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La fokin izquierda

Publicado: 6 noviembre 2010 en Diego Enrique Osorno
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1. Sobre la informalidad de dos amigos que comparten ideas acerca de la realidad social

Un día antes de un concierto en el estadio Dennis Martínez, el 1 de junio de 2007, el cantante de Calle 13 René Pérez Joglar sostuvo una entrevista con Daniel Ortega, presidente de Nicaragua. El Ortega de hoy es un hombre que consiguió su segundo gobierno después de promoverse como un líder moderado, cercano a Dios y aficionado a las camisas rosas. Pero ellos tuvieron una conversación sobre el pasado: la época en la que Ortega era un intransigente líder de la guerrilla sandinista, y Managua recibía a activistas de diversas partes del mundo que todavía tenían ideales y estaban entusiasmados con la idea de apoyar la causa de los sublevados en contra de un corrupto régimen solapado por Estados Unidos. Uno de tantos visitantes solidarios de aquella época fue el papá de René, abogado sindical de nombre Reinaldo Pérez, quien se integró a una brigada internacionalista que recorría la Nicaragua insurrecta.
La reunión llevaba una hora cuando René se animó a presentarle a su madre al comandante Daniel Ortega. El cantante acercó su torso al Presidente de Nicaragua, y presumió un jovial y radiante rostro de Flor Joglar tatuado a lo largo y ancho del hombro izquierdo. Después de mostrarle el rostro de su madre, actriz de teatro independiente, René le nombró a cada uno de sus seis hermanos mientras señalaba los tatuajes con los nombres de ellos acomodados a lo largo del brazo izquierdo. Al concluir el pase de lista, se hizo el silencio en el recinto oficial. Luego René apuntó hacia una calavera pintada en su cuerpo: “Y ahora le presento a mi papá”, dijo. El gobernante soltó una carcajada que los demás acompañaron con risas triviales.
Aquel día, luego de su visita a la casa presidencial nicaragüense, René le dio una entrevista a la reportera Patricia Vargas, enviada especialmente desde Puerto Rico por el periódico El Nuevo Día para cubrir el concierto de la banda. El cantante, que entonces tenía 29 años de edad y llevaba puesta una camiseta basquetbolera color malva de los Pistones de Detroit, le describió la emoción que sentía: “Fue impresionante poder apreciar cómo la música nos une a un país y a un tipo como éste, que movió una revolución… Siento que he llegado a un nivel en el que se me están cumpliendo los propósitos. Cuando le hablé de mi concierto, entendió que estamos en la misma frecuencia a nivel social. Le mandó saludos a mi papá, Reinaldo Pérez, que llegó a Nicaragua en 1980 con las brigadas de ayuda para el pueblo. Éste ha sido un momento importante en mi vida”.
Horas después, la periodista, reconocida en Puerto Rico por su hábil manejo de notas sobre la farándula, mandó a la redacción de su periódico una crónica que iniciaba así:
Por Patricia Vargas / Enviada especial de El Nuevo Día / 1 agosto de 2007
El del jueves fue otro sueño cumplido para René Pérez, el Residente de Calle 13, cuando conoció al presidente de Nicaragua, Daniel Ortega.
El mandatario recibió al cantante en la casa presidencial junto a tres de sus hijos, en un encuentro que se dio con la informalidad de dos amigos que comparten ideas sobre la realidad social.

2. Sobre el hecho de que ya que se tiene el micrófono en la mano debe hacerse algo más que mover las nalgas

El nombre de Calle 13 es el de la vialidad del fraccionamiento El Conquistador, donde vivía René Pérez, y donde él y Eduardo planearon durante su adolescencia el tipo de banda que querían formar algún día. Para ingresar a este barrio ubicado en Trujillo Alto, un municipio conurbado de San Juan que está en las colinas húmedas de Puerto Rico, había que detenerse en una caseta de seguridad en la que Eduardo se identificaba como visitante, mientras que René lo hacía como residente. De ahí ambos retomaron los sobrenombres con los que ahora se identifican ante su público.
Residente y Visitante se conocen desde pequeños, cuando el papá de Eduardo se casó con la mamá de René y todos emprendieron un proyecto de vida común. Aunque el matrimonio entre los padres de ambos no duró muchos años, la amistad se mantuvo. René y Eduardo se ven como auténticos hermanos y así piden que se les llame.
Cuando René se reunió en agosto de 2007 con el presidente Daniel Ortega para hablar de la realidad social de Latinoamérica, el éxito de Calle 13 era impresionante. La banda había ganado tres premios Grammy con su primer disco, y cantantes como Beyoncé y Nelly Furtado les habían pedido que cantaran con ellas. Con el segundo disco acababan de desbancar de la lista de ventas latinas a Jennifer Lopez y después ganarían otros cuatro premios Grammy más. Por si fuera poco, a Eduardo lo acosaban modelos de chupadas mejillas heroinómanas que aparecen en revistas de moda y René era novio de una miss universo, Denise Quiñones, joven periodista trigueña de Puerto Rico que había ganado el certamen internacional en 2001.
En ese momento, en el que René solía decir con frecuencia en entrevistas televisivas: “Ya que tenemos el micrófono en la mano hagamos algo más que mover las nalgas”, Calle 13 cumplía sólo tres años de haber grabado sus primeras canciones en un estudio de Jiggiri Records, sello independiente creado por Tego Calderón, rapero que aparece en la película Rápido y furioso. A Calderón se le conoce también en Puerto Rico como el precursor del reggaeton alternativo, una clasificación que igual suele usarse para lo que hace Calle 13, aunque la banda la rechaza porque se define así misma como urbana. El género urbano, de acuerdo con René, incluye a Rubén Blades y a Manu Chao, que son urbanos porque más allá del tipo de música que hacen hablan en sus letras acerca de todo lo que les rodea, en especial de política, sexo y religión. Pero la mezcla de reggae, salsa y hip-hop de la cual nace el reggaeton es inconfundible al escuchar Calle 13. Cuando estaban grabando en 2005 sus primeras canciones, René convenció a Eduardo de usar los sonidos de moda del reggaeton para mezclarlos con otro tipo de músicas, desde la electrónica hasta el tango. La intención era cantar lo que ellos quisieran, pero también era poder entrar a los barrios de Puerto Rico que estaban enfebrecidos con la música de Daddy Yankee, rey absoluto del escenario musical hasta que apareció Calle 13.

3. Sobre la posibilidad de que si Puerto Rico se independiza de Estado Unidos se acabe el aire acondicionado en la isla

Flor Joglar, la madre de René Pérez, fue una de decenas de jóvenes actrices de Puerto Rico que, ante la escasez de oportunidades en los circuitos comerciales, se integró a un proyecto alternativo llamado Teatro del Sesenta, compañía con propuestas arriesgadas, que montó el musical La verdadera historia de Pedro Navaja, con canciones del salsero panameño Rubén Blades y la notoria influencia del teatro épico creado por el alemán Bertolt Brecht. La obra tuvo éxito en San Juan y fue llevada en 1983 al teatro musical de La Habana, Cuba. En una de las escenas, un banquero cínico canta feliz: “La miseria es lo más grande que ha creado la humanidad, la miseria siempre trae prosperidad, la miseria es un recurso que jamás se nos agotará”.
Reinaldo Pérez, el papá de René, además de participar en brigadas de apoyo a las luchas revolucionarias latinoamericanas del momento, defendía los derechos humanos de los obreros de Puerto Rico y escribía de vez en cuando artículos sobre música popular o sobre el saxofón alto, un instrumento que a veces toca entre gruesos expedientes laborales amontonados en su escritorio.
Con esa base política, René y Eduardo comenzaron a viajar por el continente después de lanzar su primer disco. Pronto se hicieron más críticos de la realidad de su país, una isla de 3.5 millones de habitantes colonizada aún por Estados Unidos. Los viajes sirvieron para contrastar la realidad boricua con la de otros lugares. La ciudad de México, con sus 20 millones de personas, los impresionó. El día que arribaron por primera vez, mientras Eduardo escuchaba música rara que había conseguido en la calle, René se subió a la azotea de un edificio del centro de la ciudad y miró el horizonte de lucecitas encendidas caída la noche. No había final en su vista y tuvo la misma sensación de infinito que cuando se ponía a ver el mar en San Juan. Pensó que en México todo ocurría al mismo tiempo: ese día una granada había matado a ocho personas, pero Los Fabulosos Cadillacs cantaban ante 70 mil personas.
Puerto Rico oficialmente es considerado “territorio no incorporado a Estados Unidos”, lo que significa que pertenece a Estados Unidos, pero no forma parte del país. Mejor explicado sería así: Barack Obama es el presidente de los puertorriqueños, aunque los puertorriqueños no pudieron votar por él. René suele llamarles arrodillados a los que están a favor de que Puerto Rico siga siendo una colonia estadounidense, pero el cantante sabe que la desinformación y el miedo son las cosas que impiden que crezca la causa independentista en la isla. La imaginación y el espíritu boricuas están colonizados. En la escuela donde René estudió de niño, una maestra le dijo que si Puerto Rico se hacía independiente se iba a acabar para siempre el aire acondicionado en la isla.

4. Sobre un saludo para todos los obreros y pobres de Monterrey que vinieron al Escénica bar

La voz de Ileana Joglar es tan fuerte, calmada y musical, que no parece provenir de su garganta. Es como si dentro de su delgado cuerpo hubiera un fino aparato electrónico produciéndola, mientras cantaba en el bar Escénica de Monterrey, donde Calle 13 daba un concierto ante más de mil personas. Ileana era una muchacha de 18 años, de belleza frágil. Acompañaba a sus hermanos René y Eduardo en algunas canciones, mientras se lanzaba como solista con la ayuda de Angelo Medina, antiguo representante musical de Ricky Martin.
Algunos de los asistentes que no conocían mucho de Calle 13 estaban impresionados nada más por la voz y la descarga de los ojos raros de Ileana. Imaginaban que un concierto de la banda equivalía a ver sólo en el escenario a Residente y Visitante, el primero cantando y el segundo haciendo la música desde una consola, sin embargo se toparon con toda una orquesta que apenas cabía encima de la tarima. Dos trompetas, dos trombones, dos percusionistas, un bajo, una guitarra y dos coristas hacían la música junto a Visitante, un peculiar director que de acuerdo con la canción usa desde un acordeón norteño hasta el theremin, raro instrumento electrónico que parece sacado de una película futurista. Esto hace que en vivo Calle 13 suene con un mayor poder con el que de por sí se oyen sus grabaciones.
El concierto comenzó poco antes de la medianoche del 19 de febrero de 2010. René y Eduardo habían llegado ese mismo día a la ciudad procedentes de Veracruz, donde participaron en el Carnaval del puerto. En Monterrey, la violencia y la muerte cotidiana estaba desatada en esos días a causa de una guerra urbana entre cárteles de la droga a los que ya no les importa usar las calles como campos de batalla. Cuando René apareció en escena, fluido y liviano, con un pants de Adidas color verde y una camisa sin mangas que mostraba sus brazos fornidos y tatuados, tomó el micrófono y arengó: “Vamos a disfrutar, putos. Yo quiero que todo mundo suba, y que brinque Monterrey. Tenemos que estar despiertos porque estamos respirando. Hay mucha gente que se ha muerto, hay que demostrarle a la luna y a las estrellas que estamos respirando, Monterrey, vamos a brincar”.
En persona, René es más bajito de lo que parece en fotografías y videos. Tiene ojos vivaces color almendra, parecidos a los de una víbora. Se mueve mucho en el escenario y de vez en cuando se burla de los cantantes de reggeaton. La noche del concierto en Monterrey lo hizo de Pitbull, un reguetonero al que parodia como lacayo de los yanquis, cantando “I Know You Want Me”. Tras imitarlo graciosamente, dijo: “Esta canción que sigue también se la quiero dedicar al noventa por ciento de los reguetoneros que son una mierda”. Luego interpretó “Que lloren”, en la que hay una de las habituales y satíricas declaración de principios de Calle 13:

“Esto no se trata de ganarse premios, ni de vender discos/
ni de carros, mujeres, hoteles, ni que si te comiste 30 mariscos./
Se trata de cómo con palabras te puedo tumbar la carrera/
frente a todo el mundo, como Bin Laden con las Torres Gemelas”.

La mayoría de las letras de Calle 13 son hechas por René, quien parece una máquina de rimar a la que le gusta escribir cuando está en movimiento, de viaje. Su proceso de creación es empírico, ya que prefiere vivir más que leer, aunque pasó casi cuatro años estudiando Arte en Georgia, Estados Unidos, y en Barcelona, España. El día que viajó a Monterrey tenía en su maleta sólo dos libros: Diablo guardián, de Xavier Velasco, y El Anticristo, de Nietzsche, los cuales apenas hojeó en varias semanas. Al llegar a una ciudad, René trata de registrar todo lo que ve o lo que le cuentan y se sienta a escribirlo. De ahí vienen sus canciones, o de viajes que hace pero a través de internet, donde suele tener hasta 20 pantallas abiertas cuando se sienta frente a su computadora.
La tocada duró casi dos horas, y entre el público, en su mayoría jóvenes con suficiente dinero para gastar más de 500 pesos en una noche de fiesta, había uno que otro cumpliendo el estereotipo reguetonero: la gorra de lado, las camisas deportivas, los pantalones holgados y el “perreo”, que puede quebrar fácilmente una cintura veterana. Había dos rubias de ojos verdes, verde brillante, verde anticongelante, que bailaban sin parar, posando a veces para que las miradas pudieran encontrar que sus blusas decían al frente “Someon’s bitch”.
Poco antes de acabar el concierto, René se despidió con un saludo de la gente de los barrios pobres “que esta noche están aquí”, y de “todos los obreros de Monterrey que vinieron”, lo cual resultaba un poco desconcertante debido al perfil nada popular de la discoteca de moda de la ciudad.
“Yo quisiera ser un día libre como ustedes, ver en mi país ondear una sola bandera y no dos”, soltó por último René, antes de tocar “Atrévete-te-te”, el reggeaton que los llevó a la fama internacional.

5. Sobre ser fokin de izquierda y tener unos Adidas que te contradigan

Todo estaba listo para el gran show en Los Ángeles, California. René Pérez bajó de una limosina y al caminar por la alfombra roja de los premios MTV Latinoamérica, se quitó el saco para enseñar al avispero de fotógrafos una camiseta que decía: “Chávez nominado Mejor Artista Pop”. Esa noche del 15 de octubre de 2009, René fue, junto con Nelly Furtado, el encargado de conducir la ceremonia que se llevaría a cabo con eventos simultáneos en la ciudad de México, Bogotá y Buenos Aires. A lo largo de dos horas, el cantante de Calle 13 se quitó y se puso una camiseta tras otra con mensajes como: “Mercedes Sosa sonará por siempre”, “Viva Puerto Rico Libre”, “Micheletti rima con Pinochetti”, “México nunca olvida el 2 de octubre de 1968” y una que causaría controversia en Colombia: “Uribe para militar bases”.
Al día siguiente del evento transmitido en la mayor parte de América Latina, la cancillería colombiana se quejó con los organizadores por la camiseta de René haciendo referencia al presidente Álvaro Uribe, obligándolos a emitir un comunicado en el que se deslindaban de las afirmaciones que había hecho René. Toda referencia al mandatario colombiano fue borrada luego de las notas de la página web oficial del evento.
Cuatro días más tarde, René envió una carta a la cancillería colombiana en la cual aclaraba que la frase de la camiseta había sido retomada de pláticas con amigos colombianos y que lo que había hecho en realidad era jugar con las palabras: “Uribe para bases militares”, ya que a él, por experiencia propia en Puerto Rico, le parecía un error que un país aceptara ser sede de bases militares extranjeras.
Por esos días, por medio de su cuenta de Twitter @calle13oficial, René contestó a algunos de los reclamos que se le hicieron. “Quiero un continente en donde exista la democracia ..y el que no le guste que me pare..yo peleo. y tengo huevos. no soy un artista pendejo”, dijo. También habló sobre su ideología política. “Soy fokin de izquierda y tengo mis Adidas bien puestas que me contradicen. Y el que no se contradiga en esta vida que me lo diga en la cara”.
Semanas después del escándalo de las camisetas, una tienda de ropa de Medellín imprimió algunas y las comercializó por medio de Facebook. Ha sido tal el éxito que en la ciudad de México y otras capitales latinoamericanas ya se venden también.

6. Sobre la Internacional Socialista que se convirtió en la música urbana latina o viceversa

René Pérez nació el 23 de febrero de 1978, y Eduardo unos meses después, el 10 de septiembre de ese mismo año. Como todos los treintañeros de hoy, ambos pertenecen a la generación del doble derrumbe, explicada por Camille de Toledo en Punks de boutique como la que vivió la caída del muro de Berlín y la de las Torres Gemelas. “A diferencia de las generaciones que nos precedieron, no teorizamos. Actuamos por intuición, sin trastocar demasiado este bonito caos en el que aprendimos a crear nuestra libertad”.
La de Calle 13 es una generación enclaustrada que ya no tiene nada que hacer porque ya hay un sistema único de gestión política, social y económica de lo humano; en el cual una megacompañía como Apple alquila a los iconos de la rebeldía como El Che Guevara, Gandhi y Bob Dylan, para su campaña publicitaria del verano. El capital digiere los márgenes contestatarios y hace que esta generación se acomode en su sillón a ver una noche en MTV a Fher, el cantante de Maná, ofreciendo el espectáculo de su rebeldía con una playera negra que lleva la estrella roja zapatista y cantando canciones de protesta sobre los desaparecidos durante las dictaduras sudamericanas. Tiempo después se vuelve a ver a Fher en la televisión, pero ahora en el noticiero oficial, regalándole una guitarra eléctrica al cuestionado presidente de México, Felipe Calderón Hinojosa, quien para legitimarse declaró una guerra que lleva más de 28 mil personas muertas en poco más de tres años.
Tom Peters, gurú del management americano, en su libro The Circle of Innovation, les dice a los nuevos artistas: sean subversivos, peligrosos, visionarios, hostiles, anarquistas, punks, yonquis. “Destruction is cool”, sintetiza. La nueva economía reconcilia la insurrección con el espíritu de libre empresa, y la sociedad de la información autoriza el ascenso de los contestatarios. En Rebelarse vende: el negocio de la contracultura, los canadienses Joseph Heath y Andrew Potter, llegan a la conclusión de que los movimientos contraculturales se han convertido en un producto más que ofrece el sistema en el mercado de consumo capitalista.
Por su ánimo combativo, algunos músicos cercanos a René y a Eduardo comparan a Calle 13 con Rage Against the Machine, banda de rap metal creada en 1990 que hizo del romanticismo insurgente, rojo, su principal característica, junto con su filiación al movimiento global inspirado en la insurrección del EZLN en Chiapas y en la mística del Subcomandante Marcos. Pero en el año 2000, los integrantes, acusados por detractores de ser terroristas del lenguaje, disolvieron el grupo. El vocalista Zack de la Rocha estaba decepcionado porque con la consagración de la banda, sentía que había dejado de ser radical.
Hace un par de años Rage Against the Machine se volvió a juntar y en junio pasado protestó por la racista ley SB1070 de Arizona.

7. Sobre si Calle 13 es al igual que Maná un grupo prohibido en su país

El amigo bloguero con el que iré este 23 de marzo de 2010 al concierto que dará Calle 13 en la Tribuna Antiimperialista de Cuba, donde Fidel Castro ha pronunciado discursos históricos, me ha puesto en su computadora el disco de Marc Anthony cantando boleros, uno de los más cotizados en el mundo musical cubano. Según mi amigo, otros discos que se mueven mucho en el raro mercado underground de este país comunista son los de Daddy Yankee, lo opuesto de Calle 13, en cuanto a estilo y filosofía musical.
A Randy (como llamaré a mi amigo bloguero temeroso de perder su empleo si doy su nombre verdadero) no le gusta Gente de zona, un grupo que presume tocar “cubatón”, la versión propia del reggeaton. Prefiere algo que es llamado aquí “el rap consciente cubano”, el cual tiene como su principal exponente a Los Aldeanos, un dueto que cuestiona la situación en la isla gobernada por Raúl Castro. Sus discos no están autorizados por la Agencia Cubana de Rap que creó hace unos años el gobierno comunista para registrar a las bandas que querían tocar ese género surgido de las calles de la comunidad negra de Estados Unidos. La música de Los Aldeanos circula  mediante grabaciones clandestinas, que cada vez son más toleradas por las autoridades, sobre todo en La Habana. Pero su música es aún marginal y peligrosa. Randy me pone dos canciones de ellos que tiene guardadas en su teléfono celular con otros nombres, por si alguna vez llega a tener problemas con la policía.
Randy no conoce a Calle 13. “Casi no se escuchan acá en Cuba, pero lo que he sabido es que han sido prohibidos en Colombia y en algunos países, como le pasó a Maná en México”, me dijo.
—No creo que Maná sea un grupo prohibido en México —le dije a Randy.
—Pues acá se dijo eso. Y yo he escuchado sus letras y algunas sí son fuertes, coño.

8. Sobre la exigencia de que los filósofos de Cuba hagan preguntas fáciles por favor

Un día antes de su concierto en el malecón de La Habana, en marzo de 2010, René y Eduardo, acompañados por su hermana Milena Pérez Joglar, fueron a la sala Che Guevara de la Casa de las Américas, para dar una charla ante músicos, poetas, escritores y estudiantes. El salón estaba a reventar y la periodista Xenia Reloba presentó a la banda para luego de anunciar que comenzarían el acto con las preguntas de los asistentes.
—Que los filósofos hagan las preguntas fáciles por favor —interrumpió René, mientras Xenia veía a quién le daba el micrófono.
—Yo amenacé a los muchachos de Calle 13 diciéndoles que había hasta filósofos  —aclaró la anfitriona, al momento que un niño pedía la palabra.
—Calle 13, ¿qué fue lo que los motivó a cantar, a hacer reggeaton y rap? —preguntó el pequeño hijo de Layda Ferrando, una productora de música cubana.
El salón estalló en risas.
—Parece simple —empezó a responder René— pero es muy complicada la pregunta. ¿Qué nos motivó a cantar? Creo que fue poco a poco. En mi caso fueron variando las motivaciones. Empecé con una idea, y con el tiempo la motivación fue creciendo y cambiando. Quizá la primera fue la necesidad.
La sesión continuó. El periodista de Cubanos en la Red Osmel Francis Turner le preguntó a René si conocía música urbana de Cuba.
—Crecí con la música de la nueva trova, Silvio, Pablo, por mis padres. Quizás eso ha influido a la hora de escribir. A Compay Segundo me lo llevé a Georgia. Un día llevé a Compay Segundo a la clase de dibujo, y ése fue el día que más lindo dibujé. Y fue difícil porque la muchacha era gordita, la figura tenía muchas cosas. Y no te miento, dibujé tan bien que a la maestra, que era de Londres, le encantó.
“He escuchado a Los Aldeanos, a Los Orishas —me tienen que dar más de ellos porque no es fácil encontrarla— aunque hoy me dieron un paquete de música, pero quiero oír más música urbana”.
La sesión siguió. René habló sobre el uso de las redes sociales como una táctica para hacer crecer a Calle 13. Al acabar su explicación, un joven de mirada seria pidió la palabra.
—¿Aquí en Cuba cómo revisas el Twitter? —preguntó, haciéndose después un silencio en el lugar.
—Cuba es tan bonita que no me interesa revisarlo —respondió rápidamente René.
Y la banda recibió la ovación más grande de la mañana.

9. Sobre comprar carne de res y ser rebelde

Además de la censura en las disqueras y radiodifusoras de música como la de Los Aldeanos, la organización de tocadas para ciertos grupos se vuelve toda una odisea en Cuba. Unos días antes del concierto de Calle 13, Gorki Águila, cantante de Porno para Ricardo, otra banda cuya música está prohibida en la isla, me contó la forma en que habían tenido que organizar ellos su más reciente tocada —un año atrás— en una cueva de las afueras de La Habana, a donde sólo acudieron 40 personas a escucharlos. “Lo que pasa es que en la misma medida en que tú das más promoción, es en la misma medida en que tienes más riesgo de que el concierto no se dé. Entonces nosotros tenemos que hacer un equilibrio ahí súper raro. Empezar a citar a la gente casi el mismo día del concierto. Tratar de correr la voz y de no hacerlo tan masivo, porque en la medida en que sea más masivo, es en la misma medida que se filtra más rápido para que te lo frustren, con respecto a la policía y todo eso”.
A la cavidad donde Porno para Ricardo hizo su concierto clandestino se le conoce como La Cueva del Gato. “Nos pareció ideal cuando la vimos la primera vez. Tú vas caminando y tú no ves realmente ninguna cueva, hasta que entras por un hueco que está al mismo nivel del piso”, explicó.
La plática con Gorki había sido en la casa de Ciro Ávila, el guitarrista del grupo que vive por el barrio de Vedado. En la sala donde charlábamos había un póster de estilo soviético que decía ppr (Porno para Ricardo). Era una burla del emblema del Partido Comunista Cubano y en lugar de El Che, Fidel y Antonio Mella, aparecen tres de los integrantes de Porno para Ricardo. El lema original parodiado era “Estudio, fusil y trabajo”, pero los músicos lo habían cambiado por: “Fiesta, drogas y sexo”.
Ante la provocadora imagen, me puse a hablar entusiasmado acerca de Calle 13 y su rebeldía, hasta que noté cierto malestar en el rostro de Gorki.
—¿O qué significa ser rebelde hoy en día en Cuba? —pregunté.
—Comprar carne de res en la calle, eso es ser rebelde aquí.
—¿Comprar qué?
Gorki soltó una coz antes de seguir hablando.
—Carne de res en la calle. Eso es ser rebelde en este país. Sobrevivir es ser rebelde en este país. Cuando tú sobrevives, tú estás en contra de las leyes de este país, porque casi todo es ilegal, tú no puedes hacer nada. Para sobrevivir aquí en el país, tú tienes que tratar de inventarte un negocito, que por supuesto es ilegal, tratar de comer también lo es. Y bueno, ser creativo es ser rebelde en este país.
“Lamento decirte que Calle 13 aquí en Cuba no tiene nada de rebelde. Lo más oficial que hay aquí para una banda alternativa es la Tribuna Antiimperialista donde ellos van a tocar”.

10. Sobre balas y flores recibidas en un mismo corazón

“La perla”, un candombe uruguayo con muchas voces y una letra sobre la vida en un barrio popular, grabada originalmente con Rubén Blades, es la canción que más enciende a las 200 mil personas acomodadas a lo largo del malecón habanero para bailar. La tocada ha comenzado a las cinco de la tarde con Kelvis Ochoa, bien recibido cantante cubano que parece tener una voluntad de hierro y toca desde conga hasta baladas. A las seis de la tarde sale Calle 13. La orquesta es impresionante: casi 30 músicos encima del escenario, para este evento donde hay más bocinas que en la conmemoración anual de la Revolución Cubana, una de las grandes epopeyas de Latinoamérica.
René salió a dar el concierto con una camiseta que al frente tenía la foto de un joven de ondulado pelo negro y bigote ancho, mientras que en la espalda se leía la frase “recibimos flores y balas en un mismo corazón”.  El hombre de la imagen es Carlos Muñiz, un cubano asesinado en San Juan de Puerto Rico, con dos balas calibre .45 el sábado 28 de abril de 1979. Muñiz tenía sólo 26 años de edad, cuando un coche chocó contra el que él iba conduciendo sobre la avenida California, en el barrio de Guaynabo. Tras descontrolarse por el impacto, el vehículo que lo perseguía se acercó por un costado y desde el cual el copiloto disparó. Una de las balas le dio en una cervical e hizo que perdiera el control del coche, volcándose. Ya malherido, el piloto del otro auto se bajó y le disparó en la frente, destrozándole el cerebro. El crimen de Muñiz Varela, considerado “mártir de los emigrantes cubanos”, fue realizado de acuerdo con los servicios de inteligencia del gobierno de Fidel Castro, por el grupo terrorista Omega-7, por el cual pasaron criminales cubanoamericanos como Orlando Bosch y Luis Posada Carriles, autor intelectual confeso de un atentado el 6 de octubre de 1976 contra una aeronave de Cubana de Aviación que volaba de Venezuela a la isla, con 73 pasajeros que murieron a causa del ataque, impune hasta la fecha. Según la inteligencia cubana, la razón del asesinato de Muñiz fue su papel de mediador entre los emigrantes cubanos y la isla, por medio de la empresa Viajes Varadero y de una brigada que llevaba el nombre de Antonio Maceo.
Muñiz Varela era amigo de Reinaldo Pérez, el papá de René, quien era un inquieto bebé cuando el joven activista cubano radicado en Puerto Rico fue asesinado. Un hijo de Muñiz Varela, también llamado Carlos, emprendió hace tres años una nueva lucha para exigir que se castigue a los asesinos de su padre, los cuales, asegura, son protegidos por el fbi. Ante la presión de la campaña que ha contado con el apoyo de Calle 13, el gobernador de Puerto Rico solicitó de manera formal al fbi el expediente del caso, pero la agencia no ha entregado nada hasta la fecha.
Cuando la tarde declinaba, el concierto de René y Eduardo terminó y un relámpago de euforia recorría todavía el malecón, donde algunos grupos de jóvenes se pusieron a beber ron junto al mar o a coquetearse en medio del olor a salitre y la sombra violeta de las olas. Cerca de ahí, en El Gato Tuerto, emblemático y oscuro bar de la trova cubana, en el que César Portillo de la Luz y Pablo Milanés tocaron y se volvieron famosos, son pocos los que ocupaban las veinte mesas de la congelada planta baja. El aire acondicionado estaba al máximo nivel y el rostro de un gato con un parche en su ojo izquierdo daba la bienvenida. En la mesa más cercana al pequeño escenario estaba un mexicano rico y calvo con su jovencísima y hermosa novia cubana, acompañados por la mamá de ésta; en otra había tres mujeres de Costa Rica, pasadas de los cuarenta años que quizá nunca volverán a ser tan jóvenes como en esa noche. Dos italianos y un estadounidense bebían cerveza Bucanero en la barra. La velada siguió por horas, entre un pianista triste y cantantes de boleros con la voz ronca y aliento a brandy que bebían su trago entre canción y canción. Está bien ser sobrio, pero hay que serlo con moderación. De noche hay otra vida.
A las tres de la mañana, El Gato Tuerto parecía estar a punto de cerrar sus puertas para que dejara de circular el aire melancólico de esa noche. En eso, una veintena bandolera de músicos jóvenes, los de la orquesta y coros de Calle 13 entraron al sitio. Venía también Ileana Joglar, quien apenas llegó, se subió a cantar una lenta melodía junto a la mulata de voz portentosa que cantaba en ese momento. Todo El Gato Tuerto se reanimó y concentró su atención en ella y, a mitad de la canción, René subió también, pero para intentar sabotear la entonación de su hermana, quien estaba vestida de camisa y pantalón negros, con el pelo amarrado. El siguiente en hacerlo fue el cubano Kelvis Ochoa. René volvió a subir luego a la tarima pero no para cantar, sino sólo para saludar a la cantante del sitio, después agarró su trago y se fue a la cabina a poner la música de la fiesta de locos que acabó a las seis de la mañana.

11. Sobre intelectuales leyendo libros, sintiéndose bien, en cafeterías de San Cristóbal de las Casas, Chiapas

A finales de 2009, René hizo un viaje a Chiapas para conocer directamente lo que estaba haciendo el EZLN en las miles de hectáreas de tierra que ocupó a la fuerza a partir de su alzamiento armado en 1994, y que organizó en 2003 mediante cinco sedes gubernamentales, nombrados caracoles, donde rige un autogobierno bajo el lema “Mandar obedeciendo”.
Acompañado por su hermana Ileana y el baterista de la banda, René agarró carretera en el DF, rumbo al sur, en un coche prestado. Al llegar a San Cristóbal de las Casas fueron recibidos por un amigo rapero que, como mucha gente de México y de otros lugares del mundo, había llegado en años recientes a esa ciudad colonial a vivir de algún modo el sueño zapatista.
Su amigo rapero era novio de una chica de Noruega que colaboraba con la Junta de Buen Gobierno de Oventic, uno de los cinco centros políticos creados por el grupo rebelde que, antes de pasar de moda entre los círculos progresistas, fue motivo de inspiración, lo mismo para Joaquín Sabina que Manu Chao. El conocimiento que la chica noruega tenía sobre los protocolos zapatistas permitió que, al poco tiempo, René y comitiva fueran recibidos por los indígenas de la Junta de Buen Gobierno de ese caracol.
Al llegar a Oventic tras recorrer un camino sinuoso y neblinoso por Los Altos de Chiapas, René se sorprendió del nivel de organización que había en el pueblo zapatista y pidió permiso para conocer la escuela y la humilde clínica construida con el apoyo de personas y organizaciones de diversos países del mundo. Pero no pudo estar el tiempo que quería, porque de repente se sintió enfermo y mareado. A causa de eso, la comitiva tuvo que partir de ahí ese mismo día.
Sobre San Cristóbal de las Casas, el lugar donde permaneció la mayor parte del tiempo, René pensaba en esos días: “Me gusta este sitio: con su gente buena que quiere ayudar, sus intelectuales leyendo libros, sintiéndose bien, tomando café en los equivalentes a Starbucks”.

12. Sobre coger por el culo a una amante y coger todas las ventajas que haya a tu alrededor

Eduardo Cabra le prestó su memoria portátil al asistente de los Calle 13 para que la metiera en la Mac blanca que traía, y yo pudiera escuchar “Latinoamérica”, una de las canciones que vendrán en el nuevo disco de la banda, programado para salir en octubre de 2010. Mientras escuchaba la canción con unos audífonos, Eduardo y René platicaban con empleados de Sony, su disquera.
Estábamos en un camerino tamaño celda de la Academia de Artes Visuales de la ciudad de México, donde minutos antes se había llevado a cabo la sesión de fotos para la portada de Gatopardo. La tarde de ese jueves 26 de agosto de 2010, René y Eduardo habían terminado de filmar en un suburbio de la ciudad el video de otra de las canciones que vendrán en el nuevo disco, “El baile de los pobres”, dirigido por Diego Luna. Otros títulos que vienen en el nuevo disco son “Vamos a portarnos mal” y “Calma pueblo”, el primer sencillo del disco, donde René versea como arroyo crecido:

Yo uso al enemigo
a mí nadie me controla,
Le tiro duro a los gringos
y me auspicia Coca Cola.
De la canasta de frutas
soy la única podrida.
Adidas no me usa,
yo estoy usando Adidas.
Mientras bregue diferente,
por la salida entro.
Me infiltro en el sistema
y exploto desde adentro.
Todo lo que les digo
es como el Aikido.
Uso a mi favor
la fuerza del enemigo.

Cuando terminé de escuchar la canción que me puso, una pieza que mezcla sonidos latinoamericanos y cantos por la libertad, le pregunté a René si su nueva canción es, de alguna forma, resultado artístico o musical de la fiebre política que ha recorrido el continente en la última década, con presidentes latinoamericanistas como Evo Morales en Bolivia, Hugo Chávez en Venezuela y otros más de la región.
—Nosotros colaboramos con reforzar la identidad latinoamericana. Y es un poco gracioso, porque estaba hablando con un argentino que está trabajando con nosotros y él decía: “Mira, tuvo que venir un puertorriqueño para hacer un tema de Latinoamérica como éste”. Me parece chévere desde ese punto de vista. No es que formemos parte del folclor latinoamericano, porque se oye como una disciplina. Lo que hacemos es otro tipo de disciplina musical y de letra, pero sí, creo que hicimos una canción que será representativa a nivel latinoamericano por algún tiempo, pues hace mucho que no se hace. El tema fue interpretado por Mercedes Sosa y toda esa bola de nueva trova que salió en esa década, setentas, ochentas y no se oyó casi nada. La fuerza que tiene ahora lo nuestro es quizá la de los medios, que en el momento, un tema así es cantado por el grupo que hace un año estaba en los MTV.
Antes de hacer la entrevista en forma, el tema de México salió a relucir. Les conté un poco sobre el impune siniestro de la Guardería ABC en Hermosillo, Sonora, donde murieron 49 niños, se conmovieron, y luego ellos sacaron el tema de la violencia por la guerra del narco. “México parece que está en la época medieval”, dijo René, quien dice haber visto algunos de los infames videos sobre su “trabajo” que suben a YouTube los crueles sicarios. Los Calle 13 están a favor de la legalización de la mariguana, la heroína y la cocaína. “Se perdería el negocio de los narcos. Perderían todo, tendrían que vender otra cosa”, dijo René.
Les conté también que antes de verlos, pedí por Twitter que me recomendaran preguntas y fueron dos las que más me pidieron. La primera es saber si el aguacate sirve para tener nalgas de catorce kilates, como dicen en una de sus canciones. Eduardo responde: “Yo no tengo y como aguacate, así que no es real”. La segunda pregunta que me pidieron es si tienen pensado en buscar un cargo político.
—En la cuestión política no creo. Hay más posibilidades de que me meta al cine o a hacer cosas relacionadas con el arte —contestó René.
—¿Hasta donde están ustedes dispuestos a usar su plataforma para exigir la independencia de Puerto Rico? —pregunté.
—Creo —tomó la palabra René— que es más bien un proceso de concientizar a la gente allá de que mucha se eduque. No estoy diciendo que soy el más educado, porque no lo soy, pero tengo mi educación y con eso puedo batallar, pero allá el principal problema es la desinformación y el miedo. Ellos piensan que si Puerto Rico es independiente se va a hundir la tierra. Hay gente que piensa que como estamos, estamos bien. Sé que hay gente que tiene otro tipo de prioridades y que no tiene vergüenza. A mí sí me da vergüenza la situación del país.
—¿Qué te da vergüenza?
—Es como tener a un país que está encima de ti y estamos mamándole un huevo a ese país. Estados Unidos no nos quiere, a ellos les da lo mismo, sólo nos sacan el jugo. Es como que ellos ya tienen una esposa y nosotros somos “la chilla”, la amante. Nos cogen cuando nos quieren coger y nos cogen por el culo. No hay una gran preocupación sobre los intereses del país ni nada. Yo veo eso, de verdad que no es por mis ideales, es que no les importa y aunque trato de sacar el orgullo al carajo, es obvio que no les importa. En Puerto Rico les gustan las propuestas musicales que no dicen nada. Me sería tan fácil no decir nada ahí, cantar estupideces, eso sería demasiado fácil. Hubiese conseguido que Adidas y Coca-Cola me patrocinaran tres años atrás y yo poder usar esos patrocinios a mi favor, porque yo no voy a dejar que esos huevones que no piensan y cantan, compitan conmigo con todas las ventajas. Yo voy a coger todas las ventajas que hay a mi alrededor.

13. Sobre ser gay y querer ocultarlo con una novia

La entrevista en forma con los Calle 13 finalmente comenzó. Alguien del equipo recomendó conseguir vodka con strawberry, la bebida preferida de René quien, sin embargo, apenas toma un trago.
—¿Los convence la izquierda que gobierna Bolivia, Venezuela y demás países de Latinoamérica?
—Me convence —dijo René— en algunos aspectos y en otros no. A nivel de ideal sí, pero de funcionamiento en algunas cosas no. Por ejemplo Cuba, es un misterio, pero fuimos y descubrimos cosas buenas y malas.
—En el momento que ustedes fueron había tensión por la muerte de Orlando Zapata y por la huelga de Fariñas. ¿No pensaron que podían estar siendo usados por el gobierno?
—Pudiese ser… Nosotros estábamos invitados desde hace un año y no sabíamos que eso iba a pasar. Igual lo hicieron así.
—¿Ustedes defienden la causa cubana?
Eduardo, que masca un chicle, es ahora el que responde.
—Que 80 tipos se hayan montado a un barco y hayan liberado a un país completo es admirable. Pero cuando la izquierda se convierte en nebulosa, como que me da la sensación de que se convierte en derecha y no sé qué está pasando en Latinoamérica en ese aspecto, pero la revolución tiene unas cosas admirables.
—Dejar —habló René— por mucho tiempo a un mismo gobernante fue un error porque pierde credibilidad, y si tú lo que quieres es incluir, si quieres que la gente de derecha cambie, no se van a ir. Dejan a un tipo gobernante 20, 30, 40 años. Nadie quiere eso, yo tampoco quiero eso: quisiera que con lo bueno y malo de Chávez se le diera la oportunidad a otra persona. Aunque (Juan Manuel) Santos es sucesor de Uribe, no luce mal ante el ojo público. Uribe quería la reelección y le dio la oportunidad a Santos, eso hasta cierto punto debería pasar igual.
—¿Ustedes son de izquierda?
—¿Que te puedo decir? —continuó respondiendo René—. Mi familia es de izquierda, yo como que tengo mis movidas, porque la izquierda que está funcionando actual, quizá no es la izquierda que está funcionando mejor. Ahora mismo yo no me voy con ningún presidente y me he reunido con muchos, pero me desanimo. Me gusta el principio de que no haya una pirámide, de hacer algo diferente porque en verdad el mundo está jodido y creo que hay que buscar alternativas. ¿De derecha?
—¿Qué piensas sobre la derecha?
—Mmm… Vivo en un mundo de eso, no creo, pero vivo en un sistema de derecha y funciono como un ciudadano que vive en ese mundo porque trabajo, me gano la plata, vivo mejor que otras personas, tengo lujos ¿entiende? Es como un gay que tiene que estar con una novia, pero es gay. Eso mismo: estoy casado con la derecha, pero en verdad quisiera probar otras cosas.
—¿A qué presidentes latinoamericanos han conocido y qué les ha parecido la experiencia?
—Conocimos una vez a Correa, fue muy rápido. Conocimos a Chávez y habla bastante, me pareció un tipo bien. Me gustaría conocer a Uribe. No tengo problema con conocer a ninguno, la realidad es que no soy amigo de ninguno, ni voto por ninguno, ni votaría por ninguno. El compromiso que tenemos, no sé cuánto tiempo va a durar, porque de momento estoy cantando este tipo de música y esto es algo que lo estoy haciendo porque quiero, porque nadie lo va a hacer. Vicentico no lo va a hacer, ni Cerati ni un montón de músicos. Lo estoy haciendo porque estoy viviendo ese rol. El día que me canse colaboraré a puerta cerrada, no me interesa que nadie se entere. Ahora lo estoy haciendo y como lo estoy haciendo no me interesa ser amigo de ninguno, sino de la gente y que ésta confíe de que si yo voy a hablar con un presidente es porque le voy a tratar de exponerle qué está pasando. Es un rol que me cayó poco a poco, y que he asumido con gusto. No era la idea tampoco.
—¿Cuál era la idea?
—Hacer música, tocar, divertir a la gente, conseguir chicas, la idea de cualquier persona, pero cada vez todo fue más fuerte.

“No sé si irme a esquiar a Las Leñas, pasar el fin de semana en Nueva York con mi amigo Tobin o directamente irme a la mierda, aunque tampoco sé bien dónde queda”, gruñó Sean Paul Langan.

Tenía un café con leche en la mano, tres churros de chocolate esperándolo en el plato y un malhumor insoportable. Era una helada tarde de julio de 2002 y Langan, en ese primer encuentro en la cafetería del Hotel Castelar de Buenos Aires, creía tener muy buenas razones para estar furioso: había pasado cuatro meses en la capital argentina filmando a piqueteros, caceroleros, funcionarios, políticos, enviados del Banco Mundial y del FMI, pero no tenía claro cómo continuar su documental. Desde su oficina en Londres lo taladraban con ultimátums y se había peleado con casi todos sus jefes. Había llegado unas horas tarde al golpe de Estado contra Chávez en Venezuela y ahora estaba harto de todo. Él mismo incluido.

Langan tiene 38 años, pero no siempre. Después de las diez de la noche, en las veladas largas, cuenta sólo hasta 34 ó 36. Es canoso, parlanchín, paranoico, chistoso, egocéntrico y de una rigurosa impuntualidad. Más de diez veces sus ocasionales entrevistados -entre ellos algunos presidentes- le habían repetido la misma frase: “Como usted es inglés, lo esperamos con algunos minutos de antelación”. La impuntualidad, replica él, tendrían que rastrearla en su árbol genealógico: madre portuguesa y padre irlandés. Tiene, eso sí, algunos toques muy ingleses: ser un clásico antihéroe y un generador de situaciones absurdas. En una fiesta de lo que él llama “el ambiente groovie de Londres”, Mick Jagger se acercó para conocerlo y averiguar qué estaba preparando. Langan respondió que una serie documental sobre América Latina, y agregó una pregunta poco afortunada: “¿Y tú qué haces?” “Canto”, le contestó Jagger.

En los últimos cinco años Langan ha estado realizando documentales para la BBC. Empezó con los video-diaries: la TV estatal proporcionaba cámaras pequeñas y fáciles de manipular para que soldados, amas de casa u otra gente de a pie se animaran a filmar sus vidas. Langan pidió una cámara sin saber usarla. Lo suyo, durante los diez años anteriores, había sido el periodismo gráfico: escribió en The Guardian, fue corresponsal en la ex Unión Soviética para The Independent y trabajó como free-lance reporteando sobre nuevas tendencias y haciendo crónicas de viaje.

La BBC le dio a Langan unos pocos dólares para que contara la historia de unos rehenes en Cachemira, la región que comparten -o se disputan- la India y Pakistán. Su documental fue muy elogiado por la prensa. Después vino una serie sobre el Islam. Estuvo en Irak, Israel, la franja de Gaza, Egipto, Pakistán otra vez, y Afganistán. Las dos horas de Té con los talibanes le dieron notoriedad, y más aún a partir del 11 de septiembre de 2001.

Después de los ataques a las Torres Gemelas, la BBC y el Canal 4 de Londres se peleaban por los servicios de Langan. El Canal 4 llegó más lejos con su propuesta económica: 600 mil dólares por tres episodios de 48 minutos cada uno. Aunque el tema que él les propuso no los convencía -el impacto de la globalización en América Latina, un viaje desde la crisis argentina hasta los “mojados” que cruzan de México a los Estados Unidos-, lo querían a él. Langan vio por televisión la caída del presidente Fernando de la Rúa y se rió en voz alta de la cobertura que le dieron al hecho las cadenas internacionales:

-De las protestas en la Argentina -explica-, el público europeo sólo recibió imágenes de actos violentos protagonizados por marginales. Pero lo primero que yo vi, frente a la puerta de un banco, fue a una señora con anteojos Gucci que abría su cartera Christian Dior, sacaba un aerosol y prolijamente escribía “chorros” en el frente. No comparto la idea de que a los jóvenes no les interesa la política. El tema es que se sientan tratados como personas inteligentes.

Lo primero que le impresionó de la Argentina fue que los taxistas, los viejitos de las plazas y hasta las señoras que limpiaban su cuarto en el hotel supieran el nombre de las autoridades del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional. En Londres solamente los economistas especializados saben quiénes son.

Langan hizo guardia en el Sheraton de Buenos Aires hasta encontrarse cara a cara con el indio Anoop Singh, enviado del FMI. Al saber que se trataba del Canal 4 de Londres, Singh fue todo lo simpático que no había sido con los periodistas argentinos. Y dejó de serlo apenas oyó la primera pregunta: “¿Por qué los argentinos deberían escucharlo, si el FMI no ha resuelto la crisis de Indonesia y, muy por el contrario, profundizó la recesión?” Singh respondió, primero, con un largo silencio. “Lo hablaremos en su momento”, remató.

Más incómodos se mostraron otros funcionarios del Banco Mundial y del FMI, a quienes Langan sorprendió después de un excursión de compras por uno de los centros comerciales de Buenos Aires: “Qué buenos precios hay aquí, ¿no?”, les dijo. “Sí”, contestó feliz el que lucía un sombrero de cuero marrón y una bolsa con regalitos.

Les pidió el nombre de tres argentinos famosos. “Gardel y Maradona”, dijo uno. Otro reprendió a su compañero: “Vas a perder tu trabajo si hablas con la prensa”. Un tercero, argentino, dejó mudo al documentalista inglés: “Susana Giménez”.

Más tarde, en un bar, Langan entrevistó a uno de los responsables para América Latina del Banco Mundial. El diálogo fue tenso y artificial. “¿La pobreza es un cliché?”, preguntó el documentalista, esperando un “no” rotundo. El funcionario dijo: “La pobreza es un cliché. Efectivamente”.

Con un churro en una mano y uno de sus cincuenta cigarrillos diarios en la otra, Langan me confesó, en nuestro encuentro del Hotel Castelar, que con su documental quería demostrar que la pobreza, precisamente, no es un cliché.

“Debemos seguir el viaje de Ernesto Guevara en moto, el que hizo en los años 50, y después se nos va a ocurrir qué hacer”, propuso.

Encendió su cámara en un hospital de Bariloche donde no había ni siquiera gasas. Filmó caras hambrientas alrededor de las ollas populares de La Matanza, en las afueras de Buenos Aires. Después quiso viajar hacia el norte argentino. “¡Estos es Kabul, estos es Kabul!”, diría excitado tiempo después. Recorríamos un asentamiento de chozas de lata en las afueras de Salta, donde los niños miran dibujitos de South Park colgados ilegalmente del cable, los adolescentes se matan jugando a la ruleta rusa y los viejos se pelean con los perros por restos de comida a medio podrir: “¿Dónde está el Estado?”, se preguntó Langan arriba de una montaña de chatarra, desperdicios y mierda. “¡¿Dónde está el maldito Estado?!”, volvió a gritar. Langan es hijo del thatcherismo inglés. Votó por Tony Blair y sentía cierta afinidad con el neolaborismo, pero nuestro viaje lo radicalizó: terminó furioso con los Estados Unidos, con los organismos de crédito inter-nacionales, con las grandes corporaciones y con la famosa “globalización”, una de las palabras que más le escuché pronunciar. En uno de los dos intervalos de nuestro viaje, voló a Londres para el nacimiento de su primer hijo: le puso Luc Che Langan. Tony, jamás.

Después de Salta cruzamos a Oruro, Bolivia, en un tren que atravesó 500 kilómetros en dieciocho horas. Nos recibió el estruendo de los cartuchos de dinamita. Los mineros se habían tomado la ciudad reclamando por la renacionalización de las minas de Huanuni. Protestaban contra la empresa inglesa All Ideals porque ésta no había cumplido todas las promesas que les había hecho años atrás, y porque -según sus detractores- se había llevado las enormes riquezas naturales del distrito minero a cambio de casi nada. Un buen negocio.

“¡Muerte al gringo!”, aullaron los mineros al ver a Langan. Le escribí apresuradamente una frase en español para ayudarlo a disuadir a eventuales agresores: “Vine aquí para conocer su lucha”. Langan casi no habla el español y en los primeros dos intentos se confundió: “Vine acá y no luchan”, farfulló. No pasó nada, pero el inglés se ofendió cuando no lo miraron a los ojos al estrecharle la mano.

“Queremos que haya mil Bin Ladens”, nos dijo sin arrugarse un dirigente minero que admiraba a León Trotski. Esa frase del trabajador boliviano hizo que invitaran a Langan, un par de meses después, al talk-show de Oprah Winfrey -el más visto de la televisión estadounidense-, que esa noche planteaba una pregunta inquietante: “¿Por qué nos odian tanto a los norteamericanos?”

Sean Langan no volvió muy contento del talk-show, porque le dieron poco tiempo para hablar y le negaron un boleto en business-class. “Los mineros fueron más hospitalarios”, refunfuñó al saludarme. En Oruro terminamos festejando la nacionalización de las minas entre petardos, alcohol y hojitas de coca compartidas con los trabajadores. Competimos, Langan y yo, por el cariño de una mujer minera que lucía dientes de oro, pero ella prefirió al mejor amigo que Osama tiene en Oruro.

La ruta del Che Guevara, en todo caso, pasó al olvido cuando Langan se topó con un dirigente cocalero que disputaba voto a voto la presidencia de la república: Evo Morales, líder del Movimiento Al Socialismo (MAS). Un mes antes, el entonces embajador de Estados Unidos en Bolivia, Manuel Rocha, había dicho que, si Morales ganaba, Washington suspendería toda ayuda a los bolivianos. Evo le respondió a Rocha con un regalo: unas hojitas de coca para que masticara en los festejos del 4 de julio, día de la Independencia de los Estados Unidos.

Cuando llegamos a La Paz, Morales nos atendió en el bar del Torino, un hotel de mochileros de tres o cuatro dólares la noche. A la mañana siguiente le propuse que fuéramos a la puerta de la embajada de los Estados Unidos para grabar la entrevista.

-¿Nunca fuiste a la embajada? -le pregunté.

-No -dijo él.

Morales perdió la elección en el Congreso. El líder cocalero se transformó entonces en el principal opositor a Sánchez de Lozada, quien el 17 de octubre de 2003 renunció a la presidencia de Bolivia ante una rebelión popular que golpeó las puertas del Palacio Quemado en protesta por un paquete de estrictas medidas de ajuste y por la venta del gas a los Estados Unidos vía territorio chileno. Horas después, el impredecible Hugo Chávez llegaba a La Paz invitado a la asunción del mando de Gonzalo Sánchez de Lozada. El presidente venezolano alentó a Morales en el breve encuentro que tuvieron a pocos centímetros de la incansable cámara de Langan: “La revolución lleva tiempo, tienes que tener paciencia. Para hacer una revolución hay que tener paciencia”. Y acto seguido citó la Biblia.

Juan del Granado, alcalde de La Paz, nos presentó a Chávez en una reunión convocada en su oficina. El jefe de Estado no vaciló: “Los invito a Venezuela”, nos dijo, “vénganse lo antes posible a Caracas”.

Langan estaba impaciente: decidió volar de La Paz a Miami y de Miami a Caracas para llegar cuatro horas antes que haciendo lo que era una combinación más sensata: La Paz-Lima y Lima-Caracas. Tenía miedo, claro, de perderse un golpe de Estado. Así, llegamos a una Venezuela quebrada implacablemente entre chavistas y antichavistas.

El último sábado de agosto de 2003, el líder habló ante cien mil personas en uno de esos actos maratónicos que lo caracterizan. Después del discurso, a las ocho de la noche, entró al salón Sol del Perú del Palacio de Miraflores, donde Langan y yo lo esperábamos para la entrevista formal.

-Hola, muchachos, disculpen la demora -dijo Chávez, y pidió un “negrito”, el café cargado que junto a las duchas rápidas y los caramelos de coco lo mantienen trabajando sin pausa de lunes a domingo, hasta las dos o tres de la mañana.

Nos sorprendió el despliegue de seguridad que funciona, incluso, dentro del palacio de gobierno. Hasta la latita de Coca-Cola de Langan fue analizada por el responsable de detectar explosivos.

Langan quiso preguntarle a Chávez sobre sus referentes internacionales, ya que ése ha sido un terreno accidentado para el presidente venezolano: en China dijo que su revolución era la hermana menor de la de Mao; después elogió a Fidel y a Gadafi, y alguna vez declaró sentirse cercano a Blair.

-¿De quién se siente realmente cerca, presidente?

-Cada revolución tiene sus particularidades. Nosotros nos sentimos la hermana menor de la de China. En lo social, la nuestra tiene objetivos muy parecidos a la revolución cubana, como elevar los niveles de salud, educación y deportes. Nuestra revolución es un camino propio para romper con el neoliberalismo y presentar un camino alternativo, después de la caída del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética.

-¿Qué posición deberían adoptar los estados latinoamericanos en relación a los planteos del FMI y otros organismos de crédito internacionales? -le pregunté.

-No creo ser yo el más indicado para dar sugerencias.

-¿Pero qué piensa?

-Te hablo por Venezuela. Nosotros recibimos misiones del FMI y del Banco Mundial. Nosotros oímos, analizamos, pero como gobierno soberano no aceptamos sus recetas. Elaboramos nuestras propias recetas para nuestros males. Porque nadie mejor que nosotros va a conocer las raíces y las causas de nuestros males.

Langan dice que a él no le gustan las entrevistas formales. Que no sabe preguntar ni -mucho menos- repreguntar. Le gustan los momentos distendidos, como cuando el presidente practicó su inglés con él. O cuando, después de la entrevista, nos invitó a Los Roques, una versión venezolana del paraíso.

-Vénganse conmigo al “Aló, Presidente” -dijo Chávez, refiriéndose al programa televisivo-radial que cada domingo conduce en distintos lugares del país.

Ese domingo se transmitió desde el estado de Trujillo, en los Andes venezolanos. El gobierno instaló el miniestudio de televisión en medio de un ingenio azucarero perteneciente a un gallego fascinado por la revolución bolivariana. Miles de personas se agolparon en las rejas de entrada. “Alerta, alerta, alerta que camina/ la espada de Bolívar por América Latina”, cantaron hasta quedar roncos. El presidente habló durante cinco horas, atendió llamados de los oyentes, y al recibir a una delegación progresista de San Francisco cantó Imagine de John Lennon. Presentó el trabajo de sus ministros y disertó sobre las características del jugo de la caña de azúcar.

Del ingenio al aeropuerto, miles de chavistas lo acompañaron en una caravana interminable. En la pista de aterrizaje lo esperaban soldados formados -algunos camuflados- y oficiales del ejército. Chávez se dio un rato largo para saludarlos uno por uno. En una pequeña libreta tomó apuntes. En la pista lo esperaba también su flamante airbus: en su interior tiene un dormitorio que ha despertado las más variadas fantasías de los antichavistas, un business-class con una acuarela de Bolívar, y una clase turista para treinta personas donde predomina la cuerina blanca, con detalles en dorado. El airbus bolivariano tiene un cierto aire saudí, por así decir. Y ahí viajamos.

Antes de despedirnos, le hice al presidente la última pregunta:

-Hace unos días usted dijo que se quedaría hasta el 2013. ¿Por qué quiere quedarse tantos años más?

-¿Por qué? Bueno, no es que yo quiera. Siento que es una obligación. Además, es una posibilidad que está en la Constitución. Tenemos que trabajar muy duro hasta el 2006, nos quedan cuatro años. Estamos haciendo el piso, hay que construir las paredes de la nueva casa, de la nueva patria. Entonces vendrán seis años más, y entregaré el poder en el 2013. Y en el 2013, Dios sabrá, pero yo no tengo la obsesión de ser presidente. Ya te lo he dicho: soy un soldado y un servidor público.

Sean Langan ha leído a Graham Greene, y quiso saber -desde que llegó a América Latina- qué hay detrás de las embajadas de los Estados Unidos. O, mejor dicho, si es cierto que las embajadas están detrás de casi todo, como había leído en sus libros de izquierda.

Dos días después del segundo encuentro con Chávez, conocimos a un funcionario de segundo nivel de la embajada de los Estados Unidos en Caracas. Fue en el Centro San Ignacio, un shopping en Altamira. Los antichavistas compran allí durante el día y en la noche atiborran bares y restaurantes para divertirse. Era un funcionario treintañero, de anteojos y sonrisa fácil, que se parecía bastante al entrevistador peruano Jaime Bayly. Al quinto Cuba Libre hizo su catarsis:

-Nos equivocamos al elegir a Carmona para el golpe -de abril de 2002, un fracaso-. Nosotros queremos solamente que el capitalismo funcione aquí, que los venezolanos puedan hacer dinero de buena ley. Pero a veces este país es tan bananero Todos ellos -señala a los clientes del San Ignacio- se merecen a Chávez por treinta años más.

En nuestro último día en Caracas, nos instalamos frente a la puerta de la embajada. Langan pensaba hacer un chiste a cámara sobre los norteamericanos. Ni bien pisamos la cuadra, nos rodearon cinco agentes de seguridad. Después llegó un funcionario del Departamento de Defensa montado en una scooter. Sonriendo, Langan le dijo:

-Sólo quería decir que en este lugar se preparó un golpe de Estado.

El funcionario se rió.

-De todos modos, éste es un país libre y puedo filmar -siguió el inglés.

-Es un país libre por el momento -“right now”, dijo el estadounidense.

Había sido otro funcionario de la embajada, aquella vez en La Paz, quien nos dijo, off the record, lo que la Administración Bush deseaba para este continente: “Queremos gerentes, viene la ola de gerentes. Como Fox, como pudo haber sido Carmona, como puede ser Sánchez de Lozada. En algunos años más los políticos tendrán que buscar empleo”.

Envalentonados por esta cadena de episodios con funcionarios estadounidenses, pedimos a la embajada en La Paz una entrevista con el entonces embajador Rocha. La respuesta, enviada por fax a Londres, fue graciosa: se lee una anotación favorable sobre el pedido de entrevista -“suena interesante”, dice-, pero está tachada, también a lápiz, con un lapidario “olvídenlo”.

Y lo olvidamos.

Meses después, y antes de empezar la tercera parte del documental -Honduras, Guatemala y México-, Langan expresó su perplejidad frente a la cámara:

-Ninguna embajada de los Estados Unidos me concedió una entrevista, los miembros del Banco Mundial y el FMI no me dan la información que les pido. Tampoco sobre el Plan Puebla-Panamá. Todas estas instituciones pertenecen al Occidente de los valores democráticos, pero en la práctica las veo demasiado lejos de esa palabra.

Apagó la cámara y me preguntó: “¿Tú crees que nos están siguiendo?”

La paranoia de Langan comenzó con sus coberturas en la ex URSS, se agudizó gracias a los chistes del servicio secreto indio, las expulsiones de Afganistán y el mes que pasó de incógnito en Zimbabwe. Una noche entré a su habitación en San Pedro Sula, en Honduras, y lo sorprendí desarmando el aparato del aire acondicionado para esconder los casetes de video.

-Es que Chiquita -la empresa bananera- quizás ya informó al gobierno y pueden venir a secuestrar el material.

El “material” no ayudaba a la empresa bananera. Llegamos a Honduras con la idea de contar cómo esa nación pasó de ser un enclave bananero a un país de “maquilas”, esas enormes factorías donde reina la extrema flexibilidad laboral. En Chiquita había un gran conflicto entre los trabajadores y la empresa, que quería despedir a unos dos mil.

Recorriendo las plantaciones, con el sol encima, pudimos sentir el olor insoportable de los pesticidas y vimos los ojos heridos de los trabajadores. A uno de ellos, que llevaba treinta años en los campos, Langan le hizo una pregunta que me incomodó:

-¿Usted ha sido feliz?

-No, no he sido feliz.

En esos campos los trabajadores nos preguntaban a cada momento cómo cruzar a los Estados Unidos. Y en medio de esos campos está la sede de Chiquita y su campo de golf. Hasta allí nos condujo uno de los abogados de la bananera: un gordito que hablaba un inglés nasal y que nos creyó amigos de la causa de su empresa.

-¿Sabe lo que pasa? Nosotros equipamos a los trabajadores para que usen sus trajes de protección contra los pesticidas, pero ellos no quieren usarlos.

Era una mentira grosera. Almorzamos pescado caro, en el restaurante caro que da a los campos de golf. El abogado nos dijo: “Me encantaría que conocieran lo bien que están nuestros trabajadores”.

Más tarde cruzamos toda Guatemala en taxi. Hicimos base en Antigua, esa ciudad que los autodenominados “viajeros” rechazan por creer que está disfrazada para el turismo. Tanto a Langan como a mí nos molestaron los mochileros premunidos de guías Lonely Planet para viajar barato, su pintoresca exaltación del sufrimiento y su desprecio por los que no pernoctan en hoteles sin estrellas. Langan sabía cómo herirlos. Les preguntaba si eran turistas o si estaban trabajando. “No, somos viajeros”, respondían. “Entonces son turistas”, remataba él.

En Guatemala, Langan quiso detenerse en las plantaciones de café. Tenía algunos reportes sobre la crisis del café provocada, entre otras razones, por los subsidios estadounidenses que no permiten la comercialización de la producción guatemalteca. Durante el recorrido por las plantaciones nos topamos con las voces adultas de la protesta, pero sobre todo con los niños. Con sus risitas traviesas y sus manos curtidas por la cosecha.

-Esto es trabajo infantil -murmuró Langan, conmocionado.

Un jornal diario de esos niños equivale a la taza de café que Langan toma en su casa de Notting Hill. Mirando la cámara, les habló a los que saborean el café sin saber de dónde viene. El trabajo infantil quiebra a la mayoría de los europeos. El barro de las plantaciones propone una discusión más compleja sobre la necesidad que tienen las familias -para subsistir- de llevar a sus hijos, una o dos veces a la semana, a recoger los frutos rojos del café. Pero Langan no estuvo dispuesto a esa discusión.

Desde las plantaciones, cruzamos a Chiapas, en el sur de México. Langan quería con-versar con el subco-mandante Marcos, que lleva más de dos años sin conceder entrevistas. O, al me-nos, cruzarse con algún guerrillero. Los imaginaba montados a caballo y armados. Pasamos allí, en total, veinte días, a la espera de una respuesta. Pero Langan tuvo que conformarse con ver a los zapatistas en los pósters y las camisetas que se venden en las tiendas de San Cristóbal de las Casas. Mientras esperábamos una respuesta de los zapatistas, volamos a la selva lacandona para conocer a los damnificados del Plan Puebla-Panamá (PPP).

Impulsado por el presidente mexicano Vicente Fox, el PPP es un megaproyecto para crear infraestructura. Según sus detractores, favorece a las grandes empresas interesadas en realizar inversiones en América Central, y perjudica al medio ambiente y a cientos de pueblos originarios que deberán dejar sus tierras para permitir la realización de las obras. Casi nos matamos: la avioneta tenía ya treinta años, había viento, llovía, las montañas eran altas y en la selva no aparecía un claro donde aterrizar. Además, el piloto estaba borracho.

Nuestro último destino fue la frontera con los Estados Unidos. Mejor dicho, un punto en los más de dos mil kilómetros que separan a México de su vecino del norte.

Por miles, por decenas de miles, los jóvenes norteamericanos cruzan hacia el sur la línea de San Diego para llegar a Tijuana. De este lado del mundo, pueden quedarse ciegos tomando Margaritas. El gramo de coca se consigue a veinte dólares y la motita no es más cara que un boleto de autobús. El menú de oportunidades incluye los table-dance, a veinte dólares la canción en un reservado protegido por cortinas. Es el pasatiempo favorito de los marineros de la base naval de San Diego, donde está anclada media Flota del Pacífico. “Bienvenidos a América”, me dijo Dulce, la chica más solicitada en uno de los table-dance (omito su nombre porque me trataban de “mister” y no creían en mi argentinidad). En el reservado, detrás de las cortinas y a cambio de mis veinte dólares, me contó que le encanta darles clases de geografía a los gringuitos mientras los masturba.

-Son tan ignorantes que, cuando cruce a los Estados Unidos, me voy a ofrecer como profesora en esas universidades adonde dicen que van.

En Tijuana todo consiste en pasar o no pasar. Se pasa por los motivos más raros. “Cruzo a comprar leche para mis hijas y comida para el perro, porque no come comida mexicana”, nos dijo el corresponsal de La Jornada en Tijuana, Jorge Cornejo. “Voy para ver algunos partidos de fútbol (americano) y hacer algunas apuestitas”, nos dijo uno de los responsables de Migraciones del Estado mexicano, quien -por razones obvias- pidió no ser nombrado. “Cruzo a retirar los últimos dólares que nos dejó la productora”, dirá a su vez Langan, unas horas después de romper el teléfono del hotel tras una discusión con su productor ejecutivo.

Nos importaban los que cruzan ilegalmente a los Estados Unidos. Habíamos escuchado, desde Buenos Aires a Ciudad de México, a cientos de latinoamericanos que soñaban con llegar de algún modo al otro lado. Pasamos un día en el desierto de Tecate junto a los Beta, una fuerza especial del Estado mexicano -sí, del Estado mexicano- que asiste a los que van a cruzar de manera ilegal. Les dan agua, los orientan para que no los mate el sol o la sed, y persiguen a los “coyotes”, los “cuentapropistas” que cobran para cruzar a los inmigrantes. Esta fuerza ha sido objeto de más de una denuncia por abusos varios, pero con nosotros fueron simpáticos. En medio del desierto nos topamos con dos desahuciados que pensaban llegar a los Estados Unidos con un poco de agua y unas latas de comida. “Vamos a las cosechas”, explicó uno al pasar, y no quisieron seguir con la charla para guardar energías. Los tratados de libre comercio y el ALCA han generado un vasto movimiento social que se llama “El Campo No Aguanta Más”. Según su propia definición, este movimiento “lucha por defender y valorar el patrimonio de los campesinos e indígenas, de los ejidos y las comunidades de México; por tener acceso al agua y a la tierra; por que mujeres y jóvenes rurales tengan empleo con remuneración digna; y también luchamos por el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas, haciendo frente a la grave situación económica, social y ambiental del campo mexicano”.

Pasamos cinco noches con campesinos que no aguantan más y que llegaron a Tijuana decididos a cruzar la frontera. Casi todos eran estudiosos de los movimientos de la “migra”, la fuerza estadounidense que, al otro lado, persigue a los inmigrantes ilegales. La primera noche, Roberto, un campesino que anhelaba cruzar para trabajar en las granjas, nos sorprendió con un grito:

-¡Se durmió, la migra se durmió!

Nosotros veíamos lo mismo que él: un jeep con las luces encendidas. Pero Roberto insistía. Y cruzó. La migra, efectivamente, estaba durmiendo.ç

La noche siguiente conocimos a Miguel Sánchez, otro especialista. Nos habló del cruce con la tranquilidad de los goleadores experimentados. Al otro lado del muro lo esperaba su ocupación de siempre: limpiar las suelas en el Golf Club de San Diego. “Mi trabajo es muy específico y ningún americano quiere hacerlo”, nos dijo esa noche, mientras esperaba su oportunidad.

A Laura la conocimos en la madrugada del último día de nuestros siete meses de viaje. Era chiapaneca, tímida y encantadora. Tiritaba de frío. Tenía dieciséis años y llevaba en su panza un bebé de nueve meses y cinco días. El plan de Laura era cruzar unos cien metros, acostarse en la arena y tratar de dar a luz a “Danielito”: así, según ella, Danielito sería ciudadano norteamericano. Quince días atrás lo había intentado, pero la migra la deportó.

Le dije que no lo intentara otra vez, que fuéramos al hospital y no sé cuántas obviedades más. “No quiero que Danielito sufra como yo he sufrido”, respondió negándose.

Mientras conversábamos, a unos pocos metros los inmigrantes iban cruzando en grupos de a tres. Por el frío cubrían sus ropas con bolsas negras de basura y al pasar saludaban a la cámara encendida. A las cinco y media de la madrugada nos despedimos de Laura. “No se olviden de mí ni de ninguno de nosotros”, fueron sus últimas palabras. Los tres lloramos como niños. Después pasó lo de siempre: los periodistas abandonan el cruel escenario de la historia para volver a su hotel cuatro estrellas. Como cualquier mala película de segunda clase, la nuestra terminaba con un cliché.