Cómo están?

Nosotros somos Los Zetas

Publicado: 21 septiembre 2009 en Oscar Martínez
Etiquetas: , , ,

Luego de más de una semana en esta zona no me queda otra que decirle que su vida tiene que ser muy complicada. ¡Diablos: lo pienso y no entiendo cómo sigue vivo! -le digo.

El agente secreto sonríe con orgullo, mirándome fijamente mientras abre un silencio misterioso. Vuelve la vista hacia la puerta, a pesar de que sabe que estamos solos en este pequeño café. El local tiene estructura de pecera, rodeado por cristales a través de los cuales podemos ver hacia afuera y nos podrían ver, de no ser por el árbol de mango que nos oculta en la mesita del fondo.

Con inteligencia –responde, finalmente-. No me muevo en una camioneta del año, de esas grandes. Nunca porto mi arma a la vista y no aparezco en eventos más de lo necesario.

No hace falta traducir. Un evento aquí no puede ser otra cosa que un evento de ese tipo: el asesinato de alguno de los policías de uno de los pueblos de esta franja del sureste mexicano, la escena del crimen que queda detrás de una balacera entre militares y narcotraficantes, la intervención armada en un rancho perdido entre el monte donde esos criminales, los que mandan aquí, los del cártel de la droga conocidos como Los Zetas, tienen a una cincuentena de migrantes centroamericanos encerrados. El celebérrimo “secuestro express”.

Pero a veces parece imposible conseguirlo -insisto-. Esto es como un… ¡Hay que vivir en puntillas! Nunca se sabe quién es quién. No es posible estar seguro de si el que vende tacos solo vende tacos o si los vende como coartada para vigilar la calle.

El agente lo sabe. Él vive bajo estas reglas del sigilo. Los ojos escrutando el derredor todo el tiempo, atentos a si ese carro pasó ya dos veces o si aquel hombre parece mirar de reojo. Él lo sabe y por eso solo aceptó que nos juntáramos cuando le di la referencia de un conocido. Y aún así, no empezó a hablar hasta revisar de arriba abajo mis documentos de periodista. Veía la foto y luego a mí, la foto y a mí. El sigilo y el anonimato, esas son las normas de oro que han sido impuestas. No ser nadie, parecerse a otro cualquiera del rebaño que vive atemorizado, bajando la vista y mirando el pavimento ardiente de estos pueblos que rodean a Villahermosa, la capital de Tabasco, en la frontera con Guatemala. Era obvio desde el principio que el trato bajo el que nos reunimos pasa por no revelar el sitio exacto ni la corporación a la que el agente pertenece.

Él vuelve a sonreír. Le causa gracia ver en mi rostro el reconocimiento de que él trabaja en un terreno donde su enemigo manda y vigila. Todo el tiempo y con decenas de ojos a su servicio.

Por eso es necesario moverse despacio, entrar lentamente, no de golpe, y tener mucho cuidado a la hora de preguntar. Mucho cuidado -responde, termina su café de un trago, y pasa a lo concreto-. Y al final, ¿fueron ayer al rancho que les dije? ¿Pudo tomar fotos el fotógrafo? -pregunta.

Sí, sí fuimos. Tomó las que pudo. El escenario era escalofriante -respondo.

El rancho cementerio

La lluvia fue la que hizo que el rancho La Victoria terminara de parecer un montaje. Aquello era demasiado obvio. Era como si un delincuente se disfrazara con un parche en el ojo, un enorme gabán negro y una cicatriz en la mejilla. El rancho era toda la escenografía del secuestro que podemos esperar que salga de nuestro imaginario.

Cuando llegamos, el rancho lucía vacío, solo tres policías judiciales custodiaban a los dos agentes del Ministerio Público (MP) que colgaban el letrero de clausurado. Más allá de la portezuela de entrada, que distaba unos tres metros de las vías del ferrocarril, estaba la casa central del rancho. Una típica vivienda sureña estadounidense, toda de delgados tablones de madera, con dos cuartos centrales rodeados por completo por un corredor donde en otro contexto suelen ubicarse las mecedoras para pasar las tardes de calor. Todo pintado con un verde esmeralda ya descascarado por el tiempo.

Esa era la armazón. Lo tétrico era el decorado. En el dintel principal del porche colgaba un cráneo de vaca. Al lado de la nave central, unas 100 latas de cervezas se amontonaban estrujadas, del mismo modo que en la parte trasera varias latas de sardinas, frijoles y atún tapizaban el suelo. Y en el cuarto más amplio, el de la izquierda si se veía desde el frente la casa, luego de acostumbrar la pupila a la oscuridad, se podía ver un piso con manchas desparramadas y aserrín regado. La habitación expelía un fuerte y fétido olor a humedad y por toda ella había regados desperdicios difícilmente identificables. Jirones de ropa, pedazos de lata, algo que parecía trozos de madera. Más difícil aún era identificarlos desde afuera, porque uno de los agentes del MP no nos permitió ingresar. Apenas aceptó que Toni Arnau tomara un par de fotografías desde la puerta, luego de insistirle unos minutos.

Ahí, en esa locación de película de terror, es donde el día jueves 3 de julio de este año liberaron a 52 indocumentados centroamericanos que llevaban una semana apiñados en la habitación por un comando -“estaca”, como le llaman en su jerga- de Los Zetas, que regenta este pequeño pueblito llamado Gregorio Méndez.

Dos de los migrantes que viajaban sobre el tren en el inicio de su viaje por México habían logrado escapar cuando justo enfrente del rancho el maquinista, Marcos Estrada Tejero, detuvo la locomotora sin razón alguna, y 15 hombres que cargaban armas largas arrearon a los demás migrantes hacia el rancho La Victoria, en medio de esta nada rodeada por veredas y monte. Los dos que escaparon encontraron más adelante, días después, a un comando militar que realizaba un patrullaje poco rutinario por la zona. Les contaron lo sucedido, y los 12 soldados dieron parte para que se armara un comando con otros 12 policías estatales de Tabasco y 30 de Chiapas. El maquinista está preso, lo detuvieron cerca de Veracruz, tripulando un tren donde más de 50 indocumentados iban encerrados en los vagones, obligados por supuestos zetas. A Tejero lo acusan de trabajar para Los Zetas que fueron atrapados en el rancho, encabezados por el hondureño Frank Hándal Polanco, que salía en un taxi a la hora de la intervención. Ocho zetas fueron detenidos y otros siete escaparon hacia el monte, cargando sus AR-15. En el rancho, se decomisaron pistolas 9 milímetros y fusiles M-16 de fabricación iraquí.

Lo peor es cómo los tenían -cuenta en voz baja uno de los agentes del MP-. Estaban en shock. Y todos presentaban golpes en la espalda baja. Una franja morada. Luego nos enteramos qué pasó.

Ya en el rancho, los migrantes sabían que se habían encontrado con el lobo del cuento. Estaban en manos de los famosos zetas, ya célebres en el camino del indocumentado centroamericano. Lo sabían porque el protocolo de presentación había sido gritado desde la toma de rehenes. “¡Somos Los Zetas, al que se mueva lo matamos!”. En estos pueblitos no hacen falta tarjetas ni credenciales oficiales. Si alguien dice que es zeta, es zeta. Si alguien lo dice y no lo es, suele terminar en algún cementerio. Los zetas son conocidos internacionalmente como un cártel del narcotráfico, pero desde hace algún tiempo diversificaron sus actividades y ahora se lucran de los indocumentados, a quienes secuestran para pedir rescate a sus parientes.

Adentro del rancho, los criminales organizaron su show de presentación. Por grupos de cinco fueron poniendo a los indocumentados de rodillas, contra la pared, en el porche del rancho, y les empezaron a partir la espalda baja a tablazos, un método de tortura militar identificado en México. Y no es de extrañar. Esta es una de las marcas de una organización criminal que surgió, según la inteligencia estadounidense, a finales del siglo pasado, cuando el cártel del Golfo, uno de los dos más poderosos de México, logró hacer desertar a cerca de 40 militares mexicanos de comandos élite, entrenados en estrategias de contrainsurgencia, manejo de artillería pesada e infiltración. A ellos, y directamente por órdenes del capo Osiel Cárdenas Guillén (atrapado en 2003 y extraditado en 2005 a Estados Unidos), se les encomendó una misión: creen un ejército para nosotros. Por eso no extraña que el verbo “tablear” sea tan famoso en el mundo de los zetas. El mismo mundo de los migrantes.

Entre ellos, las reglas son inviolables, y las consecuencias, fatales. Una de esas noches, la segunda de cautiverio, dos migrantes escaparon del rancho aprovechando el descuido del guarda de la puerta. Se internaron en el monte. Un monte que ellos conocían poco y sus captores como la palma de su mano. Un comando zeta fue a buscarlos. A los pocos minutos, volvieron con uno de ellos. Lo hincaron frente a la puerta del cuarto repleto de migrantes, y Frank les dijo en voz alta:

¡Miren lo que les va a pasar si andan con pendejadas!

Un disparo en la nuca terminó con la vida del migrante hondureño Melesit Jiménez. El otro migrante aún corría cuando por detrás sus dos perseguidores le atinaron un disparo en la nuca y otro a la altura del abdomen. Poco después de que el cuerpo de Melesit se desplomara frente a los 52 indocumentados, se escucharon allá atrás en el monte las dos detonaciones.

Los siguientes días, ya con un grupo manso, los zetas se dedicaron a violar a las dos mujeres hondureñas del grupo, y a divertirse tableando de vez en cuando a alguno de los hombres, mientras esperaban que los depósitos de entre mil 500 y 5 mil dólares llegaran a una sucursal de transferencias rápidas como rescates enviados por los familiares de los cautivos.

Un secuestro masivo más. Apenas unos días después de la presentación del informe especial sobre secuestro de migrantes que hizo la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México. Un barullo de periodistas que se codeaban por un espacio para meter la cámara de videos o fotos se apiñó en la sala donde se dijo, con la voz ronca del ombudsman mexicano, que con su escaso personal habían documentado en siete meses casi 10 mil casos de secuestro de viva voz de indocumentados que señalaban a Los Zetas en contubernio muchas de las veces con policías. Decenas de titulares aparecieron al día siguiente en portadas de diferentes medios. Luego, todo volvió a la normalidad.

Los secuestros, en este mundo de peregrinos sin papeles, son ya tan comunes como los asaltos en el suroeste mexicano o las mutilaciones provocadas por las altas velocidades de los trenes que parten del centro de la república y sacuden a los polizones que viajan prendidos de ellos. Es tan común que ya no venimos a buscar esto aquí a Tabasco. Ya en noviembre de 2008 habíamos documentado esta dinámica en esta franja atlántica de México, bajo un titular casi parido naturalmente: “Los secuestros que no importan”. Ahora, después de meses de ver cómo Los Zetas se desperdigan por todo el país, de quedar cada vez más claro que se constituyen como un cártel independiente, de escuchar su nombre y oler su miedo en los pueblos del sur, del centro y del norte de México por donde circulan los migrantes, venimos a entender quiénes son, cómo funcionan y, sobre todo, cómo consiguen su principal activo para poder operar a sus anchas: el temor. Generar temblores en policías, taxistas, abogados, migrantes. Hacer marca de su consigna: “Nosotros somos Los Zetas” y poner al interlocutor a bailar su baile con solo esas cuatro palabras.

El jueves 3 de julio las autoridades liberaron a 52 indocumentados que llevaban una semana apiñados en una habitación del rancho La Victoria. Los integrantes de la banda, un comando de Los Zetas, torturaron y mataron a dos de los migrantes que intentaron escapar.

Eso se respira aquí en Tabasco, una de sus principales plazas y donde inicia el control que detentan sobre coyotes y migrantes. Eso se percibe con ese sexto sentido tan real, tan en la piel, con el que se sabe cuando uno está por ser asaltado en alguna esquina oscura. Se percibe, como nos ocurrió al entrar al pueblo de Gregorio Méndez, en la cara de terror que puso el taxista cuando le pedimos que hiciera un servicio hasta el rancho La Victoria, y él respondió: “No, no puedo ir ahí, no nos dejan, ahí no puedo ir”, y tomó su taxi y se largó. Se palpa en la mirada de los hombres de la camioneta negra que rondaban en la esquina mientras esperábamos que un camión nos internara en los montes de rancherías, y en la pregunta temblorosa del motorista de ese camión, cuando antes de aceptar llevarnos dijo en voz baja: “Pero ustedes… ¿no serán?… es que no quiero problemas con nadie”.

Antes de abandonar el rancho, se notaba el nerviosismo de los tres policías judiciales. Mientras los del MP aún colgaban el cartel de “propiedad incautada”, uno de ellos dijo entre suspiros sosteniendo su AR-15 con firmeza y perdiendo su mirada en los montes de atrás:

No podemos enseñarles las tumbas, porque ellos andan por allá, en el monte, vigilándonos.

Como siempre, vigilan. Ya me lo había advertido el agente secreto: “Seguro andarán por la montaña, porque deben de tener más armas enterradas en el rancho”.

Y es que ahí cerca, entre la maleza, es donde dos hondureños encadenados para que no escaparan de la migración desenterraron a los dos asesinados en el rancho. A Melesit, ya con los gusanos entrándole y saliéndole de la herida de la nuca, lo desenterraron esa misma noche, cuando un hondureño dijo que sabía dónde estaban ese cuerpo, una ametralladora Uzi y dos cargadores también bajo tierra. El otro cadáver fue desenterrado cinco días después, cuando los dos hondureños encadenados que desenterraron a Melesit fueron desenmascarados en la estación migratoria de Tapachula, a donde habían trasladado a los migrantes para deportarlos a Centroamérica.

Se escuchó un barullo en la celda de hombres y cuando los agentes de migración se acercaron a revisar, se encontraron un linchamiento en proceso. Eran los 50 indocumentados hombres intentando matar a los dos hondureños, zetas los dos.

¡Ellos son zetas, ellos traían armas y nos tableaban en el rancho, ellos son del grupo! -se oía gritar a la turba.

Entonces los sacaron, ellos aceptaron ser zetas y fueron devueltos a Tabasco, a declarar, a ubicar al segundo muerto, al que ellos mismos habían matado y enterrado.

Los Zetas son como un cáncer que hace metástasis con rapidez y en todo lo que los rodea. Migrantes reclutados como zetas, militares reclutados por la banda, policías, taxistas, alcaldes, comerciantes.

Preguntando al enemigo

Pero entonces, ¿todo lo del rancho La Victoria fue una casualidad? Es decir, no fue un operativo exitoso, sino dos migrantes que por cuestiones del azar encontraron a un pelotón y contaron que tras ellos quedaban 52 más -pregunto al agente secreto, que vuelve a sonreír, esta vez con una mueca cómplice, que deja muy clara su respuesta. Una sonrisa de obviedad.

¿Por qué crees que me muevo como me muevo, despacio, paso a paso? -pregunta-. Porque aquí Los Zetas se enteran de muchos de los operativos antes que las mismas jefaturas militares. Tienen orejas en todas partes. Y cuando hay golpes como este es por una de dos razones: o porque todo ocurrió así, rápido, sin planificación, por un pitazo sorpresivo que en este caso dieron los migrantes, o porque se elabora un operativo silencioso, sin andar contándole a todas las corporaciones, paso a paso.

Todo fue una casualidad, cuestión de tiempo, de voluntades, de humores. Si aquellos dos migrantes que huyeron hubieran temido ser detenidos por los soldados… si en lugar de detenerse y denunciar hubieran corrido por el monte… si minutos antes se hubieran detenido a descansar ocultos a la vera de un árbol, al margen de la vereda, y el pequeño pelotón hubiera pasado de largo, nadie sabría siquiera de la existencia de un rancho llamado La Victoria en las afueras del pueblito Gregorio Méndez.

Ya te dije, tienen muchas orejas repartidas -continúa el agente, que como buen infiltrado siempre sabe sorprender-. Dime, ¿había en el rancho policías judiciales?

—Sí, tres.

Pues bueno, a uno de ellos lo están investigando porque trabaja para Los Zetas.

¡Lo que faltaba! Durante más de 30 minutos estuvimos haciendo preguntas y comentarios a un policía que está con Los Zetas. Esto es lo que les permite actuar como les da la gana. Así es como logran ser avisados de casi todos los operativos en su contra. De esta manera consiguen enterarse de a qué hora, qué día, dónde y quiénes.

Por eso es difícil actuar en su territorio. Por eso Toni solo consiguió sacar su cámara por breves minutos en todo el viaje. Por eso el agente se mueve con cautela, porque Los Zetas todo lo ven.

Ya es bastante incómodo andar por estos lugares. Ya es bastante atemorizante pasearse por una de las calles de Tenosique, el pueblo donde inicia esta ruta. Ahí, una de estas tardes, un funcionario nos trasladó en su vehículo. Mientras transitábamos por la avenida principal que parte en dos ese municipio de 55 mil habitantes, nuestro piloto iba señalando hacia ambos lados de la arteria, cada vez que nos cruzábamos con un negocio grande de muebles, medicamentos, lo que sea, y decía:

-Al hijo del dueño de ese local lo secuestraron el mes pasado. Al dueño de ese negocio lo secuestraron y lo mataron hace cuatro meses. En esa calle secuestraron al ex presidente municipal, Carlos Paz, en mayo, y parece que la esposa del dueño de aquella farmacia también está secuestrada por Los Zetas…

Aquello es una vitrina de secuestros, un paseo turístico por un pueblo tomado por los narcos, donde las referencias abundan, pero en lugar de ser la esquina donde se tomaba café tal célebre personaje local, apuntan al negocio donde ocurrió el último secuestro o la cuadra donde sucedió la última ejecución.

Los Zetas, cuando dominan, dominan todo. Hacen monopolio del crimen: secuestros, extorsiones, sicariato, narcotráfico, venta al menudeo, piratería, rentas para los coyotes que circulan por su zona, todo les corresponde. Todos son giros de su negocio, y quien quiera dedicarse a alguno de ellos debe ser miembro de la banda o un empleado de ellos.

Jesús Acosta, de 27 años, es un nicaragüense que fue secuestrado por Los Zetas en Tenosique. Luego de unos días de secuestro, los migrantes consiguieron escapar tras atacar al vigilante a cargo de su custodia. Una semana después, en Veracruz, Jesús recibió una llamada telefónica de su familia, que el contó que su hermano menor, de 15 años, había sido asesinado en Tenosique.

Lo controlan todo y a todas las instituciones. Fíjate que en Tenosique muchos de los secuestros de migrantes ocurren en las vías, justo enfrente de la estación migratoria. Los agentes de migración saben que si mueven un dedo, mañana amanece uno de ellos muerto. Mejor callan y reciben lo que les pagan -explica el agente secreto.

Habrán tardado mucho en crear esa red -suelto un pensamiento en voz alta.

No creás -responde-. Ellos vinieron y pegaron fuerte. Lo que hicieron es incorporar a todas las pequeñas organizaciones criminales que ya existían. Si aquí apenas se empezó a escuchar de la banda en julio de 2006, cuando detienen a Mateo Díaz, alias el Comandante Mateo o el Zeta 10.

Antes de eso en Tabasco sonaba con fuerza el Cártel del Golfo, pero pocos conocían a su entonces brazo armado. Finalmente, y tras una noche de imprudencia, Mateo fue arrestado en su pequeño municipio natal, Cunduacán, aquí en Tabasco, por hacer escándalo borracho en el bar La Palotada. Lo atraparon junto a su cómplice guatemalteco, Darwin Bermúdez Zamora. La policía municipal no sabía a quién tenía entre manos, y minutos después de detenerlo, ya veían cómo un comando armado de 15 hombres atacaba con bazucas, granadas de fragmentación y AR-15 la comandancia. Mataron a dos policías en la refriega, hirieron a otros siete, destruyeron patrullas e instalaciones. Entonces se enteraron de que en sus celdas, junto a otros traviesos nocturnos, tenían nada menos que al Zeta 10, uno de los fundadores del grupo, que en 1998 desertó del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales del Ejército, los temidos GAFES, la élite de esa institución. Tenían en custodia al Comandante Mateo, de los delincuentes más buscados del país, encargado de dominar la plaza de Tabasco, Chiapas y Veracruz, tres importantes estados para la entrada de cocaína proveniente de Colombia y balas y granadas compradas en Guatemala que luego utilizan el Cártel del Golfo y Los Zetas. Habían atrapado a uno de los fundadores de un grupo que ahora tiene a sus dos cabecillas en la lista de los más buscados por las autoridades estadounidenses. Cinco millones de dólares por la cabeza del Z-3, Heriberto Lazcano, y la de Miguel Ángel Treviño Morales, el Z-40.

Mateo fue quien llegó a poner orden en esta llamada región de los ríos. Él y sus secuaces fueron los que empezaron a recitar las reglas a las pequeñas bandas locales: o se alían o se apartan. Ellos reclutaron a la pandilla de unos 30 muchachos entre los 12 y los 35 años que se dedicaban a cobrarle 100 pesos a cada migrante que quisieran abordar el tren en Tenosique. Los Zetas les ofrecieron un trato: a partir de ahora, trabajan para nosotros. A partir de ahora, no tendrán problemas con las autoridades municipales ni de migración. A partir de ahora se acabó eso de sacar solo unos cuantos pesos. Vamos a dominar la ruta, cobrar a los coyotes que pasen por aquí, castigar a los que no paguen y secuestrar a los migrantes que no viajen con uno de nuestros protegidos.

Los zetitas

Estas bandas que ya existían son las que se encargan de muchos negocios que dan dinero a Los Zetas en esta región. Si incluso hemos detectado que se encargan de manejar el negocio de la producción de CDs piratas de música y películas Y lo manejan a su modo. Cuando llegaron, levantaron a traficantes de madera y vendedores de droga al menudeo, y les dieron una calentada. Ellos primero demuestran su forma de actuar, luego negocian -explica el agente secreto.

A ver: ¿pero estas bandas son zetas o no? Hemos escuchado que les llaman zetitas.

El agente ríe antes de contestar:

Me gusta ese nombre: zetitas. Es más o menos lo que son. Ellos no son Zetas en el sentido de que no participan de la estructura de la banda, no manejan cargamentos de droga ni tienen una función dentro del cártel. Pero en la práctica, sí lo son. Ellos tienen permiso de identificarse como zetas, y tienen la protección de los pesados. O sea que, para cuestiones prácticas, funciona igual: si un agente de migración denuncia a uno de los zetitas de las vías, se está metiendo con un negocio protegido por los grandes zetas, y estos se van a vengar. Pero los que andan en las vías son solo los que recogen a los migrantes, jefes de esas bandas de chavos que existían antes. Ellos convencen con mentiras a los migrantes de que se vayan a sus casas, que los llevarán a la frontera con Estados Unidos, pero luego los entregan a otros que ya son sicarios del cártel, como los que estaban en el rancho La Victoria.

Uno de aquellos días, bajo un permanente sol que calcina la piel, decidimos movernos a Macuspana, un pequeño municipio rural ubicado a unos 250 kilómetros de Tenosique. Por ahí pasa el tren. Por ahí pasan los migrantes que salieron de las vías de Tenosique. Y ahí, como en El Águila, El Barí, El 20, Villa, El Faisán, Gregorio Méndez y Emiliano Zapata, hay bandas de zetitas.

En Macuspana no hay albergue. Lo que hay es una iglesia con un traspatio donde los migrantes tienen techo y comida hasta que sigan su camino. De la iglesia salió un hombre delgado y de rostro anguloso. Es el administrador de la parroquia. Con parsimonia, arregló dos bancas alrededor de una mesa, y empezamos una conversación que poco tardó en terminar.

Cuando le explicamos que buscábamos información sobre las bandas de secuestros, el hombre enmudeció. Sus ojos se volvieron esquivos y el color moreno de su rostro empalideció. “No sé nada de eso, yo solo doy de comer a los migrantes, no sé nada”. Esa, como era obvio, sería su respuesta final.

Decidimos salir de la parroquia y tumbarnos en el traspatio con los ocho hondureños y el guatemalteco que dormitaban ahí. El proceso siempre es igual. Ellos tantean a quien les pregunta. El truco para que un migrante empiece a confiar consiste en hablarle del camino, demostrarle que uno también lo conoce, que conoce sus códigos, sus peligros, su tren, sus rutas. Así se logra que en unos minutos la respuesta inicial -“tranquilo, compa, todo tranquilo, gracias a Dios-, siempre falsa, vaya cambiando, y ellos empiecen a contar lo que en realidad han vivido.

Pasado el protocolo me enteré de que tres de los ahí presentes se libraron de un secuestro en El Barí. El guatemalteco de El Petén que los lideraba por ser su segundo intento tuvo la perspicacia de detectar que cuando se les acercó un hombre dentro de una camioneta, con una escuadra en la solapa y diciendo al celular “tengo a un grupito”, era un buen momento para echarse a correr.

Pero me concentré en el hondureño gordo del rosario negro, que hacía los comentarios más osados. Si yo decía: “En esas vías te llegan con mentiras para hacerte caer”. Él complementaba: “Y te sacan el número de teléfono, que es lo que les importa”. Si yo agregaba: “Y te lo sacan como si de verdad fueran coyotes que te van a llevar”. Él continuaba: “Pero al final pura mentira, más adelante te enterás de que vas secuestrado para Coatzacoalcos”. Luego, la charla de todos se convirtió en charla de dos.

Este hondureño era un tipo de talante duro. Se le notaba la calle en sus palabras, en sus maneras. Asegura que en su viaje anterior, y gracias a que vieron en él a un tipo temerario, le dieron posada en la casa de El Cocho, el líder de la banda de zetitas de El Barí. Intentaban hacerlo ingresar al grupo, pero él no quiso. “Y como sabían que yo no tenía a nadie que pagara por mí, no me secuestraron, sino que ahí me daban posada”, aseguró. Nunca le creí del todo la historia, no sé si era verdad o si él era un infiltrado de los que Los Zetas meten en el tren para seleccionar víctimas. Lo cierto es que gran parte de lo que contó me lo confirmó luego el agente secreto.

El hondureño aseguró que El Cocho, un compatriota suyo como de 30 años, es el líder de la banda de zetitas que operan en El Barí, uno de los puntos de secuestro más calientes de esta región de los ríos. Aseguró que ese líder de banda trabaja con otros nueve hondureños que como él nunca se alejan de su 9 milímetros. “Ni para dormir”. Que la banda de El Cocho sigue activa, pero que de momento se han refugiado en el monte, “debido a un operativo que hubo”. Dijo que eso le habían contado ahora que pasó por ahí, antes de llegar a Macuspana. Todo coincide. Hace dos meses hubo un operativo en el que 24 migrantes fueron liberados por los militares en ese poblado. Cuando los militares llegaron, ya estaban ahí los policías municipales de El Barí. Todos los zetitas habían huido.

Es que están compinchados, si cuando yo estaba ahí llegaban los policías a comer con El Cocho, y él les daba un sobre con dinero -recordó el hondureño gordo tumbado en el piso del traspatio.

Luego, pasó a describir a la banda del hotel California. Esta es una de las más descaradas expresiones de la impunidad que he visto en estos años cubriendo migración. El hotel California es reconocido en Tenosique -por absolutamente todas las autoridades que, a pesar de no dar su nombre, aceptaron hablar- como propiedad de Los Zetas, como sitio donde guardan armas, droga y a grupos de migrantes secuestrados antes de trasladarlos. Ese hotel está justo a la par de la garita de migración y ambos locales están justo frente a las vías donde han ocurrido decenas de secuestros masivos.

Ahí, dijo el migrante en Macuspana, trabajan unas 10 personas al servicio de El Señor de los Trenes. Este, un hondureño de unos 40 años, es un ex pollero que allá por 2007, cuando llevaba a un grupo de centroamericanos, fue atrapado por Los Zetas en su cruzada por evitar que un coyote que no les pague pudiera pasar por su zona. Él dijo que no conocía las reglas, que quería compensar su error, y durante más de un año estuvo en una esquina de Coatzacoalcos (Veracruz) vendiendo tamales y grapas de cocaína. Luego de pagar piso y de que El Gordo, ex jefe de la banda de zetitas de Tenosique fuera detenido, le fue entregada esa plaza de secuestros y ese grupo de zetitas. Ahora, cuando El Señor de los Trenes se rapa la cabeza, se le puede ver la Z que lleva tatuada.

Si a mí me pagara la policía por enseñarles dónde vive El Cocho, dónde vive El Señor de los Trenes y encontrarles a unos tres líderes más de esas bandas, yo en un día se los entrego -fue la manera en que se despidió el hondureño en Macuspana antes de que nos largáramos de ahí.

Unos comprados, otros asustados

Eso del hotel California es conocido, pero nadie interviene. Tienen a medio mundo comprado, y no solo autoridades. Fíjate en las muchachas que en cada una de las dos entradas del pueblo están todo el día y la noche vendiendo refrescos. ¿Crees que a eso se dedican?

El agente hace una pausa, vuelve a sonreír misterioso sosteniendo la mirada y se contesta a sí mismo:

Nooo. Ellas se encargan de vigilar si entran convoyes militares, si entra algún vehículo sospechoso, si entran al pueblo más carros de los que normalmente vienen. Claro, tú solo ves a unas muchachas jovencitas vendiendo refrescos.

Contratan a muchachas de pueblo, a centroamericanos migrantes, a autoridades y comerciantes. Un pueblo se domina teniendo de tu parte a medio pueblo y poniendo a temblar a la otra mitad. A los que se oponen, como Fray Jesús, un párroco jóven y aguerrido de la iglesia de Tenosique, que ha denunciado en sus prédicas y ante algún medio de comunicación el dominio de Los Zetas, los amenazan. Este fraile ha recibido tres avisos: dos amenazas por escrito, una puesta en el parabrisas de su carro y otra lanzada por debajo del portón de la parroquia, y una amenaza más enviada por terceros: “Dígale a ese padrecito que si se sigue metiendo en lo que no le importa le va a ir mal”.

Por eso, en estos pueblos vives entre dos fantasmas, y juzgas a todas las personas de ese modo: los que temen y los que amenazan. La señora de la farmacia que, al ver pasar a un desconocido, baja la cabeza, teme. Los hombres del automóvil amarillo que han pasado tres veces frente a nosotros en menos de cinco minutos, amenazan.

Es que hablamos de gente con dinero. Los Zetas le están cobrando entre 50 mil y 200 mil pesos mensuales a cada banda de zetitas que tienen en esta zona, y aún así a las bandas les queda dinero para ellos y para sobornar autoridades. Y ten en cuenta que este es su negocio para el sencillito. Ellos sacan dinero del tráfico de drogas, balas y granadas. Los migrantes son su tercer negocio -continúa el agente.

Piensa un rato mientras en la mesa hay un silencio. Matiza:

Sí, es su tercer negocio, pero ellos no tienen negocios pequeños, solo negocios de mucho dinero y que implican poner a funcionar toda su maquinaria de corrupción. Somos reservados al calcular que el 40% de todas las corporaciones policíacas que actúan en el Estado están controladas por Los Zetas.

El policía y el periodista

Las dos reuniones empezaron con los protocolos del miedo a los que obliga la región.

Al periodista llegamos fácilmente, a través de colegas suyos. Le llamamos una tarde y convenimos que ya que él sabía por nuestro contacto de lo que queríamos hablar, lo mejor era que lo hiciéramos en persona. Nos movimos de Villahermosa, la capital del Estado, hacia uno de los pueblitos de la zona de los ríos. Bajamos del autobús y nos sentamos en el pequeño restaurante que nos había indicado.

A la media hora entró un acalorado hombre, sacudiéndose el sudor y con un montón de papeles bajo el brazo. Era él, el periodista de la zona que lleva más de 10 años cubriendo los avatares de esta región de balazos, narcos, autoridades corruptas y militares. Una zona que, por tramos de carretera, cuando los convoyes verde olivo se pasean, evoca a las imágenes del Irak que tenemos en la mente.

El periodista escribía una nota en su computadora portátil mientras hablaba y sacudía la cabeza de lado a lado, viendo los movimientos de un viejo zarrapastroso que estaba en la mesa de al lado. Entre vendedoras de jugos que trabajan como halcones y autoridades corruptas, cualquiera puede ser un oreja, un vigía, un zeta.

Hablamos un poco en el restaurante, pero era obvio que lo mejor era movernos de ahí, irnos a otro sitio, donde no tuviéramos que susurrar cada vez que decíamos Zetas. Nos trasladamos a un pequeño local repleto de cacharros electrónicos por todos lados. Ahí, el nervioso hombre no paró de hablar. Encendió su computadora y empezó a mostrar algunas de sus fotos.

Ranchos de secuestros, zetas presentados por la autoridad, policías corruptos atrapados mientras culminaban algún negocio para la banda y cadáveres, varios cadáveres.

Pero nosotros queríamos que el periodista nos hablara de por qué nadie cuenta lo que todos saben, lo que se puede averiguar en un par de semanas. ¿Por qué nadie habla de las autoridades corruptas de los pueblos si todos saben quiénes son? ¿Por qué solo lo hacen cuando la policía detiene a alguno de ellos y lo presenta ante los medios? ¿Por qué nadie cuenta sus dinámicas, su red, su forma de operar, sino solo hechos puntuales, con poco contexto, con poca raíz?

Su respuesta llegó en dos argumentos, a cual más contundente:

Porque yo vivo aquí, y aquí vive mi familia. Y, como tú dices, si ellos tienen a medio pueblo comprado, también saben dónde vives, cómo te llamas, cuántos años tienen tus hijos y dónde estudian. Y además, porque si como yo, eliges arriesgarte y publicas algo, te pasa lo que a mí me pasó. Llega una camioneta negra a tu casa con dos hombres armados. Tocan la puerta, preguntan por ti y te dicen: A ver, venimos a ver cómo la vas a querer: ¿Por las buenas? Pues deja de escribir pendejadas. ¿Por las malas? Te matamos a ti y a toda tu familia.

Y asunto zanjado. Una lápida sobre las letras de los periodistas, no necesariamente sobre sus medios, que tienen sus oficinas en la capital o en una ciudad grande. Un mutis a los que viven en estos pueblos, a los que intentan contar las grandes historias de sus pequeñas localidades, que viajan sin guardaespaldas, que ganan sueldos de miseria y que escriben desde sus casas, donde viven sus hijos.

Eli Torres Guzmán llevaba escondidas cinco pistolas 9 milímetros y un fusil de asalto AK-47 en su carro cuando la policía de aduana inspeccionó el vehículo. Al día siguiente, cuando los medios del estado de Tabasco reportaron el hecho, todas las notas de prensa informaron del hallazgo de solo dos pistolas 9 milímetros y nada del fusil. Las otras armas no aparecieron en ningún informe policial.

Porque cuando estos delincuentes lanzan su consigna, cuando dicen “nosotros somos Los Zetas”, o te doblas o te doblan. Lo sabe el periodista, y lo saben los migrantes secuestrados, y lo supo también Mario Rodríguez Alonso, el director de tránsito de Emiliano Zapata, un pueblo cercano, que hizo caso omiso a la consigna y arrestó a un conductor ebrio que gritó que era zeta, que no se metiera con él. Un día después, en julio del año pasado, por la mañana, a la luz del día, un comando armado lo sacó de la estación policíaca y lo devolvió al siguiente día, ya muerto, con rastros de tortura, una bolsa negra cubriendo su rostro, sus manos esposadas por la espalda y varios impactos de bala en el cuerpo.

Cuando días después buscamos a un policía municipal para preguntarle cómo se siente que te pasen encima los que deberían de temerte, el procedimiento fue más complejo. Lo contactamos a través de un pariente suyo que conocimos gracias a una fuente gubernamental. Nunca hablamos con él antes del encuentro. Solo recibimos instrucciones de su pariente: a las 2 de la tarde, en el pequeño comedor de la esquina, cerca del río.

Llegó puntual. El policía, en su día libre, vigilaba el comedor desde una esquina. Cuando llegamos, se acercó y nos invitó a caminar por el callejón hasta llegar a la sombra de un árbol en la ribera del río. La conversación inició ya sin temores:

Dicen que a veces los llaman a la comandancia y les ponen narcocorridos a todo volumen -le comenté.

Sí, a veces hacen eso los cabrones, y a varios comandantes de la municipal les llaman a su casa de repente, sin que hayan hecho nada, para amenazarlos, que si se meten con ellos ya saben dónde viven y que les van a matar a la familia -respondió.

¿Y eso pasa seguido?

Mira, siempre hay algún evento. Hace cinco días apareció el último ejecutado en Tenosique, en la colonia Municipal, era un vendedor de ganado. Hace tres meses mataron a un comandante de la policía, que pensó que era juego y empezó a molestar mucho a Los Zetas, a hacer operativos por el hotel California.

Se refería al comandante de la policía de Tenosique Tirson Castellanos, que en su día franco se dedicaba a compra-venta de vehículos hasta que fue interceptado cuando se dirigía a su casa por una camioneta con sicarios. Tirson logró correr y refugiarse en el baño de un taller mecánico, hasta donde los pistoleros llegaron para descargar sus 9 milímetros. El cuerpo de Tirson recibió 14 impactos.

Y usted, ¿qué hace para seguir vivo? -pregunté al municipal.

Me desentiendo, me dedico a otras cosas, a rateros y borrachos. Ya me ha tocado que andando en los ejidos se nos atraviesen dos camionetas. Se bajan y se identifican: “Somos Los Zetas”, y te presumen sus armas y lo que ganan y te dicen que trabajes para ellos. Yo les digo que no, y se ponen violentos, pero les digo que tampoco me meto en su camino, y te dicen: “Más te vale, hijo de la chingada”. O cuando hacíamos un retén de tránsito, y pasan tres camionetas con hombres vestidos de la AFI (Agencia Federal de Investigaciones), y les preguntábamos si iba a haber operativo, y nos contestaron: “No somos ley, nosotros somos Los Zetas”. El comandante que estaba en el retén fue inteligente, y les contestó: “Pasen adelante, yo no quiero nada con ustedes. Trabajen, que yo no los veo”. Nunca había visto tantas armas juntas como las que llevaban en esos carros.

Supongo que algunos en tu corporación sí trabajarán para ellos.

Mira, yo sé que algunos lo hacen, pero intento no enterarme, no averiguar y no confiar en nadie.

No hay solidaridad entre corporaciones.

Olvídate. Todas tienen a gente comprada. Si tú detienes a un zeta, ellos mismos te delatan, dan tu nombre a los que quedan fuera, y tu familia corre riesgo. Todos andan tras algo. Mira nada más lo de El Ceibo, se reportaron dos escuadras cuando lo que agarraron fueron cinco y un cuerno de chivo.

Se refería a lo ocurrido hace unos días, cuando cerca de El Ceibo, la frontera del lado de Guatemala, un pequeño poblado que funciona como mercado negro de armas y balas, los policías mexicanos detuvieron de su lado de la línea a un joven que llevaba escondidas cinco pistolas 9 milímetros y un fusil AK-47 en su carro. Nosotros estábamos ahí, esperando que el ejército de Guatemala realizara el anunciado operativo contra ese mercado que provee de balas y granadas a Los Zetas. El operativo fue un fracaso. Para cuando ocurrió, ya todos en El Ceibo estaban alertas. Por su parte, los policías mexicanos solo reportaron haber encontrado dos pistolas. El resto de armas quién sabe a dónde fueron a parar.

No se sabe en quién confiar. Tiene toda la razón el municipal. El poder de infiltración de Los Zetas no deja libre a ninguna corporación. Ni siquiera al ejército, al que muchos señalan como la única autoridad que combate al narco. Por ejemplo, el 1 de julio de este año, la inteligencia mexicana detuvo a 16 militares de las bases de Villahermosa y Tenosique, acusados de trabajar con Los Zetas, avisar de operativos y maquinar un complot para asesinar al comandante Gilberto Toledano, que ha coordinado varios operativos, como el realizado contra el rancho La Victoria.

Sin luz al final del túnel

El calor aún es sofocante en este café con estructura de pecera cuando la conversación con el agente secreto va terminando a pesar de que el sol se oculta.

Es complicado todo esto -dice el agente, ya a manera de resumen-. Es complicado porque primero hay que eliminarles todas sus infiltraciones. Constituir un frente común, y que todo el aparato del Estado luche contra ellos. Entonces empezaría una verdadera batalla.

Y entonces, lo que hacen ahora, ¿qué es? -pregunto.

Una especie de juego muy delicado, pero que no da los resultados que podría dar.

A manera de despedida, iniciamos un intercambio de pensamientos inútiles pronunciados en voz alta. “Es difícil… sí, complicado… un trabajo duro… poco a poco y con cuidado”.

Una sensación de impotencia me invade. Seguramente la misma sensación que ha recorrido el cuerpo del periodista, el policía, el fraile y el agente más de una vez. Estamos sentados, conversando sobre un miedo que al salir de esta pecera volverá a recorrernos cuando caminemos por las calles de estos pueblos y nos crucemos con su gente cabizbaja y sus hombres rondando en sus carros, donde pronto habrá otro ejecutado y muchos migrantes más serán secuestrados.

Es complicado -repite el agente secreto cuando nos damos la mano para despedirnos.

Los zetitas

-Estas bandas que ya existían son las que se encargan de muchos negocios que dan dinero a Los Zetas en esta región. Si incluso hemos detectado que se encargan de manejar el negocio de la producción de CDs piratas de música y películas Y lo manejan a su modo. Cuando llegaron, levantaron a traficantes de madera y vendedores de droga al menudeo, y les dieron una calentada. Ellos primero demuestran su forma de actuar, luego negocian -explica el agente secreto.

-A ver: ¿pero estas bandas son zetas o no? Hemos escuchado que les llaman zetitas.

El agente ríe antes de contestar:

-Me gusta ese nombre: zetitas. Es más o menos lo que son. Ellos no son Zetas en el sentido de que no participan de la estructura de la banda, no manejan cargamentos de droga ni tienen una función dentro del cártel. Pero en la práctica, sí lo son. Ellos tienen permiso de identificarse como zetas, y tienen la protección de los pesados. O sea que, para cuestiones prácticas, funciona igual: si un agente de migración denuncia a uno de los zetitas de las vías, se está metiendo con un negocio protegido por los grandes zetas, y estos se van a vengar. Pero los que andan en las vías son solo los que recogen a los migrantes, jefes de esas bandas de chavos que existían antes. Ellos convencen con mentiras a los migrantes de que se vayan a sus casas, que los llevarán a la frontera con Estados Unidos, pero luego los entregan a otros que ya son sicarios del cártel, como los que estaban en el rancho La Victoria.

Uno de aquellos días, bajo un permanente sol que calcina la piel, decidimos movernos a Macuspana, un pequeño municipio rural ubicado a unos 250 kilómetros de Tenosique. Por ahí pasa el tren. Por ahí pasan los migrantes que salieron de las vías de Tenosique. Y ahí, como en El Águila, El Barí, El 20, Villa, El Faisán, Gregorio Méndez y Emiliano Zapata, hay bandas de zetitas.

En Macuspana no hay albergue. Lo que hay es una iglesia con un traspatio donde los migrantes tienen techo y comida hasta que sigan su camino. De la iglesia salió un hombre delgado y de rostro anguloso. Es el administrador de la parroquia. Con parsimonia, arregló dos bancas alrededor de una mesa, y empezamos una conversación que poco tardó en terminar.

Cuando le explicamos que buscábamos información sobre las bandas de secuestros, el hombre enmudeció. Sus ojos se volvieron esquivos y el color moreno de su rostro empalideció. “No sé nada de eso, yo solo doy de comer a los migrantes, no sé nada”. Esa, como era obvio, sería su respuesta final.

Decidimos salir de la parroquia y tumbarnos en el traspatio con los ocho hondureños y el guatemalteco que dormitaban ahí. El proceso siempre es igual. Ellos tantean a quien les pregunta. El truco para que un migrante empiece a confiar consiste en hablarle del camino, demostrarle que uno también lo conoce, que conoce sus códigos, sus peligros, su tren, sus rutas. Así se logra que en unos minutos la respuesta inicial -“tranquilo, compa, todo tranquilo, gracias a Dios-, siempre falsa, vaya cambiando, y ellos empiecen a contar lo que en realidad han vivido.

Pasado el protocolo me enteré de que tres de los ahí presentes se libraron de un secuestro en El Barí. El guatemalteco de El Petén que los lideraba por ser su segundo intento tuvo la perspicacia de detectar que cuando se les acercó un hombre dentro de una camioneta, con una escuadra en la solapa y diciendo al celular “tengo a un grupito”, era un buen momento para echarse a correr.

Pero me concentré en el hondureño gordo del rosario negro, que hacía los comentarios más osados. Si yo decía: “En esas vías te llegan con mentiras para hacerte caer”. Él complementaba: “Y te sacan el número de teléfono, que es lo que les importa”. Si yo agregaba: “Y te lo sacan como si de verdad fueran coyotes que te van a llevar”. Él continuaba: “Pero al final pura mentira, más adelante te enterás de que vas secuestrado para Coatzacoalcos”. Luego, la charla de todos se convirtió en charla de dos.

Este hondureño era un tipo de talante duro. Se le notaba la calle en sus palabras, en sus maneras. Asegura que en su viaje anterior, y gracias a que vieron en él a un tipo temerario, le dieron posada en la casa de El Cocho, el líder de la banda de zetitas de El Barí. Intentaban hacerlo ingresar al grupo, pero él no quiso. “Y como sabían que yo no tenía a nadie que pagara por mí, no me secuestraron, sino que ahí me daban posada”, aseguró. Nunca le creí del todo la historia, no sé si era verdad o si él era un infiltrado de los que Los Zetas meten en el tren para seleccionar víctimas. Lo cierto es que gran parte de lo que contó me lo confirmó luego el agente secreto.

El hondureño aseguró que El Cocho, un compatriota suyo como de 30 años, es el líder de la banda de zetitas que operan en El Barí, uno de los puntos de secuestro más calientes de esta región de los ríos. Aseguró que ese líder de banda trabaja con otros nueve hondureños que como él nunca se alejan de su 9 milímetros. “Ni para dormir”. Que la banda de El Cocho sigue activa, pero que de momento se han refugiado en el monte, “debido a un operativo que hubo”. Dijo que eso le habían contado ahora que pasó por ahí, antes de llegar a Macuspana. Todo coincide. Hace dos meses hubo un operativo en el que 24 migrantes fueron liberados por los militares en ese poblado. Cuando los militares llegaron, ya estaban ahí los policías municipales de El Barí. Todos los zetitas habían huido.

-Es que están compinchados, si cuando yo estaba ahí llegaban los policías a comer con El Cocho, y él les daba un sobre con dinero -recordó el hondureño gordo tumbado en el piso del traspatio.

Luego, pasó a describir a la banda del hotel California. Esta es una de las más descaradas expresiones de la impunidad que he visto en estos años cubriendo migración. El hotel California es reconocido en Tenosique -por absolutamente todas las autoridades que, a pesar de no dar su nombre, aceptaron hablar- como propiedad de Los Zetas, como sitio donde guardan armas, droga y a grupos de migrantes secuestrados antes de trasladarlos. Ese hotel está justo a la par de la garita de migración y ambos locales están justo frente a las vías donde han ocurrido decenas de secuestros masivos.

Ahí, dijo el migrante en Macuspana, trabajan unas 10 personas al servicio de El Señor de los Trenes. Este, un hondureño de unos 40 años, es un ex pollero que allá por 2007, cuando llevaba a un grupo de centroamericanos, fue atrapado por Los Zetas en su cruzada por evitar que un coyote que no les pague pudiera pasar por su zona. Él dijo que no conocía las reglas, que quería compensar su error, y durante más de un año estuvo en una esquina de Coatzacoalcos (Veracruz) vendiendo tamales y grapas de cocaína. Luego de pagar piso y de que El Gordo, ex jefe de la banda de zetitas de Tenosique fuera detenido, le fue entregada esa plaza de secuestros y ese grupo de zetitas. Ahora, cuando El Señor de los Trenes se rapa la cabeza, se le puede ver la Z que lleva tatuada.

-Si a mí me pagara la policía por enseñarles dónde vive El Cocho, dónde vive El Señor de los Trenes y encontrarles a unos tres líderes más de esas bandas, yo en un día se los entrego -fue la manera en que se despidió el hondureño en Macuspana antes de que nos largáramos de ahí.

Unos comprados, otros asustados

-Eso del hotel California es conocido, pero nadie interviene. Tienen a medio mundo comprado, y no solo autoridades. Fíjate en las muchachas que en cada una de las dos entradas del pueblo están todo el día y la noche vendiendo refrescos. ¿Crees que a eso se dedican?

El agente hace una pausa, vuelve a sonreír misterioso sosteniendo la mirada y se contesta a sí mismo:

-Nooo. Ellas se encargan de vigilar si entran convoyes militares, si entra algún vehículo sospechoso, si entran al pueblo más carros de los que normalmente vienen. Claro, tú solo ves a unas muchachas jovencitas vendiendo refrescos.

Contratan a muchachas de pueblo, a centroamericanos migrantes, a autoridades y comerciantes. Un pueblo se domina teniendo de tu parte a medio pueblo y poniendo a temblar a la otra mitad. A los que se oponen, como Fray Jesús, un párroco jóven y aguerrido de la iglesia de Tenosique, que ha denunciado en sus prédicas y ante algún medio de comunicación el dominio de Los Zetas, los amenazan. Este fraile ha recibido tres avisos: dos amenazas por escrito, una puesta en el parabrisas de su carro y otra lanzada por debajo del portón de la parroquia, y una amenaza más enviada por terceros: “Dígale a ese padrecito que si se sigue metiendo en lo que no le importa le va a ir mal”.

Por eso, en estos pueblos vives entre dos fantasmas, y juzgas a todas las personas de ese modo: los que temen y los que amenazan. La señora de la farmacia que, al ver pasar a un desconocido, baja la cabeza, teme. Los hombres del automóvil amarillo que han pasado tres veces frente a nosotros en menos de cinco minutos, amenazan.

-Es que hablamos de gente con dinero. Los Zetas le están cobrando entre 50 mil y 200 mil pesos mensuales a cada banda de zetitas que tienen en esta zona, y aún así a las bandas les queda dinero para ellos y para sobornar autoridades. Y ten en cuenta que este es su negocio para el sencillito. Ellos sacan dinero del tráfico de drogas, balas y granadas. Los migrantes son su tercer negocio -continúa el agente.

Piensa un rato mientras en la mesa hay un silencio. Matiza:

-Sí, es su tercer negocio, pero ellos no tienen negocios pequeños, solo negocios de mucho dinero y que implican poner a funcionar toda su maquinaria de corrupción. Somos reservados al calcular que el 40% de todas las corporaciones policíacas que actúan en el Estado están controladas por Los Zetas.

El policía y el periodista

Las dos reuniones empezaron con los protocolos del miedo a los que obliga la región.

Al periodista llegamos fácilmente, a través de colegas suyos. Le llamamos una tarde y convenimos que ya que él sabía por nuestro contacto de lo que queríamos hablar, lo mejor era que lo hiciéramos en persona. Nos movimos de Villahermosa, la capital del Estado, hacia uno de los pueblitos de la zona de los ríos. Bajamos del autobús y nos sentamos en el pequeño restaurante que nos había indicado.

A la media hora entró un acalorado hombre, sacudiéndose el sudor y con un montón de papeles bajo el brazo. Era él, el periodista de la zona que lleva más de 10 años cubriendo los avatares de esta región de balazos, narcos, autoridades corruptas y militares. Una zona que, por tramos de carretera, cuando los convoyes verde olivo se pasean, evoca a las imágenes del Irak que tenemos en la mente.

El periodista escribía una nota en su computadora portátil mientras hablaba y sacudía la cabeza de lado a lado, viendo los movimientos de un viejo zarrapastroso que estaba en la mesa de al lado. Entre vendedoras de jugos que trabajan como halcones y autoridades corruptas, cualquiera puede ser un oreja, un vigía, un zeta.

Hablamos un poco en el restaurante, pero era obvio que lo mejor era movernos de ahí, irnos a otro sitio, donde no tuviéramos que susurrar cada vez que decíamos Zetas. Nos trasladamos a un pequeño local repleto de cacharros electrónicos por todos lados. Ahí, el nervioso hombre no paró de hablar. Encendió su computadora y empezó a mostrar algunas de sus fotos.

Ranchos de secuestros, zetas presentados por la autoridad, policías corruptos atrapados mientras culminaban algún negocio para la banda y cadáveres, varios cadáveres.

Pero nosotros queríamos que el periodista nos hablara de por qué nadie cuenta lo que todos saben, lo que se puede averiguar en un par de semanas. ¿Por qué nadie habla de las autoridades corruptas de los pueblos si todos saben quiénes son? ¿Por qué solo lo hacen cuando la policía detiene a alguno de ellos y lo presenta ante los medios? ¿Por qué nadie cuenta sus dinámicas, su red, su forma de operar, sino solo hechos puntuales, con poco contexto, con poca raíz?

Su respuesta llegó en dos argumentos, a cual más contundente:

-Porque yo vivo aquí, y aquí vive mi familia. Y, como tú dices, si ellos tienen a medio pueblo comprado, también saben dónde vives, cómo te llamas, cuántos años tienen tus hijos y dónde estudian. Y además, porque si como yo, eliges arriesgarte y publicas algo, te pasa lo que a mí me pasó. Llega una camioneta negra a tu casa con dos hombres armados. Tocan la puerta, preguntan por ti y te dicen: A ver, venimos a ver cómo la vas a querer: ¿Por las buenas? Pues deja de escribir pendejadas. ¿Por las malas? Te matamos a ti y a toda tu familia.

Y asunto zanjado. Una lápida sobre las letras de los periodistas, no necesariamente sobre sus medios, que tienen sus oficinas en la capital o en una ciudad grande. Un mutis a los que viven en estos pueblos, a los que intentan contar las grandes historias de sus pequeñas localidades, que viajan sin guardaespaldas, que ganan sueldos de miseria y que escriben desde sus casas, donde viven sus hijos.

Eli Torres Guzmán llevaba escondidas cinco pistolas 9 milímetros y un fusil de asalto AK-47 en su carro cuando la policía de aduana inspeccionó el vehículo. Al día siguiente, cuando los medios del estado de Tabasco reportaron el hecho, todas las notas de prensa informaron del hallazgo de solo dos pistolas 9 milímetros y nada del fusil. Las otras armas no aparecieron en ningún informe policial.

Porque cuando estos delincuentes lanzan su consigna, cuando dicen “nosotros somos Los Zetas”, o te doblas o te doblan. Lo sabe el periodista, y lo saben los migrantes secuestrados, y lo supo también Mario Rodríguez Alonso, el director de tránsito de Emiliano Zapata, un pueblo cercano, que hizo caso omiso a la consigna y arrestó a un conductor ebrio que gritó que era zeta, que no se metiera con él. Un día después, en julio del año pasado, por la mañana, a la luz del día, un comando armado lo sacó de la estación policíaca y lo devolvió al siguiente día, ya muerto, con rastros de tortura, una bolsa negra cubriendo su rostro, sus manos esposadas por la espalda y varios impactos de bala en el cuerpo.

Cuando días después buscamos a un policía municipal para preguntarle cómo se siente que te pasen encima los que deberían de temerte, el procedimiento fue más complejo. Lo contactamos a través de un pariente suyo que conocimos gracias a una fuente gubernamental. Nunca hablamos con él antes del encuentro. Solo recibimos instrucciones de su pariente: a las 2 de la tarde, en el pequeño comedor de la esquina, cerca del río.

Llegó puntual. El policía, en su día libre, vigilaba el comedor desde una esquina. Cuando llegamos, se acercó y nos invitó a caminar por el callejón hasta llegar a la sombra de un árbol en la ribera del río. La conversación inició ya sin temores:

-Dicen que a veces los llaman a la comandancia y les ponen narcocorridos a todo volumen -le comenté.

-Sí, a veces hacen eso los cabrones, y a varios comandantes de la municipal les llaman a su casa de repente, sin que hayan hecho nada, para amenazarlos, que si se meten con ellos ya saben dónde viven y que les van a matar a la familia -respondió.

-¿Y eso pasa seguido?

-Mira, siempre hay algún evento. Hace cinco días apareció el último ejecutado en Tenosique, en la colonia Municipal, era un vendedor de ganado. Hace tres meses mataron a un comandante de la policía, que pensó que era juego y empezó a molestar mucho a Los Zetas, a hacer operativos por el hotel California.

Se refería al comandante de la policía de Tenosique Tirson Castellanos, que en su día franco se dedicaba a compra-venta de vehículos hasta que fue interceptado cuando se dirigía a su casa por una camioneta con sicarios. Tirson logró correr y refugiarse en el baño de un taller mecánico, hasta donde los pistoleros llegaron para descargar sus 9 milímetros. El cuerpo de Tirson recibió 14 impactos.

-Y usted, ¿qué hace para seguir vivo? -pregunté al municipal.

-Me desentiendo, me dedico a otras cosas, a rateros y borrachos. Ya me ha tocado que andando en los ejidos se nos atraviesen dos camionetas. Se bajan y se identifican: “Somos Los Zetas”, y te presumen sus armas y lo que ganan y te dicen que trabajes para ellos. Yo les digo que no, y se ponen violentos, pero les digo que tampoco me meto en su camino, y te dicen: “Más te vale, hijo de la chingada”. O cuando hacíamos un retén de tránsito, y pasan tres camionetas con hombres vestidos de la AFI (Agencia Federal de Investigaciones), y les preguntábamos si iba a haber operativo, y nos contestaron: “No somos ley, nosotros somos Los Zetas”. El comandante que estaba en el retén fue inteligente, y les contestó: “Pasen adelante, yo no quiero nada con ustedes. Trabajen, que yo no los veo”. Nunca había visto tantas armas juntas como las que llevaban en esos carros.

-Supongo que algunos en tu corporación sí trabajarán para ellos.

-Mira, yo sé que algunos lo hacen, pero intento no enterarme, no averiguar y no confiar en nadie.

-No hay solidaridad entre corporaciones.

-Olvídate. Todas tienen a gente comprada. Si tú detienes a un zeta, ellos mismos te delatan, dan tu nombre a los que quedan fuera, y tu familia corre riesgo. Todos andan tras algo. Mira nada más lo de El Ceibo, se reportaron dos escuadras cuando lo que agarraron fueron cinco y un cuerno de chivo.

Se refería a lo ocurrido hace unos días, cuando cerca de El Ceibo, la frontera del lado de Guatemala, un pequeño poblado que funciona como mercado negro de armas y balas, los policías mexicanos detuvieron de su lado de la línea a un joven que llevaba escondidas cinco pistolas 9 milímetros y un fusil AK-47 en su carro. Nosotros estábamos ahí, esperando que el ejército de Guatemala realizara el anunciado operativo contra ese mercado que provee de balas y granadas a Los Zetas. El operativo fue un fracaso. Para cuando ocurrió, ya todos en El Ceibo estaban alertas. Por su parte, los policías mexicanos solo reportaron haber encontrado dos pistolas. El resto de armas quién sabe a dónde fueron a parar.

No se sabe en quién confiar. Tiene toda la razón el municipal. El poder de infiltración de Los Zetas no deja libre a ninguna corporación. Ni siquiera al ejército, al que muchos señalan como la única autoridad que combate al narco. Por ejemplo, el 1 de julio de este año, la inteligencia mexicana detuvo a 16 militares de las bases de Villahermosa y Tenosique, acusados de trabajar con Los Zetas, avisar de operativos y maquinar un complot para asesinar al comandante Gilberto Toledano, que ha coordinado varios operativos, como el realizado contra el rancho La Victoria.

Sin luz al final del túnel

El calor aún es sofocante en este café con estructura de pecera cuando la conversación con el agente secreto va terminando y a pesar de que el sol se oculta.

-Es complicado todo esto -dice el agente, ya a manera de resumen-. Es complicado porque primero hay que eliminarles todas sus infiltraciones. Constituir un frente común, y que todo el aparato del Estado luche contra ellos. Entonces empezaría una verdadera batalla.

-Y entonces, lo que hacen ahora, ¿qué es? -pregunto.

-Una especie de juego muy delicado, pero que no da los resultados que podría dar.

A manera de despedida, iniciamos un intercambio de pensamientos inútiles pronunciados en voz alta. “Es difícil… sí, complicado… un trabajo duro… poco a poco y con cuidado”.

Una sensación de impotencia me invade. Seguramente la misma sensación que ha recorrido el cuerpo del periodista, el policía, el fraile y el agente más de una vez. Estamos sentados, conversando sobre un miedo que al salir de esta pecera volverá a recorrernos cuando caminemos por las calles de estos pueblos y nos crucemos con su gente cabizbaja y sus hombres rondando en sus carros, donde pronto habrá otro ejecutado y muchos migrantes más serán secuestrados.

-Es complicado -repite el agente secreto cuando nos damos la mano para despedirnos.

Las gotas de sudor le escurrían por la barbilla y bajo sus manos y rodillas sentía el monte seco y la tierra caliente de aquel llano donde la tenían en posición, dispuesta para ser violada. Su camiseta había sido hecha jirones segundos antes por uno de esos hombres con aspecto de agricultores que salieron de la breña, con sus escopetas y machetes, oliendo a pasto, ahí por La Arrocera. Paola, serena a pesar de estar “de perrito”, como ella dice, sabía que aún le quedaban dos cartuchos: su ingenio y su talante.

Sin voltear a ver a quienes merodeaban su retaguardia, Paola, el transexual guatemalteco de 23 años, escuchaba los sonidos de cinturones desprendiéndose y de negociaciones entre bandidos.

-Dale tú primero, pues. Después voy yo -dijo uno. Y entonces Paola los interrumpió, dejándolos atónitos.

-Miren, hagan lo que quieran, pero por favor pónganse condones, ahí hay unos en mi mochila, la rojita. Se los recomiendo, porque tengo sida. Es que yo pensé que eran machos, y que solo a mujeres violaban -les dijo, a pesar de que hace años se reconoce como mujer y de que si se le llama por su nombre de nacimiento ya hace mucho que no voltea la cabeza. Paola no tiene sida. Lo que tiene, luego de cinco años de prostituirse en su país y en la capital mexicana, es la medida de los hombres perversos. Lo que tiene es su ingenio y su talante.

Hubo silencio unos segundos. Paola cree que entre ellos se volteaban a ver desconcertados, pero no está segura, porque seguía ahí, clavada al suelo, con el sol en la espalda, sin girarse. Digna a pesar de estar como estaba, con la cabeza levantada y los ojos perdidos en el horizonte.

-¡Levántate, pinche puto! ¡Váyanse a la verga todos ustedes! -le dijeron a ella y a su grupo como confirmación de que sus últimos dos cartuchos habían sido efectivos.

Ya sin un cinco en la bolsa, todos continuaron su camino al norte por las mismas veredas perdidas en los montes.

-Es que yo ya venía preparada, como dicen que siempre le pasa eso a una cuando viene migrando -termina su relato Paola, a la vera del tren estacionado en Ciudad Ixtepec, al norte de donde tuvo que zafarse de aquella incómoda postura.

Ahora, alta, morena y echando mano de lo que le dejaron en su mochila roja, se ha maquillado, se ha puesto una blusa negra y escotada y un pantalón vaquero. Ahora ya sabe que siempre pasa algo, desde hace años, en ese lugar, reducido a un nombre, La Arrocera. Los 45 que llegaron con ella a este punto fueron asaltados en ese tramo entre Tapachula y Arriaga. Este es punto rojo para nosotros los migrantes, dicen unos. Este es el lugar más perro para pasar, dicen otros. Pero la mayoría, sin saber que con el nombre de unas pocas hectáreas resumen 262 kilómetros de camino, le llaman simplemente La Arrocera. Apodan a toda esa espesura utilizando el nombre de un pequeño asentamiento, de unos 28 ranchos, que toma su nombre de la inhabilitada bodega de arroz que aún se destartala en la carretera.

Eso lo saben ella y muchos migrantes centroamericanos más. Muchas autoridades y muchos que lo supieron tarde, antes de morir entre esos matorrales.

Lo supo incluso la mujer guatemalteca que antes de asfixiarse en El Relicario, con la boca llena de pasto seco y con su propia blusa atorada dentro de su garganta, solo logró ver sobre ella al hombre que la agredía.

Fue el 10 de noviembre de 2008. Ella era guatemalteca. Eso dijeron algunas personas que aseguraron haberla conocido en Tapachula, frontera con Guatemala. Que aseguraron conocer también al hombre con el que andaba en El Relicario esa noche, caminando por las vías del tren, por donde a diario pasan decenas de indocumentados. Un hombre con un escorpión tatuado en la mano. Ocurrió en El Relicario, entre casas de teja y un amasijo de cemento y bahareque incrustradas entre crecidos pastizales.

Nadie sabe muchos detalles y eso es normal. Aquí, la policía rural no existía entonces, y ahora que existe son siete hombres del pueblo con garrotes que cuidan como pueden en sus tiempos libres. Lo que se sabe es que aquella muerte no fue lenta. En la fotografía que se publicó en un pequeño diario de la zona, El Orbe, mezclada con la de otros dos muertos en media página, aparecía la muchacha con los ojos bien abiertos, puñados de zacate con tierra y hojas secas saliéndole de la boca, y la mitad de la cabeza que nace en la frente ya sin pelo, como si la hubieran arrastrado por pavimento antes de meterla a la breña crecida entre los escombros donde la encontraron. O como si le hubieran arrancado a mano limpia los mechones. Estaba desnuda y tenía las piernas abiertas y ligeramente flexionadas, como si un cuerpo hubiera tenido que caberle entre ellas.

No hay investigación abierta. De ella, solo queda el relato de Orlando, el viejo enterrador del cementerio de Huixtla, que saca la lengua lo más que puede para explicar que al cuerpo de la guatemalteca se le salió más de lo normal cuando él logró extraerle de la garganta la blusa que le habían metido. Solo eso queda, y una cruz púrpura y pequeña, escondida en el panteón. Y un epitafio: “Falleció la joven madre y sus gemelos. Nov. 2008.” Y sus gemelos. Estaba embarazada.

Quién sabe si el que la mató eligió con precisión de homicida experto el lugar. Lo cierto es que, lo hiciera queriendo o no, le salió bien. En estos montes de los migrantes, en esta espesura de Chiapas, como descubrimos cada día desde que iniciamos este recorrido, los cadáveres son incontables, las violaciones pan de cada día, y los asaltos el mal menor.

La guerra tardía

Llegamos en tiempos hostiles. Desde inicios de este año, y por primera vez, el gobierno del Estado de Chiapas le ha puesto cara a los asaltantes de estos senderos. Asaltantes que hace años empezaron como jornaleros de los ranchos que veían pasar a filas y filas de indocumentados centroamericanos huyendo de las autoridades. Hasta que se les encendió el foco e hicieron sus conjeturas: si ocupan estas sendas para evitar a las autoridades quiere decir que nunca se les ocurriría buscarlas ni siquiera para denunciar un asalto, una violación, un asesinato.

Los migrantes cruzan el río Suchiate que divide a México del istmo. Y desde entonces, empiezan su intermitente viaje en microbuses (combis les llaman aquí). Suben a una, bajan de ella cuando está por acercarse a una caseta de revisión migratoria en la carretera. Se internan en el monte y caminan varios kilómetros, bordeando, hasta que más adelante retornan al pavimento y esperan otra combi. Cinco veces lo hacen en estos 282 kilómetros, hasta que llegan a Arriaga, donde pueden abordar el tren de mercancías como polizones, colgados de sus techos.

Durante años los indocumentados han asumido este peaje de la delincuencia como un obstáculo infranqueable. “Lo que Dios quiera”, repiten. Los coyotes empezaron a dar condones a las mujeres y a advertir a los hombres de que no se opusieran. Las historias de maridos, hijos, madres que han visto a sus mujeres vejadas por esos asaltantes han abundado durante más de 10 años en este México profundo, olvidado, escondido.

A principios de 2009, luego de una década de peticiones de organizaciones de derechos humanos, el gobierno chiapaneco hizo caso a las repetidas medidas de presión. Una visita de los cancilleres de Guatemala y El Salvador y una carta enviada por más de 10 organizaciones, incluida la Iglesia Católica, lograron que se diera el primer movimiento. Se creó la Fiscalía Especial para la Atención de los Migrantes, y el gobernador Juan Sabines giró órdenes a las comandancias de la Policía Sectorial de Huixtla y Tonalá para que patrullaran esas zonas de vez en cuando. En este punto estamos, cuando por fin han decidido empezar a escarbar en este vertedero de maldad impune. Y toda la porquería está saliendo a flote. Por todas partes. Y los delegados de recogerla se dan cuenta de que son muy pocas las palas que tienen para levantar todo el desperdicio acumulado en tantos años.

El comandante Máximo nos recibe en este caluroso día. Son los meses extremos en esta región ya de por sí sofocante. Mantener la camisa seca es misión imposible. A cada paso, decenas de gotas de sudor salen a toda prisa. El comandante de la región, que cubre de Tonalá a Arriaga -la mitad de este infierno- ordena que le traigan mapas, documentos y una jarra de limonada con mucho hielo.

-Bueno, muchachos -se dirige al fotógrafo Toni Arnau y a mí, antes de que empecemos a preguntarle-. Como verán, hemos atacado el problema de raíz, y le hemos dado solución. Yo les digo que en mi área no hay ni un solo asalto ni violación más.

La pila de hojas que pone sobre la mesa se titula “Operativo amigo”. En su interior hay una página que nos llama la atención. Se ve a ocho hombres, ninguno mayor de 35 años. Arriba se lee: “Supuestos delincuentes agresores en los sucesos en el tren el día 23 de diciembre de 2008”. Se supone que son asaltantes que, aún en Chiapas, dejaron la zona de a pie y ampliaron su área de pillajes al tren que sale de Arriaga. En ese asalto, mataron a un migrante guatemalteco que se opuso. Machetazos, balas y lanzamiento desde la locomotora en marcha.

-¿Y a cuántos han detenido? -pregunto al comandante.

-Creo que uno está a disposición de las autoridades -responde.

Luego de eso, Maximino (llamado Máximo por sus subordinados), saca otro folio para quitarse el mal sabor, lo pone sobre la mesa, lo abre en una hoja y le da golpecitos con el dedo índice, que resuenan sobre la mesa de plástico:

-Este es uno que acabamos de agarrar en la zona de El Basurero. Él se encargaba de desviar a los migrantes en el crucero Durango y mandarlos directo al asalto. A ese ya lo atrapamos.

Es la foto de Samuel Liévano, un viejo ranchero de 57 años que tiene su pequeña parcela justo en ese desvío, donde la calle de tierra desemboca en la carretera. Ahí se bajan los indocumentados, para sortear la última caseta, la de los policías federales que está antes de entrar a la ciudad del tren. Liévano les indicaba que siguieran hacia El Basurero por las inhabilitadas vías férreas. Ese sitio es un botadero al aire libre y un famoso punto de asalto y violaciones, que muchas veces se esconde bajo el nombre de La Arrocera. Lo atraparon justo ahí, luego de haber mal enrumbado a dos hondureños que denunciaron el asalto en el albergue de Arriaga, de donde llamaron a Maximino.

Los denunciantes son dos muchachos negros. Llegan relucientes, sin una sola gota de sudor al albergue, a las 3 de la tarde. Son de la ardiente costa atlántica hondureña, buceadores a pulmón, acostumbrados a achicharrarse en cada jornada de trabajo, que compensan luego bailando ritmos garífunas descalzos en la arena. Ellos fueron los que denunciaron al viejo Liévano. Y ahora, tras más de cinco días esperando que la Fiscalía los llame para el careo, están hartos, y quieren seguir sus caminos. Elvis Ochoa, de 20 años, aventurero y experimentado, es uno de ellos: “Esto no es nada”, dice y chasquea los dedos al estilo de los iconos pandilleriles de Los Ángeles, donde ya estuvo durante unos meses. Andy Epifanio Castillo, de 19 años, primerizo y cándido, ya tuvo su dosis y no quiere volver a poner un pie nunca en este país: “Es andar arriesgando la vida por conseguir una mejor”, se lamenta con sus grandes ojos abiertos y encorvando los hombros. Si se van mañana, Liévano volverá a su rancho, a indicar el camino a los migrantes que se bajen en el crucero Durango, y las palabras de Maximino quedarán ahí, como testimonio de otro intento superficial de terminar con un problema estructural.

Los asaltantes, los que desplumaron a Andy y Elvis dos minutos después de haber escuchado a Liévano, aún siguen por aquí, uno con su 9 milímetros y el otro con su escopeta 12.

Al salir del albergue, vamos a hacer un intento por entrar en la zona de asaltos con algo de protección. Maximino nos dio un recorrido por la zona de El Basurero, pero es de tontos esperar que las cosas fluyan con la normalidad que fluyen para el indocumentado cuando se viaja en un pick up con cuatro policías cargando sus fusiles Galil.

Nos queda una opción. La Fiscalía especializada está en ronda de operativos. De esa oficina piden apoyo al Ministerio Público (MP) de los diferentes pueblos, que les asignan a agentes ministeriales. Entonces, se internan como migrantes en los lugares de asesinatos y violaciones, a la espera de una emboscada, y luego se cuecen a tiros con los delincuentes.

Nada más hace tres semanas, aquí cerca, en El Basurero, cuatro policías infiltrados se toparon con un asalto. Dos delincuentes salieron de la breña y empezaron su procedimiento.

-¡Quietos, hijos de puta, al que se mueva lo reviento! -les ordenaron los asaltantes.

Pero se movieron. Los policías infiltrados desenfundaron sus pistolas y los asaltantes dispararon las suyas y echaron a correr. Los dos fueron atrapados: Wenceslao Peña, de 36 años, y José Zárate, de 18, los dos mexicanos. Mientras huían, uno fue alcanzado por el disparo policial en el cuello. El otro se llevó dos impactos que le atravesaron por atrás un muslo. Cuando todo terminó, solo dos de los participantes en la refriega estaban intactos. Los asaltantes quedaron tendidos, y dos policías también. Las balas expansivas de escopeta los alcanzaron. Todos están aún en el hospital de Tonalá.

En la oficina del MP, tres muchachos se derriten como helados frente a un ventilador. Al ver que nos asomamos, entreabren la puerta, y uno de ellos pregunta qué queremos. Le explicamos, y de la puerta sale Víctor, un agente que estuvo en aquel combate. Lleva la camisa desabrochada en sus últimos botones. La panza estira la tela, y se puede ver asomar por el cinto la cacha de su 9 milímetros.

-Díganme -nos saluda.

-Le explicamos a su compañero lo mismo que a Ludman, el asistente del fiscal Enrique Rojas. Llevamos una semana en la zona, intentando internarnos en la ruta del migrante, para ver la situación como les ocurre a ellos, pero no hemos conseguido nada -explicamos.

-O sea, ¿qué es lo que ustedes quieren?

-Acompañarlos en una de las operaciones donde se infiltran.

Víctor lanza una fugaz mirada a su compañero que lleva cruzada al pecho la cinta que sostiene su fusil. Ambos esbozan una sonrisa ladeada.

-Nooo, eso es imposible, es muy peligroso, hasta para nosotros que vamos armados. Ahí se arma la tiradera, esos delincuentes no se la piensan para disparar. Nosotros caminamos armados, y vamos protegidos por un grupo encubierto de cinco agentes que nos siguen a unos kilómetros.

Le damos nuestros argumentos, le insistimos, pero a cada interlocución nuestra, otra gota de sudor le resbala desde la cara hasta el ombligo y agrega un nuevo contraargumento.

-Peor en la zona de La Arrocera (entendido esta vez solo como la parte del municipio de Huixtla). Ahí hay bandas organizadas que operan con AR-15. Ahí entramos con operativos más planificados.

Nos alejamos sabiendo que la última opción es aproximarse e improvisar. No es usual que nadie quiera internarse en este lugar. Los cadáveres se cuentan cuando ya han sido evacuados. Los periodistas y organizaciones de derechos humanos denuncian lo que escuchan en relatos que les llegan de albergues, pero este es terreno no pisado. Aquí, y nunca mejor dicho, es la ley del monte.

El año pasado, los cancilleres guatemalteco y salvadoreño recorrieron unos kilómetros del lugar. Para ello, se montó todo un espectáculo: cerca de 30 agentes de la policía federal los escoltaban, más dos cuadrillas de caballería de la policía sectorial que iban adelante barriendo la zona, mientras varias patrullas de la estatal esperaban en la carretera. Un ejército de uniformados. Honduras está preparando su visita guiada para este año, y bajo las mismas condiciones. De ahí salieron titulares que a los hondureños garífunas, a los fiscales infiltrados o a Paola -el travesti guatemalteco- les hubieran sacado al menos una sonrisa irónica: “En Chiapas se garantizan los derechos humanos de los migrantes”, titularon con pequeñas variantes por aquellas fechas tres de los diarios que circulan aquí.

El comandante Roberto Sánchez -conocido como comandante Maza- nos recibe en las afueras de Huixtla. El sofocante calor no da tregua. Acaba de llover, pero parece que el agua se hubiera filtrado hasta las capas más profundas de la tierra para luego salir como vapor infernal.

Sánchez nos da todo su apoyo. La conversación es breve y fluye entre apodos, muertos e impunes. Que al Chayote -famoso asaltante de migrantes en la zona- lo detuvieron hace cuatro meses, pero fue liberado en unos días porque los agraviados siguieron su marcha. Que luego, el mismo Chayote hubiera preferido pasar unos años en la cárcel antes de acabar lapidado hace dos meses abajo de uno de los puentes de La Arrocera, seguramente por migrantes que se defendieron. Que El Calambres, de la cuadrilla del anterior, está detenido en Tonalá, pero que sus denunciantes -“¿Qué creen?”- también prefirieron continuar. Es normal. Chiapas es el Estado de México donde se registran más abusos a los centroamericanos por parte de los policías. Ponerse en sus manos, en el mundo de los indocumentados, es equivalente a pedirle a un soldado que vaya a solicitar agua a la guarnición enemiga.

Mañana iremos al campamento de los ocho policías de caballería que desde hace tres meses patrullan el sector. Seguimos en el mismo embrollo: lo que tenemos es un recorrido por la zona peligrosa sin posibilidades de oler el peligro que los migrantes respiran a diario.

A pie con los migrantes

Llegamos a las 6 de la mañana. Los patrulleros hacen su recorrido cuando el sol todavía no atormenta. En el campamento nos encontramos una sorpresa: hay tres migrantes salvadoreños que pidieron posada para descansar un poco antes de seguir su ruta y bordear su primera caseta, la de Huixtla.

Ahí se desperezan -después de apenas cuatro horas de sueño- Eduardo, el panadero de 28 años que huye de las maras; Marlon, el repartidor de pan de 20 que huye con su jefe, y José, el albañil de 26 que se les unió en el intento. Les dieron posada por esta noche en el rancho, y les recomendaron no seguir hasta que el sol saliera, porque bajo la luna, ni los uniformados se pasean por La Arrocera.

Los tres salvadoreños se unen a los tres policías y a nosotros en la marcha. El recorrido empieza con un gesto de amabilidad entre el monte. Al salir del potrero que hace de base de esta cuadrilla de caballería, hay una casita de teja y cemento descascarado. En el portal de la casita está un señor de unos 40 años, descalzo y sin camisa, que toma de bracete a su hija de unos 12 años. Ambos levantan y mueven sus manos diciéndonos adiós.

-¿Y ellos? -pregunto al agente que llevo a la par-. ¿Amigos?

-Espías -contesta-. Trabajan con las bandas de asaltantes. Son los que desvían a los migrantes para donde los esperan los asaltantes, y nos controlan cada vez que salimos a dar la ronda.

Enfilamos por las vías del tren que el huracán Stan destrozó en 2005, y que ya solo sirven de guía a los indocumentados. A nuestra derecha, a pocos metros, detrás de la barrera de vegetación, está la caseta migratoria de El Hueyate. Aquí, lo verde es espeso y nos cubre, el suelo es un lodazal y los charcos son pequeños pantanos. Si se observa fijamente detrás de los pastizales, se siluetean callejuelas escondidas, que llevan a ejidos o ranchos perdidos. Más parecen pasadizos secretos.

-Aquí fue -dice a secas el agente, mientras cruzamos un pequeño puente férreo, y señala la bóveda que nos queda bajo los pies.

Ahí fue donde mataron el año pasado a uno de sus compañeros que patrullaba. Un machetazo seco le rompió el hueso de la frente cuando se topó con unos asaltantes. Un machete afilado, que para algunos de los delincuentes es más un arma que una herramienta de trabajo. La utilizan como espadachines en esta zona donde muchas discusiones de cantina se saldan a fierrazos. Lo ocupan para desmalezar la tierra, para asaltar, para defenderse. Lo llevan siempre en la mano, como una extensión natural de su cuerpo. El machete es su fiel compañero, su quinta extremidad.

En el camino se escuchan ladridos de perros y tras las verjas de las casitas se ven ojos que salen a enterarse.

-Ahorita nos tienen bien vistos -prosigue el agente, antes de soltar otra de sus parcas referencias-. Lo que le dije de los huesos, aquí fue; y a El Chayote, lo encontramos allá.

Lo de los huesos fue literalmente eso, un esqueleto que encontraron hace unos meses ahí entre un montarrascal igual a los demás. Los zopilotes merodean el área siempre, por la cantidad de ganado que muere, y no tardan en encontrar un cadáver que consumir. Por eso, aquí huesos no es sinónimo de fósil, sino más bien de cadáver reciente. Y El Chayote, el asaltante, apareció metido en otra de las bóvedas que vemos desde este punto, acostado en el suelo, con una magulladura en la frente, que le había reblandecido la sien como si fuera de plastilina. Otras rocas estaban a su alrededor. Si el machete es lo suyo para muchos asaltantes de poca monta, la piedra lo es para los migrantes que se proponen defenderse.

Aquí se camina entre muertos, la vida se relativiza como un valor que se menea en una cuerda floja. Matar, morir, violar, ser violado pierden sus dimensiones. Es rutina. Punto de referencia: aquí, en esta piedra, violan; allá, en ese arbusto, matan.

-Allá las separan a las mujeres del grupo cuando las violan -señala el agente una pequeña parcela de plataneros-. Y hasta aquí llega nuestra ronda diaria.

Hemos caminado apenas media hora, y hasta aquí llegan. Luego, suelen regresar por el otro lado de la carretera, lo que llaman La Arrocera alta, cerros que se levantan de la planicie que ahora pisamos, al otro lado de la carretera. Pero hasta aquí, no es ni la mitad de una décima parte del camino del indocumentado. Hasta aquí es apenas parte del comienzo. La primera caseta, el primer punto caliente.

Este cruce lo conocen como La Cuña, una callejuela que sale a la carretera, adelante de El Hueyate. Un árbol de mango donde violan, una terracería donde algunos coyotes de Huixtla entran a dejarle migrantes a los asaltantes, con los que están de acuerdo.

El agente sigue hablando mientras los salvadoreños, con miradas, nos preguntan qué haremos.

-Por aquí todavía andamos buscando a un malhechor de esos. Le dicen La Rana, tiene una cicatriz en el rostro y opera en la parte alta, pero no lo encontramos. Como nos tienen bien vigilados desde que salimos, siempre dan el pitazo cuando andamos de ronda.

Apenas termina la frase, estrechamos su mano sin darle explicaciones y le decimos que vuelvan, que seguiremos hasta Arriaga, hasta el tren, con Eduardo, José y Marlon. Los agentes se quedan desconcertados, pensando qué dirá el comandante Sánchez de esto. Para las autoridades, un migrante muerto es cosa normal, pero un periodista es otra cosa, y nadie quiere ese cadáver en su región.

En esto -y en nada más- nos ayuda esta geografía. Al poco tiempo, los hemos perdido de vista entre la maleza y los arbustos. Ahora, empieza el viaje de un migrante.

Avanzamos entre la espesura unos cinco kilómetros más, hasta que encontramos un sendero que lleva a la carretera. El retén ha quedado atrás, y Eduardo sale a la carretera a detener una combi para seguir avanzando hasta Escuintla, el siguiente poblado.

La caminata por La Arrocera, el lugar que le da nombre a toda esta región escondida, nos ha dejado claro que los esfuerzos chiapanecos por limpiar la zona están muy lejos de lograr su éxito. La Rana sigue por aquí, los asaltantes de los hondureños están más adelante, y los cadáveres aún son un recuerdo fresco, que aún apesta. Pero lo que más nos ayudó a tener clara la situación fue El Calambres. Se llama Higinio Pérez Argüello, tiene 26 años, es reconocido por la comandancia de La Arrocera como asaltante de migrantes, y desde hace tres meses guarda prisión en el penal de Huixtla, donde aceptó recibirnos y conversar con nosotros un día de estos si acatábamos su única regla: que lo que contara lo contaría en tercera persona, que se dijera “ellos” donde se podría decir “nosotros”.

Una charla con El Calambres

Estaba acusado de violación, portación de arma prohibida y asalto. Se le acusó de violar a una migrante, pero la denunciante desapareció. Le quedan los otros dos cargos, y espera la sentencia.

El director del penal nos habilitó su despacho para la charla, y ya antes había advertido que era probable que Higinio aceptara. Su argumento fue desconcertante, pero es comprensible en esta zona:

-Yo digo que hablará, porque aquí no tenemos a gente acusada de crímenes graves: están acusados de homicidio, violación o robo, pero nadie está por narcotráfico.

Delgado, de facciones afiladas, con una larga camisa que le da un extraño look de pandillero a pesar de sus campesinas maneras, sus brazos venosos. De 1.65 metros de altura, con sus uñas largas y afiladas, ojos achinados, siete crucifijos y rosarios colgándole del cuello y un bigote escaso y asimétrico, Higinio se sentó, se cruzó de brazos, clavó la mirada en el piso y empezó la conversación en código.

-Sí, yo conozco lo que pasa por ahí (La Arrocera). Yo vivía en un rancho por ahí. Sí, ahí asaltan los que andan ahí siempre chingando -inició.

-¿Quiénes andan chingando? -pregunté.

-Gente que vive o trabaja ahí. Yo he visto bandas organizadas. Ahorita anda una banda, una que se viene desde Tapachula a hacer sus cosas ahí. El Chino es el que se ha venido de allá abajo, y El Harry es el otro jefe, y ya hace tiempo que operan por ahí. Es su trabajo, andar cazando indocumentados.

-¿Y por qué solo asaltan a los indocumentados?

-Porque saben que esas personas van de paso, no causan daño, en cambio si asaltan a alguien de aquí, saben que es un problema, te metes en un problema. Los otros van de paso.

El Chino aún sigue por la zona. Se le conoce solo por el apodo, y es un famoso delincuente de La Arrocera. El Harry es aún más mítico. Él fue uno de los primeros que iniciaron con la dinámica de asaltos y violaciones, a él se le prendió el foco antes que a nadie. Lo atraparon, y estuvo preso en Tapachula, por asalto, pero logró pagar los 50 mil pesos de fianza, y ya anda libre de nuevo. El Harry cayó junto con El Cochero (Filadelfo González) y El Diablo (Ánderson). Ellos dos están presos en el penal de El Amate, el centro de reclusión más grande de Chiapas, sobre el que el Estado no tiene control. Ahí adentro mandan los narcotraficantes, ellos ponen cuotas a los nuevos internos, y no permiten el paso de custodios ni de autoridades a la zona de celdas. Ellos dos eran la banda de Harry. Gente ruda que desde 1995 se paseaba en motos expoliando a los indocumentados que no tomaban el tren por miedo a un operativo migratorio, que preferían caminar ocultos en el monte. El Cochero mostró su talante entre grandes delincuentes haciéndose jefe de uno de los sectores, del módulo verde. Él lo administra, él cobra cuotas, él asigna celdas. Así lo decidió el jefe de la prisión (el preciso general le dicen en la jerga carcelaria), el narcotraficante Herminio Castro Rangel, al ver la violencia con la que El Cochero actuó cuando hubo que luchar durante dos días por decidir qué grupo se quedaba con el control de El Amate.

-Pero no entiendo: ¿Cuánto puede sacar alguien asaltando migrantes? -pregunté.

-Depende de lo que lleve la gente, pero hay desde los que llevan 10 pesos hasta los que llevan sus 5 mil u 8 mil pesos. Es que no solo aquí los chingan, los vienen chingando desde allá abajo, así que algunos ya llegan sin dinero -contesta.

-¿Y cómo es el negocio? ¿Si yo quiero agarro mi machete y empiezo a asaltar?

-Nooo, ahí mandan las bandas del lugar, ellos se reparten los lugares, y solo ellos pueden operar. Si te metes, te sacan a balazos.

-Si un migrante se opone, ¿no se tientan para dispararle?

-¡Uuuh! No, no, pues, por eso los matan, porque se oponen.

-Habrá muchos muertos ahí que nadie ha encontrado, ¿verdad?

-¡Uuuh! Un chingazal.

Le expliqué a El Calambres lo que los comandantes Maximino y Sánchez nos habían dicho. Le conté que aseguraban que el problema estaba resuelto. El Calambres levantó la vista, cruzamos una mirada de obviedad por un segundo, y sonrió para sí mismo.

-Es que no es solo uno el que anda ahí, son bandas, y no es solo una. Ahí no para, no es que vaya a dejar de haber alguien. Si cae uno, entra otro. Ahí es terreno grande, miran la ley cuando va, ellos vigilan. Están en el alto, y la ley los va buscando, pero ellos ya están viendo a la ley, y esta gente conoce mejor su terreno que la ley. La ley no alcanza a rodear todo. Esa zona es muy grande. Y si los encuentran, se echan bala con la ley. Escopeta 12, AR-15, .357. Hasta chaleco antibalas tienen.

Y es que, como bien dijo aquel agente del MP, La Arrocera en Huixtla es otra cosa, ahí hay bandas mejor preparadas. El Calambres asegura que esos grupos se dedican a lo de los migrantes como negocio fijo, pero que a veces “gracias a sus conectes”, les ofrecen otros negocios: asaltar joyerías, robar carros, comercios. Que esas bandas no trabajan solas, que hay autoridades que se llevan su tajada de las cinco bandas. Lanzamos las últimas preguntas. Para responderlas, El Calambres se encogió, habló en susurro, bajó más la cabeza y ya no la volvió a levantar.

-Y entonces, lo de violar a las migrantes, ¿qué es? ¿La diversión luego del asalto? -pregunté.

-Sí, pues, una diversión para ellos… una diversión…

-Claro, es fácil violar a alguien que sabés que no se va a quedar a denunciar.

-Sí, pues… sí, pues…

Salen de sus casas por las mañanas, como si fueran empresarios rumbo a sus empresas. Salen de la colonia El Relicario, Buenos Aires, El Progreso, Cañaveral, El Espejo, de ejidos, y ponen su puesto de asalto y violación, y se reparten el botín y vuelven a sus casas a esperar una nueva jornada de trabajo.

Los ranchos, el cansancio, la tensión

Ya en Escuintla, un pequeño pueblo de casas bajas y puestos callejeros, Toni, el fotógrafo, se pelea con el motorista de la combi que nos ha traído y que, a pesar de saber que los tres migrantes salvadoreños viajan con dos periodistas, intenta cobrar de más por el pasaje.

-¡Cinco pesitos, pa’l chesco, puta, unos pesitos de más!

Eso quiere, cinco pesos más por cada pasaje. A pesar de ser injustificada, sigue siendo una cuota decente para lo que suelen hacer estos asaltantes diplomáticos. Hay algunos que cobran a los migrantes 200 pesos por un pasaje que a un oriundo le cuesta solamente 10. No pagamos su impuesto, y seguimos en otra combi rumbo a Mapastepec. De nuevo la misma dinámica. Antes de llegar al segundo retén, pedimos bajarnos. Nos quedamos bajo un puente peatonal, donde preguntamos a un señor que espera su autobús si las vías del tren están muy lejos.

-Como a unos cinco kilómetros para allá, pero síganlas, no se vayan por este lado de la carretera, que hace como dos semanas los ladrones mataron a un migrante ahí.

Nos internamos en el monte una vez más, con la idea en la cabeza de que si nos toca, nos tocará, de que es inevitable. Hay algo en lo que pocos reparan. Los migrantes no solo mueren y son mutilados, no solo son baleados y macheteados. Las cicatrices de su viaje no quedan solo en sus cuerpos. Hay algo luego de tanta tensión que tiene que quedarse dando vueltas en la cabeza. Son más de 25 días de viaje. Escondiéndose, temiendo, pensando si el siguiente paso no es el paso en falso y tras él está la migra, el asaltante, el violador.

Pocos piensan en las consecuencias sicológicas de esas miles de centroamericanas que fueron violadas en esta espesura. ¿Quién las atiende? ¿Quién les cura esa herida oculta? Bien lo definió Luis Flores, encargado de la Organización Internacional para las Migraciones: “Aquí el gran problema no es solo lo que se ve, va más allá. Se trata de toda una visión de las cosas, de una mentalidad. Las mujeres migrantes tienen un rol ante los asaltantes, ante el coyote y entre su propio grupo, y durante todo el viaje viven bajo esa presión, asumiendo una lógica: ‘Sé que me va a suceder, pero ojalá que no’.”

Y su papel es el de un ser humano de segunda. Migrante y mujer equivalen a blanco fácil. Y eso nos quedó muy claro cuando hace unos días visitamos en las oficinas de Migración a Yolanda Reyes, la hondureña de 28 años, que desde 1999 vive en Tapachula como indocumentada. Tras tantos años, hizo su vida, la intentó normalizar, pero hay algo que no se borra: Yolanda seguía siendo centroamericana, seguía siendo indocumentada. El día que la conocimos ella terminaba de sacar sus papeles, tras todo un proceso de denuncia, luego de que su pareja, un policía sectorial de Chiapas, le metiera 11 machetazos, cuatro de ellos en la cara, por un simple coraje, y mientras le gritaba con todas sus fuerzas:

-¡Puta, puta, vas a aprender, eres una pinche centroamericana y aquí no vales nada!

Tras dos horas de caminata, las camisas ya escurren sudor. El sol nos ha tostado la frente, y las piernas empiezan a resentir la caminata. Estamos a la altura de Madre Vieja, un ejido, igual que el resto: monte, lodo, silencio. Aquí, hace unos ocho meses encontraron al último muerto de la zona.

Salimos a la carretera, pero el retén aún sigue a unos 400 metros. ¡Hemos caminado dos horas y sigue ahí! Es que tuvimos que internarnos primero en el monte, hasta encontrar las vías, antes de empezar a comer camino. Nos escondemos en el camellón que divide la carretera, entre un montarrascal. Cruzamos hasta el otro lado de a poco, como animales asustados, hasta que logramos meternos en otra combi. Ya hemos bordeado dos casetas.

Apenas nos bajamos en Mapastepec, nos embutimos en otra combi, para seguir hacia Pijijiapan. La rutina provoca hartazgo. De nuevo, le pedimos al motorista que nos baje antes del retén. El conductor nos deja en El Progreso. Ya es mediodía. Cuando nos volvemos a perder entre los montes de nadie, sentimos el calor infernal con toda su inclemencia. Ni Eduardo ni Marlon ni José hablan mucho ya. Cuando esta caminata termine y el tren aparezca, a ellos les faltará más del 90% de México por cruzar. El solo pensar eso hace que uno quiera pedirles que se rindan.

Aquí cruzamos por ranchos privados. Hemos atravesado siete cercas de alambres de púas, 10 ranchos de ganado, un río. Tomamos este camino por recomendación de un viejo al que encontramos en los primeros cinco kilómetros de este tramo. Ese viejo nos advirtió que allá adelante a veces asaltaban, y que no lo fuéramos a acusar de cómplice si eso pasaba, que él solo nos recomendaba el camino más corto para regresar a la carretera. No importó. Había otro camino, pero era más largo. Solo queríamos agua y sombra, y la palabra atajo se impuso a la amenaza de asalto.

Llevamos tres horas caminando por estos ranchos. No sabemos si hemos enrumbado bien o si estamos dando círculos. Había otra mejor opción, bajarnos en El Mango, un desvío adelante de El Progreso, pero ahí el asalto es garantía, nos dijeron. Al fin, en una casita destartalada, encontramos todo lo que necesitamos: un viejo que nos guíe y un pozo de agua. El viejo nos dice que tenemos suerte, que las cosas están más tranquilas, y que pronto dejarán de estarlo. Hace dos semanas, la policía atrapó a padre e hijo, ambos asaltantes de Santa Sonia, una zona ubicada al otro lado de la carretera. Que debido a eso, los sobrinos de ese señor, también asaltantes, habían bajado la frecuencia de sus ataques de este lado.

-Es por un rato, mientras todo se tranquiliza, luego ahí van a andar otra vez.

Por fin salimos a la carretera y logramos enrumbar en combi hacia Pijijiapan. De nuevo nos bajamos de esta para subirnos a otra que va a Tonalá. Preguntamos, y nos dicen que el retén que hay es militar, que solo buscan droga y armas, que no piden documentos. Estamos cansados, no nos importa un riesgo que muchos kilómetros atrás no hubiéramos asumido. Es un retén menos. Lo aceptamos con alegría, convenciéndonos de que no nos bajarán, aunque sabemos que muchas veces sí lo hacen.

Pasamos. Solo buscaban armas y droga. Tuvimos suerte.

Tras 40 minutos de combi, pedimos que nos bajen en el crucero Durango. Estamos a 20 minutos en combi de Arriaga, del tren, pero no, tenemos que bajarnos y caminar dos horas más. El silencio empieza a convertirse en enojo. Aquí nos encontramos, entrando por donde el viejo Liévano desviaba a los migrantes para que fueran asaltados.

El paraje cambia. Ya no se trata de ninguna espesura verde. Caminamos por piso de piedras sueltas siguiendo las vías. Es un sitio mucho más apocalíptico. Seco, yermo. Adelante, pasamos al lado del famoso basurero, un punto esperpéntico de asaltos y violaciones. Un basurero al aire libre repleto de bolsas y cartones multicolores que vuelan con el viento y se prenden en las verjas de los ranchos, creando una escena que parece posterior a la explosión de algo que ha dejado sus pertrechos regados por todas partes.

Hemos caminado dos horas más. Tenemos llagas en los pies después de 45 kilómetros bordeando casetas. El puente férreo que da entrada a Arriaga aparece al fondo como una puerta industrial a una pequeña ciudad sin ningún atractivo. Pero para nosotros es una visión única. Hemos caminado desde las 6 de la mañana hasta esta hora, las 7 de la noche, pensando todo el tiempo que en algún momento nos asaltarán. El puente de Arriaga es lo único que queríamos ver.

Nos despedimos. Marlon, Eduardo y José, los salvadoreños, se van al albergue, mientras nosotros regresamos a Huixtla. No hubo asalto en toda esa inmensidad conocida como La Arrocera. Quizá se han calmado los delincuentes. Tal vez El Calambres no tenía razón, y tras una banda no viene otra. Quizá la historia cambia aquí en Chiapas, y los fiscales y los comandantes están logrado su objetivo.

Nada es lo que parece

Hace cuatro días que hicimos la caminata por los montes de los migrantes. Desde entonces, he conversado con tres personas para saber cómo sigue el área. Para conocer si los demás que han pasado han corrido con nuestra misma suerte.

Carlos Bartolo, encargado del albergue de Arriaga, me cuenta que solo hoy han llegado cuatro migrantes asaltados. Uno de ellos es Ernesto Vargas, un joven de 24 años, de Atiquizaya. Le quitaron 25 dólares y 200 pesos. Fue un hombre con un machete el que lo revisaba, mientras su compañero le apuntaba al pecho con un revólver .38.

Llamo al comandante Maximino, quien explica que está saliendo a un reconocimiento. Al parecer, una banda de asaltantes de La Arrocera se ha trasladado a los límites con el estado de Oaxaca, y han establecido una casa de seguridad en el monte. Su consigna parece ser que si no pueden asaltar a los que van a pie, asaltarán a los que viajan en tren. Le pregunto si ya coordinaron con las autoridades del estado de Oaxaca, si ya les dijeron lo que saben. Responde:

-Es que a ellos no les interesa, no están metidos en el tema, no se puede coordinar con ellos.

Un día más ha pasado. Llamo a Alejandro Solalinde, el encargado del albergue de Ixtepec, Oaxaca, donde llega el tren que lleva a los que han salido de Arriaga. Me cuenta que el tren que llegó esta mañana, después de muchos meses, fue asaltado. Unos vándalos se subieron al vagón en los límites entre Chiapas y Oaxaca, y a punta de pistola y filo de machete, desplumaron a los viajeros.

Una vez más llamo al albergue de Arriaga. Hoy llegaron otros tres salvadoreños asaltados en Huixtla, y una mujer. Una joven hondureña de 24 años. Hace dos días fue violada. Fue en La Arrocera. Lo hicieron sus mismos compañeros de viaje, que dijeron ser migrantes cuando la convencieron de que los acompañara. La violaron los tres y le patearon el estómago hasta que perdió el conocimiento. Cuando despertó, ni ellos ni su amiga estaban. Como pudo, caminó hasta la carretera a pedir ayuda. Sangraba. Era su hijo que se le escurría por las piernas. Se lo mataron a patadas en La Arrocera.

Ganar o morir en el río Bravo

Publicado: 27 diciembre 2008 en Oscar Martínez
Etiquetas: , , ,

La semana pasada, el río Bravo devolvió otros dos cadáveres. Nadie sabe cuántos días los había arrastrado. Aparecieron enganchados a dos piedras cercanas entre sí, en una zona conocida como El resbaladero. Un pescador los encontró. Hinchados, con la carne reblandecida y blanquecina. Amarrada con un mecate a la cintura de uno de los cuerpos iba una bolsa de plástico, dentro de la cual había varias otras. Era hondureño. Eso decía en su pasaporte. Era migrante. Se ahogó en el intento.

Aquellos cadáveres salieron a flote en el sitio exacto donde ya han salido muchos más. Justo atrás del albergue para migrantes de Nuevo Laredo, esta ciudad fronteriza con Laredo, Estados Unidos. Cuando se habla de cruzar el río Bravo se habla de Nuevo Laredo. Si bien el cauce ocupa 1,455 kilómetros de los 3,100 que dividen a los dos países, esta es la ciudad referente para los migrantes. Aquí sí se enfrentan al río. El cauce es profundo y alberga fuertes corrientes y remolinos de agua verdosa. Aquí, el río ya funciona como frontera natural de los dos países. Funciona como obstáculo letal: muchos de los que no lo logran aparecen hinchados, reblandecidos y blanquecinos, como el hondureño de la semana pasada.

En Nuevo Laredo, la diferencia entre saber y no saber es para un migrante un factor contundente. La diferencia entre amarrarse una bolsa y lanzarse al río a patalear en cualquier lugar o conocer, ubicar una zona de pocos remolinos y poca profundidad, es lo que decidirá si el viajero va a seguir su rumbo dentro de Estados Unidos o se va a convertir en una masa de carne deformada por el efecto del agua.

Son las 5 de la tarde de este día de noviembre, y los migrantes están volviendo al albergue instalado por los sacerdotes scalabrinianos. Vienen de trabajar rellenando camiones con arena, levantando muros o vendiendo periódicos en las calles. Las reglas del albergue solo les permiten estar en la casa de 4 de la tarde a 7 de la mañana.

Hay unos 60 migrantes en el albergue. La mayoría son hondureños, seguidos en número por los guatemaltecos y salvadoreños. El muchacho negro y esquelético que está sentado lejos de los demás, con sus hombros inclinados hacia adelante y la cabeza oculta entre sus piernas recogidas, es el único dominicano en la casa. Entre burlas, los demás me recomiendan hablar con él. “Ayer lo intentó a lo pendejo, y casi se lo lleva el río”, me dice, entre risas, un hondureño joven.

El dominicano se llama Roberto, tiene 32 años, tres hijos (de ocho, cinco y tres años) y una mujer que, a dieta estricta de frijoles, lo esperan a él o a los dólares en su isla. Era busero antes de, hace un mes, salir de su tierra. Ganaba 4 mil pesos dominicanos, unos 114 dólares al mes. Es, de todos los que están aquí, el que más ha viajado para llegar. Pidió prestado a varios amigos y pagó un vuelo de República Dominicana hasta ciudad de Guatemala, donde no necesitaba visa para entrar. A partir de ahí, empezó a migrar como todos los centroamericanos: en autobuses de tercera, a pie y en el lomo de varios trenes, hasta llegar a Nuevo Laredo, luego de haber sido asaltado seis veces, cinco de ellas por algún policía mexicano. Su viaje casi termina ayer, cuando el sol se estaba ocultando y él escupía bocanadas de agua y luchaba con la fuerte corriente del río hasta tocar de nuevo la ribera mexicana.

Lo paradójico es que Roberto está aquí porque la opción de migrar a Puerto Rico -su país vecino y considerablemente más próspero- la descartó porque no quería ahogarse cruzando los 128 kilómetros del Canal de la Mona, en el Océano Atlántico, que separa a ambas naciones.

“¿Te fracasó tu plan de ayer?”, pregunto. Y él se suelta a contar su simple método de cruce: “Qué diablos, vale, si yo no tenía ningún plan. Yo es solo que ya llevo tres días aquí, y ya estoy harto de vender periódicos de 7 de la mañana a 3 de la tarde para ganarme seis pesos (menos de un dólar) al día, y ayer me lancé. Me bajé con otras 13 personas por la parte de atrás del albergue, y llegamos al río. Eran como las 5 de la tarde. Ahí estuvimos viendo para el otro lado un rato. Hasta que yo me puse a rezar y me tiré a nadar. Los demás se vinieron atrás. Pues nada, vale, que la corriente me arrastró varios metros, pero logré llegar con esfuerzo al otro lado, pero cuando veo para arriba, uno de esos policías enciende su luz, y nos ilumina, y yo me echo para atrás, pero ya iba cansado, y casi me ahogo en ese regreso. Sentía que no iba a poder llegar. Había tragado mucha agua”.

Rezar y nadar. Esa fue su estrategia para intentar entrar a Estados Unidos.

-¿Y qué le pasó a los demás que venían contigo?

-Unos tres siguieron para adelante. Los habrán agarrado. A los demás la corriente los arrastró más que a mí, y no los volví a encontrar en la orilla ni han vuelto para aquí.

No sería raro que en los próximos días el río Bravo devuelva algunos cadáveres más.

Según el Centro de Estudios Fronterizos y de Promoción de los Derechos Humanos, ubicado en Reynosa, donde aún corre el río Bravo, cada año, al menos desde 2005, han aparecido más de 70 cadáveres de migrantes en diferentes puntos del camino líquido. Los voceros del centro reconocen que estas son cifras parciales, y no creen que se acerquen a las reales. El río tiene muchos kilómetros de ribera deshabitada donde ocultar un cuerpo entre la maleza.

El albergue de Nuevo Laredo tiene, como todos los de México, ese punto en el que parece un campo de guerra tras una escaramuza. Un mexicano joven camina por el salón vendado de la cabeza y con el ojo morado. Es un deportado de Estados Unidos, que al intentar ir a cobrar el dinero que sus familiares le depositaron para que se regresara a su natal estado, fue atacado por los asaltantes que le quitaron los 17 mil pesos (mil 600 dólares) y le reventaron la cabeza con el mango de una pistola.

Otro salvadoreño de 44 años, se aplica ungüento para aliviar el dolor muscular causado por la torcedura de tobillo que se provocó hoy a orillas del río. A la par de él, Julio César fuma un cigarro, y dos de sus hijos corretean alrededor.

La primera vez que encontramos a Julio César fue en Ixtepec, al sur de México, a 2 mil kilómetros de Nuevo Laredo. Fue hace un mes y medio, y pensamos que no lograría ni llegar cerca de la frontera con Estados Unidos. Él, albañil de 25 años, no viaja solo. Le acompañan Jéssica, su esposa de 22 años, y sus tres hijos: Jarvin Josué (7), César Fernando (5) y Jazmín Joana. Jazmín es la más pequeña de los tres. Tiene dos meses de haber nacido. Nació en el camino, mientras migraban, y casi muere en la primera aventura de su vida, cuando se le zafó de los brazos a su madre que viajaba en el techo de un tren de carga, como polizón, para avanzar en el camino, como hace la mayoría de indocumentados centroamericanos en este país. Por suerte, Julio logró atraparla. Y ahora, aquí están todos juntos.

Cuenta Julio César que desde Ixtepec empezaron a viajar exclusivamente en autobuses. “No iba a arriesgar otra vez a la niña”, explica. Tomaron unos 15 autobuses para llegar a Nuevo Laredo. Hicieron varios tramos cortos, para evitar carreteras principales y posibles retenes. Es un hombre previsor. Hace mapas, anota rutas, pregunta y sabe esperar.

Nos asegura que está estudiando “la pasada del río”. Él ya lo hizo dos veces por Nuevo Laredo. En 2005, lo intentó solo, como el dominicano, y la patrulla fronteriza lo detuvo al solo pisar suelo estadounidense y lo deportó. En medio de la maleza de la ribera de Estados Unidos, los patrulleros de aquel país se esconden para que los migrantes que intentan cruzar el río no aborten su intento. Prefieren atraparlos de una vez antes que evitar que se lancen, porque saben que si no, de todas formas lo intentarán luego, quizá por otro sitio donde no haya un patrullero esperando o una cámara que los detecte.

En su segundo intento, Julio César pagó mil 200 dólares, con la ayuda de un amigo en Estados Unidos, y un coyote le enseñó una ruta alejada del centro urbano de la ciudad, por donde pasó y logró trabajar un año en aquel país, hasta ser deportado tras una redada en la obra que estaba construyendo en San Antonio, Texas.

Ahora, no tiene dinero para un coyote, y va a hacerlo por su cuenta, con sus recuerdos. “Quiero ir a inspeccionar la zona por la que él me llevó en 2005, y ver cómo está la corriente y si hay vigilancia, porque en enero me voy a tirar yo solo, para juntar dinero y mandar a traer a Jéssica y los niños”, explica su plan.

Esa es la diferencia de Nuevo Laredo. Es lo que diferencia a Julio de Roberto, el esquelético dominicano. Uno se lanzó en la parte más crecida del río, porque era la más cercana al albergue. Se lanzó en la parte más vigilada y casi muere en el intento. Julio lo hará hasta enero, luego de ir a estudiar un punto del río que, explica, “suele estar menos crecido”. La diferencia entre saber y no saber.

Antes de irnos, acordamos con Julio que le acompañaremos en su expedición, y decidimos hacerlo pasado mañana.

Afuera del albergue, hay siete vendedores de droga que también funcionan como enganchadores de El Abuelo. Se comunican con radio, hablan con los agentes de las patrullas de la policía municipal que pasan por la zona, y se despiden de ellos chocando palmas y puños.

El Abuelo es el señor de los polleros que suben por la ruta cercana al Atlántico, la que recorre los estados de Tabasco, Veracruz y llega a Reynosa y Nuevo Laredo. La ruta de los secuestros. Aquella donde los coyotes que no pagan se arriesgan a que Los Zetas, el grupo de narcotraficantes más sanguinario de México, según los Estados Unidos, les quiten a su grupo de indocumentados, para pedir rescate por ellos: entre 300 y 500 dólares por cabeza. Secuestros exprés les llaman. El Abuelo y sus empleados no corren con ese problema. Él, desde Nuevo Laredo, ciudad base de varios líderes zetas, acuerda el paso de sus coyotes pagando 10 mil dólares mensuales. Si es un grupo de El Abuelo, no tendrá problema para llegar hasta esta ciudad bordeada por el río Bravo.

Hace un mes y medio, un coyote guatemalteco que había sido secuestrado por Los Zetas me explicó en el sur de México cómo funcionaba la red de El Abuelo: “Paga 10 mil dólares al mes, y tiene que avisar cuando tú vas que trabajas para él, y cuántos pollos llevas. Entonces, no te hacen nada Los Zetas. Si no reporta que tú vas a pasar por ahí, y que eres de los de él, Los Zetas te secuestran a la gente que llevas, y te pegan una gran madriza a ti. Así es desde el año pasado. Han matado a varios polleros”. A él, lo torturaron apagándole cigarros en la espalda.

Un nuevo día ha pasado, y la rutina del albergue sigue igual. Dan las 4 de la tarde, y los migrantes empiezan a amontonarse en la acera de enfrente de la casa de acogida.

Ahí está Armando, un salvadoreño de 25 años. Es uno de esos viciosos del camino a los que cuesta entender. Él lleva desde los 12 años vagando por México, llegando hasta su frontera con Estados Unidos, trabajando en lo que sale, y regresando a su país cada vez que se le antoja. Su motivación la resume con una palabra: “vacil”. Dice que se aburre de estar en un solo lugar, y que de niño subió intentando cruzar y poco a poco se fue enganchando de esta vida errante. Se envició de un camino de asaltos, violaciones, mutilaciones y secuestros. A esta clase de migrantes cuesta entenderlos. Hay varias historias similares. Conocen a la perfección los riesgos del trayecto, pero hay algo en su perversión que les resulta atractivo, y que los hace adictos a sus dosis de adrenalina.

Asegura que hace apenas un mes vio un cadáver mientras inspeccionaba el río. “Flotaba allá por el parque Viveros -explica-, y eso les pasa porque la mayoría de los que se avientan aquí lo hacen a la loca, sin buscarle mucho. Y una de dos, o solo a caer enfrente de los de la migra van o se ahogan. Yo sé por dónde cruzarme, dónde no es tan hondo, pero no quiero ir a Estados Unidos”. La letal diferencia entre saber y no saber.

En los 14 kilómetros de río que dividen a Nuevo Laredo de Laredo, su ciudad estadounidense espejo, hay dos lanchas que patrullan el río, tres cámaras de vigilancia de largo alcance y con capacidad infrarroja para la noche, unos 20 reflectores y varios sensores de movimiento ocultos. Por eso, lanzarse en un punto u otro marca la diferencia entre llegar a los brazos de un agente o probar suerte por una zona fuera del casco urbano, menos vigilada. Este último es el plan de Julio César, el hondureño.

La conversación con el salvadoreño se ve interrumpida por el jefe de la pandilla de vendedores de droga y empleados de El Abuelo, un tipo de unos 25 años, con el tatuaje de un dragón en su cuello. “Ey, ¿para qué es esa cámara?”, pregunta al fotógrafo, que le explica que es para sacar imágenes de los migrantes. Luego, le dejamos claro que lo que él haga en esa esquina no nos interesa, y fotografiarlo mucho menos. “Un 28”, dice por su radio, y se va.

Seguimos hablando con Armando, el salvadoreño, y otros tres migrantes que se han sentado a nuestro lado, pero de un momento a otro, estamos rodeados por el del dragón en el cuello y otros dos de su grupo. “Ey, qué chingona esa cámara, préstamela”, dice uno al fotógrafo, que se niega a entregarla. En ese momento, un coche rojo se estaciona atrás y termina de cercarnos a nosotros y a los tres migrantes. “¡No les estés preguntando, súbelos!”, ordena el gordo que va al volante, y los cuatro tripulantes del carro se bajan. Nos ponemos de pie y nos alistamos a correr, pero el jefe del grupo suelta una risotada, y nos dice: “Tranquilos, tranquilos, no los vamos a secuestrar”. Solo querían advertirnos que estábamos en su zona. Darnos un susto para que supiéramos lo que puede ocurrir.

Después de eso, se separan y empiezan a mezclarse entre los cerca de 30 migrantes que ya se han ubicado en la acera. Van pregonando a grito limpio su oferta: “¡Con El Abuelo, con El Abuelo, mil 800 hasta Houston! Te damos comida, agua, zapatos y te pasamos en lancha. Vengan los que se quieren ir seguros”. A uno de los migrantes que estaba con nosotros le vuelve el color al rostro: “Pensé que nos iban a secuestrar”, susurra.

El caso es que el secuestro es una realidad cada vez más presente en esta ruta que sube cercana al Atlántico, y mucho de lo que ocurre más al sur se maneja desde dos ciudades fronterizas: Nuevo Laredo y Reynosa, a 250 kilómetros. El caso es que en estas zonas por donde miles de migrantes se mueven cada mes, los criminales son los dueños del terreno, las autoridades sus cómplices en muchos casos, y sus actividades, lejos de hacerse a hurtadillas, se gritan por las calles como si de vender tomates se tratara.

El 83% de las denuncias recabadas por el Centro de Derechos Humanos del albergue, en el rubro de autoridades corruptas, acusan a los agentes del departamento de Seguridad Ciudadana de Nuevo Laredo. Esto es lo recogido por el centro en solo tres meses, de junio a agosto de este año. Es lo que 477 migrantes relataron. Golpes, detenciones arbitrarias, secuestros y robo. El 83% de esos migrantes eran de Honduras, Guatemala y El Salvador.

“Esta era una zona tranquila antes de que el albergue fuera construido. Cuando se construyó se convirtió en una zona de narcomenudeo y de tráfico de personas. Se vive una situación muy fuerte. La policía está coludida con los polleros y los narcotraficantes. Aquí en esta zona opera El Abuelo, que cruza centroamericanos. Él hace un buen trabajo, ilícito, pero a quien le paga le da alguna garantía de que lo cruzará. Hemos mandado cuatro oficios a la municipalidad, solicitando mayor vigilancia alrededor de la casa”, explica José Luis Manso, encargado del centro.

Tres oficios nunca fueron contestados. Al cuarto, les contestaron con una promesa desde la Secretaría de Seguridad Ciudadana (esa que los migrantes identifican como su principal enemiga entre las autoridades neolaredenses). Hasta ahora, “ninguna medida se ha cumplido”, asegura Manso.

El albergue sigue enclavado en una zona de alto riesgo. Para describirla, Manso relata un hecho ocurrido hace cuatro días. Un asesinato: “Fue atrás del albergue. De repente, llegó la policía ministerial a tocar la puerta por la noche, de forma muy violenta. Querían información, porque les habían informado de que hubo una riña entre pandillas, entre una de mexicanos y otra de centroamericanos que se dedica al atraco de migrantes. Murieron dos centroamericanos, y otros dos están heridos de gravedad en el hospital. Lo curioso es que si hubo dos pandillas involucradas, solo hubo detenidos de una, lo que me hace pensar es que los centroamericanos muertos y los heridos, eran más bien migrantes que se resistieron a ser asaltados”.

Entre una colonia de narcomenudistas y una de las zonas ribereñas más peligrosas del río, la ubicada en el parque Viveros, a un costado del albergue, esta casa está ubicada en un área de verdad conflictiva.

Sobre el cruce del río, Manso asegura que la mayoría de los centroamericanos lo intentan por su cuenta, sin ayuda de ningún pollero: “Se cruzan nadando o pagan por un neumático para cruzarse. Por falta de dinero se cruzan por su cuenta, y es cuando ponen en riesgo su vida”.

Escojo a un migrante al azar dentro del albergue. Tiene 41 años y es guatemalteco. Le pregunto si contratará coyote. “No hay dinero”, responde. Le pregunto si conoce el río. “No”, contesta. Le pido que me explique cómo piensa cruzarse. “A la buena de Dios”, resume.

Antes de salir del albergue, acordamos con Julio César que mañana nos veremos temprano en el céntrico parque Hidalgo para iniciar la expedición. Los maleantes siguen ahí, en su esquina, esperando clientes. Nos vamos hacia el parque Viveros, donde la semana pasada aparecieron los dos cadáveres hinchados. Hay dos hombres pescando. El río es hondo en esta parte, y la corriente arrastra con fuerza el agua fría que se mueve entre las riberas igual de enmontañadas. Una en Estados Unidos, la otra en México.

El río no pertenece a ninguno de los dos países. Por convenio, cada país puede utilizar una cantidad de su agua. A estas alturas, la corriente arrastraría varios metros hasta a un experto nadador. Cuando atraviesa Nuevo Laredo, el Bravo ya ha sido alimentado por sus tres afluentes: el Pecos, en Estados Unidos, y el Conchos y el Sabinas, en México. Y no hablamos de pequeños ríos. Solo el Pecos, que nace en las montañas de Nuevo México, tiene mil 450 kilómetros.

Uno de los pescadores nos lanza una advertencia mientras saca bagres del río: “Cuando empiece a oscurecer, váyanse. Esos montes de ahí (atrás de él) los ocupan los que venden drogas para hacer sus transacciones en la noche, y los malandros para esperar a algún migrante que venga a intentar pasar”. Le hacemos caso y nos vamos a esperar que amanezca para buscar a Julio César.

Tal como dijo, son las 8 en punto de la mañana, y él está sentado en la plaza. “Vamos, hay que tomar un autobús”, nos explica. La zona que él quiere inspeccionar está en las afueras de la ciudad, en un área periférica conocida como El Carrizo.

El autobús cuesta 10 pesos y tarda en partir. Esperamos 40 minutos antes de que el empleado de la estación anuncie la salida de la unidad que va hacia el kilómetro 18.

Recorremos 30 minutos ya en la periferia de la ciudad, por la carretera que desciende desde Nuevo Laredo hasta Monterrey. Ahí, saliendo de una colonia sin terminar, con calles de tierra y casas construidas con molde, exactamente iguales, el autobús se detiene en plena autopista, y Julio César indica que es momento de bajar.

Del otro lado de la carretera hay dos calles de tierra paralelas, que forman una T con la autopista. Julio César señala la de la derecha, la más pequeña, la menos transitable para un vehículo. “Por ahí -indica-. Por la otra suelen pasar patrullas del ejército”.

No hace falta preguntar la razón de por qué andan los militares por ahí. Las matemáticas de estas zonas resultan siempre en lo mismo: frontera, caminos recónditos y patrullaje del ejército indican que se transita por una ruta del tráfico de drogas.

Llevamos 30 minutos de caminata por en medio de esta brecha abandonada. El sol calcina, a pesar de que la temperatura en este invierno no supera los 27 grados centígrados. Alrededor del sendero, solo hay breña seca y mozotes que se adhieren a la ropa.

Julio César camina mientras intenta recordar. “Sí, sí, de ese ranchito me acuerdo, ahí nos regalaron agua cuando me pasé en 2005”, logra traer de vuelta algunas escenas. Poco a poco nos vamos enterando de por qué conoce tan bien Nuevo Laredo. La diferencia entre saber y no saber es algo que se gana a cuota de paciencia y trabajo.

Cuando en su primer intento de 2005 Julio César fracasó en manos de la Patrulla Fronteriza, se dio cuenta de que tenía que encontrar un sitio menos vigilado, para que el coyote no pudiera engañarlo, y lo llevara por un lugar donde la captura sería lo más seguro. Entonces, decidió ponerse a trabajar con El Veracruzano.

El Veracruzano es un personaje conocido en la ribera mexicana del río. Cerca del parque Viveros este hombre de treinta y tantos años vive en una pequeña choza de lámina, repleta de neumáticos. Cobra 200 pesos a cada migrante por pasarle el Bravo. Julio César se convirtió en su mano derecha. Él se pasaba el río asido a una soga que mantenían atada en un árbol del lado estadounidense. Al llegar allá, empezaba a tirar del neumático donde iba el migrante, hasta dejarlo en la ribera de los dólares. El Veracruzano y Julio César se dividían los 200 pesos a mitad, y su servicio era un seguro contra ahogamiento, pero no contra la detención por parte de los agentes que patrullan ese sector. El mismo Julio César asegura que él no intentaría pasar por los dominios del veracruzano, porque una cosa es tocar la otra orilla y otra muy diferente llegar hasta San Antonio, Texas, la ciudad a la que se dirige la mayoría de los que hacen el intento por Nuevo Laredo.

Poco a poco, el hondureño se fue ganando la confianza de El Veracruzano, y juntando dinero para pagar al coyote. “Nunca pasábamos a menos de 15 a la semana”, explica Julio César. Eso es al menos mil 500 pesos semanales (unos $140). Y fue entonces cuando El Veracruzano empezó a hablarle de zonas en la periferia de la ciudad por donde había menos vigilancia y el río se partía en dos por pequeñas islas que hacían que la profundidad disminuyera. Esto es algo que El Veracruzano guarda con recelo, porque de hacerse muy famoso acabaría con su negocio de neumáticos y lazos. Fue entonces cuando Julio César se enteró de El Carrizo, y supo que le diría a su coyote que por ahí quería pasar.

Ha pasado otra media hora, y hemos abandonado la senda de polvo, para descender por entre unos matorrales y meternos en algunos ranchos privados, en medio de la maleza. Llegamos a la puerta de uno de esos ranchos, donde un señor, el primer ser humano que vemos en el camino, escucha música a todo volumen. Le hacemos señas, y se acerca amable a responder nuestra pregunta. “¿Vamos bien para el río?” “Sí, sigan por esa senda de la derecha, pero vayan con cuidado. La semana pasada, los asaltantes mataron a un migrante y su pollero por ese lado”.

Esta es ruta de los que saben, ruta de coyotes y migrantes pacientes, pero también es un camino alejado de la ciudad, inserto en una espesura café. Un sitio perfecto para asaltar. En 2005, cuando iba con su coyote, Julio César fue asaltado por dos enmascarados que actuaron como actúan los asaltantes de La Arrocera, un pueblito al sur de México, famoso por el método de sus delincuentes, que desnudan al migrante para buscarle el dinero hasta en los pliegues de los calzoncillos.

Al poco tiempo, Julio César entra en otro rancho. Quiere pedir agua. No se dio cuenta de que en esa casa hay ocho militares con sus fusiles de asalto AR-15 que, como a cualquiera que transite por estas calles, nos ven con recelo. Lo registran de pies a cabeza y le ordenan que nos llame. Nos piden los documentos y nos revisan las mochilas. Saben que Julio César es indocumentado, pero también que nosotros somos periodistas, y un militar no está facultado en este país para detener a un migrante.

“Perdón, pero buscamos droga. Mucha pasa por aquí”, nos dice uno de los soldados. Y se despide con una advertencia: “No se acerquen a la margen del río, ahí asaltan”.

Tras otra media hora de caminata entre monte y más monte, el sonido del agua empieza a escucharse. Bajamos por una pendiente más inhóspita que el resto del camino, hasta llegar a las lodosas márgenes del Bravo. “Por aquí”, dice Julio César, con una sonrisa en los labios. Lo logró. Su paciencia, su espera, sus consultas dieron resultado. Ha encontrado el lugar donde en 2005 pasó con su coyote.

Se sienta y observa un mapa que él mismo ha trazado en un papel, y paseando la larga uña de su meñique sobre la hoja, comienza a dar cátedra de migración: “La onda aquí es pasar de noche. Ya del otro lado, tendrás que caminar siete horas hasta Laredo (la ciudad vecina de Nuevo Laredo). De ahí, tenés que ponerte una muda de ropa limpia, para parecer una persona decente. Y tenés dos opciones. Una es meterte rodeando carreteras, pasando por Cotula (un pequeño poblado de Texas) a pedir agua y comida porque tendrás que caminar entre cinco y siete noches hasta San Antonio. La otra opción es meterte en los vagones del tren de carga que viaja del otro lado. Ese va derechito de Laredo hasta San Antonio, y en unas horas llega, pero pasa por retenes donde tienen perros para que te huelan. Si te arriesgás de esa forma, tenés que ponerte mucho ajo o pimienta para espantar al perro, porque el policía no se sube a los vagones, solo va guiando con la voz al perro. Ya en San Antonio, la hiciste.”

Pero su expedición aún no está completa. Hay que saber si el caudal no cubre a Julio César, porque con la fuerza de la corriente a esta altura del río sería muy difícil nadar.

El agua está fría. En medio del río, un desnivel de tierra divide en dos el caudal, y permite descansar en el medio. Es curioso. Este es el famoso río Bravo, el que tantas vidas se ha cobrado, y cruzarlo nos toma solo unos minutos, sin dejar nunca de tocar fondo. Sin duda, Julio César sabe lo que hace. En la parte más profunda, el agua nos llega abajo del cuello, y solo en esos puntos es complicado avanzar debido al empuje de la corriente. Nos detenemos un rato en las plantas de maíz que están del lado estadounidense, para descansar un momento. Luego volvemos a la ribera mexicana.

“Por aquí me voy a aventar”, dice, sin rastro de dudas, mientras subimos la pendiente para llegar hasta el único rancho que divisamos por este lado. Queremos agua.

Nos saluda un granjero que lucha para reparar una máquina de segar. Le pregunto si desde su propiedad -que por su elevación es como un mirador hacia el río- no le ha tocado ver a muchos migrantes morir. “Morir, no. Ya muertos, sí”.

Julio César se empina la botella de agua para aliviar la resequedad de la garganta que nos provocará la caminata de regreso. Le pregunto al granjero a qué se refiere. Contesta: “Es que aquí no se mueren, aquí no es muy profundo el río, salvo en época de lluvias”. Julio César tiene pensado pasar en enero. Las primeras lluvias riegan Nuevo Laredo allá por abril.

-Pero ha visto muertos -le insisto.

-A cada rato -explica.

-¿Qué tan seguido?

-He visto dos en estos dos meses. Se quedan trabados en la islita de tierra que hay en medio del río, pero es gente que intentó pasar allá por la ciudad, y a los que el río arrastra hasta aquí. La semana pasada la lancha de la policía sacó el último de esos dos cadáveres. Estaba todo hinchado ahí en la playita esa.

Julio César indica que es hora de irnos, antes de que oscurezca. Su expedición ha terminado. Así es en Nuevo Laredo la diferencia entre saber y no saber.