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El Justiciero

Publicado: 11 febrero 2013 en Jeovanny Benavides
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“Poetic justice”. El inglés Thomas Rymer acuñó esta expresión en 1678 para referirse a la posibilidad de hacer justicia sólo en el mundo de la ficción. Más de tres siglos después, Mauricio Montesdeoca Martinetti empieza a construir su historia a raíz de esta premisa y convierte la fantasía en realidad, alimentado por la venganza, dejando un legado de cientos de asesinatos regado en una fría e inolvidable ola de sangre, rencor y pánico en los cabecillas de las bandas del crimen organizado situadas en el corazón del mundo: el Ecuador.

Antes de que su cuerpo fuera abatido por 13 balas y muriera el 16 de julio del 2009, ya era conocido como El Justiciero, el criminal disfrazado de agente del grupo de operaciones especiales de la Policía más temido del país.

La leyenda comienza a consolidarse cuando apareció en la lista de los ecuatorianos fallecidos en los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001. Sin embargo, el origen de su historia (la pública) se cuajó años antes. Para ser exactos el 28 de diciembre de 1997. La brumosa noche trágica de aquel día, Mauricio se encontraba fumando con sus dos hermanos mayores: José Rey y Nicola. Los acompañaban José Aveiga y Joseph Zúñiga, dos amigos de la familia. Quienes los conocían solían referirse a ellos como “los niños ricos” de la ciudad. La familia Montesdeoca siempre tuvo una buena condición económica en Portoviejo, su padre, Reinaldo, fue dueño del cine Roma y representante en Manabí de los productos La Universal.

Pese a la ostentación de lujos y riqueza, José Rey y Nicola odiaban que los trataran como idiotas a la hora de hacer las cuentas. En esto Mauricio siempre quedaba al margen, pues prefería dedicarse a sus dos grandes pasiones: el rock y el deporte. En los negocios de su familia: ropa, alcohol y autos a sus dos hermanos siempre les gustaba sacar ventaja con el dinero. Aunque nunca traficaron drogas, sí las consumían. Su distribuidor era un hombre al que ni la madre lo conocía por su nombre (Daniel Bravo Pisco), sino por “Chani”. Aquella tarde de diciembre de hace quince años, fue él quien decidió hacerles una visita en una camioneta blanca, junto a tres encapuchados. Saltaron las verjas sin problemas y los encañonaron casi sin que se den cuenta. Justo antes de que ellos

llegaran, Mauricio tuvo ganas de orinar y fue a una habitación contigua. Desde ahí escuchó cómo empezaron a discutir. La razón: Las últimas cuentas por la venta de tres kilos de marihuana no cuadraron. Mauricio, de 27 años, tuvo ganas de salir, pero no lo hizo. Todo ocurría en el hall de la casa, mientras conversaban y escuchaban música de un convertible Ford Mustaine, color negro. Eran las 23h30. Un año antes Nicola había sido detenido por estafa al cambiar billetes falsos de cien dólares a unos comerciantes de camarón y, luego de haber estado preso un tiempo, lo dejaron en libertad condicional. Al parecer, en el último intercambio drogas-dinero los hermanos Montesdeoca deslizaron billetes adulterados. Aquello no le hizo gracia a Chani, quien fuera de sí gritó que a él “nadie le veía la cara de pendejo”. Insultos y reclamos; antes de que se hiciera medianoche todo era un caos. Según relatará Mauricio años más tarde, José Rey les dejó claro que no les iban a pagar y que los dejaran en paz de una buena vez. Fue ahí, en ese fugitivo instante, cuando el mundo se detuvo para quien la posteridad conocería como “El Justiciero”. Los encapuchados sacaron una cartuchera calibre 12, un revólver calibre 38 y otra arma calibre 22 y vaciaron en reiteradas ocasiones sus cartuchos sobre los cuerpos de los cuatro “niños ricos”.

José Aveiga y Joseph Zúñiga murieron de contado, mientras que José Rey y Nicola fueron trasladados al hospital dónde sólo se comprobó su deceso. Con los cadáveres de sus hermanos en las manos, Mauricio prometió vengarse. Jura que ni esa noche ni nunca derramó una sola lágrima. En cada uno de los cuerpos la Policía encontró más de cincuenta impactos de bala. Por ello, en un informe definirán el sangriento hecho como “una auténtica masacre” y confirmarán, tras las investigaciones, que el múltiple asesinato se debió a una deuda por drogas.

Aquel momento se le quedó alojado nítido en la memoria a Mauricio, porque no sólo eran sus hermanos, sino sus amigos y una gran parte de su vida la que murió la medianoche de aquel 28 de diciembre de 1997. Desde entonces nunca fue el mismo. Su mirada se volvió distante, profunda y evasiva. Quiso morir, pero el odio fue más fuerte. Lo único que lo mantuvo vivo en los posteriores años de intensa soledad en Estados Unidos (adonde fue primero) e Israel (donde se especializó después en el manejo de armas) fue el rencor y el irrefrenable deseo de venganza.

Se trasladó a Estados Unidos junto a su madre, Peggy Martinetti, y su hermana Karla. Alrededor de seis meses más tarde, retornó a Portoviejo (a 350 Kilómetros al norte de Quito, capital del país) para, supuestamente, ayudar a la Policía en la identificación y captura de los responsables de la muerte de sus hermanos. Antes del retorno hizo una

escala en Israel para aprender técnicas especializadas de combate, uso de repetidoras y armamento sofisticado.

Coincidencialmente, por la misma época, empezaron a aparecer muertos varios de los antisociales más peligrosos del Ecuador. A algunos de ellos, además, se los relacionaba con los homicidios sucedidos en la residencia de los Montesdeoca.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo consiguió aliarse al grupo de élite policial, específicamente con el Grupo de Intervención y Rescate (GIR), pero fue en noviembre de 1998 en que empieza hacerse sentir su furia contra los delincuentes. A manera de “El Cobrador” en el cuento de Rubem Fonseca en el que el protagonista siente que la humanidad le debe algo, Mauricio siente en cambio que son los criminales quienes le deben aquella felicidad no vivida y cortada de raíz a fines de 1997.

Si bien decenas de cadáveres de criminales habían despertado la curiosidad en todo el país, el origen de la leyenda se forja cuando por fin, y tras una búsqueda incesante de cuatro años, encuentra a Chani en un sitio inhóspito de la provincia de Bolívar, en Ecuador. Uno de los acompañantes de Mauricio dirá que antes de dispararle por sesenta ocasiones, le extirpó los genitales y le obligó a comérselos en un baño indiscriminado de sangre que en lo posterior aumentó el apetito desmedido de matar criminales los sábados en la noche sólo por no perder la puntería. La tarde del 3 de noviembre del 2002 que terminó con la muerte del principal culpable de la muerte de sus hermanos, Mauricio llevó un cartel hecho de espuma flex y encima adhirió una hoja bond en la que se dio modos para escribir estas palabras: “Ha llegado el tsunami para los delincuentes: El Justiciero”.

La Fiscalía concluyó en un informe que todos los delincuentes implicados en la matanza de su familia fueron asesinados. En todos encontraron los cadáveres con la misma leyenda. Su modus operandi era calcado en casi todos los casos: se ponía el uniforme de la Policía y una capucha, subía a sus víctimas, amenazándoles a punta de pistola, en una camioneta doble cabina. Después, esas personas aparecían abandonadas en terrenos baldíos con un número similar de tiros con los que mataron a sus hermanos. Además de Chani se le atribuyeron los crímenes de “El Chico del Millón”, fallecido el 6 de noviembre de 1998, “Chico Nike”, Kléver Auncacela y el “Loco Joffre” acribillados el 20 de diciembre del 2005, 9 de abril del 2008 y 1 de agosto del mismo año, éste último antes de ser asesinado se enfrentó a balas con El Justiciero, dejándolo herido.

Hacia el 2008 un avezado reportero le preguntó: ¿Eres El Justiciero?, ¿has asesinado a más de 100 personas? “El Justiciero somos todos. Todos y cada uno de los ecuatorianos

que reclaman justicia. El Justiciero está en el corazón de todos. Unos desconcertantes ojos verdes con lentillas rojas incendian de intriga los silencios”.

Entonces usaba ropa policial, un chaleco con la palabra SWAT, botas negras, guantes, pantalones militares. Del cuello le colgaba un collar con una cabeza pequeña de Eloy Alfaro, un revolucionario político ecuatoriano.

A inicios del 2004 la Policía menciona que operaba con su respaldo, aunque lo reconocía con el enigmático apelativo de “un informante clave”. Diputados de ese entonces como el socialcristiano Simón Bustamante e incluso el presidente del Congreso Jorge Cevallos, solicitaron formalmente a grupos policiales de élite que incorporen a sus filas a Mauricio “por ser experto en seguridad”.

Él tenía uniforme y armamento oficial. Y hasta dormía en los cuarteles de los grupos de Intervención y Rescate (GIR) y de Apoyo Operacional(GAO) en Manta. Y entonces, cuando la prensa hizo la denuncia, la Comandancia General de la Policía anunció una investigación. Pero, en la práctica, lo que sucedió fue que arrinconaron a El Justiciero y la policía después de tanta presión pública decidió quitarle el apoyo.

Fue a fines del 2006 que Mauricio supo que había que cambiar de estrategia o, de lo contrario, sería hombre muerto. Paradójicamente lo que hizo dejó perplejos incluso a sus más íntimos amigos.

Nadie sabe qué le dio por convertirse en un hombre público o en qué momento le picó el bicho de la política. Lo cierto es que un buen día de marzo del 2006 empezó a hacerse visible ante el miedo, la veneración y el desconcierto de todo un pueblo. Primero en centros comerciales, luego en sitios concurridos y avenidas… su paso no dejaba indiferente a nadie. Incluso había quienes lo trataban como un estrella de cine y le pedían autógrafos que él daba con la paciencia y el afecto de un anciano recluido en un asilo, como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si acallara las voces de un pasado que no hacía otra cosa más que gritarle las múltiples muertes de decenas de pedófilos, criminales y traficantes internacionales de drogas. Sin embargo, el tiempo dirá después que aquella fue la peor decisión de su vida.

Formó el Movimiento Justicia Libertaria Alfarista, por el cual encabezó la lista como candidato a la Asamblea Nacional Constituyente en el 2007. Quería ser asambleísta, porque creía que si el Ecuador iba a cambiar necesitaba hacerlo por medio de una nueva Constitución que se iba a redactar en Montecristi un año después. Él quería estar ahí ¿Por qué? “Deseo combatir la impunidad y la corrupción. Mi propuesta de seguridad integral está basada en tres ejes: seguridad jurídica, económica y ciudadana. Quiero

incluir estos puntos en la nueva Constitución. Estoy a favor de la pena de muerte para asesinos y políticos corruptos, siempre que se despoliticen las Cortes”.

Los otros candidatos le temían. Y contrario a lo que sucede en cada lid electoral ecuatoriana (y en cualquier parte del mundo, en realidad) en que unos descalifican a los otros y el pasado vergonzoso de un político es sacado a la esfera pública sólo para restarle votos, todos (sin excepción) respetaron a Mauricio. Consultaban sus recorridos para no tener la desafortunada coincidencia de cruzarse con él en los mítines.

“Más seguridad, menos delincuentes, seremos un látigo contra las injusticias y barreremos las ciudades de toda la escoria que tanto daño ha hecho al país y la humanidad”. Sus palabras seducían, conmovieron a miles. Pese a la fuerza y originalidad de sus ideas, no logró su objetivo. Perdió. El cómputo oficial arrojó 13.763 votos a su favor. Su slogan “Protegido por el Justiciero” acaparó la atención. Mauricio salía vestido de negro, armado con pistolas automáticas, sub-ametralladoras y hasta con granadas. También usaba guantes, gafas y un pañolón para cubrir su rostro. Su figura era un imán para miles de personas que se aglomeraban en los mítines y que veían extasiados cómo su ídolo, el que había barrido con más de la mitad de los delincuentes más temidos del país, estaba ahí, junto a ellos. Apretó miles de manos, recorrió con su equipo las calles del cantón, buscando un voto y ofreciendo seguridad, sobre todo. Caía el mito y se levantaba la leyenda. Disfrazado, Montesdeoca recorría Manabí para pedir votos. Saludaba a la gente desde el balde de la camioneta, aunque siempre con un pañuelo que sólo dejaba ver sus ojos verdes. Más de 100 escoltas lo acompañaban. Eran sus guardaespaldas, algunas de los cuales estaban mejor armados que él.

En plena campaña, el Grupo de Intervención y Rescate (GIR) detuvo a Mauricio con varias armas de fuego y municiones: una pistola 9 milímetros con dos alimentadoras.

Luego del incidente su discurso pretendía conquistar a los jóvenes, hizo popular la canción Somos de calle del reggaetonero Daddy Yankee, la que fue adaptada con su nombre y sus propuestas. Los sábados colocaba parlantes en las avenidas más populares para que la gente baile. Sus marchas denominadas Por la justicia fueron multitudinarias; incluso cuando terminó el conteo y vio que no ganó, organizó otra, con igual cantidad de asistentes.

Dos años más tarde, alcanzó la tercera posición cuando se postuló a alcalde de Portoviejo. Esta vez el cómputo oficial arrojó un total de 21.459 votos a su favor. Por entonces, cientos de stickers con ojos dibujados, con la consigna “Yo estoy con el justiciero” o sencillamente “Mauricio alcalde” se encontraban en todo lugar. Su campaña

fue muy llamativa, los colores rojo, blanco y azul invadieron la capital provincial. Pero esta última campaña fue distinta: ya mostraba su rostro. Lo tuvo que hacer obligado. Meses antes, en una comparecencia judicial, un fiscal le exigió que se quitara el pañuelo de la cara. Empezaba a diluirse el mito. Todos los diarios y noticieros lo mostraban: el atlético hombre de 1,90 era como el resto de gente.

Aún en campaña seguía practicando el volley, su deporte favorito, en canchas públicas. Rara vez perdía y, cuando se subía a su camioneta, instalaba a todo volumen los altoparlantes con la música que siempre le gustó: el heavy metal.

Aunque andaba resguardado con gente de su confianza, todos sabían que en algún momento lo iban a matar. Y aunque él fuera también consciente de que aquello iba a ocurrir tarde o temprano, acallaba las voces de su interior exhibiéndose aún más en entrevistas y encuentros con jóvenes y líderes barriales. Unas semanas antes de morir hasta se había despojado del chaleco marrón que lo había acompañado durante el tiempo que la gente lo conocía con la leyenda forjada de “El Justiciero”.

¿Quiénes? ¿De dónde provino la venganza? Familiares de los antisociales acribillados lo acusaron ante la Fiscalía de ser un asesino, demandas que no progresaron y terminaron en el archivo del olvido.

El mismo Mauricio recibió varias amenazas de muerte que provenían no solo de familiares de delincuentes asesinados. En octubre del 2008 acusó a la Policía de persecución y de querer atentar contra su vida. Denunció que varios integrantes de la institución eran cómplices de bandas delincuenciales. Acusó a uniformados como Luis Martínez, oficial del GOE, de estar involucrados con la banda “Los Choneros”, la organización criminal más temida del Ecuador, y hasta los responsabilizó de su posible muerte. Y en el medio, el Presidente de la República, Rafael Correa Delgado, cuestionado por la opinión pública, ordenó el 22 de noviembre del 2008 quitarle los permisos para portar armas. Un año antes, el 7 de julio del 2008 el fiscal Agustín Zamora anunciaba que Mauricio afrontaba por primera vez una investigación por asesinato.

De la noche a la mañana empezó a estar expuesto, era consciente de que se había exhibido más de lo necesario y, por ello, empezaba a ser más precavido de lo usual. Y sin embargo, pese a todo, la madrugada del 16 de julio del 2009 estaba sin la custodia con la que siempre vivía. Tomaba precauciones como ir a su casa por un camino diferente, pero esa noche se le durmió el diablo. Mauricio regresaba de una reunión social en el hotel Ejecutivo. Trataba de conformar un plan con el que se buscaba repeler la inseguridad en el Ecuador. En esa reunión y ante dirigentes sindicales expresó: “Por mi experiencia

estoy convencido de que esta criminalidad es cambiante, sanguinaria y sin límites, y para combatirla se necesita mano dura, sin contemplaciones, eliminando sus bases”

Iba a bordo de su automóvil Pathfinder Nissan, sin placas, cuando a cien metros de su casa, fue interceptado por dos camionetas Chevrolet D’max de color blanco y gris. 15 hombres armados y con el rostro cubierto con pasamontañas bajaron de los vehículos y lo emboscaron cuando iba a ingresar a su vivienda, localizada en la urbanización Ceibos del Norte. Los encapuchados rodearon el automóvil y comenzaron a disparar en cuestión de segundos. Fue un baño de sangre y una lucha desigual, porque mientras Mauricio se defendió con una pistola 9 milímetros, los agresores, en cambio, portaban fusiles 5.50, subametralladoras y pistolas.

Pedro Vera, guardia de seguridad, al escuchar los estruendos se lanzó al piso. Y desde ahí, temblándole todo el cuerpo, lo vio todo claro: un Mauricio jadeante y con el cuerpo cosido a balazos que, aún así, se logró poner de pie y empezó a disparar; sin embargo, un proyectil le perforó la pierna derecha. Con ello perdió estabilidad y cayó para no volver a levantarse nunca más. “Allí fue que lo remataron sus asesinos”, relató un testigo. Un amigo de la familia indica que llegó con vida hasta el hospital de Solca e incluso expresó que le dolía la pierna.

Ante la balacera, Luis Alfonso Espinoza, de 22 años, chofer y único acompañante de Montesdeoca no atinó a reaccionar. “El guardia se demoró en abrir la puerta. Entonces el jefe se bajó a repartir bala y fue allí que lo mataron. No pude hacer nada”, relató días más tarde.

Lo llevaron hasta el hospital de Solca, a pocas cuadras de la masacre, pero todo fue en vano.

Respecto a si llegó o no con vida al hospital hay otra versión: médicos del área de emergencia manifestaron que Mauricio Montesdeoca llegó sin signos vitales. Su corazón dejó de latir a las 00h30.

La noticia técnica de los peritos policiales fue contundente. Las balas fueron dirigidas al hombro derecho, muslo derecho, muslo izquierdo, intercostal derecho, brazo derecho, 2 en el abdomen, 2 en la región dorsal y 4 en la pierna derecha. Una lesión en la vena aorta fue la causa de su muerte tras recibir trece disparos, que en su mayoría presentaron orificios de entrada y salida.

Luis Espinoza resultó con heridas en el antebrazo izquierdo y codo derecho; mientras que el vehículo recibió 44 disparos en los parabrisas delantero y posterior, es decir del lado en que se movilizaba Mauricio. Había cumplido los 38 años.

El funeral fue fastuoso. Lo enterraron como un líder. El sacerdote Edmundo Viteri presidió la plegaria. Unas tres mil personas se aglomeraron en la Catedral para escuchar una corta liturgia. Terminada la misa, la caja de dos metros de longitud, donde guardaron el cadáver de Mauricio, fue retirada de la Iglesia y subida a la plataforma con destino al cementerio. Ahí, su esposa, María Fernanda Solórzano, lloró desconsoladamente. Frente al edificio de La Fiscalía el alboroto de quienes acompañaban el cortejo fúnebre se detuvo. ¡Justicia!, ¡Justicia!, ¡Queremos Justicia! Sin embargo, en estos tres años de su muerte el crimen sigue impune. Aquella tarde lúgubre del 17 de julio de 2009, perdido de todo, en un fragmento de realidad diferente, tres amigos de Mauricio se apartaron precipitadamente del ataúd: arrojaron al aire dos palomas blancas que no quisieron volar.

Dos de noviembre de 1998, nueve de la mañana. Otros tiempos. Sin reforma, sin radios de frecuencia protegida. En la sala de Comunicaciones Sociales de Carabineros, los periodistas policiales van por el tercer café, aburridos. Ya revisaron el boletín de “Hechos policiales”, que prepara la policía y que reúne direcciones, nombres y alias de lo que ha ocurrido en las últimas 24 horas. Y no hay nada.

Las llamadas de los editores son contestadas con un sincero no-pasa-nada y las esperanzas están en conseguir algo oyendo el scanner, la radio que intercepta las frecuencias de las comisarías de Santiago. Buen oído y suerte. Mandinga siempre provee. Hay aburrimiento en el noveno piso de Bulnes 80.

Una cabeza apareció en Huechuraba.

Una cabeza flotando en un canal, frente al 6.450 de la antigua carretera a Colina.

El dato pasa de celular en celular. Los colegas siempre son generosos. Los autos enfilan al norte, en lo que todo el mundo se imagina un fiasco que por lo menos justificará media hora de actividad.

Pero no es chascarro.

Mario Ramírez Muñoz -casado, 50 años, de Conchalí- es el de la alerta. Horas antes, se estacionó con su furgón escolar frente a la entrada del fundo El Molino y tocó la bocina para llamar al niño que tiene que llevar al colegio. Ramírez se bajó del auto para estirar las piernas. Miró al canal, debajo del puente. Se quedó pegado.

-Vi un bulto similar a una cabeza, tenía dientes y ojos, pero estaba descompuesta -le dijo más tarde a la policía.

Ramírez queda con dudas. Le pega al bulto con un palo. El golpe es pesado. Húmedo, dice. Paf. Parte a la casa. Llama a la policía.

Los carabineros se sorprenden tanto como Ramírez. Uno de ellos baja, a confirmar. Es una cabeza. Por radio llaman al GOPE, para que la saque del agua. El furgón que llega está al mando del teniente Armando Zepeda. Miran. Es una cabeza la que hay allí. Llega la prensa. Llaman a la Brigada de Homicidios. Sacan la cabeza del agua. Minutos más tarde, arriban los detectives, encabezados por el subcomisario Jorge Cepeda. Zepeda & Cepeda colocan el bulto a un costado del puente. Es una cabeza. La prensa la fotografía generosamente.

La cabeza está a maltraer. Se pasó días entre latones y basura. No es sólo una cabeza. Alguien le cortó el cuello en forma recta, precisa, a la altura de los hombros. Tiene marcas de arrastre, las ratas la han atacado. Presenta dos cortes: uno que se desvía y entra al hueso; y otro recto, sin errores. Podría haberse hecho con una sierra de carnicero de mesa pequeña, opinarán los especialistas más tarde. En la operación, tendrían que haber participado al menos tres personas.

La policía se pasa toda la tarde recorriendo el canal en busca del resto del cuerpo. Nada.

En la Brigada de Homicidios el día siguiente al hallazgo es un problema. Literalmente, una cabeza de chancho, como llaman los detectives los casos difíciles. Un muerto del que sólo tienen un trozo.

Días después, un hombre entra llorando al Servicio Médico Legal. Va con miedo de saber que tiene razón. Lo acompañan un dentista y una mujer. Carlos Lund, el que llora, reconoce la cabeza de su hermano. Es él. Son sus dientes, es lo que queda de su rostro. Los dos mellizos Lund se miran por última vez.

Acaba de nacer el enigma del decapitado, que dejará en el camino a detectives, jefes narcos y un ministro de la Corte Suprema y otra de la Corte de Apelaciones. La maldición del narco sin cabeza.

CARLOS

La cabeza es del narcotraficante Jorge Lund Gutiérrez, hermano mellizo del doctor Carlos Augusto. Tienen 47 años y son hijos del famoso ginecólogo Carlos Lund Espinoza, muerto en los ochenta. Viven en Vitacura.

Desde pequeños eran fáciles de distinguir: Jorge era explosivo, fuerte, bueno para las peleas; Carlos, un niño tranquilo, amistoso, incluso algo más apagado.

Pasan por distintos colegios. Terminan en el Excelsior, del centro de Santiago. Carlos postula a la universidad y queda en Ingeniería, pero celebrando choca su Ford en la costanera con Manuel Montt. Se pasa 15 días inconsciente, hasta lo dan por muerto. Pero resucita y parte a España a estudiar Medicina a Madrid, hasta que Franco cierra la facultad. Se pasa a Ecuador. Desde allí, volverá a Concepción y, luego, a Chile.

Su hermano Jorge, mientras, se dedica a emprender negocios que terminan mal. Muy mal.

Carlos va por el camino de su padre. Del hospital del Salvador, se pasa al Militar a hacer la beca de gineco-obstetricia. Pero fracasa. Le piden un certificado de honorabilidad que a sus treinta y algo años, se queja hoy, no puede conseguir. Le huele a trampa. Su nombre, dice siempre, está estigmatizado por la defensa que treinta años atrás hizo su padre de los abortos. No continúa, no saca la especialidad y se tiene que marchar del Hospital Militar y del brillante futuro que pensaba podía abrírsele ahí.

Desde entonces, el doctor trabajará solo.

JORGE

Jorge se queda con sus padres en Santiago, en la mansión que ocupan en La Perousse. Este mellizo es más inquieto: se mete a la Juventud Nacional. De ahí salta a Patria y Libertad, el grupo de choque ultraderechista. Jorge vive la UP peleando en las calles. Un día se encuentra con un amigo del colegio en el centro, Gerardo “Yayo” Quinteros. Jorge le advierte, poco antes que empiece la acción: ándate que va a quedar la escoba. Y queda.

Se siguen viendo con Quinteros. Él trabaja con su padre en camiones; Jorge se interesa en el negocio y papá Lund, en 1974, le compra un camión Pegaso. Se hacen socios y les va bien: llegan a tener una pequeña flota. A partir del 76, Lund sigue solo.

El 82 viene el crash: Lund se va preso por giro doloso de cheques. Libre, regresa con Quinteros y la seguridad de los camiones. Se instalan en San Pablo y las cosas mejoran: Jorge a cargo de la contabilidad y Gerardo viendo las máquinas. Pero un día de 1989 Jorge se topa en la calle con un amigo de sus tiempos nacionalistas: Jorge Vargas Bories, devenido en agente de la Central Nacional de Informaciones. La CNI tiene por ahí cerca el taller de sus autos. Se saludan y quedan de juntarse otro día. A la reunión llega otro ex Patria y Libertad, Francisco “Gurka” Zúñiga, y Álvaro Corbalán Castilla, el jefe de la policía política en Santiago. Los cenetas tienen un problema: el Banco del Estado acaba de darles un crédito de millón y medio de dólares y no saben en qué gastarlo. Quinteros y Lund los asesoran. Nace la Sociedad Santa Bárbara, con veinte camiones Volvo dedicados a retirar escoria de cobre entre Chuquicamata y El Salvador. Santa Bárbara es una bomba de tiempo, su quiebra fraudulenta en 1990 será uno de los primeros escándalos financieros ligados al pinochetismo duro.

Jorge no es amigo de Corbalán. Carlos, sí. Los dos se conocieron en 1985, cuando el doctor entró a militar a Avanzada Nacional, el partido ultraderechista que dirigía el mayor de Ejército con una chapa y que era fachada de la CNI. Años más tarde, cuando Corbalán esté preso, Carlos será un visitante asiduo de su celda.

Santa Bárbara no dura. Explota cuando llega la democracia. Lund también: en esa época empieza a consumir cocaína. Quinteros y Lund se reencuentran en negocios en 1991. Ahora el dinero está en otra parte: las franquicias que se acaban de instaurar para que los retornados traigan sus autos desde el extranjero. El tope para los exiliados son 10 mil dólares. Lund y Quinteros les pagan por los derechos 300 mil pesos y después compran autos a su nombre en la Zona Franca de Iquique, y luego los venden en Santiago. El negocio está en el borde, pero es tan bueno que Lund empieza a viajar a Estados Unidos a comprar autos directamente. A Quinteros no le apasiona el asunto. Abandona y se retira a sus camiones.

La máquina de las franquicias termina en escándalo en 1995. Lund pierde otra gallina que coloca buenos huevos. Pero tiene otra: se vuelve traficante de drogas.

EL ABORTERO

Hasta el día de hoy, Carlos, el doctor, dice que no hace abortos. Que nunca los ha hecho, en Chile por lo menos. Lo suyo, explica, han sido hemorragias que le ha tocado atender, auxiliando pacientes que están en problemas.

Pero abortos, no.

Carlos Lund ha estado preso dos veces por abortos, la última hace un mes. En 1994, su rostro aparece en televisión: le explica a una periodista encubierta cómo hace sus operaciones, le dice que todo toma una hora, que la mayoría de sus clientes aprovecha la colación para atenderse.

A comienzos de 1999, una mujer que dice haber sido su paciente llega de urgencia a un hospital. Carabineros lo toma preso y se pasa meses en la Penitenciaría. Desde entonces está procesado y no ha sido condenado. Es difícil en Chile tener una condena por ésto: el delito debe ser in fraganti y con pruebas materiales.

La última vez que Carlos Lund estuvo preso, fue hace casi un mes. La policía lo encontró en una casa de La Granja, con lo que llamaron una “clínica abortiva móvil”. Dicen que atendía a domicilio, que buscaban a un hombre ligado a asaltos y se enteraron que ahí se realizaría un aborto. En su defensa, Carlos Lund sostiene que fue llamado para ver a una paciente en problemas y que lo único que hizo fue revisarla, que no estaba haciendo nada.

Ahora Lund está libre, pero sujeto a investigación.

En Estados Unidos, el doctor sí reconoce haber practicado abortos. Muchos. Allá el aborto era legal. A mediados de los ochenta le tocó trabajar en una clínica en Los Angeles como asistente de un médico colombiano. Veinte operaciones en la mañana, veinte por la tarde.

-No sé si el aborto se puede catalogar como crimen, depende lo que digas que es matar. No sé si es crimen, pero no es bonito -explica Lund.

Carlos Lund nunca se refiere al aborto directamente. Sus explicaciones terminan siempre en la anestesia. O se quedan en las leyes. En realidad, el doctor es disperso. Sus conversaciones terminan invariablemente en que la jueza y los policías ya saben quién asesinó a su hermano pero no hacen nada. O en que la derecha religiosa lo persigue por su talante liberal. O en mujeres.

“Tengo la mala costumbre de firmar lo que me pongan por delante”, le dijo Carlos Lund alguna vez a la jueza que investiga el asesinato de su mellizo. Es cierto, y muchas veces ha lamentado haber firmado cheques, contratos y cuanto documento legal le han pasado. Se ha metido en negocios con amigos y, dice, ha salido trasquilado. Es disperso en todo. En los buenos tiempos, y sobre todo en los malos, Carlos Lund era capaz de pasarse toda la tarde en el restaurante Giratorio, alimentando a una mesa completa de amigos que pasaban, conversaban y después se iban sin pagar. El cheque, al final, era suyo. Lo mismo en el restaurante del Hotel City.

-A Carlos lo pierden los amigos. Jorge era igual, pero agresivo. Pesado -recuerda alguien que los conoció a los dos.

Los mellizos y sus amigos.

EL TRAFICANTE

En 1994, la segunda esposa de Jorge Lund se suicida en su casa de Las Condes. Se ahorca. La conoció cuando fue arrendar una casa; ella trabajaba en una corredora de propiedades y se enamoraron. El idilio duró poco: Jorge ya en ese tiempo consumía droga y empezaba a traficar. Cuando ella muere, sus familiares lo culpan.

Jorge Lund tarda poco en encontrar otra compañera. Una noche de carrete a comienzos de 1995, Yayo Quinteros llama a una prostituta, porque cree que le gustará a su amigo. Tiene razón, pero no sabe cuánto. A Jorge le encanta Brigitte Pérez, se vuelve loco por ella y empieza a pagarle para tenerla en exclusiva. Un día se la lleva a Can Cun y, al regreso, se casan. Su hermano y su madre se oponen, pero Jorge dice que la quiere y que no le importa lo que haya sido. Sus amigos, entre risas, le dicen que es tacaño, que se casó para no tener que pagarle.

La vida no le sonríe a Jorge ese año. Tiene malas juntas, si es que un narcotraficante puede quejarse de eso.

A fines de 1995, una patrullera de Investigaciones está estacionada en la puerta de su casa de Las Condes. Los detectives lo esperan. Tienen el dato que trafica. Nunca explican de dónde sacan la información. Pero cuando Lund sale y se sube a su Mercedes Benz blanco, le caen encima. Preso. En el parte dirá que Lund se va a la cárcel con kilo y medio de clorhidrato de cocaína de alta pureza.

Lo acompaña en la prisión Santiago Muñoz Valdés, que ya ha estado preso por drogas en los setenta. Es cocinero, de esos químicos que llegaron a dominar el arte de procesar cocaína.

Jorge pasa a la Penitenciaría. Se hace de amigos inmediatamente. Uno: Humberto López Candia, el informante estrella de la Oficina de Seguridad que culpa al gobierno de haber negociado con el FPMR cuando se investigaba el asesinato de Jaime Guzmán. López Candia tiene un largo prontuario: robo con homicidio, usurpación, robo con fuerza. Su especialidad criminal, consigna la policía en su ficha, es el homicidio. Actualmente cumple condena por el truculento caso de las cartas bombas enviadas, junto a Lenin Guardia, a la embajada norteamericana el 11 de septiembre de 2001.

López y Jorge Lund están deprimidos en la cárcel, comienzan a leer la obra completa de Carlos Cuahtémoc Sánchez. Parten con Volar sobre El Pantano. Autoayuda en la Peni.

Otro amigo que conoce: Horacio Woldarsky, un ex policía preso por drogas. Cuando López Candia es trasladado a Colina, se hacen amigos con Lund. Woldarsky lo cuida. Le conversa, hacen pesas juntos.

Lund también se encuentra con conocidos: Mario Araya Bogdanic, también preso por drogas. Lund y Araya tienen cosas en común. Culpan al mismo hombre de haber terminado ahí. Ese hombre se llama Patricio G., y es informante de la policía. Años atrás, carreteaban juntos. El informante también le presentó a Lund a Santiago Muñoz.

Araya y Jorge Lund no son los únicos presos que odian a Patricio G. En la galería de los narcos, muchos lo acusan de haberlos delatado.

La cárcel le hace mal a Lund. Su hermano lo acompaña, consigue visitas especiales, hasta lo saca un par de veces a controles médicos. Los gendarmes lo conocen, Carlos tiene esa cosa de caer simpático y poder saltarse algunas formalidades.

Pero Brigitte no acompaña a su marido. Descubre que Jorge la ha estado engañando con dos prostitutas. Rompen. Pero no por eso deja de ir a la cárcel: Brigitte empieza a visitar a otro reo, uno que tiene ficha por asaltos. Se hacen amantes.

Carlos Lund sabe que tiene que sacar a su hermano. Se mueve, recorre tribunales. El doctor empieza a usar esa increíble capacidad de los hermanos Lund de meterse en grandes problemas.

LA JUEZA

Se llama Gloria Olivares, es ministra de la Corte de Apelaciones de Santiago y tiene un gran currículum. Fue la primera jueza que obligó a los ex DINA a ir a tribunales. El entonces coronel Miguel Krassnoff y el sargento Basclay Zapata tuvieron que vérselas con ella en 1992. La leyenda hasta dice que a Zapata lo trató de “cobarde”.

Los abogados de derechos humanos la respetan. Los penalistas dedicados a las excarcelaciones, la aprecian todavía más: la ministra Olivares es del grupo de los “blandos” a la hora de decidir si un reo permanece en la cárcel.

Pero la jueza forma parte de la vieja escuela judicial. En ese entonces, los tribunales están dominados por “trenzas”, que parten en la Corte Suprema y terminan en tribunales del crimen. Una larga espiral de llamados telefónicos y favores que se hacen, cuando no son órdenes.

La jueza tiene un hijo, Gonzalo Rojas. El joven se encuentra procesado por haberle hurtado la chequera, años atrás, al entonces juez Luis Correa Bulo. Abogados del influyente estudio Etcheberry lo han representado en un juicio largo, y al cabo de diez años pugnan por sus honorarios y pelean con la jueza, recusándola en cada una de las causas en que se la topan.

A Carlos alguien le dice que ella lo puede ayudar. Se la recomienda una amiga a la que había conocido a través de Álvaro Corbalán. Hasta hoy, el doctor no habla de dinero. Le dicen, explica, que esa persona puede orientarlo, ayudarlo. “Ella nunca aceptó coimas ni nada, lo hacía de corazón”, explica Carlos.

El corazón es grande, porque Gloria Olivares es ministra de la Corte, y no puede ejercer como abogada. Es grande y alcanza para mucho, porque en ese tiempo la jueza, además, ayuda a un empresario hindú procesado por estafa, y luego viaja a la India junto a una amiga, a alojarse en lujosos hoteles de la cadena Taj Mahal.

Carlos se hace amigo de la jueza. La acompaña a recepciones, a fiestas. Se vuelve su médico de cabecera. Le da licencias médicas.

El corazón de la jueza alcanza para todos. El 18 de diciembre de 1996, la jueza le pide al médico que la acompañe a visitar a alguien. Van al Hospital Penitenciario, un edificio anexo a la tétrica Penitenciaría donde está Jorge. Ella le dice a los gendarmes que va a interrogar a un reo. La dejan pasar y uno de los guardias anota con caligrafía nerviosa que la ministra visita a Manuel Fuentes Cancino, “El Perilla”, uno de los narcotraficantes más poderosos de Chile.

Fuentes Cancino está preso por drogas, y lleva algunas semanas en el hospital de la cárcel, víctima de una avanzada cirrosis. Su abogado ha pedido la libertad múltiples veces. Gloria Olivares ha votado por dársela al menos ocho, sin poder conseguirlo.

La jueza le pide a Lund que certifique que el Perilla está grave, para presentar después el documento ante otros jueces. El doctor otra vez firma lo que le ponen por delante. Esa noche se reúnen en el München de El Bosque. Carlos le pasa su diagnóstico. Gloria, dirá Carlos años después, le aconsejó colocar que estaba grave y que era necesario seguirle un tratamiento fuera de la cárcel.

El certificado se entrega. Manuel Fuentes, seis días después, queda libre pese a otro certificado médico, realizado por un doctor de Gendarmería un día antes que el de Lund, que señala que evoluciona bien. Semanas más tarde, Jorge también queda en libertad, no sin antes decirle a algunos de sus amigos presidiarios que se quedaran tranquilos, que su hermano tiene un buen contacto.

El doctor siempre ha dicho que cuando entró a la cárcel y pasó por todas esas barreras de seguridad se extrañó mucho, y que vino a saber tiempo después a quién había examinado, el día que El Perilla lo visitó en su casa. Cuando le recriminó a la jueza haberlo metido en el asunto, cuenta Carlos, ella lo calmó, le dijo que Manuel Fuentes Cancino era una persona muy agradecida.

Los mellizos y sus nuevos amigos.

EL DESCABEZADO

A comienzos de octubre de 1998, a Jorge Lund lo amenazan de muerte dos veces. Las dos amenazas vienen de amigos, y no quedan en nada.

Primero lo llama un amigo al que le debe plata. Contesta la nana de la casa del doctor, donde vive Jorge desde que salió de la cárcel. El hombre dice que si don Jorge no le paga, le quema la casa, cuenta la nana. Lund no le da importancia. Pero el irascible acreedor va a zapatear al portón. Lund, tranquilo. La nana dirá después en el tribunal, cándida, que eso pasó “en el mismo mes que se supo que don Jorge apareció sin cabeza”.

La segunda amenaza viene de otro amigo que quiere saldar cuentas y termina arriba del auto de Jorge gritando con un cuchillo en la mano. Tampoco la cosa pasa a mayores, y los dos terminan esa noche tomando unos tragos.

Las dos salidas de madre a Jorge Lund no le importan. Otras cosas le preocupan esa primavera:

Quince días antes de morir, en la visita que hace los martes a la Penitenciaría a los amigos que dejó en prisión, confiesa que quiere desaparecer. Lleva un año libre y están a punto de condenarlo por narcotráfico. Quiere irse a Miami, de ilegal, a trabajar en una constructora. Su hermano, dice, le consiguió el empleo.

Piensa entrar como espalda mojada por México.

En la cárcel, Lund conversa con Mario Araya Bogdanic, su amigo preso por culpa de la droga y del informante Patricio G. La policía hasta hoy cree que los dos estaban metidos en una operación de drogas. El día que desaparece, Lund de hecho va camino a la casa de Araya.

En la última visita hablan del informante:

-Se va a ir cortado-anuncia Lund. Nadie le cree. Les suena a fanfarroneada. Pero quince días después es Jorge Lund el que se va.

19 de octubre, 1998. El último día de su vida, Jorge Lund se levanta tarde. Recién al mediodía toma una ducha y se sienta a la mesa con su pareja, Alejandra. Es raro. Lund suele almorzar a las cuatro de la tarde. Pero esa mañana se sirve locos y machas al matico. Almuerza bien.

Jorge y Alejandra salen de la casa a las tres de la tarde. Pasan por la casa de la ex esposa de Lund, a buscar el auto que la hija les presta. Van a Recoleta, a ver a los padres de Alejandra. Lund le ha dicho a mucha gente que después tiene que resolver unos asuntos y, después, pasar por su novia para llevársela de nuevo a Vitacura.

Cinco horas más tarde, Alejandra regresa sola. Jorge nunca pasó a buscarla.

Esa noche en la casa del doctor hay nervios y risas. Carlos llama a sus amigos. Se metió con una mina, se quedó por ahí, le dicen. Nadie parece preocupado. Salvo Alejandra, que sabe que como sea la ausencia significa un desastre.

De lo que se ha podido reconstruir, Lund había quedado de pasar a la casa de Humberto López Candia para acompañarlo a ver a un amigo internado en una clínica en Ñuñoa. El encuentro jamás se realizó. Lo último que se supo de Jorge fue un contacto telefónico que tuvo Alejandra con él, donde entendió que estaba en una calle cercana a la casa de la esposa de Mario Araya, Marta Rivas, cerca del río Mapocho.

Al día siguiente, el doctor está preocupado. Su hermano no pasó a buscar a sus hijos para llevarlos al colegio. No es una farra. Algo pasó. Es hora de hablar con Horacio Woldarsky.

EL DETECTIVE

En junio de 1999, el nombre del ex detective Horacio Woldarsky ya estaba sonando en el Caso Lund, que para entonces ya lleva casi un año muerto. Lo tildan de ex agente de la CNI, amigo de la víctima y, por supuesto, sospechoso.

Las referencias de Woldarsky no son las mejores. Una vez, un alto jefe policial en un off the record con los periodistas había sido cauto: “Woldarsky. Ese hombre es peligroso”.

Él se presenta al tribunal. Dice ser investigador privado. Es conciso cuando explica su carrera: nueve años en Asaltos, un paso adscrito a la CNI para investigar Carrizal Bajo; un traslado como castigo por dispararle a un homosexual en el prostíbulo de la Carlina; premiado como uno de los mejores detectives de Santiago; una balacera a la salida de la cárcel con un muerto. Y un apodo: Horacio Norris.

Woldarsky conoció a Jorge Lund en la cárcel. Se hicieron amigos, y Lund, antes de salir libre, le dijo que se iba a mover con su hermano para conseguir su excarcelación, porque el doctor tenía una amiga ministro. Woldarky, conocido también como El Rucio, se siente deudor, y por eso se presenta en la casa del doctor al día siguiente que a Jorge se le pierde el rastro.

Durante mucho tiempo se habían visto. Woldarsky le había servido de tapadera a Jorge Lund cuando iba a la casa de su ex esposa. Ni Carlos ni Alejandra se enteraban que las veces que él afirmaba estar con el ex policía en realidad había visitado a Brigitte. O a Andrea, su hermana, con quien también tenía una relación.

Lund, según Woldarsky, pretendía seguir traficando. Y tenía miedo, porque le había pedido que le consiguiera una pistola con silenciador.

El narco le presentó a sus amigos a Woldarsky. Algunos de la cárcel, y a otros que se habían sumado. Uno de ellos era importante: Gonzalo Rojas Olivares, el hijo de la jueza.

El 21 de octubre de 1998, Woldarsky fue a los cuarteles de Narcóticos y Homicidios preguntando por su amigo. Ese mismo día le propuso al doctor presentar una presunta desgracia en Carabineros y denunciar la desaparición del auto.

El doctor le arrendó un auto a Woldarsky para que investigara. El Rucio fue a la cárcel, alertado por un rumor que hablaba de una posible boleta que alguien había ofrecido para cobrar, un crimen por encargo. Pero era mentira. En la cárcel habló con otros amigos. Le preguntaron cuántos días llevaba desaparecido Jorge. Luego, le dieron su sentencia: difícil que esté vivo.

A fines de noviembre, Woldarsky tuvo que viajar a Iquique. Antes de salir de Santiago, apareció la cabeza en el canal. Apenas regresó, pasó por la Brigada de Homicidios y conversó con los detectives a cargo. Planteó sus dudas sobre Lund. La cabeza, les dijo, podía ser la suya. Quedaron de llevar a los familiares al Servicio Médico Legal. Woldarsky no llegó a la morgue ese día.

Woldarsky no se detuvo. Siguió los pasos de Lund. Conversó con Narcóticos, les habló de la casa de Marta Rivas, donde iba a ir su amigo. La policía allanó la casa en diciembre: apareció droga y un laboratorio artesanal para procesarla. Y apareció otra persona en el arresto: el informante Patricio G.

Woldarsky tenía una lista de sospechosos: narcos peruanos, informantes. Había oído que Jorge era asiduo del Luca’s Bar, y que ahí se había metido con la mujer equivocada y había sido asesinado. Pero nada. Trabajó en el caso hasta que se enteró que Jorge Lund tenía un seguro de vida contratado por 60 millones, y que entre los beneficiarios estaba el doctor. No le gustó que no le contaran. Renunció.

Pero Woldarsky -a quien nunca le han probado nada relacionado con la muerte de Jorge Lund-, no desapareció de la historia. Un día, mientras declaraba ante la jueza Domínguez, allanaron su casa. La policía encontró un revólver, una baliza, municiones, una placa de detective falsificada, una granada de mano y estopines. Woldarsky explicó que eran de los tiempos en que estaba a cargo de la armería de la Brigada de Asaltos, y que se las había llevado a casa para que no se perdieran.

Woldarsky, el que descubrió algunas de las pocas pistas que hay en el proceso, siempre se preguntaba por qué había aparecido sólo la cabeza de su amigo. Lo consideraba una señal. En 1999 no paraba de preguntárselo:

-El que desaparece un cuerpo, ¿no puede hacer desaparecer la cabeza?

EL ASADO

La escena es extraña: el doctor Lund en noviembre de 1998 hace un asado en su casa. Llora mientras recibe el pésame de los amigos que llegan a la villa El Dorado a saludarlo. Acaban de identificar a Jorge, su mellizo, como la cabeza que apareció en el canal y Carlos hace un asado.

En realidad, no tiene nada de raro. Cada vez que está con sus amigos, el doctor Lund acostumbra tirar unas carnes para amenizar. Es casi un rito. Simplemente, es la única forma que conoce de congregar gente.

No es lo raro de esa noche: en medio del asado, se oyen los gritos de un joven que pide entrar para hablar con Carlos. El doctor sabe que le viene a pedir dinero, y por eso prefiere dejarlo afuera. Cuando el otro habla con Alejandra, la viuda de Jorge, y dice que él sabe lo que le pasó a su hermano mellizo, el doctor acepta recibirlo. Pero no escucha nada. El invitado a la fuerza le pide dinero y termina saliendo molesto.

Pero es una bomba. El joven de los gritos se llama Gonzalo Rojas Olivares, el hijo de la ministra Olivares.

El doctor llama a la casa de la jueza y le cuenta lo que acaba de oír. Sólo ellos dos saben qué se dijeron entonces. A partir de ese punto, la relación se quiebra violentamente.

Semanas después, Alejandra declara ante la jueza Domínguez lo que oyó de boca del hijo de la ministra. Queda estampado en el proceso el nombre del hijo de Gloria Olivares, y se suma al hecho de que el teléfono de la jueza está en la agenda electrónica del narco asesinado.

De a poco, el caso Lund se ha vuelto un caso imposible.

El desfile de sospechosos es enorme. La demora para acreditar la muerte, también. Tanto, que el Servicio Médico Legal tarda meses en constatar que la cabeza presenta una herida a bala.

La policía tampoco avanza: detienen a López Candia. Le encuentran una carta enviada a su señora, donde narra un sueño: los dos están haciendo dedo en una carretera, los recoge un tipo en un auto que se hace el lindo con la mujer, y “pasa lo que tiene que pasar” y el tipo se queda “sin auto y sin cabeza”. López Candia explica que fue un sueño. También hay cartas a Jorge Lund, tratando de hacerlo desistir de cometer, aparentemente, el asesinato de su esposa Brigitte.

López cae preso junto a un carnicero que posee una cortadora de carne y al que Jorge Lund también habría contactado telefónicamente el día que desapareció. Pero no hay nada contra de ellos. Quedan procesados por obstrucción a la justicia; más tarde, la Corte de Apelaciones los deja libres de polvo y paja.

En marzo del 99, la policía le cae encima al doctor. Se va preso, acusado de abortos. Cuando pide la libertad, Gloria Olivares se la niega. La jueza llega a pedir que se acredite con el título que el hombre -que meses atrás le extendía licencias- es médico.

-Ella tendría que haberse inhabilitado, por lo menos -se queja hasta el día de hoy el doctor. Culpa a la entonces jueza de haberlo tenido preso todos esos meses y haberle negado la posibilidad de estar en Capuchinos.

Las cosas empiezan a desbocarse. La jueza Domínguez reparte citaciones: detectives, para que hablen de Patricio G. (“alto, buena pinta, él dijo que había sido militar pero era una bomba de tiempo, ya que entregaba algo pero por debajo hacía sus negocios”, dice uno de ellos); ex agentes de la CNI (“como intuición, podría decir que fue una vendetta de parte de traficantes”, opina Álvaro Corbalán). El propio Manuel Fuentes Cancino declara, y describe una nueva causa de muerte en el quintil siniestro de la población capitalina:

-Porque no pagan la droga, y por eso la matan a la gente.

El caso Lund navega sin rumbo fijo. Tanto, que ni siquiera es posible declarar muerto al traficante: no existe certeza al 100% de su identidad. El certificado de defunción no es sólo un problema administrativo: se transforma en broma macabra cuando el 11 de marzo de 1999 Lund sea declarado culpable de tráfico de drogas y Muñoz resulte absuelto. A esas alturas, el condenado lleva seis meses muerto.

Marzo de 2000: el caso Lund está estancado. Pero va a explotar.

LA MALDICIÓN

Partió como nada: el abogado de los hijos de Lund, Oscar Núñez, denunció una rareza que tildó de “irregularidades múltiples” que afectaban la investigación del homicidio. La principal, que Gloria Olivares se había llevado para la casa el expediente del asesinato, donde aparecía mencionado su hijo. A esa denuncia le siguieron la relación con el empresario hindú y sus vínculos con el doctor.

Al comienzo, la Corte no creyó y se cuadró con la jueza. Pero los antecedentes fueron sumándose, y el presidente de la Corte Suprema debió enviarlos a la Comisión de Ética. Cuando se reveló la visita de la jueza a Manuel Fuentes Cancino, la carrera de Gloria Olivares explotó. Ese día, la magistrado se desmayó en su casa.

Poco le duró el desánimo. Cuando en mayo la Suprema decidió exonerarla, la ministra tiró el mantel y pateó la mesa: dijo que otros y no ella debían estar en el banquillo de los acusados. ¿Quiénes? “Al menos cuatro ministros de la Corte Suprema y 20 de la Corte de Apelaciones”. No fue todo: denunció que abogados de narcotraficantes habían invitado a un ministro de la Suprema y a otro de la Corte de Apelaciones a Cuba durante un mes.

Envuelta en llamas, Gloria Olivares gritaba a todo pulmón el nombre de Luis Correa Bulo, entonces miembro de la Suprema.

Lo que siguió fue una guerra. Luis Correa Bulo, un hombre importante en la Corte, y clave en fallos relacionados con Derechos Humanos, aguantó dos investigaciones judiciales y una acusación constitucional antes de salir del Poder Judicial en forma humillante.

A Manuel Fuentes no le fue mejor: el narcotraficante, que había pasado desapercibido desde que saliera en libertad provisional y se mantenía con una condena aún sin ratificar, fue detenido por Investigaciones, acusado de asociación ilícita para traficar. Actualmente, se encuentra en muy malas condiciones de salud, víctima de una cirrosis hepática.

En junio de ese mismo año, Gonzalo Rojas murió de un paro cardíaco. Su cadáver fue cremado. Nunca declaró en el proceso. Su madre trabajó unos años en la municipalidad de Providencia. Creó una oficina de abogados pero enfermó. Actualmente está en su casa, enferma.

El doctor Lund acaba de salir de la cárcel. Está más viejo, algo más cansado. Ya no gasta como solía hacerlo. En unas semanas, el juzgado que dirige la investigación del asesinato se cerrará. Y teme que todo quede como está. Sigue pensando en quién mató a su hermano y no sabe decir cuándo fue que la vida de los dos mellizos empezó a derrumbarse con todo lo que los rodeaba:

-Éramos muy diferentes: las drogas están condenadas en todas partes del mundo, y el aborto sólo en países estúpidos como el nuestro… No sé si todo esto fue coincidencia o un maleficio. El tiempo cura pero es cómplice de los asesinos. Esta investigación está parada, alguien no deja que avance. Alguna vez alguien hablará y sabremos la verdad de lo que pasó con Jorge.

El cadáver de Pen-Pen todavía está manejable; aún respiraba hace apenas seis horas. Lo tienen sobre una camilla metálica, envuelto con una sábana blanca manchada por la sangre que sale de los orificios. Miriam, la madre, está sentada cerca. Los grandes rulos en su cabello cano dejan entrever lo intempestivo de esta muerte. La casa es humilde, de madera, como se estila en el Caribe. Además de Miriam, la habitación está llena de familiares, de amigos, de curiosos. Todos son negros. Casi todos son jóvenes. El silencio se torna más silencio cuando en la puerta aparece uniformado el comisionado mayor Manuel Zambrana Bermúdez, la máxima autoridad de la Policía Nacional nicaragüense en100 kilómetrosa la redonda. Antes de entrar le ha tocado escuchar de todo. También para él esta ha sido una noche larga.

—Dos o tres chavalos gritaban en la calle molestos cuando llegamos –me dirá el comisionado Zambrana dos días después en su despacho–, pero si averigua quiénes son, verá que son delincuentes con un rosario de antecedentes, con el mismo perfil de Pen-Pen.

El comisionado Zambrana viene del hospital, de unas horas aún más tensas, pero quiere presentar en persona sus condolencias. “Sentimos mucho lo que pasó –dice a la madre–, y aquí estamos para ayudar en lo que podamos”. Después, le cuenta la versión oficial: al verse emboscado, Pen-Pen disparó primero y un policía respondió al fuego con los cinco o seis balazos que lo acabaron. Miriam le responde que está convencida de que su hijo presentía su muerte. La conversación es corta. Apenas termina, el comisionado Zambrana se despide con un abrazo tímido y se retira.

En los días siguientes la muerte de Pen-Pen estará en boca de todos en Bluefields.

***

Los 45,000 habitantes de su casco urbano son la mayor concentración humana en los541 kilómetrosde costa caribeña nicaragüense. Bluefields tiene título de ciudad desde 1903, pero basta desembarcar en el muelle municipal para comprobar que sigue siendo un pueblón, sin edificios ostentosos, sin grandes avenidas, con la cordialidad propia de los lugares donde todos se conocen. En Bluefields el camión de la basura es un tractor de la basura, y en los próximos días se colocará el primer semáforo.

La calle que corre paralela a la bahía se convierte, entrada la mañana, en una prolongación del mercado. Las aceras se llenan de puestos que venden peces del tamaño de un brazo, radios, quesos de todas las texturas, accesorios para celulares y una generosa variedad de frutas y verduras que se exhiben en grandes canastos de mimbre. No hay carretera asfaltada alguna que comunique con Managua, pero un ferry sube y baja varias veces por semana el caudaloso río Escondido desde el municipio de El Rama, y la ciudad está bien surtida, paradójicamente atestada de pequeños taxis que se mueven como hormigas alborotadas.

Pero lo más característico de Bluefields es que se trata de una población indiscutiblemente multiétnica, donde conviven en aparente armonía –aparente– todas las tonalidades de piel imaginables entre el blanco nórdico y el negro subsahariano. Mestizos y creoles (negros) son los más numerosos, pero hay también indígenas miskitos y ramas, y negros garifunas. El idioma inglés se escucha en Bluefields casi tanto como el español.

La historia explica mucho de esta heterogeneidad. El mismísimo Cristóbal Colón navegó frente a la bahía de Bluefields en septiembre de 1502, pero pasó de largo, un anticipo de la desidia por toda esta zona que los españoles mostrarían los tres siglos siguientes. Ese vacío de autoridad fue aprovechado por los piratas primero –el nombre de la ciudad se relaciona con un corsario holandés de apellido Blauvelt–, y por los británicos después, que comenzaron a tomar posiciones a mediados del siglo XVIII. Con ellos llegaron los esclavos. La independencia de Nicaragua poco o nada afectó en el hecho de que Bluefields siguiera viviendo de espaldas al resto del país. De hecho, durante buena parte del siglo XIX pasó a ser la capital de un estado prácticamente independiente,la Mosquitia, bajo tutela de británicos y estadounidenses. No fue hasta 1894, siete décadas después, cuando Managua consiguió, por la vía militar, imponer la bandera nicaragüense. Pasaron los duros años del somocismo y la esperanza de la Revolución, pero aún hoy el Caribe sigue siendo una zona mal comunicada, distante en todos los sentidos del Pacífico, con mutuos recelos y resentimientos, intensificados quizá por la agresiva migración promovida por el Gobierno central en la segunda mitad del siglo XX, que terminó por convertir a los mestizos en la comunidad étnica más numerosa en Bluefields.

Para referirse a los mestizos de forma despectiva, en especial a los venidos desde la costa Pacífica, los negros usan la palabra pañas, en relación a España, para remarcar los distintos pasados de unos y otros. Para referirse a los negros de forma despectiva, los mestizos los llaman simplemente negros.

***

Philmore Nash Price, alias Pen-Pen, nació en Bluefields el 17 de septiembre de 1975, en un barrio de negros llamado Puntafría, hijo de Miriam Price y de Cayaton Nash. Nació pobre y pobre era cuando murió a los 35 años de edad.

“Son gente muy pobre. Dicen que la Policía les dijo que iban a ayudar, pero parece que nada, porque hoy vino una prima a decirme que no tenían ni para la caja”, me dijo en el porche de su casita Selma Clarck, de 75 años, una de las líderes del barrio. La prima le pidió otro favor en esa visita: que fuera a la Policía Nacional a pedir la fotografía de archivo de Pen-Pen, porque en casa no tenían ni una imagen suya.

Pen-Pen era un delincuente consuetudinario. Su vida fue un constante entrar y salir de las celdas de la Policía Nacional o de la pequeña cárcel que el Sistema Penitenciario Nacional tiene en Bluefields. El largo expediente de antecedentes policiales tiene como punto de partida el 23 de julio de 1991: “Detenido por presunto autor de lesiones graves”. Tenía 15 años. De ahí, el rosario al que se refiere el comisionado Zambrana. Los delitos que se repiten con más frecuencia son robo con violencia y robo con intimidación, si bien el listado incluye amotinamiento, amenazas, lesiones, extorsión, daños a la propiedad, fuga, atentado contra la autoridad y sus agentes… Si hubiera que buscar en Nicaragua un ejemplo de rotundo fracaso en el objetivo constitucional de reeducar a los privados de libertad para reintegrarlos en la sociedad, ese sería Pen-Pen. La Policía, pues, lo tenía en la mira, y también buena parte de los blufileños en un pueblón donde todos se conocen. La primera vez que lo oí mencionar fue en boca de la mesera del primer comedor en el que me senté apenas llegué a la ciudad. “Esta madrugada –me dijo– mataron a un hombre en Puntafría, por la cancha; era un ladrón, un asesino, un violador… lo tenía todo pues, completo”.

En febrero de este año había sido juzgado en ausencia. Se sabía un objetivo de la Policía y ya no vivía en Puntafría. Unos dicen que tenía una casita en Willing Cay, un cayo ubicado unos 50 kilómetrosal sur. Otros dicen que se había instalado más al sur todavía, en San Juan del Norte. Hay más unanimidad en afirmar que, meses atrás, había encontrado en el mar un fardo con cocaína, algo relativamente habitual en el Caribe nicaragüense, y se había comprado una panga con motor con la que, muy de vez en cuando, regresaba a Bluefields para visitar a su madre, a su esposa, a sus hijos.

La noche de su muerte estaba con unos amigos, muy cerca de la casa de su madre, dicen que jugando cartas. Cargaba una pistola. El comisionado Zambrana aseguró que el forense confirmó que estaba drogado, que en su short le hallaron una pipa para fumar crack. Él andaba loco, me dijo. Locura o no, Pen-Pen le había dicho a más de una persona que estaba harto de huir como un fugitivo y que estaba dispuesto a morir, pero que no se iría solo.

***

El Banco Mundial presentó en abril de 2011 Crimen y Violencia en Centroamérica, uno de esos gruesos y costosos informes que se lanzan con bombo y platillo y que, a pesar de que se usan para poco más que llenar un par de páginas de los periódicos al día siguiente, traen datos interesantes. Contiene un mapa de Centroamérica coloreado en función de la tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes. Los departamentos menos violentos aparecen en amarillo; se pasa al verde cuando la tasa comienza a elevarse; el verde se oscurece hasta convertirse en azul; y el azul es a su vez más oscuro en los lugares donde más sangre se derrama. La oscuridad azulada –una tasa arriba de 50– predomina en Honduras, en El Salvador y en menor medida en Guatemala. En Costa Rica, Panamá y Nicaragua todo es verde y amarillo.

Dentro de esa relativa tranquilidad que se vive en Nicaragua hay matices.La Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS), cuya capital es Bluefields, está coloreada con un verde muy oscuro. En 2009 la RAAS cerró con una tasa de 30 homicidios por cada 100.000 habitantes, una cifra escandalosamente alta si se tiene en cuenta que el promedio nacional fue de 13. Teorías hay muchas, como la falta de oportunidades, el mismo racismo, o el hecho de que sea un enclave estratégico en la ruta caribeña de la cocaína, pero ninguna es concluyente. Bluefields es un lugar inexplicablemente violento dentro de un país inexplicablemente tranquilo que está dentro de Centroamérica, la región que, también inexplicablemente, es la más violenta del mundo.

Aun así, la de Bluefields sigue siendo una sociedad en la que la máxima autoridad de la Policía Nacional llega a dar el pésame a la casa de la madre de un delincuente cuando un agente lo ha abatido.

***

Me lo contó alguien que en 2006 coincidió con Pen-Pen en las celdas de la Policía Nacional: “En el patio de la Preventiva hay un tubo de hierro de dos pulgadas. Es el tubo del martirio. Ahí esposaban a Pen-Pen, las manos y también un pie. Lo tenían amarrado día y noche. Le tiraban la comida como a un cerdo. No podía movilizarse. En la noche le quitaban el grillete del pie, para que pudiera medio acostarse. Nueve meses estuvo así. Él pasó amarrado todo el tiempo que yo estuve adentro. Soy testigo del maltrato que se hacía contra los negros, ofensivo, con ánimo de desaparecer a las personas. El hacinamiento era total. ¿El trato que dieron a Pen-Pen? Totalmente discriminatorio. Él los puteaba. Los vulgareaba. Les decía perros asesinos. Les decía de todo, pero era lo justo. Solo al final se flexibilizó un poco. El día siempre lo pasaba siempre amarrado al tubo. En la noche lo tiraban a dormir en una sala de detención. El tubo todavía ahí está. Todavía lo usan como tortura. El resentimiento de Pen-Pen hacia los policías era normal. Yo también lo tendría. Para mí, la Policía lo asesinó”.

***

La capacidad es para 60, me dijo ayer el comisionado Zambrana, 80 máximo, pero en las celdas de la Policía Nacional en Bluefields se amontonan esta semana más de 130 seres humanos. La matemática suena asfixiante y urgente, pero el hacinamiento es un problema menor en el listado interminable de violaciones a los derechos de los privados de libertad.

—¿Cuál es el motivo de la visita, por favor? –se alza sobre el murmullo una voz áspera.

La Preventiva. Así se conoce el sector donde encierran a los más conflictivos. Decir que aquí hace calor es decir poco, y está tan oscuro que a las 11 de la mañana los bombillos los tienen encendidos. Hoy hay unos 70 internos repartidos en seis celdas, me dice Wismar Lewis, el risueño agente que me acompaña. Los otros 60 están en el Bodegón, el otro sector al que iré después.

—Quiero escribir sobre las condiciones en las que están –respondo.
—Está bien, man, dale… Hay muchas cosas que nos gustaría que se supieran afuera.

La celda #3, la primera a mano derecha según se entra por el pasillo, es amplia, alta y caliente como sauna; encierra a diez jóvenes, un televisor, un calendario, ropa, un montón de recipientes plásticos, dos literas de madera y hamacas, varias hamacas suspendidas de la reja que tienen por techo, bajo unas láminas que la lluvia sabe burlar, y en Bluefields llueve con ganas; todos, casi todos, se amontonan en los barrotes de la entrada por la insólita visita, y hablan atropellado: dicen que se mojan cuando llueve, dicen que antes les daban jabón y papel higiénico, dicen que su comida está de tirarla y pegarla en la pared, dicen que en lugares así debería de haber psicólogos y gente comprensiva, y el calor ahoga, y las secuelas del burumbumbún, y uno llamado Carlos Coronado me dice que le gustaría que los jueces de vigilancia vigilaran, y otro grita desde su hamaca suspendida que necesitan una fumigación, por las chinches y los zancudos, y otros dicen que aquí hay reos con condena firme que deberían estar en una cárcel del Sistema Penitenciario Nacional y no en celdas de la Policía, y eso es lo mismo que me dijo el comisionado Zambrana.

—Oye, un favor: ¿tenés dos pesos para comprar hielo?

Hace calor y está oscuro… ¿Cuántos aquí? Se acercan a los barrotes, descamisados como si fuera sauna, y sí, casi todos son jóvenes, casi todos quieren contar su caso, como si nadie nunca les hubiera preguntado, y acá casi todos están por error, dicen, y luego piden que tome una foto a la comida que les dan, la chupeta que llaman, una combinación de mucho arroz y poco frijol que en verdad está de tirarla y pegarla en la pared, hervida nomás, sin sal, sin ajo, porque la Policía no tiene presupuesto para exquisiteces, todos los días de la semana lo mismo, y luego me piden otra foto, y se animan, y posan como si fueran equipo de fútbol, rifando barrio, y se ponen unos a otros las manos cachudas en la cabeza, como niños traviesos.

—Por lo menos están sonriendo, ¿no? –me dice el risueño agente Lewis.
—¡¡¡Periodista!!! –grita alguien–. Pero esto debería de contarlo en Managua, para que vean cómo la pasamos aquí.

El que peor lo tiene es el del patio de la entrada, metido bajo el sol caribeño dentro de una caja metálica granate que usan como celda de castigo, parecida a un ascensor, solo que larga y estrecha, muy estrecha, y de la que ahora apenas salen los dedos de dos manos y una mirada de rencor; pero hasta él podría estar peor, porque enfrente de la caja metálica hay un tubo de hierro de dos pulgadas al que los privados llaman el Poste y que aún se usa para amarrar –las manos esposadas en la espalda, el tubo en medio– a los peor portados. Aquí es, pienso, donde Pen-Pen pasó amarrado como un perro, torturado.

—Mirá, español –dice la voz que hay dentro de la caja metálica, quién sabe si bromeando–, ahorita no te vamos a hacer nada, pero algún día…
—Yo te voy a robar –interrumpe otro.
—No, yo no –retoma la palabra–; yo no soy ladrón. Yo lo único que soy… yo soy asesino ya.

Las celdas más pequeñas son la #6-01, la #6-02 y la #6-03, porque las tres eran una sola, solo que la pedacearon para que acoger por separado a mujeres y a menores de 18 años, y pienso en lo irónico que resulta que, entre tanta vulneración de derechos, se haya invertido en este logro mínimo, y hay otro al que llaman Perro me pide un euro, que me lo va a guardar, dice, y otro despotrica contra la Policía, que son más ladrones que ellos, que algunos son calmados, como el risueño agente Lewis, pero otros los golpean, los maltratan, y eso lo oigo también en este otro sector, en el Bodegón, donde están los más disciplinados en otras tres celdas amplias y un poco menos oscuras y menos calientes con 23, 21 y 15 personas hoy, entre las que hay un viejito de 81 años llamado Juan Cruz Pérez, que también quiere contar lo suyo, pero ahora con quien me interesa hablar es con el hermano de Pen-Pen, negro también, creole, como la mayoría en estas celdas, que lleva encerrado aquí tres meses y medio, y de quien el comisionado Zambrana me dijo que tiene el mismo historial que su hermano.

—Mataron a Pen-Pen, y ni la jueza ni la Policía me dieron permiso para llevarme al velorio o al funeral –se queja.
—¿Y aquí qué se maneja que pasó?
—No me ha venido a contar nadie nada, pero lo que yo oí por la radio fue que la Policía lo remató en el suelo.
—Un crimen, eso es un crimen –dice otra voz, colérica.
—¿Y tú veías seguido a tu hermano?
—No, él vivía en Willing Cay. Él vino hace poco. Perola Policía no debía de matarlo como animal, porque él no mató a nadie.

Todavía no, quizá, pero Pen-Pen sí matará.

***

En Bluefields hay una ONG llamada Creole Communal Government, que podría traducirse como el Gobierno Comunitario de los Negros. Tienen una modesta oficina en el barrio Fátima, en el segundo piso de un edificio situado cerca de la Lotería Nacional.Dolene Miller y Nora Newball, sus dirigentes más destacadas, me reciben una calurosa mañana para hablar sobre Pen-Pen. La conversación arranca con una interpretación de la historia en la que la incorporación definitiva de la Mosquitia a Nicaragua la ven como una anexión, el aprendizaje del español lo ven como una imposición, y la migración masiva desde el Pacífico la ven como la madre de todos los problemas. Están convencidas de que la sociedad nicaragüense es racista y, no importa de qué hablemos, en su discurso es evidente la diferencia entre el nosotros y el ellos: nosotros, los negros; y ellos, los mestizos, los pañas.

—Nosotros tenemos un resentimiento histórico con el Pacífico –admite Dolene, una sonriente psicóloga, la que más habla–, pero ellos lo agravan más con el maltrato, y lo digo con conocimiento de causa.
—Por ejemplo –dice Nora, una elegante y enjoyada señora, diputada suplente en el Parlamento Centroamericano–, en nuestros barrios negros no hay pulperías; en los barrios mestizos, sí. Eso es por los programas del Gobierno, porque a ellos les dan ayuda, créditos, cada vez les financian más y más, pero solo a ellos mestizos; para nosotros, los negros, los trámites son más engorrosos. Y ojo, que nosotros no estamos justificando ningún asesinato ni ningún robo, pero hay que ser realistas.

A Pen-Pen lo conocen de oídas, por la fama que le precedía, pero sobre todo por lo que sobre él se ha dicho y escrito desde su muerte. Cuando lo defino como un delincuente, me corrigen de inmediato: era una persona con un problema en la sociedad.

—Para nosotros –dice Dolene–, la Policía lo quería muerto. ¿Por qué? Eso no lo sabemos. Pero parece como si la Policía estuviera haciendo una limpieza social camuflada.

—En dos años –interrumpe Nora, airada– han matado como a cuatro muchachos que para ellos eran como un estorbo en la sociedad, ¿me entendés? Mire, la Policía va a terminar matando a todos nuestros jóvenes…

Casi al final, me admitirán que ni se acercaron a la casa de Pen-Pen para preguntar qué es lo que realmente ocurrió.

***

Burumbumbún en la Preventiva. Es mediodía del martes y, después de más de 24 estériles horas en huelga de hambre, los privados de libertad deciden subir el tono de su protesta. Lo primero siempre es romper los candados. Cualquier objeto contundente sirve; de preferencia, la madera recia de las pocas camas que quedan en las celdas.

—¿Y qué hacen los policías? –preguntaré a Chandy mañana.
—La Policíasolo queda ahí, viendo a uno… ¿qué van hacer? Na. Subir pa’rriba a decir al jefe –me responderá en su limitado castellano.

Chandy Vargas –joven, tatuado, musculoso, negro– estará en libertad mañana, después de 3 meses y 17 días en la Preventiva, pero eso será mañana; ahora es uno a los que más parece entusiasmar este motín originado por la retardación de justicia. No tardan en destrozar los candados para salir todos al patio donde está el Poste; ahí gritan, chillan, golpean las paredes con objetos contundentes, queman lo que encuentran… Es lo que Chandy llama el burumbumbún. La idea es llamar la atención, conscientes de que la delegación policial está a apenas dos cuadras del mercado municipal. Los policías están tan acostumbrados que poco se alteran ya. Se repliegan y los dejan hacer, siempre y cuando no intenten pasar del patio. Hay un pacto tácito de no agresión. Después llegará alguna autoridad policial o algún defensor de derechos humanos o periodistas o Miss Popo o, si la cosa se pone realmente fea, alguien en nombre del Poder Judicial.

—Casi siempre protestan por lo mismo: la retardación de justicia –me dirá el comisionado Zambrana.
—¿Casi siempre? ¿Cada cuánto se amotinan?
—Es una constante. En cuatro meses hemos tenido cuatro de relevancia, pero conatos hay a cada momento. Aquí, en Bluefields, las celdas preventivas de la Policía se han convertido en un sistema penitenciario. El centro penal tiene a 90 presos, y nosotros, a 130, de los que casi la mitad tienen condena firme. Aquí solo deberíamos tener a diez o doce.

Las leyes nicaragüenses son explícitas. Cuandola Policía detiene a alguien, debe pasar ante un juez de audiencia en menos de 48 horas; si el juez decide prisión preventiva, el encierro se hará en un centro penal del Sistema Penitenciario Nacional (SPN). En Bluefields hay una pequeña cárcel que está a la par de las celdas policiales, pero el SPN ignora desde hace años las leyes y recibe internos a cuentagotas bajo el argumento de que la cárcel está llena. La consecuencia es que, en unas de las ciudades más violentas de Nicaragua, decenas de delincuentes cumplen su condena o su prisión preventiva hacinados en las celdas policiales, sin beneficios carcelarios ni controles ni talleres ni personal cualificado; fuera, en definitiva, del SPN, la institución que tiene como objetivo “la reeducación del interno para su reintegración a la sociedad”. Y todos esos privados de libertad dejan de serlo algún día.

Consciente de que el problema lo generan otras instituciones, al comisionado Zambrana le toca lidiar con los burumbumbún, y lo hace lo mejor que le dejan. La máxima autoridad de la Policía Nacional en100 kilómetrosa la redonda es una persona accesible y franca, que le gusta mirar a los ojos de su interlocutor; sin su uniforme, parecería más un profesor de secundaria que un comisionado mayor. En menos de un mes, y sin haber pasado siquiera un año en Bluefields, lo regresarán a Managua, dicen que por atreverse a encerrar a Frank Zeledón, uno de los mestizos intocables de la ciudad. Al conocerse la noticia, miles de blufileños se tomarán las calles para protestar por el traslado.

***

Se llama Dalila Marquínez, aunque todos en la ciudad la conocen como Miss Popo ola Popo. El sobrepeso la hace ver mayor, pero tiene 46 años, y es una de las líderes más respetadas de la comunidad negra de Bluefields. Su mañanero programa en Radio Rhythm, una emisora local, es un referente indiscutible. Las autoridades, incluida la Policía Nacional, la consideran una mediadora capaz de aplacar conflictos sociales; los reos también piden su presencia cada vez que en las celdas hay un motín.

Miss Popo vive en un barrio de negros llamado Beholden, uno de los más problemáticos y míseros, sin aceras, lleno de láminas oxidadas y con regueros de aguas blanquecinas y fétidas que corren libres por los pasajes. La casa de Miss Popo, sin embargo, es de reciente construcción, grande, y tiene un espacioso porche caribeño. Ahí nos sentamos para hablar sobre Pen-Pen. Ella acompañaba al comisionado Zambrana la mañana en la que llegó a dar el pésame a Miriam, la madre. Todos eran negros. Casi todos eran jóvenes. A Miss Popo le tocó mediar para calmar los ánimos. Esta no es ni la hora ni el momento para actuar así, les dijo, el hombre quiere entrar para hablar con la mamá.

—En la Policía –me dice ahora Miss Popo con su particular voz, tan poderosa que parece un regaño– hay un expediente de todo lo que hizo y lo que no hizo Pen-Pen. Pero yo te voy a decir algo: ahora todo mundo va a echarle flores porque lo mató la Policía, pero yo estoy segura de que casi toda la gente de Puntafría está en paz porque han matado a Pen-Pen. No lo van a decir así, porque son unos pares de hipócritas, pero segurito de que están feliz por lo que ha pasado.

***

Al filo de las 2 de la madrugada del martes 10 de mayo de 2011 un agente de la Policía Nacional nicaragüense acribilló a Pen-Pen. El cuerpo quedó no muy lejos de la humilde casa de madera donde se crió, cerca de una hilera de láminas oxidadas, sobre una angosta acera en la calle del 4 brothers, el bar que da nombre a todo ese sector del barrio Puntafría.

Su muerte es verdad inamovible. Pero cómo se llegó a esa situación depende de los prejuicios y de los intereses de quien cuente lo que pasó. Hay unanimidad en que una llamada telefónica de alguien de Puntafría alertó ala Policía Nacional de que Pen-Pen estaba en el barrio. Un pick up con cuatro agentes del turno nocturno se desplazó a la zona, formaron dos parejas, y acordaron una maniobra envolvente para evitar la huida. Parece ser que Pen-Pen jugaba naipes con un primo y otros conocidos. Al ver a dos policías en un extremo de la calle, se paró y huyó en dirección contraria, rumbo al pasaje más cercano. Al embocar, se topó de bruces con la otra pareja de agentes.

La versión policial asegura que Pen-Pen huía pistola en mano y disparó a un agente en la cabeza a muy corta distancia; la instintiva respuesta del compañero fue vaciarle el cargador. La versión de familiares, amigos y del Creole Communal Government asevera que Pen-Pen en efecto disparó primero, pero que un agente respondió con un certero balazo en la pierna de Pen-Pen, lo que provocó que cayera al suelo y perdiera su pistola; al comprobar que su compañero uniformado estaba malherido, el agente se acercó y remató al negro desarmado que se retorcía de dolor.

Sea como fuere, Pen-Pen murió de inmediato; entró directo en la morgue cuando lo llevaron al hospital de Bluefields. El suboficial de la Policía Nacional Evert Fernández ingresó en Emergencias con un balazo en la frente, sin orificio de salida. Lo lograron estabilizar y se gestionó de urgencia una avioneta para, al amanecer, trasladarlo al Hospital Lenin Fonseca de Managua.

En los días siguientes la muerte de Pen-Pen estuvo en boca de todos en Bluefields. Es lo que sucede en sociedades en las que un homicidio aún es un elemento disonante.

Diez días después, el suboficial Fernández murió en Managua.

UNO

Nos han dejado solos en el patio de la prisión, y lo primero que le pregunto a Yaretzi es cuánto cobraría por matarme. Ella me mira como se mira al muerto que no es de nadie, con el rostro impasible, de retablo, y luego, con ese aire de femme fatal que a cualquiera doblegaría, dice: “Vales lo mismo que toda la demás gente, nada”. Parece que la chica goza herir con saña, pero aunque su voz sea suave tiene mucha autoridad. Hace unos siete años, cuando Yaretzi cumplió los dieciocho, adquirió cierta habilidad en una escuela militar: matar con pistola. Esas manos talentosas la llevaron a conocer al narco del pueblo. Un narco que, como Dios manda, recluta a quien tenga el valor suficiente para jalar un gatillo y la imperiosa necesidad de ganarse unos dólares. Él le enseñó otros trucos, como torturar, disparar ráfagas de coche a coche, secuestrar y desaparecer a las personas. Yaretzi iría por su muertito veintiséis, pero los guachos la arrestaron por traer dos cuernos de chivo en bandolera. Por eso estamos en el patio de esta cárcel, de cuya ubicación no debo acordarme.

Esta chica de estatura corta y moral alta empezó a matar al por mayor cuando se rompió el estricto orden que había alrededor de la muerte. Porque al menos aquí en Chihuahua, la muerte llegó a tener sentido antes de que Vicente Carrillo se uniera a los Zetas para acabar con el Chapo Guzmán. Antes, a uno le estallaban los sesos por perder un cargamento, por chivato o por no entender que la traición y el contrabando son cosas incompartidas. La colega que me ha acompañado a la prisión dice que aquéllos sí fueron buenos tiempos. Hoy, como más tarde me lo hará saber Yaretzi, ya no importan nombres ni razones. “Los que sicariamos no necesitamos motivos”, dirá y se echará para atrás esa cabellera negra y limpia que no perdona al viento. Matar por capricho, pensaré cuando esta artista de la muerte se marche a su celda, se ha vuelto el verbo favorito del México contemporáneo y la vida únicamente es el complemento para conseguirlo.

Pero eso sucederá hasta el final.

Por lo pronto, les cuento que Yaretzi llegó al patio de la prisión conducida por una custodia que se sentía más grande que las tinieblas. “Sólo quiero saber cómo funciona tu mundo”, le dije a Yaretzi, y ella entendió que el tipo que tenía enfrente no había venido a visitarla para resolver los asesinatos. Aceptó y luego pidió una sola cosa, como si buscara la redención: “Debes escribir que creo en Dios y que estoy arrepentida”. Así será. Pero primero hay que empezar cuando ella trabajaba para el Diablo.

DOS

Pon que me llamo Yaretzi, como mi amá. A ver si cuando lea la nota viene a visitarme la cabrona. Seguro les ha de estar diciendo a mis dos hijos que su madre, además de andar de puta, sicarea. Pero, te decía: los sicarios no nacemos, nos hacemos. Yo me hice en la escuela militar. ¡En serio! Salí de ahí con el corazón hecho piedra, odiando a toda la gente. Bien raro. Como que en esas escuelas te enseñan a no querer a nadie. Y como yo nunca fui de las que se quedaban en su casa, anduve en las calles y ahí encontré a mi patrón. Le sigo diciendo así, aunque ya lo mataron. Él me bautizó a la niña y, ya luego, me hizo al chamaco. Pinche abusón. Lo levantaron como al mes que tuve a Brandon. Según a la esposa le dijeron que lo pozoliaron vivo allá en Ciudad Cuauhtémoc. Yo por eso, si un día me levantan, espero ya estar muerta antes de que me torturen o me corten la cabeza. No quiero verles la cara a esos perros porque soy capaz de buscarlos en el infierno. Pero, te decía: yo no entré a este jale porque hayan matado a mi patrón. No. Fue por dinero. Los hombres sicarean por diversión, porque les divierte matar, les da un no sé qué que los hace sentir la cagada más grande. A la bestia. Las mujeres entramos por dinero. Al menos lo mío fue así. Eso de que andamos en este jale por amor es una mamada. Y te decía: yo empecé a los veinte años. Al principio trapiaba, limpiaba vómito y sangre. Luego fui mandadera y de ahí pasé a cóndor —el que ubica a los contras—. Después fui lince —el que levanta y tortura— y de ahí me pusieron a sicariar. Así estuvo el rollo, bato. Desde entonces me puse a matar.

Más tarde, cuando regrese al hotel, leeré al escritor Paul Medrano:

La diferencia entre el hombre que mata y el que no se atreve es mínima, imperceptible. Porque en esencia todos llevamos el espíritu criminal adentro, escondido a fuerza de educación, amistad y un amorfo sentimiento de justicia. Mas en ocasiones se vuelve incontenible y se libera de su enclenque encierro para regresarse por todas las venas. Caliente y sublime. Eso es lo que da valor para jalar el gatillo. Ésa es la diferencia.

TRES

Apenas ayer por la noche, en un restaurante de Ciudad Juárez, la Güera quiso ser mi Marco Polo en el mundo del sicariato de lápiz labial.

Llegó haciendo ruido con sus tacones como si hubiese querido dejar huella. La mujer era tan guapa que inspiraba pensamientos indebidos. Tal vez sea cierta su leyenda: los hombres nacieron para adorarla. Olía, vestía y desparramaba Ed Hardy como toda chica edhardyzada. “Soy la Güera, la sicaria”, se presentó con ínfulas de “Camelia la Texana”, y yo le creí a esta hembra de corazón porque sus uñas, largas y brillantes, eran una especie de navajas suizas.

Amado Carrillo, el Tony Soprano de Chihuahua y virtuoso de la muerte, tuvo un caballo al que llamó Silencio, y eso era lo que la Güera menos guardaba. Blofeaba. Decía que dormía con un Kaláshnikov debajo de su almohada y llegó a contar una estrafalaria historia sólo para remachar que los días de matar le sabían ya a aceite quemado. No porque le desagradara ser pistolera, pero como ocurre con la cerveza, después de mucha, fastidia.

En el tren de confesiones, sin embargo, la Güera aceptó que en los últimos veinte minutos se había inventado una vida. Su trabajo en el cártel era otro, no menos arriesgado: coquetearle a los narcos rivales; saber todo de ellos, nunca contar nada sobre ella y entregarlos al jefe para que les arrancara los dedos, les cortara los testículos y les agujereara la cabeza.

Algunos narquillos que han sido arrestados han dicho que estas modernas Mataharis salieron de los huevos de la Línea, esos pistoleros del Cártel de Juárez que han estado usando la estrategia más vieja para conservar la plaza: matar a los contras. Hoy se sabe que el Cártel de Sinaloa tampoco ha dejado fuera a las mujeres de su plan empresarial. Los narcos de esta última década han entendido que hay mucha gente por matar y necesitan manos que estén dispuestas.

Los Artistas Asesinos, los Aztecas, los Mexicles, la Güera y tantos más de sangre fría son parte de esa mano de obra barata. A la Güera, a diferencia de estas tres bandas, no le gusta decir para qué cártel trabaja. Al principio, por el desprecio con que llegó a referirse del Chapo Guzmán, pensé que su santo patrono era Vicente Carrillo. Pero a Vicente también maldijo y pidió a la Santa Muerte que el Chapo, su paisano, conquistara este país de muertos.

Con quien sea para quien trabaje, la Güera ha puesto su gotita de sangre para que 29% de las ejecuciones en México sucedan en este estado. Podría decirse que esta linda chica ha enrojecido lo suficiente al río Bravo para que la diabetes, la vieja líder, haya sido superada por el asesinato como causa principal de muerte en Chihuahua.

La Güera, por ejemplo, entregó al cártel a un policía que en la cama solía prometerle amor infinito. A otro, un narcomenudista, le soportó golpes y el sexo más salvaje, todo para llevarlo a una casa de seguridad donde lo torturaron hasta que lo decapitaron con una motosierra. También tuvo que flirtear con un gordo de aliento insecticida que lavaba dinero para los rivales. “A ése lo pozoliaron”, dijo la Güera con una indiferencia de reptil, y yo imaginé al tipo metido de cabeza en un tambo con ácido, pataleando.

—¿Y a poco no sueñas con toda esa gente que has entregado al matadero? —le pregunté, y ella tamborileó las uñas sobre la mesa.

—Si lo hiciera, me tragaría el remordimiento —contestó y soltó una sonrisa con la que hubiese sido capaz de sentar al Chapo y a Vicente Carrillo para hacer las paces—. No me estoy riendo de ti —advirtió con suavidad—, es que orita me acordé de un hijo de la chingada.

Ese hijo de la chingada que le alebrestaba las entrañas era un matoncillo que, al parecer, no quería ni a su madre. Todo el día andaba hasta las cejas de cocaína y mataba a la misma velocidad con la que hablaba. Se vendió al otro cártel y, para comprarse vida, se fue a esconder a una ranchería de Parral. Allá lo encontró la Güera, en una cantina. “Me costó trabajo entregarlo porque el bato siempre andaba armado y escoltado”, me dijo la Güera. “Tuve que acostarme con él todo un pinche mes”, reprochó, y después contó que al tipo lo descuartizaron y que a dos de sus escoltas los quemaron. “A ésos, lueguito que los levantaron, les echaron gasolina y los prendieron vivos”.

Debo confesar que todavía sigo sin entender qué parte de este crimen llevó a la Güera a sonreír.

CUATRO

a) Marta se pincha las venas y muchas voces brillantes le hablan todo el tiempo. En uno de esos delirios, escucha: en este país puedes matar a quien quieras, al cabo no pasa nada; anda, agarra el cuerno de chivo y escoge.

b) Marta lleva días en busca de una oportunidad. “Quiero ser sicaria”, les dice a sus jefes y uno de ellos le advierte: “En este jale sólo hay dos cosas seguras: no debes confiar en nadie y tú también serás asesinada”. Ella lo va a pensar mejor.

c) Marta se entera de que su padre ha muerto por un infarto y en vez de ir al funeral, va a la casa y le roba dinero a su mamá. Sabe que, tarde o temprano, cerrará la carpintería que forjaron sus padres, que se acabará la clase media y que ella no tendrá cómo comprar la droga. Chingue a su madre, qué tanto es tantito. “Jefe: le quiero jalar al fogón”. “Primero acompaña a la clica y luego vemos”. Marta ha estado esperando ese día, y ese día ha llegado.

d) Marta y un grupo de pistoleros levantan a una soplona en el centro de Ciudad Juárez. Quienes vieron cómo arrastraron a la vieja de las greñas y cómo la treparon a un camionetón bárbaro olvidarán pronto el crimen, porque Juárez, y todo México, no sólo se borra la vida, también la memoria, y quienes recuerdan no salen vivos de la historia.

e) Marta azuza a sus amigos con una voz cargada de entusiasmo: “¡Hay que quemarla!”. La soplona va amordazada y la música sale a chorros por la ventana.

f) Marta escucha al jefe del escuadrón de la muerte: “¿Quieres quebrarla, morra?”. “Simón, no hay pedo”, contesta e infla el pecho como un gallo. Ella sabe, como se lo dijo un chamán, que los asesinatos son meras compensaciones para equilibrar al universo.

g) Marta va a matar a la soplona, pero tiene un dilema: ¿martillo o la nueve milímetros?

h) Marta escoge el martillo y le rompe la cabeza a la vieja. Luego mira a su jefe como quien se quita un peso de encima.

i) Marta siente chingón, sabe lo que es la adrenalina.

j) Marta me explica: “Tu primera muerte es como tu primera cogida, no la olvidas. Y hasta ese momento es cuando sabes si sientes culpa o no, y como yo no sentí ni madres, le agradecí a la Santa Muerte haberme permitido matar a esa pinche soplona”.

k) Marta no tenía nada personal en contra de la narcomenudista. Ni siquiera la conocía. Tampoco le vio la cara. “Cuando matas no tienes que ver al difunto, porque se te queda y puedes volverte loco”.

l) Marta quiere recalcar algo antes de continuar: la Santa Muerte es su guía. Dice que esa calavera de dentadura maltrecha se lleva a ricos y pobres por igual, y que por eso cree en ella. Ahorita le tiene prendida una veladora negra porque necesita fuerza y poder. Después le pondrá una amarilla, para la buena suerte.

m) Marta me enseña a la Santa, tatuada en su espalda como una barda publicitaria.

n) Marta tiene que ir a la celda de enfrente. Está enganchada a la cocaína y necesita esnifar su dosis del almuerzo. Ese hábito se está llevando lo mejor de ella.

CINCO

Llegas a aquella pira de llantas y lo primero que ves incendiándose es la cabeza de tu hermano. Quienes lo asesinaron no se han conformado con decapitarlo. Entonces terminas empotrada a la tierra y lloras como si quisieras llorarle para siempre. Tú se lo advertiste: “No te metas, estás muy morro y las armas las maneja el Diablo”. “Pero tengo güevos”, te contestó. “Aquí no hay que tener güevos, sino odio por la gente”, le dijiste, y a él le importó un carajo tu consejo. Ahora está muerto, partido en dos, y tú acordándote, sabe por qué, de aquella narcomenudista, la que mataste para graduarte como sicaria. Fue cuando tenías veintiún años. Acuérdate, Yaretzi. Fue el mero día de las madres. Desde que la viste treparse a su carro la querías matar. Esa vieja fue la que anduvo diciendo en el barrio que tú eras una puta y todos, hasta tu marido, le creyeron. Ella, siempre lo dices, arruinó tu vida. Si un día hasta te aventó a la policía. Y mira lo que fueron las cosas: te ordenaron matarla. La vieja ya había sido advertida que no vendiera drogas del otro cártel, y aun así se arriesgó. Tú sólo cumpliste órdenes.

Yaretzi se anima de repente e imita el sonido del cuerno. Tatatatatatá. La narcomenudista vuelve a ser cosida a balazos esta tarde de diciembre, y Yaretzi me dice que todavía hoy sueña con la vieja.

—¿Y cómo la sueñas?

—Sin ojos, gritando que ojalá me muera. Pero otras veces me suplica la cabrona, me dice que la mate rápido, con el cuerno, así como la quebré.

Los siguientes minutos, Yaretzi hablará de sus alucinaciones. Ora alguien la jala del cuello. Ora la pavón negra que le regaló su hermano cobra vida y le ordena matar al padrastro. “Cuando estés disparándole le recuerdas al cabrón que la hija que tienes es suya”. Ora le mueven las cosas de su celda. Y ora una voz, que parece barritar, se le sube a los oídos. “Ésos han de ser los gritos del último hombre que maté a balazos”.

SEIS

En menos de una hora, la Güera habló de muchas cosas: de la camioneta 4×4 en la que anda por Juárez como si fuera un tiburón con el hocico abierto. De lo barata y pura que es la droga en Chihuahua. Que los desaparecidos son tantos y por eso todas las cifras son conjeturas. “50n un (h¡in60 105 mu3r705 qu3 y4 n0 (4b3n 3n 105 núm3r05″, dijo y casi se oyó cómo cambiaba las letras por números. Dio a entender que la violencia creció a la par de los gobernantes corruptos. Habló del día que su primo mató a la novia a golpes, de los sicarios que van al hospital a visitar pacientes heridos para terminar su trabajo, del tío que es cantante y de las ganas que tenía ella de ser actriz. También dijo que los mil dólares que el cártel le paga al mes los invierte en cosméticos, ropa y tangas.

—Poca plata para mucho riesgo —le dije cuando terminó su perorata didáctica.

—Sí, pero mi novio me compra todo.

—¿Es narco?

—Comandante, pero es lo mismo.

—¿Y qué es lo mejor que te ha comprado?

—Las chichis. Se miran bien, ¿no?

La Güera se tocó los senos. No pude contradecirla.

—¿Cuando te miras al espejo, a quién ves?

Ella se recogió el pelo, torció la boca y ya luego contestó:

—Haces preguntas bien raras.

Segundos después, el mesero trajo los cortes de carne y la Güera comió como si hubiera recién bajado de la luna. Se dio tiempo, eso sí, para enumerar a la clase de gente que ha seducido para luego entregarla a los sicarios que no perdonan nada. En su mayoría eran encargados de las plazas.

—No entiendo —le dije—, ¿cómo le haces para que no te identifiquen? Has de ser una mujer muy mencionada entre la malindranada.

—Siempre cae uno. Acuérdate que los hombres piensan con el pene.

Entonces la Güera agarró su bolso Ed Hardy y se marchó. Por eso no volverá a aparecer en esta historia.

Se fue caminando con la seguridad de las cabras en el monte.

SIETE

Chihuahua es una de las siete maravillas del mundo moderno. Y si no, debería serlo: es un bife bien cocido de casi 248 mil kilómetros cuadrados en el que no para de escurrir la sangre. Cada día, desde diciembre de 2006, siete personas son asesinadas; tres o cuatro de ellas, según el humor de los narcos, ocurren en Ciudad Juárez. La nota roja ha caído en frases sin sujeto por verbos y predicados muertos. El periodista Charles Bowden dice que en Chihuahua “la gente puede convivir con los asesinatos y saber que las personas desaparecen a plena luz del día y seguir tan campante diciendo: bueno, eran malas personas”. En Chihuahua la violencia arrecia. Tin Tan se debe estar revolcando en su tumba por ver a su tierra adoptiva convertida en una máquina de la muerte.

Pero ya me desvié. Yo vine aquí a contarles sobre las chicas Kaláshnikov.

OCHO

Yo he muerto dos veces. (Yaretzi se jala la camiseta y me muestra un agujero en el hombro. Dice que tiene otro en la espalda). Es verdá. Los tiros ni se sienten, pero qué frío te da. Parece como si fueras de hielo o no sé de qué. Y luego se te va la fuerza, ai andas como un pinche muñeco de alambre. Pero eso no se compara cuando te levantan y te torturan. Ahí sí le pides a Dios que ya te mueras. Eso de que torturen es el peor de los dolores. Muchos que han levantado debían dinero, y justo ese día que los levantan andan vendiendo hasta su madre. Yo no. Yo no les ofrecí nada a los cabrones que me levantaron. Yo nomás me dejé llevar. Creo que me violaron todos, los cuatro cabrones que eran. (Yaretzi mira hacia el piso, como si quisiera agarrarse a un punto. Un rato después dirá que aquel día, cuando abusaron de ella y le arrancaron dos uñas, fue cuando encontró a Dios). Lo vi cuando ya nomás miraba todo blanco, blanco. Era Dios. No pongas esa cara, pero allá tú si no me crees. De pronto abrí los ojos y el bato que me cuidaba estaba bien dormido, bien drogado. Y no me preguntes cómo, pero Dios me dio fuerza para desamarrarme y corrí, corrí como pinche loca y no me detuve. Yo le he dicho a Dios que cuando salga de aquí, nomás voy a matar a los que me levantaron y me retiro de este jale.

—¿Es posible dejar al cártel? —le pregunto.

—No. De ahí no sales si no es con las patas por delante.

—¿Entonces cómo te vas a retirar?

—No sé. Pero Dios me hará libre.

Yaretzi va a su celda. Regresará con una desmadrada Biblia y me señalará su salmo preferido. “No temas, porque yo estoy contigo. Siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia. Isaías 41:10″.

Órale.

NUEVE

A veces, sin saberlo, uno va en curso de colisión y no puede hacer nada por cambiarlo.

Malandrín 1, el encargado de cobrar las extorsiones en la parte centro de Juárez, tuvo que ir a Ojinaga para vigilar un cargamento porque a Malandrín 2, el que debía hacerlo, lo habían ejecutado la noche anterior. Mientras Malandrín 1 llegaba a Ojinaga, acá en Juárez el jefe reacomodaba a su gente. A Marta le tocó reemplazar a Malandrín 1 y ella reclamó: “Pero yo soy sicaria, no la chingues”. Él, acostumbrado a mandar, le dijo a Marta que no la hiciera de pedo. “Es nomás esta semana”, fue irreductible. El jefe le ordenó que primero le cobrara la renta a un vendedor de ropa, con quien tenía viejas rencillas, y luego se largó a la cantina de siempre. Mientras el jefe pedía su whisky dieciocho años, Marta iba manejando y mentaba madres. Ella ya había matado a tres y ahora la habían reducido a una especie de abonero tacuachón. “Está bien, lo haré —pensó—. Pero lo voy a hacer a mi manera”. Y su manera fue empezar por los negocios que le quedaban de paso por el Eje Juan Gabriel. Al vendedor de ropa lo iría a ver hasta el final, nada más para hacer renegar al jefe. Antes, sin embargo, pararía a comer.

¿Y si sólo algo hubiera sido diferente?

Si Marta no hubiera ido a esos tacos de asada o le hubiese hecho caso al jefe; si a Malandrín 2 no lo hubieran asesinado y el jefe no hubiese sustituido a Malandrín 1 con Marta, seguro ella seguiría en las calles con su cuerno de chivo y la veintidós. Pero así como es la vida, por una serie de incidentes encontrados que nadie puede controlar, Marta llegó a un restaurante a cobrar la extorsión y le cayeron los militares.

“Esos pinches guachos me pegaron machín —me dice Marta—. Aquí los guachos están comprados por el Chapo y nos chingan a los contras”. Como nadie corroboró la historia, no tuve más remedio que creerle.

DIEZ

Yaretzi habla de las armas como Mijaíl Kaláshnikov hablaría del AK-47.

La cinco punto siete: a ésa le llamamos por acá la matacholos; tú la has de conocer como la matapolicías o la faiv seven. No hay chaleco antibalas o troca blindada que la derrote. Dicen que la inventaron en Bélgica, pero yo digo que ésa fue idea del Diablo. No patalea y eso te da precisión. Anda muy de moda entre la clica.

La treinta y ocho súper: con ésa le revientas la cabeza a cualquiera en medio segundo. La bala sale con un chingo de presión. A mí no me gusta porque pierdes tiempo en la recarga. Nomás una vez la usé para matar a un bato al que el jefe le bajó su novia.

La cuarenta y cinco: es muy práctica, pero siempre que sea Colt. Las otras luego se te disparan solas.

El erre: a ése le puedes poner hasta un lanzapapas (lanza granadas). Su bronca es que patalea mucho y te duele machín el brazo. Es mejor el Fal. Calibre tres ochenta. Pura sangre.

Y el cuerno de chivo: es mi favorito. Con un cuerno hasta a un elefante lo partes en dos y un niño puede dispararlo porque no se atasca. Aunque se llene de lodo, el cuerno te responde. Yo traía dos el día que me arrestaron. Eran Norinco y estaban bien chingones. Los dos me salieron en veintisiete mil pesos.

Yaretzi dice que tiene la misma puntería con una .22 que con un cuerno. Jura que sabe usar el lanzapapas y que desarma un erre en menos de un minuto. El director del penal, un tipo mitad terco y mitad vale madre, me había dicho que Yaretzi disparaba como si fuera un sexto sentido.

ONCE

Marta, la del rostro de niño. La que estudiaba administración de empresas. La fanática de los dulces de tamarindo. La que extraña a su novia. La que juró dar la vida por su clica. La que cuida a una doña de cara grande, como de catedral, que cayó en la cárcel por traficar coca. La que nació zurda hace veinte años. La que escucha los corridos del Chalino y de otros cantantes, en los que las historias dejen un halo de pólvora. La que no come verduras y pide la carne casi cruda. Esa misma Marta ya quiere terminar nuestra plática.

—Déjame preguntar algo más —le digo y ella acepta con un cigarro de por medio—. ¿Odias a Ciudad Juárez?

—No —responde a quemarropa—. Es mi ciudad y la quiero.

—No lo tomes a mal, no soy sacerdote ni ministerio público y no me interesa escribir un libro de autoayuda, pero, ¿entonces por qué te has esmerado en destruirla con los asesinatos?

Marta se mira avergonzada. Se lleva el cigarro a la boca y aguanta el humo en los pulmones como cuando fuma mariguana.

—No me había puesto a pensar eso —dice al soltar el humo—. Pero de que lloren en mi casa, mejor en la de ellos.

—Pero está muriendo mucha gente que nada tenía que ver con el narco, mucha gente inocente.

—Aquí no hay inocentes. Todos los muertos algo han hecho.

Yaretzi me dijo algo parecido: es gente de la droga matando a gente de la droga. Me rehúso a creerles.

—¿Y qué vas a hacer cuando salgas de la cárcel, Marta?

—Lo que venga.

—¿Seguirás en el narco?

—Lo que venga.

Marta es la prueba de que existe una resistencia humana natural a abandonar toda una vida y empezar en otro lugar.

DOCE

Yaretzi no fuma y nunca se ha drogado. No conoce al Chapo Guzmán ni a Vicente Carrillo ni a Heriberto Lazcano; sólo trata con capos segundones. No le gusta usar adornos. No soporta la hipocresía. No sonríe; dice que la muerte le chupó la risa. No le atraen los tatuajes. No ha vuelto a ver a su padrastro desde que la embarazó. No ha perdonado a los asesinos de su hermano, y tampoco recuerda el nombre de los que ella ha matado. Eso sí: se acuerda de las moscas que salían de aquellos difuntos, está segura que tanta matazón empezó cuando el Chapo rompió el pacto con Vicente Carrillo y cree que hay vida después de la muerte.

Nunca tienes tiempo para pensar en los asesinatos. Haz de cuenta que desconectas tu cabeza. Tú nomás sigues órdenes, como un trabajo más. ¿O a poco tú te mandas solo? Pos es lo mismo en este jale. Y como todo trabajo debes echarle ganas. Estar al cien. Si te drogas o te confías, terminas con un balazo en la frente. También por eso hay mucho muerto aquí en Chihuahua, porque los batos andan todo el día en la loquera y hacen pendejadas. Por eso mataron a los morros de Salvarcar, porque la clica andaba bien drogada. Dicen que su jefe ya los pozolió. Estar al cien. Ésa es la clave para seguir sicariando. Yo eso hice. Si me hirieron una vez fue porque los de mi patrulla venían pisteando y no se pararon en el retén. Estar al cien. Estar al cien.

—Matas, ¿y luego?

—Nada —dice Yaretzi—, no sientes nada. Habemos gente así.

—¿Alguna vez has pensado que ya deberías estar muerta?

—Cómo no. Yo creo que es lo único que te sorprende en este jale: seguir vivo.

—¿Qué te espera cuando llegue tu hora?

—El infierno. Y no creas, me da culo. Yo sé que he sido mala, pero Dios perdona hasta al más hijo de la chingada. Aquí en la cárcel me he acercado más a él. Le rezo todas las noches. Yo no necesito de la Santa Muerte o de Malverde, ésos nomás son intermediarios.

—¿Y lloras?

—Todavía no mucho, pero ai la llevo.

—Leí que Chihuahua es uno de esos lugares donde estar limpio no tiene sentido. ¿Tú crees que es cierto?

—¿Cómo?, no te entendí.

—Que más vale andar chueco que derecho.

—Pos es que aquí ser chueco es estar derecho.

—¿Y son mejores las sicarias que los gatilleros?

—Es que los hombres son muy arrebatados, para todo quieren disparar y eso enoja a los jefes. Las mujeres como que la pensamos más y eso también es el valor.

—¿Alguna vez se te ha quedado en la ropa el olor de un muerto?

—Varias. ¿Y sabes a qué hueles? A azufre. Es un olor como el que amanece los 16 de septiembre, después de tanta tronadera de cuetes.

—¿En el cártel para el que trabajas, hay mujeres que enamoran y entregan a los contras?

—Sí, anda de moda eso. Son morras bonitas. Son anclas. Pero más vale ser sicaria que andar de puta, ¿no?

—¿Tú sabes cuándo se va a acabar esta guerra?

—Sí: nunca. El narco es dinero y todos lo quieren.

—¿Alguna vez has decapitado?

—Nunca. Eso está bien saico.

—Pero lo hace el cártel con el que trabajas, ¿no?

—Sí, pero nomás es como para impresionar, para hacer sentir miedo.

—¿Tú has tenido miedo?

—Nomás esa vez que me levantaron, hasta se me secó un riñón.

—¿Cómo que se te secó?

—Pos así nomás.

—¿Cuánto te paga el cártel?

—Me daba quince mil por quincena.

—¿Quince mil?

—Y estaba a punto de que me dieran treinta y dos mil.

—Mucho dinero.

—Por eso entré a este jale, ya te dije.

—Has de vivir bien, ¿no?

—No te creas. He estado ahorrando el dinero para mis hijos. Yo sí quiero que estudien, que sean alguien en la vida. Ellos todavía están chicos y no saben a lo que me dedico. De perdida que si un día se enteran, que me perdonen viendo que no me gasté el dinero.

—Al principio dijiste que mi vida valía igual que todas: nada, pero te pagan bien. Entonces sí hemos de valer algo, ¿no?

—Pos a mí no me pagan por muerto sino por día. Y si al día me pagan mil pesos, quítale quinientos que ahorro, los doscientos o trescientos de la tragadera, los cien de la gasolina. O sea: el muerto vale las balas que le metas y aquí nos las venden a diez pesos.

Por eso la vida, en estos tiempos, desaparece igual que el ruido del disparo.

La verdad incómoda

Publicado: 15 marzo 2011 en Dante Leguizamón
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Para ir a la escuela Miguel Robles se sentaba sobre la escena del crimen de su padre. En lugar de mirar por la ventanilla los letreros de los negocios, se la pasaba observando los agujeros que las balas que asesinaron a su papá habían dejado en el tapizado del Renault 6.

―No había dinero para cambiar el auto. A mi mamá no le quedó más remedio que tapar los orificios de bala con masilla. Como la masilla se hundía, las huellas de los disparos volvían a quedar en evidencia.

El homicidio del padre de Miguel ocurrió una tarde de fines del año 1975. La anécdota de aquellos viajes de la infancia me la relató treinta y cinco años después, en un bar del centro de Córdoba.

José Elio Robles, comisario principal de la Policía de Córdoba, tenía apenas 42 años y era un avanzado estudiante de medicina de la Universidad Nacional. Aquella tarde del 3 de noviembre, pasadas las 14.30, un comando Montonero lo asesinó apenas estacionó a metros de la facultad de Ciencias Químicas. Mientras algunos de los atacantes le disparaban a Robles, otro apretaba el gatillo de un arma automática apuntando al cielo y haciendo huir a los estudiantes. Como desde hacía unos meses lo habían pasado a retiro, el padre de Miguel no portaba armas. Eso le quitó toda posibilidad de defensa.

Antes de escapar rumbo a la calle Vélez Sarsfield por un callejón de tierra, los asesinos se aseguraron de la muerte con un último disparo, a corta distancia, en la cabeza del ex policía.

El otro.

Carlos Raymundo “Charlie” Moore es un cordobés descendiente de ingleses y galeses que en 1974 (a los 24 años) estaba señalado como uno de los miembros del Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP) que participó en el copamiento a la Fábrica Militar de Pólvora y Explosivos de Villa María, en la provincia de Córdoba.

El 13 de noviembre de ese año, en un allanamiento ilegal, Moore fue detenido junto a su esposa, Mónica Cáceres, y trasladado a un destacamento conocido como la D2, dependiente de la Policía de Córdoba. En realidad se trataba de un centro de exterminio.

Tras su caída, Moore se convirtió en una figura repetida de los diarios locales y pasó a ser odiado por la militancia revolucionaria cordobesa. La razón también puede leerse en los diarios de la época. Luego de su captura la Policía difundió comunicados en los que indicaba que “gracias a la inestimable cooperación de Carlos Raimundo Moore” se había podido detener a integrantes de diferentes organizaciones revolucionarias.

Ciertas o no esas colaboraciones, Moore se convirtió en un “quebrado” para quienes no conocían sus condiciones de detención. En 1975 el ERP lo condenó a muerte por los supuestos delitos contra-revolucionarios de “delación, colaboración y traición”.

Miguel.

Cuando murió su padre, Miguel tenía cinco años y era el tercero de cuatro hermanos. Los otros tenían 13 años, 11 años y siete meses. La investigación del caso quedó en la nada. Los diarios reprodujeron lo que decía la Policía (que Robles había recibido varias supuestas amenazas de Montoneros). Nunca supieron que el comisario había tenido –y por eso lo habían retirado- serias diferencias con uno de sus superiores, Luis Alberto Choux, el Jefe de Policía que lo había pasado a retiro.

Cuando la mamá de Miguel, después de muchos meses de trámites, logró recibir la pensión, se encontró con que era mucho menor a lo que correspondía. Dispuesta a quejarse, desde el organismo encargado le solicitaron que les trajera el expediente que certificaba la muerte. La viuda trató de gestionar esos papeles, pero le dijeron que en un incendio ese documento se había quemado.

La mujer solicitó entonces que el archivo se rehiciera y la respuesta fue mucho más clara:

―Señora, no sé si entiende, pero en ese incendio accidental se quemó un solo expediente: el de su marido. Además, déjeme recordarle que a su marido se le advirtió que iba a ser víctima de un atentado y, debido a su imprudencia, mire lo que pasó.

A esa altura el golpe de Estado ya se había producido y la Junta Militar tenía el control del país. La viuda se dedicó desde entonces a cuidar a sus cuatro hijos. Tapó los orificios de bala con masilla y la ausencia de respuestas con silencios.

Carlos Raimundo.

La estadía de Moore en el centro clandestino de detención fue larga y polémica. En los juicios que se han llevado adelante en Córdoba en los últimos años, varias víctimas lo han señalado como colaboracionista e inclusive han testificado que él presenciaba y hasta participaba –del lado de los victimarios- en sesiones de tortura.

Permaneció en la D2 desde su captura, en noviembre de 1974, hasta su fuga en el mismo mes de 1980. Durante los primeros cuatro años compartió cautiverio con su mujer, Mónica Cáceres. Allí concibieron y tuvieron una hija cuyo padrino es, ni más ni menos, Raúl Pedro Telleldín, uno de los jefes más sanguinarios de esa dependencia. Moore compartió cautiverio con decenas de desconocidos que, en diferentes traslados, terminaron muertos. También con importantes cuadros políticos, como Marcos Osatinsky, de Montoneros.

Aunque hasta el día de hoy es para algunos un traidor, un hecho objetivo lo convirtió en una voz muy reproducida por los organismos de Derechos Humanos de Córdoba. Apenas logró fugarse del país, Moore se presentó ante un delegado de Naciones Unidas en Brasil y realizó, el 15 de noviembre de 1980, una declaración en la que relató por primera vez, con precisión y contundencia, los crímenes de los que fue testigo durante su estadía en la D2.

Policía.

La prolijidad es importante para Miguel.

―Uno será pobre, pero eso no quiere decir que sea un ignorante.

Siempre se lo ve vestido con corbatas oscuras, sacos opacos y la barba al ras. Así es hoy y así era a los 19 años cuando, con su familia en desacuerdo, decidió ingresar a la escuela de oficiales y convertirse en policía. Antes de que se completara su primera semana de trabajo un desconocido vio algo familiar en su aspecto, se le acercó y lo increpó.

―¿Vos qué tenés que ver con Pepe Robles?

―Soy el hijo.

Han pasado veinte años y Miguel recuerda como si fuera ayer que ese oficial ayudante de mucha experiencia en la Policía bajó la vista, masculló un insulto y dijo

―La puta madre, lo mató la Policía.

Homicidios.

Robles, el hijo de Robles, terminó trabajando en la División Homicidios. La primera noche en que logró quedarse solo en la dependencia buscó el expediente del crimen de su padre. No lo encontró. De a poco se convirtió en un curioso, en un husmeador, y gracias a su capacidad de escuchar, preguntar y escribir ganó como sumariante (el que toma las denuncias y declaraciones a los testigos) el respeto de todos.

Todos los días Miguel conocía una nueva escena del crimen y, como cuando iba a la escuela en el R-6, observaba, aprendía y escuchaba. A esa altura la idea del atentado a manos de Montoneros estaba prácticamente desvanecida. A José Elio lo habían matado los policías que habían formado parte de la D2.

Por aquellos años uno de los integrantes de la Plana Mayor y jefe directo de Robles en Homicidios era Carlos “El Tucán” Yanicelli, ex integrante de la D2.

En 1996 se creó en Córdoba un nuevo organismo llamado Policía Judicial. Los sumariantes fueron traspasados. Miguel siguió trabajando en la Central de Policía, pero convertido en funcionario judicial.

Aquel suboficial que dijo que Robles había sido asesinado por la Policía habló muchas veces más con el hijo sobre el padre. Le contó que el comisario era muy duro con sus subordinados, pero que al mismo tiempo los educaba.

―Fue tu viejo el que me enseñó a peinarme, a afeitarme y a ser respetuoso. A mí y a muchos.

“Al parecer no había manera con él –dice Miguel, que aprendió a rasurarse  solo- si te agarraba en una falta cobrabas seguro”.

El menos buscado.

La ausencia de Moore lo convirtió en un fantasma para la historia de la dictadura en Córdoba. Se decía que lo buscaban, pero nadie parece haberlo hecho realmente. Nunca fue indagado por la Justicia, nunca se lo citó a declarar. Quizá era más fácil encasillarlo en el rol del traidor y colaboracionista antes que arriesgarse a escucharlo.

Su vida sigue siendo un gran signo de preguntas y poco se sabe de él. Sigue viviendo con Mónica, la mujer que era su novia cuando fueron secuestrados. Con ellos, en algún lugar al norte de Inglaterra, también vive su nieta, porque aquella hija nacida en cautiverio sufre de esquizofrenia y fue declarada incapacitada por la Justicia para criar a la pequeña.

Los asesinos.

Conocí a Miguel hace unos seis años en la central de Policía. Se acercó con su aspecto misterioso y me contó que a su padre lo habían asesinado otros policías.

―Lo mataron porque era un gris. En esta institución no hay lugar para los grises.

Ansioso, le pedí que me dejara contar su historia, escribirla. Ese chico de 34 años parecía cargar en sus espaldas un peso que lo inclinaba hacia adelante, como si estuviera por derrumbarse. Miraba hacia todos lados, perseguido. Me dijo que no, que todavía no. Que no era el momento de contar lo que sabía y que prefería no hablar mucho en ese lugar donde trabajaba.

Seguimos viéndonos. Era un juego de intrigas. Hablábamos, pero no podíamos relajarnos. Entendí que no sólo yo lo miraba con desconfianza, lo mismo pasaba con sus compañeros de trabajo que lo veían “obsesionado con eso del padre”, porque no hablaba de otra cosa.

El aspecto de Miguel –aunque prolijo- era triste, solitario. Cuando pregunté sobre él en algunos organismos de Derechos Humanos, los militantes me dijeron algo similar. Desconfiaban: “Ha venido aquí, dice que al padre lo mataron los de la D2, pero no está claro”.

Miguel era un hijo de desaparecido que no militaba. Un policía que  buscaba indagar en los 70. Un gris acá y allá, igual que su padre. A esa altura era también un experto en investigación criminal.

La verdad endereza.

La investigación de Miguel lo llevó a aquella declaración de Moore en 1980. El ex militante del ERP había declarado sobre el asesinato de un policía a quien sus propios compañeros mataron por cuestionar la estrategia del terror implementada desde la D2. Allí decía también que los mismos asesinos habían difundido falsamente que Montoneros se adjudicaba esos homicidios. En 2009 en un juicio contra el general Luciano Benjamín Menéndez en Córdoba volvió a surgir esta metodología. Se habló de varios policías asesinados y surgió el nombre del padre de Robles. No quedaba otra alternativa que llegar a Moore. Miguel lo sabía.

Volvimos a encontrarnos en marzo de este año cuando me contó su aventura. Había viajado a Inglaterra. Había pasado dos semanas viviendo con Moore en su propia casa. Había sido testigo de las pesadillas de Moore que todavía hoy sufre por las noches las torturas presenciadas en aquellos años. Había entrevistado al ex preso en una conversación filmada, que pensaba donar al Archivo Provincial de la Memoria.

Miguel Robles no se casó. No tiene hijos. Tuvo una novia que le pedía dejar atrás el pasado.

Mientras hablaba se reía, su espalda estaba más derecha y su rostro casi había perdido esa tensión que antes lo caracterizaba. Lo juro: tenía barba de dos días. Por primera vez hablamos de sus deseos de tener una familia, hijos y del futuro. Fue el día en que llorando relató sus viajes a la escuela hundiendo los dedos en el tapizado del R-6.

También dijo que por primera vez había hablado con su madre sobre la entrevista a Moore y que después prácticamente le había tomado una declaración, que lloraron juntos.

―No me costó convencerla. Simplemente le dije que ya había avanzado mucho y que necesitábamos hablar. Fue durante una siesta. Ella me pidió acostarse para hablar y yo me senté con una silla a su lado.

En aquella charla de bar Miguel me dijo que mientras más avanzaba en el documental sobre Moore y pensaba en escribir un libro con ese material, se sentía más solo.

―Hace tanto que estoy con esto. No sé qué voy a hacer después.

Antes de despedirnos me dijo que no le preguntara más por Moore, que él iba a avisarme cuando fuera el momento. Me permití una broma que no me hubiera animado a hacerle antes.

―Vos vivís compartimentado.

El libro.

Hace unos días a las 8 de la noche me llamó. Quería mostrarme algo. Llegó con un libro recién sacado de imprenta: “La búsqueda, un reportaje a Charlie Moore”. El trabajo tiene 308 páginas en las que el ex preso cuenta detalles horrorosos y meticulosos de la estrategia de exterminio aplicada por la Policía de Córdoba.

Con toda su capacidad de sumariante y un estilo que recuerda a las entrevistas que realizaba Rodolfo Walsh a sus fuentes, ese trabajo pone a prueba, indaga e increpa a Moore aportando decenas de pruebas que serán claves.

En la página 148 Moore se refiriere a la muerte del papá de Miguel. Relata el asesinato de Robles tal como los mismos asesinos lo habrían contado al regresar después del hecho a la D2: “Tu padre fue y estacionó el coche en la Ciudad Universitaria. Ya le habían hecho inteligencia y siempre estacionaba más o menos en el mismo lugar. Apenas detuvo la marcha se le fueron encima”. Según el relato, entre los asesinos estuvieron cuatro integrantes de la D2: Mirta “la Cuca” Antón, su hermano Herminio “el Boxer” Antón, Raúl “Sérpico” Buceta y Alberto “Cara con Riendas” Lucero. Otro manejaba el auto en el que huyeron.

―Cuando Moore respondió esa pregunta ¿qué sentiste?

―Es difícil. Lo que siente un investigador que esclarece y una víctima que conoce.

―¿Recordás el momento?

―Sí. Moore comienza a enumerar a los policías asesinados hasta que pronuncia mi apellido. Se queda en silencio y me dice, “tu padre”, apenas levantando la vista.

―Les pesaba a los dos el momento.

―Yo contuve las lágrimas. Decidí limitarme a escucharlo.

El final.

José Elio Robles es el segundo oficial de más alto rango asesinado en toda la historia de la Policía cordobesa. Su caso sigue impune. En el tercer piso del edificio de Jefatura (junto al despacho del actual jefe) existe una galería donde los cuadros de los ex jefes de Policía tienen un lugar de honor. Entre ellos se destaca la imagen de Choux, aquel que estaba enfrentado con Robles y que era jefe cuando parte de la Policía de Córdoba salía de cacería a secuestrar para después torturar y matar.

Desde hace unos días en la oficina de Robles se repiten las visitas de policías aportando información. Piden anonimato, pero entregan archivos, libros de guardia, fotografías, documentos sobre la represión. Ninguno de los acusados del homicidio negó lo ocurrido públicamente y Miguel se pregunta qué hacer ante tanta información.

―No me quiero convertir en un confesor de arrepentidos anónimos. Es como si fuera un juego de ajedrez. Moví una ficha y mientras los culpables del homicidio de mi padre están en jaque mate, se comenzaron a mover otras piezas y las nuevas jugadas se multiplican.

―¿Alguien te vino a decir que estabas equivocado?

―No. Todos los testimonios son confirmatorios. Todos sabían pero no hablaban. El tema es que se saben muchas cosas más.

La verdad de Miguel parece seguir incomodando. Imprimió de su bolsillo sólo 100 libros y ahora el Archivo Provincial de la Memoria estudia financiar otra edición. Algunos militantes han puesto el grito en el cielo porque creen que el testimonio de Moore es sospechoso y, la verdad, siguen desconfiando de Miguel.

La mamá de Robles no fue a la presentación del libro pero Miguel asegura que al otro día, tras el almuerzo, la escuchó murmurar algo mirando hacia la mesada, mientras lavaba los platos.

―Yo sabía que no se la iban a llevar de arriba.