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1.

Después –meses después–, Hugo Sosa pensaría en los olores: esa bruma húmeda, invisible, que a veces sube desde el río, tal vez atraía a los animales. Pero esa tarde de navidad, hace 20 años, no tuvo tiempo de pensar en nada. El viernes 25 de diciembre de 1992, Hugo Sosa y su mujer llevaron a pasear a su perro al Parque de España de Rosario, inaugurado hacía apenas un mes. Preto era un pastor belga de un año y medio; su dueño, un abogado rosarino de 48. Ese viernes, mientras atardecía, Sosa hizo saltar al perro en la parte baja del parque, cerca del río, para tratar de cansarlo. Cuando subieron a la parte alta del complejo, el perro salió corriendo y se perdió de vista. Apenas lo llamaron volvió a aparecer: venía a toda velocidad en dirección contraria. Sosa estiró el brazo para frenarlo, pero fue inútil. El perro siguió de largo, saltó las barandas y se tiró. El ruido que hizo al caer fue “tremendo”, recordaría el abogado. Preto murió en el acto. Al principio, su dueño creyó que se trataba de un accidente aislado, pero no lo era: un año y medio después, el caso sería citado por el diario Clarín como el primero de una supuesta “ola de suicidios animales en este lugar”. La noticia fue publicada por el diario porteño en junio de 1994: “Extraño caso”, decía el título, “perros que se ‘suicidan’ en una plaza de Rosario”.

El Parque de España, antes que una plaza, era una obra inmensa, recién estrenada, que iba a cambiar para siempre la fisonomía de Rosario: un paseo público con un complejo cultural construido sobre las barrancas de la ciudad, en la costa del río Paraná, inaugurado en noviembre de 1992. Al mes de su apertura, en un rincón del complejo que parece una terraza gigante, los perros empezaron a tirarse. Salían corriendo, saltaban las barandas y se tiraban. Terminaban unos 20 metros abajo, en el patio del centro cultural Parque de España o en sus alrededores, muertos o malheridos. El director de la obra y proyectista ejecutivo del complejo, Horacio Quiroga, contaba entonces que él mismo había sido testigo de los saltos de tres perros que cayeron en el patio del centro cultural cuando estaban trabajando. La seguridad en el paseo estaba bien contemplada: se habían puesto barandas de un metro diez y rejas horizontales guardavidas, explicó Quiroga, pero a nadie se le ocurrió pensar en la posibilidad de los saltos caninos kamikazes. “Debe ser una rara fascinación, no sé, de pronto enloquecerán”, dijo. Un año y medio después de la inauguración, Clarín publicaba que unos 50 perros ya se habían tirado desde ese lugar, todos de la misma manera.

En los medios nacionales, esa “rara fascinación” fue amplificándose hasta alcanzar dimensiones de leyenda urbana para los rosarinos. Los que trabajaban en el centro cultural Parque de España no podían asegurar que el número de casos fuera preciso, tal vez los medios exageraban, pero eso no atenuaba el espanto que les producía, algunas mañanas, la bienvenida de un animal agonizante. Nora Belinsky, una de las empleadas más antiguas del lugar —una mujer elegante, con el pelo muy oscuro—, se acostumbró a mirar con cautela cuando llegaba al trabajo: si distinguía a lo lejos un bulto, intentaba desviar la mirada. No siempre era posible. Algunas veces, los perros que se habían tirado la noche anterior quedaban estallados en medio del patio, y no había forma de evitarlos: para entrar al centro cultural había que atravesar el patio. Una de esas mañanas, al llegar al trabajo, sus compañeros encontraron en el patio a una perra callejera pequeña, blanca y negra, que parecía muerta.

—Pero la perra vivía —dice.

Belinsky llamó a su veterinario para que la atendiera, se encariñó con ella, y la terminó adoptando. Le puso de nombre Milagros, aunque más que una suerte excepcional, lo que la había salvado era su tamaño. La mayoría de los perros grandes que se tiraban —ovejeros, siberianos, rottweilers—, moría por el impacto.

—No te digo que caían así como mosquitos: cada tanto caía un perro, a veces allí, otras veces acá —dice, señalando hacia arriba. —Y si era un perro grande, con un peso grande, muy rara vez se salvaba.

Es un miércoles, antes de mediodía, y el patio del centro cultural está desierto. El Patio de los Cipreses –como se lo conoce–, es un espacio rectangular; un pasillo ancho, profundo, amurallado por dos paredones altos de ladrillos vistos. Desde arriba, donde terminan los paredones, uno puede asomarse a las barandas y mirar hacia el patio como si fuera un foso, una larga abertura en el suelo. El Centro Cultural está metido dentro de la barranca; sus espacios de exhibición funcionan en antiguos túneles ferroviarios del siglo XIX, y todos convergen en el patio. Ahí abajo, ahora, Belinsky señala hacia adelante, donde funciona la galería de arte: una vez, cuenta, un perro se estrelló en el patio cuando la chica de la galería estaba atendiendo, y su dueño bajó llorando a buscarlo; “un desastre”. La imagen de un rottweiler saltando las barandas y cayendo como una bomba en la puerta de la galería, en medio del patio, una mañana silenciosa, le restituye algo de contundencia a la historia, que parece volverse más opaca con la cercanía y con el paso del tiempo. Los animales que hacen cosas inusuales como matarse o caer del cielo –una vaca que cae de un avión o una lluvia de ranas, por citar dos ejemplo conocidos– siempre se convierten en noticia; pero si el fenómeno se repite con cierta regularidad, por más que no exista una explicación definitiva, termina sometido a las mismas reglas que se aplican a las tragedias y a los accidentes de tránsito: tiene que superar en cantidad de víctimas o en calidad de espectáculo a los sucesos previos para conmover a alguien.

—Durante mi gestión pasaba, pasaba y pasaba, y yo estaba atormentada porque no conseguíamos que nadie reaccionara—, dice Susana Dezorzi, ex directora del Centro Cultural Parque España, cargo que ocupó desde mediados de 1997 hasta finales de 2006.

Dezorzi –pelirroja, ojos claros– ahora es directora general de Entidades y Organismos de la Secretaría de Cultura de Rosario. No quiere recordar el episodio de los perros, dice, abriendo mucho los ojos: ella también tiene animales, y le ha tocado presenciar el dolor de las personas que “salieron a pasear con su animal un día hermoso, y volvieron con su animal muerto”.

—Por un lado, era desgarrador ver que se mataban los perros, y luego estaba también el peligro de que le cayera uno encima a una persona que estuviera en el patio, que era un espacio que se usaba. O sea, era una situación horrible.

En enero de 2005, después de reiterados pedidos de la institución, la Municipalidad de Rosario envió un equipo de planeamiento a revisar el sector para dotar de mayor seguridad al complejo: decidieron añadir una reja de contención para impedir que los perros siguieran cayendo al patio del centro cultural. Pero los saltos caninos continuaron, a menor escala, del lado del río y en lugares cercanos.

2.

Desde la inauguración del parque en 1992, se elaboraron distintas teorías sobre los motivos que empujaban a los perros a saltar al vacío. Al principio, el médico veterinario Carlos Cossia recibió varios siberianos para atender, y creyó que se trataba de un problema de visión de esa raza. Después descubrió que era una coincidencia: lo que ocurría es que los siberianos estaban de moda, y había muchos. Ahora ya casi no se ven siberianos por las calles, pero en los tempranos 90, cuando la posesión de mascotas de raza recién comenzaba a popularizarse como símbolo de status social, los perros siberianos –posiblemente por sus ojos claros– fueron los preferidos por cierta burguesía en ascenso en la Argentina menemista. El Parque de España, desde su apertura, fue un lugar elegido por los ciudadanos para la exhibición (de sus perros de raza, de su ropa deportiva, de sus parejas).

—Hubo años álgidos, en los que se despertó esa curiosidad por saber qué pasaba. Porque un caso podía ser. Dos, bueno. Pero ya cuando fueron diez, se convirtió en un fenómeno inexplicable. Y todavía sigue habiendo casos —dice Cossia, en una oficina del “Hospital animal Dr. Cossia”, mientras exhibe una sonrisa muy ancha, muy blanca.

Las teorías no cambiaron mucho desde los “años álgidos”: los saltos caninos se atribuyeron a una combinación de falta de experiencia de los animales con algún efecto visual o auditivo que se podía producir en la zona. La visión de los perros, desarrollada para la caza, tiene una finísima percepción de los movimientos, y un campo visual que puede superar los 240 grados (el humano es de 180). Su capacidad auditiva, también, es ampliamente más sensible que la humana. Los perros que se tiraban desde el Parque de España, decían los especialistas, tal vez se veían atraídos por los movimientos de los pájaros o de embarcaciones en el río, y saltaban siguiendo un instinto, porque no podían ver lo que había del otro lado de las barandas. O la circulación del viento alrededor del Patio de los Cipreses podía provocar un silbido irresistible para los perros, y entonces se tiraban obedeciendo a una llamada incomprensible para las personas. O alguna otra cosa, totalmente desconocida. Nadie pudo nunca decirlo con seguridad.

—Para mí el tema es el sonido —dice el médico veterinario Raúl Nini, un viernes a mediodía, después de salir de su consultorio. Nini se despide de una pareja con una perra labradora, extiende su mano, y se sienta enfrente, en una silla de la sala de espera. Le quedan pocos minutos para conversar: tiene una cirugía programada, y el rostro cansado. Dos décadas atrás, él fue uno de los primeros veterinarios rosarinos en atender a perros que habían saltado desde el parque. En 1994, cuando la noticia trascendió a nivel nacional, Nini fue invitado a hablar en el programa que conducía Mauro Viale en la mañana de ATC. Al salir del estudio, la producción le avisó que tenía un llamado de un televidente. “Yo soy marino mercante”, le dijo el hombre del teléfono, “y cuando estábamos en el muelle, veíamos un fenómeno parecido. Teníamos un perro que siempre estaba tranquilo en cubierta. Pero en ciertos momentos se alteraba con el radar. Después descubrimos que eso no sucedía en todos lados”. Los marinos asociaban el cambio de conducta con el ultrasonido o con las radios a transistores, recuerda Nini: “Y en esta zona pasan barcos, hay radares, radios. Para mí es algo auditivo”, dice. Con el tiempo, Raúl Nini dejó de atender urgencias, y no volvió a saber de los perros kamikazes del Parque de España. En total atendió a “ocho o diez casos”, y cada tanto escuchaba sobre otros casos a través de sus colegas.

—Las condiciones no creo que se hayan corregido. Si hay menos casos es por la información que tiene la gente —dice.

Esa misma tarde, en la zona sur de Rosario, Irene Maselli asegura que ella no sabía: que después le contó la madre. Pero cuando su perro Coda se tiró desde el Parque de España en 2012, ella no sabía nada de esta historia. Irene Maselli es una adolescente delgada, de pelo corto, que mira al grabador con gesto divertido y cree que en la zona del Patio de los Cipreses hay una energía densa, “muy rara”. Lo de ella fue distinto, explica: ocurrió más atrás, y fue un error de comprensión animal.

—Lo que pasa con este perro es que él me obedece por señas.

Hace algunos meses, Irene y dos amigas caminaron hasta el Parque de España, subieron por las escaleras, y se quedaron hablando al lado de una baranda de ladrillos, sobre un antiguo túnel ferroviario que ahora se usa para el tránsito de vehículos. Coda estaba con ellas. En medio de la conversación, relata Irene, ella hizo un gesto –levanta su brazo y traza medio círculo en el aire– y Coda saltó, se subió a la baranda de ladrillos, y se tiró hacia el otro lado.

—Se tiró instintivamente, porque yo le hice la seña.

Del otro lado había una caída menos pronunciada que la del Patio de los Cipreses. Coda se estrelló contra el piso, se levantó rengueando, empezó a correr y desapareció. Eso sucedió alrededor de las 18.30. A eso de las 21, cuando Irene regresó a su casa después de buscar al perro todo ese tiempo, Coda ya estaba ahí, tirado debajo de un banco. Más adelante se enteró que el parque tenía una larga historia de saltos caninos inexplicables. Irene asegura que su caso fue distinto, que el perro se tiró porque comprendió mal una seña. No le parecía raro que el animal pudiera saltar sobre la baranda y arrojarse del otro lado impulsado por un gesto.

—Lo único raro fue que se amortiguó la caída —dice.

Desde que comenzaron los saltos caninos en el Parque de España, al médico veterinario Carlos Cossia le tocó atender “no menos de 20 casos”. Cossia es un personaje carismático, con alto perfil público en Rosario: conduce un programa de televisión sobre mascotas, tiene su propia marca de alimento balanceado, y cada año organiza jornadas solidarias de castración de animales. En el sitio web de su hospital se lo puede ver junto a un elefante al que hubo que sacarle un tumor, un cachorro de tigre con gastroenteritis, un chimpancé que necesitaba radiografías.

—Si uno analiza en profundidad, todo es justificable, todo. Pero que los casos suceden, suceden, y en el 80 por ciento han sido mortales —dice.

En el pecho lleva una cadena con dos medallas: la de atrás es la virgen María; la de adelante, dorada, es la virgen de Itatí, ícono religioso de la provincia de Corrientes, su tierra natal. Le pregunto si él cree que los perros pueden llegar a ser conscientes de la muerte.

—Mirá, yo me voy a ir de este mundo con más de 300.000 casos vistos. Y me voy a ir sin haberme podido meter en la cabeza de los perros, de los animales.

Después cuenta una historia que volverá a repetirse más de una vez, con distintas variables, durante las entrevistas. Hace años, relata Cossia, él atendía la perra de dos ancianos, un matrimonio mayor que amaba a su mascota. Cuando la señora murió, su marido duró poco: se deprimió y falleció enseguida. La perra, que tenía 12 años y una expectativa de vida de unos tres más, dejó de comer. “Un sobrino me la trajo, le hicimos estudios, y no tenía nada”. La perra no quería salir de debajo de la cama. Intentaron llevarla a otra casa. Empeoró. La llevaron otra vez a la casa de sus dueños, y la perra se mantuvo debajo de la cama, sin comer, hasta que murió.

—Si eso no es morirse de tristeza, yo te digo: “Perfecto, que otro me explique entonces qué es”. Hay cosas que yo no las entiendo, pero si no las entiendo, no por eso las voy a negar.

3.

En 1870, durante una tormenta invernal, más de 10.000 búfalos se tiraron por un acantilado de los Estados Unidos. En 2005, en Turquía, 400 ovejas murieron después de saltar de un peñasco. En 2009, durante la noche, 200 ballenas piloto encallaron en una isla entre Australia y Nueva Zelanda. Todos los años, en Jatinga (India), cientos de pájaros descienden y se estrellan contra el pueblo. En 2009, en Suiza, 28 vacas se tiraron por un acantilado. La lista de fenómenos registrados es larga. Entre los casos más extraños de muertes masivas de animales, existe un único antecedente similar al de los perros del Parque de España de Rosario: el del Overtoun Bridge, un puente victoriano en un pueblo escocés llamado Milton, donde decenas de perros –se calcula entre 80 y 100– se han tirado desde la década del 60. Al llegar a la mitad del puente, los perros tomaban carrera y saltaban el muro, de un metro de altura, obedeciendo a un impulso irrefrenable. Durante años circularon teorías insólitas para alimentar la leyenda del suicidio –extraños campos magnéticos que emanaban de las piedras, por ejemplo–, hasta que la sociedad escocesa para la prevención de la crueldad animal decidió enviar a científicos a investigar el caso. La conclusión que sacaron los especialistas era que el aislamiento visual que producían los muros ponía en alerta los otros sentidos más desarrollados del perro: el olfato y el oído. El encargado de la investigación determinó que no todos las razas sucumbían a la “llamada del suicidio”, sino que eran los cazadores de hocico grande (labradores, collies, goldens) los que, al llegar a la mitad del puente, enloquecían por el olor de la orina de los visones que habitaban en la zona del puente y se terminaban tirando, ciegos a la caída del otro lado del muro.

Detrás de los casos más conocidos de muertes masivas de animales suele haber, además de teorías sobrenaturales o paranoicas, un periodista que rotula el fenómeno como suicidio animal, para cumplir simultáneamente con una demanda de espectáculo y otra de sentido.

—En principio, no es posible hablar del suicidio de animales, porque tendrían que tener el concepto de muerte, y toda la teoría dice que no tienen —señala el médico veterinario Claudio Gerzovich, uno de los fundadores de la Asociación Latinoamericana de Zoopsiquiatría, y ex jefe del Servicio de Comportamiento Felino y Canino de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UBA.

Los significados que atribuimos a los actos de los animales, explica Gerzovich, dicen más de nosotros, de nuestros deseos y necesidades, que de la naturaleza de sus actos.

—Los humanos extrapolamos nuestras emociones y sensaciones a los animales. O sea, yo necesito cariño y digo: “Mi perro necesita que lo acaricien”. Nosotros confundimos un perro tranquilo con un perro triste, y un perro nervioso con uno contento. Creemos que entendemos el animal, pero de ahí a que lo entendamos hay un trecho. Muchos de los problemas de comportamiento por los que a mí me llaman, tienen un hilo común: sea el problema que sea, en la mayoría de los casos hay un fuerte trastorno de ansiedad por el sistema donde viven, que es el sistema humano.

En su libro Nuestro perro: uno más en la familia, Gerzovich cita una encuesta realizada en Capital Federal y en el Gran Buenos Aires: el 94% de los propietarios de perros consultados consideraba a sus animales como un miembro de la familia; el 95% reconoció que solía hablar con su perro en varios momentos del día; el 47% compartía la comida con su animal; el 39% permitía que su perro durmiese junto a él en la cama, y el 29% admitió que celebraba el cumpleaños de su perro.

Según las estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, existe un perro por cada cinco habitantes en los países desarrollados, y dos perros cada cinco personas en los países en vías de desarrollo. Los proteccionistas simplifican el cálculo: uno cada cuatro personas. En Rosario, que tiene alrededor de un millón de habitantes, existen más de 250.000 perros. No es inusual que los perros se tiren de los balcones, me asegura Adriana Pacheco, una proteccionista que vivió muchos años en la ciudad, aunque no suela ser noticia. Casi todos esos casos se relacionan con el celo, explica: los animales huelen a una perra en celo y se impulsan enloquecidos, ciegos a cualquier otra cosa que no sea su instinto, a pesar de todo irreductible a la humanización.

4.

Sinopsis: “Ariel (42), periodista y escritor de escasa monta, descubre en Internet una información que llama poderosamente su atención. En Rosario, su ciudad, perros de distintas clases y/o razas se suicidan arrojándose al vacío en las cercanías del Parque de España…”. Así comienza la síntesis de “Perros del viento”, un proyecto de largometraje que el productor audiovisual Hugo Grosso planea rodar hace años en su ciudad natal. La película, explica la sección Work in progress, nace de un mito urbano que “se mantiene vigente en el testimonio de quienes de alguna manera u otra, han vivido la experiencia”. Los relatos son el punto de partida del guión ficcional: Ariel vuelve a Rosario –de donde huyó para evadirse de un amor prohibido–, con el propósito de investigar el misterio de los perros suicidas, se pone a comparar “la fidelidad humana con la fidelidad canina y cae en el facilismo de los que piensan: ‘Cuánto más conozco a la gente, más quiero a mi perro’”. Eso sucede antes del desenlace. La sinopsis completa se puede leer en internet, y todo parece indicar que será una historia de amor irracional, pero este cronista no puede más que compadecer a Ariel por la tarea que le toca.

Durante años, los buenos anfitriones rosarinos han narrado la historia de los perros suicidas a los visitantes que llevaban a conocer por primera vez el Parque de España, y fueron sembrando un asombro que, alguna vez, ellos mismos conocieron a través de las noticia o de los rumores. Allí, en la parte alta del complejo cultural, mientras los turistas ocasionales sucumben frente a la visión del río Paraná que corre debajo, inmenso, a través de la llanura –“un viejo rayo caído sobre la tierra en un horizonte verde”, escribió el poeta Juan L. Ortiz–, los locales han repetido la historia usando el mismo tono que se usa para las leyendas, y la misma información que circula al respecto hace dos décadas. Busquen y encontrarán, con ligeras variaciones, una tautología abrumadora en la web: la misma cantidad de casos estimados por Clarín para el primer año, las mismas hipótesis, las mismas sospechas sobre el carácter mítico de la historia, el mismo estupor. Y poco más: un poema dedicado a los perros, un mensaje de un pastor portorriqueño, la sinopsis de una película, las advertencias de un grupo proteccionista. Busquen y encontrarán, entre otras miles, una cita de Franz Kafka: “Todo el conocimiento, la totalidad de preguntas y respuestas se encuentran en el perro”.

Y nada más.

El hipopótamo es solo un fantasma que sentimos pero no vemos. Estamos cansados de andar decenas de kilómetros desde la madrugada hasta el crepúsculo sin hallar rastro del animal. Parecemos buscando una aguja en un pajar. Una aguja de dos toneladas en un pajar que es una inmensidad de fango y selva. Me siento en el umbral de la carpa para quitarme las botas de caucho. Es nuestra cuarta noche de campamento en el caño San Juan. Tengo los pies hinchados y los dedos parecen pegados unos a otros sin poder moverse. Necesito tomar agua y el fotógrafo, mi compañero de adversidades, me alcanza una olla con agua y mosquitos ahogados.

―No hay más -me dice con cara de lástima y enciende un tabaco para espantar a los bichos.

Las luciérnagas brillan como escarcha esparcida en el suelo y en el cielo las nubes amenazan con descargar una tormenta. Nos sentimos impotentes. Hemos recorrido prácticamente todo el Magdalena Medio y no tenemos más tiempo ni más energía. El pescado frito que teníamos reservado para la comida está lleno de hormigas.

―¿Qué pasa? -grito.

Las vacas del potrero empiezan a correr y sus mugidos parecen gritos de espanto.

―¡El hipopótamo debe estar detrás de las vacas! -dice Andrés, uno de los dos pescadores que vinieron con nosotros.

Corro con las vacas y salgo de la carpa para buscar refugio en el árbol más próximo. La lluvia se mezcla con el barro de la ropa y los pies se me llenan de fango y hormigas. A unos metros del campamento escuchamos unos ronquidos más graves que los gruñidos de un cerdo. Apagamos la linterna para no atraer a la bestia y me acurruco debajo del árbol como una niña pequeña. Quiero que se acabe la noche. No quiero -después de más de cien horas de búsqueda- que aparezca una mole de dos toneladas y nos triture con esos colmillos de cincuenta centímetros que ocasionan más muertes en África que los leones, las hienas o los cocodrilos.

En la tarde del día anterior, tras caminar cinco kilómetros siguiendo el cauce del caño San Juan hasta su desembocadura en el río Bartolo, nos sentamos a mirar las aguas en espera del hipopótamo. Vimos garzas y guacamayas en la copa de los árboles y en el caño pudimos apreciar varias babillas que surcaban lentamente sus aguas con la cola de un lado a otro. El silencio fue interrumpido por los cascos de un caballo.

―¡Hipopótamo! -nos gritó el jinete, un campesino joven y con sombrero.

La bestia está atrás, nos dijo, a unos trescientos metros. Intentamos correr pero las botas se nos quedaron clavadas en el piso y nuestra marcha fue tan lenta como la de unos alpinistas en el Everest, solo que con un calor y una humedad tan densa que podía haber renacuajos en el aire. El caño San Juan queda entre los municipios Puerto Berrío y Yondó en el occidente antioqueño. Para llegar hay que transportarse en un jeep desde Puerto Berrío, en dirección norte, hasta la vereda Bodegas. El camino está sin pavimentar y el trayecto es de hora y media. En Bodegas se alquila una lancha que baje por el río Bartolo hasta el punto donde se encuentra con el Magdalena en una travesía de dos horas. Allí se abren varios caños, entre ellos el caño San Juan, con su superficie verde: el escondite perfecto para un hipopótamo.

―Por aquí debería estar -dijo el campesino.

El animal se fugó hace dos años de la hacienda Nápoles por los mismos parajes que un día su dueño, el narcotraficante Pablo Escobar, transitó en los años ochenta huyendo de la DEA, la policía colombiana y sus enemigos del cartel de Cali. Pablo Escobar era catalogado según la revista Forbes como uno de los diez hombres más ricos del planeta, con un capital de cuatro mil millones de dólares.

En 1981, el narcotraficante, que en ese entonces tenía treinta y dos años, ordenó traer en aviones rusos Antonov mil novecientas especies exóticas: elefantes de la India, búfalos de Estados Unidos, canguros de Australia, flamencos, antílopes, venados, rinocerontes, una jirafa y nueve hipopótamos africanos. En diciembre de 1993 Escobar murió abaleado en Medellín y dejó huérfanos a los animales. El presupuesto anual del Ministerio del Medio Ambiente no era suficiente para mantenerlos por un mes. Rinocerontes, cebras, elefantes y un trío de hipopótamos fueron enviados a los zoológicos Matecaña de Pereira y Santa Fe en Medellín. Los demás animales se quedaron en Nápoles y los seis hipopótamos restantes se convirtieron en prácticamente los amos y señores de las 3.000 hectáreas de la hacienda localizada en Puerto Triunfo, a 217 kilómetros de Medellín. Allí se se aparearon, se multiplicaron y se triplicaron. En casi treinta años la población ascendió a veintidós ejemplares.

En noviembre de 2006, dos de los hipopótamos, después de copular en su charca, abandonaron la manada y se internaron en el río Cocorná que desemboca en el Magdalena. Salieron solos, tumbando cercas y devorando las plantas que encontraban a su paso. Avanzaron hacia Puerto Boyacá, Puerto Nare, Puerto Serviez, Zambito y Puerto Berrío, con lo que sumaron más de ciento cincuenta kilómetros de recorrido. Ocho meses después de la fuga la hembra parió dentro del agua una cría de cincuenta kilos. Y luego tuvieron que huir otra vez; en esta ocasión no del calor de la manada, sino de las balas y de los anzuelos que se engarzaban en su piel, abandonaron Puerto Berrío hace cuatro meses en busca de una zona alejada de los hombres, sus más grandes enemigos. Siguieron la corriente del Magdalena rumbo a Barrancabermeja, pero el río era tan ancho y tan profundo que los mamíferos se desviaron por el río Bartolo.

Cada tanto los pescadores se encontraban con tres pares de ojillos negros y sus hocicos colosales. Después solo veían un par de ojillos porque los otros desviaron la ruta, tal vez llevados por la corriente. La hembra y su cría dejaron al macho y se internaron en el caño San Juan metiéndose en el pantano que queda al frente del lugar donde hicimos el campamento. El macho abandonado siguió solo hasta llegar a la vereda Bodegas esperando encontrar a su compañera.

Bodegas es un conjunto de setenta casas de madera rodeadas de selva y río. La temperatura supera los 30 grados centígrados. Los niños corren descalzos sobre las filosas piedras detrás de un balón de fútbol desinflado. Sus cuerpos son flacos con la piel pegada a los huesos. Las mujeres se sientan en mecedoras frente a las puertas de las casas esperando que caiga la noche y los hombres se internan en busca de oro en las minas localizadas a menos de un kilómetro del caserío. Los soldados se sientan en canastas de gaseosa esperando la llegada de cualquier vehículo para pedir documentos de identidad.

Una semana antes de ver a las vacas corriendo como locas y de ocultarme bajo un árbol, llegamos en un jeep desde Puerto Berrío hasta Bodegas. Los soldados nos pidieron cédulas y nos dijeron que habláramos con un pescador llamado Carlos Méndez si queríamos información acerca del macho. El pescador estaba debajo de un puente en una casa construida con madera.

―¿Qué hay del hipopótamo? -le pregunté después de saludarlo.
―¿De Pepe?
―¿Pepe? ¿Quién es Pepe?
―Así bautizamos al hipopótamo macho, pero eso es historia. Ya le debieron haber pegado una tiroteada.
―¿Lo mataron?
―Eso dicen, porque Pepe aparecía todos los días a las seis de la tarde. Sacaba la cabeza, lanzaba agua, se escondía por un minuto y aparecía un kilómetro adelante. Era como ver a un marrano gigante.

El puente se llenaba de curiosos que venían de los municipios cercanos. La gente parecía histérica riendo o gritando cada vez que el animal hacia algún movimiento. Sólo faltó taquilla para que esta vereda pareciera un zoológico. William Ramírez, otro pescador de Bodegas, nos contó que también venían hombres de Medellín para ofrecer a los habitantes tres millones por la cabeza del hipopótamo para colgarla como trofeo de caza o para venderla a traficantes por veinte millones o más. Hasta los soldados, según nos dijeron otros habitantes, jugaban tiro al blanco con el animal que, al escuchar los disparos, se sumergía en el agua.

Después del narcotráfico, las armas y la explotación sexual, el comercio de especies en vías de extinción es el más rentable. En la República Democrática del Congo la especie ha disminuido en 95% en los últimos diez años por culpa de la cacería indiscriminada. En África los nativos y cazadores matan a los hipopótamos para vender los colmillos a traficantes ilegales. Apenas quedan 160.000 hipopótamos. En Colombia tenemos veintidós. La región del Magdalena Medio se asemeja al centro del continente africano por la temperatura, la humedad y las ciénagas.

Wilson Moreno, de la Fundación Vida Silvestre Neotropical, afirma que los hipopótamos en estado de libertad pueden ocasionar un desequilibrio en el ecosistema erosionando los suelos por el peso de sus pisadas o por la cantidad de comida que consumen -cincuenta kilos diarios-. También se corre el riesgo de que, a través de su materia fecal, transmitan enfermedades desconocidas a las especies endémicas del país. No son carnívoros. En el día se alimentan de plantas que encuentran en los ríos y al finalizar la tarde, con la penumbra, salen del agua para pastar. En la madrugada regresan al agua sacando la cabeza cada cuatro minutos para respirar.

Debajo de mi árbol protector, viendo cómo se aclaran los colores del cielo y titiritando de frío, saco del bolsillo un cigarrillo que fumo para apaciguar el hambre. El fotógrafo sale de la carpa con los ojos hundidos en los párpados y con la misma ropa embarrada del día anterior. Es la última oportunidad que tenemos. Al medio día debemos regresar a Bodegas en donde nos espera el dueño de la lancha. Son las cinco y media de la mañana y vamos con el cuerpo cansado y entumecido por el frío.

A medio kilómetro de la carpa vemos una mancha alargada de estiércol fresco revuelta con pasto. Una cagada más líquida que la de las vacas y de tonalidad verdosa. Más adelante vemos huellas de dos palmos que terminan en tres orificios, seguidas de unas huellas más tenues y más pequeñas. No hay duda. La hembra y su cría tuvieron que rondar estos parajes en la madrugada en busca de alimento. Con el corazón palpitante y la respiración entrecortada, recuerdo el pánico que sentí en la noche. Seguimos caminando moviendo la cabeza de lado a lado en busca de algún movimiento. Más adelante las huellas se pierden en los charcos que se han formado por la lluvia. Tenemos que esforzarnos más para continuar con la marcha. A cien metros veo una roca con tonalidades rosadas. Me detengo.

―¿Se te enterraron las botas? -me pregunta el fotógrafo.
―No -le susurro tomándolo del brazo y alargando una mano para señalar la roca.

De la roca aparece una cabeza de ojillos pequeños del tamaño de sus fosas nasales. Por un momento pensé que la obsesión por ver al hipopótamo, o el hambre, me estaba haciendo alucinar. “Esa es la hembra”, pensé. Me quedé petrificada. El fotógrafo, cuando pudo salir de la estupefacción, instaló el trípode y empezó a disparar. Yo quería correr. El hipopótamo puede desplazarse a cuarenta kilómetros por hora, los suficientes para alcanzarme en tres segundos y masticarme como una goma. La hembra, de movimientos lerdos nos mira con sus ojillos vidriosos.

Al igual que nosotros, no ha dormido en toda la noche buscando plantas para comer. De repente, apura las zancadas y se viene hacia nosotros. Sigo petrificada y el fotógrafo mantiene la sangre fría con el ojo puesto en el lente de la cámara. Los músculos maxilares son tan grandes como pelotas de baloncesto y la grieta de su hocico nace debajo de los ojos extendiéndose hacia todo lo ancho y lo largo de la gran carota.

El hipopótamo se desplaza arrastrando el vientre por debajo de unas patas chaparritas y gordas. Pero no es un cerdo gigante, los últimos estudios realizados por la profesora Jessica Theodor, del Departamento de Ciencias Biológicas de la Universidad de Calgary, demuestran que el hipopótamo es el animal más cercano a la ballena y a los delfines en la cadena evolutiva. Tal vez sea igual de inteligente.

Sin dejar de observarnos desvía su camino y luego nos da la espalda marchando pesadamente hasta el caño para ocultarse en sus aguas. Es una extraña hembra en una tierra extraña. Una gigante asustada que tal vez soñó con volver a África pero que le tocó conformarse con vivir en un país al otro lado del mundo, manteniendo a su cría alejada de los hombres, viviendo como ermitaños. Es una desplazada en un país de desplazados. Es otra víctima de Pablo Escobar.

La vaca sagrada

Publicado: 2 julio 2012 en Josefina Licitra
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Son las diez de la mañana. Estamos con el fotógrafo en un ómnibus rumbo a Balcarce, una ciudad de 35 mil habitantes ubicada al sudeste de la provincia de Buenos Aires. Miramos por la ventana. Hay que pasar las horas. Al otro lado del vidrio hay cielo, pasto, silos, vacas, postes, camiones, cables, vacas, girasoles, vacas, soja, vacas, tractores y más vacas.

―La verdad –dice él–, nunca le saqué fotos a una vaca.
―La verdad –digo yo–, nunca escribí sobre una vaca.

Hacemos silencio. Lo demás es paisaje.

En Balcarce, en un campo del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, en un corral prolijo y en este día limpio y sin viento, una vaca –Rosita– nos está esperando.

***

La primera vez que supe de la existencia de Rosita fue el 6 de junio del año pasado, cuando dos veterinarios del Grupo de Biotecnología del INTA Balcarce –Germán Kaiser y Nicolás Mucci, ambos Magister en Producción Animal– y un doctor en Biotecnología y Biología Molecular de la Universidad Nacional de San Martín –Adrián Mutto– hablaron de la vaca durante una videoconferencia con Cristina Fernández de Kirchner. El despliegue tenía sentido: Mutto, Mucci y Kaiser habían logrado un procedimiento único en el mundo: habían clonado un bovino y –esto es lo nuevo– en un mismo evento le habían metido dos genes humanos para que, llegado el caso, el animal produjera leche maternizada.

Cuando escuchó eso, la presidenta se sintió exultante. Todos allí –y eran muchos– se sintieron exultantes.

―Esta vaca es un auténtico orgullo para los argentinos –dijo Cristina Fernández, y luego dudó–. Ahora, alguien me dijo que le iban a poner Cristina… ¿qué mujer se banca que le pongan su nombre? Sólo a un hombre se le puede ocurrir.

El animal, en realidad, ya tenía un nombre: le decían ISA, una sigla que refiere al INTA de Balcarce y a la Universidad de San Martín. Pero la Presidenta cambió el plan.

―A mí me parece muy simpático que se llame Rosita –dijo–. Rosita ISA.

Así fue como Rosita ISA se presentó en sociedad, y así fue que Cristian Alarcón –jefe supremo de Anfibia– decidió hacer algo al respecto.

―Tengo una GRAN crónica para hacer –dijo días después–. ¡Quiero que cuentes la historia de esa vaca!

Se dicen muchas cosas sobre Cristian y su habilidad de persuasión. Todas son ciertas. Dije, entonces, “sí”. Y Sebastián Miquel –el fotógrafo– también habrá dicho que sí. Y la consecuencia de todo eso es que aquí estamos: recién bajados del ómnibus en Balcarce, recién subidos a un auto en el que van Nicolás Mucci y Germán Kaiser, y a poco de llegar a la Estación Experimental Agropecuaria Balcarce2 del INTA: el lugar donde nació y vive Rosita ISA, o ISA Rosita, o en cualquier caso: la primera vaca transgénica clonada por el Estado.

―ISA –dice Mucci–. Nosotros le decimos ISA.
―Lo de Rosita es, a ver… –Kaiser elige las palabras–. Lo bajó la presidenta y bueno: también se llama Rosita.

Mucci y Kaiser conducen por adentro del predio del INTA. El lugar es un pueblo de varias miles de hectáreas, y ellos parecen ciudadanos comunes sometidos a los ritmos y los modos de los mundos tranquilos. No lucen –en síntesis– como científicos. Germán Kaiser tiene 42 años, juega al básquet, es de Mar del Plata y tiene el porte eficiente de los hombres de club. Mucci tiene 38 años, es de Balcarce, jugó carreras de motocross, y su cara –sus ojos chicos, la mirada esforzada– remite a las caras de los deportistas de disciplinas con nieve.

Ambos –Mucci y Kaiser– son dos aves raras y atléticas que ahora merodean los campos. A la izquierda y la derecha –señalan– hay grandes extensiones destinadas a la experimentación en las que el INTA de Balcarce –junto con la Universidad de Mar del Plata– hace cruces propios de la ingeniería agronómica. A los lados, junto con los campos, también van pasando algunas construcciones: una guardería, un pequeño residencial, un pabellón universitario (acá está la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad de Mar del Plata), un laboratorio y varios otros edificios dependientes del INTA.

Nos detenemos en uno: el Departamento de Producción Animal. Acá trabajan Mucci y Kaiser. Afuera de la construcción, cuatro mujeres los ven llegar y tratan de venderles un sándwich a veinte pesos. Mucci responde que no. Que es caro.

―¡Qué va a ser caro, si se llenaron de plata con la Rosita ustedes! –dice una, y todos ríen.

En el predio del INTA hay unas 2,000 personas circulando –entre investigadores y alumnos– y todos, desde que se hizo pública la historia de la vaca, saben quiénes son Kaiser, Mucci y Mutto (que vive y trabaja en Buenos Aires, pero viene con regularidad). En términos académicos, son los tres responsables de que hoy un rumiante tenga dos proteínas humanas e impensadas en su cuerpo. Pero, en términos más domésticos, Kaiser, Mucci y Mutto son, simplemente, tres chiflados que a lo largo de dos meses compartieron casa –y a veces lecho– con una vaca clonada.

―Vamos a verla –dice Kaiser con una llave en la mano.

Para llegar a la casa de Rosita hay que caminar quinientos metros. El lugar, de todos modos, puede verse desde lejos: en el medio de un campo lacio, lejos de cualquier otra marca humana o animal, hay una construcción sólida y de líneas rectas, secundada por un redil de tamaño moderado. Avanzamos hasta allí, y luego entramos. La casa de Rosita tiene una cocina chica, un baño, dos habitaciones y una especie de sala de estar con un revestimiento de azulejos blancos. En las paredes, con marcador grueso, alguien hizo un gráfico (una explicación elemental del proceso de clonación), alguien anotó un número de teléfono (“Por cualquier problema llamar a Adrián o Germán”) y alguien festejó un cumpleaños (“¡Feliz cumpleaños, Rosita!”). La sala, a su vez, está signada por un inmenso ventanal que da al corral. Allí, mirando con ojos bobos, está la vaca.

―Hola tetona –dice Mucci y sale de la casa, se acerca, rasca la papada de Rosita–. ¿Te vas a portar bien hoy?

Rosita es marrón. Y tiene cara de rumiante: los globos oculares gordos, y esa lentitud vacía que recuerda a las personas pasadas de diazepam. Rosita luce así, bueno, porque no hay vaca inteligente. Pero también –hay que decirlo- porque su vida es –o parece ser– aún más aburrida que lo usual. Desde que nació –el 6 de abril de 2011– la vaca no tiene contacto con otro animal que no sean Mucci, Kaiser, Mutto y Carlos Lobato, su cuidador. Y eso, a su vez, tiene sus razones.

Por normas de seguridad, Rosita vive –debe vivir– aislada de todo. Por un lado, porque su organismo hoy tiene un valor incalculable. Y, por el otro, porque la Comisión Nacional de Biotecnología Animal (Conabia) entiende que, al ser un animal genéticamente modificado, no debe tener contacto con nada de eso que se entiende como “entorno”. Nadie puede llegar a Rosita –salvo el personal autorizado–, y nada de Rosita puede llegar a nadie (todo lo que salga de la vaca –si no es utilizado– debe ser eliminado como residuo patológico).

Para que el aislamiento sea efectivo, Rosita vive en un predio aprobado por la Conabia que cuenta con medidas de seguridad estrictas. Durante el día, los investigadores y Carlos Lobato se encargan de preservarla aislada. Y, a partir de las cuatro de la tarde, la casa se transforma en el penal de Sierra Chica: hay una posta de guardias en la entrada al predio –monitorean el área una vez por hora–, en la casa se activa una alarma con código de acceso, y el perímetro del corral queda cruzado por treinta y dos sensores láser que detectan cualquier cuerpo de volumen superior al de un murciélago. Si alguien o algo entrara a la zona prohibida, se encenderían unos potentes reflectores y sonarían los teléfonos del área de seguridad, de Kaiser, de Mucci y de la Policía.

¡Ah! Y el alambre que rodea el corral tiene electricidad.

―No te asustes, ¿te hizo mal? Es como un magiclick para que la vaca no se vaya del corral y haga sonar la alarma –dice Mucci mientras Rosita se me acerca con andar pesado. No sé qué hacer. Nunca estuve cerca de una vaca.

―No te preocupes que a lo sumo te chupa –dice Kaiser–. ISA es un perro grande.

Ahora está al lado. Le acaricio el morro: parece simpática. Rosita mueve la cabeza como diciendo “sí”, hasta que luego –jamás entenderé por qué– decide jugar o aniquilarme. Rosita empieza dar topetazos. Fuertes. Una vez me chocó un auto y fue más agradable que esto. Alguien le dice “che, no juegues bruto”, pero el animal no para y termina estampándome contra un alambrado. “Turra” pienso mientras me acomodo un hueso, pero sólo digo:

―Qué juguetona estás, Rosita.

Cruzo rápido al otro lado del cerco electrificado. Si quiere tocarme, la vaca va a tener que recibir un shock. “Vení” pienso. Vení. Pero no viene. Resulta que no es tan tonta. Ahora se espanta las moscas como si viera llover.

―A veces se pone un poco cargosa –dice Mucci–. Además creemos que está empezando a ciclar. Está entrando en la pubertad, en la iniciación hormonal. No voy a decir “cómo se pone” pero… le agarra.
―Además vos pensá que, salvo en el nacimiento, no conoce otro animal más que nosotros –dice Kaiser–. Desde chiquita siempre jugábamos con ella y tiene la costumbre de ser un poco bruta con la gente.
―¿Y la madre?
―¿Cuál de todas? ISA tiene cinco mamás.

A ver. No sé qué me duele más: si el brazo o el cerebro. Rosita tiene cinco (5) madres. Otra vez: este animal es el resultado del cruce genético de cinco organismos distintos. Por un lado –me explican– se tomaron genes de dos humanos (varón o mujer: no se sabe) de un banco genético. Luego, se tomó una muestra de piel de una vaca Jersey (cuya leche es rica en grasas) y de ahí se extrajo una célula que fue transformada genéticamente, en tanto le fueron introducidos los genes humanos. Esto a su vez fue metido en el óvulo de otra vaca, y a través de un proceso de clonación se generó un embrión. Ese embrión (producto de la unión de ese óvulo más la célula transformada) fue transferido a una tercera vaca que gestó y parió el animal.

Esta suma ni siquiera tiene en cuenta a la madre número seis (una vaquillona que crió a Rosita en los primeros tiempos, porque su madre biológica –la última de ellas– la rechazaba), y tampoco incluye a los cuatro padres: Mutto, Mucci, Kaiser y Lobato.

―Somos una familia –dice Kaiser–. Al principio vivíamos todos encerrados ahí adentro.
―Yo –dice Mucci– me sentía Cristian U de Gran Hermano.

En la casa, además de las habitaciones y los azulejos blancos, están –en un cuarto mínimo– los restos de lo que alguna vez hubo: dos corralitos con pastura, una balanza, y una cánula pendiendo del techo –de una esquina a la otra– como una soga de colgar la ropa. En los tiempos difíciles, ahí estaban enganchados los sachets con medicamentos que iban –mediante un complejo sistema de catéteres– hasta el cuello de Rosita. Y allí, debajo de todo eso, al lado de la vaca, estaban los científicos.

―Los primeros meses fueron muy complicados. Estábamos las veinticuatro horas acá. Dormíamos en el piso. Todo muy medio pelo, pero hemos estado peor. La vida del veterinario no es cómoda –dice Kaiser. Y cuenta lo de las enfermedades.

En los primeros tres meses de vida, Rosita tuvo veintiocho. Eso se debió a que –más allá de los males propios de cualquier vaca– por su condición de clon Rosita tenía un ombligo muy grande –se hacían infecciones que entraban por ahí– y tenía problemas estomacales severos.

Ambos factores empezaron a hacer síntoma al día siguiente del nacimiento, pero hicieron su primer pico agudo a los quince días de vida. La vaca, en ese momento, entró en una fiebre de 41 grados que nadie lograba diagnosticar ni bajar, y que llevó a Mucci, Mutto y Kaiser a dejar a sus familias y mudarse a la casa. Las fotos de esos días los muestran durmiendo en colchones en el piso, y –en el caso de Kaiser- languideciendo sobre el mismo corral de paja del animal. Hay, además, otras imágenes: Rosita con sachets de gel helado sobre el lomo, Rosita con la cánula en el cuello, Rosita a la intemperie en la noche helada de Balcarce (y Mutto, Mucci y Kaiser envueltos en mantas, sentados en sillas, en el medio del frío), y Rosita con los ojos chicos, secos, empezando a morirse.

Una noche, a doce días del comienzo de la fiebre, luego de varios picos de 42 grados, de varias convulsiones y de alguna apnea, los investigadores dijeron basta y le dieron una bomba de tranquilizantes para que muriera tranquila. Kaiser y Mutto se fueron a dormir: estaban rotos de cansancio. Y Mucci se quedó sentado, toda la noche, llorando.

Pero algo pasó.

―Cuando fui a despertarlo a Kaiser lo primero que me dice, el muy bestia, es: “¿Ya se murió?”. Eran las ocho de la mañana. Cuando lo llevé a verla no lo podía creer. ISA estaba con el efecto de los tranquilizantes, pero mejor. Ahí los tres pensamos: si sobrevivió a esto va a ser una máquina.

Y fue. Pasados unos días, la vaca terminaría sobreviviendo a un episodio todavía peor. En la tercera semana, Rosita pasó por otro problema propio de su condición: todos los rumiantes tienen cuatro estómagos, pero cuando son chicos funciona uno solo y la leche no entra en los otros tres. Salvo en el caso de los clones: ahí la leche cae –por error– en los primeros estómagos –que están más dilatados– y termina cuajándose y provocando algo llamado “acidosis láctica”, que tiene consecuencias múltiples. Y malas.

―Al principio, cuando no sabíamos qué tenía empezamos a darle leche deslactosada –recuerda Kaiser–. La comprábamos nosotros de nuestro bolsillo. Íbamos al supermercado y lo saqueábamos. El problema era que eso también le hacía mal. Entonces suspendimos la leche y caímos en un problema mayor: ¿Con qué la alimentábamos? ¿Qué le das a un animal de 40 días, que no sabe comer? ISA era un bebé, y a los bebés no podés darles de comer un churrasco.

Hicieron, entonces, intentos. Probaron con solución glucosada: nada. Le dieron alimentos balanceados: menos. Calostro congelado: tampoco. Empezaron a alimentarla con plasma vacuno (el resultante de la sangre centrifugada) y funcionó. Hasta que se les terminó. Y Rosita empezó a perder peso: a morir otra vez.

Desesperados, Mutto, Mucci y Kaiser –que habían vuelto a vivir a la casa– hicieron todo tipo de llamados: a clínicos de la Argentina y de Estados Unidos, a neonatólogos del Hospital Italiano: a médicos de personas. Hasta que tuvieron una idea: darle nutrición parenteral; unos sachets con compuestos nutritivos que son usados para mantener con vida a los enfermos terminales –humanos- que no pueden alimentarse. El detalle es que los sachets costaban –cada uno- 1500 pesos. Y que Rosita necesitaba dos por día, durante un tiempo indefinido. No hizo falta hacer cuentas: no había dinero. Mutto buscó en Internet los datos del distribuidor argentino de esas bolsas –el laboratorio Fresenius Kabi– y levantó el teléfono. El resto fue difícil de explicar: a la recepcionista, a la gente de ventas y a todo aquel que atendiera, Mutto le contaba –sin suerte– origen, vida y valores de la vaca Rosita.

―Pará, ¿vos sos Adrián Mutto?

Hasta que en algún momento sucedió lo impensado.

―Yo soy Yanina, la amiga de Sandra, la mejor amiga de tu mujer.
―Yanina: tenés que ayudarme. Si la vaca vive ustedes van a salir en todos lados.

El laboratorio les dio inicialmente diez sachets –que luego serían más–, con los que Rosita ganó cinco días de vida.

―Apenas me dijo “vení a buscarlos”, viajé desde Balcarce y hasta Belgrano sin parar –recordará después Adrián Mutto, en una charla en la Universidad de San Martín-. Cuando llegué al laboratorio yo era una especie de hombre de Neandertal. Todos estaban de traje, con sus maletines, y yo tenía el pelo inmundo, el ambo lleno de bosta: hacía veinte días que ninguno de nosotros se bañaba. Pero ni me importó. Agarré los sachets y me fui.

Cuando Mutto llegó a Balcarce, conectaron el primer sachet a un catéter que desembocaba en la aurícula derecha de la vaca. A su vez, como debían procurar que la vaca no se quitara las vías al moverse, idearon un sistema de rieles que permitía a la vaca caminar y llevar consigo los catéteres. De a poco, la nutrición parenteral fue recomponiendo al animal. Hasta que cuarenta y siete días después empezó a sentirse mejor y llegó el último problema: la vaca, con tanto sachet y sin madre, no había aprendido a comer.

―No sabíamos cómo hacer para que comiera y no podía estar toda la vida con esos sachets que salían una fortuna –cuenta Mucci-. Hasta que un día estábamos comiendo unas papas fritas Lays y a la tipa le llamó la atención el ruidito del plástico y se acercó. Entonces le di una papafrita y se la devoró, se ve que estaba desesperada por la sal. Ahí picamos papafritas con alfalfa, y empezó todo.

Mucci se ve emocionado y satisfecho. Cada vez que habla parece decir: mi hija.

―¿Y por qué lloraban, cuando lloraban? ¿Por qué se moría la vaca, o porque se moría el proyecto?
―Es difícil transmitir lo que significa haber creado un animal a través de todas estas cosas que estamos haciendo –dice Mucci.
―La conocemos desde que es una célula –agrega Kaiser–. Nosotros fuimos los gestores de la idea, del vector, de la clonación, de la transferencia de embriones, de la cesárea. Todo lo que ves lo hicimos nosotros. Y Carlos. Pero no tuvimos apoyo de nadie más.
―Eso es lo que te conmueve: que vos estás desde lo invisible. Es como dice Mutto: la biología molecular es mezclar agüitas y seguir un protocolo, vos no ves nada ahí. La primera vez que ves algo es cuando ponés una célula adentro del óvulo. Y a partir de ahí generás una vida, y después resulta que esa vida se te está yendo de las manos, por eso te quiebra y… y no encontrábamos la forma de sacarla adelante. ¿Sabés lo que es ver un animal tan chiquito, verlo sufrir como sufría, y ver que así y todo, casi desvaneciéndose, se levantaba para ir a tomar su mamadera? ¿Cómo vas a dejar morir un bicho así…? Me voy a poner a llorar –dice Mucci y primero sonríe. Y después llora.

***

Algunos días más tarde, en el Instituto de Investigación Biotecnológica de la Universidad de San Martín, el doctor en Biotecnología Adrián Mutto –director del proyecto– me explicará qué significa conocer a un animal “desde lo invisible”, es decir: me contará mejor el tema de los clones. Lo hará sentado en una sala de reuniones limpia y de paredes vidriadas, ubicada a metros de un descomunal laboratorio de biología molecular –el más moderno de América Latina– recién inaugurado por la UNSAM.

―Hay un dicho –dirá Mutto–: si un científico no puede explicarle a su abuela de qué trabaja, eso significa que ni él sabe de qué está trabajando. Así que voy a explicarte. Y vas a entender.

Muto, entonces, será claro. Y dirá lo siguiente: el ADN –dirá- es un gran libro de recetas que le dice a una maquinaria –el cuerpo– cómo tiene que hacer determinadas cosas. Cada gen, dentro del ADN, es una receta distinta, y la modificación genética –la transgénesis– consiste justamente en meter en un cuerpo uno o varios genes que naturalmente están en otro cuerpo. En el caso de Rosita, tiene en su genoma dos genes humanos: la lactoferrina (que captura el hierro y lo ingresa al torrente sanguíneo, y además es antibacteriana, antitumoral y facilitadora de la odontogénesis, es decir: del crecimiento de los dientes) y la lisozima (un antibacteriano que está en altas concentraciones en la leche materna).

―El ser humano es el único animal que consume leche de otra especie –dirá Mutto–. Y, como es leche bovina, está diseñada para nutrir a los bovinos, no a los humanos. De ahí la importancia de esta leche maternizada en la nutrición infantil: permite cubrir las falencias de la leche de vaca.

¿Cómo hicieron para meter dos genes humanos en el genoma de Rosita? Primero, tomaron un tramo de piel sacado de la oreja de una vaca y extrajeron células bovinas con las que hicieron un cultivo. Luego, le metieron a una de esas células los dos genes humanos. Para eso, usaron algo que se llama “vector”: un vehículo que permite ingresar ADN extraño dentro de cualquier célula. ¿De dónde salió el vector? Durante dos años, los investigadores –que se conocían desde el 2003- estuvieron trabajando en el laboratorio de biología molecular de la UNSAM para generar uno apropiado. Y lo curioso –lo nuevo- es que en esa búsqueda superaron una marca científica: hasta entonces la ciencia generaba un vector por cada gen (es decir que, si se quería ingresar dos genes, había que producir dos vectores); pero Mutto, Mucci y Kaiser lograron –y ese fue el verdadero avance- meter más de un gen a través de un único vector. Un procedimiento que, a ojos extraños, puede resultar insignificante. Pero que a ojos de la ciencia ahorra una incalculable cantidad de trabajo, de testeos y de cuestionarios.

―El verdadero avance científico es ese –dirá Mutto–, no que haya nacido ISA. Existen otros animales bitransgénicos en el mundo, pero todos tienen dos vectores insertados por separado.

¿Cómo es que esa célula alterada genéticamente terminó adentro de una vaca? El paso siguiente –dirá Mutto- fue hacer los clones. Para eso, los investigadores fueron a buscar ovarios de vaca a un matadero. A uno de ellos –cualquiera– le extrajeron un ovocito –un óvulo–, y a ese ovocito le sacaron toda la información genética previa y le metieron la información creada en el laboratorio, o sea: la célula transgénica. Mutto lo dirá así:

―Dejamos la cocina intacta, pero sin el libro de recetas. Y ahí, dentro del ovocito vacío, metimos el libro que hicimos en el laboratorio: nuestra célula modificada. Después, a ese ovocito que ya venía bastante cagado a palos le teníamos que hacer creer que había sido fecundado. “No sé cómo pero te clavaron: sos un embrión, ovocito. Empezá a dividirte”. Eso teníamos que hacer. Y lo hicimos químicamente. Para eso, imitamos todo lo que ocurre cuando un espermatozoide entra a un óvulo: liberación de calcio, bloqueo de la polispermia –que evita que no entren varios espermatozoides al óvulo–, y por último activamos ciertos genes que hacían que el ovocito creyera que era un embrión y se empezara a dividir.

Se lo creyó. Luego de ponerle esas drogas, el ovocito pasó por siete días de cultivo embrionario –dentro de un receptáculo con las condiciones de un útero– en los que se multiplicó celularmente hasta transformarse en embrión. Llegado el momento, ese embrión resultante fue transferido a una vaca receptora. Y el embarazo siguió su curso.

Todo este último tramo –el del ovocito y el embarazo– fue realizado en el laboratorio de biotécnica reproductiva del INTA de Balcarce. El lugar donde ahora, sola y perfecta, Rosita come su pasto como una vaca cualquiera.

―Igual –resume Germán Kaiser mientras mira a Rosita– toda esta historia de los genes no tiene nada que ver con lo hincha quinotos que es la vaca.

***

Amanece. Nicolás Mucci llega al INTA sumido en el frío de una mañana radiante, y se mete pronto en su oficina, que es también la de Kaiser. Afuera las nubes parecen romperse contra el filo oscuro de las sierras. Y adentro hay una luz potente –plana- que ilumina todo lo que hay: estanterías, archivos, fotos familiares (Kaiser, Mucci y Mutto tienen una vida por afuera de la vaca) y una planta de ésas que viven con poco. Mucci toma asiento entre las cosas, ceba un mate y prende la computadora. En el fondo de pantalla aparece un embrión de dos milímetros: es su hijo. Como tiene un ecógrafo propio, cada cuatro días Mucci echa un vistazo al interior de su mujer.

―¿Y Kaiser? –Mucci se percata de que no está Kaiser, y llama al laboratorio–. ¿Laboratorio? ¿Está el doctor Kaiser? Necesito hablar con una mente brillante.

Luego corta. Ríe. Busca en su computadora, y encuentra –y muestra–, los embriones de los que salió la ternera. La imagen, a ojos inexpertos, es apenas una dispersión de círculos acuosos. Alguno de ellos –quién sabe cuál– encierra el feto de Rosita: una vaca artificial.

―¿Cómo van a hacer para remover la idea de la “vaca Frankenstein”?
―A ver –dice Kaiser recién llegado, recién sentado, con el bolso del club acomodado entre las piernas–. Sí: metimos un vector, metimos genes de una especie en otra especie…Pero genes “ajenos” comemos todos los días. Vos comés un bife y comés genes de vaca, ¿te hace mal? Cuando tomaste la leche de tu mamá, ¿te hizo mal? Esto no es distinto de lo que ya existe en la naturaleza. Si me decís que es antinatural meter genes de una especie en otra, podemos discutirlo… Pero lo cierto es que se producen permanentemente inserciones de ADN de virus, tenemos inserciones virales en todo nuestro cuerpo. Lo que nosotros hicimos fue idear un vector que meta dos virus en un mismo procedimiento. Nada más que eso.
―¿Y esto tiene relevancia internacional?¿Es un golazo para la ciencia?
―Lo que decimos –dice Kaiser– es que es una plataforma. Lo nuevo es el “saber hacerlo”. Así como se le metieron estas dos proteínas, en el futuro se pueden meter otras. Tenemos presentada una pre patente del proceso éste de haber construido una vaca bitransgénica. Pero no es que tenga gran relevancia, digamos: ahora simplemente se sabe que también está esto.
―No te hagás el humilde, Kaiser –dice Mucci–. La vaca está en Wikipedia.

Y es cierto. La vaca está en Wikipedia –dentro de la categoría “clon”– y además estuvo en una infinidad de medios de prensa. Cuando trascendió el anuncio de la presidenta, los teléfonos sonaban de tal forma que Kaiser, Mutto y Mucci parecían empleados de un call center. Hablaron con España, con el Reino Unido, con el Washington Post, con el New York Times, con el Discovery Channel, con Magdalena, con Víctor Hugo, con Fantino, y con todos los diarios y todas las revistas de alcance local y nacional, incluidas radios, asociaciones y publicaciones cristianas que manifestaron su rechazo de modos bastante explícitos: una vez, en Mar del Plata, una mujer de la Liga de Madres de Leche interceptó a Germán Kaiser agarrándose las tetas y al grito de “¿Leche humanizada??? ¡Estas!!!!”.

Pero nada fue tan grave. Junto con las notas fueron llegando los premios: los investigadores ganaron –entre otros– los galardones CITA (del Centro Internacional de Tecnología Agropecuaria), Innovar 2011 en rubro “Investigación aplicada”, y el premio La Nación Banco Galicia a la excelencia agropecuaria. Además, en el Concejo Deliberante declararon el proyecto de “interés legislativo” y todas las escuelas de la zona convocaron a Mucci y Kaiser para hablar de la vaca. A esas visitas –y a todos los otros actos– los científicos iban con una gigantografía que ahora está adentro de la casa de Rosita, y en la que se ve a la vaca de tamaño natural.

Y es que Rosita –la real– no podía ni puede ir a ninguna parte, y tampoco puede recibir visitas. Todo su mundo empieza y termina en esa casa que ahora, distante, en la mañana helada de Balcarce, parece condenada a algún vacío existencial. Cruzamos el campo –las tierras oscuras– para volver a verla. Me toco el brazo: duele. El sol salió hace un rato y hay un viento helado y Rosita está –se la ve– en su propia Siberia, comiendo de la mano de Carlos Lobato.

―Carlos es el domador –dice Mucci–. Es el único que sabe llevarla.

Carlos tiene sesenta y tres años, ropa color caqui, lentes. Todos los días –incluidos los fines de semana– llega a las siete de la mañana, desconecta el sistema de seguridad, le da de comer a la vaca, la ordeña y hace la limpieza. Es, hasta el momento, lo más parecido a un amigo que tiene Rosita. Y acaba de enojarse.

―Basta –grita Carlos–. ¡BASTA!

Rosita lo mira. Unos minutos antes la vaca se había puesto hincha: hormonal. Pero el grito acomodó las cosas. Ahora Rosita y Carlos se miran, y luego Rosita agacha la cabeza.

―Parece que entendiera –sonríe Carlos–. Pero bueno, es una vaca. Humanizada, maternizada, lo que quieras: pero tiene el entendimiento de una vaca.
―Es bruta como una vaca –digo.
―No… pobre animalito. Lo que sucede también es que los animales tienen su forma de pasar el día. Y la pobre está acá conmigo y… si estoy agachado haciendo algo capaz que viene y me cabecea. O los fines de semana cuando viene poca gente se aburre y tira cosas por el aire…
―Con ese carácter se va a quedar sola –digo. He quedado resentida.
―Sola no: siempre voy a estar yo –dice Carlos.
―Además es una vaca. Su destino es éste o un asado. Preguntale a ver qué elige –dice Mucci.

Pero yo no voy a preguntarle nada.

A ver si contesta.

La perra con escoltas

Publicado: 19 diciembre 2010 en Andrés Felipe Solano
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Esta fue la orden que un narcotraficante le impartió por teléfono a uno de sus hombres en la frontera entre Colombia y Brasil hace seis años:

—Esa perra nos está trayendo muchos problemas. Hay que operarla.

El servicio de inteligencia de la Policía interceptó la charla y la grabó. Acostumbrados a las conversaciones en clave y a las vulgaridades sexistas de los criminales, los detectives a cargo oyeron la grabación varias veces sin desenredar su verdadero significado. ¿De qué perra hablaban? En sus pesquisas no aparecía ninguna mujer que le estuviera haciendo la vida imposible a la organización y, por lo tanto, no sabían a quién había mandado matar el narco. El narco ofrecía 20 millones de pesos por la cabeza de la perra, y lastimosamente no tenían cómo protegerla. Se enterarían de ella cuando su cuerpo apareciera a las afueras de Leticia. Uno de los detectives, el más terco, se llevó la conversación a la cama. La frase le dio vueltas y vueltas en la cabeza como uno de esos pollos atravesados por una estaca de metal que se doran en los asaderos. Finalmente la obstinación tuvo su recompensa. Antes de dormirse, una sonrisa le atravesó la cara. Había descubierto de quién estaba hablando el tipo.

A la mañana siguiente se apareció en el aeropuerto Alfredo Vásquez Cobo de Leticia, donde estaban asignados los policías antinarcóticos Óscar Chuña y Robert Olanda, y les dijo:?

—Quieren matar a Ágata.

***

Los Testigos de Jehová que viven y trabajan en la sede principal de la comunidad a las afueras de Facatativá deben tener especial estima por Job, el símbolo bíblico de la paciencia. La banda sonora de sus vidas incluye los ladridos de los 300 perros que son adiestrados en la Escuela de Carabineros de la Policía Nacional y el eco de las balas de salva cuando a sus vecinos con uniforme les da por practicar tiro al blanco. En el 2002, Ágata fue donada a la sección de entrenamiento canino para detección de explosivos y drogas de la escuela que a duras penas deja dormir a la congregación cristiana. La familia con la que transcurrió su infancia canina se cansó de la hiperactividad de la perra labrador con nombre de mineral y la regaló. Los perros, por supuesto, no siempre llegan por la vía de la donación. La mayoría de las veces los compran a proveedores nacionales que conocen las especificaciones requeridas por la Policía o se importan de Holanda, Bélgica, México o Argentina, después de haber extendido un cheque con varios ceros. Por ejemplo, un pastor belga nacionalizado puede llegar a los nueve millones de pesos. Gracias a su efectividad, esta raza está a punto de destronar al pastor alemán, el emblema absoluto del perro policial.

La novicia Ágata pasó la incorporación, donde se evaluaron su estado físico y su superioridad anímica, término que usan los instructores de la escuela para designar ese don de no estarse quieto un segundo. Lo que para su antigua familia era una contrariedad, para el equipo de adiestramiento resultó ser una virtud. A los diez meses Ágata se graduó de la escuela después de cumplir diferentes pruebas físicas y psicológicas. Durante ese tiempo fue entrenada intensivamente. Por cada 20 minutos de actividad junto a su compañero guía —por ese entonces el policía Óscar Chuña—, descansó una hora. En la escuela se forman duplas hombre-perro. Así, mientras el animal era exigido a fondo, Chuña cursaba las 12 materias necesarias para graduarse del curso de guía canino. Ágata se graduó después de superar con creces los exámenes de resistencia a los sonidos de impacto de bala y explosiones, a los ataques sorpresa y a los conflictos olfativos. Parte de su educación consistió en no perder la concentración en caso de enfrentarse a un pedazo de olorosa carne asada, a vapores sexuales o a estelas dejadas por otros animales.

—De diez perros que se incorporan, solo pasan tres —dice el capitán Sandoval, profesor de la Escuela de Guías Caninos.

Los animales que no clasifican pasan a engrosar el listado de adopción. La gente en busca de compañía canina puede acudir a la escuela y no necesariamente tiene que ir a criaderos como el Gegar Kennels, de donde salió la única raza colombiana. El perro Gegar (por su creador Germán García, así como la galleta Herpo lo es en honor a Hernán Poveda) tiene todas las características de un montañero, criollo o gozque, incluida una tristeza connatural. Al parecer, la gracia del creador fue haberles encontrado antecedente a estos animales que se ven en todas las esquinas y que los niños apedrean cuando están aburridos: desciende de un cruce entre el español podenco ibenco y el basenji, originario del Congo, perros que llegaron con los conquistadores y el comercio de esclavos.

Caminar con el capitán Sandoval en medio de 300 caniles, como se les llama a las casas de los perros, pone a prueba los nervios, sobre todo a la hora de la alimentación. Son las cuatro de la tarde y la segunda comida del día se empieza a repartir. Mientras esperan su concentrado —de calidad superior—, decenas de pastores alemanes ladran, otros tantos pastores belgas gruñen, un schnauzer gigante traído de Argentina mira con recelo, un labrador dorado rasga con sus patas las rejas de su casa y un beagle se mueve en círculo. El conjunto difiere totalmente de ese célebre cuadro antropomorfo de 1903 firmado por Cassius Marcellus Coolidge que muestra a varios perros muy serenos jugando una partida de póquer a medianoche, con habanos y pipas en la boca y whisky sobre la mesa.

—Les damos la mejor comida posible. Más o menos gastamos 120.000 pesos al mes en alimentos por cada uno de ellos. Los consentimos mucho —dice el capitán Sandoval a la vez que infla el pecho hacia el poniente.

La consideración incluye a los jubilados. La vida útil de un perro adiestrado es de ocho años en promedio. Los más viejos del escuadrón son Darly y Flora, cada uno con 14 años de vida, todos unos nonagenarios si se hace la conversión a los años de vida humanos. Otro al que se le trata con especial consideración es Bruno, el tuerto, un perro que perdió un ojo en acción. Como gran consuelo fue condecorado con la Cruz al Mérito Canino.

—Es una medalla tipo joya que se le impone en una ceremonia. ¡Ah, también tenemos dos perros reformados!

El capitán Sandoval se refiere al rottweiler que cuidaba la bodega cerca a Facatativá donde se encontró el 6 de septiembre de 2000 un submarino criollo en la fase final de ensamblaje. El sumergible se estaba construyendo a 2500 metros sobre el nivel del mar para transportar 200 toneladas de droga por el Caribe. El otro perro al que alude el capitán se le pretendió cambiar su familia taxonómica: un traficante de droga quiso usarlo como mula. Ambos fueron reentrenados en la Escuela de Carabineros. Otro caso especial es el de los secuestrados. Como la mayoría de las fuerzas especiales de la Policía, este cuerpo también sufre por dos de sus miembros en cautiverio. Los animales fueron raptados en La Macarena y en Caucasia, donde acompañaban las labores de erradicación manual.

Cuando mueren en servicio, como pasó con un perro antinarcóticos que fue envenenado en Urabá y otro que murió despedazado en una emboscada en Nariño, también reciben honores. Se les incinera por disposición del Ministerio de Medio Ambiente, sus cenizas se guardan en urnas y pasan a engrosar el panteón de la escuela, o se le entregan al guía con el que compartieron la mayor parte de su vida en acción. A veces las viudas de policías también cargan con la muerte de un animal en la familia.

***

Ágata llegó a la selva en el 2003. Se adaptó sin mayores problemas a su nuevo trabajo en el aeropuerto de Leticia. No se dejó espantar por el calor o la humedad de la selva, ni por el ruido de las turbinas de los aviones o el piso resbaloso del lugar. Muchos perros le tienen verdadera aversión al sonido de sus patas deslizándose sobre un suelo liso. A los tres días de estar prestando servicio dio señas de lo que sería su exitosa carrera como perro detector de drogas. Su primer positivo consistió en descubrir marihuana encaletada en unas latas con grasa.

Durante un año Ágata paseó su hocico por aviones, motonaves, casas y locales de la porosa frontera colombo-brasileña. Descubrió cocaína camuflada en el marco de un cuadro, heroína impregnada en un largo pedazo de cuero, droga embutida en guacales de madera huecos y maletas con doble fondo. Incluso los simples consumidores eran detectados por el labrador. Bastaba algún mínimo residuo de coca en sus dedos o una hebra de marihuana en sus bolsillos para que los señalara. Su fama en el Amazonas empezó a competir con la de Kápax, y alcanzó la cumbre cuando el alcalde de Leticia la condecoró en el 2004 con la medalla Francisco Orellana en el grado Cruz de Oro. Ese día se leyó un pomposo decreto con su nombre y todos los altos funcionarios fueron obligados a estrechar su pata. Más o menos por ese tiempo Ágata cambió de compañero. El policía Óscar Chuña decidió adelantar estudios fuera de Leticia y fue entonces cuando la dejó al cuidado de Robert Olanda.

—Yo quise mucho a la niña. Con ella andábamos mucho, pero nunca se me olvida el día en que se quiso ahogar a mi lado —recuerda Olanda.

Un martes lluvioso, el patrullero Olanda y Ágata regresaban de Puerto Nariño en una lancha después de una misión. Les esperaban cuatro horas por el río Amazonas para llegar a Leticia. A mitad de camino la embarcación empezó a llenarse de agua. Como pudo el lanchero llegó a la orilla, los pasajeros salieron, Olanda empujó a la perra hacia tierra firme y se quedó de último, salvando el equipo, con el río embravecido bajo sus pies. Para sorpresa de Olanda, el animal regresó de un salto a la embarcación y empezó a hundirse a su lado. Alcanzaron a tener medio cuerpo en el agua cuando los sacaron.

Ágata se constituyó en un caso más de lealtad canina hacia un integrante de una especie que ha arrastrado a los suyos a los rincones más oscuros, como lo atestiguan la historia de Laika, que fue enviada al espacio el 3 de noviembre de 1957 por el programa espacial ruso. La perra murió a los siete días por falta de oxígeno. O Blondi, la pastor alemán de Adolf Hitler, que durante el final de la guerra durmió todas las noches a sus pies en el búnker. Por orden de su amoroso dueño fue usada para probar la eficiencia de las píldoras de cianuro con las que se pensaba suicidar, tal y como se lo había sugerido el médico Werner Haase. La perra cayó muerta pero Hitler, en la cresta de su paranoia, además de tomarse las pastillas se pegó un tiro horas después.

***

Los hombres han usado a los animales en la guerra desde el inicio de los tiempos. Los perros y los caballos por su cercanía con los humanos son los que más han sufrido. Sin embargo, el caso que ilustra con mayor efectividad el absurdo al que la raza humana arrastra a sus compañeros sobre la Tierra es el del dentista Lytle Adams, que conducía su carro cuando se enteró por radio del ataque a Pearl Harbor. En ese momento pasaba cerca de las cuevas de Carlsbad en Nuevo México, habitadas por millones de murciélagos. Así fue como se le ocurrió proponerle al Pentágono que usaran escuadrones de estos mamíferos alados como bombas incendiarias lanzadas desde aviones para acabar con los pueblos japoneses, hechos de madera y papel. Los animales serían liberados al anochecer. El ejército debía esperar a que se resguardaran en techos y columnas para activar las minúsculas bombas. El proyecto fue aprobado por el propio presidente Roosevelt y se le asignaron dos millones de dólares para desarrollarlo. Tomó más tiempo de lo que se esperaba y el gobierno se decantó por otra arma secreta para ponerle fin a la guerra: la bomba atómica.

En Colombia ha pasado lo propio. Las Farc usaron un burro bomba el 13 de marzo de 1996 en Chalán, Sucre. Mataron 11 policías. También cargaron con 30 kilos de explosivos a un caballo que estalló en la zona comercial de Guadalupe, Antioquia, en el 2002. Pero, sin duda, el 2007 fue el año más complicado para los animales colombianos. En septiembre secuestraron en Bogotá a Aldo, un pastor alemán por el que sus captores pedían 700 millones de pesos. Un mes después tres marranos corrieron la misma suerte en Ocaña, Santander, y a una gallina le amarraron 250 gramos de coca en Tibú, Norte de Santander, cerca a la frontera con Venezuela. Quizás en la cima del panteón de los animales colombianos mártires está Pepe, el hipopótamo que se escapó de la antigua hacienda de Pablo Escobar y que fue ajusticiado por mercenarios hace más de un año.

***

A su regreso después de la zozobra en la lancha, Ágata continuó con su racha de positivos. La gente, en vista de su celebridad, empezó a tomarse fotos a su lado. Cada semana ayudaba a incautar de 10 a 20 kilos de cocaína escondidos en las cuerdas de una hamaca, en porcelanas, en tarros de chocolate en polvo, en biblias huecas, disueltos en vidrio transparente. Su olfato, un millón de veces más potente que el del mejor perfumista, se volvió una pesadilla para los traficantes de la zona. Fue entonces cuando un narco decidió invertir en su muerte.

—Desde el día en que nos avisaron se le asignó un escolta. Como nos dijeron que querían envenenarla le pusimos mucho cuidado a su comida y le empezamos a comprar agua Manantial —dice Robert Olanda.

Una segunda conversación interceptada los alarmó aún más. La amenaza se repetía, había que acabar con la perra a como diera lugar. Era imposible que el negocio se lo estuviera tirando un animal. Ágata pasó a estar escoltada las 24 horas.

Con el tiempo, Olanda y Ágata no tuvieron otra salida que convertirse en una pareja errante para huir de la amenaza. Pasaron seis meses fuera de Leticia, recorriendo todo el departamento. Un día ayudaban a detener a un expendedor que les vendía droga a los soldados calavera de la base fronteriza de La Pedrera, a la semana capturaban en Puerto Nariño a una mujer que llevaba droga escondida dentro de unos panes recién horneados, un mes después apoyaban a la Policía brasileña más allá de los límites con Colombia. En el 2007 regresaron a Leticia. A pesar del riesgo, el patrullero Olanda no podía estar más tiempo lejos de su familia. Ágata trabajó escoltada dos años más, hasta que su cuello comenzó a hincharse a finales de 2009. La llevaron al veterinario con el temor de un envenenamiento, pero fue descartado. Los narcos nunca pudieron pasar su anillo de seguridad. Tampoco la había picado un bicho selvático. Sin embargo, la inflamación no cedió. La perra tuvo que ser remitida a la Escuela de Carabineros para un examen a fondo. Olanda se despidió en el aeropuerto.

—En 15 días nos vemos, mi niña —le dijo.

Ágata fue diagnosticada de linfoma y murió un mes después. Fue enterrada con honores. Hasta ese momento la recompensa para matarla todavía seguía en pie.

Temporada de polo

Publicado: 15 diciembre 2010 en Josefina Licitra
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Las buenas yeguas no olvidan. Una vez que aprenden todo (a andar con el pie derecho, a frenar a tiempo, a ser bravas pero obedientes, a dejarse montar con elegancia) pueden pasar los años y ellas sólo sabrán hacer lo correcto. Por eso, en el universo del polo, las buenas yeguas son sagradas. Literalmente sagradas. Las cuidan y las peinan como a una cortesana pero no las dejan aparearse ni por equivocación. Todos los meses, con puntualidad biológica, un grupo de expertos les hace un lavaje y les extrae un óvulo que se fecunda in Vitro con los espermatozoides de un padrillo. Ese embrión, a su vez, no vuelve a ellas sino que es implantado en un vientre sustituto que llevará adelante el embarazo (valor del embrión: 50 mil dólares). Gracias a esta técnica de laboratorio -que alcanza niveles de excelencia en la Argentina- una buena yegua puede tener hasta diez hijos por año sin perder su línea, sin dejar de jugar un solo día y sin saber que alguna vez los tuvo.

Las buenas yeguas saben todo, menos que son madres. Y menos aún que, gracias a los sistemas de transplante embrionario, muchas veces comparten campo de juego con sus propias hijas, dando lugar a una lógica reproductiva que habla más del universo del polo que del animal. Todo, en el mundo del alto handicap, queda en familia. Pero lo más curioso es que esta asociación (la de las yeguas y su reproducción eugenésica, con los clanes de polistas) no la hace un Luis D’Elía cualquiera sino la voz en off dePolo Real, uno de los videos que ven los extranjeros cuando vienen a aprender a jugar este deporte a la Argentina.

“El polo es un deporte de reyes, sultanes y millonarios del mundo entero. Por eso los caballos de máximo nivel están emparentados entre sí, consanguinidad que también se da entre los polistas” subraya una voz en off en el video y deja en claro, sin rodeos, qué busca buena parte de los miles de extranjeros que todos los años vienen a probar una tajada del campo argentino: no les atrae bailar tango o conocer el Obelisco. Ni siquiera los desvela aprender a cabalgar con elegancia. Sólo quieren comprar algo que en teoría no se vende (el estatus) y con ese fin juegan al polo en “el país del polo” -así se ve a la Argentina desde el 2001-, compran caballos de calidad premium y dejan una montaña de dólares -entre 2100 y 4500 semanales por persona- en el bolsillo de un grupo social -criadores, estancieros y jugadores- que durante los ’90 había visto en sus campos un gran dolor de cabeza.

¿Pero qué significa “estatus” en el polo? ¿Dónde se ve? ¿Cómo se vende? Un recorrido por las páginas web de algunas de las 150 estancias que ofrecen clínicas en la Argentina da como resultado una sobreabundancia de frases y palabras como “adrenalina”, “adicción”, “tradición”, “sentir”, “estar adonde hay que estar” y “no hay vuelta atrás”. Buena parte de esas haciendas está emplazada en Pilar, autoproclamada la “capital internacional del polo”; una localidad que -más allá de las áreas altamente urbanizadas- habla en un lenguaje de exportación. Las afueras de Pilar son fáciles de describir: hay mucho pasto, muchos caballos, muchos árboles, muchos boxes de ladrillo y algarrobo, y muchos carteles con la leyenda “lots for sale”.

Allí, rodeado de estancias que quizás se le parezcan -entre ellas La Ellerstina, dueña de uno de los equipos de polo más importantes del mundo- está Don Augusto Campo & Polo, un club que funciona todo el año (aunque la temporada alta, como en todo el país, se da de septiembre a marzo) y que tiene su epicentro en un inmenso campo de verde incandescente. En el borde de la cancha hay un árbol con una campana quieta y lo que puede verse es la postal minimalista de aquellos que todos quisiéramos creer que es el campo: pasto lacio, árboles al fondo, un caballo de crines luminosas y un disimulado olor a bosta.

En el medio de todo eso están Eric Wright (un “polo manager” -así se los llama- que juega profesionalmente en San Francisco y que vino al país para comprarle unas yeguas a su patrón) y Abby, una morocha que salta del caballo con la levedad de una paloma y dice que no quiere fotos ni apellidos. Abby tiene una cicatriz en el labio superior y esa marca le da al rostro una belleza distante, alerta. Cuando rondan los cuarenta, las mujeres del polo suelen parecerse a ella: tienen el rostro fuerte, marcado y generalmente intervenido por algún colágeno que borra o estira las arrugas que les hizo el tiempo, pero sobre todo el sol. Abby también es polo manager y está buscando tres tipos de yegua: una grande, lenta y sencilla de manejar. Otra mediana y rápida. Y una tercera pequeña y fácil de llevar. Para elegirlas las monta y las lleva a taquear por el campo. Evalúa su boca (es decir, su capacidad de freno), su aplomo, su relación con el taco (es fundamental que los caballos no le tengan miedo), sus ojos (deben estar sin “nube”), su coordinación de movimientos y su cuerpo sin cicatrices.

-Los extranjeros no saben mucho de caballos y piensan que con cicatriz no sirve -explica Abby-. Es como los que no entienden de autos y, en vez de fijarse en el motor, se fijan en el capot.

Según datos de la Aduana Argentina, se exportan cerca de 4 mil animales por año a un precio que va desde los 5 mil hasta los 15 mil dólares (aunque también están los que se venden por 30 y hasta 200 mil). Esto implica que al país ingresan anualmente, en concepto de caballos, un mínimo de 20 millones de dólares. ¿Adónde van estos bichos? A cualquier parte, incluida -por ejemplo- la Guardia Real de Marruecos, que le compró a la familia del polista Clemente Zavatela (marido de una trilliza de oro) veintiséis animales que fueron facturados al 25 por ciento de su valor real (una diferencia que originó una denuncia por evasión contra la empresa de Zavatela).

Cuando se mira una yegua, sin embargo, todas las chanchadas comerciales quedan lejos. La belleza tiene ese poder anestesiante y estos bichos, como todo lo que es bello, se sobreponen a la inmundicia ajena y a la propia con rozagante hidalguía. Las yeguas son refinadas hasta cuando cagan: lo hacen con el pecho afuera, las ancas dignas y el gesto de estar escuchando la mejor música del mundo. A metros de una yegua en trance, un holandés llamado Paul Van Oostveen -programador de páginas web- dice que estos animales son una adicción. Hace dos años que Paul vive en Argentina y desde hace uno que juega en el club Don Augusto. Viene todos los días y ya compró seis yeguas.

-¿Por qué tantas?

-Porque nunca es suficiente.

Los extranjeros que vienen a jugar al polo se dividen en dos grandes grupos. Por un lado están los europeos, solamente interesados en comer bien y pasarse el día a caballo. Y por otro están los estadounidenses, que hacen de las clínicas de polo un proyecto “all inclusive”: quieren amortizar el dinero que pagaron y no dejan un segundo librado al azar. Cuando bajan del caballo salen a ver tango, hacer shopping, pasear por La Boca y dejar fortunas en las talabarterías. En general, ninguno de estos dos grupos habla de “inseguridad”. Según Gonzalo Palacios Hardy, manager de Don Augusto, se trata de gente “de mundo” que ya recorrió Asia y África y que no cree que la Argentina sea un país más duro que Zimbabwe.

¿Por qué vienen acá, y no a Zimbabwe? Todos los motivos pueden resumirse en uno: en Argentina hay caballos mejores y más baratos que en cualquier otro lugar del mundo. Esta sería la explicación económica, mientras que la psicológica la da Bautista Heguy en el video Polo Real: “Para muchos el polo es una pasión, pero para otros también es un capricho, es esnobismo, es la posibilidad de acceder a un deporte elitista que les permite codearse con la realeza”.

El príncipe Harry de Inglaterra vino un par de veces a la estancia El Remanso, en Lobos, para mejorar su taqueo de la mano del polista Eduardo Heguy. E incluso el actor Tommy Lee Jones -perteneciente a la realeza de Hollywood- se hizo habitué de la estancia La Mariana y hasta devino el padrino de su equipo de polo. “Pensar que, en un principio, sólo vine a la Argentina a aprender un poco a jugar al polo, a comprar unos caballos y a comer buens asados -dijo-. Ahora vengo una o dos veces por año para no perder mis prácticas. Aunque sigo sosteniendo que, al lado del polo, trabajar en películas de cine es muy fácil”.

Claludio Uras, 31 años, petisero de Don Augusto, advierte que -si sólo se quiere estatus- es más fácil comprar un palo de golf y una pelota. Con el golf no es necesario tener tanto estado físico, es casi imposible romperse un hueso y es definitivamente menos riesgoso en términos económicos.

-Trabajar con caballos es como trabajar con alhajas, con la diferencia de que un collar no se te retoba -dice Claudio-. Una vez, en la estancia anterior donde trabajaba, se escapó un caballo de casi treinta mil dólares. Se fue a un campo vecino, comió mucho, se empachó y le agarró un cólico. Cuando el cólico es fuerte el caballo se hincha y ya no sirve más para polo. Por suerte este zafó, pero quedó un poco tonto, perdía el equilibrio. Casi me mato.

Claudio tiene 32 años, una mujer, dos hijos y media vida al servicio del polo. Nació en Pehuajó y, ya en la adolescencia, lo contrataron en una estancia para preparar caballos. Tenía que amansarlos, adelgazarlos, acostumbrarlos al taco y someterlos a un trabajo de ablande no sólo físico sino también sentimental. A diferencia de otros petiseros, Claudio tuvo la posibilidad de aprender a jugar. Ahora participa de las prácticas con extranjeros, aunque su principal tarea está a los pies del caballo: les hace la cama (con aserrín o viruta), los cepilla, les trenza la cola, los afeita y los alimenta.

“Los petiseros son el 50 por ciento del éxito de un equipo” dice Bautista Heguy en el video Polo Real. “Un buen petisero es como un buen contador o un buen abogado: hace al éxito de tu empresa” agrega Juan Ignacio Merlos, de la estancia La Dolfina.

Claudio, responsable entonces del 50 por ciento de esta historia, vive con su familia en la estancia Don Augusto. Su casa consiste en dos ambientes pequeños que antes tenían cocina compartida, y ahora es individual.

***

El polo tiene su origen en el llamado Sagol Kangjei, un deporte que se jugaba en la India unos 300 años antes de Cristo. Muchos siglos después, el colonialismo inglés se apropió de esta práctica y finalmente la trajo a la Argentina en el siglo XIX. El polo se fue transformando, en este país, en un deporte de confraternización entre inmigrantes sajones. Hasta que el 30 de agosto de 1875 se jugó el primer partido oficial. Aunque la mayoría de los jugadores era inglesa, el polo se empezó a difundir entre los argentinos. El motivo de esa adopción lo dio una crónica periodística de la época: “El polo resulta particularmente adaptable a un país de centauros como la Argentina, donde los campos son tan lisos como tableros de ajedrez y los caballos denotan admirables condiciones y entrenamiento para la lucha”.

En 1895, la primera delegación de polistas criollos jugó en Londres -le fue muy bien- y desde entonces el polo argentino mantuvo el primer lugar dentro de los equipos internacionales. El mejor ejemplo de que el polo local es superior al del resto del mundo lo da la inscripción al Campeonato Abierto de Polo de Palermo (el mayor evento deportivo del rubro a nivel internacional): para anotarse, es requisito básico que los jugadores tengan un handicap superior a los 28 puntos. Pero hay pocos equipos extranjeros que cumplan con este requisito.

-Existen torneos altamente prestigiosos, pero no existe el mundial de polo -explica Gonzalo Palacios Hardy-. La razón, justamente, es que si hubiera un mundial siempre ganaría la Argentina, y así no tiene gracia.

El polo se maneja por temporadas. La más alta va desde septiembre hasta principios de diciembre, y en ese lapso de tiempo se concentran todos los torneos y campeonatos de alto nivel. La baja, en cambio, arranca en otoño, cuando la lluvia llena los campos y vuelve todo más difícil.

-No estoy acostumbrado a los inviernos.

El que habla es Emiliano Blanco, 32 años, polista, él dice que mediocre. Lo conocí seis meses atrás, cuando de polo entendía menos que ahora y quise hacer esta crónica suponiendo que el polo era una fiesta todo el año. Esa tarde Emiliano estaba solo, callado, padeciendo el invierno, fumando Philip Morris con boquilla transparente y dejando que el sol frío le pegara en el cabello rubio con un golpe distante, como en una escena del Gran Gatsby.

-Cuando llueve todavía es peor: directamente no sé qué hacer.

Emiliano jugó en Santa Fe, Nuevo México (Estados Unidos) durante una década, y de allí se trajo varios clientes gringos. Ahora es reconocido por sus pares como uno de los que mejor maneja el negocio de los extranjeros y el polo. A su estancia -llamada Don Manuel y ubicada en Cañuelas- llegan profesionales que quieren ponerse en forma para la temporada europea, estudiantes de universidades inglesas que tienen un convenio con la estancia, y también turistas que aprovechan la devaluación para comprar, a precio moderado, la pertenencia a una casta a la que pertenecen pocos.

La tarea de Emiliano es grata, dice, pero no es rentable. Una cosa es ser un polista 10 de handicap, que cobra un mínimo de 300 mil dólares por jugar la temporada inglesa (y luego usa ese dinero para solventar la temporada en Argentina). Y otra cosa es ser como Emiliano.

-Si sos mediocre como yo, el tema de las temporadas y la llamada “vida de polo” te termina cansando, porque vivís de viaje, no formás nada en tu país, y el dinero que ganás afuera ni siquiera sirve para armarte acá un buen futuro. En un momento empezás a ver que la vida se va rápido y entonces muchos chicos como yo piensan que una forma de seguir viviendo del polo, pero en Argentina, es traer extranjeros. Quieren aprovechar porque piensan que es fácil. Que el extranjero es un tipo al que le vas a sacar dólares así nomás: dándoles asado y haciéndolos jugar con petiseros. Pero yo no hago eso, y así estoy: extenuado.

El campo de Emiliano -una infinidad de hectáreas con facilidades cinco estrellas- es el resultado del patrimonio familiar, al que Emiliano sumó sus doce años de trabajo en Estados Unidos. Emiliano nunca, en las últimas dos décadas, se tomó vacaciones. Cada vez que cerraba una temporada de polo volvía a Cañuelas para comprar ladrillos.

-Y está bien porque el lugar es mío y el día de mañana haré un negocio inmobiliario. Pero para hacerlo como negocio para turistas no es rentable. Sólo cierra si sos como el dueño de El Metejón: un extranjero que vio el negocio inmobiliario y entonces usa el polo para captar extranjeros para que le cmpren la tierra. Pero yo no hago eso. Entonces muchos amigos me dicen “quiero vender polo en Pilar, me compré unas hectáreas” y yo trato de explicarles, sin tirarlos abajo, cuáles son los problemas.

-¿Y cuál sería el problema?

-Que dejás la vida acá. Que no sé lo que es ir al cine. Por algo estoy soltero.

-¿Entonces por qué te metiste en esto?

-Porque a la vez amo los caballos, y porque mi papá vive acá. Mi papá es un tipo que vino muy de abajo. Y yo quiero que mi viejo viva en el mejor lugar.

Emiliano es uno de los pocos personajes dedicados al polo que no tienen origen patricio. Su padre trabajó en el rubro de la carne hasta que dos enfermedades contraídas en el trabajo -una broncoestasis y una tuberculosis- le hicieron pasar demasiados años en cama. Mientras su padre trabajaba, Emiliano iba a la escuela y jugaba al pato. Pero jugando se quebró las dos piernas y, tiempo después, un amigo de la familia directamente se mató. Cuando supo la noticia, su padre fue claro:

-Hacé lo que quieras con caballos -dijo-, pero olvidate del pato.

Así empezó Emiliano con el polo. A los dieciséis años viajó como petisero a Australia, y algunos años después hizo su base de trabajo fuerte en Estados Unidos.

A veces, cuando tiene tiempo de pensar en algo, Emiliano piensa en lo que él podría haber sido.

-Acá están los mejores polistas del mundo por el mismo motivo por el que tenemos los mejores caballos. Por un lado, el costo de hacerte jugador de polo, si tu familia juega al polo, es barato. Y por otro, hay un tema cultural: en Estados Unidos o Inglaterra, cumplís diecisiete años y tu viejo, por más que sea millonario, te obliga a ir a la facultad, a trabajar para pagarte los estudios, y recién cuando terminás con todo eso podés dedicarte al polo. Es decir que llegás grande y sin una cultura del caballo. A mí me han llegado adolescentes de Inglaterra; los padres los mandaban pero me decían: “No lo hagas jugar todo el tiempo: que aprenda a barrer, a lavar: que trabaje”. Es otra mentalidad. En cambio, en Argentina, si terminás el secundario y tenés familia con dinero ellos te pagan todo.

-¿Y eso te parece bueno o malo?

-La verdad… el estilo sajón me parece una pérdida de tiempo. Mi papá me hizo empezar a trabajar a los doce años. Y si me comparo con los chicos que empezaron conmigo con el polo, llegaron a más que yo porque tuvieron el tiempo y la cabeza más libres para pensar en eso. Yo a los diecisiete manejaba un matadero de vacas, iba a la facultad de noche y además jugaba al polo.

-Creés que si hubieras sido más consentido te habría ido mejor como polista.

-Sí.

Aunque no es un gran polista, Emiliano es una referencia ineludible para las clínicas de polo que se hacen para extranjeros. Por ese motivo ahora, en septiembre, llegaron hasta él Aaron y Marcus, dos estadounidenses de treinta y tantos años que en este momento montan un caballo fijo -una especie de animal de Troya en miniatura-, miran a un frontón, y empiezan a taquear para mejorar la técnica y precalentar el cuerpo para un partido que se jugará dentro de media hora.

Aaron se apellida Ball y tiene 37 años, pantalón blanco, botas de caña alta y un castellano correcto. Trabaja como abogado de una petrolera en Houston -a la que pertenece Marcus- y vino a esta estancia recomendado por el Club de Polo de Houston, del que es miembro desde hace un mes.

Un mes es poco. Ayer Aaron se cayó del caballo, aunque mantiene el optimismo.

-Emi tiene reputación muy buena en Estados Unidos -dice-. El polo se está haciendo popular entre personas entre 30 y 40 años. Ahora todos quieren venir a Argentina. Es el único lugar en el que piensas para hacer polo. No hay sitio en el mundo como éste.

-¿Y la política? ¿Sabe algo del país?

-Prestamos atención a la política, sí. Por ejemplo, el problema entre el campo y el resto. Y también hay interés en desarrollar acá los recursos petroleros. Argentina es más europeo que latino. Los creemos más parecidos a nosotros. Por eso nos gusta. Y porque es más barato que Europa. Hace dos meses tuve un casamiento en Inglaterra y es 2.2 pound el dólar. ¡Qué caro!

A su lado, montado sobre el caballo fijo, Marcus parece estar en otro mundo. Viste jeans -y no pantalón blanco, como se acostumbra en polo- y asiste a las indicaciones de Emiliano con la expresividad de una hoja en blanco. Marcus es la clase de personas que parecen no entender el idioma ni siquiera en su propio país. En la mayor parte de los casos, uno diría que eso significa “ser tonto”; pero en el caso de Marcus -ejecutivo de una petrolera- eso suele llamarse “estrategia”.

-Aaron tiene una facilidad natural, quiere hacer las cosas mejor -dice Emiliano-. Pero Marcus no. Marcus no le pone ganas.

-No lo digas en voz alta que te va a escuchar.

-No, no: yo se lo digo en la cara. Le digo “Marcus, poné ganas”.

-¿Y él qué hace?

-Nada.

Como mínimo, son necesarias cinco clases para aprender las posturas básicas del polo. En cualquier clínica para principiantes, lo primero que se enseña es a dominar un caballo, luego a mover el cuerpo y finalmente a pegar a la pelota lo mejor posible. Luego están las prácticas en la cancha. En este caso, Emiliano convocó a otros polistas amigos para que jueguen con Aaron y Marcus, a cambio de permitirles promocionar sus caballos para la venta. Por eso ahora, en el establo, a minutos nomás de jugar un partido, ocho personas se suben a sus yeguas de un salto.

-Che -interrumpe un polista desde las alturas-, decile al fotógrafo que me haga todos los planos que quiera, pero que me saque al caballo sin culo.

El que habla es Carlos Sciutto, jugador y hacedor de caballos que vino a hacer las prácticas con los estadounidenses. Sciutto está muy preocupado por la cola de su yegua: está despeinada.

-Este es un deporte de caballeros, por ende es un deporte elegante y todo debe estar perfecto, ¿entendés? El caballo debe estar descolado, bien tuzado, sin pelo en las patas, las orejas, en fin. Estos son caballos nuevos que van a hacer la temporada ahora, entonces esto es una guerra contra los pelos, ¿entendés? ¿Vos te depilás?

-Sobre todo en temporada.

-Bueno, ellas también.

El culo de las yeguas es sensual. La cola trenzada, la carne dura y las ancas tan abiertas recuerdan bastante a la hondura existencial que proponen las portadas de revistas para hombres. Las yeguas, además, están mejor peinadas que yo: llevan las colas trenzadas y en rodete, y a su vez ese rodete es de una tirantez tan perfecta que podría concursar en un certamen de peinados penitenciarios. Sobre una de esas yeguas, entrando al campo de juego, está Aaron. La novedad es que lleva puesto un casco extraño. A diferencia de las gorras de los demás jugadores, Aaron usa un accesorio que podría protegerlo de una guerra mundial.

-Para los gringos toda protección es poca -aclara Sciutto.

En rigor, toda protección es poca ya no para los gringos, sino para el polo en general. No existe profesional que conserve su osamenta sana. Ignacio Figueras -considerado el Brad Pitt del polo y convocado para sus campañas por la firma Ralph Laurent- tiene una cicatriz cerca del ojo y la nariz rota. Horacio Heguy perdió un ojo de un tacazo en 1995, y una década después se cayó del caballo y terminó en terapia intensiva, con tres costillas rotas y un pulmón perforado. En cuanto a Emiliano, llegó de su reciente temporada en el extranjero -estuvo dos meses dando clínicas en Inglaterra y Estados Unidos- con la tibia y el peroné hechos puré.

Los partidos de polo duran seis chukkers o chacras: lapsos de siete minutos cada uno, que es el tiempo que un caballo puede correr sin parar y sin deshidratarse. En un partido de alta competencia puede llegar a haber treinta goles. Pero en la práctica en Cañuelas, más que goles -hubo dos- se escucharon frases coom “Go! Go! Go!” y “Come on, Marcus, score!!!” (¡Marcus, hacé un punto!). Después, más allá de las palabras, estuvieron los famosos “hechos”. Aaron se cayó dos veces. Y el segundo episodio fue casi dramático.

Un rato después, con Aaron completamente entero y en manos de una masajista, Marianela Castagnola -una de las mejores polistas mujeres del país, invitada a jugar este partido- diría que Aaron cayó “como una bolsa de papas porque no sabe montar”. Pero en el momento exacto del desplome, lejos de cualquier hipótesis, lo que pudo verse fue una yegua frenando maliciosamente, y un pobre tipo hecho estampilla contra el suelo.

Aaron quedó sobre el pasto, boca arriba, con el casco puesto y los brazos en cruz.

-Aaron… are you okay?

-Ouch.

Detrás de Aaron, a cincuenta metros, la yegua se veía cada vez más chica, cada vez más lejos, galopando con la desesperación de los que necesitan mantener algo a salvo, quizás la elegancia.