Le preguntamos si podíamos hacerle una foto en el pantano donde estuvo escondido durante el genocidio y, al principio, Cassius Alexis dijo que no, porque tenía que trabajar. Después, negociamos.

—Venid a recogerme a las seis de esta tarde y vamos.

A las seis quedaría poco más de una hora de luz, y además teníamos que recogerlo en el trabajo y pasar antes por su casa (si lo íbamos a fotografiar, lo mínimo que exigía Cassius era vestir una camisa decente), pero era la única opción, así que a las seis lo recogimos. Ya en el coche, rumbo a su casa, empezó a hablar. Cassius tenía 15 años cuando el genocidio de 1994 estalló en Ruanda.

—Estaba en casa, con mi familia. Por la radio pedían que nadie saliese a la calle. Yo miraba por la ventana y vi llegar a los milicianos. Venían en todoterrenos, gritando, borrachos, con rifles y machetes.

Los vecinos salieron en estampida de sus casas, corriendo en frenético desorden.

—Yo salí en una dirección con un hermano y una hermana. Mis padres y el resto de mis hermanos corrieron en la otra. Fue la última vez que los vi.

La casa de Cassius está hoy reconstruida, porque tras el abandono fue quemada. Entra, mientras lo esperamos con el coche en marcha. Las viviendas son de adobe, sobre tierra rojiza. Casi toda Ruanda es así: casas desperdigadas por todos lados, con caminos sin asfaltar siempre llenos de gente. Cuando Cassius regresa lleva una camisa remangada y el coche se llena de perfume. Emprendemos el mismo camino por el que veinte años antes él corrió en estampida.

—¿Por aquí huiste corriendo?

—Sí —señala a través de la ventanilla—. Empecé a correr por aquí porque quería llegar al pantano. Sabía que era el único lugar en el que podía esconderme.

Alrededor, la vida se abre paso con normalidad africana: puestos de fruta, ancianos sentados con un transistor, vacas, chicos en bicicleta, niños descalzos, mujeres transportando leña en la cabeza. Todo en orden en el municipio de Nyamata, en el corazón de Ruanda.

—Pero entonces esto era un caos —prosigue Cassius—. La gente corría en todas direcciones, yo iba muy rápido pero veía los cadáveres tirados, por las cunetas o en medio del camino. En este cruce había un puesto de control. Estaba lleno de chicos con machetes. Al verme empezaron a perseguirme y me gritaban.
—¿Qué te decían?
—Me llamaban cucaracha. Me decían que me iban a matar.

Cassius sonríe, una mueca de satisfacción, de inocente venganza. Al fin y al cabo, no lo pudieron atrapar. El coche sale del camino principal y nos metemos por un sendero impracticable que atraviesa un bosque.

—En esta parte los tuve muy cerca, incluso esquivé un machetazo.

Cuando el sendero muere, encontramos un edificio en obras junto a un cartel que anuncia la próxima apertura del memorial a las víctimas del pantano de Nyamata. A continuación, un pronunciado descenso, cubierto de vegetación y rocas, que desemboca en un mar verde del que sale un descomunal croar de ranas: el pantano. Hay que seguir a pie y hacerlo deprisa. Sin luz, no hay foto. La cuesta es resbaladiza y todo está repleto de mosquitos. La voz de Cassius interrumpe.

—Por aquí bajé volando, los llevaba detrás. También tenía prisa, como ahora.

Al final del descenso se yergue una pared de plantas de papiro. Si se penetra entre ellas, el agua llega hasta el pecho. Al estruendo de las ranas se une el zumbido de miles de mosquitos que forman una nube negra. ¿Cómo es posible estar en este lugar más de diez minutos? Y sin embargo, Cassius estuvo aquí metido un mes, esperando a ser rescatado.

—Me metí aquí y me dejaron de perseguir. Luego comprobé que mi hermano y mi hermana también estaban. Y muchos vecinos más. Por las noches salíamos a buscar comida a las casas de alrededor. Además, si te quedas por la noche las picaduras de mosquito te matan. Por el día nos metíamos en el pantano y permanecíamos inmóviles. Dos veces al día los milicianos entraban y rastreaban todo. Yo, desde mi sitio, con el agua en el pecho, podía escuchar cuando encontraban a alguien, los gritos y los machetazos. Era como una lotería, porque no te podías mover y tenías que esperar que no te encontrasen.

Un mes más tarde, los soldados rebeldes entraron en el pantano y salvaron a los supervivientes. Cassius fue uno de ellos. Uno de los supervivientes del genocidio de Ruanda.

***

El genocidio de Ruanda es uno de los capítulos más horribles del siglo XX. En cien días desde abril hasta julio de 1994, unas 800 mil personas —según las cifras más benévolas que maneja la onu— fueron asesinadas: 330 asesinatos por hora, cinco por minuto. La mayor parte de ellos a golpe de machete. La matanza supuso el culmen de la guerra civil que durante cuatro años enfrentó a los dos pueblos que habitan el territorio, los hutus y los tutsis. Los primeros fueron los perpetradores, los segundos fueron las víctimas.

Ruanda está situada en pleno centro de África. Tiene sólo 26 mil kilómetros cuadrados. Es conocida como el país de las mil colinas: los pueblos y ciudades discurren entre valles y laderas rodeados de cultivos. Ruanda, además, es una de las cunas de la humanidad. Sus habitantes primigenios son los twas, pigmeos que hoy suponen sólo 1% de la población. A ellos se les unieron, en la Antigüedad, los hutus (hoy mayoría con un 80%), pueblo proveniente de lo que hoy es la República Democrática del Congo (RDC), y los tutsis (14%), que llegaron de Etiopía. Ambos pueblos compartieron tradiciones, idioma, religión y cultura. Hasta se dieron numerosos matrimonios mixtos. La única diferencia era social: los hutus, agricultores, eran la clase vasalla, mientras que los tutsis, ganaderos, se convirtieron en la casta dominante. Pero era una diferenciación permeable: un hutu que obtuviera vacas podía convertirse en tutsi y viceversa.

En el siglo XIX, los colonos alemanes primero y los belgas después, pusieron sus botas en el reino de Ruanda. El territorio quedó bajo el control del rey belga Lepoldo II, quien introdujo en la nueva colonia teorías antropológicas que causaban furor en la época. La más influyente decía que existía en África una raza dominante, superior. Esa era la raza tutsi, y los colonizadores se aliaron con las familias dominantes para gestionar el país. En 1933, los belgas dotaron a la población de tarjetas de identidad étnica, una decisión clave en la historia de Ruanda. Por primera vez la diferencia entre ruandeses se tornaba racial.

***

El librito que publicó en 1959 un grupo de intelectuales hutus se llamaba El Manifiesto. El tratado formulaba una pregunta que crepitaba en la conciencia hutu desde que se instauraron los carnés de identidad racial: “Si somos diferentes y nosotros somos muchos más, ¿qué hacemos sometidos?”. La conciencia racial caló y desembocó en revuelta. Miles de hutus se echaron a la calle y asesinaron a otros tantos tutsis. Otros cientos de miles de tutsis huyeron del país, la mayoría a la vecina Uganda. Los hutus tomaron el control y en 1962 declararon la independencia de Ruanda. Nacía un estado, con dos naciones enfrentadas en su seno. Durante los siguientes años las persecuciones contra la minoría tutsi se sucedieron. Hubo nuevas matanzas en 1963 y 1964. Además, los tutsis estaban apartados de cualquier puesto político, tenían el acceso restringido a colegios y escuelas. Bealta Kabagwira, vecina de Kigali y también superviviente del genocidio, recuerda aquella época.

—En el colegio, a los que éramos tutsis nos sentaban en la última fila. La profesora, cuando nos pedía algo, nos decía: ‘tú, tutsi’, en cambio a los niños hutus les llamaba por su nombre. Cada mañana, llegaba a clase y nos decía: que levanten la mano los tutsis.

En 1972 se dio la última gran matanza. La llevó a cabo el general Juvénal Habyarimana, quien el año siguiente dio un golpe de Estado y se hizo con el poder. Paradójicamente, desde ese año la estabilidad ruandesa fue en aumento y, aunque los tutsis siguieron reprimidos, cesaron las matanzas y el país logró una estabilidad nunca vista antes. Hasta 1990.

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Un día del año 1990, Joseph Buhigiro, vecino tutsi de 65 años de la provincia de Nyamata, estaba tomando una cerveza de plátano cuando un vecino que bebía a su lado le dijo: “Tus familiares han entrado y vienen a matarnos”. “Son los del 59, que han vuelto”, añadió otro.

—Me quedó grabado —dice Joseph—. Después viví cosas horribles, pero ese comentario nunca lo olvidaré porque nos señalaba a todos los tutsis.

Los del bar se referían a que los tutsis exiliados en 1959 y sus descendientes habían regresado a Ruanda en forma de milicia. Durante treinta años aquellos refugiados se habían alistado en el ejército ugandés para entrenarse, y de la noche a la mañana habían desertado formando el Frente Patriótico Ruandés (FPR), que decidió atravesar la frontera y declarar la guerra al régimen de Habyarimana. Es probable que se hubieran plantado en Kigali —la capital ruandesa— en apenas una semana, ya que eran militarmente muy superiores. Pero se encontraron un enemigo inesperado: el ejército francés. Los soldados del entonces presidente François Mitterrand frenaron a las tropas rebeldes y las recluyeron en la selva, en nombre de la francofonía: mientras la Ruanda hutu hablaba francés, los tutsis que regresaban venían de la anglófona Uganda. A Mitterrand no le interesaba un cambio de statu quo. Y se puso del lado del gobierno. El FPR, liderado por Paul Kagame —actual presidente de Ruanda— decidió hacerse fuerte en aquella selva, reorganizarse y reclutar nuevos efectivos (entre ellos muchos niños), mientras Habyarimana planificaba la defensa, que Francia consintió y que desembocaría en un genocidio.

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El editorial del periódico Kangura de diciembre de 1990 se titulaba “Los diez mandamientos hutu”. En ellos se plasmaban las obligaciones del pueblo hutu desde ese momento. Kangura (“Despiértalos”) fue uno de los instrumentos que el gobierno de Habyarimana empleó en su campaña de odio. Nada más verse amenazado por el FPR, el gobierno hutu comenzó a inocular en su población el mensaje de que los tutsis habían regresado para exterminar a todos los hutus. La propaganda más efectiva fue la llevada a cabo por la Radio Télévision Libre des Milles Collines (RTLM), del gobierno. Sus ondas escupían odio las veinticuatro horas. En paralelo, el gobierno hutu decidió crear las Interahamwe (“los que luchan juntos”), milicias compuestas por civiles. Las Interahamwe eran el mal personificado: jóvenes sin futuro ni causa, empapados en cerveza y anfetaminas, armados con machetes y rifles.

Aunque la mayoría se tomaba a broma la propaganda o la consideraba una locura transitoria, el país se volvió paranoico.

***

En 1993, ante la progresiva reducción de efectivos franceses, el FPR comenzó a ganar terreno en el norte del país. La guerra fluía sin reglas: por cada ataque del FPR —con sus desmanes contra vecinos hutus—, el gobierno tomaba represalias contra civiles tutsis. El desenfreno se tomó un respiro en agosto de ese año. Ambos bandos decidieron comenzar en la ciudad tanzana de Arusha un diálogo de paz. Se decidió enviar a Ruanda una fuerza de paz de la ONU, la UNAMIR, encabezada por el general canadiense Roméo Dallaire. Esta misión iba a estar compuesta por 2 500 cascos azules, pero jamás llegó a tal cifra. Unos meses después de llegar a Ruanda, en enero de 1994, Dallaire —que terminó la misión en tratamiento psiquiátrico— envió un fax urgente a Naciones Unidas, un fax que hoy simboliza el comportamiento de las potencias occidentales durante aquel episodio. El documento advertía que el gobierno de Habyarimana había perdido el control de las Interahamwe y que éstas estaban elaborando un censo de tutsis. El fax añadía que los milicianos contaban con armas —proporcionadas por Francia— y capacidad para asesinar a miles de tutsis en pocas horas y advertía de la posibilidad de una masacre. Dallaire solicitó refuerzos y afirmó que si le enviaban 5 mil nuevos soldados podría frenar la matanza. La respuesta desde Nueva York: “Se rechaza la operación contemplada porque excede el mandato confiado a la UNAMIR”. Firmaba Kofi Annan. Para completar la maniobra, la ONU decidió reducir los soldados a un grupo de 250 cascos azules que desde ese momento tuvieron como prioritaria preocupación mantenerse con vida.

***

–Aquella noche estaba en casa y no me enteré de lo que había sucedido. Fue a la mañana siguiente cuando escuché la radio con mi mujer. El locutor explicó que el presidente había sido asesinado y que nadie se moviera de sus casas. En la calle comenzamos a ver milicianos, que estaban montando barricadas y puestos de control. Recuerdo perfectamente que mi mujer me miró y dijo: vamos a morir.

Benuste Karasira —vecino tutsi que perdió a sus hijos y un brazo durante el genocidio—, rememora la noche del 6 de abril de 1994 en la que el avión del presidente Juvénal Habyarimana fue derribado. Un cohete lo alcanzó cuando regresaba de una de las conversaciones de paz en Arusha. Al instante, ambos bandos se acusaron mutuamente en un debate sobre la autoría que todavía es un misterio. El atentado sirvió de pistoletazo de salida. Las Interahamwe tomaron el control y decidieron acabar de una vez y para siempre con la amenaza tutsi. Lo que hasta hacía pocos meses era visto por la mayoría como la locura de un grupo de extremistas, mutó en una ola que arrastró a todos.

La matanza no fue difícil para los milicianos hutus. Contaban con censos de los vecinos tutsis y con las armas francesas. Calles y pueblos se llenaron de road-blocks, donde se pedía la tarjeta de identidad que habían dispuesto, tantos años antes, los belgas. Los que eran tutsis eran apartados a la cuneta y asesinados a machetazos. Las cunetas de todo el país se llenaron de cadáveres, entre los que a veces se hallaban vivos haciéndose los muertos, inmóviles de terror entre los cadáveres. En pocas horas, Ruanda era un desenfreno de violencia rara vez visto en la historia moderna.

Los tutsis que lograban esquivar los road-blocks se refugiaron en iglesias o escuelas. Los propios milicianos hutus les permitían agruparse para después llevar a cabo las matanzas en bloque. Se formaron mataderos humanos que hoy son memoriales en los que se conservan los huesos, ropas y hasta cuerpos embalsamados de las víctimas. En la iglesia de Ntarama, al sur de Kigali, cinco mil personas fueron encerradas por la policía. A los pocos días, llegaron las Interahamwe y volaron la puerta con una granada. Arrojaron una decena más al interior y se pusieron a disparar contra la masa de gente. Después, entraron con machetes y martillos para rematar a los vivos. A algunas mujeres las separaron para violarlas y a los niños los aplastaron contra una pared. Fue una masacre sucia, primaria, brutal. Los hombres eran torturados, las mujeres embarazadas abiertas para evitar el nacimiento de bebés impuros, las niñas violadas —muchas veces por hombres infectados con VIH, lo que provocó un posterior y silencioso genocidio entre ruandesas— y los niños arrojados al
río.

Joseph Buhigiro, el hombre que bebía cerveza de plátano, se encerró junto a dos mil quinientas personas más en la iglesia de Nyamata.

—Los milicianos llegaron y rodearon la iglesia. Tiraron la puerta abajo y comenzaron a disparar. Me metí debajo de un banco, los cuerpos de mi alrededor comenzaron a caer, también los de mis hijos. Pronto me cubrieron por completo. Noté que algo me mojaba la cara y me di cuenta de que la sangre levantaba un palmo del suelo, así que tuve que subir la cabeza para no ahogarme. En ese momento me convertí en una piedra. No recuerdo nada más. Estaba vivo, pero muerto.

***

Los milicianos contaron con la ayuda de al menos 1.7 millones de vecinos hutus, quienes participaron, de manera directa o indirecta, en el genocidio. El miedo fue su motivación. El gobierno había logrado instalar la idea de que matar a un tutsi era salvar a un hutu. Pero la realidad es que la mayoría de los hutus ayudó en las matanzas porque fue obligado. A veces directamente por los milicianos, que amenazaban al que no participase. Otras, simplemente porqu no matar los convertía en sospechosos. Muchos vecinos hutus explicaron que tuvieron que asesinar para pasar desapercibidos, para ser “normales”. Se dieron casos de hutus que, mientras refugiaban a tutsis en su casa, mataban a otros en la calle para no llamar la atención. En la mayoría de los casos, perpetradores y víctimas se conocían.

Los genocidas —milicianos y políticos— afirman hoy que acataban órdenes. Israel Duginzigimana es uno de ellos. Cumple 21 años de cárcel por participar en el asesinato de un grupo de 300 tutsis. Era concejal del ayuntamiento de Nyabisindu.

—Disparé contra aquel grupo y tiré una granada. Conocía a la mayoría de vecinos de ese grupo, pero si no lo hubiera hecho, el gobierno me hubiera matado.

Del municipio de Israel sólo salieron vivos once tutsis.

—Vi cómo disparaban contra grupos desarmados y también vi cómo quemaban las casas de los tutsis con ellos dentro. ¿Lo peor que vi? Bueno, a una madre tutsi le obligaron a comerse a su bebé a cambio de la vida del resto de sus hijos.

Y mientras todo eso sucedía, “el mundo miraba con las manos en los bolsillos”, como acertó a definir Paul Kagame cuando todo había terminado. El FPR desistió en su empeño de pedir apoyo y comenzó a aproximarse a Kigali en una carrera contrarreloj para frenar el genocidio, aunque también en un desmedido avance de venganzas contra civiles hutus.

***

Una resolución aprobada por la ONU en 1948 obliga a su Consejo de Seguridad a intervenir por la fuerza en caso de genocidio. En Ruanda estaba ocurriendo uno, pero en Estados Unidos la administración de Bill Clinton decidió no utilizar la palabra genocidio y la sustituyó por “actos de genocidio”. Así se ofrecieron distintas ruedas de prensa en las que el malabar conceptual libraba a Washington de la intervención.

Los tutsis que lograban evitar los road-blocks y las matanzas colectivas se refugiaron en bosques y pantanos, como Cassius Alexis. Ruanda se convirtió en un enorme coto de caza. Cuentan que muchos tutsis, durante el genocidio, usaban el cielo como mapa. Desde sus refugios, en bosques, cuevas o pantanos, observaban el cielo y evitaban caminar por donde veían bandadas de buitres. Los buitres les marcaban las rutas prohibidas y les indicaban los caminos despejados.

La matanza sólo vislumbró su final el 22 de junio de 1994, cuando la onu, por fin, aprobó la Operación Turquesa. El ejército francés fue designado para regresar al país de las mil colinas y abrir un corredor humanitario para los refugiados. El FPR estaba a las puertas de Kigali y los hutus, despavoridos, comenzaban a huir.

***

El 13 de julio de 1994 el FPR tomó Kigali y la guerra terminó. Arrancó entonces el epílogo del genocidio: dos millones de hutus huyeron del país, entre ellos, ocultos, los genocidas.

La marea humana se dirigió en su mayoría a la República Democrática del Congo (RDC), entonces Zaire, e improvisaron enormes campos sin infraestructuras en los que el cólera hizo estragos. Hubo cientos de miles de muertos. La ayuda humanitaria estabilizó la situación un año después, pero la furia de Paul Kagame por la huida de los genocidas permanecía intacta.En 1996, el FPR entró en la República Democrática del Congo con la intención de hacer regresar a los refugiados y detener a los genocidas. El operativo escapó pronto del control de los soldados que, según un informe de la ONU del año 2010, abrieron fuego contra la población hutu, incluida aquella que ya estaba instalada en aldeas y pueblos congoleños. El informe califica esta acción como un nuevo genocidio, algo que niega el actual gobierno ruandés. Los supervivientes a esta nueva matanza regresaron a Ruanda. Tocaba hacer justicia.

***

El escenario que se encontró el FPR después de la guerra se ilustra en cifras: 800 mil tutsis asesinados, 250 mil mujeres violadas, cien mil niños huérfanos. Eran tantos los cadáveres amontonados que se decidió sacrificar a todos los perros para que no los devoraran. Hoy, en Ruanda casi no hay perros.

Lo primero que quiso hacer el nuevo gobierno fue justicia. Pero no podían abrir 1.7 millones de casos. La solución fue recuperar la figura de los gacaca, un sistema tribal ruandés que se usa para resolver disputas entre vecinos mediante reuniones de la comunidad. Tras el genocidio se perfeccionó el sistema y se aplicaron desde el año 2001 hasta 2012. El doctor Jean-Damascene Gasanabo es el director general del Centro de Investigación y Documentación del Genocidio:

—Los gacacas tuvieron un objetivo, sobre todo, reconciliador. Consiguieron que se hiciera justicia, pero también que se llegara a un acuerdo pacífico entre los vecinos, porque todo el pueblo estaba presente. Se confesó, se pidió perdón y se perdonó. Los gacacas reconciliaron a miles de pueblos en Ruanda.

Los gacacas enviaron a prisión a 120 mil personas. Los demás fueron condenados a realizar trabajos para la comunidad ya que no cabían en las cárceles. Po encima de estas cortes populares se erigió el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, con sede en Arusha, donde se juzgó y encarceló a casi todos los organizadores e instigadores del genocidio.

***

Más allá de la justicia, el desafío de la nueva Ruanda era lograr que dos partes enfrentadas en una guerra e implicadas en un genocidio volviesen a compartir su día a día. Víctima y verdugo tenían que mirarse a la cara mientras, por ejemplo, compraban el pan. Cassius Alexis, el chico del pantano, ve casi cada día a vecinos que estaban en aquel grupo que le persiguió machete en mano.

Una de las primeras medidas que hizo pública el nuevo gobierno fue tipificar los delitos de venganza. Cualquier ajuste de cuentas fruto del genocidio sería castigado con cadena perpetua. Jean Pierre Dusingizemunge, de 50 años, es el presidente de Ibuca, la federación de asociaciones de supervivientes del genocidio:

—Lo primero que dijo el FPR fue: “Si os vengáis, seréis golpeados con el máximo castigo”. Yo creo que eso es un enorme compromiso por parte de un gobierno.

Los ajustes de cuentas, sin embargo, fueron inevitables. Los mismos gacacas sirvieron para canalizar represalias. Lo explica Evariste, un hutu que vive fuera de Ruanda y pide ocultar su verdadero nombre.

—Hubo muchas muertes en los gacacas, muchas venganzas. Opino que los gacacas fue una manera de que el Estado organizara las venganzas.

Evitar el negacionismo fue el otro pilar de la reconciliación. Negar que hubo un genocidio se paga con la cárcel. Paul (otro nombre ficticio) es un hutu que vive en el norte de Ruanda y que, bajo una absoluta discreción, ha accedido a hablar con nosotros. Nos cita en el hall de un hotel, pero pronto se muestra incómodo y termina invitándonos a su casa. En su opinión no hubo un genocidio en Ruanda.

—Hubo una guerra, con dos bandos que se mataron entre ellos. Hubo tantos muertos de un lado como de otro.
—Pero, ¿qué pasa con las Interahamwe? ¿Para qué se crearon?
—Para defendernos. Los tutsis sabían que el FPR iba a entrar y se armaron, se organizaron. Tenían células por todo el país, así que el gobierno decidió crear las milicias para defenderse.
—Pero mataron a miles de inocentes.
—Sí, y eso no lo defiendo, pero el FPR hizo lo mismo. Entraban en las aldeas y mataban a todos. Si hubo un genocidio de un lado, también lo hubo de otro.

Lo que dice Paul es muy incorrecto fuera de Ruanda y, dentro, es un delito.

—¿Qué ocurre si dices esto en público?
—Que me enviarían a la cárcel y me dejarían morir allí. Y a vosotros también, por preguntar.

La Ruanda urbana está limpia y ordenada, sobre todo su capital, Kigali, que se extiende a lo largo de varias colinas en las que en las laderas lucen los barrios acomodados y en los valles las chabolas. Los conductores usan el cinturón de seguridad, la tasa de crímenes es baja, las carreteras están asfaltadas y el turista puede recorrer el país sin preocuparse por la seguridad. La economía no va mal. Ruanda ya ocupa el puesto 33 de 51 en la lista del PIB per cápita de países africanos. Sigue habiendo enormes problemas de pobreza y se mantienen elevadas las tasas de contagios de vih. Pero Ruanda ha centrado todos sus esfuerzos en transmitir una impoluta imagen de orden, progreso y libertad. Paul dice:

—Es una imagen. Estar como visitante en Ruanda es como ir de invitado a la casa de una mujer maltratada por su marido. Cuando tú estás allí, todo parece tranquilo, armonioso. Pero cuando no estás, entonces aparece la realidad del maltrato y la opresión. Eso es Ruanda.

Pero esa imagen surte efecto: turistas y periodistas llegan al país, contemplan la convivencia, el orden y la resiliencia ruandesa, y regresan maravillados. Y en verdad los ruandeses conviven en paz, pero no porque realmente estén reconciliados sino porque el gobierno controla la vida de sus ciudadanos hasta extremos novelescos.

—Aquí no se pueden ni pronunciar determinadas palabras. Hay soldados y policías secretos por todas partes —explica Paul.
—¿Cómo en una dictadura?
—Peor. Porque aquí está disfrazado. Hacen creer que somos una democracia. Es como el mantener tan limpias las calles: una careta para el visitante. Al político que levanta la voz lo eliminan. En una dictadura al menos te ejecutan directamente. Aquí te dejan morir.
—¿Quieres decir que el Estado ruandés mata gente por cuestiones políticas?
—Normalmente no de manera directa, pero te envían a la cárcel y allí se encargan de que te maten o te dejan morir de hambre.

Evariste, también hutu, dice acerca de esta cuestión espinosa:

—Si yo hablase públicamente del gobierno, mi familia estaría en la cárcel mañana. En Ruanda nadie se fía de nadie. Sólo se habla de fútbol o del tiempo porque no sabes quién puede ser policía o soldado. Somos un país que vive en paranoia. En una desconfianza permanente.

Sobre el papel hay doce partidos en Ruanda, con su representación parlamentaria, pero la realidad es que todos dependen del FPR de Kagame y que no hay oposición real. En los últimos años han sido asesinados y encarcelados decenas de opositores. Fuera del parlamento el paisaje no es mucho mejor. Hay sólo una cadena de televisión y todos los periódicos son del gobierno. Frank, que prefiere no decir su apellido, trabaja en The New Times Rwanda, el periódico en inglés más importante del país. Advierte que si queremos pedir una entrevista con cualquier funcionario público, debemos insistir en que vamos a hablar sólo de la recuperación y reconciliación ruandesa. Si insinuamos cualquier crítica, podríamos tener problemas. Hay antecedentes: nueve cooperantes y periodistas españoles han sido asesinados en Ruanda en los últimos quince años. En Ruanda, discrepar con el gobierno se traduce en “hacer ideología”, una borrosa figura legal que conduce a la cárcel. Incluso las víctimas tutsis están sometidas al guión oficial. Ningún superviviente reconoce en público que no perdona a quienes intentaron asesinarlo o a quienes mataron a sus familiares. Cassius Alexis es un buen ejemplo.

—¿Qué sientes cuando ves a vecinos que te persiguieron?
—Ahora ya pasó mucho tiempo. Al principio no me gustaba, pero ahora entiendo que hay que mirar al futuro, que debemos estar juntos.
—¿Les perdonas?
—Sí, les perdono.

Sin grabadora por medio, el mensaje cambia. Jean es el nombre de un joven tutsi que, siendo un niño, sobrevivió durante un mes huyendo de sus asesinos por el bosque de Kayumba, en el sur de Ruanda. Su vida se redujo entonces a correr descalzo huyendo de sus predadores hasta que fue rescatado. Su familia completa murió.

—Sé que hay una respuesta para esto, pero no es la que siento. Ninguno de ellos nunca me ha pedido perdón. Cuando me cruzo con algún vecino hutu que participó en las persecuciones, mi primera reacción es salir corriendo. Me entran ganas de huir como cuando era niño. Pero tengo 31 años, no puedo salir corriendo por la calle. ¿Perdonarles? Por supuesto que no puedo perdonarles. ¿Tú podrías?

***

El proceso de reconciliación se completa con medidas que borran la Ruanda anterior a la guerra: el país cambió su himno, su bandera, su idioma (inglés en lugar de francés) y hasta sus libros de historia, que ahora explican que hubo un genocidio contra los tutsis para, a continuación, decir que ya no existen diferencias entre hutus y tutsis, que sólo hay ruandeses. Ésta, precisamente, fue la decisión estrella: la abolición oficial de las identidades. No existen ya documentos de identidad racial y se ha hecho tanto hincapié en que ahora sólo hay ruandeses, que preguntar a alguien si es hutu o tutsi resulta una grosería.

—Hablar de hutus o tutsis no forma parte del plano de la realidad. No hay hechos que demuestren que uno es tutsi y otro hutu. Tenemos la misma lengua, la misma cultura, la misma historia y vivimos en el mismo país desde hace muchos siglos. Somos un solo pueblo —explica el doctor Jean-Damascene Gasanabo.

Sin embargo, detrás de los discursos oficiales, en la calle, la división hutu-tutsi sigue perfectamente definida. Y en esta meridiana división todos los puestos de control son para los tutsis.

—El 90% de los políticos son tutsis —dice Evariste—. El ejército está compuesto en un 90% por tutsis y todos los generales son tutsis. Las grandes empresas, luz, agua, gas, comunicaciones, están dirigidas por tutsis. Los hutus viven en Ruanda completamente oprimidos: son los últimos en acceder a becas, ayudas. Otra vez tenemos un régimen racial.

Los otrora verdugos aparecen ahora como víctimas. Paul completa el diagnóstico:

—Los empresarios de este país son tutsis. Si un hutu va a buscar trabajo a una empresa de tutsis, nunca se lo darán. Te pongo un ejemplo. Yo hice un curso de económicas. Era el único hutu de mi clase. Lo terminamos hace tres meses. Pues bien, soy el único que no está trabajando. Y puedo asegurarte que no era el más estúpido de la clase.

Le preguntamos sobre el dominio tutsi a Francis Kabuweka, diputado (tutsi) desde hace más de diez años. No solo discrepa con Evariste y con Paul, sino que considera peligroso su mensaje.

—Lo importante es: ¿somos hutus y tutsis ante todo, o somos ruandeses? Ya sabemos a qué nos conduce cada respuesta. Desde el genocidio nos hemos comprometido a no usar esta identidad.

Si de verdad Kagame cree en la reconciliación, o si lo único que quiere es el control de Ruanda para los tutsis, es una incógnita. La realidad es que, al día de hoy, la reconciliación está muy lejos.

—No se admite que miles de hutus fueron asesinados y no tenemos derecho ni a recordarlo —dice Paul—. Mientras eso ocurra, la reconciliación es imposible. ¿Sabes cuál es nuestra esperanza? Que estamos agotados. Todos anhelamos la paz porque estamos hartos de la sangre. Por otra parte, alcanzar la paz sólo porque estamos hartos, por desidia, sería algo muy ruandés.

Mágico corre antes de que la pelota se despegue del pie del Negro Cabrera. Vestido de oro galopa diez doce quince metros, y a su estela el defensa Tuto Sañudo. Aún fuera del área, Mágico frena en seco y en la frenada acaricia el balón, un toque tímido con la izquierda que quiebra la cintura del acosador. La pelota retrocede medio metro, Mágico tras ella, pero otro defensor llamado Chiri lo espera desenvainado…

El calendario dice 14 y septiembre y 1986. El estadio Ramón de Carranza acoge un partido de la cuarta fecha de la Liga española: Cádiz Club de Fútbol versus Real Racing Club de Santander. Los locales se imponen 2-0, doblete de Mágico. Los relojes marcan las ocho menos cinco cuando desde el círculo central el Negro Cabrera ha soltado el esférico. La defensa racinguista está bien plantada, y Mágico, solitario como un jaguar y escorado a la izquierda. Que pase lo que pasará es tan probable como que coincidan el cumpleaños con un eclipse total de sol. Pero es el Mago quien está recibiendo. En las gradas, diluidos entre diecinueve mil cadistas entregados están el niño José Diego, el empresario Miguel Cuesta, el quinceañero Manuel Camacho, otro niño de once llamado Emilio, el joven Doña con sus amigotes… Todos miran lo mismo: a Mágico contra un muro defensivo; incluso después de quebrar al Tuto Sañudo parece quimera. Nada indica todavía que este minuto, el 24 de la segunda mitad, quedará tatuado en el corazón de miles.

… Chiri lo espera desenvainado, pero Mágico lo supera limpio con un recorte derecha-izquierda en un espacio más estrecho que un ascensor estrecho. Parece que al fin se adentrará en el área, pero reniega, y con el cambio evita a un tercer racinguista, Manuel Roncal, que se desliza por la grama, los pies por delante. La pelota y su dueño entran en la media luna.

El portero Pedro Alba ha visto desde sus dominios la galopada, el recorte, el dribling, el cambio. Ha amagado la salida pero se ha arrepentido en la línea del área chica, confiado quizá en que miraba una única camisola amarilla en un desfile de blancas. Pero con seis caricias el salvadoreño ha roto al Tuto Sañudo, a Chiri, a Manuel Roncal, y ahora solo Alba se interpone. Mágico acaricia la pelota una última vez, se la acomoda. Alba flexiona las piernas sobre la cal, se tensa como gato al acecho, espera un zapatazo desde fuera del área.

***

Jorge Alberto González Barillas nació en San Salvador el 13 de marzo de 1958, hijo de Óscar Ernesto y de Victoria, benjamín entre ocho hermanos. El primogénito, Mauricio PachínGonzález, despuntó en las filas de Atlético Marte y fue seleccionado nacional; quizá por ahí se explica la tempranera pasión del niño Jorge. A los dieciocho Mágico debutó en la máxima categoría del fútbol salvadoreño con la camisola de ANTEL. Destacó de inmediato y en noviembre de 1976 vistió de azul y blanco para sendos choques amistosos contra el Vitória Setúbal (Portugal) e Independiente de Medellín (Colombia). Marcó un gol. Pero aún le quedaban seis años en su terruño, en los que se enfundó las camisolas de Independiente de San Vicente primero y de Club Deportivo FAS después.

La selección de El Salvador obtuvo su boleto para el Mundial de España-82 porque se lo robó al México de Hugo Sánchez. El desempeño de Mágico en la fase de clasificación fue determinante, con actuaciones sobresalientes ante Panamá, Honduras y México. Pero el tarro de las esencias más preciadas lo destapó en los partidos preparatorios primero, y en el escaparate mundialista después. En el Mundial Mágico brilló como un diamante entre el carbón, se llegó a escribir, por el triste papel desempeñado por la Selecta.

Dicen que el Atlético de Madrid se mostró interesado, pero Mágico se dejó engatusar por Camilo Liz, el secretario técnico del Cádiz CF, modestísimo equipo andaluz que acababa de descender a Segunda. Fichar por el cuadro amarillo lo alteró todo, quizá para bien.

Mágico aterrizó en el aeropuerto de Jerez el 27 de julio de 1982, dos semanas después de que la Italia de Paolo Rossi ganara el Mundial, y abandonó la ciudad algún día de mediados de 1991. Con el Cádiz CF disputó dos temporadas en Segunda y seis en la máxima categoría. Sus números no explican ni justifican idolatría alguna: de 150 partidos en Primera –veinticinco en promedio por temporada–, en solo 92 disputó los noventa minutos, y anotó 42 goles.

La más productiva de sus temporadas –la 1983-84, con 14 dianas en 31 partidos, tercero en el Trofeo Pichichi– despertó el interés real del Atalanta (Italia), del Hellas Verona (Italia) y del París Saint Germain (Francia), y el presunto del Fútbol Club Barcelona. Pero ninguna negociación cuajó. La 1984-85, la que debía haber sido la de la consagración, resultó un vía crucis, con gravísimos problemas disciplinarios que condujeron a una abrupta ruptura con la dirigencia y desembocó en un traspaso-despido al Real Valladolid CF, donde deambuló tres meses para el olvido. La temporada 1985-86, cuando tenía la edad talismán de 27 años, huyó de España y se desvaneció en California, en Baja California, en El Salvador. No practicó fútbol profesional.

Pero en Cádiz la semilla había germinado. Querido con creciente locura por la afición, el Mundial de México-86 sirvió de excusa al presidente cadista Manuel Irigoyen para viajar a San Salvador a buscarlo y redimirlo. “Pese a su genio futbolístico, una descuidada vida personal le llevó al pozo del fracaso y el anonimato. Ahora ha vuelto”, escribía el periodista Carlos Funcia en el diario El País, pocas semanas después de su aclamado retorno. Remachaba: “La trayectoria deportiva y personal de Mágico González tiene tintes de leyenda. De difícil personalidad, parece que ni los éxitos ni los fracasos dejan huella en su ánimo y está como ausente cuando se le felicita”. Eso y así se escribía sobre él en septiembre de 1986.

Salvo el enigmático paréntesis, Mágico estuvo ligado al Cádiz CF entre 1982 y 1991. En esos años marcó goles imposibles, dribló, se emborrachó, durmió, soñó, confesó que su mejor sueño era ser feliz, alternó con Camarón de la Isla, se metió a una hinchada en la bolsa, comió pescaíto frito, bailó flamenco, obvio que no se tomó el fútbol como un trabajo, derrochó cuanto pudo, erró penales, macheteó culebras, enamoró, se drogó, gozó, fue condenado a seis meses y un día por abusos deshonestos, goleó al Barça, goleó al Real Madrid, forjó una leyenda a su pesar, rehuyó a los periodistas siempre que pudo, hizo méritos suficientes para entrar en el Salón de la Fama y triunfó como triunfan los que no miden la felicidad por los ceros en la cuenta bancaria.

Mágico jugó al fútbol y vivió la vida. O quizá vivió el fútbol y jugó la vida.

Casi un cuarto de siglo después de su salida del Cádiz, y aunque lo hizo por la puerta de atrás, quienes más lo disfrutaron no lo olvidan. Fotografías de Mágico decoran docenas de tabernas y cafeterías gaditanas, los DVD con sus hazañas se guardan como joyas de la abuela, su rostro sigue omnipresente en las gradas del Ramón de Carranza. Y en la calle Pelota, a cincuenta metros de la catedral, hay una tienda que vende a cinco euros camisolas con su caricatura. Y en la plaza San Juan de Dios, el Bar Los Pabellones imprime calendarios de bolsillo con su imagen y la de Camarón. Y en la tienda oficial del club aún hay quien compra la elástica amarilla y pide que le estampen ‘Mágico’ en la espalda. Y en un negocio llamado Deportes Bernal tienen… Y en…

Casi un cuarto de siglo después Mágico sigue vivo en Cádiz.

***

Intuía, sospechaba, me habían dicho… pero lo visto en Cádiz supera todo lo presupuestado. Veintitrés años después de su último partido oficial de amarillo aún se venera al salvadoreño, veneración que de alguna manera beneficia a El Salvador entero. Al final va a tener razón el colega Daniel Herrera…

Son casi las ocho y media del 2 de abril de 2014, pero España adoptó el fin de semana pasado el horario de verano y no quiere anochecer. Yo regreso de una entrevista en la Federación Gaditana de Fútbol, y en la calle Brunete leo ‘Nosferatu Tattoo Studio’. Desde que planifiqué mi visita a Cádiz me propuse pasar por algún sitio así, como un termómetro para medir el grado de idolatría. ¿Habrá algún gaditano tan loco como para grabarse a Mágico en la piel? Entro. Tres hombres con ropajes informales y oscuros platican detrás del mostrador. Me presento, les cuento el porqué.

—No, aquí no hemos tatuado nada del Mágico –dice José Diego, 35 años ahora, un niño en aquella tarde inolvidable contra el Racing de Santander.
—¿Pero lo tienen en catálogo o algo?
—No. Todo el mundo está siempre diciendo: me tengo que hacer al Mágico, me tengo que hacer al Mágico… pero no. Aunque sí hay gente que se lo ha tatuado, yo lo he visto, vamos. Gente de Brigadas, sobre todo.

Brigadas es Brigadas Amarillas, la barra brava del Cádiz CF.

—El Baguetina dice que se lo va a hacer –apunta Chencho Fernández, otro del trío.
—Ah, sí, es verdad –recuerda José Diego–, el Baguetina se está haciendo la pierna entera con nosotros. Ya le hemos hecho el estadio antiguo y esas cosas… y dice que se va a hacer al Mágico.
—¿Y cómo dicen que se llama? –pregunto.
—Baguetina. Él se mueve con la gente de Brigadas.

Anoto el nombre sin mucho entusiasmo, consciente de que dejaré Cádiz en veinticuatro horas.

Ya con el salvadoreño sobre la mesa, José Diego agarra carrera, casi ni tengo que preguntar.

—Yo al Mágico lo vi jugar –dice entusiasmado–. Soy socio desde pequeño, por mi padre, que me llevaba siempre.
—Ajá…
—Aquel 3-0 al Racing yo lo vi en el estadio, y me acuerdo… pero como si fuera ayer, vamos. Lo vi sentado en Tribuna. Los niños nos sentábamos en las primeras filas, mientras que nuestros padres lo veían más arriba. Recuerdo levantarme del asiento para ver bien la carrera, cómo regateó a uno, a dos, a tres… y el gol. Yo me giré para buscar a mi padre, que me respondió con una sonrisa y cerrando el puño. Él ya falleció, pero Mágico a mí me trae muchos recuerdos de mi padre…

Quizá esta sea la magia de la que tanto se habla en Cádiz.

Pregunto si conocen otros lugares o personas que sientan genuina admiración.

—Pues aquí a la vuelta siempre hay aparcada una moto que tiene la cara del Mágico pintada.

***

La persona encargada de la sección de deportes del Diario de Cádiz se llama Guillermo Doña Viaña, pero firma Willy Doña. Suena apropiado suponerle conocimientos sobre el cadismo porque va para las tres décadas pendiente del acontecer futbolístico del Cádiz CF. “Yo al Mago primero lo conocí como aficionado, porque como periodista deportivo comencé en el 88”, matiza de entrada, como si 26 años fueran un suspiro. El propósito de incluir su voz es que aporte mesura a un sentimiento muchas veces desmesurado.

—El Mago coincidió con la mejor época en la historia del club –dice Willy Doña–, algo que en gran parte fue por su presencia.
—Cuando uno mira sus números, la verdad es que no son tan sorprendentes.
—Pero siendo este un club modesto, aportaba algo impresionante. En el fútbol español nunca se había visto un hombre con esa habilidad, capaz de hacer maravillas con el balón, con una naranja, con una pelota de papel… con lo que fuera.
—¿Qué tanto de lo que se dice de él es mito y qué tanto realidad?
—Lo de las pataditas a una naranja es totalmente cierto. Se ponía a hacerlo en una discoteca o en cualquier sitio. Era más habilidoso que Maradona. Inconstante, sí, al punto que aquí varios entrenadores lo tuvieron de suplente, pero en habilidad superaba a Maradona.
—¿Qué explicación tiene que un suplente sea tan recordado?
—Incluso sabiendo que era porque golfeaba, la gente lo pedía en el estadio. Pitaban al entrenador si no lo sacaba.

Otros extranjeros que dejaron huella, dice, son el delantero peruano Máximo Mosquera, que jugó la temporada 1962-63, y el chileno Fernando Carvallo, cuyo paso coincidió con el primer ascenso a Primera.

—Pero es abismal la diferencia entre el cariño que se le tiene a Mágico y a Carvallo, que podría ser el segundo –dice Willy Doña–. Mágico hoy es el ídolo de un montón de niños que ni habían nacido cuando estuvo aquí, que lo más que habrán visto son videos por internet.
—¿Y entre los que lo vieron jugar?
—El cariño que se le tiene es muy intenso pero es… como de barra de bar, porque ni siquiera el club le ha sabido homenajear.
—Pero era indisciplinado, irregular, irresponsable… ¿alguien así merece ser homenajeado?
—Como cadista que soy… la verdad… yo me alegro de que fuera indisciplinado. Si no, a las diez jornadas se lo hubiesen llevado.

El Cádiz CF estuvo en Primera desde 1985 hasta 1993, codeándose con el Barça, con el Real Madrid, con el Athletic de Bilbao. Tras esas ocho temporadas consecutivas que enorgullecen al cadismo, el equipo solo ha retornado a la élite una vez, en 2006, y la alegría duró un año.

—Y sí, salvo en los dos primeros años, nunca fue un gran goleador –dice Willy Doña–, pero aquí sabíamos que esa no era su principal virtud.
—¿Cuál era esa virtud?
—Que hubo una época en la que los defensas contrarios temblaban cuando se enfrentaban al Cádiz, y dio la casualidad que de la cantera salieron buenos jugadores como los hermanos Mejías, en especial Pepe. Toda esa gente tenía más libertad, porque el equipo rival al completo tenía que estar pendiente de Mágico, ¿comprendes?

Una época en la que los defensas contrarios temblaban, dice Willy Doña.

***

Alba se tensa como gato al acecho, espera un zapatazo desde fuera del área. Pero Mágico no chuta recio. Se deja caer hacía atrás para picar la pelota con efecto, que primero suuuube y luego baaaaja, en vaselina de ensueño. Alba ni siquiera trata de atraparla. Solo sigue la parábola con la mirada. “Esperaba que pegara en el larguero”, dirá. Pero no. El balón entra manso por la escuadra.

De la chistera del Mago ha salido… un ornitorrinco.

El Ramón de Carranza explota. Diecinueve mil cadistas se abrazan celebran gozan hasta el delirio. Es un orgasmo colectivo que el niño José Diego disfruta con complicidad paterna y el empresario Miguel Cuesta y el quinceañero Manuel Camacho y Emilio… La celebración del futuro periodista Willy Doña deviene dolorosa. Sentado con sus amigotes en el Fondo Norte, la genialidad de Mágico le hace olvidar que está bajo una de las barras metálicas instaladas para controlar avalanchas.

—Ese gol estuvo a punto de costarme la vida –recordará casi 28 años después–. Con el salto me pegué un cabezazo con el hierro… que mientras mis amigos festejaban, yo estaba tirado, mareado perdido, vamos… Todavía me duele cuando me acuerdo.

Sobre el terreno Mágico también celebra a su manera, parco. Se arrodilla con parsimonia antes de pararse. Levanta los dos brazos y sonríe de medio lado, como niño travieso. Nada en su rostro indica que acaba de marcar un gol legendario. “Fui salvando obstáculos, según me iba encontrando piernas, pero solo creí en el gol cuando vi que el balón pasaba por encima de Alba”, responderá a un periodista que lo abordará después de la ducha.

Manuel Roncal continúa tirado en el suelo. El resto de racinguistas, cabizbajos, sumisos, brazos en jarra. Alba entra en su portería y recoge resignado la pelota. Cuando de a poco se apaga el grito de Gooool, escucha cómo el estadio comienza a corear el nombre de Mágico, mira el incipiente flamear de pañuelos blancos, intuye lo irrepetible del momento, y hace algo que nunca ha hecho y que nunca más hará: camina al centro del campo, busca al salvadoreño y le extiende la mano. Alba felicita a Mágico por su gol.

***

Las leyendas se construyen cuando hechos extraordinarios se repiten una y otra y otra vez, de padres a hijos, entre amigos. Mágico es leyenda. Sus hazañas no son solo suyas. Se dramatizan, se mitifican, se tergiversan, se exageran. Desatado el torbellino a veces pasa que –quizá sin malicia– algo que nunca ocurrió se cuela en el repertorio de gestas. Ese algo también se repite una y otra y otra vez. Y luego funciona la teoría goebbeliana que asegura que, mil veces repetida, la mentira deviene verdad.

Esto se cuenta en Cádiz: por una juerga infinita en la víspera, Mágico se presentó tarde a un partido de semifinales contra el Barça en el Trofeo Ramón de Carranza, el otrora prestigioso torneo estival de pretemporada. El juego arrancó, y los visitantes ningunearon a los locales, 0-3 al descanso. El salvadoreño se dejó ver por el estadio con el choque empezado. Con todo y goma, el entrenador lo obligó a vestirse de corto. Mágico salió en la segunda mitad y tuvo una tarde gloriosa. Con dos goles y dos asistencias, lideró la remontada con la que ridiculizaron 4-3 al Barça.

Se cuenta en Cádiz. Wikipedia lo bendice, en español y en italiano. Lo dice el diario español As en un generoso reportaje de octubre de 2013. Y con el matiz de que la remontada fue de 0-1 a 3-1, lo afirma incluso el más riguroso trabajo periodístico que jamás se ha publicado sobre Mágico, la serie de 128 páginas en once entregas que imprimió el diario La Prensa Gráfica entre febrero y julio de 2003.

Pero aquella hazaña nunca ocurrió.

Mágico solo enfrentó al Barça en el Trofeo Ramón de Carranza una única ocasión: el 26 de agosto de 1984, en partido de consolación. El Cádiz de Segunda se impuso 3-1 al Barça que esa temporada ganaría la Liga. Las crónicas del día después lo señalan como el artífice del triunfo. “Mágico volvió a ser punto y aparte. No marcó, pero de sus botas salió lo mejor de esta tarde para el olvido desde el prisma azulgrana”, escribió Pedro Ger, el enviado especial del diario catalán El Mundo Deportivo. Mágico jugó de partida. Ni llegó con el choque empezado ni anotó ni hubo remontada inverosímil.

La realidad a veces se deforma. Y si eso sucede con hechos que pueden ser desmentidos en las hemerotecas o desde cualquier computadora, ¿qué no pasará con las gestas cuya autenticidad descansa solo en el volátil testimonio de quienes supuestamente las vivieron? Si alguien alguna vez se animara a escribir un libro de vocación biográfica sobre un personaje tan exuberante, el reto principal sería cribar la mitología.

***

Salgo de Nosferatu Tattoo Studio y camino por la calle Brunete hasta la primera a la izquierda, como me han dicho que haga, para ver si está aparcadala moto con la cara de Mágico pintada. Emboco la calle Santa María de las Cabezas, estrecha y con un sinnúmero de motos parqueadas a un costado. Casi al final, cuando la decepción me está venciendo, veo un scooter Piaggio Fly 50 4T, blanco con detalles azules. Delante, el rostro y la melena inconfundibles.

Saco la cámara y tomo algunas fotografías. En esas estoy cuando me percato de que desde un pequeño bar que hay al otro lado de la estrecha calle me miran con recelo. Me acerco, explico la razón de mi curiosidad y pregunto si conocen al dueño.

—La moto es mía –dice Jesús Gutiérrez, la persona que atiende el negocio.

Jesús Gutiérrez resulta ser un consumado magiquista. Cuando le detallo que trabajo en un periódico de El Salvador y lo que trato de hacer en Cádiz, se entusiasma, descuelga de las paredes fotos enmarcadas, me enseña una de él con Mágico, cuenta ciento y un anécdotas, me invita a una cerveza, me presenta a cuanto cliente cadista entra a su bar… y cada vez me convenzo más de que el colega Daniel Herrera tiene la razón. “En esos años había más magiquistas que cadistas”, sintetiza Jesús Gutiérrez su euforia. Me sugiere que vaya el domingo al estadio y compruebe que las gradas siguen llenas de pancartas que lo recuerdan.

—¿Y no has ido al Washisnai? –me pregunta–. Es el bar de Nandi, amigo mío de Brigadas. Ahí tienen fotos de Mágico, y llegan muchos cadistas.

Llama al Nandi por teléfono. Me lo pasa y hablamos. Ya es noche cerrada. Quedamos que mañana pasaré al Washisnai a desayunar, tipo ocho y media.

***

El Bar Gol es un santuario del cadismo, casi un museo. Está pegado al Ramón de Carranza, en el arranque de la Pintor Zuloaga, la calle en la que Mágico vivió un tiempo largo. El local es sobrio. El color dominante es el amarillo en todas sus tonalidades, y las paredes lucen colmadas de banderas, cuadros, amuletos varios y fotografías de los tiempos pasados y mejores, algunas desteñidas ya. Mágico es la indiscutible figura estelar.

El Bar Gol lo atiende desde tiempos inmemoriales Jesús Sánchez Granado, quien infinidad de veces le preparó un bocadillo o le sirvió una cervecita. “Cuando Juan José fichó por el Real Madrid [se refiere al mítico defensa cadista Juan José Jiménez, Sandokán], le vendió su coche al Mágico, un Ford Escort rojo”, dice Jesús.

Eran otros tiempos, otro fútbol, como menos divismo y menos ceros en las cuentas corrientes. La relación entre jugadores y aficionados también era más estrecha, sobre todo en Cádiz.

—Cuando se fue a Valladolid se llevó el coche rojo que tenía, pero como allí hacía tanto frío, se vino para Cádiz y allí dejó el coche. ¿Por qué? Yo creo que porque la ciudad, el clima y la forma de vivir del gaditano calaron en el Mago.

Quien habla ahora es Miguel Cuesta, empresario, cadista desde los sesenta y dirigente ocasional del Cádiz CF, del que ha sido vicepresidente. El 3-0 al Racing lo vio desde Tribuna. El empresario Miguel Cuesta ahora es consejero externo del club. Habla maravillas de Mágico, a pesar de que tuvo que tratarlo como directivo.

—Mucha culpa de lo que sucede ahora la tenemos los padres –dice–, que se lo hemos transmitido a nuestros hijos, pero es que fue tanto lo que nos dio el Mágico…
—Pero fue suplente mucho tiempo…
—¿Y tú sabes lo que es el estadio entero abucheando al entrenador? Muchas veces lo ponía por el público, aunque fuera diez minutos. Y con que esa tarde hubiese una sola jugada suya, un solo toque de balón… tú salías del campo… habiendo empatado, perdido o ganado, daba igual… y el comentario a la salida era: ¿viste cómo la tocó Mágico?
—¿Tan así?
—Es que en el fútbol el gol a veces es lo de menos, como en los toros. Cortar orejas y salir en hombros no es que con una buena ‘estocada’ se consigue; para ganarse al público a veces basta con dar dos ‘verónicas’ bien dadas, o dos ‘naturales’ bien hechos. Los aficionados a los toros eso apreciamos. Pues con el fútbol en Cádiz es parecido. Muchas tardes ver al Mágico tocarla era más que suficiente, aunque el partido se hubiera perdido.

El empresario Miguel Cuesta se expresa como un cadista más, con entusiasmo acrecentado si cabe, pero él ha estado y está en la órbita del Cádiz CF, un club que de alguna manera está en deuda con su jugador más carismático.

—¿Por qué están tan disociados el cariño de la afición y los gestos institucionales? –pregunto.
—Es una pregunta profunda y que merece ser analizada con mucho tacto.

Cuenta la anécdota de la visita de Mágico a Cádiz en febrero de 2001, cuando el diario Marca organizó un partido para recaudar fondos para las víctimas de los terremotos en El Salvador. Tras el viaje, el empresario Miguel Cuesta lo dejó en el Hotel Playa Victoria, para que descansara un poco, pero le advirtió de la importancia de la conferencia de prensa promocional que tenía para la tarde en el propio hotel. Como ya era la hora y no bajaba, subió y aporreó la puerta de la habitación. Mágico al final le abrió, somnoliento y envuelto en una manta, y se volvió a la cama.

—El Cádiz sí ha querido hacer alguna cosa, traerlo y que se encargara de la formación de los niños o algo así, pero…

Cuando uno habla con aficionados cadistas, raro es que no salga a relucir la escuela municipal de fútbol, que se bautizó con el nombre de Michael Robinson, un jugador británico que nunca vistió de amarillo, pero que, colgadas las botas, triunfó como comentarista deportivo y por los micrófonos acostumbraba a echar flores al cadismo. Infinidad de cadistas aún no digieren lo que juzgan como una traición. “Como lo del campus de Michael Robinson, por ejemplo –dic un viejo amigo de Mágico llamado Emilio Ramírez, 39 años hoy, un niño de once que festejó en el Fondo Norte el mítico gol–, en vez de ponerle el nombre del Mágico… la verdad es que no se entiende”. Incluso en una chirigota se pide.

—Yo estoy seguro de que el Cádiz Club de Fútbol hará algo con el Mago –dice el empresario Miguel Cuesta–. Será más temprano que tarde. Algún día se va a hacer algo importante.

***

Alba felicita a Mágico por su gol. El gesto le ennoblece tanto que ese apellido condenado al ostracismo futbolístico fuera de Santander se seguirá pronunciando con cariño y respeto en Cádiz en el siguiente milenio.

Esta noche el gol también será celebrado en el programa Estudio Estadio de Televisión Española. Y mañana faltará espacio en los periódicos para el torrent de elogios. “Mágico cosió el balón a su bota y sorteó a cuantos se le situaron delante, incluida su sombra”, dirá el diario ABC. “Gran festival de Mágico González, que esta tarde ha renovado las grandes actuaciones que le hicieron famoso”, se leerá en El Mundo Deportivo. “Ovación de gala”, en La Vanguardia. “Marcó al Racing un gol para la historia”, publicará El País.

Pero más importante es lo que pasa ahora, mientras Alba regresa hasta su portería después de felicitar a Mágico. Las gradas son una procesión de pañuelos. Se ensaya por primera vez algo que todos vieron por televisión en el Mundial que acaba de ganar la Argentina de Maradona: la ola. Y a Willy Doña la alegría lo ayuda a reponerse del golpe brutal. Y el quinceañero Manuel Camacho celebra y se desgañita. Y el empresario Miguel Cuesta, ídem. Y el niño Emilio no cabe de júbilo, junto a su padre en el Fondo Norte, y 28 años después dirá: “¿Su mejor gol? El del Santander; hacer eso a tres en un palmo de terreno…” Y el niño José Diego acaba de recibir un guiño de complicidad paterna que nunca –nunca– olvidará.

***

A las ocho y media de la mañana estoy, puntual como un vasco, en la Taberna del Washisnai, que es su nombre cabal, en la calle Beato Diego. Una foto de Mágico acuclillado preside el área futbolera del bar, entre un plasma y un sinnúmero de bufandas de clubes europeos. El local es inmenso, y al otro lado de la ‘U’ que forma la barra tiene un área flamenca, presidida por un cuadro de Camarón de la Isla con una guitarra a su vera. La camarera me dice que Nandi está al caer. Un cuarto de hora, media hora, tres cuartos… esto parece El Salvador. A las diez tengo otraentrevista lejos de aquí, en la barriada La Paz. Si puedo, regresaré a la Taberna del Washisnai en la tarde.

***

Quinceañero en el Fondo Sur la tarde mágica, Manolo Camacho es hoy un periodista de 41 que presenta El tren del gol, una tertulia deportiva que se emite en un canal de televisión local. Diez días antes de esta entrevista lo invitaron a un evento gastronómico-cultural celebrado en el Hotel Barceló, con el fútbol como plato principal. Su misión fue explicar en qué consiste el cadismo. En la fotografía de los carteles promocionales aparecía Mágico joven y vestido de torero en la plaza de toros del Puerto de Santa María.

—Ese día hablamos de por qué se prestó para esas fotografías. Yo creo que es porque se lo pidieron y, como él no sabía decir que no, por eso se vistió de torero.

Manolo Camacho es uno más entre los gaditanos que destacan la calidad humana. Creen que la manera de ser –con sus luces, con sus sombras– abonó a la idolatría.

—Como futbolista, yo lo tengo claro: es el más grande, ni Messi ni Maradona ni ningún otro. Como ser humano, un gran corazón, y quizá por eso llegó a ser lo que fue en Cádiz, porque no tenía más ambición que la de jugar al fútbol para pasarlo bien. Como profesional, también tengo claro que no es un ejemplo a seguir.
—¿Fue bueno para él que lo fichara el Cádiz?
—Mágico encajó en Cádiz a la perfección, y Cádiz lo acogió de la mejor manera, pero yo no sé si caer aquí le vino peor para triunfar, por lo peculiar de la ciudad, donde gusta mucho el fútbol arte, sí, pero también gusta la fiesta.
—Pero pocos jugadores podrán presumir de tanto cariño un cuarto de siglo después de colgar las botas.
—En Cádiz nos hemos quedado con lo bueno, con la magia. Y lo malo que tenía, que supongo que ya lo habrás notado, o no se comenta o se comenta… pero como con gracia.
—Indisciplinado, irregular, irresponsable…
—Como hablamos de fútbol, alguien puede ser indisciplinado, pero si es un fuera de serie, quedará. Y Mágico lo era, además de una persona que se preocupaba por los demás más que por uno mismo. Por eso es una parte muy importante del cadismo. Y el Cádiz es un equipo con más de un siglo de historia.

Como periodista deportivo, Manolo Camacho sí recuerda haber informado de gestiones para materializar ese cariño. Hace algunos años, dice, se quiso reunir voluntades y fondos para una estatua en las afueras del estadio.

—Es verdad que no hay nada: ni estatuas ni calles ni plazas… pero si alguien que ha estado metido en una cueva cincuenta años, sin saber nada de lo que ocurría fuera, lo soltaran hoy en Cádiz, le bastaría preguntar a la gente para comprobar ese cariño. Y sí, seguramente se sorprendería de que no haya evidencias físicas de ese cariño.

***

El cadismo es como la salvadoreñidad. Cuesta definirlo. Se puede escribir una frase deslumbrante, un párrafo sentido y sonoro, un ensayo brutal, pero no dejarán de ser palabras, palabras que aspiran al imposible de retratar los sentimientos. No me gusta tomarme el fútbol como un trabajo, dicen que Mágico alguna vez dijo. Y no se lo tomó.

Hugo Sánchez, contemporáneo de Mágico, materializó 189 goles para el Real Madrid en siete temporadas, pero, ¿qué representa hoy para el madridismo? ¿En cuántos bares de la capital se le rinde pleitesía? ¿Lo idolatran los niños del nuevo milenio?

Mágico en Cádiz fue, es y será. En apenas un par de días mi libreta ha quedado plagada de frases que evidencian lo inigualable de su relación:

“Mi hermano mayor en su cartera lleva siempre una foto del Mágico”.

“El futbolero gaditano se conformaba con verlo saltar al campo”.

“Se le quiere porque tiene la misma personalidad que la gente de acá: era campechano y daba todo lo que tenía”.

“A las instituciones les preocupa elevar donde ya lo tiene la afición a una persona con comportamientos que no son el mejor ejemplo”.

“Era como uno normal de Cádiz, como si hubiera nacido en Loreto o en La Línea, solo que una máquina jugando al fútbol”.

Y la más poderosa de todas, que merece ser atribuida. Me la ha dicho Joaquín Revuelta, el director de la Escuela de Entrenadores de la ciudad: “El tema es que Jorge es Cádiz, y Cádiz es Jorge. No hay otra manera de explicarlo”.

El colega Daniel Herrera, jefe de redacción del periódico deportivo El Gráfico y alguien que ya ha estado en esta ciudad para preguntar sobre Mágico en calidad de periodista salvadoreño, me dijo antes de venir a Cádiz algo que me sonó bien, pero que yo juzgué exagerado e irreal. Ahora estoy convencido de que tiene razón.

***

Son las cinco y cuarto pasadas cuando regreso a la Taberna del Washisnai. El bar está casi vacío pero hay bulla; en el área flamenca un grupo de siete niñas de unos cinco años tratan de igualar los movimientos y los zapateos de una bailaora. La barra ahora la preside un joven al que le calculo 190 centímetros de altura y no menos de 250 libras. Es Nandi, el amigo de Jesús Gutiérrez. Tiene apenas 21 años. Nació siete años después del gol al Racing.

—Para mí Mágico es un mito, ¿me entiendes? Para la gente de otra generación es un buen futbolista, el mejor, pero para mí es un mito.

Nandi se llama Fernando Orgambides. Es gente de Brigadas.

—Soy el speaker, el que anima con el megáfono en el Carranza. Y cuando se está jugando mal y hay que meter caña a los jugadores, mencionamos a Mágico.
—Ayer, en una tienda de tatuajes, me contaron que alguien de Brigadas quiere tatuárselo en la pierna. ¿Has oído algo?
—Yo me lo quiero tatuar…
—No, pero me dijeron que era un tal… Baguetina.
—Sí, así me llaman también. ¿En Nosferatu estuviste?
—Cabal.

No sé si esto será magia o será una simple casualidad.

—En la vida tú cambias de novia, de casa o de ciudad, pero el equipo de fútbol no se cambia.
—¿Pero por qué tatuarse a Mágico?
—Lo primero que me tatué fue el escudo, en el brazo –me lo muestra–, y ahora en la pierna derecha me estoy haciendo una cosa más guapa, más grande. Ya me he hecho la mítica Torre de Preferencia; una foto mía animando al Cádiz que salió en el diario; he puesto ‘Living la vida ultra’, que es nuestra forma de vida; y me falta una foto de un autobús de uno de nuestros desplazamientos, y al Mágico, que quiero hacerlo de espaldas, para que se vea el ’11’ en la camiseta. En cuanto junte el dinero, ahí va a estar, vamos.
—¿Por qué no a Pepe Mejías, otra gloria y gaditano él?
—Es que Mágico es el que mejor representa el cadismo.

***

El niño José Diego acaba de recibir un guiño de complicidad paterna que nunca olvidará. “El 3-0 al Racing yo lo vi en el estadio”, le contará a un periodista un día de abril de 2014. Es el primer hat-trick de Mágico en Primera, y será el único.

Ya en los vestuarios los compañeros lo felicitan. Mágico se siente abrumado. Alguien entra y comenta que cientos gritan Mágico, Mágico, Mágico en la puerta del estadio, que lo están esperando… quizá porque intuyan que esta tarde la recordarán siempre y no quieren que termine. El sol se ha hundido en el océano, pero ahí siguen. Corean su nombre. Quieren subirlo en volandas, el gesto reservado para los mejores toreros. A Mágico no le agrada la idea. Le incomoda tanto alboroto. Se entera de que los juveniles están jugando un partido. La excusa perfecta. Duchado y vestido sale por el foso de vestuarios. Se sienta en las gradas como un aficionado más. Pero no lo es. Los pocos que quedan lo reconocen. Lo felicitan. Lo piropean. Lo asume con su mejor sonrisa, como mal menor. No es soberbia ni falsa modestia. Debe de ser magia.

Cuando la multitud de las puertas del estadio se ha dado por vencida, el periodista José María Valle lo aborda. Le pregunta por qué no ha dejado que lo saquen en hombros. “Yo quería ver el partido de juveniles”, responde Mágico, y remata con una frase que quizá hasta arranque una lágrima a algún magiquista: “Además, habría sido una falta de modestia por mi parte llevarme todo el mérito de un triunfo que trabajamos todos dentro del campo… que me perdonen los aficionados”.

Después del partido legendario de este 14 de septiembre de 1986, Mágico se sumirá en la oscuridad, como si le costara convivir con el éxito. No volverá a la titularidad hasta el 26 de octubre. No completará los noventa minutos hasta el 17 de diciembre. No marcará de nuevo hasta el 11 de enero, diecisiete semanas de sequía. Todo se lo perdonarán. El 5 de abril ante el Betis en el Benito Villamarín, se inventará un taconazo imposible para superar al portero, y el defensa Gail tendrá que estirar su brazo derecho casi hasta la dislocación para evitar el gol con la mano. Y esa jugada también se convertirá en hazaña. Y en Cádiz seguirán acordándose de ese taconazo imposible y maldiciendo al defensa Gail. Y quizá lo recuerden por toda la eternidad.

***

Cádiz se acaba en el barrio La Viña. Más allá, solo una estrecha lengua de tierra hasta el castillo de San Sebastián. Luego, el océano. Más luego, la América de la que vino la magia. La Viña es paso obligado para los turistas que quieren sentir los vientos, quizá lo más singular de una ciudad colmada de singularidades. La calle Virgen de la Palma está llena de restaurantes con sus mesas y sillas en el empedrado, y sus pizarras manuscritas que invitan a probar lo más trillado de la gastronomía local.

Me siento en el Bar El Palmito y pido una ensalada de la casa, unos boquerones fritos y una caña que me costarán trece dólares. Si todo va bien, en unas cuatro horas estaré subido en el tren que me alejará de la que ya no me cuesta identificar como la ciudad del Mago.

Entre boquerón y boquerón, mientras consolido apuntes y ordeno ideas, me asalta una duda: me han hablado tanto y tan bien de Mágico que creo demostrada la admiración honesta de los cadistas, de las personas ligadas de una u otra manera al club y al fútbol. Pero, ¿qué hay de los que nunca lo vieron jugar? Me aseguraron que es ídolo de jóvenes sin uso de razón cuando colgó la camisola amarilla. ¿Y si no es más que un espejismo fruto de la exageración propia del carácter de los gaditanos? Aprovecho que el bar está casi vacío para llamar al camarero.

—Disculpe, ¿usted en qué año ha nacido?
—En el 85.

Tenía pues 5 o 6 años cuando Mágico abandonó Cádiz. Se llama Álvaro Lozano. Le sumario el por qué de mi interés.

—¿Conoce a Mágico González?
—Hombre, en persona no –dice Lozano.
—¿Pero lo ubica?
—Sí, hombre, claro… si es una leyenda. Mágico González en Cádiz es una leyenda… si subió al Cádiz a Primera él solo… un hombre que ni entrenaba, se despertaba tarde, se recogía tarde, bebía mucho, le daba a las drogas… y aun así al Cádiz lo subió a Primera… él solo.

A Lozano se le encienden los ojos como me sucede a mí cuando hablo de mis hijas.

—Además te digo una cosa: es el mejor jugador pero… pero del mundo entero. Ni Messi ni Ronaldo ni Pelé… ¡nadie! Y por el Cádiz hizo mucho, pero mucho… Y aparte yo conocí a una de sus hijas. Ingrid me parece que se llamaba. La misma nariz del padre, vamos.
—Una pregunta más: ¿usted es cadista?
—Yo le voy al Real Madrid –dice Lozano–, el Cádiz muchos disgustos da.
—Pues esto saldrá publicado en El Salvador –comento.
—Claro, claro… que él era salvadoreño. Buena gente el Mágico.

Lo que el colega Daniel Herrera me escribió cuando supo que yo iría a Cádiz fue esto: “Te hacen sentir que ser salvadoreño es ser el mejor ciudadano del mundo. Gracias a Jorge”.

Pékerman, taxista

Publicado: 11 junio 2014 en Ezequiel Fernández Moores
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El Renault 12 se lo prestó Tito, su hermano mayor. José lo pinta de negro y amarillo y empieza a manejar el taxi por las calles de Buenos Aires. Ocho horas por día. Estamos en 1978. José tiene apenas 28 años. La rodilla maldita, la misma que se lastimó cuando tenía 18, precipitó la despedida del Independiente Medellín. Peor aún, lo obligó a irse del fútbol. Una rotura de ligamentos que hoy podría curarse, pero no hace 40 años, cuando buscaba recuperarla atándose garrafas de gas de 10 kilos que repartía su padre. Ahora no hay tiempo para deprimirse. José ya es padre (Vanessa había nacido en 1975 en Colombia, más tarde llegaría Ivana), y el sueldo de Matilde, docente en una escuela primaria de Pablo Podestá, no alcanza. José sale todos los días bien temprano desde Martín Coronado, periferia oeste. Recorre 35 kilómetros y entra a esa jungla de cemento que es el centro de Buenos Aires. Los mediodías, José aparca el taxi y almuerza la vianda que le prepara Matilde. No se detiene en los habituales bares o gasolineras donde paran los taxistas para hablar de mujeres o de fútbol. José prefiere ver fútbol. Frena donde ve pibes jugando un “picado” (partido informal). El taxi es un accidente. Y José Pékerman, se sabe, fue, es y será un hombre de fútbol.

“Fueron cuatro años en el taxi; yo venía con el dolor muy fresco de un retiro prematuro. Los sueños pasaban en esos tiempos por mi familia y por superar los momentos difíciles. Imaginaba que podía retornar al fútbol, pero necesitaba un poco de tiempo para elaborar el duelo”, dijo el propio Pékerman en una de las pocas entrevistas que concedió. José, me cuenta en Buenos Aires un amigo que lo conoce desde hace más de 50 años, jamás se quejó por haber tenido que manejar el taxi. Simplemente, consideró que su deber como padre de familia era llevar dinero al hogar. A veces, sin embargo, observa con desconfianza cuando algún medio alude hoy a su viejo oficio. “Nunca sabés si eso es un elogio o una crítica velada”, le escuchó decir alguna vez un amigo. Otro amigo, que también pide anonimato (Pékerman y los suyos cultivan el bajo perfil desde siempre), me dice que José manejó el taxi “para ‘hacer el mango’ (ganar dinero), porque siempre fue un laburador”. Por eso, además del taxi, y de estudios en Educación Física y Kinesiología, José atendió en Villa del Parque, un barrio porteño de clase media, un comercio de venta de cierres a cremallera para DePe, la fábrica más antigua del país. “Y nadie sabe que unos años antes —me confía el amigo— José llegó a comprar tela y armó un local en Martín Coronado para vender camisas y jeans”. La oferta del Independiente Medellín, en 1975, derrumbó el proyecto del Pékerman pequeño empresario textil.

Pero volvamos a 1978 y José es “tachero”, un término popular, aunque algunos taxistas consideran despectivo. Los porteños tienen todavía fresco el recuerdo de Rolando Rivas, un éxito histórico de la TV argentina. Primera telenovela que también interesó a los hombres. El “tachero” Rolando Rivas, del barrio de Boedo, humilde y de buen corazón, que interpreta Claudio García Satur, enamora apasionadamente a Mónica Helguera Paz, una colegiala de 17 años, rica y consentida que hace la actriz Soledad Silveyra. Canal 13 vuelve a trasmitirla en 1979, pero sin el segmento en el que uno de los personajes pertenece a la agrupación guerrillera Montoneros, peronista. Desde el 24 de marzo de 1976, cuando una dictadura militar derrocó al gobierno de Isabel Perón, las calles de Buenos Aires se llenan de horror. “De la nada —me recuerda hoy en pleno viaje Carlos, taxista ya en aquellos años— se te cruzaba un Ford Falcon sin patente y se bajaban tipos de civil para llevarse gente”. La cacería tiene su pico en 1978. Es el año del Mundial. Llegan periodistas del exterior y la dictadura quiere controlar todo. Infiltra taxistas para que escuchen e informen. Pero a José le interesa su vida. La de su familia. Y también el fútbol, por supuesto. Igual que millones de argentinos, él también celebra a la selección de César Menotti que gana el Mundial. Tres a uno a una Holanda que lo había deslumbrado cuatro años antes, cuando fue “la Naranja Mecánica” de Johan Cruyff. José ya había decidido iniciar el curso de técnico de fútbol. No imaginaba ni en sus mejores sueños que, 28 años después, él estaría ocupando el puesto del Flaco Menotti.

El Mundial de Alemania 2006 fue gloria y caída. Pékerman ya ganó tres mundiales Sub-20 y ahora dirige a la selección mayor. En primera rueda, conduce acaso la más formidable actuación de Argentina en la historia de los Mundiales: 6-0 a Serbia y Montenegro, con un gol de Esteban Cambiasso tras 25 toques seguidos y 56 segundos de posesión. Paciencia y elaboración. Es la síntesis del fútbol de Pékerman. Además, Lionel Messi se convierte con 18 años, 11 meses y 11 días en el más joven debutante de Argentina en mundiales. Y anota un gol, que sigue siendo el único de su historia mundialista. La ilusión, sin embargo, se derrumba en cuartos de final contra Alemania. Desde ese día, Pékerman carga con la cruz eterna. Es por Julio Cruz, a quien hizo entrar a los 79 minutos por Hernán Crespo. Argentina ganaba 1-0 y Cruz, que mide 1,90 metros, garantiza altura para aguantar los últimos desesperados pelotazos aéreos de Alemania. Un minuto después, sin embargo, Alemania cabecea dos veces seguidas en el área argentina y empata. Alargue sin goles y definición por penales. El arquero Jens Lehman recibe un papelito que indica hacia dónde dispara cada jugador argentino. Adivina la dirección de los cuatro tiros. Ataja dos. Franco pide información sobre los pateadores alemanes. No hay nada. Alemania anota sus cuatro primeros penales, gana la serie y pasa a semifinales. “Una improvisación difícil de tolerar”, dice hoy el libro Así jugamos (Sudamericana, 2014), para un cuerpo técnico que siempre cuidó hasta los últimos detalles y que además contaba con dos exarqueros, Hugo Tocalli y Ubaldo Fillol.

El libro, igualmente, se deshace en elogios hacia Pékerman, un DT, dicen sus autores, Diego Borinsky y Pablo Vignone, “docente y decente”. Hacen justicia. Pero la cruz de la que hablábamos no es por la omisión de los penales. Es porque con el ingreso de Cruz (Crespo había hecho señales de lesión al banco), José agota los cambios. Antes, habían entrado Leo Franco (inesperada lesión del arquero Roberto Abbondanzieri) y Cambiasso (por Juan Román Riquelme, jugador fetiche de José, pero que parecía agotado). En el banco, sin chances de entrar, queda nada menos que Messi. Leo todavía no era el Messi Balón de Oro. Además, venía de un parate de tres meses por lesión. Mis fuentes me acotan otro dato: al cuerpo técnico no le pasó desapercibido cierto resquemor que suscitó en el plantel la gran campaña publicitaria que Adidas había montado sobre Leo. Pékerman, que en realidad había sido clave para el ingreso de Messi a las selecciones argentinas, primero en juveniles y luego en la mayor, renuncia apenas termina el partido. Deja en offside hasta a Julio Grondona, todopoderoso patrón de la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) desde 1979. “¡¿Cómo querías que se quedara si Grondona le decía ‘el tachero’?!”, llegó a contar tiempo después Fillol en TyC Sports. José es un hombre afable y educadísimo, sí. En la jungla de cemento sobre un taxi. Y también en la jungla del fútbol profesional. Pero sus decisiones son firmes. Él, está claro, decide cómo forma su equipo. Y no duda cuando siente que debe irse.

Que en el fútbol de Argentina acaso se recuerde más a Cruz que a la formidable campaña del ciclo Pékerman (siempre perfil bajo, mucho trabajo y mentalidad ganadora), fortalece el silencio de José ante los medios. “¿Por qué casi no da notas?”, le pregunta El Gráfico en 2010. “Porque estoy un poco… resentido, no sé si es la palabra, siento que en el ambiente siempre se habla de lo malo y se polemiza”. Solo vale el resultado. Al que gana, todo. Al que pierde, nada. “Las grandes mentes —dice un viejo dicho— discuten ideas, las mentes medianas discuten cosas y las mentes pequeñas hablan de personas”. El periodismo deportivo hace exactamente lo contrario. Cruz pasó a ser más importante que un ciclo. La última vez que vi a José (conversación amable, como siempre, pero nada de entrevistas) fue en una pizzería del elegante barrio de Belgrano R, en la calle Conde. A solo 70 metros de distancia está la imponente mansión del barón Hirsch, que forma parte del patrimonio histórico de Buenos Aires. El barón Maurice de Hirsch, fundador en 1891 en Londres de la Jewish Colonization Association (JCA) sacó de la pobreza y la persecución a miles de judíos de Europa del Este para darles trabajo en colonias agrícolas de diversos países. Filantropía, pero sin regalar nada, porque los colonos debían devolver con su trabajo el pasaje, la asistencia y la tierra, contratos acaso leoninos y que, en algunos casos, provocaron rebeliones. Judíos ucranianos, por ejemplo, fueron radicados para trabajar los fértiles campos de la provincia de Entre Ríos, en la Mesopotamia argentina. Formaron parte de Los Gauchos Judíos, como los llamó un libro célebre del escritor Alberto Gerchunoff. Allí llegó el bisabuelo de Pékerman. La Argentina no era tierra fácil. Samuel Dujovne, el abuelo ruso y comunista de la escritora Alicia Dujovne, se suicidó porque había perdido todo y porque la pampa “era demasiado grande”. Lo cuenta Alicia en el libro Mi padre, el camarada Carlos, en el que habla también de un antepasado jasid,judíos ortodoxos y místicos para quienes “la tristeza es pecado”. Hombres piadosos que “hacen más de lo que la letra de la ley les exige”. El movimiento, cuyos miembros aún hoy visten sombrero negro y sacos largos, y usan barba y mechones, surgió en el siglo XVIII. En Bielorrusia y también en Ucrania, tierra de los antepasados de Pékerman.

José, que alguna vez contó así como al pasar relatos de su abuelo de parentescos con el actor estadounidense Gregory Peck, nunca pareció muy interesado en cuestiones del judaísmo. Ni sabía siquiera quién era el barón Hirsch que alguna vez vivió a metros de nuestra última charla. Pero sí es cierto que Pékerman nunca se quedó en la tristeza. Y que siempre dio más de lo que la letra de la ley le exige. Lo hizo aun cuando le tocó manejar el Renault 12 de Tito, hermano mayor de una familia que se mudó de Villa Domínguez a Ibicuy, en Entre Ríos, con papá Oscar atendiendo su bar para los trabajadores ferroviarios y Pimienta (José) siempre jugando fútbol. Lo siguió haciendo cuando a los 9 años la familia se mudó a Martín Coronado, donde el fútbol de potreros difíciles del Gran Buenos Aires lo formó para llegar primero al Argentinos Juniors y luego al Medellín, hasta que la rodilla lastimada lo subió al taxi. A ese Renault 12 que mantuvo siempre impecable y que, raro en un taxista, José conducía en medio de la ciudad sin cruzar insultos, igual que cuando jugaba al fútbol. Raro también en un futbolista. Me lo dice Pablo Ansón, preparador físico que acompañaba a José en el taxi cuando Pékerman se iniciaba en un cuerpo técnico. Era espía ayudante de Ricardo Trigili, viejo compañero suyo en Argentinos y que entonces dirigía al Estudiantes de Buenos Aires, en segunda división. “Trigili le decía ‘tenés que largar (dejar) el taxi’, pero él le respondía que no podía dejar su medio de vida, porque el fútbol era medio traicionero y a veces se cobraba tarde”. De Estudiantes el mismo cuerpo técnico fue a Chacarita y de Chacarita a Argentinos Juniors. Trigili debe irse a los pocos partidos y José, solidario, dice que él también se va. “Vos no te vas ¿Querés volver al taxi?”, lo detuvo Trigili. Y José, por suerte, le hizo caso. Su trabajo con los juveniles de Argentinos Juniors y también del Colo Colo en Chile impresionó en 1994 a Grondona, el presidente de la AFA. Los mundiales Sub-20 que ganó en Qatar 95, Malasia 97 y Argentina 2001 fueron inolvidables. Por títulos y juego. Y la renuncia de Marcelo Bielsa, a quien él mismo había propuesto para el cargo, lo llevó en 2004 a la selección mayor, hasta el Mundial 2006 y los penales malditos contra Alemania. En enero de 2010, Pékerman apareció en el velatorio de Trigili. Gustavo Trigili, hijo del DT fallecido, me cuenta que ese Mundial, inevitable, apareció en un momento más distendido del reencuentro. “Le dije que el error fue que hizo jugar a Riquelme todo el partido previo y Román le llegó fundido contra Alemania”. La cruz, está claro, amenaza ser eterna.

José dejó el taxi en 1982, después de que Argentinos le encargó la estructura y captación de jugadores. Sergio Batista, Fernando Redondo, Esteban Cambiasso, Juan Román Riquelme y tantos otros. Comenzó a concretar lo que ideaba mientras manejaba por la jungla y aprendía psicología intuitiva dialogando con los pasajeros. El taxi de entonces tal vez ni siquiera exista. A bordo, José proyectó equipos de sentido colectivo. Porque los deportes de equipo, la convivencia, el trabajo conjunto, pensaba José, hacen bien a la sociedad. Lo advirtió en sus últimas vacaciones, cuando por fin tuvo tiempo para conocer La Candelaria y Monserrate y luego Cartagena, Manizales y la Ruta del Café. Aún con visera y anteojos oscuros, quienes lo reconocían no hacían más que pedirle fotos y agradecerle la clasificación al Mundial. El 7 de mayo, día del nacimiento de Eva Perón, fundadora en 1950 de su sindicato, los taxistas argentinos recordarán su día. No creo que José esté al tanto de la celebración. Su cabeza está puesta en Brasil.

El coyote volvió mucho antes de lo esperado. Normalmente se tardaba más de 20 días, pero en esta ocasión apenas habían pasado cinco o seis días desde que había cruzado la frontera entre Guatemala y México. Por eso se extrañó Fernando, el motorista del coyote en El Salvador, cuando recibió la llamada de su jefe. Era agosto de 2010, y el coyote pedía a su motorista que lo recogiera en la frontera San Cristóbal, del lado salvadoreño. Venía solo, sin ninguno de los seis migrantes que se había llevado. El coyote -recordó Fernando cuando contó la historia a la Fiscalía- regresó nervioso, sin explicar lo sucedido, dando excusas a medias: “Me mordió un perro”, recuerda Fernando que le dijo el coyote. A los días, Fernando sabría que al coyote no lo mordió ningún perro en México. Lo mordió algo mucho más grande.

* * *

El miércoles 25 de agosto de 2010, los periódicos de El Salvador amanecieron con esta noticia en sus portadas: “Encuentran 72 cadáveres en un rancho en Tamaulipas”. Un muchacho ecuatoriano de 18 años había llegado la madrugada del día 23, cansado y herido de bala en el cuello, hasta un retén de la Marina mexicana. Había dicho que era sobreviviente de una masacre perpetrada por los amos y señores del crimen en ese Estado norteño de México, Los Zetas. Los marinos ubicaron el lugar y llegaron hasta un municipio llamado San Fernando y se internaron hasta un ejido llamado La Joya, en la periferia del corazón de ese lugar. Ahí, afuera de un galpón de cemento con apenas techo, encontraron a un comando armado. En medio de la nada, a la orilla de una callecita de tierra, se enfrentaron a balazos. Murieron tres pistoleros y un marino. Huyeron los demás pistoleros. Entraron los marinos y vieron lo que había dentro del galpón: recogidos contra la pared de cemento como un gusano de colores tristes, amontonados unos sobre otros, hinchados, deformados, amarrados, un montón de cuerpos. Masacrados.

Gracias al testimonio del ecuatoriano sobreviviente, un muchacho de nombre Luis Freddy Lala Pomadilla, al día siguiente los periódicos hablaron de migrantes masacrados. Poco a poco, día a día, la noticia se confirmó: 58 hombres y 14 mujeres migrantes de Centroamérica, Ecuador, Brasil y la India habían sido masacrados por un comando de Los Zetas.

* * *

Fernando —el motorista— asegura que el día que la noticia salió publicada en los periódicos de medio mundo, recibió una llamada del coyote.
—Me voy. Si viene la Policía, vos no me conocés —dijo el coyote.
—¿Por qué?
—¡Ah! Vos no sabés nada de mí.

* * *

Fernando es el nombre clave que durante el juicio contra seis salvadoreños acusados de integrar una banda de coyotes le dieron al testigo clave. Fernando conocía desde la infancia al coyote. Eran vecinos cuando Fernando quedó desempleado y accedió a trabajar como el motorista del coyote. Normalmente —relató en varias ocasiones Fernando ante un juez, ante las fiscales de la unidad de trata y tráfico de personas y ante agentes de la División Élite contra el Crimen Organizado (DECO)— sus funciones eran recoger al coyote, llevarlo a conversar con algunos de los potenciales migrantes, llevarlo a las reuniones con los demás miembros de la organización, llevarlo y traerlo a la frontera con Guatemala cuando iniciaba o regresaba de un viaje. Sus funciones, hasta aquel agosto de 2010, no incluían mantener la boca cerrada cuando la Policía apareciera.

En diciembre de 2010, la Policía apareció. Capturó a Fernando y también capturó a un hombre de 33 años llamado Érick Francisco Escobar. Según la Fiscalía, la Policía, Fernando y otros testigos, él es el coyote.

La detención se realizó cuatro meses después de la masacre en San Fernando porque fue hasta septiembre cuando Cancillería de El Salvador recibió el informe forense de México, donde se establecía que 13 de los asesinados en aquel galpón abandonado eran salvadoreños. Los investigadores policiales buscaron a los familiares de las víctimas y obtuvieron siete testimonios coincidentes. El coyote con el que habían negociado se llamaba Érick, y su número telefónico —que luego sería rastreado por la Policía— era el mismo. Uno de esos testigos, un hombre cuyo hijo fue masacrado a balazos por Los Zetas en aquella carnicería de Tamaulipas, fue el único de los siete que dijo poder reconocer a Érick. Y lo hizo. Durante el proceso señaló al que según él había sido el coyote que guio a su hijo a la muerte.

Fernando fue capturado en el mismo operativo en el que cayó Érick. Fernando era acusado de pertenecer a la red, pero tras unas semanas en el penal de San Vicente —donde era obligado a dormir sentado a la par de un inodoro—, el hombre decidió contar en una declaración jurada a las fiscales y a los investigadores de la DECO lo que sabía.

Tres meses después de las primeras capturas, la Policía detuvo a un hombre que había logrado mantenerse prófugo durante todo ese tiempo. La DECO detuvo en el municipio de Tecapán, Usulután, a un hombre corpulento, dirigente del equipo de fútbol de primera división Atlético Marte y dueño de buses de la ruta 46. Su nombre es Carlos Ernesto Teos Parada. Según las investigaciones fiscales y la declaración de Fernando, él era el jefe de la red de coyotes en la que Érick trabajaba.

Sabas López Sánchez, un muchacho de 20 años, y Karen Escobar Luna, de 28, eran también de Tecapán. Ambos terminaron formando parte de aquel gusano de colores tristes.

* * *

En su declaración ante las fiscales, Fernando dibujó un mapa con palabras. El mapa que Fernando dibujó permite imaginarse que los migrantes, al menos los seis que iban con Érick, pasaron sus últimos días colgados a un tren de carga como polizones.

Fernando describió dos rutas. Una de ellas empezaba en Chiapas, donde cientos de miles de migrantes ingresan cada año luego de mojarse las piernas cruzando el río Suchiate que hace de frontera con Guatemala. La ruta seguía por Veracruz, lo que hace pensar que los migrantes ya antes habían alternado entre caminatas por el monte y autobuses chiapanecos durante 280 kilómetros donde el tren no funciona, hasta llegar al municipio de Arriaga, montar la bestia de acero durante 11 horas bajo el inclemente sol agostino, hasta llegar al municipio de Ixtepec, ya en el Estado de Oaxaca, donde cambiaron de tren y se subieron a uno mucho más veloz, que va a unos 70 kilómetros por hora, y que tarda entre seis y ocho horas para llegar al Estado de Veracruz, al municipio de Medias Aguas, donde los trenes que vienen de Oaxaca y de Tabasco se juntan para viajar en una sola línea hasta las proximidades de Ciudad de México. Desde ahí escalaban hasta llegar a Ciudad Victoria, viajar a Reynosa e ir a Nuevo Laredo, Tamaulipas, para intentar ganarle al río Bravo, ganarle a la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos y entrar al vasto Estado de Texas.

Fernando había explicado que conocía a Érick como un hombre de vicios. Un bebedor y cocainómano. Le gustaba, como dijo el testigo, andar “de zumba”.

Tomar alcohol y consumir cocaína, en el mundo de los coyotes, es como tomar whisky en el de los jugadores de póquer. No tiene nada de particular. Y sería solo un rasgo identificativo, una curiosidad, de no ser porque en este caso pasó lo que pasó.

En una ocasión, contó Fernando a las fiscales, Carlos Teos y Érick se reunieron en Usulután junto con otros miembros del grupo. Eso ocurrió más o menos un mes antes de la masacre. Teos dio algunas instrucciones, habló de la ruta, habló de nuevos contactos y ordenó a uno de los presentes que sacara el dinero. Fernando observó armas de fuego. El hombre regresó con un rollo de billetes y le entregó a Érick 3,000 dólares, el dinero que cubría el viaje de algunos de los viajeros.

Los familiares de los seis salvadoreños que fueron acribillados por Los Zetas aseguran que el acuerdo con Érick era pagar entre 5,700 y 7,500 dólares por el viaje. Todos pagaron la mitad antes de la partida. La otra mitad se pagaría allá, en Estados Unidos, a la llegada que nunca ocurrió.

Fernando relató que tras aquella reunión, Érick le pidió dirigirse a San Salvador, y ahí al bulevar Constitución, y ahí a una callejuela que entra a una comunidad llamada La Granjita, dominada por una vieja pandilla llamada Mao Mao. Ese lugar es conocido comúnmente como La Pradera, porque a la entrada de la callejuela de tierra hay un motel con ese nombre. Érick quería comprar cocaína, y su motorista lo llevó. Ahí mismo en el carro, dijo Fernando, Érick se metió unos buenos “narizazos”.

Los narizazos serían un rasgo identificativo de un coyote. Una curiosidad, de no ser porque el relato de Fernando termina como termina.

* * *

Una de las muchachas que iba en el viaje con el coyote llamó durante el camino a una de sus familiares que luego se convirtió en denunciante del coyote. La muchacha, dice la versión fiscal, era optimista:

—Estoy en México y voy con la persona que me fue a traer. Estoy bien, dale saludos a todos, les aviso cuando esté en Estados Unidos.

El hijo del señor que luego señaló a Érick también llamó. También era optimista.

—¿Con quién vas? ¿Vas con Érick? —preguntó el papá.
—Sí, papá, aquí está con nosotros todavía, no se ha separado.

Aún no había pasado lo que pasó. Los pequeños detalles aún no habían terminado en un gusano de colores tristes.

* * *

El 11 de agosto, según reportes de Migración de El Salvador, con uno o dos minutos de diferencia, abandonaron el país por la frontera San Cristóbal sei migrantes que 13 días después serían masacrados en un galpón abandonado en Tamaulipas.

Fernando —el motorista— asegura que una noche antes habían sido concentrados en dos hoteles que están a unas cuadras de la terminal de autobuses que van hacia el occidente de El Salvador. Algunos migrantes estaban hospedados en el hotel Ipanema y otros en el hotel Pasadena. Se trata de hoteles de paso, que cobran unos 17 dólares por una habitación doble, estancia de camioneros, buseros, migrantes y coyotes.

Una de las fiscales del caso cuenta que durante la investigación consiguieron una orden de registro del hotel Pasadena. Entre los huéspedes encontraron a un niño de 10 años y a un joven de 18 que estaban a la espera de iniciar el viaje con sus coyotes: estos eran un hombre que había sido deportado de Estados Unidos recientemente y un policía supernumerario. Ambos fueron detenidos. Encontraron también a un guatemalteco de nombre José María Negrero Sermeño. La policía solicitó sus antecedentes por radio, y pronto les respondieron que tenía una orden de captura por el delito de tráfico de personas girada por un juez de Cojutepeque. Le decomisaron sus teléfonos y ahí encontraron números de agentes policiales, de migración, de la frontera, agendas donde precisaba nombres de delegados de migración de Guatemala y El Salvador, así como tarjetas de presentación de varios funcionarios. Cuando hicieron el análisis telefónico de las llamadas de ese hombre, encontraron que se comunicaba con Érick y Carlos Teos.

Los migrantes que serían masacrados subieron a un autobús internacional que iba hacia la capital guatemalteca, contó Fernando. Érick le entregó al motorista 120 dólares. Según Fernando eso correspondía a 20 dólares por migrante, y eran para que el conductor del autobús sobornara a algún policía que se percatara de que los migrantes iban siendo guiados. Érick, él y otro hombre —Carlos Arnoldo Ventura, que luego sería condenado a cuatro años de prisión por tráfico ilegal de personas— se fueron en carro hasta la frontera. Fernando recuerda que durante el camino, Érick fue conversando por teléfono con Carlos Teos sobre rutas y fechas.

En el expediente fiscal se consigna que Carlos Teos —que tiene visa de turista para entrar a Estados Unidos— salió de El Salvador hacia Estados Unidos casi una semana después de que lo hicieran los migrantes. Fernando aseguró que Teos era quien se encargaba de recibir a los migrantes en Estados Unidos, entregarlos a sus familiares y cobrar la segunda mitad por el viaje. En algunas ocasiones hay registro de salida de Teos, pero no de entrada al país. La hipótesis fiscal es que Teos regresaba cargado de dinero, y evadía controles para ingresar al país y no declarar. El análisis de las cuentas bancarias de Teos demuestra que es un hombre que puede pasar de tener cero dólares a tener casi 10,000 en menos de un mes; de tener 85,000 un mes y 94,000 tres días después.

Lo último que Fernando supo de Érick es que cruzó la frontera sin pasar por el registro, con la idea de abordar el autobús del lado guatemalteco y emprender el viaje con sus migrantes.

* * *

Tiempo después, Fernando recibiría la llamada de Érick. Una llamada que llegó muy pronto.

—Me voy. Si viene la Policía, vos no me conocés —dijo el coyote al regresar.

El coyote desapareció unas semanas. Cuando reapareció, dijo Fernando en su declaración jurada, que Érick le contó que un pequeño detalle, ese sutil rasgo característico de estos hombres de vida dura, cambiaría por completo esta historia.

Érick dijo que se había gastado un dinero que es sagrado en estos viajes. Érick se gastó en vicios la cuota que tenía que pagar a Los Zetas en Tamaulipas. Érick se gastó la cuota que un coyote debe pagar a esa mafia mexicana para que cada migrante pueda seguir migrando. Érick —relató Fernando— sabía que había tocado un dinero obligatorio, un dinero que no se negocia, y por eso abandonó a los seis salvadoreños que querían entrar a Estados Unidos.

* * *

Cuando una de las fiscales del caso cuenta que Carlos Teos y Érick fueron absueltos por un juez suplente del juzgado especializado de sentencia de San Salvador, se le corta la voz. Se le insinúa el llanto.

A pesar del testimonio de Fernando, del análisis de llamadas, del reconocimiento del padre de uno de los muchachos masacrados, a pesar de que con las mismas pruebas y el mismo testimonio de Fernando otro juez condenaría luego a otros dos miembros del grupo, este juez absolvió a Érick y a Carlos Teos.

—Fue un asombro, estábamos celebrando… Bueno, qué tristeza. Todos nos volteábamos a ver, nadie lo creía.

La Fiscalía ha puesto un recurso y espera que la Sala de lo Penal revierta el fallo y obligue a que otro juez juzgue el caso.

Mientras, lo único que queda de los familiares de las víctimas, es el testimonio que ya rindieron. Todos los familiares de los migrantes masacrados que declararon recibieron amenazas telefónicas. A todos les dijeron que los iban a desaparecer, a asesinar, relataron a las fiscales antes de largarse de sus casas hacia otro lugar.

* * *

Lo que pasó en aquel rancho es ya historia contada. Historia contada por un muchacho.

Luis Freddy Lala Pomadilla, de 18 años, se sentó en la ciudad ecuatoriana de Riobamba al mediodía del 14 de septiembre de 2010. Se sentó para contestar las preguntas que, vía video, le hacía un fiscal desde la Ciudad de México. Pomadilla es uno de los dos sobrevivientes. Él asegura que también sobrevivió otro muchacho, que era de noche y lo vio huir de entre los muertos, pero que luego escuchó alboroto, persecución, disparos.

El fiscal mexicano estaba más centrado en preguntar a Pomadilla por nombres y apodos. Le preguntó por El Coyote, El Degollado, Chabelo, El Kilo, Cabezón, le preguntó por El Gruñón, un “kaibil guatemalteco”, y por cinco salvadoreños, le preguntó si los reconocía como zetas. Pomadilla dijo que entre ellos no se hablaban, que por eso apenas recordaba a El Kilo —Martín Omar Estrada, que luego sería capturado y condenado como jefe de plaza de Los Zetas en San Fernando—. Pomadilla —que al igual que los seis migrantes salvadoreños fue abandonado por su coyote— recuerda que eran unos ocho zetas, todos armados, que se conducían en un pick up doble cabina blanco y en una todoterreno Trooper, los que detuvieron los tres camiones donde viajaban decenas de indocumentados en su intento por acercarse a la frontera. Recuerda que los llevaron hasta San Fernando y ahí los formaron contra el muro del galpón. Recuerda que uno de los zetas preguntó si entre esos hombres y mujeres había alguien que quería entrenarse para pertenecer a Los Zetas. Recuerda que solo un muchacho migrante levantó la mano y dijo que sí. “Pero igual lo mataron”. Lo mataron a él y a 71 personas más. Pomadilla, que sobrevivió porque lo dieron por muerto, recuerda que después, durante unos tres minutos, tronó un arma. Fue un concierto de balas de una sola arma que duró hasta acabar con la vida de 72 migrantes.

Los Zetas son una banda de cavernícolas. Tal como me dijo un coronel que formaba parte del contingente que mantenía un estado de sitio en Alta Verapaz, Guatemala, en 2011, para intentar echar a esa mafia, son tipos que primero disparan, torturan, asesinan y después preguntan si sus víctimas les harán caso.

Sin embargo, lo cavernícola no les quita lo mafiosos. En cada una de las actividades de esta banda a la que intento entender desde 2008 hay un solo interés: multiplicar el dinero. ¿Por qué secuestrar a 72 migrantes, llevarlos hasta una zona perdida de un municipio rural y masacrarlos? ¿Qué ganaron con eso?

La principal hipótesis divulgada por las autoridades mexicanas asegura que Los Zetas dispararon disgustados porque los migrantes no quisieron integrarse a la banda criminal. Una de las mujeres que eran guiadas por Érick y que murió en aquella masacre era una joven de 18 años del departamento de La Libertad. ¿Es ese el perfil de reclutas que Los Zetas buscan?

La historia de los seis migrantes salvadoreños que acabaron asesinados, que se supone pagaron por el pequeño detalle de que su coyote decidió consumir más cocaína y alcohol del que podía financiar, habla de otra lógica. El que no paga, no pasa. Migrar por México tiene tarifa, y la cobran Los Zetas.

Los coyotes o migrantes que quieran burlar ese peaje se enfrentarán a esos cavernícolas. ¿Qué manera más poderosa de demostrarlo que 72 cadáveres apiñados en un gusano de colores tristes

Todo parece adquirir lógica cuando se piensa que Los Zetas pretendían consolidar un mensaje entre los coyotes y los migrantes. Pero para dar eso por seguro, para entender cómo esa mafia cambió los códigos de un mundo de rudos coyotes hay que buscar a algunos de esos guías clandestinos.

Hay pocos lugares mejores que el departamento de Chalatenango, en El Salvador, para encontrar a algunos de los mejores coyotes.

* * *

En la mesa hay seis envases de cerveza vacíos y un plato de bocas variadas que el traficante de queso y cigarros picotea. Estamos en un restaurante y hotelito en las afueras de la ciudad cabecera de Chalatenango, que no es sino un pueblo con un banco y algunos restaurantes de comida rápida, pero pueblo al fin y al cabo. El traficante de queso, a quien conocí gracias a que un intermediario nos presentó, me asegura que el restaurante y hotel donde estamos es de uno de los más conocidos coyotes chalatecos. Sin embargo, el recelo con el que se nos acerca el hombre, atraído por saber quién soy y qué hago en su negocio, hace que el traficante de queso recule en sus intenciones de presentármelo.

Este hombre regordete se dedica a eso justamente, a traficar quesos y cigarros. Compra quesos a bajísimos precios en Nicaragua y trae cientos de marquetas de 100 libras escondidas en falsos contenedores de camiones, o se encarga de coordinar el paso de camiones con cigarros chinos o rusos que van en contenedores marchamados hasta Ocotepeque, Honduras. Deja que el camión cruce la frontera, quita el marchamo e ingresan por puntos ciegos de la frontera pick ups llenos con los cigarros que se venden a la mitad del precio que los demás en una tienda chalateca. En muchas de las tiendas de por aquí es más fácil encontrar cigarros Modern que Marlboro.

Como el plan A del traficante se ha caído, y como por alguna extraña razón está empecinado en no desilusionarme en mi búsqueda de un coyote, se quita la gorra de la cabeza, respira profundo, achina los ojos y dice:

—Bueeeeeno, si aquí si usted levanta una piedra encuentra un coyote, el problema es que los jóvenes, los nuevos, son más asustadizos y no querrán hablar con un periodista. Puede ser que nos mande al carajo, pero vamos a intentar con el mero mero. Yo a él le estoy muy agradecido, porque él me enseñó el oficio de traficar queso. Él es el coyote que les ha enseñado el trabajo a todos los demás. Es el primer coyote de Chalate.

Es viernes, me pide que le dé el fin de semana para hablar con el señor coyote.

* * *

El señor coyote es grande y recio como un roble. Nos recibe, amable, al traficante de queso y a mí en su casa de Chalatenango. Manda traer unas tilapias, pide que las cocinen, que pongan arroz, que traigan cervezas y que calienten tortillas.

El traficante de queso ha conseguido lo que más cuesta al principio: convencer a una persona de que a cambio de historias y explicaciones, de que a cambio de su testimonio, uno como periodista guardará su identidad. El señor coyote me cree. Por eso la conversación inicia sin tapujos en esta tarde de octubre de 2013.

El señor coyote tiene ahora 60 años. Empezó en el negocio de llevar gente a Estados Unidos en 1979. En su primer intento por llegar como indocumentado a Estados Unidos, había pagado 600 colones —que al cambio de la época eran unos 240 dólares— a un coyote guatemalteco. El viaje fracasó cuando fueron detenidos en Tijuana. Durante su estancia en diferentes centros de detención conoció a otro coyote guatemalteco. El señor coyote, que entonces era un muchacho veinteañero, se ofreció a conseguirle migrantes en El Salvador. En aquel momento, recuerda el señor coyote, su oficio no era perseguido. Ningún policía detenía a alguien por ser coyote, y mucho menos lo juzgaban, como le ocurrió a Érick, en un juzgado especializado de crimen organizado. Tan a sus anchas se sentía que para promocionar sus servicios el señor coyote abrió una oficina en Cuscatancingo y publicaba anuncios en las páginas de publicidad de los periódicos en los que decía: “Viajes seguros a Estados Unidos”, e incluía el teléfono de su agencia. Luego de unos pocos meses, cuando ya había aprendido del guatemalteco lo que necesitaba aprender, el señor coyote se independizó. La gente llamaba a su agencia y preguntaba cuánto caminarían. El señor coyote explicaba que México lo cruzarían en bus, y que el cruce lo harían por Mexicali, San Luis Río Colorado o Algodones, y que no caminarían más de una hora. Así ocurría. Cuando el señor coyote juntaba a 15 o 20 personas, emprendía el viaje. Lo más que llegó a llevar fueron 35 personas. Cruzar México, recuerda el señor coyote, podía ser incluso un viaje placentero. “La gente no se bajaba del bus más que para orinar”, recuerda. En las casetas de revisión migratoria de la carretera ya todo estaba arreglado y apenas había que dejar unos dólares a los agentes de cada caseta.

A mediados de los ochenta, luego de que la Guardia Nacional cateara su oficina pensando que se trataba de una célula guerrillera, debido al intenso movimiento de gente, el señor coyote decidió retirarse algunos años, y alternó con estancias largas en Estados Unidos y trabajos esporádicos con grupos pequeños de migrantes.

En 2004 el señor coyote volvió de lleno a las andadas. Las cosas eran más difíciles, y aun empeorarían.

—Las cosas habían cambiado. En México había mayor seguridad, aquí ya era delito ser un coyote. Entonces la cuota de los coyotes era de 6,000 dólares por persona a donde quiera que fuera en los Estados Unidos. Pocas cosas eran como antes.

Los coyotes viajeros, los que hacían de lazarillos durante toda la travesía por México, eran contados.

—Ya entonces la cosa era más de coordinación, y así sigue siendo. Uno se encarga de poner la gente en la frontera de Guatemala con México, de ahí está el que lo levanta hasta el Distrito Federal, que es un mexicano. A él se le paga entre 1,200 y 1,300 dólares por persona. En el D.F. los agarra otra persona hasta la frontera con Estados Unidos. Ese cobra unos 800, y hay que darle unos 100 más por la estadía en la frontera y la comida del pollo. Uno estipula que de aquí a la frontera con Estados Unidos va a invertir unos 2,500. De ahí para arriba, a Houston, por ejemplo, la gente que los mete estaba cobrando 2,000. En Houston tiene que pagar uno a todos los que han pasado. Hoy cobran 2,500 dólares por la tirada. Ahí los tienen detenidos. Son casas de seguridad. Desde aquí mando el dinero por transferencia y van liberando a las personas. Cobraban 500 dólares por las camionetas que los llevaban hasta la casa donde iban. Hoy cobran 700. Por persona te quedan unos 1,000 o 1,500 dólares de ganancia.

Hay, como bien dice el señor coyote, maneras de abaratar los costos en México, pero eso implica métodos que para el señor coyote son “inhumanos”. Por ejemplo, meter a 120 migrantes en un furgón que va marchamado hasta la frontera. El marchamo se compra si se tienen los contactos adecuados en la aduana mexicana, y el reporte puede decir que adentro del furgón van frutas, cuando lo que en realidad van son decenas de personas sofocadas por el calor y el poco oxígeno, sin desodorante ni perfume, sin relojes ni celulares ni nada que timbre y los pueda delatar. Hay coyotes que por ahorrarse unos cientos de dólares embuten a la gente bajo un fondo falso de un camión bananero y los obligan a ir acostados durante más de 20 horas hasta la Ciudad de México. El señor coyote siempre pensó que eso es inhumano.

El señor coyote dice que la cuota, en los últimos cinco años, ha aumentado, y que nadie que se precie de ser buen coyote llevará a un migrante a Estados Unidos por menos de 7,000 dólares.

—Los riesgos son más ahora —dice el señor coyote y, con su dedo índice, dibuja en el aire una Z.
—¿Cuándo empezó usted a pagar a Los Zetas? —le pregunto.
—En 2005 se empezó a trabajar con Los Zetas, pero era mínimo, no era obligatorio. Tener un contacto de Los Zetas era una garantía, uno los buscaba. A través del coyote mexicano se armaba todo, igual que como se trabajaba con la policía. Después, ya ahí por 2007 empezaron a apretar al indocumentado directamente. No les importaba de quién era la gente. Se empezó cobrando 100 dólares por persona, eso se pagaba. Ahora lleva dos años lo más duro de estos jodidos.

Los Zetas, que surgieron hace 15 años como el brazo armado del Cártel del Golfo, se escindieron de esa organización allá por el año 2007. Quizá la cuota antes era un extra a su salario, y después se convirtió en un rubro de la organización.

—100 por migrante, ¿ese es el cobro de Los Zetas por dejarlos cruzar México? —continúo.
—Hoy la han subido a 200 dólares. En el precio (al migrante) se incluye la cuota para Los Zetas. El riesgo es mayor, por eso aumentó la cuota, el pollero ya no se quiere arriesgar por 1,000 dólares de ganancia.
—¿Usted se entiende con Los Zetas?
—Uno le deposita a los mexicanos, al mismo contacto coyote, y él se encarga. Yo no conozco a nadie de Los Zetas. Si alguien de aquí le dice que los conoce, es un bocón. Ese contacto mexicano tal vez está pagando 100 y a mí me cobra 200. Puede estar pasando. Pero hay que pagar.
—¿O?
—Bueno, eso pasó con la matanza en Tamaulipas, les debían, y a estos no les importó de quiénes eran esas personas. Ese fue un mensaje: a alguien se le olvidó pagar, entonces esto es lo que va a pasar. Y al que le toca responder es al coyote que de aquí salió. Nadie recoge gente para mandarla a morir, uno lo que quiere es ganar dinero y credibilidad.
—Pero hay coyotes que siguen viajando ellos con su gente por México.
—Un buen coyote que viaje él no existe, ni uno. Nadie se arriesga. Quizá para ir a dejarlos a Ciudad Hidalgo (frontera mexicana con Guatemala). Todo se hace pedazo por pedazo, uno coordina. Bueno, están los locos del tren. Los que van en tren cobran unos 4,000 o 5,000 dólares. Esos son polleritos que agarran dos, tres personas, o gente que en realidad lo que quiere es irse y ya antes viajó y conoce un poco el viaje en tren, y recoge dos o tres personas y con eso se van. Ahí es donde caen los secuestros. Si usted paga 200 dólares constante por persona, no lo molestan, pero si voy por mi propia cuenta… entonces… bueno. Ahí se enojan Los Zetas: “Este va a pasar y no va a dejar nada”, entonces aprietan y ponen cantidades de hasta 5,000 dólares por cabeza. Si usted trabaja con los contactos que conozcan a Los Zetas, tiene garantizado el cruce de México, ya no tiene problema. Si ellos son un grupo con muy buena coordinación con militares y policías. Incluso si lo detiene una patrulla y averiguan si ya pagó a Los Zetas, y usted ha pagado, lo sueltan de inmediato. Si descubren que no tiene contacto con Los Zetas, entonces está apretado, usted no va a ir a la cárcel, se lo van a llevar a ellos, lo van a entregar. Por eso desaparece la gente. México no es problema si uno tiene el contacto con Los Zetas. Si no…

Nos despedimos del señor coyote cuando Chalatenango se oscurece. Nos despedimos con ese “si no” y esos puntos suspensivos en la cabeza. Los puntos suspensivos, en el caso de los seis migrantes que salieron con Érick fueron una ráfaga de balas en un galpón abandonado. Los puntos suspensivos de otros pueden ser mucho más terribles. Si tienes contacto con Los Zetas, no hay problema. Si no…

* * *

A veces, a Bertila se le olvida lo que está hablando. Come poco. A sus sesenta y pocos años, Bertila llegó a pesar 100 libras. Desde que el 27 de marzo de 2011 su hijo Charli desapareció cuando viajaba desde San Luis Potosí hasta Reynosa, en el norte mexicano, acercándose a Estados Unidos, Bertila come poco y duerme mal. Sueña. Sueña que Charli no está muerto, que vuelve a casa y que ella le dice: “Pensé que algo te había pasado”. Y él contesta: “¿A mí? A mí no me ha pasado nada”. Eso sueña.

Harto de ganar cuatro dólares al día en una maquila, empujado por el cercano nacimiento de su primera hija y alentado porque el coyote del cantón le había prometido llevarlo y cobrarle hasta que él reuniera dinero en Estados Unidos, Charli decidió dejar su casa en Izalco y migrar. Se fue con el coyote y con otros cuatro migrantes.

Estoy sentado en un solar de un cantón de Izalco con Bertila, la madre de Charli, y esto es lo que, con todas las dificultades que opone el dolor, me cuenta. Charli, el coyote y los migrantes se fueron un lunes dispuestos a alternar entre buses y trenes. El viernes, el coyote estaba de vuelta con los migrantes y sin Charli. Agentes migratorios los habían detenido en Oaxaca, sur de México. Los bajaron a todos, menos a Charli. Los deportaron. Charli continuó su camino.

Llegó hasta San Luis Potosí, ya en el norte, y se quedó cuatro días en casa de unos parientes lejanos que por cuestiones del azar se habían establecido en esa ciudad. Desde ahí, se comunicó por última vez no con Bertila, sino con Jorge, su hermano, que trabaja como obrero en Oklahoma. Jorge me dijo por teléfono que Charli tenía dudas. Para este momento, el coyote de su cantón ya había vuelto a salir con los cuatro migrantes en el segundo intento. Charli —recuerda Jorge— le había explicado al coyote sus ganas de seguir hacia Reynosa, de acercarse a la frontera y desde ahí conseguir un coyote que lo brincara al otro lado. Incluso Jorge intentó contactar a la coyota que lo había cruzado a él hacía unos años. Ella trabajaba pasando gente por la garita formal, con papeles de otras personas, o por el río Bravo. La diferencia era de 500 dólares: 2,500 una opción y 2,000 la otra. Charli no quería esperar más. Sin embargo, le contó a su hermano que el coyote de su cantón le había dicho que no se moviera, que él pasaría, que el camino estaba lleno de zetas, que lo detectarían, que andaban a la caza de los que no pagaban a un coyote que a su vez les pagara a ellos.

Jorge tenía alguna idea de que la situación era un camino de obstáculos. Hacía apenas unos meses, había llegado a Estados Unidos un primo de él, que le contó que estaba ahí de milagro: “Me dijo que al coyote que no se alía con Los Zetas le quitan a la gente y lo matan, y que andan buscando como locos a los coyotes que no pagan. Mi primo me contó que él iba con uno de esos coyotes, y cuando se dio cuenta de que lo andaban buscando Los Zetas se zafó y consiguió escaparse”.

Sin embargo, la espera es infernal cuando México se convierte en un limbo, en una escala interminable.

Charli decidió abordar el autobús hacia Reynosa.

* * *

El 6 de abril de 2011, las autoridades del Estado de Tamaulipas anunciaron el hallazgo de ocho fosas clandestinas en un ejido llamado La Joya, en San Fernando, en el mismo lugar donde Los Zetas habían masacrado el año anterior a 72 migrantes en un galpón derruido. Adentro de las fosas encontraron 59 cuerpos putrefactos, algunos con los cráneos destruidos.

Al principio, las autoridades del Estado intentaron minimizar la situación poniéndole etiquetas a los muertos: dijeron que eran “miembros de organizaciones criminales transnacionales, secuestrados y víctimas de violencia en la carretera”.

Los muertos no dejaron de salir de la tierra.

Las fosas siguieron apareciendo. Para el 8 de abril, luego de abrir 17 fosas, los cuerpos eran ocho; el 15 de abril, de 36 fosas habían sacado 145 cadáveres; el 29 de ese mismo mes, el gobernador de Tamaulipas anunció que habían encontrado un total de 196 personas asesinadas.

Luego se sabría que algo podía haberse intuido, algo podía haberse prevenido en un municipio que apenas un año antes había sido regado con la sangre de 72 migrantes. Y no solo eso: la organización estadounidense National Security Archive, con base en la ley de acceso de información de aquel país, logró desclasificar una serie de cables que eran enviados desde las representaciones estadounidenses en México a Washington, D.C. Las comunicaciones fueron enviadas principalmente desde el consulado de Matamoros, la ciudad fronteriza más cercana a San Fernando.

Los cables desclasificados daban cuenta de que entre el 19 y 24 de marzo de ese año, casi un mes antes de que se descubrieran todas esas fosas repletas de muertos, varios autobuses habían sido detenidos y sus pasajeros secuestrados en la ruta que iba hacia Reynosa.

Esa era la ruta que, pese a la insistencia de su coyote, Charli decidió tomar. Esa es la ruta que miles de migrantes de todo el mundo toman para dirigirse a la última prueba de su viaje: la frontera con Estados Unidos.

Esos secuestros no eran casuales, sino que durante todo marzo aquello fue una modalidad. Los autobuses eran detenidos cuando se conducían por la carretera federal 97 rumbo a Reynosa, una carretera de cuatro carriles rodeada por extensas planicies deshabitadas. Los pasajeros, migrantes mexicanos y centroamericanos en su mayoría, eran sacados de la carretera e internados en calles secundarias de los alrededores de San Fernando.

Aún no hay un consolidado. La comisión interdisciplinaria que intenta esclarecer la identidad de todos esos cadáveres aún trabaja, pero decenas de los cuerpos han sido identificados como migrantes mexicanos y centroamericanos, gracias a que muchas madres de migrantes desaparecidos acudieron a dejar muestras de sangre para los exámenes de ADN.

Una de esas madres fue Bertila. Uno de esos cadáveres fue Charli.

* * *

Bertila —sentada a una de las mesas de la pupusería que ha montado en el patio de su casa en un cantón de Izalco— tiene un pie en esta realidad y otro en sus pensamientos. La mirada a veces se le pierde, y ella parece olvidar que conversamos. Da la impresión de que imagina una situación, de que en su mente se proyecta una película. Y esa película, invariablemente, es triste. Esa escena con la que sueña es la de unos funcionarios devolviéndole un féretro o una caja o lo que sea —no le importa el envoltorio— con los huesos de Charli.

En diciembre de 2012, casi dos años después de que su hijo fuera secuestrado y asesinado por Los Zetas mientras viajaba en autobús, Bertila recibió de parte de la Procuraduría General de la República de México la confirmación de que el cuerpo de la fila 11, del lote 314, de la manzana 16 del Panteón Municipal de la Cruz en Ciudad Victoria, Tamaulipas, era su hijo Charli.

Describir el sufrimiento de quien ha sido madre de un desaparecido, de quien es madre de un asesinado, de quien no tiene ni siquiera unos huesos que enterrar —porque hoy, casi tres años después de la barbarie, Bertila no ha recibido los huesos de Charli— es un reto demasiado peligroso. ¿Qué adjetivo describe lo que Bertila siente? ¿Qué adjetivo le atina a ese dolor? Lo único que se me ocurre escribir es que Bertila no vive del todo en este mundo, que en su mente pasa una y otra vez una película triste y ella la ve y desconecta de este mundo. Lo que se me ocurre es escribir sus palabras:

—A mí, a veces, se me olvida lo que estoy hablando… a veces, cuando me preguntaban si sabía algo de Charli, yo sentía como si me estaban golpeando… como por dentro… yo caí, durante mucho tiempo caí… yo solo me tiré a la cama de él y estuve ahí. Han pasado dos años, siete meses, diez días. Los huesos… pues habría un poco de paz. Aunque quizás nunca podría yo tener la completa paz. Pero eso llenaría un poco mi vida, porque a veces me aterra. Cuando llueve fuerte me imagino yo que los huesos se pueden ir en una correntada y nunca encontrarlos. Eso me tiene… cada vez que oigo que en México hay un ciclón, que hay una tormenta, una onda tropical, yo pienso en eso. Es una angustia grande cuando veo que todos van a poner flores o le traen a sus seres queridos… yo no puedo recibir el mío.

* * *

De nuevo, resurge la pregunta. ¿Por qué secuestrar a Charli y a otros como él? ¿Por qué gastar gasolina, hombres, arriesgarse a ser detectado, solo para detener a un autobús con migrantes en una carretera? ¿Por qué tomarse la molestia de trasladarlos hasta diferentes ejidos de San Fernando? ¿Por qué asesinarlos con tal brutalidad? —porque la mayoría de cadáveres de las fosas no tenían ningún orificio de bala, habían muerto a golpes, con objetos contundentes, cortopunzantes, palos, machetes—. ¿Por qué la carnicería?

¿Por qué le pasó esto a Charli? ¿Por qué le pasó aquello a los seis migrantes que viajaban con Érick? ¿Por qué le pasó a 72 personas en 2010? ¿Por qué le pasó a 196 personas en 2011?

Supongo que el señor coyote de Chalatenango ya contestó. De cualquier manera, volveré a preguntarle.

* * *

Habíamos quedado en el mismo lugar, en el patio de su casa en Chalatenango, pero a última hora, el señor coyote cambia el plan. Me dice que está trabajando en una de sus fincas, que nos encontremos en la carretera, adelante de la Cuarta Brigada de Infantería. Que deje las luces intermitentes, me haga a un lado de la carretera y que él pasará pitando a mi lado.

Llega. Uno de sus trabajadores maneja. El señor coyote está borracho.

En teoría iríamos a una finca, pero cuando lo sigo me lleva hasta su casa. Nos sentamos en el mismo lugar que la vez anterior. Es difícil iniciar la conversación, porque quiere hablar de otros temas. Concedo. Durante un rato, hablamos de caballos de paso, discernimos si el appaloosa es mejor que el morgan; si el caballo de paso español está por encima del caballo de paso peruano.

Uno de sus hombres trae cervezas.

Ya hace una hora que hablamos de cosas de las que no he venido a hablar. Es un callejón sin salida. Yo pregunto y él contesta hablando de lo que le da la gana.

Finalmente, cuando entiendo que la conversación debe terminar, que él está cansado y los ojos se le cierran del sueño, de la borrachera, digo alzando la voz:

—No entiendo estas masacres y muertes y locura de Los Zetas…

Él, que quizá también entiende que la conversación debe terminar, responde alzando su voz.

—Está claro que ellos ya lanzaron el mensaje de lo que va a pasar al que no pague. Son mensajes. Yo le recomiendo a la gente que se entere antes de viajar. ¿Su coyote paga o no paga cuota a Los Zetas? Si no paga, que Dios lo proteja.

Se creía Supermán hasta que una caída le recordó que era humano. Ocurrió en septiembre de 2009 durante una presentación en Cali. Israel Gasca se trepó al filo del cañón mientras era elevado lentamente a una altura de once metros. Estaba seguro, levantaba las manos como si estuviera celebrando una victoria anticipada. El público aplaudía sin dejar de ver como su figura se empequeñecía a medida que aumentaba la altura. “Todo tiene que ser exacto. Mi limétricamente medido. Volará a una distancia de 25 metros antes de llegar a la red” anunciaba el locutor del circo desde abajo. El hombre bala se metió en la boca el cañón, estiró el cuerpo, pensaba terminar la función para ir a jugar bolos con Tuti-Fruti, el payaso del circo. El hombre del micrófono empezó el conteo regresivo y los 2,000 espectadores coreaban los números. ¡5, 4, 3, 2, 1! un estruendo de pólvora estalló y como un proyectil salió Israel. A los ocho metros de distancia el cuerpo disminuyó la velocidad y, como un cuerpo que cae de un edificio, cayó fuera de la red. Los espectadores se pararon de sus sillas. Sonaron gritos de histeria, llantos de niños, y los paramédicos entraron con una camilla para sacar al accidentado.

Tuti-Fruti estaba detrás del escenario hablando con una señorita que acababa de conocer. Cuando escuchó que no sonaban los aplausos acostumbrados sino una gritería, creyó que había sido la última presentación de su mejor amigo. Se metió en el tráiler para que los asistentes no vieran las lágrimas de un payaso y se desmaquilló el rostro. No fue capaz de salir al escenario para distraer a los asustados asistentes.

El hospital de trajes blancos de enfermeras y médicos ese día se llenó de color. Trapecistas con el rostro escarchado y acróbatas vestidos de lentejuelas esperaban sentados en la recepción la noticia de la muerte de su compañero. El médico se acercó a los familiares del Hombre Bala y con voz de pésame les dijo que quizá sería su última noche de vida.

De camino a la clínica el cuerpo se estaba desangrando y entró en estado de coma. El diagnóstico: riñón y bazo reventados, fractura de la pelvis y el brazo derecho, destrucción de los huesos del brazo izquierdo y ruptura del omoplato.

Pasaron diez días de inconsciencia. Cuando despertó estaba conectado a toda clase de aparatos. No recordaba nada. Al lado estaba su madre, su novia y su abuela que le contaron lo ocurrido. No lo podía creer. Al prender el televisor se vio a sí mismo en las noticias locales flotando en el aire y luego caer como un muñeco. Ver ese video le dolió más que el día del accidente. Jennifer, la novia, le preguntó si él quería seguir cometiendo esa locura. El Hombre Bala cerró los ojos, pensó, no podía hablar porque tenía tubos en la boca, para responder asintió con la cabeza afirmando que sí quería repetir la hazaña.

Israel, antes de ser el hombre temerario que es hoy, era un niño con un “bulto de sal a cuestas” como le decían sus amigos de infancia. Las correrías y los juegos terminaban para él en algún hospital o envuelto en vendajes caseros. Se fracturó casi todas las extremidades. En la adolescencia fue apodado “9-11” –número que recuerda el episodio de las Torres Gemelas–. Sus familiares decían que no pintaba para ser acróbata. Parecía haber nacido en el lugar equivocado, pues venía de una estirpe de cirqueros creada en 1938.

Nació en Ciudad de México y fue criado como un gitano que andaba de ciudad en ciudad acompañando a sus padres en las rutinas circenses. Pasaron los primeros años y “El bulto de sal”, el “9-11”, el niño que se caía con mirar el suelo, se opuso a la mala suerte y le dijo a su madre que quería participar en las rutinas, pero no como payaso sino haciendo acrobacias. Poco a poco fue aprendiendo a cruzar la cuerda floja, a pararse sobre los caballos y a participar en el Círculo de la Muerte en el que tres motos giran en una esfera de cinco metros de diámetro. La mayor parte de su vida vivió en Norteamérica y hace una década está radicado en Colombia en donde trabaja en los circos de su familia.

A los 22 años vio por primera vez un cañón que podía tocar y en el que podía introducir su cuerpo. Antes solo los veía en la televisión y añoraba convertirse en esos hombres que cumplen el sueño de toda la humanidad: volar, aunque sea por tres segundos. Dos acróbatas norteamericanos y un ingeniero mexicano vinieron de Estados Unidos a Colombia con el cañón. Antes del primer lanzamiento la máquina fue probada con bultos de arena que a veces se estrellaban contra el suelo y otras veces caían sobre la red. Los dos norteamericanos traídos especialmente para el espectáculo se negaron a última hora por miedo a caer como uno de los bultos.

Con el cañón comprado y los acróbatas retirados, Israel encontró la oportunidad de lanzarse. Nunca sintió miedo a pesar de las historias de hombres que por volar hoy no pueden ni caminar, y de los que han perecido en el acto por una falla mecánica o una mala puntería. No le importó nada de eso y se metió en el cañón. Faltando dos segundos para el despegue tensionó el cuerpo, aguantó la respiración, puso recta la cabeza. Si no hay tensión en el cuerpo las piernas pueden subir más rápido que la cintura y causar una fractura, si no se aguanta la respiración se pueden maltratar los órganos por el impacto y si la cabeza no está rígida puede golpearse contra el cilindro. ¡Pum! Como un proyectil salió a una velocidad de 80 kilómetros por hora.

Son pocas las personas en el mundo que se han arriesgado a ser disparadas como proyectiles desde que se inició este oficio en 1875 cuando un científico canadiense conocido como Farini, inventó el dispositivo para lanzar humanos. En la actualidad solo existen cinco hombres bala. La mayoría se retiran a los tres años de ejercicio con dolor en la cintura, en la columna y en las articulaciones, condenados a una vejez prematura por el desajuste corporal. Israel sabe que si a los 40 años no ha muerto o no está en una silla de ruedas, va a tener el cuerpo maltrecho y cansado como el de un anciano.

Año y medio después del accidente, el Circo Grande de México en su gira por Medellín se prepara para la función de las 3:00 pm. Los espectadores comienzan a entrar en horda para ocupar las mejores sillas. Quieren ver al payaso, los caballos, el domador, el hombre que se trepa en las telas, pero ante todo vienen a ver a la bala humana.

Mientras salen a escena los percherones, los mandriles y el payaso, Israel se dirige a su tráiler y descuelga un traje azul acolchado con parches negros. Tiene siete trajes en total, la mayoría son mandados a hacer en Colombia por 500 dólares. Otros son comprados en Estados Unidos a diseñadores de ropa deportiva que cobran por cada prenda 1,000 dólares o más. El Hombre bala se viste, empolva el rostro, se aplica rubor en las mejillas y delinea sus los ojos. Es hora de la función.

Las luces de la carpa se encienden. El locutor anuncia la aparición del magnífico, el suicida, el que vio a la muerte de frente y no tuvo miedo, “Señoras señores, ¡el Hombre Bala!”. Después de 4,000 presentaciones y un accidente aún sale sonriendo, levantando las manos y gritando. La gente lo mira, las mujeres lo miran más, y los niños creen ver a un héroe de carne y hueso. Como en las 4,000 veces anteriores empieza el conteo seguido de un estallido de pólvora. Sale disparado, extiende los brazos y vuela; vuela por tres segundos cortando el aire y luego, aprovechando los últimos instantes antes de caer a la red, hace una voltereta. Israel dice que todas las veces son únicas y nunca se cansa de eso. Sabe que cada vez que se lanza está retando a la vida, pero esos segundos de libertad que tiene en el aire son los que lo llenan de felicidad. Su sueño, aunque sea trágico, caer fuera de la red y no volver a respirar, morir como desean morir todos los artistas de su familia, dentro de una carpa de circo.

Sí, pero él de chico había querido ser cura”.
Emilia

Miguel murió a manos del novio de su hija en una siesta de mayo. Los vínculos familiares indican que el asesino es algo así como su primo. El crimen ocurrió en un barrio de Córdoba. Un lugar donde todos están unidos por algún tipo de parentesco, donde todo tiene un sentido si se quiere encontrarlo.

El lugar se ubica en la zona oeste de la ciudad. Aunque la Policía lo considera un sector único, una villa, en realidad el lugar contiene tres asentamientos diferentes cuyos vecinos están enfrentados entre sí. Villa Santa, Monte Negro y un grupo de casas de plan, rodeadas por un alambrado al que medio en broma se lo llama El Barrio Cerrado.

En ese territorio de no más de siete manzanas conviven unas cuatro mil quinientas personas. En los últimos tiempos la zona tiene una presencia estable en las páginas de policiales de los diarios. La muerte de Miguel, a quien en el barrio todos conocían como el “Gorila” Miguel, es quizá el hecho más relevante de los últimos tiempos y el que mejor revela los secretos que se esconden tras los muros de ese mundo precario.

Madre

El chico ingresa a la casa nervioso, acelerado, preocupado. No le gusta que su madre esté acompañada. No le gusta la compañía. Se dirige a ella.

—¿Tenés algo?
—No, nada. Queda un poquito nomás.

Contesta Maru.

—Una camioneta roja está dando vueltas. Si pateo la puerta arreglá todo.

Tiene unos diecisiete años y está vestido con el buzo de un conocido club de Córdoba que supo de tiempos mejores. Se pierde por la puerta de chapa que da al patio.

La camioneta puede ser de la Policía. La casa está ubicada en los márgenes del barrio. El olor de las aguas servidas se cuela por la ventana anulando los esfuerzos del sahumerio.

A cada rato alguien golpea para comprar droga. Adentro están Maru y una de sus hijas, Emilia. Emilia parece Florencia de la V. Tiene tetas enormes. Hechas o, quizá, infladas.

La mujer mayor es la madre de Miguel, el muertito. Llora. Dice que se va a vengar. Quiere vengarse de los que mataron a su hijo. No quiere saber nada con eso que en Tribunales llaman Justicia.

—La Justicia se llama dinero, se llama poder.

Afirma ella, que estuvo dos años presa por tener diecisiete porros encima.

Tuvo a Miguel antes de cumplir dieciocho, hace treinta y dos. En el año 1976 llegó con su hijo al barrio que está del otro lado de la villa. En esa época le ayudó una mujer llamada Mabel que con el tiempo se convirtió en algo así como su madre adoptiva.

La madre de Miguel formó pareja con otro hombre (viudo y con dos hijos) que le dio a Miguel un apellido —Andrada— y a ella muchos hijos; algunos propios, otros ajenos. Miguel siempre se llamó Roberto, pero desde chico le dijeron Miguel. Miguel y santiagueño.

—Le decían así porque sí. Viste que en el barrio a todo el mundo se le llama así. Tucumano, Santiagueño, Cordobés… Porteño.

Miguel estudió para recibirse de Técnico en Motores Diesel.

—Sí, pero él de chico había querido ser cura.

Acota Emilia.

—Claro. Por eso cuando estuvo preso se convirtió en pastor. Empezó a robar cuando le quedaba una materia para recibirse. Tenía diecisiete años.

Maru llora. Habla de su hijo como si se tratara de un ángel. No lo puede creer muerto. De alguna manera saberlo muerto la mata a ella. Todavía hoy cree que puede entrar caminando por la puerta para saludarla. Para decirle como le dijo aquella vez tomándose el corazón. La mañana del día en que lo mataron.

—Vieja, a vos y al club, los llevo acá.
—Me dejó un vacío que no se va a llenar. No tengo consuelo.

Mujer.

Virginia tiene treinta y cinco años, pero parece de cincuenta. Se puso de novia con Miguel cuando él tenía diecisiete y tuvieron que esperar hasta que ella fuera mayor para que los dejaran casarse. En realidad lo que pasaba es que, siendo menor, Miguel estaba preso. Mónica habita la casa de bloques en la que antes vivieron juntos. En el corazón de Monte Negro.

—Si no fuera por este embrollo la vida sería realmente muy difícil.

El embrollo es la venta de droga al menudeo. La explicación viene al caso porque cada tres minutos llega algún chico en moto a comprarle droga.

Con el Santiagueño Miguel tuvieron varios hijos. De los catorce años que estuvieron casados él pasó casi diez preso por dos asaltos. En su prontuario figuran un homicidio y unos cuantos hechos violentos. En la etapa más tranquila de su vida, cuando sólo se dedicaba a vender droga y había dejado de robar, se encontró con la muerte.

Todo comenzó unas semanas antes. Las hijas mujeres más grandes de Miguel (de trece y dieciséis años) habían ido a bailar al Estadio del Centro y aunque ya era de mañana, sólo la más grande había regresado. La menor se fue con un chico de veinte, Melena, que también vive en Monte Negro. La madre salió a buscarla y la trajo a las patadas.

—Estaba en una situación que no se corresponde con una chica de trece.

Explica Virginia sin demasiados argumentos.

Al saber lo que había pasado, Miguel prometió venganza contra el pretendiente. Le mandó a decir al chico que desapareciera del barrio y que ni se acercase a su hija. Así se encendió la llama que terminaría en el crimen.

El día que lo mataron, Miguel iba a ver un partido a bordo de su Peugeot 305 plateado. En el camino se cruzó con el chico de veinte que noviaba con su hija de trece. Miguel lo encaró, lo golpeó y le dijo que no quería verlo. El chico se fue pero a los pocos minutos volvió acompañado por un hermano y con una pistola calibre 32.

Miguel le dijo que tirara y el chico tiró.

Tras el entierro Virginia fue a visitar a los padres de los asesinos de su marido para decirles que estaba todo bien y que no quería tener problemas.

—Tengo que cuidar a mis hijos, el más chico tiene ocho años y está porfiado con que va a vengar la muerte de su padre.

Otra mujer.

—Los hijos de puta de tus sobrinos lo mataron al Miguel.
—Ta bien si era un verdugo ese culiado…
—Pendejos culiados, son tu sangre, son una bosta igual que vos.

Así recuerda Laura cómo increpó a su marido, el gringo Alfred, jefe de la barra brava del club del que todos son hinchas, cuando éste llegó de la cancha el día de la muerte y se enteró de lo que había pasado.

—¿Por qué no fui al velorio? Por esa hija de puta de la Maru. Nunca se lo voy a perdonar. Estuve a punto de ir, pero si ella saltaba la iba a cagar matando.

Laura es hija de Mabel, la mujer que recibió y adoptó a Maru y a su hijo Miguel cuando llegaron al barrio, en 1976. Aunque Laura profesa amor por Miguel no parece tener ninguna simpatía por Maru, la madre del muerto.

No fue al velorio porque temía que Maru le echara en cara que sus sobrinos políticos mataron a Miguel. Dice eso y lanza una cadena de chismes sobre la vida de aquella mujer.

—Yo lo quería mucho al Miguel y no me dejó despedirlo. La hija de puta esa lo dejaba en casa cuando éramos chicos y se iba de joda. Mi mamá lo cuidaba. Ella nunca se preocupó por él. A mi mamá él le decía abuela.

Laura es la única de las mujeres vinculadas a Miguel que no vende droga. Casada con el gringo Alfred, parece acatar la ley que impone el jefe de la barra brava a sus soldados. Nada de vender en la cancha. Desde hace unos años se fueron de Monte Negro. Sin embargo, de alguna manera siempre están allí.

Para confirmar que no dudaría en castigar a Maru, Laura cuenta de una vez que descubrió a su marido saliendo de la cancha con una amante. El barrio confirma la anécdota. El gringo Alfred recibió una cuchillada en la puerta del estadio. Laura corrió a la amante por ocho cuadras. La juventud de la otra pudo más que su odio.

Laura no pudo despedir a Miguel. El velorio duró veinticuatro horas, se hizo en un rancho ubicado en el vértice entre Villa Santa, Monte Negro y el Barrio Cerrado. Pero ella no pudo verlo.

—La culpa la tiene la lenguda esa que andaba gritando contra los sobrinos del Negro.

Hermana.

Su mirada joven no esconde las marcas de una vida dura. Tiene veintinueve años, el pelo largo y oscuro como sus ojos. Las manos arrugadas. Vive con Marcelo, el hijo del gringo Alfred y Laura, junto a las vías, frente a la calle Los Cerros. Tienen cuatro hijos.

Los mates calientes, dulces como el almíbar, los ceba en la habitación de sus hijos que también es el comedor. La televisión catorce pulgadas está en Canal 12. La habitación es fría. Los colchones de las cuchetas están sucios, pelados. No hay colchas, sábanas, señales de abrigo.

Llegó a Villa Santa desde el barrio. Es hija de Maru y hermana de Miguel. Cuñada de Virginia y nuera de Laura.

En la cocina no hay alacena. Un único estante está destinado a un santuario para San Jorge. Velas de colores, rosarios, cuadritos y estampitas acompañan la foto del Santiagueño Miguel.

También vende cocaína y marihuana. Los clientes golpean las manos y esperan en la puerta. Desde el comedor que está en un nivel inferior se los ve sin cabeza, como seres decapitados esperando que los atiendan. Paula pasa la mano, entrega, recibe.

Habla de su hermano como si tuviera una espina clavada. Lo recuerda dulce, amable, jugando en la plaza del barrio, remontando un barrilete. Ahora está embroncada con la Virginia. Dice que la mujer de su hermano ya tiene un novio nuevo y le está faltando el respeto al muerto.

La noche del asesinato juró venganza, pero ahora sabe que no la va a llevar adelante. En el sector, asegura, el peor problema es que las cosas nunca se olvidan. Que a la muerte de Miguel hay muchos que no se la van a olvidar. Que habrá venganza. También dice que ella tiene cuatro hijos. Que tiene que hacerse la boluda.

—Mi único hermano. Me mataron a mi único hermano.

Repite a cada rato.

Le reconoce a Miguel sus cualidades. Dice que en el barrio se habla de un solo homicidio pero que a ella él le confesó dos.

Prefiere no hablar de sus sobrinas.

—Esas pendejas moqueras.

Hijas.

Las anécdotas que se cuentan en el barrio sobre las hijas de Miguel son bastante perturbadoras. Se dice que la muerte de Pancho Gorosito a manos del Gangoso Diego Duarte habría sido producto de un problema de celos entre ellos disputándose a la más chica, Valentina.

El Gangoso está preso. Al parecer, mientras junto a Duarte se tiroteaba con unos chicos de otro barrio, recordó a la hija de Miguel y decidió matar a su compinche por celos. Tres meses estuvieron detenidos los chicos de aquel barrio hasta que la pericia balística demostró que el disparo había salido del arma del Gangoso.

Otro rumor habla de un joven herido en la ingle que habría recibido una bala que en realidad iba dirigida a la mayor de las hijas de Miguel, Tanya.

Las hermanas son amigas de la Negra Marité, quien últimamente dejó los embrollos con chicos para vincularse con ladrones. Juntas forman un triunvirato que hace estragos en el baile los fines de semana.

Fin.

Después de matar los hermanos desaparecieron de Monte Negro. Dicen que estaban bajo los efectos del Rohipnol. Miguel llegó grave al Hospital de Urgencias. No sobrevivió a la intervención quirúrgica que pretendía salvarlo.

Esa noche llovieron tiros y piedras sobre la casa de los hermanos. Los padres no estaban. Alguien les había avisado. Los asesinos se entregaron unos diez días después. Uno quedó libre. El otro sigue preso.

La villa los espera.

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* Los nombres y los detalles geográficos de esta crónica fueron modificados para proteger a las fuentes.

Es verano. Es 1934. El chico tiene ocho años, está solo en su casa, en un pueblo patagónico llamado Puerto Santa Cruz, un puñado de habitantes a 270 kilómetros de Río Gallegos. Mira el vaso de agua fresca que ha puesto en la mesa, frente a sí, y piensa: “Todavía no”. Ha pasado la tarde andando a caballo, jugando con sus mascotas que, en esas latitudes, no son extravagantes (un guanaco, un ñandú, dos pollos) y suda copiosamente mientras ve cómo el vaso de agua chorrea sobre la mesa. Y vuelve a pensar: “Todavía no”. Pasarán aún nueve minutos antes que vacíe el vaso de unos cuantos tragos golosos con los que aplacará la sed que le pega la lengua al paladar.

—Era un ejercicio de la voluntad, como si dijeras “No voy a respirar hasta que sea la asfixia”.

Casi ocho décadas después de aquellos días, el poeta, dibujante, escritor y crítico de vinos Miguel Brascó pega el mentón al torso y, con una voz que resulta a la vez hastiada y jocosa, agrega: “Eso es algo que yo hago bastante”.

En el estudio donde trabaja, un departamento antiguo de Barrio Norte, en Buenos Aires, hay una mesa redonda cubierta de lápices, blocks, cortapapeles; otra, más pequeña, con una computadora; un televisor enorme; un sillón de cuero para las visitas y una silla en la que está sentado él, pantalón claro y campera de lana beige.

—Yo soy ordenado y controlado por naturaleza. Escribo un mail y lo corrijo. Cambio los puntos, pongo diferentes tipos de letras, bastardillas.

A espaldas del sillón para las visitas hay una biblioteca, pilas de libros atados con piolín (T. S. Eliot, Anthony Burgess, Shakespeare, los hermanos Marx, poesía, casi todo en inglés), fotos -García Lorca, su madre, y su mujer actual, la periodista y poeta Patricia Delmar-, rollos de cintas para embalar. Miguel Brascó tiene 85 años y una vida que no parece la de un hombre controlado sino la de alguien cuya marca es el exceso: vivió en Puerto Santa Cruz, en Santa Fe, en Buenos Aires, en Lima, en Madrid, en Holanda; tuvo seis matrimonios, tres hijos (Nicolás, de 60; Irene, fallecida a los 31; Milagros, de 13); es abogado, escribió crónicas de viajes, crítica de vinos, letras de canciones (“La vuelta de Obligado”, que cantó Alfredo Zitarrosa), poemas, cuentos, novelas; es dibujante, fundó revistas como Cuisine&Vins y Status; creó tres clubes privados para hombres (The Twelve Fishermen, The Fork Club, Epicure); escribió libros que fueron best-sellers (Anuario Brascó 2006 de los vinos argentinos), dirigió programas de televisión (Chateau Brascó, Beber y beber, Dos de copas) y tiene dos vinos propios, uno de Finca La Anita, otro de Bodegas López.

—Al principio, hacer tantas cosas me parecía divertido. Después me di cuenta de que era un hándicap. El conjunto es curioso, pero llega un punto en que parás y pensás: “Si yo tuviera que escribir mi necrológica, ¿qué pongo?”.

—¿Y qué pondría?

A veces, cuando se le hace una pregunta, responde con un silencio falsamente hosco, como si hubiera estado a punto de entender algo del orden de lo divino y acabara de ser interceptado, en ese entendimiento, por el balbuceo torpe de la humanidad.

—Yo sé lo que soy, pero la imagen que doy no es clara. La poesía es una de las cosas que más me expresan. Pero la gente me identifica como el experto en vinos. Yo siempre tengo la sensación de que no cumplí las metas que debía cumplir, por mala administración de mis tiempos o de mi trayectoria.

Y, con un tono bruñido por ocho décadas de buena educación, dice: “Te tendría que invitar con un té, pero eso me llevaría un esfuerzo tremendo”.

Las circunstancias del nacimiento son confusas: en la solapa de su primera novela, Quejido huacho (Tusquets, 1999, la historia de un ingeniero que viaja al interior del país y termina enredado en peripecias delirantes), se lee que nació en Puerto Santa Cruz, en 1936, pero en verdad nació en 1926 y, al parecer, en Sastre, Santa Fe, donde tenía familia, aunque se crió en la Patagonia, solo, solísimo porque su padre, Jaime Brascó, era único médico en un radio de 400 kilómetros y porque su madre, Rosa Barreiro, pasaba meses en Buenos Aires acompañando a dos hijos mayores que estudiaban allí.

—Fue una experiencia difícil. Yo era como huérfano.

Baja el mentón, suspira. Después, dice exactamente lo contrario:

—Fue una experiencia buenísima. Yo tenía mar, tenía montaña, tenía nieve, caballos, casa. O sea que la soledad no la vivía como abandono. Y aparte era un pueblo chico. Todos eran tus padres. Leía mucho. Después, mi padre se trasladó a Santa Fe y ahí terminé el secundario. Pero los vi poco a mis padres. Hubo temporadas en que estuve en contacto con mi madre. Ella murió a los 104 años ¿A qué iba esto…?

—Hablaba de su infancia.

—No puedo estar demasiado tiempo ¿Qué tipo de ración querés? Porque como soy polifacético, perverso polimórfico, puedo elegir cualquiera de las polimorfias y.

—Prefiero que hablemos de todo.

—Esa temática rebalsa cualquier reportaje. La otra idea es tomar un aspecto, nada más, y eso en general no se hace. Porque es más fácil contar la vida. Porque la vida mía está llena de anécdotas. Por ejemplo, aprendí a escribir con Onetti. Lo conocí en un café, escribía cuentos y se los mandaba. Me dijo que yo no estaba capacitado para escribir una novela y tenía razón, porque la escribí ya grande y con gran dominio de la técnica narrativa. Te aburro.

—No. ¿Tenía una relación con su padre o no lo veía nunca?

—Hay una relación con mi hija Milagros, que vive en otra casa, que es mayor a la que yo tenía con mi padre viviendo en la misma casa. Ahora sí me pasé de tiempo. Hablémonos el sábado.

En el pasillo que conecta su estudio con el living hay estantes donde guarda botellas de vino, puertas que se abren a un cuarto, a la cocina. “Patrice”, llama, pronunciando “Pátris”.

Patricia Delmar, poeta y periodista, 35 años más joven que él, su mujer desde 2005, recibe por estos días un tratamiento de quimioterapia y eso ha alterado el ritmo de la casa, pero ella sonríe, radiante: “Ya pasará”. Brascó cruza las manos detrás de la espalda y murmura: “Mmm”. Después, en el vano de la puerta, como si fuera una acusación, dice: “Vos sos muy alta”.

***

Miguel Brascó y Patricia Delmar se conocieron en octubre de 2005. Ella fue a entrevistarlo para la revista Nueva y, cuando él leyó lo que ella había escrito, la invitó a la presentación de un libro. De allí se fueron al bar del hotel Plaza y, de allí, a cenar.

—En todas partes lo saludaban. Era como estar con Michael Bublé -cuenta Patricia Delmar-. Surgió un flechazo inimaginable. Me pareció una persona con humor, de gran inteligencia, gran ternura. Claro que había otras cosas que no eran tan fáciles. Tantos matrimonios… Yo soy el número seis. Imaginate. Si con uno es difícil.

***

Cuando se habla de Brascó se habla de su humor, de sus neologismos, de sus arcaísmos, de que es capaz de escribir con la misma soltura péndex, comme il faut y verija; de sus moñitos, de su gran nariz, de sus ojos intensos y, usualmente, se le piden fórmulas para combatir la resaca o se lo incita a hablar mal de los sommeliers, a quienes llama bobetas cada vez que puede, burlándose de los que encuentran en los vinos aromas a flores blancas, arándanos, grosellas. Pero él -él- preferiría hablar de una novela que está escribiendo, Los leopardos son cosa del atardecer, o de su próximo libro de poemas. Preferiría que alguien, un lector, lo recordara no por sus comentarios sobre el cabernet sino por sus dibujos de trazos finos o sus versos que dicen, por ejemplo: “Ella, mi amor, por cuyos ojos miré”.

“Chesrow no murió inmediatamente sino una o tal vez dos horas después. Esa cuota adicional de existencia debemos suponer que de nada le sirvió. Se mantuvo inconsciente hasta que la vida lo dejó de lado para siempre”, escribió en su novela Quejido huacho. “‘Mencione tres pescados del río’, pide uno a señora frente a góndola de supermercado. ‘Sapo cancionero, surubí, dorado’, contesta la interpelada erudita y sin vacilaciones”, escribió en la columna semanal sobre vinos y cuestiones gourmet que publica en LNR desde 2007. Esa diversidad de registros que es, a un tiempo, su habilidad, su némesis.

***

Es martes, apenas pasadas las once de la mañana. El estudio está lleno de luz, aunque por las tardes es un sitio oscuro. A Brascó este departamento no le gusta, pero vivir con Patricia Delmar en el sitio lleno de recuerdos donde él vivió tres décadas no era una opción. De modo que aquí están, rodeados de jardines en los que ella cultiva sus plantas mientras él no se decide a desembalar la biblioteca.

—Yo siempre estuve con mujeres más jóvenes que yo. Ése fue el gran error de mi vida. Las mujeres jóvenes tienen el don, eventual y fugitivo, de tener lindas piernas. Eso rápidamente desaparece. Hace unos años, después de mi última pareja, la madre de Milagros, dije: “Nunca más llevo una relación con alguien joven, porque es antinatural”. Entonces a unas amigas se les ocurrió que era candidato para una mujer grande y me empezaron a presentar a sus madres, que eran prejuiciosas y antiguas. Yo necesitaba una mujer joven, con más años. Y eso fue Patricia. Yo estaba en la etapa en que buscaba una viejita. El hecho de que tuviera 50 me pareció muy atractivo.

En una de las paredes del estudio hay un dibujo del rostro de Franz Kafka. Sobre la biblioteca donde están sus diccionarios (habla inglés, lee en francés, italiano, portugués y alemán), hay una foto suya, tomada cuando tenía dos años.

—Bajo el brazo llevo papeles con cosas que dibujaba.¿Querés un mate?

—Bueno.

Cuando él era adolescente, la familia se trasladó a Santa Fe, donde Brascó hizo el colegio secundario, fundó un teatro de títeres, estudió pintura. A los 17, para olvidar un amor, se emborrachó con caña y ésa, dice, fue una de las pocas veces que se emborrachó.

—Ella no me daba bola. Prefería a otros. Si te rechaza, vos decís “Será lesbiana”, te tranquilizás. Pero si es selectivo, no.

Siempre cuenta que tuvo tres novias lesbianas y, con un estilo que consiste en decir barbaridades bajo la pátina de una civilizada convicción, explica: “Hay lesbianas pasivas y activas. La lesbiana pasiva es doblemente sumisa, por mujer y por lesbiana. Entonces son amantes deliciosas”. En su libro de relatos de 1968, Criaturas triviales, hay un cuento llamado “Hebe por una pipa”.

-Yo las historias de mis novias lesbianas las he escrito todas. “Hebe por una pipa” es, de hecho, la historia de un tipo que tiene una novia lesbiana. Ese tipo tiene un amigo que está seducido por ella, pero que no sabe que es lesbiana. Y a su vez al protagonista le gusta la novia de su amigo. Entonces arman un trueque. El protagonista dice: “Bueno, te la cambio, pero mi novia es una mujer muy llamativa y tu novia es medio pava, así que yo te cambio a mi novia por la tuya, más una pipa que vos tenés, de cerezo”. Eso me pasó tal cual a mí. Entonces el tipo me dio la pipa, hicimos el trueque y él se fue con mi novia lesbiana, y yo me quedé con la suya. Hasta que él descubrió que la que había sido mi novia era lesbiana. Eso le pareció terrible y me vino a reclamar.

—¿Qué le reclamó?

—La pipa.

***

A los 17 años quiso estudiar letras, pero su padre le dijo: “Vas a ser toda tu vida un empleado del Estado”.

—Él no pensaba que yo podía ser Borges. O sea, tenía razón. Entonces negocié y estudié abogacía y, paralelamente, letras. Me recibí en 1952 y me fui a Buenos Aires, huyendo de Santa Fe.

—Usted se había casado.

—Sí. Estaba divorciado.

—¿A qué edad se había casado?

—Veinte años.

—Con una mujer más grande.

—Sí. Ocho años. Entonces, volviendo al tema, en Buenos Aires conseguí trabajo en un estudio donde estaba César Fernández Moreno, el hijo de Baldomero.

Miguel Brascó se había casado, en Santa Fe, con una mujer llamada Blanca Goetzinger, actriz. Cuando se fue a Buenos Aires dejó con ella al hijo de ambos, un chico llamado Nicolás al que no volvería a ver en treinta años.

—Te doy otro mate.

—No, gracias.

—No te gusta el mate. Yo me habría tomado por lo menos dos.

***

—Creo que él no estaba acostumbrado a tener debates -dice Patricia Delmar-. Estaba acostumbrado a que le aplaudieran sus aseveraciones. Yo defiendo muchas cuestiones sociales, pero él tiene una forma un poco más individual. Y me parece que ya no tiene curiosidad por conocer otras culturas. Conoce determinados países de una manera y ya no quiere conocer nada más. Y es un obsesivo del trabajo. No hay vacaciones, no hay tiempo libre. Yo pensaba que tenía un perfil más osado. Pero es muy tradicional. En temas gastronómicos, por ejemplo, hay cosas que deben ser así. Tal cosa debe tener 20 minutos de cocción y no pueden ser 25. Y yo que cocino a ojito, pobre…

***

En 1955, Brascó pidió una licencia en el estudio de abogacía donde trabajaba y se fue a Bolivia, acompañando al músico Ariel Ramírez a quien había conocido en Santa Fe y que era su amigo. De Bolivia se fue a Lima donde, vendiendo dibujos, trabajando para el diario El Comercio, se quedó un año.

—En 1956 me fui a Madrid a estudiar el posgrado de derecho en la Complutense. Me vinculé con el decano de Letras, que era Vicente Aleixandre, el poeta, y me permitió hacer también el posgrado en Letras.

De España viajó a Holanda, donde vivió hasta 1961 trabajando como traductor de inglés para la empresa Phillips, en un pueblo llamado Eindhoven.

—Antes pasé unos meses trabajando como obrero en una fábrica de etiquetas de cigarros. Quería tener la experiencia. Yo manejaba una máquina, una plancha que imprimía por presión. Vos ponías la página y después decías “Pasóp”, que quiere decir “Attenti”, y bajabas la máquina. Decías “Pasóp” porque había un tipo que, cuando vos levantabas, ponía el papel con la mano, entonces tenías que tratar de no aplastarlo. Pasóp, chin, pasóp, chin. Por ocho horas. No es tan inhumano. Una vez que uno entra en ritmo, se siente parte de algo que funciona.

—¿Vivía solo?

—No, con la poetisa peruana Lola Thorne, que por entonces trabajaba en la embajada de Perú. Con ella tuve una hija. Esa hija murió en un accidente de automóvil. Murió de una manera muy rara.

Se levanta y camina hasta un mueble donde hay varios portarretratos. Regresa con la foto de una chica sonriente, con el pelo oscuro, rulos.

—Tenía 31 años, más o menos. Venía caminando por Figueroa Alcorta. Un auto subió a la vereda y la mató. Se llamaba Irene. Yo tengo un libro de poemas, Otros poemas e Irene, pero no tiene nada que ver con eso.

Otros poemas e Irene fue su primer libro y salió publicado en 1953. Allí, en “Retrato de damas y denuncia”, escribía poemas que no tenían nada que ver con eso: “Todo ocurrió en la medida en que ella y yo lo habíamos imaginado previamente./ Ocurrió en trenes, hoteles de poca categoría, en habitaciones del suburbio,/ en litorales arenosos, en salas correctas con alfombras, en momentos de euforia [...]“.

A principios de los años 60 decidió regresar a la Argentina y se empleó en el mismo estudio de abogacía que había dejado cinco años antes.

—Mi mujer fue trasladada a Perú, después a Río de Janeiro. Ese matrimonio se fue debilitando. Mi hija Irene vivió conmigo. Habíamos puesto casa con Ariel Ramírez, en Colegiales. Era una casa open, llena de músicos y escritores. Irene tenía una colección de madres ahí. Ariel Ramírez estaba componiendo la Misa criolla y me pidió que le escribiera villancicos para la cara B del disco. Pero no se me ocurría nada. Él me decía: “Pero es una pavada, los villancicos son muy elementales”. Y yo, nada. Entonces se los dio a Félix Luna, que rápidamente hizo las letras y ganó muchísimo dinero y yo perdí una fortuna.

Por esos años empezó a publicar en una revista llamada Usted. Esos textos llamaron la atención de los editores de Claudia, una revista para mujeres que era, por entonces, una de las más vendidas. Al poco tiempo escribía allí una sección llamada “La vida bella”.

—Ahí empezó lo de los vinos y la comida. Simplemente sucedió. Yo di con una especialidad periodística que, para desarrollarla bien, hay que haber ejercido el oficio de la poesía. Cuando uno ha aprendido a buscar la palabra justa para describir la diferencia que hay entre la tristeza que siente porque está lejos de su patria o porque una mujer lo ha dejado o porque ha descubierto que la existencia carece de sentido, puede escribir de vinos. Y yo escribo sobre vinos con la misma técnica con que escribo una crónica de viaje.

En 1961 publicó su segundo libro de poemas, Tribulaciones del amor. Tres años después el tercero, La máquina del mundo. Escribía en Claudia, hacía una sección de humor en el suplemento “Gregorio”, de la revista Leoplán, y mantuvo esa promiscuidad entre el periodismo, los poemas y la abogacía hasta 1964, cuando supo que estaban buscando un redactor para el departamento de publicaciones de Ducilo, una empresa norteamericana que hacía fibras. Llamó al jefe del departamento, Carlos Duelo, ex director de Leoplán, y le anunció: “Tengo al mejor”. Duelo le preguntó quién era y Brascó le respondió: “Yo”.

—Pero no fue fácil, porque los norteamericanos te investigan el prontuario.

Y cuando investigaron el prontuario, los americanos descubrieron que Brascó había militado, en la universidad, en un partido de centroizquierda. Eso fue un obstáculo hasta que recordó un artículo que sobre él había escrito Raúl González Tuñón, poeta comunista que había tenido acceso a una carta en la que Brascó criticaba las revoluciones -todas: de la francesa en adelante- diciendo que eran inútiles. En su artículo, Tuñón describía a Brascó como un reaccionario.

-Entonces lo llamé. Él estaba avergonzado, porque habíamos sido más o menos amigos, y yo le dije “Pero Raúl, por Dios, qué importancia puede tener, si yo además soy efectivamente muy reaccionario. Lo que necesitaría es un ejemplar de la revista”. Me lo consiguió, se lo mandé a Duelo, Duelo se lo dio a su superior y así entré a trabajar en Ducilo. Al día siguiente lo llamé a Raúl y le dije: “Te llamo para agradecerte tantísimo, no sólo el ejemplar, sino que hayas escrito eso, porque entré en una empresa norteamericana y me pagan fantástico”.

—¿Y él que le dijo?

—”Te felicito”.

Así devino editor del house organ de Ducilo y, en una performance que repetiría en la década del 80 editando la revista de la tarjeta Diners, convirtió esa publicación burocrática, que a nadie le interesaba leer, en algo que se esperaba con ansiedad.

—La leían porque era entretenida. Lo hice muy bien.

Cuatro años después, cuando logró que sus colaboraciones en medios como Claudia, Tía Vicenta y Primera Plana aumentaran en cantidad y buena paga, renunció.

—Cuando logré que mi trabajo periodístico fuera muy fuerte, renuncié. Yo siempre he trabajado mucho. El ocio no es lo mío.

Brascó hace un gesto discreto y mira el reloj.

—¿Quiere que sigamos otro día?

—Sí. Perdón. Tengo que ejercer mis funciones de enfermero. Es duro.

***

—Tiene tantos talentos -comenta Manuel Mas, propietario de la bodega Finca La Anita y uno de sus mejores amigos-. Creo que él querría que lo reconocieran más como escritor, pero trabaja tanto que no tiene tiempo. El otro día fuimos a un restaurante chino y le dije: “Miguel, lo vas a volver loco al chino”. Le traía un vino y Miguel protestaba: “No, ésta no es la cosecha que yo quiero”. Traía otro y tampoco. Entonces propone: “Vamos a tomar champagne”.

Y llega el chino con un balde con dos copas. Miguel le dice: “Esta copa no”. Y el chino: “¿Ésta no copa champagne?”. Miguel le explica: “No me entra la nariz”. Y el chino pregunta: “¿Tomar nariz?”. Hasta que el chino entendió que quería una copa ancha. En un momento le dije: “Pará, Miguel, porque lo vas a volver loco”. Pero él pone piñón fijo y le da, sin fijarse a quién. Si le dan un box, quiere una mesa con sillas, y si le dan una mesa con sillas, quiere un box. Mañerea.

***

Es jueves, casi noche. En el estudio de Brascó suena el teléfono. Atiende y, cuando cuelga, dice:

—Este hombre tiene esa disponibilidad que tiene la gente rica, que es tan linda. Le porponés: “Me estoy yendo a Río Cuarto. ¿No querés venir?”. “Sí”, te contesta, y va con vos.

—¿Tiene muchos amigos?

—No. Uno de los más antiguos es Landrú. Lo conocí en Tía Vicenta. En los años 60, Citizen había organizado un concurso en la revista Claudia cuyo premio era un viaje con Brascó y Landrú a Zimbabwe. Fuimos. Pasamos por Sudáfrica y viajamos hasta Durban en auto. En una encrucijada de caminos, Landrú me pide: “Doblá acá”. Así que yo doblé. Llegamos a un pueblo que se llama Umptata. Con gran influencia de arquitectura africana.

—¿Y cómo es eso?

—Chozas cónicas. Había una especie de drugstore. Entonces Landrú repite: “Pará acá”. Y yo paré. Él quería comprar grabaciones de música africana genuina y suponía que las iba a encontrar en esos lugares. Entramos al drugstore y lo primero que vemos es a un médico brujo, con cuernos y una piel como de leopardo. Yo me quedé paralizado de admiración. Landrú, en cambio, se enganchó con una señora gorda que efectivamente vendía discos de pasta. La teoría de Landrú es que es inútil hablar otro idioma que el propio. Él no habla más que castellano. Y afirma: “Uno tiene que hablar el castellano con convicción, articulando bien, mirando al otro a los ojos, y el otro te entiende”. Entonces en un momento me di vuelta y él estaba con la negra, probando discos, y le decía: “Poné-la-banda-cuatro”. Y la otra ponía la banda cuatro. Te juro. En un momento noté que había una cosa amenazante. Y le digo: “Tenemos que irnos”. Salimos y estábamos rodeados de chicos, entre 12 y 17 años, que son los más peligrosos, y nos decían una sola palabra en un idioma que ni siquiera Landrú podía entender. Rápidamente nos metimos en el coche y nos fuimos, seguidos por los chicos que nos gritaban cosas. Según Landrú, nos pedían plata.

En 1974, cuando fundó la revista para hombres Status, ya era un crítico reconocido, capaz de escribir que un vino era caro al cuete o de argumentar, sin metáforas pretenciosas, por qué tal otro resultaba excepcional. En los años 80, fundó Cuisine & Vins, una publicación de cultura gastronómica que hizo junto a quien era su mujer, la periodista Lucila Goto.

—Pero Lucila se enfermó y murió a los 40 años, en 1992. Fue muy duro para mí, habíamos estado catorce años juntos.

Por esos días lo entrevistaron en Clarín y Brascó confesó que sentía que sólo iba a vivir tres años más.

—Era verdad. Sentía eso.

Entonces, en Santa Fe, un hombre llamado Nicolás leyó ese artículo y le escribió una carta donde le contaba que él era su hijo y que, ya que iba a morirse, quería conocerlo.

—Yo no había tenido ningún contacto con él. Desde el día que me fui de Santa Fe no la vi más a mi mujer. Ella se murió y yo no la volví a ver.

—Pero su hijo sabía que usted era su padre.

—Él sabía todo. Pero yo no era una criatura bien aceptada por mi ex mujer.

Se inclina hacia adelante, une las manos entre las rodillas.

—Yo procedí como un chancho. Me fui. Era un capítulo negro en mi vida. Lo abandoné totalmente. Ahora tenemos buena relación. Él tiene 60 años, una empresa que produce cosas vinculadas con la gastronomía. Es un gran tipo.

Después de la muerte de Lucila Goto, un enredo económico hizo que tuviera que deshacerse de Cuisine Vins, pero siguió escribiendo en varios medios, organizando ferias de productos gourmet y, a fines de los años 90, formó pareja con la chef Luisa González, con la que tuvo a su hija Milagros.

Son más de las ocho de la noche cuando suena el bramido ronco del portero eléctrico. Brascó se levanta, pregunta quién es. Cuelga sin responder.

—Una de las infinitas amigas de Patricia. Yo tengo pocos amigos, pero Patricia tiene infinidad. ¿Qué decíamos? Tengo la sensación de que hemos hablado mucho.

***

—Creo que él tiene la fuerza de un rinoceronte -dice Emilio Garip, amigo de Brascó y dueño del restaurante Oviedo-. Por otra parte, piensa que va a ser eterno, y eso es genial. Habla como si tuviera 40. Pero creo que tiene una disconformidad consigo mismo, porque hace demasiadas cosas. Él me comentó una vez: “Yo tendría que haber sido sólo pintor, sólo escritor”.

***

“Van doce poemas. En principio nos reuniremos el martes y el miércoles de 19 a 21 horas. Confirmar, por favor, cada vez por la mañana. Afectos de Brascó”. Eso decía el mail pero la entrevista, finalmente, se hace un domingo a las siete de la tarde. A las siete menos dos minutos el timbre suena en el departamento de Brascó, pero nadie atiende. A las siete menos un minuto el timbre vuelve a sonar y, otra vez, nadie atiende. Finalmente, a las siete y diecinueve segundos, el timbre vuelve a sonar y, entonces sí, la voz de Brascó pregunta:

—¿Quién es?

Arriba, en el primer piso, abre la puerta de su departamento.

—Con ese tapado deberías usar una bufanda -dice-. Te queda muy bien. Pasá.

Cuando se le pregunta cuál es el rasgo que predomina en su carácter, Brascó responde: “El orden”.

***

—Yo me quedé deslumbrada -recuerda Patricia Delmar- cuando vi el placar con los suéters y las camisas en fundas de nylon. Cuando viaja, para preparar el equipaje, lo dibuja: un cinturón, dos calcetines, zapatos. Pero después hay otras cosas. Cuando salís a comer, los sommeliers le temen. Viene una sommelier y él le pregunta dónde estudió y la chica contesta: “En tal lugar”, y Miguel dice: “Ah, con razón”. Hemos tenido situaciones en que de golpe nos dejan de atender. Todo por esa exigencia. Y siento también que a pesar del perfil renacentista que tiene, de golpe le hubiera gustado explotar más lo literario. Como que no le dedicó la intensidad de ocho décadas, y que le hubiera gustado.

***

El departamento está embebido en el aroma de un arroz a la peruana con el que Brascó estuvo fantaseando durante días y que preparó hoy, aprovechando un oasis en el tratamiento de su mujer. Su estudio se aprieta en torno a la luz ambarina de una lámpara. En la computadora hay un documento abierto en el que escribe su próxima columna para LNR, poco más de una página que le toma dos días. Patricia Delmar está arrebujada, mirando una película en la sala.

—No miramos mucho cine juntos porque yo creo que el cine es entretenimiento. Si no hay una explosión anaranjada o una historia de la CIA, difícilmente aguante una película. Con Bergman he hecho intentos desde chico, pero nunca entendí nada. Aún hoy.

Sobre una mesa hay una botella de vino sin etiqueta, un plato con papas fritas.

—Es una de las botellas que me mandan las bodegas, para que las evalúe. Vamos a probar.

Sirve, se sirve. Dice que hay que hacer un buche antes de tragar y lo hace con elegancia, de modo que no parece un enjuague bucal.

—No tiene mucho aroma, pero tiene una vuelta, que se llama retrogusto, particularmente interesante. ¿Qué me habías preguntado?

—¿Hay alguna persona imprescindible para usted?

—La persona con la cual has elegido vivir siempre es imprescindible.

Hace un silencio. Cada vez que se queda callado se produce, a su alrededor, una suerte de agobio.

-La palabra “imprescindible” hace difícil contestar, porque la experiencia te indica que no existe la imprescindibilidad. Existen largos períodos en los cuales uno tiene una sensación de extrañeza por el hecho de que esa persona no esté.

Después pregunta:

—¿Querés más vino?

—No, gracias.

—No te gustó. Le voy a decir a la bodega que no te gustó.