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Las calles polvosas del bajomundo managua están más vacías esta tarde. El Barça juega otra final, y aquí, en las casuchas oxidadas, esta noche quizá algunos no tengan qué cenar, pero un partido así se goza como en las Ramblas. O más. A Joshua y Norlan, dos pandilleros de veintipocos, el fútbol español también les pone, pero han hecho el sacrificio para mostrarme el Walter Ferreti, el barrio en el que crecieron y viven.

Camino del zanjón que separa el Ferreti del 18 de Mayo, Norlan se detiene a mear junto a unos escombros que simulan verjas. La calle vacía como cementerio vacío. Joshua busca otro meadero en silencio, y yo hago lo mismo, no vayan a pensar que soy un desagradecido. Sobre la tierra reseca, justo a la par de donde orino, hay un tajo largo y negro, como un látigo extendido: cientos de miles de hacendosas hormigas que cargan palitos insectos hojitas restos, o se cargan unas a otras. Son tan demasiadas. Hace años vi algo parecido, pero fue en la selva de Petén (Guatemala), no en barrio de capital de república.

―¿Esto es normal? –pregunto en voz alta cuando termino, los dos se acercan.
―¿El qué, las hormigas? –dice Norlan–. Sí, claro, están chambeando porque en la noche va a llover.
―Los zompopos saben cuándo –se suma Joshua–. Ahorita están metiendo comida porque va a venir un huracán de calle.

Son las 3 y media, Managua es el horno insufrible de siempre, y el cielo está azul cielo. El pronóstico suena absurdo, pero disimulo.

―Hormigas, zompopos, ¿cuál es la diferencia? –pregunto.
―Es que su nombre es hormiga, pero su nombre científico se llama zompopo –zanja Norlan.

Seguimos caminando como si nada, y la plática retorna a lo que me trajo hasta el Ferreti: el asombroso Centro Juventud.

En tres horas Managua será un diluvio.

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El Centro de Formación y Desarrollo Juvenil “Juventud” lo administra la Dirección de Asuntos Juveniles (Dajuv) de la Policía Nacional de Nicaragua. El comisionado al mando –dos estrellas de ocho puntas y dos franjas amarillas en cada hombro, 49 años– es Pedro Rodríguez Argueta. Esta tarde en su despacho impecable habla del centro como quien habla de un hijo medallista en unas olimpiadas.

―Nos ha venido a llenar un gran vacío. La Dajuv trabaja desde hace años con los jóvenes en los barrios, pacificándolos, pero cuando firmaban el acta de no más violencia, siempre quedaban en el factor de riesgo. De ahí se pensó en este centro, en traer a los jóvenes para que estudien una carrera técnica y salgan de aquí con un proyecto de vida. Es la pieza que nos faltaba.
―¿Pero por qué está adscrito a la Policía y no a otra institución?
―Fue una idea de nuestra jefatura nacional. Como nosotros ya trabajábamos con jóvenes en riesgo, a alguien se le ocurrió que también nosotros les diéramos un proyecto de vida.

Dice: jóvenes en riesgo. Dice: proyecto de vida.

***

Decir que los centroamericanos somos violentos es perogrullada, aunque algunos no lo terminaron de creer hasta que a mediados de 2009 Naciones Unidas nos reconoció los méritos, y nos puso el sello oficial de región más violenta del mundo. Llamar la atención de los burócratas neoyorquinos, sin embargo, costó lo suyo: 127,000 asesinatos durante la primera década del siglo en un conjunto de países en los que vive menos gente que en Argentina. Aun así, hay optimistas-ingenuos-emburbujados que siguen creyendo que en México, en Colombia o en la Conchinchina están peor.

Centroamérica es, certificación United Nations, superpotencia de la barbarie, pero es de justicia reconocer que no todos los centroamericanos aportan igual. Sucede como con la que parece ser la mejor liga de fútbol del mundo, la española, que acoge al Barça pero también al Rayo Vallecano. Pues bien, en la liga centroamericana de la violencia, los roles del Real Madrid y del Barcelona los tomarían Honduras y El Salvador, mientras que el aporte de Nicaragua sería similar al de la Real Sociedad.

El paso de los años, además, no ha hecho sino ahondar las diferencias, como ocurre en la Liga. El milenio arrancó con dos bloques bien delimitados: por un lado, el norte (Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador, los primeros en sacar el cuchillo); y por otro, el sur (Nicaragua, Costa Rica y Panamá, las suizas). La brecha inicial existente se hizo abismo como consecuencia de las políticas públicas en materia de seguridad que cada país adoptó hace una década.

Numeralia (I). Naciones Unidas cree que un país con una tasa arriba de 10 homicidios por cada 100,000 habitantes padece una epidemia de violencia. Nicaragua tenía en 2003 una tasa de 11 que para el año 2011 pasó a 12. Costa Rica subió de 7 a 10. En el mismo período, Guatemala saltó de 28 a 39, El Salvador brincó de 36 a 70, y Honduras se disparó de 54 a 86. Datos de 2011 en mano, salvadoreños y hondureños son los dos pueblos más violentos del planeta –digo: los dos pueblos más violentos sobre la faz de la Tierra–. Managua no es que sea el edén, pero se le parece cuando alguien ha conocido antes San Salvador o Tegucigalpa en todo su esplendor.

El año 2003 es clave para explicar los dispares devenires. Para abordar el creciente desarrollo de las maras, los gobiernos hondureño y salvadoreño apostaron a la represión –también Guatemala, aunque con mayor tibieza– con planes rimbombantes llamados Cero Tolerancia y Mano Dura, respetivamente. Los presidentes de turno, Ricardo Maduro y Paco Flores, quisieron involucrar a las policías de toda la región en su vorágine represiva, pero por fortuna fracasaron. La Policía Nacional de Nicaragua, el caso que nos tiene aquí, se reafirmó en sus principios, y ese mismo año 2003 creó la Dajuv, con una inequívoca vocación preventiva.

Si el tema no fuera tan serio, hoy resultarían cómicas declaraciones como las que el expresidente Paco Flores pronunciaba altanero en noviembre de 2003. “Vamos a dejar El Salvador libres de maras”, decía. “Nuestro objetivo es dejar todas las colonias y municipios libres de estos criminales”, decía también.

Sin hacer ruido, Nicaragua moldeó lo que hoy se conoce como el Modelo Policial Nicaragüense, y dentro de ese modelo es que se explica algo como el Centro Juventud.

Hoy, el Modelo Policial Nicaragüense y su cara más visible –la de Aminta Granera, la primer comisionada– se han convertido en un fetiche para la cooperación internacional y para gurús-pensadores-vividores del aparataje montado en torno a la seguridad pública hemisférica. A sus homólogos de la región solo les queda inclinar la cabeza, en sentido casi literal. A finales de agosto de 2012, durante un encuentro regional de jefes policiales en Managua, se incluyó en el programa una visita al Centro Juventud. “Llevaremos este modelo para implementarlo en nuestro país”, dijo Juan Carlos Bonilla, director de la Policía Nacional de Honduras. “Sin duda, es digno de emular en nuestros países”, dijo Howard Cotto, subdirector de Seguridad Pública de la Policía Nacional Civil de El Salvador.

La Policía nicaragüense, además, ha logrado el aplauso internacional siendo el cuerpo menos numeroso de la región, con poco más de 12,000 integrantes, y el peor remunerado: recién salido de la academia, un agente gana unos 150 dólares mensuales.

***

Einer Moisés

El bus amarillo ha salido –vacío, puntual– desde Plaza El Sol, el cuartel general de la Policía Nacional, y recorrerá el bajomundo managua durante hora y cuarto, rebosándose, antes de vaciarse en la entrada del Centro Juventud. Hoy es viernes y es mayo.

Unos minutos antes de las 7 de la mañana se planta en el Camilo Ortega. Catorce jóvenes suben en las dos paradas que hace en este barrio. Einer Moisés es de los últimos en abordar, da un apático buenosdías, reconoce al periodista que vio días atrás en el centro, y se sienta a la par.

¿Y dónde dice que se publicará esto? Okey. Me llamo Einer Moisés Flores Sánchez, y soy de la primera promoción del Centro Juventud. Yo llego hasta octubre. ¿Que cómo terminé aquí? Por vago. Pero me gusta aquí. Es una oportunidad que nunca te van a dar en otro lado. Con los policías es tranquilo. Los de la Dajuv son tranquilos. Es muy distinto que te den palos a que te den un trato agradable. Yo nací en Costa Rica, de madre nica y padre tico, pero soy nica. Al Camilo vine a los 5 años, y como a los 9 me enviaron de nuevo a Costa Rica, pero un año nomás. Al regresarme me perdí: con 10 años ya bebía, fumaba monte y bañaditos… y al poco empezamos a robar, en grupo, con mis chatelitos. Al principio sí, uno trata de respetar a los vecinos y todo eso, pero cuando uno anda en sulfuro… La cosa es caerle a alguien que vaya solo. Es requisa lo que se le hace: la cartera, los anillos, el reloj, el teléfono… Mi pandilla era El Cementerio, tranquila, no teníamos traido con muchas. A mí al final me agarraron y modelé un año; pero de ahí salí más calmado. ¿Que qué es modelar? Estar preso en la Modelo (el penal más grande del país, ubicado en el extrarradio de Managua). Lo bueno es que no me tatué, gracias a Dios. Nunca me dio la curiosidad. Bueno, sí me dio, pero nunca lo hice.

―Usted es de España, ¿veá? –pregunta Einer Moisés.
―Digamos que sí –dice el periodista–, pero desde hace 11 años vivo en El Salvador, y me considero salvadoreño. Contra este acento no puedo hacer nada…
―¿Y cuál es la capital de España?
―Madrid.
―¿Y está muy lejos de Barcelona? Yo es que al Barça le voy…

El fútbol español es un filón ilimitado en Centroamérica. Alguien puede no saber ubicar España en un mapamundi, pero raro será que no recite de memoria la mitad de la alineación del Barcelona y del Real Madrid.

―España es grande, ¿veá? Me gustaría ir… –divaga.
―Pues no sé si ahora es buen momento. La gente allá se queja mucho de la crisis.
―Pero en la tele miro que siempre hay rumba. Es demasiado diferente allá, ¿veá?

Si se cumple el guion, Einer Moisés nunca irá a España. Terminado su curso de mecánica automotriz, si le va bien, comenzará ganando 50 dólares la quincena; en unos años, si demuestra que sirve, podrían convertirse en unos 150 dólares. Su máxima aspiración real es terminar en los talleres de alguna empresa grande, Casa Pellas o Grupo Q. Ahí pagan un poquito mejor, dice.

Suena poco ambicioso, miserable casi, pero hace un par de años no tenía futuro.

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Ahora no porque antes de almuerzo toca teoría, pero en las tardes, el aula del taller de belleza es un relajo. Los doce alumnos inscritos –varones casi todos– necesitan con quién, y llegan estudiantes y policías y profesores a quienes no les importa el riesgo por ahorrarse unos córdobas. El aula está equipada como peluquería profesional primermundista –el instrumental y los productos más sensibles bajo llave–, y se hacen cortes limpieza facial afeitados depilación maquillaje, todo bajo la supervisión de Anielka Caballero, la profesora que ronda los 30 y, para explícito regocijo de sus alumnos, es atractiva. El comisionado Rodríguez Argueta vendrá el viernes a arreglarse el cabello y a enseñar un par de viejas fotografías de su juventud guerrillera, en las que aparece melena roquera y con un fusil FAL en las manos. Miren la responsabilidad que tenía yo con 16 años, les dirá. Usted era un hombre guapo, le responderá una estudiante para sonrojarlo.

Pero el relajo en esta aula sucede en las tardes. Ahora toca teoría, y Anielka propone repasar lo que se hizo mal ayer. Se esfuerza por ganar la atención de los nueve que han asistido ahora. Algunos escuchan y tomas notas, pero otros se desparraman en las sillas, suben los pies sobre alguna mesa, escuchan música o hablan cuando les da la gana. La clase se parece a una de esas películas gringas en las que los estudiantes problemáticos de un high school crean un grupo único para desesperación del profesor de turno.

―Los clientes se están yendo –dice Anielka–, ¿y cómo practicarán si los clientes se van?
―Igual, si ni pa’chicles dejan –se queja Anthony, un pandillero alto y chele, con la cicatriz de un balazo en el rostro.
―Te están prestando su cabello, Anthony, y tenés necesidad de aprender.

Otro día Anielka me dirá que así son ellos, activos orgullosos respondones, y es ese exceso de actividad a lo que ella atribuye que aprendan tan rápido.

―Ayer el compañero al que cortó Anthony tenía pediculosis. ¿Es así, Anthony?
―¿Pediculitis? –pregunta uno, el resto ríe.
―Pediculitis no, ¡pediculosis! Piojos tenía. ¿Y qué hiciste, Anthony?
―La payasada que me mandó hacer usté.
―Pero decile a los demás, que sepan…
―¡Pedir al cliente que se bañe! –grita otro.
―No, hay que ponerse guantes y aplicar el tratamiento, pero ese punto no se cumplió. ¿Por qué no se cumplió, Anthony?

Todos quieren improvisar la ocurrencia más graciosa sobre los piojos, y la clase deviene un coro ininteligible de voces. Afuera diluvia.

―Anthony, seguimos perdiendo la clientela. Analícense, muchachos.
―Ahí que se vayan –dice Anthony.

***

El bus amarillo llega rebosante de jóvenes, profesores y agentes de la Dajuv. Aquí es la comarca Las Enramadas, aún Managua, pero los últimos 15 minutos han sido por una calle boscosa y con cráteres tan despiadados que nos ha adelantado un lugareño en bicicleta. El Centro Juventud está en medio de la nada. La Policía Nacional fleta cada día dos buses amarillos, dos microbuses azul marino y un camioncito blanco para que haya vida.

El Centro Juventud es una genuina apuesta por la prevención, y su filosofía podría resumirse así: ofrecer a jóvenes en riesgo de comunidades empobrecidas una oportunidad para formarse, y brindarles así un proyecto de vida alejados de las pandillas. Los seleccionados pasan un año en instalaciones de primerísimo nivel aprendiendo una profesión –hay talleres de computación, belleza, electricidad domiciliar, panadería, manualidades, reparación de electrodomésticos, inglés, corte y confección, mecánica automotriz, agricultura…–, clases complementadas con una formación transversal en valores y en deporte. Además del transporte, la Policía Nacional proporciona desayuno y almuerzo.

Numeralia (II). El Centro Juventud ha costado 4.5 millones de dólares –y sumando–, provenientes en buena medida de la cooperación. Abrió sus puertas en julio de 2011, y en su primera fase trabaja con dos promociones a la vez, que suman casi 200 jóvenes de entre 16 y 24 años, aunque la inmensa mayoría ronda los 18-20. En octubre se graduó el primer grupo, más de 90 chavalos y chavalas, con un nada desdeñable porcentaje del 50% de jóvenes que completaron el año entero.

El grueso de los elegidos son pandilleros activos –muchos con récord delictivo– que han pasado por programas de pacificación en sus barrios, aunque hay cuotas para otros colectivos, como adolescentes abusadas y jóvenes pro-diversidad sexual.

El proyecto apenas arranca –hay obras y obreros y carteles que dicen “Aquí se construirán aulas de ebanistería” o “Aquí aulas de serigrafía y reparación de celulares”–, y el modelo ya se quiere replicar en Puerto Cabezas, en el Caribe nicaragüense. Hay estrictas reglas sobre cómo comportarse, y no se permite ingresar celulares ni drogas ni fumar ni llevar chores ni tantas cosas. La disciplina es un valor, sin extralimitarse, ya que el principal mérito del programa parece ser que a los jóvenes les gusta –les conviene– llegar. Tanto al ingreso como a la salida los estudiantes son registrados.

Pasé tres días en el Centro Juventud y otros tres en Managua, y mi cuaderno quedó salpicado de ideas que en algún momento creí urgente anotar. Son esos detalles que lo delatan a uno como lo que es: un intruso.

Que en el centro, antes de probar bocado, se dan las gracias al señor.

Que pandilleros y policías comen lo mismo –un miércoles: papas en salsa, plátano, frijoles, arroz con generosidad, y jugo– y comparten mesa.

Que son pocos los jóvenes del bajomundo que tienen e-mail.

Que no solo los jefes policiales hablan bien del Centro Juventud; también los jóvenes.

Que después del Barça-Madrid, los pandilleros nicas preguntan a quien suponen español el significado de coño y gilipollas.

Que en Managua escasean el asfalto y el adoquín.

Que el jefe de Relaciones Públicas de la Policía Nacional, el comisionado mayor Fernando Borge, cree que Nicaragua es el país más democrático de la región: “Usted puede entrevistar a quien quiera y reportar lo que quiera”.

Que el pandillero nica mira con admiración-respeto-ignorancia el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha.

Que las hormigas chambean.

Que en argot pandilleril nica ser caibil es ser peluche, y ser peluche supone ser falto de personalidad.

Que tener traido con otras pandillas es tener problemas.

Que las instalaciones del Centro Juventud botan a cualquiera sus prejuicios sobre lo que un Estado de la región más violenta del mundo hace por la juventud del bajomundo.

Que un policía nica puede irse uniformado y desarmado en bus a su casa.

Que quizá aún haya esperanza.

El primer día que llegué al Centro Juventud, un martes, pude entrar en una reunión de evaluación de los planes que la Dajuv implementa en distintos barrios de Managua. Había altos mandos policiales y psicólogos. No me presentaron como periodista y se habló –creo– en confianza. Se dijo que el trabajo preventivo a veces es entorpecido por otras direcciones policiales de corte más reactivo; se dijo que raro es que alguien salga rehabilitado de una cárcel, al contrario; se dijo también que la desestructuración familiar sigue siendo el gran problema.

Una psicóloga fue especialmente dura: “En la sociedad nicaragüense hay una gran ausencia de valores y de normas de conducta. Los jóvenes comparten las chavalas, se meten con la mamá de los amigos… La ausencia de valores hoy día es bárbaro, y luego, claro, los niveles de pobreza”.

Nicaragua es una sociedad emproblemada. La violencia está. Nicaragua es Centroamérica. Pero aquí aún no dimensionan el gran logro que supone que sus jóvenes no se hayan familiarizado con la palabra desfacelar.

***

Joshua

―En mi barrio hay mucho problema: hay jañas, vagos, huelepegas, pirucas… hasta mujeres hay. El barrio está corrompido –dice Joshua.
―¿Y dónde vivís? –replica el periodista
―En el Walter Ferreti. Lo llevo si quiere.

Tengo 20 años. Mi nombre es Josué Enmanuel Ruiz Padilla, pero me dicen Joshua. Estudio en el Centro Juventud, en el taller de peluquería, y soy bueno con la máquina. ¿Que cómo terminé en una pandilla? Bueno, no es solo una. He estado en Los Panzones, en El Doce, en Los Magos… Nicaragua no es como El Salvador. Allá la pandilla cobra impuestos, ¿veá? Acá no. Cuando yo comencé, bailábamos break-dance, bum-bum, y ya uno no podía ir a otro barrio si se tenían traidos, que empezaban por cualquier cosa, porque bailábamos mejor, porque uno tenía una haina de otro barrio, ¿ya? Lo de robar empezó como a los 15, después de los bañaditos, el guaro. El mundo es el que lo corrompe a uno. Y aquí no es como en El Salvador, no creás que los vagos andan plaqueados, no, somos chavalos, ¿ya me entiende? Y usté, ¿en España era pandillero? Ahora estoy tranquilo. Ha sido bueno ir al Centro Juventud. Me gustaría tener mi propia peluquería, en mi barrio, ¿ya? Yo me salí de la mala vida, ando sin pleito, pero siempre camino vivo, ¿ya m’entiende? Cuido mi vida porque es mi vida.

El día de la visita al Walter Ferreti, Joshua buscará a su amigo Norlan –seco, tatuado con prolijidad, cholco, uno que ha modelado–, y se perderán el gane del Barça en la final de la Copa del Rey por enseñar su barrio al periodista. En el recorrido, antes de encontrarse con el tajo negro de hormigas hacendosas, platicarán con un grupo de borrachos encabezados por Óscar Omar Saravia, Patón, un cuarentón que casi se caerá al pararse. “Está bueno que te compongás, mae”, le dirá a Joshua cuando, para justificar la presencia del periodista, le cuente que estudia en el Centro Juventud.

―¿Cuándo me vas a pelonear? –dirá Patón.

Joshua lo ha pensando: ganarse unos córdobas cortando el pelo en casa de sus padres, para empezar, pero no tiene cómo conseguir una máquina que nueva cuesta unos 25-30 dólares.

***

El tema en la clase de hoy es Normas de convivencia, y diecisiete muchachos –la mayoría pandilleros, uno abiertamente homosexual– distribuidos en grupos llevan veinte minutos escribiendo sus reflexiones sobre carteles. Joshua toma la palabra cuando le toca exponer a su grupo. Habla del Respeto, de la Justicia, de la Cooperación… hasta llegar a la Tolerancia.

―Tolerancia es comprender a los demás, ser comprensivos…

Dice Joshua, que tiene madera de líder. Desde el primer momento que lo conocí mostró un desparpajo propio de quien quiere comerse el mundo. Le gusta rapear, y cuando me lo presentaron se arrancó a cappella: “Bam, plan, carnaval, ellos mismos buscan su funeral / Ellos lo han visto, nadie los detiene / Ellos lo saben, nadie los detiene / Se discrimina a la gente que viene.

―…hay que ser tolerantes y comprender a las personas, pué. Profesora, yo comprendo a Jorgito, ¿me entiende? –Jorgito es el compañero abiertamente homosexual–. Él tiene un problema, profesora, tiene un problema muy grande él. ¿Por qué? Porque en su mente tiene un demonio, ¿veá, profesora?

Todos ríen la ocurrencia, menos Jorgito.

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El profesor del taller de mecánica automotriz, Carlos Enrique Traña Morales –39 años, padre un hijo de 15–, abre el cuaderno como si fuera un cofre, mira un listado de nombres y apellidos, y se toma unos segundos para sacar cuentas: veinte jóvenes se inscribieron, seis han dejado el curso, y hoy miércoles están diez de los catorce.

―Este –el dedo se pasea por el cuaderno– se me fue para Corinto, este otro está preso… y alguno de los que siguen tiene problemas con la ley. Ese de ahí va a juicio el lunes –señala con la cabeza a uno que se esmera en sus tareas, cabizbajo.

La estrategia de Traña para ganarse la atención descansa en la seriedad extrema que transmite y en su profunda religiosidad.

―Los alumnos convencionales por lo general tienen plan de vida –dice–, pero algunos de estos todavía ni saben por qué están aquí.
―Pues nadie lo diría viéndolos –los diez trabajan en silencio, cabizbajos.
―Quizá porque este módulo de dibujo les está gustando, pero cuando no les gusta algo, no atienden, se salen de clase, ¿ya?
―¿Y qué le toca a uno como docente?
―Pues solamente podemos tratar de persuadirlos: mirá, hombre, este es tu futuro, disponete, enfocate, encauzate en esto, porque hoy quizá no veas el cambio, pero lo vas a ver más adelante.

Traña está hablando de pandilleros, algunos incluso ya modelaron o tienen tatuajes o marcas de balazos en sus cuerpos. Su preocupación suena tan sincera que conmueve. Por un momento, casi ni parece Centroamérica esto.

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Adán Lanuza

Adán Lanuza tiene la mandíbula poderosa y la mirada desafiante. Habla poco. No es muy grande ni muy fornido, pero tiene ese aire de persona con la que conviene evitar irse a los puños. Se le vinculó con un homicidio y modeló un año. Ahora tiene 20, y está por graduarse en electricidad residencial en el Centro Juventud.

―Cuando empezó era muy indisciplinado –dice Mario Zabala, entrenador de la selección nicaragüense de taekwondo y profesor de deporte en el Centro Juventud–, tenía muchos problemas; incluso conmigo hubo un roce porque era bien pleitisto.

Me llamo Adán, nací en 1992 y soy de la tercera etapa del barrio 18 de Mayo. Desde los 12 años estoy en una pandilla llamada Áreas Verdes. Me mataron a varios compañeros. A mi hermano le metieron un balazo en la cabeza, está vivo de milagro. Unos amigos míos están presos, ya van a cumplir dos meses. Yo estuve en la Modelo un año, y esas experiencias uno las vive, ¿me entiendes? Yo salí con más odio, pero después me dije: n’ombre, hasta aquí nomás. ¿Que de dónde viene tanta turqueadera en los barrios? Antes, en el 18 de Mayo los vagosviejos, como les dicen, tatuados y todo, se agarraban con los de arriba, pero al principio no había pistolas, por allá se miraba una. Después llegaron las pistolas, los baleados. Ahora en esta etapa todo mundo anda escopeta, pistola, Aka. El barrio está terrible. Aquí no puede uno andar en la noche. Ni nosotros, porque queda oscuro, y uno no sabe con quién se va a encontrar.

Adán Lanuza tiene un 18 tatuado en su cuello.

***

La conciencia colectiva del mundo occidental aprecia a las hormigas. Las creemos laboriosas incansables solidarias tenaces hacendosas. El refranero las adora: “Llevando cada camino un grano, abastece la hormiga su granero para todo el año” o “Camina más una hormiga que un buey echado”. La Hormiga Atómica y Ferdy dejaron huella, al menos en mi generación, y el cine, ese moldeador universal de filias y fobias, las ha tratado bien: ante la rotundidad de Tiburón, Piraña o Anaconda, las simpáticas hormigas protagonizan Antz y Bichos; pocos podrían recordar el título de una película en la que son amenaza. Salvo los delfines, pocos animales gozan de tan buena reputación.

El culmen de la estima quizá lo represente la fábula La cigarra y la hormiga. Dice así: haragana y despreocupada por naturaleza, cantando la cigarra pasó el verano entero. Previsora y laboriosa, la hormiga acumuló provisiones. Al llegar el frío invierno –en el Trópico no siempre lo es–, la cigarra viose desposeída del precioso sustento y fue con mil expresiones de atención y respeto a pedir ayuda a la hormiga, que se la negó con profunda soberbia: ¿con que cantabas cuando yo andaba al remo? Pues ahora, que yo como, baila.

Moraleja: la vida loca tiene un precio.

De alguna manera, el Centro Juventud quiere convertir cigarras en hormigas.

***

Cuando supe que un alumno del Centro Juventud tenía un 18 tatuado en el cuello, creí haber dado con la prueba de lo que la Policía Nacional niega y reniega: la implantación del fenómeno de las maras en Managua, a través de una de sus dos máximas expresiones: la pandilla Barrio 18. El joven con el 18 en el cuello, Adán Lanuza, me dijo después que el número se debía a que vive en el barrio 18 de Mayo.

El 18 de Mayo también es una sucesión de casuchas oxidadas escombros hormigas calles polvosas. El único pedazo encementado en toda la tercera etapa es una reducida cancha multiusos, punto de encuentro obligado para la muchachada. Esta tarde se disputa un partido de fútbol, y de los ocho que corren tras la pelota, seis juegan descalzos y uno más con yinas. La miseria sabe mimetizarse. A un costado de la cancha, sobre el muro de un cuartucho desmantelado, están pintados los escudos del Barça y del Real Madrid, tan ultrajados que cuesta reconocerlos. Hay algunos 18 pintados toscamente aquí y allá, pero nada que ver con la pandilla que ha sembrado el terror desde Estados Unidos hasta Honduras.

Las pandillas de Nicaragua poco o nada tienen en común con el fenómeno de las maras. La que ocupa esta cancha como base es la Áreas Verdes, y sí, tienen traido con los Cuarteños y con los Urbina, pero los odios ancestrales nicas –su saldo de vidas truncadas– no son lo mismo. Las pandillas aquí rivalizan hurtan territorializan roban narcomenudean asesinan, pero menos.

Adán Lanuza se ha calmado, y eso no le supone problema alguno con Áreas Verdes. Ahora tiene un llamativo parche blanco en su cuello porque ayer fue a borrarse el 18. Me lo cuenta cuando me acompaña a la parada de la Ruta 165. Paramos en una tiendita.

―¿Qué onda, Niña Tere? –saluda Adán Lanuza.
―¿Y qué te pasó?
―No, nada, me quité un tatuaje que andaba…

Adán Lanuza era alguien temido en esta calle. Cuando uno anda en la onda, hasta a su propia familia le roba, ¿ya me entendés?, me dice. Al poco, un señor mayor llega y también se clava en el cuello.

―¿Qué te pasó? ¿Te golpearon?
―No, me quité un tatuaje que andaba ahí.
―Ahhh. ¿Y dónde fuiste?
―A una clínica privada. Me lo quité porque se miraba mucho, para no andarlo ya.

Todavía no se lo ha dicho a nadie, pero Adán Lanuza se lo ha borrado porque en el Centro Juventud ha concluido que quiere ser policía.

―Todo el mundo te pregunta, Adán, ¿te molesta?
―No, al revés –en su mirada desafiante hay una velada satisfacción–, es que antes… antes nunca nadie me preguntaba nada.

Este centro bautizado con el ambicioso nombre de Sendero de Libertad recibió en los primeros días de abril de 2011 a un menor de edad llamado Alexander. Condenado por tráfico de drogas, el juez ordenó su encierro después de saltarse las condiciones de su libertad condicional. Sus dos primeras noches Alexander las pasó, el procedimiento habitual con los nuevos, en uno de los módulos tercermundistas que hay junto al portón principal.

El reclusorio lo controlan pandilleros que se autodenominan retirados, que odian a muerte a los pandilleros activos, que a su vez odian a muerte a los retirados. Se respira demasiado odio en Sendero de Libertad. Por eso, antes de asignar sector a un recién llegado, las autoridades lo aíslan hasta que se convencen de que no es miembro activo ni a la Mara Salvatrucha (MS-13) ni al Barrio 18. Es cierto que la piel de Alexander estaba limpia de tatuajes como la de un adolescente ejemplar de una colonia bien, pero también lo es que hace años en El Salvador eso dejó de ser garantía de nada.

Tras las dos noches de aislamiento, avalaron su traslado al Sector 1. Allí lo esperaban 120 jóvenes con el verdadero examen de admisión. Un ex de la MS-13 que en la libre vivía en la misma colonia lo reconoció de inmediato y lo presentó como primo de un pandillero activo. Suficiente para dar por finalizado el interrogatorio. En ese momento Alexander debió sentir como si un bus se le viniera encima. Uno, diez, treinta puños pies antebrazos cabezas codos lo golpearon una y otra y otra vez. No tardó en caer al suelo reseco. Al principio trató de cubrirse. Lo pisotearon arrastraron patearon. Al poco ya no pudo. Lo patearon en la cara brazos nalgas piernas espalda pecho boca… Lo patearon.

Del personal del centro nadie intervino.

Cuando Alexander recobró el sentido, la turba lo tenía amarrado de pies y manos, y un niño se esmeraba en tatuarle una sentencia de muerte en el pecho: una M y una S del tamaño de dos manos, y tachadas por sendas cruces. Un tatuaje así te convierte en objetivo prioritario para la MS-13, sin importar las razones, muerte segura, y para nada te aparta del punto de mira del Barrio 18.

—¿Y qué iba a hacer ? Yo me vine a despertar con el ruidito de la máquina –me dice cuando lo entrevisto ocho meses después del ataque.

La máquina es un motorcito de un transistor ensamblado a una varilla metálica y a una aguja, un artilugio con el que los tatuadores artesanales inyectan bajo la piel –a falta de tinta– el espeso hollín que sale de los vasos plásticos blancos cuando arden. Suena horrible, pero Alexander sabe que tuvo suerte.

—Tuve suerte –dice–, gracias a Dios, porque a otros los han marcado a pura Gillette.
—¿Y los orientadores? ¿Y los custodios? ¿Nadie te ayudó?
—Y ellos qué iban a hacer…

La respuesta de Alexander tiene su lógica. Después entenderán.

Al día siguiente, desfigurado por el linchamiento y con su sentencia de muerte tatuada en el pecho, llegó al despacho del director y le contó lo ocurrido. Lo aislaron de nuevo, y aislado lleva hasta esta mañana de diciembre. El Estado salvadoreño que lo encerró para procurar su reinserción lo ha incluido en un programa de remoción de tatuajes que en tres o cuatro sesiones eliminará lo negro, pero que dejará siempre un delator surco de carne abultada.

Alexander y su pecho esperan volver a las calles este año.

***

Un día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, un custodio de los de la Portería se me acerca, enigmático.

—Ya lo he visto varios días por acá. Usted es periodista, ¿no?
—Sí, estoy llegando porque quiero conocer cómo es aquí…
—Pues si quiere conocer de verdad, debería llegar en la noche. Viera qué relajo. Los del Sector 1 se salen de las casas a beber y a endrogarse. Gritan, ríen, aquí ni hay encierro ni hay nada. Todas las noches. Los vecinos de la colonia Helen, la de atrás, se lo pueden contar también. Viera qué relajo.

***

Lo que hoy se conoce como Centro de Inserción Social Sendero de Libertad se inauguró el jueves 25 de mayo de 1995, en presencia del presidente de la República, del presidente de la Corte Suprema de Justicia y de un nutrido grupo de diputados; los tres poderes reunidos para la foto oficial de un lugar concebido como pieza fundamental del nuevo sistema de justicia juvenil. La reinserción social, ese concepto tan resbaladizo, ya tenía dónde y cómo.

Como si se tratara de un presagio, una mañanera tromba de agua deslució la inauguración, aunque no pudo con el optimismo.

El presidente de la República, Armando Calderón Sol, dijo que un Estado fuerte era indispensable para hacer frente a las maras, un fenómeno incipiente pero en franca expansión. Elizabeth de Calderón, su esposa y presidenta del Instituto Salvadoreño de Protección al Menor (ISPM), se comprometió a que la readaptación fuera “un objetivo primordial” del Gobierno. María Teresa de Mejía, la directora del ISPM, fue más allá: “El joven que ingrese tendrá probabilidades altas de no delinquir de nuevo”. Aquella euforia desmedida cristalizó en una frase escrita por uno de los periodistas que cubrió el evento: “El centro de menores de Ilobasco, construido en tiempo récord, ha sido calificado por consultores internacionales como el paradigma de Latinoamérica”.

Escribió: paradigma de Latinoamérica.

El optimismo quizá estaba justificado. Apenas tres años y medio atrás se habían firmado los Acuerdos de Paz, que pusieron fin a una dolorosa guerra civil que se prolongó doce años. El Salvador, un minúsculo país centroamericano que la Guerra Fría colocó en la agenda mundial, logró una solución negociada que satisfizo a tirios y troyanos, y que Naciones Unidas aún hoy presenta como uno de sus máximos logros.

De un día para otro el país se llenó de organismos internacionales, de agencias de cooperación y de oenegés que aterrizaron con las maletas llenas de dólares y de planes. Tras décadas de violaciones de los derechos humanos, crear un sistema de justicia juvenil apegado a directrices made-in-United-Nations se convirtió en obsesión: en 1993 se aprobó la Ley del Instituto Salvadoreño de Protección al Menor, en 1994 la que hoy se conoce como Ley Penal Juvenil, y un año después el Reglamento General de Centros de Internamiento para Menores Infractores. Había dinero para la causa, mucho, y en ese contexto surgió Sendero de Libertad.

De alguna manera, a El Salvador le ocurrió como a John Clayton –el mítico Tarzán– cuando regresó a Londres después de años de vida en la selva: se pensó que un bonito traje y unas pocas clases de etiqueta serían suficientes para calmar los instintos.

—Es un criterio muy personal, pero creo que no pensaron muy bien el tipo de población que se iba a atender. La Ley Penal Juvenil es buena, pero se dejó de lado una sociedad que salía de una guerra con carencias emocionales, con tanto huérfano. Nunca se hizo trabajo psicológico en las comunidades. Por eso hoy tenemos lo que tenemos.

Me dijo José Paulino Flores, Paulino, que algo debería de saber: trabajaba como orientador cuando Sendero de Libertad recibió a los primeros menores y hoy es el subdirector.

Construirlo y equiparlo costó una pequeña fortuna: $2.6 millones de la época. Se eligió Ilobasco, una ciudad provinciana a 55 kilómetros de San Salvador, y se apostó por unas instalaciones que satisficieran hasta los gustos del más exigente burócrata de Naciones Unidas: más de 12 manzanas para albergar a 250 personas (la principal cárcel salvadoreña, Mariona, es más pequeña y adentro se hacinan más de cinco mil personas); diez casas independientes para un tratamiento especializado; lockers y camas para cada interno; surtidísimos talleres de carpintería, sastrería, panadería, artesanías y computación; canchas de fútbol, baloncesto y voleibol; salón de usos múltiples y biblioteca y clínica médico-odontológica; ropa, calzado y útiles en abundancia… También se levantó una gigantesca torre, más alta que la de muchos aeropuertos, que serviría como reservorio de agua potable. Se tomaron tan en serio lo de que Sendero de Libertad fuera un espacio para la reinserción y no para el encierro, que apenas una malla ciclón separaba a los internos de su libertad.

La administración se dejó en manos del ISPM, institución que en 2002 fue rebautizada como Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia: el ISNA. El nombre, Sendero de Libertad, lo eligieron los propios internos meses después de haber abierto las puertas, una decisión que no hizo gracia a sectores conservadores de la sociedad, pues decían que les recordaba a Sendero Luminoso, la organización terrorista peruana.

Lo que queda diecisiete años después de la inauguración es una caricatura del paradigma ofrecido: sin biblioteca, sin centro de computación, sin camas. Siete de las diez casas están cerradas por inhabitables, y las otras tres huelen a hacinamiento, como cualquier celda de una cárcel salvadoreña. No es solo del olor. Las incontables fugas y la violencia entre los internos –y hacia los empleados– obligaron poco a poco a sectorizar, a crear zonas de aislamiento y a levantar garitones de vigilancia y muros coronados con alambre razor. La reducción del presupuesto a partir de 1999 y los motines en los que los jóvenes destrozaban las instalaciones contribuyeron, pero fue la expansión del fenómeno de las maras –y la inoperancia de la sociedad salvadoreña para detenerla– la que marcó el ritmo de la degradación física y sobre todo conceptual del centro.

Quienes vivieron los primeros años los recuerdan menos complicados: distintas pandillas bajo el mismo techo, respeto de los menores hacia el personal, más recursos… Por decisión del ISPM, el reclusorio lo administraba una congregación llamada Misioneros de Cristo Crucificado. Entre 1996 y 2001 el padre Jaime González Bran vivió y trabajó en Sendero de Libertad, primero como coordinador de orientadores y luego como director. Cuando lo visité en octubre en Atescatempa, un pueblo guatemalteco fronterizo con El Salvador donde ahora es párroco, me dio su versión del fiasco.

—Nuestro sueño para Ilobasco –dijo– era crear algo para los muchachos de primer ingreso y sin problemas de pandillas, porque Sendero no tenía ni infraestructura ni personal capacitado para tratar a muchachos con diez internamientos o con perfil psiquiátrico crónico. Pero los jueces empezaron a enviarnos a jóvenes exageradamente violentos, y con esos liderazgos negativos al interior se volvió más difícil rescatar al muchacho que fuera rescatable.
—¿Cree que hay muchachos no rescatables?
—Había muchachos con cierto perfil psiquiátrico que nunca debieron haber llegado a Sendero. Eso lo dijimos toda la vida. Ellos necesitan intervención psiquiátrica. No es que no fueran rescatables, sino que no teníamos los recursos para sacarlos a flote.

En torno al cambio de milenio, después del primer niño asesinado en una riña, se ensayaron estrategias para intentar revertir la degeneración. A finales del año 2000 el Estado creyó que separar las pandillas sería la solución, y Sendero de Libertad quedó para ex pandilleros y civiles. No funcionó. En abril de 2001 ingresaron los militares para imponer disciplina a través del ejercicio físico. No funcionó. A finales de 2003 se introdujo población femenina, en teoría menos conflictiva. No funcionó. Y en 2006 se creó una comunidad terapéutica para tratar drogodependencias. Tampoco funcionó.

Del paradigma de Latinoamérica solo quedó la referencia en los periódicos viejos. Tras la salida de los curas, en marzo de 2001, los directores se sucedieron uno tras otro, como si se tratara del banquillo de un equipo de fútbol mediocre. El centro empezó a generar titulares sobre muertos, fugas y motines, cada vez más escandalosos, como si desde el inicio alguien lo hubiera planeado todo para que Sendero de Libertad caminara inexorable hacia su propio 11-S, el 11 de septiembre de 2010.

***

La ley es cristalina como manantial de agua pura: aquí no debería haber internos arriba de los 18 años. Sin embargo, abundan.

—Ese que acaba de recibir la pelota tiene 29 años, pero un juez nos lo mandó para acá –me dijo Paulino, el subdirector.

Paulino es sincero, mesurado y propositivo. Todo al mismo tiempo. Tiene 38 años, esposa y dos hijas, pero su personalidad conserva chispazos juveniles, quizá porque lleva en este centro desde los 21. El sobrepeso, la cara redonda y los pequeños lentes que la miopía le obliga a cargar le dan aire de bonachón, de amigo de todos, de alguien a quien le cuesta mentir. Paulino conoce los nombres de todos sus compañeros y de la mayoría de los internos.

Presentarlo como subdirector podría generar confusión. Nominalmente lo es, sí, pero él se sigue viendo como un orientador. Entre las 85 personas que trabajan en el reclusorio hay psicólogos, instructores, trabajadores sociales, maestros, custodios… y la columna vertebral formada por una veintena de orientadores. Con turnos de 24 horas, son los que más contacto tienen con los jóvenes, los que deben monitorear y registrar sus avances y retrocesos, sus teóricos hermanos mayores.

Paulino camina por todos los sectores sin temor a ser agredido. Suena básico, pero no está al alcance de todo el personal. Escuché en más de una ocasión que algunos lo llaman Gordo, pero su figura es respetada y hasta generadora de empatía. Es porque nunca los ha denigrado ni los ha insultado, me dijo.

Una tarde de diciembre, cuando nos dirigíamos a la cocina, pasamos junto a un grupo de unos diez jóvenes que estaban ociosos bajo la sombra de un árbol.

—¡Júe! ¡Júe! –les gritó Paulino, como si yo no estuviera a la par.

La respuesta fue un coro desordenado pero voluntarioso: Júe, Júe, Júe…

—Pauli, ¿qué horas tenés? –preguntó uno.
—Las dos con treinta minutos, m’ijo.

Seguimos caminando.

—¿Oíste, va? –me preguntó–. Digo una palabra como Júe, y todos se emocionan… Uno tiene que aprender cómo crear asertividad. Es la base de todo.
—¿Cómo les decís: Júe o Húe?
—Júe, de juego. Si me preguntás qué es, ni yo lo sé. Comenzó hace años como Juela, y ahora me topo con que Júe se escucha en todo Ilobasco.

Otro día, un jueves de agosto que estábamos paseando por el Sector 2, clausurado por inhabitable pero que hasta su clausura albergaba a los activos de la MS-13, me contó algo que a su juicio ilustra la obtusa visión del fenómeno de las pandillas que, una vez terminada la guerra, tuvo toda la sociedad salvadoreña.

—¿Ha oído –aún nos tratábamos de usted– del partido de El Salvador contra México en las eliminatorias del Mundial 94? ¡Bien me acuerdo yo! Ganamos con golón del “Papo” Castro Borja. Lo vi por televisión: todo mundo feliz, y no sé por qué yo me fijé en una particularidad, quizá porque el destino va fijando las cosas, pero recuerdo que en la retransmisión dijeron: ¡Damos la bienvenida a estos compañeros de la Mara Salvatrucha, que han llegado al Cusca desde los Estados Unidos! Y les hicieron una toma. Creo que los comentaristas eran Carlos Aranzamendi y Tony Saca. Yo desde entonces me quedé pensando: Mara Salvatrucha.

Aquel partido se jugó en abril de 1993.

Apenas cinco minutos antes de contar la anécdota, Paulino me había señalado la fachada de una de las casas del Sector 2.

—¿Ve ese manchón chelito? Ahí había pintada una garra de la Mara Salvatrucha, de hueso, y usted ya sabrá que cuando es garra de hueso simboliza muertos. Es como un trofeo. La hicieron después de lo del 11 de septiembre, para que la vieran los del Sector 1.

Todos los días, en casi todas las conversaciones con personal o con internos de Sendero de Libertad, apareció el 11 de septiembre de 2010. Esa fecha se ha convertido en un referente, un punto de inflexión, un antes y un después.

El 11-S estalló la ira.

***

Otro día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, el mismo custodio de la Portería se me acerca, elocuente.

—¿Vio hoy cómo está aquí de full? Tenemos a 17…
—¿De nuevo ingreso todos?
—No, nada que ver. A muchos no los quieren abajo o los traen porque les han hecho sexo allá. ¿Ve ese que está ahí sentado? Lo violaron. Sus padres han puesto una denuncia en el juzgado que lleva su caso, el Segundo de Santa Tecla.

***

Tercermundista es un adjetivo peyorativo, políticamente incorrecto, trasnochado incluso. Hay quien cree que debió haberse abandonado su uso cuando cayó el Muro de Berlín. Pero a pesar de las burbujas de primermundismo que hay esparcidas por todo el país –léase: torresfuturas, grandesvías, haifais, residenciales altos-del-no-sé-qué, palcos viaipí, toyotaprados, estarbucs…–, El Salvador sigue siendo tercermundista.

Los módulos de la Portería –junto al portón principal de Sendero de Libertad– son tercermundistas, siendo generosos. Miden menos de un metro de anchura y menos de dos metros de largo. He conocido ascensores más espaciosos. Son de bloques de concreto, con una puerta metálica que ocupa todo lo ancho y tienen por techo una reja cuadriculada. Sin luz. Los inquilinos no se mojan solo porque están bajo la estructura que cubre todo el portón.

Los compartimentos se construyeron con el propósito de evitar que el recién llegado fuera transferido de un solo a sectores donde podía ser agredido. Pero la violencia incontrolable los ha convertido en un área permanente de aislados para los proscritos del Sector 1 y de la Exbodega, también conocida como Sector 3. El día lo pasan sueltos, aunque no pueden alejarse por su propio bien. De noche los encierran. Cuando en diciembre me recibe Alexander, el menor al que tatuaron su sentencia de muerte en el pecho, lleva seis meses viviendo aquí.

—Una vez en mi celda habíamos catorce –me dice.

Catorce menores –catorce espaldas, catorce cabezas, cincuenta y seis brazos y piernas– encerrados de seis de la noche a seis de la mañana en un espacio en el que no cabe un sofá, a oscuras, con botellas llenas de orines en las esquinas.

—¿Cómo se hace para dormir catorce?
—Unos pocos colgados del techo, en hamacas, y los demás en el suelo, sentados, con las piernas bien topadas al pecho… Si alguno durmiendo se me recuesta, pues ni modo, ¿qué le voy a hacer? Tampoco le voy a espabilar. Mejor tratar de llevar las cosas en paz.

En Sendero de Libertad impera la ley del más fuerte, y poco o nada pueden hacer las autoridades. Pero a pesar de su situación, Alexander me dice que no cambiaría su cubículo tercermundista por ningún otro lugar del reclusorio. Le aterroriza la idea de que lo muevan.

—Yo no puedo ir al Sector 1 porque está esa persona que dice que soy de la Mara. ¿Qué le dijeron al director la vez pasada? Si bajan a ese bicho, lo sacarán en bolsa negra. ¿Cómo voy a querer bajar? Y en la Exbodega me salieron con que me iban a hacer las letras en las piernas y tachármelas. ¡N’ombre, mejor aquí me estoy!

***

La víspera del 11-S, el 10 de septiembre de 2010, llegaron a Sendero de Libertad unos quince menores procedentes del Centro de Inserción Social de Tonacatepeque, el reclusorio que el Estado asignó hace una década a la MS-13. Todos eran ex de la Mara Salvatrucha –pesetas o retirados, según quién los etiquete– que llevaban semanas o meses aislados allá. Como Sendero de Libertad tenía un sector entero para ex pandilleros, los jueces creyeron que el traslado era lo más conveniente.

Pero esa decisión judicial resultó ser un detonador. Es cierto que había odio acumulado y que el control del reclusorio estaba desde hacía años en disputa entre emeeses y retirados, pero sin traslado no habría habido 11-S.

―Los jueces nos exigen el bienestar de los jóvenes, y muchas veces ellos los envían al matadero –me dijo Paulino una de las muchas veces que hablamos sobre lo ocurrido ese día.

El traslado de los quince se realizó en la tarde. Como en los reclusorios salvadoreños parece haber más teléfonos celulares que cepillos de dientes, de Tonacatepeque salió una orden precisa: nomás aterricen, tópenlos. Mátenlos. Durante el ingreso hubo amenazas, insultos, pedradas y carreras, pero la presencia de custodios armados y la inminencia de la noche pospusieron lo inevitable. El grupito fue llevado a una casita a la que llamaban la Conejera.

En la actualidad Sendero de Libertad tiene tres áreas para internos: el Sector 1, al fondo, con tres casas en las que malviven de 110 a 130 jóvenes, entre ex pandilleros y civiles; la Exbodega, una casita que un día fue la residencia de los orientadores y que ahora acoge a unos 30-50 expulsados del Sector 1; y los dos cubículos tercermundistas de la Portería. En 2010 había también un Sector 2 –más grande, más poblado– repleto de activos de la MS-13, y para aislados existía además la Conejera, que es adonde recalaron los recién trasladados. Llegar a la Conejera desde el Sector 2 exigía atravesar el Sector 1.

En la pandilla nadie puede negarse a la batalla. Le iría peor. Pero me sorprendió volver a comprobar la naturalidad con la que asumen que la violencia es la única salida. La única.

—¿Por qué uno cuando hay desvergue no puede quedarse en su cuarto y ya? –pregunté a uno de los catalogados como bien portados.
—No, porque… eso no se puede. No se puede. Si pasa algo… pues… todos ¿va? Cuando todos, todos, ¿va? No importa en lo que esté uno. Yo quizá quisiera estar solo viendo, pero tengo que estar ahí.

La misma sensación tuve otro día, durante uno de los paseos con Paulino. Nos detuvimos a hablar con un grupo, y la conversación fue tan lúcida o más como la que se puede tener en un aula universitaria.

—Estos serán de los tranquilos, ¿no? –le pregunté apenas nos alejamos tantito.

Paulino solo sonrió.

—Aquí todo eso es relativo, mi estimado. Ahorita puedes hablar con alguien y pensar que qué hace este chico aquí, pero ese mismo muchacho, si hay una efervescencia, tiene que acompañar y demostrar que es de los que va adelante.

La efervescencia del 11-S duró más de cuatro horas.

Inició poco antes del mediodía, cuando un emeese saltó el muro que separa los sectores y abrió el portón ubicado junto a la escuela. Aunque en principio no iba con ellos, el Sector 1 respondió, y arreció una lluvia de pedradas, alternada por esporádicos combates cuerpo a cuerpo. Las armas en ambos bandos eran las mismas: piedras, corvos hechizos, varillas de hierro y palos afilados, punzones y unos polines filosos de más de un metro a los que llaman matabúfalos.

En las primeras tres horas se sucedieron violentísimas y masivas arremetidas, de un lado y de otro, sin que ningún bando se impusiera, como en Verdún. Los heridos se acumulaban. El personal, más escaso que de costumbre por ser sábado, se limitó a buscar refugio. El Ejército y la Policía acordonaron el centro, pero el aval para el ingreso tardó demasiado. Casi al final, una nueva embestida de la MS-13 logró que sus rivales retrocedieran a su sector, pero un niño no alcanzó el portón antes de que lo cerraran. Los emeeses lo mataron con sadismo.

“La Policía encontró un interno brutalmente asesinado”, consignó al día siguiente El Diario de Hoy, un periódico local, pero la frase se queda corta. La turba deshizo a golpes el cuerpo, la cabeza se la vaciaron, su rostro desapareció. “Era como una bolsa de carne molida” y “Le sacaron toda la cara y quedó como huacalito” son descripciones de personas que vieron el cuerpo, cercenado con una saña que cuesta siquiera imaginar, pero que se ha convertido en una forma de vida para significativo sector de la juventud salvadoreña.

El interno asesinado se llamaba Víctor, y era un civil de 17 años que estaba preso por robo, aún sin condena, y que desde su llegada se había mostrado como un bróder, que es como en el bajo mundo se conoce a los evangélicos.

Paulino ingresó aquel día después de que lo hicieran varios pelotones de la Unidad de Mantenimiento del Orden (UMO). Aún brillaba el sol. Las instalaciones, destrozadas una vez más. Los pasillos, saturados de malheridos. El saldo del 11-S fue un fallecido y más de medio centenar de lesionados, de los que la mitad tuvieron que ser hospitalizados.

—Es doloroso ver que a jóvenes de 16, 15 o 20 años los matan como si fueran basura… –me dijo Paulino un día que hablábamos del 11-S mientras almorzábamos–. Yo tengo dos hijas, y me pregunto: ¿qué voy a dejarles? ¿Por qué crees que sigo aquí? No es por el sueldo, que es de 650 dólares antes de impuestos, poco para la responsabilidad que nos echamos. Yo lo hago por convicción, porque creo que algo se puede hacer para que esta sociedad deje de sufrir. No es por mí, que tengo casi 40 años y ya sufrí lo que tenía que sufrir, pero ¿qué voy a dejar a mis hijas? ¿Con quién se va a casar mi hija de 9 años? ¿O mi hija de 14? ¿Con quiénes?

***

Sus 45 años lo convierten en uno de los personajes más longevos de Sendero de Libertad. Natividad Díaz, don Nati, es el enfermero que desde febrero de 2008, de lunes a viernes, de 7:30 a.m. a 3:30 p.m., se preocupa por el bienestar general. Hay un doctor asignado, sí, pero llega salteado: cuatro horas lunes y miércoles, y dos más los viernes. El médico no deja de ser un visitante. Don Nati forma parte de.

Hoy es agosto y es jueves, y cuando llego a la casucha que funciona como Enfermería don Nati está solo, sentado detrás de un escritorio, encerrado por dentro porque nunca se sabe. Lleva desabotonada la bata blanca que lo singulariza, aunque su cortísima estatura basta para volverlo inconfundible.

—Don Nati, ¿hay algún secreto para trabajar aquí?
—La paciencia. A veces suceden cositas, como que los jóvenes por A o B motivo le dicen cosas a uno, pero uno se acostumbra. No necesariamente por un apodo uno se va a enojar. Uno tiene que adaptarse al tipo de lugar.

De la nada, una cabeza juvenil que se asoma por una ventana enrejada.

—Nati, regalame una pastilla pa’la cabeza, porfa.

Don Nati es un hombre curtido. Su bachillerato en Salud lo obtuvo en 1988, y comenzó como camillero de combate en el Batallón de Sanidad Militar, en plena guerra civil. Trabajó luego diez años en el Seguro Social, se fue mojado a Nueva Orleans, regresó a los dos años, y trabajó después para el ministerio y en una clínica privada, hasta que salió la plaza en Sendero de Libertad. Aquí hace casi de todo: regala pastillas para la goma, cose carnes abiertas, drena la pus de los diviesos, inyecta, atiende traumatismos y politraumatismos, trata la picazón de la escabiosis, imparte charlas sobre higiene personal, sana los cortes que deja el razor criminal…

—Me ha tocado incluso llevar pacientes al Psiquiátrico por tanta droga que consumen –dice.

También ve las infecciones por los tatuajes hechos con máquinas caseras.

De la nada, frente a la otra ventana enrejada pasa otro joven que, suponiendo a don Nati en la soledad, grita con ganas: “¿Qué ondas, pequeña xxxxx?”. No alcanzo a entender la última palabra, pero resulta evidente la voluntad de la humillación. El joven se aleja riendo una risa cavernosa. Don Nati me mira con pena. Yo hago como que no he escuchado nada.

Escenas similares ocurrirán más veces con más empleados. El respeto a la autoridad, a la edad, siquiera a la persona que algún día te puede sacar de un aprieto, no está muy extendido en Sendero de Libertad.

***

La arquitectura jurídica salvadoreña en materia juvenil está llena de artículos y numerales muy rehabilitadores, muy primermundistas todos. Pero no se hacen cumplir. Es más, parece que a casi nadie le importa su incumplimiento. Digamos: el 27 de la Constitución, el literal c) del 37 de la Convención sobre los Derechos del Niño, el 119 y el 127 de la Ley Penal Juvenil, el 17 y el 18 del Reglamento General de los Centros de Internamiento para Menores Infractores, el 31 y el 33 del Reglamento de las Naciones Unidas para la Protección de los Menores Privados de Libertad y etcétera y etcétera y etcétera.

Alguien sentado frente a una computadora, en un despacho bien acondicionado de San Salvador, Beijing o Riad, escribe que en lugares como Sendero de Libertad “la escolarización, la capacitación profesional y la recreación serán obligatorias”, pero es al docente, al orientador o al instructor de talleres al que toca explicárselo a unos niños con acceso a drogas, a alcohol y criados bajo una rígida estructura pandilleril.

“Yo no puedo obligarlos a ir a la escuela a la fuerza. Decirles: ¡vayan! Me los echaría de enemigos”, se sincera un profesor del Centro Escolar Sendero de Libertad, ubicado dentro de las instalaciones. De los quince matriculados en los grados que él atiende, solo siete asisten con regularidad, y hay días que da la clase solo para tres.

Los políticos, los opinadores, los periodistas nos escandalizamos –algunos, otros ni eso– cuando una fuga masiva, cuando un motín sangriento, pero asumimos con naturalidad las limitaciones presupuestarias, la desidia, la violación de derechos. En la actualidad, incluso después de la reforma que aumentó la pena máxima a 15 años de encierro, un niño que a los 17 cometiera mil y una barrabasadas recuperaría su libertad, lo más, con 32 años. Aunque solo fuera por puro egoísmo, a la sociedad salvadoreña debería interesarle su rehabilitación.

***

Los 11 de septiembre son y serán días de onomásticas sonadas. En el de 2011 se cumplieron diez años de los ataques a las Torres Gemelas en Nueva York, en Santiago de Chile conmemoraron 38 del magnicidio de Salvador Allende, y en la India se acordaron del 105 aniversario del inicio de la resistencia no violenta de Mahatma Gandhi. Sendero de Libertad también quiso celebrar el primer aniversario de su propio 11-S, y para recordar una fecha que ni los involucrados recordaban ya, el ISNA organizó un culto de agradecimiento a Dios, bajo el argumento de que se cumplían doce meses sin muertes. Toda una novedad.

Ese domingo amaneció fresco y luminoso en Ilobasco. Temprano, un grupo de hermanos de la Iglesia de Restauración Elohim llegó para acondicionar el salón de usos múltiples y para instalar el poderoso equipo de sonido y los instrumentos. Formaron la palabra JESÚS con vejigas de colores, desplegaron y alinearon medio centenar de sillas plásticas, y lograron un imposible: dar calidez a un local tan deteriorado que costaba creer que sirviera para algo más que para dar sombra. Mientras adecentaban el local, el subdirector de Inserción Social del ISNA, Israel Figueroa, y el director del centro, Hugo Castillo, visitaron la Exbodega.

—Miren, en primer lugar, quiero felicitarlos –les dijo Figueroa–. Este año he visto una gran diferencia: ahora estamos luchando por la vida, no por la muerte. ¡Eso ya se acabó! Y lo menos que podemos hacer es dar gracias a Dios. ¿Estamos de acuerdo, jóvenes?

Un año da para mucho. En un país en el que la atrocidad se ha naturalizado, la batalla del 11-S no había tenido impacto en la agenda mediática –media página en El Diario de Hoy y una triste columna en La Prensa Gráfica, sin seguimiento–, pero el ISNA removió al director y aprovechó la ola para trasladar a todos los pandilleros de la MS-13 a Tonacatepeque. Transcurrida una década desde que se planteara y quedara por escrito esa voluntad, Sendero de Libertad al fin se convirtió en un reclusorio exclusivo para ex pandilleros y civiles. No por ello cesó la violencia. Nada más alejado de la realidad.

La ausencia de la Mara Salvatrucha, el enemigo común, acentuó las tensiones internas. Un crisol de grupitos comenzó a disputarse el mercado de drogas, y esporádicamente siguen estallando revueltas para asumir el liderazgo. Con el Sector 2 en ruinas, los ataques entre internos obligaron a crear la Exbodega primero y a cambiar la función de la Portería después. Ante la pasividad del Estado, en Sendero de Libertad sigue habiendo extorsiones, violaciones, castigos salvajes, torturas y tatuajes-sentencia en contra de la voluntad. Unos jóvenes contra otros.

Hay además otro tipo de violencia que, visto lo visto, podría considerarse de baja intensidad, pero que ha calado en el diario vivir. Es la violencia que los cuadrados (así llaman a los que tienen condena firme y algún tipo de liderazgo) ejercen contra los provisionales.

Un viernes de septiembre ingresé en el Sector 1 junto a Pedro Gutiérrez, el coordinador de orientadores, justo cuando se repartía el almuerzo.

—A los nuevos les prohíben hasta hablar con nosotros si no hay un definitivo cerca –me dijo.

La entrega de alimentos es como en las cárceles: se dan bandejas llenas de comida –buena, muy buena comida, créanme– a un responsable por cada habitación, para que ellos la repartan. Pero a cada uno de los provisionales, para intentar garantizar que coman, se la ofrecen en mano, sin intermediarios, y cuando los cuadrados están saciados.

Cuando entré con Pedro, una hilera de niños esperaba su ración. A unos metros, dos cuadrados reían y tiraban puñadas del arroz que les había sobrado –casi siempre sobra– sobre los provisionales, que se limitaban a sacudirse resignados los granos del pelo.

—Deje de hacer eso a los cipotes ya, niño –dijo Pedro a uno de ellos.
—Cálmese, Píter. Estamos dando alegría a los vatos, les estamos felicitando –respondió uno de ellos sin dejar de tirar arroz, la risa acentuando cada palabra.
—No –trató de razonar Pedro–, pero eso se hace en la iglesia, cuando alguien se casa. No aquí.
—…
—Bueno –se rindió Pedro–, ustedes saben lo que hacen…
—Sííííííí… El Píter, ¿va?

Salvo que esté apadrinado por un cuadrado, a un nuevo le toca, en el mejor de los casos, aguantar vejámenes con resignación, lavar la ropa y hacer la limpieza. Pero es una violencia de baja intensidad a la que poco le cuesta saltar a la categoría de torturas. Dicen que se ha calmado tantito, pero las bromas habituales en Sendero de Libertad van desde revolcadas en el fango hasta ser metido en un barril y rodado por una pendiente. Un día que entré en la Exbodega había en la puerta del baño un folio escrito a mano que en otro contexto sonaría a niñería, pero que aquí no lo es. Decía: “El que arruine la puerta le va a tokar Batukada (hasta que el cuerpo aguante)”. Otro día que pude hablar largo y calmado con uno de los cuadrados del Sector 1 le conté el incidente del arroz.

—Pero eso no es nada. Aquí se bromea bien pesado. Si uno no se pone vivo, le cae una gran pedrada a uno. Yo estuve un tiempo en esas cosas, pero ya no…
—¿Y los orientadores qué hacen cuando ocurre eso?
—¿Y ellos qué van a hacer?

La violencia en el reclusorio ha devaluado tanto la figura del orientador que uno de ellos me llegó a decir que en la práctica se han convertido en los choleros de los niños. Son los que salen a comprarles las sodas de dos litros a la tienda que hay en la entrada y poco más, me dijo.

En estas condiciones, quizá sí era necesario el culto de agradecimiento a Dios por doce meses sin muertos.

Paulino se paró detrás del atril, frente a no más de 30 bróderes, y comenzó con la oración de bienvenida.

—Muy buenos días, hermanos, que la paz del Señor esté con ustedes. En esta mañana muy importante, muy especial y sobre todo muy confortante, necesitamos… ambientes diferentes, necesitamos personas diferentes, y los ambientes y las personas diferentes siempre son obra del Señor, porque él está ahí. Para Dios no hay nada imposible, nada…

El culto duró más de hora y media. Después, Figueroa se desplazó hasta el Sector 1, juntó a un buen número de jóvenes por unos minutos, y también los felicitó por su buen comportamiento desde el 11-S.

***

Hoy es el último martes de octubre, y esta tarde de cielos limpios es aún más calurosa dentro de la bodega enrejada de los víveres que el Estado compra para los muchachos. Sobre una larga mesa de madera en el cuarto de los refrigeradores –dos refrigeradores y dos congeladores llenos de carnes variadas, quesos, embutidos y cremas– hay un gran recipiente metálico, semiesférico y semilleno de semillas oscuras.

—Mire lo que tenemos aquí –dice Noé, la satisfacción impregnada en cada una de sus palabras–. ¿Sabe qué es? Es cacao, para hacerles chocolate. Les encanta, con leche y puro también.

La semilla de cacao sabe amarga.

Noé Alvarado tiene 24 años, es técnico en Gastronomía y se encarga no solo de que el menú sea idóneo en sabores, texturas y nutrientes, sino también de todo lo administrativo-financiero en la cocina. Ecónomo, le dicen a lo que él hace. No cualquiera puede serlo. Noé se graduó en diciembre de 2009 en la Escuela Especializada en Ingeniería ITCA-FEPADE, y antes trabajó como encargado de cocina en un concurrido restorán llamado La Bodeguita del Cerdito.

—Creo que comen mejor aquí que afuera. Dos veces al mes tengo que darles lonja, ¿y cuánto vale la libra de lonja? Ni en mi familia teníamos eso garantizado cuando yo estaba chiquito. Pero cuesta que comprendan… Quiero hacerles entender que coman vegetales, pero algunos no quieren, y más de uno hasta me ha ofendido alguna vez, aunque en general tengo buena comunicación. Son más los que lo aprecian a uno.
—Para esta noche, ¿qué están preparándoles?
—Vamos a ver…

Noé da un par de pasos y se asoma a la cocina, donde tres de sus subordinados preparan la cena. Unas hojas escritas a mano y pegadas en la pared explicitan el menú de toda la semana. Lee.

—Hoy cenarán plátano frito, casamiento, crema y pan francés. Y para desayuno les dejamos huevo duro con tomatada, frijolitos guisados, queso, dos franceses y la bebida: café con leche. Ah, y siempre se les da un pan dulce.
—¿Cuál es la comida que más les gusta?
—Para el almuerzo… carne a la plancha. Y en la cena, cuando hacemos hamburguesas, hot-dog o sándwich. Les encanta.

A Noé le encanta su trabajo. Me encanta mi trabajo, dice. Su padre no quería que estudiara cocina, lo veía poco apropiado, pero un hermano mayor lo apoyó. Noé es el séptimo de once, y el suyo fue un hogar en el que nunca sobró el dinero, pero en el que todos lograron el cartón de bachiller. La clave, dice convencido, es la familia. Si la familia funciona, la sociedad funciona.

—Casi todos los jóvenes vienen de familias desintegradas. Aquí hay de todo, pero muchos delinquen porque no tienen qué comer o para ayudar a la mamá. Por eso digo: si cometieron un error, tienen derecho a una segunda oportunidad. Si todos fuéramos juzgados por los errores que cometemos, todos estuviéramos presos.

Noé resultará el más optimista entre todas las personas con las que hable en Sendero de Libertad, quizá porque es de los que menos tiempo lleva.

***

Hugo Castillo, la persona que asumió después del 11-S, es el director más atípico que ha tenido Sendero de Libertad. En términos futbolísticos sería un canterano, alguien de las categorías inferiores que se cuela en el primer equipo. Comenzó como orientador en diciembre de 1997, con 23 años, y subió todos los peldaños hasta convertirse en la máxima autoridad, un hecho sin precedentes. Mi universidad es acá, dice el director Castillo, quien también sigue viéndose –y actuando– como un orientador. Igual que Paulino.

—Es que aquí todos deberíamos ser orientadores, todos deberíamos orientar a los muchachos para que tuvieran una actitud positiva –dice un jueves de agosto en su modesto despacho, recalentado porque se ha ido la energía eléctrica y no funciona el ventilador–. Orientar debería ser una actitud, pero muchas veces nos vienen profesionales en equis carrera y se enfrascan en eso, en querer los casos ya, concretos. Yo soy licenciado y traeme el caso, dicen, pero algunos ni se acercan a platicar con los muchachos.

Por su personalidad –introvertido, poco confrontativo–, pero sobre todo por su cargo, al director Castillo le toca ser optimista. Dirige un centro ruinoso, donde a veces no hay ni para comprar una pelota o un chorro, pero prefiere ver el vaso medio lleno. Habla de cambios positivos en la actual administración del ISNA. Ahora ya nos tratan como parte de la institución, dice. Pero tres lustros viendo desde primera fila el enquistamiento no pasan en vano.

—Si un joven se deja ayudar, dos años son suficientes. El problema es que no se trata solo del joven: muchas veces la familia influye negativamente y el mismo ambiente en los centros de internamiento no es el más adecuado para tomar decisiones.

El director Castillo tiene un hijo de 13 años. Le cuesta concebir que pudieran encerrárselo en un lugar como el que él dirige.

—Muchos dicen que la ley es demasiado garantista, pero cuando yo veo a mi niño… No me lo imagino en Sendero de Libertad, y todos estamos expuestos a eso. Yo eso le digo a la gente para hacer conciencia: si su hijo estuviera en un problema, ¿le gustaría que pasara detenido 15 años?

***

—Yo siento que la sociedad salvadoreña no cree en la juventud –dice Colette.

En unas horas noviembre de 2011 será pasado y en la pantalla de la computadora sonríe Colette Hellenkamp: 28 años, estadounidense, trabajadora social, voluntaria años ha en Cristianos por la Paz, una oenegé que durante 2006 y 2007 mantuvo un esmerado programa juvenil en Sendero de Libertad. Colette viajó docenas de veces de San Salvador a Ilobasco para trabajar con un grupito de niños infractores seleccionados por la dirección. En un plano personal, la experiencia fue muy enriquecedora, dice, pero no terminó de convencerla la dinámica interna. La desidia.

—Las personas que trabajan en lugares así, si realmente quieren ayudar, tienen que crear relaciones con los jóvenes, generar confianza. ¡Confianza! Hay que ir adonde están ellos, apoyarlos en sus problemas, ayudarlos… conocerlos bien, pues… como seres humanos que son.

Seres humanos que son, dice.

***

Hay tantos informes sobre Sendero de Libertad que con sus páginas se podría empapelar el Palacio Nacional.

A las instituciones y a las oenegés parece que les gusta evaluar diagnosticar radiografiar. Tan solo en los últimos tres años, la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, la oenegé Fundación de Estudios para la Aplicación del Derecho (FESPAD), la Unidad de Justicia Juvenil de la Corte Suprema de Justicia y hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos han evaluado el reclusorio y redactado el respectivo mamotreto. Pero todos esos estudios pecan de superficialidad: se centran en cifras y en opiniones, no en dinámicas.

Paulino redactó hace unos meses, sin que nadie se lo pidiera, un remedo de ensayo en el que recoge una idea muy entendida entre los empleados de Sendero de Libertad. Más allá de clasificaciones por edad, sexo, pandilla o condición jurídica –repiten los que más de cerca viven el problema–, los jóvenes infractores se dividen en dos grandes grupos: los que quieren reinsertarse y los que no quieren.

—El Estado debería separarlos e invertir el grueso de sus recursos en los que quieren –me dijo Paulino con paradójico entusiasmo–, con un sistema de atarraya y de pesca para halar a los que en principio no quieren y pasarlos a los centros en los que estén los que quieren.

Quizá funcionaría, quizá no. Pero me sorprendió encontrar, después de haber leído tanto informe oenegero-institucional, una propuesta concreta, novedosa, medible. Nunca es tarde para recomponer las cosas, me había dicho Paulino cuando nos conocimos. En otra ocasión, mientras veíamos sentados sobre la grama la final de un torneo interno de fútbol rápido, a Paulino se le desató la vena filosófica, como tan seguido le sucede.

—Yo esto de la violencia lo comparo con el cáncer. No sabemos a las cabales cómo ni por qué se origina, pero se tiene un tratamiento relativamente efectivo: la quimioterapia. ¿Por qué entonces en El Salvador se pierde tanto tiempo y dinero investigando de dónde viene la violencia, cómo surgió, en lugar de esforzarnos en aminorarla? Es triste… es triste ver cuántos jóvenes están muriendo por gusto.

Las palabras pesan, el eco silencioso ensordece.

***

El último día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, el custodio de los de la Portería se me acerca, mesurado.

—Está más calmado hoy aquí. Nueve tenemos nomás. Ayer trasladaron a cinco para Tonacatepeque. Descubrieron a tiempo que eran de la Mara.

***

Jueza impone diez años de internamiento a menor

San Salvador, 11 de noviembre 2011 (Interjust). El Juzgado 3º de Menores impuso la medida definitiva de diez años de internamiento contra un adolescente de 17 años, procesado por homicidio agravado en perjuicio de David González, de 32. La jueza, Yanira Herrera, luego de haber establecido la agravante de la premeditación, impuso la  medida. El imputado continuará en el Centro de Internamiento “Sendero de Libertad”, en Ilobasco, departamento de Cabañas. Según datos del proceso, el homicidio se registró a la 1:20 p.m. del pasado 18 de julio en la zona  donde se comercializan “tortas mejicanas”, en el parque “Hula-Hula” de San Salvador. La víctima ya había abordado su vehículo cuando el menor le disparó. El móvil del hecho no fue clarificado. En el hecho fueron capturados en flagrancia el acusado y un vigilante del lugar. Asimismo no se logró establecer si el menor perteneciera a pandilla alguna. El proceso pasará a la orden del Juzgado 2º de Ejecución de Medidas.

***

La Convención sobre los Derechos del Niño, en su artículo 40, obliga a los estados firmantes a dar prioridad a las “medidas alternativas a la internación”. A Naciones Unidas no le excita la idea de encerrar menores, y ese criterio lo aplica parejo a sociedades tan dispares como la suiza, la china o la salvadoreña.

El Salvador ratificó la Convención en julio de 1990, y en el plano jurídico la intención de respetarla es incuestionable. En la Ley Penal Juvenil vigente la privación de libertad se define como excepcional y se explicita que será “por el menor tiempo posible”. La Política Nacional de Juventud 2011-2024, elaborada durante el Gobierno del presidente Mauricio Funes, tiene entre sus metas a corto plazo “ampliar en un 30% las medidas alternativas a la privación de libertad”. En otras palabras: El Salvador se ha comprometido a priorizar las amonestaciones orales, los servicios a la comunidad y la libertad asistida para jóvenes como los de Sendero de Libertad.

El representante en el país de Unicef es un puertorriqueño llamado Gordon Jonathan Lewis. Cuando solicité hablar con él, creí que se atrincheraría en la defensa de la Convención y de los otros cuerpos normativos apadrinados por Naciones Unidas, como las Reglas de Beijing o las Directrices de Riad. Sin embargo, el escenario que planteó fue mucho menos radical, e incluso sugirió que, siempre que se respeten los principios rectores, El Salvador debería buscar su propio modelo para abordar la violencia juvenil.

—Esto no es negro o blanco; existe la posibilidad de que un Estado tome medidas que incluso contraríen reglas y directrices, solo que ante el Comité de los Derechos del Niño hay que justificar que responden a una realidad en el terreno, después de una evaluación rigurosa y sostenida. Pero en El Salvador hay una serie de realidades a las cuales tenemos que responder.

Lewis se refería, obvio, a las maras.

—El problema en El Salvador –dijo– es que estamos buscando soluciones inmediatas a problemas estructurales. Pero, ¿cuál es el problema de fondo aquí? Que tenemos un modelo económico y productivo que fomenta la desintegración familiar y el debilitamiento de las estructuras comunitarias.

Dos décadas después de la ratificación de la Convención, El Salvador tiene una arquitectura jurídica que poco difiere de la suiza, pero hablar de cambios en el modelo económico y productivo sigue sonando a chino.

***

En Sendero de Libertad cualquier día, a cualquier hora, por cualquier motivo puede haber un linchamiento, una pelea entre bandos o un amotinamiento. O todo a la vez.

—Aquí mucho depende del estado de ánimo de los jóvenes –me dijo una vez Paulino.

En el fin de semana del 8 y 9 de octubre los jueces remitieron a cinco niños. Pasaron sus primeras noches en los módulos tercermundistas de la Portería –el procedimiento habitual con los recién llegados–, y el lunes en la tarde, después de que el psicólogo y los orientadores se convencieron de que no eran pandilleros, los llevaron al Sector 1. Allí los esperaban 120 jóvenes con el verdadero examen de admisión.

Hubo suerte dispar en los interrogatorios. A uno le compraron que era civil y se quedó en la Casa 6, la de los provisionales. Otros dos salieron relativamente bien librados: nomás los zarandearon, les dieron pescozones y los expulsaron del sector el mismo lunes, por la sospecha. Los últimos dos, una pareja de primos detenidos por extorsión y venidos desde Nueva Concepción, en Chalatenango, no pasaron el examen. Pero ese día ahí quedó todo.

—A un recién llegado lo entrevistan orientadores y psicólogos. ¿Qué hacen ustedes para concluir lo contrario que ellos? –pregunté otro día a un ex de la MS del Sector 1.
—¡Es que ellos solos se descosen! A las personas se les conoce por el hablado, por cómo caminan, por dónde viven… Y aquí activos sí que no queremos.
—Pero vienen sin tatuajes ni marcas, ¿cómo saben si están brincados?
—Es que no es que sea brincado o no. Media vez una persona anda en esto, ya estuvo. Mire, el deschongue del año pasado fue porque de años dejaron entrar activos que decían que no, que yo tranquilo, y muchos hasta bróderes se hicieron para mientras, ¿y qué pasó? Hicieron su grupito, levantaron ala, y terminaron quedándose con el Sector 2. Y por eso reventó esto.

Visto así, tatuar una sentencia de muerte en forma de dos letras tachadas no deja de ser un macabro mecanismo de defensa.

Quizá eso les esperaba a los primos de Nueva Concepción. Como si lo supieran, pasaron todo el martes 11 de octubre pegados al portón de acceso al sector. Poco antes de las tres y media de la tarde, la turba se les fue encima e inició el ritual del linchamiento. Esta vez el inconfundible sonido de unos balazos se apoderó de todo el reclusorio.

En Sendero de Libertad, la seguridad perimetral la brindan custodios de la Dirección General de Centro Penales y fuera de las instalaciones hay un mínimo contingente de militares. Cuando el linchamiento inició, fue el custodio del garitón de vigilancia el que disparó su arma al aire en repetidas ocasiones. Lejos de replegarse o tirarse cuerpo a tierra, los jóvenes la emprendieron a pedradas contra el garitón y obligaron al custodio a parapetarse. El linchamiento no se interrumpió. Un soldado de la entrada, al escuchar la bulla, también disparó su fusil de asalto.

—Si no dejan de disparar esos cerotes, vamos a topar el centro –gritó altanero el más influyente de los líderes del sector.

Un orientador se la jugó. Entró, cargó al menor que estaba más a mano y lo sacó. Al otro le fue peor. Inconsciente, tuvo que esperar a que Pedro y Paulino llegaran desde el edificio de la Dirección. Pedro lo cargó en brazos como pudo, y se lo llevaron de urgencia a un hospital. El bicho estaba  desconectado, me dijo un menor. Le habían abierto la cabeza con una barra de hierro.

—Sin esos disparos, lo hubieran matado –me dijo Pedro días después.

Al joven que amenazó con topar el centro lo llamaremos el Pincha. Es un ex de la MS con condena de siete años y al que me presentaron como alguien “de choque”. Su nombre apareció en incontables conversaciones durante cuatro meses. Para bien o para mal, daba la impresión de que en Sendero de Libertad nada se movía sin que el Pincha diera su aval. Un día aparecía corvo en mano encabezando una turba, otro pidiendo a las autoridades que le permitieran formar un equipo de fútbol. Un día estaba quebrando focos y pidiendo la cabeza del orientador que reportó ante el juez una fracción de sus desmanes, otro en un refugio para damnificados por las lluvias, al frente de la delegación de menores infractores que donó sus 120 almuerzos.

—Desde el momento que atraviesas la puerta y pones un pie aquí adentro, entras en un mundo diferente a todos. Estos jóvenes son únicos, y este lugar es maravilloso para conocer el género humano –me había advertido Paulino tiempo atrás.

Mes y medio después de los linchamientos del 11 de octubre, el problemático, ultraviolento y contradictorio Pincha recuperó la libertad.

—Uf, al fin se fueron los problemas del Sector 1… –me confesó uno de los orientadores.

Los problemas regresaron a las calles.

Yo torturado

Publicado: 29 abril 2012 en Roberto Valencia
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 “Ya me duele mucho el alma de saber cómo se tortura a nuestra gente”.
Monseñor Óscar Arnulfo Romero, diciembre de 1977.

La hora de visita es de 1 a 2 de la tarde y son casi las 8 de la noche. El vigilante no tendría por qué haberle dejado, pero Norberto Fernández, Beto, ha logrado entrar en el Dr. José Molina Martínez, el único hospital público de Soyapango. La súplica para que le permitan ver a su sobrino siquiera unos minutos lo ha convencido. Beto conoce el centro y va directo al pabellón de  Cirugía-Hombres. Emboca el pasillo central y camina ligero mirando a los enfermos, la cabeza inquieta a un lado y a otro. Recorre el galerón entero, sin éxito, da media vuelta, y regresa para preguntar a la única enfermera que se ha cruzado en la ida.

—Disculpe, aquí es Cirugía-Hombres, ¿veá?
—¿Busca a alguien?
—A mi sobrino. Se llama Dani… Carlos Daniel Fernández. Lo ingresaron ayer noche. Tiene 17 años…

La enfermera se gira, camina un par de pasos, verifica un cartoncito, y da por terminada la conversación con un lacónico este es.

Tirado sobre una estrecha camilla hay un joven con un aparatoso vendaje en la cabeza que le cubre las heridas y el cabello teñido de rojo. A Beto le cuesta relacionarlo con la imagen mental de su sobrino. El rostro lo tiene descubierto, pero deformado por la hinchazón y con grandes llagas y manchas de sangre coagulada. Beto se acerca y comienza a orar, a pedir al Señor que lo saque de esta. Le agarra la mano, y Dani, al sentirla, se esfuerza por apretar la suya y abre los ojos con timidez.

—Tío… –susurra.
—Gracias a Dios. ¿Qué te pasó, m’hijo? ¿Quién te ha hecho esto?
—Los policías, tío, los policías me golpearon…

***

Hoy es 1 de febrero de 2012, miércoles, un día sin estridencias, de esos en los que parece que no sucede nada llamativo: el cielo azul de la estación seca, la campaña electoral que monopoliza los noticieros, el termómetro arriba de los treinta grados centígrados, protestas en los hospitales públicos, dieciocho asesinatos registrados por la Policía… Pura rutina salvadoreña.

Dani tiene día libre. Lo ha pasado en casa, en familia, pero a eso de las 3 de la tarde toma un bus de la ruta 41-D hasta el centro de San Salvador. El punto de reunión con sus amigos es la plaza Morazán, y ahí permanecen, sentados y platicando, hasta que se juntan seis. Dani viste como podría hacerlo cualquier otro joven de 17 años: camisa blanca con rayitas horizontales, jeans, tenis blancos y cachucha negra. Lo singulariza su pelo, teñido de rojo desde la coronilla hasta la frente. Lo lleva así porque estudió Cosmetología y trabaja en un salón de belleza.

—En mi trabajo uno tiene que andar fashion –me dirá otro día–, para que la gente tenga una buena imagen de uno.

Los seis cheros deciden tomar dosquetrés, recorren las dos cuadras de distancia que hay de la plaza Morazán al parque San José y entran en el chupadero-disco acostumbrado. Para cuando Dani termina su tercera cerveza Golden ya ha anochecido, y por un momento duda entre regresarse a casa o continuar tomando y dormir en algún hospedaje, como ha hecho otras veces. Opta por irse. Al rato se despide y se dirige solo a la parada de la ruta 3-microbús, a un costado del parque San José. Son las 8 de la noche cuando aborda la unidad.

Dani vive en el cantón El Limón de Soyapango, de Unicentro hacia el norte. En este cantón de colonias urbano-marginales mal ensambladas residen más de cuarenta mil personas, y es un hervidero de maras. Cuatro clicas de la Mara Salvatrucha (MS-13) controlan las cinco etapas de la urbanización Las Margaritas, y la facción de los Sureños del Barrio 18 manda en Montes IV, en Santa Eduviges, en la San Francisco, en Villa Alegre, en la San Antonio, en San Ramón y en el sonoro reparto La Campanera. También opera de forma marginalla Mao-Mao.

La casa familiar es de adobe y bambú, con techo de láminas, y se ubica en una zona semirrural, el asfalto a no menos de 400 metros. El área está salpicada de placazos (grafitos) del Barrio 18. De unos meses para acá los patrullajes de soldados y policías son habituales, pero en el fondo no ha servido de mucho: los de la distribuidora de energía eléctrica apenas llegan a leer el contador por miedo a los pandilleros y afinan el consumo con promedios. Si bien ir desde la lotificación donde está la casa hasta el reparto La Campanera toma no menos de 20 minutos caminando a buen ritmo, a todas las comunidades satélite del sector se las conoce como Las Campaneras. Dani vive con su madre, varios chuchos, su padrastro, dos hermanos menores –él y ella–, pollos, gallinas y una niña de un año que cuidan como si fuera propia.

Dani no es pandillero. Para nada.

El microbús que ahora lo regresa a casa no va muy lleno, todos sentados. La idea es bajarse en la parada del centro comercial Plaza Mundo, cruzar la pasarela del bulevar del Ejército, caminar hasta el centro de Soyapango, y tomar un bus de la 49. El tráfico está pesado, y a Dani el sueño le cierra los ojos apenas se recuesta sobre la ventana. Va dando cabezadas y, al despertar de una, se da cuenta de que ha subido una pareja de policías, los únicos parados. Nada anormal. Vuelve a dormitar.

Cuando reabre los ojos, el microbús está llegando al paso a dos niveles ubicado después de Plaza Mundo, donde está el desvío a la urbanización Sierra Morena. La reacción al ver que ha pasado su parada es levantarse y caminar hacia la puerta, pero uno de los policías se cruza y con la cabeza le indica que regrese a su asiento.

—Vamos a ir a la delegación –dice con tosquedad.

Dani conoce Sierra Morena y sabe que en efecto hay una delegación, por lo que en principio prefiere no alterarse. Son además agentes en toda regla: uniformes, placas doradas, cachuchas oficiales, pistolas, macanas…

El microbús pasa de largo la parada de la delegación, y Dani comienza a inquietarse. Recuerda un consejo que algún día le dio su padrastro para estas situaciones, e intenta ver los números de identificación bordados en el pecho, pero un fuerte golpe en la cabeza subraya la orden de mirar solo al piso. Le ordenan que baje una o dos paradas antes del punto de los microbuses. Hay media luna creciente sobre la Sierra Morena, pero para Dani todo es oscuridad. El microbús se aleja, los policías le piden que camine.

***

El Salvador es un país con 6.2 millones de habitantes y en el que en 2011 hubo en promedio doce asesinatos diarios. La tasa de homicidios por cada cien mil habitantes fue 70, el doble que Guatemala, cuatro veces la de México. La salvadoreña es una sociedad violenta, ultraviolenta, y los policías salvadoreños son parte de esa sociedad.

En la República de El Salvador el mandato constitucional de velar por el respeto y la garantía a los derechos humanos recae en la sigla PDDH, la Procuraduríaparala Defensade los Derechos Humanos. Es una institución joven, un logro de los Acuerdos de Paz que en 1992 pusieron fin a doce años de guerra civil. En dos décadas,la PDDH ha demostrado que opera con relativa independencia, pero carga el lastre de que sus resoluciones no son vinculantes. En la práctica, la institución es poco más que una caja de resonancia que acumula denuncias, que media en conflictos y que emite cientos de informes y pronunciamientos públicos.

A finales de cada año,la PDDH acostumbra a elaborar una especie de memoria de labores. La presentada en diciembre de 2011 señaló a por enésima vez la Policía Nacional Civil (PNC) como la institución pública más denunciada por violar los derechos humanos. De enero a noviembre acumuló un promedio diario de cinco denuncias –digo: cinco denuncias contrala PNC todos y cada uno de los días–, para un total de 1 mil 710. Las violaciones al derecho a la integridad física fueron, siempre según los datos oficiales, las más habituales.

Son miles pues los salvadoreños que en su diario vivir han tenido experiencias tan negativas con los policías que hasta se han atrevido a denunciarlo.

—¿Qué tipo de denuncias reciben contrala Policía? –le pregunté un día al procurador, Óscar Humberto Luna.
—Por uso excesivo de la fuerza. O sea, a la gente la siguen maltratando, golpeando… y son denuncias que llegan permanentemente. Los policías escogen a un joven, lo golpean, lo ponen en libertad… El problema es que el tema de la seguridad no puede enfrentarse solo con represión.

Las cinco denuncias diarias en la PDDH, sin embargo, no parecen quitar el sueño al ministro de Justicia y Seguridad Pública, el responsable político de la PNC. Luego verán. Y eso que las denuncias son apenas una fracción de lo que en verdad está ocurriendo en las colonias y comunidades de El Salvador. Luego verán también.

***

Hay media luna creciente sobre la Sierra Morena, pero para Dani todo es oscuridad. El microbús se aleja, los policías le piden que camine. Serán, lo más, las ocho y media.

Un agente ronda los treinta años, y cree haberle visto barba corta y bigotón. El otro está cerca de los cuarenta. Dani camina un metro por delante. Entran en un pasaje. Miedo. La mirada siempre al piso. Girarse supone golpe seguro. La colonia es un desierto, como si hubiera toque de queda. Dani sabe que es territorio de la MS-13. ¿¡A qué ibas a la SierraMorena!?, le preguntan. En Plaza Mundo quería bajarme, pero me dormí. Puños en la espalda, manotazos en la cabeza. Otro pasaje. De un golpe le botan la cachucha. El pelo teñido de rojo aflora. ¿¡Por qué!?, preguntan. Soy estilista. ¡Vos culero sos! La agresividad se intensifica. ¡Pendejo! Otro pasaje. Aún no se han cruzado con nadie ni se cruzarán. Dani es pura sumisión. Uno desenfunda su pistola. Miedo. ¡Un puto culero de mierda sos! A los policías les ha cambiado el hablado. “Puro marero”, piensa Dani. ¡Semejante culero! Otro golpe. Otro. Llegan al final de un pasaje. Está oscuro. Las últimas casas, deshabitadas, desmanteladas. Se detienen. Le ordenan que dé media vuelta. “El hablado de un marero, igualito, quizá ni policías sean”. ¿¡A qué venís a Sierra Morena!? Otro golpe. ¡Mono cerote! Otro. Pero esto recién comienza…

—¿Dónde vivís? –pregunta un uniformado.
—En Las Campaneras…

Como si fuera la señal que estaban esperando. Allá son Barrio 18. Un seco puñetazo en la quijada bota a Dani al suelo. Los dos se abalanzan rabiosos como perros rabiosos. Golpean duro. Parejo los dos. Al rostro. ¡Culerohijoeputa! Dani se cubre como puede. Le apartan los brazos, las manos. Quieren desfigurarlo. Aquí muero. Lo golpean. Lo golpean. Lo golpean. Los nudillos ensangrentados. La tortura. Aquí te vas a morir, culero. ¡Ayuda!, grita Dani. O cree que grita. ¡Callate, culero! Tortura, según la RAE: “Grave dolor físico o psicológico infligido a alguien, con métodos y utensilios diversos, con el fin de obtener de él una confesión, o como medio de castigo”. Más puñetazos más. Un ser humano a merced. Una vida a merced. La sangre mancha el suelo, la camisa. Jadeos de cansancio. ¿Qué piensan en ese instante los torturadores? ¿Qué piensa en ese instante el torturado? Aquí te vas a morir. Aquí me van a matar. Y sin embargo. Llanto. Forcejeo desigual. Más golpes más… hasta que cesan de a poco.

—¡Levantate, culero! –escucha al rato, aún escucha–. ¡Levantate y caminá, hijoeputa!

Dani se incorpora como puede. ¡Caminá, culero! Un policía saca su celular y llama. Está hablando de mí. Salen del pasaje. Embocan otro, cuesta arriba. La sangre gotea. ¿Salgo corriendo? No, dispararían. Caminan. Dani oye voces delante. Mira de reojo. Son tres jóvenes, delgados. Uno luce tatuajes en piernas y brazos. La esperanza se desvanece. Son pandilleros. Miedo. Se acercan. El policía los telefoneó a ellos. Hablan puro marero los cinco. Son cherada. Dani va el primero, pegado a la pared. Miedo. Apenas se juntan los dos grupos, uno de los pandilleros le agarra la cabeza y se la estampa contra el muro. Dani cae inerte. Ahora los escucha lejanos, cada vez más. Ya no comprende lo que dicen. Se pierde, se pierde, se pierde…

***

Kenia, la hermana dos años mayor que Dani, tenía 15 cuando desapareció el 23 de septiembre de 2007. Ese día se fue de la champa que la familia ocupaba en la colonia Veracruz, en Mejicanos, y no volvieron a saber de ella en meses. Fueron tiempos de incertidumbre: que si los pandilleros la habían matado, que si un día la vieron por el Parque Infantil, que si se había ido a Estados Unidos, que si estaba embarazada… Las dudas solo se disiparon cuando un investigador de la PNC los contactó para decirles que Kenia era uno de los cuerpos encontrados en un cementerio clandestino usado por la MS-13 en Finca Argentina, no muy lejos de donde vivían. En mayo de 2008 pudieron al fin enterrar las partes de Kenia que les entregaron.

En estos días Dani y los suyos se están acordando de ella más que de costumbre. Temen que suceda algo parecido a lo que ocurrió en 2007, cuando, en las semanas posteriores a la desaparición, comenzaron a caer llamadas y mensajes intimidatorios. Soy la muerte, decía uno. La presión fue acumulándose hasta que la familia se convenció de que eran objetivo de la clica de la MS-13 que opera en la Montreal, y esa presión estalló en una atropellada huida nocturna: en cuestión de horas tuvieron que desmontar la champa y escapar con lo puesto.

La migración forzada por las maras no es algo nuevo en El Salvador, solo que afecta casi exclusivamente a los escalafones más bajos de la pirámide social.

—Salir otra vez ahora… ¿y para dónde? –dice la madre–. Ya me pasó lo primero con la Kenia y ahora esto… Quizá lo quieran matar, o a cualquiera de nosotros, porque a Dani también le robaron el teléfono, y había fotos de todos.

Para un indeterminado pero amplio sector de la sociedad salvadoreña, la línea divisoria entre pandilleros, policías, narcotraficantes y soldados no está tan bien definida. Tampoco el reparto de roles de buenos y malos, confiables y no confiables. Dani siente hoy igual o más temor hacia policías y soldados que hacia los pandilleros.

***

Jaime Martínez, director de la Academia Nacional de Seguridad Pública, está convencido de que el policía salvadoreño tiene una formación sólida, envidiable en el contexto latinoamericano. Antes de graduarse, los agentes son capacitados un mínimo de once meses. Aprenden a desarmar a un delincuente, a custodiar la escena de un crimen, a redactar una esquela, a disparar… pero también se cultiva el respeto a los derechos humanos, asegura enfático Martínez, con materias específicas sobre derechos de la mujer, derechos de los jóvenes y filosofía de policía comunitaria. Martínez parece creerse lo que dice.

Su jefe inmediato es el general David Munguía Payés, ministro de Justicia y Seguridad Pública. También dice estar convencido de que los agentes de la PNC respetan los derechos humanos y el Estado de Derecho. Un día de mediados de febrero le pedí que intentara explicar por qué entonces cinco denuncias diarias en la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos.

—Bueno –respondió–, lo primero es que vivimos en un país democrático, y cualquier persona que se siente agraviada puede presentar una denuncia. Por eso algunos hacen denuncias hasta por una mala mirada, y ahí quedan, así que no me extraña que una corporación como la nuestra, que está en contacto permanente con la ciudadanía para darle protección, sea señalada por delincuentes o por organizaciones que pudieran estar relacionadas con los delincuentes.

***

Dani cae inerte. Ahora los escucha lejanos, cada vez más. Ya no comprende lo que dicen. Se pierde, se pierde, se pierde… Deben ser las nueve, nueve y poco.

[…]

Amanece. Dani recobra el sentido en una ambulancia que lo regresa del Hospital Rosales, en San Salvador, al Hospital Molina Martínez. Le duele todo, pero recuerda con claridad la paliza y a quienes se la dieron. Cuando le preguntan, da su nombre y el teléfono de su madre. Ella llegará a verlo pasadas a las 7 de la mañana.

Son unas ocho horas las transcurridas entre el cabezazo contra la pared en la urbanización Sierra Morena y el despertar en la ambulancia. Con los días Dani sabrá que al Molina Martínez ha llegado en la cama de un pick up de la PNC, en torno a las 10 de la noche. Los policías han dicho que un grupo de jóvenes lo estaba apedreando y que ellos lo han rescatado. Por el estado crítico en el que ha llegado, lo han trasladado al Rosales, lo han evaluado y ahora viaja de regreso hacia el único hospital público de Soyapango.

—Esos policías se llevaban con los mareros de la Sierra Morena–especulará Dani dentro de unos días–, y me dejaron vivo… pues a saber, supongo que se convencieron que yo no era pandillero.

La familia avala esa creencia. Los cuatro días más que Dani permanecerá ingresado los usarán para tratar de buscar justicia. Lo denunciarán en la delegación de la PNC de Soyapango. Lo denunciarán en la Oficina Fiscal de Soyapango. Lo denunciarán incluso en la Unidad de Asuntos Internos de la PNC, en la colonia San Benito de San Salvador. La sensación que les dejará tanto ir y venir de un lugar a otro es que el sistema trabaja para que los que denuncian este tipo de agresiones se desesperen y tiren la toalla. Quizá así sea.

Un mes y medio después de la paliza preguntaré en la Oficina Fiscal de Soyapango por el caso. Sin avances, se limitará a decir un fiscal. Fuera de grabación, y bajo condición de anonimato, me dirá que él estima que a juicio solo llega el 1% de los delitos que se cometen, y me dirá que las denuncias contrala PNC por agresiones son muy frecuentes, pero que no recuerda ni un solo caso que se haya podido judicializar. “Le voy a ser franco: yo, que trabajo aquí, a nadie le deseo ser víctima en un proceso penal que involucre a policías, porque todo es cuesta arriba”, dirá. Otro día le plantearé lo sucedido a un comisionado de la PNC, y –también fuera de grabación– confirmará no solo que las torturas y las agresiones son práctica común en la Policía, sino que es un hecho que hay agentes que tienen filiación con una u otra pandilla.

Fuera de grabación, El Salvador suena muy diferente al de los discursos oficiales.

***

Mañana calurosa en Soyapango la del jueves 8 de marzo. El doctor Manzano –cirujano general,

PUESIESQUE hace calor en el despacho de este doctor que ahorita se arranca en caliche 

gabacha blanca desabotonada, lentes– trata de reconstruir en su propio lenguaje las consecuencias

médico a contarme lo de Dani. A veces hablan como si no quisieran que los entendiéramos,

de la brutal paliza que los policías dieron a Dani: ingreso inconsciente en Emergencias, puntaje

como si fuera virtud usar esa terminología aséptica que disfraza la realidad. A Dani dos

abajo de 12 en la Escala de Glasgow, remisión inmediata a hospital de tercer nivel –al Rosales–

policías lo dejaron puro monstruo, pero a saber cuántos jóvenes terminarán tirados en una

por sospecha de trauma cráneo-encefálico, tomografía axial computerizada para evaluar posibles

quebrada, para que al día siguiente los periodistas digamos que lo mató la mara rival, la

daños en el cerebro, cirugía menor en cuero cabelludo, reconstrucción de la oreja derecha,

versión oficial. En El Salvador, cualquier día te agarran y te dan una taleguiada hasta bajarte 

penicilina sódica vía intravenosa, traumas contusos y abrasiones que derivaron en un proceso

el puntaje de Glasgow ese y ya: un expediente clínico más, y la sensación –la certeza– de que

inflamatorio agudo en el rostro, diclofenaco sódico vía intramuscular…

habrá más danis, mientras el país siga carcomido por la violencia. Y SIACABUCHE.

***

A Dani le dieron el alta médica ayer en la tarde, después de cinco días postrado en una cama. Al irse, una de las enfermeras, sabedora de que la familia había denunciado la paliza en la Fiscalía, quizá conmovida, le recomendó presentarse en el Instituto de Medicina Legal cuanto antes, mientras las marcas fueran visibles.

Hoy es martes, 7 de febrero, y permanecer parado todavía es una penitencia para Dani, lo poco que camina lo hace cauteloso como un octogenario, y su rostro –un collage de puntos de sutura, costras, moratones– sigue siendo una adivinanza de sí mismo.

—Pero ahora ya se ve bien –me dice la madre–, el jueves y el viernes estaba como que era monstruo.

En ruta a Medicina Legal, Dani ocupa el asiento del copiloto del Toyota del 81 de su tío Beto. Atrás, en la cama, vamos la madre, la hermana menor y yo. Cargan una copia de un requerimiento de “reconocimiento médico legal por lesiones”, con fecha del 2 de febrero y con sello de la Oficina Fiscal de Soyapango. Falta nada para las 9 de la mañana, el tráfico está calmado, y en poco más de veinte minutos el pick up recorre la distancia entre el cantón El Limón y las instalaciones de Medicina Legal, en el centro de San Salvador. Al llegar, solo permiten la entrada a Dani y a su madre. No tardan ni quince minutos en salir.

—¿Qué pasó? –pregunta Beto.
—¿Vas a creer –dice la madre– que dicen que ya llegaron al hospital? Que ya llegaron a reconocerlo, dicen, ¡pero si a él nadie lo ha visto ni le ha preguntado!
—A mí nadie me preguntó nunca nada –apuntala Dani.

Por lo visto, un médico forense llegó ayer al hospital y, dado que su informe contiene datos como la fecha de nacimiento, infieren que se limitó a leer el expediente clínico, donde quedó registrada la versión de los policías que llevaron a Dani moribundo a Emergencias.

—Todo está como que los agentes se lo encontraron tirado –dice la madre, cada palabra acentuada por la resignación– y lo rescataron de unos muchachos que le estaban tirando piedras. Y dicen que, si ya lo vio un médico, no lo pueden examinar otra vez.
—¿¡Pero cómo que otra vez si no lo ha visto nadie!? –responde Beto.

Beto agarra el requerimiento fiscal de las manos de su hermana, lo desdobla y lo lee en silencio hasta que encuentra algo que lo impulsa a elevar la voz: “…El peritaje se requiere en el plazo de veinticuatro horas, para ser agregado a diligencias que se siguen en la Oficina Fiscal de Soyapango”.

—¿Y vos enseñaste esto?
—Pues sí, se lo enseñé y me lo regresó, y ella dice que no, que ya fueron al hospital, que ya lo vieron y que no se puede hacer nada.

Beto se toma un instante para pensar su conclusión.

—¡Se tapan entre ellos!

Dani ha optado por el silencio, pero permanece de pie en el improvisado círculo. Por un momento da la impresión de que se marea, y sugiero que se siente en el carro. Esos segundos de silencio en los que camina cauteloso hasta el viejo Toyota son en los que, sin decirse nada, sin siquiera mirarse uno al otro, tío y madre parecen llegar a la misma conclusión.

—¿Y vos qué decís? ¿Vamos a los derechos humanos? –las preguntas de Beto son suspiros–. Aunque si aquí que tenían la obligación no han hecho nada…
—Yo digo que… mejor nos vamos a la casa. Quizá lo mejor sea orarle al Señor.

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(Aclaración: los nombres algunas de las personas que aparecen en este relato se modificron para proteger sus vidas)

Tres millones de mauricios

Publicado: 26 febrero 2012 en Roberto Valencia
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Sentada sobre su propia sangre supo que algo andaba mal. Seis semanas faltaban para salir de cuentas, pero el niño se retorcía como quien se está ahogando. Sintió una punzada lenta y larga, apretó los ojos y con su mano comprobó que los pies estaban fuera. Venía al revés.

—Me dio nerviosidad.

Estaba pariendo, tirada en el corredor de una casona, en un cantón perdido de un ignoto pueblo llamado Monte San Juan. Las únicas ayudas disponibles eran la voluntad de Mauricio, su marido, y el recuerdo de un consejo que años atrás le había dado su padre: si te llega a ocurrir esto, cuando nazca le cortás el cordón tres dedos debajo de la tripita, buscás un cañamito, lo desinfectás con alcohol, te lavás bien las manos y le metés la gillette.

El fruto de su vientre cayó al piso sin dificultad cuando él le apretó la barriga con fuerza.

—Así era el bichito –con las manos Mauricio simula algo del tamaño de un plátano–, chiquito y clarito-clarito, y amarillo, y las manos bien largas.

Mauricio tomó la iniciativa. Salió a buscar a un cuñado y le pidió que fuera hasta Cojutepeque en bicicleta a comprar lo necesario. Cuando regresó, tenía el cañamito elegido y cumplió como un soldado las instrucciones: alcohol, manos limpias, tres dedos, gillette. Después, agarró el feto y lo miró asustado.

—Ahí deseé que se muriera… No se le veía forma de gente, clarito y amarillo, como que era muñequito de hule…

Era el octavo embarazo, pero el primero que nacía sietemesino, desproporcionado y amarillento. Convencidos de que nada se podía hacer, ni siquiera buscaron a un médico. La decisión fue esperar, dejarlo en las manos de Dios, como le gusta decir a Mauricio. Aquella noche del 19 de abril del año 2000 se acostaron resignados, una resignación que quizá solo quienes conocen el verdadero significado de la pobreza puedan comprender. Y juzgar.

***

El presidente de El Salvador, Mauricio Funes, parece tenerlo claro. Así lo dijo en uno de sus discursos: “Un pueblo es libre cuando puede alimentarse, un pueblo es libre cuando tiene acceso a la educación y a la salud, un pueblo es libre cuando su población tiene oportunidades de empleo y de desarrollo”. Si tiene razón, el presidente preside un país de no libres.

La más reciente Encuesta de Hogares de Hogares Múltiples, la principal herramienta con la que el Gobierno monitorea los indicadores socioeconómicos, se presentó en junio de 2009. Cuatro de cada diez hogares salvadoreños resultaron en situación de pobreza extrema o relativa. Esa era la situación cuando se hizo la encuesta, a lo largo de 2008, antes de la crisis económica que zarandeó el país y provocó que decenas de nuevos asentamientos de plástico, cartón y lámina surgieran como los hongos después de una tormenta. Con una población estimada en 6.2 millones de habitantes en 2010, resulta hasta conservador calcular en 3 millones los pobres que hay en El Salvador.

Mauricio Ramos Vásquez es uno de ellos, Mauricio es uno entre tres millones.

—Pero yo tengo esa fe en Dios. Y fíjese, don Roberto, que yo toda mi vida he andado rodando, de pobre, pero sabiendo que Dios un día me iba a compensar.

***

Aquí había una colonia llamada San Antonio hace apenas dos días. Ahora es una lengua de tierra y rocas que arrasó con todo menos con el muro de una casa aquí, un suelo embaldosado allá, un tronco más allá. Sobre el lodo ya reseco caminan silenciosos periodistas, pobres, funcionarios y curiosos. Hasta el presidente dela Repúblicaestuvo hace un par de horas por acá.

Hoy es 9 de noviembre de 2009, mediodía, y esto es Verapaz, en el departamento de San Vicente. Ayer en la madrugada llovió tanto que el altanero volcán Chichontepec se desparramó como una charamusca al sol. Uno de los deslaves atravesó el pueblo de sur a norte. Hubo muerte y destrucción. La peor parte se la llevó esta colonia,la San Antonio.Mauricio vivía aquí, pero eso aún no lo sé.

Mauricio cumplió 74 años hace un mes. Tiene la piel tostada por el sol, pero menos arrugada de lo que uno presupone en un septuagenario. El cabello, vencido por las canas pero abundante, sin el más mínimo atisbo de alopecia; las cejas y el bigote están conjuntados. Las cataratas impiden definir el color de sus ojos. Es pequeño y delgado, pero aún se ve musculatura en sus brazos cuando se quita la camisa; en el izquierdo tiene una profunda cicatriz por un machetazo de juventud.

Se acerca cabizbajo para pedir, por favor, una llamada. Sus familiares aún no saben que es un sobreviviente de los deslaves generados por el huracán Ida.

—Aló, ¿qué pasó, hijo?
—…
—Por aquí, ¿veá? Aquí estamos todos fregados… Incomunicados… Nos llevó todo la lava… En la mera lava estoy ahorita.
—…
—Sí, pero avisala, decile ala Minaque estamos fregados y que, hablando a las cabales, necesitamos ayuda… Pasámela… Hola, hermana. Sí, te estoy hablando de un señor que me ha prestado el teléfono.
—…
—Yo estoy viviendo dondela Lourdes, a la entradita de Verapaz, del puentecito para arriba, si en caso querés venir. Lo que te quiero decir es que estamos necesitados.
—…
—Sí, mi hermana, cuando vengás te voy a platicar todas las maravillas que Dios ha hecho.
—…
—No perdí pero ni uno de mis hijos, ¿oíste? Todos me los sacaron, y me sacaron a mí, arrastrado, pero me sacaron.
—…
—Vaya, salú pues.
—…
—Salú pues… Va… Va… Gracias… Amén.

Muchas gracias, dice cuando me devuelve el teléfono.

El cielo es azul, y el sol, abrasador. La tierra a nuestros pies está extrañamente reseca. Los ojos de Mauricio, nublados y llorosos.

***

La casucha en la que nació Mauricio un 9 de octubre no tenía agua ni sanitarios ni energía eléctrica, pero en 1935 nada de eso se echaba en falta en el cantón San Isidro, de Santa María Ostuma. En ese pueblo, famoso por nada y situado en el centro del país, había nacido su padre, José Luis, quien murió tan joven y pobre que ni recuerdos le dejó. Su madre, Juana, buscó sustituto, y esa decisión le dio a Mauricio seis hermanastros y la posibilidad de vivir en una casa de adobe y tejas en el centro del pueblo, que sería la que por casi medio siglo llamó “mi casa”, aunque no fuera suya. También le facilitó estudiar.

—Yo hice sexto grado, que en aquel tiempo era mucho.

Lo suficiente como para saber que el mundo es algo más que Santa María Ostuma.

Durante años alternó temporadas en las que vivía con su madre y otras en las que salía a probar suerte. En una de esas llegó hasta Valladolid, pero el Valladolid de Honduras, lo más lejos que ha viajado nunca. Pasó también un tiempo en Zacatecoluca, donde ingresó al ejército, y esa condición de soldado le permitió dar el salto hacia San Salvador. En la capital estaba cuando el 15 de junio de 1969 fue al estadio Flor Blanca a ver el partido de fútbol contra Honduras que a la postre serviría para bautizar una guerra. Como reservista, Mauricio fue llamado a matar.

—El Salvador le ganó el partido a Honduras, pero esa no fue la cólera.
—¿Y por qué empezó la guerra?
—No sé, la gente salvadoreña que vino de Honduras, según dicen, ya estaba en un albergue así como este –Mauricio señala alrededor.
—¿Usted fue a la guerra sin saber por qué?
—Nos llamaron y fuimos. Estuvimos una noche en el cuartel y en la madrugada nos subieron en un camión y nos fuimos para la frontera. Antes de entrar a Honduras nos bajaron, y fuimos caminando a alcanzar la tropa, pero no peleando. Algunas cosas no las recuerdo ya, pero yo no disparé.

Pero de todas aquellas huidas de Santa María Ostuma, siempre regresaba junto a su madre, y cada vez eran más el tiempo que pasaba en el pueblo. La década de los 70 fue la más oscura: bebió mucho, trabajó poco, tuvo dos hijos –Gilberto y Óscar Mauricio– sin estar emparejado… Hasta que sucedió lo que tenía que suceder. El 22 de mayo de 1985 su madre murió y, con ella, la posibilidad de disponer de un techo fijo.

—Cuando mi mamá murió, nos reunió primero a todos, y como la casa había sido de mi padrastro, y como ella tenía hijos con él, me dijo: a vos, Mauricio, a vos no te dejo nada. Y no me dejó, perdone la palabra, pero ni un huacalito viejo; nada, nada. Yo nací pobre, crecí pobre y, cuando mi mamá murió, me tuve que salir a alquilar casa.

Y fue ahí, y así, cuando empezó la verdadera peregrinación, cuando Mauricio comprendió que aunque todo vaya mal, siempre puede ir peor.

***

Mauricio está sentado sobre una hamaca amarrada a unos árboles y se balancea con un pie mientras escarba en su memoria. Después de tres encuentros y otras tantas pláticas por teléfono, ya no habla con un desconocido. Pero Mauricio mantiene la barrera del “don” con un periodista que es cuatro décadas más joven.

—…así que a ver qué dice Dios, don Roberto, porque…
—¿Le puedo pedir algo? No me llame don Roberto, por favor. Roberto nomás.
—¡Cómo no, hombre, cómo no! –y ríe como quien le ríe la gracia a un loco–. Fíjese que, no es por nada, pero mi forma de hablar es así, ¿veá?

La sumisión interiorizada. Debe de ser difícil rebelarse contra uno mismo.

***

Cuando en 1985 Mauricio tuvo que dejar la casa de su madre, era evangélico, había dejado de tomar y tenía como esposa a una mujer 27 años menor que él llamada Irma Yanira. Irma era la hija de Santiago Zepeda, un compañero de juegos en la niñez y de borracheras en la adultez, vecino, suegro y la persona a la que Mauricio definirá como el mejor amigo de toda una vida.

La pareja tenía dos hijos ya –Edwin Alfredo e Irma Araceli–, una cifra manejable aún, y alquilaron una casa sin salir de Santa María Ostuma, hasta que el propietario los echó. A partir de ahí, Mauricio mide el tiempo en función del nacimiento de su camada: Edgar Esaú nació en el cantón El Rodeo, de San Pedro Nonualco, a donde llegaron porque un patrón les ofreció posada; María de Lourdes y Saúl Eliseo nacieron en la fincaLa Joya, también en San Pedro Nonualco, donde cuidaban propiedad ajena en una casa de adobe sin agua ni luz, donde vivieron lo más duro de la guerra, pero de la que guarda buenos recuerdos; Miguel Ángel y Diana Cristina nacieron en la colonia Altamira, en Cuyultitán, en una champa de lámina que con esfuerzo pudieron alquilar…

—Viviendo en esa casa cumplí los 61 años. Yo trabajaba como albañil, y un día me dijeron: vaya a pedir su jubilación, y me dieron unos papeles, pero fui a San Salvador y vi que había empresas en las que había cotizado, pero que en el Seguro no aparecían. Así que no me dieron pensión…

Sin ingresos fijos, aceptaron irse al cantón Concepción, de Monte San Juan, otra vez a cuidar propiedad ajena. Allí nació, prematuro y desproporcionado, el muñequito de hule que Mauricio deseó que muriera. Pero no murió. Lo tuvieron doce días en casa, hasta que vieron que aguantaba, y lo llevaron a la clínica del pueblo, y de ahí al hospital de Cojutepeque, donde pasó un mes en una incubadora. A ese octavo hijo lo llamaron Cristian Rafael.

—Y ahora míralo –Mauricio lo señala–, es el más peleonero, bien travieso y caprichoso… pero yo le tengo lástima, yo lo quiero… No sé, no sé cómo decirlo, pero le tengo una gran lástima.

Aún faltaban mudanzas: de Monte San Juan a Guadalupe, y de Guadalupe a Verapaz, donde estuvieron rebotando en tres champas distintas. También faltaban más hijos: Manuel Alexander y Milagro de Jesús, la última, que nació el 2 de abril de 2007, cuando Mauricio iba camino de los 72 años.

—¿Por qué tantos hijos, ya tan mayor, si apenas puede mantenerlos?
—Pues es que eso es lo fregado, que uno comete el pecado y Dios lo castiga.
—¿Y en la unidad de salud no les dan nada para que su esposa no quede embarazada?

Mauricio baja la voz, aunque estamos solos, y mira a ambos lados antes de soltar lo que parece que será una gran revelación.

—Mire, don Roberto, es que en estos pueblos casi no existen esas cosas.

***

Hace poco más de tres meses que en este predio velaban a los muertos por el deslave en el volcán. Hoy, 16 de febrero, hay un campo de damnificados formado por unas 70 tiendas de campaña. Parecería un campamento militar si no fuera por el correteo de niños y las ropas de vivos colores que se secan en improvisados tendederos. La #19 la ocupan Mauricio y su familia, donde familia a estas alturas significa la esposa Irma, los cinco hijos menores y Sandra Yamileth, de 8 años, una nieta huérfana. La tienda es amplia, pero insuficiente para que puedan vivir con un mínimo de dignidad ocho personas. E insalubre. Hace unos días, a una de las niñas le salió una roncha en la nuca.

Siempre han tenido algo que llevarse a la boca en los tres meses que llevan aquí. Verapaz se convirtió en el municipio símbolo de la tragedia, y no han faltado ni alimentos ni brigadas médicas ni payasos para entretener a los niños ni evangelizadores para entretener a los adultos. A Mauricio, sin embargo, se le oye desganado y luce envejecido, como si hubieran pasado 10 años desde la última vez que lo vi.

—Llevamos más de tres meses de que pasó eso. No le niego, don Roberto, comemos, bebemos, tenemos baño… pero vivir así agobia, y yo me siento todo enfermo, más traumado que cuanto bajó la lava.
—¿Y no han venido sicólogos?
—¡Cómo no! Pero vienen a platicar, que si siéntase cómodo, que si respire, que platíqueme alguna cosa de su pasado… Algo ayuda, porque al momento de estar platicando uno se olvida de las cosas, pero luego después viene el sentimiento. Yo ya tan viejo, ya no puedo trabajar, con mi montón de bichitos, la mujer… De aquí a mañana que yo me muera…

Se recuesta en la silla y calla unos segundos. Al instante, se reincorpora.

—Yo recuerdo cuando pasaba por ahí, por el 51 dela Panamericana, que había un letrero grande que decía “Sin agricultores no hay comida”. ¡Me gustaba leer ese rótulo! –y esboza una amplia sonrisa–. Es que es la verdad. Pero yo creo que ya lo quitaron.

Mauricio nunca fue agricultor sino hasta hace un par de años. Trabajó en unos almacenes, en un beneficio, como encargado de finca, fue soldado, ordenanza y albañil, que es la que identifica como su profesión. Al campo llegó obligado, cuando comprobó que era la única forma de garantizar a los suyos tortillas y frijoles para todo el año. Pero en noviembre la tormenta se llevó la cosecha, y los convirtió en dependientes de la caridad. Visten donado, comen donado, beben donado, se asean donado. El único ingreso familiar fijo son los 40 dólares que cada dos meses les entrega el Gobierno por ser parte de la ex Red Solidaria. Aunque planes de futuro no faltan.

—¿Sabe qué es la iniciativa que yo tengo también? –me dirá Irma otro día–. Conseguir una planchita de gas. Yo sé tortear y ya tengo encargos para hacer tortillas, pero con el comal uno no alcanza.
—Sí –dirá Mauricio–, una plancha para tortear, no para lujo, para trabajar, ¿veá?

La plancha es un viejo anhelo, casi un proyecto de vida. Pero quien dijo aquello de querer es poder parece que no estaba pensando en superar la pobreza.

***

Decir pobreza hoy es decir poco, es decir nada. La palabra está tan adulterada que ha perdido su esencia. Se dice, se escribe, se lee pobreza rural y urbana, extrema, relativa, severa, estructural, endémica, pero esos adjetivos no adjetivan la pobreza mierda que huele y sabe como la mierda. No faltan oenegés en Toyota Prado ni presidentes ni periodistas ni organismos internacionales ni oportunistas que dicen querer conocer la pobreza, dicen querer combatirla, estudiarla, fotografiarla, filmarla, segmentarla, narrarla, porcentuarla y un etcétera que no se debe abreviar. Porque de la pobreza viven –vivimos– muchos. Quizá por eso oír pobreza hoy es oír poco, es oír nada. Pero la pobreza es. Es y existe. Tres millones de personas. Un, dos, tres, cuatro… y así hasta tres millones. Lejos de los despachos, de las computadoras y de los sesudos informes hay quien camina con pantalones donados, calzoncillos donados, brasieres donados, hay quien cree que solo un dios le puede ayudar, un dios o un pinche programa amarillista de televisión. Hay para quien el mañana no existe, resignado, hay quien pasa hambre, pero no como tú o yo cuando nos agarra la tarde en un mandado, sino hambre de no tener qué llevarse a la boca y que los hijos empequeñecidos por la falta de leche pregunten cuándo papá. Hay a quien la pobreza le hace agachar la mirada y decir: el desprecio es duro, porque el rico y el clasemediero desprecian al pobre, y el menos pobre también desprecia al más pobre. Y sí, es duro el desprecio, y quien lo sufre lo dice con calzoncillos donados y cataratas en los ojos y una placa dental donada-rota-pegada-con-pegaloca. Hay a quien lo ven tan necesitado en el hospital que le quieren comprar el hijo recién nacido por cinco mil colones, hay a quien el presidente y el ministro y el otro ministro lo usan como bufón porque la pobreza vende y una fotografía da votos, y audiencia, y el pobre se convierte en parte del escenario, se elige como se elige el color de la corbata, pero su voz apenas se oye y para nada se escucha. Y, quizá por eso, decir pobreza hoy es decir poco-nada, un engaño, una cortesía con el lector o el televidente, para que cambie el canal sin remordimientos y siga viendo el Barça-Madrid. La palabra pobreza ya no evoca a los pobres. Pero la pobreza es. Es y existe.

***

El año 2008 no arrancó bien para Mauricio. El 31 de diciembre vivían en una molienda situada en el barrio El Calvario, de Verapaz, pero el dueño los botó.

—Mi Año Nuevo eso fue, don Roberto. Solo oíamos la cohetería y nosotros ahí, tristes…

Un hermano de congregación les dio posada en una pequeña parcela de la colonia San Antonio, entre matas de guineo y palos de marañón. Ahí improvisó Mauricio su champa de láminas oxidadas. En esa casucha los hallará el deslave 22 meses después, pero fue a las pocas semanas de haber llegado cuando se convencieron de que lo mejor era airear su caso en Voces de ayuda, la sección lacrimógena de Noticias Cuatro Visión, amarillismo en estado puro que se regodea en la pobreza. Irma estaba ilusionada.

—Yo vi que una vez llegaron a un cantón y les llevaron cocinas, llevaron ropaecama, les llevaban víveres, les llevaban jabón y un bono de no sé cuánto para una familia que eran cinco gemelos. Les dieron cinco camas y a cada quien le dieron un chequecito, y la caja llena de víveres. Entonces, yo no pedía tanto, ¿veá? Lo que necesitamos es la planchita para tortear.

Llamaron y llamaron hasta que alguien contestó.

—Les contamos, pero nos dijeron que volviéramos a llamar, y vimos que era imposible, nos ignoraban pues, porque ella nos dijo: voy a pasar la noticia a un periodista. Y pasó ese día, pasó otro día, y nada.

Nunca llegó nadie. Y una sensación de último cartucho quemado se apoderó del hogar de Mauricio, como si a partir de ese momento en verdad solo Dios les pudiera ayudar.

***

Es el primer miércoles de mayo y la familia de Mauricio debería estar ya en una de las viviendas temporales que la cooperación internacional financia en Verapaz.

—Dicen que a finales de marzo nos pasaremos –me había dicho cuando lo visité en la tienda #19.

El que ahora contesta la llamada es un Mauricio radiante. Dice que pasaron la mañana moviendo trastes desde el campo de damnificados al nuevo asentamiento. Bromea y ríe en cada frase y me invita a conocer su hogar. Seis meses después del deslave, esta noche dormirán en una casa de la que el Gobierno dice que cubre las necesidades más básicas. Ayer le dieron unas llaves que saben a satisfacción.

—Pero usted ya ha vivido en casas mejores.
—Sí, pero la diferencia –me dirá en unos días– es que no eran mías, no podía decir botemos esto y pintemos esto otro; en cambio, aquí, si quiero hacer un agujero, lo hago, y si luego lo quiero llenar, lo lleno.

El Gobierno asegura que será menos, pero Mauricio ha hecho cuentas y cree que pasarán al menos un año y medio en la temporalidad. No le incomoda. Solo por un momento, poco antes de que acabe la conversación, su voz recobra la seriedad.

—Don Roberto, ¿y no sabe de algún amigo que me pudiera regalar una lámpara Coleman?

La necesidad no deja de martillar. El yin y el yang. En la negrura siempre hay un punto blanco; y en lo blanco, siempre hay negrura.

***

En la mañana del 9 de noviembre de 2009 el presidente de la República, Mauricio Funes, llegó en helicóptero a Verapaz. Jeans, guayabera y zapatos negros que terminaron embarrados. Rodeado por guardaespaldas, militares, asesores y periodistas, caminó algunas cuadras hasta que llegó a la lengua de tierra y rocas en la que se había convertido la colonia San Antonio.

Un grupo de damnificados se había juntado y miraba desde lo alto que el presidente se les acercaba. Cuando sintieron inevitable que pasara junto a ellos, pidieron a Mauricio que hablara con él. Háblele usted, don Mauricio, le dijeron. Algo tembloroso, sin saber muy bien qué decirle, se adelantó y se dieron la mano. Mauricio habló con Mauricio Funes.

—Me hizo un montón de preguntas, y yo se las contesté, y…
—¿Qué le preguntaba?
—Que si queríamos volver a vivir aquí, y le dije que no, que toda la gente decía que no. Y un montón de cosas que dijo que casi ya ni las recuerdo, pero la verdad es que yo estuve con él, ahí salimos en la televisión.

Fueron apenas unos segundos. No le pudo explicar qué es la verdadera pobreza. Ni siquiera se le ocurrió hacerlo. Se despidieron. Mauricio Funes se marchó en helicóptero a su mansión en San Salvador. Mauricio caminó a su champa de láminas inundada, a ver si algo se podía rescatar.

—La segunda vez que vino el presidente ya no platiqué con él.

***

Hoy es 12 de mayo, el día elegido por el Gobierno para inaugurar Nueva Verapaz, el nombre elegido para el asentamiento en el que ahora vive Mauricio. Temprano montaron una tarima a la sombra de los amates e instalaron un poderoso sistema de sonido. Luego comenzaron a llegar ministros, embajadores, representantes de organismos internacionales y de oenegés, cada uno con su séquito. También periodistas. A Mauricio le tocó pronunciar unas palabras de agradecimiento. Al final de los discursos, la comitiva recorre dos pasajes. Parece gustarles que les tomen fotos mientras entregan con sonrisas temporales enseres a los pobres. Pero a mediodía casi todos los intrusos se han ido. Mauricio insiste en que almorcemos en su casa. Arroz muy cocido, tortillas recién torteadas y pollo. Es un día realmente especial hoy.

—Así que si todo va bien, se ven en casita propia en año y medio.
—Primero Dios, primero Dios –eleva la voz Irma desde la cocina que han improvisado detrás de la casa, donde tortea.
—Y todo habrá sido por lo que pasó en noviembre.
—Sí, claro, gracias a la lava.
—Y a Dios –apuntala Mauricio.
—Así que la lava que causó tanto dolor a otra gente…
—…A nosotros nos benefició, nos benefició. Este año hemos tenido qué comer y ahora tenemos una casita.

Todo se relativiza cuando se hacen cuentas con el ábaco de la pobreza: hace medio año vivían en una champa de lámina en terreno ajeno; ahora tienen comida donada pero abundante para las ocho bocas, un techo propio y una promesa de unas escrituras que les suena convincente. Un buen año. Todo lo demás –el deslave, los muertos, el pueblo destruido– es secundario.

***

Nueva Verapaz es un panal gigante con 163 casuchas levantadas sobre un terreno plano y polvoso. Seis meses atrás esto era un cañal y una molienda. Compraron, midieron, talaron, aplanaron y construyeron las viviendas temporales que, dicen, son el germen de una colonia. Se atisban algunos cambios, pero el asentamiento conserva aún un aire de maqueta, con todas las casas alineadas, todas blancas, todas impersonales. El agua la obtienen de cantareras, y los sanitarios, las duchas y los lavaderos son públicos. Hoy, día de la inauguración, los baños de los hombres están adecentados, pero en mi visita anterior eran una pocilga. En Nueva Verapaz no hay energía eléctrica. Entre los pasajes anchos, como si siempre hubieran estado ahí, deambulan chuchos, casi tantos como niños.

—Siendo las casas tan pequeñas, ¿no han limitado eso de tener perro?
—No, pero yo no tengo, sería una tortilla menos para mis hijos.

La de Mauricio esla Casa3 del Polígono H. Salvo por los globos de colores con los que está adornada hoy, es igual que las demás. Ocho por seis metros cuadrados, paredes de fibrocemento, suelo de tierra, corredor y dos cuartos. Adentro se amontonan ocho personas y sus pertenencias: cuatro colchones, huacales y cumbos –de plástico, como casi todo aquí–, una minicocina, dos tambos de gas, un osito de peluche, sillas y mesa, cajas con ropa, una hamaca azul enrollada en un polín, sacos con frijol, maíz y arroz donados… en realidad, todo es donado. Desde hoy también una lámpara de gasoil que Mauricio agradece como quien recibe una herencia. Se va a admirar la gente cuando la mire colgada, dice. Con 74 años, en una casa temporal sin luz ni agua domiciliar, Mauricio reflexiona en voz alta.

—Desde que nací, por decir algo, ando de posada. Nunca he tenido nada, y hoy me siento feliz porque, vaya, yo no voy a lograr disfrutar todo esto, pero me voy a morir con el placer de que ya mis hijos van a tener algo.

Disfrutar todo esto, dice. Y una sonrisa de satisfacción se apodera de su rostro.

Sobre la Pista de La Resistencia, uno de los ejes viales más transitados de la capital nicaragüense, se alza imponente una estatua de seis metros de altura que se trae un aire al Cristo de Corcovado de Río de Janeiro. Ubicada en medio de una gran rotonda, levanta  sus brazos como si se dispusiera a abrazar a alguien, pero un chascarrillo regado por Managua dice que no, que los tiene levantados porque lo están atracando. Ni Cristo se libra de los asaltos en las inmediaciones de esa rotonda, la rotonda de Santo Domingo, donde empieza y termina el barrio Jorge Dimitrov.

Cuando a un nicaragüense se le pregunta por las colonias más conflictivas de su capital, por esas que nunca visitaría de buena gana, se suceden nombres como Villa Reconciliación, el Georgino Andrade, Las Torres o el reparto Schick, pero es el barrio con nombre de vodka barato, el Dimitrov, el que siempre aparece en todas las respuestas. ¿Un estigma generalizado entre quienes nunca han puesto un pie aquí? Seguramente también haya algo de eso, pero los mismos vecinos se saben residentes de un lugar especial, pecaminoso, casi maldito, el barrio nicaragüense violento por antonomasia.

Quizá en verdad lo sea.

***

Las instrucciones que ayer me dio por teléfono José Daniel Hernández sonaron tan sencillas como un mensaje cuneiforme sumerio: de la rotonda Santo Domingo una cuadra al lago, de ahí otras dos cuadras abajo y 75 varas al lago, y pregunte por la casa comunal. Vaya en un taxi de su confianza, apostilló. Pero los taxistas rehúyen el Dimitrov. Dicen que mucho asaltan, que no merece la pena arriesgarse por los 30 o 40 pesos (menos de dos dólares) de una carrera… Muchos prefieren perder al cliente. Tres he parado esta mañana antes de que uno haya aceptado a regañadientes llevarme, y la plática durante el trayecto ha sido sobre la leyenda negra que el barrio aún tiene entre el gremio. Algo parecido sucederá el resto de días.

Es julio y es martes, pasan las 2 de la tarde. Nubes grises cubren Managua pero esperarán a que anochezca.

José Daniel tiene 57 años, seis hijos y la piel tostada como un hombre de campo, aunque vive en el Dimitrov desde que se fundó. Combatió por la Revolución –estuvo en el Frente Sur a las órdenes de Edén Pastora, el Comandante Cero en la toma del Palacio Nacional–, pero ni la militancia guerrillera ni su lealtad al Frente Sandinista y a Daniel Ortega le han permitido prosperar lo suficiente como para irse del barrio. Yo aquí soy el responsable de infraestructura de la comunidad, me dice al nomás conocernos. Tener un rol en la comunidad, por pequeño que sea, parece ser motivo de orgullo en Nicaragua.

—Tengo que visitar a una señora a la que un árbol le cayó en la casa –me dice–, ¿me acompaña?

El Dimitrov es un barrio ofensivamente pobre, de esos en los que hay familias que ni pueden pagar la caja cuando alguien fallece. En casos así la comunidad provee. Dice José Daniel que con los años se ha perdido mucha de la genuina solidaridad entre vecinos, pero algo queda, y sin pretenderlo ahora se dispone a interpretarlo.

—¿Ve? –dice José Daniel al llegar a la casa de Angélica, en la que vive con su esposo y tres hijos pequeños–. El ventarral de ayer botó el palo de mamón sobre la casita y la desbarató –y en efecto, una casucha desbaratada–. Es una familia humilde, pero ya hemos pedido el material para hacer la casa a la señora.
—¿Y quién da esa ayuda?
—La alcaldía ha regalado las láminas. Llamamos al distrito, vinieron ayer mismo y nos dijeron: mañana traemos el material. Y ¡bang! Aquí está. Y ahora le ayudaremos a colocarlas. A mí me toca andar en estas vainas.

El improvisado paseo prosigue.

El Dimitrov es descomunal: 21 mil almas, según el letrero de la municipalidad ubicado en una de las entradas. Bajo una maraña de cables se amontonan las casas, una tras otra, sin que haya dos iguales. Las hay de dos plantas, bien repelladas, algunas hasta con su pedacito de acera. Las hay también  que son un montón de láminas ensambladas de mala manera, o hechas con desechos. Pero todas –todas: las plantosas, las dignas, las míseras, las infrahumanas– tienen en común que cuentan con algún mecanismo de defensa: vidrios rotos que coronan muros, rejas con soldaduras toscas en puertas y ventanas, el recurrente alambre de púas retorcido y oxidado… Las calles anchas son las únicas que conocen el pavimento, pero apenas pasan carros y se echa en falta lo demás: buses, paradas, semáforos, bancas, aceras… Las calles más estrechas de este laberinto, la mayoría, son de tierra, lo que intensifica la sensación de abandono.

—De tres meses para acá está más calmado, casi ni se escuchan balazos. Siempre hay muchachos que siguen robando porque es el billete más fácil… Si viene usted solo por aquí, lo agarran, le ponen la pistola y le quitan las cuestiones. Pero hace un año era peor, ahora se ha calmado…
—¿Y a qué lo atribuye usted? –pregunto.
—Pues a que los pandilleros más dañinos están presos, se les han recuperado todas las armas, y bueno, porque la comunidad ya no aguantaba y comenzó a bombiar. Así se le dice aquí a señalar: fulano en tal parte esconde tal cosa, fulano en tal parte esto otro, fulano esto, fulano lo otro…

La comunidad ya no aguantaba, dice. La comunidad.

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Hay quien no concibe un relato periodístico sin un buen vómito de números.

El resumen numérico del Dimitrov diría algo así: 54% evangélicos, 39% católicos. Diría también que en el 61% de las casas conviven seis o más personas, que en el 70% de los hogares los ingresos mensuales son inferiores a 316 dólares y en el 19% no alcanzan siquiera los 106 dólares. Diría que el techo del 99% de las casas es de zinc, con paredes de concreto (67%) o de madera (14%), diría que el 84% posee las escrituras, que el 24% cocina con leña, que apenas el 18% tiene chorro de agua dentro de la casa,  que el 98% de las casas están conectadas a la red eléctrica, sí, pero el 20% son conexiones fraudulentas. Diría también que el 60% de los residentes no ha cumplido los 30 años, y que el 36% –uno de cada tres– son menores de edad. Sobre la violencia, el resumen diría que el 92% de los vecinos creen que el Dimitrov es violento o muy violento, y que cuando se les piden ejemplos de violencia, citan los asaltos, luego las peleas entre pandillas, luego las balaceras; diría también que el 24% opina que la violencia más común es la intrafamiliar, que el 64% pide más y mejor presencia de la Policía Nacional, y que el 52% cree que hay un problema real de venta de drogas, marihuana y crack sobre todo. Tan solo el 0.9% de las casas tienen acceso a internet, diría también. Y todas estas cifras son nomás una fracción de las incluidas en el “Diagnóstico socioeconómico en el barrio Jorge Dimitrov”, realizado por una ONG llamada Cantera, tras visitar y hacer encuestas en 214 viviendas entre el 9 y el 14 de febrero de 2011.

Pero el Dimitrov es mucho más que un buen vómito de números, la coraza que demasiadas veces impide escuchar los latidos de un lugar.

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El escritor Sergio Ramírez, uno de los referentes de la literatura nicaragüense, describe periódicamente Managua, y lo hace sobre un mismo texto base escrito hace una década titulado “Managua, Nicaragua is a beautiful town”, al que le suma o le resta metáforas y datos. Lo que no ha cambiado es el tono de desdicha que da a la ciudad; tampoco el referente que usa para ilustrar las barriadas pobres y peligrosas. Managua es, dice Ramírez en la versión de junio de 2010, “un campamento de un millón y medio de habitantes, un cuarto de la población total del país. Las casas, construidas en serie, como cajas de cerillos, cerradas con barrotes, como cárceles o como jaulas, porque los que tienen poco, en la colonia Independencia, o en la colonia Centroamérica, se defienden de los más pobres, que viven en barrios como el Jorge Dimitrov, bautizado así en tiempos de la Revolución”.

De los que viven en lugares como el Dimitrov, dice Ramírez, hay que defenderse.

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Roger Espinales es uno de los agentes de la Policía Nacional destacados en el Dimitrov. Es sicólogo. Entre sus funciones está reunirse a diario con los principales actores de la comunidad, también con pandilleros y sus familias. El barrio tiene fuerte presencia de pandillas, si bien esta palabra en Nicaragua tiene muy poco que ver con el fenómeno de las maras. Muy poco que ver.

En esta parte de Centroamérica la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 suenan tan exóticas como la Camorra napolitana o la Mafia rusa. Los nombres de las pandillas presentes en el barrio parecen la lista de equipos de una liga amateur de fútbol: Los Galanes, Los Parqueños, Los Pegajosos, Los Gárgolas, Los Puenteros, Los del Andén 14, Los Diablitos… El agente Espinales también cree que el Dimitrov es un lugar complicado, pero está optimista por lo que encontró a su llegada. La comunidad, dice, aún se ve relativamente bien organizada, y las pandillas tienen muy poco que ver con los monstruos que operan en los países ubicados al norte de la frontera norte.

—Lo que me sorprende de El Salvador o de Honduras –se sincerará el agente Espinales al final de una de las pláticas– es que una comunidad entera se deje dominar por 30 o 40 pendejitos de una pandilla; se llame como se llame. Es algo insólito.

En su boca, la palabra comunidad suena distinto. Suena a comunicación, a comunión, a comuna… Suena a comunidad.

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Aletta fue el nombre con el que se bautizó en 1982 la primera tormenta tropical en el ccéano Pacífico. Entre el 22 y el 24 de mayo descargó un mar sobre Nicaragua: los muertos se contaron por docenas, los evacuados por miles, y las pérdidas por millones, en un país que apenas comenzaba a empaparse de su nuevo rol en el tablero político internacional. En Managua, una de las zonas más afectadas fueron los asentamientos de la orilla del lago Xolotlán. El agua se tomó barrios como La Tejera, Las Torres o La Quintanilla, y, tras la orden de evacuación gubernamental, cientos de familias salieron en camiones de la Fuerza Armada rumbo a un predio vasto e inhóspito, pero bien ubicado, no muy lejos de la Universidad Centroamericana (UCA).

—Aquí donde estamos ahora –dice José Daniel, el líder comunal– era una arbolizada grande. Había vacas, como que antes era hacienda o algo así, dicen que propiedad de la familia Somoza. Nosotros vinimos y comenzamos a destroncar, cada uno su parte pues, ¿me entiende?

Se repartieron terrenos de 10 por 20 metros, alineados todos, y cada quien levantó lo que pudo con lo que tenía a mano. Como comunidad en ciernes, las prioridades fueron el agua y la luz. Para el agua, adquirieron entre todos materiales, cavaron zanjas y pronto abrieron chorros colectivos. Para la energía, la embajada de la República Popular de Bulgaria, país con el que se habían abierto relaciones diplomáticas tras el triunfo de la revolución, donó la electrificación.

Sin Aletta y sin revolución no existiría el Dimitrov, al menos no con ese nombre.

—Todavía no nos llamábamos de ninguna manera, y nosotros, agradecidos con el embajador, le dijimos que eligiera el nombre de algún líder de Bulgaria. Jorge Dimitrov, dijo, y Jorge Dimitrov le pusimos, sin saber ni quién era. Ya luego nos trajeron libros y comenzamos a ver la historia de él…

Georgi Dimitrov Mijáilov (1882-1949) destacó desde joven como dirigente sindical y, tras una vida sazonada de juicios, conspiraciones, clandestinidades y exilios, el máximo líder de la URSS, Iósif Stalin, lo recompensó con el cargo de secretario general de la Internacional Comunista. Tras la II Guerra Mundial, Bulgaria quedó al otro lado del telón de acero, abandonó la monarquía, y Dimitrov se convirtió en 1946 en su primer primer ministro. Falleció tres años después, por lo que hubo tiempo para la exaltación de su figura al más puro estilo soviético. Pero en 1990 el socialismo colapsó en Bulgaria, el héroe pasó a ser un proscrito, su cuerpo –embalsamado por cuatro décadas en una urna de cristal– terminó en el cementerio general, y el regio mausoleo que lo albergaba fue demolido.

En la actualidad, fuera de Europa sobrevive una avenida Dimitrov en la capital de Camboya, otra en la ciudad cubana de Holguín, una modesta plaza en México DF, una estatua en una ciudad africana llamada Cotonou, y poco más; el barrio de Managua, claro. Por esos pliegues irónicos que a veces depara la historia, Dimitrov, el apellido del otrora influyente líder comunista, amigo y estrecho colaborador del genocida Stalin, en Nicaragua es hoy sinónimo de violencia e inseguridad.

—¿La gente sabe quién fue Dimitrov? –pregunto a José Daniel.
—No, poca gente lo sabe. De los jóvenes, nadie o casi nadie, pero creo que la mayoría de los que nos vinimos adultos se acordará.

“Mi profesor de sexto grado nos enseñó que era un guerrillero ruso que estuvo apoyando al Frente Sandinista”, me respondió un joven universitario del barrio, uno de los pocos que se atrevió a contestar.

El pasar de los años hizo más que diluir el porqué del nombre. También trajo mejoras –centros educativos, clínica, alumbrado, una rudimentaria cancha de béisbol…–, aunque a un ritmo insuficiente comparado con el bum urbanístico en los alrededores. Cuando uno mira hoy un plano de Managua, el Dimitrov está casi en el medio, un área muy codiciada. Ni siquiera este bolsón de pobreza evitó que en pocas cuadras a la redonda se construyeran el centro comercial Metrocentro, la nueva catedral, el Consejo Supremo Electoral, el hotel Real Intercontinental y hasta las oficinas centrales de la Policía Nacional. Aminta Granera, la primer comisionada, la mujer paradigma del buen hacer en materia de seguridad, tiene su despacho a unos pasos del barrio bravo de la ciudad.

***

Lo dice Naciones Unidas: Centroamérica es la región más violenta del mundo. Con esta tarjeta de presentación, cualquier iniciativa tendente a rebajar esos indicadores se antoja como un buen anzuelo para pescar en el río revuelto de la cooperación internacional. Donde hay violencia no tardan en aparecer programas que se ofrecen como preventivos –algunos incluso lo son–, para aflojar las chequeras de los financiadores europeos y norteamericanos. En este sentido, en el Dimitrov no faltan las oenegés y seguirán llegando.

El Centro de Comunicación y Educación Popular Cantera es una ONG nicaragüense que trabaja en el barrio desde hace nueve años. En un ambiente oenegero centroamericano en el que en materia preventiva prima lo efectista, de dudosa eficacia y de corta duración –semanas, meses lo más–, el solo hecho de haber permanecido casi una década en un mismo lugar pone a Cantera en un plano diferente. Su base es una especie de centro comunal llamado Olla de la Soya, ubicado en el mismísimo corazón del barrio. La coordinadora del Programa de Juventud de Cantera es una socióloga llamada Linda Núñez. Se ve más joven, pero tiene 40 años, y con el Dimitrov mantiene un vínculo emotivo desde sus años como estudiante de la UCA, cuando participó aquí en campañas de alfabetización.

—¿Sientes el barrio ahora más sano? –pregunto.
—Si lo comparo con hace 15 años, yo sí tengo un mal sabor con este barrio… Cuando llegaba como voluntaria, salíamos caminando a las 8 de la noche y nunca pasaba nada; ahorita no me atrevería. Sí, lo encuentro más violento.

El grueso de los voluntarios y del personal de Cantera es del barrio, la política de puertas abiertas en la Olla de la Soya redunda en un constante ir y venir de niños y jóvenes, avivado por el amplio abanico de opciones que se ofrece: danza, clases de inglés, fútbol, béisbol, teatro, taekwondo, fotografía… Todo gratis. El buque insignia es un programa que permite a una treintena de jóvenes aprender un oficio –gratis también–, formación que se complementa con una capacitación en valores, bautizada con el sugerente nombre de Habilidades para la vida.

Pero Linda, franca, admite que incluso en Nicaragua –que se va a los penales con Costa Rica por el título de país centroamericano más civilizado– el problema de violencia sobrepasa los intentos por contrarrestarla. Confiesa además una preocupante falta de coordinación entre las distintas oenegés e instituciones que compiten por los euros. Y por muy efectivo que sea un esfuerzo en concreto, la matemática es como un huacal de agua helada: a los programas de Cantera asisten unos 90 jóvenes, cuando se estima en 4 mil las personas entre los 15 y los 25 años de edad que hay en el Dimitrov.

—Linda, ¿se puede ser optimista con estos números?
—La realidad invita a las dos cosas: a la depresión y al optimismo. Es cierto que a veces sentís que no estás cambiando nada, porque atendés a 10 entre mil, y te preguntás: ¿hasta dónde? Pero luego comenzás a ver la multiplicación de estos jóvenes y te decís: sí, algo se puede hacer. Nunca vas a llegar a los mil, pero atender a 20 o 30 ya es algo. El problema es cuántos años llevamos de deterioro y cuánto estamos invirtiendo en programas de prevención.

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“Para que se den cuenta, el Dimitrov está apestado de drogadictos, delincuentes de todo calibre que viven ahí, pero que operan alrededor del sector, en lugares específicos como las paradas de buses de la rotonda de Santo Domingo, detrás de la catedral de Managua y en el lugar conocido como el puente de Lata, situado unas cincuenta varas arriba de la entrada principal de Plaza del Sol”.

(Extracto del reportaje “Ruta de escape y refugio de la delincuencia”, publicado en El Nuevo Diario el 16 de mayo de 2002)

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—… Mire, toque aquí, la bala no salió –me dice el joven.

Cerca de la rodilla, cubierta por una cicatriz poco estridente, tiene una protuberancia: una bala calibre .22 que le acertaron el año pasado, que lo mantuvo dos semanas en el Hospital Lenin Fonseca, pero que decidieron no extraérsela. El joven se llama Miguel Ángel Orozco Padilla, nació en el Dimitrov, vive con su madre, su hermana y su sobrino en una modesta casa del andén 14, y cumple 17 años en marzo de 2012. Delgado, mirada viva, nariz ancha, rostro maltratado por el acné… Es un adolescente y se expresa como tal, pero para la Policía Nacional es un “joven en alto riesgo social”.

Cuando mañana comente su caso con el agente Espinales, me convencerá de que se puede al dedillo su historia y lo ubicará en la órbita de Los Galanes. El joven Orozco Padilla niega ser pandillero, dice que el balazo fue un error, que no iba para él, que hasta disculpas le pidieron los que dispararon, pero aun así ya está quemado, dice, y no puede acercarse al sector de Los Gárgolas.

—Fue por un primo mío… Vos sabés… Él sí es pandillero, y de espaldas somos igualitos… Por eso me pegaron el cuetazo… Mire, toque aquí, la bala no salió –me dice el joven–. Yo venía de espaldas y escuché: allávaChus, allávaChus… Chus es mi primo el pandillero, y me gritaron: Padilla, detenete, porque así lo llaman a él, y yo me vuelvo y disparan. Y oigo: pero si no es Chus… Pero ya habían tirado.
—¿Y conocés a los que dispararon?
—Sí. Uno ya murió. El Yogi. Lo apuñalaron este año.

Hay disputas, disparos, machetazos, fallecidos incluso, pero en Nicaragua las pandillas tienen muy poco que ver con las maras, afortunadamente. La Policía Nacional las tiene bien cuadriculadas: son muy locales y raro es que superen el centenar de miembros, sin violentos rituales de iniciación, casi todos viven con sus familias, los grafitos y tatuajes de pertenencia son limitados, la actividad criminal es reducida, el uso de armas de fuego es eventual, los encarcelados no tiran línea a los que están en la libre, y –quizá la diferencia más importante– la pandilla se puede dejar cuando se quiere, sin represalias.

Seleccionado por la comunidad y becado por una oenegé, el joven Orozco Padilla estudia enderezado y pintura en el Instituto Nacional Tecnológico. Quizá algún día le arregle su auto.

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Miércoles, faltan 10 para las 3 de la tarde.

El taller Habilidades para la vida se realiza a diario en el aula más nueva de la Olla de la Soya. Es un lugar espacioso en el que se agradecen los ventiladores taladrados al techo, lleno de fotos motivadoras. Asisten unos 30 jóvenes, y hoy lo conducen Sean y Megan, dos cooperantes estadounidenses.

La reunión se interrumpe cuando en la puerta asoman un grupo de turistas gringos, su traductor y Martha Núñez, la coordinadora de Cantera en la Olla de la Soya. Llegaron hace unos minutos en microbús, son una veintena, y dicen ser estudiantes de medicina y de liderazgo en el Augsburg College de Mineápolis. Llevan turisteando desde el domingo por Managua, en una modalidad que bien podría etiquetarse como Conoce-el-infierno-para-luego-no-quejarte-tanto. Han visitado el centro histórico, el mercado Huembes, un hospital público, una oenegé feminista… y ahora están cámara en mano en el mismísimo corazón del Dimitrov.

Tras unas palabras explicativas de Sean en inglés, se abre un turno de preguntas, pero los gringos no se animan. Tic-tac… segundos… tic-tac… incómodos… tic-tac… hasta que una pregunta rompe el silencio.

—¿Qué están aprendiendo hoy? –presta su voz el traductor a una de las turistas.
—Sobre la autoestima –responde un joven.

El traductor traduce. Murmullos…

—Más o menos ¿qué edades tienen en el grupo?
—De 15 a 29… –consensuan los jóvenes.

Más murmullos en ambos mundos…

—Any more questions? –se dirige el traductor a los suyos.
—…
—Are you good dancers? –eleva la voz una gringa, pura sonrisa.
—Ahhhh, ella quiere saber si hay buenos bailarines en esta sala…

Murmullos y risas. Luego, la despedida. Los turistas suben al microbús y abandonan, seguramente para siempre, el barrio bravo de Managua.

***

Este autobús de la 102, una ruta que bordea buena parte del Dimitrov, es un destartalado Blue Bird bautizado con nombre de mujer, un clon del que podría verse en cualquier capital centroamericana. Sábado, mediodía, y la unidad es un horno insuficiente –una docena vamos parados–, pero nadie se atreve a pedir a la señora que quite la gran bolsa que ocupa un asiento, mucho menos que se calle.

—¡A su madre, a su propia madre! –grita ella, desdentada y en pie, el pelo alborotado y canoso, gruesa como tambo de gas.

Habla de una noticia que días atrás ocupó algunos segundos en los noticiarios: un hombre de 31 años detenido por secuestrar y violar en repetidas ocasiones a su madre. Pero antes la señora ha voceado un sinfín de formas de incesto presentes en la sociedad nicaragüense: padres con hijas, tíos con sobrinas, abuelos con nietas…

El viaje se hará más pesado, más crudo, como su retrato de Nicaragua.

—… ahora cualquiera te engaña. Si vas al mercado y compras 25 libras de fruta, el del puesto por lo menos te robará 2 o 3. ¿Y los abogados? Si vas donde el abogado pa´ que te saque un reo, te saca hasta lo que no tenés de dinero, vendés tu casa y todo, pero el reo no te lo sacó… –grita la señora, grita pero no pide ni pedirá monedas–. Y así sucesivamente, queridos hermanos. Yo les sigo sacando pañales al sol… ¿Adónde queda ya que no se encuentre un ladrón? La gente dice: esos ministros son ladrones, esos gobernantes… ¡Pero ladrones somos todos, hermanos! ¡Lance la piedra el que se sienta libre de culpa! Lo dijo Cristo, no yo. Miren lo varones, los papás. Reciben un sueldo, y cuando lo reciben se van adonde las mujeres…

La voz de la conciencia en Nicaragua viaja en los autobuses públicos.

***

 Al fondo de la Olla de la Soya hay unos rudimentarios servicios sanitarios. Sobre la pared externa, como si fueran las tablas de Moisés, están pintados blanco sobre azul los nombres del primer grupo de 24 jóvenes graduados en el proyecto Jóvenes Constructores. Casi al final de la primera columna, entre Marianela y Meylin, se lee Nilson Dávila L.

Es miércoles, 4 de la tarde.

Nilson no esconde su satisfacción por ver su nombre escrito. Es el menor de nueve hermanos y tiene 22 años vividos todos y cada uno en el Dimitrov. Habita en el sector de Los Gárgolas, pero ha sabido mantenerse al margen. Nada de bróderes pero tampoco discriminación, dice. Nilson aún duerme en la casa en la que se crio –de la escuela Primero de Junio tres cuadras al lago–; la comparte con su mamá y dos hermanos, incluida Kenia Dávila L., otros de los nombres sobre la pared.

Además del aprendizaje de un oficio y de la capacitación en valores, Jóvenes Constructores incluía un componente adicional de entrega de un capital semilla para poner en marcha una microempresa.

—Nuestra idea pionera era una tortillería exprés –dice Nilson–, pero se fue modificando. El maíz subió de precio, y a mi hermana se le ocurrió lo de la pulpería. No se pudo la tortillería por los altos costos de producción, y ahora nos quedamos trabajando con frijoles y leña… Vendemos frijoles cocidos en diferentes porciones.
—Los venden preparados…
—Sí, pero sin nada del otro mundo: solo sal y ajo.

Nilson se presenta como un microempresario. Pero la venta de frijoles y leña apenas está arrancando, y para poder cubrir los gastos familiares vende enciclopedias Océano en Granada, adonde viaja un par de veces por semana. También estudia en el turno nocturno primer año de ingeniería electrónica en la Universidad de Nicaragua. Y también es voluntario de Cantera porque quiere que los niños crezcan con un mayor apego por el ambiente. Me gusta contribuir, dice.

Las historias que permiten reconciliarse siquiera momentáneamente con el género humano germinan en lugares como el Dimitrov.

—Nilson, si pudieras, ¿te irías del barrio?
—Sí, yo creo que sí me iría… Cada uno de nosotros busca mejorar en la vida, y salir es una mejoría. El ser humano es producto de su entorno. Está, además, el estigma que supone vivir aquí. Mis amigos de la universidad no se atreven a venir.

Casi todos responden lo mismo. Escapar algún día es algo interiorizado incluso entre los más comprometidos de la comunidad.

***

Reunida el 21 de agosto de 2003 en la isla de Roatán, Honduras, la Comisión de Jefes y Jefas de Policía de Centroamérica y el Caribe acordó que era urgente un plan regional contra la violencia juvenil en general, y las maras en particular. Hubo unanimidad a la hora de identificar la enfermedad, pero no el remedio. Unas semanas después de aquella cita, el gobierno de El Salvador presentó su Plan Mano Dura; Nicaragua optó por crear dentro de la Policía Nacional una Dirección de Asuntos Juveniles (Dajuv) con un enfoque eminentemente preventivo.

El agente Espinales cumplía una década de uniformado cuando en 2005 se integró en la Dajuv. Desde entonces ha sido asignado a distintos barrios de Managua, siempre entre pandillas y pandilleros. Al Dimitrov llegó hace tres meses, pero verlo cruzar el barrio de acá para allá sobre su ruidosa motocicleta es ya estampa habitual.

—Como ya te dije, soy sicólogo. A los jóvenes de pandillas nos toca darles terapias, individuales y grupales, y también nos acercamos a las familias, conversamos, entramos en los hogares para ganarnos la confianza…

Incluidos los viáticos, el agente Espinales gana 7,000 córdobas al mes, unos 315 dólares. Yo lo miro bien, dice.

Este jueves lo he citado para hablar con más tranquilidad sobre las pandillas del Dimitrov…

—Acá –dice–, lo que nos preocupa es el semillero, ¿ya? Si en la familia hay un patrón de violencia, los niños lo heredan… Ahí tenemos que estar trabajando siempre.

La plática saltará pronto, por interés del agente Espinales, al terreno de las maras. Él ha asistido a encuentros regionales entre policías de Honduras, Guatemala o El Salvador, pero el fenómeno le interesa sobremanera, quizá porque le suena tan pero tan lejano…

—Y aquí, en el Dimitrov, ¿los pandilleros no cobran renta a los negocios, o a los taxistas? –pregunto.

El agente Espinales sonríe de tal manera que me hace sentir como si hubiera preguntado una estupidez.

—No, acá no tenemos de eso. No se dejaría la comunidad. También porque nosotros inyectamos en nuestra juventud que esa cultura no es la nuestra, que es algo extranjero.

En El Salvador, el país que le apostó a la Mano Dura, los homicidios por cada 100 mil habitantes subieron de 36 a 65 entre los años 2003 y 2010. En Nicaragua, con la mitad de policías y con una inversión pública en seguridad que en 2010 fue cuatro veces inferior, la tasa en el mismo período apenas pasó de 11 a 13.

***

Viernes, 9:30 de una mañana gris tropical.

Alrededor de una botella de vidrio de Coca-Cola –destapada, vacía– hay 14 personas en pie, un círculo deforme. Todos tienen las manos en la espalda. Una persona está uniformada y armada: el subinspector Pedro Díaz, la máxima autoridad policial en el Dimitrov. El resto son un joven ex pandillero llamado Fidencio, representantes de oenegés como el Ceprev, la Fundecom y la propia Cantera, está José Daniel, está una guapa vocal de las Juventudes Sandinistas, alguna psicóloga, dosquetres vecinos y vecinas, un periodista metido… hasta 14. Todos tienen una pita de lana amarrada a la cintura, y los otros 14 extremos convergen en un lapicero Bic suspendido en el aire sobre la botella, pura tembladera. Desde lo alto se ve como un gigantesco e irregular asterisco.

El reto es meter el Bic dentro de la botella sin usar las manos siquiera para halar las pitas.

Pegate un poquito. Halala, halala. Acercate, vos. Ganas de meterlo con la mano dan. Acercate. Ahora vos, ahora vos… El lapicero entra al fin, y se generaliza la satisfacción. La facilitadora pide luego evaluar la experiencia. La importancia de trabajar en equipo, dice una. Es bueno que haya un líder pero siempre necesitará apoyo, dice otro. Unidos podemos salir adelante, abona alguien.

—Si no trabajamos en equipo, no lograremos nada –concluye el subinspector Díaz, uno de los más entusiastas para mover el lapicero a golpe de cintura.

Han sido varios los encuentros de este tipo y alguno falta todavía. El de hoy terminará en comilona de baho, un plato típico de Nicaragua. La idea es crear una comisión intersectorial –intersectorial– de desarrollo y progreso del barrio Jorge Dimitrov, así la bautizarían, pero se quiere que arranque con bases sólidas, que el grupo inicial –jóvenes, Policía, oenegés, vecinos…– se conozca y se respete. A largo plazo, la idea es bastante más compleja que introducir un Bic entre 14 en una botella vacía de Coca-Cola. Se busca que esto sea el germen para reducir la violencia en el Dimitrov, una idea suena demasiado ambiciosa, ingenua, utópica.

Quizá en verdad lo sea.