Una tarde de 1946 ó 1947 Dora Llosa tomó del brazo a su hijo Mario Vargas Llosa, de apenas diez años de edad, lo sacó a la calle, lo llevó caminando hacia el Hotel de Turistas, en el Malecón Eguiguren de la calurosa Piura, y allí le hizo una gran revelación:

— Tú ya lo sabes, por supuesto —dijo su madre — ¿No es cierto?
—¿Qué cosa? —respondió Mario.
—Que tu papá no estaba muerto.
—¿No me estás mintiendo, mamá?
—¿Crees que te voy a mentir en una cosa así?
—¿De veras está vivo?
—Sí.
—¿Lo voy a ver? ¿Lo voy a conocer? ¿Dónde está, pues?
—Aquí, en Piura. Lo vas a conocer ahora mismo.

Aquella noticia paralizó a Mario, quien hasta ese momento creyó que su padre había muerto y estaba en el cielo. Su madre, sus abuelos y tíos le habían ocultado la verdad hasta ese día del cual, asegura el escritor, aún no se ha recuperado.

La imagen que Mario tenía de su padre era la de un hombre “alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir”. Ese día la imagen de su padre cambiaría para siempre, una vez que ingresó con su madre al hotel y vio que un hombre vestido de terno beige y corbata verde se acercaba a ellos. La idea que tenía, del apuesto joven de la foto que acompañó su niñez, cambió rápidamente a la de “un hombre de carne y hueso, con canas en las sienes y el cabello ralo”.

Tenía como el sentimiento de una estafa, recuerda Mario Vargas Llosa en su libro de memorias “El pez en el agua” (1993). “Este papá no se parecía al que yo creía muerto”, enfatiza.

“¿Éste es mi hijo?”, le escuchó decir Mario. “Se inclinó, me abrazó y me besó. Yo estaba desconcertado y no sabía qué hacer. Tenía una sonrisa falsa, congelada en la cara”.

La Piura de esa época, que Mario Vargas Llosa abandonó el mismo día que conoció a su padre para viajar con él y su madre a Lima, ya empezaba a dejar unahuella en su vida.

***

Son las 11 de la mañana de un día de inicios de enero y en Piura hace calor. El termómetro registra 32 grados en esta ciudad rodeada de desiertos; o mejor dicho, plantada en medio del desierto del norte peruano, a unos mil kilómetros de Lima. Los árboles de algarrobo le dan un poco de frescura a la ciudad. Las carreras de la Navidad han pasado y todo parece tomar su curso cotidiano. La avenida Grau, esa calle donde se ubican tiendas de ropa, bancos, farmacias, almacenes de zapatos y otros negocios, está más sosegada que durante la última semana de diciembre.

Por estas mismas calles caminó durante su niñez y juventud Mario Vargas Llosa, durante los casi dos años que vivió al lado de su abuelo Pedro, su madre Dora y sus tíos Luis y Olga. El abuelo había sido nombrado como prefecto (gobernador) de la ciudad y viajó con parte de su familia desde Cochabamba, Bolivia, donde Mario había vivido sus primeros años. Por estas mismas calles caminó Vargas Llosa con el sueño de ser un gran escritor, viajar a Paris y hacer su vida como dramaturgo o novelista, pues sabía que difícilmente en un país como Perú podría salir adelante.

Por estas mismas calles caminó el escritor que más adelante un compañero suyo del Colegio Militar Leoncio Prado describirá como “un mozo que nació con un don”.

Son estas mismas calles las que el ahora Premio Nobel ha vuelto a recordar en su novela “El héroe discreto”, publicada en septiembre de 2013, y en la que cuenta la historia de Felicito Yanaqué, un empresario piurano dueño de una empresa de transportes que es extorsionado por unos mafiosos:

“…Volvió a sumergirse en el centro de la ciudad, lleno de gente, bocinas, calor, altoparlantes, mototaxis, autos y ruidosas carretillas. Cruzó la avenida Grau, la sombra de los tamarindos de la Plaza de Armas y, resistiendo a la tentación de entrar a tomarse una cremolada en El Chalán, enrumbó hacia el antiguo barrio del camal, el de su adolescencia, La Gallinacera…”

***

Me he propuesto visitar algunos de los lugares que marcaron la vida del escritor. Para empezar debo buscar el Teatro Variedades, donde Vargas Llosa presentó su primera obra de teatro, en julio de 1952. Me han dicho que debo buscar el Foto Estudio Carrasco o la tienda de Telas Manrique, el lugar donde alguna vez existió el famoso teatro y donde llegaban las familias piuranas de la época para asistir a las proyecciones y actos que allí se realizaban.

No es difícil encontrarlo, pese a que el edificio de cuatro plantas parece mimetizarse muy bien en medio del lugar. Los transeúntes, amables para orientar al turista, señalan de inmediato la esquina donde está la casa.

En el Teatro Variedades Jorge Mario Pedro Vargas Llosa presentó su primera obra, “La huida del Inca”. Había comenzado a escribirla en 1951 y unas semanas después de haber iniciado su quinto año de secundaria, en el Colegio San Miguel, se la mostró a su profesor de literatura, José Robles. El maestro la leyó y le sugirió enviársela al director Marroquín para ver la posibilidad de presentarla durante la semana de Piura.

“El doctor Marroquín aprobó el proyecto y, sin más, quedé encargado de dirigir el montaje, para estrenar la obra el 17 de julio, en el Teatro Variedades”, recordará el escritor muchos años después. “Vaya exaltación con la que corrí a la casa a contárselo al tío Lucho: ¡íbamos a montar La huida del inca! ¡Y en el Teatro Variedades, nada menos!”

Los ocho compañeros de Mario que conformaban el elenco de la obra ensayaron durante casi dos meses y medio. Sobre ese acontecimiento, Mario Vargas Llosa recuerda:

“La propaganda para la obra fue enorme, en La Industria y en El Tiempo, en las radios, y, por último, perifoneando por las calles. Recuerdo haber visto pasar, por la puerta del diario, a Javier Silva, rugiendo en una bocina, desde lo alto de un camión: «No se pierdan el acontecimiento del siglo, en vermouth y noche, en el Teatro Variedades…»

El teatro fue para Mario Vargas Llosa su primer amor. Desde aquel día de su adolescencia en que vio en el Teatro Segura, de Lima, “La muerte de un viajante”, de Arthur Miller. “Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista”, afirma. El escritor ha dicho que aunque Piura solo le hubiera permitido estar en un escenario disfrutando de la ficción del teatro y poniendo en escena una historia inventada por él, su deuda con esa ciudad sería impagable.

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Entre abril y diciembre de 1952 Vargas Llosa regresó a Piura a vivir en casa de sus tíos Lucho y Olga. Allí cursó su quinto año de secundaria en el Colegio San Miguel. Durante ese tiempo aprendió con los buenos profesores de la época que avivaron su interés intelectual, mientras trabajaba como periodista en el diario La Industria, donde oficiaba como redactor de notas locales e internacionales, y donde recibía un salario de 300 soles mensuales.

Del San Miguel recuerda que era un magnífico colegio en el que “convivían muchachos piuranos de familias humildes —de la Mangachería, de la Gallinacera y otros barrios periféricos— con chicos de clase media y hasta de familias encumbradas de Piura, que iban allí porque los padres del Salesiano ya no los aguantaban o atraídos por los buenos profesores”.

No olvida a sus maestros, al profesor Guillermo Gulman, quien dictaba un curso de economía política. “Fue ese curso, creo, y también los consejos del tío Lucho, los que me animaron a seguir luego, en la universidad, las carreras de Letras y Derecho”. También a Néstor Martos, profesor de historia, un hombre “de figura desbaratada, bohemio impenitente, que parecía llegar a clases, a veces, directamente de alguna cantinilla donde había pasado la noche entera tomando chicha, despeinado, barbicrecido, y con una bufanda cubriéndole media cara —¡una bufanda, en la tórrida Piura!—”.

Rememora también al Ciego Robles, su profesor de literatura, quien apenas descubrió la vocación de escritor le tomó mucho aprecio y le prestaba con frecuencia sus libros, que estaban forrados con papel rosado y sellados con su nombre.

Pero sobre todo, también recuerda que antes de terminar la secundaria, él y su amigo Javier Silva alborotaron a sus compañeros, porque las directivas del colegio habían decidido que los exámenes finales no los harían con horarios definidos sino de improviso, con el objetivo de poder “evaluar con mayor exactitud los conocimientos del alumno”. Por ello estuvo a punto de ser expulsado del colegio pero el director Marroquín, para no “estropearle su futuro”, decidió suspenderlo solo durante siete días.

“Todas las cosas que me pasaron allí, entre abril y diciembre de 1952, me tuvieron en un estado de entusiasmo intelectual y vital que siempre he recordado con nostalgia”, rememora el escritor sobre aquellos años en Piura.

Con amplios pasillos y espaciosos salones, el San Miguel se ubica a la altura de la cuadra nueve de la avenida Grau. En su entrada hay una escultura de uno cinco metros de altura con la figura del ángel del mismo nombre, que porta una espada en su mano derecha. La estructura del colegio fue reformada hace algunos meses y las placas donde se homenajeaba al Nobel están guardadas en algún salón de objetos viejos.

En uno de los salones de estudio que ahora observo, cuyas paredes están pintadas de un verde claro, estudió su último año de secundaria el Nobel peruano y en el colegio no parece haber ningún registro de tal acontecimiento.

***

La Piura que recuerda el escritor y cuyas experiencias ha plasmado en libros como “El Jefe”, “¿Quién mató a Palomino Molero?”, “ El Pez en el agua” y ahora en “El héroe discreto”, es más que el día en que descubrió que su padre estaba vivo, el momento en que presentó su primera obra de teatro, o los recuerdos de su breve paso por el Colegio San Miguel. Es también el burdel “Casa verde” –de allí se inspiró para publicar la novela del mismo nombre– que quedaba camino al pueblo de Catacaos, a donde iban los piuranos de todas las clases sociales. —Ir a esa casa pintarrajeada de verde, en las afueras de Castilla, camino a Catacaos, me costaba mi magro sueldo de La Industria, de manera que fui apenas unas cuantas veces a lo largo del año—. Es también La Piura de los burros que en su época abundaban en las calles polvorientas y que todos los de su generación llamaban “piajenos”. Pero es, además, la Piura donde descubrió que los hijos no venían al mundo traídos por una cigüeña, “sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal”.

Esto lo supo un día en que se bañaba con dos de sus amigos en las aguas del río Piura. Allí entendió el significado de la palabra “cachar”.

El afecto que el escritor tiene por Piura es mayor al que podría tener por cualquiera de las ciudades donde ha vivido, pese a que su permanencia allí no fue mayor a dos años: entre 1946 y 1947, y en 1952. Pero “han sido épocas claves”, le respondió a un periodista hace un par de años:

“Cuando salía de la niñez y pasaba a la adolescencia y luego cuando salía de la adolescencia. O sea, viví en dos épocas fronterizas de la vida y debieron ser experiencias muy importantes porque fíjese todo lo que he escrito yo sobre Piura. Yo he estado y he vivido más tiempo en muchas ciudades del mundo, pero no he escrito mucho sobre ellas a pesar de que fueron ciudades en las que realicé gran parte de mi trabajo literario y, en cambio, de Piura sí. Y sigue siendo todavía una fuente de fantasías y sueños”.

En los recuerdos del escritor permanecen vivos los desiertos infinitos de la costa peruana, los tonos blancos, grises, azulados y rojizos que se formaban según la posición del sol y las playas solitarias; “un paisaje que más tarde me acompañaría siempre en el extranjero, como la más persistente imagen del Perú”.

***

Modesto Ramos, próximo a cumplir 82 años, un hombre de buen hablar y larga experiencia; compañero durante dos años de Mario Vargas Llosa en el Colegio Militar Leoncio Prado, de El Callao, a quien encuentro por pura casualidad a un lado de donde quedaba el antiguo Teatro Variedades, destaca la gran capacidad que tenía su amigo para escribir.

“Fue un diablo, un diablo en el sentido que le dio Dios al dotarlo de este poder, porque es un poder que tiene”, afirma con convicción. “Este mozo nació con el don que tiene”. Contará además que en la calle Arequipa vivía el gordo Silva Ruete, íntimo amigo suyo, quien llegó a ser ministro de economía del Perú y a quien Mario dedica su libro “El héroe discreto”. Recordará también al BorraoGarcés, con quien se juntaba en la plazuela Merino a canjear estampillas.

—Mario ha sido mi perro en el colegio militar —afirma.
—¿Su perro?
—Un año inferior, yo lo mandaba.
—¿Cómo era él en esa época?

Modesto no duda en responder:

—Vago. Vago en el sentido de que no iba a clases, porque tenía el don ese de captar. Entonces, en el colegio militar, se perdía en una pérgola; no sé cómo conseguía la llave o cómo se metía, y ahí hacía los dibujitos a los que le incorporaba leyendas. Ese era Vargas Llosa.
—Es un orgullo para el Perú tener a un Premio Nobel como Vargas Llosa –le respondo.
— ¡Carajo, de primera! Y ahorita la ha embarrado, se ha metido a pelear con Cipriani, el primado de la iglesia del Perú. Y se mete con el papa. Se congracia con el papa y pelea con Cipriani.
—¿A Vargas Llosa le gusta cazar peleas?
—Agarra lo que puede, carajo, y donde se mete, se mete…

Don Modesto me da la mano y sigue su camino, perdiéndose entre las personas que pasean durante el mediodía por la avenida Grau.

***

A inicios de marzo de 2012 Mario Vargas Llosa regresó a Piura. Durante varias horas caminó por sus calles, visitó pueblos vecinos y conversó con algunas personas. Seguramente observaba los escenarios de la que sería su siguiente novela, “El héroe discreto”. Se asombró de ver el crecimiento de la ciudad, con sus múltiples avenidas, sus centros comerciales, fábricas y hoteles. Sin duda, una Piura muy diferente a la que ha tenido en su memoria. De esa experiencia dio cuenta en su columna semanal “Piedra de Toque”:

“Los cambios en todo Piura son impresionantes. La Piura de mi memoria se ha volatilizado en un torbellino de gigantescos centros comerciales, flamantes urbanizaciones que se comen el desierto, gallardos edificios, universidades, colegios, fábricas, nuevas avenidas, nuevos hoteles y plantaciones de agroindustria para la exportación que han puesto a esta región a la vanguardia del desarrollo peruano… El Perú despegó por fin y la Piura querida de mi infancia y adolescencia está en el pelotón de cabeza de esta transformación”.

Lamentó que “la guadaña del tiempo” se hubiera llevado a sus profesores del Colegio San Miguel, a sus compañeros de clase y a buena parte de los que lo acompañaron en la primera obra de teatro que escribió y que presentó en el Teatro Variedades.

Y recordó el Hotel de Turistas de la Plaza de Armas donde vio a Ernesto, “ese personaje” que era su padre, y al río Piura que traía vida y por la que la ciudad celebraba con pólvora, fuegos artificiales y bandas de música…

Esa ciudad que al escritor le había generado tanta nostalgia y que le trae tantos recuerdos, parecía otra y sin embargo tenía la misma esencia de la que conoció de niño, la que terminó por cambiarle la vida.

Iris despertó con la tos de su esposo. Una nube de humo blanco le impedía abrir los ojos, incapaces de ver a su compañero de vida a pesar de los pocos centímetros que los separaban en la cama. Emiliano yacía a su lado, tratando de buscar una bocanada de oxígeno en ese nubarrón que inundaba su cuarto de 6 metros por 5. Seguía tosiendo en metralla. Casi sin parar. Buscando a tientas el brazo de Iris en medio del espesor de aquella cortina que, por más que trataba, no podía apartar de sus grandes ojos de miel.

—¿Viejito? ¿Qué te pasa, viejito? –preguntó Iris sobresaltada.

La respuesta de Emiliano fue la misma: una retahíla de toses e inhalaciones intercaladas con el mismo ahínco de los segundos anteriores.

Iris calzó sus sandalias plásticas para encender la luz en plena madrugada, bordear la cama matrimonial y llegar hasta la mesa de noche del lado de Emiliano, donde guardaba el nebulizador que le había comprado su hija para casos como estos. Preparó el equipo y lo dispensó ahí, sobre la cama, semi sentado y en medio de la nebulosa. Sacarlo de la habitación era inútil: el humo blanquecino estaba en todos los cuartos, en toda la casa, en toda la comunidad.

Dejó a Emiliano con la mascarilla puesta. Corrió en bermudas hasta el baño para buscar una toalla con la que iba a resguardarse del humo, si es que no quería terminar como su esposo. La idea era salvarlo y, para ello, era necesario usar un tapabocas.

Cuando Robert, el hijo de Emiliano –33 años, piel morena, contextura gruesa–, apareció en el cuarto esa madrugada, las explicaciones no fueron necesarias. Ambos sabían lo que pasaba. Emiliano no mejoraba con el nebulizador. La tos seguía su martilleo y su tez comenzaba a purpurarse. Fue entonces cuando Robert tomó la decisión:

—Vamos a sacarlo de aquí antes de que se nos muera.

Sin importarle el frío de la noche salió a la calle para que el teléfono tomara señal. Llamó al 171, pidió una ambulancia hasta su casa, en el sector 2 de Cambalache. “La del portón anaranjado”, “¿dónde venden leche de chiva? Más allaíta”.

Mientras tanto Iris vestía a Emiliano para llevarlo hasta una clínica: los dos Barrio Adentro de la comunidad y el módulo asistencial de la zona estaban cerrados.

En 15 minutos la ambulancia aparcó frente a su casa, pintada de un verde claro, casi invisible en la neblina. Dos paramédicos cruzaron el humo para cargarlo en la camilla. Eran cerca de las 12 y 20 cuando el vehículo corrió hasta la Clínica Caroní. El médico especialista no estaba de turno. De ahí aceleraron hasta la Clínica Ceciamb, donde luego del papeleo lo ingresaron a terapia intensiva.

Ahí estuvo internado por tres días: tiempo suficiente para aliviar parte de su crisis y agotar los 50 millones del seguro que le había contratado su hija María Auxiliadora.

—Se los tenemos que dar –dijo el médico refiriéndose al paciente.
—Está bien –asintió Iris, quien ya había tomado la decisión con Robert de llevarlo a un hospital.

En la sala de cuidados intensivos Emiliano volvió a toser. Tosía y tosía, como si no hubiera salido de aquella humareda. El monitor marcaba su ritmo con tono acelerado. Los médicos no tardaron en reaccionar. Le pusieron oxígeno. Nada. Electro-shock. Nada. El monitor hacía su ruido cada vez más continuo, hasta que, finalmente, a pesar de los esfuerzos de los médicos, aquel concierto de pitidos se convirtió en un sonido continuo.

Iris respiró profundo, salió a tomar aire y llamó a sus hijos. Contuvo las lágrimas antes darles la noticia: Emiliano De Pablos había muerto aquella mañana del 15 de septiembre de 2010. Otra víctima de la contaminación atmosférica de Cambalache. Otra víctima que arropa el vertedero de basura con su aliento mortal.

II

Fundado hace más de 50 años, incluso antes de la ciudad que la alberga, Cambalache es el asilo de un vertedero que alguna vez fue un relleno sanitario. Fue en 1985 cuando la Corporación Venezolana de Guayana (CVG) decidió que en ese espacio se dispondrían los detritos de la primera ciudad planificada de Venezuela: Ciudad Guayana, tierra del hierro. Del acero. Del aluminio. De las represas que todavía surten de energía eléctrica al país. La gran maqueta del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts, por su siglas en inglés) y el soñado polo de desarrollo como alternativa no petrolera.

La CVG decidió plantar ahí la semilla del vertedero, pero nunca lo consultó con los habitantes. Apenas se dijo que el terreno pasaría a formar parte de la corporación, pero nada más allá de eso. La comunidad se negó a salir. El estado se negó a reconocer. Los tractores derrumbaron casas, ranchos y hasta ganas de vivir durante más de 10 años en favor del reciente vecino.

A pesar de las tensiones, la vida transcurrió sin problemas. Al menos, en sus años primeros. Después de todo era un relleno, con 12 años de vida útil y una provisional de sólo 3. ¿Qué tanto daño podría causar? ¿Qué tanto problema sería una disposición de desechos controlada?

III

Es la mañana de un lunes quieto en el sector de Cambalache. Una nubosidad blanca y espesa acompaña el olor a lluvia que respira la comunidad: ese aroma que mana de la tierra húmeda con los primeros soles de la jornada. Es lunes 27 de mayo de 2013 y Tibisay Rosas está en su día libre. Aprovecha el descanso para ir al módulo asistencial, detrás del único colegio cercano, para ponerse la dupla de vacunas que aún tiene pendiente.

—Vente, Tibisay –le ordena la enfermera en tono amable, dirigiéndose a aquella mujer de estatura media, contextura gruesa, ojos grandes y aguarapados, que contrastaban con el curtido de su piel canela con 38 años de uso.

Tibisay accede con risa. Nerviosa. No le gustan mucho las inyecciones, pero sabe que es por su bien. Se para al lado de la enfermera, Mariluz Verde, quien recoge la manga de su franela roja donde reza la inscripción “Chávez corazón de mi patria”. Mariluz ahoga una torunda de algodón en el alcohol. Tibisay voltea. Cierra los ojos con fuerza y se ríe al sentir que esa masa fría le recorre en círculos el hombro izquierdo.

—Ya está listo, chica. ¿Viste que fue un pinchacito?

La paciente no pronuncia palabra. Sabe que viene otra inyección. Se prepara para el mismo procedimiento en el brazo derecho y salir de una buena vez de todo aquello.

Tibisay está en su día libre. No porque no tenga que ir a trabajar, sino porque no hay ni una asamblea en su agenda de actividades. “Andamos a cada ratico en una reunión porque aquí en Cambalache todos los días es un problema diferente”, dice la vocera del consejo comunal del sector 3, retorciendo los labios y encogiéndose de hombros mientras baja el tono de voz hasta el silencio absoluto.

Justo fuera del módulo de salud, refugiada en la sombra de un mango, Tibisay cuenta que el vertedero de basura es el responsable de la fetidez. De las moscas. Del mar de podredumbre que los embarga cada vez que arrecian las lluvias. La acumulación de desperdicios, sobregirada en tiempo y espacio, ha hecho que el depósito se convierta en una máquina de fluidos putrefactos que inundan la tierra hasta sus entrañas: un contenido que viaja hasta emerger en los patios de los vecinos.

Por eso, cuando llueve en Cambalache, llueve arriba y llueve abajo. Llueve adentro y llueve afuera. Agua de vida y agua que mata. Agua que inunda las casas de cinco de los seis sectores del asentamiento.

—A mí me ha pasado que cuando llueve en la noche, cuando voy a poner el pie en el suelo, eso es puuuura agua podrida –irrumpe la señora Aura Morillo, que detiene su paso al lado de Tibisay para reforzar su testimonio.
—Ella es un libro de aquí, de Cambalache. Ella tiene años viviendo aquí. Yo soy nueva. Yo tengo son 12 años acá. Ella tiene toda una vida viviendo aquí –refiere Tibisay con tono de respeto.

Aura tiene 64 años, pero parece de 80. La piel blanca de sus tiempos mejores es hoy una película de pliegues rojos y tostados, con manchas y surcos que le cincelan la cara. Sus ojos achinados, negros e irritados por el humo son lo único que asoman sus párpados caídos por el paso de los años. Aura vive en el sector 5 y, a pesar de que su piso es de concreto, los “lixiviados” (fluidos inmundos que manan de la basura) se abren paso entre el cemento, sus muebles y su dignidad.

Ya no es Aura la única que acompaña a Tibisay. Ahora hay otras mujeres y hombres de la comunidad. Todos forman un semicírculo alrededor del mango, que funge ahora de tribuna para exponer los problemas de la zona.

Ahí está Ana Morillo, que no es familia de Aura pero son “hijas de Chávez y hermanas en Cristo”. También está Cristian Morales, que encontró a su padre muerto tratando de escapar de una humareda nocturna la mañana de un 13 de octubre. También está su esposo, José Cedeño, que cuida la casa cuando hay inundación para evitar que entren los saqueadores. Está el sol, el mango, el calor, la humedad…

Las horas se gastan en comentarios y actualizaciones. En sus denuncias sobre la laguna de lodos rojos. En que el alcalde y el gobernador no sirven. En el brote de H1N1 y cómo prevenirlo. En que todos ahí son “revolucionarios” y en que la oposición, por más que quiera, “más nunca volverá”.

Mientras tanto el vertedero palpita a su propio ritmo, abriendo sus fauces a los camiones que van a alimentarlo con dosis de entre 1.000 y 1.400 toneladas diarias. Una bandada de zamuros lo custodia desde el cielo, con su vuelo en espiral capaz de preludiar hasta la misma muerte. Allá van los camiones, como piezas de juguete en ese campo de inmundicia. Allá van “los otros”, “aquellos”, los “medio raritos”, los que viven de la revisión y colecta de desperdicios que queman de vez en cuando.

Es ese humo el que afecta a la comunidad; el que les da a muchos ese timbre fañoso cuando hablan. Ese humo los afecta, claro, pero son sólo focos eventuales. El gran temor en Cambalache es la combustión espontánea que se genera por la acumulación de gases inflamables, y que los sume a ellos y a parte de la ciudad en una nube tóxica que deja muertes a su paso. A veces lentas. A veces rápidas.

—Disculpe, señora. ¿Cómo llegamos al vertedero?
—¿Ah, ustedes van pa’l bote?
—Sí.
—¿Vinieron armados? Pa’ allá no se puede entrar si no es armado. Después no digan que no se los advertí.

IV

Ese día cayó lunes, 3 de octubre de 2011: tres días después de la fecha límite para que el Estado clausurara todos los vertederos a cielo abierto. Así dictaba la ley de desechos aprobada un año antes, pero en ese tiempo de gracia el humo siguió azotando a los pobladores y sumaba nuevas vidas a su cuenta. Eso sin contar los casos que a diario saturaban el módulo asistencial de niños con gripes, alergias y un sinfín de asmas.

Todo esto fue minando la paciencia de la comunidad. Pero fueron las palabras del gobernador Francisco Rangel Gómez, el 30 de septiembre de 2011, las que pusieron a prueba el temple de los vecinos: para el gobierno el vertedero no se cerraría, sino en un plazo de cinco años.

Prepararon todo el domingo en la noche. Tibisay Rosas, Cristian Morales, Eliana Villanueva y Aurelio Vásquez. A la mañana siguiente, Cristian los pasaría buscando en su Cheyenne blanca a las 4:00 de la madrugada. Saldrían hasta la avenida Angosturita –hoy Avenida de los Trabajadores– para iniciar su protesta.

A las 5:00 de la mañana los cuatro estaban en la vía, cerrando el paso con palos y cauchos que consiguieron en el vertedero. Minutos más tarde, un primer camión de basura llegó al sitio con las luces encendidas. Nunca pasó. Tibisay le explicó el motivo de su queja solo para darse cuenta de que los camioneros también los apoyaban. Llegaron más camiones. Ninguno pudo pasar. La línea de carga con desechos sólidos fue creciendo con el paso de las horas, al igual que la indignación de los conductores comunes y el infarto de las vías alternas.

Ya a las 9:00 de la mañana el tráfico había colapsado. Ya no eran únicamente Tibisay y sus amigos, sino un bloque de la comunidad, dispuesta a detener el tráfico hasta sus últimas consecuencias. Hubo un grupo de camiones que trató de entrar, pero una vez más se lo impidieron. Las mujeres se acostaron en el calor de aquel asfalto. Ninguno se atrevió a tentar al destino.

Minutos más tarde comenzaron las llamadas. Era el secretario político de la Gobernación Horacio Alarcón –gordo, moreno, rapado, nariz ancha y estatura media– informándole que la tranca impedía el paso de los camiones de asfalto con el que hacían mantenimiento a la avenida.

“¿Ah, sí hay asfalto pa’ la Angosturita, pero pa’ Cambalache no hay nada? ¡Bueno, si no hay asfalto pa’ nosotros tampoco hay pa’ nadie!… ¿Ah, y nosotros no valemos? ¿El poder popular no vale?”, respondieron indignados.

Casi en paralelo llegó una delegación de la Alcaldía de Caroní. La gente la rechazaba. Querían la presencia del alcalde y una respuesta directa como diera lugar. Llegó un puñado de guardias nacionales, que luego de escuchar el argumento de Tibisay se quedaron en el sitio para resguardarlos. Pronto salieron “los de adentro”, con su aire de iracundia para exigir la reapertura del vertedero de basura. “¡Nosotros vivimos de esto! ¡Este es nuestro trabajo!”, gritaban los más amables, antes de que llegaran las patrullas de la policía municipal.

“No sé en qué momento fue eso, pero apenas llegaron se prendió una trifulca entre la gente de la comunidad y los del vertedero. Mi hijo tenía un palo en la mano y fue a ver lo que pasaba pero no soltó el palo. En eso vino la policía, lo agarró y lo metió preso”.

Tibisay abandonó la tranca. Fue hasta la comisaría de Unare para buscar a su hijo, pero no se lo devolvieron. Mientras tanto el alcalde José Ramón López ponía los pies en la zona de conflicto, pero ya las reglas habían cambiado: o devolvían al hijo de Tibisay o no soltaban al alcalde. Al final el trueque se dio. Se levantó la protesta y la gente sucumbió al calor de las 2:00 de la tarde. Recorrieron el vertedero, tomaron decisiones y a los tres días comenzaron las labores de saneamiento.

V

El cambio se sintió en el ambiente. La combustión espontánea cesó. Hoy Cambalache respira un aire más limpio, pero nadie sabe hasta cuándo dure la dicha. Hoy todos celebran la victoria, la de ellos, la de sus antecesores, la de los que lucharon y los que quedaron en el camino, pero ya volverán los camiones con nuevas de toneladas de basura. Volverán las moscas. Volverá la fetidez. Volverá el mar de podredumbre que los embarga cada vez que arrecian las lluvias. Los zamuros volverán a preludiar a la muerte, y aquellos, “los raritos”, los que viven entre delincuentes, volverán a quemar los desechos de vez que les venga en gana.

Hace tres años que Emiliano De Pablos murió, a causa de la asfixia provocada por el humo de las llamas. Esos son los fuegos del vertedero. Las candelas de “el bote”, que duerme ahora al cobijo de una nube que, a pesar de los años, todavía pulula sobre su lecho.

Todo el mundo sabe lo que pasó en la cárcel de El Porvenir y todo el mundo, especialmente Honduras, parece haberlo olvidado: cuando a las 9:10 de la mañana del 5 de abril de 2003, 10 minutos después de que estallara el motín, la Policía y el Ejército entraron a los patios con sus armas largas y sus pistolas, en teoría para poner orden, solo habían muerto cinco personas. Dos horas después, en aquel penal de una veintena de celdas se amontonaban 68 cadáveres.

***

La batalla la iniciaron los pandilleros del Barrio 18. Entre ellos y los Paisas -los presos no pandilleros- había un acuerdo de no agresión que se había respetado durante meses. A pesar de ser los eternos protagonistas de las portadas de diario, a pesar de encarnar todos los males y provocar todos lo miedos, a pesar de su talento para la violencia, la historia indica que en Honduras, cuando se trata de plantar batalla a otros grupos criminales o a las fuerzas de seguridad, los pandilleros llevan las de perder. En esa certeza descansaba la paz de El Porvenir, en la costera ciudad de La Ceiba. Los paisas cuadruplicaban a los pandilleros en número, aun contando a los recién llegados. Y eran paisas los “rondines”, el grupo de presos en los que las autoridades delegaban desde hacía años el orden en los patios, los hombres que a golpe de tolete o de machete imponían ley intramuros.

En plena explosión del plan “Cero Tolerancia” contra las pandillas impulsado por el gobierno del presidente Ricardo Maduro, si en las calles se temía y despreciaba a los pandilleros y la Policía había comenzado a perseguirlos a plomazo limpio con el aplauso de la población, en la cárcel se les vigilaba y trataba como a animales peligrosos. En El Porvenir, las autoridades habían dado a los rondines las llaves de las celdas 2 y 6, ocupadas por el Barrio 18. Los paisas, liderados por su coordinador general, Edgardo Coca, decidían quién entraba y salía, y cuándo. Hacían constantes registros, hasta tres al día. Establecían para los pandilleros castigos colectivos.

Esa paz desigual, sin embargo, comenzó a agrietarse el 7 de marzo, cuando Mario Cerrato, el Boris, aterrizó en El Porvenir con otros 29 dieciocheros. Habían sido trasladados desde la Penitenciaría de Támara, en teoría para evitar roces con otros presos. En teoría para evitar muertes.

Una vez en El Porvenir, el Boris no tardó en comprobar, indignado, que su Barrio bajaba la cabeza ante los abusos de los presos no pandilleros. Casi deinmediato conjuró reglas no escritas en la pandilla y logró desplazar al hasta entonces líder de los dieciocheros en el penal, Edwin Calona, El Danger, en la toma de decisiones. El Boris tenía en mente una guerra. Se sabe que sobornó a un custodio para que le proporcionara un arma y organizó un plan de ataque durante cuatro semanas. El sábado 5 de abril tomó su nueva pistola y se dirigió a la celda en la que estaban reunidos Coca y el resto de líderes de los rondines. Con él iban El Danger y otros ocho pandilleros armados con palos y cuchillos. El primer disparo de El Boris mató a José Alberto Almendárez, el subjefe de rondines. Encaramados a la confusión inicial, los pandilleros lograron abatir a balazos o machetear hasta matarlos a otros cuatro paisas. Buena parte de los rondines huyeron y buscaron refugio en los baños de sus celdas. Otros, los más veteranos, corrieron a buscar sus armas, para responder a El Boris.

Todos los testigos coinciden en que cuando, 10 minutos después del primer disparo, los policías que custodiaban el penal y los soldados de refuerzo entraron en los patios, lo hicieron a cañón suelto y con la intención clara de proteger a los paisas, matando a todo pandillero que encontraban a su paso. De inmediato, rondines, custodios y militares formaron un solo batallón que hizo retroceder a la mayor parte de dieciocheros hacia sus celdas. La carnicería estaba por comenzar.

Un rondín cerró con candado la celda 6, en la que se habían refugiado 25 personas, incluida una mujer y una niña que habían entrado de visita poco antes de la balacera, colocó cartones y colchones sobre la puerta de reja, los roció con combustible y les prendió fuego. Los policías que le vieron hacerlo no movieron un dedo.

A pocos metros, frente a la celda número 2, policías, soldados y rondines descargaron sus armas hacia los pandilleros que se habían refugiado allí, al tiempo que les gritaban que se rindieran. Por un instante cesó el fuego cruzado: los pandilleros se rindieron y lanzaron sus armas hacia el patio, pero los primeros que se atrevieron a salir con las manos en alto fueron acribillados. Uno murió en el acto. Los que quedaron en el suelo, heridos, retorciéndose, fueron rematados a golpes y cuchilladas por los rondines. Aquellos que en un primer momento se quedaron parapetados en la celda sufrirían una muerte más brutal: cuando el humo y las llamas que de la celda 6 ya pasaban a la 2 les forzaron a salir, fueron tumbados boca abajo en el suelo. En esa posición los ejecutaron. Después de lincharlos y acuchillarlos, todos fueron rematados a tiros. Los mismos tiros que más tarde permitirían reconstruir lo sucedido a Arabeska Sánchez.

En cada rincón del penal, respaldados por las armas de la Policía y los militares, los presos paisa completaron la venganza. Policías remataban a los pandilleros heridos, soldados contemplaban en silencio cómo rondines se ensañaban con cadáveres ya desfigurados.

El comandante a cargo del operativo, el subcomisionado Carlos Esteban Henríquez, detuvo la matanza alrededor de las 11, cuando supo que desde la escalera de un camión de bomberos que acababa de llegar a sofocar el incendio un camarógrafo lo grababa todo. Solo entonces ordenó a sus hombres dejar de disparar y trasladar hacia un hospital a los heridos. En su primera declaración a los periodistas, un vocero del Ministerio de Defensa, el subcomisario Leonel Sauceda, dijo que, de los incidentes carcelarios causados por pandilleros en los últimos meses, este había sido “el más grave”.

23 de las 68 víctimas tenían heridas por arma de fuego. 60 de ellas eran pandilleros del Barrio 18. Cinco murieron desangradas. Una recibió 20 machetazos en la cabeza. En la celda número 6 murieron 25 personas asfixiadas o quemadas. El cuerpo de una de ellas quedó calcinado a tal punto que fue imposible identificarla, y ni siquiera se pudo conocer su edad o su sexo. Los cuerpos de los muertos fueron trasladados a San Pedro Sula para que se les realizara la autopsia. Llegaron como podridos a la morgue. No aguantaron las cuatro horas de viaje a bordo de camiones sin refrigeración.

El presidente Ricardo Maduro, su ministro de Seguridad Óscar Álvarez y su viceministro Armando Calidonio, llegaron al penal a las 4 de la tarde, cuando todavía había cadáveres en el suelo. A los minutos, un miembro de la comitiva presidencial ordenó a los bomberos limpiar de inmediato el escenario de la masacre para que los presos sobrevivientes, que también habían sido evacuados tras el alto el fuego, regresaran lo antes posible a sus celdas. No importó —todavía hoy hay quien sugiere que ese era el propósito de la orden— que con el agua se borraran posibles pruebas y se convirtiera en tabula rasa la escena del crimen.

***

La de El Porvenir fue la primera de las tres grandes masacres ocurridas en la última década en cárceles hondureñas. Un año después, en 2004, la quema del sector de la Mara Salvatrucha en el penal de San Pedro Sula causó 107 muertos. En febrero de 2012, como en una escalada macabra, otro incendio consumió casi totalmente la granja penal de Comayagua y murieron 361 hombres y una mujer que había llegado de visita. Medio millar de muertos en tres zarpazos bajo el aplauso de buena parte de la sociedad hondureña, que suele recibir la muerte de presos como una purga sanadora. Pero la huella puntiaguda de estos tres episodios en las gráficas oficiales de muertes violentas en los penales de Honduras no cuenta la verdadera historia. Es en el valle de los muertos casi diarios y en la negativa del Estado a asumir la responsabilidad por ellos donde brutalidad de la política penitenciaria en Honduras se vuelve transparente.

La hemeroteca y el relato de quienes sobreviven intramuros rebalsa de casos extraordinarios: en marzo de 2008 un grupo de expandilleros fue trasladado desde San Pedro Sula hasta Támara tras un motín en el que hubo nueve muertos. Una vez en la Penitenciaría Nacional fueron metidos en plena noche en sectores de paisas, pese a la certeza de que acabarían muertos. Así fue. Al amanecer había 18 pandilleros acuchillados. A mediados de 2009, dos juezas ordenaron medidas cautelares para proteger a un preso por homicidio cuya vida peligraba si era ubicado en el mismo sector en que cumplía pena el hermano de su víctima. Pese a haber recibido y leído las órdenes judiciales que explícitamente pedían que se le asignara al reo otro área del penal, el director del centro lo envió a la muerte. El director está hoy acusado de homicidio. En 2011 otro director penitenciario mantuvo a un preso epiléptico engrilletado de pies y manos en una pequeña celda de castigo en la base de un torreón de vigilancia, y se negó a que el personal de la clínica le diera su medicación. El preso murió y nadie señaló culpables. Son constantes los enfrentamientos entre internos, con armas de fuego. El 29 de marzo de 2012 un grupo de presos de la cárcel de San Pedro Sula derrocó por las armas a su coordinador general y estableció en el penal un nuevo orden. Tras varias horas de tiroteo se contaron 14 cadáveres.

Los informes de diversos organismos internacionales de derechos humanos, como la Comisión Interamericana o Naciones Unidas, han denunciado regularmente desde hace más de una década la crueldad de las condiciones de las cárceles hondureñas y el constante riesgo para la vida de los presos. Sin que haya habido cambios. Solo en los últimos tres años han muerto de forma violenta en cárceles de Honduras más de 450 presos. En promedio, uno cada dos días y medio. Baleados por los guardias, acribillados por disparos de otros reos, perforados por las esquirlas de una granada, estrangulados, acuchillados, ahorcados, apaleados, empalados, decapitados, quemados vivos.

Resulta imposible acceder a registros sistematizados y completos de muertes violentas en las últimas décadas, pero los datos oficiales de mortalidad en cárceles, que convenientemente mezclan los decesos naturales con homicidios y asesinatos, no logran esconder lo evidente: el promedio entre 2003 y 2012 fue de 106 muertes anuales dentro de prisión, la inmensa mayoría de ellas por hechos violentos. Si Honduras es el país más violento del mundo con una tasa de homicidios de 79 por cada 100 mil habitantes en 2013, y tiene una mortalidad total de 4.78 por cada mil habitantes según datos de 2012, sus cárceles son el lugar más peligroso de Honduras con una tasa de mortalidad promedio que supera los 7.8 por cada mil presos en la última década.

Las autoridades hondureñas suelen sugerir que los incendios en cárceles son excepcionales e imprevisibles, que las muertes de presos en plena fuga son inevitables y justas, y que los motines o las venganzas entre internos son aleatorias. Como si las lógicas salvajes de los presos fueran incomprensibles. No es sino una forma de mentira institucional. En las cárceles, las muertes siempre tienen una explicación. Y las masacres de El Porvenir, San Pedro Sula y Comayagua no son sucesos aislados sino cimas, cumbres, de la normalidad asesina del sistema penitenciario de Honduras. Unas veces el Estado mata directamente a través de sus funcionarios de prisiones; otras, facilita que sean otros los verdugos en un sistema de pena de muerte tácita.

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10 años después, sentada en el bar de la zona hotelera de Tegucigalpa, Arabeska Sánchez reflexiona sobre la masacre. Es evidente que le alegra que a alguien le importen aquellos muertos tanto tiempo después y en un país que todavía aplaude sin pudor diversas formas de limpieza social.

Lo que llegó a la mesa de Arabeska Sánchez no parecía una bala. Ese pedazo de metal deforme podía ser cualquier cosa, y aun asumiendo que fuera un proyectil iba a ser imposible rastrear el arma del que salió. Ella, corpulenta, bajita, arrugó la cara, detrás de sus lentes entrecerró aun más sus pequeños ojos e intentó adivinar alguna pista en esa esquirla de plomo, pero terminó por rendirse. Había visto en televisión las escenas de la masacre de la cárcel de El Porvenir y la carcomía el deseo de ayudar a identificar a los perpetradores. Pero de los centenares de balas y casquillos recogidos por el Ministerio Público después de la matanza, su astilla era la más inútil. Incómoda, la devolvió a la bolsa en la que venía etiquetada como indicio y escribió en su dictamen: “El fragmento ha perdido masa y características de clase e individualizantes. No tiene valor analítico.”

Sentada en la parte menos ruidosa de un bar que pretende ser bohemio, en medio de la zona hotelera de Tegucigalpa, Arabeska Sánchez se aferra a un vaso con hielo y seven up mientras rememora su intento de descifrar los secretos de aquel pedacito de plomo. No he conseguido que acepte una cerveza o que me acompañe con un trago de ginebra. Dice que mañana tiene que madrugar.

—Nada de alcohol si hay que trabajar.

Es, y lo demuestra en cada frase y cada gesto, una mujer serena. Dura, agresiva en sus opiniones, pero serena. Supongo que solo anclado en esa serenidad puede uno haber visto desfilar ante sus ojos toda la muerte que cabe en Honduras y continuar creyendo que se puede salvar a este país de sí mismo.

Aquel abril de 2003, como si se apiadara de su frustración, el azar quiso que el peritaje fallido le abriera a Arabeska Sánchez una puerta mayor en la investigación de la masacre. Puesto que era la única miembro del laboratorio que no presentaría prueba balística en el juicio, la fiscal del caso le asignó una nueva tarea: reconstruir con la mayor precisión posible, usando los informes de sus compañeros, la masacre de la granja penal de El Porvenir. Sin pedirlo, se convirtió en una pieza clave para probar cómo el Estado hondureño, en complicidad con una banda de matones, asesinó de manera salvaje en dos horas a seis decenas de seres humanos.

Asegura que, más aun que la masacre en sí, y por despiadado que parezca, fue el largo y tenso juicio posterior el que retrató el nivel de desprecio del gobierno de Honduras por la vida de los prisioneros.

—Si quieres saber cómo es, incluso 10 años después, el sistema penitenciario de Honduras, buscá y revisá el expediente del caso de El Porvenir. Fue la primera vez que se desnudaron todas sus debilidades.

Arabeska no lo dice, o lo dice con otras palabras: la de El Porvenir no es una historia del pasado. El país más violento del mundo mantiene aún hoy, como política no oficial, el exterminio sistemático de sus presos.

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El juicio por la masacre de El Porvenir inició en marzo de 2008 y fue un pulso del Estado hondureño consigo mismo. Mientras el Ministerio Público pujaba por el esclarecimiento de las 68 muertes, el Ejecutivo ponía todo su empeño en el encubrimiento. Quedó probado que la dirección del Sistema Penitenciario había alterado en su libro de incidencias la hora en que comenzó la masacre. Quedó probado que los informes de novedades de la Policía Preventiva se habían falseado para hacer ver que la voz de alarma se dio tarde y el operativo policial había durado una hora menos de lo que realmente duró. Quedó probado que el jefe policial a cargo del operativo mintió en su informe y escribió que sus agentes habían sido recibidos a balazos por los pandilleros y solo habían disparado en defensa propia. La Secretaría de Seguridad pagó los abogados de los custodios, contrató a peritos en balística e incluso reclutó a investigadores del Ministerio Público para que argumentaran en contra de las pruebas de la acusación.

Con la mirada endurecida detrás de sus inseparables lentes, Arabeska Sánchez explica la sensación de desventaja que tuvo el equipo fiscal durante todo el proceso que duró 159 días, algo más de cinco meses.

—Éramos cuatro personas: dos fiscales, un médico forense y yo, y delante teníamos un buró de 60 defensores, una barbaridad de gente. Sentíamos una presión terrible.
—¿Recibieron alguna amenaza?
—Hubo vehículos sospechosos siguiendo el carro de la Fiscalía que usábamos en La Ceiba, así que pedimos un vehículo de refuerzo que nos acompañara cada vez que nos desplazábamos del hotel a la audiencia. Después de cada sesión teníamos que encerrarnos. Balearon a un muchacho en el parqueo de mi hotel, y también hubo disparos frente al hotel en que se estaba quedando la fiscal.

Las salas de audiencia de los tribunales en La Ceiba eran demasiado pequeñas para un proceso de estas dimensiones, así que el juicio se celebró en la sede local del colegio de abogados. Todos los días se desplegaba un cordón policial que rodeaba el edificio en el que se estaba juzgando, principalmente, a policías por el asesinato de presos. Aunque se esgrimía razones de seguridad, para el equipo fiscal era una forma más de intimidación. Durante las audiencias, los jueces pidieron a los acusadores que no se levantaran al baño en los recesos para no exponerse a recibir ataques. A los pocos días de comenzar el juicio, una amenaza de bomba obligó a desalojar todo el edificio y suspender la audiencia durante horas.

Toda La Ceiba se convirtió para Arabeska Sánchez y su gente en territorio hostil. Mientras los acusados y sus familiares celebraban barbacoas por la noche, los cuatro miembros del equipo fiscal comían aislados en su hotel. No había quien quisiera sentarse con ellos ni se podían dar el lujo de caminar tranquilamente por la ciudad costera.

Las pruebas y testimonios eran, en todo caso, aplastantes. Durante el juicio se mostraron imágenes de televisión en las que se veía a agentes golpear a pandilleros moribundos de la mano de presos rondines. Los informes de balística confirmaron que la mayoría de víctimas habían muerto por disparos de armas asignadas a policías y soldados. También pusieron en evidencia que algunas de las armas homicidas nunca llegaron a ser entregadas a la Fiscalía por parte de la Policía. Simplemente desaparecieron.

21 de los 33 acusados fueron declarados culpables y recibieron condenas que oscilaron entre los 3 y los 1,035 años de cárcel. El comandante de la Policía al frente del operativo, Carlos Esteban Henríquez, fue declarado culpable de omisión en 19 asesinatos y condenado a 17 años de prisión. El director del penal, Danny Alexander Rodríguez Valladares, no fue en cambio ni siquiera imputado porque el día de la masacre, aunque no tenía permiso, no se presentó a trabajar. En el año siguiente a la masacre fue trasladado varias veces y dirigió los penales de Santa Bárbara y Danlí, y en 2012, como si en Honduras la burla fuera una política de Estado, fue enviado de urgencia a sustituir al director del penal de Comayagua, fulminantemente suspendido tras el incendio en que murieron 361 personas.

Desde junio de 2013, Rodríguez Valladares es el director del penal de San Pedro Sula, el segundo más grande del país. Allí, como una década antes en El Porvenir, comparte el poder con un equipo de rondines armados, presos que, bajo el liderazgo de otro preso, imponen disciplina, operan como la verdadera autoridad de la cárcel y deciden sobre la vida y la muerte del resto de internos. Como si no hubiera huella del pasado y la muerte de 68 reos fuera un apunte marginal, anecdótico, en la doctrina del sistema y la carrera de un funcionario.

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La noche lo calla todo menos al río, cuyo rugido parece advertir que en este suelo, donde hubo una vez risas y bailes con orquesta, nadie debe volver a construir nada. Por décadas la corrupción hizo de La Mora -el pabellón de los presos ricos en la antigua Penitenciaría Central de Honduras- un lugar feliz para quien pudiera pagar. Mientras los presos comunes, encerrados en la parte alta del recinto, malcomían y asistían a la escuela para aprender a leer, en las celdas de La Mora se instalaron mesas de casino y en su patio se celebraban a menudo veladas de boxeo con púgiles invitados.

El huracán Mitch barrió todo eso. El 30 de octubre de 1998 las aguas del río Chiquito, convertidas en el brazo de un gigante desbocado, redujeron La Mora a un predio baldío. Del resto del penal quedaron ruinas de cierta solemnidad, pero de La Mora solo sobrevive un torreón de vigilancia, en extraño equilibrio sobre sus bases mordidas.

Entre los cimientos de ese torreón, a oscuras, Dionisio Sánchez ordena sin prisa sus montículos de cartón, sus redes llenas de latas y sus amasijos de quincalla. El aire en Tegucigalpa está limpio, como entre lluvias. Dionisio es pequeño y tiene una sonrisa burlona. Al hablar despereza dos ojos sorprendidos, como si conversar fuera para él una excentricidad o un placer olvidado y redescubierto.

Se asentó bajo este techo prestado en el año 99, pocos meses después del paso del huracán y vive de vender basura y cargar bultos en el mercado mayorista. Nunca ha pisado una cárcel, pero sabe perfectamente qué sucedió acá el día que desapareció La Mora:

—Cuentan que se iban y los mataban. Los presos se iban y los mataban.

Aquel jueves, con Tegucigalpa entera en estado de alarma, con el río a punto de desbordarse, entre los presos de la Penitenciaría Central corrió el rumor de que nadie iba a llegar a evacuarlos. En mitad de la emergencia, mientras temblaban los muros que trataban de sostener el río y se filtraba el agua, decenas de reclusos de La Mora treparon uno tras otro por las paredes pensando que era su oportunidad de escapar o de salvar la vida. Los guardias dispararon a matar. Alrededor de 30 presos fueron arrastrados por el río heridos o ya muertos. Sus cuerpos nunca aparecieron.

Años después, en una nota que pretendía resultar entrañable, el diario El Heraldo escribió que en las ruinas de la vieja cárcel de Tegucigalpa hay fantasmas de guardias y de presos muertos. Como si la leyenda negra de un país que mata a sus presos fuera un juego de miedos infantiles. Como si los asesinatos en una cárcel hondureña fueran cosa del pasado o de otros mundos.

Esta noche, en mitad del antiguo patio de La Mora, a pocos metros de su torreón, Dionisio Sánchez parece uno de esos fantasmas. Sabe que desde este torreón mataron a gente porque se lo contó un amigo que cumplía sentencia en aquellos días en La Mora y vio con sus propios ojos morir y hundirse en los remolinos de agua a compañeros de encierro. Una rata del tamaño de un gato atraviesa el predio en dirección a Dionisio y se cuela entre sus cartones.

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El Doctor de la cárcel de Támara fue un fantasma en la vieja Penitenciaría Central en los años 90 y la condena de ver pasar cadáveres de presos le ha acompañado hasta hoy. “Aquí la primera causa de muerte es la herida por arma de fuego”, dice, y mantiene una postura fría, los brazos sobre el escritorio, la espalda recta, el gesto ausente, como si hubiera repetido esta frase mil veces y no sirviera para nada.

La Penitenciaría Nacional Marco Aurelio Soto, conocida popularmente como Támara, estuvo una vez llamada a ser la primera piedra de un nuevo sistema penitenciario en Honduras. Cuando Mitch derribó los muros de la antigua Penitenciaría Central, en Támara se estaba terminando de construir una cárcel modelo para 1,800 personas, diseñada para facilitar la clasificación de internos por perfil criminológico y tipo de delito, a la medida de un futuro sistema progresivo de reinserción. Apenas albergaba entonces a 300 presos y debía irse llenando paulatinamente, bajo nuevos criterios de administración.

También eso se llevó el huracán. Los presos de la Central fueron finalmente evacuados de urgencia la tarde del 30 de octubre e instalados temporalmente en los bajos de las gradas del Estadio Nacional, a 200 metros de distancia cruzando el río, pero a salvo de las aguas y al cabo de unas semanas se les trasladó a todos, a los 3,500 que se amontonaban en la Central, a la nueva penitenciaría, donde quedaron de nuevo amontonados. No hubo, claro, más criterio que la prisa a la hora de asignarles celda. Ni perfil, ni distinción entre condenados y pendientes de condena, ni clasificación por grado de peligrosidad. Aún hoy los sectores del penal de Támara se llaman Procesados 1 y 2, y Sentenciados 1 y 2. Una falsedad.

En los desagües del Estadio Nacional aparecieron a los pocos días restos humanos. Los presos de la Central habían hecho sangrientos ajustes de cuentas mientras estuvieron en ese albergue temporal y llevaban consigo hasta el nuevo penal la tradición carcelaria de muerte y corrupción de las décadas anteriores.

El Doctor vivió aquel tránsito de la Central a Támara y ha estado en esta cárcel los últimos 15 años. Él ronda los 60. Su pelo peinado hacia atrás, su afeitado riguroso de médico viejo, y su camisa impecable debajo de la bata blanca contrastan con la clínica en ruinas en la que trabaja, sin equipo de rayos x, sin apenas camas, entre telarañas y pasillos a los que les faltan las ventanas. Como el resto de médicos y enfermeros de Támara, trae cada día de casa sus bisturíes, sus tijeras, su estetoscopio, sus guantes.

El penal es una ciudad pobre, sobrepoblada por 4,000 personas a las que las autoridades alimentan con una dieta única de frijoles y arroz tres veces al día. Además, el agua de Támara, los días que no falta el suministro, no es potable. El Doctor dice que la tratan para eliminar algunos gérmenes, pero que de ninguna manera es potable. Aun así, se bebe. Hacinados, malnutridos, maltratados, enfermos, en los meses de verano tres cuartas partes de los presos tienen sarna.

—Hubo un tiempo en que sí, como a finales de los 80, por el sida, pero desde hace unos 15 o 20 años ya no son las enfermedades las que matan a la gente aquí en las cárceles —aclara el Doctor—. Primero crecieron las muertes por arma blanca, y ahora ya no, ahora son por arma de fuego.

En Támara, la cárcel más grande del país y la más cercana a la capital, conseguir un revólver .38 cuesta alrededor de 25 mil Lempiras, 1,300 dólares, y que las autoridades dejen pasar una pistola 9 mm. cuesta 45 mil, unos 2,300 dólares. Un AK47 o una granada tienen precios lógicamente mayores, pero igual se pagan. Los agentes policiales que custodian la cárcel se dejan sobornar tanto por paisas como por pandilleros y los surten de armas para que se maten entre ellos, como auténticos vendedores de muerte. En un círculo vicioso que se ha perfeccionado con el paso del tiempo, las mafias de los internos alimentan la corrupción y la corrupción a su vez fortalece a las mafias de los internos.

—Mire, en las cárceles hay un poder fáctico que está por encima del director —dice el Doctor—. Los llaman “los Toros”. Son los reos poderosos, los que en cada penal manejan el narcotráfico, los negocios ilícitos, el crimen…

El Doctor no ha necesitado hacer preguntas incómodas ni meterse en los asuntos de otros para averiguar lo que sabe. Por su clínica pasan las consecuencias de todos los problemas de la cárcel. Hace algunos años comenzaron a aparecerle heridos con unos extraños cortes circulares en el cuero cabelludo, un mosaico de incisiones regulares y profundas. Le llevó un tiempo deducir de dónde venían. Los coordinadores de los sectores usan un tablero lleno de corcholatas, chapas de botella, clavadas boca arriba, y colocan al reo con la cabeza sobre las chapas, con los pies levantados y apoyados en la pared, sin manos, para que todo el peso del cuerpo descanse sobre la cabeza y los filos dentados de las corcholatas atraviesen lenta pero profundamente la piel.

Es solo una de las muchas formas en las que Támara se autogobierna de muros para adentro con la absoluta complicidad de las autoridades. Al igual que sucedía con los rondines de El Porvenir, y como sucede en casi todos los penales de Honduras, en Támara los internos que regentan los patios disciplinan al resto con torturas sistemáticas. En cada sector tienen celdas reservadas expresamente para el castigo y la tortura. A esas salas las llaman CORE, como el CORE VII, la posta Metropolitana n°1 de la Policía Nacional en Tegucigalpa, en la que tradicionalmente se ha dicho que las autoridades torturan a su vez a sus detenidos.

15 años después del huracán, la que pretendía ser una cárcel ejemplar está carcomida por la corrupción y la desidia institucional. Las autoridades tratan a los presos como animales y les permiten gobernar su propia jungla. El resultado es un poder, el de los internos, que nadie logra ni -tal vez- quiere domar. Las autoridades se limitan a fingir que al menos pueden evitar que ese poder salga de su jaula. Por eso, cuando no se trata de un escape planeado y pagado a las redes de corrupción del penal, que inician en los coordinadores de cada sector y terminan en las oficinas administrativas del penal, los custodios disparan a quienes tratan de fugarse.

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El 19 de mayo de 2009, Alexander Noé Moncada Zúñiga, un joven de 29 años condenado por allanamiento de morada trató de fugarse de la prisión Marco Aurelio Soto de Honduras, conocida por todos como Támara. Llevaba menos de un mes de reclusión, pero estaba nervioso como un adicto separado de sus dosis. La cárcel, al principio, puede ser un picor insoportable. A las 11 de la mañana de un martes de mayo, ese preso delgado y con bigote se lanzó, vestido con ropa deportiva, sobre el primer muro de los dos que forman el perímetro de seguridad del penal. Los vigilantes le descubrieron en la llamada “zona muerta” entre las dos paredes y le hicieron disparos de aviso. Él dudó unos instantes, midió sus remotas posibilidades de éxito y decidió que lo más seguro era volver a saltar de regreso a su sector. Pese a ver que el preso regresaba al recinto, un custodio le disparó por la espalda y le hirió en el glúteo.

El disparo no lo mató. El escapista frustrado recibió atención primaria y llegó incluso a hablar con los periodistas a su llegada al hospital Escuela de Tegucigalpa, un par de horas después del suceso. Explicó que quiso fugarse por la ansiedad de que su familia no lo llegara a visitar. Sonrió a las cámaras. Antes de que anocheciera estaba muerto. Desangrado, según la versión oficial. Un año después, el custodio fue condenado a 15 años de cárcel.

Es el único caso de este tipo por el que el Ministerio Público de Honduras ha conseguido jamás una condena. A los internos les da miedo denunciar o testificar porque al regresar al penal temen que los custodios, o los coordinadores de sectores, coludidos con las autoridades corruptas, los vayan a asesinar.

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El Fiscal batalla con cientos de casos como el de Moncada: torturas, abusos, violaciones a los derechos humanos en las cárceles. Como El Doctor, cuenta sus anécdotas desde la protección que da el anonimato, porque ha recibido amenazas directas de muerte y porque en Honduras los asesinatos de fiscales y defensores de Derechos Humanos en los últimos tres años han hecho del miedo un rasgo de sentido común. Los canallas no quieren que cambie el sistema, y El Fiscal sabe que los canallas, especialmente los que trabajan en despachos oficiales, le conocen y le odian. Por eso aprendió a disparar y anda siempre armado.

—Es típico, ocurre a veces que un interno logra pasar la zona muerta y lo persiguen 10 o 15 policías, y cuando lo tienen casi sometido, y así es más fácil, le disparan en la espalda y muere. O lo capturan, lo ingresan al penal y muere.
—¿Se abren expedientes internos o investigaciones por esos casos?
—Al Ejecutivo no le interesa. Nunca hay sanción para el custodio que dispara. Nunca hay una investigación interna cuando muere un preso. Si la Policía se da cuenta, no investiga. Solo se abre un caso cuando el Ministerio Público toma su propia iniciativa o por denuncia de una oenegé.

Cuenta El Fiscal que una vez llegó a Támara para investigar un caso de abuso de autoridad y se le arremolinó alrededor un grupo de presos ansioso de que viera algo. “Ya le van a conseguir los lisiados”, le dijeron. Al poco vio acercarse a una docena de personas cojeando, malcaminando, apoyada en muletas. Una procesión de tullidos y gente rota. Se trataba de presos que habían intentado fugarse y recibido castigo de los guardias por ello. Muchos tenían brazos rígidos y doblados por fracturas que nunca les fueron enyesadas, o pies ladeados.

—Me han hablado de disparos en los pies, como castigo ejemplar -le pregunto.
—Varios me dijeron: “Mire, yo me escapé, pero cuando ya me tenían detenido me dispararon en la pierna, ‘para que no lo volvás a hacer’, me dijeron, y pummm”. En Támara hay muchos casos. Podés hacer un libro con ellos. Y no es lo peor que ha pasado y sigue pasando.

El 27 de marzo de 2014, a las 2 de la tarde, tres internos trataron de fugarse del penal de Támara después de, aparentemente, sobornar al soldado que ocupaba una torreta de vigilancia. Cuando otros centinelas se dieron cuenta de lo que sucedía, les persiguieron y, tras hacer disparos de aviso, terminaron por apuntar al cuerpo. Uno de los presos, Erik David Sevilla Salgado, recibió un tiro en una pierna. Aunque fue trasladado al hospital en Tegucigalpa, murió desangrado. Otro preso herido que, como Moncada en 2009, murió desangrado.

24 horas después, las autoridades de Támara no habían hecho llegar a las oficinas centrales del Sistema Penitenciario, que están a menos de un kilómetro de distancia del penal, ningún informe escrito sobre el suceso. El Fiscal sabe que, cuando algo así sucede, no va a encontrar ayuda policial para dar con un culpable.

—Ya te digo que estos asuntos no le interesan a nadie.

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El preso más conocido -y probablemente uno de los más aplaudidos- de Honduras se llama Moncho Cálix. En los periódicos le han dado el apodo de “El exterminador de mareros” por la larga lista de ataques que, ya estando en la cárcel, ha perpetrado -con cuchillo, con pistola, con granada- contra presos pandilleros.

El 24 de julio de 2012 volvió a hacer gala de su sobrenombre. Ese martes, en el módulo de máxima seguridad de Támara, una cárcel aparte construida a un centenar de metros de la Penitenciaría Nacional, Moncho Cálix sacó un revólver .38 por la ventana de su celda y comenzó a disparar contra los pandilleros del Barrio 18 que en ese momento estaban en el patio. Hirió a tres. A uno de ellos, al que Cálix disparó primero, su verdadero objetivo, le acertó en la cabeza. Era Norlin Ardón Varela, “Lucifer”, uno de los principales líderes de la 18 en Honduras.

Ninguno de los pandilleros murió pero en Támara se dice que las secuelas de Lucifer son graves y le han dejado a merced de cualquier enemigo. Ya no puede valerse y menos defenderse solo. Por eso no regresó a Máxima Seguridad sino al módulo El Escorpión, donde está con sus homiesy el Barrio 18 puede atenderle y protegerle.

Es obvio que fue un custodio, un policía, quien proporcionó a Cálix el revólver. Al día siguiente del ataque se habló en los periódicos de la corrupción del sistema penitenciario y de revisar los videos para ver quién entregó el arma. El Ministerio Público anunció la apertura de una investigación. Pero casi dos años después no ha habido ningún detenido ni tiene sentido pensar, a estas alturas, que algún día lo habrá.

Cuando le pregunto a La Sombra por Moncho Cálix su respuesta es el inicio de una cita enciclopédica: “Moncho Cálix Urtecho… es familiar de los Urtecho, que han sido asesores de seguridad pública…”

De la Sombra diremos solo que, por su trabajo atraviesa a su antojo los muros y conoce desde hace años todos los rincones de las cárceles hondureñas. Conoce a los custodios, conoce coordinadores de cada módulo, conoce a los pobres diablos que sufren sus castigos y sabe tanto de las corruptelas administrativas como de los grandes negocios entre la dirección de cada penal y sus presos. Sabe, siempre, qué dicen los patios sobre cada muerte y sobre cada fuga.

Me recibe en su casa, una vivienda sobria en una colonia obrera del extrarradio de Tegucigalpa. Viendo las limitaciones del lugar, uno dría que La Sombra, pese a moverse entre la corrupción del sistema penitenciario de Honduras, tiene las manos limpias.

—Mucha gente me ha hablado de Cálix -le digo-. Le llaman el asesino de mareros.
—Es de Olancho, pero residía en la Mosquitia. Es un exmiembro de las Fuerzas Armadas con mucha experiencia militar que está ahí dentro por un tema de drogas. Heroína. Cayó con su esposa pero él se hizo responsable y cargó con todo. Y ya una vez en prisión se convirtió en sicario.
—¡¿Se convirtió en sicario ya estando dentro?!
—Pues sí. Él no tenía antecedentes violentos, pero al principio le hicieron atribuirse muertos que no eran suyos, y después ya él puso sus muertos. Es el principal enemigo de la 18. Lleva ya… mínimo… 40 o 50 cadáveres dentro de la prisión, pero en tu artículo ponele que son 20 o 30, para que no digan que ando exagerando.

La Sombra habla de los crímenes de Cálix con cierta naturalidad cínica, como lo haría un enterrador, pero poda los números que no puede probar para que nadie le tome por un charlatán. En Honduras la gangrena maloliente de la corrupción carcelaria es tan voraz y ramificada que hay que desbrozarla para que resulte verosímil. ¿Quién demonios va a creer que entre los muros de una cárcel se forjó un asesino en serie de esas dimensiones sin que las autoridades actuaran, sin que el periodismo lo advirtiera y la sociedad se indignara, sin que el esperpento fuera ya una novela o una película?

Yo mismo desconfiaría de La Sombra, de sus números, si no fuera porque el nombre de Moncho Cálix se ha repetido en cada conversación que he tenido las últimas dos semanas acerca de las muertes de presos en Honduras. Cálix es el sicario-símbolo de los penales de Honduras. Entró a la cárcel en 2001 con una condena a 19 años y, a base de cometer asesinatos a plena luz del día en diferentes penales y confesar muchos de ellos, ha sumado condenas hasta tener ahora 340 años de cárcel por cumplir.

Hace unos días, una defensora de Derechos Humanos que sigue su caso, que le teme, que nombra a Cálix en susurros, temiendo que él pueda oírle aunque con certeza sabe que estamos a muchos kilómetros de distancia, me confesó que las sentencias contra Cálix se quedan cortas y ella le atribuye más de 100 asesinatos.

—Analizando sus expedientes le conté 104 muertes en penales, la mayoría por ahorcamiento y casi todos pandilleros, eso entre 2003 y 2006 -me dijo en su pequeño despacho-. Después le perdí la cuenta, dejé de seguir sus casos, hasta que 2012 quiso matar a ese otro… Al pandillero que quedó fregado. Y ahí me vino todo otra vez a la cabeza.

Le pregunto a La Sombra quién ordena todas esas muertes y de repente transita del cinismo y la indignación. Parece que no termina de decidir si le importa, y cuánto, lo que pasa dentro de los muros. O cuánto está dispuesto a permitir que le importe.

—Lo que ocurre es que los organismos de Derechos Humanos no tienen valor, se acomodan, todos… porque ellos tienen que sobrevivir también.
—¿Quiere usted decir que denuncian solo parte de lo que saben?
—Sí, y no son preventivos, no ponen el dedo donde es, no denuncian a quienes controlan los sectores o las cárceles. Solo se dedican a pedir indemnizaciones.
—Pero ese dinero es para las víctimas.
—¿Y es que con una paga se solucionan las muertes? Mire, al final de todo el problema, la pelea, no es la muerte del recluso… sino lo que reclaman los vivos. Eso es lo que he aprendido.

Que los internos controlen de forma absoluta la vida de los sectores no solo implica que establezcan sus propios y brutales sistemas de disciplina. Significa que en complicidad con las autoridades del centro administran todo lo que hay y sucede en la cárcel como un bien privado. Puesto que la opinión de los coordinadores influye en el diagnóstico de peligrosidad del preso, cobran 300 mil lempiras, más de 15,000 dólares, por no enviar a máxima seguridad a un interno que no se pliegue a su jerarquía, o 150 mil por dejarlo en el sector de Diagnóstico, reservado a los recién llegados y en teoría más seguro. Y una vez allí cada cama, cada espacio para dormir, tiene un precio. Se pagan 6,000 lempiras (300 dólares), por el derecho a dormir en el suelo de un pasillo.

Y las vidas, privatizadas, también tienen un precio.

—En 2013 hubo dos muertes de 2 millones de lempiras cada una, pagadas por narcotraficantes y ejecutadas con autorización del director del centro: la de Tatum, un narco de la Mosquitia, y la de “El Chino”, que era de los Cachiros.

David Dalbet Golcher Tatum tenía 55 años y lo mataron el 19 de julio, en un tiroteo en el sector Diagnóstico de Támara, durante la jornada de visitas. Estaba condenado a 20 años de cárcel por narcotráfico y lavado de dinero. Había llegado trasladado desde otro penal por haber recibido amenazas de muerte. “El Chino”, Wilmer Javier Herrera Sierra, fue ejecutado un mes antes, el sábado 15 de junio en la carretera de entrada a Tegucigalpa, junto a otros tres presos y la esposa de uno de ellos. Los tres tenían permiso de semilibertad y pasaban en casa los fines de semana. Dos vehículos en los que iban cuatro hombres encapuchados interceptaron el pick up en el que viajaban y los ametrallaron. Los tiradores se ensañaron especialmente con el rostro y la cabeza de Herrera. En el lugar quedaron más de 100 casquillos de bala. Oficialmente fueron dos muertes más, de entre las muchas que quedan sin explicación ni culpables en Honduras. La Sombra dice que cada una costó unos 100 mil dólares.

Hacemos una pausa. El hijo de La Sombra se acerca a la mesa y le dice que va a salir, que tomará su coche.

—Vaya, pero ya sabés: bajá el vidrio.

La Sombra ve mi rostro de extrañeza. Esta noche hace frío en Tegucigalpa y el vehículo tiene los vidrios tintados. El sentido común dice que sería más seguro llevar la ventana cerrada. Pero en Honduras conviven varias lógicas:

—No quiero que lo confundan conmigo y le hagan algo.

La Sombra teme porque conoce.

—Usted ya ha escrito sobre Chepe en San Pedro Sula, pero hablemos de Támara: Miguel Flores fue el primer coordinador general de la Penitenciaría Nacional después del traslado desde la PC en 1998. Cuando lo liberaron hace cinco años asumió Jacobo Ramírez, que estaba en Procesados 2. Quedó libre en 2013 y desde hace un año el coordinador es Cosme Flores, que está en Sentenciados 2. Y así seguirá la cadena. Ahorita el coordinador de Procesados 2 es el hermano de Jacobo Ramírez, y ya se dice que es el posible sucesor como coordinador general cuando Cosme Flores se vaya.

—Esos son los verdaderos dueños de la cárcel.
—Y está Wilmer Escoto, el coordinador de Casa Blanca (el módulo Sentenciados 1, aislado del resto), que es un histórico, muy sanguinario. No se equivoque, todos son más sanguinarios que Moncho Cálix. Él es solo un comodín, un sicario al que mantienen con comida y dinero desde los módulos. Pero en Honduras, en prisión, va a encontrar a más de 10 Monchos Cálix.
—¡Pero si él ha matado a decenas!
—Él es mediático, pero otros son los verdaderos sicarios en la prisión.

Pese a las denuncias generalizadas, en la última década no se ha desarticulado o juzgado una sola red de sicariato operada desde prisión. El sistema penitenciario de Honduras no se interpone en el camino de nadie que arroje presos muertos por el desagüe. Aplica un despiadado “dejar hacer y dejar pasar” que sujeta a los presos a los designios de una mano criminal invisible. Y a veces tiene la fortuna de que, gracias a que el Estado mantiene la infraestructura de los penales en permanente riesgo de colapso, el asesino a sueldo se llame fuego.

***

La celda número 19 del penal de San Pedro Sula era un cajón rectangular de concreto de 200 metros cuadrados en el que vivían 183 miembros de la Mara Salvatrucha. Un ataúd gigantesco sin ventanas ni ventilación, sin agua corriente, sin duchas ni lavabos y con una única puerta enrejada de salida, de alrededor de metro y medio de ancho.

A la 1:30 de la madrugada del lunes 17 de mayo de 2004, justo encima de esa puerta se produjo un cortocircuito y comenzó un incendio. Durante una hora los presos de la 19 clamaron por auxilio, pidieron extintores, agua, algo. Desde hacía una semana el agua de los retretes, la única que llegaba al lugar, estaba cortada. Pidieron que les abrieran la puerta, que los dejaran escapar de las llamas y el humo. Los custodios que les escucharon hicieron disparos al suelo para advertirles que no se acercaran a la reja. Algunos les insultaban. “Déjenlos, déjenlos”, se decían entre ellos. “Déjenlos morir quemados”. Las autoridades del penal tardaron 25 minutos en avisar a los bomberos. A las 2:30 los mismos presos, los que quedaban vivos, lograron forzar el portón y volver a respirar. Dentro quedaron 107 cadáveres. Unos pocos abrasados por las llamas, más de un centenar muertos por asfixia.

El gobierno de Ricardo Maduro, con la memoria de la masacre en El Porvenir todavía fresca, reaccionó rápido y dispuso una partida especial para indemnizar a las víctimas. Al siguiente día aún quedaban cuerpos por identificar y entregar, pero a las familias ya se les estaban dando 10,000 lempiras (525 dólares de ahora), como ayuda para los gastos del sepelio. El presidente, que estaba de viaje oficial en Europa, suspendió su asistencia a la boda del príncipe de España y regresó a Honduras. Dijo estar consternado. El sentido común hace suponer que debía estar, también, avergonzado: tras la masacre de El Porvenir Maduro ordenó la inmediata creación de una comisión para la reforma carcelaria y un mes después, el 13 de mayo de 2003, tenía en su mesa un informe de más de 100 páginas reconociendo errores, denunciando ilegalidades y corrupción en el sistema penitenciario, proponiendo reformas. Había pasado un año de aquello y 107 cadáveres desmaquillaban su voluntad política.

Lorena tomó los 10,000 lempiras por la muerte de Wilfredo, su esposo, un pandillero de 24 años que iba a salir libre la semana del incendio, y con ellos le compró un ataúd y una lápida. El mismo día que esperaba recibirlo en casa, lo enterró. Seis días llevaba preso y quizá nunca tuvo que haber caído por segunda vez, pero la suerte a veces te condena, de manera justa o injusta.

A Wilfredo, esa segunda vez, le tocó llegar a la cárcel de manera injusta. Por confiado, por creer que a Honduras le importan sus reos y la rehabilitación. Un año antes había pagado unos meses en la cárcel por vender cocaína en una esquina, y una vez dentro había aceptado en secreto entrar a un plan de rehabilitación que incluía borrarse los tatuajes. De regreso en las calles llevaba una carta de la pastoral penitenciaria que decía que estaba en el buen camino y que se iba a rehabilitar. Por eso no corrió como sus amigos cuando llegó la policía a su colonia, la Rivera Hernández, una de las más violentas de San Pedro Sula. Confió su suerte a la carta que llevaba en el bolsillo y no corrió. Los policías le rompieron la hoja de papel frente a la cara. Y se lo llevaron, por asociación ilícita.

Lorena es una mujer pequeña y redonda que parece sonreír hasta cuando llora. Siempre ha comido de vender. Elotes, yucas… Cuando niña, habitaba en La Satélite, otra de las colonias sampedranas famosas por la presencia de pandillas y por su rutina de homicidios. Su familia salió de allí porque el huracán Mitch, que como toda tragedia natural persiguió a los más pobres para ensañarse con ellos allí donde estuvieran, les arrebató la casa.

Tiene cierta coquetería de vendedora ambulante y descaro al hablar. Le caen tres rizos sobre la frente y cierra los ojos cuando asiente o emite una sentencia, como los niños aplicados de la clase.

—Mire, creen que con 10,000 lempiras le callan la boca a uno. Lo dieron rápido, como para que uno se callara y ya no hablara, pero con eso no pagan todos los años que hemos sufrido. ¡Las muertes tienen que servir para mejorar! -dice, y levanta los hombros en un salto, para convencerme de que lo que dice es obvio.
—¿A qué se refiere?
—A que el problema ahora es para los hijos, que quedan con aquel dolor, culpando a la sociedad, culpando a todo mundo. Mi hija tenía 6 años cuando lo del incendio y culpa a la Policía y culpa al gobierno.
—¿Porque no abrieron la puerta para que se salvara su papá?
—Claro.

Al lado de la tumba de Wilfredo, en el cementerio Los Laureles de la colonia Rivera Hernández, hay colocadas en línea otras siete lápidas de pandilleros muertos en el incendio del penal de San Pedro Sula. En Honduras hay colonias enteras en los que la cárcel es como una calle más del vecindario, por la que a veces se pasa por destino o por mala suerte, por culpa de otros o por los pies de uno mismo. La Rivera Hernández es una de ellas. Por eso, el día que se quemó una celda en el penal de San Pedro, en la Rivera Hernández lloraron ocho familias y ahora hay en la colonia una niña, Kailin, que ya tiene 16 años y odia a los policías porque dejaron morir a su padre.

***

Kaylin se volcó a llorar frente a la pantalla del televisor. Ningún canal de televisión hubiera mostrado en primer plano el cadáver sangrante de un viceministro, de una abogada, de un policía asesinado, pero los cuerpos semicalcinados de los presos no pasaron por los filtros éticos que las sociedades suelen aplicar a los muertos propios. Kaylin vio en la pantalla los humeantes pedazos de seres humanos y se echó a llorar aunque no conocía a ninguna de las víctimas.

—¡Mami, viera qué montón de muertos hay en Comayagua! —le dijo a Lorena por teléfono, entre sollozos—. ¡Otra vez! ¡Otra vez!

***

El esposo y el suegro de la mujer que tengo sentada delante rogaron por años que los trasladaran de la cárcel de San Pedro Sula porque tenían miedo a que volviera a incendiarse o estallara el enésimo motín. El padre había sobrevivido a la tragedia de 2004 y sentía que quedarse él y su hijo allí era tentar a la maldita suerte. Se alegraron en 2009 cuando supieron que los movían a la de Comayagua, una pequeña cárcel de pueblo, plácida, una granja penitenciaria de espacios abiertos en la que los presos paseaban sus sombreros por los patios.

Allí murieron tres años después. El 17 de febrero de 2012. En plena noche, un incendio se extendió a velocidad vertiginosa por 5 celdas y calcinó el cuerpo de los presos encerrados en ellas. Como en San Pedro antes, ningún custodio abrió las puertas y no había extintores ni mangueras para matar el fuego. Como en San Pedro, a las autoridades no creyeron necesario llamar a los bomberos. Como en San Pedro, la guardia disparó para evitar fugas porque los presos pueden morir pero no escaparse. Se quemaron vivos o asfixiaron 362 de los 852 internos que había en el penal. Más de la mitad no tenían condena. Eran, legalmente, inocentes.

La mujer que tengo delante viste toda de negro. Habló por teléfono con su esposo el día del incendio y escuchó de fondo, por el auricular, los gritos de los que se quemaban. Él había escapado de las llamas por los baños de su celda. Estaba agitado, pero a salvo. La amaba y le iba a llamar al día siguiente, le dijo. Después de colgar descubrió que su padre había quedado dentro y entró de nuevo a esa cueva de humo. Ninguno de los dos salió ya nunca.

La mujer tiene miedo a dar su nombre y a que se conozca el de sus muertos. Ha dejado de estudiar abogacía porque sola, viuda, no hay quien le ayude a mantener a dos hijas de tres y nueve años. Antes vivía del negocio de comidas que él tenía en el penal. La cárcel en Honduras es una ciudad más, un exilio forzoso desde el que se envían remesas. Ella está convencida de que lo de Comayagua no fue fruto del azar y como la mayoría de familiares de víctimas del incendio piensa que fue un ataque más de esa mano negra empeñada en limpiar de presos Honduras, exterminarlos.

—Imagínese. Sobrevivir a la quema de San Pedro Sula para ir a morir de la misma forma en Comayagua. Es como que los eligieran. ¡Este año vamos a quemar este!

La mujer de negro dice que a ella y al resto de viudas de Comayagua no les va a pasar como a las de San pedro Sula, que tuvieron que esperar diez años para que les hicieran caso. Dice que ya están listas para poner, ellas también, una demanda internacional.

***

“El Estado, con lo de Comayagua, lo que hizo fue ponerse una pistola en la cabeza”. Sentado en una cafetería de San Pedro Sula, Joaquín Mejía se sonríe como un jugador de ajedrez que ve que su oponente acaba de dejar desamparada la reina. Justo como debió sonreírse él mismo una mañana de febrero de 2012, al revisar su correo electrónico y encontrar uno de la asistente de la Procuradora de la República, Ethel Deras.

Joaquín Mejía lleva botas, unos jeans azules, camiseta ajustada, un pequeño collar de cuentas y pulseras de cuero y tela. Viste más como un cantante de rock o un estudiante universitario poco aficionado a las clases que como uno de los abogados más influentes de Honduras. Pero con su barba perfectamente recortada y su verbo descarado, en los últimos cinco años ha impulsado y ganado desde el ERIC, una oficina jurídica fundada por los Jesuitas, varios casos por atentados contra ambientalistas o contra activistas de los derechos campesinos, entre otros. Tiene 39 años y ya hay quien lo promueve como posible Procurador de los Derechos Humanos en el futuro.

Cuando ardió el penal de Comayagua, este enfant terriblede la lucha por los derechos humanos en Honduras formaba parte de un equipo creado por Cáritas y Pastoral Penitenciaria, que llevaba ocho años presionando sin suerte al Gobierno para que diera una señal de arrepentimiento por la quema del penal de San Pedro Sula en 2004 y asumiera su responsabilidad por lo sucedido. Puesto que en la justicia hondureña se había absuelto al director del penal sin investigar otros posibles culpables, ese equipo había llevado el caso a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y después a la Corte Interamericana. Las únicas respuestas del Estado habían sido la negación unas veces y el silencio administrativo otras.

Pero a los pocos días del nuevo incendio a Joaquín Mejía le llegó un correo electrónico. La Procuradora de la República, dependiente del despacho del Presidente de la República, quería reunirse con ellos. A esa maniobra desesperada, evidentemente causada por las muertes en Comayagua, llama él “ponerse una pistola en la cabeza”.

—¿En qué sentido? —le pregunto.
—El Estado iba a sentarse a negociar un caso previo pero con una tragedia reciente encima de la mesa, totalmente deslegitimado, abierto a aceptar cualquier cosa. De ahí en adelante nosotros nos aprovechamos… así, literalmente, nos aprovechamos, de la inexperiencia de la gente del Estado en litigios en el sistema interamericano.

El gobierno estaba repentinamente desesperado por lograr un acuerdo porque para el 28 de febrero estaba programada una audiencia de la Corte Interamericana en su sede en San José, Costa Rica, para resolver el caso de San Pedro Sula. Urgida por borrar en días la imagen de indolencia ante la muerte de presos que el gobierno se había forjado por años, Ethel Deras se trasladó a San Pedro Sula para tener reuniones con los abogados de las víctimas. Los encuentros, celebrados en la sede del obispado, no bastaron para cerrar un acuerdo pese a la inédita flexibilidad de los negociadores del gobierno, abogados privados contratados para la ocasión. El día 27, el diálogo se trasladó a Costa Rica.

La noche antes de la audiencia se celebró una reunión definitiva en un hotel de San José. Las discusiones fueron muy tensas: Joaquín Mejía cuenta que los abogados de Cáritas y él se habían repartido los papeles de poli bueno y poli malo. Cada vez que había un desencuentro, él se levantaba de la mesa y amenazaba con irse y arrastrar al resto de la delegación. Normalmente, los abogados del Estado terminaban cediendo. Consciente de su superioridad moral en este caso y técnica en litigios internacionales, Joaquín Mejía admite que llegó, incluso, a engañar a sus interlocutores citando sentencias inexistentes de la Corte para sustentar sus puntos, ante la torpeza de las personas en las que el Estado había enviado a negociar, evidentemente legas en materia de legislación internacional en Derechos Humanos. El acuerdo que se terminó firmando cinco minutos antes de que iniciara la audiencia y en presencia de los magistrados de la Corte, era casi una rendición.

—Por lo que cuenta son ustedes unos cabrones.
—¡El estado es más cabrón! ¿Sabés por qué los engañé? Porque la procuradora, sabiendo eso de contratar gente privada para algo así es algo, pucha, terrible, se atrevió a decirme a mí, ella, en San José, que estos tres abogados privados, venían pagándose sus gastos y lo hacían por amor al país. ¡Piensa que uno es pendejo! Después me di cuenta de que al menos uno de ellos ganó por aquello medio millón de lempiras.

El 28 de febrero de 2012 el Estado hondureño aceptó formalmente su responsabilidad por los 107 muertos en 2004 en la cárcel de San Pedro Sula y se comprometió a indemnizar a los familiares de las víctimas. También se comprometió a emprender una profunda reforma del sistema penitenciario, y por ello en junio de 2013 comenzó a funcionar una comisión de transición llamada a sanear las cárceles del país. Sus primeros pasos han sido tímidos. El Ejecutivo le ha dado autoridad pero no presupuesto para nuevas cárceles, ni para formar a nuevos custodios, ni para investigar casos, ni para reforzar la seguridad…

Con la memoria puesta en la inutilidad de las promesas de reforma que Ricardo Maduro hizo tras la masacre de El Porvenir, Joaquín Mejía es pesimista respecto al proceso de reforma actual. Pero se consuela pensando que la sentencia de la Corte ayuda a hacer pública una verdad dolorosa:

—El Porvenir fue la confirmación de que la política de mano dura, de limpieza y exterminio social en las calles, se estaba trasladando a los centros penales —dice—. Y luego ves lo de San Pedro Sula y lo de Comayagua… No queda otra explicación lógica: hay una política de Estado, porque una política no sólo es hacer algo; la política de Estado puede ser no hacer nada.

La serenidad de Arabeska Sánchez contrasta con el ímpetu de Joaquín Mejía pero a ambos los une una tenaz filosofía de maratonista en su batalla contra esa política de Estado. Mientras termina su seven up, Arabeska Sánchez cuenta que su último trabajo para el Ministerio Público fue sistematizar en una base de datos toda la información forense de las víctimas del incendio de Comayagua. Cadáveres y más cadáveres. Después de eso renunció. Ahora trabaja en el Observatorio de violencia de la Universidad Autónoma de Honduras, la UNAH. Dice que aunque los testimonios hablan de custodios disparando a los presos para que no intentaran fugarse, ella no encontró en ningún informe de autopsia rastros de bala.

—Mi conclusión es que en Comayagua, a diferencia de lo que pasó en El Porvenir, aprendieron a matar sin dejar pistas.

***

En domingo de visita y con el día soleado, hasta un lugar tan sórdido como la cárcel de Támara ofrece una estampa de parque familiar. Parejas abrazadas, niños que corren por las canchas deportivas, bolsas de comida que van y vienen. Solo la mirada inquisitiva de los custodios, los límites que imponen a quien quiera moverse por el recinto, recuerdan que no todo lo controlan todavía los presos. Me impiden llegar hasta la celda de aislamiento en la que está Moncho Cálix; va a ser imposible entrar a los edificios de Sentenciados 1 y 2 en busca de los CORE, o llegar hasta El Escorpión, el sector que ocupan los presos del Barrio 18, para recoger su versión sobre la matanza más reciente.

El 3 de agosto de 2013, a las 7 de la mañana, pandilleros de la Mara Salvatrucha abrieron un boquete en uno de los muros que separa el sector el Barrio 18 del resto del penal y atacaron a sus enemigos con fusiles AK-47 y hasta once granadas. Murieron tres dieciocheros. La nueva comisión de transición para la reforma del sistema penitenciario llevaba apenas dos meses en sus cargos. Toda una bienvenida.

Desde que supe del ataque, dos detalles me llamaron especialmente la atención: por un lado, para llegar desde sus celdas hasta las de sus enemigos, los miembros de la MS-13 tuvieron que atravesar todo el penal, tres sectores, controlados totalmente por paisas. Es obvio que hubo una alianza entre pandilleros y no pandilleros para atacar al Barrio 18. Por otro, la reacción de las autoridades fue esencialmente aumentar la seguridad perimetral de la cárcel, pero no hubo grandes novedades o acciones hacia el interior. De hecho, en los registros de celdas que se hicieron a los pocos días, la Policía y el Ejército no fueron capaces de encontrar ni un solo arma larga de las utilizadas en el atentado.

Pero estando aquí, en Támara, paseando por sus patios y hablando con algunos internos, aparece una nueva sorpresa: justo sobre el lugar en el que la Mara perforó el muro tras al menos una hora de martillar, hay una torreta de vigilancia ocupada las 24 horas del día por un centinela. Las autoridades del penal, me resulta evidente, toleraron de alguna forma el ataque.

Sentado en una banqueta de madera dentro de una de las pequeñas tienditas ilegales que hay por todo el penal, comento con El Guitarrista mis conclusiones. Se limita a sonreír.

El Guitarrista es un hombre joven, que no tiene mucho más de 30 años pero lleva más de una década en cárcel por homicidio y sabe que de muros para adentro es mejor no cruzar acusaciones con otros presos. Por eso calla y solo sonríe. Estaba en El Porvenir el día de la masacre, hace once años. Era uno de los rondines bajo las órdenes de Coca. Asegura que él no participó en la muerte de ningún pandillero.

—A mí, cuando el forense pidió ayuda, me tocó embolsar los cuerpos de la mujer y la niña que estaban visitando a los pandilleros…. Mire, yo no justifico lo que allí ocurrió, pero sí le digo que la intención de esos mareros era matarnos a todos los que estábamos allí. De haberles dejado nos mataban a todos.

No le creo una palabra. No me lo imagino de brazos cruzados o debajo de su cama durante aquella guerra de las dos horas. Parece un hombre tranquilo pero en la cárcel la mayoría de los que destriparían al vecino con la pata de una silla si se sintieran en peligro son, en el día a día, hombres tranquilos.

Mientras juguetea con unos acordes al azar, el Guitarrista asegura que lo de El Porvenir fue solo un caso más. Que en realidad cada preso muerto es un éxito en los planes de las autoridades.

—Se hacen la vista gorda porque piensan que si en una cárcel hay un motín no es pérdida, sino ganancia. Es una depuración, y cada preso que muere es un ahorro de gasto para el gobierno. Aunque sean inocentes.
—Es una idea cruel aunque sean culpables.
—Pues sí, pero así reducen. Se lavan las manos. ¡Un delincuente menos! Se supone que así reducen el índice de criminalidad, pero los criminales son ellos.

A su lado, El Ronco asiente. Tiene bigote y cuerpo de boxeador. Uno diría que el torso se le ha comido el cuello y que todavía, aunque tiene más de 50 años, entrena todos los días. Me cuenta que se crió en Estados Unidos y fue a la universidad allí. No me dice dónde. Si yo me pregunto qué le haría cometer el error de regresar a Honduras, seguro que él se lo pregunta también. Habla de la cárcel con la concisión del viejo que lo ha visto todo y recibe mis preguntas y mis dudas con un dejo de desánimo: le fastidia mi ignorancia.

—Detrás de muchas de las masacres está el gobierno, él es —dice con su voz grave.
—Esa es una acusación grave. ¿Tiene pruebas?
—¿Cómo va a ser de otra forma? El gobierno es aquí un simple mediador entre grupos. Nos echa leña, nos da las armas para que nos matemos, y si él es la Policía, al que tiene más dinero a ese apoya. Inclina la balanza para un lado o para el otro cada vez.

Támara debió ser una cárcel modelo y es actualmente un enjambre de negocios ilegales, odio y armas deseando purgar esos odios. Sentado en el corazón de este penal resulta difícil creer en soluciones. Cuando le pregunto a El Ronco si es posible que todo esto ocurra sin conocimiento del director del penal y también de sus superiores, él ríe.

—Como en cualquier empresa, nada pasa sin que el jefe reciba su parte del dinero. Créame. Yo he hecho negocios con ellos, con la administración del penal. Negocios ilícitos, pues.
—¿Así de simple?
—Así. Pero el gobierno es ciego y tonto, porque si esto sigue igual, si todo sigue podrido y sigue la matazón, ¿qué va a pasar con los hijos de ellos? ¿No los van a matar como a los hijos de usted o como a los míos?

Cuando la invitación a esta boda llegue a tus manos, pensarás que el lugar es una broma de mal gusto. Dirás que no es posible que alguien quiera prometer amor eterno en un espacio así o que se trata de un error de imprenta, pero cuando confirmes el lugar sentirás como si te engraparan el estómago. El sentimiento se repetirá durante los días siguientes cada vez que escojas la ropa que usarás y evites el negro, azul, café o blanco, los zapatos de tacón, hebillas grandes, sombreros o cualquier cosa que, en un descuido, pueda ser convertido en un arma.

Apuntarás en el calendario la fecha 19 de julio de 2013 y te prepararás mentalmente, durante semanas, para ir a este lugar. Cuando los días pasen, y la cita sea inevitable, usarás el Metro para llegar al oriente de la Ciudad de México, a la delegación Iztapalapa, la que concentra el mayor número de homicidios. Seguirás hasta la estación Santa Martha Acatitla y bajarás con la gente que va a la unidad habitacional conocida como El Hoyo, la zona roja más violenta de la capital. Al salir, recorrerás a pie la carretera México-Puebla —donde 17 días después encontrarán los brazos de una mujer desmembrada— y llegarás hasta la calle Morelos, en la colonia Paraje de Zacatepec, donde los vecinos aún hablan de esa muchacha de 25 años que quemó vivo a su hijo de 14 meses para vengarse de los golpes de su pareja.

Entonces harás fila para entrar a ese edificio de puertas grandes, como fauces que devoran a la gente. Un guardia retendrá tus identificaciones mientras otro revisa cada pliegue de tu ropa en busca de algo prohibido, algo tan pequeño como un alfiler. Para algunos invitados la fiesta se terminará aquí por no seguir el código de vestimenta, pero si logras superar la cadena, atravesarás custodiado uno, dos, tres, cuatro accesos controlados por rejas, guardias y cámaras de vigilancia. Sin que te quiten los ojos de encima avanzarás por un pasillo que te deja ver, a la distancia, algunos rosales y bugambilias a través de un enrejado coronado por alambre de púas, mientras cada movimiento tuyo en ese camino gris es supervisado desde una torre. Pasarás otros accesos protegidos y luego un segundo pasillo —con muros de concreto de siete metros de alto— que te hará maldecir la hora en que la vida te puso aquí.

Y justo cuando percibas un ligero olor a humedad y te des cuenta que has empezado a sudar la ropa por tanto caminar, justo cuando pienses que esto es una broma de mal gusto, llegarás al último acceso, donde la revisión vuelve a ser tan rigurosa como la primera. Entonces, si todo sale bien, se abrirán unas pesadas rejas blancas y lo que tendrás enfrente será el escenario de la ceremonia: un patio al aire libre con piso y muros de cemento, celdas sin color, torres vigilantes y un aire frío que entume los huesos.

Un custodio te pedirá que pongas un pie adentro del único módulo de alta seguridad que existe en el Distrito Federal, donde se concentran los reos más peligrosos de todo el sistema carcelario capitalino.

Aquí, entre los convictos más peligrosos de la capital, aquellos encarcelados por homicidio, secuestro, extorsión y violación, se celebrará la boda para la cual te preparaste.

Bienvenido a El Diamante.

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Antes de que empiece la boda, alguien te contará que El Diamante es el equivalente en la Ciudad de México a la prisión federal de máxima seguridad Altiplano, conocida antes como Almoloya: los más peligrosos vienen aquí, a vivir entre los crueles.

El DF tiene cerca de 41 mil 100 internos en sus diez cárceles y sólo 403 tienen los méritos para vivir en este módulo dentro del Centro Varonil de Reinserción Social Santa Martha: reos cuya violencia pone en riesgo la vida de otros delincuentes, con sentencias tan largas como cadenas perpetuas o aquellos cuyos secretos sobre el mundo criminal los hacen vulnerables a un ataque.

Aquí podrás encontrar al líder de la Iglesia de la Santa Muerte, David Romo Guillén, con una sentencia de 66 años por secuestro y extorsión; o al dueño del bar Heaven, Mario Alberto Rodríguez Ledezma, quien es señalado como participante en el secuestro y desaparición de 12 jóvenes del barrio de Tepito.

Sus cinco mil 733 metros cuadrados guardan celosamente la pulpa del crimen desde hace tres años. Por eso, verás que hasta la banda musical tiene notas de fechoría: el guitarrista es un secuestrador llamado Toño, quien toca al compás del homicida y saxofonista Héctor, quien está al pendiente del canto del plagiario y vocalista Alejandro.

La banda se ubicará a un costado del registro civil hecho con tres mesas sin adornos, justo en el centro de El Diamante. Ahí se sentarán El casamentero de la cárcel —el juez del Registro Civil 40, Juan Salazar Acosta—, quien suele unir en matrimonio a parejas dentro de prisión, y a su lado el director del penal, Rafael Oñate, quien inaugurará la boda colectiva para 25 parejas.

Y cuando te sientes y preguntes por qué este lugar tiene un nombre tan elegante, te dirán que por dos cosas. La primera, por tradición: las instalaciones carcelarias del Distrito Federal son nombradas con distintivos que aluden a metales preciosos como turquesa, plata u oro; al módulo de alta seguridad le tocó el diamante. La otra, porque su forma en panóptico asemeja, vista desde lo alto, a esa joya.

Entonces volverás a pensar que se trata de una broma de mal gusto el que esta mañana vayas a conocer tres parejas que, en el módulo de alta seguridad El Diamante, se entregarán anillos de compromiso… con diamantes.

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Hugo y Tere son los primeros. Ambos tienen 29 años. Él está en prisión por robar con violencia autos de lujo, ella trabajó en la Presidencia de la República en los tiempos en que Felipe Calderón declaró la guerra al narco.

Te contarán que su historia de amor comenzó hace una década, cuando ambos tenían 19 años y Hugo le pidió a una amiga que le presentara una muchacha. La elegida fue Tere, quien estudiaba Administración de Empresas en la religiosa Universidad La Salle. Hubo chispazos desde la primera cita, tanto que en la segunda se aventuró a preguntarle: “¿Quieres ser mi noviecita?”. Ella aceptó el 15 de marzo de 2003.

Eran felices hasta que en la noche del 23 de marzo de 2004 sus planes cambiaron. Hugo fue detenido en la colonia Del Valle, donde los policías judiciales que montaron un operativo para detenerlo aseguraron que pertenecía a una banda de alta peligrosidad que robaba autos último modelo a mujeres y adultos mayores, a quienes amagaba con armas de fuego. Junto con él cayeron dos cómplices, incluido un granadero de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal. El juez le impuso una sentencia de 21 años y 10 meses.

“Cuando él estaba encerrado en el Ministerio Público me decía que ya no fuera, que esa no era vida para mí, pero yo no lo quise dejar porque sentí que no era lo correcto. Le dije que no lo iba a abandonar”, te contará ella, enfundada en un sencillo vestido blanco.

Escucharás cómo Tere hace un recuento de sus últimos 10 años: se gradúo, se hizo socia de una empresa de seguridad privada, trabajó en la residencia oficial de Los Pinos y ahora labora en una empresa de relaciones públicas. Mientras tanto, él duerme, come y vive en una celda de concreto todos los días.

“Siempre he guardado la ilusión de que salga. No tiene una sentencia larga… bueno, más o menos. Con el paso de los años hemos conservado la ilusión de que salga y, como toda novia, tengo el sueño de casarme en la calle, que esté toda mi familia, que mi vestido no tenga que venir con ciertas características porque si no, no pasa”.

Verás que son opuestos como negro y blanco: él rollizo, ella delgada; él tosco con las palabras, ella fluida; a él le esperan 10 años más en la cárcel, ella cuenta con un futuro brillante; él prisionero, ella libre. A la vista, sólo tienen en común sus manos entrelazadas y que comparten su amor con una niña de ocho años, producto de un embarazado planeado dentro de la cárcel.

“No me importa nada, sólo la amo y vamos a ser felices hasta que la muerte nos separe”, dice Hugo, vestido de hombros a pies con ropa azul, como lo mandan las reglas de El Diamante.

Entonces notarás que hay una tercera cosa en común en Hugo y Tere: a ambos les tiemblan las manos cuando ven el anillo de compromiso. Y vuelven a temblar al besarse y decir “te amo”.

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Cuando conozcas a José e Itzel, el cálculo te parecerá desesperanzador: la vida matrimonial que ella espera a partir de esta mañana la podrá disfrutar en libertad hasta que cumpla 90 años, porque a su prometido aún le faltan seis décadas en prisión.

Sin dejar de mirarse embelesados, te contarán que si están juntos es gracias a que José fue detenido el 7 de junio de 2010 por robar a una mujer en un taxi y secuestrarla por horas para vaciarle las tarjetas bancarias. Y que cuando llegó al Ministerio Público aparecieron cinco víctimas más que lo identificaron, lo que resultó en seis casos por privación ilegal de la libertad y robo calificado.

Lo llevaron al Juzgado 57 con sede en el Reclusorio Oriente y, mientras esperaba su sentencia en los oscuros túneles que llevan hasta la prisión, el universo lo colocó en el mismo lugar, fecha y hora que ella, sus ojos y sus labios. Ella también esperaba sentencia, pero por robo calificado. Se vieron. Sonrieron. José caminó hacia Iztel y ella le permitió acercarse. “Hola, ¿por qué tan solita?”, dijo él e inició el romance que, en minutos, los llevó a intercambiar nombres y teléfonos de abogados antes de separarse.

“Ese mismo día que la conocí, la besé porque dije ‘no la voy a volver a ver’. La vida en la cárcel es muy diferente y es difícil encontrarse con alguien, pero siempre estuvimos en contacto, cartas y teléfono, y me salió bien, ¿no?”, platicará José con una amplia sonrisa.

Ella quedó en libertad siete meses después y cumplió la promesa de buscarlo. Desde entonces, son novios inseparables: a ella no le importó el tipo de delito y estuvo ahí cuando la sentencia de José alcanzó 109 años. También fue testigo de cómo, amparo tras amparo, los abogados de su novio redujeron la pena hasta los 60 que tiene ahora.

Se unió a él con tesón y lo visitó durante un año y medio en el Reclusorio Oriente, hasta que hace 24 meses el sistema penitenciario decidió que, por su peligrosidad, José correspondía a El Diamante. Ni con el cambio, Iztel lo abandonó.

“Empezó a verme, a estar aquí conmigo. Te das cuenta de que alguien quiere estar contigo”, te contará José y hará un ademán con los ojos para que te fijes en el anillo de compromiso. “Es ella, siempre ha sido ella”.

José te dirá que no importa que él tenga 25 años y salga hasta los 85; Iztel argumentará que no es relevante que tenga 30 y su matrimonio pueda comenzar normalmente cuando cumpla 90.

Lo único que les importa hoy es jurarse amor eterno e imaginar que, un día, se hará realidad su mayor anhelo: Iztel recostada sobre José viendo películas románticas. En su casa. Sin barrotes.

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Aunque ahora luce más delgado en comparación con la foto que le tomaron el día que lo ficharon, reconocerás a Eddy como ese secuestrador a quien los medios señalaron el 5 de noviembre de 2011 como el líder de una banda de plagiarios conocidos como Los Tortas.

Lo verás caminar por el patio con aire de novio nervioso, agitado, jugando con el anillo de compromiso que tiene en la bolsa y pensarás que ese hombre de 28 años luce tan distinto a esa persona que la Secretaría de Seguridad Pública acusó de especializarse en secuestar niñas y niños cerca de sus escuelas en el DF y el Estado de México. Te costará pensar que es el mismo que enviaba a los familiares videos de cómo golpeaba a sus víctimas para presionar la entrega del rescate.

Eddy te dirá que cuando fue detenido llevaba cinco años y medio de novio con Marcela, a quien conoció cuando ella cursaba el tercer año en la secundaria pública 86 de la Ciudad de México, donde él era administrativo. Aunque ella era menor de edad y él tenía 20 años, iniciaron una relación el 11 de mayo de 2006.

A los 17 años Marcela tuvo su primer hijo, que selló la unión entre ambos. Ni siquiera pensaron en separarse cuando Eddy fue trasladado al Centro Federal de Readaptación Social 4, en Tepic, Nayarit, y durante cuatro meses sólo pudieron enviarse una carta y hablar dos veces por teléfono. Tampoco cuando, hace meses, lo cambiaron al único módulo de alta seguridad de la capital.

Te contarán que han aguantado hasta ahora porque sienten que son el uno para el otro y porque hay esperanza de que él salga: Eddy no está sentenciado, espera que un juez valore las pruebas que aportó su abogado y lo declare inocente del delito de secuestro. Del otro lado de la moneda está que el mismo juez lo declare culpable, tome en cuenta los nueve casos de secuestros relacionados con Los Tortas y dicte una sentencia de hasta 540 años en prisión.

Si eso pasa, enterrarán la fantasía de que el primer día en libertad vuelvan a casa en Metro, paren por unos tacos de carnitas y un tepache frío y él entone, en la calle, la canción que compuso para conquistarla:

No hay otros besos que no sean tuyos/
No hay un secreto que no sea nuestro/
Tu alma y tu cuerpo/

Juntos siempre

“Pero la esperanza me llena de fortaleza”, te dirá Eddy antes de abrir la caja del anillo, olvidarse de ti y perderse en el dedo anular de Marcela.

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Por un segundo, El Diamante quedará en silencio. Es el mutismo que antecede a los aplausos que desencadena un colectivo “sí, acepto” interrumpido por 25 besos en la boca de los nuevos esposos y esposas.

“Ésta es la prueba de que sí hay cosas malas en la cárcel, pero no todo es esto. Aquí también hay amor”, dirá el director Oñate cuando el juez termine la ceremonia y veas a las parejas abrazarse y correr con sus familias a presumir los anillos. Algunas novias llorarán, otros novios se esforzarán para no sollozar de alegría frente a sus compañeros.

La boda terminará sin damas de honor, arreglos florales, pista de baile ni limusina que lleve a las parejas a continuar la fiesta. En lugar de comer en una elegante mesa te sentarás en una mesilla de concreto para esperar tres “empanadas caneras” —la “cana” es, en el lenguaje presidiario, sinónimo de cárcel— hechas de queso y jamón con las manos de los reos.

A falta de champaña, te darán refresco y una rebanada de ese pastel comunitario que dice “Felicidades”. Y en lugar de juegos pirotécnicos verás, bajo el cielo despejado de esta mañana, un custodio vestido de negro que desde una torre de seguridad no deja de mirarte con ojos amenazantes.

Alguien te dirá que la luna de miel quedará en pausa por años, tal vez por décadas o que nunca sucederá para estos nuevos matrimonios; ninguna novia arrojará un ramo a sus amigas y a ningún novio le lloverá arroz crudo. En sustitución, los internos que son demasiado peligrosos para asistir a la boda gritarán, desde sus celdas de castigo en lo alto de una torre, una sonora porra que arrancará los aplausos de familiares, esposas y esposos.

Verás los rostros de los recién casados, sus sonrisas, sus vestidos, sus uniformes prisioneros, sus historias; tratarás de ver en sus ojos las pesadillas de sus víctimas y también sus propios sueños. Entonces darás la vuelta, rebasarás los accesos y saldrás de El Diamante para volver a la calle en libertad.

Y pensarás que mientras unos ven el matrimonio como una cadena perpetua, otros lo ven como la única oportunidad de sentirse libres.

Hasta que la muerte o El Diamante los separe.

El álbum, escondido como un tesoro en su casa, conserva varias fotografías familiares en blanco y negro. Amanda, la única hija de Víctor Jara, decide compartir una sola: en la imagen aparece ella de niña y cargada de bolsos, y más atrás, el avión en el que acababa de aterrizar en Madrid. Del día en que fue tomada, en octubre de 1973, dice recordar poco. Casi nada.

Amanda Jara tiene 48 años, y al cumplir los 9, cuando cursaba cuarto básico en el liceo Manuel de Salas de Ñuñoa, su madre, la bailarina inglesa Joan Turner, les dijo a ella y a su media hermana Manuela –de 53 años, hija del coreógrafo Patricio Bunster– que harían un largo viaje. Un mes antes, el golpe de Estado había sacudido al país, y a los pocos días, su padre, el actor, director de teatro y cantautor Víctor Jara, había aparecido muerto con 44 balazos en el cuerpo.

La mañana del 18 de septiembre, Amanda quedó en casa a cargo de Mónica, la nana que la había criado, mientras Joan iba a reconocer el cuerpo de su esposo a la morgue del Servicio Médico Legal. Los días siguientes, Amanda los recuerda oscuros. Varias veces, su madre salió de la casa vestida con la mejor de sus pintas hacia la Embajada Británica en busca de ayuda.

Tras varios intentos, le ofrecieron salir del país, volver a Londres. Joan aceptó.

La noche del 15 de octubre de 1973, las tres cruzaron el pasillo del Aeropuerto de Santiago, acompañadas por un equipo de la televisión sueca y dos funcionarios de la Embajada Británica. Además de la ropa que llevaban puesta, cargaban tres maletas repletas de fotografías, grabaciones y discos. Años después, se convertirían en el legado póstumo de Víctor Jara, y darían la vuelta al mundo antes de conocerse en Chile.

Amanda recuerda que caminó y caminó, que tomaron un avión y que a las horas aterrizaron en Madrid. Al pisar tierra, un hombre se le acercó y le tomó una fotografía. Mientras esperaban el segundo avión que las llevaría a Londres, el mismo hombre volvió para venderles la imagen. Joan la compró y guardó. Hoy, 40 años después de aquel día, Amanda aún la observa.

—Tenía la vista perdida, muerta, sin sentir nada. Era como un zombie, y los zombies no sienten el dolor ni la pena. En ese minuto, lo último que se podía sentir era pena. Había que sobrevivir.

Lo sentía así desde aquel martes 11 de septiembre. Esa mañana, ella y Manuela habían llegado hasta el liceo, en plena calle Irarrázaval. Las clases nisiquiera habían comenzado cuando su padre llegó a buscarlas. Se veía nervioso. Los tres partieron de vuelta a casa, en la calle Colón, en Las Condes, donde hoy vive Joan, a sus 84 años.

El resto lo revela ella misma: “Me acuerdo de nosotras tres escondidas debajo de la mesa. Los Hawker Hunter pasaban muy bajo, imagino que rumbo a la casa de Allende, en Tomás Moro. En las calles se escuchaban los bombardeos y los gritos de quienes estaban siendo allanados. La población Colón Oriente, muy cerca de allí, fue desmantelada por completo”, recuerda.

Y agrega: “Antes de salir de la casa, rumbo a la UTE, mi papá tomó su guitarra y se despidió de cada una. Se subió a la Renoleta y partió”. Fue la última vez que ellas lo vieron con vida. A la mañana siguiente, las fuerzas militares desalojaron el lugar, y varios detenidos fueron llevados al Estadio Chile. Entre ellos iba aquel cantautor ligado a la Unidad Popular y recientemente nombrado Embajador Cultural. Víctor Jara, su padre.

Fantasmas en Londres

Amanda heredó el nombre de su abuela paterna, una cantora popular de apellido Martínez. A los 2 años de edad, le diagnosticaron diabetes, y desde aquel día siguió una estricta dieta, debía orinar en una bacinica para controlar el azúcar y, cuando era necesario, Joan hervía una jeringa de vidrio y una aguja en una olla. Después, la pinchaba.

“He tenido diabetes toda la vida y no es nada terrible, sobre todo ahora que las jeringas se venden como lápices, que la insulina es mejor y que puedo andar con el kit siempre. Cuando estoy agitada me veo el azúcar y me aseguro. Nunca corro el riesgo”, comenta. Controlarse implica pinchar la yema de uno de sus dedos y colocar la muestra de sangre en el glucómetro, que a los segundos arroja los niveles de glucosa en su sangre. Lo hace un par de veces al día.

A los 9 años, cuando llegó a Londres, Amanda ya sabía pincharse sola. Ese día fueron recibidas en el aeropuerto por un grupo de ingleses que conocía la situación en Chile y que estaba dispuesto a dar asilo a los exiliados que llegaban hasta allí. Fue un poeta inglés, su esposa actriz y sus dos hijas, quienes se ofrecieron a acogerlas en su casa, en un barrio al norte de Londres.

Acostumbrarse no fue fácil. Amanda no hablaba inglés, y pronto tuvo que retomar los estudios. Fue inscrita en el Gospel Oak, un colegio laico al que asistían las dos hijas del hombre que las había recibido. Allí, Amanda tuvo una profesora que hablaba español y que la apoyó en todo. La incorporó a un curso con alumnos de su misma edad y en clases para niños con problemas de lenguaje, para reforzar el inglés.

Tras un año en Londres, Joan comenzó a recibir invitaciones de varios países que querían oír su testimonio y saber de Víctor Jara. Pasó por Alemania, Italia, Dinamarca, Francia y Grecia, entre otros. Aún siendo niña, Amanda la acompañaba en sus viajes, y se topaba con el rostro de su padre en banderas y gigantografías. “Había una gran solidaridad en el mundo con Chile, y los chilenos que estaban acá no creían o no querían creer lo que pasaba. Era muy confuso. Durante los viajes de mi mamá nos dimos cuenta de que son muchas las personas que tienen una experiencia similar a la nuestra. Es lamentable, pero es así”.

En su casa en Londres no se oían los discos de su padre. Era un pacto silencioso entre las tres. Hacerlo era recordar, y los recuerdos eran como un fantasma que asustaba a todos. Los días se los pasaban estudiando, escuchando la radio Moscú para saber lo que ocurría en Chile y aprendiendo cosas nuevas. La primera fue cocinar, pues ninguna sabía hacerlo. Quien cocinaba en Colón era su padre. Su especialidad eran las sopas.

—¿Qué te quedó de él?
—Su imaginario, el ser meticuloso, el gusto por la cocina. Yo no lo conocí mucho, pero recuerdo las pascuas y navidades cuando se disfrazaba, y los ensayos en mi casa con harta celebración. También de las vacaciones al sur. Llegábamos hasta donde diera la Citrola, después la Renoleta. Dos veranos fuimos al lago Lanalhue, a Nahuelbuta, a Contulmo. Mi papá partía a investigar a caballo. Él trabajaba mucho.

Los domingos eran sagrados para los Jara. Si no había tertulia en casa, salían de paseo por la Quinta Normal. Jamás faltaba la guitarra o la música. Si en casa se oían las piezas de Vivaldi y Bach durante los ensayos de Joan, en los paseos y viajes eran las canciones de Atahualpa y Violeta Parra, los favoritos de Víctor. Amanda, sin embargo, nunca aprendió a tocar guitarra, tampoco a cantar.

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A los 16 años, comenzó a militar las Juventudes Comunistas en Londres. Se reunía con otros chilenos exiliados y participaba en manifestaciones callejeras contra Margaret Thatcher, las guerras antinucleares y de las Islas Malvinas. Entonces lucía como una hippie, usaba el pelo largo y ropa ancha. Sin embargo, se rodeaba de punks, oía bandas como The Clash, Sex Pistols y The Stranglers, y le gustaba ir a tocatas, aunque pudiera recibir algunas patadas.

A esas alturas dominaba el inglés, sabía conducir y se sentía tan inserta en la cultura pop londinense como para sufrir, como todos los ingleses, la muerte de John Lennon en 1980. Además, estaba por terminar la secundaria en el Camden School for Girls, donde había elegido especializarse en Historia, Español y Arte.

Con 18 años se anotó para estudiar Sociología y Comunicación Audiovisual en el Goldsmiths College London. A los días, las dudas la invadieron. “Me imaginé entre jamaiquinos, iraníes e irlandeses, y pensé que me iba a perder. ¿Dónde iba a quedar mi verdadera identidad en una sala multicultural? No quería terminar siendo una inglesa inmigrante más, y pensé venir a Chile por un año. Se lo comenté a mi mamá y le pareció bien. Me vine en 1983”.

A mediados de ese año, Amanda aterrizó en Santiago, en un país que desconocía y la asustaba. La vieja casa de Colón estaba arrendada por una amiga de la familia que no dudó en recibirla, y ya instalada, se puso a merodear por las calles, a reconocerlo todo.

Su idea de permanecer un año en Chile la descartó cuando supo que su madre pensaba regresar y al conseguir que la aceptaran como oyente en la Universidad Arcis, en 1984. Entró becada por la misma institución a la carrera de Comunicaciones Visuales por un año, y luego por otros cuatro a la de Bellas Artes, donde se acercó por primera vez a la pintura. Allí todos sabían que era la hija de Víctor Jara, y Amanda se sintió protegida. En un mundo aparte.

Un día se rapó al cero y dejó solo unas cuantas mechas al viento. Así asistió a su primera marcha en Santiago, una de las primeras en cuestionar públicamente la legitimidad del régimen. Esa mañana caminó sola varias cuadras por avenida Matta entre la multitud. De pronto, un coro de manifestantes gritó: “Compañero Víctor Jara, presente”. Era la primera vez en su vida que sentía algo así. Respiró hondo, contuvo las lágrimas que hoy se le arrancan de rabia, y contestó: “Presente”, como si se tratara de un muerto ajeno, y a la vez el suyo y el de todos los que la rodeaban.

Allí nadie sabía quién era ella, ni por qué sus lágrimas caían al apretar el puño y los dientes. Desde entonces, Amanda lo prefirió así, y se volvió una sombra entre la multitud, en el eco justiciero de varias otras voces. En una más.

Nueva vida en Quintay

La actual casa de Amanda es una fortaleza impenetrable. Cuesta llegar, esquivar el ladrido de los seis perros callejeros que adoptó y sobre todo, lograr que ella invite a pasar. El terreno, de mil metros cuadrados, está frente a la Playa Grande de Quintay y el cerro Curauma, en la Quinta Región. En el lugar hay tres casas de madera rodeadas de flores. La primera la ocupan ella y Nego, su pareja, la segunda se convirtió con los años en su taller de pintura, y la tercera es para las visitas.

Allí levantó su mundo aparte desde 1991, cuando eligió partir y esquivar Santiago y los tumultos. Hasta entonces había trabajado algunos años en publicidad, produciendo comerciales para televisión. Al tiempo se aburrió. Tampoco terminó la carrera de Bellas Artes, pues creía que para aprender a pintar no necesitaba la universidad, sino el espacio y la tranquilidad. Alejada de la ciudad, en medio de la creación de la Fundación Víctor Jara, liderada por su madre, y los procesos judiciales por su muerte, Amanda se escabulló.

Durante años se negó a dar entrevistas, a aparecer en actos públicos y a convertirse en el rostro de la causa de su padre. Tampoco quiso militar en un partido político. “Yo siempre he sido la de atrasito. Mi mamá y mi hermana son las que han dado la gran batalla. Para el funeral de mi papá, en 1998, yo empujé el cajón desde atrás, como escondida. Nunca quise estar arriba, quería estar donde estuviera la gente, donde ocurrían las cosas. Mi labor es apoyar a mi madre. Además, creo que por ser la hija de Víctor hubiera sido utilizada, y yo no quería ser el banderín de nadie”, comenta.

Un día de 1989, sin planes en mente, salvo pintar, tomó el auto y junto a su madre comenzaron un viaje sin destino. Siguieron el camino más verde y que topara con el mar, guiadas por un folleto turístico. A una hora de Santiago, y después de sortear un camino de tierra y los cerros, Amanda dio con aquella caleta de pescadores, sin pensar que allí comenzaría su nueva vida. Durante un año, arrendaron una pequeña casa con Joan, y al año siguiente compró el terreno en el que vive hoy.

Quintay es de esos lugares donde la gente se saluda de nombre y apellido, donde no hay más ruido que el los pocos niños que juegan en la plaza. Amanda lo prefiere así, sin tanta gente alrededor, medio silencioso. Al principio, nadie la reconocía, hasta que un par de periodistas llegaron a entrevistarla con cámara en mano mientras estaba en el pueblo. Por eso, hay dos cosas que odia hacer: ir al supermercado y echarle bencina al auto.

Sus días los pasa en casa, los dedica a cultivar la tierra. El terreno tiene un inmenso jardín de toda clase de flores, un huerto y un invernadero donde crecen acelgas, apios, tomates, y lechugas. Y a veces, cuando lo siente, se encierra en su taller a pintar. El lugar está lleno de óleos, pinceles y lienzos de todos los tamaños. Al fondo hay varias obras, algunas sin terminar. La mayoría retrata imágenes costumbristas, paisajes verdes y otros con mar. Sin embargo, su miedo al rechazo le impide mostrar sus cuadros públicamente.

Algunos los vende a amigos y conocidos dentro de Quintay, y el resto termina colgado en las paredes de una de las tres casas, o amontonados en su taller. Solo Nego conoce todo su trabajo.

A Abed-nego Sepúlveda –pescador y buceador– el nombre real su pareja, lo conoció al poco tiempo de haber llegado a Quintay. Se enamoraron y ella se lo llevó a vivir a su casa. Llevan más de 18 años juntos. No tienen hijos. Durante las tardes, en el living de su casa, ambos cumplen con deberes irrenunciables en su rutina, cuando se puede: ver la teleserie brasilera a la hora de almuerzo, dos o tres capítulos de la serie Breaking Bad, y el noticiero de las 9.

—¿Cómo has visto la conmemoración de los 40 años del golpe de Estado y la reconciliación que varios impulsan?
—Este año ha sido particularmente ruidoso. Para los 30 no me llamaron tanto como ahora. De todos modos, me da gusto que esto se converse y discuta, es bien sano. Aún me asombra que estemos dando esta vuelta. Pasa por no mirar al pasado. Sobre la reconciliación, eso es algo individual. No se puede imponer. Esperar reconciliarse sin saber la verdad es imposible, creo yo, y 40 años es poco tiempo para sanar algo tan presente. A mí, personalmente, no me interesa que pidan perdón.

A 40 años de la muerte de Víctor Jara, el caso ha mostrado avances en la querella que comenzó en 1978. Dos oficiales en retiro del Ejército, Hugo Sánchez y Jorge Smith, fueron procesados en calidad de autores y otros seis como cómplices. Aún siguen en proceso. Durante la semana pasada, y a través los abogado Chadbourne & Parke, representantes de la familia en Estados Unidos, se presentó una demanda contra el ex oficial del Ejército y residente en Estados Unidos Pedro Pablo Barrientos ante el tribunal del Estado de Florida.

Hasta hace algunos años, mientras la fundación Víctor Jara funcionaba activamente –hoy está con luz amarilla por la clausura del galpón de la Plaza Brasil, desde junio pasado–, Amanda viajaba constantemente a Santiago. Con los años lo hizo cada vez menos. A veces se programa y visita a su madre y a sus cuatro sobrinos, los hijos de Manuela. Pero cuando no hay razón, cierra las puertas de su casa y se mantiene allí, rodeada de la manada de perros que vigila sus pasos.

Y a veces, cuando sale al pueblo a comprar, se encuentra con jóvenes mochileros que deambulan en busca de un camping. Más de alguno, dice, lleva el rostro de su padre en un esténcil pegado a la polera. Entonces se emociona, y una mezcla de rabia, pena y alegría le revuelve el estómago. “Qué bueno que el Víctor haya logrado traspasar su época. Siempre supimos que sería así. No se puede matar a un cantor. No es tan fácil matar a alguien que hizo algo en su vida. Hay quienes perdieron a un padre, una madre, hijo o hija hace 40 años, y no tienen fotografías ni grabaciones ni nada. En ese sentido, fuimos un poco más afortunadas”.

Le preguntamos si podíamos hacerle una foto en el pantano donde estuvo escondido durante el genocidio y, al principio, Cassius Alexis dijo que no, porque tenía que trabajar. Después, negociamos.

—Venid a recogerme a las seis de esta tarde y vamos.

A las seis quedaría poco más de una hora de luz, y además teníamos que recogerlo en el trabajo y pasar antes por su casa (si lo íbamos a fotografiar, lo mínimo que exigía Cassius era vestir una camisa decente), pero era la única opción, así que a las seis lo recogimos. Ya en el coche, rumbo a su casa, empezó a hablar. Cassius tenía 15 años cuando el genocidio de 1994 estalló en Ruanda.

—Estaba en casa, con mi familia. Por la radio pedían que nadie saliese a la calle. Yo miraba por la ventana y vi llegar a los milicianos. Venían en todoterrenos, gritando, borrachos, con rifles y machetes.

Los vecinos salieron en estampida de sus casas, corriendo en frenético desorden.

—Yo salí en una dirección con un hermano y una hermana. Mis padres y el resto de mis hermanos corrieron en la otra. Fue la última vez que los vi.

La casa de Cassius está hoy reconstruida, porque tras el abandono fue quemada. Entra, mientras lo esperamos con el coche en marcha. Las viviendas son de adobe, sobre tierra rojiza. Casi toda Ruanda es así: casas desperdigadas por todos lados, con caminos sin asfaltar siempre llenos de gente. Cuando Cassius regresa lleva una camisa remangada y el coche se llena de perfume. Emprendemos el mismo camino por el que veinte años antes él corrió en estampida.

—¿Por aquí huiste corriendo?

—Sí —señala a través de la ventanilla—. Empecé a correr por aquí porque quería llegar al pantano. Sabía que era el único lugar en el que podía esconderme.

Alrededor, la vida se abre paso con normalidad africana: puestos de fruta, ancianos sentados con un transistor, vacas, chicos en bicicleta, niños descalzos, mujeres transportando leña en la cabeza. Todo en orden en el municipio de Nyamata, en el corazón de Ruanda.

—Pero entonces esto era un caos —prosigue Cassius—. La gente corría en todas direcciones, yo iba muy rápido pero veía los cadáveres tirados, por las cunetas o en medio del camino. En este cruce había un puesto de control. Estaba lleno de chicos con machetes. Al verme empezaron a perseguirme y me gritaban.
—¿Qué te decían?
—Me llamaban cucaracha. Me decían que me iban a matar.

Cassius sonríe, una mueca de satisfacción, de inocente venganza. Al fin y al cabo, no lo pudieron atrapar. El coche sale del camino principal y nos metemos por un sendero impracticable que atraviesa un bosque.

—En esta parte los tuve muy cerca, incluso esquivé un machetazo.

Cuando el sendero muere, encontramos un edificio en obras junto a un cartel que anuncia la próxima apertura del memorial a las víctimas del pantano de Nyamata. A continuación, un pronunciado descenso, cubierto de vegetación y rocas, que desemboca en un mar verde del que sale un descomunal croar de ranas: el pantano. Hay que seguir a pie y hacerlo deprisa. Sin luz, no hay foto. La cuesta es resbaladiza y todo está repleto de mosquitos. La voz de Cassius interrumpe.

—Por aquí bajé volando, los llevaba detrás. También tenía prisa, como ahora.

Al final del descenso se yergue una pared de plantas de papiro. Si se penetra entre ellas, el agua llega hasta el pecho. Al estruendo de las ranas se une el zumbido de miles de mosquitos que forman una nube negra. ¿Cómo es posible estar en este lugar más de diez minutos? Y sin embargo, Cassius estuvo aquí metido un mes, esperando a ser rescatado.

—Me metí aquí y me dejaron de perseguir. Luego comprobé que mi hermano y mi hermana también estaban. Y muchos vecinos más. Por las noches salíamos a buscar comida a las casas de alrededor. Además, si te quedas por la noche las picaduras de mosquito te matan. Por el día nos metíamos en el pantano y permanecíamos inmóviles. Dos veces al día los milicianos entraban y rastreaban todo. Yo, desde mi sitio, con el agua en el pecho, podía escuchar cuando encontraban a alguien, los gritos y los machetazos. Era como una lotería, porque no te podías mover y tenías que esperar que no te encontrasen.

Un mes más tarde, los soldados rebeldes entraron en el pantano y salvaron a los supervivientes. Cassius fue uno de ellos. Uno de los supervivientes del genocidio de Ruanda.

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El genocidio de Ruanda es uno de los capítulos más horribles del siglo XX. En cien días desde abril hasta julio de 1994, unas 800 mil personas —según las cifras más benévolas que maneja la onu— fueron asesinadas: 330 asesinatos por hora, cinco por minuto. La mayor parte de ellos a golpe de machete. La matanza supuso el culmen de la guerra civil que durante cuatro años enfrentó a los dos pueblos que habitan el territorio, los hutus y los tutsis. Los primeros fueron los perpetradores, los segundos fueron las víctimas.

Ruanda está situada en pleno centro de África. Tiene sólo 26 mil kilómetros cuadrados. Es conocida como el país de las mil colinas: los pueblos y ciudades discurren entre valles y laderas rodeados de cultivos. Ruanda, además, es una de las cunas de la humanidad. Sus habitantes primigenios son los twas, pigmeos que hoy suponen sólo 1% de la población. A ellos se les unieron, en la Antigüedad, los hutus (hoy mayoría con un 80%), pueblo proveniente de lo que hoy es la República Democrática del Congo (RDC), y los tutsis (14%), que llegaron de Etiopía. Ambos pueblos compartieron tradiciones, idioma, religión y cultura. Hasta se dieron numerosos matrimonios mixtos. La única diferencia era social: los hutus, agricultores, eran la clase vasalla, mientras que los tutsis, ganaderos, se convirtieron en la casta dominante. Pero era una diferenciación permeable: un hutu que obtuviera vacas podía convertirse en tutsi y viceversa.

En el siglo XIX, los colonos alemanes primero y los belgas después, pusieron sus botas en el reino de Ruanda. El territorio quedó bajo el control del rey belga Lepoldo II, quien introdujo en la nueva colonia teorías antropológicas que causaban furor en la época. La más influyente decía que existía en África una raza dominante, superior. Esa era la raza tutsi, y los colonizadores se aliaron con las familias dominantes para gestionar el país. En 1933, los belgas dotaron a la población de tarjetas de identidad étnica, una decisión clave en la historia de Ruanda. Por primera vez la diferencia entre ruandeses se tornaba racial.

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El librito que publicó en 1959 un grupo de intelectuales hutus se llamaba El Manifiesto. El tratado formulaba una pregunta que crepitaba en la conciencia hutu desde que se instauraron los carnés de identidad racial: “Si somos diferentes y nosotros somos muchos más, ¿qué hacemos sometidos?”. La conciencia racial caló y desembocó en revuelta. Miles de hutus se echaron a la calle y asesinaron a otros tantos tutsis. Otros cientos de miles de tutsis huyeron del país, la mayoría a la vecina Uganda. Los hutus tomaron el control y en 1962 declararon la independencia de Ruanda. Nacía un estado, con dos naciones enfrentadas en su seno. Durante los siguientes años las persecuciones contra la minoría tutsi se sucedieron. Hubo nuevas matanzas en 1963 y 1964. Además, los tutsis estaban apartados de cualquier puesto político, tenían el acceso restringido a colegios y escuelas. Bealta Kabagwira, vecina de Kigali y también superviviente del genocidio, recuerda aquella época.

—En el colegio, a los que éramos tutsis nos sentaban en la última fila. La profesora, cuando nos pedía algo, nos decía: ‘tú, tutsi’, en cambio a los niños hutus les llamaba por su nombre. Cada mañana, llegaba a clase y nos decía: que levanten la mano los tutsis.

En 1972 se dio la última gran matanza. La llevó a cabo el general Juvénal Habyarimana, quien el año siguiente dio un golpe de Estado y se hizo con el poder. Paradójicamente, desde ese año la estabilidad ruandesa fue en aumento y, aunque los tutsis siguieron reprimidos, cesaron las matanzas y el país logró una estabilidad nunca vista antes. Hasta 1990.

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Un día del año 1990, Joseph Buhigiro, vecino tutsi de 65 años de la provincia de Nyamata, estaba tomando una cerveza de plátano cuando un vecino que bebía a su lado le dijo: “Tus familiares han entrado y vienen a matarnos”. “Son los del 59, que han vuelto”, añadió otro.

—Me quedó grabado —dice Joseph—. Después viví cosas horribles, pero ese comentario nunca lo olvidaré porque nos señalaba a todos los tutsis.

Los del bar se referían a que los tutsis exiliados en 1959 y sus descendientes habían regresado a Ruanda en forma de milicia. Durante treinta años aquellos refugiados se habían alistado en el ejército ugandés para entrenarse, y de la noche a la mañana habían desertado formando el Frente Patriótico Ruandés (FPR), que decidió atravesar la frontera y declarar la guerra al régimen de Habyarimana. Es probable que se hubieran plantado en Kigali —la capital ruandesa— en apenas una semana, ya que eran militarmente muy superiores. Pero se encontraron un enemigo inesperado: el ejército francés. Los soldados del entonces presidente François Mitterrand frenaron a las tropas rebeldes y las recluyeron en la selva, en nombre de la francofonía: mientras la Ruanda hutu hablaba francés, los tutsis que regresaban venían de la anglófona Uganda. A Mitterrand no le interesaba un cambio de statu quo. Y se puso del lado del gobierno. El FPR, liderado por Paul Kagame —actual presidente de Ruanda— decidió hacerse fuerte en aquella selva, reorganizarse y reclutar nuevos efectivos (entre ellos muchos niños), mientras Habyarimana planificaba la defensa, que Francia consintió y que desembocaría en un genocidio.

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El editorial del periódico Kangura de diciembre de 1990 se titulaba “Los diez mandamientos hutu”. En ellos se plasmaban las obligaciones del pueblo hutu desde ese momento. Kangura (“Despiértalos”) fue uno de los instrumentos que el gobierno de Habyarimana empleó en su campaña de odio. Nada más verse amenazado por el FPR, el gobierno hutu comenzó a inocular en su población el mensaje de que los tutsis habían regresado para exterminar a todos los hutus. La propaganda más efectiva fue la llevada a cabo por la Radio Télévision Libre des Milles Collines (RTLM), del gobierno. Sus ondas escupían odio las veinticuatro horas. En paralelo, el gobierno hutu decidió crear las Interahamwe (“los que luchan juntos”), milicias compuestas por civiles. Las Interahamwe eran el mal personificado: jóvenes sin futuro ni causa, empapados en cerveza y anfetaminas, armados con machetes y rifles.

Aunque la mayoría se tomaba a broma la propaganda o la consideraba una locura transitoria, el país se volvió paranoico.

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En 1993, ante la progresiva reducción de efectivos franceses, el FPR comenzó a ganar terreno en el norte del país. La guerra fluía sin reglas: por cada ataque del FPR —con sus desmanes contra vecinos hutus—, el gobierno tomaba represalias contra civiles tutsis. El desenfreno se tomó un respiro en agosto de ese año. Ambos bandos decidieron comenzar en la ciudad tanzana de Arusha un diálogo de paz. Se decidió enviar a Ruanda una fuerza de paz de la ONU, la UNAMIR, encabezada por el general canadiense Roméo Dallaire. Esta misión iba a estar compuesta por 2 500 cascos azules, pero jamás llegó a tal cifra. Unos meses después de llegar a Ruanda, en enero de 1994, Dallaire —que terminó la misión en tratamiento psiquiátrico— envió un fax urgente a Naciones Unidas, un fax que hoy simboliza el comportamiento de las potencias occidentales durante aquel episodio. El documento advertía que el gobierno de Habyarimana había perdido el control de las Interahamwe y que éstas estaban elaborando un censo de tutsis. El fax añadía que los milicianos contaban con armas —proporcionadas por Francia— y capacidad para asesinar a miles de tutsis en pocas horas y advertía de la posibilidad de una masacre. Dallaire solicitó refuerzos y afirmó que si le enviaban 5 mil nuevos soldados podría frenar la matanza. La respuesta desde Nueva York: “Se rechaza la operación contemplada porque excede el mandato confiado a la UNAMIR”. Firmaba Kofi Annan. Para completar la maniobra, la ONU decidió reducir los soldados a un grupo de 250 cascos azules que desde ese momento tuvieron como prioritaria preocupación mantenerse con vida.

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–Aquella noche estaba en casa y no me enteré de lo que había sucedido. Fue a la mañana siguiente cuando escuché la radio con mi mujer. El locutor explicó que el presidente había sido asesinado y que nadie se moviera de sus casas. En la calle comenzamos a ver milicianos, que estaban montando barricadas y puestos de control. Recuerdo perfectamente que mi mujer me miró y dijo: vamos a morir.

Benuste Karasira —vecino tutsi que perdió a sus hijos y un brazo durante el genocidio—, rememora la noche del 6 de abril de 1994 en la que el avión del presidente Juvénal Habyarimana fue derribado. Un cohete lo alcanzó cuando regresaba de una de las conversaciones de paz en Arusha. Al instante, ambos bandos se acusaron mutuamente en un debate sobre la autoría que todavía es un misterio. El atentado sirvió de pistoletazo de salida. Las Interahamwe tomaron el control y decidieron acabar de una vez y para siempre con la amenaza tutsi. Lo que hasta hacía pocos meses era visto por la mayoría como la locura de un grupo de extremistas, mutó en una ola que arrastró a todos.

La matanza no fue difícil para los milicianos hutus. Contaban con censos de los vecinos tutsis y con las armas francesas. Calles y pueblos se llenaron de road-blocks, donde se pedía la tarjeta de identidad que habían dispuesto, tantos años antes, los belgas. Los que eran tutsis eran apartados a la cuneta y asesinados a machetazos. Las cunetas de todo el país se llenaron de cadáveres, entre los que a veces se hallaban vivos haciéndose los muertos, inmóviles de terror entre los cadáveres. En pocas horas, Ruanda era un desenfreno de violencia rara vez visto en la historia moderna.

Los tutsis que lograban esquivar los road-blocks se refugiaron en iglesias o escuelas. Los propios milicianos hutus les permitían agruparse para después llevar a cabo las matanzas en bloque. Se formaron mataderos humanos que hoy son memoriales en los que se conservan los huesos, ropas y hasta cuerpos embalsamados de las víctimas. En la iglesia de Ntarama, al sur de Kigali, cinco mil personas fueron encerradas por la policía. A los pocos días, llegaron las Interahamwe y volaron la puerta con una granada. Arrojaron una decena más al interior y se pusieron a disparar contra la masa de gente. Después, entraron con machetes y martillos para rematar a los vivos. A algunas mujeres las separaron para violarlas y a los niños los aplastaron contra una pared. Fue una masacre sucia, primaria, brutal. Los hombres eran torturados, las mujeres embarazadas abiertas para evitar el nacimiento de bebés impuros, las niñas violadas —muchas veces por hombres infectados con VIH, lo que provocó un posterior y silencioso genocidio entre ruandesas— y los niños arrojados al
río.

Joseph Buhigiro, el hombre que bebía cerveza de plátano, se encerró junto a dos mil quinientas personas más en la iglesia de Nyamata.

—Los milicianos llegaron y rodearon la iglesia. Tiraron la puerta abajo y comenzaron a disparar. Me metí debajo de un banco, los cuerpos de mi alrededor comenzaron a caer, también los de mis hijos. Pronto me cubrieron por completo. Noté que algo me mojaba la cara y me di cuenta de que la sangre levantaba un palmo del suelo, así que tuve que subir la cabeza para no ahogarme. En ese momento me convertí en una piedra. No recuerdo nada más. Estaba vivo, pero muerto.

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Los milicianos contaron con la ayuda de al menos 1.7 millones de vecinos hutus, quienes participaron, de manera directa o indirecta, en el genocidio. El miedo fue su motivación. El gobierno había logrado instalar la idea de que matar a un tutsi era salvar a un hutu. Pero la realidad es que la mayoría de los hutus ayudó en las matanzas porque fue obligado. A veces directamente por los milicianos, que amenazaban al que no participase. Otras, simplemente porqu no matar los convertía en sospechosos. Muchos vecinos hutus explicaron que tuvieron que asesinar para pasar desapercibidos, para ser “normales”. Se dieron casos de hutus que, mientras refugiaban a tutsis en su casa, mataban a otros en la calle para no llamar la atención. En la mayoría de los casos, perpetradores y víctimas se conocían.

Los genocidas —milicianos y políticos— afirman hoy que acataban órdenes. Israel Duginzigimana es uno de ellos. Cumple 21 años de cárcel por participar en el asesinato de un grupo de 300 tutsis. Era concejal del ayuntamiento de Nyabisindu.

—Disparé contra aquel grupo y tiré una granada. Conocía a la mayoría de vecinos de ese grupo, pero si no lo hubiera hecho, el gobierno me hubiera matado.

Del municipio de Israel sólo salieron vivos once tutsis.

—Vi cómo disparaban contra grupos desarmados y también vi cómo quemaban las casas de los tutsis con ellos dentro. ¿Lo peor que vi? Bueno, a una madre tutsi le obligaron a comerse a su bebé a cambio de la vida del resto de sus hijos.

Y mientras todo eso sucedía, “el mundo miraba con las manos en los bolsillos”, como acertó a definir Paul Kagame cuando todo había terminado. El FPR desistió en su empeño de pedir apoyo y comenzó a aproximarse a Kigali en una carrera contrarreloj para frenar el genocidio, aunque también en un desmedido avance de venganzas contra civiles hutus.

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Una resolución aprobada por la ONU en 1948 obliga a su Consejo de Seguridad a intervenir por la fuerza en caso de genocidio. En Ruanda estaba ocurriendo uno, pero en Estados Unidos la administración de Bill Clinton decidió no utilizar la palabra genocidio y la sustituyó por “actos de genocidio”. Así se ofrecieron distintas ruedas de prensa en las que el malabar conceptual libraba a Washington de la intervención.

Los tutsis que lograban evitar los road-blocks y las matanzas colectivas se refugiaron en bosques y pantanos, como Cassius Alexis. Ruanda se convirtió en un enorme coto de caza. Cuentan que muchos tutsis, durante el genocidio, usaban el cielo como mapa. Desde sus refugios, en bosques, cuevas o pantanos, observaban el cielo y evitaban caminar por donde veían bandadas de buitres. Los buitres les marcaban las rutas prohibidas y les indicaban los caminos despejados.

La matanza sólo vislumbró su final el 22 de junio de 1994, cuando la onu, por fin, aprobó la Operación Turquesa. El ejército francés fue designado para regresar al país de las mil colinas y abrir un corredor humanitario para los refugiados. El FPR estaba a las puertas de Kigali y los hutus, despavoridos, comenzaban a huir.

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El 13 de julio de 1994 el FPR tomó Kigali y la guerra terminó. Arrancó entonces el epílogo del genocidio: dos millones de hutus huyeron del país, entre ellos, ocultos, los genocidas.

La marea humana se dirigió en su mayoría a la República Democrática del Congo (RDC), entonces Zaire, e improvisaron enormes campos sin infraestructuras en los que el cólera hizo estragos. Hubo cientos de miles de muertos. La ayuda humanitaria estabilizó la situación un año después, pero la furia de Paul Kagame por la huida de los genocidas permanecía intacta.En 1996, el FPR entró en la República Democrática del Congo con la intención de hacer regresar a los refugiados y detener a los genocidas. El operativo escapó pronto del control de los soldados que, según un informe de la ONU del año 2010, abrieron fuego contra la población hutu, incluida aquella que ya estaba instalada en aldeas y pueblos congoleños. El informe califica esta acción como un nuevo genocidio, algo que niega el actual gobierno ruandés. Los supervivientes a esta nueva matanza regresaron a Ruanda. Tocaba hacer justicia.

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El escenario que se encontró el FPR después de la guerra se ilustra en cifras: 800 mil tutsis asesinados, 250 mil mujeres violadas, cien mil niños huérfanos. Eran tantos los cadáveres amontonados que se decidió sacrificar a todos los perros para que no los devoraran. Hoy, en Ruanda casi no hay perros.

Lo primero que quiso hacer el nuevo gobierno fue justicia. Pero no podían abrir 1.7 millones de casos. La solución fue recuperar la figura de los gacaca, un sistema tribal ruandés que se usa para resolver disputas entre vecinos mediante reuniones de la comunidad. Tras el genocidio se perfeccionó el sistema y se aplicaron desde el año 2001 hasta 2012. El doctor Jean-Damascene Gasanabo es el director general del Centro de Investigación y Documentación del Genocidio:

—Los gacacas tuvieron un objetivo, sobre todo, reconciliador. Consiguieron que se hiciera justicia, pero también que se llegara a un acuerdo pacífico entre los vecinos, porque todo el pueblo estaba presente. Se confesó, se pidió perdón y se perdonó. Los gacacas reconciliaron a miles de pueblos en Ruanda.

Los gacacas enviaron a prisión a 120 mil personas. Los demás fueron condenados a realizar trabajos para la comunidad ya que no cabían en las cárceles. Po encima de estas cortes populares se erigió el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, con sede en Arusha, donde se juzgó y encarceló a casi todos los organizadores e instigadores del genocidio.

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Más allá de la justicia, el desafío de la nueva Ruanda era lograr que dos partes enfrentadas en una guerra e implicadas en un genocidio volviesen a compartir su día a día. Víctima y verdugo tenían que mirarse a la cara mientras, por ejemplo, compraban el pan. Cassius Alexis, el chico del pantano, ve casi cada día a vecinos que estaban en aquel grupo que le persiguió machete en mano.

Una de las primeras medidas que hizo pública el nuevo gobierno fue tipificar los delitos de venganza. Cualquier ajuste de cuentas fruto del genocidio sería castigado con cadena perpetua. Jean Pierre Dusingizemunge, de 50 años, es el presidente de Ibuca, la federación de asociaciones de supervivientes del genocidio:

—Lo primero que dijo el FPR fue: “Si os vengáis, seréis golpeados con el máximo castigo”. Yo creo que eso es un enorme compromiso por parte de un gobierno.

Los ajustes de cuentas, sin embargo, fueron inevitables. Los mismos gacacas sirvieron para canalizar represalias. Lo explica Evariste, un hutu que vive fuera de Ruanda y pide ocultar su verdadero nombre.

—Hubo muchas muertes en los gacacas, muchas venganzas. Opino que los gacacas fue una manera de que el Estado organizara las venganzas.

Evitar el negacionismo fue el otro pilar de la reconciliación. Negar que hubo un genocidio se paga con la cárcel. Paul (otro nombre ficticio) es un hutu que vive en el norte de Ruanda y que, bajo una absoluta discreción, ha accedido a hablar con nosotros. Nos cita en el hall de un hotel, pero pronto se muestra incómodo y termina invitándonos a su casa. En su opinión no hubo un genocidio en Ruanda.

—Hubo una guerra, con dos bandos que se mataron entre ellos. Hubo tantos muertos de un lado como de otro.
—Pero, ¿qué pasa con las Interahamwe? ¿Para qué se crearon?
—Para defendernos. Los tutsis sabían que el FPR iba a entrar y se armaron, se organizaron. Tenían células por todo el país, así que el gobierno decidió crear las milicias para defenderse.
—Pero mataron a miles de inocentes.
—Sí, y eso no lo defiendo, pero el FPR hizo lo mismo. Entraban en las aldeas y mataban a todos. Si hubo un genocidio de un lado, también lo hubo de otro.

Lo que dice Paul es muy incorrecto fuera de Ruanda y, dentro, es un delito.

—¿Qué ocurre si dices esto en público?
—Que me enviarían a la cárcel y me dejarían morir allí. Y a vosotros también, por preguntar.

La Ruanda urbana está limpia y ordenada, sobre todo su capital, Kigali, que se extiende a lo largo de varias colinas en las que en las laderas lucen los barrios acomodados y en los valles las chabolas. Los conductores usan el cinturón de seguridad, la tasa de crímenes es baja, las carreteras están asfaltadas y el turista puede recorrer el país sin preocuparse por la seguridad. La economía no va mal. Ruanda ya ocupa el puesto 33 de 51 en la lista del PIB per cápita de países africanos. Sigue habiendo enormes problemas de pobreza y se mantienen elevadas las tasas de contagios de vih. Pero Ruanda ha centrado todos sus esfuerzos en transmitir una impoluta imagen de orden, progreso y libertad. Paul dice:

—Es una imagen. Estar como visitante en Ruanda es como ir de invitado a la casa de una mujer maltratada por su marido. Cuando tú estás allí, todo parece tranquilo, armonioso. Pero cuando no estás, entonces aparece la realidad del maltrato y la opresión. Eso es Ruanda.

Pero esa imagen surte efecto: turistas y periodistas llegan al país, contemplan la convivencia, el orden y la resiliencia ruandesa, y regresan maravillados. Y en verdad los ruandeses conviven en paz, pero no porque realmente estén reconciliados sino porque el gobierno controla la vida de sus ciudadanos hasta extremos novelescos.

—Aquí no se pueden ni pronunciar determinadas palabras. Hay soldados y policías secretos por todas partes —explica Paul.
—¿Cómo en una dictadura?
—Peor. Porque aquí está disfrazado. Hacen creer que somos una democracia. Es como el mantener tan limpias las calles: una careta para el visitante. Al político que levanta la voz lo eliminan. En una dictadura al menos te ejecutan directamente. Aquí te dejan morir.
—¿Quieres decir que el Estado ruandés mata gente por cuestiones políticas?
—Normalmente no de manera directa, pero te envían a la cárcel y allí se encargan de que te maten o te dejan morir de hambre.

Evariste, también hutu, dice acerca de esta cuestión espinosa:

—Si yo hablase públicamente del gobierno, mi familia estaría en la cárcel mañana. En Ruanda nadie se fía de nadie. Sólo se habla de fútbol o del tiempo porque no sabes quién puede ser policía o soldado. Somos un país que vive en paranoia. En una desconfianza permanente.

Sobre el papel hay doce partidos en Ruanda, con su representación parlamentaria, pero la realidad es que todos dependen del FPR de Kagame y que no hay oposición real. En los últimos años han sido asesinados y encarcelados decenas de opositores. Fuera del parlamento el paisaje no es mucho mejor. Hay sólo una cadena de televisión y todos los periódicos son del gobierno. Frank, que prefiere no decir su apellido, trabaja en The New Times Rwanda, el periódico en inglés más importante del país. Advierte que si queremos pedir una entrevista con cualquier funcionario público, debemos insistir en que vamos a hablar sólo de la recuperación y reconciliación ruandesa. Si insinuamos cualquier crítica, podríamos tener problemas. Hay antecedentes: nueve cooperantes y periodistas españoles han sido asesinados en Ruanda en los últimos quince años. En Ruanda, discrepar con el gobierno se traduce en “hacer ideología”, una borrosa figura legal que conduce a la cárcel. Incluso las víctimas tutsis están sometidas al guión oficial. Ningún superviviente reconoce en público que no perdona a quienes intentaron asesinarlo o a quienes mataron a sus familiares. Cassius Alexis es un buen ejemplo.

—¿Qué sientes cuando ves a vecinos que te persiguieron?
—Ahora ya pasó mucho tiempo. Al principio no me gustaba, pero ahora entiendo que hay que mirar al futuro, que debemos estar juntos.
—¿Les perdonas?
—Sí, les perdono.

Sin grabadora por medio, el mensaje cambia. Jean es el nombre de un joven tutsi que, siendo un niño, sobrevivió durante un mes huyendo de sus asesinos por el bosque de Kayumba, en el sur de Ruanda. Su vida se redujo entonces a correr descalzo huyendo de sus predadores hasta que fue rescatado. Su familia completa murió.

—Sé que hay una respuesta para esto, pero no es la que siento. Ninguno de ellos nunca me ha pedido perdón. Cuando me cruzo con algún vecino hutu que participó en las persecuciones, mi primera reacción es salir corriendo. Me entran ganas de huir como cuando era niño. Pero tengo 31 años, no puedo salir corriendo por la calle. ¿Perdonarles? Por supuesto que no puedo perdonarles. ¿Tú podrías?

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El proceso de reconciliación se completa con medidas que borran la Ruanda anterior a la guerra: el país cambió su himno, su bandera, su idioma (inglés en lugar de francés) y hasta sus libros de historia, que ahora explican que hubo un genocidio contra los tutsis para, a continuación, decir que ya no existen diferencias entre hutus y tutsis, que sólo hay ruandeses. Ésta, precisamente, fue la decisión estrella: la abolición oficial de las identidades. No existen ya documentos de identidad racial y se ha hecho tanto hincapié en que ahora sólo hay ruandeses, que preguntar a alguien si es hutu o tutsi resulta una grosería.

—Hablar de hutus o tutsis no forma parte del plano de la realidad. No hay hechos que demuestren que uno es tutsi y otro hutu. Tenemos la misma lengua, la misma cultura, la misma historia y vivimos en el mismo país desde hace muchos siglos. Somos un solo pueblo —explica el doctor Jean-Damascene Gasanabo.

Sin embargo, detrás de los discursos oficiales, en la calle, la división hutu-tutsi sigue perfectamente definida. Y en esta meridiana división todos los puestos de control son para los tutsis.

—El 90% de los políticos son tutsis —dice Evariste—. El ejército está compuesto en un 90% por tutsis y todos los generales son tutsis. Las grandes empresas, luz, agua, gas, comunicaciones, están dirigidas por tutsis. Los hutus viven en Ruanda completamente oprimidos: son los últimos en acceder a becas, ayudas. Otra vez tenemos un régimen racial.

Los otrora verdugos aparecen ahora como víctimas. Paul completa el diagnóstico:

—Los empresarios de este país son tutsis. Si un hutu va a buscar trabajo a una empresa de tutsis, nunca se lo darán. Te pongo un ejemplo. Yo hice un curso de económicas. Era el único hutu de mi clase. Lo terminamos hace tres meses. Pues bien, soy el único que no está trabajando. Y puedo asegurarte que no era el más estúpido de la clase.

Le preguntamos sobre el dominio tutsi a Francis Kabuweka, diputado (tutsi) desde hace más de diez años. No solo discrepa con Evariste y con Paul, sino que considera peligroso su mensaje.

—Lo importante es: ¿somos hutus y tutsis ante todo, o somos ruandeses? Ya sabemos a qué nos conduce cada respuesta. Desde el genocidio nos hemos comprometido a no usar esta identidad.

Si de verdad Kagame cree en la reconciliación, o si lo único que quiere es el control de Ruanda para los tutsis, es una incógnita. La realidad es que, al día de hoy, la reconciliación está muy lejos.

—No se admite que miles de hutus fueron asesinados y no tenemos derecho ni a recordarlo —dice Paul—. Mientras eso ocurra, la reconciliación es imposible. ¿Sabes cuál es nuestra esperanza? Que estamos agotados. Todos anhelamos la paz porque estamos hartos de la sangre. Por otra parte, alcanzar la paz sólo porque estamos hartos, por desidia, sería algo muy ruandés.

Mágico corre antes de que la pelota se despegue del pie del Negro Cabrera. Vestido de oro galopa diez doce quince metros, y a su estela el defensa Tuto Sañudo. Aún fuera del área, Mágico frena en seco y en la frenada acaricia el balón, un toque tímido con la izquierda que quiebra la cintura del acosador. La pelota retrocede medio metro, Mágico tras ella, pero otro defensor llamado Chiri lo espera desenvainado…

El calendario dice 14 y septiembre y 1986. El estadio Ramón de Carranza acoge un partido de la cuarta fecha de la Liga española: Cádiz Club de Fútbol versus Real Racing Club de Santander. Los locales se imponen 2-0, doblete de Mágico. Los relojes marcan las ocho menos cinco cuando desde el círculo central el Negro Cabrera ha soltado el esférico. La defensa racinguista está bien plantada, y Mágico, solitario como un jaguar y escorado a la izquierda. Que pase lo que pasará es tan probable como que coincidan el cumpleaños con un eclipse total de sol. Pero es el Mago quien está recibiendo. En las gradas, diluidos entre diecinueve mil cadistas entregados están el niño José Diego, el empresario Miguel Cuesta, el quinceañero Manuel Camacho, otro niño de once llamado Emilio, el joven Doña con sus amigotes… Todos miran lo mismo: a Mágico contra un muro defensivo; incluso después de quebrar al Tuto Sañudo parece quimera. Nada indica todavía que este minuto, el 24 de la segunda mitad, quedará tatuado en el corazón de miles.

… Chiri lo espera desenvainado, pero Mágico lo supera limpio con un recorte derecha-izquierda en un espacio más estrecho que un ascensor estrecho. Parece que al fin se adentrará en el área, pero reniega, y con el cambio evita a un tercer racinguista, Manuel Roncal, que se desliza por la grama, los pies por delante. La pelota y su dueño entran en la media luna.

El portero Pedro Alba ha visto desde sus dominios la galopada, el recorte, el dribling, el cambio. Ha amagado la salida pero se ha arrepentido en la línea del área chica, confiado quizá en que miraba una única camisola amarilla en un desfile de blancas. Pero con seis caricias el salvadoreño ha roto al Tuto Sañudo, a Chiri, a Manuel Roncal, y ahora solo Alba se interpone. Mágico acaricia la pelota una última vez, se la acomoda. Alba flexiona las piernas sobre la cal, se tensa como gato al acecho, espera un zapatazo desde fuera del área.

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Jorge Alberto González Barillas nació en San Salvador el 13 de marzo de 1958, hijo de Óscar Ernesto y de Victoria, benjamín entre ocho hermanos. El primogénito, Mauricio PachínGonzález, despuntó en las filas de Atlético Marte y fue seleccionado nacional; quizá por ahí se explica la tempranera pasión del niño Jorge. A los dieciocho Mágico debutó en la máxima categoría del fútbol salvadoreño con la camisola de ANTEL. Destacó de inmediato y en noviembre de 1976 vistió de azul y blanco para sendos choques amistosos contra el Vitória Setúbal (Portugal) e Independiente de Medellín (Colombia). Marcó un gol. Pero aún le quedaban seis años en su terruño, en los que se enfundó las camisolas de Independiente de San Vicente primero y de Club Deportivo FAS después.

La selección de El Salvador obtuvo su boleto para el Mundial de España-82 porque se lo robó al México de Hugo Sánchez. El desempeño de Mágico en la fase de clasificación fue determinante, con actuaciones sobresalientes ante Panamá, Honduras y México. Pero el tarro de las esencias más preciadas lo destapó en los partidos preparatorios primero, y en el escaparate mundialista después. En el Mundial Mágico brilló como un diamante entre el carbón, se llegó a escribir, por el triste papel desempeñado por la Selecta.

Dicen que el Atlético de Madrid se mostró interesado, pero Mágico se dejó engatusar por Camilo Liz, el secretario técnico del Cádiz CF, modestísimo equipo andaluz que acababa de descender a Segunda. Fichar por el cuadro amarillo lo alteró todo, quizá para bien.

Mágico aterrizó en el aeropuerto de Jerez el 27 de julio de 1982, dos semanas después de que la Italia de Paolo Rossi ganara el Mundial, y abandonó la ciudad algún día de mediados de 1991. Con el Cádiz CF disputó dos temporadas en Segunda y seis en la máxima categoría. Sus números no explican ni justifican idolatría alguna: de 150 partidos en Primera –veinticinco en promedio por temporada–, en solo 92 disputó los noventa minutos, y anotó 42 goles.

La más productiva de sus temporadas –la 1983-84, con 14 dianas en 31 partidos, tercero en el Trofeo Pichichi– despertó el interés real del Atalanta (Italia), del Hellas Verona (Italia) y del París Saint Germain (Francia), y el presunto del Fútbol Club Barcelona. Pero ninguna negociación cuajó. La 1984-85, la que debía haber sido la de la consagración, resultó un vía crucis, con gravísimos problemas disciplinarios que condujeron a una abrupta ruptura con la dirigencia y desembocó en un traspaso-despido al Real Valladolid CF, donde deambuló tres meses para el olvido. La temporada 1985-86, cuando tenía la edad talismán de 27 años, huyó de España y se desvaneció en California, en Baja California, en El Salvador. No practicó fútbol profesional.

Pero en Cádiz la semilla había germinado. Querido con creciente locura por la afición, el Mundial de México-86 sirvió de excusa al presidente cadista Manuel Irigoyen para viajar a San Salvador a buscarlo y redimirlo. “Pese a su genio futbolístico, una descuidada vida personal le llevó al pozo del fracaso y el anonimato. Ahora ha vuelto”, escribía el periodista Carlos Funcia en el diario El País, pocas semanas después de su aclamado retorno. Remachaba: “La trayectoria deportiva y personal de Mágico González tiene tintes de leyenda. De difícil personalidad, parece que ni los éxitos ni los fracasos dejan huella en su ánimo y está como ausente cuando se le felicita”. Eso y así se escribía sobre él en septiembre de 1986.

Salvo el enigmático paréntesis, Mágico estuvo ligado al Cádiz CF entre 1982 y 1991. En esos años marcó goles imposibles, dribló, se emborrachó, durmió, soñó, confesó que su mejor sueño era ser feliz, alternó con Camarón de la Isla, se metió a una hinchada en la bolsa, comió pescaíto frito, bailó flamenco, obvio que no se tomó el fútbol como un trabajo, derrochó cuanto pudo, erró penales, macheteó culebras, enamoró, se drogó, gozó, fue condenado a seis meses y un día por abusos deshonestos, goleó al Barça, goleó al Real Madrid, forjó una leyenda a su pesar, rehuyó a los periodistas siempre que pudo, hizo méritos suficientes para entrar en el Salón de la Fama y triunfó como triunfan los que no miden la felicidad por los ceros en la cuenta bancaria.

Mágico jugó al fútbol y vivió la vida. O quizá vivió el fútbol y jugó la vida.

Casi un cuarto de siglo después de su salida del Cádiz, y aunque lo hizo por la puerta de atrás, quienes más lo disfrutaron no lo olvidan. Fotografías de Mágico decoran docenas de tabernas y cafeterías gaditanas, los DVD con sus hazañas se guardan como joyas de la abuela, su rostro sigue omnipresente en las gradas del Ramón de Carranza. Y en la calle Pelota, a cincuenta metros de la catedral, hay una tienda que vende a cinco euros camisolas con su caricatura. Y en la plaza San Juan de Dios, el Bar Los Pabellones imprime calendarios de bolsillo con su imagen y la de Camarón. Y en la tienda oficial del club aún hay quien compra la elástica amarilla y pide que le estampen ‘Mágico’ en la espalda. Y en un negocio llamado Deportes Bernal tienen… Y en…

Casi un cuarto de siglo después Mágico sigue vivo en Cádiz.

***

Intuía, sospechaba, me habían dicho… pero lo visto en Cádiz supera todo lo presupuestado. Veintitrés años después de su último partido oficial de amarillo aún se venera al salvadoreño, veneración que de alguna manera beneficia a El Salvador entero. Al final va a tener razón el colega Daniel Herrera…

Son casi las ocho y media del 2 de abril de 2014, pero España adoptó el fin de semana pasado el horario de verano y no quiere anochecer. Yo regreso de una entrevista en la Federación Gaditana de Fútbol, y en la calle Brunete leo ‘Nosferatu Tattoo Studio’. Desde que planifiqué mi visita a Cádiz me propuse pasar por algún sitio así, como un termómetro para medir el grado de idolatría. ¿Habrá algún gaditano tan loco como para grabarse a Mágico en la piel? Entro. Tres hombres con ropajes informales y oscuros platican detrás del mostrador. Me presento, les cuento el porqué.

—No, aquí no hemos tatuado nada del Mágico –dice José Diego, 35 años ahora, un niño en aquella tarde inolvidable contra el Racing de Santander.
—¿Pero lo tienen en catálogo o algo?
—No. Todo el mundo está siempre diciendo: me tengo que hacer al Mágico, me tengo que hacer al Mágico… pero no. Aunque sí hay gente que se lo ha tatuado, yo lo he visto, vamos. Gente de Brigadas, sobre todo.

Brigadas es Brigadas Amarillas, la barra brava del Cádiz CF.

—El Baguetina dice que se lo va a hacer –apunta Chencho Fernández, otro del trío.
—Ah, sí, es verdad –recuerda José Diego–, el Baguetina se está haciendo la pierna entera con nosotros. Ya le hemos hecho el estadio antiguo y esas cosas… y dice que se va a hacer al Mágico.
—¿Y cómo dicen que se llama? –pregunto.
—Baguetina. Él se mueve con la gente de Brigadas.

Anoto el nombre sin mucho entusiasmo, consciente de que dejaré Cádiz en veinticuatro horas.

Ya con el salvadoreño sobre la mesa, José Diego agarra carrera, casi ni tengo que preguntar.

—Yo al Mágico lo vi jugar –dice entusiasmado–. Soy socio desde pequeño, por mi padre, que me llevaba siempre.
—Ajá…
—Aquel 3-0 al Racing yo lo vi en el estadio, y me acuerdo… pero como si fuera ayer, vamos. Lo vi sentado en Tribuna. Los niños nos sentábamos en las primeras filas, mientras que nuestros padres lo veían más arriba. Recuerdo levantarme del asiento para ver bien la carrera, cómo regateó a uno, a dos, a tres… y el gol. Yo me giré para buscar a mi padre, que me respondió con una sonrisa y cerrando el puño. Él ya falleció, pero Mágico a mí me trae muchos recuerdos de mi padre…

Quizá esta sea la magia de la que tanto se habla en Cádiz.

Pregunto si conocen otros lugares o personas que sientan genuina admiración.

—Pues aquí a la vuelta siempre hay aparcada una moto que tiene la cara del Mágico pintada.

***

La persona encargada de la sección de deportes del Diario de Cádiz se llama Guillermo Doña Viaña, pero firma Willy Doña. Suena apropiado suponerle conocimientos sobre el cadismo porque va para las tres décadas pendiente del acontecer futbolístico del Cádiz CF. “Yo al Mago primero lo conocí como aficionado, porque como periodista deportivo comencé en el 88”, matiza de entrada, como si 26 años fueran un suspiro. El propósito de incluir su voz es que aporte mesura a un sentimiento muchas veces desmesurado.

—El Mago coincidió con la mejor época en la historia del club –dice Willy Doña–, algo que en gran parte fue por su presencia.
—Cuando uno mira sus números, la verdad es que no son tan sorprendentes.
—Pero siendo este un club modesto, aportaba algo impresionante. En el fútbol español nunca se había visto un hombre con esa habilidad, capaz de hacer maravillas con el balón, con una naranja, con una pelota de papel… con lo que fuera.
—¿Qué tanto de lo que se dice de él es mito y qué tanto realidad?
—Lo de las pataditas a una naranja es totalmente cierto. Se ponía a hacerlo en una discoteca o en cualquier sitio. Era más habilidoso que Maradona. Inconstante, sí, al punto que aquí varios entrenadores lo tuvieron de suplente, pero en habilidad superaba a Maradona.
—¿Qué explicación tiene que un suplente sea tan recordado?
—Incluso sabiendo que era porque golfeaba, la gente lo pedía en el estadio. Pitaban al entrenador si no lo sacaba.

Otros extranjeros que dejaron huella, dice, son el delantero peruano Máximo Mosquera, que jugó la temporada 1962-63, y el chileno Fernando Carvallo, cuyo paso coincidió con el primer ascenso a Primera.

—Pero es abismal la diferencia entre el cariño que se le tiene a Mágico y a Carvallo, que podría ser el segundo –dice Willy Doña–. Mágico hoy es el ídolo de un montón de niños que ni habían nacido cuando estuvo aquí, que lo más que habrán visto son videos por internet.
—¿Y entre los que lo vieron jugar?
—El cariño que se le tiene es muy intenso pero es… como de barra de bar, porque ni siquiera el club le ha sabido homenajear.
—Pero era indisciplinado, irregular, irresponsable… ¿alguien así merece ser homenajeado?
—Como cadista que soy… la verdad… yo me alegro de que fuera indisciplinado. Si no, a las diez jornadas se lo hubiesen llevado.

El Cádiz CF estuvo en Primera desde 1985 hasta 1993, codeándose con el Barça, con el Real Madrid, con el Athletic de Bilbao. Tras esas ocho temporadas consecutivas que enorgullecen al cadismo, el equipo solo ha retornado a la élite una vez, en 2006, y la alegría duró un año.

—Y sí, salvo en los dos primeros años, nunca fue un gran goleador –dice Willy Doña–, pero aquí sabíamos que esa no era su principal virtud.
—¿Cuál era esa virtud?
—Que hubo una época en la que los defensas contrarios temblaban cuando se enfrentaban al Cádiz, y dio la casualidad que de la cantera salieron buenos jugadores como los hermanos Mejías, en especial Pepe. Toda esa gente tenía más libertad, porque el equipo rival al completo tenía que estar pendiente de Mágico, ¿comprendes?

Una época en la que los defensas contrarios temblaban, dice Willy Doña.

***

Alba se tensa como gato al acecho, espera un zapatazo desde fuera del área. Pero Mágico no chuta recio. Se deja caer hacía atrás para picar la pelota con efecto, que primero suuuube y luego baaaaja, en vaselina de ensueño. Alba ni siquiera trata de atraparla. Solo sigue la parábola con la mirada. “Esperaba que pegara en el larguero”, dirá. Pero no. El balón entra manso por la escuadra.

De la chistera del Mago ha salido… un ornitorrinco.

El Ramón de Carranza explota. Diecinueve mil cadistas se abrazan celebran gozan hasta el delirio. Es un orgasmo colectivo que el niño José Diego disfruta con complicidad paterna y el empresario Miguel Cuesta y el quinceañero Manuel Camacho y Emilio… La celebración del futuro periodista Willy Doña deviene dolorosa. Sentado con sus amigotes en el Fondo Norte, la genialidad de Mágico le hace olvidar que está bajo una de las barras metálicas instaladas para controlar avalanchas.

—Ese gol estuvo a punto de costarme la vida –recordará casi 28 años después–. Con el salto me pegué un cabezazo con el hierro… que mientras mis amigos festejaban, yo estaba tirado, mareado perdido, vamos… Todavía me duele cuando me acuerdo.

Sobre el terreno Mágico también celebra a su manera, parco. Se arrodilla con parsimonia antes de pararse. Levanta los dos brazos y sonríe de medio lado, como niño travieso. Nada en su rostro indica que acaba de marcar un gol legendario. “Fui salvando obstáculos, según me iba encontrando piernas, pero solo creí en el gol cuando vi que el balón pasaba por encima de Alba”, responderá a un periodista que lo abordará después de la ducha.

Manuel Roncal continúa tirado en el suelo. El resto de racinguistas, cabizbajos, sumisos, brazos en jarra. Alba entra en su portería y recoge resignado la pelota. Cuando de a poco se apaga el grito de Gooool, escucha cómo el estadio comienza a corear el nombre de Mágico, mira el incipiente flamear de pañuelos blancos, intuye lo irrepetible del momento, y hace algo que nunca ha hecho y que nunca más hará: camina al centro del campo, busca al salvadoreño y le extiende la mano. Alba felicita a Mágico por su gol.

***

Las leyendas se construyen cuando hechos extraordinarios se repiten una y otra y otra vez, de padres a hijos, entre amigos. Mágico es leyenda. Sus hazañas no son solo suyas. Se dramatizan, se mitifican, se tergiversan, se exageran. Desatado el torbellino a veces pasa que –quizá sin malicia– algo que nunca ocurrió se cuela en el repertorio de gestas. Ese algo también se repite una y otra y otra vez. Y luego funciona la teoría goebbeliana que asegura que, mil veces repetida, la mentira deviene verdad.

Esto se cuenta en Cádiz: por una juerga infinita en la víspera, Mágico se presentó tarde a un partido de semifinales contra el Barça en el Trofeo Ramón de Carranza, el otrora prestigioso torneo estival de pretemporada. El juego arrancó, y los visitantes ningunearon a los locales, 0-3 al descanso. El salvadoreño se dejó ver por el estadio con el choque empezado. Con todo y goma, el entrenador lo obligó a vestirse de corto. Mágico salió en la segunda mitad y tuvo una tarde gloriosa. Con dos goles y dos asistencias, lideró la remontada con la que ridiculizaron 4-3 al Barça.

Se cuenta en Cádiz. Wikipedia lo bendice, en español y en italiano. Lo dice el diario español As en un generoso reportaje de octubre de 2013. Y con el matiz de que la remontada fue de 0-1 a 3-1, lo afirma incluso el más riguroso trabajo periodístico que jamás se ha publicado sobre Mágico, la serie de 128 páginas en once entregas que imprimió el diario La Prensa Gráfica entre febrero y julio de 2003.

Pero aquella hazaña nunca ocurrió.

Mágico solo enfrentó al Barça en el Trofeo Ramón de Carranza una única ocasión: el 26 de agosto de 1984, en partido de consolación. El Cádiz de Segunda se impuso 3-1 al Barça que esa temporada ganaría la Liga. Las crónicas del día después lo señalan como el artífice del triunfo. “Mágico volvió a ser punto y aparte. No marcó, pero de sus botas salió lo mejor de esta tarde para el olvido desde el prisma azulgrana”, escribió Pedro Ger, el enviado especial del diario catalán El Mundo Deportivo. Mágico jugó de partida. Ni llegó con el choque empezado ni anotó ni hubo remontada inverosímil.

La realidad a veces se deforma. Y si eso sucede con hechos que pueden ser desmentidos en las hemerotecas o desde cualquier computadora, ¿qué no pasará con las gestas cuya autenticidad descansa solo en el volátil testimonio de quienes supuestamente las vivieron? Si alguien alguna vez se animara a escribir un libro de vocación biográfica sobre un personaje tan exuberante, el reto principal sería cribar la mitología.

***

Salgo de Nosferatu Tattoo Studio y camino por la calle Brunete hasta la primera a la izquierda, como me han dicho que haga, para ver si está aparcadala moto con la cara de Mágico pintada. Emboco la calle Santa María de las Cabezas, estrecha y con un sinnúmero de motos parqueadas a un costado. Casi al final, cuando la decepción me está venciendo, veo un scooter Piaggio Fly 50 4T, blanco con detalles azules. Delante, el rostro y la melena inconfundibles.

Saco la cámara y tomo algunas fotografías. En esas estoy cuando me percato de que desde un pequeño bar que hay al otro lado de la estrecha calle me miran con recelo. Me acerco, explico la razón de mi curiosidad y pregunto si conocen al dueño.

—La moto es mía –dice Jesús Gutiérrez, la persona que atiende el negocio.

Jesús Gutiérrez resulta ser un consumado magiquista. Cuando le detallo que trabajo en un periódico de El Salvador y lo que trato de hacer en Cádiz, se entusiasma, descuelga de las paredes fotos enmarcadas, me enseña una de él con Mágico, cuenta ciento y un anécdotas, me invita a una cerveza, me presenta a cuanto cliente cadista entra a su bar… y cada vez me convenzo más de que el colega Daniel Herrera tiene la razón. “En esos años había más magiquistas que cadistas”, sintetiza Jesús Gutiérrez su euforia. Me sugiere que vaya el domingo al estadio y compruebe que las gradas siguen llenas de pancartas que lo recuerdan.

—¿Y no has ido al Washisnai? –me pregunta–. Es el bar de Nandi, amigo mío de Brigadas. Ahí tienen fotos de Mágico, y llegan muchos cadistas.

Llama al Nandi por teléfono. Me lo pasa y hablamos. Ya es noche cerrada. Quedamos que mañana pasaré al Washisnai a desayunar, tipo ocho y media.

***

El Bar Gol es un santuario del cadismo, casi un museo. Está pegado al Ramón de Carranza, en el arranque de la Pintor Zuloaga, la calle en la que Mágico vivió un tiempo largo. El local es sobrio. El color dominante es el amarillo en todas sus tonalidades, y las paredes lucen colmadas de banderas, cuadros, amuletos varios y fotografías de los tiempos pasados y mejores, algunas desteñidas ya. Mágico es la indiscutible figura estelar.

El Bar Gol lo atiende desde tiempos inmemoriales Jesús Sánchez Granado, quien infinidad de veces le preparó un bocadillo o le sirvió una cervecita. “Cuando Juan José fichó por el Real Madrid [se refiere al mítico defensa cadista Juan José Jiménez, Sandokán], le vendió su coche al Mágico, un Ford Escort rojo”, dice Jesús.

Eran otros tiempos, otro fútbol, como menos divismo y menos ceros en las cuentas corrientes. La relación entre jugadores y aficionados también era más estrecha, sobre todo en Cádiz.

—Cuando se fue a Valladolid se llevó el coche rojo que tenía, pero como allí hacía tanto frío, se vino para Cádiz y allí dejó el coche. ¿Por qué? Yo creo que porque la ciudad, el clima y la forma de vivir del gaditano calaron en el Mago.

Quien habla ahora es Miguel Cuesta, empresario, cadista desde los sesenta y dirigente ocasional del Cádiz CF, del que ha sido vicepresidente. El 3-0 al Racing lo vio desde Tribuna. El empresario Miguel Cuesta ahora es consejero externo del club. Habla maravillas de Mágico, a pesar de que tuvo que tratarlo como directivo.

—Mucha culpa de lo que sucede ahora la tenemos los padres –dice–, que se lo hemos transmitido a nuestros hijos, pero es que fue tanto lo que nos dio el Mágico…
—Pero fue suplente mucho tiempo…
—¿Y tú sabes lo que es el estadio entero abucheando al entrenador? Muchas veces lo ponía por el público, aunque fuera diez minutos. Y con que esa tarde hubiese una sola jugada suya, un solo toque de balón… tú salías del campo… habiendo empatado, perdido o ganado, daba igual… y el comentario a la salida era: ¿viste cómo la tocó Mágico?
—¿Tan así?
—Es que en el fútbol el gol a veces es lo de menos, como en los toros. Cortar orejas y salir en hombros no es que con una buena ‘estocada’ se consigue; para ganarse al público a veces basta con dar dos ‘verónicas’ bien dadas, o dos ‘naturales’ bien hechos. Los aficionados a los toros eso apreciamos. Pues con el fútbol en Cádiz es parecido. Muchas tardes ver al Mágico tocarla era más que suficiente, aunque el partido se hubiera perdido.

El empresario Miguel Cuesta se expresa como un cadista más, con entusiasmo acrecentado si cabe, pero él ha estado y está en la órbita del Cádiz CF, un club que de alguna manera está en deuda con su jugador más carismático.

—¿Por qué están tan disociados el cariño de la afición y los gestos institucionales? –pregunto.
—Es una pregunta profunda y que merece ser analizada con mucho tacto.

Cuenta la anécdota de la visita de Mágico a Cádiz en febrero de 2001, cuando el diario Marca organizó un partido para recaudar fondos para las víctimas de los terremotos en El Salvador. Tras el viaje, el empresario Miguel Cuesta lo dejó en el Hotel Playa Victoria, para que descansara un poco, pero le advirtió de la importancia de la conferencia de prensa promocional que tenía para la tarde en el propio hotel. Como ya era la hora y no bajaba, subió y aporreó la puerta de la habitación. Mágico al final le abrió, somnoliento y envuelto en una manta, y se volvió a la cama.

—El Cádiz sí ha querido hacer alguna cosa, traerlo y que se encargara de la formación de los niños o algo así, pero…

Cuando uno habla con aficionados cadistas, raro es que no salga a relucir la escuela municipal de fútbol, que se bautizó con el nombre de Michael Robinson, un jugador británico que nunca vistió de amarillo, pero que, colgadas las botas, triunfó como comentarista deportivo y por los micrófonos acostumbraba a echar flores al cadismo. Infinidad de cadistas aún no digieren lo que juzgan como una traición. “Como lo del campus de Michael Robinson, por ejemplo –dic un viejo amigo de Mágico llamado Emilio Ramírez, 39 años hoy, un niño de once que festejó en el Fondo Norte el mítico gol–, en vez de ponerle el nombre del Mágico… la verdad es que no se entiende”. Incluso en una chirigota se pide.

—Yo estoy seguro de que el Cádiz Club de Fútbol hará algo con el Mago –dice el empresario Miguel Cuesta–. Será más temprano que tarde. Algún día se va a hacer algo importante.

***

Alba felicita a Mágico por su gol. El gesto le ennoblece tanto que ese apellido condenado al ostracismo futbolístico fuera de Santander se seguirá pronunciando con cariño y respeto en Cádiz en el siguiente milenio.

Esta noche el gol también será celebrado en el programa Estudio Estadio de Televisión Española. Y mañana faltará espacio en los periódicos para el torrent de elogios. “Mágico cosió el balón a su bota y sorteó a cuantos se le situaron delante, incluida su sombra”, dirá el diario ABC. “Gran festival de Mágico González, que esta tarde ha renovado las grandes actuaciones que le hicieron famoso”, se leerá en El Mundo Deportivo. “Ovación de gala”, en La Vanguardia. “Marcó al Racing un gol para la historia”, publicará El País.

Pero más importante es lo que pasa ahora, mientras Alba regresa hasta su portería después de felicitar a Mágico. Las gradas son una procesión de pañuelos. Se ensaya por primera vez algo que todos vieron por televisión en el Mundial que acaba de ganar la Argentina de Maradona: la ola. Y a Willy Doña la alegría lo ayuda a reponerse del golpe brutal. Y el quinceañero Manuel Camacho celebra y se desgañita. Y el empresario Miguel Cuesta, ídem. Y el niño Emilio no cabe de júbilo, junto a su padre en el Fondo Norte, y 28 años después dirá: “¿Su mejor gol? El del Santander; hacer eso a tres en un palmo de terreno…” Y el niño José Diego acaba de recibir un guiño de complicidad paterna que nunca –nunca– olvidará.

***

A las ocho y media de la mañana estoy, puntual como un vasco, en la Taberna del Washisnai, que es su nombre cabal, en la calle Beato Diego. Una foto de Mágico acuclillado preside el área futbolera del bar, entre un plasma y un sinnúmero de bufandas de clubes europeos. El local es inmenso, y al otro lado de la ‘U’ que forma la barra tiene un área flamenca, presidida por un cuadro de Camarón de la Isla con una guitarra a su vera. La camarera me dice que Nandi está al caer. Un cuarto de hora, media hora, tres cuartos… esto parece El Salvador. A las diez tengo otraentrevista lejos de aquí, en la barriada La Paz. Si puedo, regresaré a la Taberna del Washisnai en la tarde.

***

Quinceañero en el Fondo Sur la tarde mágica, Manolo Camacho es hoy un periodista de 41 que presenta El tren del gol, una tertulia deportiva que se emite en un canal de televisión local. Diez días antes de esta entrevista lo invitaron a un evento gastronómico-cultural celebrado en el Hotel Barceló, con el fútbol como plato principal. Su misión fue explicar en qué consiste el cadismo. En la fotografía de los carteles promocionales aparecía Mágico joven y vestido de torero en la plaza de toros del Puerto de Santa María.

—Ese día hablamos de por qué se prestó para esas fotografías. Yo creo que es porque se lo pidieron y, como él no sabía decir que no, por eso se vistió de torero.

Manolo Camacho es uno más entre los gaditanos que destacan la calidad humana. Creen que la manera de ser –con sus luces, con sus sombras– abonó a la idolatría.

—Como futbolista, yo lo tengo claro: es el más grande, ni Messi ni Maradona ni ningún otro. Como ser humano, un gran corazón, y quizá por eso llegó a ser lo que fue en Cádiz, porque no tenía más ambición que la de jugar al fútbol para pasarlo bien. Como profesional, también tengo claro que no es un ejemplo a seguir.
—¿Fue bueno para él que lo fichara el Cádiz?
—Mágico encajó en Cádiz a la perfección, y Cádiz lo acogió de la mejor manera, pero yo no sé si caer aquí le vino peor para triunfar, por lo peculiar de la ciudad, donde gusta mucho el fútbol arte, sí, pero también gusta la fiesta.
—Pero pocos jugadores podrán presumir de tanto cariño un cuarto de siglo después de colgar las botas.
—En Cádiz nos hemos quedado con lo bueno, con la magia. Y lo malo que tenía, que supongo que ya lo habrás notado, o no se comenta o se comenta… pero como con gracia.
—Indisciplinado, irregular, irresponsable…
—Como hablamos de fútbol, alguien puede ser indisciplinado, pero si es un fuera de serie, quedará. Y Mágico lo era, además de una persona que se preocupaba por los demás más que por uno mismo. Por eso es una parte muy importante del cadismo. Y el Cádiz es un equipo con más de un siglo de historia.

Como periodista deportivo, Manolo Camacho sí recuerda haber informado de gestiones para materializar ese cariño. Hace algunos años, dice, se quiso reunir voluntades y fondos para una estatua en las afueras del estadio.

—Es verdad que no hay nada: ni estatuas ni calles ni plazas… pero si alguien que ha estado metido en una cueva cincuenta años, sin saber nada de lo que ocurría fuera, lo soltaran hoy en Cádiz, le bastaría preguntar a la gente para comprobar ese cariño. Y sí, seguramente se sorprendería de que no haya evidencias físicas de ese cariño.

***

El cadismo es como la salvadoreñidad. Cuesta definirlo. Se puede escribir una frase deslumbrante, un párrafo sentido y sonoro, un ensayo brutal, pero no dejarán de ser palabras, palabras que aspiran al imposible de retratar los sentimientos. No me gusta tomarme el fútbol como un trabajo, dicen que Mágico alguna vez dijo. Y no se lo tomó.

Hugo Sánchez, contemporáneo de Mágico, materializó 189 goles para el Real Madrid en siete temporadas, pero, ¿qué representa hoy para el madridismo? ¿En cuántos bares de la capital se le rinde pleitesía? ¿Lo idolatran los niños del nuevo milenio?

Mágico en Cádiz fue, es y será. En apenas un par de días mi libreta ha quedado plagada de frases que evidencian lo inigualable de su relación:

“Mi hermano mayor en su cartera lleva siempre una foto del Mágico”.

“El futbolero gaditano se conformaba con verlo saltar al campo”.

“Se le quiere porque tiene la misma personalidad que la gente de acá: era campechano y daba todo lo que tenía”.

“A las instituciones les preocupa elevar donde ya lo tiene la afición a una persona con comportamientos que no son el mejor ejemplo”.

“Era como uno normal de Cádiz, como si hubiera nacido en Loreto o en La Línea, solo que una máquina jugando al fútbol”.

Y la más poderosa de todas, que merece ser atribuida. Me la ha dicho Joaquín Revuelta, el director de la Escuela de Entrenadores de la ciudad: “El tema es que Jorge es Cádiz, y Cádiz es Jorge. No hay otra manera de explicarlo”.

El colega Daniel Herrera, jefe de redacción del periódico deportivo El Gráfico y alguien que ya ha estado en esta ciudad para preguntar sobre Mágico en calidad de periodista salvadoreño, me dijo antes de venir a Cádiz algo que me sonó bien, pero que yo juzgué exagerado e irreal. Ahora estoy convencido de que tiene razón.

***

Son las cinco y cuarto pasadas cuando regreso a la Taberna del Washisnai. El bar está casi vacío pero hay bulla; en el área flamenca un grupo de siete niñas de unos cinco años tratan de igualar los movimientos y los zapateos de una bailaora. La barra ahora la preside un joven al que le calculo 190 centímetros de altura y no menos de 250 libras. Es Nandi, el amigo de Jesús Gutiérrez. Tiene apenas 21 años. Nació siete años después del gol al Racing.

—Para mí Mágico es un mito, ¿me entiendes? Para la gente de otra generación es un buen futbolista, el mejor, pero para mí es un mito.

Nandi se llama Fernando Orgambides. Es gente de Brigadas.

—Soy el speaker, el que anima con el megáfono en el Carranza. Y cuando se está jugando mal y hay que meter caña a los jugadores, mencionamos a Mágico.
—Ayer, en una tienda de tatuajes, me contaron que alguien de Brigadas quiere tatuárselo en la pierna. ¿Has oído algo?
—Yo me lo quiero tatuar…
—No, pero me dijeron que era un tal… Baguetina.
—Sí, así me llaman también. ¿En Nosferatu estuviste?
—Cabal.

No sé si esto será magia o será una simple casualidad.

—En la vida tú cambias de novia, de casa o de ciudad, pero el equipo de fútbol no se cambia.
—¿Pero por qué tatuarse a Mágico?
—Lo primero que me tatué fue el escudo, en el brazo –me lo muestra–, y ahora en la pierna derecha me estoy haciendo una cosa más guapa, más grande. Ya me he hecho la mítica Torre de Preferencia; una foto mía animando al Cádiz que salió en el diario; he puesto ‘Living la vida ultra’, que es nuestra forma de vida; y me falta una foto de un autobús de uno de nuestros desplazamientos, y al Mágico, que quiero hacerlo de espaldas, para que se vea el ’11’ en la camiseta. En cuanto junte el dinero, ahí va a estar, vamos.
—¿Por qué no a Pepe Mejías, otra gloria y gaditano él?
—Es que Mágico es el que mejor representa el cadismo.

***

El niño José Diego acaba de recibir un guiño de complicidad paterna que nunca olvidará. “El 3-0 al Racing yo lo vi en el estadio”, le contará a un periodista un día de abril de 2014. Es el primer hat-trick de Mágico en Primera, y será el único.

Ya en los vestuarios los compañeros lo felicitan. Mágico se siente abrumado. Alguien entra y comenta que cientos gritan Mágico, Mágico, Mágico en la puerta del estadio, que lo están esperando… quizá porque intuyan que esta tarde la recordarán siempre y no quieren que termine. El sol se ha hundido en el océano, pero ahí siguen. Corean su nombre. Quieren subirlo en volandas, el gesto reservado para los mejores toreros. A Mágico no le agrada la idea. Le incomoda tanto alboroto. Se entera de que los juveniles están jugando un partido. La excusa perfecta. Duchado y vestido sale por el foso de vestuarios. Se sienta en las gradas como un aficionado más. Pero no lo es. Los pocos que quedan lo reconocen. Lo felicitan. Lo piropean. Lo asume con su mejor sonrisa, como mal menor. No es soberbia ni falsa modestia. Debe de ser magia.

Cuando la multitud de las puertas del estadio se ha dado por vencida, el periodista José María Valle lo aborda. Le pregunta por qué no ha dejado que lo saquen en hombros. “Yo quería ver el partido de juveniles”, responde Mágico, y remata con una frase que quizá hasta arranque una lágrima a algún magiquista: “Además, habría sido una falta de modestia por mi parte llevarme todo el mérito de un triunfo que trabajamos todos dentro del campo… que me perdonen los aficionados”.

Después del partido legendario de este 14 de septiembre de 1986, Mágico se sumirá en la oscuridad, como si le costara convivir con el éxito. No volverá a la titularidad hasta el 26 de octubre. No completará los noventa minutos hasta el 17 de diciembre. No marcará de nuevo hasta el 11 de enero, diecisiete semanas de sequía. Todo se lo perdonarán. El 5 de abril ante el Betis en el Benito Villamarín, se inventará un taconazo imposible para superar al portero, y el defensa Gail tendrá que estirar su brazo derecho casi hasta la dislocación para evitar el gol con la mano. Y esa jugada también se convertirá en hazaña. Y en Cádiz seguirán acordándose de ese taconazo imposible y maldiciendo al defensa Gail. Y quizá lo recuerden por toda la eternidad.

***

Cádiz se acaba en el barrio La Viña. Más allá, solo una estrecha lengua de tierra hasta el castillo de San Sebastián. Luego, el océano. Más luego, la América de la que vino la magia. La Viña es paso obligado para los turistas que quieren sentir los vientos, quizá lo más singular de una ciudad colmada de singularidades. La calle Virgen de la Palma está llena de restaurantes con sus mesas y sillas en el empedrado, y sus pizarras manuscritas que invitan a probar lo más trillado de la gastronomía local.

Me siento en el Bar El Palmito y pido una ensalada de la casa, unos boquerones fritos y una caña que me costarán trece dólares. Si todo va bien, en unas cuatro horas estaré subido en el tren que me alejará de la que ya no me cuesta identificar como la ciudad del Mago.

Entre boquerón y boquerón, mientras consolido apuntes y ordeno ideas, me asalta una duda: me han hablado tanto y tan bien de Mágico que creo demostrada la admiración honesta de los cadistas, de las personas ligadas de una u otra manera al club y al fútbol. Pero, ¿qué hay de los que nunca lo vieron jugar? Me aseguraron que es ídolo de jóvenes sin uso de razón cuando colgó la camisola amarilla. ¿Y si no es más que un espejismo fruto de la exageración propia del carácter de los gaditanos? Aprovecho que el bar está casi vacío para llamar al camarero.

—Disculpe, ¿usted en qué año ha nacido?
—En el 85.

Tenía pues 5 o 6 años cuando Mágico abandonó Cádiz. Se llama Álvaro Lozano. Le sumario el por qué de mi interés.

—¿Conoce a Mágico González?
—Hombre, en persona no –dice Lozano.
—¿Pero lo ubica?
—Sí, hombre, claro… si es una leyenda. Mágico González en Cádiz es una leyenda… si subió al Cádiz a Primera él solo… un hombre que ni entrenaba, se despertaba tarde, se recogía tarde, bebía mucho, le daba a las drogas… y aun así al Cádiz lo subió a Primera… él solo.

A Lozano se le encienden los ojos como me sucede a mí cuando hablo de mis hijas.

—Además te digo una cosa: es el mejor jugador pero… pero del mundo entero. Ni Messi ni Ronaldo ni Pelé… ¡nadie! Y por el Cádiz hizo mucho, pero mucho… Y aparte yo conocí a una de sus hijas. Ingrid me parece que se llamaba. La misma nariz del padre, vamos.
—Una pregunta más: ¿usted es cadista?
—Yo le voy al Real Madrid –dice Lozano–, el Cádiz muchos disgustos da.
—Pues esto saldrá publicado en El Salvador –comento.
—Claro, claro… que él era salvadoreño. Buena gente el Mágico.

Lo que el colega Daniel Herrera me escribió cuando supo que yo iría a Cádiz fue esto: “Te hacen sentir que ser salvadoreño es ser el mejor ciudadano del mundo. Gracias a Jorge”.