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Está apoyada en la pared, bajo la luz amarilla de la farola. Las botas plateadas suben más allá de la rodilla. Por encima de ellas, apenas cuatro centímetros de piel y luego, un abrigo gris de falsa piel que abre de un único gesto cuando un coche se acerca. El gesto es parte del trabajo.

***

Casi dos años antes, esa misma mujer transexual que ahora hace la calle esperaba en el pasillo de la cárcel vestida de novia. Vivian había llegado tiempo atrás desde Perú con una única maleta llena de perfumes. Entonces no tenía ni idea de cómo sería su vida en Buenos Aires. Pero de todos los futuros que imaginó, en ninguno se casaba estando presa con un compañero de encierro.

El escenario: la cárcel de Ezeiza un día de abril de 2011. En el corredor gris completamente enrejado del módulo, los guardias observaban con los brazos en jarras. Eduardo –el novio– aprovechó para besar a Vivian, algo que no podía hacer un día normal sin ser castigado. Ella lo notó muy nervioso.

—Tranquilo, pa –le susurró al oído antes de dejarle ahí un beso leve.

Él –traje negro y cresta– la tomó del brazo y la introdujo en la sala donde aguardaba el público. Un estruendo de aplausos rebotó en el techo metálico. Una semana antes, Eduardo había tenido que pintar este mismo espacio que normalmente sirve de gimnasio. Ella había limpiado. Eran trabajos pagados a precio de presidio a 2,4 dólares la hora.

Las que aplaudían eran unas cincuenta personas sentadas en sillas de plástico en torno a un pasillo central. Pero esta vez no había familia de los novios que separar sino que los asistentes se organizaron de forma espontánea en dos grupos: funcionarios y autoridades de la prisión por un lado, y organizaciones sociales y de derechos humanos por el otro.

Con las gafas descansando en la punta de la nariz y un aire de maestra de escuela, la jueza leyó el acta.

—Comparecen Miguel Ángel Gutiérrez…
—Vivian –rectificó la novia riendo, mientras se aferraba a un ramo de margaritas blancas.

Además de las flores, todo lo que llevaba puesto era un regalo: los pendientes, los zapatos, el vestido blanco de corte sirena y escote abismal. La semana anterior habían llegado las encomiendas que mandaron las amigas. Estaban abiertas y faltaban varias cosas, entre ellas el vestido. El disgusto fue enorme. Vivian lloraba y amenazaba con reclamar al juez.

—Sin el vestido no me caso –dijo.

El día antes de la ceremonia, mientras Vivian trabajaba, el vestido apareció.

Eduardo, serio y erguido en la silla, parecía ausente. Trataba de no pensar para no estar furioso en su propia boda, pero tenía en la cabeza la imagen de su hermano –también preso– a quien no dejaron asistir.

—Por la mañana vinieron a mi celda y me dijeron: “Ojo con lo que decís a la prensa porque a tu hermano lo vamos a mandar al Chaco y allá te matan si tienes un familiar que vende falopa –cocaína– y más si ese familiar está con un puto. Así que mejor te callás”. Luego, cuando pasó el casamiento, me di cuenta de que era mentira, pero ese día no podía parar de pensar en eso– dirá después Eduardo.

En su discurso, la jueza trataba de resaltar la excepcionalidad del acontecimiento: la primera boda en prisión entre personas del mismo sexo. Los activistas a un costado aplaudían fervorosamente y exhibían banderas y folletos a los periodistas.

Cuando les entregaron el libro de familia, Vivian no podía parar de sonreír.

—¡Vivan los novios! ¡Otra política carcelaria fue posible! –gritó una activista.

Entre cámaras y flashes y gente que besaba y felicitaba a los novios en desorden, la misma mujer se acercó y le susurró a Vivian al oído:

—Cuando hablés con las cámaras nombrá a nuestra asociación y al director, que fue con quien pudimos lograr estar nosotras aquí.

Alguien desplegó una bandera de la Federación de Gays y Lesbianas y muchos de los asistentes, sobre todo funcionarios, se fueron poniendo detrás para la foto. Incluso el director del penal acabó sujetando la bandera por un extremo. Con la prensa delante, Vivian, un poco balbuceante, agradeció a los funcionarios –cuyos nombres tenían que apuntarle por detrás– y a las trabajadoras sociales y de las organizaciones de las que sí se acordaba.

—Y ayúdenme mucho cuando salga que estoy por salir.

Tras las entrevistas, la pareja estaba sentada en la sala de visitas. Vivian dijo sacándose un zapato:

—Tengo sed. Tomemos agua, imaginemos que es champán francés.

***

En la puerta una placa de mármol: Hotel Moderno Sevilla. En la entrada niños jugando. Niños desconfiados que no quieren abrir la puerta hasta que aparece Vivian con las llaves.

Hoy es un día de mayo de 2012. Eduardo salió absuelto hace un año y ella obtuvo la condicional dos meses atrás. Viven aquí desde entonces con la familia de él: su madre y tres de sus sobrinos.

El lugar quizás alguna vez recordó a la primavera andaluza con su patio de azulejos mozárabes y su farolillo de reja negra hoy desconchado. Las habitaciones quedan a un lado; los huecos de las puertas cubiertos por sábanas para que corra el aire y se disfrute de cierta intimidad.

—Nuestras celdas eran un poco más grandes– dice Eduardo mirando a su alrededor con los ojos achinados por el cálculo. El cuartito es de tres por dos con una cama individual encajada entre un armario; una estantería llena de maquillaje, champús y algo de comida; una silla y una mesa con la tele de plasma siempre encendida.

En ella ahora se reproduce una grabación con las noticias que salieron en televisión el día de la boda. Comentan las ilusiones puestas ahí, cómo creían que iba a facilitarles –quizás– las cosas al salir.

Sus expectativas no se han cumplido. Han visitado a todas las instancias estatales y organizaciones que estuvieron presentes. Allí reciben su currículum, les ofrecen asistencia legal o alguna ayuda económica y les desean suerte. Tampoco pueden hacer mucho más.

Vivian señala el reloj. Eduardo llega tarde a una reunión de Alcohólicos Anónimos.

—Quedó muy resentido –dice Vivian cuando sale Eduardo–. Con los guardias, pero también con las travestis. No sabes cómo es con ellas. Las odia, hasta las trata de chabones. A mí me da mucha bronca.

Se abraza a un oso de peluche gastado y se queda tendida en la cama. Recordando.

Habla de su familia en Perú y de su infancia: una biografía como otras de pobreza y abusos. Dice que le gustaría trabajar cuidando niños, algo que hizo de jovencita, cuando todavía no se había operado para tener tetas y podía vestirse de chico. Luego todo fue más complicado.

***

La historia de amor es así –aunque también está por escribir–.

—Una historia larga, como un cuento –dice Vivian jugando con su melena negra.

Se conocieron en Perú. Por aquel entonces ella todavía se ponía panchos –sujetador con relleno– para hacer la calle. Después de un tiempo él volvió a Buenos Aires porque le esperaban una mujer y una hija. Pero al regresar, la esposa murió debido a un aborto clandestino. La familia de ella vino a llevarse a la pequeña. Un juez decidió que estaría mejor con ellos. Eduardo enloqueció.

Cuando el dolor apenas había remitido, alguien chocó con él en un supermercado. La voz que se disculpó y la risa que vino con la disculpa le resultaron familiares.

Era septiembre del 2007. Vivian acababa de llegar a Argentina. Ese día pasearon juntos redescubriéndose y a partir de ahí empezaron una relación que duró un año. Tras ese año, Eduardo le declaró sus intenciones de pasar el resto de su vida juntos. Vivian aceptó y después de dos semanas, desapareció.

***

El día que cayó Vivian estaba en la cama. Le acababa de llamar un cliente, un chico que también se prostituía y que insistía en que quería verla esa misma noche. Pero ella llevaba bastantes horas sin dormir; había empalmado muchos clientes uno tras otro. Dijo que no a pesar de la insistencia de él. Y tiempo después, la imagen de un pasado que no llegó a ser le perseguiría noche tras noche durante gran parte de su encierro. Un pasado en el que salía a ver al chico y con ello se libraba de la detención y de todo lo que vino después. Pero estaba cansada y no fue.

A las cuatro de la mañana cayó la policía. Vivian estaba durmiendo.

—¡Abajo, puto! y que yo te vea las manos o te pego un tiro.

Casi al mismo tiempo que abría los ojos fue agarrada del cuello y arrojada al suelo mientras le apuntaban con un arma. La casa se llenó de gritos, golpes, miedo. Estuvieron tiradas en el suelo del patio y esposadas desde las cuatro de la mañana hasta la una de la tarde del día siguiente mientras los quince policías destruían meticulosamente cada uno de sus muebles y pertenencias.

—Pero lo peor estaba por venir –dice ahora. Lo peor no sólo serían los dos años de prisión sino también el periplo desde la detención hasta llegar a Marcos Paz.

En la comisaría, después de ser fichada, Vivian volvió a ser esposada, esta vez con los brazos en la espalda. A la tarde del segundo día les hicieron levantarse. Y otra vez los insultos: putos, trolos, sidosos.

—Ya van a ver. Allá donde van las van a coger por todos los agujeros.

Las subieron a una furgoneta donde derivaron tres días de penal en penal. De Marcos Paz a Devoto, de Devoto a Ezeiza. En ningún lado las querían.

—Los travestis son demasiado quilomberos –les decían.

Esos tres días no bajaron del vehículo. No bajaron para mear ni para dormir. Dormían esposadas, cambiando de postura a cada rato para que el dolor de las muñecas no se hiciese insoportable. O despertando por el hambre. Orinando en una botella. Acostumbrándose al miedo.

Vivian pensaba en Eduardo, en cómo avisarle. Le habían quitado el teléfono donde guardaba su número. Sólo podía esperar que alguien le dijese. Confiar.

Al cabo de una semana de la detención, ingresaron por fin en el penal de Macos Paz. La primera verja se abrió. Luego la segunda. Luego otras. Tras esas rejas se abría un nuevo mundo del que hasta entonces sólo habían oído hablar: uno de sombras, que iba a ser el único mundo posible para Vivian durante los próximos dos años y diez meses.

—Mi abogado me dijo: “Hay que pelearla para que salgas libre”. Pero yo pensaba que el juez no me iba a creer por travesti y prostituta. Así que me declaré culpable para que me rebajasen la pena.

***

Eduardo la buscó por todas partes pero nadie le dijo de la detención.

—Yo pensé: ya se fue, salió conmigo y se tomó el palo. Me puse mal, tomaba.

Dos meses después Eduardo fue detenido. Según dice, la policía le armó una causa por robo y como tenía antecedentes lo encerraron.

—Cuando llegué a Marcos Paz me estaban dando la bienvenida: yo estaba contra la pared con las manos en la espalda y los cobanis –policías– me cacheteaban. Escucho que venían caminando de lejos y se oía una risa familiar y pienso: ¿Será Vivian? Creí que me estaba volviendo loco por los golpes.

Ella, que llevaba ya unos meses presa, lo reconoció de lejos.

—¡Pedí el cuatro! –le gritó.

El cuatro era el pabellón donde estaban alojados homosexuales, mujeres trans y agresores sexuales; los “desviados” según la jerga del servicio. La lógica carcelaria clasifica a los detenidos, en teoría para prestarles una atención más personalizada. Pero sobre todo, para gestionar el conflicto entre presos, y entre presos y el servicio. En este caso, también se supone que separar a esta población sirve para protegerla de ataques y humillaciones.

Dentro de las jerarquías tumberas las transexuales en las prisiones de hombres tienen el estatus más bajo, menos que gato –los que hacen de mujeres en el pabellón: lavan la ropa de los otros, limpian y a veces, otras cosas–. Lo contrario de lo que les sucede a los transexuales varones en las cárceles de mujeres que suelen ocupar espacios de poder.

En el caso de Marcos Paz algunos detenidos se declaraban homosexuales –con la aprobación del servicio– para evitar el “resguardo de integridad física”. Los que están en resguardo –porque se considera que corren peligro– acaban padeciendo un encierro aún peor. Eduardo estuvo preso anteriormente en esas condiciones. Pasaba veintidós horas sin salir. Conseguía hablar a duras penas con un vecino gracias a un agujero de ventilación.

Después de esa experiencia, el pabellón IV no le pareció tan mal. Pero para Vivian era la primera vez.

***

Cada noche a las diez se cerraba la puerta de su celda.

Se sentaba en la mesa de metal y escribía cartas para Eduardo. Sobre los márgenes, dibujaba flores y osos con rotuladores de colores. Luego le daba esas cartas junto con algún regalo: una camiseta, unas galletas de chocolate. Regalos que conseguía cambiándolos por tranquilizantes que le recetaba el médico y con los que se drogan algunos reclusos mezclándolos con alcohol. Esa actividad de trueque era imprescindible para comer algo decente, cuando todavía no trabajan y por tanto no recibían ningún salario. El rancho –la comida de la prisión– es una de las principales quejas de los detenidos.

La mayoría sobrevive gracias a lo que le traen sus familias o comprando comida en la cantina. Pero casi ninguna transexual recibe visitas familiares, así que en Marcos Paz, muchas se juntaban o intercambiaban favores sexuales con los violetas –los condenados por delitos sexuales– con los que compartían pabellón. Vivian estuvo con uno hasta que llegó Eduardo.

—A mí no me gustan los mayores pero éste era muy buenito y sólo quería que lo abrazase y lo besase.

En las horas de trabajo Vivian pegaba bolsas de papel, una tras otra, todas las que podía, para llegar algo cansada a las noches de la celda. Pero hacer bolsas no cansa tanto, así que cuando se tumbaba en la cama y cerraba los ojos se sucedían dentro –uno podría pensar que en el reverso de los párpados– imágenes que le hacían imposible conciliar el sueño.

—Pensaba en la humillación de las requisas, en las peleas del pabellón. En como las otras me decían “peruana muerta de hambre vete a tu país”. A veces tenía miedo– dice ahora y cierra los ojos otra vez.

Cuando los cierra vuelve a la celda.

El silencio –recuerda– estaba lleno de sonidos metálicos, olor a humedad, a óxido. También se oía el balido de las ovejas, que parecía un llanto o que ella imaginaba llanto y que el eco hacía resonar en las paredes desnudas.

Para no escucharlo, Vivian ocupaba la duermevela en imaginar cosas bonitas. Hacía listas. La lista de qué iba a hacer al salir: ir a bailar, bañarse en una piscina, tener hijos, viajar a Europa. La lista de lo que comería. Y otra que consistía en todas las modificaciones corporales que le faltaban: operarse la nariz, reemplazar sus prótesis mamarias, cambiar de sexo. Al final de esta última lista, una Vivian con ropa bonita y “más femenina” –como dice ella–, una Vivian imaginada o quizás una Vivian del futuro la tomaba de la mano y sonriendo, la conducía por fin al mundo del sueño.

***

Ni Vivian ni Eduardo sabían que la creación del pabellón IV del penal de Marcos Paz había sido una conquista. Antes, las presas transexuales del sistema federal –dependiente del gobierno central– iban a parar a La Jaula de la Unidad 2 de Devoto.

Jorgelina Abelardo –militante de la Asociación de Travestis, Transexuales y Transgénero de Argentina, ATTTA– estuvo presa ahí. Fue detenida –recuerda– el día de su cumpleaños a una cuadra del bar en el que nos encontramos.

—Caí en el peor momento. En medio de la crisis, con todo ese caos político en el país. En esa época en Devoto yo vi morir entre uno y dos chicos por día. Las políticas de derechos humanos empezaron a tomar más peso un tiempo después de asumir Néstor Kirchner. Ahora por suerte ha cambiado bastante.

La Jaula era eso, una jaula: un entrepiso elevado totalmente enrejado que quedaba en medio del pabellón y que originalmente servía a los guardias para poder tener una vista completa del área. Ahí metían a las transexuales. Los presos se encaramaban y se colgaban con sábanas para tener sexo con ellas a través de las rejas.

—Nos pusieron para calmar a las fieras. Para que los tipos que no tenían visita tuvieran sexo con las chicas.

Jorgelina cuenta cómo las travestis eran obligadas a prostituirse y a veces lo hacían también por necesidad, incluso con los guardias. Además tenían que lavar la ropa de todo el pabellón. Algo que todavía sucede en muchas cárceles provinciales, como dan cuenta los informes de organizaciones como el Comité Contra la Tortura de la provincia de Buenos Aires.

Gracias a las demandas de presas como Jorgelina y a las luchas que llevaron a cabo, en el 2005 se creará el pabellón IV de Marcos Paz donde se encontraron Vivian y Eduardo y La Jaula desaparecerá.

***

Llueve. Vivian y Eduardo están en la cocina de su hotel. Es compartida pero no hay nadie más. Entre la cocina y el cuarto hay un patio, así que cada vez que olvidan algún ingrediente se mojan un poco. Vivian prepara ceviche.

—Es muy sencillo, sólo tienes que ponerle amor.

Está intentado enseñar a Eduardo a cocinar comida peruana.

—¿Nunca se separan?
—No mucho –contesta Eduardo–.
—Allí vivíamos las veinticuatro horas pegados. Fueron más de dos años –dice Vivian.

Para ellos “allí” siempre quiere decir la cárcel. Aunque “pegados” significa cosas distintas.

En el penal de Marcos Paz a menudo los “sectorizaban”. Es decir, los separaban en grupos distintos para que no coincidiesen en los espacios comunes. Primero salían de sus celdas las transexuales dos horas, luego los homosexuales otras dos y así los iban alternando. Esto implicaba que pasaban más tiempo encerrados.

—Y estar tantas horas sin salir –dice Vivian– lo que provoca es más locura, que los mismos internos se peleen, porque se drogan con pastillas y todo eso.

Durante esos castigos la pareja sorteaba rejas y distancias. Se hablaban a través de los barrotes. Para cocinar se turnaban con la metra –un balde de agua en la que preparaban los alimentos al baño maría calentando el agua mediante dos cables de electricidad pelados–. El que estaba fuera de la celda le pasaba la comida al otro por el ventanuco roto de la puerta. Había que aplastar el pan para que cupiese y pasarse la sopa en una bolsita de plástico. Y así comían juntos.

Por el agujero de la ventana no cabían más que dos dedos. Dedos que buscaban una mano al otro lado. Dedos que iban al encuentro de una boca que los besara clandestinamente.

Llegaron a estar encerrados entre dieciocho y veinte horas diarias por periodos de varios meses. La justificación del servicio para imponer la sectorización eran las peleas que a veces se producían entre homosexuales y transexuales –donde volaban sillas y las escobas eran armas–. El argumento era la seguridad de los detenidos. Sin embargo, justo antes de ingresar Vivian, tres reclusos se habían suicidado debido a este régimen de encierro, según el informe de la Procuración Penitenciaria de la Nación.

A principios del 2010 las transexuales iniciaron varias formas de lucha para terminar con la sectorización. También pedían que dejasen de tratarlas como hombres y que les permitiesen entrar ropa de mujer. Estas demandas provocaron la intervención de organismos estatales y de la militancia homosexual que las hicieron públicas. Era un tema sensible para el gobierno de Cristina Fernández, quien había hecho suyas las reivindicaciones del movimiento gay a través de la aprobación del matrimonio de las personas del mismo sexo. Pero además, se trataba de un tema de vulneración de derechos humanos, otra de las banderas simbólicas del kirchnerismo.

Tener acceso al altavoz del activismo comenzó a proteger a las transexuales respecto de la violencia física.

—Los guardias no se atrevían a tocarnos –dice Vivian ahora–, como tenemos pechos tenían miedo de que les acusásemos de abuso sexual. Pero para los homosexuales era distinto.

En marzo del 2010, la situación en el pabellón IV estaba tan tensa que la dirección del servicio penitenciario pactó con algunas organizaciones sociales un programa que implicaba el traslado a la Unidad Penitenciaria I de Ezeiza.

***

Una noche las transexuales estaban en el salón mientras que los homosexuales y los presos en resguardo se encontraban en sus celdas. Vivian pidió al guardia de turno que conectase la electricidad para poder cocinar.

—Mejor no cocinés porque se tienen que ir. Avisá a tus compañeras.

Fue un golpe. Habían oído hablar del programa, pero les habían dicho que el traslado sería voluntario. Muchas de ellas, como Vivian, habían establecido relaciones con sus compañeros de los que ahora tenían que separarse sin saber si volverían a reunirse alguna vez. Para la mayoría, constituían un sustituto de las familias que les habían dado la espalda. A este miedo a la soledad se sumaba la incertidumbre por el sitio al que iban, del que habían oído todo tipo de rumores. La imaginación –negra– suplía la falta de información.

Las mujeres comenzaron a recorrer celda por celda para despedirse. Se daban la mano entre los barrotes. Todo el mundo estaba callado, sólo se oía el croar de las ranas y el zumbido eléctrico de las puertas.

—En el pabellón parecía que se había muerto alguien –dice Eduardo–. Igual nos peleábamos mucho pero sabíamos que nos íbamos a extrañar. Nos dimos cuenta de que nos queríamos.

***

—Los primeros días en Ezeiza fueron horribles –dice ahora Vivian–. Estábamos muy solas. Tuvimos que pelear por todo. Pero lo más importante para nosotras era que nos volviesen a juntar con los chicos.

Las mantenían casi todo el tiempo encerradas para que no se mezclasen con los otros detenidos. Así que iniciaron otro periodo de confrontación directa con el servicio para pedir mejoras y el traslado de los detenidos que quedaron en Marcos Paz. Pero no todas se sumaron a la protesta, tenían miedo de las represalias. Una dijo a sus compañeras:

—Yo acá estoy bien. No puedo reclamar más de lo que me dan porque no he tenido una vida mejor en la calle.

Una madrugada, Vivian estaba tumbada en la cama de su celda. Durante las noches insomnes contaba uno a uno los días de su separación: habían pasado ya casi dos semanas. El módulo estaba a oscuras y en silencio.

Alguien gritó:

—¡Vivian! ¡Vivian!
—Hola. ¿Hola?
—¿Quién habla?
—Soy yo, soy el Pantera –contestó Eduardo–. Vinimos para acá.

La madrugada se llenó de gritos y risas. Las transexuales empezaron a golpear las puertas de sus celdas. El ruido en la prisión puede ser una forma extraña de felicidad.

***

Pese a esa victoria, poco después del traslado la sectorización se había vuelto a repetir. Los dividieron en cuatro grupos alojados en distintos pabellones. No se veían nunca.

—Las chanchadas que pasaban en Marcos Paz no van a pasar más. Nadie va a coger acá –decía el jefe de módulo.

Vivian y Eduardo tuvieron que reinventar el arte de pasarse la comida por rendijas y tocarse a través de rejas y agujeritos. Sus pabellones estaban enfrentados y en medio quedaba el patio que no podían usar al mismo tiempo. Un día limpiaron el hueco de la cerradura que ya no estaba. Por ese hueco cabía una lengua. Los besos tenían sabor a metal.

Se inició otra ronda de luchas para que los juntasen. Las transexuales amenazaron con cortarse el pelo y dejarse bigote, así no habría ninguna razón para mantenerlas apartadas de los demás. “No queremos estar separadas por especies”, decían en los comunicados.

—Ustedes se creen mujeres pero la mujer no se comporta así. La mujer es más delicada, más de su casa y a ustedes les gusta gritar como tipos y pelearse –contraatacaban los guardias.

A dos presas de las más activas en las protestas las trasladaron al sistema provincial. Allí las condiciones de encarcelamiento son mucho más duras y los organismos de derechos humanos denuncian constantemente abusos sexuales a las personas trans.

Poco a poco y con apoyo del exterior, consiguieron mejoras. Vivian y Eduardo pudieron compartir espacios: trabajar, estudiar, hacer deporte. A veces podían tomarse de la mano. Pero normalmente tenían que esconderse. Para las trans, besarse o cogerse de la mano con otro detenido era causa de sanción por “excitación corporal” y se castigaba con el encierro.

Para entonces ya se había aprobado el matrimonio para personas del mismo sexo. Desde que lo supieron, la pareja no habló de otra cosa. Pero no podían esperar a salir porque el resultado de los juicios era incierto. Querían hacerlo ya.

Dos días después de iniciar los trámites para casarse les preguntaron si querían que hubiese prensa en la ceremonia.

—Tendrán que pintar y adecentar el gimnasio –les pusieron como condición.

Mientras trabajaban juntos arreglando la sala donde sería la boda, les nació una esperanza, como si la publicidad fuese algún tipo de llave capaz de abrir un mañana distinto o de cambiar el pasado.

***

—El día que salí parecía un zombi –dice Vivian– todo me asustaba: el ruido de los coches, la gente. Él no vino a buscarme. Y ahí yo pensé: es verdad lo que dicen, cuando la gente sale, cambia. Ya cuando yo todavía estaba dentro y él había salido, pensé en separarme porque él venía a visitarme todas las semanas, pero venía todo trasnochado, desordenado, sucio. Le daba al escabio –bebida– y a mí eso no me gusta. Como el día que salí no vino a buscarme me fui a un hotel a dormir. A los dos días apareció.

***

—¿Y cómo es el afuera?

La que pregunta es Alba Rueda, una activista trans que Vivian conoció por teléfono durante las primeras denuncias. Estamos en el INADI –el Instituto Nacional contra la Discriminación–. La sala de reuniones es grande y fría. Pero Alba es cálida: sin maquillaje, lentes finos, jersey de lana.

Vivian explica: la lista de problemas es larga.

—¿Crees que podré encontrar trabajo?
—Siendo realista está todo por escribirse –dice Alba.

Tiempo atrás ella misma decía que las posibilidades laborales de una trans eran básicamente dos: el activismo o la prostitución. Hoy se muestra más optimista tras la aprobación de la ley de identidad de género que permite el cambio de nombre y sexo en el DNI. Esta ley posibilita además el acceso a otros derechos como las operaciones de reasignación de sexo.

—Nosotras estamos viviendo un momento de cambio cultural –prosigue–. Me parece que vos vas a vivir momentos difíciles pero también está bueno que sepas que estás luchando para educar a nuestra sociedad.
—Ya se me está haciendo difícil… ¿Te puedo dejar mi currículum?
—Pásamelo por mail acá.

***

Hace frío en Ezeiza, pero es un día radiante. El sol esculpe las cosas a golpe de sombras. Vivian y Eduardo han ido al penal a ver si queda un remanente de dinero que le falta a ella por cobrar de su trabajo en prisión. El primer cheque ya lo gastaron. Con éste piensan pagar el trámite de residencia.

En la entrada, la cola perenne de las visitas y una ventanilla de cristal espejado. Vivian llama con los nudillos. Al cabo de unos minutos aparece un funcionario que recoge los papeles mientras le alcanza un cheque a una mujer. La mujer lo toma sonriente y se acerca a hablar.

—¿Ustedes acaban de salir? Me han dicho que se echa de menos a los amigos de allá adentro.
—Yo no, ni hablar –contesta Vivian–. Yo no echo de menos a nadie –y le explica con una sonrisa que se casó allá dentro, que salió por la tele.

La ventanilla se abre. Vivian se acerca nerviosa.

No hay nada.

El mes que viene, le dicen. Quizás el mes que viene.

Con un poco de atención y una pizca de imaginación, cualquiera que se aventure por las calles del centro de Buenos Aires podrá ser testigo de un pequeño milagro: confundidos entre la multitud -esa marea de seres mal humorados que camina deslizando el pulgar por sus teléfonos inteligentes- surgen como sombras huidizas no uno sino diez Erdosain; veinte, tal vez treinta Astrólogos y un montón de Rufianes Melancólicos. Los héroes y villanos de Roberto Arlt están aquí, en esta Argentina del siglo veintiuno, más presentes si cabe que hace ocho décadas, para recordarnos que nada o muy poco ha cambiado y que la mosca, la biyuya, el vento o para entendernos mejor, la guita, sigue presidiendo las relaciones sociales en un país donde -dicen- nada es lo que parece.

“En las novelas de Arlt, el dinero define los enigmas y el suspenso de la trama”, escribe Ricardo Piglia en un ensayo sobre la literatura del autor de Los siete locos. Y las novelas de Arlt son, como se sabe, no sólo una radiografía exquisita de la Argentina de los años treinta. Son también relatos futuristas que nos envían desde el pasado continuas señales de alerta sobre nuestro presente. Pero dejemos por un momento a los lunáticos arltianos y centrémonos en esos seres atormentados que pululan por el centro de Buenos Aires. Hablan sin pausa del negocio que están a punto de concretar, de la subida desenfrenada de los precios, de un descuento mayúsculo en este o aquel supermercado, de un dos por uno imperdible en el cine, de las veinticuatro cuotas sin intereses con las que pagarán las vacaciones o de lo caro que está el dólar -siempre el dólar- y lo poco que rinde el salario.

Cuando me instalé en Buenos Aires, en enero de 2008, una de mis distracciones fue registrar extractos de conversaciones, palabras y frases entrecortadas con las que se podrían armar -como si se tratara de una novela de Perec- interminables historias de vida cotidiana. No es una tarea difícil. El argentino, que ama el exhibicionismo hasta límites insospechados, habla para que lo escuche no sólo su interlocutor más cercano sino, a ser posible, todo el mundo. Relegados a vivir en el culo del mundo por un malentendido con Dios (en el momento de crear al argentino todavía no estaban muy claros los atributos sublimes que desarrollaría el porteño, que todo lo sabe, hasta lo que desconoce), los argentinos tratan de que su voz se perciba allende los mares. No importa si no encuentran respuesta al otro lado del Atlántico. El argentino habla también -o antes que nada- para sí mismo. Vive, como vislumbró Ortega y Gasset, entregado no a una realidad sino a una imagen: “Es sobremanera Narciso. Es Narciso y la fuente de Narciso. Lo lleva todo consigo: la realidad, la imagen y el espejo”.

Con el paso de los años, la capacidad de observación se va diluyendo y el extranjero asume como normales ciertos hábitos y situaciones del país en el que vive, los mismos hábitos y situaciones ante los que el recién llegado no deja de asombrarse: después de vivir varios años en La Habana, por ejemplo, me parecía normal ver salir del agua en la bocana de la bahía a un buzo con un pargo de diez libras en las manos.

Hace ya tiempo que tengo tan asimilada la palabra “guita” como, por ejemplo, el hecho de que los autos circulen ocupando su carril y el del vecino. Tampoco pregunto ya a nadie en qué momento fueron bombardeadas las aceras de Buenos Aires, y asumo los esguinces como un daño colateral de esa guerra que debió de librar la ciudad. No arqueo ya las cejas cuando el cliente que está delante de mí en el Farmacity paga una pasta de dientes con su tarjeta de crédito en tres cómodas cuotas. Y hasta veo lógico que los colectivos de la línea que más uso -la 152, que va de Olivos a La Boca- pasen por la parada de tres en tres. Tampoco me sorprende ya, por otra parte, cruzarme con tantas librerías como bares de moscas hay en mi Madrid natal. Pero al principio sí me causaba perplejidad.

“La preocupación por el dinero es el tema de conversación preferido de los argentinos”, anoté en un cuaderno a poco de llegar a Buenos Aires. Era, obviamente, un comentario exagerado, pues nada hay más excesivo que tomar la parte por el todo y hablar de una sociedad en términos generales. Pero si asumimos como un acto de fe la inevitable generalización, a esa entidad que llamamos “argentino” (o más específicamente “porteño”), no parece importarle demasiado el contexto en que se encuentre para mentar la bicha. Hace unas semanas hablaba con una joven librera de la avenida Corrientes sobre la gran oferta cultural que brinda Buenos Aires, con su celebrada escena de teatro independiente, los recitales de todo tipo de música, exposiciones, ferias artísticas… “Sí, todo eso está muy bien si tenés plata -me interrumpió-, los recitales son caros y el teatro también”. Y a continuación me preguntó si yo me lo podía permitir. Solo le faltó interesarse por mi sueldo, una afición (la de querer saber cuánto gana el de al lado) muy argentina, sobre todo si el de al lado es extranjero. El único límite que parece haber en materia crematística es hablar del dinero propio -gran tabú- porque en el imaginario argentino el enriquecimiento personal y la corrupción caminan de la mano.

Para tratar de discernir qué hay de cierto en el mito de la obsesión de los argentinos con el dinero nada mejor que bucear un poco en la historia sociopolítica del país. La socióloga Ana Wortman, autora entre otros libros de Construcción imaginaria de la desigualdad social, me despeja algunas dudas. En los salones de tango de París -me cuenta Wortman- había un dicho recurrente: “Rico como un argentino”. Eran los tiempos de la acumulación de riqueza gracias al filón de la exportación de ganado y trigo. Aunque la riqueza -me aclara la socióloga- la ostentaba la oligarquía terrateniente: “Esa parte de la sociedad argentina se caracterizaba por estar al tanto de la novedad, ser consumista y viajar por Europa. Siempre estuvo muy atenta a la moda y tenía una vasta vida social donde sacaba a relucir sus adquisiciones en la casa y en la estancia. Y ahí quedó esa imagen del argentino como un tipo consumista, exhibicionista, que no tiene inconveniente en gastar y en mostrarse, en tirar lo que ha pasado de moda”.

Una imagen que ya percibieron algunos viajeros extranjeros hace más de cien años. Como el dramaturgo catalán Santiago Rusiñol, que visitó Argentina durante el centenario de la independencia (1910) y se quedó pasmado: “Acá el dinero es el rey”. O el escritor polaco WitoldGombrowicz, que vivió más de veinte años en el país a mediados del siglo pasado: “La Argentina -escribe en sus diarios- es un estanciero entre las naciones, un oligarca orgullosamente sentado sobre sus espléndidos territorios”.

La obsesión del argentino por el dinero se manifiesta, no obstante, tanto en épocas de abundancia como de crisis. En El País de las maravillas (1998), el escritor chaqueño MempoGiardinelli explica cómo se forjó ese vínculo especial con la plata: “Si hay muchos mitos que uno sabe que pueden tener validez en otras sociedades, como es lógico, probablemente éste sea uno de los más genuinamente argentinos. Y desde luego que tiene que ver con la perversa relación que hemos entablado con la economía a lo largo de por lo menos el último medio siglo; deriva de la pesadilla que hemos venido padeciendo los argentinos de por lo menos tres o cuatro generaciones: el proceso de constante empobrecimiento, lo que se llama la pauperización de la sociedad (y no sólo de las clases medias) llevó a esta especie de oficio paralelo que todos los argentinos tienen: ser un poco economistas aficionados por imperio de las circunstancias”.

Y las circunstancias han sido bastante convulsas en Argentina ¿Será entonces verdad que en cada argentino se esconde un economista? Los procesos traumáticos dejan huellas que condicionan la conducta futura del sujeto, me explica el psicoanalista Gabriel Rolón, autor de best-sellers como Historias de diván. “Los vaivenes económicos de la economía argentina han dejado marcas; procesos como el Rodrigazo (una gran devaluación del peso unida a un fuerte aumento de los precios) en los años setenta o la crisis de 2001 seguramente han dejado una inquietud acerca del tema del dinero que lo ha vuelto una cuestión de permanente ansiedad para nosotros”. Argentina -me recuerda Rolón- está poblada por descendientes de inmigrantes que vinieron huyendo de la guerra y el hambre en Europa, gente que guardaba cada peso que ganaba para construirse un futuro o para enviar a su familia en sus países de origen. Rolón ha viajado recientemente por España y Grecia y ha podido constatar que la virulencia de la crisis ya está dejando también su marca en la relación de esas sociedades con el dinero. “Psicológicamente hablando, el dinero no es más que un sustituto de la completitud y el poder. Hay otros valores, como la cultura, el talento, etc., que pueden ocupar ese lugar de hacernos sentir seguros y potentes, pero en la sociedad capitalista el dinero viene como anillo al dedo para buscar esa impostura en busca de una completitud que nunca será posible. El ser humano es un ser en falta, por suerte”. Me comenta Rolón que sus pacientes sólo le hablan de plata cuando tienen problemas económicos. Los ahorristas, por ejemplo, suelen ser sujetos bastante neuróticos.

Una ansiedad que se manifiesta a la hora de decidir cómo rentabilizar el dinero sobrante y que atañe por tanto a las clases medias y altas. Todo argentino al que le sobra un mango a final de mes sabe a cuánto cotiza el dólar, la moneda refugio de un país que vivió el sueño de la convertibilidad (un peso: un dólar) durante la década de los noventa, los años del “deme dos”, cuando muchos argentinos iban a Miami de compras como quien baja al quiosco de la esquina a por tabaco. Los años de pizza y champán, el gran legado político de aquel taumaturgo con patillas conocido popularmente como El Innombrable (por lo que respetaremos la sabiduría popular y no lo nombraremos), que privatizó medio país y prendió la hoguera para el gran incendio de 2001. A excepción de esos años, la preocupación por la cotización del dólar siempre ha estado presente entre los argentinos. Con una inflación que ronda el veinticinco por ciento anual (aunque el gobierno solo reconoce un diez por ciento), el ahorro en divisas era algo habitual entre las clases medias y altas hasta que la presidenta Cristina Kirchner logró la reelección en octubre de 2011 con una abrumadora mayoría y decidió acabar con lo que denominó “ahorro especulativo”. Y ella misma, para dar ejemplo, se aplicó el cuento y pesificó sus ahorros en dólares (es decir, dejó de especular). El control cambiario había llegado para quedarse. El Estado -argumentó el gobierno- necesitaba divisas para hacer frente al pago de importaciones y vencimientos de deuda. Y las divisas se estaban esfumando: 80.000 millones de dólares en los últimos cinco años, según datos oficiales: ni más ni menos que el dieciocho por ciento del PIB.

En el otro lado de la trinchera, los críticos vieron en el cepo al dólar una suerte de corralito en divisas. Sólo en algunos supuestos (viajes al exterior, pago de determinadas importaciones) se pueden comprar dólares de manera legal en el país que, después de Estados Unidos, atesora más billetes verdes en el mundo. A cada argentino le corresponderían, según datos del Tesoro norteamericano, 1.300 dólares frente a los seis dólares per cápita de Brasil. Aunque en las filas oficialistas se defiende la medida como una salvaguarda de la economía nacional, entre la tropa hay opiniones para todos los gustos, desde los defensores acérrimos del control cambiario hasta los que se preguntan por qué el gobierno al que votaron les obliga ahora a cometer una ilegalidad para adquirir dólares. “¿Por qué tengo yo que ir a una cueva (los chiringuitos financieros donde opera el mercado negro) como si fuera una delincuente?”, se pregunta una profesional relacionada con el mundo de la cultura.

Las quejas y alabanzas por el cepo al dólar se apropiaron en los últimos meses de las conversaciones sobre el dinero. En una cena con tres amigos kirchneristas (el antiguo binomio peronista/gorila quedó hoy superado por el de kirchnerista/antikirchnerista), todos caen en una curiosa contradicción: la norma es buena para el país -argumentan- y mala para ellos, que también necesitan dólares para salir fuera del país. “A mí me cagaron, viajo a Ecuador y necesito dólares”, se lamenta uno de ellos. “Yo intenté pedir dólares a la AFIP (la Hacienda argentina que autoriza unos cincuenta dólares por día para los viajes al exterior, aunque el sistema se cae cada dos por tres y en la práctica resulta totalmente arbitrario a la hora de asignar divisas) pero me pidieron una clave fiscal y no tengo”, confiesa otro. “Y ni se te ocurra pedirla”, interviene el tercero: “Cuanta menos información tengan de vos, mejor; están esperando que llames a su puerta para cazarte”.

Hablemos de guita

Pero cómo no hablar de dinero todo el tiempo si los medios de comunicación se desayunan con ese asunto y concluyen la jornada de la misma manera. No hay más que encender el televisor y sintonizar alguno de esos canales que ofrecen noticias (la misma noticia todo el tiempo) durante las veinticuatro horas del día. Ahí está el analista de turno hablando de guita. Hoy toca el salario de los porteros de Buenos Aires, un tema que no deja indiferente a nadie pues hay quien piensa que ganan demasiado (su sueldo está muy por encima del salario promedio, que ronda los cinco mil quinientos pesos mensuales, unos novecientos euros). “Si el portero de mi edificio gana más que yo, es que algo anda mal en este país”, recuerdo que me comentó un amigo periodista. Se equivocaba: lo que anda mal no es Argentina sino el oficio de periodista, aquí y en Pernambuco. Cambio de canal y escucho que alguien habla de la corrupción en España y los sobresueldos en el Partido Popular. “Mirá, estos españoles están copiando lo que hacíamos acá”. Sin embargo, no está muy claro quién copió a quién. No hay más que leer a Belgrano, uno de los próceres de la independencia, en una de las cartas que envió a su padre sobre lo que vio en la España de finales del siglo dieciocho: “Mi querido padre, la plata puede mucho bien dirigida, teniendo algún conocimiento en las cosas de la Corte y sabiendo los conductos se llega a conseguir lo que se quiere con ella; aquí más vale aparentar riquezas que pobreza, pues a todos abre los ojos el metal”.

Cambio de nuevo de canal y me topo con el objeto más deseado del momento: el dólar. En seguida pienso en Guillermo Moreno, el todopoderoso secretario de Comercio. En tiempos en que el dólar paralelo está batiendo todos los récords y ha superado los 7,50 pesos -es decir, un cincuenta por ciento por encima del oficial- Moreno acaba de pronosticar que el dólar oficial podría llegar a los seis pesos a finales de 2013; tengamos en cuenta que a principios de año ronda los cinco pesos. Y si lo ha dicho Moreno, una suerte de Rasputin del kirchnerismo capaz de recibir a ciertos empresarios con guantes de boxeo para poner las cosas claras desde el principio, como mínimo conviene prestar atención, por más complicado que resulte en este país asimilar rápidamente los avatares del dólar.

Si algún extranjero aterrizó por primera vez en Argentina el pasado 17 de enero, probablemente no haya podido entender los titulares de la prensa de ese día: “El dólar blue llegó a 7,50 pesos”. ¿El dólar blue? No tengo la menor idea de por qué al dólar que se vende en el mercado negro no lo denominan por su nombre, “negro”, en lugar de llamarlo blue. Y eso no es todo, porque en Argentina hay tantas especies de dólares que cuesta proponer un inventario. Está el dólar blue de las cuevas y el green de los “arbolitos”, esas plantas humanas que pueblan la céntrica calle Florida al grito de “cambio, cambio” y que poseen el don de la invisibilidad, pero sólo ante la policía. Está el dólar celeste de las operaciones inmobiliarias (porque en Argentina, ver para creer, los pisos se construyen en pesos y se venden en dólares) y el dólar turista de los gastos con tarjetas; hay un dólar soja, un dólar maíz, un dólar girasol: cada uno con su propia cotización. Y hasta un dólar bautizado con el extraño nombre de “contado con liqui”, que se utiliza para la fuga de capitales por la vía legal.

La asimilación social del dólar paralelo es tal que los principales diarios argentinos publican en sus páginas financieras no sólo la cotización del dólar oficial sino también la del negro (quiero decir, blue). Como no podía ser menos, en las redes sociales ya hay quien informa de la cotización del dólar paralelo a todas horas: @dolarblue, @dolarcable, @dolarlite.

Para rizar el rizo, recientemente apareció una aplicación informática que sigue los altibajos del dólar paralelo en tiempo real en iphonesyipads. Como se sabe, los argentinos son los reyes del invento. Ahí está Erdosain y su rosa de cobre para atestiguarlo. Se autoproclaman inventores del bolígrafo (que en Argentina llaman con el peculiar nombre de birome en honor a su creador, el húngaro nacionalizado argentino László Biro) y del autobús urbano o colectivo (puedo dar fe de que fueron ellos los creadores del cacharro: por Buenos Aires circulan los prototipos más viejos del planeta). Pues bien, una empresa argentina de sitios web, Bullpix, está detrás de la aplicación del dólar blue, una de las más demandadas de Apple en Argentina. “Primero regalamos la aplicación a nuestros clientes. Luego decidimos cargarla en el App Store de manera gratuita por dos días y la descargaron más de tres mil personas. La pasamos al modo pago para poder mejorarla. Ahora cuenta con notificaciones en donde se informa por hora los cambios en la cotización”, relata Alejandro Donzis, director comercial de la empresa, al diario El Cronista Comercial.

Sin tantos alardes tecnológicos, Agustín, un treintañero que lleva siete años en el negocio del dólar paralelo, cuenta y recuenta billetes tras una ventanilla en un local de Barrio Norte, una zona de clase media-alta de la capital. “Dame pesos”, ordena sin que haya nadie más a la vista. Unos segundos después, un bote de plástico desciende por una plataforma habilitada en una esquina del habitáculo donde trabaja. “Cien, doscientos, trescientos…”. Los dedos de Agustín son más rápidos que la vista. En unos segundos, le entrega 7.450 pesos a un cliente que le ha vendido mil dólares. Todo en la cueva de Agustín -el tabuco de dos por dos donde atiende, la luz mortecina, las paredes cuarteadas- tiene un aire de sordidez que no desentona con la actividad que allí se practica: la usura. El sociólogo alemán Georg Simmel ya advirtió en La filosofía del dinero (1905) que las relaciones humanas quedaron marcadas a fuego desde la aparición de un instrumento de comercio que se transformó en un fin en sí mismo. Con el dinero surge el individuo calculador en detrimento del individuo contemplativo.

“Esto no tiene mucha ciencia: se trata de comprar y vender”, me asegura Agustín. Pero tiene más ciencia de la que parece. “Faltan dólares en el mercado, por eso hay tanta demanda, y la va a seguir habiendo porque el gobierno no va a salir a vender dólares; hay que entender una cosa: el cepo cambiario no se va a acabar”.

El cuevero habla de economía con desparpajo. La espiral inflacionaria: ahí está el problema. Argentina se precipita hacia esa espiral y a la paralización del crecimiento. O sea: la temida estanflación. Agustín parece un economista, pero no lo es. “Lo que pasa es que leo mucho, me gusta estar enterado de las cosas, porque yo también muevo mi plata: en oro, en bonos, donde vea que va a ser más rentable”. Entre lección y lección, suena el teléfono. Y Agustín contesta telegráficamente: “Euro: ocho noventa”. Como si fuera un cambio legal, cada día, desde las diez y media de la mañana, los cueveros como Agustín llaman a una “central” para informarse sobre el precio de cada divisa de acuerdo a la oferta y demanda. “Son bancos y mesas de dinero de la City (el Microcentro porteño) las que marcan la pauta”.

Cada día el mercado negro mueve al menos veinte o treinta millones de dólares, el tres por ciento del total. Los técnicos lo llaman mercado ilíquido porque se trata de un volumen pequeño donde unos pocos jugadores pueden mover el tablero a su antojo. Pero Agustín no tiene dudas sobre quién respalda la existencia de ese mercado paralelo: “Al que más le interesa que exista es al propio gobierno, que así puede operar con sus dólares en los dos mercados: el oficial y el paralelo. Ellos son los formadores de dinero”.

El negocio del cuevero está estrechamente relacionado con la veneración que sienten los argentinos por el dólar. Moneda fetiche, el billete verde será siempre garantía de ahorro. “Yo lo explico con el ejemplo de la campera: Vos te olvidás una campera en mi negocio y regresás dentro de un año; en un bolsillo dejaste cien pesos y en el otro cien dólares; con el primer billete podrás comprar un treinta por ciento menos (por la inflación) mientras que el segundo lo seguirás guardando porque no perdió su valor, al contrario. ¿Se entiende?”.

Meridianamente.

Y mientras Agustín continúa hablando de márgenes y centavos, el ejemplo de la campera me lleva a pensar en todos esos lugares donde los argentinos guardan sus ahorros. La desconfianza en los bancos tras el corralito financiero de 2001 llevó a mucha gente a esconder el dinero en los rincones más insospechados de sus casas: bajo una encimera, en el balcón o entre la ropa, como esa campera ficticia de Agustín. Otros prefieren no arriesgar tanto y depositar sus dólares en los bancos, pero no en una cuenta sino en una caja de seguridad.

Según el diario Ámbito Financiero, en Argentina hay setecientas mil cajas fuertes en las entidades bancarias. Cuántos dólares acumulan esas cajas es un misterio. Hay también quien decide encastrar la caja fuerte en su propio hogar.

En el apartamento que alquilé cuando llegué a Buenos Aires había una enorme caja fuerte en el cuartito de la lavadora. De hecho, la caja tenía el tamaño de una lavadora. Estaba cerrada a cal y canto y nadie se acordaba de la clave para abrirla. Durante los primeros días soñé con que unos ladrones entraban en casa y me torturaban para que cantara la combinación. Como no la sabía, me iban cortando los dedos de las manos y cuando ya sólo quedaban muñones me despertaba gritando. Le pedí encarecidamente a la administradora del piso que se llevara esa cosa maligna de mi departamento o que al menos la dejara con la puerta abierta. Pero no fue tan sencillo. El dueño vivía en el extranjero y no recordaba la clave, así que la administradora tuvo que contratar a unos expertos en cajas de seguridad. Primero vino el operario estilista, pero aunque gesticuló como esos ladrones de guante blanco que salen en el cine, no logró dar con la fórmula adecuada. Se marchó cabizbajo. Después llegaron los reventadores profesionales, tipos rudos con taladradoras, martillos y refrescos de cola. La caja pesaba un quintal y la única forma de no fundir el ascensor era trocearla. Rompieron varias brocas antes de poder perforar el acero del armatoste. Nunca supe muy bien qué hicieron esos “expertos” tanto tiempo en el cuarto de la lavadora, pero estuvieron varios días hasta que finalmente consiguieron separar la puerta del cuerpo de la caja y mi pesadilla, por fin, se acabó.

Le he perdido el hilo a Agustín durante unos segundos pero no importa porque él sigue en lo suyo: “El dólar blue va a continuar subiendo aunque el gobierno devalúe el oficial; si no pone dólares a la venta, la brecha seguirá”, está diciendo ahora. No hay una salida fácil, según el economista cuevero, porque si se elimina el cepo cambiario la gente irá en masa a comprar dólares: “Es la cultura argentina; somos así”.

La obsesión por el dólar existe desde hace décadas. “Salarios, precios, tipo de cambio: todo el mundo habla de dinero, todos los que pueden permitírselo compran dólares en el mercado negro. Y pronto el visitante se ve afectado por la histeria”. Cualquiera podría suscribir esa frase hoy, pero fue escrita en 1972. V.S. Naipaul palpaba entonces la realidad argentina para escribir su extensa crónica sobre el peronismo: El regreso de Eva Perón. El traductor de Borges, Norman Thomas di Giovanni, que llevaba tres años viviendo en Buenos Aires, le traslada a Naipaul esa impresión: “Empiezas a tener la sensación de que te estás pasando los mejores años de tu vida en casa del cambista. Voy allí algunas tardes igual que otras personas van de compras; sólo para ver qué se ofrece”. Para seguir el consejo de Di Giovanni, me acerco a visitar a Agustín algunas tardes de este verano austral mientras paseo por Buenos Aires. Me gusta verle contando billetes a toda velocidad: cien, doscientos, trescientos, mientras ordena que bajen el frasquito con los pesos en su tabuco de dos por dos.

Es el triunfo de la sociedad del cálculo.

Coaching in theriverplate

Seguramente Agustín no necesite los consejos de Nicolás Litvinoff, un economista (con título universitario) devenido coach financiero. Cuando oí hablar de él no tenía idea de qué demonios era un “coach” financiero, una de esas maravillosas expresiones de nuestra época globalizada. “No es más que el coaching ontológico aplicado a las finanzas”, me suelta Litvinoff.

Sigo sin entender nada, así que abro su libro Es tu dinero e intento enterarme de qué hablamos cuando hablamos de coaching ontológico: “Se basa en la premisa de que existe una relación directa entre nuestra forma de observar el mundo, las acciones que emprendemos y los resultados que obtenemos; por ende, su meta principal es transformar el tipo de observador que somos (…) para alcanzar los objetivos planteados”.

Aplicado a las finanzas, el trabajo del coach es lograr que el inversor cambie y mejore su punto de observación de la realidad económica para lograr resultados tangibles. Voy entendiéndolo.

Nicolás me ha citado en una cafetería de Salguero y Libertador, una de las zonas más nobles de Buenos Aires, donde uno imagina que a la gente no le hacen falta muchos consejos para conseguir plata. “Lo que hago es darle una vuelta de tuerca al coaching y fusionarlo con las finanzas; trabajé en sociedades de bolsa manejando cuentas de terceros e impartí clases de economía financiera; junto todo eso y salgo con el coaching financiero”. Y para ello fundó Estudinero.net, un sitio de Internet al que se apuntan desde contables hasta mineros o taxistas en busca del tiempo (y del dólar) perdido. En sus clases, el coach enseña a sus alumnos a “invertir con fundamentos”. “La intuición siempre genera pérdidas”, es una de sus premisas.

Tenía mis dudas sobre las diferencias entre un coach y un asesor financiero, pero empecé a despejarlas cuando Nicolás me comentó que estaba terminando su primera novela: Maten al asesor financiero. Parece que los coach no se llevan muy bien con los asesores. “Hay siempre un conflicto de intereses entre el asesor y su cliente, porque el asesor piensa sólo en el bonus de fin de año que le corresponderá por la cantidad de productos que haya podido colocar”. Y el coach, según Nicolás, trabaja en un plano más emocional. ¡Qué buen rollo! En cualquier caso, a mí la parte de la charla con Litvinoff que más me interesa es cuando me revela que él no trabaja más de cuatro horas por día. Trabajar menos y ganar más, de eso se trata. Erdosain y el Rufián Melancólico se unen a nuestra mesa.

“La pregunta clave -nos informa el coach a los tres- es si conviene dedicar el ochenta por ciento de nuestro tiempo a generar los ingresos o, por el contrario, trabajar el veinte por ciento de nuestro tiempo para generar el ochenta por ciento de los ingresos”. Para ello, hay que vender bien nuestro talento. “Internet te da la posibilidad de llevar este tipo de vida que yo propongo: nunca fue tan fácil montar un negocio como hoy en día, se trata de buscar aquellos nichos no explorados”. Litvinoff los llama Vehículos Automatizados de Ingreso. Otra expresión maravillosamente posmoderna.

“Se vende talento. Razón aquí”, podría ser el lema del trabajo por cuenta propia que viene. El problema, según el coach, es que no todo el mundo sabe potenciar su capacidad. Y los que saben hacerlo -pienso yo- también pueden caer en las redes de la ansiedad: Litvinoff relata en su libro la aventura ficticia de un broker de bolsa argentino que decide manejar cuentas de terceros desde su casa. Después de informarse bien (siguiendo los mandamientos del coaching), invierte en paquetes de acciones de los países emergentes, los llamados Brics, muy en boga. Al principio le va de maravilla, con ganancias de mil quinientos dólares por día, el sueldo de un mes y medio en su trabajo anterior. Pero un día la Bolsa da un giro inesperado y el broker comienza a perder al mismo ritmo que antes ganaba. Todo eso le genera un estrés incontrolable, vive pegado a la computadora hogareña todo el tiempo, se queda desvelado hasta la madrugada para ver cómo se comportan los mercados asiáticos, come mal, discute con su novia: un infierno. Hasta que cambia la estrategia inversora y logra revertir la caída de su cuenta de terceros. El cuento tiene un final feliz, porque el broker acaba ganando en quince días tres mil quinientos dólares. Pero maldita la gracia. A punto ha estado de que lo llevaran a urgencias por un paro cardiaco. “Tiene algo de autobiográfico, sí”, confiesa Nicolás para saciar mi curiosidad.

Los consejos de Litvinoff sobre cómo utilizar el dinero y el tiempo se venden bien en las librerías, pero no han logrado batir a la auténtica estrella de la temporada, el best-seller de la divulgación económica: Economía a contramano, del periodista Alfredo Zaiat. “Yo no veo en la Argentina una obsesión con el dinero como objeto fetiche del sistema capitalista diferente a la que puede haber en otros países; lo que sí existe es una obsesión con el dólar”, me explica Zaiat.

En su libro -lectura de cabecera de la presidenta Kirchner-, Zaiat dedica un capítulo a esa obsesión. Y relata algunas curiosidades interesantes, como la peculiar manera en que viajan todos esos dólares que acumulan los argentinos desde la Reserva Federal hasta el Banco Central de Argentina. Todo un negocio para Washington. En concreto, el Tesoro norteamericano recibió tres mil doscientos veintitrés millones de dólares en intereses sólo en 2005. “Los argentinos que se aferran a esos billetes merecen saber que, de forma gratuita (…), han colaborado con esa suma millonaria a las finanzas de Estados Unidos”. Para Zaiat, lo que sí diferencia a Argentina de otros países es la cultura rentista que hunde sus raíces en la posesión de vastas áreas de tierra tremendamente productivas, pero en muy pocas manos. “Una cultura que no se dio en otras partes del mundo con una bendición de la naturaleza similar a la nuestra”, dice.

Defensor del control cambiario impuesto por el gobierno, el autor de Economía a contramano cree que lo que está en juego es la recuperación de la soberanía monetaria del país, rifada a su suerte durante décadas de políticas neoliberales.

Los libros de divulgación económica, como el de Zaiat, inundan las estanterías de las librerías argentinas. Pero el dinero no está muy presente en la literatura actual. No siempre fue así. La investigadora del Conicet Alejandra Laera, doctora en Letras, me cita en el bar del Museo Sarmiento para explicarme en qué momentos puso el foco la literatura argentina en el dinero. Laera, que pronto publicará su ensayo Ficciones del dinero. Argentina, 1890-2001, ha detectado una estrecha relación entre esas dos épocas. Dos momentos que combinan una gran modernización con un desastre económico. Esa tesis reveladora nos lleva a conectar a Julián Martel -el primer autor que se ocupó del dinero a conciencia en La Bolsa (1891)-, con los narradores contemporáneos que entre 1990 y 2001 escribieron obras en las que el dinero se articula como motor de la trama. En La Bolsa, Martel escribe por primera vez sobre un asunto -el dinero- que antes solo había aparecido de manera tangencial, como en los registros de gastos de Sarmiento que, por cierto, anotaba hasta las orgías.

“Es a partir de esa crisis de 1890 cuando las novelas se hacen cargo de esa nueva realidad, el dinero, la crisis, la especulación bursátil. Al mismo tiempo, los diarios comienzan a publicar noticias relacionadas con las finanzas, los suicidios que provoca la crisis, etc.”. Y ese ciclo de novelas relacionadas con el dinero concluirá a finales de la década del veinte, con Los siete locos y Los lanzallamas de Arlt. Después, y aunque otros grandes escritores, desde Borges a Saer, trataron el asunto a su manera, habrá que esperar hasta otra etapa de abrupta prosperidad y crisis para encontrarnos con el dinero como protagonista en la narrativa argentina.

En la década de 1990 se escriben, según Laera, cinco novelas que tratan el dinero no ya como el nuevo héroe moderno que proclamara Balzac sino como su reverso. “Son tramas que refuerzan la idea de la abstracción intrínseca del dinero; más que del dinero hablan de la desaparición del dinero”. Ahí están El aire (1992), de Sergio Chejfec, donde el vidrio reemplaza a monedas y billetes; Wasabi (1994), de Alan Pauls, donde la beca concedida a un escritor se transforma en una pesadilla que le provocará el crecimiento de un quiste; Plata quemada (1997), de Ricardo Piglia, donde arde el dinero de un robo; Varamo (1999), de César Aira, con el dinero falso como protagonista, y La experiencia sensible (2001), de Rodolfo Fogwill, donde una familia se ve abocada a gastar su plata en un casino de Las Vegas.

“Estas novelas -señala Laera- son una apuesta por escribir las ficciones del dinero desde la interpelación y la denuncia de situaciones vinculadas al contexto político y social del país, y creo que es importante la conexión con las obras del diecinueve. Aunque son novelas de temáticas y propuestas diferentes, las obras de finales del diecinueve y las de la década del noventa coinciden en algo esencial: destacar la tensión entre modernización y crisis; se trata de ciclos modernizadores con mucha inversión, mucho consumo lujoso, y ambos terminan con crisis no solo económicas sino institucionales”.

Pero si hay un escritor que sublimó el dinero como trama central de su obra fue Roberto Arlt, autor de algunas de las grandes novelas de la literatura en español del siglo veinte. Piglia ha visto en Arlt al gran urdidor de la ficción del dinero. “En sus novelas -escribe Piglia- el dinero aparece como causa y como efecto de la ficción. Causa, porque para tenerlo es preciso mentir, estafar, hacer el cuento. Efecto, porque ese enriquecimiento siempre postergado desencadena la historia de todo lo que se va a hacer, cuando se tenga dinero”. Laera también comparte esa lectura sobre la narrativa de Arlt: “Tanto Los siete locos como su continuación, Los Lanzallamas, representan el momento culminante de las ficciones del dinero”.

El escritor Martín Kohan (Buenos Aires, 1967), uno de los mejores narradores de su generación, también cree que Arlt da en el clavo al subrayar una de las dos fantasías que dominan el imaginario argentino: la riqueza repentina a través del batacazo. Su contracara es la ruina fulminante, que tanto ha cantado el tango. “La idea del batacazo arltiano va en contra de esa filosofía de nuestros abuelos, el trabajo diario, el separar el pesito, el ahorro”, me cuenta Kohan en el escenario del teatro Grand Splendid, rodeado de actores políglotas que no paran de tomar café. Llegó a la cita con una camiseta deportiva y una mochila a cuestas. No parece un intelectual. Pero su vida son los libros y la docencia. “Mi principal capital es el tiempo”, me confiesa, para luego explicar que le revienta perder un día en trámites burocráticos.

Kohan es un argentino atípico, poco o nada preocupado por el dinero. Aunque esa indiferencia no lo protege del virus: “Hoy fui a comer a una parrilla normal en un barrio normal y cuando me levanté para ir al baño pasé bordeando tres mesas y en todas escuché conversaciones relacionadas con el dinero. Es interesante pensar en esa persona que aunque no esté directamente ligada al tema de la plata se interesa de alguna manera, porque el dinero está en el ambiente. En mi memoria de argentino, siempre fue un tema del que había que saber algo, como el clima del día”.

A Kohan no le duelen prendas en reconocer que él mismo, un antimenemista declarado, se sintió de alguna manera mesmerizado por la convertibilidad. “El ideologema del uno a uno (un dólar: un peso) me quedó inoculado con una fuerza que iba más allá de la racionalidad”. De repente, a alguien como Kohan -que cultiva el anticonsumismo- se le encendían los ojos ante la cantidad de libros y discos importados que podía adquirir. “Más allá de que el uno a uno no tenía ningún fundamento económico y estaba destinado a desmoronarse, están las razones ideológicas por las que funcionó; la convertibilidad tocó un deseo colectivo, la voluntad de creer en que se puede ser otra cosa”.

La idea nos lleva de nuevo a principios del siglo veinte, a los estancieros que viajaban a Francia con su vaca en la bodega del barco, al sueño de una nación que quiso ser y no fue la Estados Unidos del sur. El peso mirando de tú a tú al dólar era eso: la idea de pertenecer a un primer mundo privilegiado, donde el consumo desbocado (“deme dos”) sería el nuevo becerro de oro. “La crisis de 2001, además de todo el empobrecimiento que causó, lastimó ese imaginario”, subraya el autor de Ciencias morales. Y el paciente ya estaba tocado después de sufrir la hiperinflación de finales de los años ochenta.

“El filósofo Tomás Abraham se refirió en un artículo a que el verdadero miedo social actual en Argentina viene estimulado por el fantasma de la hiperinflación, por encima de otros traumas sociales como el que dejaron en el país los represores de la última dictadura; es terrible pero auténtico”, apunta Kohan. Los traumas económicos marcaron a fuego en la sociedad un “reflejo defensivo” que no ha desaparecido y que no tiene nada que ver con la especulación pura y dura que practican algunos. “El dinero -dice el escritor- no es una cuestión relevante en mi vida, pero sí tengo ese reflejo de ahorro; no tengo avidez en ganar dinero: mi reflejo es no gastar”.

Me despido de Martín Kohan en la cafetería de la deslumbrante librería El Ateneo, ¿o era el escenario del Gran Splendid?, y me encamino hacia casa. Tengo que hacer algunos arreglos en la baulera. Cada vez que entro en esa covacha llena de trastos y veo la caja fuerte troceada me vienen a la memoria aquellos días de angustia, cuando me atormentaba la idea de que los expertos de las taladradoras y los martillos nunca pudieran terminar su trabajo. Arrumbada en una esquina de la baulera quedó la puerta de la caja. Nunca olvidaré el día en que uno de los operarios, con los ojos enrojecidos de tanto polvo tóxico, me gritó la buena nueva: “¡Ya está listo, capo!”. Quise ser testigo del momento de la apertura. ¿Qué preciado tesoro se escondía en aquel cofre misterioso? Entré apurado a la habitación y me asomé impaciente por encima de los hombros del operario. En la caja fuerte no había nada: ni un peso ni un dólar ni una joya. Ni siquiera un papelito socarrón con la frase “¡Te mataron por nada, pelotudo!”. Solo vacío y nada más.

1.

Después –meses después–, Hugo Sosa pensaría en los olores: esa bruma húmeda, invisible, que a veces sube desde el río, tal vez atraía a los animales. Pero esa tarde de navidad, hace 20 años, no tuvo tiempo de pensar en nada. El viernes 25 de diciembre de 1992, Hugo Sosa y su mujer llevaron a pasear a su perro al Parque de España de Rosario, inaugurado hacía apenas un mes. Preto era un pastor belga de un año y medio; su dueño, un abogado rosarino de 48. Ese viernes, mientras atardecía, Sosa hizo saltar al perro en la parte baja del parque, cerca del río, para tratar de cansarlo. Cuando subieron a la parte alta del complejo, el perro salió corriendo y se perdió de vista. Apenas lo llamaron volvió a aparecer: venía a toda velocidad en dirección contraria. Sosa estiró el brazo para frenarlo, pero fue inútil. El perro siguió de largo, saltó las barandas y se tiró. El ruido que hizo al caer fue “tremendo”, recordaría el abogado. Preto murió en el acto. Al principio, su dueño creyó que se trataba de un accidente aislado, pero no lo era: un año y medio después, el caso sería citado por el diario Clarín como el primero de una supuesta “ola de suicidios animales en este lugar”. La noticia fue publicada por el diario porteño en junio de 1994: “Extraño caso”, decía el título, “perros que se ‘suicidan’ en una plaza de Rosario”.

El Parque de España, antes que una plaza, era una obra inmensa, recién estrenada, que iba a cambiar para siempre la fisonomía de Rosario: un paseo público con un complejo cultural construido sobre las barrancas de la ciudad, en la costa del río Paraná, inaugurado en noviembre de 1992. Al mes de su apertura, en un rincón del complejo que parece una terraza gigante, los perros empezaron a tirarse. Salían corriendo, saltaban las barandas y se tiraban. Terminaban unos 20 metros abajo, en el patio del centro cultural Parque de España o en sus alrededores, muertos o malheridos. El director de la obra y proyectista ejecutivo del complejo, Horacio Quiroga, contaba entonces que él mismo había sido testigo de los saltos de tres perros que cayeron en el patio del centro cultural cuando estaban trabajando. La seguridad en el paseo estaba bien contemplada: se habían puesto barandas de un metro diez y rejas horizontales guardavidas, explicó Quiroga, pero a nadie se le ocurrió pensar en la posibilidad de los saltos caninos kamikazes. “Debe ser una rara fascinación, no sé, de pronto enloquecerán”, dijo. Un año y medio después de la inauguración, Clarín publicaba que unos 50 perros ya se habían tirado desde ese lugar, todos de la misma manera.

En los medios nacionales, esa “rara fascinación” fue amplificándose hasta alcanzar dimensiones de leyenda urbana para los rosarinos. Los que trabajaban en el centro cultural Parque de España no podían asegurar que el número de casos fuera preciso, tal vez los medios exageraban, pero eso no atenuaba el espanto que les producía, algunas mañanas, la bienvenida de un animal agonizante. Nora Belinsky, una de las empleadas más antiguas del lugar —una mujer elegante, con el pelo muy oscuro—, se acostumbró a mirar con cautela cuando llegaba al trabajo: si distinguía a lo lejos un bulto, intentaba desviar la mirada. No siempre era posible. Algunas veces, los perros que se habían tirado la noche anterior quedaban estallados en medio del patio, y no había forma de evitarlos: para entrar al centro cultural había que atravesar el patio. Una de esas mañanas, al llegar al trabajo, sus compañeros encontraron en el patio a una perra callejera pequeña, blanca y negra, que parecía muerta.

—Pero la perra vivía —dice.

Belinsky llamó a su veterinario para que la atendiera, se encariñó con ella, y la terminó adoptando. Le puso de nombre Milagros, aunque más que una suerte excepcional, lo que la había salvado era su tamaño. La mayoría de los perros grandes que se tiraban —ovejeros, siberianos, rottweilers—, moría por el impacto.

—No te digo que caían así como mosquitos: cada tanto caía un perro, a veces allí, otras veces acá —dice, señalando hacia arriba. —Y si era un perro grande, con un peso grande, muy rara vez se salvaba.

Es un miércoles, antes de mediodía, y el patio del centro cultural está desierto. El Patio de los Cipreses –como se lo conoce–, es un espacio rectangular; un pasillo ancho, profundo, amurallado por dos paredones altos de ladrillos vistos. Desde arriba, donde terminan los paredones, uno puede asomarse a las barandas y mirar hacia el patio como si fuera un foso, una larga abertura en el suelo. El Centro Cultural está metido dentro de la barranca; sus espacios de exhibición funcionan en antiguos túneles ferroviarios del siglo XIX, y todos convergen en el patio. Ahí abajo, ahora, Belinsky señala hacia adelante, donde funciona la galería de arte: una vez, cuenta, un perro se estrelló en el patio cuando la chica de la galería estaba atendiendo, y su dueño bajó llorando a buscarlo; “un desastre”. La imagen de un rottweiler saltando las barandas y cayendo como una bomba en la puerta de la galería, en medio del patio, una mañana silenciosa, le restituye algo de contundencia a la historia, que parece volverse más opaca con la cercanía y con el paso del tiempo. Los animales que hacen cosas inusuales como matarse o caer del cielo –una vaca que cae de un avión o una lluvia de ranas, por citar dos ejemplo conocidos– siempre se convierten en noticia; pero si el fenómeno se repite con cierta regularidad, por más que no exista una explicación definitiva, termina sometido a las mismas reglas que se aplican a las tragedias y a los accidentes de tránsito: tiene que superar en cantidad de víctimas o en calidad de espectáculo a los sucesos previos para conmover a alguien.

—Durante mi gestión pasaba, pasaba y pasaba, y yo estaba atormentada porque no conseguíamos que nadie reaccionara—, dice Susana Dezorzi, ex directora del Centro Cultural Parque España, cargo que ocupó desde mediados de 1997 hasta finales de 2006.

Dezorzi –pelirroja, ojos claros– ahora es directora general de Entidades y Organismos de la Secretaría de Cultura de Rosario. No quiere recordar el episodio de los perros, dice, abriendo mucho los ojos: ella también tiene animales, y le ha tocado presenciar el dolor de las personas que “salieron a pasear con su animal un día hermoso, y volvieron con su animal muerto”.

—Por un lado, era desgarrador ver que se mataban los perros, y luego estaba también el peligro de que le cayera uno encima a una persona que estuviera en el patio, que era un espacio que se usaba. O sea, era una situación horrible.

En enero de 2005, después de reiterados pedidos de la institución, la Municipalidad de Rosario envió un equipo de planeamiento a revisar el sector para dotar de mayor seguridad al complejo: decidieron añadir una reja de contención para impedir que los perros siguieran cayendo al patio del centro cultural. Pero los saltos caninos continuaron, a menor escala, del lado del río y en lugares cercanos.

2.

Desde la inauguración del parque en 1992, se elaboraron distintas teorías sobre los motivos que empujaban a los perros a saltar al vacío. Al principio, el médico veterinario Carlos Cossia recibió varios siberianos para atender, y creyó que se trataba de un problema de visión de esa raza. Después descubrió que era una coincidencia: lo que ocurría es que los siberianos estaban de moda, y había muchos. Ahora ya casi no se ven siberianos por las calles, pero en los tempranos 90, cuando la posesión de mascotas de raza recién comenzaba a popularizarse como símbolo de status social, los perros siberianos –posiblemente por sus ojos claros– fueron los preferidos por cierta burguesía en ascenso en la Argentina menemista. El Parque de España, desde su apertura, fue un lugar elegido por los ciudadanos para la exhibición (de sus perros de raza, de su ropa deportiva, de sus parejas).

—Hubo años álgidos, en los que se despertó esa curiosidad por saber qué pasaba. Porque un caso podía ser. Dos, bueno. Pero ya cuando fueron diez, se convirtió en un fenómeno inexplicable. Y todavía sigue habiendo casos —dice Cossia, en una oficina del “Hospital animal Dr. Cossia”, mientras exhibe una sonrisa muy ancha, muy blanca.

Las teorías no cambiaron mucho desde los “años álgidos”: los saltos caninos se atribuyeron a una combinación de falta de experiencia de los animales con algún efecto visual o auditivo que se podía producir en la zona. La visión de los perros, desarrollada para la caza, tiene una finísima percepción de los movimientos, y un campo visual que puede superar los 240 grados (el humano es de 180). Su capacidad auditiva, también, es ampliamente más sensible que la humana. Los perros que se tiraban desde el Parque de España, decían los especialistas, tal vez se veían atraídos por los movimientos de los pájaros o de embarcaciones en el río, y saltaban siguiendo un instinto, porque no podían ver lo que había del otro lado de las barandas. O la circulación del viento alrededor del Patio de los Cipreses podía provocar un silbido irresistible para los perros, y entonces se tiraban obedeciendo a una llamada incomprensible para las personas. O alguna otra cosa, totalmente desconocida. Nadie pudo nunca decirlo con seguridad.

—Para mí el tema es el sonido —dice el médico veterinario Raúl Nini, un viernes a mediodía, después de salir de su consultorio. Nini se despide de una pareja con una perra labradora, extiende su mano, y se sienta enfrente, en una silla de la sala de espera. Le quedan pocos minutos para conversar: tiene una cirugía programada, y el rostro cansado. Dos décadas atrás, él fue uno de los primeros veterinarios rosarinos en atender a perros que habían saltado desde el parque. En 1994, cuando la noticia trascendió a nivel nacional, Nini fue invitado a hablar en el programa que conducía Mauro Viale en la mañana de ATC. Al salir del estudio, la producción le avisó que tenía un llamado de un televidente. “Yo soy marino mercante”, le dijo el hombre del teléfono, “y cuando estábamos en el muelle, veíamos un fenómeno parecido. Teníamos un perro que siempre estaba tranquilo en cubierta. Pero en ciertos momentos se alteraba con el radar. Después descubrimos que eso no sucedía en todos lados”. Los marinos asociaban el cambio de conducta con el ultrasonido o con las radios a transistores, recuerda Nini: “Y en esta zona pasan barcos, hay radares, radios. Para mí es algo auditivo”, dice. Con el tiempo, Raúl Nini dejó de atender urgencias, y no volvió a saber de los perros kamikazes del Parque de España. En total atendió a “ocho o diez casos”, y cada tanto escuchaba sobre otros casos a través de sus colegas.

—Las condiciones no creo que se hayan corregido. Si hay menos casos es por la información que tiene la gente —dice.

Esa misma tarde, en la zona sur de Rosario, Irene Maselli asegura que ella no sabía: que después le contó la madre. Pero cuando su perro Coda se tiró desde el Parque de España en 2012, ella no sabía nada de esta historia. Irene Maselli es una adolescente delgada, de pelo corto, que mira al grabador con gesto divertido y cree que en la zona del Patio de los Cipreses hay una energía densa, “muy rara”. Lo de ella fue distinto, explica: ocurrió más atrás, y fue un error de comprensión animal.

—Lo que pasa con este perro es que él me obedece por señas.

Hace algunos meses, Irene y dos amigas caminaron hasta el Parque de España, subieron por las escaleras, y se quedaron hablando al lado de una baranda de ladrillos, sobre un antiguo túnel ferroviario que ahora se usa para el tránsito de vehículos. Coda estaba con ellas. En medio de la conversación, relata Irene, ella hizo un gesto –levanta su brazo y traza medio círculo en el aire– y Coda saltó, se subió a la baranda de ladrillos, y se tiró hacia el otro lado.

—Se tiró instintivamente, porque yo le hice la seña.

Del otro lado había una caída menos pronunciada que la del Patio de los Cipreses. Coda se estrelló contra el piso, se levantó rengueando, empezó a correr y desapareció. Eso sucedió alrededor de las 18.30. A eso de las 21, cuando Irene regresó a su casa después de buscar al perro todo ese tiempo, Coda ya estaba ahí, tirado debajo de un banco. Más adelante se enteró que el parque tenía una larga historia de saltos caninos inexplicables. Irene asegura que su caso fue distinto, que el perro se tiró porque comprendió mal una seña. No le parecía raro que el animal pudiera saltar sobre la baranda y arrojarse del otro lado impulsado por un gesto.

—Lo único raro fue que se amortiguó la caída —dice.

Desde que comenzaron los saltos caninos en el Parque de España, al médico veterinario Carlos Cossia le tocó atender “no menos de 20 casos”. Cossia es un personaje carismático, con alto perfil público en Rosario: conduce un programa de televisión sobre mascotas, tiene su propia marca de alimento balanceado, y cada año organiza jornadas solidarias de castración de animales. En el sitio web de su hospital se lo puede ver junto a un elefante al que hubo que sacarle un tumor, un cachorro de tigre con gastroenteritis, un chimpancé que necesitaba radiografías.

—Si uno analiza en profundidad, todo es justificable, todo. Pero que los casos suceden, suceden, y en el 80 por ciento han sido mortales —dice.

En el pecho lleva una cadena con dos medallas: la de atrás es la virgen María; la de adelante, dorada, es la virgen de Itatí, ícono religioso de la provincia de Corrientes, su tierra natal. Le pregunto si él cree que los perros pueden llegar a ser conscientes de la muerte.

—Mirá, yo me voy a ir de este mundo con más de 300.000 casos vistos. Y me voy a ir sin haberme podido meter en la cabeza de los perros, de los animales.

Después cuenta una historia que volverá a repetirse más de una vez, con distintas variables, durante las entrevistas. Hace años, relata Cossia, él atendía la perra de dos ancianos, un matrimonio mayor que amaba a su mascota. Cuando la señora murió, su marido duró poco: se deprimió y falleció enseguida. La perra, que tenía 12 años y una expectativa de vida de unos tres más, dejó de comer. “Un sobrino me la trajo, le hicimos estudios, y no tenía nada”. La perra no quería salir de debajo de la cama. Intentaron llevarla a otra casa. Empeoró. La llevaron otra vez a la casa de sus dueños, y la perra se mantuvo debajo de la cama, sin comer, hasta que murió.

—Si eso no es morirse de tristeza, yo te digo: “Perfecto, que otro me explique entonces qué es”. Hay cosas que yo no las entiendo, pero si no las entiendo, no por eso las voy a negar.

3.

En 1870, durante una tormenta invernal, más de 10.000 búfalos se tiraron por un acantilado de los Estados Unidos. En 2005, en Turquía, 400 ovejas murieron después de saltar de un peñasco. En 2009, durante la noche, 200 ballenas piloto encallaron en una isla entre Australia y Nueva Zelanda. Todos los años, en Jatinga (India), cientos de pájaros descienden y se estrellan contra el pueblo. En 2009, en Suiza, 28 vacas se tiraron por un acantilado. La lista de fenómenos registrados es larga. Entre los casos más extraños de muertes masivas de animales, existe un único antecedente similar al de los perros del Parque de España de Rosario: el del Overtoun Bridge, un puente victoriano en un pueblo escocés llamado Milton, donde decenas de perros –se calcula entre 80 y 100– se han tirado desde la década del 60. Al llegar a la mitad del puente, los perros tomaban carrera y saltaban el muro, de un metro de altura, obedeciendo a un impulso irrefrenable. Durante años circularon teorías insólitas para alimentar la leyenda del suicidio –extraños campos magnéticos que emanaban de las piedras, por ejemplo–, hasta que la sociedad escocesa para la prevención de la crueldad animal decidió enviar a científicos a investigar el caso. La conclusión que sacaron los especialistas era que el aislamiento visual que producían los muros ponía en alerta los otros sentidos más desarrollados del perro: el olfato y el oído. El encargado de la investigación determinó que no todos las razas sucumbían a la “llamada del suicidio”, sino que eran los cazadores de hocico grande (labradores, collies, goldens) los que, al llegar a la mitad del puente, enloquecían por el olor de la orina de los visones que habitaban en la zona del puente y se terminaban tirando, ciegos a la caída del otro lado del muro.

Detrás de los casos más conocidos de muertes masivas de animales suele haber, además de teorías sobrenaturales o paranoicas, un periodista que rotula el fenómeno como suicidio animal, para cumplir simultáneamente con una demanda de espectáculo y otra de sentido.

—En principio, no es posible hablar del suicidio de animales, porque tendrían que tener el concepto de muerte, y toda la teoría dice que no tienen —señala el médico veterinario Claudio Gerzovich, uno de los fundadores de la Asociación Latinoamericana de Zoopsiquiatría, y ex jefe del Servicio de Comportamiento Felino y Canino de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UBA.

Los significados que atribuimos a los actos de los animales, explica Gerzovich, dicen más de nosotros, de nuestros deseos y necesidades, que de la naturaleza de sus actos.

—Los humanos extrapolamos nuestras emociones y sensaciones a los animales. O sea, yo necesito cariño y digo: “Mi perro necesita que lo acaricien”. Nosotros confundimos un perro tranquilo con un perro triste, y un perro nervioso con uno contento. Creemos que entendemos el animal, pero de ahí a que lo entendamos hay un trecho. Muchos de los problemas de comportamiento por los que a mí me llaman, tienen un hilo común: sea el problema que sea, en la mayoría de los casos hay un fuerte trastorno de ansiedad por el sistema donde viven, que es el sistema humano.

En su libro Nuestro perro: uno más en la familia, Gerzovich cita una encuesta realizada en Capital Federal y en el Gran Buenos Aires: el 94% de los propietarios de perros consultados consideraba a sus animales como un miembro de la familia; el 95% reconoció que solía hablar con su perro en varios momentos del día; el 47% compartía la comida con su animal; el 39% permitía que su perro durmiese junto a él en la cama, y el 29% admitió que celebraba el cumpleaños de su perro.

Según las estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, existe un perro por cada cinco habitantes en los países desarrollados, y dos perros cada cinco personas en los países en vías de desarrollo. Los proteccionistas simplifican el cálculo: uno cada cuatro personas. En Rosario, que tiene alrededor de un millón de habitantes, existen más de 250.000 perros. No es inusual que los perros se tiren de los balcones, me asegura Adriana Pacheco, una proteccionista que vivió muchos años en la ciudad, aunque no suela ser noticia. Casi todos esos casos se relacionan con el celo, explica: los animales huelen a una perra en celo y se impulsan enloquecidos, ciegos a cualquier otra cosa que no sea su instinto, a pesar de todo irreductible a la humanización.

4.

Sinopsis: “Ariel (42), periodista y escritor de escasa monta, descubre en Internet una información que llama poderosamente su atención. En Rosario, su ciudad, perros de distintas clases y/o razas se suicidan arrojándose al vacío en las cercanías del Parque de España…”. Así comienza la síntesis de “Perros del viento”, un proyecto de largometraje que el productor audiovisual Hugo Grosso planea rodar hace años en su ciudad natal. La película, explica la sección Work in progress, nace de un mito urbano que “se mantiene vigente en el testimonio de quienes de alguna manera u otra, han vivido la experiencia”. Los relatos son el punto de partida del guión ficcional: Ariel vuelve a Rosario –de donde huyó para evadirse de un amor prohibido–, con el propósito de investigar el misterio de los perros suicidas, se pone a comparar “la fidelidad humana con la fidelidad canina y cae en el facilismo de los que piensan: ‘Cuánto más conozco a la gente, más quiero a mi perro’”. Eso sucede antes del desenlace. La sinopsis completa se puede leer en internet, y todo parece indicar que será una historia de amor irracional, pero este cronista no puede más que compadecer a Ariel por la tarea que le toca.

Durante años, los buenos anfitriones rosarinos han narrado la historia de los perros suicidas a los visitantes que llevaban a conocer por primera vez el Parque de España, y fueron sembrando un asombro que, alguna vez, ellos mismos conocieron a través de las noticia o de los rumores. Allí, en la parte alta del complejo cultural, mientras los turistas ocasionales sucumben frente a la visión del río Paraná que corre debajo, inmenso, a través de la llanura –“un viejo rayo caído sobre la tierra en un horizonte verde”, escribió el poeta Juan L. Ortiz–, los locales han repetido la historia usando el mismo tono que se usa para las leyendas, y la misma información que circula al respecto hace dos décadas. Busquen y encontrarán, con ligeras variaciones, una tautología abrumadora en la web: la misma cantidad de casos estimados por Clarín para el primer año, las mismas hipótesis, las mismas sospechas sobre el carácter mítico de la historia, el mismo estupor. Y poco más: un poema dedicado a los perros, un mensaje de un pastor portorriqueño, la sinopsis de una película, las advertencias de un grupo proteccionista. Busquen y encontrarán, entre otras miles, una cita de Franz Kafka: “Todo el conocimiento, la totalidad de preguntas y respuestas se encuentran en el perro”.

Y nada más.

No vas a conocer jamás alguien tan ambicioso como un derviche –o sufi, como gustes llamarlo–. No te dejes engañar por la sencillez de la ropa. No hay nada de este mundo que lo haga sentir satisfecho. Pueden venir a ofrecerle el paraíso: riqueza, ríos de vino y vírgenes dispuestas a atenderlo y él dirá: “Mejor no”. No busca nada del palacio y sus encantos. A él sólo le interesa el Rey.

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Parece que el término sufi viene de lana -“suf”- la ropa que visten los primeros místicos del Islam. Pero aún los expertos no se ponen de acuerdo. Hay quienes rastrean el origen en la palabra pureza –safa–, o en los compañeros de banco –ashab-i suffa– del Profeta Muhammad –paz y bendiciones– quienes habían dejado todo atrás para estar junto a él y pasaban sus días esperándolo sentados junto a la mezquita.

En su mayoría, los primeros sufis son pobrísimos –de ahí también el término derviche y fakir–, y el estado de muchos de ellos es tan elevado que a veces no pueden completar las oraciones rituales sin caer al suelo en éxtasis. Los viajeros occidentales los ven y piensan que están locos o endemoniados o que algo raro les pasa.

“El sufismo consiste en no poseer nada”, lo define uno de los primeros derviches en el siglo X, “y en no dejarse poseer por nada”.

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Una vez que te vestís como derviche, te transformas en derviche. Es automático. Las mujeres dejan de mirarte. La gente que antes te tenía en alta estima ahora piensa que no le llegas ni a los talones. Antes calificabas para muchas cosas, ahora no. Con el tiempo, entendés por qué los maestros insisten tanto en que te vistas como ellos. Su ropa te limpia del polvo de este mundo. Y te prepara para tu encuentro con el Amado.

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Te hacés derviche y el mundo en seguida se pone en tu contra. Tus padres no te entienden, tus amigos no te entienden, tus hijos no te entienden.¿El trabajo? Trabajás lo justo y necesario. El mundo ve cómo le das la espalda y lo abandonás. Es natural que se sienta herido.

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Si sos derviche tenés una práctica diaria. Cuando recién empezás recitás el dikr –el recuerdo de Dios- de los iniciados: pronunciás 1500 Allah, y otros nombres divinos. Cuando sentís que podés asimilar más repeticiones, pasás al dikr de los preparados, y allí descubrís que de los 5000 Allah que repetís, mitad son con la lengua y la otra mitad, te indican, se pronuncian con el corazón. “¿Con el corazón?” te preguntás. Y es ahí cuando las cosas se ponen interesantes.

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Un siglo atrás, un maestro derviche envía a un luchador a pegarle a tres de sus discípulos. El primero aprieta los puños y se contiene de devolver el golpe. El segundo lo acepta, resignado. Y el tercero, un viejito, agradece. “Estos son los tres niveles de mis discípulos”, explica el maestro. “El primero sabe que todo viene de mí pero aún se resiste. El segundo lo acepta pero no encuentra lección alguna en ello. El tercero, sabe que todo, bueno o malo, es parte de mis regalos a él”.

De eso trata el camino del sufi: rendirse a la voluntad de Dios. Para los derviches, el pinchazo es la vacuna que tal vez te salve la vida.

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En 1986, un hombre planta en el país la semilla de la orden de Sufi Naqshbandi, a la que pertenecés. Es un psiquiatra de Mar del Plata llamado Eduardo Rocatti. Rocatti dirige un grupo de Gurdjieff –el maestro ruso que aplica el esoterismo oriental a la psicología moderna-. En el grupo hay maestros de escuela, albañiles, odontólogos, biólogos, kiosqueros. Le va tan bien que si prendés la tele local, ves sus anuncios en los cortes.

Como un siglo atrás, cuando Gurdjieff recibe iniciación de los sufis Naqshbandis, Rocatti decide buscar un maestro vivo por cuenta propia. En 1985 vuela a Konya, Turquia, donde conoce a un vendedor de alfombras, discípulo de un maestro Mevlevi, la orden sufi fundada por Rumi, que lo impresiona. Rocatti le pide conocer a su maestro. “Mi maestro”, le advierte, “no es para vos. El tuyo vive en Chipre. Su nombre es Mawlana Sheik Nazim”.

Al año siguiente, Rocatti conoce a Mawlana, se maravilla, se islamiza y recibe el nombre Abdul Nur. A su regreso, celebra dikrs –encuentros donde se recuerda a Dios a través de sus nombres divinos- e inicia a decenas de personas, autorizado por su maestro.

Al cabo de un tiempo, Abdul Nur se aleja de la orden y se va a vivir a Tucumán. A los discípulos los invita a irse con él. Van casi todos. Quedan un puñado de Naqshbandis en pie en la Argentina que pueden contarse con los dedos de una mano: entre ellos Ahmad y Hamida, un matrimonio de biólogos. Ante el desconcierto de quedar solos, escriben una carta a Mawlana pidiéndole indicaciones. La respuesta llega. “No hay motivos para la confusión, pues no los hay en el corazón al cual ustedes están conectados”, les dice. “Un verdadero guía es aquel que conduce a la gente fuera de toda confusión”.

Hamida viaja 20 veces a visitar a su maestro, traduce y edita doce libros con sus charlas. Mawlana dice que la siente como de la famila.Y los pocos derviches de fines de los ‘80, nunca más vuelven a sentirse solos.

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A los sufis, les encanta dar cifras. Así que, con los años, vas apuntando un puñado que te llaman la atención: En toda época, conviven 124.000 santos. El Sagrado Corán contiene 600.000 letras y un santo puede sacar de cada una de ellas 12.000 significados. Cada movimiento de Mawlana, esconde 1200 secretos y cuando uno besa su mano, entran en su corazón 12.000 conocimientos.

Los derviches te dan cifras abrumadoras. Tus cálculos mentales no pueden abarcarlas y entran en cortocircuito. El camino del sufi es, te dicen, como sumergirse en el océano. No hay tiempo para detenerse a contar las gotas.

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De los más de dos mil naqshbandis que existen en la Argentina, algunos son públicos y llevan ropa tradicional, a la que llamamos sunna –gorro, pantalones bombines y camisa de mangas largas- y hay otros naqshbandis de placard que jamás reconocerías por la calle. Aún conservan trabajos en atención al público, en empresas, en inmobiliarias que los obligan a mantener las apariencias ante el mundo. Se dice que la recompensa por reproducir un solo hábito del Profeta, en estos tiempos, equivale a cien personas que entregan su vida por Dios. A gran dificultad, gran gratificación.

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Conocés en un seminario a Shahabuddin, sheik de Glew, barba blanca ensortijada, rostro resplandeciente como piedra milenaria, el gesto de alguien que vivió muchas vidas, y uno de los hermanos más antiguos de la orden Naqhsbandi. Su nombre significa meteoro: el modo que emplea Dios para destruir demonios. Estar cerca de Shaha, es recibir parte de ese impacto celestial.

Un día, le preguntás qué se siente ser derviche. “Uno no viene acá a aprender nada. Lo que hace es dejar los malos hábitos para conectarse a una realidad más elevada. Estoy en este camino hace más de 20 años”, te dice, “y se pone cada vez mejor”.

Lo visitas a Shaha a Glew donde reúne a 50 derviches en una casa sin cartel alguno. Cinco años atrás levanta, a pedido de Mawlana, el maqam del Grand Sheik Abdullah, la extensión espiritual de su tumba: una forma de acercar su presencia. Desde que termina el maqam, el barrio se aquieta. El aguantadero de la cuadra se vende y se mudan nuevos vecinos. Nadie vuelve a escuchar música a todo volumen. “El maqam”, dice Shaha, “irradia luz espiritual continua”.

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Todo derviche es un esmerado consejero. Muchos de ellos han pasado vidas tan duras como la tuya: hablan desde la experiencia. “La religión”, dice el Profeta –paz y bendiciones-, “es consejo”. El Islam no es exclusivo de las mezquitas. Se lo llama din: una forma de vida. Hay un camino seguido por Muhammad, que el derviche busca seguir al pie de la letra: lo imita para ir al baño, comer, tener pareja o dormir. La gente piensa que una pauta de conducta es un castigo. Pero si estás dentro, sabes que es una bendición. Si la sigues, el fuego de este mundo no te tocará.

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En cuatro años, ves a más de 20 familias de derviches dejar la capital, siguiendo el consejo del Mawlana de llevar una vida sencilla fuera de las grandes ciudades. Parte el sheikh y su familia de Buenos Aires a Tandil. Se va Yakub con su esposa y su bebé a La Consulta en Mendoza donde hay otras 25 familias de sufis. A Yakub lo visitabas al departamento de sus suegros en Belgrano para que te enseñara las oraciones en árabe. El que no se va, es porque aún no termina su casa. Si un hermano no tiene dinero para construir, se asegura un lote en alguna comuna Naqshbandi. Hay derviches que deciden hacer las valijas y dejar su vieja vida atrás aún sin conocer a Mawlana en persona. Te preguntás: si eso no es estar enamorado, qué es.

Cómo te transformás en sufi

El primer sufi que conocés en tu vida se llama Suleyman, es fotógrafo, estudia psicología y vive, seis años atrás, en una casita en zona norte. Es, para entonces, el sheikh de Buenos Aires. Lo encontrás luminoso, como si tuviera un spot sobre la cabeza.

Con el tiempo te enterás de la historia de Suleyman. En 1994, se interesa por la meditación y viaja por África, Malasia, Tailandia, e India. Vive en ashrams y conoce a gurúes varios. Tres años más tarde, asiste en Buenos Aires a una charla sobre sufismo dada por un sheikh de Alemania, que lo impulsa a viajar a Chipre a conocer al maestro del sheikh. “Es difícil transmitir la impresión que provoca un maestro como Mawlana”, te cuenta hoy. “El estado espiritual que transmite su presencia basta para demostrar su condición de maestro. Gracias a él, descubrí la espiritualidad en la vida cotidiana. Dejé de buscar por agua, y me dediqué a aprender a nadar.”

Una primavera, Suleyman te recibe en su casa. Tiene plantas de tomate y rosales en el fondo. Llevas facturas pero su familia ya tiene preparada la merienda. Como nunca has visto a un sufi en tu vida, hablas mucho y preguntas mucho. Hasta que él te frena. “Estás lleno de palabras”, te advierte. “¿Cómo podés vivir así?”

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Llegás a la puerta del sufismo desahuciado. Probás con el budismo zen, con el control mental, con la alquimia, con el budismo tibetano y descubrís que, cuando las papas queman, nada de eso te saca del horno. Probás hacer carrera en la vida y descubrís que todos los que han llegado al lugar que aspirás están más perdidos que vos. Golpeaste cada puerta que te ofrece el mundo y en ninguna hallaste nada. Los sufis te ofrecen las llaves del último cerrojo. Detrás, el dueño de casa, espera.

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Cuando le preguntás a Suleyman sobre las reuniones derviches de los jueves, donde se juntan a repetir los nombres divinos, lo único que dice es: “Cuando vengas, vas a pensar que estamos todos locos”.

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Todos los sufis respetan los pilares del islam: no asociar nada ni nadie a Dios, practicar las cinco oraciones, pagar el zakat –el 2,5% de los ahorros anuales a los pobres-, el ayuno del mes de ramadán y, en la medida de las posibilidades, hacer la peregrinación a Meca, la casa de Allah.

Pero no todos los musulmanes son sufis. De hecho, creen que tener maestro es asociar alguien a Dios, la transgresión más severa en este camino. Los derviches, sin embargo, lo ven distinto. “Al que no tiene guía”, dice Mawlana Sheikh Nazim, “lo guía su propio ego”. “Seguir un camino espiritual sin un maestro”, lo escuchás decir al Sheikh Burhanuddin “es someterse a una cirugía sin anestesia”. “Sin un maestro”, dice Sheikh Hisham, “sos un loser”.

El islam moderno, politizado y cargado de petrodólares que uno ve en los medios, toma su conocimiento del papel. El sufismo, la fuente original, al conocimiento le pone el cuerpo.

El maestro y los sheikhs

Mawlana Sheikh Nazim es 40º maestro de la cadena Naqshbandi que se remonta sin quebrarse al profeta Muhammad –paz y bendiciones-. A Sheikh Nazim lo llaman el sultán de los santos. Dueño del trono de la guía. Revividor de la Ley Divina. La lista sube y sube.

Ves sus discursos en vivo en la web y te llama la atención como ese viejito amoroso de 90 años tiene bajo el manto tanto poder divino acumulado. Encontrás un mapa con sus centros en el mundo señalados con un ícono. Parece el tablero de TEG de alguien que ha ganado la partida.

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Te enterás –porque te cuentan hermanos y porque leés- de la epopeya que ha sido la vida de Mawlana: nieto de un sheik de la orden Qadiri, descendiente del místico y poeta Rumi y del Profeta –paz y bendiciones-, de niño jamás se lo ve discutir. Aún no cumple 10 y los vecinos se acercan a pedirle consejo. Estudia ingeniería química en la Universidad de Estambul. Su hermano médico muere en la guerra y la pérdida lo marca. En tiempos de veda religiosa en Turquía, Mawlana hace el llamado a la oración desde el minarete de la mezquita y lo encarcelan muchas, pero muchas veces. Acumula 114 casos en su contra. El equivalente a 100 años de prisión. Sus abogados le advierten que no lo haga más. “No puedo”, les dice, “la gente debe escuchar el llamado a la oración”. Cuando parece que transitará el resto de su vida entre rejas, asume un presidente en Turquía cuyo primer decreto es abrir las mezquitas y legalizar el llamado a la oración. El prontuario de Mawlana, por arte de magia, se esfuma.

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“En cada tiempo, sólo hay un sufi. Y ese sufi en esta época es Mawlana. Los demás, somos todos aprendices”, te confiesa Muyiddin, sheikh de La Plata, a quien visitás en su stand de la feria de artesanos de la ciudad. “Ser musulmán no es un papel ni un bautismo”, te dice, “es un estado espiritual”.

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El legado de los maestros es demasiado grande. Sus prácticas, vistas desde hoy, parecen titánicas. Hay sheiks que se cuelgan cabeza abajo en pozos de agua para recitar el Corán. Santas que duermen en el suelo con un ladrillo de almohada y que hacen la peregrinación a Meca poniendo la frente en tierra a cada paso. A seis meses de casarse, el grandsheikh Abdullah, a pedido de su maestro, se retira durante cinco años en reclusión a una cueva. Más que imitarlos, sólo te queda sentirte un poco avergonzado y agradecer que te tomen en cuenta.

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Una vez al año, te visitan los representantes de tu maestro: los sheikhs. A cada sheikh lo envuelve un perfume característico.

Cuando hablas con Hassan Dyck, que gira por el mundo con sus conciertos de música sagrada, se hace tan pequeño que tenés la impresión de que se inclina a tus pies. Con cada cosa que le contás, Hassan hace un silencio respetuoso, maravillado. Tu ego se siente el más sabio del mundo. Estás ante ese hombre sabio y él se limita a escucharte con la mayor atención. Ése es su perfume. Y esa es su trampa. El sheikh se transforma en corderito para mostrarte el lobo que llevás dentro.

Cada primavera, llega también el sheikh Burhanuddin Herrmann. Buena parte de tus hermanos del camino, se han iniciado gracias a él. Si el sufismo fuera una casa, Burhanuddin sería el recepcionista. Los derviches alientan a amigos, compañeros de trabajo y a su familia a que se apunten a sus talleres. Y luego se sientan a ver el espectáculo: en pocas preguntas Burhanuddin encuentra la fisura en sus vidas y les coloca el taladro. Mitad del taller, uno la pasa haciendo ejercicios de auto observación, y la otra mitad, viendo al sheikh aplastar el ego de los asistentes como un racimo de uvas. Al día siguiente, puedes observar cómo el hollejo de todas esas uvas aplastadas empiezan a destilar su propio vino.

Hassan te alienta a ver. Burhanuddin te da un sacudón. Hassan muestra tu reflejo. Y Burhanuddin te parte el espejo.

Dos perfumes. El mismo perfumero.

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Nunca vas a escuchar hablar de si un sheikh es más poderoso que otro. En este camino, te dicen que los milagros son la menstruación de los santos. Nada para sentirse orgulloso. Sólo dirán, a lo sumo, si tal o cual sheik está mejor o peor conectado.

En el sufismo a la conexión se la llama rabbita. Es por eso que, cuando ves a un sheikh antes de hablar, lo escuchás pedir ayuda, pedir permiso y por último, vaciarse para captar la señal del maestro. Jamás prepara lo que va a decir. La mente prepara. El corazón improvisa. Lo escuchás al sheikh Ahmad en Buenos Aires comparar al derviche con un globo aerostático: “Nuestra tarea es descargar esas bolsas de arena que, como el globo a gas, impiden elevarnos”. Una vez, en Mar del Plata, lo ves a Ahmad en silencio esperando concretar la rabbita con su maestro. Pasa un buen tiempo, hasta que anuncia: “No baja nada”. Y no habla. Su honestidad te llena de confianza.

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Febrero del 2011, junto a 80 derviches festejás el cumpleaños de Sheik Hisham, en su primera visita a la Argentina. El representante de Mawlana en Occidente, inicia en el sufismo al campeón de boxeo Muhammad Alí, se reúne con reyes y príncipes, y preside una fundación islámica en los Estados Unidos. En los festejos del Sheik, hay tres percusionistas y dos giradores. Somos decenas de derviches saltando y sudando a mares, repitiendo la primera parte del testimonio de fe islámica: “No hay más Dios que Dios”, con el dedo índice en alto. No hay alcohol. Nadie quiere seducir a nadie. Jamás imaginarías que algo tan sencillo puede hacerte tan feliz.

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Un día, Mawlana da un discurso y te fijás atentamente en el tasbig, su rosario de cuentas, con el cual cada derviche lleva registro de las repeticiones de los nombres divinos que pronuncia por día. Algunos lo llaman “el lazo de la mente”: pues mientras uno cuenta los nombres, la mente se contrae y algo dentro tuyo se expande.

Como Mawlana tiene su tasbig cubierto con la pierna, casi no lo ves. Tal vez, pensás, tenga un tasbih blanco como perla de mar, cargado de poder. O un tasbih color del ámbar, exótico y sugestivo. Cuando Mawlana lo deja al descubierto y podés quitarte la duda, descubrís que es exactamente igual al tuyo.

La transformación

Te lleva dos años armar con cierta corrección el turbante. Se recomienda cruzarlo delante y sujetarlo por detrás dándole una vuelta como quien anuda una corbata. Cuanto más extensa es la tela, más alta la dignidad. Ese honor, lo quieras o no, se refleja. Un hermano derviche con cuatro años en el camino, te cuenta que cuando usó turbante en el aeropuerto de Estambul la gente le besaba las manos.

Del mismo modo que la corona representa en los reyes la apertura al cielo, el gorro en punta que sostiene el turbante, te enterás, es una antena a la divinidad. La tela del turbante se emplea, en el entierro, para envolver el cuerpo del derviche. Llevar turbante es estar listo para morir.

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Te volvés derviche y rezás en un mundo sin significado. Adorás a Dios en un mundo sin Dios. En un planeta fragmentado, creés que todo está sujeto a Uno. En un mundo vacío, sentís que todo tiene un contenido secreto. Desde afuera, parece que hubieras perdido la chaveta. Desde adentro, descubrís que hiciste contacto divino.

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Para que el sheikh te tome en serio, debés pensar al menos cuatro veces al día en tu muerte. Eso te familiariza con tu condición de viajero. Le quita dramatismo al morir.

Cuando muere la madre de un girador derviche en la Argentina, un sufi se acerca para darle sus condolencias. El derviche, inmutable, le dice: “¿Querés un pañuelito descartable?”

En el sufismo, se dice, hay que morir antes de morir. Es el camino de los pájaros: por un lado te preparás para dejar el nido, por otro, te concentrás en aprender a volar.

Practicás el recuerdo de la muerte cada vez que vas a dormir. Te despedís mentalmente de tus hijos, de tu pareja, de tus amigos. Hacés un balance y pensás en qué estado terminás tu vida. La gimnasia de soltar todo cada noche te ayuda a descubrir que, cuando llegue el momento, no habrá de donde agarrarse. Si no trabajás por descubrir tu destino final habrás malgastado tu vida. Si aún no localizaste la salida de emergencia, cuando llegue el fuego te vas a dar contra las paredes.

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Has visto lo lindo que recitan algunos hermanos, y el impacto que tiene la lectura del Corán en el corazón –históricamente, el Profeta enviaba a recitadores a transmitirlo a los pueblos, la versión escrita se difundió más tarde-, así que decidís aprender árabe. Has buscado leer una traducción al español pero el libro se ha cerrado como un puño. El Corán, te dicen, es una soga entre el cielo y la tierra. Escalarla con la razón, es como treparla con los pies. Basta con recitarla desde el corazón y en su idioma original, tal como descendió de los cielos, para aferrarte a ella. Y esperar a que, desde arriba, alguien se apiade y te haga subir.

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Ali Salim es artesano y vive con su hijo en un conventillo de La Boca. Se conecta con los Naqshbandis en un viaje a Pakistán donde estudia islam en la universidad y luego se inicia en la orden en 1993. Durante dos años, vas a su casa a tomar clases de árabe. Habla de Perón, de Leopoldo Marechal y de Cristina Kirchner, todo en clave sufi. Un día, le preguntás si nunca separa espiritualidad de política. “¿Por qué? ¿vos ves doble? Si todo es uno.” Ali es el primero en decirte que cuando recuerda a Dios, el corazón le duele. “El corazón está roto porque se ha separado de Dios”, te cuenta. “Cuando no se le da al corazón amor verdadero, el hombre lo hace amar cualquier cosa. No importa si es un partido político o Boca. El corazón ama lo que le pongan delante”.

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Pasado un tiempo en el camino, descubrís que ya no queda nada para demostrarle al mundo. Ves secar uno tras otros tus sueños al sol. La gimnasia del corazón le ha quitado combustible a tus delirios de grandeza. Tus preocupaciones van cayendo como hojas en otoño. Toda la salvia la has concentrado bajo tierra, en la raíz. Tu parte anónima, íntima y humilde, capaz de encontrar la verdadera fuente de agua.

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Mientras escribís este artículo, te llama un hermano para proponerte tirarse con otros derviches en paracaídas y recordar a Dios en caída libre. Pensás: es un riesgo. Has escuchado un puñado de historias de gente a la que no se le abrió el paracaídas a tiempo. Un campeón de salto cayó desde tan alto que hizo un agujero en el campo. Además, tenés hijos. Odiás la altura. Tirarse es caro y la adrenalina nunca fue lo tuyo. Pero lo consultas con tu corazón y le decís: “Hagámoslo”.

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Un día, al terminar la oración de la madrugada, te quedás sobre la alfombra repitiendo los nombres divinos de Dios como quien golpea una puerta. Los nombres son 99 y el secreto de su vibración es uno de los grandes tesoros de los derviches. Lo hiciste muchas veces a lo largo de los años, pero por primera vez estás decidido a repetirlo el tiempo que sea necesario. Entonces, alguien responde. Alguien abre. Lo que sucede es muy parecido a la primera vez que hiciste el amor: te sentís colmado y absorbido. Pero esta vez, no amás algo. Ni alguien. Simplemente, amás. Besás el aire, embriagado y transformado, y decís: “Estabas ahí, ahora me doy cuenta”.

Cuando le contás tu experiencia al sheikh, te palmea la espalda. “Viste”, te dice, “esto funciona”.

El viaje al corazón del maestro

Volás hasta Chipre, a conocer en persona a Mawlana Sheikh Nazim. Si no lo ves con tus propios ojos, te cuesta creer.

En el aeropuerto, te recoge un derviche que lleva y trae visitas a la casa del maestro en Lefke, al otro lado de la isla. Tenés equipaje grande y pesado, pero el derviche se limita a acompañarte al coche y abrir el baúl. Cada cual es dueño de su mochila.

El chofer chupa granos de café, conduce por calles oscuras y dormidas a la madrugada mientras escucha alabanzas al Profeta en la radio. En un momento, cambia el dial y suena “Otro día en el paraíso”, una balada de Phil Collins donde habla de cómo, comparado con toda la gente que sufre en la calle, uno prácticamente vive en el paraíso. “Esta letra”, afirma el chofer con la cabeza, “tiene una sabiduría tremenda”.

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En casa de Mawlana, saludás a derviches italianos, españoles, rusos, coreanos, indios, pakistaníes, ingleses, rumanos. Todos llegan hasta aquí enamorados de tu mismo maestro, arrastrados por su mismo perfume. Conocés a sastres turcos. A ex soldados. A académicos británicos que viajan hasta aquí a hacer una tesis sobre el poder curativo de los derviches. Tenés la impresión de que la casa de Mawlana, es el epicentro del mundo.

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En Chipre, a cargo del trabajo voluntario, está un hermano llamado Ali. Siempre lo encontrás sudado y sonriente, los zapatos más gastados y llenos de polvo que viste en tu vida. Él dirige la oración del mediodía en medio de un campo de naranjas, y como no tiene donde apoyar la cabeza, saca algo del bolsillo y la apoya ahí: un fixture del mundial. “Los mafiosos serían extraordinarios derviches”, dice Ali en un descanso, bajo los árboles. “Ellos no discuten. Obedecen. En este camino, uno cumple y después en esa orden está el secreto oculto del maestro”.

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En el islam, a los padres se los honra. El paraíso, te dicen los sheikhs, está a los pies de la madre. Imaginá que tus padres nunca fueron muy espirituales. Creen sólo en lo que pueden ver. Nunca te llevan a misa. Menos aún te alientan en tomar la comunión. Imaginá que el mayor consejo que te repite tu mamá es: “Comé más. Estás muy flaco”. En Lefke, en casa de Mawlana, luego de la oración del viernes, te aferrás a su bastón y recibís de él la iniciación. Te emocionás. Tu corazón se abre como si le hubieran quitado el corcho. Ahora entendés lo que es amar a un maestro.

Mawlana recibe a todos y el último día te da la bienvenida en el living. Antes de partir de regreso, esperás un consejo mágico que te cambie la vida. Sentado en un sofá, toma tu mano, sonríe amorosamente como lo haría tu abuelo y te dice: “Estás como mi bastón de delgado. Tenés que comer más”. Y te manda nuevamente a los pies de mamá.

El 2 de febrero de 2008, Juan “Pico” Mónaco estaba en su mejor momento. Catorce en el ranking mundial, venía con un envión imparable. Pero ese partido, la final de dobles del ATP de Viña del Mar, cada vez se ponía más difícil. Jugaba con Máximo González, contra José Acasuso y Sebastián Prieto. Iban perdiendo 6-1, 3-0, cuando fue a buscar una pelota al fondo. Pisó el cajón de unos de los jueces de línea y se esguinzó el tobillo izquierdo. Quedó tirado sobre el polvo de ladrillo. Con la bronca entre los dientes y la conciencia de que su puesto en el ranking caería sin freno.

Se perdió la final en Chile y la primera ronda de la Copa Davisfrente a Gran Bretaña.

Terminó el año en el puesto 46.

Pero pudo reponerse.

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Mónaco está sentado en una mesa para cuatro en este bar de esquina en Palermo. Lleva una campera de sponsor, roja con tiras blancas, chaleco y pantalón negro. Parece incómodo frente a la mesa, chica, sostenida sobre patas cruzadas, de madera filosa.

Antes de empezar la nota, me dice que su entrenador no me va a aclarar las respuestas que me dio por mail. Que los dos saben que eran un poco generales, no tan específicas, pero que hay cosas que quieren mantener en reserva. No pueden abrir tanto el juego, porque su trabajo depende de eso. “Es parte de la estrategia”, dice y pregunta cómo va a seguir el cuestionario. Y entonces sí, las preguntas y las respuestas.

Cuando Mónaco sale a la cancha está solo. Frente al oponente, red de por medio, es él con su raqueta, las muñequeras, la vincha, la ropa y nadie más. La soledad del tenista promedio. Sin embargo, durante la semana trabaja con un entrenador físico, uno técnico, dos médicos, dos kinesiólogos y un manager. Ningún psicólogo.

Mónaco trata de priorizar lo humano sobre lo deportivo. “No es como en el fútbol que ves al entrenador una vez por día: yo desayuno con mi equipo, almuerzo con ellos, ceno y comparto el hotel”.

A Ignacio Menchón, su coach físico, lo conoce desde chico, fueron al mismo colegio y los padres son amigos. A Gustavo Marcaccio, su coach técnico, desde la adolescencia.

Saber que ellos confían en su laburo, que no están con él por la plata lo deja tranquilo. Saber que si mañana le va mal y alguien les hace una buena oferta no le van a decir: fue un gusto, pero hasta acá llegamos.

—El tenis es un juego psicológico: estar bien afuera de la cancha hace que uno pueda rendir mejor adentro —dice.

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Mónaco es fachero, famoso, tiene plata (según el diario BAE en diez años ganó unos US$ 4,7 millones), no para de entrenar, está todo trabado, y de vez en cuando aparece en la tapa de alguna revista de moda con alguna novia, Luisana Lopilato, Zaira Nara, aunque a él, lo que más le preocupa es el tenis. Lo que lo obsesiona, lo que piensa cada noche antes de dormir, es cómo hacer para mejorar, para precisar detalles en el saque o la volea.

Como si siguiera un dogma, por día, como mínimo, toma cuatro litros de agua, duerme ocho horas, consume cuatro mil calorías. Se levanta a las 8, desayuna cereales, tostadas con queso, café con leche, jugos, fruta y huevos. A las 9.30, al gimnasio. Ciento veinte minutos en los que busca desarrollar potencia en los brazos, estabilidad en la cintura; reacción y velocidad en las piernas.

Almuerza carbohidratos: papa, arroz, pastas. Duerme siesta. Dos horas de tenis, una hora de fisioterapia. Merienda batidos proteicos, algún sándwich de queso, come frutas y frutos secos. Descansa. Cena carne, pescado o pollo que acompaña con carbohidratos. De postre, flan, o dulce, o una fruta. Y a dormir.

Al día siguiente, si no juega, lo mismo.

Es autoexigente dentro y fuera de la cancha. Se obsesiona con las comidas, con el descanso. Tiene 28 años y sabe que, a esta edad, no puede regalar un centímetro. Quiere estar bien físicamente: su táctica de juego depende de eso.

—No soy un jugador supertalentoso. No tengo un juego muy agresivo ni un saque muy potente, tampoco soy especialista en canchas rápidas. Baso mi estrategia en el diálogo. Soy un jugador de ritmo que gana puntos a partir de la tercera o cuarta pelota, que va desgastando todo el tiempo y cuando el otro baja, sigue ahí —dice antes de morder el sándwich de queso.

La perseverancia, el pensamiento único y constante, no es algo de los últimos tiempos. A los 8 ó 9 años, Mónaco se entrenaba todos los días. En Tandil. En invierno, con  cero grados, con las canchas llenas de escarcha.

Después de cumplir 14, se fue siete meses a entrenarse a Miami. Luego, se mudó a Barcelona, donde se formó como tenista profesional. En España vivió cuatro años. Dejó a su familia, sus amigos, pasó las Navidades solo, se perdió la adolescencia, las fiestas de quince de sus compañeras de colegio, todos sus cumpleaños. Dice, fue un sacrificio muy grande. Hubo momentos, a los 15 ó 16 años, cuando empezaba a jugar profesionalmente y perdía casi todos los partidos, en los que dudaba.

—¿Y si me vuelvo? ¿Y si me pongo a estudiar y hago la vida que hacen mis amigos que la pasan infernal? Pero cada vez, me inclinaba por el sacrificio, por seguir y  luchar: ¡Vamos que podemos! ¡Vamos que podemos!

Casi no queda sándwich.

Ya jugó 400 partidos de ATP. Y a veces, después de alguno muy duro, los siente. En la muñeca, el hombro, las caderas, la espalda. Pero hay que seguir. Para mejorar hay que seguir. Y Mónaco sabe que es un jugador que se acelera muy rápido. Si quiere superarse tiene que luchar, sobre todo, contra la ansiedad. Contra eso se entrena.

—Si por ejemplo hay que pegarle con derecha cruzada durante veinticinco minutos. Bueno, hacerlo a conciencia. Sin mirar para otro lado, pensando en la técnica, pensando sólo en corregir —toma un trago de café con leche y sigue, enérgico—. Por ahí te pasan cosas por la cabeza, te distraés: uh, salgo de acá, tengo la nota de hoy a la tarde, las fotos, apenas termino me tengo que bañar. Estoy en la Argentina quiero ir a ver a mis viejos, la cabeza se dispara y es ahí donde decís: enfocate. Dale, volvé. Dale, volvé. Todo el tiempo pensar en ir a por más.

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¿Qué es ir a por más? ¿Por qué alguien pierde toda su vida tratando de pegarle mejor a una pelota, de correr más rápido, de tirar una bola de metal más lejos?  ¿Por qué una persona que nada sin parar durante ocho horas y media para algunos es un héroe?

¿Qué hay más allá de la plata, de la fama, del reconocimiento?

¿La obsesión del deportista es algo sano? ¿O son enfermos: obsesivos socialmente aceptados?

Cuando uno le pregunta a un deportista de alto rendimiento por qué hace lo que hace, la respuesta suele ser “qué buena pregunta”. Luego, algunos segundos de silencio. Y después sí: “Porque me gusta”. “Porque no podría hacer otra cosa”. “Porque me pone contento”. “Es difícil de explicar, pero cuando hago esto siento que estoy en lo mío”.

¿La repetición como una búsqueda de orden?

¿Mejorar para llegar a qué?

¿Para ganar algo?

¿Para ser mejor?

¿Repetir por repetir?

¿O repetir para no pensar?

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El 17 de abril de 2012, cuatro años después de aquella lesión, Mónaco había recuperado su mejor puesto en el ranking: de nuevo era el número catorce del mundo. Se sentía en el mejor momento de su carrera. Había hecho semifinales del Masters en Miami, había perdido con el mejor del mundo, Novak Djokovic, por 6-0 y 7-6( 5). Venía embalado. Jugaba contra el holandés Robin Haase, en Montecarlo, la primera ronda del Masters 1000. Iban 5-7, 6-0, 3-1 y Mónaco, vestido de naranja furioso, devolvió la pelota y pisó mal, pisó con la cara externa del pie derecho y oyó el ruido de una soga al romperse, tac, y cayó y desde el piso gritó que no podía creerlo. No quería tocarse. Pensaba que se había roto el talón de Aquiles. Pensaba que, de nuevo, una vez más, cuando estaba subiendo en el ranking, venía esta lesión. Pensaba que iba a perder todo el año y se agarraba la cabeza y gritaba: no puedo creerlo, no.

Después de revisarlo, el médico le dijo que era una torcedura tobillo. Sólo una torcedura de tobillo. Se relajó tanto que quiso seguir. Djokovic sacó. Mónaco no tuvo reacción, le costaba pisar.

—Dos veces estuviste número 14 en el ranking y las dos veces te lesionaste. ¿Cómo interpretás eso?
—Hay dos formas de ver las cosas: deprimirse y decir “qué mala leche tengo” y pensar en la mala suerte y en un montón de cosas. O pensar que las cosas pasan por algo, que hay que seguir adelante. Que si me lesioné hoy, esta noche me voy a mentalizar para que la recuperación sea lo más rápido posible.

Al día siguiente, los médicos le dijeron que con ejercicios y kinesiología, podía volver en seis semanas. Que quizás, con suerte, llegaba a Roland Garros.

Y él que se había matado para estar, de nuevo, top 15, pensó que le había costado tres años volver a su mejor ranking.

Pensó: en cuatro semanas vuelvo.

Y en cuatro semanas, volvió.

En el Masters 1000, en Roma. Con todo. Y aunque no pudo (4-6, 6-2 y 6-3), estuvo a punto de ganarle a Djokovic, al número uno del mundo.

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El año se le hace largo. Empieza la pretemporada en diciembre y el circuito en enero; recién se relaja a mediados de noviembre.

—No es fácil con tanta exigencia en la cabeza estar motivado todo el tiempo. Uno sufre pequeños altibajos, por eso es bueno tener un grupo humano al lado que te mantenga en órbita: ni tan eufórico cuando te va bien, ni tan abajo cuando te va mal.

A medida que se hacen conocidos, la presión sobre los tenistas aumenta. Al llegar al puesto treinta, el público, los periodistas, ellos mismos, quieren estar en el quince. Y, luego, seguir subiendo. Pero Mónaco se traza objetivos a corto plazo, no tan difíciles de alcanzar, que pueda cumplir de a poco.

—Sé que si me entreno muy duro y tengo esa obsesión por mejorar pequeños detalles, como el saque, la derecha y el revés y gano puntos, el ranking va a venir solo.

A la noche, después de un partido, mira series norteamericanas: Mad men, Lost o Six feet under. En una semana puede ver treinta capítulos. No chatea. Chatear lo desenfoca. Si está en China y habla con amigos o familiares que le cuentan lo que están haciendo, se acuerda, extraña y se va a dormir triste. Por eso, mira series, o alguna película.

Y al acostarse, después de cerrar los ojos, antes de quedarse dormido, trata de visualizar el partido del día siguiente, piensa cómo va a ser, si va a haber algún punto largo, o revisa el entrenamiento.

Su vida, dice, pasa ciento por ciento por el tenis. No puede dejar nada librado al azar.

Su vida, dice, no tiene sorpresas. Se rige por un estricto cronograma: el primero de octubre va a estar en Japón (Rakuten Japan Open), el siete en Shangai (Rolex Masters), el lunes 22 en Valencia (Open 500); la semana siguiente en París (BNP Paribas Masters).

Y durante los partidos tiene costumbres, rituales, que lo ayudan a concentrarse, a no pensar en otra cosa que no sea cómo pegarle a la pelota para que vaya adonde él quiera dirigirla.

Cuando saca, pica la pelota de seis a trece veces. Se enfoca en el número y, en ese momento, no piensa en absolutamente nada más que en la técnica del saque.

Y antes de devolver, mira para abajo dos segundos, y luego sí al oponente.

Cuando toma agua o alguna bebida energizante, siempre: dos tragos. No importa cuánta sed tenga. Dos tragos. Así, va a estar hidratado. No sabe si hacer esto está bien o está mal, pero lo deja tranquilo.

Y tres o cuatro minutos antes de los partidos necesita estar solo. Música y pensamiento. Catupecu Machu: bien arriba, mucha energía; o U2 o, si está triste, una cumbia: Gilda o Los Totora, para seguir el ritmo.

Y siempre, desde aquella vez de la lesión en Chile, un diálogo interno. El rosario en el pecho, el mismo pedido.

— Terminar sano. No me importa el resultado, jugar bien o jugar mal no me importa, pero quiero terminar sano, es lo único que pido: terminar sano el partido.
—En tu equipo no hay psicólogos, ¿no?
—No. Somos muchos y no me parece bueno meter más gente. Tengo un entrenador, un preparador físico y un equipo médico, amigos, que son los mejores psicólogos que pueden existir. Si tengo alguna inquietud, prefiero hablarla con ellos. Hay muchísima confianza y me van a decir la verdad de lo que está pasando. Si me ven bien o me ven mal.

Hoy, una vez más, Mónaco está catorce del mundo. Viene embalado. Y aunque sabe que los Juegos Olímpicos son en Wimbledon y que en césped no ha tenido muy buenos resultados, está tranquilo. No podría calcular porcentualmente sus posibilidades de ganar una medalla. Eso depende de muchos factores, dice. Puede jugar el mejor partido de su vida y perder en primera ronda o jugar más o menos y ganar. Sabe que si hace las cosas bien, los resultados llegan.

No por nada hoy está donde está. Número catorce del mundo.

A París fue 27 veces. No conoce el Louvre, no conoce Notre Dame, no dio una vuelta en barco por el Sena. Subió una sola vez a la Torre Eiffel. Suele enfocarse en los partidos, en descansar, bajar la adrenalina en el hotel, no tiene tiempo para paseos.

La mesa, las patas cruzadas de madera.

— Si alguien me pregunta si conocí París. No, la verdad es que no lo conozco. ¿Roland Garrós? Sí, de punta a punta. ¿Los aeropuertos? Todos. La concha de tu madre, que…

Pone cara de dolor, se agarra la rodilla.

—Ay, boludo, me hice mierda… Me corté… Me pegué con la punta.

Agarra una servilleta, y se agacha, se acaricia la pierna. Deja la servilleta en la mesa. En el papel blanco, la mancha de sangre.

—Dale, no pasa nada. ¿Qué te estaba diciendo?