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Parte I: Los informes y los informantes

El viejo motor del pick up parece quejarse de la carga de más de una docena de costales blancos apiñados en la estrecha cama del vehículo. Harina Maseca, dice la viñeta de cada saco. Es el primero de dos vehículos que cruzan por un angosto puente de cemento, a través de la línea divisoria entre Honduras y El Salvador, en una frontera donde no hay retenes ni preguntas.

—¿Y no van a revisar? ¡Revisen! —reclama a dos soldados un visitante en esa zona, un policía vestido de civil que sorprende a los únicos vigías del tránsito en ese punto.

Los soldados defienden su indiferencia:

—Son muchos carros y gentes. No podemos revisar uno por uno —dice uno de los militares, en voz baja, como aceptando el regaño.

Ese punto se llama San Fernando, un municipio mínimo y pobre de Chalatenango que por núcleo urbano tiene un puñado de casas, una iglesia, un comedor, una escuelita y ningún puesto policial. El papel de policías y agentes aduaneros lo hacen dos hombres bajitos vestidos de verde olivo y cachucha. Cada uno carga un fusil M-16 y una sonrisa con la que reciben a los visitantes. Saludan el paso de cada carro a la entrada del pueblo. Sin preguntas ni trámites.

—No hay ni un policía, y de noche es más fácil transitar —dice el agente policial que sorprendió a los militares del Comando Sumpul, fuerza del ejército que tiene la misión de cuidar los puntos ciegos en las froteras salvadoreñas.

Los soldados regañados están acostumbrados a ver pasar libremente camiones, pick ups y todo tipo de vehículos.

Este es el punto ciego de San Fernando, Chalatenango, donde comienza la ruta de la cocaína conocida como El Caminito.

San Fernando es una puerta abierta de par en par, por donde igual que sale libremente gente y mercadería hacia Honduras, entra libremente gente y mercadería desde Honduras. En la frontera de San Fernando rara vez revisan si productos como los sacos de Maseca contienen en realidad lo que su etiqueta anuncia. Ahí circulan camiones cargados con mercadería, niños hondureños que llegan a San Fernando a estudiar, armas de fuego, sacos con harina y otros sacos que también contienen un polvo blanco, aunque se trata de una sustancia muy distinta: cocaína. San Fernando es el inicio de la ruta salvadoreña por la que transita parte de la cocaína proveniente de Suramérica en camino hacia Estados Unidos.

Es ahí donde, según tres distintos informes de inteligencia que sirvieron de base a esta investigación, empiezan los territorios de “Chepe Diablo”, el señor de la droga de occidente, jefe de uno de los cárteles más grandes del país y uno de los más acaudalados de los narcos en el norte del departamento de Santa Ana. “Chepe Diablo”, según la Inteligencia Policial y varios funcionarios del gabinete de seguridad, es uno de los tres fundadores del Cártel de Texis y se llama José Adán Salazar Umaña.

Salazar Umaña es un campechano salvadoreño de 62 años conocido en cuatro mundillos sociales: los empresarios del sector turismo lo conocen como hotelero; las personas del sector futbolístico lo conocen como el mecenas del equipo de fútbol de primera división Metapán y como presidente de la primera división del fútbol salvadoreño; en el sector ganadero se le conoce como un prominente ganadero, y en el sector de seguridad pública e informes secretos del Estado se le describe como “empresario, ganadero y narcotraficante”.

La Policía, el ejército y la Fiscalía saben de Chepe Diablo. Los informes de inteligencia obtenidos en esta investigación dicen con claridad que es uno de los jefes del cártel que controla esa ruta que inicia en San Fernando. El camino corre hacia el sur hasta Dulce Nombre de María, donde vira hacia el occidente, pasa por Nueva Concepción y llega al municipio de Metapán, en la esquina superior izquierda del mapa salvadoreño, y que es fronterizo con Guatemala. Este recorrido que hace la droga es un camino que en estos días está cerca de lograr un ascenso con la apertura de una autopista, la carretera Longitudinal del Norte. Los policías que investigan a Salazar y a su grupo llaman a la zona de operación del cártel La Ruta Norteña de la Cocaína o El Caminito.

El informe con el que inició la investigación tiene fecha del 22 de marzo de 2000, y El Faro lo obtuvo en diciembre del año pasado. Contiene datos obtenidos por investigadores policiales y está titulado “Caso Metapán”, número 003/00. En el transcurso del reporteo se sumaron otros documentos realizados entre 2008 y el presente año. Las pesquisas abarcan ya tres períodos presidenciales: las de Francisco Flores y Antonio Saca, de Arena, y la de Mauricio Funes, del FMLN. Las investigaciones policiales han sido realizadas bajo la dirección de cinco directores de la PNC: Mauricio Sandoval, Ricardo Menesses, Rodrigo Ávila, Francisco Rovira, José Luis Tobar Prieto y Carlos Ascencio.

La droga que pasa por San Fernando proviene en su mayoría de las costas del Atlántico hondureño y llega a Honduras por dos lugares principales. Por mar, las lanchas rápidas provenientes de Colombia atraviesan el abandonado Caribe nicaragüense haciendo breves escalas hasta trepar hacia el departamento hondureño y fronterizo de Gracias a Dios. Por aire, las avionetas descienden en el selvático departamento hondureño de Olancho o en la frontera entre ambos países marcada por el río Coco. La droga se abre rutas cortando la zona central hondureña hasta llegar al departamento de Ocotepeque, frontera con El Salvador, frontera con Chalatenango, frontera con San Fernando.

San Fernando es el punto de relevo donde los hondureños entregan la estafeta a los salvadoreños, en una carrera que dirigen los colombianos y mexicanos. Una autopista que mueve millones de dólares en ganancias para sus controladores disfrazados de empresarios, ganaderos, alcaldes, policías, pandilleros, coyotes y diputados. Cada uno juega un papel: los policías comprados por el narco custodian y transportan la droga, quitan retenes, avisan de operativos; los alcaldes dan permisos de construcción, formalizan los negocios, son informantes privilegiados y, en un caso, hasta líder del grupo; los pandilleros matan y trafican en mercados locales; los diputados dan acceso a las altas esferas del poder; y algunos jueces y fiscales se encargan de que cualquier intento de judicialización quede bloqueado por el peso de la burocracia más detallista.

¿Y cuánto dinero maneja Chepe Diablo? En los últimos cinco años ha declarado ingresos que suman más de 30 millones de dólares. Solo en el año insigne de la crisis financiera internacional, el 2008, José Adán Salazar Umaña reportó al fisco más de 9 millones de dólares en ingresos por actividades comerciales.

La Oficina de Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito calcula que por Centroamérica cruzan anualmente entre 500 y 600 toneladas de cocaína hacia Estados Unidos, al menos desde 2006. La administración antidrogas de Estados Unidos (DEA, por sus siglas en inglés) y la Policía Nacional Civil han asegurado en medios internacionales y directamente a este periódico que por El Caminito circula un gran porcentaje de la cocaína que pasa por El Salvador, que es la ruta de moda, la principal vía de abastecimiento para los cárteles de Guatemala.

Los narcos del Cártel de Texis trabajan como agentes libres en el mercado internacional de la cocaína: surten al Cártel del Golfo como pueden surtir al Cártel de Sinaloa o como pueden servir a Los Zetas… Quien paga obtiene sus servicios y tiene vía libre por El Caminito, que termina en la frontera salvadoreña de Santa Ana con el departamento guatemalteco de Jutiapa, conocido bastión de narcotraficantes de ese país.

Durante cuatro meses de investigación, El Faro recorrió El Caminito y habló con policías, militares, alcaldes, ministros, comisionados policiales, fuentes de inteligencia e investigadores que han trabajado para la DEA. Estos son los resultados y las pruebas. Estas son las voces que muchas veces pidieron anonimato y todas conocen del Cártel de Texis y saben de Chepe Diablo y sus socios.

—El camino que empezamos reparte dinero. ¿Vieron a esos dos soldados? —nos pregunta El Detective, una de las fuentes claves que nos guiaron.

El Detective es un investigador policial que ha participado en operativos antidrogas en colaboración con agencias como la DEA, de la que es uno de sus principales proveedores de información. Le respondemos que sí vimos a esos dos soldados.

—Ellos se conforman con nada: un plato de comida, 10 dólares…
—Estamos sorprendidos, por aquí podría pasar lo que sea y a cualquier hora.
—Es un chorro abierto. ¿Vio esos costales de harina? Cocaína pudo ser y nadie preguntó nada.

La primera pista del Cártel de Texis nos llegó en diciembre de 2010. Un hombre de confianza del ex presidente Antonio Saca se nos acercó para darnos información de lo que llamó “un caso grueso” que nunca ha sido resuelto por las autoridades.

—Esto no es nuevo, es un archivo que tienen la DEA, la PNC, la misma Fiscalía. Pregunten por su cuenta y van a ver que no estoy mintiendo –dijo.
—¿Y Saca supo de esto? —preguntamos.
—Ja, ja, ja, todo el mundo sabe de esto, son la competencia de Los Perrones.

Los Perrones son esa banda a la que la Policía comenzó a investigar en 2003 y que terminó desbaratando en 2008. Cuando las autoridades empezaron a seguirle la pista a los narcos del oriente del país, ya tenían al menos dos años de estar siguiendo la pista del Cártel de Texis.

La teoría que este contacto nos expuso aquel 15 de diciembre en una cafetería era que el crecimiento del Cártel de Texis y su profesionalización durante los últimos 10 años era tal que judicializarlo es un reto casi imposible para esta Policía, que no encuentra en la Fiscalía un aliado firme.

—Hasta que afecte muchos intereses de los gringos, hasta entonces va a haber movimientos –predijo.

Ese Primer Informe tenía 60 páginas con mapas de pistas de aterrizaje clandestinas, las fichas con datos generales de los principales miembros del cártel y los croquis con la ubicación de los negocios de las personas investigadas.

Ese Primer Informe incluía la mención de los principales socios de Chepe Diablo: Juan Umaña Samayoa, alcalde del municipio de Metapán, político prominente del derechista Partido de Conciliación Nacional (PCN); y Roberto Antonio Herrera, alias El Burro, ex presidente de la Feria Ganadera de Santa Ana, a quien el FBI y la DEA tienen en la mira desde hace al menos cinco años.

A principios de febrero de 2011, cuando la desconfianza en un informe que ni siquiera mostraba autoría alguna empezó a transformarse en certezas y pistas concretas, un prominente funcionario de la Policía nos confirmó que José Adán Salazar Umaña, Roberto Antonio Herrera y el alcalde de Metapán dirigen actividades delictivas. Dijo que según la Policía ese informe era cierto, y que hasta se quedaba corto en cuanto a la amplitud de la red. Lo dijo un comisionado policial a quien llamaremos así, El Comisionado.

Pasaron las semanas y un día El Comisionado se presentó con un folio bajo el brazo. Nos entregó el Segundo Informe, uno elaborado por la inteligencia policial, uno con autoría que confirmaba lo escrito en el Primer Informe y entraba en mayores detalles sobre los miembros de la red y las maneras de operar.

Pasaron los días y siguieron las conversaciones hasta un día cuando El Comisionado llegó acompañado de un hombre vestido de particular. Ese día, El Comisionado nos presentó a El Detective.

—Él sabe del tema que ustedes quieren investigar, es confiable y anda en el terreno —nos dijo, para presentarnos.

El Detective, desde esa primera reunión, empezó a comentar con detalle la función de cada miembro de este cártel oculto, nos dimensionó su tamaño y le puso una voz a los informes.

—Miren, todos estos narcos tienen un administrador general, hay más gente arriba. En occidente están estos. Ahora, cada uno tiene una red de personas. Detrás de cada cabeza hay una red de familiares, gente de confianza. Solo Chepe Diablo tiene más de 50 personas, y cada persona tiene a otras personas, él ya no se mancha las manos.

Aunque la Policía, como institución, se rehusaba a colaborar con nuestra investigación, nuestros informantes decidieron dar luz verde a abrirse ante nuestras preguntas y solicitudes de información, pero pronto se hizo necesario encontrar otras fuentes. No podíamos correr el riesgo de que el Primer Informe fuera también policial y tuviéramos un caso basado solo en información de una fuente. Sin embargo, hablar era muy difícil para los funcionarios a los que nos dirigimos. El de José Adán Salazar Umaña es un nombre del que oíamos hablar a todas las fuentes, pero que sigue libre a pesar de años de investigación. Es un narco muy bien protegido, decían. ¿Qué gano yo con hablar?, parecían preguntarse, porque la actitud de muchos que callaron era la de alguien que tiene aquello en la punta de la lengua, pero cierra la boca y se guarda el verbo.

Un buen día, otra de nuestras fuentes claves, a quien llamaremos El Funcionario, decidió escucharnos y colaboró a lo largo de toda la investigación. Es uno de los altos mandos en cuestiones de seguridad en este gobierno, un hombre de confianza del presidente Mauricio Funes.

La primera reunión funcionó como se había pactado: solo nosotros y él, nada de grabadoras. Mencionamos a José Adán Salazar Umaña, conocido como Chepe Diablo, y El Funcionario asentía; mencionamos a Juan Samayoa, alcalde de Metapán, y a Roberto “El Burro” Herrera, como principales socios, y volvía a asentir; el Cártel de Texis, el Cártel de Chepe Diablo, el Cártel de El Caminito, la Ruta Norteña, y El Funcionario asentía. Asentía, asentía, asentía…

—Me suena —dijo, finalmente, con naturalidad, sin exaltaciones—, todo esto me suena. Déjenme averiguar un poco más. Veámonos la otra semana.

Durante esa semana hicimos un intento con un jefe policial que, tras escuchar nuestra exposición, decidió guardarse el verbo. La semana pasó y llegamos ante El Funcionario, quien tenía en sus manos unas hojas de papel engrapadas.

—Entonces, ¿obtuvo algo de información?
—Sí, está aquí —contestó, dando un golpecito con el dedo índice al legajo, y luego volvió a callar.
—¿Y qué dice ahí?

Continuó en silencio unos segundos más. Puso los folios sobre la mesa, colocó su celular sobre las páginas y nos miró.

—¿Ustedes saben en lo que se están metiendo? —preguntó, con gesto serio—. Aquí tengo una información, pero quiero saber si saben en lo que se están metiendo, porque esta gente manda matar… así funcionan. Si te metés con ellos, ellos se meten contigo. No es ninguna broma.

Le contestamos que sí. Le contamos que esa frase, con otras palabras, la veníamos escuchando desde hacía semanas. Levantó el celular, abrió las páginas y nos leyó generalidades.

—Operan en la conocida como la Ruta Norteña… tienen conexiones internacionales con Guatemala, Honduras y México… la Policía de Metapán los protege… su forma de protección también es a través del sicariato…

Aclaró que no podía entregarnos el documento. Insistimos tanto que al final logramos un pacto. El Funcionario prepararía un informe basado en las preguntas que le hiciéramos llegar.

—Máximo nueve preguntas —nos advirtió. Nosotros le hicimos llegar 13, esperanzados en que se animara a responderlas todas.

Semanas después, El Funcionario nos entregó sus respuestas. Fue la primera vez que hablamos del Informe Secreto, que es como membretó el documento.

Durante aquellos días empezamos a ver más a El Detective. Logramos al menos cinco reuniones con él. El Detective no ve hechos aislados, sino tramas complejas que normalmente terminan con el nombre y apellido de un político o empresario del país.

—Haciéndola de abogados del diablo, ¿de dónde sacan este tipo de información? —le preguntamos durante una de nuestras últimas reuniones.
—Les cuento algo: hasta el año pasado teníamos a un informante que le conducía el carro a uno de los más importantes delincuentes de este país, uno de los cerebros de lavado de dinero… no les puedo decir más.

La Policía tiene detectives que poco pasan encerrados en oficinas. Es una red de más de 400 informantes repartidos en todo el país que mira, oye y sigue a personas fichadas por la PNC o por la DEA, pues a menudo ambas instituciones trabajan de la mano.

Así nacen los informes que llegaron a nuestras manos. El Primero y el Segundo Informe coincidieron en una cosa: en quiénes son los principales y más activos miembros del Cártel de Texis. Chepe Diablo, el Alcalde de Metapán y El Burro se repiten. Los informes tienen fotos de ellos juntos, en fiestas, en jaripeos… También revelan que mantienen una relación cercana, que se comunican y coordinan operaciones.

¿Qué tipo de operaciones coordinan los líderes del cártel? Los informes ejemplifican con hechos. La noche del sábado 8 de mayo de 2010, por ejemplo, José Adán Salazar Umaña mantuvo una reunión en uno de sus seis hoteles. La cita fue en el hotel Tolteka, ubicado en la entrada al departamento de Santa Ana. Llegó en un carro todoterreno. En la cita estuvieron Roberto Herrera, El Burro; un abogado al que la Policía y el cártel conocen como El Sapo, y otro miembro del cártel al que apodan El Men, quien había llegado en representación de un especialista en lavado de dinero y a quien vigilan y persiguen la Policía y la DEA.

El Detective comentó que en la reunión, Chepe Diablo recomendó a los principales miembros de la organización evitar la portación de armas de fuego. Argumentó que no era conveniente, que lo mejor era comprar protección de la PNC y del ejército. Para hacer efectiva la recomendación propuso con urgencia la creación de un fondo especial para el pago de sobornos a jefes policiales y oficiales militares.

Los espías habían realizado bien su trabajo. El Burro, por ejemplo, es un hombre al que la Policía le tiene un récord de siete antecedentes penales en El Salvador, entre lesiones menos graves, estafa y portación, tenencia y conducción de armas de guerra. Este salvadoreño también tiene nacionalidad estadounidense. En ese país, en California y Texas, fue detenido siete veces por portación de armas, intento de robo, posesión de vehículo robado, asalto agravado con arma, por lo que fue condenado a cinco años de libertad condicional y pago de una multa de 500 dólares.

El martes 18 de enero de este año a las 6:42 de la tarde, un fax etiquetado como “URGENTE” llegó a las oficinas de Interpol en San Salvador. El mensaje explicaba que dos agencias federales de los Estados Unidos buscaban a El Burro. Una de ellas, decía el texto, no pediría la extradición y la otra aún no confirmaba si lo haría. Por eso, la Interpol con sede en Washington solicitaba: “Favor de avisarnos si su país tiene la ubicación sobre el precitado con fines de detenerlo si la respuesta de la segunda agencia es afirmativa”.

Un mes después, agentes policiales salvadoreños lo persiguieron y lo retuvieron. Al día siguiente, La Prensa Gráfica reportó el hecho en su portada: “Capturan a presunto narco de occidente”. Sin embargo, la captura fue más una retención de horas. Hubo una confusión entre los agentes salvadoreños y la Interpol de Washington. Finalmente, ninguna de las dos agencias federales de Estados Unidos solicitó la extradición, por lo que no hubo argumentos para mantener detenido a El Burro.

Sus seguidores policiales en El Salvador concluyeron en 2010 un informe exclusivo sobre El Burro, que asegura que en El Salvador tiene contactos al más alto nivel. Para muestra, anécdotas: entre enero y febrero de 2010, los investigadores reportaron haberlo visto en una reunión en su hacienda El Rosario, de Santa Ana. Lo acompañaba el comisionado policial Fritz Gerard Dennery Martínez, jefe de la División Antinarcóticos del país. Ahí se reunieron con personas de Guatemala y México. A tres de estas personas, luego se les comprobó su pertenencia al cártel mexicano de Los Zetas. Un informe anexo que fue realizado para la administración actual del Ministerio de Seguridad y Justicia consigna con más contundencia cómo participa este alto funcionario.

“Está involucrado con la estructura de narcotraficantes que opera en occidente… Es señalado por varios testigos de recibir grandes sumas de dinero en efectivo y vehículos. También le proporciona información y despeja rutas de tráfico del occidente salvadoreño a la estructura. Ha participado en varias reuniones con El Burro y otros narcos del occidente en la Hacienda El Rosario, ubicada en la calle de Texis a Metapán”, dice el documento.

De todos los policías vinculados por los documentos al Cártel de Texis, este fue el único que puso a dudar a dos altos jefes policiales consultados. A pesar de que dijeron no tener conocimiento de sus reuniones en El Rosario, ambos justificaron a Martínez, asegurando que es uno de los hombres clave en la lucha contra el narcotráfico en el occidente del país.

El Primer Informe explica que El Burro y sus aliados operan redes numerosas. Por ejemplo, menciona que José Adán Salazar Umaña tiene al menos 41 personas y 19 vehículos en su red de distribución de cocaína tanto a nivel nacional como internacional. También explica que esa red opera en cinco zonas del país: Metapán, Ciudad Merliot, Centro Penal de Apanteos, Centro Penal La Esperanza (Mariona) y Apopa. Dicho informe tiene el número de placas de cada vehículo, el número de identificación tributaria (NIT) y el nombre de cada una de las personas de la red. A nivel internacional, los dos informes coinciden, al igual que El Detective y El Comisionado, en que el Cártel de Texis encaja como organización libre en el tráfico latinoamericano de cocaína. No son lugartenientes de los poderosos mexicanos ni de los colombianos que resurgen luego de sus años de crisis. Son empleados de quien pague. Pasan la mercancía de quien tenga el dinero.

La ruta que inicia en San Fernando es el eslabón más importante que El Salvador aporta a todo el tránsito latinoamericano de la cocaína que viaja hacia Estados Unidos.

Los informes van desde lo grueso hasta lo particular. Por ejemplo, un anexo del Segundo Informe incluye el tipo de funciones que realiza El Burro dentro de la organización. Dice el anexo: “El 12 de junio de 2009, El Burro coordinó el envío de 40 miembros de la pandilla MS a recibir adiestramiento de tipo militar de parte del “Grupo Los Z” en la zona conocida como La Laguna del Tigre, jurisdicción del departamento del Petén, Guatemala; de estos 40 pandilleros, 12 eran de nacionalidad salvadoreña; el resto, hondureños y guatemaltecos”.

La información sobre la supuesta relación de pandilleros y Zetas en aquella laguna guatemalteca apareció publicada en medios nacionales, e incluso en algunos extranjeros como la BBC.

El 14 de julio de 2010, espías policiales siguieron a El Burro hasta el restaurante Lover’s Steak House, de Santa Ana, y lo que ahí escucharon lo escribieron en el informe de 45 páginas que está dedicado a este personaje y sus conexiones. Ahí se reunió con tres comensales: el comisionado policial Víctor Manuel Rodríguez Peraza, jefe de la Delegación de Santa Ana; la subinspectora Nataly Pérez Rodríguez y la ex gobernadora departamental Patricia Costa de Rodríguez. Ella fue diputada suplente por el partido de derechas Arena pero terminó el período 2006-2009 en el de izquierdas FMLN. En marzo de este año abandonó el cargo de gobernadora para ser candidata a alcaldesa de Santa Ana por Arena. En la reunión, El Burro habló de los problemas que el comisionado Mauricio Arriaza Chicas, jefe regional de occidente, estaba poniendo al no querer colaborar con la estructura de tráfico de cocaína y ganado. Dos altos mandos policiales que no participaron en la elaboración de este documento aseguraron que conocen de la colaboración de la ex gobernadora con la estructura. El documento cita que la ex funcionaria se ofreció para negociar el traslado de Arriaza Chicas.

—Se está poniendo pendejo, hay que buscar la forma de apartarlo –sentenció El Burro.

También menciona el documento que en otra reunión fechada el 25 de julio de 2010, pocos días después de la anterior, esta vez en el restaurante El Ganadero, en la Feria Ganadera de Santa Ana, El Burro entregó al comisionado Peraza y a la subinspectora Pérez Rodríguez “un rollo de billetes”.

Los informes, confirmados por las voces policiales que nos guiaron, ubican a El Burro como un hombre de contactos al más alto nivel dentro de la Policía. Y no solo se refieren a contactos recientes, como el Comisionado antes mencionado, que había sido nombrado en el cargo apenas cinco meses antes de que, como se consigna, El Burro le entregara el rollo de billetes.

“Cuando José Luis Tobar Prieto fue director de la Policía, El Burro lo utilizaba como enlace de algunas actividades”, dice el informe anexo que detalla las conexiones del Burro. Tobar Prieto fue director de la PNC hasta mediados de 2009.

En el otro informe policial anexo, el que fue realizado para las jefaturas del Ministerio de Seguridad y Justicia, Tobar Prieto vuelve a aparecer como alguien que se vinculó con estructuras del narcotráfico y en actividades de lavado de dinero mientras fue director de la institución.

El Primero y el Segundo Informe crecieron cuando nuestras fuentes agregaron más comunicaciones oficiales de la Policía a esos archivos. Ambos son ricos en especificaciones, pero dejaban ciertos vacíos que solo las respuestas a las 13 preguntas que hicimos a El Funcionario podían respondernos en aquel momento.

Desde la última cita con El Funcionario habían pasado dos semanas. Él había prometido pensar, decidir si contestaría a nuestras preguntas, y fuimos a escuchar su decisión. Esperamos media hora hasta que alguien nos avisó que El Funcionario estaba ocupado en una reunión, pero que quería decirnos algo, que entráramos a su despacho. No nos dejó pronunciar ni una palabra. Estaba realmente apurado.

—Miren, yo ya les advertí, ustedes sabrán en qué se meten. No les puedo dar el documento, pero tienen media hora para sacar de él toda la información que puedan –dijo, y acto seguido lanzó sobre una mesa el documento membretado en cada una de sus páginas con la inscripción “Secreto”. Por primera vez tuvimos para nosotros un informe no policial, el Informe Secreto, proveniente de una de las instituciones del gabinete de Seguridad, que contestaba con datos de inteligencia a 13 preguntas que realizamos, y que van desde quiénes son los hombres de confianza de Chepe Diablo hasta qué funcionarios lo respaldan y cuál es su sistema de almacenaje y transporte de la cocaína.

Al salir del despacho de El Funcionario tuvimos, por primera vez, los tres informes que son la base de esta investigación. Los analizamos, los comparamos y obtuvimos rutas respaldadas por mapas, coincidencia de nombres de policías, diputados y alcaldes, vínculos con asesinatos y pandilleros. Luego corroboramos toda la información al recorrer dos veces El Caminito y otras zonas del país, lo que nos permitió conversar con militares de terreno, ex policías frustrados por las dinámicas fronterizas de la corporación e inspectores de Hacienda. Asimismo, estudiamos registros mercantiles, declaraciones de renta incluidas en los informes y órdenes de captura internacionales.

Los señalados como cabecillas del cártel son empresarios metidos en el mercado de los granos, en la ganadería, dirigentes del fútbol, dueños de hoteles… Este último negocio, el de los hoteles, hizo brillar a Chepe Diablo. Fue por ese lado que un fiscal empezó a notar su bonanza financiera y a sospechar. Este ex fiscal de la Unidad de Delitos Financieros supo de José Adán Salazar desde 2003.

—Es un señor que parece un contador, su oficina estaba en el sótano del hotel Capital, en San Salvador. Sus hoteles nunca han estado llenos, y esa es una forma muy conocida de lavar dinero, dedicarse a servicios que nadie puede comprobar —nos dijo el ex fiscal.
—¿Pero formalmente no estaba siendo investigado? –indagamos.
—Les explico: siempre ha sido sospechoso de lavar dinero, pero les mentiría si les digo que alguien trabajó como se debe este caso, pues para eso hay que tener luz verde. Procesarlo es otra cosa.

Parte II: Las cuentas sospechosas

La historia empresarial de José Adán Salazar Umaña comenzó en 1990. Según el Registro de Comercio, ese año Inversiones Salazar debutó en “la compra de cartera e inversión financiera”. Era una empresa familiar: los otros dos accionistas eran su esposa, Sara Paz Martínez Bojórquez, y su hermano Marcos Francisco Salazar Umaña, que ahora es diputado suplente del partido Arena por el departamento de Santa Ana.

La empresa dejó de reportar operaciones al Centro Nacional de Registros (CNR), en 1995, el mismo año que tuvo problemas para cobrar unos cheques sin provisión de fondos. Inversiones Salazar tenía activos por 49 mil dólares y alguien le había pagado deudas por 33 mil 535 dólares que en el balance general de la compañía fueron clasificados como “estimación para cuentas por cobrar de dudosa recuperación”. Desde entonces, ya no reportó actividades al CNR.

Un año después, en 1996, Salazar Umaña regresó al CNR a fundar otra empresa: Hoteles San José. En septiembre de 2004, se le unió una segunda empresa, llamada Servicios Turísticos.

En el Registro de Comercio, en las dos compañías aparece como socio de Salazar Umaña su hijo, José Adán Salazar Martínez. Mencionar a esas dos empresas es hablar de seis hoteles. Hotel Capital, en San Salvador; Hotel Pacific Sunrise, en el Puerto de La Libertad; Hotel Tolteka, en Santa Ana; Hotel San José, en Metapán; Hotel Bahía Dorada, en La Paz, y Hotel Sevilla, en Usulután.

Salazar Umaña dice que el éxito de sus negocios ha sido producto de la buena fortuna. “El hotel San José, en Metapán, fue un éxito financiero, gracias a un golpe de suerte ya que en pocos años había recobrado la inversión y todavía me quedó un poquito de ganancia, entonces me gustó y comencé a buscar créditos para un segundo proyecto: el Hotel Capital”, declaró al periódico santaneco El País, en julio de 2009.

Para llegar a ese éxito, Hotesa tuvo que endeudarse. El balance general de 1996 consigna que la empresa le debía a su mismo dueño, José Adán Salazar Umaña, 285 mil 700 dólares (2.5 millones de colones) por el terreno y el edificio del hotel metapaneco. Dos años después, la deuda ya no era con Chepe Diablo. Según el balance general de 1998, Hotesa adquirió un préstamo con la banca por 514 mil 67 dólares que le concedió el Banco Desarrollo.

Esas no son las únicas empresas de Salazar Umaña. Él también tiene participación en otras tres sociedades: Salazar Espinoza, S.A de C.V., Agroindustrias Gumarsal y Servicios Logísticos, según un informe de inteligencia policial titulado “situación fiscal” que coincide con los datos del Centro Nacional de Registro. Según la escritura de constitución, Servicios Logísticos se formó para dedicarse a “actividades relacionadas al transporte”. Uno de los fundadores es el diputado suplente Marcos Francisco Salazar Umaña, pero esa sociedad nunca reportó actividades empresariales al Registro de Comercio.

Pero no fueron ni sus seis empresas ni sus 14 propiedades inmuebles ni sus 35 vehículos -26 de ellos ya traspasados- los que despertaron las sospechas de la DEA. En una carpeta de investigación esa agencia estadounidense envió a la Fiscalía en 2001, se mencionaba a Salazar como sospechoso de lavado de dinero y narcotráfico, una acusación que salpicaba a una empresa constructora de su primo, Salazar Romero, S.A. de C.V., en la cual Chepe Diablo aparentemente no mete mano.

Otro ex fiscal, que trabajaba en el área antinarcóticos, conoció esas investigaciones.

—La DEA hizo su propia investigación. El problema era que algunas diligencias las revelaban a la Fiscalía y otras no. Recuerdo que en este caso ellos tenían una buena fuente de información, un informante, y en realidad no sé por qué nunca reventaron el caso.

El documento que el ex fiscal citó incluía las sospechas de la DEA sobre la constructora, que pertenece a familiares cercanos de Chepe Diablo. La compañía fue creada el 22 de abril de 1994 por José Raúl Salazar Landaverde. Su socio y representante legal de la empresa es su hermano Carmen Salazar, ex alcalde de Metapán por el partido Arena desde 1988 hasta 1994. Ambos son primos de Chepe Diablo.

Cuando la DEA incluyó esta empresa en la carpeta de investigación que remitió a la Fiscalía, sospechaba que podía haber lavado de dinero.

Otro que tiene sus propias empresas y que en el Primer Informe aparece como socio de Chepe Diablo es Juan Umaña Samayoa, alcalde pecenista de Metapán. Este ha invertido en granos. El 23 de mayo de 1997 fundó Agroindustrias Gumarsal, empresa dedicada al procesamiento de arroz y comercialización de productos de la canasta básica. A esta empresa se suman Gradeca, S.A. de C.V. y Agroarroz, S.A. de C.V.

Aparte de las empresas, el alcalde ha adquirido 34 vehículos que ha ido traspasando principalmente a sus empresas y familiares. Cinco camiones, cuatro tractores, dos furgones, dos rastras, un cabezal y el resto de vehículos livianos.

El alcalde Juan Umaña reportó al fisco que entre 2006 y 2009 percibió ingresos por 141,572 dólares. Esto es, unos 35 mil dólares al año entre 2006 y 2009.

El tercer personaje señalado por los informes como líder de la estructura, Roberto “El Burro” Herrera, reporta ingresos similares a los del alcalde. En cuatro años, de 2006 a 2009, percibió 139,849 dólares, según los datos que presentó a Hacienda. Sus ingresos provienen de dos actividades: comerciales y agropecuarias.

En cuanto a sus declaraciones de renta, en 2005, El Burro hizo una declaración que reportaba un salario mensual de 565 dólares e ingresos totales por 6,790 dólares. Para 2007, los 6,790 dólares ascendieron a 31,517 dólares. Un año después llegó a los 40,000 y en 2009 casi llegó a los 50,000.

En cuanto a vehículos, Chepe Diablo no se queda atrás del alcalde. A su nombre hay nueve vehículos, entre ellos una camioneta Porsche Cayenne y otros 26 que ha vendido o traspasado, por ejemplo, a la Alcaldía de Juan Umaña Samayoa.

Los amigos del camino

El Caminito que recorremos continúa entre calles, callejuelas y anécdotas de El Detective, que ora cuenta de una mansión en un pueblito, ora de un restaurante donde se reúnen a planificar. Pero, sobre todo, la conversación que brota con los kilómetros contiene nombres de personas, cargos y nombres de partidos políticos.

El camino de polvo que empieza en San Fernando lleva montaña abajo. En casi una hora estamos en Dulce Nombre de María, que tiene agua potable, luz, teléfono, correos, un puesto de Policía, un juzgado de paz, internet…

—Aquí estaba un jefe de la policía que se hizo rico. Tiene grandes terrenos, caballos, muy amigo del ex director Menesses –suelta de repente El Detective, que nos conduce en este viaje.

Esa versión la corroboraríamos después, cuando escucharíamos hablar del subinspector José Alfonso Mata Portillo.

Hace 21 meses, el 12 de agosto de 2009, a 25 kilómetros de Dulce Nombre de María, cerca de la presa del Cerrón Grande, fueron detenidos José Gerardo Ventura y Juan José López López. Los detuvieron en dos vehículos, cuando realizaban una negociación. En el pick up de López López fueron encontrados 88 kilogramos de cocaína, y el 10 de febrero de 2011 fue condenado por el Juzgado de Sentencia de Sensuntepeque a purgar 10 años de prisión. La droga fue valorada por la Fiscalía en 2 millones 216,650 dólares. El Informe Secreto asegura que esa red, la del Cártel de Texis, era la propietaria de esos 88 kilogramos de droga.

A solo 15 minutos de distancia de Dulce Nombre de María llegamos a una súper carretera, la gran obra casi terminada del proyecto Fomilenio: la Carretera Longitudinal del Norte. Esta conectará la frontera entre La Unión y Honduras con la frontera entre Santa Ana y Guatemala. Una línea casi recta de pavimento y cuatro carriles que cruza de punta a punta el norte de El Salvador.

—Bonita les están dejando la autopista —ironiza El Detective—. Como dicen los gringos y los hermanos lejanos: es un freeway, ja, ja, ja. La verdad, es un conducto abierto para el paso de coca, ganado y armas.
—¿Pero hay retenes? –preguntamos.
—Ja, ja, ja –vuelve a reír El Detective—. Mire, ahí hay un retén. ¡Es casi anunciado! Hay horarios, y los narcos los tienen. Los jueves y los viernes hay fiesta, son los días de retén. El viernes que más dinero ganan los policías que cuidan.
—Ajá, explíquenos eso.
—Usted viene en un camión cargado con cocaína o ganado de contrabando, ese que viene de Honduras. En el retén, el jefe de delegación que los puso ya sabe a qué policías mandó, los policías ya saben cómo operar. A lo mucho son dos.
—No terminamos de entender.
—¡Les dan 10 dólares, 100 dólares, y pasan! Con esta calle llegan más rápido.

El tramo de la carretera de Fomilenio, como ya ha sido bautizada por los habitantes de la zona, está también en el ojo del Cártel de Texis. No sólo sirve cómo vía rápida para acortar El Caminito, sino que también buscan utilizarla como una excusa para lavar dinero, según documentos oficiales de la Policía.

Fomilenio es un proyecto de desarrollo para la zona norte del país financiado con donativos de los contribuyentes estadounidenses. En septiembre del año pasado, una oficina de la Policía escribió un memorando confidencial en el que alertaba a las autoridades del gobierno salvadoreño sobre un grupo de narcos que estaban metiendo papeles para lavar dinero a través de la Cuenta del Milenio, que es el fondo con que se financia la carretera Fomilenio.

El memorando explica que una familia de narcos logró obtener un préstamo de 600,000 dólares a través de un proyecto de Fomilenio para el desarrollo agropecuario en la región. También dice que Reynaldo Cardoza, actual diputado del PCN, vinculado con la estructura criminal estaba buscando un préstamo de 800,000 dólares.

La familia de narcos a la que se refiere el memorando incluye a uno de los prófugos más buscados por la Policía. Se trata de un narcotraficante vinculado a una estructura de pandilleros de la Mara Salvatrucha. Es conocido como Medio Millón.

“Se ha logrado individualizar que Marcos Cisneros Mata (padre fallecido), José Misael Cisneros Rodríguez (a) Medio Millón, Manuel de Jesús Cisneros Rodríguez (a ) Millón, Douglas Alfredo Cisneros Rodríguez (a) Melón, José Moisés Cisneros Rodríguez y David Elías Cisneros Rodríguez son miembros activos de una estructura de narcotraficantes que manejan y controlan la mayoría de zonas y rutas de la zona norte de Chalatenango”, dice un documento que se escribió como anexo al Segundo Informe.

El Banco Multisectorial de Inversiones autorizó el desembolso el 28 de agosto de 2009 y, como prueba, la PNC envió el número de acta del comité de inversiones a los altos cargos del gabinete de Seguridad de El Salvador.

Medio Millón es, según la Policía y la Fiscalía, un narcotraficante de la zona occidental, señalado como socio de la Fulton Locos Salvatrucha, y uno de los más buscados por la PNC. De este personaje sabríamos mucho más cuando nos encontramos, más adelante, en su lugar de operaciones.

Una vez en la carretera asfaltada, El Detective vuelve a referirse a los narcos.

—¿Sabe quién más opera en esta zona? —pregunta, a sabiendas de que no sabemos, y entonces él mismo responde casi de inmediato—. El Rey, el diputado del PCN.

El Detective nos acaba de dar otro sobresalto.

—¿Reynaldo Cardoza?
—Ajá, él es otro de los malos. Tiene una pistola de oro, se la logramos decomisar, pero se la devolvió el juez –explica El Detective, que asegura que conoce a los colegas que realizaron el operativo donde le decomisaron el arma.

Vamos en un carro cuatro por cuatro y anotamos más peticiones de documentos para El Funcionario, El Comisionado y el resto de fuentes que conocen del Cártel de Texis.

El Rey, ese diputado del PCN, también aparece en la lista de personas que la PNC ha clasificado como narcotraficantes y que quieren usar Fomilenio para lavar dinero. A Cardoza lo ubican en las cercanías del Cártel de Texis, no como parte de la red, sino como aliado. El documento dice que el diputado del PCN es uno de los principales miembros de la estructura de narcotraficantes de la zona norte de Chalatenango. Dice también que se ha presentado ante las oficinas centrales del Banco Mutisectorial de Inversiones para solicitar un crédito de 800,000 dólares.

El 13 de septiembre de 2005, Reynaldo Cardoza fue capturado por la Policía acusado de pertenecer a una red de traficantes de personas y de la violación de dos menores de edad. Fue capturado junto a Juan Ovidio Cerón Moreno, un ex policía que fue arrestado y expulsado de la corporación por su vinculación con la banda de robafurgones de Margarita Parada Grimaldi. Al ahora diputado le decomisaron una pistola Jericho con una placa dorada con su nombre grabado. Según la Policía, esa placa es de oro. Además, le decomisaron una licencia de conducir mexicana, en la que la foto del diputado aparecía con un nombre diferente: Reinaldo Guerra Flores.

Cardoza quedó en libertad bajo fianza de 2,000 dólares en noviembre de 2005. Un año después, en noviembre de 2006, el caso se cerró definitivamente, ya que la Fiscalía no presentó la solicitud para reanudarlo. Dos años y dos meses después, en enero de 2009, fue elegido diputado del PCN.

De la autopista a los caminos de tierra

San Sebastián Salitrillo es la estampa de un pueblito. Así, con lo que conlleva el diminutivo. Cinco viejitos se sientan en las escaleras del parque a tomar el fresco bajo un árbol y a saludar a quien pase. Se sientan ahí porque queda justo frente a la cuadra más emocionante del lugar, la acera de la Alcaldía, donde unas 10 personas esperan en la puerta la llegada del alcalde como quien espera en la puerta de casa a un familiar. Las calles son de adoquín, las casas de teja, y el pueblo, todo él, una cicatriz de cemento delgada y recta en medio del monte. Es un conglomerado de cuatro cantones y 21 caseríos.

Llegamos hasta ahí a finales de marzo, cuando todavía no habíamos comprendido a la perfección la ruta precisa de El Caminito. Sin embargo, conocíamos ya sus principales puntos, sus dos brazos. Salitrillo, como lo conocen sus habitantes, seguía siendo una incógnita. ¿Por qué El Funcionario y El Detective nos mencionaron este lugar como clave? ¿Qué papel juega este pueblito en la ruta si no está justo en ella, si no es frontera con Guatemala, si no tiene más que calles de tierra? De hecho, Salitrillo queda del otro lado, en sentido opuesto. En lugar de estar entre las ciudades de Santa Ana y Metapán, está al suroeste de Santa Ana, en dirección opuesta a Metapán. Estábamos perdidos, pues, pero gracias a eso, comprendimos cómo las rutas marcadas se desvían lo necesario para alternar entre pueblitos y autopista.

Como esas 10 personas, entramos a la Alcaldía cuando entró Francisco Castaneda, el alcalde del FMLN, un hombre muy respetado en su comunidad. A él nunca le mencionamos nuestro verdadero interés. Para poder conversar sobre estas rutas, nos presentamos como unos reporteros cándidos que pretendían enterarse de cómo es que un lugar como este era eslabón de las rutas del contrabando, de la bagatela, de ganado y mercadería sin permiso y, de rebote, droga. Así en seco, sin nombres ni organizaciones.

Fuimos al grano, le preguntamos por qué su municipio sonaba tanto en esto del contrabando.

—Es que estamos en la red de caminos rurales. Esa mercadería no se tira por carretera directamente, se mete en estos pueblitos, utiliza los caminos de terracería y vuelve a salir a la autopista.
—¿Pero hablamos de personas caminando con cosas o de…?
—Nooo, aquí pasan furgones por estos caminitos, que se pierden allá atrás del pueblo. Pasa gente vinculada al narco y eso se vincula con el problema de las pandillas, de redes asentadas aquí para esa actividad, y eso es lo que perjudica al municipio, no el paso en sí, sino las necesidades que el paso genera.

Salitrillo cuenta con 50 policías que se turnan y que tienen tan solo dos patrullas que cubren no solo el casco urbano, sino las urbanizaciones como Ciudad Real, que están sobre la carretera y que, según datos de la Alcaldía, han llevado a duplicar el número de habitantes del municipio hasta dejarlo en 30,000.

Ciudad Real es un proyecto de aquella empresa constructora –Salazar Romero- valorada en más de 70 millones de dólares que despertó las sospechas de la DEA.

—En esas zonas residenciales que han proliferado se hace evidente que el contrabando nos ha alcanzado. En esas zonas nuevas no tenemos claro quiénes son sus habitantes –continuó Castaneda.

El alcalde fue amable, pero lo que nos dijo no nos bastó. Aunque salimos de su despacho convencidos de que lo que se transporta por esa zona no se trata de pequeñeces sino de rutas alternas, puntos de quiebre del Cártel de Texis para abandonar y reincorporarse adelante en El Caminito, necesitábamos más detalles. Gracias a un diputado santaneco logramos acceder a otra fuente que tiene bien estudiado el fenómeno de cambio que ha tenido el lugar.

Visitamos al informante y, de nuevo, los pactos del temor volvieron, y el anonimato con ellos.

La conversación fue breve y, en resumen, lo que nos contó es una historia que bien podría aplicarse a los narcos de El Salvador. Contrabandistas que cuando descubrieron algo mejor que contrabandear dejaron los quesos y se dedicaron a la cocaína.

—Aquí en este pueblito que antes era bien tranquilo se ha venido gente rara en sus grandes carros. Vienen a intentar comprar a los policías, a ofrecerles dinero así, como cheradas, como en buena onda. Necesitan asentarse en la zona. El tráfico de ganado y de vehículos pick up que se internan en los caminos comunales así sin más, y que seguro transportan droga, a veces se da a la luz del día, y llegan días en que cada cinco minutos pasan. Así, sin control –nos explicó el informante de Salitrillo.

La cuna del Cártel

Texistepeque es el lugar de nacimiento de la mayoría de los mencionados como los narcos que controlan El Caminito. Un municipio de poco más de 20 mil habitantes ubicado entre Santa Ana y Metapán, donde el Ministerio de Gobernación tiene identificadas como propiedades del narco algunas construcciones impresionantes, según cita en su página web.

En ese terreno es donde vive y coordina sus operaciones uno de los principales miembros del cártel: El Burro. Así lo señala un informe policial anexo que habla solo de este personaje, y que nos fue entregado por El Detective. Este personaje, según el documento, tiene una de las propiedades más sobresalientes del paisaje, una gran casa de incontables habitaciones, que a pocos metros tiene una especie de palenque donde ha sido visto el alcalde municipal, Armando Portillo Portillo, otro importante personaje de la estructura señalado en los informes.

La Policía mantiene una permanente vigilancia sobre esta propiedad de uno de los miembros del Cártel.

Portillo Portillo es un señor gordo en el que sobresale un delgado y peinado bigote. En una foto del Informe Secreto aparece sentado en su oficina y en un informe policial aparece junto a Chepe Diablo y El Burro. Es su primer período como alcalde y ganó las elecciones pasadas arropado bajo las banderas de una coalición entre PDC y FMLN.

Al pie de la foto, el Informe Secreto presenta a este jefe municipal como uno de los salvadoreños vinculado al Cártel de Sinaloa, de México. Aparece en la misma línea de mando que Chepe Diablo, El Burro y el alcalde de Metapán, en la mesa principal de los comensales que se alimentan de la ruta de El Caminito.

Los miembros del Cártel de Texis se reúnen y se ponen de acuerdo, pero no es una estructura vertical. El Burro tiene una cadena de gente que lo sigue, Chepe Diablo tiene otra cadena, el alcalde de Metapán y el de Texistepeque también, como el diputado del PCN y su primo, ex diputado del PDC. Esas estructuras, se lee en los informes, son locales y se enlazan para operar. Los capos del Cártel de Texis se ponen de acuerdo, coordinan.

Vamos en un carro cuatro por cuatro de la Policía que no ostenta ningún distintivo. Ya pasamos por San Fernando, Dulce Nombre de María y estamos en medio de la llamada calle Fomilenio. Vamos rumbo al tramo final, al lugar donde domina con más descaro el Cártel de Texis. Mientras avanzamos, conversamos con El Detective sobre la capacidad que han tenido estos narcotraficantes para operar impunemente. El Detective se queja, como hace desde que lo conocimos, porque desde su óptica no logra entender cómo es que teniendo tanta información de los servicios de inteligencia esta gente continúa por las calles.

Parte III: El manto protector del Cártel de Texis

Hace apenas dos semanas tuvimos la ocasión de sentarnos a charlar detenidamente con el subdirector de investigaciones de la PNC, el comisionado Howard Cotto. Llegamos a él con la duda que carcome a El Detective. Aunque ya teníamos una noción de cómo es que el Cártel de Texis logra seguir operando luego de más de 10 años de pistas que entran y salen de todos los despachos de los altos funcionarios vinculados al tema de seguridad. Necesitábamos escuchar qué respondía la institución encargada de combatir el crimen junto a la Fiscalía.

—Mire, lo que de verdad no entendemos es por qué no los procesan judicialmente —le comentamos.
—Vaya, le voy a contar una experiencia, tal vez así entienden. Hace un tiempo realizamos un operativo para secuestrar archivos documentales de uno de los miembros de esta estructura… Esto no es caricatura, la Policía tiene bien claro que obtener una orden de cateo en todo occidente es casi imposible. ¡Si supiera la amistad con ellos que tiene el juez más importante de ahí! El caso es que logramos obtener una orden de allanamiento a través de otro juez. Entramos a muchas propiedades y encontramos armas de guerra que no podía justificar. Hoy anda prófugo. Les cuento esto porque también encontramos otra sorpresa: este señor tenía en su casa una gorra que, por el identificativo, solo podía haber pertenecido a un director de la Policía.

El dueño de la casa donde la Policía encontró 13 armas, entre ellas dos de uso privativo de la Fuerza Armada y granadas, en abril de 2010, se llama Leonel Sandoval Villeda, y está prófugo y con orden de captura internacional girada por la Interpol. Sandoval Villeda se fugó luego de que el juez tercero de instrucción de Santa Ana le otorgara libertad bajo fianza de 100 mil dólares. Sandoval Villeda pagó la fianza, pero nunca volvió a presentarse.

Aunque lograron obtener orden de allanamiento con otro juez, la treta al final no pudo impedir la huida de Sandoval Villeda. Y el “importante juez” al que se refirió el jefe policial se llama Tomás López Salinas, un funcionario que ya es investigado por la Corte Suprema de Justicia por dejar en libertad a una banda de traficantes de personas. El Departamento de Investigación Judicial de la Corte Suprema de Justicia tiene el expediente del juez Salinas en la lista de los cinco casos más graves por resolver.

A finales de 2010, Salinas, juez especializado de instrucción de Santa Ana, dejó libres a nueve personas acusadas de integrar una red de tratantes, dos de ellas acusadas además de violar a una niña. En síntesis, el razonamiento del juez fue que los acusados fueron víctimas de engaño por una menor de edad que deseaba prostituirse.

El Detective, El Comisionado y Cotto coinciden en algo: en que los narcos de occidente han estado actuando con total libertad en gran parte porque los esfuerzos investigativos incluso a nivel judicial se metieron en oriente, en el caso de Los Perrones.

Intentamos conocer sobre las diligencias que ha realizado la Fiscalía General de la República en occidente. El 1 de febrero pasado pedimos una entrevista con fiscales de la División Élite contra el Crimen Organizado y la Unidad Antinarcotráfico. Además, pedimos entrevistas con los fiscales que, en la etapa de vigilancia penitenciaria, han dado seguimiento a la condena que se le impuso al concejal de Metapán Amadeo Figueroa Morales. Al cierre de esta nota, esa institución no ha resuelto sobre las tres peticiones de información.

Los personajes vinculados al Cártel de Texis se ven constantemente involucrados en hechos que siguen llamando la atención de la Policía, pero esto no parece traducirse en investigaciones desde la Fiscalía. Ejemplos llamativos sobran: el 16 de noviembre de 2010, José Salvador Cardoza, ex diputado del PDC por Chalatenango y mencionado por nuestros tres principales informantes como cómplice del Cártel de Texis, sufrió un secuestro e intento de asesinato. José Salvador Cardoza es primo de El Rey, Reynaldo Cardoza, el diputado por el PCN.

—¿Los señores Cardoza operan juntos? –preguntamos al jefe policial.
—Cada uno anda en lo suyo, pero los dos son gruesos. Les decía, a Salvador lo secuestraron, le quemaron el carro, no lo mataron porque no quisieron. Le dispararon un balazo en cada pierna, por las nalgas. ¿A quién le pasa eso?

Este atentado ocurrió en un municipio perdido de La Unión, Nueva Esparta. El ex diputado del PDC andaba esa vez con Alfredo Portillo Portillo, hermano del alcalde de Texistepeque. Este hecho, que durante uno de nuestros encuentros El Detective nos relató, aparece consignado en el Informe Secreto. El informe agrega que Cardoza sufrió el atentado cuando supuestamente supervisaba los trabajos de una empresa constructora de su propiedad.

Los hechos hablan de las dificultades para judicializar a los narcos de El Caminito. Sin embargo, fue un documento que recibimos casi al final, un último informe macro que describe los puntos de encuentro del Cártel de Texis con otras estructuras similares, el que nos dejó claro cuán difícil es para la Policía hacer de este conocimiento prueba judicial.

En la parte de recomendaciones para operar contra esa red de cárteles salvadoreños, los policías de inteligencia se dirigen a sus jefes en una especie de lista de deseos que devela lo que de momento no tienen.

Ahí se pide un equipo especializado en homicidios, tráfico de personas, lavado de dinero y activos y contrabando de mercadería. Se pide que ese equipo esté fuera de cualquier puesto policial y que se entienda solo con el Subdirector de Investigaciones, a fin de evitar la filtración de información. Se pide un grupo selecto de fiscales y el involucramiento del ministro de Justicia y Seguridad, el director de la PNC y el mismo presidente de la República.

La realidad dista mucho de la situación requerida. La Unidad de Investigación Financiera de la Fiscalía, por ejemplo, cuenta con solo dos fiscales en todo el país.

Ahí donde se suma la pandilla

El camino que inició en el pueblito fronterizo de San Fernando, que bajó hasta Dulce Nombre de María, que a 15 minutos de carro se convirtió en la flamante autopista de Fomilenio, llega a su punto de quiebre en otro municipio de suelo de adoquines y techos de teja: Nueva Concepción.

Este municipio que también tiene acceso por la nueva carretera de Fomilenio tiene casi 30,000 habitantes, y es la puerta de salida que el Cártel de Texis utiliza para dejar Chalatenango y entrar al departamento de Santa Ana.

Nueva Concepción es el lugar donde el paradigma de operación de los cárteles centroamericanos se rompe. En Guatemala y Honduras, las familias de narcotraficantes han optado por deshacerse de los pandilleros de las dos grandes organizaciones, la Mara Salvatrucha y el Barrio 18. En departamentos neurálgicos del narco de Guatemala, como Alta Verapaz o San Marcos, los pandilleros han sido expulsados por las familias dominantes, bajo amenazas de muerte. En Nueva Concepción, bajo este modelo horizontal de los cárteles salvadoreños, el que tiene control de una zona, tiene carta para participar del negocio, sea pandillero, empresario o policía. En Nueva Concepción, el control del crimen lo tiene la Mara Salvatrucha, y más concretamente uno de sus más poderosos “programas” nacionales que tiene vínculos hasta Estados Unidos: se trata de los Fulton Locos Salvatrucha, y todos señalan como uno de sus cabecillas a un prófugo llamado José Misael Cisneros Recinos, el conocido como Medio Millón.

Todos los informes coinciden en este nombre, a quien mencionan como representante de su pandilla en la organización dedicada al traslado de la cocaína

“Es importante mencionar que, en la relación Chalatenango-Santa Ana, esta estructura se vincula con el narcotraficante Misael Cisneros, quien el 15 de septiembre de 2010 escapó de un cerco policial que pretendía capturarlo en Nueva Concepción. Se considera que además de traficar cocaína, también abastece de armas a pandillas de la zona y posee acercamientos con mandos locales de la PNC”, dice el Informe Secreto.

A diferencia de los otros documentos, que lo ubican como miembro activo de la MS, este último lo deja en el grado de socio.

Respecto a cómo es que Medio Millón logró burlar un operativo policial que se venía planificando desde hacía meses, todas las fuentes con las que hablamos señalan como culpable a un subinspector activo: José Alfonso Mata Portillo, quien hasta febrero de 2010 fue jefe de la subdelegación de Dulce Nombre de María. De él dicen que fue quien, gracias a la relación que cultivaron cuando operaban en municipios vecinos avisó a Medio Millón de los detalles de la investigación en su contra. Mata Portillo es ahora jefe de la subdelegación de Ciudad Delgado, en el Área Metropolitana de San Salvador.

El Detective nos anexó un documento sobre el perfil de este subinspector. En 2010 su reporte de ingresos fue de 118,879 dólares. El mismo documento policial contiene las placas de los 28 vehículos que supuestamente están a nombre de Mata Portillo, entre ellos varios furgones y tractores. Este anexo cierra con una conclusión:

“Presenta irregularidades en sus declaraciones tributarias. Sus costos y gastos declarados son desproporcionales a sus ingresos”. Desde la jefatura policial no nos dieron un monto exacto, pero nos aseguraron que, en el caso de que reciba bonificaciones extras, no podría sobrepasar los 1,200 dólares mensuales libres de impuestos y descuentos.

Nueva Concepción es de esos lugares que aparentan sosiego y esconden secretos que son susurrados por todos, pero que al ojo inexperto son imperceptibles.

Hacemos una pausa en el recorrido por El Caminito, nos detenemos un momento para conversar con el jefe policial del municipio. El subinspector Quijano Aguilar tiene menos de un año como jefe de este complejo municipio perdido entre llanos secos, una autopista de lujo y cerros de vegetación tostada. Su respuesta era la obvia, que sabe poco, que aún se está enterando, que cree que Medio Millón sigue por la zona -pues sigue dando órdenes a los pandilleros-. Eso sí, cuando le preguntamos cuántos pandilleros podía haber en este pequeño lugar, su respuesta nos dejó muy claro por qué el Cártel de Texis tuvo que asociarse con la Mara Salvatrucha.

—Calculamos que la clica (Fulton Locos Salvatrucha) es de unos 200 muchachos con armas aquí en Nueva Concepción, casi todos ellos ubicados por nosotros.

No se refería al “programa”, sino solo a la clica, al grupo local de este municipio. Una clica grande, importante, suele tener a unos 50 miembros, aún cuando operen en zonas claves de la capital. En este rural punto de quiebre de El Caminito, la pandilla ha decidido cuadruplicarse.

Una potencia que no solo se demuestra en número de miembros, sino en capacidad armada. A las 5 de la mañana del pasado 3 de mayo, un operativo de la 4a. Brigada de Infantería y Descatamento Militar Número Uno, en conjunto con policías, detuvo a 12 presuntos pandilleros en Nueva Concepción. Entre el armamento decomisado en una vivienda del cantón Los Romeros había cuatro fusiles AK-47, un fusil G-3, una subametralladora Uzi y un lanzagranadas M-79.

Nueva Concepción no solo es clave porque agrega pandilleros a la lista que, a este punto, ya contiene a policías, alcaldes, jueces, empresarios y diputados. Nueva Concepción es el recodo, el punto donde El Caminito se divide en dos brazos que salen de Chalatenango para adentrarse en el departamento de Santa Ana. Ambos brazos terminan en la frontera con el departamento guatemalteco de Jutiapa, donde según las autoridades de ese país opera la familia Lorenzana, la más antigua de las familias chapinas del narco, de la que hay registros desde los años setenta.

Según lo recogido de los informantes, de los tres informes y sus anexos, uno de los brazos es más importante que el otro por flujo de cocaína, algo que infieren del control operativo que el Cártel de Texis muestra en cada lugar: más discreto en un ramal y mucho más descarado y monopólico en el otro.

El ramal menor continúa desde Nueva Concepción casi en línea recta. Antes de llegar a la frontera, atraviesa el cantón de Peñamalapa, luego el río Lempa hasta llegar al cantón Guarnecia, luego al caserío El Aguacate, hasta la ciudad de Texistepeque, desde donde parten para la ciudad de Santa Ana. Una vez ahí, se conducen hasta los puntos finales de cruce, los puntos ciegos que rodean los pueblos de Santiago de la Frontera y San Antonio Pajonal.

El otro ramal, el más importante, parte de Nueva Concepción hacia el oculto pueblito de Santa Rosa Guachipilín, que ahora tiene acceso de pavimento gracias a las obras secundarias generadas por la autopista de Fomilenio.

En el primer recorrido hicimos una parada en el camino. Visitamos al grupo de 14 militares que custodian los puntos ciegos alrededor de Santa Rosa Guachipilín, a medio camino entre Nueva Concepción y Metapán. Un lugar desde donde los cargamentos pueden desviarse por caminos rurales hasta buscar puntos ciegos de la frontera. Ahí nos recibió el jefe del grupo, a quien identificaremos como El Sargento.

No se esmeró en vendernos imponentes operativos ni complicados decomisos. Más bien, se mostró resignado ante la inmensidad de la zona y la normalización del paso de mercaderías ilícitas. Nos contó que el soborno está a la orden del día, que por 20 o 30 dólares, algunos militares o policías permiten pasar un camión.

Nos aseguró que el Cártel de Texis tiene un nombre para lo que en México llaman halcones y en Guatemala, banderas. Aquí llaman postas a esos niños, niñas, mujeres y ancianos que no se dedican sino a vigilar qué hacen El Sargento y los suyos, hacia dónde se mueven. Nos dijo que en lo que llegan a un punto ciego como Ostúa, El Valle de Los Quijada, El Despoblado, cerros perdidos en la frontera a más de media hora de lento avanzar en un vehículo con doble tracción, todos los de ese lugar saben que llegará un extraño. Lo dijo de una forma más gráfica.

—Desde que llegás, todos te ven como si fueras un extraterrestre.

Desde el polvoso Santa Rosa Guachipilín, la carretera permite acceder hasta Masahuat, igual de rural, pero más grande. Desde Masahuat, alguna droga se pasa por los cerros de alrededor, nombrados por sus pobladores por particularidades que solo ellos saben discernir. El grueso de los cargamentos continúa su viaje. Intercepta la carretera que conecta Santa Ana y la ciudad fronteriza de Metapán. La droga se incorpora alrededor del kilómetro 99 de esa carretera, y llega a su base final, el centro de operaciones de Chepe Diablo, la última escala antes de internarse en los puntos ciegos que besan Guatemala. La ciudad donde el Cártel de Texis muestra su poderío, su capacidad de sobornar y de matar.

Parte IV: Los policías que llevan coca

Metapán resplandece. Pareciera que el sol está más cerca del pavimento que en otras ciudades. Ciega. Metapán parece de día un gran mercado, al menos su centro, que no es sino unas callejuelas empinadas que desembocan en la carretera que lleva de Santa Ana hacia la frontera de Anguiatú, al norte del lago de Güija. En todas ellas, el comercio bulle, se toma las aceras. Hay ventas por todas partes. Comida, ropa, granos, artículos agropecuarios. Metapán se viste de ciudad fronteriza de Centroamérica.

Al llegar al hotel San José, contiguo a la carretera hacia Guatemala, nos atiende una amable recepcionista, que se despereza cuando suena la puerta que se abre.

—¿Tiene habitaciones?
—Sí.
—¿Dobles?
—Sí.
—¿No suele estar ocupado este hotel?
—Casi no, ahorita solo dos habitaciones tengo ocupadas.

El hotel, uno de los seis de Chepe Diablo, tiene cinco plantas, y cerca de 40 habitaciones. Es normal su desocupación. El costo de la habitación doble roza los 50 dólares en una ciudad acostumbrada a dar alojamiento a camioneros que no viajan con grandes fondos.

Si bien el Cártel de Texis no se descubre como uno de los más violentos de Centroamérica, esta es su ciudad de control por excelencia, su base de operaciones, y también la que ha sido testigo de que este tipo de negocios inevitablemente siembran corrupción y violencia a su paso. Eso consignan los tres informes.

Todos los informes y todos los informantes hicieron énfasis una y otra vez en que la subdelegación policial de esta ciudad pertenece a Chepe Diablo.

En una ocasión, mientras tomábamos un café, le pedimos a El Comisionado que nos contactara con algún agente de su confianza dentro de esta subdelegación. Cuando nos volvimos a reunir, luego de la semana que nos pidió para buscar un perfil como el que le pedimos, su respuesta fue contundente.

—No puedo recomendarles a ninguno.

La violencia, por otra parte, demuestra que el trabajo de funcionario municipal puede ser muy riesgoso en este municipio.

El 1 de diciembre de 2007, Bertín Valle Marín, síndico de la Alcaldía de Metapán, murió de un disparo en la cabeza. La información publicada en los periódicos, basada en lo que dijeron los policías del lugar, resume su asesinato así: dos hombres borrachos se agarraron a tiros en medio de un jaripeo de un cantón sin nombre de Metapán, y Bertín recibió una bala que no iba para él. Pero el Informe Secreto agrega algo que no apareció publicado en las noticias de esos días: dice que durante la investigación del asesinato, el actual alcalde, Juan Umaña, se empeñó en desvirtuar la hipótesis de que se trataba de rencillas entre narcotraficantes.

Ocho meses después, el 4 de agosto de 2008, el síndico que ocupó el puesto dejado por Bertín, fue secuestrado a plena luz del día y en su propio carro, luego fue llevado a un predio de un caserío de Metapán, donde le dispararon 13 veces. Israel Peraza Díaz también era pecenista.

Dos muertos a plomo en menos de un año. Dos síndicos. Y en realidad no eran las únicas víctimas de violencia vinculables a la estructura de Chepe Diablo o a las de sus socios. Tres semanas antes del secuestro y asesinato del síndico, el amigo de Chepe Diablo y alcalde de Metapán, Juan Umaña Samayoa, fue atacado a balazos en una zona muy peligrosa de su municipio. Eran las 8 de la noche cuando iba con tres de sus guardaespaldas en una calle oscura del cantón San Jerónimo. El tiroteo fue de tres contra dos. De tres guardaespaldas que se enfrentaron a dos atacantes resultó muerto uno de los hombres del alcalde. Este transitaba en un camino conocido como “punto ciego”, en San Jerónimo, uno de los lugares clave para la ruta controlada por este cártel.

Y eso no era todo. Dos años antes, el antecesor del alcalde Juan Umaña no había logrado sobrevivir a un atentado. El 4 de julio de 2006, Gumercindo Landaverde, amigo de Chepe Diablo y vinculado en los informes al Cártel de Texis, fue atacado por dos mujeres y un hombre que actuaron como sicarios. Esto ocurrió en la ciudad de Santa Ana y según los tres informes y El Detective, las dos mujeres eran pandilleras que pertenecían a una red de sicariato.

Cuando en una conversación preguntamos a El Detective por este asesinato, no dudó en responder que creía que había sido el mismo Chepe Diablo quien había ordenado su muerte debido a rencillas sobre la manera de manejar los traslados de cocaína. Días después, nos entregó otro anexo de Inteligencia Policial, donde se apuntaba el caso.

En el anexo, un informante declaró que el ex alcalde de Metapán, Gumercindo Landaverde, fue asesinado tres días después de terminar su periodo por órdenes de la estructura de Chepe Diablo y El Burro. El informante dijo que el alcalde habría proporcionado información de transacciones de drogas a un oficial de la Policía, que la estructura se dio cuenta y decidió ejecutarlo.

—El señor Gumercindo tenía conocimiento de planificaciones de la estructura, de embarques de drogas en la zona de Metapán, las cuales provenían de Guatemala -agrega el texto oficial.

El Primero y el Segundo Informe ya ubicaban al fallecido como uno de los miembros de la estructura. Gumercindo Landaverde fue alcalde por Arena durante dos períodos consecutivos, y ya era investigado por la Fiscalía por enriquecimiento ilícito en 2005. La Sección de Probidad de la Corte Suprema de Justicia detectó que en un año este alcalde incrementó en 500,000 dólares su patrimonio, y esto fue punta de lanza para que la Fiscalía abriera un expediente.

El Burro está siendo investigado por el homicidio de Abel Padilla. Uno de los anexos del Segundo Informe dice que el 14 de agosto de 2008, El Burro “ordeno el asesinato del señor, Abel Padilla”. Los investigadores explican en el documento que Abel Padilla perdió dos kilos de cocaína y que nunca canceló al Burro el dinero que valía esa cantidad de droga.

Unos baleados, otros secuestrados y asesinados, y otro de ellos preso. El récord de los funcionarios de Metapán augura trágicos destinos para sus cargos más altos.

El 25 de marzo de 2009, la División Antinarcóticos de la PNC arrestó a Amadeo Figueroa Morales, quien había sido elegido el 18 de enero de 2009 para integrar el concejo municipal de Metapán, representando al PCN y acompañando al alcalde Juan Umaña. El operativo de captura fue realizado en la colonia Jardines de Metapán. Junto al concejal también fue arrestada su esposa, Sonia Haydeé Mira de Figueroa. Ella es parte del núcleo cercano del alcalde de Metapán. Su hermana está casada con el hijo del alcalde, Wilfredo Guerra. En la casa de Amadeo y Sonia les decomisaron 2.42 kilogramos de cocaína, valorados por la Policía en 71,000 dólares. A Figueroa lo acusaron de tener tres años de dedicarse al comercio de drogas, y fue condenado a 12 años de prisión el 28 de octubre de 2009.

Jueces regionales, concejales, alcaldes y pandilleros, todos forman parte de esta red compleja según los informes y los informantes consultados. Y, como eslabón último de la cadena, las hormigas necesarias para hacer de este paso de la cocaína por El Caminito una ruta efectiva: algunos policías de la subdelegación de Metapán.

La corrupción, como bien lo saben los altos cargos policiales con los que hablamos, es una regla asumida entre los agentes de esta zona. Se refieren a esa corrupción baja, normalizada, la misma que tiene un policía que acepta mordida para dejar ir a un infractor de tránsito.

—A la mayoría, los contrabandistas que llevan ganado o mercancía sin declarar les dan 10 o 20 dólares porque los dejen pasar o no los revisen, eso así funciona –nos dijo en una de las conversaciones El Comisionado.

Esos son la mayoría, la base con la que opera la minoría, los que sí trabajan orgánicamente con el Cártel de Texis. Estos otros policías de la ciudad, identificados con nombre y apellido por los tres informes y los tres informantes, son señalados como encargados de librar de retenes el paso de los grandes cargamentos, e incluso de transportar ellos mismos la cocaína hacia los puntos de intercambio con los guatemaltecos.

Es de noche en Metapán, y salimos de un bar cuando pasa frente a nosotros, con lentitud, un pick up Nissan Frontier negro. Los hombres que van dentro nos observan con detenimiento y luego aceleran la marcha. Todo parecería normal si los hombres en ese carro sin identificación no fueran policías. Todo parecería normal si antes no hubiéramos conversado con nuestro informante que salió de la subdelegación.

Gracias a una serie de coincidencias, un policía radicado por ahora en otra zona del país, que prestó servicio recientemente en Metapán, comentó ante un reportero de este medio algo relativo a Chepe Diablo. Nadie había preguntado nada al policía sobre el tema. El colega, conocedor de nuestra investigación, se acercó a él, hablaron largamente, y él aceptó recibirnos con la condición de que no reveláramos su nombre ni su ubicación.

Una tarde calurosa, hace unos días, nos sentamos con el policía que, ante nuestra sorpresa, nos recitó los nombres de sus compañeros que aparecen mencionados en los informes que este agente nunca leyó. El policía se explayó en detalles.

—Mire, esto está bien organizado en Metapán, que es de lo que le puedo hablar, pero también uno de policía se entera de dónde viene esto. Desde arriba. Venía desde los comisionados de la zona, que generaban el encubrimiento del tráfico de armas, droga y ganado. Ahí estaba la comisionada Corina Palma, que permitía todo esto.

Empezó fuerte. Según este agente, todos los policías que han trabajado en Occidente saben cómo se mueven los hilos de la zona. En febrero del año pasado hubo muchos movimientos dentro de las jefaturas de occidente, uno de esos fue el de la comisionada Zoila Corina Palma, de 54 años, que ahora desempeña un cargo administrativo, cerca de papeles y lejos del terreno. Desde el 17 de febrero de 2010 es jefa de la Secretaría General de la PNC. Antes fungió como jefa regional de occidente. A ella no solo la menciona el policía que trabajó bajo sus órdenes, sino también un anexo a los informes policiales que asegura que despejaba rutas, recibía “grandes sumas de dinero” y proporciona información a la estructura de El Burro.

Muchas voces dentro de la institución aseguran que este es el mecanismo con el que la PNC se defiende de sus altos cargos sospechosos de corrupción. A falta de una Inspectoría fuerte y vinculante, por falta de voluntades políticas, optan por remover a las manzanas podridas de donde más daño causan. Esa, según nos informaron altos cargos policiales, fue la estrategia que utilizaron con la comisionada Palma y el subinspector José Alfonso Mata Portillo, el que es acusado por sus compañeros de haber ayudado a Medio Millón a escapar del cerco policial que le tendieron en Nueva Concepción. En la jefatura policial parece haber una filosofía clara: si no puedes deshacerte de los que sospechas, mantenlos cerca, para saber qué hacen.

—¿Quién es el encargado de la logística del traslado de la cocaína en la subdelegación de Metapán? —preguntamos a nuestro informante.

Sin dudar, mencionó un nombre que aparece en el Informe Secreto.

—El cabo Cástulo Enrique Morán Jiménez. Ese tipo se ha quedado encargado de estar apoyando la red en Texistepeque, Metapán, San Antonio Masahuat y Santa Rosa Guachipilín.

Agregó a la lista de nombres el de la alcaldesa de San Antonio Pajonal, Silvia Echeverría, en calidad de “aliada”.

—La red así opera, hay gente grande arriba que no más sepan de esta publicación nada les cuesta dar una orden.

Cada conversación con un informante agrega nombres a la lista. La red es grande, compleja, enraizada en el occidente del país. En este texto solo se han mencionado los nombres de quienes al menos dos fuentes de información que no pudieron haberse coordinado mencionaron. En el caso de la alcaldesa del partido Arena en el fronterizo San Antonio Pajonal, El Detective había mencionado su nombre antes de que conversáramos con el policía. Una alcaldesa de un pueblito fronterizo no transporta cocaína, necesariamente. Su función, nos dijo el policía, se reduce a saber y dejar hacer, a extender permisos de entrada y salida de mercancías al país, a facilitar bodegas y dar información. Otros, como el cabo Cástulo, son señalados en el Informe Secreto como operadores directos en el traslado de la droga.

A la pregunta de quiénes son los hombres de confianza de Chepe Diablo y dónde operan, el Informe Secreto respondió. “Se tiene conocimiento de algunos colaboradores, como Bernardo Antonio Cruz Baños y Cástulo Enrique Morán Jiménez, de la subdelegación de Metapán, colaboradores del alcalde”.

Ninguno de los jefes policiales con los que conversamos negó que estos agentes participaran en la red. Por el contrario, uno de ellos validó la información.

—Ahí operan los narcotraficantes en la zona del Valle de Los Quijada, San Jerónimo… Y no crean que la pasan los señores traficantes en sus vehículos de último modelo. ¡La pasa la Policía! Si hubiera una investigación sabrían que los alcaldes le han conseguido vehículos sin logo de la Policía a las diferentes subdelegaciones. La de Metapán y el puesto de San Jerónimo tienen vehículos sin logo, son pick ups Frontier negros y polarizados. Cambian droga por ganado, traen ganado de Guatemala a veces y van a entregar la droga en esos carros.

Según este policía, los pick ups regalados por la municipalidad, como el que vimos pasar frente a nosotros, sin logo alguno, son perfectos para operar. Sirven para no ser tan identificables como miembros de la institución. Continuó explicando que algunos policías, coordinados por Baños y Morán, ubican retenes vehiculares en las vías que vienen de puntos ciegos de la frontera con Guatemala, como El Valle de los Quijada o San Jerónimo. Lo hacen cuando sus compañeros van a entregar la droga del Cártel de Texis a los guatemaltecos, que muchas veces les pagan con “dos o tres camionadas de ganado”. Los retenes son ubicados para garantizar que nadie se interponga en el camino de la droga que va y el pago en reses que vuelve. Y, claro, como dijo nuestro informante, para “hacer la paja de que vigilan”. Todos los señalados como líderes del Cártel de Texis son asiduos a jaripeos y ranchos ganaderos. Roberto “El Burro” Herrera incluso fue presidente de la Feria Ganadera de Santa Ana.

—Si un agente llega a decomisar una camionada de esos animales, inmediatamente le buscan la baja, el traslado o le buscan otro problema para que no vuelva a intervenir –explicó el policía.
—¿Y cómo reclutan a la gente?—No es que anden ofreciendo trabajo, sino que es una estrategia política, si quien supervisa te lleva a eso, a que recibas mejor unos 10 o 20 dólares por cada camión que dejes pasar sin las cartas de venta o la guía, porque él sí recibe un buen dinero por mantener así la dinámica. Imagínese que el cabo Cástulo es el supervisor de retenes. Él mismo va a hacer entregas a los puntos ciegos, a entregarla a los chapines.
—¿Y quién les entrega la droga a los policías de Metapán?
—La vienen a dejar en vehículos chatarreros, de los que llevan chatarra, pick ups o camioncitos, y ahí la meten en los Frontier, que son todoterreno, y que sí se pueden meter en los puntos ciegos. Ahí pasan granos, droga, armas y ganado, y lo digo porque yo lo he visto, porque yo he estado ahí.
—¿Y cómo le pagan a estos policías como el cabo Cástulo Morán?
—Les compran casas en otro lugar. Por ejemplo a este cabo Cástulo le han comprado una casa en Chalchuapa, ubicada al norte de la pirámide El Tazumal, y una finquita en la zona de La Magdalena, rumbo a El Coco, así es como esta gente le paga a los que andan de lleno. A los que no saben, les basta con los 10, 15 dólares que les dan los de los camiones.

El sistema de pago a los funcionarios que se prestan como piezas del engranaje del Cártel de Texis es algo que nos confirmaron El Detective y El Comisionado. Esta manera de retribuir a los amigos es también una de las más difíciles de comprobar, ya que rara vez las propiedades se inscriben a nombre del propio cómplice. Se suele utilizar algún pariente.

Fin del viaje

Venimos del núcleo urbano de Metapán. Estamos en otra calle de polvo parecida a la de San Fernando, pero en terreno llano, sin montañas. Nos adentramos en los puntos ciegos que rodean la ciudad. El investigador de la División Especializada de Crimen Organizado que regañó al soldado de San Fernando ve para todos lados. El Detective saca su pistola. Por cada cambio de velocidad, la cacha de su arma recibe una caricia de la palanca. Saben que hay ojos que vigilan estas terracerías, y están nerviosos.

—Aquí agáchense, estamos en terreno peligroso —bromea el investigador, para distender el ambiente.
—Cerca de aquí fue que le dispararon al alcalde de Metapán —agrega, esta vez serio, El Detective.

Estamos pasando por Ostúa, un diminuto caserío que recibe a sus visitantes con una pared que sirve de letrero para quien quiere marcar dominio de la zona. “MS13”, dice la mancha que firma El Demonio. Cada letra es del tamaño de una persona. La pared pertenece a lo que parece la tienda más grande del caserío.

El Sargento con el que hablamos en Santa Rosa Guachipilín nos había hablado de que aquí vive Óscar, El Coyote, uno de los miembros de la red que opera en territorio de Chepe Diablo. Nos mencionó ese nombre para explicarnos cómo la gente que anda en esto gana buen dinero.

—Vean la casa que tiene –nos dijo-, tiene piscina y un bar solo para él.

Es la única referencia que tenemos de este caserío repartido a la orilla de un polvoriento camino por el que transitamos sin meternos en los callejones de tierra a buscar la mansión de Óscar, El Coyote. En el mapa de la droga, Ostúa aparece como uno de esos puntitos por los que hay que pasar antes de llegar a Guatemala sin necesidad de toparse con Migración y Aduanas. En un mapa oficial de El Salvador no aparece como paso fronterizo.

Está oscureciendo, y el camino por el que vamos recibe a otro carro. Va despacio, a la velocidad de una patrulla policial que hace una ronda de vigilancia.

El investigador anota el número de placas del único carro que apareció en el camino que conecta Ostúa con San Jerónimo, otro punto ciego utilizado por el Cártel de Texis. El investigador está atareado pidiendo a la central policial las referencias de la matrícula. Es la primera vez que ocupa su radio en el recorrido que ha durado ocho horas. Dice que los tres hombres que van en ese viejo automóvil son sospechosos.

—Creo que son pandilleros —nos dice, mientras alista una subametralladora que apareció en sus manos instantáneamente.

Estamos a media hora de llegar al punto ciego de San Jerónimo, el último de los puntos clave de El Caminito, donde el Cártel de Texis pasa la estafeta a los narcos de Guatemala, a los del departamento de Jutiapa. El carro con los tres hombres acelera repentinamente, nos deja atrás y sigue con rumbo a San Jerónimo. El Detective no quiere seguirlos, olfatea peligro.

—Vámonos, aquí no es bueno andar de noche —ordena.

Parte V: Epílogo

Domingo 15 de mayo de 2011. A las 7:40 de la noche realizamos la primera llamada. Marcamos el número celular de José Adán Salazar. Envía directamente al buzón de voz, pero no permite dejar mensajes. Marcamos al Hotel Capital, donde tiene su oficina, pero nos contestan que llegará hasta este lunes por la mañana. Desde entonces, marcamos a todos los teléfonos que obtuvimos de los principales mencionados en los informes. Fue imposible comunicarse con el alcalde de Metapán y con otros de los señalados en los documentos y por las otras fuentes. Dos comisionados, un ex director de la Policía y un diputado atendieron sus teléfonos. Todos aseguraron no saber nada de lo que les mencionamos. Dijeron no temerle a una investigación sobre su participación como colaboradores del Cártel de Texis. Estas fueron parte de sus respuestas.

Comisionado Víctor Manuel Rodríguez Peraza, jefe de la Delegación de Santa Ana: “De verdad desconozco de qué me está hablando, porque nunca he conversado con el señor Herrera. Es más, ni siquiera lo conozco. Lo ubico porque sé que estuvo de presidente de la Feria Ganadera, pero en ningún momento he entablado con él una relación de amistad. Jamás he conversado con él en ninguna reunión”, respondió, cuando se le relató el contenido de la investigación. Cuando se le mencionó que eran varios los informes que lo ubicaban como alguien que coopera con El Burro, volvió a negar, y agregó estar dispuesto a ser investigado: “Le repito, no tengo ninguna relación con el señor Herrera, me someto a cualquier tipo de investigación que en cualquier momento quisiera nuestra titular de la Policía ejercer (en clara referencia a Zaira Navas, la inspectora general de la PNC). Nunca he conversado con él. En caso saliera esa información me someto a cualquier tipo de investigación”.

Se le especificó que un informe de inteligencia policial lo ubicaba en un restaurante reunido con El Burro, en referencia a la información de que el 14 de julio de 2010 fue visto en el Lover’s Steak House de Santa Ana junto a la subinspectora Nataly Pérez Rodríguez y la ex gobernadora de Santa Ana, Patricia Costa de Rodríguez, conversando con El Burro sobre la necesidad de sacar de la zona al jefe regional de occidente, el comisionado Mauricio Antonio Arriaza Chicas. Rodríguez Peraza contestó: “Jamás he estado en un restaurante con el señor Herrera que usted menciona”.

Reynaldo Cardoza, diputado del Partido de Conciliación Nacional (PCN) por Chalatenango: su primera reacción al mencionarle que aparecía en los informes y en las declaraciones de los informantes como aliado del Cártel de Texis fue de sorpresa: “¡Qué raro ese volado! Al alcalde de Metapán claro que lo conozco, pero nomás porque es alcalde del partido, pero que yo sepa que anda relacionado en alguna cosa de esas, ni idea. Déjeme decirle que las investigaciones que las hagan, que las hagan correctamente, porque es bien feo que lo estén involucrando en estas cosas, no sé si será tema político y están siguiendo la corriente de lo que está pasando actualmente en el partido, o qué será el interés de sacar esta publicación. ¿Y lleva nombres y apellidos y todo?”, preguntó.

Luego se le mencionó que según la lógica de la información, un diputado como él era importante para el cártel por el nivel de información e influencias que maneja. Volvió a negar: “Por eso, pero donde usted me está diciendo acceso a los altos círculos de información, eso me implica de que como si yo estuviera dando información a estas redes… No entiendo cuál es el involucramiento, tienen que tener alguna evidencia clara para que a mí me estén… y me involucren y me saquen en una publicación de este tipo. De lo contrario, de lo contrario… Si a mí me investigaron por tráfico ilegal de personas, me detuvieron, y el tema se llevó en tribunales, de otra cosa ni sé, ni estoy involucrado dando información a ninguna persona, mucho menos en vínculo con tráfico de drogas y de ganado, me parece sorprendente”.

Aseguró tener algún conocimiento de José Adán Salazar. “¿Es el dueño del FAS?”, preguntó. José Adán Salazar fue propietario del Metapán, equipo de la primera división del fútbol salvadoreño.

Acerca de Roberto “El Burro” Herrera, dijo no conocerlo de nada, y justificó: “Yo, antes de la política, tuve un caballo de escuela, un caballito humilde, yo visité la feria (ganadera) de Santa Ana, yo era amigo de Horacio Ríos (ex diputado del desaparecido Partido de Acción Nacional), de muchos amigos que han andado en eventos de estos de jaripeo, pero que esté en alguna reunión privada con alguna gente de esas es totalmente imposible. Que haya llegado y le haya dado la mano a alguien eso es común de un político”.

Finalmente, hizo un llamado y volvió a negar enfáticamente su vinculación con actividades delictivas: “Para eso están los entes de investigación, que las hagan (las investigaciones), que no me quieran vincular por casos políticos, porque no sé… No se acepta, o que se quiera que por la imagen y el trabajo que he hecho en el departamento quieran comenzar a vincularme con otra cosa, pueda ser diferente. De lo contrario, estoy totalmente dispuesto a que hagan las investigaciones y las sigan haciendo… uno cuando no anda metido en ni mierda nada tiene que temer”.

Comisionado Fritz Gerard Dennery Martínez, jefe de la División Antinarcóticos de la Policía: Los informes de inteligencia policial dicen que el actual jefe de la División Antinarcóticos de la Policía se reunió con Roberto “El Burro” Herrera y otras personas en la Hacienda El Rosario, ubicada sobre la calle que de Metapán conduce hacia Texistepeque. “No me he reunido con ellos”, fue su primera respuesta. Y luego cuestionó: “Si es información de inteligencia, sus fuentes deben ser responsables ante esa información, que saquen pruebas si es que las tienen y que dejen de estar queriendo dañar imágenes de personas que somos trabajadoras. No me causa ninguna importancia esa información”.

A la pregunta de si conoce o guarda amistad con Roberto Herrera respondió: “Yo no soy de Texistepeque, soy de Santa Ana y a quien conozco de vista porque es de Santa Ana es al señor Herrera, verdad, ya de ahí que digan sus fuentes, que saquen la información, algo que a mí no me quita el sueño porque no he tenido ningún tipo de reunión. Lo conozco (a Herrera Hernández) como de seguro lo conoce mucha gente en el departamento de Santa Ana”.

Al jefe de la DAN se le intentó preguntar cuál ha sido el seguimiento o las diligencias de investigación que se han realizado contra José Adán Salazar Umaña, señalado por la inteligencia policial desde el año 2000. “Debería ser en persona su entrevista, ¿cómo sé que es de El Faro la persona que habla? No le voy a seguir contestando porque no sé si es usted o no es. Pida una entrevista y con gusto se la conceda en mi oficina”.

José Luis Tobar Prieto, director de la PNC de septiembre de 2008 a junio de 2009: La Policía lo señala en dos de sus informes como alguien que coordinó operaciones con “El Burro” Herrera, pero el ex director asegura que no conoce ni por el nombre ni por el apodo a la persona que le mencionamos. La conversación fue corta:

“Informes policiales lo vinculan a usted particularmente a Roberto Hernández, alias el Burro, un señor investigado como parte de estructura criminal que opera en el occidente del país”, le dijimos. “Primero que nada”, respondió”, “no conozco a ese señor que está mencionando. Segundo, que tienen que ser muy cuidadosos en el sentido de vincular a una persona, particularmente a mí, con una persona que no conozco”.

“¿No le suena nada el nombre de Roberto Antonio Hernández, El Burro, o José Adán Salazar?”, insistimos. “Por eso les digo”, siguió, “ustedes tienen que ser cuidadosos. Primero, no conozco a la persona, ni por el nombre ni por el apodo que me está dando; y, segundo, porque puedo tomar mis acciones legales”, contestó.

“Ahí en Apanteos puede ocurrir una masacre en cualquier momento. Solo estamos esperando a ver qué pasa. ¿Y saben qué es lo peor? Que con nuestros recursos no podemos evitarlo”. Lo dijo en aquella reunión ante los cuatro periodistas que lo rodeábamos. Ya lo había insinuado antes, pero esta vez completó la frase. Y la remató tras la última pregunta, antes de despedirnos, de pie, cerca de la puerta de su despacho: “¿Y eso lo podemos citar?” “Claro, es que de lo que no puedo evitar no puedo ser responsable”.

Lo normal es que un funcionario, sobre todo si es de la rama de seguridad del país más violento del continente, enrolle los argumentos, matice, relativice… suavice, ese es el verbo. La usanza es que argumente desconocimiento, que se escabulla, que se excuse… rehúya, ese es el otro verbo.

Aquella tarde en su oficina, Douglas Moreno, el director de Centros Penales, no hizo uso de los verbos básicos del botiquín de un funcionario. Cuando eso pasa, cuando uno espera lo contrario, las palabras suenan con más fuerza, con más entonación, sobre todo en el caso de una tan potente: ma-sa-cre.

Sí, una masacre en Apanteos. Eso es lo que en aquella charla a inicios de septiembre de 2010 auguró el director del sistema de centros penales para la cárcel de Santa Ana. Una matanza entre los 3 mil 700 internos apiñados en ese espacio diseñado para un máximo de mil 800 seres humanos. Una carnicería en aquel recinto que alberga a mil 900 presos más de los que le caben.

Mi duda era si el pronóstico de Moreno era producto de la inteligencia dentro de centros penales, del conocimiento profundo de lo que tras sus barrotes se cuece o si, por el contrario, era una amenaza perceptible para cualquiera que estuviera cerca de Apanteos. Cualquier familiar, cualquier abogado, cualquier representante de reos, cualquier reo.

El siguiente día me reuní en el centro de San Salvador con alguien muy cercano a los reos comunes del país, “los civiles”, los que no son pandilleros ni ex policías ni ex militares. Mi contacto es un ex reo, como casi todos los que aquí afuera representan a los que están allá adentro. Es alguien que les conecta abogados, que conoce a muchas de las familias de los presos, que sabe sus apodos y que tiene sus números de celular, esos que los presos contestan dentro de las cárceles.

Aquel restaurante, aunque se anunciara como tal, de chino solo tenía las letras y algún adorno en forma de gato. Pedí pollo frito y mi contacto pidió carne frita. Ambos pedimos horchata. Era la tercera reunión que teníamos, pero la primera tras haber escuchado lo que Moreno dijo. Fuimos al grano.

-Entonces, ¿todos están esperando la masacre en Apanteos?

-Pues sí, yo te dije que ahí lo que tienen es una bomba de tiempo que va a estallar de un solo vergazo, pues.

-Pero algo se podrá hacer.

-Separarlos, eso es todo. Si el clavo que tienen allá adentro es que no les ha gustado que lleven a los muchachos de la mara.

A principios de junio, más de 100 mujeres de la Mara Salvatrucha habían llegado al sector 1 de Apanteos, una cárcel en el occidente del país que en teoría es exclusiva para reos comunes. Entonces, las alertas se empezaron a encender en los sectores 5, 6, 7 y 8. Uno tras otro, varios reos se desvelaron como miembros activos de la Mara Salvatrucha y otros como simpatizantes: familiares de pandilleros, habitantes de sus barrios, compañeros de historias. Simpatizantes. Aquellos personajes de los que un marero bien podría decir: “los dejamos caminar con nosotros”.

La llegada de las jainas de la MS desató un efecto dominó que ni siquiera la dirección del penal se esperaba. De un día para otro resultó que cinco de los 11 sectores de Apanteos pertenecían a la MS. Hombres que se habían declarado civiles, que sabían que eso determinaría si serían recluidos en un penal de la mara o en uno como Apanteos, ahora cambiaban el guion.

-Y eso no gustó –me dijo mi informante en el restaurante de las letras chinas.

Me pregunté a quién con exactitud no le gustó, pero en los platos ya no había pollo ni carne frita y en los vasos solo quedaba la base espesa de la horchata y la conversación tenía que terminar y yo acostumbrarme a la regla de quien pregunta por lo que pasa en las cárceles: hay otra pregunta más importante detrás de tu pregunta. Hay un hecho oculto detrás de ese hecho. Hay una historia que explica esta historia. Hubo otras masacres antes de esta masacre. En resumen: el iceberg tiene base, y vos estás parado en la cima.

Apanteos antes de los últimos muertos

Si se hiciera un casting televisivo para interpretar el papel de jefe de custodios de un penal salvadoreño, el jefe Molina tendría altas posibilidades de ganar si se presentara. Recio, compacto, bigotón, de hablar rápido y amañado por su medio. Él no te dice algo: te lo reporta; para él no es que no pase nada: es que no se registró novedad; él no se dirige a Juan o a Pedro: él le habla al custodio o al señor director o al señor periodista. El jefe Molina es el jefe de custodios de Apanteos y en mi primera visita a mediados de septiembre tuvo la amabilidad de “darme parte” de la organización del “centro penitenciario”. A voz alzada, como quien pasa lista al regimiento:

-Sector 1, 176 féminas de la MS; sector 2, enfermos, delitos menores y viejitos; sector 3, reos con derecho a media pena; sector 4, penas largas y delitos graves, como secuestro u homicidio; sector 5, cumplimiento de más de dos tercios de pena; sector 6, fase de admisión y adaptación al centro; sector 7, penas de tres a 13 años; sector 8, penas de tres a 20 años, pero ahí tenemos ahorita a los mareros varones de la MS, a 269; sector 9, penas leves y procesados sin condena; sector 10, procesados sin condena por penas graves y condenados también; sector 11, es un sector especial, ahí tenemos a los internos inadaptados, desafiantes, que representan amenaza. Oiga usted, no a los malos, que aquí todos son malos, sino a los desafiantes.

Del sector 3 al 8 componen la galera, la nave central de cemento y hierro donde cada sector está dividido por muros y rejas, y los internos pueden insultarse o saludarse a través de los barrotes que dividen los bloques de celdas. Los sectores 9 y 10 están separados por poco de la galera y el 1 y el 11 lo están del todo.

La petición estaba cantada:

-Por favor, jefe Molina, déjeme hablar con el representante de los desafiantes, del sector 11.

Se quitó la gorra, se rascó la coronilla, se revolvió en la silla y llamó a su jefe, el director del penal. “Sí, sí, eso quiere… sí, le daré parte, jefe… sí, sí, como usted ordene”.

-Lo sacaremos, pero acuérdese de que esta gente es astuta y tiene tiempo para pensar en lo que dirán, y ponen caras visibles, amables, que no siempre son los verdaderos líderes, sino sus representantes.

Si lo que pretendían los del sector 11 era mostrar su cara más amable, habría que ver qué otras fisionomías hay allá adentro. Sale un tipo flaco, fibroso, tatuado desde los hombros hasta las muñecas, y con unas ojeras que le ensombrecen la mitad de su rostro de mapache. Es el representante de los “rebeldes”. Representante es un cargo informal que formalmente representa a su sector. Como me dijo un funcionario de cárceles: “Si el representante no avala que entrés al sector, solo la UMO puede ayudarte”.

El representante del 11, que prefiere que no publique su nombre, escuchó mi presentación y sin más se lanzó a hablar sobre las “inhumanas” condiciones que hay dentro de las prisiones. Me vi obligado, luego de cinco minutos de cortesía, a detenerlo y explicarle que no quería hablar de eso. No hace falta una investigación para saber que en un sistema apto para 8 mil 80 reos que alberga a 23 mil 48, las condiciones están a un abismo de distancia de ser óptimas. No hace falta quitarle tiempo a un reo para enterarse cuando el mismísimo director de centros penales lo reconoce y los directores de los penales cuentan anécdotas de reos que duermen parados, de olores fétidos hasta lo vomitivo, de reos que cazan gatos para hacer sopa, de enfermedades sin médicos ni medicinas, de extorsiones entre reos, de violaciones perpetradas con penes, botellas, garrotes y cuchillos, de algunos que han perdido la razón entre barrotes… No pocas, muchas anécdotas. “Allá adentro se violan derechos humanos que no han sido inventados”, ironizaba un colega que lleva meses inmerso en la dinámica de las cárceles.

El representante del 11 endureció el gesto.

-¿Entonces de qué querés hablar?

-Dicen que está por estallar una masacre aquí.

-Ajá, ¿y dicen que es nuestra culpa?

-No, dicen que hay inconformidad con los nuevos internos.

-Entonces la solución es bien fácil: sacá a esos nuevos internos, llevátelos a una de sus cárceles, a una de mareros. Sacá mañana a esos mareros del sector 8 y este penal se arregla. No podemos convivir con ellos, porque extorsionan, amenazan. No vamos a actividades deportivas porque no nos podemos encontrar, no salimos a la enfermería porque no nos podemos encontrar. Ni a programas, cine, nada, porque se nos avientan si nos ven.

-¿Les están disputando a ustedes el control del penal?

-¡No! Ya vas con lo mismo. Si aquí no es por control, es por tranquilidad que queremos que se vayan. Ellos sí quieren control, sacaron a 25 amigos nuestros del sector 8 hace unos días, se les tiraron encima. Acordate de que aquí hay quienes cumplen condena porque mataron a algún mierdoso allá afuera, y acordate que esos no se tientan para vengarse y acordate que aquí adentro uno arrastra sus clavos y todo se paga. Entonces, ¿por qué no se los llevan? Si saben que esto es una bomba de tiempo. ¿O ya no se acuerdan de la masacre de 2007?

El coordinador del 11 le llama mierdosos a los mareros. El coordinador del 11 lleva más de 10 años encerrado. El coordinador del 11 sabe que en las cárceles hay tiempo para cobrar las deudas, y lo recuerda de su última masacre.

Quien a masacre mata, a masacre muere

En las cárceles se arrastra clavos. En las cárceles se lleva marcas. Cuando eso pasa -y ha pasado-, uno, o muchos a la vez, pagan con la vida sus clavos, sus marcas. Fue en Apanteos donde ocurrió la última masacre del sistema penitenciario salvadoreño. En enero de 2007.

A las 5 de la tarde del viernes 5 de enero de ese año, los civiles de Apanteos escucharon disparos desde los garitones de vigilancia de los custodios. Disparos cada cinco minutos y rumores de rabia atrás de la pared que separaba los sectores de civiles del sector donde 500 miembros del Barrio 18 cumplían condena. No tenían ni idea de qué ocurría. Eso me contó el representante del 11 y además otro reo de otro sector de Apanteos que también estuvo ahí, y también un custodio que disparó desde los garitones.

Los rumores pronto se convirtieron en un retumbo en el sector 7. “Pum, pum, pum, sin parar”, recordó uno de los informantes. “Las paredes se sacudían. Los pandilleros estaban dándoles desde el otro lado con los catres, sabíamos que las tirarían tarde o temprano”.

Los civiles eran menos en los sectores a los que, desde el 7, los pandilleros accederían. Los civiles no eran todos amigos y la actitud común no hubo que consensuarla, se asumió con naturalidad. Algunos se acurrucaron en las esquinas, enrollados, con sus cabezas entre las rodillas; o se sentaron en los catres, como quien hace recuento del día antes de tumbarse a dormir; y los que menos, “los que sabían de su clavo”, caminaban nerviosos afuera de las celdas a las que nunca volvieron a entrar desde que escucharon los disparos. ¡Pum, pum, pum! Durante dos horas. Y la pared cayó.

Uno de mis informantes presos recuerda que entonces todo se ralentizó. El retumbo cesó y un silencio total puso dramatismo a la escena de centenares de pandilleros entrando por el hueco de la pared. “Con cuchillos, corvos, garrotes y al menos dos pistolas”. Luego, agujerearon las demás paredes y entonces tuvieron todo el interior para ellos. Pocos fueron los tontos que en los sectores de civiles echaron a correr. ¿Hacia dónde? Hacia un muro y después hacia el otro. “Como hormigas locas”.

Los pandilleros caminaban por los sectores en grupos de 30 o más. Cada líder de grupo llevaba un celular con cámara de video. La turba se detenía frente a cada civil que, como niño de escuela en pleno regaño, esperaba con la vista fija en el suelo. Levantaban por los pelos su cara, le apuntaban con el lentecito del celular y preguntaban a quien estaba al otro lado de la línea: “¿Este?”. Si la voz por el auricular respondía que no, la marcha seguía; si la voz respondía que sí, como bien describió mi informante, “le caían todos, como hienas hambrientas a un caballo moribundo. Solo veías volar los pedazos de carne”.

Desde las 7 de la noche hasta las 9 de la mañana del día siguiente, la marcha de los 18 recorrió cada sector y levantó la cara de cada civil y devoró a 27 de ellos según la versión oficial. “Fueron más”, asegura uno de mis informantes desde una prisión. “Fueron más”, asegura otro de mis informantes desde otra prisión. Y es que, según ellos, hubo algunos de los que solo quedó sangre. Gente convertida en charco. “Como a cuatro, que a saber qué clavo cargaban, los hicieron picadito en los baños, pedacitos que después tiraron a los inodoros”.

¿Pero por qué los masacraron? Y mis fuentes respondieron con la misma normalidad, hasta con asombro, como preguntándose por qué más podría ser: “Pues porque arrastraban un clavo”. “Un clavote”. Ese clavo era otra masacre. La del penal de Mariona en 2004.

En agosto de 2004, en Mariona había miembros de la Barrio 18 y civiles, muchos de estos últimos agrupados en la otrora organización criminal líder dentro de los penales: La Raza. Todo empezó, según tres reos que estuvieron en aquel momento, porque los 18 compraron a los custodios unos polines que unos albañiles que realizaban obras en el penal habían olvidado. Y dentro de un penal, un polín en manos de un reo es un arma. Punto. El Viejo Posada, heredero de la tradición de civiles amos y señores del sistema penal, heredero a la fuerza de nombres míticos como Trejo, Guandique o Bruno, le pidió a una de sus manos derechas, a Racumín, que llevara un mensaje a los 18: “Entreguen esos polines o vamos a jugar pelota con sus cabezas”.

Nunca los entregaron. El Viejo Posada ordenó que repartieran las armas a su ejército: corvos y pedazos de catres afilados. En silencio, con ayuda de los custodios que les dejaron el paso libre, ingresaron a los sectores 1 y 2, donde los 18 ya los esperaban con sus polines. Empezó el cuerpo a cuerpo. Murieron civiles y 18, nadie sabe con exactitud cuál bando fue el más golpeado, pero se estima que fue el de los civiles, porque el Viejo Posada, como explica uno de mis informantes que peleó de su lado, “se entregó a los custodios para que no lo mataran los 18. Se entregó cagado y meado, y les dio la pistola .38 que andaba”. Tras “la molleja” -como se llama a los motines en el diccionario de la prisión-, las autoridades contaron 32 cadáveres. “Más, más, como 37, si contás a los picados en los baños”. Al parecer, el subregistro de las masacres carcelarias se va por los inodoros.

A muchos de los participantes en la masacre los trasladaron de penal, y muchos, pandilleros y civiles, coincidieron en Apanteos. De ahí la revancha de 2007. Ojo por ojo, masacre por masacre. En el sistema penitenciario flota una memoria infalible. Los clavos se cargan. Las marcas se llevan. Los 18 que en 2007 estaban en Apanteos nunca olvidaron que tras el muro había deudores. Y esperaron lo que hizo falta para leerles la sentencia: “Aquí hay algunos que llevan sangre de homeboy en las manos, y ya saben a qué venimos”. Las hienas sobre el caballo moribundo. “Fue una cacería de brujas”, recuerda uno de los informantes.

Y la máxima se repite: hay una historia que explica esta historia. Hubo otras masacres antes de esta masacre. El iceberg tiene base y, para llegar a ella, tenés que descender desde la cima.

“No somos los MS, son los 18 el problema”

Era ya el gesto común con el que el jefe Molina reaccionaba ante mis peticiones: la gorra fuera, el frotamiento en la coronilla y los murmullos: “A ver, a ver, qué cosas, señor periodista”.

En esa ocasión le pedí que sacara al representante del sector al que todos quieren fuera de Apanteos, el 8, de los supuestos MS. El jefe Molina llamó por el radio a un custodio y le preguntó si era posible sacar al representante del 8 “sin que haya trifulca”. El custodio le contestó que sí, porque a los 15 minutos se sentó frente a mí en una banca lejos de cualquier otra persona un señor bajito y curtido, llegando a los 40 malvividos años, con estereotipo de albañil y ni pizca de marero. Aparte de pedir que ocultara su nombre, no prestó más dificultades para hablar y fue al meollo.

-El problema aquí es que los del 9 y el 10 son de la 18.

-Y ustedes de la MS.

-Lo que pasa es que si vivís donde hay MS, ya dicen que sos de la MS y llevás clavo y te quieren trabonear. Y uno lo que quiere es pagar su viejita, nada más. Yo no quiero ser raíz de aquí.

-¿Vos sos MS?

-Lo que pasa es que uno vive donde ellos viven, ahí los ve, y uno tiene parientes, y puede tener alguna simpatía, pero el problema no es ese… el problema no somos nosotros los MS, son los 18 que se andan llevando con los de la banda de Los Trasladados, que los dominan desde el 11.

Luego me enteraría de que su hijo y hermano son MS, que él está preso por un delito cometido junto con dos miembros activos de la MS, presos en un penal dispuesto para ese grupo. Sin embargo, el pequeño albañil había agregado un nuevo nombre al mapa de poderes que esos muros guardan: La banda de Los Trasladados.

Este es un grupo formado a mediados de esta década, cuando los civiles se dieron cuenta de que eso de la separación de presos en cárceles de pandilleros y no pandilleros era más media mentira que media verdad. La masacre de 2004, que tanto debilitó a La Raza -que ahora solo manda en pocos sectores de Mariona-, y la masacre de 2007 en Apanteos, fueron definitorias para la creación de este grupo. Los asesinados en 2007 eran trasladados, removidos de una prisión a otra, de Mariona a Gotera y de Gotera a Apanteos, donde se volvieron a topar, con un solo muro de por medio, con sus enemigos del Barrio 18 que sí seguían organizados. En cambio ellos, debilitados por tanto ir y venir, apenas si conocían a algunos de los civiles de su nuevo penal. Eso derivó en que tuvieran que esperar como caballos moribundos el momento de las hienas.

Con la memoria fresca de sus muertos, fueron los civiles de Apanteos los que dieron impulso a la banda de Los Trasladados luego de la masacre. La lógica fue sencilla: hablemos con nuestra gente con liderazgo en los diferentes penales de civiles que, visto lo visto en Apanteos, están llenos también de pandilleros. Digámosles que adoctrinen, que junten gente, que creemos códigos y que allá donde nos manden seamos Los Trasladados y que allá donde arrastremos nuestros clavos con mareros, nuestras marcas con El Barrio, no nos encuentren solos. Y entonces hubo unidad y se corrió la voz y dominaron el negocio del tráfico de drogas dentro de sus penales y hubo un líder con varios nombres: Miguel Ángel Navarro. El Ex PNC. El Animal. Pero de él hablaremos casi al final.

Antes de que se llevaran al enjuto encargado del sector 8, le hice la misma pregunta que días atrás había hecho al representante de sus enemigos, el del sector 11:

-¿Por qué querés dominar el penal? ¿Cuál es el negocio?

Sonrió desafiante.

-Ninguno, ninguno, solo queremos cumplir la viejita en paz.

Las revelaciones de El Gusano

Las entrañas de los penales plantean ese problema: que cuando hablan con el mundo exterior todos quieren cumplir la viejita en paz, la culpa es del otro, de la MS, del Barrio 18, de Los Trasladados, pero nunca de uno mismo, de la MS, del Barrio 18, de Los Trasladados.

Los líderes de sectores solo quieren hablar de las infrahumanas condiciones, pero nunca de sus disputas por poder. Y es cierto, las condiciones son infrahumanas, inmundas, injustas, pero en esa inmundicia, las disputas son por poder.

Fui de director en director, de contacto exterior en contacto exterior, de custodio en custodio, hasta encontrar a quien buscaba, un perfil poco usual. A este preso le llamaremos El Gusano. Lleva más de ocho años encarcelado en cinco prisiones, algunas de pandilleros de la MS, otras de civiles y otras de civiles y miembros del Barrio 18. Él no pertenece a ningún grupo. Si tuviera que pelear de un bando pelearía del lado de Los Trasladados, del Barrio 18 o, si no queda de otra, de la MS, en ese orden. Es un sobreviviente, y esos saben acoplarse. Él sí quiere cumplir su viejita en paz y conoce la clave: un perfil bajo, a ras de piso, un gusano arrastrándose silencioso en un mundo de fieras. Viéndolo todo.

Lo primero que le pedí es que hiciera el mapa de poderes, aquel que oficialmente dibujó el jefe Molina cuando lo conocí. Esto es lo que El Gusano, agazapado, desdentado y famélico, dibujó con sus palabras:

-Lo importante es saber que en Apanteos, en el sector 11 están Los Trasladados con algunos de La Máquina y de la Mao Mao (pandillas en decadencia). Los Trasladados controlan otros sectores, como el 5 y 6; en el 9 y el 10 están los 18 y algunos de La Mirada (pandilla con nexos con la 18), que no tienen clavo con los del 11; y en el 8 están los MS que tienen a algunos infiltrados en los otros sectores. Se putean cuando se ven, no pueden coincidir. Los del 8 están contra los demás y andan buscando cómo encontrarse.

-¿Por qué? ¿Qué quieren?

-Hacer negocios en paz y que los demás no los hagan. Tenés que saber que aquí todo está conectado, un penal es una pieza dentro del sistema. Sirve para hacer presión, sirve para hacer motines generales, sirve para que los líderes cobren rentas, aunque sea de a poquito, a los demás sectores o a los que como yo no pintamos nada. Sirve para negociar allá arriba. Si no tenés poder, nadie te escucha y mientras más penales tengás, más te van a escuchar.

-¿Y quién es el líder?

-Mirá, si buscás al líder de Apanteos, pues ahí está, es El Cobra, del 11, pero si querés saber quién es el líder líder, preguntá por El Animal, que está en Zacatecoluca. Él es el que dice estornuden y todos estornudan. Desde aquella cárcel ladran los más perrones, y en las demás muerden sus perros.

Todas las voces, la del director de Centros Penales, la del representante de Los Trasladados de Apanteos, la del representante de los MS de Apanteos, la del jefe Molina, la de El Gusano, apuntaban a un inminente enfrentamiento en esa prisión. Todos lo sabían. Hasta la voz más sometida dentro de los barrotes. Sin embargo, El Gusano ayudaba a comprender cuán grande es el iceberg y cuán poco deja ver. La masacre venidera no tenía que ver con pleitos de “me caés mal”, tenía que ver con estructuras, con dominós donde las piezas son penitenciarías y el premio es el control de centrales del crimen. Desde una cárcel, la de máxima seguridad, llegaban las órdenes, unas de El Animal y otras probablemente de El Diablito, el señalado como jefe nacional de la MS, y en Apanteos sus perros escuchaban y se preparaban. Unos infiltrando los sectores de los otros. Los otros dándose cada vez más cuenta de la estrategia y murmullando cómo enfrentar el embate. Y el sistema viendo, incapaz de meter mano, lo que se venía.

“¡Perame, que aquí se nos armó!”

Desde cuando el director de Centros Penales, Douglas Moreno, comentó aquello de que se veía venir una masacre, empecé a tener contacto con Orlando Molina, un hombre serio, con voz de mando, que es el director del penal de Apanteos desde hace poco más de un año.

El 24 de noviembre a las 12 del mediodía marqué al celular del director. Contestó. Parecía estar en medio de una obra de la construcción. Sonó como si en esa obra utilizaran mucha lámina, pues todo tronaba, un tronido metálico.

-Señor director, dicen que se desató la batalla.

-Es… Dad… Otín…

Estruendo de fondo.

-Señor director, ¿qué pasa?

-¡Perame –gritó- que aquí se nos armó!

Colgó.

A las 11 de la mañana los del sector 8, los salvatruchos y acólitos, dijeron basta. Desde hacía tres días, todos los sectores habían iniciado una recomposición del penal. Agarraban por las solapas a aquellos que creían eran mareros o esbirros del 8 y se presentaban ante los custodios: ¿se los llevan a donde pertenecen o los matamos? Así, los civiles habían vuelto a tomar control de casi todos sus sectores. Cerca de 100 reos fueron apiñados en el sector 8, escupidos por los demás sectores. Ese día 24, a las 11 de la mañana, el sector 6 hizo lo suyo y exigió lo mismo: ¿se llevan a estos 25 o los matamos? Se los llevaron y en el sector 8 no cabía la gente. Ni la rabia.

El director ingresó al sector 8 cuando sus custodios le informaron que ahí se preparaba una ofensiva contra el 6. “Es que nos están sacando a toda la gente de los sectores y eso no puede ser”, le gritó el hombre, ese con aspecto de albañil con el que semanas antes yo había hablado. Cuando el enjuto reo dijo eso, sus compañeros de sector ya invadían el tejado de la galera para acceder a los lugares de los que habían sido expulsados.

El director se movilizó al sector 6 a escuchar el argumento de los civiles. Era muy sencillo: “No podemos convivir con los MS, eso es todo”, confirmó el coordinador. El director abandonó el 6 para pensar con calma cómo actuar. En ese momento le llamé. Las láminas tronaron. Los MS invadieron el 6. El primero en caer fue ese hombre, el último reo en hablar con el director. Un objeto contundente le destrozó el cráneo a Luis Antonio Molina Ruiz, de 41 años, condenado por un delito menor, usurpación. El 8 contra el 6 y parte del 7 iniciaron la esperada batalla. Hacía mucho que se arrastraban clavos en Apanteos.

Minutos después, en el sector 8 murió de una puñalada en el corazón Víctor Kennedy Menéndez, de 25 años. “Ellos dos eran civiles, vinculados a Los Trasladados. Al del 6 lo mataron por bocón, porque algún infiltrado de la mara escuchó lo que le dijo al director; al del 8 lo mataron porque era infiltrado de los civiles entre los mareros, y ese fue el momento de pagar su clavo”, me diría El Gusano cinco días después de los asesinatos.

Los custodios habían logrado desalojar gran parte del sector 6 antes de que los pandilleros terminaran de invadirlo. El director sabía que algo explotaría luego de hablar con Molina Ruiz, y ordenó evacuar a los civiles hacia otros sectores. Molina Ruiz no tuvo ni tiempo de decidir. Como dijo el director: “Fue yéndome yo y matándolo a él”. El resto, los 22 heridos por arma blanca, eran civiles que no evacuaron cuando se les indicó. Por eso fueron golpeados, puyados, magullados por los mareros –y amigos de mareros, que para este caso da lo mismo- que se replegaron gracias a que no habían logrado entrar todos y aque los custodios, disparos de por medio, consiguieron parar una masacre que ahora quizás se recordaría por al menos 24 cadáveres.

La masacre no fue más lejos por cuestión de unos segundos, por la poca rapidez del grupo de salvatruchos, por su ineficiente letalidad al atacar a los heridos. “Pero el clavo queda ahí, y este sistema a huevo te vuelve a juntar. En el futuro será”, me dijo El Gusano.

Tal vez cuando el penal de Gotera -donde trasladaron a más de 200 pandilleros y amigos- se llene y esa gente vuelva a recalar en penales de civiles. Tal vez cuando los que quedaron en Apanteos se topen con aquellos a los que atacaron. Tal vez en un descuido. El clavo ahí queda.

El nuevo clavo

El 30 de noviembre, un hombre de 36 años apareció apuñalado en la cárcel de Zacatecoluca, la de máxima seguridad. Su nombre era Miguel Ángel Navarro. Su apodo: El Animal.

Los noticiarios dedicaron notas de alrededor de 30 segundos, los periódicos notas de media página o menos. Decían que fue apuñalado, que purgaba condena por robo agravado y asociaciones ilícitas, y que quizá se debió a una riña entre pandilleros.

Nadie se percató de que apareció muerto en la celda de su vocero y mano derecha, Iván Buenaventura Alegría, mejor conocido como “El Violador de Merliot”, sentenciado a 107 años de prisión en 2001, por agresiones contra ocho mujeres. Nadie descartó lo de riña entre pandilleros bajo el argumento de que esa celda estaba en la planta baja del sector 3 de la cárcel, donde están los civiles dividiendo a los sectores 1 y 2 de los salvatruchos del 4 de los del Barrio 18. Nadie ató cabos y pensó que quizá esto tuvo algo que ver con lo de Apanteos. Nadie relacionó que un clavo arrastra otros clavos, que El Animal era el jefe de Los Trasladados, el hombre que cuando ordenaba estornudar, todos los civiles estornudaban. El hombre que, como interpretan dos fuentes del sistema penitenciario, dio la orden a los civiles de su ex penal, el de Apanteos, de que sacaran a los MS de sus sectores.

En abril del año pasado, nueve penales civiles iniciaron una rebeldía liderada por Apanteos, a la que luego se sumaron seis penales de pandilleros. Se dijo que era por las infrahumanas condiciones en las que los tenían adentro. Mis fuentes, desde aquel hombre con el que me reuní en el restaurante chino, pasando por El Gusano, hasta un ex custodio de Zacatecoluca (de los despedidos en diciembre), aseguran que hubo otro motivo: en abril, las autoridades penitenciarias trasladaron a El Animal de Apanteos a Zacatecoluca. El iceberg nunca es lo que su punta dice, o al menos no es solo eso.

El director de Apanteos me recibió por última vez el miércoles 1 de diciembre, un día después de que El Animal apareciera con más de 72 perforaciones en su cara, cuello, pecho y espalda. Orlando Molina sonríe muy pocas veces, pero cuando uno se acerca a la pregunta que él cree correcta, sonríe.

-Mataron a El Animal, director. Pareciera que los altos mandos terminaron de dirimir en Zacatecoluca lo que se inició aquí entre el sector de MS y los de civiles.

Sonrió.

-¿Usted cree? Son complicadas las cuestiones de penales y reos en este país, ¿verdad?

Es discreto y de ese tema no quiso hablar más. Sin embargo, El Gusano aseguró que entre pasillos y barrotes solo se barajan dos opciones: una, que lo mataron los MS en venganza por lo de Apanteos. Dos, que lo mataron otros civiles, aspirantes a líderes de Los Trasladados, inconformes con que pusiera a la banda en contra de la mara. El ex custodio de Zacatecoluca, que llegó para encontrar el cuerpo ensangrentado, agregó: “Un interno que temía por su vida, por cercanía con El Animal, aseguró que fue Abraham Bernabé Mendoza, El Patrón, que le disputaba el liderazgo… Supuestamente del sector donde están los MS alguien dio alguna orden a los del sector 3, a El Patrón”. Quizá las dos hipótesis de El Gusano forman una sola verdad.

A El Animal lo mataron luego de que alguien tapara las dos cámaras del patio donde los reos salen en grupos de 12 durante 40 minutos al día. Lo mataron entre las 11 y las 11:20 de la mañana. Solo hay 11 sospechosos.

-Director, por poco ocurre una masacre anunciada en Apanteos.

-Sí, sabíamos que algo ocurriría, pero no en ese momento.

Los funcionarios lo reconocen con toda naturalidad. En este sistema, las masacres se pueden prever como las tormentas: se espesa el horizonte, parece que va a llover. Lo de detenerlas es otro cuento. Depende del momento en que se desatan.

El director hizo una pausa y abandonó su sobrepoblado penal para ver más allá:

-Porque el problema no es que aquí iba a pasar o no, el problema es el sistema, que está deteriorado. Este fue solo un problema de los que habrá más.

-¿Más masacres?

-Tal vez. Ese no es el punto. Sufrimos las secuelas de años y años de abandono. Problemas de administración, capacitación, vigilancia, depuración, infraestructura, finanzas. ¿Por dónde quiere empezar? Todo esto tiene consecuencias prácticas. El sistema agrupó a los pandilleros para que no se mataran. Ahora, ya no le caben en sus cárceles de pandilleros. En las de occidente ya los mismos pandilleros no aceptan a más de los suyos. O sea que los devolvieron a cárceles de civiles, y estos se agruparon también. Ahora hay más grupos y todos buscan lo mismo: poder, poder, poder. Las preguntas son: ¿Cuántos grupos más se formarán? ¿Qué harás con ellos? Si ya no te caben separados, ¿los vas a juntar?

-Supongo que eso harán. Si no caben, no caben.

-Pues sí, supongo que sí.

En Apanteos hay 240 mareros o seguidores en el sector 6. Otros 250, los que más participaron en la trifulca, fueron trasladados al penal de Gotera. En Apanteos casi todos los sectores siguen en tensión con el 6. Los militares llegaron a custodiar perímetro, pero eso es de los muros para afuera. Hacia adentro, como dijo el director, “se sigue balanceando, negociando, porque tensión siempre habrá”.

En este sistema, entre los reos, corre una memoria infalible que combinada con la sobrepoblación es una bomba de tiempo permanente.

Bien dijo El Gusano: “Los clavos de uno aquí adentro no desaparecen. Los clavos solo se arrastran”.

Hoy, esos hombres arrastran otro clavo.

En el camino

Publicado: 19 febrero 2010 en Oscar Martínez
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—Huyo porque tengo miedo de que me maten –dice Auner cabizbajo.

La primera vez que se lo pregunté me dijo que migraba porque quería probar suerte. Dijo aquella frase hecha de que buscaba una mejor vida. Es normal. Cuando uno huye, desconfía, y entonces miente. Es ahora que estamos solos, apartados de sus hermanos que juegan cartas en un albergue para migrantes del sur de México, ahora a la par de las vías del tren con un cigarro en los labios, que él acepta que su verbo es huir, no migrar.

—¿Volverías? –pregunto.

—No, nunca –sigue con los ojos clavados en la tierra.

—¿Renunciás a tu país?

—Sí.

—¿No volverías nunca?

—No… Bueno… Solo si tocan a mi mujer o a mi hija.

—Y entonces, ¿a qué volverías?

—A matarlos.

—¿A quiénes?

—No sé.

Huye de una muerte sin rostro. Allá atrás, en su mundo, solo queda un agujero repleto de miedo. Aquí y ahora solo queda huir. Esconderse y huir. Ya no es tiempo de reflexiones. De nada vale detenerse a pensar cómo él y sus hermanos tienen que ver con aquellos cadáveres. De nada serviría.

Salió de El Salvador hace dos meses y desde entonces camina con sigilo y guía con paciencia a sus hermanos. A los 20 años, dueño de su miedo, Auner no quiere dar un paso en falso. No quiere caer en manos de la Migración, no quiere ser deportado, no quiere que le desanden su camino, porque eso significaría tener que volver a empezar. Como a él le gusta repetir: “Para atrás, solo para tomar impulso”.

Auner se levanta silencioso y pensativo. Camina la vereda polvorienta que termina en el albergue de Ixtepec, en el estado de Oaxaca. Se une a El Chele y Pitbull, sus hermanos menores, y hacen rueda junto a los lavaderos a medio construir. Nos envuelve un calor húmedo que casi puede tocarse. Discuten cómo continuarán la huida. La pregunta es una: ¿seguir en el tren como polizones o ir en buses por los pueblos indígenas de la sierra con la esperanza de que no haya retenes policiales?

El viaje por la sierra los llevaría a atravesar lo verde y espeso de la selva oaxaqueña, a transitar lo irregular. Los llevaría a internarse en un camino poco conocido por los migrantes. Es una ruta alterna utilizada sobre todo por coyotes y que llegó a oídos de Auner gracias a que Alejandro Solalinde, el sacerdote que fundó este albergue, entendió que no estaba de más dar una opción extra a los que huyen.

El viaje en tren los obligaría a encaramarse como garrapatas en el lomo del gusano metálico. Aferrarse en medio de la oscuridad a las parrillas circulares del techo y seguir así durante seis horas, hasta llegar a Medias Aguas, en Veracruz. Luego tendrían que tumbarse en el suelo, en las afueras de ese pueblo escondido a esperar que salga otro tren. Dormir con un ojo cerrado y el otro medio abierto a la espera de señales para echarse a correr. Porque Medias Aguas es base de Los Zetas.

Los Zetas un grupo formado en 1999 por el narcotraficante Osiel Cárdenas Guillén, preso desde 2003 en Estados Unidos. El fundador del poderoso Cártel del Golfo creó Los Zetas con algunos militares de élite que desertaron para formar este grupo que ahora se considera un cártel con independencia y que desde 2007 agregó a sus actividades el secuestro masivo de indocumentados, por los que pide rescate a sus familiares. “El grupo de sicarios más peligroso y organizado de México”, se les llama en un informe de la División Antinarcóticos de Estados Unidos divulgado en enero de 2009.

La respuesta a la pregunta que se hacen los hermanos Alfaro podría parecer lógica para cualquiera que no conozca las reglas de este camino. Sin embargo, el riesgo de la sierra tampoco es leve. De cada diez indocumentados centroamericanos seis son asaltados por las mismas autoridades mexicanas. Esa sería una catástrofe para unos muchachos que atesoran los 50 dólares que su padre les envía desde Estados Unidos cada cuatro días. Los atesoran porque con ellos compran las tortillas y los frijoles que comen una vez al día cuando no están en un albergue y se sientan entre matorrales a recuperar aliento para seguir en esta huida.

La decisión es aún más complicada para quienes huyen de la muerte, porque el retorno no significa nomás volver a casa con los hombros abajo y las bolsas vacías. El retorno puede costarles la vida, igual que subirse al tren, que a tantos ha despedazado.

Hoy mismo me enteré de que José perdió su cabeza bajo el tren. Era el menor de tres salvadoreños con los que hace dos meses hice un recorrido por La Arrocera, bordeando la carretera para no enfrentar a las autoridades. Un rebane limpio, me contaron. Acero contra acero. Fue allá por Puebla, unos 500 kilómetros arriba de donde ahora estamos. El viaje es intenso. El sueño es leve. El cansancio a veces gana.

José cayó en uno de los tambaleos, que sin problemas se sacudió a un hombre débil y medio dormido. Me lo contó Marlon, uno de los que viajaba con él. Ellos también huían. En su caso, sí tenían certeza de por qué. Escapaban de las pandillas, que les arruinaron su panadería cuando les impusieron una renta impagable: 55 dólares semanales o la vida. La empresa entera emprendió la retirada. Eduardo, el propietario y panadero; José, el repartidor; y Walter, el ayudante. Uno de ellos ya volvió a El Salvador en una bolsa negra.

Los hermanos Alfaro decidirán esta noche qué hacer. Tienen que decidir con tino; si no, podrían encontrar aquí lo que buscan dejar allá abajo.

El primer cadáver

—¡Hey, hijueputa! –escuchó Pitbull en su retaguardia el grito amenazador.

Giró la cabeza y vio un cañón 9 milímetros. Pensó que le apuntaba a él. Directo en la frente. Dio un salto de gato y antes de caer escuchó las dos detonaciones. Los disparos atravesaron la cara y la espalda a su amigo Juan Carlos Rojas, un pandillero. Unos pedazos de sesos mancharon a Pitbull la camisa polo que se había puesto para conquistar chicas con Juan Carlos en una sala de maquinitas del centro de Chalchuapa. Era un día soleado de enero o febrero de 2008.

A Pitbull se le subió a la cabeza esa rabia descontrolada que le nace del estómago, esa que hace que se le crucen los cables allá arriba. Cuando eso pasa, durante unos cinco minutos, no hay quien lo detenga. Se vuelve un animal. Un pitbull.

Echó un vistazo atrás y, entre el desparrame de materia viscosa, no le quedaron dudas de que su amigo estaba muerto. Pitbull echó a correr con furia, gritando incoherencias. Vio al asesino y a su cómplice. Escapaban. El que disparó iba relegado, jadeando. Esa es la presa, pensó Pitbull. Le importó un carajo que tuviera en la mano una 9 milímetros cargada. El hombre, un viejo borracho de unos 50 años, retomaba la huida y se volteaba para apuntar a Pitbull, y decirle entre exhalaciones.

—¡Parate que te disparo, pendejo!

No había negociación posible. Entre el estómago y el cerebro de Pitbull la efervescencia subía. Cuando estaba a tres pasos del borracho, Pitbull brincó hacia adelante, con las manos extendidas como garras. Tumbó al hombre. Le dio vuelta y no se preocupó del arma que quedó un metro adelante. Dice que se cura más la rabia si es a puño limpio. Así, con los nudillos, empezó a deformarle el rostro.

La policía se había acercado después de tanto barullo. Entre dos agentes atraparon al muchacho que daba cabriolas. Levantaron al borracho del suelo, inconsciente.

Lo primero que hicieron los policías fue sacar conclusiones que en un país como El Salvador pueden parecer obvias: un joven en medio de una escena de un crimen, pandillero. El primer cuestionado por aquel desbarajuste fue el muchacho.

—¿De qué mara sos? –le preguntó un agente.

—De ninguna, pendejo –le respondió Pitbull, ya no por la rabia, sino porque así es él.

—Sos de la 18 como tu amigo al que mataron, ¿vea? –continuó el policía que ya conocía a Juan Carlos porque en uno de estos pueblos con título de ciudad, a pesar de haber 73,000 habitantes, los policías conocen a los pandilleros por su nombre, su pandilla, su apodo y hasta su función.

—¿Que sos sordo, chimado? –le refutó Pitbull al agente, que ya estaba a punto de ponerse violento.

De repente, llegó el subinspector, que había recogido testimonios de la gente alrededor.

—A ver, muchacho, ya me dijeron que actuaste en venganza. Decime, ¿querés venir a la delegación a testificar para que podamos encerrar al asesino?

—Va, juega –respondió Pitbull que con sus 17 años (18 ahora que huye) siempre andaba buscando cómo meterse en alguna aventura que, por peligrosa, le espabilara.

Eso consiguió. Un día sin aburrimiento. Se fue, vestido de policía, a buscar en las colonias del centro de Chalchuapa al cómplice del asesino de su amigo. Se internó por las calles adoquinadas que parten de la avenida central de esta ciudad comercial y bulliciosa, repleta de tiendas, almacenes y puestos callejeros. Una gracia para él. Un relato divertido en su mundo.

—Bien vergón andar vacilando en la patrulla. Lástima que ligerito encontramos al viejo chimado ese –dirá después Pitbull.

Pitbull fue al reconocimiento en la delegación y lo dijo claro. En sus caras.

—Esos dos viejos cerotes son los que mataron a Juan Carlos.

Pero esos dos viejos también lo vieron a él. En aquel pueblo para nadie es difícil reconocer a alguien del casco urbano, que vive en el centro, y no en los cantones alejados que rodean el municipio. Saber que Pitbull era hijo de doña Silvia Yolanda Alvanez Alfaro, la de la tiendita que está frente a la pupusería, a la par de la fábrica Conal. Que ese chico de pelo rapado y arete plateado era Jonathan Adonay Alfaro Alvanez. Albañil, agricultor, carpintero, fontanero. Todólogo. Johny. Pitbull.

Pitbull, el tipo duro

—Tenés que tener alguna idea –le insisto a Pitbull en las vías del tren de Ixtepec, mientras tomamos un refresco y fumamos.

Después de que Auner me revelara por qué viajaban, y como quien pide a un padre una cita con una de sus hijas, le pedí permiso para hablar con sus hermanos. Aceptó. Uno a uno empiezo a alejarlos del barullo del albergue. Primero a Pitbull. Lo escondo entre los matorrales de las vías, para que se sienta tranquilo y recuerde.

—No, loco, no sé quiénes putas eran esos viejos. Solo sé que cuando íbamos para las maquinitas, mi chero me dijo que tenía que recoger algo en la cantina. Salió bien tranquilo. Empezamos a caminar, y ahí fue cuando salieron esos chimados y lo mataron.

—¿No creés que sean ellos quienes los están amenazando de muerte?

—Ahí sí que no sé. No tengo idea de quiénes putas son.

Nada. Ni una pista. Pitbull huye, pero no sabe de qué. Si fuera un personaje de ficción, seguro que la trama lo obligaría a investigar, a mover sus contactos en el barrio, a poner nombre a los dos viejos borrachos. Pero esto es la realidad, y Pitbull es solo un joven de 18 años del país más violento de América, acostumbrado a la muerte.

Qué más da si ni los reportes policiales abundan en detalles. Cuando mataron a Juan Carlos –enero o febrero, no lo recuerda a cabalidad– otros nueve jóvenes de entre 18 y 25 años fueron asesinados en Chalchuapa. Pero Pitbull ni siquiera sabe si Juan Carlos era su nombre real.

—Él así decía que se llamaba, pero como era de la pandilla y tenía problemas en otras colonias, yo le escuché otros nombres.

William, José, Miguel, Carlos, Ronal, No identificado, cualquiera de estos podría ser el nombre real de Juan Carlos. Todos ellos murieron en Chalchuapa en los meses en los que él cayó. Cualquiera podría ser el registro policial de su cadáver. Aunque alguien quisiera saber la verdad sobre esa muerte, la verdad sería tan esquiva como lo que jamás ocurrió.

Pitbull se voltea lascivo hacia unas muchachas migrantes que salen del albergue. “¡Ricas!”. Huir no siempre es una romería fúnebre. Al menos no para este muchacho. Da una calada a su cigarrillo. Vuelve la calma. Continúa respondiendo preguntas echado en los rieles, con una roca como almohada y la vista fija en el cielo. Parece un paciente de psicoanalista.

Después del primer cadáver, Pitbull se largó un tiempo de Chalchuapa. Dos viejos borrachos estaban siendo juzgados por homicidio porque él los señaló en la cara. Lo mejor era retirarse.

Se fue a Tapachula, la ciudad mexicana fronteriza con Guatemala donde estaba su hermano menor: Josué, El Chele, de 17. Josué llevaba más de cinco meses en aquel sitio que huele a frituras y plomo. Desde que emprendió el viaje a finales de 2007 rumbo a Estados Unidos, El Chele seguía esperando mientras reparaba carros y dormía en un taller mecánico de la zona maquilera. Esperaba que su padre, como le había prometido, le llamara un día diciendo que el coyote que lo guiaría a Estados Unidos estaba listo, que el dinero había sido reunido y que la promesa terminaría de cumplirse.

—Nos vamos al Norte, hijo, verás cómo allá sí hay chamba, buen jale, buen dinero –había dicho el padre con su español migrante, esa mezcla de acento centroamericano y diccionario chicano.

El Chele y Pitbull nunca fueron amigos ni enemigos tampoco. Son dos tipos diferentes obligados a compartir historias. Auner seguía en lo suyo, allá en El Salvador, labrando el campo a la espera de que su esposa pariera. Ninguno de los tres se comunicaba. Siempre han tenido esa relación de campesinos que parecen tener como regla la prohibición de mostrarse afecto con gestos o palabras.

El Chele tenía la confianza de los dueños del taller, pero no tanta como para que su hermano durmiera también allí. Le permitían, eso sí, llevar muchachitas para pasar la tarde con los pantalones abajo. El Chele no se metía con nadie, no hizo ningún amigo en Tapachula. Se engominaba en extremo el pelo rizado a eso de las 5 de la tarde, luego de darse una buena ducha para sacarse el hollín de su piel blanca. Se ponía una camiseta estampada que cubría la de manga larga que llevaba por dentro. Se calzaba sus imitaciones de Converse y se lanzaba a las esquinas de las cafeterías de la plaza central, al céntrico y seudocolonial quiosco blanco, a las paleterías donde los muchachos y las muchachas van a hablarse. A enamorarse, dice él. A veces triunfaba y seguía citándose con la muchacha, en alguna banca del parque. Comían algún helado, hasta que un día conseguía llevarla al taller, se bajaban los pantalones, luego se olvidaba de ella y volvía a iniciar la rutina.

Parte de su éxito se debía a que El Chele no parece un delincuente. A diferencia de Pitbull y de Auner su piel es la de un adolescente y no una tostada y agrietada. La mirada inocente hace juego con sus rizos castaños y le dan ese aire de alguien en quien se puede confiar. Sus manos no tienen callos y lleva siempre las uñas limpias y recortadas. Podría decirse que por su cuerpo no ha pasado la vida de obrero que siempre ha llevado.

Pitbull iba donde podía. Vivía en casa del compañero de trabajo que le diera posada. Se movía por la zona de Indeco, una de las colonias más peligrosas de Tapachula, zona de fábricas y maquilas. Ahí, gracias a los enormes muros manchados con pintadas de la Mara Salvatrucha que protegen las industrias, la calle que hace de columna vertebral parece amurallada, una especie de límite entre dos países en conflicto. Pitbull trabajó de albañil, de ayudante de mecánico, de cargabultos en el mercado. Todo era provisional. Todo era acostumbrarse a aquel pueblo con aires de ciudad. Un tiempo para hacer amigos y volver a vivir en esa cuerda floja que lo mantiene siempre en el límite de convertirse en cadáver. Esa misma donde caminaba en El Salvador, decidiendo si lo mejor no era ser como sus amigos, meterse en la pandilla, ganarse el miedo con el que se trata a esa familia de desahuciados.

—Yo no es que me quisiera meter a la pandilla, sé que es un pedo andar en eso, pero es que como nos parecíamos… Así, pues, que somos bichos que no estudiaron, que andamos solo vagando y viendo cómo nos divertimos –define Pitbull sus razones.

En Tapachula divertirse siguió significando lo mismo: caminar en la cuerda floja. Si no hay riesgo de caer, tampoco hay entretenimiento.

Se topó con otro de su estirpe, “un chavo ratero” que le hizo la oferta como quien ofrece un pedazo de pan. Eso bastó para que Pitbull volviera a las andadas.

—¿Qué onda, vamos a chingarnos algo por ahí?

—Vamos –respondió.

Robaron a mano limpia carteras y bicicletas a señoras y niños. Afuera de las escuelas, en la clasemediera colonia Laureles, en las calles que rodean el mercado. Una de esas carteras lo devolvió a El Salvador. La rapiñó, corrió, pero a la vuelta de la esquina había una patrulla. Pitbull no quiso dejar la bicicleta en la que huía. En lugar de escapar por callejones siguió por las aceras hasta que otra patrulla más lo alcanzó y lo llevaron a la comisaría.

—A ver, pinche marerito, a mi país vienes a hacer tus fechorías. Te vamos a recomendar tres años para que aprendas a no venir a joder.

La apariencia no le ayudó. Pitbull tiene ese caminar insolente de los pandilleros, que doblan las rodillas y aflojan el cuerpo para balancearlo de lado a lado. El pelo al ras, y una mirada retadora que sale de su rostro redondo y que siempre ve de reojo, hacia arriba, como si estuviera a punto de atacar.

Ni siquiera intentó explicar al policía que no era ningún marerito, sino solo un joven de Centroamérica. Lo único que se le pasó por la cabeza en aquel momento fueron los años.

—Tres años… Voy a salir casi de 21… Ya viejo.

En lo otro no reparó. Siempre que un policía lo detenía, le preguntaba lo mismo: ¿de qué mara? Lo que es costumbre, por definición, ya no llama la atención.

La amenaza fue solo eso. Pitbull se fue a la prisión de menores de Tapachula durante ocho meses. Nadie lo visitó nunca. Ni El Chele ni Auner ni doña Silvia, su madre.

—Entré como pollo comprado –recuerda tieso y temeroso.

La recibida no fue calurosa. En su primera ducha le pidieron por las malas sus tenis y su bermuda.

Con el paso de los días aprendió a escuchar. Y lo que escuchó le resultó familiar. Cuando oyó palabras como perrito, chavala, boris o chotas, empezó a sentirse en casa. Era el lenguaje de la pandilla, esta vez de la Mara Salvatrucha. Entonces sí supo qué hacer. Se volvió a convertir en el muchacho jodón y temerario que siempre fue. Cuatro días tardó en que su jerga le abriera el acceso al grupo dominante de la prisión: el de los pandilleros centroamericanos.

Ahí, en la banda, estaba el líder, El Travieso, un pandillero guatemalteco de 18 años, preso a los 14, cuando ya llevaba tres homicidios, tatuados como lágrimas negras en su rostro; el Smookie, con sus dos gotas de la muerte y el MS en el labio inferior interno; El Crimen, también guatemalteco, también con dos lágrimas; El Catracho y Jairo, ambos hondureños.

—Todos eran de las dos letras, todos de Centroamérica, y éramos los meros chingones de la cárcel. Vendíamos la mota, los cigarros y la coca, y poníamos orden a todos los demás pendejitos.

¿De qué se trata ser joven? Pitbull parece decir: hay que ser temerario. Como Juan Carlos, el que reventó a la par suya en Chalchuapa; como El Travieso, como El Crimen; como sus amigos de toda la vida: como él mismo, que ahora huye de nuevo. ¿Y para que le sirve ser temerario? Pues para ganar reputación. ¿Y cuándo ese joven es más reputado? Cuando tiene lágrimas negras en el rostro, cuando siendo niño tiene el currículum de un sicario, cuando dentro de la cárcel él es quien manda y no quien entrega su bermuda y sus tenis en las duchas.

—Lo primero que hice ya siendo de los chingones fue recuperar mis cosas y huevearles las suyas. Ja, ja, ja. Se cagaron los bichos cuando llegué con la otra raza a ponerles en la madre. Así era la onda, ni modo que anduviera con los vergones y no arreglara eso. Así que reventamos a esos cerotes en el baño –recuerda Pitbull en el albergue de migrantes.

Nos acercamos a la mesa a terminar la partida de conquián, el juego de cartas predilecto de los migrantes, con sus dos hermanos. Por un momento todos se olvidan de aquellos cadáveres que sin saber por qué les marcaron el destino en El Salvador.

Echan algunas risas. Pienso si no es así, con esa confianza convertida en insultos amables, que se expresan el cariño, la alegría de estar juntos en esta huida. Cuando uno de ellos lanza la carta incorrecta en este juego de velocidad y reacción, los otros sueltan carcajadas. Balbucean adjetivos. Pendejo, cerote, burro. El que los recibe también ríe. Ríen juntos.

Auner me aparta por un momento de la mesa. Quiere contarme la decisión que ha tomado.

—Nos vamos en bus por la sierra… Pero… La onda es que… Quiero ver si nos podés echar la mano, porque… Es que no conocemos ni nada.

Acordamos que en lo que se pueda así será. Viajaremos juntos hasta Oaxaca. Acordamos vernos por la mañana en el parque de Ixtepec. Nos despedimos.

El caer de una pluma

En la mañana el sol aún no calcina en este pueblo. Una marcha popular recorre las calles adoquinadas, encabezada por el pick up que hace las veces de vocero del periódico local. La gente de los puestos callejeros se asoma a ver a los marchantes, unas 100 personas. Esta vez el carro de las noticias ha prestado sus servicios para denunciar la supuesta violación por parte de ocho policías municipales de una prostituta local. No me extraña. Hace dos años estuve aquí y escribí un reportaje sobre una banda de secuestradores de migrantes conformada por municipales y judiciales.

—¡Puta madre! –exclamo– la violaron entre ocho.

Auner y El Chele bajan la cabeza. Murmuran un “qué paloma” y siguen mirando las revistas del puesto. Pitbull tarda más en responder. Se queda pensativo hasta que lanza su evaluación.

—¿Y no era puta la chimada, pues?

Quién sabe qué es lo que hace que entre tres hermanos con los mismos orígenes haya uno que sea más paternal, Auner; otro que puede confundirse con adolescente cualquiera, El Chele; y otro que parece un ex convicto de toda la vida. Unos minutos de más un día en la tienda de la esquina donde se conoció a un amigo, un partido de fútbol, una golpiza en un mal momento por parte del padre. Supongo que es eso, algo tan sutil e impredecible como el descenso de una pluma.

Nos embutimos en el autobús de tercera que viaja repleto de indígenas hacia la sierra. Pocas horas tardamos en descubrir por qué esta ruta es utilizada por los migrantes que llevan los suficientes pesos para el boleto. La calle es una angostura de pavimento que sube, baja y se curva como un intestino. Bordea precipicios interminables. Corta cerros de piedra caliza. Es comprensible por qué el Instituto Nacional de Migración no incluye esta dentro de su ruta de retenes.

Sin mucho espanto para un camino diseñado para aterrar al indocumentado, llegamos a Santiago Ixcuintepec. Es un pequeño pueblo de indígenas en medio de la bruma, la llovizna y la sierra tupida. Nos arrimamos al portal de la iglesia para descansar las 9 horas que tenemos libres antes de que el otro autobús salga rumbo a la ciudad de Oaxaca. Algunos jóvenes nos miran desafiantes, y Pitbull vacila si responderles con otra mirada más provocadora o seguir como debería, cabizbajo, asumiendo que huye y que este camino está del todo en su contra. Por suerte, no dice nada.

Tres indígenas se acercan con diferencia de minutos. Enjutos, con caras bondadosas y sandalias de caucho. Todos vienen con mentiras. Dicen que nos llevan a sus casas, en un pueblo intermedio. Dicen que ahí dormiremos bien y tendremos un plato de frijoles con tortillas para llenar la panza. Que solo cobran 150 dólares por el grupo. Que el bus que esperamos no saldrá. Son una panda de timadores. El bus sí saldrá, y su precio es de 8 dólares por cabeza. Este pueblito, como otros tantos que he visto en este camino, no tardará mucho en convertirse en un nido de rateros. Los migrantes son la presa perfecta. Huyen de las autoridades, se esconden, quieren ser invisibles.

Los muchachos me voltean a ver sin saber qué contestar. Es obvio que las propuestas de los indígenas no les resultan malas. Avanzar es avanzar de todas formas.

Los otros cadáveres

—Hey, madrecita, aliviánenos con unas sodas –dijeron Los Chocolates a doña Silvia.

Los Chocolates eran dos hermanos pandilleros de Chalchuapa. Ambos de la 18. Pasaban las mañanas y los atardeceres frente a la tienda de doña Silvia, la madre de los hermanos Alfaro. Pedían un refresco regalado, con ese deje de superioridad que recubre a los pandilleros en sus zonas. Fumaban marihuana y montaban guardia en su barrio.

Era el 19 de junio de 2008. Un día de lo más normal.

—Otra vez esos muchachos. Que no podrán irse a poner a… –intentó terminar la frase doña Silvia cuando escuchó ocho detonaciones y los alaridos de su hija mayor, que estaba afuera con sus pequeñas.

La madre salió corriendo. Encontró a su hija y sus nietas en gritadera y amontonadas en una esquina. Un taxi aceleraba dando vuelta en U. Los Chocolates, Salvador y Marvin, de 36 y 18 años, yacían desparramados en el suelo. Cara, pecho, piernas… Todo había sido agujereado por el metal.

El taxi había llegado con sus vidrios polarizados hasta arriba. Se estacionó frente a Los Chocolates, que descansaban en el murillo de la tienda. Como quien va a bajar el vidrio para pedir una dirección, el taxi se mantuvo inmóvil. En efecto, los vidrios se bajaron, los de adelante y los de atrás del lado derecho del coche. Salieron cuatro cañones de 9 milímetros. Empezó y terminó la masacre.

Silvia se quedó petrificada, con la mirada fija en la huida del taxi.

Escenas fugaces e incomprensibles. Esa es la materia de la que se componen los campos de la violencia. No son zonas de traqueteos de metralleta ni de hombres y mujeres en fuga constante. Son silencios y ocasos que se rompen por esa fugacidad en las banquetas donde los niños juegan, en las esquinas donde los jóvenes conversan, en las tiendas donde las madres despachan.

Después, como quien despierta a medianoche de una pesadilla, todo regresa a la normalidad. Silvia dijo a las niñas que entraran. Cerró la tienda. Nadie se quedó para ver cómo los forenses levantaban los cadáveres. Nadie se quedó a dar ninguna respuesta.

Pero a Silvia algo le daba vueltas en la cabeza. Ella creció en este país, en zona de pandillas. Ahí crió a sus hijos. En su mente, una cosa, quién sabe cómo, podía derivar en otra. Corazonadas de madre, supongo. Al día siguiente llamó a sus dos hijos, a Auner y a Pitbull –recién deportado desde Tapachula–, y les pidió que se fueran al municipio de Tacuba, a estar con el abuelo. El Chele seguía en México, y nadie le contó que dos pandilleros cayeron en el porche de la tienda de su mamá.

Quién sabe qué le cruzó por la cabeza a doña Silvia. ¿Sabía algo? Nunca lo averiguaron. Nadie los apuntaba aún, pero su madre presintió algo. Ella dio el pistoletazo de salida: huyan muchachos.

Auner y Pitbull hicieron caso. En Tacaba chapodaron, pastorearon vacas y afilaron machetes, pero aquello era muy aburrido. Para Pitbull era como volver a ser un joven campesino cuando intentaba por todos los medios ser un joven moderno, jugar maquinitas, comprarse camisas polo, conquistar a las chicas y ponerse aretes. Para Auner era inviable. Él tenía una mujer y un sueño de mantenerla. Su abuelo le pagaba en frijoles y tarros de arroz con tortillas. Eso no era suficiente.

Por aquellos meses de mediados de 2008 los dos se fueron a Tapachula. Auner durmió una última noche con su mujer. Pitbull probó por primera vez fuera de los barrotes la marihuana con sus amigos de Chalchuapa. Al día siguiente se juntaron y montaron un autobús rumbo a Tapachula.

Allá se dieron la mano, se despidieron y continuaron con esa relación de hermanos campesinos que no se abrazan ni construyen destinos juntos. Hasta que el destino mismo los obliga. Uno albañil, Auner; el otro cargador, Pitbull. El Chele, en lo suyo, en sus esquinas de parques, sus chicas, su taller mecánico y su pelo engominado.

Una noche de agosto Auner volvía del trabajo caminando por el parque de Tapachula. Caminaba ensimismado con esa posición encorvada que mantiene el muchacho de rostro anguloso y barba de candado. Un rostro que debería de tener alguien con unos diez años más que los que él tiene. Cuando aquel aire caliente le atravesaba el pelo negro y tupido, el pasado lo obligó a juntar a sus hermanos. Auner recibió una llamada de su tío en el celular. Aquella tarde, el mayor de los hermanos escuchó la peor noticia de su vida como si fuera un problema cotidiano: Auner, hoy nos cortaron el agua; Auner, hoy me rompí una pierna.

—Auner, hoy mataron a tu mamá.

Doña Silvia Yolanda Alvanez murió a los 44 años de un balazo en la frente o de un balazo en su sien izquierda. Quien sabe cuál entró primero. Fueron dos muchachos. Uno manejaba la bicicleta, el otro iba parado en los tornillos de las ruedas. Aparcaron frente a la tienda. Ella lavaba trastos en la piedra. Caminaron silenciosos frente al hermano de Silvia, el tío de los muchachos. Se pararon junto a ella. Uno enfrente, el otro a la par. Le volaron la cabeza.

La melancolía del que huye

—¡Ve qué hijueputa este! –dice Pitbull, y levanta la voz con toda la intención de ser escuchado.

El autobús que va de Ixcuintepec a Oaxaca traquetea más que el anterior. Esto sí es romper la oscuridad. La luz de los faros genera en la selva que atravesamos dos remolinos de mosquitos y mariposas nocturnas. Pitbull cede ante la impotencia y se echa a dormir. Desde hace varias horas intenta que el motorista quite la monótona música norteña que nos ha impuesto desde que salimos. Pitbull quiere un disco que asoma en el tablero, uno de reguetón.

El Chele y Auner duermen atrás. Previendo que algún policía se suba, nos repartimos en asientos separados. Aunque la pretendida confusión poco hubiera funcionado. Los muchachos son casi fluorescentes en el autobús: tres jóvenes con pantalones flojos y zapatos tenis entre un montón de indígenas. Más que viajar, huyen. Eso se nota. Son los tres de sueño ligero. Son los que se despiertan a asomarse por las ventanas cada vez que el bus se detiene. No importa si es para que el motorista orine, salude a alguien en un pueblito o suba a otro que espera entre los árboles. Se asoman.

Amanece entre las montañas. La vereda de tierra se ha convertido en una carretera de curvas cuando abrimos los ojos. El Chele viajó en silencio. No pronunció palabra y mantuvo la mirada perdida entre los montes. Pitbull, mientras estuvo despierto, fue el mismo muchacho inquieto de siempre: volteó a ver para todos lados, lanzó una que otra broma, insultó al motorista, tarareó tonos que le vinieron a la mente. Auner eligió dormir casi todo el camino, pero ahora que despertó, una mirada triste se le escapa por la ventana. Con el ceño fruncido de quien recuerda, el mayor de los hermanos viaja con gesto de preocupación cuando me siento a su lado.

—¿Qué te pasa, viejo? –pregunto.

—Aquí, dándole vueltas a la cabeza.

—¿La familia?

—La familia.

—¿Qué pensás?

—Solo que espero que estén bien… Que las amenazas que nos llegaron no fueran para ellos también… Es que como fueron así tan raras… Sin decir para quién iban, pues… Solo que para la familia.

La familia, para Auner, son los muchachos que lo acompañan en este autobús, es su hermana mayor que se quedó atrás, y sobre todo es su mujer y su hija de dos meses. El resto, su abuelo, sus tíos, sus primos, todos los que callaron ante la muerte de doña Silvia, le importan un pito.

—A esos que se los lleve la bestia si quiere.

Aquella noche calurosa de Tapachula, cuando Auner recibió el llamado de su tío, juntó a sus hermanos para que iniciaran la marcha fúnebre para despedir a su madre. Ninguno quiso contarme cómo vivió el momento. Solo me dijeron frases cortas: fue duro, nos ahuevamos, bien pura mierda.

Dos días viajaron como migrantes a la inversa, buscando el Sur, alejándose de Estados Unidos, pidiendo aventón, cruzando la frontera de México a Centroamérica por el río que los divide. Llegaron tarde, solo para ver cómo metían la caja bajo tierra.

El Chele llevaba adentro la rabia de un niño asustado. Enojado, pero con más ganas de llorar que de pegar. Pitbull y Auner, sin decirse nada, querían matar. ¿Pero a quién?

Una lápida de silencio cayó sobre el cadáver de su madre. El tío que vio pasar a los sicarios enmudeció: no, no sé nada, no los vi, me quedé paralizado. Fue todo lo que dijo. El abuelo, el patriarca de la familia, desde su Tacuba campesina y con su Biblia de pastor evangélico como escudo, repetía su monserga: confórmense, déjenla en manos de Dios, así lo quiso él, dejen de preguntar.

Pasaron los meses. Ellos insitían, pero solo les respondía el silencio. Las preguntas se fueron atenuando. La rabia se convirtió en tristeza. Las dudas quedaron ahí. ¿Habrá sido una venganza de los borrachos a los que Pitbull encerró? ¿Habrá sido la mara que no quería testigos de la muerte de Los Chocolates?

—Quizá una vieja que es bruja y que odiaba a mi mamá –agrega Pitbull.

La muerte no tiene una sola cara en un país como El Salvador. No siempre viene de un solo lado. Se puede presentar en forma de abanico. Sus mensajeros son tantos que cuesta pensar en uno solo. Es como cuando en el mar sientes que algo te picó en el pie. ¿Un cangrejo, una medusa, un erizo? ¿Un borracho, un marero, una bruja?

Los meses pasaron bajo el calendario del luto: dos meses de rabia y preguntas, otros dos de conformismo intermitente y uno más de tristeza a secas.

Después, los muchachos recogieron lo que sembraron. Aquellas preguntas que hicieron nunca parieron respuestas, pero sí amenazas. La misma semana su tío y su abuelo, desde Chalchuapa y Tacuba, recibieron la misma advertencia que trasladaron a Auner para luego volver a enmudecer.

—Muchacho, alguien los quiere matar, me dijeron que van a matarlos a ustedes tres y a toda la familia.

Nada más.

El verdugo clandestino regresó como siempre lo hizo en la vida de los hermanos Alfaro. Regresó a los meses, cuando el último estallido de violencia se había disuelto en el tiempo. Sin dar explicaciones, sin mostrar la cara. Las únicas decisiones que permite son afrontar o huir.

Sintieron la condena de su región, la fuerza con la que su país lanza los escupitajos hacia afuera o el bagazo de 12 cadáveres diarios en promedio en un pequeño país de poco más de 6 millones de habitantes. Ellos son escupitajo. Hicieron maletas y emprendieron el viaje. Se unieron a la romería de los vomitados centroamericanos. Se metieron en este flujo de los que escapan. Unos de la pobreza, otros de la imposibilidad de superarse. Muchos, de la muerte. Esa que todo lo cruza y que toca a los jóvenes y viejos, a hombres y mujeres, a pandilleros y policías.

Dos historias de violencia

No puedo evitar pensar en otras historias que conocí en este camino. La sorprendente indiferencia con que las amenazas caen a la par de personajes distintos. Recuerdo el gesto similar de susto con el que una agente de la policía hondureña y un pandillero guatemalteco me contaban lo mismo: tuve que escapar. Y enfatizaban el tuve.

El pandillero se llamaba Saúl. Tenía 19 años, 15 de vivir en Los Ángeles, con su madre. Desde hacía cinco pertenecía al Barrio 18 en su gueto latino. Lo deportaron cuando ya no estaba activo –al menos eso me dijo–, por un robo que cometió contra una tienda 24 horas.

Lo conocí a medio México, cuando viajábamos hacia Medias Aguas colgados de las parrillas del tren que en la noche rompía cerros intransitables para cualquier otro vehículo. Iba por su quinto intento. Uno tras otro, sin descansar. Fumábamos haciendo cuenco con las manos. Él hablaba desbocado y hacía énfasis en una frase que, según interpreté, buscaba que yo entendiera que él no tenía opción, que hay gente en el mundo que no tiene dos ni tres alternativas. Solo una.

El efecto del tren es siempre el mismo. Allá arriba no hay periodistas y migrantes. Hay gente colgada de una máquina que lleva sus vagones vacíos. Allá arriba solo hay marginación y velocidad. Y todos somos iguales, porque el suelo está al mismo palmo de nuestros pies y porque las sacudidas sacuden a todos por igual. Es todo lo que importa.

Saúl volvió deportado a Guatemala, un país que no conocía. Hizo lo que pudo, llamar a su tío paterno de Los Ángeles con la única llamada que le dieron las autoridades migratorias de su país. Consiguió una dirección. Hacia allá fue, a buscar a un señor que no conocía. Llegó a un barrio marginal, a la par de un río. Eso me contó. Entró caminando, como cualquiera entraría a cualquier barrio. Le pasó lo que le pasaría a cualquier joven inexperto en Centroamérica, que no sabe que estos no son barrios cualquiera. Una turba de muchachos salió de un callejón. Le cayeron a patadas y le arrancaron la camiseta.

—¡Ajá, un chavala hijueputa! –gritaron hambrientos cuando le vieron el 18 en su espalda.

Saúl alcanzó a gritar el nombre del señor al que buscaba.

—¡Alfredo Guerrero, Alfredo Guerrero!

La turba se calmó. Se voltearon a ver entre sí y lo arrastraron por la colonia como quien arrastra a un animal. El cuerpo magullado de Saúl fue lanzado a los pies de un hombre en el interior de una casa. En una mejilla el hombre tenía una M; en la otra, una S.

—Ajá, chavala de mierda, ¿para qué me buscás? –dijo el hombre.

—¿Alfredo Guerrero? –repitió Saúl.

—Ajá –contestó el hombre.

—Soy Saúl, tu hijo, me acaban de deportar.

El hombre –así lo recordó en aquel tren Saúl– abrió los ojos hasta más no poder. Después respiró hondo y volvió a tener aquella mirada de rabia.

—Yo no tengo hijos, chavala –zanjó su padre.

El hombre, sin embargo, le hizo el único regalo que Saúl recibió de su padre. Reconoció ante su barrio que ese era su hijo. Le entregó como obsequio un hilo de vida.

—No vamos a matar a este culero, pero le vamos a aplicar el destierro. Y si te vuelvo a ver, hijueputa, creéme que yo mismo te voy a matar.

Lo desterraron. Lo dejaron en calzoncillos, con su 18 expuesto, en otra zona de la Mara Salvatrucha, de la que Saúl logró salir embarrándose de lodo y aparentando ser un loco.

A la agente de Policía la conocí un año antes que a Saúl. Se llama –o se llamaba, quién sabe si logró llegar a Estados Unidos– Olga Isolina Gómez Bargas. Rondaba los 30 años. Su historia también era la de un terreno donde no hay que entrar. Su relato también llevaba tatuadas dos letras: MS.

Decidió huir de su país porque una bala iba a atravesarle la cabeza. La bala iba a salir de una pistola 9 milímetros, una que ella portaba en el cinturón cada día.

A su primer marido, también policía, se lo mató la Mara Salvatrucha en un operativo. Una leve descoordinación. Entró cuando los refuerzos aún no llegaban a una zona del barrio El Progreso, de Tegucigalpa. Una lluvia de 30 balas le dejó el cuerpo como colador. Ocurrió dos años antes de que Olga Isolina me llorara su historia en las vías, cuando escapaba de sí misma.

A su segundo marido, también policía, se lo mataron un año y medio después que al primero. Ella vivía en una colonia con fuerte presencia de la Mara Salvatrucha, pero había sabido cómo rebuscarse para que no supieran que era policía. Trabajaba en otras zonas. Regresaba a su casa vestida de civil cada fin de semana. A su marido la cautela le importó un comino. Él entraba al barrio vestido de policía y con la pistola en el cinto.

Un día, por atrás, tres balas en la nuca le explicaron al segundo marido de Olga Isolina que la soberbia y la violencia no se llevan bien. Desde entonces, ella empezó a mirar su pistola como una salida de aquel huracán.

—Me mato, mato a mis hijas y a mi perro para no dejar a nadie desamparado –pensó muchas veces acariciando la cacha de su 9 milímetros.

Hasta que eligió mejor separarse de su pistola. Salir de la policía e ir a buscar al Norte un trabajo donde no hubiera balas con las que suicidarse.

La violencia, así lo vivió Saúl, a veces viene de los que llevan tu sangre. La violencia, como bien sabe Olga Isolina, se puede traducir en tristeza. La violencia, bien lo saben los hermanos Alfaro, ahuyenta incluso cuando no tiene rostro.

Adiós, muchachos

El centro de la ciudad de Oaxaca se muestra colorido y dominical cuando nos bajamos del taxi. Hace unos minutos llegamos a la terminal de los buses provenientes de la sierra. Niños rubios pasean de la mano de sus globos a la par de sus padres, también rubios y sanos, que fotografían a las indígenas que venden artesanías en la plaza.

Auner, Pitbull y El Chele sonríen con recato ante aquello, como si no se lo merecieran. Abren los ojos y tuercen la nuca de un lado a otro. Uno sigue los pasos del otro, que a su vez sigue los pasos del anterior. Buscan guía en este pequeño mundo perfecto. Esta plaza de paletas y manzanas acarameladas. Caminan como un gusano torpe que no logra coordinar ninguna de sus patas. Parecen el extracto de una película blanco y negro en una de color.

Ya sabemos que aquí nos diremos adiós. Los acompaño en su última negociación. Su padre, desde Estados Unidos, les dictó un número de celular. Les dijo que es un amigo oaxaqueño que conoció en el Norte, con quien trabajó. Él les echará una mano. Se preguntan en qué los ayudará. ¿Es un coyote al que su padre le ha pagado para que los lleve seguros hasta su encuentro? Ojalá, suspiran los tres. ¿Es solo un amigo que les dará comida y casa para que descansen antes de continuar? Bueno, algo es algo, repiten.

Les doy el celular para que salgan de la duda. Queda claro que en cuanto a migrar se trata, los tres son inexpertos. Escapar es otra cosa, no hay alternativa ni mucha estrategia. Solo aquella que la prisa permita. En este camino hay lobos y caperucitas. Ellos no se mueven como lobos. Me queda claro cuando ni por un momento se preguntan qué hacer si el amigo de su padre es un coyote. Con uno de esos ases del camino hay que saber qué palabras utilizar, qué negociarle. Son expertos subiendo cuotas, cobrando servicios extras. Si detectan que enfrente tienen a un primerizo lo desvirgarán sin compasión.

La llamada termina. Auner me devuelve el celular con el vacío en los ojos. Es solo un amigo. Un plato de comida, una cama caliente y algunos consejos.

Seguirán solos en su huida a partir de ahora. La noticia les cae como balde de agua fría porque, aunque puedan seguir tomando algún que otro autobús, los espera el tren. Tarde o temprano. Sus asaltantes, cuatro puntos más donde puede haber secuestros y la región norte mexicana, donde más operativos policiales de Migración ha habido en el último año.

Las tardes en la plaza de Oaxaca te llenan de calma. Hojas secas tapizan el suelo o vuelan por ahí. Ancianos descansan en bancas forjadas frente a las que la gente pasa y saluda con alegría.

En una de esas bancas, en un remanso en la huida, luego de lanzar una mirada humilde y cómplice a El Chele y Pitbull, Auner me hizo una pregunta.

—Disculpá, espero que no te ofenda, pero hay algo que no entendemos. ¿Por qué nos ayudás? ¿Por qué te importa?

Parece sencilla de responder. Porque voy a contar su historia. Pero en el contexto del adiós es un enorme nudo introducido de golpe en la garganta. Sin bisturí. A mano limpia.

Aquella pregunta escondía otras miles. ¿A quién le pueden interesar tres condenados a muerte? ¿Por qué seguir a unos hermanos campesinos que solo dejaron cadáveres atrás? ¿Qué tienen de raro los cadáveres? ¿Por qué ayudarnos? ¿Por qué, si hasta nuestro propio país nos echó? ¿Qué de importante puede haber en lo que ha sido escupido?

No hubo tiempo de nada más. Un hombre prieto se acercó a la banca. Era el amigo del padre de los hermanos Alfaro. Hizo un gesto rápido con la mano. Nos dimos un fuerte abrazo y vi a Auner, Pitbull y El Chele perderse en la plaza, entre niños y juegos. Ellos continúan escapando.

¿Dónde están?

Los días pasan y la comunicación con los muchachos se reduce a un intercambio de mensajes de celular.

—¿Dónde están? ¿Cómo están?

—Bien. Vamos a tomar un bus para el DF.

Los días pasan. En Chalchuapa y Tacuba varios jóvenes siguen cayendo como Auner, Pitbull y El Chele estaban condenados a caer. Roberto, Mario, Jorge, Yésica, Jonathan, José, Edwin, todos entre los 15 y los 27 años, fueron asesinados en estos meses de agosto y septiembre.

—¿Dónde están? ¿Cómo están?

—Aquí vamos. Ya no nos queda de otra, vamos a subirnos al tren.

La comunicación se interrumpe. Mis mensajes se quedan sin respuesta. Hoy, principios de septiembre, hubo un secuestro masivo en Reynosa, frontera norte de México. Al menos 35 migrantes centroamericanos fueron bajados por un comando armado de Los Zetas cuando los indocumentados llegaban a esa ciudad montados como polizones en el tren de carga.

—¿Dónde están? ¿Cómo están?

Nosotros somos Los Zetas

Publicado: 21 septiembre 2009 en Oscar Martínez
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Luego de más de una semana en esta zona no me queda otra que decirle que su vida tiene que ser muy complicada. ¡Diablos: lo pienso y no entiendo cómo sigue vivo! -le digo.

El agente secreto sonríe con orgullo, mirándome fijamente mientras abre un silencio misterioso. Vuelve la vista hacia la puerta, a pesar de que sabe que estamos solos en este pequeño café. El local tiene estructura de pecera, rodeado por cristales a través de los cuales podemos ver hacia afuera y nos podrían ver, de no ser por el árbol de mango que nos oculta en la mesita del fondo.

Con inteligencia –responde, finalmente-. No me muevo en una camioneta del año, de esas grandes. Nunca porto mi arma a la vista y no aparezco en eventos más de lo necesario.

No hace falta traducir. Un evento aquí no puede ser otra cosa que un evento de ese tipo: el asesinato de alguno de los policías de uno de los pueblos de esta franja del sureste mexicano, la escena del crimen que queda detrás de una balacera entre militares y narcotraficantes, la intervención armada en un rancho perdido entre el monte donde esos criminales, los que mandan aquí, los del cártel de la droga conocidos como Los Zetas, tienen a una cincuentena de migrantes centroamericanos encerrados. El celebérrimo “secuestro express”.

Pero a veces parece imposible conseguirlo -insisto-. Esto es como un… ¡Hay que vivir en puntillas! Nunca se sabe quién es quién. No es posible estar seguro de si el que vende tacos solo vende tacos o si los vende como coartada para vigilar la calle.

El agente lo sabe. Él vive bajo estas reglas del sigilo. Los ojos escrutando el derredor todo el tiempo, atentos a si ese carro pasó ya dos veces o si aquel hombre parece mirar de reojo. Él lo sabe y por eso solo aceptó que nos juntáramos cuando le di la referencia de un conocido. Y aún así, no empezó a hablar hasta revisar de arriba abajo mis documentos de periodista. Veía la foto y luego a mí, la foto y a mí. El sigilo y el anonimato, esas son las normas de oro que han sido impuestas. No ser nadie, parecerse a otro cualquiera del rebaño que vive atemorizado, bajando la vista y mirando el pavimento ardiente de estos pueblos que rodean a Villahermosa, la capital de Tabasco, en la frontera con Guatemala. Era obvio desde el principio que el trato bajo el que nos reunimos pasa por no revelar el sitio exacto ni la corporación a la que el agente pertenece.

Él vuelve a sonreír. Le causa gracia ver en mi rostro el reconocimiento de que él trabaja en un terreno donde su enemigo manda y vigila. Todo el tiempo y con decenas de ojos a su servicio.

Por eso es necesario moverse despacio, entrar lentamente, no de golpe, y tener mucho cuidado a la hora de preguntar. Mucho cuidado -responde, termina su café de un trago, y pasa a lo concreto-. Y al final, ¿fueron ayer al rancho que les dije? ¿Pudo tomar fotos el fotógrafo? -pregunta.

Sí, sí fuimos. Tomó las que pudo. El escenario era escalofriante -respondo.

El rancho cementerio

La lluvia fue la que hizo que el rancho La Victoria terminara de parecer un montaje. Aquello era demasiado obvio. Era como si un delincuente se disfrazara con un parche en el ojo, un enorme gabán negro y una cicatriz en la mejilla. El rancho era toda la escenografía del secuestro que podemos esperar que salga de nuestro imaginario.

Cuando llegamos, el rancho lucía vacío, solo tres policías judiciales custodiaban a los dos agentes del Ministerio Público (MP) que colgaban el letrero de clausurado. Más allá de la portezuela de entrada, que distaba unos tres metros de las vías del ferrocarril, estaba la casa central del rancho. Una típica vivienda sureña estadounidense, toda de delgados tablones de madera, con dos cuartos centrales rodeados por completo por un corredor donde en otro contexto suelen ubicarse las mecedoras para pasar las tardes de calor. Todo pintado con un verde esmeralda ya descascarado por el tiempo.

Esa era la armazón. Lo tétrico era el decorado. En el dintel principal del porche colgaba un cráneo de vaca. Al lado de la nave central, unas 100 latas de cervezas se amontonaban estrujadas, del mismo modo que en la parte trasera varias latas de sardinas, frijoles y atún tapizaban el suelo. Y en el cuarto más amplio, el de la izquierda si se veía desde el frente la casa, luego de acostumbrar la pupila a la oscuridad, se podía ver un piso con manchas desparramadas y aserrín regado. La habitación expelía un fuerte y fétido olor a humedad y por toda ella había regados desperdicios difícilmente identificables. Jirones de ropa, pedazos de lata, algo que parecía trozos de madera. Más difícil aún era identificarlos desde afuera, porque uno de los agentes del MP no nos permitió ingresar. Apenas aceptó que Toni Arnau tomara un par de fotografías desde la puerta, luego de insistirle unos minutos.

Ahí, en esa locación de película de terror, es donde el día jueves 3 de julio de este año liberaron a 52 indocumentados centroamericanos que llevaban una semana apiñados en la habitación por un comando -“estaca”, como le llaman en su jerga- de Los Zetas, que regenta este pequeño pueblito llamado Gregorio Méndez.

Dos de los migrantes que viajaban sobre el tren en el inicio de su viaje por México habían logrado escapar cuando justo enfrente del rancho el maquinista, Marcos Estrada Tejero, detuvo la locomotora sin razón alguna, y 15 hombres que cargaban armas largas arrearon a los demás migrantes hacia el rancho La Victoria, en medio de esta nada rodeada por veredas y monte. Los dos que escaparon encontraron más adelante, días después, a un comando militar que realizaba un patrullaje poco rutinario por la zona. Les contaron lo sucedido, y los 12 soldados dieron parte para que se armara un comando con otros 12 policías estatales de Tabasco y 30 de Chiapas. El maquinista está preso, lo detuvieron cerca de Veracruz, tripulando un tren donde más de 50 indocumentados iban encerrados en los vagones, obligados por supuestos zetas. A Tejero lo acusan de trabajar para Los Zetas que fueron atrapados en el rancho, encabezados por el hondureño Frank Hándal Polanco, que salía en un taxi a la hora de la intervención. Ocho zetas fueron detenidos y otros siete escaparon hacia el monte, cargando sus AR-15. En el rancho, se decomisaron pistolas 9 milímetros y fusiles M-16 de fabricación iraquí.

Lo peor es cómo los tenían -cuenta en voz baja uno de los agentes del MP-. Estaban en shock. Y todos presentaban golpes en la espalda baja. Una franja morada. Luego nos enteramos qué pasó.

Ya en el rancho, los migrantes sabían que se habían encontrado con el lobo del cuento. Estaban en manos de los famosos zetas, ya célebres en el camino del indocumentado centroamericano. Lo sabían porque el protocolo de presentación había sido gritado desde la toma de rehenes. “¡Somos Los Zetas, al que se mueva lo matamos!”. En estos pueblitos no hacen falta tarjetas ni credenciales oficiales. Si alguien dice que es zeta, es zeta. Si alguien lo dice y no lo es, suele terminar en algún cementerio. Los zetas son conocidos internacionalmente como un cártel del narcotráfico, pero desde hace algún tiempo diversificaron sus actividades y ahora se lucran de los indocumentados, a quienes secuestran para pedir rescate a sus parientes.

Adentro del rancho, los criminales organizaron su show de presentación. Por grupos de cinco fueron poniendo a los indocumentados de rodillas, contra la pared, en el porche del rancho, y les empezaron a partir la espalda baja a tablazos, un método de tortura militar identificado en México. Y no es de extrañar. Esta es una de las marcas de una organización criminal que surgió, según la inteligencia estadounidense, a finales del siglo pasado, cuando el cártel del Golfo, uno de los dos más poderosos de México, logró hacer desertar a cerca de 40 militares mexicanos de comandos élite, entrenados en estrategias de contrainsurgencia, manejo de artillería pesada e infiltración. A ellos, y directamente por órdenes del capo Osiel Cárdenas Guillén (atrapado en 2003 y extraditado en 2005 a Estados Unidos), se les encomendó una misión: creen un ejército para nosotros. Por eso no extraña que el verbo “tablear” sea tan famoso en el mundo de los zetas. El mismo mundo de los migrantes.

Entre ellos, las reglas son inviolables, y las consecuencias, fatales. Una de esas noches, la segunda de cautiverio, dos migrantes escaparon del rancho aprovechando el descuido del guarda de la puerta. Se internaron en el monte. Un monte que ellos conocían poco y sus captores como la palma de su mano. Un comando zeta fue a buscarlos. A los pocos minutos, volvieron con uno de ellos. Lo hincaron frente a la puerta del cuarto repleto de migrantes, y Frank les dijo en voz alta:

¡Miren lo que les va a pasar si andan con pendejadas!

Un disparo en la nuca terminó con la vida del migrante hondureño Melesit Jiménez. El otro migrante aún corría cuando por detrás sus dos perseguidores le atinaron un disparo en la nuca y otro a la altura del abdomen. Poco después de que el cuerpo de Melesit se desplomara frente a los 52 indocumentados, se escucharon allá atrás en el monte las dos detonaciones.

Los siguientes días, ya con un grupo manso, los zetas se dedicaron a violar a las dos mujeres hondureñas del grupo, y a divertirse tableando de vez en cuando a alguno de los hombres, mientras esperaban que los depósitos de entre mil 500 y 5 mil dólares llegaran a una sucursal de transferencias rápidas como rescates enviados por los familiares de los cautivos.

Un secuestro masivo más. Apenas unos días después de la presentación del informe especial sobre secuestro de migrantes que hizo la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México. Un barullo de periodistas que se codeaban por un espacio para meter la cámara de videos o fotos se apiñó en la sala donde se dijo, con la voz ronca del ombudsman mexicano, que con su escaso personal habían documentado en siete meses casi 10 mil casos de secuestro de viva voz de indocumentados que señalaban a Los Zetas en contubernio muchas de las veces con policías. Decenas de titulares aparecieron al día siguiente en portadas de diferentes medios. Luego, todo volvió a la normalidad.

Los secuestros, en este mundo de peregrinos sin papeles, son ya tan comunes como los asaltos en el suroeste mexicano o las mutilaciones provocadas por las altas velocidades de los trenes que parten del centro de la república y sacuden a los polizones que viajan prendidos de ellos. Es tan común que ya no venimos a buscar esto aquí a Tabasco. Ya en noviembre de 2008 habíamos documentado esta dinámica en esta franja atlántica de México, bajo un titular casi parido naturalmente: “Los secuestros que no importan”. Ahora, después de meses de ver cómo Los Zetas se desperdigan por todo el país, de quedar cada vez más claro que se constituyen como un cártel independiente, de escuchar su nombre y oler su miedo en los pueblos del sur, del centro y del norte de México por donde circulan los migrantes, venimos a entender quiénes son, cómo funcionan y, sobre todo, cómo consiguen su principal activo para poder operar a sus anchas: el temor. Generar temblores en policías, taxistas, abogados, migrantes. Hacer marca de su consigna: “Nosotros somos Los Zetas” y poner al interlocutor a bailar su baile con solo esas cuatro palabras.

El jueves 3 de julio las autoridades liberaron a 52 indocumentados que llevaban una semana apiñados en una habitación del rancho La Victoria. Los integrantes de la banda, un comando de Los Zetas, torturaron y mataron a dos de los migrantes que intentaron escapar.

Eso se respira aquí en Tabasco, una de sus principales plazas y donde inicia el control que detentan sobre coyotes y migrantes. Eso se percibe con ese sexto sentido tan real, tan en la piel, con el que se sabe cuando uno está por ser asaltado en alguna esquina oscura. Se percibe, como nos ocurrió al entrar al pueblo de Gregorio Méndez, en la cara de terror que puso el taxista cuando le pedimos que hiciera un servicio hasta el rancho La Victoria, y él respondió: “No, no puedo ir ahí, no nos dejan, ahí no puedo ir”, y tomó su taxi y se largó. Se palpa en la mirada de los hombres de la camioneta negra que rondaban en la esquina mientras esperábamos que un camión nos internara en los montes de rancherías, y en la pregunta temblorosa del motorista de ese camión, cuando antes de aceptar llevarnos dijo en voz baja: “Pero ustedes… ¿no serán?… es que no quiero problemas con nadie”.

Antes de abandonar el rancho, se notaba el nerviosismo de los tres policías judiciales. Mientras los del MP aún colgaban el cartel de “propiedad incautada”, uno de ellos dijo entre suspiros sosteniendo su AR-15 con firmeza y perdiendo su mirada en los montes de atrás:

No podemos enseñarles las tumbas, porque ellos andan por allá, en el monte, vigilándonos.

Como siempre, vigilan. Ya me lo había advertido el agente secreto: “Seguro andarán por la montaña, porque deben de tener más armas enterradas en el rancho”.

Y es que ahí cerca, entre la maleza, es donde dos hondureños encadenados para que no escaparan de la migración desenterraron a los dos asesinados en el rancho. A Melesit, ya con los gusanos entrándole y saliéndole de la herida de la nuca, lo desenterraron esa misma noche, cuando un hondureño dijo que sabía dónde estaban ese cuerpo, una ametralladora Uzi y dos cargadores también bajo tierra. El otro cadáver fue desenterrado cinco días después, cuando los dos hondureños encadenados que desenterraron a Melesit fueron desenmascarados en la estación migratoria de Tapachula, a donde habían trasladado a los migrantes para deportarlos a Centroamérica.

Se escuchó un barullo en la celda de hombres y cuando los agentes de migración se acercaron a revisar, se encontraron un linchamiento en proceso. Eran los 50 indocumentados hombres intentando matar a los dos hondureños, zetas los dos.

¡Ellos son zetas, ellos traían armas y nos tableaban en el rancho, ellos son del grupo! -se oía gritar a la turba.

Entonces los sacaron, ellos aceptaron ser zetas y fueron devueltos a Tabasco, a declarar, a ubicar al segundo muerto, al que ellos mismos habían matado y enterrado.

Los Zetas son como un cáncer que hace metástasis con rapidez y en todo lo que los rodea. Migrantes reclutados como zetas, militares reclutados por la banda, policías, taxistas, alcaldes, comerciantes.

Preguntando al enemigo

Pero entonces, ¿todo lo del rancho La Victoria fue una casualidad? Es decir, no fue un operativo exitoso, sino dos migrantes que por cuestiones del azar encontraron a un pelotón y contaron que tras ellos quedaban 52 más -pregunto al agente secreto, que vuelve a sonreír, esta vez con una mueca cómplice, que deja muy clara su respuesta. Una sonrisa de obviedad.

¿Por qué crees que me muevo como me muevo, despacio, paso a paso? -pregunta-. Porque aquí Los Zetas se enteran de muchos de los operativos antes que las mismas jefaturas militares. Tienen orejas en todas partes. Y cuando hay golpes como este es por una de dos razones: o porque todo ocurrió así, rápido, sin planificación, por un pitazo sorpresivo que en este caso dieron los migrantes, o porque se elabora un operativo silencioso, sin andar contándole a todas las corporaciones, paso a paso.

Todo fue una casualidad, cuestión de tiempo, de voluntades, de humores. Si aquellos dos migrantes que huyeron hubieran temido ser detenidos por los soldados… si en lugar de detenerse y denunciar hubieran corrido por el monte… si minutos antes se hubieran detenido a descansar ocultos a la vera de un árbol, al margen de la vereda, y el pequeño pelotón hubiera pasado de largo, nadie sabría siquiera de la existencia de un rancho llamado La Victoria en las afueras del pueblito Gregorio Méndez.

Ya te dije, tienen muchas orejas repartidas -continúa el agente, que como buen infiltrado siempre sabe sorprender-. Dime, ¿había en el rancho policías judiciales?

—Sí, tres.

Pues bueno, a uno de ellos lo están investigando porque trabaja para Los Zetas.

¡Lo que faltaba! Durante más de 30 minutos estuvimos haciendo preguntas y comentarios a un policía que está con Los Zetas. Esto es lo que les permite actuar como les da la gana. Así es como logran ser avisados de casi todos los operativos en su contra. De esta manera consiguen enterarse de a qué hora, qué día, dónde y quiénes.

Por eso es difícil actuar en su territorio. Por eso Toni solo consiguió sacar su cámara por breves minutos en todo el viaje. Por eso el agente se mueve con cautela, porque Los Zetas todo lo ven.

Ya es bastante incómodo andar por estos lugares. Ya es bastante atemorizante pasearse por una de las calles de Tenosique, el pueblo donde inicia esta ruta. Ahí, una de estas tardes, un funcionario nos trasladó en su vehículo. Mientras transitábamos por la avenida principal que parte en dos ese municipio de 55 mil habitantes, nuestro piloto iba señalando hacia ambos lados de la arteria, cada vez que nos cruzábamos con un negocio grande de muebles, medicamentos, lo que sea, y decía:

-Al hijo del dueño de ese local lo secuestraron el mes pasado. Al dueño de ese negocio lo secuestraron y lo mataron hace cuatro meses. En esa calle secuestraron al ex presidente municipal, Carlos Paz, en mayo, y parece que la esposa del dueño de aquella farmacia también está secuestrada por Los Zetas…

Aquello es una vitrina de secuestros, un paseo turístico por un pueblo tomado por los narcos, donde las referencias abundan, pero en lugar de ser la esquina donde se tomaba café tal célebre personaje local, apuntan al negocio donde ocurrió el último secuestro o la cuadra donde sucedió la última ejecución.

Los Zetas, cuando dominan, dominan todo. Hacen monopolio del crimen: secuestros, extorsiones, sicariato, narcotráfico, venta al menudeo, piratería, rentas para los coyotes que circulan por su zona, todo les corresponde. Todos son giros de su negocio, y quien quiera dedicarse a alguno de ellos debe ser miembro de la banda o un empleado de ellos.

Jesús Acosta, de 27 años, es un nicaragüense que fue secuestrado por Los Zetas en Tenosique. Luego de unos días de secuestro, los migrantes consiguieron escapar tras atacar al vigilante a cargo de su custodia. Una semana después, en Veracruz, Jesús recibió una llamada telefónica de su familia, que el contó que su hermano menor, de 15 años, había sido asesinado en Tenosique.

Lo controlan todo y a todas las instituciones. Fíjate que en Tenosique muchos de los secuestros de migrantes ocurren en las vías, justo enfrente de la estación migratoria. Los agentes de migración saben que si mueven un dedo, mañana amanece uno de ellos muerto. Mejor callan y reciben lo que les pagan -explica el agente secreto.

Habrán tardado mucho en crear esa red -suelto un pensamiento en voz alta.

No creás -responde-. Ellos vinieron y pegaron fuerte. Lo que hicieron es incorporar a todas las pequeñas organizaciones criminales que ya existían. Si aquí apenas se empezó a escuchar de la banda en julio de 2006, cuando detienen a Mateo Díaz, alias el Comandante Mateo o el Zeta 10.

Antes de eso en Tabasco sonaba con fuerza el Cártel del Golfo, pero pocos conocían a su entonces brazo armado. Finalmente, y tras una noche de imprudencia, Mateo fue arrestado en su pequeño municipio natal, Cunduacán, aquí en Tabasco, por hacer escándalo borracho en el bar La Palotada. Lo atraparon junto a su cómplice guatemalteco, Darwin Bermúdez Zamora. La policía municipal no sabía a quién tenía entre manos, y minutos después de detenerlo, ya veían cómo un comando armado de 15 hombres atacaba con bazucas, granadas de fragmentación y AR-15 la comandancia. Mataron a dos policías en la refriega, hirieron a otros siete, destruyeron patrullas e instalaciones. Entonces se enteraron de que en sus celdas, junto a otros traviesos nocturnos, tenían nada menos que al Zeta 10, uno de los fundadores del grupo, que en 1998 desertó del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales del Ejército, los temidos GAFES, la élite de esa institución. Tenían en custodia al Comandante Mateo, de los delincuentes más buscados del país, encargado de dominar la plaza de Tabasco, Chiapas y Veracruz, tres importantes estados para la entrada de cocaína proveniente de Colombia y balas y granadas compradas en Guatemala que luego utilizan el Cártel del Golfo y Los Zetas. Habían atrapado a uno de los fundadores de un grupo que ahora tiene a sus dos cabecillas en la lista de los más buscados por las autoridades estadounidenses. Cinco millones de dólares por la cabeza del Z-3, Heriberto Lazcano, y la de Miguel Ángel Treviño Morales, el Z-40.

Mateo fue quien llegó a poner orden en esta llamada región de los ríos. Él y sus secuaces fueron los que empezaron a recitar las reglas a las pequeñas bandas locales: o se alían o se apartan. Ellos reclutaron a la pandilla de unos 30 muchachos entre los 12 y los 35 años que se dedicaban a cobrarle 100 pesos a cada migrante que quisieran abordar el tren en Tenosique. Los Zetas les ofrecieron un trato: a partir de ahora, trabajan para nosotros. A partir de ahora, no tendrán problemas con las autoridades municipales ni de migración. A partir de ahora se acabó eso de sacar solo unos cuantos pesos. Vamos a dominar la ruta, cobrar a los coyotes que pasen por aquí, castigar a los que no paguen y secuestrar a los migrantes que no viajen con uno de nuestros protegidos.

Los zetitas

Estas bandas que ya existían son las que se encargan de muchos negocios que dan dinero a Los Zetas en esta región. Si incluso hemos detectado que se encargan de manejar el negocio de la producción de CDs piratas de música y películas Y lo manejan a su modo. Cuando llegaron, levantaron a traficantes de madera y vendedores de droga al menudeo, y les dieron una calentada. Ellos primero demuestran su forma de actuar, luego negocian -explica el agente secreto.

A ver: ¿pero estas bandas son zetas o no? Hemos escuchado que les llaman zetitas.

El agente ríe antes de contestar:

Me gusta ese nombre: zetitas. Es más o menos lo que son. Ellos no son Zetas en el sentido de que no participan de la estructura de la banda, no manejan cargamentos de droga ni tienen una función dentro del cártel. Pero en la práctica, sí lo son. Ellos tienen permiso de identificarse como zetas, y tienen la protección de los pesados. O sea que, para cuestiones prácticas, funciona igual: si un agente de migración denuncia a uno de los zetitas de las vías, se está metiendo con un negocio protegido por los grandes zetas, y estos se van a vengar. Pero los que andan en las vías son solo los que recogen a los migrantes, jefes de esas bandas de chavos que existían antes. Ellos convencen con mentiras a los migrantes de que se vayan a sus casas, que los llevarán a la frontera con Estados Unidos, pero luego los entregan a otros que ya son sicarios del cártel, como los que estaban en el rancho La Victoria.

Uno de aquellos días, bajo un permanente sol que calcina la piel, decidimos movernos a Macuspana, un pequeño municipio rural ubicado a unos 250 kilómetros de Tenosique. Por ahí pasa el tren. Por ahí pasan los migrantes que salieron de las vías de Tenosique. Y ahí, como en El Águila, El Barí, El 20, Villa, El Faisán, Gregorio Méndez y Emiliano Zapata, hay bandas de zetitas.

En Macuspana no hay albergue. Lo que hay es una iglesia con un traspatio donde los migrantes tienen techo y comida hasta que sigan su camino. De la iglesia salió un hombre delgado y de rostro anguloso. Es el administrador de la parroquia. Con parsimonia, arregló dos bancas alrededor de una mesa, y empezamos una conversación que poco tardó en terminar.

Cuando le explicamos que buscábamos información sobre las bandas de secuestros, el hombre enmudeció. Sus ojos se volvieron esquivos y el color moreno de su rostro empalideció. “No sé nada de eso, yo solo doy de comer a los migrantes, no sé nada”. Esa, como era obvio, sería su respuesta final.

Decidimos salir de la parroquia y tumbarnos en el traspatio con los ocho hondureños y el guatemalteco que dormitaban ahí. El proceso siempre es igual. Ellos tantean a quien les pregunta. El truco para que un migrante empiece a confiar consiste en hablarle del camino, demostrarle que uno también lo conoce, que conoce sus códigos, sus peligros, su tren, sus rutas. Así se logra que en unos minutos la respuesta inicial -“tranquilo, compa, todo tranquilo, gracias a Dios-, siempre falsa, vaya cambiando, y ellos empiecen a contar lo que en realidad han vivido.

Pasado el protocolo me enteré de que tres de los ahí presentes se libraron de un secuestro en El Barí. El guatemalteco de El Petén que los lideraba por ser su segundo intento tuvo la perspicacia de detectar que cuando se les acercó un hombre dentro de una camioneta, con una escuadra en la solapa y diciendo al celular “tengo a un grupito”, era un buen momento para echarse a correr.

Pero me concentré en el hondureño gordo del rosario negro, que hacía los comentarios más osados. Si yo decía: “En esas vías te llegan con mentiras para hacerte caer”. Él complementaba: “Y te sacan el número de teléfono, que es lo que les importa”. Si yo agregaba: “Y te lo sacan como si de verdad fueran coyotes que te van a llevar”. Él continuaba: “Pero al final pura mentira, más adelante te enterás de que vas secuestrado para Coatzacoalcos”. Luego, la charla de todos se convirtió en charla de dos.

Este hondureño era un tipo de talante duro. Se le notaba la calle en sus palabras, en sus maneras. Asegura que en su viaje anterior, y gracias a que vieron en él a un tipo temerario, le dieron posada en la casa de El Cocho, el líder de la banda de zetitas de El Barí. Intentaban hacerlo ingresar al grupo, pero él no quiso. “Y como sabían que yo no tenía a nadie que pagara por mí, no me secuestraron, sino que ahí me daban posada”, aseguró. Nunca le creí del todo la historia, no sé si era verdad o si él era un infiltrado de los que Los Zetas meten en el tren para seleccionar víctimas. Lo cierto es que gran parte de lo que contó me lo confirmó luego el agente secreto.

El hondureño aseguró que El Cocho, un compatriota suyo como de 30 años, es el líder de la banda de zetitas que operan en El Barí, uno de los puntos de secuestro más calientes de esta región de los ríos. Aseguró que ese líder de banda trabaja con otros nueve hondureños que como él nunca se alejan de su 9 milímetros. “Ni para dormir”. Que la banda de El Cocho sigue activa, pero que de momento se han refugiado en el monte, “debido a un operativo que hubo”. Dijo que eso le habían contado ahora que pasó por ahí, antes de llegar a Macuspana. Todo coincide. Hace dos meses hubo un operativo en el que 24 migrantes fueron liberados por los militares en ese poblado. Cuando los militares llegaron, ya estaban ahí los policías municipales de El Barí. Todos los zetitas habían huido.

Es que están compinchados, si cuando yo estaba ahí llegaban los policías a comer con El Cocho, y él les daba un sobre con dinero -recordó el hondureño gordo tumbado en el piso del traspatio.

Luego, pasó a describir a la banda del hotel California. Esta es una de las más descaradas expresiones de la impunidad que he visto en estos años cubriendo migración. El hotel California es reconocido en Tenosique -por absolutamente todas las autoridades que, a pesar de no dar su nombre, aceptaron hablar- como propiedad de Los Zetas, como sitio donde guardan armas, droga y a grupos de migrantes secuestrados antes de trasladarlos. Ese hotel está justo a la par de la garita de migración y ambos locales están justo frente a las vías donde han ocurrido decenas de secuestros masivos.

Ahí, dijo el migrante en Macuspana, trabajan unas 10 personas al servicio de El Señor de los Trenes. Este, un hondureño de unos 40 años, es un ex pollero que allá por 2007, cuando llevaba a un grupo de centroamericanos, fue atrapado por Los Zetas en su cruzada por evitar que un coyote que no les pague pudiera pasar por su zona. Él dijo que no conocía las reglas, que quería compensar su error, y durante más de un año estuvo en una esquina de Coatzacoalcos (Veracruz) vendiendo tamales y grapas de cocaína. Luego de pagar piso y de que El Gordo, ex jefe de la banda de zetitas de Tenosique fuera detenido, le fue entregada esa plaza de secuestros y ese grupo de zetitas. Ahora, cuando El Señor de los Trenes se rapa la cabeza, se le puede ver la Z que lleva tatuada.

Si a mí me pagara la policía por enseñarles dónde vive El Cocho, dónde vive El Señor de los Trenes y encontrarles a unos tres líderes más de esas bandas, yo en un día se los entrego -fue la manera en que se despidió el hondureño en Macuspana antes de que nos largáramos de ahí.

Unos comprados, otros asustados

Eso del hotel California es conocido, pero nadie interviene. Tienen a medio mundo comprado, y no solo autoridades. Fíjate en las muchachas que en cada una de las dos entradas del pueblo están todo el día y la noche vendiendo refrescos. ¿Crees que a eso se dedican?

El agente hace una pausa, vuelve a sonreír misterioso sosteniendo la mirada y se contesta a sí mismo:

Nooo. Ellas se encargan de vigilar si entran convoyes militares, si entra algún vehículo sospechoso, si entran al pueblo más carros de los que normalmente vienen. Claro, tú solo ves a unas muchachas jovencitas vendiendo refrescos.

Contratan a muchachas de pueblo, a centroamericanos migrantes, a autoridades y comerciantes. Un pueblo se domina teniendo de tu parte a medio pueblo y poniendo a temblar a la otra mitad. A los que se oponen, como Fray Jesús, un párroco jóven y aguerrido de la iglesia de Tenosique, que ha denunciado en sus prédicas y ante algún medio de comunicación el dominio de Los Zetas, los amenazan. Este fraile ha recibido tres avisos: dos amenazas por escrito, una puesta en el parabrisas de su carro y otra lanzada por debajo del portón de la parroquia, y una amenaza más enviada por terceros: “Dígale a ese padrecito que si se sigue metiendo en lo que no le importa le va a ir mal”.

Por eso, en estos pueblos vives entre dos fantasmas, y juzgas a todas las personas de ese modo: los que temen y los que amenazan. La señora de la farmacia que, al ver pasar a un desconocido, baja la cabeza, teme. Los hombres del automóvil amarillo que han pasado tres veces frente a nosotros en menos de cinco minutos, amenazan.

Es que hablamos de gente con dinero. Los Zetas le están cobrando entre 50 mil y 200 mil pesos mensuales a cada banda de zetitas que tienen en esta zona, y aún así a las bandas les queda dinero para ellos y para sobornar autoridades. Y ten en cuenta que este es su negocio para el sencillito. Ellos sacan dinero del tráfico de drogas, balas y granadas. Los migrantes son su tercer negocio -continúa el agente.

Piensa un rato mientras en la mesa hay un silencio. Matiza:

Sí, es su tercer negocio, pero ellos no tienen negocios pequeños, solo negocios de mucho dinero y que implican poner a funcionar toda su maquinaria de corrupción. Somos reservados al calcular que el 40% de todas las corporaciones policíacas que actúan en el Estado están controladas por Los Zetas.

El policía y el periodista

Las dos reuniones empezaron con los protocolos del miedo a los que obliga la región.

Al periodista llegamos fácilmente, a través de colegas suyos. Le llamamos una tarde y convenimos que ya que él sabía por nuestro contacto de lo que queríamos hablar, lo mejor era que lo hiciéramos en persona. Nos movimos de Villahermosa, la capital del Estado, hacia uno de los pueblitos de la zona de los ríos. Bajamos del autobús y nos sentamos en el pequeño restaurante que nos había indicado.

A la media hora entró un acalorado hombre, sacudiéndose el sudor y con un montón de papeles bajo el brazo. Era él, el periodista de la zona que lleva más de 10 años cubriendo los avatares de esta región de balazos, narcos, autoridades corruptas y militares. Una zona que, por tramos de carretera, cuando los convoyes verde olivo se pasean, evoca a las imágenes del Irak que tenemos en la mente.

El periodista escribía una nota en su computadora portátil mientras hablaba y sacudía la cabeza de lado a lado, viendo los movimientos de un viejo zarrapastroso que estaba en la mesa de al lado. Entre vendedoras de jugos que trabajan como halcones y autoridades corruptas, cualquiera puede ser un oreja, un vigía, un zeta.

Hablamos un poco en el restaurante, pero era obvio que lo mejor era movernos de ahí, irnos a otro sitio, donde no tuviéramos que susurrar cada vez que decíamos Zetas. Nos trasladamos a un pequeño local repleto de cacharros electrónicos por todos lados. Ahí, el nervioso hombre no paró de hablar. Encendió su computadora y empezó a mostrar algunas de sus fotos.

Ranchos de secuestros, zetas presentados por la autoridad, policías corruptos atrapados mientras culminaban algún negocio para la banda y cadáveres, varios cadáveres.

Pero nosotros queríamos que el periodista nos hablara de por qué nadie cuenta lo que todos saben, lo que se puede averiguar en un par de semanas. ¿Por qué nadie habla de las autoridades corruptas de los pueblos si todos saben quiénes son? ¿Por qué solo lo hacen cuando la policía detiene a alguno de ellos y lo presenta ante los medios? ¿Por qué nadie cuenta sus dinámicas, su red, su forma de operar, sino solo hechos puntuales, con poco contexto, con poca raíz?

Su respuesta llegó en dos argumentos, a cual más contundente:

Porque yo vivo aquí, y aquí vive mi familia. Y, como tú dices, si ellos tienen a medio pueblo comprado, también saben dónde vives, cómo te llamas, cuántos años tienen tus hijos y dónde estudian. Y además, porque si como yo, eliges arriesgarte y publicas algo, te pasa lo que a mí me pasó. Llega una camioneta negra a tu casa con dos hombres armados. Tocan la puerta, preguntan por ti y te dicen: A ver, venimos a ver cómo la vas a querer: ¿Por las buenas? Pues deja de escribir pendejadas. ¿Por las malas? Te matamos a ti y a toda tu familia.

Y asunto zanjado. Una lápida sobre las letras de los periodistas, no necesariamente sobre sus medios, que tienen sus oficinas en la capital o en una ciudad grande. Un mutis a los que viven en estos pueblos, a los que intentan contar las grandes historias de sus pequeñas localidades, que viajan sin guardaespaldas, que ganan sueldos de miseria y que escriben desde sus casas, donde viven sus hijos.

Eli Torres Guzmán llevaba escondidas cinco pistolas 9 milímetros y un fusil de asalto AK-47 en su carro cuando la policía de aduana inspeccionó el vehículo. Al día siguiente, cuando los medios del estado de Tabasco reportaron el hecho, todas las notas de prensa informaron del hallazgo de solo dos pistolas 9 milímetros y nada del fusil. Las otras armas no aparecieron en ningún informe policial.

Porque cuando estos delincuentes lanzan su consigna, cuando dicen “nosotros somos Los Zetas”, o te doblas o te doblan. Lo sabe el periodista, y lo saben los migrantes secuestrados, y lo supo también Mario Rodríguez Alonso, el director de tránsito de Emiliano Zapata, un pueblo cercano, que hizo caso omiso a la consigna y arrestó a un conductor ebrio que gritó que era zeta, que no se metiera con él. Un día después, en julio del año pasado, por la mañana, a la luz del día, un comando armado lo sacó de la estación policíaca y lo devolvió al siguiente día, ya muerto, con rastros de tortura, una bolsa negra cubriendo su rostro, sus manos esposadas por la espalda y varios impactos de bala en el cuerpo.

Cuando días después buscamos a un policía municipal para preguntarle cómo se siente que te pasen encima los que deberían de temerte, el procedimiento fue más complejo. Lo contactamos a través de un pariente suyo que conocimos gracias a una fuente gubernamental. Nunca hablamos con él antes del encuentro. Solo recibimos instrucciones de su pariente: a las 2 de la tarde, en el pequeño comedor de la esquina, cerca del río.

Llegó puntual. El policía, en su día libre, vigilaba el comedor desde una esquina. Cuando llegamos, se acercó y nos invitó a caminar por el callejón hasta llegar a la sombra de un árbol en la ribera del río. La conversación inició ya sin temores:

Dicen que a veces los llaman a la comandancia y les ponen narcocorridos a todo volumen -le comenté.

Sí, a veces hacen eso los cabrones, y a varios comandantes de la municipal les llaman a su casa de repente, sin que hayan hecho nada, para amenazarlos, que si se meten con ellos ya saben dónde viven y que les van a matar a la familia -respondió.

¿Y eso pasa seguido?

Mira, siempre hay algún evento. Hace cinco días apareció el último ejecutado en Tenosique, en la colonia Municipal, era un vendedor de ganado. Hace tres meses mataron a un comandante de la policía, que pensó que era juego y empezó a molestar mucho a Los Zetas, a hacer operativos por el hotel California.

Se refería al comandante de la policía de Tenosique Tirson Castellanos, que en su día franco se dedicaba a compra-venta de vehículos hasta que fue interceptado cuando se dirigía a su casa por una camioneta con sicarios. Tirson logró correr y refugiarse en el baño de un taller mecánico, hasta donde los pistoleros llegaron para descargar sus 9 milímetros. El cuerpo de Tirson recibió 14 impactos.

Y usted, ¿qué hace para seguir vivo? -pregunté al municipal.

Me desentiendo, me dedico a otras cosas, a rateros y borrachos. Ya me ha tocado que andando en los ejidos se nos atraviesen dos camionetas. Se bajan y se identifican: “Somos Los Zetas”, y te presumen sus armas y lo que ganan y te dicen que trabajes para ellos. Yo les digo que no, y se ponen violentos, pero les digo que tampoco me meto en su camino, y te dicen: “Más te vale, hijo de la chingada”. O cuando hacíamos un retén de tránsito, y pasan tres camionetas con hombres vestidos de la AFI (Agencia Federal de Investigaciones), y les preguntábamos si iba a haber operativo, y nos contestaron: “No somos ley, nosotros somos Los Zetas”. El comandante que estaba en el retén fue inteligente, y les contestó: “Pasen adelante, yo no quiero nada con ustedes. Trabajen, que yo no los veo”. Nunca había visto tantas armas juntas como las que llevaban en esos carros.

Supongo que algunos en tu corporación sí trabajarán para ellos.

Mira, yo sé que algunos lo hacen, pero intento no enterarme, no averiguar y no confiar en nadie.

No hay solidaridad entre corporaciones.

Olvídate. Todas tienen a gente comprada. Si tú detienes a un zeta, ellos mismos te delatan, dan tu nombre a los que quedan fuera, y tu familia corre riesgo. Todos andan tras algo. Mira nada más lo de El Ceibo, se reportaron dos escuadras cuando lo que agarraron fueron cinco y un cuerno de chivo.

Se refería a lo ocurrido hace unos días, cuando cerca de El Ceibo, la frontera del lado de Guatemala, un pequeño poblado que funciona como mercado negro de armas y balas, los policías mexicanos detuvieron de su lado de la línea a un joven que llevaba escondidas cinco pistolas 9 milímetros y un fusil AK-47 en su carro. Nosotros estábamos ahí, esperando que el ejército de Guatemala realizara el anunciado operativo contra ese mercado que provee de balas y granadas a Los Zetas. El operativo fue un fracaso. Para cuando ocurrió, ya todos en El Ceibo estaban alertas. Por su parte, los policías mexicanos solo reportaron haber encontrado dos pistolas. El resto de armas quién sabe a dónde fueron a parar.

No se sabe en quién confiar. Tiene toda la razón el municipal. El poder de infiltración de Los Zetas no deja libre a ninguna corporación. Ni siquiera al ejército, al que muchos señalan como la única autoridad que combate al narco. Por ejemplo, el 1 de julio de este año, la inteligencia mexicana detuvo a 16 militares de las bases de Villahermosa y Tenosique, acusados de trabajar con Los Zetas, avisar de operativos y maquinar un complot para asesinar al comandante Gilberto Toledano, que ha coordinado varios operativos, como el realizado contra el rancho La Victoria.

Sin luz al final del túnel

El calor aún es sofocante en este café con estructura de pecera cuando la conversación con el agente secreto va terminando a pesar de que el sol se oculta.

Es complicado todo esto -dice el agente, ya a manera de resumen-. Es complicado porque primero hay que eliminarles todas sus infiltraciones. Constituir un frente común, y que todo el aparato del Estado luche contra ellos. Entonces empezaría una verdadera batalla.

Y entonces, lo que hacen ahora, ¿qué es? -pregunto.

Una especie de juego muy delicado, pero que no da los resultados que podría dar.

A manera de despedida, iniciamos un intercambio de pensamientos inútiles pronunciados en voz alta. “Es difícil… sí, complicado… un trabajo duro… poco a poco y con cuidado”.

Una sensación de impotencia me invade. Seguramente la misma sensación que ha recorrido el cuerpo del periodista, el policía, el fraile y el agente más de una vez. Estamos sentados, conversando sobre un miedo que al salir de esta pecera volverá a recorrernos cuando caminemos por las calles de estos pueblos y nos crucemos con su gente cabizbaja y sus hombres rondando en sus carros, donde pronto habrá otro ejecutado y muchos migrantes más serán secuestrados.

Es complicado -repite el agente secreto cuando nos damos la mano para despedirnos.

Los zetitas

-Estas bandas que ya existían son las que se encargan de muchos negocios que dan dinero a Los Zetas en esta región. Si incluso hemos detectado que se encargan de manejar el negocio de la producción de CDs piratas de música y películas Y lo manejan a su modo. Cuando llegaron, levantaron a traficantes de madera y vendedores de droga al menudeo, y les dieron una calentada. Ellos primero demuestran su forma de actuar, luego negocian -explica el agente secreto.

-A ver: ¿pero estas bandas son zetas o no? Hemos escuchado que les llaman zetitas.

El agente ríe antes de contestar:

-Me gusta ese nombre: zetitas. Es más o menos lo que son. Ellos no son Zetas en el sentido de que no participan de la estructura de la banda, no manejan cargamentos de droga ni tienen una función dentro del cártel. Pero en la práctica, sí lo son. Ellos tienen permiso de identificarse como zetas, y tienen la protección de los pesados. O sea que, para cuestiones prácticas, funciona igual: si un agente de migración denuncia a uno de los zetitas de las vías, se está metiendo con un negocio protegido por los grandes zetas, y estos se van a vengar. Pero los que andan en las vías son solo los que recogen a los migrantes, jefes de esas bandas de chavos que existían antes. Ellos convencen con mentiras a los migrantes de que se vayan a sus casas, que los llevarán a la frontera con Estados Unidos, pero luego los entregan a otros que ya son sicarios del cártel, como los que estaban en el rancho La Victoria.

Uno de aquellos días, bajo un permanente sol que calcina la piel, decidimos movernos a Macuspana, un pequeño municipio rural ubicado a unos 250 kilómetros de Tenosique. Por ahí pasa el tren. Por ahí pasan los migrantes que salieron de las vías de Tenosique. Y ahí, como en El Águila, El Barí, El 20, Villa, El Faisán, Gregorio Méndez y Emiliano Zapata, hay bandas de zetitas.

En Macuspana no hay albergue. Lo que hay es una iglesia con un traspatio donde los migrantes tienen techo y comida hasta que sigan su camino. De la iglesia salió un hombre delgado y de rostro anguloso. Es el administrador de la parroquia. Con parsimonia, arregló dos bancas alrededor de una mesa, y empezamos una conversación que poco tardó en terminar.

Cuando le explicamos que buscábamos información sobre las bandas de secuestros, el hombre enmudeció. Sus ojos se volvieron esquivos y el color moreno de su rostro empalideció. “No sé nada de eso, yo solo doy de comer a los migrantes, no sé nada”. Esa, como era obvio, sería su respuesta final.

Decidimos salir de la parroquia y tumbarnos en el traspatio con los ocho hondureños y el guatemalteco que dormitaban ahí. El proceso siempre es igual. Ellos tantean a quien les pregunta. El truco para que un migrante empiece a confiar consiste en hablarle del camino, demostrarle que uno también lo conoce, que conoce sus códigos, sus peligros, su tren, sus rutas. Así se logra que en unos minutos la respuesta inicial -“tranquilo, compa, todo tranquilo, gracias a Dios-, siempre falsa, vaya cambiando, y ellos empiecen a contar lo que en realidad han vivido.

Pasado el protocolo me enteré de que tres de los ahí presentes se libraron de un secuestro en El Barí. El guatemalteco de El Petén que los lideraba por ser su segundo intento tuvo la perspicacia de detectar que cuando se les acercó un hombre dentro de una camioneta, con una escuadra en la solapa y diciendo al celular “tengo a un grupito”, era un buen momento para echarse a correr.

Pero me concentré en el hondureño gordo del rosario negro, que hacía los comentarios más osados. Si yo decía: “En esas vías te llegan con mentiras para hacerte caer”. Él complementaba: “Y te sacan el número de teléfono, que es lo que les importa”. Si yo agregaba: “Y te lo sacan como si de verdad fueran coyotes que te van a llevar”. Él continuaba: “Pero al final pura mentira, más adelante te enterás de que vas secuestrado para Coatzacoalcos”. Luego, la charla de todos se convirtió en charla de dos.

Este hondureño era un tipo de talante duro. Se le notaba la calle en sus palabras, en sus maneras. Asegura que en su viaje anterior, y gracias a que vieron en él a un tipo temerario, le dieron posada en la casa de El Cocho, el líder de la banda de zetitas de El Barí. Intentaban hacerlo ingresar al grupo, pero él no quiso. “Y como sabían que yo no tenía a nadie que pagara por mí, no me secuestraron, sino que ahí me daban posada”, aseguró. Nunca le creí del todo la historia, no sé si era verdad o si él era un infiltrado de los que Los Zetas meten en el tren para seleccionar víctimas. Lo cierto es que gran parte de lo que contó me lo confirmó luego el agente secreto.

El hondureño aseguró que El Cocho, un compatriota suyo como de 30 años, es el líder de la banda de zetitas que operan en El Barí, uno de los puntos de secuestro más calientes de esta región de los ríos. Aseguró que ese líder de banda trabaja con otros nueve hondureños que como él nunca se alejan de su 9 milímetros. “Ni para dormir”. Que la banda de El Cocho sigue activa, pero que de momento se han refugiado en el monte, “debido a un operativo que hubo”. Dijo que eso le habían contado ahora que pasó por ahí, antes de llegar a Macuspana. Todo coincide. Hace dos meses hubo un operativo en el que 24 migrantes fueron liberados por los militares en ese poblado. Cuando los militares llegaron, ya estaban ahí los policías municipales de El Barí. Todos los zetitas habían huido.

-Es que están compinchados, si cuando yo estaba ahí llegaban los policías a comer con El Cocho, y él les daba un sobre con dinero -recordó el hondureño gordo tumbado en el piso del traspatio.

Luego, pasó a describir a la banda del hotel California. Esta es una de las más descaradas expresiones de la impunidad que he visto en estos años cubriendo migración. El hotel California es reconocido en Tenosique -por absolutamente todas las autoridades que, a pesar de no dar su nombre, aceptaron hablar- como propiedad de Los Zetas, como sitio donde guardan armas, droga y a grupos de migrantes secuestrados antes de trasladarlos. Ese hotel está justo a la par de la garita de migración y ambos locales están justo frente a las vías donde han ocurrido decenas de secuestros masivos.

Ahí, dijo el migrante en Macuspana, trabajan unas 10 personas al servicio de El Señor de los Trenes. Este, un hondureño de unos 40 años, es un ex pollero que allá por 2007, cuando llevaba a un grupo de centroamericanos, fue atrapado por Los Zetas en su cruzada por evitar que un coyote que no les pague pudiera pasar por su zona. Él dijo que no conocía las reglas, que quería compensar su error, y durante más de un año estuvo en una esquina de Coatzacoalcos (Veracruz) vendiendo tamales y grapas de cocaína. Luego de pagar piso y de que El Gordo, ex jefe de la banda de zetitas de Tenosique fuera detenido, le fue entregada esa plaza de secuestros y ese grupo de zetitas. Ahora, cuando El Señor de los Trenes se rapa la cabeza, se le puede ver la Z que lleva tatuada.

-Si a mí me pagara la policía por enseñarles dónde vive El Cocho, dónde vive El Señor de los Trenes y encontrarles a unos tres líderes más de esas bandas, yo en un día se los entrego -fue la manera en que se despidió el hondureño en Macuspana antes de que nos largáramos de ahí.

Unos comprados, otros asustados

-Eso del hotel California es conocido, pero nadie interviene. Tienen a medio mundo comprado, y no solo autoridades. Fíjate en las muchachas que en cada una de las dos entradas del pueblo están todo el día y la noche vendiendo refrescos. ¿Crees que a eso se dedican?

El agente hace una pausa, vuelve a sonreír misterioso sosteniendo la mirada y se contesta a sí mismo:

-Nooo. Ellas se encargan de vigilar si entran convoyes militares, si entra algún vehículo sospechoso, si entran al pueblo más carros de los que normalmente vienen. Claro, tú solo ves a unas muchachas jovencitas vendiendo refrescos.

Contratan a muchachas de pueblo, a centroamericanos migrantes, a autoridades y comerciantes. Un pueblo se domina teniendo de tu parte a medio pueblo y poniendo a temblar a la otra mitad. A los que se oponen, como Fray Jesús, un párroco jóven y aguerrido de la iglesia de Tenosique, que ha denunciado en sus prédicas y ante algún medio de comunicación el dominio de Los Zetas, los amenazan. Este fraile ha recibido tres avisos: dos amenazas por escrito, una puesta en el parabrisas de su carro y otra lanzada por debajo del portón de la parroquia, y una amenaza más enviada por terceros: “Dígale a ese padrecito que si se sigue metiendo en lo que no le importa le va a ir mal”.

Por eso, en estos pueblos vives entre dos fantasmas, y juzgas a todas las personas de ese modo: los que temen y los que amenazan. La señora de la farmacia que, al ver pasar a un desconocido, baja la cabeza, teme. Los hombres del automóvil amarillo que han pasado tres veces frente a nosotros en menos de cinco minutos, amenazan.

-Es que hablamos de gente con dinero. Los Zetas le están cobrando entre 50 mil y 200 mil pesos mensuales a cada banda de zetitas que tienen en esta zona, y aún así a las bandas les queda dinero para ellos y para sobornar autoridades. Y ten en cuenta que este es su negocio para el sencillito. Ellos sacan dinero del tráfico de drogas, balas y granadas. Los migrantes son su tercer negocio -continúa el agente.

Piensa un rato mientras en la mesa hay un silencio. Matiza:

-Sí, es su tercer negocio, pero ellos no tienen negocios pequeños, solo negocios de mucho dinero y que implican poner a funcionar toda su maquinaria de corrupción. Somos reservados al calcular que el 40% de todas las corporaciones policíacas que actúan en el Estado están controladas por Los Zetas.

El policía y el periodista

Las dos reuniones empezaron con los protocolos del miedo a los que obliga la región.

Al periodista llegamos fácilmente, a través de colegas suyos. Le llamamos una tarde y convenimos que ya que él sabía por nuestro contacto de lo que queríamos hablar, lo mejor era que lo hiciéramos en persona. Nos movimos de Villahermosa, la capital del Estado, hacia uno de los pueblitos de la zona de los ríos. Bajamos del autobús y nos sentamos en el pequeño restaurante que nos había indicado.

A la media hora entró un acalorado hombre, sacudiéndose el sudor y con un montón de papeles bajo el brazo. Era él, el periodista de la zona que lleva más de 10 años cubriendo los avatares de esta región de balazos, narcos, autoridades corruptas y militares. Una zona que, por tramos de carretera, cuando los convoyes verde olivo se pasean, evoca a las imágenes del Irak que tenemos en la mente.

El periodista escribía una nota en su computadora portátil mientras hablaba y sacudía la cabeza de lado a lado, viendo los movimientos de un viejo zarrapastroso que estaba en la mesa de al lado. Entre vendedoras de jugos que trabajan como halcones y autoridades corruptas, cualquiera puede ser un oreja, un vigía, un zeta.

Hablamos un poco en el restaurante, pero era obvio que lo mejor era movernos de ahí, irnos a otro sitio, donde no tuviéramos que susurrar cada vez que decíamos Zetas. Nos trasladamos a un pequeño local repleto de cacharros electrónicos por todos lados. Ahí, el nervioso hombre no paró de hablar. Encendió su computadora y empezó a mostrar algunas de sus fotos.

Ranchos de secuestros, zetas presentados por la autoridad, policías corruptos atrapados mientras culminaban algún negocio para la banda y cadáveres, varios cadáveres.

Pero nosotros queríamos que el periodista nos hablara de por qué nadie cuenta lo que todos saben, lo que se puede averiguar en un par de semanas. ¿Por qué nadie habla de las autoridades corruptas de los pueblos si todos saben quiénes son? ¿Por qué solo lo hacen cuando la policía detiene a alguno de ellos y lo presenta ante los medios? ¿Por qué nadie cuenta sus dinámicas, su red, su forma de operar, sino solo hechos puntuales, con poco contexto, con poca raíz?

Su respuesta llegó en dos argumentos, a cual más contundente:

-Porque yo vivo aquí, y aquí vive mi familia. Y, como tú dices, si ellos tienen a medio pueblo comprado, también saben dónde vives, cómo te llamas, cuántos años tienen tus hijos y dónde estudian. Y además, porque si como yo, eliges arriesgarte y publicas algo, te pasa lo que a mí me pasó. Llega una camioneta negra a tu casa con dos hombres armados. Tocan la puerta, preguntan por ti y te dicen: A ver, venimos a ver cómo la vas a querer: ¿Por las buenas? Pues deja de escribir pendejadas. ¿Por las malas? Te matamos a ti y a toda tu familia.

Y asunto zanjado. Una lápida sobre las letras de los periodistas, no necesariamente sobre sus medios, que tienen sus oficinas en la capital o en una ciudad grande. Un mutis a los que viven en estos pueblos, a los que intentan contar las grandes historias de sus pequeñas localidades, que viajan sin guardaespaldas, que ganan sueldos de miseria y que escriben desde sus casas, donde viven sus hijos.

Eli Torres Guzmán llevaba escondidas cinco pistolas 9 milímetros y un fusil de asalto AK-47 en su carro cuando la policía de aduana inspeccionó el vehículo. Al día siguiente, cuando los medios del estado de Tabasco reportaron el hecho, todas las notas de prensa informaron del hallazgo de solo dos pistolas 9 milímetros y nada del fusil. Las otras armas no aparecieron en ningún informe policial.

Porque cuando estos delincuentes lanzan su consigna, cuando dicen “nosotros somos Los Zetas”, o te doblas o te doblan. Lo sabe el periodista, y lo saben los migrantes secuestrados, y lo supo también Mario Rodríguez Alonso, el director de tránsito de Emiliano Zapata, un pueblo cercano, que hizo caso omiso a la consigna y arrestó a un conductor ebrio que gritó que era zeta, que no se metiera con él. Un día después, en julio del año pasado, por la mañana, a la luz del día, un comando armado lo sacó de la estación policíaca y lo devolvió al siguiente día, ya muerto, con rastros de tortura, una bolsa negra cubriendo su rostro, sus manos esposadas por la espalda y varios impactos de bala en el cuerpo.

Cuando días después buscamos a un policía municipal para preguntarle cómo se siente que te pasen encima los que deberían de temerte, el procedimiento fue más complejo. Lo contactamos a través de un pariente suyo que conocimos gracias a una fuente gubernamental. Nunca hablamos con él antes del encuentro. Solo recibimos instrucciones de su pariente: a las 2 de la tarde, en el pequeño comedor de la esquina, cerca del río.

Llegó puntual. El policía, en su día libre, vigilaba el comedor desde una esquina. Cuando llegamos, se acercó y nos invitó a caminar por el callejón hasta llegar a la sombra de un árbol en la ribera del río. La conversación inició ya sin temores:

-Dicen que a veces los llaman a la comandancia y les ponen narcocorridos a todo volumen -le comenté.

-Sí, a veces hacen eso los cabrones, y a varios comandantes de la municipal les llaman a su casa de repente, sin que hayan hecho nada, para amenazarlos, que si se meten con ellos ya saben dónde viven y que les van a matar a la familia -respondió.

-¿Y eso pasa seguido?

-Mira, siempre hay algún evento. Hace cinco días apareció el último ejecutado en Tenosique, en la colonia Municipal, era un vendedor de ganado. Hace tres meses mataron a un comandante de la policía, que pensó que era juego y empezó a molestar mucho a Los Zetas, a hacer operativos por el hotel California.

Se refería al comandante de la policía de Tenosique Tirson Castellanos, que en su día franco se dedicaba a compra-venta de vehículos hasta que fue interceptado cuando se dirigía a su casa por una camioneta con sicarios. Tirson logró correr y refugiarse en el baño de un taller mecánico, hasta donde los pistoleros llegaron para descargar sus 9 milímetros. El cuerpo de Tirson recibió 14 impactos.

-Y usted, ¿qué hace para seguir vivo? -pregunté al municipal.

-Me desentiendo, me dedico a otras cosas, a rateros y borrachos. Ya me ha tocado que andando en los ejidos se nos atraviesen dos camionetas. Se bajan y se identifican: “Somos Los Zetas”, y te presumen sus armas y lo que ganan y te dicen que trabajes para ellos. Yo les digo que no, y se ponen violentos, pero les digo que tampoco me meto en su camino, y te dicen: “Más te vale, hijo de la chingada”. O cuando hacíamos un retén de tránsito, y pasan tres camionetas con hombres vestidos de la AFI (Agencia Federal de Investigaciones), y les preguntábamos si iba a haber operativo, y nos contestaron: “No somos ley, nosotros somos Los Zetas”. El comandante que estaba en el retén fue inteligente, y les contestó: “Pasen adelante, yo no quiero nada con ustedes. Trabajen, que yo no los veo”. Nunca había visto tantas armas juntas como las que llevaban en esos carros.

-Supongo que algunos en tu corporación sí trabajarán para ellos.

-Mira, yo sé que algunos lo hacen, pero intento no enterarme, no averiguar y no confiar en nadie.

-No hay solidaridad entre corporaciones.

-Olvídate. Todas tienen a gente comprada. Si tú detienes a un zeta, ellos mismos te delatan, dan tu nombre a los que quedan fuera, y tu familia corre riesgo. Todos andan tras algo. Mira nada más lo de El Ceibo, se reportaron dos escuadras cuando lo que agarraron fueron cinco y un cuerno de chivo.

Se refería a lo ocurrido hace unos días, cuando cerca de El Ceibo, la frontera del lado de Guatemala, un pequeño poblado que funciona como mercado negro de armas y balas, los policías mexicanos detuvieron de su lado de la línea a un joven que llevaba escondidas cinco pistolas 9 milímetros y un fusil AK-47 en su carro. Nosotros estábamos ahí, esperando que el ejército de Guatemala realizara el anunciado operativo contra ese mercado que provee de balas y granadas a Los Zetas. El operativo fue un fracaso. Para cuando ocurrió, ya todos en El Ceibo estaban alertas. Por su parte, los policías mexicanos solo reportaron haber encontrado dos pistolas. El resto de armas quién sabe a dónde fueron a parar.

No se sabe en quién confiar. Tiene toda la razón el municipal. El poder de infiltración de Los Zetas no deja libre a ninguna corporación. Ni siquiera al ejército, al que muchos señalan como la única autoridad que combate al narco. Por ejemplo, el 1 de julio de este año, la inteligencia mexicana detuvo a 16 militares de las bases de Villahermosa y Tenosique, acusados de trabajar con Los Zetas, avisar de operativos y maquinar un complot para asesinar al comandante Gilberto Toledano, que ha coordinado varios operativos, como el realizado contra el rancho La Victoria.

Sin luz al final del túnel

El calor aún es sofocante en este café con estructura de pecera cuando la conversación con el agente secreto va terminando y a pesar de que el sol se oculta.

-Es complicado todo esto -dice el agente, ya a manera de resumen-. Es complicado porque primero hay que eliminarles todas sus infiltraciones. Constituir un frente común, y que todo el aparato del Estado luche contra ellos. Entonces empezaría una verdadera batalla.

-Y entonces, lo que hacen ahora, ¿qué es? -pregunto.

-Una especie de juego muy delicado, pero que no da los resultados que podría dar.

A manera de despedida, iniciamos un intercambio de pensamientos inútiles pronunciados en voz alta. “Es difícil… sí, complicado… un trabajo duro… poco a poco y con cuidado”.

Una sensación de impotencia me invade. Seguramente la misma sensación que ha recorrido el cuerpo del periodista, el policía, el fraile y el agente más de una vez. Estamos sentados, conversando sobre un miedo que al salir de esta pecera volverá a recorrernos cuando caminemos por las calles de estos pueblos y nos crucemos con su gente cabizbaja y sus hombres rondando en sus carros, donde pronto habrá otro ejecutado y muchos migrantes más serán secuestrados.

-Es complicado -repite el agente secreto cuando nos damos la mano para despedirnos.

Las gotas de sudor le escurrían por la barbilla y bajo sus manos y rodillas sentía el monte seco y la tierra caliente de aquel llano donde la tenían en posición, dispuesta para ser violada. Su camiseta había sido hecha jirones segundos antes por uno de esos hombres con aspecto de agricultores que salieron de la breña, con sus escopetas y machetes, oliendo a pasto, ahí por La Arrocera. Paola, serena a pesar de estar “de perrito”, como ella dice, sabía que aún le quedaban dos cartuchos: su ingenio y su talante.

Sin voltear a ver a quienes merodeaban su retaguardia, Paola, el transexual guatemalteco de 23 años, escuchaba los sonidos de cinturones desprendiéndose y de negociaciones entre bandidos.

-Dale tú primero, pues. Después voy yo -dijo uno. Y entonces Paola los interrumpió, dejándolos atónitos.

-Miren, hagan lo que quieran, pero por favor pónganse condones, ahí hay unos en mi mochila, la rojita. Se los recomiendo, porque tengo sida. Es que yo pensé que eran machos, y que solo a mujeres violaban -les dijo, a pesar de que hace años se reconoce como mujer y de que si se le llama por su nombre de nacimiento ya hace mucho que no voltea la cabeza. Paola no tiene sida. Lo que tiene, luego de cinco años de prostituirse en su país y en la capital mexicana, es la medida de los hombres perversos. Lo que tiene es su ingenio y su talante.

Hubo silencio unos segundos. Paola cree que entre ellos se volteaban a ver desconcertados, pero no está segura, porque seguía ahí, clavada al suelo, con el sol en la espalda, sin girarse. Digna a pesar de estar como estaba, con la cabeza levantada y los ojos perdidos en el horizonte.

-¡Levántate, pinche puto! ¡Váyanse a la verga todos ustedes! -le dijeron a ella y a su grupo como confirmación de que sus últimos dos cartuchos habían sido efectivos.

Ya sin un cinco en la bolsa, todos continuaron su camino al norte por las mismas veredas perdidas en los montes.

-Es que yo ya venía preparada, como dicen que siempre le pasa eso a una cuando viene migrando -termina su relato Paola, a la vera del tren estacionado en Ciudad Ixtepec, al norte de donde tuvo que zafarse de aquella incómoda postura.

Ahora, alta, morena y echando mano de lo que le dejaron en su mochila roja, se ha maquillado, se ha puesto una blusa negra y escotada y un pantalón vaquero. Ahora ya sabe que siempre pasa algo, desde hace años, en ese lugar, reducido a un nombre, La Arrocera. Los 45 que llegaron con ella a este punto fueron asaltados en ese tramo entre Tapachula y Arriaga. Este es punto rojo para nosotros los migrantes, dicen unos. Este es el lugar más perro para pasar, dicen otros. Pero la mayoría, sin saber que con el nombre de unas pocas hectáreas resumen 262 kilómetros de camino, le llaman simplemente La Arrocera. Apodan a toda esa espesura utilizando el nombre de un pequeño asentamiento, de unos 28 ranchos, que toma su nombre de la inhabilitada bodega de arroz que aún se destartala en la carretera.

Eso lo saben ella y muchos migrantes centroamericanos más. Muchas autoridades y muchos que lo supieron tarde, antes de morir entre esos matorrales.

Lo supo incluso la mujer guatemalteca que antes de asfixiarse en El Relicario, con la boca llena de pasto seco y con su propia blusa atorada dentro de su garganta, solo logró ver sobre ella al hombre que la agredía.

Fue el 10 de noviembre de 2008. Ella era guatemalteca. Eso dijeron algunas personas que aseguraron haberla conocido en Tapachula, frontera con Guatemala. Que aseguraron conocer también al hombre con el que andaba en El Relicario esa noche, caminando por las vías del tren, por donde a diario pasan decenas de indocumentados. Un hombre con un escorpión tatuado en la mano. Ocurrió en El Relicario, entre casas de teja y un amasijo de cemento y bahareque incrustradas entre crecidos pastizales.

Nadie sabe muchos detalles y eso es normal. Aquí, la policía rural no existía entonces, y ahora que existe son siete hombres del pueblo con garrotes que cuidan como pueden en sus tiempos libres. Lo que se sabe es que aquella muerte no fue lenta. En la fotografía que se publicó en un pequeño diario de la zona, El Orbe, mezclada con la de otros dos muertos en media página, aparecía la muchacha con los ojos bien abiertos, puñados de zacate con tierra y hojas secas saliéndole de la boca, y la mitad de la cabeza que nace en la frente ya sin pelo, como si la hubieran arrastrado por pavimento antes de meterla a la breña crecida entre los escombros donde la encontraron. O como si le hubieran arrancado a mano limpia los mechones. Estaba desnuda y tenía las piernas abiertas y ligeramente flexionadas, como si un cuerpo hubiera tenido que caberle entre ellas.

No hay investigación abierta. De ella, solo queda el relato de Orlando, el viejo enterrador del cementerio de Huixtla, que saca la lengua lo más que puede para explicar que al cuerpo de la guatemalteca se le salió más de lo normal cuando él logró extraerle de la garganta la blusa que le habían metido. Solo eso queda, y una cruz púrpura y pequeña, escondida en el panteón. Y un epitafio: “Falleció la joven madre y sus gemelos. Nov. 2008.” Y sus gemelos. Estaba embarazada.

Quién sabe si el que la mató eligió con precisión de homicida experto el lugar. Lo cierto es que, lo hiciera queriendo o no, le salió bien. En estos montes de los migrantes, en esta espesura de Chiapas, como descubrimos cada día desde que iniciamos este recorrido, los cadáveres son incontables, las violaciones pan de cada día, y los asaltos el mal menor.

La guerra tardía

Llegamos en tiempos hostiles. Desde inicios de este año, y por primera vez, el gobierno del Estado de Chiapas le ha puesto cara a los asaltantes de estos senderos. Asaltantes que hace años empezaron como jornaleros de los ranchos que veían pasar a filas y filas de indocumentados centroamericanos huyendo de las autoridades. Hasta que se les encendió el foco e hicieron sus conjeturas: si ocupan estas sendas para evitar a las autoridades quiere decir que nunca se les ocurriría buscarlas ni siquiera para denunciar un asalto, una violación, un asesinato.

Los migrantes cruzan el río Suchiate que divide a México del istmo. Y desde entonces, empiezan su intermitente viaje en microbuses (combis les llaman aquí). Suben a una, bajan de ella cuando está por acercarse a una caseta de revisión migratoria en la carretera. Se internan en el monte y caminan varios kilómetros, bordeando, hasta que más adelante retornan al pavimento y esperan otra combi. Cinco veces lo hacen en estos 282 kilómetros, hasta que llegan a Arriaga, donde pueden abordar el tren de mercancías como polizones, colgados de sus techos.

Durante años los indocumentados han asumido este peaje de la delincuencia como un obstáculo infranqueable. “Lo que Dios quiera”, repiten. Los coyotes empezaron a dar condones a las mujeres y a advertir a los hombres de que no se opusieran. Las historias de maridos, hijos, madres que han visto a sus mujeres vejadas por esos asaltantes han abundado durante más de 10 años en este México profundo, olvidado, escondido.

A principios de 2009, luego de una década de peticiones de organizaciones de derechos humanos, el gobierno chiapaneco hizo caso a las repetidas medidas de presión. Una visita de los cancilleres de Guatemala y El Salvador y una carta enviada por más de 10 organizaciones, incluida la Iglesia Católica, lograron que se diera el primer movimiento. Se creó la Fiscalía Especial para la Atención de los Migrantes, y el gobernador Juan Sabines giró órdenes a las comandancias de la Policía Sectorial de Huixtla y Tonalá para que patrullaran esas zonas de vez en cuando. En este punto estamos, cuando por fin han decidido empezar a escarbar en este vertedero de maldad impune. Y toda la porquería está saliendo a flote. Por todas partes. Y los delegados de recogerla se dan cuenta de que son muy pocas las palas que tienen para levantar todo el desperdicio acumulado en tantos años.

El comandante Máximo nos recibe en este caluroso día. Son los meses extremos en esta región ya de por sí sofocante. Mantener la camisa seca es misión imposible. A cada paso, decenas de gotas de sudor salen a toda prisa. El comandante de la región, que cubre de Tonalá a Arriaga -la mitad de este infierno- ordena que le traigan mapas, documentos y una jarra de limonada con mucho hielo.

-Bueno, muchachos -se dirige al fotógrafo Toni Arnau y a mí, antes de que empecemos a preguntarle-. Como verán, hemos atacado el problema de raíz, y le hemos dado solución. Yo les digo que en mi área no hay ni un solo asalto ni violación más.

La pila de hojas que pone sobre la mesa se titula “Operativo amigo”. En su interior hay una página que nos llama la atención. Se ve a ocho hombres, ninguno mayor de 35 años. Arriba se lee: “Supuestos delincuentes agresores en los sucesos en el tren el día 23 de diciembre de 2008”. Se supone que son asaltantes que, aún en Chiapas, dejaron la zona de a pie y ampliaron su área de pillajes al tren que sale de Arriaga. En ese asalto, mataron a un migrante guatemalteco que se opuso. Machetazos, balas y lanzamiento desde la locomotora en marcha.

-¿Y a cuántos han detenido? -pregunto al comandante.

-Creo que uno está a disposición de las autoridades -responde.

Luego de eso, Maximino (llamado Máximo por sus subordinados), saca otro folio para quitarse el mal sabor, lo pone sobre la mesa, lo abre en una hoja y le da golpecitos con el dedo índice, que resuenan sobre la mesa de plástico:

-Este es uno que acabamos de agarrar en la zona de El Basurero. Él se encargaba de desviar a los migrantes en el crucero Durango y mandarlos directo al asalto. A ese ya lo atrapamos.

Es la foto de Samuel Liévano, un viejo ranchero de 57 años que tiene su pequeña parcela justo en ese desvío, donde la calle de tierra desemboca en la carretera. Ahí se bajan los indocumentados, para sortear la última caseta, la de los policías federales que está antes de entrar a la ciudad del tren. Liévano les indicaba que siguieran hacia El Basurero por las inhabilitadas vías férreas. Ese sitio es un botadero al aire libre y un famoso punto de asalto y violaciones, que muchas veces se esconde bajo el nombre de La Arrocera. Lo atraparon justo ahí, luego de haber mal enrumbado a dos hondureños que denunciaron el asalto en el albergue de Arriaga, de donde llamaron a Maximino.

Los denunciantes son dos muchachos negros. Llegan relucientes, sin una sola gota de sudor al albergue, a las 3 de la tarde. Son de la ardiente costa atlántica hondureña, buceadores a pulmón, acostumbrados a achicharrarse en cada jornada de trabajo, que compensan luego bailando ritmos garífunas descalzos en la arena. Ellos fueron los que denunciaron al viejo Liévano. Y ahora, tras más de cinco días esperando que la Fiscalía los llame para el careo, están hartos, y quieren seguir sus caminos. Elvis Ochoa, de 20 años, aventurero y experimentado, es uno de ellos: “Esto no es nada”, dice y chasquea los dedos al estilo de los iconos pandilleriles de Los Ángeles, donde ya estuvo durante unos meses. Andy Epifanio Castillo, de 19 años, primerizo y cándido, ya tuvo su dosis y no quiere volver a poner un pie nunca en este país: “Es andar arriesgando la vida por conseguir una mejor”, se lamenta con sus grandes ojos abiertos y encorvando los hombros. Si se van mañana, Liévano volverá a su rancho, a indicar el camino a los migrantes que se bajen en el crucero Durango, y las palabras de Maximino quedarán ahí, como testimonio de otro intento superficial de terminar con un problema estructural.

Los asaltantes, los que desplumaron a Andy y Elvis dos minutos después de haber escuchado a Liévano, aún siguen por aquí, uno con su 9 milímetros y el otro con su escopeta 12.

Al salir del albergue, vamos a hacer un intento por entrar en la zona de asaltos con algo de protección. Maximino nos dio un recorrido por la zona de El Basurero, pero es de tontos esperar que las cosas fluyan con la normalidad que fluyen para el indocumentado cuando se viaja en un pick up con cuatro policías cargando sus fusiles Galil.

Nos queda una opción. La Fiscalía especializada está en ronda de operativos. De esa oficina piden apoyo al Ministerio Público (MP) de los diferentes pueblos, que les asignan a agentes ministeriales. Entonces, se internan como migrantes en los lugares de asesinatos y violaciones, a la espera de una emboscada, y luego se cuecen a tiros con los delincuentes.

Nada más hace tres semanas, aquí cerca, en El Basurero, cuatro policías infiltrados se toparon con un asalto. Dos delincuentes salieron de la breña y empezaron su procedimiento.

-¡Quietos, hijos de puta, al que se mueva lo reviento! -les ordenaron los asaltantes.

Pero se movieron. Los policías infiltrados desenfundaron sus pistolas y los asaltantes dispararon las suyas y echaron a correr. Los dos fueron atrapados: Wenceslao Peña, de 36 años, y José Zárate, de 18, los dos mexicanos. Mientras huían, uno fue alcanzado por el disparo policial en el cuello. El otro se llevó dos impactos que le atravesaron por atrás un muslo. Cuando todo terminó, solo dos de los participantes en la refriega estaban intactos. Los asaltantes quedaron tendidos, y dos policías también. Las balas expansivas de escopeta los alcanzaron. Todos están aún en el hospital de Tonalá.

En la oficina del MP, tres muchachos se derriten como helados frente a un ventilador. Al ver que nos asomamos, entreabren la puerta, y uno de ellos pregunta qué queremos. Le explicamos, y de la puerta sale Víctor, un agente que estuvo en aquel combate. Lleva la camisa desabrochada en sus últimos botones. La panza estira la tela, y se puede ver asomar por el cinto la cacha de su 9 milímetros.

-Díganme -nos saluda.

-Le explicamos a su compañero lo mismo que a Ludman, el asistente del fiscal Enrique Rojas. Llevamos una semana en la zona, intentando internarnos en la ruta del migrante, para ver la situación como les ocurre a ellos, pero no hemos conseguido nada -explicamos.

-O sea, ¿qué es lo que ustedes quieren?

-Acompañarlos en una de las operaciones donde se infiltran.

Víctor lanza una fugaz mirada a su compañero que lleva cruzada al pecho la cinta que sostiene su fusil. Ambos esbozan una sonrisa ladeada.

-Nooo, eso es imposible, es muy peligroso, hasta para nosotros que vamos armados. Ahí se arma la tiradera, esos delincuentes no se la piensan para disparar. Nosotros caminamos armados, y vamos protegidos por un grupo encubierto de cinco agentes que nos siguen a unos kilómetros.

Le damos nuestros argumentos, le insistimos, pero a cada interlocución nuestra, otra gota de sudor le resbala desde la cara hasta el ombligo y agrega un nuevo contraargumento.

-Peor en la zona de La Arrocera (entendido esta vez solo como la parte del municipio de Huixtla). Ahí hay bandas organizadas que operan con AR-15. Ahí entramos con operativos más planificados.

Nos alejamos sabiendo que la última opción es aproximarse e improvisar. No es usual que nadie quiera internarse en este lugar. Los cadáveres se cuentan cuando ya han sido evacuados. Los periodistas y organizaciones de derechos humanos denuncian lo que escuchan en relatos que les llegan de albergues, pero este es terreno no pisado. Aquí, y nunca mejor dicho, es la ley del monte.

El año pasado, los cancilleres guatemalteco y salvadoreño recorrieron unos kilómetros del lugar. Para ello, se montó todo un espectáculo: cerca de 30 agentes de la policía federal los escoltaban, más dos cuadrillas de caballería de la policía sectorial que iban adelante barriendo la zona, mientras varias patrullas de la estatal esperaban en la carretera. Un ejército de uniformados. Honduras está preparando su visita guiada para este año, y bajo las mismas condiciones. De ahí salieron titulares que a los hondureños garífunas, a los fiscales infiltrados o a Paola -el travesti guatemalteco- les hubieran sacado al menos una sonrisa irónica: “En Chiapas se garantizan los derechos humanos de los migrantes”, titularon con pequeñas variantes por aquellas fechas tres de los diarios que circulan aquí.

El comandante Roberto Sánchez -conocido como comandante Maza- nos recibe en las afueras de Huixtla. El sofocante calor no da tregua. Acaba de llover, pero parece que el agua se hubiera filtrado hasta las capas más profundas de la tierra para luego salir como vapor infernal.

Sánchez nos da todo su apoyo. La conversación es breve y fluye entre apodos, muertos e impunes. Que al Chayote -famoso asaltante de migrantes en la zona- lo detuvieron hace cuatro meses, pero fue liberado en unos días porque los agraviados siguieron su marcha. Que luego, el mismo Chayote hubiera preferido pasar unos años en la cárcel antes de acabar lapidado hace dos meses abajo de uno de los puentes de La Arrocera, seguramente por migrantes que se defendieron. Que El Calambres, de la cuadrilla del anterior, está detenido en Tonalá, pero que sus denunciantes -“¿Qué creen?”- también prefirieron continuar. Es normal. Chiapas es el Estado de México donde se registran más abusos a los centroamericanos por parte de los policías. Ponerse en sus manos, en el mundo de los indocumentados, es equivalente a pedirle a un soldado que vaya a solicitar agua a la guarnición enemiga.

Mañana iremos al campamento de los ocho policías de caballería que desde hace tres meses patrullan el sector. Seguimos en el mismo embrollo: lo que tenemos es un recorrido por la zona peligrosa sin posibilidades de oler el peligro que los migrantes respiran a diario.

A pie con los migrantes

Llegamos a las 6 de la mañana. Los patrulleros hacen su recorrido cuando el sol todavía no atormenta. En el campamento nos encontramos una sorpresa: hay tres migrantes salvadoreños que pidieron posada para descansar un poco antes de seguir su ruta y bordear su primera caseta, la de Huixtla.

Ahí se desperezan -después de apenas cuatro horas de sueño- Eduardo, el panadero de 28 años que huye de las maras; Marlon, el repartidor de pan de 20 que huye con su jefe, y José, el albañil de 26 que se les unió en el intento. Les dieron posada por esta noche en el rancho, y les recomendaron no seguir hasta que el sol saliera, porque bajo la luna, ni los uniformados se pasean por La Arrocera.

Los tres salvadoreños se unen a los tres policías y a nosotros en la marcha. El recorrido empieza con un gesto de amabilidad entre el monte. Al salir del potrero que hace de base de esta cuadrilla de caballería, hay una casita de teja y cemento descascarado. En el portal de la casita está un señor de unos 40 años, descalzo y sin camisa, que toma de bracete a su hija de unos 12 años. Ambos levantan y mueven sus manos diciéndonos adiós.

-¿Y ellos? -pregunto al agente que llevo a la par-. ¿Amigos?

-Espías -contesta-. Trabajan con las bandas de asaltantes. Son los que desvían a los migrantes para donde los esperan los asaltantes, y nos controlan cada vez que salimos a dar la ronda.

Enfilamos por las vías del tren que el huracán Stan destrozó en 2005, y que ya solo sirven de guía a los indocumentados. A nuestra derecha, a pocos metros, detrás de la barrera de vegetación, está la caseta migratoria de El Hueyate. Aquí, lo verde es espeso y nos cubre, el suelo es un lodazal y los charcos son pequeños pantanos. Si se observa fijamente detrás de los pastizales, se siluetean callejuelas escondidas, que llevan a ejidos o ranchos perdidos. Más parecen pasadizos secretos.

-Aquí fue -dice a secas el agente, mientras cruzamos un pequeño puente férreo, y señala la bóveda que nos queda bajo los pies.

Ahí fue donde mataron el año pasado a uno de sus compañeros que patrullaba. Un machetazo seco le rompió el hueso de la frente cuando se topó con unos asaltantes. Un machete afilado, que para algunos de los delincuentes es más un arma que una herramienta de trabajo. La utilizan como espadachines en esta zona donde muchas discusiones de cantina se saldan a fierrazos. Lo ocupan para desmalezar la tierra, para asaltar, para defenderse. Lo llevan siempre en la mano, como una extensión natural de su cuerpo. El machete es su fiel compañero, su quinta extremidad.

En el camino se escuchan ladridos de perros y tras las verjas de las casitas se ven ojos que salen a enterarse.

-Ahorita nos tienen bien vistos -prosigue el agente, antes de soltar otra de sus parcas referencias-. Lo que le dije de los huesos, aquí fue; y a El Chayote, lo encontramos allá.

Lo de los huesos fue literalmente eso, un esqueleto que encontraron hace unos meses ahí entre un montarrascal igual a los demás. Los zopilotes merodean el área siempre, por la cantidad de ganado que muere, y no tardan en encontrar un cadáver que consumir. Por eso, aquí huesos no es sinónimo de fósil, sino más bien de cadáver reciente. Y El Chayote, el asaltante, apareció metido en otra de las bóvedas que vemos desde este punto, acostado en el suelo, con una magulladura en la frente, que le había reblandecido la sien como si fuera de plastilina. Otras rocas estaban a su alrededor. Si el machete es lo suyo para muchos asaltantes de poca monta, la piedra lo es para los migrantes que se proponen defenderse.

Aquí se camina entre muertos, la vida se relativiza como un valor que se menea en una cuerda floja. Matar, morir, violar, ser violado pierden sus dimensiones. Es rutina. Punto de referencia: aquí, en esta piedra, violan; allá, en ese arbusto, matan.

-Allá las separan a las mujeres del grupo cuando las violan -señala el agente una pequeña parcela de plataneros-. Y hasta aquí llega nuestra ronda diaria.

Hemos caminado apenas media hora, y hasta aquí llegan. Luego, suelen regresar por el otro lado de la carretera, lo que llaman La Arrocera alta, cerros que se levantan de la planicie que ahora pisamos, al otro lado de la carretera. Pero hasta aquí, no es ni la mitad de una décima parte del camino del indocumentado. Hasta aquí es apenas parte del comienzo. La primera caseta, el primer punto caliente.

Este cruce lo conocen como La Cuña, una callejuela que sale a la carretera, adelante de El Hueyate. Un árbol de mango donde violan, una terracería donde algunos coyotes de Huixtla entran a dejarle migrantes a los asaltantes, con los que están de acuerdo.

El agente sigue hablando mientras los salvadoreños, con miradas, nos preguntan qué haremos.

-Por aquí todavía andamos buscando a un malhechor de esos. Le dicen La Rana, tiene una cicatriz en el rostro y opera en la parte alta, pero no lo encontramos. Como nos tienen bien vigilados desde que salimos, siempre dan el pitazo cuando andamos de ronda.

Apenas termina la frase, estrechamos su mano sin darle explicaciones y le decimos que vuelvan, que seguiremos hasta Arriaga, hasta el tren, con Eduardo, José y Marlon. Los agentes se quedan desconcertados, pensando qué dirá el comandante Sánchez de esto. Para las autoridades, un migrante muerto es cosa normal, pero un periodista es otra cosa, y nadie quiere ese cadáver en su región.

En esto -y en nada más- nos ayuda esta geografía. Al poco tiempo, los hemos perdido de vista entre la maleza y los arbustos. Ahora, empieza el viaje de un migrante.

Avanzamos entre la espesura unos cinco kilómetros más, hasta que encontramos un sendero que lleva a la carretera. El retén ha quedado atrás, y Eduardo sale a la carretera a detener una combi para seguir avanzando hasta Escuintla, el siguiente poblado.

La caminata por La Arrocera, el lugar que le da nombre a toda esta región escondida, nos ha dejado claro que los esfuerzos chiapanecos por limpiar la zona están muy lejos de lograr su éxito. La Rana sigue por aquí, los asaltantes de los hondureños están más adelante, y los cadáveres aún son un recuerdo fresco, que aún apesta. Pero lo que más nos ayudó a tener clara la situación fue El Calambres. Se llama Higinio Pérez Argüello, tiene 26 años, es reconocido por la comandancia de La Arrocera como asaltante de migrantes, y desde hace tres meses guarda prisión en el penal de Huixtla, donde aceptó recibirnos y conversar con nosotros un día de estos si acatábamos su única regla: que lo que contara lo contaría en tercera persona, que se dijera “ellos” donde se podría decir “nosotros”.

Una charla con El Calambres

Estaba acusado de violación, portación de arma prohibida y asalto. Se le acusó de violar a una migrante, pero la denunciante desapareció. Le quedan los otros dos cargos, y espera la sentencia.

El director del penal nos habilitó su despacho para la charla, y ya antes había advertido que era probable que Higinio aceptara. Su argumento fue desconcertante, pero es comprensible en esta zona:

-Yo digo que hablará, porque aquí no tenemos a gente acusada de crímenes graves: están acusados de homicidio, violación o robo, pero nadie está por narcotráfico.

Delgado, de facciones afiladas, con una larga camisa que le da un extraño look de pandillero a pesar de sus campesinas maneras, sus brazos venosos. De 1.65 metros de altura, con sus uñas largas y afiladas, ojos achinados, siete crucifijos y rosarios colgándole del cuello y un bigote escaso y asimétrico, Higinio se sentó, se cruzó de brazos, clavó la mirada en el piso y empezó la conversación en código.

-Sí, yo conozco lo que pasa por ahí (La Arrocera). Yo vivía en un rancho por ahí. Sí, ahí asaltan los que andan ahí siempre chingando -inició.

-¿Quiénes andan chingando? -pregunté.

-Gente que vive o trabaja ahí. Yo he visto bandas organizadas. Ahorita anda una banda, una que se viene desde Tapachula a hacer sus cosas ahí. El Chino es el que se ha venido de allá abajo, y El Harry es el otro jefe, y ya hace tiempo que operan por ahí. Es su trabajo, andar cazando indocumentados.

-¿Y por qué solo asaltan a los indocumentados?

-Porque saben que esas personas van de paso, no causan daño, en cambio si asaltan a alguien de aquí, saben que es un problema, te metes en un problema. Los otros van de paso.

El Chino aún sigue por la zona. Se le conoce solo por el apodo, y es un famoso delincuente de La Arrocera. El Harry es aún más mítico. Él fue uno de los primeros que iniciaron con la dinámica de asaltos y violaciones, a él se le prendió el foco antes que a nadie. Lo atraparon, y estuvo preso en Tapachula, por asalto, pero logró pagar los 50 mil pesos de fianza, y ya anda libre de nuevo. El Harry cayó junto con El Cochero (Filadelfo González) y El Diablo (Ánderson). Ellos dos están presos en el penal de El Amate, el centro de reclusión más grande de Chiapas, sobre el que el Estado no tiene control. Ahí adentro mandan los narcotraficantes, ellos ponen cuotas a los nuevos internos, y no permiten el paso de custodios ni de autoridades a la zona de celdas. Ellos dos eran la banda de Harry. Gente ruda que desde 1995 se paseaba en motos expoliando a los indocumentados que no tomaban el tren por miedo a un operativo migratorio, que preferían caminar ocultos en el monte. El Cochero mostró su talante entre grandes delincuentes haciéndose jefe de uno de los sectores, del módulo verde. Él lo administra, él cobra cuotas, él asigna celdas. Así lo decidió el jefe de la prisión (el preciso general le dicen en la jerga carcelaria), el narcotraficante Herminio Castro Rangel, al ver la violencia con la que El Cochero actuó cuando hubo que luchar durante dos días por decidir qué grupo se quedaba con el control de El Amate.

-Pero no entiendo: ¿Cuánto puede sacar alguien asaltando migrantes? -pregunté.

-Depende de lo que lleve la gente, pero hay desde los que llevan 10 pesos hasta los que llevan sus 5 mil u 8 mil pesos. Es que no solo aquí los chingan, los vienen chingando desde allá abajo, así que algunos ya llegan sin dinero -contesta.

-¿Y cómo es el negocio? ¿Si yo quiero agarro mi machete y empiezo a asaltar?

-Nooo, ahí mandan las bandas del lugar, ellos se reparten los lugares, y solo ellos pueden operar. Si te metes, te sacan a balazos.

-Si un migrante se opone, ¿no se tientan para dispararle?

-¡Uuuh! No, no, pues, por eso los matan, porque se oponen.

-Habrá muchos muertos ahí que nadie ha encontrado, ¿verdad?

-¡Uuuh! Un chingazal.

Le expliqué a El Calambres lo que los comandantes Maximino y Sánchez nos habían dicho. Le conté que aseguraban que el problema estaba resuelto. El Calambres levantó la vista, cruzamos una mirada de obviedad por un segundo, y sonrió para sí mismo.

-Es que no es solo uno el que anda ahí, son bandas, y no es solo una. Ahí no para, no es que vaya a dejar de haber alguien. Si cae uno, entra otro. Ahí es terreno grande, miran la ley cuando va, ellos vigilan. Están en el alto, y la ley los va buscando, pero ellos ya están viendo a la ley, y esta gente conoce mejor su terreno que la ley. La ley no alcanza a rodear todo. Esa zona es muy grande. Y si los encuentran, se echan bala con la ley. Escopeta 12, AR-15, .357. Hasta chaleco antibalas tienen.

Y es que, como bien dijo aquel agente del MP, La Arrocera en Huixtla es otra cosa, ahí hay bandas mejor preparadas. El Calambres asegura que esos grupos se dedican a lo de los migrantes como negocio fijo, pero que a veces “gracias a sus conectes”, les ofrecen otros negocios: asaltar joyerías, robar carros, comercios. Que esas bandas no trabajan solas, que hay autoridades que se llevan su tajada de las cinco bandas. Lanzamos las últimas preguntas. Para responderlas, El Calambres se encogió, habló en susurro, bajó más la cabeza y ya no la volvió a levantar.

-Y entonces, lo de violar a las migrantes, ¿qué es? ¿La diversión luego del asalto? -pregunté.

-Sí, pues, una diversión para ellos… una diversión…

-Claro, es fácil violar a alguien que sabés que no se va a quedar a denunciar.

-Sí, pues… sí, pues…

Salen de sus casas por las mañanas, como si fueran empresarios rumbo a sus empresas. Salen de la colonia El Relicario, Buenos Aires, El Progreso, Cañaveral, El Espejo, de ejidos, y ponen su puesto de asalto y violación, y se reparten el botín y vuelven a sus casas a esperar una nueva jornada de trabajo.

Los ranchos, el cansancio, la tensión

Ya en Escuintla, un pequeño pueblo de casas bajas y puestos callejeros, Toni, el fotógrafo, se pelea con el motorista de la combi que nos ha traído y que, a pesar de saber que los tres migrantes salvadoreños viajan con dos periodistas, intenta cobrar de más por el pasaje.

-¡Cinco pesitos, pa’l chesco, puta, unos pesitos de más!

Eso quiere, cinco pesos más por cada pasaje. A pesar de ser injustificada, sigue siendo una cuota decente para lo que suelen hacer estos asaltantes diplomáticos. Hay algunos que cobran a los migrantes 200 pesos por un pasaje que a un oriundo le cuesta solamente 10. No pagamos su impuesto, y seguimos en otra combi rumbo a Mapastepec. De nuevo la misma dinámica. Antes de llegar al segundo retén, pedimos bajarnos. Nos quedamos bajo un puente peatonal, donde preguntamos a un señor que espera su autobús si las vías del tren están muy lejos.

-Como a unos cinco kilómetros para allá, pero síganlas, no se vayan por este lado de la carretera, que hace como dos semanas los ladrones mataron a un migrante ahí.

Nos internamos en el monte una vez más, con la idea en la cabeza de que si nos toca, nos tocará, de que es inevitable. Hay algo en lo que pocos reparan. Los migrantes no solo mueren y son mutilados, no solo son baleados y macheteados. Las cicatrices de su viaje no quedan solo en sus cuerpos. Hay algo luego de tanta tensión que tiene que quedarse dando vueltas en la cabeza. Son más de 25 días de viaje. Escondiéndose, temiendo, pensando si el siguiente paso no es el paso en falso y tras él está la migra, el asaltante, el violador.

Pocos piensan en las consecuencias sicológicas de esas miles de centroamericanas que fueron violadas en esta espesura. ¿Quién las atiende? ¿Quién les cura esa herida oculta? Bien lo definió Luis Flores, encargado de la Organización Internacional para las Migraciones: “Aquí el gran problema no es solo lo que se ve, va más allá. Se trata de toda una visión de las cosas, de una mentalidad. Las mujeres migrantes tienen un rol ante los asaltantes, ante el coyote y entre su propio grupo, y durante todo el viaje viven bajo esa presión, asumiendo una lógica: ‘Sé que me va a suceder, pero ojalá que no’.”

Y su papel es el de un ser humano de segunda. Migrante y mujer equivalen a blanco fácil. Y eso nos quedó muy claro cuando hace unos días visitamos en las oficinas de Migración a Yolanda Reyes, la hondureña de 28 años, que desde 1999 vive en Tapachula como indocumentada. Tras tantos años, hizo su vida, la intentó normalizar, pero hay algo que no se borra: Yolanda seguía siendo centroamericana, seguía siendo indocumentada. El día que la conocimos ella terminaba de sacar sus papeles, tras todo un proceso de denuncia, luego de que su pareja, un policía sectorial de Chiapas, le metiera 11 machetazos, cuatro de ellos en la cara, por un simple coraje, y mientras le gritaba con todas sus fuerzas:

-¡Puta, puta, vas a aprender, eres una pinche centroamericana y aquí no vales nada!

Tras dos horas de caminata, las camisas ya escurren sudor. El sol nos ha tostado la frente, y las piernas empiezan a resentir la caminata. Estamos a la altura de Madre Vieja, un ejido, igual que el resto: monte, lodo, silencio. Aquí, hace unos ocho meses encontraron al último muerto de la zona.

Salimos a la carretera, pero el retén aún sigue a unos 400 metros. ¡Hemos caminado dos horas y sigue ahí! Es que tuvimos que internarnos primero en el monte, hasta encontrar las vías, antes de empezar a comer camino. Nos escondemos en el camellón que divide la carretera, entre un montarrascal. Cruzamos hasta el otro lado de a poco, como animales asustados, hasta que logramos meternos en otra combi. Ya hemos bordeado dos casetas.

Apenas nos bajamos en Mapastepec, nos embutimos en otra combi, para seguir hacia Pijijiapan. La rutina provoca hartazgo. De nuevo, le pedimos al motorista que nos baje antes del retén. El conductor nos deja en El Progreso. Ya es mediodía. Cuando nos volvemos a perder entre los montes de nadie, sentimos el calor infernal con toda su inclemencia. Ni Eduardo ni Marlon ni José hablan mucho ya. Cuando esta caminata termine y el tren aparezca, a ellos les faltará más del 90% de México por cruzar. El solo pensar eso hace que uno quiera pedirles que se rindan.

Aquí cruzamos por ranchos privados. Hemos atravesado siete cercas de alambres de púas, 10 ranchos de ganado, un río. Tomamos este camino por recomendación de un viejo al que encontramos en los primeros cinco kilómetros de este tramo. Ese viejo nos advirtió que allá adelante a veces asaltaban, y que no lo fuéramos a acusar de cómplice si eso pasaba, que él solo nos recomendaba el camino más corto para regresar a la carretera. No importó. Había otro camino, pero era más largo. Solo queríamos agua y sombra, y la palabra atajo se impuso a la amenaza de asalto.

Llevamos tres horas caminando por estos ranchos. No sabemos si hemos enrumbado bien o si estamos dando círculos. Había otra mejor opción, bajarnos en El Mango, un desvío adelante de El Progreso, pero ahí el asalto es garantía, nos dijeron. Al fin, en una casita destartalada, encontramos todo lo que necesitamos: un viejo que nos guíe y un pozo de agua. El viejo nos dice que tenemos suerte, que las cosas están más tranquilas, y que pronto dejarán de estarlo. Hace dos semanas, la policía atrapó a padre e hijo, ambos asaltantes de Santa Sonia, una zona ubicada al otro lado de la carretera. Que debido a eso, los sobrinos de ese señor, también asaltantes, habían bajado la frecuencia de sus ataques de este lado.

-Es por un rato, mientras todo se tranquiliza, luego ahí van a andar otra vez.

Por fin salimos a la carretera y logramos enrumbar en combi hacia Pijijiapan. De nuevo nos bajamos de esta para subirnos a otra que va a Tonalá. Preguntamos, y nos dicen que el retén que hay es militar, que solo buscan droga y armas, que no piden documentos. Estamos cansados, no nos importa un riesgo que muchos kilómetros atrás no hubiéramos asumido. Es un retén menos. Lo aceptamos con alegría, convenciéndonos de que no nos bajarán, aunque sabemos que muchas veces sí lo hacen.

Pasamos. Solo buscaban armas y droga. Tuvimos suerte.

Tras 40 minutos de combi, pedimos que nos bajen en el crucero Durango. Estamos a 20 minutos en combi de Arriaga, del tren, pero no, tenemos que bajarnos y caminar dos horas más. El silencio empieza a convertirse en enojo. Aquí nos encontramos, entrando por donde el viejo Liévano desviaba a los migrantes para que fueran asaltados.

El paraje cambia. Ya no se trata de ninguna espesura verde. Caminamos por piso de piedras sueltas siguiendo las vías. Es un sitio mucho más apocalíptico. Seco, yermo. Adelante, pasamos al lado del famoso basurero, un punto esperpéntico de asaltos y violaciones. Un basurero al aire libre repleto de bolsas y cartones multicolores que vuelan con el viento y se prenden en las verjas de los ranchos, creando una escena que parece posterior a la explosión de algo que ha dejado sus pertrechos regados por todas partes.

Hemos caminado dos horas más. Tenemos llagas en los pies después de 45 kilómetros bordeando casetas. El puente férreo que da entrada a Arriaga aparece al fondo como una puerta industrial a una pequeña ciudad sin ningún atractivo. Pero para nosotros es una visión única. Hemos caminado desde las 6 de la mañana hasta esta hora, las 7 de la noche, pensando todo el tiempo que en algún momento nos asaltarán. El puente de Arriaga es lo único que queríamos ver.

Nos despedimos. Marlon, Eduardo y José, los salvadoreños, se van al albergue, mientras nosotros regresamos a Huixtla. No hubo asalto en toda esa inmensidad conocida como La Arrocera. Quizá se han calmado los delincuentes. Tal vez El Calambres no tenía razón, y tras una banda no viene otra. Quizá la historia cambia aquí en Chiapas, y los fiscales y los comandantes están logrado su objetivo.

Nada es lo que parece

Hace cuatro días que hicimos la caminata por los montes de los migrantes. Desde entonces, he conversado con tres personas para saber cómo sigue el área. Para conocer si los demás que han pasado han corrido con nuestra misma suerte.

Carlos Bartolo, encargado del albergue de Arriaga, me cuenta que solo hoy han llegado cuatro migrantes asaltados. Uno de ellos es Ernesto Vargas, un joven de 24 años, de Atiquizaya. Le quitaron 25 dólares y 200 pesos. Fue un hombre con un machete el que lo revisaba, mientras su compañero le apuntaba al pecho con un revólver .38.

Llamo al comandante Maximino, quien explica que está saliendo a un reconocimiento. Al parecer, una banda de asaltantes de La Arrocera se ha trasladado a los límites con el estado de Oaxaca, y han establecido una casa de seguridad en el monte. Su consigna parece ser que si no pueden asaltar a los que van a pie, asaltarán a los que viajan en tren. Le pregunto si ya coordinaron con las autoridades del estado de Oaxaca, si ya les dijeron lo que saben. Responde:

-Es que a ellos no les interesa, no están metidos en el tema, no se puede coordinar con ellos.

Un día más ha pasado. Llamo a Alejandro Solalinde, el encargado del albergue de Ixtepec, Oaxaca, donde llega el tren que lleva a los que han salido de Arriaga. Me cuenta que el tren que llegó esta mañana, después de muchos meses, fue asaltado. Unos vándalos se subieron al vagón en los límites entre Chiapas y Oaxaca, y a punta de pistola y filo de machete, desplumaron a los viajeros.

Una vez más llamo al albergue de Arriaga. Hoy llegaron otros tres salvadoreños asaltados en Huixtla, y una mujer. Una joven hondureña de 24 años. Hace dos días fue violada. Fue en La Arrocera. Lo hicieron sus mismos compañeros de viaje, que dijeron ser migrantes cuando la convencieron de que los acompañara. La violaron los tres y le patearon el estómago hasta que perdió el conocimiento. Cuando despertó, ni ellos ni su amiga estaban. Como pudo, caminó hasta la carretera a pedir ayuda. Sangraba. Era su hijo que se le escurría por las piernas. Se lo mataron a patadas en La Arrocera.