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Sado gay: sufrir por amor

Publicado: 10 diciembre 2012 en Enzo Maqueira
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Soy el artista de la familia. El tipo raro que juega mal al fútbol. Un heterosexual gay friendly en el único bar sadomasoquista gay de Buenos Aires, el único de Latinoamérica.

—Leather –me dice mi amigo Charly, dueño del lugar–, somos un bar leather.

Y me sirve otro vaso de cerveza. Carlos “Charly” Borgia está sentado del otro lado de la barra. Tiene puesta una camisa, un pantalón y una muñequera, todo de cuero. Él y yo somos los únicos que estamos vestidos. Somos amigos hace diez años, cuando yo no era escritor y él no era el rey de la noche sado. “Leather”, repite Charly y me deja solo porque están tocando el timbre. Una luz al lado de la puerta se prende cada vez que un nuevo cliente quiere entrar. Charly le entrega una bolsa negra. El cliente tiene cuarenta años, es flaco, pelo corto. Se mete en un cuarto y se saca la ropa, la guarda en la bolsa, se pone un arnés de cuero. Como un Clark Kent recién salido de la cabina de teléfonos, aparece en el medio del bar listo para la noche, con el pito y la cola al aire. La luz se vuelve a prender.

—Ya vengo –dice Charly y agarra otra bolsa negra.

Así empiezan los sábados en Kadú. Entre las once de la noche y la una de la mañana llega la mayoría de los clientes. Casi todos son habitués: hay una tarjeta con su nombre en donde se anotan los consumos. No hay bolsillos para guardar la plata en Kadú; se fía hasta el final de la noche. Los clientes lo toman con la misma naturalidad con la cual dejan su ropa de todos los días adentro de una bolsa. Charly me explica que no todos son gays declarados; hay clientes que tienen esposa e hijos, o que tienen pareja homosexual pero ocultan su gusto por el fetichismo. Van muchos personajes del mundo del arte, del diseño, de la arquitectura. Tipos que ahora están desnudos y usan accesorios de cuero.

—Cerrá los ojos –dice Charly y me acerca su muñequera a la nariz–. ¿Sentís? Ése es el olor del cuero. Hay gente que acaba con este olor.

La cultura leather incluye al masoquismo, al fetichismo, al fisting y al bondage, palabras que se suelen resumir con las siglas BDSM. Hasta antes de pasar mi primera noche en Kadú esas palabras significaban imágenes sueltas: un tipo con látigo, un debilucho en pañal de bebé, un hombre de bigotes y gorra de cuero que besaba un pie. No tenía modo de imaginarme fisting o bondage. Del primero sólo sabía que era meter puños adentro del culo (pero lo sabía de un modo muy vago, como uno sabe que algún día se va a morir); del segundo, que alguna vez leí esa palabra en internet. En Kadú aprendí los matices: a las doce y media de la noche ya hay un hombre arrodillado en un rincón, desnudo, excepto por una correa en el cuello. Es uno de los siete esclavos de Charly y todavía está en fase objeto. Hay tres niveles para el que disfruta ser sometido: el objeto, la mascota y el siervo. “Le puedo ordenar que esté ahí como si fuera un florero y no se puede mover hasta que yo le diga. O que sea una mesa para apoyar los pies, o que esté parado como un velador”. Habla mirando a su esclavo, lo señala, me obliga a mirar. El esclavo no puede devolvernos la mirada y eso es lo que lo excita. Tiene menos de treinta años, es morocho, cara de bueno. “La gente cree que el sadomasoquismo es violencia y sometimiento, pero acá no se violenta la voluntad de nadie. Todo es acordado previamente. Y no hay sometimiento: es una relación recíproca de confianza”, dice Charly.

Tengo varios amigos gays, bi o con orientaciones sexuales alternativas, pero Charly fue el primero. Todos alguna vez pensaron que me reprimía. Debo ser el único que nunca dudó. Fui a colegio de varones, católico, y mis compañeros se juntaban para comer chizitos y escupirse. También, en los campamentos, cuando los curas dormían, se masturbaban en ronda.

Yo no hacía ninguna de esas cosas.

Yo para ellos era el maricón.

Ahora, según Facebook, mis compañeros están casados. Yo estoy haciendo una crónica en un bar de sadomasoquistas.

***

En el escenario hay un chico con una remera de látex y la cola –y el pito– al aire. Un pelado de unos cuarenta años, alto, tonificado, con un tatuaje y cadenas que le cruzan el pecho también sube.

—Se llama Alan –dice Charly– tenés que ver cómo le va a dar pija.

Hay una diferencia entre pito y pija. Lo que veo alrededor son pitos, porque no hay erecciones y todos parecen inofensivos. En cambio Alan tiene una pija. El esclavo se pone de cara a la pared y Alan le pega en la cola con un látigo. El esclavo se arquea como si hubiera recibido un tiro. El pelado Alan se pone loco. Se planta bien en el suelo. Es la primera vez que veo dos hombres teniendo sexo.

—¿Y? –me pregunta Marcos, el flaco de pelo corto que vi desnudarse cuando entró y ahora toma gin tonic en la barra– ¿Te gusta?

Le digo que no me provoca nada, que en diez años de amistad con Charly vi de todo, pero nunca me excité; que todos mis amigos gays piensan que me reprimo.

—No es represión –dice Marcos–. Es si te calienta o no.

Me tranquiliza escucharlo. Marcos lleva puesto un arnés que roza sus tetillas, usa un brazalete de cuero con pinches y una muñequera. Es psicoanalista y habla claro y con voz firme.

—La sexualidad es sólo una particularidad más del ser humano. Según Freud hay tres clases de masoquismo: el erógeno (el gusto en experimentar dolor), el femenino (se basa en el erógeno y está vinculado con ser amordazado, atado o sometido a obediencia incondicional) y el sentimiento de culpa. Pero todas esas categorías freudianas hoy en día están dejadas de lado. Es como si dijéramos, todavía hoy, que la homosexualidad es una enfermedad. Lo cierto es que cada cual goza como le sale o como puede.

Le digo que sería una forma de resolver la castración del falo, que el falo es el significante de la falta, que un fetichista resuelve la castración con el objeto de deseo.

—Todo eso quedó atrás –Marcos dice que no con la cabeza–. Cualquier parte del cuerpo puede servir como objeto de satisfacción. El juego del cuero sería como cualquier otro juego. Se juega lo erótico en relación al poder. Hay mujeres más “pijudas” que sus maridos.

***

Tengo puesta una remera de Pearl Jam que Charly me prestó apenas me vio llegar vestido con jean y camisa, porque “un leather ve una camisa que no sea de cuero y sale corriendo”. Pensé que la remera era suficiente para pasar desapercibido, pero soy el único que no tiene arnés, correa o guante de cuero. En un bar de fetichistas, me convertí, sin quererlo, en un objeto de deseo.

—El leather surge en los ochenta como una respuesta al estereotipo del mariquita –dice Charly–. Se buscó un look masculino, con camperas y pantalones de cuero, al estilo de las pandillas motoqueras de Estados Unidos. A la imagen del gay afeminado se le contrapuso la fuerza del cuero.

El cuero también se usa como una vía de comunicación.

—Si vos venís a un bar como éste y ves a alguien con collar de perro en el cuello, sabés que es un esclavo; si lo ves más vestido o con cadenas cruzadas, lo más probable es que sea un dominante. Es un modo de entablar un vínculo sin tanto preámbulo.

Marcos quiere sumar su punto de vista. Cuando empieza a hablar me doy cuenta de que tiene ropa de dominante. Pienso que quizás espera que el alcohol me haga relajar un poco:

—El cuero tiene reminiscencias a la vestimenta de guerra romana, a los gladiadores, a las fuerzas policiales y militares, supuestamente viriles. Además, ¿por qué no usar cuero? Yo vengo a Kadú en búsqueda constante y quizás interminable de mis propias posibilidades de gozar. Mi formación universitaria y mi práctica profesional fue atravesada por Freud, Lacan, Foucault y sus discípulos, seguidores y repetidores. Sin embargo nunca vengo como observador/téorico o teórico/observador; necesito ser participante y entregarme a esa colectiva borrachera de exultante naturaleza psicológica.

***

En los recreos, mis compañeros jugaban a perseguirse, a pegarse, a darse patadas. Yo me quedaba en un rincón del patio. En Kadú hago algo parecido: estoy en la parte de arriba, donde todo sigue pareciendo un bar aunque haya doce tipos desnudos y el pelado Alan tome cerveza en copas de cristal negro, en la mitad de la barra, al lado de Tommy. Son la primera pareja BDSM legalmente casada y la fiesta de casamiento fue acá, unos meses atrás. Conversan en ronda con otros tipos, Charly incluido, y de repente todo parece tan normal como en cualquier otro bar. Empiezo a controlar el miedo a que “me pase algo”. Sé que es un miedo de clase media, burgués, de un fascismo teledirigido, pero me resulta inevitable. Después de verlos charlar un rato largo logro reducir mis temores a la sensación de incomodidad de un vestuario de club. Entonces Charly llama a su esclavo, el morocho con cara de bueno que estuvo todo este tiempo quietito en su rincón. Le pide que se la chupe a todos los que están en la ronda, le acaricia la cabeza. En un rato, Charly me va a preguntar si quiero ver algo chancho y el morocho va a abrir la boca y él le va a hacer pis dentro, un chorrito caliente, y le dirá que cierre la boca, pero no ahora.

—Se porta bien este esclavo –dice, y me guiña un ojo.

***

Alexis fue mi segundo amigo gay. Dio la casualidad de que también era leather. Se lo presenté a Charly hace un par de años; me lo agradeció como si le hubiera hecho el segundo mejor regalo de su vida (el primero había sido para un cumpleaños, cuando le mandé un chico lindo que le tocó el timbre a las doce y un minuto de la medianoche). Alexis se convirtió en una estrella de Kadú. En su vida cotidiana era un neurobiólogo prestigioso, con publicaciones en revistas de ciencias y viajes por el mundo. En Kadú practicaba la auto-felación sobre esa misma barra donde ahora apoyo mi vaso de cerveza. Nunca lo vi, pero cuentan que se subía a la barra, se acostaba, levantaba las piernas y llegaba a chupársela. Lo hacía delante de todos.

A los 13 años había tratado de chupársela por primera vez. A los 22 hizo un segundo intento. Hasta ahí, nada diferente a la vida de cualquier hombre; pero Alexis tuvo disciplina y perseverancia. Sólo eso, y una cierta curvatura natural de la espalda. No tuvo que hacer yoga, ni cortarse el frenillo. Fue práctica. Ahora Alexis viene cada tanto a Kadú, pero tiene un perfil más bajo. Hoy vino porque quise que nos encontráramos en el lugar donde el neurobiólogo Alexis es leyenda. A él no le gusta hablar de leather, sino de BDSM. Y no siente nada por el cuero. En cambio, desde chico tenía fantasías con ser secuestrado, que lo ataran y le pegaran. Es algo que charló muchas veces con su analista, un tipo que lo alentó a buscar los límites de su propio placer. Los buscó en Kadú, con su show de auto-fellatio. Me lo cuenta todo rápido, porque son cosas que me contó muchas veces por chat. Y repite la historia que más me impresiona:

—Una vez conocí a un francés por chat que me invitó a pasar tres días en su casa, en el sur de Francia. Lo que más me enloqueció es que el tipo tenía un garage acondicionado con elementos de BDSM: cruces, cadenas, arneses… Durante esos tres días yo era su esclavo y no podía salir de ese rol. Cada dos horas, aproximadamente, teníamos una sesión. Un día me ató y me cubrió el cuerpo con papel film, como si me estuviera momificando; otro día me hizo dormir en el piso. Me despertaba a cada rato. Era como estar tres días en una sesión de tortura.

Le pido a Marcos más precisiones. Me dice que el esclavo se siente apreciado al darle placer al otro. Que de él depende, también, el placer del otro.

“Antes de comenzar un vínculo con un nuevo esclavo, en muchos casos se firma un contrato: ahí el esclavo tiene que escribir todo lo que no está dispuesto a aceptar. Ése es el único límite. El contrato puede ser escrito o de palabra. Lo demás es imaginación.”

—El deseo de ofrecerse es siempre placentero. El esclavo no se siente denigrado, hay una relación erótica que lo hace sentirse valorado sexualmente como objeto. A veces no hay que preguntarse nada sino escuchar atentamente a los protagonistas de las llamadas ‘orientaciones sexuales alternativas’ frente a la hegemónica norma mono-hetero-sexista.

***

—Yo leí mucho a Foucault –dice Charly, mientras se saca las botas de cuero–. Vos nunca podés saber quién es el dominado y quién el dominante. La base del leather no es la humillación ni la violencia. Es la confianza. Antes de comenzar un vínculo con un nuevo esclavo, en muchos casos se firma un contrato: ahí el esclavo tiene que escribir todo lo que no está dispuesto a aceptar. Ése es el único límite. El contrato puede ser escrito o de palabra. Lo demás es imaginación.

Se saca las medias. Después empuja a su morocho hasta el suelo y le pide que le lama los pies.

Pienso que también mi amigo habrá obedecido alguna vez, que también él estuvo en ese mismo rincón donde ahora está de rodillas Leónidas, con una máscara de látex que sólo tiene dos agujeritos para respirar. “¿No se aburre?”, pregunto sin darme vuelta. “Es la idea”, contesta y me dice al oído que adentro de la máscara no se ve nada, que apenas se siente, que el látex se pega a la piel y parece que estuvieras en un ataúd. Y mira para abajo otra vez.

—Pero entregarse al otro es una forma de olvidarte de vos –Charly se pone serio–. Tanto si sos esclavo como si sos dominante, estás dejando tu ego para darle placer al otro. Hay una cuestión de despersonalización atrás de todo esto. El resultado es muy parecido a meditar: no hay ego.

Su esclavo está esperando que termine de hablar conmigo. Empiezo a sentir que por mi culpa Charly no se está divirtiendo; que sus esclavos me deben odiar porque lo distraigo con mis preguntas. Le aviso que me voy. “Antes tenés que ir al subsuelo”, dice Charly y me señala la escalera que entra en lo más profundo de Kadú.

***

Si la palabra “sordidez” tuviera una escenografía, sin dudas sería la del subsuelo de Kadú. Un pibe de veintipico recostado en un sillón, quieto, como si estuviera muerto. Otros dos parados al lado del baño, mirándose mientras se masturban. Adentro de un cuarto hay una ronda: cinco tipos desnudos y olor a transpiración. En otro cuarto, mucho más chico, hay un hombre colgado de un arnés. Lo tienen atado de pies y manos, con las piernas abiertas. Le están metiendo algo. Camino rápido entre un cuarto y otro, con la cabeza gacha, tratando de pasar inadvertido con mi remera de Pearl Jam. Sé que no va a pasar nada que yo no quiera, que es un miedo machista y retrógrado, incluso homofóbico; pero tengo terror a que me cojan. Sin embargo me quedo en mi lugar. Lo siento como un acto de valentía, también como una prueba a mi heterosexualidad. El pelado Alan baja las escaleras. Trae a Leónidas de la mano, que todavía tiene puesta la máscara de látex. Lo ayuda a subir a una tarima. El pelado ata a Leónidas en una cruz; le pega con un látigo, le retuerce los testículos, le estira el pito. Los demás se empiezan a acercar; hacen un semicírculo de tipos desnudos. ¿Mostrará la pija tan grande que tiene el pelado? Todos miran, excepto el chico del sillón, que consiguió quien se la chupara. Recién entonces me doy cuenta de que hasta ahora ninguno acabó. Charly dice que los clientes se reservan la eyaculación para que la noche sea más larga; van a acabar cuando les parezca que ya no pueden ir más lejos. Mientras tanto son hombres desnudos en semicírculo.

Sigo siendo el único que está vestido.

***

Ahora el silencio tiene la forma de una canción de Rammstein. Los tipos se empiezan a mover y algunos vuelven al cuarto del arnés. Tengo la sensación de que es el momento de irme, pero me quedo. Algo está por pasar. Trato de reconocer caras familiares, pero no veo a Alexis, ni a Leónidas, ni tampoco a Marcos. Lo que veo son cuerpos, y de entre los cuerpos una figura que viene hacia donde estoy. Tengo tres segundos para imaginar que Charly viene a protegerme, con su pantalón de cuero negro, mi sado-superhéroe favorito. Tres segundos para imaginar qué pensarían mis compañeros de escuela si me vieran ahí, rodeado de pitos, el maricón que quería ser escritor. Mientras tanto lo veo venir con la música de Tiburón en mi cabeza, los ojos fríos, midiéndome para atacar.

Que me gustara Queen en la adolescencia, que a los dieciocho fuera a la cama solar. Una vida plagada de señales ambiguas, predestinada por esos gallitos de colegio católico que se burlaban de mí. Y por fin el pelado, Alan, está adelante mío: alto, fuerte, un Godzilla que abre las garras para llevarme. Es el momento de cruzar la barrera o de retirarse. No lo dudo: subo corriendo las escaleras, sin mirar atrás, y cuando estoy arriba le pido a Charly mi camisa a rayas y me saco la remera de Pearl Jam. Le digo que me disculpe con el pelado. Me da vergüenza haberme escapado así. “No te preocupes”, contesta Charly y hace ese gesto de tirar la mano para atrás, como si de verdad no tuviera que preocuparme. Cuando camino de vuelta a casa, una y media de la mañana, en una noche fresca de sábado en Buenos Aires. Escucho que alguien canta en un departamento. La voz viene desde un segundo piso, living iluminado, lleno de globos; un tipo de mi edad, con micrófono, al lado del televisor. Su novia rubia lo aplaude; sus amigos lo miran entusiasmados. Parece ser una especie de karaoke en el medio de una despedida de solteros, o un cumpleaños, o algo parecido a una fiesta. Ahí debería estar yo, y después subir las fotos al Facebook. Pero no. Soy un heterosexual gay friendly. El artista de la familia. El tipo raro que juega mal al fútbol.

Caiga quien caiga, lunes, horario central, sección “CQ test”.

―Guillote, a una ex novia, ¿se le hace un service cada tanto?
―Depende del año… Si ya no paga patente no.

***

La cita con Guillermo Cóppola es en el gimnasio del Paseo Alcorta, 11 de la mañana de un jueves. Cuando llegamos, está sentado debajo de su pelo de siempre: aros de algodón que acompañan la sonrisa de costumbre. Habla por celular con un amigo, a quien invita a su cumpleaños número 60 que celebrará a los pocos días. “Algo tranquilo, por el tema de las bolsas, 110 personas en la Parolaccia, venite, no me falles, quiero que estés”, le dice. Alrededor de él hay electricidad: el lugar es una romería, polo muscular del establishment en la era K.

La elite argentina cultiva su físico con el mismo cuidado con el que teje sus relaciones sociales. Y en este lugar, en el que se exalta el fetichismo y la vista, Guillote cumple un rol medular. No está claro cuál es exactamente, pero podríamos definirlo como el capitán simpatía, el ingeniero psíquico de la estructura emocional del lugar. “Me lo dice la gente: cuando yo no estoy, esto no es lo mismo”. Cóppola saluda a todos. Los conoce, le gusta saber qué hacen, quiénes son, dónde viven. Todos allí tienen las necesidades de la opulencia básica satisfechas, pero pareciera que sus corazones necesitan un poco de alegría. ¿Y quién sino Guillote para alegrar a ese círculo? Cóppola, está claro, sabe dónde moverse.

“Mirá, mirá: ese es abogado, vas a ver que cuando pasa por al lado de ese rubio que está ahí que es empresario ni se miran… Es que tienen cuestiones pendientes…”. En efecto, cuando el hombre de ley pasa por al lado lo hace mandando un mensaje por su blackberry.

“Hola, ¿cómo estás? ¿Bien?” Ahora la sonrisa de Guillote es la de un guasón blanco. Saluda a Jazmín de Gracia, una de las tantas modelitos que enriquecen su talento en este lugar. Jazmín se va y Guillote cambia el objetivo de su mira: pelo castaño, 39, separada. “Qué bien que estás, sos la más linda del gimnasio”. Se va. “Nunca hay que dejar de tirar…”, nos dice. Es John Wayne con rayo láser.

“Siempre fui así. Y Corina, mi mujer, me conoce y me acepta”, comenta. Corina tiene 36 y está embarazada de una nena que nacerá en enero. Cóppola ya tiene tres hijas: “No sé hacer otra cosa”, se ríe. Natalia, la más grande, se casó con un amigo suyo y vive en Miami; Bárbara, de 21, hija de Yuyito González; y Camila, la menor, que fue reconocida por Cóppola tras un ADN. “Soy así, mentiría si dijera que no voy a seguir seduciendo”.

―¿Cómo hacías en la cárcel?
―Fueron momentos duros. Mirá, te cuento una…

Entonces el hombre de las mil mujeres, el ex representante de Maradona, el depredador sexual que se ufana de nunca haberse acostado con una chica de más de 40, comienza un relato que bien podría formar parte de una antología definitiva del onanismo carcelario.

“Resulta que en la cárcel había un poronga que era el único –¡el único!– más obsesivo de la limpieza que yo. Era un morocho alto y grandote que tenía, solo para él, un sector del baño. Lo mantenía impecable y todo decorado con pósters de chicas, todas chicas del ambiente, ¿no? Como yo soy muy limpio también, el tipo, a cambio de dos tarjetas telefónicas, me prestaba todos los días su rincón un rato para mí solo.

―Era un lugar con mucho amor propio, ¿no?
―Claro (risas). Bueno, la cuestión es que yo ahí me quedaba un tiempito ¿no?… Amor propio, ja, ja, está bueno. Bueno, la cuestión es que me prestaba quince minutos el lugar y yo iba. Un día miraba un póster, otro día apuntaba a otro. Después, eso sí, dejaba todo impecable.
―La higiene ante todo.
―Por supuesto. Bueno, ¿qué hice cuando salí de la cárcel?
―¿Seguiste yendo al rinconcito ese?
―No, boludo. Busqué una por una a todas las de los pósters y me las fui bajando. Un loco…
―¿En serio? Como Kill Bill, pero del sexo.
―Claro.

***

El atorrantismo, la noche, la gira eterna con el Diego, la sonrisa, el eco de la merca retumbando, los bucles de algodón: Cóppola avanza por la vida convertido en mitología. Podría decirse que con él sucede lo mismo que con Chiche Gelblung o con el Bambino Veira: personajes polémicos pero simpáticos, que completan pocos casilleros del formulario de la ética (Veira, por razones obvias, es la máxima expresión de ese olvido), pero que el pos–menemismo ha convertido en casi ídolos. Un tipo de personajes con poco octanaje moral, que no poseen un saber trascendental, pero que encarnan, en algún sentido, un estereotipo social de la época. “No sabés lo que me pasa… voy caminando por la calle y los chicos se paran y me abrazan. Me gritan ‘capo’. Es tremendo… yo no lo puedo entender. Me dicen que tengo cuatro mil entradas por día en el Google, es increíble”.

Cóppola no termina de entender las razones que construyeron su leyenda. No ha tenido, qué duda cabe, una vida sosegada: no hay forma de tenerla si durante más de 20 años se vive al lado del personaje más famoso del mundo. Cada día era una aventura en la montaña rusa, en un palacio dionisíaco, en la cima del planeta.

Pero la fiesta se suspendió de golpe. La noche le pasó un par de facturas. Reality show, Viale, Samantha, Diego retirado, caravana, Diego desbocado, todos desbocados.

A los sultanes del ritmo se les acabó la joda. De pasear por Montecarlo en un convertible a Dolores, preso. Un estilo de vida se desmoronaba. Los días en la cárcel fueron los más aciagos para el representante. Y las secuelas todavía se hacen sentir. “De vivir en 300 metros cuadrados pasé a 60″, grafica. Y así con todo. Perdió autos, amigos, plata, prestigio, poder. “Tuve Lamborghini, Rolls Royce, Ferraris… hoy, no tengo nada”. Cóppola se mueve en taxi, dice que es mejor, que así no tiene problemas para tomarse una copa de más cuando sale a la noche. Igual, lo más doloroso dice que no fueron las pérdidas materiales. “Lo peor, lo que más me molestó fue perder el tiempo”. El reloj no corre cuando alguien está encerrado. La vida se transforma en una trampa kafkiana.

Cóppola recuerda que después de un tiempo consiguió que le asignaran una habitación para él solo. Todos los días la limpiaba con obsesión de orfebre y la dejaba impecable, como si fuera a recibir visitas. Lo hacía mientras escuchaba música: eran dos horas en las que su mente se escurría por entre las rejas. Cada día también, entraba Frazia, el zumbo que lo controlaba, gigante como el jefe policial de El Expreso de Medianoche, con las botas llenas de barro y le manchaba a propósito el piso. Lo hacía siempre, como si fuera parte de una broma macabra, inapelable. Cóppola no decía nada y volvía a limpiar su pieza. Lo hizo hasta el último día que estuvo allí. Un día, sin razón aparente, a Cóppola lo engomaron, que en la jerga carcelaria significa que lo encerraron sin dejarlo salir ni a mirar las estrellas. En la celda no tenía baño, y el guiso de la cena comenzó a hacer su trabajo intestinal. Cóppola golpeaba la puerta, pedía ir al baño, pero Frazia no le abría. “No tuve más remedio que garcar en una bolsa y dormir con eso al lado toda la noche”. Al día siguiente, Cóppola se levantó, limpió todo, tiró la bolsa y enceró su pieza como todos los días. Cuando Frazia entró y manchó con barro el piso, Cóppola se le tiró al cuello. La pelea duró menos de un round: en un pestañeo, Frazia lo aplastó como a un insecto. Pasaron los días y nadie dijo nada. Hasta que lo trasladaron a Caseros. Antes de dejar Dolores, Frazia lo llamó para hablarle.

“¿No te das cuenta, otario –dijo, acentuando la “ta”–, que cada vez que te ensuciaba el piso lo que lograba era que durante dos horas, las dos horas que vos volvías a limpiar, te fueras con tu mente de este lugar?” Frazia, el vigilante existencial, le dio una lección inolvidable. Al tiempo, Cóppola, ya en libertad, regresó al lugar acompañado por María Fernanda Callejón y le hizo un regalo.

Pero la cárcel también es un castigo metafísico. En el enrosque mental en el que se puede caer tras un drama como ese, Cóppola comenzó a pensar que estaba pagando por algún pecado. “Me preguntaba: ‘¿Por qué me pasa esto? ¿Por algo de mi vida anterior? ¿Porque había tocado a la mujer equivocada?’ No entendía. Pero lo superé por suerte. La prensa que me había condenado luego se resarció. Se armó el primer reality show de la televisión… Mauro Viale se fue a vivir a Le Parc, con eso te digo todo”.

―¿Sufriste más ahí o cuando te peleaste con Diego y él puso en duda tu honestidad?
―La duda de Diego fue algo fuerte. Interiormente lo sentí. Me dolió. Pero tengo toda la tranquilidad interior. Hoy por hoy, cada uno está haciendo su vida. Lo veo bárbaro, lo veo en peso. Tiene una capacidad para revertir las situaciones increíbles. Extrañar, extraño, cómo no. Lo que más me preocupaba era la diferencia que él creía que existía; eso se solucionó. No cometí ninguna equivocación mayúscula.

***

Seductor serial

La charla, de repente, se interrumpe. Cóppola deja de prestar atención, como si hubiese ingresado un fax en su cerebro. La comunicación se corta. El representante desvía la mirada y la clava en un objetivo móvil: dos botas negras y un jean inolvidable que avanzan.

Tac, tac, tac: las botas le dan contundencia a las mujeres. Está entrando a un local de cama solar en el Paseo Alcorta. Cóppola la había divisado cuando ella bajó de su cuatro por cuatro y la fue siguiendo con la mirada: sus ojos eran el teleobjetivo de un rifle. La dama (la presa) avanza y Guillote (el cazador) la desnuda con la mirada. “Ahí vengo”, dice y sale disparado, el cuello adelantado, las fauces preparadas. Irrumpe en el solarium. Se presenta ante la dama, que sonríe y asiente, halagada por la locuacidad de Guillermo, campeón mundial del chamuyo porteño. Durante el diálogo, Cóppola la mira con una sonrisa estampada en la cara, con los ojos jugueteando por sus labios y la imaginación recorriendo el escote. Esos minutos que anteceden al zarpazo, ese instante en el que la presa comienza a enredarse en la telaraña de la seducción coppoliana y en el que él se da cuenta de que ya es suya, de que una mancha más está por pintarse en su lomo de tigre, es un momento apasionante: la celebración del ego del macho, el orgasmo que antecede al orgasmo. Cóppola es el rey de la selva, su pelo se eriza más, el pecho le explota de narcisismo.

“¿En qué estábamos?”, pregunta Cóppola cuando vuelve.

―¿Qué pasó con la mujer?
―No, nada, cuatro–dos.
―¿…?
―Cuatro–dos, cuarenta y dos… yo nunca más de 40… ¡Amor propio! ¡Amor propio! Me gustó esa, la voy a usar.

Excitado, Cóppola grita esas dos palabras disfrutando de su alarido. Cuando las enuncia, lo hace con rapidez: un latiguillo convertido en latigazo. Hay silencio. Más silencio. Y de repente:

“¡Amor propio! ¡Amor propio!”

La gente lo mira. Nos reímos, un poco por la vergüenza, otro poco por las reminiscencias onanistas de su referencia. Por suerte suena el celular. Cóppola se pone a ajustar los detalles de su viaje a los Emiratos Árabes. Tiene grandes proyectos en ese territorio, virgen en varios sentidos. Más que vender, Cóppola quiere traer el dinero del petróleo. Tiene ideas megalómanas, como construir un estadio (“Los tipos le hicieron la cancha al Arsenal en Londres”) o remodelar el Luna Park. “Dubai es el máximo desarrollo del mundo. Mirá que yo viajé y nada me sorprende, pero lo que pasa ahí es tremendo. Hay hoteles nueve estrellas”.

Ahora el celular le suena, pero por un asunto más festivo: su cumpleaños 60. “Algo tranquilo –repite–. 110 personas, nada más. A fin de año, cuando la cosa se calme, la hacemos más grande”. En el universo coppoliano la comida es un elemento omnisciente. “Nunca fui de mesas chicas, siempre fui de mesas grandes”, explica, deslizando los motivos por los cuales para alguien como él un festejo íntimo de un cumpleaños es como la fiesta de egresados de alguien normal. La razón de esa capacidad desbordante para trabar amistad con la gente se palpa en el espacio, en su carisma demoledor. “Seduzco tanto a hombres como a mujeres. Tengo un arte, soy un encantador en el buen sentido. A mis amigos les gusta estar conmigo. Te pongo en clima. Integro, integro, me encanta… lo aprendí en Europa, en Nápoles. Respeto mucho a la gente. Nunca una mujer te va a hablar mal de mí. Yo, además, sigo haciendo las cosas que a las mujeres les gustan. A cualquier mujer le gusta que le abras la puerta del auto o que le prendas el faso. Tenga 18 años o 40.

―Pero en algún momento hiciste ostentación…
―Yo estuve al lado del más grande y tal vez me confundí un poco. En algún momento pensé en el reloj, en la mina, en el auto… ¡Era un pelotudo! Eso de estar impecable para llegar en enero a la playa para mostrarte… ¡Mostrar qué!… ¡Mostrá la pija!…. ¡Amor propio! ¡Amor propio!
―Bueno, estamos en un gimnasio, venís a cuidarte acá.
―Sí, pero hay una fantasía conmigo, con la noche, con la droga, y la verdad es que yo siempre me cuidé, siempre jugué al fútbol. Además, al gimnasio tengo que venir porque hace un mes y medio tuve una arritmia. Pierna derecha inmóvil. Brazo derecho inmóvil. Un susto, nada más.
―¿Quiénes se borraron durante la cárcel?
―Varios, pero te voy a nombrar a dos que sí estuvieron: Bianchi y Basile. Y también mis socios de ahora.
―¿Sos amigo de Basile?
―Cóomo.

A continuación, Cóppola disca el celular de Basile. Llama pero no contesta. No eran días fáciles para el entrenador: estaba a punto de ser deglutido por el monstruoso peso de la selección y de ser reemplazado, paradojas de este mundo, por el gran 10.

Cóppola le deja un mensaje a Basile a velocidad fast forward:

“Hola Coquito acá Guillote, quería ver cómo estabas, cómo andaba todo, la familia, los asuntos, todo eso, acordate de que te espero el sábado en la Parolaccia, algo tranquilo, los íntimos, no me falles, te quiero mucho”.

***

El gran Gatsby

Al día siguiente quedamos en almorzar en la Recoleta. La consigna era “Invita C, pero no lleves al plantel entero de Vélez”. A partir de ahora, la charla, la nota y hasta el lenguaje cambian por completo.

Todo lo que pasa de aquí en más es estrictamente cierto. Cóppola llega. “Hola querido, en un rato vienen un par de amigos, ¿no hay problema, ¿no?” “No, todo bien”. Seguimos la nota. A los 10 minutos llega Carlos Randazzo, delantero de Boca en los años 80, ex presidiario. “Carlitos, un grande”. Cóppola empieza a hablar de Carlitos como si Carlitos no estuviera. “Un loco, un loco, un tipo con códigos, un gran jugador. Se comió un año en Caseros por algo que no cometió. Y no delató a nadie, eh… muy respetado”. A los 15 minutos llegan tres amigos más, tres personajes con la misma sonrisa fácil de Guillermo, claro que sin su ángel (o diablo), aunque también elegantes y lenguaraces. “Pidamos”, dice Cóppola, mientras le sonaba el celular marca Ferrari de cinco mil euros. El ringtone es el sonido del motor del F1. “Igual al que tiene Raúl, el del Real”, informa. “Pero es feo, parece una armónica”, le dicen. A los 15 minutos estaban todos comiendo como búfalos, lanzados sobre sus platos, intensos, encendidos. A cada uno le sonaba el celular cada cinco minutos. Cóppola comenzó a hablar de nuevo de su cumpleaños.

No sabemos muy bien cómo, pero en un momento nos vimos todos hablando de la dotación varonil de Guillote. Sí, de eso. Se hablaba con seriedad, con tono doctoral. “No, no, momento, hay cuatro fotos mías: una con el Diego, otra en Nápoles, otra de cuando me operé –sí, se me achicó– y otra en Punta del Este”. Uno de los tres amigos –el más grande, un aire a Tony Soprano– era el que había traído a colación el tema. “Estuve en una cena con amigos y se habló mucho de tu pija, Guillermo –dijo, mientras intentaba pinchar con su tenedor un pedazo de pulpo a la parrilla–. Ellos decían que la tenías chica”. La situación era desopilante, pero Cóppola contestaba como si estuviera hablando con el cardiólogo. “No, no, se me achicó, es cierto, pero siempre la tuve bien. ‘Ta bien, no como la de Carlitos, es cierto, pero igual siempre estuve bien”. Carlitos es Randazzo, que escuchaba sin pestañear y asentía, como si en lugar de hablar de su anatomía se estuviera hablando de su auto.

“Carlitos, cuando estuviste en la cárcel, ¿te quisieron empomar?”, preguntó uno de los socios. “No –contestó serio–, nadie se hizo el vivo conmigo”. “¡Qué grande Carlitos! Un loco… un loco… ¡Amor propio! ¡Amor propio! Les conté a ellos lo del amor propio… pidamos otro vino, paga C”. A Cóppola le hervía la sangre. Se movía como un sonajero. Estaba feliz con la reunión. Este cronista, en cambio, transpiraba. La cuenta, seguramente, superaba una buena parte de su sueldo.

En ese momento, llegó al restaurante un hombre corpulento, algo molesto, bien vestido. Cruzó miradas con este cronista y saludó. Saludó también a Cóppola. “¿Quién es?”, preguntó Guillote.

El cronista cree recordarlo y se le acerca. “¿Sos Capi, no? “Sí, querido, ¿cómo andás?”

Capi es Capi Innocentini, 60 años, mítico lobista porteño, socio de políticos importantes, amigo del representante Gustavo Mascardi, un personaje que ya vio todo, que ya no se conmueve con nada. El coronel Kurtz de Apocalypse Now.

“¿Querés venir a la mesa?” Capi acepta y viene con su botella de Rutini de $200 y se sienta. Nos sirve a todos y empieza a hablar. “Yo era el dueño de todo el mediocampo de Boca en el año 84″, le dice a Randazzo. Randazzo lo miró en silencio, como un lagarto. No dijo nada. Capi siguió. Pasó el tiempo, pasó el postre, llegó el Baron B, luego el café, después la cuenta. La de Capi era de $300. La de C, $680. Cóppola hablaba por celular, los amigos también. Este cronista metió su mano en el bolsillo con la parsimonia de un caracol. En dos segundos, Capi abrió su billetera. “Dame todo”, dijo y tiró once gambas ($1.100) arriba de la mesa. “Me deben un almuerzo”, soltó, antes de levantarse e irse por Posadas.

Lleno de cabernet y de alivio, este cronista también se despidió. La ciudad comenzaba a tragarse al sol. Al llegar a la calle Corrientes, el cronista se metió en una librería de usados. Por 10 pesos consiguió un ejemplar de El gran Gatsby.

Jorge Suárez fue lo más parecido a un extraterrestre que habitó en las sierras de Córdoba. Fue un hombre que tuvo los pies en este planeta pero mantuvo siempre los ojos rozando las estrellas sin necesidad de treparse a transbordadores ni de orbitar en estaciones espaciales.

Los humanos somos seres desatentos que gastamos la vida entera ignorando que la quietud es una ilusión, que la inmovilidad es aparente y no existe, que siempre estamos en el viaje y que todo se mantiene en permanente movimiento aunque las montañas, las pirámides y los edificios parezcan tan estables cuando los miramos. Son pocas las personas que perseveran en la vigilia y ni por un instante olvidan que apenas somos microscópicos pasajeros en una roca que gira a más de cien mil kilómetros por hora alrededor de una estrella insignificante.

Suárez fue uno de esos bichos extraños que jamás olvidaba dónde estaba parado. Y a esa vigilia le añadió un convencimiento: no estamos solos en el Universo. Entonces cada vez que levantaba la mirada no esperaba solamente chequear el cielo y las nubes y los barriletes y las palomas. Esperaba más. Mucho más.

Como sucede con los dementes y con los héroes, el mundo no estaba preparado para el tamaño de sus ambiciones.

Había nacido en Adrogué, en la provincia de Buenos Aires, en 1940.  Su vida cerca de las estrellas comenzó en 1976, cuando se trasladó hasta un pequeño pueblo desplegado a los pies de un cerro modesto que todavía no había forjado su fama sobrenatural de aeródromo interplanetario y portal multidimensional.

Debió ser un amor a primera vista. Suárez, la pachorrienta localidad de Capilla del Monte y el bello cerro Uritorco comenzaron un romance de a tres. Ninguno seguiría siendo el mismo luego de ese primer contacto.

Vi a Suárez tres veces en mi vida: durante una transmisión radial desde la cúspide del Uritorco, en horas de la madrugada, en la que nuestros acompañantes parecían borrachos o muy sugestionados e interactuaban con luces misteriosas y duende. La segunda vez, en un simposio internacional de personas que aseguraban haber sido secuestradas por platos voladores. Y la última ocasión fue en un congreso internacional de ovnilogía en el que estuve cerca de ser puesto en órbita por cuestionar la autenticidad de un video que mostraba vestigios de un imperio extraterrestre en la superficie de la Luna.

Suárez se transformó en el custodio del misterio de Capilla del Monte, en el portero interestelar del Uritorco, ayudado por un episodio que desparramó la fama del pueblo y del cerro por todo el planeta y que ocurrió a pocos kilómetros del lugar, en enero de 1986: una mancha oval de 120 por 65 metros “apareció” (las comillas son inevitables) en la ladera de la Sierra del Pajarillo.

Como suele ocurrir en estos casos, las ansias de creer y la fantasía y los fabulosos titulares periodísticos no necesitan de previas verificaciones científicas. En pocos días repiqueteaba por el planeta la noticia de la nave espacial que había atracado en las sierras cordobesas. Y Suárez fue la voz más requerida para responder sencillas preguntas como ¿de qué lugar de la galaxia vinieron los visitantes?, ¿qué tipo de tecnología les permite viajar a velocidades mayores que la luz?, ¿vienen a matarnos a todos?, ¿por qué eligieron Capilla del Monte para detenerse?, ¿para qué vinieron?, ¿cuándo volverán?

A los herejes que observaron la mancha con sorna o se atrevieron a sugerir que los extraterrestres que la provocaron eran en realidad humanoides traviesos de la zona, Suárez respondió, solemne: “Las investigaciones demostraron que no pudo haber sido hecha por el hombre y menos durante la noche. Además se comprobó que los insectos y batracios encontrados en la circunferencia estaban momificados de una forma muy curiosa”.

Luego, todo explotó. Esa mancha quemada en los pajonales colocó a Capilla del Monte en un lugar privilegiado del mapa internacional de la peregrinación extraterrestre.

La procesión ya lleva más de un cuarto de siglo y va en aumento. Primero llegaron los amantes de los ovnis, es decir los amantes de algo que no saben qué es, ya que eso significa la sigla: se trata de algo que vuela pero que nadie puede definir. Son, como fue Suárez, los amantes fieles de una probabilidad inasible, de luces transparentes que se difuminan entre las retinas, de un deseo potente que nunca les permitirá abrazar otra cosa que no sea su propia obsesión por lo desconocido.

Después llegaron los perseguidores de misterios, los fantasiosos, los crédulos, los curiosos. Aparecieron los convencidos de que abajo del cerro existe la ciudad subterránea de Erks cuya puerta de ingreso está en otra dimensión y necesita ser encontrada. Aterrizaron los avistadores de elfos, los meditadores trascendentales, los reencarnados, los fotógrafos de fantasmas, los médicos energéticos, los perseguidos por los Hombres de Negro, los diagnosticadores de auras.

Al final llegaron los turistas esotéricos, los new-age y los ecólatras, convencidos de que el Uritorco es un afrodisíaco espiritual, el concubino de la Pachamama, la montaña del destino desde donde se podrá ver cómo se licúa el mundo mientras se cumple la última profecía maya.

Jorge Suárez los vio llegar y volverse a todos ellos. No le gustaba ese carnaval: “Demasiada gente chiflada. Un día vamos a tener una desgracia en el cerro”, me dijo. Al mismo tiempo Suárez sabía que a él mismo muchos lo consideraban otro de esos chiflados. Primero lo vieron como a un desequilibrado inofensivo, pero luego fueron muchos más los que comenzaron a detectar las ventajas económicas de la novela. De ahí, hubo un solo paso para que el resto del pueblo, la maestra, el sacerdote, el intendente, aprendieran a ver luces y esferas, globos fluorescentes, fenómenos alógenos. Todo inexplicable, por supuesto. La billetera del pueblo comenzaba a estar agradecida.

Suárez creó el Centro de Informes Ovni (CIO), fue su director y lo instaló en su casa, ubicada camino al Uritorco. Condujo durante muchos años el programa Alternativa Extraterrestre, por FM Astral. En 1999 comenzó a organizar los congresos internacionales de ovnilogía, que por varios días transforman a Capilla del Monte en un simpático bar espacial. Ufólogos, astronautas y médiums venidos de los cinco continentes se encuentran y se ponen al día con los últimos avistamientos, los más recientes contactos con alienígenas, las nuevas civilizaciones descubiertas en galaxias que ningún telescopio siquiera sospecha.

Son, por supuesto, noticias que la gran mayoría de los medios periodísticos del mundo terrestre, se dan el lujo de ignorar.

En 1997 Suárez me invitó a participar de la emisión número 500 de su programa de radio, que transmitió envuelto en una frazada, a lo largo de tres horas, desde la cumbre del Uritorco. Fue una noche helada. Con el fotógrafo agotamos una botella de vodka en la primera hora de la trepada, y recuerdo que luego del programa pasamos una madrugada divertida, tiritando en nuestras bolsas de dormir mientras a nuestro alrededor había gente que corría persiguiendo luces e invocando espectros.

A Suárez le interesaba mucho la relación con la prensa y no podía entender que los medios no publicaran en primera plana las noticias de avistamientos de ovnis y contactos con aliens. “Los ovnis no son un mito, son una realidad probada por nuestra tecnología. Pero claro, esto molesta a los poderes planetarios”, me dijo.

También me invitó a un congreso de abducidos que organizó en Capilla del Monte y me entretuvo todo un día presentándome a gente de diversos países que me contaba, como si hablara de una ida de compras al supermercado, que una nave espacial los había secuestrado y seres extraños se habían dedicado durante horas a auscultar sus orificios antes de abandonarlos en lugares exóticos: una cabina telefónica, una estación de servicio, una bañera vacía.

Suárez sabía que yo escuchaba con respeto pero con escepticismo sus teorías ufológicas. Un día le pareció que era una buena idea invitarme a exponer en uno de sus congresos ovni, y me subió al escenario para compartir una mesa junto a dos perseguidores de ovnis, uno mejicano y otro colombiano.

Tuve el mal tino de cuestionar la veracidad de un video que acababa de proyectar el conductor de un programa televisivo español, en el que se veía a Neil Amstrong dando saltitos en la Luna entre los restos de una civilización extraterrestre. Además sugerí que la mancha en el cerro El Pajarillo pudo no haber sido obra de un plato volador.

Uno de mis compañeros de mesa, no recuerdo cuál, me dijo que era un ignorante, como todos los periodistas. Se puso de pie y me gritó durante largos minutos. Pensé que si hubiera tenido en sus manos una pistola láser me habría reducido a cenizas ahí, sobre el mismo escenario. Luego, con ardor evangelista, azuzó a la audiencia: “¡Vamos a demostrarle su ignorancia a este periodista! A ver, levanten la mano los que han visto naves especiales”. Cientos de manos se elevaron al unísono. Yo había sido derrotado.

Cuando bajé del escenario fue como si hubiera sido invisible. Durante el cóctel posterior, nadie me miraba y Suárez, avergonzado, me evitó el resto de la noche. Volví a mi hotel, hice el bolso y regresé a Córdoba. Nadie llamó para reprocharme mi abandono del congreso.

Luego mis contactos con Suárez fueron telefónicos. Me llamaba para pedir difusión a sus eventos, a sus giras, como la que hizo en 2007 por cuatro países latinoamericanos para difundir la maravilla ufológica que era el Uritorco. Siempre que hablábamos acababa de ocurrir algo importante, vital, definitorio, que otra vez había sido ignorado por los medios. Vivía las 24 horas pendiente de ese otro mundo que se manifestaba en pequeñas luces, en naves desconocidas, en misterios.

Suárez ya no estaba solo. En 1993 había conocido a una colombiana llamada Luz (¿qué otro nombre podía tener?). La historia que los uniría comenzó una noche, en Buenos Aires, cuando Luz tuvo un sueño en el que le indicaron que debía viajar hacia un lugar. Ese lugar era Capilla del Monte. Obediente, llegó, conoció a Suárez, y ya no se separaron más. Luz trabajó a su lado en el CIO, en los congresos, en el programa de radio. “Todo indicaba que debíamos seguir juntos”, dice Luz al recordarlo.

Cuando uno piensa en los constructores y desarrolladores de ciudades, nunca se le viene a la cabeza la imagen de un ufólogo que sueña con luces. Pero Capilla del Monte tuvo con Suárez un soñador que le valió por 100 ingenieros, por 200 urbanistas, quizá por miles de señores razonables y pragmáticos y productivos.

Suárez fue un escudriñador profesional de horizontes. Percibía ciudades y seres que estaban lejos de los extraterrestres de goma verde y del Carnaval Alienígena para turistas que comenzó a organizar su ciudad el verano pasado.

Gracias a Suárez, Capilla del Monte fue la capital de un sueño, la capital del misterio, la capital de un amor que nunca fue correspondido por las estrellas.

El pasado 15 de marzo un aneurisma puso fin a la vida de Suárez en una clínica de la ciudad de Córdoba. Tenía 72 años terrestres. ¿Hace falta decir en qué cerro pidió que fueran esparcidas sus cenizas?

—¡Hay un muerto, hay un muerto!

El que gritaba era un muchacho que el conserje del edificio describió como una nena presa de un ataque de nervios. Un marica de unos veinte años, precisó. Decía ser el ahijado del hombre que vivía en el 1° D. Decía que minutos antes, caía la noche en Buenos Aires, había encontrado a su padrino tendido boca abajo sobre un charco de sangre.

—Venga, por favor, venga, hay un muerto –suplicó.

El alerta del conserje movilizó al mismísimo jefe de la División Homicidios de la Policía Federal, que no dudó de marcar el número de la viceministro de Seguridad Cristina Caamaño. La funcionaria se dirigió a la escena del crimen tras ser informada, quien sabe por qué curiosa razón, que el fallecido era Galvarino Apablaza, ex subversivo chileno acogido a asilo político y reclamado en su país por la muerte de un senador.

Ya en el lugar de los hechos quedó claro que se trataba de un chileno muy distinto al que se creía. Un chileno tanto o más célebre, que merecía el sensacional despliegue que estaba en marcha.

Enrique Arancibia Clavel, sesenta y seis años, ex agente de la dictadura de Pinochet condenado por el crimen del general Carlos Prats y su esposa, había sido brutalmente apuñalado en su departamento de Lavalle 1438, en pleno centro de la ciudad. La noche de 28 de abril de 2011, cientos de víctimas de las dictaduras de Chile y Argentina se cobraban Justicia de una manera insospechada.

Lo que vio el muchacho que encontró el cadáver y más tarde la viceministro y la policía y los médicos era para poner los nervios de punta a cualquiera: un cuerpo tendido boca abajo sobre el piso de una salita de estar que hacía las veces de oficina; el reguero de sangre que avanzaba hacia el pasillo, la toalla ensangrentada cubriendo un cuerpo perforado. En esa escena, un tipo de crimen que se repite como la cara más violenta de la homofobia, víctima del odio, murió el espía más siniestro de Pinochet.

El informe de autopsia, elaborado esa misma noche, estableció que el ex agente había recibido treinta y cuatro lesiones de distinta profundidad realizadas por arma blanca. Los cortes más comprometedores se encontraban a la altura del cuello.

La salita no presentaba muestras de una escena violenta, siquiera un forcejeo. En el lugar había una gran pantalla LCD, un juego de sillones, un mini bar y esa fabulosa colección de películas clasificadas del uno al seis mil, que llamó la atención de la policía. La mayoría eran de corte familiar: dramas, bélicas, comedias románticas, y algunas pocas porno. De no ser por algunas salpicaduras de sangre, el video club personal de Arancibia exhibía una pulcritud admirable.

Temblando, entre sollozos, el muchacho que se identificó como David Elías Borelli dijo que su padrino vivía solo. Y que esa tarde, como no contestaba los llamados, decidió ir a verlo a su departamento. Que lo había encontrado. A la medianoche, en la División Homicidios, reconoció que Arancibia no era su padrino sino su novio, que lo había conocido en un foro por Internet. En un par de meses cumplirían dos años de relación.

Borelli decía desconocer el pasado de Arancibia Clavel. Para el muchacho, entonces de diecinueve años, estudiante nocturno de secundaria, el chileno era una persona “muy culta”, aficionado al cine y la literatura, que vivía con cierta comodidad gracias a una flota de taxis que administraba por intermedio de un testaferro al que conoció en prisión.

Unos meses después, Rodolfo Gutiérrez, jefe de la División Homicidios de la Policía Federal, dirá que desde un primer momento, por razones obvias, David Elías Borelli encabezaba la lista de sospechosos. También dirá que ese muchacho flacuchento, que tenía un modo de nena, tan sumiso, tan frágil, no encajaba con el perfil de un asesino.

***

Con la melena a la altura de los hombros, estilo Roberto Carlos, Hugo “Adrián” Zambelli fue al aeropuerto de Ezeiza para recoger a su novio chileno que volvía de un viaje de negocios. Era noviembre de 1978. Chile y Argentina estaban próximos a irse a la guerra por tres islas del canal de Beagle. El efusivo beso con que recibió a Enrique Arancibia Clavel quedó a la vista de los agentes encubiertos argentinos que seguían los pasos de la pareja.

Luego de que subieran a un auto, la policía los detuvo. El chileno estaba acusado de espiar al gobierno argentino por encargo del gobierno de su país. Un buen embrollo quedaba al descubierto. El doble agente tenía una doble vida.

Arancibia lo había conocido a principios de 1974, cuando Zambelli, bailarín y peluquero argentino, formó parte de la primera compañía de revistas montada por Susana Giménez. La Revista de Oro, éxito de taquilla del Teatro Astros. A su modo, en el contexto de la época, Zambelli era una celebridad. Había grabado un disco intrascendente que tituló Ay, amor, dime que sí, y su nombre figuraba en espectáculos de revistas de Moria Casán, Valeria Lynch y la Giménez.

Compartían un departamento en Virrey Loreto, en barrio Belgrano, y secretos de alcoba que también eran secretos de Estado. En 1978 Arancibia informaba a su país del amorío que mantenían el almirante Massera con la vedette Graciela Alfano, compañera de trabajo de Zambelli. “Últimamente se ha sabido de costosos regalos que le fueron hechos” a la vedette por el marino, se lee en el cable secreto que reveló los alcances de una relación afectiva.

La del agente y el bailarín era una relación estable y seria, de compromiso. El coreógrafo Salvador Estévez, que dirigió la Revista de Oro, testificó ante la justicia que el vínculo entre ambos “era íntimo por su estrechez y por la importancia que tenía para ambos”. Un vínculo secreto. Tan secreto como las actividades de espionaje que el chileno desarrollaba tras una fachada de ejecutivo bancario.

Arancibia era hijo, nieto y hermano de militares chilenos. Militares machos, conservadores y de derecha, cuyas vidas parecen predestinadas aún antes de nacer por una matriz de rectitud que no admite fisuras. Arancibia, a su modo, formaba parte de una matriz de fisuras.

Tras un corto paso por la Escuela Naval, y mientras estudiaba Ingeniería en la Universidad trasandina, se vinculó a grupos subversivos de derecha que pretendieron impedir el ascenso al poder de la izquierda en Chile. Su nombre aparece mencionado en el proceso judicial que se siguió por la muerte del ex comandante en jefe del Ejército René Schneider. Cuando fue identificado por la justicia ya estaba refugiado en Buenos Aires. Era 1971, primer año de experimento de gobierno socialista a la chilena.

En Argentina se vinculó a nacionalistas decididos a enfrentar con todos los medios de lucha el avance de la izquierda en el continente. Y esos medios se facilitaron enormemente una vez que los militares se tomaron el poder en Chile y más tarde en Argentina.

Según quedó acreditado en la sentencia judicial que lo condenó a cadena perpetua por el crimen del general Prats, desde marzo de 1974 Clavel operó oficialmente como agente del Departamento Exterior de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), “cargo de extrema confianza” que ejerció bajo la cobertura de gerente bancario. Para esos efectos operaba con el nombre de Luis Felipe Alemparte Díaz.

“El ingreso de Arancibia a tan selecto grupo pudo hacerse realidad en virtud de la estrecha ligazón familiar que existía entre su padre y hermanos -todos ellos militares de profesión- y los círculos castrenses”, se lee en la sentencia. También se lee que la asociación ilícita de la que participó activamente tenía “el fin de perseguir, reprimir y exterminar sistemáticamente a los opositores políticos del nuevo régimen dictatorial establecido en la República de Chile”.

El papel que le cupo en la persecución de opositores comenzó a revelarse en toda su magnitud a partir de 1978, cuando fue detenido en compañía del bailarín de Susana Giménez.

Al allanar la casa que ambos compartían en Belgrano la policía encontró un completo archivo con informes secretos que el agente enviaba regularmente a Chile. Un archivo del horror que documenta los alcances de la colaboración entre los servicios de inteligencia del cono sur para eliminar opositores. En esos informes está la punta de la madeja de casos de personas a las que se les perdió el rastro para siempre o que aparecieron muertas.

Ayudado por la Secretaría de Inteligencia de Estado argentino, el agente chileno tenía montada una máquina de espionaje que se ocupaba de los más mínimos actos de disidencia.

En un cable fechado en diciembre de 1974, comunicaba a Santiago de las actividades del grupo musical chileno Los Jaivas, cuyas canciones “en un 90% son dedicadas a insultar al actual gobierno nuestro”. Luego de clasificar el repertorio del conjunto como “música de protesta”, el agente recomendaba que “sería interesante tomar medidas a nivel oficial con esta gente”.

Si bien los cables quedaron adjuntos al proceso judicial por la acusación de espionaje, estos no cobraron publicidad sino hasta 1986, cuando la periodista chilena Mónica González los encontró en un armario judicial. Catorce años después, esos cables sirvieron como medios de prueba para condenar a Arancibia Clavel por su papel en la planificación del atentado explosivo que en septiembre de 1974 despedazó al general Carlos Prats y su esposa Sofía Cuthbert.

Una segunda condena se le vino en 2002. Las chilenas Laura Elgueta y Sonia Díaz reconocieron a Arancibia como uno de los hombres que las torturaron en el campo de detención Club Atlético. Lo delató su rostro, su voz y esa inconfundible estela a colonia Flaño, muy de moda entre los machos chilenos de la época, que el agente dejaba a su paso. En su declaración judicial, Elgueta recordó que fue sometida a la picana eléctrica y que el agente chileno jugaba al policía malo mientras otro de origen argentino hacía de bueno.

En estas cosas ocupaba sus días el hombre que se hacía llamar Luis Felipe Alemparte Díaz, falso ejecutivo bancario que en las noches se confundía con la rutilante decadencia de la farándula porteña.

***

En el estilo parco y notarial de la Justicia, el fiscal a cargo del caso recogió el informe de la médico legista Ana Patricia Spinetti para dar cuenta de algunos hechos observados en el lugar donde fue hallado el cuerpo de Arancibia Clavel:

“Se dejó constancia que el cadáver fue hallado tapado parcialmente por un toalla ensangrentada, la cual fue removida por personal del SAME (Sistema de Atención Médica de Emergencia) al momento del arribo; que poseía una camisa, un jogging deportivo y no tenía ropa interior, poseyendo colocados un reloj y un anillo.

En cuanto al examen lesionológico se dejó asentado que se observaban múltiples lesiones causadas por arma blanca punzo-cortante en varias regiones corporales, concentradas especialmente en rostro, cuello y parte superior de tórax.

Por otro lado se ha indicado que la puerta de entrada a la vivienda no se encontraba forzada, lo que permitía presumir que la víctima permitió el ingreso del agresor, también se indicó en cuanto al número de atacantes que presuntamente fue uno solo, aunque no puede descartarse la participación de otra persona; escasos signos de violencia en la morada en sí, cuya mayoría de objetos y muebles no revelaban el desorden de una gran lucha, y escasos signos de lesiones de defensa en las manos del occiso.

Asimismo se ha dejado asentado que todas las lesiones fueron causadas por un arma blanca y son vitales, es decir, han sido ocasionadas en vida de la víctima, como así también que las heridas resultan ser de dos clases: incisas o cortantes y punzo cortantes, cuyas características permiten presumir que el arma se trataba de un elemento cortante de buen filo.

En cuanto al ataque se ha sostenido que resultó fulminante y por sorpresa, no dando margen a maniobras de defensa significativas o de escape a la víctima, estimándose en muy breve tiempo de sobrevida de la víctima como consecuencias de las cuantiosas hemorragias en virtud de las numerosas y extensas lesiones en la región del cuello”.

***

Al caer la noche, este edificio del centro de Buenos Aires cobra un aire triste. Las oficinas de abogados, médicos y contadores comienzan a vaciarse y la calle, que ha tenido un nervioso ajetreo, se torna inhóspita y fantasmal: una tierra de nadie.

Tras acogerse a una rebaja de pena que le permitió ahorrar años de cárcel, Arancibia llegó a vivir aquí en 2007. Ocupaba un departamento de dos ambientes y era uno de los pocos residentes del edificio. No es extraño entonces que en esa tarde abril nadie hubiera escuchado gritos, siquiera un alboroto, proveniente del 1° D.

A partir del testimonio de su novio, y de los pocos que lo frecuentaban con regularidad, se puede establecer que su día arrancaba tarde, hacia el mediodía, con un café, un cigarrillo, una batería de suplementos vitamínicos y minerales y una aspirina. Luego de una ducha encendía la computador.

Ya sea por pereza o seguridad, Arancibia no era de salir. Lo hacía por asuntos muy puntuales. Para comprar cigarrillos Winston en el quiosco de la entrada del edificio, para recoger la recaudación del día de los taxis o cenar en algún restaurante del barrio. El resto del tiempo transcurría frente a la pantalla del computador.

Para un ex agente secreto como Arancibia, que vivía bajo libertad vigilada, que no podía salir del país ni confiarse demasiado, internet era todo. Un mundo virtual, solitario, monótono. Mataba el tiempo leyendo la prensa en línea y navegando entre correos, foros y juegos de rol. Glory of Rome lo tenía atrapadísimo: el juego exige la conquista estratégica de territorios para la conquista de una civilización superior.

A alguna hora del día, entre las películas y los comentarios en distintos foros, Arancibia también trabajaba.

Marcelo Roma, el fiscal que llevó la investigación, dirá que Arancibia anotaba cada peso que entraba o salía de los taxis. Lo mismo hacía con su colección de películas, de las que llevaba un registro acabado de títulos ordenados alfabéticamente y numerados del uno al seis mil y tanto. Quizás por su formación militar, quizás por sus estudios de ingeniería, el ex agente era un hombre estructurado como un cubo, de ideas fijas y rutinas inalterables.

Esa manía enfermiza por el orden y las cuentas lo llevó a conservar el archivo de cables secretos que la policía encontró a fines de los setenta. Probablemente esa manía también ayudó a que el negocio de los taxis marchara sobre ruedas. Llegó a tener cuatro. En los días en que fue apuñalado estaba próximo a comprar un quinto.

El fiscal Roma dirá también que la mayoría de los contactos sexuales los conseguía en foros de Internet. A David Elías Borelli lo conoció así. Borelli estaba con Arancibia por algo más que un interés económico. El chileno lo obligaba a pagar las cuotas del teléfono celular que le había comprado. Así era Arancibia.

***

Desde la División Homicidios de la Policía Federal, un lugar frío y silencioso, el subcomisario Rodolfo Gutiérrez dirá que si bien nada podía descartarse en la investigación desde un comienzo se pensó en un crimen pasional. Todos los elementos apuntaban a eso. El perfil de la víctima. El ensañamiento irracional del victimario. Los objetos valiosos que nadie robó.

El círculo íntimo de Arancibia se reducía a tres personas. Cuatro, contando al novio. Estaban Borelli, una empleada doméstica, un joven asistente que se relacionaba con los chóferes de la flota de taxis y un socio y testaferro al que había conocido mientras estuvo detenido en el Edificio Centinela.

Juan Carlos Ortigoza era el gendarme encargado de llevar el almuerzo y la cena a los pocos y renombrados detenidos que se encontraban en el Centinela. Ahí trabó amistad con el chileno, a quien respetaba por su deferencia y su buen trato. También por su cultura, especialmente en “temas literarios”, según le dirá al fiscal.

Entre ambos había una un respeto, una estima mutua, no más que eso, precisará Ortigoza.

Una vez que el chileno salió en libertad, Ortigoza terminó confiándole sus ahorros para la compra de taxis que quedaron a su nombre. Al testaferro de Arancibia la política lo tenía sin cuidado. Recibía un porcentaje de las ganancias y se mostraba agradecido.

De la recaudación se encargaba su joven ayudante, sino él mismo, que bajaba a calle Lavalle a buscar la recaudación del día. Se la entregaban los chóferes. No tenía buen trato con ellos, dirá el fiscal. Desconfiaba, los miraba en menos, especialmente a los paraguayos.

Los chóferes, como el novio, el socio y el asistente personal estuvieron en la mira de la investigación. Los contactos sexuales de ocasión, también.

La policía revisó el historial de los computadores y los teléfonos. A dos semanas del crimen, después de un largo desfile de chicos, surgió una pista. El 28 de abril Arancibia había recibido una llamada hecha desde un locutorio telefónico de la Avenida de Mayo. Tras revisar los videos del local, y poner un policía de custodia, identificaron a un chico con heridas en brazos y piernas. Se llamaba Ángel Gabriel Cabral. En la habitación que compartía con otro muchacho, la policía encontró un cuchillo cocinero con manchas de sangre y el teléfono móvil de Arancibia.

—Cuando lo detuvimos, el chico lloró y confesó –me dirá Gutiérrez-. Pero después se mostró tranquilo y guardó silencio… ¿Cómo era? Un chico, normal, delgado, pelo crespo, morocho, veinte años, bien vestido. Me parece que venía de Misiones. Un lindo chico.

***

Ángel Gabriel Cabral no declaró ni lo hará. Permanece detenido desde entonces, a la espera de un juicio por un hurto, previo al asesinato de Arancibia. El fiscal lo acusa de homicidio agravado y pide cadena perpetua. Lo inculpan los objetos hallados en su poder y las muestras de sangre encontradas en el departamento.

El novio de Cabral sí declaró. Francisco Javier Arzamendia dijo que en los días previos al crimen Cabral estaba de muy mal humor, irritable, agresivo. Algo lo violentaba profundamente. Se habían conocido hace pocas semanas en las cercanías del Obelisco. Arzamendia era botones de un hotel; Cabral decía ser empleado de una empresa de aseo, aunque en realidad se ganaba la vida como taxi boy.

El día del crimen Cabral llegó con cortes en los brazos y las piernas. Le dijo a su novio que habían intentado asaltarlo. Esa noche lo invitó a cenar. El ánimo mejoró con el correr de los días.

Ya detenidos, y aprovechando un traslado, Cabral y Arzamendia volvieron a reunirse. Cabral negó haber matado a Arancibia pero al rato, según Arzamendia, confesó:

“Me explicó que él había matado a ese señor, que había sido en calle Lavalle, en el departamento del sujeto entre las 13 y las 14. Le pregunté por qué lo había hecho. Me dijo que era por una cosa muy fea que él le había hecho y no quería hablar del tema, pero finalmente me lo contó. Me dijo que a este hombre lo conocía desde hacía ya meses, que había sido drogado y abusado por este hombre, y que eso lo hacía el señor cuando lo invitaba a su casa. Me dijo que él se despertó un día y estaba desnudo, sin saber lo que había pasado y que desde ese día lo volvió a ver una vez más y me confesó que fue por ese motivo que lo tuvo que matar”.

***

A partir de los antecedentes disponibles en el proceso judicial, y de algunos otros aportados por testigos y policías, se puede establecer algunos supuestos. Cabral salió de la pensión que compartía con Francisco Javier Arzamendia con la intención de matar a Arancibia a cuchillazos, para eso se llevó un cuchillo cocinero. Cabral no era la única pareja ocasional de Arancibia, pues en su poder se encontraron llaves de otros departamentos. David Elías Borelli desconocía que Arancibia tenía otras parejas y que se enteró de eso en el transcurso de la investigación. Enrique Arancibia Clavel fue atacado por sorpresa, probablemente por la espalda. Pese a las fuertes estocadas, intento algún acto de defensa. Arancibia nunca reconoció culpa o responsabilidad alguna en casos de Derechos Humanos, cuanto más, alguna vez admitió haber colaborado con la servicios policiales de Pinochet, pero de eso no estaba arrepentido, sino más bien lo contrario. Fue juzgado por un porcentaje mínimo de los crímenes en los que estuvo implicado. Es muy probable que, de no ser por Cabral, Arancibia hubiera seguido caminando por Buenos Aires. La justicia tarda y, a veces, impulsada quizá por fuerzas sobrehumanas, acude en momentos y modos insospechados, a veces particularmente crueles.

Nati es varón

Publicado: 17 octubre 2012 en Andrés Acha
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Cuando tenía 12 años Natalia intentó suicidarse tres veces en la misma noche. Ocurrió el día del cumpleaños de su papá. José no quería festejarlo pero Graciela lo comentó en la vereda y los vecinos llegaron con empanadas, pizzas, pollo, algo para tomar. Era inevitable la reunión. Había cierta excitación en la casa porque Graciela se postulaba ese fin de semana por primera vez como presidenta del Centro Vecinal de su barrio, Parque Liceo. A las diez de la noche Natalia apareció en la fiesta con la cara ensangrentada.

–No quiero vivir más –dijo.

Había dejado caer el peso muerto de su cuerpo atontado por las pastillas desde la cucheta de su pieza. Al volver del hospital todavía quedaban algunos vecinos alrededor de la mesa. Con Natalia descansando en la habitación, conversaron sobre lo que había pasado.

Hacía una semana que Natalia había cambiado las polleras por unas bombachas de gaucho y se había cortado el pelo. Se movía distinto.

Dos horas después, bajo el mismo cielo de la misma noche, volvió la sangre: un cuchillo en las muñecas. Otra vez las corridas, la ambulancia, el hospital, la desesperación, el desconcierto.

Volvieron a la casa. Con el lavaje de estómago hecho, las curaciones del golpe en la cara recién terminadas y los brazos vendados, en el cumpleaños número 32 de su padre, frenaron a Natalia segundos antes de que se cortara de nuevo.

Sus padres no encontraban explicación a la insistencia de Natalia en quitarse la vida.

Esa misma noche la internaron. Era la mayor de los 10 chicos de la sala del hospital y no podían dejarla sola. Su mamá durmió casi un mes apoyada en la cama, con los brazos cruzados sobre el colchón, a los pies de su hija medicada.

Dos años después Graciela llamó a la psicóloga para revelarle lo que había descubierto sobre su hija, el porqué de los intentos de suicidio, de las depresiones y de su repentino cambio de vestuario y actitud.

–Licenciada, para mí Nati, se lo digo como madre, para mí Nati es varón.

A Natalia “La Pepa” Gaitán la asesinaron de un escopetazo en el pecho el 7 de marzo de 2010. Tenía 27 años. Pero eso pasó mucho después.

***

Graciela tenía 20 años y un hijo aquella noche de 1980 en la que conoció a José en un recital de la cantante Tormenta.

–Lo conocí y fue un impacto. Bailamos una pieza, me acompañó hasta la pensión, lo hice pasar a mi cuarto, nos pusimos a charlar y nunca más nos separamos hasta que se murió.

Graciela no sabía que estaba embarazada la tarde en que despidió a José, que se alejaba en tren rumbo al servicio militar obligatorio. Él regresó una semana después con una nota: no era apto porque tenía un dedo del pie encima de otro, y eso le iba a traer problemas con los borceguíes.

Ya había dos hijos en la familia (Diego y Mauricio) cuando Graciela le anunció a su novio que estaba embarazada de nuevo. José Gaitán le contestó con una promesa:

–Si es nena me caso con vos.

En 1982 nació Natalia. Graciela dice que le hizo una trampa al padre: “Nació nena para que se casara conmigo, pero después se hizo varón”.

***

Karen Herrera es una de las personas que mejor conoció a Natalia “La Pepa” Gaitán. Las presentaron y un mes después ya se habían mudado a una piecita de paredes ásperas. Vivieron juntas dos años hasta que se separaron en diciembre de 2009, cuatro meses antes del crimen.

Ahora Karen está sentada en el comedor de la casa que comparte con su mamá y su hijo Iván. Habla bajito, poco, pausado. Mira el mantel de hule, acomoda su cara redonda, morocha, y recuerda que a Pepa la conocía todo el mundo, que era muy simpática, muy linda; que le gustaba mucho bailar y el reggaetón de Don Omar. Dice que Pepa era muy familiera y que todos los domingos compartían una mesa larga y bulliciosa.

Recuerda también que Pepa amaba su moto enduro y que no se la prestaba a nadie. Que la moto tenía un número que la identificaba: el 43, la edad en la que murió su padre de un infarto. Dice que a Pepa esa muerte la afectó mucho.

Karen recuerda y parece cansada: “Tenía un altar con la foto de su papá, estampitas, santos, flores; le dedicaba canciones y de vez en cuando se deprimía porque lo extrañaba mucho. Cuando se ponía triste salía a dar vueltas en la moto”.

En el hombro izquierdo Karen tiene un tatuaje que dice “Pepa”, con una estrella brillante que parece una varita mágica. Se lo hicieron juntas una tarde de calor. Pepa tenía el suyo en el cuello: “Una letra K, pero en chino”, dice Karen. Pepa tenía, además, otros tres tatuajes: la firma de su mamá en el hombro izquierdo, la de su papá en el derecho y el nombre de su padre, José, escrito en el antebrazo.

–Siempre decía que le hubiera gustado irse con su papá. Que se iba a ir con él porque lo extrañaba –dice Karen.

“Todavía no, pero sé que me voy a ir con él”, repetía.

Y Karen le decía callate, no digas esas cosas.

Mientras Pepa enfriaba su noviazgo con Karen, hacía todo lo posible para acercarse a Dayana, la hijastra del que sería su asesino.

***

Barrio Parque Liceo es una frontera. Más allá, se termina la ciudad. A la entrada las casas más coquetas brillan –farmacia, repuestos para el automotor, heladería–. Al cruzar la primera plaza las casas se achatan –jardincito al frente, su reja pesada–. Después de la segunda plaza hay menos flores y más paredones –dos pizzas: 30 pesos–. Del otro lado de la tercera plaza, al fondo, de noche, casi no hay luz.

Pepa vivía y trabajaba en la Asociación Civil Lucía Pía, una ONG que creó su papá y que hoy dirige su mamá. Ahí tienen una guardería-comedor, dan la copa de leche y talleres de capacitación gratuita: computación, peluquería, artesanía, repostería, electricidad y mecánica, corte y confección, cosmetología integral, pintura en tela.

En el barrio la conocen como La Sede. Es un salón rectangular con una cocina que parece cantina, una habitación y dos baños. Sobre un aparador hay un equipo de música y detrás cuelga una bandera del Club Atlético Belgrano.

“Llevo 23 años de trabajo social –cuenta la madre de Pepa–. Acá la carpeta asfáltica tiene nombre y apellido. El cordón cuneta tiene nombre y apellido. La contención social tiene nombre y apellido. Éste fue el primer barrio de Córdoba al que logramos cambiarle la cañería del agua. Conseguimos el terreno y el financiamiento para la escuela secundaria, que no había. Cuando se cerró la escuela primaria, en menos de 24 horas conseguí que nos prestaran unos terrenos para poner 30 contenedores donde darle clases a mil chicos. Ahora estoy luchando para construir un dispensario. No todos me quieren, pero el que no me quiere, me respeta”.

Por La Sede pasaban todos los días dos adolescentes vendiendo pan: Dayana y Sharon Sánchez. La madre de las chicas, Silvia Suárez –cocinera– y el padrastro, Daniel Torres –albañil–  estaban desocupados. Pepa les consiguió trabajo en La Sede y esa fue la manera más rápida que encontró para acercarse a Dayana.

Se hicieron amigos. Comían todos juntos, se reían, la pasaban bien. Silvia cocinaba, Torres revocaba y pintaba. Las chicas conversaban.

Pepa tenía mucho éxito con las mujeres. Silvia se enamoró de ella y la cosa comenzó a complicarse porque a Pepa le gustaba Dayana, la hija de Silvia, de 17 años. Y era correspondida.

El ambiente se enrareció mucho cuando Pepa y Dayana se pusieron de novias. Silvia le confesó a Dayana que estaba enamorada de su novia. Tuvieron varias discusiones hasta que su mamá la echó y por unos meses vivió con una tía.

Torres –petiso, retacón, pelo al ras, 35 años– tampoco toleraba que su hijastra saliera con Pepa. Además sabía que Gabriela Cepeda, la mejor amiga de Pepa, andaba atrás de Sharon, la más chica de sus hijastras, de 14 años. El albañil tenía a su mujer y a su hijastra enamoradas de Pepa y a Gabriela tratando de seducir a Sharon.

–Esto va a terminar mal –dijo Torres unos días antes del asesinato–. Me tienen cansado.

***

La tarde del homicidio, en La Sede, Pepa recortaba cartulinas para la guardería con su novia. Hacía un mes que vivían ahí. Eran las 18.30 del sábado 6 de marzo de 2010. A esa hora llegó Gabriela Cepeda y les contó que había estado frente a la casa de los padres de Dayana y que se habían insultado.

Natalia Carrizo, vecina de Torres, dice que esa tarde Gabriela había pasado tres veces por el frente de la casa insultando y que, por eso, Silvia llamó a la Policía. Las llamadas quedaron registradas en el servicio de emergencias de la Policía a las 19.09 y a las 19.17. La vecina dice que el patrullero nunca llegó. La Policía asegura que un oficial tocó la puerta y el timbre.

La amiga de Pepa explicó que había vuelto a la casa de los padres de Dayana y Sharon, a una cuadra de La Sede, porque la madre de las chicas quería hablar con ella. Ahí, sentados en unas reposeras en la vereda, Silvia y Torres tomaban mate mirando hacia un ancho canal de concreto. Del otro lado, los autos pasaban a toda velocidad, ruidosos, por la Avenida de Circunvalación, que marca el límite final de la ciudad. Era una tarde de calor, las puertas estaban abiertas.

Cuando Pepa se asomó a la esquina para ver por qué su amiga se demoraba, vio que estaba peleando con Silvia. Pepa se acercó, forcejeó y le gritó al padrastro de su novia: “¡Sos un puto! ¡Por qué sos tan maricón! ¡Cuidala a tu mujer, gorriado!”.

La vecina de Torres salía de la ducha cuando escuchó los gritos. Se asomó por la ventana de chapa de su habitación y vio que Pepa insultaba a Torres. Lo invitaba a pelear.

–No. Qué te voy a pegar a vos si para mí sos mujer –respondió Torres.

Hacía tres años que Pepa practicaba Vale Todo, una disciplina en la que lo único que no está permitido es meter los dedos en los ojos y morder al contrincante. “Ella descargaba mucha de su depresión ahí”, cuenta la madre.

“Me voy a apurar porque esto va a terminar mal”, pensó la vecina.

Torres entró en su casa y salió al instante con una escopeta calibre 16 de un solo caño. Caminó por el sendero gris que sale de su vivienda, hizo varios pasos por la calle de tierra sin decir una palabra. Gabriela le pidió que dejara el arma, su mujer se le acercó para frenarlo y él le dijo “correte”. Pepa lo vio venir y le gritó: “Tirá si sos macho”.

En su habitación, mientras terminaba de cambiarse, la vecina escuchó una explosión. Corrió a la calle y vio a Pepa tirada en el suelo, mucha sangre, y a Torres con el arma en las manos.

–¡¿Qué hiciste?! –le preguntó la vecina.

–Qué mocaso, qué mocaso –balbuceó Torres.

Eran las 19.37 cuando un oficial de la Policía recibió en su móvil el llamado de la Central: debía trasladarse a la Manzana 91 de Parque Liceo. Al llegar vio que Pepa estaba boca abajo sobre un charco de sangre. Varios vecinos le dijeron que Torres había disparado.

Sentada en su casa, con el pelo lleno de tintura, la madre de Pepa escuchó que la llamaban: “Doña, doñita. Venga que le pegaron un tiro a la Pepa”. Salió. Corrió. La vio: “Tenía un hueco como el de Terminator en el hombro”, dice.

Torres se escapó en una moto y minutos después llamó a su mujer. Le dijo que se quería entregar y que la escopeta estaba en el techo de la casa del mismo vecino que se la había prestado dos semanas antes. También habló con un policía que le aconsejó que no volviera al lugar porque lo iban a linchar. La Policía lo fue a buscar a la esquina de Niceto Vega y Escalada de barrio Patricios. Confesó todo.

Pepa no aguantó la cirugía con la que intentaron salvarla y murió a las 2.15 del día siguiente. “Apenas falleció mi hija llamé a la Unidad Judicial de la Comisaría y les dije que le avisaran a la mugre de Torres que se había dado el gusto de matarla. Y les dije que me la había matado por lesbiana”, cuenta Graciela.

***

La madre de Pepa fue a canales de televisión, a radios, la entrevistaron en diarios y revistas, apareció en documentales, marchó por las calles con una pancarta que pedía “Justicia para Natalia y para todxs”. Se presentó en Tribunales para convertirse en querellante en la causa que investigó la muerte de su hija. Dio discursos en plazas públicas, subió a escenarios y estuvo en el Concejo Deliberante cordobés cuando se declaró al 7 de marzo (fecha en la que asesinaron a Pepa) como el Día Municipal de Lucha Contra la Discriminación por Orientación Sexual e Identidad de Género. Habló ante miles de personas que pedían la aprobación del matrimonio igualitario frente al Congreso de la Nación:

–No soy yo la que está aquí, es Nati. Pido que los dejen volar, que los dejen elegir. ¿Dicen que están enfermos? Enfermas son esas mentes de mosquitos que dicen que ser lesbiana, gay, trans es estar enfermo. Lo único que hacen es derramar amor. ¿Por qué no los dejan elegir?

Graciela Gaitán lleva a todos lados una carpeta con sus papeles y algunas fotos. Natalia en un acto de escuela con el pelo corto y mirando seria a la cámara. A los 12 años, junto a su papá, semanas después de los intentos de suicidio. A los 24, en el cumpleaños de 15 de su hermana menor, relajada y con una gran sonrisa haciendo señas a la cámara. Poco antes de su muerte, hablando por teléfono, con un piercing en una ceja y otro en el labio, pelo cortito, tatuaje en el antebrazo, media sonrisa de lado.

***

La última vez que alguien del barrio vio a Daniel Torres fue en la televisión, en febrero de 2011, en La Casa del Trovador, un programa de música folclórica que se transmitió desde la cárcel de Bouwer. Torres estaba entre el público. “Se suponía que los que estaban ahí eran los más buenitos”, contó Nelson, el manager de Brisas del Norte, una de las bandas que tocó ese día.

Después del asesinato, Silvia Sánchez se mudó a otro barrio: Villa Boedo. Sus hijas viven con ella. Dayana trabaja en un puesto de teléfonos celulares en una sucursal del supermercado Mariano Max. La vieron junto a su hermana, Sharon, en un baile de La Banda de Carlitos. Gabriela Cepeda, amiga de Pepa, se siente culpable por lo que pasó. Vive con su familia en Villa Retiro.

Graciela Gaitán, la madre de Pepa, impulsó el juicio que se realizó entre el 26 de julio y el ocho de agosto de 2011 en la Cámara Séptima de Tribunales II y que condenó a 14 años de prisión a Daniel Torres. Ahora, en esta tarde fría, Graciela fuma en el asiento del acompañante de un Peugeot 504 que conoció épocas mejores. Para ir al Cementerio Parque Los Álamos hay que cruzar el fondo de su barrio:

–Mirá como sopla ese. Después salen a echar moco –dice Graciela. Y señala a un chico que aspira pegamento sobre un jardín sin flores.

El auto se queja con los baches de un bulevar, toma una calle con árboles amarillos, sigue por una ruta con curvas. El paisaje se vuelve serrano: al costado del camino hay cada vez menos casas, más campo –se venden lechones–. La tierra está mojada por una llovizna triste, el limpiaparabrisas rechina, llega un silencio pesado.

En el cementerio, el aire apenas mueve las copas de los árboles deshilachados por el invierno. Las pisadas no hacen ruido sobre el césped mullido y seco. Graciela levanta la vista, prende otro cigarrillo y repasa la lista de sus muertos: “Allá está la mamá de un nietito mío. 24 años tenía. Allá un primo de la Nati. También lo mataron, el mismo día que a ella pero dos años antes. Dos tiros en el pecho. Acá está mi suegra, Lucía Pía. Por ella la Asociación Civil se llama así. También está mi suegro. Acá, al lado de Nati, está el padre. Es cierto eso de que cada muerte tiene su dolor. Una muerte por accidente tiene su dolor. Una muerte por enfermedad tiene otro dolor. Pero una muerte así…”.