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1.

Después –meses después–, Hugo Sosa pensaría en los olores: esa bruma húmeda, invisible, que a veces sube desde el río, tal vez atraía a los animales. Pero esa tarde de navidad, hace 20 años, no tuvo tiempo de pensar en nada. El viernes 25 de diciembre de 1992, Hugo Sosa y su mujer llevaron a pasear a su perro al Parque de España de Rosario, inaugurado hacía apenas un mes. Preto era un pastor belga de un año y medio; su dueño, un abogado rosarino de 48. Ese viernes, mientras atardecía, Sosa hizo saltar al perro en la parte baja del parque, cerca del río, para tratar de cansarlo. Cuando subieron a la parte alta del complejo, el perro salió corriendo y se perdió de vista. Apenas lo llamaron volvió a aparecer: venía a toda velocidad en dirección contraria. Sosa estiró el brazo para frenarlo, pero fue inútil. El perro siguió de largo, saltó las barandas y se tiró. El ruido que hizo al caer fue “tremendo”, recordaría el abogado. Preto murió en el acto. Al principio, su dueño creyó que se trataba de un accidente aislado, pero no lo era: un año y medio después, el caso sería citado por el diario Clarín como el primero de una supuesta “ola de suicidios animales en este lugar”. La noticia fue publicada por el diario porteño en junio de 1994: “Extraño caso”, decía el título, “perros que se ‘suicidan’ en una plaza de Rosario”.

El Parque de España, antes que una plaza, era una obra inmensa, recién estrenada, que iba a cambiar para siempre la fisonomía de Rosario: un paseo público con un complejo cultural construido sobre las barrancas de la ciudad, en la costa del río Paraná, inaugurado en noviembre de 1992. Al mes de su apertura, en un rincón del complejo que parece una terraza gigante, los perros empezaron a tirarse. Salían corriendo, saltaban las barandas y se tiraban. Terminaban unos 20 metros abajo, en el patio del centro cultural Parque de España o en sus alrededores, muertos o malheridos. El director de la obra y proyectista ejecutivo del complejo, Horacio Quiroga, contaba entonces que él mismo había sido testigo de los saltos de tres perros que cayeron en el patio del centro cultural cuando estaban trabajando. La seguridad en el paseo estaba bien contemplada: se habían puesto barandas de un metro diez y rejas horizontales guardavidas, explicó Quiroga, pero a nadie se le ocurrió pensar en la posibilidad de los saltos caninos kamikazes. “Debe ser una rara fascinación, no sé, de pronto enloquecerán”, dijo. Un año y medio después de la inauguración, Clarín publicaba que unos 50 perros ya se habían tirado desde ese lugar, todos de la misma manera.

En los medios nacionales, esa “rara fascinación” fue amplificándose hasta alcanzar dimensiones de leyenda urbana para los rosarinos. Los que trabajaban en el centro cultural Parque de España no podían asegurar que el número de casos fuera preciso, tal vez los medios exageraban, pero eso no atenuaba el espanto que les producía, algunas mañanas, la bienvenida de un animal agonizante. Nora Belinsky, una de las empleadas más antiguas del lugar —una mujer elegante, con el pelo muy oscuro—, se acostumbró a mirar con cautela cuando llegaba al trabajo: si distinguía a lo lejos un bulto, intentaba desviar la mirada. No siempre era posible. Algunas veces, los perros que se habían tirado la noche anterior quedaban estallados en medio del patio, y no había forma de evitarlos: para entrar al centro cultural había que atravesar el patio. Una de esas mañanas, al llegar al trabajo, sus compañeros encontraron en el patio a una perra callejera pequeña, blanca y negra, que parecía muerta.

—Pero la perra vivía —dice.

Belinsky llamó a su veterinario para que la atendiera, se encariñó con ella, y la terminó adoptando. Le puso de nombre Milagros, aunque más que una suerte excepcional, lo que la había salvado era su tamaño. La mayoría de los perros grandes que se tiraban —ovejeros, siberianos, rottweilers—, moría por el impacto.

—No te digo que caían así como mosquitos: cada tanto caía un perro, a veces allí, otras veces acá —dice, señalando hacia arriba. —Y si era un perro grande, con un peso grande, muy rara vez se salvaba.

Es un miércoles, antes de mediodía, y el patio del centro cultural está desierto. El Patio de los Cipreses –como se lo conoce–, es un espacio rectangular; un pasillo ancho, profundo, amurallado por dos paredones altos de ladrillos vistos. Desde arriba, donde terminan los paredones, uno puede asomarse a las barandas y mirar hacia el patio como si fuera un foso, una larga abertura en el suelo. El Centro Cultural está metido dentro de la barranca; sus espacios de exhibición funcionan en antiguos túneles ferroviarios del siglo XIX, y todos convergen en el patio. Ahí abajo, ahora, Belinsky señala hacia adelante, donde funciona la galería de arte: una vez, cuenta, un perro se estrelló en el patio cuando la chica de la galería estaba atendiendo, y su dueño bajó llorando a buscarlo; “un desastre”. La imagen de un rottweiler saltando las barandas y cayendo como una bomba en la puerta de la galería, en medio del patio, una mañana silenciosa, le restituye algo de contundencia a la historia, que parece volverse más opaca con la cercanía y con el paso del tiempo. Los animales que hacen cosas inusuales como matarse o caer del cielo –una vaca que cae de un avión o una lluvia de ranas, por citar dos ejemplo conocidos– siempre se convierten en noticia; pero si el fenómeno se repite con cierta regularidad, por más que no exista una explicación definitiva, termina sometido a las mismas reglas que se aplican a las tragedias y a los accidentes de tránsito: tiene que superar en cantidad de víctimas o en calidad de espectáculo a los sucesos previos para conmover a alguien.

—Durante mi gestión pasaba, pasaba y pasaba, y yo estaba atormentada porque no conseguíamos que nadie reaccionara—, dice Susana Dezorzi, ex directora del Centro Cultural Parque España, cargo que ocupó desde mediados de 1997 hasta finales de 2006.

Dezorzi –pelirroja, ojos claros– ahora es directora general de Entidades y Organismos de la Secretaría de Cultura de Rosario. No quiere recordar el episodio de los perros, dice, abriendo mucho los ojos: ella también tiene animales, y le ha tocado presenciar el dolor de las personas que “salieron a pasear con su animal un día hermoso, y volvieron con su animal muerto”.

—Por un lado, era desgarrador ver que se mataban los perros, y luego estaba también el peligro de que le cayera uno encima a una persona que estuviera en el patio, que era un espacio que se usaba. O sea, era una situación horrible.

En enero de 2005, después de reiterados pedidos de la institución, la Municipalidad de Rosario envió un equipo de planeamiento a revisar el sector para dotar de mayor seguridad al complejo: decidieron añadir una reja de contención para impedir que los perros siguieran cayendo al patio del centro cultural. Pero los saltos caninos continuaron, a menor escala, del lado del río y en lugares cercanos.

2.

Desde la inauguración del parque en 1992, se elaboraron distintas teorías sobre los motivos que empujaban a los perros a saltar al vacío. Al principio, el médico veterinario Carlos Cossia recibió varios siberianos para atender, y creyó que se trataba de un problema de visión de esa raza. Después descubrió que era una coincidencia: lo que ocurría es que los siberianos estaban de moda, y había muchos. Ahora ya casi no se ven siberianos por las calles, pero en los tempranos 90, cuando la posesión de mascotas de raza recién comenzaba a popularizarse como símbolo de status social, los perros siberianos –posiblemente por sus ojos claros– fueron los preferidos por cierta burguesía en ascenso en la Argentina menemista. El Parque de España, desde su apertura, fue un lugar elegido por los ciudadanos para la exhibición (de sus perros de raza, de su ropa deportiva, de sus parejas).

—Hubo años álgidos, en los que se despertó esa curiosidad por saber qué pasaba. Porque un caso podía ser. Dos, bueno. Pero ya cuando fueron diez, se convirtió en un fenómeno inexplicable. Y todavía sigue habiendo casos —dice Cossia, en una oficina del “Hospital animal Dr. Cossia”, mientras exhibe una sonrisa muy ancha, muy blanca.

Las teorías no cambiaron mucho desde los “años álgidos”: los saltos caninos se atribuyeron a una combinación de falta de experiencia de los animales con algún efecto visual o auditivo que se podía producir en la zona. La visión de los perros, desarrollada para la caza, tiene una finísima percepción de los movimientos, y un campo visual que puede superar los 240 grados (el humano es de 180). Su capacidad auditiva, también, es ampliamente más sensible que la humana. Los perros que se tiraban desde el Parque de España, decían los especialistas, tal vez se veían atraídos por los movimientos de los pájaros o de embarcaciones en el río, y saltaban siguiendo un instinto, porque no podían ver lo que había del otro lado de las barandas. O la circulación del viento alrededor del Patio de los Cipreses podía provocar un silbido irresistible para los perros, y entonces se tiraban obedeciendo a una llamada incomprensible para las personas. O alguna otra cosa, totalmente desconocida. Nadie pudo nunca decirlo con seguridad.

—Para mí el tema es el sonido —dice el médico veterinario Raúl Nini, un viernes a mediodía, después de salir de su consultorio. Nini se despide de una pareja con una perra labradora, extiende su mano, y se sienta enfrente, en una silla de la sala de espera. Le quedan pocos minutos para conversar: tiene una cirugía programada, y el rostro cansado. Dos décadas atrás, él fue uno de los primeros veterinarios rosarinos en atender a perros que habían saltado desde el parque. En 1994, cuando la noticia trascendió a nivel nacional, Nini fue invitado a hablar en el programa que conducía Mauro Viale en la mañana de ATC. Al salir del estudio, la producción le avisó que tenía un llamado de un televidente. “Yo soy marino mercante”, le dijo el hombre del teléfono, “y cuando estábamos en el muelle, veíamos un fenómeno parecido. Teníamos un perro que siempre estaba tranquilo en cubierta. Pero en ciertos momentos se alteraba con el radar. Después descubrimos que eso no sucedía en todos lados”. Los marinos asociaban el cambio de conducta con el ultrasonido o con las radios a transistores, recuerda Nini: “Y en esta zona pasan barcos, hay radares, radios. Para mí es algo auditivo”, dice. Con el tiempo, Raúl Nini dejó de atender urgencias, y no volvió a saber de los perros kamikazes del Parque de España. En total atendió a “ocho o diez casos”, y cada tanto escuchaba sobre otros casos a través de sus colegas.

—Las condiciones no creo que se hayan corregido. Si hay menos casos es por la información que tiene la gente —dice.

Esa misma tarde, en la zona sur de Rosario, Irene Maselli asegura que ella no sabía: que después le contó la madre. Pero cuando su perro Coda se tiró desde el Parque de España en 2012, ella no sabía nada de esta historia. Irene Maselli es una adolescente delgada, de pelo corto, que mira al grabador con gesto divertido y cree que en la zona del Patio de los Cipreses hay una energía densa, “muy rara”. Lo de ella fue distinto, explica: ocurrió más atrás, y fue un error de comprensión animal.

—Lo que pasa con este perro es que él me obedece por señas.

Hace algunos meses, Irene y dos amigas caminaron hasta el Parque de España, subieron por las escaleras, y se quedaron hablando al lado de una baranda de ladrillos, sobre un antiguo túnel ferroviario que ahora se usa para el tránsito de vehículos. Coda estaba con ellas. En medio de la conversación, relata Irene, ella hizo un gesto –levanta su brazo y traza medio círculo en el aire– y Coda saltó, se subió a la baranda de ladrillos, y se tiró hacia el otro lado.

—Se tiró instintivamente, porque yo le hice la seña.

Del otro lado había una caída menos pronunciada que la del Patio de los Cipreses. Coda se estrelló contra el piso, se levantó rengueando, empezó a correr y desapareció. Eso sucedió alrededor de las 18.30. A eso de las 21, cuando Irene regresó a su casa después de buscar al perro todo ese tiempo, Coda ya estaba ahí, tirado debajo de un banco. Más adelante se enteró que el parque tenía una larga historia de saltos caninos inexplicables. Irene asegura que su caso fue distinto, que el perro se tiró porque comprendió mal una seña. No le parecía raro que el animal pudiera saltar sobre la baranda y arrojarse del otro lado impulsado por un gesto.

—Lo único raro fue que se amortiguó la caída —dice.

Desde que comenzaron los saltos caninos en el Parque de España, al médico veterinario Carlos Cossia le tocó atender “no menos de 20 casos”. Cossia es un personaje carismático, con alto perfil público en Rosario: conduce un programa de televisión sobre mascotas, tiene su propia marca de alimento balanceado, y cada año organiza jornadas solidarias de castración de animales. En el sitio web de su hospital se lo puede ver junto a un elefante al que hubo que sacarle un tumor, un cachorro de tigre con gastroenteritis, un chimpancé que necesitaba radiografías.

—Si uno analiza en profundidad, todo es justificable, todo. Pero que los casos suceden, suceden, y en el 80 por ciento han sido mortales —dice.

En el pecho lleva una cadena con dos medallas: la de atrás es la virgen María; la de adelante, dorada, es la virgen de Itatí, ícono religioso de la provincia de Corrientes, su tierra natal. Le pregunto si él cree que los perros pueden llegar a ser conscientes de la muerte.

—Mirá, yo me voy a ir de este mundo con más de 300.000 casos vistos. Y me voy a ir sin haberme podido meter en la cabeza de los perros, de los animales.

Después cuenta una historia que volverá a repetirse más de una vez, con distintas variables, durante las entrevistas. Hace años, relata Cossia, él atendía la perra de dos ancianos, un matrimonio mayor que amaba a su mascota. Cuando la señora murió, su marido duró poco: se deprimió y falleció enseguida. La perra, que tenía 12 años y una expectativa de vida de unos tres más, dejó de comer. “Un sobrino me la trajo, le hicimos estudios, y no tenía nada”. La perra no quería salir de debajo de la cama. Intentaron llevarla a otra casa. Empeoró. La llevaron otra vez a la casa de sus dueños, y la perra se mantuvo debajo de la cama, sin comer, hasta que murió.

—Si eso no es morirse de tristeza, yo te digo: “Perfecto, que otro me explique entonces qué es”. Hay cosas que yo no las entiendo, pero si no las entiendo, no por eso las voy a negar.

3.

En 1870, durante una tormenta invernal, más de 10.000 búfalos se tiraron por un acantilado de los Estados Unidos. En 2005, en Turquía, 400 ovejas murieron después de saltar de un peñasco. En 2009, durante la noche, 200 ballenas piloto encallaron en una isla entre Australia y Nueva Zelanda. Todos los años, en Jatinga (India), cientos de pájaros descienden y se estrellan contra el pueblo. En 2009, en Suiza, 28 vacas se tiraron por un acantilado. La lista de fenómenos registrados es larga. Entre los casos más extraños de muertes masivas de animales, existe un único antecedente similar al de los perros del Parque de España de Rosario: el del Overtoun Bridge, un puente victoriano en un pueblo escocés llamado Milton, donde decenas de perros –se calcula entre 80 y 100– se han tirado desde la década del 60. Al llegar a la mitad del puente, los perros tomaban carrera y saltaban el muro, de un metro de altura, obedeciendo a un impulso irrefrenable. Durante años circularon teorías insólitas para alimentar la leyenda del suicidio –extraños campos magnéticos que emanaban de las piedras, por ejemplo–, hasta que la sociedad escocesa para la prevención de la crueldad animal decidió enviar a científicos a investigar el caso. La conclusión que sacaron los especialistas era que el aislamiento visual que producían los muros ponía en alerta los otros sentidos más desarrollados del perro: el olfato y el oído. El encargado de la investigación determinó que no todos las razas sucumbían a la “llamada del suicidio”, sino que eran los cazadores de hocico grande (labradores, collies, goldens) los que, al llegar a la mitad del puente, enloquecían por el olor de la orina de los visones que habitaban en la zona del puente y se terminaban tirando, ciegos a la caída del otro lado del muro.

Detrás de los casos más conocidos de muertes masivas de animales suele haber, además de teorías sobrenaturales o paranoicas, un periodista que rotula el fenómeno como suicidio animal, para cumplir simultáneamente con una demanda de espectáculo y otra de sentido.

—En principio, no es posible hablar del suicidio de animales, porque tendrían que tener el concepto de muerte, y toda la teoría dice que no tienen —señala el médico veterinario Claudio Gerzovich, uno de los fundadores de la Asociación Latinoamericana de Zoopsiquiatría, y ex jefe del Servicio de Comportamiento Felino y Canino de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UBA.

Los significados que atribuimos a los actos de los animales, explica Gerzovich, dicen más de nosotros, de nuestros deseos y necesidades, que de la naturaleza de sus actos.

—Los humanos extrapolamos nuestras emociones y sensaciones a los animales. O sea, yo necesito cariño y digo: “Mi perro necesita que lo acaricien”. Nosotros confundimos un perro tranquilo con un perro triste, y un perro nervioso con uno contento. Creemos que entendemos el animal, pero de ahí a que lo entendamos hay un trecho. Muchos de los problemas de comportamiento por los que a mí me llaman, tienen un hilo común: sea el problema que sea, en la mayoría de los casos hay un fuerte trastorno de ansiedad por el sistema donde viven, que es el sistema humano.

En su libro Nuestro perro: uno más en la familia, Gerzovich cita una encuesta realizada en Capital Federal y en el Gran Buenos Aires: el 94% de los propietarios de perros consultados consideraba a sus animales como un miembro de la familia; el 95% reconoció que solía hablar con su perro en varios momentos del día; el 47% compartía la comida con su animal; el 39% permitía que su perro durmiese junto a él en la cama, y el 29% admitió que celebraba el cumpleaños de su perro.

Según las estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, existe un perro por cada cinco habitantes en los países desarrollados, y dos perros cada cinco personas en los países en vías de desarrollo. Los proteccionistas simplifican el cálculo: uno cada cuatro personas. En Rosario, que tiene alrededor de un millón de habitantes, existen más de 250.000 perros. No es inusual que los perros se tiren de los balcones, me asegura Adriana Pacheco, una proteccionista que vivió muchos años en la ciudad, aunque no suela ser noticia. Casi todos esos casos se relacionan con el celo, explica: los animales huelen a una perra en celo y se impulsan enloquecidos, ciegos a cualquier otra cosa que no sea su instinto, a pesar de todo irreductible a la humanización.

4.

Sinopsis: “Ariel (42), periodista y escritor de escasa monta, descubre en Internet una información que llama poderosamente su atención. En Rosario, su ciudad, perros de distintas clases y/o razas se suicidan arrojándose al vacío en las cercanías del Parque de España…”. Así comienza la síntesis de “Perros del viento”, un proyecto de largometraje que el productor audiovisual Hugo Grosso planea rodar hace años en su ciudad natal. La película, explica la sección Work in progress, nace de un mito urbano que “se mantiene vigente en el testimonio de quienes de alguna manera u otra, han vivido la experiencia”. Los relatos son el punto de partida del guión ficcional: Ariel vuelve a Rosario –de donde huyó para evadirse de un amor prohibido–, con el propósito de investigar el misterio de los perros suicidas, se pone a comparar “la fidelidad humana con la fidelidad canina y cae en el facilismo de los que piensan: ‘Cuánto más conozco a la gente, más quiero a mi perro’”. Eso sucede antes del desenlace. La sinopsis completa se puede leer en internet, y todo parece indicar que será una historia de amor irracional, pero este cronista no puede más que compadecer a Ariel por la tarea que le toca.

Durante años, los buenos anfitriones rosarinos han narrado la historia de los perros suicidas a los visitantes que llevaban a conocer por primera vez el Parque de España, y fueron sembrando un asombro que, alguna vez, ellos mismos conocieron a través de las noticia o de los rumores. Allí, en la parte alta del complejo cultural, mientras los turistas ocasionales sucumben frente a la visión del río Paraná que corre debajo, inmenso, a través de la llanura –“un viejo rayo caído sobre la tierra en un horizonte verde”, escribió el poeta Juan L. Ortiz–, los locales han repetido la historia usando el mismo tono que se usa para las leyendas, y la misma información que circula al respecto hace dos décadas. Busquen y encontrarán, con ligeras variaciones, una tautología abrumadora en la web: la misma cantidad de casos estimados por Clarín para el primer año, las mismas hipótesis, las mismas sospechas sobre el carácter mítico de la historia, el mismo estupor. Y poco más: un poema dedicado a los perros, un mensaje de un pastor portorriqueño, la sinopsis de una película, las advertencias de un grupo proteccionista. Busquen y encontrarán, entre otras miles, una cita de Franz Kafka: “Todo el conocimiento, la totalidad de preguntas y respuestas se encuentran en el perro”.

Y nada más.

“Simplemente quiero decir que en algún lugar de este libro escribo “hice”, “fui”, “descubrí”, debe entenderse “hicimos”, “fuimos”, “descubrimos”(…)
(Prólogo a la tercera edición de Operación masacre, Rodolfo Walsh)

Si alguien –si un periodista- emprendiera un viaje sin saber nada acerca de su destino salvo la temperatura promedio, la calidad de las playas y la ubicación de las zonas de alojamiento barato; si metiera en su mochila veinte libros, poca ropa y un equipo de snorkell; si eligiera la ignorancia como una performance o como una –mucho menos confesable- forma de la felicidad. Si, en fin, ese periodista se tomara vacaciones, y si esas vacaciones fueran en Filipinas, es probable que sucediera algo de lo que sigue a continuación.

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Mayo de 2012, medianoche, más de cuarenta horas de viaje desde Buenos Aires pasando por Río de Janeiro y Dubai, y esto no parece un lugar al otro lado del mundo. O mejor: esto no parece un lugar al otro lado del mundo del mismo modo en que Tailandia o Indonesia o Malasya parecen lugares al otro lado del mundo. Aquí las calles son iguales a las de cualquier suburbio de Latinoamérica, con edificios hijos de la cópula entre la esquizofrenia arquitectónica y una hemorragia de hormigón, palmeras de plástico revestidas por guirnaldas de luces, iglesias católicas, seven elevens, McDonalds, bares de chicas y un atasco -kilómetros de autos hundiéndose en el corazón de la tiniebla- que es la madre y el padre de todos los atascos. Cada tanto aparece un jeepney -camiones de trompa roma y colores intensos que sirven como transporte público- y esa es la única señal que indica que uno no ha llegado a Brasil ni a México ni a Colombia. Que esto debe ser, en efecto, Manila.

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Manila es la capital de Filipinas, un país compuesto por siete mil islas, con 94 millones de habitantes, 11 de los cuales viven en el exterior. Si buena parte de esa gente se llama Pedro o se apellida Ayala y la mayoría reza el padrenuestro y se hace la señal de la cruz es porque en 1521 llegó hasta allí el conquistador Fernando de Magallanes y desde entonces el país fue territorio español. En 1898 España debió cederlo a Estados Unidos y solo en 1946, después de la Segunda Guerra Mundial, Filipinas se declaró independiente. En 1965 asumió el gobierno un hombre llamado Ferdinando Marcos que siguió en el poder hasta 1983 cuando, después de protestas masivas y caos social, fue destituido y reemplazado por Corazón Aquino. Eso, a grandes rasgos, era todo lo que yo sabía al llegar a Filipinas. Eso, y que el turismo sexual era toda una preocupación, y que Imelda Marcos, la mujer de Ferdinando ídem, había dejado tras de sí una colección de mil pares de zapatos –o de mil zapatos- que, después de haber presenciado la fiebre de consumo de pajaronas como Carry Bradshaw, ya no me parecían tantos. Eso era todo. Y, a decir verdad, no me enteré de mucho más. Quiero decir que no quise.

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Ermita debió ser algo, aunque no se sabe qué. Quizás una de esas zonas que funcionan como Kao San Road, en Bangkok, una suerte de babel afiebrada con viajeros que se revuelcan, conversan y beben durante algunos días a precios módicos mientras deciden hacia dónde seguir. Pero ahora es un barrio de Manila muy desconcertante, sumergido alternativamente en un sopor moribundo o en una energía desamparada o en una hostilidad desértica. El lugar más popular de Ermita es un mall descomunal al que se entra previo cacheo de un guardia. Siempre está repleto y parece haberse tragado a toda la gente y los comercios de la zona, excepto los seven eleven que multiplican su disponibilidad de veinticuatro horas a razón de uno por cuadra.

En las calles, de noche, los faroles alumbran poco y las únicas vidas que se ven duermen sobre su miseria y sus cartones en medio de un calor benévolo. Cada vez que le digo a alguien que me alojo en Ermita, el resultado es el mismo: “¿Ermita? ¡Ni se le ocurra salir del hotel después de las nueve de la noche!”. O “¿Ermita? ¿Por qué?”.

Quizás porque cuando uno llega a un país quiere desembarcar en una orilla real y no en sus márgenes desinfectadas, o porque uno es persistente y persiste aún en sus equivocaciones, o porque en los viajes prima esa diletancia suave –mañana me mudaré- mezclada con una omnipotencia peligrosa –a mí no va a pasarme nada- que produce las mejores catástrofes.

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Como ya nadie viaja sin un artilugio para conectarse –el Iphone, la tableta- los que elegimos viajar sin nada estamos a merced de la existencia de cabinas públicas que, como ya no son negocio, empiezan a ser inencontrables. Sin embargo, frente al hotel en el que paro –una habitación sin ventanas, la representación de la perfecta claustrofobia- hay algo que se anuncia como cybercafé. El vidrio de la puerta está cubierto por una película polarizada lúgubre y adentro la temperatura tiene la contundencia de un piedra. La persona que atiende usa el pelo recogido, un top que no le cubre la barriga en la que se ven rastros de vello mal afeitado, y una falda bajo la que se dibuja la curva brutal de un sexo inconcebible.

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Si una ciudad del interior de Estados Unidos y una enorme capital latinoamericana hubieran colisionado en los años setenta, Manila sería el resultado: no hay veredas por las que se pueda caminar, el paseo favorito consiste en recorrer los pasillos de un mall gélido, el colapso del tránsito es una forma de la psicosis y por todas partes hay locales de comida rápida, iglesias católicas, altares a la Virgen y puestos callejeros de comida. En ciertas partes reina esa tensión grumosa que antecede al peligro, aunque después casi nunca pasa nada.

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-¿El mercado de San Andrés? ¿Para qué quiere ir ahí? ¿Por qué no va al mall?

Siempre es lo mismo, en todas partes. Apenas uno manifiesta su voluntad de ir a un sitio que no se corresponde a las expectativas del turista promedio, el fulano local reacciona con horror ofendido: ¿por qué uno se empeña en mirar debajo de la falda, cuando por fuera de la falda hay tanto para ver? Yo no fui –no quise ir- al Fuerte Santiago, ni a la iglesia de San Agustín, ni a Rizal Park, ni a la National Gallery of Art, porque no me interesan las iglesias, los fuertes, los museos ni los parques, pero me gustan los mercados. Para llegar al de San Andrés hay que recorrer una calle atravesada por callejones que se doblan hacia el centro de la manzana como espinazos enfermos y, desde el fondo de sus fauces, lanzan espumarajos de sogas repletas de ropa. Las casas parecen ruinas ateridas después de un terremoto, y el cielo está atravesado por el triperío sangrante de los cables. El mercado no es bueno – no hay frutas raras, ni especias raras, ni verduras raras- pero el olor es una sorpresa: es un olor fuera de la galaxia, una mezcla impactante de moho y transpiración, una cruza mestiza de todas las axilas del mundo y el sexo mal lavado de los peces. Después descubriré otros mercados y, en todos, el olor será un campeón mundial.

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Una tarde las calles del barrio se llenan de carritos adornados con flores y guirnaldas sobre los que decenas de nenas y nenes de entre 3 y 12 años, vestidas de largo y con escotes, vestidos con frac y trajes blancos, saludan a sus vecinos y parientes con gesto de muñecos de ventrílocuo. El desfile –una elección de princesas y sus príncipes- se hará dentro de una hora pero yo no tengo ganas de esperar y paso la tarde caminando por calles donde no hay un alma, salvo los cuatro perros sarnosos de siempre, pensando que en un país donde el fornicio con la carne tierna atrae a tantos extranjeros es complejo entender el empeño de quienes maquillaron esos labios púberes hasta volverlos pulpa roja.

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La mayoría de los carteles de los puestos del mercado de Libertad están en inglés -salmon available, pork´s place-, herencia de los años de dominio estadounidense. Aunque tengo la sensación de que no todos los filipinos hablan inglés, buena parte de la cartelería de las calles y las rutas está en ese idioma (del español, en cambio, parecen haber sobrevivido apenas los números: uno se dice uno, cien se dice cien, dos se dice dos). En un puesto de pescado una pareja simpática quiere venderme una morena pero les digo que no tengo cómo cocinarla y, cuando me preguntan dónde me alojo y respondo que en Ermita, se espantan y preguntan (otra vez) “¡¿Por qué!?”. Camino por el sector de las aves y el cerdo, pero el olor es tan brutal que regreso a la zona del pescado, de un aroma tanto más amable. Al salir me compro un mango, que voy comiendo por la calle, pelándolo con un cuchillo que conservo y que compré para la ocasión. Me quedo largo rato en una esquina, bajo el ala sombría del tren elevado y los cables que cruzan el cielo como venas atascadas por el hollín. La ciudad parece salida de una película de ciencia ficción de los ochenta, cuando el futuro se pensaba como una versión húmeda y empeorada de un suburbio de la Nueva York de aquellos años.

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La parte más vieja de la ciudad se llama Intramuros y es un barrio de casas coloniales, tal como los que hay en Bogotá o Ciudad de México, pero las calles están desiertas.

-Hace mucho calor, por eso no hay gente.

La chica parece un varón, así que creo que es un varón hasta que le veo los pechos bajo la camiseta enorme. Tiene 21 años pero parece de 14 y trabaja ofreciendo paseos de dos horas en su triciclo tracción a sangre: una bicicleta con un carrito adosado para los pasajeros. Le digo que no estoy interesada, pero insiste y negociamos un paseo de media hora, sin detenernos en iglesias ni museos. Cuando empieza a arrastrar la bicicleta con esfuerzo, cuesta arriba y por calles empedradas, el trato que acabo de hacer me parece atroz, de modo que le pido que se detenga, que prefiero quedarme allí. La chica dice que no, que al menos la deje llevarme a un sitio interesante. Como parece ofendida subo y, después de varias cuadras, me deja en la puerta de un McDonalds. Le pago, le agradezco, y apenas me siento en el cordón de la vereda unos chicos se acercan a pedir dinero. Entonces el guardia del McDonalds corre hacia ellos con algo en la mano y los chicos huyen, aterrados. Cuando le pregunto al tipo qué clase de cosa tan eficaz es esa sonríe y aprieta un botón y hay un destello y una descarga eléctrica.

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Makati es la zona más turística de Manila, donde yo no quería ir y a la que terminé yendo, sólo por ver. En Makati hay dos zonas: una, donde queda el mall Ayala Center, kilómetros de tiendas que van desde Jimmy Choo hasta el más obvio Louis Vuitton, todo rodeado por un parque frente al que están los hoteles más caros de la ciudad: el Shangri La, el Península, el Mandarin Oriental. La otra zona es la de la calle Padre Burgos. Allí, sobre un bar ruidoso, consigo habitación en un hotel que las ofrece a mitad de precio porque se ha roto el ascensor y hay que subir por la escalera. Cargo mis doce kilos hasta el piso diez, y el premio al esfuerzo existe, porque mi cuarto tiene una ventana.

En Padre Burgos las calles están atragantadas de ruido, música, autos, bares, salas de masajes, prostitutas y hombres que ofrecen viagra, cialis y anabólicos a cualquier alma que se cruce. A las once de la noche, en el bar que está junto al hotel, hay unas ocho chicas con minifalda y sin soutien balanceándose con desgano en una pista. En los sofás que rodean la pista los hombres miran y a veces levantan una mano. A veinte centímetros de mi cerveza hay una chica sentada sobre la falda de un japonés. Le da la espalda y el japonés, muy joven, la merodea con lujuria lenta, bien sedoso. La chica tiene pechos pequeños y erguidos y el pelo lacio le cae por la espalda como un curso de agua limpia.

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No voy al cementerio chino, donde dicen que las tumbas tienen baño y aire acondicionado, pero sí voy al barrio chino, un sitio lleno de verdulerías que venden fruta cara, farmacias que venden remedios chinos, y tiendas que venden imágenes de Buda y de perros Fu que llegan a costar miles de dólares. Yo compro un objeto irresistible: un hongo de plástico rojo sobre una base negra, una cosa deforme y hermosa que me entregan en un estuche que parece muy caro. Arrastro mi hongo desde el barrio chino hasta la plaza Miranda, un sitio neoapocalíptico donde ríos de carne humana se mueven entre edificios grises bajo las ubres pesadas de los cables comprando ropa y zapatos, jugos y comida, flores y muebles, pescado seco y mangos dulces. Regreso al hotel en un taxi que pasa por el corazón de un barrio tremebundo. El taxista va con la ventanilla baja, escupe y eructa, y yo me impongo un pensamiento barato acerca del relativismo cultural y del derecho que tengo, o no, a que el tipo me dé un poco de asco.

Al día siguiente, me voy a Boracay.

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El avión es pequeño y un mal augurio: está repleto de familias que van a pasar un fin de semana a Boracay, el destino de playa más conocido de Filipinas. Las familias chillan cuando el avión despega, chillan cuando hay turbulencia, chillan cuando el avión aterriza, chillan cuando aparecen sus maletas por la banda transportadora del aeropuerto. Después de tomar un triciclo –esta vez una moto con un carro adosado para los pasajeros-, un bote y otro triciclo, llego a un hotel que tiene cama, agua caliente, un televisor, un armario de madera y una lista de cosas que no pueden hacerse pegada en la pared: fumar donde no hay ceniceros, secarse con las toallas o dormir sobre las sábanas si uno se ha hecho un tatuaje con henna. De la canilla del lavatorio y de la ducha el agua sale con olor a cloaca.

El sol ya está bajo cuando llego a la playa y, apenas pongo un pie, me quiero ir. Se llama White Beach y consiste en dos o tres kilómetros de arena blanca pero el problema es todo lo demás: la calle que la recorre, repleta de hoteles, restaurantes, bares, casas de buceo, tiendas, carpas, poltronas, personas que gritan, beben, se amontonan, compran, comen y se hacen masajes –y tatuajes con henna- entre música a niveles que no dejan respirar y malabaristas transexuales que arrojan kerosene y fuego por la boca. Me voy a dormir pensando que mañana estaré en otra parte.

Pero me quedo quince días.

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Los amaneceres en Boracay deben ser espectaculares, pero yo nunca veo uno. Me despierto, contra todas mis convicciones, a las siete de la mañana, cuando el ruido de la poda de los árboles del jardín (que parecen tener un follaje infinito) empieza a ser insoportable y el sol ya está alto. Desayuno mirando la piscina y luego voy a la playa, a una zona que llaman estación tres. La estación tres es parte de White Beach pero no hay nadie y las razones son un misterio. La arena es estupenda, el agua es calma y para llegar sólo hay que recorrer docientos metros en dirección contraria a la multitud. Yo paro cerca de la Carinderia Michaella, un comedero en el que Rodney, el hijo de la dueña, cocina lo que los comensales eligen -de bandejas en las que se exhiben pescados y pollo- en una parrilla que llena todo de humo. Pero en la Carinderia Michaella las cosas cuestan la mitad que en otras partes y por eso la gente soporta el humo, el malhumor de la madre de Rodney y los embates de Michaella, una niña ínfima con alma de diablo a quien su madre se empeña en vestir bien aunque ella se empeñe en jugar como una cabra loca y ensuciarse las crenchas con arena. Yo voy allí porque me gusta cenar con los pies hundidos en la arena, y porque Rodney se ha ofrecido a cocinar los pescados que le lleve.

Sobre la calle principal, a unos trecientos metros de la playa, hay un mercado -Di Talipapa- donde todos los días compro mangos, paltas, piñas, papaya y pescado. A la noche llevo el pescado a la Carinderia Michaella para que Rodney lo cocine. Una noche se acerca diciendo que el atún rojo que le llevé está en mal estado y que, si lo como, podría enfermarme. Desde ese día empiezo a comprar pollos al spiedo en un puesto de la calle. Tienen el tamaño de una paloma y los como en el hotel a los pies de la cama, mirando viejas películas de James Bond en las que actúa Roger Moore.

La vida es un plan simple. O puede serlo, de a ratos.

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El barco es chico, y lo conducen un padre y su hijo. En quince minutos está al otro lado de Boracay, en un sitio que llaman Crocodile Island y que promete buenos arrecifes. Apenas llegar recuerdo por qué no hago estas cosas: cosas de turista. En Crocodile Island hay docenas de barcos y de cada uno han bajado quince personas y el mar hierve. Pero ya estoy allí, y me sumerjo. Lo que hay bajo el agua no es asombroso pero hace rato –cuatro, cinco años- que no me asomo a un arrecife de esta parte del mundo, y resulta una experiencia tan intensa como cuando uno pasa mucho tiempo sin ir al cine y, un día, va. Los corales están muertos, rotos por las anclas, pero aquí y allá hay cardúmenes de peces, algún coral muy vivo, anémonas. Después de un rato quiero regresar al bote y me doy cuenta de que no sé cuál es. Estoy perdida, enterrada en el agua hasta el cuello, en medio de lo que parece una terminal de buses el día previo a la Navidad. Doy vueltas hasta que veo a un muchacho de gafas negras que agita la mano gritando “Mister, mister, here”, y reconozco la quilla violeta del barco que me trajo hasta aquí.

La costa de la isla está repleta de cavernas donde el agua se refleja como una pupila de color lavanda. Cuando pasamos por una playa amplísima, blanca, vacía, pregunto qué es eso y me dicen que eso es Puka Beach.

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Puka es el nombre de un caracol típico de la zona y es, también, el nombre de una de las playas más hermosas del mundo. Queda a veinte minutos en triciclo desde White Beach, pero nadie va. La arena es blanca, el mar extático y la selva una fiebre verde cayendo desde los riscos. A veces llegan barcos repletos de turistas que bajan entusiasmados (la visión del paraíso siempre embriaga) pero rápidamente los cansa la desolación, la ausencia de música y de bares, y entonces se van. Yo no. Yo permanezco.

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Boracay, como casi cualquier rincón de Filipinas, está repleta de occidentales y cada occidental –en diversos estadíos de edad y de guapeza- lleva a su filipina de la mano. Si yo hubiera venido aquí como periodista sería capaz de contar, ahora, cómo funcionan esas relaciones, por cuánto tiempo se establecen, de dónde vienen esas chicas, hacia dónde van esos señores, cómo se paga y qué. Pero no tengo ganas de averiguar nada y me limito a contar lo que veo, que es la peor forma de contar: sin entender. En el hotel hay un hombre de unos 55 años, carpintero, canadiense, que está con una muchacha a la que presenta como “la dulce Gina”. El y la dulce Gina han estado en la isla de Cebu, comiendo con el padre y la madre y la hermana de la dulce Gina, y dice que gracias a la dulce Gina este ha sido un viaje maravilloso que no olvidará cuando regrese a su casa, de donde espera partir el año próximo para conocer la India. La dulce Gina asiente y dice que él es un caballero y que a sus padres les ha caído muy bien. Yo no entiendo nada pero me limito a sonreír y me quedo admirando la piel de los labios de la dulce Gina, que es realmente una muy linda piel.

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Todos opinan: que El Nido, al norte de Palawan, es lo mejor. Que Coron es mucho más bonita porque es más salvaje. Que Bantayan, al norte de Cebu, es perfecta. Que Bohol. Que Negros. Que Camotes. A veces, cuando reviso el mapa y veo las siete mil islas, me siento como cuando entro a un centro comercial gigante en una ciudad desconocida. La acumulación –de cualquier cosa- me abruma. Quiero decidir rápido, quiero saber exactamente dónde debo ir.

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El día está nublado y, en medio de un calor de incendio, camino más de dos horas hasta una cueva de murciélagos. Atravieso poblados, huellas entre pastizales y un breve sendero de selva. Finalmente, la cueva no es cueva sino un hoyo tenebroso que se hunde en la tierra y del que brota un chirrido fúnebre. Me voy como he venido –sin ver nada- y tomo un desvío hacia una playa pequeña llamada Illig Illigan. Me quedo leyendo y mirando las formaciones calcáreas que brotan del mar espeso y me pregunto por qué caminé dos horas hasta un sitio repleto de los únicos animales de la creación que me producen un pánico cerval. Quizás por eso.

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Cada atardecer la playa parece un set de fotografía. Todo el mundo se toma fotos con cámaras profesionales, trípodes sofisticados, enormes zooms que compran en Honkg Kong, que está a dos pasos y que cuesta poco: tres días con sus noches en un hotel cuatro estrellas y pasaje aéreo se consiguen por 400 dólares. Muchos van a hacer sus compras como quien parte por el fin de semana a Punta del Este.

Cada noche los restaurantes de la playa exhiben en larguísimas mesas pescados varios, calamares, langostinos y langostas de tamaño jurásico. Las langostas no se venden tan fácil y, si se presta atención, se puede ver que las más grandes reaparecen noche tras noche en las mismas bandejas sin hielo. Me digo que nada de todo eso puede estar en mal estado porque, si no, la calle sería un vomitorio. Y no es.

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Corro descalza por la playa. Cuando regreso al hotel veo que tengo las plantas de los pies cubiertas de petróleo. Me pregunto en qué clase de persona me estoy convirtiendo si no me di cuenta de que he estado caminando sobre medio centímetro de petróleo las últimas dos horas. Recojo un trozo de jibia y me raspo las plantas, pero quedan restos que terminaré de remover con el paso de los días y con la ayuda de un jabón para lavar la ropa que parece un jabón para destruir la ropa hecho para sacar petróleo de los pies.

Me digo que tengo que irme porque, si no, no me iré nunca. No hay nada más peligroso que la comodidad. Entonces me voy a Cebu.

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El avión llega a Cebu temprano en la mañana. Tomo un bus de cuatro horas hasta un puerto llamado Maya y, de allí, un bote de una hora hasta la isla de Malapascua. En el bote van dos chicas israelíes de 23 años. Recorren los mejores sitios de buceo de Asia, llevan mochilas ínfimas y tienen esa clase de buena disposición –todo lo pueden comprender, todo les parece formidable- que a mí siempre me ha parecido una forma primermundista de la condescendencia. Cuando llegamos preguntan cuál es el hospedaje más barato de la isla. Alguien les da un nombre, y ellas saludan y se van. Yo, en cambio, demoro una hora y media en conseguir un cuarto con agua caliente y una cerradura firme. Al día siguiente paso por el sitio en el que se hospedan, pregunto precios y pido ver una habitación. Quedo admirada. No cualquiera decide que un calabozo es un buen lugar para pasar las vacaciones.

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Malapascua es una isla que se recorre en dos horas a pie. Yo quería venir aquí, entre otras cosas, por eso. Me gustan las islas donde hay nada para hacer excepto leer, caminar y mirar las cosas que hay debajo del agua. Malapascua es uno de los mejores destinos de buceo del mundo, un lugar salvaje donde hasta hace poco no había luz eléctrica. El agua de las cañerías es agua apenas desalinizada y no hay hoteles de cadena ni restaurantes de lujo. Las casas son una cruza ornitorrinca de vivienda con basural: un par de habitaciones endebles junto a una montaña de pañales, cáscaras de cocos, botellas de plástico, pescado. Los gallos de riña están por todas partes, la cola en pompa, la rabia en el pico. En las mañanas cantan al unísono y eso puede ser –y a veces es- desesperante. Pero yo siempre soy feliz en una isla.

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Buscando llego a una casa que se anuncia como cybercafé y tiene tres computadoras. Para que funcionen hay que ponerles monedas. Cada vez que meto una moneda recibo una descarga de electricidad. Por las noches, en los restaurantes que balconean sobre la playa, los europeos y los gringos se sientan munidos de tablets y blackberrys y pasan ratos inmensos sin levantar la vista y sin hablar entre sí. Un día alquilo el barco de un padre y dos hijos –el más pequeño ha fabricado un arpón con el que caza peces que en cualquier acuario costarían docientos dólares- y voy a ver el arrecife, y en todas partes –en torno a una roca, en torno a un barco hundido, en torno a una plataforma para reabastecer equipos de buceo- el mar se prodiga en medusas de color violeta, morenas, peces payaso, corales laberínticos.

A eso sigue la cola de un tifón que descarga viento y agua. Se suceden días grises en los que camino por la playa mirando los restos destrozados de caracoles espléndidos que deja la marea.

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En el barco de regreso hacia la isla de Cebu, un japonés llamado Nao, de 61 años que parecen 40, se ofrece a llevarme en su auto –que lo espera en el puerto de Maya- hasta Bogo, desde donde puedo tomar un bus a Cebu. Nao conduce su pequeño Honda con prudencia impecable y dice que se retiró a los 48 y que desde entonces recorre siete países por año. Tiene –o dice tener- una casa en Tokyo, otra en Bogo, otra en Cebu, otra en Beijing, otra en Shanghai, otra en Rio de Janeiro, y me muestra fotos y me invita a ir, cuando yo quiera, a todas esas casas. Habla un pésimo inglés. Al llegar a Bogo buscamos la terminal de buses durante un rato. Cuando la encontramos, el autobús de Ceres Lines –aire acondicionado, tres horas hasta Cebu- está a punto de partir. Nao me ayuda a meter la mochila en el maletero, me regala caramelos y se queda mirando y diciendo adiós hasta que el bus se va.

A veces todo permanece inexplicable.

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El bus demora tres horas hasta Cebu y –como casi todos los vehículos a los que me he subido en el último mes- parece a punto de chocar dieciocho veces. El viaje termina en la terminal Norte de Cebu y, de allí, voy en taxi hasta la terminal Sur desde donde debo tomar un bus de tres horas hasta Moalboal, en el otro extremo de la isla. Los buses a Moalboal salen de la puerta nueve, en la que hay una multitud haciendo fila. Cada vez que un bus estaciona, la gente se abalanza, arroja sus bultos por las ventanillas y emprende una lucha cuerpo a cuerpo para subir. Después de esperar un rato, un maletero me indica que mi bus es el próximo. Cuando aparece, tomo la mochila, la arrojo a los pies del maletero y me sumerjo entre los cuerpos que luchan por entrar. Cuando subo, encuentro un sitio libre y me siento. Pero entonces veo que el maletero me hace señas frenéticas: este no es el bus, sino el que viene. Salir es todavía peor. Camino sobre los asientos, piso gente, bajo y vuelvo a abrirme paso hasta la puerta del bus correcto. El forcejeo se repite y encuentro un asiento junto a un tipo que lleva un gallo. El maletero me hace una seña de aprobación y le paso la propina por la ventana.

Las luces del bus son mortecinas y ya es casi de noche. El pasillo está bloqueado por gente -sentada en asientos desplegables- y en el televisor pasan una película de simios, sin volumen y sin subtítulos. Por la ventana veo casas de madera, luces famélicas, ciudades con mercados rutilantes. El bus llega al Moalboal a las nueve y estaciona frente a una farmacia. Desde allí tengo que tomar un triciclo hasta la playa, Panangsama. Me subo al de un hombre de bigotes mexicanos, llamado June. Por el camino recoge a su mujer y a su hijo que se montan con él en la moto. Veinte minutos más tarde, se detiene frente a un hotel en un poblado dormido. Hay viento y empieza a llover y se escuchan las olas golpeando contra un risco, pero al día siguiente, cuando despierto, sobre la corteza de un árbol que se ve desde la ventana, caen rayos del sol.

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Alquilo una moto a cinco dólares y, en las tardes, salgo a mirar. Hay mercados, carnicerías, puestos de verdura, farmacias, arrozales, granjas, zapaterías. Siento que estoy, por primera vez en semanas, en un sitio real. Un día, en la ruta, me cruzo con un grupo de personas que corren detrás de algo que parece un carro. Cuando me acerco veo que es un ataúd sobre un catafalco con ruedas. Los corredores empujan el ataúd y los sigue una camioneta pequeña, cargada de gente. El cortejo se desvía hacia un poblado y yo decido extremar mi método: no seguirlos. No ver.

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Paso por arrozales, paso por un estadio para riñas al que parecen haberle arrancado un pedazo a mordiscones. Veo un árbol del que cuelgan miles de hojas de papel en las que la gente escribe sus deseos. Buscando un jardín de orquídeas doy con un criadero de gallos; el dueño hace pelear a dos y me enciende la sangre ver esa batalla cruel que ya he visto muchas veces, quizás demasiadas. Voy a una playa llamada White Beach -los filipinos no tienen imaginación para el bautismo- y camino mirando las escolopendras monstruosas que quedan atrapadas entre las piedras con la marea baja.

Y todas las mañanas bajo al mar.

Todas las mañanas bajo al mar.

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A cien metros del sitio donde duermo y desayuno, en un mar sin playa y sin orilla, hay lo que no tiene olvido. Tortugas gigantes, coral flamígero, peces como flores incendiadas. Aunque el agua está repleta de medusas que me hacen arder la piel, aunque tengo frío, aunque tengo fiebre, día tras día me sumerjo en ese mundo de sexos helados, de escamas, de venenos. Persisto en ese empeño porque no he venido aquí a buscar nada y, sin embargo, sé que aquí he encontrado alguna cosa. Que me guardo.

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Ceno todas las noches en un restaurante vacío. El parrillero, que viste shorcitos de jeans y se peina con trenzas, se llama Reynaldo. Siempre pido lo mismo: pollo con sal y limón, ensalada de pepinos. Después voy a tomar cerveza al bar donde atiende Evelyn. El bar queda en una esquina, las banquetas de la barra están sobre la calle y hay algo en eso, en esa ausencia de fronteras, que me resulta irresistible. Evelyn es hermosa y altiva y dice que se marchará a estudiar hotelería a Cebu. Cuando paso y la veo conversando con clientes, sigo de largo. No tengo idea de cuales sean los negocios de Evelyn, pero prefiero dejarla en paz.

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Un día entro al mar y sé que va a ser la última vez. El agua se abre como una tela fuerte y precisa. Nado sobre el arrecife, lo cruzo y, cuando llego al filo, me calzo la máscara y miro la ladera del abismo, la profundidad azul y tenebrosa. Y empiezo a decir adiós a todas esas cosas. A cada una.

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La mañana de un celeste puro en la que me voy subo a una van para seis donde embuten a doce. Llego a la ciudad de Cebu mucho antes de la partida de mi vuelo hacia Manila y le pregunto a un taxista cuánto me cobra por dar unas vueltas sin rumbo. Me dice que diez dólares. Me lleva a mercados. Me lleva a una plaza. Me lleva a una iglesia. Me lleva a un templo chino. Cuando le digo que necesito comer, me lleva a un Mc Donalds. Del espejito retrovisor del auto cuelga su licencia y allí se lee su nombre: Antecristo, Bienvenido E.

Dos días más tarde, en la fila de migraciones del aeropuerto de Manila, hay cuatro o cinco ventanillas con muy poca gente, y una frente a la que se agolpa una multitud. Sobre esa ventanilla un cartel dice: “Sólo para Filipinos viviendo en el extranjero”. Así es como me voy de ese país sin entender nada. Sin querer buscar explicaciones.

No vas a conocer jamás alguien tan ambicioso como un derviche –o sufi, como gustes llamarlo–. No te dejes engañar por la sencillez de la ropa. No hay nada de este mundo que lo haga sentir satisfecho. Pueden venir a ofrecerle el paraíso: riqueza, ríos de vino y vírgenes dispuestas a atenderlo y él dirá: “Mejor no”. No busca nada del palacio y sus encantos. A él sólo le interesa el Rey.

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Parece que el término sufi viene de lana -“suf”- la ropa que visten los primeros místicos del Islam. Pero aún los expertos no se ponen de acuerdo. Hay quienes rastrean el origen en la palabra pureza –safa–, o en los compañeros de banco –ashab-i suffa– del Profeta Muhammad –paz y bendiciones– quienes habían dejado todo atrás para estar junto a él y pasaban sus días esperándolo sentados junto a la mezquita.

En su mayoría, los primeros sufis son pobrísimos –de ahí también el término derviche y fakir–, y el estado de muchos de ellos es tan elevado que a veces no pueden completar las oraciones rituales sin caer al suelo en éxtasis. Los viajeros occidentales los ven y piensan que están locos o endemoniados o que algo raro les pasa.

“El sufismo consiste en no poseer nada”, lo define uno de los primeros derviches en el siglo X, “y en no dejarse poseer por nada”.

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Una vez que te vestís como derviche, te transformas en derviche. Es automático. Las mujeres dejan de mirarte. La gente que antes te tenía en alta estima ahora piensa que no le llegas ni a los talones. Antes calificabas para muchas cosas, ahora no. Con el tiempo, entendés por qué los maestros insisten tanto en que te vistas como ellos. Su ropa te limpia del polvo de este mundo. Y te prepara para tu encuentro con el Amado.

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Te hacés derviche y el mundo en seguida se pone en tu contra. Tus padres no te entienden, tus amigos no te entienden, tus hijos no te entienden.¿El trabajo? Trabajás lo justo y necesario. El mundo ve cómo le das la espalda y lo abandonás. Es natural que se sienta herido.

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Si sos derviche tenés una práctica diaria. Cuando recién empezás recitás el dikr –el recuerdo de Dios- de los iniciados: pronunciás 1500 Allah, y otros nombres divinos. Cuando sentís que podés asimilar más repeticiones, pasás al dikr de los preparados, y allí descubrís que de los 5000 Allah que repetís, mitad son con la lengua y la otra mitad, te indican, se pronuncian con el corazón. “¿Con el corazón?” te preguntás. Y es ahí cuando las cosas se ponen interesantes.

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Un siglo atrás, un maestro derviche envía a un luchador a pegarle a tres de sus discípulos. El primero aprieta los puños y se contiene de devolver el golpe. El segundo lo acepta, resignado. Y el tercero, un viejito, agradece. “Estos son los tres niveles de mis discípulos”, explica el maestro. “El primero sabe que todo viene de mí pero aún se resiste. El segundo lo acepta pero no encuentra lección alguna en ello. El tercero, sabe que todo, bueno o malo, es parte de mis regalos a él”.

De eso trata el camino del sufi: rendirse a la voluntad de Dios. Para los derviches, el pinchazo es la vacuna que tal vez te salve la vida.

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En 1986, un hombre planta en el país la semilla de la orden de Sufi Naqshbandi, a la que pertenecés. Es un psiquiatra de Mar del Plata llamado Eduardo Rocatti. Rocatti dirige un grupo de Gurdjieff –el maestro ruso que aplica el esoterismo oriental a la psicología moderna-. En el grupo hay maestros de escuela, albañiles, odontólogos, biólogos, kiosqueros. Le va tan bien que si prendés la tele local, ves sus anuncios en los cortes.

Como un siglo atrás, cuando Gurdjieff recibe iniciación de los sufis Naqshbandis, Rocatti decide buscar un maestro vivo por cuenta propia. En 1985 vuela a Konya, Turquia, donde conoce a un vendedor de alfombras, discípulo de un maestro Mevlevi, la orden sufi fundada por Rumi, que lo impresiona. Rocatti le pide conocer a su maestro. “Mi maestro”, le advierte, “no es para vos. El tuyo vive en Chipre. Su nombre es Mawlana Sheik Nazim”.

Al año siguiente, Rocatti conoce a Mawlana, se maravilla, se islamiza y recibe el nombre Abdul Nur. A su regreso, celebra dikrs –encuentros donde se recuerda a Dios a través de sus nombres divinos- e inicia a decenas de personas, autorizado por su maestro.

Al cabo de un tiempo, Abdul Nur se aleja de la orden y se va a vivir a Tucumán. A los discípulos los invita a irse con él. Van casi todos. Quedan un puñado de Naqshbandis en pie en la Argentina que pueden contarse con los dedos de una mano: entre ellos Ahmad y Hamida, un matrimonio de biólogos. Ante el desconcierto de quedar solos, escriben una carta a Mawlana pidiéndole indicaciones. La respuesta llega. “No hay motivos para la confusión, pues no los hay en el corazón al cual ustedes están conectados”, les dice. “Un verdadero guía es aquel que conduce a la gente fuera de toda confusión”.

Hamida viaja 20 veces a visitar a su maestro, traduce y edita doce libros con sus charlas. Mawlana dice que la siente como de la famila.Y los pocos derviches de fines de los ‘80, nunca más vuelven a sentirse solos.

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A los sufis, les encanta dar cifras. Así que, con los años, vas apuntando un puñado que te llaman la atención: En toda época, conviven 124.000 santos. El Sagrado Corán contiene 600.000 letras y un santo puede sacar de cada una de ellas 12.000 significados. Cada movimiento de Mawlana, esconde 1200 secretos y cuando uno besa su mano, entran en su corazón 12.000 conocimientos.

Los derviches te dan cifras abrumadoras. Tus cálculos mentales no pueden abarcarlas y entran en cortocircuito. El camino del sufi es, te dicen, como sumergirse en el océano. No hay tiempo para detenerse a contar las gotas.

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De los más de dos mil naqshbandis que existen en la Argentina, algunos son públicos y llevan ropa tradicional, a la que llamamos sunna –gorro, pantalones bombines y camisa de mangas largas- y hay otros naqshbandis de placard que jamás reconocerías por la calle. Aún conservan trabajos en atención al público, en empresas, en inmobiliarias que los obligan a mantener las apariencias ante el mundo. Se dice que la recompensa por reproducir un solo hábito del Profeta, en estos tiempos, equivale a cien personas que entregan su vida por Dios. A gran dificultad, gran gratificación.

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Conocés en un seminario a Shahabuddin, sheik de Glew, barba blanca ensortijada, rostro resplandeciente como piedra milenaria, el gesto de alguien que vivió muchas vidas, y uno de los hermanos más antiguos de la orden Naqhsbandi. Su nombre significa meteoro: el modo que emplea Dios para destruir demonios. Estar cerca de Shaha, es recibir parte de ese impacto celestial.

Un día, le preguntás qué se siente ser derviche. “Uno no viene acá a aprender nada. Lo que hace es dejar los malos hábitos para conectarse a una realidad más elevada. Estoy en este camino hace más de 20 años”, te dice, “y se pone cada vez mejor”.

Lo visitas a Shaha a Glew donde reúne a 50 derviches en una casa sin cartel alguno. Cinco años atrás levanta, a pedido de Mawlana, el maqam del Grand Sheik Abdullah, la extensión espiritual de su tumba: una forma de acercar su presencia. Desde que termina el maqam, el barrio se aquieta. El aguantadero de la cuadra se vende y se mudan nuevos vecinos. Nadie vuelve a escuchar música a todo volumen. “El maqam”, dice Shaha, “irradia luz espiritual continua”.

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Todo derviche es un esmerado consejero. Muchos de ellos han pasado vidas tan duras como la tuya: hablan desde la experiencia. “La religión”, dice el Profeta –paz y bendiciones-, “es consejo”. El Islam no es exclusivo de las mezquitas. Se lo llama din: una forma de vida. Hay un camino seguido por Muhammad, que el derviche busca seguir al pie de la letra: lo imita para ir al baño, comer, tener pareja o dormir. La gente piensa que una pauta de conducta es un castigo. Pero si estás dentro, sabes que es una bendición. Si la sigues, el fuego de este mundo no te tocará.

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En cuatro años, ves a más de 20 familias de derviches dejar la capital, siguiendo el consejo del Mawlana de llevar una vida sencilla fuera de las grandes ciudades. Parte el sheikh y su familia de Buenos Aires a Tandil. Se va Yakub con su esposa y su bebé a La Consulta en Mendoza donde hay otras 25 familias de sufis. A Yakub lo visitabas al departamento de sus suegros en Belgrano para que te enseñara las oraciones en árabe. El que no se va, es porque aún no termina su casa. Si un hermano no tiene dinero para construir, se asegura un lote en alguna comuna Naqshbandi. Hay derviches que deciden hacer las valijas y dejar su vieja vida atrás aún sin conocer a Mawlana en persona. Te preguntás: si eso no es estar enamorado, qué es.

Cómo te transformás en sufi

El primer sufi que conocés en tu vida se llama Suleyman, es fotógrafo, estudia psicología y vive, seis años atrás, en una casita en zona norte. Es, para entonces, el sheikh de Buenos Aires. Lo encontrás luminoso, como si tuviera un spot sobre la cabeza.

Con el tiempo te enterás de la historia de Suleyman. En 1994, se interesa por la meditación y viaja por África, Malasia, Tailandia, e India. Vive en ashrams y conoce a gurúes varios. Tres años más tarde, asiste en Buenos Aires a una charla sobre sufismo dada por un sheikh de Alemania, que lo impulsa a viajar a Chipre a conocer al maestro del sheikh. “Es difícil transmitir la impresión que provoca un maestro como Mawlana”, te cuenta hoy. “El estado espiritual que transmite su presencia basta para demostrar su condición de maestro. Gracias a él, descubrí la espiritualidad en la vida cotidiana. Dejé de buscar por agua, y me dediqué a aprender a nadar.”

Una primavera, Suleyman te recibe en su casa. Tiene plantas de tomate y rosales en el fondo. Llevas facturas pero su familia ya tiene preparada la merienda. Como nunca has visto a un sufi en tu vida, hablas mucho y preguntas mucho. Hasta que él te frena. “Estás lleno de palabras”, te advierte. “¿Cómo podés vivir así?”

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Llegás a la puerta del sufismo desahuciado. Probás con el budismo zen, con el control mental, con la alquimia, con el budismo tibetano y descubrís que, cuando las papas queman, nada de eso te saca del horno. Probás hacer carrera en la vida y descubrís que todos los que han llegado al lugar que aspirás están más perdidos que vos. Golpeaste cada puerta que te ofrece el mundo y en ninguna hallaste nada. Los sufis te ofrecen las llaves del último cerrojo. Detrás, el dueño de casa, espera.

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Cuando le preguntás a Suleyman sobre las reuniones derviches de los jueves, donde se juntan a repetir los nombres divinos, lo único que dice es: “Cuando vengas, vas a pensar que estamos todos locos”.

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Todos los sufis respetan los pilares del islam: no asociar nada ni nadie a Dios, practicar las cinco oraciones, pagar el zakat –el 2,5% de los ahorros anuales a los pobres-, el ayuno del mes de ramadán y, en la medida de las posibilidades, hacer la peregrinación a Meca, la casa de Allah.

Pero no todos los musulmanes son sufis. De hecho, creen que tener maestro es asociar alguien a Dios, la transgresión más severa en este camino. Los derviches, sin embargo, lo ven distinto. “Al que no tiene guía”, dice Mawlana Sheikh Nazim, “lo guía su propio ego”. “Seguir un camino espiritual sin un maestro”, lo escuchás decir al Sheikh Burhanuddin “es someterse a una cirugía sin anestesia”. “Sin un maestro”, dice Sheikh Hisham, “sos un loser”.

El islam moderno, politizado y cargado de petrodólares que uno ve en los medios, toma su conocimiento del papel. El sufismo, la fuente original, al conocimiento le pone el cuerpo.

El maestro y los sheikhs

Mawlana Sheikh Nazim es 40º maestro de la cadena Naqshbandi que se remonta sin quebrarse al profeta Muhammad –paz y bendiciones-. A Sheikh Nazim lo llaman el sultán de los santos. Dueño del trono de la guía. Revividor de la Ley Divina. La lista sube y sube.

Ves sus discursos en vivo en la web y te llama la atención como ese viejito amoroso de 90 años tiene bajo el manto tanto poder divino acumulado. Encontrás un mapa con sus centros en el mundo señalados con un ícono. Parece el tablero de TEG de alguien que ha ganado la partida.

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Te enterás –porque te cuentan hermanos y porque leés- de la epopeya que ha sido la vida de Mawlana: nieto de un sheik de la orden Qadiri, descendiente del místico y poeta Rumi y del Profeta –paz y bendiciones-, de niño jamás se lo ve discutir. Aún no cumple 10 y los vecinos se acercan a pedirle consejo. Estudia ingeniería química en la Universidad de Estambul. Su hermano médico muere en la guerra y la pérdida lo marca. En tiempos de veda religiosa en Turquía, Mawlana hace el llamado a la oración desde el minarete de la mezquita y lo encarcelan muchas, pero muchas veces. Acumula 114 casos en su contra. El equivalente a 100 años de prisión. Sus abogados le advierten que no lo haga más. “No puedo”, les dice, “la gente debe escuchar el llamado a la oración”. Cuando parece que transitará el resto de su vida entre rejas, asume un presidente en Turquía cuyo primer decreto es abrir las mezquitas y legalizar el llamado a la oración. El prontuario de Mawlana, por arte de magia, se esfuma.

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“En cada tiempo, sólo hay un sufi. Y ese sufi en esta época es Mawlana. Los demás, somos todos aprendices”, te confiesa Muyiddin, sheikh de La Plata, a quien visitás en su stand de la feria de artesanos de la ciudad. “Ser musulmán no es un papel ni un bautismo”, te dice, “es un estado espiritual”.

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El legado de los maestros es demasiado grande. Sus prácticas, vistas desde hoy, parecen titánicas. Hay sheiks que se cuelgan cabeza abajo en pozos de agua para recitar el Corán. Santas que duermen en el suelo con un ladrillo de almohada y que hacen la peregrinación a Meca poniendo la frente en tierra a cada paso. A seis meses de casarse, el grandsheikh Abdullah, a pedido de su maestro, se retira durante cinco años en reclusión a una cueva. Más que imitarlos, sólo te queda sentirte un poco avergonzado y agradecer que te tomen en cuenta.

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Una vez al año, te visitan los representantes de tu maestro: los sheikhs. A cada sheikh lo envuelve un perfume característico.

Cuando hablas con Hassan Dyck, que gira por el mundo con sus conciertos de música sagrada, se hace tan pequeño que tenés la impresión de que se inclina a tus pies. Con cada cosa que le contás, Hassan hace un silencio respetuoso, maravillado. Tu ego se siente el más sabio del mundo. Estás ante ese hombre sabio y él se limita a escucharte con la mayor atención. Ése es su perfume. Y esa es su trampa. El sheikh se transforma en corderito para mostrarte el lobo que llevás dentro.

Cada primavera, llega también el sheikh Burhanuddin Herrmann. Buena parte de tus hermanos del camino, se han iniciado gracias a él. Si el sufismo fuera una casa, Burhanuddin sería el recepcionista. Los derviches alientan a amigos, compañeros de trabajo y a su familia a que se apunten a sus talleres. Y luego se sientan a ver el espectáculo: en pocas preguntas Burhanuddin encuentra la fisura en sus vidas y les coloca el taladro. Mitad del taller, uno la pasa haciendo ejercicios de auto observación, y la otra mitad, viendo al sheikh aplastar el ego de los asistentes como un racimo de uvas. Al día siguiente, puedes observar cómo el hollejo de todas esas uvas aplastadas empiezan a destilar su propio vino.

Hassan te alienta a ver. Burhanuddin te da un sacudón. Hassan muestra tu reflejo. Y Burhanuddin te parte el espejo.

Dos perfumes. El mismo perfumero.

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Nunca vas a escuchar hablar de si un sheikh es más poderoso que otro. En este camino, te dicen que los milagros son la menstruación de los santos. Nada para sentirse orgulloso. Sólo dirán, a lo sumo, si tal o cual sheik está mejor o peor conectado.

En el sufismo a la conexión se la llama rabbita. Es por eso que, cuando ves a un sheikh antes de hablar, lo escuchás pedir ayuda, pedir permiso y por último, vaciarse para captar la señal del maestro. Jamás prepara lo que va a decir. La mente prepara. El corazón improvisa. Lo escuchás al sheikh Ahmad en Buenos Aires comparar al derviche con un globo aerostático: “Nuestra tarea es descargar esas bolsas de arena que, como el globo a gas, impiden elevarnos”. Una vez, en Mar del Plata, lo ves a Ahmad en silencio esperando concretar la rabbita con su maestro. Pasa un buen tiempo, hasta que anuncia: “No baja nada”. Y no habla. Su honestidad te llena de confianza.

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Febrero del 2011, junto a 80 derviches festejás el cumpleaños de Sheik Hisham, en su primera visita a la Argentina. El representante de Mawlana en Occidente, inicia en el sufismo al campeón de boxeo Muhammad Alí, se reúne con reyes y príncipes, y preside una fundación islámica en los Estados Unidos. En los festejos del Sheik, hay tres percusionistas y dos giradores. Somos decenas de derviches saltando y sudando a mares, repitiendo la primera parte del testimonio de fe islámica: “No hay más Dios que Dios”, con el dedo índice en alto. No hay alcohol. Nadie quiere seducir a nadie. Jamás imaginarías que algo tan sencillo puede hacerte tan feliz.

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Un día, Mawlana da un discurso y te fijás atentamente en el tasbig, su rosario de cuentas, con el cual cada derviche lleva registro de las repeticiones de los nombres divinos que pronuncia por día. Algunos lo llaman “el lazo de la mente”: pues mientras uno cuenta los nombres, la mente se contrae y algo dentro tuyo se expande.

Como Mawlana tiene su tasbig cubierto con la pierna, casi no lo ves. Tal vez, pensás, tenga un tasbih blanco como perla de mar, cargado de poder. O un tasbih color del ámbar, exótico y sugestivo. Cuando Mawlana lo deja al descubierto y podés quitarte la duda, descubrís que es exactamente igual al tuyo.

La transformación

Te lleva dos años armar con cierta corrección el turbante. Se recomienda cruzarlo delante y sujetarlo por detrás dándole una vuelta como quien anuda una corbata. Cuanto más extensa es la tela, más alta la dignidad. Ese honor, lo quieras o no, se refleja. Un hermano derviche con cuatro años en el camino, te cuenta que cuando usó turbante en el aeropuerto de Estambul la gente le besaba las manos.

Del mismo modo que la corona representa en los reyes la apertura al cielo, el gorro en punta que sostiene el turbante, te enterás, es una antena a la divinidad. La tela del turbante se emplea, en el entierro, para envolver el cuerpo del derviche. Llevar turbante es estar listo para morir.

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Te volvés derviche y rezás en un mundo sin significado. Adorás a Dios en un mundo sin Dios. En un planeta fragmentado, creés que todo está sujeto a Uno. En un mundo vacío, sentís que todo tiene un contenido secreto. Desde afuera, parece que hubieras perdido la chaveta. Desde adentro, descubrís que hiciste contacto divino.

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Para que el sheikh te tome en serio, debés pensar al menos cuatro veces al día en tu muerte. Eso te familiariza con tu condición de viajero. Le quita dramatismo al morir.

Cuando muere la madre de un girador derviche en la Argentina, un sufi se acerca para darle sus condolencias. El derviche, inmutable, le dice: “¿Querés un pañuelito descartable?”

En el sufismo, se dice, hay que morir antes de morir. Es el camino de los pájaros: por un lado te preparás para dejar el nido, por otro, te concentrás en aprender a volar.

Practicás el recuerdo de la muerte cada vez que vas a dormir. Te despedís mentalmente de tus hijos, de tu pareja, de tus amigos. Hacés un balance y pensás en qué estado terminás tu vida. La gimnasia de soltar todo cada noche te ayuda a descubrir que, cuando llegue el momento, no habrá de donde agarrarse. Si no trabajás por descubrir tu destino final habrás malgastado tu vida. Si aún no localizaste la salida de emergencia, cuando llegue el fuego te vas a dar contra las paredes.

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Has visto lo lindo que recitan algunos hermanos, y el impacto que tiene la lectura del Corán en el corazón –históricamente, el Profeta enviaba a recitadores a transmitirlo a los pueblos, la versión escrita se difundió más tarde-, así que decidís aprender árabe. Has buscado leer una traducción al español pero el libro se ha cerrado como un puño. El Corán, te dicen, es una soga entre el cielo y la tierra. Escalarla con la razón, es como treparla con los pies. Basta con recitarla desde el corazón y en su idioma original, tal como descendió de los cielos, para aferrarte a ella. Y esperar a que, desde arriba, alguien se apiade y te haga subir.

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Ali Salim es artesano y vive con su hijo en un conventillo de La Boca. Se conecta con los Naqshbandis en un viaje a Pakistán donde estudia islam en la universidad y luego se inicia en la orden en 1993. Durante dos años, vas a su casa a tomar clases de árabe. Habla de Perón, de Leopoldo Marechal y de Cristina Kirchner, todo en clave sufi. Un día, le preguntás si nunca separa espiritualidad de política. “¿Por qué? ¿vos ves doble? Si todo es uno.” Ali es el primero en decirte que cuando recuerda a Dios, el corazón le duele. “El corazón está roto porque se ha separado de Dios”, te cuenta. “Cuando no se le da al corazón amor verdadero, el hombre lo hace amar cualquier cosa. No importa si es un partido político o Boca. El corazón ama lo que le pongan delante”.

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Pasado un tiempo en el camino, descubrís que ya no queda nada para demostrarle al mundo. Ves secar uno tras otros tus sueños al sol. La gimnasia del corazón le ha quitado combustible a tus delirios de grandeza. Tus preocupaciones van cayendo como hojas en otoño. Toda la salvia la has concentrado bajo tierra, en la raíz. Tu parte anónima, íntima y humilde, capaz de encontrar la verdadera fuente de agua.

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Mientras escribís este artículo, te llama un hermano para proponerte tirarse con otros derviches en paracaídas y recordar a Dios en caída libre. Pensás: es un riesgo. Has escuchado un puñado de historias de gente a la que no se le abrió el paracaídas a tiempo. Un campeón de salto cayó desde tan alto que hizo un agujero en el campo. Además, tenés hijos. Odiás la altura. Tirarse es caro y la adrenalina nunca fue lo tuyo. Pero lo consultas con tu corazón y le decís: “Hagámoslo”.

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Un día, al terminar la oración de la madrugada, te quedás sobre la alfombra repitiendo los nombres divinos de Dios como quien golpea una puerta. Los nombres son 99 y el secreto de su vibración es uno de los grandes tesoros de los derviches. Lo hiciste muchas veces a lo largo de los años, pero por primera vez estás decidido a repetirlo el tiempo que sea necesario. Entonces, alguien responde. Alguien abre. Lo que sucede es muy parecido a la primera vez que hiciste el amor: te sentís colmado y absorbido. Pero esta vez, no amás algo. Ni alguien. Simplemente, amás. Besás el aire, embriagado y transformado, y decís: “Estabas ahí, ahora me doy cuenta”.

Cuando le contás tu experiencia al sheikh, te palmea la espalda. “Viste”, te dice, “esto funciona”.

El viaje al corazón del maestro

Volás hasta Chipre, a conocer en persona a Mawlana Sheikh Nazim. Si no lo ves con tus propios ojos, te cuesta creer.

En el aeropuerto, te recoge un derviche que lleva y trae visitas a la casa del maestro en Lefke, al otro lado de la isla. Tenés equipaje grande y pesado, pero el derviche se limita a acompañarte al coche y abrir el baúl. Cada cual es dueño de su mochila.

El chofer chupa granos de café, conduce por calles oscuras y dormidas a la madrugada mientras escucha alabanzas al Profeta en la radio. En un momento, cambia el dial y suena “Otro día en el paraíso”, una balada de Phil Collins donde habla de cómo, comparado con toda la gente que sufre en la calle, uno prácticamente vive en el paraíso. “Esta letra”, afirma el chofer con la cabeza, “tiene una sabiduría tremenda”.

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En casa de Mawlana, saludás a derviches italianos, españoles, rusos, coreanos, indios, pakistaníes, ingleses, rumanos. Todos llegan hasta aquí enamorados de tu mismo maestro, arrastrados por su mismo perfume. Conocés a sastres turcos. A ex soldados. A académicos británicos que viajan hasta aquí a hacer una tesis sobre el poder curativo de los derviches. Tenés la impresión de que la casa de Mawlana, es el epicentro del mundo.

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En Chipre, a cargo del trabajo voluntario, está un hermano llamado Ali. Siempre lo encontrás sudado y sonriente, los zapatos más gastados y llenos de polvo que viste en tu vida. Él dirige la oración del mediodía en medio de un campo de naranjas, y como no tiene donde apoyar la cabeza, saca algo del bolsillo y la apoya ahí: un fixture del mundial. “Los mafiosos serían extraordinarios derviches”, dice Ali en un descanso, bajo los árboles. “Ellos no discuten. Obedecen. En este camino, uno cumple y después en esa orden está el secreto oculto del maestro”.

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En el islam, a los padres se los honra. El paraíso, te dicen los sheikhs, está a los pies de la madre. Imaginá que tus padres nunca fueron muy espirituales. Creen sólo en lo que pueden ver. Nunca te llevan a misa. Menos aún te alientan en tomar la comunión. Imaginá que el mayor consejo que te repite tu mamá es: “Comé más. Estás muy flaco”. En Lefke, en casa de Mawlana, luego de la oración del viernes, te aferrás a su bastón y recibís de él la iniciación. Te emocionás. Tu corazón se abre como si le hubieran quitado el corcho. Ahora entendés lo que es amar a un maestro.

Mawlana recibe a todos y el último día te da la bienvenida en el living. Antes de partir de regreso, esperás un consejo mágico que te cambie la vida. Sentado en un sofá, toma tu mano, sonríe amorosamente como lo haría tu abuelo y te dice: “Estás como mi bastón de delgado. Tenés que comer más”. Y te manda nuevamente a los pies de mamá.

Martes 23, octubre, noche de calor en la ciudad. El hotel Intercontinental se llena de trajes, tacos altos y champán: es la entrega de los premios Eikon, una de las tantas veces que la industria de la comunicación institucional se celebra a sí misma y a la que asisten los voceros, gerentes y representantes de muchas compañías locales que llegaron hasta allí seducidos por la idea de hacer lo que mejor hacen: conversar, reír y relacionarse, sin la solemnidad de la oficina sino con música de fondo, cierto hedonismo visual y un ambiente más laxo. En esta edición hay un galardón especial: se premia al comunicador del año. Nadie sabe para quién es. Nadie sabe quién integra la terna, ni quién o quiénes votaron. Se hace silencio. Anuncian al ganador. Es Jorge Lanata.

Con su paso típico de pingüino –simpático, ladeado, pendular–, Lanata sube a recibir el premio. El aplauso es contundente, extendido. El ambiente tiene un aire amistoso: gente a la que le va muy bien que premia a otra gente que le va muy bien. ¿Quién podría pensar que allí, en ese espacio en el que la elegancia se manifiesta tanto en la vestimenta como en los modales, en ese territorio gentil en el que el mercado consagra a sus mejores intérpretes, alguien pudiera interrumpir esa corriente de celebración?

Cuando se apaga la ovación, cuando se hace el silencio adecuado para que el homenajeado mire a la platea y devuelva gentilezas con palabras certeras demostrando una vez más que sí, que él es un gran comunicador, un tipo puro carisma que nació para intervenir los sentidos de la gente, surge, solitario pero convincente, un único silbido que corrompe la mágica unanimidad del momento. Lanata lo escucha, claro que lo escucha. En rigor, todos lo escuchan pero se desentienden. O tratan de hacerlo. Se hace un silencio.

¿Qué hará el inefable hombre de la tele?

¿Se hará el boludo o se hará cargo de ese solitario abucheador?

— Gracias por el premio. Este año yo hice el programa para perder el miedo, por eso tengo una pregunta: ¿quién silbó?

Las damas se atragantan con las papas. Los gerentes, nerviosos, aprietan sus puños dentro de los bolsillos de sus pantalones. O sorben, algo perturbados, el rico espumante que sirve el personal.

— ¿Quién fue?

Una incomodidad del tamaño de un shopping se adueña del lugar. El silencio es feroz.

—Yo —dice un joven con mirada desafiante.
— Silbá de nuevo, dale —lo arenga Lanata, vestido con un traje gris, desde el escenario.
— Bueno.

El muchacho, de unos 35 años, silba de nuevo. Silba con ganas.

— Gracias. ¿A quién votaste?, pregunta Lanata.
— A Cristina.
— ¿Te animás a silbar acá adelante?
— Si querés voy…

***

—Yo quiero que me quieran. Hago lo que hago porque quiero que me quieran — dirá Lanata días después, sentado frente al escritorio de su piso 17 de Avenida del Libertador, desde donde se aprecian las estribaciones de la Ciudad y la inmensa oscuridad del río.

“Quiero que me quieran”, dice con la aspiración legítima de alguien que, por su condición de periodista exitoso, necesita que franjas importantes de televidentes o lectores acuerden con su propuesta. Ese reconocimiento del público lo transformó en mercancía deseada por los distintos mundos empresariales.

La cultura de movilidad social ascendente ha poblado la sociedad argentina de personajes buscavidas, hechos a sí mismos, tipos cool con monitores sensibles a diagnosticar en qué cancha se está jugando y con qué ventajas se cuenta. La idea básica es “salir adelante” y para hacerlo, como dice Lanata reivindicando su espíritu emprendedor: “no hay que ser un simple empleado”. Hoy, la hegemonía de un individualismo pragmático atraviesa todos los espacios sociales y políticos, dejan más crudamente al descubierto ese “salir adelante”.

Experto en el arte de la provocación, Lanata lanza frases que son alaridos de audacia y libertad. Frases que tienen fuego, pero no siempre llegan a destino. Que suenan muy bien, pero a veces se consumen entre la vacuidad o el desaliento. Como sucedió cuando le dijo al joven que lo silbó en la premiación que pasara al frente. Que lo hiciese delante de todos. Fue Lanata mismo quien lo desalentó al comenzar a hablar sobre los peligros de callarse, de no animarse a decir lo que uno piensa, de quejarse, y un largo etcétera. Cuando el público se quiso acordar, Lanata, bajaba del escenario bañado en aplausos.

Cigarrillo en mano, con sus galardones detrás: los premios Konex y Eter, los once Martín Fierro colgados de la pared de su bunker, ensaya algunas explicaciones posibles para tratar de entender el lugar que viene ocupando para cierto sector de la sociedad.

Lanata: una especie de enemigo público carente de potestad. O algo así como el líder bizarro de una oposición inexistente, al que algunos abrazan como si fuera una palpitante esperanza de cambio y otros castigan —o silban— por haberse convertido en algo inesperado.

El rasgo de la época se condensa en la exuberante humanidad de este hombre que, tras la decepcionante experiencia del diario Crítica, tras dos años de ostracismo televisivo, tras bajar 20 kilos, empezar a dormir mejor y abandonar un departamento alquilado del Palacio Estrogamou ­compró un ostentoso piso en retiro y hoy domina el rating de los domingos con su show periodístico. Un tipo que se autodefine como “liberal” —a la manera norteamericana— y que, en un mundo con rasgos decadentes, despierta pasiones y revuelo donde pisa y pasa, sea una premiación del establishment local o las elecciones venezolanas.

— Yo no tenía ningún otro canal dónde ir. Y entiendo que me ataquen por eso, porque soy peor enemigo en el canal 13 que en el 4 de Quemú Quemú. Ahora, a mí lo que importa es qué tipo de programa hago. Y para mí, PPT es Día D con plata. No es distinto a Día D. No estoy haciendo nada que no tenga ganas.

Desde que se convirtió en la espada más importante del Grupo Clarín, el personaje Lanata cambió nuevamente su significación. A los 26 años, fundó Página/12, unido a un notable colectivo de editores, columnistas y escritores que hoy no se sentarían a la mesa con él: no lo nombran ni lo invitan cuando el diario celebra sus cumpleaños. Pasó de ser un joven trepidante, lúcido y ambicioso a sumarse, como afirma una ex compañera de ruta, a las filas del monstruo que en algún momento él quiso destruir.

Él se defiende con un pretexto sencillo, y compatible con la cultura del buscavidas exitoso

— ¿Me puedo ir de donde estoy? Sí. ¿Me importa dónde estoy? No. Me importa tres carajos.

***

Noche de domingo en Canal 13. El estudio principal es una romería de público, asistentes, grúas, cámaras y técnicos. El aire se llena de electricidad. Está por empezar PPT, el programa insigne que empuña el Grupo Clarín para horadar el Relato del gobierno. Se acerca el 7D, es un fin de año clave para el 13 y Lanata, que llegó dos horas antes para maquillarse, cortarse el pelo y hablar con el equipo de producción, viste una camisa estampada con flores diminutas, un jean canchero y un saco no menos cool. Si hay algo que siempre tuvo, además de sacos, relojes caros y camisas, fue saber rodearse de periodistas sólidos. En su momento estuvieron con él Ernesto Tenembaum, María O’Donnell, Marcelo Zlotogwiazda u Horacio Verbitsky. Hoy se destacan Luciana Geuna y Nicolás Wiñaski, todos ellos surgidos de la gráfica, el rubro que para Lanata funciona como la única y legítima división formadora de la profesión.

Uno de los temas dominantes de la semana fue el cambio de edad para el voto obligatorio, de 18 a 16 años, una medida impulsada por el gobierno que, de acuerdo a las débiles especulaciones de los que están a favor o en contra de la iniciativa, sería beneficiosa para el oficialismo. Lanata entrevistó a cinco chicos de 16 de distintas clases sociales. En una villa, en un barrio cerrado, en un cómodo departamento de Palermo, en otro más austero y en una casa humilde. Mientras el informe está en el aire, Lanata se queda en el estudio solo, fumando en penumbras. Durante la primera hora, el programa no tiene tandas publicitarias. El rating, que se mide minuto a minuto a través de un monitor ubicado en el control central, va creciendo a medida que transcurre el show, superando los coletazos de la altísima medición que dejó el partido de River en Canal 7 (casi 40 puntos) y que el otro show de esa hora, 678, no pudo conservar. Esa noche, gracias al trabajo de Lanata y de su equipo, que además de informes periodísticos incluye la intervención de una modelo sueca y de un imitador de Aníbal Fernández que parecen escapados de un programa de covers de Sofovich, Canal 13 volvió a disputar la punta de la audiencia.

Más tarde, Lanata dirá, pragmático, que lo que lo une a Clarín no es amor sino pura conveniencia.

Ni bien salió al aire, el programa de Lanata fue atacado con furia por el grueso de los medios que no pertenecen al Grupo Clarín. Al margen de la crítica lógica y sistemática de las publicaciones que orbitan al calor del gobierno, buena parte de la “intelligentzia” mediática se lanzó con pasión a diseccionar PPT. En la edición de mayo de la revista Rolling Stone (que alguna vez lo colocó en su tapa con el título “Toro Salvaje” en una nota en la que su por entonces director, Víctor Ghitta, contaba que Lanata había sido uno de sus consultados a la hora de “pensar” la revista), Esteban Schmidt escribió: “Si el periodismo está hecho de urgencia, irresponsabilidad y pálpito, Lanata lo vuelve disciplina olímpica. (…) A menor autoestima de una audiencia, mayor es el éxito del bufón. Prueben con amigos idiotas, mírenlos reír”.

Otro mensuario similar, Los Inrockuptibles, también publicó una reseña lapidaria, escrita por Juan Becerra, ensayista y ex columnista de Crítica: “El talento de Lanata para la simplificación y el aforismo, recursos que hicieron de las viejas tapas de Página/12 verdaderos territorios de sentido concentrado, sigue basándose en dos grandes pilares de la comunicación (y la publicidad): el lugar común y la insistencia”.

— No leo nada de lo que dicen de mí. Es más, (Luis) Majul está escribiendo un libro sobre mí. Le dije que contara todo. Que no le tenía miedo. Y ya sabe que no lo voy a leer.

Buena parte del vértigo vital —o mortal— que acompañó a Lanata durante años está reflejado en la biografía que el periodista Luis Majul publicará en los próximos días.

El libro —promete Majul— se ocupará de los excesos, mujeres, desesperación, peleas e intentos de suicidios. De acuerdo a Majul, Lanata se quiso matar dos veces; la primera a mediados de los ´90, en el momento de mayor consumo, cuando la cocaína era la banda de sonido de esa década, cuando Lanata aspiraba a todo y casi se queda sin nada.

—La vida duele —dice Lanata, y en esa confesión viaja parte de la explicación a aquel consumo frenético: la cocaína como un colchón blanco que sirve para atemperar las angustias (la acechanza de la muerte) y las presiones (la gloria personal).
—En principio —dice Majul—, yo le dije que quería financiarle su autobiografía. Él lo pensó, para finalmente decirme que había llegado a la conclusión de que había un tipo ideal para escribir su biografía, porque era un hijo de puta, pero un hijo de puta que iba a hacerlo en serio. “Sos vos, Luis”, me dijo.

***

La trayectoria de Lanata, de acuerdo a las miradas circulantes, ha dibujado una elipsis con un par de curvas algo paradójicas. Con toda la mitología que se crea alrededor de cualquier cosa más o menos exitosa, aquella aventura de Página/12 fue una experiencia que guardaba en sus pliegues todos los ingredientes adecuados de las causas nobles: desenfado, textos de autor, nuevo lenguaje, progresía, contratapas gloriosas, honestidad intelectual, Madres, contracultura y la imaginación al poder. Fue el mayo francés de los diarios argentinos. Y Lanata era para los jóvenes que descubrían y disfrutaban de ese clima democrático una especie de Danny El Rojo o, quizás, un héroe periodista liberal de película norteamericana. No había un solo estudiante de periodismo o de Ciencias Sociales que, seducido por la romántica propuesta que Lanata, Soriano y compañía encarnaban, no quisiera trabajar allí.

¿Cómo era ese Lanata del alfonsinismo crepuscular? ¿Un cazador oculto que se comía la actualidad a golpes de apetito y audacia? ¿O, por sobre otras características, un advenedizo que se supo rodear de próceres de la pluma y utilizó eso como plataforma de despegue? Como cualquier otra, la historia viborea entre las complejidades, los mitos y los hechos.

—El diario llevaba su impronta, su cosa audaz, creativa y divertida; no era una insolencia casi puramente agresiva, populachera, como en el último tiempo. No hay una ecuación simple que resuelva el meritómetro sobre el éxito de Página —dice Eduardo Blaustein, compañero de redacción en Página.

Blaustein recuerda que Lanata dejaba parte de su vida en el diario: cuando notaba que el diario “se repetía” se angustiaba y hasta se quebraba. Y dice también que no todo fue mérito de Lanata: el diario se impuso por el peso de las firmas de periodistas prestigiosos y el trabajo cotidiano de toda una muchachada veinteañera y de las generaciones precedentes.

Pasaron 25 años. Hay algo en esa peripecia que, de acuerdo a sus críticos, encierra suaves “traiciones” o abdicaciones paulatinas, desde lo que podría leerse como una ambición algo desmedida de protagonismo, que incluyó una aparición en el teatro de revistas, pasando por una rigurosidad periodística no tan consistente, hasta la conversión de 2012: para escándalo de los admiradores de antaño, Lanata se transforma en la bestia negra, una suerte de Darth Vather del grupo al que el mundo kirchnerista llama “la Corpo”.

—¿Y ustedes quieren que yo me haga cargo de las expectativas de la gente? —pregunta Lanata.
— No, estamos tratando de pensar y entender a un referente que se convierte en un tipo criticado por buena parte de sus colegas y por un sector del ambiente que antes lo admiraba.
— Yo no me hago cargo de lo que los que me critican quieren de mí. Tal vez ustedes tienen más contacto y saben lo que yo soy en el microclima periodístico, y yo tal vez tengo más contacto con la calle, y me doy cuenta de lo que soy ahí. Yo laburo para la gente de la calle. En cambio, el microclima son 15 mil tipos que están alrededor de los medios, de la política, de algunos sectores de poder.

Lanata divide al público en tres. En primer lugar: el microclima, el mundillo de los periodistas e intelectuales y los lectores que interactúan con los medios; después la opinión pública, los que compran diarios; y por último, el pueblo, los que sólo miran televisión. Este último grupo, según Lanata, lo quiere, lo ignora o lo odia.

— Yo no puedo hacerme cargo que un estudiante de Comunicación pensaba que yo era no sé quién. Ya de por sí, uno obedece a todo el mundo desde que es chiquito. Vas creciendo y vas ganando libertad. Si obedeciera el deseo de los otros sería Tinelli.

Más que ideología, lo que hay en esas frases es un dar cuenta de maneras de hacer. Estrategias de acción internalizadas que pueden formar parte de un corpus cultural ideologizado en el sentido clásico, o como ocurre en las últimas décadas con las crisis de grandes relatos, relaciones con climas culturales.

Las palabras de Lanata reivindican la libertad individual sin cuestionamientos a las estructuras fundantes del status quo, sostenida en los años de la apertura democrática en una sensibilidad antiautoritaria producto de la experiencia del Terrorismo de Estado. Ante la crisis de los relatos políticos clásicos, el individuo queda en el centro de la escena.

En este presente, el olfato y el sentido práctico internalizado de Lanata, le advierten que en la cultura periodística contemporánea (marcada por la denuncia y el show, con sectores medios conformadores de la llamada opinión pública sin representaciones políticas fuertes) el papel de oficialista o cercano al oficialismo resultaría un espacio carente de excitación o de reconocimiento.

Es ese olfato el que lo hizo adoptar sin vueltas una estética puramente televisiva predominante —tanto en programas oficialista como opositores— para llenar el vacío en términos de espectáculo de una oposición no argumentativa.

***

—El siempre quiso derrocar a Clarín. Pero, por otro lado, también siempre quiso ser masivo y no tenía muchas opciones. Se dio una coyuntura favorable para esto — dice, actualizando el espíritu de época, María O’Donnell, una periodista surgida en Página/12 que hoy conduce un programa diario en radio Continental y que supo formar parte de los equipos de Lanata.

O’Donnell no duda en calificarlo como “el mejor editor y el mejor comunicador desde la vuelta de la democracia”. La periodista asegura que el fundador de Crítica es un tipo “muy generoso” que “ha dado muchas oportunidades”.

Aunque lo criticó con dureza cuando —en una de sus tantas peleas mediáticas— Lanata acusó a la legisladora Gabriela Cerutti de haber tenido amoríos con políticos cuando trabajaba de periodista.

Como en tantos otros grandes editores, la desmesura es parte del ADN de Lanata, tanto para la gloria como para el derrape individual o colectivo. Su cuerpo, sus gastos y su comportamiento han tenido al exceso como compañero de ruta. En Crítica, su última experiencia en diarios de papel en un mercado que daba claras señales de saturación, pretendió montar una redacción con sueldos por encima de la media. Obcecado, según su autodefinición acostumbrado a nadar contra la corriente (dice: “Soy una falla del sistema”), Lanata armó un diario que se hundió en un océano de indiferencia y tristeza. La gente no se conmovió con lo nuevo que él y Caparrós tenían para ofrecer. Lo que para 1987 —con Página/12— era sexy, desenfadado y transgresor, para 2008 ya era parte del status quo: los otros diarios habían tenido 20 años para pintarse los labios, aggiornarse, aprender a seducir. Y a diferencia de lo que sucedió en Página, donde según O´Donnell, Lanata tenía un trato horizontal con la tropa, en Crítica apenas se dejaba ver, delegando las decisiones y en los jefes. El director era un fantasma. La redacción sólo se enteró de que iba a hacer teatro una vez que salió la propaganda de la obra en las páginas del mismo diario.

Luego,Crítica cerró y los propietarios —Lanata había vendido su parte al empresario español Antonio Mata— no pagaron las indemnizaciones correspondientes. Los empleados llevaron adelante una medida de fuerza conmovedora, pero apenas lograron ser escuchados. El diario no había sido amable con el gobierno nacional. Para ellos, los periodistas, la sensación era que Lanata y todos los demás los habían abandonado.

— ¿No hay arrepentimiento de nada?
— Sí, para mí es una lástima… A ver, ninguna carrera se hace de éxitos solamente. Yo he tenido fracasos y éxitos. Para mí esto fue un fracaso. Yo realmente no tuve suerte en la gráfica. Para mí lo de Página, por ejemplo, no fue un éxito. Cuando se vendió a Clarín me fui. Con Veintitrés quebré. Desde el punto de vista empresario, mi suerte fue una mierda. No sirvo para eso. No me arrepiento de Crítica. Si hubiera tenido más tiempo se hubiera formado algo, otra cosa que no se llegó a formar.

***

Cuando dos semanas más tarde nos volvimos a encontrar en su amplio departamento de Libertador, el clima era otro. Lanata recién llegaba de Venezuela. Antes de tomar el avión de regreso tras cubrir las elecciones presidenciales en ese país, había sido demorado junto a su equipo de trabajo por los servicios de inteligencia de Caracas. Signo de los tiempos, la noticia se replicó en segundos con la fuerza de un rayo. Toda la maquinaria periodística y publicitaria del Grupo Clarín cubrió el hecho con un despliegue colosal. Canal 13, TN, el diario y la radio dieron cuenta del episodio. Las salas de espera de los dentistas, los bares de las avenidas, las peluquerías y los miles de hogares que sintonizan TN, se enteraron que Lanata estaba detenido y “acusado de sabotaje”. Un Lanata, dos Lanatas, muchos Lanatas por todos lados.

En el mundo periodístico, como en cualquier oficio, hay reglas de juego fuertemente marcadas por las culturas de época. Tras la debacle social y cultural producto del terrorismo de estado, y con una centroizquierda con débil programa político, “descubrir lo oculto” resignificó el rol social del periodismo. Lo volvió esencial, o al menos insoslayable, en el juego democrático. “Yo escribo porque hay cosas que me conmueven”, dice Lanata, y su monitor le dirá que por su sensibilidad, ese sentimiento puede ser compartido por miles de personas. Esa lógica, a su vez, no se pregunta por qué el sentido común construido pone en una agenda situaciones que el olfato identifica como conmocionantes. El olfato del tiburón. Se cubre aquello que produce impacto, y si la agenda internacional erige a Venezuela como espacio de corrupción y lugar en el que se puede implementar un fraude electoral, entonces se va allí. No se va a Honduras, donde hubo un golpe de Estado hace tres años, porque Honduras ya no es noticia y no importa que allí el gobierno ejerza un autoritarismo flagrante y no sólo no se respeten, sino se avasallen las libertades públicas: las de grupos organizados y las de todos los ciudadanos. Así es el circuito informativo, dirá Lanata.

La agenda la impone aquello que arde. Y la definición de “aquello que arde” es una construcción cultural y, si se quiere, política. En un sentido, es la misma lógica que le permite a Lanata exhibir una realidad de trazo grueso y, tras dar en su programa un informe sobre el dinero con que el Estado financia el fútbol argentino, mostrar el déficit de viviendas que tiene el Gran Buenos Aires como contraste y expresión de la deuda social. En horario central, a través de un medio que mantiene un combate sin mediaciones con el gobierno, un informe de ese tipo no hace más que provocar indignación entre los indignados de ambos lados: los que desaprueban al gobierno y los que desaprueban a Lanata. En verdad, lo inquietante, en estos casos, no es la indignación, sino la indiferencia.

— Igual, para mí lo más interesante de todo esto no fue lo que pasó allá en Venezuela, sino lo que pasó acá… Este país está muy mal… Estamos todos muy mal…

En Ezeiza, recién aterrizado, indignado porque algunos medios lo acusaron de teatralizar su detención en el aeropuerto venezolano, insultó a medio mundo. Mostró dolor por lo dicho por quienes compartieron con él, una redacción. Insultó de más.

En su bunker, Lanata usa una metáfora: el muchacho canchero de Sarandí quiere retomar un sentido políticamente correcto.

— Me garcharon y tengo que andar dando explicaciones porque usaba minifalda. Váyanse a cagar. Me cansé de dar explicaciones.

***

En marzo de 1992, Jacobo Timerman, fundador de La Opinión, vinculó a los escritores Tomás Eloy Martínez y Eduardo Galeano con la guerrilla. Enfurecido, Lanata escribió en Página/12 un alegato en favor de sus entonces colegas, que además eran columnistas del diario. El título del artículo era “Papá, no corras”. La respuesta a ese gesto policial de Timerman, también víctima del Terrorismo de Estado, era la manera inconsciente de marcar el límite con aquello que se rechazaba y que efectivamente después se terminaría demonizando, como sucedió con su evaluación de la experiencia del Ejército Revolucionario del Pueblo, un modelo del delirio que suponía la lucha armada.

Para bien o para mal, el llamado de atención a Timerman suponía también un reconocimiento. Había sido el último gran editor de diarios del país, aunque había fracasado con su intento de reflotar en 1987 (el mismo año que surgió Página/12) La Razón. La mención de Timerman no es gratuita: no hay duda de que, aún cuando le impuso su impronta a cada uno de los medios que creó, aún cuando interpretó e interpreta —hoy en la televisión— la cultura de la época, hay una secuencia que puede emparentar a Lanata no sólo con Timerman, sino con otro emblemático comunicador de origen europeo, Bernardo Neustadt. Hoy vilipendiado pero en su momento tremendamente influyente y muy aceptado por las capas medias, Neustadt fue otro ejemplo de “self made man”: un hombre cuya peripecia vital está salpicada por el olfato, el oportunismo, una ética oscilante y una enorme astucia para persuadir, con el don de su carisma, tanto a los convencidos como a los confundidos de su audiencia.

Desde comienzos de los 90, en simultáneo al lento retiro de Neustadt, Lanata viene siendo, con vaivenes, una figura omnisciente para la opinión pública vernácula. Un Lanata que, como Timerman en su momento, atravesaba los días a puro vértigo, como si la vida no alcanzara para cumplir con todo lo que se proponía.

— Pero yo corrí por una cosa personal. Mi vieja estuvo 40 años con el cuerpo paralizado. Yo crecí convencido que en algún momento me iba a pasar lo mismo. Visto desde hoy, creo que me apuré a todo por eso.

***

Es lunes en Buenos Aires y tanto el diario Clarín como La Nación ofrecen en sus ediciones digitales, de manera destacada, una cobertura de lo que sucedió anoche en PPT. El programa no tuvo nada deslumbrante pero parece que, desde que la oposición no produce oposición, Lanata tose y es noticia. Los medios digitales se mueven con la lógica del rating: lo que se clickea vale. Es evidente que él, que ya no es una amenaza para la aristocracia de la prensa, también tiene una audiencia on line cautiva.

— Estoy viviendo una situación particular: yo me pasé toda mi carrera con los diarios en contra y es la primera vez que tengo los diarios a favor. Ahora: ¿cambié yo o cambiaron los diarios? Cambiaron los diarios. Los diarios se pelearon con el gobierno.

Hay cambios en Lanata, pero también permanencias. Posee iniciativa individual, asume riesgos y reivindica la audacia como un valor. Tiene capacidad para moverse y negociar en un mundo sin reglas claras, donde hay retóricas arcaicas en las que se pueden o se creen encontrar elementos libertarios y un mundo real en el que esas experiencias han sido derrotadas en términos políticos, militares y también culturales.

A poco de que naciera Página/12, cayó el Muro de Berlín y, en Argentina, la ilusión de acercarse a una socialdemocracia nórdica. Lanata no tiene cultura izquierdista aunque como dice Eduardo Blaustein: es capaz de votar a un partido de izquierda como lo fue el MAS en los ‘80.

Los golpes de efecto, el denuncialismo liberal, que podían alterar a un viejo socialista o a alguien que participa más de adentro de las experiencias de radicalización derrotadas, no inhibían a quien no poseía esas barreras culturales. Las tapas de Página eran parte de un nuevo clima de época: el efectismo de Crónica con complicidades de códigos hacia clases medias antiautoritarias que leían esa cercanía con el sensacionalismo como ironías inteligentes.

Ese golpe de efecto, el denuncialismo, es un rasgo permanente en Lanata.

— Nosotros somos en parte responsables de que el mal humor social haya crecido. Eso es así. Porque mostramos en la televisión cosas que nadie mostraba. Hubo noticias que dimos que fueron muy fuertes, pero que eran cosas que todo el mundo sabía aunque nadie había mostrado. Esas noticias al ser emitidas en horario central adquieren mayor potencia. Las ven todos. Ahora, la verdad, estamos haciendo un programa de tevé que pasó a tener una dimensión que no tendría que tener. Tampoco tendríamos que medir lo que estamos midiendo. Un programa así no puede medir veinte puntos. Veinte puntos mide un orto, no esto.

Lanata siempre se reivindicó como alguien que escribe.

—El día que me rompan las bolas, me voy a mi casa a escribir —suele decir.

Antes de alcanzar su primer cenit en la revista El Porteño, atravesó el resbaladizo terreno de las colaboraciones y el free lanceo. Incluso, escribió notas para el suplemento cultural de Clarín, mucho antes de la posterior guerra y de esta contemporánea paz.

Compañero de Lanata a lo largo de casi tres décadas de trayectoria, Blaustein recuerda que en El Porteño ya “se destacaba por su audacia, su creatividad, también por su empuje, su seguridad en sí mismo, su capacidad de trabajo tipo toro”.

Blaustein habla de metamorfosis:

—Supongo que, a medida que sumó éxitos, su cosa medio tiránica fue creciendo; y en parte se entiende, es algo humano. Antes solía ser mucho más respetuoso y pluralista que ahora. Pluralismo no es algo sólo relacionado a la política. Significaba también apelar a recursos periodísticos más extensos que su repertorio actual. En los últimos años, él se fosilizó en un periodismo “denunciero” de alto impacto y a menudo trucho, muy pendiente de no perder o popularidad personal o rating. Comercialmente es posible que tenga razón y no la tengamos los que amamos el rigor, la profundidad, la seriedad, la complejidad, la buena escritura y todo eso sin aburrir. A Clarín, claro, lo del impacto le resulta muy eficaz.

La mirada de Lanata es, también, la mirada individualista de la acción social, la que piensa que los hechos sociales se realizan en función de la simple actuación de los individuos. Las explicaciones históricas y estructurales sobre los hechos sociales no tienen demasiado peso en los discursos públicos más extendidos.

No es que Lanata no tenga moral o sea poseedor de una moral republicana. Ni lo uno ni lo otro. Lanata es portador de una moral de época que se comenzó a construir en su distancia innovadora con las culturas de izquierdas derrotadas que predominaban en el viejo Página/12 y la afianzó con el predominio abrumador de los cambios políticos culturales de las últimas décadas. Es una moral de época, conformada por elementos que son parte si se quiere de una ideología, pero que se presenta sin la pomposidad de los discursos ideológicos clásicos.

Esta moral de época de Lanata aparece en el marco de una lógica de lucha por la obtención y mantenimiento de alto reconocimiento en el campo periodístico. Quizás haya en los gestos de Lanata, y en muchas de sus afirmaciones, una asunción de esa mochila moral que no es demasiado distinta a la construida en Página/12, aunque allí estaba limitada por otro corpus cultural que, aunque debilitado, generaba tensiones. Esta moral de época está extendida poderosamente por diversos espacios en toda la sociedad, solo que en muchos casos, si se observan solo los dichos y no los hechos, puede aparecer recubierta con retóricas pertenecientes a otras tradiciones. Lanata la asume sin ambigüedades.

— Sé que juego en tiempo de descuento —dice—. ¿Vos te pensás que esto es una historia de amor? Si pasado mañana Clarín y el gobierno arreglan a mí me dan una patada en el culo. Lo mismo si mido tres puntos: me rajan. Estamos hablando de trabajo.

Sado gay: sufrir por amor

Publicado: 10 diciembre 2012 en Enzo Maqueira
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Soy el artista de la familia. El tipo raro que juega mal al fútbol. Un heterosexual gay friendly en el único bar sadomasoquista gay de Buenos Aires, el único de Latinoamérica.

—Leather –me dice mi amigo Charly, dueño del lugar–, somos un bar leather.

Y me sirve otro vaso de cerveza. Carlos “Charly” Borgia está sentado del otro lado de la barra. Tiene puesta una camisa, un pantalón y una muñequera, todo de cuero. Él y yo somos los únicos que estamos vestidos. Somos amigos hace diez años, cuando yo no era escritor y él no era el rey de la noche sado. “Leather”, repite Charly y me deja solo porque están tocando el timbre. Una luz al lado de la puerta se prende cada vez que un nuevo cliente quiere entrar. Charly le entrega una bolsa negra. El cliente tiene cuarenta años, es flaco, pelo corto. Se mete en un cuarto y se saca la ropa, la guarda en la bolsa, se pone un arnés de cuero. Como un Clark Kent recién salido de la cabina de teléfonos, aparece en el medio del bar listo para la noche, con el pito y la cola al aire. La luz se vuelve a prender.

—Ya vengo –dice Charly y agarra otra bolsa negra.

Así empiezan los sábados en Kadú. Entre las once de la noche y la una de la mañana llega la mayoría de los clientes. Casi todos son habitués: hay una tarjeta con su nombre en donde se anotan los consumos. No hay bolsillos para guardar la plata en Kadú; se fía hasta el final de la noche. Los clientes lo toman con la misma naturalidad con la cual dejan su ropa de todos los días adentro de una bolsa. Charly me explica que no todos son gays declarados; hay clientes que tienen esposa e hijos, o que tienen pareja homosexual pero ocultan su gusto por el fetichismo. Van muchos personajes del mundo del arte, del diseño, de la arquitectura. Tipos que ahora están desnudos y usan accesorios de cuero.

—Cerrá los ojos –dice Charly y me acerca su muñequera a la nariz–. ¿Sentís? Ése es el olor del cuero. Hay gente que acaba con este olor.

La cultura leather incluye al masoquismo, al fetichismo, al fisting y al bondage, palabras que se suelen resumir con las siglas BDSM. Hasta antes de pasar mi primera noche en Kadú esas palabras significaban imágenes sueltas: un tipo con látigo, un debilucho en pañal de bebé, un hombre de bigotes y gorra de cuero que besaba un pie. No tenía modo de imaginarme fisting o bondage. Del primero sólo sabía que era meter puños adentro del culo (pero lo sabía de un modo muy vago, como uno sabe que algún día se va a morir); del segundo, que alguna vez leí esa palabra en internet. En Kadú aprendí los matices: a las doce y media de la noche ya hay un hombre arrodillado en un rincón, desnudo, excepto por una correa en el cuello. Es uno de los siete esclavos de Charly y todavía está en fase objeto. Hay tres niveles para el que disfruta ser sometido: el objeto, la mascota y el siervo. “Le puedo ordenar que esté ahí como si fuera un florero y no se puede mover hasta que yo le diga. O que sea una mesa para apoyar los pies, o que esté parado como un velador”. Habla mirando a su esclavo, lo señala, me obliga a mirar. El esclavo no puede devolvernos la mirada y eso es lo que lo excita. Tiene menos de treinta años, es morocho, cara de bueno. “La gente cree que el sadomasoquismo es violencia y sometimiento, pero acá no se violenta la voluntad de nadie. Todo es acordado previamente. Y no hay sometimiento: es una relación recíproca de confianza”, dice Charly.

Tengo varios amigos gays, bi o con orientaciones sexuales alternativas, pero Charly fue el primero. Todos alguna vez pensaron que me reprimía. Debo ser el único que nunca dudó. Fui a colegio de varones, católico, y mis compañeros se juntaban para comer chizitos y escupirse. También, en los campamentos, cuando los curas dormían, se masturbaban en ronda.

Yo no hacía ninguna de esas cosas.

Yo para ellos era el maricón.

Ahora, según Facebook, mis compañeros están casados. Yo estoy haciendo una crónica en un bar de sadomasoquistas.

***

En el escenario hay un chico con una remera de látex y la cola –y el pito– al aire. Un pelado de unos cuarenta años, alto, tonificado, con un tatuaje y cadenas que le cruzan el pecho también sube.

—Se llama Alan –dice Charly– tenés que ver cómo le va a dar pija.

Hay una diferencia entre pito y pija. Lo que veo alrededor son pitos, porque no hay erecciones y todos parecen inofensivos. En cambio Alan tiene una pija. El esclavo se pone de cara a la pared y Alan le pega en la cola con un látigo. El esclavo se arquea como si hubiera recibido un tiro. El pelado Alan se pone loco. Se planta bien en el suelo. Es la primera vez que veo dos hombres teniendo sexo.

—¿Y? –me pregunta Marcos, el flaco de pelo corto que vi desnudarse cuando entró y ahora toma gin tonic en la barra– ¿Te gusta?

Le digo que no me provoca nada, que en diez años de amistad con Charly vi de todo, pero nunca me excité; que todos mis amigos gays piensan que me reprimo.

—No es represión –dice Marcos–. Es si te calienta o no.

Me tranquiliza escucharlo. Marcos lleva puesto un arnés que roza sus tetillas, usa un brazalete de cuero con pinches y una muñequera. Es psicoanalista y habla claro y con voz firme.

—La sexualidad es sólo una particularidad más del ser humano. Según Freud hay tres clases de masoquismo: el erógeno (el gusto en experimentar dolor), el femenino (se basa en el erógeno y está vinculado con ser amordazado, atado o sometido a obediencia incondicional) y el sentimiento de culpa. Pero todas esas categorías freudianas hoy en día están dejadas de lado. Es como si dijéramos, todavía hoy, que la homosexualidad es una enfermedad. Lo cierto es que cada cual goza como le sale o como puede.

Le digo que sería una forma de resolver la castración del falo, que el falo es el significante de la falta, que un fetichista resuelve la castración con el objeto de deseo.

—Todo eso quedó atrás –Marcos dice que no con la cabeza–. Cualquier parte del cuerpo puede servir como objeto de satisfacción. El juego del cuero sería como cualquier otro juego. Se juega lo erótico en relación al poder. Hay mujeres más “pijudas” que sus maridos.

***

Tengo puesta una remera de Pearl Jam que Charly me prestó apenas me vio llegar vestido con jean y camisa, porque “un leather ve una camisa que no sea de cuero y sale corriendo”. Pensé que la remera era suficiente para pasar desapercibido, pero soy el único que no tiene arnés, correa o guante de cuero. En un bar de fetichistas, me convertí, sin quererlo, en un objeto de deseo.

—El leather surge en los ochenta como una respuesta al estereotipo del mariquita –dice Charly–. Se buscó un look masculino, con camperas y pantalones de cuero, al estilo de las pandillas motoqueras de Estados Unidos. A la imagen del gay afeminado se le contrapuso la fuerza del cuero.

El cuero también se usa como una vía de comunicación.

—Si vos venís a un bar como éste y ves a alguien con collar de perro en el cuello, sabés que es un esclavo; si lo ves más vestido o con cadenas cruzadas, lo más probable es que sea un dominante. Es un modo de entablar un vínculo sin tanto preámbulo.

Marcos quiere sumar su punto de vista. Cuando empieza a hablar me doy cuenta de que tiene ropa de dominante. Pienso que quizás espera que el alcohol me haga relajar un poco:

—El cuero tiene reminiscencias a la vestimenta de guerra romana, a los gladiadores, a las fuerzas policiales y militares, supuestamente viriles. Además, ¿por qué no usar cuero? Yo vengo a Kadú en búsqueda constante y quizás interminable de mis propias posibilidades de gozar. Mi formación universitaria y mi práctica profesional fue atravesada por Freud, Lacan, Foucault y sus discípulos, seguidores y repetidores. Sin embargo nunca vengo como observador/téorico o teórico/observador; necesito ser participante y entregarme a esa colectiva borrachera de exultante naturaleza psicológica.

***

En los recreos, mis compañeros jugaban a perseguirse, a pegarse, a darse patadas. Yo me quedaba en un rincón del patio. En Kadú hago algo parecido: estoy en la parte de arriba, donde todo sigue pareciendo un bar aunque haya doce tipos desnudos y el pelado Alan tome cerveza en copas de cristal negro, en la mitad de la barra, al lado de Tommy. Son la primera pareja BDSM legalmente casada y la fiesta de casamiento fue acá, unos meses atrás. Conversan en ronda con otros tipos, Charly incluido, y de repente todo parece tan normal como en cualquier otro bar. Empiezo a controlar el miedo a que “me pase algo”. Sé que es un miedo de clase media, burgués, de un fascismo teledirigido, pero me resulta inevitable. Después de verlos charlar un rato largo logro reducir mis temores a la sensación de incomodidad de un vestuario de club. Entonces Charly llama a su esclavo, el morocho con cara de bueno que estuvo todo este tiempo quietito en su rincón. Le pide que se la chupe a todos los que están en la ronda, le acaricia la cabeza. En un rato, Charly me va a preguntar si quiero ver algo chancho y el morocho va a abrir la boca y él le va a hacer pis dentro, un chorrito caliente, y le dirá que cierre la boca, pero no ahora.

—Se porta bien este esclavo –dice, y me guiña un ojo.

***

Alexis fue mi segundo amigo gay. Dio la casualidad de que también era leather. Se lo presenté a Charly hace un par de años; me lo agradeció como si le hubiera hecho el segundo mejor regalo de su vida (el primero había sido para un cumpleaños, cuando le mandé un chico lindo que le tocó el timbre a las doce y un minuto de la medianoche). Alexis se convirtió en una estrella de Kadú. En su vida cotidiana era un neurobiólogo prestigioso, con publicaciones en revistas de ciencias y viajes por el mundo. En Kadú practicaba la auto-felación sobre esa misma barra donde ahora apoyo mi vaso de cerveza. Nunca lo vi, pero cuentan que se subía a la barra, se acostaba, levantaba las piernas y llegaba a chupársela. Lo hacía delante de todos.

A los 13 años había tratado de chupársela por primera vez. A los 22 hizo un segundo intento. Hasta ahí, nada diferente a la vida de cualquier hombre; pero Alexis tuvo disciplina y perseverancia. Sólo eso, y una cierta curvatura natural de la espalda. No tuvo que hacer yoga, ni cortarse el frenillo. Fue práctica. Ahora Alexis viene cada tanto a Kadú, pero tiene un perfil más bajo. Hoy vino porque quise que nos encontráramos en el lugar donde el neurobiólogo Alexis es leyenda. A él no le gusta hablar de leather, sino de BDSM. Y no siente nada por el cuero. En cambio, desde chico tenía fantasías con ser secuestrado, que lo ataran y le pegaran. Es algo que charló muchas veces con su analista, un tipo que lo alentó a buscar los límites de su propio placer. Los buscó en Kadú, con su show de auto-fellatio. Me lo cuenta todo rápido, porque son cosas que me contó muchas veces por chat. Y repite la historia que más me impresiona:

—Una vez conocí a un francés por chat que me invitó a pasar tres días en su casa, en el sur de Francia. Lo que más me enloqueció es que el tipo tenía un garage acondicionado con elementos de BDSM: cruces, cadenas, arneses… Durante esos tres días yo era su esclavo y no podía salir de ese rol. Cada dos horas, aproximadamente, teníamos una sesión. Un día me ató y me cubrió el cuerpo con papel film, como si me estuviera momificando; otro día me hizo dormir en el piso. Me despertaba a cada rato. Era como estar tres días en una sesión de tortura.

Le pido a Marcos más precisiones. Me dice que el esclavo se siente apreciado al darle placer al otro. Que de él depende, también, el placer del otro.

“Antes de comenzar un vínculo con un nuevo esclavo, en muchos casos se firma un contrato: ahí el esclavo tiene que escribir todo lo que no está dispuesto a aceptar. Ése es el único límite. El contrato puede ser escrito o de palabra. Lo demás es imaginación.”

—El deseo de ofrecerse es siempre placentero. El esclavo no se siente denigrado, hay una relación erótica que lo hace sentirse valorado sexualmente como objeto. A veces no hay que preguntarse nada sino escuchar atentamente a los protagonistas de las llamadas ‘orientaciones sexuales alternativas’ frente a la hegemónica norma mono-hetero-sexista.

***

—Yo leí mucho a Foucault –dice Charly, mientras se saca las botas de cuero–. Vos nunca podés saber quién es el dominado y quién el dominante. La base del leather no es la humillación ni la violencia. Es la confianza. Antes de comenzar un vínculo con un nuevo esclavo, en muchos casos se firma un contrato: ahí el esclavo tiene que escribir todo lo que no está dispuesto a aceptar. Ése es el único límite. El contrato puede ser escrito o de palabra. Lo demás es imaginación.

Se saca las medias. Después empuja a su morocho hasta el suelo y le pide que le lama los pies.

Pienso que también mi amigo habrá obedecido alguna vez, que también él estuvo en ese mismo rincón donde ahora está de rodillas Leónidas, con una máscara de látex que sólo tiene dos agujeritos para respirar. “¿No se aburre?”, pregunto sin darme vuelta. “Es la idea”, contesta y me dice al oído que adentro de la máscara no se ve nada, que apenas se siente, que el látex se pega a la piel y parece que estuvieras en un ataúd. Y mira para abajo otra vez.

—Pero entregarse al otro es una forma de olvidarte de vos –Charly se pone serio–. Tanto si sos esclavo como si sos dominante, estás dejando tu ego para darle placer al otro. Hay una cuestión de despersonalización atrás de todo esto. El resultado es muy parecido a meditar: no hay ego.

Su esclavo está esperando que termine de hablar conmigo. Empiezo a sentir que por mi culpa Charly no se está divirtiendo; que sus esclavos me deben odiar porque lo distraigo con mis preguntas. Le aviso que me voy. “Antes tenés que ir al subsuelo”, dice Charly y me señala la escalera que entra en lo más profundo de Kadú.

***

Si la palabra “sordidez” tuviera una escenografía, sin dudas sería la del subsuelo de Kadú. Un pibe de veintipico recostado en un sillón, quieto, como si estuviera muerto. Otros dos parados al lado del baño, mirándose mientras se masturban. Adentro de un cuarto hay una ronda: cinco tipos desnudos y olor a transpiración. En otro cuarto, mucho más chico, hay un hombre colgado de un arnés. Lo tienen atado de pies y manos, con las piernas abiertas. Le están metiendo algo. Camino rápido entre un cuarto y otro, con la cabeza gacha, tratando de pasar inadvertido con mi remera de Pearl Jam. Sé que no va a pasar nada que yo no quiera, que es un miedo machista y retrógrado, incluso homofóbico; pero tengo terror a que me cojan. Sin embargo me quedo en mi lugar. Lo siento como un acto de valentía, también como una prueba a mi heterosexualidad. El pelado Alan baja las escaleras. Trae a Leónidas de la mano, que todavía tiene puesta la máscara de látex. Lo ayuda a subir a una tarima. El pelado ata a Leónidas en una cruz; le pega con un látigo, le retuerce los testículos, le estira el pito. Los demás se empiezan a acercar; hacen un semicírculo de tipos desnudos. ¿Mostrará la pija tan grande que tiene el pelado? Todos miran, excepto el chico del sillón, que consiguió quien se la chupara. Recién entonces me doy cuenta de que hasta ahora ninguno acabó. Charly dice que los clientes se reservan la eyaculación para que la noche sea más larga; van a acabar cuando les parezca que ya no pueden ir más lejos. Mientras tanto son hombres desnudos en semicírculo.

Sigo siendo el único que está vestido.

***

Ahora el silencio tiene la forma de una canción de Rammstein. Los tipos se empiezan a mover y algunos vuelven al cuarto del arnés. Tengo la sensación de que es el momento de irme, pero me quedo. Algo está por pasar. Trato de reconocer caras familiares, pero no veo a Alexis, ni a Leónidas, ni tampoco a Marcos. Lo que veo son cuerpos, y de entre los cuerpos una figura que viene hacia donde estoy. Tengo tres segundos para imaginar que Charly viene a protegerme, con su pantalón de cuero negro, mi sado-superhéroe favorito. Tres segundos para imaginar qué pensarían mis compañeros de escuela si me vieran ahí, rodeado de pitos, el maricón que quería ser escritor. Mientras tanto lo veo venir con la música de Tiburón en mi cabeza, los ojos fríos, midiéndome para atacar.

Que me gustara Queen en la adolescencia, que a los dieciocho fuera a la cama solar. Una vida plagada de señales ambiguas, predestinada por esos gallitos de colegio católico que se burlaban de mí. Y por fin el pelado, Alan, está adelante mío: alto, fuerte, un Godzilla que abre las garras para llevarme. Es el momento de cruzar la barrera o de retirarse. No lo dudo: subo corriendo las escaleras, sin mirar atrás, y cuando estoy arriba le pido a Charly mi camisa a rayas y me saco la remera de Pearl Jam. Le digo que me disculpe con el pelado. Me da vergüenza haberme escapado así. “No te preocupes”, contesta Charly y hace ese gesto de tirar la mano para atrás, como si de verdad no tuviera que preocuparme. Cuando camino de vuelta a casa, una y media de la mañana, en una noche fresca de sábado en Buenos Aires. Escucho que alguien canta en un departamento. La voz viene desde un segundo piso, living iluminado, lleno de globos; un tipo de mi edad, con micrófono, al lado del televisor. Su novia rubia lo aplaude; sus amigos lo miran entusiasmados. Parece ser una especie de karaoke en el medio de una despedida de solteros, o un cumpleaños, o algo parecido a una fiesta. Ahí debería estar yo, y después subir las fotos al Facebook. Pero no. Soy un heterosexual gay friendly. El artista de la familia. El tipo raro que juega mal al fútbol.