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Carmen Rosa deseaba que su madre fuera luchadora del ring. Deseaba, en realidad, que pudiera defenderse de los golpes que le llovían cada vez que su padre llegaba borracho a su casa. Deseaba también que él ya no tomara alcohol y que sus hermanos se la llevaran a vivir con ellos. Carmen Rosa entonces tenía menos de 12 años y se llamaba Polonia Ana Choque Silvestre.

Son las tres de la tarde y el sol invernal en La Paz brilla pero no calienta. En las empinadas y angostas calles del centro, hombres y mujeres zarandean las caderas en medio de vehículos para no ser atropellados. Vendedoras regordetas, abrigadas de pies a cabeza, están apoltronadas en el suelo con las piernas metidas entre las polleras. Las empinadas calles Sagárnaga, Tarija y Santa Cruz albergan hostales, restaurantes italianos, bares ocultos, comida árabe, tacos, comida chatarra, comida boliviana, negocios de artesanías y agencias de viaje, muchas agencias de viaje.

Casi todas ofrecen turismo extremo. Excursiones por caminos de herradura que recorrieron los incas y descensos en bicicleta desde las cumbres nevadas hasta la zona tropical de La Paz. Otras organizan ascensos de más de seis mil metros de altura, o un safari por las selvas amazónicas. Están aquellas que tienen tours por la ciudad y las que encontraron desde hace algunos años un entretenimiento que impresiona a extranjeros y divierte a nacionales: la lucha libre de cholitas. “¿Qué es una chola?”, pregunta el periodista inglés Toby Muse, alto y de ojos claros, a Carmen Rosa, pequeña, gruesa y tez cobriza. “Es una descendiente indígena, que siempre ha sido discriminada y que ahora sabe hacerse respetar”, responde ella, orgullosa.

Vestida con pollera ancha de satín, zapatos planos como de bailarina de ballet, una manta bordada y un sombrero bombín coquetamente ladeado, la chola es patrimonio de la cultura boliviana. Por las calles de La Paz camina moviendo las polleras al ritmo de sus pasos. Se dice de ella que heredó la vestimenta de la mujer española, de faldones anchos con volados encima de los cancanes, mantilla de colores y adornos vistosos. “Pero todo esto es típico”, asegura Calixta Choque, mostrando su atuendo cotidiano: pollera delgada y una chaqueta de lana (chompa) sobre la que caen un par de trenzas largas y muy negras.

Desde siempre lucir la indumentaria de la chola ha sido símbolo de estatus. La indumentaria suma los topos (broches para cerrar la manta), pesados aretes, anillos y adornos en el sombrero, muchas veces de oro, de plata bañada en oro o de simple fantasía. Ello sin contar las aplicaciones en los dientes —también de oro— que casi todas exhiben cuando sonríen. “No cualquiera puede ser chola, porque no cualquiera puede pagarse una parada”, insiste Calixta. La parada es el conjunto de pollera y manta que cuesta mil 500 bolivianos (más de 200 dólares). Hay sombreros bombín, como el Borsalino italiano, que puede llegar a costar 500 bolivianos (unos 80 dólares) y las joyas sumarían más de mil dólares. Se dice que una chola de verdad puede llevar encima 10 mil dólares, como cuando cambia la manta de colores por una de vicuña original. Pero en Bolivia ser chola no siempre es motivo de orgullo, porque el denominativo suele usarse de manera despectiva, como un insulto.

Polonia se volvió tímida. De golpeador, su padre pasó a ser cristiano evangélico y toda la familia decidió seguir los designios de Dios. Ella se fue a vivir con sus hermanos mayores en la popular zona de Achachicala. Se hizo artesana, hacía pulseras y collares para que los lucieran las señoritas, como les dice ella a las chicas de pantalones de mezclilla apretados y blusas escotadas. No terminó el colegio porque le tocó trabajar y puso un puesto de venta de sus creaciones, en el mismo centro paceño, donde ahora vive. El negocio creció y compró otro espacio, esta vez para vender enchufes y cables.

Pero un buen día se aburrió, y se convirtió en Juana La India y luego en Carmen Rosa. “Yo la conocí siempre así. Le gustaba la lucha libre y me llevaba a mí a mirar, cuando enamorábamos. Yo me sentaba, aburrido, para darle gusto, para que no renegara”, recuerda su pareja, Óscar Cahuasa, pequeño y bonachón, de rostro moreno.

Los domingos son los días del pueblo en La Paz. Las cholitas salen con sus mejores galas a pasear con los enamorados. Algunas prefieren bailar en discotecas modernas, a ritmos de cumbia mezclados con música andina. Otras se sientan en las plazas a comer frutas y maníes (cacahuates), recorren las ferias o van a fiestas populares. Y están las que acuden a espectáculos de lucha libre, instalados en barrios alejados del centro o en la vecina ciudad de El Alto. Allí fue que en 2004 Polonia leyó un día que el gimnasio de luchadores abriría sus puertas “a la gente común” e invitaba a entrenarse. “Yo fui sin dudar”, dice ahora, en el negocio que puso luego de dejar los puestos de artesanías y enchufes, para instalar un quiosco en el que vende comida; en la calle Murillo 826, entre Santa Cruz y Sagárnaga.

A nadie le llamó la atención que cholitas asistieran, ni imaginaron el morbo que despertaría en el público ver volar polleras y enaguas. Comenzaron los entrenamientos, las caídas, los golpes, las llaves. No todas aguantaron, y algunas desistieron por exigencia de sus esposos. “Un día hicimos un show para la prensa, gratis. Vinieron de la tele, de los periódicos, de las radios. Al día siguiente salimos en el diario La Razón”, recuerda Carmen Rosa, que en ese momento se llamaba Juana La India, “orgullo de su raza”, detrás del mostrador de un bar que atiende a mediodía. Rosa La Furiosa, María La Cachuk’ara, Petronila y Juana La India fueron las primeras en salir al ring. Julia La Paceña y Yolanda La Amorosa, ante el retiro de tres de las cuatro originales, entraron a las tablas; todas con hijos, con cuerpos poco atléticos y más de 30 años. Juan Mamani, El Gitano en las luchas, se atribuye el “descubrimiento”. Él fue quien abrió el gimnasio y lanzó la convocatoria, y él era quien pactaba las peleas de las nuevas estrellas. Las cholitas llegaron a Argentina, visitaron varias regiones de Perú e incluso una de ellas —Julia La Paceña— estuvo con Cristina Saralegui en el famoso show de la rubia. Filmaron dos películas con sus historias (Mamachas del ring y Cholita libre) y el vídeo pirata de sus luchas internacionales se vendió como pan caliente.

Domingo. La Ceja de El Alto es un hervidero de gente, la mayoría migrantes indígenas que llegan a la ciudad en busca de días mejores. Desde los cuatro mil metros de altura se ve La Paz, con casitas colgadas en los cerros y edificios gigantes en el centro. Al frente está el nevado Illimani, como pintado, esperando la foto. En las puertas del Multifuncional deportivo, la gente —especialmente niños— se agolpa esperando entrar para ver el espectáculo. Apenas son las dos de la tarde y vendedores de golosinas y cereales tostados dulces rondan como abejas a los futuros comensales. En unas horas más todos entrarán eufóricos a ganar un buen espacio. “Un día nos dimos cuenta que habíamos llegado a la fama porque nos llegaban más y más invitaciones para viajar con todo pagado”, recuerda Carmen Rosa. Y de la mano de ese éxito llegó el dinero. “Las primeras luchas nos pagaban 20 o 30 bolivianos (menos de cinco dólares), luego fue aumentando, pero nos enteramos que en un viaje a Perú le pagaron (al Gitano) mil 200 dólares y él apenas nos dio 200 para que nos repartiéramos entre cuatro. Después supimos que también cobraba por las entrevistas que nosotras dábamos. Yo empecé a descuidar a mi familia. A mi marido no le gustaba que yo luchara y a mis hijos tampoco, peor cuando viajaba. Muchas veces preferí la lucha antes que a ellos”, cuenta Carmen. Pero Óscar, su pareja, ahora es árbitro de las contiendas y lo presentan como Gato Montini. Con el tiempo aprendió que era mejor unirse que oponerse, y la rabia cedió cuando Polonia dejó de ser Juana La India para pasar a ser Carmen Rosa, en honor a su suegra, la madre de Óscar. Con ese nombre ganó el cinturón de campeona.

***

Domingo cuatro de julio. En la zona Ocho de Diciembre de La Paz hay una casa multifamiliar en la intersección de las calles Jaimes Freyre y Rosendo Gutiérrez. Es grande, con un patio de cemento al centro y habitaciones alrededor. En la fachada de ladrillo que da a la calle un letrero amarillo de tela anuncia los nombres de luchadores. A la entrada, al lado de la puerta de latón, otro cartel muestra la foto de tres cholitas, “las originales”, anuncia. Hay festival, pero la hora de inicio depende de la cantidad de público que asista. Éste es el nuevo escenario de Carmen Rosa y su amiga Julia La Paceña, abierto a todo aquel que quiera pelear y que no tenga dónde hacerlo. Lo único que no está permitido —aseguran— es la traición. Óscar arma el ring los sábados en la tarde. El cuadrilátero lo compró junto a su pareja, cansado de tener que pagar los 150 bolivianos (poco más de 20 dólares) que le cobraban por el alquiler. “Nos costó como dos mil dólares”, asegura.

Antes de las tres de la tarde del domingo, llega Rebeca Condori junto a su hijo Fernando de siete años para arreglar algunos detalles. Afanada, amarra duros almohadones en las esquinas para amortiguar las caídas de los pesados cuerpos. Luego extiende unas gastadas lonas con el logo de una telefónica en el piso; regalo de aquellos días de éxito cuando filmaron spots publicitarios. Después acomodará unas largas bancas de madera y muchas sillas de fierro para ponerlas alrededor. Más tarde, como Julia La Paceña, le romperá la cabeza a Carmen Rosa con una caja de madera.

Rebeca viene de una estirpe de luchadores. Delgada, de rostro largo y algunas líneas en el rostro, está a punto de cumplir 35 años. Su padre fue luchador y su hermano es luchador. Ella aprendió de ambos hace 12 años, “pero antes no dejaban luchar a las cholitas”. Cuando vio la convocatoria en El Alto fue como si le abrieran las puertas. Desde entonces es La Julia. Contrariamente a la vida de Carmen Rosa, a ella la apoyaron desde el principio sus hijos y hasta su esposo, que trabaja arreglando partes de vehículos. Un día se lastimó la clavícula y el hombre tímido detrás de la famosa le dijo que no luchara más, que no valía la pena, que ellos no tenían seguro de salud. “Pero yo no pude. Cuando miraba luchar a otros, quería meterme y aunque no lo hago por plata, también me gusta ayudar a mi marido”.

Julia fue la que se animó a alquilar el patio de esta casa a su tío, a mediados de este año, cuando ella y Carmen Rosa decidieron ser independientes. Paga por el uso de las sillas y de lunes a viernes alterna sus labores en la casa con la promoción de los festivales dominicales, para que la gente conozca el nuevo lugar de las cholitas luchadoras. Junto a Carmen Rosa manda a imprimir volantes, sale en un auto por los barrios populares a anunciar sus peleas y va a los medios de comunicación mostrando parte del show. La idea es —dice— recuperar al público que las conoció y que ahora piensa que ellas continúan en El Alto, porque les pusieron sus nombres a otras mujeres más jóvenes “que sólo se convierten en cholas los fines de semana”.

Como a las cinco abren la puerta y niños agarrados de papas fritas y golosinas entran desaforados con sus padres. Después de varios minutos, unas 50 personas empiezan a gritar “¡hora!” para que empiece el espectáculo. El Payaso Coco Loco y Salvaje son los primeros en pisar la lona. Alí Farak, el árbitro pequeño y delgado que se parcializa con los rudos, recibe silbidos y le lanzan basuras desde las bancas. Adentro, en los camarines, se vive otra fiesta. Cada luchador se prepara a su modo antes de entrar al cuadrilátero. Algunos, fieles a sus costumbres aymaras, ch’allan (agradecen) a la diosa Pachamama o madre tierra con un poco de cerveza, otros simplemente se concentran. En la segunda pelea aparece Barba Negra. Macizo, de traje rojo, inicia su show insultando al contrincante, un torero panzón de corbata corta, pero el momento cúspide será la tercera pelea.

Carmen Rosa es ruda. Enfundada en una manta guinda y una pollera del mismo color entra agarrando una bandera boliviana, como lo hizo la primera vez que se mostró en Argentina. Sus manos adornadas en oro se agarran de las cuerdas y pese a esos kilos de más, sube con la facilidad de una atleta. Insulta. Grita. Despotrica. “Ellos no son nada”, aúlla en el micrófono, refiriéndose a los hombres. Su contrincante, La Julia, también entra gallarda, aunque no con tanta fuerza como la campeona. Ella es técnica y, esta vez, ganará la partida.

La lucha dura 20 minutos. Puñetazos, saltos, caídas. Un hombre gordo de bigote grueso insulta al fotógrafo que no le deja ver la lucha. Una mujer agarra al árbitro y lo golpea. Sale otro luchador y ayuda a Carmen Rosa. La sangre corre. Gato Montini, el árbitro que entró en lugar de Alí Farak, termina con la camisa destrozada. Cae desde el ring y otro rudo lo mete al camerino a empellones. En el afán, le golpean la cabeza. “Ha sido un buen show”, dirá después, cuando todos celebran el cumpleaños de Farak con un pedazo de pan guardado.

Como a las siete de la noche todo ha terminado. Los luchadores se quitan las máscaras, envuelven los trajes; Benita se saca las polleras y se pone los pantalones de mezclilla. Tiene 29 años y estudia enfermería. “Mi madre es de pollera, pero yo no puedo ir así a la universidad, porque todavía hay discriminación”, reclama. Dice Carmen Rosa que de las casi 20 cholitas que se dedican a este deporte —la mayoría en El Alto, con El Gitano— sólo tres son “originales”. El resto son “señoritas que se disfrazan. Hay tan pocas que incluso hay una que entra con una máscara, pero en realidad es un hombre con el pelo largo”.

El quiosco donde Polonia prepara su comida es pequeño. Está dentro de una casa antigua, de dos patios, donde vive con su esposo y sus hijos, Lucía Corina (23) y Bismarck (17), también luchador. La mujer gallarda y elegante ha quedado oculta detrás de un delantal y un gorro blanco que esconde esporádicas canas. Los lunares que ayer lucían coquetos al lado de sus ojos ahora están detrás de un par de gafas. Entre ollas, platos y fuentes de plástico, la mujer empieza su jornada a las seis de la mañana. De lunes a viernes prepara comida para 70 comensales y al nacer la tarde se encarga de recoger todo, cobrar y asear el lugar. Los sábados después del mediodía se va a los entrenamientos, casi siempre con ropa vistosa, porque los periodistas continúan llamándole.

Rebeca también deja los golpes para los fines de semana. Los demás días es la mamá de dos chicos, a los que les gusta verla pelear. Le encanta bailar morenada, el ritmo folklórico donde nuevamente la chola luce sus mejores galas y se mueve como arrastrando los pies al ritmo de una banda. Quizá este placer sea el único que puede compararse al que siente cuando sube al cuadrilátero. A este dúo hasta ahora inseparable se supone que debería sumarse Yolanda La Amorosa. Alta, de manos largas y rostro agraciado, ella ha preferido continuar sus luchas en El Alto. La conocí un sábado que llegó a entrenar junto con sus amigas en la casona del barrio Ocho de Diciembre; es la más animada y la más bromista de las tres. Cuando se juntan, el típico grito paceño de “¡yaaaa!” se oye cada vez que termina una frase. Tanto Carmen Rosa como Julia esperan que en algún momento ella vuelva para formar un trío imbatible, pero entre broma y broma La Amorosa dice que por el momento gana más junto al Gitano.

Polonia tiene ya 40 años y piensa en el retiro. En abril fue candidata a cuarta concejal por su ciudad, invitada por Lino Villca, un ex aliado de Evo Morales. No obtuvo muchos votos, pero pretende seguir en la carrera política. Quiere terminar el colegio para dejar de engrosar las odiosas estadísticas que dicen que la mayoría de las mujeres indígenas no logra terminar el colegio ni una carrera por falta de oportunidades. Pero también quiere formar a nuevas luchadoras, cholitas jóvenes que ocupen su lugar cuando se vaya. Julia en cambio piensa seguir luchando hasta que el cuerpo se lo permita. “La Carmen ya tiene 40 y está muy bien”, sonríe. Para ella el sueño es seguir viajando, consolidar esta pequeña empresa y hacer una asociación de luchadores justa, que tengan seguro de salud y donde sean tratados como se merecen.

Ninguna de ellas vive estrictamente de la lucha libre. Saben que sería imposible. Un luchador famoso cobra 300 bolivianos (más de 40 dólares) por asistir a un festival y los más jóvenes todavía deben trabajar duro para aprender a dar el espectáculo que el público exige. Mientras tanto, Carmen Rosa está dispuesta a dar pelea, y Polonia a ayudarla.

El último rey negro

Publicado: 5 octubre 2010 en Alex Ayala Ugarte
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Julio Pinedo, campesino de los Yungas, fue condecorado como monarca de los afrobolivianos en 1992 y 2007. Sin embargo, parte de la comunidad negra no comulga con la designación. El debate gira ahora en torno a la sucesión y al linaje real.

El camino a la pequeña localidad de Mururata parece interminable. Es parte de un viaje en el que uno tiene la sensación de que puede llegar a todas y a ninguna parte en un instante. Anclado en pleno Yungas, a unos 96 kilómetros de La Paz, mecido por las nubes y como descolgado de un cielo de alabastro, el pueblo se esconde trepando el cerro, rodeado de una luz difusa, de verdes desgastados y azules filtrados por los árboles. Cuando ya casi estamos llegando, un campesino, con una seña, hace parar la movilidad. Nos pide que le acerquemos a su terrenito, que queda cerca; y el trayecto se convierte en un intercambio de impresiones. ¿Qué le parece a usted el rey negro?, le pregunto. «Regular», contesta como un tiro. ¿Y por qué? «Ya lo verán ustedes».

Cuando su rastro se pierde por una estrecha vereda, aparecen las primeras construcciones, la mayor parte de adobe y calamina. Un viento suave se adueña de todo como un eco. De las puertas de las casas, entreabiertas, se asoman algunos pares de ojos para observar la escena. Y cerca de la plaza, en plena esquina, se alza la morada de Julio Pinedo, el monarca de los afrobolivianos. Según la historia, descendiente directo de un antiguo rey de Senegal cuyo hijo fue traído a Bolivia como esclavo.

Angélica Larrea, la esposa de Julio, se asoma tímidamente al advertir nuestra llegada. Son las cinco de la tarde del 14 de agosto, y el sol juega moldeando sombras. La mujer, de mediana edad, viste pollera de colores frescos y sombrero hongo. Está entrada en carnes, y nos recibe con una sonrisa franca. ¿Qué desean? «Vinimos a ver al rey». De las entrañas de la edificación sale una figura. Es Julio. Su rostro es duro, un tanto hosco, y su frente está esculpida por arrugas, como si mantuviera el ceño fruncido permanentemente. Tarda en pronunciar palabra. Está acostumbrado a las esperas. «Pasen», señala.

En el interior, latas de conserva, sacos de fideos y de harina, dulces, mantequilla, azúcar y un sinfín más de productos se agolpan desordenadamente. Con un rústico peso de metal, Angélica despacha la mercadería cada día. En los bajos de la casa, donde ahora nos encontramos, funciona una tienda de abarrotes. En el segundo piso se encuentra el dormitorio, con grandes ventanales de madera que dan a parar a la calle. Las paredes lucen desgastadas. Su tono azul se perdió hace mucho tiempo, pero es como si nada hubiera cambiado en los 14 años que tiene la estructura; la humedad lo impregna todo.

Una vieja mesa de madera es el lugar escogido para recibir a las visitas. Julio Pinedo se sienta al lado de una radiecita Sony que le sirve de compañía. Es parco en sus gestos. Y su vestimenta —un pantalón viejo, un camisa sucia con los primeros botones abiertos y una gorra negra— es la de un agricultor, no la de un rey. ¿Qué quieren saber?, interroga mostrando un diente roto. «Su vida», resumo en un segundo.

El linaje real

«Yo soy el mayor de dos hermanos. Nací el 19 de febrero de 1942. Mi papá nunca pudo reinar. Murió en un accidente. A mí me crió mi abuelo, Bonifacio Pinedo. Mi bisabuelo era José Pinedo. Y ambos trabajaron en una hacienda que actualmente pertenece a la familia Cariaga. Mi abuelo también asumió como rey, y hablaba a menudo de nuestros antepasados. Eso nomás le puedo contar», dice conciso.

Según Martín Cariaga, director del Grupo Boliviano de Turismo (GBT) y dueño de la hacienda Mururata, Julio Pinedo es descendiente directo de Uchicho, un príncipe africano que arribó a Bolivia en uno de los últimos contingentes de esclavos, alrededor de 1820, y terminó en la zona de los Yungas, en el norte del departamento de La Paz, trabajando los terrenos de cultivo del Marqués de Pinedo, un hacendado español muy reconocido.

«A Uchicho lo coronaron en 1832 —relata Cariaga—. Los más ancianos cuentan que su padre, antes de morir, mandó para tal fin su corona, su capa, su bastón de mando y un chaleco bordado en oro y plata. Después, vino Bonifaz, quien, como era la costumbre, adoptó el apellido de sus patrones, Pinedo». Y más tarde, como antes comentaba Julio Pinedo haciendo memoria, la sucesión estuvo protagonizada por don José y don Bonifacio, a quien todavía recuerdan los nonagenarios de la zona.

Frente a la casa del actual monarca, reside Pedro Rey Pinedo, de 91 años, quien en calidad de peón trabajó en condiciones de esclavitud durante varias décadas. Pedro parece ausente, como sumido en una duermevela. Está levemente recostado sobre un catre, con un par de muletas de madera a su lado. Una barba escueta y canosa da brillo a su tez oscura. Sus manos son grandes y robustas. Y, cuando habla, pareciera que podría ahogarse en cualquier instante. «Yo fui tratado como esclavo desde los 10 años —me confiesa—. Se trabajaba tres días para la hacienda y tres para uno mismo. Si no hacías bien las cosas o te atrasabas, te sacudían con el látigo. Y eso bien lo sabía Bonifacio». «Bonifacio —prosigue— era gordito, buena persona. Vestía como rey; y los muchachos le jaloneaban siempre de sus ropajes».

Martín Cariaga asegura que en la hacienda Mururata todavía se conservan extrañas incisiones en las piedras laja. «Seguramente —precisa—, son las marcas por los días trabajados en favor del rey negro, pues éste no trabajaba, ya que la mayor parte de sus labores eran realizadas por la servidumbre, por el resto de los afros».

Jorge Medina, director ejecutivo del Centro Afroboliviano para el Desarrollo Integral y Comunitario (CADIC) añade, por su parte, que Bonifacio se rebeló. «No aceptaba imposiciones y por eso se escapó a vivir a un terreno al que llamó La Soledad. Los patrones, temiendo que se levantara, le ofrecieron que asumiera el liderazgo entre los suyos y le dieron privilegios, lo que evitó que se concretara una revuelta».

Las coronaciones

Es temprano, 15 de agosto por la mañana. Julio Pinedo continúa con su rostro impávido, inexpresivo y afilado, como si un molde hubiera fijado en sus facciones una huella permanente de desolación y de tristeza. Sujeta el machete como si fuera la prolongación de su brazo. Ha desayunado apenas un café y un pedazo de pan, pero se siente ya con fuerzas. Está colocando unos espinos en la entrada de su propiedad. «Si no, entran a robarme», se lamenta. Y comienza su habitual peregrinaje por un paraje con alrededor de cinco hectáreas. «Cultivo cítricos y coca. La cosecha de la fruta es anual, pero la hoja de coca se produce tres veces al año», explica. «Es por eso que la mayor parte acá somos cocaleros».

De lunes a sábado se repite la rutina. «De 8:00 a 17:00 estoy en el campo. Allá como plátano, arroz, huevo o charquecito. Luego, cuando vuelvo a casa, trato de descansar un poco. A veces, miro la novela. Uno aprende. Ahora estoy justo viendo una de un hombre que se ha separado de su mujer y se ha casado con una muchacha joven. Todo un lío. Pero esas cosas pasan, incluso en estos pueblos».

Julio es hacendoso, un sabio en las cuestiones del campo, pero no es el rey que muchos se imaginan. El traje real descansa posiblemente en un armario —no quiere decirme—, no tiene palacete, y ni siquiera una oficina en Mururata —es decir, cero privilegios—. Le molestan las visitas, le incomodan las preguntas, y, sin educación formal, no es hábil para la diplomacia. Su aspecto es taciturno y su cadencia al caminar, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante y la mirada gacha, es más propia de campesino que de monarca. Sin embargo, ha sido coronado ya dos veces.

La primera fue en su pueblo, en 1992. «Casi tuve que convencerle de su condición. Mi madre siempre me hablaba del rey negro, de su abuelo Bonifacio. Y yo quise rescatar la tradición. Tuve que mostrarle libros de Paredes Candia. Me presté la capa y la corona originales del Museo Costumbrista de La Paz. Hasta que por fin aceptó la designación», me sitúa Martín Cariaga.

La ceremonia se celebró en la capilla del Timbel de la hacienda Mururata, recuperando una tradición antigua, la Fiesta del Rey, que solía celebrarse el primer sábado de la Semana Santa, fecha que estaba dedicada a San Benito —patrón de los afrobolivianos—. Aquel día, un 18 de abril, zampoñas y coplas homenajearon a Julio Pinedo. Se bailó a ritmo de saya y se leyó un bando real que así decía: «Todas las personas, hasta los blancos, mestizos e indígenas, deben guardar por el rey respeto y consideración (…); y pobre del que se haga la burla, pues guardas negros munidos de látigos le harán rendir honor a su figura».

La segunda coronación, entre tanto, es más reciente. Fue auspiciada por la Prefectura después de un estudio y tuvo lugar el pasado 3 de diciembre en el hotel Presidente de La Paz. Para la ocasión, Julio vistió una capa roja con detalles africanos diseñada por Beatriz Canedo Patiño —quien elaboró la vestimenta del presidente Evo Morales para sus palabras de investidura en el Congreso—. No hubo grandes discursos. Pero una alegría especial se sentía entre los presentes, la mayoría afrobolivianos.

No en vano, hasta el momento, Julio Pinedo es el único descendiente reconocido en América Latina de un rey africano. Antaño, en otros países, hubo otros: Benkos Biohó en Cartagena de Indias (Colombia), Miguel en Venezuela y Balanco en Panamá. Pero Julio Pinedo es el único con linaje real en la actualidad.

La esclavitud

El calendario señala el 16 de agosto. Y la localidad de Tocaña, próxima a Mururata, está de fiesta. Frente a la iglesia, don Manuel, un viejito afro de lentes gruesos que viste un colorido traje de domingo, aguarda la misa. «Yo soy viudo, pero tengo 20 hijos», relata. Manuel fuma como quemando el tiempo. Como tantos otros, tuvo que trabajar como peón en las haciendas, y el cansancio es ya parte indisoluble de su cuerpo.

Para el historiador Fernando Cajías, la historia de Manuel es conocida. La ha escuchado de otras bocas muchas veces. Y es consciente de que el sufrimiento de la comunidad negra se extendió hasta bien entrado el siglo XX.

«Para mí —analiza—, en la conquista no se produjo el encuentro entre dos mundos, sino de tres. El tercero es el africano. Entre 13 y 20 millones de esclavos fueron arrancados de sus países para ser llevados hasta el Nuevo Mundo. Mucho más que el europeo, el negro fue el gran colonizador de América».

Los textos que mejor recogen esta realidad son los de los cronistas españoles, que dan fe de que desde el año 1500 puertos colombianos, peruanos y argentinos daban cobijo a los barcos de prisioneros que llegaban desde las aguas del continente negro. La mayor parte venía de Benguela, Biafra, Angola y Congo, y hacía escala en la isla senegalesa de Gorée, utilizada como albergue transitorio.

Si sobrevivían a la navegación, a los negros les esperaba un intenso maquillaje para ser vendidos en los mercardos o en las ferias, donde a menudo eran marcados con fierro como vulgares cabezas de ganado. Tal era su condición de mercancía que sus dueños les llamaban «piezas».

En Bolivia, en un principio, los esclavos se ocuparon en la Casa de la Moneda. Allá trabajaban el metal que salía de la profundidad de los socavones. Para la tarea se empleaba a diez obreros, y los gases que emanaban del mercurio y el azogue mataron a muchos en pocos años. Dormían en la buhardilla, donde aún pueden verse las marcas de los grilletes. Finalmente, fueron mandados a los Yungas para trabajar en las propiedades de los terratenientes. Y, pese a que la esclavitud fue abolida en el país por Isidoro Belzu hace más de 150 años, no disfrutaron de una independencia real hasta 1953, cuando se impuso la reforma agraria impulsada por el Movimiento Nacionalista Revolucionario.

Llegó la libertad, sí, pero, en cierta manera, siguieron condenados al ostracismo; y en 2001 se excluyó a más de 30.000 afrobolivianos de la catalogación de etnias elaborada por el Instituto Nacional de Estadística para la realización del censo, como si lugares como Chijchipa, Chicaloma, Chulumani o Dorado Chico no pertenecieran a ninguna parte.

Mandato cuestionado

En la cancha de fútbol de Tocaña, las mujeres recogen su pelo en trenzas infinitas. El sonido del reque reque y los tambores hace que bailen coquetamente saya. Menean las caderas al compás de los ritmos de herencias africanas. Algunas toman. La fiesta está en su máximo apogeo.

Julio Pinedo acaba de llegar. Carga dos cajas de cerveza para los prestes. Su semblante es serio, y no tarda en acomodarse en uno de los banquitos de escuela reservados a las autoridades. Pocos son los que le hablan. Viste pantalón gris, camisa clara y una gorra con el número 23 de Michael Jordan. Sus ojos, de un inteso marrón oscuro, se pierden en el horizonte.

«Él es así —me dice José Luis Delgado Gálvez, alias El Pulga, antropólogo que vive en la comunidad hace más de 15 años—. Su carácter es bien especial. Pasa desapercibido y no es nada expresivo. Bonifacio tenía más personalidad. Pero así como es hay que entenderle. Para mí, lo que hay que destacar es que los indígenas tienen a su presidente y los afros a su rey».

A unos metros de nosotros, Juan Carlos Ballivián, ingeniero agrónomo de 31 años quien, como tantos otros, emigró a La Paz en su juventud para estudiar, no para de repartir bebidas, y su musculoso cuerpo se esconde tras un elegante traje negro. Pese a ser afro, está tocado con un sombrero de ala ancha de uso común entre los aymaras. Y ni siquera parece haberse dado cuenta de la presencia de Pinedo.

«En mi opinión —confiesa—, ese señor no representa a los afrobolivianos. Antes, el rey negro tenía una autoridad moral. Bonifacio estaba muy bien considerado. Se permitía el derecho de recomendar a las parejas y era mediador en los litigios. Pero ahora es todo lo contrario. Julio Pinedo no es referente, no es más que un símbolo. Dentro de su cabeza, no se siente rey. Hay otras personas que tienen más convicción de rey que él. No aglutina. Y lo peor es que no socializa ni con los afros».

Similar criterio tiene Juan Angola Maconde, economista negro que lleva años dedicado a recopilar los relatos y vivencias de los abuelos. «Julio Pinedo no tiene carisma. Lo han transformado casi en un elemento decorativo. Ni siquiera ha viajado a las comunidades afros para que se le conozca. No ha asumido su responsabilidad. No conoce bien ni sus raíces. Y no ha hecho nada por los derechos colectivos de nuestra población. Además, las dos coronaciones me parecieron mero ‘show’. La primera estuvo auspiciada por un blanco; y la segunda, por la Prefectura, que para mí lo montó todo para hacer política».

Jorge Medina —del CADIC—, pese a todo, confía en el rol que se le ha asignado. «Yo espero que Julio Pinedo se involucre a este proceso de lucha que tenemos. Pienso que es importante que juegue un papel activo; y cada vez lo veo más abierto. Nosotros, como nuevas generaciones, tenemos que saber cómo llegar a él, teniendo en cuenta que ha sido toda la vida un campesino».

El príncipe Rolando

Escuelita de Mururata, 17 de agosto. Rolando Pinedo, de 14 años, se prepara para jugar fútbol. Lleva una equipación del Barcelona; y sus amigos le llaman «príncipe». Legalmente es el hijo reconocido del rey afro, pero realmente es su sobrino.

Los dientes de Rolando son azucarados, su pelo crespo y, al contrario que su padre, sonríe todo el tiempo. Es su antípoda. «A mí me gustaría estudiar historia para conocer más de nuestros ancestros», dice. ¿Y ser rey?, le interrogo. «Sería un orgullo, pero todavía no se ha decidido».

El debate en torno a la sucesión está más abierto que nunca. Para Juan Carlos Ballivián, el chico no tiene sangre real, y Julio Pinedo debería ser el último monarca. Para Jorge Medina, en cambio, las leyes le amparan para asumir el trono.

Ajeno a tantas circunstancias, Rolando coquetea con las chicas. Aprende rápido. Es uno más. Un muchacho del siglo XXI que trata de patear la pelota con destreza, al más puro estilo Ronaldinho.

Epílogo

Antes de partir de retorno hacia La Paz, toco nuevamente la puerta de la casa de don Julio. Angélica, su esposa, ve televisión sentada en unas graditas; el rey, en una silla; como si la pantalla fuera su particular ventana al mundo. Ella hace un pedido: «Queremos construir un palacete para el rey, a ver si nos ayudan». Él, desde que he entrado, ni siquiera me ha mirado. Por primera vez desde que emprendí este viaje, su impronta me parece la de un rey. Sumido en sus silencios, se ve altanero.

«¿Me permitiría hacerle una fotografía con su corona?», le digo; y mi pregunta se hunde en un profundo vacío.

Julio no contesta. Es una estatua. Ni siquiera parpadea. Sus brazos se entrecruzan dando por terminada la visita, y apenas se reacomoda para dar un apretón de manos tibio. Su pose, hierática, me recuerda a la de un maniquí que hasta hace algunos años mostraba el ropaje original del rey en el Museo Costumbrista de La Paz.

Únicamente los separa una pequeña diferencia. Don Julio, enclaustrado como en un particular exilio, puede que tenga seguidores, pero no súbditos.

Cuentan que hace algunos lustros Lorenzo Rivero Ríos fue recriminado por su tía cuando paseaba con bastón por las calles de la localidad de Tiahuanaco. Ella, con 112 años, estaba tomando una cerveza fría y se reía. “Tan joven y utilizando ya bastón para caminar”, se hizo la burla. Y Lorenzo, quien unas décadas atrás había jurado que prefería ahorcarse antes que llegar con achaques a los 60, quizás avergonzado, sólo aceptó a devolverle tímidamente una sonrisa. Por aquel entonces, él sobrepasaba por mucho los 60; y junto a su tía era ya uno de los más longevos del pueblo.

Muchas lunas han pasado ya desde aquel instante. Son las once y media de la mañana del 8 de agosto y el anciano descansa ahora sobre una silla de ruedas. Aunque cumple 100 años el lunes 10 (precisamente el día de San Lorenzo), está a punto de recibir un homenaje de sus vecinos. En este momento, le rodean ya parte de sus nueve hijos: Angélica (70), Ana María (69), Raúl (67), Waldo (63), Aida (59), Lidia (57), Gonzalo (54), Dámaso (50) y Esther (47). Entre todos ellos suman 536 años. Y entre Lorenzo y su esposa, 189, y más de 70 de matrimonio. Si la vida, como dicen, es un suspiro, la suya ha sido una sucesión interminable de ellos. Una carrera de larga distancia llena de pequeños y de grandes obstáculos.

En el trayecto, que comenzó en 1909, Lorenzo ha visto pasar a 39 presidentes. Ha sido testigo del regreso en 2002 del monolito Bennett –que se hallaba en La Paz desde 1933– a sus orígenes, las ruinas que circundan Tiahuanaco. Ha sobrevivido a una guerra –la del Chaco contra Paraguay (1932-1935)–, a una revolución –la del 52, con el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) a la cabeza– y a sangrientas dictaduras. Ha fumado cientos de cigarrillos y ha apurado con gusto decenas de copitas de singani, siempre puro.

La Paz tuvo hace poco su Bicentenario. Sucre también celebró recientemente el suyo. Y Tiahuanaco tiene hoy en él a un centenario hecho y derecho. En este caso, además, de carne y hueso.

A la guerra por 20 pesos

Mientras espera en un patio por donde el sol se revuelve a su antojo, como si los rayos de luz fueran diminutas motas de polvo esparciéndose de un lado para otro, Lorenzo disfruta con tranquilidad de un pedazo de pollo envuelto entre granos cocidos de arroz blanco.

Blinda su cuerpo con una gruesa gabardina verde y una boina bien calada. Sus arrugas, asimétricas, parecen el dibujo mal hecho de un escolar en el primer día de clases. Su mirada, a ratos, está ausente. Y mueve la mandíbula compulsivamente, como si estuviera rumiando en su mente una frase detrás de otra. Aunque al final no se anima a pronunciar palabra.

Su deterioro es evidente. Sentado como está parece una estatua, estática, absorbida por un silencio omnipresente. Bajo su ropa oculta cicatrices del campo de batalla, como los restos de una herida producida por una bala que casi le atraviesa el brazo. Lorenzo jamás hubiera imaginado que el simple hecho de robarle 20 pesos a su padre, Andrés Rivero, iba a ser sentencia suficiente como para condenarle a vagar entre las miserias de una confrontación bélica.

“Antes del conflicto entre Bolivia y Paraguay –rememora Dámaso, su penúltimo hijo–, mi padre vivía con mi abuelo en el pueblo. En aquella época, tener 20 años, como mi padre, y no estar casado estaba mal visto. Y mi abuelo siempre le insistía en que ya era hora de que se fuera de la casa. Mi padre, entonces, se resintió y le sacó los Bs 20 para emprender un viaje por Bolivia. Con tan poca plata, claro, no llegó muy lejos. Y acabó en las minas, no recuerdo muy bien si en las de Oruro o en las de Potosí.

“Como minero no duró mucho –continúa–, pues sufrió bastante por el hambre y por el frío. Y decidió cobijarse en La Paz, en la casa de una de sus hermanas mayores. Desde allá, mandaron un telegrama urgente a su padre. ‘Lorenzo ha aparecido’, decía. Pero, mientras mi abuelo recorría el trecho entre Tiahuanaco y La Paz, mi padre entró en pánico por lo de su hurto infantil y decidió alistarse en el Ejército para ir al Chaco”. Toda guerra tiene un precio. A Miguel de Cervantes, el autor de El Quijote, le costó un brazo; al Dalai Lama, máxima autoridad espiritual del Tíbet, un exilio; y a Lorenzo, Bs 20.

Un 15 de septiembre

Son las doce de la mañana y el anciano ha cambiado su imagen por completo en media hora. Pese a que es sábado, viste ahora de domingo: un terno de un gris solitario lleno de condecoraciones en la solapa derecha, corbata, medias negras y zapatos bien lustrados. Sus cejas parecen una leve pincelada. Y su pelo, como escarcha, escaso y caprichoso, trata de escaparse por entre los bordes de una gorra de soldado que lleva una escarapela con los colores de la bandera boliviana –rojo, amarillo y verde– en el centro.

Empujado por una de sus hijas, Aida, su silla de ruedas tarda más de la cuenta en recorrer la media cuadra que los separa de la plaza, pues en el camino, como si estuviera en medio de una procesión, se detiene una y otra vez para saludar a los amigos y conocidos, quienes se le acercan normalmente hasta estar a menos de un palmo de su cara para hablarle a gritos.

Lorenzo no escucha casi nada. Su audífono tiene la misma presencia que un Mercedes Benz último modelo, pero el oído del benemérito no está ya para muchos trotes. Su sordera es profunda. Es por eso que su única respuesta suele ser una rápida sonrisa, limpia y serena, que va un poco más allá del mero acto reflejo.

Unos pasos detrás suyo, mirando al empedrado, camina ayudada por un bastón Lucía Chávez, su esposa, de 89 años y ojos redondos como canicas. Los surcos que pueblan sus manos y su rostro, interminables, producto de la sequedad del Altiplano, recuerdan al cuero viejo. Y ella es un poco como Lorenzo. Ni un murmullo sale de su boca.

Ya en las puertas del templo, una compacta edificación de piedra labrada con una sola nave que terminó de construirse en 1612, no demoran mucho en rodear a la pareja de ancianos todos sus hijos. A su lado está Dámaso, quien físicamente tiene un parecido increíble a Alan García, el presidente peruano, tanto en el porte como en los rasgos. Sin embargo, como Lorenzo, está anclado a tierra por una silla de ruedas.

“Estoy así desde el 15 de septiembre de 2003 –explica con cierto aire de resignación–, cuando al retornar de Tiahuanaco no me di cuenta de que había piedras en la calzada por un bloqueo y estrellé mi carro. Me quedé atrapado entre los fierros y el golpe afectó mi columna”. Lo que no confiesa Dámaso es que los bloqueadores, fuera de sí, no quisieron ayudarlo. Es más, incluso trataron de quemarlo con su familia adentro. “Paradójicamente –añade–, mi padre cayó preso de los paraguayos también un 15 de septiembre”.

Son las doce y media y la gente entra en comitiva dentro de la iglesia. El portón es estrecho y entre varios alzan la silla de ruedas de Lorenzo, con él encima, para que lo atraviese sin problemas. Semi tumbado, se ve como un herido de guerra, pero no abandona en ningún momento el gesto marcial que le caracteriza: el tronco recto y la vista al frente.

Tiro de gracia

Los que han combatido en un campo de batalla saben que la guerra no perdona; y que se aparece después una y otra vez como un fantasma. Por las noches, las balas silban nuevamente. Los morteros estallan. Los compañeros muertos se mezclan con los sueños. Y los viejos fusiles son desempolvados de vez en cuando para hacer memoria. La guerra siempre está ahí, con su alargada sombra, a la espera quizá de asestar el definitivo tiro de gracia.

Ya no lo hace, pero hasta hace poco Lorenzo rememoraba sus historias en el Chaco constantemente, como si hubieran ocurrido ayer. Y en una conversación que tuvimos con él hace poco más de dos años sus ojos centelleaban como en el frente, cuando los “pilas” y los “bolis” (paraguayos y bolivianos) parecían haberse declarado un odio eterno.

En aquella ocasión, Lorenzo caminaba con andador y a pasos muy cortos. Se hallaba en su húmeda tiendita de abarrotes, justo en la esquina de su casa, de anaqueles ya casi vacíos, donde se solía sentar –todavía suele hacerlo– para “vender” poco más que su presencia.

“Cuando me alisté –contaba entonces con un tono de discurso, como arengando al pueblo–, primero me mandaron al Palacio de Gobierno como guardia presidencial de Salamanca (1931-1934). Los paceños nos insultaban. Cobardes, nos decían, que hacen ahí, vayan a la guerra. Y ‘desertamos’ del Palacio para unirnos a un contingente que se dirigía al Chaco”, donde al que fallecía se le consideraba un bienaventurado.

Como refleja el Antiguo Testamento, los judíos, guiados por la vara de Moisés, encontraron su salvación a orillas del Mar Rojo. Durante la Segunda Guerra Mundial, los rusos sepultaron a los nazis gracias a su inapelable “invierno blanco”. Pero los bolivianos no hallaron más que desolación en lo que se vino a denominar “el temible infierno verde”.

Debido a la distancia con la sede de Gobierno –Asunción, capital de Paraguay, estaba más cerca–, la comida y el agua escaseaban. Por eso, era muy común beber orín o engañar al estómago hasta con la suela de los zapatos. Y los soldados incluso tostaban a leña la nube de piojos que se arrancaban pelo a pelo. Pero ni eso a veces servía. Según Lorenzo, “allá se moría de sed, de hambre y de pena”.

“Llegamos sin ninguna preparación. Ni siquiera sabíamos lo que era el trópico. Los paraguayos, además, tenían armamento que nosotros ni habíamos imaginado, como los lanzallamas. Las balas parecían granizada. Y con los primeros heridos, abiertos por la mitad, nos asustamos”.

Lorenzo se convirtió en héroe –“en guerrero”, según él–, en la famosa “batalla del kilómetro 7”, en la que alrededor de 1.000 reclutas, la mayor parte de ellos voluntarios, resistieron durante tres jornadas consecutivas el avance del enemigo.

Pero un tiempo después el benemérito cayó preso en un lugar conocido como Siete Pozos, donde él y otros conscriptos, casi sin munición, fueron abandonados.

¿Cómo están ustedes?

Fría y en penumbras, la iglesia es una antítesis del Chaco, que era caluroso e implacable. Es la una menos veinte y se halla ya repleta. Muchos de los que engordan sus bancas de madera son ancianos, pero, salvo Lorenzo, ninguno de ellos benemérito de la mentada contienda.

De los más de 200.000 jóvenes –según algunas fuentes– que combatieron en la guerra, hoy en día sobreviven menos de 1.500 –con una pensión vitalicia de tan solo Bs 1.326–, lo que explica que el templo esté marcado por esas ausencias.

Comienza la misa de celebración y Claudio Patti, el cura, de 65 años, con un micrófono aferrado a su batón blanco, se dirige a los feligreses con la misma habilidad que un showman de feria.

“Buenas taaaardes, hermanos. ¿Cómo están ustedes?”, pregunta a voz alzada. Nadie responde. “Otra vez: ¿Cómo están usteeedes?”. “¡Biiieeeeen!”, contestan todos a coro”. “No se escucha, una vez más: ¿Cómo están ustedes?”. “¡Bien!”, vuelve como un huracán, de nuevo, la respuesta. “¿Y díganme: ¿Cuántos años cumple el tata Lorenzo?”. “¡Ciiieen!”. Hasta la cúpula retumba.

Don Lorenzo, flanqueado por sus hijos, observa un tanto ajeno los frescos de las paredes. Hasta que el ritual de la consagración parece sacarle de su particular letargo. Entonces, uno a uno, los vecinos se le acercan para abrazarle. Sus ojos son como un volcán en erupción. Y emocionado alza repetidamente un brazo al cielo.

Luego, llega el momento de las intervenciones. Un compadre lo compara con “un tronco del que nace todo”. Y otro recuerda su etapa como cuidador de los predios de la iglesia, en la que un día casi le llevan detenido por haber aniquilado con su fusil Mauser a dos ovejas de un señor que hacía pastar a su ganado en los recintos eclesiales. “Nos tocó comer asado de oveja durante dos semanas”, sonríe ahora su hijo Dámaso.

Los aplausos despiden finalmente la celebración. Y afuera, otro homenaje. En medio de la plaza, Lorenzo recibe una réplica de uno de los monolitos de las míticas ruinas tiwanakotas. “¡Viva Tiahuanaco!”, exclama. El Mayor Marcelo Uribe le condecora con la medalla de los satinadores –un grupo militar de élite–. “¡Viva el Ejército de Bolivia!”, grita el anciano. Suena a continuación la banda castrense con las notas del himno de Bolivia y Lorenzo acerca su mano al pecho. Después, llueven las fotografías. Y él, mientras, permanece inmóvil, como si hubiera estado años esperando por una instanánea que lo inmortalizara.

Tras las tomas de rigor, los allí presentes desandan los pasos para retornar a la casa que aún le da cobijo al benemérito. Y la música militar les acompaña solemne hasta la misma entrada.

Los dientes de oro

Escoltado, pero por el Ejército paraguayo, en los años treinta, a mitad de la contienda, Lorenzo conoció el territorio del país vecino. “Y salvó una vida –acota Dámaso–. Con él iba un amigo minero que tenía mucha plata y varios dientes de oro; y los paraguayos tenían la mala costumbre de cortar cabezas para sacarse los implantes. Entonces, para que no lo ajusticiaran, Lorenzo hizo creer que su compañero no habría la boca porque era sordomudo”.

En Paraguay, entre tanto, a él y al resto de los apresados les tocó servir casi como esclavos. Pues mientras los “pilas” prisioneros se dedicaban a habilitar carreteras como la de los Yungas en Bolivia, ellos se hacían cargo de las plantaciones enemigas. Sin pausa, pero también sin “tregua”.

Según relata Dámaso, “mataban las plantas disimuladamente para dejar al Ejercito rival sin suministros; y mantenían la moral en alto gracias a una lata de cañazo–aguardiente de caña capaz de tumbar a un toro– que habían conseguido robar en los almácenes paraguayos”.

La salteña de la felicidad

Son las dos de la tarde y la fiesta en el hogar de los Rivero se inicia con un conjunto de mariachis que “presenta armas” bien uniformado, de un negro funerario que les hace verse como cuervos. Lorenzo y su mujer disfrutan desde la primera fila. Los músicos tocan “Jalisco”, “El Rey” y los nueve hijos de la pareja le dedican al anciano el “Viejo, mi querido viejo”, de Piero.

Un rato más tarde, algunos de los nietos y biznietos –más de una decena– se acercan a su abuelo para depositar una rosa cada uno en su regazo. Pero nada llena más de felicidad el rostro de don Lorenzo que las salteñas que se reparten entre los invitados, como si en ese pedazo de comida que sujeta entre los dedos se condensaran sus 100 años.

Trago, almuerzo y torta constituyen el último aperitivo, además de la actuación de Los Curucusi, un conjunto que se define a sí mismo como de “malavidas”. Y la cabeza de Lorenzo, a tono con el festejo, es ya un bombardeo de mixturas.

El monolito Rivero

Dos de los hijos de Lorenzo, Aida y Waldo radican en Europa. Y otra buena parte de la familia lo hace en La Paz. Pero ninguno de ellos ha conseguido que Lorenzo y su mujer abandonen Tiahuanaco. “Mi papá es el monolito Rivero, de su pueblo no hay quien lo mueva”, reconoce Dámaso. Es por eso que cuenta con la atención permanente de una enfermera y la visita de su prole, por turnos, los fines de semana”.

“La mejor medicina para él, sin duda, es Tiahuanaco –recalca, por su parte, Juan Carlos Valda (38), uno de sus nietos más creciditos–. Una vez lo trasladamos a La Paz porque se había caído y, para que fuera al médico, le teníamos que engañar diciéndole que regresábamos a Tiahuanaco, hasta que ya no aguantó más y nos obligó a que lo retornáramos en serio. Pero con toda la razón, pues no tardó mucho en curarse”.

En la población del Altiplano, su rincón preferido es su tiendita. Desde allí ha visto cómo crecía su país algunas veces y cómo se hundía en otras ocasiones. Allí, a pesar de que no era santo de su devoción, sirvió cerveza al ex presidente Víctor Paz Estenssoro en una de sus “giras”. Y allí se sienta siempre a esperar con calma el mayor regalo que puede recibir un benemérito a estas alturas: un día más con vida.

Aquella calurosa tarde de enero de 2006, cuando el presidente electo de Bolivia cerraba la puerta de su casa para comenzar la gira que lo llevaría por cuatro continentes, la memoria lo obligó a detenerse.

-¡Ah! ¡Pero no estoy llevando una chompa! En Europa estará haciendo frío, allá es invierno.

Con la maleta, Evo Morales volvió sobre sus pasos y el vehículo que lo esperaba en la plazuela Divino Maestro sin número apagó el motor. Allí, en el barrio obrero Magisterio de la ciudad de Cochabamba, en la capital del corazón tropical del país, Morales esquivaba la sofocante atmósfera, imaginaba espacios gélidos, entraba de nuevo a su domicilio, cruzaba el dormitorio, abría el armario y se quedaba estupefacto.

Su suéter favorito había desaparecido. Un misterio.

-Imposible, presidente, quizás no buscó bien -le dije, cuando me contó esa anécdota hace pocos días, en la residencia oficial de San Jorge, en La Paz.

-Claro que busqué bien. Mi chompa preferida no estaba. Era de color beige, con sus adornos, de artesanía, linda… La compré en un puesto de Copacabana (en la orilla boliviana del lago Titicaca). ¡Hasta hoy no aparece!

-Pero entonces la famosa chompa a rayas que se llevó al primer viaje como presidente electo, el origen de tantas polémicas, teorías sobre la práctica estética de su filosofía política…

-Ésa me la encontré de pronto en el armario. Pensé: ‘Bueno, a la maleta’. Estaba nueva, sin estrenar. Ni idea de dónde venía. La cosa es que había que resolver el tema del frío.

A Morales aún le desconcierta el diluvio universal de opiniones que cayó sobre su chompa multicolor. Con el suéter a rayas se especializó en el arte de sortear protocolos. Con él acudió a la cena en su honor organizada por los reyes de España, en el Palacio de la Zarzuela de Madrid; con él llegó hasta Sudáfrica y la China, para saludar a los presidentes Thabo Mbeki y Hu Jintao. A su paso dejó una estela de bromas -aquella canción mexicana: “¡oh sí, ya cómprenle otro suéter!”-; análisis -”Morales es una variante andina de los descamisados argentinos o un moderno sans-culotte, en su caso, sans-cravate, sin corbata”, escribía la española Rosa Belmonte en ABC-; o solidaridad -”el suéter vuelve presente las voces de miles de gentes que se visten así”, decía el politólogo José Laso desde Quito.

La sinécdoque del actual jefe de Estado boliviano se resume en un informal suéter. Guste o no, en esta sociedad de símbolos y consignas que toma la parte por el todo, la chompa se ajusta a la silueta política de Evo como la pipa y el verdugo delimitan las posibilidades del subcomandante Marcos, y la boina de estrella plateada nimba la aureola del Che.

Con los hilos de un suéter, un verdugo y una boina se ha tejido mucha épica sobre la intención del fashion populismo. Pero detrás de los objetos míticos casi siempre hay un origen tan llano o improvisado que exponer la simple verdad haría carraspear a más de un iluminado de la retórica.

Y la verdad es que el suéter llegó al armario de Evo por azar. Fue un obsequio de Vilma Chambi, una estudiante de ingeniería comercial de 31 años, amiga de Morales desde la infancia. Por eso, cuando Vilma vio las portadas de la prensa y las imágenes de televisión y escuchó en la radio el barullo que causó Evo Morales cuando cenó con el Rey de España enfundado en las rayas multicolores del suéter que ella había elegido, se dejó caer en un sillón y exclamó:
-¡No es posible, la chompita que le regalé al Evo!

La opinión pública europea se dividía entre la simpatía -de la gente- y la intolerancia indignada -de las autoridades protocolares-, como luego lo estaría buena parte del planeta.

Y Vilma:
-Opa. Me quedé opa cuando empezaron a interpretar la chompa. Llegaron a decir que cada color tenía un significado y que expresaba un mensaje político. ¡Pero si los colores los escogí yo misma!

El presidente no se acuerda del obsequio. Pero Vilma sí. Porque para entregárselo recorrió 411 kilómetros en dos autobuses, desde Oruro hasta el pueblo de Chimoré, en la zona cocalera del Chapare. Noviembre de 2005. Evo cerraba su campaña electoral en el trópico.

Primero viajó con los músicos de la banda Real Imperial, antiguos compañeros del Morales trompetista que tocó en el conjunto en 1976. Salieron en un bus especialmente alquilado a las 10 de la noche, para dormir en el camino y llegar temprano al acto. Y entonces, a las cuatro de la madrugada, sucedió.

-¡No hay paso! -gritó el conductor.

-¡Cómo que no hay paso! ¡Pero si tenemos que tocar en el cierre de campaña del Evo!

-Pues aquí nos quedamos trancados. El puente se lo ha llevado el río y hay derrumbes en la carretera. Hagan ustedes lo que quieran.

La mayoría de los músicos optaron por dar media vuelta con sus instrumentos, las bebidas, las viandas y fiambres que habían llevado para la fiesta. Pero Vilma no pensaba rendirse. Esperó a que clareara, se descalzó, se remangó los pantalones y cruzó a pie el río T’iyu Mayu, abrazada al sencillo paquete con el suéter que alcanzaría fama mundial. Caminaba con su marido. En la otra orilla tomaron un nuevo autobús y por fin llegaron a Chimoré, tras 16 horas de accidentado viaje.

El hoy presidente de Bolivia, y su vicepresidente, Álvaro García Linera, hacían su entrada triunfal en el pueblo, encaramados a un tractor. El gentío, los periodistas y fotógrafos, el cordón de seguridad, desanimaron a Vilma. Morales, su amigo de infancia, parecía inalcanzable. Le costaba creer que aquel diputado cocalero a punto de ganar las elecciones presidenciales, fuera el campesino que se presentó en la casa de sus padres, con unos 16 años -no puede precisarlo- para instalarse en un pequeño cuarto alquilado, con cocina y dormitorio, donde ya vivía su hermana Esther Morales, quien trabajaba limpiando casas. Evo llegó de la aldea de Orinoca al domicilio de los Chambi, en la calle Velasco de Albarro, en Oruro, y se quedaría “unos 6 años”.

-Mis padres y los de Evo eran amigos -relata Vilma Chambi-. Mi madre, Nati Véliz, que es comerciante, le compraba lana y cuero a don Dionisio Morales, padre de Evo, quien fue compañero de cuartel de mi papá, Fulgencio Chambi, que es transportista. Como viajaban mucho, le pidieron a Evo que cuidara de mí y de mis hermanos Rosemary y Gonzalo. Para nosotros, fue como nuestro hermano mayor.

De Evo, recuerdan las tardes de futbol en el patio que separaba la casa familiar de la pequeña habitación de 3 por 4 metros donde estudiaba; las meriendas con harina de cañahua mezclada con agua y azúcar y, sobre todo, los libros y los crucigramas.

-Hacía crucigramas todo el tiempo y leía biografías del Che. Nos contaba la vida del Che como si fueran cuentos y nos decía que de él había aprendido que uno no debe confiar ni en su camisa.

Pero aquel noviembre de 1995, las cosas eran distintas. Vilma escuchaba a medias el discurso antineoliberal, antiimperialista, antiglobalización, que Morales arrojaba a los cocaleros. Su afán se centraba en saludar a Evo, felicitarle por su pasado cumpleaños -celebrado el 26 de octubre-y entregarle el regalo, de parte de ella y de toda la familia.

-Pensé en comprarle un perfume, pero lo descarté. Un poncho o un sombrero no, porque le obsequian muchos en cada acto público. Así que me decidí por una chompa.

Vilma fue a la galería comercial El Universo de Oruro, recorrió las tiendas y se paró frente a un suéter a rayas de tonos naranjas, mezcla de lana y acrílico, “de los que las vendedoras bolivianas reciben del norte de Argentina o de China”. Le pidió a la dependienta que se lo prestara porque quería encargar, a un grupo de madres tejedoras, que le confeccionaran uno similar, pero en otros colores.

-Entre mi hermana Rosemary y yo decidimos que era mejor el rojo para Evo, porque nos da bien a nosotros, los de piel morena. Y el azul oscuro, porque combina con el rojo. Así elegimos los colores principales. El resto (blanco, verde, beige y azul celeste) lo combinaron las señoras. Pagué 30 dólares.

Lo hicieron a máquina, con mezcla de lana de alpaca y acrílico.

Por fin, la oportunidad de entregarlo en mano. Vilma divisa a uno de los guardaespaldas de Morales, que la reconoce. Ella le hace señas y levanta el paquete. El guardaespaldas consigue que le abran paso entre la multitud, y le permite subir a la tarima, junto a Evo. Le saluda con un beso.

“Felicidades por tu cumpleaños, Evo, este regalo es de parte de toda la familia”. Morales abre el paquete y muestra la chompa al público. Encarga a su chofer que no pierda de vista a Vilma y a su marido (es padrino de boda de la pareja) y les invita esa noche a cenar, con otros amigos. Por su parte, la autora del regalo y su esposo viven una nueva odisea, esta vez de tres días, en su viaje de regreso a Oruro. Diluvios, derrumbes, cortes de carretera. “Valió la pena”, concluye Vilma.

Morales terminó sus campañas, siguió recibiendo decenas de regalos, se olvidó de quién le había obsequiado qué, arrasó en las elecciones con el 53,7% de los votos y un día, al abrir el armario para buscar aquel suéter preferido que no apareció, se topó con una chompa nueva, multicolor, a rayas. Una chompa que eligió a Evo Morales -y no viceversa- para convertirse en bandera y voz de una clase popular. Una chompa que, para miles de bolivianos, expresó el “así somos”. Una chompa que Evo se vio obligado a exhibir ante las cámaras bolivianas, al regreso de su gira internacional, cuando decenas de periodistas se agolparon a la puerta de su casa de Cochabamba, empeñados en tocarla.

Una chompa que, en su origen, jamás fue parte de una estrategia de comunicación “pensadísima y estudiadísima”, como me dijo el modisto español Lorenzo Caprile -uno de los preferidos de la princesa Leticia de Borbón-. “El jersey está planeadísimo y es un bofetón a toda una clase poderosa y dirigente. Evo conoce perfectamente los códigos de protocolo de una recepción, y sabe del significado y el simbolismo encerrado en ese suéter. No es una cuestión de mal o buen gusto; él está haciendo una proclama de su reivindicación social, de lo que defiende para su país y de sus idealismos. Es coherente con su personaje. A mí, como empresario, me asustaría más un Evo con jersey que un indígena disfrazado a lo occidental. Tienen motivos para estar preocupados, los de las multinacionales petroleras.”

A su manera, Caprile acertó. Si bien la chompa nunca fue parte de un plan, finalmente Evo, dolido por las feroces crónicas de desprecio y burla impresas sobre todo en España, recogió los símbolos que otros mal atribuyeron a su sencillez y al descuido sin doblez de su apariencia y con ellos revistió su chompa de verdadera actitud contestataria. En vez de relegar la prenda al fondo de un cajón, se enfrentó con ella a sus sátiros -”Un jersey así lo reparten las catequistas de caridad y se lo tiran a la cara”, escribió Antonio Burgos en el diario español ABC.

Morales ha respondido usando profusamente la chompa, ostentándola en las jornadas más significativas de su gestión: con la mano sobre la chompa y el puño en alto, tomó juramento a su gabinete; con la chompa se sentó en el salón de actos de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), enfrentado al foro repleto de ejecutivos de las multinacionales petroleras la medianoche en que firmaron los nuevos contratos. La chompa había asomado incluso bajo la túnica ceremonial que se ideó para su investidura simbólica, bastón de mando en mano, sobre las ruinas andinas milenarias de Tiahuanaco. Hoy es una de las prendas más cuidadas por el presidente. “La verdad es que me gusta”, me dijo.

La chompa es mito porque convino crearlo. Y aquí llega lo más disparatado de esta historia. Un episodio que el escritor inglés Evelyn Waugh, autor de la novela satírica ¡Noticia Bomba! (1938) hubiera celebrado con sonoras carcajadas, puesto que confirma la ironía que vertió sobre la profesión periodística. Que me perdone el director de informativos regional de la cadena boliviana de televisión Unitel, David Cárdenas, y me disculpe la reportera chilena -afincada en Bolivia- Elvia Moya, pero tengo que contarlo, porque además la propia Elvia me lo ha reconocido con tono de travesura: “Sí, yo provoqué la noticia, y la lancé antes de que se hiciera realidad”. Se refiere a la primicia difundida en todo el mundo: la creación de la línea Evo Fashion, la llegada de la Evomanía, exportable de las calles de La Paz al resto del planeta. El primer paso se dio en la reunión de contenidos para los informativos Unitel de la mañana. Era jueves, 19 de enero, tres días antes de que Evo asumiera la presidencia. “A ver, sugerencias”, incitó Daniel Cárdenas. “Habría que hacer algo de Evo, de su chompa, ver dónde la están vendiendo, la gente habla de ella”, aventuró Moya. Y salió a encontrar la noticia que necesitaba.

Recorrió la calle Comercio, en el corazón de la ciudad y “por instinto”, comenta, entró en la tienda principal de la empresa textil Punto Blanco. “Fui a provocar -admite-; le pregunté al vendedor si ya estaban fabricando la chompa y el contestó que no, que todavía no había salido. ‘¡Y a qué están esperando, por qué no hacen la réplica de la chompita de Evo de una vez, cómo es que no se ponen en onda!’. Lo interesante -continúa la reportera- es que cuando le puse la cámara delante, el vendedor se animó. Me siguió el juego, y dijo que la chompa llegaría muy pronto a la tienda y que iba a llamar ahorita al jefe de ventas para conocer la fecha exacta”. Elvia remata: “el vendedor avisó por teléfono a la empresa, pero cuando terminé la nota. Y les dijo que había que fabricar la chompa. En Bolivia, cuando te dicen ahorita puede ser ahora o nunca, pero en este caso fue realmente ahorita”. Y Elvia apareció en el noticiero de Unitel anunciando la “noticia bomba” con toques de misterio: “hemos sabido que Punto Blanco podría estar fabricando la chompa de Evo Morales”.

La llamada telefónica del empleado se produjo a las 12 del mediodía. Seis horas después, Punto Blanco había confeccionado dos chompas de prueba y la fábrica, un edificio de fachada blanca y 2 600 metros cuadrados en el barrio popular de Villa Fátima, bullía de periodistas, fotógrafos, cámaras de televisión y radios. Las agencias EFE, Reuters, Associated Press, Europa Press, la cadena CNN, la BBC y todos los medios bolivianos inmortalizaban la réplica cien por cien acrílico y en punto de arroz, del jersey de Morales. Se vendería a 10 dólares, al día siguiente de la investidura.

El presidente de Punto Blanco, Raúl Valda, 60 años, rostro jovial y espíritu de improvisación, dirigía el show con aplomo.

“Las chompas no existían y ya estaban vendidas. El mismo día que se dio la noticia, pedimos grandes cantidades de hilos de tres colores: rojo italiano, azul petróleo y crudo, a las hilanderas Hilbo de La Paz y Sentex de Cochabamba. Era la peor época, la escolar, y esos tonos eran los más pedidos para los uniformes. Con nuestro encargo se agotaron, y durante muchos días nadie pudo hacernos la competencia. El gran problema, y a la vez la bendición, era la prensa. Teníamos que supervisar la producción y no podíamos porque todos, incluido el portero, estábamos ocupados en responder preguntas o en madrugar para ir a los canales de televisión y a las radios. Al tercer día todos estábamos de mal humor”.

Charlamos en su amplio despacho sin lujos: dos sillas, una gran mesa oscura de madera, un aparador más propio de un living y un sillón gastado, sobre el que se exhiben tres diseños de suéteres. En las paredes, dibujos de alguno de sus nietos y pósters de la compañía. Punto Blanco estuvo en quiebra a finales de los ochenta. Logró recuperarse hace poco y crecer 30 por ciento. Ahora, según Valda gracias al “efecto Evo”, está creciendo 36% y ha logrado estabilizarse.

En su computador, me muestra los gráficos de ventas de la chompa de Morales, catalogada con la referencia BAEV.

Me sorprenden las cifras: 1 719 pulóvers vendidos, en los cuatro primeros meses de gestión de Evo y 2 105 hasta julio de este año. No está mal. Pero The New York Times llegó a publicar -en una doble página y portada dedicadas a la “Sweater Mania”-que se facturó, en el primer mes de gobierno socialista, una venta de 300 Evosuéteres diarios, fiándose de las declaraciones de Valda. Las cuentas no salen. La única conclusión cínica posible es la que imaginan: no dejes que la realidad te estropee una buena historia. La chompa de Evo no fue ni es, el otro uniforme castrista en versión boliviana, promocionado por Cuba, como espetó algún empresario al propio Valda, convirtiéndolo en pieza principal de un complot orquestado desde la isla caribeña. El rey de España jamás le re­­galó una corbata a Morales. El que le regaló ropa, fue el embajador de Venezuela en España, Arévalo Méndez: un par de camisas, una chaqueta, bufanda y guantes, “porque Evo no iba bien preparado para el frío de China”. Y fue Evo quien me dijo: “estaría bien averiguar la historia de la chompita, así también me entero yo”.

Justo enfrente de las cinco estrellas del hotel Radisson Plaza de La Paz, la más prestigiosa diseñadora de alta costura de Bolivia exhibe sus creaciones en una pequeña tienda de fachada blanca y toldos negros. El camino del hotel a la tienda se resume en cruzar la Avenida Arce, subir siete breves peldaños de piedra, soslayar a un guarda de seguridad y pisar los dominios de Beatriz Canedo Patiño, la emperatriz de la alta moda en lana de alpaca, la fibra más apreciada del mundo, junto al cachemir y el mohair. Ese trayecto es el mismo que hicieron la reina Sofía de España y la entonces primera dama de los Estados Unidos, Hillary Clinton, después de paralizar el tráfico en la zona. Mucho más discretamente llegó un miembro del Movimiento al Socialismo (mas) de Evo Morales, para invitar a Patiño a diseñar la ropa de investidura del electo presidente. Con dos condiciones irrevocables: sin corbata y con motivos que identificaran a Evo con sus raíces.

-Ah, entonces un poncho…

-No señora, se trata de fusionar lo occidental y lo andino.

Del taller de Patiño han salido capas para el papa Juan Pablo II y los nuncios del Vaticano, prendas que ocupan los armarios del ex presidente francés Jacques Chirac y su esposa; de las reinas Silvia de Suecia y Sofía de España; de la princesa Sayako de Japón o de los Clinton. Por vestir, doña Beatriz ha ataviado de gala hasta a la Virgen del Carmen, patrona de Bolivia.

Sin embargo, el encargo del mas suponía el siempre difícil reto de abordar el sincretismo. Encarnar en un traje el mestizaje, dando preeminencia a la raíz indígena.

No es aventurado afirmar que, si de Evo Morales hubiera dependido, de buena gana habría levantado el puño izquierdo para jurar su cargo, con su chamarra de la suerte. La prenda, de tela azul índigo con cuello negro y blanco -los colores del mas- y grecas con diseños andinos en la espalda y el pecho, sobrevivió a cien mítines, batallas sindicales y los avatares de la campaña electoral. Evo barajó la posibilidad, en alguna entrevista. “No voy a cambiar mi forma de vestir. Tengo que jurar tal y como soy”. Tenía sentido llegar a la meta con la chamarra que, para él, simbolizaba su trayectoria combativa. Finalmente, su entorno político convino con él que no podía recibir la banda presidencial con la estética de la protesta sindicalista. Pero Evo dejó claro que no se sometería a los accesorios occidentales -corbata, gemelos- y al estilo “importado” del traje (o terno) clásico.

Así pues, Canedo Patiño -emparentada con los herederos de Simón Patiño, el rey del estaño, una de las mayores fortunas de Latinoamérica en el siglo XIX- subió las escaleras que conducen a su despacho y se sumergió en la investigación cibernética de las telas andinas. Después visitó el Museo Costumbrista y el Museo de Textiles Andinos Bolivianos.

Con una franqueza que le honra, comenta su escaso conocimiento, hasta entonces, de los significados y símbolos de los tejidos altiplánicos y, concretamente, de los aymaras.

La diseñadora ejemplifica el prototipo de la élite acomodada boliviana que para triunfar salió de su país y regresó mucho tiempo después. Delgada, de cutis fino extremadamente claro, ojos grandes, oscuros y firmes que contrastan con su apariencia de fragilidad, habla con ligero acento norteamericano, puntualizado con un bullicio de expresiones en francés e inglés.

Cada mañana de su infancia, hasta que viajó a Estados Unidos a los 13 años, su padre la despertó para ir al colegio con fragmentos de óperas -sobre todo Aida y La Bohème- o con marchas húngaras y polacas. Después de comulgar, en Bolivia, con todos los estereotipos educativos de la alta sociedad criolla -clases de ballet, piano y hasta flamenco incluido, como recuerda con cierta ironía-; luego de su formación en Norteamérica, aterrizó en París para estudiar Ciencias Políticas.

A los seis meses, viró su destino, empujó las puertas de la Escuela de Bellas Artes y la Academia de Diseño de Moda y con 22 años entró como pasante en el taller del diseñador francés Michel Daniel.

Mientras Evo Morales pastoreaba llamas y cosechaba papas en el helado altiplano de su aldea de Orinoca, Beatriz descubría, a miles de kilómetros de allí, el tejido de camélido más fino y valorado de su país: la fibra de alpaca.

-Recuerdo la mirada furibunda del señor Daniel cuando pregunté de qué material maravilloso estaba hecho un abrigo teñido en rosa pálido que vi en su atelier. ‘¿No lo sabes? ¡Y tú eres boliviana! ¡Es alpaca, de tu país!’ Pero yo recordaba la alpaca como un tejido muy rústico, que usaban sobre todo los indígenas en suéteres que picaban, con dibujos de llamas o diseños tihuanacotas, muy locales. En cambio, aquel abrigo tenía tacto de seda, un toque de diseño francés, una caída magnífica, se podía drapear. En Bolivia no había nada así, en tela. Entonces vi el inmenso potencial que tenía delante. Luego supe que los españoles llamaban a la alpaca el otro oro de los incas.

En definitiva: Canedo viajó al otro lado del mundo para descubrir el glamour de un camélido de su tierra. Con finísima fibra de bebé alpaca -la más valorada- definiría la estética de Evo Morales el día de su posesión y le confeccionaría varios trajes, sacos y chamarras más. Mucho antes, se convertiría en la única diseñadora de alta costura del planeta en presentar todas sus colecciones en alpaca, trajes de novia incluidos.

Evo orientaba su brújula hacia el sur, y Beatriz hacia el norte. Del altiplano, Morales tomó un autobús al trópico cocalero del Chapare, en la cálida Cochabamba, y Patiño tomó un avión con destino a Nueva York. Morales celebraba sus ascensos en la carrera sindical y Patiño presentaba, en la antigua mansión de Rockefeller en Park Avenue -la America’s Society- su primera colección de alta costura. Givenchy y Ralph Lauren también habían exhibido sus prendas allí. Cuando Evo lanzaba encendidas protestas contra la Ley 1008, del Régimen de la Coca y Sustancias Controladas, impulsada por Estados Unidos, Beatriz subía los pisos del famoso rascacielos situado en el 550 de la Séptima Avenida. En el imperio de la alta moda, Carolina Herrera, Ralph Lauren, Oscar de la Renta, Donna Karan, Beatriz Canedo Patiño y otros gurús de la aguja, coincidían.

Veintinueve años después de salir de Bolivia, en 1994, Patiño retornó. Buscaba mano de obra barata, para poder atender sus pedidos.
-Cuando retorné con mis diseños de alpaca, una persona de nuestra alta sociedad paceña me dijo: “Bea, se ve que has pasado tanto tiempo fuera que no sabes, querida, que nosotros no nos ponemos alpacas. Eso es para los indígenas”. Fue un comentario racista, cargado de estigmas y además de total ignorancia sobre la prenda, que usaba la realeza inca, junto con el textil de vicuña; mientras que las clases más bajas llevaban guanaco o llama.

Finalmente, Patiño se instaló en La Paz y fundó un taller compuesto por 40 indígenas aymaras y quechuas: maestros sastres, bordadores, sombrereros, macramistas y modistas.

Con tono cáustico, recuerda el instante en que “aquella persona” de la alta sociedad se presentó en su tienda para comprar sus prendas de alpaca, después de que adquirieran sus diseños los miembros de todo el cuerpo diplomático acreditado, las mujeres de todos los presidentes desde el primer mandato de Sánchez de Lozada (1993-1997) y los ejecutivos de las petroleras que operan en el país.

Subraya que el encargo de confeccionar el traje para el hombre más votado de la historia democrática de Bolivia, “supuso el honor de vestir al primer presidente indígena de la República”. Eso significaba subir las laderas de La Paz, buscar en las empinadas calles Sagárnaga y Linares restos de aguayos (textiles andinos) antiguos, joyas tejidas a mano, de hasta cien años, que a veces se encuentran cuando uno sabe rastrear. Patiño, asesorada por uno de sus empleados, dio con una pieza de entre 80 y cien años de antigüedad, llegada de la zona de Pelechuco (al norte de la Paz) en tonos tierra y diseño espigado. De la decena de bocetos que presentó con otros tantos textiles, triunfó el anterior. Con ese aguayo, aplicado a una suave tela de alpaca bebé negro, Evo mostró al mundo su imagen de elegancia: la nueva moda andina.

Pero el carácter de Evo seguirá siendo el mismo, sea presidente, sindicalista o cocalero -lo saben muy bien quienes le conocen- y, por más toque chic que Patiño quisiera darle a la tendencia andina, Morales cambió el cuello Mao de la camisa de algodón italiano que la diseñadora había preparado por otra de cuello tradicional en picos, como está acostumbrado a usar; tampoco utilizó los tirantes que debían sujetar el pantalón de alpaca sin trabillas ideado por Patiño.

Evo lució pantalón clásico y cinturón de los de siempre. El calzado lo compró su joven asistente Jeannette Ramírez, con la misma naturalidad que lo había hecho en los dos años previos a que Evo asumiera la presidencia. Se dirigió a donde siempre: al mercado popular de la calle Uyustus, y adquirió unos zapatos de cuero negro y piso de goma.

Hoy Morales ha encontrado, en la combinación de cuero y motivos andinos, la imagen que exporta al mundo. El mensaje mezcla lo sport con lo autóctono, y en esa combinación se siente cómodo. Al saco (chaqueta) de alpaca negra del juramento solemne en la ceremonia de investidura lo sucedió pocos minutos después uno de cuero azul marino. Lo usó para saludar desde el balcón del Palacio Quemado -sede del Gobierno- y para pronunciar un largo discurso en la abarrotada Plaza de los Héroes, el lugar donde siempre desembocaron las marchas y protestas que organizó.

Si Canedo Patiño simboliza la exquisitez, el veterano sastre aymara Manuel Sillerico, autor de aquel saco de cuero, representa el corte perfecto que le caracteriza, y la comprensión del carácter y la personalidad de Evo.

En cuanto Morales ganó las elecciones, Sillerico le envió una carta, ofreciendo sus servicios. Evo respondió con un sí, y lo citó en su pequeño apartamento alquilado, en la Avenida Busch de La Paz, para que le tomara medidas en el comedor. Sin espejo. “Después, para otra prueba, alguien sacó uno del baño y, como no era grande, lo pusimos encima de una silla para que don Evo se viera”. Sillerico viste hoy al jefe de Estado boliviano.

Telefoneé a la sastrería de Manuel y, mientras aguardaba a que me atendiera, escuché a alguien guitarrear y cantar una típica cueca, con acompañamiento de palmas. Cesó la música, comenzaron los aplausos y me saludaron al teléfono. Entonces comprendí que era el sastre quien cantaba. Lo visité en su taller de la calle Federico Suazo, un edificio de tres plantas pintado de rojo vino y blanco.

Sillerico, 69 años, metro y medio de estatura, piel cobriza, ojos vivos y pelo canoso recortado en abundantes mechas desiguales, se presentó con una cinta métrica azul al cuello. Después de un rato de charla, trajo un bolsón de plástico transparente. Lo vació sobre el suelo. Cayeron decenas de retazos de textiles andinos antiguos; los restos de los aguayos que ha cosido a las chamarras de cuero o a los sacos de tela cachemir (también conocida como casimir, mezcla de lana y poliéster) que usa el presidente.

-Mire, reliquias textiles, viejas. Usadas en el campo. Cuanto más llevadas mejor. Tendrán 50, 60 años. Se las pusieron los campesinos. Tienen ajayu -alma, espíritu en aymara-. Por eso los trajes que viste el presidente no son así nomás, tienen energía. Él lleva las cosas que se ha puesto la gente, representada en esos tejidos. Y sus trajes están hechos por un indio.

Paradójicamente, es la primera vez que el aymara Sillerico utiliza textiles andinos en sus confecciones. Porque toda su vida se dedicó a vestir, de riguroso traje con corbata, a aquellos a quienes Evo llama “la oligarquía”. Con humor, lo reconoce.

-La gente decía: ése es el sastre de los oligarcas, de los dictadores, de los neoliberales, ¡cómo va a vestir ahora al Evo! Pero yo no tengo nada que ver con la política, hago trajes según los gustos del cliente y todos son mis amigos. El general Hugo Banzer (dictador entre 1971 y 1978, luego presidente electo entre 1997 y 2001) fue mi amigo y Evo Morales es mi amigo.

Manuel, hijo de campesinos de Pucarani (La Paz) comenzó a trabajar con 8 años, en una panadería y luego en una carpintería. Asistió cuatro años al colegio.

-Lo justo para saber leer y escribir. Había que ganarse la vida y mis padres me decían que lo importante era aprender un oficio. Después, como a Evo, me ha enseñado la escuela de la vida.

Con 13 años, ayudaba en una sastrería de abrigos para damas. A los 17 abrió su propio taller, de unos 2 por 2 metros, en un edificio del céntrico Paseo del Prado, perteneciente a una familia de la alta sociedad paceña. Ellos le introdujeron en el mundo de los “apellidos ilustres”, “los abuelos de Sánchez de Lozada, los Ballivián, los Arce, los Campero… a todos les hacía ternos”.

Se convirtió en el sastre de todos los presidentes de Bolivia, desde que criticó al general Barrientos (1964-1969) “por vestirse con ropa que le hacen en serie en Estados Unidos”. Tras la muerte del general, todos los jefes de Estado vistieron su marca. Cuando recorrí su tienda de 120 metros cuadrados, vi el último saco diseñado para Evo Morales, en tela azul casimir, con motivos andinos en el cuello y los bolsillos, en tonos amarillos y verdes. El diseño reposaba en un maniquí, bajo sendos retratos del dictador Banzer y del actual jefe del partido opositor de Morales: el ex presidente Jorge Tuto Quiroga.

-¿Don Manuel, no hay otro lugar donde colocar el saco del presidente? -Sillerico se percataba del detalle y se reía a carcajadas.

La primera vez que Sillerico se reunió con Morales, llevó patrones de sus trajes clásicos. Evo respondió sacando del ropero una chamarra de tela muy rústica, “de ésas que se usan para alzar costales. Él tenía en mente que le hiciera algo parecido”, comenta Sillerico.

-Me dijo: “Quiero algo que me identifique tal como soy, con mis orígenes”. Yo le había llevado muestras de las buenas telas, pero las desechaba. Entonces le dije: “Con todos los respetos, don Evo, ahora usted es presidente, no se puede poner cualquier cosa como antes. Yo le hago chamarras y sacos, pero por lo menos en cuero, o en tela de bayeta (tejido de lana de oveja) y con motivos andinos propios de su origen”. Y a él le pareció bien.

Manuel hilvanó tres prendas iniciales, para que Morales pudiera llevarlas a su primera gira como presidente electo. Por un malentendido, Evo no acudió al día de la prueba. Horas antes del viaje, reaccionó y llamó a Sillerico: “¿Ya está lista la ropa?”. No había remedio. Los modelos permanecían inacabados. “Se fue por el mundo casi sin nada, con una camisa, con la chompa, me dio pena”, reconoce el sastre. Y luego, reflexiona: “pero mire, al final me alegro, porque demostró carisma, su sencillez se puso de moda y todos debatieron sobre él”.

Los ternos que Beatriz Canedo Patiño confeccionó al presidente se hicieron por un precio especial de menos de 500 dólares, con descuento de la diseñadora -no costaron 25 mil dólares, como publicaron varios medios internacionales-; las chamarras y sacos con pantalones a juego que le cose Sillerico no pasan de los 350 dólares. “Al presidente, oficialmente, no se le cobra, eso sería de mal gusto, pero él insiste y siempre nos da lo que le parece bien”.

Villa Tunari es un pequeño poblado tropical del centro de Chapare, una provincia boliviana. Hace tres años, se expresaron aquí las profundas raíces y el poderío de la revolución étnica de esta nación andina. En aquel entonces, la región había sido afectada por numerosas inundaciones que dejaron ríos revueltos, puentes destruidos, derrumbes y muerte. Varios vehículos, entre ellos un autobús lleno de reporteros, quedaron atrapados a 16 kilómetros de la localidad, cerca del crecido Río Espíritu Santo, entre un túnel sellado por un derrumbe y el puente más cercano que había colapsado. ¿Qué clase de persona se presentaría en medio de esta catástrofe para escuchar un discurso de campaña y lanzar consignas? La respuesta fue una multitud compuesta por miles de descendientes de los pueblos indígenas, u originarios, de Bolivia. Muchos cruzaron ríos desbordados y caminaron por kilómetros para llegar a las afueras de Villa Tunari, sin preocuparse por la insistente lluvia y el lodo que les llegaba a los tobillos y les arrancaba los huaraches. Algunos miembros de la prensa logramos cruzar el río en un todoterreno a lo largo de las ruinas del puente.

Cuando llegamos, la gente llevaba horas bajo el diluvio, hombro con hombro y apretados alrededor de un endeble podio, tiritando bajo capas de plástico o empapados hasta la médula. Sin embargo, ahí permanecieron hasta el final del mitin, cuando se puso el sol. Estos hombres y mujeres se habían reunido aquí con una misión histórica: tras siglos de humillación y desafiando a la ley de las probabilidades, el siguiente presidente de Bolivia, Evo Morales, estaba a punto de surgir de entre sus filas. Este hombre, elegido en diciembre de 2005 en una de las naciones más inestables de América Latina, sigue en el poder dos años y medio después. Su gobierno se ha visto atestado de dificultades: Bolivia está partida geográficamente entre las tierras bajas tropicales y el altiplano empobrecido. Hoy estas dos regiones se encuentran más divididas que nunca políticamente. Un movimiento autonomista en la parte oriental, donde habita más población blanca, amenaza la estabilidad del gobierno. Merece la pena recordar lo improbable que parecía en ese entonces el ascenso al poder de Morales, incluso aquel día en Villa Tunari, cuando faltaban solamente unas semanas para la elección. En la capital administrativa, La Paz, varios hombres influyentes de tez clara y vestidos de traje, con los que hablé días antes de la reunión, contemplaban con una mezcla de desprecio y asombro la posibilidad de que ganara. ¿Un presidente indígena? No triunfaría jamás. O bien, será elegido, pero su gobierno estaría condenado al fracaso en el corto plazo.

En el podio, los hombres lucían guirnaldas hechas de flores y hojas de coca y hablaban en lenguas que yo no entendía, el quechua y el aimara, del antiguo Imperio inca, y que hoy siguen siendo más usadas por este público que el español. El candidato, cuyo rostro amplio y nariz aguileña sobresalían en medio de las guirnaldas de coca, fruta y verdura, avanzó y empezó a hablar en español con acento. “¡Somos aimaras, quechuas, guaraníes, los propietarios legítimos de esta noble tierra boliviana!”, gritó entre aclamaciones y aplausos. La algarabía no se hizo esperar. En algún lugar, sonaba un bombo. ¿Un presidente cuya lengua materna no fuera el español? Imposible.

Los hombres y mujeres a mi lado me ignoraban cuando intentaba entablar una conversación. Olían a lana mojada y humo. La mayoría de las mujeres usaban sombreros de paja sobre sus trenzas negras, al estilo quechua, y traían polleras de terciopelo de colores intensos sobre enaguas cortas. Las mujeres aimaras, que en general son de complexión más robusta y caras más anchas, vestían faldas largas, chales bordados y bombín en la cabeza. Los hombres usaban pantalones viejos y camisas de poliéster remendados. En la mejilla de cada uno se podía ver un bulto: las hojas de coca que mastican todo el tiempo los nativos de los Andes.

La multitud respondió a una exhortación del candidato con un canto, moviendo sus puños en el aire, zapateando y agitando sus banderas. “Sus esfuerzos no serán en vano”, dijo Morales. Y aclamaron al futuro presidente de Bolivia y a sí mismos. Habían luchado juntos desde que él era un campesino como ellos, el cocalero y líder de una batalla larga y difícil contra las fuerzas antidrogas de Estados Unidos, concentradas en esta región. Lucharon con tesón y prácticamente sin armas en interminables confrontaciones con los militares y la policía antidrogas. La estrategia consistía en no ceder ante nada, de la misma manera en que demostraban apoyo a su candidato bajo la lluvia.

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El ascenso al poder de una nueva elite de pueblos indígenas militantes era inevitable. Hace casi quinientos años, los conquistadores españoles llegaron y transformaron el territorio boliviano básicamente en un campo de trabajos forzados. Las comunidades quechuas y aimaras del altiplano fueron separadas y su gente fue obligada a trabajar en minas sofocantes o en haciendas. Se les permitía la libertad suficiente para obtener apenas lo indispensable para vivir de la tierra. Los habitantes originales del Amazonas de Bolivia corrieron con la misma suerte. Después de la independencia del país, en 1825, se les envió a las tierras bajas para trabajar en la recolección de látex de los árboles de caucho. Apenas en los años ochenta del siglo XX, las comunidades indígenas migrantes del altiplano –como las que se establecieron en Chapare– los expulsaron de sus tierras fértiles. La historia andina está marcada por estas rebeliones indígenas, pero prácticamente todas han terminado en tragedia y el cambio no ha llegado. A lo largo de Bolivia, ya muy avanzado el siglo XX, el uso de siervos seguía siendo legal. Actualmente, fuera de los núcleos urbanos, los patrones aún tienen la aterradora costumbre de violar a las mujeres a su servicio, y los hijos de estas uniones deben soportar el estigma de por vida.

En 1952, una revolución nacionalista resultó en la reforma agraria y les dio el voto a las mujeres y a los indígenas (antes excluidos por “analfabetas”). Sin embargo, el país pasó la mayor parte del siglo bajo el mando de una elite militar corrupta. Cuando el ejército finalmente se retiró del poder y convocó a elecciones en 1982, Bolivia era el país más pobre de América del Sur y su deuda externa estaba entre las más grandes. Carecía de experiencia sobre la vida cívica moderna y el abismo entre la mayoría indígena y la minoría blanca de las clases superiores era infranqueable. Los siguientes cinco periodos presidenciales no fueron fruto de elecciones sino de la designación de un candidato de la clase blanca gobernante.

Esto no significa que en el lugar imperara la apatía. El país estaba en un estado de revuelta constante, gracias a los sacerdotes radicalizados, sindicatos y organizaciones locales, así como a miles de mineros desempleados y altamente politizados del altiplano que migraron a la región de Chapare para establecerse como cocaleros. Estos agricultores, que cultivaban algo que en Bolivia es tan tradicional como el tabaco, y que con frecuencia desviaban al mercado ilegal de la cocaína, lucharon contra tropas bolivianas entrenadas por las fuerzas especiales estadounidenses. Los sacerdotes y los líderes sindicales organizaron comunidades enteras para que marcharan por sus derechos. Una guerrilla indigenista de corta duración bombardeó algunas torres de alta tensión y planteó la idea del retorno al Imperio inca. A partir de 2000, cada día parecía traer una nueva avalancha de marchas, bloqueos de caminos y huelgas.

En diciembre de 2005, como si repentinamente los indígenas bolivianos se percataran del poder de sus números, el grupo se lanzó a votar con una meta común. En el censo de 2001, 62 % de la población se identificaba como indígena. Seis semanas después del mitin en Villa Tunari, Evo Morales ganó la elección presidencial con 54 % (la primera victoria mayoritaria de esta magnitud en décadas) y con el índice de abstencionismo más bajo de la historia de este país. Las comunidades originarias del territorio nacional eligieron a docenas de miembros como representantes para ambas cámaras del congreso. Tras la toma de posesión, en una ceremonia que incluyó ritos andinos tradicionales oficiados por amautas, o sabios, quechuas y aimaras, el presidente Morales nombró cuatro ministros de su gabinete que tenían apellidos indígenas o que conservaban las usanzas de sus ancestros y convocó a elecciones para integrar una asamblea con la misión de redactar una nueva constitución. Cuando aquella sesionaba, se podía ver trabajando a docenas de delegados indígenas con sus tradicionales vestimentas coloridas. Además del español, las 36 lenguas indígenas que se hablan en Bolivia fueron declaradas oficiales en el proyecto de la carta magna. Cinco siglos tras la conquista, se vislumbraba la posibilidad de un Nuevo Mundo en Bolivia.

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En el humilde salón de sesiones del edificio municipal de Achacachi, un poblado a más de 3600 metros de altura sobre el nivel del mar, la consejera Gumersinda Quisbert, de 42 años, se sentó en un viejo sofá de plástico con la vista firme bajo el borde dorado de su bombín. Portaba un chal bordado y raído, y habló con vehemencia, aunque en español titubeante, sobre las transformaciones en su distrito de origen, que ahora tenía un alcalde y un consejo indígenas. “Antes, los campesinos no teníamos forma de ingresar a una oficina del gobierno oficial –dijo Quisbert, y puso un ejemplo–: Yo estaba involucrada en una demanda con mi esposo, y cada vez que íbamos a la corte, como yo traía una pollera (las faldas y enaguas tradicionales) siempre me pedían que esperara afuera”.
Quisbert había pasado la mañana en una reunión del consejo convocada para explicar el presupuesto de construcción a los representantes de un poblado dentro del distrito. La junta se realizó en aimara, con uno que otro término moderno en español, como “techos de cinc” y “estándares ecológicos.” El público, hasta donde podía verse, parecía estar conformado por todos los adultos del pueblo, entre ellos, madres lactantes con sus bebés. Llenaron las sillas doradas imitación Luis XIV en la descuidada habitación y escucharon con atención. Hicieron preguntas específicas y pertinentes a sus representantes electos.

Pero algunos de los cambios en Achacachi eran desconcertantes. Una de las exigencias permanentes de los pueblos originarios –que Evo Morales convirtió en promesa de campaña e incluyó en la nueva constitución– fue que las ayllus, o comunidades rurales tradicionales, pudieran resolver disputas locales según su antiguo sistema de códigos y sanciones. Tras ganar la presidencia, Morales designó una líder sindical quechua, Casimira Rodríguez, como su primera Ministra de Justicia para supervisar el cambio. Muchos bolivianos se preocupan de la existencia de sistemas de justicia paralelos en un país que, de por sí, ya está dividido, pero otros sostienen que la justicia ayllu sortea la burocracia y privilegia la resolución de conflictos sobre el castigo. Sin embargo, Quisbert dio un ejemplo diferente sobre cómo funcionaba el nuevo sistema: “Si una pareja de esposos pelea –dijo– y el caso se lleva en el pueblo, ante una corte, se aplicará una multa. Si el caso se juzga dentro del ayllu, se usará un látigo”.

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La gran parte de los líderes indígenas de hoy surgieron en los ochenta a partir de movimientos sociales locales y sus miembros, por tanto, no son bien vistos por la elite blanca conservadora en las planicies tropicales del sureste, donde se genera la mayor parte del dinero boliviano, gracias a las industrias del gas natural y el petróleo, los bancos, la agricultura y la ganadería. Hay movimientos autonomistas importantes en estas provincias orientales que exigen más control sobre los recursos locales y el conflicto con el nuevo gobierno ha aumentado cada vez más. Por su parte, los movimientos indígenas y locales siguen siendo polémicos, y ninguno de los problemas estructurales que mantienen empobrecidos y descontentos a los ciudadanos bolivianos se ha resuelto. Una de las metas de Evo Morales, incluso antes de llegar al poder, fue reformar la constitución para permitir que hubiera una reelección de los periodos de cinco años de los presidentes. Esta medida fue revocada temporalmente, pero la pregunta de cómo sobrevivirá como líder de una nación tan volátil y como representante de un movimiento que solía mostrar su descontento derrocando presidentes sigue en el aire.

Morales se ganó la atención del público originalmente como el jefe de los cocaleros de Chapare, una organización improvisada que ha sido vilipendiada por la elite política. El hombre tiene su carisma y, en un principio, se percibía incómodo al tratar con personas que sabían más que él sobre algún tema, como la economía o el protocolo. En sus conferencias de prensa dependía mucho de su vicepresidente urbano, Álvaro García Linera, ex miembro de un grupo guerrillero que propuso el regreso al Imperio inca (pero que era miembro blanco de la elite) para que lo ayudara con los datos que él desconocía.

Recientemente, el Presidente Morales se ve más adaptado a su cargo. Y a pesar de sus tendencias radicales y del ambiente turbulento que heredó, ha logrado mantener el país en un curso sorprendentemente estable. En esta primavera, sus índices de aprobación permanecían bien, a pesar de no poder lograr un consenso entre los intereses opositores sobre el futuro de esta nación fracturada. Las marchas, bloqueos de caminos y confrontaciones con militares y policías que derrocaron a sus predecesores no han alcanzado los niveles anárquicos que tenían al país en efervescencia antes de su elección. Ha seguido con diligencia la erradicación de la corrupción institucional, aunque hay pocas esperanzas de lograr esto en el futuro cercano. Conserva su aversión visceral hacia Washington, que surgió cuando fue líder de la lucha contra el programa antinarcóticos de Estados Unidos, pero ha mantenido las relaciones con la administración Bush dentro de los límites del protocolo. Y las dos medidas más controvertidas que ha tomado –la nacionalización de la industria de hidrocarburos y el ambicioso programa de reforma agraria que se está llevando a cabo– no le han restado inversionistas internacionales.

Iván Arias, experto en planeación municipal que ha trabajado mucho tiempo en las comunidades indígenas y observador del gobierno, menciona que Morales ya ha durado más en el poder que lo que la mayoría de los no indígenas esperaban, debido a que cuenta con el apoyo popular, y el flujo de efectivo para mantenerlo. “Hay mucho dinero nuevo –apunta Arias–. Tenemos el dinero del petróleo y del gas, el que proviene del turismo y las remesas que los bolivianos en el extranjero envían a casa. Y también el dinero del comercio de la cocaína”. El área de cocales creció 8 % en 2006, aunque el número de laboratorios de esta droga destruidos aumentó más de 50 por ciento.

Arias me comentó que Morales, quien fue un notorio miembro del congreso antes de ser candidato a la presidencia, practica la política de la misma manera en que juega futbol, una de sus pasiones: “Es un gran oportunista, así que sabe cómo anotar goles”. Entre sus opositores de ambos lados, hay quienes sostienen que un político que juega este deporte, usa pantalones de mezclilla y ahora apenas habla la lengua aimara nativa de sus padres, actúa con hábil oportunismo al postularse como candidato indígena.

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¿Pero cuáles son los requisitos para ser indígena? Y, si se es indígena, ¿se es también boliviano? Si esto es cierto, entonces, ¿cuál de las dos identidades tiene prioridad? En la nueva Bolivia estos profundos cuestionamientos filosóficos repentinamente son tan comunes como la disputa sobre si la más reciente ganadora del concurso Cholita Paceña podía ser auténtica si sus trenzas eran falsas, y tan serio como los argumentos entre los militares y los grupos indígenas sobre si las banderas indígenas de colores a cuadros, llamadas wiphalas, pueden portarse en el desfile militar anual en Santa Cruz.

“En realidad, para nosotros Bolivia no existe”, dijo Anselmo Martínez Tola, un hombre agradable de plática pausada que viene de Potosí quien era, según el letrero de su puerta, el “mallku a cargo” en las oficinas centrales del Consejo Nacional de Ayllus y Markas de Qullasuyu. El nombre del consejo se refiere a la “federación nacional de comunidades quechuas y aimaras del cuadrante del antiguo Imperio inca que alguna vez incluyó a los Andes bolivianos”. Pese a lo parco de la decoración del lugar, es una de las organizaciones indígenas más poderosas de Bolivia, con 10 delegados en la asamblea constitucional. “Bolivia es el nombre que se impuso hace apenas 183 años –dijo el mallku, o líder tradicional–. Yo me siento más quechua que boliviano, más originario que boliviano”. Reconoció con pesar que no traía la vestimenta tradicional indígena y le pregunté si sus hijos seguirían siendo indígenas si nacieron fuera del ayllu, hablaban español, usaban pantalones de mezclilla y emigraban a Nueva Jersey en busca de trabajo. “Claro –respondió–. La misma sangre corre por sus venas y esa no se puede cambiar”.

Abel Mamani, un hombre delgado y alerta que recientemente ocupó el puesto de Ministro de Aguas, tiene otro punto de vista. Antes de que fuera elegido Morales, Mamani era el líder de la Federación de Juntas Vecinales para la gigantesca ciudad, de 30 años de edad, llamada El Alto, en las afueras de La Paz o que, mejor dicho, se posa justo sobre ella, ya que está en el borde del valle que alberga a la capital. El Alto es una caótica ciudad de migrantes, la mayoría indígenas del campo, y es un centro de turbulencia política. Aquí se organizaron las huelgas y los bloqueos de caminos que sitiaron La Paz a partir de 2003, y Mamani fue quien, como líder de la federación de El Alto, dirigió el movimiento huelguista en el amargo 2005. El agua es uno de los temas más explosivos en las ciudades bolivianas, en particular en El Alto. Morales creó un ministerio para esto. Mamani, de 41 años, quien había tenido varios trabajos distintos, fue su primer dirigente (llegó igual de pobre que muchos miembros del gabinete al tomar posesión, y era más talentoso que la mayoría como político. Fue despedido el año pasado por presunto malgasto de fondos públicos en uno de sus viajes oficiales a Europa).

Le pregunté a Mamani si él era indígena y sonrió irónicamente: “Soy un líder indígena surgido de los movimientos políticos protagonizados por los indígenas y otras personas empobrecidas –dijo–. Pero no provengo del campo. Mis abuelos sí, al igual que sus ancestros. Se podría decir que son originarios. Pero mis padres emigraron a la ciudad y ahí nací yo. Mis hijos sí que están completamente urbanizados”. Se encogió de hombros, con las palmas de las manos hacia arriba. “Además, hay otra cosa que considerar. El Alto es una de las tres ciudades más grandes del país. Está conformada por una mezcla de personas de todos los rincones de Bolivia y de todas las clases sociales. Entonces, ¿el líder de un lugar lleno de indígenas y otros tipos de personas debe ser cabeza sólo de los indígenas?”. Los políticos nacionales que declaran serlo se enfrentan a algunas cuestiones morales difíciles, añadió. Si fueran ricos, ¿serían menos indígenas? ¿Se puede decir seriamente que el color de la piel define el carácter? Y, continuó, definitivamente él no era un qara, que significa “blanco”.

“Cuando decimos que soy indígena –apuntó finalmente–, supongo que estamos refiriéndonos a mis orígenes. Probablemente también estemos hablando un poco sobre la manera de ver el mundo”.

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Lejos del ruido de automóviles y la contaminación de la carretera fuera de la rica ciudad tropical de Santa Cruz, hay un camino de tierra lleno de basura. Cerca de este se encuentra el Barrio Bolívar, una docena de chozas de adobe, más o menos idénticas a miles más que rodean la ciudad. Estas viviendas están agrupadas alrededor de un polvoso claro central que tiene en un extremo una capilla evangélica construida de ladrillos y, en el otro lado, el orgullo de la comunidad: una escuela de dos habitaciones, hecha también de ladrillo. Junto, dentro de un círculo de malla de alambre, hay más polvo y basura. También algunas plantas, una cinia y un escuálido aguacate.

Junto a este jardín, rodeados de polvo, bolsas de plástico y contenedores de queroseno vacíos, había tres hombres sentados, eran morenos y vestían camisetas y pantalones de mezclilla, tallando tiras de madera para convertirlas en flechas. Eran miembros del grupo étnico ayoreo, quienes incluso en los sesenta defendían fervientemente sus tierras en la región de Chaco. Los misioneros que se aventuraron a estas zonas tuvieron muertes desagradables. Los ayoreo, con el cuerpo decorado con pinturas rituales, cruzaron la selva entre Bolivia y Paraguay, cazaban y pescaban, recolectaban miel y frijol, maíz y calabaza durante la época de lluvias. Hace cuatro años, un grupo de 17 ayoreos, extenuados física y emocionalmente, surgieron de sus selvas en Paraguay y cambiaron su vida seminómada por otra como la de sus parientes en Barrio Bolívar, donde la mortalidad infantil es devastadora y hay muy pocas oportunidades de trabajo. Para los ayoreo, el choque cultural y el desplazamiento de los pueblos andinos de la conquista es algo que sucede en este momento.

Hoy parece que se están adaptando más, aunque no necesariamente mejor, al sistema capitalista de la ciudad. Los que en otro tiempo fueron cazadores recorren las calles de Santa Cruz y venden sus flechas, o en el caso de algunas de las mujeres, sus cuerpos, pero parecen conservar el placer de la conversación, como pude comprobar cuando los tres hombres y yo nos unimos a otros miembros de la comunidad y, con la ayuda de una mujer que hablaba español, conversamos sobre los osos hormigueros a los que esperaban cazar en sus selvas, cada día más chicas, sobre lo deliciosos que eran y sus largas colas. Platicamos también sobre México, país del que han oído por la música ranchera, que les gusta mucho, hasta que se nos terminaron las palabras en común y nos despedimos.

Al intentar definir qué es lo que distingue a los indígenas de otros seres humanos, Abel Mamani aseguró que están unidos por cierta cosmovisión, sin embargo, para un observador externo, no sería obvia la similitud de los ayoreos –que han ingresado al mundo moderno tan recientemente– con los infatigables aimaras y quechuas. Estas personas del Altiplano siguen relacionadas de muchas maneras no sólo con el Imperio inca, por su forma de vestir y su distribución de la tierra, sino también con la corona española y la revolución nacionalista de 1952. Los conquistadores españoles únicamente vieron “indios” donde, sólo en Bolivia, existen más de cincuenta diferentes culturas y grupos de lenguas. El enorme peligro que corre el actual gobierno es ver a la poderosa mayoría aimara y quechua como representante de todos los pobladores originarios de Bolivia. Le pregunté al presidente del consejo municipal de Achacachi qué era lo que esperaba. El Qullasuyu –el Imperio inca–, respondió. Pero la mujer ayorea que había traducido amablemente para su gente en Barrio Bolívar tenía una meta más simple y urgente: “Queremos ayuda para que otorguen becas a nuestros jóvenes, para que puedan salir del barrio y tengan una buena educación en algún lugar”, comentó. Entre la esperanza y la necesidad, hay espacio para una mejor Bolivia.