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—¡Atención que nos jugamos ciento quince mil euros!, ¿eh, parejita? —dice Carlos Sobera, el presentador de Atrapa un millón, el programa de TV donde muchos españoles, cada vez más, buscan llevarse fajos de euros apelando al saber y el azar.

La cámara desciende en picado. A la derecha, el conductor. A la izquierda, dos que se abrazan: los hermanos Luisa y Juan Botella. La parejita que busca llevarse más de cien mil euros. Él es periodista; ella, genetista. Se presentaron al programa con una misión: conseguir los euros necesarios para que Luisa pueda continuar pagando a su equipo de investigación.

Todo el estudio de televisión es un anfiteatro pastel: violáceo, azulado, rosa. Los protagonistas están de pie sobre una plataforma circular cercada por barandas. Sobre una mesa semicircular hay monitores que si responden mal se tragarán los billetes. En una esquina de esa mesa, un montón de billetes: veintitrés paquetes de cinco mil euros. De derecha a izquierda, del último al primero, estos letreros en cada uno de los monitores: “Jugar al baloncesto”, “Leer a Stephen King”, “Ponerse la vacuna del tétanos”, “Tatuarse a Piolín en el brazo”.

—¿Qué podía hacer una persona del siglo XIX? —dice el presentador, leyendo la pregunta en una pantalla más grande.

La respuesta es una de esas cuatro opciones: la boca de uno de esos monitores nunca se abrirá. Comienza a andar el cronómetro.

—A ver: leer a Stephen King no —dice el hermano Botella mientras camina hacia los monitores—. Jugar al baloncesto yo creo que tampoco.
—¿Tatuarse a Piolín en el brazo? Piolín no puede ser —interviene la hermana Botella con voz de mezzosoprano.
—¡Tétanos!
—Tétanos. Puede ser que fuera una de las primeras vacunas —razona ella—. Porque leer a Stephen King… Stephen King es de este siglo.

En 2012, el gobierno de Rajoy recortó un 35% el presupuesto para ciencia y convirtió al Ministerio de Ciencia e Innovación en una Secretaría de rango menor. Ya en 2010 la administración de Rodríguez Zapatero había reducido un 40% los contratos del personal de todos los grupos de investigación del Centro de Investigaciones Biomédicas. Allí trabaja Luisa. Por los recortes se quedó sin técnico de laboratorio. Luisa busca una cura para la telangiectasia (HHT), una alteración genética de las células de los vasos sanguíneos que hace sangrar mucho por la nariz a un millón doscientos mil personas en todo el mundo. La HHT es una enfermedad crónica. Y rara: afecta a cinco de cada diez mil.

Ahora están los dos hermanos repartiendo los fajos entre las pantallas sobre las que dudan menos, sobre las que esperan que no abran sus bocas. Es en lo que consiste todo: cuanto más apuesten al que se mantendrá cerrado, menos dinero perderán.

—¿Jugar al baloncesto? ¿Cuándo se inventó el baloncesto? —dice ella—. ¡Ponle algo al baloncesto!

El cronómetro corre, quedan diez segundos. Luisa, por si acaso, razona también sobre Piolín, hasta que Juan la interrumpe:

—¿Cuánto es lo mínimo para una investigación de la asociación?, pregunta con ambas manos sobre los billetes.

Ella le pasa dos fajos más.

Así han quedado entonces sus apuestas: veinte mil euros al baloncesto; noventa y cinco mil euros a la vacuna del tétanos.

Ella sigue la perorata: cree que sí, que una de las primeras vacunas del diecinueve fue la del tétanos, porque tatuajes, tatuajes han existido siempre, pero Piolín es de los años sesenta del siglo veinte.

La música de fondo incrementa la tensión. Un plano americano muestra a Carlos Sobera con los brazos cruzados y una mueca de cejas levantadas. El cronómetro se detiene en los dos ceros.

—¡Tiempo! —Sobera juega con la tensión—. Bueno, pues hemos hecho bien dividiendo, ¿no? Pero, ¿las vacunas ya existían en el siglo diecinueve?
—Sí, sí —responde Luisa—. Yo creo que las vacunas empezaron en el siglo diecinueve.
—Ahora, la del tétanos yo no lo sé. Tengo que confiar en mi hermana —dice Juan, mirando a Luisa.
—Bueno, tampoco es que sea mi fuerte —replica Luisa.
—¡Comprobamos! —eleva la voz Carlos Sobera.

La noche del 2 de agosto millones de españoles ven en sus televisores a los hermanos en pantalla partida: él con el puño en la boca; ella todavía murmurando. Otro plano cenital de los monitores: la mayoría de los billetes en los tétanos, el resto en el baloncesto.

Se abren las fauces del primer monitor, el de Piolín. Se van cero euros. Se abre la boca del tercero, el de Stephen King. Ningún billete. Luisa se tuerce los dedos.

—Que sea el tétanos. Que sea el tétanos —implora Juan.

Cuando le toca el turno al monitor de la vacuna, los hermanos lo ven tragarse noventa y cinco mil euros. “95.000 € SE VAN”, dice en el monitor.

—Era el baloncesto. Se inventaba en una escuela de Estados Unidos en el año de 1891, chicos, devela el presentador. Solo nos quedan veinte mil ¡Recogemos el dinero!

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Luisa es vocal científico de la Asociación HHT española. Fue a Atrapa un millón con su hermano menor a buscar fondos para la investigación que sigue hace diez años en el Centro de Investigaciones Biológicas, adjunto al Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España.

La crisis y las medidas de ajuste se llevaron puesto recursos de lo que en España abrevian como I +D: Investigación y Desarrollo. Los presupuestos generales del Estado de 2012 destinan a este renglón unos dos mil millones de euros menos que el año pasado, un recorte de veinticinco por ciento. El Consejo Superior del que depende el trabajo de Luisa Botella tiene previsto terminar el año con diecisiete millones de euros menos que en 2011.

Cuando en mayo de 2010, recortaron los contratos del personal de los Centros de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades Raras, Luisa perdió a su técnico de laboratorio. Se quedó solo con una tesista doctoral que terminaría su trabajo este año.

Por eso fue al programa de televisión favorito de su madre.

La otra pregunta en la que fallaron los hermanos Botella fue una de sentido común: ¿Qué podemos pasar por el control de seguridad en un aeropuerto como equipaje de mano?

Esta vez fueron más cautelosos y pusieron solo un fajo en la opción de la cuchilla de afeitar, porque Juan recordó haber colado una en algún viaje. La respuesta correcta era el cortaúñas, a las que habían puesto los otros quince mil con los que al final se fueron.

Los euros alcanzan para recontratar a un técnico de laboratorio por un año, a partir de octubre.

—No me daban vergüenza ni el público ni las cámaras. Lo único que quería era que no nos fuéramos sin nada, la carga psicológica de decir: si voy a concursar para la asociación y la enfermedad, no quiero irme sin nada—recuerda un mes después, sentada en su despacho de Madrid, Luisa María Botella.

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Veinte personas fundaron la Asociación HHT España en 2005. Hoy son casi seiscientos. Solo la mitad paga la cuota anual de 100 euros. No hay dinero que alcance.

La sede de la asociación es el laboratorio 109 del Centro de Investigaciones Biológicas. Cada seis meses sus miembros hacen las asambleas en la sala de visitas. El resto del contacto, por internet. Luisa pasa mucho tiempo aquí: escribe artículos especializados en los que explica los hallazgos genéticos y moleculares de la enfermedad y de sus tratamientos, y responde uno a uno a los pacientes que escriben en los foros de la página web de la asociación.

En el suelo del laboratorio 109 hay un par de pantuflas de recambio para cuando está mucho tiempo de pie. Pocos muebles y mbjetos de la experimentación científica: embudos, matraces, vasos, probetas, cajas, tapas, centrífugas, el símbolo de la radioactividad. Y microscopio, claro.

Solo se oye el péndulo de las básculas, hasta que Luisa irrumpe para hablarle a la becaria. Le dice “endoglina”, “KLC6”, “gen regulador”, mientras revisan los cultivos que han hecho hace quince días.

A veces –hoy no- hay jaulas con los ratones. Con ellos, la tesista doctoral hace sus experimentos sobre esa proteína. Esta mañana, en el laboratorio 109 están Luisa, dos tesistas doctorales y la becaria. Para estar muy bien, necesitarían al menos tres investigadores más, pero para eso no hay fondos, dice Luisa. Por lo pronto, la prioridad es la técnico.

Y para eso están los quince mil euros de Atrapa el millón.

Quince mil euros. La cifra por la que el entrenador del Real Madrid, José Mourinho, demandó a un crítico de cine español por llamarlo “nazi portugués”. O lo mismo que cuesta el Elantra 2013, un auto con motor de cuatro cilindros, ciento cuarenta y ocho caballos de fuerza y seis velocidades. Quince mil euros al mes le paga la actriz Halle Berry a su ex marido tras el divorcio.

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Las primeras apariciones del síndrome de Rendu-Osler-Weber, con esos apellidos entre guiones como homenaje a los señores que primero avanzaron en su identificación, datan de 1896.

Aunque un Sutton habló de ella la primera vez en 1864, y luego un Hanes la llamó Telangiectasia Hereditaria Hemorrágica en 1909, cuando ya hubo determinado que entre sus síntomas había un antecedente familiar, manchitas rosa o púrpura en los labios, la boca, los dedos y sangrado en la nariz.

En los casos más graves, los enfermos de HHT llegan a necesitar transfusiones. A veces también tienen hemorragias en el estómago, otras en el cerebro y los pulmones.

La Telangiectasia, ese nombre que Luisa María Botella tardó un año en pronunciar sin que la lengua tropezara con las primeras sílabas, es una alteración genética de las células que tapizan las paredes de los vasos sanguíneos, ya sean arterias, venas o capilares.

La HHT es lo que la Organización Mundial de la Salud llama una “enfermedad rara”, porque afecta a cinco de cada ocho mil a diez mil personas. En el hospital de Sierrallana de Cantabria, al norte de España, el equipo de un médico llamado Roberto Zarrabeitia ha diagnosticado quinientas ochenta y cinco familias. En el mundo, según la HHT Foundation International, hay aproximadamente un millón doscientos mil enfermos de este síndrome.

Si tu madre o tu padre la tuvieron, hay un 50 por ciento de probabilidad por cada embarazo de que tu hijo la tendrá. En una versión más moderada o más fuerte. Si tienes el gen y superas los cuarenta años, las probabilidades de que aparezca son todas.

Las enfermedades raras suelen no tener cura, son crónicas y con una amplísima base genética. Por ser raras, los diagnósticos tardan mucho, porque son raros también los especialistas. Por ser raras, los medicamentos que podrían aliviarlas se llaman huérfanos: no tienen ni padre ni madre en los grandes laboratorios farmacéuticos, porque el coste de su comercialización, tratándose de tan pocos en comparación con otras patologías, sería más alto que sus beneficios.

Quince mil euros, al lado de los millones que hacen falta, es nada. O casi nada.

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Los hermanos Verde sangran.

Patrocinio Verde, 57 años, es secretaria de la Asociación HHT y amiga de Luisa Botella: heredó de su tía materna la versión moderada del síndrome. Es también médico de familia, en un centro público de salud.

Francisco, su hermano menor, de 54, estuvo hace un año hospitalizado durante veinte días: heredó de su madre la versión más dura de la enfermedad. Trabaja en la compañía estatal de trenes Renfe, en el centro de operaciones del tren de alta velocidad AVE, atendiendo las incidencias de los viajes Madrid-Barcelona. Su hijo menor, de veintiún años, heredó la versión suave de su tía Patrocinio.

Son, como Luisa, funcionarios públicos. Su gremio, de casi dos millones de trabajadores, ha sufrido rebajas y congelación de salarios y reducción de beneficios. Están en protesta permanente desde el verano europeo.

Los dos siempre cargan encima bolsas de algodón -él de medio kilo- y un rollo de papel para improvisar tapones y meterlos en a la nariz. Francisco, además, va a todos lados con ropa de recambio.

Bostezar, llorar, reírse a carcajadas, emocionarse sin control, son disparadores de la sangría. Estornudar también, pero es menor el sangrado porque se mantiene húmeda la mucosa.

Patrocinio y Francisco cuentan esto sentados una junto al otro en una cafetería del barrio del Pilar, en el norte de Madrid, una mañana de agosto. Con la presencia de su hermana mayor, él se siente confiado para hablar de un tema que lo incomoda.

Patrocinio: Yo tuve una etapa corta, muy corta, sangrando, y ahora llevo muchísimo sin sangrar. Ayer sangré dos minutos, porque estaba acostada. Te levantas, te pones un taponcito y ya está. No como a mi madre y a él.

Francisco muestra la lengua, el labio, los dedos, las manchitas púrpura típicas del HHT.

Patrocinio: Lo peor de esta enfermedad es que te hace vivir permanentemente en alerta.

Francisco: Sí, tu cabeza está siempre pensando, me va a sangrar. Vas al teatro, como me pasó una vez, y antes de entrar empiezas a sangrar. Estás en una comida con amigos… Llegas a plantearte no salgo de mi casa. Se te pone la camisa como si te hubieran degollao. El año pasado eran tres y cuatro veces al día. Era estar tres cuartos de hora sangrando con bastante caudal.

Patrocinio: La recaída de mi hermano fue grave, muy grave, de las más graves que creo haber visto.

El ser humano carga con unos cinco litros de sangre. El año pasado a Francisco le transfundían tres bolsas diarias de su concentrado, y le inyectaban hierro directamente en la vena, porque los vasos de la fosa nasal izquierda no paraban de romperse. Pero terminaba botando la mitad por la nariz. Así que la taponaban.

Francisco: Tenía la cara deformada, tenía toda la cara llena de coágulos. Hasta que la doctora decidió hacerme una operación en una arteria que se llama esfoneidea palatina.

Patrocinio: Esfeno palatina

Francisco: A raíz de eso, ahora la fosa izquierda apenas me da problemas. Como un fontanero entra en las tuberías, ella entró en la arteria, la cortó. Las costras de vez en cuando siguen saliendo y son bastante voluminosas. Cuando sale esa costra, entra un chorro de aire impresionante que puedo respirar.

Ahora le molesta un poco la derecha, pero ya nunca como la otra. Está en una buena racha. Por ahora, Francisco está a salvo de recibir la obstrucción quirúrgica definitiva, aunque estuvo a punto. Toma anticoagulantes que lo ayudan.

Patrocinio: Un enfermo de Rendú es el paciente que nadie quiere ver en una Urgencia. Somos pacientes muy difíciles de manejar. En el fondo, a los médicos no nos gusta que la gente sangre. En el desarrollo de la especie, el sangrado ha sido un símbolo de peligro, de miedo.

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Luisa María Botella es la mayor de cinco hermanos. Quería ser maestra como su madre Filomena, pero terminó siendo científica. Entró a estudiar Biología en la Universidad de Valencia, en la costa suroriental de España, donde nació y de donde salió su segundo apellido, Cubells.

—Me gustaba mucho la genética, la bioquímica, todo lo molecular.

Es una mañana soleada de julio y Luisa está sentada en su despacho. Hace un mes se grabó el programa en el que ganó los euros junto a su hermano menor. Aunque todavía faltan un par de semanas para que la emisión salga al aire, Luisa ya habló de su participación televisiva un programa de radio.

Su oficina son computadoras, archivadores grandes con protocolos y tesis doctorales, papeles, un gallo portugués, un abrehuecos, dos plantas medio secas en pequeños maceteros. Y, sobre todo, los dibujos de su hijo Adrián en las paredes. Luisa lo adoptó en México en 2000 y ahora es madre soltera con cuarenta y nueve años.

En persona es más menuda: las piernas cruzadas, de tan delgadas, se le enroscan hasta las ruedas de la silla. Del cuello le cuelga el carnet que la acredita como trabajadora de este centro, además de una llave y el teléfono móvil. Esconde el flequillo detrás de las orejas y muestra un rostro prominente, descolorido sin ese maquillaje televisivo. Un anillo abarca la mitad de su dedo índice.

Se recibió de bióloga en 1982. Hizo un doctorado con una beca de Formación de Personal Investigador en el Departamento de Genética de la misma universidad. Aunque no era la especialidad que buscaba, confirmó que ya no podría dejar de intentar descifrar los misterios científicos de la herencia.

Fue después a Suecia a un postdoctorado, también becada, buscando lo que más le fascinaba: la genética molecular. Se quedó tres años. Volvió a Madrid en 1989 para trabajar en el Centro de Investigaciones Biológicas como investigadora en genética molecular. En 1997 entró al laboratorio de Carmelo Bernabeu, que había descubierto una proteína que insistía en aparecer en las células de la pared interna de las venas, arterias, vasos: la endoglina, la misma que se altera cuando tienes HHT. Empezó Luisa con la misión de investigar el gen que guía esa proteína.

En 2001, su jefe, que ya pertenecía a la HHT Foundation International, la envió a un congreso mundial en Tenerife en 2001. Allí escuchó ella lo que hacían los científicos y médicos estadounidenses, ingleses y holandeses.

La Federación Española de Enfermedades Raras se había creado apenas un año antes. No hubo un programa de investigación para estas patologías hasta 2006. Luisa se metía en el desierto.

—Bueno, yo pediré el primer proyecto si tú lo escribes y consigues unos médicos que empiecen a reclutar pacientes de toda España y empiecen a querer interesarse —le dijo Bernabeu.

Entonces encontró a ese otro Carmelo, Carmelo Morales, del hospital de Sierrallana y redactó el proyecto. Morales la ayudó con otros médicos y mandaron el papel al Fondo de Investigación Sanitaria.

Ya han hecho tres programas de tres años desde 2002. En 2005, Luisa María Botella asumió como la investigadora principal. La HHT Foundation declaró a hospital de Sierrallana como centro de referencia, pero todavía no lo ha hecho el Ministerio de Sanidad español.

—Todo en mi vida ha sido perseverancia y me ha costado muchísimo.

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Filomena, la madre de Luisa María Botella, con sus ochenta y dos años, es televidente fiel de los programas de concursos. Ve Atrapa un millón cada tarde. La mayoría de las veces acierta los resultados desde su sofá.

Un día, al ver el entusiasmo de su madre frente a la pantalla, Luisa dijo por qué no y se animó a probar en el concurso para donar el dinero a su asociación. Entre navidad y fin de año de 2011 hizo la primera llamada al número con prefijo 905 para optar al casting, y dejó su intención en un mensaje grabado. Costo: 1,42 euros, IVA incluido.

Pasaron dos meses y no hubo respuesta. Llegó en febrero el día de las Enfermedades Raras, una ocasión para hablar del tema en medios de comunicación.

Llamó otra vez a ese 905. Mientras esperaba respuesta, Luisa dio entrevistas a varios medios sobre esa enfermedad rara del HHT. Contó a lainformacion.com que estaba intentando llegar al concurso. Al programa Asuntos Propios, de Radio Nacional de España, le pareció curioso y tiró del hilo. Su entonces presentador, Toni Garrido llamó a la científica en directo para que contara la historia, y se comprometió a hacer el puente con Gestmusic, la productora de Atrapa un millón. Diez días después, los hermanos Botella estaban en el casting de Madrid.

Cuando la productora los llamó para grabar en el estudio de Barcelona, Luisa no estaba nerviosa, aunque antes de pasar con su hermano vio a otra pareja perder todo el dinero en la última pregunta.

El casting es un filtro para gente simpática, extrovertida, habladora. Buscan empatía entre las parejas, verbal y gestual: que sean entusiastas, que se toquen, que se abracen cuando aciertan. Eso explica al teléfono desde Barcelona la directora de Atrapa un millón, Montse Claros.

Hay cada vez más aspirantes en España a concursar en el programa. La producción aumentó de dos a cuatro los equipos que hacen castings a diario por todas las provincias.

Puede verse esa inquietud en los comentarios de la gente en el sitio web oficial del programa. Quieren participar porque: están en el paro y tienen que pagar la hipoteca; la mujer de un matrimonio joven quedó embarazada y tienen una única fuente de ingresos; el hermano de un primo se casa y se han quedado sin empleo; necesito operarme por un accidente a los doce años; quiero dinero para ayudar a mamá.

El programa es la franquicia de The Million Pound Drop de Reino Unido y lo transmiten en más de diez países del mundo. Comenzó a emitirse en España, por el canal privado Antena 3, en febrero de 2011, primero en una emisión semanal los viernes en horario estelar, a las diez de la noche. Un millón de euros a repartir, durante dos horas de ocho preguntas. En estas ediciones los fajos eran de veinticinco mil euros. Al millón le dicen “kilo” en español ibérico y de verdad pesaban los billetes: durante las primeras preguntas, cuando todavía eran muchos los fajos, veías a los concursantes tardar valiosos segundos en ponerlos en los monitores.

Dos meses después, recuerda su directora, agregaron la emisión diaria, de lunes de lunes a viernes a las 19:45 y, según Montse Claros, han mantenido una media de 13,5% de la audiencia de esa franja horaria. Hasta principios de 2012 convivieron las dos ediciones, porque eliminaron la emisión semanal del millón de euros, sin que nadie los ganara.

Nadie tampoco ha ganado los doscientos mil en la edición regular. Noventa mil, setenta y cinco mil, sesenta mil es lo máximo que se han llevado. Excepto aquellos doscientos diez mil con los que cargó una pareja en unos programas especiales con famosos en los que se apostaban quinientos mil euros. En Argentina el programa se llamó Salven al millón y lo condujo Susana Giménez. Fue en el único país donde una pareja ganó el bendito millón. De pesos argentinos.

—Estamos estudiando hacer una semana especial de causas solidarias, un poco en la línea del programa que hicimos con la científica, con casos más extremos y más sociales —dice Montse Claros.

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Una tarde de septiembre, en su oficina, Luisa cuenta que se necesitan al menos un millón y medio de euros para investigar el medicamento que alivia la enfermedad, el raloxiceno, un componente “análogo de los estrógenos” que disminuye los sangrados. La Unión Europea lo declaró como medicamento huérfano en 2010 y avaló su efecto en reducir los síntomas.

Luisa diseñó un proyecto de ensayo clínico con el raloxiceno, de acuerdo con los criterios de la Agencia Europea del Medicamento, que involucra a pacientes de España, Dinamarca, Alemania, Italia, Holanda, Israel, Argentina, Guatemala (estos dos últimos vinculados con la asociación española). Lo ofreció a la farmacéutica Lilly, la que tiene la patente del medicamento hasta 2013. El laboratorio no aceptó, porque después de 2013, una vez que el compuesto comience a venderse de forma genérica, ya no tendrá las mismas ganancias.

Luisa envió el proyecto a la Plataforma de Ensayos Clínicos del Ministerio de Sanidad español (CAIBER) y le dijeron que podrían aprobarle el dinero mínimo para España. Pero desde 2012, dice Luisa, la plataforma está detenida.

Intentó enviar el proyecto al Séptimo Programa Marco de Europa, que tiene un apartado específico para enfermedades raras, pero no se lo aprueban porque necesitan al menos 30 por ciento de participación de una farmacéutica.

Entonces están parados, aunque ya los pacientes diagnosticados en España toman el componente.

Para avanzar en el medicamento huérfano, Luisa tendría que haber llegado sin un solo fallo al final de Atrapa un millón, en su edición original, claro. Porque ¿quién va a invertir esa cantidad de dinero en un medicamento que afecta a poca gente, en comparación con otras patologías?, se pregunta Luisa.

Un millón y medio es lo mínimo. Pero lo que cuesta el ensayo clínico, pagando a compañías externas en todas las fases de investigación, supera los cinco millones seiscientos mil.

Un millón y medio de euros es lo que dice El País que gastó en agosto el alcalde de La Coruña, en Galicia, para las fiestas de la ciudad. O es lo que Televisa les ofreció a Pep Guardiola y Jose Mourihno para que comentaran juntos la Eurocopa de junio.

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Francisco Verde, el hombre que sangra, prefiere mostrar su oficina del AVE en un día libre, para evitar cualquier situación que lo ponga nervioso y le produzca hemorragias. Es un recinto similar al de las películas hollywoodenses de operaciones militares o espaciales. En el casillero número doce, el suyo, está la ropa de recambio. Sus compañeros inmediatos ya se familiarizaron con su condición y saben que cuando se ausenta unos minutos es porque está en el baño poniéndose algodones.

Ese día Francisco habla muy poco de HHT. Dice que ayer sangró veinte minutos y se mosqueó. Que el viernes tuvo una hemorragia de diez.

—Es que había mucho follón en los trenes.

Dice que todavía está en la buena racha. Entonces habla de la sangre en concreto.

Dice que tiene un sabor acre.

Que fue para él fue vida, en los momentos en los que la perdía tanto.

Y que odia el color rojo

—Cuando veo cualquier color rojo digo, ¡hostias!, ya estoy sangrando. Y a mi mujer que le encanta ese color.

***

La científica asegura que no volverá a concursar en el programa, pero seguirá desafiando nuevas fuentes de dinero. Mientras Luisa espera que le aprueben solicitudes de fondos en fundaciones privadas y un proyecto europeo que posiblemente le permitiría contratar a un investigador más, la junta directiva de la Asociación HHT de España ha decidido buscar otras vías: un concierto benéfico de música tradicional en Canarias, vender a una planta de reciclaje una tonelada de tapones de botellas que una socia de Vitoria ha recogido, si consiguen quien la ayude a transportarlos; quizás una carrera de ciclistas en Madrid.

Y la lotería.

La asociación va a vender billetes con un número para la Lotería de Navidad de este año. En 2011 este sorteo, que se juega cada 22 de diciembre, repartió más de 2500 millones de euros en sus muchos premios.

Y las probabilidades de que te toque la lotería nacional de España en su sorteo de navidad, es de 1 entre 85 mil. Ya si vamos a los premios gordos-gordos, la proporción es de 1 entre 14, 15, 31 y hasta 76 millones.

Luisa ha jugado la lotería por su cuenta a todos los sorteos grandes. Necesitan al menos un millón y medio de euros para investigar el medicamento que alivia la enfermedad.

Ella se conforma con 5 mil.

—¡Hay un muerto, hay un muerto!

El que gritaba era un muchacho que el conserje del edificio describió como una nena presa de un ataque de nervios. Un marica de unos veinte años, precisó. Decía ser el ahijado del hombre que vivía en el 1° D. Decía que minutos antes, caía la noche en Buenos Aires, había encontrado a su padrino tendido boca abajo sobre un charco de sangre.

—Venga, por favor, venga, hay un muerto –suplicó.

El alerta del conserje movilizó al mismísimo jefe de la División Homicidios de la Policía Federal, que no dudó de marcar el número de la viceministro de Seguridad Cristina Caamaño. La funcionaria se dirigió a la escena del crimen tras ser informada, quien sabe por qué curiosa razón, que el fallecido era Galvarino Apablaza, ex subversivo chileno acogido a asilo político y reclamado en su país por la muerte de un senador.

Ya en el lugar de los hechos quedó claro que se trataba de un chileno muy distinto al que se creía. Un chileno tanto o más célebre, que merecía el sensacional despliegue que estaba en marcha.

Enrique Arancibia Clavel, sesenta y seis años, ex agente de la dictadura de Pinochet condenado por el crimen del general Carlos Prats y su esposa, había sido brutalmente apuñalado en su departamento de Lavalle 1438, en pleno centro de la ciudad. La noche de 28 de abril de 2011, cientos de víctimas de las dictaduras de Chile y Argentina se cobraban Justicia de una manera insospechada.

Lo que vio el muchacho que encontró el cadáver y más tarde la viceministro y la policía y los médicos era para poner los nervios de punta a cualquiera: un cuerpo tendido boca abajo sobre el piso de una salita de estar que hacía las veces de oficina; el reguero de sangre que avanzaba hacia el pasillo, la toalla ensangrentada cubriendo un cuerpo perforado. En esa escena, un tipo de crimen que se repite como la cara más violenta de la homofobia, víctima del odio, murió el espía más siniestro de Pinochet.

El informe de autopsia, elaborado esa misma noche, estableció que el ex agente había recibido treinta y cuatro lesiones de distinta profundidad realizadas por arma blanca. Los cortes más comprometedores se encontraban a la altura del cuello.

La salita no presentaba muestras de una escena violenta, siquiera un forcejeo. En el lugar había una gran pantalla LCD, un juego de sillones, un mini bar y esa fabulosa colección de películas clasificadas del uno al seis mil, que llamó la atención de la policía. La mayoría eran de corte familiar: dramas, bélicas, comedias románticas, y algunas pocas porno. De no ser por algunas salpicaduras de sangre, el video club personal de Arancibia exhibía una pulcritud admirable.

Temblando, entre sollozos, el muchacho que se identificó como David Elías Borelli dijo que su padrino vivía solo. Y que esa tarde, como no contestaba los llamados, decidió ir a verlo a su departamento. Que lo había encontrado. A la medianoche, en la División Homicidios, reconoció que Arancibia no era su padrino sino su novio, que lo había conocido en un foro por Internet. En un par de meses cumplirían dos años de relación.

Borelli decía desconocer el pasado de Arancibia Clavel. Para el muchacho, entonces de diecinueve años, estudiante nocturno de secundaria, el chileno era una persona “muy culta”, aficionado al cine y la literatura, que vivía con cierta comodidad gracias a una flota de taxis que administraba por intermedio de un testaferro al que conoció en prisión.

Unos meses después, Rodolfo Gutiérrez, jefe de la División Homicidios de la Policía Federal, dirá que desde un primer momento, por razones obvias, David Elías Borelli encabezaba la lista de sospechosos. También dirá que ese muchacho flacuchento, que tenía un modo de nena, tan sumiso, tan frágil, no encajaba con el perfil de un asesino.

***

Con la melena a la altura de los hombros, estilo Roberto Carlos, Hugo “Adrián” Zambelli fue al aeropuerto de Ezeiza para recoger a su novio chileno que volvía de un viaje de negocios. Era noviembre de 1978. Chile y Argentina estaban próximos a irse a la guerra por tres islas del canal de Beagle. El efusivo beso con que recibió a Enrique Arancibia Clavel quedó a la vista de los agentes encubiertos argentinos que seguían los pasos de la pareja.

Luego de que subieran a un auto, la policía los detuvo. El chileno estaba acusado de espiar al gobierno argentino por encargo del gobierno de su país. Un buen embrollo quedaba al descubierto. El doble agente tenía una doble vida.

Arancibia lo había conocido a principios de 1974, cuando Zambelli, bailarín y peluquero argentino, formó parte de la primera compañía de revistas montada por Susana Giménez. La Revista de Oro, éxito de taquilla del Teatro Astros. A su modo, en el contexto de la época, Zambelli era una celebridad. Había grabado un disco intrascendente que tituló Ay, amor, dime que sí, y su nombre figuraba en espectáculos de revistas de Moria Casán, Valeria Lynch y la Giménez.

Compartían un departamento en Virrey Loreto, en barrio Belgrano, y secretos de alcoba que también eran secretos de Estado. En 1978 Arancibia informaba a su país del amorío que mantenían el almirante Massera con la vedette Graciela Alfano, compañera de trabajo de Zambelli. “Últimamente se ha sabido de costosos regalos que le fueron hechos” a la vedette por el marino, se lee en el cable secreto que reveló los alcances de una relación afectiva.

La del agente y el bailarín era una relación estable y seria, de compromiso. El coreógrafo Salvador Estévez, que dirigió la Revista de Oro, testificó ante la justicia que el vínculo entre ambos “era íntimo por su estrechez y por la importancia que tenía para ambos”. Un vínculo secreto. Tan secreto como las actividades de espionaje que el chileno desarrollaba tras una fachada de ejecutivo bancario.

Arancibia era hijo, nieto y hermano de militares chilenos. Militares machos, conservadores y de derecha, cuyas vidas parecen predestinadas aún antes de nacer por una matriz de rectitud que no admite fisuras. Arancibia, a su modo, formaba parte de una matriz de fisuras.

Tras un corto paso por la Escuela Naval, y mientras estudiaba Ingeniería en la Universidad trasandina, se vinculó a grupos subversivos de derecha que pretendieron impedir el ascenso al poder de la izquierda en Chile. Su nombre aparece mencionado en el proceso judicial que se siguió por la muerte del ex comandante en jefe del Ejército René Schneider. Cuando fue identificado por la justicia ya estaba refugiado en Buenos Aires. Era 1971, primer año de experimento de gobierno socialista a la chilena.

En Argentina se vinculó a nacionalistas decididos a enfrentar con todos los medios de lucha el avance de la izquierda en el continente. Y esos medios se facilitaron enormemente una vez que los militares se tomaron el poder en Chile y más tarde en Argentina.

Según quedó acreditado en la sentencia judicial que lo condenó a cadena perpetua por el crimen del general Prats, desde marzo de 1974 Clavel operó oficialmente como agente del Departamento Exterior de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), “cargo de extrema confianza” que ejerció bajo la cobertura de gerente bancario. Para esos efectos operaba con el nombre de Luis Felipe Alemparte Díaz.

“El ingreso de Arancibia a tan selecto grupo pudo hacerse realidad en virtud de la estrecha ligazón familiar que existía entre su padre y hermanos -todos ellos militares de profesión- y los círculos castrenses”, se lee en la sentencia. También se lee que la asociación ilícita de la que participó activamente tenía “el fin de perseguir, reprimir y exterminar sistemáticamente a los opositores políticos del nuevo régimen dictatorial establecido en la República de Chile”.

El papel que le cupo en la persecución de opositores comenzó a revelarse en toda su magnitud a partir de 1978, cuando fue detenido en compañía del bailarín de Susana Giménez.

Al allanar la casa que ambos compartían en Belgrano la policía encontró un completo archivo con informes secretos que el agente enviaba regularmente a Chile. Un archivo del horror que documenta los alcances de la colaboración entre los servicios de inteligencia del cono sur para eliminar opositores. En esos informes está la punta de la madeja de casos de personas a las que se les perdió el rastro para siempre o que aparecieron muertas.

Ayudado por la Secretaría de Inteligencia de Estado argentino, el agente chileno tenía montada una máquina de espionaje que se ocupaba de los más mínimos actos de disidencia.

En un cable fechado en diciembre de 1974, comunicaba a Santiago de las actividades del grupo musical chileno Los Jaivas, cuyas canciones “en un 90% son dedicadas a insultar al actual gobierno nuestro”. Luego de clasificar el repertorio del conjunto como “música de protesta”, el agente recomendaba que “sería interesante tomar medidas a nivel oficial con esta gente”.

Si bien los cables quedaron adjuntos al proceso judicial por la acusación de espionaje, estos no cobraron publicidad sino hasta 1986, cuando la periodista chilena Mónica González los encontró en un armario judicial. Catorce años después, esos cables sirvieron como medios de prueba para condenar a Arancibia Clavel por su papel en la planificación del atentado explosivo que en septiembre de 1974 despedazó al general Carlos Prats y su esposa Sofía Cuthbert.

Una segunda condena se le vino en 2002. Las chilenas Laura Elgueta y Sonia Díaz reconocieron a Arancibia como uno de los hombres que las torturaron en el campo de detención Club Atlético. Lo delató su rostro, su voz y esa inconfundible estela a colonia Flaño, muy de moda entre los machos chilenos de la época, que el agente dejaba a su paso. En su declaración judicial, Elgueta recordó que fue sometida a la picana eléctrica y que el agente chileno jugaba al policía malo mientras otro de origen argentino hacía de bueno.

En estas cosas ocupaba sus días el hombre que se hacía llamar Luis Felipe Alemparte Díaz, falso ejecutivo bancario que en las noches se confundía con la rutilante decadencia de la farándula porteña.

***

En el estilo parco y notarial de la Justicia, el fiscal a cargo del caso recogió el informe de la médico legista Ana Patricia Spinetti para dar cuenta de algunos hechos observados en el lugar donde fue hallado el cuerpo de Arancibia Clavel:

“Se dejó constancia que el cadáver fue hallado tapado parcialmente por un toalla ensangrentada, la cual fue removida por personal del SAME (Sistema de Atención Médica de Emergencia) al momento del arribo; que poseía una camisa, un jogging deportivo y no tenía ropa interior, poseyendo colocados un reloj y un anillo.

En cuanto al examen lesionológico se dejó asentado que se observaban múltiples lesiones causadas por arma blanca punzo-cortante en varias regiones corporales, concentradas especialmente en rostro, cuello y parte superior de tórax.

Por otro lado se ha indicado que la puerta de entrada a la vivienda no se encontraba forzada, lo que permitía presumir que la víctima permitió el ingreso del agresor, también se indicó en cuanto al número de atacantes que presuntamente fue uno solo, aunque no puede descartarse la participación de otra persona; escasos signos de violencia en la morada en sí, cuya mayoría de objetos y muebles no revelaban el desorden de una gran lucha, y escasos signos de lesiones de defensa en las manos del occiso.

Asimismo se ha dejado asentado que todas las lesiones fueron causadas por un arma blanca y son vitales, es decir, han sido ocasionadas en vida de la víctima, como así también que las heridas resultan ser de dos clases: incisas o cortantes y punzo cortantes, cuyas características permiten presumir que el arma se trataba de un elemento cortante de buen filo.

En cuanto al ataque se ha sostenido que resultó fulminante y por sorpresa, no dando margen a maniobras de defensa significativas o de escape a la víctima, estimándose en muy breve tiempo de sobrevida de la víctima como consecuencias de las cuantiosas hemorragias en virtud de las numerosas y extensas lesiones en la región del cuello”.

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Al caer la noche, este edificio del centro de Buenos Aires cobra un aire triste. Las oficinas de abogados, médicos y contadores comienzan a vaciarse y la calle, que ha tenido un nervioso ajetreo, se torna inhóspita y fantasmal: una tierra de nadie.

Tras acogerse a una rebaja de pena que le permitió ahorrar años de cárcel, Arancibia llegó a vivir aquí en 2007. Ocupaba un departamento de dos ambientes y era uno de los pocos residentes del edificio. No es extraño entonces que en esa tarde abril nadie hubiera escuchado gritos, siquiera un alboroto, proveniente del 1° D.

A partir del testimonio de su novio, y de los pocos que lo frecuentaban con regularidad, se puede establecer que su día arrancaba tarde, hacia el mediodía, con un café, un cigarrillo, una batería de suplementos vitamínicos y minerales y una aspirina. Luego de una ducha encendía la computador.

Ya sea por pereza o seguridad, Arancibia no era de salir. Lo hacía por asuntos muy puntuales. Para comprar cigarrillos Winston en el quiosco de la entrada del edificio, para recoger la recaudación del día de los taxis o cenar en algún restaurante del barrio. El resto del tiempo transcurría frente a la pantalla del computador.

Para un ex agente secreto como Arancibia, que vivía bajo libertad vigilada, que no podía salir del país ni confiarse demasiado, internet era todo. Un mundo virtual, solitario, monótono. Mataba el tiempo leyendo la prensa en línea y navegando entre correos, foros y juegos de rol. Glory of Rome lo tenía atrapadísimo: el juego exige la conquista estratégica de territorios para la conquista de una civilización superior.

A alguna hora del día, entre las películas y los comentarios en distintos foros, Arancibia también trabajaba.

Marcelo Roma, el fiscal que llevó la investigación, dirá que Arancibia anotaba cada peso que entraba o salía de los taxis. Lo mismo hacía con su colección de películas, de las que llevaba un registro acabado de títulos ordenados alfabéticamente y numerados del uno al seis mil y tanto. Quizás por su formación militar, quizás por sus estudios de ingeniería, el ex agente era un hombre estructurado como un cubo, de ideas fijas y rutinas inalterables.

Esa manía enfermiza por el orden y las cuentas lo llevó a conservar el archivo de cables secretos que la policía encontró a fines de los setenta. Probablemente esa manía también ayudó a que el negocio de los taxis marchara sobre ruedas. Llegó a tener cuatro. En los días en que fue apuñalado estaba próximo a comprar un quinto.

El fiscal Roma dirá también que la mayoría de los contactos sexuales los conseguía en foros de Internet. A David Elías Borelli lo conoció así. Borelli estaba con Arancibia por algo más que un interés económico. El chileno lo obligaba a pagar las cuotas del teléfono celular que le había comprado. Así era Arancibia.

***

Desde la División Homicidios de la Policía Federal, un lugar frío y silencioso, el subcomisario Rodolfo Gutiérrez dirá que si bien nada podía descartarse en la investigación desde un comienzo se pensó en un crimen pasional. Todos los elementos apuntaban a eso. El perfil de la víctima. El ensañamiento irracional del victimario. Los objetos valiosos que nadie robó.

El círculo íntimo de Arancibia se reducía a tres personas. Cuatro, contando al novio. Estaban Borelli, una empleada doméstica, un joven asistente que se relacionaba con los chóferes de la flota de taxis y un socio y testaferro al que había conocido mientras estuvo detenido en el Edificio Centinela.

Juan Carlos Ortigoza era el gendarme encargado de llevar el almuerzo y la cena a los pocos y renombrados detenidos que se encontraban en el Centinela. Ahí trabó amistad con el chileno, a quien respetaba por su deferencia y su buen trato. También por su cultura, especialmente en “temas literarios”, según le dirá al fiscal.

Entre ambos había una un respeto, una estima mutua, no más que eso, precisará Ortigoza.

Una vez que el chileno salió en libertad, Ortigoza terminó confiándole sus ahorros para la compra de taxis que quedaron a su nombre. Al testaferro de Arancibia la política lo tenía sin cuidado. Recibía un porcentaje de las ganancias y se mostraba agradecido.

De la recaudación se encargaba su joven ayudante, sino él mismo, que bajaba a calle Lavalle a buscar la recaudación del día. Se la entregaban los chóferes. No tenía buen trato con ellos, dirá el fiscal. Desconfiaba, los miraba en menos, especialmente a los paraguayos.

Los chóferes, como el novio, el socio y el asistente personal estuvieron en la mira de la investigación. Los contactos sexuales de ocasión, también.

La policía revisó el historial de los computadores y los teléfonos. A dos semanas del crimen, después de un largo desfile de chicos, surgió una pista. El 28 de abril Arancibia había recibido una llamada hecha desde un locutorio telefónico de la Avenida de Mayo. Tras revisar los videos del local, y poner un policía de custodia, identificaron a un chico con heridas en brazos y piernas. Se llamaba Ángel Gabriel Cabral. En la habitación que compartía con otro muchacho, la policía encontró un cuchillo cocinero con manchas de sangre y el teléfono móvil de Arancibia.

—Cuando lo detuvimos, el chico lloró y confesó –me dirá Gutiérrez-. Pero después se mostró tranquilo y guardó silencio… ¿Cómo era? Un chico, normal, delgado, pelo crespo, morocho, veinte años, bien vestido. Me parece que venía de Misiones. Un lindo chico.

***

Ángel Gabriel Cabral no declaró ni lo hará. Permanece detenido desde entonces, a la espera de un juicio por un hurto, previo al asesinato de Arancibia. El fiscal lo acusa de homicidio agravado y pide cadena perpetua. Lo inculpan los objetos hallados en su poder y las muestras de sangre encontradas en el departamento.

El novio de Cabral sí declaró. Francisco Javier Arzamendia dijo que en los días previos al crimen Cabral estaba de muy mal humor, irritable, agresivo. Algo lo violentaba profundamente. Se habían conocido hace pocas semanas en las cercanías del Obelisco. Arzamendia era botones de un hotel; Cabral decía ser empleado de una empresa de aseo, aunque en realidad se ganaba la vida como taxi boy.

El día del crimen Cabral llegó con cortes en los brazos y las piernas. Le dijo a su novio que habían intentado asaltarlo. Esa noche lo invitó a cenar. El ánimo mejoró con el correr de los días.

Ya detenidos, y aprovechando un traslado, Cabral y Arzamendia volvieron a reunirse. Cabral negó haber matado a Arancibia pero al rato, según Arzamendia, confesó:

“Me explicó que él había matado a ese señor, que había sido en calle Lavalle, en el departamento del sujeto entre las 13 y las 14. Le pregunté por qué lo había hecho. Me dijo que era por una cosa muy fea que él le había hecho y no quería hablar del tema, pero finalmente me lo contó. Me dijo que a este hombre lo conocía desde hacía ya meses, que había sido drogado y abusado por este hombre, y que eso lo hacía el señor cuando lo invitaba a su casa. Me dijo que él se despertó un día y estaba desnudo, sin saber lo que había pasado y que desde ese día lo volvió a ver una vez más y me confesó que fue por ese motivo que lo tuvo que matar”.

***

A partir de los antecedentes disponibles en el proceso judicial, y de algunos otros aportados por testigos y policías, se puede establecer algunos supuestos. Cabral salió de la pensión que compartía con Francisco Javier Arzamendia con la intención de matar a Arancibia a cuchillazos, para eso se llevó un cuchillo cocinero. Cabral no era la única pareja ocasional de Arancibia, pues en su poder se encontraron llaves de otros departamentos. David Elías Borelli desconocía que Arancibia tenía otras parejas y que se enteró de eso en el transcurso de la investigación. Enrique Arancibia Clavel fue atacado por sorpresa, probablemente por la espalda. Pese a las fuertes estocadas, intento algún acto de defensa. Arancibia nunca reconoció culpa o responsabilidad alguna en casos de Derechos Humanos, cuanto más, alguna vez admitió haber colaborado con la servicios policiales de Pinochet, pero de eso no estaba arrepentido, sino más bien lo contrario. Fue juzgado por un porcentaje mínimo de los crímenes en los que estuvo implicado. Es muy probable que, de no ser por Cabral, Arancibia hubiera seguido caminando por Buenos Aires. La justicia tarda y, a veces, impulsada quizá por fuerzas sobrehumanas, acude en momentos y modos insospechados, a veces particularmente crueles.

Para comprender un lugar como Lurigancho es mejor no caer en palabras como «prisión» o “detenido” o “celda”, o en las imágenes que estos términos pueden connotar. Los 7.400 hombres que viven en Lurigancho, la más grande y más notoria institución penal del Perú, no usan uniformes; no se pasa lista ni hay horario de encierro ni se apagan las luces a una hora determinada. Cualquiera sea el control que las autoridades tienen dentro de Lurigancho, ese control es apenas nominal. Cuidan que la puerta de entrada a la prisión esté cerrada, y poco más.

Los veinte complejos habitacionales pueden dividirse, más o menos, en dos secciones: los prisioneros más ricos viven en El Jardín, los pabellones impares. El verdor se marchitó hace tiempo, pero el nombre y su sello permanecieron. Muchos residentes cargan las llaves de sus propias celdas y son libres de deambular por el complejo según sus deseos, aunque la mayoría prefiere no abandonar la relativa calma de su territorio. El otro lado de Lurigancho es conocido como La Pampa, los pabellones pares, hogar de miles de acusados de asesinato y pequeños ladrones. La densidad de población aquí es el doble que en El Jardín, las condiciones sanitarias son precarias y la violencia es frecuente.

Lurigancho queda a pocos kilómetros del centro de Lima, la capital y la ciudad más grande del Perú, y permanece conectada a la vida de la ciudad. La Pampa está organizada por barrios, y cada edificio corresponde a un distrito diferente de la capital. Los pabellones pares constituyen un mapa imaginario del mundo criminal de Lima –uno para San Martín de Porres, otro para La Victoria, otro para San Juan de Miraflores, y así–, y cada sección sirve como comité de bienvenida, grupo de apoyo y escuela para los jóvenes delincuentes que tienen la desgracia de llegar aquí.

Entre El Jardín y La Pampa hay un alto muro de separación de ladrillo, y un estrecho pasillo conocido como El Jirón de la Unión, bautizado así en referencia al que fuera el paseo más aristocrático del centro colonial de Lima. La versión de la prisión es un mercado al aire libre donde uno puede cortarse el pelo o comprar jabón, pilas, máquinas de afeitar, remeras viejas, drogas y chupetines. Durante el día el pasillo está poblado de sin-zapatos, el ejército de drogadictos sin esperanza de Lurigancho, que no pertenece a ningún pabellón. Cada noche, entre 200 y 300 de estos hombres no tienen donde dormir.

Como hay, en promedio, cien presos por cada guardia (el promedio en Estados Unidos es de seis presos por guardia), las autoridades tienden a hacer la vista gorda cuando se trata de contrabandear drogas, alcohol, televisión por cable y celulares, el tipo de consuelos que pueden hacer tolerable la vida en prisión. Las drogas, en particular, ayudan a sobrellevar la superpoblación y mantienen a una población por lo general nerviosa en un estado condescendiente y nebuloso. Como me dijo un vendedor de drogas:

―Es la única manera de controlar a estas bestias.

Él mismo encontraba escalofriante enfrentarse a Lurigancho sin su dosis diaria. Las sobredosis son comunes, pero sólo hay 63 médicos para los 49.000 presos que tiene el sistema penitenciario del Perú, y apenas un puñado de esos profesionales están designados a Lurigancho. En la puerta se entrega comida suficiente para dos ligeros almuerzo y cena al día, pero todo lo demás –desde el mantenimiento hasta la disciplina y la recreación– es responsabilidad de los hombres encerrados. Cada pabellón tiene un jefe, una figura importante en el submundo de Lima, cuya autoridad no es cuestionada. La excepción es el Pabellón Siete de El Jardín, reservado para narcotraficantes internacionales.

El Pabellón Siete alberga a muchos hombres que, gracias a su ocupación, han viajado por el mundo, tienen múltiples pasaportes y hablan varios idiomas. El standard de vida aquí refleja el relativo bienestar económico de esta elite. Los traficantes son hombres de negocios y tienen fe en que buena parte de los problemas pueden resolverse, cuando no evitarse por completo, con dinero. La mayoría son peruanos, muchos de las regiones selváticas del este -productoras de coca- pero hay de otros lugares, también: hombres de China, Holanda, Italia, México, Nigeria, España, Turquía. Las paredes del patio muestran la diversidad de sus residentes: mapas pintados de la Unión Europea, escudos de equipos de fútbol colombianos, murales celebratorios de la vida en la selva, uno de los cuales muestra un biplano, emblema del tráfico de drogas, que flota muy alto sobre las verdes, arboladas, colinas. Hay cerca de treinta naciones representadas y los prisioneros van desde la mula fracasada que nunca pudo pasar la seguridad del aeropuerto hasta el experimentado traficante de cocaína que está sirviendo su sentencia número tres o cuatro, con frecuencia después de haber estado preso en otros varios países. Hay otros prisioneros comunes también, hombres que vienen al Pabellón Siete a trabajar. El resultado es una cultura cosmopolita única en Lurigancho, una comunidad cerrada dentro de la prisión. Como los casi 400 internos que viven allí tienen poco interés o conexiones con las jerarquías de las calles oscuras de Lima, el Pabellón Siete no tiene un solo jefe. Aquí hay democracia.

***

Llegué una mañana de domingo del mes de marzo y encontré al Pabellón Siete en un ánimo particularmente festivo. La campaña anual para elegir un nuevo cuerpo de gobierno estaba en marcha. Pepe, el gregario candidato que encabezaba la Lista 2, estaba haciendo visitas puerta a puerta con su compañero Richard, el próspero dueño del restorán de pollo a las brasas del Pabellón. (Estoy usando seudónimos para proteger la privacidad y seguridad de los presos que compartieron sus historias conmigo). Sus oponentes estaban apoyando a un hombre llamado Barrios como delegado, pero la Lista 1 estaba realmente controlada por un traficante israelí llamado Avi. Cada lista tenía media docena de cargos: delegados para Comida, Disciplina, Economía, Cultura, Deportes, y Salud, con subdelegados para cada área. Muchos internos usaban remeras de campaña –blancas con una estrella azul, o rojas con una leyenda en letras amarillas que decía “Pepe y Richard: vota por el cambio”. Había posters de campaña en las paredes, algunos diseñados como la portada de un periódico, otros citando encuestas ficticias. Uno tenía el dibujo de una vieja raqueta de tenis y la frase “¡No más raquetas!”, término slang para las inspecciones policiales. Existen semejante cosa en raras ocasiones y el concepto de contrabando es tan flexible en Lurigancho que cada raqueta es vista como una ofensa al orden establecido y la marca de un mal delegado. La más reciente, en enero, conmocionó tanto a la población que se convirtió en un tema de campaña.

Pepe y Richard habían dado una fiesta el día anterior a mi llegada y todavía colgaban sobre el patio banderas multicolores blasonadas con el número 2. Un puñado de hombres con el pecho desnudo desarmaba el escenario donde había tocado una banda del pabellón vecino. Pepe y Richard incluso habían conseguido un grupo de bailarinas de afuera para el show, mujeres voluptuosas que impresionaron mucho al electorado. Mientras sonaba la música y las mujeres bailaban, Pepe iba de mesa en mesa, estrechando las manos de sus compañeros de Pabellón y sus familias –de visita–, pidiéndoles su voto. Así, después de todo, es como se ganan las elecciones, en prisión o en las calles. La fiesta había sido, según afirmaban casi todos, exitosa.

Después de la fiesta, Avi lanzó una nueva tanda de posters pintados a mano:

Piense, compañero:

Va a dejar

Que compren su voto

Con una fiesta?

No al gasto

Si a la inversión

Vote 1

***

Visité por primera vez Lurigancho en 2008, con la esperanza de dar una clase de escritura creativa, y recorrí toda la prisión, en un intento fracasado de reclutar alumnos. En ese momento, Lurigancho albergaba cerca de un cuarto de los presos del Perú, y la superpoblación había alcanzado un punto de crisis. La prisión, construida originalmente para alojar dos mil hombres, era el hogar de 11.000. Las facas se vendían abiertamente así como las pipas para fumar crack, ingeniosamente talladas en restos torcidos de metal. Hombres delgados y semidesnudos se desplomaban contra las paredes, cubiertos de cicatrices, con los ojos entrecerrados y la mirada perdida de los drogadictos. La tuberculosis estaba extendida. Lurigancho producía treinta toneladas de basura por semana, la mayor parte no se recogía, mientras los internos más pobres se alimentaban revisando estos residuos en busca de algo comestible. Una bufanda gris colgaba de la vieja antena de radio, la bandera no-oficial de la prisión –el recuerdo de un preso que se había escapado de la clínica psiquiátrica, había trepado la antena, y se había ahorcado. La sobrepoblación era tan severa que unos cientos de sin techo habían tomando un edificio abandonado para crear un pabellón informal de 21 celdas. En la mayoría de las prisiones, si los internos tienen acceso a martillos, concreto, ladrillos, palas y herramientas por el estilo, uno imagina que las usarían para escapar. En cambio, cuando visité el Pabellón 21, encontré a los residentes trabajando duro, construyendo una pared todo alrededor de su nueva casa para poder tener un lugar seguro donde caminar después del atardecer.

En julio de 2009 cerraron el ingreso de nuevos presos a Lurigancho. Desde entonces, la población ha decrecido en casi un 40%, lo que es al mismo tiempo un gran alivio y un problema muy serio. Lurigancho es, hoy, en general, un lugar más calmo y más seguro. Pero porque la mayor parte de la economía de los internos depende de los visitantes y del dinero y suministros que traen, Lurigancho ahora es más pobre. La dura realidad de estar preso es que, cuanto más tiempo se pasa encerrado, mayor es la posibilidad de ser olvidado. Como me dijo un hombre:

-El primer año te visitan hasta tu perro y tu gato. Después de eso, estás solo.

Menos internos nuevos significa menos visitantes, que se traduce en presupuestos más reducidos para mantenimiento y seguridad. Con frecuencia la prisión se queda sin agua, la sobrecargada red de electricidad deja de funcionar día por medio, y reparaciones vitales sencillamente no pueden ser financiadas.

La crisis económica ha tenido repercusiones incluso en el Pabellón Siete. Con la excepción de algunos pocos presos muy ricos, todos los hombres de Lurigancho, incluso los drogadictos, deben trabajar para sobrevivir: son pintores, albañiles, electricistas, masajistas, abogados, médicos y cocineros. Una estructura de clases bastante rígida ha surgido junto con el sistema democrático del Pabellón Siete: algunos hombres viven solos en un relativo lujo, mientras otros comparten celda, uno le paga alquiler al otro, o ambos a un tercero. Si no pueden pagar el alquiler, los internos se van a vivir a El Gran Hermano -llamado así por el reality televisivo. Allí, unos 35 hombres duermen en cuchetas de tres pisos bajo un techo lleno de goteras, en condiciones que tienen mucho en común con la vida en La Pampa. Aún más pobres son los que viven en La Candelaria, un estrecho y sucio espacio detrás de la cocina, menos un área habitable que una guarida de drogas con catres. Muchos de estos hombres, llamados coloquialmente «rufos», son adictos al crack y son una pandilla delgada y enferma que roba o se prostituye para drogarse. Son la fuerza de trabajo barata del Pabellón Siete, responsable del mantenimiento y la limpieza. Un tercio de estos hombres no han sido designados para vivir aquí pero son aceptados condicionalmente como residentes. Limpian las celdas de los internos ricos, trabajan en los muchos restoranes del Pabellón y barren el patio cada tarde. Si el uso de drogas de un rufo se descontrola, si pelea o roba, se arriesga a la expulsión. Ni siquiera el buen comportamiento les da los privilegios de ciudadanía: muchos no pueden votar, por ejemplo.

Los miércoles y sábados -días de familia- un rufo que no se ha afeitado o duchado está prohibido en el pabellón, porque asustaría a las mujeres y los niños. Y cuando los ricos reciben visitas, los rufos limpios y afeitados, además de la clase trabajadora del pabellón, atienden las necesidades de los visitantes. Sirven la comida y las bebidas, transmiten mensajes, cargan paquetes pesados desde la puerta de la prisión hasta el Pabellón. Algunos de los extranjeros, cuyas familias están lejos, alquilan sus celdas a internos más pobres que no tienen un espacio privado para visitas conyugales. El dinero es la sangre y la vida de la prisión; por eso, aunque había menos gente y la prisión era más habitable, nadie celebraba. Para ambas campañas, la difícil situación económica sería el asunto más apremiante de la elección.

***

Conocí a Murat, un kurdo conocido en el pabellón como “el iraquí”, unos días antes de la elección. Un hombre alto y delgado, con un rostro estrecho y el cabello negro atado en una severa cola de caballo. Tenía una borrosa estrella tatuada en su brazo derecho. Cuando Murat llegó a Lurigancho, no sabía castellano pero ahora, cinco años después, hablaba tan bien como para presentarse en las elecciones como uno de los delegados económicos de las Lista 2. Había aprendido castellano por necesidad, por supuesto. No había otros kurdos o árabes con quienes hablar.

―Si hubiera dos kurdos -me dijo- controlaríamos toda la prisión.

Aunque en esta elección estaban en bandos opuestos, Murat y Avi eran amigos, y Murat me llevó a ver al cerebro y principal agitador detrás de la Lista 1. Avi nos dio la bienvenida a su celda con aire acondicionado pero con una advertencia: no había mucho que decir sobre la elección.

―Odio la política- dijo Avi, con los brazos abiertos y encogiéndose de hombros. Su sonrisa me dio otra cosa: sonreía con la exagerada sinceridad de un actor intentando que el público viera sus dientes desde las butacas baratas y lejanas.

Avi vestía un par de zapatillas Nike nuevas, pantalones cargo azules, una remera blanca y una kipá coronaba su corto cabello entrecano. En un estante de madera sobre su cama había una foto enmarcada de sus dos hijos adultos, un recuerdo de la vida que le esperaba de vuelta en Tel Aviv. Me capturó mirando la foto y me dijo que aunque su hija estaba comprometida, se negaba a casarse hasta que su padre pudiera estar presente en la ceremonia. Avi frunció el ceño. Llevaba once años y cinco meses de una sentencia de veinte años.

El israelí le ofreció al iraquí un cigarrillo y mientras la celda se llenaba de humo, los dos hombres se sumieron en un grato intercambio sobre el futuro del pabellón. Un peruano bajito de rostro regordete llamado Morales se unió al improvisado mitín político.

―¿Alguna vez un extranjero fue delegado?- pregunté.

Los tres hombres recordaron a un nigeriano llamado Michael que llegó a la posición después de que un delegado peruano fue transferido. “¿Cuándo?”, pregunté, y entonces se quedaron en silencio. ¿Quién podía saberlo con seguridad? En prisión, los días, meses y años suelen amalgamarse: ¿2003, 2004, 2005? Y, la verdad, ¿qué importaba ahora, si el nigeriano había sido liberado? Recordaban una cosa: había intentado la reeleción y había perdido.

―Un extranjero no puede controlarnos- dijo Morales, con un dejo de orgullo en la voz.

Avi insistía en que su rol en la elección era menor:

―No tengo motivos para ser parte de esto. El ganador de esta elección tiene que ser la gente. Necesitamos agua y electricidad, no problemas con la policía.

Para combatir el problema presupuestario los oponentes de Avi, Pepe y Richard, proponían elevar los impuestos. Ahora, cada residente del pabellón contribuía tres soles (alrededor de un dólar) cada semana en concepto de mantenimiento y seguridad. Tradicionalmente, todos los que llevan más de siete años en la prisión están exentos. La Lista 2 quisiera deshacerse de las exenciones e introducir un nuevo sistema: hasta siete años pagan tres soles, de siete a diez años dos soles, y de diez años en adelante, sólo uno. Para Avi, esto era cruel y poco comprensivo respecto a las realidades del Pabellón. Su campaña había recargado el Pabellón 7 con posters que decían “NO AL SHOCK”.

―Yo puedo pagarlo -dijo Avi- pero hay gente aquí que no puede. ¿Cómo les van a cobrar?

Avi tampoco confiaba en las motivaciones de sus oponentes.

―¿Por qué hacen una fiesta? -se preguntaba- Para que la gente gaste dinero.

La campaña era una necesidad, pero su lista tenía un rumbo diferente: estaban dando una cena de pollo a las brasas esa noche para todos los habitantes del pabellón, caballeros y rufos, ciudadanos o residentes, una celebración del final de la campaña. Incluso habría pollo para mí, si quería.

―¿El pollo de Richard?- dije, bromeando.

Avi sonrió. Por supuesto, no compraría el pollo de su oponente.

―Pollo de afuera -dijo.

***

El pollo de Richard trajo una singular innovación a la escena de restoranes de Lurigancho: el delivery. Antes de la crisis económica, Richard vendía cerca de 120 pollos por semana, trabajando solamente los días de visita y tomando órdenes de todas partes de la prisión. Esos eran los tiempos fuertes, cuando Lurigancho rebosaba de dinero hasta reventar: cuando cada día de visita era un carnaval. Apenas podían sostener el ritmo del negocio. Ahora Richard vendía la mitad.

Sin embargo, estaba tan identificado con este restaurant que mucho del material de campaña de la Lista 2 deletreaba su nombre con una “‘s” extra. Richard era, en el fondo, un emprendedor. Delegados previos habían hecho lobby para obtener su apoyo, pero hasta 2010, cuando sus co-conspiradores fueron liberados, haciendo que su propia libertad de pronto pareciera posible, siempre se había negado a participar en política.

―Ahora quiero dejar algo detrás mío -me dijo Richard- Quiero dejar mi marca aquí.

El mismo espíritu emprendedor que Richard trajo a la campaña fue el que lo hizo ingresar a Lurigancho. Se hizo adolescente en Tocache, un pueblo rural muy importante en el tráfico de drogas del Perú, en un momento en que el negocio estaba en plena marcha. La coca crece fácilmente en esa región: tres cosechas al año y, de acuerdo con los traficantes con quienes hablé, apenas hay que cuidar de las plantas. Un hombre inteligente y joven como Richard podía hacer toneladas de dinero. No creía ser un criminal -todos en Tocache estaban involucrados en el negocio. “Era normal”, me dijo. Richard cosechaba y procesaba su propio cultivo, que le vendía a colombianos; además, era dueño de una discoteque y de dos comedores en el pueblo. El día de su arresto, un conocido vendedor de paya había sido robado en Tocache. La policía buscaba al ladrón e inspeccionaba cada vehículo que pasaba. Y sucedió que el camión de Richard cargaba treinta y cinco kilos de cocaína.

Pepe había sido arrestado en Lima en noviembre de 2006, después de trabajar por años como piloto, volando cocaína procesada hacia Colombia. Alto, de hombros anchos y encantador, era ideal para la ocupación. No me costó nada imaginar a Pepe volando plácidamente sobre la infinita cuenca del Amazonas. Lo principal, me dijo, era calcular bien el combustible; suficiente para llevarte a destino, pero no mucho más. Cada pulgada libre del avión debía ser rellenada con el producto. Ahora Pepe había cumplido cuatro años de una sentencia de doce. Como Richard, compartía su historia sin orgullo, amargura o vergüenza. Tampoco se regodeaba en el lamento del prisionero, esa larga, nostálgica lista de todo lo que han perdido -mujeres, casas, autos, dinero, libertad. Los dos estaban, hoy, asentados en el Pabellón 7, su hogar, y estaban decididos a ganar la elección.

Pepe estaba al tope de la fórmula, pero en verdad se estaba presentando a dúo con Richard. En todo el pabellón, los posters incluían ambos nombres y el slogan de su plataforma oficial decía: “Si triunfamos, es porque somos un equipo”.

Pepe defendió su plan de terminar con las exenciones. Todo el mundo iba a tener que pagar.

***

Desde los techos de Lurigancho se puede sentir cierta paz o incluso soledad al mismo tiempo que se puede apreciar el tamaño y la precariedad del lugar. El contorno de los edificios de tres pisos de la prisión se recorta contra los afilados dientes de la montaña. La ropa aletea en las cuerdas, los gallos graznan impacientes en sus gallineros, e internos sin camisa duermen bajo el brillante sol. El humo se eleva de pequeñas fogatas mientras los hombres realizan intrincadas cirugías para reparar sillas de plástico rotas; hay tanques de agua de tamaños extraños, cables de alargue y docenas de antenas de televisión improvisadas -una invención local armada con palos de escoba, botellas de gaseosa y largos tubos fluorescentes. Cada pabellón tiene por lo menos un interno conocido como “techero” que cuida el techo y lo protege de ataques. Esto parece muy sencillo en una fresca tarde de verano pero uno se imagina lo solitario y escalofriante que debe ser en una fría y húmeda noche de invierno. Cuando visité la prisión, los pabellóns de El Jardín estaban agregando un metro de ladrillos a las paredes que los protegían de La Pampa y también le estaban agregando alambre de púa al muro.

En la distancia están los vecinos de Lurigancho: los más recientes y más frágiles puestos de avanzada de ese universo en expansión que es Lima, villas improvisadas que cuelgan de las montañas desafiando la lógica y la gravedad. El transporte desde y hacia la ciudad es difícil. La mayor parte de la economía local está basada en sostener la vida dentro de la prisión, un mercado cautivo de miles que deben alimentarse y vestirse y ser mantenidos. Los martes vienen comerciantes, la mayoría mujeres, que empujan sus carros hasta la entrada. Los traen llenos de provisiones: latas, bolsas gigantes de arroz y vegetales, junto con cualquier clase de contrabando que logren hacer entrar. Los miércoles y sábados la calle que lleva a la puerta de la prisión está cerrada al tránsito y llena de vendedores. Los visitantes a la prisión pueden conseguir zapatillas, artículos de tocador, paquetes de primeros auxilios o incluso un tatuaje del nombre de su amado antes de entrar.

Los techeros pueden ver a sus vecinos en las colinas y sobre el camino, y para ellos incluso esta desolada vista puede ser embriagadora.

―A lo mejor podés reservar un terreno para mi -me dijo un joven guardián de techo, señalando las villas que suben las laderas de las montañas justo fuera de los muros de la prisión. Él había sido criado lejos de Lima, en Puno, cerca de la frontera con Bolivia, y pasó poco tiempo en la capital antes de su arresto.
―Pero tienes que apurarte -me dijo- Para cuando salga, va a estar lleno.

Conocí al más experimentado techero del Pabellón 7, Efraín, en su última semana dentro de la prisión. Iba a ser liberado el sábado siguiente, después de casi una década encarcelado por asesinato. Hablamos de la elección, pero no estaba muy interesado; después de todo, su vida real iba a comenzar en unos días. Su esposa se había ido con otro hombre, y ahora ella y su amante se habían marchado del país anticipando la liberación de Efraín. Sabían exactamente de lo que era capaz. Efraín también lo sabía, y estaba ansioso.

―Le ruego a Dios no encontrarme con ella -me dijo. Su ancha cara cuadrada tenía una expresión de angustia- Si vuelvo a caer una vez más, moriré aquí.

Efraín llegó por primera vez a Lurigancho cuando tenía dieciocho años, en 1985, en la época que un interno llama “El tiempo del cuchillo”. En aquellos días Lurigancho estaba superpoblada y abandonada y en un constante estado de guerra. Las pandillas representantes de diferentes distritos de Lima peleaban por el control de la prisión y los tiroteos eran comunes -entre pandilleros de barrios enemigos o entre los internos y las autoridades de la cárcel. Hasta el día de hoy existe un arsenal impresionante escondido dentro de Lurigancho -pistolas, rifles, incluso granadas- pero entonces estas armas eran parte de la vida diaria. A la hora de comer, cada pabellón enviaba hombres con machetes y caños para escoltar la ración desde la puerta de la cocina hasta el pabellón. Los techeros estaban armados con pistolas y casi todas las mañanas se recolectaban cuerpos del Jirón de la Unión. Las pandillas de La Pampa a veces secuestraban a hombres de El Jardín y los mantenían prisioneros hasta que se arreglaba un rescate. Efraín recuerda un Pabellón Siete débil, hogar de un puñado de traficantes provincianos varados en Lima, hombres cuya única opción era invitar a un criminal local a que liderara el pabellón y lo protegiera.

Probablemente no sea una coincidencia que la consolidación del sistema democrático del Pabellón Siete -que data de fines de los 80- vaya de la mano del ascendente poder del narcotráfico peruano. Había más extranjeros encarcelados que traían con ellos dinero y conexiones. Si un peruano de provincias tenía poco interés en las rivalidades de los criminales limeños, un colombiano o un argentino o un francés estaba aún menos interesado. Estos eran hombres acostumbrados a vivir bien. No querían controlar la prisión: querían vivir con dignidad. Poco a poco, el Pabellón Siete empezó a mejorar.

Efraín estaba originalmente en La Pampa y vio crecer la fortuna del Pabellón Siete desde lejos. Al principio de su encarcelamiento más reciente se ubicó en el Pabellón 6, que entonces estaba controlado por internos del distrito San Martín de Porres, de Lima. No hacía mucho que Efraín estaba ahí cuando fue acusado de querer desbancar al jefe. Fue echado, sin lugar adonde ir. Estuvo sin techo por un tiempo. El único Pabellón en Lurigancho que podía aceptarlo era el 7. Un hombre de su reputación y experiencia podría proveer la siempre útil protección.

Efraín descubrió una nueva forma de vida.

―Al principio no me acostumbraba. La gente estaba demasiado relajada y yo venía de un mundo muy violento.

Peleó constantemente, fue expulsado más de una vez, pero con el tiempo empezó a entender la cultura de su nuevo ambiente. En La Pampa, explicaba Efraín, la calma se mantiene con violencia, o la amenaza de la violencia.

―En el Pabellón Siete no te atacan, son pacíficos. La gente aquí es más educada. Tuve que aprender a comportarme.

La prueba de que había aprendido era su posición como techero. Incluso por estos días no hay una ocupación más importante para la seguridad del pabellón. Toda la población confía en el techero: cuando duermen, el techero es sus ojos y sus oídos. Si hay problemas, debe ser el primero en dar la alarma. Que a Efraín, un refugiado de La Pampa, se le haya confiado esta posición era un testamento de su integración a la cultura del Pabellón. Estaba justificadamente orgulloso de sí mismo. Había encontrado un hogar.

Mientras tanto, la vida en La Pampa ha permanecido violenta y difícil. En noviembre de 2010, un hombre fue asesinado a puñaladasen el Pabellón 12 sólo tres días después de su llegada. El pasado febrero, una pelea entre bandas rivales en el Pabellón 20 dejó siete heridos y un muerto de herida de bala. Poco después, el antiguo jefe del Pabellón 10 fue derrocado. Y una tarde en marzo, el encargado de la disciplina del Pabellón 6 casi fue matado a golpes mientras docenas observaban. Ese hombre iba a salir en libertad al día siguiente.

***

El tradicional punto más alto de la temporada de campaña del Pabellón 7 ocurre en la noche anterior a la elección, cuando la comunidad se reúne en el centro abierto del edificio, en los balcones de los pisos segundo y tercero, para escuchar los discursos de los candidatos. Este evento, llamado el balconazo, provee la oportunidad de exponer las ideas directamente frente a los votantes.

A la hora señalada los hombres comenzaron a reunirse y una febril sensación de anticipación llenó el Pabellón. Las cuerdas de ropa fueron rápidamente limpiadas de pantalones y remeras para que todos pudieran tener una vista sin obstáculos de los procedimientos. La noche había caído y el calor había aflojado. Los parlantes atronaban con pop de los 80 y aunque yo no estaba seguro de qué preludio musical esperaba, ciertamente no era “Keep On Loving You” de REO Speedwagon. Un miembro del comité electoral probó el micrófono y su reconocible acento colombiano hizo eco en el pabellón. Yo me quedé en el segundo piso, mientras los hombres me empujaban para elegir su lugar en el balcón. Desde mi punto panorámico podía ver dentro de una celda del tercer piso, que tenía la puerta abierta, a un hombre barrigón en camiseta que pintaba cuidadosamente una montura dorada en un caballo de cerámica negra. Cuando todo estuvo listo, se apagaron las luces del Pabellón, lo que sacó a los rezagados de sus celdas. Un llamado resonó en el patio, y los hombres se amontonaron, hombro con hombro. Los más jóvenes y ruidosos se estacionaron en el tercer piso: habían venido acompañados de tambores y trompetas. La única pregunta era cuál de las Listas había pagado por sus servicios. En Lurigancho, como en las calles de Lima, el entusiasmo en una reunión política es una mercancía que puede ser comprada y vendida como cualquier otra.

La organización era simple: un discurso de cinco minutos de cada candidato, seguido por una respuesta de tres minutos. El primero fue Barrios de la Lista 1, un traficante de piel oscura, menudo, de un pueblo minero llamado Cerro de Pasco. Usaba una camisa negra, había optado por no usar la remera blanca con la estrella de David de la campaña, diseñada por Avi. La multitud saludó a Barrios con un aplauso ligero cuando tomó el micrófono. Tosió. “No soy muy bueno leyendo”, anunció, y explicó que uno de sus socios daría el discurso en su lugar. Hubo un murmullo, un momento de confusión, hasta que Carlos, cabeza del comité electoral, intervino y dijo que esto no estaba permitido. Cada candidato debía leer su propio discurso. La multitud se burló y Barrios pareció haber sido tomado por sorpresa; con cierta reluctancia, tomó el micrófono otra vez. Silbidos desde el tercer piso, después silencio, o lo que se define como silencio en un lugar como Lurigancho. Barrios reunió sus papeles frente a sí nerviosamente y empezó a leer en voz baja, vacilante, como lo haría un niño. Pude distinguir sólo una línea de su discurso. “El problema del agua”, balbuceó Barrios, “será resuelto”.

Pepe, en contraste, fue recibido con un rugido por la multitud y arrancó con una chicana para su oponente: “Hoy yo fui personalmente, puerta a puerta, a hablar con cada uno de ustedes sobre mi plataforma. No mandé a un chico a hacerlo”.

Los rufos enloquecieron, batieron sus tambores, gritaron.

“Tengo un negocio. Ya no tengo que trabajar ilegalmente”, dijo Pepe, una referencia al rumor, repetido con frecuencia, de que Avi no había dejado atrás su vieja vida. Mientras la multitud aclamaba, Pepe sonreía confiado. Advirtió sobre el achique de las remesas. Sin internos nuevos, dijo Pepe, no ingresaba dinero, pero el Pabellón no necesitaba inversiones privadas, sino buena administración. Esto fue lo más cerca que estuvo de mencionar su controversial plan de prescindir de las exenciones de impuestos, pero dada la algarabía que venía de la galería del tercer piso, sentí que podía salirse con casi cualquier cosa.

Las respuestas fueron menos dramáticas. Después de su desastrosa apertura, Barrios tuvo más suerte hablando con el corazón. “¡Ustedes me conocen!”, dijo y repitió esta idea una y otra vez, casi diez veces en solo tres minutos. Había un timbre de súplica en su voz, como si sintiera que el carisma de Pepe era un truco solapado. Esta vez los rufos lo alentaron.

Pepe, por su parte, contraatacó con algunas burlas más, pero invirtió la mayor parte de su energía en elogiar a los hombres del Pabellón y a la democracia: “¡Mañana ustedes van a decidir!”, dijo y fue aplaudido. “¡Los invito a que me elijan!”

Cuando terminó, me acerqué al frente, donde encontré a Avi y Barrios rodeados de sus partidarios. Barrios asintió tímidamente pero no dijo nada cuando le pregunté si creía que las cosas habían salido bien. Avi, imperturbable como siempre, contestó por su compañero, gesticulando hacia el grupo de jóvenes que lo rodeaban:

―Si ellos están contentos, yo estoy contento.

Un partidario de la lista 1 le había puesto una de las remeras blancas de campaña a uno de los perros del Pabellón; el animal, de aspecto nervioso, había sido ubicado sobre la mesa de pool y ahora lloriqueaba y caminaba de una punta a la otra hasta que uno de los hombres lo tomó entre sus brazos. Las piernas delgadas del animal dejaron de temblar cuando se relajaron contra el pecho del interno. Los partidarios de Barrios empezaron a corear el nombre de su candidato -”¡Ba-rrios! ¡Ba-rrios!”- y él los reconoció levantando tentativamente una mano. Se sentía menos como un grito de manifestación que como un intento de levantarle el ánimo a Barrios y en cualquier caso no duró mucho. Desde el otro lado del Pabellón llegó la respuesta -”¡Pe-pe! ¡Pe-pe!”- y momentos después los cánticos cayeron en un ritmo idéntico, cancelándose mutuamente.

***

Esa tarde me senté en el patio con algunos hombres, incluyendo un peruano que se presentó como Julio. Había emigrado años atrás a Europa, donde él y algunos compañeros encontraron trabajo robando buses de turistas japoneses que iban del aeropuerto a las ciudades. Fue impreciso cuándo le pregunté en qué lugar de Europa, pero sí me dijo que era un trabajo fácil y bastante lucrativo, y que nunca mató a nadie ni fue atrapado. Una vez se metió en problemas portando un pasaporte brasileño falso y cuando se compararon sus huellas digitales, lo relacionaron con un delito de drogas cometido quince años atrás en Perú. Y, de pronto, estaba de vuelta en casa. Julio se reía cuando relataba este giro de los acontecimientos, asombrado, de la misma manera que un atleta experimentado hablaría de un principiante que lo había derrotado de manera inesperada pero contundente.

Julio había sido sentenciado sólo a veinte meses en Lurigancho. Un artículo del código penal peruano llamado «criterio de conciencia» permite a los jueces sentenciar al acusado sin evidencia, de acuerdo a su «sensación» de culpabilidad. Fue esta dudosa pero común herramienta legal la que hundió a Julio. Después de todo lo que había hecho, después de tanto zafar, aquí estaba, encerrado, por la intuición de un juez. Tenía una sonrisa tan cándida que resultaba difícil imaginarlo con un arma en la mano, asustando de muerte a un bus lleno de turistas japoneses. Pero el juez había visto ese germen de violencia, y si no vio eso exactamente, vio algo.

―Me miró a los ojos y me dijo “eres culpable”- me contó Julio. Había admiración en su voz, se sentía orgulloso de que hubiera hecho falta un juez peruano para atraparlo- ¡Pero no había evidencia! ¿Cómo adivinó? ¿Tienen entrenamiento especial?.

La energía del balconazo se había disipado. El tiempo de gritar había pasado y en esta noche clara algunos hombres jugaban a las cartas, otros a los dados y otros caminaban por el patio, una ociosa caminata nocturna en un espacio confinado y atestado. La televisión de 42 pulgadas del pabellón, comprada para el Mundial 2010 por los delegados salientes, había sido sacada afuera y atronaba con una comedia norteamericana doblada ante una docena de rufos narcotizados.

De acuerdo a las reglas diseñadas por el comité electoral, la campaña finalizaba la medianoche del día de la votación. Unos diez minutos antes de la medianoche, un rufo se paró junto a nuestra mesa con un nuevo panfleto de Barrios y Avi. En el tope, en letras grandes, se leía la frase DEUDA CERO y al final, el número 1 con una X tachándolo. Mientras sostenía el documento entre mis manos, me di cuenta del movimiento a mi alrededor: se estaban pegando nuevos posters en las paredes del patio, todos con el enigmático nuevo slogan. La Lista 1 prometía cancelar las deudas de todos. Aún más, el desordenado panfleto argumentaba:

“Barrios puede ofrecer esto porque tiene el apoyo de gente con dinero, inversionistas con experiencia en la delegación y no chicos nuevos que quieren una primera oportunidad para hacer experimentos. La otra lista no respetará a compañeros que gozan de la exención y que llevan presos más de siete años, ni a los viejos. Todos pagarán y obligarán a pagar las deudas pendientes”.

La última sección, subrayada para enfatizar, decía: “Barrios no tiene que hablar mucho para trabajar y hacer mejoras en el pabellón. Menos palabras. ¡No hay otro! Vote Lista 1”.

Leí el panfleto de vuelta, más que un poco impresionado. Julio lo consideró brillante. Su risa resonó en el patio. Pregunté si podía conservar el panfleto para mi archivo. Le dio una última mirada apreciativa y me lo dio. Ya me había contado su plan: lo liberarían el siguiente año, se iría a Europa y no volvería jamás. El voto de mañana sería el último en su tierra natal.

Grupos de hombres se habían reunido en el patio para leer la provocativa nueva oferta de Barrios. Incluso con las luces bajas, se los podía ver asentir.

***

La votación se hizo en el gimnasio del pabellón, un area del patio aislada por una cadena a modo de valla. Era otro día cálido y luminoso y ambas campañas habían ubicado largas mesas justo fuera del área de votación para que ellos y sus partidarios pudieran observar los acontecimientos desde lejos. Barrios, Avi y su gente se sentaban en las mesas blancas, Pepe y Richard en las rojas, pero las dos filas estaban tan cerca y la atmósfera era tan de convivencia que uno sentía que los bandos opositores eran ramas levemente competitivas de una misma familia. El perro de la noche anterior apareció usando, ahora, una remera sucia de la Lista 1 y los partidarios de Pepe fingieron enojo. “«¡La campaña se acabó!”, gritó alguien , mientras otro hombre escribía el número 2 en un papel y lo pegaba al lomo del perro con cinta adhesiva. Todos se rieron, salvo el perro.

A las diez de la mañana, cuando la votación comenzó oficialmente, había una cola de más de treinta hombres. Los llamaban de a uno para que entraran al gimnasio donde, rodeados por posters de Arnold Schwarzenegger y Jean- Claude Van Damme, fondo musical de Queen y Peter, Paul and Mary y bajo la atenta, terriblemente seria supervisión de tres hombres del comité electoral y representantes de cada campaña, los internos del Pabellón Siete emitían su voto. Cada hombre recibía una lapicera y una boleta impresa en papel amarillo. En el rincón del cuarto una sábana anaranjada colgaba de las barras de un aparato de pesas, a modo de cortina. Cuando se corría, el votante desaparecía y emergía un momento después, ya terminado su deber civil. La boleta doblada iba a una caja de zapatos de cartòn y el votante registraba las huellas digitales de su pulgar antes de irse. Los miembros del comité tachaban su nombre y llamaban al siguiente.

Hay algo especial acerca de las elecciones, una innegable sensación de optimismo en la cola de ciudadanos que esperan pacientemente para tomar una decisión. Cada voto emitido en el Pabellón 7 representa un puñetazo que no será dado, una bala que no volará.

En el pabellón los rufos dormían, los solitarios preferían el silencio y los extranjeros se buscaban para poder conversar en sus lenguas nativas. El almuerzo fue anunciado por una alarma y los hombres hicieron fila para chequear sus tickets antes de recibir la comida. La pesada lona de plástico se inflaba en la brisa de verano. Los techeros mantenían la guardia atentos a los enemigos, con un ojo esperanzado puesto en los polvorientos barrios que se veían a la distancia. Estos hombres, ciudadanos de una docena de países, que hablaban diez o doce lenguas, han diseñado, sin ayuda o guía desde afuera, una forma pacífica de autogobierno que han sostenido por más de dos décadas -incidentalmente, más tiempo que las elecciones democráticas del Perú. Les pregunté a docenas de presos sobre los orígenes del sistema del Pabellón 7 pero ninguno los recordaba. Mientras el resto de la prisión resuelve sus problemas por la fuerza, en el Pabellón 7 forman fila y emiten votos. Mulas, traficantes, intermediarios y los inocentes -un hombre, un voto.

***

El último voto se emitió a las cuatro de la tarde y después empezó el recuento. El jefe del comité ubicaba los papeles amarillos en pilas. Era una situación tensa. Las elecciones en el Pabellón 7 típicamente se deciden por una diferencia de menos de una docena de votos.

Si me preguntaban a mí, yo hubiera predecido que ganaban Avi y Barrios. Sentía con seguridad que la oferta de borrar las deudas personales haría una diferencia crucial. Pero estaba equivocado. El electorado demostró mucha madurez –por cierto, más de la que se ve en las calles. La pila de votos para Richard y Pepe creció. Aún más: fue aplastante. Cuando terminó, el margen fue de más de sesenta votos, un nuevo record.

Alvaro, el representante de campaña de la lista 1, estaba hosco y serio. Cuando finalizó el primer recuento, cada representante recibió la pila del otro, para que pudieran verificar los votos uno a uno. Siempre hay un puñado de votantes primerizos que escriben fuera de las líneas, firman con su nombre o apuntan slogans de campaña en la parte de atrás. De acuerdo a las reglas, esos votos se impugnan.

Alvaro revisó la pila de la lista 2, aparentemente resignado a la derrota, hasta que de repente dejó de contar. Encontró un voto ilegible. “Esto está arreglado”, anunció. “Has contado mal. No puedo participar de esta farsa”.

Hubo silencio por un largo momento y entonces Carlos, jefe del comité, trató de razonar con él. Descarta todos los votos que quieras, le dijo. El objetivo de que los cuentes es que puedas corregir nuestros errores. Pero Alvaro no cedía. Quería que toda la elección se anulara por un sólo voto.

Nadie sabía qué hacer. Durante veinte minutos hubo un parate. Afuera, los votantes empezaron a expresar su impaciencia. Silbaban y gritaban por resultados y el sonido se elevaba y caía en oleadas. Carlos estaba frenético y la tensión era muy alta. ¿Y si Alvaro se levantaba y se iba? ¿Y si se negaba a firmar? Incluso aquí, entre los civilizados y pacíficos hombres del Pabellón 7, ¿podíamos estar seguros de que nada sucedería? ¿Habría un golpe? ¿Un gobierno interino? ¿Este experimento democrático finalmente fracasaría?

Tras un impasse de casi media hora, Carlos estaba preparado para anunciar el ganador, con o sin el consentimiento de la Lista 1. Apuntó un largo y acusador dedo en dirección a Alvaro: “Si hay problemas, te consideraré el responsable”.

Este último comentario pareció conmover la resolución de Alvaro. Vaciló, sacudió la cabeza y después, como si estuviera haciendo un favor, empezó a contar la pila de votos que todavía estaban frente a él. Tiró tantos como pudo. El comité electoral lo observaba fijamente.

Todo lo demás sucedió muy rápido. Se preparó la proclama oficial y todos firmaron. Momentos más tarde, el comité estaba en el patio. Carlos se subió a una mesa y anunció el triunfo de la Lista 2. Un grito alegre salió de la multitud. El patio estaba repleto y el clima era celebratorio. Los miembros del comité se habían puesto de acuerdo en no mencionar el mal momento del recuento pero el rumor ya estaba suelto. Alvaro estaba parado tímidamente al lado de Avi y Barrios, mientras Pepe se trepaba a la mesa para agradecer a sus partidarios. El Pabellón 7 rugió.

“¡No los voy a defraudar!”, gritó Pepe.

En ese momento, los techeros del Pabellón vecino cortaron las cuerdas que mantenían en lo alto esa parte de la lona. No nos dimos cuenta al principio, sólo sentimos una sombra. Levanté la mirada para ver a los techeros sonriéndole al patio. Quizá era su manera de burlarse de sus vecinos democráticos. La lona cayó lenta y elegantemente, como un globo desinflado. El patio empezó a despejarse. La elección había terminado.

***

Fui al Pabellón 7 al día siguiente y me encontré en la entrada con un nuevo equipo de guardias. La transición había comenzado: los jefes de disciplina salientes entregaron las llaves momentos después de anunciados los resultados. Pepe y sus hombres estaban en la oficina de la delegación, repasando los libros. Había cerca de 1300 soles de cuotas sin pagar –las deudas que el panfleto de campaña de Barrios había prometido condonar– además de pilas de facturas por comida y materiales de construcción. La reapertura del baño del segundo piso había sido una de las promesas de Pepe, pero una gotera fue descubierta en el cielorraso. No había contado con este gasto extra y ya estaba sintiendo resistencia a su plan de austeridad. “Vamos a tener que hablar con la gente”, dijo Pepe. “No sé cómo vamos a convencerlos”. El nuevo líder del Pabellón 7 parecía cansado. Dormía poco. Algunos hombres se habían emborrachado la noche anterior y Pepe había tomado su primera decisión disciplinaria a las 5 de la mañana, cuando expulsó a los infractores del pabellón durante veinticuatro horas. Lo esperaba un año de este tipo de estupideces.

Eventualmente salí al patio, donde las sillas y las mesas habían sido bajadas del techo en preparación para el día de visita. Una banda tocaba para los internos y sus invitados mientras las familias reunidas por un breve lapso disfrutaban una comida, una risa, un baile. Parecía menos una prisión que un club social en una tarde de verano. Los restoranes del pabellón estaban muy activos, con los rufos haciendo de mozos, corriendo entre las mesas. Un titiritero actuó para los chicos, su creación de miembros fláccidos balancéandose al son de la música. Unos pocos chicos se habían inclinado por el patio de juegos que, con una hamaca y un tobogán, se había armado al lado del escenario donde tocaba la banda, en un cuadrado de sol. Un chico se destacaba de los demás, jugando con un trompo, lanzándolo hacia el piso de cemento del patio, después, agachado, envolviéndolo en la palma de su mano cuando giraba. Cada vez que lograba esta hazaña, corría a mostrársela a sus padres, que estaban sentados juntos, sin hablar, mirando jugar al chico, con las manos perezosamente entrelazadas.

Vi a Avi sentado a la mesa con dos mujeres jóvenes y un amigo llamado Tito, que también había estado en la lista perdedora. Avi me llamó. No habíamos hablado desde el anuncio de los resultados y cuando vio que me acercaba, levantó un puño en el aire. Sonreía ampliamente.

―¡Gané!- gritó.

Avi insistió en que los acompañara a almorzar. En cuanto al resultado de la elección, explicó, no estaba molesto en absoluto. Después de todo, los problemas del pabellón no eran suyos. La deuda no iba a ser perdonada, al menos no por él, pero le veía el lado bueno:

―Ahora puedo ahorrar el dinero que tenía pensado gastar.

Esto era motivo suficiente de celebración.

Tito, de no más de treinta años, se había candidateado como delegado de deportes de la Lista 1. Era una posición que había ocupado antes: sus responsabilidades hubieran incluido organizar los torneos de fútbol del pabellón y abrir y cerrar el gimnasio. Como a Avi, no le importaba haber perdido. Su hermano se había candidateado para la misma posición en la lista de Pepe y Richard.

―¿Competiste contra tu hermano?- le pregunté, pero a Tito no le parecía para nada extraño. Era sólo una elección y, de todos modos, toda su familia estaba en prisión. Su padre vivía en el Pabellón 7 y su hermana estaba en el penal para mujeres de Lima, en el otro lado de la ciudad.

La banda -un timbalero, un tecladista y un cantante- repasaba un repertorio maníaco de salsa local y hits de cumbia. Un español vagaba entre las mesas, haciendo trucos de cartas para las familias visitantes, en busca de una propina. Todavía era joven y atractivo, aunque un poco lento, pero consumía drogas y a menos que pudiera controlar su hábito, le esperaban horrores. La mayoría de las mesas lo echaban, y cada vez el español agachaba la cabeza y se iba sin protestar.

Un rufo trajo mi almuerzo a la mesa, un plato de pescado y arroz. Avi le agradeció, le puso una moneda en la mano, y el hombre desapareció.

La banda saludó a Tito y sus invitados -después de todo, estaban usando sus instrumentos de percusión- y él les respondió con un aplauso desganado. Un momento más tarde, el titiritero llegó a nuestra mesa. Balanceó su títere un poco, pero lo que realmente quería, me di cuenta, era mi almuerzo a medio comer. Yo no estaba muy hambriento, así que se lo ofrecí. El hombre se puso el títere bajo un brazo y agarró el plato con la otra mano. Nos agradeció profusamente y después encontró un lugar donde sentarse a unos metros: de cuclillas, la espalda contra la pared. Se comió las sobras muy rápido, con las manos.

La banda tocó “Como si nada”, un hit local sobre corazones rotos, y las chicas de la mesa cantaron a coro, siguiendo el ritmo con los pies, con la esperanza de que Tito o Avi las invitaran a bailar. Pero ninguno de ellos lo hizo. Tito le había echado el ojo al titiritero hambriento. Me dijo que encontraba muy perturbadora la pobreza y desigualdad del Pabellón. Un día, continuó, afuera en las calles de Lima, un ex convicto del Pabellón 7 se había cruzado con un rufo, años después de la liberación de ambos. Tito frunció el ceño. Era una historia que tipos como él, los ricos del Pabellón 7, contaban con horror: el rufo recordaba toda la humillación y el maltrato que había sufrido adentro, día tras día, días como este, mendigando comida y cosas peores. El rufo asesinó al ex convicto ahí mismo.

―Es terrible -dijo Tito, poniendo de cabeza el viejo clisé de la prisión- Afuera somos todos iguales.

Del otro lado de la mesa, Avi me llamó.

―Perdón, Daniel –dijo- Necesito pedirte un pequeño favor.
―Claro- respondí.
―Tengo que enviar dos libros a Israel -su rostro estaba muy serio- Un paquete pequeño. ¿Podrías hacerlo por mi?.

El convicto traficante de drogas israelí me observó, mantenía su expresión adusta. La banda tocaba, fuerte y chillona y yo no sabía qué decir. Empecé a tartamudear una excusa, pero Avi me paró y rompió en una sonrisa.

―Está bien –dije- muy gracioso.

La mesa ciertamente pensaba que era muy gracioso. Tito y las chicas se rieron, también. Arriba, en la oficina de la delegación, Pepe y sus hombres trabajaban para salvar al Pabellón del colapso económico. Afuera, la fiesta seguía.

―Te voy a decir algo -dijo Avi- No hay lugar como el Pabellón 7. Esto es el Paraíso.

En el vestuario se pasean una decena de hombres musculosos. Se miran. Hablan con sus entrenadores y se mueven inquietos. Están nerviosos. Entrenaron todo el año 2000, hicieron dieta durante meses, tomaron suplementos, licuados y pastillas esperando este día. El de la competencia. Siempre es así. Todos, en este momento, se miran y se comparan. Todos, en este momento, se ven más chicos que su adversario.

Luis Gigena es el único que está sentado en una esquina. Espera, callado, su turno para subir al escenario. Es el único que no parece nervioso. El único que no puede ver a sus rivales. Es el fisicoculturista ciego.

–¿Cómo están los demás? –le pregunta a su entrenador.
–Están bien pero vos estás mejor. Quedate tranquilo –le dice Alberto Rivera.

Y él se queda en silencio de nuevo.

Los culturistas lo miran pero solo algunos se acercan a saludarlo, le dan la mano, y enseguida se van.

–La tranquilidad de él los asusta –dirá Rivera años después- Lo ven y se ponen nerviosos. Y eso a él no le pasa porque no los puede ver.

Gigena llegó hace varias horas, acompañado por Laura Sosa, su esposa, y su entrenador. Solo entonces, al momento de inscribirse y hacer el pesaje reglamentario, se enteró de que tendría un solo rival. En su categoría, los que superan los 100 kilos, siempre son pocos. Pero hoy son solo ellos dos.

En el baño, Gigena empieza a desvestirse. Se saca –despacio- las zapatillas, la remera y el pantalón para empezar a pintarse con una crema tonalizadora. Es un ritual que todos cumplen antes de subir a competir. Algunos culturistas, como Gigena, lo hacen el mismo día. Otros, aquellos a los que les cuesta broncearse, empezaron hace una semana.

Rivera lo ayuda pasarse la crema en la espalda. Y luego, cuando terminan, saca dos pesas y bandas de un bolso. Gigena empieza a precalentar. Hace ejercicios con los brazos y hombros.

–Es para que el musculo se congestione y se hinche –dice– Pero antes de subir no ejercitas las piernas ni los abdominales, porque se llenan de agua.

Si eso pasa, o si están nerviosos a la hora de competir, es improbable que ganen. Y acá quedar segundo no sirve de nada. Acá todos quieren ganar.

–Yo subo tranquilo. Lo que hice, lo hice al tope y arriba se ven los pingos. Bah, ellos me ven a mí. Yo no los veo –dice y suelta una carcajada.

Esta tarde sube al escenario de Flores, acompañado por un asistente que lo ubica en el centro, frente a los jueces, y se aleja. Entonces empieza su coreografía. Durante el minuto reglamentario muestra los músculos del pecho y los brazos. Gira sobre su eje y enseña la espalda. Se mueve hacia un lado y hacia el otro, mostrando sus piernas con una decena de poses.

Así, sin intimidarse, se convertirá en el Campeón Argentino de Culturismo por la WABBA. El primero de los ocho campeonatos que conseguirá. Así también se convertirá en el primer campeón ciego del Mister Universo y será el primer argentino en ganar la medalla de oro en el torneo Arnold Classic, las dos competencias de culturismo más importantes del mundo.

Diarios de una bicicleta

Una tarde de verano de 1984 Luis Gigena pedaleaba detrás de Carlos Torres –un amigo de su madre- rumbo al arroyo Correa, en las afueras de la ciudad de La Plata. Tenía 13 años y probaba la bicicleta que había armado él mismo. Había pintado un viejo cuadro inglés de su abuelo. Durante tres años ahorró el dinero que le regalaban su abuela y su madre. Así, compró pieza por pieza.

Oscurecía y Gigena avanzaba rápido detrás del otro ciclista. Las bicicletas estaban unidas por una soga que se mantenía floja y a su lado pasaban cientos de autos, que parecían a punto de rozarlos.

En un momento, antes de llegar al arroyo, Torres le sugirió volver.

–Se está haciendo de noche y estamos lejos –gritó desde adelante, aflojando el ritmo.
–Por mí sigamos –le contestó Gigena- Si cuando salimos para mí también era casi de noche.

Habían salido de su casa temprano, cuando el sol todavía estaba alto y quemaba en la espalda. Gigena se estaba quedando ciego. Y lo sabía. Pero entonces, mientras pedaleaba, el viento le golpeaba la cara y se sentía libre. Poderoso.

Y eso no le sucedía muy a menudo.

Creció jugando con sus hermanos Analía y Adrian. Ellos y sus primos eran los únicos que jugaban con él. Los que no se reían si intentaba patear la pelota y le erraba. Los únicos que no se burlaban.

Cuando Luis Gigena nació los médicos se dieron cuenta de que algo no estaba bien en su vista, pero confiaron que con el tiempo se corregiría. Gigena empezó a caminar y se chocaba contra las cosas. Los médicos entonces pensaron que tenía estrabismo, una desviación en el alineamiento de los ojos que dificulta la coordinación. Dijeron, de nuevo, que había que esperar que terminara de desarrollarse para operarlo. Pero el tiempo pasó y él seguía llevándose las cosas por delante, buscaba sus juguetes y no podía encontrarlos, aunque estuvieran al alcance de su mano, y otras veces, mientras caminaba, se desviaba hacia un lado. Así, años tras año, fue perdiendo progresivamente la vista. Entre 1971 y 1977 lo sometieron a numerosos estudios en hospitales de La Plata y la Ciudad de Buenos Aires pero nadie parecía dar con el diagnóstico correcto. Hasta que un médico sospechó que el problema no estaba en sus ojos y ordenó una serie de análisis de sangre que, hasta entonces, no le habían hecho. Así, descubrieron que tenía toxoplasmosis congénita.

–Pero ya era tarde. La enfermedad estaba tan avanzada que me estaba quedando ciego y no había vuelta atrás –recuerda Gigena treinta y cuatro años después.

Sus padres, Stella Grecco y Carlos Gigena, se habían separado antes de que él naciera. Fue el niño mimado de su abuela Ester. Era su primer nieto, su bebé. Vivían en su casa, una vivienda humilde, construida con chapa y forrada en cartón. Y ella era quien lo cuidaba cuando su mamá se iba a trabajar. Tiempo después nació su hermana. Cuando Luis Gigena estaba por cumplir 5 años Stella Grecco conoció a su tercer hombre. Se casó y poco después nació Adrian. Ellos –sus hermanos- y sus primos fueron sus amigos de la infancia.

–Mi padrastro se hizo el bueno mientras mi abuela vivió porque ella me protegía. Pero no me quería y cuando mi abuela murió la empezó a volver loca a mi mamá porque no me soportaba –cuenta ahora Gigena.

Aquella tarde de marzo, mientras probaba su bicicleta, intentaba no pensar. Su abuela había muerto dos años antes y las cosas, en su casa, ya no iban bien. Pero entonces, mientras pedaleaba, sintió el viento tibio en la cara y, después de mucho tiempo, estaba feliz.

Aún no sabía que no habría más paseos como ese. Luego, en un exceso de confianza, intentó salir solo, pero antes de avanzar media cuadra un auto lo embistió. Esa carrera, la primera después de tres años de trabajo, fue –también- la última. Semanas después estaba completamente ciego y la bicicleta quedó olvidada, hasta hoy, en un viejo galpón.

¿Cómo ser un metrosexual aunque no puedas verte en el espejo?

Es una mañana fría de junio y Luis Gigena precalienta, antes de empezar su rutina de ejercicios en el Gimnasio Mab, de Villa Elisa. Se mueve confiado entre los aparatos, siguiendo un recorrido que ya parece conocer de memoria. A su lado está Sergio Schenone, uno de los instructores. Le prepara las barras y lo mira, mientras Gigena repite los ejercicios. Su trabajo se limita a eso. El fisicoculturista no parece necesitar más ayuda.

Hoy, Gigena se levantó a las cuatro de la mañana, se preparó un licuado proteico y tomo sus aminoácidos: creatina y glutamina. Limpió la licuadora y se volvió a acostar. Cuatro horas después volvió a desayunar con su esposa café con tostadas integrales y vino a entrenar. Cuando termine tomará otro batido, los aminoácidos y otro suplemento químico, almorzará pescado con arroz y, luego, volverá a los licuados, las tostadas integrales, el licuado, los aminoácidos, la carne magra, el licuado, los aminoácidos. Así durante todo el día. Así durante todos los días.

Ahora, en el gimnasio, levanta una barra en un banco inclinado. Y entre repetición y repetición cuenta su historia.

–¿Por qué empezaste a venir al gimnasio?
–Era muy flaquito y cuando tenía 17 años mis amigos habían empezado el gimnasio. Entonces yo también quería ponerme una remera ajustada y tener algo de músculos para conquistar a las chicas –dice y suelta una carcajada.

Hace una repetición y sigue:

–Después con el tiempo me motive solo porque me di cuenta que este era un deporte en el que todo dependía de mí. En el colegio de ciegos ya había hecho atletismo y tiro, pero no quería competir con personas que tenían una discapacidad como yo. Quería hacer otra cosa, demostrar que podía hacer algo de igual a igual con cualquier persona.

Su vida, sin embargo, no es la de cualquier atleta que se aferró al deporte para superar una discapacidad.

Luis Gigena se broncea en una cama solar tres veces por semana, se compra ropa en tiendas de marcas prestigiosas, usa cremas, ordena su ropero por colores, su mujer ya no sabe donde guardar las zapatillas y tiene tantos perfumes como para usar uno diferente cada día del mes. Un amigo, un gran amigo, le facilita el dinero para los viajes y las estadías para competir. Otro amigo, que vende productos para fanáticos del gimansio, le regala los suplementos vitamínicos.

–Cada vez que paso por el freeshop me traigo tres o cuatro –cuenta entre risas- Me gusta elegirme mis cosas solo. Lo mismo con la ropa. Antes de ir a comprar ya tengo en la cabeza lo que quiero, cómo quiero que sea y qué color.
–Es más coqueto que yo –dirá más tarde Laura Sosa- Aparte no va a usar cualquier cosa. Le gusta la ropa de marca y sabe qué colores le quedan bien.

Días después, su hermano Adrian contará algo más.

–Siempre le preocupó la imagen. Fue así toda la vida. Siempre tiene el pelo corto y la camisa planchada. Nunca está desalineado. Es un obsesivo con eso desde que era chico.

¿Cómo caminar por el mundo con los ojos cerrados?

Luis Gigena camina sobre la pasarela con su bastón blanco. Es una noche de junio de 1998 y el diseñador Roberto Piazza presenta su colección La vida y la muerte, con un desfile en el hotel Panamericano.

El fisicoculturista es el encargado de cerrar el show de moda. Tiene un slip blanco y unas alas de gasa que le tapan la espalda y caen, suaves, a cada lado de su cuerpo. Es el ángel que cierra el ciclo de génesis y reencarnación que preparó el modisto.

Camina junto a una novia, que sostiene a un bebé pequeño. Gigena sigue hasta el borde del escenario y vuelve sobre sus pasos, tal como antes lo hicieron los demás modelos. Ya trabajó como modelo publicitario pero este es su primer desfile. Sin embargo, tiene la misma tranquilidad con la que se mueve por su casa. La misma gracia con la que camina por las calles de La Plata, adivinando dónde está la calle que busca, o un café, o en qué esquinas están los semáforos. Como si tuviera un pequeño mapa mental, un registro del territorio, que le da independencia. Algo que aprendió hace mucho tiempo.

A los 13 años, cuando perdió definitivamente la vista, siguió con sus estudios secundarios y, por la tarde, mientras sus amigos miraban televisión, él iba al colegio de ciegos. Allí, en menos de dos meses le enseñaron a escribir en braille y, sobre todo, a desplazarse.

Una de las primeras cosas que aprendió fue a viajar en ómnibus hasta la escuela. Y lo aprendió solo. No necesitó que un perro lazarillo lo guié.

–Era algo impresionante porque sabía dónde se tenía que bajar, sin preguntarle al chofer. Ni los profesores entendían cómo se manejaba el tipo –recordará su hermano Adrian.

En su casa, en cambio, la relación con su padrastro era cada vez más áspera.

–El marido de mi vieja me maltrataba –dice Gigena- Por ahí me mandaba a buscar una tenaza y si yo no la encontraba iba a buscarla él y cuando volvía me decía «Acá está» y me pegaba con la herramienta por la cabeza. Y yo no veía. Era algo incomprensible.

Un día, después de una discusión, su madre le pidió que se fuera de la casa. Tenía 16 años. Fue a casa de unos amigos y, luego, viajó a la Ciudad de Buenos Aires. Allí, después de estar unos días en la calle, rompió un vidrio y lo llevaron preso. No tenía su documento y los policías no creían que fuera menor de edad. Lo tuvieron encerrado en el calabozo tres días: hasta que fue a buscarlo Stella Grecco. Entonces volvió a su casa. Las discusiones seguían y, cuando consiguió trabajo, su madre le volvió a pedir que se fuera. Entonces, fue a la casa de un amigo, luego a una parroquia, a la casa de otro amigo y de otro. Hasta que conoció a su primera esposa, una mujer que vivía cerca de la casa de uno de sus compañeros de trabajo.

–A los 21 años me case pero duramos poco –dice Gigena sonriendo -Tres años después ya estábamos divorciados.

Pero antes, Gigena había hecho algo: dejó de ser un hombre que iba al gimnasio en sus tiempos libres y empezó a entrenar para competir en los torneos locales. Todas las tardes, después de salir del trabajo, viajaba en tren hasta un gimnasio de Berazategui, una ciudad del conurbano bonaerense a unos 34 kilómetros de La Plata, y regresaba a su casa cerca de la medianoche.

En uno de esos viajes, cuando la relación con su primera esposa ya estaba deteriorada, conoció a Laura Sosa. Viajaba con tres amigas a la casa de su padre, en Villa Elisa. Días atrás, Gigena se había presentado en el programa de televisión de Susana Giménez y las chicas lo reconocieron. Se acercaron a saludarlo y siguieron hablando durante el viaje. Antes de bajar le contaron que era el cumpleaños de Laura y lo invitaron a su fiesta en la noche. Horas después, cuando volvía de entrenar, fue al cumpleaños. Esa noche, su mujer aún lo esperó hasta la madrugada. Sin embargo, tiempo después el fisicoculturista se casó con aquella chica que conoció en el tren.

Durante siete años siguió viajando solo hasta el mismo gimnasio de Berazategui. Entrenaba día, tras día.

Maciste, el personaje de Roberto Bolaño en Una novelita lumpen, fue un culturista que recorrió el mundo, se consagró campeón y, cuando quedo ciego, se encerró en su casa. Gigena, en cambio, se quedó ciego y salió al mundo.

–No entiendo cómo hace. El tipo tocó fondo y salió disparado –dice su amigo Carlos Metzler- Es impresionante lo que hizo con el deporte y cómo se maneja. En La Plata sabe donde está cada cosa, como si las estuviera viendo, y cuando tiene que ir al exterior el tipo se manda. No se queda pensando. Toma la decisión y le da para adelante.

Así viajó a Sudáfrica en el 2007. Solo y sin hablar inglés.

–Mi ex entrenador, Ramón Puig, iba a ir conmigo pero cinco días antes se echó para atrás. Yo ya tenía el pasaje y el hotel pago así que fui igual.

Gigena llegó a Johannesburgo tres días antes que los demás atletas. Quería estar tranquilo al momento de competir. Para eso, Laura Sosa le había reservado una habitación en un hospedaje y cubrió de antemano todos los gastos, incluso la comida. Cuando el fisicoculturista se encontró con el representante de la federación sudafricana en el aeropuerto le dio el itinerario que había preparado su esposa. Allí explicaba que estaría los primeros días en un hospedaje y luego se trasladaría con el resto de la reserva. Sin embargo, aquella misma noche lo llevaron directamente al hotel donde se quedarían todos los culturistas.

–No me di cuenta del error de hotel porque nadie me dijo nada–recuerda años después.
–Yo estaba desesperada porque lo llamaba al hotel donde había hecho la reserva y me decían que no estaba –cuenta Laura Sosa- Y encima él no se comunicaba.

El día que llegaron los demás atletas se dieron cuenta de que los pagos de Gigena no cubrían los días anteriores, ni la comida que había consumido hasta entonces. Él ya había gastado 600 dólares en pescado, ensaladas y desayunos, y no tenía dinero para cubrir esa deuda. Entonces los directivos del hotel tuvieron una idea: Habían visto que durante esos días la gente se acercaba a Gigena para saludarlo y sacarse fotos con él y le propusieron ser su sponsor en el campeonato. Así saldó la deuda que había generado durante esos días.

–El siempre dice que es un perro de la calle y que los perros de la calle se la rebuscan –recuerda su amigo Metzler.

Aprenda a posar usando las manos

Luis Gigena puede recordar episodios completos del Increíble Hulk. Cuando era chico –y aún podía ver algo con ayuda de unos anteojos– no había forma de sacarlo del televisor cada vez que trasmitían la serie del hombre verde.

Diez años después, cuando empezó a ir al gimnasio para conquistar chicas, todavía fantaseaba con los músculos de aquel superhéroe. Era la primera vez que iba un gimnasio y sin embargo pronto empezaría a entrenar como culturista.

Alberto Rivera, el entrenador que lo acompañó en su tercer campeonato argentino, el primero en que se consagró campeón, fue también quien le enseñó a posar:

–Era algo muy difícil porque las poses se enseñan frente al espejo, mirando y replicando. Y con él no podíamos hacer eso. Entonces me paraba delante de él, hacia las poses y él me tocaba para registrarlas y después las hacía.

Así practicaban todos los días. Un movimiento tras otro.

–Tiene una memoria increíble. Yo puse mi granito de arena pero el logro es de él, porque hay que acordarse los 30 o 40 movimientos que hay que hacer arriba del escenario sin ver nada –dice.

Es una mañana de julio de 2012 y Luis Gigena se mueve entre las máquinas del gimnasio con la misma habilidad que tenía cuando iba a la cancha de Estudiantes o al estadio Obras, para ver algún concierto de rock.

En el verano lo operaron de una hernia en el ombligo pero ya está entrenando para competir el próximo año en los torneos sudamericanos.

–¿Qué significó para vos ser el primer fisicoculturista ciego en ganar el Míster Universo?
–Fue un logró increíble. Por suerte fui el primer fisicoculturista ciego –dice mientras ejercita el pecho.
–¿Por suerte?
–Sí, porque atrás mío me entere que también hay un chico que compitió en Inglaterra, hay otro que está empezando acá, en Argentina, y de a poquito van apareciendo más. Siempre hay una persona que empieza y espero que detrás de mí, cuando me retire el año que viene, haya muchos más.
–¿Te retirás?
–Sí, estoy muy cansado. No del deporte sino todo lo que hay detrás. Es muy costoso, y si vas a pedir apoyo, te tratan como un mendigo y te cierran la puerta en la cara, y sos un deportista. Yo ya soy grande, tengo 40 años, y la verdad que me cansé.

Después de una hora y media de entrenamiento Gigena aún repite ejercicios en el trapecio. Y por la tarde volverá, para su segunda rutina diaria.

–¿Y del entrenamiento, cuál es la parte más tediosa?
–La dieta. Levantar peso me gusta. Hablo con los chicos, me divierto. Pero la dieta de los últimos meses antes de competir es terrible. Es más, una vez me acuerdo que volví del gimnasio y mi señora estaba comiendo unos sándwich de salame y queso y se lo tire por la ventana del departamento…Después me arrepentí pero ya me la había mandado.
–¿Cómo te examinas el cuerpo para ver donde hay que trabajar?
–Antes preguntaba pero ahora ya no. Con el tiempo aprendí a examinarme con las manos y me doy cuenta solo donde tengo el corte del musculo o cuando me falta para que se profundice.

Minutos después Gigena termina la quinta serie y busca su mochila. Camina entre las máquinas, rumbo a la calle. Esta mañana no lleva el bastón desplegable que tenía en el desfile. Y en sus pasos no se nota la diferencia.

Más de dos mil mujeres faenan, mariscando, en la ría de Vigo. El fruto es, sobre todo, el croque o berberecho y la almeja con todos sus sabrosos travestismos: fina, babosa, japonesa, rubia, bicuda. Y también navaja, carneiro, reló, zamburiñas, ostras, ostión… Tribus de moluscos que se ocultan o mimetizan en los fondos cuando el mar se repliega. Y entonces llegan ellas para arañar o cavar en el lecho, con sus pequeños rastrillos o con azadas. Calladas, encorvadas hacia la arena, moviendo enérgicamente los brazos a contrarreloj, la mirada concentrada como si cada bivalvo fuera un pequeño grano de oro.

La luna es la diosa. Cuando la luna se llena con cara feliz de madre clueca, como un melocotón en almíbar, se abren como nunca las carnes de la ría, mareas bajísimas, y el arenal se ofrece como una bandeja promisoria para las madres del mar. Las mareas milagrosas son en tiempo de plenilunios de Pascua (Ramos y Ceniza), y también son buenas las de San Martiño, que era amigo de los astros. Hay un libro de ancestros ahí arriba, en la bóveda de la ría, en el que las madres leen con la exactitud de una tabla de mareas.

Hay días, como hoy, en que la diosa luna anda huida. Al amanecer, por la boca de la ría, cabalgando sobre las islas Cíes, han entrado jinetes oscuros, nubarrones tremendos, que ponen el mar del revés e inyectan hasta el tuétano de los huesos una humedad antigua, de líquenes y reuma. Ellas han bajado igual.

Las de Moaña son seiscientas. Las madres del mar mejor organizadas. Faenan todo el año porque han puesto fin al imperio de los intermediarios, se han marcado cuotas, evitan la esquilmación y siembran y cultivan el mar como un labradío de común. Vienen del litoral pero también, en grupos parroquiales, de las aldeas de los montes del Morrazo: Berducedo, O Cruceiro, Abelendo, Domaio, Meira, O Caero, O Latón, O con. Bajo la tormenta, por caminos de anfibios, con las ropas de agua y los pertrechos, envueltas en jirones de niebla, parecen extras de una película de ciencia-ficción.

Pero son tan reales que traen la casa a cuestas.

Carmen Otero, por ejemplo, ha venido desde Barbucedo. Anda por los cuarenta y pico. Su marido trabaja de peón. Le pagan poco. Carmen se ha levantado a la hora de la lechuza, cuando Vigo, la urbe atlántica, varada allá enfrente, parece aún la Gran Nave Galáctica de las Almas en Pena, una Santa Compaña de fluorescencias y neón. Después de rastrillar los campos marinos, con sus croques y almejas, se irá a labrar la tierra del maíz, con la ayuda de su burro Rubio, compañero de fatigas agrícolas desde hace siete años. No tiene tiempo para hablar. Cuando termina el pesaje, sale a paso apurado hacia la aldea.

—¿Entrevista? ¿Por qué no entrevistas a la princesa Lady Di?
—Me gusta más usted.
—Mira, neniño, no estoy para charlas. Tengo que trabajar la tierra, alimentar a los animales, hacer la comida…
—¿Qué va a hacer de comer?
—Pollo. Pollo y patatas.
—¿El pollo es de casa?
—¡Claro!
—¿Lo mató usted?
—No. Yo no soy capaz. Me da pena. También los corderos me dan pena. Lo mató mi hijo. Le hace un corte aquí, por el cuello, y ya está… Además, ¿a quién le importa quién mató el pollo?
—¿Comen marisco?
—Croques sí. Almejas, no. Con lo que te dan por un kilo de almejas puedes comprar cosas más necesarias.

Miro sus orejas agujereadas, el lugar de los pendientes. No sé por qué, pregunto: ¿Hay algún regalo que recuerde con especial cariño?

—Nunca me han regalado nada, ¿terminamos?
—Espere. Sólo una pregunta. ¿Le cuenta cuentos a su nieta para dormirla?

(¡Bien! He conseguido que sonría y le brillen los ojos).

—No. Es ella quien me los cuenta a mí y me duerme. Tiene cinco años. Se llama Duvinila…

También cuida de una nieta, Amelia, de A Paradela, un lugar bajo el monte Agudelo. La visión de la niña, peinarla, le hace feliz. Es la cría de una de sus tres hijas. La tuvo de soltera. “Mejor así, en casa”, dice con su mirada azulada, como si le aliviase saberla libre de un destino no querido. Y en la aldea ha dejado “desayunado” un pequeño mundo animal: dos terneros, un burro, dos cerdos, gallinas y ovejas. El marido está embarcado. Por las Malvinas, antes. Ahora, por el Mar de la Plata.

Es el caso de muchas de ellas. Casadas con pescadores, con hombres del mar. Algunos cerca, en la árdora, en la bajura. Otros, a cientos o miles de millas. En el Banco Sahariano, en el Gran Sol, en Terranova, en las Malvinas, en el Índico. Adiós, un beso, hasta dentro de cinco meses. En fin, para qué contar.

Las lumbalgias. Ésa es la dolencia más frecuente, dicen los médicos. Ellas lo expresan, sin quejarse, echando las manos a la espalda. Hay otra, un eufemismo, “los nervios”. Evitar que los nervios se metan en la cabeza, ése es el desafío cuando la vida se presenta en forma de alimaña y enseña los dientes.

La lumbalgia puede ser también una metáfora. He visto radiografías de la columna de mujeres mayores que arrancaron sobre la cabeza pesos de hasta ochenta kilos. Las cervicales parecían nudos de un castaño centenario. Sus espaldas han soportado el peso del mundo.

Así deben de ser las vértebras de María. María Collazo, de sesenta y tres años, comparte el marisqueo con el cultivo de flores para vender. De los berberechos y la almeja se va a ala margarita reina, las cinias, las dalias y las siemprevivas. “Cuando rastrillo en la playa o rareo en la hierba, pienso mucho en lo que fue mi vida. Y tengo ganas de descansar”. Viuda, tiene todavía un hijo a su cargo. “Es bueno, pero a veces le vienen rarezas a la cabeza, dicen que es porque se tragó el parto antes de nacer”. María tiene una pierna de palo, por una gangrena de la infancia. “En casa tengo una ortopédica, pero no me da gracia al andar”. Esta que lleva es de madera de nogal. Se la hizo un carpintero de Tirán. “También mi hijo sabe hacerlas, es muy mañoso para todo. ¡Ay, si no tuviera esas rarezas!”.

Ahora, viéndolas inclinarse bajo la tormenta, sigue dando la impresión de que si estas mujeres desfalleciesen todo el universo de la ría se haría añicos como una fuente de porcelana. Fueron ellas, en Moaña como en otras partes de las Rías Baixas, las que hicieron frente a la meiga azul, a la heroína, que embrujó a tantos jóvenes. Es vital su salario neolítico, arrancando a la mar y la tierra. Y las que tienen el hombre en el mar tratan de tejer los lazos afectivas, sosteniendo los hilos macho y hambre, de padre y madre.

Alicia notó los dolores del primer parto cuando mariscaba en esta playa de Moaña, a las 9.30 de la mañana. Su marido, marinero de la mercante, pudo volver cuando el niño daba ya los primeros pasos. Ella se había casado a los dieciséis años. El banquete, para quince familiares, fue un caldo de tocino. No hubo foto de boda. A la mañana siguiente se fueron a la ribera, a mariscar. Alicia fue guardando su parte para pagar la cama de matrimonio. Sabía lo que era el trabajo. Había ido seis meses a la escuela y de noche. Jornadas interminables en fábricas de conservas. Descargas en el Berbés de Vigo, con la patela (cesta grande), a la cabeza. Cuando aquella primera larga ausencia del marido, con el primer hijo dentro, reparó horrorizada en que no tenía ninguna foto suya. Fueron veintidós meses. “Pasaba las noches recordando sus rasgos, imaginando su cara”. En aquella experiencia, aprendió algunas cosas decisivas. “En la casa de los marineros, debe estar bien visible la foto del padre. Las madres deben enseñarles a los hijos el rostro del padre, hablarles de la dureza de su trabajo, que sepan lo que cuesta ganar el dinero. Y las madres tampoco deben meter en su cama a los críos, porque si lo hacen los pequeños verán en el padre a un intruso, alguien que llega y los expulsa del calor de la madre”.

Alicia Rodríguez tiene ahora cincuenta y un años, cuatro hijos y cuatro nietos. Es cabeza y alma en la organización de las mariscadoras de Moaña. Podría hacer también de portavoz de los trabajadores del mar. Navegó en ocasiones con su marido y sabe lo que es de verdad un temporal. “Se escoraba el barco y te decían “cuenta hasta seis segundos, si no se endereza, nos hundimos”. Sus meses de escuela nocturna los ha suplido con una permanente ansia por saber. Asiste a todos los cursos para gente del mar, el último de radiotelefonista. Hasta hace unos pocos años, los frutos de la ría eran monopolio de unos pocos compradores, y lo sigue siendo en otras partes de Galicia. El primero de octubre se abría la temporada, bajaban familias enteras a la ribera, miles de personas que vivían la ficción de llenar sacas de berberechos. Los precios eran de risa. A los pocos días, ya no quedaba nada que rastrear.

“Había una mafia y la tiramos abajo”, dice Alicia, que combina la dulzura de los sentidos con una firmeza granítica.

Costó sangre, sudor y lágrimas. Los conflictos en la ría no son una broma. Alicia recuerda perfectamente el día en que decidieron hacer frente a aquella gente. Había un tratante de chaquetas de cuero y anillo de oro macizo. Decía: “A ti te compro, a ti no te compro…”. Ella le dijo: “No abuses tanto”. Él echó una carcajada: “¡Esta tonta de qué va”. Aquella frase surtió el efecto de una capanada de ira justiciera en su cabeza. Al año siguiente, las mariscadoras se conjugaron. Ni una palabra, ni siquiera en casa. Cuando llego el primero de octubre, dijeron a los compradores: “Nada de mangoneos. A cotizar en lonja, libremente”. Fue la guerra. Amenazas. Zarandeos. Presiones de todo tipo, con políticos del poder conservador por medio. Alicia perdió kilos. Pero las mujeres, las madres del mar, ganaron la batalla del amor propio. “Que nadie nos pisotee. Se acabó”.

Luego vino el resto. Las largas vigilias de vigilancia en las playas. La limpieza y siembra de los arenales. La distribución de cuotas para que seiscientas mujeres, durante todo el año, pudieran tener unos ingresos permanentes. Influir en el mercado: ajustar las capturas según los precios. El sueño siguiente, la utopía que les ronda, es una cooperativa y poder comercializar los propios productos.

En realidad, la ría está llena de heroínas, más anónimas si cabe dentro del traje de aguas, absolutamente indiferentes a toda vanidad mediática. Una foto, una pregunta periodística,no valen un berberecho. Y el mar no para. Va y viene, abre su vientre nutricio y lo cierra implacable.

La historia de Rosa Peréz, cuarenta y siete años, no es antigua, es de ahora, pero parece un cuento de Dickens. A la edad de jugar con las muñecas, Rosa trabajaba en una cordelería en jornadas de tantas horas como años tenía: diez. Y ése era el suelo: diez pesetas. A los doce años cambio de empleo: una fábrica de conservas. Se hizo moza, en los tiempos de la yenka, de Adamo y el Dúo Dinámico. Pero también en la época de las excursiones que acababan en conclaves clandestinos en bosques y playas, donde alumbraba el rechazo a la dictadura de franco. La península del Morrazo fue siempre tierra indómita y Rosa era de esa estirpe. “Yo era rebelde”. Se casó a los veintitrés años. Dos hijas muy seguidas. Se separó de su marido y tuvo que sacar sola adelante a su camada. Y lo consiguió. “Fue duro, no estaba bien visto en aquel tiempo que te separaras”. Llego a trabajar en las obras, conduciendo una hormigonera.

Rosa, desde la infancia, nunca dejo de ir a mariscar a la ribera cuando llegaba la temporada.

“Es un recurso pero también es algo que te engancha. Hubo un tiempo en que estaba visto como cosa de los muy pobres. Pero ahora, cuando ha pasado el espejismo de las vacas gordas, ha recobrado valor. A las mujeres les estima. Es tu cosecha. La ría es como una madre que nos protege”. María Olivia, de treinta y cuatro años, huérfana de un pescador que naufragó en el Cabo de Home, lo tiene claro: “Prefiero cien veces la ría que ir de criada a Vigo”. Amalia, de veintisiete años, es lectora de Tolkien (El señor de los anillos) e hizo salto de altura y atletismo. La ría es ahora para ella el espacio de una maratón interminable.

Hay ancianas que miran por la ventana a la ribera y sienten punzadas de nostalgia.

La madre de O`Caramuxo, una de ellas. Le enseño a coger el longueirón (especie de navaja), un arte muy difícil. Hay que ir pisando fuerte en la arena, distinguir un minúsculo agujero que se abre y, como el rayo, meter a modo de horquilla los dedos índice y corazón. O`Caramuxo es capaz de capturar 300 longueirones. Ha habido auténticos fenómenos en la ría, como Lolo da Viuda, Lolo de Paz o Luis de Maxímo, que cogían hasta mil, pero eso pasó cuando el mundo era mundo. Ahora hay algunos hombres, muy pocos, mariscando a pie. Pepe O`Caramuxo es uno de ellos. Un personaje fascinante, propio de una onvencion de don Álvaro Cunqueiro. Además de mariscador y gran pescador de fanecas y calamares, O´Caramuxo es propietario de once millones de abejas (ciento tres colmenas) que producen miel con sabor a mar, capador de cerdos, cantador de bingo en la Cofradía de Pescadores, constructor de su propia casa (“Llevo nueve años haciéndola”) y compositor de las letras sátiras que todo el pueblo de Moaña tararea en carnaval. ¡Quien fuera O`Caramuxo! La descripción que hace este hombre de cómo se pilla un longueirón, de la vida de las abejas (“Si entra un ratón en la colmena lo matan y lo embalsaman para que no pudra”) o de cómo se canta el bingo (¡La pareja de la Guardia Civil! ¡El 55!) Revela un ingenio envidiable.

—Oye, Pepe- le dice un vecino – el otro día me picó una de tus abejas.
—¿Cómo lo sabes? ¿Le miraste la matrícula!

Es un contador de historias nato. Le han querido llevar de candidato todos los partidos. Pero nada. La ría es su reino. Las mariscadoras, las mejores compañeras que un hombre puede desear. Cuando busca en la arena, vuelve a ser el niño que oye la voz de la madre que le susurra: “Ahí hay oro”.

El oro humilde que la diosa luna siembra cada año en el mar.