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Existe la falsa idea de que en Brasil todo es alegría. La imagen del carnaval de Río de Janeiro, las garotas en la playa de Ipanema, el fútbol festivo en blanco y negro de la verde-amarela liderada por Pelé y ahora el fútbol eléctrico de Neymar e, incluso, la sonrisa barbuda de Lula da Silva han construido y cimentado el mito. Quien dice alegría, quiere, en el fondo, decir también descontrol, laisse faire. Pero las cosas no son tan sencillas, nunca lo son.

Cuando un par de años atrás me mudé a Río, casi todas las charlas telefónicas con amigos en Buenos Aires terminaban así:

—¡Qué bueno gordo! ¡Ahora ya tenemos casa donde parar cuando vayamos de vacaciones a Río!

Y lo que sonaba a chiste era en realidad una amenaza que se fue cumpliendo poco a poco.

Los primeros en llegar fueron Juan y Mariano. En las charlas previas Juan ya me había consultado, con bastante anticipación e interés, si se podía conseguir “algo rico” para fumar. Algo rico en esta parte del mundo se dice macona. Entonces no sabía lo que hoy sé sobre esta ciudad. Con la impunidad que da la ignorancia le respondí que seguro algo íbamos a encontrar.

Ni bien llegaron mis invitados, nos pusimos en marcha. Arrancamos para el barrio de Lapa. Pegado al centro histórico de Río, Lapa es la zona más de moda de la ciudad, con numerosos bares, restaurantes, hoteles, boliches, casas de espectáculos, teatros. Lapa fue el barrio de la bohemia por excelencia en distintos momentos de la historia carioca. Ya en los años veinte era el lugar preferido tanto de Noel Rosa, uno de los mayores creadores de música popular brasileña, como de Madame Satã, un transformista que hacía shows en los cabarés de aquellos años y aterrorizaba las calles con su violencia antológica. Con el paso del tiempo el ámbito predilecto de los bohemios cayó en decadencia y durante décadas fue un peligroso territorio de malandras.

Hace poco más de diez años Lapa volvió a ser aquel lugar que solía ser: visita casi obligatoria para turistas y lugar de encuentro para lugareños.

Por la tarde mientras pasábamos el rato en la playa en Copacabana habíamos constatado olor a porro. Lo mismo horas después en el parque de Flamengo, de regreso a casa. Por la noche, en las calles de Lapa, el mismo perfume. La ansiedad de Juan iba en aumento, tanta como para atrevernos a ponernos en manos de mi por entonces pobre portugués.

―¿Será que acá podremos conseguir algo? ―preguntó Juan.
―Seguro ―respondí, sonando más confiado que lo que en realidad estaba de tener éxito en la búsqueda.
―¡Bien! ¡Porque todos están fumando menos nosotros!

Entramos en uno de los boliches, un antiguo caserón art decó de tres pisos. Pedimos algo para tomar y nos quedamos en la barra de la planta baja. Dejamos pasar un tiempo prudente. Entonces entramos en confianza con un cliente del lugar que estaba sentado cerca de nosotros y, haciéndonos los superados, después de admitir que éramos turistas ―o casi―, le preguntamos dónde podíamos comprar marihuana.

―Dieron con la persona indicada.

A la distancia no sé si es eso lo que dijo exactamente, pero fue lo que entendimos.

―¿Seguro? Buenísimo ―nos salió casi a coro―. ¿Cómo hacemos?
―Acá no.

Nos dijo que lo encontráramos en la calle.

Ya en la vereda preguntó:

―¿Cuánto quieren comprar?
―Para un par de días ―respondimos.
―Voy a ver cuánto les consigo ―dijo.

Antes de irse nos señaló la esquina donde debíamos esperarlo. Apareció pocos minutos después en un auto que manejaba otro tipo. Se bajó y se levantó la remera, mostrándonos un arma que llevaba en la cintura y, sin decir nada, solo con el gesto, nos mandó subir al auto. Ya con el vehículo en movimiento se identificaron como policías, mostrando una identificación difícil de ver, y nos informaron que estaban deteniéndonos. Nuestro miedo ―por lo que sabíamos de la policía brasileña― era mayor que nuestro esfuerzo por explicarles, en nuestro portuñol básico, que éramos turistas, que no habíamos hecho nada, que no tenían pruebas y un largo etcétera de excusas que sabíamos inútiles de antemano. Nos pasearon un buen rato por la noche carioca y en el recorrido pasamos varias veces por la puerta de una comisaría.

―Acá van a pasar la noche ―era lo que entendíamos. O tal vez fuera lo que nos decían―. Y se van a tener que fumar unos cuantos cigarros de carne, putitos.

Pero toda esa puesta en escena nos dejó claro que no querían ―o no podían― detenernos. Nosotros sabíamos que no nos iban a dejar bajar si no hacíamos una contribución voluntaria a la institución que tan dignamente representaban.

―Seguro podemos arreglar esto de alguna manera ―solté finalmente en mi media lengua, comprendida por todos los chantas del universo.
―Por supuesto.

Hicimos una vaquita entre los tres y les dejamos todo lo que teníamos. Nos bajaron en la primera esquina amenazándonos para que no miremos hacia atrás mientras ellos se alejaban. Obedecimos. Volvimos a casa a pie. Jodidos. Asustados. Y sin porro.

***

Cuando tiempo después Jorge llegó de visita, yo ya conocía a Lucio, un simpático minorista que compra su paquete de medio kilo de cannabis por internet a una florista de la ciudad de Curitiba al sur del país y que lo recibe puntualmente en su casa, cortesía de Correios da República Federativa do Brasil. Cuando Jorge y yo decidimos que queríamos fumar, llamé a Lucio, con tan mala suerte que lo encontramos fuera de la ciudad. Lucio, que trabaja para la guardia civil, se encontraba en algún tipo de misión en São Paulo y debía estar volado porque a mi pregunta de dónde podríamos conseguir algo respondió:

―Andá hasta mi casa y pedile un poco a mi madre.
―¿Te parece Lucio? Veo qué hago. Cualquier cosa te aviso.

Ganas no me faltaban, pero tuve que pensarlo un poco porque la mamá de Lucio es, digamos, algo particular.

Dona Maria Augusta es docente de Historia del Arte y restauradora. Durante los terribles años de la dictadura brasileña, junto con su marido, militar de izquierda, utilizaron sus conexiones para ayudar a escapar del país a gran cantidad de militantes contra la dictadura, casi todos docentes y alumnos de la universidad donde la señora daba clases. Todo ese valioso y riesgoso trabajo lo hacía en medio de una nube de porro.

A mí me gusta el porro, pero sin exagerar. Lucio y su mamá exageran. Mucho. Una tarde en su casa, cuando llevábamos horas de charla sobre historia del arte, política, restauración de antigüedades, militancia, resistencia contra la dictadura y porro continuo nos sorprendió un ruido apagado, suave, como de algo que cae blandamente. Dona Maria Augusta tiene por mascota un papagayo de pecho rojo, muy común en la costa del país desde Salvador da Bahia hasta Río Grande do Sul. El bicho de estimación compartió con nosotros las largas horas de bate-papo y porro, y no lo soportó. Cayó. Cuando Dona Maria Augusta constató que el animalito no estaba muerto sino desmayado y nos lo comunicó, a mí se me escapó una risita. Después de un buen rato, tuvimos que esforzarnos para dejar la risa de lado y llamar al veterinario para ver cómo reanimábamos al pobre bicho. La señora tuvo que llamar un taxi para que los lleve ―a ella y al papagayo― hasta la veterinaria donde atenderían al intoxicado.

Así que, ante la perspectiva de colocar al borde de la muerte por segunda vez a un excelso ejemplar de una especie en peligro de extinción, optamos por el plan B.

***

El periodista brasileño Tim Lopes trabajaba para la poderosa Rede Globo. En 2002 intentó desentrañar algunos aspectos del submundo del tráfico y las ramificaciones que lo unen a la policía y al poder político. Tim Lopes desapareció el dos de junio de 2002 y unos pocos restos de huesos de su cuerpo carbonizado fueron encontrados en un cementerio clandestino el cinco de julio de ese año. Se comprobó que era él por un examen de ADN. Tanto él como su productora habían denunciado amenazas de muerte recibidas en el transcurso de sus investigaciones y ni la policía ni la justicia hicieron nada al respecto. Las investigaciones las estaban realizando en la Vila Cruzeiro del Complexo do Alemã, en la zona norte de la ciudad de Río. La noche que el periodista desapareció llevaba una cámara oculta para hacer imágenes dentro de un baile funk organizado por los traficantes de la zona. Tim Lopes había recibido información de que en aquellos bailes se vendían drogas abiertamente, y ese era el tema de su actual reportaje. Una investigación anterior de Lopes, de 2001, sobre la venta de drogas en otras favelas, había dejado muy enojados a los traficantes. Cuando lo vieron en el baile, los jefes del Comando Vermelho que controlaban ese territorio decidieron en el momento su ejecución. La autopsia sobre los restos encontrados determinó que murió en las primeras veinticuatro horas posteriores a su desaparición.

Como sabe todo aquel que haya visto alguna película brasilera reciente, en las favelas acecha otro peligro. Lo explica de manera estupenda el periodista Zuenir Ventura en su libro Cidade partida. Además de los traficantes existen las milicias, por lo menos ―según afirma el autor― desde la década del cincuenta. Las milicias no solo controlan algunos de los morros y favelas, aquellos donde consiguen derrotar a los traficantes, sino que también ejecutan a todos los que obstaculizan su accionar. Por lo general periodistas escrupulosos, policías honestos (que los hay) y jueces del lado de la ley. En agosto de 2011, la jueza Patricia Acioli, que había enviado a prisión a un grupo de milicianos responsables de al menos cien asesinatos, fue acribillada en la puerta de su casa delante de sus hijos. Entre los acusados del asesinato de la jueza se encuentran una serie de policías militares de alto rango. Las milicias no se andan con tonterías. Eso sí, cuidan su negocio. Las clases medias y los turistas suelen correr mejor suerte. Somos clientes. Y al cliente, ya se sabe, se le mima y trata con respeto.

***

Pese a que solo el diez por ciento de la superficie construida de Río de Janeiro está ocupada por favelas, viva donde uno viva siempre tendrá una a mano. Yo vivo cerca de la Tavares Bastos, que fue una de las primeras en ser pacificadas por la policía y por eso es una de las más usadas en el cine de los últimos años. Ofrece el escenario natural deseado y la conveniente seguridad de una zona ocupada por la policía militar.

Una vez superado el miedo inicial, Jorge y yo nos vestimos como el común de los habitantes del barrio que íbamos a visitar ―bermudas estampadas, ojotas de dedo y remera― y comenzamos a subir. Lo del camuflaje fue inútil. Parecía que teníamos un cartel cada uno en la frente que decía con letras luminosas: “turistas”.

La calle Tavares Bastos, que le da nombre a la favela, comienza, en su continua subida, como un barrio común y corriente. Sus primeros pobladores llegaron en el siglo XVIII y todavía sobreviven algunos caserones ―la mayoría en decadencia― de la época en que ese barrio era una de las zonas elegantes de la ciudad. La vista que se tiene desde allí de la Baía de Guanabara es envidiable. Después de unos quinientos metros de calle en ascenso, en la parte más alta del morro, termina el barrio de clase media y comienza abruptamente la favela. Cuando pusimos un pie en la favela, una señora mayor que estaba parada en medio de la calle nos preguntó:

―¿Buscan algo?
―No. Nada en particular.
―Pero ustedes no son de aquí.
―No, tiene razón. Pero solo estamos conociendo el barrio. Nos hablaron de un albergue muy lindo que hay por acá.
―Ah. Sí, el albergue ―dijo la mujer con cara de no creernos nada―. Si precisan alguna otra cosa, derecho por este callejón, casa sesenta y seis. Es a la izquierda, una casa pintada de verde.

No nos quedó más remedio que agradecer y obedecer la directiva. Igual, para no mostrar desesperación, en el camino paramos en un boteco, uno de los tradicionales barcitos de paso, y pedimos unas caipirinhas. Las saboreamos con calma y recién después seguimos nuestro camino. Llegados a destino, el trámite fue de lo más sencillo. Además el precio resultaba más que aceptable: por cincuenta reales nos llevamos unos veinticinco gramos. Joya.

***

Cuando uno se asoma a Casa-Grande & Senzala, de Gilberto Freyre, el principal tratado de sociología de Brasil, descubre que la maconha fue introducida en el entonces territorio colonial brasileño por los esclavos africanos, que empezaron a llegar a mediados del siglo XVI a la costa de Bahia y que en el siglo XIX ya habían extendido su uso como erva sagrada por todo el litoral, incluido Río. En la novela O Xangô de Baker Street del escritor y estrella de la televisión Jô Soares, donde narra cómo Sherlock Holmes cambia la cocaína por la marihuana en el Río de Janeiro de finales del Imperio, allá por 1886, se afirma que el mismísimo Dom Pedro II, el magnánimo último emperador de Brasil, la cultivaba en su propio jardín. Tanto no he sido capaz de comprobar, pero que desde 1560 en adelante se fuma baseado por estas latitudes está debidamente documentado.

Juan y Mariano volvieron a visitarme una vez más con las mismas ganas de fumar. Junto con ellos vinieron, también de vacaciones, Leo y Germán, que se hospedaron en un hostel a dos cuadras de casa. La fecha elegida esta vez para la visita fue carnaval. No tardó mucho en aparecer el tema recurrente en nuestra conversación.

―Esta vez va a ser más sencillo ―les anuncié, entusiasmado con mi progreso.
―Bárbaro. Casi que estábamos decididos a no seguir intentándolo ―comentó Juan y la carcajada de todos se extendió un buen rato.
―¿Cuándo podemos ir a buscar? ―preguntaron casi al unísono Leo y Germán.
―Ahora de noche no es prudente ―informé―. Mañana podemos subir.

Los cuatro concordaron. Pero la excursión esta vez no fue fructífera. Nos informaron que estaba complicado, que ese día no tenían y que había que esperar un poco, tal vez un par de días. Volvimos de manos vacías. Pensé que esperarían, pero no. Leo y Germán, que estaban un poco más ansiosos que el resto, a su regreso al hostel encararon a uno de los empleados del lugar que hablaba español y le preguntaron, sin dar muchas vueltas, cómo podían conseguir porro esa misma noche. El pibe, sin pestañear, a su vez les preguntó:

―¿Cuánto quieren?

Leo, que ya tenía la tabla de precios que yo le había anticipado, respondió:

―Veinticinco gramos―, y le puso en la mano un billete de cincuenta reales.

En no mucho más que una hora el joven carioca volvió con la encomienda. Y se ganó una buena propina, claro.

Al día siguiente el programa era ir a un bloco. Los blocos son el carnaval popular. Fuera del Sambódromo y del carnaval oficial de las carrozas, las reinas, las baterías súper organizadas y la televisión. Allí están esas inmensas mareas humanas que, en algunos casos, llegan al millón de personas: gente que baila en las calles y bebe desde muy temprano a la mañana hasta el atardecer. Llegamos al que habíamos elegido, en el barrio de Botafogo, cerca del Cristo Redentor, antes de mediodía. En medio de la multitud, mezclado con el olor a orina, el humo de los puestos de comida y el sudor, se percibía nítido el perfume a faso. En minutos pasamos a ser parte de la banda descontrolada.

Al anochecer, ya más relajados, después de comer algo en el barcito de la esquina de casa, partimos todos en metro hacia Lapa. Juan y Mariano no estaban muy entusiasmados, Lapa no les traía buenos recuerdos. Pero los tranquilicé con el argumento de que mi año vivido en la ciudad, no había sido en vano.

―Es cuestión de conocer el lugar justo ―dije, haciéndome el conocedor.
―La vez anterior también estaba todo bien y casi terminamos en cana ―respondió Mariano.
―Bueno, pero ahora vas a ver que es diferente.

Bajamos en la estación Cinelandia y caminamos los doscientos metros que nos separaban de nuestro destino. La principal característica arquitectónica de Lapa son sus Arcos. Son su tarjeta postal. Los Arcos son un antiguo acueducto construido durante el período colonial y considerado la mayor obra que queda en pie de aquel período en la ciudad, y hoy sirve, en su parte superior, de vía para el paso del bondinho, un simpático tranvía utilizado tanto por turistas como por los vecinos del barrio. Atravesando los Arcos, al nivel de la calle, se entra en la zona más frecuentada y agitada del barrio. Y ahí está el secreto. No hay que seguir por allí.

―Acá doblamos ―anuncié parado en el Largo da Lapa, antes de cruzar los Arcos.
―¿No cruzamos? ¿La mayoría va para allá?
―No. Acá hay que doblar a la izquierda.

Y eso hicimos. Y en mi nuevo rol de guía turístico, fui informando:

―Tomamos por esta calle que se llama Joaquim Silva. Ahora tenemos que caminar unos ciento y pocos metros hasta que lleguemos a la escalera multicolor, la escalera que sube al morro de Santa Teresa. Ese es el lugar que buscamos.

Avanzamos. Mucha gente por la calle. Mucho Bob Marley a todo volumen. También hay gran cantidad de bares, restaurantes, hoteles. Igual que del otro lado de los Arcos, pero con una pequeña diferencia.

El aroma nos fue guiando. Al llegar al pie de la escalera, después de ser abordados por media docena de chicos harapientos que nos pedían unas monedas para comer un salgadinho, nos esperaba una imagen alucinada. Todo el mundo fumando porro: algunos solos y otros en grupos, los lugareños junto a los turistas, los jóvenes mezclados con los que no lo eran tanto, los ricos y los pobres; como en una moderna Babel, pero a la inversa. La policía daba vueltas por el lugar pero no molestaba. Y todos creímos entonces ―solo por ese rato― que estábamos en una Cidade maravilhosa.

El pueblo de gemelos

Publicado: 30 julio 2012 en Juan Pablo Meneses
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Hace dos ciudades que desaparecí del mapa. Estoy en un perdido pueblo campesino del sur de Brasil famoso por sus gemelos. Viajo y me alojo en hoteles donde no me piden el nombre, ni ningún tipo de identificación. Tampoco reviso mi correo electrónico, ni entro a internet. La última pista oficial, si alguien decidiera salir a buscarme, es el Aeropuerto Internacional de Porto Alegre. No hay registros del bus de toda la noche hasta la ciudad de Santa Rosa ni del taxi que me trajo hasta Cândido Godói. A 65 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, esta zona, donde se ocultaron algunos prófugos nazis, sigue siendo un buen escondite.

Josef Mengele, el médico a cargo del campo de concentración y exterminio de Auschwitz, fue uno de los que pasaron por aquí. Conocido como ‘el Ángel de la Muerte’, se encargaba de diseñar nuevas formas de muertes colectivas. Pero su interés científico no se limitaba a eliminar una raza. También se enfocaba en fomentar el crecimiento de otra: la aria. Ahí nace su obsesión con los gemelos. Si se podían controlar los nacimientos múltiples, crecería de forma más rápida la ‘raza perfecta’.

—Bienvenido a la tierra de gemelos —me dice el chofer del bus, que viste los colores del Internacional de Porto Alegre, cuando por fin llegamos a destino.

Después del fin de la guerra, el rastro de Mengele desapareció. Los informes posteriores dicen que estuvo escondido en Argentina por varios años. Luego habría trasladado su residencia a Paraguay. Los primeros testimonios sobre su presencia en la zona de Cândido Godói datan de 1963. Según dice Jorge Camarasa, autor del libro Mengele, el ángel de la muerte, hay testigos de que se movía entre los pueblos brasileños de Santo Cristo, Cerro Largo, Linha San Antonio, San Pedro de Butiá y Cândido Godói.

Hoy en día, en el puesto de salud pública, en la oficina de correos, en la entrada al edificio policial y en el departamento de cultura, se lee: “Tierra de gemelos”.

Hace unos 20 años, una noticia curiosa alertó a los estudiosos del nazismo. En un pequeño pueblo de Brasil, en el Estado de Río Grande do Sul, estaban naciendo gemelos a un porcentaje más alto que en cualquier otra parte del mundo: 1 de cada 5 embarazos era de gemelos, versus 1 de 80 del ratio normal. Tan alta era la población de hermanos idénticos, que el pueblo había decidido organizar una fiesta con todos ellos. Hubo un detalle genético que sirvió para juntar las piezas: el pueblo, como la mayoría de los caseríos vecinos, estaba habitado en más de un 80% por descendientes de alemanes. ¿Simple coincidencia? ¿Tuvo algo que ver Mengele? ¿Marketing turístico?

Cândido Godói, el pueblo que lleva el nombre de un secretario de Obras Públicas de Río Grande que dividió la zona en 28 colonias rurales de 24 hectáreas cada una, por fin aparecía en el mapa.

***

Es una mañana asoleada. Cuando uno camina por el centro de un pueblo de gemelos, todo el tiempo se está buscando gente igual. Si además, todos los habitantes son campesinos alemanes que se visten parecido, la confusión puede ser aún mayor.

Los gemelos son generalmente del mismo sexo y poseen un ADN idéntico. Alrededor de un cuarto de ellos son idénticos entre sí. Algunos son tan iguales, que solo se pueden distinguir por las huellas digitales, dientes o letra: aunque poseen personalidades individuales y caracteres diferentes.

Después de un día entero en Cândido Godói, la mayoría de los habitantes me parecen gemelos. Como si uno estar fuera del mapa también fuera estar en un pueblo fantasma donde nadie habla y toda la gente es igual. Entro a la tienda de Santa Rosa, en el centro del municipio. La chica que me atiende sonríe amable, mientras dobla unas camisetas. Tiene la piel blanca, los ojos claros y el pelo negro. Está vestida de azul. Me dice que nació aquí, y de pronto se agacha para guardar una caja. Desaparece tras el mesón. Sin embargo, como si se tratara de un acto de magia, de pronto la veo parada en otra esquina del local. Ahora está tras la máquina registradora. No puede haberse movido tan rápido. Debe ser otra.

Me acerco a la mujer tras la caja, para verla de cerca. Está vestida con el mismo peinado, los mismos colores, la misma piel blanca y ojos claros. Le pregunto si son hermanas gemelas:

—No. Claro que no —me dice, mientras sonríe.

—¿Nos encuentras parecidas? —dice la otra.

Cuando se juntan, se ven iguales, pero distintas. Miden lo mismo, hablan al mismo tiempo, pero ni siquiera son hermanas. Sin embargo, a las dos les gusta que las confunda con gemelas. A diferencia de Madagascar, donde los gemelos son símbolo de mala suerte y muchos son abandonados, en este pueblo brasileño de 7000 habitantes, son considerados buena suerte y no hay mayor fortuna que tener un clon.

Aquí, donde el eslogan de la ciudad habla de los gemelos, tener un hermano idéntico te sube de categoría: como ser sicario en Ciudad Juárez, músico en Liverpool o llevar las tetas operadas en Medellín. De alguna forma, si tienes un doble, eres más parte de la ciudad que el resto. Protagonista del lugar, en vez de actor de reparto.

La llegada de periodistas de todo el mundo ha ayudado a promover el nombre del pueblo a escala mundial. La explosión de los nacimientos de gemelos ha permitido que este perdido pueblo, uno de los 496 municipios del Estado Grande do Sul, que vive de la agricultura y la venta de la soja, destaque entre el resto: los gemelos como trampolín de fama.

La terminal de buses de Cândido Godói es pequeña. Tiene una boletería llena de mapas y advertencias, y siembre hay alguien limpiando los baños. Hay pocos asientos para esperar, y constantemente están ocupados por viejos que se sientan a ver cómo baja o sube la gente a los buses que llegan cada tres horas. Al lado hay una fuente de soda, donde los campesinos con cara de alemanes toman cerveza mientras en la televisión desfilan unas chicas en bikini desde Río de Janeiro.

La vendedora de boletos de la terminal se llama Luisa, aunque por su apariencia, debería tener un nombre alemán. Es robusta, tiene más de 50 años y sus manos, más que para contar billetes, parecen estar hechas para el boxeo. Le pregunto si tiene una hermana gemela. Antes de responder, deja de mirarme. Enfoca hacia el suelo. Baja la voz, y con un tono entre desinteresado y melancólico, me dice que no.

—Soy hija única.

Debe haber pocos hijos únicos más tristes que los nacidos en un pueblo de gemelos.

Repentinamente, recuerda algo que le vuelve la sonrisa:

—Ah, pero tengo una prima que tuvo gemelas.

Hay varios famosos padres de gemelos: Julio Iglesias, Al Pacino, Julia Roberts, Jennifer López. Aquí, sin embargo, ser padre de dos hijos iguales te convierte a ti en famoso. El departamento de la ciudad estudia dar beneficios a los procreadores de hermanos idénticos, aunque ninguna medida sirva para fomentarle un tipo de nacimientos que aún no tiene explicaciones. No hay razones concretas para que dos hijos nazcan iguales, aunque investigar aquello fue una de las obsesiones —y misiones— que tuvo el alemán Josef Mengele.

***

En la oficina de cultura hay seis escritorios, seis empleadas administrativas y ninguna tiene hermanos gemelos. La oficina de cultura tiene el piso de madera, los teléfonos celulares sobre la mesa y se toma mucho mate. Mates grandes, el doble de los argentinos y uruguayos. En Río Grande do Sul, el estado de donde nacieron las famosas brasileñas alemanas Xuxa (‘la Reina de los bajitos’, de apellido Meneguel) y la modelo Gisele Bündchen (que tiene una hermana gemela), todo el mundo toma mate. En una esquina hay una imagen que recuerda a Rómulo y Remo, los famosos gemelos romanos. Un cartel pegado en la pared nos recuerda que estamos en “Tierra de gemelos”.

Las mujeres de la oficina de cultura se atropellan para hablar. Me reconocen que la historia de los gemelos les ha traído algo de fama. Enseguida, para demostrar que ese algo es mucho más que poca cosa, saca un libro lleno de recortes de la prensa mundial con fotos de gemelos. Corresponden a la última fiesta de gemelos, que se hace en el caserío de San Pedro la segunda quincena de abril, cada dos años.

A cinco minutos está una casa de madera donde funciona el Museo de Rescate Histórico y la Casa de los Gemelos. En la puerta hay una alemana brasileña de brazos gruesos y de nombre Helga. Por la carretera pasa un bus que en su parte trasera lleva una foto gigante de dos niños idénticos, bajo la leyenda: Cândido Godói, tierra de Gemelos.

Helga me muestra el museo, que más parece una bodega de antigüedades mal conservadas. Entre los trastos viejos, un mapa con fotos de gemelos antiguos y un álbum de fotos familiares con niños iguales.

—¿Tienes gemela? —le pregunto.

Se pone seria, guarda silencio y me dice:

—No.

Y luego, como todos, me dice que vaya al caserío de San Pedro. Una comunidad agrícola vecina, cuyo nombre oficial es Linha São Pedro, y que tiene 40 parejas de gemelos en 4 km2.

La presencia nazi en la zona está comprobada. En los archivos del museo hay viejas fotos de la escuela de Cândido Godói, durante la guerra, con niños cargando la esvástica. En los años posteriores al fin de la guerra, algunos vecinos recuerdan la llegada de un médico alemán que venía con su maletín y vacunaba a las mujeres en edad de procrear. ¿Mengele?

Una de las primeras en sospechar y relacionar sus experimentos genéticos con los embarazos de gemelos fue la vieja doctora del pueblo Anencia Flores da Silva. Jorge Camarasa, el autor del libro sobre la vida oculta de Mengele en Sudamérica, dice: “Creo que Cândido Godói puede haber sido el laboratorio de Mengele, donde finalmente logró cumplir su sueño de crear una raza aria superior de cabello rubio y ojos azules”.

Camarasa asegura que hay testimonios de que asistió a las mujeres, siguió sus embarazos, las trató con los nuevos tipos de fármacos y preparados, que hablaba de la inseminación artificial de seres humanos, y que continuó trabajando con los animales, proclamando que él era capaz de lograr que las vacas puedan producir gemelos.

La teoría no se ha podido comprobar. La mayoría de los estudios genéticos la descartan. Pero, entonces, ¿por qué tantos gemelos?

Para llegar a São Pedro hay que tomar otro taxi, por calles de tierra que se abren y cierran, mientras uno se adentra en un Brasil profundo muy distinto a las playas y la cerveza y las garotas de Río de Janeiro, y totalmente inverso a los rascacielos y megaproyectos de la gigantesca São Paulo.

Entrar en São Pedro es sentir que estás aún más fuera del mundo. Que, mientras el auto avanza lanzando polvo por los caminos de tierra y cultivos de soja y de maíz, desapareciste del mapa hace muchas más que dos ciudades.

Las fotos y videos de la fiesta de gemelos en Cândido Godói son espectaculares. Media docena de parejas de idénticos, posando para la foto, sabiendo que al día siguiente será reproducida en medio mundo. Cuando dos hermanos se visten igual, aunque hayan nacido en años diferentes, parecen gemelos. Para la fiesta, los gemelos se peinan y se visten y caminan de la misma forma. Tratando de estar lo más parecido posible a ellos mismos. Lo menos individual que se pueda.

Pero llegar al pueblo de la gran fiesta mundial de los gemelos, cuando ya no es la fiesta, muestra la verdadera cara del lugar. São Pedro tiene la más alta densidad de gemelos del mundo, pero casi no tiene densidad. Hay un par de casas salpicadas, una escuela, una iglesia y un par de monumentos.

Fernanda Mollmann es rubia, descendiente de alemanes y dirige la escuela de São Pedro.

—¿Tienes gemela? —le pregunto.

Me dice que no, que lamentablemente no, que le habría encantado poder tener una hermana gemela.

Recorremos juntos São Pedro como si se tratara de la escenografía de un capítulo tétrico de los Archivos X. Uno en el que el espíritu de cientos de gemelos se mantiene vivo en un caserío donde no vive nadie. Lo único que corre es el polvo, lo único que se oye es el viento. Todos estamos muy abrigados, con ropas gruesas y bufandas, una señal más de que estamos en otro Brasil.

Fernanda, con entusiasmo, me muestra los lugares donde cada dos años se celebra la fiesta de los gemelos. Otra vez muestra la misma foto del evento que ya he visto en el centro cultural de Cândido Godói y en el Museo de la Memoria y los gemelos. Todos los dobles juntos, pero en el pasado. En la escuela hay apenas una docena de alumnos, y apenas un par de niños gemelos que no se parecen aunque son idénticos. Fernanda dice que, como todos los gemelos, son muy hermanables. Aunque la conexión de los gemelos tampoco se ha podido comprobar. Hay gemelos históricos por su dependencia entre sí, como Chang y Eng Bunker, originarios de Tailandia (ex reino de Siam), y que dieron origen al término de siameses. Unidos por el esternón, compartían sus hígados y alcanzaron la prosperidad económica en Estados Unidos. Chang cayó en el alcoholismo y en 1874 sufrió un derrame cerebral que no afectó a Eng. Después sufrió un aneurisma y murió. Ese mismo día murió Eng, pese a no verse afectado por el mal de su hermano.

A un costado de la escuela hay una gran figura que representa la fertilidad: una mujer rubia cargando un hijo en cada brazo, los dos recién nacidos iguales. Fernanda echa a correr el agua, desde una llave lateral, diciendo que se trata de un agua de la fertilidad. Dice que ahí está el secreto de tantos gemelos en Cândido Godói, y no en los experimentos de Mengele.

Luego me muestra un santuario, donde hay un altar con la imagen de dos santos idénticos. Son los únicos Santos Gemelos: San Cosme y San Damián, que fueron médicos y a quien se les pide por éxito de operaciones de transplantes.

De ahí pasamos al salón de ventas. Donde me muestra unas botellas de agua del lugar. Se vende como agua de la fertilidad para tener gemelos, y me dice que tienen pedidos de varias ciudades. Además, tiene camisetas con fotos de gemelos, y souvenirs de idénticos como recuerdos del paso por el pueblo. Está entusiasmada con el interés mundial con el caserío abandonado que habita. Los especiales de la National Geographic y la televisión alemana sobre el pueblo han despertado el interés de más visitantes.

En vista del boom por venir a conocer el pueblo, que ya se ofrece como tierra de gemelos, Fernanda despliega los planos del que parece ser su proyecto estrella: El restaurante Colonial. Un comedero gigante, donde quiere lucir todos los recuerdos y hacer un menú que evoque a los gemelos. Además, ahí se comenzarán a hacer las fiestas de gemelos y el plan, a corto plazo, es hacerlas todos los años y no cada dos.

—Hay muchas cosas por hacer —dice la directora de la escuela, con el entusiasmo que despierta una oportunidad. Finalmente, eso es lo que han sido los gemelos para este perdido pueblo del interior de Brasil.

Ya sea por los hermanos idénticos, por el agua mágica o por los improbables experimentos de Mengele, es posible que Cândido Godói termine siendo un lugar claro en el mapa. Un sitio donde uno no pierda su rastro. Donde uno es menos importante que dos. Donde nadie más se podrá esconder.

18/2/2006, 22:50, Río de Janeiro.

Parece románticamente gracioso o graciosamente romántico que Keith Richards tome su guitarra y se ponga a cantar un tema que se llama This place is empty delante de más de un millón de personas, en el concierto más grande de toda la historia de la música, sobre un escenario de 22 metros de alto, 28 metros de ancho y 60 metros de profundidad montado frente a la playa de Copacabana, en Río de Janeiro. Y ahí estoy yo ahora: en el centro del universo, frente al escenario, delante de todo, y ahí están ellos, tocando gratis para la gente y los veo en tamaño natural, como si estuviera en un teatro, y no lo puedo creer.

18/2/2006, 19:07, Río de Janeiro.

Me fundo frente al escenario en un abrazo de seis brazos con mis amigos Diego Perri y Marcelo Sonaglioni. Diego y Marcelo son coleccionistas y fans y entienden de qué se trata lo que vamos a vivir dentro de menos de tres horas. Hay gente en los balcones de todos los edificios de la Avenida Atlántica, hay gente sobre la avenida y gente sobre la playa y gente en los yates sobre la costa. Hay lenguas que caminan por todas partes. Hay un dirigible sobrevolando la zona y hay un dirigible, de pronto, en la pantalla gigante (bien gigante), un dirigible con una lengua, una lengua que sobrevuela una gran metrópoli, una lengua que se apresta a aterrizar sobre nosotros, y ahí está Keith, señores, Jumping Jack Flash, nada menos, y en seguida Jagger dice Hola, Rio, hola, Brasil y empieza It ‘s Only Rock ‘n’ Roll, y no sé a quién mirar, porque si lo miro a Mick me lo pierdo a Keith y si lo miro a Ronnie me lo pierdo a Charlie. Es increíble: los vi en el 94, los vi en el 95, los vi en el 98, y este show es mejor que todos los anteriores. Me parece que hay un par de pifies en Wild Horses. ¿Por qué, entonces, estoy llorando?

17/2/2006, 12:30, Río de Janeiro.

Estoy frente al hotel Copacabana Palace junto a cientos de fans que esperan desde la vereda que alguno de ellos se asome por la ventana y salude, sonría, haga un gesto, una señal, cualquier cosa, lo que sea, mientras en frente, sobre la playa, terminan de montar el escenario donde mañana veré a la banda. Me topo con un paraguayo que los vio 41 veces. Me dice que van a tocar solo media hora, que por eso aceptaron reducir su cachet.

—¿De dónde sacaste eso?
—Es un hecho. Ya lo sabe todo el mundo -dice el paraguayo, imperturbable.
—¿Y por qué solo media hora?
—Porque el cachet que les pagaron alcanza solo para eso.
—No puede ser, sería una catástrofe.
—Es lo que yo digo. Va a ser una catástrofe.

Lo que sabe “todo el mundo” es que el show tiene que terminar antes de la medianoche, porque en caso contrario, la empresa promotora deberá abonar una multa de 125 mil dólares. Lo que no queda claro es antes de cuál medianoche debe terminar el show, porque el 18 de febrero en el Brasil hay dos medianoches: a las 12:00 de la noche hay que atrasar el reloj una hora y vuelven a ser las 23:00 No deja de ser maravilloso que la noche de las dos medianoches sea justo la noche que tocan los Rolling Stones. En el lugar donde los Stones brindan el concierto más grande de la historia de la música, el día tiene 25 horas.

17/2/2006, 16:30, Río de Janeiro.

Desde uno de los balcones del Copacabana Palace, Ron Wood saluda a la multitud, agita los brazos, payasea. Se agradece. Están ahí. Estoy acá. Somos vecinos. Durante dos días, ellos y yo viviremos sobre la misma avenida. El 19 de febrero, ellos y yo nos iremos a Buenos Aires.

18/2/2006, 22:30, Río de Janeiro.

La versión de Midnight Rambler es uno de los grandes momentos de un show pródigo en grandes momentos, un show que en sí mismo es un gran momento.

17/2/2006, 14:30, Río de Janeiro.

Me cuelgo, orgulloso, mi credencial en el cuello e ingreso sin problemas en el Copacabana Palace. En eso baja Bobby Keys con la esposa. Bobby es el saxofonista de los Stones desde antes de que yo naciera. El saxo de Brown Sugar, por ejemplo, lo toca él. Pero está con la mujer y están saliendo de paseo… ¿Qué puedo hacer antes de que se vayan? Bueno, grito Ey, Bobby, y Bobby se da vuelta y sonríe, y sonrío. Le digo Nice to meet you y le extiendo la mano. Me la estrecha, como un caballero. A ver si nos entendemos: los dedos que tocan el saxo en Brown Sugar o en Can’t You Hear Me Knocking se estrechan contra los míos. Los mismos dedos con que Bobby toma por la cintura a su esposa hasta que salen del hotel y se pierden con rumbo desconocido.

21/2/2006, 18:30, Buenos Aires.

Llego al estadio tres horas antes del concierto, pero la gente que tiene tickets para el campo forma una fila de siete cuadras. Me topo con una pareja amiga que llegó a las 5:00 de la tarde. Me ayudan a ahorrar una cuadra y media. Logramos entrar recién a las 9:30 de la noche. Quince minutos después se apagan las luces. Afuera hay cuadras y cuadras de gente que compró su ticket y no logró entrar. Afuera hay un descontrol que puedo imaginar pero no ver, porque felizmente quedé del lado de adentro. Suena el teléfono celular de mi amiga. Su madre quiere saber si está bien. La televisión está mostrando en directo una batalla entre policías y espectadores. Los Stones arrancan con Jumping Jack Flash.

18/2/2006, 23:50, Río de Janeiro.

Termina el concierto y caminamos detrás del escenario, hacia el sector de prensa. Nos permiten cruzar por el mismo puente gigante que va desde el escenario hasta el Copacabana Palace, el mismo puente por el cual vino y se fue la banda. Desembocamos frente a la piscina del hotel, en una fiesta de puta madre con baile, tragos, mujeres hermosas. Subimos al entrepiso: el corista Bernard Fowler besuquea a una menina, el tecladista Chuck Leavell se sirve un plato de fideos; la sexy Lisa Fischer come solita, sentada en el suelo, recostada contra una columna.

El salón está decorado con fotos en blanco y negro, autografiadas, de los visitantes ilustres. Por lo que veo, aquí estuvieron todos: Carmen Miranda, Sartre y Simone de Beauvoir, John Wayne y, entre muchos otros, claro, Mick Jagger. ¿Y si me robo el cuadro firmado por él? No puedo descolgarlo sin que nadie me vea, por menos luz que haya en este salón. Existen grandes, enormes posibilidades de que me caguen a trompadas, me metan preso, me deporten, quiero decir, robar es un delito y si uno, para colmo, está en un país que no es el suyo, el problema se agrava, sería el fin de mi carrera profesional, tal vez, y aún así evalúo el robo con seriedad, porque no deja de ser una foto autografiada de Mick Jagger. Y además está enmarcada.

Ey, esa que está ahí es Jo, la mujer de Ronnie. Ey, ese es Ronnie. ¡Ronnie! Está tomando una cerveza. Parece contento. Ese que está ahí es Keith. ¡Keith! Está con Patti, su mujer.

—Está hermoso -dice Marcelo, muy seriamente. Asiento.

Y ese que está ahí es Jagger. ¡Guau! Los tres están sentados en unos sillones en una especie de Vip improvisado, separados del resto de la fiesta por un corredor de sogas rojas y una mesa de madera repleta de manjares. Nos asomamos al borde de la soga, al borde de la mesa. Nos gratifica el solo hecho de saber que están tan cerca. Entre la mesa con los manjares y la pared hay un espacio delgadísimo. Una chica que debe medir 1,75 y debe pesar 45 kilos lo advierte y pasa por allí sin inconvenientes. Mis proporciones son diferentes a las de ella. Quiero decir, yo mido 1,79 y peso 95 kilos, no creo que pueda… Me atasco entre la mesa y la pared, y un security de proporciones parecidas a las mías, pero de masa muscular más sólida, me viene a echar con los mejores modales. Come on, man, enjoy the party, you can’t stay here. Jagger se pierde por una puerta por la cual no podemos seguirlo. Keith sale del megavip con Patti rumbo a un ascensor. Diego lo persigue con su pocket. Cuando lo alcanza, tiene la delicadeza de pedirle permiso para retratarlo. Keith le hace un gesto que quiere decir No, por favor, estoy cansado. Diego respeta la voluntad de Keith. Nos hemos jurado no robarles una foto jamás: los amamos demasiado para eso. La puerta del ascensor se cierra. Ronnie se queda un rato más, por suerte. En cuanto Ronnie decide irse, la fiesta ha perdido su razón de ser: las mujeres hermosas se nos antojan feas, los manjares se vuelven insípidos, las cervezas se calientan y nos vamos. En Buenos Aires habrá otra oportunidad.

21/2/2006, 22:25, Buenos Aires.

Los vasos de Coca-Cola vacíos no son buenos para derribar a las chicas que están subidas al hombro de sus novios. Lo mejor son las botellas de agua mineral de medio litro. Cuando sienten el impacto, las chicas comprenden que deben bajarse para que puedan observar el show quienes están detrás. Mi puntería es buena. Por eso puedo ver sin interferencias cuando Jagger se sienta al piano para cantar Worried About You.

En el medio de Midnight Rambler, Keith se apoya sobre el hombro de Mick. La pantalla gigante registra la escena y el mundo se paraliza.

23/02/2006, 18:00, Buenos Aires.

Diego me dio un pase que me permite acceder al lugar más cool de todo el estadio: el Rattlesnake Inn, un lounge al lado del camarín de la banda. Estoy presente en el momento en que entran al estadio. Keith y Ronnie están despatarrados en uno de los carritos que se utilizan para sacar fuera de la cancha a los jugadores lesionados en los partidos de fútbol. En el carrito de atrás van Charlie Watts y el bajista Darryl Jones. No sé por dónde habrá entrado Jagger: tal vez, simplemente haya llegado antes que nosotros. A las 7:00 de la tarde abren las puertas del Rattlesnake Inn. Diego me cuenta que Charlie se pasó aquí buena parte de la previa al show del 21, que Ronnie y Keith se hicieron ver un poco (no demasiado) y que Mick se mantuvo escondido. Adelanto la cena. Me sirvo ojo de bife, pastel de carne, kebab, un poco de tarta de frambuesa. Luego empiezo a caminar. Todos menos Charlie salen del camarín al Rattlesnake Inn y del Rattlesnake Inn a los pasillos del Monumental: Mick está de negro, Ronnie y Keith, de azul… Lo bueno de que hayan salido es que volverán, y cuando vuelvan, los veré de nuevo.

Vuelven, sí, los veo de nuevo. Pasan directamente al camarín. Si tan solo se quedaran aquí unos minutos… No está permitido tomar fotos, pero me han dicho que el 21, Ronnie accedió a retratarse con un par de fans que se lo pidieron educadamente. Marcelo y Diego están muertos de pena: sencillamente, no aceptan que no suceda nada. De pronto, Jane Rose, la mánager personal de Richards, los ve con cara de pollos mojados y les dice Come on. Muerto de envidia, los veo perderse por la puerta negra. Emergen con una foto con Keith y la satisfacción del deber cumplido.

Ey, ese que está ahí no es… Qué pregunta estúpida, claro que es Charlie Watts. Si lloro antes de pedirle la foto lo voy a asustar, tengo que calmarme. Lo saludo, Hello, Charlie, nice to meet U (nadie me echa, qué bueno), with all respect (no me huye… ¡genial!), You know, the emotion. tartamudeo. I don ‘t wanna bother you (¡me sonrió!). Would you let me take me a picture with you? Me contesta Yes, Ok, no problem. Viene Santiago, amigo, ex manager de Charly García, con su camarita. Le atravieso la espalda con el brazo a Charlie (Watts), nos sacamos la foto. Ya está. Thank you very much, Charlie. Podría hablar una hora y media sobre él, pero me quedo sin palabras. Ahora sí, me largo a llorar como un niño. Ahora estoy hecho. A las 20:50, una hora exacta antes del show, desalojan el Rattlesnake Inn. Los Stones se quedan solos, concentrados, y yo me voy a mi platea a esperarlos.

23/02/2006, 21:50, Buenos Aires.

Uno de los tipos que está tocando sobre el escenario es mi amigo, el baterista, el que se saca fotos conmigo. Este show es mejor que el del 21, que era, a su vez, mejor que el del Río. Este show es, por lo tanto, el mejor que vi en mi vida. Llueve mucho, mucho, y ellos salen con sombreros y con pilotos, y, con la excepción de Charlie, tocan con esos sombreros maravillosos. La pantalla altera su rutina cuando tocan Rain Fall Down y, por supuesto, muestra imágenes del diluvio que se cierne sobre Buenos Aires.

Hoy se les da por tocar Angie -y ahí es tanto lo que lloro que una chica se acerca a consolarme-, hoy se les da por tocar Gimmie Shelter, hoy vuelven a tocar Get Off Of My Cloud… De un concierto al otro hay nada menos que seis temas diferentes. Cuando, en la mitad del show se mudan al centro del campo, descubro que mi ubicación en la platea General Belgrano es la más adecuada para el escenario “B”. Jagger está desaforado devolviendo las remeras sudadas, empapadas, que le arroja el público. Afuera, la policía está desaforada reprimiendo a los miles de muchachos que trataron de pasar sin su entrada.

Después de la secuencia de superclásicos que termina en Satisfaction, los saludos a la gente y algún tibio amago de fuegos artificiales opacado por la lluvia, la lengua roja que lame la pantalla gigante anuncia que, ahora sí, todo terminó, que quién sabe cuándo volveré a ver a los Rolling Stones.

Al día siguiente, lo llamo a Santiago para que me mande mi foto con Charlie Watts. Santiago me dice qué lástima que nos desencontramos ayer, te llevaba a la fiesta.

—¿Qué fiesta? -le digo.
—La del Four Seasons. Fuimos a las 3:00 de la mañana con Charly (García). Después apareció Maradona.
—No me digas nada, no sigas -le digo, y cuelgo el teléfono.

Fabiana, la encargada de prensa del equipo Minardi, queda muda unos segundos. Hablando en lenguaje de chat, su cara se transforma en ese emoticon con la boca llena de curvas. Cuando sale de la sorpresa me devuelve la pregunta:

-¿Quieres entrevistar a Robert Doornbos?

Aunque en realidad, por su forma de preguntarlo, la traducción más exacta sería: ¿De verdad quieres entrevistar al perdedor de Robert Doornbos?

Hoy es viernes en los suburbios de São Paulo. Dentro del Autódromo José Carlos Pace, en honor del ex piloto brasileño y conocido popularmente con su antiguo nombre de Interlagos, es el día de pruebas para la carrera del domingo. Por la zona de paddock, donde se pasean mecánicos y periodistas y modelos y gerentes de las empresas auspiciantes, hay tensión. Fernando Alonso pasa corriendo, arrancando de los micrófonos que lo esperan a la salida del baño. Juan Pablo Montoya camina inflando el pecho y negándose a dar entrevistas. Michael Schumacher, pese a la mala campaña, recibe una lluvia de flashes cada vez que se le ocurre caminar desde el garage de Ferrari a su camarín. Kimi Raikkonen habla de la puesta a punto mientras su mánager le cuelga la gorra de la McLaren. Niki Lauda despacha sus comentarios en directo para Alemania. En ese entorno, triunfalista y competitivo como pocos, hay corredores que se mueven sin recibir casi ninguna atención. Y hay un piloto, el holandés Robert Doornbos, el peor corredor de la temporada, al que le hacen tan pocas entrevistas que su propia encargada de prensa te pregunta si es cierto que quieres hablar con él.

-Bueno, si quieres vuelve en media hora -dice Fabiana, y la frase la balbucea en un italiano-español que saca a flote al enterarse de que la entrevista es para SoHo, para Colombia.

Dentro de la zona restringida del autódromo lo único que se habla es que Fernando Alonso puede salir campeón pasado mañana, aunque todo depende del accionar de los pilotos McLaren. El escenario, el autódromo de Interlagos, tampoco es un circuito cualquiera: aquí se corrió el primer Gran Premio de Brasil, que ganó Emerson Fittipaldi en 1973. Luego han triunfado en esta pista emblemas de la categoría, como Niki Lauda, Alain Prost, Ayrton Senna y Michael Schumacher. El año pasado fue Juan Pablo Montoya. La de este año será la primera carrera de Doornbos en Brasil.

A la media hora vuelvo al boxes de Minardi, una escudería chica que debutó hace exactamente 20 años aquí mismo, en Brasil, y que este año corre su última temporada: hace unos meses, Paul Stoddart, director de la italiana Minardi, anunció que la escudería desaparecerá el próximo año tras ser vendida en casi 100 millones de dólares a Red Bull Racing.

-Hola, soy Juan Pablo Meneses, estoy escribiendo un reportaje para Colombia y quería entrevistarte.

Doornbos sonríe. Casi siempre está riendo, mucho más que Alonso y Montoya y Kimi y Schumacher, todos juntos. El piloto de la Minardi es flaco y sorprendentemente alto para una categoría donde, al igual que en las carreras de caballos, el peso y la destreza es fundamental. Un piloto de carreras muy alto es tan raro como encontrar un tenista profesional obeso. Doornbos es flaco y tiene cuerpo de tenista. Doornbos fue tenista.

-Hice toda la carrera de junior como tenista y fui jugador semiprofesional en Holanda. Competí en varios torneos europeos. Tenía puntos en el ATP y auspiciadores. Iba camino a ser tenista, cuando se me cruzaron los autos- suelta casi de entrada, sin dejar de sonreír.

Desorientado. Nadie que llegue a ser el peor en algo tuvo siempre las cosas claras. Mientras Alonso, Montoya y Schumacher estaban a los 6 años arriba del karting, amarrados al asiento por sus propios padres, Doornbos durmió toda su adolescencia soñando ganar un Grand Slam. Cientos de noches imaginándote la bolea ganadora en la final de Wimbledon, irremediablemente te convertirán en un mal piloto de carreras.

-Hasta que un día, a los 17 años, me invitaron del equipo Williams a ver el Grand Prix de Bélgica. Acepté, porque siempre me habían gustado los autos. Después de ese fin de semana llamé a Jacques Villeneuve, que era piloto de Williams, y le dije que quería ser piloto de autos.

Dejó la raqueta colgada y, de la noche a la mañana, se largó en su aventura de ser corredor de autos. Aprendió que las curvas las debes tomar abiertas, que en el centro de la curva debes ir lo más cerca posible del pianito, que en las rectas debes buscar la parte del asfalto más limpia para agarrar más velocidad, que ojalá siempre vayas con el acelerador a fondo, que le metas, que le metas con todo salvo en contadas ocasiones donde debes bajar la velocidad. Y se largó.

Arrojo. El que no arriesga jamás llega a ser el peor de todos. Sin su ambición desmedida, Ed Wood jamás podría haber llegado a ser quien fue. Si eres cobarde, nunca serás el peor.

* * *

Hoy es sábado, el día de las clasificaciones. En el equipo de Minardi no logran entender que quiero hablar con Doornbos los tres días de carrera. Cuando me ve aparecer en los boxes, Fabiana, la encargada de prensa, me mira como se mira a los groupies psicópatas. Cada vez que me cruzo con Alejandro Burger, el periodista que transmite la Fórmula Uno en Venezuela, y le digo que sigo tras los pasos del piloto de la Minardi, otra vez me hacen sentir ese fanático obsesivo que se hace pasar por reportero para estar cerca de su ídolo. Como si nadie normal, en una actividad donde la competencia se mide hasta en microcentésimas de segundo y el ganador destapa una botella frente a tres mil millones de habitantes del planeta, pudiera seguir todo un fin de semana al peor.

-Doornbos no hizo karting de niño, y eso se nota mucho en la Fórmula Uno. Pasa que su familia es una de las más ricas de Holanda, y aquí eso influye mucho. El dinero. Pero como piloto, es bastante deficiente-, me dice Burger, antes de salir disparado tratando de entrevistar a Alonso.

Fabiana me dice que media hora después de las clasificaciones finales podré hablar con Robert.

Dentro de la pista no hay sorpresas. Alonso se queda con la Pole, segundo Montoya, último Doornbos.

El peor de la Fórmula Uno llega a la entrevista junto a su novia, Kim, una holandesa de melena rubia y anteojos de sol y escote juvenil. Los dos se ríen. No logro saber si están contentos por estar juntos, por estar dentro de la Fórmula Uno o porque alguien los esté entrevistando. Pero su alegría me contagia y, por un segundo, me doy cuenta de que en ese paddock nervioso, hipertecnologizado, con los millones de dólares paseando en las camisetas de mecánicos y pilotos, solo hay tres personas que sonríen: Doornbos, Kim y yo.

-¿Qué pasó en las clasificaciones de hoy, Robert?

-El auto no anda del todo bien, aunque anduvimos dentro del tiempo esperado. Recuerda que esto es Minardi, y no podemos competir con los equipos de avanzada. Nuestra realidad es otra.

Y la realidad de los números, fría pero certera, dice que en los 30 años de competencia la Minardi nunca obtuvo un gran premio. No solo eso, en tres décadas ni siquiera consiguieron un solo podio. Robert sí. En 1999, compitiendo en la Fórmula Opel de Inglaterra tuvo cuatro victorias. En el 2000, en la Fórmula Ford europea obtuvo un segundo lugar. En el 2002 estuvo en la Fórmula 3 alemana, donde tuvo cuatro podios. El 2003 en la Fórmula 3 europea logró siete podios. Y el 2004 corriendo en la Fórmula 3000, logró cuatro podios y pasó a ser piloto de pruebas de la Jordan. De ahí, hasta julio de este año, donde debutó como piloto de Fórmula Uno en el Gran Premio de Alemania. Ha largado en todas las carreras, aunque ha abandonado en dos de seis.

-Muy diferente el circuito del tenis al de la Fórmula Uno.

-En algunas cosas se parecen, como que hay muchos viajes y que te vuelves a encontrar siempre con la misma gente. Pero hay cosas muy diferentes. En los viajes del tenis yo andaba solo, en cambio acá estoy con 40 personas que forman el equipo. Dependo de los mecánicos, de los ingenieros, somos todos un gran equipo.

-¿Y en dinero?

-En dinero, se gana mucho más que en el tenis. Yo no, claro. Pero los pilotos de más arriba ganan mucho más que los tensitas. A mí, de todas formas, no me motiva eso.

Desinteresados. Nadie que quiera llegar a ser el peor puede pensar en el dinero como meta, ni siquiera como gran logro. El objetivo monetario es algo demasiado popular y masivo y aceptado, como para que te permitan ser el peor de todos.

Robert Doornbos nació el 23 de septiembre de 1981 en Rotterdam, Holanda, aunque ahora vive en Mónaco. En su vida diaria en las calles de Montecarlo maneja un Audi y suele jugar Fórmula Uno en la PlayStation.

-¿Cómo te sientes al quedar último en la largada?

-Bien, muy bien. Es parte de lo que esperaba. Tengo que pensar en hacer una buena carrera mañana, ya no puedo seguir pensando en mi clasificación. Además, logramos clasificar. Eso ya es un avance.

Optimismo. nunca olvidar que para el puesto del peor hay una sola vacante. Y que si te hechas a morir, puede irse de tus manos esa posibilidad. Ningún pesimista llega a ser completamente el peor.

* * *

El día final el autódromo está a tope. Varios espectadores llevan el casco más emblemático que ha tenido la Fórmula Uno, el “verde-amarelo” de Ayrton Senna: el más grande ídolo deportivo automovilístico de Brasil que tras perder el control de su Williams en la curva de Tamburello, en el autródromo de Imola, murió al estrellarse contra un muro de cemento el 10 de mayo de 1994.

Los momentos previos a la carrera los pilotos se pasean nerviosos por el paddock, seguramente pensando en mejorar sus tiempos, en lograr una buena ubicación y, es posible, sabiendo que cualquier mala maniobra por sobre los 250 kilómetros por hora les puede costar la vida.

-Nunca pienso en la muerte -me dice Robert Doornbos, minutos antes de salir.

Un periodista de Tele5 de Madrid, que lleva en directo para todo España la carrera, transmite las últimas declaraciones de Fernando Alonso antes de la largada: “No solo quiero ganar el campeonato, sino que también quiero ganar la carrera de hoy”. Al momento de la largada el ruido de los motores te aturde los tímpanos. Medio São Paulo, la ciudad de los 20 millones de habitantes y los cuatro mil rascacielos y los 600 helicópteros privados que van de un lado a otro, está atenta a lo que sucede.

Juan Pablo Montoya gana la carrera seguido de Kimi Raikkonen. Gracias a su tercer lugar, sale campeón de la temporada 2005 el español Fernando Alonso. Es el piloto más joven de la historia en conseguir el titulo. Robert Doornbos, el peor piloto de la temporada, quema el motor faltando 32 vueltas. Las imágenes muestran su boxes con humo, y Robert adentro recibiendo el gas de extintores. Y seguramente sonriendo.

Por la noche, en la discoteca Lotus del Word Trade Center de São Paulo, donde está el Hilton, hay una fiesta privada para celebrar el titulo. Los mecánicos son los que más celebran, y Fernando Alonso bromea y sonríe y se toma fotos con todos y la música va subiendo de volumen y al rato todos están en la pista, pero en la pista de baile. Afuera media São Paulo duerme, porque mañana es lunes. Algunos fotógrafos esperan afuera de la fiesta, a ver si consiguen alguna imagen. ¡Viva Alonso! Gritan en mal castellano los alemanes, los franceses, los ingleses, los brasileños. Primera vez que un campeón viene de España.

-¿Cuál es tu sueño en la Fórmula Uno?- le pregunté a Robert tras la carrera, mientras en las pantallas del paddock mostraban a Montoya y la bandera colombiana flameando al compás de su himno.

-Llegar a ser campeón. Alonso también partió en Minardi. Yo creo que si tuviera un buen auto, podría estar mucho más arriba y pelear el título. Esperemos que el próximo año, ahora que se acaba Minardi, pueda fichar por un buen equipo.

Soñador. Sin sueños, nunca serás el peor. Y para llegar a ser el peor de la Fórmula, Doornbos primero cumplió su sueño de ser piloto. En la fiesta final, donde Alonso abraza a sus mecánicos, y los mecánicos a unas promotoras, Robert Doornbos no se aparece. Y nadie lo extraña. Seguramente el holandés está con Kim, celebrando que ha vuelto a correr una carrera. O que sigue vivo. O tal vez, lo más seguro, planificando su segundo sueño: ser el mejor.

Las pandillas de Río

Publicado: 10 diciembre 2009 en Jon Lee Anderson
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Iara, mujer delgada, de piel oscura, 31 años, administra la favela de Parque Royal, en Río de Janeiro, para un capo llamado Fernandinho. Se llama a sí misma “subdelegada”. Cuando la conocí, Iara estaba organizando la fiesta de diez años para la más pequeña de sus tres hijas. Llevaba una camiseta, pantalones cortos, sandalias y una gorra de beisbol negra sobre una coleta de caballo. Su camiseta tenía un mensaje en portugués: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del maligno. Juan 17:15.” Se notaba un bulto ahí donde una pistola estaba remetida en sus pantalones.

Iara maneja las “relaciones comunitarias” a nombre de su pandilla, el Terceiro Comando Puro, o Tercer Comando Puro. (Ella la denomina “la empresa”.) Se trata de un puesto nuevo, pero necesario. “Antes había algunos problemas, sobre todo faltas de respeto por parte de los traficantes hacia los lugareños”, me dijo. Iara suele lidiar con los problemas “hablando con la gente”, pero si el problema es grande “se va cuesta arriba”, es decir, al Morro do Dendê, la favela donde vive Fernandinho. El día anterior se había suscitado un problema: “Un hombre que golpeaba a su esposa. Ella quería separarse, él la golpeó.” Iara no detalló cómo se resolvió el problema, pero estaba resuelto.

Caminamos por la favela –un revoltijo de casas apiñadas de lámina y ladrillo sin pintar, marañas enrolladas de cable eléctrico robado, paredes cubiertas de grafiti, y callejones en los que pequeñas tiendas y bares rudimentarios que ofrecen cerveza y cachaza se disputan el espacio con locales de iglesias evangélicas. Parque Royal está construida sobre lo que solía ser un manglar, y la casa de Iara se encuentra en un paseo costero repleto de basura. Hay un penetrante hedor a drenaje, pero nadie parece notarlo. Jóvenes armados y de aspecto rudo, vendedores de droga de la pandilla, custodian los callejones. Iara habló con ellos para que no me hicieran ningún daño.

En su brazo izquierdo, Iara lleva tatuado un escorpión rodeado por las iniciales de su gente más cercana: sus tres hijas, su madre, su hermana, una sobrina y un sobrino. El padre de Iara abandonó a su madre cuando ella tenía un año. Su madre era alcohólica, me dijo, “pero ya no”. Ahora es evangélica. Iara jugaba futbol de pequeña, y era tan buena que llegó a entrenar con profesionales; nombró a un par de jugadores famosos. Incluso había salido en la televisión. Pero su hermano mayor solía golpearla. “Decía que era una lesbiana.”

A los catorce años Iara ingresó a la sección local del Tercer Comando Puro. “Me involucré poco a poco, para defenderme de mi hermano, para ganarme respeto”, me dijo. “Cuando estuve dentro, mi hermano dejó de ser un problema.” El hermano de Iara está ahora en Bangu, una prisión al oeste de Río, adonde son enviados la mayoría de los mafiosos, y donde las pandillas también tienen el control. “Es la sexta vez que está en la cárcel”, dijo Iara. “Vendía droga y era un ladrón.”

La hija mayor de Iara, de catorce años, se acercó a decirle algo. Llevaba una camiseta rosa y pantalones cortos. Una vez que se fue, Iara dijo orgullosa: “Es una buena niña, muy responsable. Hasta me regaña.”

En tanto miembro de la pandilla en Parque Royal, Iara percibe un salario de 500 reales a la semana –cerca de 250 dólares–, así como un porcentaje de la venta de drogas. Suele ganar cerca de 1,000 reales a la semana: “Si el producto es bueno, las ventas son mejores.” Es suficiente para mantener a su familia. “Mi único problema es que soy adicta a la maconha” –la mariguana. Se rió. “Si por mí fuera fumaría sólo cuatro veces al día, pero el problema es que siempre que salgo hay alguien fumándose un churro.”

Iara se “retiró” el año pasado, según me contó. Pero cuando su sucesor resultó baleado, el segundo de Fernandinho –Gilberto Coelho de Oliveira, a quien todo el mundo conoce como Gil– le pidió que regresara a sus tareas, y ella lo hizo. Se dice que Gil, el mejor amigo de Fernandinho desde su infancia, es el más violento de los dos.

Iara no piensa mucho en el futuro. La vida más perfecta que puede imaginarse es “nada más vivir, con mis niñas”.

Después una pausa, Iara reveló que a la edad de su hija mayor, la que recién había yo visto, fue violada. “Yo era muy pequeña, así que cortó mi vagina con un cuchillo”, me dijo. “Me dieron siete puntadas y estuve en el hospital una semana.” Después huyó de casa y se fue a vivir con otro hombre –“el hombre que se convirtió en el padre de mis hijas”. Pero ese hombre consumía demasiada droga, y después de un tiempo lo dejó. Ahora estaba sola.

Le pregunté a Iara si era religiosa. No lo era, me dijo, aunque a veces acompañaba a su tía a una iglesia. Y le gustaba el pastor Sidney, un predicador evangélico local muy popular, “porque habla con todos y, si hay alguien que vaya a ser ejecutado, va y habla con el jefe”, dijo. “Todo el mundo sabe que si existe un problema hay alguien a quién acudir para que lo arregle, y ese es Fernandinho.”

Parque Royal está situada en Ilha do Governador, la más grande de las islas que salpican la bahía interior de Guanabara. Se le llamó así por un gobernador de la época colonial que fundó ahí una plantación azucarera, aunque hoy día Ilha pertenece a las orillas de la desbordante metrópolis de Río, y se comunica con tierra firme por puentes y autopistas elevadas. El principal aeropuerto de Río, Galeno-Antonio Carlos Jobim Internacional –bautizado en honor del padre de la bossa nova–, está aquí, apretujado junto con una base de la fuerza aérea, una reserva natural, un astillero, algunas plantas petroquímicas y casi medio millón de residentes, de los cuales un veinte por ciento viven en favelas.

En Río las primeras favelas –el nombre proviene de una hierba de rápido crecimiento– datan de los años posteriores a la abolición de la esclavitud en Brasil, en 1888. Los esclavos libertos, sin otro lugar dónde vivir, construyeron casuchas en las laderas de las colinas, o en manglares casi secos. A los ex esclavos se sumaron los antiguos soldados, ahora desempleados y, en fechas más recientes, los desposeídos brasileños del campo, que invadieron la ciudad huyendo de la sequía y la pobreza crónicas. Hace veinte años se decía que había trescientas favelas en Río. Hace diez años el número había aumentado a seiscientas. Nadie sabe exactamente cuántas favelas existen hoy, pero se estima que hay más de mil, y que albergan a unos tres de los catorce millones de personas que habitan en la ciudad.

En Río las favelas flanquean la autopista al aeropuerto y se extienden en la lejanía. En ocasiones, cuando pandillas rivales se enfrentan a muerte en algún lado de la autopista, vuelan balas por los aires. Ha llegado a ocurrir que las pandillas bajen a la autopista para asaltar a los automovilistas. Casi todos los visitantes van directamente del aeropuerto en Ilha a los hoteles costeros de la Zona Sul, un próspero sector en el sur de la ciudad, en el extremo de las montañas del Parque Nacional Tijuca. Pero también en la Zona Sul hay favelas; no hay forma de escapar por completo de la miseria de Río.

Siguiendo un patrón que se repite por toda la ciudad, los residentes de Ilha viven bajo la autoridad de facto de un capo y su ejército privado. Fernandinho es un vendedor de droga de 31 años cuyo nombre completo es Fernando Gomes de Freitas. En Ilha hay dieciocho favelas, y Morro do Dendê, la colina cubierta de casuchas donde él vive, es la más grande, incluso una de las más grandes de la ciudad. Fernandinho controla todas excepto una de las favelas de Ilha en nombre del Tercer Comando Puro. Además de administrar el narcotráfico de Ilha, recibe comisiones –es decir, dinero a cambio de protección– de comercios legales como compañías de autobuses, operadores de cable y proveedores de gas. En 2007 la policía calculó que Fernandinho ganaba cerca de tres mil dólares mensuales por concepto de droga, pero especuló que sus otras fuentes de ingresos podrían opacar por mucho esta cifra. Fernandinho impone su gobierno y reparte justicia sumaria a través de una pandilla armada. Él es un fugitivo, uno de los criminales más buscados de Río. En una orden policiaca se le describe como “jefe del Morro do Dendê / Ilha do Governador, armado y peligroso, capaz de asesinar a cualquiera que no esté de acuerdo con él o que desobedezca sus órdenes”. Sus otros alias son Lopes, Cebolinha (cebollita), el León y Fernandinho Guarabu –por la favela en que nació. Su padre fue un albañil y un alcohólico que maltrataba a su mujer y a su hijo. Ahora está muerto. La madre de Fernandinho trabaja como cajera y se dice que ha rechazado el dinero del hijo.

Pese a las famosas órdenes de aprehensión, Fernandinho vive abiertamente en Morro do Dendê, donde básicamente se esconde a plena vista. Fue hace cinco años cuando Fernandinho tomó el control de Ilha, después de que su antecesor, un importante capo de nombre Bizulai, a quien agradaba y quien lo había nombrado su lugarteniente, fuera baleado a muerte por la policía militar. La policía ha realizado varios operativos de alto nivel para capturar o matar a Fernandinho. En noviembre de 2005 la policía llevó a cabo una redada en la favela, en la víspera de una fiesta que Fernandinho había preparado para celebrar su cumpleaños número veintisiete y la apertura de una alberca comunitaria que él mismo había mandado construir. La policía no atrapó a Fernandinho, pero confiscó diez mil latas de cerveza. Intentaron de nuevo en 2007, cuando Fernandinho organizó otra fiesta, esta vez para celebrar el arresto de su archienemigo, Marcelo Soares de Medeiros, conocido como Marcelo PQD (las letras son la abreviatura de pára-quedista, “paracaidista del ejército”). Fernandinho escapó; la policía encontró un pastel de metro y medio decorado con el Salmo 23, escrito con betún. También encontraron una efigie de Marcelo PQD, vestido con pantaletas rojas, colgado de un poste de luz.

Marcelo PQD fue alguna vez jefe del Morro do Dendê. Pero, tras cumplir una condena en Bangu, perdió su puesto y cambió de bando, uniéndose a una pandilla llamada Comando Vermelho, o Comando Rojo. Había intentado matar a Fernandinho y recuperar el control de la favela.

El Tercer Comando Puro nació como una facción escindida del Comando Rojo, el cártel más viejo y poderoso de Río. Surgió de un grupo de prisioneros formado en 1979, cuando los criminales comunes y los radicales políticos eran mantenidos juntos en la prisión Cândido Mendes, en Ilha Grande, en el mar al oeste de Río. Cândido Mendes era la Isla del Diablo de Brasil, el lugar donde la dictadura militar del país, que gobernó de 1964 a 1985, encerró a los guerrilleros que no había matado. Han pasado más de veinte años desde la reinstauración de la democracia en Brasil, y ya no hay ninguna guerrilla marxista, aunque varios de los viejos guerrilleros aún tienen puestos en el gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva.

Los fundadores del Comando Rojo aprendieron un poco de organización y unas cuantas ideas sociales de sus compañeros de celda. Incluso adoptaron el lema “Paz, Justicia y Libertad”, que la pandilla aún mantiene. Pero, para mediados de la década de los ochenta, el Comando Rojo y sus filiales habían abandonado cualquier pretensión política que sus líderes pudieran haber tenido. Las pandillas, hoy, son organizaciones puramente criminales: existen para vender drogas a sus compatriotas brasileños.

A diferencia de los cárteles de la droga dedicados a la exportación en Colombia y México, los bandidos de Río son importadores al por mayor –de cocaína de Bolivia, Perú y Colombia, y mariguana de Paraguay–, así como gerentes de sus propias redes de distribución al por menor. Al menos cien mil personas trabajan para las pandillas de la droga en Río, en una estructura jerárquica que imita el mundo de las grandes corporaciones: jefes de favelas que son gerentes gerais, o gerentes generales; sus segundos o subgerentes; y los jefes de pandillas, los donos, o “dueños”.

Cuando visité otra favela, en una colina al norte de Río, una mujer que llamaré Cicliade, administradora de una ONG con financiamiento privado y que maneja un pequeño centro comunitario, me dijo que el Tercer Comando Puro controla la cima de la colina, pero que las laderas son territorio del Comando Rojo. (Hubo un intercambio de disparos de armas automáticas al inicio de mi visita, algo que ocurre a diario, según me informó.) “El camino hacia arriba es del Comando Rojo”, me dijo. “Aquí arriba, nunca podemos vestirnos de rojo. Si ves a un hincha del Flamengo con una de sus camisetas [el Flamengo es uno de los equipos de futbol más populares de Río] sus colores son rojo y negro; eso está bien, pero nunca puedes vestirte sólo de rojo.” Cicliade señaló su propio vestido, de fiable color negro. Una vez, me contó, una niña subió la colina con ropa color rojo. “No la mataron porque era una cristiana evangélica, pero le cortaron la ropa.” El año pasado, en otro incidente, los traficantes le arrancaron las uñas a otra niña porque tenían barniz rojo. “Así que aquí ya no usamos barniz para las uñas”, me dijo Cicliade. El jefe de pandilla de la cima de la colina es egresado de la clase de computación del centro comunitario, agregó Cicliade, así que sus hombres normalmente la dejan hacer su trabajo.

El Estado está prácticamente ausente en las favelas. Las pandillas de la droga imponen sus propios sistemas de justicia, leyes y orden, además de impuestos –todo por la fuerza de las armas. Un mercado negro de armamento procedente de otros países ha alimentado un nivel de violencia pasmoso. Al igual que en México, muchas de las armas ilegales de Brasil llegan de Estados Unidos; pero en años recientes han comenzado a aparecer armas rusas, y armas cada vez más poderosas. Los mafiosos de Río han sido atrapados con metralletas de uso militar y armamento antiaéreo. Los rifles semiautomáticos de asalto y las granadas de mano son lugar común. El póster para la búsqueda de Fernandinho advierte que este posee “una ametralladora Madsen” (que dispara quinientas rondas por minuto).

Río de Janeiro es la ciudad que ocupa el primer lugar a nivel mundial en “muertes violentas intencionales”. Según sus funcionarios, el año pasado se registraron cerca de 5,000 asesinatos, la mitad de ellos relacionados con las pandillas de la droga. (Las cifras no incluyen incidentes como “violación resultante en defunción” o “disturbios resultantes en defunción”.) Fueron asesinados veintidós policías. Por su parte, la policía de Río mata más gente que la policía en cualquier otro lugar del mundo; en 2008 reconocieron haber matado a 1,188 personas que “se resistieron a la detención”, es decir, poco más de tres personas al día. En comparación, la policía estadounidense mató a 371 personas –clasificadas como “homicidios justificables”– en todo Estados Unidos en el mismo periodo de tiempo. Se piensa que las “balas perdidas” matan o hieren al menos a una persona cada día. Basta un simple cálculo para anotar que la seguridad pública en Río de Janeiro es un desastre.

“Río es una de las muy pocas ciudades del mundo donde tienes zonas enteras controladas por fuerzas armadas que no pertenecen al Estado”, afirma Alfredo Sirkis, un importante político de Río que es también un ex guerrillero. “Cualquier pandilla de la droga en la favela más pequeña de Río tiene hoy más armas de las que nosotros tuvimos”, agregó Sirkis. “Nosotros teníamos básicamente un rifle, dos metralletas y un par de granadas. Y con eso poníamos al Estado a nuestra merced.” Negó con la cabeza. “Pero ya nadie quiere hacer la revolución. Lo que esta gente armada quiere hoy es su tajada instantánea de la cultura del consumo. Es tan infantil, tan moralmente infantil, y además matan niños, como un juego de guerra entre niños.” Si alguna vez adquirieran una ideología, podrían amenazar al Estado, dijo. “Pero por ahora son un grupo totalmente entrópico y anárquico de jóvenes que han descubierto cómo obtener lo que quieren, que es básicamente ropa, coches y respeto.”

A decir verdad, lo sucedido en Río se puede aplicar, en distintos grados, a toda América Latina, sobre todo a México, Guatemala, El Salvador y Colombia. Dos décadas después de la caída del comunismo, las guerrillas marxistas de la región desaparecieron, sólo para ser sustituidas por los violentos cárteles de la droga.

Sirkis, que cumple su cuarto periodo en el municipio de la ciudad de Río, es un hombre larguirucho de 58 años con una mata de cabello claro. Sus padres fueron judíos polacos que emigraron a Brasil tras sobrevivir al Holocausto. Sirkis nació en Río. A finales de los años sesenta, siendo un estudiante, se unió a la Vanguardia Popular Revolucionaria, un grupo guerrillero urbano. Sirkis robó varios bancos y, en incidentes separados, ayudó a secuestrar a los embajadores de Suiza y Alemania en Brasil. (Los diplomáticos fueron liberados sanos y salvos después de que el régimen militar accediera a liberar a un total de 110 prisioneros políticos.) En 1971, mientras sus camaradas eran cazados y asesinados, Sirkis huyó del país. Pasó casi nueve años en el exilio, en Santiago, Buenos Aires, París y Lisboa, y regresó después de que los militares declararan la amnistía. Sirkis continuó repudiando la violencia política en un libro muy exitoso, Os Carbonários, publicado en 1980. Ahora es un activista ambiental y líder del Partido Verde de Brasil, bajo cuyo estandarte se postuló para la presidencia en 1998.

El 10 de julio uno de los mejores amigos del hijo de Sirkis, un universitario de veintidós años, fue asesinado en Río. Su cuerpo fue encontrado en un taxi; habían disparado contra él y el chofer; los tenis del estudiante habían desaparecido. Sirkis escribió una carta sombría a un editor en la que señalaba que este era un acontecimiento de tal banalidad que ni siquiera había merecido una crónica noticiosa. Me dijo: “El porcentaje de crímenes resueltos aquí en Río es ridículo: 99 por ciento de los homicidios nunca se resuelven.” Parte de la culpa la tiene la “cultura de lo políticamente correcto” en Brasil. “Puras palabras escandinavas en una realidad iraquí. Río es completamente esquizofrénico. Todo el mundo es muy políticamente correcto, toda esta violencia se ve como producto de alguna injusticia. Y, al mismo tiempo, les gustaría ver las favelas pulverizadas, a la Buck Rogers, con un Desintegrador.”

Sirkis compara el crecimiento de la cultura pandillera de Río con el atractivo que tiene Al Qaeda para los jóvenes sin voz ni voto en las sociedades musulmanas. “Se trata de una cultura que permite la constante reproducción de reclutas cada vez más jóvenes”, me dijo. “Es una especie de autoafirmación. Tienes una situación social que genera un cierto tipo de persona, un ejemplo que es emulado por los chicos jóvenes, y ese ejemplo es un traficante con su AR-15 y sus zapatos Nike. Es una forma de volverse hombre. Las chicas lo miran y él pelea contra sus enemigos, que son jóvenes igual que él. Esto les da un sentimiento de filiación.”

Cada año los mafiosos se vuelven más jóvenes; hoy algunos tienen diez años. Es “como un fenómeno medieval, feudalismo y guerra de señores sin ningún otro propósito que el de vivir en el día a día”, me dijo Sirkis. “Es una insurgencia de baja intensidad, y sin ideología.”

Poco después de que Fernandinho tomara control de Ilha, él y Gil –ambos se denominan a sí mismos la “pandilla LG” (por sus sobrenombres, Lopes y Gil)– comenzaron a aparecer en los titulares de los periódicos de Río. A la generación de bandidos de Fernandinho le gustan las fiestas. Los jefes de las pandillas son grandes promotores del funk carioca, o gangsta rap brasileño. Los fines de semana organizan bailes funk, fiestas callejeras a las que asisten jóvenes de fuera de la favela –de o asfalto, “el asfalto”, como se conoce a las zonas legalmente constituidas de la ciudad– y en las que contratan a dj’s. Los jefes proporcionan cerveza y venden drogas, sobre todo cocaína y mariguana, en grandes cantidades. Fernandinho ha sido filmado festejando con sus “soldados”, bebiendo, cantando y alardeando sobre cómo ha acabado con sus enemigos. En un baile funk de 2005 se le ve rapeando: Amárralo, derríbalo, sigue y muele a este marica. Trae el hacha afilada, mándalo al Infierno. Ahora verás, LG no tiene piedad. Dale con el hacha, será un tullido. ¿Por qué cantaste, marica?

Otro video, de 2005, muestra a Fernandinho en una fiesta, rapeando en el micrófono: Estoy lleno de odio. Soy bueno, pero no collón. Les digo a todos que no soy malo con los de aquí, no. Odio a Chorrão, PQD y Noquinha. Si te pones de su lado, te cortaré en pedacitos. Puedes ir con el tipo equivocado, pero cuando te descubra, el León te comerá.

La primera orden de aprehensión por homicidio en contra de Fernandinho fue expedida ese mismo año. En Praia da Rosa, una favela cercana, se encontraron dos cuerpos desmembrados. Las víctimas eran socios de Noquinha –el rival que Fernandinho mencionaba en su rap. Los miembros de la pandilla de Fernandinho eran los principales sospechosos del asesinato de un policía, frente a decenas de testigos, en una celebración religiosa en 2007, y de la decapitación de un hombre de Dendê unos meses después. (Su pecado había sido asistir a un baile funk de una favela rival.) Y había más. Un residente me dijo que en Praia da Rosa los esbirros de Fernandinho eran conocidos como os açougueiros: “los carniceros”. “Se encargan de los cuerpos de las personas que matan destazándolos y arrojándolos a la bahía”, me dijo aquel hombre. “Los cangrejos se los comen.”

En un operativo especial en marzo de 2008 unos cien policías armados, respaldados por dos helicópteros de combate y un tanque blindado, fueron tras Fernandinho. Hubo una balacera; cinco hombres de Fernandinho fueron acorralados en una casa; varios resultaron heridos o fueron arrestados. La policía dijo que Fernandinho había recibido un impacto de bala, pero que había escapado saltando de azotea en azotea.

A partir de los informes sobre Fernandinho –sus extravagancias publicitarias, su inclinación por desmembrar a sus enemigos, sus escapes al estilo de La pimpinela escarlata– comenzó a gestarse una cierta mitología. Luego hubo una noticia: Fernandinho había encontrado la religión. El 20 de agosto de 2007 un titular del tabloide de Río Meia Hora decía: “MATÓN DECAPITA A QUIENES NO SIGUEN SUS REGLAS” y, debajo, “Fernandinho Guarabu, el jefe de Dendê, usa una hacha para ejecutar a sus víctimas. El traficante evangélico prohíbe incluso la macumba en la favela.” (Macumba se refiere a una de las religiones de origen africano en el país, junto con umbanda y candomblé, que los evangélicos estrictos consideran poco más que brujería.) Ese mismo día, en el periódico O Dia, apareció este reportaje: “Pese a la violencia [de Fernandinho], la ‘palabra de Dios’ siempre debe ser propagada, a veces de forma radical. Guarabu ha prohibido supuestamente los rituales de umbanda y candomblé, así como las sesiones espiritistas. Diariamente, a las 6 p.m., la plegaria de un pastor resuena en los estrechos callejones.”

Sucedió que Fernandinho se había hecho amigo del pastor Sidney, y había vuelto a nacer. El capo se abocaba a su nueva fe con gran entusiasmo. En uno de sus antebrazos llevaba “Jesús Cristo” tatuado en grandes caracteres, y el Morro do Dendê pronto se cubrió de nuevos grafitis religiosos. La alberca comunitaria que había construido tenía ahora un letrero por encima que decía “ESTO PERTENECE A JESUCRISTO”. Además, se dice que Fernandinho ordenó a sus hombres no cometer crímenes “violentos”, como robo de auto con violencia, robo a mano armada y asesinato, aunque podían vender drogas.

Leslie Leitão, el principal reportero de crimen de O Dia, es autor de la mayor parte de las notas sobre Fernandinho publicadas en dicho periódico. Lo fui a ver a las oficinas del diario. Leitão, un hombre amigable e hiperquinético de 32 años –la misma edad que Fernandinho–, me explicó que a menudo encuentra pistas en la red social más popular de Brasil, Orkut, pistas que, según me dijo, la policía también sigue. Muchos miembros de las pandillas suben noticias, videos y fotografías de sí mismos en Orkut. La novia de un famoso traficante sube chismes y fotos reveladoras de sí misma. Leitão nunca ha ido al Morro do Dendê. Habla con Fernandinho por teléfono. “Claro, él niega las cosas que he escrito sobre él”, me dijo Leitão. “Pero es muy amigable, y parece entender que yo sólo estoy haciendo mi trabajo.”

Los periodistas brasileños sencillamente dejaron de entrar a las favelas después de que Tim Lopes, un reconocido reportero de la cadena de televisión O Globo, despareció en 2002, tras llevar una cámara escondida a un baile funk en una favela. Varios días más tarde la policía encontró lo que quedaba del cuerpo de Lopes. Había sido torturado hasta la muerte –golpeado, luego cortado en pedazos con una espada de samurái y finalmente quemado– por un jefe de pandilla del Comando Rojo y sus hombres.

Para los periodistas hay muchos peligros. El año pasado un par de reporteros de O Dia y su chofer fueron secuestrados y torturados por varias horas dentro de una favela. Sus torturadores, que fueron detenidos más tarde, resultaron ser policías, miembros de una “milicia” de patrulla ciudadana. Desde hace casi una década, los policías y los bomberos formaron estas milicias para atacar a las pandillas de la droga asesinando a sus miembros hasta borrarlos del mapa. Al menos cien favelas de Río están ahora en manos de estas milicias, que se han convertido en pandillas por derecho propio. (Me reuní con un miliciano de nombre Silva en una favela que él mismo ayudó a controlar cerca de la Cidade de Deus –la Ciudad de Dios– y le pregunté si existía el peligro de que las milicias se convirtieran en mafias. “Ya son mafias”, me dijo. Pero afirmó que no vendían drogas. La especialidad de Silva, me dijeron, era “desaparecer cuerpos”.) La única favela de Ilha que no domina Fernandinho, justo fuera de la base de la fuerza aérea, está controlada por una milicia.

“Hoy, si vives en el Morro do Dendê, dependes de Fernandinho”, me dijo Leitão. “Si lo arrestan mañana, Gil, su número dos, tomará las riendas. ¿Cuánto tiempo estará aquí?, ¿diez años? Cuando mucho.”

Leitão no sabía si la fe de Fernandinho era genuina o si sólo intentaba crearse una nueva imagen pública: “Podría ser cualquiera de las dos cosas.”

Para saber más sobre Fernandinho, me reuní con un ex vendedor de drogas llamado Washington Luiz Oliveira Rimas, también conocido como Feijão (“Frijol”). Feijão, un hombre negro, bajito, rechoncho, de 33 años, que llevaba ropa Nike de color azul eléctrico y una cadena de oro, había sido chefe, jefe de una favela, para el Tercer Comando Puro, pero se había “retirado” y había tratado de reinventarse como constructor. Sin embargo, la policía aún lo buscaba y en 2006 fue arrestado bajo el cargo de robo de armas de uso exclusivo del ejército. Feijão gastó la mayor parte de sus ahorros en su defensa y fue liberado después de pasar un mes en prisión. Consideró volver a “la vida”, pero la ejecución de un amigo cercano a manos de la policía lo disuadió. Feijão trabaja ahora para una ONG poco común, AfroReggae, una agrupación que intenta mediar entre el Estado y las pandillas, y que además promueve a una banda musical.

Feijão me dijo que conoce a Fernandinho desde hace años. “Fernandinho, ¡es un maluco!” –un loco–, afirmó. “Fernandinho es salvaje. Está chiflado. Fuma y bebe demasiado. Festeja demasiado. El problema es que Fernandinho es muy buscado por la policía. Tiene su lado bueno, pero también tiene su lado brutal. Mató a mucha gente y dejó sus cuerpos en las calles, y llegó a estar en los periódicos: hay fotos de él bailando con una pistola al hombro. Tiene un montón de armas allá arriba, y coches robados.” Feijão continuó: “Y la cosa es que aquí, si haces un montón de tonterías, sí van a venir por ti. Y si [Fernandinho] cae, no va a poder salir.”

Le pregunté a Feijão si pensaba que la tan publicitada renovación religiosa de Fernandinho era real. Reflexionó y dijo: “Creo que sí cree, porque en esta vida pronto te das cuenta de que el único que no te traiciona es Dios.”

El pastor Sidney Espino dos Santos, el responsable de la conversión de Fernandinho (según me dijeron), vive en Parque Royal, a unas cuantas calles de donde vive Iara con sus hijas. Su casa es modesta y bien cuidada, una construcción de dos pisos en una calle de terracería. El pastor Sidney, un hombre negro, bajito y fornido, con la cabeza rapada, me recibió con cautelosa cortesía, y me invitó a pasar y sentarme en la terraza del segundo piso. Llevaba pantalones negros, una camisa beige bien planchada y una corbata a rayas, y tenía un físico consistente que no esperaba encontrar en un predicador.

Había sido católico hasta los veintiún años, me contó, y luego se volvió evangélico protestante. Cuando le pregunté qué había ocasionado su conversión, miró hacia otro lado. Dijo que había tocado música en una banda, que había salido con “muchas mujeres” y que había estado “abrumado por la ansiedad y la depresión”. El pastor Sidney tiene ahora 35 años, y lleva casado quince. Él y su esposa tienen tres hijos. El pastor también había sido paracaidista del ejército y, durante la mayor parte de los últimos doce años, había trabajado en plataformas petroleras en mar abierto, como supervisor de cubierta. Había estado en Angola varias veces, dijo, y también en Trinidad y Tobago. Su último trabajo había terminado hacía dos años, después de que tuvo algunos problemas con un compañero de trabajo estadounidense.

El pastor Sidney me explicó que había conocido a Fernandinho en 2007, cuando algunos líderes de la comunidad lo fueron a buscar. Se habían registrado una serie de balaceras en las que estaban involucrados Fernandinho y sus rivales –gente asociada con Marcelo PQD. “Esto era como una zona de guerra”, dijo el pastor Sidney. “Era muy peligroso, y la comunidad estaba asustada.” Él ya había predicado en algunos de los barrios más bravos de Ilha, y esto le había granjeado cierto respeto. “Trabajaba entre los traficantes. Salía y rezaba en las calles. Yo me acerco a todos de la misma forma, como si estuvieran poseídos por demonios, y descubrí que lo aceptaban, porque hay algo sobrenatural en ello. Sin embargo, había evitado a Fernandinho. Había escuchado cosas de él que no me gustaban.”

Finalmente, “Fernandinho vino él mismo a mí. Me vio predicando. Vio a la gente que caía al suelo. Y me pidió una plegaria”.

En los últimos años las sectas protestantes evangélicas han hecho incursiones sorprendentes en Brasil –un territorio tradicionalmente católico. En algunas favelas de Río hay veintenas de pequeñas iglesias donde, noche tras noche, el Señor es alabado entre gritos y música amplificada. En la iglesia del pastor Sidney, la Igreja Assembléia de Deus Ministerio Monte Sinai, él y sus diáconos, entre quienes se encuentran varios ex mafiosos, cantan y tocan instrumentos, creando una barrera de sonido que mezcla el ska y el hip hop con el rock de gospel brasileño. Los parroquianos bailan, entran en estados de trance y caen al suelo como si exorcizaran sus demonios.

El pastor Sidney me explicó cómo es que puede ver a los demonios: “La gente poseída tiende a ver a un punto fijo y hay un cierto frío a su alrededor; sus ojos no parpadean. Las personas mismas están ausentes.” Cada vez que las ve, “le pido a Jesús que las tome, y los ángeles vienen y les arrancan el demonio”. También ayuda, me dijo, invocar el nombre del Señor. “La fe tradicional te ayuda a centrarte, lo mismo que las demostraciones del poder de Dios.”

Le dije al pastor que había escuchado decir que Fernandinho había dejado de matar gracias a su influencia. El pastor Sidney se mostró escéptico. ¿Pensaba que Fernandinho realmente creía en Dios? “Sólo Dios sabe lo que hay en el corazón de un hombre”, me contestó. “Pero en mi opinión Fernandinho está lejos de aceptar a Dios. Se conmovió un poco, cambió un poco si lo comparamos con lo que era antes. Usa menos la violencia, redujo sus matanzas considerablemente, es cierto. Antes bajaban desde Dendê y robaban casas y coches; ahora eso está prohibido. Ahora sus hombres casi sólo venden drogas.”

Pero las cosas entre él y Fernandinho se habían deteriorado en los últimos años, afirmó. “Nos gusta Fernandinho, pero queremos alejarnos de él para que vea lo que le rodea, para que vea dónde está parado.” Algunos hombres habían sido ejecutados unas semanas antes. “Las muertes me hicieron sentir ofendido”, me dijo el pastor. “Así que ahora estoy harto de ir al Morro do Dendê. Ahora, cuando subo, sólo voy entre la gente de la comunidad. Ya no estoy tratando de convertir a los traficantes. Rezo por ellos sólo si me buscan.” El pastor también estaba molesto por la aparición de algunos evangélicos rivales que se habían congraciado con Fernandinho. “Le están diciendo lo que quiere oír, no lo que necesita oír.” (Una semana antes una redada policiaca en Praia da Rosa había dado con una mochila que contenía un rifle y munición; la mochila estaba escondida en una guardería dentro de otra iglesia de Pentecostés.)

Le pregunté al pastor Sidney si, pese a las tensiones entre ellos, podría aún presentarme a Fernandinho. Frunció el cejo. No quería ver a Fernandinho aún, me dijo, pero me llevaría al Morro do Dendê y haría las presentaciones necesarias. El resto dependía de mí.

Una noche, mientras esperaba para ver a Fernandinho, manejé por los suburbios del norte de la ciudad con un hombre al que llamaré Célio, un ex comando de las Fuerzas Especiales. Célio trabaja para una unidad del departamento de bomberos que recoge los cadáveres de las calles en un vehículo llamado Ravecão. (Más tarde, Célio me dio las cifras del Ravecão para ese día: 48 cuerpos recogidos.)

Manejamos hacia un barrio donde las calles pavimentadas de Río se convierten en terracería. Ahí encontramos a un par de hombres uniformados bajo una farola, sacando un cuerpo de la cajuela de un coche con dificultad: había entrado en rígor mortis. Un coche con varios hombres y mujeres dentro avanzaba detrás de nosotros. Era la familia del hombre muerto. Una mujer bajó e identificó el cadáver. El muerto era un joven que llevaba sólo unos calzoncillos rojos. Cuando levantaron su cuerpo, un chorro de sangre describió un arco de unos dos metros y medio en el aire, el chorro salió de un orificio de bala en su espalda, quizás en su pulmón. Se habían disparado más balas contra su cráneo. Sus pies y manos estaban atados detrás de su espalda, apretados, con una tira de plástico. Había sido ejecutado unas tres horas antes.

A juzgar por su apariencia y por la forma en que fue asesinado, el hombre muerto podría haber sido un vendedor de droga. Sus verdugos podían ser lo mismo miembros de los escuadrones de la muerte organizados por policías y bomberos –los colegas de Célio– u otros traficantes.

Un integrante de la policía civil de Río, Beto, admitió tranquilamente ante mí que la policía ejecutaba a los criminales. Extendió sus manos en actitud de súplica. “¡Es que somos hombres!”, dijo. “Tenemos sentimientos, ¿sabe? Y estos tipos disparan contra nosotros. A veces he salvado vidas. Una vez vi a uno de mis amigos [Beto imitó los movimientos de un policía a punto de ejecutar a alguien] y dije: ‘No lo hagas. Déjalo. Vámonos.’ Pero otras veces no he podido hacer eso. Y, honestamente, hay veces en que no quieres, en que no te importa.”

En un paseo por la ciudad durante el día Beto mantuvo su pistola desenfundada entre las piernas. Su placa policiaca era su “certificado de muerte”, ya que si los miembros de una pandilla la encontraban, lo matarían. Los pandilleros consideran que los diez mil policías civiles de Río no son mejores que los cuarenta mil policías militares. “Los policías militares son más que nada inexpertos y malos; son corruptos, son ellos mismos criminales”, me dijo Beto. “Los mafiosos los matan sin dudar.” En su caso, dijo, “podrían dudar un minuto, pero de todos modos me matarían.”

En marzo de 2005 veintinueve civiles fueron asesinados por policías fuera de turno en un barrio pobre al norte de Río. La policía perpetró la masacre para protestar por el arresto de otros policías, quienes, a su vez, habían sido filmados tirando los cuerpos de varios hombres que habían asesinado. La policía también ha sido blanco de asaltos coordinados. En diciembre de 2006 los líderes del Comando Rojo ordenaron a sus esbirros entrar a la ciudad a sembrar el caos. Las estaciones de policía fueron atacadas con armas automáticas y granadas; una decena de autobuses urbanos fueron incendiados. Murieron al menos diecinueve personas.

Alfredo Sirkis, el secretario municipal, me dijo: “Las pandillas le pagan a la policía para que esta las proteja en las favelas, y si no les pagan, los policías van y matan a todo el mundo y le dejan las operaciones a otra pandilla. La policía tiene una alianza de exterminio con las pandillas.”

El problema, según Sirkis, es que a la policía no se le paga lo suficiente. “Cada policía, sin excepción, tiene un segundo trabajo”, me dijo. “Los policías trabajan en turnos de 24 por 72 horas, de manera que no hay continuidad, no hay una rutina profesional. No se hacen rondas a pie, no hay contacto con la población civil, sólo andan por ahí en patrullas. El 70 por ciento de los policías que son asesinados en Río mueren fuera de su turno. ¿Qué te dice esto?”

Hace treinta años, afirmó Sirkis, “los bandidos no solían matar a un policía. Y, si lo hacían, no se escapaban del castigo. Ahora la policía ha perdido toda dignidad, y los policías son vistos como rivales en el mismo negocio, así que los bandidos los matan”.

Lo primero que hay que hacer, dijo Sirkis, “es terminar con el control de las pandillas de la droga sobre el territorio de la ciudad. Hay que volver a la situación de las ciudades en todo el mundo, a que se venda droga en las esquinas, pero sin que las pandillas tengan el control de los territorios. Esto es posible, pero sólo puede llevarse a cabo mejorando la policía”.

En julio hablé con el nuevo jefe de la policía civil de Río, Allan Turnowski. Le pregunté si la situación de la seguridad en Río era calamitosa. “¿Calamitosa?”, dijo. “No. Si lo fuera, no habría forma de solucionarlo. Y sí podemos. Esto todavía no es Bagdad ni México. Tenemos la capacidad para controlar cualquier parte de la ciudad que queramos. El problema es que no podemos quedarnos a terminar el trabajo.” Turnowski me habló entusiasta sobre una campaña para combatir a las milicias vinculadas a la policía; sobre sus planes para aumentar el número de efectivos policiacos; y sobre la esperanza de mejorar el entrenamiento y los salarios. Mencionó una favela recientemente purgada y cercada, Santa Marta, donde el gobierno ha invertido en infraestructura, como un modelo para el futuro. Señalé que Santa Marta era sólo una favela, y que había otras mil o más aún desatendidas. Turnowski asintió y dijo: “Llevará tiempo.”

El pastor Sidney me guió hasta su coche, un viejo Chevrolet Meriva. Manejamos a través de las calles de Ilha. Después de dar vuelta en una calle residencial, llegamos a una esquina oscura de una favela. El pastor había encendido las luces interiores y había bajado todas las ventanas para que nos pudieran ver. En el primer cruce unos jovencitos con pistolas y rifles de asalto nos bloquearon el paso. Llevaban gorras de beisbol y camisetas con logotipos deportivos, pantalones de surf y sandalias de plástico. Se acercaron a la ventana y, al reconocer al pastor, levantaron los pulgares como signo de aprobación.

A continuación vino un ritual curioso. Uno tras otro, cada pistolero entregó su arma a un camarada y vino hacia la ventanilla abierta del pastor. Cada uno se paró ahí, con las manos a los costados y los ojos cerrados y, mientras el pastor Sidney les hablaba en voz alta, en un atropellado portugués, haciendo una especie de invocación bíblica, entraban en trance. Entonces el pastor extendía su brazo y, colocando su mano sobre la frente del pistolero, gritaba “Sai!” –¡Vete!– una y otra vez. Finalmente, les daba un golpe o un manotazo en la cabeza, y en ese momento volvían en sí, abrían sus ojos sobresaltados, sonreían tontamente y agradecían al pastor.

Durante todo el procedimiento, uno de los jóvenes permaneció en todo momento en el puesto de guardia –una silla de plástico y un bote de petróleo– a la entrada del callejón. El guardia también tenía una arma y una gran bolsa de plástico frente a él, llena de paquetes de cocaína. Era una boca de fumo –una “boca de humo”, la expresión brasileña que designa un lugar donde se venden drogas.

Avanzamos lentamente por el callejón, pasando a hombres y mujeres que tenían que apretarse contra las paredes para que pudiéramos pasar. Percibí el olor a mariguana y, una o dos veces, el tufillo a hule quemado del crack. Nos detuvieron de nuevo; el pastor Sidney repitió su ritual de exorcismo. Entramos a una gran plaza de tierra; estábamos en Praia da Rosa, y había pistoleros por doquier. La atmósfera era tensa; algo estaba pasando. (Descubrí más tarde que la Rata, uno de los subgerentes de Fernandinho en otra favela, había venido esa noche a reclamar justicia de Leo, uno de los gerentes de Fernandinho –y jefe directo de Iara–, porque un soldado de Leo había ido a su territorio y le había apuntado con una pistola. Leo hizo que su hombre se disculpara con la Rata, evitando así el derramamiento de sangre.)

Después de pasar por otros tres retenes, llegamos a un cruce donde la calle se dividía y seguía por los dos lados de un muro pintado con mensajes sobre Jesús. Habíamos llegado al Morro do Dendê.

Los vendedores de droga saludaron respetuosamente al pastor Sidney y le preguntaron si iba a ver al chefe. “No. Sólo llego hasta aquí”, dijo. “Él sabe por qué.” Se veían desconcertados, pero asintieron. El pastor Sidney dijo que quería a alguien “responsable” para llevarme a ver a Fernandinho. Deliberaron; uno de ellos se alejó y habló por su radio. Luego un hombre corpulento de treinta y pico años, con el torso desnudo, dio un paso al frente. El pastor me dijo: “Está bien, puede irse con él. Siéntase como en casa.” Y se alejó en su auto.

El hombre me guió por una calle empinada, por entre espectadores curiosos. En la cima de la colina se detuvo e hizo un gesto para que lo esperara ahí, luego desapareció. Había unos cuantos hombres armados, vestidos con ropa deportiva a lo largo de la calle; la gente subía a comprar cocaína con ellos. La letra de un baile funk retumbaba: “No vales la verga que mamas”, y el coro repetía una y otra vez: “Pau que chupa, pau que chupa [Verga que mamas, verga que mamas].”

Fernandinho apareció. Seis guardaespaldas estaban dispuestos alrededor suyo. Lo reconocí de una fotografía; tenía el tatuaje de Jesús Cristo en el antebrazo derecho, en grandes letras góticas. Llevaba una gorra de beisbol, pantalones cortos y una sudadera sin mangas del São Paulo, con las letras LG bordadas (el logotipo del patrocinador). Llevaba también una enorme cadena de oro con un dije al cuello, inmensos anillos de oro en casi todos sus dedos y un pesado reloj de oro. Todo brillaba con diamantes.

Fernandinho es blanco, tiene aspecto de niño, es de mediana altura y complexión, tiene el cabello castaño y lo lleva cortado a rape. Me saludó amablemente. Sugirió que fuéramos a su casa para charlar. Sus guardaespaldas avanzaron junto con nosotros. Todos eran adolescentes, y llevaban AK-47 y AR-15. Bajamos algunas escaleras, luego caminamos por un callejón y avanzamos por un estrecho pasillo, hasta el interior la habitación de Fernandinho.

No era particularmente grande; su cama ocupaba casi todo el espacio disponible y estaba cubierta con un edredón de un personaje de caricatura. De las paredes colgaban estampas religiosas brillantes y varios salmos enmarcados. En una esquina había un acuario; en otra, una bicicleta fija. Una gran televisión de plasma dominaba la pared frente a la cama. Fernandinho se sentó en el borde del colchón y quitó algunas prendas de un pequeño sofá situado al lado para que yo me pudiera sentar. Sus guardaespaldas permanecieron al final del pasillo.

Una bonita joven embarazada vino a ofrecernos algo de beber. Cuando se fue, le pregunté a Fernandinho si era su esposa, o si llevaba a su hijo. No, era sólo una amiga –su esposa no estaba ahí, dijo, y luego se corrigió: “No nos han casado formalmente.” Tenía seis hijos, y dos más “en camino”. Dijo que su esposa, embarazada de su primer hijo, no sabía sobre ninguno de los niños, excepto el más grande, un niño que iba a la escuela primaria en el asfalto. Me miró con intriga, y dijo que había considerado decirle sobre los otros niños después de que diera a luz. Le contesté que probablemente esa sería una decisión acertada.

Su función en el Morro do Dendê no era diferente de la de un alcalde, me dijo Fernandinho. “La gente viene a mí con sus problemas y yo los cuido.” Me acercó el dije de oro que portaba. Se veía una palma –dendê es la palabra portuguesa para la palma de aceite africana– y unas cuantas casas en la ladera de una colina. Era el símbolo de su gobierno. “Lo diseñé yo mismo”, dijo. “Pesa medio kilo.” Era un traficante, sí, pero vendía drogas sólo porque otros las consumían. Le mencioné los asesinatos que lo habían hecho famoso. Dijo que no tenía que matar a la gente él mismo: había personas que hacían esas cosas en su nombre.

“De niño quería ser jugador de futbol”, confesó. “Finalmente, me di cuenta de que eso era sólo una fantasía.” Se había unido a la pandilla como mensajero y vigía cuando tenía ocho o nueve años. Le pregunté si podía imaginar una vida distinta a la que tenía ahora, si podría ser capaz de cambiarla. “No”, me contestó. “Tengo tantas órdenes de aprehensión contra mí, que ni siquiera salgo de la favela.” No había salido del Morro do Dendê durante dos años y, antes de 2003, sólo había salido un par de veces.

¿Por qué crímenes se le buscaba? “Todo, incluso si no es cierto”, dijo.

Fernandinho había dejado la televisión encendida. Estaba sintonizando la versión brasileña de Discovery Channel, que transmitía un docudrama de crímenes verdaderos sobre el llamado Asesino Sonámbulo. Una dramatización en la que un hombre entra a un dormitorio y masacra a una pareja dormida aparecía una y otra vez en cámara lenta. Finalmente, Fernandinho cambió de canal a la estación local de noticias. Esta transmitía en vivo desde el lugar de un enfrentamiento entre criminales y policías en São Paulo.

“¿Realmente es así?”, le pregunté. “Sí, a veces”, dijo Fernandinho. Pero él trataba de evitar las confrontaciones con la policía, dijo. Siempre que fuera posible, él y sus hombres se escondían cuando la policía invadía la favela.

Fernandinho abrió la puerta de su clóset y hurgó adentro. Después de un rato sacó dos botellas de colonia para hombre, aún en sus empaques. Una era Issey Miyake, la otra Givenchy Pour Homme. “Lléveselas”, me dijo, “son suyas”.

Rezaba mucho, me comentó, incluso rezaba por sus enemigos. Como para demostrar la verdad de esta afirmación, cerró la puerta de su habitación, fue al pie de su cama y se arrodilló. Rezó como un niño, con los dedos entrelazados, los ojos cerrados y los labios moviéndose al tiempo que murmuraba una oración. Fue a buscar su Biblia y, sentado frente a mí en su cama, la abrió en una página donde tenía un marcador, cerca de la cuarta parte del libro.

Felicité a Fernandinho por su esfuerzo. Pero entonces, señalando la contradicción entre su fe religiosa y su empeño en continuar con una vida de traficante, le pregunté: “Para ti, ¿dónde está la línea que divide el bien del mal?”

Ferdandinho sonrió y dijo: “¿Quién decide?”

Un par de días más tarde regresé a Parque Royal a ver al pastor Sidney. Me invitó un plato de feijoada –un platillo tradicional brasileño de puerco y frijoles negros– en un pequeño restaurante que le pertenecía en la plaza de la favela. Me preguntó cómo había resultado el encuentro con Fernandinho. Le dije que Fernandinho había hablado mucho sobre su fe.

El pastor asintió. Sentí que podría estar dispuesto a hablar un poco más explícitamente sobre su feudo con el mafioso. “¿Qué pasó? –le pregunté–. Creí que Fernandinho había prometido detener las matanzas.” “Sí, y por eso me he mantenido alejado de él, porque ha roto su palabra.”

El pastor culpó a Gil, el segundo de Fernandinho. Gil había estado en el hospital, y mientras se había ido las cosas habían estado bien. Luego Gil regresó. El pastor Sidney dijo: “Está sediento de sangre. Yo ya lo veía venir, y le dije a Fernandinho que dentro de una semana las matanzas comenzarían de nuevo. Y, en una semana, así fue.” El pastor había escuchado por ahí que se había capturado a cuatro informantes y que se les había condenado a muerte. Se apresuró para llegar al Morro do Dendê e intentar salvar sus vidas. Fue a ver a Fernandinho, pero sus guardaespaldas le dijeron que el jefe estaba descansando, que no podía ser molestado. Preguntó por los hombres detenidos y le dijeron: “No se preocupe.” Y se fue.

Más tarde escuchó que habían sido asesinados, y se sintió traicionado. “Fui con Fernandinho y le dije que la alianza entre nosotros estaba rota”, dijo el pastor. “Durante dos años habían hecho un voto de que nadie sería asesinado. Le recordé que durante ese tiempo ninguno de ellos había sido asesinado ni arrestado.” El pastor prosiguió: “Predigo que algunos de ellos serán asesinados pronto.”

–¿Qué dijo Fernandinho?

–No respondió absolutamente nada. Yo podía ver a los demonios regresando a través de sus ojos.