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—¡Hay un muerto, hay un muerto!

El que gritaba era un muchacho que el conserje del edificio describió como una nena presa de un ataque de nervios. Un marica de unos veinte años, precisó. Decía ser el ahijado del hombre que vivía en el 1° D. Decía que minutos antes, caía la noche en Buenos Aires, había encontrado a su padrino tendido boca abajo sobre un charco de sangre.

—Venga, por favor, venga, hay un muerto –suplicó.

El alerta del conserje movilizó al mismísimo jefe de la División Homicidios de la Policía Federal, que no dudó de marcar el número de la viceministro de Seguridad Cristina Caamaño. La funcionaria se dirigió a la escena del crimen tras ser informada, quien sabe por qué curiosa razón, que el fallecido era Galvarino Apablaza, ex subversivo chileno acogido a asilo político y reclamado en su país por la muerte de un senador.

Ya en el lugar de los hechos quedó claro que se trataba de un chileno muy distinto al que se creía. Un chileno tanto o más célebre, que merecía el sensacional despliegue que estaba en marcha.

Enrique Arancibia Clavel, sesenta y seis años, ex agente de la dictadura de Pinochet condenado por el crimen del general Carlos Prats y su esposa, había sido brutalmente apuñalado en su departamento de Lavalle 1438, en pleno centro de la ciudad. La noche de 28 de abril de 2011, cientos de víctimas de las dictaduras de Chile y Argentina se cobraban Justicia de una manera insospechada.

Lo que vio el muchacho que encontró el cadáver y más tarde la viceministro y la policía y los médicos era para poner los nervios de punta a cualquiera: un cuerpo tendido boca abajo sobre el piso de una salita de estar que hacía las veces de oficina; el reguero de sangre que avanzaba hacia el pasillo, la toalla ensangrentada cubriendo un cuerpo perforado. En esa escena, un tipo de crimen que se repite como la cara más violenta de la homofobia, víctima del odio, murió el espía más siniestro de Pinochet.

El informe de autopsia, elaborado esa misma noche, estableció que el ex agente había recibido treinta y cuatro lesiones de distinta profundidad realizadas por arma blanca. Los cortes más comprometedores se encontraban a la altura del cuello.

La salita no presentaba muestras de una escena violenta, siquiera un forcejeo. En el lugar había una gran pantalla LCD, un juego de sillones, un mini bar y esa fabulosa colección de películas clasificadas del uno al seis mil, que llamó la atención de la policía. La mayoría eran de corte familiar: dramas, bélicas, comedias románticas, y algunas pocas porno. De no ser por algunas salpicaduras de sangre, el video club personal de Arancibia exhibía una pulcritud admirable.

Temblando, entre sollozos, el muchacho que se identificó como David Elías Borelli dijo que su padrino vivía solo. Y que esa tarde, como no contestaba los llamados, decidió ir a verlo a su departamento. Que lo había encontrado. A la medianoche, en la División Homicidios, reconoció que Arancibia no era su padrino sino su novio, que lo había conocido en un foro por Internet. En un par de meses cumplirían dos años de relación.

Borelli decía desconocer el pasado de Arancibia Clavel. Para el muchacho, entonces de diecinueve años, estudiante nocturno de secundaria, el chileno era una persona “muy culta”, aficionado al cine y la literatura, que vivía con cierta comodidad gracias a una flota de taxis que administraba por intermedio de un testaferro al que conoció en prisión.

Unos meses después, Rodolfo Gutiérrez, jefe de la División Homicidios de la Policía Federal, dirá que desde un primer momento, por razones obvias, David Elías Borelli encabezaba la lista de sospechosos. También dirá que ese muchacho flacuchento, que tenía un modo de nena, tan sumiso, tan frágil, no encajaba con el perfil de un asesino.

***

Con la melena a la altura de los hombros, estilo Roberto Carlos, Hugo “Adrián” Zambelli fue al aeropuerto de Ezeiza para recoger a su novio chileno que volvía de un viaje de negocios. Era noviembre de 1978. Chile y Argentina estaban próximos a irse a la guerra por tres islas del canal de Beagle. El efusivo beso con que recibió a Enrique Arancibia Clavel quedó a la vista de los agentes encubiertos argentinos que seguían los pasos de la pareja.

Luego de que subieran a un auto, la policía los detuvo. El chileno estaba acusado de espiar al gobierno argentino por encargo del gobierno de su país. Un buen embrollo quedaba al descubierto. El doble agente tenía una doble vida.

Arancibia lo había conocido a principios de 1974, cuando Zambelli, bailarín y peluquero argentino, formó parte de la primera compañía de revistas montada por Susana Giménez. La Revista de Oro, éxito de taquilla del Teatro Astros. A su modo, en el contexto de la época, Zambelli era una celebridad. Había grabado un disco intrascendente que tituló Ay, amor, dime que sí, y su nombre figuraba en espectáculos de revistas de Moria Casán, Valeria Lynch y la Giménez.

Compartían un departamento en Virrey Loreto, en barrio Belgrano, y secretos de alcoba que también eran secretos de Estado. En 1978 Arancibia informaba a su país del amorío que mantenían el almirante Massera con la vedette Graciela Alfano, compañera de trabajo de Zambelli. “Últimamente se ha sabido de costosos regalos que le fueron hechos” a la vedette por el marino, se lee en el cable secreto que reveló los alcances de una relación afectiva.

La del agente y el bailarín era una relación estable y seria, de compromiso. El coreógrafo Salvador Estévez, que dirigió la Revista de Oro, testificó ante la justicia que el vínculo entre ambos “era íntimo por su estrechez y por la importancia que tenía para ambos”. Un vínculo secreto. Tan secreto como las actividades de espionaje que el chileno desarrollaba tras una fachada de ejecutivo bancario.

Arancibia era hijo, nieto y hermano de militares chilenos. Militares machos, conservadores y de derecha, cuyas vidas parecen predestinadas aún antes de nacer por una matriz de rectitud que no admite fisuras. Arancibia, a su modo, formaba parte de una matriz de fisuras.

Tras un corto paso por la Escuela Naval, y mientras estudiaba Ingeniería en la Universidad trasandina, se vinculó a grupos subversivos de derecha que pretendieron impedir el ascenso al poder de la izquierda en Chile. Su nombre aparece mencionado en el proceso judicial que se siguió por la muerte del ex comandante en jefe del Ejército René Schneider. Cuando fue identificado por la justicia ya estaba refugiado en Buenos Aires. Era 1971, primer año de experimento de gobierno socialista a la chilena.

En Argentina se vinculó a nacionalistas decididos a enfrentar con todos los medios de lucha el avance de la izquierda en el continente. Y esos medios se facilitaron enormemente una vez que los militares se tomaron el poder en Chile y más tarde en Argentina.

Según quedó acreditado en la sentencia judicial que lo condenó a cadena perpetua por el crimen del general Prats, desde marzo de 1974 Clavel operó oficialmente como agente del Departamento Exterior de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), “cargo de extrema confianza” que ejerció bajo la cobertura de gerente bancario. Para esos efectos operaba con el nombre de Luis Felipe Alemparte Díaz.

“El ingreso de Arancibia a tan selecto grupo pudo hacerse realidad en virtud de la estrecha ligazón familiar que existía entre su padre y hermanos -todos ellos militares de profesión- y los círculos castrenses”, se lee en la sentencia. También se lee que la asociación ilícita de la que participó activamente tenía “el fin de perseguir, reprimir y exterminar sistemáticamente a los opositores políticos del nuevo régimen dictatorial establecido en la República de Chile”.

El papel que le cupo en la persecución de opositores comenzó a revelarse en toda su magnitud a partir de 1978, cuando fue detenido en compañía del bailarín de Susana Giménez.

Al allanar la casa que ambos compartían en Belgrano la policía encontró un completo archivo con informes secretos que el agente enviaba regularmente a Chile. Un archivo del horror que documenta los alcances de la colaboración entre los servicios de inteligencia del cono sur para eliminar opositores. En esos informes está la punta de la madeja de casos de personas a las que se les perdió el rastro para siempre o que aparecieron muertas.

Ayudado por la Secretaría de Inteligencia de Estado argentino, el agente chileno tenía montada una máquina de espionaje que se ocupaba de los más mínimos actos de disidencia.

En un cable fechado en diciembre de 1974, comunicaba a Santiago de las actividades del grupo musical chileno Los Jaivas, cuyas canciones “en un 90% son dedicadas a insultar al actual gobierno nuestro”. Luego de clasificar el repertorio del conjunto como “música de protesta”, el agente recomendaba que “sería interesante tomar medidas a nivel oficial con esta gente”.

Si bien los cables quedaron adjuntos al proceso judicial por la acusación de espionaje, estos no cobraron publicidad sino hasta 1986, cuando la periodista chilena Mónica González los encontró en un armario judicial. Catorce años después, esos cables sirvieron como medios de prueba para condenar a Arancibia Clavel por su papel en la planificación del atentado explosivo que en septiembre de 1974 despedazó al general Carlos Prats y su esposa Sofía Cuthbert.

Una segunda condena se le vino en 2002. Las chilenas Laura Elgueta y Sonia Díaz reconocieron a Arancibia como uno de los hombres que las torturaron en el campo de detención Club Atlético. Lo delató su rostro, su voz y esa inconfundible estela a colonia Flaño, muy de moda entre los machos chilenos de la época, que el agente dejaba a su paso. En su declaración judicial, Elgueta recordó que fue sometida a la picana eléctrica y que el agente chileno jugaba al policía malo mientras otro de origen argentino hacía de bueno.

En estas cosas ocupaba sus días el hombre que se hacía llamar Luis Felipe Alemparte Díaz, falso ejecutivo bancario que en las noches se confundía con la rutilante decadencia de la farándula porteña.

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En el estilo parco y notarial de la Justicia, el fiscal a cargo del caso recogió el informe de la médico legista Ana Patricia Spinetti para dar cuenta de algunos hechos observados en el lugar donde fue hallado el cuerpo de Arancibia Clavel:

“Se dejó constancia que el cadáver fue hallado tapado parcialmente por un toalla ensangrentada, la cual fue removida por personal del SAME (Sistema de Atención Médica de Emergencia) al momento del arribo; que poseía una camisa, un jogging deportivo y no tenía ropa interior, poseyendo colocados un reloj y un anillo.

En cuanto al examen lesionológico se dejó asentado que se observaban múltiples lesiones causadas por arma blanca punzo-cortante en varias regiones corporales, concentradas especialmente en rostro, cuello y parte superior de tórax.

Por otro lado se ha indicado que la puerta de entrada a la vivienda no se encontraba forzada, lo que permitía presumir que la víctima permitió el ingreso del agresor, también se indicó en cuanto al número de atacantes que presuntamente fue uno solo, aunque no puede descartarse la participación de otra persona; escasos signos de violencia en la morada en sí, cuya mayoría de objetos y muebles no revelaban el desorden de una gran lucha, y escasos signos de lesiones de defensa en las manos del occiso.

Asimismo se ha dejado asentado que todas las lesiones fueron causadas por un arma blanca y son vitales, es decir, han sido ocasionadas en vida de la víctima, como así también que las heridas resultan ser de dos clases: incisas o cortantes y punzo cortantes, cuyas características permiten presumir que el arma se trataba de un elemento cortante de buen filo.

En cuanto al ataque se ha sostenido que resultó fulminante y por sorpresa, no dando margen a maniobras de defensa significativas o de escape a la víctima, estimándose en muy breve tiempo de sobrevida de la víctima como consecuencias de las cuantiosas hemorragias en virtud de las numerosas y extensas lesiones en la región del cuello”.

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Al caer la noche, este edificio del centro de Buenos Aires cobra un aire triste. Las oficinas de abogados, médicos y contadores comienzan a vaciarse y la calle, que ha tenido un nervioso ajetreo, se torna inhóspita y fantasmal: una tierra de nadie.

Tras acogerse a una rebaja de pena que le permitió ahorrar años de cárcel, Arancibia llegó a vivir aquí en 2007. Ocupaba un departamento de dos ambientes y era uno de los pocos residentes del edificio. No es extraño entonces que en esa tarde abril nadie hubiera escuchado gritos, siquiera un alboroto, proveniente del 1° D.

A partir del testimonio de su novio, y de los pocos que lo frecuentaban con regularidad, se puede establecer que su día arrancaba tarde, hacia el mediodía, con un café, un cigarrillo, una batería de suplementos vitamínicos y minerales y una aspirina. Luego de una ducha encendía la computador.

Ya sea por pereza o seguridad, Arancibia no era de salir. Lo hacía por asuntos muy puntuales. Para comprar cigarrillos Winston en el quiosco de la entrada del edificio, para recoger la recaudación del día de los taxis o cenar en algún restaurante del barrio. El resto del tiempo transcurría frente a la pantalla del computador.

Para un ex agente secreto como Arancibia, que vivía bajo libertad vigilada, que no podía salir del país ni confiarse demasiado, internet era todo. Un mundo virtual, solitario, monótono. Mataba el tiempo leyendo la prensa en línea y navegando entre correos, foros y juegos de rol. Glory of Rome lo tenía atrapadísimo: el juego exige la conquista estratégica de territorios para la conquista de una civilización superior.

A alguna hora del día, entre las películas y los comentarios en distintos foros, Arancibia también trabajaba.

Marcelo Roma, el fiscal que llevó la investigación, dirá que Arancibia anotaba cada peso que entraba o salía de los taxis. Lo mismo hacía con su colección de películas, de las que llevaba un registro acabado de títulos ordenados alfabéticamente y numerados del uno al seis mil y tanto. Quizás por su formación militar, quizás por sus estudios de ingeniería, el ex agente era un hombre estructurado como un cubo, de ideas fijas y rutinas inalterables.

Esa manía enfermiza por el orden y las cuentas lo llevó a conservar el archivo de cables secretos que la policía encontró a fines de los setenta. Probablemente esa manía también ayudó a que el negocio de los taxis marchara sobre ruedas. Llegó a tener cuatro. En los días en que fue apuñalado estaba próximo a comprar un quinto.

El fiscal Roma dirá también que la mayoría de los contactos sexuales los conseguía en foros de Internet. A David Elías Borelli lo conoció así. Borelli estaba con Arancibia por algo más que un interés económico. El chileno lo obligaba a pagar las cuotas del teléfono celular que le había comprado. Así era Arancibia.

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Desde la División Homicidios de la Policía Federal, un lugar frío y silencioso, el subcomisario Rodolfo Gutiérrez dirá que si bien nada podía descartarse en la investigación desde un comienzo se pensó en un crimen pasional. Todos los elementos apuntaban a eso. El perfil de la víctima. El ensañamiento irracional del victimario. Los objetos valiosos que nadie robó.

El círculo íntimo de Arancibia se reducía a tres personas. Cuatro, contando al novio. Estaban Borelli, una empleada doméstica, un joven asistente que se relacionaba con los chóferes de la flota de taxis y un socio y testaferro al que había conocido mientras estuvo detenido en el Edificio Centinela.

Juan Carlos Ortigoza era el gendarme encargado de llevar el almuerzo y la cena a los pocos y renombrados detenidos que se encontraban en el Centinela. Ahí trabó amistad con el chileno, a quien respetaba por su deferencia y su buen trato. También por su cultura, especialmente en “temas literarios”, según le dirá al fiscal.

Entre ambos había una un respeto, una estima mutua, no más que eso, precisará Ortigoza.

Una vez que el chileno salió en libertad, Ortigoza terminó confiándole sus ahorros para la compra de taxis que quedaron a su nombre. Al testaferro de Arancibia la política lo tenía sin cuidado. Recibía un porcentaje de las ganancias y se mostraba agradecido.

De la recaudación se encargaba su joven ayudante, sino él mismo, que bajaba a calle Lavalle a buscar la recaudación del día. Se la entregaban los chóferes. No tenía buen trato con ellos, dirá el fiscal. Desconfiaba, los miraba en menos, especialmente a los paraguayos.

Los chóferes, como el novio, el socio y el asistente personal estuvieron en la mira de la investigación. Los contactos sexuales de ocasión, también.

La policía revisó el historial de los computadores y los teléfonos. A dos semanas del crimen, después de un largo desfile de chicos, surgió una pista. El 28 de abril Arancibia había recibido una llamada hecha desde un locutorio telefónico de la Avenida de Mayo. Tras revisar los videos del local, y poner un policía de custodia, identificaron a un chico con heridas en brazos y piernas. Se llamaba Ángel Gabriel Cabral. En la habitación que compartía con otro muchacho, la policía encontró un cuchillo cocinero con manchas de sangre y el teléfono móvil de Arancibia.

—Cuando lo detuvimos, el chico lloró y confesó –me dirá Gutiérrez-. Pero después se mostró tranquilo y guardó silencio… ¿Cómo era? Un chico, normal, delgado, pelo crespo, morocho, veinte años, bien vestido. Me parece que venía de Misiones. Un lindo chico.

***

Ángel Gabriel Cabral no declaró ni lo hará. Permanece detenido desde entonces, a la espera de un juicio por un hurto, previo al asesinato de Arancibia. El fiscal lo acusa de homicidio agravado y pide cadena perpetua. Lo inculpan los objetos hallados en su poder y las muestras de sangre encontradas en el departamento.

El novio de Cabral sí declaró. Francisco Javier Arzamendia dijo que en los días previos al crimen Cabral estaba de muy mal humor, irritable, agresivo. Algo lo violentaba profundamente. Se habían conocido hace pocas semanas en las cercanías del Obelisco. Arzamendia era botones de un hotel; Cabral decía ser empleado de una empresa de aseo, aunque en realidad se ganaba la vida como taxi boy.

El día del crimen Cabral llegó con cortes en los brazos y las piernas. Le dijo a su novio que habían intentado asaltarlo. Esa noche lo invitó a cenar. El ánimo mejoró con el correr de los días.

Ya detenidos, y aprovechando un traslado, Cabral y Arzamendia volvieron a reunirse. Cabral negó haber matado a Arancibia pero al rato, según Arzamendia, confesó:

“Me explicó que él había matado a ese señor, que había sido en calle Lavalle, en el departamento del sujeto entre las 13 y las 14. Le pregunté por qué lo había hecho. Me dijo que era por una cosa muy fea que él le había hecho y no quería hablar del tema, pero finalmente me lo contó. Me dijo que a este hombre lo conocía desde hacía ya meses, que había sido drogado y abusado por este hombre, y que eso lo hacía el señor cuando lo invitaba a su casa. Me dijo que él se despertó un día y estaba desnudo, sin saber lo que había pasado y que desde ese día lo volvió a ver una vez más y me confesó que fue por ese motivo que lo tuvo que matar”.

***

A partir de los antecedentes disponibles en el proceso judicial, y de algunos otros aportados por testigos y policías, se puede establecer algunos supuestos. Cabral salió de la pensión que compartía con Francisco Javier Arzamendia con la intención de matar a Arancibia a cuchillazos, para eso se llevó un cuchillo cocinero. Cabral no era la única pareja ocasional de Arancibia, pues en su poder se encontraron llaves de otros departamentos. David Elías Borelli desconocía que Arancibia tenía otras parejas y que se enteró de eso en el transcurso de la investigación. Enrique Arancibia Clavel fue atacado por sorpresa, probablemente por la espalda. Pese a las fuertes estocadas, intento algún acto de defensa. Arancibia nunca reconoció culpa o responsabilidad alguna en casos de Derechos Humanos, cuanto más, alguna vez admitió haber colaborado con la servicios policiales de Pinochet, pero de eso no estaba arrepentido, sino más bien lo contrario. Fue juzgado por un porcentaje mínimo de los crímenes en los que estuvo implicado. Es muy probable que, de no ser por Cabral, Arancibia hubiera seguido caminando por Buenos Aires. La justicia tarda y, a veces, impulsada quizá por fuerzas sobrehumanas, acude en momentos y modos insospechados, a veces particularmente crueles.

El sabor de la muerte

Publicado: 23 febrero 2012 en Juan Villoro
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El terremoto de magnitud 8,8 que devastó a Chile el 27 de febrero fue tan potente que modificó el eje de rotación de la Tierra. El día se redujo en 1,26 microsegundos. Desde la Estación Espacial Internacional, el astronauta japonés Soichi Noguchi fotografió la tragedia y mandó un mensaje: “Rezamos por ustedes”.

Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma, al menos los que sobrevivimos al terremoto de 1985 en el DF. Si una lámpara se mueve, nos refugiamos en el quicio de una puerta. Esta intuición sirvió de poco el 27 de febrero. A las 3.34 de la madrugada, una sacudida me despertó en Santiago. Dormía en un séptimo piso; traté de ponerme en pie y caí al suelo. Fue ahí donde desperté. Hasta ese momento creía que me encontraba en mi casa y quería ir al cuarto de mi hija. Sentí alivio al recordar que ella estaba lejos.

Durante dos minutos eternos el temblor tiró botellas, libros y la televisión. El edificio se cimbró y pude oír las grietas en las paredes. Pensé que nos desplomaríamos. Alguien gritó el nombre de su pareja ausente y buscó una mano invisible en los pliegues de la sábana. Otros hablaron a sus casas para contar segundo a segundo lo que estaba pasando. Imaginé el dolor que causaría esa noticia, pero también que mi familia dormía, con felicidad merecida. Me iba del mundo en una cama que no era la mía, pero ellos estaban a salvo. La angustia y la calma me parecieron lo mismo. Algo cayó del techo y sentí en la boca un regusto acre. Era polvo, el sabor de la muerte.

Mientras más duraba el temblor, menos oportunidades tendríamos de salir de ahí. Los muebles se cubrieron de yeso. Una naranja rodó como animada por energía propia.

Cuando el movimiento cesó, sobrevino una sensación de irrealidad. Me puse de pie, con el mareo de un marinero en tierra. No era normal estar vivo. El alma no regresaba al cuerpo. Los gritos que el edificio había sofocado con sus crujidos se volvieron audibles. Abrí la puerta y vi una nube espesa. Pensé que se trataba de humo y que el edificio se incendiaba. Era polvo. Sentí un ardor en la garganta. Volví al cuarto, abrí la caja fuerte donde estaban mis documentos, tomé mi computadora y perdí un tiempo precioso atándome los zapatos con doble nudo. Los obsesivos morimos así.

En la escalera se compartían exclamaciones de asombro y espanto. Ya abajo, una conducta tribal nos hizo reunirnos por países. Los mexicanos repasamos cataclismos y supusimos que la ciudad estaría devastada. La acera de enfrente era un bloque de sombras, escuchamos ladridos distantes, los coches de los trasnochadores tocaban la bocina, había cristales en el suelo, pero la fachada de nuestro edificio permanecía intacta.

En la explanada frente al hotel se alzaba la réplica de una estatua de la Isla de Pascua. Es la efigie de un Moai, jerarca que durante su mandato habrá visto maremotos. Se convirtió en nuestra figura tutelar. Supimos esto cuando se fue la luz y dejamos de verlo. Por suerte, el apagón duró poco. La piedra donde los ojos parecen hechos por el tiempo regresó de las sombras. No estábamos solos.

Otra señal de tranquilidad vino del reino animal. Un perro se echó a dormir en medio de nosotros. Mientras no despertara, todo estaría bien.

Alguien quiso regresar al edificio por sus “pantalones de la suerte”. La superstición era la ciencia del momento. Nuestras ideas, si se las puede llamar así, no seguían un curso común. El editor Daniel Goldin, que estaba en muletas por un accidente previo, me propuso recorrer el edificio para ver si había daños estructurales. “¡Tú estás cojo y yo soy tonto!”, exclamé. De nada servía que buscáramos lo que no podíamos encontrar, como un ciego y un sordo dibujados por Goya.

Poco a poco, la realidad recuperó nitidez. Me sorprendió que tanta gente usara pijama. Pensaba que se trataba de una prenda en desuso. Un grupo de voluntarios volvimos al hotel por pantuflas. No podíamos revisar la estructura, pero podíamos evitar que se enfriaran los pies.

La arquitectura chilena es una forma del milagro. Sólo esto explica que en Santiago los daños hayan sido menores. Aunque algunos edificios fueron desalojados y otros tendrán que ser demolidos (inmuebles posteriores a 1990, cuando las leyes de supervisión se hicieron menos estrictas), lo cierto es que la resistencia del paisaje urbano fue asombrosa. Un terremoto es una radiografía de la honestidad arquitectónica. En 1985, el terremoto de la Ciudad de México demostró que la especulación inmobiliaria y la amañada construcción de edificios eran más dañinas que los grados de Richter. “Con usura no hay casa de buena piedra”, escribió Ezra Pound.

Llama la atención que en un país con tanta sapiencia antisísmica el aeropuerto padeciera graves lastimaduras. El cierre de vuelos contribuyó al aftershock . Nuestra vida se había detenido y no sabíamos cuándo comenzaría nuestra sobrevida. Estábamos en el limbo o en un episodio de la serie Lost .

Pillaje y rating

El discurso de los noticieros se caracterizó por el tremendismo y la dispersión: desgracias aisladas, sin articulación de conjunto. Las imágenes de derrumbes eran relevadas por escenas de pillaje. No había evaluaciones ni sentido de la consecuencia. Unos tipos fueron sorprendidos robando un televisor de pantalla plana extragrande. Obviamente no se trataba de un objeto de primera necesidad. ¿Era un caso solitario? ¿El crimen organizado se apoderaba de electrodomésticos? Los rumores sustituyeron a las noticias. Se mencionó a un pueblo que temía ser invadido por otro. El relato fragmentario de los medios mostraba rencillas de tribus y repetía las declaraciones de una gobernadora que pedía que el ejército usara sus armas.

Algunos amigos chilenos creen que además de la morbosa búsqueda de rating, los noticieros pretenden crear un clima de confrontación antes de que Michelle Bachelet abandone el poder. El sismo llegó como un último desafío para la presidenta que tiene el 80% de aprobación y como una amarga encomienda para su sucesor, el empresario Sebastián Piñera, que había prometido expansión y desarrollo al estilo Disney World y ahora tendrá que proceder con el cuidado de los restauradores y anticuarios. Si el ejército comete un error en los días de toque de queda, o si se produce una confrontación, la sucesión presidencial sería menos tersa, se podrían hacer acusaciones sobre el origen de la violencia y se regresaría al divisionismo y la crispación que durante años dominaron la sociedad chilena. Las réplicas más fuertes del sismo ocurrirán en la política chilena.

En Santiago, la suspensión de vuelos y la ocasional falta de teléfonos, Internet, suministro de electricidad y agua fueron las señas visibles de la catástrofe. Esto nos dejó la sensación de estar en un reality show al revés. Nuestra vida parecía transcurrir en la realidad controlada de un estudio de televisión, mientras las cámaras retrataban una realidad salvaje al sur de Chile. Los supermercados asaltados eran el rostro dramático de un país donde la gente tenía hambre y las filas para cargar gasolina en los barrios ricos de Santiago eran su rostro hipocondríaco.

El terremoto ha sido el segundo más fuerte en la historia de Chile. La isla Robinson Crusoe naufragó como el personaje que le dio su nombre. El tsunami dejó miles de desaparecidos y sepultados en el lodo. Los rescatistas chilenos que estuvieron en Haití comentan que será mucho más difícil sacar cuerpos de construcciones de concreto, encapsulados en el lodo endurecido después del tsunami.

Aún hay mucha gente atrapada en la zona de Concepción. Como tantas veces, los periodistas han llegado al desastre antes que las personas que deben aliviarlo, y como siempre, los más afectados son los que habían padecido antes el cataclismo de la pobreza.

Dos días después del terremoto fui a una casa en las afueras de Santiago, con piscina y jardines, uno de esos espacios latinoamericanos que muestran que Miami puede estar donde sea. Había que hacer un esfuerzo para recordar que el escenario pertenecía al país arrasado por el terremoto.

En su duplicidad, la cifra 8,8 adquiere carga simbólica: los gemelos del miedo, el diablo ante el espejo o, sencillamente, lo que somos y lo que podemos dejar de ser. Una falla invisible decide el juego, nuestra residencia en la Tierra.

La ola maldita

Publicado: 15 octubre 2011 en Juan Andrés Guzmán
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El bote pesquero Pinita estaba a 5 millas al oeste de Constitución cuando comenzó el terremoto. Su capitán José Ibarra y sus seis tripulantes habían pasado la noche preparando todo para la pesca del bacalao al día siguiente. Se acostaron tarde y se durmieron rápido, mecidos por un mar tranquilo e iluminados por la luna llena.

Entonces, el Pinita, de 50 toneladas, empezó a brincar como si fuera un bote a remos, o mejor, como si una ballena se estuviera rascando el espinazo con la quilla, según describió otro capitán que también pasó el terremoto en el mar. Los tripulantes del Pinita saltaron de sus camarotes y se asomaron por la borda.

El agua borbotaba y hacía crujir el barco. Todos estuvieron de acuerdo en que eso tenía que ser un terremoto. El capitán Ibarra llamó a su mujer por celular. Vivían en el cerro O’Higgins de Constitución y ella estaba sola y lloraba. En el barrio un edificio de tres pisos había colapsado matando a una pareja y a su guagua. Más tarde se sabría que las 16 manzanas del casco histórico de Constitución, construido enteramente de adobe, se había transformado en una trampa mortal para decenas de personas.

Mientras hablaba con su mujer, Ibarra recibió un llamado por radio de la Capitanía de Puerto de Constitución. Los marinos querían saber si veía olas yendo hacia la costa.

—Negativo— respondió.

Tras hacerlo brincar, el mar había vuelto a tener la quietud de un estanque. Y eso fue lo que informó. Los tripulantes del Pinita se quedaron especulando sobre cómo estaría su ciudad. Pero entonces, a 10 minutos del terremoto, ocurrió algo que nunca habían visto. El mar empezó a succionarlos, a llevarlos aguas adentro con tal fuerza que cortó de un tirón la soga de 10 centímetros de diámetro que los ataba al ancla.

Lo que los absorbía era una ola de 15 metros de alto que cerraba el horizonte. Estaba a 200 metros y se acercaba a toda velocidad por el costado de la nave. —¡Tsunami, tsunami! ¡Apróate!, ¡apróate!— le gritaron los tripulantes al capitán. Ibarra intentó ir hacia la ola de frente, remontarla con la proa hacia adelante, pero ella los chupó velozmente y no pudo maniobrar. La ola tapó la luna y la nave comenzó a escalar de lado esa pared oscura que rugía como si estuviera a punto de desmoronarse sobre ellos.

—Era terrorífica, negra. Era fea la hueá de ola, fea— recuerda el capitán. Ibarra tiene 30 años navegando en todo Chile y ésa es la peor ola que ha visto. En el Golfo de Penas le ha tocado cabalgar sobre masas de agua de más de 20 metros. Pero ésas son lentas y gordas e incluso con el mar embravecido los barcos las remontan con calma. Esta ola era distinta.

–Venía arqueada y chispeando. Todo el tiempo parecía que nos iba a reventar encima. El Pinita la escaló a una velocidad vertiginosa mientras su capitán la miraba por el ventanuco de la cabina y rezaba un Ave María agarrado al timón. Los marinos gritaban. El agua empezó a caer sobre la embarcación. Todos estaban seguros de que se volcarían.

Tras una eternidad el Pinita llegó a la cima y pasó al otro lado, bajando a gran velocidad.

Allá adelante una nueva montaña de agua se les acercaba.

–¡Viene otra!– gritaron todos.

Esta vez Ibarra alcanzó a “aproar” la nave y la pasaron con menos terror. Esta segunda ola tenía cerca de 8 metros de altura. Luego, el mar volvió a quedarse tan inmóvil como antes.

En esa quietud fantasmagórica, reponiéndose del susto de sus vidas, tomaron conciencia de que ahora esas montañas iban hacia su ciudad.

Durante los siguientes minutos, sólo se oyeron los gritos del capitán que trataba de comunicarse con los marinos de Constitución. Nadie le contestó.

El capitán siguió intentándolo hasta que todos entendieron que las olas ya habían llegado a la ciudad. Que ya no había nada que hacer.

Fabián León, Gabriel Jaque y Jonathan Romero, sobrevivientesde la Isla Orrego.

Sin permiso

Al igual que miles de chilenos, apenas se detuvo el terremoto Nora Jara llamó a su hijo Jonathan Romero para saber cómo estaba. El joven de 18 años le contestó que no se preocupara, que él y sus tres amigos –René Godoy, Fabián León y Gabriel Jaque– estaban bien. No le dijo que estaban en una isla, Orrego, en la desembocadura del río Maule.

Tampoco le dijo que en ese momento el agua empezaba a subir, que la gente a su alrededor pedía ayuda y que nadie venía a rescatarlos. Le ocultó todo eso para no preocuparla y porque sus amigos no habían dicho a sus padres que irían a la playa.

Oficialmente estaban acampando cerca de casa, en San Javier, a casi 90 kilómetros, y aún tenían la esperanza de que nadie supiera la verdad. Después de la llamada, el agua siguió subiendo con velocidad, aunque sin demasiada fuerza. Las familias con niños se aferraban

lo mejor que podían a los eucaliptos para evitar que la corriente los llevara. La crecida les llegó arriba de la cintura y luego empezó a bajar. Jonathan recuerda que un hombre gritaba que se le había soltado su hija de dos años.

–Decía que la niña lo mordió porque el agua estaba helada y ahí se le cayó– relata el joven. Los cuatro amigos estaban en la isla Orrego por pura mala suerte. Ellos querían pasar ese último fin de semana de verano en Iloca, la playa que estaba de moda. Pero llegaron tarde a Constitución y no alcanzaron a tomar el bus. Buscando dónde dormir, terminaron en la ribera del río Maule y vieron esa isla boscosa, de 600 metros de largo y 200 de ancho, salpicada de carpas y fogatas. Parecía el lugar ideal. Cruzaron en el bote de Emilio Gutiérrez, a quienes todos en la zona conocen como el Gringo. El hombre iba con su nieto de 4 años, Emilito, que entregaba los salvavidas a los pasajeros para la breve travesía de 150 metros.

Eran las 21:30 hrs de la noche del viernes. Los cuatro amigos fueron los últimos en llegar a la isla. Seis horas después el botero y su nieto habían muerto. Al cierre de esta edición sólo el cuerpo del abuelo había sido encontrado varios kilómetros por el río hacia la cordillera.

El canto de los niños

Nadie sabe aún cuánta gente había esa noche en la isla Orrego. Los sobrevivientes hablan de entre 50 y 100 personas, de las cuales al menos doce eran niños. Jonathan y sus amigos, por ejemplo, repararon en ocho chicos que jugaban en la playa cuando ellos llegaron. Y durante esa noche terrible vieron a otros cuatro más. De ellos no se sabe nada, salvo de uno: Timmy, de 4 años. Él y su madre, Mariela Rojas, fueron arrastrados por el torrente y tocaron tierra varios kilómetros río arriba. Mariela no sabe cómo lograron salvarse. Timmy estaba desmayado de frío cuando salieron del agua y no reaccionó durante un buen rato. “En nuestro grupo éramos nueve. Quedamos tres vivos y hay dos cuerpos que no encontramos”, resume la mujer.

Mariela Rojas y su hijo Timmy fueron arrastrados por el torrente y tocaron tierra varios kilómetros más arriba

Tras el terremoto y antes que el mar empezara a subir, los atrapados en la isla Orrego se juntaron en torno a un kiosco que tenía generador eléctrico. –Para que sus hijos no se asustaran una madre los hizo cantar “Está linda la mar, muy linda”–, recuerda Hugo Barrera, un sobreviviente.

Los adultos empezaron a pedir ayuda a gritos. Constitución estaba a oscuras y ellos, en medio del río, eran el único punto de luz. Era imposible que nadie los viera. ¿Por qué nadie los socorría? Lo cierto es que sí los veían y sus llamados se sentían hasta en los cerros, donde se había refugiado casi toda la ciudad. Miles de personas observaron desde allí la isla iluminada, luego la llegada de las olas y, finalmente, no oyeron nada. La agonía y muerte en medio del río es un recuerdo que comparten hoy los habitantes de Constitución. Difícilmente lograrán borrarlo.

Hasta donde se sabe, sólo el pescador Mario Quiroz Leal se lanzó al río desde la isla Orrego. Estaba de vacaciones con su pareja Mariela –embarazada de 4 meses– y sus dos hijos de 4 y 9 años. Quiroz sabía que tenían que escapar.

–Le dije a mi mujer: “Agarra a los cabros chicos, no los soltís, yo voy a buscar un bote y vuelvo”– recuerda.

Apenas llegó a la orilla corrió a la Capitanía de Puerto a pedir ayuda. Dice que los marinos no le hicieron caso, que le dijeron que no había posibilidad de un tsunami. Quiroz los mandó a la cresta y volvió a la costa a buscar botes. Entonces empezó a subir el agua y él retrocedió por la calles esperando que la marea descendiera. Cuando lo hizo y pudo volver a la ribera, ya no habían embarcaciones.

El agua volvió a subir. Esta vez la corriente fue más fuerte y Quiroz corrió a los cerros para evitar ser arrastrado.

–Todavía me acuerdo de cómo la gente gritaba en la isla. Ahí estaba mi familia. Todos murieron– dice–. Nadie nos avisó, nadie nos ayudó.

Testigos afirman que los marinos evacuaron la Capitanía durante esa segunda subida. Cuentan que iban en su camioneta, con el agua llegándoles hasta la ventanilla y que la misma corriente los empujaba por la ciudad.

En la isla las familias flotaban con sus hijos y se aferraban a lo que fuera. Algunos se habían encaramado en los árboles, pero a los que tenían niños les fue imposible hacer eso.

El río siguió llevándose gente. A un hombre la corriente lo arrastró hasta otra isla, llamada Cancún, donde una veintena de personas también trataba de sobrevivir. Cristofer Espinoza, estudiante de periodismo, estaba en esa isla y dijo que el hombre gritaba sin control. La gente empezó a asustarse con él.

-Le tuve que pegar para que se calmara- relata el joven.

El agua duró unos minutos arriba y bajó por segunda vez. En Orrego todos estaban mojados y entumidos.

Jonathan y dos amigos treparon a los árboles. Abajo quedó Gabriel Jaque, que no logró subir. Jonathan decidió que tenía que avisarle a su madre y decirle la verdad. Nora no lo podía creer. Su hijo, que minutos antes estaba sano y salvo, ahora figuraba atrapado en una isla inundada.

Ella estaba en San Javier. Ni siquiera se atrevió a retarlo. Muerta de miedo se contactó con los padres de los otros jóvenes y también llamó a un familiar en Constitución para lograr que Carabineros fuera a la isla.

Para entonces ya había pasado media hora del sismo. En todo Chile los servicios de emergencia intentaban restablecer las comunicaciones. El fantasma del maremoto rondaba la mente de muchos chilenos. A las 4:07 hrs, el Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada (SHOA) trajo calma. Por fax informaron que, aunque el terremoto podía producir un tsunami, éste no había ocurrido aún. Ellos avisarían oportunamente si esto pasaba.

Minutos más tarde, a las 4:20 hrs, el contralmirante Roberto Macchiavello aseguró al intendente de Concepción, Jaime Tohá, que el tsunami estaba descartado. Tohá repitió ese anuncio por la radio Biobío, la única emisora que tenía señal en la zona. El intendente de la región más afectada por el maremoto dijo que las personas podían volver a sus hogares. Es probable que 20 minutos antes de esa declaración la gran ola haya entrado en Constitución.

La ola

Hugo Barrera la vio venir, encaramado en un eucalipto a unos siete metros de altura. Dice que era una masa café, furiosa, veloz, que arrastraba todo a su paso. Una masa que se extendía por todo el horizonte, que avanzaba en silencio y que cuando tocó la isla empezó a hacer un ruido ensordecedor, un “pac, pac, pac” siniestro e imparable que era provocado por cientos de árboles partidos como fósforos o arrancados de raíz.

La ola azotó el árbol en el que Hugo estaba, lo zarandeó un rato, como si el destino aún no decidiera qué hacer con él y finalmente lo lanzó al agua. Hugo cayó a ese furioso torrente sabiendo que moriría.

Él estaba en Orrego por trabajo. Era el encargado de instalar y operar los fuegos artificiales con los que la municipalidad de Constitución planeaba cerrar el verano 2010. En la tarde, mientras montaba el equipo, vio a muchos niños que correteaban por la isla y se bañaban en el Maule. Quedó tan impresionado por la belleza del lugar que hizo varias fotos.

Hoy, esas imágenes, captadas pocas horas antes de la destrucción, producen escalofríos. Se ven los cerros que encajonan el Maule cubiertos de pinos; cientos de pelícanos y aves descansan junto a la isla; el río y el mar se funden con tanta calma que sólo evocan sentimientos de armonía. ¿Cómo es posible que toda esa belleza guardara algo tan feroz,

tan demencial? Esa noche Hugo la pasó con una familia de Talca. Ellos eran una docena de personas y ocupaban 5 carpas. Veraneaban y trabajaban. En la mañana los hombres salían a estacionar autos a Constitución y las mujeres vendían dulces. El grupo andaba con cuatro niños. “Una chica de unos 12 años, crespa; una guagua y dos niños de unos 5 y 7 años”, recuerda Hugo. Cree que todos murieron. “Esperaron la ola abrazados a los árboles y vi que la ola se los llevó”, dice.

La ola no pudo con los árboles donde estaban Jonathan y sus dos amigos. Pero a Gabriel Jaque, que esperaba abajo, se lo tragó. Los jóvenes oyeron su grito desesperado llamando a Jonathan por su apellido: “Romerooooo”. Y luego el rugido de la montaña de agua que arrastraba casas enteras, árboles y cuerpos. Ellos gritaban “Gabrieeeeel”, y siguieron gritando y sollozando mientras el agua destruía la ciudad. Pero debajo de ellos ya no se oyó otro ruido humano fuera de sus lamentos y los de otras cuatro personas también aferradas a las copas de los árboles. Después de esa ola, en la isla no se escucharon más cantos de niños ni gritos de padres. Hasta el amanecer, cuando los siete sobrevivientes se animaron a bajar, en esa isla no se oyó nada.

Un bote y un botero

En el Maule hay un segundo islote que los habitantes de la zona conocen como Cancún. Está a dos kilómetros de Orrego, río arriba. Allí veranea una familia numerosa en la que predominan los apellidos Gómez, González y Calderón. La madrugada del sábado había 60 personas ahí. Para salvarse el destino les dio sólo un bote: El “Abuelita Humilde”, bautizado así en honor a una de las fundadoras de tan extenso y unido clan. También les dio un botero, el pescador Osvaldo Gonzales, (46) a quien muchos de ellos hoy deben la vida.

Apenas paró el terremoto, Osvaldo empezó a llevara a sus familiares y amigos a tierra firme. En cada ida y venida demoraba 10 minutos. Él surcaba el río con la angustia del que sabe que viene algo peor. Pero en la isla estaba su gente, no podía dejarlos. Alcanzó a hacer tres viajes llevando en cada uno a una docena de personas. Producto de la crecida, el bote se golpeó con rocas y árboles. El último cruce lo hizo con la quilla rota.

Cristofer Espinoza, el estudiante de periodismo, cuenta que él determinó quién se iría en ese viaje, que sin duda era él último. Echó arriba a su polola, a sus tíos y a cuatro sobrinos y empujó el bote hacia el río.

-No cabía nadie más. En la isla nos quedamos 20 personas- dice.

Mirza es de los que se quedó abajo, junto a su marido y sus dos hijas: Daniela y Carla. La primera estaba embarazada y la subieron a un eucaliptus. Como Mirza no pudo encaramarse, su marido y su hija Carla se quedaron con ella abajo. Mirza dice que nadie peleó por subir al bote, que aunque pensaban que había que salir pronto, todos estaban en calma.

En la orilla Osvaldo intentó iniciar el cuarto viaje. Pero entonces el Maule retrocedió como si un gigante lo hubiera absorbido. El bote quedó atrapado en el barro y las piedras. Segundos después el río regresó convertido en una ola de 10 metros. Osvaldo corrió, cerro arriba, desesperado.

De las 20 personas que estaban atrapadas sólo ocho resistieron arriba de los árboles hasta que una brigada de la forestal Mininco los rescató descolgando cuerdas dese el puente que pasa sobre la isla. Las otras doce fueron arrastradas por el río.

Cristofer fue uno de ellos. Recuerda que la ola lo llevó bajo el agua por lo menos tres o cuatro minutos en los cuales el hizo intentos infructuosos por salir. Dice que para entonces ya se había entregado, que sin desesperarse asumió que se moriría. Pero entonces, un árbol que se enganchó con el fondo se levanto del agua, lo tomó del brazo y lo sacó a la superficie. El joven vomitó barro y aferrado a ese madero se dejó llevar por la corriente. Estuvo dos horas en el agua y durante ese el largo trayecto habló gritos con su tía Mirzay la animó.

Mirza, en tanto, relata una experiencia aún más terrorífica. Ella tiene 51 años y recuerda que con su marido Ignacio Calderón y su hija Carla estaban abrazados cuando la primera ola los sacó volando. Mientras flotaba aferrada a lo que fuera, pensaba que no podía ni desesperarse ni rendirse. Dice que flotaba en medio de los palos, las casas, los arboles y que una de sus preocupaciones era que esos escombros no la aplastaran. En algún momento sintió las voces de su hija Carla y de Cristofer. El joven le decía que se dejara llevar, que no se resistiera. La ola perdió fuerza y empezó la resaca. Llegaron cerca de Cancún y entonces vino una segunda ola. Por un milagro logró juntarse con su hija Carla y permanecieron flotando agarradas al mismo tronco. Vino una nueva resaca y el rió las acercó a un lanchón varado. Se aferraron a una cuerda y Carla subió.

-Mi cuerpo estaba helado y no me respondía. No pude subir. Entonces vino otra ola gigante y me sacó volando.

Mientras era arrastrada pensaba en su hija y se decía que ella fuerte y tenía que haber sobrevivido. El rio finalmente se cansó de jugar con Mirza y la dejó en la orilla después de 4 horas. A duras penas logró ponerse de pie. El agua empezaba a crecer de nuevo y con lo que le quedaba de fuerza atinó a ir cerro arriba.

No tenía idea de donde había llegado. Todo lo que veía estaba destruido, todo era un basural y filas de árboles rotos. Entonces vio la isla Cancún, lo que quedaba de ella. Le dio un escalofrío y se dio cuenta de que estaba frente a Constitución, que ese montón de escombros que veía al otro lado del río era su ciudad.

A sus espalda a su hija le grito: “mamita, te salvaste, te salvaste”. Más tarde se encontraron con su esposo y la hija que había resistido en el árbol y se abrazaron y dieron gracias a Dios.

La gran familia que veraneaba en Cancún corrió el riesgo de ser diezmada. Al final de la jornada, de los 60 había en la isla, sólo dos personas murieron: Juan Francisco Villalobos y su esposa Fanny. Ella no pudo subir a un árbol y su esposo se quedó junto a ella abajo. Lograron sí subir a su nieto, Tomás, de 8 años. A él la ola lo arrastró y quien sabe cómo logró sobrevivir. El cuerpo de Fanny aún no ha sido encontrado.

A esas víctimas hay que agregar tres hombres que fallecieron tratando de rescatar a los atrapados en Cancún. El primero fue Pedro Muñoz que llegó con su ahijado a la isla, pero la corriente y los hizo volcar. El segundo fue Osvaldo Gómez de 37 años. Su madre, alcanzó a hablar por última vez con él.

-Me preguntó ‘mamá, ¿queda gente allá?’ Yo le dije que sí y arranqué para el cerro; y no volví a ver a mi Osvaldo”, se lamenta Olga González de 65 años.

Todos presumen que murió intentando cruzar en su bote.

No hay lugar para los débiles

Cerca de las 5:30 hrs la Presidenta Bachelet dijo a los medios que no había habido ni habría un tsunami en nuestras costas. Se basó en la información entregada por la Armada, institución que aún a esa hora continuaba afirmando que en el litoral chileno sólo se registraban aumentos de caudal de 10 ó 20 centímetros. A partir de esas declaraciones, que se repitieron hasta bien entrada la mañana, el 18 de marzo pasado se presentó una querella por la muerte de dos hermanas en la playa de Dichato, al norte de Concepción. Ambas huyeron a los cerros tras el terremoto y bajaron cuando las autoridades insistieron a través de la radio en que no había peligro. Las mujeres volvieron a Dichato justo cuando entraba la ola.

Hugo Barrera salió del río más o menos cuando la Presidenta negaba el maremoto. Notó desesperado que la resaca lo llevaba hacia el mar y nadó con toda sus fuerzas para no terminar en el océano. Alcanzó la orilla con su último aliento y temblando de frío y de miedo, caminó por lo que quedaba de la costanera de Constitución buscando una edificación alta, pues estaba convencido de que la tragedia no había terminado. Descubrió una casa de dos pisos donde protegerse. Se metió en ella gritando “¡Aló!” y subió al segundo piso. Encontró ahí a una señora que con toda calma esperaba lo que el destino le ofreciera. Se llamaba Blanca. Tenía unos 70 años y necesitaba muletas para moverse. No intentó huir. Estoicamente resistió el sismo y luego sintió el mar entrando en su casa y escarbando en el piso de abajo.

Blanca vivía sola y había aceptado morir sola. Otros ancianos, en cambio, vieron cómo sus familias escapaban y los dejaban botados. El sargento de la Armada, Cristián Valladares, se encontró con uno de ellos cuando intentaba llegar a la Capitanía de Puerto para ayudar. Eran las seis de la mañana, ya estaba clareando. Mientras se acercaba a la costa oyó los gritos de la isla Orrego y se preguntó si habría un bote con qué ir a buscar a la gente. Entonces vio cómo el río se recogía y se formaba otra ola gigantesca. Mientras huía vio que esa ola tapaba los árboles, por lo que calcula que tendría unos 10 metros. Debe haber sido la tercera o cuarta gran ola que azotó Constitución.

En su retirada, el sargento Valladares vio que una mujer pedía ayuda. Al entrar en la casa medio derrumbada, encontró a un anciano en silla de ruedas que los miraba con angustia. Sus familiares estaban en los cerros. La señora que pedía auxilio era la mujer que lo cuidaba. Ella vivía en otro lugar y corrió a ver al anciano y lo encontró solo. Estaba mojado y gemía de miedo. El sargento lo sacó de ahí y lo llevó a la casa de la mujer.

El saqueo

No es difícil imaginar la angustia de ese anciano abandonado. Tampoco es incomprensible el miedo que deben haber sentido sus parientes. El terremoto y el tsunami sometieron a los chilenos a pruebas difíciles y radicales: rescatar a otros o salvarse; acompañar o huir; resistir la marejada o rendirse. Pero esas disyuntivas no acabaron cuando se detuvieron las olas. Cuando la naturaleza nos dejó en paz, las ciudades devastadas y abandonadas ofrecieron otra bifurcación: ayudar o robar. Y, mientras los sobrevivientes de la isla Orrego aún pedían auxilio y los arrastrados por el río emergían como espectros, desnudos y golpeados, y cruzaban la ciudad sin entender qué les había ocurrido, personas que no habían sufrido daño se transformaban en una nueva ola, en un terremoto humano, como lo llamó el alcalde de Lota, dedicado a robar y destruir lo que quedaba en pie.

El dueño de un supermercado que prefiere mantenerse anónimo cuenta que a él lo saquearon personas con dinero que venían en grandes camionetas. “Les pagaban a los pelusas para que les cargaran el vehículo. Para abrirse paso, aceleraban y se iban gritando

‘¡Tsunami!, ¡tsunami!’, y tocando la bocina. Así se llevaron todo”.

Es probable que ése sea el motivo por el cual mucha gente en Constitución recuerde que hubo decenas de olas ese día. Nora llegó a Constitución a las diez de la mañana, cuando los saqueos estaban en su apogeo. Venía acompañada de la madre de Gabriel. Durante la noche Jonathan, llorando, le había dicho que a Gabriel se lo había llevado la ola y Nora se lo transmitió a la madre. Pero ella no perdía la esperanza.

Fueron a la comisaría en busca de ayuda. Carabineros estaban superados. Les dijeron que no podían hacer nada. Y les insistían que en la isla Orrego no había quedado nadie, que se fueran para el cerro porque podía venir otra ola. Nora lloraba y rogaba. Tenían que sacar a su hijo de ahí, sobre todo si es que creían que venía otro tsunami.

Ricardo Fuentes oyó los ruegos de Nora y se ofreció a ayudarla. En realidad era el único que podía hacerlo. Ricardo es radioaficionado local. Durante la madrugada, con sus equipos, captó el mensaje desesperado que el capitán Ibarra enviaba a la Capitanía.

Según Fuentes, los marinos se quedaron sin comunicación y evacuaron hacia los cerros. Por ello le tocó a él dar aviso a los bomberos de que dos olas gigantes se acercaban a la costa. Según afirma gente de la zona, con esta advertencia se salvaron decenas de personas que viven en la zona costera de la ciudad.

Con sus equipos, Fuentes contactó a Celulosa Arauco y avisó de posibles sobrevivientes en la isla. A los pocos minutos se escuchó el helicóptero de la empresa volar rumbo a la isla. Las madres llegaron a la orilla del Maule justo para ver cómo el helicóptero se llevaba los siete sobrevivientes. Eran las 11 de la mañana del 27 de febrero y el piloto Víctor González los transportó al único lugar donde se podía aterrizar: el estadio de Constitución. Al lado, en el gimnasio, se había montado la morgue.

En ese lugar la madre de Gabriel asumió que estaba desaparecido. –Ése fue el momento más terrible– sintetiza Jonathan.

Los jóvenes decidieron ver si, por alguna casualidad, su amigo había llegado al hospital. La mujer, derrumbada, los esperó en la morgue, donde a mediodía se habían juntado unos 60 cuerpos.

Los jóvenes entraron al hospital sin esperanza. Era un caos de heridos y muertos. No creían que nadie pudiera sobrevivir a la ola que habían visto, pero en la lista de ingresados, el nombre de Gabriel les saltó en la cara.

Jonathan entró a la carrera a la zona de los pacientes y recorrió las camillas hasta que lo encontró. Le pegó tres garabatos y lo abrazó. Gabriel sólo tenía heridas en los pies. Tuvo la fortuna de que la ola lo llevara directo a la orilla.

Cuando los jóvenes y sus madres abandonaron Constitución, la ciudad estaba siendo saqueada sin piedad. Hoy, varias semanas después de la tragedia, los cuatro jóvenes pueden reírse de la aventura secreta que terminó con rescate en helicóptero. Dicen que sus padres todavía los están retando.

El capitán regresa

Recién el domingo a mediodía el capitán Ibarra pudo traer al Pinita de regreso a Constitución. Mientras navegaba por el Maule no podía creer lo que veía. La destrucción era tan completa y enloquecida que los únicos referentes para describirla eran de películas

de guerra. Había dejado una ciudad alegre, que disfrutaba los últimos momentos del verano. Ahora volvía a un lugar donde la muerte se había revolcado. –Me va a creer que yo me vine a Constitución el año 85, porque el terremoto de ese año nos pilló en San Antonio y mi familia quedó espantada… –cuenta Ibarra–. Bueno, así es Chile.

La ola no pudo con los árboles de la isla Orrego donde estaban subidos Jonathan y sus dos amigos. Pero al cuarto amigo, Gabriel Jaque, quien esperaba abajo, se lo tragó. Los jóvenes oyeron su grito desesperado llamando a Jonathan por su apellido: “Romerooooo”.

A medida que avanzaban por la costa, se le caían las lágrimas mirando la ciudad. Un tripulante gritó que había un cuerpo en el río. Era una mujer.

Todos entendieron que el río estaba sembrado de muertos. Ah, Dios mío. Los hombres del Pinita subieron a la mujer y descubrieron que estaba embarazada. Era la pareja de Mario Quiroz, el pescador que cruzó a nado el Maule intentando conseguir un bote para rescatar a su familia. Quiroz e Ibarra son vecinos y amigos, pero no se habían visto desde antes de la tragedia. Quiroz lo abrazó y le agradeció haber encontrado a su mujer.

–¿Ah, era tu mujer?– le preguntó. Al capitán ya nada lo sorprendía. Hasta el cierre de esta edición los dos hijos de Mario Quiroz seguían sin ser encontrados.

Lo más entretenido para un carabinero de guardia, en este caso para el que tiene asignado el aeropuerto Cerro Moreno, es ver cómo aterrizan y cómo despegan los pocos aviones que durante el día hacen escala en Antofagasta. Lo otro que se puede hacer para matar el tiempo es distraerse mirando azafatas y viajeros que vienen o se van de la ciudad: familias completas, parejas, ejecutivos de maletín y celular, guapas del norte grande. Lo normal es que no haya mucho más que hacer. Uno si es cabo de guardia está ahí por si acaso, por si pasa algo, esperando el suceso. Eso estaba haciendo el cabo Ricardo Fuentes el martes 26 de enero, poco antes de las cinco de la tarde, vestido de uniforme riguroso, a una hora en que hacía un calor del diablo: esperando a ver si pasaba algo.

Como no pasaba nada, y como uno toma bastante líquido en estos parajes pampinos, el cabo Fuentes aprovechó de ir al baño. Y aquí, en el baño del aeropuerto Cerro Moreno, a un costado del lavamanos, bajo el espejo, se encontró solo frente a un sospechoso: un sobre grande blanco sellado con huincha café de embalaje.

El cabo Fuentes se asustó: por el peso y por la textura metálica de algunos objetos que había dentro del sobre, pensó que podía ser una bomba. Con delicadeza llevó el sobre hasta el aparato de rayos X que hay en la zona de embarque de pasajeros, y pidió -nervioso- que por favor lo revisaran.

Lo que se vio a través de la máquina estaba lejos de ser una bomba. Había allí, dentro de otro sobre, un reloj, una lapicera, un anillo, una chequera, llaves oxidadas, sujetadores laterales de anteojos, un par de cristales ópticos y una billetera que después, al abrir el sobre, supieron que era de cuero color café. El paquete incluía también billetes, documentos de identidad, un carnet del Partido Radical, un carnet del Deportivo Progreso de Chillán, un destapador de botellas, una cortaplumas pequeña, fotografías familiares, tarjetas de bautizo, un contrato de trabajo del Banco del Estado, dos gomas de borrar y una nota manuscrita en inglés, sobre una de las caras del mismo sobre, que decía que todos estos objetos habían sido encontrados en el desierto de Atacama junto a un esqueleto humano tendido de cara al sol. El texto en inglés indicaba las coordenadas precisas del hallazgo, lo situaba cien kilómetros al sur de Antofagasta, y dibujaba la posición del cuerpo. El nombre que figuraba en todos los documentos colocados dentro del sobre estaba escrito y subrayado: Julio Riquelme Ramírez.

NADIE SABE QUIEN DEJO EL SOBRE en el baño del aeropuerto. Pudieron ser gringos que con cierta frecuencia hacen prospecciones mineras en el desierto, o chilenos que lo escribieron en inglés para despistar y desentenderse del tema. Lo que sí es claro es que quien encontró este esqueleto humano en plena pampa pensó que se trataba de un detenido desaparecido: por eso la entrega del sobre sin remitente en el aeropuerto antes de subirse a un avión, y por eso también la mención en el mismo sobre para que esta información fuera remitida al Arzobispado de Antofagasta.

La abogado Alicia Vidal se hizo cargo del tema, y al día siguiente, el 27 de enero de 1999, se abrió un proceso en el Tercer Juzgado del Crimen de Antofagasta. ¿Probable delito?: “Inhumación ilegal del detenido desaparecido José Riquelme”. Hasta ese momento, los actores de la película estaban bastante confundidos. De partida, confundían al detenido-desaparecido José Riquelme, que figura como tal en el Informe Rettig, con Julio Riquelme Ramírez. Es más: nadie de los que estaba participando del hallazgo en el desierto sabía prácticamente nada de este empleado de banco de 58 años de edad que viajó en tren al norte en febrero de 1956, de la maleta de cocaví que apareció solitaria en un vagón de tercera, y de la denuncia por presunta desgracia que presentó en Iquique Celinda Chávez, esposa de Riquelme Ramírez pero separada de él hacía veinte años.

En los días posteriores a la desaparición de Julio Riquelme Ramírez, la única nota de prensa publicada sobre el caso fue la del diario iquiqueño «El Tarapacá», el domingo 12 de febrero de 1956, una semana después de la fallida espera en la estación de trenes. Bajo el título “Un pasajero desapareció en forma misteriosa desde el Tren Longitudinal”, la crónica, junto con señalar a Pueblo Hundido como la última estación del norte en que le habían visto, aventuraba la antojadiza hipótesis de que Riquelme “habría sufrido un trastorno mental que le impidió regresar al tren”.

Pueblo Hundido, visto desde el tren Longino, marca según Andrés Sabella en su libro «Norte Grande» la frontera que separa al resto de Chile de la pampa: “Pueblo Hundido es eso: un pueblo metido en la amarillez del desierto. Las calles están desiertas y parece que el abandono es el verdadero dueño de todas las casas. Los cerros pelados de la costa se ven a dos trancos de la línea férrea, y adormecen sus letreros algunos hoteles. Unas mujeres gordazas, envueltas en seda chillona, mostrando senos que son un escándalo de carnes, suelen venir al paso del tren”. Lo peor, según Sabella, viejo conocedor del norte chileno, viene después, cuando el tren arranca de Pueblo Hundido rumbo a Iquique, que es cuando dijeron en «El Tarapacá» que habían dejado de ver a Riquelme Ramírez: “Cuando el Longino se desprende de la estación y se mete pampa adentro, el corazón empieza a llenarse de piedras, de perspectivas lúgubres”.

La “prolija búsqueda” de Julio Riquelme Ramírez referida por «El Tarapacá» duró sólo algunos meses, con suerte, y nunca se sabrá si fue prolija o no. En los tribunales de justicia del norte no existe ninguna carpeta que hable de este caso en esos años, puesto que un incendio referido por funcionarios de Investigaciones, incendio que ni ellos ni nadie precisan cuándo ocurrió, acabó con varios miles de expedientes en Iquique. Ese incendio sería la razón de que se hayan hecho cenizas o humo los documentos que pudieran certificar qué se hizo y qué no se hizo por encontrar a Julio Riquelme Ramírez.

Su desaparición, en todo caso, no fue tema nacional en esos días. Había otros perdidos: un avión pequeño cerca de Vallenar, al que los diarios le dedicaban unas pocas líneas; un perro negro alemán llamado Candilejas, extraviado en calle San Antonio con Merced, y reclamado por la revista «Vea» para que lo devolvieran a sus dueños; y el tesorero del sindicato industrial de la oficina salitrera San Enrique, un tal René Vivar Vivar que le hacía harto honor a su apellido: se había fugado con 96 mil pesos, abandonando de paso a su mujer y a sus siete hijos. El caso del tesorero Vivar era para hacer llorar al más fuerte: según el relato de «El Tarapacá», la esposa se había visto obligada a regalar a su bebé de sólo un mes porque no tenía cómo mantenerlo.

De Julio Riquelme Ramírez ninguna noticia: el hombre se perdía solo y en silencio. El Banco del Estado no sabe si en esa época hizo algo para conocer el paradero de este empleado suyo, auxiliar del Departamento Agrícola durante veinte años, y que hacía poco, en junio de 1955, había firmado un contrato como portero, documento que guardaba celosamente consigo y que fue encontrado casi medio siglo después dentro de su billetera, resquebrajado por el sol y por el tiempo.

EL MIERCOLES 3 DE FEBRERO de 1999, el subcomisario Walter Rehren salió a las ocho de la mañana del edificio de la Policía de Investigaciones de Antofagasta rumbo al desierto. Iba en una camioneta todo terreno, y en la parte de atrás del vehículo llevaba motos areneras para hacer los tramos más difíciles. Lo acompañaban el comisario Roberto Yáñez y el inspector Jorge Ruiz. En otro jeep iban el subcomisario Ricardo Bevilacqua, el inspector Claudio Salas y el geólogo Jorge Valenzuela, que había prestado un instrumento de orientación satelital (GPS) para dar con las coordenadas exactas y no perderse en la pampa. La orden del juez Jorge Cortés Monroy era clara: localizar el esqueleto humano mencionado en el sobre, y mandarlo a buscar de inmediato para constituirse en el lugar.

El día anterior, el martes 2 de febrero, detectives de Iquique habían interrogado por primera vez al único hijo vivo de Julio Riquelme Ramírez que entonces figuraba en las computadoras: Ernesto Riquelme Chávez, 63 años, jubilado, casado con Haydée Barrios, dos hijos, cobrador en las mañanas de Calzados Royle, defensa central vigente y de los duros en la liga de viejos cracks defendiendo la camiseta amarilla número 3 del equipo “Contadores”. De vuelta a casa después de una semana de vacaciones en Arica, invitado por su hija Patricia, Ernesto Riquelme Chávez se haía encontrado al llegar con una citación para ir a declarar a Investigaciones, doblada y dejada en el marco de la puerta de su departamento, en el barrio La Puntilla. No pudo dormir en toda la noche. Escuchó el ruido del mar más fuerte que nunca y no dejó de pensar en qué lío se había metido sin saberlo:

—Llamé temprano esa mañana por teléfono, y el detective que me atiende me dice que me quede tranquilo, que necesitan hablar conmigo por algo de mi padre…. Me vino un remezón fuerte… Imagínese… Yo no sabía nada, estaba desconectado de las noticias, no sabía que habían encontrado algo. A las once de la mañana me presenté en Investigaciones.

Un funcionario empezó a preguntarle si su padre había estado metido en política, si había sido dirigente de algún partido, si acaso era detenido-desaparecido después del golpe militar de 1973:

—Yo ahí lo interrumpí, le dije que nada que ver, y le conté la historia. Mi papá se había separado de mi mamá el año 36, y yo recién nacido me había venido con ella a Iquique desde Chillán. Después, cuando yo tenía 17 años, fui de vacaciones con mi hermano Rolando a Chillán para conocer a mi papá, y al final me quedé allá tres años. Le conté todo: que el año 55 me volví a Iquique, y que al año siguiente, el 56, mi papá se puso de acuerdo con mi hermano Rolando para venir al bautizo de uno de sus nietos, que es sobrino mío, y que se llama igual que mi papá: Julio Riquelme. Mi papá tomó el tren, viajó acá al norte en un vagón de tercera clase, pero en la estación sólo apareció la maleta del cocaví. Nunca más supimos del él. Eso fue lo que conté. Dije también que algunos pasajeros dijeron que se había bajado en Los Vientos y que había hecho amistad con otras personas arriba del tren, pero nada más: la gente sólo recordó cosas vagas. Nadie supo dar información precisa.

El testimonio de Ernesto Riquelme Chávez esa mañana ayudó a colocar las primeras piezas del puzzle judicial, pero no arrojó mayores luces sobre un rompecabezas que difícilmente podrá completarse algún día. El Tercer Juzgado del Crimen de Antofagasta sabía ahora a ciencia cierta algo que los familiares de Julio Riquelme Ramírez siempre supieron, y que no es ninguna novedad en esta historia: que él no era un detenido-desaparecido. Para confirmarlo legalmente, bastaban el relato del hijo y los billetes y documentos encontrados en el desierto, todos anteriores a 1960. El resto de la historia seguía siendo un misterio. ¿Por qué este pasajero se bajó en la estación Los Vientos? ¿O lo bajaron a la fuerza? ¿Qué significaban esas amistades mencionadas por otros pasajeros del tren? ¿Pasaba el tren por la estación Los Vientos de día o de noche? ¿Era posible perder el tren en medio del desierto, sin nada más que hacer y que ver en varios kilómetros a la redonda?

El detective Walter Rehren se hacía estas mismas preguntas, mientra su camioneta y el jeep con GPS saltaban y serpenteaban en medio de la pampa, sorteando zanjas y peñascos, para llegar a destino y cumplir la orden del juez:

—Antes de que llegáramos al esqueleto se pudo haber presumido que le robaron y lo mataron, pero igual era poco probable porque tenía todo: el anillo con sus iniciales, dinero, la pluma parker, el reloj Urbina… Siempre me acuerdo del reloj Urbina; eran famosos los relojes Urbina en esos años. Yo me pregunto: ¿por qué no siguió la línea del tren?, ¿qué lo llevó a meterse en el desierto sin ninguna referencia de nada, sólo piedras, tierra, cerros? A lo mejor se desesperó por tratar de llegar a tiempo al compromiso que tenía con su hijo porque no quería defraudarlo.

Diecisiete kilómetros y medio de distancia desde la abandonada estación Los Vientos marcaba el GPS del geólogo Valenzuela cuando la camioneta, el jeep y las motos areneras detuvieron su marcha: a treinta metros del punto exacto indicado por las coordenadas escritas en el sobre había una cruz hecha de piedras gordas en el suelo, y junto a ella, en la misma orientación de la cruz, un esqueleto humano, blanco-blanco, calcinado por el sol, acostado íntegro sobre la tierra en la misma posición en que lo habían encontrado los gringos, calzando zapatos, con restos de ropa a su lado y con un detalle para mencionar: el zapato derecho sujetaba un sombrero, lo había afirmado durante 43 años, para que no se lo llevara el viento.

LE AVISARON CORRIENDO AL JUEZ. Jorge Cortés Monroy llegó al lugar a las dos y media de la tarde. Era verdad. Ahí estaban los restos. Julio Riquelme Ramírez no había desaparecido de la faz de la tierra, como creyeron algunos en su familia. Porque esos fueron los primeros pensamientos: que le habían bajado los monos y se había ido a Bolivia, que había cambiado de idea arriba del tren porque no quería saber más de sus hijos, que lo habían matado cerca de la estación y lo habían enterrado bien enterrado para que nadie supiera jamás. Cuentos. Puros cuentos. Fantasías que ni siquiera servían ahora para tratar de explicar por qué se bajó en Los Vientos, o por qué se cayó del tren, como cree su hijo Ernesto:

—Yo le he dado varias vueltas, y de repente pienso que él se cayó del tren. Para mí que se cayó, que quedó medio aturdido, y que esto debe haber sido de noche. Cuando se paró no encontró a nadie, caminó un poco para buscar donde guarecerse, y ya al otro día se le perdió la imagen de todo. Subió un cerro, cayó a algún vacío, y empezó a dar vueltas sin saber dónde estaba porque en la pampa es muy difícil ubicarse, hay mucha gente que se ha perdido en la pampa y que no aparece jamás.
—¿Los empampados?
—Claro, los empampados. Eso es terrible. Yo lo he experimentado. Ahí donde se perdió mi papá es solitario total. Imagínese que mi papá estaba íntegro: no había buitres ni lagartos ni nada. El estaba íntegro, con su ropa, y por supuesto con el tiempo encima, los 43 años que estuvo ahí, botado… Había algodón, trozos de género de su camisa y de sus calzoncillos largos, un botón del pantalón, pedazos de su abrigo, y lo que me contaron es que cuando fue el juez y lo examinaron, cuando lo levantaron se voló todo lo que era carne porque estaba hecho polvo. Por eso quedaron los huesitos blancos.

Lo que no se voló estaba ahí, rígido sobre la tierra, y lo estaban examinando los detectives junto al juez Cortés Monroy: Julio Riquelme Ramírez se había perdido 43 años, acostado en el desierto a pleno sol y a plena luna, sin que nadie advirtiera su presencia. Esa es, más nítida imposible, la soledad de la pampa.

DESPUES DE REVISARLO durante tres horas, el juez ordenó que leventaran los restos de Riquelme, los guardaran en las clásicas bolsas negras con que trabaja la Brigada de Homicidios y los llevaran en camioneta al Servicio Médico Legal de Antofagasta para hacerle exámenes más especializados. A Walter Rehren le llamaron la atención los zapatos:

—No eran zapatos cualquiera. Eran zapatos de ocasión, para ir al bautizo. Azules con verde, elegantes, como de gamuza. ¿Qué hacía aquí, a casi veinte kilómetros de Los Vientos, un hombre con esos zapatos? No sé: a lo mejor se bajó del tren a hacer sus necesidades, a estirar las piernas. A lo mejor se había tomado sus tragos y tal vez se cayó. Y la estación tampoco quedaba a seiscientos metros de la carretera, como ahora. Entonces no había nada de nada. Quizás alguien lo vio perdido y le dijo que el camino más cercano era el de Paposo, en la misma dirección en que se perdió, hacia la costa, pero nadie le explicó que había entremedio como cincuenta kilómetros de puro desierto, sin ningún rastro humano: sol todo el día, mucho viento, y en la noche un frío tremendo. Aquí donde apareció Riquelme no llegan ni los jotes, ¿sabe por qué? Porque el esqueleto estaba íntegro, perfectamente armado, y cuando hay algún tipo de depredador los huesos quedan desparramados.

A Ernesto Riquelme le habían dicho que lo iban a mandar a llamar de Antofagasta, pero no aguantó más la espera, dice que le entró la “urticaria” y llamó por teléfono para acelerar los hechos. Habló con el detective Rehren, y fue citado para el día siguiente, el viernes 5 de febrero, a las ocho de la mañana. Agarró su mochila, viajó en bus a Antofagasta toda la noche y a la hora señalada estaba en la puerta de Investigaciones listo para entenderse con Rehren.

Lo que hubo ese día fueron diligencias y más diligencias, siempre acompañado de detectives. Primero una declaración en el Tercer Juzgado del Crimen en la que reiteraba la historia del viaje en tren a Iquique desde Chillán, y donde luego reconocía las pertenencias con todo detalle: “En cuanto a las llaves, las más chicas corresponden a los cajones de su escritorio, y la que está oxidada es la de la caja de fondos que tenía en su lugar de trabajo”.

Después Ernesto Riquelme fue a la morgue, y allí le sacaron sangre para poder hacer el examen de ADN en Santiago. Luego volvió al juzgado, para pedir formalmente que le devolvieran las pertenencias de su padre y también los restos de Julio Riquelme Ramírez.

No hubo problemas con los objetos: le entregaron todas sus cosas, hasta una peineta rosada de plástico, menos el carnet de identidad, por un asunto legal. Le dijeron que para poder entregarle los restos había que esperar los exámenes de ADN y el peritaje de los médicos legistas. Ernesto Riquelme no quiso ese día ver los restos de su padre:

—¿Para qué? Lo había visto en las fotos de los diarios. ¿Para ver otra vez lo mismo?

Tampoco quiso ir al desierto, al lugar del hallazgo.

ERNESTO RIQUELME volvió esa misma noche a Iquique, en bus, y ya nada fue como antes. No había necesitado ver los restos de su padre en una bolsa ni ir de nuevo a la pampa para empezar a entender la historia de Julio Riquelme Ramírez y la suya propia como la historia de un gran desencuentro, real, humano y con un final concreto, demasiado concreto tal vez, lejos de la ciencia ficción.

La historia aquí contada, como piensa el propio Ernesto Riquelme, no tiene nada que ver con cosas raras, con ovnis, con sujetos que aparecen y desaparecen y después salen en la televisión. “Pero esta historia hay que cerrarla”, dice. Por eso el hijo espera para los próximos días el dictamen del juez que ordene entregarle los restos del padre. Será el momento de reunir a la familia, de traer a la media hermana de Santiago, de juntar a los más de veinte nietos y entre todos despedir a Julio Riquelme Ramírez en Iquique: con vista al mar, lejos de Los Vientos, en un funeral distinto, donde será legítimo botar lágrimas guardadas en las entrañas, y donde sobre todo se castigará el olvido y se le rendirá un homenaje a la memoria.

Como todo en su vida, la segunda de sus ocho mujeres le fue revelada por una señal. Por un designio divino. Sucedió una noche de verano de 1992. Jacob, el hombre que unos años antes se había convertido en profeta de su propia iglesia, predicaba frente a sus feligreses en un templo improvisado de San Joaquín, una comuna popular, de casas bajas en el centro-sur de Santiago. Hablaba de las escrituras, de la injusticia, de los caminos luminosos, de la belleza de la vida cuando, de pronto, la voz de Dios, clara y potente, le dijo:

—Tú, al igual que Abraham, Isaac, Salomón y los otros profetas, vas a tener varias esposas. No las busques. Yo las voy a llamar –escuchó, desde el cielo, aquella noche durante la prédica y lo comunicó a sus seguidores.

En el templo todo fue algarabía. Una treintena de hombres y mujeres levantaron las manos, se emocionaron, creyeron en sus palabras. Sólo Noemí –su primera mujer, la madre de sus tres hijos, con quien se había casado a los 19 años– salió corriendo. Aunque ella creía ciegamente en la voz de Dios, este designio le pareció un exceso.

Jacob contempló su huida en silencio. Vio que sus hijos, mezclados entre los feligreses, lloraban, asustados, pero no la detuvo. La voz de Dios se lo impidió. Le dijo que hablaría con ella, que volvería pronto y que lo ayudaría a cumplir con su profecía.

Unas semanas más tarde Noemí regresó al templo e irrumpió en medio del culto, arrepentida y más creyente que nunca. Dijo que Dios la había convencido, que le había enviado dos señales. Primero, una terrible tormenta eléctrica que la sorprendió en el bus, en medio del desierto de Atacama, cuando estaba a punto llegar a la casa de sus padres en Calama. Después, sueños recurrentes, en los que Dios le señalaba a una joven de la iglesia, a la que nunca había visto antes, y le decía: “ella es la otra esposa del profeta y tu deber es comunicárselo”. Noemí obedeció y la noche de su retorno se acercó a una chica de 19 años, que estaba con su padre y sus hermanas, la tomó de la mano y la entregó a Jacob. A partir de ese día, sin que su padre o sus hermanas opusieran resistencia, la chica, a la que el profeta bautizó Tamar, se fue a vivir a su casa.

Ése fue el principio de muchas cosas: luego vendrían más sueños, más revelaciones, más mujeres.

—También llegaron los adversarios, los dolores, las persecuciones y las burlas. Son las pruebas que debe soportar una persona que porta una verdad trascendental, un mensaje que cambiará el mundo –dirá el profeta, 18 años después de aquella revelación, en uno de sus tres departamentos de Santiago, rodeado por cuatro de sus 28 hijos y en compañía de Rahab Saba, la mujer de 21 años que, dos meses atrás, abandonó todo lo que tenía (una modesta casa en Puerto Montt, su hija de cuatro años, su trabajo como auxiliar en el casino de una empresa), llegó a Santiago y cambió su verdadero nombre por uno bíblico que escogió Jacob.

Rahab estaba dispuesta a ser lo que un sueño le había indicado que hiciera: ser la nueva, la octava mujer del profeta.

Antes de que Dios lo nombrara el primer profeta del confín de occidente, Jacob se llamaba Hugo Pablo Muñoz Escobar. Era el séptimo de los nueve hijos de un matrimonio de obreros católicos –devotos, pero no demasiado practicantes–; vivía en San Joaquín y trabajaba en la empresa textil Comandari, donde luego de realizar unos cursos se integró al equipo de dibujo de la revista interna de la compañía. Ganaba bien, tenía amigos y, por curiosidad, había empezado a experimentar con la marihuana. Corría 1972, la libertad hippie estaba en boga y Jacob, dice, se estaba dejando llevar por esa tentación.

La leyenda personal del profeta, que a veces parece una mezcla de parábola, biografía y relato épico, dice que a los 18 años, luego de una fiesta, se cuestionó la vida que llevaba. Entonces, siguiendo un impulso irracional, llamó a la puerta de su vecina evangélica y le pidió prestada una Biblia. La señora Matus, quien predicaba en la población y lo había invitado antes muchas veces a orar en el templo, se puso a llorar, lo bendijo y le dio el libro. Él, conla Bibliabajo el brazo, tomó un bus y se fue al Cajón del Maipo, en la precordillera de Santiago, y buscó el cerro más apartado para leer y meditar. Y no sucedió nada. No hubo revelaciones. No hubo voces.

La falta de respuestas no lo hizo cesar en su búsqueda. Sólo lo obligó a volver semana tras semana al cerro y a la soledad, hasta que todo cambió un domingo por la mañana cuando, después de orar y leer un pasaje del Antiguo Testamento, el cielo nublado se abrió y, por unos segundos, pudo ver el rostro de un ángel. En la mirada límpida, el rostro sin barba y la sonrisa de este ser celestial, Jacob marca el inicio de su renacimiento, el primer paso en su búsqueda del camino luminoso.

Entonces dejó su trabajo en la empresa textil y salió a buscar la palabra de Dios por todo Chile. Abandonó la casa paterna y se casó –casto– con Noemí, una joven que conoció durante sus viajes. Fue padre de sus tres primeros hijos –Israel, Dina y Elizabeth– y peregrinó por distintas iglesias para encontrar una que se ajustara a las visiones reveladas por la divinidad, que comenzaron a hacerse recurrentes: imágenes en las que se veía predicando frente a seguidores, frases epifánicas sobre su misión.

Un día, cuando ya había cumplido los 25 años y llevaba más de cinco casado con Noemí, la voz de Dios le dijo que terminara con la búsqueda. Que ya tenía el conocimiento universal. Que ya había crecido en luz. Que la única iglesia posible era su propia iglesia. Desde ese momento comenzó a presentarse como Jacob, el único y legítimo iluminado del cielo que no proviene del mundo hebreo.

El primer profeta del sur austral.

Es viernes, es de mañana y la ciudad está vacía por el feriado católico que recuerda ala Virgen del Carmen. Frente al condominio donde vive Elena Barahona –una asistente social que trabaja parala Corporación de Fomento, oficia como una suerte de secretaria del profeta y es una de sus feligresas más antiguas y devotas– hay un furgón blanco. Jacob –56 años, larga barba cana, crespo pelo, silueta baja y maciza, y manos pequeñas– está al volante. Acaba de llegar a Santiago desde una de las dos parcelas que tiene en Lomas del Águila, en Champa, un sector agrícola a70 kilómetros al sur de Santiago. Ahí se retiró hace una década y vive con cinco de sus mujeres y la gran mayoría de sus hijos.

Hoy se levantó cerca de las 5 de la mañana para ordenar algunas cuentas de las tres pequeñas empresas eléctricas de las que es socio, para llamar a varios de sus feligreses que están pasando por malos momentos, para venir a visitar a sus mujeres que viven en Santiago, revisar las lecturas que compartirá esta noche con sus feligreses y escuchó algunos tangos en el camino.

En el interior de la furgoneta, agazapada, está Reina Esther, su séptima esposa, con tres de sus hijos.

—No la moleste. Tiene un genio complicado. Le pedí que diera la entrevista, pero no aceptó. Es mi mujer, respeta la palabra, pero no la puedo obligar a hacer cosas que no quiere.

Jacob camina hasta el portón del condominio y toca el timbre. En el citófono se escucha la voz de una mujer.

—Shalom, hermana Elena.
—Shalom, mi señor Jacob. Suba. Lo estaba esperando.

Después de subir cuatro pisos por una escalera, Jacob saluda a la dueña de casa y se derrumba sobre uno de los sofás del living. Suda. Toma aire. Y de inmediato acepta la taza de té que ofrece la hija menor de Elena, Deborah, una niña de 16 años y anteojos redondos. El lugar tiene pocos lujos. Hay una estufa encendida, una mesita de centro con una planta plástica, un librero lleno de enciclopedias. En las murallas hay citas bíblicas enmarcadas.
Textos de Salomón, Isaías y David.

Elena Barahona, su marido y sus tres hijos, son una de las sesenta familias que conformanla Legióndel León de Judá. Todos los lunes, miércoles y viernes se reúnen en una casa en San Joaquín para escuchar las prédicas de su señor y leer las escrituras. Sus encuentros comienzan pasadas las seis de la tarde y se pueden extender hasta la medianoche. El culto siempre está rebosante de público.

—Muchos hermanos han crecido en la iglesia, no tenían proyectos ni educación y mi señor los aconsejó y salieron adelante. Hoy tienen sus negocios, empresas y son testimonios de vida –dice Elena.

El profeta se mesa la barba.

—Elenita y su familia me acompañan desde que partió esta travesía de alegrías, flores, espinas, lágrimas y esperanzas. Ellos, como tantos otros, creen que el gran León de la tribu de Judá, yo, su profeta Jacob, soy el portador de la fe que salvará al tercer milenio. Ahora la palabra viene de un mensajero hebreo nacido en el occidente del fin del mundo –dice Jacob.

Elena y su hija Deborah asienten. Suena el citófono. Es uno de los hijos del profeta. Pregunta a qué hora bajará su padre.

El profeta tiene que ir a visitar a otra de sus esposas.

La Legión del León de Judá. Así Jacob bautizó a su iglesia cuando comenzó a predicar sus enseñanzas, después de abandonar el trabajo que tenía por entonces como predicador en una Iglesia Pentecostal en la población La Victoria.

Una verdad que Jacob –como “el gran león dela Tribude Judá”– expresa en sus rugidos. Así devela los deseos del Verbo Dios, el nuevo y final nombre del altísimo, que durante distintas épocas ha sido presentado con otros nombres. Jacob también dice que parte del Verbo Dios se ha encarnado en cada una de sus ocho esposas, bautizadas cómo las mujeres de los profetas bíblicos. El profeta las llama “las lámparas de la palabra”.

En su momento de mayor esplendor, a mediados de los ’90,La Legióndel León de Judá contó con más de un centenar de familias que seguían su palabra, todas provenientes de comunas populares como San Joaquín, San Miguel y Peñalolén. Hoy no superan los 60. Muchos lo abandonaron y sólo se quedaron “los justos, los verdaderamente creyentes”.

Todos ellos asisten a las reuniones del culto, que cada vez cambia de lugar y que por lo general se realizan en espacios facilitados por alguien de la congregación. Es una de las formas en que ayudan a su profeta. Las otras son un diezmo de su sueldo que entregan religiosamente y manteniendo total discreción sobre los detalles de su fe.

El Verbo Dios, dirá siempre el profeta, es algo serio. Algo de lo que no se puede hablar ligeramente.

Degenerado. Corrupto. Animal. ¡Déjame una!

Todo eso decían los rayados que en marzo de 1995 tapizaron el frontis de la casa donde el profeta vivía por entonces, en la calle Caracas de la comuna de Peñalolén. Los ataques con piedras de los vecinos del sector contra la amplia construcción cercada por rejas metálicas negras se replicaron en la prensa y en los noticieros televisivos.

Jacob fue detenido porla Policíade Investigaciones y derivado ala Penitenciaríade Santiago después de varios reclamos anónimos y de una denuncia de Víctor Ramos, padre de Tamar, Rahab Primera, Rebeca y Agar, cuatro de las cinco mujeres que ya integraban la familia y de otras dos que llegaron después.

El profeta fue acusado de polígamo y corruptor de menores. A la semana fue sobreseído. Sólo estaba casado legalmente con la primera de sus mujeres: las otras tres vivían con él por opción propia y habían aceptado “la voluntad divina” cuando ya eran mayores de edad. Y además Víctor Ramos, el padre denunciante, seguidor de la doctrina del profeta desde sus comienzos, retiró su acusación. Desde ese momento, Jacob se convirtió en leyenda.

Fue bautizado como “El profeta de Peñalolén”. Le hicieron crónicas y entrevistas en las que le preguntaban por su vida sexual, por los métodos anticonceptivos y, en los últimos años, por el Viagra. A regañadientes contestaba, pero después dejó de hacerlo.

—Me cansé de que me trataran de pervertido sexual. Esto tiene un sentido más allá de la carne. Pero una cultura monógama, que en secreto actúa como en Sodoma y Gomorra, no lo sabe –dice el profeta en su parcela en Champa. A este sector rural –al que se llega por un camino de tierra y donde abundan los árboles frutales– Jacob se retiró después de ser perseguido en las comunas que vivió luego de Peñalolén.

Aquí ha seguido con su culto, han crecido sus hijos y han llegado sus nuevas esposas.

Rahab Saba vivía en Puerto Montt, tenía una hija de 4 años y nunca había visto a Jacob. Sólo había escuchado su voz en las grabaciones que le hacía escuchar su novio, Sadrach, que tenía por entonces, cuando aún se llamaba Rubelia Chávez.

Con la familia de Sadrach, conoció las enseñanzas dela Legióndel León de Judá. Ellos habían descubierto a Jacob en Santiago y replicaban sus palabras a quien quisiera oírlas. Rubelia desde el principio se dejó seducir por estas prédicas, y comenzó a enviar una ofrenda de 25 mil pesos. El discurso del profeta le resultó tan impactante que después de terminar su relación con Sadrach mantuvo su fe.

A fines de 2009, Rubelia –21 años, pelo oscuro y ojos color carbón– comenzó a soñar. Primero se vio en medio de un campo con un bastón en la mano y ovejas que la seguían. Luego con un hombre de barba que la abrazaba con fuerza. Y, en la más recurrente de sus visiones, rodeada de niños que la seguían como una madre.

—Nadie tuvo que decírmelo. Era el Verbo Dios, me estaba hablando, que me decía que mi destino estaba cambiando, que dejara mi pasado, porque me tenía preparado algo mejor –dirá Rubelia, quien una tarde a fines de marzo fue donde la familia de su ex novio y les habló de sus visiones. La escucharon con atención y asombro.

Cecilia, la madre de Sadrach, había soñado lo mismo y le dijo que su destino era convertirse en la nueva esposa del profeta.

Esa noche, luego de buscar en internet la fotografía de Jacob y comprobar que era el mismo hombre que veía en sus sueños, Rubelia y Cecilia llamaron al profeta y le hablaron de los sueños que habían tenido. El profeta titubeó, le dijo que esperaran un tiempo. Semanas después las llamó para decirles que esperaba su llegada.

Así fue como un día de mayo de 2010, Rubelia dejó a Trinidad Juliette, su hija de cuatro años, con sus abuelos paternos, y tomó un bus rumbo a Santiago para presentarse como su octava mujer.

Jacob la esperó en el terminal de buses, conversaron en el patio de comidas de esa estación y se mostró dubitativo. Rubelia pensó que ella no era su tipo y le dijo que sólo seguía el llamado del Verbo Dios. Jacob, resignado, aceptó: no podía rebelarse contra ese mandato superior. Rubelia Chávez fue bautizada como Rahab Saba y Jacob la llevó a sus dominios en Champa para presentarla al resto de sus mujeres.

—Para mi señor no es fácil aceptar cualquier mujer, porque implica un sacrificio enorme y sus mujeres son muy celosas.

Es sábado. Ya pasó el mediodía. Rahab Saba está sentada en un sofá color café y mira a Esperanza y Beerseba, dos de las hijas de Jacob que corretean por el balcón del departamento donde vive desde que llegó a la ciudad.

Afuera un viento frío sopla agudo en la esquina de la calle Santa Rosa con Santa Ester, zona sur de Santiago. A Rahab Saba le preocupa que las niñas estén desabrigadas y les pide que entren y hace un gesto autoritario, para que guarden silencio.

—Tengo que protegerlas como si fueran mis hijas.

Esperanza y Beerseba la miran atentas. Tienen entre diez y nueve años, llevan parkas de colores y pelo suelto.

Rahab Saba luce más compuesta: el pelo tomado en un moño, falda más abajo de las rodillas y botas de caña larga. No tiene joyas. Una ínfima capa de maquillaje cubre su cara. Habla con voz aguda y termina cada frase con una sonrisa tatuada. Esa expresión de tranquilidad se desdibuja, por unos segundos, cuando comenta que hace meses no habla con Trinidad Juliette, su hija. Dice que es mejor así, porque llamarla sólo la haría perder el rumbo de la misión del Verbo Dios.

—Son los sacrificios para conseguir una felicidad más allá de lo terrenal. Mi señor dice que en el camino luminoso no siempre hay rosas –dice como hablándose a sí misma. Y por milagro la sonrisa se le tatúa otra vez.

La poligamia proviene del griego y significa “varios matrimonios”. Hoy el número de sociedades auténticamente poligámicas es reducido, pero destacan las naciones islámicas, donde este tipo de matrimonio sólo existe si es aceptado por las mujeres. Aunque en la sociedad grecorromana –base del cristianismo– esta práctica o más correctamente, la poliginia (muchas esposas), no fue aceptada, el Antiguo Testamento dice que todos los patriarcas bíblicos fueron polígamos. La actual doctrina dela Iglesia Católica lo condena, porque es contraria al amor conyugal, que es indivisible y exclusivo.

Cae la noche sobre la calle Tesuca dela Villa Santa Olga de Lo Espejo. Una reja de madera tosca flanquea una casa de bloques de cemento sobre la que se afirman otras dos construcciones de madera de ventanas pequeñas por las que despunta una luz. Isabel Ramos –29 años, melena crespa, maquillaje marcado– abre la reja con desconfianza. Pregunta si no hay cámaras de televisión y asoma la cabeza.

—Cuando están pobres de noticias vienen a molestarnos –se excusa y sube una escalera que cruje con cada pisada. Abre la puerta que da a un pequeño living con una mesa de madera cubierta por un mantel blanco, murallas decoradas con fotografías y un niño de doce años que mira televisión.
—Él es uno de mis cuatro hijos. Los otros ahora están en Champa con su papá. El señor profeta vino a buscarlos ayer. A diferencia mía, ellos lo extrañaban.

Hasta 2009 Isabel respondía al nombre bíblico Abisac, vivía en Champa con sus hijos, no se maquillaba y sólo podía usar zapatos bajos. Después de diez años siguiendo estas reglas, abandonó al profeta.

—Todavía lo respeto. Cada quién con sus creencias, pero necesitaba recuperar la libertad.

Me cansé de que me mandaran todo el tiempo. No era una enferma mental –dice Isabel, que volvió a la casa de su padre y empezó a trabajar en lo que le ofrecieran: mesera de un restaurante, limpiando en supermercado y vendiendo en la feria.

—Él me ayuda con algo de plata para los niños y les compra todo lo que necesitan, pero quería mis propias cosas.

Isabel no fue la primera de las mujeres en abandonarlo. Antes, una de sus hermanas mayores, que también había seguido al profeta, Sonia Ramos o Rahab Primera, había regresado a Lo Espejo con su hijo. Ahora vive en una casa cercana. A diferencia de Isabel, aún cree en la palabra y no quiere hablar del profeta:

—No porque sea profeta no va a tener errores. Lo dicen las escrituras –es su lacónico comentario al teléfono.

Luego de las deserciones de Sonia e Isabel, otra de sus hermanas, Romina, lo abandonó el 15 de mayo de 2009. Dos semanas después de Isabel.

—Ella se vino detrás de mí y vive en la casa de abajo con sus tres hijos, pero no quiere hablar. Le molesta aparecer en la prensa –dice Isabel Ramos
—Sabe, el profeta no es mala persona. Cree en lo que dice, no está vendiendo un cuento. Ha sufrido mucho por esto. Siempre le digo que si tuviera menos mujeres tendría más plata y menos problemas.

Por una ventana se ve la cordillera de los Andes, iluminada por un sol que lucha contra unas nubes dispersas. En su departamento, Elena Barahona, la seguidora y secretaria del profeta, marca por tercera vez el teléfono. Nadie responde. Deja de insistir. Ofrece té y habla de sus inicios en la iglesia. Intenta, en vano, mostrar el rostro de Jacob que, asegura, se dibuja en una de las montañas nevadas. Suena el teléfono. Ella contesta. Frunce la boca. Cuelga.

—Mi señor Jacob tuvo un problema, no vendrá –dice Elena y le pide a su hija Deborah que traiga más té.

La niña baja la cabeza y obedece. Cuando vuelve con la bandeja, su madre la contempla con una expresión de orgullo.

—Tengo una exclusiva –dice Elena.

Hace años le dijeron que, a raíz de un problema médico, no podría tener más hijos. Entonces oró al Verbo Dios para que le mandara una hija. Y quedó embarazada de Deborah. Se convenció de que era una señal y, ella y su marido hicieron una promesa para agradecer el milagro:

—Deborah, mi hija adorada, cuando cumpla la mayoría de edad se convertirá en la nueva esposa de Jacob.

Deborah baja la mirada.

—Todavía faltan dos años, y que ella tome su decisión. Pero ya sabe lo que quiere –insiste Elena y mira a Deborah.

Deborah carraspea y dice, con voz dura:

—Claro que quiero. Es lo que quiere el Verbo Dios.

Afuera la cordillera se ilumina repentinamente. Elena se pone de pie y señala a la ventana, eufórica.

—Miren, miren: ahora se puede ver perfecto el rostro de nuestro señor en el monte.

Después, se cubre la boca con las manos.