Hitler vive en Uruguay. Sí. En esta república oriental de Sudamérica viven Hitler Aguirre y Hitler da Silva. Viven Hitler Pereira y Hitler Edén Ganoso. Vive hasta un Hitler de los Santos. Y aunque en la guía telefónica del país sólo aparecen seis ciudadanos llamados así, es difícil saber cuántos otros tienen teléfono o cuántos prefieren figurar con nombres distintos para evitar que los califiquen o que se burlen de ellos. Llamarse como se apellidó el mayor genocida del siglo XX, o sea Hitler, ¿no es acaso una razón para vivir avergonzado?

«Nadie sabe que me llamo así», confiesa en el teléfono Luis Ytler Diotti, que guarda su segundo nombre como un secreto familiar, tal como le aconsejó su padre cuando todavía era un niño. Todos lo conocen como Luis y punto.

Con Hitler Pereira pasa algo parecido: quienes lo conocen lo llaman Waldemar, que es su segundo nombre. Su hijo, que atiende el teléfono, se niega a comunicarme con su padre: no hay nada que comentar.

Juan Hitler Porley rechaza tomarse una fotografía: «Yo de esto no quiero hacer propaganda», dice desconfiado.

A Hitler de los Santos lo entrevisté en 1996 y entonces ya había empezado los trámites para cambiarse el nombre. Tal parece que lo logró, porque ahora es imposible ubicarlo en la guía telefónica.

Pero hay quienes llevan el nombre Hitler sin pudor y hasta con orgullo. El comerciante Hitler Aguirre, por ejemplo, nunca quiso cambiarse el nombre. Llamarse así le parece de lo más normal, y no encuentra motivos para avergonzarse. Hablar con él es algo inquietante: este comerciante, dueño de un almacén de Tacuarembó, una pequeña ciudad en el norte del país, dice ser un hombre de izquierda, que incluso fue perseguido por sus ideas. Al mismo tiempo insiste en que Hitler es un nombre como cualquier otro. Tan normal le parece que a su hijo primogénito también le puso Hitler.

Todos los Hitlers uruguayos (al menos los de la guía de teléfonos) ya son ancianos. Todos nacieron poco antes o durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el dictador alemán Adolf Hitler dividía al mundo entre sus simpatizantes, sus detractores y sus víctimas. Todos los Hitlers uruguayos pertenecen a esa época, menos uno. Hitler Aguirre junior, el hijo mayor de Hitler Aguirre, tiene treinta y ocho años y es la única excepción. ¿Vivirá a gusto con su nombre?

Tradición

En Uruguay los nombres raros son una tradición centenaria. A fines del 2007, el jefe de la guardia del Parlamento aún era el comisario Waldisney Dutra. Y un político de apellido Pittaluga se llamaba Lucas Delirio. Casos parecidos ocurren en otros países. En Venezuela hay un debate para prohibir nombres como Batman, Superman y Usnavy. En España, el pueblo Huerta del Rey se jacta de ser La Meca de los nombres raros porque trescientos de sus novecientos habitantes han sido bautizados con nombres tales como Floripes y Sinclética. Pero en cuanto a la extrañeza del nomenclátor ciudadano Uruguay va a la cabeza.

El principal historiador de la vida privada en este país, José Pedro Barrán, dice que los nombres extravagantes comenzaron a multiplicarse a principios del siglo XX, cuando el presidente anticlerical José Batlle y Ordóñez impulsó un temprano laicismo y la gente descubrió que no estaba obligada a bautizar a sus hijos usando los nombres de los santos y mártires cristianos.

Por esa época, el médico Roberto Bouton recorría el país ejerciendo su profesión y conocía a paisanos de nombres tan alejados del santoral como Subterránea Gadea, Tránsito Caballero, Felino Valiente, Clandestina da Cunha, Dulce Nombre Rosales y Lazo de Amor Pintos. También trató a un señor llamado Maternidad Latorre y a otro bautizado Ciérrense las Velaciones. Entonces, la ley permitía que los padres eligieran para sus hijos el nombre que se les antojara, no importa lo espantoso que éste fuera. El Registro Civil certifica la existencia de Pepa Colorada Casas, Roy Rogers Pereira, Caerte Freire y Selamira Godoy, entre muchos otros. Mientras que en la Corte Electoral figuran como ciudadanos uruguayos Feo Lindo Méndez, No Me Olvides Rodríguez, Democrática Palmera Silvera, Filete Suárez, Teléfono Gómez y Oxígeno Maidana. Ponerle el nombre a un hijo, por aquellos años, parecía una demencial competencia de ingenio. Una lapidación anticipada. ¿Qué otra cosa puede decirse de los padres que decidieron llamar Tomás a un niño de apellido Leche?

Pero la razón también ha tenido sus héroes. Hay funcionarios que bien podrían ser condecorados por haberse negado a registrar nombres denigrantes. A mediados del siglo XX, el juez Óscar Teófilo Vidal, que ejercía su oficio en el remoto pueblo de Cebollatí, en el este del país, cerca de la frontera con Brasil, anotó en un cuaderno todos los nombres que logró evitar durante su carrera. La lista, que fue publicada en 2004 en un diario local, incluía a Coito García, Prematuro Fernández, Completo Silva, Asteroide Muñiz, Lanza Perfume Rodríguez, Socorro Inmediato Gómez y Sherlock Holmes García.

Por supuesto, una cosa es querer llamar Sherlock Holmes a tu hijo y otra muy distinta es condenarlo a llamarse Hitler.

Noticias de la guerra

Los historiadores de Uruguay creen que hay claves racionales para explicar la abundancia de Hitlers en este país. La mayor parte de la población desciende de inmigrantes; en general de españoles e italianos, pero también de alemanes, franceses, suizos, británicos, eslavos, judíos, sirios, libaneses y armenios. Estas colonias prestaban mucha atención a lo que ocurría en sus tierras de origen. «Uruguay siempre vivió con pasión lo que pasaba fuera de sus fronteras, porque somos un país de inmigrantes. La nacionalidad uruguaya está fundada en un ideal cosmopolita y abierto», dice el historiador José Pedro Barrán, con cierta molestia, como remarcando lo obvio.

A principios del siglo XX Uruguay era un país orgulloso de estar abierto al mundo, dice José Rilla, otro historiador. Las escuelas públicas llevaban nombres como Inglaterra y Francia. Los feriados reflejaban fechas extranjeras, como el 4 de julio, el día la Independencia de Estados Unidos. No existía resquemor hacia lo extranjero, y la prensa dedicaba sus primeras planas a las noticias internacionales. En los años treinta, por ejemplo, la invasión de Italia a Etiopía fue seguida con pasión. Este interés comenzó a notarse en los nombres que los inmigrantes italianos y otros habitantes de Uruguay les ponían a sus hijos. Más de medio siglo después, en la guía telefónica aún sobreviven once ciudadanos que se llaman Addis Abebba, como la capital etíope, y dos Haile Selassie, como el príncipe que se enfrentó a las tropas de Benito Mussolini.

A Addis Abeba Morales, que nació en 1936, le encanta su nombre. Pero sus conocidos prefieren llamarla Pocha. «Mi nombre fue idea de mi madrina –dice con orgullo a través del teléfono–. Ella estaba con mi madre en las tiendas London París, en el centro de Montevideo, y había un aviso luminoso que pasaba las principales novedades de la guerra. Mi madre estaba embarazada y, mientras leían las noticias, se decidieron: “Si es nena le ponemos Addis Abeba; si es varón, Haile Selassie”».

En el extremo opuesto de ese campo de batalla imaginario, otros padres bautizaban a sus hijos con el apellido del dictador italiano. Hoy, Manuel Mussolini García es un banquero jubilado de setenta años, que a veces se entretiene desentrañando los misterios de su nombre. «Mussolini era un héroe –dice resignado–. Después, en 1942, cuando se alió con el bandido de Hitler, se transformó en un hombre indigno, pero yo ya tenía su nombre». Luego cuenta que su hija se ha casado con un muchacho de apellido Moscovitz. «Mire lo que son las paradojas de la vida: yo, Mussolini, ahora tengo un nieto judío».

Un nombre famoso

Al igual que la guerra de Etiopía, la política expansionista de Alemania de los años treinta y cuarenta producía noticias que en Uruguay se seguían con la misma fruición con que ahora se siguen las telenovelas. Y a continuación, por un mecanismo de imitación en cadena, nacía una ola de Hitlers en este país apacible de Sudamérica.

«Yo nací en 1934 y entonces mi madre ya había tenido once hijos. Se le habían acabado los nombres. No sabía cómo ponerme y justo leyó Hitler en el diario y le gustó ese nombre», dijo Hitler Edén Gayoso la tarde que conversé con él a través del teléfono. «Ella no conocía de política, vivía en la mitad del campo, ¿qué iba a saber quién era Hitler?».

Algo parecido le ocurrió a Luis Ytler Diotti, que también nació en 1934, y es hijo de un inmigrante italiano. Su padre quiso ponerle el nombre de Hitler, pero el niño fue inscrito Ytler por motivos que ahora éste desconoce. «Yo nací cuando Hitler fue nombrado jefe del gobierno de Alemania. En ese momento le pareció que ponerle Hitler a su hijo era algo bueno. Pero después él mismo se dio cuenta de que no había sido una gran idea».

Juan Hitler Porley, quien de joven fue futbolista, nació en 1943, cuando el tétrico perfil del Führer ya estaba más claro para el mundo. Sin embargo, él me asegura que su padre no era nazi. «Nunca le pregunté por qué me puso este segundo nombre –dice cuando hablamos por teléfono–. Yo pienso que creyó que Hitler era un nombre famoso cualquiera, como ponerle Palito a un niño, por Palito Ortega».

Las historias de Hitler Edén Gayoso, Luis Ytler Diotti y Juan Hitler Porley tienen algo en común: los tres cuentan que sus padres eligieron sus nombres por novelería o ignorancia. Los tres parecen sentir cierta incomodidad cuando se les toca el tema.

Los casos de Hitler Aguirre y Hitler da Silva son distintos. Sus padres sí creyeron en Hitler y en su ideología. Ambos son protagonistas del documental Dos Hitlers, de la cineasta uruguaya Ana Tipa. Ella, que vivía en Alemania, observó lo chocante que es para los pueblos involucrados en la Segunda Guerra Mundial que alguien se llame Hitler, como ocurre con naturalidad en Uruguay. Entonces hizo esa película.

Hitler da Silva nació en Artigas, una ciudad de una única avenida en la frontera norte con Brasil. Su padre era un oficial de la Policía que desbordaba de admiración por el líder nazi. «Le gustaban sus ideas, su forma de ser, las cosas que hacía», cuenta en una noche de lluvia, vestido en jeans, en el modesto apartamento de su hija, en Montevideo. «Mi padre escuchaba las noticias, guardaba recortes y todo lo que podía conseguir sobre Hitler. Si alguien lo criticaba, él lo defendía a los gritos. Cuando yo nací en 1939 me puso Hitler como había prometido, a pesar de la oposición de mi madre». Luego –dice– quiso ponerle Mussolini a su segundo hijo, pero su madre, que era analfabeta, se negó con firmeza. Ella prefería los nombres corrientes.

No muy lejos de allí, en el departamento de Tacuarembó, y durante la misma época, los hermanos Aguirre discutían sobre política internacional, tal como era habitual en aquellos años. ¿Quién es mejor –se preguntaban–, Hitler o Mussolini? «Los viejos brutos se ponían a discutir quién mataba a más gente, ¡qué barbaridad! Al final mi tío le puso Mussolini a su hijo, y mi padre me puso Hitler a mí», cuenta Hitler Aguirre, que ahora es un comerciante en la ciudad de Tacuarembó. Él es el inquietante Hitler de izquierda que nunca se quiso cambiar el nombre.

–Si su padre le puso a usted Hitler por bruto –le pregunto a través del teléfono–, ¿por qué usted también le puso Hitler a su hijo?
–Por tradición. ¡Qué bruto!

El rechazo

Ahora se sabe que las ideas y actos de Hitler causaron la muerte de millones de personas. Cuando los crímenes cometidos por su ejército de nazis empezaban a conocerse en todo el mundo, llamarse como él pasó a ser un estigma. El padre de Luis Ytler Diotti, por ejemplo, se arrepintió pronto del nombre que había elegido para su hijo. «Le pesaban las barbaridades que había hecho ese hombre. Mi nombre había tomado un concepto que no tenía nada que ver con lo que él había pensado cuando me llamó así. Se asesoró sobre los trámites que había que seguir para cambiarme el nombre, pero vio que no era sencillo. Yo era un niño grande cuando me dijo: nunca más uses este nombre, ni firmes con él. Desde ese día, no lo menciono nunca».

A Hitler da Silva sus compañeros de escuela lo molestaban todo el tiempo. Lo perseguían y se mofaban de él: ¡Alemán! ¡Asesino! Eso le decían.

Un día Hitlercito volvió muy enojado a casa y, con rabia, increpó a su padre por el nombre que le había puesto. El padre lo miró, le acarició la cabeza y le dijo que algún día se sentiría muy orgulloso de llamarse así.

Pero ese día nunca llegó. Hitler da Silva fue policía como su padre y hasta llegó a enfrentarse a balazos con los guerrilleros tupamaros en los años setenta. En su ciudad natal de Artigas todavía muchos lo saludan: Heil, Hitler. Pero él, un hombre alto, de abundante pelo blanco y rasgos que podrían pasar por «arios», no se siente orgulloso de eso. «Ese hombre tenía ideas descabelladas: el despreciar a la gente por su piel o su raza, lo que le hizo a los judíos, el Holocausto. Eso no está en mi criterio», dice sin consuelo.

A Da Silva el nombre de Hitler no le trajo suerte. La dureza con que lo ha tratado la vida se le nota en la mirada. No hizo carrera en la Policía y hoy, ya jubilado, vive con casi nada. Ni siquiera tiene teléfono en su casa. Dice que más de una vez ha sentido el rechazo que provoca el nombre Hitler y que por eso jamás pensó en llamar así a sus hijos. Una vez visitó Buenos Aires: cada vez que mostraba su documento de identidad para ingresar a un hotel le decían que no quedaban más habitaciones.

Hitler Aguirre, en cambio, insiste en que jamás tuvo problemas con su nombre, nunca sintió ningún tipo de rechazo. El juez que lo inscribió no se opuso. Tampoco el sacerdote que lo bautizó. El único que intentó convencerlo de que se cambiara el nombre fue el director del hospital de Tacuarembó, que fue su profesor en el liceo. Entonces Aguirre tenía unos trece años, y averiguó que el trámite era muy costoso. Su familia era muy pobre. «Entonces nunca me quise cambiar el nombre», dice, reafirmando su decisión de entonces. «El doctor Barragués me contaba las cosas que había hecho Hitler, pero la verdad es que a mí no me importaba. Y cuando nació mi primer hijo le puse Hitler, como marca la tradición. Yo opino que eso no es nada malo».

Durante tres largas conversaciones telefónicas, le pregunto a Hitler Aguirre por los horrores del nazismo de todas las maneras posibles. Pero el nombre de Hitler no le provoca nada. «Francamente no me importa lo que haya hecho Hitler. Yo me dedico a mi vida. Lo que pasó, bueno. Yo no tuve nada que ver. Cada persona hace su propia historia y no importa el nombre que tenga».

¿Ha visto alguna de las películas que narran el horror del Holocausto? Hitler Aguirre dice que jamás va al cine y que nunca mira la televisión. No tiene video, ni DVD. No usa computadora. Nunca sale de la pequeña Tacuarembó. Sólo un par de veces en su vida ha ido a Montevideo para ver al médico. «Yo me encerré a trabajar en un bar a los diecisiete años, día y noche, sábado y domingo de corrido», cuenta. Trabajando así, logró tener uno de los locales más grandes de su ciudad. Hitler Aguirre había empezado a votar por el Frente Amplio, un partido de izquierda, como protesta porque el voto se había hecho obligatorio en Uruguay. Cuando en 1973 una dictadura militar tomó el poder, él quedó en la mira como todas las personas de izquierda. Estuvo cincuenta días preso, acusado de usura. También le enviaron una inspección impositiva tras otra, hasta que le pusieron una multa tan grande que se vio obligado a vender el bar e irse a vivir al campo. La jefa de ese equipo de contadores que lo inspeccionó era judía. Cuando Hitler Aguirre va recordando aquellos días, lo invade la furia y el odio que sintió entonces. «Yo digo, si Hitler hubiera matado siete millones de judíos –dice–, esa contadora no hubiera existido. Y no me hubiera jodido».

Simplemente H

Hitler Aguirre no consultó a su esposa para elegir el nombre que habría de llevar su primogénito: Hitler. Como su abuelo y su padre habían hecho en su momento, Aguirre también lo decidió solo. El que manda es el dueño de casa, me explica. A otro de sus hijos lo quiso llamar Líber Seregni, en honor del primer líder del Frente Amplio, un militar que estuvo preso más de una década durante la dictadura de la derecha. Ahora recuerda que una enfermera lo convenció de que mejor lo llamara sólo Líber.

A Hitler Aguirre junior todos lo llaman Negro. El Negro Hitler nunca le reprochó a su progenitor el nombre que éste le puso, ni se siente incómodo llamándose así, ni ha tenido ningún inconveniente por ese motivo. Una oculista que él frecuenta en Montevideo le dice que lo va a llamar simplemente H. Él piensa que sólo se trata de una broma de esa doctora. «Nunca tuve un problema con el nombre –dice también por teléfono–. A la gente le llama la atención la novedad. Pero a mí no me afecta en nada. En aquel tiempo Hitler debía ser famoso». Luego confiesa que nunca le gustó estudiar. Terminó la escuela, cursó un año de clases en un instituto politécnico y luego abandonó las clases para irse a trabajar al campo. Hoy cría vacas y ovejas.

A diferencia de su padre, Hitler Aguirre junior sí vio algunas películas sobre el líder nazi. «¡Unas matanzas bárbaras!», dice. ¿Lo conmueve enterarse de los crímenes de su homónimo más famoso? «Sí me conmueve lo que hizo –reconoce sin cambiar el tono de voz–, pero el nombre no, el nombre no me perjudica para nada. Quizá en Montevideo la gente lo vea distinto, pero acá en Tacuarembó el mío es un nombre como cualquier otro».

¿No es paradójico que a una persona llamada Hitler le digan Negro? Él se ríe. Dice que en su tierra nadie anda calibrando ese tipo de sutilezas.

El caso de los Hitler uruguayos (y de los Haile Selassie y los Mussolini) debe ser entendido en su contexto histórico, explica el historiador José Rilla. «En aquellos años había una confianza en la política, en los grandes líderes, en el progreso –dice en la universidad donde da clases–. Hoy los líderes políticos han perdido esa dimensión profética. Ya nadie le pone a su hijo Tony Blair. Los políticos hoy no recaudan adhesiones mayores». Si lo que afirma Rilla es cierto, en poco tiempo los Hitler se extinguirán en Uruguay y no serán sucedidos por otros niños llamados George Bush, Vladimir Putin, Hugo Chávez u Osama Bin Laden. El país ha cambiado: ya no es tan cosmopolita como antes, ya no recibe inmigrantes, los diarios venden diez veces menos que hace medio siglo y la política internacional ha dejado de encender las ilusiones colectivas. Ya casi nadie cree en un líder que vendrá a salvar el mundo. Los padres se inspiran en los personajes de la televisión a la hora de bautizar a sus hijos. En el Registro Civil los funcionarios recuerdan que en los años noventa hubo una ola de niños llamados Maicol, en honor al protagonista de la serie de televisión estadounidense El auto fantástico. Luego hubo miles de niñas llamadas Abigail, como la heroína de una telenovela venezolana.

En el medio del campo, Hitler Aguirre junior, el Negro, también tiene televisor. Y a pesar de las películas que ha visto sobre los nazis y sus matanzas, hasta hace un tiempo su sueño era tener un hijo varón para llamarlo Hitler, como se llama él y como se llamó su padre. «No lo decidí porque fuera fanático, ni nada. Es la tradición y hay que seguirla», me explica. Pero como los tiempos han cambiado en algunas cosas, él sí lo consultó con su esposa. Ella aceptó, y sólo pidió que el niño tuviera un segundo nombre. Lo iban a llamar Hitler Ariel, y habría sido el único Hitler del mundo con nombre judío. Pero no fue. Dos veces su esposa quedó embarazada, y las dos veces alumbró una niña: Carmen Yanette, de dieciséis años, y María del Carmen, de doce. El Negro se ríe al contar estos hechos. Quería un varón pero ya se resignó, le salieron dos niñas a las cuales adora. Ahora ya no quiere tener más hijos. «La fábrica está cerrada», dice.

Con él, la dinastía Hitler parece haber llegado a su fin.

Los últimos nómadas

Publicado: 1 junio 2013 en Zigor Aldama
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No ha amanecido y Toya ya está despierta. Son las cuatro y media de la mañana cuando, sin la ayuda de un despertador y tras haber dormido sólo cuatro horas, abandona el ger familiar, la yurta tradicional mongola, para dirigirse al recinto en el que las vacas esperan a ser ordeñadas. Aunque es verano, hace frío. El mercurio lucha por rebasar la línea de los cero grados. Los movimientos de su madre despiertan a Delgerma, una joven de rasgos amables y 15 años de edad. Sabe que, aunque no se lo pida, la progenitora necesita de su ayuda. Enfundada en una chaqueta de confección china, abre la puerta y deja que el frío de la mañana golpee su cara. Frente a ella se abre un espacio que parece no tener fín, una uniforme alfombra verde. Es la estepa del centro de Mongolia.

La cuadra de las vacas está a cincuenta metros del ger. Una pequeña franja de luz azul asoma en el horizonte, pero un extraordinario manto de estrellas brilla aún en lo más alto. El cielo está completamente despejado, como sucede en Mongolia una media de trescientos días al año. Delgerma descubre la figura de su madre sentada en un taburete de madera, inmersa ya en la tarea de ordeñar a los animales. Sin mediar palabra, la joven se sienta a su lado y trae hacia sí otra vaca. Solo el chorro de leche al golpear contra el balde de metal rompe el silencio de lo cotidiano. Al final, un gallo canta en la lejanía la salida del sol.

En el interior del ger, Tander, el padre de familia, refunfuña. Anoche regó generosamente con vodka la celebración del nacimiento de un potro, y el alcohol no engrasa sus neuronas. Un rayo de luz cálida atraviesa la yurta por el orificio situado en el centro del techo, por donde asoma la chimenea metálica de la cocina-estufa. Poco a poco, Tander se incorpora y bosteza. La puerta vuelve a abrirse para que Delgerma entre con un balde de leche fresca. Su madre está ahora ocupada con las ovejas, así que es ella la encargada de preparar el desayuno. En una oscura esquina del ger, sobre la cama en la que ha descansado Toya, la pequeña Itchko, de cinco años, es la única que aún duerme. Si lo hubiera, un reloj marcaría las cinco y cuarto. Todavía no se han intercambiado ni una sola palabra.

Excrementos de vaca secos es lo que Delgerma utiliza como combustible en la vieja cocina metálica. “En Mongolia los árboles excasean, son un lujo, así que sólo podemos permitirnos quemar esto”, explica. El fuego prende rápido, y un olor ligeramente acre inunda la estancia. Itchko tose a causa del humo, trata de librarse de él escondiéndose bajo la gruesa manta, pero no tiene mucho éxito. Finalmente, no le queda otro remedio que abrir los ojos. Y entonces se rompe el silencio.

Yogur y sopa. Es la base de la dieta de la familia de Tander, cuatro miembros que sobreviven con 350 euros al año y un extra, difícil de calcular, gracias al trueque. A pesar de las precarias condiciones de su vida, Tander está satisfecho: “Cada vez tenemos más animales, y engordan según lo previsto. Con eso hemos conseguido enmoquetar el suelo de nuestro ger, y hasta hemos comprado una radio”. El aparato, un artefacto propio de la Unión Soviética, ciertamente ocupa un lugar destacado en el altar familiar, situado siempre en la zona posterior izquierda de la yurta y adornado generalmente con fotografías de antepasados y de los mejores caballos del clan. Sin embargo, quien se lo vendió no mencionó la necesidad de obtener pilas para su funcionamiento, por lo que hace tiempo que ningún sonido mana del radiocasete.

Mongolia es un país único en el mundo. Cuenta con una superficie tres veces mayor que la de Francia y, sin embargo, una población de poco más de tres millones de habitantes. Casi la mitad practica aún el nomadismo, una forma de vida cuyo origen se pierde en los albores de la Historia. Desde entonces, poco ha cambiado para un millón de personas. Su vida supone la convivencia estrecha con la naturaleza. Y la supeditación a los elementos en un entorno extremo en el que difícilmente se puede contar con ayuda externa.

Los vecinos más próximos pueden encontrarse a decenas de kilómetros de distancia, a horas de camino. Esta forma de vida es también la prueba de la resistencia del ser humano, capaz de sobrevivir con medios propios de la Edad Media a temperaturas que oscilan entre los treinta grados bajo cero del crudo invierno y los treinta grados sobre cero de los asfixiantes días de verano. Es más, los nómadas de mongolia, como sucede con Tander y su familia, son capaces de hacer frente a cambios de temperatura de 40 grados en un mismo día.

Poco a poco, el sol muestra su poder. A las ocho de la mañana, el termómetro ya ha alcanzado los diez grados. Tander se enfunda los pies en lana, y se calza las botas tradicionales, símbolo del nomadismo mongol. A la carrera, sin hacer siquiera una breve pausa, salta sobre su caballo y pone rumbo a la nada, al infinito. Allá se encuentra el resto del ganado, junto a un pequeño estanque.

En el interior del ger comienza a hacer calor, aunque por su estructura es una vivienda ideal para hacer frente tanto al calor como al frío extremos. Dan las once cuando la temperatura exterior supera con creces la del interior, donde Toya se afana en desenredar el enmarañado pelo de Itchko a la vez que cuece la leche de las cabras para preparar yogur, pieza básica en la dieta mongola.

A setenta kilómetros de Orkhon Bag, la llanura en la que viven Tander, Toya, Delgerma e Itchko, tres gers llaman la atención. A diferencia del anterior, están situados a pocos metros de la autopista, apelativo que los mongoles atribuyen a una irregular franja de asfalto de no más de tres metros de ancho que recorre el país de este a oeste. La apariencia de estas tres viviendas es, sin duda, más sofisticada. Al lado de cada yurta, una pequeña placa solar revela la llegada de la electricidad a la vida de la familia de Tsendayush, compuesta por dieciséis miembros.

“Viajando en familia conseguimos aunar fuerzas”, comenta el padre de tres hijos. “No sólo sumamos nuestras cabezas de ganado y con ello podemos negociar el precio de nuestros productos con más fuerza, sino que además tenemos más facilidades para llevar a los hijos al colegio, y más ayuda en caso de que alguno de nosotros enferme”. Teniendo en cuenta que la escuela más cercana se encuentra a 30 kilómetros, y el hospital del distrito a 43, estos detalles son dignos de ser tenidos en cuenta. “Nuestra forma de vida no ha cambiado mucho desde hace siglos, pero hemos ido introduciendo objetos y costumbres de la vida moderna, siempre que nuestras posibilidades económicas lo han permitido. Nosotros somos afortunados porque disponemos de electricidad suficiente como para cambiar las velas, que son un peligro porque pueden prender los gers, por bombillas de bajo consumo. Y también ha llegado la televisión a nuestras vidas”. Sin embargo, Tsendayush no parece entusiasmado con este último punto: “La televisión ha traído consigo un nuevo mundo que atrae a los jóvenes, y creo que es una amenaza para el nomadismo. Pero nada podemos hacer contra el progreso, y esa es la razón de que cada vez más jóvenes decidan ir a Ulan Bator en busca del futuro”.

Hace solo una década muy pocos contaban con televisor y motocicleta. Ahora, según datos no oficiales, alrededor de 30.000 familias nómadas disfrutan de la electricidad y, de ellas, 20.000 disponen de esos dos aparatos. Pero también ha aumentado el número de familias que solo tienen cien cabezas de ganado o menos, una cifra que marca el umbral de la pobreza. El 60% de todos los nómadas mongoles está por debajo de ese listón.

El número de pastores ha descendido en la última década de medio millón a 300.000, mientras que el número de animales se mantiene estable en unos treinta millones. “Las disparidades aumentan, incluso entre nómadas”, comenta Tsendayush. “Quienes tienen suerte y se mueven en zonas en las que el clima es bueno cada vez son más ricos, y pueden enviar a sus hijos al colegio, lo cual les asegura mantener su calidad de vida. El resto, al no disponer de medios ni permisos para moverse de zonas desérticas, sobrevive a duras penas”.

Aunque no lo parezca, el nomadismo en Mongolia también se ha desarrollado, y ha ido modificando sus pautas con el tiempo. En el siglo XXI, la mayor parte de la población rural cambia de residencia entre dos y cuatro veces al año, y, generalmente, se encamina siempre hacia lugares prefijados. Técnicamente, han pasado a ser seminómadas, ya que no viajan constantemente en busca de mejores pastos, ni se mueven libremente por todo el territorio. Así, los más pudientes cuentan con cuatro lugares de residencia, uno para cada estación, mientras que la clase media sólo se traslada en verano y en invierno y, algunos, no pueden siquiera permitirse un cambio de territorio.

Es el caso de la familia de Byambsuren, un joven de treinta años que vive en la región de Dorongobi (desierto del Gobi) con su madre, un hermano, la mujer y sus dos hijos. Las sequías de los últimos años han matado a un tercio de sus reses, y ya sólo cuenta con 50 cabezas. Ha tenido que vender parte del mobiliario de su ger para comprar gasolina para la moto, un vehículo indispensable para una familia que no cuenta con caballos, sin duda el animal más preciado en el país. “Para conseguir algo de dinero tuvimos que vender la piel de nuestros camellos antes de tiempo, y dos murieron congelados. Si no fuera por las ayudas que recibimos, hace tiempo que nuestra familia habría desaparecido, como muchas otras”. En su caso, UNICEF escolariza a los más pequeños en una escuela-ger cercana, en la que una veintena de niños nómadas son preparados para su ingreso en escuelas estándar.

La vida de la familia de Byambsuren, sin embargo, contrasta con la de Choijames, un hombre que lleva más de dos décadas casado con una mujer que ha viajado por Europa y Asia y que ha proporcionado enseñanza superior a sus hijos. Su ger, situado en la estepa del centro de Mongolia, a más de 2.000 metros de altura, está equipado con mullidas alfombras persas, televisión por satélite y agua caliente. Pero, aun así, cuesta creer que, con la experiencia acumulada por el mundo y su buen nivel de vida, mantengan viva la herencia nómada. “El mundo exterior no es mejor que el nuestro. Hemos sabido adoptar los elementos positivos del desarrollo y combinarlos con esta forma de vida, que es la conjunción perfecta con la naturaleza. Nosotros moriremos con el ger a cuestas, aunque posiblemente la próxima generación lo cambie por una vivienda de ladrillo”, se lamenta la madre, Oyunbileg.

A más de mil kilómetros de distancia, una tormenta de arena convierte el cielo azul en una mancha ocre que se funde con la infinidad árida del Gobi. Dandijav, a pesar de sus setenta años largos, mantiene las fuerzas necesarias para dirigir la caravana que llevará, sobre varios carros tirados por camellos, los tres gers de la familia. “Cada uno pesa unos 250 kilos, y tardamos dos horas en montarlos. Así que, en cuatro días estaremos ya en nuestra residencia de verano, que este año vamos tarde”, apunta. Su familia es el ejemplo de clase media: tres núcleos de padres e hijos que conviven todo el año, electricidad gracias a placas solares, 250 cabezas de ganado, y dos motocicletas. La masa de arena se acerca, se levanta el viento y todos corren al interior de los gers. Las paredes de tela vibran, y parece como si toda la estructura fuese a salir volando. Pero la familia de Dandijav ríe ante el temor del extranjero, y el ger resiste sin problema alguno. “Cada vez son más habituales estas tormentas, y dificultan mucho encontrar después algo de pasto para el ganado”.

En la última década, las condiciones en el desierto del Gobi no han hecho sino empeorar, fruto del cambio climático que sufre el planeta en general. “Hace cuatro años no era complicado encontrar algo de vegetación con la que alimentar al ganado, pero cada año que pasa el desierto se va haciendo más inhabitable, y no es posible tener tantos animales como teníamos. Cada vez llueve menos, y hay que desplazarse más lejos para encontrar pastos”, explica Dandijav. Ello, sin duda, repercute en la calidad de vida de los nómadas del desierto. “Nuestros ingresos no nos permiten hacer recorridos tan largos, así que tenemos que apañarnos con menos animales, que es lo mismo que decir que tenemos que sobrevivir con menos recursos. Así es difícil que nuestros nietos acudan a la escuela, o que mis sobrinas puedan ir a la universidad”.

En esta nueva coyuntura, Dandijav no ve claro el futuro del nomadismo. “Esperamos que el gobierno decida disparar a las nubes para que llueva, como hacen en China. El problema es que no descargan como solían hacerlo, pasan de largo sin dejar una gota”. Y luego está la polución que llega de la vecina China. “Lo que tememos es que, al final, este hecho puede acabar con nuestra forma de vida, porque no podremos resistir siempre”.

Cae la noche en Mongolia. Delgerma enciende una vela para poder cocinar la cena, una simple sopa de fideos. Tsendayush regresa con su caballo de una sesión de entrenamiento para el festival de Nadaam, la mayor celebración nacional. El resto de familia prepara una pasta de arroz con carne de cabra, mientras los niños juegan a la pelota aprovechando los últimos rayos de luz. También en la estepa, Choijames observa con atención un partido la Premier League, rodeado por sus hijos y sobrinos. En el Gobi, Byambsuren bebe una taza de té con leche de camella, y sus hijos comen un cuenco de yogur. Sólo se oye el sonido de los animales. Finalmente, Dandijav vuelve al ger tras un día preparando el traslado. Ya está casi todo listo, y puede sentarse a escuchar las noticias en la radio mientras su mujer, Tserendejid, prepara una sopa de pollo. Cinco historias bajo el mismo manto de estrellas, unidas por una forma de vida, y separadas por cientos de kilómetros.

Sujeta al perro

Pocos rituales son tan complejos como la entrada a un ger mongol, la yurta tradicional del país. Sin embargo, pocos muestran de forma tan clara la generosidad de un pueblo. Todo comienza incluso antes de cruzar la puerta cuando, a varios metros de distancia, se ha de gritar ¡Nokhoi Khor! Aunque, en este caso, más que parte del ritual, se trata de una formalidad con base práctica. La frase se entiende como: ¿Puedo pasar? Pero el significado literal es sujeta al perro. Imprescindible si no se quiere padecer la rabia.

Rara es la familia que no invite a cualquier visitante a pasar a su vivienda, una yurta circular en la que viven generalmente todos sus miembros sin separación de espacio alguna. Eso sí, es necesario respetar un riguroso repertorio de normas. En primer lugar, los visitantes han de entrar por la puerta, que siempre está orientada hacia el sur, con su pie derecho por delante, y han de descubrirse nada más entrar en la vivienda. A continuación, los invitados se sientan en la cama situada a la izquierda de la puerta. Comienza una curiosa retahíla de preguntas:

—¿Qué tal habéis pasado el invierno?
—¿Engorda bien el ganado?
—¿Han nacido muchos potros?

Mientras el hombre de la casa responde, sentado en la parte norte de la tienda, reservada a los miembros más respetados de la familia y a su altar, la mujer prepara cuencos de yogur casero, té y, según su poder adquisitivo, caramelos o trozos de queso. Tras ofrecer los alimentos a los recién llegados, quienes han de aceptarlos con la palma de su mano derecha hacia arriba y la izquierda sujetando el codo, la mujer ocupa su espacio, en la parte derecha del ger, considerada bajo la protección del dios Sol.

Si todo se ha realizado correctamente, la conversación puede derivar a otro tipo de temas, más personales. Pero, en ningún caso se han de mencionar asuntos que tengan relación con muertes o accidentes. Pasado cierto tiempo, el padre de familia abrirá una botella de vodka que sólo soltará una vez se haya vaciado. Antes del primer trago, hay que mojar el dedo índice en el alcohol y disipar gotas en los cuatro puntos cardinales, antes de mojarse la frente. A partir de ahí, barra libre. Pero, por muy borrachos que estén, los invitados no deben jamás jugar con el sombrero del hombre, ni atreverse a tocarlo. Es una de las mayores ofensas que se pueden infligir, y puede derivar en una agria disputa. No se debe olvidar, además, que en todo ger hay siempre un mosquetón listo para ser disparado.

Está apoyada en la pared, bajo la luz amarilla de la farola. Las botas plateadas suben más allá de la rodilla. Por encima de ellas, apenas cuatro centímetros de piel y luego, un abrigo gris de falsa piel que abre de un único gesto cuando un coche se acerca. El gesto es parte del trabajo.

***

Casi dos años antes, esa misma mujer transexual que ahora hace la calle esperaba en el pasillo de la cárcel vestida de novia. Vivian había llegado tiempo atrás desde Perú con una única maleta llena de perfumes. Entonces no tenía ni idea de cómo sería su vida en Buenos Aires. Pero de todos los futuros que imaginó, en ninguno se casaba estando presa con un compañero de encierro.

El escenario: la cárcel de Ezeiza un día de abril de 2011. En el corredor gris completamente enrejado del módulo, los guardias observaban con los brazos en jarras. Eduardo –el novio– aprovechó para besar a Vivian, algo que no podía hacer un día normal sin ser castigado. Ella lo notó muy nervioso.

—Tranquilo, pa –le susurró al oído antes de dejarle ahí un beso leve.

Él –traje negro y cresta– la tomó del brazo y la introdujo en la sala donde aguardaba el público. Un estruendo de aplausos rebotó en el techo metálico. Una semana antes, Eduardo había tenido que pintar este mismo espacio que normalmente sirve de gimnasio. Ella había limpiado. Eran trabajos pagados a precio de presidio a 2,4 dólares la hora.

Las que aplaudían eran unas cincuenta personas sentadas en sillas de plástico en torno a un pasillo central. Pero esta vez no había familia de los novios que separar sino que los asistentes se organizaron de forma espontánea en dos grupos: funcionarios y autoridades de la prisión por un lado, y organizaciones sociales y de derechos humanos por el otro.

Con las gafas descansando en la punta de la nariz y un aire de maestra de escuela, la jueza leyó el acta.

—Comparecen Miguel Ángel Gutiérrez…
—Vivian –rectificó la novia riendo, mientras se aferraba a un ramo de margaritas blancas.

Además de las flores, todo lo que llevaba puesto era un regalo: los pendientes, los zapatos, el vestido blanco de corte sirena y escote abismal. La semana anterior habían llegado las encomiendas que mandaron las amigas. Estaban abiertas y faltaban varias cosas, entre ellas el vestido. El disgusto fue enorme. Vivian lloraba y amenazaba con reclamar al juez.

—Sin el vestido no me caso –dijo.

El día antes de la ceremonia, mientras Vivian trabajaba, el vestido apareció.

Eduardo, serio y erguido en la silla, parecía ausente. Trataba de no pensar para no estar furioso en su propia boda, pero tenía en la cabeza la imagen de su hermano –también preso– a quien no dejaron asistir.

—Por la mañana vinieron a mi celda y me dijeron: “Ojo con lo que decís a la prensa porque a tu hermano lo vamos a mandar al Chaco y allá te matan si tienes un familiar que vende falopa –cocaína– y más si ese familiar está con un puto. Así que mejor te callás”. Luego, cuando pasó el casamiento, me di cuenta de que era mentira, pero ese día no podía parar de pensar en eso– dirá después Eduardo.

En su discurso, la jueza trataba de resaltar la excepcionalidad del acontecimiento: la primera boda en prisión entre personas del mismo sexo. Los activistas a un costado aplaudían fervorosamente y exhibían banderas y folletos a los periodistas.

Cuando les entregaron el libro de familia, Vivian no podía parar de sonreír.

—¡Vivan los novios! ¡Otra política carcelaria fue posible! –gritó una activista.

Entre cámaras y flashes y gente que besaba y felicitaba a los novios en desorden, la misma mujer se acercó y le susurró a Vivian al oído:

—Cuando hablés con las cámaras nombrá a nuestra asociación y al director, que fue con quien pudimos lograr estar nosotras aquí.

Alguien desplegó una bandera de la Federación de Gays y Lesbianas y muchos de los asistentes, sobre todo funcionarios, se fueron poniendo detrás para la foto. Incluso el director del penal acabó sujetando la bandera por un extremo. Con la prensa delante, Vivian, un poco balbuceante, agradeció a los funcionarios –cuyos nombres tenían que apuntarle por detrás– y a las trabajadoras sociales y de las organizaciones de las que sí se acordaba.

—Y ayúdenme mucho cuando salga que estoy por salir.

Tras las entrevistas, la pareja estaba sentada en la sala de visitas. Vivian dijo sacándose un zapato:

—Tengo sed. Tomemos agua, imaginemos que es champán francés.

***

En la puerta una placa de mármol: Hotel Moderno Sevilla. En la entrada niños jugando. Niños desconfiados que no quieren abrir la puerta hasta que aparece Vivian con las llaves.

Hoy es un día de mayo de 2012. Eduardo salió absuelto hace un año y ella obtuvo la condicional dos meses atrás. Viven aquí desde entonces con la familia de él: su madre y tres de sus sobrinos.

El lugar quizás alguna vez recordó a la primavera andaluza con su patio de azulejos mozárabes y su farolillo de reja negra hoy desconchado. Las habitaciones quedan a un lado; los huecos de las puertas cubiertos por sábanas para que corra el aire y se disfrute de cierta intimidad.

—Nuestras celdas eran un poco más grandes– dice Eduardo mirando a su alrededor con los ojos achinados por el cálculo. El cuartito es de tres por dos con una cama individual encajada entre un armario; una estantería llena de maquillaje, champús y algo de comida; una silla y una mesa con la tele de plasma siempre encendida.

En ella ahora se reproduce una grabación con las noticias que salieron en televisión el día de la boda. Comentan las ilusiones puestas ahí, cómo creían que iba a facilitarles –quizás– las cosas al salir.

Sus expectativas no se han cumplido. Han visitado a todas las instancias estatales y organizaciones que estuvieron presentes. Allí reciben su currículum, les ofrecen asistencia legal o alguna ayuda económica y les desean suerte. Tampoco pueden hacer mucho más.

Vivian señala el reloj. Eduardo llega tarde a una reunión de Alcohólicos Anónimos.

—Quedó muy resentido –dice Vivian cuando sale Eduardo–. Con los guardias, pero también con las travestis. No sabes cómo es con ellas. Las odia, hasta las trata de chabones. A mí me da mucha bronca.

Se abraza a un oso de peluche gastado y se queda tendida en la cama. Recordando.

Habla de su familia en Perú y de su infancia: una biografía como otras de pobreza y abusos. Dice que le gustaría trabajar cuidando niños, algo que hizo de jovencita, cuando todavía no se había operado para tener tetas y podía vestirse de chico. Luego todo fue más complicado.

***

La historia de amor es así –aunque también está por escribir–.

—Una historia larga, como un cuento –dice Vivian jugando con su melena negra.

Se conocieron en Perú. Por aquel entonces ella todavía se ponía panchos –sujetador con relleno– para hacer la calle. Después de un tiempo él volvió a Buenos Aires porque le esperaban una mujer y una hija. Pero al regresar, la esposa murió debido a un aborto clandestino. La familia de ella vino a llevarse a la pequeña. Un juez decidió que estaría mejor con ellos. Eduardo enloqueció.

Cuando el dolor apenas había remitido, alguien chocó con él en un supermercado. La voz que se disculpó y la risa que vino con la disculpa le resultaron familiares.

Era septiembre del 2007. Vivian acababa de llegar a Argentina. Ese día pasearon juntos redescubriéndose y a partir de ahí empezaron una relación que duró un año. Tras ese año, Eduardo le declaró sus intenciones de pasar el resto de su vida juntos. Vivian aceptó y después de dos semanas, desapareció.

***

El día que cayó Vivian estaba en la cama. Le acababa de llamar un cliente, un chico que también se prostituía y que insistía en que quería verla esa misma noche. Pero ella llevaba bastantes horas sin dormir; había empalmado muchos clientes uno tras otro. Dijo que no a pesar de la insistencia de él. Y tiempo después, la imagen de un pasado que no llegó a ser le perseguiría noche tras noche durante gran parte de su encierro. Un pasado en el que salía a ver al chico y con ello se libraba de la detención y de todo lo que vino después. Pero estaba cansada y no fue.

A las cuatro de la mañana cayó la policía. Vivian estaba durmiendo.

—¡Abajo, puto! y que yo te vea las manos o te pego un tiro.

Casi al mismo tiempo que abría los ojos fue agarrada del cuello y arrojada al suelo mientras le apuntaban con un arma. La casa se llenó de gritos, golpes, miedo. Estuvieron tiradas en el suelo del patio y esposadas desde las cuatro de la mañana hasta la una de la tarde del día siguiente mientras los quince policías destruían meticulosamente cada uno de sus muebles y pertenencias.

—Pero lo peor estaba por venir –dice ahora. Lo peor no sólo serían los dos años de prisión sino también el periplo desde la detención hasta llegar a Marcos Paz.

En la comisaría, después de ser fichada, Vivian volvió a ser esposada, esta vez con los brazos en la espalda. A la tarde del segundo día les hicieron levantarse. Y otra vez los insultos: putos, trolos, sidosos.

—Ya van a ver. Allá donde van las van a coger por todos los agujeros.

Las subieron a una furgoneta donde derivaron tres días de penal en penal. De Marcos Paz a Devoto, de Devoto a Ezeiza. En ningún lado las querían.

—Los travestis son demasiado quilomberos –les decían.

Esos tres días no bajaron del vehículo. No bajaron para mear ni para dormir. Dormían esposadas, cambiando de postura a cada rato para que el dolor de las muñecas no se hiciese insoportable. O despertando por el hambre. Orinando en una botella. Acostumbrándose al miedo.

Vivian pensaba en Eduardo, en cómo avisarle. Le habían quitado el teléfono donde guardaba su número. Sólo podía esperar que alguien le dijese. Confiar.

Al cabo de una semana de la detención, ingresaron por fin en el penal de Macos Paz. La primera verja se abrió. Luego la segunda. Luego otras. Tras esas rejas se abría un nuevo mundo del que hasta entonces sólo habían oído hablar: uno de sombras, que iba a ser el único mundo posible para Vivian durante los próximos dos años y diez meses.

—Mi abogado me dijo: “Hay que pelearla para que salgas libre”. Pero yo pensaba que el juez no me iba a creer por travesti y prostituta. Así que me declaré culpable para que me rebajasen la pena.

***

Eduardo la buscó por todas partes pero nadie le dijo de la detención.

—Yo pensé: ya se fue, salió conmigo y se tomó el palo. Me puse mal, tomaba.

Dos meses después Eduardo fue detenido. Según dice, la policía le armó una causa por robo y como tenía antecedentes lo encerraron.

—Cuando llegué a Marcos Paz me estaban dando la bienvenida: yo estaba contra la pared con las manos en la espalda y los cobanis –policías– me cacheteaban. Escucho que venían caminando de lejos y se oía una risa familiar y pienso: ¿Será Vivian? Creí que me estaba volviendo loco por los golpes.

Ella, que llevaba ya unos meses presa, lo reconoció de lejos.

—¡Pedí el cuatro! –le gritó.

El cuatro era el pabellón donde estaban alojados homosexuales, mujeres trans y agresores sexuales; los “desviados” según la jerga del servicio. La lógica carcelaria clasifica a los detenidos, en teoría para prestarles una atención más personalizada. Pero sobre todo, para gestionar el conflicto entre presos, y entre presos y el servicio. En este caso, también se supone que separar a esta población sirve para protegerla de ataques y humillaciones.

Dentro de las jerarquías tumberas las transexuales en las prisiones de hombres tienen el estatus más bajo, menos que gato –los que hacen de mujeres en el pabellón: lavan la ropa de los otros, limpian y a veces, otras cosas–. Lo contrario de lo que les sucede a los transexuales varones en las cárceles de mujeres que suelen ocupar espacios de poder.

En el caso de Marcos Paz algunos detenidos se declaraban homosexuales –con la aprobación del servicio– para evitar el “resguardo de integridad física”. Los que están en resguardo –porque se considera que corren peligro– acaban padeciendo un encierro aún peor. Eduardo estuvo preso anteriormente en esas condiciones. Pasaba veintidós horas sin salir. Conseguía hablar a duras penas con un vecino gracias a un agujero de ventilación.

Después de esa experiencia, el pabellón IV no le pareció tan mal. Pero para Vivian era la primera vez.

***

Cada noche a las diez se cerraba la puerta de su celda.

Se sentaba en la mesa de metal y escribía cartas para Eduardo. Sobre los márgenes, dibujaba flores y osos con rotuladores de colores. Luego le daba esas cartas junto con algún regalo: una camiseta, unas galletas de chocolate. Regalos que conseguía cambiándolos por tranquilizantes que le recetaba el médico y con los que se drogan algunos reclusos mezclándolos con alcohol. Esa actividad de trueque era imprescindible para comer algo decente, cuando todavía no trabajan y por tanto no recibían ningún salario. El rancho –la comida de la prisión– es una de las principales quejas de los detenidos.

La mayoría sobrevive gracias a lo que le traen sus familias o comprando comida en la cantina. Pero casi ninguna transexual recibe visitas familiares, así que en Marcos Paz, muchas se juntaban o intercambiaban favores sexuales con los violetas –los condenados por delitos sexuales– con los que compartían pabellón. Vivian estuvo con uno hasta que llegó Eduardo.

—A mí no me gustan los mayores pero éste era muy buenito y sólo quería que lo abrazase y lo besase.

En las horas de trabajo Vivian pegaba bolsas de papel, una tras otra, todas las que podía, para llegar algo cansada a las noches de la celda. Pero hacer bolsas no cansa tanto, así que cuando se tumbaba en la cama y cerraba los ojos se sucedían dentro –uno podría pensar que en el reverso de los párpados– imágenes que le hacían imposible conciliar el sueño.

—Pensaba en la humillación de las requisas, en las peleas del pabellón. En como las otras me decían “peruana muerta de hambre vete a tu país”. A veces tenía miedo– dice ahora y cierra los ojos otra vez.

Cuando los cierra vuelve a la celda.

El silencio –recuerda– estaba lleno de sonidos metálicos, olor a humedad, a óxido. También se oía el balido de las ovejas, que parecía un llanto o que ella imaginaba llanto y que el eco hacía resonar en las paredes desnudas.

Para no escucharlo, Vivian ocupaba la duermevela en imaginar cosas bonitas. Hacía listas. La lista de qué iba a hacer al salir: ir a bailar, bañarse en una piscina, tener hijos, viajar a Europa. La lista de lo que comería. Y otra que consistía en todas las modificaciones corporales que le faltaban: operarse la nariz, reemplazar sus prótesis mamarias, cambiar de sexo. Al final de esta última lista, una Vivian con ropa bonita y “más femenina” –como dice ella–, una Vivian imaginada o quizás una Vivian del futuro la tomaba de la mano y sonriendo, la conducía por fin al mundo del sueño.

***

Ni Vivian ni Eduardo sabían que la creación del pabellón IV del penal de Marcos Paz había sido una conquista. Antes, las presas transexuales del sistema federal –dependiente del gobierno central– iban a parar a La Jaula de la Unidad 2 de Devoto.

Jorgelina Abelardo –militante de la Asociación de Travestis, Transexuales y Transgénero de Argentina, ATTTA– estuvo presa ahí. Fue detenida –recuerda– el día de su cumpleaños a una cuadra del bar en el que nos encontramos.

—Caí en el peor momento. En medio de la crisis, con todo ese caos político en el país. En esa época en Devoto yo vi morir entre uno y dos chicos por día. Las políticas de derechos humanos empezaron a tomar más peso un tiempo después de asumir Néstor Kirchner. Ahora por suerte ha cambiado bastante.

La Jaula era eso, una jaula: un entrepiso elevado totalmente enrejado que quedaba en medio del pabellón y que originalmente servía a los guardias para poder tener una vista completa del área. Ahí metían a las transexuales. Los presos se encaramaban y se colgaban con sábanas para tener sexo con ellas a través de las rejas.

—Nos pusieron para calmar a las fieras. Para que los tipos que no tenían visita tuvieran sexo con las chicas.

Jorgelina cuenta cómo las travestis eran obligadas a prostituirse y a veces lo hacían también por necesidad, incluso con los guardias. Además tenían que lavar la ropa de todo el pabellón. Algo que todavía sucede en muchas cárceles provinciales, como dan cuenta los informes de organizaciones como el Comité Contra la Tortura de la provincia de Buenos Aires.

Gracias a las demandas de presas como Jorgelina y a las luchas que llevaron a cabo, en el 2005 se creará el pabellón IV de Marcos Paz donde se encontraron Vivian y Eduardo y La Jaula desaparecerá.

***

Llueve. Vivian y Eduardo están en la cocina de su hotel. Es compartida pero no hay nadie más. Entre la cocina y el cuarto hay un patio, así que cada vez que olvidan algún ingrediente se mojan un poco. Vivian prepara ceviche.

—Es muy sencillo, sólo tienes que ponerle amor.

Está intentado enseñar a Eduardo a cocinar comida peruana.

—¿Nunca se separan?
—No mucho –contesta Eduardo–.
—Allí vivíamos las veinticuatro horas pegados. Fueron más de dos años –dice Vivian.

Para ellos “allí” siempre quiere decir la cárcel. Aunque “pegados” significa cosas distintas.

En el penal de Marcos Paz a menudo los “sectorizaban”. Es decir, los separaban en grupos distintos para que no coincidiesen en los espacios comunes. Primero salían de sus celdas las transexuales dos horas, luego los homosexuales otras dos y así los iban alternando. Esto implicaba que pasaban más tiempo encerrados.

—Y estar tantas horas sin salir –dice Vivian– lo que provoca es más locura, que los mismos internos se peleen, porque se drogan con pastillas y todo eso.

Durante esos castigos la pareja sorteaba rejas y distancias. Se hablaban a través de los barrotes. Para cocinar se turnaban con la metra –un balde de agua en la que preparaban los alimentos al baño maría calentando el agua mediante dos cables de electricidad pelados–. El que estaba fuera de la celda le pasaba la comida al otro por el ventanuco roto de la puerta. Había que aplastar el pan para que cupiese y pasarse la sopa en una bolsita de plástico. Y así comían juntos.

Por el agujero de la ventana no cabían más que dos dedos. Dedos que buscaban una mano al otro lado. Dedos que iban al encuentro de una boca que los besara clandestinamente.

Llegaron a estar encerrados entre dieciocho y veinte horas diarias por periodos de varios meses. La justificación del servicio para imponer la sectorización eran las peleas que a veces se producían entre homosexuales y transexuales –donde volaban sillas y las escobas eran armas–. El argumento era la seguridad de los detenidos. Sin embargo, justo antes de ingresar Vivian, tres reclusos se habían suicidado debido a este régimen de encierro, según el informe de la Procuración Penitenciaria de la Nación.

A principios del 2010 las transexuales iniciaron varias formas de lucha para terminar con la sectorización. También pedían que dejasen de tratarlas como hombres y que les permitiesen entrar ropa de mujer. Estas demandas provocaron la intervención de organismos estatales y de la militancia homosexual que las hicieron públicas. Era un tema sensible para el gobierno de Cristina Fernández, quien había hecho suyas las reivindicaciones del movimiento gay a través de la aprobación del matrimonio de las personas del mismo sexo. Pero además, se trataba de un tema de vulneración de derechos humanos, otra de las banderas simbólicas del kirchnerismo.

Tener acceso al altavoz del activismo comenzó a proteger a las transexuales respecto de la violencia física.

—Los guardias no se atrevían a tocarnos –dice Vivian ahora–, como tenemos pechos tenían miedo de que les acusásemos de abuso sexual. Pero para los homosexuales era distinto.

En marzo del 2010, la situación en el pabellón IV estaba tan tensa que la dirección del servicio penitenciario pactó con algunas organizaciones sociales un programa que implicaba el traslado a la Unidad Penitenciaria I de Ezeiza.

***

Una noche las transexuales estaban en el salón mientras que los homosexuales y los presos en resguardo se encontraban en sus celdas. Vivian pidió al guardia de turno que conectase la electricidad para poder cocinar.

—Mejor no cocinés porque se tienen que ir. Avisá a tus compañeras.

Fue un golpe. Habían oído hablar del programa, pero les habían dicho que el traslado sería voluntario. Muchas de ellas, como Vivian, habían establecido relaciones con sus compañeros de los que ahora tenían que separarse sin saber si volverían a reunirse alguna vez. Para la mayoría, constituían un sustituto de las familias que les habían dado la espalda. A este miedo a la soledad se sumaba la incertidumbre por el sitio al que iban, del que habían oído todo tipo de rumores. La imaginación –negra– suplía la falta de información.

Las mujeres comenzaron a recorrer celda por celda para despedirse. Se daban la mano entre los barrotes. Todo el mundo estaba callado, sólo se oía el croar de las ranas y el zumbido eléctrico de las puertas.

—En el pabellón parecía que se había muerto alguien –dice Eduardo–. Igual nos peleábamos mucho pero sabíamos que nos íbamos a extrañar. Nos dimos cuenta de que nos queríamos.

***

—Los primeros días en Ezeiza fueron horribles –dice ahora Vivian–. Estábamos muy solas. Tuvimos que pelear por todo. Pero lo más importante para nosotras era que nos volviesen a juntar con los chicos.

Las mantenían casi todo el tiempo encerradas para que no se mezclasen con los otros detenidos. Así que iniciaron otro periodo de confrontación directa con el servicio para pedir mejoras y el traslado de los detenidos que quedaron en Marcos Paz. Pero no todas se sumaron a la protesta, tenían miedo de las represalias. Una dijo a sus compañeras:

—Yo acá estoy bien. No puedo reclamar más de lo que me dan porque no he tenido una vida mejor en la calle.

Una madrugada, Vivian estaba tumbada en la cama de su celda. Durante las noches insomnes contaba uno a uno los días de su separación: habían pasado ya casi dos semanas. El módulo estaba a oscuras y en silencio.

Alguien gritó:

—¡Vivian! ¡Vivian!
—Hola. ¿Hola?
—¿Quién habla?
—Soy yo, soy el Pantera –contestó Eduardo–. Vinimos para acá.

La madrugada se llenó de gritos y risas. Las transexuales empezaron a golpear las puertas de sus celdas. El ruido en la prisión puede ser una forma extraña de felicidad.

***

Pese a esa victoria, poco después del traslado la sectorización se había vuelto a repetir. Los dividieron en cuatro grupos alojados en distintos pabellones. No se veían nunca.

—Las chanchadas que pasaban en Marcos Paz no van a pasar más. Nadie va a coger acá –decía el jefe de módulo.

Vivian y Eduardo tuvieron que reinventar el arte de pasarse la comida por rendijas y tocarse a través de rejas y agujeritos. Sus pabellones estaban enfrentados y en medio quedaba el patio que no podían usar al mismo tiempo. Un día limpiaron el hueco de la cerradura que ya no estaba. Por ese hueco cabía una lengua. Los besos tenían sabor a metal.

Se inició otra ronda de luchas para que los juntasen. Las transexuales amenazaron con cortarse el pelo y dejarse bigote, así no habría ninguna razón para mantenerlas apartadas de los demás. “No queremos estar separadas por especies”, decían en los comunicados.

—Ustedes se creen mujeres pero la mujer no se comporta así. La mujer es más delicada, más de su casa y a ustedes les gusta gritar como tipos y pelearse –contraatacaban los guardias.

A dos presas de las más activas en las protestas las trasladaron al sistema provincial. Allí las condiciones de encarcelamiento son mucho más duras y los organismos de derechos humanos denuncian constantemente abusos sexuales a las personas trans.

Poco a poco y con apoyo del exterior, consiguieron mejoras. Vivian y Eduardo pudieron compartir espacios: trabajar, estudiar, hacer deporte. A veces podían tomarse de la mano. Pero normalmente tenían que esconderse. Para las trans, besarse o cogerse de la mano con otro detenido era causa de sanción por “excitación corporal” y se castigaba con el encierro.

Para entonces ya se había aprobado el matrimonio para personas del mismo sexo. Desde que lo supieron, la pareja no habló de otra cosa. Pero no podían esperar a salir porque el resultado de los juicios era incierto. Querían hacerlo ya.

Dos días después de iniciar los trámites para casarse les preguntaron si querían que hubiese prensa en la ceremonia.

—Tendrán que pintar y adecentar el gimnasio –les pusieron como condición.

Mientras trabajaban juntos arreglando la sala donde sería la boda, les nació una esperanza, como si la publicidad fuese algún tipo de llave capaz de abrir un mañana distinto o de cambiar el pasado.

***

—El día que salí parecía un zombi –dice Vivian– todo me asustaba: el ruido de los coches, la gente. Él no vino a buscarme. Y ahí yo pensé: es verdad lo que dicen, cuando la gente sale, cambia. Ya cuando yo todavía estaba dentro y él había salido, pensé en separarme porque él venía a visitarme todas las semanas, pero venía todo trasnochado, desordenado, sucio. Le daba al escabio –bebida– y a mí eso no me gusta. Como el día que salí no vino a buscarme me fui a un hotel a dormir. A los dos días apareció.

***

—¿Y cómo es el afuera?

La que pregunta es Alba Rueda, una activista trans que Vivian conoció por teléfono durante las primeras denuncias. Estamos en el INADI –el Instituto Nacional contra la Discriminación–. La sala de reuniones es grande y fría. Pero Alba es cálida: sin maquillaje, lentes finos, jersey de lana.

Vivian explica: la lista de problemas es larga.

—¿Crees que podré encontrar trabajo?
—Siendo realista está todo por escribirse –dice Alba.

Tiempo atrás ella misma decía que las posibilidades laborales de una trans eran básicamente dos: el activismo o la prostitución. Hoy se muestra más optimista tras la aprobación de la ley de identidad de género que permite el cambio de nombre y sexo en el DNI. Esta ley posibilita además el acceso a otros derechos como las operaciones de reasignación de sexo.

—Nosotras estamos viviendo un momento de cambio cultural –prosigue–. Me parece que vos vas a vivir momentos difíciles pero también está bueno que sepas que estás luchando para educar a nuestra sociedad.
—Ya se me está haciendo difícil… ¿Te puedo dejar mi currículum?
—Pásamelo por mail acá.

***

Hace frío en Ezeiza, pero es un día radiante. El sol esculpe las cosas a golpe de sombras. Vivian y Eduardo han ido al penal a ver si queda un remanente de dinero que le falta a ella por cobrar de su trabajo en prisión. El primer cheque ya lo gastaron. Con éste piensan pagar el trámite de residencia.

En la entrada, la cola perenne de las visitas y una ventanilla de cristal espejado. Vivian llama con los nudillos. Al cabo de unos minutos aparece un funcionario que recoge los papeles mientras le alcanza un cheque a una mujer. La mujer lo toma sonriente y se acerca a hablar.

—¿Ustedes acaban de salir? Me han dicho que se echa de menos a los amigos de allá adentro.
—Yo no, ni hablar –contesta Vivian–. Yo no echo de menos a nadie –y le explica con una sonrisa que se casó allá dentro, que salió por la tele.

La ventanilla se abre. Vivian se acerca nerviosa.

No hay nada.

El mes que viene, le dicen. Quizás el mes que viene.

Se llama Édgar Alexander Nufio-Villanueva, es de Esquipulas, en el sur de bosque y montaña de Guatemala. Es joven, es decidido. Con su tía, Orfilia Mélita Hernández-Aquino, cruzó México en auto para animársele a la frontera del río Bravo y al desierto bestial.

Se llama Édgar Alexander Nufio-Villanueva y junto a Orfilia Mélita Hernández-Aquino acabó detenido en las cercanías de Falfurrias, diez días y setenta y siete millas al norte en línea recta desde la frontera de México y de la salvación.

“Hay sed, tía”, dice Édgar, un tiempo después, en abril de 2013, en una carta a su tía Ingrid, hermana de Orfilia. “Mucha, demasiada. Hay serpientes que no he visto en mi vida, alacranes. Y hay gente con la que uno se cruza y está desfalleciente, a punto de morirse”.

Édgar escribe en frases acuchilladas, sin más carga emocional que cuanto uno se permita hallar.

“Hay otros que están ya muertos, tía. Los cuerpos empiezan a oler o ya huelen!.

Los adjetivos pueden ser palabras obesas.

“Cuando llegó la policía, tía —cuenta Édgar—, corrimos”.

Eran varios —más hombres que mujeres, miedos en español—. Los otros corrieron más y llegaron a unas casas y se escondieron.

“A mí y a la Mélita nos agarraron porque íbamos juntos. Nos metieron en unas camionetas y se acabó, nos dejaron presos. Así se terminó todo, tía”.

***

Es marzo, y es el principio.

Ingrid, en ese principio, no sabía nada de esto. De Falfurrias, alacranes, cuerpos pútridos. Ingrid sólo tenía fe y alegrías. Ingrid es hermana de Orfilia —la Mélita, veintiséis— y tía de Édgar —el Edgarcito, veintitrés—, y cuando el viaje comenzó calculó doce a quince días para tenerlos en su departamento nuevo, un sótano remodelado, con cocina y sala amplias, en las afueras de Washington, DC. Ingrid tiene treinta y cinco años, determinación de huracán y, de tanto en tanto, ayuda en mi casa. Nació y se crió en el este de Guatemala, en los llanos de los que abusa el río Motagua, en un caserío, Champas Corrientes, tan pequeño que puede confundirse con los restos de un pueblo anterior. En Champas, Ingrid tiene un campito y algunas vacas, muchos amigos, más familia y demasiados miedos enterrados. En Estados Unidos no tiene mucho, empezando por los papeles —que no existen.

Todo pareció ir normal hasta que Orfilia y Édgar pasaron del espacio crudo de México a McAllen, Texas, cuando comenzó el apagón frecuente, las llamadas salteadas, breves, urgentes. Ingrid habló con Orfilia —la Mélita— una tarde a inicios de marzo: estaban en una casa de la frontera cuidados por una señora, de quien usó el celular, a la espera de que las patrullas americanas relajasen la vigilancia. Había un policía cada dos brazadas.

—Da miedo eso.

Equivoco el miedo del que Ingrid habla: creo, y creo mal, que se refiere al temor a la muerte.

—Ya están adentro —digo—. Los narcos están del otro lado. ¿A qué le temes?

Ingrid juega con mi hijo Matteo en el piso de la sala de casa. Han construido una vía para que circule Thomas The Train con cuatro vagones de ganado.

—Sí, pero igual.

Menosprecio el miedo:

—Lo único que podría pasar —digo, como si fuera nada— es que los detengan y los deporten. Tranquila, lo peor ya pasó.

Recién un tiempo después vería las púas en mi respuesta.

***

Marzo 22, 4:43 pm. Ingrid envía un mensaje a mi mujer: quiere venir a limpiar el domingo en vez del sábado. Mi mujer le pregunta si llegó su hermana.

Veinte minutos después:

Nadaqueber.mujer.tubieron.problemas.en.El.Camino.

Ingrid no usa la barra espaciadora: sus conversaciones son puntos y seguido sin final.

Esta.en.Macali.tengo.3.dias.denosaber.nada.

Es.horrible.estar.alaespera.

Pero.dios.sabra.lomejor

En el siguiente mensaje mi mujer procura tranquilizarla. Si siguen en Texas, escribe, ya han de estar por llegar a Washington. Habían pasado México: pisaron descalzos el piso del infierno, y lo cruzaron, sin quemarse.

Ingrid:

Tienen.quepasar.unagarita.todabia.idicen.que.esta.muydificil.porque.tienen.Que.Rodiar.

Tienen.que.caminar.24horas.pero.noce.cuando.bacer.esedia.

Y el consuelo, el deseo, la consagración, la aspiración:

Mas.que.esperar.estamos.entoque.dequeda.mujer

Perobien.ennombrededios.porque.es.El.unico

La esperanza final tiene ochenta y siete caracteres. Ingrid se encomienda en un tuit.

***

Uno o dos días después, las hermanas vuelven a hablar, pero, tras eso, pasan casi siete días de bloqueo. Cuando Orfilia y Édgar llevan un tiempo indeterminado en McAllen —¿una semana, diez días, mil años?—, Ingrid llama nerviosa al celular de la mujer del aguantadero. La mujer le informa que los chicos habían salido en auto hacia el noroeste de Texas tres días antes. No han regresado, no hay noticias. Como si conversara de las compras de la semana o el clima, la mujer termina de hablar y cuelga, e Ingrid entra en pánico. Lleva una semana sin dormir y bajo los ojos tiene dos bananas moradas. La chica que podía dejar un departamento con brillantinas en dos horas ahora se demora cuatro. Parece encorvada, y así llega a casa.

—Don Diego, ¿me puede ayudar?

Sepan:

Yo no sabía si ayudar. No estaba seguro, tal vez no quería.

***

Sepan:

Me estoy poniendo viejo, me canso más rápido y me acomodan cada vez más y más y más mis manías. Si a los veinte quería cambiar la historia del mundo —quién no—, mi militancia ahora es privada: se llama Matteo y hace las funciones de hijo. Me intranquiliza el trauma reiterativo de todo padre: no duermes bien cuando tu niño nace y no lo harás cada día que viva —porque debe vivir—. Lo demás, importa menos. Lo demás, gracias, que sean felices.

Sepan:

Lo que me pasa, quiero creer, es la ausencia de sorpresa. Detienen a Jayron Lopes y a Brenda Daca y los preparan para su deportación en California y Texas, y otro día y en otro lugar detendrán a Jesús María José y a Kevin James Peter y a Mayron Blanca René. Y así cambiasen esos nombres, y así cada vida sea un planeta, una sola historia parecería contenerlas a todas. O sea: alguien entró sin papeles, estudió, trabajó, procreó, crió, obedeció, la Migra lo detuvo y ya, no hay más, hasta la vista baby.

Se me ha vuelto todo tan común, tan repetido, tan igual, que, sepan disculpar, han normalizado el horror: la repetición narcotiza —y entonces siento cada vez menos lo que debiera sentir—. El agobio es feo: uno no piensa bien. Y a veces no pienso bien.

Entonces, sepan:

Cuando Ingrid me contó sobre el inicio del viaje de Orfilia y Édgar, alcé la ceja: cuánto riesgo tomaron estos chicos, qué locura. Cuando me contó que llevaban días varados en McAllen, alcé la otra ceja: qué tan poco presente hay en tu terruño conocido que alguien es capaz de jugarse la vida por algo que no existe como el futuro. Cuando llevaban tres días sin aparecer y luego cinco y luego siete, me quedé sin cejas para levantar.

Cuando Ingrid me pidió ayuda, yo, sin cejas, nada más suspiré hondo.

Cuando Ingrid me pidió ayuda lo hizo de rodillas. Y esa sería una vulgar y perfecta imagen para mostrar una de las formas preferidas de la pobreza de recursos para manifestarse —la indefensión—, pero también sería equivocada y sensiblera. Ingrid no estaba de rodillas para rogarme nada sino porque estaba en casa, en el piso, jugando con mi hijo Matteo. Y aquí está, al fin, la clave de todo: Teo adora a Ingrid, ella lo adora a él y a mí me hace bien que ellos estén bien.

El amor, lo creas o no, te jode la vida.

***

La mañana del 27 de marzo reuní teléfonos y correos: el consulado de Guatemala en Washington, DC, escritores y cronistas guatemaltecos, medios del país. Pedí en mi muro de Facebook cualquier ayuda posible para armar un mapa de ideas, pues aun apuntaba más o menos a ciegas. Envié un mensaje por Facebook a un fotógrafo y a un cronista mexicanos pidiendo contactos en organizaciones de apoyo a los migrantes a ambos lados del río Bravo, pues no tenía constancia de que Orfilia y Édgar efectivamente hubieran dejado Reynosa, su último punto de descanso en México antes de Estados Unidos. Hice lo mismo con una amiga académica en El Paso, una periodista en California y un par de colegas en Arizona.

Las respuestas llegaron pronto: había lanzado mi red a un mar cargado. Una colega que vive en Lima, Lizzy Cantú, movilizó a su familia en Reynosa; si los chicos estaban allí, ayudarían a ubicarlos. Su amiga Iriela disponía de los teléfonos de Juanita Valdez-Cox, una de las principales activistas del Rio Grande Valley, miembro de la organización de César Chávez, La Unión del Pueblo Entero, en San Juan, Texas. Buscar a dos guatemaltecos como Orfilia y Édgar era complejo —la mayoría de las organizaciones, porque son mayoría, trabaja con migrantes mexicanos— pero podía contactar a Mike Seifert, un ex sacerdote marista que fue pastor de San Felipe de Jesús, una parroquia en Cameron Park, la sección más pobre de Brownsville, ciudad espejo de Matamoros y zona de paso de legiones de chapines.

Rafael Acosta, un joven escritor mexicano, me enlazó con Orlando Lara, un activista del lado texano que me recomendó llamar a la patrulla fronteriza. Hasta entonces, sólo sabía que Orfilia y Édgar habían sido abandonados por los coyotes en el área de Falfurrias, muy probablemente antes del punto de control fronterizo. La oficial que me atendió fue práctica: como no era familiar, no me daría ninguna información por teléfono, así que mi mejor oportunidad era rastrear a los chicos por intermedio del consulado de Guatemala en McAllen.

En un par de horas los mensajes en Facebook eran pan en el agua. Una periodista mexicana que vive en la India me envía el teléfono de su padre, activista en Los Ángeles. Desde Cuba, un estudiante de periodismo en la Universidad de La Habana, recomienda que contrate a un abogado especializado en migración que vive a unas pocas cuadras de mi casa. Tenía teléfonos, correos, direcciones postales, PO boxes, nombres y apellidos de los Border Angels, los Dreamers de Arizona y California, de organizaciones civiles de Austin y de Matamoros; grupos de cabildeo en Washington; las cuentas de correo personales de colegas en CNN, La Opinión, Univision. Una colega argentina que colabora con Mil Mujeres Legal Services se ofrecía a abrirme, en minutos, la puerta de la oficina del cónsul de Guatemala en la capital de Estados Unidos. En El Paso me avisaban de Casa Anunciación y me enviaban las coordenadas de las oficinas de Texas Rural Legal Aid en Weslaco y Edinburg para cuando Orfilia y Édgar precisaran asistencia legal en el estado. Desde Los Ángeles y Nueva York también confluían sobre Benigno Peña y la South Texas Immigration Coalition (STIC), con sede en Harlingen y una oficina en McAllen. Peña es desconfiado —ha denunciado haber recibido amenazas de grupos antiinmigrantes—, así que Eileen Truax, autora de Dreamers, un libro sobre los jóvenes estadounidenses hijos de papás sin papeles, habló a su oficina y les adelantó los detalles del caso. Yo llamaría en cuanto pudiera; esperaban por mí.

Dios: esta gente está loca. Ser solidario parece más fácil que hablar.

***

Cuando la información nos somete parece que estamos en un cuarto lleno de personas hablando alto al mismo tiempo. Tomé el camino directo y llamé al consulado de Guatemala en McAllen. Tenía todo el sentido del mundo: estaba en la ciudad que había sido punto de partida de Orfilia y Édgar y en el mismo estado donde habían desaparecido. En menos de tres minutos se presenta al otro lado de la línea Alba Cáceres, cónsul.

—Esto es lo que sé —le digo—: salieron de McAllen el miércoles 20 de marzo, y no se sabe más. Tenían que rodear o cruzar una cerca o un control. Iban, tengo entendido, por la zona de Falfurrias, el último lugar donde los vieron.
—Deme los nombres.

Cáceres ingresa el nombre de Orfilia en su computadora.

—La semana pasada exhumaron dieciocho cuerpos en esa zona, en Falfurrias —dice, mientras revisa en la web del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, el ICE.
—¿Perdón?

La cónsul no me oye; hace una pausa.

—Contó con suerte, aquí está: a la chica la procesaron ayer. Está en custodia. Lo acaban de subir al sistema. ¿Orfilia Mélita, no?
—Sí.
—Bien, nosotros podemos pedir una entrevista. Posiblemente le den la llamada de cortesía hoy, a ella. ¿Tiene familia aquí? —digo que sí— Del chico, en cambio… ¿Nufio? Nufio, Édgar… De él todavía no hay nada, no fue procesado si estaba con ella. ¿Estaba con ella?
—Sí, sí, se perdieron juntos. Desaparecidos en el área de Falfurrias, los dos.

La cónsul me responde con la nada delicada brutalidad de las certezas:

—Tuvieron suerte, de verdad, porque cuando uno se pierde en Falfurrias, no se pierde: se muere.

***

Falfurrias. Cada vez que busco datos del pueblo —cinco mil habitantes, un grano en la piel de Texas—, encontré historias formadas con un brevísimo diccionario de palabras giratorias: “tráfico”, “inmigrante ilegal”, “drogas”, “Zetas”, “patrulla fronteriza”, “cadáveres”, “México”, “mexicanos”.

Una periodista de la Costa Este me da el nombre con que los activistas nombran a la zona: “La correa de la muerte de McAllen”. Los medios no saben bien cuánta gente pierde la vida allí; nada más parece ser mucha. Cuando un cuerpo desaparece bajo tierra o se lo comen las alimañas, sólo fue una persona para los suyos y cercanos: para el resto es olvido; para las oficinas públicas, estadística.

En Facebook encontré la página del Falfurrias Border Patrol Checkpoint. A fines de 2012, Kevin Keiser, un hombre semicalvo que pasó por allí, subió una foto con su celular. Se ve el túnel de chapa donde deben detenerse todos los autos para verificación y, a la izquierda, un cartel elevado, un anuncio orgulloso.

Arriba dice: “Falfurrias Checkpoint. Thanks for your support of America’s frontline”. Y debajo, en una letra que grita:

Procedimientos en el año:

Drogas: 15962 libras.

Extranjeros indocumentados: 2661.

La tabla de los méritos de quienes controlan las fronteras parecen las estadísticas personales de un catcher de béisbol. O peor: incautar plantas psicotrópicas y seres humanos son una misma práctica contable.

***

La pregunta más veces respondida es qué hace a alguien correr tanto riesgo.

Elijo ésta: tu vida, otras vidas.

Champas Corrientes es el pueblo llano de ranchos de adobe y palma y pisos de tierra en la costa caribe donde nacieron Ingrid y Orfilia. Hacia el sur, Champas tiene las faldas de unos cerros hinchados de verde: el límite invisible que supone que, del otro lado de la ladera, hay un país hundido en violencia llamado Honduras y, de éste, otro muy golpeado que hoy es Guatemala y supo ser Guatepeor.

A los veintitantos, Ingrid y Edgardo, su hombre, trabajaban con ganado y en las milpas y los campos frijoleros. Edgardo ordeñaba cuarenta y cuatro de las noventa y nueve vacas de su padre. Por tener, Ingrid y él primero tuvieron unas manzanas de tierra para plantar. Por tener, tuvieron una hija, Vanessa. Por tener, tres años después, sumaron a Robinson. Por tener, también, Edgardo decidió ampliar el plan y un día de hace una década cruzó todo México y todo el sur de Estados Unidos y llegó al estado de Maryland, los jardines de Washington, DC. Cuando Edgardo partió, Robinson tenía un año y no supo nada; Vanessa tenía más y se enfermó.

—De tristeza —dice Ingrid, hoy, aquí.

Ingrid siguió al marido cuatro años después. Quince días entre la salida de Champas y la llegada a Union Station, la estación de autobuses de la capital de Estados Unidos. El auto del coyote que la llevó de Champas a la frontera sur de México casi se da vuelta en una curva y la deja a medio camino con una embarazada de ocho meses y dos niños pequeños, compañía circunstancial de viaje, otros locos. En Palenque sirvió comidas para dieciocho migrantes que dormían en el piso de una casa sin mesas ni sillas y un solo baño. En Matamoros pasó toda una noche en una habitación sin luz ni agua ni colchón ni pintura ni revoque ni nada. Cruzó el río Grande a plena luz del día montada en un neumático de camión, un flotador que tiraba un tipo flaco como una rama. Ya en Texas, mientras el agua se llevaba la mugre y su ropa vieja, se desnudó y cambió a la vera del río y se vistió con sus ropas limpias pero usando el nombre de otra persona: Ingrid cruzó con papeles comprados. Cuando llegó a Migraciones, el policía —ancho, blanco y en uniforme azul— la miró con desinterés.

—¿De dónde vienes?
—De Honduras.
—¿Por qué vienes?
—Turista.

Un tiempo después sus papeles ya no servían pero ella ya estaba en Silver Spring, una ciudad dormitorio de Maryland, y trabajaba. Primero barrió oficinas, luego pasó a un restaurante de comida rápida, más tarde —y por varios años— en el edificio donde vivo yo. Allí nos conocimos, allí encontró en mi hijo un pedacito de los suyos, que ya tienen doce y diez años y a los que, desde 2005, ve crecer a través de Skype. Allí, en casa, fue donde una mañana de domingo me miró con la cara de los entusiastas: la sonrisa reventándole los cachetes.

—Orfilia, la Mélita, mi hermana: me la estoy trayendo.

***

Es simple: uno aprende de lo que vive. Los pobres más pobres de Centroamérica se montan a “La Bestia”, el tren de carga que corta México de sur a norte, y donde a muchas las violarán y a muchos los asesinarán. Los que tienen dinero, se montan a los aviones. Ingrid cruzó México como un migrante de clase media: juntó siete mil dólares para ganarse el derecho de clavar el trasero en tres autos y llegar, con documentos, hasta la capital de Estados Unidos. Para ella no hubo narco, para ella no hubo secuestros, para ella no existieron decapitaciones. Nadie abusó de su cuerpo y una familia de coyoteros se la llevó a dormir en un cómodo sofá en la sala de su casa de dos pisos y cinco habitaciones.

¿Por qué no iba a ser igual para Orfilia y Édgar?

***

¿A quién pertenece una vida, si a alguien le pertenece?

Llamo a Ingrid: encontraron a Orfilia, le digo. Está detenida en Falfurrias, tal vez la trasladen a Port Isabel, unos kilómetros al sur y sobre la costa, a tiro de Matamoros. Parece que está bien. Fue ayer mismo.

Es la primera vez en mi vida que me alivia que alguien que no es un criminal esté preso. Las dos medialunas del insomnio de Ingrid me impresionaban a mí —y yo las porto a diario—, pero esa noche, tras la charla, la mujer pegó un ojo: dejó el otro abierto para esperar noticias de Édgar.

Pero primero, esa tarde, por teléfono, cuando ya le había contado todo lo que sabía de su hermana por la cónsul, ella me abrió los ojos a mí.

—Don Diego —dijo—, usté me sacó las ganas de llorar.

Estaba solo en casa; mi mujer y Teo jugaban en el parque. Corté y me fui al cuarto. Vivo en un piso dieciséis: desde mi ventana se ven Somerset, Bethesda, los bosques de Maryland. Bebo un aire limpio todo el puto día. Mucha luz.

Mi excusa será ésa: tanta claridad daña el iris. Lloré como hacía años no lloraba.

***

Llega un e-mail de Lara, el activista del sur. Asunto: “Preguntas para pelear los casos”. Me pide los nombres, las fechas de nacimiento, el número de los casos de deportación de Orfilia y de Édgar. Cuándo entraron a Estados Unidos. ¿Vinieron con visa, los atraparon en la frontera? ¿Hay, por si acaso, algún miembro de la familia —hijos, esposa o esposo, parientes— que sean ciudadanos estadounidenses? ¿Residentes? Las últimas líneas eran para preguntar si los detuvieron por un cargo criminal, y, si era así, cuál.

El activista, Lara, es voluntarioso. Me dice que “lo más importante” es que Ingrid esté dispuesta a participar en el caso, y también la familia, de manera pública, así sean indocumentados. “Mucha de la presión viene de la participación de los medios y en la comunidad”. Estoy de acuerdo, lo veo a diario: los Dreamers de Arizona, un vasto grupo de jóvenes que busca convertirse en ciudadanos plenos, son máquinas de producir hechos para que los medios presten atención. Charlas, conferencias, talleres. Manifestaciones. Estuvieron detrás de la gran marcha hispana, en Washington y a mediados de abril, por la reforma migratoria. Sus seguidores, convencidos de estar en el camino correcto, se pasean con playeras que dicen “Soy indocumentado” por las mismas calles de Maricopa County que patrulla el sheriff Joe Arpaio, un perseguidor fiero de migrantes sin papeles. Erika Andiola, su vocera más conocida, una chica de veintitantos que llegó de México con menos de doce, se plantó frente a la cámara de su computadora y se grabó en llanto pleno minutos después de que el ICE se llevara detenidos a su madre y hermano en la puerta de su casa, en Phoenix. Su video se hizo viral en YouTube, ella organizó en la noche a veinte activistas y en menos de cuarenta y ocho horas congresistas, representantes y los medios tenían correos, gente con pancartas y tuits saltando frente a sus ojos. El hermano fue liberado de inmediato y la mamá unas horas más tarde, cuando el autobús en el que la deportaban ya rodaba rumbo a la frontera. Eso es activismo, compromiso, lo que llaman —con todo derecho y razón— la lucha.

“No sé su disposición a hacerse pública —respondo al activista—. Ingrid es tímida y tiene miedo”.

No le dije que le aterra respirar cerca de un policía. Lara, el activista, me pide que hable con ella, y yo, ese mismo día, hablo.

***

Literalmente, hablo. Solo. Un monólogo.

—Es así, Ingrid: si apareces en los medios, puede ayudar al caso. No hay certeza, claro —reculo—, de que los liberen, de que se queden. Pero he visto cómo operan las organizaciones, y logran que el caso se haga conocido. Eso puede ayudar.
—…

Ingrid está en el corte del almuerzo, trabaja a una calle de mi edificio.

—¿Por qué no vienes a casa y te doy detalles?
—…
—Eso sí, claro, debes estar convencida para hacerlo. ¿Te parece?
—…
—En fin, ven y te cuento. Pros y contras. Avísame.
—…

***

La primavera comenzó en fecha. Los árboles tenían pequeños brotes verdes, listos para reventar, pero entonces, un día, de la nada, un océano de frío bajó de Canadá, y nevó. Cinco centímetros de película blanca después, el verdeo estaba reseco y las ramas de los árboles volvían a ser pelados huesos negros.

Una semana más tarde, ya con un sol amable, vuelven a asomar. Sé que las plantas son sensibles pero evito exagerar y, sin embargo, creo que tienen miedo de mostrar mucho.

Uno aprende cuando se quema, sí, pero después del invierno algo siempre debe florecer.

***

Una fea interpelación, ésta: ¿qué hace uno cuando sabe que debe hacer lo correcto pero no puede o —tal vez, quizá— no quiere? Varias veces un día Ingrid marcó mi número y yo lo dejé sonar. Debía escribir, trabajar, editar; se me iban como viento las horas persiguiendo burócratas, señoras, señores. Ocuparme de alguien más me superaba. Varias veces y varios días, dudé de mandar un e-mail, me eché atrás en la silla, miré por la ventana para decidir si seguía o no. Pero entonces recordaba a mi hijo y veía a Ingrid con él, aún dominada por el insomnio y el miedo, y volvía a tomar aire.

De tanto en tanto, antes y después de esas horas negras, Ingrid me ha llamado para contarme detalle de cada cosa que hace, la mayoría intrascendente, ruido en la línea, los minutos de la basura.

—Y usté, don Diego, ¿qué piensa que debo hacer?
—¿Qué le parece, don Diego?
—¿Don Diego, qué?

Y yo, bueno.

La impotencia es un río crecido. Paraliza y arrastra, ahoga. Cada brazada para salir puede hundirte más.

***

Se acaba marzo, e Ingrid tiene un abogado en DC. Habló con él. No sé cómo lo encontró. (Me lo dice, pero lo olvido: estoy escribiendo un libro, ayudo en la edición de otro, preparo dos textos para dos revistas, negocio tres: mi demasiado poco importante vida; mi excusa.) Le reitero que tengo un e-mail para que se mueva, que hable con medios, que dé información.

—Yo tengo dos parientes que son residentes —responde—. El tío Carlos, que vive en Nueva York, y un medio hermano, Johnny.
—Tal vez eso pueda ayudar a tu hermana y tu sobrino.
—¿Usted cree? ¿Los podrán sacar?

En esos días, llamo al consulado de Guatemala en McAllen. La cónsul, que había sido amable y solícita a mis anteriores pedidos de periodista, no está disponible. Dos veces en una junta; fuera de la oficina, la otra. El personal me resuelve la duda: Édgar. Ocupados con Orfilia, por varios días nadie supo del chico. Ingrid me lo recordaba a diario y yo a diario entraba a la web de los agentes fronterizos del ICE. (Paréntesis: las siglas ICE se escriben en inglés igual que la palabra “hielo”. Fin de paréntesis.) En vano ingresaba variantes de su nombre en la pestaña de búsquedas. Édgar Nufio. Édgar Villanueva. Alexander Villanueva. Édgar Alexander, Alexander Édgar. Édgar (o Alexander) Nufio-Villanueva. Alexander Nufio, Nufio Alexander. Cero. El chico no existía.

Fue una secretaria del consulado, Ema, quien lo sacó del limbo: Édgar está preso en San Antonio. La noticia me relaja —no pregunto cómo lo supieron ni qué pasos siguen—, cuelgo y llamo de inmediato a Ingrid, que se contenta, la voz otra vez fresca.

—Ay, Dios mío.

En medio de la charla, en el entusiasmo, vuelve su interés hacia mí. No tiene documentos en el país, la atemoriza cualquier autoridad, no habla inglés ni sabe manejarse con internet ni las burocracias. Soy, para ella, el cabo seguro. Me pide que siga, que no me detenga.

—Usted sabe, don Diego.
—Yo…
—Yo le pago.
—Ingrid, por favor…
—Le pago, don Diego.

***

Dinero.

O cifras. Mientras los que discuten cuentan la plata y los votos, la crisis humanitaria espía por la ventana: no parece invitada a la sesión. Por mucho tiempo, las personas que cruzan las fronteras pueden ser aritmética para lanzar sobre la mesa de un campeonato de matemática política. Migrantes indocumentados que viven en Estados Unidos: 11.5 millones. Mexicanos apresados por migraciones: un millón en 2002, la mitad en 2011. Guatemaltecos: 8300 en 2002, casi cinco veces más en 2011. Niños que llegaron sin documentos al país: 1.7 millones. Personas muertas tras cruzar la frontera: 5600 entre 1984 y 2009. Deportados en 2011: 392000. Retornados a su país sin juicio de deportación, mismo año: otros 324000. Convictos deportados en 2012: 191000.

Balance neto de la migración indocumentada: positivo. Dicen los liberales de Brookings Institution: cuesta en impuestos por uso de servicios, pero la migración de desempapelados genera mayor volumen de ingresos asociados, eleva la productividad, baja los precios de la economía, sube la demanda. Dicen los conservadores del Cato Institute: si se legalizaran los inmigrantes poco calificados, la economía sumaría ciento ochenta mil millones de dólares en diez años.

Dinero.

En 2011, por una ley que persigue a los migrantes indocumentados, el estado de Alabama perdió ochenta mil trabajadores agrícolas y negocios por once mil millones de dólares, de acuerdo con un estudio de la Universidad de Alabama. Nadie quiere ir al campo excepto el que cruza jodido del otro lado. Alguien tiene que hacer el trabajo de alimentar a otros.

Dinero.

Y sí: tenemos que sentir la crisis pero también debemos pesarla, medirla, contarla. Y cortarla y venderla en trocitos digeribles para no atragantar.

Hablar de la gente es más difícil que eso: las historias se repiten tanto que parecen ya una sola. Otra vez: lo que se repite se normaliza. Nos acostumbramos a la brutalidad.

***

Lunes: llamo a la oficina del activista Benigno Peña en Texas.

Consigo el teléfono del Proyecto Libertad: trabajan —o trabajaban— con inmigrantes centroamericanos. Si alguien puede dar soporte local a Ingrid en Texas, es gente que ha manejado casos de hombres, mujeres y niños de El Salvador, Honduras, Guatemala y Nicaragua. Circulo el número: tengo ya siete asociaciones que pueden estar a disposición de la familia.

Llamo al Pro Bono Asylum Representation Project (ProBAR), otro centro de asistencia legal a centroamericanos. Un chico joven busca los datos de Orfilia y Édgar. No encuentra nada que yo no sepa. Repito lo mío: que busco asistencia legal, que el dinero de Ingrid es poco, que no tiene a nadie en el sur. Toma mis datos —lo hace de buen modo, todos lo hacen de buen modo: nunca he visto tanta delicadeza— y sugiere que también pruebe en DC, que hay muchas organizaciones, que allí el cabildeo latino está creciendo, que la Iglesia católica, que los activistas, que…

Por darle una noticia —por decirle algo—, cuento a Ingrid que tengo más teléfonos de activistas, amigos que se ofrecen a ayudar, abogados, periodistas, mi mundito. Ingrid ha venido a casa en una escapada del trabajo. Viste los jeans ceñidos y la camiseta blanca de siempre y, encima, el mismo delantal azul de las muchachas que trabajan en cualquier casa de la ciudad de México. En el bolsillo del delantal trae el handy del trabajo —Robert, Robert… I need a screwdriver— y una bolsa de nylon con fotos: Orfilia y Édgar.

Por primera vez los veo. Hasta entonces, mi proyecto de bondad social era una descripción en palabras, nada de qué asirse. Ahora mis aliens favoritos son una imagen en papel mate; empiezan a parecer reales.

Orfilia viste como Ingrid: jeans pegados al cuerpo, tank top azul, el cabello negro apenas por encima de los hombros. Parece baja. Tiene los ojos negros ¿desanimados, aburridos, cansados, distantes? Está en una plaza, abraza a una niña: Vanessa, la hija de Ingrid. Vanessa sonríe y sonríe lindo; Orfilia no hace una mueca. Detrás de las dos mujeres hay una iglesia blanca, un árbol mediano y flores rojas y amarillas. Hay sol; es algún lugar en Guatemala.

Édgar viste una toga y un birrete con borla de color negro. Es su graduación, un día de 2011. Édgar estudió en el Instituto Tecnológico Henry Ford de Esquipulas, un terciario donde enseñan mecánica automotriz y dibujo técnico y de construcción. En una de las imágenes camina por debajo de una guardia de banderas y parece sorprendido por la toma. En otra, mira a la cámara con el mentón elevado y los párpados semicaídos, como si desafiase a algo. A la vida, tal vez —es tan joven.

Envío esas fotos a una colega de Impacto Latin News de Nueva York, un periódico latino, y en pocas horas ella las sube a la web y las transfiere al National Council of La Raza, a la red de activistas Presente y a la organización de abogados para latinos MALDEF. También subo un recorte de los rostros de los chicos a mi muro de Facebook y, junto a las imágenes, escribo una nota para contar las últimas noticias y agradecer a quienes han ayudado con contactos y, sobre todo, tiempo.

Entonces, de repente, la incomodidad.

Amigos y conocidos, movilizados por la historia que narro en setecientas palabras, hablan de mí como “un gran ser humano”, admiran mi compromiso, aplauden mi ayuda.

“Gracias, Diego, por tu sensibilidad”, dice Analía.

“Grande lo tuyo”, exagera Daniel.

“Diego Fonseca es alguien muy especial”: mi querida Pilar Marrero, de La Opinión en Los Ángeles.

“Gigante”: mi hermana Paula.

“Ahora Orfilia y Édgar sabrán de ti, y así cada vez más gente”: Blanquita, fuerza natural.

“Enorme”. “De gran nobleza”. “Qué bueno que estabas cerca de Ingrid”.

Me muevo en el asiento, se me hace un nudo la lengua: yo no hice nada más que hablar por teléfono varias veces y, si algo logré, fue gracias a contactos ajenos, nunca míos. No lo hice por compromiso con la humanidad: fue interés propio activado por carácter transitivo. Me gusta ver feliz a mi hijo y Teo lo es cuando juega con Ingrid, y no quiero ver mal a Ingrid porque, si ella está mal, mi hijo no está bien. ¿Puede el egoísmo ser una forma de la solidaridad?

***

Pasa un fin de semana, caen otros días.

Llamo a Ingrid por novedades de Orfilia y Édgar. Ha de estar limpiando oficinas en el edificio North Park porque la llamada entra directo al buzón de voz.

El mensaje de bienvenida no tiene su voz. Es Prince Royce cantando “Stand by Me”, de Lennon.

“When the night has come

And the land is dark

Y la luna es la luz que brilla ante mí

Miedo no, no tendré, oh I won’t, no me asustaré

Just as long as you stand, stand by me”

El valor de los contextos: un mes antes, ni una de esas líneas me significaba nada.

***

Ya no hay más abogado: ahora es abogada. Se la recomendó el suegro de su hermana Anita, la mamá de Édgar.

—Es de confianza —me dice Ingrid—. Hace cuatro años, a él le sacó a dos sobrinos de la cárcel.

Orfilia lleva más de dos semanas en el East Hidalgo Detention Center de La Villa, Texas. La abogada habló con ella el jueves 4 de abril.

—Vive en Houston, la abogada. Yo le dije todo lo que usted me dijo. Le pasé todos los datos y los números de cada caso. Así no le costó encontrar a los patojos, pero, de sacadita, para verlos y por charlar, me cobra mil quinientos dólares.

(¿Dijo “mil quinientos dólares”?)

—Voy a luchar, don Diego. Dios me ayudará a que salga bien. La cosa es que estos cipotes se queden.
—¿Cipotes?
—Así es, con “c” de zapatos.

Ingrid ríe.

—Bueno, la abogada habló con mi hermana, la Mélita, y evitó que la deportaran, vea. Ella ya había firmado una hoja a la policía y fíjese que hasta eso le ayudó.
—Qué bien, estás contenta, ¿no?
—Contenta, sí.

Pero, ahora, Ingrid no ríe.

—¿Usted sabe, don Diego, que ni cobija le dieron a la Mélita en esa cárcel ingrata? Ayer recién le dieron la primera sábana. ¡Santo Dios! Me quedé sorprendida y asustada. ¡No tenía cómo taparse ni un dedo de los pies! ¿Hace frío allá?

Digo que no mucho, pero igual siempre es bueno tener algo para la noche.

—Hay que pedirle a Dios que nos ayude, don Diego.

Eso, que dios, que no creo, ayude.

—Del que sigo sin saber nada es del Edgardito. No sé dónde lo pasaron, no estaba con la Mélita. El lunes la abogada va a ver qué pasa. ¿Usté puede ver algo?

Digo que sí: estoy frente a la computadora. En el Sistema de Detección en Línea de Detenidos del ice tipeo “205-320-XXX”, el número en que Édgar se convirtió. La página me pide un captcha y, en nada, responde:

“Not in custody”.

—¿Y eso, don Diego?

Trato de ser cauto. “Not in custody”, explico, significa una de cuatro opciones: que Édgar —”el individuo”— fue liberado de la custodia del ice porque “dejó voluntariamente” Estados Unidos, porque su caso está pendiente, porque su caso fue resuelto y recibió permiso para quedarse en el país o porque fue transferido a otra agencia de la ley.

Ingrid ya no ríe.

—¿Y eso significa que me lo han enviado de vuelta al Edgarcito?

Elijo seguir siendo cauto: lo mejor es no apresurarse, digo, la abogada debe saber más.

—Lo importante es que el chico sobrevivió al desierto y a todo lo malo que pudo pasar. Y si quiere, puede volver a intentarlo.

Ingrid, de súbito, parece sonreír.

—¡Quiere! Cuando estaban en McAllen, me dijo clarito: “Si caigo, tía, yo me regreso”.

Yo no sé si reír o no.

***

A las 9:08 pm del viernes 5 de abril, cuando los Houston Rockets comienzan a bombardear balones a la canasta de los Blazers de Portland, entra un SMS al celular de mi mujer:

Mujer.buenasnochez.lecuento.que.Ace2.minutos.meyamo.mi.hermana.quebayegando.su.hijo.aguatemala.

ya.esta.consufamilia.El.muchacho.

La barba de James Harden atropelló a Houston, 116-98. Buena noche, buen juego.

No llamé a Ingrid.

Días sin noticias. Hablo con Ingrid, por hablar.

—¿Te acuerdas que una vez me dijiste que querías traer a tus hijos? ¿Sigues pensando igual?
—¡Ay, cállese! Mejor me estoy quieta o me van a terminar de matar los sustos. Ganas no me faltan. Si lo que daría porque mis niños estuvieran aquí. Si cuando yo voy a su casa, don Diego, es una alegría muy grande recibir un abrazo y un besito del niño. ¿Me le manda un beso a mi niño, vea?

***

“¿Recuerdas cuando dije que te iba a explicar acerca de la vida, amigo? Bueno, la cosa acerca de la vida, es que se pone rara. La gente siempre está hablándote de la verdad. Todo el mundo sabe siempre cuál es la verdad, como si fuera papel higiénico o algo así, y ellos tienen proveedor en el armario. Pero lo que aprendes, a medida que envejeces, es que no hay ninguna verdad. Todo lo que hay es una mierda, y perdona mi vulgaridad. Capas de mierda. Una capa de mierda encima de otra. Y lo que haces en la vida cuando te haces mayor es escoger la capa de mierda que prefieras y ésa es tu mierda, por así decirlo”.

En Héroe por accidente, Dustin Hoffman es el perdedor más convincente que he conocido y su nombre dignifica y sintetiza la derrota —alguien que se llama Bernie Laplante debe esforzarse mucho para triunfar en algo.

Laplante fue un héroe muy a su pesar: salvó a varias personas de morir en un accidente de aviación. Los medios le dieron el crédito a John Bubber, más joven, más televisivo, más vendedor. Laplante no se quejó: lo suyo era evitar figuraciones innecesarias. Derrotarse solo antes de ser derrotado.

“Tu padre es Bernie Laplante —dijo un día la ex esposa al hijo de ambos—. Va en contra de su religión asomar la cabeza”.

No me siento ni uno ni otro —no me dejo ganar fácilmente por mi Bernie Laplante interior ni tomo crédito que no me corresponda como John Bubber— pero no puedo borrar el recuerdo de Héroe por accidente desde el día en que, tras pedir ayuda por Facebook para Orfilia y Édgar, mis amigos y conocidos convirtieron a mi Bernie Laplante interior en mi John Bubber público.

Por ese runrún, desde que supe sobre la situación de Orfilia y la deportación de Édgar, no volví a publicar nada en Facebook ni en Twitter. No quiero —aunque no sé si no lo haré nunca—. Sé, sí, que he ayudado, que he sido el gránulo en la masa arenosa, pero también sé que pude abrir puertas porque quienes conocen sus cerraduras me dieron las combinaciones. No he hecho nada que alguien más con dos segundos de tranquilidad no hubiera hecho. Me asignaron informalmente la incomodidad del salvador cuando lo que sucedió fue una sucesión de decisiones individuales dentro de una red.

—Lo mío no fue nada heroico —al fin le digo a Ingrid una tarde, un poco cansado.

Ella no duda.

—Para mí, sí.

Yo no quiero escuchar. En ese momento, sí quiero actuar como Bernie Laplante: separarme del asunto, dejar todo en manos adecuadas. ¿No es acaso, Ingrid, la verdadera heroína? ¿No es ella quien dio cada paso por esos chicos, quien perdió el sueño, empeñó sus ahorros, lloró lo indecible, le rezó a su Dios y a sus santos?

Por primera vez en mucho tiempo, Ingrid habla en un tono decidido.

—Vea, yo en este momento tengo delante esta estampa: “Yo soy el pan vivo bajado del Cielo. El que coma este pan vivirá para siempre. El pan que Yo daré es mi carne, y la daré para la vida del mundo”. Cuando todo esto empezó yo llamé a su señora esposa y ella me dijo que le hable, que usted sabría ayudarme. Y ese día que le hablé mis ojos se llenaban de agua, don Diego. Pero desde ese día que usted averiguó de la Mélita y del Edgarcito, yo ya me sentí diferente. Mejor. Así que para mí sí fue importante. Que Dios me lo guarde, don Diego.

Dice John Bubber a Bernie Laplante, cuando éste lo convence de que asuma su rol como el héroe involuntario:

“Entonces, ¿no quieres el crédito?”.

Responde Laplante:

“Yo no tomo crédito. Soy más de efectivo”.

Psss.

***

Devolvieron a Édgar a Guatemala hace más de una semana e Ingrid no llamó una sola vez. Marqué un par de veces, di siempre con Lennon: la casilla de mensajes de voz estaba llena. Finalmente, la tarde calurosa de un miércoles de abril, Ingrid levanta mi —¿cuarta, quinta?— llamada. La abogada ya manejaba todo, pero tampoco había grandes novedades de su lado. Cuando las tuviera, le dijo, se las informaría. Ingrid —y el caso— entraban en el balanceo suave de los barcos anclados, sometidos a lo que el clima —la ley— dicte. A mí también me mecía: había tomado distancia desde que la abogada manejaba el caso. Era lo que quería, al cabo, pero, igual, no podía dejar de llamar a Ingrid, como si no hubiera otra cosa que hacer —como si fuera a hacer otra cosa.

—¿Hablaste con tu hermana?

Ingrid responde corta de palabras.

—Ayer, don Diego.
—¿Y?
—No mucho. Nada.

Demasiado corta de palabras.

—¿Nada?
—Bueno —parece revolverse incómoda, como si hablase con alguien a su lado: como si no quisiera hablar conmigo—, usté sabe lo que dicen, que lo que uno habla lo graban…

Esto supongo: Ingrid cree que alguien puede estar grabándonos también. La idea se me cruza como un golpe de viento: mi barco se sacude un poco, inquieto e inseguro.

—Ah —respondo.
—Sí.
—OK. Entonces…
—Bueno…
—¿Hablamos, no? Acá, en casa, digo, no sé…
—Sí…
—Digo, no por teléfono.
—Sí, sí, claro. Claro. Claro.
—Hasta luego, Ingrid.
—Hasta luego, don Diego.

Ingrid cuelga y yo me quedo en la línea esperando oír un segundo clic, el de los espías. Lo único que escucho es el eco de mi respiración en el vacío que deja una llamada terminada. Barcos hundidos.

Édgar está con su familia, en casa, cobijado. Pero no es un lugar en el que quiera quedarse: años atrás, su padre, el primer Édgar, fue asesinado por dos sicarios. Le dispararon por la espalda cuando entraba a la iglesia. Un medio hermano comenzó a llamar a Anita, la hermana de Ingrid y mamá de Édgar, para pedirle dinero a cambio, decía, de permitirle vivir: si no estaba tras la muerte del marido, estaba tras lo que quedase. Anita tomó a sus hijos y se marchó de la ciudad. Édgar no quiere nada de aquella suerte. Si dice lo que dijo, se volverá a jugar la vida en el desierto. Falfurrias parece dar más chances de sobrevivir que su pueblo en Guatepeor.

La estadía de Orfilia puede tomar meses, pues, con su abogada, la patoja ha desafiado el proceso de deportación y discute quedarse. Casi a mediados de abril, Orfilia pasó de East Hidalgo Detention Center, en La Villa, el complejo de quince barracones rectangulares casi en el límite de Texas con México, al T. Don Hutto Residential Center, una cárcel privada para mujeres inmigrantes que es el cuarto empleador de Taylor, un pueblo de catorce mil habitantes, unos kilómetros al norte de San Antonio. En aquel pueblo, donde aun predominan los blancos de ascendencia eslava, la cárcel es territorio latino, dentro y fuera. Sus directores se llaman Enrique Lucero y Francisco Venegas.

Intento informarle a Ingrid que su hermana ya no está en La Villa sino en la cárcel de Taylor, pero, cada vez, me topo con la barrera de la casilla de mensajes. Cuando pasa, allí está otra vez Prince Royce cantando a Lennon, diciéndome “Stand by Me”. Sin embargo, un jueves, la canción se me presenta más breve.

“When the night has come

And the land is dark

Y la luna es la luz que brilla ante mí”

Y ya. Faltan los versos finales:

“Miedo no, no tendré, oh I won’t, no me asustaré

Just as long as you stand, stand by me”

“No tendré miedo, no me asustaré, mientras estés a mi lado.”

La providencia —o mi estupidez o mi culpa o la tonta casualidad— me hacen creer que hay un feo mensaje allí. Que, por un lado, mi tibieza tal vez ya no sea necesaria para Ingrid y Orfilia, y eso resultaría muy cómodo para mí. O bien, en el peor de los casos, que el miedo y el susto ganaron la partida. Y eso sería siempre incómodo para todos.

La tarde de su condena por genocida, a Efraín Ríos Montt le recibieron en la sala de audiencias con aplausos y gritos de viva Guatemala. No eran aún las 4 y una treintena de familiares y seguidores se soltó a vitorearle en su camino al banquillo. Nunca, en ninguno de los días del juicio, había tenido el anciano exdictador tanto respaldo en la sala, a 30 personas arropándolo. Los aplausos solo tardaron unos segundos en quedar sepultados bajo un breve pero eficaz manto de abucheos. La mayor parte de las 500 personas que abarrotaban el salón, las que ocupaban asientos, gradas y pasillos, las decenas reunidas en la plaza que se abre frente al edificio de la Corte Suprema de Guatemala con ganas frustradas de entrar, estaban allí para condenar a Ríos Montt.

Miente quien diga que la tarde del viernes 10 de mayo no esperaba una condena. Los mismos defensores del general retirado la habían anunciado el día antes, en su caso como una supuesta prueba de prejuicio del tribunal, de injusticia. Durante semanas habían denunciado que el proceso era “un linchamiento jurídico” y que la sentencia contra Ríos Montt, gobernante de facto en Guatemala entre marzo de 1982 y agosto de 1983, y contra su exjefe de Inteligencia, Mauricio Rodríguez Sánchez, acusados ambos de genocidio y crímenes contra la humanidad, ya estaba escrita. Y habían anticipado la intención de apelarla.

Los partidarios del castigo lo consideraban, en cambio, una consecuencia lógica de la avalancha de testimonios, pruebas y peritajes presentados por los acusadores para probar que la muerte de más de 1,770 indígenas ixiles, el desplazamiento de decenas de miles, y su persecución y tortura con la excusa de su supuesta vinculación con la guerrilla, constituían un plan de exterminio. En más de un mes de juicio, la defensa se había mostrado torpe en la sala de audiencias, aunque agresiva en los pasillos de las cortes de apelaciones; había estado más interesada en frenar el juicio o anularlo que en probar la inocencia de sus defendidos. Durante las últimas tres semanas había logrado constantes suspensiones del juicio, que en algún momento pareció estar herido de muerte. Pero no. En tres días la jueza Yassmín Barrios había esquivado trabas legales, precipitado el fin del debate público y dejado el caso visto para sentencia.

Barrios ya tenía como credencial de carácter el haber condenado en 2001 a los asesinos del obispo Juan Gerardi, y había demostrado desde el inicio del juicio el 19 de marzo un evidente interés en escuchar testimonios y dictar sentencia lo antes posible. Enzarzada en una batalla personal contra los intereses políticos opuestos por años a la tesis histórica del genocidio, que ahora trataban junto a la defensa de detener el juicio, en las últimas jornadas la jueza había interpretado de forma claramente restrictiva cada posición de la Corte de Constitucionalidad o cada derecho de los acusados y sus abogados que pudiera implicar una nueva suspensión. Ninguna de las posibles razones -apegadas a la ética y al derecho o no- a las que se pudiera atribuir al deseo de Barrios por dictar sentencia favorecían al exdictador.

Por eso la mayoría de los presentes en esa sala el viernes 10 a las 4 de la tarde se sabían parte de un pedazo de historia. Y ansiaban ver el gesto del general en el momento preciso en que por fin escuchara la sentencia. Pero una cerrada barrera de fotógrafos volcados al acecho de ese mismo morbo ocultó desde el primer minuto a Ríos Montt y a sus abogados, y el público, privado de la tentación del escarnio, sin esa distracción, quedó a solas con las palabras de la jueza, obligado a masticarlas en absoluto silencio como si las escuchara por radio.

La nueva verdad histórica

Barrios comenzó la lectura de la sentencia con ritmo vivo, tras anunciar que se trataba de una versión condensada de la misma y que la sentencia completa se haría llegar a las partes el viernes 17 de mayo. Desde los primeros compases fue obvio que daba por válidas las pruebas y argumentos de la acusación: “… a los ixiles se les estigmatizó para exterminarlos…”; “… el ejército no hizo diferencia entre población civil y gente armada…”; “… se persiguió la creación de un nuevo modelo de indígena…”; “… matarlos de hambre…” La sala permanecía muda. Sentada en la cuarta fila, entre decenas de mujeres ixiles y de otras etnias mayas, la premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú se frotaba nerviosa las manos, con cierto disimulo, y no dejaba de hacer temblar la pierna derecha. Los labios fruncidos. La mirada al suelo, arriba, de nuevo al suelo…

A las 4:13 de la tarde, tras la detallada enumeración de hechos, Yassmín Barrios afirmó por primera vez en la historia que en Guatemala se había cometido el delito de genocidio. Lo repetiría a las 4:37. Y varias veces más hasta el final de su sentencia. Silencio aún. Solo miradas cruzadas entre quienes, ante el nacimiento de una nueva historia oficial en Guatemala, necesitaban confirmar que habían escuchado bien. Soplidos, miradas, pero ni una palabra. Solo las de Barrios.

Como brotes en ese huerto de tensión, comenzaron a rodar las lágrimas de algunas de las víctimas. Primero una mujer de rostro triste e inmutable, sentada en la cuarta fila justo al lado de Rigoberta Menchú, que le pasó el brazo sobre los hombros; después, un hombre en la fila tercera, sombrero, bastón de autoridad indígena, inclinado hasta casi guardar la cabeza en su saco rojo de líder ixil para intentar secarse con las solapas los ojos, por debajo de las gafas; y otra mujer en la fila siete, y una anciana sentada a tres asientos de la primera. En diferentes puntos de la sala, en desorden, pañuelos, mangas y manos se pusieron a enjugar en movimientos lentos. Ni un sollozo, ni siquiera un gesto de dolor… solo lágrimas calladas. A medida que escuchaban a la jueza describir lo sucedido “… violación para destruir la semilla ixil…”, “… prueba objetiva de la intención de destruir al grupo ixil…”, “… por querer cambiar sus condiciones de vida se les llegó a considerar enemigos…”, y nombrarlo como verdad probada, las víctimas indígenas revivían el dolor de su historia de muerte, tortura, rapto, huida y hambre, y lloraban la alegría de que a partir de ahora nunca nadie en Guatemala pudiera volver a llamarles mentirosos por contarla. “… Siendo el racismo la base para el genocidio…”

En cuidado orden lógico, Barrios fue encajando como piezas los peritajes de la defensa hasta llegar a la afirmación de que Efraín Ríos Montt estaba informado de la estrategia de exterminio que su ejército ejecutaba en las aldeas del área ixil, y recurrió incluso a lo declarado en juicio por un perito de la misma defensa, el general José Luis Quilo Ayuso, para sustentar que el exdictador estaba, desde su despacho en la capital, al mando de esas operaciones. Sentenció que los planes militares Victoria 82, Firmeza 83 y Sofía concordaban entre sí, que la mayoría de masacres cometidas por el ejército tenían el mismo patrón de conducta, que lo sucedido “no fue espontáneo sino planificado”.

La versión de la defensa del exdictador, y de buena parte de la élite empresarial del país, y de la Asociación de Veteranos Militares de Guatemala (Avemilgua), y del presidente de la república, el también militar Otto Pérez Molina, y del mismo Ríos Montt, empeñados todos ellos en decir una y otra vez que en Guatemala no hubo genocidio, que durante la guerra se habían cometido solo “excesos” aislados imposibles de evitar por las autoridades, se convertía en apócrifa.

Cumplida media hora de lectura ininterrumpida, el silencio entre el público seguía siendo absoluto. Sentada entre varios periodistas, la defensora de derechos humanos Helen Mack mantenía los labios apretados y el gesto concentrado. A su hermana Myrna la asesinaron en 1990 por documentar y denunciar la tragedia de los ixiles. El juicio a Ríos Montt y su gobierno era el juicio a la brutalidad de décadas de gobiernos militares. Mientras, Barrios avanzaba imparable -“… desde su posición podía haber impedido…”, “… la responsabilidad alcanzó al jefe de Estado de facto Efraín Ríos Montt…”, “tuvo conocimiento de todo y no lo detuvo a pesar de tener capacidad para hacerlo…” Apuntalada ya, su siguiente afirmación cayó por su peso: “Consideramos que la conducta del acusado Efraín Ríos Montt se encuadra en el delito de genocidio en calidad de autor, de forma que debe imponerse la condena correspondiente”. Culpable.

Culpable por saber. Culpable por ser, como jefe de Estado, el responsable. Aun dando por posible que Ríos Montt no ordenara expresamente el genocidio, culpable por ampararlo y por no hacer nada para impedirlo.

Eran las 4:44 de la tarde. De forma inexplicable la sala se aferró todavía al silencio. Con gesto compungido Rigoberta Menchú comenzó a buscar miradas en las que apoyarse. Como si se sintiera sola y necesitara ayuda para sobrellevar las emociones que se le agolpaban en el cuerpo 14 años después de haber iniciado ella, ante la Audiencia Nacional de España, el primer proceso por genocidio contra el exdictador en nombre de las mismas víctimas que ahora estaban venciendo en este juicio guatemalteco. Barrios anunció que absolvía a Mauricio Rodríguez por falta de pruebas: “… la duda favorece al reo…” Y hubo entre el público un rumor de descarga. La jueza repitió afirmaciones para referirse al segundo delito imputado, el de crímenes contra la humanidad, o “crímenes contra los deberes de humanidad”, según el Código Penal de Guatemala, y declaró a Ríos Montt de nuevo culpable, y a Rodríguez otra vez inocente.

Los alegatos del abogado de Rodríguez, un día antes, habían sido sólidos, rocosos, centrados en el supuesto carácter consultivo de la figura de Director de Inteligencia dentro de la cadena de mando del ejército y en la falta de pruebas en su contra. El mismo general retirado comentaba una hora antes de la lectura de la sentencia: “No han demostrado que yo haya participado en la elaboración de esos planes ni que yo tuviera mando operativo de las acciones. Pero es que tampoco soy yo el que les importa: la joya de la corona en este juicio es Efraín Ríos Montt”.

Como si la condena no lo significara todo, como si el castigo fuera la verdadera medida de la justicia, fue el anuncio de la pena de cárcel la que desató la respiración de la sala e hizo estallar gritos de “¡Bravo, bravo!” Las víctimas se permitieron, por fin, sonreír, celebrar: “El artículo 376 del Código Penal establece delito de genocidio, contemplando la pena de 30 a 50 años de prisión. Dentro de ese parámetro, los juzgadores hemos optado por imponer la pena de 50 años de prisión inconmutables”. Y 30 más por crímenes contra la humanidad. 80 años de cárcel para un hombre que casi tiene 87. Una cifra para sentar precedente.

Y un gesto para no dejar dudas de la decisión de castigar: la anulación de las medidas sustitutivas que, desde que comenzó el juicio en su contra hace más de un año, habían permitido al exdictador permanecer en su casa, bajo arresto domiciliario, en lugar de en una celda. Solo las cámaras de fotos, las de televisión, las de los documentalistas que pretenden firmar la historia de este juicio en sus imágenes, vieron el gesto de Efraín Ríos Montt cuando se oyó culpable. Y solo ellas captaron su reacción cuando escuchó que se ordenaba su detención y su ingreso inmediato a prisión, una medida que muy pocos de sus adversarios esperaban, dada la edad del exgobernante.

Leída la sentencia, Barrios prohibió al condenado salir de la sala hasta que llegaran agentes de la Policía para llevárselo. Rodríguez, que asistió a todo el juicio en silla de ruedas, fue empujado hacia la salida entre abrazos de sus familiares. No quedará libre hasta que la sentencia sea firme pero no podía deshacer la sonrisa. La mayoría de quienes acompañaban a Ríos Montt también salieron, por órdenes del tribunal, para evitar enfrentamientos con otros asistentes. Un joven del público gritó a la jueza “¡egoísta!”, “¡con el mal no se combate el mal!” antes de retirarse. El resto, el salón aún repleto, no quiso marcharse. No hasta ver al exdictador, al genocida, encaminarse a la cárcel, tal vez esposado.

Una sala en catarsis

Siguieron momentos de desorden, casi de riesgo. El enjambre de camarógrafos que habían permanecido todo el juicio volcados sobre la mesa de Ríos Montt y sus abogados se convirtió de repente en una animalesca marabunta hambrienta de una frase del condenado y una fotografía más cercana aún, como si la intimidad de la imagen se alimentara de centímetros. Los empujones derribaron la mesa, acorralaron a Ríos Montt, hicieron temer por su seguridad. “Señora jueza, me están maltratando”, se oyó gritar al anciano, aprisionado entre sus guardaespaldas y la turba de periodistas. Por momentos pareció que el exdictador saldría herido.

Hubo un conato de pelea entre un periodista y uno de los nietos del general retirado que intentó intervenir para garantizar espacio a su abuelo. Los gritos de la jueza, entre la exigencia de orden, la insistencia en que el acusado no podía salir de la sala y los ruegos tardíos a los periodistas, no consiguieron nada. Tuvo que ser el público el que, al clamor de “quítense, quítense”, obrara la cordura.

Después vendrían la paz y cierto ambiente de milagro. La larga espera, de casi una hora, hasta que el general retirado fue formalmente detenido y escoltado -sin esposas, nunca se le esposó- hacia una patrulla policial, convirtió el salón de audiencias en una vigilia que fue asentando emociones y destilando los gestos. Mack, sin levantarse de la silla, hundida la mirada en el suelo, lloró en silencio, agotada y feliz. El día que la jueza de primera instancia Carol Patricia Flores trató de anular este juicio había dicho: “No hay un mínimo respeto a seres humanos que han esperado 30 años para obtener justicia. No puedes tener paz cuando el Estado ignora a sus propios habitantes.” Lloraba porque se acababa de asentar una esquina de esa paz.

Rigoberta Menchú, entre abrazos y abrazos, daba declaraciones a la prensa. De fondo, el murmullo de las conversaciones se fue volviendo un canto, suave al principio, más fuerte luego: “… aquí no lloró nadie / aquí sólo queremos ser humanos…” Era un poema de Otto René Castillo al que el cantautor Fernando Pérez puso música hace algunos años.

“A partir de ahora el ladino no tiene que ser siempre el que nos juzga, el que nos dice que no hablamos bien, que dice que solo inventamos, el que nos acusa una y otra vez”, decía Menchú. Detrás de su voz, el canto parecía acallarse por momentos, avergonzado de ofender la presunta solemnidad de la sala. Pero cada vez que los versos parecían diluirse, la alegría de parte del público vencía y se repetía con más fuerza la estrofa: “… aquí sólo queremos ser humanos / comer, reír, enamorarse, vivir / vivir la vida y no morirla…” Rigoberta Menchú también seguía: “Hoy se sienta un precendente contra el odio que nos han tenido todos estos años. Aquí se están rompiendo esquemas muy grandes; espero que los guatemaltecos tengamos la altura para soportarlo.”

El canto se prolongó por minutos, mientras Ríos Montt, siempre invisible, ahora tras un cordón de agentes de seguridad, permanecía arrinconado a un extremo de la sala, asediado aún por las cámaras. La fiesta en la sala se celebraba sin él. Maryelena Bustamante, hermana de desaparecido y activista pro derechos humanos, vertida en lágrimas, se acercó a dar la mano, uno por uno, a los 12 abogados que conformaban la acusación. Bustamante había sido una presencia constante durante las audiencias del juicio. Llevó flores rojas a las mujeres ixiles que testificaron sobre las violaciones que habían sufrido en los 80, gritó “¡Ríase, general, pero los gusanos lo vomitarán por asesino!” a Ríos Montt en su cara cuando salía de una audiencia, volvió a regalar flores el día que Yassmín Barrios se nego a acatar, por considerarla ilegal, una orden de anular el juicio.

“Hemos esperado 31 años. Este no es directamente el caso de Emir, pero no solo es él, no son solo los ixiles, en todo el territorio hubo miles de desaparecidos”, decía Bustamante, ladina, entre lágrimas, a quien le escuchaba. “Esta sentencia es un canto a la vida. Sé que no me van a regresar a mi hermano, y no se puede resarcir todo el dolor de este pueblo, pero por algo se empieza a escribir el nunca más en esta tierra.” Y luego, como si se lo dijera a sí misma, como si se tratara de pellizcar para salir del sueño, repetía, en referencia al tribunal: “Se atrevieron. Se atrevieron”.

Justo antes de que la Policía se llevara al exdictador, los partidarios de la causa ixil comenzaron a corear a la que ya consideran “su” jueza: “Justicia, justicia”, “Yassmín, Yassmín”, gritaban en medio de la alegría por la condena. Barrios, en un gesto que da más combustible a quienes la acusan de ser parcial, de estar volcada hacia el lado de la acusación, se levantó sonriente y cruzó los brazos simulando un abrazo. Después saludó con la mano en alto a quienes la coreaban. Una complicidad incómoda en un proceso como este.

Por la noche ya circulaba por la ciudad un lema que se ha convertido rápidamente en viral en ciertos círculos: “La justicia es colocha”, una referencia al cabello rizado de las dos nuevas heroínas de los defensores de los derechos humanos, la fiscal general Claudia Paz y Paz y la jueza Yassmín Barrrios.

El juicio no termina

La sentencia, aplaudida por los organismos de derechos humanos y por la comunidad internacional, no cierra sin embargo el debate que durante el último año se ha ido asentando en la sociedad guatemalteca acerca de la conveniencia de juzgar el pasado y de encarar su propia historia negra. En un país en el que las estructuras militares, políticas y económicas que administraron la guerra contrainsurgente en los años 80 conservan todavía una fuerte cuota de poder, la batalla de apelaciones que ya han prometido los abogados de Efraín Ríos Montt será, como lo ha sido en estas semanas en que el juicio pendía de un hilo, una prueba constante para la institucionalidad y los ríos de influencias que desembocan en la Corte de Constitucionalidad.

“Vamos a botar esta sentencia. El juicio nació muerto. El juicio nació viciado. Con la zurda boto este fallo, se lo garantizo”, amenazaba el defensor del exdictador, Francisco García Gudiel, la mañana del día 10, antes de conocer oficialmente la sentencia. Ya después del veredicto, su colega Francisco Palomo le complementaba: “Lo tendremos que resolver (el caso) a través de los recursos. Si los magistrados de la Corte Suprema y la Corte de Constitucionalidad, que son gente mucho más seria, no cede ante las presiones de la comunidad internacional, los recursos deberían prosperar”.

De momento, la absolución de Rodríguez puede tener un efecto de vacuna para la sentencia, puesto que divide los intereses de una defensa que hasta hoy actuó unida. Al ex jefe de inteligencia de Ríos Montt le interesa ahora que la sentencia sea firme cuanto antes, para quedar libre. Los amparos pendientes, que buscaban anular el juicio, se convierten en un peligroso obstáculo para ello. Queda ver si Efraín Ríos Montt insiste en anular el juicio a costa de arrastrar de nuevo a un largo proceso a su antiguo subordinado.

La reacción del presidente Otto Pérez Molina al fallo del tribunal puede servir, en cualquier caso, de medida para el nivel de crispación política que el juicio ha provocado en Guatemala. Otto Pérez dijo a El Faro el pasado 24 de abril que no se sentía “políticamente implicado” en el juicio contra Ríos Montt. En una entrevista a CNN en español concedida el mismo día de la condena, su primera respuesta al periodista Fernando Rincón fue sin embargo para recordar que la sentencia del tribunal que preside la jueza Barrios no es todavía firme y que, por tanto, todavía se pueden permitir, él y quienes piensan como él, afirmar que en los 80 no hubo genocidio.

Él, general retirado, que en 1982 estuvo destinado como comandante en el área ixil de Nebaj bajo el alias de “Tito Arias”, está especialmente interesado en que así se corrija el fallo de la jueza Barrios. Durante el juicio, uno de los testigos de la acusación contra Rios Montt le nombró directamente como responsable de torturas y de ataques a aldeas ixiles, y si su nombre no resonó más veces en la sala es porque el Ministerio Público, temeroso de agitar más el avispero político que amenazaba con detener el juicio, retiró a los testigos que pudieran incriminarle.

El tribunal dejó además en su sentencia un mensaje ambivalente para quienes, como el presidente, se sienten amenazados por esta justicia incómoda que se niega a olvidar el pasado. Por un lado, la absolución de Mauricio Rodríguez podría interpretarse como una clarificación de la prioridad que, en términos de justicia restaurativa, se marca el sistema judicial guatemalteco, enfocado en el castigo ejemplarizante de los máximos responsables políticos de lo sucedido, por encima de la persecución de los autores materiales. Sin embargo, Barrios anunció explícitamene lo contrario durante su veredicto: “El tribunal ordena al Ministerio Público que continúe la investigación en contra de cualquier persona que pudiera haber participado en los hechos que se señalan.” Al escuchar esta frase, el público presente en la sala, especialmente los ixiles que seguían la sesión por el sistema de tradicción simultánea instalado por la asociación querellante AJR, estallaron en aplausos.

Pesonas cercanas a la otra de las organizaciones querellantes, CALDH, consideran lejana la posibilidad de abrir una serie de nuevos casos contra responsables directos de las masacres de los 80 en territorio ixil, por el enorme esfuerzo humano y económico que supone un juicio de estas dimensiones, pero es, al fin y al cabo, lo que desean muchas de las víctimas.

Tomás Raimundo, de la aldea Salquil Grande, lo decía claro a la salida de la audiencia del viernes, quizá contagiado de la euforia de la victoria judicial: “Tanta mentira en lo que hablan, tanta discriminación… Ya se confirmó que es la verdad lo que contamos. Creímos que no lo lograríamos. El día de ayer teníamos baja la moral, porque los abogados de los militares dijeron que éramos ignorantes, y eso nos bajó la moral, pero ganamos. Ahora lo que queremos es que ojalá siga y salgan en juicios todos los oficiales que fueron, porque no fueron nada más estos dos”.

A su lado, Gaspar Velasco, por años miembro de la directiva de AJR, pero que hace tres años delegó el puesto en un vecino de su comunidad, asentía: “Hay más. Solo los están tapando”. ¿Tienen fuerzas para seguir?, le pregunté. “Claro. Solo si nos morimos vamos a parar. O tal vez no pueda caminar pronto, pero siempre puedo ser testigo sentado”.

La madrugada del 3 de septiembre de 1976 el padre Francisco Dolores, párroco de Angra do Heroismo, no podía dormir. Afuera de su cuarto parecía desarrollarse el fin del mundo. Dos tempestades con fatídicos nombres de mujer, Emmy y Frances, se abatían casi simultáneamente sobre las Azores. El sacerdote se incorporó de su cama y se asomó por la ventana. Vientos de 120 kilómetros por hora barrían Terceira, una de las nueve islas Azores, enclavadas en pleno Océano Atlántico, a 1.333 kilómetros de Lisboa.

La visibilidad era casi nula. No se distinguían las luces de las casas. Ni siquiera el balizaje del aeropuerto de Lages, más cercano que el pueblo. Violentas ráfagas de aire y agua se estrellaban contra las ventanas. El cura se aseguró de que estuvieran bien cerradas, y rezó por que las ovejas de su rebaño se hallaran a buen resguardo. Sin embargo supo, antes de correr de nuevo los visillos, que no podría seguir durmiendo. Se acordó entonces de la palabra “Ceraunomancia”, la adivinación por medio de las tempestades.

“Insólito arte”, pensó, pues cómo se pueden tomar por base de una predicción situaciones climáticas tan femeninamente volubles como las tormentas. Por ejemplo éstas, que ahora asolaban Terceira, se habían originado, como todas, en el Caribe, pero, a diferencia de la mayoría, no se habían desplazado al noroeste para ir a morir en La Florida, sino en dirección noreste, hasta casi arribar a los contrafuertes del continente europeo.

De todas maneras, en las Azores estaban acostumbrados a las tormentas desde que los primeros portugueses las poblaron en el siglo XV. Huracanes, tornados, tifones, ciclones, maremotos, cataclismos. Sólo las enormes piedras volcánicas sembradas en los alrededores habían sobrevivido a las perturbaciones del tiempo y de los siglos, convirtiéndose en testigos mudos de la intemperie. Pero los aparentes caprichos de la naturaleza obedecían a ocultos designios de Dios contra los que no era oportuno ni prudente rebelarse.

El padre Dolores suspiró resignado, encendió la lámpara sobre una mesa de noche y retomó la lectura de La Divina Comedia en donde la había dejado hacía pocas horas. Era en realidad una relectura, pues años antes ya había sentido escalofríos al bajar los nueve círculos del infierno de la mano de Virgilio. Todavía temblaba al leer la inscripción en la puerta del Averno: “Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate: Dejad toda esperanza, vosotros los que entráis…”.

Un viaje sospechoso

Las últimas reuniones del Orfeón Universitario en casa de su director, Vinicio Adames, en Las Palmas, habían sido especialmente bulliciosas. Los casi sesenta miembros del grupo, fundado en 1944 por el maestro Antonio Estévez, estaban entusiasmados con la invitación que les habían formulado para presentarse en el Festival Internacional del Canto Coral a celebrarse a comienzos de septiembre en Barcelona, España. Ya habían terminado las clases y estaban empeñados a toda costa en viajar a la Península y presentarse.

Muchos de ellos eran muchachos de apenas 19 ó 20 años, procedentes del interior, que nunca habían salido del país y veían ahora la oportunidad de conocer otros aires. Su entusiasmo era contagioso. No aceptaban un No frente a sus ansias de vivir, de cantar, de trascender.

Vinicio Adames, apasionado, se dejaba llevar por este entusiasmo, aunque era algo escéptico. La Universidad Central de Venezuela, cuya partida para Cultura era de apenas 0,25% de su presupuesto total, no contaba con recursos para enviar a los muchachos a España. El costo del pasaje por Viasa era de 300 mil bolívares, una fortuna en aquel tiempo. Pero quedaba una posibilidad: el apoyo de la Fuerza Aérea Venezolana, que en otras ocasiones había colaborado con el Orfeón y otros grupos artísticos criollos. Vinicio, abrumado por el empuje de los muchachos, dejó que se organizaran en comisión. Estaban en plena temporada vacacional y no quería desaprovecharla, así que se fue con su esposa Romelia también orfeonista e internacionalista como él y sus tres hijos José Vinicio, de 15 años; Juan Manuel, de 12, y Andreína, de 10, a pasar unos días en Miami.

Mientras tanto, en Caracas, la Federación de Centros Universitarios, dirigida por Pastor Heydra, había solicitado una reunión con el Presidente de la República, Carlos Andrés Pérez. La agenda empezaba con el tema de la muerte del dirigente de la Liga Socialista, Jorge Rodríguez, y concluía con el viaje del Orfeón Universitario. Pérez ofreció un avión de la FAV, un Hércules C 130. En los días siguientes se concretó el ofrecimiento por las gestiones de los orfeonistas. Sólo faltaba un detalle: el piloto. Entonces contactaron al teniente coronel Manuel Aureliano Vásquez Ocanto, que se encontraba de vacaciones en Maracay, y éste accedió a cumplir la misión con la única condición, aceptada, de poder llevar a su esposa. Vásquez no sólo era un veterano piloto, sino que además conocía perfectamente la ruta pues la había transitado en anteriores ocasiones para transportar grupos folklóricos nacionales. Hasta había hecho amigos en las Azores.

En pocos días se organizaron dos tripulaciones completas para manejar el enorme aparato. Los orfeonistas llamaron a Miami a Vinicio y le contaron las buenas nuevas. El director coral decidió regresar a Caracas para viajar con los muchachos. Así lo hizo y su hijo mayor, José Vinicio, decidió venirse con él para estar juntos, pues cumplía 16 años el 1º de septiembre. Al llegar a Caracas, encontraron los preparativos avanzados y el entusiasmo a tope. A Vinicio Adames le ofrecieron un pasaje comercial pero él lo rechazó diciendo: “Yo me voy con mis muchachos”. Raúl Delgado Estévez, orfeonista y sobrino del fundador, viajó primero a España para hacer los preparativos de la llegada y alojamiento del grupo.

En esos días, el cartero que llevaba la correspondencia a casa de los Adames, encontró a su amigo Vinicio y le preguntó jovial: “Entonces, maestro. ¿Es verdad que se va de viaje?”. “No viajo, me llevan”, respondió Adames. Diversos testigos coinciden en señalar que el músico hablaba con reticencia del tema. Trataba de no enfriar la vitalidad de los orfeonistas, pero al parecer no se sentía a gusto. Su malestar se hizo más evidente en Maiquetía al comprobar que el Hércules C130 no disponía de asientos (este tipo de aviones está diseñado para transporte de tropas y equipos) y una de las 33 muchachas, Mercedes Ferrer, se hallaba embarazada de su esposo, el también orfeonista Juan Ramírez. Sin embargo, los jóvenes no se amilanaron por eso y buscaron acomodo de la mejor manera posible. El apoyo de la FAV era inapreciable y ellos no pondrían reparos por nimiedades. Siete de los orfeonistas decidieron no ir por motivos personales o de estudios. Los antropólogos Carlos Ríos y María Eugenia Suels, por ejemplo, porque estaban inmersos en un trabajo de campo.

Mientras tanto, Romelia había decidido regresar a Caracas con sus dos hijos pequeños para, al menos, despedirse de Vinicio antes de que se fuera. Logró cupo en un vuelo de Panam, pero el viaje fue en vano: al llegar a Maiquetía descubrió que ya habían despegado. Sus aviones se habían cruzado en la noche de los cielos.

El noveno círculo

El padre Dolores interrumpió la lectura. Un ensordecedor estruendo, como el ruido del fin del mundo, le llegó desde el exterior. Por un momento dudó si sería el efecto de la descripción del Dante de los suplicios infernales o algo que, efectivamente, estaba ocurriendo afuera. Se asomó de nuevo por la ventana, pero no pudo ver nada. Entonces decidió salir. Se vistió apresuradamente, se echó encima la chamarra contra el mal tiempo, tomó una linterna y buscó las llaves del Volkswagen. Le parecía que el ruido provenía del cercano aeródromo de la OTAN, en Lages, que operaba desde 1945 en virtud de un tratado entre Estados Unidos y Portugal. Hacia allá se dirigió. La carretera bordeaba la pista. El padre Francisco manejaba lentamente, pegando la cara al parabrisas, tratando de ver más allá del haz de luz de los faros, del limpiaparabrisas, de la cortina de lluvia y viento. Finalmente, como a un kilómetro de la pista, vio algo más allá de un sembradío de maíz: era grande, más que una piedra (él las conocía todas), y parecía el lomo de un dinosaurio.

Detuvo el carro a un lado de la vía y se bajó, linterna en mano. Protegiéndose de la intemperie, se dirigió hacia el bulto oscuro. Cuando estuvo cerca se dio cuenta de lo que era: la cola de un avión. Temblando de miedo y de frío se aproximó más aún. Proyectó la luz de la linterna hacia adentro.

Lo que vio lo llenó de espanto: un hombre de ojos claros y una mujer rubia yacían allí, muertos. Algo brillaba en las manos del hombre. Francisco se fijó mejor: era un diapasón.

El horror apenas había comenzado. Francisco vagó en círculos concéntricos. El suelo estaba tapizado de papeles mojados. Tomó uno. Era una partitura cuya letra empezaba con estas palabras: “Gloria al Bravo Pueblo…”.

Siguió caminando, aterrado ante el espectáculo que, como continuación de la lectura dantesca, se ofrecía ante sus ojos, entre maletas, pedazos de cuerpos humanos, amasijos de metal retorcido, manos sin dueño… Contó nueve pedazos de fuselaje, nueve círculos infernales. Aquella noche su fe flaqueó cuando cayó de rodillas clamando al cielo: “Por qué Dios mío, por qué…”.

Ya amanecía, y la tormenta amainaba, cuando le recomendaron que se fuera a descansar. Habían llegado decenas, centenares de personas, que trataban de recomponer aquel rompecabezas mortal: marines de la base, campesinos, pastores, marineros, mujeres mudas y recias con la cabeza cubierta por pañoletas negras, se habían sumado a las tareas de rescate sobreponiéndose al asombro, al temor, a la impotencia.

Antes de retirarse, el padre Francisco Dolores pidió que los restos los trasladaran a la Iglesia de Nuestra Señora de la Misericordia, construida en 1521, donde él oficiaría una misa por el descanso eterno de sus almas. Como no había urnas suficientes, guardaron los restos en bolsas plásticas. Para que cupieran en la capilla, hubo que sacar todos los muebles. Eran, en total, 68 cuerpos. Nadie se había salvado.

Ezequiel Díaz Silva, el periodista que El Nacional enviara apenas 24 horas después, refirió: “Es sorprendente la bondad de los pobladores de esta isla. La tragedia no es sólo venezolana, ellos la han asimilado y las calles se notan tristes. Aquí hay una calidad humana que se hace contagiosa”.

El último vuelo

El Hércules C130 despegó de Maiquetía, hizo un toque técnico en Palo Negro, Maracay, y siguió rumbo a Las Bermudas. En estas islas, situadas al noreste de las Antillas, aterrizó para repostar gasolina. El avión, de casi 50 metros de largo, necesitaba 36.936 litros de combustible para llenar sus tres tanques (uno principal y dos auxiliares situados debajo de los extremos de los planos), y alimentar sus cuatro potentes motores de turbo propulsión de 4.050 caballos de fuerza cada uno, que le permitían alcanzar una velocidad de crucero de 524 kilómetros por hora.

Mientras cargaban la nafta, los orfeonistas aprovecharon para estirar las piernas en el aeropuerto, y algunos de ellos, para escribir tarjetas a sus familiares. Berta Guerra le escribió a su madre: “estamos acostados en la grama y Vinicio discute con el capitán si seguimos o no”. Las postales, con vistas turísticas, llegaron después del entierro de sus autores.

Finalmente, el viaje continuó. No había combustible suficiente para llegar al continente europeo, pero estaba previsto hacer otro toque técnico en Lages para repostar de nuevo. A miles de pies sobre el Océano Atlántico, el “Hércules” y “El Coloso” se cruzaron. El Boeing 747 de Viasa venía de Madrid. El piloto advirtió a Vásquez que el radar de Lages no estaba funcionando o lo hacía de manera irregular. Y que, además, Emmy avanzaba. Vásquez respondió, con orgullo de piloto y de venezolano:

–Llevo aquí al Orfeón Universitario. Haremos todo lo posible por proseguir el viaje. Además, estoy sin combustible.

El Hércules se adentraba en el vórtice de la tormenta. El aparato sufría los embates de los vientos huracanados. Dicen algunos que en la caja negra del aparato quedó registrada no sólo la conversación entre los dos pilotos, sino las voces de los orfeonistas cantando el Himno Nacional, y la de Vinicio Adames tratando de transmitir calma a sus muchachos.

Se acercaban a Terceira. Vásquez intentó establecer comunicación con la Torre de Control. Por alguna extraña razón el encargado no estaba. En su lugar hablaba un soldado portugués que no sabía inglés. No se entendían. El Hércules sobrevolaba la isla. Vásquez intentó dos veces el aterrizaje, poniendo en juego toda su pericia de piloto. Pero no pudo hacerlo. Intentó una vez más. “A la tercera va la vencida”, tal vez pensó. Pero acaso un error de cálculo sumado a la nula visibilidad, al mal tiempo y, sin duda, a problemas técnicos de la Torre de Control, o todos estos factores juntos, determinaron que el avión se estrellara a escasos doscientos metros de la pista, partiéndose en pedazos a causa del impacto con las rocas volcánicas.

Expedientes secretos

Años después de la tragedia del Orfeón Universitario, aún no se conocen las verdaderas causas, a pesar de que hubo una comisión que se trasladó al lugar del accidente para las averiguaciones pertinentes.

“La FAV hizo un increíble esfuerzo por clarificar el accidente, pero finalmente el gobierno prefirió la confidencialidad. Si hubo informe, no se divulgó”, explica Romelia de Adames.

Pero no sólo esto: a los familiares y amigos de los fallecidos ni siquiera se les brindó el consuelo de una explicación oficial. A pesar del tiempo, la herida no cicatriza. Muchas preguntas impiden el olvido y perturban aún el sueño de familiares y amigos: ¿Por qué, en plena bonanza petrolera de la “Venezuela Saudita” no se le facilitaron pasajes al Orfeón para volar en una línea aérea que además era del Estado? ¿Por qué no se devolvieron cuando aún estaban a tiempo? ¿Por qué el militar estadounidense encargado de la Torre de Control de Lages no estaba en su puesto sino jugando billar? ¿Por qué transfirieron a Alaska a los marines que estaban esa noche en Lages? ¿Por qué no funcionó el radar? ¿Por qué los orfeonistas insistieron tanto en viajar? ¿Por qué, por qué, por qué? Estas preguntas quedarán sin respuesta. Y la ceraunomancia no sirvió para impedir la tragedia.

Sin embargo, no todo es dolor. Hoy tenemos un nuevo Orfeón Universitario, dirigido por Raúl Delgado Estévez, que fue declarado Patrimonio Artístico de la Nación en 1983, y que ya se ha presentado dos veces en Terceira. La tragedia motivó el interés por Venezuela de los habitantes de Angra do Heroismo, ciudad que fue declarada Patrimonio Histórico de la Humanidad por la Unesco, hasta el punto de que se está gestionando la creación de un Centro de Información sobre nuestro país en la muy culta y noble ciudad.

El padre Francisco Dolores estuvo en Caracas y devolvió al Orfeón Universitario el diapasón de Vinicio Adames, después de guardarlo durante veinte años. En el lugar del accidente, los pobladores erigieron un santuario con las mismas piedras volcánicas. Y en él nunca faltan flores frescas.

Con un poco de atención y una pizca de imaginación, cualquiera que se aventure por las calles del centro de Buenos Aires podrá ser testigo de un pequeño milagro: confundidos entre la multitud -esa marea de seres mal humorados que camina deslizando el pulgar por sus teléfonos inteligentes- surgen como sombras huidizas no uno sino diez Erdosain; veinte, tal vez treinta Astrólogos y un montón de Rufianes Melancólicos. Los héroes y villanos de Roberto Arlt están aquí, en esta Argentina del siglo veintiuno, más presentes si cabe que hace ocho décadas, para recordarnos que nada o muy poco ha cambiado y que la mosca, la biyuya, el vento o para entendernos mejor, la guita, sigue presidiendo las relaciones sociales en un país donde -dicen- nada es lo que parece.

“En las novelas de Arlt, el dinero define los enigmas y el suspenso de la trama”, escribe Ricardo Piglia en un ensayo sobre la literatura del autor de Los siete locos. Y las novelas de Arlt son, como se sabe, no sólo una radiografía exquisita de la Argentina de los años treinta. Son también relatos futuristas que nos envían desde el pasado continuas señales de alerta sobre nuestro presente. Pero dejemos por un momento a los lunáticos arltianos y centrémonos en esos seres atormentados que pululan por el centro de Buenos Aires. Hablan sin pausa del negocio que están a punto de concretar, de la subida desenfrenada de los precios, de un descuento mayúsculo en este o aquel supermercado, de un dos por uno imperdible en el cine, de las veinticuatro cuotas sin intereses con las que pagarán las vacaciones o de lo caro que está el dólar -siempre el dólar- y lo poco que rinde el salario.

Cuando me instalé en Buenos Aires, en enero de 2008, una de mis distracciones fue registrar extractos de conversaciones, palabras y frases entrecortadas con las que se podrían armar -como si se tratara de una novela de Perec- interminables historias de vida cotidiana. No es una tarea difícil. El argentino, que ama el exhibicionismo hasta límites insospechados, habla para que lo escuche no sólo su interlocutor más cercano sino, a ser posible, todo el mundo. Relegados a vivir en el culo del mundo por un malentendido con Dios (en el momento de crear al argentino todavía no estaban muy claros los atributos sublimes que desarrollaría el porteño, que todo lo sabe, hasta lo que desconoce), los argentinos tratan de que su voz se perciba allende los mares. No importa si no encuentran respuesta al otro lado del Atlántico. El argentino habla también -o antes que nada- para sí mismo. Vive, como vislumbró Ortega y Gasset, entregado no a una realidad sino a una imagen: “Es sobremanera Narciso. Es Narciso y la fuente de Narciso. Lo lleva todo consigo: la realidad, la imagen y el espejo”.

Con el paso de los años, la capacidad de observación se va diluyendo y el extranjero asume como normales ciertos hábitos y situaciones del país en el que vive, los mismos hábitos y situaciones ante los que el recién llegado no deja de asombrarse: después de vivir varios años en La Habana, por ejemplo, me parecía normal ver salir del agua en la bocana de la bahía a un buzo con un pargo de diez libras en las manos.

Hace ya tiempo que tengo tan asimilada la palabra “guita” como, por ejemplo, el hecho de que los autos circulen ocupando su carril y el del vecino. Tampoco pregunto ya a nadie en qué momento fueron bombardeadas las aceras de Buenos Aires, y asumo los esguinces como un daño colateral de esa guerra que debió de librar la ciudad. No arqueo ya las cejas cuando el cliente que está delante de mí en el Farmacity paga una pasta de dientes con su tarjeta de crédito en tres cómodas cuotas. Y hasta veo lógico que los colectivos de la línea que más uso -la 152, que va de Olivos a La Boca- pasen por la parada de tres en tres. Tampoco me sorprende ya, por otra parte, cruzarme con tantas librerías como bares de moscas hay en mi Madrid natal. Pero al principio sí me causaba perplejidad.

“La preocupación por el dinero es el tema de conversación preferido de los argentinos”, anoté en un cuaderno a poco de llegar a Buenos Aires. Era, obviamente, un comentario exagerado, pues nada hay más excesivo que tomar la parte por el todo y hablar de una sociedad en términos generales. Pero si asumimos como un acto de fe la inevitable generalización, a esa entidad que llamamos “argentino” (o más específicamente “porteño”), no parece importarle demasiado el contexto en que se encuentre para mentar la bicha. Hace unas semanas hablaba con una joven librera de la avenida Corrientes sobre la gran oferta cultural que brinda Buenos Aires, con su celebrada escena de teatro independiente, los recitales de todo tipo de música, exposiciones, ferias artísticas… “Sí, todo eso está muy bien si tenés plata -me interrumpió-, los recitales son caros y el teatro también”. Y a continuación me preguntó si yo me lo podía permitir. Solo le faltó interesarse por mi sueldo, una afición (la de querer saber cuánto gana el de al lado) muy argentina, sobre todo si el de al lado es extranjero. El único límite que parece haber en materia crematística es hablar del dinero propio -gran tabú- porque en el imaginario argentino el enriquecimiento personal y la corrupción caminan de la mano.

Para tratar de discernir qué hay de cierto en el mito de la obsesión de los argentinos con el dinero nada mejor que bucear un poco en la historia sociopolítica del país. La socióloga Ana Wortman, autora entre otros libros de Construcción imaginaria de la desigualdad social, me despeja algunas dudas. En los salones de tango de París -me cuenta Wortman- había un dicho recurrente: “Rico como un argentino”. Eran los tiempos de la acumulación de riqueza gracias al filón de la exportación de ganado y trigo. Aunque la riqueza -me aclara la socióloga- la ostentaba la oligarquía terrateniente: “Esa parte de la sociedad argentina se caracterizaba por estar al tanto de la novedad, ser consumista y viajar por Europa. Siempre estuvo muy atenta a la moda y tenía una vasta vida social donde sacaba a relucir sus adquisiciones en la casa y en la estancia. Y ahí quedó esa imagen del argentino como un tipo consumista, exhibicionista, que no tiene inconveniente en gastar y en mostrarse, en tirar lo que ha pasado de moda”.

Una imagen que ya percibieron algunos viajeros extranjeros hace más de cien años. Como el dramaturgo catalán Santiago Rusiñol, que visitó Argentina durante el centenario de la independencia (1910) y se quedó pasmado: “Acá el dinero es el rey”. O el escritor polaco WitoldGombrowicz, que vivió más de veinte años en el país a mediados del siglo pasado: “La Argentina -escribe en sus diarios- es un estanciero entre las naciones, un oligarca orgullosamente sentado sobre sus espléndidos territorios”.

La obsesión del argentino por el dinero se manifiesta, no obstante, tanto en épocas de abundancia como de crisis. En El País de las maravillas (1998), el escritor chaqueño MempoGiardinelli explica cómo se forjó ese vínculo especial con la plata: “Si hay muchos mitos que uno sabe que pueden tener validez en otras sociedades, como es lógico, probablemente éste sea uno de los más genuinamente argentinos. Y desde luego que tiene que ver con la perversa relación que hemos entablado con la economía a lo largo de por lo menos el último medio siglo; deriva de la pesadilla que hemos venido padeciendo los argentinos de por lo menos tres o cuatro generaciones: el proceso de constante empobrecimiento, lo que se llama la pauperización de la sociedad (y no sólo de las clases medias) llevó a esta especie de oficio paralelo que todos los argentinos tienen: ser un poco economistas aficionados por imperio de las circunstancias”.

Y las circunstancias han sido bastante convulsas en Argentina ¿Será entonces verdad que en cada argentino se esconde un economista? Los procesos traumáticos dejan huellas que condicionan la conducta futura del sujeto, me explica el psicoanalista Gabriel Rolón, autor de best-sellers como Historias de diván. “Los vaivenes económicos de la economía argentina han dejado marcas; procesos como el Rodrigazo (una gran devaluación del peso unida a un fuerte aumento de los precios) en los años setenta o la crisis de 2001 seguramente han dejado una inquietud acerca del tema del dinero que lo ha vuelto una cuestión de permanente ansiedad para nosotros”. Argentina -me recuerda Rolón- está poblada por descendientes de inmigrantes que vinieron huyendo de la guerra y el hambre en Europa, gente que guardaba cada peso que ganaba para construirse un futuro o para enviar a su familia en sus países de origen. Rolón ha viajado recientemente por España y Grecia y ha podido constatar que la virulencia de la crisis ya está dejando también su marca en la relación de esas sociedades con el dinero. “Psicológicamente hablando, el dinero no es más que un sustituto de la completitud y el poder. Hay otros valores, como la cultura, el talento, etc., que pueden ocupar ese lugar de hacernos sentir seguros y potentes, pero en la sociedad capitalista el dinero viene como anillo al dedo para buscar esa impostura en busca de una completitud que nunca será posible. El ser humano es un ser en falta, por suerte”. Me comenta Rolón que sus pacientes sólo le hablan de plata cuando tienen problemas económicos. Los ahorristas, por ejemplo, suelen ser sujetos bastante neuróticos.

Una ansiedad que se manifiesta a la hora de decidir cómo rentabilizar el dinero sobrante y que atañe por tanto a las clases medias y altas. Todo argentino al que le sobra un mango a final de mes sabe a cuánto cotiza el dólar, la moneda refugio de un país que vivió el sueño de la convertibilidad (un peso: un dólar) durante la década de los noventa, los años del “deme dos”, cuando muchos argentinos iban a Miami de compras como quien baja al quiosco de la esquina a por tabaco. Los años de pizza y champán, el gran legado político de aquel taumaturgo con patillas conocido popularmente como El Innombrable (por lo que respetaremos la sabiduría popular y no lo nombraremos), que privatizó medio país y prendió la hoguera para el gran incendio de 2001. A excepción de esos años, la preocupación por la cotización del dólar siempre ha estado presente entre los argentinos. Con una inflación que ronda el veinticinco por ciento anual (aunque el gobierno solo reconoce un diez por ciento), el ahorro en divisas era algo habitual entre las clases medias y altas hasta que la presidenta Cristina Kirchner logró la reelección en octubre de 2011 con una abrumadora mayoría y decidió acabar con lo que denominó “ahorro especulativo”. Y ella misma, para dar ejemplo, se aplicó el cuento y pesificó sus ahorros en dólares (es decir, dejó de especular). El control cambiario había llegado para quedarse. El Estado -argumentó el gobierno- necesitaba divisas para hacer frente al pago de importaciones y vencimientos de deuda. Y las divisas se estaban esfumando: 80.000 millones de dólares en los últimos cinco años, según datos oficiales: ni más ni menos que el dieciocho por ciento del PIB.

En el otro lado de la trinchera, los críticos vieron en el cepo al dólar una suerte de corralito en divisas. Sólo en algunos supuestos (viajes al exterior, pago de determinadas importaciones) se pueden comprar dólares de manera legal en el país que, después de Estados Unidos, atesora más billetes verdes en el mundo. A cada argentino le corresponderían, según datos del Tesoro norteamericano, 1.300 dólares frente a los seis dólares per cápita de Brasil. Aunque en las filas oficialistas se defiende la medida como una salvaguarda de la economía nacional, entre la tropa hay opiniones para todos los gustos, desde los defensores acérrimos del control cambiario hasta los que se preguntan por qué el gobierno al que votaron les obliga ahora a cometer una ilegalidad para adquirir dólares. “¿Por qué tengo yo que ir a una cueva (los chiringuitos financieros donde opera el mercado negro) como si fuera una delincuente?”, se pregunta una profesional relacionada con el mundo de la cultura.

Las quejas y alabanzas por el cepo al dólar se apropiaron en los últimos meses de las conversaciones sobre el dinero. En una cena con tres amigos kirchneristas (el antiguo binomio peronista/gorila quedó hoy superado por el de kirchnerista/antikirchnerista), todos caen en una curiosa contradicción: la norma es buena para el país -argumentan- y mala para ellos, que también necesitan dólares para salir fuera del país. “A mí me cagaron, viajo a Ecuador y necesito dólares”, se lamenta uno de ellos. “Yo intenté pedir dólares a la AFIP (la Hacienda argentina que autoriza unos cincuenta dólares por día para los viajes al exterior, aunque el sistema se cae cada dos por tres y en la práctica resulta totalmente arbitrario a la hora de asignar divisas) pero me pidieron una clave fiscal y no tengo”, confiesa otro. “Y ni se te ocurra pedirla”, interviene el tercero: “Cuanta menos información tengan de vos, mejor; están esperando que llames a su puerta para cazarte”.

Hablemos de guita

Pero cómo no hablar de dinero todo el tiempo si los medios de comunicación se desayunan con ese asunto y concluyen la jornada de la misma manera. No hay más que encender el televisor y sintonizar alguno de esos canales que ofrecen noticias (la misma noticia todo el tiempo) durante las veinticuatro horas del día. Ahí está el analista de turno hablando de guita. Hoy toca el salario de los porteros de Buenos Aires, un tema que no deja indiferente a nadie pues hay quien piensa que ganan demasiado (su sueldo está muy por encima del salario promedio, que ronda los cinco mil quinientos pesos mensuales, unos novecientos euros). “Si el portero de mi edificio gana más que yo, es que algo anda mal en este país”, recuerdo que me comentó un amigo periodista. Se equivocaba: lo que anda mal no es Argentina sino el oficio de periodista, aquí y en Pernambuco. Cambio de canal y escucho que alguien habla de la corrupción en España y los sobresueldos en el Partido Popular. “Mirá, estos españoles están copiando lo que hacíamos acá”. Sin embargo, no está muy claro quién copió a quién. No hay más que leer a Belgrano, uno de los próceres de la independencia, en una de las cartas que envió a su padre sobre lo que vio en la España de finales del siglo dieciocho: “Mi querido padre, la plata puede mucho bien dirigida, teniendo algún conocimiento en las cosas de la Corte y sabiendo los conductos se llega a conseguir lo que se quiere con ella; aquí más vale aparentar riquezas que pobreza, pues a todos abre los ojos el metal”.

Cambio de nuevo de canal y me topo con el objeto más deseado del momento: el dólar. En seguida pienso en Guillermo Moreno, el todopoderoso secretario de Comercio. En tiempos en que el dólar paralelo está batiendo todos los récords y ha superado los 7,50 pesos -es decir, un cincuenta por ciento por encima del oficial- Moreno acaba de pronosticar que el dólar oficial podría llegar a los seis pesos a finales de 2013; tengamos en cuenta que a principios de año ronda los cinco pesos. Y si lo ha dicho Moreno, una suerte de Rasputin del kirchnerismo capaz de recibir a ciertos empresarios con guantes de boxeo para poner las cosas claras desde el principio, como mínimo conviene prestar atención, por más complicado que resulte en este país asimilar rápidamente los avatares del dólar.

Si algún extranjero aterrizó por primera vez en Argentina el pasado 17 de enero, probablemente no haya podido entender los titulares de la prensa de ese día: “El dólar blue llegó a 7,50 pesos”. ¿El dólar blue? No tengo la menor idea de por qué al dólar que se vende en el mercado negro no lo denominan por su nombre, “negro”, en lugar de llamarlo blue. Y eso no es todo, porque en Argentina hay tantas especies de dólares que cuesta proponer un inventario. Está el dólar blue de las cuevas y el green de los “arbolitos”, esas plantas humanas que pueblan la céntrica calle Florida al grito de “cambio, cambio” y que poseen el don de la invisibilidad, pero sólo ante la policía. Está el dólar celeste de las operaciones inmobiliarias (porque en Argentina, ver para creer, los pisos se construyen en pesos y se venden en dólares) y el dólar turista de los gastos con tarjetas; hay un dólar soja, un dólar maíz, un dólar girasol: cada uno con su propia cotización. Y hasta un dólar bautizado con el extraño nombre de “contado con liqui”, que se utiliza para la fuga de capitales por la vía legal.

La asimilación social del dólar paralelo es tal que los principales diarios argentinos publican en sus páginas financieras no sólo la cotización del dólar oficial sino también la del negro (quiero decir, blue). Como no podía ser menos, en las redes sociales ya hay quien informa de la cotización del dólar paralelo a todas horas: @dolarblue, @dolarcable, @dolarlite.

Para rizar el rizo, recientemente apareció una aplicación informática que sigue los altibajos del dólar paralelo en tiempo real en iphonesyipads. Como se sabe, los argentinos son los reyes del invento. Ahí está Erdosain y su rosa de cobre para atestiguarlo. Se autoproclaman inventores del bolígrafo (que en Argentina llaman con el peculiar nombre de birome en honor a su creador, el húngaro nacionalizado argentino László Biro) y del autobús urbano o colectivo (puedo dar fe de que fueron ellos los creadores del cacharro: por Buenos Aires circulan los prototipos más viejos del planeta). Pues bien, una empresa argentina de sitios web, Bullpix, está detrás de la aplicación del dólar blue, una de las más demandadas de Apple en Argentina. “Primero regalamos la aplicación a nuestros clientes. Luego decidimos cargarla en el App Store de manera gratuita por dos días y la descargaron más de tres mil personas. La pasamos al modo pago para poder mejorarla. Ahora cuenta con notificaciones en donde se informa por hora los cambios en la cotización”, relata Alejandro Donzis, director comercial de la empresa, al diario El Cronista Comercial.

Sin tantos alardes tecnológicos, Agustín, un treintañero que lleva siete años en el negocio del dólar paralelo, cuenta y recuenta billetes tras una ventanilla en un local de Barrio Norte, una zona de clase media-alta de la capital. “Dame pesos”, ordena sin que haya nadie más a la vista. Unos segundos después, un bote de plástico desciende por una plataforma habilitada en una esquina del habitáculo donde trabaja. “Cien, doscientos, trescientos…”. Los dedos de Agustín son más rápidos que la vista. En unos segundos, le entrega 7.450 pesos a un cliente que le ha vendido mil dólares. Todo en la cueva de Agustín -el tabuco de dos por dos donde atiende, la luz mortecina, las paredes cuarteadas- tiene un aire de sordidez que no desentona con la actividad que allí se practica: la usura. El sociólogo alemán Georg Simmel ya advirtió en La filosofía del dinero (1905) que las relaciones humanas quedaron marcadas a fuego desde la aparición de un instrumento de comercio que se transformó en un fin en sí mismo. Con el dinero surge el individuo calculador en detrimento del individuo contemplativo.

“Esto no tiene mucha ciencia: se trata de comprar y vender”, me asegura Agustín. Pero tiene más ciencia de la que parece. “Faltan dólares en el mercado, por eso hay tanta demanda, y la va a seguir habiendo porque el gobierno no va a salir a vender dólares; hay que entender una cosa: el cepo cambiario no se va a acabar”.

El cuevero habla de economía con desparpajo. La espiral inflacionaria: ahí está el problema. Argentina se precipita hacia esa espiral y a la paralización del crecimiento. O sea: la temida estanflación. Agustín parece un economista, pero no lo es. “Lo que pasa es que leo mucho, me gusta estar enterado de las cosas, porque yo también muevo mi plata: en oro, en bonos, donde vea que va a ser más rentable”. Entre lección y lección, suena el teléfono. Y Agustín contesta telegráficamente: “Euro: ocho noventa”. Como si fuera un cambio legal, cada día, desde las diez y media de la mañana, los cueveros como Agustín llaman a una “central” para informarse sobre el precio de cada divisa de acuerdo a la oferta y demanda. “Son bancos y mesas de dinero de la City (el Microcentro porteño) las que marcan la pauta”.

Cada día el mercado negro mueve al menos veinte o treinta millones de dólares, el tres por ciento del total. Los técnicos lo llaman mercado ilíquido porque se trata de un volumen pequeño donde unos pocos jugadores pueden mover el tablero a su antojo. Pero Agustín no tiene dudas sobre quién respalda la existencia de ese mercado paralelo: “Al que más le interesa que exista es al propio gobierno, que así puede operar con sus dólares en los dos mercados: el oficial y el paralelo. Ellos son los formadores de dinero”.

El negocio del cuevero está estrechamente relacionado con la veneración que sienten los argentinos por el dólar. Moneda fetiche, el billete verde será siempre garantía de ahorro. “Yo lo explico con el ejemplo de la campera: Vos te olvidás una campera en mi negocio y regresás dentro de un año; en un bolsillo dejaste cien pesos y en el otro cien dólares; con el primer billete podrás comprar un treinta por ciento menos (por la inflación) mientras que el segundo lo seguirás guardando porque no perdió su valor, al contrario. ¿Se entiende?”.

Meridianamente.

Y mientras Agustín continúa hablando de márgenes y centavos, el ejemplo de la campera me lleva a pensar en todos esos lugares donde los argentinos guardan sus ahorros. La desconfianza en los bancos tras el corralito financiero de 2001 llevó a mucha gente a esconder el dinero en los rincones más insospechados de sus casas: bajo una encimera, en el balcón o entre la ropa, como esa campera ficticia de Agustín. Otros prefieren no arriesgar tanto y depositar sus dólares en los bancos, pero no en una cuenta sino en una caja de seguridad.

Según el diario Ámbito Financiero, en Argentina hay setecientas mil cajas fuertes en las entidades bancarias. Cuántos dólares acumulan esas cajas es un misterio. Hay también quien decide encastrar la caja fuerte en su propio hogar.

En el apartamento que alquilé cuando llegué a Buenos Aires había una enorme caja fuerte en el cuartito de la lavadora. De hecho, la caja tenía el tamaño de una lavadora. Estaba cerrada a cal y canto y nadie se acordaba de la clave para abrirla. Durante los primeros días soñé con que unos ladrones entraban en casa y me torturaban para que cantara la combinación. Como no la sabía, me iban cortando los dedos de las manos y cuando ya sólo quedaban muñones me despertaba gritando. Le pedí encarecidamente a la administradora del piso que se llevara esa cosa maligna de mi departamento o que al menos la dejara con la puerta abierta. Pero no fue tan sencillo. El dueño vivía en el extranjero y no recordaba la clave, así que la administradora tuvo que contratar a unos expertos en cajas de seguridad. Primero vino el operario estilista, pero aunque gesticuló como esos ladrones de guante blanco que salen en el cine, no logró dar con la fórmula adecuada. Se marchó cabizbajo. Después llegaron los reventadores profesionales, tipos rudos con taladradoras, martillos y refrescos de cola. La caja pesaba un quintal y la única forma de no fundir el ascensor era trocearla. Rompieron varias brocas antes de poder perforar el acero del armatoste. Nunca supe muy bien qué hicieron esos “expertos” tanto tiempo en el cuarto de la lavadora, pero estuvieron varios días hasta que finalmente consiguieron separar la puerta del cuerpo de la caja y mi pesadilla, por fin, se acabó.

Le he perdido el hilo a Agustín durante unos segundos pero no importa porque él sigue en lo suyo: “El dólar blue va a continuar subiendo aunque el gobierno devalúe el oficial; si no pone dólares a la venta, la brecha seguirá”, está diciendo ahora. No hay una salida fácil, según el economista cuevero, porque si se elimina el cepo cambiario la gente irá en masa a comprar dólares: “Es la cultura argentina; somos así”.

La obsesión por el dólar existe desde hace décadas. “Salarios, precios, tipo de cambio: todo el mundo habla de dinero, todos los que pueden permitírselo compran dólares en el mercado negro. Y pronto el visitante se ve afectado por la histeria”. Cualquiera podría suscribir esa frase hoy, pero fue escrita en 1972. V.S. Naipaul palpaba entonces la realidad argentina para escribir su extensa crónica sobre el peronismo: El regreso de Eva Perón. El traductor de Borges, Norman Thomas di Giovanni, que llevaba tres años viviendo en Buenos Aires, le traslada a Naipaul esa impresión: “Empiezas a tener la sensación de que te estás pasando los mejores años de tu vida en casa del cambista. Voy allí algunas tardes igual que otras personas van de compras; sólo para ver qué se ofrece”. Para seguir el consejo de Di Giovanni, me acerco a visitar a Agustín algunas tardes de este verano austral mientras paseo por Buenos Aires. Me gusta verle contando billetes a toda velocidad: cien, doscientos, trescientos, mientras ordena que bajen el frasquito con los pesos en su tabuco de dos por dos.

Es el triunfo de la sociedad del cálculo.

Coaching in theriverplate

Seguramente Agustín no necesite los consejos de Nicolás Litvinoff, un economista (con título universitario) devenido coach financiero. Cuando oí hablar de él no tenía idea de qué demonios era un “coach” financiero, una de esas maravillosas expresiones de nuestra época globalizada. “No es más que el coaching ontológico aplicado a las finanzas”, me suelta Litvinoff.

Sigo sin entender nada, así que abro su libro Es tu dinero e intento enterarme de qué hablamos cuando hablamos de coaching ontológico: “Se basa en la premisa de que existe una relación directa entre nuestra forma de observar el mundo, las acciones que emprendemos y los resultados que obtenemos; por ende, su meta principal es transformar el tipo de observador que somos (…) para alcanzar los objetivos planteados”.

Aplicado a las finanzas, el trabajo del coach es lograr que el inversor cambie y mejore su punto de observación de la realidad económica para lograr resultados tangibles. Voy entendiéndolo.

Nicolás me ha citado en una cafetería de Salguero y Libertador, una de las zonas más nobles de Buenos Aires, donde uno imagina que a la gente no le hacen falta muchos consejos para conseguir plata. “Lo que hago es darle una vuelta de tuerca al coaching y fusionarlo con las finanzas; trabajé en sociedades de bolsa manejando cuentas de terceros e impartí clases de economía financiera; junto todo eso y salgo con el coaching financiero”. Y para ello fundó Estudinero.net, un sitio de Internet al que se apuntan desde contables hasta mineros o taxistas en busca del tiempo (y del dólar) perdido. En sus clases, el coach enseña a sus alumnos a “invertir con fundamentos”. “La intuición siempre genera pérdidas”, es una de sus premisas.

Tenía mis dudas sobre las diferencias entre un coach y un asesor financiero, pero empecé a despejarlas cuando Nicolás me comentó que estaba terminando su primera novela: Maten al asesor financiero. Parece que los coach no se llevan muy bien con los asesores. “Hay siempre un conflicto de intereses entre el asesor y su cliente, porque el asesor piensa sólo en el bonus de fin de año que le corresponderá por la cantidad de productos que haya podido colocar”. Y el coach, según Nicolás, trabaja en un plano más emocional. ¡Qué buen rollo! En cualquier caso, a mí la parte de la charla con Litvinoff que más me interesa es cuando me revela que él no trabaja más de cuatro horas por día. Trabajar menos y ganar más, de eso se trata. Erdosain y el Rufián Melancólico se unen a nuestra mesa.

“La pregunta clave -nos informa el coach a los tres- es si conviene dedicar el ochenta por ciento de nuestro tiempo a generar los ingresos o, por el contrario, trabajar el veinte por ciento de nuestro tiempo para generar el ochenta por ciento de los ingresos”. Para ello, hay que vender bien nuestro talento. “Internet te da la posibilidad de llevar este tipo de vida que yo propongo: nunca fue tan fácil montar un negocio como hoy en día, se trata de buscar aquellos nichos no explorados”. Litvinoff los llama Vehículos Automatizados de Ingreso. Otra expresión maravillosamente posmoderna.

“Se vende talento. Razón aquí”, podría ser el lema del trabajo por cuenta propia que viene. El problema, según el coach, es que no todo el mundo sabe potenciar su capacidad. Y los que saben hacerlo -pienso yo- también pueden caer en las redes de la ansiedad: Litvinoff relata en su libro la aventura ficticia de un broker de bolsa argentino que decide manejar cuentas de terceros desde su casa. Después de informarse bien (siguiendo los mandamientos del coaching), invierte en paquetes de acciones de los países emergentes, los llamados Brics, muy en boga. Al principio le va de maravilla, con ganancias de mil quinientos dólares por día, el sueldo de un mes y medio en su trabajo anterior. Pero un día la Bolsa da un giro inesperado y el broker comienza a perder al mismo ritmo que antes ganaba. Todo eso le genera un estrés incontrolable, vive pegado a la computadora hogareña todo el tiempo, se queda desvelado hasta la madrugada para ver cómo se comportan los mercados asiáticos, come mal, discute con su novia: un infierno. Hasta que cambia la estrategia inversora y logra revertir la caída de su cuenta de terceros. El cuento tiene un final feliz, porque el broker acaba ganando en quince días tres mil quinientos dólares. Pero maldita la gracia. A punto ha estado de que lo llevaran a urgencias por un paro cardiaco. “Tiene algo de autobiográfico, sí”, confiesa Nicolás para saciar mi curiosidad.

Los consejos de Litvinoff sobre cómo utilizar el dinero y el tiempo se venden bien en las librerías, pero no han logrado batir a la auténtica estrella de la temporada, el best-seller de la divulgación económica: Economía a contramano, del periodista Alfredo Zaiat. “Yo no veo en la Argentina una obsesión con el dinero como objeto fetiche del sistema capitalista diferente a la que puede haber en otros países; lo que sí existe es una obsesión con el dólar”, me explica Zaiat.

En su libro -lectura de cabecera de la presidenta Kirchner-, Zaiat dedica un capítulo a esa obsesión. Y relata algunas curiosidades interesantes, como la peculiar manera en que viajan todos esos dólares que acumulan los argentinos desde la Reserva Federal hasta el Banco Central de Argentina. Todo un negocio para Washington. En concreto, el Tesoro norteamericano recibió tres mil doscientos veintitrés millones de dólares en intereses sólo en 2005. “Los argentinos que se aferran a esos billetes merecen saber que, de forma gratuita (…), han colaborado con esa suma millonaria a las finanzas de Estados Unidos”. Para Zaiat, lo que sí diferencia a Argentina de otros países es la cultura rentista que hunde sus raíces en la posesión de vastas áreas de tierra tremendamente productivas, pero en muy pocas manos. “Una cultura que no se dio en otras partes del mundo con una bendición de la naturaleza similar a la nuestra”, dice.

Defensor del control cambiario impuesto por el gobierno, el autor de Economía a contramano cree que lo que está en juego es la recuperación de la soberanía monetaria del país, rifada a su suerte durante décadas de políticas neoliberales.

Los libros de divulgación económica, como el de Zaiat, inundan las estanterías de las librerías argentinas. Pero el dinero no está muy presente en la literatura actual. No siempre fue así. La investigadora del Conicet Alejandra Laera, doctora en Letras, me cita en el bar del Museo Sarmiento para explicarme en qué momentos puso el foco la literatura argentina en el dinero. Laera, que pronto publicará su ensayo Ficciones del dinero. Argentina, 1890-2001, ha detectado una estrecha relación entre esas dos épocas. Dos momentos que combinan una gran modernización con un desastre económico. Esa tesis reveladora nos lleva a conectar a Julián Martel -el primer autor que se ocupó del dinero a conciencia en La Bolsa (1891)-, con los narradores contemporáneos que entre 1990 y 2001 escribieron obras en las que el dinero se articula como motor de la trama. En La Bolsa, Martel escribe por primera vez sobre un asunto -el dinero- que antes solo había aparecido de manera tangencial, como en los registros de gastos de Sarmiento que, por cierto, anotaba hasta las orgías.

“Es a partir de esa crisis de 1890 cuando las novelas se hacen cargo de esa nueva realidad, el dinero, la crisis, la especulación bursátil. Al mismo tiempo, los diarios comienzan a publicar noticias relacionadas con las finanzas, los suicidios que provoca la crisis, etc.”. Y ese ciclo de novelas relacionadas con el dinero concluirá a finales de la década del veinte, con Los siete locos y Los lanzallamas de Arlt. Después, y aunque otros grandes escritores, desde Borges a Saer, trataron el asunto a su manera, habrá que esperar hasta otra etapa de abrupta prosperidad y crisis para encontrarnos con el dinero como protagonista en la narrativa argentina.

En la década de 1990 se escriben, según Laera, cinco novelas que tratan el dinero no ya como el nuevo héroe moderno que proclamara Balzac sino como su reverso. “Son tramas que refuerzan la idea de la abstracción intrínseca del dinero; más que del dinero hablan de la desaparición del dinero”. Ahí están El aire (1992), de Sergio Chejfec, donde el vidrio reemplaza a monedas y billetes; Wasabi (1994), de Alan Pauls, donde la beca concedida a un escritor se transforma en una pesadilla que le provocará el crecimiento de un quiste; Plata quemada (1997), de Ricardo Piglia, donde arde el dinero de un robo; Varamo (1999), de César Aira, con el dinero falso como protagonista, y La experiencia sensible (2001), de Rodolfo Fogwill, donde una familia se ve abocada a gastar su plata en un casino de Las Vegas.

“Estas novelas -señala Laera- son una apuesta por escribir las ficciones del dinero desde la interpelación y la denuncia de situaciones vinculadas al contexto político y social del país, y creo que es importante la conexión con las obras del diecinueve. Aunque son novelas de temáticas y propuestas diferentes, las obras de finales del diecinueve y las de la década del noventa coinciden en algo esencial: destacar la tensión entre modernización y crisis; se trata de ciclos modernizadores con mucha inversión, mucho consumo lujoso, y ambos terminan con crisis no solo económicas sino institucionales”.

Pero si hay un escritor que sublimó el dinero como trama central de su obra fue Roberto Arlt, autor de algunas de las grandes novelas de la literatura en español del siglo veinte. Piglia ha visto en Arlt al gran urdidor de la ficción del dinero. “En sus novelas -escribe Piglia- el dinero aparece como causa y como efecto de la ficción. Causa, porque para tenerlo es preciso mentir, estafar, hacer el cuento. Efecto, porque ese enriquecimiento siempre postergado desencadena la historia de todo lo que se va a hacer, cuando se tenga dinero”. Laera también comparte esa lectura sobre la narrativa de Arlt: “Tanto Los siete locos como su continuación, Los Lanzallamas, representan el momento culminante de las ficciones del dinero”.

El escritor Martín Kohan (Buenos Aires, 1967), uno de los mejores narradores de su generación, también cree que Arlt da en el clavo al subrayar una de las dos fantasías que dominan el imaginario argentino: la riqueza repentina a través del batacazo. Su contracara es la ruina fulminante, que tanto ha cantado el tango. “La idea del batacazo arltiano va en contra de esa filosofía de nuestros abuelos, el trabajo diario, el separar el pesito, el ahorro”, me cuenta Kohan en el escenario del teatro Grand Splendid, rodeado de actores políglotas que no paran de tomar café. Llegó a la cita con una camiseta deportiva y una mochila a cuestas. No parece un intelectual. Pero su vida son los libros y la docencia. “Mi principal capital es el tiempo”, me confiesa, para luego explicar que le revienta perder un día en trámites burocráticos.

Kohan es un argentino atípico, poco o nada preocupado por el dinero. Aunque esa indiferencia no lo protege del virus: “Hoy fui a comer a una parrilla normal en un barrio normal y cuando me levanté para ir al baño pasé bordeando tres mesas y en todas escuché conversaciones relacionadas con el dinero. Es interesante pensar en esa persona que aunque no esté directamente ligada al tema de la plata se interesa de alguna manera, porque el dinero está en el ambiente. En mi memoria de argentino, siempre fue un tema del que había que saber algo, como el clima del día”.

A Kohan no le duelen prendas en reconocer que él mismo, un antimenemista declarado, se sintió de alguna manera mesmerizado por la convertibilidad. “El ideologema del uno a uno (un dólar: un peso) me quedó inoculado con una fuerza que iba más allá de la racionalidad”. De repente, a alguien como Kohan -que cultiva el anticonsumismo- se le encendían los ojos ante la cantidad de libros y discos importados que podía adquirir. “Más allá de que el uno a uno no tenía ningún fundamento económico y estaba destinado a desmoronarse, están las razones ideológicas por las que funcionó; la convertibilidad tocó un deseo colectivo, la voluntad de creer en que se puede ser otra cosa”.

La idea nos lleva de nuevo a principios del siglo veinte, a los estancieros que viajaban a Francia con su vaca en la bodega del barco, al sueño de una nación que quiso ser y no fue la Estados Unidos del sur. El peso mirando de tú a tú al dólar era eso: la idea de pertenecer a un primer mundo privilegiado, donde el consumo desbocado (“deme dos”) sería el nuevo becerro de oro. “La crisis de 2001, además de todo el empobrecimiento que causó, lastimó ese imaginario”, subraya el autor de Ciencias morales. Y el paciente ya estaba tocado después de sufrir la hiperinflación de finales de los años ochenta.

“El filósofo Tomás Abraham se refirió en un artículo a que el verdadero miedo social actual en Argentina viene estimulado por el fantasma de la hiperinflación, por encima de otros traumas sociales como el que dejaron en el país los represores de la última dictadura; es terrible pero auténtico”, apunta Kohan. Los traumas económicos marcaron a fuego en la sociedad un “reflejo defensivo” que no ha desaparecido y que no tiene nada que ver con la especulación pura y dura que practican algunos. “El dinero -dice el escritor- no es una cuestión relevante en mi vida, pero sí tengo ese reflejo de ahorro; no tengo avidez en ganar dinero: mi reflejo es no gastar”.

Me despido de Martín Kohan en la cafetería de la deslumbrante librería El Ateneo, ¿o era el escenario del Gran Splendid?, y me encamino hacia casa. Tengo que hacer algunos arreglos en la baulera. Cada vez que entro en esa covacha llena de trastos y veo la caja fuerte troceada me vienen a la memoria aquellos días de angustia, cuando me atormentaba la idea de que los expertos de las taladradoras y los martillos nunca pudieran terminar su trabajo. Arrumbada en una esquina de la baulera quedó la puerta de la caja. Nunca olvidaré el día en que uno de los operarios, con los ojos enrojecidos de tanto polvo tóxico, me gritó la buena nueva: “¡Ya está listo, capo!”. Quise ser testigo del momento de la apertura. ¿Qué preciado tesoro se escondía en aquel cofre misterioso? Entré apurado a la habitación y me asomé impaciente por encima de los hombros del operario. En la caja fuerte no había nada: ni un peso ni un dólar ni una joya. Ni siquiera un papelito socarrón con la frase “¡Te mataron por nada, pelotudo!”. Solo vacío y nada más.