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Micaela volvió a Perú

Publicado: 26 julio 2012 en Gabriela Wiener
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Micaela es mi mejor amiga. Y está a punto de abandonarme. Se cansó. Aunque no limpia suelos como la mayoría de inmigrantes peruanas en este país, nunca consiguió insertarse en el ahora más que nunca difícil mercado laboral español. Está sola. Yo también lo estoy. No tenemos familia en este lugar, más allá de nuestras parejas y nuestras respectivas hijas. Se cansó de que su marido trabaje de camarero diez horas al día y llegue a las 11 de la noche, cuando a ella ya no le quedan energías ni para freírle un huevo o tener una conversación. Está hasta la coronilla de enviar su CV de diseñadora, con una carrera, un master y una especialización en diseño textil y que la inviten a ser becaria por cero euros a sus 35 años. Tampoco le parece bien que su madre vea crecer a su nieta por Skype. Micaela se va a mudar otra vez. Es una adicta a las mudanzas. Se ha cambiado de casa hasta diez veces en ocho años. Yo, como ella hace igual cantidad de años, me mudé de Lima a Barcelona. Hemos madurado lejos de todo, nos hemos vuelto madres en el extranjero y compartido ese desasosiego del que no es de aquí y sabe que ya tampoco del todo de allá. Para quienes vivimos fuera, volver es algo que creemos que tarde o temprano ocurrirá, aunque nos pasemos la vida sólo intentándolo. Lo dicen los más veteranos: “Y pasaron 40 años sin que nos diéramos cuenta”. Suelo pensar que en algún momento algo desencadenará mi regreso, eso me librará de tener que decidirlo.

El regreso fue durante mucho tiempo una letanía en boca de mi amiga, tanto que cada vez que lo anunciaba era como escuchar al pastor mentiroso gritando que viene el lobo. Cuando por fin habló en serio, nadie le creyó.

Pero es verdad.

Dice que será su última mudanza. Esta mañana la acompaño a regañadientes al consulado de Perú en Barcelona para iniciar los trámites de su retorno.

―La verdad es que no me había imaginado tener que hacer tanto trámite para volver a mi propio país…-, me dice mientras pasea a Maiku, su pequeña hija de un año, que aún no puede entender que está a punto de cambiar su destino para siempre.

Mientras esperamos que el funcionario rellene sus datos, Mica recibe una llamada.

―No, me llamas tarde, ya he vendido todo, lo siento. Adiós.

Tras vender la mitad de sus muebles en Ebay y dejarme la otra mitad, está lista para viajar con solo tres maletas de 25 kilos cada una, el resumen de una vida. En tanto, mi casa, de pronto poblada con sus sofás y mesas, con sus plantas y lámparas, ahora tiene un inquietante parecido a la que había sido suya.

―Cuando entré a tu casa y vi los muebles me dio pena… luego sentí alegría también. porque tu casa ha quedado preciosa, esas cosas ahora ya no son mías… Me llevo ropa, mi computadora, de la que no me pienso desprender porque es mi fuente de trabajo, me llevo también algo de mi “altar” de fotos y objetos queridos.

Tras dos horas de espera, es el turno de Micaela. Nos hacen entrar a un cuartito y el funcionario del Consulado de Perú le hace firmar varios papeles. Oficialmente, ya puede irse. Se está yendo todo el mundo, nos dice el empleado con media sonrisa.

Desde hace un tiempo ya nadie me envidia por vivir en España. Desde que estalló la crisis, no han vuelto a escribirme para que les dé consejos de cómo venir. Es más, muchos me sugieren que vuelva, porque al Perú le va bien, porque el Perú está de moda, ha entrado a su séptimo año consecutivo de crecimiento, mientras España no hace más que deprimirse. Es una especie de éxodo de ciencia ficción, en el que los latinoamericanos empiezan a dejar el “primer mundo” por una oportunidad en el tercero. Cuando llegué a Barcelona, todo el mundo soñaba con estar aquí, ahora todo el mundo sueña con irse. Algunos lo están consiguiendo.

***

Micaela, su marido, Sergi, y la pequeña Maiku, se están quedando en nuestra casa. En una semana se habrán ido, mientras tanto, han montado su campamento en mi sala. Jaime está un poco inquieto, como cada vez que tenemos que alojar gente. Las tres maletas están metidas en el baño. Siempre que lo ha necesitado, mi hogar ha sido su refugio temporal. Recuerdo que al dejar el pequeño piso donde Jaime y yo habíamos empezado a construir nuestra precaria vida de jóvenes periodistas en el extranjero (esperábamos un bebé y había que buscar un nido mejor), Mica y Sergi lo tomaron. Micaela siempre cuenta orgullosa cómo decoró el piso a su estilo, hasta que no se pareció en nada a la casa donde yo había vivido. Un periódico los incluyó en un reportaje sobre parejas que viven en pisos minúsculos aprovechando al máximo el espacio. Se tituló “El pequeño palacio de Micaela y Sergi”. Durante mucho tiempo, el recorte estuvo colgado en la puerta de su nevera.

Cuando vives en un país extranjero, los amigos son tu familia. Comes con ellos los domingos, les heredas tus pisos, les pides plata prestada, les confías a tus hijos. Y yo en breve me voy a quedar sin parte de mi familia extendida. ¿Por qué se va? ¿Por qué me quedo? ¿En qué maleta guardamos el sueño de una Europa que ahora se desdibuja para arrojarnos otras vez a nuestro viejo Nuevo Mundo? Estamos sentadas en la galería de mi casa. Micaela toma un té, mientras yo riego las que hasta hace sólo un rato fueron sus plantas.

―La decisión de irme no la tomé bajo el efecto de las drogas, como tú crees. Mi amiga Sachico me invitó a su nueva casa, era un ático precioso frente al parque de la Ciudadela. Y ahí estaba yo, mirando el monumento del parque que acababan de pintar de un dorado intenso. Te juro que en ese momento dije: ¿que estoy haciendo acá? Y me pregunté: Mica, ¿es esto lo que quieres? Y la verdad es que dije: No. Éste no es mi sueño. Esa noche Sergi y yo nos tomamos unas cervezas y le dije que me quería ir ya.

Pero Mica no tenía que convencer a Sergi porque él llevaba años deseándolo. Adora Perú. Era Micaela la que pedía más tiempo. Tiempo para terminar su master, tiempo para empezar otro postgrado. Para tener una hija. Tiempo para triunfar.

Siempre me pregunto lo mismo: ¿El fracaso o el éxito tienen que ver con cálculo o con suerte? ¿Qué supone cambiar radicalmente de rumbo? ¿Volver es renunciar? ¿Quedarse es resistir? ¿Estás seguro?

Para Micaela, el viaje había tenido un objetivo primordial. Se había alejado de Lima porque creía que afuera encontraría el amor. Se lo había dicho una bruja. Micaela cree en una serie de cosas que a mí siempre me han parecido absurdas. No me parezco en nada a Micaela, en realidad somos tan diferentes que a veces me sorprende que seamos amigas.

Pero la bruja tenía razón: ella encontró el amor en España. Se casó con Sergi y tuvo a Maiku. Una vez cumplida la profecía, aquí ya no tiene nada más que hacer.

Cada vez que decido dar rienda suelta a mi egoísmo, le digo a Mica que lo piense dos veces. Le hablo mal de Lima y de su tráfico. Le doy ideas para encontrar trabajo, para mejorar su currículum y volver a intentarlo. Ella me recuerda que aquí a mí me va bien y a ella no. “Tú trabajas en lo tuyo, Gabi”. Tiene razón. Aunque no tengo una vida acomodada, no me siento frustrada. Y eso es más de lo que Mica puede decir de sí misma. Su sueño es poder vivir del diseño, algo que nunca pudo hacer en España, donde ha trabajado haciendo fotocopias, sirviendo ensaladas y como secretaria en una escuela de danza del vientre.

De Perú nos fuimos juntas, quizá porque las amigas nos copiamos unas a otras, incluso cuando ya somos mayores y no tenemos nada que temer. Aquella vez yo seguí sus pasos.

***

Nos estamos despidiendo, pero un año antes las cosas eran muy diferentes. 2010 fue un año terrible para Micaela. Cuando estaba de vacaciones en Lima, murió su abuelo; por la misma época su hermana tuvo un accidente. Fueron unos días tan traumáticos en Perú que al volver decidió quedarse en Barcelona para siempre. Se mudó a un piso más grande; y con la mayor parte de sus ahorros se compró muebles nuevos. Por fin iba a echar raíces. Yo estaba feliz porque seguiríamos como hasta ahora, viendo a nuestras hijas crecer juntas. Pero una noche, después de dormir a Maiku, se acostaron en su nueva cama de su nuevo piso y los estremeció un sonido horrible. Se había abierto un enorme agujero en el piso. Se mudaron a mi casa, mientras buscaban otro lugar para alquilar. Durante dos meses y en pleno verano, Micaela salió todas las mañanas y las tardes empujando el carrito de su hija, a visitar pisos que encontraba en Internet, mientras Sergi seguía sirviendo platos y cervezas. Al fin dio con uno. Parecía otra vez que serían felices. Pero no. No llevaba ni medio año viviendo en su nueva casa, cuando anunció que se iba a Lima.

Había razones de peso. Se le acababa el paro, no encontraba empleo y el nuevo piso suponía más gastos. Se preguntó qué estaban esperando para irse. España estaba siendo dura con ellos y le pagarían con la misma moneda.

―¿Diez años más pagando mil euros de alquiler, sin ahorros, sin ayuda en casa? Ni hablar. Ahora, en Perú seestá viviendo lo que vivió España hace 30 años. Hay un boom inmobiliario, la gente compra un montón, se endeuda, hay liquidez. Yo me voy para hacer dinero, pero también quiero crear una empresa de diseño textil pero en la onda del comercio justo, enseñar a las artesanas peruanas lo que sé, cómo hacer que lo que saben se convierta en algo rentable.

Micaela aún no ha resuelto su vida pero ya quiere resolvérsela a los demás.

***

Sergi acaba de volver de comprar cigarros.

―Se ha comprado cien paquetes de cigarros para llevar porque en Perú son súper caros y los ha metido dentro de la guitarra. Si se pierde la guitarra, pierde la guitarra y los vicios, -dice Mica.

Micaela es pequeñita, vital, indiscreta; Sergi es lo contrario, larguirucho, lacónico, parece preferir ser invisible. Fuma. Bebe cerveza. Nunca quiso ser nada en la vida y está orgulloso de ello. Es un espíritu libre. Anárquico, antisistema en el fondo, aunque el sistema se lo haya llevado por delante varias veces. Seguiría a Micaela –de la que se enamoró al verla con un chullo en la cabeza por las calles de Valencia– hasta el infierno, así éste se llame Perú. Toca la guitarra, escribe poemas, pero no le interesa “venderse”, así le llama a lo que los demás le llamamos “trabajar”. Tampoco le gusta hablar de sí mismo, pero consigo persuadirlo. Se sienta y me dice: pregúntame algo pero que sea rápido.

―¿Lo conseguirán?

―No sé si lo conseguiremos, pero lo que queremos es vivir mejor en todos los sentidos, no sé si con más o menos dinero, pero cómodos y con algo de profundidad, un sentido, que aquí no tenemos…

―Pero, ¿intentaste buscarle un sentido aquí?

―Sí, supongo que lo intento todos los días.

―No has trabajado para vivir, sino has vivido para trabajar.

―La hostelería es horrible, no existe hostelería digna, aunque esté bien pagada y tengas fiestas, te sientes un esclavo. A Mica y a mí nos une la necesidad de encontrar un lugar donde seamos felices. La idea de irnos sale de eso: de que no queramos quedarnos.Mi sueño es vivir a nuestro ritmo, vivir para nosotros, sin jefes, de otra manera. En España ha sido imposible. No hemos sido felices aquí. Tengo una idea romántica del Perú y lo admito.

―Sergi lleva siete años haciéndolo todo por nosotros­-, interviene mi mejor amiga-. No quiero que mi pareja vuelva a la hostelería a menos que él sea dueño del bar.

El plan de Micaela es llegar a Lima y ponerse a trabajar de inmediato. Sergi descansará, estará en casa, se encargará de Maiku y de las labores domésticas. En seis meses podrá incorporarse al proyecto que Micaela está emprendiendo, a modo de asistente.

―¿No serás adicta a las mudanzas, Mica? Se me ocurre que ya no puedes vivir sin la adrenalina de reorganizar una y otra vez tu vida.

―Me pasa que no me conformo. Me fui de Perú porque estaba cansada de mi vida en Perú; me fui de Valencia por que estaba cansada de mi vida en Valencia; por eso me voy de Barcelona, porque estoy cansada de mi vida en Barcelona. Soy una soñadora y aquí sólo lucho, no vivo mis sueños.

―¿No tienes miedo? ¿No tienes miedo de que las cosas no salgan como tú te imaginas?

―Claro que sí.

―Quiero decirte algo: Creo que no te arriesgaste lo suficiente a echar raíces porque en tu cabeza siempre estaba la inquietud de volver. Era una manera de no vivir en serio, de vivir de manera provisional, porque piensas que tu verdadera vida todavía te espera más allá, en esa cosa que no existe, que es el futuro.

―Es muy posible, pero no quiero darle más vueltas. Ya quiero estar ahí y empezar otra vez. O nos asentamos en Lima o nos asentamos en alguna provincia, de repente en Cuzco o Ayacucho, donde creo que podré dedicarme a lo que me gusta.

Micaela aún no llega a Lima y ya está pensando en mudarse de la ciudad.

***

La despedida es en el bar en el que Sergi trabajaba de camarero. Aquí los amigos de Sergi nunca hemos pagado una cerveza y, otra mala noticia, a partir de ahora tendremos que pagar. Maiku y mi hija Lena juegan a perseguirse. Han venido una decena de personas. Micaela explica sus planes, tal como me los ha explicado a mí, con el mismo entusiasmo. Yo he traído mi cámara de fotos y soy la retratista de la tarde. Les hago muchísimas fotos a nuestras hijas, que posan apoyadas en una pared, abrazándose.

A Lena le hemos contado que Mica se va a Perú, lo hemos hecho con delicadeza, aunque tal vez no hacía falta. Mi hija está llena de amor pero es práctica, nunca dramatiza, sabe pasar página. No sé si todos los niños son así. Ella es una niña entre dos mundos. Desprendimiento, desapego, son un par de palabras que se me ocurren para hablar de ella. “Yo soy de Perú y de Cataluña”, suele decir. En uno de ellos habla en catalán. Su padre y yo pertenecemos al otro. Aunque ha ido casi cada año de su vida a Lima, ese lugar donde hay tanta gente que la quiere gratuitamente, sabe que su casa está aquí. Nosotros, en cambio, aún lo dudamos.

El día en que Lena nació Mica estaba ahí. Le hizo su primer vídeo y le tomó sus primeras fotos. Micaela es una de las personas que más quiere a Lena en el mundo. Y mi hija lo sabe. En las fotos de la corta vida de Lena, en las que puede verse cómo va cambiando de pequeño mono extraterrestre a esa preciosa niña que es ahora, en cada capítulo de esa metamorfosis lenta y fascinante –nada como verse todos los días para no notar el paso del tiempo–, está Mica. Cuando Micaela se vaya, esa secuencia se detendrá y no sé hasta cuando. Algún día, volveremos a ver estos retratos y sabremos que fue justo en este momento que empezamos a envejecer.

―Hola Maiku, tú ¿que opinas? ¿Te vas de viaje?, le digo a la hermosa niña de Mica, sin que nadie se de cuenta.

―…

―Adiós Maiku, adiós.

El último día de Micaela en Barcelona discutimos porque no me avisó que invitaría a casa a más amigos suyos para despedirse. Empiezo a sentirme harta de ver mi casa invadida. Se lo aclaro. Es un poco odioso de mi parte, podría habérmelo ahorrado, es su ultimo día, qué más me da, pero así somos las amigas, brutalmente sinceras incluso cuando nadie nos lo ha pedido. Es un desencuentro de último minuto, como si quisiera recordarle que yo tengo mis propias reglas y que funcionan. Un gesto antipático.

***

Nos conocemos desde los seis años, estudiamos en los mismos colegios en la primaria y en la secundaria, fuimos casi toda la vida inseparables. Mica y yo nos escribíamos cartas cuando teníamos sarampión, jugábamos a las Barbies y a Pequeño Pony. Ella tenía un abuelo que hacía negocios, yo un abuelo que hacía muebles, ella usaba zapatillas Reebook, yo las horribles zapatillas Legend, yo vivía con mi mamá y mi papá, ella solo con su mamá, ella tenía un bebé Repollito made in USA y yo tenía un Pimpollito made in Perú. Ella siempre levantaba la mano en clase y decía un montón de tonterías. Yo nunca hablaba y me ruborizaba al oírla, me ruborizaba por todo. Ella no tiene miedo al ridículo, yo sí. Ella no tiene miedo a equivocarse, yo sí. Por eso ella ha vuelto a Perú y yo no.

Cinco meses después de la partida de Micaela, llego a Lima a pasar un mes de vacaciones. Cinco meses no son suficientes para hacer un balance, son escasos para ensayar un veredicto. Además, qué vida soporta un veredicto de ese tipo. El éxito o el fracaso son tan relativos. Todo este tiempo nos hemos comunicado por chat. Y ahora estoy aquí, frente a la casa de la madre de Micaela, la casa de la infancia de Mica y también de mi infancia, donde jugábamos a las escondidas. El departamento, que está en Corpac, en el límite en que San Isidro, uno de los barrios más burgueses de Lima, se convierte en otra cosa, ha sufrido reformas drásticas. La madre de Mica lo dividió hace ya unos años en dos partes independientes para alquilarlo.

Mica y su familia viven en la zona exterior que da al parque; su madre y su hermana, en el interior. Maiku juega feliz sobre la moqueta, mientras la empleada limpia la habitación y Sergi prepara un arroz chaufa, un plato típico de Perú. Hablamos por primera vez cara a cara de la madrugada en que dejó Barcelona.

―La oscuridad, el taxi, ustedes medio soñolientos, Lena durmiendo en su camita… Todo eso para mí fue tristísimo, todavía lo recuerdo y no dejo de conmoverme. Siempre he odiado las despedidas, supongo que es porque siempre tenía que despedirme de mi viejo. En el taxi no podía dejar de llorar. …Los primeros tres meses lloraba todos los días.

Puedo visualizar a Mica en el taxi camino al aeropuerto, mirando la ventana y despidiéndose de su vieja vida. Y en aquél momento en que les dijeron que tenían exceso de equipaje y tuvieron que rearmar las maletas, y Maiku muerta de sueño, sin entender nada, lloraba hasta la desesperación.

―Pensé: ¿estaremos haciendo lo correcto?

Micaela es voluble, impredecible, contradictoria. Le gusta el cambio. Lo suyo es el movimiento constante, cambia de opinión sin cesar. Yo soy de ideas fijas. La última vez que hablé con Mica, estaba llena de ilusiones. Cuando llegó, la realidad, como siempre, la sorprendió, por ejemplo supo que no iba a conseguir trabajo de la noche a la mañana y que debía echar currículums.

En medio de este desbarajuste, en Perú se celebraron las elecciones. Estuvo a punto de ganar la hija de Fujimori, -el ex presidente que hoy se encuentra preso sentenciado por crímenes de lesa humanidad-. Fueron días virulentos en que la sociedad peruana mostró por enésima vez su dramática escisión. Pero ese no fue el único tipo de violencia que les dio la bienvenida. Todo los peruanos que vivimos fuera sabemos que al regresar nos reencontraremos con muchas de las cosas que nos hicieron escapar: La vulgaridad, la mala educación, la impuntualidad, el incivismo, el tráfico, las promesas incumplidas.

Sergi sigue en la cocina, entro y lo veo cortar la cebollita china, el pollo, freír el huevo. Ha aprendido a cocinar varios platos peruanos desde que está aquí. Y ha encontrado una definición perfecta para el tipo de retornante que siente que son Mica y él: “inmigrantes económicos”.

―La gente se sorprende mucho de que hayamos venido de un país supuestamente desarrollado a uno subdesarrollado, pero es mentira, España está fatal, le han lavado la cara pero sigue fatal. Somos inmigrantes económicos, no podría vivir en España, es deprimente, estresante.

El marido de mi mejor amiga deja todo listo antes de llevar a Maiku al parque. Micaela y yo salimos de su departamento y entramos a la zona donde viven su madre y su hermana. Allí se mantienen muchas de las cosas que nos rodeaban de niñas. Todo es tan familiar y entrañable, las fotos de Mica y su hermana de pequeñas colgando por las paredes. En otro retrato, Mica y yo, a los siente años, abrazadas y vestidas en traje de baño, posamos cogiendo entre las dos una flor amarilla. La misma decoración de hace 30 años y los mismos adornos.

―Bueno, la casa está bien pero es pequeña ¿no? Tiene solo una habitación. Maiku tendrá que tener su propio cuarto pronto, esto es algo temporal…

―Sí, es temporal, no sabemos si nos vamos a quedar en Lima, seguimos la migración, ahora queda la migración interna.

―Pero Mica, ¡Quieres volverte a mudar!

―No lo sé, no lo sé. Lima es una ciudad muy, muy, muy… muy dura. Todo queda muy lejos, no hay vida de barrio. Nosotros siempre hemos tenido esa utopía de una vida tranquila en el campo, como la que yo viví. Me gustaría que Maiku creciera así.

―¿Pero cuando vas a parar de mudarte, Micaela?

―No sé, creo que se nace así.

No es sencillo empezar en otro lugar, menos aún si tu marido es extranjero, y cuando llevas 8 años de desfase. Además, de un día para el otro, los roles en el hogar se han invertido: Sergi, quien era el que salía al mundo, se queda en casa, mientras Mica va a buscar el alimento. Y aunque en Barcelona parecía la fórmula perfecta, aquí no lo es tanto.

―Me di cuenta de que es más fácil irse a trabajar que cuidar a una niña de un año y medio. Sergi en realidad no descansa. A mí me da ansiedad no conseguir trabajo y lo he acusado muchas veces de no apoyarme. Por otro lado él siente que yo no lo apoyo en casa. Admito que he estado muy dispersa, sin saber de qué manera insertarme, cómo encontrar mi camino: estresada, cansada, molesta, triste, y todo eso también genera un mal rollo en la casa. Todo mezclado con la tristeza de haber dejado Barcelona… Otro problema es que nos vemos todo el tiempo. Cuando él trabajaba todo el día me daba espacio para echarlo de menos. Ahora no podemos ni extrañarnos….Nos pasamos el día viéndonos las caras y jodiéndonos…

La mamá de Mica viaja a menudo y su hermana trabaja. Otro golpe de realismo que tiene que encajar el retornante: aquí tampoco la gente está dispuesta a dejar sus vidas para cuidarte al niño.

―Yo pensé que íbamos a venir aquí, que todo se iba a solucionar, que íbamos a tener más tiempo para nosotros, pero no es así…

***

También yo hice una fiesta de despedida antes de volver a Barcelona. Que fue por cierto la segunda vez en cinco meses que Micaela y Sergi salieron juntos. Estaban demasiado felices. Yo un poco tensa, como me pongo en todas las fiestas que organizo, y obsesionada con ser cool, con tener una fiesta cool. Esa noche, Mica se acercó a un famoso escritor peruano y director de una revista en la que tengo una columna, que bebía tranquilamente junto a un grupo de amigos, y le pidió balbuceando que nos diera trabajo a Jaime y a mí. De esta manera, pensó, podríamos volver a vivir en Lima y estar juntas otra vez.

Mica empezó a correr la voz por toda la fiesta, animando a mis amigos periodistas para que me ayudaran a encontrar trabajo. La gente venía a preguntarme si era verdad que estaba buscando trabajo. La intención era buena. Volví por un instante a los días del cole con Micaela. Treinta años después producía en mí el mismo rubor. La voz de mi orgullo le increpaba: ¿Acaso somos unos pobres tipos a los que hay que echar una mano? ¿Cuándo dije que quería dejar mi maravillosa vida europea? ¡Yo soy una periodista exitosa, tengo trabajo, y mi marido también, tenemos nuestros propios contactos, de hecho, todas estas personas que están en la fiesta son MIS amigos, no los TUYOS, no necesito que me ayudes! Micaela iba hundiéndose en la tristeza, sin entender muy bien qué era lo que me molestaba, y mientras hería a mi mejor amiga, me sentí el ser más estúpido de la tierra.

Lo bueno y lo malo de los amigos verdaderos es que siempre te recuerdan quién eres, te señalan el lugar donde se encuentra lo que de verdad importa, el lugar de donde vienes y el lugar del que nunca podrás irte, aunque recorras miles de kilómetros, tomes cien aviones y te mudes a otra ciudad. Te juntes con quienes te juntes. Te sueñes quien te sueñes. Y es el único país que nos queda a los que un día nos fuimos.

***

Maiku ha vuelto dormida del parque. Sergi nos encuentra discutiendo sobre el lapsus de Mica en aquella fiesta y me dice burlón: “realmente no somos de tu onda, Gabi”. Touché.

Micaela aprovecha para preguntarme por qué nunca la llevo a mis fiestas de “intelectuales”, como si la pregunta no se contestara sola. Esto se me está yendo de las manos. Micaela se arregla el pelo mirándose al espejo y reflexiona esperando zanjar este asunto de una vez y pasar a otra cosa.

―Gabi, tu vida profesional va por un lado, y tu vida familiar, por el otro. Yo pertenezco al ámbito de tu vida familiar. Yo hago estupideces cuando estoy fuera de mi elemento. Nosotras la pasamos lindo cuando estamos entre nosotras, pero cuando vienen tus amigos, tus “contactos laborales”, yo desaparezco del mapa.

Le digo que lo último que soy es una intelectual y que yo me he sentido toda la vida igual de descolocada con sus amigos. Tenemos un grupo muy distinto de amigos: los de ella fuman marihuana y los míos inhalan cocaína.

Hace unos días nos reencontramos con nuestra verdadera pandilla de la infancia y la adolescencia. Las tres amigas del cole: Natalia, Mica y yo, en esa época nos llamaban “las comadrejas”. Nos odiaban porque éramos las más cool de la clase. En casa de Nata nos disfrazamos con ropa y peinados de los 80 e imitamos a las Flans cantando ‘No controles mi forma de vestir porque es total y a todo el mundo gusto’, para delirio de nuestras hijas.

***

Mica me dice que la acompañe a comprar al supermercado. Necesita aceite de oliva. No consumen otro tipo de aceite en casa, ella se acostumbró en España, y Sergi sin aceite para el pan se muere. Vamos andando, solas, ligeras, sin nuestras bebés, sin maridos, deslizándonos sobre la superficie de las grandes avenidas de Córpac, esquivando coches asesinos. Mica va hablando. Yo mirándolo todo. Siento que es la primera vez que camino en Lima. En esta ciudad no se camina. Pero Micaela camina, como si estuviera en Europa.

―Me dio por ver las fotos de nosotros en Barcelona el otro día, y me dio pena, me dio pena la soledad en la que vivíamos Sergi y yo, con nuestra bebita, de aquí para allá, felizmente teníamos amigos con los que compartíamos la vida, pero estábamos solos. Aquí no es lo mismo. Hay gente buena e hijos de puta que son capaces de atropellarte en el paso de cebra porque tienen sus carrazos.

Una manifestación se interpone en nuestro camino. Los trabajadores de un camal piden su reposición a las puertas de un edificio, entre gritos y ruidos de ollas vacías. Hay cosas que no cambian nunca.

―Otra vez nos vamos a separar

―Lo primero que puse en el Facebook es que este iba a ser el mes mas feliz de mi vida… y se está acabando…

―Yo aspiro a pasar temporadas más largas en Lima. Conseguir ser completamente libre para poder moverme cuando me da la gana. Lo que sí tengo claro es que por ahora mis proyectos están allá, aunque cada vez sea más difícil para todos…

Veo un puesto ambulante de golosinas y pido un chocolate Alibabá.

―Uy, mamita, ese chocolate ya no existe hace tiempo— me dice la vendedora­—, ahora hay uno que se llama Mustafá, pero ya no me queda.

―¿Ves Mica?Lo que echo de menos ya no existe.

Mica ríe. Seguimos nuestra ruta. Ya estamos cerca. Hay que cruzar un par de enormes avenidas sin semáforos. En esta ciudad es imposible cruzar una calle sin miedo a morir. No me extraña que Micaela esté histérica con este tema.

―Hay que cruzar, aquí hay que imponerse, hagámoslo-, dice mi lado impulsivo.

―Pasan encima de ti, cómo te vas a imponer. ¿Quieres morir?­-, dice el lado sensato de Micaela.

Dos filosofías de vida. En el supermercado hablamos del precio del aceite, aunque en realidad hablemos de algo más profundo. Somos dos comadres, dos comadrejas. Quizá Micaela tenga razón: Somos como hermanas, algo que no elegimos ser, que nos tocó en suerte, nos une y nos separa todo lo bueno y lo malo de ser hermanas. A una hermana quieres que le vaya bien en la vida, harías lo que sea para que eso ocurra.

―Micaela, has demostrado que eres capaz de hacer cualquier cosa para que yo me quede en el Perú.

Nos reímos.

―¡A ver si se cumple!

―¿Te acuerdas que yo te quería convencer para que te quedaras en Barcelona?

―Ahora yo te quiero convencer a ti, también soy egoísta. Y joder, te extrañaré como mierda, pero sé que tienes que hacer tu vida. Somos muy distintas pero seguimos adelante, la vida es generosa con nosotras.

No sé si algún día vuelva para quedarme. Una vez escribí una lista de las cosas que me hacían bien y las cosas que me hacían mal, en las dos incluí a Lima, no vivir ahí me hace mal, vivir ahí también me hace mal: mi ciudad como lastre, mi ciudad como vacío. Entre las cosas que me hacen mal una de las peores es no estar cerca de mi mejor amiga. Es cierto lo que dicen que para ver algo con más nitidez hay que alejarse un poco. Sólo ahora lo veo con total claridad. Como dice en una canción Charly García, un músico que Mica y yo solíamos escuchar cuando éramos adolescentes, “por qué tenemos que ir tan lejos para estar acá”. Maiku y mi hija Lena ya saben besar la pantalla de la computadora sin enfriarse los labios.

En el comienzo, lo típico: la frase arrojada al aire, el vaso enarbolado y salpicando sin demasiado pudor. Son los años cuarenta, y es un pueblo en Argentina: el tiempo y el espacio en que sucedió, una vez más, esa exageración verbal y etílica de la fraternidad, el cariño, la amistad. Pero esa noche, la consigna prendió como una vacuna. “Tenemos que hacer de la amistad un reino”. Lo que en el común de los casos se evapora la mañana siguiente a fuerza de analgésicos y sales digestivas, en Chascomús, este pueblo al sur de la capital argentina, supo llegar a límites increíbles. Y sigue buscando grietas para negarse a desaparecer.

Tanto, que es octubre de 2008 y por la calle Libres del Sur avanza, entre estampa circense y decadencia real, un grupo de hombres ataviados con capas coloridas, pelucas pomposas y carruajes muy antiguos. A la cabeza, un calvo monarca y su corona, mientras suena insistente la onomatopéyica “Za Za”, algo así como la marcha real, según explican algunos vecinos apostados al paso de la caravana. La escena, cuentan los mismos vecinos, sabe agridulce, huele a remake de algo que fue y busca seguir siendo más de medio siglo después.

Chascomús se debate hoy entre sentirse ciudad pequeña o pueblo grande, y aunque en todo el partido la cantidad de habitantes supere largamente los 30 mil, la baja altura de las construcciones y la parsimonia del día a día juegan a favor de la segunda opción. Depende de la voluntad y el gusto de quien la mire. Pasa sus días recostada sobre el margen de una enorme laguna, a poco más de una hora de ruta al sur de Buenos Aires, en un camino que actualmente es rápido y directo. Es un bello pueblo, antiguo, y eso se nota a cada paso. Callecitas estrechas de empedrado zigzaguean entre caserones de puertas altas y luminarias de hierro forjado. El entramado de calles y bulevares desemboca en el gigantesco espejo de agua, sello y orgullo de sus habitantes, ese que da buena pesca y es paseo obligado en las tardecitas en las que el calor comienza a apretar. La fundación de Chascomús data de 1779, en una zona en la que no es nada extraño encontrar tierras muy fértiles y que supo ser fin de riel del ferrocarril cuando eso significaba algo en la formación y expansión de los pueblos.

En cierto aspecto, Manuel Constenla tampoco tenía nada de extraño. Bajó de un barco hacia 1935, después de una cantidad agotadora de días de viaje transoceánico, dejando su España natal atrás. Mientras tanto, cientos de inmigrantes de toda la deprimida Europa hacían exactamente lo mismo poniendo los pies en la Argentina del periodo de entre guerras. Con el zumbido de los momentos previos a la Guerra Civil todavía resonando en su cabeza, Manuel (Manolo) supo caminar los empedrados del pequeño pueblo argentino hasta dar con su nueva vida en América. Aquí conoció a los Fourquet, una familia chascomunense dueña de la gran esquina de las calles Buenos Aires y Soler, un terreno que comprendía un local y la vivienda familiar justo al lado. Con unos pocos pesos, en esa esquina Manolo apostó a abrir las puertas de su propio sueño americano un año después de pisar tierra argentina. Bar El National fue el nombre. Una “te” en el lugar donde la legislación argentina no permitía una “ce”: ningún emprendimiento privado podía llevar el nombre nacional. El gobierno era el primero de Juan Domingo Perón, e iba a estar a la cabeza del país mientras durara toda esta historia.

“La sociedad del pueblo en ese momento todavía tenía el brillo de una típica sociedad tradicional”, piensa Alicia Lahourcade, arrellanada en el sillón de su casa en el casco histórico de Chascomús. Es la historiadora de la zona, algo así como la voz más autorizada en términos cronológicos. Lo que encerraba ese brillo eran tabúes, una diferenciación de distintos sitios para cada sector y clase social; los resabios de una aristocracia pueblerina. Y El National se convirtió en un típico bar para hombres, donde sólo los domingos alguno que otro habitué podía convertirlo en un bar de parejas. Pero era la excepción.

Los vermouths de la tarde, antes de la cena, se repartieron entre un puñado de bares y cafés de pueblo y El National fue haciéndose de una clientela casi fija, en los años en que algunos apellidos históricos e inquietos de la zona daban vida al Club de las Ideas, una primera excusa corporativa para las charlas de café. Manolo Constenla, bonachón y rústico, era el centro de la escena: duro pero amigable, un diamante en bruto entre una clientela de clase “tradicional pueblerina”.

Una década tuvo que pasar para que el grupo de parroquianos de El National llegara, a fuerza de alcoholes de sobremesa, a macerar una relación definitiva con Manolo. En el atardecer del 23 de octubre de 1945, entre varios de los firmes clientes decidieron homenajear al querible anfitrión con una placa colocada en la entrada. Ésa fue la primera piedra: en el transcurso de 1946, el grupo de hombres fue estrechando su relación y para el 20 de octubre de ese año instauraron el “Día de la Amistad”, un par de decenios antes de cualquier alunizaje y fecha mundial.

Una bella historia de amigos que se cierra. Hasta aquí, nuestros hombres de la sociedad tradicional pueblerina ponen su fecha, celebran su día, y todos contentos.

Hasta aquí.

***

“Tenemos que hacer de la amistad un reino”. La frase voló por la noche de El National, con su aire mitad tabaco y mitad de testosterona. Están por ahí Ángel María Canatelli, los hermanos Patricio y Juan José Wallace, Humberto Pignataro, Mariano Peleo y Edelmiro Onnainty. Alguien la tiró al aire, y quizá sea posible imaginar quién. Son los últimos meses del año 1946. Canatelli, un respetado y pujante constructor cuya firma llevan todavía muchas casas de Chascomús, que con su metro noventa de estatura imponía respeto, cruzó alguna mirada con el Bebe, Juan José Wallace. El tiempo que quedaba hasta la próxima celebración de la amistad parecía mucho. Sus bolsillos no eran de los más flacos —ni mucho menos— del pueblo, y algo se podía pensar. Ángel Canatelli puede haber sido quien voceó la frase, que cayó convertida en idea. La primera mirada cruzada con el Bebe unió a una dupla fundamental. Angelito —como llamaban a este gigantón de espaldas anchísimas y anteojos gruesos— se fue del bar pensando cómo dar ese paso. El primero en el terreno de la exageración. Y enseguida supo cuál era claramente.

Los tragos vespertinos siguieron, la “barra” sostenía su asistencia perfecta y Angelito ataba cabos en su cabeza: se había hablado de un reino, y para eso hacían falta los encargados de cada área. La cartera de ministerios se designó de mesa en mesa, por las características de cada uno. Entre otros, don Emilio Masci, por su “amor al agua desde niño, interviniendo siempre en forma destacada en los juegos de carnaval” fue a encabezar directamente el Ministerio de Marina. El perezoso Héctor Arrinda quedó a cargo del Ministerio de Trabajo, y por su “cariño por los pequeños”, don Juan Canale fue designado en el Ministerio de Protección de la Infancia.

Se iba perfilando una monarquía constitucional. La Suprema Corte de Justicia, entonces, se decidió en las tardes de El National y tuvo tres titulares. El escribano Darío Cuence y los abogados Ulises Olmos y Ulises Sala. El escribano Alberto Alfonsín quedó primero en la línea de sucesión.

Si ya había ministros, entonces sería necesario un medio de prensa que informara sus actividades. Y si se hablaba de un reino, harían falta atuendos que estuvieran a la altura. A una imprenta local fueron entonces los bocetos para un periódico, y en la ciudad de Buenos Aires se posaron los ojos para conseguir las ropas. Pero pasaban los días y faltaba lo más importante: el Rey. Aunque su nombre estuvo desde el principio.

Manuel I, Rey de Copas, acompañado por la comitiva ministerial, guardia real y una banda musical desfiló por las calles de Chascomús en el atardecer del 19 de octubre de 1947, rumbo a su coronación. Manolo iba camino a ser el primer monarca del Reino de la Amistad.

Muy poco tiempo atrás, en Argentina se había estrenado el film Madame Sans Gene, protagonizada por Niní Marshall (aquella entrañable comediante y actriz que tuvo una carrera cinematográfica repartida entre Argentina y México; la “Chaplin con faldas”) y el despliegue de vestuario era impactante. Ahí apuntaron los muchachos de Chascomús, y se pusieron en contacto con los productores del film para rentar el vestuario. La banda, impecable, acompañó el recorrido, mientras Canatelli y Wallace, de lustroso jaquet, flanqueaban al Rey, que avanzaba con su cetro y sus zapatos de hebillas de plata. El pueblo todo seguía el paso.

Son 62 los años que pasaron de ese recuerdo. Mucho tiempo, que hizo estragos en los personajes y en las pruebas. No hay imágenes claras. Existe una sola filmación, en 16 mm, muda, emocionante, un verdadero milagro para aquellos años, obra y gracia de Patricio Wallace, hermano del Bebe, que había invertido en un equipo envidiable y lo capturó todo.

Patricio Wallace (hijo) ya pasó los sesenta. Su padre murió hace años. Es un fotógrafo retirado y continúa con la tradición de filmar. Es delgado y locuaz, aunque dice no poder aportar demasiado acerca de su padre y su tío, y que el mejor testimonio es la filmación histórica. De un cajón receloso saca el viejo documento ahora encerrado en formato digital, y lo entrega. Es el legado familiar, un recuerdo que los pone orgullosos. “Filmación Reino” dice la copia, y la primera imagen es la estampa del Rey en blanco y negro. Una placa clásica de cine mudo informa que “SM llega al palacio, una multitud lo aclama”. Enseguida, da una caminata junto a sus elegantes ministros por un parque, con Manuel I ocupando el centro con su traje oscuro, y Angelito a su derecha, tomado de su brazo. Manuel I sonríe, como siempre, metido de lleno en la broma pergeñada por sus clientes. A unas pocas cuadras de allí, en la imprenta Tieri, don Edgardo sacaba, todavía tibios, los primeros ejemplares de El Heraldo, el órgano de prensa oficial del reino, que brindaría las crónicas de la coronación. En sus páginas, ahora amarillentas en un museo, se despliega el abanico entero de ministros de la monarquía constitucional y la Carta Magna del reinado.

El Heraldo conjugaba dos cosas: imaginación y formación cultural. Ocho páginas con perfiles de cada ministro y jueces de la Suprema Corte de Justicia, integrada por un notario y dos abogados. Un léxico formado y bien de su época: tan ampuloso como apócrifo. “Les Luthiers”, compara la historiadora Lahourcade después de años de buscar parangones. Es que el grupo cómico musical argentino es el paradigma de eso: el disparate solemne. En la portada, el perfil del rey Manuel I desgranaba su ascendencia: “Uno de sus antepasados fue compañero de baño de Julio César, otro, consejero de Nerón y aparte de ello encargado de darle los fósforos al emperador para hacer arder la ciudad de Roma”. A su lado, el rostro imperturbable del antes gallego inmigrante, ahora monarca.

La Carta Magna del reino permanece como una prueba concreta de la seriedad con que se encaraba la broma. “Nos, los amigos de los amigos…— comenzaba—, con el objeto de construir el Reino de la Amistad, afianzar la justicia, consolidar nuestras relaciones internas, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar la amistad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran tomarnos como ejemplo” .

Desde la Carta se dejaba en claro que sería una monarquía constitucional, con 14 ministros, una Corte Suprema de Justicia, y que cada decreto debería ser refrendado por al menos cinco miembros. El artículo seis aclaraba que el Rey “podrá disponer de los gastos del Reino, que vendrán de colectas, beneficios, loterías, comisiones, de la venta o locación de bienes del Reino, las contribuciones, y de los empréstitos y operaciones de crédito que decrete Su Majestad”. Y seguía: “Su Majestad podrá entregar títulos de nobleza, pero no más de cinco por año. Serán, Caballero, Barón, Vizconde, Conde, Marqués y Duque, ese último equivale a Príncipe de Sangre”. Se establecían dos condecoraciones: la “Orden del Alcohol” y de la “Orden de la Amistad”.

La del alcohol la podía entregar el Rey directamente, y la de la amistad, en Asamblea General de Notables de la Corona. Esta última, a razón de no más de dos por año.

Los ministerios iban de la lógica al absurdo. Economía, Interior y Comercio se mezclaban con el de Alimentación —que cuidaba al detalle la ingesta del Rey y probablemente era el encargado de vigilar que se cumpla la prohibición de tomar leche en el reino, a favor de las bebidas espirituosas— y el de No Guerra. Ese último oportunamente a cargo de Mariano Peleo. Más abajo, una cartera de directores generales (Correo, Prensa) y un director de la banda Charanga Real, con la batuta de Eugenio Ursini, el sastre del pueblo apodado Maestro Manga Corta.

Para terminar, el artículo 21 fijaba el tercer domingo de octubre de cada año como “fiesta real el Día de la Amistad”.

Algo, en la dedicación puesta en las letras de molde del primer El Heraldo, dejaba entrever un detalle que quizá muchos de sus contemporáneos no soñaron siquiera imaginar: el reino había nacido para expandirse.

***

La filmación comienza a mostrar cortes. Se hace evidente que se trata de una compilación de muchos fragmentos, de diferentes tiempos y situaciones. La imagen del Rey deriva en planos de la guardia y pasa, furtiva, por un adolescente de traje lustroso y seriedad comprometida. Tito era su nombre. Ahora él abre las puertas de su casa —a pocas calles de la de Lahourcade, a algunas más de la de Wallace— y da la mano fuerte, firme. Es alto, y su figura demuestra bastantes menos de los 78 años que cumplió en marzo. Se llama Silvio Ursino. Nunca se fue del pueblo, y es el único sobreviviente del nacimiento del reino.

A los 17 años se calzó el traje de guardia y acompañó al Rey desde esa caminata inaugural. Apenas se le puede ver en la cinta. Tito no vivió el día a día de El National. “Eso era para los grandes”, dice. Las tertulias etílicas las vio con la nariz contra el vidrio, y no demora en levantar su bandera de exclusividad: “Soy el único que queda —acto seguido aclara—. Todavía viven dos o tres personas más, pero fueron de los que entraron después, yo estuve desde el comienzo”. Tito dice la verdad. Todos murieron, y muchos de ellos bastante jóvenes. “Se tomaba mucho”, piensa Tito en voz alta, uniendo esa reflexión a la idea de la muerte precoz de varios.

¿Puede eso haber tenido que ver con el fin de algunos integrantes de esta historia? Alicia Lahourcade pone una asombrosa cara de asombro y lo niega rotundamente. “Aunque era cierto que se tomaba mucho, y había algunos que vivían de rentas y no tenían otra cosa para hacer, de haber tomado demasiado no podrían haber llevado adelante lo que hicieron”. Los dos datos sirven para entender un poco más: no era un grupo de borrachines sin rumbo, y el dilatado tiempo de ocio fue un elemento determinante.

En boca de Tito Ursino, lúcido y memorioso, brota Ángel Canatelli y va cobrando forma su imagen. “Un hombre que además de muchas ideas, tenía voluntad. Para estas cosas, siempre hace falta eso: uno que empuje y el resto que acompañe —resume—. El fue el hacedor, el alma del Reino”.

Y fue él, Angelito, quien pensó en un castillo.

***

El primer número de El Heraldo lo había prometido, y parecían palabras al vien-to. Mientras la corte y los ministros asumían, Ángel Canatelli, en su voluptuoso carácter de Primer Ministro y Guardián de la Corona con carácter interino y Ministro de Relaciones Exteriores y Jefe del Superior Ceremonial Real, juró construir un castillo para el Rey, pero uno tan verdadero como falsa era su monarquía. El Marqués de Pintoresco, don Fernando Cores, pagó de su propio bolsillo un enorme predio junto a la laguna, a algunos kilómetros del centro del pueblo. Era un terreno inhóspito en esa época, sin urbanizar y sin caminos aceptables, sólo un sendero. Se esfumaba el año 1947, y Canatelli puso manos a la obra. En los tiempos libres de sus trabajos en la construcción, partía rumbo al “Coto Real de Caza y Pesca” —así fue el primer nombre oficial— con sus empleados de obra, y con ellos levantaron una entrada al terreno: dos torres rematadas en almenas de “custodia” y un portón de hierro forjado. A su derecha, un cartel rezaba:

“Estas puertas se defiendan, que no ha de entrar, vive Dios!

Por ella quien no estuviera más loco que lo que estoy yo!”

Manuel I Rey de Copas

Los ministros se sumaron rápidamente al delirio empujado por Canatelli. El ministerio de Economía del Reino, con Héctor Garbizu a la cabeza, fue el encargado de organizar las finanzas para la construcción, en contacto permanente con el Tesoro Real, que había recaído en don Humberto Pignataro. Cada integrante vació sus propias arcas y el reino se hizo de empréstitos para los materiales. Angelito dibujó los primeros planos, que cambiaron mil veces antes de materializarse. A lo largo de 1948, el castillo estaba en marcha.

Una estructura fortificada, con almenas en la parte trasera, esa que miraba hacia la laguna; la zona del puerto real. En el frente, el portal era flanqueado por dos torres con sus ventanales, y en el centro, el balcón donde el Rey daría sus discursos. Eran 170 metros de superficie cubierta para el salón principal, el solar, y dos salones en los laterales destinados al bar y el comedor privado. Un hall de recepción, toilettes y, en la planta alta el despacho del monarca, habitaciones y salones de baño para los huéspedes.

Además, hasta esa zona —unos cinco kilómetros desde el casco urbano— se llevaron las instalaciones de energía eléctrica y agua corriente, atravesando terrenos vírgenes y complicados. Una empresa compleja que crecía al mismo ritmo de la bronca masticada por las esposas de ministros y de miembros todos, que dedicaban más tiempo a sus cargos que a ellas.

El castillo del Reino de la Amistad era la nueva morada —a tiempo parcial, claro, para no descuidar El Nacional— del afianzado Manuel I.

La historia de los reinos imaginarios, delirios omnipotentes y separatismos absurdos puede dar un paseo por unos cuantos ejemplos, pero no parece encontrar similares al de Chascomús. Nacido de una broma —condición que nunca abandonó— se levantó con la fuerza de una institución paralela a las oficiales, pero con la amistad, la celebración y, claro, las copas como columna vertebral de gobierno. Lahourcade recuerda la experiencia de la República de La Boca, hacia 1876 —aunque las fechas varían según la fuente— cuando los inmigrantes genoveses instalados en ese barrio de Buenos Aires, populoso y popular, se levantaron contra el gobierno y decretaron su independencia. Pero aquello duró sólo algunas horas, y el espíritu que lo guió estuvo en las antípodas de este reino.

Con sentido monárquico y con una motivación tan delirante como la de Manuel I y sus seguidores, se podría ubicar a la historia de Oreille Antoine de Tourens, el francés que a mediados del siglo xix se proclamó “Rey de Araucania y Patagonia”. La figura de Tourens, delirante por sus métodos, se cruza con un costado más peligroso, ya que su autocoronación apuntaba al dominio territorial de media Argentina y Chile. Dos veces lo intentó, y dos veces lo capturaron. Aunque hasta hace pocos años había supuestos descendientes reclamando sangre azul y derechos sobre la Patagonia.

En la filmación ahora el salto es evidente. La fecha no es para nada clara, puede ser 1948 o 1949. Los cimientos del castillo aparecen enseguida como base de muros casi terminados. Un paseo del Rey embarcado por la laguna se funde con la Gran Velada de Gala en el cine teatro Chascomús, en la noche del 1 de junio de 1949, para el que nuevamente se rentaron trajes y galeras de primer nivel, ahora en la Casa Martínez de Buenos Aires, a 92 pesos cada uno. Después, un “almuerzo en privado”, con el Rey y la Corte brindando y cambiando ideas en los jardines.

No se sabe cuándo fue; entre risas pueden estar proponiendo nuevos ministerios, decidiendo el tono de los textos de El Heraldo, o designando algún nuevo embajador. Y de pronto, la imagen del 8 de enero de 1950: la inauguración del segundo paso en el crescendo de Canatelli & Cia: la Plaza de Toros.

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Visto así, era el camino lógico. “El Rey tenía que tener castillo, y como era español, ése debía tener plaza de toros”, deduce Lahourcade, y apunta que el reino consiguió lo que no había logrado la fuerte colectividad española del Chascomús de principios de siglo, cuando en 1900 se le impidió levantar una plaza para el deporte de la Madre Patria. El reino solicitó los permisos correspondientes mediante su Correo Real, con papelería membretada y estampillas verdes estampadas con el rostro del monarca. A través de esa correspondencia se comunicaban con las autoridades municipales, abogados y se solicitaban préstamos. Era común la documentación con el sello del reino, esa fuerza paralela con sus propias reglas. Para la plaza de toros —bautizada “Ministro Canatelli”— hizo falta el diseño del constructor, pero fue ahí donde aquella mirada cruzada en el inicio con Bebe Wallace entró fuertemente en juego.

Juan José Bebe Wallace, regordete y formal, tenía por entonces ventajosos contactos en Buenos Aires, más precisamente en la aduana. “Por entonces tenía relación directa con las concesionarias, en una época en que estaban vigentes los cupos de importación. Lo que también permitía a los integrantes del reino, entre los que se contaban por entonces los hacendados fuertes de Chascomús, poder comprar los últimos modelos de Plymouth, Ford o Chevrolet y ser nuestra ciudad una de las que ostentaba un número de vehículos más nuevos de mayor magnitud de acuerdo con su población”. Así lo recordó el diario local El Argentino, del 9 de enero de 2000, al cumplirse medio siglo de las primeras corridas.

El contacto aduanero de Bebe se transformó en fundamental. Antecedentes de los containers, por entonces los vehículos importados llegaban a Sudamérica encerrados en cajones de gruesas maderas que terminaban sus días en el descarte. Con los planos bocetados por Angelito, las maderas fueron llevadas hasta Chascomús y se transformaron en el perímetro y tribunas de la plaza, que se instaló a un costado del castillo, dentro del mismo predio, pintada de rojo y blanco, con una arena de 50 metros de diámetro y con capacidad para dos mil personas.

Para llegar con todos los bríos al 8 de enero de 1950, el rey Manuel ordenó procurar los toros y los toreros. Bartolomé del Valle, El Pajarero, fue el director de la costosa expedición que llegó hasta la provincia norteña de Corrientes —solventada, como siempre, por los aportes de la Corte en su totalidad— en busca de los animales, mientras desde Perú hicieron llegar a los más diestros toreros. Antonio Fuentes, Eladio Sacristán Fuentes, Apolo Martínez El Cordillerano, Vicente Martínez Niño de Haro, Ceferino Hernández Barrerita, y otros, se lanzaron a la plaza y repitieron la corrida al mes siguiente. Luego de la primera —que tuvo como condición única no lastimar al toro, en sintonía fina con el espíritu de fraternidad—, el banquete real para casi 700 personas cerró la fiesta.

Con su espacio de recreación terminado y un palacio propio, la Corte se reunía para tomar las decisiones importantes, madurar cambios en el gabinete, y sobre todo, celebrar. Cada reunión demandaba un acta rubricada por el escribano real, y cualquier ausencia derivaba en multa. Así lo demuestra un decreto que aún se conserva, en el que el Rey, amigable pero estricto, multó con penas de entre 100 y 500 pesos a ministros y embajadores que faltaron sin aviso a una celebración por nuevos nombramientos.

“Las multas impuestas —decía el artículo 4º— deberán ser obladas en la Tesorería Real, dentro de las 48 horas de recibida la notificación pertinente, bajo pena de pérdida total de los privilegios con los que han sido favorecidos”.

Tito aclaró que aún es posible encontrar en Chascomús a algún sobreviviente de otras etapas de la monarquía. Ahí está esperando, a la mesa de un bar, Domingo Lejona, Mingo, parte de la Guardia Real en el segundo periodo del reinado. Fue hacia 1950. Los ministerios sufrían algunos cambios, aunque siempre los personajes fundamentales se mantuvieron firmes en sus posiciones. Mingo, que años después adquirió fama deportiva con el plantel de Gimnasia y Esgrima La Plata en los torneos de futbol de comienzos de los años sesenta, parece dividir su nostalgia entre esas dos etapas: habla con la misma emoción de su carrera futbolística, de lesiones y gambetas, como de su papel en el Reino de la Amistad.

Era sólo un chico de 13 o 14 años cuando se integró a la caballería dentro de la Guardia Real para los actos protocolares, hacia la época de la inauguración de la plaza de toros. “Fue una humorada inolvidable —dice— que hacía llenar las calles y los teatros cuando juraban los ministros o en la corridas. Se nombraban ciudadanos ilustres, como Aníbal Cosito Fourquet (uno de los vecinos linderos a El National y Jefe de la Guardia Real), siempre con el hacedor, el Hombre del Reino detrás”. El Hombre del Reino era, claro, Angelito.

Tito Ursino cumplió con su servicio militar obligatorio en Chascomús.

Cuando faltaban pocos días para terminarlo, una carta de las autoridades le puso como destino para las últimas dos semanas de su instrucción la ciudad de La Plata, la “ciudad grande” más cercana, a mitad de camino con la capital nacional. Su novia, cosechada en las tertulias reales del castillo quedó esperándolo en el pueblo. Era enero de 1953.

En la mañana del 17 de ese mes, Angelito Canatelli entró, apurado, al bar El Diluvio, a unas pocas calles de El National. Trabajaba con sus obreros muy cerca de allí, en las molduras de una obra en construcción. No se sentía del todo bien. Una ginebra podía devolverle las fuerzas, habrá pensado. La pidió, se sabe, pero nunca llegó a probarla.

Tito recibió otra carta, ahora estando ya en La Plata, ahora firmada por su novia. “Murió Canatelli”, fue la noticia, la que ese día corrió por todo el pueblo. “En ese momento pensé que se acababa el reino —recuerda—. Con él se fue el alma”, dice Lahourcade y sin saberlo coincide con Tito. El obituario publicado en la gráfica local al día siguiente lo describía: “Nada hubo que no le interesara […] la acción que lleva a los espíritus a ser un poco niños cuando se ha traspuesto con creces esa edad, lo contaron siempre en leal y franca colaboración, como si su vida se hubiese hecho para eso: para no defraudar nunca al amigo”. La fórmula tácita Manuel I al gobierno, Angelito al poder se apagaba.

La vieja filmación se corta abruptamente. Una edición reciente le puso música, pero los últimos minutos ni siquiera los tienen. Un plano postrero, movido, y final. La cinta entrega apogeo y decadencia en un abrir y cerrar de ojos. Llegó 1953 y faltó quien empujara. Alguien a quien seguir, diría Ursino. “Como buen acto nacido de la bohemia duró poco, y eso sucede mucho más cuando desaparecen los protagonistas. Las creaciones de ese tipo no son para durar. Cuando se institucionalizan, se acaban”, cierra Alicia Lahourcade.

El reino se extendió formalmente entre 1947 y 1952 —aunque sus integrantes contaban como nacimiento el Día de la Amistad de 1946— y sus actividades se desdoblaron entre El National y el castillo. Las actividades vertebrales fueron los banquetes y tertulias, siempre bien (muy bien) regadas por vinos y aperitivos. Un gran pretexto, desmedido y costoso, para pasarla bien. La correspondencia real y los decretos versallescos, los desfiles, embajadores plenipotenciarios, cónsules en pueblos cercanos —como los nombrados para los pueblos de Magdalena, Lezama, Tandil y Ayacucho—, los tres ejemplares anuales de El Heraldo en 1947, 1948 y enero de 1950; y los discursos de florida retórica se pusieron a disposición de una pompa de jabón sin más objetivo que la broma.

En algún caso, el reino —acaso institucionalizándose— metió manos en un trabajo social. El 7 de abril de 1950 un vendaval se llevó parte de la Capilla de los Negros, una antigua construcción afroamericana del pueblo, y el reino organizó el operativo de reconstrucción, junto con los vecinos y autoridades políticas. “Aunque no llegó completamente a ser fuerte en los barrios más lejanos, el reino consiguió ampliar el espectro de la aristocracia pueblerina”, dice Lahourcade.

***

Son los últimos meses de 2008, y ya el calor se hace sentir en el empedrado. En la calle, la caravana sigue ruidosamente al son de la “Za Za”, la misma marcha que la banda creó e interpretó sesenta años atrás para Manuel I, y que tenía como única y repetitiva letra, su título. El paisaje cambió, y más aún lo hizo la sociedad. El calvo nuevo Rey sonríe y saluda, seguido de una corte y sus ministros, ahora a todo color. La nueva monarquía, los herederos del trono celebran su tercera fiesta.

El Rey, despojado de atuendos protocolares, es Julio César Medley, un hombre de 66 años, nacido y crecido en Chascomús. “Y aquí he de morir”, dice mientras camina por una callecita a metros de la laguna. Su historia coincidió en varios puntos con la del viejo reino. “Entre 1964 y 1967 tuve un bar llamado El Chiqui, a unos metros de donde había estado El National. Sólo duró tres años, pero quedó muy guardado en el recuerdo de muchos”. En 1967, bajó las persianas, cuando él tenía sólo 24 años y mientras moría, a muchos años del derrumbe del reino, aquel otro pilar, el Bebe Wallace.

En 2005, los antiguos parroquianos de El Chiqui homenajearon a Med-ley con una cena, y quisieron recordar el antecedente. Sin el alcohol como fetiche, ahora la Orden es “del Café y la Gaseosa”, y tiene menos de transgresor y novedoso que de fecha anual de festejo de la amistad, con elección de reina incluida el tercer domingo de cada octubre. Los nuevos cargos están prácticamente huecos y son enunciaciones, títulos, sin la dedicación de antaño, pero con el fin noble. “Queremos continuar con esto, que apunta a una sociedad en la que hay tantas agresiones. A la amistad, al humor; un aporte para que las futuras generaciones sigan participando. Y buscar gente joven para que lo puedan continuar”.

El castillo duerme en parte derrumbado, con sus ventanas y puertas saqueadas. Una de sus torres principales se mantiene erguida y se ve desde el portal, ese que permanece semicubierto por vegetación amarillenta. La fachada, tan pintoresca, conjuga su aire medieval con graffitis del siglo xxi, y el solar que ponía orgullosos a los cortesanos perdió el techo hace años. El sol y la lluvia son ahora implacables con los trozos de madera que penden del techo, y con los baldosones de gastados blanco y negro. Un cartel que ordena “no pasar, peligro de derrumbe” se encarga de poner la distancia definitiva con los curiosos. De la plaza de toros no queda rastro alguno, sólo un gran círculo con árboles que ralean. La zona es menos inaccesible que en aquellos días. Ahora el camino asfaltado pasa cerca y a unos 100 metros se pueden ver algunas casas y quintas con algo de movimiento. Parece un resto arqueológico en la pampa bonaerense.

Su derrotero fue simple: caído el reino por causas naturales, dejó de tener vida y sentido. Con el tiempo, algunas viudas de los ministros quedaron con la posesión, sin fines a la vista. En 1975, la mutual Casa del boxeador decidió comprarlo con el compromiso de mantenerlo y cuidarlo. El último punto fue, en verdad, relativo. Derruido, la gota que colmó el vaso llegó en 1999 cuando se desmoronó una de las torres principales y gran parte del techo. Ya lo habían saqueado más de una vez.

Desde allí, el ping pong de la burocracia: el municipio no podía hacer nada porque era territorio privado, la provincia, por lo mismo, los privados, porque no tenían fondos, y así.

El último salto se dio con la ley provincial 12.416, del 27 de abril de 2000, que marcó la expropiación a la mutual, el traspaso a la provincia, y abrió la senda para el paso al municipio, a la gente de Chascomús. La única condición para el trámite —la historia se repite— fue el reacondicionamiento y manutención del castillo. Se concretó en febrero de 2005.

El castillo no está igual que entonces, está bastante peor. La razón parece ser tan entendible como infinita: con las urgencias que tiene que afrontar un municipio, refaccionar el castillo pasa a un segundo plano. Y ahí entra la nueva monarquía, constituida como asociación civil. “Buscamos un permiso para una explotación con el compromiso de la restauración. Buscar darle vida a todo el predio, sin tocar el castillo, que conserve el espíritu que tuvo, como una especie de museo; de alguna forma tiene que estar al resguardo”, dice Julio I.

En diciembre de 2008, la legislatura de la provincia de Buenos Aires declaró de Interés Provincial “la iniciativa de vecinos y autoridades municipales orientadas al resurgimiento del Reino de la Amistad y las acciones tendientes a la restauración y puesta en valor del Castillo de la Amistad”.

Tito vive el nuevo reino con pasión de decano, con el orgullo de ser el único prócer con vida. Toda su vida fue empleado de correos y se ganó el cargo actual de Director del Correo Real, de la Orden de la Estampilla. Patricio Wallace (hijo) ostenta el título de Barón. En 2008 murieron Héctor Halty y Edgardo Tieri, dos participantes de la vieja guardia —que se completa con la figura de Bonifacio Guerra— homenajeados en las páginas del flamante número 3 de El Nuevo Heraldo, el renacido periódico para la nueva etapa, de octubre de ese año. Carlos Guerra, otro soldado del viejo reino —que incluso llegó a ser el eslabón perdido, cuando lo proclamaron como un efímero Carlos I— murió a fines de 2005.

Angelito no tuvo hijos, y Manolo, aquel caricaturesco rey querible, cuyo mandato se desdibujó con la muerte de Canatelli, se casó ya grande y su esposa lo conminó a abandonar toda broma protocolar y grandilocuente. Nunca nadie le había quitado formalmente su trono, pero su cargo se desvaneció junto con el reino. Al tiempo se fueron del pueblo, y todos aquí perdieron su rastro.

El Reino de la Amistad está a flor de labios de todos en Chascomús. La mayoría jamás pudo vivirlo, y los que sí, son claros. Como Mingo Lejona, y sus ojos que empiezan a brillar: “En esos años Chascomús fue una fiesta. Hubo gente que se tomó el reino en serio, y en realidad fue una gran broma: fue el Reino de la Broma. Los que no lo vieron ni lo ven así, no entendieron nada los que quisieron hacer aquellos próceres de la amistad”.