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La madrugada del 3 de septiembre de 1976 el padre Francisco Dolores, párroco de Angra do Heroismo, no podía dormir. Afuera de su cuarto parecía desarrollarse el fin del mundo. Dos tempestades con fatídicos nombres de mujer, Emmy y Frances, se abatían casi simultáneamente sobre las Azores. El sacerdote se incorporó de su cama y se asomó por la ventana. Vientos de 120 kilómetros por hora barrían Terceira, una de las nueve islas Azores, enclavadas en pleno Océano Atlántico, a 1.333 kilómetros de Lisboa.

La visibilidad era casi nula. No se distinguían las luces de las casas. Ni siquiera el balizaje del aeropuerto de Lages, más cercano que el pueblo. Violentas ráfagas de aire y agua se estrellaban contra las ventanas. El cura se aseguró de que estuvieran bien cerradas, y rezó por que las ovejas de su rebaño se hallaran a buen resguardo. Sin embargo supo, antes de correr de nuevo los visillos, que no podría seguir durmiendo. Se acordó entonces de la palabra “Ceraunomancia”, la adivinación por medio de las tempestades.

“Insólito arte”, pensó, pues cómo se pueden tomar por base de una predicción situaciones climáticas tan femeninamente volubles como las tormentas. Por ejemplo éstas, que ahora asolaban Terceira, se habían originado, como todas, en el Caribe, pero, a diferencia de la mayoría, no se habían desplazado al noroeste para ir a morir en La Florida, sino en dirección noreste, hasta casi arribar a los contrafuertes del continente europeo.

De todas maneras, en las Azores estaban acostumbrados a las tormentas desde que los primeros portugueses las poblaron en el siglo XV. Huracanes, tornados, tifones, ciclones, maremotos, cataclismos. Sólo las enormes piedras volcánicas sembradas en los alrededores habían sobrevivido a las perturbaciones del tiempo y de los siglos, convirtiéndose en testigos mudos de la intemperie. Pero los aparentes caprichos de la naturaleza obedecían a ocultos designios de Dios contra los que no era oportuno ni prudente rebelarse.

El padre Dolores suspiró resignado, encendió la lámpara sobre una mesa de noche y retomó la lectura de La Divina Comedia en donde la había dejado hacía pocas horas. Era en realidad una relectura, pues años antes ya había sentido escalofríos al bajar los nueve círculos del infierno de la mano de Virgilio. Todavía temblaba al leer la inscripción en la puerta del Averno: “Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate: Dejad toda esperanza, vosotros los que entráis…”.

Un viaje sospechoso

Las últimas reuniones del Orfeón Universitario en casa de su director, Vinicio Adames, en Las Palmas, habían sido especialmente bulliciosas. Los casi sesenta miembros del grupo, fundado en 1944 por el maestro Antonio Estévez, estaban entusiasmados con la invitación que les habían formulado para presentarse en el Festival Internacional del Canto Coral a celebrarse a comienzos de septiembre en Barcelona, España. Ya habían terminado las clases y estaban empeñados a toda costa en viajar a la Península y presentarse.

Muchos de ellos eran muchachos de apenas 19 ó 20 años, procedentes del interior, que nunca habían salido del país y veían ahora la oportunidad de conocer otros aires. Su entusiasmo era contagioso. No aceptaban un No frente a sus ansias de vivir, de cantar, de trascender.

Vinicio Adames, apasionado, se dejaba llevar por este entusiasmo, aunque era algo escéptico. La Universidad Central de Venezuela, cuya partida para Cultura era de apenas 0,25% de su presupuesto total, no contaba con recursos para enviar a los muchachos a España. El costo del pasaje por Viasa era de 300 mil bolívares, una fortuna en aquel tiempo. Pero quedaba una posibilidad: el apoyo de la Fuerza Aérea Venezolana, que en otras ocasiones había colaborado con el Orfeón y otros grupos artísticos criollos. Vinicio, abrumado por el empuje de los muchachos, dejó que se organizaran en comisión. Estaban en plena temporada vacacional y no quería desaprovecharla, así que se fue con su esposa Romelia también orfeonista e internacionalista como él y sus tres hijos José Vinicio, de 15 años; Juan Manuel, de 12, y Andreína, de 10, a pasar unos días en Miami.

Mientras tanto, en Caracas, la Federación de Centros Universitarios, dirigida por Pastor Heydra, había solicitado una reunión con el Presidente de la República, Carlos Andrés Pérez. La agenda empezaba con el tema de la muerte del dirigente de la Liga Socialista, Jorge Rodríguez, y concluía con el viaje del Orfeón Universitario. Pérez ofreció un avión de la FAV, un Hércules C 130. En los días siguientes se concretó el ofrecimiento por las gestiones de los orfeonistas. Sólo faltaba un detalle: el piloto. Entonces contactaron al teniente coronel Manuel Aureliano Vásquez Ocanto, que se encontraba de vacaciones en Maracay, y éste accedió a cumplir la misión con la única condición, aceptada, de poder llevar a su esposa. Vásquez no sólo era un veterano piloto, sino que además conocía perfectamente la ruta pues la había transitado en anteriores ocasiones para transportar grupos folklóricos nacionales. Hasta había hecho amigos en las Azores.

En pocos días se organizaron dos tripulaciones completas para manejar el enorme aparato. Los orfeonistas llamaron a Miami a Vinicio y le contaron las buenas nuevas. El director coral decidió regresar a Caracas para viajar con los muchachos. Así lo hizo y su hijo mayor, José Vinicio, decidió venirse con él para estar juntos, pues cumplía 16 años el 1º de septiembre. Al llegar a Caracas, encontraron los preparativos avanzados y el entusiasmo a tope. A Vinicio Adames le ofrecieron un pasaje comercial pero él lo rechazó diciendo: “Yo me voy con mis muchachos”. Raúl Delgado Estévez, orfeonista y sobrino del fundador, viajó primero a España para hacer los preparativos de la llegada y alojamiento del grupo.

En esos días, el cartero que llevaba la correspondencia a casa de los Adames, encontró a su amigo Vinicio y le preguntó jovial: “Entonces, maestro. ¿Es verdad que se va de viaje?”. “No viajo, me llevan”, respondió Adames. Diversos testigos coinciden en señalar que el músico hablaba con reticencia del tema. Trataba de no enfriar la vitalidad de los orfeonistas, pero al parecer no se sentía a gusto. Su malestar se hizo más evidente en Maiquetía al comprobar que el Hércules C130 no disponía de asientos (este tipo de aviones está diseñado para transporte de tropas y equipos) y una de las 33 muchachas, Mercedes Ferrer, se hallaba embarazada de su esposo, el también orfeonista Juan Ramírez. Sin embargo, los jóvenes no se amilanaron por eso y buscaron acomodo de la mejor manera posible. El apoyo de la FAV era inapreciable y ellos no pondrían reparos por nimiedades. Siete de los orfeonistas decidieron no ir por motivos personales o de estudios. Los antropólogos Carlos Ríos y María Eugenia Suels, por ejemplo, porque estaban inmersos en un trabajo de campo.

Mientras tanto, Romelia había decidido regresar a Caracas con sus dos hijos pequeños para, al menos, despedirse de Vinicio antes de que se fuera. Logró cupo en un vuelo de Panam, pero el viaje fue en vano: al llegar a Maiquetía descubrió que ya habían despegado. Sus aviones se habían cruzado en la noche de los cielos.

El noveno círculo

El padre Dolores interrumpió la lectura. Un ensordecedor estruendo, como el ruido del fin del mundo, le llegó desde el exterior. Por un momento dudó si sería el efecto de la descripción del Dante de los suplicios infernales o algo que, efectivamente, estaba ocurriendo afuera. Se asomó de nuevo por la ventana, pero no pudo ver nada. Entonces decidió salir. Se vistió apresuradamente, se echó encima la chamarra contra el mal tiempo, tomó una linterna y buscó las llaves del Volkswagen. Le parecía que el ruido provenía del cercano aeródromo de la OTAN, en Lages, que operaba desde 1945 en virtud de un tratado entre Estados Unidos y Portugal. Hacia allá se dirigió. La carretera bordeaba la pista. El padre Francisco manejaba lentamente, pegando la cara al parabrisas, tratando de ver más allá del haz de luz de los faros, del limpiaparabrisas, de la cortina de lluvia y viento. Finalmente, como a un kilómetro de la pista, vio algo más allá de un sembradío de maíz: era grande, más que una piedra (él las conocía todas), y parecía el lomo de un dinosaurio.

Detuvo el carro a un lado de la vía y se bajó, linterna en mano. Protegiéndose de la intemperie, se dirigió hacia el bulto oscuro. Cuando estuvo cerca se dio cuenta de lo que era: la cola de un avión. Temblando de miedo y de frío se aproximó más aún. Proyectó la luz de la linterna hacia adentro.

Lo que vio lo llenó de espanto: un hombre de ojos claros y una mujer rubia yacían allí, muertos. Algo brillaba en las manos del hombre. Francisco se fijó mejor: era un diapasón.

El horror apenas había comenzado. Francisco vagó en círculos concéntricos. El suelo estaba tapizado de papeles mojados. Tomó uno. Era una partitura cuya letra empezaba con estas palabras: “Gloria al Bravo Pueblo…”.

Siguió caminando, aterrado ante el espectáculo que, como continuación de la lectura dantesca, se ofrecía ante sus ojos, entre maletas, pedazos de cuerpos humanos, amasijos de metal retorcido, manos sin dueño… Contó nueve pedazos de fuselaje, nueve círculos infernales. Aquella noche su fe flaqueó cuando cayó de rodillas clamando al cielo: “Por qué Dios mío, por qué…”.

Ya amanecía, y la tormenta amainaba, cuando le recomendaron que se fuera a descansar. Habían llegado decenas, centenares de personas, que trataban de recomponer aquel rompecabezas mortal: marines de la base, campesinos, pastores, marineros, mujeres mudas y recias con la cabeza cubierta por pañoletas negras, se habían sumado a las tareas de rescate sobreponiéndose al asombro, al temor, a la impotencia.

Antes de retirarse, el padre Francisco Dolores pidió que los restos los trasladaran a la Iglesia de Nuestra Señora de la Misericordia, construida en 1521, donde él oficiaría una misa por el descanso eterno de sus almas. Como no había urnas suficientes, guardaron los restos en bolsas plásticas. Para que cupieran en la capilla, hubo que sacar todos los muebles. Eran, en total, 68 cuerpos. Nadie se había salvado.

Ezequiel Díaz Silva, el periodista que El Nacional enviara apenas 24 horas después, refirió: “Es sorprendente la bondad de los pobladores de esta isla. La tragedia no es sólo venezolana, ellos la han asimilado y las calles se notan tristes. Aquí hay una calidad humana que se hace contagiosa”.

El último vuelo

El Hércules C130 despegó de Maiquetía, hizo un toque técnico en Palo Negro, Maracay, y siguió rumbo a Las Bermudas. En estas islas, situadas al noreste de las Antillas, aterrizó para repostar gasolina. El avión, de casi 50 metros de largo, necesitaba 36.936 litros de combustible para llenar sus tres tanques (uno principal y dos auxiliares situados debajo de los extremos de los planos), y alimentar sus cuatro potentes motores de turbo propulsión de 4.050 caballos de fuerza cada uno, que le permitían alcanzar una velocidad de crucero de 524 kilómetros por hora.

Mientras cargaban la nafta, los orfeonistas aprovecharon para estirar las piernas en el aeropuerto, y algunos de ellos, para escribir tarjetas a sus familiares. Berta Guerra le escribió a su madre: “estamos acostados en la grama y Vinicio discute con el capitán si seguimos o no”. Las postales, con vistas turísticas, llegaron después del entierro de sus autores.

Finalmente, el viaje continuó. No había combustible suficiente para llegar al continente europeo, pero estaba previsto hacer otro toque técnico en Lages para repostar de nuevo. A miles de pies sobre el Océano Atlántico, el “Hércules” y “El Coloso” se cruzaron. El Boeing 747 de Viasa venía de Madrid. El piloto advirtió a Vásquez que el radar de Lages no estaba funcionando o lo hacía de manera irregular. Y que, además, Emmy avanzaba. Vásquez respondió, con orgullo de piloto y de venezolano:

–Llevo aquí al Orfeón Universitario. Haremos todo lo posible por proseguir el viaje. Además, estoy sin combustible.

El Hércules se adentraba en el vórtice de la tormenta. El aparato sufría los embates de los vientos huracanados. Dicen algunos que en la caja negra del aparato quedó registrada no sólo la conversación entre los dos pilotos, sino las voces de los orfeonistas cantando el Himno Nacional, y la de Vinicio Adames tratando de transmitir calma a sus muchachos.

Se acercaban a Terceira. Vásquez intentó establecer comunicación con la Torre de Control. Por alguna extraña razón el encargado no estaba. En su lugar hablaba un soldado portugués que no sabía inglés. No se entendían. El Hércules sobrevolaba la isla. Vásquez intentó dos veces el aterrizaje, poniendo en juego toda su pericia de piloto. Pero no pudo hacerlo. Intentó una vez más. “A la tercera va la vencida”, tal vez pensó. Pero acaso un error de cálculo sumado a la nula visibilidad, al mal tiempo y, sin duda, a problemas técnicos de la Torre de Control, o todos estos factores juntos, determinaron que el avión se estrellara a escasos doscientos metros de la pista, partiéndose en pedazos a causa del impacto con las rocas volcánicas.

Expedientes secretos

Años después de la tragedia del Orfeón Universitario, aún no se conocen las verdaderas causas, a pesar de que hubo una comisión que se trasladó al lugar del accidente para las averiguaciones pertinentes.

“La FAV hizo un increíble esfuerzo por clarificar el accidente, pero finalmente el gobierno prefirió la confidencialidad. Si hubo informe, no se divulgó”, explica Romelia de Adames.

Pero no sólo esto: a los familiares y amigos de los fallecidos ni siquiera se les brindó el consuelo de una explicación oficial. A pesar del tiempo, la herida no cicatriza. Muchas preguntas impiden el olvido y perturban aún el sueño de familiares y amigos: ¿Por qué, en plena bonanza petrolera de la “Venezuela Saudita” no se le facilitaron pasajes al Orfeón para volar en una línea aérea que además era del Estado? ¿Por qué no se devolvieron cuando aún estaban a tiempo? ¿Por qué el militar estadounidense encargado de la Torre de Control de Lages no estaba en su puesto sino jugando billar? ¿Por qué transfirieron a Alaska a los marines que estaban esa noche en Lages? ¿Por qué no funcionó el radar? ¿Por qué los orfeonistas insistieron tanto en viajar? ¿Por qué, por qué, por qué? Estas preguntas quedarán sin respuesta. Y la ceraunomancia no sirvió para impedir la tragedia.

Sin embargo, no todo es dolor. Hoy tenemos un nuevo Orfeón Universitario, dirigido por Raúl Delgado Estévez, que fue declarado Patrimonio Artístico de la Nación en 1983, y que ya se ha presentado dos veces en Terceira. La tragedia motivó el interés por Venezuela de los habitantes de Angra do Heroismo, ciudad que fue declarada Patrimonio Histórico de la Humanidad por la Unesco, hasta el punto de que se está gestionando la creación de un Centro de Información sobre nuestro país en la muy culta y noble ciudad.

El padre Francisco Dolores estuvo en Caracas y devolvió al Orfeón Universitario el diapasón de Vinicio Adames, después de guardarlo durante veinte años. En el lugar del accidente, los pobladores erigieron un santuario con las mismas piedras volcánicas. Y en él nunca faltan flores frescas.

Esta es una historia de pérdida sin ausencia. Eso me dijo Jorge Sánchez, el papá de Nicolás Sánchez, el marido de Cristina Andreoni, un mediodía cualquiera de sábado en la ciudad de Córdoba. Él es un hombre que resiste; que sabe lo que es perder.

—Porque te aclaro que el padecimiento se me hizo carne. Cuando te pasa una cosa así, entrás en guerra con la injusticia. No es fácil acostumbrarse, pero jamás me voy a rendir. Ese irresponsable que destrozó a mi familia me dio el propósito de la lucha.

Jorge tiene 58 años y una entereza triste; la demostró aquel sábado cualquiera cuando lo llamé para acordar un encuentro al mediodía.

—No sé. No me siento bien -dijo. Quería evitar la entrevista.
—Pero es un ratito nomás. Luego puede dormir la siesta y recuperarse -argumenté estúpido.
—Qué mierda voy a poder dormir una siesta. Yo ya no tengo tiempo de una vida normal.
—….
—Pero no te preocupes. Te di mi palabra de que nos juntaríamos y la pienso cumplir. Lo único que te pido es que sea al aire libre, para poder fumar. El cigarrillo me tranquiliza.

No es fácil conversar con lo que queda de un padre que alguna vez se sintió más completo: un hijo inválido por un conductor prófugo y una esposa muerta de pena son situaciones que quitan el sentido a las palabras. Nomás queda, entonces, regresar a la esquina donde Franco Morata levantó con su Mini Cooper dos metros por el aire a Nicolás Sánchez.

Sucede que decir cualquier otra cosa -decir que Jorge no llora y que no tiene posibilidad de duelo porque perdió a su segundo hijo pero ese segundo hijo vive- sería una torpeza.

Mayo de 2008 o El impacto que cambió todo. Los testigos no titubearon: el cuerpo pegó contra el parabrisas, dio en el aire una vuelta desarticulada de muñeco y cayó de cabeza sobre el asfalto.

Indignados: los estudiantes que a las 5.30 de la madrugada acababan o empezaban la noche y vieron esa carambola humana en el cruce de las calles Ituzaingó y San Lorenzo.

Nueva Córdoba, el barrio que nunca duerme, concentró su coraje en esa esquina: Yo lo vi, oficial. Todos lo vimos. Era un Mini Cooper azul que subía por Ituzaingó. ¿Y usted puede creer que no frenó? O frenó apenas, el conductor asomó la cabeza y después aceleró. No sabemos bien hacia dónde, esto es un quilombo de gente y autos y luces y no podemos dar muchas precisiones porque todo fue muy rápido. Como una ráfaga. Este pobre chico estaba cruzando y el Mini Cooper lo levantó tres metros. No, no sé cómo se llama. Nadie de acá sabe; iba solo cuando lo atropellaron. ¿Viene la ambulancia ahora? La estamos llamando pero no llega y este chico tiene la cabeza empapada de sangre. ¡Oficial, se está por morir y el que lo atropelló se fue a la mierda! Mire… acá quedó un pedazo destrozado del auto.

El oficial Hugo Roberto Bazán levantó el aro de la óptica y se puso bajo un poste de luz: era una circunferencia de 30 centímetros de plástico cromado. Los estudiantes tenían razón: un Mini Cooper había sido el auto que atropelló a este chico que no sabemos quién es y no reacciona, está acá tirado y nosotros no podemos hacer nada más que ponerle una campera para que deje de temblar. Hace mucho frío.

Uno de los pocos testigos que se animó a acercarse al herido fue Diego Marcelo Arce, un estudiante que, en el juicio que tres años después enviaría a Franco Morata a la cárcel, recordó: Estaba frío y algunos querían abrigarlo y otros decían que mejor no, que mejor no lo tocáramos y esperáramos a la ambulancia. Me arrodillé a su lado y le toqué la mano: temblaba. Con dificultad cerró el puño y me apretó los dedos. Me acerqué un poco más y le susurré que todo iba a estar bien. Unas palabras de aliento. Le sostuve la mano hasta que se lo llevó la ambulancia.

La familia Sánchez empezaba a desmembrarse ese amanecer del 31 de mayo de 2008. En el preciso momento en que a Nicolás le abrían la cabeza en el Hospital de Urgencias para descomprimir una lesión neurológica que en lenguaje médico no se entiende, pero que suena feo: hematoma subdural agudo fronto temporal derecho, fractura parietal, edema cerebral difuso, hematoma subaracnoideo general, hematoma en párpado superior izquierdo.

Jorge: Te lo traduzco si querés. Significa que mi hijo no tiene posibilidad de pensar un futuro. Mucho menos, aferrarse a un pasado sano: no recuerda nada de lo que pasó cinco años antes del impacto. Tiene 26 años, tenía 23 cuando lo atropellaron y 18 de esos 23 años son una cosa en blanco. Significa que Nicolás no tiene lucidez ni para ir al baño por su cuenta. Él está, sí, pero pasa 14 horas por día sentado. Iniciativa cero. Mirá que hago un esfuerzo por acostumbrarme a este callo de vida, pero todavía no puedo. Mi principal obsesión es mantener siempre cerrada la ventana del séptimo piso por las dudas que a Nicolás se le ocurra tirarse.

Apuntes de familia. Cristina Andreoni. Arquitecta. Docente de matemática y plástica en una escuela hogar de Villa Mercedes, San Luis. Madre de tres: Sabrina (27), Nicolás (26), Adrián (22). Casi 50 años al lado de Jorge Sánchez: cinco como compañera de primaria, 15 de novios y 29 de casados.

Después del choque que incapacitó a Nicolás para siempre, ella hizo lo que haría cualquier madre con un hijo débil: sacrificó su salud por la de él. Tensión alta, congoja, nervios, depresión. Qué más da: Nicolás necesitaba a alguien y su madre no pensaba ceder ese lugar.

Tenía 56 años y el ánimo carcomido cuando le advirtió a Jorge que se sabía débil. Se acabó la fuerza necesaria para ver a un hijo herido. Estaba sentada con Nicolás esa tarde del 13 de setiembre de 2010 en la que le dio un derrame cerebral. El noticiero informaba que la Justicia había rechazado la probation –suspensión del juicio a prueba solicitada por los abogados de Franco Morata para evitar el juzgamiento-, por lo que sólo restaba la fecha de inicio en el Juzgado Correccional de Susana Cordi Moreno.

Adrián salía de misa en la Iglesia de los Capuchinos. Su hermana Sabrina, sobrepasada por lo vivido/sufrido con Nicolás, había abandonado sus estudios y regresado a San Luis. Adrián caminó una cuadra hasta el departamento de Hipólito Irigoyen y Derqui y encontró a su madre descompuesta sobre el sillón. Nicolás, al lado, sentado, sin posibilidad de reaccionar.

La mujer falleció al día siguiente en el Sanatorio Allende.

—Murió de angustia -dijo Jorge.
—Murió por un ACV -le explicaron los médicos.
—De angustia -cerró Jorge. Los médicos callaron.

Jorge: A ver, que alguien me niegue que a mi esposa la venció la congoja. Te cuento algo más: 20 días después de la muerte de Cristina, murió mi suegra, Dora. ¿Te creés que esas muertes no van de la mano?

Que alguien se atreva a negar, también, que la vida es una sátira sin sentido del humor: Adrián nació con una discapacidad en un brazo; Jorge, antes de mudarse por obligación a Córdoba, trabajó casi toda su vida en una ONG en Villa Mercedes que asistía a discapacitados; y Nicolás, antes de quedar discapacitado del cuerpo y la reflexión, eligió la carrera de Medicina para ayudar a su hermano Adrián.

Jorge: Cómo son las cosas: Nicolás quería ayudar a Adrián, pero fue Adrián quien terminó ayudando a Nicolás. Te lo digo con lágrimas en los ojos.

Pero Jorge no llora.

Nicolás. Cristina Andreoni no se había rendido por un padecimiento menor: su familia estaba rota. La explicación es concreta, pero no por eso sencilla: después del 31 de mayo de 2008, la familia Sánchez se acostó en San Luis y amaneció en Córdoba. Para los padres de Nicolás comenzaba una nueva rutina: la del destierro.

Así, tal cual suena: corte abrupto de la vida en casa para proteger a un hijo que estaba internado en provincias desconocidas. Porque Nicolás no sólo pasó por la terapia del Hospital de Urgencias y del Sanatorio Allende; en junio de 2008 sus padres consiguieron una de las 46 habitaciones en la prestigiosa Fundación para la Lucha contra las Enfermedades Neurológicas de la Infancia (Fleni) y se mudaron nueve meses a la ciudad bonaerense de Escobar, a la espera de mejoras en su hijo.

Nicolás y Sabrina eran los únicos de la familia Sánchez que vivían en Córdoba antes del choque. Sabrina aprovechó aquella semana de receso en mayo de 2008 para visitar a sus padres en Villa Mercedes. Nicolás también quería, pero el primer lunes de junio debía rendir su undécima materia en el tercer año de Medicina. No sería fácil mantener el promedio de 8,33, pero eso tampoco implicaba dejar de salir por una cerveza.

Salió a tomar algo en la populosa noche juvenil y a eso de las 5 decidió regresar al departamento. Encaró por San Lorenzo, pero nunca llegó.

De ser eso -alguien que se preparaba para rendir un examen-, se convirtió en el informe de esta pericia psicológica: Tiene dificultades para desplazarse por una hemiplejia izquierda. Camina lentamente ayudado por un andador. Debe ser asistido para trasladarse dentro y fuera del hogar, así como para otras tareas relacionadas con la higiene, la vestimenta y la alimentación. Su lenguaje resulta por momentos incomprensible por la dificultad que presenta en la articulación de las palabras. La memoria del trabajo y la memoria a corto plazo se encuentran significativamente afectadas, por lo que no puede estudiar ni trabajar.

La reflexión de arriba pertenece a las licenciadas Marcela Scarafía y Liliana Montero. Ambas apuntaron, también, lo siguiente: Si bien Nicolás refiere que éste es su mayor desafío de vida y que así lo ha tomado, puede observarse por otra parte la presencia de un importante estado depresivo, con ideación suicida recurrente, instalada ya de un modo tal que acompaña diariamente al joven, especialmente en lo que respecta al método que desea usar para darse muerte. La muerte de la mamá agrava la situación de Nicolás, que era una función muy primaria. Frente a la pérdida de la memoria, era la mamá quien le decía quién era y qué hacía. El duelo de la madre va a ser irreversible. No parece quedar un solo aspecto sano en este joven.

Si acaso queda algo sano, se intenta mantenerlo con una dosis diaria de cinco pastillas en el desayuno, siete en la merienda y nueve en la cena.

Jorge lo grafica así: Si le sirvo pescado, primero tengo que sacarle hasta la más pequeñita espina porque él no va a estar consciente de lo que está masticando.

Llevaba cuatro años de novio. Podía suceder que ella lo dejara, y así lo hizo.

Tenía su grupo de amigos. Podía suceder que varios de ellos dejaran de visitarlo con el tiempo, y así lo hicieron.

El hoy de Nicolás Sánchez es un tratamiento continuo con psicólogos, psiquiatras, psicoterapeutas, fonoaudiólogos y kinesiólogos. Una cantidad pesada para un padre de familia que debió dejar su trabajo en San Luis por necesidad obligatoria.

Franco o El juicio del precedente. Hay que ser justos: Franco Morata no tuvo intención de atropellar a Nicolás Sánchez. Ni siquiera lo conocía y no tenía por qué: pertenecían a ambientes diferentes. Pero no fueron las intenciones las que hicieron de Franco el nombre de un paria: fueron sus conductas previas y posteriores a destrozar a Nicolás con el Mini Cooper. Las mismas conductas previas y posteriores que sirvieron como fundamento jurídico para enviarlo a prisión.

Franco es el malo de la historia, aunque no es el propósito de esta crónica que suene como algo personal. Ocurre lo siguiente: si Jorge sabe lo que es perder, Franco sabe lo que es quedarse solo. Ser el momentáneo objeto de linchamiento social.

El juicio “Morata Franco, p.s.a. Lesiones Culposas Agravadas” empezó el 24 de febrero de 2011 y llegó a sentencia el 7 de abril siguiente, casi tres años después de que Nicolás intentara cruzar Ituzaingó y San Lorenzo.

Pero no puede contarse el juicio sin echar un vistazo a la vida del acusado: hijo de Pedro Rey Morata (+) y Gloria Fernández. 28 años. Hermano menor de Federico. Vivió desde siempre en barrio San Vicente. Secundario incompleto. Amante de las carreras de motos. Según él: mozo, cocinero, limpiador de “baños y vómitos de los demás”, vendedor de huevos y dueño de un porcentaje de dos bares en Nueva Córdoba. Tuvo un auto, después otro auto, después vendió los dos y compró el Mini Cooper negro con techo blanco que puso a nombre de su abuela, Carmen Cieri.

La madrugada en que atropelló a Nicolás, dijo, se dirigía a sus bares a supervisar cómo le había ido la noche.

Dijo, también, que no tenía antecedentes por infracciones de tránsito, pero la Justicia Administrativa Municipal de Faltas constató 22: tres por hablar por celular mientras conducía; dos por violar un cartel que prohibía girar a la izquierda; dos por violar un cartel que prohibía estacionar; una por cruzar un semáforo en rojo; dos por circular por carriles selectivos; dos por estacionar sobre un puente; una por estacionar sin pagar parquímetro; una por estacionar en doble fila; una por estacionar en una parada de ómnibus; tres por circular sin chapa patente; cuatro por obstruir el tránsito.

También fue sancionado por zigzaguear a excesiva velocidad con un cuadriciclo y pasar un semáforo en rojo para eludir a un patrullero en avenida Sabattini al 2.500.

Un antecedente demasiado riesgoso para alguien que, a la hora del descargo en el juicio, se atrevió a tutear a la jueza: ¿Vos te pensás que soy millonario? ¡No! He laburado toda mi vida como un burro. Yo no soy un delincuente, ¿me entendés? No le robé nada a nadie. No soy una madera ni un diablo, ¿me entendés lo que te digo?

Después, cuando las peritos psicólogas lo definieron como “una persona neurótica, con rasgos histéricos, psicopáticos y narcicistas”, él les respondió: Ustedes son unas genias por hacer semejante pericia mía y decir las barbaridades que dijeron.

Parecía que Franco hacía lo posible por ir a la cárcel, pero para eso debía seguir esforzándose: nunca en la historia del Poder Judicial de Córdoba se había sentenciado con prisión efectiva a un acusado por “lesiones culposas agravadas” (un delito excarcelable: pena mínima seis meses, máxima tres años).

Los “méritos” de Morata para quebrar ese invicto se dieron con lo que más arriba se nombró como conductas previas y posteriores, y que el fiscal Aldo Patamia reconfiguró “los hechos precedentes, concomitantes y posteriores” del episodio material juzgado.

Previas al choque: su amor por el acelerador / conducir el Mini Cooper con la pierna izquierda inutilizada a raíz de una operación por fractura que le impedía controlar el vehículo / la excesiva velocidad (más de 40 kilómetros por hora) con que transitó por calle Ituzaingó, rumbo al cruce con San Lorenzo / manejar acompañado por dos personas en el asiento delantero, lo que dificultó un maniobrar correcto / no respetar las normas de tránsito que obligan a disminuir la velocidad al llegar a la esquina, a desacelerar ante el semáforo intermitente y a frenar para dar paso a los peatones.

Él hizo juego de luces y tocó bocina, pero no apretó el freno.

Posteriores al choque: sintió el rígido impacto del Mini Cooper contra un cuerpo y escapó del lugar, dejando a Nicolás abandonado a su suerte / pidió presupuesto en la concesionaria Bremen para arreglar las abolladuras y esconder las pruebas materiales / huyó del país y se refugió tres semanas en Uruguay, aduciendo un tratamiento de fisioterapia en la pierna izquierda.

Cuando se entregó, tenía pedido de captura de Prefectura, Gendarmería y Policía Federal.

De ser eso –mozo, cocinero, limpiador de vómitos, dueño de bares-, se convirtió en un prófugo con nombre maldecido socialmente.

El día de la sentencia, la jueza Cordi Moreno adujo la terminología “peligrosidad social”, “personalidad moral desfavorable” y “riesgo procesal de fuga”. La cara de Franco se desfiguró: esos calificativos no sonaban nada bonito.

Lo condenaron a dos años de prisión efectiva y lo inhabilitaron a conducir por cuatro. Aunque es de suponer que la segunda parte, para cualquier acusado, sería lo de menos.

La jueza también ordenó una indemnización de tres millones y medio de pesos para las víctimas que debía ser afrontada por Franco Morata, su abuela Carmen Cieri y la compañía de seguros Berkley Internacional: un intento de compensación por haber extirpado el futuro de Nicolás Sánchez. El fallo civil todavía debe ser resuelto por el Tribunal Superior de Justicia.

En la sala del Juzgado Correccional Nº4 hubo algo de gritos y mucha lágrima.

Epílogo: la justicia permite dormir. Franco Morata salió de Bouwer en libertad condicional el 1 de diciembre de 2011. Cumplió ocho meses -238 días- de la condena de dos años porque así lo permitía una serie de requisitos del reglamento penitenciario.

¿Habrá sacado algo bueno de todo esto?

Jorge: Me causa gracia tu pregunta. Fijate que Morata es un modelo ejemplar: alguien que fue enviado a prisión por sus comportamientos neuróticos y narcisistas y que, apenas ocho meses después, fue liberado porque repentinamente se volvió una buena persona. Dejémonos de joder. Lo único que rescato de todo esto es que no hubo impunidad: Morata estuvo donde debía estar y esa certeza, cuando llega la noche, me permite dormir.

—Pero hay gente que dice que, considerando el daño que causó, estuvo preso poco tiempo.
—Puede ser, pero hay que bancarse un día en cana, ¿eh? Como correspondía, él recibió su condena. Esta historia ya está cerrada.

Último paradero

Publicado: 15 enero 2012 en Oscar Paz Campuzano
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1.

Lo encontré.

Esa fría y pálida tarde de invierno lo sorprendí en su escondite. Estaba borracho y con el rostro engrasado por salsa de tomate. Apestaba a rancio, a hombre que la vida le importa poco. Pero eso nada valía: por fin lo tenía al frente, vulnerable, despreocupado, devorando como bestia salvaje un plato de jugosos tallarines. Esa fría y pálida tarde de invierno era la primera vez que reparaba en su aspecto después de escuchar tantas veces su nombre, de escuchar tantas veces maldecirlo, y de preguntarme cómo es que está vivo. Sí, sobrevivió.

En el barrio Miraflores, a diez minutos del centro de Chimbote, ciudad pesquera en el norte peruano, Denys Ponce Aznarán se escondía. La policía tenía orden de capturarlo por la muerte de 38 personas, pero no daba con su paradero –o quizás no tuvo tiempo para buscarlo-. Sin embargo, yo lo encontré cerca de su casa, haciendo lo que acostumbra  todos los domingos: embriagarse hasta que los sentidos simplemente ya no respondan.

Al verme, saltó voraz a la calle. Algo lo alteró, lo pude notar en su mirada examinante. Como perro me olió a la distancia, listo para el escape. Tenía la casaca entreabierta y el torso desprotegido, un flojo y desteñido pantalón blue jeans y zapatillas blancas que -como él- lucían descuidadas. Su instinto de supervivencia lo lanzó sobre el cuello de Yorman, aquel amigo que me llevó hasta su paradero. Lo arrastró algunos metros como si se tratara de un ave a punto de sacrificar y lo interrogó en voz baja. Luego de unos instantes, parecía estar todo bien: ellos habían trabajado juntos; después de tiempo se encontraban.

Denys tiene el rostro maltratado, los ojos desafiantes y la sonrisa macabra. El cabello negro y alborotado y una insípida barba que le cuelga del mentón. Su piel es morena, pero sus facciones no son las de un descendiente de Mandela o E’to. Es alto y macizo. Da miedo. Más ahora descontrolado por varios litros de energía alcoholizada.

Era la una y treinta de la tarde, el sol brillaba con palidez entre las nubes. A lo lejos, se    escuchan los gritos desaforados de unos muchachos que juegan al fútbol junto al cuchicheo de una que otra familia que va en busca del almuerzo tradicional  en el que coinciden todos los domingos. Ya más tranquilo, Denys bajó la guardia, aunque no del todo. Se recostó con pesadez sobre un muro mal pintado, apoyado sobre esa pierna derecha, la que estuvo a punto de perder hace cinco meses. Miró de un lado a otro, desconfiado, y por ratos clavó la cabeza al suelo, angustiado. Sólo entonces, tras varios intentos fallidos, con la voz partida y con los ojos apretados, pronunció la frase que lo persigue desde el fatídico 22 de febrero de 2010, poco antes de las 6 de la mañana:

—Si no se hubiera metido, ni mierda hubiera pasado ese día.

Pero pasó.

***

El fuerte impacto se produjo a pocos minutos del alba. La espesa neblina y la densa oscuridad vieron con horror como dos pesados ómnibus repletos de historias, sueños e ilusiones chocaban a varios kilómetros por hora, despertando así al armónico silencio del desierto con el ruido de la muerte. Del terror.

Kilómetro 534, carretera Panamericana Norte, provincia de Virú, región La Libertad, Perú. Eran las 5 y 45 de la mañana y Denys Ponce Aznarán, con 31 años encima, iba al volante de un vehículo de la empresa América Express. Su destino era la ciudad de Chimbote, a tan sólo 2 horas al sur de su punto de partida.

Para él era un viaje cualquiera hasta que apareció, como un monstruo sacado de la tierra, el ómnibus de la empresa Crisolito que iba a la ciudad de Chiclayo, más al norte, proveniente de Lima. Las luminosas farolas brillaron intensamente, su corazón se aceleró al mismo tiempo que sus desesperadas manos giraron el timón a la izquierda. Dicha maniobra le salvó la vida, pero no pudo evitar la tragedia: 38 personas murieron, literalmente, en un abrir y cerrar de ojos.

Si algo recuerda con claridad Ponce Aznarán de aquel momento es la muerte de su compañero Alex Ramos Barbarán, de 28 años de edad. Cuenta que el muchacho saltó sobre el timón al ver que el otro ómnibus se incrustaba por el lado del copiloto. Tras el impacto, ambos fueron disparados por el parabrisas. El desplome de Denys fue amortiguado por Alex que, sin tiempo a reaccionar, soportó parte del pesado vehículo convertido en filudas navajas.

Denys vio espantado la escena a un metro y medio. El intenso dolor en la pierna derecha y en todo el cuerpo no le permitieron llorar ni siquiera pensar. Todo estaba oscuro y sólo escuchaba el lamento de los pasajeros aterrados, quienes invocaban a los suyos sin respuesta alguna. Entre lágrimas, pedían ayuda y él, inmovilizado sobre la arena, no podía hacer nada. Poco a poco las voces se apagaron, recuerda. Luego llegaría la primera ambulancia y en ella, aunque no está seguro, se alejaría de la escena.

Atrás dejaría a los rescatistas que llegaban sin saber por dónde empezar. El panorama era desolador por no decir un infierno. Cada fierro, cada vidrio, cada cuerpo, cada grito, cada llanto, cada segundo eran parte de la tragedia. “Aquí hay siete”, gritó alguno y en adelante la cifra fue casi incontenible.

***

Proveniente del desierto, apareció una patrulla salvadora. Eran obreros de la siembra, cosechadores de madrugada, que por cosas del destino trabajan cerca. Escucharon los llamados desesperados de auxilio y dejaron a un lado sus espárragos para ayudar a los heridos, para acopiar muertos. Junto a ellos, los bomberos quienes trepaban y anunciaban a gritos que aún había gente con vida entre los fierros retorcidos o que tenían otro cadáver –o lo que quedaba de él-.

Entre la muchedumbre un hombre era inconfundible. Se movía con destreza en medio del sangriento escenario. Como otros, usaba mascarilla y guantes. Era el antropólogo forense. Caminaba de un lado a otro cargando cabezas, brazos y piernas para encontrar el cadáver correcto. Se acercaba a cada cuerpo y analizaba el color y tipo de piel, la textura y sus cicatrices. Metros más allá, las ambulancias esperaban con las puertas abiertas de par en par para recoger a los heridos que estaban sumergidos en la inconsciencia. Uno de ellos fue Denys, internado de emergencia en una sala del hospital Belén de Trujillo. Desorientado, horas después, despertaba bajo la desesperada mirada de gente que buscaba un milagro entre los sobrevivientes. Asustado y con la pierna derecha magullada, escuchó el rumor intrahospitalario que viajaba en el aire: “Uno de los choferes está vivo”.  Cerró los ojos y guardó silencio.

***

La noche anterior al accidente, Marco Zárate, joven médico de 27 años, volvía a cenar, después de mucho, junto a toda su familia. El trabajo en el hospital de la Solidaridad, en Lima, lo alejó varios años del sosiego que sentía al estar en casa. Esa noche, preparó su ligero equipaje para volver al amanecer a su faena médica: se trataba de una campaña gratuita en Chimbote.

Durmió sin mayor sobresalto y salió de casa prometiendo volver pronto. Tomó un taxi hasta el terminal terrestre de la empresa América Express, en la salida al sur de Trujillo. Al trepar los escalones del ómnibus se cruzó con Denys fijo al volante, pero ninguno reparó en el otro. Se acomodó en los primeros asientos y cuarenta minutos después el destino rompía a la fuerza su promesa de regresar: Marco no sobrevivió.

***

Aquella mañana a Carlos Alvarado Rojas se le partió el corazón. Una llamada telefónica le anunciaba que el ómnibus en el que horas antes partió su hijo a Chimbote nunca llegó. Desesperado dejó las oficinas del Colegio Militar de Trujillo donde trabajaba para buscar a su engreído, un funcionario del Scotiabank.

A esa hora ya muchos heridos estaban en los hospitales y clínicas de Trujillo. Por allí, con los ojos hinchados de angustia, empezó la búsqueda: pasillo a pasillo, cama por cama. Descubrió que esa era la primera vez que deseaba con desesperación verlo herido, pero nada: no figuraba en la lista de ningún nosocomio. Se sentía morir.

Sin pensarlo viajó a la zona del accidente y al no hallarlo entre los escombros metálicos desperdigados en la carretera, siguió camino hasta el centro de salud de Virú, a pocos minutos de allí. En su auditorio, convertido aquel día en un improvisado mortuorio, reposaban decenas de cuerpos inertes y tapados, entre ellos el de Carlos Alvarado Bazán, su hijo.

***

Habían pasado cinco horas del accidente cuando Gladys Neyra se enteró de lo sucedido. Un leve escalofrío le recorrió el cuerpo: un ómnibus de la empresa en la que su hermano Víctor solía viajar había chocado. Justo ese día, muy temprano, él se despidió para nunca más volver. Lo hizo sin fuerza porque estaba seguro que la semana entrante se reunirían en una fiesta familiar en Chimbote, ciudad en la que trabajaba, entornillado en la oficina de registro de la Universidad Los Ángeles.

Como casi todos, Gladys buscó primero en los hospitales. Adentro se topó con un hombre que llegaba del siniestro provisto de una lista de pasajeros. Allí se enteró que los primeros veintitrés tripulantes del bus América Express no sobrevivieron. Víctor iba en el asiento dieciocho.

***

Con un cálido beso en la boca, Nadia Isminio Chuquival y Luis Atto Pulido, se despidieron para siempre. Sólo tenían 11 días de feliz matrimonio. La noche del 21 de febrero él viajaba a Tarapoto, a la selva peruana, y ella debió retornar de Trujillo, a la misma hora, a Chimbote, ciudad en la que ambos comerciantes vivían. Por cosas que Luis aún no llega entender, Nadia viajó al día siguiente.

Cuenta Luis que a mitad de su viaje, una llamada le entró al celular. Era la voz pausada del doctor César Quito, médico legista de Virú, quien en medio del proceso de identificación y levantamiento de cadáveres encontró, bajo los escombros, un teléfono con varias llamadas no contestadas. “Buenos días, le habla el doctor César Quito ¿Conoce a la propietaria del celular? … ¿Es su esposa?…Lo siento, ella murió”.

***

El doctor César Quito es un hombre al que le sobran algunas cosas como la amabilidad y los kilos. Es padre, médico y profesor de medicina forense. Siempre va bien peinado, impecable. De eso se olvidó aquella mañana del 22 cuando le ordenaron ir al lugar del accidente.

—Recién al mediodía se realizaba el rescate del último cadáver atrapado en el ómnibus de la empresa Crisolito. Lo llevamos decapitado. Al llegar con el cuerpo cercenado, vi que el centro de salud de Virú estaba rodeado de gente reclamando a sus familiares después de haberlo reconocido en el auditorio. Las escenas eran muy dramáticas. Un médico legista está acostumbrado a ver el dolor de un grupo de personas ante la muerte de alguien, pero esta vez era el llanto de toda una multitud- recuerda Quito.

—Certificamos la muerte acta por acta – continuó-. Algunos casos fueron más complicados que otros por el estado de deformación de los cadáveres. Pasadas dieciséis horas del accidente, el antropólogo forense junto al grupo fiscal continuaba en la identificación y entrega de cuerpos.

Cuenta Quito que nadie almorzó. Virú ardía en calor y los cuerpos aceleraban su descomposición. De rato en rato dejaban de escribir formularios, caminar entre muertos, meterlos al cajón, escuchar llantos, restar uno y de nuevo llenar más documentos. Escapaban a la calle para alejarse del olor a muerto y tomar nuevas dosis de oxígeno o simplemente para descansar. Pero no lo lograban. Su sola presencia en los exteriores de ese hangar de la muerte movilizaba a la multitud que, entre gritos y empujones, exigía prisa.

***

Así cayó el manto oscuro de la noche. En el auditorio ya sólo quedaban algunos cuerpos; afuera, la multitud ya no existía. El fiscal Robert Angulo, un hombre joven de voz paciente y cabello rebelde, se tomaba una pausa. Todo retornaba a la calma de siempre, la calma que hace horas extrañaba.

Eran las siete de la noche y un hombre ingresaba presuroso al lugar preguntado por el fiscal. Una hora antes, hablaron por teléfono. Sin demora, ambos ingresaron. El hombre se aproximó a los cuerpos más pequeños, buscando uno. Entonces encontró lo que temía, a su pequeña hija: tendida, sucia, rígida e inerte. Las lágrimas se le escurrieron y las rodillas le temblaron al ponerlas al suelo. Lloró con lo último de sus fuerzas, mientras acomodó el cadáver de la pequeña sobre su pecho. La abrazó y besó. “Mi reinita, te fuiste, mi reinita”. El fiscal Robert Angulo recuerda que esa era la primera vez, en todo el día, que se conmovió. Se quebró.

El hombre, encogido de angustia, siguió entre los pequeños cuerpos y encontró el cadáver de su otra hija. Con ella repitió la triste escena. A ambas las reconoció por la ropa. Finalmente, fue hasta el cuerpo de su esposa, irreconocible entre grumos de tierra seca. Supo que era ella porque hace algún tiempo se tatuó en el cuello una carita feliz que, esa noche, no había perdido la sonrisa.

***

Según su historia clínica, Denys no era el chofer del ómnibus América Express, sino un pasajero. En una de las camillas del antiguo hospital, fundado hace más de quinientos años en el centro histórico de Trujillo, Denys mintió. Por ello, en menos de 48 horas, pidió ser dado de alta para retornar a Chimbote. En el trayecto, pasó por el lugar del accidente. Nadie sabe en qué o quién pensó en ese momento. Quizás en su compañero Alex. Quizá en él. Quizá en todos.

Quince días después, en su declaración ante la policía y el fiscal, Denys reconocía ser el chofer. En la comisaría, respondió más de veintidós preguntas contando con detalles lo sucedido. Había bajado de peso, tenía sobresaltos y un cuadro depresivo lo torturaba. Su padre, su esposa y sus pequeñas hijas veían como se desmoronaba después de sortear a la muerte. Así, sumergido en su profundo trance, fue llevado por unos días a una ciudad al norte peruano, bien al norte: Piura. Con rituales extraños, intentaron devolverle la vida que parecía perder poco a poco. Al otro lado, en la vía legal, su situación se agravaba. La Fiscalía Provincial Mixta Corporativa de Virú formalizaba la denuncia en su contra por homicidio culposo en agravio de 38 personas y por lesiones a más de cuarenta.  Entonces, Denys iniciaba sus primeras sesiones psicológicas, pero el peso de la ley seguía recayendo sobre él. El Juzgado de Investigación Preparatoria del Módulo Básico de Justicia de Virú ordenaba su captura y reclusión preventiva en una prisión. Denys prefirió la clandestinidad.

2.

Lo busqué.

Salí a su encuentro 159 días después del accidente. Chimbote, aquella ciudad porteña que en la década del sesenta era la mayor productora de harina de pescado en el mundo, amanecía nublada. Domingo uno de agosto, cinco meses después del siniestro. Unas doscientas veinte mil personas viven allí entre buques, lanchas, redes, fábricas de acero, arenales, chicha de jora, gaviotas que revolotean en el cielo jugando a volar, barrios marginales, autos destartalados, comercio ambulatorio y pestíferos olores. Después de su vertiginoso auge, la sobre pesca, la contaminación y el terremoto del setenta la sepultó bajo los escombros de una ciudad decadente.

En ese lugar nació Denys. Gran parte de su vida trabajó en San Pedro, aquel reputado y malhechor barrio llamado así en honor al santo patrón de los pescadores y cuyas pistas carecen de asfalto. De la zona son populares “Las picanterías”, locales turbios de dudoso prestigio en el que se da la bienvenida a los parroquianos al ritmo de cumbia, chicha y demás géneros musicales de moda. Toda una fiesta a la que más vale estar invitado ya que, sin tarjeta de presentación, la probabilidad de salir envuelto en algún lío es mayor.

De San Pedro parte una de las líneas de transporte público de la urbe: La número cinco. Su paradero es sólo una esquina abandonada sin carteles que alerten de su existencia. Cada cierto tiempo, aparece uno de los vehículos de la empresa tropezando sobre los desniveles de la trocha  accidentada. Son ´combis` de color blanco matizado con franjas de color marrón, naranja y beige. Todas andan empolvadas por los arenales que les toca cruzar. Sus choferes son seres mecanizados que van al volante por una ciudad que no los entiende –y que no los quiere-. Hace años, uno de ellos era Denys.

 —Yo era su cobrador. Él me despertaba todos los días temprano para trabajar, pero me daba pereza. Él me decía: “Sólo para dar unas vueltas” y era mentira. Salíamos a las cinco de la mañana y volvíamos en la noche – cuenta Yorman, quien vio a Denys un mes antes del choque y, desde entonces, poco supo de él. Aquel domingo de invierno, Yorman me ayudaba a buscarlo.

 —El trabajaba por temporadas. Era un buen chofer, tenía caña. En la empresa, lo premiaron por eso. Hasta que un día desapareció. El feo – como lo llaman- resultó de chofer en América Express.

En San Pedro, desde donde se puede ver todo Chimbote, incluyendo el mar, las lanchas y sus islotes perla, todos conocían a Denys, pero pocos querían decir su paradero. Eran casi correligionarios que guardaban el secreto popular en medio de un barrio convulsionado por la violencia y marginalidad: muy cerca, en los arenales, yace el cementerio de los pobres, donde muchos fueron a parar para guardar sus propios secretos. El silencio, en este barrio, vale mucho más que la palabra de cualquiera.

—No está por acá y punto – vociferaban.

Sí pues, no estaba allí. Lo encontré en Miraflores, un barrio colindante al mar que para llegar a él se debe atravesar el centro de Chimbote. Miraflores es tan o más peligroso que San Pedro. Sus calles sigilosas, casi vacías, dan la impresión de estar siempre ante una trampa: la sospecha que tras la esquina seis o más tipos desquiciados aguardan ansiosos, nunca dejará de estar latente.

Denys estaba en casa de su padre almorzando con la placidez de un fugitivo sin escrúpulos. Sus pequeñas hijas jugaban cerca, despreocupadas. Es difícil saber si poco o nada le importaba a Denys que unos desconocidos llegaran, quizás yo, y le recordaba aquello que tanto trataba de olvidar. O peor aún: que irrumpan policías y lo lleven enmarrocado. Sus hijas, que seguían jugando, jamás entenderían la historia aquella en la que su padre resultaba ser el malo: ´Treinta y ocho personas murieron dicen por culpa de tu papá´ o ´Estará encerrado en un lugar del que no puede salir´.

No. Jamás lo entenderían.

***

—Si no se hubiera metido, ni mierda hubiera pasado ese día.

Esa era su defensa.

En la respuesta 22 de su declaración decía no ser culpable. Recordaba que delante de él, en su carril, marchaban dos vehículos: un ómnibus y, más adelante, un tráiler. De pronto, este último, frenó intempestivamente para evitar chocar con un auto que invadió su carril. Esto obligó al primer ómnibus a despistarse a su derecha, mientras que Denys optó por ir a su izquierda. Entonces, chocó.

—Sí, invadí el carril contrario. Sí, lo hice- reconoce Denys -, pero fue por instinto, por mi vida. Tenía tres opciones: Salir a la derecha y chocarme con el ómnibus, frenar y chocar con el tráiler o salir a mi izquierda. Claro, en esta última, estrellarme nunca estuvo entre mis posibilidades. Al ver el ómnibus, ni siquiera pude frenar. Giré a mi izquierda y lo  esquivé, pero el otro chofer maniobró a su derecha y chocamos.

Sin embargo, el fiscal Robert Angulo no le cree. Su tesis, sustentada en el informe técnico del Departamento de Investigación de Accidentes de Tránsito de la Policía Nacional (DIVAT), es que Denys invadió el carril contrario en una zona prohibida para intentar sobrepasar al tráiler. Marilú Alvarado Rivera era pasajera del ómnibus América Express que viajaba en los asientos uno y dos junto a su esposo, Santos Roldán Fernández, y su pequeña hija de siete meses, Jazmín Roldán Alvarado. Marilú, la única sobreviviente de los tres, confirmaba para la fiscalía esta versión. En su declaración dijo que, momentos antes del impacto, vio por una de las ventanas del lado derecho como un tráiler iba quedando en el camino. Luego de esa imagen sólo recuerda abrir los ojos en el hospital.

Además, un informe elaborado por especialistas físico – matemáticos determinaron que, al momento del impacto, el vehículo América Express aceleraba. Para la fiscalía es un indicio más de que Denys intentaba pasar a otro vehículo.

El día que lo encontré en la casa de su padre, no hablamos mucho. Él cuidaba a sus hijas. Las quiere; aunque su talante no parezca el de un hombre amoroso. Después de verlas jugar y pedirles que vuelvan a casa, Denys anunciaba, esta vez con una leve sonrisa, que pronto respiraría los agrios rumores de una prisión. Se entregaría en 48 horas y, según él, aceptando los cargos que la fiscalía le imputaba. Puede que las noches intranquilas que no lo dejaban dormir lo llevaran a tomar tal decisión. Quién sabe.

El plazo venció y, como era de esperarse, no lo hizo. Recién, cuando el reloj marcaba las tres de la tarde del 10 de agosto, Denys Ponce Aznarán, acompañado de un policía, ingresaba al centro penitenciario El Milagro, en Trujillo, perdiéndose, a paso lento, entre pabellones y los más de mil quinientos presos que allí purgan condena.

3.

Lo encontré, otra vez.

Han transcurrido apenas cinco días de su encierro. Es mediodía del domingo 15 de agosto: día de visita en la prisión. Largas filas humanas se extienden desde la puerta de ingreso al penal. Minutos antes, todos corrimos para que un policía, con el ceño fruncido, nos coloque un sello y un número con un bolígrafo indeleble azul en el brazo derecho. En la piel me estampó el 634. Pasaron largos e intensos 40 minutos para chocar cara a cara con un agente penitenciario, joven y de voz agresiva, que uno a uno hace pasar a los últimos visitantes hombres. Por la tarde, ingresarían las mujeres. Después de más controles y órdenes, de más sellos e inspecciones, logro ingresar. Adentro, me siento un recluso más, pero extraviado entre pabellones, celdas y prisioneros.

Siempre tuve la idea de que al ingreso me preguntarían a quién buscaba y yo respondería: “A Denys Ponce Aznarán”, pero nunca pasó. Entro desorientado. Al pasar delante del primer pabellón tengo sobre mí a un grupo de hombres, con algo para vender en las manos, interrogándome, casi a gritos, por quien iba (notaron que estaba perdido y asustado) y les respondo: “Por Denys Ponce Aznarán”. El primer hombre, moreno, flacucho, decrépito y de aspecto delincuencial, se ofrece a llevarme. Metros más allá, descubro que es un preso.

—Tan rápido lo conoces. Apenas ingresó hace cinco días- Le digo.
Conozco a todos acá adentro- Responde.

 

No damos más de diez pasos y reclama su salario. Se lo doy. Dos paso más allá, me dice: “Él te llevará”. Es otro vendedor, también preso, con una bolsa de caramelos. No pasa mucho y también me pide dinero. Se lo doy. Sin embargo, ninguno me ha llevado a Denys. En menos de cinco minutos en la cárcel, dos tipos ya me han estafado.

En el ingreso a una especie de encuentro entre conductos enrejados que llevan a los diferentes pabellones del penal y que es custodiado por un carcelario, me topo con un hombre de mediana estatura y que viste chaleco naranja. A la entrada, me lo advirtieron. “Ellos te pueden guiar”. Y así lo hace con una amabilidad sorprendente. Mientras me lleva, pienso en si es preso o no. Es más probable que sí. Nadie, que no sea un agente del orden o administrativo, ingresa a trabajar a un penal.

Él sí conoce a Denys. Por lo menos sabe quién es y cómo es. Dice que desde temprano llegaron a verlo, se trata de su padre y alguien más. Ellos le advirtieron que otras dos visitas llegarían; por supuesto, no se trataba de mí. Mientras camino, divago entre la reacción de Denys y su padre al verme, en la mirada desafiante de algunos internos y en el laberíntico inframundo urbano en el que me sumerjo. Reacciono cuando me veo entre celdas: tugurizadas, desordenas, sucias, oscuras; casi impenetrables. Quedé suspendido en el aire unos segundos y comprendo: Estoy en la cárcel.

En día de visita, las celdas lucen abiertas y los presos deambulan no lejos de allí. En una de ellas, hay una mesa tembleque, con un grupo de personas que conversan y juegan casinos. Denys está en el patio, a espaldas de su calabozo, junto a dos hombres de avanzada edad. A lo lejos, parece reconocerme. Es la segunda vez que nos vemos, pero ni una mueca ni un gesto amable despide su rostro. Debe pensar que soy una especie de cargo de conciencia con dos patas. Me acercó y apretamos las manos. A nuestro alrededor, pasan desapercibidos otros internos. Cruzamos algunas palabras y ahora sí, una leve, muy leve sonrisa se deja ver.

Transcurren apenas cinco minutos y el horario de visita acaba. Sólo alcanza a contarme que si todo le va bien, pasará encerrado los próximos seis años y ocho meses. Si le va mal, serán más. Eso es todo. Mucho tiempo, para él. Poco tiempo, para otros. Tal vez 38 cadenas perpetuas los logre consolar; tal vez no. Aquí pudo haber acabado una historia, pero nunca dejarán de comenzar otras. Catorce murieron en la carretera a Cajamarca y otras 23 perdieron la vida al caer a un abismo en la sierra de La Libertad. Como Denys, como otros, como todos, me pregunto: hasta cuándo y no tengo respuesta. Puede que sea inútil.

Mientras camino a la puerta de salida, la mirada viaja hasta el dedo pulgar izquierdo buscando la vieja cicatriz que me hice correteando junto a un amigo cuando aún éramos niños. Ambos creíamos ser los campeones del mundo, despreocupados aquel entonces de nuestro destino. Él fue uno de los 38. Recobro la libertad y Denys vuelve a su celda. Tras las rejas, entre cuatro paredes y tendido sobre su catre tratará, como otros, como todos, de cerrar el 22 de febrero de 2010, que minutos antes de las 6 era un día normal; a pocos minutos del alba.

La muerte se esconde ahí nomás. En un lugar oscuro, difuso, pero cercano: vaya uno a saber dónde. El 13 de septiembre de 2010, estuve a un tris de irme. Siempre estamos a un tris de irnos. Hay que conocer la diferencia y aprovecharla.

Cuanto más jóvenes somos, más inmortales nos creemos. Con el paso de los años, con la muerte de familiares y de amigos, uno se va dando cuenta de que esto, la vida, es así mientras dura.

Pero todo estaba oscuro, no había Luna ni ganas de teorizar. Estaba yo, trabado contra un arbusto, mientras pensaba: quedate quieto, esto es peligroso. Esperá que amanezca, que se vea el camino. No te muevas. Dejá que la noche pase, dejá que la evapore el sol.

Con mucho cuidado saqué la mochila, la puse a un costado y busqué la manta de papel aluminio. Me tapé y cerré los ojos. Hacía frío. Miré el reloj. Eran las dos y cuarto de la madrugada. Sólo oía el ruido del viento, de una pequeña caída de agua, de mis dientes chocando entre sí. Tomé varios sorbos de la cantimplora y traté de dormir. Al rato, volví a mirar el reloj. Habían pasado dos minutos.

***

Después de correr once horas de una carrera de ochenta kilómetros en el cerro cordobés El Champaquí, el gerente de Recursos Humanos del Banco Hipotecario, Cristian Gorbea, se dio cuenta de que había perdido el camino. Siguió trotando. Empezó a bajar, pastizales, pendiente, pero su objetivo era hacer una buena carrera. Estar en el percentil diez. De trescientos, entre los treinta primeros. Venía treinta y dos. Un carrerón. No quería perder posiciones.

La linterna que llevaba sobre la cabeza alumbraba lo suficiente como para saber que por ahí no podría retomar el sendero. Pero vio, delante de él, más abajo, las luces de otros corredores y pensó en agarrar un atajo. Entró en un bosque de tabaquillos. Mientras tomaba agua de un arroyo, se dio cuenta de que se había perdido. El tiempo corría. Los competidores que iban detrás de él, también. No iba a estar entre los treinta primeros. Siguió bajando, trotaba despacio. No veía nada. Pensó: Dios, cambio el podio por salir vivo de este lugar. Y el piso, bajo sus pies, pareció desaparecer.

***

Cuando amaneció, descubrí dónde había caído: una cornisa de roca, entre matorrales, de medio metro de ancho por dos de largo. Tuve dos sentimientos contradictorios. Me asomé al vacío. Ciento cincuenta metros de precipicio. Pánico. Si me caía centímetros a la derecha, milímetros a la izquierda, ahora, estaría muerto. Alegría eufórica. Por haberme enganchado en este tabaquillo. Por estar vivo.

Me duró un rato. ¿Cuánto? En una cornisa, en el medio de las sierras, con los pájaros como única compañía, el tiempo tiene otra intensidad. Se hace profundo. Fue un rato largo aunque, quizás, hayan sido pocos minutos.

De a poco recobré la lucidez y empecé a luchar contra mí mismo. Repetía: no tendría que haber caído acá. Debería haber doblado a la derecha, ido más despacio, esperar. Estaría duchándome en el hotel.

Pensé: el presente es inevitable, aceptalo. Traté de reconciliarme con el lugar. Trabajé a favor de la situación, no en contra, generando calor, no perdiéndolo en agredirme.

Dos mil trescientos metros de altura, quince grados de temperatura, apoyado en la roca, sentado en un hueco perfecto, hecho como para que yo pusiera la cola. Frente a un tabaquillo que detuvo la caída. Hacía arriba: una pared de unos tres metros, prácticamente lisa. Traté de trepar; demasiado empinada. Había musgo, algunos pliegues de cinco o diez centímetros. Imposible subir por ahí.

Volví a intentarlo.

Pensé: me equivoqué una vez y estoy vivo. No puedo empeorar una situación que ya es mala. No voy a tener otra oportunidad. Tengo que tranquilizarme y esperar. Son las seis de la mañana. A las doce termina la carrera. Hasta esa hora soy un corredor más; no el imbécil de la cornisa. A las cuatro van a dar los premios. A las cinco van a saber que no estoy, van a decidir ir a buscarme, va a ser tarde, va a haber anochecido. Van a venir, con suerte, mañana a la mañana. La noche de hoy, de nuevo, voy a estar solo. Esto es un juego de paciencia, un juego mental con un único participante.

Soy yo.

Y no quiero jugar.

***

Muchas veces, Cristian Gorbea sobrestima su capacidad deportiva. Piensa que termina una carrera en diez horas y tarda dieciséis. Su esposa Claudia Rama lo sabía.

También sabía que ahí, en el medio de la sierras, no había señal de celular. Así que cuando el domingo al mediodía su papá, Francisco, la llamó preocupado ella lo tranquilizó. Seguro no había pasado nada.

Tres horas después, Francisco repitió el llamado. Esta vez, Claudia decidió comunicarse con la hostería donde se había alojado Cristian. Un hombre que había corrido la carrera le dijo que, en ese cerro, demorarse era algo común. Ella le creyó. Su hija, no.

Desde el primer momento, Belén (18) pensó que su papá, Cristian Gorbea, estaba muerto. Santiago (14), el más chico de la familia, le pidió a su hermana que no se preocupara. Le dijo que debía estar bien. Ellos siempre miraban documentales de rescate y su papá tenía la cabeza fría, sabría qué hacer. Después de decir eso, se encerró en su cuarto a chatear con sus amigos. No salió hasta la noche.

Alrededor de las 17, la policía de San Javier los llamó por primera vez. Le pidieron a Claudia que denunciara que Cristian estaba perdido. Sin ese trámite, no podían empezar a buscarlo.

La segunda llamada distó de la primera en una hora. Y hubo más. En todas, después de atender y escuchar una voz con tonada cordobesa, que no era la de su marido, Claudia pensó que iban a anunciarle el título de una tragedia. Pero no. Nadie sabía nada.

Alberto Beúnza, amigo de Cristian, le propuso que viajaran a Córdoba, en auto, esa misma noche. Ella dijo: Mejor en avión, mañana, a primera hora.

A la una y media de la mañana, consiguió hablar con una persona de San Javier que alquilaba un avión privado. Le pidió que fuera a buscar a su esposo en ese momento. -Está oscuro, señora —le dijo el hombre—. Encontrarlo así va a ser imposible.

Esa noche, imaginando lo que iba a pasar el día siguiente, Claudia no pudo dormir. Con los ojos cerrados, rezó durante horas. Pensó en Ricardo Gorbea, el padre de Cristian, fallecido cinco años atrás. Le pidió que lo cuidara. Se tranquilizó al oír la voz de su suegro repitiendo, como en un susurro: está bien, Cristian está bien.

Los ojos cerrados, ese estado intermedio entre la vigilia y el sueño, cuando se acordó del triatlón de 2004. Detenido al costado de la ruta, Cristian fue atropellado por otro ciclista. Tres costillas rotas y una fractura en la pierna.

Desde ese momento, días antes de las carreras, Claudia le cosía en una de las mangas una medallita de San Benito, para que lo cuidara.

Los ojos cerrados cuando se acordó de que vaya uno a saber por qué, justo esta vez, se había olvidado de coserle la medallita.

***

Decidí armar una rutina para no volverme loco. Revisé la comida: cuatro barras de cereales, varios geles, chocolates, alfajores. Bien racionada, podía durarme cinco días. Encontré un pequeño hilo de agua. Sed no iba a tener. Busqué las pilas de repuesto para la linterna. Las que llevaba se habían perdido en la caída.

Cada diez minutos, tocaba el silbato de emergencia y gritaba auxilio. Cada quince, me incorporaba y con la espalda apoyada en la roca, caminaba lento hacia el hilo de agua. Gota tras gota, la cantimplora tardaba veinte minutos en llenarse.

En situaciones como ésta, el estómago se cierra, el hambre desaparece.

A lo lejos, veía un pastizal. Con el viento, los pastos se movían. Vi cuatro caballos. Vi un rancho con una ventana enorme. Vi a un Cristo en la cruz. Vi a cinco personas que parecían buscarme. Y vi, después, cómo el pasto se movía de un lado al otro y todas estas alucinaciones desaparecían de golpe. No me asusté. Me había pasado en otras carreras: el cansancio, la falta de comida y de sueño hacen que uno se imagine cosas.

Un pájaro se posó en un árbol cerca. Me miraba. Sentí su compañía. Traté de establecer un vínculo con él. Quise hablarle pero se fue antes de que pudiera decirle algo.

El tiempo no pasaba. Rezos de pedido de rescate, rezos de tranquilidad para mi familia. Pedí a Dios, a mis padres, que ya no están, a mis ángeles.

A quien sea que pueda ayudarme, le pido que lo haga.

Me angustiaba saber que mi familia me debía creer muerto. ¿Qué estarían haciendo Claudia, Belén, Santiago? ¿Qué podía hacer yo, ahora, más que pensar en positivo? Cuando nos encontráramos se darían cuenta de que sólo había sido un mal momento.

Grité auxilio. Hice sonar el silbato. Grité auxilio. Me senté. El sol empezó a bajar. También la temperatura. A las ocho ya estaba oscuro. Prendí la linterna. Tal vez, alguien pudiera verme. Me tapé con la manta de papel de aluminio, me acosté en posición fetal. Cerré los ojos. De a ratos, los abría para ver si veía una luz en la quebrada. Pensé que, como la noche anterior, no iba a poder dormir. No sé si fue por el cansancio o la tensión, pero pude. De a ratos, pero pude.

Sueño con gente que me busca. Que se mueve en la montaña. Oigo, claro, dos personas hablando. Un hombre y una mujer. No entiendo lo que dicen. Están arriba de mi cornisa. Trato de escuchar, hago un esfuerzo y cuando me concentro oigo que las palabras se deshacen, se transforman en el sonido del viento que pasa entre los árboles.

A la madrugada me despertaron los truenos. Hacia el oeste, para el lado de San Luis, veía los relámpagos y las nubes de una tormenta eléctrica. No tenía más que una manta. Hacía frío. Si llovía, la iba a pasar mal en serio.

Sin reconocer que lo único que podía tranquilizarme era un juego mental, me acordé que en la inscripción un corredor de 68 años me había dicho que este cerro tiene un raro mineral que genera un microclima en la zona.

No va a llover. Mineral milagroso. No va a llover.

***

Desde el patio de su casa, a unos4 kilómetrosde San Javier, el bombero José Luis Altamirano, exhausto después de haber corrido la carrera en quince horas, vio allá lejos, en el medio de la cuesta, la luz de una linterna. Eran las cuatro de la mañana del lunes. Llamó a la organización. Alguien se había perdido.

Unas horas después, él y otros cinco bomberos, dos policías y gente de la organización fueron a la zona. Sabían cuál era el paraje, pero no el lugar dónde estaba el hombre. Hay quebradas, bosques, muchos árboles. Para peor, debido al frío de la noche del sábado, en la mitad de la carrera, uno de los puestos de control había cambiado de ubicación. No estaba claro el lugar donde podría estar Gorbea.

Altamirano presentía que el perdido vivía. Por más que gritara no lo iban a oír: el arroyo estaba crecido. Narcisista, el ruido del fluir del agua absorbe otros sonidos.

Altamirano quería encontrarlo. Era su primera competencia. Su tierra y el hombre perdido, su compañero de carrera. Algunos de los que buscaban no tenían radio. Era escuchar un grito y preguntar: ¿Fuiste vos el que gritó? ¿Fuiste vos el del silbido? A esto se le sumaba el ruido de los dos helicópteros y del avión que daban vuelta por la zona. Estaban en una de las cuestas cuando apareció la neblina. Con la lluvia, el frío se hizo más intenso. Decidieron suspender la búsqueda un rato y bajar a la base del cerro.

***

El lunes amaneció nublado. Cielo gris, ánimo azabache. Saqué chocolate para el desayuno. Lo abrí con cuidado. Lo partí en dos, me metí una parte en la boca y lo saboreé sin pensar, jugando con la lengua.

Desde arriba no podrían verme. Quizás escucharan mis gritos o el silbato, pero sólo me podía encontrar alguien que viniera desde abajo, desde el valle.

Grité auxilio. Hice sonar el silbato. Grité auxilio. Estiré las piernas. Salté, con miedo, en el lugar.

De a ratos, las nubes bajaban, se acercaban a la montaña. No iban a encontrarme hoy. Tranquilo.

Mis ruegos a Dios, que eran internos, se fueron transformando en gritos desesperados.

¡Sacame!

¡Sacame por favor!

¡Hacé algo!

¡Sacame!

¡Ya aprendí lo que tenía que aprender!

Si hubiera sabido que nadie iba a escucharme, igual habría gritado.

***

La última vez que Lisandro Tagle vio a su amigo Cristian Gorbea fue durante la primera hora de la carrera. Corrieron juntos hasta que en una subida Cristian se alejó. Ahora, esperando en el aeropuerto de Córdoba el avión que traía a Claudia Rama y Alberto Beúnza de Buenos Aires, Lisandro pensaba qué habría pasado si hubiesen estado juntos más tiempo.

Salvo por la llamada del periodista Víctor Hugo Morales que la distrajo un poco con sus preguntas, en las tres horas que duró el viaje en auto hasta San Javier, Claudia sintió que estaba masticando un chicle de angustia.

-¿Hacía frío? -preguntaba ella.

-No -respondía Lisandro y pensaba: “Un frío helado que no te permitía dejar de tiritar”. Se imaginaba a Cristian con la cadera quebrada, en el fondo de un lecho. Muerto, después de un ataque cardíaco. Veinticuatro horas era demasiado tiempo como para que estuviese perdido.

Lisandro y Alberto hablaban y hablaban. Los llamados de la gobernación, de la policía, al celular de Claudia relajaban, un poco, el clima denso en una ruta sinuosa, elevada junto al precipicio, que parecía no terminar nunca.

Cuando llegaron a la posada donde se había hospedado Cristian, Claudia vio en el estacionamiento el Volskwagen Gol verde, cuatro puertas, alquilado por su marido. En ese momento, empezó a sentirse protagonista de una tragedia.

Podría haberse quedado llorando. Nadie la habría culpado. Pero, en cambio, fue a la estación de policía a declarar, coordinó la búsqueda del helicóptero y el avión privado, pensó en la posibilidad de que lo encontraran herido y llamó a la obra social para que le consiguiesen un médico. Así, pudo sentirse útil, ocupada en algo.

Mientras, atendía las llamadas de amigos y familiares. Algunos la reconfortaban. Otros le decían que su marido estaba loco. Una de sus amigas arriesgó: “Seguro está muerto”.

Lisandro y Alberto recorrían el pueblo de San Javier buscando baqueanos. Encontraron tres. Les dieron cien pesos a cada uno, les pidieron que encontraran a su amigo. Después, fueron a la estanciaLa Constancia, al pie del Champaquí. Quizás, ahí, alguien supiera algo.

Desde Córdoba, estaba llegando un camión con cuatro perros Golden retriever olfateadotes. La policía le dijo a Claudia que había que ir a buscar ropa de Cristian para que los animales pudieran reconocer su olor.

Los mensajes de texto de su hijo: ¿Apareció? Las remeras, prolijas, una arriba de la otra. El cepillo de dientes. Llenar la valija vacía. Levantarle el cuarto a un muerto. Pagarle a la mujer de la posada la noche que su marido, ¿muerto?, había pasado en una cornisa. Descubrir que ese pensamiento, ya aparece, para adentro, ya aparece, repetido, ya aparece, silencioso, ya aparece, no era más que un deseo fútil.

***

Me entreno desde hace veinte años. Corro carreras de aventuras. Hice trekkings que duraron una noche entera. Vi, junto a mi hijo Santiago, decenas de documentales de rescatismo. Eso me ayudó.

Estaba en un lugar que podía aguantar mi peso. Tenía comida y agua. Perderse formaba parte de las reglas del juego. Y para jugar, uno empieza por aceptarlas. Conozco montones de historias de gente que se equivocó de camino, que se rompió una pierna, que no pudo llegar. Tranquilo.

Me acomodé contra las rocas y pensé en mi familia. En el día en que me casé, los nacimientos de mis hijos, los trabajos que tuve, la escalada al Aconcagua, las carreras de expedición. Pensé en la charla en la que Fernando Parrado contaba su supervivencia en Los Andes. Él pudo sobrevivir en condiciones mucho peores. Pensé en mi mamá, en mi papá, ya fallecidos, en los buenos momentos que pasamos juntos. Pensé que había tenido una vida plena. Pensé que si alguien me decía que éste era el final, mi respuesta hubiera sido que no me arrepentía de nada.

Grité auxilio. Hice sonar el silbato. Grité auxilio.

Creí oír un ruido. Temí otra alucinación, pero un helicóptero, negro, pasó real sobre mi cabeza.

Más gritos: desesperados.

Por favor.

Que alguien.

Quién sea.

Me escuche.

***

Al ver la cara de preocupación de los dos hombres, Luis Dorado, dueño de las1.200 hectáreasde la estanciaLa Constancia, recordó, en un destello de intuición, los cóndores que esa mañana había visto revolotear sobre la cuesta de las cabras. Pensó: el hombre ya es carroña. Y mandó a dos baqueanos. A ver si encontraban algo.

Gabriel Ledesma subió con su compañero Darío “Peco” Díaz y Felipe, un perro cruza de ovejero. Conocía la zona, pero no mucho. El precipicio lo impresionó. Ciento ochenta metros de caída. Una sensación extraña, un vacío en el estómago. Le pidió a Peco, si no le sacaba una foto con el celular.

Por encima de sus cabezas, pasó el helicóptero. El grito. El eco del grito. Gabriel no supo si era Cristian o un lugareño que buscaba al corredor. Otro grito.

Era Gorbea. No había duda. Pero dónde estaba. El gerente de Recursos Humanos del Banco Hipotecario prendió su linterna. Detrás de un árbol, Gabriel vio la figura. Lo había encontrado.

Subió por la cuesta hasta llegar al lugar donde el piso había parecido desaparecer. Trató de ver a Gorbea. No pudo.

—No te veo.
—Estoy acá.
—Quedate ahí. Tranquilo. Ya avisé por handy a los bomberos. Yo me quedo con vos. No me voy hasta que te rescaten. Si me tengo que quedar toda la noche, me quedo toda la noche.

Cuatro metros más abajo, de pie en la cornisa angosta en la que había pasado las últimas cuarenta y dos horas, sin un rasguño, emocionado, Cristian Gorbea lloraba.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, el bombero José Luis Altamirano agarraba el brazo del hombre atado con un arnés de soga naranja. Ahora, lloraban todos.

—Yo entiendo mi llanto, pero no el de ustedes. No me conocen —dijo Gorbea.
—No te imaginás lo que sentimos al encontrarte vivo —respondió alguien.

Cuando Claudia Rama llegó a la estancia La constancia encontró a su marido, la ropa sucia, tomando un plato de sopa. Gorbea no entendía qué hacía su esposa, sus amigos, la gente del banco en ese lugar. Parecía metido en una película. No hablaba de la cornisa, de las cuarenta y dos horas, de las alucinaciones, los ruegos, la tormenta eléctrica. Relataba la caída. Decía: “Iba treinta y dos en la general”. Como si eso fuera lo importante.

***

Estoy viviendo tiempo gratis. Fue un milagro. Lo cuento y no lo entiendo.

Pero todos sabemos que vamos a morir y lo negamos, cada día, al levantarnos de la cama.

Aunque cambié: soy más solidario. Trato de ayudar a otros en lo que puedo.

Antes, los bomberos me parecían unos tipos que trabajaban en un cuartel apagando incendios; ahora, son héroes.

Intento pasar más tiempo con mi familia.

Intento disfrutar los momentos. Pero, ¿no tratamos todos de disfrutar los momentos?

Las rabietas, por problemas de trabajo no desaparecieron. Sin embargo, cuando me broto, vuelvo a la cornisa. Trato de pensarme allá. Con mi barras de cereal, el frío. Sin saber cuándo iban a venir a rescatarme. Comparo situaciones. Y el enojo, de a poco, se apacigua.

Aprendí la lección. Pero competir es mi vida.

Mi trabajo incluye presión. Correr me relaja, me carga de energía. En los últimos veinte años me entrené, en promedio, cuatro veces por semana. Con picos de nueve entrenamientos y con días que no pude, por razones laborales.

Voy a tomar más recaudos. Pero no voy a dejar de competir. No puedo.

En septiembre voy a volver a Champaquí. Voy a volver a correr los ochenta kilómetros. Esta vez, con José Luis Altamirano. Yendo al lado de un bombero, no voy a  perderme.

Pensé mucho sobre lo que me pasó en el cerro. Esto es como una pizza grande: podés comerla, pero te lleva tiempo digerirla. ¿La conclusión? Me pido a mi mismo, le pido a Dios, no olvidarme de lo que pasó. Sin embargo, tenemos la inercia de vivir negando la muerte.

Nuestra cabeza funciona así: yo sigo siendo inmortal.