El hombre que cae

Publicado: 4 febrero 2014 en Tom Junod
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En la fotografía, él parte de esta tierra como una flecha. Aunque no ha escogido su destino, parece como si en los últimos instantes de su vida se hubiera abrazado a él. Si no estuviese cayendo, bien podría estar volando. Parece relajado, precipitándose por los aires. Parece cómodo en garras del inimaginable movimiento. No parece intimidado por la succión divina de la gravedad o por lo que le espera más abajo. Sus brazos están a los costados, sólo ligeramente abiertos. Su pierna izquierda está doblada en la rodilla, casi de manera casual. Su camisa blanca –o casaquilla o sotana– se ondula libremente fuera de sus pantalones negros. Todavía tiene sus zapatillas de bota alta en sus pies. En todas las demás fotografías, la gente que hizo lo mismo que él –es decir, saltar– resulta insignificante ante el telón de fondo de las torres, que asoman como colosos, y ante los sucesos propiamente dichos. Algunos están sin camisa. Sus zapatos salen volando mientras ellos se agitan y caen. Parecen confundidos, como si estuvieran tratando de nadar por el costado de una montaña, colina abajo.

El hombre de la fotografía, en cambio, está en perfecta posición vertical, y también lo está de acuerdo con las líneas de los edificios detrás de él. Él los separa, los divide en dos. Todo lo que queda a la izquierda de la foto es la Torre Norte del World Trade Center. Todo lo que está a la derecha es la Torre Sur. Aunque no es consciente del balance geométrico que ha logrado, él es el elemento esencial en la creación de una nueva bandera, un estandarte compuesto sólo por barras de acero que brillan al sol. Algunas personas que miran la foto ven en ella estoicismo, fuerza de voluntad, un retrato de la resignación. Otras ven algo más, algo discordante y, por lo tanto, terrible: libertad. Hay algo casi subversivo en la posición del hombre, como si una vez frente a lo inevitable de la muerte hubiera decidido seguirle el paso. Como si él fuera un misil, una lanza, decidido a alcanzar su propio fin.

Quince minutos después de las 9:41 a.m. EST [1], en el momento en que se tomó la foto, él está, en términos de física pura, acelerando a una velocidad de novecientos ochenta centímetros por segundo elevado al cuadrado. Pronto estará viajando por encima de los doscientos cuarenta kilómetros por hora, y aparece de cabeza. En la foto está congelado. En su vida fuera del encuadre está cayendo y seguirá cayendo hasta desaparecer. El fotógrafo no es ajeno a la historia. Él sabe que se trata de algo que sucederá después. En el momento real en que la historia se va creando lo hace en medio del terror y la confusión, de modo que depende de gente como él, testigo pagado, tener la serenidad de asistir a su creación. Este fotógrafo posee esa serenidad y la tuvo siempre, desde que era joven. A los veintiún años estuvo parado justo detrás de Bobby Kennedy en el momento en que le dispararon en la cabeza. Su casaca se manchó con la sangre de Kennedy, pero él saltó sobre una mesa y tomó fotos de los ojos abiertos y abatidos de Kennedy, y luego de Ethel Kennedy agachándose sobre su marido y rogando a los fotógrafos –rogándole a él– que no tomaran fotos.

Richard Drew nunca ha hecho algo así. Aunque ha conservado su casaca manchada con la sangre de Kennedy, nunca ha dejado de tomar una fotografía, nunca ha desviado su mirada. Trabaja para la agencia de noticias Associated Press. Es periodista. No depende de él rechazar las imágenes que aparecen dentro de su encuadre porque uno nunca sabe cuándo se hace la historia hasta que uno la hace. Ni siquiera depende de él distinguir si un cuerpo está vivo o muerto, porque la cámara no se ocupa de tales distinciones y su negocio es fotografiar cuerpos, como todos los fotógrafos. De hecho, él estaba fotografiando cuerpos aquella mañana del 11 de setiembre de 2001. Por encargo de AP, Drew fotografiaba un desfile de modas de ropa de maternidad en Bryant Park, notable, según él, «porque desfilaban modelos realmente embarazadas». Tenía cincuenta y cuatro años. Usaba anteojos. Era de escasa cabellera, barba canosa y cabeza dura.

Durante toda una vida de tomar fotografías, Drew ha encontrado la manera de ser una persona de modales suaves y bruscos al mismo tiempo, paciente y muy, muy rápido. Ese día estaba haciendo lo que siempre hace en los desfiles de modas, delimitando su territorio, cuando un camarógrafo de la CNN con un audífono en el oído dijo que un avión se había estrellado contra la Torre Norte y el editor de Drew llamó a su celular. Él empacó su equipo en un bolso y se las ingenió para tomar el metro hacia el centro de la ciudad. Aunque todavía estaba en funcionamiento, Drew fue el único que lo utilizó. Se bajó en la estación Chambers Street y vio que ambas torres se habían convertido en chimeneas. Caminó hacia el oeste, donde las ambulancias se estaban reuniendo, porque los enfermeros «no suelen echarnos del lugar de los hechos». Luego escuchó los gritos ahogados de la gente. La gente en tierra lanzaba gritos ahogados porque algunas personas estaban saltando del edificio.

Empezó a tomar fotografías con su lente de doscientos milímetros. Estaba parado entre un policía y un asistente de emergencias, y siempre que uno de ellos gritaba «Allí viene otro», su cámara encontraba el cuerpo cayendo y lo seguía hacia abajo durante una secuencia de unas nueve a doce fotografías. Fotografió entre diez y quince de estas personas antes de escuchar el estruendo en la Torre Sur y presenciar su colapso a través de la exclusividad de su lente. Se vio atrapado en una ruina móvil, pero agarró una máscara de una ambulancia y fotografió la parte más alta de la Torre Norte mientras «explotaba como un hongo» y llovían escombros. Entonces descubrió que sí existe aquello de estar demasiado cerca y decidió que había completado sus obligaciones profesionales. Richard Drew se unió a la horda de cenicienta humanidad rumbo al norte y caminó hasta llegar a su oficina en Rockefeller Center.

No había terror ni confusión en la agencia Associated Press. En vez de eso se impuso la sensación de estar fabricando la historia. Aunque la oficina estaba tan abarrotada de gente como él la había visto siempre, también podía sentirse «la maravillosa calma que entra en juego cuando la gente realmente está inmersa en su trabajo». De modo que Drew hizo lo siguiente: insertó el disco de su cámara digital en su laptop y reconoció al instante lo que sólo su cámara había visto, algo icónico en el prolongado aniquilamiento de un hombre que cae. No tuvo que ver ninguna otra fotografía de la secuencia: no era necesario. «En la edición de fotos aprendes a buscar el encuadre», explica. «Tienes que reconocerlo. Esa foto saltaba de la pantalla sencillamente por su verticalidad y simetría. Tenía sencillamente esa apariencia». Envió la imagen al servidor de AP. A la mañana siguiente apareció en la página siete de The New York Times. Se publicó en cientos de periódicos en todo el país, en todo el mundo. El hombre dentro del encuadre, el hombre que cae, no estaba identificado.

***

Ellos empezaron a saltar poco después de que el primer avión se estrellara contra la Torre Norte, poco después de que empezara el incendio. Siguieron saltando hasta que la torre se derrumbó. Saltaban por las ventanas que ya estaban rotas y luego, más tarde, por las ventanas que ellos mismos rompían. Saltaban para escapar del humo y del fuego. Saltaban cuando los techos caían y los suelos colapsaban. Saltaban sólo para respirar una vez más antes de morir. Saltaban continuamente de los cuatro costados del edificio y de todos los pisos que estaban por encima y alrededor de la herida fatal del edificio. Saltaban de las oficinas de Marsh & McLennan, la compañía de seguros. De las oficinas de Cantor Fitzgerald, la compañía comercializadora de bonos. De Las Ventanas Sobre el Mundo, el restaurante ubicado en los pisos ciento seis y ciento siete, la cima. Durante más de una hora y media, las personas que se lanzaban fueron un torrente que manaba del edificio. Una después de otra, consecutivamente más que en masa, como si cada individuo necesitara ver a otro individuo saltando antes de reunir el coraje para saltar él mismo.

Una fotografía, tomada a la distancia, muestra a la gente saltando en una secuencia perfecta, como paracaidistas, formando un arco compuesto de tres personas cayendo en picada y distanciadas por el mismo espacio. De hecho, hubo historias sobre algunos que intentaron hacer paracaidismo antes de que la fuerza generada por su caída arrancara de sus manos las cortinas, los manteles, las telas desesperadamente unidas. Todos estaban obviamente vivos en su camino hacia abajo, y su camino hacia abajo duraba cerca de diez segundos. Todos estaban no sólo obviamente muertos a la hora de tocar el suelo, sino destrozados en cuerpo –aunque recemos para que no lo estuvieran en alma. Uno cayó sobre un bombero y lo mató. El cuerpo del bombero fue ungido por el sacerdote Mychal Judge, cuya propia muerte, tiempo después, fue tomada como ejemplo de martirio luego de que la foto –el cuadro redentor– de los bomberos cargando su cuerpo en medio de los escombros diera la vuelta al mundo.

Desde el principio, el espectáculo de la gente destinada a saltar desde los pisos más altos del World Trade Center se resistió a convertirse en un acto de redención. Esas personas fueron llamadas saltadores o los saltadores, como si representaran una nueva clase. La difícil prueba que cientos soportaron en el edificio y luego en el aire se convirtió también en una prueba para las miles de personas que los miraban desde el suelo. Nadie pudo acostumbrarse jamás: nadie que haya visto esas escenas habría querido verlas de nuevo, aunque muchos –por cierto– hayan vuelto a verlas. Cada saltador, sin importar cuántos hubiera, traía consigo horror fresco, provocaba pánico, era una prueba para el espíritu, asestaba un golpe definitivo. De cualquier forma, aquellas caídas a través del espacio eran espeluznantemente silenciosas. Los que gritaban eran aquellos que estaban en tierra.

Fue el panorama de los saltadores el que instó al alcalde Rudy Giuliani a decirle a su jefe policial: «Ahora estamos en aguas desconocidas». Fue el panorama de los saltadores el que instó a una mujer a gemir: «¡Dios, salva sus almas! ¡Están saltando! ¡Oh, por favor, Dios, salva sus almas!». Y fue, por último, el panorama de los saltadores el que proporcionó la medida correctiva para esos que insistían en decir que aquello que estaban presenciando era «como una película», pues era un final tan inimaginable como insoportable. Eran estadounidenses respondiendo al peor ataque terrorista de la historia del mundo con actos de heroísmo, con actos de sacrificio, con actos de generosidad, con actos de martirio y, por una terrible necesidad, con un prolongado acto (si estas palabras pueden ser aplicadas a un asesinato masivo) de un suicidio en masa.

La mayoría de periódicos estadounidenses publicó la fotografía que Richard Drew tomó del hombre que cae una sola vez. Diarios de todo el país, desde el Fort Worth Star-Telegram hasta el Memphis Commercial Appeal y The Denver Post, fueron forzados a defenderse contra los cargos que se les imputaba por explotar la muerte de un hombre, quitarle su dignidad, invadir su privacidad y convertir la tragedia en una pornografía de miradas lascivas. La mayoría de cartas de quejas señalaba lo obvio: alguna persona que viera la imagen podría saber de quién se trataba. Aun así, la fotografía de Drew se convirtió de inmediato en algo icónico y prohibido: el sujeto que caía no fue reconocido.

Un editor del Toronto Globe and Mail envió a un reportero llamado Peter Cheney a resolver el misterio. Al principio, Cheney se sintió abatido ante su tarea. Después de todo, la ciudad completa estaba empapelada con volantes mostrando los rostros de los desaparecidos, de los perdidos y de los muertos. Luego se afanó y envió la fotografía digital a una tienda que la hizo más clara y la mejoró. En ese momento empezó a surgir la información: él pensaba que era probable que no se tratara de un hombre negro, sino de una persona de piel oscura, posiblemente alguien de origen latino. Tenía una chiva. Y la camisa blanca que salía de sus pantalones negros no era una camisa, sino que parecía una especie de túnica, el tipo de casaquillas que usan los empleados de los restaurantes.

Las Ventanas Sobre el Mundo, ese restaurante ubicado en los pisos ciento seis y ciento siete de la Torre Norte, perdió a setenta y nueve empleados el 11 de setiembre, así como a noventa y un clientes [2]. Era muy probable que el hombre que cae estuviera entre ellos. ¿Pero cuál de todos podía ser? Después de comer, Cheney pasó una noche discutiendo el asunto con unos amigos, luego se despidió y caminó a través de Times Square: fue pasada la medianoche, ocho días después de los ataques. Los afiches de los desaparecidos todavía estaban por todas partes, pero Cheney logró concentrarse en uno que parecía surgir ante él: un afiche con el retrato de un hombre que trabajaba en Las Ventanas Sobre el Mundo de chef de pastelería, vestido con una túnica blanca, que usaba una chiva y era latino. Su nombre era Norberto Hernández. Vivía en Queens. Cheney llevó la impresión mejorada de la fotografía de Drew a la familia y se concentró en el hermano de Norberto Hernández, Tino, y en su hermana Milagros. Ellos dijeron que sí, que era Norberto.

Milagros había visto imágenes de gente saltando aquella terrible mañana, antes de que las estaciones de televisión dejaran de transmitir las escenas. Había visto que uno de los saltadores se distinguía por la gracia de su caída (por su parecido a un clavadista olímpico) y supuso que debía ser su hermano. Ahora lo vio y lo supo. Todo lo que quedaba por hacer era que Peter Cheney confirmara su identificación con la esposa de Norberto y sus tres hijas. Pero ellas no querían hablar con él, sobre todo después de que los restos de Norberto fueran encontrados e identificados por el sello de su ADN, un torso y un brazo. Entonces Cheney asistió al funeral. Llevó consigo la impresión de la fotografía de Drew y se la mostró a Jacqueline Hernández, la hija mayor de Norberto. Ella miró la foto brevemente, luego miró a Cheney y le ordenó que se marchara. Lo que recuerda que le dijo, en medio de su ira, de su ofendido dolor, fue: «Ese pedazo de mierda no es mi padre».

** *

La resistencia a la fotografía, a todas las fotografías, empezó de inmediato. Empezó en el suelo. Una madre susurraba a su distraído niño una mentira piadosa: «Quizá sean sólo pájaros, cariño». Bill Feehan, el segundo al mando del departamento de bomberos, capturó a un peatón que estaba filmando vistas panorámicas de los saltadores con su cámara de video, le exigió que la apagara y le espetó: «¿Es que no tiene ni un poco de decencia humana?». Luego él mismo murió cuando el edificio se vino abajo. En el día de la historia del mundo más fotografiado y grabado, las imágenes de gente saltando fueron las únicas que se convirtieron por consenso en tabú: las únicas imágenes sobre las cuales los estadounidenses se sentían orgullosos de desviar sus ojos. En todo el mundo la gente vio cómo surgía la corriente humana desde la cima de la Torre Norte, pero aquí, en Estados Unidos, lo vimos sólo hasta que las cadenas de televisión decidieron no permitir esas imágenes terribles, por respeto a las familias de aquellos que morían de manera tan pública.

La CNN mostró las imágenes en vivo, antes de que la gente que trabajaba en la sala de redacción supiera lo que estaba sucediendo. Pero luego, después de lo que Walter Isaacson (por entonces director de la sala de redacción de esa cadena) llama «discusiones agonizantes», sólo las mostraron cuando las personas de las imágenes aparecían borrosas y eran imposibles de identificar. Finalmente dejaron de mostrarlas del todo. Y así continuó. En 9/11, un documental extraído de una cinta de video filmada por los hermanos franceses Jules y Gedeon Naudet, los realizadores incluyeron un sampling acústico del estruendo, de las explosiones veloces que los saltadores hacían al momento del impacto, pero editaron y dejaron afuera lo más perturbador de aquellos sonidos: la extrema frecuencia con la que ocurrían. En Rudy, el docudrama protagonizado por James Woods en el papel del alcalde Giuliani, las imágenes de archivo de los saltadores fueron incluidas al principio, pero luego las retiraron. En Here is New York, una extensa exhibición de fotos del 11/9 seleccionadas del trabajo de fotógrafos tanto amateurs como profesionales, la sección titulada «Víctimas» presentaba una sola imagen de los saltadores tomada a una respetuosa distancia. Junto a ella, en la página web de Here is New York, un visitante hace el siguiente comentario: «Esta imagen es lo que me alegró de la censura (sic) en la interminable persecucióncobertura mediática». Más y más, los saltadores –y sus imágenes– fueron quedando relegados a la parte más débil de Internet, esos sitios web provocadores que también trafican con fotos de la autopsia de Nicole Brown Simpson [3] y la cinta de video de la ejecución de Daniel Pearl [4], donde es imposible mirar las imágenes sin tener sentimientos de vergüenza y culpa.

En una nación de voyeuristas, el deseo de enfrentar los aspectos más perturbadores de nuestro día más perturbador fue adscrito de alguna manera al voyeurismo, como si la experiencia de los saltadores fuera, en vez de la parte central del horror, algo tangencial, un espectáculo secundario que debería ser olvidado. Y no fue un espectáculo secundario. Los cálculos más respetados de gente que saltó hacia la muerte fueron preparados por The New York Times y USA Today. Ambas cifras difieren drásticamente. El Times, reconocidamente conservador, decidió contar sólo lo que sus reporteros vieron en las imágenes que recolectaron, y obtuvo la cifra de cincuenta personas. El USA Today, cuyos editores utilizaron historias de testigos y evidencia forense, además de lo que encontraron en video, llegó a la conclusión de que al menos doscientas personas murieron al saltar.

Ambos cálculos de pérdidas humanas son intolerables, pero si el número suministrado por USA Today es acertado, entonces entre el siete y ocho por ciento de aquellos que murieron en Nueva York el 11 de setiembre murieron saltando de los edificios. Esto significa que si consideramos sólo la Torre Norte, de donde proviene la vasta mayoría de saltadores, es probable que el promedio sea una de cada seis personas. Sin embargo, si llamamos al Medical Examiner’s Office de Nueva York para obtener sus propias cifras, no recibiremos una respuesta sino una admonición: «No nos gusta decir que saltaron. Ellos no saltaron. Nadie saltó. Fueron forzados hacia el exterior». Y si buscamos a través de Google con las palabras «¿Cuántos saltaron el 11/9?», caeremos en una especie de trampa, «Fuera. No hay saltadores aquí», en la que la carnada es la necesidad que tiene uno de saber: «Tengo al menos tres entradas en mi computadora que me muestran si alguien está investigando en Google cuántas personas saltaron del World Trade Center. Mi correo del 11 de setiembre hizo mención a ese terrible acontecimiento (sic), de modo que ahora cualquier pervertido que esté buscando eso recibirá el URL de mi página web. Estoy enojado. Lo intenté, pero no puedo encontrar ninguna razón para que alguien quisiera saber algo como eso. Lo que sea. Si es por eso que estás aquí, te fregaste. Ahora lárgate».

Eric Fischl no se largó. Tampoco se dio la vuelta ni desvió sus ojos hacia otro lado. Un año antes del 11 de setiembre había tomado fotografías de una modelo haciéndola rodar por el suelo en un estudio. Pensaba utilizar las imágenes como base para una escultura. Luego había perdido a un amigo que quedó atrapado en el piso 106 de la Torre Norte. Y ahora, mientras trabajaba en su escultura, buscaba la manera de expresar los puntos extremos de sus sentimientos con un monumento a lo que él llama «los puntos extremos de elección» que tuvieron que afrontar las personas que saltaron. Trabajó nueve meses en una escultura de bronce más- grande que- la-vida a la que llamó Tumbling Woman [5], y al transformar a una mujer rodando por el piso en una mujer que rueda a través de la eternidad, logró transfigurar el horror local de los saltadores en algo universal. Logró redimir una imagen considerada irredimible.

Es posible que Tumbling Woman haya sido la imagen redentora del 11/9. Sin embargo, no sólo generó resistencia, sino que fue rechazada. El día en que se exhibió en el Rockefeller Center de Nueva York, Andrea Peyser, del New York Post, la denunció en una columna titulada «Vergonzoso ataque del arte», en la que argüía que Fischl no tenía ningún derecho a sorprender a los neoyorquinos con la destilación de sus tristezas. Argumentaba, en esencia, el derecho a mirar hacia otro lado. Ya que fue basada en una modelo que rodaba por el suelo, la estatua fue tratada como una evocación del impacto, un retrato de violencia literal más que figurativa. «Estaba intentando decir algo sobre lo que todos sentimos», explica Fischl, «pero la gente pensó que yo buscaba quitarles algo que sólo ellos poseían. La gente pensó que yo estaba intentando decir algo sobre las personas que sólo ellos han perdido». Esa imagen no es mi padre. Usted ni siquiera conoce a mi padre. ¿Cómo se atreve a tratar de decirme lo que siento por mi padre? Fischl tuvo que pedir disculpas. «Sentí vergüenza de haber contribuido a intensificar el dolor de alguien». Pero nada importó. Jerry Speyer, un miembro del directorio del Museo de Arte Moderno que dirige el Rockefeller Center, puso fin a la exposición de Tumbling Woman después de una semana. «Le rogué que no lo hiciera», cuenta Fischl. «Yo pensaba que si podíamos mantener la exhibición, emergerían otras voces y saldríamos airosos. Él me dijo: “No lo entiendes. Estoy recibiendo amenazas de bombas”. Le respondí: “La gente que ha perdido a sus seres queridos por el terrorismo no va a bombardear a nadie”. Pero él replicó: “No puedo correr el riesgo”». Y ahí quedó todo.

***

Las fotografías mienten. Incluso las grandes fotografías. Sobre todo las grandes fotografías. El hombre que cae en la imagen de Richard Drew cayó como lo sugería la foto sólo durante una fracción de segundo. Luego siguió cayendo. La fotografía funcionó como un estudio de la verticalidad perdida, una fantasía de líneas rectas con una figura humana que se astillaba en el centro como una púa. Sin embargo, el hombre que cae cayó en realidad sin la precisión de una flecha ni la gracia de un clavadista olímpico. Cayó como el resto, como todos los demás saltadores: tratando de aferrarse a la vida que estaban dejando. Es decir, cayó de forma desesperada, sin elegancia alguna. En la famosa fotografía de Drew, su humanidad concuerda con las líneas de los edificios. En el resto de la secuencia, otras once tomas, su humanidad es una cosa aparte. El hombre no está engrandecido por la estética. Es simplemente un ser humano, y esa humanidad, asustada y en algunos casos en posición horizontal, destruye cualquier otra cosa de ese encuadre.

En la secuencia completa de las fotos, la verdad está subordinada a los hechos que emergen despacio, sin piedad, cuadro por cuadro. En esa secuencia, el hombre que cae muestra su rostro a la cámara en dos cuadros anteriores al que fue publicado, y después de eso hay un develamiento, casi un descascaramiento, como si la fuerza generada por la caída le desgarrase de la espalda su casaquilla blanca. Los hechos que aparecen en la secuencia completa sugieren que Peter Cheney, el reportero del Toronto Globe and Mail, tenía razón en algunos aspectos relacionados con sus esfuerzos por resolver el misterio presentado por la foto publicada de Drew.

El hombre que cae tiene la piel oscura y una chiva. Probablemente se trata de un empleado del servicio de comidas. Parece desgarbado, con la largura y delgadez de su rostro, a manera de un Cristo medieval, posiblemente acentuadas por el empuje del viento y la fuerza de la gravedad. Pero setenta y nueve personas murieron la mañana del 11 de setiembre cuando fueron a trabajar a Las Ventanas Sobre el Mundo. Otras veintiuna murieron mientras trabajaban en Forte Food, un servicio de catering que servía comida a los negociantes de Cantor Fitzgerald. Muchos de los muertos eran latinos y hombres negros de piel ligeramente clara, hindúes o árabes. Muchos tenían pelo oscuro y corto. Muchos tenían bigotes y chivas.

De hecho, a cualquiera que intente imaginar la identidad del hombre que cae, las pocas características que pueden discernirse de las series originales de fotos le generan tantas posibilidades como las que excluyen. Existe, sin embargo, un hecho decisivo. Quienquiera que sea el hombre que cae llevaba una camiseta de color naranja brillante debajo de su camisa blanca. Es ese hecho indiscutible el que revela la fuerza brutal de la caída. Nadie puede saber si la túnica o la camisa, abierta por la parte posterior, está saliéndose de su cuerpo por la fuerza, o si la caída sencillamente está desgarrando la tela y haciéndola pedazos. Pero cualquiera puede notar que lleva una camiseta naranja. Si vieran estas fotografías, los miembros de su familia podrían comprobar que llevaba una camiseta naranja. Podrían recordar incluso si tenía una camiseta naranja, si era el tipo de persona que usaría una camiseta naranja o si usaba una aquella mañana. Seguramente lo sabrían. De seguro alguien podría recordar qué llevaba puesto cuando fue a trabajar esa última mañana de su vida.

Pero ahora el hombre que cae está cayendo a través de algo más que el puro cielo azul. Está cayendo a través de los vastos espacios de la memoria y está tomando velocidad. Neil Levin, director ejecutivo del Port Authority de Nueva York y Nueva Jersey, desayunó en Las Ventanas Sobre el Mundo de la Torre Norte del World Trade Center la mañana del 11 de setiembre. Nunca volvió a su casa. Su esposa, Christie Ferer, no habla de nada relacionado con su muerte. Ella trabaja para el intendente de Nueva York como enlace entre las oficinas del municipio y las familias del 11/9. Y ha volcado en su trabajo toda la energía provocada por un dolor que, antes del primer aniversario del ataque, la hizo visitar a ejecutivos de televisión para pedir que en las emisiones conmemorativas no fuesen a utilizar las escenas más perturbadoras, incluyendo las de los saltadores. También es amiga cercana de Eric Fischl, tal como lo era su marido, de modo que cuando el artista se lo pidió, ella consintió echar un vistazo a la escultura Tumbling Woman. Según sus palabras, la escultura le «revolvió las entrañas», pero sintió que Fischl tenía el derecho de crearla y exhibirla.

Ahora Christie Ferer ha llegado a la conclusión de que la controversia podría haber sido cuestión de tiempo. Quizá fuese demasiado temprano para mostrar algo como aquello. Después de todo, antes de que su esposo muriera, ella había viajado con él a Auschwitz, donde se exhiben rumas de anteojos confiscados y de dientes extraídos en los campos de concentración nazi. «Hoy se pueden mostrar esas cosas –dice– porque aquello ocurrió hace mucho tiempo. Por entonces no hubieran podido mostrar algo así». Sin embargo, sí lo hicieron. Al menos en formato fotográfico, las imágenes de los campos de la muerte en Europa fueron tratadas como actos esenciales de atestiguamiento, sin una consideración especial a las sensibilidades de las personas que aparecían en ellas o de las familias sobrevivientes de los muertos. Fueron mostradas como las fotografías de Richard Drew del recién asesinado Robert Kennedy. Como las fotografías de Ethel Kennedy rogando a los fotógrafos que no tomaran fotos.

Fueron mostradas también como las fotografías de la niña vietnamita corriendo desnuda después del ataque con napalm. Como las fotos del sacerdote Mychal Judge, gráfica e inconfundiblemente muerto, y aceptadas como una suerte de testamento. Fueron mostradas como todo lo que es mostrado, porque al igual que la lente de una cámara, la Historia es una fuerza que no discrimina a nadie. Lo que distingue a las imágenes de los saltadores de las otras que se tomaron antes es que a nosotros –los estadounidenses– se nos pide discriminar en nombre de ellos. Lo que distingue a estas fotos en términos históricos es que nosotros –como patriotas de este país– nos hemos puesto de acuerdo para no mirar dichas imágenes. Docenas, veintenas, quizá cientos de personas murieron saltando de un edificio en llamas, y nosotros hemos asumido sus muertes como indignas de tener testigos.

***

Catherine Hernández nunca vio la fotografía que el reportero llevaba bajo el brazo en el funeral de su padre. Tampoco lo hizo su madre, Eulogia. Su hermana Jacqueline sí lo hizo, y su indignación aseguró que el reportero tuviera que marcharse –quizá fue expulsado– antes de causar más daño. Pero la imagen ha seguido a Catherine y a Eulogia y al resto de la familia Hernández. Para Norberto Hernández no había nada más importante que la familia. Su lema era: «Juntos para siempre». Pero los Hernández ya no están juntos. La fotografía los separó. Aquellas personas que supieron desde el principio que la imagen no correspondía a Norberto –su esposa y sus hijas– se han alejado de otras que contemplaron la posibilidad de que se tratara de él, para beneficio del cuaderno de notas de un reportero. Cuando Norberto vivía, toda su familia, más allá de su esposa y sus hijas, vivía en el mismo vecindario de Queens. Ahora Eulogia y sus hijas se han mudado a una casa en Long Island porque Tatiana, que tiene dieciséis años y se parece a Norberto (cara ancha, cejas oscuras, labios gruesos y oscuros, ligeramente sonrientes), sigue teniendo visiones de su padre en la casa y escuchando en un susurro las insinuaciones de que murió saltando desde una ventana.

–Él no pudo haber muerto saltando desde una ventana.

En todo el mundo, la gente que leyó la historia de Peter Cheney cree que Norberto Hernández murió saltando desde una ventana. La gente ha escrito poemas sobre Norberto saltando desde una ventana. La gente ha llamado a los Hernández y les ha ofrecido dinero, ya sea como caridad o como el pago por una entrevista, porque leyó sobre Norberto saltando desde una ventana. Pero él no pudo haber saltado desde una ventana, eso lo sabe su familia, porque él no hubiera saltado desde una ventana: papi no. «Él estaba intentando volver a casa», comentó Catherine una mañana, en una sala decorada esencialmente con retratos enmarcados de su padre.

–Él estaba tratando de volver a casa con nosotras, y sabía que no lo lograría saltando desde una ventana.

Catherine es una chica encantadora, de piel oscura, ojos marrones, veintidós años, vestida con una camiseta, una sudadera y sandalias. Está sentada en un sofá al lado de su madre, que tiene la piel color caramelo, el pelo cobrizo y tirado hacia atrás, y lleva un vestido de algodón que tiene el color del cielo. Eulogia habla la mitad del tiempo en resuelto inglés, y luego, cuando se frustra con el nivel de las revelaciones, lanza palabras en español disparadas rápidamente al oído de su hija, que traduce: «Mi madre dice que ella sabe que cuando él murió estaba pensando en nosotras. Dice que pudo verlo pensando en nosotras. Sé que suena absurdo, pero ella lo conocía muy bien. Ellos estuvieron juntos desde los quince años». El Norberto Hernández que Eulogia conocía habría soportado cualquier dolor en lugar de saltar desde una ventana. Y cuando murió el Norberto Hernández que ella conocía, sus ojos quedaron fijos en lo que él vio en su corazón: los rostros de su esposa y de sus hijas, y no en la terrible belleza de un cielo vacío.

¿Cuán bien lo conocía, Eulogia? «Yo lo vestía», dice la mujer en inglés, mientras una sonrisa aparece en su rostro al mismo tiempo que una brillante capa de lágrimas. «Todas las mañanas. Recuerdo aquella mañana. Llevaba calzoncillos Old Navy verdes. Tenía medias negras. Tenía un pantalón azul, jeans. Tenía un reloj Casio. Tenía una camisa Old Navy. Azul. A cuadros». ¿Qué usaba cuando ella lo llevó a la estación de metro, como siempre hacía, y lo vio despedirse con la mano mientras desaparecía escaleras abajo? «Él se cambiaba de ropa en el restaurante», dice Catherine, quien trabajaba con su padre en Las Ventanas del Mundo. «Era chef de pastelería, de modo que usaba pantalones blancos o pantalones de chef, usted sabe, blanco y negro a cuadros. Usaba una casaquilla blanca. Debajo tenía que usar una camisa blanca». ¿Y qué tal una camiseta naranja? «No», dice Eulogia. «Mi marido no tenía camisetas naranjas». Hay fotografías. Hay fotografías del hombre que cae mientras caía. ¿Las quieren ver?

Catherine responde que no a nombre de su madre: «Mi madre no debería verlas». Pero luego, cuando sale y se sienta en las gradas del portal delantero, dice: «Por favor, muéstremelas. Apúrese. Antes de que venga mi madre». Cuando mira la secuencia de las doce imágenes deja escapar un llamado ahogado a su madre, pero Eulogia ya está mirando por encima de los hombros de su hija, estirando sus manos hacia las fotografías. Las mira, una después de otra, y luego su rostro queda fijo en una expresión de triunfo y desprecio. «Ése no es mi marido», dice, devolviendo las fotografías. «¿Lo ve? Sólo yo conozco a Norberto». Vuelve a agarrar las fotografías y entonces, después de estudiarlas, sacude su cabeza con un gesto vehemente y definitivo. «El hombre de estas imágenes es un hombre negro». La mujer pide copias de las fotografías para mostrárselas a la gente que cree que Norberto saltó desde una ventana, mientras Catherine sigue sentada en las gradas, con la palma de su mano extendida delante de su corazón.

–Decían que mi padre iría al infierno por haber saltado –dice–. En Internet. Decían que se llevarían a mi padre al infierno, junto con el diablo. No sé lo que hubiera hecho si hubiera sido él. Creo que hubiera sufrido un ataque de nervios. Me hubieran encontrado en alguna institución para enfermos mentales, en algún lugar.

Su madre está de pie en la puerta de enfrente, a punto de entrar en la casa de nuevo. Su rostro ha perdido el beligerante orgullo y se ha convertido otra vez en una máscara de tristeza serena, melancólica.

–Por favor –dice mientras cierra la puerta en una soleada mañana–. Por favor, limpie el nombre de mi marido.

***

Un teléfono suena en Connecticut. Contesta una mujer. Un hombre al otro lado de la línea busca identificar una foto que apareció en The New York Times el 12 de setiembre del 2001. «Dígame cómo es la foto», dice ella. Es una foto famosa, responde el hombre, la famosa foto de un hombre que cae. «¿Es la que llaman la zambullida del cisne en rotten.com?», pregunta la mujer. Podría ser, dice el hombre. «Sí, podría tratarse de mi hijo», dice la mujer. Ella perdió a sus dos hijos el 11 de setiembre. Ambos trabajaban para Cantor Fitzgerald, en la oficina de acciones comunes. Trabajaban espalda con espalda. No, dice el hombre en el teléfono, el hombre de la fotografía es probablemente un empleado de un restaurante. Lleva una casaquilla blanca. Está de cabeza. «Entonces no es mi hijo», dice ella. «Mi hijo tenía una camisa negra y pantalones caquis». Ella sabe lo que su hijo llevaba puesto por su voluntad de saber lo que había sucedido con sus hijos aquel día. Por su determinación de buscar y mirar.

Pero no empezó con esa determinación en absoluto. Ella dejó de leer el periódico después del 11 de setiembre, dejó de ver televisión. Hasta que en Año Nuevo agarró una copia de The New York Times y vio, en una recopilación de fin de año, una fotografía de los empleados de Cantor Fitzgerald apiñándose al filo del precipicio formado por un edificio agonizante. De modo que llamó al fotógrafo y le pidió agrandar y aclarar la imagen. Le exigió hacerlo. Y entonces supo, y supo tanto como era posible saber. Sus dos hijos están en la foto. Uno estaba parado en la ventana, casi con descaro. El otro estaba sentado en el interior. Ella no necesita decir lo que pudo haber pasado luego. «A lo que me aferro es a que mis dos hijos estaban juntos», dice mientras unas lágrimas instantáneas hacen que su voz se alce una octava. «Pero a veces me pregunto cuándo lo supieron. Se ven desconcertados, inseguros, están asustados. ¿Pero cuándo lo supieron? ¿Cuándo llegó el momento en que perdieron las esperanzas? Quizá todo haya sucedido muy rápido». El hombre del teléfono no le pregunta si ella piensa que sus hijos saltaron. Él no tiene que poner las cosas en claro y, de todos modos, ella ya le ha dado una respuesta.

Los Hernández consideraban la decisión de saltar como una traición al amor y como esa condenación al infierno de la que acusaban a Norberto. La mujer de Connecticut considera la decisión de saltar como la pérdida de la esperanza, como una carencia con la que nosotros, los seres vivientes, tenemos que vivir. Ella opta por afrontar los hechos buscando, mirando, tratando de saber qué pudo haber sucedido, realizando una pesquisa bajo la forma de un testigo privado. Ella podría haber optado por quedarse con los ojos cerrados. De modo que ahora el hombre del teléfono le hace la pregunta por la cual la llamó en primer lugar: ¿Cree que usted ha tomado la decisión correcta?

–Tomé la única decisión que podía tomar –responde la mujer–. Nunca podría haber elegido no saber.

Catherine Hernández creyó reconocer al hombre que cae apenas vio la serie de fotografías, pero no pronunció su nombre. «Él tenía una hermana que ese día estuvo a su lado –dice–, y él le dijo a su madre que la cuidaría. Jamás la hubiera dejado sola saltando». Ella explica, sin embargo, que el hombre era hindú, de modo que era fácil imaginar que su nombre fuera Sean Singh. Pero Sean era demasiado pequeño para ser el hombre que cae. Estaba completamente rasurado. Trabajaba en Las Ventanas del Mundo en el departamento de audiovisuales, de modo que probablemente estaría usando camisa y corbata en vez de una casaquilla de chef. Ninguno de los otros empleados de Las Ventanas Sobre el Mundo que fueron entrevistados antes pensaba que el hombre que cae pudiera parecerse a Sean Singh en lo más mínimo.

–Además, él tenía una hermana. Él jamás la hubiera dejado sola.

Un gerente de Las Ventanas Sobre el Mundo miró las fotografías una vez y dijo que el hombre que cae era Wilder Gómez. Luego, unos días después, las estudió con mayor detenimiento y cambió de parecer. No era su pelo. No era su ropa. No era su tipo de cuerpo. Lo mismo sucedió con Charlie Mauro. Lo mismo con Junior Jiménez. Junior trabajaba en la cocina y habría llevado puestos pantalones a cuadros. Charlie Mauro trabajaba en el área de suministros y no tenía por qué usar una casaquilla blanca. Además, Charlie era un hombre muy grande. El hombre que cae parece bastante corpulento en la foto publicada de Richard Drew, pero su figura es casi alargada en el resto de la secuencia. Los demás empleados de la cocina, como el propio Norberto Hernández, fueron eliminados considerando su vestimenta. Los mozos de banquetes podrían haber estado vestidos de blanco y negro, pero nadie recuerda a ningún mozo de banquete que se pareciera al hombre que cae.

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Forte Food era la otra compañía que brindaba servicios de comida y que perdió gente el 11 de setiembre de 2001. Pero todos sus empleados hombres trabajaban en la cocina, lo que significa que usaban pantalones a cuadros o blancos. Y nadie hubiera podido usar una camiseta naranja debajo de la casaquilla blanca. Pero alguien que solía trabajar para Forte Food recuerda a un hombre que solía aparecer por allí, llevando comida para los ejecutivos de Cantor. Un hombre negro. Alto, con bigote y una chiva. Usaba una casaquilla de chef, abierta, con una camiseta de color llamativo debajo.

Nadie en Cantor recuerda haber visto a alguien así.

Por supuesto, la única manera de descubrir la identidad del hombre que cae es llamar a las familias de cualquiera que hubiera podido ser el hombre que cae y preguntarles lo que sabían de sus hijos o de sus maridos o de sus padres el último día que estuvieron en esta tierra. Preguntarles si alguno de ellos fue a trabajar con una camiseta naranja. ¿Pero deberían hacerse esas llamadas? ¿Deberían hacerse esas preguntas? ¿Añadirían sólo dolor a la angustia que ya aquejaba a aquellas personas? ¿Serían preguntas consideradas como un insulto a la memoria del muerto, tal como la familia Hernández consideró la imputación de que Norberto Hernández era el hombre que cae? ¿O serían consideradas como un paso hacia algún acto de testigo redentor?

Jonathan Briley trabajaba en Las Ventanas Sobre el Mundo. Algunos de sus colegas, al ver las fotografías de Richard Drew, pensaron que podría tratarse del hombre que cae. Era un hombre de piel ligeramente negra. Medía más de un metro noventa y cinco. Tenía cuarenta y tres años. Tenía bigotes, una chiva y pelo muy corto. Tenía una esposa llamada Hillary. El padre de Jonathan Briley es predicador, un hombre que ha dedicado toda su vida al servicio de Dios. Después del 11 de setiembre, reunió a su familia para pedirle al Señor que le dijera dónde estaba su hijo. Se lo exigió y utilizó estas palabras: «Señor, exijo saber dónde está mi hijo». Durante tres horas seguidas oró con su voz profunda, hasta terminar de gastarse la gracia que había acumulado durante toda una vida con la insistencia de su petición.

Al día siguiente, el FBI lo llamó. Habían encontrado el cuerpo de su hijo. Estaba milagrosamente intacto.

El hijo menor del predicador, Thimothy, fue a identificar a su hermano. Lo reconoció por sus zapatos: un par de zapatillas negras. Thimothy le sacó una y se la llevó a casa y la guardó en el garaje, como una suerte de conmemoración. Thimothy sabía todo sobre el hombre que cae. Era policía en Mount Vernon, Nueva York, y la semana después de que su hermano murió, alguien había dejado un periódico del 12 de setiembre abierto en el vestuario. Vio la fotografía del hombre que cae y, con rabia, se rehusó a volver a mirarla. Pero no pudo tirarla. Al contrario, la guardó en la parte inferior de su casillero. Allí, al igual que la zapatilla negra en el garaje, se convirtió en un objeto permanente.

La hermana de Jonathan, Gwendolyn, también sabía acerca del hombre que cae. Ella había visto la fotografía el día en que la publicaron. Ella sabía que Jonathan tenía asma, y en medio del humo y el calor habría hecho cualquier cosa por respirar. Ambos, tanto Thimothy como Gwendolyn, sabían qué usaba casi siempre Jonathan cuando iba a trabajar. Usaba una camisa blanca y pantalones negros, junto con las zapatillas negras. Thimothy también sabía lo que Jonathan solía llevar debajo de su camisa: una camiseta naranja. Jonathan Briley usaba esa camiseta naranja para ir a cualquier sitio. Usaba esa camiseta naranja todo el tiempo. La usaba tan a menudo que Thimothy solía burlarse de su hermano: ¿Cuándo te librarás de esa camiseta naranja, flaco?

Pero cuando Thimothy identificó el cuerpo de su hermano, no pudo reconocer su ropa, a excepción de sus zapatillas negras. Y cuando Jonathan Briley fue a trabajar aquella mañana del 11 de setiembre de 2001, salió de casa temprano y se despidió de su esposa mientras ella todavía dormía. Ella nunca vio la ropa que llevaba puesta. Después de enterarse de que su marido estaba muerto, empacó sus cosas, se libró de ellas y nunca hizo un inventario de los artículos específicos que podrían haber faltado. ¿Será Jonathan Briley el hombre que cae? Podría serlo. Pero quizá no saltó desde la ventana como una traición al amor o porque perdió la esperanza. Quizá saltó para cumplir con los términos de un milagro. Quizá saltó para acercarse a su familia. Quizá no saltó en absoluto, porque nadie puede saltar a los brazos de Dios.

Sí, Jonathan Briley podría ser el hombre que cae. Pero la única certeza que tenemos es la que teníamos al empezar la búsqueda: quince minutos después de las 9:41 a.m. del 11 de setiembre de 2001, un fotógrafo llamado Richard Drew tomó una fotografía de un hombre cayendo a través del cielo, cayendo a través del tiempo y del espacio. La imagen dio la vuelta al mundo y luego desapareció, como si hubiéramos renunciado a ella. Una de las fotografías más famosas de la historia de la humanidad se convirtió en una tumba sin nombre, y el hombre enterrado dentro del encuadre, el hombre que cae, se convirtió en el Soldado Desconocido de una guerra cuyo final no hemos visto todavía. La foto de Richard Drew es todo lo que sabemos de él y, sin embargo, todo lo que sabemos de él se convierte en una medida de lo que sabemos sobre nosotros mismos. La fotografía es su cenotafio y, como todos los monumentos dedicados a la memoria de los soldados desconocidos en todas partes, nos pide que la miremos y hagamos un simple reconocimiento.

Es decir, que hemos sabido todo el tiempo quién es el hombre que cae.

Los colombianos tienen la llave de su celda y cuando alguien, toc, toc, golpea la gruesa puerta metálica, escrutan por una mirilla antes de dejarlo entrar a su refugio de paredes blancas, cocina propia, dos habitaciones y cuarto de baño privado con suelo y paredes de azulejos celestes. Hace solo un año, estos 25 metros cuadrados eran un comedor abandonado y abierto a una de las calles principales del penal de San Pedro Sula, Honduras. Ahora, una familia con negocios en Medellín lo ha convertido en su búnker de lujo en el núcleo mismo de esta cárcel mísera. Y no lo hubieran podido hacer sin el permiso de Chepe, el preso que reina en esta penitenciaría y que lleva 40 minutos sentado frente a mi en una silla de plástico, presumiendo de su cárcel.

Chepe habla con soltura y cecea como un amigo entrañable. Trata de convencerme de que al resto de presos él les pide, como un buen pastor, que se aparten “de esas vainas”, de la delincuencia.

—Porque la delincuencia a mí solo me dejó cárcel, heridas, enemigos.
—Hablame de tus heridas —le he dicho.

Porque José Cardozo, Chepe, es joven y se podría decir que guapo, pero tiene la cara cortada por un costurón que le baja de la oreja derecha hasta la comisura del labio y le dibuja una descomunal media sonrisa. Y también tiene la mano derecha salpicada de cicatrices con forma de estrella. Y le falta entero el dedo medio de la mano izquierda.

Chepe se levanta la camiseta y descubre una enorme cicatriz vertical en su vientre, debajo del ombligo.

—Afuera, cuando anduve en cosas ilícitas, en una balacera con la Policía tuvimos un inconveniente.

El inconveniente fue liarse a tiros con un vehículo policial y sus ocupantes, pensando que eran miembros de una banda enemiga. “Remitimos contra ellos, y ellos también contra nosotros”, dice. Le tuvieron que operar la vejiga. A sus 27 años, Chepe es un catálogo de cirugías.

—Pero esta del cachete fue un accidente en motocicleta. Y estas de la mano. Y este dedo fue con una sierra trompo para madera, de pequeño.

Y cuenta la historia de un niño pobre que por años labró la tierra con su padre. Maíz, frijoles, tomate, zanahoria, rábano, coco, de todo. Al terminar, se recuesta hacia atrás en la silla como la gente que no teme ni oculta nada. Todos los presos de San Pedro Sula dicen de él que es un rey bueno, generoso, justo, que tras imponerse por la fuerza trajo la paz. Que desde que llegó él, no ha habido asesinatos en este penal que antes era una mesa de carnicero.

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En las cárceles de Honduras es fácil perder la noción de lo normal. Hace un par de años vi cómo dos pandilleros del Barrio 18 entraban en su sector de la penitenciaría de Támara, cerca de Tegucigalpa, con un enorme cerdo vivo sujeto con una cuerda. Cuando pregunté por el animal, un custodio me explicó que los pandilleros tenían permiso para terminar de criarlo y después convertirlo en filetes y embutido. “¿Con qué cuchillo?”, le pregunté con sorna, sabedor de que todos dentro de ese sector escondían, como mínimo, un machete, cuando no un arma de fuego. Con una seriedad casi convincente, el custodio me explicó que los familiares solían traerles animales vivos y, para sacrificarlos, los presos pedían prestado a la dirección un cuchillo, que después devolvían.

Fiel a esa pantomima representada por internos y autoridades penitenciarias, la cárcel de San Pedro Sula es, vista desde fuera, un sucio muro de hormigón que finge albergar una cárcel. Pero dentro, sobre lo que edificó el Estado, los internos han levantado un pequeño pueblo con su propia ley de mercado, sus historias secretas, sus gentes trabajadoras, sus tradiciones y sus caciques que desbordan lo gubernamental.

No es una metáfora. A lo largo de los años, con madera o cemento, y con la tolerancia o rendición de las autoridades, los presos han construido nuevas celdas, ventanas, escaleras, segundos pisos y nuevos muros que acabaron con cualquier atisbo de estructura regular. Resulta difícil distinguir la edificación original de sus añadidos. La cárcel es hoy una espiral de callejuelas en las que en cada rincón golpetean talleres de hamacas o zapatos, mesas de apuestas, cafetines, carnicerías, fruterías, barberías, una joyería —en la que un preso funde plata, diseña joyas y compravende oro—, o una iglesia de techos altos y amplitud extraordinaria para este lugar abigarrado, en el que deberían habitar 800 presos y se soportan todos los días cerca de 2,500.

A simple vista, en las partes más concurridas del penal, parece que ni siquiera queda espacio para las celdas, que se esconden tras puertas cerradas o entre los toldos de colores de los puestos de venta.

El cuerpo central de la cárcel lo ocupan los paisas o no pandilleros, aunque hay tres sectores segregados y mucho más pequeños para presos de la Mara Salvatrucha, el Barrio 18 y para pandilleros retirados. El sector principal incluye además un módulo de mujeres, que durante el día comparten patios y actividades con los hombres, y recibe durante el día a decenas de madres, esposas e hijas de internos que tienen permiso para trabajar en los negocios que los presos han montado intramuros.

El reguetón y las rancheras de diferentes comedores se funden en los pasillos con las alabanzas del templo evangélico, y la algarabía de hombres y mujeres yendo y viniendo, serrando, pintando, comiendo, maquilla en cierto grado el abandono de las instalaciones. A pesar del suelo encharcado por las aguas sucias que escapan de los infinitos lavaderos y cocinas repartidos por el penal, la humedad tiene cierto olor jabonoso a novedad y limpieza.

El lugar es el símbolo perfecto de la falta de institucionalidad del sistema penitenciario de Honduras, abandonado presupuestariamente a su suerte y encomendado las últimas décadas a una Policía Nacional corrupta, acostumbrada a compensar con violencia arbitraria su falta de autoridad, porque no gobierna, en realidad, ni las calles ni esta cárcel.

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La comisionada de Derechos Humanos que me ha facilitado el acceso al penal recorre el recinto anotando testimonios de abusos, olvidos administrativos y supuestas injusticias en un intento frágil por contagiar de orden y justicia esta cárcel. Es una abogada de más de 50 años, delgada y de voz maternal, que cree en su trabajo y lo ejecuta como quien achica agua a cubetazos de un bote agujereado: sin detenerse a medir sus posibilidades de éxito.

En el dormitorio de mujeres registra el caso de una mujer de 61 años que acaba de reingresar a la cárcel después de varios meses recibiendo el beneficio de casa por cárcel. Es diabética, y un pie ulcerado le impidió cumplir con la rutina semanal de firmar en el juzgado. Cuando por fin pudo acudir, la esperaban con una orden de captura. Ahora ocupa una de las camas bajas en este galerón para 70 reclusas.

—Como no aplicamos lo que dijo Couture sino lo que dijo Justiniano… —reflexiona en voz alta la abogada, en un ejercicio que no encaja con el lugar ni la escena—. Couture decía que cuando entra en conflicto la justicia con el derecho debes luchar por la justicia. ¡Eso decía Eduardo J. Couture! Pero Justiniano decía “Dura Lex Sed Lex” —y señala, sonriendo, a la pared del barracón, en la que hay pintado un enorme escudo del sistema penitenciario, que incluye esa leyenda. Y traduce— Dura es la ley pero es la ley.

El subdirector del penal, el oficial Escalón, un policía fibroso de unos 45 años, con maneras militares, acompaña testimonialmente nuestro recorrido simulando protegernos. Ha escuchado el comentario y pregunta desconcertado por el autor de esa frase extraña que él mismo tiene bordada en el hombro del uniforme:

—¿Quién decía eso?
—Justiniano.
—Justiniano… ¿y de qué nacionalidad era?
—Italiano. Bueno, romano. ¡Eran duros, los romanos!

También los hondureños deben creerse duros, pienso, por haber sido implacables con una anciana enferma que no fue a firmar su expediente una semana. En noviembre pasado Honduras eligió como presidente de la República a Juan Orlando Hernández, que ha prometido reforzar la presencia del ejército en las calles para combatir el crimen y que tiene como uno de sus hombres de confianza a Óscar Álvarez, el ministro de Seguridad que impulsó la Mano Dura el el país a inicios de los 2000 y bajo cuyo mandato murieron casi 200 presos quemados en esta misma cárcel y en la de El Porvenir, en La Ceiba. “Haremos lo que tengamos que hacer para combatir la delincuencia”, ha dicho el nuevo presidente, inflexible en apariencia, rígido como los lomos de una vieja enciclopedia con tapas nuevas.

A unos 20 metros del módulo de mujeres, ajenas a la amenaza de una nueva era de Mano Dura, Pirigüey y Bonita, las dos cabras de uno de los dueños de un taller de hamacas, se pasean entre seis mesas de billar en las que presos sin camisa apuestan el tiempo y unos pocos lempiras bajo el humo de cigarros y rodeados de mirones. Cerca de las mesas de billar, los estantes de una enorme pulpería ofrecen desde azúcar o chocolate hasta una infinidad de latas de maíz, chícharos u hongos en conserva. En este penal hay quien tiene dinero y no se conforma con la dieta de subsistencia que ofrece el Estado, a base de arroz, frijoles y espagueti. Para ellos hay en este pequeño supermercado incluso boquitas importadas, un dólar más caros que las nacionales.

—Se supone que la cárcel es represión, porque tú has cometido un delito, pero aquí hay mucha flexibilidad —dice El Italiano, un interno que frecuenta la pulpería—. Y al haber tanta flexibilidad la gente está más tranquila. Por ejemplo, el hecho de que los internos tengamos acceso a esto —y muestra un smartphone—, da a todo el penal una tranquilidad enorme.

—Tú tienes internet en ese teléfono.
—Claro. Pero hay también quien no puede pagar comodidades, quien no tiene nada y se lanza al vicio para mitigar el hambre, la soledad…

El Italiano lleva tres años encarcelado y conoce con detalle el negocio de la compraventa de favores en este lugar. Dice que llegó a San Pedro Sula hace cinco años cansado de la falta de oportunidades en Europa y que trataba de exportar palmeras decorativas cuando “los españoles” -así los llama- le ofrecieron llevar un dinero a Colombia. Los periódicos del día de su detención le muestran con bigote y dicen que entre él y sus tres cómplices llevaban adheridos al cuerpo más de un millón y medio de dólares.

El Italiano está condenado a 11 años de prisión y es de los que se pueden permitir privilegios. El mayor de ellos es ocupar una pequeña celda semiprivada con paredes de madera que solo comparte con otro preso y por la que pagó 2 mil dólares al llegar a la cárcel. Aquel pago, hecho a las autoridades oficiales del penal, pero que requirió el visto bueno previo del líder de los internos, le da también derecho a tener, hasta el día en que cumpla su pena, un cuarto de baño completamente equipado que solo comparte con otras tres personas, y un pequeño pasillo de dos metros en el que colocó una cinta andadora para hacer ejercicio. El Italiano habla a diario por skype con su familia y responde su correo electrónico desde una laptop colocada a la vista sobre un pequeño escritorio en su celda. Son los lujos, dice, de lo que él llama “la clase media de la cárcel”. Los verdaderos privilegiados llegan a pagar entre 5 mil y 7 mil dólares por vivir en minisuites completamente privadas, más amplias, mucho mejor acondicionadas.

Ese dinero, junto al impuesto ilegal que las autoridades del centro cobran a quienes desean tener un negocio en el interior, sirve en teoría para complementar el presupuesto general del penal, siempre corto para pagar los salarios administrativos y dar alimentación a los presos. Ese dinero, que no está sometido a ningún control oficial, señala también el cauce por el que se pueden comprar otros favores. Si tienes los contactos indicados, en la cárcel de San Pedro Sula puedes hacer incluso que tu familia, si ha viajado desde lejos para visitarte, se quede unos días o varias semanas contigo en el penal, en una especie de extrañas vacaciones.

—Tener a las mujeres, a los niños… eso da tranquilidad —confirma El Italiano—. Esto es un pueblo pequeño en el que los internos saben que no pueden salir, pero tienen acceso a todo.
—¿A todo?
—A todo, todo, todo, todo.

En la pulpería, del estante de la derecha cuelgan perfectamente alineadas media docena de brocas para taladro eléctrico, todavía en sus envoltorios, y algunos martillos. Un poco más arriba, un serrucho para metal sin estrenar se vende a quien lo quiera por 130 lempiras, poco más de 6 dólares. Como explica El Italiano, las autoridades de la cárcel de San Pedro Sula tienen un concepto muy flexible de la seguridad en el penal:

—Está la Policía, están los directores de los centros penales, pero aquí dentro existe lo que ellos llaman “la autoridad civil”, que son los coordinadores generales. Y todo es como con Dostoievski: Crimen y Castigo. Los internos saben cómo controlar a los propios internos.
—A golpes.
—A palos, sí, y a patadas también. Tú robas y te ponen en el piso, te agarran a patadas y te meten en una celda aparte. Y eso es ahora, con Chepe, porque antes si robabas mucho y se cansaban de ti aparecías ahorcado. Y si te ponías muy bravo… —El Italiano se pasa la mano por el cuello como si fuera un cuchillo—. En tres años he visto más de 40 muertos, y ni una sola investigación. Aquí te matan, te desaparecen, y lo único que dicen las autoridades es “hubo un motín entre internos”. Y le dan tu cuerpo a tu familia en una bolsita amarilla.

San Pedro Sula es la ciudad con más alta tasa de homicidios del mundo. Un enclave industrial y comercial que presume de ser capital económica de Honduras y al mismo tiempo es el centro neuronal del narcotráfico en el noroeste de un país casi en desgobierno. Mientras los políticos se acusan unos a otros de ser narcos, los jefes nacionales de Policía, que no escapan al torrente de acusaciones y sospechas, se suceden como las estaciones en un relevo inútil.

En ese contexto, las cárceles han encontrado su propia forma de gobernarse y sería absurdo pretender que lo hicieran en un idioma diferente al que el país en su totalidad habla extramuros. Las cárceles hondureñas, como lo hacen las calles, se autorregulan con violencia. Son las armas las que otorgan un poder efectivo y medieval. Y desde marzo de 2012, en San Pedro Sula, ese poder lo tiene Chepe. Lo obtuvo tras decapitar al anterior coordinador general de la cárcel.

***

Mientras esperamos en la celda-apartamento de los colombianos, Ángela, la madre de la familia, una mujer voluptuosa hasta el exceso por obra y gracia de un cirujano plástico, nos sirve café y cuenta por pedazos su captura, la arbitrariedad de la Policía, la injusticia que, asegura, se está cometiendo con ella, su esposo, su hija Tati y con el esposo de su hija. Viajaban de la paradisiaca isla de Roatán a La Ceiba, ciudad cabecera del caribe hondureño, y les detuvieron y llevaron a juicio por llevar un total de 23 mil dólares en efectivo entre seis personas. Ninguno superaba la cota de 10 mil que se obliga a declarar en los aeropuertos, y además estaban en un vuelo interno varios días después de haber entrado al país, pero de nada les sirvió protestar con acento colombiano. “¡¿Usted sabe cuánto cuesta una semana de buceo en Roatán?!”, le dijo Tati al policía que le preguntó por qué viajaba con tanto dinero.

Tal vez aquel policía y el resto de los asignados al caso nunca habían buceado entre los corales de Roatán, o quizá percibieron en el relato de los colombianos los mismos silencios extraños que yo encuentro cuando le pregunto a la chica el nombre completo de su padre o el del pueblo en la región de Antioquia, Colombia, en el que la familia dice tener negocios de ganadería. El caso es que creyeron que mentían. Dejaron ir a la abuela y al hermano pequeño de la familia, y acusaron a los otros cuatro de lavado de divisas.

La puerta se abre sin aviso previo y antes de que aparezca Chepe lo hacen un niño de apenas dos años y una niña de cinco. Son sus hijos. Viven fuera de Honduras —“por seguridad”, dirá más tarde su padre, “tengo demasiados enemigos”— y están pasando unos días de visita en el penal. Se lanzan a jugar en el suelo mientras Chepe saluda como un candidato sin prisa. Se sienta en una silla de plástico con la espalda contra la pared, acepta el café que amablemente le ofrecen las colombianas, y se lanza al grano. Sin sonreír:

—Bueno, ustedes dirán por dónde empezamos.

Los líderes carcelarios suelen ser hombres-sombra que no quieren ser vistos y ante visitas incómodas o intrascendentes se parapetan detrás de un hombre-fachada. Me habían advertido: “Te presentarán a Noé como representante de los presos, pero el que manda es Chepe”. Fueron la casualidad y las colombianas los que acabaron por ponerme enfrente al hombre al que buscaba. A pesar de que cumple prisión por robo agravado, y no por delitos ligados al narcotráfico, Chepe, que se lleva bien con todos y dice tratar a todos por igual, tiene una llamativa cercanía con los internos acusados o condenados por lavado de dinero.

Nació un 17 de diciembre en una pequeña aldea a dos o tres kilómetros de San Pedro y estudió hasta segundo de secundaria. Tenía 18 años cuando entró por primera vez a este penal en 2005 y desde entonces apenas ha vivido fuera de él. En 2009 volvió a saborear las calles, pero no llegó a completar dos años en libertad. El 16 de abril de 2011 regresó y lleva casi tres años a la espera de juicio, viviendo, dice, de la carpintería. No le creo en eso, pero sí es irónico pensar que, técnicamente, el rey armado que gobierna el penal de la ciudad más peligrosa del mundo sea todavía, y hasta que un juez diga lo contrario, un inocente, aunque puede que sea solo una cuestión de estadística: el 49.5 % de los presos de Honduras aún no han sido condenados.

—Empieza por contarnos cómo lograste calmar este penal. San Pedro Sula tiene una trayectoria de violencia enorme —le digo.
—Bien exagerada. Pero este es un cambio que se vino dando por necesidad.

No lo cuenta solo Chepe. Lo dice todo al que le preguntes: Mario Henríquez, el anterior coordinador general de la cárcel de San Pedro Sula, era un maldito entre malditos, que extorsionaba a los internos que tienen negocios y que retenía parte de la manteca y el arroz que entrega el Estado para los presos y la vendía por su cuenta a los comedores privados aunque eso significara recortar la ración de comida a los internos más pobres. Suyos y de los suyos eran la mayoría de negocios ilegales del penal, y trataba de ir haciéndose, poco a poco, por la fuerza, con los legales. La brutalidad de sus castigos roza la leyenda. Colgaba de las manos a los condenados por su justicia arbitraria, y les levantaba la piel a latigazos mientras su perro les mordía los pies. El penal entero rezaba por la venida de un salvador.

—Se degeneró eso, se desató una ola de violencia porque la gente ya no acataba órdenes de nadie. Desde ahí fue que nosotros tomamos la decisión de poner un orden específico, ¿verdad? —se aplaude Chepe—. Una norma bien establecida, de que no hay necesidad de llegar a un acto de violencia, ni pequeña ni grande.
—¿Quiénes son “nosotros”?
—Nos referimos a un pequeño grupo de gente que, unos 15 o 20, nos pusimos a pensar coherentemente que era necesario poner orden, control. Y entonces hicimos lo que tuvimos que hacer, tomamos las medidas que teníamos que tomar.
—¿Recuerdas el día en que las cosas cambiaron?
—Mire, específicamente no podría decirle “este fue el día que cambiaron las cosas”, porque hubo diferentes problemas… Hablando en el diálogo que hablamos nosotros aquí: hubo diferentes revueltas. Y hubo bajas, pérdidas humanas invaluables. Mire, es una historia muy larga…

***

Las historias carcelarias son siempre largas e intrincadas. Se tejen día a día, mirada a mirada, con malos comentarios, peleas postergadas y muchas horas de conversaciones susurrantes en las celdas. Luego, pum, un estallido, un machetazo, zas, o una cadencia de disparos que casi nunca se comprenden desde el otro lado de los portones, del lado de las autoridades, y que en los periódicos son parte de una masacre inexplicable. Para el mundo exterior, las muertes en una cárcel son como un rayo que corta un árbol, impredecibles y sin sentido.

La masacre que coronó a Chepe, sin embargo, comenzó a gestarse el día en que un líder brutal llamado Lázaro Francisco Brevé quedó libre y un hombre más brutal aun, Mario Henríquez, le sucedió al frente del penal. Hubo avisos, muertes previas, fumarolas por las que el penal liberó presión pero que auguraban más muertes. Una de esas fumarolas se levantó una tarde de febrero de 2012. Mario y su gente violaron a la visita de un preso de la celda 12 y durante toda esa noche la cárcel fue un campo de batalla. Fue la primera vez que Chepe intentó hacerse con el penal. Desde el exterior se escuchaban, cada pocos minutos, disparos, y en los callejones del sector paisa se desató una cacería esquina a esquina. Cuando amaneció y las autoridades lograron calmar los ánimos encontraron muerto a Luisito, el coordinador de la 12. Mario siguió en su puesto.

Un mes después, el 29 de marzo, sobrevino la erupción. Ese día hubo 14 muertos, asesinados a bala o a machete. A Mario, en venganza por sus propias formas, Chepe y los suyos le colgaron, le sacaron el corazón y se lo dieron a comer a su perro. Después mataron al perro. La cabeza del antiguo coordinador terminó sobre un tejado y el cuerpo de sus acólitos calcinados bajo una montaña de colchones en el patio del penal. La Policía, consciente de que asistía a una guerra por un territorio que no es suyo, solo se atrevió a entrar al recinto cuando los nuevos líderes paisas autorizaron la retirada de los cadáveres. Así se construyó la paz en el penal de San Pedro Sula.

Menos de dos años después de ajusticiar salvajemente al antiguo coordinador, Chepe se ha ganado el aplauso del resto de internos y de las autoridades porque ha puesto en marcha planes médicos y porque obliga a otros presos a ir a la escuela. Cada preso aporta dos lempiras semanales para sufragar las medicinas de los más pobres del penal o de sus familiares en el exterior. Desafiando lo absurdo, en un país en el que pocos tienen seguridad social, ir a la cárcel en San Pedro Sula te garantiza seguro médico. Además, cada preso paga los domingos una cuota, el “rolo”, para la limpieza de su celda y de las áreas comunes. En las celdas normales esa cuota es de cinco lempiras, pero los que tienen privilegios y celdas privadas pagan 10 o hasta 50 lempiras semanales. Con ese dinero, los presos que limpian los cuartos y letrinas reciben un pequeño salario.

Chepe presume de sus políticas sociales. Cuando a mediados de 2013 la gente de la Pastoral Penitenciaria le dijo que iba a cerrar su programa educativo en la cárcel porque solo tenían 36 alumnos y necesitaban un mínimo de 70, él reunió a toda la población y les amenazó con no firmarles cartas de buena conducta si no le mostraban antes un certificado de estudios.

—El que no tenía escuela, que mostrara un certificado de escuela; el que había cursado escuela, un certificado de colegio; el que tenía colegio, de computación o inglés…
—¿Pero qué es eso de la carta de buena conducta?
—Ah, le explico. Se le firma al interno cuando se va, siendo uno testigo de que el interno ha trabajado y se ha rehabilitado. Para que le sirva para la salida. Si no, le cuesta salir…
—Espera. Aclárame eso: ¿los certificados de buena conducta los haces tú?
—Actas de conducta. Es un papeleo que pide el juez para ver si cada uno se ha rehabilitado, si ha hecho algo que por lo menos beneficie salir afuera.

Los certificados de estudio los da la Pastoral Penitenciaria en nombre de una escuela de extramuros, la Leonel Zepeda, y no dicen que el estudiante ha estado en el penal. A los que se matriculan, Chepe les exime de pagar el rolo, para motivarlos, y cada vez que se gradúan les da un kit de aseo. En la cárcel de San Pedro Sula hay una política de incentivos para el estudio y la libertad se busca con un certificado de buena conducta firmado por un hombre que descabezó a otro preso. En el programa educativo ahora hay 140 matriculados.

El Flaco es un paria, un drogadicto marginado en la escala social interna de la cárcel. Hace maltallados barcos de madera que mete en botellas vacías, adornos feos que no imagino quién puede querer comprar, pero que él trata de vender por cien lempiras cada uno. El negocio no le va bien. Aun así, tiene los ojos encendidos por la última dosis de lo que sea que se mete en el cuerpo. Es salvadoreño, y al verme en un pasillo del penal me ametralla con palabras:

—¿Usted es de El Salvador? Necesito ayuda, acá a los salvadoreños quieren matarnos, quemarnos vivos, no hay derechos humanos acá, me estoy quedando loco, necesito salir, se ven cosas que no deben de verse y todo el mundo se queda callado, los policías se prestan para hacer cosas, tengo dos costillas quebradas y 18 puntadas en una nalga, de una paliza que me dieron y vomitaba sangre…
—A ver, tranquilo. ¿Por qué fue la paliza?
—Me acusaron de andar robando acá adentro, y era otra persona, no fui yo, pero cuando investigaron el asunto ya me habían golpeado.
—¿Lo ordenó Chepe?
—No, Chepito no, un señor que estaba antes, Brevé se llamaba. Es que aquí han pasado muchas etapas… Y el que vino después, Mario, no nos daba de comer. La comida él prefería dársela a los cerdos.
—¿Es cierto que colgaba a gente y castigaba con latigazos?
—Colgaba a gente hasta de los testículos. Yo pasé una etapa que me torturaron, me ataban y me subían los brazos así, por atrás. Por eso tengo rotas dos costillas.

El Flaco quiere dinero. “Sé muchas cosas de lo que pasa aquí”, me dice. “Pero necesito unos pesitos”. Lleva nueve años aquí. Una vida entera. Nueve vidas de gato. Decenas de motines, miles de días en los que tuvo suerte. Dice que espera volver a las calles en marzo.

—¿Y eso ya no pasa, lo de los golpes?
—Ya no, ahora hay amor y paz, Chepito se ha portado lo máximo, buena onda, me operaron del apéndice y él me ayudó bastante… Pero no me puedo confiar, así comienza todo siempre, porque cuando todo está calmado la Policía se confía y todos los coordinadores vuelven a lo mismo.

***

Los hijos de Chepe le interrumpen con sus juegos y él, sin levantarse, entreabre la puerta y llama a uno de sus guardaespaldas. Desde el exterior llega el sonido de una sierra eléctrica. El taller de carpintería de Chepe está justo enfrente de la celda-apartamento de los colombianos y cada vez que se abre y cierra la puerta, un chirrido agudo invade esta casa burbuja.

—Quédese pendiente de los niños usted. Lléveles por ahí —le dice a un hombre alto, vestido como un cantante de reguetón y que cumple el tópico del guarura que lleva gafas de sol.

Las anfitrionas, madre e hija, orgullosas de que esta entrevista sea prueba irrefutable de su alta posición en el sistema de castas carcelario, nos ofrecen más café y regresan a una posición de guardianas-sirvientas, de pie apenas a metro y medio de nosotros, atentas a la conversación. Sus maridos regresaron hace unos minutos de jugar al fútbol, sudados, jadeantes, y nos saludaron con desinterés, como si la presencia de Chepe fuera habitual, y se encerraron en uno de los cuartos a ver más fútbol por televisión.

—Si yo vengo y solo porque soy más malo o más grande que usted le pego un puñetazo en la cara… Al jodido que haga eso lo llevan castigado y lo golpean a él. Es una regla de antigüedad que no ha cambiado. Si alguien golpea, lo golpean.

Le he preguntado a Chepe por su ley, por las normas de disciplina con que mantiene el penal en orden, así que cuando dice “lo golpean” quiere decir “mi gente lo golpea”. El subdirector Escalón admite que son los líderes de los presos, la “autoridad civil”, los que determinan a qué hora se levanta y acuesta cada interno, sus horarios de ducha y comida, las cantidades del rancho, quién tiene derecho o no a participar en actividades formativas o talleres profesionales, quién es confinado en una celda de aislamiento y por cuánto tiempo, qué castigo se impone para cada falta. El director del penal, los hombres uniformados que representan esa ficción llamada Constitución, solo intervienen cuando no hay más remedio, cuando los disturbios se prolongan el tiempo suficiente como para que lleguen las cámaras de televisión. No hay cómo evitar una muerte aislada. Probablemente no interesa evitarla.

—Si uno mata a alguien aquí, ya como están establecidas hoy las cosas, si uno mata a otra persona, la misma población lo mata a él. Sin necesidad de que yo diga que sí o que no —explica Chepe, reconvertido de golpe en Pilatos.
—Ojo por ojo.
—Es una regla que se estableció entre toda la población. Si alguien rompe la paz que hay y jode a alguien, mata a alguien, ahí mismo se lo acaban a él también. Como les digo, yo siempre veo que la gente, a veces, en algunas cosas, toma sus decisiones, porque ellos también son la población y ellos también tienen mando.

La suerte de un ladrón, la vida de un homicida común, descansan en la voluntad popular porque no desafían a una autoridad que tiene por natural matar. O la de un pandillero, porque la ley de Chepe llega hasta donde termina el sector de los paisas y no responde de los muertos tatuados. Y su justicia tampoco persigue la venta de droga o el sicariato en la medida en que no desafíen a quien reina. En eso, el régimen de Chepe y el de la Policía hondureña se parecen demasiado.

—Yo lo que le digo a la gente que trabaja ilícitamente en su cuestión, tal vez de drogas, es que no me vayan a generar problemas —dice Chepe—. Pero uno no puede cerrar las puertas a muchas cosas…
—No hay cárcel sin drogas, dicen.
—Mire: una vez, hace ya tiempo, había pleitos a cada rato. Que uno le pegaba un leñazo al otro, que rayones con cuchillo… Y un día ingresó el director del penal, que yo creo que ya lo mataron, un tal García Méndez, y dijo: “¿Bueno, qué es lo que está pasando, que a cada rato hay heridos?” En este tiempo aquí estaban revueltos los paisas con los retirados de la 18 y de la MS-13, y brincó un jodido todo manchado: “Mire, jefe”, le dijo, “el problema es que aquí no tenemos marihuana, y nosotros sin la marihuana no podemos vivir”. “Esa es toda la bravura de la gente”, le dijo, jaja. “¿De verdad ustedes están…?” “Sí, jefe” “Vaya pues, pasen ahí…” Y el director les dejó meter al penal como dos libras. ¡Uy, hombre! ¡Una felicidad todos! ¡Hubo como varios días que no hubo problemas en el penal! Ja ja ja.

***

Chepe es solo un heredero más de la tradición de violencia y corrupción del penal de San Pedro Sula, en el que han muerto calcinados, asfixiados, desangrados, ahorcados o desmembrados más de 200 internos en los últimos 10 años. Es un heredero astuto, dotado por igual para la brutalidad y la sutileza, pero al fin y al cabo un nombre más en la historia. Una vieja serie de artículos de La Prensa, uno de los principales periódicos de la ciudad, recoge el testimonio de antiguos presos de esta cárcel, que aceptaron describir las redes de corrupción, tráfico de drogas y sicariato de las que participaron o que vieron operar durante su encierro. Aunque sus historias datan de 2006, justo el año en en que Francisco Brevé se hizo cargo del penal, el relato es atemporal: sobornos que permitían fugas, pagos desde fuera para asesinar a enemigos dentro de los muros, y constantes luchas entre bandas de paisas por el control del penal y sus mercados de droga.

El de San Pedro Sula siempre fue un penal paisa. El 17 de mayo de 2004, en pleno fervor de la política policial antipandillas del presidente Ricardo Maduro, en plena Mano Dura, un cortocircuito provocó un incendio en el sector de la Mara Salvatrucha y los custodios mantuvieron los candados cerrados hasta que se quemaron vivos o asfixiaron 107 pandilleros. Tampoco llamó nadie a los bomberos, que tardaron hora y media en llegar. Ese día los paisas entendieron que incluso un Estado tan cruel con sus reos como el hondureño odia más a unos presos que a otros. A diferencia de lo sucedido en El Salvador o Guatemala, el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha nunca han logrado que se les asigne penales propios y sus miembros cumplen pena en sectores minoritarios de cárceles controladas por presos comunes.

Eso, sin embargo, no ha evitado que los penales, vencidos por el hacinamiento y la corrupción, acumulen una tasa de homicidios muy superior a la del resto del país. Por eso Chepe es valioso. Porque con sus hombres y las armas de sua hombres logra administrar lo que al Estado le estalla en las manos. En los 21 meses que lleva al frente del penal ha conseguido, incluso, que el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha se sometan a su régimen y no crucen las fronteras de sus sectores. El brazo de la justicia de Chepe no llega hasta los módulos de las pandillas y el de los retirados, pero los tres grupos saben que si causan problemas en territorio paisa sufrirán su ira.

A finales de 2012 una parte de los paisas le empezaron a pedir a Chepe sangre de pandillero. En Honduras hace años que buena parte de la población, incluidos la mayoría de funcionarios, considera la ejecución de un pandillero un acto limpio de justicia. Los internos de la cárcel de San Pedro Sula comparten esa idea y querían deshacerse de sus 18, sacarlos del penal vivos o muertos. Chepe no quiso ser líder de esa escabechina y, para buscar una solución que no le costara el respeto de los suyos, pidió ayuda al hombre que lo media todo y lo trata de pacificar todo en San Pedro Sula: el obispo Rómulo Emiliani, un cura panameño de voz ronca que lleva 12 años tratando con pandillas y buceando en las cárceles de Honduras. Emiliani fue testigo del primer encuentro del rey paisa con Flash, Termita y el resto de líderes dieciocheros en el penal de San Pedro.

La reunión fue en el patio de acceso al penal, enfrente mismo del despacho del director. Chepe acudió solo. Los pandilleros en grupo y armados hasta los dientes. En los penales, los dieciocheros hondureños visten como lo hacían en los 70 y 80 los pandilleros de Los Ángeles, y aquel día bajo sus camisas de cuadros, anchas, sueltas fuera del pantalón y abrochadas en el cuello, se entreveían las formas y los cañones de pistolas y de fusiles AK-47. También el líder paisa iba armado, con una pistola y con una granada por si la escena se desesperaba. Y se sentía más fuerte que sus adversarios. “La onda, Flash, es que si quisiéramos perjudicarlos a ustedes toda esta gente paisa se los come. Sólo les digo ʻtírenseles amorʼ, y ustedes van a matar a un montón, no lo niego, pero ellos se los van a comer a todos”, le dijo al que tenía enfrente. Y los dieciocheros se midieron, pensaron, y con Chepe acordaron evitar cualquier provocación, limitarse a su propio sector y gobierno, tratar de pasar inadvertidos, conscientes de que en Honduras el gran crimen organizado vuela más alto que las pandillas, y es paisa.

Emiliani, que antes y después de aquello ha visto cómo administra Chepe su destreza para amenazar, habla bien de él:

―No vamos a discutir si eso está bien o mal, pero ha mantenido la paz y tiene un control muy efectivo ―dice.
―Tienen la autoridad que la supuesta autoridad no tiene.
―Sí, ellos tienen la autoridad que la autoridad ha ido perdiendo. La Policía puede poner orden en el penal, claro, pero eso implicaría entrar con soldados y matar a un montón de gente.

Para que eso no ocurra, Emiliani dice que Chepe y la dirección del penal han llegado a un equilibrio no firmado que evita por partes iguales los motines y la injerencia del Estado en los asuntos de los internos. Un pacto similar al que alcanzó el líder paisa con la 18, o al que ya había forjado con la Mara Salvatrucha unos meses antes.

En septiembre de 2012 cayó preso en San Pedro Sula un empresario de transporte conocido como Cheno: Arsenio Rodríguez García. Chepe dice que nada más entrar a la cárcel Cheno buscó su protección porque temía que la MS-13 le castigara por dejar de pagar el impuesto de guerra ahora que estaba en desgracia, y que él se sintió llamado a ayudarle porque el hombre no tenía nada, ni dinero, ni buses ya, ni casa, porque todo se lo había quitado la Fiscalía. Echar una mano a Cheno era, casi, una obra de caridad. Cuenta Chepe que volaron mensajes de un sector a otro y se concertó una reunión en las oficinas de la guardia, junto al despacho del director del penal. Y cuenta que una vez allí amenazó a Marcos, el representante de la Salvatrucha: “Colabóreme con esto, hermano, porque yo le voy a estipular una cosa bien clara: si a este señor le llega a pasar algo acá adentro, o a la esposa o a los hijos de él afuera, yo los voy a perder a todos ustedes”. Y les hizo ver que no era justo cobrarle a Cheno ahora en las malas cuando él, en las buenas, les había ayudado a ellos pagándoles renta y quién sabe qué más. “Más bien colabórenle con algo, que este hombre está jodido”, dice que les dijo.

Al día siguiente, en una oficina de la guardia, el representante de la Mara Salvatrucha entregó a Chepe una bolsa negra con 100 mil lempiras -unos 5 mil dólares- en efectivo, para Cheno Rodríguez García. Y dice que a él le dio otros 10 mil lempiras, como gesto de buena voluntad. Desde entonces, la MS-13 incluso le ha ayudado a comprar una silla de ruedas para un enfermo paisa y participa de vez en cuando en los fondos comunes para pagar alguna operación o medicina. De eso presume Chepe.

Escuchándole, uno creería que el rey del penal de San Pedro Sula se jugó la vida por un preso anónimo y que la MS-13 se le hizo dócil por arte de magia. Lo que Chepe no dice, entre otras cosas, es que Arsenio Rodríguez era en San Pedro Sula mucho más que un antiguo motorista convertido en empresario de buses. La Fiscalía hondureña lo investigaba desde 2007 por enriquecimiento ilícito, había ordenado su captura en 2010 y le incautó 12 viviendas, tres terrenos, una discoteca, tres buses, siete taxis e igual número de vehículos particulares.

Cuando la Policía se presentó en su casa, Cheno la recibió a disparos. Para la anécdota queda que el personaje por el cual los paisas y la MS-13 pensaron que valía la pena negociar la paz en la cárcel, tenía en su jardín un venado cola blanca.

―¿Quién era Chepe antes de ser coordinador? ―le pregunto a Emiliani.
―No figuraba. Pero ya había estado antes en la cárcel y era un poder detrás del trono, como de segunda categoría. Y sube y se mantiene en el poder con mucha elegancia, digamos, en un contexto difícil. Gracias a él en el penal no hay muertos.
―Siempre tuvo cierto poder entonces.
―No tengo mucho detalle, pero no era un nadie, claro. La gente lo respeta, la gente le tiene confianza y hace muchas cosas positivas. Es un hombre fiable, que hace el bien a su manera.

***

A mediados de octubre, una muchacha llegó al portón principal del penal de San Pedro Sula a preguntar por Chepe. Estaba nerviosa y solo eso decía: quiero ver a Chepe.

En las cárceles hondureñas no hace falta estar inscrito en ninguna lista ni tener un vínculo especial con un interno para entrar de visita. Dar un nombre y un número de celda o módulo bastan para que un policía que no conoce a sus prisioneros, ni sabe quién o qué eres tú, anote tus datos en un gastado libro de registro y, sin levantar la vista del papel, te deje entrar al país de los de adentro. La muchacha ni siquiera necesitó eso. En el penal de San pedro Sula, Chepe no necesita apellido ni tiene celda fija. Estuvo en la 2A, después quiso estar en la 22. Hoy duerme “buscando más tranquilidad y estar un poco más seguro, también para beneficio de todos”, en un cuarto privado que se mandó construir en la zona de visita conyugal. En la puerta de ese cuarto estaba cuando uno de sus coordinadores llegó con la muchacha que le buscaba.

—Mire, Chepito, que viene esta muchacha ahí de la guardia. Lo anda buscando.
—¿Y qué pasó?
—Es que mire —le dijo ella—, a mi mamá nosotros la trajimos desde Tegucigalpa y la tenemos internada en el hospital Mario Catarino, y necesito 900 lempiras para hacerle estos exámenes, porque si no, de puro gusto la fui a traer…
—¿Y a quién viene a visitar usted? ¿Tiene algún pariente usted aquí?
—No, usted, si yo me vine para acá porque me dijeron afuera que fuera al centro penal, que ahí me podían ayudar…

Las historias de quien llega al penal en busca de trabajo, protección o un simple plato de comida gratis, están en cada pasillo de la cárcel de San Pedro Sula. “Aquí afuera la gente es tan pobre que hasta viene a comer a la cárcel”, me dijo una interna. Días después de la entrevista con Chepe, mientras esperaba a alguien junto a los muros del penal, un activista de Derechos Humanos señaló a la densa columna de mujeres que esperaban ser revisadas para entrar a visita y me desafió con una frase que pretendía ser un enigma:

—Un tercio de esas mujeres vienen a visitar a alguien.

Aunque llevábamos parados más de una hora bajo el calor, volví a escrutar con la mirada a aquel grupo heterogéneo. Faldas largas y faldas cortísimas, rostros casi siempre maquillados, enormes bolsas llenas de comida casera, algunas chicas jóvenes vestidas como para ir a una discoteca…

—¿Y el resto?
—Algunas vienen a comprar mercadería de la que fabrican los internos para venderla afuera. Las hay que se prostituyen. Y muchas vienen a probar suerte.
—¿Cómo que a probar suerte?
—Sí, a ver si conocen a alguien y se acompañan.
—Eso no tiene sentido…
—Claro que lo tiene. En las comunidades de las que vienen estas mujeres, tener un novio o un marido que está dentro del penal las coloca en otra posición, no solo económica, sino sobre todo de seguridad.

En el San Pedro Sula que no se esconde bajo el aire acondicionado de los centros comerciales, la cárcel es un corazón poderoso que igual bombea muerte que dinero o protección. En las comunidades más pobres, a las que pertenecían los 107 pandilleros muertos en el incendio de 2004 y en las que crecieron la mayoría de internos de este mísero penal para hondureños sin suerte, la cárcel forma parte de la vida y las rutinas. Y tiene para bien y para mal voz y voto sobre el futuro inmediato de los supuestos hombres y mujeres libres.

Cuando Chepe entró a su cuarto, salió con unos cuantos billetes gastados que sumaban 900 lempiras y se los dio a esa muchacha que casi lloraba. Hizo algo parecido a lo que en la calle se considera justicia. A la leyenda de la cárcel en la que las cosas funcionan y los pobres tienen un rey ladrón con la cara cortada, que es más justo que los políticos y más honesto que la Policía de Honduras, le nació otro capítulo.

***

Ya fuera de la celda de los colombianos, paseo con Chepe hasta topar con un gran cajón de madera en mitad de un callejón. Tiene alrededor de un metro y medio de alto, dos ventanas de cristal y una puertecita con candado. Me sorprende descubrir que esta especie de casita de muñecas gigante tiene aire acondicionado en un lateral, y más aun ver asomarse a las ventanas a dos huskies siberianos.

—Son míos —ataja Chepe cuando le pregunto por los perros, y les abre la puerta para que salgan. Se llaman Gol y Sissi.

Cuando los perros, después de juguetear con las caricias de su amo, se lanzan a correr por el callejón y se pierden por una esquina, tomo conciencia de que el penal entero es la celda, el jardín, la finca de Chepe. Aun así, los tiempos de paz tienen en la cárcel la consistencia de una figura de origami, y por eso pasea por sus dominios rodeado siempre de 10 hombres fornidos, de vestir pulcro y, es un secreto a voces en la cárcel, armados con algo más que cuchillos. Si le pasara algo, probablemente volverían los tiempos de zozobra y de lucha por el poder. O si le trasladaran. O si saliera libre, porque en teoría este año Chepe debería ir por fin a juicio.

—¿Crees que te van a declarar inocente?
—Siendo realistas, tengo todos los problemas encima. Si voy hoy, sería solo a que me sentencien. Pero estoy agarrado del mero todopoderoso y creo que Él me va a sacar libre cuando yo esté preparado.
—¿Cómo?
—Es que mire, yo puedo arreglar ahorita mismo mi situación jurídica y salir libre, ¿me entiende? Porque se puede. Se puede apelar a errores en la captura, o hasta la misma Policía se puede robar las evidencias, y si no le ponen evidencia a uno, ¿cómo le van a comprobar el delito? Pero yo es que antes de salir estoy dejando que Dios me transforme.
—Y si sales, ¿qué va a pasar acá dentro?
—Mucha gente tiene miedo a eso. Hasta el mismo director y el subdirector me dicen que no les gusta que les hable de eso.

El profeta Daniel

Publicado: 25 enero 2014 en Ximena Hinzpeter
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Es invierno y llueve como sabe llover a 515 kilómetros de la capital, hacia el sur, allá donde desemboca el Bío-Bío. Sobre el techo de una casona gótica con arcos de esos ojivales y ventanas que parecen querer llegar al cielo, cuatro niños corren alegres, sacudiéndose la tarde gris. Es sábado en provincia y tienen prohibido ver televisión. Abajo, en la angosta calle del centro penquista, no se ve un alma. De pronto, un ruido detiene el juego de los hermanos que enmudecen y abren los ojos para mirarse asustados. Un pedazo de muro de la casona de Angol 455 acaba de aterrizar estrepitosamente, haciéndose pedazos, en el corazón del patio de un edificio aledaño, sobre un improvisado gallinero. A continuación, los pasos de la vecina, que apurada sale a ver qué está ocurriendo en su propiedad y luego sus palabras. Bernardo, Pedro, Patricio y Benjamín, entre los 15 y los 9 años, entran rápidamente a sus dormitorios mientras la escuchan gritar.

—¡Canutos tenían que ser! ¡Voy a llamar a los pacos!

Cuando Bernardo Navia Olmedo, pastor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, se enteró de lo que sus hijos habían hecho el sagrado día de descanso, bajó los párpados y levantó las manos como invocando a Dios. Luego de un par de segundos, terminó tirándose con fuerza algunos mechones de esa abundante cabellera que lo seguiría acompañando aún 30 años después y volvió a la nave para dar el sermón y esperar la salida de la primera estrella. Al terminar la jornada se despidió cordialmente de los feligreses y subió los peldaños de a dos (el templo funcionaba en el primer piso y él y su familia vivían en el tercero). Llegó directo a contárselo a Marta Lucero Bustos. Ella, como siempre desde que a los 18 años se había convertido en su mujer, lo apaciguó y, una vez más, en silencio, él agradeció hacia arriba por tenerla a su lado. Juntos, esa misma noche, después del tiempo dedicado a diario al culto (a comprender, memorizar, cantar y recitar la Biblia), hablaron con los niños. Y uno de ellos preguntó lo que los cuatro querían saber. ¿Por qué canutos? Entonces Marta, una morena de perfecta belleza chilena y apenas 34 años, se acomodó en el sillón y los miró con esos mismos ojos, oscuros como la noche, que les heredó a tres de los cuatro. Y con voz melodiosa, sabia y consciente de la atención que estaba recibiendo de sus inquietos hombrecitos, les explicó por qué. Por qué a ellos, los Navia Lucero, que no iban a la iglesia los domingos pero sí cuatro veces por semana, que no creían en la santidad de la virgen María ni en el Papa como representante de Dios en la tierra, que empezaban el sábado a las nueve de la mañana en la iglesia rezando, que seguían las reglas alimenticias del Antiguo Testamento y no comían cerdo ni mariscos ni animales que no rumiaran o no tuvieran la pezuña partida, que no mezclaban carne con leche, que no bebían alcohol ni fumaban, por qué les decían así, canutos.

—Canuto. Fue la primera vez que escuché el término. Y me gustó. Ese insulto se convirtió en una oportunidad para comenzar a definir una identidad –escribiría a Y son ﷽﷽medoo Navia Olmedo, ante de Dios en la tierras, que no crelos 9 añosl templo, y contellera que lo segurños después de ese sábado gris de 1981, el tercero de los cuatro niños, Patricio Navia Lucero.

***

Red Social Twitter, noviembre 20, 2012.

@xhinzpeterk: ¿Dónde te escribo?

@patricionavia: Hay un buscador que se llama Google. Pones mi nombre y sale todo. Deberías usarlo

Navia envió su primer correo electrónico en la ciudad de Chicago el año 1988 y tiene página web desde 1995. Desde entonces, sus palabras, inalteradas, se acumulan en el ciberespacio, del que es un fan. Husmeando su cuenta de Twitter respiré aliviada, sí, me había tratado bien cuando le dio por recomendarme, con una carita feliz, usar Google. Un alumno de Periodismo de la Diego Portales le pidió su correo (tal como había hecho yo) y él preguntó: “¿Para qué estudias Periodismo si no sabes buscar un email en Google?”.

***

Era el último jueves del mes de abril, estaban a punto de dar las 5 de una tarde soleada y Patricio Navia entra a un Starbucks, atestado de estudiantes, uno que está dentro de la universidad, enfrente de la librería Ulises.

—La UDI no ha salido a convencer … que el aborto es malo… la píldora del día después… hay que ir a misa… La gente de los sectores populares, que se dicen UDI, no sabe muy bien de lo que se trata la UDI… La UDI saca más votos que RN pero tiene menos simpatizantes.

—No escucho lo que me dices, Pato –me saco uno de mis audífonos y se lo muestro, supongo que con cara de autocompasión–. Hay mucho ruido aquí.

Sin interesarse por mi hipoacusia, si darme siquiera una segunda mirada, me invita a su oficina. Pero no vamos a su oficina sino a una sala de reuniones y nos sentamos uno frente al otro, con una mesa para 10 personas entre medio y nadie en la cabecera. Tiene su espalda pegada a la silla, los brazos cruzados, las piernas cruzadas y está texting en su Samsung. Sí, se puede hacer todo eso simultáneamente. ¿Con quién textea? ¿Hay alguien al otro lado del teléfono a quien debiera considerar mi enemigo y que está teniendo éxito en lograr que Patricio Daniel se comporte como si yo tuviera una enfermedad contagiosa?

Ya. Deja de usar sus pulgares en el teclado y sin descruzar ninguna extremidad, me mira. Lo más lindo que lleva puesto es una argolla de matrimonio, plana y ancha trabajada en oro blanco. Aparte de eso, podría ser un oficinista en trámites por el centro de Santiago. Él lo sabe. Lo mío no es ser fashion, dijo una vez, la ropa no me interesa.

—¿Pasas mucho tiempo en Nueva York?
—Buena parte del año académico, que va de septiembre a diciembre y después de fines de enero a comienzos de mayo. Llegué ayer.
—Estás cansado.
—No, para nada.
—¿Y dónde te quedas allá?
—Eso no va a ser parte de la entrevista, ¿no?
—… bueno, si… si tú no quieres… no.
—No me interesa hablar de mi vida privada en una entrevista.

Está serio, los ojos no se le achinan así tan coquetos como se le ponen cuando sonríe (eso lo supe después). La cejas tupidas acentúan una severidad exagerada en su rostro, que es naturalmente bonachón. Hay algo impostado. Creo que estoy levemente ruborizada y si él lo nota, lo disimula bien. Observa el papel donde escribo, como tratando de leer cada vez que anoto algo.

—El gobierno de Sebastián Piñera tenía un relato, que era vamos a ser más eficientes. Ese relato tuvo dos problemas. Uno, la lentitud de la reconstrucción, las malas políticas, los nombramientos de gente con conflictos de interés, etcétera. Dos, el gobierno se confundió con el rescate de los mineros. El presidente quiso ser más popular que Bachelet y compitió en popularidad, no en eficiencia. La percepción que tenía la gente de él era que trataba de meterse en todo y quería caer bien, se ponía a contar estos chistes, y decía cosas que eran abiertamente desubicadas, ofendiendo a sus colaboradores, como cuando Juan Andrés Fontaine dejó el gabinete no dijo su nombre correctamente. Acaba de ser tu ministro por un tiempo, no tuvo fines de semana y ¿tú ni siquiera sabes su nombre? O con Joaquín Lavín cuando le dijo bueno, ministro, finalmente usted llega a La Moneda. Mal gusto.

Cuando ya ha dejado de apretarse a la silla o espiar mis apuntes, se levanta y sirve un vaso de Coca light, para él. Habla poco más antes de decir tenemos que terminar, tengo una reunión a las seis.

***

Bernardo Navia Olmedo se acercó a la estantería y paseó la vista por los libros de su casa. Teología, Historia, Ciencias. De novelas, nada; lo mundanal había que mantenerlo alejado de la familia. Su mano se acercó para alcanzar La Bella Historia de la Biblia, la rozó y a último momento, cambió de opinión. Tomó uno de los 20 tomos de esa clásica enciclopedia infantil que, editada la primera mitad del siglo XX, le daba plena confianza. Ahí mismo, de pie, abrió un tomo de El Tesoro de la Juventud y comenzó a hojearlo. Los niños fueron llegando de a uno, sin necesidad de ser llamados. Lo que más les gustaba era “El libro de los Por qué” y Bernardo lo tenía entre sus manos. “¿Por qué no canta la gallina como el gallo?” “¿Por qué no se mezcla el aceite con el agua?” Nadie iba a explicarle cómo despertar la curiosidad en sus hijos. Lo había ido haciendo prácticamente desde que nacieron y tan seguro estaba de saber estimular en ellos el amor por el conocimiento que si alguien, en los años ochenta, cuando la familia aún vivía en provincia, al sur de la capital, le hubiera dicho que sus cuatro vástagos llegarían a ser doctorados en el hemisferio norte, probablemente, Navia Olmedo no se hubiera mostrado sorprendido.

***

Todos los correos electrónicos de Patricio Navia tienen tres características fijas. Dos direcciones: 726 Broadway, Room 666 y Ejército 333, Segundo Piso. Y también (last but not least, como diría él) una discreta D. junto a su nombre, una letra que su dueño no olvida, porque lo enorgullece. Patricio D. Navia. ¿D de qué?

***

Después de ese primer encuentro, enfrentada a tener que encontrar a Navia fuera de sí mismo, me acordé de su sugerencia, Google. Durante varios días pasé varias horas cada día revisando su millón y medio de menciones en el buscador (como referencias, el periodista Mirko Macari llega a las 55,000; mi hermano Rodrigo, el ministro, casi 800,000; y Cecilia Bolocco, 470,000).

Que no le interesa hablar de su vida en una entrevista, eso me había dicho. Google no me repitió lo mimo. Navia se dice “tradicional” y aunque se casó pasados los 40, nunca estuvo dentro de sus posibilidades una mujer ya madre. “Estar con alguien con hijos es como llegar a un proyecto ya empezado. No me parece particularmente atractivo”. Navia, “entre una cita a ciegas y una invitación a cenar de Piñera o de Insulza” prefiere “–por lejos– ir a cenar con uno de ellos”. Navia encuentra rica a la actriz Paz Bascuñán. Navia se considera tan mañoso como Jack Nicholson en “Mejor Imposible”. A Navia le “revienta el 11 de septiembre”. Navia es fanático del chocolate, los donuts y también los Barros Luco del Liguria. Navia cocina pancakes, detesta las betarragas y a los que creen que Arjona hace buena poesía. Navia hace zapping. Navia estuvo en Las Malvinas y sintió que llegaba al “lugar más parecido al fin del mundo”. Navia se sube a un avión y lo “conoce mucho más la gente en business que en clase económica”. Navia rara vez se siente solo: “Me caigo bien y, además, tengo mi ipod”. Navia tuvo muchas novias antes de su esposa Macarena. Navia le recitó a su novia Carolina, mientras comían en Buenos Aires (Puerto Madero), un poema de Pablo Neruda. Navia escuchó a Mayra decirle que lo amaba una noche en un concierto de Alvaro Scaramelli. Navia se enamoró perdidamente de Eva pero “¿qué se le puede decir si nunca leyó Boquitas Pintadas de Puig o Cien años de soledad?”. Navia estuvo con Claudia “en la Plaza de la Constitución cuando caía el sol y esperaba la llegada del primer socialista desde el bombardeo a La Moneda”. “Ahora invadí para siempre tu memoria –le dijo–: o te casas conmigo o este momento quedará marcado por mi incómoda presencia”. Navia es hincha del Colocolo. Navia piensa que “da lo mismo si la educación es pública o privada, en tanto sea buena”. Navia tiene un anhelo profesional: que sus alumnos digan “a mí me formcil, sueño, dolor de rodillas, reumatismos varios, dolor de ojosrespiraci/de sexo Juanita”ida del Cristo. n su hogar y el colegó Navia”. Navia es considerado por sus alumnos de NYU como un gran tipo con sentido del humor cuyo ramo es fácil porque da muchas oportunidades y solo hace pruebas para la casa, además falta mucho, nada parece importarle mucho y está en la clase como si fuera el último lugar donde quisiera estar. Navia, como buen adventista del séptimo día, admira a EEUU y le gustan los brunch y estar en Nueva York un sábado en la noche para ver en televisión Saturday Night Live. Navia se acaba de casar, hizo un matrimonio religioso con fiesta en el Castillo Hidalgo. Navia, en la primera vuelta presidencial del 2010, apoyó a Marco Enriquez-Ominami, le donó 1.2 millones de pesos y escribió El Díscolo, un libro de entrevistas a Marco. Navia es un artista de las comparaciones: MEO es el hijo ilegítimo de Bachelet y el Viagra de la Concertación, la extrema desigualdad equivale al colesterol malo, Lagos es al sushi y al carmenere como la revolución a las empanadas y al vino tinto.

Con todos estos regalos de Google iba a tratar de entender a Navia y escribir lo que había logrado entender, que es lo que siempre trato de hacer. izña alguien hablaba castellano.olamente,e de 1987. Chicago suburbunao. escribirlo. zador y mujeriego. as mujerdan para lleve moDespués pensé que era mejor mandarle un mail, quejarme, no sé ¡algo! Pero se me apareció el orgullo y no lo hice. Me fui en cambio a ver a gente que lo conociera. Y en eso estaba cuando él se enteró. Por la Carola, su amiga y mi conocida. A la Carola le escribí un mensaje para ver si podíamos hablar de Navia. Y ella, como lo quiere mucho, corrió a contárselo. De esa manera, sin pretenderlo, le despertó el ánimo, la ansiedad, quizá qué y me escribió, él, desde Nueva York bastante preocupado y apurado y entre clase y clase acordamos (“para chequear datos”, dijo) nuestro segundo encuentro, esta vez un domingo en un café de Isidora Goyenechea.

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No hay nada perfecto en la vida pero creo que Marco Enríquez-Ominami puede ser el único presidente capaz de negociar con la Alianza y con la Concertación y además, el recambio es fundamental. Cuando escucho a Bachelet que dice yo tuve que venir porque no hubo recambio. Fíjese que si usted no hubiera venido, habría habido. El mundo sigue existiendo si nosotros no estamos. Bachelet es un poco como esas mamás que dicen yo creo que los hijos se tienen que ir de la casa pero igual les siguen cocinando, les hacen la cama… tu hijo no se va a ir de la casa hasta que no le digas ándate de la casa.

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—¿Cómo sabes tanto?
—¿Cómo sé qué?
—Las cosas que escribes.
—Porque los medios publican cosas.
—Pero tú sabes más que los medios.
—No. La información es toda de los medios.
—¿Si?
—Sí –hace una pausa– si yo paso harto en Nueva York y además acá no salgo en las páginas sociales, no voy a ese tipo de eventos… leo periódicos.
—Yo también leo periódicos –claramente no de la misma manera, mejor cambiamos de tema, pienso–. Y para este gobierno, cuéntame, ¿hiciste algo remunerado?
—Nada. Pero varios ministros me han invitado a almorzar y me he juntado y algunos me llaman por teléfono y hablo con ellos y con candidatos presidenciales que quieren conversar conmigo. Me gusta escucharlos, ver su lenguaje corporal, entender cómo están interpretando lo que pasa. Eso me permite escribir y hacer mejor análisis de todo.
—Claaaro, por eso sabe cosas, ¿era tan difícil la respuesta?

Navia es Bachelor, Master y Doctor. Es decir, al menos 10 años de estudios superiores. Ha sido profesor visitante en importantes universidades, ha publicado papers en journals de prestigio. Es Master Teacher of Global Studies en el Liberal Studies Program de la Universidad de Nueva York y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de la misma NYU. En Chile, es profesor en la Escuela de Ciencias Políticas de la Universidad Diego Portales y Director del Magister en Opinión Pública de esa casa de estudios.

“Yo soy un académico”, dice él, aunque su vida mediática sea tanto o más intensa que su vida universitaria. Ha escrito seis libros sobre el Chile actual, varios best sellers. Es columnista de La Tercera, Qué Pasa, Buenos Aires Herald, Infolatam.com y ha sido columnista en las revistas Poder y Capital en Chile y escritor invitado en revista Letras Libres de México, Etiqueta Negra de Perú. En el país es entrevistado “crónico” en televisión abierta y radio.

“Es que Navia es muy trabajólico. Él está siempre disponible, dispuesto y conectado” me cuenta una periodista. “Le pides urgente una columna de un tema y en un par de horas te la manda, es original y está bien escrita.”

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—Sebastián Piñera no pudo finalmente con su personalidad. Él tiene mayor inteligencia que varios de los presidentes anteriores, juntos incluso. Pero lo superó su inteligencia, no armó buenos equipos, no les dejó espacio a sus ministros para que brillaran y termina como el presidente más impopular en la historia de la democracia chilena post 1990.

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Patricio tenía poco más de 17 años cuando Bernardo le pidió que lo acompañara. Era el otoño de 1987 y llevaban un mes intentando armar sus vidas en el Chicago suburbano, donde entraron a una compraventa de autos. Quizá alguien hable castellano, pensaron en silencio tanto el padre como el hijo. Después de todo, los latinos en Estados Unidos tendrían algunos años después la costumbre de alejarse de las grandes ciudades en pos de la tranquilidad y los mejores precios de los suburbios. Pero a fines de los 80, eso aún no ocurría y en el local de automóviles, “just speak english” . El padre sabía que sería inútil intentar comprender y le pidió al hijo que le tradujera. El hijo entendía un treinta por ciento de lo que el vendedor decía pero no echó pie atrás. Se hizo responsable y compraron un Chevrolet Cavallier café y nuevo que transportó por años fielmente a la familia. Patricio dirá después que Estados Unidos lo obligó a crecer y rápido porque no es simple ser uno el que ayuda a su padre, no, a esa edad, que tu padre se apoye en ti.

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A las seis de la tarde de un frío y oscuro domingo de invierno, Patricio Navia abre la puerta vidriada de la cafetería Juan Valdez. Viene llegando de pasar unos días en Italia con su mujer. Camina directo hacia la fila donde se compra. Yo estoy sentada pellizcando una medialuna cuando pasa por mi lado sin verme. Lleva puesto un abrigo negro, jeans y el diario El Mercurio enrollado bajo el brazo. Lo saludo con la mano desde mi mesa y se acerca de inmediato. Me da un beso en la mejilla y siento su piel fría, debe haber caminado desde su casa, entiendo que un departamento en El Golf.

—¿Quieres otro café?
—No gracias, estoy recién comenzando éste –digo, dándome cuenta lo afable que ha llegado.

Vuelve a hacer la fila, que es larga. Por la ventana, las luces encendidas de los autos que pasan por Isidora Goyenecha. Adentro está tibio. Hay parejas jóvenes, guaguas en coches, familias. Navia se sienta con su café, acomoda el abrigo sobre una silla y me sonríe con su chaleco Lacoste.

—Siempre me olvido de esta demora, hay que juntarse en los lugares donde te sirvan el café. Debería ser más rápido pero en Chile, que la mano de obra es barata e ineficiente, uno se demora más en un Starbucks que en el Tavelli, así que mis disculpas –me mira sonriendo. Me hubieras dicho que estabas haciendo un perfil, no habríamos perdido tiempo la otra vez hablando de política. Prefiero no hablar de mi vida privada… pero si vas a hacer un perfil.
—Te he estado googleando, hasta fui a tu matrimonio, está el video…
—Sí, se supone, no sé.
—También están tus poemas, tus crónicas… son bien personales.
—¿Por qué las voy a sacar? O sea, es como andar escondiéndose…. cuando Andrés Velasco se hizo ministro de Hacienda, bajó todas sus columnas de su página web y yo le dije ¡eso es ser maricón, es ser cobarde!

Hubiéramos salido a caminar
todos los domingos.
Y aquí estoy,
teléfono en mano,
sin atreverme a llamar.
Entonces a lo mejor
me vendrás a buscar llorando
a hablarme de la lluvia.

No cumplió uno de sus objetivos El Tesoro de la Juventud, si leyéndoselos a sus hijos Bernardo Navia Olmedo persiguió que fueran, eufemísticamente hablando, digamos… de espíritu más bien templado. Al menos no con Patricio. La enciclopedia es tan púdica que la palabra sexo no figura en su extenso índice y, no obstante, Navia, como podría decir Luis Miguel, se entregó al amor.

El desamor se manifiesta
en dolorosa y tediosa pérdida del sueño
desaparición absoluta del apetito sexual
interrumpida a veces por pasionales noches
de sexo desenfrenado.

Navia también escribió que un viernes de diciembre, una calurosa noche de 1999, en el Liguria, apareció una “gordita terriblemente cachonda” y él se entusiasmó. Le “calentaban sus enormes tetas y su gigantesco culo” y pensó “sería maravilloso echarme un polvo con una mina así”. Y otra noche, en un “pequeño restaurante ubicado a un costado del Parque Forestal”, en la despedida de soltero de “uno de los solteros más codiciados del jet set de la capital chilena”, se quedó “atontado, junto a los demás, mirando los hermosos culos de Francisca y Beatriz”. “¿Me vas a dar tu teléfono?, me preguntó Beatriz mientras apretaba sus nalgas contra mis pantalones y yo dividía mis manos entre sus muslos, su vientre y el inicio de sus vellos. Mi teléfono, mi dirección, lo que quieras, le dije… la tenía agarrada de la cintura, con una mano tocando los tirantes de su g-string, la otra jugando con el inicio blando de sus tetas y mi pene erecto apretándole el ombligo”.

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Navia es una celebridad en Twitter. Según Bertoni, Claudio, el poeta de Concón, ser famoso en Twitter es como ser millonario en el Metrópolis. Puede ser, pero Navia tiene 148,000 seguidores y un impostor, Duck Navia, seguido por 5,800 personas, entre las cuales está Navia original, que hasta lo retwittea. Ni él ni yo sabemos quién es pero lo que hace esta copia es reírse, como muchos, de la costumbre de Patricio de decir palabras en inglés mientras habla español.

—Hablar en dos idiomas es inevitable para mí, no es chiste. Dicen que es cursi o siútico y eso que la gente que habla inglés y español en Estados Unidos es el Bronx, es Brooklyn. Si fueras siútico hablarías solo español o solo inglés.

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La primera y más fuerte influencia a la que Patricio Navia Lucero estuvo expuesto 6,325 días con sus noches, fue la religión. Llegó a este mundo en la ciudad de Lima, un 19 de mayo de 1970, mientras su padre estudiaba en un seminario para ser pastor. Para él, hasta poco después de cumplidos los 17 años, el mundo fue la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Creció con la certeza de que Jesús iba a volver muy pronto y nunca fue a un colegio que no fuera adventista hasta septiembre de 1987, cuando tenía 17 años y 4 meses y se había convertido en inmigrante latino. También hasta ese momento asistió a la iglesia cuatro veces por semana. Y hoy, a sus 43 años, trata de no tomar alcohol frente a sus padres y cuando está de visita en su casa un sábado, no enciende la televisión. Y aunque diga “me considero agnóstico pero creo que no es un tema que tenga muy desarrollado” o “la fe” –que reconoce haber tenido de niño– “para mí es como las páginas de la hípica del diario, me las salto pero no quiero que las saquen”, en el fondo, es “canuto a mucha honra” como le dijo a un amigo hace ya muchos años cuando le preguntó por qué no iba a ver al papa Juan Pablo II a Talcahuano, en el marco de su visita a Chile.

La tarde de nuestro primer encuentro la prensa nacional estaba agitada. Se había conocido hacía pocas horas el fallo de la Corte Suprema que condenó a Cencosud a pagar 70 millones de dólares a los clientes de la tarjeta Jumbo Más para devolverles dinero que se les había cobrado ilegal y abusivamente (aumentando la comisión de mantención de la tarjeta) el 2006 cuando el, en ese momento, candidato presidencial de la UDI, Laurence Golborne, era el gerente general de la empresa de retail. ¿Supo Golborne, no supo, hasta dónde supo, para qué le pega Allamand si la oposición le va a pegar, irá a seguir de candidato? Navia quiso hablarme del tema. A él la actualidad lo convoca lo exalta lo toma lo sostiene lo abduce le anuncia lo abraza le susurra. ¿Me despachó por aburrida porque no me interesa la contingencia? ¿Texteaba sobre el fallo de Cencosud? ¿Inventó que tenía una reunión para irse a hablar con gente más interesante? Sí. Quizá sí. Pero, y de esto estoy segura, no fue solamente eso. Partió defendido, no quiso mostrarme su oficina (cuando he visto fotos publicadas del departamento donde vive, con piso de madera y sofás blancos en El Golf) y además, tal vez, estaba en su cabeza una idea de mí que… bueno, cuando me iba yendo espetó como sin darle mayor importancia.

—Espero que no haya sido una perdida de tiempo para ti.
—¿Por qué dices eso?
—Después de la entrevista que le hiciste a Parisi… lo mataste a Parisi, lo mataste con tu entrevista.

Yo no inventé lo que dijo el candidato iba a decirle, pero se fue antes de que alcanzara.

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José Miguel Insulza, cuando era ministro del Interior, me pidió que viniera. Yo vivía en Nueva York y hacía mi doctorado. Quería un estudio sobre sistemas electorales y le hice una recomendación. Él dio varias entrevistas, incluso recientemente, y dijo que favorece un sistema uninominal. Creo haber logrado convencerlo que de que es la mejor salida para Chile. El voto legislativo hoy es un voto perdido, no tiene ningún efecto en la forma cómo se distribuyen los escaños. Lo malo del binominal es que inhibe la competencia y necesitamos un sistema que la promueva. Y si quieres más competencia, tienes que tener un sistema uninominal, como el que existe en Francia, en Inglaterra, en Estados Unidos o en Chile en las elecciones municipales. Se escoge un alcalde por comuna. Podríamos tener 120 distritos en Chile, un diputado por cada distrito.

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Patricio ha comenzado a empinarse en la adolescencia. Lleva puesto el uniforme de colegio (pantalón gris y camisa celeste) y está recostado sobre su cama de una plaza con la Biblia entre las manos. Lee, aprovechando su habitación para él solo (el Nano no ha llegado). Son las ocho y media de la noche y, desde la sala, traspasa la puerta cerrada una música que conoce bien, porque todos los días la escucha a la misma hora. Se distrae, aunque está en medio del capítulo que se convertiría en su historia preferida de su libro preferido, el del profeta Daniel, su ídolo de la Biblia. Libro que fue incentivado a leer en razón de su segundo nombre, Daniel. Libro del que llegaría a recitar párrafos enteros de memoria, incluso años después de no haberlo vuelto a abrir. “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo…”. Termina la música del noticiario de Televisión Nacional, el canal público que omite información sobre cualquier protesta contra la dictadura, y se escucha la voz de un joven Raúl Matas: Bienvenidos a una nueva edición de 60 minutos, un mundo de noticias con las noticias del mundo. Patricio camina en silencio hasta la sala, se desplaza como guiado por una fuerza mayor, a sentarse junto a su padre y mirar la pantalla. No es una escena extraordinaria en casa de los Navia Lucero. Una feroz hambruna azota Etiopía; en India, la primera ministra, Indira Gandhi, muere asesinada; España, huracán alcanza las costas de Galicia dejando pérdidas por… En esta casa se ven noticias. Existe el interés de seguir día a día el acontecer noticioso porque hay que leer las señales que anunciarán el fin, ese fin–comienzo que se espera con ansias. Porque la llegada de Jesús estará antecedida por tiempos malos, el apocalipsis, angustias, catástrofes, humanas y naturales. Malas noticias que son, en definitiva, buenas nuevas para los 17 millones de adventistas del mundo porque son signos de que el segundo advenimiento, la hora del juicio final, el Cielo y la Tierra Prometida para unos y el Infierno para otros, se acercan.

—El profeta Daniel destaca por su sabiduría, por revelar misterios y aconsejar a los poderosos. Daniel decía lo que pensaba, o sea, predicaba, o sea, escribía columnas… y hacía lo correcto, aunque lo mandaran al foso de los leones. Por eso a mi padre le hace mucha lógica que yo escriba columnas políticas, es como el rol del profeta. Vienes y le cuentas a los políticos lo que tienen que hacer, lo que es bueno y lo que es malo –diría Patricio ya crecido cuando se sintiera en confianza.

Pero Daniel no debe ser el único profeta que dejó su marca en Navia. Un básico leído en los colegios adventistas a los que él asistió es Ellen de White, cofundadora del adventismo en Estados Unidos a mediados del silo 19. Para los no creyentes es una epiléptica del lóbulo frontal y para los creyentes tenía el don de la profecía y la divulgó en artículos periodísticos y libros. Es que el adventismo siempre ha estado a la vanguardia de la evangelización a través de los medios. La iglesia cuenta con canales de televisión que operan internacionalmente transmitiendo las 24 horas del día y una radio que emite más de 1,000 horas a la semana en 70 idiomas. Incluso sermones adventistas en chino mandarín se pueden encontrar.

No es extraño entonces que del seno de ese culto adventista puro surja Patricio Daniel Navia Lucero, el cientista político, profesor, columnista, escritor, conferencista con un pie en Chile y otro en Estados Unidos. En su infancia observante se tornaría robusta esa sintonía fina que, de mayor, exudaría con la contingencia; ese entusiasmo por entender el mundo y su devenir; ese ingenio para aventurar más allá de lo que se ve y esa omnipresencia en medios escritos, televisivos, radiales, librescos, con los que el niño provinciano de ojos oscuros como la noche, el tercer hijo del pastor Bernardo, se ganaría la vida de adulto.

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En casa de los Navia Lucero no se hablaba de política, aunque en el aire se respiraba ese profundo anticomunismo consuetudinario a los hogares de fe protestante. En la práctica, los adventistas del país vieron con beneplácito la dictadura del general Augusto Pinochet. De hecho, los recuerdos familiares indican que la señora Marta, aunque ella aún lo niegue tajante, se levantó al alba el jueves 11 de septiembre de 1980 y fue a dar su voto, igual que más de 4 millones de chilenos, a la opción Sí. El Sí ganó en el plebiscito de ese día, cerrando la posibilidad inmediata de elecciones abiertas, aprobando una nueva constitución y confirmando en el cargo de presidente a Augusto Pinochet por 9 años más.

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Me duele la guata que el Partido Comunista defienda las dictaduras en Corea del Norte, en Cuba, considerando todo lo que pasó aquí. Pero eso sería casi secundario. Mi principal diferencia es que cree en un modelo que no funciona. Las economías de mercado funcionan mejor que las economías estatizadas y no me da vergüenza decirlo, la evidencia es concluyente. Hay buenas economías de mercado y hay malas economías de mercado, en Chile necesitamos mejorar la nuestra. El Partido Comunista se acostumbró al poder, le gustó estar en el Congreso, quiere aumentar su presencia, está más que dispuesto a hacer un montón de concesiones con tal de tener espacios de poder y es perfectamente razonable porque además sabe, cómo sabemos todos los que miramos datos, que los chilenos no quieren destruir el modelo. Quieren que Cencosud no abuse de ellos, pero no que se eliminen las tarjetas de crédito, no quieren tarjetas de racionamiento entregadas por el Comité Central del Partido Comunista. Quieren ser parte de la fiesta, entrar a la Tierra Prometida finalmente y dejar de mirarla desde el frente. Por eso, cuando vienen otros y les dicen, miren, hay otra Tierra Prometida, bolivariana, mucho más allá, sigamos caminando por el desierto, éste pueblo escogido que ya caminó por el desierto dice no, la Tierra Prometida está aquí, al frente, la estoy mirando, lo que quiero son candidatos que me construyan puentes de tal forma que yo, o al menos mis hijos, puedan llegar a esa Tierra Prometida. Eso es lo que está pidiendo el electorado.

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Es domingo por la mañana en Temuco y la familia sigue compartiendo en la mesa, donde acaban de desayunar. El padre, Bernardo Navia Olmedo, ha traído de su velador la radio Made in China que compró hace algunos años en la Zona Franca, el tiempo que vivieron en Punta Arenas. Marta Lucero Bustos, la madre, lleva una pechera de delantal sobre la falda y levanta platos y tazas con la destreza de quien está acostumbrada a hacerlo, rápida limpia las migas del mantel y echa a cocer unas papas para el almuerzo. No lava la loza sucia, la deja apilada en el lavaplatos para después porque ahora se apura y se seca las manos en la pechera que deja colgando en el gancho y con las manos se arregla la melena café intenso que ni pasados los 60 años necesitará tintura y vuelve para sentarse junto a sus hijos y su marido. Suenan trompetas, el tono es abierta y rotundamente teatral

—Tu-tu-tu-tut-tu-tuuuu. Tu-tu-tu-tut-tutuuuu…

La cocina de los Navia Lucero, seguramente igual que muchas otras en cualquiera de los 35 países de habla hispana hasta donde llega el programa de radio patrocinado por la Iglesia Adventista del Séptimo Día, se llena de un canto de voces de hombre, gruesas y moduladas que toda la familia, los seis integrantes, acompañan.

—Son de trompetas que anuuuncian la luuuz… Cristo muy proooonto vendráááá…

Son Los Heraldos del Rey, un cuarteto con aires de góspel y música a capella, que nació a fines del 20 en California al amparo de un exitoso programa radial adventista que se llamó, en un principio, La Voz de la Profecía. Reemplazando integrantes, aún hoy se mantienen vigentes.

La música en la cocina de Temuco sigue hasta que el cántico cesa y el doctor Milton Peverini, un uruguayo crecido en Argentina, abogado, consejero juvenil y educador, habla y lo hace con ese español sin acento (como si no fuera de ningún país) igual al que desarrollaría el tercer hijo, Patricio.

—Escuchan ustedes el programa mundial… ¡La Voz de la Esperanza! que proclama un mensaje cristiano de paz, de seguridad… ¡y de amooor!

Las voces regresan.

—Cristo muy prontoooo, vendráááá…

Empieza a bajar la música y Peverini vuelve a hablar. Lo hace como un adulto que lee con cariño a un niño. Cuenta la historia de dos bebes cambiados al nacer por error y cómo la verdad llega quince años después cuando la grave enfermedad de uno de los niños conduce a su familia a hacerse pruebas de compatibilidad que certifican lo que hasta ese minuto era impensado para todos y…

Peverini maneja con oficio los hilos que hacen la entretención, administra el tono, crea pausas, genera expectación, atrapa. Todos los Navia Lucero están absortos en la narración, el silencio baña su cocina como todos los domingos. También hay palabras de reflexión.

—Este mundo se halla sumido en un terrible y profundo abismo –Peverini se ha puesto muy serio. Este mundo se encuentra abrumado por una oscuridad aún más densa que la que existe en el fondo del mar o en las entrañas de la tierra. El crimen y el odio se han desatado sobre la faz del planeta.

Y así sigue Peverini hasta que dan ganas de gritar de miedo por “las fuerzas de las tinieblas” y el “desquicio moral” y entonces reconforta con amabilidad.

—Pero Él tiene un plan infalible para sacarnos del abismo y conducirnos a su gloria, a la gloria de la felicidad de la vida abundante y eterna.”

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Si voy a votar en las primarias, voy a votar por Velasco. Yo creo que Andrés debería haber ido igual en noviembre. Estas primarias son más bien un tongo, la Concertación quiere legitimar a Bachelet, no que la gente escoja. La evidencia de eso es que quiere negociar todos los cupos para el Congreso. La gente podría escoger a los candidatos para el Legislativo si la Concertación creyera en la democracia, como dice que cree. Bueno, (responsables son) los jerarcas de la Concertación, los dueños de los partidos de la Concertación, que es un grupo no sé de 1.500 a 2.000 personas que están esperando volver a recibir sueldo estatal una vez que Michelle Bachelet vuelva a La Moneda. A veces sigo a mis trolls en Twitter y los que más me insultan siempre son así como ex Seremis de algo.

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Es probable que hayan sido muchas las noches de desvelo de Bernardo Navia Olmedo y Marta Lucero Bustos allá en la Araucanía. Noches completas escuchando la lluvia golpear el techo. Noches de darle vueltas a ese salto cuántico al que se veían forzados. Era una apuesta mayor, un giro a los destinos, lo sabían. Era fines de los años 80 y vivían en Temuco, cerca de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, donde Bernardo oficiaba de pastor. Dos de sus cuatro hijos ya estaban en la universidad y el tercero, Patricio, un alumno brillante en su último año de colegio, confiado de que sacaría puntaje nacional en la Prueba de Aptitud y entraría a Ingeniería o a Derecho. Pero no iba a alcanzar. No. El sueldo de pastor no iba a ser suficiente para que todos fueran a la universidad pero tampoco para que pudieran postular a alguna beca. Y ellos estaban decididos a que sus cuatro hijos estudiaran. Entonces un amigo, también pastor adventista que vivía en Chicago, ofreció su ayuda y Bernardo consiguió trabajo allá.

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Pese a la férrea observancia adventista del hogar de los Navia Lucero, Patricio Daniel tuvo desde niño una sensibilidad propia, auspiciada por su hermano Bernardo, tres años mayor, compañero de pieza que llegaría a ser Doctor en Literatura y profesor universitario en Chicago, que le mostraría a Julio Cortázar y que una fatalidad ocurrida décadas después, en tierras ajenas y con el nuevo milenio encima, los alejaría, dejando sin consuelo a Patricio, que lo contará con los ojos vidriosos y la garganta cerrada.

—Mi hermano mayor, medio hippie… su hijo mayor, Inti –de Intillimani, seguro, pienso– luego Leaf y después Rain.

Por el Nano, Patricio fue, a los 14 a

ntes de cumplir 18 años, e AlvaPatriciora marcha pol el Nano, su compañero de pieza. stal.ma en los que allun concierto de Alvaños, a su primera marcha de protesta política. Por el Nano, empezó a entonar al cantautor de la revolución cubana Silvio Rodríguez y al dúo chileno Schwenke & Nilo, con sus letras de crítica y descontento con la dictadura. Por el Nano estuvo en una de las históricas funciones en provincia de “Regreso sin causa”, esa obra perseguida que trata sobre una pareja que vuelve del exilio, con María Elena Duvauchelle y Julio Jung relatando el vacío, la desilusión del regreso con sueños truncados a cuestas y a un país que se desconoce. Así llegó Patricio a definirse (antes de dejar Chile, antes de cumplir 18 años) como de oposición, como más cercano al socialismo que a la Democracia Cristiana.

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Aunque a su mujer no le gusta que lo haga, a veces todavía hoy escucha a Silvio en su Ipod. Ella dice que son canciones tristes y él le encuentra razón.

—Son canciones que te hacen regresar a un momento triste y difícil de Chile porque el Chile de los 80 era un Chile terrible. Me tocó vivirlo, es algo que llevo conmigo pero no creo que nadie quiera volver. Por eso es que políticamente no entiendo cómo un montón de gente tiene tanta nostalgia del Chile de antes.

En la primavera de 1987 los Navia Lucero hicieron el viaje de nueve horas de Temuco a Santiago, seguramente en bus. Patricio tenía 17 años y nunca había estado en la capital más que camino a Valparaíso, cuando se iba a pasar el verano con abuelos, tíos y primos. Esta vez la familia se quedó una semana a finiquitar los tramites de inmigración en el consulado americano, entonces ubicado en el Palacio Bruna frente al Parque Forestal. Durmieron en Avenida Matta, en el departamento que les prestó un amigo del padre y al otro lado, en Blanco Encalada, los estudiantes de la Universidad de Chile protestaban contra el rector designado por Augusto Pinochet, José Luis Federici, empeñado en reducir personal, vender activos, cerrar carreras. Todos los días la violencia se disparaba y alumnos eran detenidos por Carabineros. Una alumna de Música fue baleada en la cabeza frente al Teatro Municipal. Federici se desplazaba con guardias y le habían puesto bombas en su casa.

Patricio no olvidaría ese Chile que un mediodía del mes de la patria, con 17 años, dejó para subirse, con el corazón dividido, a un Boeing de la línea Lloyd Aéreo Boliviano y tardar más de 24 horas en llegar a destino. Santiago-La Paz-Cochabamba-Santa Cruz-Ciudad de Panamá-Miami-Chicago fue el recorrido. Y fue difícil, muy difícil el cambio… muy difícil repetirá años después, con la mirada baja y con razón. Hacía frío en Chicago ese otoño de 1987 y los días eran largos. Nadie hablaba inglés, los adventistas americanos no iban mucho a la iglesia, Patricio y Benjamín asistían por primera vez a colegios laicos. Se acomodaban cuanto era posible cuando, a un mes de la llegada, recibieron una de esas noticias que detienen el tiempo, la sangre. Y no sería la última. Había muerto la abuela, la madre de Marta, en Valparaíso. Nadie de la familia pudo viajar y Marta lloró como sus hijos no la habían visto llorar antes. Pocos meses después, en marzo de 1988, se iba el abuelo materno (también en Chile) y luego el otro abuelo, el padre de Bernardo. Nadie pudo despedirse ni enterrar a los suyos.

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Un periodista de La Tercera dice al teléfono “Navia es un gallo súper winner, fíjate que está siempre donde hay que estar, es un tipo significativamente bien contactado, súper movido”.

Patricio Daniel Navia Lucero comenzó a tejerse una red de contactos antes de cumplir los 19, recién ingresado a la universidad más grande del área, la Universidad de Illinois. Fue hacia finales de un cálido verano, el de 1988, cuando la escasez de lluvia en Chicago obligó incluso a algunos barrios a restringir el uso de agua, que se topó con un letrero que lo detuvo. “Acto de Solidaridad con Chile” decía. Ese fue el principio. Corría septiembre, se cumplía un año de haber dejado el país junto a su familia y asistió al acto. Ahí estaban los chilenos. Un grupo de ardientes exiliados, manifestándose en contra del plebiscito que iría a realizarse el mes siguiente en el país, en octubre, el miércoles 5. Plebiscito en el que ganaría la opción No (con un 54%) y que implicaría la realización de las elecciones parlamentarias y presidenciales que pondrían fin a la dictadura. Aunque Navia era partidario del plebiscito (le pareció que ellos estaban muy desconectados de la realidad nacional), entabló amistades. Comenzó a frecuentar la Casa Chile en Chicago y el Centro Cultural Pablo Neruda y a participar en las actividades de la comunidad chilena del exilio. Intillimani, empanadas, dieciocho… A poco andar, se percató de la heterogeneidad y múltiples divisiones de la izquierda. Comunistas, socialistas, Mapu. Un montón de gente que no podía ponerse de acuerdo, pensó. Y entendió que la izquierda, como diría años después, “era una complicación”. Pero el sentimiento antidictadura hizo de aglutinador y el se sintió parte de aquella comunidad aunque discrepara con esa admiración que ostentaban por Fidel Castro.

Cuatro años después, en 1992, el presidente Patricio Aylwin llegó a Chicago y algunos miembros de la comunidad chilena de exiliados fueron invitados a un cocktail en el Hotel Intercontinental de la ciudad. Navia entre ellos experimentó, lo que gustaría en llamar, el primer shock anti-concertación.

—Llegamos con ganas de colaborar y reflexionar ¿qué vamos a hacer para reconstruir el país? y resulta que todos los que venían en la gira presidencial se querían ir de compras. Llevaban dos años en el gobierno y ya solo querían ir al mall.

Aylwin se comprometió a mandar un cónsul y al año siguiente, en 1993, llegó Fernando Ayala González, economista y máster en ciencias políticas, que después sería Jefe de Protocolo de Michelle Bachelet y hoy, embajador de Chile en Trinidad y Tobago. Los chilenos del exilio vieron con recelo a Ayala. Recién cuando se ofreció para ayudar en la organización del evento Intillimani y presentó a la banda musical exiliada y retornada (que ese año había lanzado Andadas, su primer álbum que figuró en el ranking internacional de Billboard) y dijo aquí están con ustedes los cantores de la libertad y la democracia, en la comunidad chilena de exiliados se tranquilizaron. Aahhh fue el murmullo de alivio que se escuchó entre los asistentes. Aahh, sííí, es de los nuestros.

Patricio entabló amistad con Fernando y tres años después, en agosto de 1996, cuando se realizó en Chicago en el United Center la convención que nominó a Bill Clinton para un segundo período presidencial, éste le presentó a Sergio Bitar. Por entonces Navia ya había terminado el Master of Arts en Ciencias Políticas en la Universidad de Chicago, tenía buenos amigos en cargos políticos y formaba parte del mundo académico que estudiaba América Latina en Estados Unidos. Y así llegó un día de agosto de observador al 1901 de la West Madison Street, ese estadio donde se realizan conciertos y campeonatos de basketball o hockey, escenario de la convención del Partido Demócrata. A Navia, Bitar le pareció un tipo brillante, un senador de verdad, seriamente interesado en saber lo que pasaba en el mundo. Bitar se dio cuenta de que Navia manejaba los temas, así que le pidió que le mandara correos, a él y a otros contactos que él agregó.

—Esa fue la forma como, en cierto modo, me convertí en referente de opinión.

Eran emails con información relevante y se fueron agregando nombres al mailing que en el 2005 llegó a sumar más de mil personas. Y esa amistad se mantendría en el tiempo y a Patricio, Sergio le seguiría pareciendo uno de los tipos más claros de la Concertación y, a veces, ambos, se darían el tiempo para almorzar sin apuro, en Santiago, en Washington.

A principios de 1999, cuando Estados Unidos ardía con las confesiones de Mónica Lewinsky sobre sus momentos de intimidad con Bill Clinton, Ricardo Lagos, presidenciable, desayunó en el 680 Park Avenue, el Council of the Americas, la organización fundada por David Rockefeller que busca promover el libre comercio y la democracia en los países de América. Navia fue presentado al candidato por su amiga la periodista Karen Poniachik, que trabajaba ahí. “Este es el más laguista de los laguistas en Nueva York, el jefe de la campaña aquí” le dijo riendo. Patricio se avergonzó pero al día siguiente tuvo su reivindicación, era un soleado sábado de febrero cuando un grupo de treinta chilenos almorzó con Ricardo Lagos en un departamento de un cuarto piso con una gran vista al Washington Square Park y el futuro presidente, encantado de la acogida, preguntó quién había gestionado el encuentro. Delante de todos los presentes, interceptó a Navia.

—A ti te quiero en Santiago cuanto antes, para que nos ayudes a organizar la campaña.

Ese mismo año, en una conferencia en la Universidad de Nueva York, donde hacía su Phd, Navia se topó con el escritor chileno Alberto Fuguet. Hubo un cocktail y se le acercó.

—Oye, yo hice un review a un libro tuyo.
—¿Dónde lo publicaste?
—En mi página web.
—Pero si ahí nadie te lee.
—Cuando uno escribe es porque le gusta, lo que dices es como que yo quiero jugar a la pelota pero solo si me contrata el Barcelona.

Fuguet lo invitó escribir a la revista Capital. Empezó con columnas de libros (pero las usaba para hablar de política) y después de un tiempo Héctor Soto le dijo que mejor escribiera directamente columnas políticas.

***

Un hospital público en algún lugar de los 30 mil kms2 del estado de Guanajuato, lejos del mar. Un pueblo perdido cuyo nombre no se recuerda. Un fin de semana de Semana Santa. Es el año 2001 y hace calor. Bernardo Navia Lucero, hijo mayor de la familia, yace en una camilla. Tiene la cabeza hinchada, está conectado a un respirador. La mujer irlandesa con la que sale hace tres meses no está a su lado, sino afuera de la sala y llora y grita al teléfono en la recepción. Al otro lado, desde Brooklyn, Patricio le pide calma.

A 36 horas del choque en que Bernardo manejaba, Patricio entra al hospital, sintiendo que Dios no existe. El hermano con el que siempre compartió pieza en la casa de sus padres está conectado a una máquina comúnmente enchufada. Teme un corte de luz. Tengo que sacarlo rápido de aquí, se dice. Tengo que llevarlo a Houston. El Nano está en coma, está en un hospital, está en una camilla, está en una sala paupérrima, está en una loma, está grave en el bajío mexicano. No puede morir, no, no, si muere voy a tener que avisarle a mis papás, no, no puede morir.

El empleado del seguro médico está al teléfono.

—No se puede mandar una ambulancia aérea sin que antes vaya un doctor a certificar la gravedad del paciente.
—Pero mi hermano se puede morir, no hay tiempo para eso.
—Llámela usted entonces.

Patricio llama por su cuenta a la ambulancia aérea. Lo acompaña uno de sus buenos amigos mexicanos.

—Sí, la podemos mandar –dice alguien al teléfono desde Houston. Cuesta 15 mil dólares.
—¿Toman tarjeta de crédito? –y Patricio dicta su número de tarjeta.

En el Aeropuerto Nacional Capitán Rogelio Castillo, a quince minutos del centro de la ciudad de Celaya, junto al río Laja, Navia ve con ansias aterrizar un avión ambulancia. Ha llegado desde Houston en el estado de Texas, 1500 kilómetros bordeando el Golfo de México, 1 hora y cuarto de viaje. Se bajan los paramédicos y sus equipos. Problema. No hay cómo trasladarlos al hospital. Patricio arrienda otra vez. En un auto ambulancia llegan y acomodan a Bernardo para el viaje. Patricio toma del brazo al que parecía el jefe de los paramédicos.

—Por favor que no se te muera mi hermano.
—No se nos va a morir. Puede que no despierte más pero no se nos va a morir –y le pasa el papel para que firme la autorización de traslado.

Seis meses estuvo Bernardo Navia Lucero en un hospital de Houston. Dos, en coma profundo. Patricio le revisaba las tarjetas de crédito, llamaba para entender los cargos, se enteró de sus patrones de consumo y Bernardo era un tipo gozador y mujeriego. De a poco empezó a abrir los ojos y a dar señales de que veía gente. A los tres meses empezó a preguntar ¿qué pasó? Los Navia Lucero le explicaban. Se dormía. A las pocas horas despertaba y volvía a preguntar lo mismo. No tenía memoria corta, solo larga, de la infancia. Fue recuperándola desde atrás para adelante. Salió en silla de ruedas. Tuvo que aprender a caminar.

—Hoy tiene algunos problemas… son motores. Pero igual se mueve bien. Piensa que podría no haber vivido. No puede manejar, medio chueco pero con lentes lo corrige. Pero todavía de pronto tu decí este hueón está como, como medio raro. Fue el momento más duro de mi vida y de mi familia. Tuvo pérdida cerebral pero no se le rompió, o sea, está todo adentro… cuando llegué al pueblo –la voz se le corta– …esto es lo único que me emociona. Bernardo tuvo una recuperación difícil y se enojó con la vida y con todos. Trató de rearmarse, alejándose. Él sintió que la vida fue injusta. Se casó con la irlandesa que iba en el auto pero no le avisó a nadie, ahí sentí como… oye po hueón, yo te fui a buscar.

***

No voy a votar por Longueira, eso te lo aseguro. Si yo fuera el último voto y me dicen Longueira o Bachelet, voto por Bachelet. Entre Allamand y Bachelet, me costaría. Tengo muchos problemas con los dos, hay cosas que me gustan de ambos. Pero no voy a ir a votar al final, porque va a ganar Bachelet, pero no con mi voto. Es más, voy a invitar a abstenerse para que gane con la menor votación posible.

***

Cae la tarde un día de verano en marzo de este año. Cae roja sobre la cima del cerro Santa Lucía, ahí donde Pedro de Valdivia fundó Santiago, hace casi 500 años. Y el rojo del cielo combina con el fuego de las antorchas y las velas que rodean una fuente de agua circular y afrancesada que está en la terraza. Ahí, afuera de un castillo que a comienzos del siglo 19 fue una fortaleza construida por un militar para dominar la ciudad, ahí, en esa construcción que es hoy el Castillo Hidalgo, un elegante centro de eventos, espera, también elegante, Patricio Daniel Navia Lucero. Tiene 42 años en uno de los días más importantes de su vida. Se ha puesto un terno oscuro y una corbata azul paquete de vela con un pañuelo a juego, bien ubicado en el bolsillo de la chaqueta. “El negrito de Harvard” como le han preguntado tantas veces si no le molesta que lo traten así. “El hijo de la señora Juanita” como ha dicho de sí mismo. Porque nadie le regaló nada, aquí sí es cierto, y su historia es una de las historias de ascenso meritocrático más puras del Chile contemporáneo.

La canción en off de la escena debiera ser de Illapu. “Vuelvo, amor vueeeelvo. A saciar mi sed de ti.
Vuelvo, vida vueeeelvo, a vivir en mi país” porque ese día de marzo, 26 años después de aquel largo viaje emprendido en Lloyd Aéreo Boliviano rumbo a Chicago, Patricio Navia, convertido en un profesional reconocido asentado en dos países, tomaba a una mujer joven de pálida piel morena y perfecta belleza chilena, igual que su madre Marta, para iniciar su propia familia. El único Navia Lucero que volvió. Sus padres viven en una comunidad adventista en Michigan y no hablan inglés y sus tres hermanos, también viven en Estados Unidos.

Sobre la terraza de baldosas Córdova, Navia se ve tranquilo, nervioso y contento, como todo novio. Posa para las fotos, se abraza con seres queridos, sonríe, conversa con su madre. Marta Lucero, abuela de siete nietos, ex trabajadora de una lavandería y ex encargada del aseo en un hotel, hoy consigue reunir a sus cuatro hijos en su casa todos los años para el día de Acción de Gracias, el último jueves de noviembre. Marta, erguida al lado de su hijo, cálida y sonriente con un traje concho de vino y sendas margaritas las mejillas.

De los tres hermanos de Navia, solo viajó uno, Pedro, el segundo, con el que Patricio comparte la pasión por el fútbol. El menor, Benjamín, es parco en sus gastos y el mayor, Bernardo, con tres hijos, no se pudo organizar. Cuando ya es de noche, llega la novia. Delgada, de blanco y velo. Un vestido strapless, largo y ajustado deja al descubierto los hombros bien formados, las clavículas y sus sugerentes fosas superior e inferior, unos brazos firmes y delineados y una cintura pequeña. La acompañan un par de aros largos revoltosos, un ramo de flores en lila y azul, un fino cintillo en la cabeza y el pelo suelto, libre liso con las puntas onduladas. Se ha bajado de un convertible antiguo, un Ford Mustang Cobra de color blanco con carrocería de cuero rojo arrendado para la ocasión.

Patricio y su madre, del brazo y sonrientes, se abren paso entre los invitados. Detrás, Macarena del brazo de su madre. Patricio se acerca, besa a su suegra, toma de la mano a Macarena, se besan en los labios, intercambian unas palabras alegres, ella le toma el brazo con orgullo y avanzan. Los asistentes se ponen de pie. Caminan hasta situarse frente a una mesa de madera rústica. Detrás, un hombre con un micrófono les habla en ese tono formal que se le escucha al chileno clase media. Luce un terno azul oscuro, una corbata gris plata con un pañuelo igual, la partidura al lado de una abundante cabellera con escasas canas y lentes ópticos. Está elegante y evidentemente contento. Es el padre. Es Bernardo Navia Olmedo, pastor adventista, hoy jubilado.

—Cuando le pedí matrimonio a la Maca y ella dijo que quería una ceremonia religiosa yo pensé, sin decirle nunca nada, si le pide a mi papá que nos case se va a anotar un golazo… y, de hecho, mi papá la ama. Era la movida política a hacer pero no puedes darle recomendaciones políticas a tu pareja.
—Patricio Daniel Navia Lucero ¿prometes delante de Dios y en la presencia de todos estos testigos tomar a Macarena Donoso Rojas para que sea tu esposa de acuerdo a la ordenanza de Dios en el sagrado estado de matrimonio? ¿La amarás, la consolarás, la honrarás, la protegerás en la enfermedad y en la salud, en la prosperidad y en la adversidad…?

Patricio escucha con el ceño fruncido de concentración y solemnidad, las cejas largas hacen la forma de una s.

—…y renunciando a todas las dem lo declaras?ara ella mientras ambos vivieren. ¿Astracin la adversidad… a Macarena Donoso Rojas para que sea tu esposa de acueás te conservarás solamente para ella mientras ambos vivieren. ¿Así lo declaras?

Las manos femeninas de Macarena y las toscas de Navia se tocan, intercambian argollas y ella cierra el acto con un beso, acariciándole con el pulgar un pómulo, cerca de su lunar.

—Tengo el placer de presentar a ustedes esta noche –dice el padre – al nuevo hogar formado por Patricio, nuestro hijo y Macarena, otra de nuestras hijas, y los invito a aplaudir esta decisión.

Los novios dejan la terraza y entran a un salón con mesas de mantel negro y mozos con pechera rayada. Marco Enriquez Ominami y Karen Dogenweiller, José Pablo Arellano, Héctor Soto, Andrés Velasco y Consuelo Saavedra, Karen Poniachik, Pablo Gazzolo, Marcelo Tokman… Patricio toma el micrófono.

—Hola, buenas noches, muchas gracias a todos por venir (…) a todos, hay amigos acá que, bueno, son mis amigos desde antes que naciera Maca.

Todos ríen.

—Quiero felicitar a Patricio –dice Macarena– por haber escogido a una mujer buena, guapa e inteligente.

Se gana las carcajadas de los invitados y un beso de Patricio antes de agregar:

—Pero también me quiero felicitar a mí por entregarle mi corazón al hombre más maravilloso de este mundo.

Macarena sueña con ser escritora, es asesora del Subsecretario de Vivienda, tiene una revista digital con su nombre, está preocupada de la plantación de árboles en la Patagonia, es partidaria de legalizar la marihuana y su candidato es Andrés Allamand. Tiene ángel y modales de colegiala. Es atractiva y cuando sonríe, lo hace tan generosamente que el labio superior se recoge y deja las encías al descubierto.

Él toma nuevamente el micrófono y dice que quiere hacer un recordatorio “a aquellos amigos que por su orientación sexual en este país no tienen el mismo derecho que tenemos Maca y yo de celebrar nuestro amor. Esto lo acordamos. Y lo acordamos al punto que yo digo matrimonio igualitario y Maca dice Acuerdo de Vida en Pareja.

—Pato, yo te prometo –dice ella– que me voy a esforzar por hacerte feliz el resto de mi vida, te amo.

Patricio y Macarena bailan abrazados. Suena la canción Tan Enamorados de Ricardo Montaner. Se besan. Ella tiene sus manos sobre los hombros de Navia, los ojos cerrados y una sonrisa pintada. Se ve tan feliz, se nota que se siente cuidada y amada. “Taaaan enamorado de tiiiii que la noche dura un poco máááásss…. Y te haré compañía más allá de la vida, yo te juro que arriba te amaré máááásss”. La fiesta está animada, hay bolas de espejo, una orquesta y cotillón. Las mujeres se sacan los zapatos para bailar mejor.

***

La primera vez que vine largo a Chile tiene que haber sido el 2000, a trabajar con el Pepe de Gregorio y la Karen Poniachik, que conocí en la campaña, al Comité de Inversión Extranjera. Andrés Velasco me arrendó su depa en Andrés de Fuenzalida. Me pasé tres meses aquí y fue traumático. Los domingos en la tarde salía a pasear por Providencia hacia arriba, hacia abajo y lo único que abierto era esa hueá muy mala que se llama ¿Lomitos, no? Asquerosa. Hasta hoy me cuesta acostumbrarme. Me cuesta la lentitud de la gente, los almuerzos familiares de dos a ocho los domingos, las conversaciones sin ir al punto. La Maca quiere que vivamos acá pero antes pasar algunos años en Nueva York. Yo viviría toda mi vida en Nueva York si pudiera. Mi mundo ideal sería un semestre al año en Nueva York y el resto del tiempo aquí.

***

El jaleo empezó la víspera de noche buena, como si de un buen augurio se tratara, con un corto Feliz Pascua por email del candidato presidencial, Sebastián Piñera. Patricio Navia se dio cuatro días antes de contestar y cuando lo hizo, fue para declararle que se encontraba “oficialmente indeciso” y plantearle, en un extenso párrafo, los tres temas que lo frenaban para apoyarlo y “llamar a votar” por él en la segunda vuelta que se avecinaba. Sebastián Piñera retrucó escueta pero calurosamente. Le garantizó, sin entrar en especificidades, que no debía temer y aseguró que lo estaban esperando. Cuatro días después, el lunes 4, Navia volvió al ruedo. Se sentó frente al computador y le aseguró su apoyo. “Creo que serás un mejor presidente que Frei y al final it comes down to that”. Además, ese lunes, Navia habló por teléfono con el director del diario La Tercera, Cristián Bofill, que sabiendo su decisión, le pidió una columna que justificara su voto. Él dijo que aún no estaba listo, aunque se comprometió a hacer un intento. Y volvió al computador y lo que salió fue “De concertacionista a votar por Piñera: opción legítima” donde entregó razones para hacer lo que había hecho pero sin explicitar que lo había hecho. El famoso se cuenta el cuento pero no el santo salió publicado al día siguiente, el martes 5, en La Tercera.

Aquel lunes 4 de enero, quizá Patricio Navia estuvo en la calle, junto a cientos de santiaguinos, mirando a la Pequeña Gigante acompañada de su tío el señor Escafandra, celebrando el bicentenario de Chile. Y por la noche, tal vez, aprovechó de ir a ver teatro, alguna obra de la nueva versión del Festival Internacional Santiago a Mil, que se realizaba esa semana, como todos los eneros y, por eso, se acostó tarde, a lo mejor después de las 12 de la noche del 4, de madrugada, es decir, ya el 5. El 5 de enero del 2010. Un día que difícilmente iría a olvidar. Un día que para algunos, fundamentalmente concertacionistas, sepultó para siempre la credibilidad, prestigio y perfil del analista.

En la mañana del martes 5, mientras los jóvenes chilenos se matriculaban en las universidades, Patricio Navia dormía profundamente en un departamento en el barrio El Golf, en su cama, tal vez solo, tal vez acompañado. A las 7 de la mañana, el sonido de su teléfono móvil interrumpió la respiración armónica del que duerme tranquilo.

—¿Aló? –la voz áspera, seca de los recién despertados.
—Te estamos llamando para una entrevista aquí en la Radio Duna –dice la periodista Constanza Stipicic.
—Pero Coni … –se rasca los ojos, se saca el teléfono de la oreja y mira la hora en la pantalla.
—Patricio, es importante.
—Será importante para ti, pero no hay ninguna hueá importante a las 7 de la mañana –y cuelga.

Como el teléfono no paraba de sonar, Navia le bajó el volumen y siguió durmiendo. Una hora después, despertó. Ya eran pasadas las 8 de la mañana y el teléfono aún sonaba.

—¿Aló? –de nuevo la voz áspera de Navia en pijama, calzoncillos o desnudo.

Es el periodista Mauricio Hofmann de la radio 95 Tres FM, con toda la vitalidad de su segundo día de emisiones al aire en el programa de actualidad Alerta Temprana, de lunes a viernes a las 7:30.

—Hola, te queremos entrevistar por una cosa que salió en… ¿podemos salir al aire?
—Sí, sí…

Tú estás apoyando a Piñera…

—¿Cómo sabes eso? –Navia tragó saliva.
—Salió en El Mercurio.
—¿Me lo puedes leer?
—De Patricio Navia a Sebastián Piñera. 4 de enero. Feliz 2010. Este fin de semana me decidí. Votaré por ti. Voy a escribir una columna explicando mis razones. Creo que serás un mejor Presidente que Frei, y al final it comes down to that…

Hofmann leyó el mail completo. Navia se había quedado mudo. Estaba enojado y asustado.

—¿Usted escribió ese correo?
—Bueno… sí, es como el correo que yo escribí…
—Entonces, es verdad.
—Me sorprende… que lo tengan ustedes, que lo tenga El Mercurio… pe, peeero, sí, es verdad… yo, voy, voy a apoyarlo.

Corta con la radio y sin bañarse ni vestirse ni comer Patricio se sienta frente al computador y manda dos correos. Uno a Cristián Bofill, su jefe en el diario. Mira, pasó esto, o sea, supongo que ya sabes… y le reenvía el intercambio de correos con Sebastián Piñera. El otro, al candidato presidencial, expresándole su malestar porque los correos privados no se distribuyen. Al poco rato, lo llama el jefe de campaña, Rodrigo Hinzpeter, mi hermano.

Te quiero asegurar que no fuimos nosotros.

—Pero Rodrigo, no fui yo así que fueron ustedes.

A continuación, el llamado de Sebastián Piñera. Que mil disculpas. Navia habla de deslealtad y agrega, es lo mismo que te hicieron a ti cuando te grabaron y luego te pusieron en la televisión (rememorando el episodio de Ricardo Claro y la grabadora Kioto, en 1992). Piñera dice que no sabe nada y, como es su costumbre, usa los tres adjetivos de siempre: está sorprendido, está preocupado, está nervioso. La preocupación principal de Patricio es Cristián Bofill y le pide que lo llame. Piñera dice veamos qué podemos hacer. También dice estamos averiguando quién fue pero yo se lo mandé a Rodrigo y a Alberto, tiene que haber sido Alberto Espina porque además lo publicó un periodista que trabajó con él. Años después se irían a encontrar Patricio Navia y Alberto Espina en Temuco y Espina se le acercaría para decirle oye, dijeron en esa época que yo filtré eso, y obviamente, no fui yo, quería que lo aclaráramos. Y Patricio se acordaría de Al Pacino en El Padrino. “El que te venga a decir que tienen que hacer la reunión, ese es el traidor”.

—¡Pato, la embarraste! ¿Cómo le mandas un correo a Piñera? Si Piñera no se puede quedar callado, Piñera filtra todo… –Bofill aparece al teléfono.
—Pero Cristián, no tenía sentido que filtrara esto –arguye ya más aliviado con el llamado –hubiera tenido mucho más efecto que yo sacara una columna el domingo, como tenía pensado hacer, declarando que votaba por él. Ahora, en cambio, la noticia es la filtración y no mi voto.

Después de hablar con Bofill y seguramente ya duchado y desayunado, Navia regresa al computador a escribir una nueva columna. “Nadie debería ser considerado héroe o traidor por decidir libremente” aparece en La Tercera el miércoles 6 de enero, cuando él duerme o lee desvelado, como suele hacer a bordo de un avión, rumbo a una conferencia en Stanford.

Cuando vuelve al país, unos días después, se incomoda. Hay gente que se siente traicionada. Hay gente que estima que su posición ayudó a convencer a otros. A él no le parece que haya pertenecido a ninguna tribu a la que le debiera nada, pese a que había dicho muchas veces que era concertacionista, y tampoco cree haber persuadido a nadie. Aún más, seguirá convencido de que los columnistas deben transparentar su voto, que un analista sin preferencias políticas es como un comentarista deportivo al que no le gusta el fútbol y que Héctor Soto vota por la derecha, Carlos Peña no vota por la derecha, Ascanio Cavallo Democracia Cristiana, Sebastián Edwards dice por quién vota, Eduardo Engel igual y Andrés Velasco, cuando era columnista, también. Porque es de todo el sentido del mundo, acentuará, porque no existe la objetividad en una columna. Los periodistas lo persiguen para saber qué hará después de lo ocurrido. En ningún momento piensa cambiar su voto y aunque Sebastián Piñera le seguirá pareciendo una persona bastante deshonesta, no se arrepentirá de haber votado por él porque era lo mejor para Chile y porque jamás habría escogido a Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Además, precisará, recalcando con el tono cada vez que surja la oportunidad: Yo nunca he llamado a votar por nadie.

***

—Pero bueno, todos los políticos son así –dice Patricio Navia, recordando conmigo, desde la comodidad del paso del tiempo y a buen resguardo del invierno en un local tibio y con un café colombiano en los labios. –Como dice Vidal, Piñera es incontinente. Debería mostrarte los correos… mira, en el correo que sacó El Mercurio, hay un párrafo que el diario eliminó. Yo le digo que además hay una cosa que me da una intuición correcta sobre él… que sus hijos son mucho más normales que… pero eso no lo publica nadie. A mí me parece ese el principal argumento de todos los que conozco para votar por Piñera. A lo mejor es la señora.
—¿Por qué se te asumía concertacionista?
—Me avergüenzan aquellos que defienden las dictaduras, ya sea de Pinochet o de Fidel Castro, yo defiendo los derechos humanos y eso, mucho tiempo, te pudo hacer concertacionista. Voté siempre por la Concertación hasta que voté por Piñera, tengo amigos en la Concertación así como tengo amigos en este gobierno. No selecciono a mis amigos a partir de qué color político tienen, los selecciono a partir de si me parecen gente inteligente, aunque en general tengo amigos más liberales que ultra conservadores, pero tengo algunos amigos conservadores también.
—¿Has vuelto a ver a Sebastián Piñera?
—Un par de veces, me cae bien, le tengo cariño de antes.

Antes de la filtración de los correos, entre el 2005 y el 2009, se juntaron varias veces a comer en Nueva York. Patricio elegía el restaurant y Piñera invitaba pero, según Navia, siempre recuperaba toda la plata con creces porque revisaban muchos temas. El Presidente hacía las preguntas correctas y eso era desafiante para el analista que después de dos horas, quedaba intelectualmente exhausto.

—Piñera te saca toda la información que quiere. Lagos, en cambio, si estas dispuesto a escucharlo, te va a hablar seis horas. Bachelet se preocupa por ti, es muy personal… yo tengo unas fotos, que muestro en mis presentaciones, de Bachelet y Piñera abrazando gente. Ella, cuando abraza, siente el dolor y él está mirando a quién le toca después. Pero Piñera entiende y Bachelet no entiende, es una irresponsable.

Por desobedecer a Yahveh, Jonás el profeta fue tragado por una ballena durante tres días hasta que un milagro le permitió llegar a tierra firme.

Quienes piensan que la vida contemporánea también nos ha despojado ya de la posibilidad de ese tipo de aventuras están invitados a subirse al antiguo y estropeado tren que dos veces por semana se agita, estremece y hunde en las profundidades de la pampa argentina mientras trata de unir las ciudades de Córdoba y Buenos Aires.

La primera condición para ganarse un lugar en las costillas de este cetáceo ferroviario es tener un sentido del tiempo medieval, despojado de urgencias y segunderos. No solo porque hay que comprar el pasaje con dos meses de anticipación, ya que apenas sobrevive un convoy con muy pocos vagones, que se llena en un suspiro y se paga con un billete de 50 por su asiento más barato (el boleto en ómnibus puede costar hasta nueve veces más). Además, hay que estar dispuesto a encarar la travesía sin ninguna expectativa precisa sobre la hora de llegada: el viaje a Buenos Aires en este tren demora hoy, en 2013, más que lo que demoraba a fines del siglo XIX, en 1890, cuando se habilitó por primera vez el servicio directo entre las dos ciudades más grandes de la Argentina.

En mi caso, fui a comprar el pasaje los primeros días de octubre pasado y me informaron que tenía lugar recién para enero. Aunque, me dijo la empleada, ha quedado un solo pasaje, en la categoría turista, la más barata, para el 27 de octubre. Debí haber sospechado de ese misterioso boleto sobrante: era el último en venderse, pero tenía el número 1.

A las 13.30 de ese domingo, el mismo en que se celebraban elecciones legislativas nacionales, llegué a la Estación Mitre, un rancio y hermoso edificio del neoclásico europeo que reluce junto a las vías como un piano de cola olvidado en un baldío. Ya hay un centenar de personas que despacha equipaje, compra pebetes y gaseosas a los pocos vendedores que se le animan a la siesta y hacen la cola para subir. Una vez adentro, se advierte que la empresa concesionaria nunca puso demasiado empeño en rescatar la estación. Un viejo reloj de pared decorado con relieves está detenido eternamente en las 11.07. Dos largos bancos de madera obstruyen el paso a unas escaleras. Las viejas boleterías con rejas de bronce permanecen cerradas. El lugar luce como esas casas abandonadas que son ocupadas ilegalmente por habitantes no se preocupan por hacer mejoras ya que saben que en cualquier momento irrumpirá la Policía para desalojarlos.

Algo así es lo que acaba de suceder, ya que el Estado nacional, cansado de aportar toneladas de billetes para el mejoramiento del servicio ferroviario sin resultados a la vista, decidió reestatizarlo hace 40 días. La Secretaría de Transporte de la Nación informa que, hasta setiembre de este año, el Estado llevaba pagados más de 3.391 millones de pesos en subsidios para el sistema ferroviario de todo el país. El año pasado pagó 4.708 millones por el mismo concepto, una cifra que, por ejemplo, triplica al presupuesto de la Universidad Nacional de Córdoba para el año en curso.

Luego de hacer la cola, me derivan hacia el vagón 202. Es el segundo de una formación de seis. Como es el coche de los lugares más baratos, vamos más de 100 pasajeros en el mismo espacio. No hay aire acondicionado, como en la categoría pullman, sino nueve ventiladores metálicos, que parecen las hélices de nueve aviones que hubieran sido incrustados de nariz en el techo. Rápido descubro por qué mi asiento era el único que no se había vendido de todo el tren: es el último, está casi apoyado contra la pared del vagón y no se reclina. Además se encuentra junto al baño, por lo que viajaré 652 aromatizados kilómetros.

Trato de ser optimista: el asiento está limpio, hay mucho espacio para estirar las piernas y me tocó ventanilla. Cuando me asomo hacia el vidrio, descubro a centímetros de mi nariz una araña suspendida en un sommier sedoso, patas extendidas, mirándome con sus ocho imperceptibles ojos. Hace mucho calor. Ya estoy hecho sopa. A las 14.35 suena una campana y cinco minutos después, apenas con 60 segundos de demora, el tren arranca con esfuerzo, como si la noche anterior alguien hubiera colocado pegamento en las vías.

Mis compañeros de vagón lucen experimentados con el itinerario: algunos cargan grandes bolsas con bananas y naranjas, otros cajas de zapatos repletas de sánguches. Un grupo de mochileros sube al vagón con calentador y sartén. En el asiento delantero una madre y su hijo colgaron de un perchero una bolsa con turrones, gaseosas y una tira de pan. La mujer que va en el asiento al costado del mío se descalza, se quita las medias, saca una almohada de la valija, la acomoda en el apoyabrazos y se acuesta, apoyando las piernas sobre la ventana en un ángulo de 90 grados. Yo también pensé qué hacer durante este viaje desmesurado: cargué un ejemplar de Moby Dick: 700 páginas y 900 gramos de novela para saldar una vieja deuda de lectura de mi adolescencia. ¿Qué mejor que un largo viaje en tren para hacerlo?

El tren avanza a velocidad de silla de ruedas. Nadie pudo pisar el andén para despedir a sus familiares. La empresa no lo permite. La escena final de El secreto de sus ojos –la última película argentina que ganó el Oscar–, con los amantes separándose en la estación, habría sido imposible con estas directrices de la concesionaria, y a Soledad Villamil la habríamos visto apretada detrás de una reja mientras un guarda de porte contundente le impedía correr detrás de Darín.

Apenas abandonamos la estación, pasamos junto a otro tren abandonado y destruido, con los vidrios reventados y la pintura saltada, un cadáver de tren que yace al costado de la vía principal. Allí puede verse la peor fotografía que alguien podría tomar en esta provincia tan afecta a las postales turísticas: un pequeño edificio ferroviario abandonado, con un cartel que dice “Córdoba” en letras grandes, ha quedado ahí, como una metáfora cruel, destrozado por el paso tan lento y fatal de la indiferencia.

Antes de viajar eché un vistazo al mapa de líneas ferroviarias con que cuenta hoy la Argentina. Lo que supo ser una profusa telaraña que extendía sus tentáculos extractivos desde las zonas de la campaña con recursos naturales hacia la salida del Puerto, hoy es solo un garabato infantil que incluye dos líneas interprovinciales de transporte de pasajeros: las que unen Buenos Aires con Córdoba y con Tucumán. Eso es todo, señores pasajeros.

Las vías atraviesan como cicatriz el rostro de la región agrícola más productiva de la Argentina. La pampa mitológica, el útero de los graneros y delirios nacionales. A las 15.20, luego que el paisaje se ruralizó, pasamos junto a la primera plantación de soja de las centenares que veremos durante el trayecto. La siesta aplana todo, pareciera que lo único que sigue en pie a esta hora del día son las torres de alta tensión y los silos repletos de oleaginosas.

Antes comprobamos el romance del ferrocarril y la pobreza que acompaña todas las zonas urbanas: villa miseria tras villa miseria tras villa miseria. El tren pasa por los patios de miles de casas cordobesas, rosarinas, bonaerenses y porteñas. Mientras los árboles golpean los vidrios, nos deslizamos a solo un metro de hornos chilenos, piletas pelopinchos, macetas con geranios, bidones con agua, calzoncillos y corpiños abrochados en alambres, bolsas de basura, un jesucristo tatuado en una espalda, mochilas escolares con la cara de Violetta, un caballo overo, madres con sus hijos que observan, abrazados en la puerta de su única habitación, nuestra estruendosa intromisión en sus hogares.

Me acuerdo de cuando era un niño y vivía en una casa, en Villa Dolores, en la que el tren a Buenos Aires también pasaba por el patio. Todos los días la locomotora y sus vagones atravesaban los fondos de todas las casas de la cuadra, a 10 metros de la pileta celeste de lona en donde nos bañábamos con mi hermano mientras saludábamos a los pasajeros, a cinco metros de la soga donde mi madre colgaba la ropa a secar. Teníamos un perro llamado Mundial, que nos regalaron el día que comenzó el Mundial de Fútbol ‘78, que cada tarde perseguía al tren, cruzándose de un lado a otro frente a la locomotora mientras le ladraba, hasta que un día la locomotora le ganó y lo dejó por ahí, estampillado sobre los durmientes.

El tren nunca alcanza velocidad, es un maratonista agotado. Va a paso muy lento, perdería una carrera con una liebre, con un gato. Cuando llegue a la estación de Retiro podré sacar el promedio de velocidad: 32 kilómetros por hora. Es exactamente la velocidad máxima que puede alcanzar la ballena azul, el animal más grande y pesado que existe en la Tierra. El león marino de California y hasta un tiranosaurio rex, dice Wikipedia, nos ganarían una cuadrera con facilidad.

Este tren jamás alcanzará una celeridad constante aceptable para las urgencias de esta época mientras siga haciendo rodar estos vagones que rozan el siglo de vida y mantenga vías desvencijadas que no soportarían la presión y tensión de un convoy lanzado a alta velocidad.

El gobierno –pese a que el tramo estaba concesionado a la empresa Ferrocentral SA desde 2004– anunció hace dos meses una inversión oficial de 2.512 millones de pesos para reconstruir el tendido entre Buenos Aires y Rosario. El resto de las vías, hasta Córdoba, serían motivo de una futura licitación.

Si este mismo trayecto lo hiciéramos en el tren de alta velocidad que probó exitosamente este año la Central Railway de Japón para unir las ciudades de Tokio y Naguya, llegaríamos a Buenos Aires en menos de 80 minutos, a velocidad constante de 500 kilómetros por hora. Pero la aventura en las costillas de esta Moby Dick metálica que aletea y arrastra su panza sobre las hectáreas sojeras de la patria dura hoy 20 horas y media. La llegada a Retiro será casi al mediodía, a las 11.03 del día siguiente. Atravesamos una de las praderas más productivas y ricas del mundo en un armatoste que va camino al desguace.

Pero ese horario está todavía demasiado lejano. Nuestra vecina, auriculares ocultos bajo el cabello, presiona rítmicamente los dedos de sus pies descalzos contra la ventanilla y se relaja en imposibles poses ginecológicas. El chico que va en el asiento de adelante con su mamá me pide prestada la lapicera y comienzan a completar un crucigrama gigante. Leen 19 definiciones seguidas sin encontrar una sola respuesta, a la madre le da un ataque de risa que dura unos 20 minutos y, avergonzado, él me devuelve la lapicera. La cercanía del baño es intolerable, pese a que lo desinfectarán dos veces durante el viaje. El calor aumenta las molestias. La mitad del pasaje masculino está en cueros. No veo la araña que estaba en la ventana y comienzo a sentir que me camina la nuca, la espalda. Hacen su ingreso triunfal dos empleados arrastrando un carro con sánguches de milanesa y gaseosas. Vaciamos el móvil. Por 18 pesos accedo a un modesto retazo de carne de vaca empanado, mayonesado y amortajado en plástico. Manjar. Mientras hago la digestión disfruto pensando que este viaje es la despedida de la vida y que vamos todos contentos, atravesando la noche, mordiendo pebetes de mortadela y empinando bebidas artificiales mientras vemos nuestras últimas imágenes del mundo.

Hace rato que se hizo de noche y no puedo dormir. Los ventiladores de techo fueron dejando de funcionar uno a uno a lo largo de la tarde. Apagaron las luces para todo el vagón a excepción de la zona de mi asiento: una luz debe indicar dónde está el baño, todo el tiempo. Conté las 11 veces que una mujer pasó a recargar el termo. En otro vagón se escuchan rasguidos de guitarra. El tren se detiene en medio del campo. Empleados con linternas caminan a los costados. Luego de la estación de Rosario la locomotora se ubicó en el otro extremo de la formación y salimos marcha atrás, ahora el paisaje corre hacia delante nuestro y así será hasta Buenos Aires. Ingresa un guardia y advierte: “Cuidado con las piernas y los bolsos. Vamos a prender las estufas”. Cuando se encienden, un vapor hirviente nos ataca a la altura de las pantorrillas y nos obliga a sentarnos doblados el resto de la noche, con las piernas hacia el pasillo, para no quemarnos. Por la ventana sigue entrando frío. La vestimenta ideal para este tour sería gorro y saco de lana, arriba; zunga y ojotas, abajo.

A las 4 de la mañana alguien encendió un cigarro de marihuana. La oscuridad disimula con piedad la vejez del tren, aunque luego de tantas horas, a este ritmo de otro siglo, cuando miro por las ventanas parece posible ver pasar una excursión a los indios ranqueles, el galope de las montoneras de Facundo Quiroga, las multitudes aguardando el paso del vagón presidencial para el saludo de Eva Perón. Vamos paralelos a la ruta nacional 9, las luces de los camiones y los autos nos superan como si estuviéramos anclados, haciéndonos sentir una anciana y pesada tortuga de Galápagos.

Alguien sintoniza una estación evangélica. “¿Pensaste alguna vez qué sucede cuando enojamos a Dios, pensaste en el castigo que nos merecemos?”. Otro responde con música de reggaetón. “Cuando miramos los cielos y navegamos el mar vemos el incomparable poder de Jehová”. Aumenta el volumen del reggaetón. Luego ambos se calman y silencian. El ruido del tren es una gran ventaja para los roncadores porque apenas se los escucha entre el estruendo. Se me ocurre elaborar un decálogo de ventajas para probar la superioridad de este tren antiguo sobre otros medios de transporte. Comienzo: el tren no aniquila la geografía como los aviones o sus parientes de alta velocidad, sino que hace gozar y sufrir los calores, los fríos, los olores del campo, los baches, las detenciones; es imposible ignorar el transcurrir de cada kilómetro. Sigo: tiene mayor distancia entre asientos y evita las piernas entumecidas.

Cuando está por amanecer me dispongo a probar otras dos ventajas del tren: la experiencia masculina de orinar de pie en un inodoro de acero inoxidable que se zarandea cual coctelera hacia todos lados, y que además permite ver pasar al fondo de su recorrido el pasto que brota entre los durmientes de quebracho colorado. La otra ventaja es que el tren permite caminar holgado por los pasillos, aunque estos coches redomones brincan tanto que obligan a avanzar aferrándose de lo que uno encuentra a mano para no caerse: una pelada acá, un bebé dormido en brazos más allá, un sombrero, un pecho de mujer, lo que sea.

El vagón comedor es modesto. Tiene sillas de caño y madera, mantelitos prolijos y el piso mojado. Hay pocas personas. El mozo ofrece un desayuno y por 15 pesos trae una taza de café con leche y dos medialunas aplastadas como bolsos de equipaje. Está sabroso. Afuera el paisaje es otro, más húmedo, con árboles más grandes, más verdes. Ahora sí, vamos rápido y el planeta corre frente a nuestros ojos con un estándar expresionista. Amanece sobre los campos emprolijados, sobre “la región más vegetal del viento y de la luz”. Si no fuera inodoro, podríamos reconocer el próspero perfume del glifosato. ”Votemos a Massa”, invita un pasacalles colgado frente a un pueblo. Hay gallinas, molinos de lata, casonas abandonadas, pozos australianos desportillados, tallos de maíces erizados como estalagmitas doradas, los gusanos blancos de las silobolsas.

Buenos Aires comienza a insinuarse con sutiles tajos de urbanidad. Un Ford Falcon con su capot abierto como la mandíbula de un caimán mecánico convertido en hotel de gallinas. Un torneo de bochas a centímetros de las vías. Un cementerio con panteones como cabinas telefónicas. Corrales de chanchos, muchos corrales. Luego, la repetición de basurales, la mugre, un canal convertido en desarmadero, kiosco, kiosco, kiosco, y otra vez las villas con los techos de chapas asegurados con piedras, como víctimas de un ataque con catapultas. Y más villas. Y uno adivina los ojos que se abren detrás de esas cortinas floreadas mientras el tren despertador vibra a metros de sus camas.

Este viaje no termina nunca. Córdoba quedó semanas, meses atrás. Pobre maquinista, alguien le estira el territorio argentino como un chicle y llegar a Buenos Aires cada vez le cuesta más. Nuestros bisabuelos lo conseguían más rápido. Se me cae un caramelo de menta, me agacho a recogerlo y se me cae la lapicera. No me agacho a buscarla por miedo a que se me desprenda la cabeza luego de más de 20 horas de sacudidas. Y sigue el ruido. Y florece el baño. Ni una sola persona de mi vagón se queja y algunos le dirán gracias al guardia cuando pongan pie en la estación porteña. El tren Moby Dick mueve las caderas, navega dejando una estela blanca sobre las antenas satelitales de TV y sobre el chaperío. Somos jonases que rebotan entre los órganos de la ballena. ¿A quién desobedecimos? Marineros del siglo 21 con tonada argentina atrapados en un anacronismo. La historia se enojó con nosotros. Nos hace remar más para alcanzar el mismo lugar. Por suerte el tren sigue flotando.

Nadie sabía que era él, y Werner Herzog, el hombre que hipnotizó a sus actores para que rodaran una película en estado de sonambulismo, se paseaba como un extra del cine mudo por los pasadizos del diario El Comercio. Incógnito, callado, inadvertido, esa mañana de invierno en Lima andaba por allí sin que nadie le pidiera, señor, un autógrafo, sin que nadie le mintiera que había visto todas sus películas. Un equipo de la televisión alemana había llegado al periódico para filmar una secuencia de Alas de esperanza, un documental sobre la única sobreviviente de la caída de un avión en la selva de Perú. Cuando sucedió, el 24 de diciembre de 1971, Juliane Koepcke era todavía una adolescente y en el mismo vuelo perdió a su madre. Hoy es una bióloga especialista en mariposas y murciélagos. Veintisiete años después, aquella mujer caída en una máquina de volar estaba sentada en una sala del archivo de El Comercio mientras la filmaban revisando periódicos amarillentos sobre la tragedia. Debía hacerle una entrevista, pero no podía interrumpir la filmación. El mayor ruido era el de las páginas de los diarios que volteaba Koepcke. Para matar el tiempo, pregunté quién era el director del documental al único de los alemanes que parecía no estar haciendo nada.

–Herzog –me respondió como si fuera un secreto–. Pero no lo molestes.

Un empleado del archivo recordaba que ese mismo hombre había llegado una semana antes a pedir la carpeta de accidentes aéreos. No sabía que era Herzog, dijo, como si hubiera dejado escapar una recompensa por su captura. Los que el día de la filmación lo vieron en medio de miles de recortes de periódicos sólo se acordaban de un señor que detrás de una cámara ordenaba silencio en un delicado alemán. Estuvo en el archivo de recortes, en la hemeroteca, en la cafetería, en el baño. Nadie le preguntó su nombre, a nadie le pareció haberlo visto en otra parte. Tal vez porque sólo era memorable el rostro de degenerado de Klaus Kinski, ese actor fetiche e indomesticable con quien de vez en cuando intercambiaba amenazas de muerte en los rodajes. Al fin y al cabo, quién se acuerda bien de la cara de un director de cine que no sea la de Woody Allen.

Nadie sabía que era él pero, si alguien lo hubiera sabido, habría sido lo mismo: Herzog huye casi siempre de las palabras como si estas atenuaran el drama que quiere contar. Había crecido en las frías montañas de Baviera, en un pueblo muy cerca de Múnich, encerrado en las ruinas de una Alemania que acababa de perder la guerra. El niño que a los doce años vio por primera vez un automóvil solía permanecer tan callado que los otros se burlaban de él hasta hacerlo llorar. Soy de monólogos, el diálogo me traba, había declarado una sola vez y punto. Después de haber trabajado como soldador en una fábrica de acero, un día se fue a pie desde su país hasta Albania. Luego hasta París. Desde hace un tiempo Herzog amenaza con fundar una escuela de cine que sólo admita alumnos que hayan viajado mil kilómetros a pie. El director es un cazador de energía criminal: Jouko Ahola, un par de veces el hombre más fuerte del mundo, fue sólo uno de sus protagonistas extremos. Otro fue Timothy Treadwell, un ecologista que después de trece años de proteger a los osos grizzly moriría descuartizado por uno de ellos. “Lo que más me obsesiona es que en todas las caras de los osos que filmó Treadwell no descubro ninguna amabilidad ni entendimiento ni agradecimiento. Sólo veo la abrumadora indiferencia de la naturaleza”, comentaba Herzog. Desde su estética, para filmar una película es más útil saber robar un automóvil que psicoanalizar a Kurosawa. Hacer cine es para él un arte para iletrados, un trabajo físico más propio del levantamiento de pesas y la escalada de montaña, una cadena de penalidades. La primera película que vio fue Tarzán. Herzog filmaba en el Sahara, en Alaska, en la Patagonia, en un volcán. Haber hipnotizado a sus actores durante el rodaje de Corazón de cristal parecía su mayor concesión a los poderes de la mente.

Lo acusaban de arriesgar la vida de sus actores. En Fitzcarraldo, Herzog hizo que una tribu de indígenas desafiaran al Amazonas y subieran un barco por una montaña. No fue hipnotismo: la paga fue doble. Era un abolicionista de los efectos especiales. Pero aquella mañana invernal en Lima, el cineasta huía de El Comercio como un espectro en punta de pies, alto y flaco calavera, pálido y sin gafas de sol, pero con un halo de cineasta épico y kamikaze. Herzog era un director con la experiencia de un domador de leones y la ambición de un conquistador de Marte. Quejándose de que sólo enviaran a ingenieros y amas de casa al espacio, proclamaba en una entrevista su derecho natural a filmar en otro planeta. Por ahora, parecía irse del periódico feliz de no ser un cineasta popular, de no haber oído susurrar su nombre, de no haber sido señalado ni detenido, hasta que alguien, un periodista que no había visto todas sus películas, le cerró el paso en la puerta del archivo para preguntarle si seguía siendo tan callado.

–No –mintió Herzog–. Pero hasta los diecisiete años nunca hice una llamada telefónica.

También yo le había mentido. Quería en verdad preguntarle por qué a esa edad tramaba hacer un documental sobre la cárcel. Preguntarle si también era suyo el enigma de Kaspar Hauser, un personaje que creció encadenado en un sótano desde su nacimiento. Preguntarle si, como el nombre de una de sus películas, también los enanos empezaron desde pequeños, y si él también había sido un enano. Herzog habla y se lo oye como si fuera una voz en off: estaba frente a mí, pero era como si lo que dijera fuera borrando su presencia y la mía hasta acabar en un monólogo. No es un hombre de monosílabos, pero crea el hermetismo de quien sólo dice lo justo. Quería preguntarle más: si seguía pensando que el ser humano era un eterno penitente. Preguntarle para qué entrevistar al único hombre que no quería evacuar una isla en el momento en que un volcán estaba por estallar frente a él. Pero al final le pregunté: ¿sigue siendo considerado un cineasta maldito, el de la generación de Fassbinder y Wenders, el otro?

–No, yo soy un cineasta bendito –me dijo Herzog con el ademán de irse–. Si no, no hubiera hecho hasta hoy cuarenta películas.

Iba a desaparecer sin sus créditos tras la puerta del archivo, con apenas una mochila en su hombro. Años más tarde me enteraría de que la había heredado de Bruce Chatwin, el viajero insignia del siglo XX que, al contrario de él, era una avalancha de palabras, pero con quien compartía la perversa costumbre de responder un rumor con otro aún más salvaje. En la mochila de ese hombre horrorizado de quedarse en casa, Herzog guardaba algunos restos del accidente aéreo que en su viaje de regreso a la selva había hallado junto a Juliane Koepcke: un rulo de pelo, el tacón alto de un zapato, un fragmento del control de mando del avión. El hombre que había apostado a comerse su zapato si Errol Morris acababa su primera película estaba ahora a punto de atravesar la puerta del archivo, pero aún tenía más preguntas para él. ¿Por qué le atraía tanto filmar un documental sobre Juliane Koepcke? ¿Habría sido su versión de Nosferatu la que lo había llevado hasta esa mujer que hoy es especialista en vampiros? ¿Sería su obsesión por la jungla como escenario de la asfixia, el caos y la muerte? ¿A qué sabía su zapato después de cinco horas de hervido?

–Yo estaba –me dijo– en el mismo avión.

Herzog había estado en la lista de espera del mismo vuelo. Debía partir de Lima a Cuzco la víspera de esa Navidad de 1971 para iniciar el rodaje de Aguirre o la ira de Dios, una película basada en el feroz soldado de la conquista española que desde la amazonía se declaró traidor contra todo su reino. Pero los reportes de un clima adverso, quién sabe si por esa misma cólera divina, decidieron que el destino de su avión se desviara hacia dos ciudades de la selva del Perú donde la compañía más fiel es la de los mosquitos. Al cineasta aún no se le cae la escena de la memoria: hombres y mujeres empujándose por un asiento en el que iba a ser un fatídico avión, los gritos de alegría al enterarse de que eran los elegidos para viajar en él, de que iban a tener la suerte de llegar a la selva antes de la Nochebuena.

–Debí de haber visto a Juliane –me dijo Herzog en la puerta del archivo–. La debo haber visto empujándose con los demás pasajeros.

Nadie sabía que uno de los que empujaban era él. Había sobornado a un empleado de la compañía para conseguir sus tarjetas de embarque. Pero el avión partió sin él, sin su esposa y sin los ojos desorbitados de Kinski. Juliane Koepcke se sentó en la fila 19, en el asiento F, que daba a la ventana. Mientras ella caía al vacío, contaría después, la selva le pareció un inmenso campo de brócolis. Al despertar sobre un colchón de vegetación, la muchacha caída del cielo ejecutó un manual de supervivencia que recordaba de su padre, un biólogo alemán que había viajado desde Brasil a Perú a pie. Mientras Herzog empezaba a rodar Aguirre o la ira de Dios cerca de allí, Juliane Koepcke peleaba contra la selva para sobrevivir. Pero veintisiete años después, un lunes de invierno por la mañana, cuando aún no se está de vuelta del domingo, uno tarda en ponerse al día como quien entra a un cinema con la película empezada, y no se da cuenta de que Werner Herzog se pasea por El Comercio como un fantasma en tecnicolor aliviado por el barniz de lo invisible. La entrevista duró lo que un intermedio en el cinema y el director se fue tan enigmático como llegó, más pariente del mimo que del cine. Última pregunta, Herzog, ¿qué película se va a ver esta noche?

–No hablemos de eso –me dijo como si le molestara el cine–. Mi único sueño es terminar esta historia.

Cuando Alan F entró a la Sala de urgencias había muy poco que hacer por él. Llegó encorvado, con sus 175 centímetros de altura doblados hacia adelante por el dolor, los ojos extraviados y las manos aferradas a su playera de los Pumas, a la altura del abdomen, desde donde corría sangre a borbotones que llegaban hasta su rodilla.

Había logrado lo que parecía más difícil: con el estómago perforado tomó el Pointer negro de su papá, un electricista sesentón con problemas cardiacos, y condujo de madrugada 9.8 kilómetros a toda velocidad desde la colonia Guerrero, en el centro de la ciudad, hasta el Hospital General de Xoco, en el sur, famoso por atender los casos más graves de traumatismos en la capital. Estacionó el auto en una zona para ambulancias, abrió la puerta y, dando tumbos, llegó hasta los brazos de la enfermera Anita C.

«Me… dispa…ra…ron… ayúdeme, por favor», alcanzó a decir Alan, de 22 años. Había dejado en el asiento del coche más de litro y medio de sangre mezclada con tequila y cerveza.

Anita hizo esas preguntas rutinarias que hacen instintivamente las enfermeras: «¿Estás bien? ¿Qué te pasó?». Alan solamente pudo mascullar –mientras estaba acostado en la camilla y recortaban a la mitad su playera favorita con unas tijeras– que había conocido a una chica durante una fiesta. Envalentonado por varios “fondos” de tequila, habló con ella toda la noche, hasta que un ex novio violento se cruzó en el camino.

Ebrios, discutieron hasta que los celos explotaron en la mente de la ex pareja y sacó de la chamarra una pistola. ¡Bang, bang! Ni siquiera apuntó a través de la mirilla; nada más cortó cartucho y disparó contra el abdomen del pretendiente, a quien instantáneamente se le abrieron dos boquetes en el intestino. La fiesta había terminado.

Alan estuvo cinco minutos en el quirófano, hasta que convulsionó a causa de la sangre derramada por esos orificios.

«Decláralo, ya valió madres. Venía muy mal», le pidió el médico a Anita. «Paciente masculino, 22 años, choque hipovolémico, muerto a las 03:21 horas del martes 16 de mayo de 2012».

La enfermera miró hacia las entrañas de Alan y usó sus dedos como pinzas. Sacó el proyectil y lo colocó bajo la luz. Con la experiencia que le da la guardia nocturna en la Sala de urgencias miró el casquillo con ojos de experta en balística. «Otra 9 milímetros… y apenas es el segundo muerto de esta semana».

El protagonismo de la 9mm

«Desde hace unos cinco años, esta pistola salta en más de la mitad de nuestras investigaciones», revela Raúl Peralta, comandante en jefe de la Policía de Investigación de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.

Este hombre de mirada recia y cuerpo de jugador de futbol americano fue elegido para encabezar esta agrupación de más de 4 mil policías, quienes todos los días conviven con la matachilangos.

Cuando se reporta un asalto con “clave 51” (muerto), es muy probable que encuentren un casquillo suyo; cuando hay que levantar un cuerpo, una bala suya; cuando se halla un encajuelado, una desaparecida, un hombre que retiró miles de pesos del cajero y no llegó a casa, o una balacera, ahí está. Aparece constantemente en los expedientes del Servicio Médico Forense.

«Se ha vuelto común que encontremos la 9 milímetros en las investigaciones. Durante un tiempo, hace muchos años, lo usual eran los revólveres, pero ahora es ésta. No es el término correcto, pero es como si se hubiera puesto de moda», dice Peralta.

¿Cómo se consigue en territorio chilango?

Ir a casa de “El Col” es tan peligroso como toparse con la matachilangos. Hay que llegar al Metro Peñón Viejo y caminar 20 minutos dentro de la zona más olvidada de Iztapalapa. Cada tramo recorrido empeora el paisaje de cascajo, montones de basura, perros callejeros y negocios cerrados a causa de la extorsión de imitadores del crimen organizado; cada paso de un foráneo en las colonias Lomas de Santa Cruz, Ejército de Oriente y Peñón Viejo es celosamente vigilando por un “halcón”, un niño o joven que desde las azoteas de casas de ladrillo gris alerta sobre la llegada de un intruso.

Pero no hay otra forma de llegar a La Joya, mejor conocida como “El Hoyo”, una de las colonias más violentas de la ciudad.

Pocos, muy pocos policías entran a este lugar, por lo que muchas investigaciones de homicidio, secuestro o delincuencia organizada se las traga El Hoyo.

–¿Qué buscas, mi’jo? –pregunta El Col, un joven de unos 20 años apodado así luego de sobrevivir a una batalla campal en su callejón que lo dejó, dicen, como “coladera”.

–Un “fierro”. Necesito una 9 milímetros.

–Ah, chingá, ¿y para qué la necesitas tú?

–Tengo un asunto pendiente.

–Yo te lo resuelvo –presume el traficante de armas y desnuda su hombro derecho para mostrar un tatuaje de la Santa Muerte-. No fallo: o los mato o los dejo locos.

–No, gracias. Es un asunto de honor, tengo que hacerlo yo.

–Ah, pues en ese caso… ¡mamá, tráeme mi bote!- grita sin levantarse de un sillón roto en medio de una sala precaria, que contrasta con sus tenis de más de 6 mil pesos.

Por una habitación de paredes color menta sale la mamá de “El Col” con bote de latón. Es idéntica a su hijo: ambos extremadamente delgados, piel morena, ojos saltones y ojerosos, de estatura promedio y voz pastosa. La diferencia son unos 20 años. El hijo sólo lanza un gruñido, señal de que la casa casa ubicada en el centro del barrio debe quedar sola para que la negociación siga.

–Nomás hago esto porque eres compa de mi compa- dice y mira a mi acompañante, amigo de un primo político suyo. Enseguida, se incorpora y quita la tapa.

Lo que muestra es un arsenal de matachilangos suficientes para que una banda extermine una calle entera. Ocho 9 milímetros, unos 40 cartuchos y un paquete de paños para lentes para borrar las huellas digitales. Y un carrujo de mota. Todo en un bote con el Hombre Araña dibujado a tres tintas.

–El business está así: estos son mis fierros 9. Si te gusta uno, la compras en caliente. Si la quieres modificada, te la cromo, le pongo otro cañón, le mejoro la mira o lo que quieras. Están “limpias” (no registradas) y con el número (de serie) raspado. Si la compras ahorita, te la dejo en 7 (mil) varos, pero si la modifico, pues se puede ir hasta 14 (mil), pero quedan chingonas y la tienes en unos dos días. Te llevas a tu encargo con un tiro – promete.

–¿De dónde son los fierros?

–Esto vale madres.

–Bueno, sólo mejórale la mira, no soy muy bueno con la puntería.

–9 (mil) varos.

–Va.

–Dame un adelanto ahorita.

–No traigo, te dijeron que venía a ver.

–Chale… nomás porque eres compa de mi compa. Bueno, ya las viste, tú dices, pero si le compras a otro cabrón estreno la mira contigo.

–No te preocupes, el trato es contigo “Col”.

–Bueno, entonces sácate a la chingada hasta que traigas dinero. Aquí nada de mirones –dice el sicario, quien inmediatamente cierra el bote y abre la puerta de su casa.

Se despide con un gesto frío. “El Col” está molesto, por lo que no nos acompañará hasta la salida del “Hoyo”. Sólo nos muestra con la mirada el camino para salir de la zona peligrosísima, pasar a la peligrosa y al Metro. Y nos recuerda una regla no escrita del tráfico de armas: tu “dealer” es siempre tu “dealer”. Quebrantar esa regla es motivo de muerte. «Si se paran, me los cargo. Sólo me compran a mi o salen en una caja», advierte.

Llegar hasta andén toma 20 largos minutos. Hay que sortear los ofrecimientos de más armas, marihuana y una moto recién robada, pero no hay paradas ni para atarse las agujetas. Sólo hasta que el boleto entra en el torniquete lanzamos un suspiro de alivio.

De haber llevado el dinero, se habría concretado la compra de una 9 milímetros en menos de 10 minutos. Nadie hubiera impedido que la matachilangos viajara en una mochila por la ciudad. Ni siquiera el policía que, recargado en una máquina detectora de metales a la entrada de la estación, está distraído leyendo la nota roja del día.

Para cruzar el Bravo

Brincar una pistola 9 milímetros de México a Estados Unidos vía terrestre puede ser una misión que conduzca a la cárcel, aunque en sentido inverso es relativamente sencillo: sólo hay que esconderla, como se ocultan unas cervezas debajo del asiento, y mostrar calma al momento de llegar a suelo mexicano.

Los más meticulosos pueden meterla en una maleta en la cajuela o en algún compartimento secreto entre la suspensión y las llantas. Hacer más es una exageración.

«Traficar armas realmente no es muy difícil porque hay muy poca vigilancia del norte al sur. Ni México ni Estados Unidos se han dedicado mucho a investigar el tráfico del norte al sur. Empieza a haber, pero no es muy común», asegura Eric Olson, director adjunto del Instituto México en el Centro Woodrow Wilson.

Para este experto en tráfico de armas, la llegada de armas de fuego a México es una fuga “hormiga” de cifras inexactas, pero con un crecimiento cada vez mayor debido a la demanda del crimen organizado, que necesita más fierros largos y cortos. Y se consiguen básicamente de cuatro formas.

«Hay muchas maneras de traficar un arma. Vamos a decir que una de las principales es que un individuo compra un arma en Estados Unidos. Puede hacerlo de dos formas: primero va a una tienda certificada, con derecho o permiso de vender armas», comenta.

Este primera forma es sencilla, ya que los locales que venden pistolas con licencia de la Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos de Estados Unidos (ATF por sus siglas en inglés) establecen pocos requisitos para la adquisición de una. Acaso documentos para comprobar que el cliente no ha ido a prisión por crímenes violentos, tiene antecedentes de violencia doméstica o tiene un problema mental. Y no hay límite de compras de armas.

«(Segunda) si yo no tengo derecho porque soy criminal, soy traficante de drogas conectado con Los Zetas y voy a presentar mis documentos, se van a dar cuenta enseguida y no me van a vender. Entonces lo que hago es voy con alguien, cualquier persona, una joven, la novia de un amigo, un amigo, “oiga, háganme el favor, aquí van 2 mil dólares, vaya usted a comprar esta arma”. Cuando me la entregue yo le pago 200, 300, 400 dólares», cuenta.

Esta forma también es legal, pues el uso de prestanombres para hacerse de un arma no es un delito explícito en las leyes americanas, así que alguien puede buscar más de 20 compradores a su nombre y hacerse de un pequeño arsenal legal para sus clientes mexicanos… sin que conste su nombre antes las autoridades.

«Es menos que venderle un auto al vecino. (Si vendo un auto) el vecino tiene que ir a registrarlo a la autoridad, pero si yo le vendo una 9 milímetros al vecino, no tiene ninguna obligación de ir a registrarse. Hasta ese punto llega. Ni los requisitos de un auto», asegura.

La tercera es el robo a tiendas, almacenes personales, casas de coleccionistas y, en el menor de los casos, hasta la misma policía; la cuarta es el envío del arma desarmada, en partes, y así pasa la frontera sin problemas, incluso declarándola a los agentes aduanales.

Pero quienes no quieren alertar a las autoridades mexicanas, sólo deben tener un arma en sus manos, ponerla en su auto bajo el asiento, amarrarla a la suspensión, ocultarla en una llanta y listo: llegan a las ciudades fronterizas del norte y las entregan a otros traficantes o cárteles de la droga, que se encargarán de hacerlas circular dentro del país. Es fácil y, en gran medida, porque según Olson, hay una ley contra el tráfico ilegal en Estados Unidos, pero no existe alguna ley federal contra el tráfico de armas.

Así que las armas se pasan con menos restricciones que un auto. Principalmente, trafican con armas largas como AR15 o AK47 -o “cuerno de chivo”- y sus variables, pero entre las armas cortas la 9 mm de las que más demanda tiene: se esconde fácilmente y es muy confiable, ya que casi no se encasquilla, lo que representa una ventaja para la rapidez que se requiere para cometer un ilícito.

«Para uso como arma de un delito como asesinar, asaltar, es un arma de mucha demanda por su fácil “ocultamiento” y su confiabilidad», afirma el experto.

De ese modo, la matachilangos nace en Estados Unidos, cruza la frontera a México sin nombre y apellido, baja hasta la ciudad de México y llega a manos de los delincuentes, quienes las usan o revenden. Un negocio redondo que deja en el mundo más de 45 mil millones de dólares al año.

«Trajeron a un herido»

Tres días después de la muerte de Alan, llegó Mario Yáñez a la Sala de Urgencias del Hospital General de Xoco. A diferencia de Alan, él ni siquiera podía hablar, mucho menos llegar caminando, o dando tumbos, al hospital. Lo habían recogido en la banqueta, inconsciente, con un tiro que entró por el hombro y salió por la espalda, aferrado a su cartera que defendió de un par de asaltantes.

Lo encontraron unos vecinos de la colonia Xoco, tendido frente al número 13 del Callejón Xocotitla, a donde presuntamente lo habían llevado para quitarle sus cosas fuera de la vista de una cámara de videovigilancia. Pero el profesionista de 27 años se defendió, arañó, forcejeó y cuando estaba a punto de huir, la matachilangos le tronó la vena subclavia, lo que ocasionó que la yugular quedara sin flujo de sangre.

«Anita, trajeron a un herido», avisó el médico de guardia. La enfermera salió a apresurada para bajarlo del auto de un vecino. Colocó la camilla y recibió en sus brazos a Mario, ya con la corbata floja.

Ni siquiera llegó al quirófano. A la mitad del pasillo, Mario murió. Dejó una niña de dos años y un matrimonio de 24 meses en su casa de la colonia Del Valle.

«Paciente masculino, muerto a las 00:28 horas del viernes 19 de mayo de 2012», murmuró Anita. Luego, carraspeó la garganta y dijo esa otra frase que ya se dice mucho en los hospitales y cuarteles de policía.

«Por una 9 milímetros».

México, DF, 1 de diciembre.- Parece que nadie ha dormido en toda la noche. Son pocos, no más de 300, los jóvenes reunidos en el Monumento a la Revolución convocados por el movimiento #Yosoy132. El objetivo es marchar hacia el Congreso de la Unión para repudiar la toma de protesta de Enrique Peña Nieto en San Lázaro.

Es evidente que algo ha cambiado en los últimos meses. Ya no existen las caras amables y festivas que tanto caracterizaron al movimiento estudiantil surgido aquel viernes de mayo en las instalaciones de la Universidad Iberoamericana. Ahora, las ojeras en sus rostros subrayan el desencanto, la frustración ante lo que parece inevitable a pesar de todos sus esfuerzos: el regreso del PRI a la silla presidencial.

Hay un murmullo generalizado y todavía es difícil saber qué está pasando. En el piso, una pequeña pancarta ya anuncia de algún modo lo que más tarde reportarán sorprendidos los principales medios de comunicación:

“México resiste. Existe. Ataca”

Sí, algo ha cambiado radicalmente desde el primero de julio. Muchos jóvenes han abandonado el movimiento por desidia o desesperanza. Sólo permanecen los más convencidos… o los más radicales.

–No puedes ir en el primer contingente si no tienes armas –dice un joven con la cara cubierta con un paliacate. Palos, tubos, cachiporras llenas de clavos, martillos y escudos de mano improvisados con parrillas de cocina y mesas rotas. Algunos arrastran carritos de supermercado cargados de las bombas molotov que horas más tarde volarán por el aire.

Es inevitable preguntarse: ¿dónde quedó la agenda original del movimiento? ¿Dónde el esfuerzo por democratizar los medios, los objetivos más allá de las elecciones, la consigna de ser pacíficos a toda costa?

–Esta otra forma de manifestarse, compañero –me dice alguien de no más de 17 años. Habla de la burguesía y de la lucha de clases, del neoliberalismo y de la lucha estudiantil hermanada con los obreros y los campesinos.

Realmente parece que se ha regresado en el tiempo. No sólo el Partido Revolucionario Institucional está a punto de asumir el control, sino que el léxico marxista-socialista se ha instalado de nuevo en la lengua y el imaginario de los jóvenes.

–No, camarada. Esto no fue iniciativa de Yosoy132, pero hay mucha banda que llegó anoche con esa intención y, en consenso, decidimos respetarla –explica el joven con una seguridad extraña en un menor de edad.

Sin más, el contingente comienza a avanzar y hay algo de bélico en su marcha. A diferencia de todas las marchas y manifestaciones de los meses anteriores, hoy el silencio es la regla. Las consignas no logran articularse y pocos automovilistas muestran apoyo. Algunos peatones, los primeros de la madrugada, miran preocupados el desfile, como si se resistieran a creer lo que pasa enfrente de sus ojos.

En la primera línea, un pequeño grupo de hombres armados todos con bats o tubos de metal grita consignas que pocos repiten. Uno de ellos está vestido con un mameluco naranja con manchas que emulan a un jaguar. Su casco de motocicleta tiene el mismo estampado. Su cachiporra de madera emula las armas aztecas usadas en las guerras floridas.

***

La primera valla de contención cayó alrededor de las seis de la mañana. Apenas amanecía. Una granizada de golpes y garrotazos llovió sobre el muro metálico de más de tres metros de altura que protegía al Congreso. Los golpes fueron inútiles hasta que un pequeño grupo de jóvenes, en realidad no más de una veintena, derribó de un tirón una de las vallas en medio de vítores y porras universitarias.

Pocas cosas más insufribles que el picor en la garganta seguido por los ojos ardiendo en lágrimas, la ceguera momentánea que provoca el gas lacrimógeno. La nariz congestionada y el mareo. Fue fácil dispersar ese primer ataque. El muro volvió a levantarse y los manifestantes más avezados de inmediato enjugaron su cara con leche y vinagre para eliminar el ardor.

–Con Coca Cola se calma, compa –aconsejan algunos mientras rocían sus rostros de refresco. Entre gritos y consignas en contra del “capitalismo salvaje”, resulta curioso cómo el producto más representativo del “imperialismo yanqui” se ha convertido en un antídoto contra los ataques de los policías. Los primeros cocteles molotov empiezan a caer. El piso tiembla bajo las explosiones.

El grupo se repliega y parece retirarse. Pero es sólo el primero de muchos enfrentamientos. Al lugar también ha llegado la Sección 22 del SNTE, varios grupos de comuneros de San Salvador Atenco y algunos otros grupos juveniles de corte anarquista. El #YoSoy132 parece una minoría dentro de la turba enfurecida. Los contingentes siguen llegando y únicamente los más extremos continúan atacando el muro. Los voceros de la CNTE insisten en decir que su protesta es pacífica, pero muchos de sus miembros no dudan en unirse a los estudiantes y tomar la iniciativa de los ataques.

De pronto todo se va al diablo. En pocos minutos se suman más personas al primer frente. Cualquier arma es efectiva: piedras, cadenas, postes de luz arrancados del asfalto. Las bombas molotov hacen parábolas en el aire. No todas logran explotar pero cada coctel es respondido con una lluvia de gas lacrimógeno. “Esperen, compañeros, no nos arriesguemos innecesariamente”, dice algún vocero de la CNTE por el megáfono de una camioneta. Pero ya es demasiado tarde.

De este lado del muro, la desorganización es la regla, la irracionalidad pasa de boca en boca. Del otro lado, los granaderos parecen haber perdido la cordura. El gas lacrimógeno es tanto que los manifestantes pronto se acostumbran a sus efectos y encuentran remedios eficaces. Apenas caen, los más valientes toman las bombas y las devuelven rápidamente a sus dueños. Un grupo de médicos auxilia a los más afectados rociando Pepto Bismol mezclado con agua para aliviar el ardor. “Es más efectivo que la Coca Cola y el vinagre”, aseguran sin parar.

Ante la exagerada reacción de la policía, la rebelión es asumida por todos. Los primeros heridos aparecen alrededor de las ocho de la mañana. Algunas piezas sueltas de las bombas lacrimógenas alcanzan a golpear a un par de jóvenes y hay varios desmayos provocados por el gas. Aquel muro vuelve invisible al enemigo: es imposible saber si hay heridos del otro lado. Parece que a nadie le importa.

—¿Ya ve, joven? Pura pendejada, nomás vinimos a lo güey –opina una mujer de más de 60 años. Parece no darse muy bien cuenta de lo que está ocurriendo en el primer frente donde nuevamente los estudiantes han derribado algunas vallas y se enfrentan a garrotazos contra los granaderos. Una nueva nube de gas vuelve a invadir el aire, la mujer no se inmuta:

—No hay ningún objetivo, nomás es estar berreando y berreando. Qué vamos a lograr así, dígame.

***

Un paréntesis de calma permite, por fin, analizar el panorama. La calle parece zona de guerra. No hay una sola persona que no tenga el rostro cubierto, protegiéndose de los gases. Los medios de comunicación corren de un lado a otro, cargando sus cámaras y extendiendo el micrófono a cualquiera, buscando encontrar una explicación lógica a todo el conflicto. No la hay. La lógica parece haber desaparecido esta mañana. Lo único que importa es protestar de la forma más visceral, no dejar intacto este día.

Se miran pocos rostros reconocibles del movimiento #YoSoy132. Al menos en este frente, no aparecen las figuras más visibles del movimiento. Se trata del bastión duro, contingentes formados por estudiantes de las carreras de Ciencias Políticas, Filosofía y Geografía de la UNAM. A ellos se han sumado otras muchas organizaciones que respondieron al llamado. Más tarde grupos de #SomosMásDe131, conformado por estudiantes de la Ibero, se reportarían desde otros puntos bajo similares circunstancias.

A bordo de su bicicleta aparece Sandino Bucio, un joven que ganó fama en los últimos meses por sus poemas recitados durante las marchas y por su constante activismo dentro del #YoSoy132 y, sobretodo, en el campamento instalado en Monumento a la Revolución.

—¿Se decidió por consenso el uso de violencia? —se le pregunta.

—De alguna forma sí. Es una forma de canalizar el descontento —responde dubitativo—. La violencia del Estado es mucho más dañina que esto que estamos haciendo ahora que, en realidad, no daña a nadie.

—Entonces, ¿no va a deslindarse YoSoy132 de este enfrentamiento, como acostumbra?

Sandino tarda unos segundos en responder. No lo hace. Una nueva lluvia de bombas de gas cae muy cerca de donde se realiza la entrevista. “¡Júntense! ¡Repliéguense! ¡No corran!”, grita mientras se aleja en su bicicleta.

***

Es invisible, pero una nube de gas se interpone entre los manifestantes y la muralla. Nadie se atreve a acercarse al muro. El inicio de la sesión de Congreso General, en la que Enrique Peña Nieto protestará como Presidente, está programada a las nueve de la mañana. Con ella se formaliza el cambio de gobierno. Faltan apenas unos minutos.

“Avancemos compañeros, Peña Nieto está a punto de tomar posesión. ¡Es ahora cuando hay que darles con todo!”, grita un hombre barbado perteneciente a la CNTE. Pero nadie lo escucha. Los ojos siguen lagrimeando y un nuevo gas, de color rosa, se esparce por toda la calle. Nadie sabe muy bien de qué se trata, pero el olor es intenso. Marea.

Esquivando los escombros, los parabuses y los postes derrumbados, un camión de basura aparece entre las nubes de gas. La escena es casi cinematográfica. A bordo del camión, una tropa formada en su mayoría por mujeres encapuchadas, todas vestidas de negro, levantan el puño en alto.

–¡A huevo! –grita alguien y una ovación da la bienvenida a las enmascaradas. El estallido de dos bombas molotov prepara el impacto del vehículo en el muro de contención. Una estampida de jóvenes eufóricos, armados con hondas improvisadas, lanza una lluvia de proyectiles a los policías que de inmediato responden con más gas. El choque no puede ser más preciso.

Las nueve de la mañana en punto. Es el momento más intenso y fuerte de toda la protesta. Después del choque, tal vez el momento más intenso y fuerte de toda la protesta, las mujeres encapuchadas huyen en cuanto pueden, protegidas por los manifestantes que intentan resistir los efectos del gas. Se dispersan entre la multitud. El muro ha caído de nuevo, por cuarta vez en esta mañana.

Hasta ahora, se reportan sólo cuatro heridos y algunos desmayados. La adrenalina hace que todos quieran participar. La mayoría de los asistentes se repliega en la parte posterior. Una serie de zumbidos interrumpe la euforia provocada por el último ataque. “¡Esos cabrones ya están disparando!”, avisa alguien mientras corre.

No tarda en aparecer el primer herido de gravedad. Hasta este momento, aún no se sabe la naturaleza de los disparos. Más tarde se informará que se trata de balas de goma. No importa demasiado, en realidad. Ante la imagen de la sangre y el cráneo destrozado de aquel hombre transportado en camilla, cualquier explicación sobra. Los voceros de la CNTE hacen público su nombre: Juan Uriel Sandoval Díaz. Más tarde, los rumores sobre su muerte acrecentarían la furia de los estudiantes que incrementaran sus ataques..

Nadie sabe de dónde vino el destello de cordura. Poco a poco, los grupos anunciaban su retirada. No hay oportunidad de ganar, parecen entender todos. Los gases siguen lloviendo del cielo mientras la turba emprende la marcha hacia el Zócalo.

—Demostramos que no teníamos miedo –dice una muchacha de unos 20 años—. Eso es lo importante, demostrar que no somos unos pinches agachones.

Atrás, suenan los últimos petardos. La calle parece zona de guerra y una multitud, esta vez compuesta por miles, avanza entre consignas. Parece que todo termina, pero esto fue sólo la primera chispa.

***

Escribo desde un Sanborns ubicado en la avenida Juárez. Son las 12 del día e intento describir la intensa madrugada de protestas y enfrentamientos. Los manifestantes continuaron su ruta hacia el Zócalo en donde se reunirían con simpatizantes del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), quienes, hace una hora, convocados por Andrés Manuel López Obrador, desconocieron el gobierno de Peña Nieto.

En la televisión, Peña Nieto agradece a su familia y a su equipo que lo apoyó durante todo el proceso. Agradece a México por confiar en él. La banda tricolor —que él se puso, luego de que se la entregara en las manos Felipe Calderón— le cruza el pecho. Los clientes miran la imagen con desgana y desinterés hasta que un estruendo nos sacude a todos.

Una por una, todas las ventanas del restaurante se hacen añicos. Los vidrios vuelan y caen sobre los platos de los comensales. La gente se levanta y grita. Un mesero me toma del brazo y me hace guardar la computadora lo más rápido posible. Un par de mujeres rubias comienzan a llorar a gritos: “What the hell is happening!?”.

Todos los accesos al restaurante son cerrados con candado y los clientes somos llevados a la cocina, en la parte más alejada de la entrada. La gente comienza a discutir, desgarrándose la garganta: “Esto ya es vandalismo”, dice una señora con los ojos desorbitados y la respiración exaltada. “Estos locos, ¿quién se creen que son?”. “Pinches resentidos”, se escucha en otro pasillo. “Están luchando por nuestros derechos, señora”, tercia un anciano. “¿Lanzándonos piedras están luchando por nuestros derechos?”, revira un hombre de traje arrugado y portafolio. “Guarden la calma, por favor”, insisten los meseros.

Quince minutos después la calle luce completamente destrozada. No hay establecimiento que haya quedado intacto y restos de cristales se esparcen por todo el piso. La gente corre en desbandada en todas direcciones y cientos de policías avanzan por la calle. A lo lejos, unos 15 policías persiguen y golpean a un muchacho que tiene las manos manchadas de pintura roja o tal vez de sangre. No se sabe. Ignorando los gritos y protestas de la multitud, se lo llevan entre todos.

El saldo de esta tarde, según confirmará más tarde Protección Civil, será de 92 detenidos, sin hablar del costo de los daños en el primer cuadro de la ciudad. El número de heridos será también muy grande. Se hablará entonces de provocadores y de porros que intentaban desprestigiar la protesta, y cientos de videos y fotografías comenzarán a circular por las redes sociales. Pero es imposible saber si todos los que incurrieron en actos vandálicos eran realmente provocadores pagados. Lo cierto es que la violencia no fue exclusiva de los estudiantes, ni de los granaderos. La ciudad amaneció convertida en un barril de pólvora y las primeras chispas ya habían saltado.

Muchos intentan llamar a la paz. Miro a una mujer intentar dialogar con los policías, parece una charla de sordos o de necios. “También ustedes tienen hijos”, solloza la mujer. Es tarde, la sin razón se ha contagiado como un virus y cada batallón de policías es recibido con piedras.

Los policías y granaderos persiguen sin tregua a las tropas de jóvenes que huyen por las calles, replegándose en el Monumento a la Revolución. Cientos de camionetas, camiones y patrullas circulan de un lado a otro, cargados de granaderos, de miembros de la Policía Preventiva, de la Policía de Investigación y de prácticamente cualquier fuerza de seguridad disponible. El nerviosismo y la ira se alimentaban al mirar las macanas y los uniformes desfilar por las calles.

Sobre los muros del hotel Hilton, también destrozados, la cara de Peña Nieto ha sido grafiteada junto a una pinta que intenta resumir todo lo ocurrido en el día:

“¿Te gustó tu bienvenida?”

Las sirenas de ambulancias y patrullas se escuchan por todos lados. El nuevo secretario de la Marina ensaya su mejor rostro en una televisión de imagen intermitente. Dice algo sobre recuperar la paz social y el bienestar público. Un helicóptero de la policía sobrevuela la zona de la ciudad que se cae a pedazos.