Pékerman, taxista

Publicado: 11 junio 2014 en Ezequiel Fernández Moores
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El Renault 12 se lo prestó Tito, su hermano mayor. José lo pinta de negro y amarillo y empieza a manejar el taxi por las calles de Buenos Aires. Ocho horas por día. Estamos en 1978. José tiene apenas 28 años. La rodilla maldita, la misma que se lastimó cuando tenía 18, precipitó la despedida del Independiente Medellín. Peor aún, lo obligó a irse del fútbol. Una rotura de ligamentos que hoy podría curarse, pero no hace 40 años, cuando buscaba recuperarla atándose garrafas de gas de 10 kilos que repartía su padre. Ahora no hay tiempo para deprimirse. José ya es padre (Vanessa había nacido en 1975 en Colombia, más tarde llegaría Ivana), y el sueldo de Matilde, docente en una escuela primaria de Pablo Podestá, no alcanza. José sale todos los días bien temprano desde Martín Coronado, periferia oeste. Recorre 35 kilómetros y entra a esa jungla de cemento que es el centro de Buenos Aires. Los mediodías, José aparca el taxi y almuerza la vianda que le prepara Matilde. No se detiene en los habituales bares o gasolineras donde paran los taxistas para hablar de mujeres o de fútbol. José prefiere ver fútbol. Frena donde ve pibes jugando un “picado” (partido informal). El taxi es un accidente. Y José Pékerman, se sabe, fue, es y será un hombre de fútbol.

“Fueron cuatro años en el taxi; yo venía con el dolor muy fresco de un retiro prematuro. Los sueños pasaban en esos tiempos por mi familia y por superar los momentos difíciles. Imaginaba que podía retornar al fútbol, pero necesitaba un poco de tiempo para elaborar el duelo”, dijo el propio Pékerman en una de las pocas entrevistas que concedió. José, me cuenta en Buenos Aires un amigo que lo conoce desde hace más de 50 años, jamás se quejó por haber tenido que manejar el taxi. Simplemente, consideró que su deber como padre de familia era llevar dinero al hogar. A veces, sin embargo, observa con desconfianza cuando algún medio alude hoy a su viejo oficio. “Nunca sabés si eso es un elogio o una crítica velada”, le escuchó decir alguna vez un amigo. Otro amigo, que también pide anonimato (Pékerman y los suyos cultivan el bajo perfil desde siempre), me dice que José manejó el taxi “para ‘hacer el mango’ (ganar dinero), porque siempre fue un laburador”. Por eso, además del taxi, y de estudios en Educación Física y Kinesiología, José atendió en Villa del Parque, un barrio porteño de clase media, un comercio de venta de cierres a cremallera para DePe, la fábrica más antigua del país. “Y nadie sabe que unos años antes —me confía el amigo— José llegó a comprar tela y armó un local en Martín Coronado para vender camisas y jeans”. La oferta del Independiente Medellín, en 1975, derrumbó el proyecto del Pékerman pequeño empresario textil.

Pero volvamos a 1978 y José es “tachero”, un término popular, aunque algunos taxistas consideran despectivo. Los porteños tienen todavía fresco el recuerdo de Rolando Rivas, un éxito histórico de la TV argentina. Primera telenovela que también interesó a los hombres. El “tachero” Rolando Rivas, del barrio de Boedo, humilde y de buen corazón, que interpreta Claudio García Satur, enamora apasionadamente a Mónica Helguera Paz, una colegiala de 17 años, rica y consentida que hace la actriz Soledad Silveyra. Canal 13 vuelve a trasmitirla en 1979, pero sin el segmento en el que uno de los personajes pertenece a la agrupación guerrillera Montoneros, peronista. Desde el 24 de marzo de 1976, cuando una dictadura militar derrocó al gobierno de Isabel Perón, las calles de Buenos Aires se llenan de horror. “De la nada —me recuerda hoy en pleno viaje Carlos, taxista ya en aquellos años— se te cruzaba un Ford Falcon sin patente y se bajaban tipos de civil para llevarse gente”. La cacería tiene su pico en 1978. Es el año del Mundial. Llegan periodistas del exterior y la dictadura quiere controlar todo. Infiltra taxistas para que escuchen e informen. Pero a José le interesa su vida. La de su familia. Y también el fútbol, por supuesto. Igual que millones de argentinos, él también celebra a la selección de César Menotti que gana el Mundial. Tres a uno a una Holanda que lo había deslumbrado cuatro años antes, cuando fue “la Naranja Mecánica” de Johan Cruyff. José ya había decidido iniciar el curso de técnico de fútbol. No imaginaba ni en sus mejores sueños que, 28 años después, él estaría ocupando el puesto del Flaco Menotti.

El Mundial de Alemania 2006 fue gloria y caída. Pékerman ya ganó tres mundiales Sub-20 y ahora dirige a la selección mayor. En primera rueda, conduce acaso la más formidable actuación de Argentina en la historia de los Mundiales: 6-0 a Serbia y Montenegro, con un gol de Esteban Cambiasso tras 25 toques seguidos y 56 segundos de posesión. Paciencia y elaboración. Es la síntesis del fútbol de Pékerman. Además, Lionel Messi se convierte con 18 años, 11 meses y 11 días en el más joven debutante de Argentina en mundiales. Y anota un gol, que sigue siendo el único de su historia mundialista. La ilusión, sin embargo, se derrumba en cuartos de final contra Alemania. Desde ese día, Pékerman carga con la cruz eterna. Es por Julio Cruz, a quien hizo entrar a los 79 minutos por Hernán Crespo. Argentina ganaba 1-0 y Cruz, que mide 1,90 metros, garantiza altura para aguantar los últimos desesperados pelotazos aéreos de Alemania. Un minuto después, sin embargo, Alemania cabecea dos veces seguidas en el área argentina y empata. Alargue sin goles y definición por penales. El arquero Jens Lehman recibe un papelito que indica hacia dónde dispara cada jugador argentino. Adivina la dirección de los cuatro tiros. Ataja dos. Franco pide información sobre los pateadores alemanes. No hay nada. Alemania anota sus cuatro primeros penales, gana la serie y pasa a semifinales. “Una improvisación difícil de tolerar”, dice hoy el libro Así jugamos (Sudamericana, 2014), para un cuerpo técnico que siempre cuidó hasta los últimos detalles y que además contaba con dos exarqueros, Hugo Tocalli y Ubaldo Fillol.

El libro, igualmente, se deshace en elogios hacia Pékerman, un DT, dicen sus autores, Diego Borinsky y Pablo Vignone, “docente y decente”. Hacen justicia. Pero la cruz de la que hablábamos no es por la omisión de los penales. Es porque con el ingreso de Cruz (Crespo había hecho señales de lesión al banco), José agota los cambios. Antes, habían entrado Leo Franco (inesperada lesión del arquero Roberto Abbondanzieri) y Cambiasso (por Juan Román Riquelme, jugador fetiche de José, pero que parecía agotado). En el banco, sin chances de entrar, queda nada menos que Messi. Leo todavía no era el Messi Balón de Oro. Además, venía de un parate de tres meses por lesión. Mis fuentes me acotan otro dato: al cuerpo técnico no le pasó desapercibido cierto resquemor que suscitó en el plantel la gran campaña publicitaria que Adidas había montado sobre Leo. Pékerman, que en realidad había sido clave para el ingreso de Messi a las selecciones argentinas, primero en juveniles y luego en la mayor, renuncia apenas termina el partido. Deja en offside hasta a Julio Grondona, todopoderoso patrón de la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) desde 1979. “¡¿Cómo querías que se quedara si Grondona le decía ‘el tachero’?!”, llegó a contar tiempo después Fillol en TyC Sports. José es un hombre afable y educadísimo, sí. En la jungla de cemento sobre un taxi. Y también en la jungla del fútbol profesional. Pero sus decisiones son firmes. Él, está claro, decide cómo forma su equipo. Y no duda cuando siente que debe irse.

Que en el fútbol de Argentina acaso se recuerde más a Cruz que a la formidable campaña del ciclo Pékerman (siempre perfil bajo, mucho trabajo y mentalidad ganadora), fortalece el silencio de José ante los medios. “¿Por qué casi no da notas?”, le pregunta El Gráfico en 2010. “Porque estoy un poco… resentido, no sé si es la palabra, siento que en el ambiente siempre se habla de lo malo y se polemiza”. Solo vale el resultado. Al que gana, todo. Al que pierde, nada. “Las grandes mentes —dice un viejo dicho— discuten ideas, las mentes medianas discuten cosas y las mentes pequeñas hablan de personas”. El periodismo deportivo hace exactamente lo contrario. Cruz pasó a ser más importante que un ciclo. La última vez que vi a José (conversación amable, como siempre, pero nada de entrevistas) fue en una pizzería del elegante barrio de Belgrano R, en la calle Conde. A solo 70 metros de distancia está la imponente mansión del barón Hirsch, que forma parte del patrimonio histórico de Buenos Aires. El barón Maurice de Hirsch, fundador en 1891 en Londres de la Jewish Colonization Association (JCA) sacó de la pobreza y la persecución a miles de judíos de Europa del Este para darles trabajo en colonias agrícolas de diversos países. Filantropía, pero sin regalar nada, porque los colonos debían devolver con su trabajo el pasaje, la asistencia y la tierra, contratos acaso leoninos y que, en algunos casos, provocaron rebeliones. Judíos ucranianos, por ejemplo, fueron radicados para trabajar los fértiles campos de la provincia de Entre Ríos, en la Mesopotamia argentina. Formaron parte de Los Gauchos Judíos, como los llamó un libro célebre del escritor Alberto Gerchunoff. Allí llegó el bisabuelo de Pékerman. La Argentina no era tierra fácil. Samuel Dujovne, el abuelo ruso y comunista de la escritora Alicia Dujovne, se suicidó porque había perdido todo y porque la pampa “era demasiado grande”. Lo cuenta Alicia en el libro Mi padre, el camarada Carlos, en el que habla también de un antepasado jasid,judíos ortodoxos y místicos para quienes “la tristeza es pecado”. Hombres piadosos que “hacen más de lo que la letra de la ley les exige”. El movimiento, cuyos miembros aún hoy visten sombrero negro y sacos largos, y usan barba y mechones, surgió en el siglo XVIII. En Bielorrusia y también en Ucrania, tierra de los antepasados de Pékerman.

José, que alguna vez contó así como al pasar relatos de su abuelo de parentescos con el actor estadounidense Gregory Peck, nunca pareció muy interesado en cuestiones del judaísmo. Ni sabía siquiera quién era el barón Hirsch que alguna vez vivió a metros de nuestra última charla. Pero sí es cierto que Pékerman nunca se quedó en la tristeza. Y que siempre dio más de lo que la letra de la ley le exige. Lo hizo aun cuando le tocó manejar el Renault 12 de Tito, hermano mayor de una familia que se mudó de Villa Domínguez a Ibicuy, en Entre Ríos, con papá Oscar atendiendo su bar para los trabajadores ferroviarios y Pimienta (José) siempre jugando fútbol. Lo siguió haciendo cuando a los 9 años la familia se mudó a Martín Coronado, donde el fútbol de potreros difíciles del Gran Buenos Aires lo formó para llegar primero al Argentinos Juniors y luego al Medellín, hasta que la rodilla lastimada lo subió al taxi. A ese Renault 12 que mantuvo siempre impecable y que, raro en un taxista, José conducía en medio de la ciudad sin cruzar insultos, igual que cuando jugaba al fútbol. Raro también en un futbolista. Me lo dice Pablo Ansón, preparador físico que acompañaba a José en el taxi cuando Pékerman se iniciaba en un cuerpo técnico. Era espía ayudante de Ricardo Trigili, viejo compañero suyo en Argentinos y que entonces dirigía al Estudiantes de Buenos Aires, en segunda división. “Trigili le decía ‘tenés que largar (dejar) el taxi’, pero él le respondía que no podía dejar su medio de vida, porque el fútbol era medio traicionero y a veces se cobraba tarde”. De Estudiantes el mismo cuerpo técnico fue a Chacarita y de Chacarita a Argentinos Juniors. Trigili debe irse a los pocos partidos y José, solidario, dice que él también se va. “Vos no te vas ¿Querés volver al taxi?”, lo detuvo Trigili. Y José, por suerte, le hizo caso. Su trabajo con los juveniles de Argentinos Juniors y también del Colo Colo en Chile impresionó en 1994 a Grondona, el presidente de la AFA. Los mundiales Sub-20 que ganó en Qatar 95, Malasia 97 y Argentina 2001 fueron inolvidables. Por títulos y juego. Y la renuncia de Marcelo Bielsa, a quien él mismo había propuesto para el cargo, lo llevó en 2004 a la selección mayor, hasta el Mundial 2006 y los penales malditos contra Alemania. En enero de 2010, Pékerman apareció en el velatorio de Trigili. Gustavo Trigili, hijo del DT fallecido, me cuenta que ese Mundial, inevitable, apareció en un momento más distendido del reencuentro. “Le dije que el error fue que hizo jugar a Riquelme todo el partido previo y Román le llegó fundido contra Alemania”. La cruz, está claro, amenaza ser eterna.

José dejó el taxi en 1982, después de que Argentinos le encargó la estructura y captación de jugadores. Sergio Batista, Fernando Redondo, Esteban Cambiasso, Juan Román Riquelme y tantos otros. Comenzó a concretar lo que ideaba mientras manejaba por la jungla y aprendía psicología intuitiva dialogando con los pasajeros. El taxi de entonces tal vez ni siquiera exista. A bordo, José proyectó equipos de sentido colectivo. Porque los deportes de equipo, la convivencia, el trabajo conjunto, pensaba José, hacen bien a la sociedad. Lo advirtió en sus últimas vacaciones, cuando por fin tuvo tiempo para conocer La Candelaria y Monserrate y luego Cartagena, Manizales y la Ruta del Café. Aún con visera y anteojos oscuros, quienes lo reconocían no hacían más que pedirle fotos y agradecerle la clasificación al Mundial. El 7 de mayo, día del nacimiento de Eva Perón, fundadora en 1950 de su sindicato, los taxistas argentinos recordarán su día. No creo que José esté al tanto de la celebración. Su cabeza está puesta en Brasil.

El coyote volvió mucho antes de lo esperado. Normalmente se tardaba más de 20 días, pero en esta ocasión apenas habían pasado cinco o seis días desde que había cruzado la frontera entre Guatemala y México. Por eso se extrañó Fernando, el motorista del coyote en El Salvador, cuando recibió la llamada de su jefe. Era agosto de 2010, y el coyote pedía a su motorista que lo recogiera en la frontera San Cristóbal, del lado salvadoreño. Venía solo, sin ninguno de los seis migrantes que se había llevado. El coyote -recordó Fernando cuando contó la historia a la Fiscalía- regresó nervioso, sin explicar lo sucedido, dando excusas a medias: “Me mordió un perro”, recuerda Fernando que le dijo el coyote. A los días, Fernando sabría que al coyote no lo mordió ningún perro en México. Lo mordió algo mucho más grande.

* * *

El miércoles 25 de agosto de 2010, los periódicos de El Salvador amanecieron con esta noticia en sus portadas: “Encuentran 72 cadáveres en un rancho en Tamaulipas”. Un muchacho ecuatoriano de 18 años había llegado la madrugada del día 23, cansado y herido de bala en el cuello, hasta un retén de la Marina mexicana. Había dicho que era sobreviviente de una masacre perpetrada por los amos y señores del crimen en ese Estado norteño de México, Los Zetas. Los marinos ubicaron el lugar y llegaron hasta un municipio llamado San Fernando y se internaron hasta un ejido llamado La Joya, en la periferia del corazón de ese lugar. Ahí, afuera de un galpón de cemento con apenas techo, encontraron a un comando armado. En medio de la nada, a la orilla de una callecita de tierra, se enfrentaron a balazos. Murieron tres pistoleros y un marino. Huyeron los demás pistoleros. Entraron los marinos y vieron lo que había dentro del galpón: recogidos contra la pared de cemento como un gusano de colores tristes, amontonados unos sobre otros, hinchados, deformados, amarrados, un montón de cuerpos. Masacrados.

Gracias al testimonio del ecuatoriano sobreviviente, un muchacho de nombre Luis Freddy Lala Pomadilla, al día siguiente los periódicos hablaron de migrantes masacrados. Poco a poco, día a día, la noticia se confirmó: 58 hombres y 14 mujeres migrantes de Centroamérica, Ecuador, Brasil y la India habían sido masacrados por un comando de Los Zetas.

* * *

Fernando —el motorista— asegura que el día que la noticia salió publicada en los periódicos de medio mundo, recibió una llamada del coyote.
—Me voy. Si viene la Policía, vos no me conocés —dijo el coyote.
—¿Por qué?
—¡Ah! Vos no sabés nada de mí.

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Fernando es el nombre clave que durante el juicio contra seis salvadoreños acusados de integrar una banda de coyotes le dieron al testigo clave. Fernando conocía desde la infancia al coyote. Eran vecinos cuando Fernando quedó desempleado y accedió a trabajar como el motorista del coyote. Normalmente —relató en varias ocasiones Fernando ante un juez, ante las fiscales de la unidad de trata y tráfico de personas y ante agentes de la División Élite contra el Crimen Organizado (DECO)— sus funciones eran recoger al coyote, llevarlo a conversar con algunos de los potenciales migrantes, llevarlo a las reuniones con los demás miembros de la organización, llevarlo y traerlo a la frontera con Guatemala cuando iniciaba o regresaba de un viaje. Sus funciones, hasta aquel agosto de 2010, no incluían mantener la boca cerrada cuando la Policía apareciera.

En diciembre de 2010, la Policía apareció. Capturó a Fernando y también capturó a un hombre de 33 años llamado Érick Francisco Escobar. Según la Fiscalía, la Policía, Fernando y otros testigos, él es el coyote.

La detención se realizó cuatro meses después de la masacre en San Fernando porque fue hasta septiembre cuando Cancillería de El Salvador recibió el informe forense de México, donde se establecía que 13 de los asesinados en aquel galpón abandonado eran salvadoreños. Los investigadores policiales buscaron a los familiares de las víctimas y obtuvieron siete testimonios coincidentes. El coyote con el que habían negociado se llamaba Érick, y su número telefónico —que luego sería rastreado por la Policía— era el mismo. Uno de esos testigos, un hombre cuyo hijo fue masacrado a balazos por Los Zetas en aquella carnicería de Tamaulipas, fue el único de los siete que dijo poder reconocer a Érick. Y lo hizo. Durante el proceso señaló al que según él había sido el coyote que guio a su hijo a la muerte.

Fernando fue capturado en el mismo operativo en el que cayó Érick. Fernando era acusado de pertenecer a la red, pero tras unas semanas en el penal de San Vicente —donde era obligado a dormir sentado a la par de un inodoro—, el hombre decidió contar en una declaración jurada a las fiscales y a los investigadores de la DECO lo que sabía.

Tres meses después de las primeras capturas, la Policía detuvo a un hombre que había logrado mantenerse prófugo durante todo ese tiempo. La DECO detuvo en el municipio de Tecapán, Usulután, a un hombre corpulento, dirigente del equipo de fútbol de primera división Atlético Marte y dueño de buses de la ruta 46. Su nombre es Carlos Ernesto Teos Parada. Según las investigaciones fiscales y la declaración de Fernando, él era el jefe de la red de coyotes en la que Érick trabajaba.

Sabas López Sánchez, un muchacho de 20 años, y Karen Escobar Luna, de 28, eran también de Tecapán. Ambos terminaron formando parte de aquel gusano de colores tristes.

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En su declaración ante las fiscales, Fernando dibujó un mapa con palabras. El mapa que Fernando dibujó permite imaginarse que los migrantes, al menos los seis que iban con Érick, pasaron sus últimos días colgados a un tren de carga como polizones.

Fernando describió dos rutas. Una de ellas empezaba en Chiapas, donde cientos de miles de migrantes ingresan cada año luego de mojarse las piernas cruzando el río Suchiate que hace de frontera con Guatemala. La ruta seguía por Veracruz, lo que hace pensar que los migrantes ya antes habían alternado entre caminatas por el monte y autobuses chiapanecos durante 280 kilómetros donde el tren no funciona, hasta llegar al municipio de Arriaga, montar la bestia de acero durante 11 horas bajo el inclemente sol agostino, hasta llegar al municipio de Ixtepec, ya en el Estado de Oaxaca, donde cambiaron de tren y se subieron a uno mucho más veloz, que va a unos 70 kilómetros por hora, y que tarda entre seis y ocho horas para llegar al Estado de Veracruz, al municipio de Medias Aguas, donde los trenes que vienen de Oaxaca y de Tabasco se juntan para viajar en una sola línea hasta las proximidades de Ciudad de México. Desde ahí escalaban hasta llegar a Ciudad Victoria, viajar a Reynosa e ir a Nuevo Laredo, Tamaulipas, para intentar ganarle al río Bravo, ganarle a la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos y entrar al vasto Estado de Texas.

Fernando había explicado que conocía a Érick como un hombre de vicios. Un bebedor y cocainómano. Le gustaba, como dijo el testigo, andar “de zumba”.

Tomar alcohol y consumir cocaína, en el mundo de los coyotes, es como tomar whisky en el de los jugadores de póquer. No tiene nada de particular. Y sería solo un rasgo identificativo, una curiosidad, de no ser porque en este caso pasó lo que pasó.

En una ocasión, contó Fernando a las fiscales, Carlos Teos y Érick se reunieron en Usulután junto con otros miembros del grupo. Eso ocurrió más o menos un mes antes de la masacre. Teos dio algunas instrucciones, habló de la ruta, habló de nuevos contactos y ordenó a uno de los presentes que sacara el dinero. Fernando observó armas de fuego. El hombre regresó con un rollo de billetes y le entregó a Érick 3,000 dólares, el dinero que cubría el viaje de algunos de los viajeros.

Los familiares de los seis salvadoreños que fueron acribillados por Los Zetas aseguran que el acuerdo con Érick era pagar entre 5,700 y 7,500 dólares por el viaje. Todos pagaron la mitad antes de la partida. La otra mitad se pagaría allá, en Estados Unidos, a la llegada que nunca ocurrió.

Fernando relató que tras aquella reunión, Érick le pidió dirigirse a San Salvador, y ahí al bulevar Constitución, y ahí a una callejuela que entra a una comunidad llamada La Granjita, dominada por una vieja pandilla llamada Mao Mao. Ese lugar es conocido comúnmente como La Pradera, porque a la entrada de la callejuela de tierra hay un motel con ese nombre. Érick quería comprar cocaína, y su motorista lo llevó. Ahí mismo en el carro, dijo Fernando, Érick se metió unos buenos “narizazos”.

Los narizazos serían un rasgo identificativo de un coyote. Una curiosidad, de no ser porque el relato de Fernando termina como termina.

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Una de las muchachas que iba en el viaje con el coyote llamó durante el camino a una de sus familiares que luego se convirtió en denunciante del coyote. La muchacha, dice la versión fiscal, era optimista:

—Estoy en México y voy con la persona que me fue a traer. Estoy bien, dale saludos a todos, les aviso cuando esté en Estados Unidos.

El hijo del señor que luego señaló a Érick también llamó. También era optimista.

—¿Con quién vas? ¿Vas con Érick? —preguntó el papá.
—Sí, papá, aquí está con nosotros todavía, no se ha separado.

Aún no había pasado lo que pasó. Los pequeños detalles aún no habían terminado en un gusano de colores tristes.

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El 11 de agosto, según reportes de Migración de El Salvador, con uno o dos minutos de diferencia, abandonaron el país por la frontera San Cristóbal sei migrantes que 13 días después serían masacrados en un galpón abandonado en Tamaulipas.

Fernando —el motorista— asegura que una noche antes habían sido concentrados en dos hoteles que están a unas cuadras de la terminal de autobuses que van hacia el occidente de El Salvador. Algunos migrantes estaban hospedados en el hotel Ipanema y otros en el hotel Pasadena. Se trata de hoteles de paso, que cobran unos 17 dólares por una habitación doble, estancia de camioneros, buseros, migrantes y coyotes.

Una de las fiscales del caso cuenta que durante la investigación consiguieron una orden de registro del hotel Pasadena. Entre los huéspedes encontraron a un niño de 10 años y a un joven de 18 que estaban a la espera de iniciar el viaje con sus coyotes: estos eran un hombre que había sido deportado de Estados Unidos recientemente y un policía supernumerario. Ambos fueron detenidos. Encontraron también a un guatemalteco de nombre José María Negrero Sermeño. La policía solicitó sus antecedentes por radio, y pronto les respondieron que tenía una orden de captura por el delito de tráfico de personas girada por un juez de Cojutepeque. Le decomisaron sus teléfonos y ahí encontraron números de agentes policiales, de migración, de la frontera, agendas donde precisaba nombres de delegados de migración de Guatemala y El Salvador, así como tarjetas de presentación de varios funcionarios. Cuando hicieron el análisis telefónico de las llamadas de ese hombre, encontraron que se comunicaba con Érick y Carlos Teos.

Los migrantes que serían masacrados subieron a un autobús internacional que iba hacia la capital guatemalteca, contó Fernando. Érick le entregó al motorista 120 dólares. Según Fernando eso correspondía a 20 dólares por migrante, y eran para que el conductor del autobús sobornara a algún policía que se percatara de que los migrantes iban siendo guiados. Érick, él y otro hombre —Carlos Arnoldo Ventura, que luego sería condenado a cuatro años de prisión por tráfico ilegal de personas— se fueron en carro hasta la frontera. Fernando recuerda que durante el camino, Érick fue conversando por teléfono con Carlos Teos sobre rutas y fechas.

En el expediente fiscal se consigna que Carlos Teos —que tiene visa de turista para entrar a Estados Unidos— salió de El Salvador hacia Estados Unidos casi una semana después de que lo hicieran los migrantes. Fernando aseguró que Teos era quien se encargaba de recibir a los migrantes en Estados Unidos, entregarlos a sus familiares y cobrar la segunda mitad por el viaje. En algunas ocasiones hay registro de salida de Teos, pero no de entrada al país. La hipótesis fiscal es que Teos regresaba cargado de dinero, y evadía controles para ingresar al país y no declarar. El análisis de las cuentas bancarias de Teos demuestra que es un hombre que puede pasar de tener cero dólares a tener casi 10,000 en menos de un mes; de tener 85,000 un mes y 94,000 tres días después.

Lo último que Fernando supo de Érick es que cruzó la frontera sin pasar por el registro, con la idea de abordar el autobús del lado guatemalteco y emprender el viaje con sus migrantes.

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Tiempo después, Fernando recibiría la llamada de Érick. Una llamada que llegó muy pronto.

—Me voy. Si viene la Policía, vos no me conocés —dijo el coyote al regresar.

El coyote desapareció unas semanas. Cuando reapareció, dijo Fernando en su declaración jurada, que Érick le contó que un pequeño detalle, ese sutil rasgo característico de estos hombres de vida dura, cambiaría por completo esta historia.

Érick dijo que se había gastado un dinero que es sagrado en estos viajes. Érick se gastó en vicios la cuota que tenía que pagar a Los Zetas en Tamaulipas. Érick se gastó la cuota que un coyote debe pagar a esa mafia mexicana para que cada migrante pueda seguir migrando. Érick —relató Fernando— sabía que había tocado un dinero obligatorio, un dinero que no se negocia, y por eso abandonó a los seis salvadoreños que querían entrar a Estados Unidos.

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Cuando una de las fiscales del caso cuenta que Carlos Teos y Érick fueron absueltos por un juez suplente del juzgado especializado de sentencia de San Salvador, se le corta la voz. Se le insinúa el llanto.

A pesar del testimonio de Fernando, del análisis de llamadas, del reconocimiento del padre de uno de los muchachos masacrados, a pesar de que con las mismas pruebas y el mismo testimonio de Fernando otro juez condenaría luego a otros dos miembros del grupo, este juez absolvió a Érick y a Carlos Teos.

—Fue un asombro, estábamos celebrando… Bueno, qué tristeza. Todos nos volteábamos a ver, nadie lo creía.

La Fiscalía ha puesto un recurso y espera que la Sala de lo Penal revierta el fallo y obligue a que otro juez juzgue el caso.

Mientras, lo único que queda de los familiares de las víctimas, es el testimonio que ya rindieron. Todos los familiares de los migrantes masacrados que declararon recibieron amenazas telefónicas. A todos les dijeron que los iban a desaparecer, a asesinar, relataron a las fiscales antes de largarse de sus casas hacia otro lugar.

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Lo que pasó en aquel rancho es ya historia contada. Historia contada por un muchacho.

Luis Freddy Lala Pomadilla, de 18 años, se sentó en la ciudad ecuatoriana de Riobamba al mediodía del 14 de septiembre de 2010. Se sentó para contestar las preguntas que, vía video, le hacía un fiscal desde la Ciudad de México. Pomadilla es uno de los dos sobrevivientes. Él asegura que también sobrevivió otro muchacho, que era de noche y lo vio huir de entre los muertos, pero que luego escuchó alboroto, persecución, disparos.

El fiscal mexicano estaba más centrado en preguntar a Pomadilla por nombres y apodos. Le preguntó por El Coyote, El Degollado, Chabelo, El Kilo, Cabezón, le preguntó por El Gruñón, un “kaibil guatemalteco”, y por cinco salvadoreños, le preguntó si los reconocía como zetas. Pomadilla dijo que entre ellos no se hablaban, que por eso apenas recordaba a El Kilo —Martín Omar Estrada, que luego sería capturado y condenado como jefe de plaza de Los Zetas en San Fernando—. Pomadilla —que al igual que los seis migrantes salvadoreños fue abandonado por su coyote— recuerda que eran unos ocho zetas, todos armados, que se conducían en un pick up doble cabina blanco y en una todoterreno Trooper, los que detuvieron los tres camiones donde viajaban decenas de indocumentados en su intento por acercarse a la frontera. Recuerda que los llevaron hasta San Fernando y ahí los formaron contra el muro del galpón. Recuerda que uno de los zetas preguntó si entre esos hombres y mujeres había alguien que quería entrenarse para pertenecer a Los Zetas. Recuerda que solo un muchacho migrante levantó la mano y dijo que sí. “Pero igual lo mataron”. Lo mataron a él y a 71 personas más. Pomadilla, que sobrevivió porque lo dieron por muerto, recuerda que después, durante unos tres minutos, tronó un arma. Fue un concierto de balas de una sola arma que duró hasta acabar con la vida de 72 migrantes.

Los Zetas son una banda de cavernícolas. Tal como me dijo un coronel que formaba parte del contingente que mantenía un estado de sitio en Alta Verapaz, Guatemala, en 2011, para intentar echar a esa mafia, son tipos que primero disparan, torturan, asesinan y después preguntan si sus víctimas les harán caso.

Sin embargo, lo cavernícola no les quita lo mafiosos. En cada una de las actividades de esta banda a la que intento entender desde 2008 hay un solo interés: multiplicar el dinero. ¿Por qué secuestrar a 72 migrantes, llevarlos hasta una zona perdida de un municipio rural y masacrarlos? ¿Qué ganaron con eso?

La principal hipótesis divulgada por las autoridades mexicanas asegura que Los Zetas dispararon disgustados porque los migrantes no quisieron integrarse a la banda criminal. Una de las mujeres que eran guiadas por Érick y que murió en aquella masacre era una joven de 18 años del departamento de La Libertad. ¿Es ese el perfil de reclutas que Los Zetas buscan?

La historia de los seis migrantes salvadoreños que acabaron asesinados, que se supone pagaron por el pequeño detalle de que su coyote decidió consumir más cocaína y alcohol del que podía financiar, habla de otra lógica. El que no paga, no pasa. Migrar por México tiene tarifa, y la cobran Los Zetas.

Los coyotes o migrantes que quieran burlar ese peaje se enfrentarán a esos cavernícolas. ¿Qué manera más poderosa de demostrarlo que 72 cadáveres apiñados en un gusano de colores tristes

Todo parece adquirir lógica cuando se piensa que Los Zetas pretendían consolidar un mensaje entre los coyotes y los migrantes. Pero para dar eso por seguro, para entender cómo esa mafia cambió los códigos de un mundo de rudos coyotes hay que buscar a algunos de esos guías clandestinos.

Hay pocos lugares mejores que el departamento de Chalatenango, en El Salvador, para encontrar a algunos de los mejores coyotes.

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En la mesa hay seis envases de cerveza vacíos y un plato de bocas variadas que el traficante de queso y cigarros picotea. Estamos en un restaurante y hotelito en las afueras de la ciudad cabecera de Chalatenango, que no es sino un pueblo con un banco y algunos restaurantes de comida rápida, pero pueblo al fin y al cabo. El traficante de queso, a quien conocí gracias a que un intermediario nos presentó, me asegura que el restaurante y hotel donde estamos es de uno de los más conocidos coyotes chalatecos. Sin embargo, el recelo con el que se nos acerca el hombre, atraído por saber quién soy y qué hago en su negocio, hace que el traficante de queso recule en sus intenciones de presentármelo.

Este hombre regordete se dedica a eso justamente, a traficar quesos y cigarros. Compra quesos a bajísimos precios en Nicaragua y trae cientos de marquetas de 100 libras escondidas en falsos contenedores de camiones, o se encarga de coordinar el paso de camiones con cigarros chinos o rusos que van en contenedores marchamados hasta Ocotepeque, Honduras. Deja que el camión cruce la frontera, quita el marchamo e ingresan por puntos ciegos de la frontera pick ups llenos con los cigarros que se venden a la mitad del precio que los demás en una tienda chalateca. En muchas de las tiendas de por aquí es más fácil encontrar cigarros Modern que Marlboro.

Como el plan A del traficante se ha caído, y como por alguna extraña razón está empecinado en no desilusionarme en mi búsqueda de un coyote, se quita la gorra de la cabeza, respira profundo, achina los ojos y dice:

—Bueeeeeno, si aquí si usted levanta una piedra encuentra un coyote, el problema es que los jóvenes, los nuevos, son más asustadizos y no querrán hablar con un periodista. Puede ser que nos mande al carajo, pero vamos a intentar con el mero mero. Yo a él le estoy muy agradecido, porque él me enseñó el oficio de traficar queso. Él es el coyote que les ha enseñado el trabajo a todos los demás. Es el primer coyote de Chalate.

Es viernes, me pide que le dé el fin de semana para hablar con el señor coyote.

* * *

El señor coyote es grande y recio como un roble. Nos recibe, amable, al traficante de queso y a mí en su casa de Chalatenango. Manda traer unas tilapias, pide que las cocinen, que pongan arroz, que traigan cervezas y que calienten tortillas.

El traficante de queso ha conseguido lo que más cuesta al principio: convencer a una persona de que a cambio de historias y explicaciones, de que a cambio de su testimonio, uno como periodista guardará su identidad. El señor coyote me cree. Por eso la conversación inicia sin tapujos en esta tarde de octubre de 2013.

El señor coyote tiene ahora 60 años. Empezó en el negocio de llevar gente a Estados Unidos en 1979. En su primer intento por llegar como indocumentado a Estados Unidos, había pagado 600 colones —que al cambio de la época eran unos 240 dólares— a un coyote guatemalteco. El viaje fracasó cuando fueron detenidos en Tijuana. Durante su estancia en diferentes centros de detención conoció a otro coyote guatemalteco. El señor coyote, que entonces era un muchacho veinteañero, se ofreció a conseguirle migrantes en El Salvador. En aquel momento, recuerda el señor coyote, su oficio no era perseguido. Ningún policía detenía a alguien por ser coyote, y mucho menos lo juzgaban, como le ocurrió a Érick, en un juzgado especializado de crimen organizado. Tan a sus anchas se sentía que para promocionar sus servicios el señor coyote abrió una oficina en Cuscatancingo y publicaba anuncios en las páginas de publicidad de los periódicos en los que decía: “Viajes seguros a Estados Unidos”, e incluía el teléfono de su agencia. Luego de unos pocos meses, cuando ya había aprendido del guatemalteco lo que necesitaba aprender, el señor coyote se independizó. La gente llamaba a su agencia y preguntaba cuánto caminarían. El señor coyote explicaba que México lo cruzarían en bus, y que el cruce lo harían por Mexicali, San Luis Río Colorado o Algodones, y que no caminarían más de una hora. Así ocurría. Cuando el señor coyote juntaba a 15 o 20 personas, emprendía el viaje. Lo más que llegó a llevar fueron 35 personas. Cruzar México, recuerda el señor coyote, podía ser incluso un viaje placentero. “La gente no se bajaba del bus más que para orinar”, recuerda. En las casetas de revisión migratoria de la carretera ya todo estaba arreglado y apenas había que dejar unos dólares a los agentes de cada caseta.

A mediados de los ochenta, luego de que la Guardia Nacional cateara su oficina pensando que se trataba de una célula guerrillera, debido al intenso movimiento de gente, el señor coyote decidió retirarse algunos años, y alternó con estancias largas en Estados Unidos y trabajos esporádicos con grupos pequeños de migrantes.

En 2004 el señor coyote volvió de lleno a las andadas. Las cosas eran más difíciles, y aun empeorarían.

—Las cosas habían cambiado. En México había mayor seguridad, aquí ya era delito ser un coyote. Entonces la cuota de los coyotes era de 6,000 dólares por persona a donde quiera que fuera en los Estados Unidos. Pocas cosas eran como antes.

Los coyotes viajeros, los que hacían de lazarillos durante toda la travesía por México, eran contados.

—Ya entonces la cosa era más de coordinación, y así sigue siendo. Uno se encarga de poner la gente en la frontera de Guatemala con México, de ahí está el que lo levanta hasta el Distrito Federal, que es un mexicano. A él se le paga entre 1,200 y 1,300 dólares por persona. En el D.F. los agarra otra persona hasta la frontera con Estados Unidos. Ese cobra unos 800, y hay que darle unos 100 más por la estadía en la frontera y la comida del pollo. Uno estipula que de aquí a la frontera con Estados Unidos va a invertir unos 2,500. De ahí para arriba, a Houston, por ejemplo, la gente que los mete estaba cobrando 2,000. En Houston tiene que pagar uno a todos los que han pasado. Hoy cobran 2,500 dólares por la tirada. Ahí los tienen detenidos. Son casas de seguridad. Desde aquí mando el dinero por transferencia y van liberando a las personas. Cobraban 500 dólares por las camionetas que los llevaban hasta la casa donde iban. Hoy cobran 700. Por persona te quedan unos 1,000 o 1,500 dólares de ganancia.

Hay, como bien dice el señor coyote, maneras de abaratar los costos en México, pero eso implica métodos que para el señor coyote son “inhumanos”. Por ejemplo, meter a 120 migrantes en un furgón que va marchamado hasta la frontera. El marchamo se compra si se tienen los contactos adecuados en la aduana mexicana, y el reporte puede decir que adentro del furgón van frutas, cuando lo que en realidad van son decenas de personas sofocadas por el calor y el poco oxígeno, sin desodorante ni perfume, sin relojes ni celulares ni nada que timbre y los pueda delatar. Hay coyotes que por ahorrarse unos cientos de dólares embuten a la gente bajo un fondo falso de un camión bananero y los obligan a ir acostados durante más de 20 horas hasta la Ciudad de México. El señor coyote siempre pensó que eso es inhumano.

El señor coyote dice que la cuota, en los últimos cinco años, ha aumentado, y que nadie que se precie de ser buen coyote llevará a un migrante a Estados Unidos por menos de 7,000 dólares.

—Los riesgos son más ahora —dice el señor coyote y, con su dedo índice, dibuja en el aire una Z.
—¿Cuándo empezó usted a pagar a Los Zetas? —le pregunto.
—En 2005 se empezó a trabajar con Los Zetas, pero era mínimo, no era obligatorio. Tener un contacto de Los Zetas era una garantía, uno los buscaba. A través del coyote mexicano se armaba todo, igual que como se trabajaba con la policía. Después, ya ahí por 2007 empezaron a apretar al indocumentado directamente. No les importaba de quién era la gente. Se empezó cobrando 100 dólares por persona, eso se pagaba. Ahora lleva dos años lo más duro de estos jodidos.

Los Zetas, que surgieron hace 15 años como el brazo armado del Cártel del Golfo, se escindieron de esa organización allá por el año 2007. Quizá la cuota antes era un extra a su salario, y después se convirtió en un rubro de la organización.

—100 por migrante, ¿ese es el cobro de Los Zetas por dejarlos cruzar México? —continúo.
—Hoy la han subido a 200 dólares. En el precio (al migrante) se incluye la cuota para Los Zetas. El riesgo es mayor, por eso aumentó la cuota, el pollero ya no se quiere arriesgar por 1,000 dólares de ganancia.
—¿Usted se entiende con Los Zetas?
—Uno le deposita a los mexicanos, al mismo contacto coyote, y él se encarga. Yo no conozco a nadie de Los Zetas. Si alguien de aquí le dice que los conoce, es un bocón. Ese contacto mexicano tal vez está pagando 100 y a mí me cobra 200. Puede estar pasando. Pero hay que pagar.
—¿O?
—Bueno, eso pasó con la matanza en Tamaulipas, les debían, y a estos no les importó de quiénes eran esas personas. Ese fue un mensaje: a alguien se le olvidó pagar, entonces esto es lo que va a pasar. Y al que le toca responder es al coyote que de aquí salió. Nadie recoge gente para mandarla a morir, uno lo que quiere es ganar dinero y credibilidad.
—Pero hay coyotes que siguen viajando ellos con su gente por México.
—Un buen coyote que viaje él no existe, ni uno. Nadie se arriesga. Quizá para ir a dejarlos a Ciudad Hidalgo (frontera mexicana con Guatemala). Todo se hace pedazo por pedazo, uno coordina. Bueno, están los locos del tren. Los que van en tren cobran unos 4,000 o 5,000 dólares. Esos son polleritos que agarran dos, tres personas, o gente que en realidad lo que quiere es irse y ya antes viajó y conoce un poco el viaje en tren, y recoge dos o tres personas y con eso se van. Ahí es donde caen los secuestros. Si usted paga 200 dólares constante por persona, no lo molestan, pero si voy por mi propia cuenta… entonces… bueno. Ahí se enojan Los Zetas: “Este va a pasar y no va a dejar nada”, entonces aprietan y ponen cantidades de hasta 5,000 dólares por cabeza. Si usted trabaja con los contactos que conozcan a Los Zetas, tiene garantizado el cruce de México, ya no tiene problema. Si ellos son un grupo con muy buena coordinación con militares y policías. Incluso si lo detiene una patrulla y averiguan si ya pagó a Los Zetas, y usted ha pagado, lo sueltan de inmediato. Si descubren que no tiene contacto con Los Zetas, entonces está apretado, usted no va a ir a la cárcel, se lo van a llevar a ellos, lo van a entregar. Por eso desaparece la gente. México no es problema si uno tiene el contacto con Los Zetas. Si no…

Nos despedimos del señor coyote cuando Chalatenango se oscurece. Nos despedimos con ese “si no” y esos puntos suspensivos en la cabeza. Los puntos suspensivos, en el caso de los seis migrantes que salieron con Érick fueron una ráfaga de balas en un galpón abandonado. Los puntos suspensivos de otros pueden ser mucho más terribles. Si tienes contacto con Los Zetas, no hay problema. Si no…

* * *

A veces, a Bertila se le olvida lo que está hablando. Come poco. A sus sesenta y pocos años, Bertila llegó a pesar 100 libras. Desde que el 27 de marzo de 2011 su hijo Charli desapareció cuando viajaba desde San Luis Potosí hasta Reynosa, en el norte mexicano, acercándose a Estados Unidos, Bertila come poco y duerme mal. Sueña. Sueña que Charli no está muerto, que vuelve a casa y que ella le dice: “Pensé que algo te había pasado”. Y él contesta: “¿A mí? A mí no me ha pasado nada”. Eso sueña.

Harto de ganar cuatro dólares al día en una maquila, empujado por el cercano nacimiento de su primera hija y alentado porque el coyote del cantón le había prometido llevarlo y cobrarle hasta que él reuniera dinero en Estados Unidos, Charli decidió dejar su casa en Izalco y migrar. Se fue con el coyote y con otros cuatro migrantes.

Estoy sentado en un solar de un cantón de Izalco con Bertila, la madre de Charli, y esto es lo que, con todas las dificultades que opone el dolor, me cuenta. Charli, el coyote y los migrantes se fueron un lunes dispuestos a alternar entre buses y trenes. El viernes, el coyote estaba de vuelta con los migrantes y sin Charli. Agentes migratorios los habían detenido en Oaxaca, sur de México. Los bajaron a todos, menos a Charli. Los deportaron. Charli continuó su camino.

Llegó hasta San Luis Potosí, ya en el norte, y se quedó cuatro días en casa de unos parientes lejanos que por cuestiones del azar se habían establecido en esa ciudad. Desde ahí, se comunicó por última vez no con Bertila, sino con Jorge, su hermano, que trabaja como obrero en Oklahoma. Jorge me dijo por teléfono que Charli tenía dudas. Para este momento, el coyote de su cantón ya había vuelto a salir con los cuatro migrantes en el segundo intento. Charli —recuerda Jorge— le había explicado al coyote sus ganas de seguir hacia Reynosa, de acercarse a la frontera y desde ahí conseguir un coyote que lo brincara al otro lado. Incluso Jorge intentó contactar a la coyota que lo había cruzado a él hacía unos años. Ella trabajaba pasando gente por la garita formal, con papeles de otras personas, o por el río Bravo. La diferencia era de 500 dólares: 2,500 una opción y 2,000 la otra. Charli no quería esperar más. Sin embargo, le contó a su hermano que el coyote de su cantón le había dicho que no se moviera, que él pasaría, que el camino estaba lleno de zetas, que lo detectarían, que andaban a la caza de los que no pagaban a un coyote que a su vez les pagara a ellos.

Jorge tenía alguna idea de que la situación era un camino de obstáculos. Hacía apenas unos meses, había llegado a Estados Unidos un primo de él, que le contó que estaba ahí de milagro: “Me dijo que al coyote que no se alía con Los Zetas le quitan a la gente y lo matan, y que andan buscando como locos a los coyotes que no pagan. Mi primo me contó que él iba con uno de esos coyotes, y cuando se dio cuenta de que lo andaban buscando Los Zetas se zafó y consiguió escaparse”.

Sin embargo, la espera es infernal cuando México se convierte en un limbo, en una escala interminable.

Charli decidió abordar el autobús hacia Reynosa.

* * *

El 6 de abril de 2011, las autoridades del Estado de Tamaulipas anunciaron el hallazgo de ocho fosas clandestinas en un ejido llamado La Joya, en San Fernando, en el mismo lugar donde Los Zetas habían masacrado el año anterior a 72 migrantes en un galpón derruido. Adentro de las fosas encontraron 59 cuerpos putrefactos, algunos con los cráneos destruidos.

Al principio, las autoridades del Estado intentaron minimizar la situación poniéndole etiquetas a los muertos: dijeron que eran “miembros de organizaciones criminales transnacionales, secuestrados y víctimas de violencia en la carretera”.

Los muertos no dejaron de salir de la tierra.

Las fosas siguieron apareciendo. Para el 8 de abril, luego de abrir 17 fosas, los cuerpos eran ocho; el 15 de abril, de 36 fosas habían sacado 145 cadáveres; el 29 de ese mismo mes, el gobernador de Tamaulipas anunció que habían encontrado un total de 196 personas asesinadas.

Luego se sabría que algo podía haberse intuido, algo podía haberse prevenido en un municipio que apenas un año antes había sido regado con la sangre de 72 migrantes. Y no solo eso: la organización estadounidense National Security Archive, con base en la ley de acceso de información de aquel país, logró desclasificar una serie de cables que eran enviados desde las representaciones estadounidenses en México a Washington, D.C. Las comunicaciones fueron enviadas principalmente desde el consulado de Matamoros, la ciudad fronteriza más cercana a San Fernando.

Los cables desclasificados daban cuenta de que entre el 19 y 24 de marzo de ese año, casi un mes antes de que se descubrieran todas esas fosas repletas de muertos, varios autobuses habían sido detenidos y sus pasajeros secuestrados en la ruta que iba hacia Reynosa.

Esa era la ruta que, pese a la insistencia de su coyote, Charli decidió tomar. Esa es la ruta que miles de migrantes de todo el mundo toman para dirigirse a la última prueba de su viaje: la frontera con Estados Unidos.

Esos secuestros no eran casuales, sino que durante todo marzo aquello fue una modalidad. Los autobuses eran detenidos cuando se conducían por la carretera federal 97 rumbo a Reynosa, una carretera de cuatro carriles rodeada por extensas planicies deshabitadas. Los pasajeros, migrantes mexicanos y centroamericanos en su mayoría, eran sacados de la carretera e internados en calles secundarias de los alrededores de San Fernando.

Aún no hay un consolidado. La comisión interdisciplinaria que intenta esclarecer la identidad de todos esos cadáveres aún trabaja, pero decenas de los cuerpos han sido identificados como migrantes mexicanos y centroamericanos, gracias a que muchas madres de migrantes desaparecidos acudieron a dejar muestras de sangre para los exámenes de ADN.

Una de esas madres fue Bertila. Uno de esos cadáveres fue Charli.

* * *

Bertila —sentada a una de las mesas de la pupusería que ha montado en el patio de su casa en un cantón de Izalco— tiene un pie en esta realidad y otro en sus pensamientos. La mirada a veces se le pierde, y ella parece olvidar que conversamos. Da la impresión de que imagina una situación, de que en su mente se proyecta una película. Y esa película, invariablemente, es triste. Esa escena con la que sueña es la de unos funcionarios devolviéndole un féretro o una caja o lo que sea —no le importa el envoltorio— con los huesos de Charli.

En diciembre de 2012, casi dos años después de que su hijo fuera secuestrado y asesinado por Los Zetas mientras viajaba en autobús, Bertila recibió de parte de la Procuraduría General de la República de México la confirmación de que el cuerpo de la fila 11, del lote 314, de la manzana 16 del Panteón Municipal de la Cruz en Ciudad Victoria, Tamaulipas, era su hijo Charli.

Describir el sufrimiento de quien ha sido madre de un desaparecido, de quien es madre de un asesinado, de quien no tiene ni siquiera unos huesos que enterrar —porque hoy, casi tres años después de la barbarie, Bertila no ha recibido los huesos de Charli— es un reto demasiado peligroso. ¿Qué adjetivo describe lo que Bertila siente? ¿Qué adjetivo le atina a ese dolor? Lo único que se me ocurre escribir es que Bertila no vive del todo en este mundo, que en su mente pasa una y otra vez una película triste y ella la ve y desconecta de este mundo. Lo que se me ocurre es escribir sus palabras:

—A mí, a veces, se me olvida lo que estoy hablando… a veces, cuando me preguntaban si sabía algo de Charli, yo sentía como si me estaban golpeando… como por dentro… yo caí, durante mucho tiempo caí… yo solo me tiré a la cama de él y estuve ahí. Han pasado dos años, siete meses, diez días. Los huesos… pues habría un poco de paz. Aunque quizás nunca podría yo tener la completa paz. Pero eso llenaría un poco mi vida, porque a veces me aterra. Cuando llueve fuerte me imagino yo que los huesos se pueden ir en una correntada y nunca encontrarlos. Eso me tiene… cada vez que oigo que en México hay un ciclón, que hay una tormenta, una onda tropical, yo pienso en eso. Es una angustia grande cuando veo que todos van a poner flores o le traen a sus seres queridos… yo no puedo recibir el mío.

* * *

De nuevo, resurge la pregunta. ¿Por qué secuestrar a Charli y a otros como él? ¿Por qué gastar gasolina, hombres, arriesgarse a ser detectado, solo para detener a un autobús con migrantes en una carretera? ¿Por qué tomarse la molestia de trasladarlos hasta diferentes ejidos de San Fernando? ¿Por qué asesinarlos con tal brutalidad? —porque la mayoría de cadáveres de las fosas no tenían ningún orificio de bala, habían muerto a golpes, con objetos contundentes, cortopunzantes, palos, machetes—. ¿Por qué la carnicería?

¿Por qué le pasó esto a Charli? ¿Por qué le pasó aquello a los seis migrantes que viajaban con Érick? ¿Por qué le pasó a 72 personas en 2010? ¿Por qué le pasó a 196 personas en 2011?

Supongo que el señor coyote de Chalatenango ya contestó. De cualquier manera, volveré a preguntarle.

* * *

Habíamos quedado en el mismo lugar, en el patio de su casa en Chalatenango, pero a última hora, el señor coyote cambia el plan. Me dice que está trabajando en una de sus fincas, que nos encontremos en la carretera, adelante de la Cuarta Brigada de Infantería. Que deje las luces intermitentes, me haga a un lado de la carretera y que él pasará pitando a mi lado.

Llega. Uno de sus trabajadores maneja. El señor coyote está borracho.

En teoría iríamos a una finca, pero cuando lo sigo me lleva hasta su casa. Nos sentamos en el mismo lugar que la vez anterior. Es difícil iniciar la conversación, porque quiere hablar de otros temas. Concedo. Durante un rato, hablamos de caballos de paso, discernimos si el appaloosa es mejor que el morgan; si el caballo de paso español está por encima del caballo de paso peruano.

Uno de sus hombres trae cervezas.

Ya hace una hora que hablamos de cosas de las que no he venido a hablar. Es un callejón sin salida. Yo pregunto y él contesta hablando de lo que le da la gana.

Finalmente, cuando entiendo que la conversación debe terminar, que él está cansado y los ojos se le cierran del sueño, de la borrachera, digo alzando la voz:

—No entiendo estas masacres y muertes y locura de Los Zetas…

Él, que quizá también entiende que la conversación debe terminar, responde alzando su voz.

—Está claro que ellos ya lanzaron el mensaje de lo que va a pasar al que no pague. Son mensajes. Yo le recomiendo a la gente que se entere antes de viajar. ¿Su coyote paga o no paga cuota a Los Zetas? Si no paga, que Dios lo proteja.

Se creía Supermán hasta que una caída le recordó que era humano. Ocurrió en septiembre de 2009 durante una presentación en Cali. Israel Gasca se trepó al filo del cañón mientras era elevado lentamente a una altura de once metros. Estaba seguro, levantaba las manos como si estuviera celebrando una victoria anticipada. El público aplaudía sin dejar de ver como su figura se empequeñecía a medida que aumentaba la altura. “Todo tiene que ser exacto. Mi limétricamente medido. Volará a una distancia de 25 metros antes de llegar a la red” anunciaba el locutor del circo desde abajo. El hombre bala se metió en la boca el cañón, estiró el cuerpo, pensaba terminar la función para ir a jugar bolos con Tuti-Fruti, el payaso del circo. El hombre del micrófono empezó el conteo regresivo y los 2,000 espectadores coreaban los números. ¡5, 4, 3, 2, 1! un estruendo de pólvora estalló y como un proyectil salió Israel. A los ocho metros de distancia el cuerpo disminuyó la velocidad y, como un cuerpo que cae de un edificio, cayó fuera de la red. Los espectadores se pararon de sus sillas. Sonaron gritos de histeria, llantos de niños, y los paramédicos entraron con una camilla para sacar al accidentado.

Tuti-Fruti estaba detrás del escenario hablando con una señorita que acababa de conocer. Cuando escuchó que no sonaban los aplausos acostumbrados sino una gritería, creyó que había sido la última presentación de su mejor amigo. Se metió en el tráiler para que los asistentes no vieran las lágrimas de un payaso y se desmaquilló el rostro. No fue capaz de salir al escenario para distraer a los asustados asistentes.

El hospital de trajes blancos de enfermeras y médicos ese día se llenó de color. Trapecistas con el rostro escarchado y acróbatas vestidos de lentejuelas esperaban sentados en la recepción la noticia de la muerte de su compañero. El médico se acercó a los familiares del Hombre Bala y con voz de pésame les dijo que quizá sería su última noche de vida.

De camino a la clínica el cuerpo se estaba desangrando y entró en estado de coma. El diagnóstico: riñón y bazo reventados, fractura de la pelvis y el brazo derecho, destrucción de los huesos del brazo izquierdo y ruptura del omoplato.

Pasaron diez días de inconsciencia. Cuando despertó estaba conectado a toda clase de aparatos. No recordaba nada. Al lado estaba su madre, su novia y su abuela que le contaron lo ocurrido. No lo podía creer. Al prender el televisor se vio a sí mismo en las noticias locales flotando en el aire y luego caer como un muñeco. Ver ese video le dolió más que el día del accidente. Jennifer, la novia, le preguntó si él quería seguir cometiendo esa locura. El Hombre Bala cerró los ojos, pensó, no podía hablar porque tenía tubos en la boca, para responder asintió con la cabeza afirmando que sí quería repetir la hazaña.

Israel, antes de ser el hombre temerario que es hoy, era un niño con un “bulto de sal a cuestas” como le decían sus amigos de infancia. Las correrías y los juegos terminaban para él en algún hospital o envuelto en vendajes caseros. Se fracturó casi todas las extremidades. En la adolescencia fue apodado “9-11” –número que recuerda el episodio de las Torres Gemelas–. Sus familiares decían que no pintaba para ser acróbata. Parecía haber nacido en el lugar equivocado, pues venía de una estirpe de cirqueros creada en 1938.

Nació en Ciudad de México y fue criado como un gitano que andaba de ciudad en ciudad acompañando a sus padres en las rutinas circenses. Pasaron los primeros años y “El bulto de sal”, el “9-11”, el niño que se caía con mirar el suelo, se opuso a la mala suerte y le dijo a su madre que quería participar en las rutinas, pero no como payaso sino haciendo acrobacias. Poco a poco fue aprendiendo a cruzar la cuerda floja, a pararse sobre los caballos y a participar en el Círculo de la Muerte en el que tres motos giran en una esfera de cinco metros de diámetro. La mayor parte de su vida vivió en Norteamérica y hace una década está radicado en Colombia en donde trabaja en los circos de su familia.

A los 22 años vio por primera vez un cañón que podía tocar y en el que podía introducir su cuerpo. Antes solo los veía en la televisión y añoraba convertirse en esos hombres que cumplen el sueño de toda la humanidad: volar, aunque sea por tres segundos. Dos acróbatas norteamericanos y un ingeniero mexicano vinieron de Estados Unidos a Colombia con el cañón. Antes del primer lanzamiento la máquina fue probada con bultos de arena que a veces se estrellaban contra el suelo y otras veces caían sobre la red. Los dos norteamericanos traídos especialmente para el espectáculo se negaron a última hora por miedo a caer como uno de los bultos.

Con el cañón comprado y los acróbatas retirados, Israel encontró la oportunidad de lanzarse. Nunca sintió miedo a pesar de las historias de hombres que por volar hoy no pueden ni caminar, y de los que han perecido en el acto por una falla mecánica o una mala puntería. No le importó nada de eso y se metió en el cañón. Faltando dos segundos para el despegue tensionó el cuerpo, aguantó la respiración, puso recta la cabeza. Si no hay tensión en el cuerpo las piernas pueden subir más rápido que la cintura y causar una fractura, si no se aguanta la respiración se pueden maltratar los órganos por el impacto y si la cabeza no está rígida puede golpearse contra el cilindro. ¡Pum! Como un proyectil salió a una velocidad de 80 kilómetros por hora.

Son pocas las personas en el mundo que se han arriesgado a ser disparadas como proyectiles desde que se inició este oficio en 1875 cuando un científico canadiense conocido como Farini, inventó el dispositivo para lanzar humanos. En la actualidad solo existen cinco hombres bala. La mayoría se retiran a los tres años de ejercicio con dolor en la cintura, en la columna y en las articulaciones, condenados a una vejez prematura por el desajuste corporal. Israel sabe que si a los 40 años no ha muerto o no está en una silla de ruedas, va a tener el cuerpo maltrecho y cansado como el de un anciano.

Año y medio después del accidente, el Circo Grande de México en su gira por Medellín se prepara para la función de las 3:00 pm. Los espectadores comienzan a entrar en horda para ocupar las mejores sillas. Quieren ver al payaso, los caballos, el domador, el hombre que se trepa en las telas, pero ante todo vienen a ver a la bala humana.

Mientras salen a escena los percherones, los mandriles y el payaso, Israel se dirige a su tráiler y descuelga un traje azul acolchado con parches negros. Tiene siete trajes en total, la mayoría son mandados a hacer en Colombia por 500 dólares. Otros son comprados en Estados Unidos a diseñadores de ropa deportiva que cobran por cada prenda 1,000 dólares o más. El Hombre bala se viste, empolva el rostro, se aplica rubor en las mejillas y delinea sus los ojos. Es hora de la función.

Las luces de la carpa se encienden. El locutor anuncia la aparición del magnífico, el suicida, el que vio a la muerte de frente y no tuvo miedo, “Señoras señores, ¡el Hombre Bala!”. Después de 4,000 presentaciones y un accidente aún sale sonriendo, levantando las manos y gritando. La gente lo mira, las mujeres lo miran más, y los niños creen ver a un héroe de carne y hueso. Como en las 4,000 veces anteriores empieza el conteo seguido de un estallido de pólvora. Sale disparado, extiende los brazos y vuela; vuela por tres segundos cortando el aire y luego, aprovechando los últimos instantes antes de caer a la red, hace una voltereta. Israel dice que todas las veces son únicas y nunca se cansa de eso. Sabe que cada vez que se lanza está retando a la vida, pero esos segundos de libertad que tiene en el aire son los que lo llenan de felicidad. Su sueño, aunque sea trágico, caer fuera de la red y no volver a respirar, morir como desean morir todos los artistas de su familia, dentro de una carpa de circo.

Sí, pero él de chico había querido ser cura”.
Emilia

Miguel murió a manos del novio de su hija en una siesta de mayo. Los vínculos familiares indican que el asesino es algo así como su primo. El crimen ocurrió en un barrio de Córdoba. Un lugar donde todos están unidos por algún tipo de parentesco, donde todo tiene un sentido si se quiere encontrarlo.

El lugar se ubica en la zona oeste de la ciudad. Aunque la Policía lo considera un sector único, una villa, en realidad el lugar contiene tres asentamientos diferentes cuyos vecinos están enfrentados entre sí. Villa Santa, Monte Negro y un grupo de casas de plan, rodeadas por un alambrado al que medio en broma se lo llama El Barrio Cerrado.

En ese territorio de no más de siete manzanas conviven unas cuatro mil quinientas personas. En los últimos tiempos la zona tiene una presencia estable en las páginas de policiales de los diarios. La muerte de Miguel, a quien en el barrio todos conocían como el “Gorila” Miguel, es quizá el hecho más relevante de los últimos tiempos y el que mejor revela los secretos que se esconden tras los muros de ese mundo precario.

Madre

El chico ingresa a la casa nervioso, acelerado, preocupado. No le gusta que su madre esté acompañada. No le gusta la compañía. Se dirige a ella.

—¿Tenés algo?
—No, nada. Queda un poquito nomás.

Contesta Maru.

—Una camioneta roja está dando vueltas. Si pateo la puerta arreglá todo.

Tiene unos diecisiete años y está vestido con el buzo de un conocido club de Córdoba que supo de tiempos mejores. Se pierde por la puerta de chapa que da al patio.

La camioneta puede ser de la Policía. La casa está ubicada en los márgenes del barrio. El olor de las aguas servidas se cuela por la ventana anulando los esfuerzos del sahumerio.

A cada rato alguien golpea para comprar droga. Adentro están Maru y una de sus hijas, Emilia. Emilia parece Florencia de la V. Tiene tetas enormes. Hechas o, quizá, infladas.

La mujer mayor es la madre de Miguel, el muertito. Llora. Dice que se va a vengar. Quiere vengarse de los que mataron a su hijo. No quiere saber nada con eso que en Tribunales llaman Justicia.

—La Justicia se llama dinero, se llama poder.

Afirma ella, que estuvo dos años presa por tener diecisiete porros encima.

Tuvo a Miguel antes de cumplir dieciocho, hace treinta y dos. En el año 1976 llegó con su hijo al barrio que está del otro lado de la villa. En esa época le ayudó una mujer llamada Mabel que con el tiempo se convirtió en algo así como su madre adoptiva.

La madre de Miguel formó pareja con otro hombre (viudo y con dos hijos) que le dio a Miguel un apellido —Andrada— y a ella muchos hijos; algunos propios, otros ajenos. Miguel siempre se llamó Roberto, pero desde chico le dijeron Miguel. Miguel y santiagueño.

—Le decían así porque sí. Viste que en el barrio a todo el mundo se le llama así. Tucumano, Santiagueño, Cordobés… Porteño.

Miguel estudió para recibirse de Técnico en Motores Diesel.

—Sí, pero él de chico había querido ser cura.

Acota Emilia.

—Claro. Por eso cuando estuvo preso se convirtió en pastor. Empezó a robar cuando le quedaba una materia para recibirse. Tenía diecisiete años.

Maru llora. Habla de su hijo como si se tratara de un ángel. No lo puede creer muerto. De alguna manera saberlo muerto la mata a ella. Todavía hoy cree que puede entrar caminando por la puerta para saludarla. Para decirle como le dijo aquella vez tomándose el corazón. La mañana del día en que lo mataron.

—Vieja, a vos y al club, los llevo acá.
—Me dejó un vacío que no se va a llenar. No tengo consuelo.

Mujer.

Virginia tiene treinta y cinco años, pero parece de cincuenta. Se puso de novia con Miguel cuando él tenía diecisiete y tuvieron que esperar hasta que ella fuera mayor para que los dejaran casarse. En realidad lo que pasaba es que, siendo menor, Miguel estaba preso. Mónica habita la casa de bloques en la que antes vivieron juntos. En el corazón de Monte Negro.

—Si no fuera por este embrollo la vida sería realmente muy difícil.

El embrollo es la venta de droga al menudeo. La explicación viene al caso porque cada tres minutos llega algún chico en moto a comprarle droga.

Con el Santiagueño Miguel tuvieron varios hijos. De los catorce años que estuvieron casados él pasó casi diez preso por dos asaltos. En su prontuario figuran un homicidio y unos cuantos hechos violentos. En la etapa más tranquila de su vida, cuando sólo se dedicaba a vender droga y había dejado de robar, se encontró con la muerte.

Todo comenzó unas semanas antes. Las hijas mujeres más grandes de Miguel (de trece y dieciséis años) habían ido a bailar al Estadio del Centro y aunque ya era de mañana, sólo la más grande había regresado. La menor se fue con un chico de veinte, Melena, que también vive en Monte Negro. La madre salió a buscarla y la trajo a las patadas.

—Estaba en una situación que no se corresponde con una chica de trece.

Explica Virginia sin demasiados argumentos.

Al saber lo que había pasado, Miguel prometió venganza contra el pretendiente. Le mandó a decir al chico que desapareciera del barrio y que ni se acercase a su hija. Así se encendió la llama que terminaría en el crimen.

El día que lo mataron, Miguel iba a ver un partido a bordo de su Peugeot 305 plateado. En el camino se cruzó con el chico de veinte que noviaba con su hija de trece. Miguel lo encaró, lo golpeó y le dijo que no quería verlo. El chico se fue pero a los pocos minutos volvió acompañado por un hermano y con una pistola calibre 32.

Miguel le dijo que tirara y el chico tiró.

Tras el entierro Virginia fue a visitar a los padres de los asesinos de su marido para decirles que estaba todo bien y que no quería tener problemas.

—Tengo que cuidar a mis hijos, el más chico tiene ocho años y está porfiado con que va a vengar la muerte de su padre.

Otra mujer.

—Los hijos de puta de tus sobrinos lo mataron al Miguel.
—Ta bien si era un verdugo ese culiado…
—Pendejos culiados, son tu sangre, son una bosta igual que vos.

Así recuerda Laura cómo increpó a su marido, el gringo Alfred, jefe de la barra brava del club del que todos son hinchas, cuando éste llegó de la cancha el día de la muerte y se enteró de lo que había pasado.

—¿Por qué no fui al velorio? Por esa hija de puta de la Maru. Nunca se lo voy a perdonar. Estuve a punto de ir, pero si ella saltaba la iba a cagar matando.

Laura es hija de Mabel, la mujer que recibió y adoptó a Maru y a su hijo Miguel cuando llegaron al barrio, en 1976. Aunque Laura profesa amor por Miguel no parece tener ninguna simpatía por Maru, la madre del muerto.

No fue al velorio porque temía que Maru le echara en cara que sus sobrinos políticos mataron a Miguel. Dice eso y lanza una cadena de chismes sobre la vida de aquella mujer.

—Yo lo quería mucho al Miguel y no me dejó despedirlo. La hija de puta esa lo dejaba en casa cuando éramos chicos y se iba de joda. Mi mamá lo cuidaba. Ella nunca se preocupó por él. A mi mamá él le decía abuela.

Laura es la única de las mujeres vinculadas a Miguel que no vende droga. Casada con el gringo Alfred, parece acatar la ley que impone el jefe de la barra brava a sus soldados. Nada de vender en la cancha. Desde hace unos años se fueron de Monte Negro. Sin embargo, de alguna manera siempre están allí.

Para confirmar que no dudaría en castigar a Maru, Laura cuenta de una vez que descubrió a su marido saliendo de la cancha con una amante. El barrio confirma la anécdota. El gringo Alfred recibió una cuchillada en la puerta del estadio. Laura corrió a la amante por ocho cuadras. La juventud de la otra pudo más que su odio.

Laura no pudo despedir a Miguel. El velorio duró veinticuatro horas, se hizo en un rancho ubicado en el vértice entre Villa Santa, Monte Negro y el Barrio Cerrado. Pero ella no pudo verlo.

—La culpa la tiene la lenguda esa que andaba gritando contra los sobrinos del Negro.

Hermana.

Su mirada joven no esconde las marcas de una vida dura. Tiene veintinueve años, el pelo largo y oscuro como sus ojos. Las manos arrugadas. Vive con Marcelo, el hijo del gringo Alfred y Laura, junto a las vías, frente a la calle Los Cerros. Tienen cuatro hijos.

Los mates calientes, dulces como el almíbar, los ceba en la habitación de sus hijos que también es el comedor. La televisión catorce pulgadas está en Canal 12. La habitación es fría. Los colchones de las cuchetas están sucios, pelados. No hay colchas, sábanas, señales de abrigo.

Llegó a Villa Santa desde el barrio. Es hija de Maru y hermana de Miguel. Cuñada de Virginia y nuera de Laura.

En la cocina no hay alacena. Un único estante está destinado a un santuario para San Jorge. Velas de colores, rosarios, cuadritos y estampitas acompañan la foto del Santiagueño Miguel.

También vende cocaína y marihuana. Los clientes golpean las manos y esperan en la puerta. Desde el comedor que está en un nivel inferior se los ve sin cabeza, como seres decapitados esperando que los atiendan. Paula pasa la mano, entrega, recibe.

Habla de su hermano como si tuviera una espina clavada. Lo recuerda dulce, amable, jugando en la plaza del barrio, remontando un barrilete. Ahora está embroncada con la Virginia. Dice que la mujer de su hermano ya tiene un novio nuevo y le está faltando el respeto al muerto.

La noche del asesinato juró venganza, pero ahora sabe que no la va a llevar adelante. En el sector, asegura, el peor problema es que las cosas nunca se olvidan. Que a la muerte de Miguel hay muchos que no se la van a olvidar. Que habrá venganza. También dice que ella tiene cuatro hijos. Que tiene que hacerse la boluda.

—Mi único hermano. Me mataron a mi único hermano.

Repite a cada rato.

Le reconoce a Miguel sus cualidades. Dice que en el barrio se habla de un solo homicidio pero que a ella él le confesó dos.

Prefiere no hablar de sus sobrinas.

—Esas pendejas moqueras.

Hijas.

Las anécdotas que se cuentan en el barrio sobre las hijas de Miguel son bastante perturbadoras. Se dice que la muerte de Pancho Gorosito a manos del Gangoso Diego Duarte habría sido producto de un problema de celos entre ellos disputándose a la más chica, Valentina.

El Gangoso está preso. Al parecer, mientras junto a Duarte se tiroteaba con unos chicos de otro barrio, recordó a la hija de Miguel y decidió matar a su compinche por celos. Tres meses estuvieron detenidos los chicos de aquel barrio hasta que la pericia balística demostró que el disparo había salido del arma del Gangoso.

Otro rumor habla de un joven herido en la ingle que habría recibido una bala que en realidad iba dirigida a la mayor de las hijas de Miguel, Tanya.

Las hermanas son amigas de la Negra Marité, quien últimamente dejó los embrollos con chicos para vincularse con ladrones. Juntas forman un triunvirato que hace estragos en el baile los fines de semana.

Fin.

Después de matar los hermanos desaparecieron de Monte Negro. Dicen que estaban bajo los efectos del Rohipnol. Miguel llegó grave al Hospital de Urgencias. No sobrevivió a la intervención quirúrgica que pretendía salvarlo.

Esa noche llovieron tiros y piedras sobre la casa de los hermanos. Los padres no estaban. Alguien les había avisado. Los asesinos se entregaron unos diez días después. Uno quedó libre. El otro sigue preso.

La villa los espera.

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* Los nombres y los detalles geográficos de esta crónica fueron modificados para proteger a las fuentes.

Es verano. Es 1934. El chico tiene ocho años, está solo en su casa, en un pueblo patagónico llamado Puerto Santa Cruz, un puñado de habitantes a 270 kilómetros de Río Gallegos. Mira el vaso de agua fresca que ha puesto en la mesa, frente a sí, y piensa: “Todavía no”. Ha pasado la tarde andando a caballo, jugando con sus mascotas que, en esas latitudes, no son extravagantes (un guanaco, un ñandú, dos pollos) y suda copiosamente mientras ve cómo el vaso de agua chorrea sobre la mesa. Y vuelve a pensar: “Todavía no”. Pasarán aún nueve minutos antes que vacíe el vaso de unos cuantos tragos golosos con los que aplacará la sed que le pega la lengua al paladar.

—Era un ejercicio de la voluntad, como si dijeras “No voy a respirar hasta que sea la asfixia”.

Casi ocho décadas después de aquellos días, el poeta, dibujante, escritor y crítico de vinos Miguel Brascó pega el mentón al torso y, con una voz que resulta a la vez hastiada y jocosa, agrega: “Eso es algo que yo hago bastante”.

En el estudio donde trabaja, un departamento antiguo de Barrio Norte, en Buenos Aires, hay una mesa redonda cubierta de lápices, blocks, cortapapeles; otra, más pequeña, con una computadora; un televisor enorme; un sillón de cuero para las visitas y una silla en la que está sentado él, pantalón claro y campera de lana beige.

—Yo soy ordenado y controlado por naturaleza. Escribo un mail y lo corrijo. Cambio los puntos, pongo diferentes tipos de letras, bastardillas.

A espaldas del sillón para las visitas hay una biblioteca, pilas de libros atados con piolín (T. S. Eliot, Anthony Burgess, Shakespeare, los hermanos Marx, poesía, casi todo en inglés), fotos -García Lorca, su madre, y su mujer actual, la periodista y poeta Patricia Delmar-, rollos de cintas para embalar. Miguel Brascó tiene 85 años y una vida que no parece la de un hombre controlado sino la de alguien cuya marca es el exceso: vivió en Puerto Santa Cruz, en Santa Fe, en Buenos Aires, en Lima, en Madrid, en Holanda; tuvo seis matrimonios, tres hijos (Nicolás, de 60; Irene, fallecida a los 31; Milagros, de 13); es abogado, escribió crónicas de viajes, crítica de vinos, letras de canciones (“La vuelta de Obligado”, que cantó Alfredo Zitarrosa), poemas, cuentos, novelas; es dibujante, fundó revistas como Cuisine&Vins y Status; creó tres clubes privados para hombres (The Twelve Fishermen, The Fork Club, Epicure); escribió libros que fueron best-sellers (Anuario Brascó 2006 de los vinos argentinos), dirigió programas de televisión (Chateau Brascó, Beber y beber, Dos de copas) y tiene dos vinos propios, uno de Finca La Anita, otro de Bodegas López.

—Al principio, hacer tantas cosas me parecía divertido. Después me di cuenta de que era un hándicap. El conjunto es curioso, pero llega un punto en que parás y pensás: “Si yo tuviera que escribir mi necrológica, ¿qué pongo?”.

—¿Y qué pondría?

A veces, cuando se le hace una pregunta, responde con un silencio falsamente hosco, como si hubiera estado a punto de entender algo del orden de lo divino y acabara de ser interceptado, en ese entendimiento, por el balbuceo torpe de la humanidad.

—Yo sé lo que soy, pero la imagen que doy no es clara. La poesía es una de las cosas que más me expresan. Pero la gente me identifica como el experto en vinos. Yo siempre tengo la sensación de que no cumplí las metas que debía cumplir, por mala administración de mis tiempos o de mi trayectoria.

Y, con un tono bruñido por ocho décadas de buena educación, dice: “Te tendría que invitar con un té, pero eso me llevaría un esfuerzo tremendo”.

Las circunstancias del nacimiento son confusas: en la solapa de su primera novela, Quejido huacho (Tusquets, 1999, la historia de un ingeniero que viaja al interior del país y termina enredado en peripecias delirantes), se lee que nació en Puerto Santa Cruz, en 1936, pero en verdad nació en 1926 y, al parecer, en Sastre, Santa Fe, donde tenía familia, aunque se crió en la Patagonia, solo, solísimo porque su padre, Jaime Brascó, era único médico en un radio de 400 kilómetros y porque su madre, Rosa Barreiro, pasaba meses en Buenos Aires acompañando a dos hijos mayores que estudiaban allí.

—Fue una experiencia difícil. Yo era como huérfano.

Baja el mentón, suspira. Después, dice exactamente lo contrario:

—Fue una experiencia buenísima. Yo tenía mar, tenía montaña, tenía nieve, caballos, casa. O sea que la soledad no la vivía como abandono. Y aparte era un pueblo chico. Todos eran tus padres. Leía mucho. Después, mi padre se trasladó a Santa Fe y ahí terminé el secundario. Pero los vi poco a mis padres. Hubo temporadas en que estuve en contacto con mi madre. Ella murió a los 104 años ¿A qué iba esto…?

—Hablaba de su infancia.

—No puedo estar demasiado tiempo ¿Qué tipo de ración querés? Porque como soy polifacético, perverso polimórfico, puedo elegir cualquiera de las polimorfias y.

—Prefiero que hablemos de todo.

—Esa temática rebalsa cualquier reportaje. La otra idea es tomar un aspecto, nada más, y eso en general no se hace. Porque es más fácil contar la vida. Porque la vida mía está llena de anécdotas. Por ejemplo, aprendí a escribir con Onetti. Lo conocí en un café, escribía cuentos y se los mandaba. Me dijo que yo no estaba capacitado para escribir una novela y tenía razón, porque la escribí ya grande y con gran dominio de la técnica narrativa. Te aburro.

—No. ¿Tenía una relación con su padre o no lo veía nunca?

—Hay una relación con mi hija Milagros, que vive en otra casa, que es mayor a la que yo tenía con mi padre viviendo en la misma casa. Ahora sí me pasé de tiempo. Hablémonos el sábado.

En el pasillo que conecta su estudio con el living hay estantes donde guarda botellas de vino, puertas que se abren a un cuarto, a la cocina. “Patrice”, llama, pronunciando “Pátris”.

Patricia Delmar, poeta y periodista, 35 años más joven que él, su mujer desde 2005, recibe por estos días un tratamiento de quimioterapia y eso ha alterado el ritmo de la casa, pero ella sonríe, radiante: “Ya pasará”. Brascó cruza las manos detrás de la espalda y murmura: “Mmm”. Después, en el vano de la puerta, como si fuera una acusación, dice: “Vos sos muy alta”.

***

Miguel Brascó y Patricia Delmar se conocieron en octubre de 2005. Ella fue a entrevistarlo para la revista Nueva y, cuando él leyó lo que ella había escrito, la invitó a la presentación de un libro. De allí se fueron al bar del hotel Plaza y, de allí, a cenar.

—En todas partes lo saludaban. Era como estar con Michael Bublé -cuenta Patricia Delmar-. Surgió un flechazo inimaginable. Me pareció una persona con humor, de gran inteligencia, gran ternura. Claro que había otras cosas que no eran tan fáciles. Tantos matrimonios… Yo soy el número seis. Imaginate. Si con uno es difícil.

***

Cuando se habla de Brascó se habla de su humor, de sus neologismos, de sus arcaísmos, de que es capaz de escribir con la misma soltura péndex, comme il faut y verija; de sus moñitos, de su gran nariz, de sus ojos intensos y, usualmente, se le piden fórmulas para combatir la resaca o se lo incita a hablar mal de los sommeliers, a quienes llama bobetas cada vez que puede, burlándose de los que encuentran en los vinos aromas a flores blancas, arándanos, grosellas. Pero él -él- preferiría hablar de una novela que está escribiendo, Los leopardos son cosa del atardecer, o de su próximo libro de poemas. Preferiría que alguien, un lector, lo recordara no por sus comentarios sobre el cabernet sino por sus dibujos de trazos finos o sus versos que dicen, por ejemplo: “Ella, mi amor, por cuyos ojos miré”.

“Chesrow no murió inmediatamente sino una o tal vez dos horas después. Esa cuota adicional de existencia debemos suponer que de nada le sirvió. Se mantuvo inconsciente hasta que la vida lo dejó de lado para siempre”, escribió en su novela Quejido huacho. “‘Mencione tres pescados del río’, pide uno a señora frente a góndola de supermercado. ‘Sapo cancionero, surubí, dorado’, contesta la interpelada erudita y sin vacilaciones”, escribió en la columna semanal sobre vinos y cuestiones gourmet que publica en LNR desde 2007. Esa diversidad de registros que es, a un tiempo, su habilidad, su némesis.

***

Es martes, apenas pasadas las once de la mañana. El estudio está lleno de luz, aunque por las tardes es un sitio oscuro. A Brascó este departamento no le gusta, pero vivir con Patricia Delmar en el sitio lleno de recuerdos donde él vivió tres décadas no era una opción. De modo que aquí están, rodeados de jardines en los que ella cultiva sus plantas mientras él no se decide a desembalar la biblioteca.

—Yo siempre estuve con mujeres más jóvenes que yo. Ése fue el gran error de mi vida. Las mujeres jóvenes tienen el don, eventual y fugitivo, de tener lindas piernas. Eso rápidamente desaparece. Hace unos años, después de mi última pareja, la madre de Milagros, dije: “Nunca más llevo una relación con alguien joven, porque es antinatural”. Entonces a unas amigas se les ocurrió que era candidato para una mujer grande y me empezaron a presentar a sus madres, que eran prejuiciosas y antiguas. Yo necesitaba una mujer joven, con más años. Y eso fue Patricia. Yo estaba en la etapa en que buscaba una viejita. El hecho de que tuviera 50 me pareció muy atractivo.

En una de las paredes del estudio hay un dibujo del rostro de Franz Kafka. Sobre la biblioteca donde están sus diccionarios (habla inglés, lee en francés, italiano, portugués y alemán), hay una foto suya, tomada cuando tenía dos años.

—Bajo el brazo llevo papeles con cosas que dibujaba.¿Querés un mate?

—Bueno.

Cuando él era adolescente, la familia se trasladó a Santa Fe, donde Brascó hizo el colegio secundario, fundó un teatro de títeres, estudió pintura. A los 17, para olvidar un amor, se emborrachó con caña y ésa, dice, fue una de las pocas veces que se emborrachó.

—Ella no me daba bola. Prefería a otros. Si te rechaza, vos decís “Será lesbiana”, te tranquilizás. Pero si es selectivo, no.

Siempre cuenta que tuvo tres novias lesbianas y, con un estilo que consiste en decir barbaridades bajo la pátina de una civilizada convicción, explica: “Hay lesbianas pasivas y activas. La lesbiana pasiva es doblemente sumisa, por mujer y por lesbiana. Entonces son amantes deliciosas”. En su libro de relatos de 1968, Criaturas triviales, hay un cuento llamado “Hebe por una pipa”.

-Yo las historias de mis novias lesbianas las he escrito todas. “Hebe por una pipa” es, de hecho, la historia de un tipo que tiene una novia lesbiana. Ese tipo tiene un amigo que está seducido por ella, pero que no sabe que es lesbiana. Y a su vez al protagonista le gusta la novia de su amigo. Entonces arman un trueque. El protagonista dice: “Bueno, te la cambio, pero mi novia es una mujer muy llamativa y tu novia es medio pava, así que yo te cambio a mi novia por la tuya, más una pipa que vos tenés, de cerezo”. Eso me pasó tal cual a mí. Entonces el tipo me dio la pipa, hicimos el trueque y él se fue con mi novia lesbiana, y yo me quedé con la suya. Hasta que él descubrió que la que había sido mi novia era lesbiana. Eso le pareció terrible y me vino a reclamar.

—¿Qué le reclamó?

—La pipa.

***

A los 17 años quiso estudiar letras, pero su padre le dijo: “Vas a ser toda tu vida un empleado del Estado”.

—Él no pensaba que yo podía ser Borges. O sea, tenía razón. Entonces negocié y estudié abogacía y, paralelamente, letras. Me recibí en 1952 y me fui a Buenos Aires, huyendo de Santa Fe.

—Usted se había casado.

—Sí. Estaba divorciado.

—¿A qué edad se había casado?

—Veinte años.

—Con una mujer más grande.

—Sí. Ocho años. Entonces, volviendo al tema, en Buenos Aires conseguí trabajo en un estudio donde estaba César Fernández Moreno, el hijo de Baldomero.

Miguel Brascó se había casado, en Santa Fe, con una mujer llamada Blanca Goetzinger, actriz. Cuando se fue a Buenos Aires dejó con ella al hijo de ambos, un chico llamado Nicolás al que no volvería a ver en treinta años.

—Te doy otro mate.

—No, gracias.

—No te gusta el mate. Yo me habría tomado por lo menos dos.

***

—Creo que él no estaba acostumbrado a tener debates -dice Patricia Delmar-. Estaba acostumbrado a que le aplaudieran sus aseveraciones. Yo defiendo muchas cuestiones sociales, pero él tiene una forma un poco más individual. Y me parece que ya no tiene curiosidad por conocer otras culturas. Conoce determinados países de una manera y ya no quiere conocer nada más. Y es un obsesivo del trabajo. No hay vacaciones, no hay tiempo libre. Yo pensaba que tenía un perfil más osado. Pero es muy tradicional. En temas gastronómicos, por ejemplo, hay cosas que deben ser así. Tal cosa debe tener 20 minutos de cocción y no pueden ser 25. Y yo que cocino a ojito, pobre…

***

En 1955, Brascó pidió una licencia en el estudio de abogacía donde trabajaba y se fue a Bolivia, acompañando al músico Ariel Ramírez a quien había conocido en Santa Fe y que era su amigo. De Bolivia se fue a Lima donde, vendiendo dibujos, trabajando para el diario El Comercio, se quedó un año.

—En 1956 me fui a Madrid a estudiar el posgrado de derecho en la Complutense. Me vinculé con el decano de Letras, que era Vicente Aleixandre, el poeta, y me permitió hacer también el posgrado en Letras.

De España viajó a Holanda, donde vivió hasta 1961 trabajando como traductor de inglés para la empresa Phillips, en un pueblo llamado Eindhoven.

—Antes pasé unos meses trabajando como obrero en una fábrica de etiquetas de cigarros. Quería tener la experiencia. Yo manejaba una máquina, una plancha que imprimía por presión. Vos ponías la página y después decías “Pasóp”, que quiere decir “Attenti”, y bajabas la máquina. Decías “Pasóp” porque había un tipo que, cuando vos levantabas, ponía el papel con la mano, entonces tenías que tratar de no aplastarlo. Pasóp, chin, pasóp, chin. Por ocho horas. No es tan inhumano. Una vez que uno entra en ritmo, se siente parte de algo que funciona.

—¿Vivía solo?

—No, con la poetisa peruana Lola Thorne, que por entonces trabajaba en la embajada de Perú. Con ella tuve una hija. Esa hija murió en un accidente de automóvil. Murió de una manera muy rara.

Se levanta y camina hasta un mueble donde hay varios portarretratos. Regresa con la foto de una chica sonriente, con el pelo oscuro, rulos.

—Tenía 31 años, más o menos. Venía caminando por Figueroa Alcorta. Un auto subió a la vereda y la mató. Se llamaba Irene. Yo tengo un libro de poemas, Otros poemas e Irene, pero no tiene nada que ver con eso.

Otros poemas e Irene fue su primer libro y salió publicado en 1953. Allí, en “Retrato de damas y denuncia”, escribía poemas que no tenían nada que ver con eso: “Todo ocurrió en la medida en que ella y yo lo habíamos imaginado previamente./ Ocurrió en trenes, hoteles de poca categoría, en habitaciones del suburbio,/ en litorales arenosos, en salas correctas con alfombras, en momentos de euforia [...]“.

A principios de los años 60 decidió regresar a la Argentina y se empleó en el mismo estudio de abogacía que había dejado cinco años antes.

—Mi mujer fue trasladada a Perú, después a Río de Janeiro. Ese matrimonio se fue debilitando. Mi hija Irene vivió conmigo. Habíamos puesto casa con Ariel Ramírez, en Colegiales. Era una casa open, llena de músicos y escritores. Irene tenía una colección de madres ahí. Ariel Ramírez estaba componiendo la Misa criolla y me pidió que le escribiera villancicos para la cara B del disco. Pero no se me ocurría nada. Él me decía: “Pero es una pavada, los villancicos son muy elementales”. Y yo, nada. Entonces se los dio a Félix Luna, que rápidamente hizo las letras y ganó muchísimo dinero y yo perdí una fortuna.

Por esos años empezó a publicar en una revista llamada Usted. Esos textos llamaron la atención de los editores de Claudia, una revista para mujeres que era, por entonces, una de las más vendidas. Al poco tiempo escribía allí una sección llamada “La vida bella”.

—Ahí empezó lo de los vinos y la comida. Simplemente sucedió. Yo di con una especialidad periodística que, para desarrollarla bien, hay que haber ejercido el oficio de la poesía. Cuando uno ha aprendido a buscar la palabra justa para describir la diferencia que hay entre la tristeza que siente porque está lejos de su patria o porque una mujer lo ha dejado o porque ha descubierto que la existencia carece de sentido, puede escribir de vinos. Y yo escribo sobre vinos con la misma técnica con que escribo una crónica de viaje.

En 1961 publicó su segundo libro de poemas, Tribulaciones del amor. Tres años después el tercero, La máquina del mundo. Escribía en Claudia, hacía una sección de humor en el suplemento “Gregorio”, de la revista Leoplán, y mantuvo esa promiscuidad entre el periodismo, los poemas y la abogacía hasta 1964, cuando supo que estaban buscando un redactor para el departamento de publicaciones de Ducilo, una empresa norteamericana que hacía fibras. Llamó al jefe del departamento, Carlos Duelo, ex director de Leoplán, y le anunció: “Tengo al mejor”. Duelo le preguntó quién era y Brascó le respondió: “Yo”.

—Pero no fue fácil, porque los norteamericanos te investigan el prontuario.

Y cuando investigaron el prontuario, los americanos descubrieron que Brascó había militado, en la universidad, en un partido de centroizquierda. Eso fue un obstáculo hasta que recordó un artículo que sobre él había escrito Raúl González Tuñón, poeta comunista que había tenido acceso a una carta en la que Brascó criticaba las revoluciones -todas: de la francesa en adelante- diciendo que eran inútiles. En su artículo, Tuñón describía a Brascó como un reaccionario.

-Entonces lo llamé. Él estaba avergonzado, porque habíamos sido más o menos amigos, y yo le dije “Pero Raúl, por Dios, qué importancia puede tener, si yo además soy efectivamente muy reaccionario. Lo que necesitaría es un ejemplar de la revista”. Me lo consiguió, se lo mandé a Duelo, Duelo se lo dio a su superior y así entré a trabajar en Ducilo. Al día siguiente lo llamé a Raúl y le dije: “Te llamo para agradecerte tantísimo, no sólo el ejemplar, sino que hayas escrito eso, porque entré en una empresa norteamericana y me pagan fantástico”.

—¿Y él que le dijo?

—”Te felicito”.

Así devino editor del house organ de Ducilo y, en una performance que repetiría en la década del 80 editando la revista de la tarjeta Diners, convirtió esa publicación burocrática, que a nadie le interesaba leer, en algo que se esperaba con ansiedad.

—La leían porque era entretenida. Lo hice muy bien.

Cuatro años después, cuando logró que sus colaboraciones en medios como Claudia, Tía Vicenta y Primera Plana aumentaran en cantidad y buena paga, renunció.

—Cuando logré que mi trabajo periodístico fuera muy fuerte, renuncié. Yo siempre he trabajado mucho. El ocio no es lo mío.

Brascó hace un gesto discreto y mira el reloj.

—¿Quiere que sigamos otro día?

—Sí. Perdón. Tengo que ejercer mis funciones de enfermero. Es duro.

***

—Tiene tantos talentos -comenta Manuel Mas, propietario de la bodega Finca La Anita y uno de sus mejores amigos-. Creo que él querría que lo reconocieran más como escritor, pero trabaja tanto que no tiene tiempo. El otro día fuimos a un restaurante chino y le dije: “Miguel, lo vas a volver loco al chino”. Le traía un vino y Miguel protestaba: “No, ésta no es la cosecha que yo quiero”. Traía otro y tampoco. Entonces propone: “Vamos a tomar champagne”.

Y llega el chino con un balde con dos copas. Miguel le dice: “Esta copa no”. Y el chino: “¿Ésta no copa champagne?”. Miguel le explica: “No me entra la nariz”. Y el chino pregunta: “¿Tomar nariz?”. Hasta que el chino entendió que quería una copa ancha. En un momento le dije: “Pará, Miguel, porque lo vas a volver loco”. Pero él pone piñón fijo y le da, sin fijarse a quién. Si le dan un box, quiere una mesa con sillas, y si le dan una mesa con sillas, quiere un box. Mañerea.

***

Es jueves, casi noche. En el estudio de Brascó suena el teléfono. Atiende y, cuando cuelga, dice:

—Este hombre tiene esa disponibilidad que tiene la gente rica, que es tan linda. Le porponés: “Me estoy yendo a Río Cuarto. ¿No querés venir?”. “Sí”, te contesta, y va con vos.

—¿Tiene muchos amigos?

—No. Uno de los más antiguos es Landrú. Lo conocí en Tía Vicenta. En los años 60, Citizen había organizado un concurso en la revista Claudia cuyo premio era un viaje con Brascó y Landrú a Zimbabwe. Fuimos. Pasamos por Sudáfrica y viajamos hasta Durban en auto. En una encrucijada de caminos, Landrú me pide: “Doblá acá”. Así que yo doblé. Llegamos a un pueblo que se llama Umptata. Con gran influencia de arquitectura africana.

—¿Y cómo es eso?

—Chozas cónicas. Había una especie de drugstore. Entonces Landrú repite: “Pará acá”. Y yo paré. Él quería comprar grabaciones de música africana genuina y suponía que las iba a encontrar en esos lugares. Entramos al drugstore y lo primero que vemos es a un médico brujo, con cuernos y una piel como de leopardo. Yo me quedé paralizado de admiración. Landrú, en cambio, se enganchó con una señora gorda que efectivamente vendía discos de pasta. La teoría de Landrú es que es inútil hablar otro idioma que el propio. Él no habla más que castellano. Y afirma: “Uno tiene que hablar el castellano con convicción, articulando bien, mirando al otro a los ojos, y el otro te entiende”. Entonces en un momento me di vuelta y él estaba con la negra, probando discos, y le decía: “Poné-la-banda-cuatro”. Y la otra ponía la banda cuatro. Te juro. En un momento noté que había una cosa amenazante. Y le digo: “Tenemos que irnos”. Salimos y estábamos rodeados de chicos, entre 12 y 17 años, que son los más peligrosos, y nos decían una sola palabra en un idioma que ni siquiera Landrú podía entender. Rápidamente nos metimos en el coche y nos fuimos, seguidos por los chicos que nos gritaban cosas. Según Landrú, nos pedían plata.

En 1974, cuando fundó la revista para hombres Status, ya era un crítico reconocido, capaz de escribir que un vino era caro al cuete o de argumentar, sin metáforas pretenciosas, por qué tal otro resultaba excepcional. En los años 80, fundó Cuisine & Vins, una publicación de cultura gastronómica que hizo junto a quien era su mujer, la periodista Lucila Goto.

—Pero Lucila se enfermó y murió a los 40 años, en 1992. Fue muy duro para mí, habíamos estado catorce años juntos.

Por esos días lo entrevistaron en Clarín y Brascó confesó que sentía que sólo iba a vivir tres años más.

—Era verdad. Sentía eso.

Entonces, en Santa Fe, un hombre llamado Nicolás leyó ese artículo y le escribió una carta donde le contaba que él era su hijo y que, ya que iba a morirse, quería conocerlo.

—Yo no había tenido ningún contacto con él. Desde el día que me fui de Santa Fe no la vi más a mi mujer. Ella se murió y yo no la volví a ver.

—Pero su hijo sabía que usted era su padre.

—Él sabía todo. Pero yo no era una criatura bien aceptada por mi ex mujer.

Se inclina hacia adelante, une las manos entre las rodillas.

—Yo procedí como un chancho. Me fui. Era un capítulo negro en mi vida. Lo abandoné totalmente. Ahora tenemos buena relación. Él tiene 60 años, una empresa que produce cosas vinculadas con la gastronomía. Es un gran tipo.

Después de la muerte de Lucila Goto, un enredo económico hizo que tuviera que deshacerse de Cuisine Vins, pero siguió escribiendo en varios medios, organizando ferias de productos gourmet y, a fines de los años 90, formó pareja con la chef Luisa González, con la que tuvo a su hija Milagros.

Son más de las ocho de la noche cuando suena el bramido ronco del portero eléctrico. Brascó se levanta, pregunta quién es. Cuelga sin responder.

—Una de las infinitas amigas de Patricia. Yo tengo pocos amigos, pero Patricia tiene infinidad. ¿Qué decíamos? Tengo la sensación de que hemos hablado mucho.

***

—Creo que él tiene la fuerza de un rinoceronte -dice Emilio Garip, amigo de Brascó y dueño del restaurante Oviedo-. Por otra parte, piensa que va a ser eterno, y eso es genial. Habla como si tuviera 40. Pero creo que tiene una disconformidad consigo mismo, porque hace demasiadas cosas. Él me comentó una vez: “Yo tendría que haber sido sólo pintor, sólo escritor”.

***

“Van doce poemas. En principio nos reuniremos el martes y el miércoles de 19 a 21 horas. Confirmar, por favor, cada vez por la mañana. Afectos de Brascó”. Eso decía el mail pero la entrevista, finalmente, se hace un domingo a las siete de la tarde. A las siete menos dos minutos el timbre suena en el departamento de Brascó, pero nadie atiende. A las siete menos un minuto el timbre vuelve a sonar y, otra vez, nadie atiende. Finalmente, a las siete y diecinueve segundos, el timbre vuelve a sonar y, entonces sí, la voz de Brascó pregunta:

—¿Quién es?

Arriba, en el primer piso, abre la puerta de su departamento.

—Con ese tapado deberías usar una bufanda -dice-. Te queda muy bien. Pasá.

Cuando se le pregunta cuál es el rasgo que predomina en su carácter, Brascó responde: “El orden”.

***

—Yo me quedé deslumbrada -recuerda Patricia Delmar- cuando vi el placar con los suéters y las camisas en fundas de nylon. Cuando viaja, para preparar el equipaje, lo dibuja: un cinturón, dos calcetines, zapatos. Pero después hay otras cosas. Cuando salís a comer, los sommeliers le temen. Viene una sommelier y él le pregunta dónde estudió y la chica contesta: “En tal lugar”, y Miguel dice: “Ah, con razón”. Hemos tenido situaciones en que de golpe nos dejan de atender. Todo por esa exigencia. Y siento también que a pesar del perfil renacentista que tiene, de golpe le hubiera gustado explotar más lo literario. Como que no le dedicó la intensidad de ocho décadas, y que le hubiera gustado.

***

El departamento está embebido en el aroma de un arroz a la peruana con el que Brascó estuvo fantaseando durante días y que preparó hoy, aprovechando un oasis en el tratamiento de su mujer. Su estudio se aprieta en torno a la luz ambarina de una lámpara. En la computadora hay un documento abierto en el que escribe su próxima columna para LNR, poco más de una página que le toma dos días. Patricia Delmar está arrebujada, mirando una película en la sala.

—No miramos mucho cine juntos porque yo creo que el cine es entretenimiento. Si no hay una explosión anaranjada o una historia de la CIA, difícilmente aguante una película. Con Bergman he hecho intentos desde chico, pero nunca entendí nada. Aún hoy.

Sobre una mesa hay una botella de vino sin etiqueta, un plato con papas fritas.

—Es una de las botellas que me mandan las bodegas, para que las evalúe. Vamos a probar.

Sirve, se sirve. Dice que hay que hacer un buche antes de tragar y lo hace con elegancia, de modo que no parece un enjuague bucal.

—No tiene mucho aroma, pero tiene una vuelta, que se llama retrogusto, particularmente interesante. ¿Qué me habías preguntado?

—¿Hay alguna persona imprescindible para usted?

—La persona con la cual has elegido vivir siempre es imprescindible.

Hace un silencio. Cada vez que se queda callado se produce, a su alrededor, una suerte de agobio.

-La palabra “imprescindible” hace difícil contestar, porque la experiencia te indica que no existe la imprescindibilidad. Existen largos períodos en los cuales uno tiene una sensación de extrañeza por el hecho de que esa persona no esté.

Después pregunta:

—¿Querés más vino?

—No, gracias.

—No te gustó. Le voy a decir a la bodega que no te gustó.

—No vayan a mandar ovejas a cazar al lobo, porque el lobo tiene uñas y dientes, culeros, y bien afilados, para acabar de joder –dijo el sicario a los presos que lo escuchaban del otro lado de la línea telefónica.

Los presos intentaban hablar, pero el sicario poco se los permitió. A cada frase amenazante de ellos, él respondía determinado, de inmediato, como quien ya hace mucho esperaba esa llamada, la llamada en la que le anunciarían que otros sicarios estaban tras él.

—Ya sabemos qué pedo –amenazaron los presos–, y con olor a pino vas a salir de ahí.
—Hijos de puta, si ni hacen de pino las cajas aquí, las hacen de conacaste y de mango. Ni sabés de cuál madera las hacen y ni conocés el olor a los pinos. De aquí van a salir con olor a humo, porque aquí M-16 tengo para todos ustedes, hijos de puta –mintió el sicario sobre el fusil que no tiene.

El aquí al que el sicario se refería es el solar que aún habita. En el solar hay rábanos que él cultiva, hay tierra seca que las raíces de los rábanos exprimen, hay dos plantitas de mariguana también, que él espera le rindan en la época de lluvias. De cara al solar, de espaldas a la calle de adoquines que él poco visita, está la casita, por así llamarla. Un cuartito que él habita. Cuatro paredes de bloque de concreto sin pintar, unas vigas visibles y un techo de cinc ondulado. Calor. La puerta de metal y la ventanita que dan a la calle de adoquines siempre –siempre– están cerradas. Y, lo más importante, adentro de la casita también viven su mujer -una muchacha silenciosa que aún no cumple los 18 años- y una bebé cachetona que el sicario y ella procrearon.

—Bicho culero, La Bestia… –intentaron terminar la frase los presos.
—¡La Bestia a mí no me controla, sino que yo controlo a La Bestia! –los interrumpió el sicario.

Quién sabe si el sicario cree realmente que él controla a La Bestia. A veces dice que sí, a veces que nadie la controla. Lo cierto es que La Bestia lo acecha. Al cruzar la calle de adoquines que él casi nunca patea, hay un puesto de investigadores policiales. Precario, con letrinas, con pila para lavar ropa. Calor. Sobre la mesa del investigador jefe hay un memorándum reciente y confidencial que dice que tengan precaución, pues la inteligencia policial ha detectado un plan para atacar el puesto de detectives y al sicario que ellos cuidan. Dice que el plan es atacarlo con M-16. Ametrallar el puesto y la casita.

Después de haberles dicho aquello acerca de La Bestia, el sicario recuerda que ya no le respondieron nada. Los presos se limitaron a escuchar las amenazas del que ellos pretendían amenazar.

—Ya vieron que ya intentaron mandar a alguien a pegarme. A mí no me hacen cosquillas con eso. 35 en cada cargador les esperan –volvió a recordarles el imaginario M-16.

Unos días antes del intercambio de amenazas, en la carretera principal que conecta el país con este pueblito llamado El Refugio, la Policía arrestó a un muchacho que llevaba ocultos en un bolsón un fusil M-16, cuatro cargadores, una pistola 9 milímetros con otros ocho cargadores. El detective jefe del puestecito vecino del sicario nos dijo que esas eran armas destinadas para matar al sicario.

El sicario no quiso terminar aquella diatriba telefónica sin antes recordar a los presos que él les había servido muy bien, que él fue buen mensajero de La Bestia, que él es quien es.

—Si el Barrio tiene espinas –les dijo–, yo soy la espina del Barrio; si el Barrio tiene veneno, yo soy el veneno del Barrio, hijos de puta; y la cizaña, aquí está también. Y si quieren, cáiganme.

La tarde que el sicario nos contó de aquella conversación con los presos fue la tarde que lo conocimos. Luego de conversar con el inspector jefe del puesto policial, entramos a la casita del solar a conocer al sicario con el que conversaríamos durante seis meses. Tras más de 10 años de asesinar para la Mara Salvatrucha, la que según el FBI es la pandilla más peligrosa del mundo, el sicario ahora es un testigo protegido de la Fiscalía General de la República de El Salvador. El sicario ha entregado a todo su grupo cercano, a toda su clica, la Hollywood Locos Salvatruchos. Uno a uno, ha contado sus secretos. 42 pandilleros guardan prisión y son acusados de homicidio y asociación ilícita gracias a la traición de uno de sus mejores asesinos. Los presos que le llamaron son líderes de la pandilla conocidos como El Lunático, El Riper y El Black, todos presos en la cárcel de Ciudad Barrios. Al muchacho que arrestaron con la pistola y el fusil en la carretera lo conocen como El Crimen. La taca del sicario, el apodo que se ganó a base de descuartizar, acribillar, decapitar y apuñalar, contrasta con su historial. Él, a sus 28 años, sigue presentándose como El Niño de la clica de los Hollywood.

El Niño es un producto perfecto de esta fábrica de muerte que somos como país. Su vida es una suma de circunstancias que siempre dio el mismo resultado: uno peor.

El preludio de El Niño

—Ya cuando te brincaste y mataste, entonces hiciste un pacto con el diablo, ya sos pieza del diablo, sos alma entregando alma, men. Y, al menor rato, entregar la de uno también, porque en la calle así es también, cuando te toca, te toca – nos dice El Niño sentado al cobijo de la sombra de un muro.

Es mediodía y el calor arremete furioso contra el solar. Hay en el aire un olor dulzón a fruta caída, y la gente afuera se mueve despacio, como si caminara en el fondo de una piscina. El policía que cuida a El Niño, su custodio personal, está hoy un poco más alerta y nos mira nervioso de pies a cabeza cuando entramos al solar.

El Niño, en su papel de testigo protegido, vive en una casita alquilada frente a un puesto policial en el municipio El Refugio, Ahuachapán. Intentaron llevarlo a una de las austeras casas que la Fiscalía tiene para gente como él, pero no quiso. Eso implicaba dos consecuencias. Encierro y soledad. Él no hubiera podido llevar a esa casa a su mujer, que era menor de edad cuando él traicionó a su pandilla a mediados de 2010. Aunque pensándolo bien, también implicaba una tercera consecuencia. El Niño no hubiera podido sembrar ni fumar mariguana. Y a él le encanta la mariguana.

El custodio personal es el policía de turno que se aburre a la par de la puerta de madera y enrejado que da paso al solar. Hoy está nervioso porque ayer hubo un problema con uno de los vagos de la zona que llegan a fumar –sí, El Niño fuma en su solar– o a comprar hierba de la que cultiva –sí, El Niño cultiva y vende en su solar–. El problema se resolvió con un par de machetazos, ninguno letal ni muy grave. Ambos los dio El Niño. Nos dice que vende mariguana porque la pensión que le envía la Fiscalía es muy poca y debe sostener a su hija de meses y a su mujer. Indudablemente dista mucho de la idea que se tiene en la cabeza de la vida de un testigo protegido. Otra ciudad, otra identidad, otras dificultades para verlo. No, nada de eso, misma ciudad, mismo muchacho, una verja de palo, un buenas tardes y para adentro.

El Niño se voltea de su silla y le pide a su mujer que prepare café, lo hace en jerga pandillera, volteando las sílabas de casi todas las palabras.

-rramo otro torra nepo feca rapa trosono y tocipan.

Ella le entiende y aparece con tres tazas de un café ralo y un plato de pancitos dulces tostados. Unas nubes salvadoras le plantan cara al sol por un momento y el calor se vuelve soportable durante unos minutos. Hoy que lo visitamos por segunda vez, El Niño recuerda su recorrido como sicario, cuando empezó a matar.

Hace más de 15 años, en los albores de los noventas, en las riberas de un río, en las cercanías de una ciudad llamada Atiquizaya, en el occidente de El Salvador, un grupo de niños hacían rueda y miraban absortos cómo uno de ellos le encajaba el machete en el cuello a otro. Una y otra vez. El infantil verdugo que atormentaba con su machete al otro era El Niño. Estaba colérico y no pararía hasta matarlo. Estaba ofendido por las repetidas bromas que el otro niño hacía sobre sus piernas. Decía que parecían de muchacha. El Niño estaba convencido de que matarlo era la mejor opción para terminar de una vez con la mofa. Los demás no se metieron, solo esperaron pacientes a que terminara, y para mientras cortaron unas ramas de un árbol de mulato para tapar el cadáver. Cuando el muchacho dejó por fin de respirar decidieron entre todos dejar los restos ahí, apenas ocultos por un montoncito de ramas olorosas, para que la corriente se lo llevara, y siguieron en su faena de encontrar cangrejos negros para la sopa del almuerzo. Sabían que nadie extrañaría al muerto.

Todos estos niños eran miembros de una pequeña pandilla pueblerina, una de las tantas que afloraron por esos años. Esa se llamaba Mara Gauchos Locos o MG, y por mucho que trataran de negar su origen rural, sus apodos los delataban: El Cabra, El Mosco, El Gato, El Pollo.

La guerra recién había terminado, y estas pequeñas pandillas se habían regado por todo el país. Muchas conformaban sus filas con huérfanos y con ex combatientes jóvenes. Llenaban el vacío, el hueco enorme que la guerra dejó. No hablamos de cualquier conflicto. La guerra civil dejo el país hecho añicos y el tejido social irremediablemente roto. Doce años de balas y bombas y una cifra –oficial- de 75 mil muertos, sin contar los desaparecidos, los mutilados, las violadas, los trastornados y los huérfanos, fue el oscuro saldo de nuestra guerra.

En esa región fronteriza con Guatemala, además de la Mara Gauchos Locos, existía también la Mara Meli 33, la Mara Chancleta y la Mara Valerios. Y, por supuesto, los temidos Uvas, del barrio Chalchuapita. Ninguna era muy numerosa ni muy estructurada. Se dedicaban a pequeños asaltos y hurtos, fumaban mariguana y entablaban formidables batallas campales entre ellos. Sus arenas eran las rústicas pistas de baile que se montaban en las fiestas, con pisos de tierra, luces y música desfasada. Por esos tiempos, Atiquizaya, el municipio vecino a El Refugio, era polvo, monte y sol, mucho sol. La “ciudad” eran algunas decenas de calles, algunas aún empedradas, y un centro administrativo todavía agujereado por los tiros de la guerra.

—Hacíamos tipo ir a los bailes, tirar tu pandilla. Robar, pelear. Riñas callejeras, toda la onda. Sin mortero, solo con palos, chacos, ondillas, cualquier cosa, pedazos de bate, toda la cerotera –recuerda El Niño.

A estos altercados entre pandillas, el Estado le prestaba poca o nula importancia, y la sociedad en general apenas terminaba de enterrar a sus muertos de la guerra. No había tiempo para preocuparse por este desordenado ejército de harapientos que luchaba a pedradas entre sí. La vida seguía siendo relativa, y los problemas se resolvían con machete.

La travesía de El Niño de Hollywood comenzó en una hacienda cafetalera a la que su familia llegó a vivir como colonos. Eran pequeños mundos estas haciendas. Hacía unos cuantos años incluso tenían su propia moneda, y el dueño era el equivalente de un gran padre. Decidía sobre la vida de los colonos como si fueran sus hijos. Para asegurar que todo marchara en orden, derramaba una porción de su poder en la figura del capataz, al cual dotaba de una pareja de guardias para poner en orden a cualquier colono rebelde.

En esa hacienda, el capataz hizo un trato con el papá de El Niño: los dejaba quedarse y trabajar ahí, y a cambio pedía a la hija mayor. No la quería de esposa, ya tenía una. Necesitaba una muchacha que lo complaciera después del trabajo en el monte. El hombre aceptó y durante varios meses el capataz llegaba a desfogarse con la niña menor de 15 años.

El Niño iba creciendo, y junto con su hermano mayor comenzaba a juntarse con la pandilla local, la Mara Gauchos Locos, bajo el mando de un joven ladronzuelo de la zona. El Farmacia, así le llamaban, pues te podía conseguir lo que le pidieras. Al capataz le enfurecía que el muchacho se juntara con esos pandilleros, y cada vez que iba a recostarse con la hermana de El Niño lo obligaba a largarse de su propia casa. El capataz era el amo y señor de este pequeño mundo, y El Niño ya había sentido la fuerza de su castigo en más de una ocasión.

El 24 de diciembre de 1994, El Niño no fue a las fiestas del pueblo. Se quedó escondido en unos arbustos viendo cómo el capataz se emborrachaba con su padre. Esperó a que las botellas de aguardiente se fueran terminando. Esperó a que los dos hombres cayeran en ese sueño pesado y aguanoso que produce el guaro de caña. El primero en caer, a pesar de la orden del capataz de que no lo hiciera, fue el padre. Al quedarse sin trago y sin compañía, el capataz enfiló hacia su casa. El Niño lo siguió.

En una vereda cerca de la calle de asfalto que va hacia la ciudad de Ahuachapán, la cabecera del departamento del mismo nombre, un pequeño camión que viajaba en la madrugada del 25 de diciembre se encontró a un hombre inconsciente en el suelo, con la cabeza ensangrentada, pero vivo aún. Entre el monte, se colaba una pequeña sombra fugitiva.

El hombre era el capataz. Lo habían golpeado con un palo que aún estaba ahí. Le habían dejado caer varias piedras en la cabeza y en la nuca, pero ninguna con fuerza suficiente para matarlo. Tenía la ropa hecha jirones. Hubo que llevarlo al hospital. Lo cargaron en una hamaca. Iba desmayado. El Niño, desde la maleza, observó todo.

Esa madrugada, El Niño no logró matar. Quizá era muy pequeño –rondaba los 10 años- y las fuerzas lo traicionaron, quizá no sabía dónde descargar la piedra, dónde asestar el palo. Lo aprendería luego. Falló en su misión, y sin embargo ganó otra cosa. Una que le cambiaría la vida para siempre. En los pantalones de aquel hombre ensangrentado y medio muerto encontró un revólver.

Después de recuperarse, el capataz buscó al personaje sin descanso. Juró que iba a matarlo si lo hallaba. Sospechaba de El Niño. Es en ese momento cuando El Niño, perseguido, con un juramento de muerte sobre sus espaldas y sin nadie a quien recurrir, decidió refugiarse de manera definitiva dentro de la Mara Gauchos Locos. Comenzó a rodar en el submundo de las pandillas salvadoreñas, que por ese entonces bullían todas en un caldo de resultados insospechados.

El Niño se la pasaba con los gauchos locos robando bicicletas a los despistados y fruta en las haciendas. Robaban gallinas en las granjas para hacer sopas en las riberas de los ríos. Estos pandilleros venían siendo aquellos retazos sobrantes de una sociedad que se confeccionó a balazos. Sin embargo, y aunque no faltaban los asaltos a punto de revólver a los borrachos y tunantes, todavía no representaban un peligro real para los pobladores de aquellas tierras. La Mara Salvatrucha 13 y el Barrio 18 eran apenas un rumor entre los pandilleros de la zona, se hablaba de ellas y de su guerra sin frontera como se habla de una tormenta venidera. Sin muchas certezas. Quienes traerían consigo esa furiosa tormenta serían los salvadoreños deportados de los Estados Unidos, los mismos que se fueron cuando niños, huyendo de la guerra o de la pobreza, y que luego regresaron convertidos en pandilleros en los vuelos federales, esposados y confundidos a un país violento que ni entendían ni los entendía. Pero de ellos, en aquellos años, apenas se hablaba.

Esto no quiere decir que ya en esos años, en la cadena alimenticia de ese submundo, no hubiera depredadores más grandes. Estaban las pequeñas bandas armadas que operaban en Atiquizaya y sus alrededores, conformadas por ex combatientes de los grupos disueltos, que en la confusión del proceso de paz habían robado armas. Buenas armas. Armas de guerra. Quizá a sabiendas de que serían sus herramientas de trabajo en el futuro caótico que se avecinaba. Estas bandas no tenían nombres fijos, se trataba de familias de cuatreros o asalta furgones. Por ejemplo, eran temidos en todos los pueblos de esa región los hermanos Víctor y Pedro Maraca, Tony y Francis Tamarindo, el peligroso asalta furgones Henry Méndez y su inseparable Nando Vulva. Y destacaba también entre todos esos bravos un joven que había pertenecido a la Policía Nacional y que ahora se paseaba prepotente en su camioneta 4×4 en medio de los murmullos de aquella maraña de criminales y pandilleros. Le llamaban Chepe Furia.

El palabrero de El Niño

—La Mara Salvatrucha ya se oía venir, ya tronaba, se oía de dos pandillas fuertes, la MS y la 18. Se oía decir que se iban a hacer una sola, men. Puta, ya cuando el bato Chepe Furia vino, ya dijo: aquí la Mara Salvatrucha es la que va a controlar – recuerda El Niño, sentado en un gran tronco en medio del solar donde vive. Calor. Se ha quitado la camisa y mira de reojo a su bebé, que viaja tranquila y recién bañada en los brazos de su madre. Arma con destreza un cigarro de mariguana, lo hace bailar con sus dedos para acomodar la hierba en el papelito, le lame una esquina para pegarla y le da la primera calada. Todavía con el humo dentro, cuenta sobre los días en que llegó a estos parajes la Mara Salvatrucha 13. Y cuenta quién la trajo desde el Norte.

Ya entrada la década de los noventa, la paz parecía haber cuajado. La guerrilla se había disuelto de manera total al igual que los cuerpos de seguridad del Estado que tuvieron el papel más sanguinario en años pasados. La nueva Policía los había sustituido y llenado sus cuarteles con nuevos reclutas que al menos tenían que tener un entrenamiento en derechos humanos.

Los deportados seguían viniendo en vuelos federales repletos y las dos grandes pandillas, la MS13 y el Barrio 18, ya eran mucho más que un rumor lejano. Decenas de clicas de ambas pandillas se habían esparcido por todo El Salvador. También su odio y su guerra.

En la región de El Niño las cosas no fueron distintas. Las pequeñas pandillas del barrio Chalchuapita, La Periquera, La Línea, todas zonas periféricas de Atiquizaya, se habían convertido en clicas del Barrio 18. Todas estaban bajo el mando de un hombre de apellido Vindel, conocido como Moncho Garrapata, y su hermano menor, Cesar Garrapata. Las otras micro pandillas, como la Mara Gauchos Locos, Meli 33 y Valerios, estaban rodeadas y peleaban en estado de unión eventual contra los recién llegados.

En esos días, regresó deportado aquel ex policía que se convirtió en bandido. Chepe Furia. Se había ido para Los Ángeles durante los ochenta, y ahí se había hecho miembro de una clica de la Mara Salvatrucha 13. Se encontró con que sus enemigos angelinos del Barrio 18 también habían sido deportados y campeaban por esa región. De inmediato reunió a sus antiguos compañeros de asalto para clonar su clica californiana en la polvorienta y calurosa ciudad de Atiquizaya. Entonces, jóvenes que jamás habían puesto pie en los Estados Unidos y que no podrían ubicar California en un mapa se volvieron miembros orgullosos de la clica Hollywood Locos Salvatrucha. Comenzó un acelerado proceso de formación. Incorporó a los pequeños pandilleros, otrora ignorados por las bandas, que peleaban a muerte contra el Barrio 18. De esa forma, con esa mixtura de pandilleros y cuatreros, modeló su clica, un verdadero tanque de guerra y la embarcó en esta nueva forma del odio. En ese tanque viajaba El Niño quien por esos días era conocido dentro de la pandilla como El Payaso. Quizá por su cara socarrona, por su sonrisa amplia y sus ojos burlescos. Sus cejas finas, depiladas en V invertida.

La clica Hollywood Locos Salvatrucha de la Mara Salvatrucha 13 está regada por todo el país. Es una especie de franquicia que abre nuevas sucursales. Sin embargo, en Atiquizaya, nació como la Hollywood Locos Salvatrucha de Chepe Furia. Él la fundó, era suya. Comenzó reuniendo a los jefes –o palabreros, como les llaman–, y les explicó paciente la nueva lógica que proponía. Una a una, las pandillas de Atiquizaya se fueron anexando. También los bandidos. El primer lustro de los noventas fue uno en el que toda la fauna delictiva de la zona tuvo que tomar partido por una de las dos pandillas. O estabas con la MS13 o con el Barrio 18. Operar solo en medio de esta guerra era una opción poco inteligente.

Chepe Furia los reunía a todos y discursaba sobre el poder de la Mara Salvatrucha, sobre la necesidad de limpiar el país de los del Barrio 18, de los uno caca, de las bichonas, de los cagados, de los chavalas. Así les enseño a llamarles. Les prohibió siquiera mencionar el nombre de estos enemigos. Les llevó armas, sencillas al principio, pero armas de fuego al fin y al cabo. Se volvieron comunes los revolver 3.57, las .38 de seis tiros, las escopetas hechizas.

El mismo Chepe Furia portaba un fusil G-3, un arma poderosa y pesada que antes usaban las fuerzas de seguridad del Estado. Les enseñó al olvidarse de sus antiguas pandillas y sus antiguas rivalidades para dar paso a una identidad más estructurada, con más normas y códigos más complejos. Comenzaron las prohibiciones, las reglas irrompibles, los castigos. Hubo quienes prefirieron recular, salirse de ese proceso de inducción al monstruo. Algunos ya no se sentían representados por la MS13, quizá era demasiado grande o quizá la cosa dejó de ser divertida. Entonces Chepe Furia decidió hacer una limpieza.

En 1995 ordenó que asesinaran a El Pollo, un ex Gauchos Locos que había desertado de la MS13. Lo degollaron sus antiguos camaradas. El siguiente año asesinaron a El Cabra, otro ex Gauchos Locos que se había negado a entrar a la MS13. Luego le llegó el turno a otro muchacho conocido como El Torcido. Luego fue el turno del antiguo compañero de Chepe Furia, Pedro Maraca. Fue visto demasiadas veces robando en el parque central de Atiquizaya para comprar crack, la droga proscrita por la MS13 a sus miembros. Y siguieron más, muchos más. Así se fue limpiando la Hollywood, según Chepe Furia, de cobardes, de drogadictos perdidos y de miedosos. Quedaron solamente los más fuertes, los que tuvieron la astucia suficiente para torear la muerte. El Niño quedó.

Respeto para mí, decía. Yo soy Chepe Furia, decía. La Hollywood arriba, decía. Las reglas y la sabiduría del Norte, decía. He bajado a poner respeto aquí, decía. He bajado a ganar el terreno que los cagados están ganando, decía.

El Niño recuerda muy bien las reuniones de los días 13 de cada mes. Las recuerda como un momento ritual de los discípulos recibiendo la iluminación de su maestro.

Sin embargo, no le bastó limpiar la clica de los que él consideraba indignos. Quería más. Les impuso una nueva regla. Todo aquel que quisiera ser parte de la pandilla debía matar. Luego de esto, el pasante se ganaba el derecho de ser vapuleado por tres pandilleros, un rito común de iniciación pandilleril. Con esto sellaban un pacto con la MS13. Para siempre.

Una vez limpia, armada y organizada la clica, les ordenó matar dieciochos. Le llamo a esto “Misión Hollywood”. Consistía en limpiar el barrio Chalchuapita de enemigos. Los miembros de la clica se iban con el viejo G-3 y otras armas de puerta en puerta buscando a los dieciocho. Así mataron a los tres hermanos Palma, que les volaron la cara con la misma escopeta en dos días distintos. Así también cayó Cesar Garrapata. El Niño y otros lo rociaron con más de treinta balas afuera de su casa. Porque El Niño era uno de los abanderados de la misión. A Jairo Chacuate le atinaron con el G- 3 en la cabeza, y a una larga lista de enemigos anónimos a quienes El Niño y sus camaradas asesinaron.

Muchos de esos asesinatos derivaron en fichas policiales. Cada una con la foto del cadáver al centro de una página rodeada de óvalos con las fotos de los rostros de los asesinos. En todas, en alguna esquina, aparece un ovalo negro, sin foto, con un nombre: Código Liebre. Es el nombre del testigo protegido que participó en el homicidio y que ahora delata a los demás. Es El Niño.

El Barrio 18 no se quedaba tranquilo, luego de cada arremetida de la MS13 respondía con fuerza. Aquello se volvió un ir y venir de balas.

El Niño se convertía en un sicario preciso. Su cuenta de asesinatos rebasó la decena, y su habilidad para matar se volvió casi un don. Era paciente cuando había que serlo, esperaba a su víctima en las veredas hasta que aparecía, pasaba horas en medio del monte frente a una casa aguardando a que el dueño saliera a orinar al patio para ultimarlo. Se volvió un verdadero temerario. Se hizo pasar por pandillero del Barrio 18 para poder matar de cerca. Fue cruel y sanguinario con sus camaradas traidores. Descuartizo, mutilo, decapitó y violó a muchas personas. Todo en nombre de la Mara Salvatrucha 13. La misma que ahora lo busca para matarlo.

En el solar, le hacemos una pregunta indiscreta. Le preguntamos a cuántos ha matado. Su respuesta es simple, sin alarde. Como si todos los hombres del mundo tuviésemos un número como respuesta a esta interrogante.

—Me he quebrado… Me he quebrado 56. Como 6 mujeres y 50 hombres.

Entre los hombres incluyo los culeros (gay), porque he matado dos culeros.

Lo dice y pasa a otro tema, como quien dijo buenos días.

La guerra entre estas dos pandillas se hizo fuerte y las matanzas se multiplicaron. La clica Hollywood Locos Salvatrucha se volvió poderosa y sus miembros expertos sicarios. Hecho el trabajo –o al menos eso creía–, Chepe Furia los dejó guerreando y se fue del país. Sus otras actividades delictivas, las que hacía aprovechando la terrorífica fama que había logrado creciendo a la clica, lo habían puesto en el ojo de la Policía. Depositó el poder en un ex Meli 33, conocido en la MS13 como El Extraño.

El Payaso se convierte en El Niño

—El Barrio estaba botado en este sistema –dice El Niño.

Estamos en la misma mesa desvencijada, con las mismas tazas plásticas llenas de un café igual de ralo que el de la vez anterior. El mismo calor. Los mismos 20 metros cuadrados de solar. El Niño se vuelve a emocionar a través de sus relatos. Se escapa de la monotonía de ser una fiera encerrada. Hoy quiere hablar de los tiempos en los que la clica Hollywood Locos Salvatruchos estaba botada. Pronto ocurrirá algo que siempre ocurre cuando él gesticula sus hazañas –sus delitos-: estaremos en montes oscuros que él regó con sangre, huiremos de calles pueblerinas dejando un cadáver atrás o bajaremos de un tiro certero a un enemigo de su caballo. Cuando El Niño habla va cambiando su rostro según la historia. Nos permite ver su cara de guerra, o la cara de sorpresa de sus víctimas cuando él las mataba.

Tiene eufemismos para todo. Si mató a alguien y lo lanzó a un pozo, es que lo mandó a tomar agua; si los enterró, vivos o muertos, en algún potrero, es que los puso a contar estrellas; si les disparó en una misión relámpago, es que los hizo detonados. Lo que para nosotros es simplemente la muerte, para alguien como él tiene varias formas. Hace como los esquimales Inuit, que de ver tanta nieve han aprendido a diferenciarla, y la nombran con distingos. Además, cuando en sus historias El Niño dispara, hace un par de sonidos huecos y fuertes con sus labios. Poke, poke.

Antes de que comiencen a sonar los tiros y caer los muertos, le pedimos un segundo para hacer una llamada.

Hoy, martes 3 de abril, Israel Ticas está feliz, porque cree que conseguirá sacar varios cadáveres de un pozo. A unos cinco kilómetros de este solar hay un municipio llamado Turín. En ese municipio hay unas vías de tren en desuso, rodeadas de breña. Siguiendo las vías y la breña se llega a una callecita de tierra. Cruzando a la izquierda en esa callecita de tierra se pasa por unos maizales. Pasando los maizales se llega a una explanada de tierra. Esa explanada de tierra está coronada por un pozo seco, de cemento. El pozo seco tiene un agujero de un metro de diámetro. El agujero es la boca de una caída de 55 metros de profundidad. Por ese agujero, El Niño, los miembros de su clica y de al menos otras tres clicas de la MS13 tiraban cadáveres. Israel Ticas es el único antropólogo forense de la Fiscalía, e intenta sacar esos cadáveres antes de que a mediados de agosto llegue el juicio contra los asesinos y no haya calaveras con las que acusar a algunos de ellos de homicidio.

Unos cinco pandilleros delatados por El Niño saldrán libres si el invierno y sus deslaves o el Gobierno y su incapacidad de darle máquinas a Ticas impiden que se llegue a los 55 metros bajo tierra. Ticas está contento porque esta semana que le han prestado las retroexcavadoras y camiones de volteo ha logrado llegar a 15 metros. El pozo – tumba es conocido como el pozo de Turín. Hay que ponerles nombre, porque hay muchos pozos – tumba en el país.

El Niño escuchó algo de la plática con Ticas, y retoma la conversación explicándonos por qué la pila de cemento que está a unos metros de la boca del pozo es ideal para torturar traidores. Pero esos detalles se quedarán en el solar.

Los primeros años de este siglo fueron duros para la clica Hollywood. El grupo sufrió su primer operativo. La PNC realizó una serie de allanamientos entre 2000 y 2001 dirigidos a los cabecillas salvatruchos de esa zona. El Niño –que entonces todavía era El Payaso- recuerda que tras el golpe, solo quedaron cinco miembros libres. Él entre ellos. Ninguno con armas. Y su fundador, Chepe Furia, huido en Estados Unidos. La clica se extinguía.

El Niño fue astuto y prefirió esconderse en las faldas de su perseguidor. Se enlistó en el Ejército. Con 18 años se reportó en la unidad militar de Ahuachapán, y el sicario consiguió que el Estado mismo lo entrenara como un militar del comando de transmisiones. Lo que más le sirvió no fue aprender técnicas de radiocomunicación. Tampoco fue aprender estrategias de tiro, pues seguro él ya había matado más que todos los principiantes de su comando juntos. Lo que más le sirvió fue que los arsenales militares estaban poco protegidos, y él, durante un año, hizo una operación hormiga de robo de municiones de M-16 que mucho después le serían útiles a su clica. En las antípodas de la rehabilitación, lo que El Niño obtuvo del Estado fueron municiones y entrenamiento militar.

En 2003, luego de dos años, El Niño se dio de baja en la unidad. Entonces fue cuando se encontró “una clica botada”. Todo lo logrado con la Misión Hollywood se había ido al traste.

—Las bichas putas caminando bien al suave en el centro de Atiquizaya, en el cementerio, pintando hasta en la calle que iba hasta San Lorenzo –recuerda El Niño aquellos tiempos donde El Barrio 18 campeó ante la decadencia de la MS13.

En ese entonces, El Niño agarró –ese verbo utiliza- una casa en el cantón Terrón Blanco de Atiquizaya. Muchos pandilleros no alquilan o compran una vivienda, la agarran. Hay zonas donde la población ha sido ahuyentada por las estrictas reglas de extorsión y de violencia de las pandillas, y deciden irse, dejando abandonadas sus casas. La que El Niño –que, recordemos, entonces todavía era El Payaso- agarró le parecía buenísima. Estaba en un alto, así que tenía excelente vista –requisito importante para un pandillero-, tenía un palo de mango y varios otros de frutas que rodeaban la casita de ladrillo y adobe. Además, había un pozo. Este sí, lleno de agua.

Hacía viajes hacia un cantón guatemalteco llamado Canoa, donde compraba cinco o seis libras de mariguana que dispensaba desde su casita en Terrón Blanco.

El Niño tenía una pistola 9 milímetros. La tenía desde los buenos tiempos de la clica, fue un premio con el que Chepe Furia le incentivó su gran destreza como sicario durante la Misión Hollywood. Pero la vida en la pandilla es una vida de recelos. El buen pandillero, primero averigua, sondea, evalúa, y hasta después confía. Y El Niño siempre fue un buen pandillero. Su arma la portaba él y no dejó que nadie lo supiera por un buen tiempo.

El Niño reunió a cerca de tres jovencitos menores de edad de la pandilla. Adolescentes que nunca vivieron los tiempos de gloria de la Hollywood, que jamás vieron como el Barrio 18 sufría atentado tras atentado en Chalchuapita, el corazón de sus dominios. Eran adolescentes que nunca habían matado, y para El Niño –y para El Payaso que era en aquel entonces- un pandillero que no tuviera gente en el otro potrero no era un pandillero. El sicario enseñó haciendo.

El Niño los llevó a matar a un adolescente que había entrado a robar en casa de su madre. Como le pareció un blanco fácil, no mostró su 9 milímetros, sino que armó un trabuco para esa misión. Un trabuco es un sistema de tubos y pólvora que al golpearlo con fuerza dispara un proyectil que puede ser letal. Esa vez, el trabuco se le encasquetó ante el hombre que se había tirado al suelo con el reflejo de cubrirse el rostro con las manos. El Niño con un arma es como un campesino con su cuma: le sacará el máximo provecho. El Niño se lanzó encima de la víctima y le destrozó el cráneo con los tubos del trabuco. Los adolescentes pandilleros no soportaron la barbarie y gritaron y huyeron. El maestro entendió que tenía que dar a sus alumnos un papel en la clase, y entonces planificó otro asesinato. Esta vez se trató de un hombre cercano, miembro o amigo del Barrio 18, no lo tenían claro. Su agravio: llegar en su caballo a comprar mariguana a la zona de control de la MS13. El jinete estaba acostumbrado a una MS13 de adolescentes sin armas. No sabía de El Niño –no sabía de El Payaso-.

—Ajá, bichas – saludó el jinete con el inusual irrespeto a los adolescentes.

La respuesta: de entre ellos, apareció El Niño develando su 9 milímetros. Poke, poke. Disparos en el cuerpo. Y entonces, los alumnos: El Niño les había comprado un machete a cada uno. El Niño les había dicho: úsenlos cuando yo baje al tipo del caballo. No hay que agregar más.

El Niño consiguió en esos años que la clica de la Hollywood recuperara respeto en la zona. Con solo su 9 milímetros echando humo, El Niño y sus muchachos ejecutaron de nuevo la guerra contra el Barrio 18 y cumplieron con los asesinatos que les fueron ordenados desde la cárcel por los líderes fundadores de su clica.

—A veces, hasta tres pegadas semanales nos echábamos–, recuerda El Niño en su solar.

Recuperado el respeto, El Niño consiguió que su clica se hermanara con la de los Parvis de Turín, una clica que en ese entonces consistía en unos siete pandilleros veinteañeros, todos asesinos. Parvis es una clica de la MS13 cuyo nombre original es Park View. Esta fue de las primeras en fundarse en Los Ángeles, California, y se corresponde con una calle con el mismo nombre, la que está frente al Macarthur Park. Con el tiempo, la palabra se salvadoreñizó, y son pocos los que la pronuncian o escriben correctamente.

La amistad entre clicas la consolidaron en 2004 con un asesinato ritual, un traidor al que caminaron hacia su muerte. Se trataba de El Caballo, un imprudente muchacho de la edad de El Niño, que había jugado con el diablo y con el diablo. En su pecho tenía tatuadas las dos letras: MS; en cada muslo, un número: 1 y 8. Desde hacía meses pretendía engañar a ambas pandillas haciéndoles pensar que se había ganado la confianza de los otros para exterminarlos desde dentro. El Niño en ese momento llevaba la palabra en su clica, y al que entonces se hacía llamar El Payaso nunca le gustó que alguien se creyera más listo que él.

Lo planificó todo. Caminó a El Caballo. Le aseguró que irían al monte a hacer una pegada de honor, a matar a dos chavalas que pasarían por una vereda, y que eso les valdría muchos puntos ante los líderes presos. Le entregó un revólver sin balas, le aseguró que otros homeboy que los alcanzarían en el monte las llevarían. Eran los Parvis.

—Coc, coc, coc– gruñó El Niño en el monte.

Una rueda de pandilleros rodeó a El Caballo.

—Nos vamos a unir a la fiesta– dijeron.

El Niño se dirigió a El Caballo.

—Deme el cuete, que no tiene balas– dijo, mientras todos blandían sus machetes.

El Caballo entendió que la pegada era él. Y El Niño, el que era El Payaso de Hollywood, dio la luz verde para que iniciara el ritual que terminaría cambiando su seudónimo.

—Hay que arrancarle las orejas primero, para que vaya diciendo a cuántos homeboy más les ha pegado.

El Caballo tenía la boca tapada por siete vueltas de cinta aislante. Volteaba los ojos ante cada corte de machete. Le bajaron el pantalón, le cercenaron los números. Le subieron la camisa, le desfiguraron las letras que según ellos no merecía. Luego los testículos. Luego un brazo. Luego el otro. Luego una pierna. Luego la otra. A eso, los pandilleros le llaman un corte de chaleco.

Al parecer, matar no es fácil. Los cuerpos se aferran a la vida. El Caballo, así como lo habían dejado, aún murmuraba, aún pensaba en su futuro. Una voz que se extinguía, pidió:

—Ya, homeboy, deme un bombazo en la cabeza.
—¿Y a vos quién te ha dicho que nosotros somos tus homeboy? Te vas a morir como La Bestia manda – respondió El Niño.

Es increíble lo que un cuerpo puede soportar. Es increíble lo sádicos que pueden llegar a ser unos muchachos. A ese chaleco de carne viva, a El Caballo, que para entonces ya solo mostraba la vida en unos ronquidos, ojos fijos y abiertos, lo siguieron torturando algunos minutos con precisión de cirujanos. Le hicieron, ya sin ímpetu, con delicadeza, torturas finas que nadie quiere escuchar.

Cuando todo terminó, El Payaso tenía en su mano el corazón de El Caballo. El Payaso, en la cúspide de su poder pandilleril, declaró alzando un corazón ajeno:

—Así nacen y así mueren. Le he hecho una operación como las que hacen para sacar un niño. Así que de ahora en adelante ya no soy El Payaso, aquí nace El Niño de Hollywood.

La Bestia contra El Niño

—Va, la historia mía es bien paloma. Va, vos sabes que en el barrio hay reglas, y la más cabrona que tenés es que si tu homeboy va a perder, que pierda a la par tuya. O regresan los dos a casa, men, o perdés junto con él. Puta, men, y yo he estado en casos que… Puta, tenés que arriesgarte. Porque o es tu vida o la de tu homeboy, porque si te lleva caminando… ¡Tópalo! Porque, ahuevo, él te va topar, y por la espalda – dice El Niño de Hollywood en su solar, como justificándose por haber derramado tanta sangre de homeboy, por haber matado a tantos camaradas de su pandilla. En definitiva, por haber hecho sangrar a La Bestia.

En la pantalla de un teléfono celular, un pandillero le enseñó una vez a El Niño la foto de un cadáver lleno de balazos. Tirado en una calle. A veces, El Niño no recuerda con exactitud si el año fue tal o cual. Esto, recuerda, pasó a mediados de la primera década de este siglo.

—Que maniaco quedó este maje. ¿Quién era? – preguntó El Niño, aunque ya sabía la respuesta.
—Ha, ya ves, así pegamos los Parvis. Era una bicha.

El muchacho se refería a que la víctima era o bien un enemigo o un traidor. Una escoria. Alguien que no valía nada, o que a lo sumo valía como una mujer. Una simple bicha.

Pero el muerto de la foto era en realidad el hermano de El Niño. El Cheje le decían. Así se le llama a los pájaros carpinteros por acá. El Cheje también era de la MS13, pero se había brincado a la clica Parvis de Ahuachapán, a unos 15 kilómetros del solar donde ahora vive El Niño. Nunca fue de la Hollywood de Atiquizaya.

Ese día, El Niño no dijo nada, se guardó la información y el dolor. Este último era agudo. Aún hoy cuando nos lo cuenta los ojos se le ponen brillantes y se le dibuja en la cara la indignación en un gesto de labios oprimidos.

Meses atrás le dieron la noticia de que su hermano se había perdido. Suponían que los dieciochos se lo habían llevado para matarlo. El Niño viajaba casi a diario a las colonias de ellos, se apuntaba a todas las pegadas de su clica. Mató a varios enemigos e hirió a otros tantos con la convicción de que estaba vengando a su hermano mayor. Por eso lo que había dentro de ese teléfono le dolió tanto. Ellos lo sabían, ellos lo mataron, y aun así dejaron que él arriesgara su vida enfrentándose a enemigos feroces. Lo felicitaban, lo empujaban a ir, lo acompañaban. Les encantaba ese ímpetu asesino que la muerte de El Cheje le había dado. Nunca imaginó que su propia pandilla, sus propios hermanos, sus homeboy, La Bestia, se hubieran llevado a su hermano.

El Niño tomó una decisión. Su sangre sería vengada.

En la pandilla hay muchas maneras de morir. Se puede violar una regla. Se puede fumar algo prohibido. Se puede decir una palabra fuera de lugar. Se puede uno acostar con quien no debía o llegando tarde a algún lugar…

El Cheje hizo algo más serio. Asesinó a otro MS13 y a la madre de este. Lo hizo junto a su hermano menor, El Niño, aunque nadie se enterara de la participación de este último. El Cheje se llevó todo el rencor de La Bestia.

La pandilla es un pequeño mercadillo en donde las hazañas vuelan de boca en boca. Quien le enseño la foto a El Niño no tardó en enterarse de que había cometido un error. Se había jactado con un homeboy mostrándole el cadáver de su hermano. Pero en la pandilla este tipo de errores tienen solución, se resuelven con la muerte. El hecho podía costarle a los Parvis una guerra con la Hollywood. Era mejor prevenir y asesinar al ofendido. Eran cuatro los matadores. El Zarco, El Chato y El Coco. Los tres de la Parvis, más un cuarto, un ex compañero de El Niño en los Gauchos Locos 13, un amigo de infancia. El Mosco de Hollywood.

—Hey, vamos a ir a pegarle a unas bichas. Venga, súbase a la pegada, pero deje los cuetes de su clica aquí. Allá le vamos a dar su cuete –dijo el Chato a El Niño.

El Niño no se negó. De hecho, mostró las pistolas de su clica y se fue desarmado. O al menos eso creía El Chato. En el cinto, El Niño llevaba su propia arma cargada y a punto. Su 9 milímetros. Comenzaron a caminar por unas calles controladas por el Barrio 18.

—Aquí perdió la bicha Cheje. Los que le deben a La Bestia no salen vivos de aquí –le dijo El Chato, quizá anunciándole la muerte, quizá confesando la muerte de El Cheje. Quizá El Chato tenía en la cabeza repetir la treta: dejar un cadáver MS en zona del Barrio 18. Caso resuelto.

El Niño le respondió con esa sabiduría pandillera tan enigmática.

—No, si los que se lleva La Bestia ella los adora, todavía los tiene en sus brazos. Y al que no, no; porque cuando le toca, aunque se esconda; y cuando no le toca, aunque se ponga.
—Órale, homeboy –dijo El Chato a modo de amén. Siguieron caminando. Luego, El Chato hizo una llamada.
—Hey, prepará la olla y le pones la misma cantidad de agua, porque ya llevo un pollo caminando.

Poke, poke.

El Niño le asestó dos tiros en la cara. Uno le entró por la ceja, justo en la colita de una S gótica que el Chato de Parvis tenía tatuada en la cara. Poke, poke. Otros dos de remate y a correr.

El Niño subió a un bus.

—Vaya, no hay parada hasta que yo me baje. Y dame cinco dólares –dijo El Niño al conductor aún con la 9 milímetros en la mano.

En esa ocasión, El Niño reportó a El Chato como asesinado por el Barrio 18 durante una emboscada. La coartada de El Chato sirvió para El Niño. Regresó con la Hollywood y al día siguiente se apuntó para otra pegada a los dieciocho, para vengar a El Chato. Una coartada debe llevarse hasta las últimas consecuencias.

A los días le tocó el turno a El Mosco. El único miembro de la Hollywood que participó del asesinato del hermano de El Niño.

El Mosco intentaba alejarse de la pandilla. Se había convertido en vigilante privado, uno más de ese ejército de hombres armados con escopetas 12 que cuidan casi cada negocio de este país. Eran las cinco de la mañana, y El Mosco estaba abordando un bus al final de otra jornada laboral.

—Hey, homeboy –escuchó una voz El Mosco. Se volvió.

Poke, poke.

Como a El Chato, fueron dos en la cara. Como ellos le pegaron también a su hermano. Esta vez, El Niño lo hizo con una 45. Un calibre alto cuando de pistolas se trata. A quemarropa.

De los cuatro que mataron a su hermano, a El Cheje, solo anda vivo el Coco. Según El Niño esto no durará mucho. A pesar de estar custodiado en su solar, tiene planes para el futuro. Los demás cayeron de la misma manera, a manos de un sicario experto que sabía esperar, seguir y ejecutar.

Así empezaron los problemas de El Niño con la Mara Salvatrucha 13. Aunque esos homicidios los hizo en secreto, no faltó quien atara cabos, quien comenzara a murmurar.

De aquí hacia adelante las cosas empezaron a cambiar. El recelo, la cizaña. La Bestia que El Niño cabalgó, empezó a perseguirlo.

La tercera palabra de El Niño

—De 2007 a 2008 me hago evangiloco. Me salgo en 2009 del evangelio y otra vez empiezo la reventazón – recuerda El Niño uno de sus demenciales ciclos de vida.

Hacerse evangélico. Dejar de matar y meterse cada noche a alguna casita de pueblo a escuchar los gritos de un pastor que interpreta la biblia. Dejar de descuartizar y a la siguiente noche sentarse al lado de las mujeres pueblerinas que se cubren la cabeza con un velo blanco. Dejar de sacar corazones a la gente y ponerse una camisa blanca, de botones, manga larga, metérsela en el pantalón, apretarse el cinturón y sentarse a esperar el turno para gritar aleluya. Dejar el poke poke e ir al culto.

Esa es una de las opciones clásicas, aunque cada vez menos aceptadas por los cabecillas, para dejar ciertas actividades de la pandilla. El pandillero que se convierte –así le dicen-, puede obtener el pase para calmarse, para dejar de ir a misiones y ser una pieza durmiente. Pero esa no era la opción de El Niño. Él, ahí sentado frente al predicador todas las noches, a la par de las mujeres de velo que rezan con los ojos cerrados, con su camisa de botones manga larga, seguía siendo un emisario de La Bestia.

Por aquellos años, la delegación policial del departamento de Ahuachapán, al que pertenece Atiquizaya, ya había puesto los ojos sobre esa clica de la MS13 que lo devoraba todo. Al Barrio 18, a los traidores y a las demás clicas vecinas de la MS13. La Hollywood Locos Salvatruchos de Atiquizaya, esa clica que la Policía creía haber desarticulado con los operativos de 2000 y 2001, vivía. Mataba.

El Niño había logrado convertir a unos muchachos temerosos en asesinos despiadados, y a la clica de los Parvis de Turín en fieles aliados. Todo con solo una 9 milímetros.

Era hora de enfriarse, de calmarse, de bajarle. El Niño seguía ordenando a los miembros de la clica, coordinando con los líderes del penal, solo que dejó de participar directamente en los homicidios y cantaba alabanzas luego de coordinar telefónicamente asesinatos.

Tras su período de aparente calma, en 2009, coincidieron en Atiquizaya tres pandilleros que darían otro golpe de timón a la Hollywood. Chepe Furia, el deportado que creó la clica, volvió de alguna parte, seguramente de Guatemala, donde por esas fechas construyó sociedad con algunas bandas de roba carros, según informes policiales y el testimonio de El Niño. Sus registros migratorios dan fe de que Chepe Furia rondaba El Salvador desde mucho antes de volver a aparecer en Atiquizaya. El 11 de septiembre de 2006 aterrizó en el país en un vuelo federal, deportado de Estados Unidos. También regresó El Extraño, el palabrero que regía la clica bajo los consejos de Chepe Furia antes de caer preso. Salió tras cumplir una condena de dos años por lesiones agravadas. Se trata de José Guillermo Solito Escobar, un pandillero de 30 años que entró a la MS13 en los mismos años en que lo hizo El Niño. Y llegó un nuevo miembro, Jorge Alberto González Navarrete, que tomaría gracias a su veteranía la segunda palabra de la clica. Su taca es Liro Joker, un fornido pandillero que lleva en su cuerpo varias calaveras tatuadas. Fue deportado de Estados Unidos por el delito de lesiones graves en junio de 2009, y según su ficha de deportación allá pertenecía a otra clica de la MS en la ciudad de Los Ángeles, y era conocido como Baby Yorker. Sobre él, El Niño dice: “Un hijueputa pesado. Sicario”.

El Niño se quedó con la tercera palabra como premio por haber levantado una clica botada, abandonada.

De ahí en adelante, Chepe Furia, que vivía más metido en sus negocios de carros robados, se encargó de construir una clica monstruosa que terminaría con más de 50 miembros. Todos asesinos. Chepe Furia se aseguraba de eso. Nadie podía considerarse un miembro de la clica, un pandillero de la Hollywood, si no cometía antes un asesinato encargado por sus jefes. 11 asesinatos fueron cometidos ese año. Al menos 11 que las autoridades, años después, pudieron relacionar con la clica. Las tardes de café y pan dulce en el solar de El Niño dicen que fueron más, muchos más. De cualquier forma, esos 11 cuerpos, al verlos en las fotografías de los expedientes policiales, hablan de sicarios certeros, la mayoría tiene un agujero de bala en la cabeza.

Un ejército de asesinos se tomó un municipio de El Salvador. Desde adolescentes de 16 años hasta pandilleros veteranos como Chepe Furia, que con 44 años comandaba a sus sicarios, monopolizaron el crimen en la zona. El Niño era siempre el elegido por Chepe Furia para realizar las misiones más importantes, e incluso algunas que no tenían que ver con rencillas entre pandillas o traiciones de homeboys, sino que directamente eran asesinatos por encargo, o amedrentamiento de deudores al mejor estilo de la mafia italiana. Como aquella vez cuando El Niño quemó una camioneta del año de un reconocido miembro de una banda de asaltantes que no entregó a tiempo la parte que le debía a Chepe Furia por un jugoso atraco.

Sus tiempos de evangélico se habían terminado. El Niño era el jefe de sicarios, y el mejor de ellos.

Furia consiguió incluso contratos de recolección de basura con la Alcaldía de Atiquizaya, la clica infiltró a uno de sus altos mandos, a su tesorero, como empleado de promoción social de la Alcaldía. Fredy Salvador Crespín, un hombre delgado y blanco de 38 años ante el que nadie se cambiaría de acera, es también el Maniático de la Hollywood. Según la Policía y la Fiscalía, utilizaba su cargo municipal para reclutar nuevos miembros y para dar carnés de ayudantes de la Alcaldía a los pandilleros como El Niño, que con eso como coartada lograban salvarse de muchas detenciones.

Los tiempos de machete quedaron atrás. La clica en ese entonces tenía un fusil G-3, un M-16, una subametralladora SAF policial que había sido reportada como robada por un subinspector, y varios revólveres magnum 3.57. La clica que El Niño revivió vivía su esplendor. No solo tenían la Alcaldía infiltrada, sino que también la Policía. A finales de este 2012, el ex cabo José Wilfredo Tejada Castaneda de la delegación de Atiquizaya y el ex jefe antidrogas de todo el departamento, Walter Misael Hernández Hernández, esperan juicio acusados de haber entregado en noviembre de 2009 a un testigo protegido para que Chepe Furia, El Extraño y Liro Joker lo asesinaran con lujo de barbarie. Los ex policías están acusados de entregar a Rambito, un pandillero de 23 años que colaboraba con la Policía. Además, la Hollywood contaba entre sus filas con un temible pandillero, el Loco 13, acusado de violaciones, asesinatos, resistencia al arresto y lesiones culposas. Cuando era policía en el departamento en Sonsonate era conocido como el agente Edgardo Geovanni Morán.

La delegación departamental de la Policía tomó medidas. En junio de 2010 decidieron crear una oficina de investigadores. Reunieron a un grupo reducido de policías, agentes de diferente rango con experiencia en unidades de inteligencia. Al mando de esa unidad eligieron al inspector P (guardaremos su nombre por su seguridad), un policía con amplia experiencia que fue parte del Centro de Inteligencia Policial y de la Inteligencia Penitenciaria. Para alejarlos de la corrupta delegación de Atiquizaya, decidieron ubicar al grupo en un pequeño municipio vecino. Entre pastizales y casas con techo de teja, los investigadores montaron su base en una casita de El Refugio. Ese mes empezó la investigación que cambiaría por completo la vida de El Niño de Hollywood.

La traición de El Niño

—Todo empezó porque viene mi clica y camina a una morrita que se llamaba Wendy– dice El Niño en su solar, mientras aspira aire con la boca para recuperar el humo de mariguana que ha dejado salir hace un instante –. El pedo es que la bicha se fue a dormir con un chavala… Un bichito cachorro. Y llegó diciendo a donde nosotros que mejor nos tatuáramos el pupú (18) en el pecho, que la caca podía más que la MS. Yo no hice nada, porque sabía que era bicha loca. Era la prima de mi mujer. El caso es que en esos días le habíamos dado el pase para que volviera a la pandilla a un bato que se había borrado las letras, pero tenía que matar. Y la moja (mata) el hijueputa. El caso es que a mí me cayó el clavo, porque los investigadores pensaron que fui yo.

A la par de El Niño está la prima de la difunta Wendy, su mujer, la muchacha silenciosa. Da pecho a su hija y ni siquiera voltea a ver cuando su compañero cuenta cómo asesinaron a su pariente. Porque ella sabe, y nosotros sabríamos luego, que su marido ayudó a asesinar a Wendy. No la degolló, pero vigiló para quien lo hizo. Así es esto, si eres la mujer de un sicario, habrá gente muerta alrededor. Gente cercana, gente lejana. La guerra de las pandillas cruza los árboles genealógicos salvadoreños. Primos, hermanos, padres e hijos de diferentes pandillas enfrentados a muerte.

Desde su instalación en El Refugio, el equipo de investigadores tenía un objetivo puntual: conseguir traidores de la Hollywood Locos Salvatruchos. La estratagema pasaba por conocer vida y obra de cada uno de los pandilleros de esa clica. Novias, familias, errores del pasado, vicios, lugares frecuentados. Y, si la estratagema fallaba, mutaba: era necesario conocerlos bien para poder meter cizaña, revolver el río. Y, a río revuelto, pescar.

—Yo puedo hacer y deshacer si nadie me conoce ni sabe dónde vivo. Hace falta control social, saber quién es quién. Crear desconfianza, porque la desconfianza causa muertes. Ellos mismos piensan: ¿será que aquel está tirando rata? Mejor matémoslo. La mayoría de homicidios vinculados a pandillas se dan entre miembros de la misma pandilla –nos explicó el inspector P un día en el puesto de El Refugio. Es un hombre sacado de las entrañas de la inteligencia Estatal de este país. Esa inteligencia de país tropical que permite tanto hacer una escucha telefónica para interceptar la conversación de un líder preso como sentarse por las tardes a hablar campechanamente con la madre de un adolescente de la pandilla. Pero las interminables andanzas del inspector P merecen una crónica aparte.

Los hombres del inspector realizaron decenas de allanamientos a las casas de los pandilleros reconocidos y de sus familias. De ahí sacaron fotografías, listas de cobros de extorsión y documentos de identidad que les permitieron ponerle rostros a la red de la Hollywood. Ya con el mapa armado, desplegaron la estrategia. Consiguieron que algunos de los más jóvenes hablaran gracias a que los amedrentaron asegurándoles que filtrarían a la pandilla la información de que ellos eran soplones. A veces, los asustaban con amenazas de que los dejarían en la zona del Barrio 18 para comprobar si realmente no eran de la MS13. Les quitaban sus teléfonos móviles y marcaban a algún otro pandillero identificándose como policías. Sembraban cizaña y recogían testigos protegidos. Pero no era suficiente. La estructura de mando, la cúspide a la que pertenecía El Niño, seguía intacta. Las decisiones importantes las tomaban en privado. Los peces que pescaron al inicio apenas tenían información de quién había sido el pistolero en este o aquel homicidio, y podían entregar si acaso a otro adolescente sin rango como ellos. Furia, El Extraño, El Maniático y Liro Joker seguían tranquilos y se les veía pasear por el parque central de Atiquizaya. El Niño también, continuaba con su próspero negocio de venta de mariguana, e incluso había juntado a un grupito de consumidores a los que no había brincado a la pandilla. Los consideraba su escolta personal. Su conserva de sicarios en ciernes. Una previsión en caso de retiro.

No hay que olvidar –jamás en esta historia hay que olvidarlo- que El Niño ya no era un soldado fiel, sino más bien un asesino resentido. El hermano de un asesino asesinado. El asesino de dos asesinos de su propia clica.

Los investigadores no sabían la letanía completa, pero sí su esencia. Ellos sabían que El Niño era el hermano de un homeboy muerto a manos de otros homeboys. La hipótesis de que El Niño era el homicida de Wendy fue solo un aliciente para, por primera vez, lanzar el anzuelo a un pez gordo.

El primero de los investigadores en intentarlo fue un cabo. Dejó el pick up que utilizaba su equipo –porque a esas alturas no había pandillero que no lo conociera– y fue en su motocicleta hasta la casa donde El Niño despachaba mariguana. Nunca intentó sonsacarlo con las técnicas que le aplicaban a un principiante. El cabo fue directo. Llegó a la puerta de El Niño. El Niño echó mano a la 3.57 que tenía en su cintura. El cabo le dijo que se tranquilizara, que estaba desarmado y que solo quería hablar. El delito de portación ilegal de arma era demasiado risible como para llevar preso a un prominente sicario de la MS13. El cabo repitió que solo quería hablar. El Niño le dijo que quizá en alguna ocasión. El cabo le dijo que volvería pronto. El cabo se fue. El Niño abandonó la casa a la que llegó el cabo. El cabo pasó cerca de un mes sin volver a ver a El Niño.

Un día, se dio una escena enredada. La vida de un pandillero es enredada. Los sicarios no siempre matan. Eso sería sencillo. A veces comen, duermen, tienen novias, hermanos muertos o amenizan fiestas como payasos. Sí, como payasos. Ese día, El Niño iba a eso, a ganar unos dólares amenizando una fiesta. Pretendía vestirse de La Tenchis, un personaje famoso en El Salvador que imita a una mujer del pueblo, dicharachera, descuidada, vulgar y gorda. Más que por los miserables dólares, El Niño lo hacía para aparentar tener una vida de la que vivir, para hacer creer a los sabuesos del inspector que él no era quien era.

En la parada de bus lo detuvieron siete militares y dos policías. Él pensó que se trataba del acoso normal. Pero lo tuvieron detenido por 20 minutos, hasta que apareció el cabo.

—¿Venís a torcerme o no? Porque arma no cargo hoy –retó El Niño al cabo, que por primera vez dialogó, aunque omitió mencionar el asesinato de su hermano, no quiso develar todas sus cartas. Tuvieron una larga conversación sobre el homicidio de Wendy, pero El Niño se mantuvo firme en defender que lo único que él había hecho era ser su amigo y regalarle toques de mariguana.

La mente de los pandilleros con clecha, con sabiduría dada por la experiencia, es ágil. Viven en un mundo donde una palabra mal puesta, la pronunciación del número dieciocho, la enunciación en masculino del nombre de un pandillero rival –siempre deben referirse a la bicha tal o la bicha cual– puede costarles una paliza o en caso extremo la muerte a manos de sus homeboys. Como me dijo en una ocasión un pandillero de la MS13 que huía de la MS13 a través de México: sí, se trata de una familia, pero compuesta exclusivamente por padres golpeadores.

Jugaron un ajedrez verbal, y el cabo puso en jaque a El Niño.

—¿Y si me contás cómo la mataste, pero clavamos a otros pandilleros conocidos que yo tengo en la mira y vos salís libre? –ofreció el cabo.
—¡Huevos! ¿Qué tal que no agarran a los otros y me cae todo el clavo a mí? –respondió El Niño, que ante testigos militares y policiales, de una forma sutil, acababa de confesar que tomó parte en el asesinato y que si quería, podía contarlo.

El Niño –el sicario resentido– sabía que la próxima jugada era la final. El nuevo ofrecimiento del cabo se veía venir: o ellos o vos. O ellos cargan sus homicidios y los tuyos o vos los cargarás. Le tocaba a El Niño mover.

—Va, pues, órale, si querés ayudarme, ayudame. Si no, ahorita me podés torcer o hacer lo que querrás… Eso si no deseás saber de los clavos de Eliú, del asesinato de la puta, del asesinato del policía en el salón, de quién se bajó a Wilman del segundo piso de la casa, de los mototaxistas que han aparecido con el repollo destapado, de la mujer de Moncho Garrapata…

El Niño destapó sus cartas. El cabo las acepto. Le pidió que fueran a hablar con el inspector P. El Niño quiso esperar. Le dijo que luego, que primero se vieran en un lugar discreto solo ellos dos.

A la hora indicada del día indicado, junto al poste eléctrico indicado, en territorio de nadie, El Niño no tuvo ni cinco minutos de paciencia. El cabo se atrasó por las razones por las que se atrasa un policía en estos lares lejanos a cualquier serie de televisión. La única patrulla estaba averiada. El Niño dejó una nota trabada en un aro metálico del poste. En ella, un número suyo que nadie en la pandilla conocía, y unas palabras: Llamame a este número si me querés hallar. Llovió al rato, a la hora quizá, y el papel fue papel mojado. Y la patrulla siguió averiada.

En la mente de El Niño, cizaña. Trampa. Mentira.

A la semana, El Niño estaba fumando su quinta piedra de crack de la tarde en la nueva casa que había agarrado. Atrás de él escuchó el clac del seguro de una pistola. Supo que era el cabo. Sin voltear, encajó cinco dedos en una pistola .40 que tenía en un muslo. Otros cinco dedos en una 3.57 que tenía en el otro muslo. Clac, clac.

Y conversaron: ey, calmate, ya te vi que estás armado, dijo el cabo. Y fumado, dijo El Niño. Solo hablar quiero. Pues bien prendido en piedra estoy. Hijueputa. Bien fumado. ¿Y creés que podemos hablar?

El Niño se volteó y avanzó hacia el pick up con un arma en cada mano. Se subió a la cama del vehículo y entonces el cabo se la jugó. Se sentó como piloto y condujo lentamente por calles poco transitadas con rumbo a El Refugio y con un sicario armado atrás.

En el solar de El Niño

Ha empezado el invierno y sobre el solar de El Niño ha llovido bastante. La hierba creció mucho desde la última visita, su hija también. Ha pasado de ser un bultito inseparable de su madre, casi una extensión de ella misma, a ser una criatura traviesa y curiosa que gatea por el solar y husmea debajo de los muebles. Ya dice, casi claramente, la palabra papá. Su madre nos ha perdido un poco la vergüenza e incluso se atreve a hablar frente a nosotros. Siempre son monosílabos o risitas. De lo contrario habla con señas o en susurros con El Niño. Ella aún es menor de edad. No importa, la Fiscalía sabe que debe cuidar a este testigo para poder tener un caso contra toda la clica Hollywood Locos Salvatrucha. Por eso le dejan pasar tantas cosas. Por eso se hacen del ojo pacho cuando El Niño fuma y vende mariguana en su solar a metros de la subdelegación policial de El Refugio. Por eso hicieron que se perdiera la denuncia de agresión aquella vez que El Niño le enterró un machetazo a un hombre, uno que por cierto había llegado a comprar mariguana. Esa ves, de hecho, solo le recomendaron: medí la mano, cabrón.

De vez en cuando, El Niño sale de su solar. Se va por los tejados y camina por las veredas en las madrugadas. Visita su antigua casa, en donde hace varios años armó aquel pequeño grupo de fumadores de hierba al que llama: mis bichos ganyeros. Es una práctica común en pandilleros con trayectoria. Se trata de fundar su propia clica. Sin embargo, El Niño jamás llegó a brincarlos a la pandilla, ni a hablar de ello. Quizá ya sabía que si los anexaba a la MS13 no podría recurrir a ellos en tiempos difíciles. Quizá de haberlo hecho, sus bichos ganyeros querrían asesinarlo ahora mismo. El Niño les llama seguido y los visita de vez en cuando. Los protege de que ningún MS13, y por supuesto ningún dieciocho, llegue a anexarlos a su pandilla. Los aconseja.

El último que lo intentó fue un MS13 que llegó cuando El Niño ya habitaba el solar. La misión del visitante era matar a un traidor llamado El Niño de Hollywood. Al no encontrarlo en su casa se quedó ahí y decidió plantarse en el lugar y anexar a estos jovencitos a la MS13. Ahora flota descompuesto en uno de tantos pozos olvidados del occidente de El Salvador. Eso es lo que cuenta El Niño. Flota en un pozo, eso es todo lo que dice.

A veces, a El Niño lo visitan personajes extraños.

Una vez nos encontramos a El Topo de la clica Victorias. En realidad llevaba diez años alejado de la MS13. Admira a El Niño y lo visita con frecuencia, pues El Niño se ganó fama de místico y de “leer las candelas”. En general, pasan buenos ratos fumando hierba y hablando de días pasados. Sin embargo, la pandilla se enteró de esta amistad y buscaron a El Topo y le exigieron que entregara al traidor, que lo sacara del solar con alguna mentira y que se los entregara para matarlo. El Niño descubrió el plan gracias a que lo intuía, y usó el rito de las candelas como una especie de polígrafo místico que puso nervioso a El Topo que terminó delatándo todo. El Niño dijo a su camarada que le perdonaba la vida, pero que de ahora en adelante él sería su contra espía en los intestinos mismos de la Bestia.

Al solar también llegan de cuando en cuando rumores extraños. Por medio de un informante, El Niño se enteró de otro plan para matarlo. Esta vez eran los Parvis. Han convencido a una tía de El Niño para que lo saque de su solar. Una vez afuera sería El Burro, un jovencito ex aprendiz de El Niño, quien dispararía. Ese jovencito aún no ha sido brincado a la MS13. Todavía es un “chequeo”. El Burro, con esa pegada, se brincaría con balón de oro, como dice El Niño entre risas.

—Puta, una sola oveja quieren mandar a cazar al lobo –dice también. Ya no con risas.

Hace unos días, durante una de sus escapadas, se encontró en la calle, muy cerca de su solar, con El Burro y su tía. Se quedaron rígidos unos segundos. El Niño se acercó.

—¡Hey, bicho hijueputa, La Bestia! Mirá, andá deciles a los homeboys lo que tengo para ellos –les dijo, y les enseñó una granada M-67. Porque El Niño tiene una granada M-67. Poco a poco uno descubre que siempre ha sido como un ratón. Esconde parte de lo que consigue, y luego lo desentierra cuando lo necesita. Algunas de sus escapadas eran para recuperar armamento que había ido enterrando como verdaderos tesoros ocultos.

El Burro y la vieja se fueron agitados y no se han vuelto a acercar.

Es segunda vez que muestra su granada. Esa misma fue la que le enseñó a un policía que lo quiso sacar de su solar, supuestamente para contratarlo como sicario y llevarlo a un monte lejano y solitario. Le dijo que una vez en el lugar le daría una pistola. Ese policía es amigo de los dos que están presos por haber entregado a El Rambito para que Chepe Furia, Liro Jocker y El Extraño lo asesinaran. El Niño es testigo de ese caso, pues vio cómo ellos tres se fueron en un pick up con El Rambito y con los lazos con los que luego apareció su cadáver atado.

—Vaya, está bien, solo me voy a llevar esta chimbomba por si es mentira –respondió El Niño, jugando con la espoleta de la granada frente al policía que lo quiso caminar. No ha tratado nunca más de sacar a El Niño de su solar.

La tercera vez que saca su granada es esta tarde. La baja de una viga del cuartito donde duerme y nos la muestra envuelta en cinta aislante para evitar cualquier accidente que pueda provenir de una espoleta vieja y oxidada. El Niño y su familia duermen a la vera de una granada M-67.

Otro contacto le contó hace unas semanas que dentro del penal se habían organizado grandes reuniones -o miring, como les llaman-. Le contaron que hay siete sicarios, de varias clicas, dispuestos a terminar con él. Es una pieza codiciada dentro de la pandilla. Si muere, más de 40 pandilleros, importantes algunos de ellos, saldrán libres por falta de testigo.

Hace poco le llamó uno de los pocos Hollywood de la zona que aún quedan libres. Quién sabe a cambio de qué, o porqué extraña lealtad, le contó que unos homeboys están planeando asesinarlo justo el día del juicio, el 20 de agosto. Quieren matarlo mientras viaje en la patrulla policial rumbo a los juzgados.

El Niño, a pesar de andar la muerte a cuestas, luce tranquilo. Nos muestra contento el avance de sus plantas de mariguana y juega con su niña. Se ha hecho amigo del tipo que vive en la otra parte del mismo solar. El Caballo le dicen. Es un campesino joven e ingenuo, muy ingenuo. El Niño le da hierba y fuman juntos. Siempre que llegamos están haciendo alguna tontería o discutiendo sobre el origen satánico de las cabras, o sobre brujería, tema en el que El Niño es muy versado. El Caballo le tiene cierta admiración, escucha embelesado sus historias, se ríe con sus bromas, casi todas a costillas suyas, y en general le hace compañía a ese hombre tan exótico que llego a vivir al otro lado de su solar.

A El Niño le alegran nuestras visitas. No solo porque tiene oportunidad de hablar con alguien nuevo, sino porque le llevamos comida, o ropa, o leche para su bebé. O quizá porque tenemos cigarrillos ilimitados que a veces con malicia apaga y guarda para después. Este testigo protegido de la Fiscalía vive en pobreza. La canasta que le manda la Unidad Técnica del Sector Justicia, para que viva él y su familia, consiste en: dos sopas en polvo, dos salsitas de tomate, una bolsa de fideos, un cepillo, una pasta de dientes, dos rollos de papel higiénico, dos refrescos, un par de libras de arroz, otro par de azúcar y sal. Con esto tienen que vivir él y su familia por un mes. Son algunos policías del puesto, los mismos investigadores que lo cooptaron y lo volvieron un soplón, los mismos con sueldos miserables y turnos de 24 horas, quienes sacan de su bolsa para apuntalarle la economía al ex sicario de la MS13.

Le preguntamos a El Niño que piensa hacer cuando todo esto termine y deba volver a la vida –entre enormes comillas– normal. Dice que planea juntarse a la banda de asaltantes a la que pertenece El Topo, el ex pandillero que no quiso entregarlo. Dice también que quisiera hacer un gran atraco, uno que le dejara mucho dinero y poder entonces montar una panadería con la niña que tiene como mujer. Dice también que no le da miedo la pandilla, que sabe como torearlos. Ya son muchas veces las que ha pasado por las barbas de sus homeboys.

En la última visita, ya con la grabadora apagada y las tazas vacías de esa infusión de café que nos da su mujer, le preguntamos si podemos tomarnos una foto con él. Accede. Posa primero con mi hermano, luego conmigo, luego con ambos. Ninguno sonríe. Él más bien pone cara de malo, de sicario, de pandillero. Es un tipo pequeño, de ojos achinados y cara lampiña. Tiene las manos toscas de los campesinos, aunque él nunca lo fue, y la piel del color de la tierra.

El 20 de agosto, en 12 días, este hombre declarará contra 42 pandilleros de la Mara Salvatrucha 13. La mayoría acusados de homicidio. Lo más probable es que todos pasarán el resto, o buena parte, de sus vidas en penales infrahumanos, en celdas pestilentes diseñadas para 20 hombres en donde se apiñan a veces más de 60. Si llega vivo al juicio, este hombre habrá acabado con la clica de los Hollywood Locos Salvatrucha de Atiquizaya, y con un buen pedazo de la clica Parvis Locos Salvatrucha de Ahuachapán. Si esto pasa, le habrá dado un duro golpe a la pandilla a la que sirvió durante toda su vida.

Nos despedimos de El Niño y nos vamos de su solar. Es tarde y el sol dora las hojas de los árboles. Son bonitos los ocasos de Atiquizaya, pero no por lo que hay, sino por lo que ya no hay. En este caso, ya no hay un fuerte sol. El Niño se queda atizando el fuego de su cocina de leña con un palo. Tranquilo, con su hija en brazos.

Tiene la convicción de haber enfurecido a La Bestia que ahora lo busca para llevárselo. Aún así, está decidido a intentar cabalgarla de nuevo.

Epílogo

Chepe Furia, Liro Jocker y El Extraño fueron condenados en diciembre de 2012 por el asesinato de Rambito. Chepe Furia cumple 20 años de prisión en el penal de Gotera. Los policías acusados de ayudar a Chepe Furia a asesinar al informante Rambito fueron absueltos este año, gracias a que El Niño, en pleno juicio, dijo no recordar nada. Más de 30 pandilleros de la clica de los Hollywood Locos Salvatrucha de Atiquizaya también fueron condenados por delitos que van desde asociación ilícita hasta homicidio. El Niño aún vive bajo el amparo del Estado, a la espera de declarar en contra los homicidas del Pozo de Turín. Ellos, 11 pandilleros, estuvieron capturados dos años, pero el Estado no logró abrir el pozo en ese tiempo. Cuando lo abrieron, en abril de 2013, encontraron cuatro osamentas, pero los pandilleros ya habían salido de prisión por sobreseimiento provisional. Si quieren juzgarlos de nuevo, deben volver a capturarlos.

 

 

 

—Fue culpa del cigarro. Bueno, del cigarro y los excesos.

Pedro Lemebel lo reconoce como lo que es: una profunda herida a la altura de la garganta, que él cuenta a punta de sarcasmos. Su entrecortada voz, que a ratos es un áspero susurro, es el más fiel registro de esta zancadilla en su vida. Es finales de 2011, en una sala repleta de sus fanáticos en la Estación Mapocho. Él les anuncia que padece cáncer de laringe. Y luego agrega:

—Cómo es la vida… Yo arrancando del sida y me agarra el cáncer.

Quienes lo conocen no se espantan. Si hay algo que Lemebel nunca perderá es su sentido del humor.

Mediodía, mayo 2013. Pedro Lemebel cruza la reja del edificio en el que pasa sus días solo, frente al Parque Forestal. Se le reconoce a lo lejos, aunque está bastante más delgado. Lleva un chaleco gris, un pañuelo estampado al cuello y un pantalón plateado que brilla al sol.

Se sube al auto que nos llevará a Valparaíso, tal como él pidió. En el asiento trasero deja a su lado una enorme mochila, que llama botiquín, y antes de partir advierte que no puede hablar mucho, que hay que aprender a leer sus labios.

Todo había empezado mucho antes, a principios de 2011, cuando sintió molestias para tragar y hablar. Como el problema no se solucionaba, hacia mediados de año fue hasta el Hospital Fundación Arturo López Pérez a pedir hora y a hacerse exámenes. Estaba seguro de que tenía algo, aunque no sabía qué. A las pocas semanas, le dijeron que había un nódulo complicado en su garganta.

El médico Marcelo Faraggi, quien se hizo cargo de su caso, decidió intervenirlo. En mayo de 2012, Pedro Lemebel se sometió a una laringectomía parcial.

—Me dejaron una cuerda y la mitad de la laringe. Tenía voz de ultratumba. Me sacaron también la manzana de Adán, el sueño de toda travesti –cuenta, siempre con humor.

Aún hospitalizado, publicó en su cuenta de Facebook: “Amigos, recién hoy entro a face. Acá en el hospital pasó lo terrible, fue una operación heavy. Perdí la voz, me sacaron casi todo… Laringectomía parcial, casi total, y con ese casi tengo que aprender a respirar, a hablar, a tragar, a aceptarme degollado de oreja a oreja”.

Estuvo internado 20 días luego de la cirugía. Solo unos pocos amigos podían verlo. “En el hospital había una lista de personas que podían pasar a verlo, por una cosa de dignidad también”, señala Sergio Parra, dueño de la librería Metales Pesados y uno de sus amigos más cercanos. “Al principio él escribía en una pizarra para comunicarse con nosotros, y lo siguió haciendo después en su casa. Nos preguntaba en qué estábamos, cómo iba todo. Nunca dejó de reírse”.

A los pocos días de regresar a su casa, Lemebel empezó a tratar, con esfuerzo, de sacar la voz. Mientras, su garganta era sometida a sesiones de radioterapia.

—A ese tiempo yo le llamo “mi verano en Chernobyl” –dice Lemebel.

En diciembre pasado, a siete meses de su primera operación, Lemebel le insistió a su oncólogo en que las molestias habían vuelto y ahora más fuertes. El doctor Faraggi le dio una orden para una resonancia magnética. Lemebel se la hizo antes de irse de vacaciones a Isla Negra, en febrero de este año. A los pocos días, mientras paseaba por la playa, recibió un llamado de su médico. Le pidió que se devolviera urgente a Santiago, y ese mismo día fue internado otra vez en el mismo hospital en Providencia.

Lemebel recuerda claro esta recaída: “En casi todos los casos, cuando hacen laringectomía parcial, el cáncer vuelve a aparecer, y en este segundo examen encontraron en mi garganta un tumor maligno de tres centímetros que había crecido en dos meses. Me volvieron a operar a principios de marzo, así bien flash. Me hicieron una laringectomía total, una cesárea de laringe como le digo, y luego una traqueostomía. Yo sabía que tenía algo. Conozco mi cuerpo como nadie”.

Alguna vez se lo preguntaron. ¿Cuál es el sentido que más le dolería perder? Pensó en la vista, el oído, jamás en su voz. Lo dice lento y con una mano pegada al pecho, debajo del pañuelo que lleva amarrado al cuello. Debe presionar esa zona, sobre el orificio de la traqueostomía, para poder impulsar su voz hacia afuera.

A ratos le cuesta hablar y una tos seca interrumpe su conversación. Después de la primera operación pasó dos meses sin hablar, y hace seis, cuando se le ofreció esta entrevista por primera vez, aún no podía pronunciar ni una palabra.

“Me hizo bien estar mudo, a todo el mundo le haría bien un poco de silencio para pensarse. Los chilenos hablan tanto y agudo y gritado. El neoliberalismo farandulón los puso así, muy engreídos”, dice.

El 29 de abril fue intervenido para recuperar su voz definitivamente. Se le puso una válvula de fonación, un dispositivo que se coloca en la tráquea y que con ayuda de rehabilitación le permitirá pronto volver a hablar sin problemas.

Comenzó entonces sus sesiones con una fonoaudióloga, en el mismo hospital. Al principio iba dos veces por semana. Durante el par de horas que duraba cada encuentro, la mujer le enseñó a ocupar la válvula: a poner su mano sobre el pecho, cubrir el agujero que le dejó la traqueostomía en medio del cuello, y finalmente alzar la voz, como un rugido. Junto con eso, su doctor le dio un régimen alimenticio blando y le recomendó hacer actividad física. Ha perdido 10 kilos.

“Pensé que me iba a costar dejar el cigarro, pero el copete fue aún más difícil. Me gustaba la embriaguez. Hoy ando sano, y rara vez me tomo una copa de vino. Era tiempo de dejar los excesos. Me enfrenté a un cambio de vida radical, sobre todo en la alimentación. Estoy absolutamente desintoxicado, y en muy poco tiempo recuperé el habla y el ánimo. Lo que más duele de esto es la voz, cuesta adaptarse a una ajena. Tienes que domarla, hacerla tuya. Y en eso estoy”.

El auto entra en Valparaíso. La primera parada es en calle Pudeto, en el cuarto piso de un edificio antiguo. Allí está la consulta del naturópata que Lemebel visita una vez por semana. Se lo presentó su sonidista Constanza Farías, una de sus amigas más cercanas.

Ella ha sido clave en este tiempo. Constanza no solo lo apoya en su trabajo, sino que se reúne con él tardes enteras para que pueda ir afirmando el tono de su voz aún cambiante. Para eso, Lemebel graba lecturas –muchas veces lee sus propias crónicas– y ensaya las presentaciones que habían estado suspendidas hasta ahora que, más recuperado, siente que es tiempo de volver a hacerlas. Con la seguridad que le da poder leer de nuevo un texto de corrido y en voz alta.

“En algún momento él pensó que no podría llegar con la voz al tono o la intención que quería, y entonces me dijo que iba a chantar la máquina –cuenta Sergio Parra–. Esto fue después de la primera operación. Pero después esta idea se le ha ido borrando de la cabeza y se dedicó a trabajar, a grabar, a ejercitar la voz en su departamento”.

Su última aparición pública fue en noviembre de 2012 en la Feria del Libro de Guadalajara, México. Salió como una pantera, vestido entero de negro, tapado hasta la cabeza y con un fino hilo de voz, amplificado por un micrófono a lo Peter Gabriel. Presentó Háblame de amores, su última recopilación de crónicas que ya va en su cuarta edición. Pese a que casi era inaudible, aprovechó también la ocasión para dispararles a todos los que quiso. Después de eso, se hizo humo.

“Para ser escuchado y entendido, necesito de la sofisticación técnica, y por eso trabajo con mi sonidista, quien me acompaña en todos los viajes. Ya tenemos algunas invitaciones agendadas. Primero en Buenos Aires, luego en noviembre en Brasil, y también voy de jurado a un festival de cine gay en Montevideo”, comenta.

En paralelo, prepara una antología de sus crónicas junto al crítico español Ignacio Echevarría, que se lanzará en octubre. También trabaja otros dos libros. El primero, aún sin terminar, es la novela El éxtasis de delinquir. El segundo, más encaminado, relanzará sus primeros cuentos, publicados en trípticos con el título Incontables durante los 80, cuando un profesor de Artes Plásticas llamado Pedro Mardones daba sus primeros pasos literarios sobre un par de tacos altos.

Recientemente, estuvo también nominado a un Altazor en la categoría a Mejor ensayo y escrituras de la memoria por Háblame de amores. El premio lo ganó el historiador José Bengoa.

“Si no ganó Tengo miedo torero en 2001, no espero nada del Altazor. Lo encuentro banal y muy ordinario. Además, los escritorcillos machones chilenos me tienen bronca, me descalifican. Yo creo que Bolaño me hizo un gran mal al alabarme, me gané muchos odios”, dice.

De nuevo en el auto, tras su visita al naturópata, se decide a mostrar qué hay en su improvisado botiquín. Saca un recipiente de plástico con sándwiches de pan integral con verduras y aceite de oliva. También frutas, ropa para abrigarse, un celular de esos antiguos con pantalla verde y una bolsa café que envuelve trozos de queque hecho con marihuana.

“Siempre fui marihuanera, desde los 14 creo. Ahora me ha hecho muy bien para dormir y para levantar el ánimo, solo que no puedo fumar y la consumo en queque, en pesto y en ensaladas. Quizás debería ser legal, aunque en todo lo que se legaliza pierde el misterio, y yo amo el abismo de lo ilegal”, comenta.

Antes de ir a almorzar, pide caminar cerro abajo. El día está como le gustan: soleados y sin una pizca de frío. Se le acercan dos colegialas que lo reconocen. Le piden una foto con él. Pedro posa sin chistar, se despide y continúa caminando. A ratos parece ido, en otro lugar. Sus estados anímicos son vertiginosos. Ya lo había dicho su amigo Sergio Parra: “Es otro Lemebel el de ahora, uno que sigue teniendo humor, pero que también se volvió un poco como la Cordillera de los Andes: un día está arriba y el otro, abajo; nunca sabes cómo va a despertar”.

Hoy, con 60 años encima y lejos de los excesos y las andanzas callejeras de antes, Lemebel se sienta en el mismo restaurante donde alguna vez compartió con su madre y con amigas como Gladys Marín. Se llama El Membrillo. Aquí se la pasaban sentados toda la tarde, mientras duraran las cervezas y los cigarros. Ahora pide una cerveza sin alcohol para acompañar su pescado frito con ensaladas. A su lado, el inmenso mar y unas cuantas palomas que picotean restos de comida.

“Almuerzo todos los días en mi casa, porque cocino mis propias comidas naturópatas. A veces hago excepciones y voy a los bomberos de José Miguel de la Barra. Tienen muchas ensaladas. Aún me dan ganas de comer panitas de pollo con puré, pero sé que no puedo. Yo soy naturópata por salud, no por filosofía, y le debo mi estado físico a eso”, explica.

Nunca fue bueno para la cocina, pero con la enfermedad tuvo que aprender. Su nuevo régimen alimenticio le prohíbe, entre otras cosas, la carne –que ya había dejado antes– y la leche. En lugar de eso, debe comer un kilo de fruta diario y muchas verduras. Por eso, casi todos los días, de mañana o tarde, va a La Vega en busca de esos productos y cocina sopas de verdura y charquicán.

“Hoy veo a Pedro con la calma natural de quien ha pasado por una enfermedad que requiere cuidarse. Me sorprende su optimismo, las ganas de dar la pelea. A ratos, sin embargo, se ha sentido muy solo, a ratos decaía”, dice Jovana Skarmeta, su asistente hasta 2006 y hoy una de sus mejores amigas.

En su período de recuperación, Lemebel también retomó el yoga, que practicaba hace años y que alguna vez dejó de lado. Tres veces a la semana hace kundalini, mientras en su casa –un departamento grande que tiene un balcón que mira al sur– ya no suenan Juan Gabriel ni Joan Manuel Serrat. Hoy disfruta la música de meditación.

Pedro Lemebel reconoce que a veces echa de menos gritar. O ser el tipo itinerante que encontraba sus relatos en las calles. En el mismo puerto de Valparaíso, donde se perdió y enamoró tantas veces, donde la cocaína lo atrapó y sacudió, donde fumaba hasta 10 cigarros diarios, bebía cerveza hasta embriagarse y luego vagaba por la ciudad para terminar echado por ahí, ojalá contemplando el mar.

Eran otros tiempos, dice, menos peligrosos. Cuando aún vivía en el Zanjón de la Aguada, protegía a sus vecinos delincuentes, que también eran sus amigos. La vida de Lemebel está llena de anécdotas del lumpen santiaguino. La última ocurrió hace unas semanas, cuando intentaron asaltarlo en la esquina de su casa. Iba con un amigo y los asaltantes eran tres. Sin poder gritar, atinó a saltar y huir del lugar.

“Hoy está todo distinto, esos barrios están peligrosos y casi todo es permitido. Ya no existe ese romanticismo de la delincuencia, la imagen del antiguo Robin Hood ha muerto. La delincuencia de hoy es otra, muy cruel, y todos quieren golpear a otros. Por ejemplo, ¿por qué a Daniel Zamudio lo sometieron a esa clase de torturas? Si bastaba con una puñalada y chao. Hay una brutalidad fascista de otra época. El chico salió de paseo, y se encontró con la Naranja Mecánica versión neoliberal. Y yo, ahora de vieja, también me la he topado”.

El reloj casi marca las seis de la tarde. Pedro Lemebel, que apenas tocó su plato durante el almuerzo, entra a una fuente de soda y pide un sándwich de jamón queso y otra cerveza sin alcohol, solo para el sabor. Sentado frente al muelle de la Plaza Sotomayor, pide también un último deseo antes de volver a Santiago, mientras el sol comienza a fundirse en el mar. “Demos un paseo en bote”.

La primera vez que vio el mar fue en Cartagena, cuando aún era un niño, durante los años 60. Iba pegado a Violeta, su madre, quien falleció en 2001, tres días después del lanzamiento de Tengo miedo torero, y dejó a su hijo sumergido en un duelo que no supera hasta hoy. Esa misma noche, cuando Violeta se fue, Lemebel pidió a su amiga Gladys Marín que lo rapara al cero en el baño de su departamento. Con el tiempo, su antiguo cabello oscuro creció tan cano como el de un anciano y decidió cubrirlo por siempre con un gorro. Nunca más se le vio en público con la cabeza descubierta.

A mitad del paseo, la lancha se detiene frente a los lobos marinos que están sobre las rocas. Pedro los observa desde su asiento en la orilla de la embarcación. Permanece mudo. Por momentos cierra los ojos. Con el mar cerca, Lemebel se sumerge en sus propios recuerdos. Todos lo trasladan a momentos de
su infancia, junto a su madre, cuando los paseos en bote eran sólo entre él y ella.

Para la portada de su último libro decidió no maquillarse ni vestirse de mujer, como solía hacerlo, y prefirió hurgar entre sus recuerdos. En la imagen aparece Pedro Mardones a los 13 años, de pelo largo y sin posar. Estaba en Viña del Mar, junto a su familia. Ese mismo día, su mamá le regaló su primera cámara fotográfica. Era Navidad.

Cuando el bote se detiene frente al muelle, Pedro pide volver a Santiago. Está cansado, dice, mientras sube al auto y saca de su botiquín una manzana que comienza a pelar con un cuchillo. “Ahora hasta me acuesto temprano. Esto me sirvió para cuidarme, estar más sano. Siempre fue una enfermedad más, y de la que conocía algunos antecedentes. No era para morirse tampoco, y no lo asumo como un estigma macabro. Quizás llegue a escribir sobre esto, algún día”.