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Las campeonas de los Andes

Publicado: 7 febrero 2012 en Marco Avilés
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Benedicta Mamani recoge una pelota de su cocina y sale cojeando bajo la mañana helada de diciembre. Está lesionada. Ayer caminó mucho persiguiendo a las ovejas que pastaban en la montaña y ha amanecido con las pantorrillas moradas. Frota sus piernas con llantén, una planta analgésica que crece en el huerto de su cabaña. No quiere perderse el partido de entrenamiento de esta mañana: Mamani es delantera y capitana del equipo de fútbol de su aldea. Tiene 40 años. Hoy viste un traje que ella misma ha fabricado, como suelen hacer todas las mujeres de Churubamba, un pueblo de campesinos cuya selección de fútbol femenino ha ganado cinco veces las Olimpiadas de la provincia de Andahuaylillas, una ciudad de edificios de adobe a 100 kilómetros del Cuzco. Mamani lleva cuatro juegos de faldas de colores, una blusa blanca, una chaqueta de lana de alpaca y un sombrero chato, cuadrado, de alas anchas, bordado con hilos de colores y salpicado de lentejuelas. Es la vestimenta oficial para jugar al fútbol, la ropa que usan todos los días.

Son las seis de la mañana, y un megáfono retumba en la aldea como un despertador: “Señoras, ha llegado la avena desde la ciudad. Reunión en la cancha de fútbol. Después se jugará un partido”. Churubamba es una altura lejana y caprichosa: a 4.000 metros sobre el nivel del mar, las cumbres de la cordillera de los Andes rodean una planicie muy verde. El paisaje de la aldea parece la imitación natural de un gran estadio de fútbol. Aquí no hay una comisaría, ni un prostíbulo, ni una iglesia, pero sí dos arcos de madera en el centro de la gran explanada-plaza de armas-cancha de fútbol. Alrededor, sólo hay 60 casas de barro con techos de paja y una escuela donde se aprende a contar y a leer en quechua, el idioma que hablan más de siete millones de personas en los Andes del Perú. El segundo idioma más extendido podría ser el fútbol en este universo de montañas altas donde tampoco existen el transporte público ni los zapatos.

Cada 15 días, la municipalidad del distrito de Andahuaylillas, la ciudad más próxima, envía a Churubamba una camioneta repleta de bolsas de avena. La llegada del cereal es una fecha tan importante que paraliza la aldea como si se tratara de un día feriado. Los hombres dejan la siembra para cargar los cereales y las mujeres se reúnen en la plaza-cancha de fútbol para repartir el alimento, según el número de hijos de cada familia. Después del reparto, las mujeres suelen hacer dos cosas: discutir asuntos de la comunidad y disputar un partido de fútbol. El fútbol es una tradición joven, con poco más de veinte años, y es una novedad que se acaba de descubrir apenas una generación atrás. Las mujeres lo juegan mejor, si jugar mejor significa ganar trofeos.

Esta mañana hay un juicio en la aldea. Una mujer obesa es acusada de comer demasiada avena. Se llama Toribia Ccopa, y el juicio, como todas las decisiones, será comunal. Si te casas, la comunidad te entrega un terreno. Cuando mueres, la tierra retorna a la comunidad. Si robas, la comunidad te lleva al río Vilcanota y te hace reflexionar a latigazos. Si descubren que tienes una amante, te expulsan del pueblo. En la asamblea hay 20 mujeres y algunos hombres.

Según la FIFA, 40 millones de mujeres practican el fútbol de manera oficial en todo el planeta. Es decir, en clubes o en asociaciones. Si la cantidad fuera una mancha sobre un globo terráqueo –que también es una pelota–, apenas salpicaría dos o tres países de Europa, el continente donde más mujeres practican este deporte. Pero ni la FIFA conoce Churubamba, ni Benedicta Mamani sabe de estadísticas. Tampoco sabe leer. Mientras los hombres terminan de retirar las bolsas de avena de la cancha de fútbol, ella y otras ocho mujeres han formado un equipo y discuten alrededor de la pelota sobre la lesión de su capitana.

La historia comienza en 1982, año del Mundial de fútbol en España. La selección de Perú debutó en aquel campeonato empatando con Italia, una de las selecciones favoritas. Los habitantes de Churubamba escuchaban las noticias a través de sus radios, y algunos bajaban de la montaña para espiar los partidos en televisores de las ciudades vecinas. Al regresar a su comunidad, miraron con malicia la plaza de armas y colocaron allí arcos de madera con ayuda de sacerdotes de la iglesia de Andahuaylillas, que vieron en el fútbol un remedio que podía reducir algunos problemas de las aldeas. El alcoholismo, por ejemplo, un vicio barato que sobrevivió a la época de las haciendas. Benedicta Mamami era niña en esa época, y recuerda que su abuela, que ya era una anciana, también aprendió a patear la pelota y bebía menos antes de morir. Durante los años noventa, Alberto Fujimori fue un presidente del Perú que, con la excusa de reducir las estadísticas de pobreza en las zonas rurales del país, auspició una campaña para esterilizar a las mujeres. La campaña llegó a Churubamba. El profesor Pilco dice que cuando una mujer llegaba al hospital de Andahuaylillas para curarse de un dolor de estómago, allí la atendían, pero además le ligaban las trompas. Resultado: en aquella década nacieron menos pobres.

“Tuvimos que cerrar la escuela porque no había alumnos”, dice el profesor. “Imagine el castigo de la esterilización en un pueblo donde las mujeres son criadas para tener hijos y los hijos son criados para trabajar la tierra. A ellas les sobraba el tiempo libre”.

En el relato del profesor, las mujeres empezaron a jugar porque tenían tiempo de sobra para hacerlo. Pero es difícil comprobarlo y tratar de cruzar el terreno de la fábula. Un total de 150.000 mujeres fueron esterilizadas en Perú durante el Gobierno de Fujimori. Pero no todas son futbolistas, ni viven en una aldea donde el centro del mundo es una cancha de fútbol, como en Churubamba. Lo cierto es que en 1999, la Iglesia católica de la zona organizó un campeonato deportivo donde debían participar todas las aldeas campesinas de las montañas y los barrios de Andahuaylillas. “Creíamos que el deporte era una manera de tender los puentes con esas poblaciones alejadas”, diría después el sacerdote de la ciudad. Aquella vez, la Iglesia propuso que los hombres compitieran en fútbol, y sus esposas, en voleibol. Ellas explicaron que también sabían patear y consiguieron que se reconociera la categoría femenina. Poco después ganaron el campeonato de mujeres, y entonces empezó su leyenda sin derrotas.

Suena el pitido del árbitro para ordenar que los niños y los perros abandonen el campo. Entran los dos equipos: nueve jugadoras en cada uno, con faldas floreadas. Un muro de barro delimita la cancha del resto de la aldea. Allí está sentado el esposo de Benedicta Mamani, conversando con los esposos de las otras jugadoras. Se llama Encarnación. ¿Le molesta que su esposa juegue al fútbol? ¿Cuánta libertad tienen las mujeres en la aldea? “Ellas tienen que cumplir su tarea de madres, y nosotros como padres”, dice; “después, todos podemos jugar”.

El partido está por comenzar. Un equipo se llama Mirador de Churubamba y está capitaneado por Benedicta Mamani. El otro se llama Club Churubamba, y su líder es Andrea Puma, una mujer de unos veinte años. Desde el año 2000, es la capitana de la selección oficial del pueblo.

“Las que pierdan, que regresen a atender a sus maridos”, amenaza colocando las manos sobre sus amplias caderas.

Otro pitido del árbitro. La pelota rueda fuera del campo. Un niño llora a gritos en la tribuna. Su madre abandona el puesto de centrocampista para consolarlo. Andrea Puma levanta el brazo. Está en el área rival. Saque lateral. Benedicta Mamani detiene la pelota con el pecho. Sus pantorrillas moradas y doloridas están gobernadas por la concentración. Saque de meta. Minutos después, Mamani grita de dolor: la uña de su dedo gordo se ha partido en dos, y sangra. Mamani sale del campo apoyada en dos compañeras. Sin su capitana, Mirador de Churubamba soporta el resto del partido sin gloria. Empate sin goles. Premio para las ganadoras: panes con queso y algunas naranjas, regalos del alcalde de Andahuaylillas. Para las perdedoras, lo mismo.

Para celebrar su aniversario, la municipalidad de la ciudad de Andahuaylillas ha organizado un partido de exhibición entre la selección de Churubamba y la selección local, un equipo de mujeres dedicadas al comercio de artesanías. Ellas sí hablan castellano, han ido a la escuela y usan zapatillas.

“Acá”, dice Andrea Puma. “las mujeres sabemos cocinar bien, atendemos a nuestros niños bien, cosechamos con nuestros esposos bien. Somos fuertes, y, entonces, sabemos jugar bien”.

El día del partido de fútbol, el cielo de Andahuaylillas ha amanecido despejado y azul, como una gran cúpula pintada a mano. Las calles de la ciudad son pequeños pasajes empedrados donde merodean algunos turistas que disparan sus cámaras fotográficas. Las casas son de paredes blancas que envuelven una plaza amplia donde dormitan cuatro árboles frondosos y tan viejos como la iglesia, construida en 1650. Los libros de viaje la promocionan como “la Capilla Sixtina del Perú”. En su interior, los turistas se fascinan al descubrir paredes llenas de aterradoras pinturas murales.

Andrea Puma mira la portería rival y lamenta su mala puntería. El disparo le salió muy alto. El césped crecido y húmedo como una esponja ata los pies de las jugadoras visitantes. Churubamba está ganando por un gol a cero.

El cielo oscurecido por las nubes negras arroja sombras sobre un estadio donde podrían entrar 5.000 personas. Sólo han llegado 200 curiosos. Las tribunas son de cemento y están pintadas con los colores del arco iris. En la década de los setenta, un abogado de Cuzco dijo que así había sido la bandera del imperio de los incas. No era cierto. Pero su invento era tan convincente que pronto se hizo verdad en el lucrativo negocio del turismo. En el centro de la tribuna principal, el alcalde de Andahuaylillas se preocupa por el mal tiempo. Se llama Guillermo Chillihuane, y nació en una aldea cercana de campesinos. Cuando era niño, recuerda, sus padres le enviaron a estudiar a la ciudad. Allí aprendió español, trabajó en lo que pudo, y con sus ahorros estudió ingeniería en una Universidad de Cuzco. Muchos habitantes de Churubamba y otras aldeas quechuas sueñan con algo parecido para sus hijos. Les envían a estudiar en las escuelas de la ciudad, pero como la distancia que separa sus aldeas es tan grande que los niños no pueden ir y volver en el mismo día, los padres han edificado un asentamiento de casitas de barro en las faldas de las montañas, muy cerca de un río. Se llama Nuevo Churubamba, y parece un pueblo fantasma. Los niños viven allí de lunes a viernes y duermen sobre pellejos de oveja, cubiertos de frío.

“Como no tienen familiares cerca, deambulan por la ciudad pidiendo dinero a los turistas”, dice Chillihuane. El deporte es una manera de combatir esos problemas, y estamos construyendo más canchas de fútbol.

El alcalde de Chillihuane mira su reloj y se levanta de la tribuna para conversar con el árbitro. En el campo, las jugadoras de la ciudad también están preocupadas por el tiempo. Quieren empatar. Las jugadoras de Churubamba están cansadas. Final. El equipo ganador corre hacia el filo de la cancha, como si escapara de los premios.

La lluvia ha estallado. Las gotas de agua parecen pelotas diminutas haciendo blanco sobre las cabezas. La ceremonia de los premios es muy rápida. En unos minutos, el espectáculo se desarma. El alcalde trepa a una camioneta, junto con el equipo de la ciudad. Las jugadoras de Churubamba, sus hijos de pecho y sus esposos suben a un camión de carga protegido por un toldo grueso. La subida a la aldea será peligrosa y muy lenta. Tardará más de tres horas. La próxima vez que haya un partido de fútbol, es posible que las jugadoras de Churubamba vistan esas mismas camisetas que acaban de ganar y algo habrá cambiado en su vestimenta. ¿Serán ésos los puentes que se debe tender para unir el mundo de las alturas con el de la ciudad? Entonces, ¿por qué no les ofrecen zapatillas? La respuesta abre un túnel en el tiempo. “Porque sus pies son tan gruesos que no caben en otra cosa que en las ojotas (zapatillas)”, dice el alcalde. Paso a paso, la civilización occidental es una educación lenta que empieza por los pies.

Benedicta Mamani recoge una pelota de fútbol de su cocina y sale cojeando bajo esta mañana helada de diciembre. Ayer caminó mucho persiguiendo a las ovejas que pastaban en la montaña y ha amanecido con las pantorrillas moradas: está lesionada. A cuatro mil metros sobre el nivel del mar, el frío de los Andes del Perú es un congelador natural. Algunas aldeas se esparcen en las cumbres, y las chimeneas de sus casas parecen condenadas a un trabajo eterno. Benedicta Mamani no sabe leer ni escribir, pero sí que el calor es bueno para aliviar el dolor muscular. Se ha sentado en un campo de tierra y frota sus piernas con llantén, una planta analgésica que crece en el huerto de su cabaña. No quiere perderse el partido de entrenamiento de esta mañana: Mamani tiene cuarenta años y es delantera del equipo de fútbol de Churubamba, una aldea de doscientos cincuenta campesinos, a unas cinco horas al sur de la provincia del Cuzco, cuya selección femenina ha ganado cinco veces consecutivas las Olimpiadas del distrito de Andahuaylillas al que pertenece. Éste es un pueblo de edificios de adobe que se levanta a medio camino entre las frías montañas y el tibio valle del Cuzco, la antigua capital del Imperio de los Incas. Ahora son las seis de la mañana y un megáfono conectado a una batería de auto retumba en la aldea como un despertador: «¡Señoras, ha llegado la avena desde la ciudad! Reunión en la cancha de fútbol. Después se jugará un partido». Benedicta Mamani se levanta, desesperada, y vuelve a su cocina para sacar un manojo de hojas de coca que se lleva a la boca como si se tratara de un caramelo. Si vivir en las alturas es un deporte arriesgado, la coca es el doping del pueblo: calma el dolor, demora el hambre, espanta el frío. Cuando surta el efecto deseado, Mamani estará lista para jugar. Será su último partido.

Churubamba significa caracol de tierra en quechua, el idioma que hablan más de tres millones de personas en los Andes del Perú. En esta aldea de una altura lejana y caprichosa, el segundo idioma más extendido podría ser el fútbol. El paisaje parece una imitación natural de un gran estadio: las montañas rodean una planicie verde. Aquí no hay una estación de policía, ni una iglesia –ni siquiera una cruz–, pero sí dos arcos de madera clavados en el centro de la gran explanada-plaza de armas-cancha de fútbol, y alrededor de ella unas sesenta casas de barro con techos de paja y una escuela donde se aprende a contar y a leer en quechua. El fútbol, idioma universal del entretenimiento, ha llegado a Churubamba mucho antes que el castellano, los libros o las medicinas. En algunos lugares del mundo el capitalismo todavía tiene viejas novedades que ofrecer. Si el resto de la Tierra fuera plana, Churubamba miraría directamente a los pueblos más altos y aislados del planeta: Wenchuan, en China; Potosí, en Bolivia; Lhasa, en el Tíbet. Pero el mundo es redondo como una pelota y Churubamba –con su equipo de mujeres campeonas– también podría ser un equivalente femenino de la selección de Brasil en este universo de montañas altas donde tampoco existen el transporte público ni los zapatos.

Benedicta Mamani tiene las piernas amoratadas sobre sus ojotas, unas sandalias fabricadas con el rústico jebe de los neumáticos usados. Ahora, por fin, llega a la cancha, es decir, a la Plaza de Churubamba. Llega cojeando. Viste un traje que ella misma ha confeccionado, como suelen hacer todas las mujeres del pueblo. Lleva cuatro juegos de faldas de colores, una sobre otra. También una blusa blanca, una chaqueta de lana de alpaca y un sombrero cuadrado de alas anchas bordado con hilos de colores y salpicado de lentejuelas. Es la vestimenta oficial para jugar al fútbol, y no porque a las mujeres de Churubamba les guste llamar la atención de los fotógrafos del mundo que van a la caza de imágenes exóticas, sino porque ésa es la ropa que ellas usan todos los días. En las afueras de La Paz, la capital de Bolivia, hay una aldea llamada Cattuyo donde sus campesinas juegan para la afición: usan polleras, zapatos y también camisetas de equipos profesionales como si se tratara del uniforme oficial para los reportajes. Incluso allí lo exótico es lo que viene de afuera para mirar con folclórica curiosidad: cámaras digitales, periodistas, preguntas indiscretas.

Cada quince días, el municipio del distrito de Andahuaylillas envía a Churubamba una camioneta repleta de bolsas de avena. Para llegar, el vehículo debe sortear precipicios empinados sobre una carretera enlodada por las lluvias. Velocidad promedio: quince kilómetros por hora. Churubamba sólo produce papas, maíz y una que otra hortaliza como zanahorias y tomates. La llegada del cereal es un momento tan importante que paraliza a la aldea como si se tratara de un día feriado. Los hombres dejan la siembra para cargar la avena, y las mujeres se reúnen en la plaza-cancha de fútbol para repartir el alimento según el número de hijos de cada familia. En Churubamba, la cancha es el centro del mundo. Si sales de una casa, ingresas a la cancha. Si sales de la cancha, regresas a tu casa. Luego del reparto de los cereales, las mujeres suelen hacer dos cosas: 1. Discutir asuntos de la comunidad y 2. Disputar un partido de fútbol. El balompié es aquí una novedad que se acaba de descubrir apenas una generación atrás. Las mujeres juegan mejor al fútbol que los hombres de la aldea, si jugar mejor significa haber ganado los trofeos de cinco olimpiadas en un torneo contra otros seis equipos femeninos del distrito de Andahuaylillas. Se han ganado el derecho a una hinchada fiel, al uso de la cancha y a los aplausos. Cada nuevo partido es como un entrenamiento que las mantiene preparadas para competir con equipos de las aldeas cercanas. En unos días, Andahuaylillas celebrará su fiesta de aniversario y habrá un partido de exhibición de fútbol de mujeres y un trofeo por disputar, cortesía del alcalde. Entonces a sus maridos, que nunca han ganado en su categoría, sólo les quedará mirarlas desde la tribuna y demostrar su orgullo de hinchas. La feliz resignación de ser derrotados por el éxito de sus esposas.

Pero esta mañana también hay un juicio en la aldea: una mujer es acusada de comer demasiada avena. Se llama Toribia Ccopa, sufre de obesidad y está sentada sobre sus piernas, en el centro de un círculo humano a un lado de la cancha. El juicio, como todas las decisiones en este pueblo, será comunal. Si te casas, la comunidad te entrega un terreno. Cuando mueres, tus tierras vuelven a pertenecer a la comunidad. Si robas, la comunidad te lleva al río Vilcanota y te hace reflexionar a latigazos. Si descubren que tienes un amante, te expulsan del pueblo. En la asamblea hay veinte mujeres y no más de diez hombres. Alguien acusa. Y es Benedicta Mamani.

–¿Para qué comes tú? –le dice en quechua–. Deberías dejar para los pobres.

Ccopa, la acusada, se queda callada y agacha la cabeza en señal de vergüenza, fusilada por las risas de la pequeña multitud alrededor.

–La burla puede ser un castigo terrible en un pueblo de sesenta familias –dirá después Martín Pilco, el profesor de la escuela de Churubamba.

Pilco es la única persona que habla español.

–Esa mujer tendrá que soportar las risas por un tiempo y demostrar que está dispuesta a cambiar.

La acusada se retira muy triste a un extremo de la plaza, o lo que podría ser el punto para patear tiros de esquina. Su destino parece ser el de cualquier jugador del mundo castigado por su mala conducta: una tarjeta roja. Según la FIFA, cuarenta millones de mujeres practican el fútbol de manera oficial en todo el planeta, es decir, en clubes o asociaciones. Si esa cantidad fuera una mancha sobre un globo terráqueo apenas salpicaría dos o tres países de Europa, el continente donde más mujeres juegan al fútbol. Pero ni la FIFA conoce la aldea de Churubamba ni Benedicta Mamani sabe de estadísticas. Tampoco sabe leer. Mientras los hombres terminan de retirar las bolsas de avena de la cancha de fútbol, ella y otras ocho mujeres han formado un equipo y discuten alrededor de la pelota sobre la lesión de su capitana Benedicta Mamani. El terreno está cubierto del mismo pasto grueso que alfombra el resto de la montaña, y algunos charcos y lodazales recuerdan la lluvia de la noche anterior.

–Cuando era niña –traduce a la delantera el profesor Pilco– ni las mujeres ni los hombres jugaban al fútbol en Churubamba.

La historia comenzó en el mismo año de la Copa Mundial de España. En la primera fase del torneo la selección del Perú empató con la de Italia, una de las escuadras favoritas. Pero meses antes, el furor ya había empezado a correr por todo el país y el Gobierno había decretado feriados para que los peruanos pudieran celebrar los resultados desde la gira de preparación por Europa: Perú 1-Francia 0, en el Parque de los Príncipes; Perú 2-Hungría 1. En aquel entonces, Perú todavía ganaba en el fútbol. Los habitantes de Churubamba escuchaban las noticias a través de sus radios a baterías, y algunos bajaban de las montañas para espiar los partidos en televisores de las ciudades vecinas. Así, al regresar a su comunidad, miraron con hambre de gol el campo de la plaza de armas y colocaron allí arcos de madera con ayuda de sacerdotes de la iglesia de Andahuaylillas, que vieron en el fútbol un remedio para reducir algunos problemas de la aldea. El alcoholismo, por ejemplo, un vicio barato que había sobrevivido desde la época de las haciendas. En el Perú, los hacendados eran señores feudales sin título nobiliario y a menudo pagaban el trabajo de los campesinos con lo que querían. Por ejemplo, con alcohol. Luego llegó la Reforma Agraria, el reparto de la tierra, la propiedad para los campesinos: el capitalismo cada vez más cerca. También el fútbol. Benedicta Mamami era una niña en esa época y recuerda que su abuela, ya una anciana, también aprendió a patear la pelota y a beber menos antes de morir.

Tiempo después, durante los años noventa, Alberto Fujimori fue un presidente del Perú que, con la excusa de reducir las estadísticas de pobreza en las zonas rurales del país, auspició una campaña para esterilizar a las mujeres. Su plan llegó a Churubamba. El profesor Pilco dice que cuando una mujer llegaba al hospital de Andahuaylillas para curarse de un dolor de estómago, la atendían pero además le ligaban las trompas o le introducían una T de cobre. Otras veces, los enfermeros recorrían las aldeas más alejadas haciendo operaciones inmediatas. El resultado fue que en esa década la pobreza siguió siendo la misma, pero nacieron menos pobres.

–Tuvimos que cerrar la escuela porque no había alumnos –recuerda el profesor Pilco.

No es difícil imaginar el castigo de la esterilización forzada en un pueblo donde las mujeres son criadas para tener hijos y los hijos son criados para trabajar la tierra. A ellas les sobraba el tiempo libre. El tiempo libre es el origen de todos los juegos. En el relato del profesor, las mujeres empezaron a jugar simplemente porque les sobraba el tiempo para hacerlo. Pero es difícil comprobarlo y tratar de cruzar el terreno de la fábula. Los hospitales de las ciudades cercanas no conservan estadísticas de aquella campaña de esterilización forzada de Fujimori. Sí se sabe que ciento cincuenta mil mujeres fueron esterilizadas, según la Defensoría del Pueblo, pero éstas son cifras de todo el Perú: no todas eran futbolistas ni vivían en una aldea donde el centro del mundo es una cancha de fútbol, como en Churubamba. Lo único cierto es que en 1999, la iglesia católica de la zona organizó un campeonato deportivo donde debían participar todas las aldeas campesinas de las montañas y los barrios de Andahuaylillas. «Creíamos que el deporte era una forma de tender puentes con esas poblaciones alejadas», dirá después el párroco de esa ciudad. Aquella vez, los sacerdotes propusieron que los hombres compitieran en fútbol y sus esposas en vóleibol. Ellas dijeron que también sabían patear un balón y consiguieron que se reconociera la categoría femenina. Después ganaron el campeonato de mujeres, y así empezó esta leyenda sin derrotas.

El pitazo del árbitro suena para ordenar que los niños y los perros abandonen el campo de la plaza de Churubamba. Un muro de barro delimita la cancha del resto de la aldea. Allí está sentado Encarnación Taype, esposo de Benedicta Mamani, conversando con otros hombres. Taype viste un pantalón de yute, una camiseta delgada y un chullo, ese gorro andino de lana en forma de cono cuyas largas orejeras protegen del frío. ¿Es posible que le moleste que su esposa sea una jugadora de fútbol? ¿Cuánta autonomía tienen las mujeres en esta aldea? «Ellas tienen que cumplir su tarea de madres, y nosotros de padres –dice–. Después, todos podemos jugar». Los hogares en las alturas son matriarcales en gran medida, explica el profesor Pilco. Las mujeres cocinan, crían a los hijos y administran el dinero de la casa. «El esposo no puede vender una oveja si la mujer no lo autoriza». ¿Las golpean? Sí. ¿Y ellas qué hacen? Les responden a golpes. «También se pueden quejar a la asamblea comunal, pero entonces el castigo para el varón es más fuerte», dice Encarnación Taype, acomodándose en la tribuna. Nunca juegan hombres contra mujeres. Entran los dos equipos: nueve jugadoras en cada uno, con faldas floreadas y ojotas. El partido está por empezar. Un equipo se llama Mirador de Churubamba y su capitana es Benedicta Mamani. El otro se llama Club Churubamba y su lideresa es Andrea Puma, una mujer de unos veinte años y pómulos hinchados. Es la mejor jugadora de Churubamba y, desde el año 2000, la capitana de la selección oficial de la aldea.

–Las que pierden que regresen a atender a sus maridos –bromea Andrea Puma colocando las manos sobre sus caderas.

Otro pitazo del árbitro, y la pelota rueda fuera del campo. Un niño llora a gritos desde una tribuna, y su madre abandona el puesto de centrocampista para consolarlo. Andrea Puma levanta el brazo. Está en el área rival. Saque lateral. Ahora recibe un pase en callejón que muere amortiguado en sus faldas, elude a una defensora rival, encuentra un túnel entre las piernas de otra y patea al cielo adornado de nubes. Saque de meta. La pelota en el aire crea incertidumbre: a cuatro mil metros de altura, entre futbolistas que también son madres de familia, no hay disciplina táctica. Todas las mujeres persiguen el balón hasta olvidarse de sus puestos. Benedicta Mamani ha bajado hasta su propia área, detiene el balón con el pecho. La pisa. Mira al frente y eleva un tiro de globo en busca de alguna delantera. Sus pantorrillas moradas y adoloridas están gobernadas por la concentración. Una de las delanteras salta, golpea el aire con la cabeza y, al caer, sus piernas gruesas asoman debajo de las faldas. Saque de meta. Minutos después, tras ensayar una jugada similar, Benedicta Mamani grita de dolor: la uña de su dedo gordo se ha partido en dos y sangra. Las ojotas son ideales para caminar en terrenos lluviosos, pero pésimas para conectar ese tiro potente que la jerga futbolística del Perú ha bautizado como «puntazo». Benedicta Mamani sale del campo apoyada sobre dos compañeras. Sin su capitana, Mirador de Churubamba soporta el resto del partido sin gloria. Empate a cero. Estadísticas: diez tiros al arco atajados. Tres al palo. Ocho al cielo. Un tiro fue a la puerta de la escuela y hubo una larga interrupción cuando el balón rodó montaña abajo sin que la tribuna pudiera detenerlo. Recuperarlo tomó unos diez minutos. Al final el árbitro decide que haya penales. Es un hombre de torso grueso y pocas palabras. El chullo de colores alegra su parquedad. «Tiene que haber un equipo ganador», dice. Resultado: cero para Mirador y dos para el Club Churubamba de Andrea Puma. El premio para las campeonas son panes con queso y naranjas frescas de postre, regalos del alcalde de Andahuaylillas. Para las perdedoras hay lo mismo. Todo es comunal en la aldea. Incluso los premios y la felicidad de las competencias, como ocurre cuando los adultos se reúnen para trabajar una obra que beneficiará a todos. Por ejemplo, limpiar la carretera. Entonces se forman dos equipos y se divide la tarea en partes iguales para ver quiénes terminan primero. No hay premio ni castigo: la competencia los hace trabajar más rápido.

Para celebrar el aniversario de Andahuaylillas, su municipalidad ha organizado un partido de exhibición entre la selección de Churubamba y la selección local, un equipo de mujeres dedicadas al comercio de artesanías. Ellas sí hablan castellano, han ido a la escuela y usan zapatillas. También ven televisión y toman Coca-Cola. Si tienen una lesión, van a una farmacia y compran una pastilla. Viven la globalización y su mercado de bienestar.

–No hay miedo –dice Andrea Puma.

Se ha acercado donde Benedicta Mamani, recostada en un lado de la plaza, y ahora le ofrece un vaso de agua gaseosa.

–Acá las mujeres sabemos cocinar bien, atendemos a nuestros niños bien, cosechamos con nuestros esposos bien. Somos fuertes, entonces sabemos jugar bien.

La antesala de un partido de fútbol femenino en la Cordillera de los Andes, como en todo el mundo, suele ser una cadena de entusiasmos. Coraje. Catarsis. Fe. Pero si el fútbol es un arte de la guerra en permanente evolución, la contienda entre once pares de ojotas y once de zapatillas puede inspirar el mismo pronóstico que una batalla entre un ejército armado con flechas y una flota con misiles teledirigidos. ¿Es el fútbol un microscopio para observar en detalle las diferencias sociales? ¿Es el fútbol el mejor deporte para entender el mundo? ¿Puede ser acaso un juego capaz de unir dos extremos de la realidad y convertir sus conflictos en un marcador de goles? Cualquier comparación es tan odiosa como anticipar el resultado de un partido todavía no visto. Éste sólo será un juego. Once faldas contra once faldas.

El día del partido de faldas contra faldas, el cielo de Andahuaylillas amanece despejado y azul como una inmensa cúpula pintada a mano. Las calles de este pueblo son pequeños pasajes empedrados donde merodean algunos turistas que disparan sus cámaras fotográficas: niños que van a la escuela pateando piedrecillas, una mujer de trenzas muy largas que reparte la leche, campesinos que van detrás de una vaca aburrida. Las casas son de paredes blancas, con balcones de madera y tejados marrones que envuelven una plaza amplia donde hay cuatro árboles frondosos tan viejos como la iglesia construida en 1650. El templo de Andahuaylillas ya está abierto: el portón lleno de aldabones parece la boca de un monstruo en reposo. Los libros de viaje la promocionan como «La Capilla Sixtina del Perú». En su interior, los turistas se fascinan al descubrir paredes llenas de aterradoras pinturas murales. Los guías les explican: la figura del demonio cumplía un papel importante cuando los misioneros de la Iglesia Católica llegaron al lugar. Era la época de las expediciones españolas al Nuevo Mundo. Extirpación de idolatrías. Una guerra santa que reemplazó el culto al Sol de los incas por el temor a Dios. La civilización se instaló en la ciudad, pero los indios siguieron viviendo en las alturas. Hasta hoy.

–La lucha religiosa continúa –dice Luis Herrera, un sacerdote jesuita que viste en mangas de camisa y pantalones jeans.

Su rostro es tan rosado como el de un apóstol en un cuadro de la Última Cena. Su oficina es una mesa, una computadora y una ventana que mira a la plaza de Andahuaylillas. Detrás de ella, las montañas altas parecen gigantes que juegan con las nubes. Nada hace suponer que allí arriba, en lo más alto de la imaginación, hay un pueblo de mujeres futbolistas.

–Las iglesias protestantes y evangélicas de Brasil han evangelizado a su manera a muchas comunidades –dice Herrera, sentado en un viejo sofá–. Pero el fútbol lo difundimos nosotros.

El cura Herrera es hincha de su iglesia de la Compañía de Jesús, pero no fanático de la propaganda. En los años ochenta, el alcoholismo era uno de los problemas más graves de las comunidades campesinas del Cuzco, recuerda el sacerdote. Los hombres y las mujeres bebían cada día y se daban unas golpizas terribles. Se olvidaban de sus hijos, morían de cirrosis. El fútbol, dice el sacerdote, fue una manera de combatir esas malas costumbres. También en algunos países de África se cree que el fútbol puede aliviar los males que producen las guerras. En Sierra Leona, Benín y Angola, algunas ONG han contratado entrenadores europeos para difundir el deporte entre los desplazados por las guerras civiles. Si el negocio del fútbol es una religión en continua expansión, como escribió Manuel Vázquez Montalbán, sus misioneros han sido tan anónimos e involuntarios como los del Cuzco. Los marineros mercantes ingleses y portugueses llevaron balones a Brasil a fines del siglo diecinueve, y bastó que jugaran en las playas de ese país para que la curiosidad de los lugareños encendiera la historia de una potencia del fútbol. En Churubamba, donde no hay televisores ni libros, los sacerdotes se convirtieron en los apóstoles del deporte rey. Parece que así funciona la globalización en el fútbol: la FIFA, como un Vaticano perezoso, espera que para el año 2010 haya tantas mujeres como hombres jugando fútbol a nivel profesional. En la historia universal de este deporte, el mundo todavía ofrece territorios vírgenes y aislados, pero no imposibles: el fútbol es hoy la industria cultural más veloz de la civilización. El negocio de civilizar los pies.

–La FIFA no sabe de geografía –dice el sacerdote Herrera–. Lo que podemos esperar del fútbol acá es que ayude a integrar estos dos mundos, el de la ciudad y el de las alturas. Es algo que no ha ocurrido en quinientos años.

El padre Herrera sabe hacer goles a su manera, aunque el marcador final esté en contra. Después de haber trabajado durante varias décadas en Churubamba, dice con resignación, la Iglesia tuvo que abandonar la comunidad debido a la distancia y a la falta de dinero para el trabajo misionero. Algunas sectas protestantes –sobre todo evangélicas– han aprovechado este alejamiento y han logrado que casi toda la aldea deje de ser católica. Parece el esquema de un juego de fútbol donde los sacerdotes han cedido terreno. Herrera tiene trabajo que hacer. No irá al estadio a ver el partido entre las mujeres de Andahuaylillas y las de Churubamba. Por la noche, llegarán varios funcionarios de Lima, la lejana capital del Perú, e inaugurarán un nuevo sistema de iluminación en el interior de la Capilla Sixtina. También esta iglesia vive del turismo. Afuera de la oficina, el cielo de Andahuaylillas ha ennegrecido sobre las calles vacías. Pronto volverá a llover.

Un cielo de nubes negras arroja sombras sobre un estadio donde podrían caber cinco mil personas si la ciudad tuviera más aficionados al fútbol femenino. Sólo han llegado doscientos curiosos. Las tribunas son de cemento y están pintadas con los colores del arco iris. En la década del setenta, un abogado del Cuzco dijo que así había sido la bandera del Imperio de los Incas. Era mentira, pero su invento era tan convincente que se convirtió en una verdad vendedora para el lucrativo negocio del turismo. En el centro de la tribuna principal, el alcalde de Andahuaylillas se preocupa por el mal tiempo. Si vuelve a llover, dice, se suspenderá el partido, y el trofeo –un juego de camisetas– se repartirá entre las jugadoras. Se llama Guillermo Chillihuane y nació en una aldea de campesinos cercana. Cuando era niño, recuerda Chillihuane, sus padres lo enviaron a estudiar a la ciudad. Allí aprendió español, trabajó en lo que pudo, y con sus ahorros estudió ingeniería en una universidad del Cuzco. Muchos habitantes de Churubamba y otras aldeas quechuas sueñan con algo parecido para sus hijos. Los envían a estudiar en las escuelas de la ciudad, pero como la distancia que separa sus aldeas es tan grande que los niños no pueden ir y volver en el mismo día, los padres han edificado un asentamiento de casitas de barro en las faldas de las montañas, muy cerca de un río. Se llama Nuevo Churubamba y parece un pueblo fantasma. Los niños viven allí de lunes a viernes y duermen sobre pellejos de oveja, cubiertos de frío.

–Como no tienen familiares cerca, deambulan por la ciudad pidiendo dinero a los turistas –dice Chillihuane–. El deporte es una forma de combatir esos problemas y por eso estamos construyendo más canchas de fútbol.

Para vivir en un pueblo al pie de las montañas y disfrutar de su bienestar, los habitantes de Churubamba deben pagar un alto precio de entrada: necesitan aprender el castellano y tener dinero para comprar. La mayoría no reúne estos requisitos y sigue mirando la modernidad –televisores, hospitales, universidad– como un espectáculo ajeno. Cuando bajan la montaña para asistir a un partido de fútbol, parecen forasteros de un mundo que juega a las escondidas. Juegan y se van.

Faltan quince minutos para el final del partido. Churubamba está ganando por un gol a cero. La jugadora Andrea Puma mira el arco rival, apoya las manos en sus faldas y lamenta su mala puntería. El disparo le salió muy alto. Saque de meta. La pelota viaja cincuenta metros y amenaza el área de Churubamba, el equipo visitante. Las ojotas defienden, intentan alejar el peligro, pero las zapatillas atacan ejerciendo el poder de la emboscada. El césped húmedo y crecido ata los pies de las jugadoras visitantes. La recibe Guillermina Gutiérrez, una defensa de trenzas tan largas que se pierden bajo su cintura. Quiere despejar el balón hacia el centro del campo. Se impulsa en una pierna, pierde el equilibrio y termina de espaldas, contando las nubes. Foul, grita la barra. Allí hay niños y esposos. El árbitro ordena continuar.

El alcalde Chillihuane mira su reloj y se levanta de la tribuna para conversar con el juez. En el campo, las jugadoras de Andahuaylillas también están preocupadas por el tiempo. Quieren empatar. Su uniforme es una falda granate, medias blancas, blusa blanca y zapatillas blancas. Las jugadoras de Churubamba –faldas marrones, chompas rojas, ojotas– están cansadas. Las locales patean desde fuera del área sin dificultad. Ya hay dos lesionadas con las uñas rotas en el equipo de la visita. Las que quedan en el campo ahuyentan a patadas las ansias enemigas. Final. El equipo ganador corre hacia el filo de la cancha, como si escapara de los premios. Parece una carrera de velocistas. Las mujeres recogen a sus bebés y los llevan directamente a sus pechos. En la esquina del equipo perdedor, las futbolistas combaten sus dolores con masajes. Pregunta:

–¿Por qué perdieron?

–Las mujeres de Churubamba son más fuertes. No tienen miedo a los pelotazos ni a las patadas. Pero tampoco tienen mucha técnica.

En el otro bando la respuesta es un cliché universal:

–Jugamos mejor.

Por allí está Benedicta Mamani, la lesionada. Saluda a sus compañeras y les sirve vasos de gaseosa. La acompaña su hija Renata Taype, de once años.

–Ella también sabe jugar al fútbol –dice su madre, acariciando la cabeza de la niña–, pero seguirá estudiando.

Renata Taype, a diferencia de su madre, sí usa zapatillas. Son blancas, de las que se lleva en las clases de educación física de escuela. La punta de una de ellas está rota y por allí asoman unos dedos delgados y morados. La niña habla castellano. Cuando sea grande quiere ser maestra en la escuela de la ciudad y vivir en una casa con televisor.

–Allí voy a vivir con mis papás –dice antes de echarse a correr detrás de su madre, porque la lluvia ha estallado.

Las gotas de agua parecen pelotas diminutas haciendo blanco sobre las cabezas. La premiación de los equipos de fútbol es muy rápida. El alcalde de Andahuaylillas distribuye camisetas sintéticas de fútbol entre las ganadoras. Están numeradas del 1 al 22. Ellas se las ponen sobre sus chompas rojas. Parecen un equipo profesional, y cae más lluvia sobre el estadio sin techo. En unos minutos el espectáculo se desarma: el alcalde de Andahuaylillas sube en una camioneta junto con el equipo de su pueblo. Las jugadoras de Churubamba, sus hijos y sus esposos suben en un camión de carga protegido por un toldo grueso. El regreso a la aldea será peligroso. Tardará más de tres horas. La próxima vez que haya un partido de fútbol es posible que las jugadoras de Churubamba vistan las camisetas que acaban de ganar. ¿Serán éstas el disfraz que unirá el mundo de las alturas con el de la ciudad? ¿Por qué, entonces, no les ofrecieron zapatillas? La respuesta del alcalde de Andahuaylillas abre un túnel en el tiempo: «Porque sus pies son tan gruesos que no caben en otra cosa que no sean sus ojotas». Lo dice desde la comodidad de su camioneta y agrega por qué es mejor trabajar con los niños que con los adultos: la civilización occidental es una educación lenta que empieza, paso a paso, por los pies.

Una batalla en el fin del mundo

Publicado: 7 noviembre 2008 en Daniel Titinger
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Mañana es la batalla de Tocto y he puesto todas mis esperanzas en que haya un muerto. Al menos uno. Me han dicho que en el 2001, en esta batalla campal al sur del Cuzco, murió un combatiente; que el año pasado, 2006, algunos luchadores perdieron los ojos; y que hace dos años una bala perforó el corazón de un caballo color almendra. «No se usan armas de fuego –intentaron explicarme–, no sé qué pasó allí». Lo cierto es que las probabilidades de que mañana corra sangre son muchas: la vida es frágil cuando se acerca la batalla. «¿Te vas a la lucha de Tocto?, uy, allí se matan como animales», me advirtió una mujer con los ojos encendidos. Las secuelas de una guerra son previsibles, lo mismo que el paisaje a casi cuatro mil metros de altura: nubes gordas y blanquísimas nadando en un cielo color cielo, con muchas piedras empinadas y montañas verdes como pirámides imperfectas. Hoy es una mañana luminosa y helada en el distrito de Quehue, a unas siete horas de Tocto, a pie. La altura es perversa si vienes de un lugar con vista al mar: sólo dar un paso te demanda media vida de aliento. ¿Siete horas a pie no es como morir un poco? Pero esa incertidumbre recién será mañana y entonces he puesto todas mis esperanzas en que haya un combatiente muerto. Hay que ser fríos y despiadados y políticamente incorrectos: un periodista va a la guerra y confía en que las armas hagan su trabajo; que el protagonista principal de su historia –en este caso, Benedicto Cayllo, veintiocho años, natural del distrito de Quehue, provincia de Canas, departamento del Cuzco– sea derribado por el enemigo. La violencia nos afecta a todos.

–¿Y no tienes miedo de que te pase, no sé… algo? –interrumpo a Benedicto Cayllo en un restaurante de Quehue, donde almuerza un inexpresivo estofado de gallina junto a otros dos campesinos con ojotas, esas sandalias de caucho que forman una X sobre el pie.

Benedicto sonríe sutilmente, se acomoda el sombrero que le hace sombra a sus ojos, termina de tragar un trozo de gallina y responde, sin darle mucha importancia al asunto:

–No, pues, yo voy a pelearles también a ellos, para hacerles lo mismo.

–¿Has matado a alguien, Benedicto?

–No, pues.

Las tres mesas del restaurante son tablones de madera vieja y oscura, con cuatro patas flaquísimas que podrían quebrarse de un soplo. Las paredes de adobe están disfrazadas con propaganda electoral de las pasadas elecciones presidenciales del Perú, vota por mí, la prueba de que alguien sabe (sabía) que este lugar existe en el mapa del país. El techo es un plástico celeste sujetado con piedras y el piso es de tierra seca, como el aire que uno respira. Afuera, una placita principal en medio de ese paisaje previsible, con una iglesia cerrada, un colegio sin niños, una municipalidad sin funcionarios, la modorra natural de un pueblo chico a la hora del almuerzo, y en el restaurante de paredes de adobe, distraído con el estofado de gallina, a Benedicto Cayllo no le preocupa la batalla.

–¿Primera vez que vas a pelear en Tocto? –le pregunto.

–Hace diez años voy, desde que tenía dieciocho –sonríe y come.

Benedicto no tiene ni treinta años y puede morir mañana. No es exagerado pensarlo. La misma mujer que antes me había dicho que en Tocto se matan como animales sabe de una persona que murió unos días después de ir a la lucha. «Los del otro bando le habían arrancado las orejas, la lengua y los dedos de los pies», dice. Ella no es de Quehue, sino de Sicuani, un distrito alejado, y desde ese lugar entiende la violencia de la lucha de Tocto como una práctica bestial. Una señal de radio que llega al pueblo anunciaba la tarde anterior a la batalla: «Prepárense. Mañana sólo irán los hombres más hombres que los hombres». Tener miedo es una enfermedad grave a la que aquí se le dice animu qarqusqa, alma espantada, y la culpa la tienen los espíritus malignos. Eso es lo que se cree: el miedo también mata.

Aquí se creen muchas cosas que no aparecen en los panfletos de turismo. Sigue siendo el Cuzco, pero no es esa ciudad prometida donde cientos de turistas gringos fotografían una piedra. Estamos en la comunidad de Quehue, provincia de Canas, y mañana es la guerra.

–Yo no siento que sea guerra –dispara desde su mesa Benedicto Cayllo, quien hace unos años regresó de Tocto con una fractura en un pie que lo tumbó seis meses en una cama–. Es como un juego.

Las reglas del juego son claras. Cada año, en tres fechas distintas –8 de diciembre, 1 de enero y el segundo jueves de febrero–, dos provincias cuzqueñas que viven en paz, una al lado de la otra, tienen la oportunidad de odiarse a muerte por un día. Mañana, segundo jueves de febrero, será la última lucha de la temporada, y dicen que por eso será la más sangrienta. Fuera de la batalla (del juego), los combatientes ni se conocen. Canas versus Chumbivilcas son los vecinos perfectos hasta que llega una de las fechas en las que tienen que derribarse a pedradas. Para ello han elegido un lugar neutral y limítrofe, Toqtopata, «el andén que explosiona», una quebrada casi inaccesible con truenos, rayos, granizo y unos cinco mil metros de altura. Hasta allí llegarán cientos de combatientes de cada bando. Desde Quehue, donde estoy ahora, no irán muchos, quizá veinte o treinta hombres que se juntarán en el camino –siete horas a pie, ya lo dije, con desfallecimiento prematuro– con hombres de otros distritos de Canas: Yanaoca, Langui, Ch’eqa, Kunturkanki, Chimpactocto, treinta, cincuenta, cien, doscientos combatientes, quizá más, que se enfrentarán a los distritos de la provincia de Chumbivilcas. No habrá jueces ni turistas. La vida, es decir, la posibilidad de no perderla, es una tautología de la que todos tienen conciencia: el que muere muere.

Aunque el objetivo sea otro: ahuyentar al adversario disparando piedras con unas hondas de lana de llama –a pie o a caballo– o combatiendo cuerpo a cuerpo con unos látigos que terminan en puntas de metal. Si te golpean en la cabeza, se termina la batalla, se acaba el juego. No sobrevives. «Los hombres están bestializados por el alcohol y el odio –apunta el cuzqueño Mario Alberto Gilt, un erudito del tema–. Quieren ver sangre y, en el furor del combate, los bandos toman contacto y luchan cuerpo a cuerpo». «Es gente muy violenta», me dijo en la ciudad del Cuzco, en su casa de la calle Alabado, el historiador Abraham Valencia. ¿Por qué pelean? Es difícil que entiendas lo que sucede en Toqtopata: son reglas distintas a las tuyas. Canas y Chumbivilcas son dos provincias del Perú, pero desde una visión costeña, citadina y pequeñita, parecen otro país. Incluso otro planeta. Aquí se cree, por ejemplo, que la sangre de los heridos y de los muertos regará la tierra –la pachamama– y así el año siguiente será próspero y fértil. Que los dioses esperan como ofrendas las almas de los caídos. Que los vencedores, en tiempos inmemoriales, bebían chicha, ese alcohol fermentado del maíz, en el cráneo de los vencidos. Que a esos perdedores les espera una pobre cosecha hasta la siguiente batalla. «El guerrero que cae –escribió una periodista cuzqueña– no es llorado por sus familiares, porque su sangre riega los surcos y los fructifica». No es jugar por jugar. Sólo un forastero podría creer que se matan como animales.

–¿Odias a los de Chumbivilcas, Benedicto?

–No, pero si les cae una piedra mía, no siento nada, igual a mí me cayó.

Es mediodía en Quehue, provincia de Canas, y Benedicto Cayllo sale a la placita para terminar la faena del día. Mañana, cuando el sol se asome detrás de los cerros, Benedicto irá a pelear. Si muere muere. En todo caso, no es una posibilidad en la que él esté pensando. Hoy está trabajando junto a otros campesinos en cercar la cancha de fútbol del pueblo, cansados de que sea invadida por chanchos y vacas. La única agenda posible es la del día a día. El césped de la cancha llega a los talones y para el ganado debe ser apetitoso pastar allí. Al centro de la plaza de Quehue hay una pileta de piedra con una escultura central de casi tres metros, sobre la que cuelga un puente en miniatura, hecho de metal y pintado de dorado. A cada lado del puente hay una persona también de metal, pintada de blanco y salpicada de colores. El artista ha sido cuidadoso en los detalles. Una lleva una honda y parece estar a punto de disparar una piedra. La otra empuña una soga de tres puntas de fierro. Frente a frente, preparan sus armas para la inminente pelea.

–Más luego conversamos –promete Benedicto en su modesto español.

Al menos sabe español. Yo no hablo quechua.

Luego se pierde por una calle de tierra, doblando en una esquina donde hay un letrero escrito a mano. El mensaje es claro y se puede leer casi desde cualquier lugar de la plaza: «Se vende cajón mortuorio».

 

El gobernador del distrito de Quehue se ha remangado el pantalón para mostrar la cicatriz que le dejó una batalla. Nadie se lo ha pedido, pero las heridas de guerra son trofeos que uno debe lucir: una prueba inequívoca de valentía. Si la evidencia está oculta, entonces hay que remangarse, señalarla con un dedo: ésta es, mira. La herida es de hace cinco años y ahora tiene el aspecto de un lunar de carne. Feísima. Del tamaño de un botón. Leopoldo Puma es el gobernador de Quehue y recuerda que en el ardor de una lucha sintió un golpe seco a la altura del tobillo. No le dolió a muerte sino hasta un rato después, cuando cayó derribado como un saco de papas. Mala suerte, o quién sabe qué. Que te pegue una piedra tal vez sea un mensaje de los dioses. Son cientos de personas luchando en medio de la nada. La nada es inmensa. ¿Cuál es la probabilidad de que te caiga una piedra? Si fuera tan fácil dar en el blanco disparando una honda de lana, entonces Canas y Chumbivilcas serían provincias repletas de lisiados. Aunque la lucha puede complicarse, ponerse más violenta y, de pronto, dos enemigos se encuentran cara a cara. Se acercaron demasiado y ahora deben usar sus látigos con puntas de metal para defenderse uno del otro. Defenderse es atacar. Atrás, se escuchan los insultos de ambos bandos; encima, las piedras que silban como balas. Se oyen truenos y la marea natural de la guerra ha puesto a dos combatientes frente a frente. Uno deberá ser fulminado. Pero ésa es otra historia. A Leopoldo Puma lo que le sucedió fue que una piedra lanzada con una honda le cayó cerca del tobillo. Sus compañeros lo pusieron a salvo; de lo contrario, él mismo se habría convertido en un trofeo para el enemigo. Tal vez hubiese sobrevivido: dicen que está de moda tomar prisioneros y no matarlos. Las nuevas generaciones han aprendido costumbres extrañas.

Son las dos de la tarde y Puma se ha sentado frente a la puerta de la iglesia de Quehue, bajo un arco de adobe que produce la única sombra a la vista: el sol serrano puede dejarte la piel como una tostada y es preciso tomar precauciones. En la lucha es distinto. Dicen que te olvidas hasta de quién eres, o como me contó un antiguo combatiente que ahora vende pan de trigo en una de las esquinas de la plaza, «al cuerpo le entra una emoción que llega al hueso». Antes de los incas, éste fue el territorio de la nación K’ana. Dicen los cronistas que los k’ana eran guerreros temibles, adoradores de las fuerzas telúricas, «de naturaleza indómita», los definió Alfonsina Barrionuevo, una periodista del Cuzco. «El kana –escribió ella– cree en la profunda relación que hay entre el hombre y la tierra. Por eso, cuando alguien muere en la lucha, se alegra». La herencia es tan obvia como una mancha en la cara: al caneño de estos tiempos le gusta pelear, casi como si se tratara de un deporte de aventura. Quizá hasta destile la misma cantidad de adrenalina que un paracaidista espiando el vacío desde la puerta abierta de un avión de combate. Es sólo que aquí la guerra, el deporte, el juego, o lo que sea, es parte de un rito tan antiguo como la memoria del hombre.

–Los apus se alimentan del derrame de sangre de la gente –trata de explicar el gobernador.

Los apus son los cerros sagrados. Se pelea por ellos, frente a ellos. El que pierde, pierde más que una lucha.

–Toda una vida los de Canas hemos ganado –dice el gobernador Leopoldo Puma–, pero cuentan que los de Chumbivilcas se han reforzado para este año.

Mala noticia. Mañana estaré junto con Carlos Díaz, el fotógrafo, en el bando de Canas, y preferiríamos que sigan manteniendo su fama de ganadores. Los combatientes de uno y otro lado beben mucho antes de pelear, y el alcohol le suma violencia a la violencia. Sería preocupante vivir esa experiencia etílica junto a los vencidos. Otra mala noticia: el gobernador no irá mañana. Ha pedido que el pueblo de Quehue designe a una persona para que nos acompañe. Mejor es ir con alguien, nos previene. Luego levanta unos centímetros el cerquillo que le cubre la frente y ostenta una segunda cicatriz, más vieja que la otra, obra de una piedra que casi le perfora un ojo.

–Como dice el dicho –dice el gobernador–, no temes morir ni vivir.

El dicho, naturalmente, sólo existe aquí. Cuando se pronuncia en quechua, parece poesía. Si no entiendes quechua, no entiendes nada. Se vive también en otro idioma.

–¿Estás llevando casco para protección? –me pregunta ahora el gobernador de Quehue.

–Sí. No quiero terminar como usted.

–Pero no –se acaricia el botón de carne–, no vayas a creer que estas heridas son del Tocto.

El gobernador habla (y se viste) en perfecto español, zapatos negros de cuero, un pantalón de sastre, una casaca marrón sobre la camisa. Leopoldo Puma es un hombre respetado en Quehue. Su fama jerárquica sobrepasa los límites del distrito y él quiere escribirle una carta a los tenientes gobernadores de la comunidad más cercana a Toqtopata para que mañana, cuando nos acerquemos a la lucha con los carnés de periodistas, no nos larguen a pedradas. Es un buen tipo el señor Leopoldo Puma. Aunque en Tocto todo es incierto y hasta él correría peligro. Cualquier hijo de campesino podría tirarle una piedra y Puma no tendría por qué vengarse al día siguiente. Así es el juego. Parece que se odian por unas horas y luego se van a sus casas. Leopoldo Puma dice que ha peleado en Tocto muchas veces pero que las marcas en su piel no son de allí. «No vayas a creer que estas heridas son del Tocto», fue lo que había jurado hace un momento bajo la sombra de la iglesia. Hay otras luchas similares, a eso se refiere. Sus cicatrices, por ejemplo, son trofeos del Chiaraje, que es el nombre de una pampa cercana a Quehue donde la pelea es cada 20 de enero, por el día de San Sebastián, ese mártir cristiano que murió azotado por los romanos. Su recuerdo festivo, en las alturas del Cuzco, no podía ser menos violento.

De diciembre a febrero, el calendario de guerra marca cuatro fechas entre Tocto y Chiaraje. Yo había leído acerca de esta otra batalla ritual en un diario de Lima hace algunos años. «Batalla deja al menos sesenta campesinos heridos en Cuzco», decía el titular. «Para los campesinos de Canas, no es un encuentro más, sino un rito ancestral que practicaban los incas», se leía en el artículo. Pero el inicio de la guerra es un misterio. Ambas luchas son tan antiguas que ni los actuales combatientes pueden precisar su génesis. Los españoles, cuando llegaron a esta esquina del mundo, descubrieron con espanto que se adoraba al Sol, a los cerros y a la tierra, y no tardaron en imponer su propia divinidad. San Sebastián, el santo que murió azotado, debió llegar en esa nueva camada de devociones, y entonces los indígenas, quienes ya jugaban a pedradas desde antes de la conquista, modificaron su calendario bélico de acuerdo con costumbres menos blasfemas. Se empezó a luchar por el Día de Compadres, por San Sebastián, por Carnavales. «Juego bestial de hondazos y piedras», se horrorizaban los paisanos de Pizarro. La tierra, sin embargo, siguió siendo sagrada, y había que ofrendarle más sangre. Pero si en Tocto el combate es entre provincias vecinas, la batalla de Chiaraje es de una violencia más doméstica. Canas versus Canas, la misma provincia dividida en dos bandos. Como no es una pampa alejada, hay turistas y curiosos. El Chiaraje tiene tanto de sangre como de feria, y mientras los combatientes arrojan sus piedras en el campo de batalla, en los cerros vecinos se vende comida y alcohol, y se disparan muchos flashes. El Tocto, sin embargo, mantiene su violencia en estado puro. Visto desde una lejanía sobre el nivel del mar, es como si buscaran motivos para matarse. Es algo que no entiendes. Los apus, la pachamama, la guerra con piedras, son protagonistas de un mundo que va más allá de tus narices y que no acaba en estas pampas cercanas a Quehue. En Arequipa, Puno, Ayacucho y Apurímac, otros departamentos del Perú, hay combates similares. Se lucha también en Bolivia, en Ecuador, incluso en el norte serrano de Chile y en Argentina. A la batalla la llaman tupay o tincui o pukllay. Significa «encuentro». Se pelea (se juega) para contentar a los dioses.

El gobernador ha caminado ahora hasta su oficina, en lo que antes era la estación de Policía de Quehue. Empieza a anochecer. Cada cierto rato, el pueblo retumba con el sonido de unos truenos cercanos, pum, pum, pum, como si estallaran bombas a pocas cuadras de aquí. Desde inicios del 2007, más de cuarenta campesinos de Chumbivilcas han muerto al ser alcanzados por rayos. Los dioses también son violentos. Pero hoy, en la provincia vecina, alguien te dice que no hay por qué estar asustado. Me explota la cabeza por culpa de la altura. No tengo hambre, ni sed, ni sueño. No quiero estar aquí. Leopoldo Puma ha pedido que nos hagan una cama al lado de su oficina. En pocas horas se decidirá quién nos acompañará mañana, y tendremos que salir al alba, dice. El frío penetra la habitación-congeladora. Ya no hay nadie, sólo nosotros. En la plaza apenas quedan encendidas las luces de la municipalidad, donde se está decidiendo el nombre de nuestro acompañante. Tiene que ser alguien a quien le guste la lucha, me advirtió el gobernador antes de irse. Además, tiene que ser un hombre sano; es decir, que no se embriague como el resto de combatientes, «si no, no los podrá cuidar». Se escuchan pasos. Es un campesino con una gorra verde muy vieja y unos ojos bastante irritados, como si no hubiese dormido en tres días.

–Van a ir con el que cuida la antena del pueblo –nos dice sin mucho preámbulo.

–Ya, ¿y cómo se llama?

–Benedicto Cayllo –contesta, antes de desaparecer en la noche.

¿Qué soñaron? –nos pregunta Benedicto cuando apenas estamos subiendo la primera colina de la mañana.

A nuestros pies, la última panorámica de Quehue (5:50 a. m.) son casitas de techos a dos aguas, corrales para chanchos, una antena parabólica y una cancha de fútbol recién cercada. Benedicto Cayllo, preocupado por los sueños, se ha vestido con unos botines negros, un jean oscuro, una camisa a cuadros y un sombrero de vaquero andino. Su armamento está a la vista: lleva en el cuello una honda de lana y, amarrado en la cintura, un zurriago mortífero del que cuelga una tuerca de hierro. Dice que no tiene la intención de matar a nadie y que no amaneció pensando en su propia muerte. Anoche no tuvo ningún sueño y se le ve tranquilo. Otros años ha soñado «cosas malas», dice, y no le ha ido bien en la lucha: los espíritus malignos, culpables del miedo, están en todos lados. Carlos Díaz, el fotógrafo, está preocupado porque soñó algo que ahora prefiere no contar. Durante los pocos minutos que yo pude dormir, soñé que una serpiente me mordía la mano izquierda. ¿Debo angustiarme? No se lo pregunto a Benedicto Cayllo, sino al fotógrafo, quien me dice que eso significa cosas extrañas, pero no sabe qué: en Cuzco siempre se sueña muy raro. Por ahora avanzamos entre cerros donde sólo crece el ichu (7:30 a. m.), ese pasto sin gracia que a veces es la única vegetación cuando la altura es, peligrosamente, muy alta. Además de piedras (cada una, la posibilidad de un proyectil) y de la tediosa alfombra de ichu, no hay nada a la vista, sólo la promesa de Benedicto Cayllo de que llegaremos a Toqtopata a mediodía. Vamos. Es de mala suerte tener pensamientos negativos, dice. Es de mala suerte tener pesadillas. Es de mala suerte dudar de uno mismo, y aquí se piensa que el alma –que habita la cabeza de cada hombre– puede escaparse por las sienes. También es de mala suerte interponerse en el camino de un combatiente. Una vez, cuenta Benedicto, su esposa le rogó que no fuera a Tocto. Fue en esa lucha, hace ya algunos años, que una piedra perdida le fracturó el pie.

El día avanza y cruzamos el río Apurímac, enredado en sus propias piedras. Nos acercamos lentamente a la comunidad de Huinchire (9 a. m.), desde donde saldrán al menos cincuenta hombres. El cielo está manchado con nubes grises que anuncian la lluvia (malos presagios, según he leído en un estudio sobre ritos en los Andes, y ya parece que todo aquí significa otra cosa). La ansiedad por la batalla es visible y en Huinchire algunos partieron muy temprano, junto con sus mujeres de faldones inmensos que cargan comida y botellas de un alcohol dulce y helado. Otros recién nos empiezan a dejar atrás. En su mayoría, los hombres van armados con hondas de lana y con zurriagos de los que cuelgan tuercas deformes, resortes de camiones, tuberías de metal para hacer daño. «¡Chucho, carajo!», se escucha un grito detrás de algún cerro. A los de Chumbivilcas les dicen chuchos, y los de Canas se van armando de valor coreando arengas en contra del enemigo. (11 a. m.). El paisaje, conforme uno se acerca a Toqtopata, se va llenando de guerreros con trajes bordados de colores, con inscripciones al dorso como «El rebelde caneño», «Las águilas negras», «Retroceder nunca». Hace un frío casi intolerable, y les encanta pelear. Muchos llevan ponchos y chullos, esas gorras del Ande en forma de cono que protegen las orejas y casi les cubren los ojos: unas miradas incendiadas en las que podría confundirse con facilidad el odio con la embriaguez. «Hay que tomar para darnos fuerzas», dice un hombre, y compra una de esas botellas de alcohol que cargan las mujeres del camino. La etiqueta dice Anís, dos soles, algo menos de un dólar. En pocos minutos, unos veinte luchadores han formado un círculo humano y van pasándose la botella hasta no dejar una gota. Luego una segunda botella, y después acabarán la quinta casi sin darse cuenta. Beben de un vaso rosado de plástico, del tamaño de una copita de vino, un trago directo a la garganta y el otro a la tierra (12:10 p. m.), a la sagrada pachamama. «¡Chucho, carajo! –grita uno de los hombres, afectado ya por eso que dice Anís–. Pensaba comer gallina, pero comeré gallo». Se refiere, supongo, a que quiere matar a un chucho.

–¿Tú piensas matar a un chucho, Benedicto?

–Yo voy a jugar, nomás.

Seguimos entonces en medio de la nada (12:40), y Benedicto Cayllo jura que falta muy poco para llegar. A lo lejos, en un cerro vecino, se distinguen las figuras de al menos cien hombres, todos avanzando en el mismo sentido: Toqtopata. Allá vamos. Se ven jinetes montando caballos, choqchis, les llaman, sacudiendo en el aire unas boleadoras de tres puntas, que bien arrojadas a las patas de un caballo enemigo pueden causar heridas importantes. He leído que, antes de ensillar su caballo, el jinete le cuenta al oído lo que soñó la noche anterior y pide que estén juntos hasta el final de la lucha. El frío penetra hasta las piedras. (1:20). Llegamos.

Toqtopata son muchos cerros pedregosos, lagos, quebradas, casi cinco mil metros de altura y, si no eres de aquí, sólo te quedan fuerzas para tumbarte –moribundo– en una ladera. La pelea será lejos. En otro cerro se distinguen las sombras enemigas. Benedicto Cayllo me pregunta si puedo quedarme solo, si todo está bien. Nada está bien, pero le digo que sí, que vaya a pelear, que mucha suerte. Entonces Benedicto se desamarra el zurriago de la cintura y hace chau con una mano, sonriendo sin algunos dientes. Llegar hasta donde están los chumbivilcanos le tomará al menos quince minutos. Ayer pensé en que podía morirse, pero hoy sólo quiero que regrese a salvo, y es casi en lo único en que puedo concentrarme. El fotógrafo lo sigue, pero el camino terminó para mí. Ya salieron también los jinetes caneños, gritando insultos indescifrables, y los guerreros a pie beben su última botella antes de darles el alcance. En pocos minutos sólo quedarán algunas mujeres con bolsas llenas de comida y más botellas de alcohol, esperando a que sus hombres regresen. Me siento junto a ellas y se ve, a lo lejos, lo que parece que sucede: al filo de los cerros vecinos, las sombras de los guerreros se mueven en desorden, van y vienen, como si retrocedieran para atacar, mientras se oyen muchos gritos que hacen un eco macabro o, al menos, es lo que siento en este instante que ha empezado a granizar y hay que cubrirse con cualquier cosa: un plástico, puede ser, o una casaca. Los truenos y los rayos llegan en el momento preciso y el espectáculo es de otro mundo (de un mundo distinto al mío), pum, pum, sobre nosotros, pum, y siguen gritándose allá donde todo parece estar sucediendo, aunque desde aquí no se distingan las piedras que seguro se están lanzando, ni se vea a los combatientes que irremediablemente van cayendo. Todo eso ocurre, pienso, antes de que me quede dormido.

–No murió nadie –me despiertan de pronto.

Han pasado unas dos horas.

–Los chuchos se corrieron como perros –se queja un tipo arrugando la frente.

Ya no cae granizo y el cielo está en paz. La ladera que estaba casi vacía ahora parece una fiesta: los combatientes regresaron y se ponen a cantar en quechua y a beber tanto alcohol que en pocos minutos la euforia se torna peligrosa.

–Esos chuchos de mierda –dice uno–, siempre se corren.

Benedicto Cayllo regresa sonriente y cansado.

–No pasó nada –dice, creyendo que es una primicia.

Hay jinetes de Chumbivilcas que se asoman por la ladera de otro cerro, y alguien dice algo así como «quieren más esos perros, ya verán». Pero ahora sólo es tiempo de beber, incluso para Benedicto Cayllo, que se supone era un «hombre sano». Ya no nos va a cuidar. Un combatiente de negro me dice que si quiero entrevistarlo tendré que pagarle. «Aquí yo soy el jefe, carajo», dice sacudiendo una mano en el aire y escupiendo cada palabra. Su mensaje es claro: hay que salir de aquí, pero ¿cómo? La respuesta está en un hombre alto y flaco que acaba de aparecer en la ladera. Tiene una casaca roja, lentes sin marco y una filmadora. Se pasea entre los hombres con naturalidad, así que debe ser alguien importante del lugar.

–La batalla estuvo mala –dice.

Su nombre es Humberto Romero y es el fiscal de Canas. Aunque hoy no ha venido como fiscal, sino como documentalista aficionado: el fiscal Romero ha filmado luchas rituales desde el 2005 y cuenta que ya tiene cuarenta horas grabadas de pura batalla, con todo y heridos. «Lo de hoy no ha sido nada», comenta con desilusión, porque otras veces ha tenido hasta que correr para salvarse. El fiscal de Canas no parece de Canas, sino de la ciudad del Cuzco, o incluso de Lima: blanco, alto, ojos claros, ropa moderna de marcas. Es decir, Romero es alguien importante en su provincia, pero su extraña condición occidental no es un salvoconducto. Hay que irse. El fiscal tiene un auto esperándolo a pocos minutos de aquí, y ofrece llevarnos de regreso. El último recuerdo de Toqtopata es un campesino viejo y alcoholizado con una herida en la frente. Hace tanto frío que la herida le ha dejado de sangrar y casi parece una cicatriz. Lleva un sombrero encima del chullo y acepta posar para la fotografía con una mirada fija en alguna parte. Es normal que haya aceptado una foto: es el único herido de una tarde sin gloria, y las heridas de una guerra, ya se sabe, son trofeos que uno debe lucir.

–Les gusta pelear –dice el fiscal, mientras maneja por un camino de tierra al borde de un precipicio.

El auto se aleja con rapidez. El fiscal sabe lo que dice. Además de filmar un documental, está escribiendo una tesis sobre las luchas de Tocto y Chiaraje, que regalará a la Municipalidad de Canas cuando termine. Ha empezado a llover y el camino es resbaloso.

–Cuarenta horas de purita batalla –no baja la velocidad–. Una vez, en Chiaraje, sentí que una piedra me rozó el ojo, y hasta escuché su sonido como el de un helicóptero.

El fiscal habla con una pasión casi descontrolada, y he aquí la ironía: si la tarea de un fiscal es hacer cumplir la ley, ¿qué hace el doctor Romero investigando batallas donde la ley no existe?

–Es que estamos en otro país, se habrá dado usted cuenta –dice.

–Pero ¿y si muere alguien? –le pregunto, pensando aún en la muerte al borde de un precipicio.

–Es otro mundo –continúa–, la lucha es su desfogue, su catarsis.

–¿Desfogue de qué? –le digo, porque al parecer no entendí nada.

El fiscal espía mi ignorancia por el espejo retrovisor y responde como si estas batallas tuviesen mucho sentido.

–Todos tenemos cargas emocionales, ¿no cree usted?

 

CODA

Han pasado casi dos meses desde la lucha de Tocto y el fiscal de Canas, Humberto Romero, está de visita en Lima, donde su hijo estudia Psicología. Es sábado, último día de marzo, y nos encontramos en un café de un distrito moderno y bullicioso, que es aún más moderno y bullicioso porque él está aquí, y viene desde otra esquina del mundo. Dice que hay una noticia que le ha cambiado la forma de pensar. Ayer adelantó algo por teléfono. «Ese día, después de que nos fuimos, mataron a un combatiente». Hoy ha traído el borrador de un documento de su fiscalía, donde resuelve, según se lee, «ampliar la investigación en torno a la muerte del que en vida fuera Francisco Ccahuana Huancahuire».

–La ley no puede permitir muertes –dice ahora el fiscal–. Yo antes veía todo esto como una cosa lúdica, pero el muerto me ha cambiado todo el esquema.

¿No era necesaria la sangre para alimentar a la tierra? ¿No se peleaba para contentar a los apus? ¿No servía la violencia como un desfogue y las heridas no significaban prosperidad? Francisco Ccahuana tenía treinta y siete años y, en realidad, no murió en la batalla, sino unas horas después. Ahí el detalle. El rito ha sobrepasado sus límites: ya no es tupay ni tincui ni pukllay. Es asesinato. Los hechos, tal y como sucedieron luego de nuestra partida, se cuentan así: los caneños se quedaron tomando en la ladera y, al poco rato, ya que los chuchos seguían asomándose por los cerros, «en evidente señal de provocación», decidieron regresar a pelear. Volvieron a correrlos «porque los de Canas son bravos», continúa el fiscal sorbiendo su café. Pero en esa segunda incursión, lograron quitarles dos caballos, y eso parece que molestó mucho a los de Chumbivilcas. Ccahuana, el muerto, era de Canas, y había estado tomando alcohol antes de ir a Toqtopata. Al regreso, como a las seis de la tarde, según cuenta el fiscal Romero, un grupo de chuchos lo encontraron perdido en el camino «y lo masacraron». Murió después, «en brazos de uno de sus hijos», dice. No pudieron llevarse al muerto hasta el día siguiente, ya que era muy tarde, y tuvieron que dejarlo envuelto en una frazada «en el lugar de los hechos». El fiscal dice que a Ccahuana lo enterraron en su pueblo sin que intervengan la policía ni los médicos legistas. «Imagínate», se queja. Ahora tendrá que regresar para exhumar el cadáver y encontrar culpables. Porque esto no puede quedar así, dice, ha cambiado su forma de pensar. Entonces uno piensa que el fiscal es de un pueblo muy cercano a la lucha, pero que Toqtopata, el andén que explosiona, nunca había sido parte de su mundo.

–Tengo filmadas cuarenta horas de batalla –dice–, y recién voy a tener que ver un muerto.