Tras la línea de salida, cientos de atletas esperaban la ansiada señal del arranque de la carrera anual de los 160 kilómetros, en un cerro del sur de California.
Entre la variedad de tenis hi–tech, y de ropa térmica diseñada para soportar en un mismo trayecto frío alpino y calor playero, un grupo de competidores se distinguía del resto.
Su atuendo deportivo parecía una inocente broma, si no fuera porque así visten a diario: paliacate como torniquete en la frente, blusón largo con estampado de flores, calzón de manta que deja sus huesudas piernas al descubierto y sandalias fabricadas por ellos mismos con restos de llantas abandonadas, y sujetas al pie con correas de pellejo de vaca.
Era el contingente de indios tarahumaras mexicanos en la carrera que congrega a los maratonistas más aguantadores del mundo por las ensañadas veredas del cerro de San Gabriel, cerca de Los Ángeles, California. Era el año de 1997.
Entre los tarahumaras estaba Cirildo Chacarito, un abuelo de 52 años que no era el favorito de nadie, menos ante Ben Hian, el joven y robusto marino gringo que iba por su cuarto triunfo consecutivo.
Chacarito había llegado ahí con otros indígenas que destacaron en las competencias de persecución de bolas de madera que por tradición organizan las comunidades autóctonas de la Sierra Tarahumara. Son carreras que los indígenas juegan desde niños en su territorio montañoso, con jugosas apuestas de por medio, que pueden durar hasta tres días en los que cada equipo persigue una pelota de madera ligera, cuyas reglas cambian por acuerdo entre ellos mismos en cada competencia y en las que gana el que aguante más o llegue primero.
—Chacarito, a ése es a quien tienes que seguir —le explicó antes del arranque el sacerdote jesuita Javier Ávila, quien acompañaba al grupo.
Fue entonces que el rarámuri vio por primera vez a Hian, el tricampeón sandieguino que en ese momento calentaba. Le llamaron la atención los tatuajes del militar. Nunca había visto algo así.
—¿Por qué está pintado? ¿Qué, es fariseo? —recuerda Ávila que preguntó asombrado el indígena, quien relacionaba los tatuajes con la tradición de Semana Santa en su pueblo, donde los hombres se pintan el cuerpo con cal y bailan al son de rústicos violines una interminable lucha entre judas y fariseos.
Al toque de salida, en punto de las cinco de la mañana, Hian salió arropado con el halo de favorito. Por exóticos, los tarahumaras compartían también algunos rayos de luz de los reflectores.
“Why don’t you wear tennis shoes? Do you feel pain? Do your feet bleed?”, les preguntaban azorados los periodistas cuando se los encontraban en los puestos de abastecimiento de comida, agua y revisión médica, a lo largo del camino.
Las horas pasaban, las montañas se sucedían, la temperatura variaba, y los atletas iban cayendo como moscas. Deshi-
dratados, acalambrados, frustrados, resfriados o agotados.
Pero Chacarito se mantenía fiel a la consigna de sabueso que sigue a su presa.
A su ritmo, fue conquistando posiciones, hasta que visualizó al marino. Pero sólo por un momento, pues en la oscuridad del bosque perdió la vereda. Hallar el camino de vuelta le consumió unos 20 minutos.
—¿Qué pasó, Cirildo? —le preguntó el sacerdote cuando lo vio aparecer en uno de los puestos.
—Pos me perdí.
—Ni modo.
—¿Dónde va el otro?
—Pasó hace media hora.
—Aaaaah ‘ta bueno —se le escuchó decir antes de acelerar las piernas.
Horas después la competencia comenzó a cerrarse. Popeye “El Marino” contra abuelo nutrido a base de maíz y agua acortaban distancia. Tenis de marca y huaraches de hule. Uno le pisaba la sombra al otro.
Fue entonces que el estadounidense tronó como globo. Así nomás, en el sobreesfuerzo por mantenerse adelante del indio que le aventajaba, en edad, un cuarto de siglo.
Cerca de la una de la mañana del día siguiente, los altavoces anunciaron al público que se acercaba el primer corredor a la línea. En la oscuridad, el público vio aparecer una lucecita; luego, una camiseta. No, señor, era una camisola de tela. ¡Era Cirildo con su vestimenta tradicional y su lamparita de minero!
Cruzó la meta, se detuvo y preguntó:
—¿Ya llegaron los demás?
—No, nadie. Tú eres el primero.
—Aaaaah, ‘ta bien.
—Siéntate.
—No, ‘ta bien así.
—¿Agua?
—No.
—¿Chocolate?
—Sí, chocolate.
—¿Qué tal estuvo la carrera?
—No, pos cortita.
Ése fue su parco comentario, según lo que recuerda Ávila emocionado, ocho años después a bordo de su camioneta, mientras transitábamos por un hilo de terracería flanqueado por pinos largos y flaquitos, sobrevivientes de la rapadura de la sierra y el desmonte indiscriminado.
En 19 horas, 37 minutos y 3 segundos, el cincuentón Chacarito avanzó 160 kilómetros, lo equivalente a correr, ida y vuelta, del zócalo de Ciudad de México a Cuernavaca o entre Bogotá y Villavicencio, o a cruzar a pie 15 veces la distancia que separa a España de África a la altura del estrecho de Gibraltar.
El abuelo alcanzó un récord para sí mismo pero flojo para los de su etnia. Tres años antes, el tarahumara Juan Herrera había corrido el mismo trayecto en dos horas y diez minutos menos. Desde ese día, el nombre de Herrera se hizo acompañar de un apodo: “El Guinness”.
La marca, 17 horas 30 minutos 42 segundos, lo hizo aterrizar en las páginas del libro de récords; pasar como meteorito por la oficina del Presidente de la República, donde fue felicitado y condecorado; salir retratado en todos los periódicos, y aparecer fugazmente en la televisión, antes de volar de regreso a casa a levantar la cosecha.
***
Ocho años después del triunfo que lo hizo famoso, tuve a Chacarito enfrente con su blusón de cuello mao, a usanza de los de su pueblo. Su camisola, de tan larga, escondía la tela blanca enrollada tipo Gandhi que usa en lugar de calzón. Llevaba las piernas al aire, sandalias y una bola de madera entre sus manos. Mantenía una mueca enigmática que no sabía si era de pena o de sonrisa. Lo vi esa primera vez en un póster que decora la pared de un hotel de Creel, la pintoresca ciudad del estado de Chihuahua que hace frontera con Estados Unidos y donde obligatoriamente se detiene el tren Chihuahua–Pacífico que va cargado de turistas que anhelan llegar a las famosas Barrancas del Cobre.
“Corredores tarahumaras. Panalachi, Chihuahua, México”, se leía en el póster que mostraba a Chacarito y a Victoriano Churo, campeón en 1993 en Leadville, Colorado.
Me acordé, entonces, de las historias que en mi casa, en Chihuahua, escuché desde pequeña sobre los tarahumaras: que son los corredores más resistentes del mundo pero pierden cuando compiten fuera del país.
La explicación de la derrota variaba según el narrador: a veces fracasaban porque los obligaron a correr con tenis y no supieron usarlos, o porque entristecieron lejos de casa, o la nueva comida les estragó el estómago, o fue el pánico escénico, o se acalambraron en la nieve con su ligera vestimenta o no entendieron las instrucciones de la carrera o fueron blanco de un hechizo.
Por eso, cuando vi junto al póster los huaraches que Chacarito calzó durante la mítica carrera, me propuse buscarlo.
***
No hay consenso.
Se calcula que hay en México entre 90 y 120 mil indígenas tarahumaras, o rarámuris, como ellos se nombran y que significa “los de pies ligeros” o “corredores a pie”.
Viven en la Sierra Tarahumara, territorio montañoso y quebrado del norte de México, majestuosas barrancas, parajes de clima extremoso, tropical al fondo, nevado en las alturas.
Por siglos, estos indígenas han vivido en parajes inaccesibles y algunos todavía habitan en cuevas. Desde niños se hacen atletas aun sin proponérselo, pues caminan varios kilómetros para todo: para llegar a casa de la abuela, la escuela, llevar a pastar a las chivas, buscar algún riachuelo o conseguir leña.
Su deporte oficial es correr por horas o hasta por varios días detrás de una bola si son varones, o en el caso de las mujeres ensartando en un palo una dona de palma forrada con tela. Los mejores atletas varones ganan prestigio entre su comunidad.
“Unos niños caminan hasta seis horas para llegar a la escuela, pero ni se quejan, son aguantadores, aprendieron a aguantar sin decir nada”, comenta el maestro de la primaria del ejido de Monterde, uno de los tantos pueblos refundidos en medio del bosque.
En Semana Santa danzan día y noche, subiendo y bajando los cerros, en honor a Onorúame, su Dios Padre–Madre. Se sabe que para cazar venados los corretean hasta cansarlos. O, al menos, eso pasaba cuando todavía era fácil ver venados por sus tierras, antes de que la sequía se estacionara y los aserraderos sonaran día y noche.
“Cuando acaban las carreras largas de 50 o más kilómetros ellos llegan perfectamente bien, se sientan en la plaza y se ponen a fumar, en cambio los que no son tarahumaras van directo a la ambulancia o a que les den una sobadita”, asegura Raúl Quezada, el dueño del restaurante de Creel, quien nunca pudo ganarle una carrera a los indios.
Ocurrió en 1982 que una rarámuri de nombre Rita Carrillo cruzó a Estados Unidos y que por doce años estuvo encerrada en un psiquiátrico en Kansas City por su vestimenta diferente y por hablar su lengua incomprensible hilvanada de esdrújulas, porque ellos hablan así: onorúame (dios), cho’kéame (organizador de juegos) o kórima rémeke (compárteme una tortilla).
Sus dotes atléticas han causado todo tipo de especulaciones. Que si tienen genes diferentes. Que si esconden algún secreto. Que si una planta les da potencia.
En los años sesenta, el estadounidense Clyde Snow y el alemán Bruno Balke los sometieron a todo tipo de exámenes (hasta del aire que cabía en sus pulmones) y determinaron que un buen corredor cubre de 10 a 15 kilómetros por hora o 190 metros por minuto.
Ninguno de los examinados fue encontrado con anormalidades físicas, como pulmones gigantes. Eso sí, los investigadores anotaron un detalle que les llamó la atención: aunque los examinados habían corrido cuatro horas consecutivas, ninguno de ellos jadeaba al terminar.
El primer antropólogo que estudió su resistencia fue Lumholtz, quien anunció que podían fácilmente correr 270 kilómetros sin parar y consignó que un tarahumara recorrió 965 kilómetros en cinco días, alimentado sólo de agua y maíz molido.
***
Veo la camioneta que me trajo hasta aquí levantar una nube de polvo y alejarse por el camino. Va perdiéndose en medio de montañas de roca maciza, cuyas paredes parecen haber sido labradas y lijadas intencionalmente. Piedras que formaban figuras de monjes, ranas, elefantes o lo que da la imaginación.
Estoy en Panalachi, sola y sin saber a dónde encaminarme. Es un ranchito de la sierra con un centro de salud, una escuela donde se enseña preparatoria por televisión y un considerable monte de aserrín a la entrada del pueblo que recuerda la época de bonanza, cuando había madera para talar.
Llegar acá no fue sencillo: dos horas de vuelo de Ciudad de México a Chihua-hua, cinco horas en camión hasta la Sierra Tarahumara, esperar tres raids en curvados caminos de terracería y completar a pie otro tramo de bosque empinado en la zona intermedia.
Por las señas contradictorias que me dan los lugareños, parece que tampoco será fácil dar con el abuelo–leyenda a quien vengo a buscar.
—¿Por qué busca a Chacarito? —me pregunta curioso un anciano envuelto en una cobija con franjas de penetrantes colores, que descansaba inmóvil como lagartija al sol, afuera de la tienda comunitaria de Panalachi.
—Yo soy Victoriano Churo Sierra —se presenta con orgullo el desgastado indígena de rasgos que parecen asiáticos.
Churo es otro de los grandes. Si hubiera un paseo de la fama de maratonistas ahí debería estar su nombre. Si hubiera escrito su autobiografía (lo que no ocurrirá porque no conoce el alfabeto), su título podría ser: “De la Sierra Tarahumara a las pistas internacionales: mi experiencia en Los Ángeles, Wyoming, Denver, Suiza, Italia y Japón”.
Estuvo en ligas mayores: en Los Ángeles en 1997, por ejemplo, cuando Chacarito ganó el primer lugar, él llegó en tercero, pero las crónicas no se ocuparon de él. Cuatro años antes le había tocado probar el sabor del primer lugar. Fue en Leadville, Colorado, a donde lo llevó su amigo “Cherokee”, como le dice al médico Alberto Sánchez. Churo tenía 55 años cuando pisó el éxito sobre una suela de llanta que sacó de un deshuesadero estadounidense. Aún no era el viudo padre de 12 hijos que es hoy. Con su medio siglo de vida recorrió 160 kilómetros en 20 horas y se convirtió en el primero de su etnia en ganar fuera de México.
—No sabíamos cómo correr, pue’, le pregunté a Cherokee: “Cómo voy a correr”, y me dijo: “Nomás correr y no esperar, sigue a todos”. Y ya en la noche terminé rebasando a todos los gringos, pue’ —dice orgulloso con su español aprendido a edad adulta.
El hombre moreno de sombrero blanco saca de su morral tres álbumes que lleva siempre consigo. Incluso cuando sale de su rancho para hacer compras en la tienda, como hoy.
En la primera página del álbum de pasta decorada con caracteres japoneses se ve su imagen dentro de diminutas calcomanías y rodeado de dibujos animados, ora en poses fanfarronas, ora con lentes oscuros al estilo Matrix, ora señalando a la cámara como estrella de rock, ora serio como ejecutivo, ora acompañado de una japonesa.
“Esta vieja hasta me quería robar allá en el Japón, que no tenía marido, que estaría bien juntarnos. Yo iba bien asustado y [pensé] qué voy a hacer tan lejos si allá ni hay tierra pa’ sembrar”, comenta socarrón, orgulloso de la popularidad que tuvo en tierra nipona. Se detiene en una de las fotos y menciona que vendió una camisa suya, tradicional, de esas cosidas a mano, a 25 dólares. Seguro fue el mejor negocio que hizo en su vida. Tras repasar varias veces las imágenes dictamina: “Japón no me gustó, puro comer arroz con un palillo que no se podía agarrar, se me caía la comida y tampoco me gustó ese que le dicen camarón, puro crudo. No quise comer, pero qué hago, si no como me muero de hambre”.
Churo dice que llegó a la isla por invitación y con gastos pagados por un joven nipón que un día se presentó en su rancho y le pidió que le enseñara su técnica deportiva —seguramente buscando que lo tomara bajo su tutoría, como el viejo Miyagi hizo con Karate Kid, pero en una versión alrrevesada: el occidental de maestro, el oriental de alumno.
De sus viajes, lo que rememora con más cariño son los Alpes suizos que le recordaron a su querida sierra, además de la comida y el premio de 370 dólares que le dieron (como muestra de cariño, pues no ganó) y que invirtió en dos chivas, tela, ropa y despensa.
Churo podría haber sido más de lo que es, pero no lo logró. Pudo haber sido el primer rarámuri en ganar unas competencias calzando tenis, y hasta aparecer en publicidad de tenis de marca, como los grandes, pero nunca se acostumbró a ese tormento.
—En Leadville empezamos con los teni’ y no pude. Me lastimé. A las seis de la mañana lo aventamos —se ríe como si contara una travesura—. A la buena que Cherokee traía mi huarache. Le dije: “mejor vamos a poner huarache porque ya me ampollé y con los calcetines se me van a caer todas las uñas”.
No son pocas las compañías de zapatos deportivos frustradas por los selectos pies tarahumaras. Siempre ocurre lo mismo: los corredores, al principio, aceptan participar en competencias internacionales con sus Converse, Nike o Rockport. Hasta ahora, ninguna compañía puede presumir que hubieran preferido su calzado de alta tecnología a los huaraches de suela neumática.
En 1992, recién comenzada la carrera, abandonaron unos Converse Chuck Taylor negros. En 1993, en la milla 13.5, tocó el turno a los Rockport. En 1994 fueron los Nike High–Tech especiales para carreras. Fue en la milla 20.
“La Nike tenía la idea de sacar su marca ‘Tara–Nike’ y se los dieron a uno de los [corredores] de Choguita para que los calzaran durante la carrera. Pero en uno de los primeros puestos de socorro el corredor dijo: ‘Échenme mis huaraches que no aguanto esta cosa’ y se quitó los calcetines y aventó los tenis”, narra el jesuita Ávila como si se alegrara de la resistencia indígena a la imposición cultural. Después, los investigadores de Nike se dieron cuenta de que los tarahumaras no sufrían de lastimaduras porque corrían descalzos —el pie tiene más movilidad y se vuelve más fuerte—.
Con esa inspiración, hace unos años sacaron al mercado unos tenis muy ligeros llamados Nike Free.
Pero vuelvo a Panalachi y a mi encuentro con Churo, quien antes de dar por concluida la entrevista me exige que le pague al menos 100 pesos (poco menos de 10 dólares) por su tiempo, pues de lo contrario no encuentra rentabilidad a la fama. Discutimos un rato por eso. Llegados a un entendimiento, se va a casa liderando una caravana compuesta de sus hijos, sus sobrinos y sus burros. Y cuando sus siluetas se des-
dibujan aparece Ramón Churo, el hijo de 27 años —vestido a base de donaciones: sudadera verde Hugo Boss, gorra con una águila calva y bandera estadounidense, hebilla con el logotipo de sheriff— para informarme que él seguirá la tradición familiar, pero únicamente en las carreras donde se ofrezca dinero.
Sólo lo detiene un inconveniente: un envidioso podría hechizarlo.
“Aquí en Panalachi son muy chiceros. Hacen magia, hacen dolor de rodilla, como si fueran doctor malo, y pone dolor en el pie y después no puede correr. Un tío de mi papá se enfermó pata, pierna, rodilla y costilla y ya no quiso correr más. Fue un chicero”.
Lo escucho y recuerdo el relato del antropólogo Carl Lumholtz, quien, a principios del siglo pasado, escribió que antes de las competencias los atletas rarámuris desenterraban ancestros y delante de sus huesos les ponían, a manera de ofrenda, una jarra de maíz fermentado, trastos de comida, las pelotas tras las que correrían y una cruz para que debilitara a sus adversarios.
Para protegerse de las maldiciones de los contrarios se fumaban cigarros hechos a base de sangre seca de tortuga y de murciélago y revuelta con un poco de tabaco, u ocultaban la cabeza seca de un águila o un cuervo debajo de la faja que sostenía su vestimenta.
Su fama no es reciente. La primera aparición de los tarahumaras en pistas internacionales fue en el maratón de los Juegos Olímpicos de Ámsterdam, en 1928. No sin esfuerzos, los corredores José Torres y Samuel Terrazas fueron convencidos de que no les pasaría nada al cruzar volando el “enorme y caudaloso río” que separa a México de Holanda.
La habladuría popular los daba por triunfadores en la prueba de los 42 kilómetros; juego de niños para estos hombres que tienen aguante —según las más entusiastas proyecciones científicas— de hasta cinco días sin parar.
Y sí, para ellos Ámsterdam fue un juego infantil. Cuando cruzaron la meta no lo notaron siquiera. El único detalle fue que llegaron tarde. Siguieron de frente hasta que les avisaron que ahí acababa la competencia, que habían perdido, que ya salieran, questop.
Ellos se quejaron amargamente por que la carrera había sido muy corta y apenas les había dado tiempo para calentar. O, al menos, eso consigna el libro The Running Indians: The Tarahumara of Mexico, de Dick y Mary Lutz.
En 1926, los tarahumaras José Narváez y Tomás Zafiro ganaron la carrera de los 10 mil metros durante los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Ciudad de México. Su éxito conmovió a tantos que el Gobierno mexicano pidió a las autoridades atléticas internacionales aceptar el récord como oficial y, más aún, incluir la prueba de los 100 kilómetros en los Juegos Olímpicos. Petición que nunca fue escuchada.
Luego vino el fracaso de los Juegos Olímpicos en la que los atletas reclamaron que la pista les había quedado chica. Porque, una cosa es cierta: los rarámuris no tendrán la velocidad de los keniatas, pero resisten lo que nadie.
En Palanachi sigo preguntando por Chacarito y me topo a Pedro Nava Juárez, su vecino. Está en su cabaña de dos ambientes a la que rodea una parcela pelona y seca, ya cosechada. Recién llega de una carrera en Los Ángeles, donde iba en la puntilla ganadora hasta que fue descalificado.
El albañil de profesión y corredor por pasatiempo dice que el día de la carrera había subido y bajado como seis altas montañas y soportado el vapor caluroso del mar y el frío nocturno a la bajada. Le faltaban dos picos para la meta. Fue entonces que unos doctores le dijeron que no continuara pues ya había perdido más de “tres libras” que no recuperaría aunque tomara agua. Que saliera de inmediato. Y lo hizo.
Él tiene una explicación a lo ocurrido: la tristeza.
“Cuando iba a ir a Estados Unidos a mi hijo Antonio, el de siete años, le picó una víbora de cascabel que le agarró la pura vena. Iba a encerrar las chivas. Era tardecita. ‘Taba lloviendo. Duramos una hora y media caminando a la clínica, en el lomo lo llevaba.
Siempre sí alcanzó a llegar pero ya se metió todo el veneno y llenó su ‘pulmonería’ ”.
“No me sentía bien. Yo decía: ‘ya no voy a ir, ando muy triste’; pero decían: ‘ya está pagado todo, ya no hay otro’ ”.
El albañil guarda silencio. Por el piso de cemento de su casa —símbolo de estatus en su comunidad— se arrastra Moisés, que heredó el lugar del hijo mayor. A ratos juega con los troncos que detienen la tabla que sirve de cama. Gilberto, el de cinco, rueda una llanta tirada en la parcela. Su esposa Serafina está parada como estatua junto a la estufa de leña, escuchando el relato desde un rincón. Él todavía no se reconcilia con lo sucedido. Pero, eso sí, no se arrepiente del viaje porque conoció el mar.
Sus descubrimientos son lo que más comentan los atletas autóctonos a su regreso.
A José Madero, otro corredor que me toparía en mi búsqueda, la competencia de las 100 millas le sirvió para dos cosas: allegarse un cuarto lugar y probar la fast foodestadounidense.
“Pura comida buena: pipsa y ¿cómo le dicen a lo otro que tiene carne?, ah, sí,burguesa también y espakete. De principio no nos gustaba casi, luego sí”, suelta este treintañero cuando se le pregunta qué fue lo que más le gustó de la carrera.
Él no alcanzó premio porque el miedo se le prendió como sanguijuela durante todo el trayecto —al cruzar “tanta selva”, “grande río” y “huellas de osos”— y nunca lo soltó.
Se excusa diciendo que “nada más” dura 24 horas corriendo y de pasada menciona tímido que además de Los Ángeles, estuvo en Nevada y en Roma. “Nomás he llegado a esas partes, todavía. En Italia llegué como en 30 lugar porque es muy chica la carrera: 21 kilómetros, apenas [para] agarrar fuerza, apenas va calentando todo el cuerpo. Es que nosotros tenemos acostumbrado más de 24 horas, no así”, se queja.
Según las crónicas periodísticas, en 1992, el primer año de participación tarahumara en el ultramaratón californiano, los debutantes habían corrido 40 millas a la delantera hasta que, abruptamente, abandonaron la competencia, débiles y deshidratados.
¿La causa? No habían tomado alimentos ni bebidas de los puestos de abastecimiento colocados a lo largo del camino porque en su cultura no se acostumbra agarrar lo que no se les ofrece.
En 1994, varios tarahumaras corrieron en Utah y uno de ellos llegó en primer lugar. Sin embargo, el trofeo fue para el siguiente maratonista en cruzar la meta, porque ése sí había pagado la inscripción, a diferencia del campeón y sus amigos.
Otro que no escapó de la maldición de perder lejos de casa es Roberto Abraham Bautista Salinas. El hombrecito de 1.59 metros de altura y 58 kilos iba a la cabeza y le faltaba poco para la meta. Había superado todo, incluso que las baterías de su linterna fallaran y lo dejaran a ciegas, pero no escapó al destino.
En la oscuridad se le acercaron varios jueces y, según su relato, le dijeron: “Párate aquí, tú llevas ayudantes”. Escucho su confusa explicación varias veces hasta que entiendo el motivo de la expulsión, que parece un chiste tragicómico.
Resulta que él trotaba tranquilo cuando se le emparejó otro compañerorarámuri descalificado, que tenía miedo de caminar en soledad hacia la salida. Corrieron juntos, como es costumbre en las competencias de su comunidad, donde todo el pueblo acompaña al atleta, le busca la pelota entre los matorrales, lo alimenta, lo alumbra, le da ánimos, le saca charla, pero cuando los jueces los vieron consideraron su costumbre una falta a las reglas y le sacaron la tarjeta roja.
Para Medardo Molina, el dueño de la tienda de abarrotes del caserío de Pilares donde encontré a Roberto, hubo otra razón para la derrota: “En Estados Unidos les hicieron trampa, los pusieron gordos. Éste llegó bien gordo”.
El tendero dice que con tanta carne y huevo que los estadounidenses dan a los atletas los días previos a la carrera, inflan a corredores como Roberto. Fue notoria la subida de peso —razona— porque a no ser los niños de panza hinchada por tanta lombriz, entre los tarahumaras no hay obesos.
Roberto, con su español mocho, le da la razón: “Ahí [en Estados Unidos] nomás puro acostados todo el día, dos meses no trabajamos”, dice mientras carga sus burros con envases de Coca–Cola y costales con comida que venderá de rancho por rancho.
—¿Le gustaría correr en los Juegos Olímpicos? —le pregunto cuando está a punto de partir.
El corredor se sigue de frente como si no me hubiera escuchado.
—Éste no conoce la televisión —explica el tendero.
***
Nada sobre Chacarito. No ha pasado por Panalachi. Sus vecinos no han visto humo en su rancho. De regreso a Creel, a punto de abandonar mi búsqueda, me invitan a presenciar una carrera tradicional que comienza cuando oscurece, en la que se enfrenta al pueblo de Tatahuichi contra el de Basíhuare
Antes del arranque, me fijo si alguno de los competidores lleva una cabeza de águila seca o fuma un dudoso cigarro chorreante de sangre de murciélago, pero no veo nada extraño.
En este momento fijan las reglas: si correrán persiguiendo una o dos bolas por equipo, si sólo el corredor podrá tocar la pelota o alguien de su comunidad puede alcanzársela, cuántas vueltas se darán y de dónde a dónde. Se da por entendido que el que extravía su pelota o la rompe, pierde; y que gana el que cruza primero la meta después de las vueltas acordadas o el último en cansarse.
Las medidas que manejan son tan relativas como surrealistas. En esta carrera, por ejemplo, comenzarán en el centro de la escuela, llegarán hasta la piedra con trompa de elefante, ahí darán vuelta, volverán a pasar por la escuela e irán hasta el árbol apoyado en la punta del cerro plano y otra vez de regreso. Medidas por el estilo, que pueden abarcar hasta 20 kilómetros de ida y 20 de vuelta, dos, cuatro, ocho veces.
Acordado esto, y ya conformes los exigentes apostadores con la calidad de las telas con estampados de santacloses o de flores, de los collares de cuentas de plástico, relojes o chivas ofrecidas por los rivales, sigue el sermón del representante del gobernador, la autoridad máxima del pueblo anfitrión.
“No hagan trampa… corran limpio… acompáñenlos… dénles de comer… no los dejen solos… Ofrézcanle café si lo ven pasar por su casa o pinole aunque sea de los contrarios… sepan perder… no se enojen los que no ganen —dice—. Y no hagan brujería a los corredores”.
***
“No vas a encontrar a Chacarito, seguro anda tesgüineando”, me advierte el jesuita que lo acompañó a la carrera de 1997, cuando le comento mi intención de regresar a Panalachi a buscarlo. Entonces me imagino al campeón embrutecido, tirado a media milpa o afuera de algún rancho amigo, borracho de tesgüino, el licor vernáculo hecho a base de maíz fermentado.
“Toma alcohol como si tomara agua. Desde que subió a Los Ángeles lo echó a perder el vicio”, lamenta Pedro Nava, el descalificado por pérdida de peso.
Los atletas corren la misma suerte que los boxeadores retirados. Viejos, lastimados del cuerpo, sin fama, inútiles, con achaques de salud o amor al trago: ése parece el destino del rarámuri que fue descubierto por algún cazatalentos o institución gubernamental que lo sacó de su comunidad, lo inscribió en una carrera internacional y luego lo devolvió a casa.
¿Qué tan difícil será descubrir el McDo-nald’s, las escaleras eléctricas y lo ancho del mar y volver a la desnutrida realidad rodeada de pinos que adornan, pero no dan para comer, y de maíz estancado por la sequía? ¿O estar un día a bordo de un avión y al otro caminando varias horas, con un niño al lomo, para llegar al doctor, como Pedro Nava, o viendo morir a la esposa de cólera, como le ocurrió a Churo?
O un día cualquiera descubrir sangre en vez de orina, un problema que aqueja a los corredores. “Se tienen que retirar cuando empiezan a enfermar de la próstata, pues por la vejiga empiezan a arrojar sangre”, explica Medardo Molina, que ha fungido decho’kéame de varias carreras por ser el dueño de la tienda de abarrotes de la que se surten varias comunidades.
***
El camino tan curvado marea. También el monólogo del conductor que ruge de furioso:
“¿Y qué pasó con Chacarito, Victoriano o Herrera? ¡Se los acabaron!, ¡los exprimieron! Velos. Juan Herrera El Guinness, trabaja en la agricultura, pocas veces corre, tiene problemas en su rodilla y en una carrera comenzó a orinar sangre, síntoma de deshidratación, de golpeteo de riñón”.
El Profe Chepe (Jesús Manuel Cervantes, su nombre de pila) es quien lanza todo ese monólogo en una carretera, de regreso de una carrera.
“Cuentan que Chacarito ha estado tomando, hasta decían que ya se había muerto. Es triste que no haya un seguimiento hacia los corredores, no hay quién se ocupe de ellos. Ni una sola institución. Estos corredores deberían estar en el récord Guinness, son únicos, no hay otra carrera así, ni en sus condiciones ni en su terreno”.
El furioso maestro es el funcionario encargado por el gobierno estatal de incentivar ese deporte tradicional. Es tan robusto que parece un osote metido a conductor de una camioneta Van. Gusta de bromas, como hacerse el dormido mientras maneja.
Mientras maneja rumbo a Creel, una vez terminada la carrera de Tatahuichi, se queja de que en México no se apoya el deporte como en Kenia. Le enoja que en algún escritorio quedó archivada la idea de crear un centro de alto rendimiento para indígenas, o sea una escuela–albergue, donde se impartiera educación secundaria a los mejores atletas de resistencia de toda la sierra, con comida gratis.
Su único trabajo extra no sería echar cal a las letrinas, acarrear agua o conseguir leña, sino entrenar. Para introducirlos en la lógica del mercado de piernas, como a los keniatas, que ganan en dólares y muchas veces no regresan a casa.
Y sigue su discurso: “¿Qué pasó con el keniano? Que un alemán llegó de vacaciones a Kenia, juntó un grupito de diez gentes, los preparó para correr y los sacó a carreras y empezaron a ganar y parte de las ganancias de las carreras se van a un centro para preparar a niños”.
Para algunos, el olvido institucional ha salvado a los rarámuris de la inclusión en el mercado de piernas que sufren los keniatas, del síndrome de Chacarito vencido por el alcohol o de Churo pidiendo dinero por posar para las fotos.
***
Mi tiempo en La Tarahumara se acaba. Hay muchos rastros de Chacarito pero ninguno sólido. Algunos dicen que está en un rancho lejano, inconsciente de borracho, pero quienes estuvieron en la misma tesgüinada no me saben dar razón de su paradero. Unos sugieren que pida al alcalde que mande policías en su búsqueda y lo traiga aunque sea a la fuerza, para que hable con él. Otros recomiendan que espere hasta las elecciones, porque, casi seguro que bajará, si no a votar, sí a comer de lo que regalen los candidatos. O que, en caso que no llegue, lo vocee por la radio regional.
Ni vocearlo ni encarcelarlo ni esperar a las elecciones me parecen buenas opciones. Yo tengo que seguir con mi viaje, segura de que aún sin haberlo visto ya corrí por su mundo.
Tengo a la muerte frente a mis ojos. Mi presencia en esta sala lo confirma. Es como si la invocara, pero en realidad todas las mañanas la encuentro allí, esperándome. Mi trabajo es interrogar a los muertos. Para eso me puse este par de guantes, el gorro de cirujano y la mascarilla hace unos minutos. A las 8 de la mañana de este martes 23 de junio tres cuerpos esperan turno dentro de bolsas negras. Dos hombres adultos y un bebé.
Mi nombre es Alfredo Romero, médico forense. A menudo me preguntan si este oficio provoca cierta adaptación a la muerte y les contesto que puede que sí, pero que uno jamás pierde la sensibilidad. No voy a mentir: cuando tengo en la mesa a un bebé, como ahora, de repente todo es menos fácil y la mano tiembla antes de agarrar el bisturí. Ella es Blanqui, el cuerpo número 985 del año, y estoy a punto de hacerle una autopsia. Ingresó anoche. Se cayó. Tenía un año con cuatro meses.
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El cuarto no es agradable a la vista. Mucho menos al olfato. El olor es fuerte, una mezcla entre sangre, formol y carne descompuesta que hace inútil la mascarilla de protección. Este debe ser el olor a muerte. Las paredes son entre amarillentas y oscuras. Nadie llega aquí por equivocación. Es la sala de autopsias del Instituto de Medicina Legal, en San Salvador, y tampoco es muy grande. Solo lo suficiente para que en su interior permanezcan tres camillas largas o bandejas de metal dispuestas para ser ocupadas por cuerpos inertes. El trabajo de cada día. Encima de una yace Blanqui. Hasta hace doce horas todavía estaba viva. Ahora, este diminuto cuerpo moreno que hizo titubear a Alfredo, el forense de turno que accedió a participar en esta historia, presenta ya los primeros signos de rigidez.
Alrededor suyo, más muerte: un hombre todavía embolsado, con la etiqueta de “no identificado” sobre uno de sus pies. De él lo único que saben los forenses antes de abrir la bolsa es lo que dice su breve historial: muerte violenta por arma de fuego. Otra más. Es el cuerpo número 986.
Más al fondo, otro hombre, joven. Lo trajeron desde Apopa. Ahorcado. El tercer cadáver en la sala, el 987. Su historial indica un suicidio, pero aún es prematuro de confirmar. Lleva en Medicina Legal desde las 5 de la tarde del día anterior. Pero ayer fue lunes y la sala estaba saturada. Lo dejaron para hoy en la mañana, junto a la niña y al que está en la bolsa plástica, del que más adelante se supondrá era miembro de pandillas. De los dos hombres adultos se ocuparán esta mañana una doctora y dos auxiliares de autopsia.
Alfredo tiene el bisturí en la mano. Sus lentes lucen un tanto caídos, pero prefiere no tocar nada, no acomodárselos hasta que todo termine. Primero retira el pamper sucio con el que venía. Observa el cadáver de Blanqui en búsqueda de señales, cualquiera, hasta lo más mínimo que le ayude a precisar una causa de muerte. Le sostiene la cabeza, pequeña, pelona, y cuenta lo que ve: la única señal física es una sutura en la parte posterior de la cabeza, como una X. Un intento –en vano– del hospital por salvarle la vida. Tras la primera inspección, su deber como forense es anotarlo todo. No puede escaparse nada, sobre todo cuando se trata de un niño, asegura.
Esto que ahora hace, vuelve a decir, es difícil. “Los niños siempre son víctimas.” Pero su deber es buscar la verdad, o indicios de esta: “Vamos a ver que el cuerpo de esta niña nos cuente qué le pasó”.
Blanqui se cayó. Tiene un golpe en la cabeza y creen que esa fue la causa de su muerte. El historial médico es escueto y solo registra este dato. Pero no se necesita la autopsia solo para confirmar lo que ocasionó su muerte. Cumple también con otro requerimiento obligatorio: sus restos serán inhumados en el extranjero y para sacarlos del país necesitan del procedimiento. La familia es guatemalteca. Y eso es todo lo que el forense sabe sobre ella hasta ahora.
La rigidez cadavérica comienza a manifestarse en esas cortas extremidades de niña. El forense aún puede moverle la cabeza con relativa facilidad. Más tarde explicará cómo funciona el mecanismo de la muerte en un cuerpo: a las 24 horas, presenta una rigidez total, tieso como un palo. Y a las 36, recupera de nuevo la flacidez.
Ahora, comienza con el cráneo. Son las 8:30 de la mañana. Con la destreza de un cirujano, Alfredo hace una rápida incisión que atraviesa el cuero cabelludo hasta levantarlo, como quien pela la cáscara de una fruta. En adelante, no se verá nada bonito, comenta. “No es que seamos excepcionales, pero no es un trabajo para cualquiera.”
La delicadeza no es algo propio de este oficio. Para abrir el cráneo, Alfredo toma una pequeña sierra eléctrica. El sonido penetrante del instrumento lo invade todo. En este momento, lo mejor para la mente es tratar de imaginar que está perforando un pedazo de tabla, o de lo que sea, y no un cráneo humano. El de una niña.
Enfrente, el hombre joven, ahorcado, ya está desnudo. Su piel luce amarillenta. La camiseta roja y los pantalones azul negro que traía están en el suelo, junto a unos zapatos tierrosos. Todavía tiene los ojos entreabiertos, en dirección al techo. El auxiliar de autopsia acaba de terminar con el cráneo y la colega que entró con Alfredo a la sala no encontró lesiones en el cerebro. Es hora de pasar revista a los órganos internos. Con un corte en Y, el auxiliar abre la caja torácica y el abdomen. La patóloga supervisa y anota.
El cuadro no es fácil de contemplar. Pero los forenses, como expertos de esta rutina, meten la mano, revuelven y sacan, sacan, sacan. Las vísceras expuestas y el sonido de las costillas quebradas con tenazas no son escenas tan diferentes a lo que se ve en series de televisión, solo que sin las amplias instalaciones, el ejército de especialistas, obsesiva pulcritud o recursos sofisticados. Alfredo se dice aficionado de estas series. Sin mucho pensar, dice que le gustaría trabajar en uno de esos lugares con mejores condiciones, en donde “uno solo pide y le dan las cosas rápido”.
No es difícil creerle cuando, a sus espaldas, el angosto cuarto frío de Medicina Legal luce copado. Solo tiene capacidad para ocho cuerpos embolsados y repartidos en dos estantes. Aquí mantienen a los que nadie reclama, a los olvidados o a los que llegan demasiado desbaratados y rotos como para identificarlos sin un examen de ADN. También debe haber cupo para almacenar temporalmente los cuerpos que vienen a parar aquí el fin de semana, cuando no se hacen autopsias. Cuando la amalgama de factores se junta, es inevitable que haya cuerpos en el suelo, donde el riesgo de contaminación es mayor.
—Esto no es CSI, es El Salvador –se apresura a comentar, entre resignado y jocoso. A veces, dice, el humor suele ser un escudo emocional necesario.
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En Blanqui el examen avanza a sus órganos internos. Los extrae. Es entonces cuando Alfredo encuentra algo que no es normal: una masa de sangre coagulada entre el hígado y el intestino. Un golpe interno. Hemorragia masiva. De pronto, a la historia clínica de Blanqui le faltan piezas. Para Alfredo, la verdadera causa de muerte ha tomado otro giro: “Puede ser que cuando se cayó también se golpeó el estómago con una mesa u otra superficie. O que alguien la haya golpeado”.
Alfredo toma fotos. Coloca una viñeta con unos números en la cavidad abdominal y toma más fotos que serán su evidencia. Acto seguido, llama a su colega, la doctora Martínez, quien hace unos minutos había pedido a uno de los auxiliares desembolsar al hombre no identificado.
—¡Ah! ¡Si es grande! –dice mesurada la doctora, con la convicción de alguien que con 15 años de experiencia ha visto eso y más.
Alfredo le entrega la cámara a su colega. Se pone un tercer par de guantes para seguir con el procedimiento. En una autopsia puede ocupar entre tres y cuatro. Hoy lleva puestos unos talla 7. Sin embargo, aclara que hay veces en las que le toca usar aquellos que estén disponibles. No importa que sean una o dos tallas menos.
Los forenses devuelven a un cadáver lo que le extraen. Por eso ahora Alfredo sutura el tórax y el abdomen con una aguja especial e hilo de cáñamo de unos 15 centímetros de largo. La costura asemeja una trenza que recorre el pequeño cuerpo desde el pecho. Muchas veces, como hoy, le toca rellenar con papel el interior del cráneo para devolverle su redondez y dejarlo sin hendiduras. Blanqui vuelve a tener rostro.
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El fin de semana que antecedió a la autopsia de Blanqui fue uno de los más violentos en el país. Murieron 26 personas. Veintiséis. Los municipios, los de siempre: Apopa, San Salvador, Soyapango. Por eso no resultó atípica la advertencia que al otro lado del teléfono hizo Alfredo a la mañana siguiente, cuando el trabajo le obligó a posponer la primera entrevista para esta historia: “Hoy amanecieron doce”. El sábado llevaron a cuatro y el domingo, ocho.
Es por eso que los lunes son atareados aquí. Y en El Salvador, el país más violento de América Latina, trabajo es lo que más le sobra a un forense. En este país que de enero a junio ha arrojado 2,034 homicidios, según la Policía.
Las cifras abonan a esta profesión. Los primeros 21 días de junio daban cuenta de 256 personas asesinadas. Las muertes diarias de salvadoreños llegan a 12, según Medicina Legal, mientras que la Policía dice que son 13. Casi nunca concuerdan.
Lo que es un hecho es que el hombre no identificado recién sacado de la bolsa cumple con las estadísticas. Víctima de la violencia. Más del 80% de los fallecidos son hombres. Unos 570 homicidios tuvieron lugar en la vía pública y la mayoría fueron cometidos con un arma de fuego.
Una vez extendido en la bandeja de metal, los auxiliares de autopsia le levantan el brazo izquierdo y notan el orificio que dejó el proyectil de bala. Uno bastó. Entró por el brazo, un poco abajo del hombro, y destrozó órganos vitales. Lo abren. Hígado, riñones y páncreas lucen intactos. Lo siguiente que notan es una serie de tatuajes en una pierna. Uno aún revela números y letras representativos de una pandilla. Y eso es lo único que intuirán los forenses sobre su identidad. Al final del día, el cuerpo regresará al cuarto frío como uno más sin nombre. La autopsia concluye.
El auxiliar le ha vuelto a coser todo menos la cabeza: se le quebró la aguja para suturar. Alfredo no puede darle una. No están a la mano y deberá esperar a que un supervisor vaya al depósito de insumos y la traiga. Mientras, el hombre, el caso número 987, también deberá esperar ahí tumbado en la bandeja un rato más, con el cráneo abierto.
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Diez de la mañana. La autopsia de Blanqui ha terminado. Causa de muerte: politraumatismo, hemorragia cerebral y hemorragia en cavidades abdominales. Eso escribe Alfredo en el reporte forense.
Al salir de la sala de autopsias se respira con normalidad otra vez.
Alfredo desecha el traje quirúrgico y los botines de plástico que utilizó. Se enfunda en una bata de un blanco inmaculado con su nombre bordado al lazo izquierdo del pecho. No se le nota cansado. Atraviesa un pasillo de puertas entreabiertas y se adentra en una oficina. Sobre una mesa hay un microondas —que sirve a los médicos para calentar el almuerzo—, una cafetera y una silla de escritorio maltrecha color café. Alfredo se sienta detrás de un escritorio y levanta el teléfono. Hace lo que siente debe hacer. Marca un número y una mujer le atiende.
—Buenos días, quisiera hablar con la fiscal del caso de…
—…
—Sí, buenas, señorita le habla el doctor Alfredo Romero, del área de patología forense del Instituto de Medicina Legal. Es con respecto al caso que tienen ustedes de la niña Blanqui. Acabo de terminarle la autopsia y encontré algo que llamó mi atención…
—…
—Ajá. No tiene ninguna señal en la piel del abdomen, pero adentro hay una hemorragia grande. Ante la sospecha de que pueda tratarse de maltrato infantil, yo lo estoy notificando para ver qué más se puede investigar. Fíjese que la historia clínica solo dice que ingresó por una caída de un metro de altura.
—…
—Ok, a la orden. Hasta luego. Sí, Alfredo Romero es mi nombre.
Cuelga y lo hace con serenidad. Está satisfecho. Llamó porque según sus cuentas el expediente del caso tardará al menos 10 días en estar completo. El tiempo, dice, es algo que juega en contra de un forense. Dice que una llamada ahora podría marcar la diferencia entre investigar una historia de maltrato o una simple caída.
Alfredo está de guardia en el área de patología cuando se realiza esta entrevista y hay que interrumpir cada vez que suena el teléfono o cuando algún trabajador abre la puerta y se asoma con una duda en el rostro.
—Disculpe doctor, tiene el reporte de…
—Sí, ya le digo… Mire, mire, y ¿no ha llegado otro?
La eterna inquietud de un forense.
***
Cuando Alfredo Romero llegó al equipo de patología de Medicina Legal, en 1994, era un novato en esto de la medicina forense. Hoy lleva poco más de quince años de experiencias en un ambiente lúgubre, entre cuerpos inertes y penetrante olor a formalina. En el año 2000, con una beca, obtuvo su especialización como forense en México y luego de tres años regresó a ocupar su misma plaza. Investigar. Exigirse. Ahí, dice, está la clave.
Pero al principio no tenía claro que esto de interrogar a los muertos sería su camino. Es más, hablar de la razón que lo llevó a escoger esta profesión pasa necesariamente por hablar de por qué no quería hacerlo.
—Yo estaba muy bien en el hospital de Sonsonate como médico general. Vine aquí sin conocer de medicina forense. Todo comenzó aquel día: veníamos de un adiestramiento con las enfermeras y yo como jefe de residentes en un microbús. A un lado de la carretera venía una señora con su niño, eran cortadores de café. Un carro se los pasó llevando. Al niño no le pasó nada, pero a la señora la destruyó por completo, le pasó encima. Nos bajamos con las enfermeras para dar asistencia. Dimos aviso al puesto de la Policía en Los Naranjos y notificamos el hecho. Aquello me impactó demasiado, el niño llorando, la mamá destruida. Yo dije: “Esto no es para mí, no puedo ser forense”. Pero parece que escupí para arriba y me cayó en la cara.
Luego le tocó su primera autopsia. Un hombre atropellado. Con los años llegarían los casos “especiales”. Como en 2004, cuando practicó autopsia en Matthew Knight, hijo del fundador de la empresa deportiva Nike, quien murió ahogado cuando buceaba en el lago de Ilopango. En esos casos, dice, preferiría no involucrarse.
—Me llamaba incluso un delegado de la embajada de Estados Unidos preguntándome por cosas a las que no tenía acceso. Yo le decía que solo podía responderle por la autopsia. Nada más.
Alfredo es reservado. Y esta característica no es exclusiva en su forma de trabajar. Con su esposa, quien también es médico forense en otra dependencia, han pactado que lo laboral se queda en la oficina. Ninguno habla de los casos que atendieron ni de a qué personaje tuvieron ese día en mesa de autopsias.
—Mi hijo de 13 años sabe lo que hago. No lo quiere hacer él. Dice que quiere ser doctor algún día, pero doctor de vivos, no de muertos.
***
En el área de patología de Medicina Legal laboran 14 médicos forenses. Un grupo de seis, entre ellos Alfredo y su colega de esta mañana, trabajan exclusivamente en sala de autopsias. Los ocho restantes, además de practicar autopsias durante el día, también laboran para el área de clínica por las noches: reconocimiento de cadáveres en la escena del crimen y traslado a la morgue. Alfredo dice, y no duda, sentirse bien en su posición. No le gustaría salir a la calle a levantar cadáveres. Dice, y tampoco tiene duda, que las autopsias son ahora su especialidad.
Este forense está convencido de que la perfección es lo mínimo que debe exigirse en el oficio. Incluso cuando se trata de autorizar a alguien que dice ser familiar para que identifique un cuerpo. Desde su oficina, no se cansa de repetir que esto no es un circo, ni mucho menos, como para que esas bolsas negras se abran ante a los ojos de cualquiera.
Acto seguido, recuerda algunas desventuras de la profesión. Como la ocasión en la que a unos colegas les robaron el vehículo del instituto calle al volcán con todo y fallecido. “Los delincuentes ni se fijaron y más adelante dejaron abandonado el pick up. ¡Vaya sorpresa la que se llevaron!”
Otro colega entra a la oficina y se incorpora a la plática. Responde como experto a la inquietud de por qué en el instituto el horario de autopsias termina a las 8 de la noche.
—En los hospitales se trabaja las 24 horas porque la gente está alerta todo el tiempo, por la misma adrenalina, pero aquí ¿para qué va a estar alerta uno? La persona ya está muerta.
En la sala, la doctora Martínez ha concluido la autopsia del hombre joven. Ahorcado. “Suicidio”, le añadirá al reporte. Sale del cuarto y se lleva consigo el pedazo de lazo azul que traía enrollado en el cuello. Es el último de los tres. El reloj marca las 11 de la mañana. Termina una jornada más en la sala de autopsias de Medicina Legal.
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Del caso de Blanqui lo último que supe fue lo que su padre me dijo mirándome a los ojos ese mismo día. Han pasado tres días desde que ese hombre, de hablar y vestimenta humilde, me juró que estaba tan sorprendido como yo por el golpe que había encontrado. Le dije que como médico, mi deber era informarlo a la autoridad. Que esta entrevista no formaba parte del proceso, pero que quería decírselo. Ese mismo día se llevaron el cuerpo de Blanqui. Aquella fiscal a la que se lo conté todo no me ha preguntado más.
Hoy, viernes, amanecieron cinco cuerpos. Son las 8 de la mañana y a mí me tocará examinar a tres. Dos hombres y una mujer. El día apenas comienza.
Antes de comenzar a escribir me sirvo dos onzas de mezcal. La botella no tiene etiqueta, pero una viñeta blanca pegada al cristal me dice lo justo: 54.8% Alc. Vol., mezcal Rudo. Sirvo y mientras el líquido cae dentro del caballito de dos onzas explota en burbujas y perlea. Meto la punta de mi meñique derecho en el vaso y llevo la gota a la palma de mi otra mano. Froto. Hago una mascarilla con mis manos y la acerco a mi nariz. El aroma es dulce, de maguey cocido. Me acerco el vaso y el olor es más fuerte, destapa narices. Doy un trago corto, sin prisas, y el mezcal me lava la lengua, encías y dientes. Lo trago y después doy una bocanada de aire que me regresa el sabor del mezcal desde mis entrañas con más intensidad. Sería injusto que lo intentara describir, incluso los sommeliers de la Ciudad de México han tenido problemas para descifrar los mezcales tradicionales, pero en mi defensa podría decir que este mezcal, además de rudo, tiene sabores cítricos.
No, esta no es una crónica voyerista ni mundana; todo lo contrario, apunta maneras en el campo didáctico. Porque a esta altura, más de uno o una se estará preguntando qué es eso del mezcal, amén de una bebida alcohólica. En El Salvador, el mezcal suena a chino, desconocido en los bares y cantinas, peor en las discotecas. Uno de los mezcales sin embargo, porque habrá que decir que son muchos, sí ha penetrado paladares en El Salvador y en buena parte del mundo. Con una exportación desde México de 137 millones de litros el año pasado, el tequila es el mezcal más famoso y sin duda la bebida insigne del municipio de Tequila, en el estado de Jalisco, y por la que se conoce a todo mexicano.
Pero no es el único mezcal y hay quien cuestiona que sea el mejor por haber abandonado su elaboración tradicional de antaño. Pero estábamos hablando del mezcal.
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El bar se llama Red Fly, anuncia que vende cortes argentinos, pero por ningún lado se vislumbra que ahí, los últimos martes de cada mes, se reúna la Logia de los Mezcólatras. Podría parecer que las reuniones de los martes son simples catas, o saboreadas como las llaman ellos, pero el culto al mezcal de esta logia tiene un punto extra: lo que se saborea no es cualquier destilado del maguey sino mezcales elaborados de forma tradicional, un producto que, como se podrá leer más adelante, se salva por rato de la extinción.
Pero hoy no es martes, sino miércoles, y Cornelio Pérez está cerca de la barra cerrando un acuerdo comercial. Cornelio, que usa grandes gafas de pasta y viste con camiseta y jeans, es muy conocido en el Red Fly. Originario de Oaxaca y de familia mezcalera, Cornelio se dedica a comercializar mezcales tradicionales en la Ciudad de México, lo hace con la marca “La Venencia”, que proviene de Ejutla, Oaxaca. Pero su currículo da para más: es uno de los coordinadores y creadores de la Logia de los Mezcólatras.
—La idea de la logia fue contar con un grupo de personas que se dedicara exclusivamente a probar mezcales tradicionales, ¿por qué? En México hay una tradición de mezcales muy vieja, por lo menos en 21 de los 32 estados, pero desgraciadamente como son producciones que vienen de zonas rurales, que las producen poblaciones indígenas, campesinas o mestizas, esas bebidas difícilmente llegan en su calidad original.
La logia arrancó en diciembre de 2005. Desde entonces ha crecido en número de adeptos que pagan una cuota de recuperación que varía entre 200 y 100 pesos (15 y 7 dólares) para tomar un mezcal y luego tertuliar con sus apreciaciones. Después de 120 degustaciones, Cornelio calcula que más de mil personas se han acercado o pertenecen a la logia, personas que tienen como lema una frase de los mezcólatras: “Un día sin mezcal es como un día sin sol”.
Ahora es noche, primavera lluviosa en México, y Cornelio sentado en la mesa responde las dudas de un ignorante del mezcal. Zanjada la aclaración de que el mezcal es un licor que se destila de algunas de las cerca de 200 especies de maguey, esa planta que parece un aloe vera gigante, Cornelio cuenta las razones por la que un mezcal se puede considerar tradicional.
—Es aquel que se hace exclusivamente de maguey maduro, ya sea silvestre o de cultivo. El maguey acumula en su piña o cabeza almidones y azúcares. Parecería trivial, pero muchos cortan el maguey todavía tierno. En el caso del tequila es patético, lo cortan hasta de tres años.
No es difícil adivinar que Cornelio no toma tequila. La aversión se explica en el proceso de producción. Un maguey es un cultivo para pacientes. La planta tarda entre ocho y nueve años en madurar y es en ese momento en que desarrolla el azúcar que será necesario para la posterior fermentación. En el caso del tequila, la demanda agiliza la poda del maguey en menor tiempo, después de los tres y antes de los seis años, por lo que la planta no despliega azúcares.
Si la cortas antes no tienes azúcares, no tienes nada para fermentar después. Y usan azúcares sustitutos, es una bebida falsificada para decirlo ya, ni se le puede llamar tequila porque para eso tendría que ser mezcal.
Cornelio no está mintiendo. En 2004, México aprobó algo conocido como PROY-NOM-006-SCFI-2004, que en términos coloquiales es la norma que rige la producción de tequila. Uno de los apartados define qué es tequila. Se lee que el licor podrá llevar hasta un 49% de otros azúcares.
A la mesa llega Gustavo Contreras con una botella de mezcal en la mano y tres vasos de dos onzas. Gustavo es el otro coordinador de la Logia, es de Durango y comercializa la marca de mezcal “Dioseño”. Estamos por entrar a lo práctico. Gustavo sirve en los tres vasos y Cornelio continúa con la explicación del deber ser del mezcal tradicional: cultivado sin químicos, fermentado con levaduras naturales, 45 grados de riqueza alcohólica y el maguey horneado en horno de tierra.
Levanto el vaso y me dispongo a probar, pero me detengo y mejor pregunto cómo debe hacerse. Lo primero, dice Cornelio, no como el tequila, no de golpe. Y entonces me habla del perleado. Coge la botella con una mano y la agita suavemente. El resultado son miles de pequeñas burbujas que ascienden desde lo más bajo. Son las perlas. Un destilado arriba de 45 grados perlea, es como si te estuviera diciendo que no está diluido con agua. Después me enseña la prueba del dedo, la gota en la mano y el frotado para aspirar los olores de maguey cocido. Lo pruebo despacio y ese mezcal sabe… sabe bien.
Gustavo sirve dos vasos más, esta vez de otra botella con mezcal incoloro, como la primera, pero con gusano. No todo el mezcal tiene un gusano muerto navegando entre sus aguas; algunos productores lo colocan para darle un sabor específico, sabor a gusano, pero hay otros que prefieren tal cual: claramente incoloro. También hay un mezcal en el que se utiliza una pechuga de pavo para darle sabor, pero esa es otra historia. Pruebo el mezcal con gusano. Cornelio dice que lo primero será el sabor del gusano, pero ya cuando lo paladee más habrá un sabor dulce, como frutal, también una parte mineralizada. Lo que destaca es un gusto salobre, a gusano.
La plática se ha derivado, al cabo de una hora, en la primera vez en que los mezcólatras probaron por primera vez el mezcal. Cornelio recuerda que fue a los seis años, Gustavo a los cinco. No es algo raro, como me daré cuenta un par de días después, que los niños prueben gotas de mezcal para familiarizarse con el sabor o que pidan trozos de maguey cocido como el chocolate más exquisito. Cornelio avisa que tendrá que irse y Gustavo sirve dos copas más. Antes de que sea peor, le pregunto a Cornelio qué región mexicana es más recomendable para buscar el mejor mezcal. Responde que depende, Oaxaca por la variedad, pero también que hay un buen mezcal en Michoacán o en Puebla. Me da un número, el de Guillermo Hernández, de Santiago Matatlán, en Oaxaca.
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Oaxaca está a seis largas horas en autobús de la Ciudad de México. Es sábado y la ciudad, que en el casco antiguo recuerda a la Antigua Guatemala y en la periferia, salvando las diferencias, a algunos tramos de Santa Ana, ha amanecido con una espesa capa de nubes grises. Las calles empedradas del centro histórico, muy cerca de la iglesia de Santo Domingo y sus retablos dorados, aloja esta mañana una manifestación blanca a favor de Malena, una profesora de un instituto local que está presa por presuntamente haber protegido a un grupo de pederastas.
Al sur sobre la calle Alcalá, la misma de la protesta, hay varias tiendas que venden mezcal. Son especializadas y de momento no cuadra con la explicación dada por Cornelio Pérez, el mezcólatra. Hay mezcal Oro de Oaxaca reposado, con un color parecido al almíbar de durazno. Cremas de mezcal, grises, verdes, amarillas.
Para llegar a “El Oasis” se camina seis cuadras al oeste del zócalo. El expendio hace esquina con Periférico, una avenida transitada. Dentro, hay una sola persona detrás de una barra de madera. Tiene 64 años, es zapoteco (una etnia indígena que habita en parte de Oaxaca) y se llama Rodrigo Hernández. Es la segunda generación de maestros mezcalilleros de su familia; la tercera es su hijo, Guillermo Hernández, el contacto brindado por Cornelio. Guillermo ha salido y Rodrigo observa y platica no con poco recelo.
Detrás de él hay un estante grande de madera donde se exhiben las diferentes marcas de mezcal que su hijo produce, porque él ahora se dedica a atender el expendio. A la vista hay botellas de mezcal Bonachón, blanco (incoloro) y reposado, con gusano o en cremas de diversos sabores: maracuyá, almendra, mango, café. La de kiwi, con un verde intenso, es particularmente vistosa. Hay botellas sin etiqueta, otras pintadas que dicen mezcal Pechuga con un trozo de maguey dentro y otra con mezcal blanco, de marca Doba, con un pavo en la etiqueta.
Le digo a Rodrigo que estoy un poco sorprendido. Pensaba que el expendio era para la venta de mezcales tradicionales.
—Pues mire, lo que es mezcal tradicional y como es el mezcal es blanco, minero, antes decíamos un blanco minero y lo tomábamos de 45 grados. Ese es un mezcal legítimo, auténtico, pero ya después la gente de antes se fue y vienen los que vienen creciendo y la demanda es que quieren más suave como un mezcal reposado, que se reposa en barricas por nueve o diez meses.
—¿Pero para que sea mezcal tiene que tener arriba de 45 grados, no?
—Así es, pero tiene uno que adaptar a lo que el consumidor pida.
Rodrigo comenzó la fabricación del mezcal en 1970. En su pueblo, Santiago Matatlán, la mayoría de la población vive del maguey. Rodrigo entró a un palenque, como se le conoce a las fábricas tradicionales de mezcal, y cumplió etapas: primero cortó maguey, después lo tapó para cocerlo, molió el maguey con la ayuda de un caballo… La historia se interrumpe con la llegada de Guillermo. Es pequeño como su padre, moreno, y con un parecido sorprendente. Tiene una sonrisa simpática y pareciera que el nombre del mezcal Bonachón se inspiró en él.
Guillermo comenta algo similar a su padre, que los mezcales comerciales que ahora vende han sido producto de la demanda y la competencia. Les pregunto a ellos, productores de mezcal, sobre la mejor forma de saborear un mezcal. Los dos coincidirán en que no toman tequila y que el mezcal nunca debe tomarse rápido, sin respeto, pues eso sería un pecado, dice Guillermo.
Rodrigo pregunta si quiero probar un mezcal. Se gira y busca una botella grande y transparente que luego servirá en un pequeño vasito de plástico de menos de una onza. Dice que es de Agave maduro, un mezcal con sabor a pesar de que solo llega a los 38 grados y con ello, según sus propias exigencias, no alcanza a considerarse un mezcal tradicional. Ese tipo de agave, dirá Rodrigo, no da para más grados. Agave es el nombre científico del maguey, pero es ya costumbre que se usen como sinónimos. Pongo una gota del mezcal en mi mano y la froto, luego meto el aroma en mi nariz. Rodrigo dice que seguro será un olor fuerte, mucho a maguey. El sabor no lo es tanto, pero ya me había advertido que solo tenía 38 grados.
La producción del mezcal es caprichosa. Dependerá del tipo de planta la cantidad de litros que puedan hacerse. Rodrigo da una pista: para hacer un lote del mezcal que acabo de probar se cortan 40 plantas de maguey, pero solo servirá la mitad. Guillermo, a su lado, hace un cálculo más preciso: en promedio, siete kilos de maguey rinde un litro de mezcal y ese , el de agave maduro, requiere el doble. Por eso es caro, añade Rodrigo.
La botella cuesta 200 pesos, cerca de $15. Los mezcaleros tienen también en venta pequeñas botellas de un cuarto de litro que a simple vista lucen como las de cualquier aguardiente, Tic-Tac o pacha que se distribuye en los expendios de San Salvador. No están a la vista, situadas en la balda más baja del mueble, colocadas junto a una docena de botellines plásticos de agua con un líquido incoloro.
Es mezcal Especial, producido con maguey espadín, a 45 grados. Es, en el mar de mezcales reposados, saborizados, cremados y apechugados, el único que ellos mismos consideran puro, blanco y tradicional. Pero está escondido, ninguneado por los clientes que prefieren la crema de kiwi, y a un precio de 15 pesos, poco más de un dólar. Y se trata de una joya. Rodrigo me sirve una copita.
Los dos zapotecos se sueltan y se animan con la charla. Hablan y se interrumpen para contar algunos entresijos de la cultura del mezcal. Una mujer embarazada, dirá Guillermo, no puede acercarse al palenque cuando se está cociendo el maguey en el horno. Correría el riesgo de que se cortase el proceso, pero si ello ocurriera la solución la tiene la misma mujer, que deberá arrojar trozos de maguey al horno. El mezcal no es una labor de mujeres, aunque algunas veces ayuden en la corta de la planta.
Otra botella curiosa es la pintada de rojo y con letras desiguales donde se lee mezcal de pechuga. El líquido es amarillento y dentro de la botella hay dos o una raja de maguey. En ese momento me parece obvio porque cuando mencionan pechuga se me ocurre que se tratará de algún trozo tierno del maguey. Pero Guillermo dice que pensar eso es un error.
—Hay una confusión, a eso se le conoce como pechuga y la gran mayoría le llama pechuga, pero realmente el mezcal de pechuga se hace con frutas y con pechuga de guajolote en la destilación.
Guajolote es el pavo en México. Y sí, para fabricar este mezcal es necesario mezclar las piñas de maguey con trozos de frutas y con la mejor carne del pavo. Rodrigo me pregunta si quiero probar el verdadero mezcal de pechuga. No se me ocurre decirle que no. Alcanza una botella con mezcal blanco que tiene el dibujo de un pavo en la etiqueta, justo arriba de la marca en letras rojas: Doba. Doba y Bonachón son las dos marcas que la familia Hernández comercializa en su expendio de Oaxaca. El resto, que conoceré mañana, son exclusivas para la capital mexicana. El mezcal de pechuga, el verdadero, es mucho más suave que los dos anteriores, será por la pechuga, ligeramente salado, con 38 grados.
Con las tres copas, una cantidad mínima, se me ocurre preguntar si un buen mezcal da cruda, la traducción mexicana a la penosa resaca, la goma. Los zapotecos sonríen. Guillermo contesta que un buen mezcal no da cruda. Aunque hay matices.
—Lo característico de un buen mezcal es que, al otro día, da hambre. Lo otro es que hay que tomar solo de un mezcal, si lo mezcla no se sabe cuál es el culpable. Y bueno, tampoco pasarse de la raya. Hasta el mejor coñac hace cosas malas pasándose del límite.
Poco antes de partir, Guillermo acuerda la hora para visitar mañana su palenque y sus plantaciones de maguey. De eso dependerá entender la fabricación tradicional del mezcal. Rodrigo, entre tanto, pregunta si quiero probar el Bonachón reposado con gusanito. Sí, claro. Compro un par de botellas convencido con las muestras y Rodrigo extiende la mano y me regala cuatro bolsas con sal de gusanito. Son bolsas pequeñas de un polvo con color parecido a la arcilla, una mezcla de sal, chiles y gusanos molidos que sirve como botana. No hay que temerle al gusano: vive conectado al maguey porque es su plaga.
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Después de salir de “El Oasis”, el camino que conduce hacia el zócalo de Oaxaca se detiene con el descubrimiento de La Casa del mezcal, una cantina fundada a principios del siglo pasado. Fuera, poco antes de la siete y media de la tarde, el sol no ha caído, pero se mantiene nublado. Dentro, el ambiente es similar pues hay poca luz que ilumine las mesas de madera. El lugar con rocola está decorado con murales que muestran a un tlaotani indígena que está por recibir una jícara llena de mezcal de una mujer sentada al lado de una planta de maguey.
El mesero que recibe dice que los mezcales que se sirven, ocho según la carta, son tradicionales hechos por la casa en Santa Cruz Xocotitlán, en Oaxaca. Hay también siete cocteles diferentes preparados con mezcal y licores de frutas. Casi todas las mesas están ocupadas, pero nadie bebe mezcal, a excepción de una pareja de vejetes que entrará al cabo de una hora. En las mesas hay cervezas, oscuras y claras, y naranjas dulces dispuestas para cubrirse con sal de gusano.
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Guillermo dijo que vivía en Santiago Matatlán, pero nunca mencionó que su pueblo se considere a sí mismo como la capital mundial del mezcal. Hay un arco metálico pintado de verde, ligeramente enmohecido, que así lo anuncia. A ambos lados de la carretera se observan al menos 13 fábricas y expendios de mezcal, con el epíteto de ser tradicionales.
A Matatlán se puede llegar en un taxi colectivo desde Oaxaca y los 50 kilómetros de distancia se recorren en poco más de media hora. El trayecto de la carretera está plagado de plantaciones de maguey.
Guillermo espera en la puerta de su vivienda, ubicada en la avenida Independencia del pequeño pueblo. La casa tiene un curioso sistema de pitas para abrir desde la calle sin necesidad de llaves. Guillermo recibe con la sonrisa que le abarca buena parte del rostro y comenta que las llaves sobran, este es un pueblo tranquilo.
La cochera de la casa tiene barricas de madera a un costado, donde se guardará por meses el mezcal que luego llevará el apellido de reposado. La madera, con el tiempo, contribuye a transformar la falta de color a un tono que apunta a lo amarillo. El cuarto más próximo a la cochera está ocupado por una mesa, barriles de plástico y bidones enormes que pueden almacenar hasta 2,500 litros de mezcal. Todos están llenos y etiquetados por el Consejo Regulador de la Calidad del mezcal. Esa entidad privada fundada en 1997 es la que avaló que dos marcas de los Hernández puedan ser comercializadas en la Ciudad de México. Guillermo remueve unas cajas y saca las dos variedades del mezcal Milagrito del Corazón, blanco y reposado.
Pero la estrella de la casa está por venir. Es un mezcal tradicional, blanco en sus dos variedades, llamativo donde los haya. Se llama Enmascarado y viene en dos presentaciones: Técnico, con etiqueta blanca y el dibujo de un luchador enmascarado, con 45 grados; y Rudo, etiqueta celeste, mismo dibujo, y 54.8 grados. El Enmascarado Rudo es un mezcal de puntas, como se le llama a lo primero que sale del alambique, el licor más duro.
Caminamos hacia el palenque, la fábrica familiar, que está en el patio de su casa. En un extremo, al aire libre, hay un agujero en la tierra de cuatro metros de diámetro que está forrado de piedras. Son especiales, explica Guillermo, que no se rajan o explotan cuando se cuece el maguey. Ese horno, bajo tierra, puede recibir hasta 12 toneladas de maguey. Se coloca madera, piedras y luego se da fuego hasta que todo es un hervidero rojo. Entonces se arrojan las piñas del maguey, es decir, el corazón de la planta sin pencas, para luego cubrir de bagazo fresco de la misma planta, bolsas y tierra. Se cuece por cuatro días.
Una vez cocido, el maguey se saca y se lleva al molino. Entonces la yegua Elodia de Guillermo, como la de otros maestros mezcalilleros, comienza a trabajar. Es un molino impulsado por el animal, dispuesto sobre una base circular donde se coloca el maguey cocido para exprimir su jugo. Molido, jugo y piezas cocidas pasan a tinacos de madera que se llenan a la mitad junto con agua. Se conservan así por ocho o nueve días mientras se fermentan. Lo que sigue es lo obvio: el interior de un tinaco se vacía en los alambiques para que calor, vapor, agua fría y condensación hagan lo suyo y tras 12 horas caiga un chorro de mezcal. Guillermo dice que ha sorprendido a su hija de año y medio metiendo su pequeño dedo para probar el mezcal. No es algo precoz, aquí en Matatlán el maguey lo es todo y los niños piden trozos de maguey cocido como la mejor golosina, el bagazo sirve de leña y del quiote, un tallo que puede llegar a medir cinco metros que brota del maguey cuando este está maduro, sirve para hacer cereales parecidos a los Corn Flakes.
Volvamos al alambique. Lo primero que cae es un destilado de 25 grados. Los maestros toman el líquido y hacen una rectificación, una nueva destilación que puede producir un nuevo producto superior a los 60 grados. Entonces entra la mano del experto.
—Ahí interviene el maestro mezcalillero para saber qué es lo que quiere y ahí es donde hay que mezclar: puntas, cuerpo y colas. El cuerpo que es de 65 a 45 grados. De 45 grados para abajo son colas. Hay que saber manejarlo en promedio, todo influye en el sabor.
Ocho años de espera, cuatro días de cocción, nueve días de fermentación y 12 horas de destilación. Lo que tiene un maestro mezcalillero es paciencia. Y devoción por una bebida que es fugaz.
—Los mezcales son únicos, independientes, influye todo, el tiempo por ejemplo, pero hasta el estado de ánimo del productor, el tipo de maguey, la tierra si está entre piedras. La concentración de azúcares de un maguey a otro varía. Por eso hacen lotes y de ahí enumeran botellas. Mil botellas y ahí se acabó.
Guillermo conduce un par de minutos desde su casa para mostrarme su plantación que está al lado de la carretera. Buena parte son magueyes maduros que estarán listos para ser bebidas el año que viene. A tres de ellos los sacrificó y les permitió que se desarrollaran su quiote. El quiote concentra todo el azúcar de la planta por lo que estas tres nunca servirán para el mezcal. De ese enorme tallo, el cual ya ha podado las flores, extraerá mil brotes que luego plantará y serán mil pequeños magueyes.
Bajamos una pendiente y llegamos a una explanada donde tiene plantados los retoños del año pasado. Son pequeñas plantas, sin ese aspecto intimidante de las viejas. Guillermo las contempla orgulloso y dice con amor que esa será la producción de 2017.
Antes de despedirnos, Guillermo regresa a su casa, entra a su bodega y sale con dos pequeñas botellas de Enmascarado de 375 ml, una ruda y otra técnica. Van sin etiqueta porque dice que son de su reserva particular.
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Antes de terminar de escribir me sirvo dos onzas de mezcal. La botella no tiene etiqueta, pero una viñeta blanca pegada al cristal me dice lo justo: 45% Alc. Vol., mezcal Técnico. Perlea. El olor es intenso y me transporta al maguey cocido de Matatlán. Está más terso que el Rudo. Está bueno.
Se acaba de arrojar y ya se convirtió en una leyenda. En una de las fotografías más extrañas del fútbol chileno, hay un aficionado anónimo que tiene los ojos bien abiertos, el cuerpo semirrecostado y la cara cubierta de colores. Es el miércoles 5 de junio de 1991, una noche muy fría en el Estadio Monumental, en Santiago de Chile, y en las tribunas hay unas sesenta mil personas. El muchacho está en el centro del campo, los orificios de la nariz bien abiertos y la boca que parece aspirar una bocanada de aire a causa del esfuerzo por llegar a la escena. Detrás de él posan abrazados los once jugadores del Colo Colo que, noventa minutos después, habrán ganado por primera vez la Copa Libertadores de América. Están tensos. Ninguno sonríe para la posteridad. La felicidad del niño brilla en medio de ese cuadro sombrío, como si hubiera calculado su jugada maestra con semanas de anticipación. Adelante hay unos treinta fotógrafos y camarógrafos que ni siquiera han advertido la presencia del intruso y capturan las imágenes en los seis segundos que dura ese instante oficial: el equipo posando antes de la batalla. Pero allí también está ese niño, que ha tenido que evadir quién sabe a cuántos policías, barreras y controles antes de aterrizar en esa fotografía. Los hinchas que esa noche lo vieron por la televisión debieron de morirse de envidia y de admiración. Era el único aficionado en el campo y, por el gesto en su cara, parecía el muchacho más feliz del planeta.
Al día siguiente, su rostro semioculto como el de un superhéroe anónimo fue parte del póster oficial del equipo campeón de la Copa Libertadores de América. La imagen circuló por todo Chile. Millones de chilenos celebraron ese campeonato continental, el primero que obtenía un equipo de su país. También se preguntaban por ese muchacho de la fotografía. Un programa de televisión hasta intentó buscarlo, pero no tuvo éxito. ¿Quién era El hincha fantasma?
El fotógrafo deportivo José Alvújar no llegaba a los treinta años cuando fue a cubrir ese partido que él considera la primera gran historia de su carrera. «Lo que me acuerdo con claridad es que hacía bastante rato que el pendejo andaba en la cancha, y lo único que rogábamos los fotógrafos era que él no llegara a la foto», dice dieciséis años después de aquel partido. Ahora lleva el pelo largo, una barba canosa y es uno de los mejores fotógrafos deportivos de Chile. Esa noche lo acompañaba un grupo de experimentados camaradas. El joven Alvújar tenía una misión particular: obtener la imagen del gol de Colo Colo, el equipo local. Pero antes del juego, corrió al centro del campo para sacar la fotografía oficial: la oncena titular de ese equipo. Los jugadores comenzaban a formarse cuando él notó que un niño corría hacia el cuadro. «Siempre he dicho que la foto tiene su momento y por ese motivo uno obtiene lo que el lente puede captar –dice Alvújar–. No hubo tiempo para detener nada. En ese momento pensé que lo que hacía ese muchacho era una coordinación perfecta para cagarnos la foto. El registro se iba a ensuciar con ese niño. Y en mi cabeza lo único que se repetía mientras disparaba era: un estorbo, un estorbo, un estorbo».
Cuando la pose protocolar del Colo Colo concluyó, faltaban dos minutos para que comenzara el partido de fútbol más importante de la historia de Chile (ningún equipo del país ha vuelto a ganar la Copa Libertadores de América). Los fotógrafos tenían la imagen oficial. Los jugadores se dispersaron por el campo de juego. Al muchacho lo capturó un policía. Y nadie supo de él. Su rostro nunca volvió a verse en el Estadio Monumental. Tampoco él apareció para decir, sí, yo fui El hincha fantasma. O como dicen algunos: El jugador número doce en esa fotografía.
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Marcelo Bueno es un hombre gordo, calvo, usa unos anteojos oscuros y hoy viste una camiseta idéntica a la que el Colo Colo llevó en aquel partido de principios de los años noventa. Es bastante conocido en el Estadio Monumental porque los siete días de la semana vende fotografías y chucherías. Los jugadores lo saludan, los hinchas lo conocen y los funcionarios lo ubican a la perfección. Le dicen El Toby. Hoy es un sábado de junio del 2007, día de entrenamiento en el estadio. Los campos están repletos de niños y adolescentes que practican el fútbol en las divisiones inferiores del club. El pasillo de tierra que comunica las canchas está lleno de mujeres y hombres con cámaras fotográficas, quienes ven y analizan los progresos de sus hijos. Por allí está El Toby, que dice conocer cualquier cosa que «huela» a Colo Colo. Su sabiduría está basada en los más de diez años que lleva vendiendo cosas dentro y fuera del Monumental. Cualquier pregunta es útil para demostrarlo.
–¿El loquito de la foto? –dice al conversar con uno de sus clientes–. Ese cabro murió, compadre. Dicen que lo mataron. Era malandra y murió en su ley, por lo que cuentan.
El Toby recuerda que la noche del partido estuvo en el estadio (entonces era un adolescente), y observó que aquel muchacho rondaba cerca del equipo. Pero luego no vio más.
–De ese loquito nunca se supo mucho. Desde ese día nadie más lo vio en el estadio. ¿Quién va a saber el nombre?
El cliente que lo escucha es un hombre maduro que observa jugar a su hijo. Le ha comprado a El Toby una fotografía del equipo titular del 2007, y ahora dice que El hincha fantasma fue un jugador de fútbol de las divisiones inferiores del club. Una especie de pasapelotas que no se aguantó las ganas de estar donde no debía.
El Toby recuerda el itinerario de ese misterioso hincha. Dice que salió de un costado del campo, aunque no se trataba de alguien conocido, como esas personas que solían pulular por allí. «Ese loco no era de la barra», añade. «Debió saltar la reja o se pasó por debajo, pero sabía lo que hacía. Yo llegué como a las cuatro de la tarde y el partido fue a las nueve de la noche. Ningún otro loco se metió a la cancha por las medidas de seguridad que había. Por eso cuando se sacó la foto y llegó corriendo y se deslizó, el loco se hizo famoso». Lo curioso, agrega, es que después de su hazaña ese muchacho nunca más apareció en el estadio ni en la barra ni en ninguna otra parte. «Si todos queríamos conocerlo –dice El Toby–. Fue raro, pudo haber sido un símbolo y terminó siendo un cabro que nadie conoció».
Ese misterio ronda en Pedreros, como también se le conoce al estadio de Colo Colo, y en los hinchas que en cada aniversario de la Copa Libertadores de 1991 contemplan la imagen de El hincha fantasma. ¿Quien fue? ¿Por qué desapareció sin dejar huellas? Mario Santana es un miembro antiguo de la Garra Blanca, la barra brava de Colo Colo, y asegura que ese niño no pertenecía a su grupo. Santana se considera una especie de historiador del equipo, y con esa autoridad califica al muchacho de «personaje legendario». «Todos quisimos ser él esa noche», dice mientras observa un partido de juveniles en uno de los campos de pasto del estadio. «Sería un honor conocerlo y darle un abrazo y decirle que ésta es su casa. Que nunca debió desaparecer». Para muchos, El hincha fantasma es como un héroe que se arrepintió de serlo.
En un campo cercano, un grupo de seguidores observa el entrenamiento del primer equipo de Colo Colo. Al día siguiente, domingo, se enfrentará con la Universidad Católica, uno de los equipos más fuertes de la liga de Chile. El Toby llega hasta allí, ofrece sus productos y, aún motivado por la conversación anterior, pregunta:
–¿Alguno se acuerda del pendejo que salió con el equipo campeón de la Libertadores del 91? ¿Cómo se llama?
–¿El loco de la foto? Ni idea. Quién va a saber, si nunca más se supo de ese cabro –responde un hombre de barba y pelo largo.
–Yo supe por ahí que murió –dice El Toby.
–Ese huacho nunca existió, compadre –interrumpe un hincha calvo y de anteojos.
–Cuida la boca, feo. Ése es un prócer –responde alguien desde atrás.
–Pero si una vez salió en una entrevista que había sido José Luis Villanueva, ese atacante que jugó en Racing de Avellaneda.
–Pero si Villanueva es más rubio que la cresta. Y el cabro de la foto es moreno, pelo duro, de pobla. Están inventando, huevón.
–Alguien me dijo que era un flaite de la «U» que vio la luz y pagó sus pecados entrando a la cancha sagrada del Monumental.
Los hombres se ríen. Algunos lanzan el grito de guerra del Colo Colo. Los demás vuelven a observar el entrenamiento. Si le ganan a la Universidad Católica el domingo, el tricampeonato estará mucho más cerca. Mientras tanto, El Toby sigue vendiendo y preguntando sin suerte: ¿Quién era el loquito de la foto?
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Dicen que el futbolista José Luis Villanueva podría ser El hincha fantasma. Ahora es un delantero de casi treinta años que juega en el Vasco da Gama, en Brasil, donde vive sus años de madurez deportiva. Su carrera es la típica de un jugador con talento y buenos contactos: empezó en la segunda división de Chile, luego pasó al Palestino, jugó por la Universidad Católica; de allí se fue al Racing Club de Argentina, al Morelia de México. Después viajó a Corea. Luego a Brasil. Pero en 1991, Villanueva apenas era un chiquillo de diez años que jugaba en las divisiones inferiores del Colo Colo. Durante la copa Libertadores de ese año, también cumplió un privilegiado papel como mascota del equipo principal. Cada vez que los once jugadores salían al campo del Monumental, Villanueva los acompañaba, orgulloso, a saludar a los hinchas. Desde ese lugar envidiado, él veía los rituales de los futbolistas, las arengas. Después, un paramédico lo devolvía a los camarines, donde su padre lo esperaba para ver el partido desde la tribuna.
Como mascota, Villanueva estuvo en la mayoría de partidos de ese campeonato en que Colo Colo jugó de local. A medida que el equipo avanzaba en el torneo, él soñaba con acompañarlo hasta la final. En sus fantasías, imaginaba cómo saldría a la cancha en el partido más importante: si de la mano de este jugador o de aquel otro; si le colocarían la camiseta del equipo o si usaría una sudadera. En el partido de vuelta de las semifinales, Colo Colo iba a enfrentar a Boca Juniors en Santiago de Chile. El padre de Villanueva llevó a su hijo a las cercanías del camarín, pero allí un guardia les cerró el paso: no podrían entrar porque el partido sería «peligroso». Así fue. Hubo una batalla campal en el campo del estadio. El Monumental estuvo a punto de ser suspendido. Las autoridades de la Confederación Sudamericana de Fútbol exigieron que, para el partido de la final, ninguna persona ajena al espectáculo se aproximara al campo. El sueño del niño Villanueva estaba apunto de hacerse humo.
Cuando esa noche llegó, la mascota del Colo Colo no estaba cerca del campo, ni en los camarines, ni siquiera en el estadio. José Luis Villanueva vio esa histórica final de su equipo en la televisión. «No fui al Monumental porque mi papá estaba de viaje», recordaría años después, desde Corea. «Sé que dicen que yo era el niño de la foto, pero esa parte de la historia está alterada. No soy ese niño, mal podría serlo si ni siquiera estuve en el estadio. Lo demás es cierto, fui la mascota de Colo Colo ese año. Fue una experiencia notable, pero habría que buscar en otro lado a ese niño». La pregunta es dónde.
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En el afán de encontrar a El hincha fantasma, algunos se fijaron en una imagen fúnebre que hay en la entrada de los campos donde entrena el Colo Colo. Dijeron que ese 5 de junio de 1991, el muchacho de la imagen apareció y luego despareció fantasmalmente en el estadio. Era un error increíble: el monumento recordaba a una niña muerta en el 2005. Lo único cierto era que sobraban los sitios dónde buscar.
A fines de mayo del 2007, el misterio pareció de pronto resuelto. Faltaban ocho días para que los hinchas del Colo Colo celebraran el decimosexto aniversario de aquella Copa Libertadores. El periodista Aldo Schiappacasse publicó en el diario El Mercurio el artículo «El niño que se cruzó». Allí decía que El hincha fantasma se llamaba Reinaldo Sandoval, que tenía veintisiete años, que trabajaba como asistente de autobuses interurbanos y que tenía una hija de siete años. «Cuando veo que le van a sacar la foto al equipo vengo y me tiro, no más, arrastrándome. Quedé todo desordenado, algunos fotógrafos reclamaban y llegaron los guardias para agarrarme del brazo y sacarme a la tribuna Océano», explicaba el supuesto hincha en ese texto. Debía de tener once años de edad la noche del campeonato. Un año antes, contaba él, su abuela lo había internado en la Ciudad del Niño, un albergue para chicos con problemas económicos y familiares. Poco a poco él se hizo más y más hincha de Colo Colo. Conoció a la secretaria del presidente del club, y ella le regaló unas entradas para el estadio. Con el paso del tiempo, el niño se hizo conocido entre los porteros y los guardias de ese lugar. Por eso, explicaba, no le costó tanto entrar en el campo de juego. «Muy temprano me fui a la sede, donde me pintaron y me llevaron al estadio. Quedé justo en el túnel. Cuando el equipo salió a la cancha me le colé al jefe de seguridad –uno negro y alto que había en esa época– y de repente me vi al medio de todo», le dijo a ese periodista.
–Este muchacho me ubicó un día en el celular y me dijo: “Yo soy el niño que sale en la foto de la Copa Libertadores que ganó Colo Colo” –explicaría después Aldo Schipaccasse–. Luego le sugerí que nos juntáramos y más tarde le hice la entrevista. Allí me pidió plata, pero evidentemente le dije que no tenía un peso que darle.
Hoy es un domingo por la tarde en la Comuna Pudahuel, al oeste de Santiago de Chile, y Reinaldo Sandoval ha terminado de jugar un partido de fútbol de la liga amateur de la zona. Es un hombre pequeño, de piel clara y frente amplia. Lleva el cabello negro ligeramente ondulado con gel. Está duchado y bebe una cerveza mientras observa junto con unos amigos otro partido. Los equipos juegan en un campo de tierra trazado dentro de un hoyo gigante, tal como el estadio Monumental.
–Oiga, ¿y no tiene unas luquitas para pagar la cuenta del celular? –dice con una voz fuerte y algo raspada–. Supongo que el Aldo le pasó mi celular. Él me dijo que me iba a regalar una camiseta, y lo quiero llamar para que se acuerde. Si tiene unas luquitas, las que sea, por último para mi hija, que es mi sol. Ya, hablemos, qué quiere saber.
Sandoval sonríe. Su cara es triangular y su nariz fina. Se le ve tranquilo. Dice que no tiene fotografías de cuando era niño. Tampoco sabe por qué no contó antes que él fue El hincha fantasma. «Quizás porque una vez murió una persona en el estadio Monumental y me empezó a dar miedo y no volví más –explica–. Pero ahora me di cuenta de que era importante que la gente sepa que fui yo. Sé que significo mucho para los colocolinos». Dice que eso lo llena de orgullo.
Hay un incidente en el campo. Algún foul resistido o una posición adelantada inexistente. Los gritos y las rechiflas llegan de todos los costados. Sandoval sigue hablando y mueve mucho los hombros, de arriba abajo. «Yo salí cuando salió el equipo de Colo Colo, perro. Estuve muy poquito en la cancha, apenas unos segundos. Y fueron los más espectaculares que yo haya vivido. Salí a pelusear y cuando vi a los jugadores formándose y a los fotógrafos preparados, me puse a correr lo más rápido posible y me deslicé por el pasto hasta quedar justito para la foto, como se ve en los videos y en la foto. En segundos me hice famoso». Ahora se asoma a ver lo que sucede en la cancha. Se ríe del alboroto. Los jugadores, abajo, se trenzan en una discusión y el árbitro intenta separar a los dos más iracundos de cada equipo.
En el artículo de El Mercurio Sandoval contó que alguna vez quiso jugar en el Colo Colo. De niño hasta se probó en las divisiones inferiores, cuando el técnico argentino José Pekerman las tenía a su cargo. Fue en 1993. Al verlo jugar, contaba Sandoval, el entrenador quedó conforme, pero no le agradó su físico. «Me dijo que por el porte no quedaba. Así de simple». También recordó que alguna vez, en 1991, lo sacaron del albergue donde vivía y lo llevaron a visitar el estadio de Colo Colo. Fue con sus compañeros. Allí los jugadores del equipo campeón lo saludaron como al héroe que había sido.
Sandoval dice que la noche de la final de la Copa Libertadores no llevaba nada encima del rostro: ni autoadhesivos, ni cintillos, sólo la pintura que le aplicaron en la sede del club. «Fue tan rápido todo, que apenas si recuerdo lo que hice», explica mientras se alisa la camisa. «Cuando vi a los fotógrafos yo estaba lejos y me puse a correr hasta que llegué, me deslicé limpiamente y sacaron las fotos. No toqué a nadie, no tuve tiempo de nada más. No hablé con ningún jugador. Sólo hice esa aparición y quedé para la leyenda». Ahora se escuchan tres pitazos que llegan desde el campo. El árbitro acaba de finalizar el partido. La gente aplaude, algunos jugadores se dan la mano, otros se abrazan. Reinaldo Sandoval también se despide.
–Compadre, que le vaya bien. Aquí conoció al niño que se cruzó en la foto de la Libertadores del 91. A propósito, dile a Aldo que me mande la camiseta que me prometió porque si no es así, voy a ir a dejarle la grande, ¿no crees, huevón?
Se ríe fuerte. Algunas personas se dan vuelta para mirarlo.
***
En la página web más importante de los seguidores del Colo Colo, dalealbo.cl, algunos aficionados celebraron la buena noticia. «Por fin apareció», dijo alguien que firmaba como Chartier Albo. Haber encontrado a El hincha fantasma era un beneficio para ellos. Ese niño representó al hincha del equipo durante esa final de la Copa Libertadores. De hecho, muchos seguidores creían que se trataba de un muchacho de Ñuñoa, una comuna del este de Santiago de Chile, que había muerto a causa de su mala vida. También se mencionaba un apodo: el Monito, pero de su nombre y destino real, nada. Aquellos eran datos vagos que nunca identificaron a nadie. En el texto de El Mercurio, al menos había una persona de carne y hueso a quien creerle. Un ser humano con nombre y apellido que contaba una historia verosímil de lo que había ocurrido.
Pero después de ese artículo vinieron las dudas y las nuevas pistas. «Ese huevón está vendiendo la pomada –escribió alguien que firmaba Alboiquique–. Yo conocí y muy bien al que se tiró en esa foto. Le decían Mono y era de Ñuñoa, población Exequiel González Cortés. Toda mi familia y el barrio lo conocía no sólo por esa foto, sino porque era una buena persona; era medio pinganilla, pero no era malo. Sabrán a qué me refiero, pero bueno. Lo cierto es que esa persona ya no está con nosotros sino que está alentando al Cacique desde el cielo». Los comentarios siguieron, incrédulos, enojados, sorprendidos. Catoalbo agregó más detalles: «Por las cosas de la vida se metió en cosas malas y terminó pagando con su vida, dicen que de sida, pero la cosa es que murió hace algún tiempo atrás. Mi viejo me lo contó». Desde el 28 de mayo hasta el 1 de junio del 2007 hubo veintinueve comentarios. Allí quedó todo. El hincha fantasma fue olvidado de nuevo.
Días después, los encargados de esa página publicaron un mensaje en el que pedían datos sobre ese muchacho. Algún indicio, lo que fuera que pudiera ser rastreado. Los comentarios volvieron. «Es el futbolista José Luis Villanueva». «Dicen que salió en un diario hace poco». «Es un mito urbano, hay como mil versiones». «Es un mito urbano ese huevón, que quede ahí no más, déjenlo piola; si hubiese querido aparecer ya lo hubiera hecho». Los datos del muchacho apodado el Mono regresaron de distintas personas que indicaban el mismo barrio de Santiago de Chile, Ñuñoa, la misma mala vida y un destino trágico similar: muerto hacía un tiempo. Mamsalbo dijo: «Era de acá de Ñuñoa, digo era, porque se fue a vivir a la comuna de Peñalolén. Lo apodaban el Mono. Él vivió en la población Exequiel González Cortés. Lo último que supe de él fue que murió de un balazo en la cabeza». «Cabros, el que está más correcto es el socio que dice que es de Ñuñoa. El de la foto es el Mono de la Exequiel. Al día siguiente de esa noche fue bien comentado por todos, ya que lo cachaban. Yo lo sé porque estudiaba en esa fecha en el colegio que estaba en Guillermo Mann con Maratón y que ahora es una comisaría», contó Orca. Allí había un indicio, un lugar dónde buscar.
La historia empezaba a contarse desde múltiples voces. Alboiquique reapareció y escribió que el Mono había trabajado para un señor que vendía cartones en la calle Guillermo Mann. Pero dijo algo más importante que todos los demás: dejó su nombre y el número de su teléfono celular. Alboiquique se llama Mario González y vive en Iquique, un puerto al norte del país. Lo indignaba aquel hombre que decía ser el muchacho de la foto en la columna de El Mercurio. «Todos allá en la población conocen lo que hizo el Mono. Apenas salió en la tele nos dimos cuenta de que había sido él. Nadie dudó», cuenta a través del teléfono. El Mono tenía entre catorce y quince años. Robaba y a veces le ayudaba a cargar cartones a un hombre que tenía un negocio en esa calle llamada Guillermo Mann. Ese tipo también se murió, recuerda González, pero su esposa continúa trabajando en el mismo lugar. Se llama Mónica. «Ella debe saber dónde encontrar a su familia, porque el Mono, loco, ya está muerto. Pero te digo una cosa: él es El hincha fantasma. Te vas a dar cuenta altiro». Sólo hay que averiguarlo.
***
En la calle Guillermo Mann, donde dicen que trabajaba el Mono, hay varios locales de recolección de cartones. Allí todos se conocen y es muy fácil dar con el negocio de «Mónica», como se llama la viuda del patrón de ese muchacho. El local está en la población Exequiel González Cortés, muy cerca del Estadio Nacional de Santiago de Chile. Allí los pasajes son estrechos y en las casas, de construcción sólida, hay poco espacio para que la gente se mueva con soltura. Las piezas chocan unas con otras. Si hay niños en la casa, éstos deben jugar en los pasajes angostos, en la calle o en los alrededores del estadio. Ahora es la hora de almuerzo, y un hombre que ordenaba un conjunto de cajas en el local indicado regresa del interior con noticias claras.
–Usted busca al Monito –aclara–. El Mono es el papá y esa familia tiene unos parientes que viven en el pasaje siguiente, tercera casa.
Antes de llegar a ella, un hombre que ha escuchado hablar del Monito se adelanta.
–Sé a quien busca. El Monito se llama Luis Mauricio López Recabarren, el niño que salió en esa foto famosa del campeón de la Libertadores del 91.
El vecino curioso se llama Jaime Villagrán y ha vivido siempre en este barrio. Conoce al Monito y a su familia. Lo vio de pequeño cuando jugaba en la calle y cuando iba al Estadio Nacional cada vez que podía.
–Usted debe saber que murió –cuenta Villagrán–. Tuvo una vida difícil de niño. Él optó por el camino más complicado. Él quiso vivir en la calle y allí conoció lo malo también. Murió joven. Murió en la cárcel, el Monito. Y sólo aquí en la población siempre han sabido de su hazaña.
Villagrán se detiene frente a una casa. Grita «aló» y explica que alguien quiere hablar de Luis Mauricio. Una voz responde y luego la puerta se abre. Un hombre se asoma. Pelo negro, estatura pequeña, ojos caídos y un vientre abundante.
–Qué tal –dice–. Soy Luis López. Me llaman el Mono. Usted quiere saber sobre mi hijo, el Monito. Usted viene por lo de la Copa Libertadores de Colo Colo. Adelante, ahí tenemos una foto grande de él.
La sala está oscura. El padre de Luis Mauricio López Recabarren enciende la luz y en una pared aparece una gran fotografía enmarcada donde un muchacho sonríe. Tiene los ojos oscuros, la nariz ancha, una enorme sonrisa, los dientes blancos y separados, los labios contundentes y anchos. Viste una camiseta blanca con tirantes y unos shorts azules. También lleva un gorro que deja ver parte de su cabello negro, grueso y un poco ondulado. La pared parece un santuario en honor al muchacho.
–Ése es mi hijo –se oye una voz de mujer–. Él es Luis Mauricio muy poquito antes de que falleciera. ¿Vio las fotos más chicas que están a su alrededor?
La enorme imagen está rodeada por otras un poco más pequeñas. En una esquina se encuentra la famosa fotografía del Colo Colo de 1991, donde El hincha fantasma está delante de los jugadores. Al lado hay una imagen similar de la selección nacional, poco antes de un partido contra Argentina. Es la Copa América de 1991, que se jugó en Chile. Debajo de los futbolistas, el pequeño Luis Mauricio aparece recostado en el pasto; tiene la cara descubierta y mira a las cámaras como si fuera un jugador más.
–Esa vez mi hijo hizo gritar a todo el estadio un «ce, ache, í» –dice la madre–. Fue la última vez que se metió a una cancha.
Hay algunos retratos más: en el colegio, cuando recibe un diploma al lado de una profesora; con amigos de la Penitenciaria, donde estuvo preso hasta su muerte; junto a los arqueros Daniel Morón y Nicolás Villamil, antes de un partido entre Colo Colo y la Universidad de Chile, su clásico rival; sonriendo junto al cantante mexicano José José, en la platea del Estadio Nacional; en una salida de Colo Colo, en 1991; al lado de un jugador de Universidad Católica, en 1987. En todas las fotografías aparecen el mismo mentón, los mismos labios gruesos, la misma nariz ancha y un poco chata. Es el mismo e inequívoco rostro: de niño, de adolescente, con la cara de un hombre. Luis Mauricio López Recabarren, el Monito, podría ser El hincha fantasma.
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Luis Mauricio López, el Monito, casi no pasaba tiempo en su casa. Lo suyo era la calle. Una vez, cuando tenía seis años, su padre lo sorprendió robando en un autobús. Hizo que devolviera las monedas y lo abofeteó. Pero el hijo tenía cierto talento para los robos de pequeños montos y poco a poco se convirtió en un ladrón de ocasión. Por ese motivo cayó un par de veces en los reformatorios de menores de Santiago de Chile. La única actividad que lo sacaba de los malos pasos era el deporte y eso se lo debía a su padre. Luis López, el Mono (a quien llamaban así por su parecido físico con un chimpancé), había sido popular en su niñez. Al vivir tan cerca del Estadio Nacional, había logrado cientos de imágenes con futbolistas famosos, que luego eran publicadas en revistas como Estadio o Gol y gol. Su mayor logro fue una fotografía al lado de Pelé. López dice que su hijo siempre quiso imitarlo. Por eso, el niño entraba al campo cada vez que podía. «Cuando supieron que era el hijo del Mono, la gente empezó a decirle igual o Monito. Y lo ponía orgulloso que le dijeran como su papá», explica. «Mi hijo siempre quiso ser como yo». Pero el niño iba a hacer algo mucho más grande.
Luis Mauricio, el Monito, comenzó a posar a los nueve años con los equipos titulares de la selección de Chile, el Colo Colo, la Universidad de Chile, Universidad Católica, Cobreloa y otros clubes del país. Las decenas de fotografías que la familia conserva ahora en la pared-altar de su casa se las regaló un fotógrafo profesional apodado Rucio. Luis Mauricio siempre estaba entre los jugadores, a un costado o deslizándose por el pasto. Sabía cuál era el mejor momento para entrar: minutos antes de que el equipo local pisara el campo. En ese instante todos se preocupan del público de las gradas, de sus cánticos y de la efervescencia general. Por eso, aquel 5 de Junio de 1991, Luis Mauricio entró cuando el equipo rival, el Olimpia de Paraguay, salió al campo de juego. Luego corrió en busca de esos jugadores y comenzó a molestarlos. Uno de ellos, el defensor Gabriel González, trató de pegarle un manotazo a la pasada. El muchacho lo esquivó y siguió corriendo. Esa noche, durante el juego, González fue el único jugador expulsado.
Luis Mauricio había sacado la bandera de casa, recuerda María Recabarren, su madre. «Nosotros ya no teníamos control de sus actos. Él ya se sentía libre, por eso no tuvo temor de meterse a la cancha, a pesar de que todo el mundo sabía que iba a ser muy difícil. Pero él estaba determinado en ser el único». En el estadio, la gente observaba a ese muchacho que llevaba la bandera al cuello como un superhéroe con capa. Carlos Vergara, uno de los sesenta mil aficionados que colmaban el estadio esa noche, dice que un policía empezó a perseguirlo, pero que no pudo alcanzarlo. Luego vio al Monito cerca del arco del Olimpia. Les quitaba la pelota a los jugadores de ese equipo. Un defensa estaba a punto de patear un tiro al arco; de pronto, el Monito se adelantó y dejó parado al arquero paraguayo. «El estadio –dice Vergara–, no sé si recuerdo bien o me lo inventé, lo celebró como gol». Ese grito quedó registrado en la transmisión televisiva que había comenzado hacía pocos minutos. Alberto Foullioux, uno de los comentaristas a cargo, creyó equivocadamente que el griterío se debía a que el Colo Colo salía al campo. Pero los jugadores todavía estaban en el camarín. Quien estaba allí era el Monito, que corría, levantaba los brazos y fastidiaba a los paraguayos. Pero aún faltaba lo más importante para él: la fotografía.
El comentarista Sergio Livingstone, uno de los más antiguos de la televisión de Chile, también fue el primero en advertir al intruso e informarlo a la teleaudiencia: «Hay un chico que está dentro de la cancha con una bandera colgando. Es muy pequeñito, pero esas cosas no deben pasar. Se descuelgan por la reja y es la única persona extraña al acontecimiento». Poco después, el estadio estalló en gritos, cuando los jugadores de Colo Colo salieron por fin de los camarines. Llegaron al centro del campo y saludaron. Hay una toma donde se ve a Luis Mauricio tratando de hablar con los jugadores. Luego llegan los guardias y el muchacho tiene que apartarse. Al rato, los once jugadores comenzaron a formarse en dos filas. Los fotógrafos estaban listos para disparar. Luis Mauricio debía saber que su momento había llegado. «Lo que a él le importaba era la foto –dice ahora su padre–. Salir con los jugadores y tenerla de recuerdo. En eso consistía todo el tema. Si no podía sacarse la foto hubiera sido triste para él». Y comenzó a correr, mientras un policía trataba de alcanzarlo. Los flashes estallaban. Entonces Luis Mauricio se lanzó a ese encuadre en perfecta sincronización de tiempo y distancia. Su cuerpo se deslizó por el pasto y con su mano golpeó el hombro del delantero Luis Pérez, quien esa noche hizo dos de los tres goles con que el Colo Colo ganó. «Me hubiera encantado conocerlo –dice ese deportista dieciséis años después–. Ese niño, al final de cuentas, formó parte del equipo. Fue como el jugador número doce que tanto dicen. Él estaba allí como el representante de los hinchas». En la televisión, el comentarista Sergio Livingstone parecía ofendido. «Ahí apareció el chiquitín, ese», dijo regañando al vacío. Otros periodistas que se mostraron enfadados en ese momento, ahora dicen haber aprendido varias cosas. «Pasó de ser una barbarie fotográfica (porque le restó protagonismo a los jugadores y un desconocido se convirtió en la reina) a una foto que concentra la esencia del fútbol: el deporte y el fervor», dice el fotógrafo José Alvújar. Al arrojarse hacia la fotografía, Luis Mauricio López Recabarren, el Monito, no buscaba figuración ni fama. Se contentaba con disfrutar del privilegio de estar allí. El resto debía importarle un carajo.
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María Recabarren, la madre de El hincha fantasma, arregla un bolso con bebidas y un par de chalecos para ella y su marido. Son las tres de la tarde de un lunes de julio, y la pareja está un poco retrasada para visitar el cementerio, como hacen al principio de cada semana. Un día, dice Recabarren, su hijo le confesó su mala conducta: «“Mamita, yo nací ladrón y voy a morir ladrón. Pero eso no quita que no te quiera y te adore”», recuerda que él le dijo. La mujer está convencida de que, a pesar de todo, Luis Mauricio fue una persona maravillosa.
Después de aquella final de la Copa Libertadores, el Monito era famoso en su barrio. Sus vecinos le reconocieron de inmediato en las imágenes de televisión y lo felicitaron. Sus amigos se sentían orgullosos de él y pronto supieron que un equipo de televisión lo buscaba para entrevistarlo. Alguien había contado que el niño de la fotografía era el Monito y que lo podían ubicar en la calle Guillermo Mann. Pero él no quería que lo encontraran. «Hubiera tenido problemas altiro», explica su padre. En su caso, aceptar la fama habría traído a su vida no sólo periodistas, sino policías. Durante su vida, el Monito entró y salió varias veces de los reformatorios de menores y de la penitenciaria. También tuvo problemas con las drogas. «Cuando se empezó a meter con la pasta base [de cocaína] la cosa se puso más incontrolable», dice su padre; pero luego vuelve a seleccionar los mejores recuerdos. «Mi hijo era re-buena persona. Si usted hubiera visto las pololas que tuvo, todas bonitas. Siempre lo quisieron ellas. Nunca lo abandonaron, hasta el final».
Aquella noche de la Copa Libertadores Luis Mauricio entró a un campo de fútbol por penúltima vez. La última fue en el partido que la selección de Chile jugó contra la de Argentina. Copa América de 1991. «Esa vez dio una tremenda vuelta –dice la madre–. Se dio el gusto de estar como diez minutos adentro y, antes de que lo sacaran, hizo gritar a todo el estadio porque no estaba el señor de la trompeta, y un capitán de Carabineros lo sacó». Ya fuera del campo, el oficial le invitó un sándwich y después lo detuvo. En la comisaría le contaron que, por su culpa, al oficial encargado de la seguridad de la final de la Copa Libertadores lo habían suspendido. Así que le prohibieron volver a entrar a un campo de fútbol de nuevo. «Mi cabro cumplió –dice la madre–. No apareció nunca más».
Ahora los padres de El hincha fantasma llegan al Cementerio General, el más grande de Santiago de Chile. Caminan lento entre tumbas, nichos y mausoleos. Luis Mauricio murió de leucemia en el Centro de Detención Preventiva Santiago Sur, mientras cumplía una condena por «robo con intimidación». Durante ese asalto recibió un balazo en la cabeza y casi murió. Sus padres creen que esa herida pudo haberle provocado la enfermedad. Su salud declinó poco a poco. El 30 de julio de 1999, a los veinticuatro años, Luis Mauricio murió en una cama del hospital de la Penitenciaría. Según su madre, sus compañeros de la prisión guardaron cinco minutos de silencio en su honor.
Ella también selecciona los mejores recuerdos. Dice que él compartía sus ropas con los reclusos que no tenían nada. «“No importa porque mi mamita me va a traer ropa y no me va a faltar a mí”. Todos lo querían y respetaban», añade mientras se acerca a la tumba. «A veces él conversaba de ese momento en el Monumental, cuando tenía quince años», dice Recabarren. «Y le gustaba acordarse. A veces se veía en los pósters, en la tele. Seguramente fue una de las cosas más bonitas que le pasaron en la vida».
–Seguramente –añade su esposo.
–Aquí está mi hijo –dice la mujer frente a una lápida de mármol blanco, llena de flores rojas y amarillas, y con la cara de Luis Mauricio grabada sobre una loza–. ¿Cómo estás amor de mi vida?
Hay un silencio breve. En al nicho hay flores de muchos colores y un adorno con la insignia del Colo Colo. Allí está el nombre de Luis Mauricio y las fechas de su nacimiento y muerte. Abajo, un epitafio firmado por sus padres, hermanos y sobrinos.
De pronto, María Recabarren saca del bolso la fotografía enmarcada del equipo titular del Colo Colo de 1991, el mismo que ganó la Copa Libertadores de ese año. Los once jugadores formados en dos filas: los del fondo parados; los de adelante, en cuclillas. Debajo de ellos, El hincha fantasma se recuesta en el pasto del estadio.
–Hijo mío –dice la mujer–. Te traje tu foto.
Luego besa esa imagen y cierra los ojos.
La diosa hermosa del amor mira el cielo reventado de relámpagos y nubes, cayéndose sobre ella, y se deja mojar sin abandonar el trino de su voz alzada ante la multitud de peruanos y bolivianos que la escucha cantar huainos. El vestido andino de mil quinientos dólares, bordado hasta el detalle más ínfimo durante tres meses por artesanos de Huánuco, su patria chica, se empapa. Dos bailarines de su trouppe, de gira por la Argentina, abandonan la danza y la cubren con sendos paraguas. Es inútil, la tormenta no cesa. Dina Paucar, la cantante folclórica que se convirtió en la diva más popular del Perú, tiene humor; guarda y ejerce la picardía andina: decidida, le habla al Señor.
– Pero Diosito, si tú sabes que soy la diosa del amor, ya no me mojes más.
¡Para qué!, piensa Dina apenas suelta la frase juguetona. Suena un trueno que hace temblar el escenario al aire libre en plena periferia de Mendoza Capital. Es como si “alguien hubiera abierto el cielo”. Dina se arrepiente de haberle hecho la broma al Supremo. Ya es tarde para preocuparse por el traje que lleva puesto. El maquillaje se le corre. Falla el bajo eléctrico. Chirría el micrófono. Se mece la batería. Son baldazos lanzados con furia. El escenario parece colapsar, pero en la tribuna los fanáticos siguen el ritmo chapoteando sobre el piso mojado. Reciben la lluvia como si despertaran de una sequía intensa. Al fin y al cabo Dina y la mayoría de ellos son migrantes que primero dejaron el campo para ir a la ciudad –Lima, Potosí, La Paz— y sintieron en el cuerpo las lluvias serranas, o los diluvios de la selva. Dina es con su baile saltadito y sus canciones románticas la esencia de la migración andina. La diosa no lo recuerda, pero ella misma, en una entrevista lo dijo: “Extraño andar descalza en la sierra, abrir los brazos bajo la lluvia con relámpagos”.
La choledad
Al fin hubo que salir del escenario; corrían peligro de electrocutarse. Los nueve integrantes de su banda, “Los superelegantes del amor”, saben de riesgos: recorren los caminos más escarpados del Perú en giras interminables por el interior. Se han accidentado media docena de veces: la propia diva tiene una costilla fisurada en un vuelco espectacular. Con 17 discos editados, cientos de miles vendidos –a pesar de la piratería peruana que es la más exitosa del continente— y unos diez viajes y cincuenta conciertos por mes, Dina Magna Paucar no se mueve sin marido y productor, Rubén Sánchez, un morocho alto que la filma y la fotografía mientras ella habla sentada en el living de un departamento amoblado del Abasto, en el centro de la pequeña Lima de Buenos Aires en la que se ha convertido el barrio de Carlos Gardel. Rubén es el amor que la redimió hace ya diez años de un corazón roto en su primera juventud y de un contrato abusivo que la mantuvo cautiva de una productora sin escrúpulos.
Rubén la hizo cruzar las fronteras. Esta es la novena gira por la Argentina: entre viernes y martes a la madrugada hicieron Córdoba, Mendoza y Buenos Aires. Las redes de comunicación de los peruanos y bolivianos que la adoran funcionan a la perfección al margen de la industria cultural mainstream. El buscador de Google fracasa detectando dónde se presentan. Sólo conocer peruanos permite rastrear que canta en el ex Penélope, de Nazca y Rivadavia. Pero no, allí dicen que quizás en el Mágico Bailable de Liniers. El cronista se desplaza hacia el oeste de la ciudad, sin suerte. Dina estuvo en Mágico, pero la noche anterior. “Hoy está en un boliche nuevo de San Justo, por Provincias Unidas al fondo”, orienta uno de los patovicas de la puerta. Autopista, bajada del Bingo, avenida, y pronto se ve la comunicación impecable de su equipo: “Dina Paucar, la Diosa Hermosa del Amor, en Corazón Disco. Sábado. Camino de Cintura 3235”.
Es un local para unas setecientas personas. A las dos de la mañana no hay más cola. Está repleto. La gente baila música andina y una que otra cumbia nacional. En un galpón con mesas de plástico, desde una barra atendida por chicas de remeras atadas en la cintura se llenan los vasos de cerveza de litro, a los que los meseros le ponen hielo para que enfríe mejor. Cada tanto un locutor bailantero anuncia a la Diosa. Son dos horas de pre calentamiento. Por fin el milagro de su aparición ocurre a las cuatro de la madrugada.
– Aquí estoy para hacerlos bailar hasta las siete de la mañana –les dice.
Los fans braman. Alzan los brazos. A aplauden. La primera fila de jóvenes le arroja sus chales, sus pañuelos, sus camperas. Ella los toca. Se coloca un chal en los hombros un rato. Los músicos devuelven las piezas. El público las besa, como si hubieran sido bendecidas.
Yo no seré campesina
Dina Magna Paucar es la segunda hija de una pareja de campesinos de Tingo María, la selva del Huallaga, donde la hoja de coca crece como la hiedra. Nació el 9 de mayo de 1969 en un pequeño paraje en el que creció con poca ropa, a veces descalza, acostumbrada a la exhuberancia del paisaje y las noches llenas del silencio habitado que producen los animales nocturnos. Sólo las borracheras de su padre y esa maldita costumbre machista de pegarle a las mujeres que todavía tienen en el campo la torturaban. Pero la violencia en las casas era tan común que aquello no era nada al lado de lo que comenzó a pasar a fines de los setenta y comienzos de los ochenta: en esos pueblos se hizo fuerte Sendero Luminoso, la guerrilla maoísta comandada por el líder único y central, Abimael Guzmán, aquel hombre que al ser detenido fue exhibido al mundo con un traje a rayas. Dina tenía nueve años cuando un grupo de guerrilleros vestidos de fajina y con pasamontañas negros cubriéndoles el rostro volteó la puerta de su casa y se le tiró encima a su padre. Lo bajaron a cachetazos y le preguntaron que dónde estaba no sé quien. Que dónde se había metido fulano. Ella se cruzó entre el jefe y su padre como un soldado:
– ¿Por qué le dan tan duro? Si nos matan, ¡que nos maten a todos! –les dijo.
La patearon hacia un rincón donde quedó tirada. El que mandaba habló:
– Si mañana volvemos y los encontramos acá los matamos a todos, incluidos tus cachorros.
“Mi papá agarró lo que teníamos y nos fuimos a la sierra, donde hay lluvia, relámpagos, truenos, donde la lluvia te moja y te mueres de frío”, cuenta Dina. Se instalaron allí donde tenían parientes, en el paraje Irma Chico, del otro lado de la Cordillera. Allí, ante un paisaje imponente, viven cuarenta familias. Hasta allí sueña Dina Paucar con regresar: quiere construirse una casa y ayudar a los pobladores a que mejoren las suyas. Quiere donar el dinero para que arreglen la antigua iglesia de Pachas y casarse de blanco con su amado. El relato biográfico es una materia aprendida con la fama. Pero Dina logra volver sobre su vida con una frescura que la hace siempre original e interesante. Su historia es tan conocida en Perú que con ella se hizo una telenovela. Se llamó Dina Paucar: la lucha por un sueño. Tuvo un rating que batió records: superó los 30 puntos y le ganó a sus competidoras, los realities peruanos conducidos por estrellas de TV con pasados y presentes turbulentos. Tanto fue el éxito de la parábola de la serrana que se produjo una segunda temporada: Dina Paucar, el sueño continúa.
En esa telenovela, en la que la interpretó una famosa actriz cuyo mayor problema es que era muy flaca al lado de la sana figura de la diosa, se cuenta una alegoría del “cholo” que dejó la sierra para buscar su futuro en la ciudad de Lima. Si Dina hasta entonces era una estrella que representaba “lo cholo” –una chola hiperbólica—, con la telenovela terminó de fundirse en el inconsciente colectivo del Perú como símbolo del migrante mestizo que tras un esfuerzo épico triunfa en la ciudad. Lo cierto es que a sus desventuras no les falta nada. Tenía diez años cuando intentó por primera vez escapar de su pueblo hacia la capital. Su padre era violento con su mujer, pero a sus hijas no las golpeaba. Cuando la encontró –las dos veces que intentó huir sin éxito— le impuso un método milenario: “Me ataban dos calabazas a la espalda y tenía que subir cuestas de tres horas con ese peso cargado”, cuenta.
La idea de remontar el camino hacia la capital nació con los relatos de su tío Alipio, que vivía en El Callao y hablaba maravillas de la vida en la gran ciudad: llegaba a Irma Chico cargado de regalos y por las noches ofrecía sus relatos: pan dulce con manteca por las mañanas y músicos con orquesta en las discotecas los sábados y domingos, rascacielos y grandes iglesias, procesiones religiosas con multitud de fieles y mujeres hermosas por las calles, con la cara coloreada y los ojos pintados, en trajes de moda. Ante el sueño metropolitano de Dina, la idea de crecer en la chacra de sus padres era insoportable.
– ¿Cómo juntaste el coraje para partir?
– Desde muy pequeña supe lo que era la vida de las mujeres en la sierra. Ahora está cambiando un poco, pero antes una mujer podía estudiar sólo primero o segundo de primaria; que sepas sólo el abecedario y firmar con tu nombre, nada más. Entonces tenías que irte a la chacra, y prontito hacías pareja. A los trece años tenías un hijo. Yo no quería esa vida. Mi hermana, Alejandrina, que luego fue quien me empujó a ser la cantante que soy, me decía, ¿cómo te vas a ir? Luché con ella para que ella me diera ánimo. Yo le decía: “pues quédate tu a ser una campesina, yo me voy de acá”. Mi hermana terminó ayudándome. Me aconsejó que le mintiera al chofer del bus que iba a Lima a buscar medicinas para mi madre.
El conductor le creyó, pero la guerra interna hacía difícil que una nena llegara así nomás a Lima. Antes de la capital había tres controles militares. “Dime la verdad. A qué vas a Lima. Hay mucha niña escapada, y cuando las agarran abusan de ellas”, la advirtió. Dina se confesó: “Voy a Lima porque quiero cantar”, le dijo. El hombre la hizo bajar quinientos metros antes de cada puesto. Ella caminaba, como una niña más, hasta más allá del retén y volvía a subirse al bus. En el último, ya cerca de Lima en Ancón, era fácil reconocer en ella a una niña serrana. Le rogó a una mujer que vendía caramelos a la vera del camino. “Me prestó una canastita para pasar por vendedora, como ella. Así hice, caminé hasta que ya no vi los militares y le devolví sus cosas. Al rato vi las luces del bus. Eran como las tres de la mañana”.
– ¿Cuál es el primer recuerdo que guardas de la ciudad?
– El bus me dejó en Girón Ayacucho y salí por el único camino que tenía luz. Llevaba cinco soles escondidos en las medias. Me agarraron unos rateros casi de mi edad, que estaban oliendo terocal (un inhalante como el poxirán). Y dijeron: “Oye, mira, esta es serrana. Huele feo! Ajjj!” Yo tenía mi mantita con papa, mi cui asado que me había hecho mi hermana. Uno de ellos dijo: “Ay, esta cochinada, quién la va a comer”. Se rieron de mí hasta que vino uno que dijo: “Ya déjala, que tu también eres de la sierra”. Ese chico me protegió y me mostró un lugar bajo un reloj enorme para dormir.
– ¿Cuál era tu ilusión?
– Usar tacos. Maquillaje. Un lindo vestido.
Era el mar
Dina se despertó con los gritos de los voceadores limeños: niños como ella que anuncian el destino de los minibuses que cruzan la ciudad: “¡El Callaooooo!”, escuchó. Su amigo le había dejado un mensaje escrito en la pared: “Suerte Dina Paucar”, decía. Sabía que su tío Alipio vendía en el mercado gigante de El Callao. Se bajó en el final del recorrido y caminó sin poder creerlo hacia la costa. “Me impresionó tanta agua junta: yo decía, ¡qué río tan grande! Pero era el mar”, se ríe. Esa tarde encontró el Mercado Modelo. Su hermana la había aconsejado caminar sin miedo, como si toda la vida hubiera vivido en la ciudad. Así anduvo hasta que dio con Alipio y su carro con “emoliente”. Ella no sabía que durante los próximos tres meses vivirá de ese brebaje andino hecho en base a agua de cebada, linaza, boldo, alfalfa, cola de caballo y limón. Pronto Dina supo cómo prepararlo y cómo ofrecerlo. “Mis primas me empezaron a echar un poquito de maquillaje. Todos los marineros que salían de la plaza Grau me compraban. Yo les daba mi yapita”.
Como en cualquiera de las telenovelas latinoamericanas en las que una chica llega a la ciudad a trabajar, Dina también fue durante un tiempo empleada doméstica. Su padre, que la visitó a los tres meses, le prohibió que siguiera vendiendo en la calle. La ubicó con una mujer que además la hizo volver a la escuela. Cuando la dueña de casa salía ella jugaba con sus tacos. Pronto tuvo los suyos. Y trajo a su hermana del campo. Juntas volvieron a vender por las calles. Alejandra no la dejó olvidar por qué dejó sus pagos, a qué viajó a la capital. “Mírate Dina! ¿qué has hecho? ¡Nada!”, le decía. Así le consiguió una audición con un grupo de cumbia “chicha” que necesitaba una voz femenina. En Perú el término chicha se aplica no sólo a la música, sino a una cultura urbana sincrética de lo andino y lo costeño, popular hasta la médula, colorinche, altisonante y barata: la cultura del inmigrante sobreadaptado. Dina se luqueó para su primer presentación con un atuendo que hoy le da risa: “toda chica material”, dice.
– ¿Cómo eras entonces?
– Me hice ese corte de pelo como Verónica Castro en Los Ricos también lloran. Tenía el cabello esponjoso con rulos y bien lindo. El grupo se llamaba Los Roldis. La primera vez salí con una falda y un chaleco de cuero, mis botas, un body negro. No me hacía llamar Dina, sino “La Chinita Yiyi”, por una cantante famosa entonces, la Princesita Mylli. De ella cantaba una canción: “Quisiera ser ciega/ para no ver más/ Ser como una piedra/ y no sentir jamás”.
– ¿Quién te enseñó a cantar?
– Mi mejor academia, mi mejor profesor y mi mejor público fue el espejo. Yo me miraba cómo pararme, cómo sonreír; hacía de cuentas que había un millón de personas detrás del espejo. Al comienzo me silbaban. Yo no estudié canto, ni actuación, nada.
Herida en el alma
Dina dejó de ser “La Chinita Yiyi” al año y medio y se dedicó a cantar gratis en las “polladas”: cada vez que alguien necesita un dinero extra en Lima la emprende con el pollo asado y la venta de cerveza. El evento suele ser por una causa solidaria: una enfermedad, el dinero para un viaje, los quince años de una hija. Y en él tocan grupos populares. Mientras tanto Dina estudiaba cosmetología y peluquería. La tenacidad de la diva volvió a ponerse a prueba cuando tenía dieciocho años: quedó embarazada de un hombre al que amaba. “Me dijo, ‘acuéstate mejor con un viejo y dile que es su hijo, porque yo no me haré cargo de él’. Me sentí lastimada; herida en el alma”. Regresó al pueblo. Su padre le puso una tiendita en el pueblo. Pero a los siete meses regresó a la capital. Tenía un plan que funcionaría: pasar de las polladas a los locales en los que aún hoy suele tocar. Y grabar su primer disco al que le puso “Mi tesoro”, en honor a su hijo, que hoy ya tiene 20 años.
Pero necesitaba promoción. Así que Dina invirtió en un espacio radial para hacer conocer sus temas. Así creció: pasó de cantar gratis a cobrar por fiestas de casamiento o cumpleaños. Tardó unos tres años hasta que el dueño de la productora de folclor peruano más importante la buscó después de rechazarla varias veces. Ella, emocionada, firmó un contrato leonino por el cual le pagaban 40 soles por show y nada por sus discos. En ese periodo grabó el mayor hit de su carrera: Qué lindos son tus ojos. “Qué lindos son tus ojos/ qué dulces son tus labios/ hermoso chico eres tú/ de lindos ojitos negros”, dice el huaino sentimental. Entre el 94 y el 95 vendió 260 mil copias. Pero no fue hasta el 98, de la mano de Rubén, que se desató del empresario aprovechador. Desde entonces su carrera es una empresa propia: se llama Amor Amor y tiene un sólo enemigo, el mercado ilegal, la copia trucha, esencia de la cultura chicha. Por eso asume que el dinero entra no por la venta de discos sino por los shows.
Además de los viajes continuos al interior del Perú, Dina Paucar y Los superelegantes del amor ya fueron dos veces a los Estados Unidos y cinco a Europa. Estuvieron en California, en Denver, en New Jersey y en la ciudad que más la impactó: Las Vegas. En Madrid llenó la Casa de Campo con diez mil fanáticos. Su itinerario muestra el de la migración peruana, un fenómeno transnacional. Por eso vino a Buenos Aires nueve veces. Por eso volverá. La fama de la Diosa hermosa del amor ya no tiene fronteras. Su elegancia andina, su estilo de reina del folclor pop, la han llevado a los niveles más altos de su país: no sólo es la embajadora de UNICEF sino que ha coordinado la mesa Lo cholo y la modernidad junto a académicos limeños en la Biblioteca Nacional del Perú. Este año se prepara por primera vez con una maestra de canto y actuación para lo que viene: un programa de TV conducido por ella en el que piensa transmitir la cruda realidad de los extremos pobres de su país, “allí donde el estado no llega”.
La última de sus satisfacciones pintan la dimensión de su vida de diva. El fotógrafo de Vogue y Vanity Fair, el preferido de la princesa Diana, Mario Testino la buscó en Lima para hacerle una fotografía en Machu Pichu. Dina Paucar estaba entonces de gira en Buenos Aires. Al regresar a Lima fue invitada al cocktail de despedida del artista. Llegó ataviada con su mejor vestido. Testino la vio, y cayó a sus pies. Le besó la pollera y la declaró su princesa andina. Dina se retiró un momento, cambió de vestuario y regresó al gran salón para obsequiarla el vestido a su gran admirador. Testino lo recibió emocionado y juró que lo expondría en su mansión londinense junto al que le regaló Lady Di antes de morir. La diosa hermosa del amor se lo agradeció entonando a capela, solo para él, un huaino sentimental.