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La muerte de Madonna

Publicado: 15 julio 2011 en Pedro Lemebel
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Fue la primera que se pegó el misterio en el barrio San Camilo. Por aquí, casi todas las travestis están infectadas, pero los clientes vienen igual, parece que más les gusta, por eso tiran sin condón.

Ella sola se puso Madonna, antes tenía otro nombre. Pero cuándo la vio por la tele se enamoró de la gringa, casi se volvió loca imitándola, copiando sus gestos, su risa, su forma de moverse. La Madonna tenía cara de mapuche, era de Temuco, por eso nosotros la molestábamos, le decíamos Madonna Peñi, Madonna Curilagüe, Madonna Pitrufquén. Pero ella no se enojaba, a lo mejor por eso se tiñó el pelo rubio, rubio, casi blanco. Pero ya el misterio le había debilitado las mechas. Con el agua oxigenada se le quemaron las raíces y el cepillo quedaba lleno de pelos. Se le cala a mechones. Nosotros le decíamos que parecía perra tiñosa, pero nunca quiso usar peluca. Ni siquiera la hermosa peluca platinada que le regalamos para la Pascua, que nos costó tan cara, que todos los travestis le compramos en el centro juntando las chauchas, peso a peso durante meses. Solamente para que la linda volviera a trabajar y se le pasara la depre. Pero ella, orgullosa, nos dio las gracias con lágrimas en los ojos, la apretó en su corazón y dijo que las estrellas no podían aceptar ese tipo de obsequios

Antes del misterio, tenía un pelo tan lindo la diabla, se lo lavaba todos los días y se sentaba en la puerta peinándose hasta que se le secaba. Nosotros le decíamos: Éntrate niña, que va a pasar la comisión, pero ella, como si lloviera. Nunca le tuvo miedo a los pacos. Se les paraba bien altanera la loca, les gritaba que era una artista, y no una asesina como ellos. Entonces le daban duro, la apaleaban hasta dejarla tirada en la vereda y la loca no se callaba, seguía gritándoles hasta que desaparecía el furgón. La dejaban como membrillo corcho, llena de moretones en la espalda, en los riñones, en la cara. Grandes hematomas que no se podían tapar con maquillaje. Pero ella se reía. Me pegan porque me quieren, decía con esos dientes de perla que se le fueron cayendo de a uno. Después ya -no quiso reírse más, le dio por el trago, se lo tomaba todo hasta quedar tirada y borracha que daba pena.

Sin pelo ni dientes, ya no era la misma Madonna que tanto nos hacía reír cuando no venían clientes. Nos pasábamos las noches en la puerta, cagadas de frío haciendo chistes. Y ella imitando a la Madonna con el pedazo de falda, que era un chaleco beatle que le quedaba largo. Un chaleco canutón, de lana con lamé, de esos que venden en la ropa americana. Ella se lo arremangaba con un cinturón y le quedaba una regia minifalda. Tan creativa la cola, de cualquier trapo inventaba un vestido.

Cuando se puso la silicona le dio por los escotes. Los clientes se volvían locos cuando ella les ponía las tetas en la ventana del auto. Y parece que veían a la verdadera Madonna diciendo: Mister, lovmi plis.

Ella se sabía todas las canciones, pero no tenía idea lo que decían. Repetía como lora las frases en inglés, poniéndole el encanto de su cosecha analfabeta. Ni falta hacía saber lo que significaban los alaridos de la rucia. Su boca de cereza modulaba tan bien los tuyú, los miplís, los rimernber lovmi. Cerrando los ojos, ella era la Madonna, y no bastaba tener mucha imaginación para ver el duplicado mapuche casi perfecto. Eran miles de recortes de la estrella que empapelaban su pieza. Miles de pedazos de su cuerpo que armaban el firmamento de la loca. Todo un mundo de periódicos y papeles colorinches para tapar las grietas, para empapelar con guiños y besos Monroe las manchas de humedad, los dedos con sangre limpiados en la muralla, las marcas de ese rouge violento cubierto con retazos del jet set que rodeaba a la cantante. Así, mil Madonnas revoloteaban a la luz cagada de moscas que amarilleaba la pieza, reiteraciones de la misma imagen infinita, de todas formas, de todos los tamaños, de todas las edades; la estrella volvía a revivir en el terciopelo enamorado del ojo coliza. Hasta el final, cuando no pudo levantarse, cuando el sida la tumbó en el colchón hediondo de la cama. Lo único que pidió cuando estuvo en las despedidas fue escuchar un cassette de Madonna y que le pusieran su foto en el pecho.

Nemesio Antúnez y Madonna

Seguramente entonces, por allá en los años ochenta, cuando el arte corporal era el boom de la cultura chilena. Cuando el cuerpo expuesto podía representar y denunciar los atropellos de la dictadura. Quizás, en ese alambrado marco cultura nadie hubiera imaginado que la metáfora «LO QUE EL SIDA SE LLEVÓ» se coagularía en varios de los personajes que participaron de aquella acción de arte en la calle San Camilo. Un perdido reducto del travestismo prostibular que desaparecía en Santiago.

La intervención escenografíaba un homenaje, una estrellada nocturna desplegada en el cemento sucio. Una parodia de Broadways en el barro de la sodomía latinoamericana.

Las estrellas, pintadas en positivo y negativo, reafirmaban la poética del título de la acción «LO QUE EL SIDA SE LLEVÓ». El montaje hollywoodense de los, focos y cámaras de filmación, las travestis más bellas que nunca, engalanadas para la premier, posando a la prensa alternativa, mostrando la silicona recién estrenada de sus pechos. Todo el barrio deslumbrado por el fulgor de los flashes. Y toda la resistencia cultural en dictadura, políticos artistas, teóricos del arte, fotógrafos y camarógrafos sapeando la performance de «Las Yeguas del Apocalipsis», que regaron de estrellas el paseo comercial del sexo travesti.

Así, el barrio pobre por una noche se soñó teatro chino y vereda tropical del set cinematográfico. Un Malibú de latas donde el universo de las divas se espejeaba en el cotidiano tercermundista. Calle de espejos rotos, donde el espejismo enmarcado por las estrellas del suelo, recogía la mascarada errante del puterío anal santiaguino.

Allí la Madonna fue la más fotografiada, no por bella, sino más bien por la picardía tramposa de sus gestos. Por ese halo sentimental que coronaba sus muecas, sus contorsiones de cuerpo mutante que se reparte generoso a las llamaradas de los fotógrafos.

Fue la única que se la creyó del todo estampando sus manos gruesas en la cara del asfalto. La única que eligió a una camarógrafa mujer para que la videara. La única que le posó desnuda bajo la ducha. Tal como dios la echó al mundo, pero ocultando la vergüenza del miembro entre las nalgas. El candado chino del mundo travesti, que simula una vagina echándose el racimo para atrás. Una cirugía artesanal que a simple vista convence, que pasa por la timidez femenina de los muslos apretados. Pero a la larga, con tanto foco y calor, con ese narciso tibio a las puertas del meollo, el truco se suelta como un elástico nervioso, como un péndulo sorpresa que desborda la pose virginal, quedando registrado en video el fraude quirúrgico de la diosa.

Pasó el tiempo, vinieron los cambios políticos y la democracia organizó la primera muestra oficial del arte negado por la dictadura. El Museo Nacional de Bellas Artes y su repuesto director, Nemesio Antúnez, dieron el vamos al Museo Abierto, una gran muestra plástica que abarcaba todos los géneros, incluyendo la performance, la fotografía y el video.

Una de las salas del edificio se habilitó para exhibir las producciones de los videístas, y fue numeroso el público que repletó el espacio de libertad creativa propuesto por Nemesio Antúnez. La exposición no tenía censura previa, por lo que la Madonna de San Camilo pasó colada en el video «Casa Particular», que Gloria Camiruaga había realizado con las «Yeguas del Apocalipsis» en la calle travesti. Solamente a mediodía, cuando los colegios visitan los museos con su algarabía revoltosa, en ese tiempo libre que la educación destina al arte, una patrulla scout de niños ecológicos se instaló con su jefe Daniel Boom en la sala de videos para culturizar sus prácticas de salvataje. Y tras correr y correr las cintas testimoniales, las películas lateras de los videistas que quieren ser cineastas, las escenas intelectuales y narrativas del nuevo video pop, y tanto, tanto sopor de los cabros chicos obligados a gozar el arte. En medio de esa clase aburrida, la pantalla se ilumina con, el cuerpo desnudo de la Madonna y estallan en aplausos los críos, sobre todo los más grandecitos. Hasta el instructor Daniel Boom se puso lentes para seguir el paneo de la cámara por el cuerpo depilado de la loca; su perfil nativo, sus hombros helénicos, apretados en el gesto tímido de la ninfa, sus pequeños pezones abultados al juntar los brazos. Y los brazos, y su estómago plano donde la cámara resbala como en un tobogán. Y todos acezantes, los péndex agarrándose sus tulitas verdes. Los más grandecitos sofocados por la excitación de la cámara bajando en silencio por esa piel del vientre. Los pantalones cortos de los scouts levantando la carpa del marrueco, casi al mismo tiempo que el ojo de la pantalla aterriza en los pastizales púbicos. Todos en silencio, apretados de silencio, pegados a la imagen recorriendo esa selva oscura, ese pliegue falso, esa hendidura de la Madonna conteniendo el aliento, sujetándose la próstata entre las nalgas, simulando una venus pudorosa para las bellas artes, para la cámara que hurga intrusa sus partes pudendas. Entonces, el elástico se suelta y un falo porfiado desborda la pantalla. Casi le pega en la nariz al jefe de brigada. Y en un momento todo es risa y aplausos de los péndex, todo es sorpresa cuando el desborde genital, de la Madonna se convierte en un grito morse que escandalea la sala. Todo es fiesta cuando la sala se repleta de otros escolares que visitaban el museo, tocándose, jugando a los agarrones, viendo una y otra vez la rápida metamorfosis, la repetición incansable del video reiterado en la cinta. Todo es emergencia para los empleados del museo tratando de cortar la película. Para el jefe de los scouts gritando que pararan esa obscenidad, ese escándalo sin nombre para los menores que se apretaban la guata riendo. Y una y otra vez el miembro reventaba la imagen. Una y otra vez la Madonna mostrando el truco, la verga travesti que campaneaba como un péndulo llamando a todo el museo, haciendo que corrieran las secretarias y auxiliares hasta la sala, provocando tanto despelote, tanto grito de los profesores y del jefe scout tocando el pito, vociferando que cortaran esa suciedad, que eso no era arte, eso era pornografía, pura mugre libertina que desprestigiaba a la democracia. Que cómo el director, el respetado Nemesio Antúnez, había permitido la exhibición. Que alguien lo llamara para que se hiciera responsable del bochorno. Porque sólo él podía dar la orden de parar la cinta. Entonces llegó Nemesio, que nunca habla visto el video, y después de conocer a la Madonna con su títere juguetón, dio orden de cortar la cinta. Y dando disculpas, dijo que en ese caso era aplicable la censura.

Tal vez la Madonna de San Camilo nunca supo del problema que le costó a Nemesio Antúnez un, tirón de orejas del presidente. Nunca supo de las canas verdes que le hizo salir a Nemesio asediado por los periodistas preguntando: ¿Por qué la censura ahora que estamos en democracia? Jamás supo que su inocente performance provocó una serie de expulsiones de otros artistas destapados que habían pasado piola. Además las críticas de la derecha, siempre dispuesta a remoralizar cualquier desborde de la naciente democracia. La Madonna nunca supo nada, ella estaba lejos del aparataje cultural cosiendo sus encajes minifalderos para deslumbrar a su anónimo transeúnte. Se pasaba las tardes pegando lentejuelas al ruedo vaporoso que arrepollaba sus caderas. Probándose cada blonda en el vaivén de ir a la esquina a comprar un cigarro suelto. Allí en el kiosco de diarios, vio la noticia, y supo de la gira de Madonna por Latinoamérica. Supo que vendría a Chile con un rebaño de Boeing que cargarían la estruendosa superproducción de la cantante. Desde entonces no habló de otra cosa. Voy a ser su amiga, decía cuando me vea sabrá que nacimos una para la otra. Hasta es posible que hagamos un show juntas, o me elija como su doble para las entrevistas. Y tantas cosas que tiene que hacer cansada la pobrecita. Tantas giras, tanto avión, tanto hombre siguiéndola después de los conciertos. Yo sería como su amiga intima, su secretaria, su confidente que la mandaría a dormir sin pastillas Un baño tibio con eucaliptus, una agüita de toronjil, un masaje en los pies contándole mi vida, y al final terminaríamos roncando juntas en su enorme cama de raso negro.

Quizás si Madonna hubiera conocido tales sueños, si le hubiera llegado al menos una de sus cartas, habría extendido su gira hasta este fin de mundo. Pero los Boeing nunca atravesaron la cordillera, sólo llegaron hasta Buenos Aires, donde el escándalo de la diva sacó roncha en la moral transandina. Por eso los ecos de aquella actuación motivaron la clausura de su show en Chile. Según las autoridades no hubo censura, solamente que «no había auspiciadores para Madonna en este país». Así todos supieron que detrás de esta blanca excusa había operado la mano enguantada de la moral, desviando la comitiva de la diosa sexy de regreso al primer mundo.

La Madonna de San Camilo nunca se repuso del dolor causado por esta frustración, y la sombra del sida se apoderó de sus ojeras enterrándola en un agujero de fracasos. Desde ese momento, su escaso pelo albino fue pelechando en una nevada de plumas que esparcía por la vereda cuando patinaba sin ganas, cuando se paraba en los tacoagujas toda desabrida, a medio pintar, sujetándose con la lengua los dientes sueltos cuando preguntaba en la ventana de un auto: ¿Míster, yu lovrni?

Y así, finalizando su espectáculo, cerró los ojos, como un cortinaje pesado de rímel que cae en el estruendo los aplausos. El último dance queda interrupto. Bruscamente cortada la respiración, el motor del pecho es un auto sport detenido en la costanera francesa. La boca entreabierta, apenas rosada por el plumaje del ocaso, es un beso volando tras el lente que nunca imprimió la última copia de Madonna, la última caricia de su mejilla damasco, apoyada en el hombro salpicado de brillos que estrellan su noche lunar. Desmadejada por dentro, la de cuerpo es tina sombra minifalda como un flaco favor la contextura elástica de la diva. Nadie podría ser pareja de su dancing, girando sola más allá de nuestros ojos, despidiéndose en el aeropuerto quemada por los flashes, divinizada por tanta foto que la descalza en las poses, como muñeca mecano que se reparte múltiple hasta el infinito. Nadie podría alcanzarla, bajando la escalera en retirada al campanazo de la medianoche, esparciendo sus tacoaltos en los peldaños de plata. Fugándose prisionera de la farsa, huérfana de sí misma y huérfana de la Monroe, que irónica en el cartel original, retorna a las dos Madonnas al barrio sucio. Quizás el único lugar donde pudieron encontrarse, compartiendo un chicle, entonando alguna canción, o intercambiando secretos de tinturas para el pelo.

El Polaco aparece mostrando su chapluma, como le dice cariñosamente a su cuchilla. Está rodeado de cinco barristas que lo siguen como alumnos. Sin aviso previo, el Polaco deja a todos boquiabiertos con su buen manejo de navaja: en un minuto destornilla los cuatro pernos que sujetan el tablero donde va la luz de lectura y la salida de aire correspondiente a los asientos 31 y 32. Ante la mirada desconcertada (y cobarde, según él) de quienes por primera vez viajamos con la barra, el Polaco desmonta el armazón del techo hasta dejar todo a la vista. Todo, en este caso, se refiere a un conjunto de cables internos que comúnmente permanecen escondidos a los pasajeros. Ocultos y relegados, como muchos barristas dicen sentirse frente a la sociedad.

—Antes de esconderla hay que envolverla en algo… Necesitamos un gorro —dice el Polaco, y uno de sus secuaces le quita la gorra a un barrista primerizo.

—Aquí hay que ayudar, compadre —es la frase que refriegan en la cara de un muchacho que, tímidamente, ve cómo su prenda azul se pierde entre tantas manos veinteañeras.

El Polaco envuelve cuidadosamente la granada en el sombrerito que luce una «U». Sí, una granada. Un explosivo de combate. Acá adentro llevamos una bomba en miniatura. Se trata de una munición real que, según se comenta dentro del autobús, alguien robó a los milicos mientras hacía el servicio militar.

—Estas son súper fáciles de lanzar. Hay que apretar este gancho, sacarle el seguro con los dientes y lanzarla —agrega tranquilamente uno de los barristas expertos, mientras el miedo paraliza a aquellos hinchas que dejaron en Santiago a sus padres, a sus novias, a los amigos del barrio, a los hermanos menores, a la foto del equipo colgada en la pared, al banderín del último campeonato clavado en la puerta, y a la colección de entradas a los partidos en el cajón del velador. Todo en casa, en un hogar cada vez más lejano. Todo para salir por primera vez fuera del país con la hinchada de los amores. Todo por el equipo.

El Polaco amarra el gorro-explosivo dentro de los cables, lo oculta con la destreza de un aventajado carterista y vuelve a atornillar el tablero. No quedan rastros de que sobre la luz de los asientos 31 y 32 va una bomba.

—Ni cagando nos cachan en la aduana —dice, guardando la chapluma en un bolsillo oculto.

Pero la tranquilidad no tiene ganas de regresar a este vehículo de la empresa Chilebus, que ahora avanza repleto de hinchas de fútbol. Cuando todos pensamos que lo peor ha pasado, salta una pregunta que vuelve a congelar a los novatos:

—¿Quién de ustedes la va a lanzar?

La consulta, que es adrenalina pura lanzada a la cara, la suelta uno de los jefes de quienes vamos aquí arriba. Cada bus tiene sus encargados que nos dicen qué hacer y luego informan de todo a la cúpula de la barra. Y sigue:

—Ahora vamos a ver quién es el más guapo, quién es valiente de verdad, vamos a ver quién tiene los huevos para entrar la granada al estadio y lanzarla. ¿O acaso en la barra hay puras mamas?

Por suerte, la decisión de quién arrojará el explosivo militar queda inconclusa. Al primer llamado no hay voluntarios. Por ahora, la orden consiste en celebrar que la artillería liviana ha quedado bien guardada. Al grupo llega una botella de pisco que anda girando de mano en mano, y de atrás le sigue una caja de vino tinto y unas piteaditas de marihuana. En cosa de minutos todo ha vuelto a la normalidad. El autobús que nos lleva a Buenos Aires retoma su función de transporte de barristas: se entonan los gritos contra las gallinas de River Plate, las bromas por el tipo que no quiere pasar la caja de vino o por el que se pega el porro a los dedos. Casi todos terminamos gritando los cánticos de apoyo al equipo. El San Martín es uno de los jefes del bus: tose raspado, usa lentes oscuros, camina chocando hombros, tiene marcas en las manos y demasiadas joyas para las circunstancias. Él, con un tono paternal, aunque de padre golpeador, nos aclara que vamos a la guerra.

—Y si es necesario morir en Argentina por el equipo, no queda otra. Ningún huevón puede arrugar. Tenemos que estar muy unidos.

Alguien va hasta la parte delantera del bus y con el permiso del chofer pone una cinta de Rage Against The Machine, la banda estadounidense que por un momento se toma el poder dentro del Chilebus. Un barrista con la foto del Che estampada en la camiseta, comienza a mover la cabeza al ritmo del baterista yanqui. Por las ventanas del bus corre la periferia de Santiago, las canchas de tierra, los niños en las esquinas y los perros vagabundos aplastados por el sol. Adentro, la música acelera y retumba y acompaña cuando las botellas pasan, una tras otra, como si acá adentro el vino y el pisco también se multiplicaran en esta última cena. Vamos de viaje, vamos a ver un partido de fútbol, vamos rumbo a Buenos Aires con una granada a pocos centímetros de la cabeza.

El tema del explosivo es como todo trauma: a ratos se olvida, pero siempre vuelve a aparecer. JG, el fotógrafo que viene conmigo, me mira con ojos igualmente inyectados y me susurra:

—Si se enteran que andamos haciendo un reportaje nos matan.

Nuestro bus es el número tres, de los once que esta mañana salieron desde la sede de la Corporación de Fútbol de la Universidad de Chile, como se llama oficialmente la «U». No somos el vehículo de los peces gordos, de los cabecillas de la hinchada, pero tampoco estamos al final de la caravana, donde viajan los más inexpertos, los con menos historial.

Vamos a la capital argentina para alentar al equipo en su partido por las semifinales de la Copa Libertadores de América. Vamos a ganarle a las gallinas de River Plate, y en su estadio.

—¡Vamos a morir! —grita alguien que luego lanza un escupitajo al suelo del autobús.

Viajamos con Los de Abajo, la hinchada más brava del país.

***

En el partido de ida, jugado en Santiago de Chile, un pequeño y sobredimensionado incidente entre unos pocos hinchas de River Plate y la policía local encendió la mecha. La prensa deportiva ha inflado el altercado hasta convertirlo en un escándalo gigantesco, chauvinista, y digno de que intervengan ambas cancillerías. Por lo mismo es que todos los periódicos chilenos nos anuncian que en Buenos Aires, sí o sí, nos espera un infierno.

Dentro del bus vamos 38 hombres, dos mujeres y dos lápices: el de JG y el mío. Por un momento temo que aquel detalle nos deje en evidencia. Nos salva la premura de escribir las papeletas de aduana, y el asunto se pasa por alto.

—Para salir del país tienen que llenar estas papeletas de la aduana —había dicho el auxiliar del autobús, a quien todos los pasajeros hemos comenzado a llamar el Tío.

Media hora antes de llegar a Los Libertadores, el principal paso fronterizo terrestre hacia Argentina, el Tío repartió las fichas de inmigración. Llenar las cuarenta papeletas, entre bromas y consultas repetidas hasta el hartazgo y con apenas dos lápices, terminan por descontrolar al Tío. Se ve molesto, aburrido, y aunque su corbata y su gorra de la empresa Chilebus lo disfrazan de gentil auxiliar de viaje, sus modales bruscos, su mala cara y su disposición de perro son las señales físicas de una crisis interna: parece que por primera vez piensa seriamente en la idea de renunciar al trabajo de toda su vida.

Apenas llevamos tres horas de un viaje que, por lo menos, durará sesenta. El trámite en el lado chileno es rápido. Un par de turistas que viajan en automóvil se toman fotografías con los hinchas de camisetas azules. El chequeo de los once buses dura poco más de una hora y no está libre de problemas. Sólo de nuestro bus hay tres personas que no pueden seguir la travesía: uno por tener su documento de identidad vencido, otro por andar sin ninguna identificación y el San Martín, nuestro líder, por tener lo que todos llaman papeles sucios, y que en resumidas cuentas quiere decir problemas judiciales pendientes y orden de arraigo.

Cruzamos el túnel que separa ambos países. Justo cuando por la ventana pasa un cartel que dice «Bienvenido a Argentina», uno tiene la extraña sensación de estar en un viaje cuya idea de regreso es demasiado frágil.

—Nos fuimos —me dice JG, en voz baja, y antes de terminar la frase nos llega a las manos un cigarro de hierba que dura hasta que terminamos el cruce.

En el lado argentino la cosa cambia de inmediato. El trato infernal con que majaderamente nos había amenazado la prensa deportiva, se empieza a vivir de manera real.

—Los policías de allá son malos de verdad, se van a dar cuenta. Allá la dictadura mató a 30 mil argentinos, muchísimos más que Pinochet —me había advertido un amigo antes del viaje.

El trámite en la aduana trasandina ya dura cinco horas. Por lo general, en un viaje de itinerario, el chequeo rara vez supera los 30 minutos. Comienzan a correr versiones. Alguien dice que los perros sabuesos han detectado un cargamento de marihuana. Lejos de aquellos rumores, sólo pienso en la granada de mi bus (que sí vi y casi toqué) y que, afortunadamente, ya ha pasado la revisión. Eso me alivia. El Polaco no nos defraudó con su maniobra, por eso todos le palmoteamos el hombro mientras se pasea risueño pidiendo que le regalen un cigarrillo.

La orden de los gendarmes argentinos es que no se mueve ningún bus de la caravana hasta que no hayan revisado a todos los vehículos. En un momento de la detención aduanera, un grupo de barristas entona la canción nacional de Chile. En los mástiles del galpón y por las ventanillas de las oficinas sólo se ven banderas argentinas o afiches de Menem con banda presidencial. Acabamos de terminar la primera estrofa, cantada a todo pulmón como protesta al trato de los policías cuando, desde una oficina blindada, aparece un gendarme de bigote a lo Videla. Lleva una metralleta bajo el brazo.

—¡Aquí nadie grita, carajo! —grita.

***

Empieza a oscurecer y algunos transeúntes mendocinos nos saludan gentilmente levantando el dedo medio, o llevándose las manos a la entrepierna, o pasándose el dedo índice por el cuello. Hay que estar preparado para aguantar un viaje donde todo lo que nos rodea es violento. Para algunos, el rechazo general que nos recibe en cada parada es una experiencia nueva. Para otros, la mayoría, es la rutina que los sigue desde niños y la que mejor los orienta.

Durante la detención en las afueras de Mendoza, el nuevo líder de nuestro bus pasa la gorra para «hacer unas monedas», como dice amablemente, aunque no cabe duda de que no es un pedido, sino una orden. El resto de los pasajeros estamos casi obligados a vaciar los bolsillos en la alcancía de género. Con el monto recaudado, los cabecillas del vehículo desaparecen.

Regresan 40 minutos más tarde con un cargamento de cajas de vino y cervezas para la ruta. Pasada la medianoche y con más de 14 horas de viaje, la caravana retoma la ruta a Buenos Aires.

Un grupo de patrullas policiales, con sirenas encendidas y gendarmes con medio cuerpo saliendo por la ventana, nos acompaña hasta el límite territorial de la ciudad. Adentro hay brindis, gritos, música y humo. Afuera, sólo malas caras y rifles apuntando hacia nuestras cabezas.

La noche trae la calma. Dentro del autobús, rebautizado por el grupo como la casa, se olvida el frío con chaquetas de jean, vino mendocino en caja, cervezas, marihuana, chocolates y cigarrillos. Por el televisor del Chilebus pasan Jóvenes pistoleros 1 y 2, y las protestas contra la calidad de las películas elegidas sólo se acallan cuando aparecen las escenas de peleas a cuchillo.

Algunos, los de los asientos más cercanos al chofer, ya están durmiendo. Otros han decidido ponerse los audífonos de su walkman y apoyar la cabeza en la ventana y mirar las líneas blancas de la carretera, pensando en lo que nos espera o en lo que hemos vivido hasta el momento, o en la repetida agresividad policial, o en que todos nos ven como un peligro público, o en la música que ahora retumba en los oídos, o en las estrellas gigantes que cuelgan del cielo pampino, o en el gorro de lana azul regalo de la novia, o en lo mucho que abriga la camiseta del equipo debajo de la chaqueta.

El Tío se aparece en los últimos asientos de nuestra casa con una almohada bajo el brazo, algodones en los oídos y una cara de cansancio que, fácilmente, podría pasar las semifinales de un campeonato sudamericano de caras cansadas.

De pronto, como si se tratase de un pasadizo secreto, el Tío abre una cajuela invisible al lado del baño y se mete adentro, doblado como un feto, listo para dormirse. Apenas habla y se le nota molesto. Nadie sabe si está ofuscado porque el de ahora no es su típico viaje de itinerario a Buenos Aires o, porque todo el año, da lo mismo si es invierno o verano, su lugar para dormir siempre es aquella estrecha y metálica caja fúnebre que lo mata en vida.

—Mi hermano está en Buenos Aires. Hace años que el culiao vive allá —dice el Polaco, en una pequeña tertulia que se ha formado junto al baño. Y agrega—. El culiao es ladrón internacional, cachái. Le va grosso.

Y aparece otro que suelta:

—Puta la hueá, yo tengo una tía en Buenos Aires y no traje la dirección. Creo que trabaja en la casa de unos millonarios —y se empina la botella de vino en caja.

—Mañana tenemos que ganar, culiaos —cambia de tema Jorge, un empleado de imprenta que ha pedido permiso laboral por dos días—. Primera vez que tenemos la final tan cerca.

Y aparecen los primeros pronósticos.

—Vamos a ganar dos a cero. Un gol de Marcelito Salas y otro del Huevo Valencia —dice el Citroneta, un estudiante de biología de la Universidad de Valparaíso que, de tan inocente, está acá arriba jugando al chico malo.

Jorge, el de la imprenta, tiene más de 30 años, igual que el amigo que lo acompaña. Y dice:

—Qué increíble, ahora podemos llegar a la final de la Libertadores, pero me acuerdo de los años malos de la «U». Cuando uno iba al estadio sabiendo que íbamos a perder.

Chuchatumadre, fueron años de años. Cuando bajamos a segunda división siempre se hacían viajes así. Pero no iba tanto huevonaje. Eso nunca lo van a vivir. Ahora es fácil para ustedes, porque el equipo gana.

El vehículo se bambolea suavemente de un lado a otro, pero con el vino y la marihuana todo parece moverse mucho más. El Tío se asoma de su cajuela y grita que lo dejen dormir, pero alguien le lanza un palmetazo en la cabeza sin que él descubra al autor. Somos Los de Abajo.

***

A las seis de la mañana amanece. El sol crece al final de la llanura tan lento como se mueve una pupila en sobredosis. La mayoría decide contemplar el paisaje en silencio. Los vidrios están empañados y hay que usar el brazo como limpia -parabrisas. Recién ahí, detrás de esas gotas que bajan por el cristal tiritando asustadas, aparece el famoso plano infinito de la pampa argentina. Alguien enciende el primer pito del día, aunque esta vez la hierba acompaña tranquilamente, sin estridencia, como un punteo de guitarra acústica. Despertamos camino a Buenos Aires.

Por petición general —«necesitamos mear y lavarnos la cara, tío»—, paramos en una estación de servicios Repsol YPF en plena carretera. El minimarket se ve sobrepasado por los hinchas. JG, el fotógrafo que durante el viaje ha disparado la máquina jugando a que es un estudiante que saca fotos para él, me hace una seña para que mire. Y ahí se ven, como una horda, casi todos metiendo mercancía dentro chaquetas. La parada sirve para ir al baño y mojarse la cabeza, pero, fundamentalmente, su objetivo ha sido saquear el almacén argentino.

Cuando volvemos a acelerar, El Tío y el chofer se van diciendo en voz alta, entre ellos, que por estas cosas es que sienten vergüenza de ser chilenos. Cuando dejamos el lugar se ve por la ventana del autobús a la vendedora con las manos en la cabeza, hablando por teléfono con alguien que debe ser policía y golpeando con su puño frágil el mesón recién violado.

Otra vez en la carretera, el Citroneta, universitario de pelo largo y anteojos a lo John Lennon, muestra su mercancía. Con la alegría de sentir que ahora sí será aceptado por el grupo duro de la casa, ofrece parte de su botín.

—¿Alguien quiere vinito? —y abre la caja de tinto que acaba de sacar de un escondite de su chaqueta. Otro de atrás luce lo suyo: una ginebra, un atado de lapiceros— «para que nunca más falten estas huevas» —y un perfume para su novia—, «con esto se la meto dos meses seguidos sin que me haga dramas» —dice feliz.

El Citroneta se queda mudo, boquiabierto, derrotado y ajeno. Alguien destapa una botella de whisky, mientras otro abre su caja de habanos y ofrece a los más amigos.

—Viste que Argentina está súper barato —comenta el Polaco, y le da una pitada a su puro hasta quedar con el pecho hinchado. El resto lo acompañamos con una carcajada que sabe a escocés.

La siguiente parada es en Lujan, a 66 kilómetros de Capital Federal. Ya son las once de la mañana del día del partido, aunque la hora parece tan irrelevante como la formación con que el equipo saldrá a la cancha. Nuevamente nos rodea un cordón policial. Un sargento, como broma, apunta su revólver hacia el grupo donde estoy parado y hace el ademán de lanzar un tiro y se ríe cuando todos nos tiramos al suelo. Aparece una pelota de fútbol y un gordo del bus siete describe, como un relator radial con lengua traposa, el gol que esta noche hará Marcelo Salas y que nos llevará a la final de la Libertadores.

— ¡Arriba del bus, huevones, que nos vamos! — grita el Polaco, parado en la puerta del vehículo y luciendo todo orgulloso los anteojos de sol que también robó del minimarket.

— Te quebrái con esas cagadas falsificadas, culiao — le dice Jorge, el empleado de la imprenta.

— Estái loco. Son Bollé originales. Acá dice clarito Bollé, o si no, ni cagando me las robo — contesta el Polaco, y se los quita para que lean la marca.

***

Los relojes de Buenos Aires marcan las tres de la tarde. La columna de buses con banderas azules y chilenas entra a la ciudad. En pocas horas será el partido y los insultos nacionalistas van y vienen entre Los de Abajo y los peatones bonaerenses.

Al cruzar la avenida General Paz, la Policía General Argentina nos detiene. Una completa brigada antimotines nos espera con tanta complicidad como un detector de metales. Por la ventana se ven dos tanquetas azules, un microbús blindado y tres patrulleros; todos con las sirenas encendidas. Un equipo de televisión con la insignia de la P.F.A. y bototos militares toma imágenes de cada uno de los coches, paseando las cámaras y las gorras por fuera de nuestras ventanas. La ceremonia dura más de una hora y, como la orden es mantener lodos los vidrios cerrados, dentro de los buses el calor, la falta de aire y los restos de todos los restos nos asfixia. Mientras esperamos la orden para seguir, el Polaco amaga un par de vives con abrir una ventana trasera y disparar una botella vacía de cerveza a la cámara.

—Así es como provocan, ahuevonado. No hay que pescar —dice el Citroneta, quien, como muchos, se ha quitado la camiseta para secarse el sudor.

El Tío, sentado en la cabina junto al chofer y de impecable corbata, mueve la cabeza de un lado a otro, maldiciendo el día en que su jefe le ordenó viajar con Los de Abajo a Buenos Aires. Y peor aún, maldiciendo toda su vida. Maldiciendo su trabajo y su futuro.

La orden de partir da inicio a un extraño city tour por Buenos Aires. Nuestros guías son carros antimotines con doble blindaje. Muchos de los barristas por primera vez salen de Chile y con sus caras pegadas a los vidrios aprovechan de conocer la ciudad donde han nacido las más legendarias y violentas barras bravas del continente, inspiradas, como tantas cosas argentinas, en los ingleses. Recorremos la capital de un país donde al año mueren 9,5 hinchas por violencia en el fútbol. Un país donde la mayoría de los líderes de las barras bravas dependen directamente de políticos de peso que los utilizan en marchas, en golpizas, pegando lienzos y alentando al equipo los domingos en la cancha. Pero la ciudad más importante de este lado del mundo, con esa simpática pretensión europea de sus habitantes, sólo la podemos ver desde arriba del Chilebus: por mandato superior, no podemos bajarnos.

Según ordenan desde el bus dos, donde va toda la directiva de Los de Abajo, la única parada permitida será en el barrio de La Boca. La idea es juntarse con la gente de La 12, la barra brava de Boca Juniors, quienes nos van a «prestar ropa», vale decir, nos ayudarán a pelear contra sus eternos rivales de River Plate.

Nos bajamos de los buses en el puerto. La comunicación oficial dice que nos juntaremos media hora más tarde, en el mismo lugar. Pero en la caminata masiva por la calle Caminito, con banderas azules y gritos de la «U», algunos miembros de la barra rayan las clásicas paredes coloridas con gráfica de Los de Abajo. Ahí comienzan los líos, los miembros de La 12 que deambulan por La Boca se sienten agredidos, se organizan rápido y las supuestas barras hermanas con un enemigo en común se trenzan en una gresca que termina con heridos, robos de camisetas, asaltos, banderas rajadas y detenidos. Varios han perdido sus billeteras y a un tipo del bus cinco le han quitado la camisa, el reloj, los cigarros y su propia cuchilla. La policía actúa como juez de boxeo, aunque sólo sujeta a los hinchas chilenos.

—Los de Boca no tienen amigos —comenta entre dientes, el sargento que lleva esposado a uno del bus cuatro.

Se arma un pequeño alboroto en La Boca, con mujeres gordas y viejas pidiendo cárcel a los chilenos y niños pobres vestidos con camisetas de Maradona escupiendo insultos.

—¡El bus es nuestra familia! —nos grita el líder, parado al lado del chofer, cuando otra vez estamos todos arriba—. Miren cómo quedamos peleando con diez hijos de puta de Boca. Esta noche vamos a tener al frente a 70.000 gallinas de River. No se separen. ¡El bus es la familia!

Jorge, el empleado de la imprenta que había aprovechado la detención para comprar souvenirs para sus colegas de trabajo, regresa al autobús con la cabeza rota y la cara ensangrentada. Le han dado una paliza por andar lejos del grupo, está tirado en su butaca y maldice la hora en que pidió permiso en la oficina. El Polaco le ofrece su camiseta para que se limpie la sangre y Jorge se la pone como turbante. Por la cara de muchos de los pasajeros, la amenaza del infierno en Buenos Aires ya se ha concretado. Y aquí vamos otra vez, los once buses. Dejamos atrás La Boca y enfilamos al estadio, con un tipo con la cabeza rota y ensangrentada, otros asaltados o i orlados con cuchillas, un par detenidos —que luego serán liberados— y la policía rodeándonos como los moscardones a la mierda. Aquí vamos otra vez a la cancha, y no me olvido que en el bus llevamos una granada de mano.

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La última detención antes de irnos a la cancha es en la avenida Figueroa Alcorta, frente a Aeroparque. La caravana se estaciona a un lado de la pista y algunos barristas se lanzan sobre el pasto para descansar, otros se revisan las heridas, fuman la última marihuana o se empinan lo que queda de cerveza. Walter, el jefe supremo de la barra, el capo de la hinchada, la abeja reina, se muestra por primera vez en público.

En apariencia, Walter es el más formal de toda la delegación. Más que jefe de una barra brava, parece un empleado del mes de McDonald’s, o un profesor súper-buena-onda de un instituto de computación, o un guitarrista de parroquia de barrio. Está bien peinado, la camisa dentro del pantalón y unas zapatillas tan blancas que de seguro nunca han pateado una pelota de fútbol. Posiblemente, Walter nunca soñó ser jugador de fútbol: da la idea que su felicidad habría sido ser dirigente del club, presidente o tesorero, quién sabe, lo único concreto es que terminó siendo el líder de los barristas más bravos. Sólo como cabecilla de los hinchas pudo llegar a reunirse con los directivos del club y acercarse, de cierta manera, a sus anhelos.

Walter se pasea por entre la muchachada pidiendo calma, diciendo que las entradas están por llegar, recomendando tener cuidado y estar más atentos a las provocaciones.

—La idea es que un dirigente del club, que hace tres horas salió de Santiago en avión, venga hasta acá con las entradas —dice él.

En promedio, los que estamos en el viaje hemos pagado unos 70 dólares por persona: incluye pasaje y entrada al partido.

—Pero eso lo pagan los nuevos nomás —me dice el Polaco, y agrega que él viaja gratis porque pasó los tarros de la colecta durante dos meses en los partidos jugados en Santiago.

Los dirigentes de la barra tampoco pagan, y los miembros de menor jerarquía pagan la mitad o lo que puedan. Por Figueroa Alcorta pasan los primeros autos con banderas de River Píate.

Van al estadio y nos lanzan insultos y tocan la bocinas y nos gritan chilenos muertos de hambre, pero ya no están las ganas de responder los ataques. El imprentero, con la camiseta del Polaco en su cabeza, le relata su mala experiencia a un grupo del bus seis. Uno de la máquina ocho muestra los tajos de cuchilla que se ganó en el antebrazo derecho. Un pesimista asustado comenta en voz alta que una horda de 70.000 gallinas se nos va a venir encima, y al comentario lo sigue un interminable silencio. JG ha guardado la máquina de fotos y se tiende en el suelo a vivir sin más registro que su miedo este momento histórico.

Walter, el gran jefe, desaparece por la avenida arriba de un taxi y regresa a la media hora con el alto de pases. Parece feliz por haber estado reunido con los dirigentes del club en el hotel cinco estrellas donde se hospedan y, a la vez, se le nota un poco triste de tener que regresar a su rebaño de hinchas despeinados.

Reparte las entradas una a una, pidiendo calma y tranquilizando a la barra. El Pelluco, el Krammer, el Taitor, el Jhonny y el Mono, otros históricos dentro de la hinchada, lo acompañan en la repartición. Llega la hora de irnos al estadio. Los focos del Monumental de River, perfectamente encendidos, nos guían como a las miles de polillas que revolotean alrededor.

En pocos minutos estaremos ahí adentro, esperando que la «U» por fin llegue a su primera final de Copa Libertadores de América, dispuestos a entregar la vida si es necesario con la gran ilusión de poder ganar por una puta vez un partido importante a los argentinos.

A medida que la caravana de buses se acerca al Monumental, por las ventanas va creciendo la marea de hinchas de River. Cada metro que avanzamos la muchedumbre exterior crece y crece, y el recorrido se torna lento, como una babosa cuesta arriba. El Tío decide apagar las luces interiores del bus. Desde afuera los gritos antichilenos se escuchan fuerte, muy fuerte. Nos movemos cada vez más despacio, surcando el mar de camisetas con la raya roja.

Zigzagueando entre hinchas argentinos que comienzan a mover los buses tratando de voltearlos. Porque afuera ya son miles, y nuestro líder grita que cierren las cortinas y que hay que meterse debajo de los asientos y las ventanas de la casa estallan, una tras otra, y algunas piedras ya están adentro y rebotan en el pasillo y estamos esparcidos en el suelo, con los vidrios rotos cerca de la cara y los gritos de las gallinas se escuchan como el cercano rugido de un león frente a su presa. Y el Polaco respira hondo y toma aire y abre una ventana y grita ¡argentinos conchasdesumadre! y lanza dos botellas de cerveza de litro hacia fuera. Y vuelve ¡argentinos culiaos!, y dispara dos botellas más. Una piedra le estalla cerca de la cara, pero alcanza a agacharse. Los insultos se escuchan cerca, tan cerca como las espuelas de esos caballos de la policía que, finalmente, nos escoltan hasta la cancha.

Quedan pocos minutos para el partido.

El estadio está repleto y los gendarmes nos tienen retenidos en las escalerillas que dan a las tribunas Centenario y Bel-grano del Monumental de River. Debemos esperar una orden superior que tarda, pero finalmente llega. Entonces los policías nos empujan con golpes de palos para que entremos al estadio. Y aparecemos en la mitad de la gradería, somos un punto insignificante ante los 70.000 hinchas que no nos dan mayor importancia. La policía sigue acarreándonos a golpes, mientras espontáneamente Los de Abajo empiezan a gritar, a todo pulmón, con la rabia adentro, ¡argentinos, maricones, les quitaron Las Malvinas por huevones!

Cuando la «U» sale a la cancha los 11 jugadores corren hacia donde nosotros y levantan las manos. Respondemos el gesto con gritos que, paradójicamente, son todos similares a los de la hinchada riverplatense. En el pasto ya están los 22 jugadores, 22 futbolistas sudamericanos con sueldos millonarios, casi todos salidos de los mismos barrios pobres de los barristas.

Lo del partido es un vacío gigantesco. La mayoría de los 70.000 espectadores mira el encuentro sin moverse de los asientos y, por momentos, uno tiene la idea de poder escuchar cómo los jugadores se insultan dentro de la cancha.

—¡Estos huevones no gritan nada! —comenta el Citroneta, descolocado, engañado. Como si todos los años que estuvo escuchando la furia de las barras bravas de acá hubiera sido uno más de los famosos chamullos argentinos.

Pero hemos venido a pelear con gritos y los cabecillas de Los de Abajo no se amilanan y piden, con ganas, vamos, gritemos, dejemos callado al estadio. Un Monumental de River que sigue el partido enmudecido, sin darnos un segundo de importancia y que, eso es lo peor de todo, sólo sacan el habla cuando el partido finaliza con el triunfo de ellos.

Perdemos por un gol a cero. Un penal brutal contra Valencia, que no se cobra, y un gol vergonzosamente farreado por Silvani, un delantero argentino que juega para la «U», nos dejan fuera de la Copa Libertadores, se llevan la ilusión y nos ponen a ver cómo el inmenso mar de hinchas argentinos vuelve a celebrar otro triunfo sobre un equipo chileno.

Apenas termina el partido se anuncia por los parlantes que la gente debe quedarse en sus asientos porque primero saldrá la hinchada visitante. No pasan cuatro minutos, ni siquiera cuatro minutos para tragar la derrota, cuando un comando de policías sin provocación alguna comienza a barrernos a golpes de bastón. Es una lluvia de palos que no se detiene ante nada ni nadie. Aparecen policías de civil y algunos de pelo largo, de la inteligencia policial argentina, que patean en el suelo a algunos heridos. Los fierros van y vienen. Cuando te dan un palo en el codo el brazo se te paraliza, pero no tienes tiempo de acariciarlo porque debes seguir arrancando. Si te caes, tratas de que no te pisen la cara y puedes ver, como veo, que se llevan a un policía algo inconsciente. ¡Tiren la granada!, escucho que grita alguien. Bajo las graderías, en la zona de los baños, la paliza es brutal. Pero si lanzan la granada, nos matarán vivos cuando nos metan a la cárcel de Buenos Aires. Tengo miedo. Estamos metidos en un caos de palos y gritos y empujones y garabatos y alaridos y tironeos y patadas por la espalda y ladridos de perros y rugidos de hinchas de River desde el otro lado de la reja y cascos y se entiende poco y mejor agachar la cabeza y empujar hacia arriba, hacia donde sea, hasta que todo se acabe rápido, que todo termine de una vez.

La calma llega cuando los gendarmes argentinos se dan cuenta que de llegan las cámaras de televisión. Resultado final: cuatro hinchas con la cabeza cortada, uno con el ojo partido, un policía con la nariz trizada y dos detenidos que son liberados cuando se enfrían los ánimos.

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Como siempre, un fuerte contingente de policías nos saca de Buenos Aires. El tropel cruza la pampa de noche; esta vez todos los autobuses llevan las ventanas rotas. El frío pampino, inhumano sin vidrios, al menos se lleva el olor a encierro y, en cierta forma, es más llevadero que la violencia.

De vuelta al paso fronterizo Los Libertadores, el cielo de la cordillera de los Andes se ha escondido detrás de una espesa nube negra. Los gendarmes de la policía argentina ni siquiera suben a pedirnos los papeles y nos expulsan rápido de su país. Al cruzar el túnel internacional estallan los aplausos. El Tío toca la bocina. Estamos en Chile. El personal de inmigraciones nos saluda como a héroes y nos levantan el pulgar. Dos policías chilenos nos agitan las manos desde su patrulla. Todo el país sabe de la brutal golpiza en el estadio y ahora regresamos victoriosos. Sin importar la derrota, somos ganadores. Tres canales de televisión, varias radios y un fuerte aplauso por parte del personal de la Aduana levantan la autoestima de Los de Abajo. Somos la gran noticia del día.

—Oigan, cabros…, ¿me puedo tomar una foto con ustedes? —nos pide El Tío, que ha reclamado durante todo el viaje y ahora, sorpresivamente, nos habla gentilmente con una cámara fotográfica en la mano.

Después, cuando ya ha sacado la foto, dice que éste ha sido un viaje memorable. La mayoría se ríe, pensando que exagera. Nadie sospecha, ni de cerca, que en pocos meses más al jefe máximo de la barra, Walter, se le detectará una grave enfermedad a causa de los golpes que recibió en la cabeza. Ni mucho me-nos, que morirá pocos años más tarde. Tampoco se piensa que será el Krammer quien asumirá el control de la barra y que al poco tiempo ya tendrá al grupo dividido y se le acusará de aprovecharse económicamente de Los de Abajo y se le arrestará por pegarle a la dueña de un almacén en una golpiza televisada por las cámaras de seguridad y que después, otra vez, será detenido por desfigurarle el rostro a un compañero de hinchada hasta que, finalmente, será esposado y encarcelado por liderar una banda de asaltantes en un barrio periférico de Santiago. Nadie sospecha que luego de este viaje a Buenos Aires, el equipo de Universidad de Chile nunca volverá a pasar de la primera ronda en una Copa Libertadores. Ni que éste será recordado como el viaje más memorable de la hinchada.

Arriba del bus el futuro no existe. Sólo importa el ahora, l’or eso las risas al escuchar que el Tío vuelve a repetir:

—Ha sido un viaje histórico, chiquillos.

Aunque suenan ridículas, las palabras sacan aplausos. En realidad, en todo Chile nos aplauden. Y como nunca, todos los que vamos arriba del bus nos sentimos orgullosos, felices, valientes, héroes.

Al bajarnos del Chilebus, ya en Santiago, el Polaco por primera vez se ve triste y nos pide números de teléfono a todos y dice que nos volvamos a ver al día siguiente y le pide a JG que le saque una foto, como si hubiera sabido de siempre que andábamos haciendo un reportaje con ellos, de ellos. Y el bus parte, y todos nos abrazamos por la hazaña y porque ya se ha acabado. Cuando no queda nadie arriba de «la casa», el chofer acelera aliviado y se va respirando la tranquilidad de volver a viajar sin los hinchas. De seguro no sospecha, ni él ni el Tío, que dentro de su bus llevan una granada que ninguno de los barristas quiso lanzar en el estadio de River Plate. Un explosivo militar que puede explotar en cualquier momento.

Dos de noviembre de 1998, nueve de la mañana. Otros tiempos. Sin reforma, sin radios de frecuencia protegida. En la sala de Comunicaciones Sociales de Carabineros, los periodistas policiales van por el tercer café, aburridos. Ya revisaron el boletín de “Hechos policiales”, que prepara la policía y que reúne direcciones, nombres y alias de lo que ha ocurrido en las últimas 24 horas. Y no hay nada.

Las llamadas de los editores son contestadas con un sincero no-pasa-nada y las esperanzas están en conseguir algo oyendo el scanner, la radio que intercepta las frecuencias de las comisarías de Santiago. Buen oído y suerte. Mandinga siempre provee. Hay aburrimiento en el noveno piso de Bulnes 80.

Una cabeza apareció en Huechuraba.

Una cabeza flotando en un canal, frente al 6.450 de la antigua carretera a Colina.

El dato pasa de celular en celular. Los colegas siempre son generosos. Los autos enfilan al norte, en lo que todo el mundo se imagina un fiasco que por lo menos justificará media hora de actividad.

Pero no es chascarro.

Mario Ramírez Muñoz -casado, 50 años, de Conchalí- es el de la alerta. Horas antes, se estacionó con su furgón escolar frente a la entrada del fundo El Molino y tocó la bocina para llamar al niño que tiene que llevar al colegio. Ramírez se bajó del auto para estirar las piernas. Miró al canal, debajo del puente. Se quedó pegado.

-Vi un bulto similar a una cabeza, tenía dientes y ojos, pero estaba descompuesta -le dijo más tarde a la policía.

Ramírez queda con dudas. Le pega al bulto con un palo. El golpe es pesado. Húmedo, dice. Paf. Parte a la casa. Llama a la policía.

Los carabineros se sorprenden tanto como Ramírez. Uno de ellos baja, a confirmar. Es una cabeza. Por radio llaman al GOPE, para que la saque del agua. El furgón que llega está al mando del teniente Armando Zepeda. Miran. Es una cabeza la que hay allí. Llega la prensa. Llaman a la Brigada de Homicidios. Sacan la cabeza del agua. Minutos más tarde, arriban los detectives, encabezados por el subcomisario Jorge Cepeda. Zepeda & Cepeda colocan el bulto a un costado del puente. Es una cabeza. La prensa la fotografía generosamente.

La cabeza está a maltraer. Se pasó días entre latones y basura. No es sólo una cabeza. Alguien le cortó el cuello en forma recta, precisa, a la altura de los hombros. Tiene marcas de arrastre, las ratas la han atacado. Presenta dos cortes: uno que se desvía y entra al hueso; y otro recto, sin errores. Podría haberse hecho con una sierra de carnicero de mesa pequeña, opinarán los especialistas más tarde. En la operación, tendrían que haber participado al menos tres personas.

La policía se pasa toda la tarde recorriendo el canal en busca del resto del cuerpo. Nada.

En la Brigada de Homicidios el día siguiente al hallazgo es un problema. Literalmente, una cabeza de chancho, como llaman los detectives los casos difíciles. Un muerto del que sólo tienen un trozo.

Días después, un hombre entra llorando al Servicio Médico Legal. Va con miedo de saber que tiene razón. Lo acompañan un dentista y una mujer. Carlos Lund, el que llora, reconoce la cabeza de su hermano. Es él. Son sus dientes, es lo que queda de su rostro. Los dos mellizos Lund se miran por última vez.

Acaba de nacer el enigma del decapitado, que dejará en el camino a detectives, jefes narcos y un ministro de la Corte Suprema y otra de la Corte de Apelaciones. La maldición del narco sin cabeza.

CARLOS

La cabeza es del narcotraficante Jorge Lund Gutiérrez, hermano mellizo del doctor Carlos Augusto. Tienen 47 años y son hijos del famoso ginecólogo Carlos Lund Espinoza, muerto en los ochenta. Viven en Vitacura.

Desde pequeños eran fáciles de distinguir: Jorge era explosivo, fuerte, bueno para las peleas; Carlos, un niño tranquilo, amistoso, incluso algo más apagado.

Pasan por distintos colegios. Terminan en el Excelsior, del centro de Santiago. Carlos postula a la universidad y queda en Ingeniería, pero celebrando choca su Ford en la costanera con Manuel Montt. Se pasa 15 días inconsciente, hasta lo dan por muerto. Pero resucita y parte a España a estudiar Medicina a Madrid, hasta que Franco cierra la facultad. Se pasa a Ecuador. Desde allí, volverá a Concepción y, luego, a Chile.

Su hermano Jorge, mientras, se dedica a emprender negocios que terminan mal. Muy mal.

Carlos va por el camino de su padre. Del hospital del Salvador, se pasa al Militar a hacer la beca de gineco-obstetricia. Pero fracasa. Le piden un certificado de honorabilidad que a sus treinta y algo años, se queja hoy, no puede conseguir. Le huele a trampa. Su nombre, dice siempre, está estigmatizado por la defensa que treinta años atrás hizo su padre de los abortos. No continúa, no saca la especialidad y se tiene que marchar del Hospital Militar y del brillante futuro que pensaba podía abrírsele ahí.

Desde entonces, el doctor trabajará solo.

JORGE

Jorge se queda con sus padres en Santiago, en la mansión que ocupan en La Perousse. Este mellizo es más inquieto: se mete a la Juventud Nacional. De ahí salta a Patria y Libertad, el grupo de choque ultraderechista. Jorge vive la UP peleando en las calles. Un día se encuentra con un amigo del colegio en el centro, Gerardo “Yayo” Quinteros. Jorge le advierte, poco antes que empiece la acción: ándate que va a quedar la escoba. Y queda.

Se siguen viendo con Quinteros. Él trabaja con su padre en camiones; Jorge se interesa en el negocio y papá Lund, en 1974, le compra un camión Pegaso. Se hacen socios y les va bien: llegan a tener una pequeña flota. A partir del 76, Lund sigue solo.

El 82 viene el crash: Lund se va preso por giro doloso de cheques. Libre, regresa con Quinteros y la seguridad de los camiones. Se instalan en San Pablo y las cosas mejoran: Jorge a cargo de la contabilidad y Gerardo viendo las máquinas. Pero un día de 1989 Jorge se topa en la calle con un amigo de sus tiempos nacionalistas: Jorge Vargas Bories, devenido en agente de la Central Nacional de Informaciones. La CNI tiene por ahí cerca el taller de sus autos. Se saludan y quedan de juntarse otro día. A la reunión llega otro ex Patria y Libertad, Francisco “Gurka” Zúñiga, y Álvaro Corbalán Castilla, el jefe de la policía política en Santiago. Los cenetas tienen un problema: el Banco del Estado acaba de darles un crédito de millón y medio de dólares y no saben en qué gastarlo. Quinteros y Lund los asesoran. Nace la Sociedad Santa Bárbara, con veinte camiones Volvo dedicados a retirar escoria de cobre entre Chuquicamata y El Salvador. Santa Bárbara es una bomba de tiempo, su quiebra fraudulenta en 1990 será uno de los primeros escándalos financieros ligados al pinochetismo duro.

Jorge no es amigo de Corbalán. Carlos, sí. Los dos se conocieron en 1985, cuando el doctor entró a militar a Avanzada Nacional, el partido ultraderechista que dirigía el mayor de Ejército con una chapa y que era fachada de la CNI. Años más tarde, cuando Corbalán esté preso, Carlos será un visitante asiduo de su celda.

Santa Bárbara no dura. Explota cuando llega la democracia. Lund también: en esa época empieza a consumir cocaína. Quinteros y Lund se reencuentran en negocios en 1991. Ahora el dinero está en otra parte: las franquicias que se acaban de instaurar para que los retornados traigan sus autos desde el extranjero. El tope para los exiliados son 10 mil dólares. Lund y Quinteros les pagan por los derechos 300 mil pesos y después compran autos a su nombre en la Zona Franca de Iquique, y luego los venden en Santiago. El negocio está en el borde, pero es tan bueno que Lund empieza a viajar a Estados Unidos a comprar autos directamente. A Quinteros no le apasiona el asunto. Abandona y se retira a sus camiones.

La máquina de las franquicias termina en escándalo en 1995. Lund pierde otra gallina que coloca buenos huevos. Pero tiene otra: se vuelve traficante de drogas.

EL ABORTERO

Hasta el día de hoy, Carlos, el doctor, dice que no hace abortos. Que nunca los ha hecho, en Chile por lo menos. Lo suyo, explica, han sido hemorragias que le ha tocado atender, auxiliando pacientes que están en problemas.

Pero abortos, no.

Carlos Lund ha estado preso dos veces por abortos, la última hace un mes. En 1994, su rostro aparece en televisión: le explica a una periodista encubierta cómo hace sus operaciones, le dice que todo toma una hora, que la mayoría de sus clientes aprovecha la colación para atenderse.

A comienzos de 1999, una mujer que dice haber sido su paciente llega de urgencia a un hospital. Carabineros lo toma preso y se pasa meses en la Penitenciaría. Desde entonces está procesado y no ha sido condenado. Es difícil en Chile tener una condena por ésto: el delito debe ser in fraganti y con pruebas materiales.

La última vez que Carlos Lund estuvo preso, fue hace casi un mes. La policía lo encontró en una casa de La Granja, con lo que llamaron una “clínica abortiva móvil”. Dicen que atendía a domicilio, que buscaban a un hombre ligado a asaltos y se enteraron que ahí se realizaría un aborto. En su defensa, Carlos Lund sostiene que fue llamado para ver a una paciente en problemas y que lo único que hizo fue revisarla, que no estaba haciendo nada.

Ahora Lund está libre, pero sujeto a investigación.

En Estados Unidos, el doctor sí reconoce haber practicado abortos. Muchos. Allá el aborto era legal. A mediados de los ochenta le tocó trabajar en una clínica en Los Angeles como asistente de un médico colombiano. Veinte operaciones en la mañana, veinte por la tarde.

-No sé si el aborto se puede catalogar como crimen, depende lo que digas que es matar. No sé si es crimen, pero no es bonito -explica Lund.

Carlos Lund nunca se refiere al aborto directamente. Sus explicaciones terminan siempre en la anestesia. O se quedan en las leyes. En realidad, el doctor es disperso. Sus conversaciones terminan invariablemente en que la jueza y los policías ya saben quién asesinó a su hermano pero no hacen nada. O en que la derecha religiosa lo persigue por su talante liberal. O en mujeres.

“Tengo la mala costumbre de firmar lo que me pongan por delante”, le dijo Carlos Lund alguna vez a la jueza que investiga el asesinato de su mellizo. Es cierto, y muchas veces ha lamentado haber firmado cheques, contratos y cuanto documento legal le han pasado. Se ha metido en negocios con amigos y, dice, ha salido trasquilado. Es disperso en todo. En los buenos tiempos, y sobre todo en los malos, Carlos Lund era capaz de pasarse toda la tarde en el restaurante Giratorio, alimentando a una mesa completa de amigos que pasaban, conversaban y después se iban sin pagar. El cheque, al final, era suyo. Lo mismo en el restaurante del Hotel City.

-A Carlos lo pierden los amigos. Jorge era igual, pero agresivo. Pesado -recuerda alguien que los conoció a los dos.

Los mellizos y sus amigos.

EL TRAFICANTE

En 1994, la segunda esposa de Jorge Lund se suicida en su casa de Las Condes. Se ahorca. La conoció cuando fue arrendar una casa; ella trabajaba en una corredora de propiedades y se enamoraron. El idilio duró poco: Jorge ya en ese tiempo consumía droga y empezaba a traficar. Cuando ella muere, sus familiares lo culpan.

Jorge Lund tarda poco en encontrar otra compañera. Una noche de carrete a comienzos de 1995, Yayo Quinteros llama a una prostituta, porque cree que le gustará a su amigo. Tiene razón, pero no sabe cuánto. A Jorge le encanta Brigitte Pérez, se vuelve loco por ella y empieza a pagarle para tenerla en exclusiva. Un día se la lleva a Can Cun y, al regreso, se casan. Su hermano y su madre se oponen, pero Jorge dice que la quiere y que no le importa lo que haya sido. Sus amigos, entre risas, le dicen que es tacaño, que se casó para no tener que pagarle.

La vida no le sonríe a Jorge ese año. Tiene malas juntas, si es que un narcotraficante puede quejarse de eso.

A fines de 1995, una patrullera de Investigaciones está estacionada en la puerta de su casa de Las Condes. Los detectives lo esperan. Tienen el dato que trafica. Nunca explican de dónde sacan la información. Pero cuando Lund sale y se sube a su Mercedes Benz blanco, le caen encima. Preso. En el parte dirá que Lund se va a la cárcel con kilo y medio de clorhidrato de cocaína de alta pureza.

Lo acompaña en la prisión Santiago Muñoz Valdés, que ya ha estado preso por drogas en los setenta. Es cocinero, de esos químicos que llegaron a dominar el arte de procesar cocaína.

Jorge pasa a la Penitenciaría. Se hace de amigos inmediatamente. Uno: Humberto López Candia, el informante estrella de la Oficina de Seguridad que culpa al gobierno de haber negociado con el FPMR cuando se investigaba el asesinato de Jaime Guzmán. López Candia tiene un largo prontuario: robo con homicidio, usurpación, robo con fuerza. Su especialidad criminal, consigna la policía en su ficha, es el homicidio. Actualmente cumple condena por el truculento caso de las cartas bombas enviadas, junto a Lenin Guardia, a la embajada norteamericana el 11 de septiembre de 2001.

López y Jorge Lund están deprimidos en la cárcel, comienzan a leer la obra completa de Carlos Cuahtémoc Sánchez. Parten con Volar sobre El Pantano. Autoayuda en la Peni.

Otro amigo que conoce: Horacio Woldarsky, un ex policía preso por drogas. Cuando López Candia es trasladado a Colina, se hacen amigos con Lund. Woldarsky lo cuida. Le conversa, hacen pesas juntos.

Lund también se encuentra con conocidos: Mario Araya Bogdanic, también preso por drogas. Lund y Araya tienen cosas en común. Culpan al mismo hombre de haber terminado ahí. Ese hombre se llama Patricio G., y es informante de la policía. Años atrás, carreteaban juntos. El informante también le presentó a Lund a Santiago Muñoz.

Araya y Jorge Lund no son los únicos presos que odian a Patricio G. En la galería de los narcos, muchos lo acusan de haberlos delatado.

La cárcel le hace mal a Lund. Su hermano lo acompaña, consigue visitas especiales, hasta lo saca un par de veces a controles médicos. Los gendarmes lo conocen, Carlos tiene esa cosa de caer simpático y poder saltarse algunas formalidades.

Pero Brigitte no acompaña a su marido. Descubre que Jorge la ha estado engañando con dos prostitutas. Rompen. Pero no por eso deja de ir a la cárcel: Brigitte empieza a visitar a otro reo, uno que tiene ficha por asaltos. Se hacen amantes.

Carlos Lund sabe que tiene que sacar a su hermano. Se mueve, recorre tribunales. El doctor empieza a usar esa increíble capacidad de los hermanos Lund de meterse en grandes problemas.

LA JUEZA

Se llama Gloria Olivares, es ministra de la Corte de Apelaciones de Santiago y tiene un gran currículum. Fue la primera jueza que obligó a los ex DINA a ir a tribunales. El entonces coronel Miguel Krassnoff y el sargento Basclay Zapata tuvieron que vérselas con ella en 1992. La leyenda hasta dice que a Zapata lo trató de “cobarde”.

Los abogados de derechos humanos la respetan. Los penalistas dedicados a las excarcelaciones, la aprecian todavía más: la ministra Olivares es del grupo de los “blandos” a la hora de decidir si un reo permanece en la cárcel.

Pero la jueza forma parte de la vieja escuela judicial. En ese entonces, los tribunales están dominados por “trenzas”, que parten en la Corte Suprema y terminan en tribunales del crimen. Una larga espiral de llamados telefónicos y favores que se hacen, cuando no son órdenes.

La jueza tiene un hijo, Gonzalo Rojas. El joven se encuentra procesado por haberle hurtado la chequera, años atrás, al entonces juez Luis Correa Bulo. Abogados del influyente estudio Etcheberry lo han representado en un juicio largo, y al cabo de diez años pugnan por sus honorarios y pelean con la jueza, recusándola en cada una de las causas en que se la topan.

A Carlos alguien le dice que ella lo puede ayudar. Se la recomienda una amiga a la que había conocido a través de Álvaro Corbalán. Hasta hoy, el doctor no habla de dinero. Le dicen, explica, que esa persona puede orientarlo, ayudarlo. “Ella nunca aceptó coimas ni nada, lo hacía de corazón”, explica Carlos.

El corazón es grande, porque Gloria Olivares es ministra de la Corte, y no puede ejercer como abogada. Es grande y alcanza para mucho, porque en ese tiempo la jueza, además, ayuda a un empresario hindú procesado por estafa, y luego viaja a la India junto a una amiga, a alojarse en lujosos hoteles de la cadena Taj Mahal.

Carlos se hace amigo de la jueza. La acompaña a recepciones, a fiestas. Se vuelve su médico de cabecera. Le da licencias médicas.

El corazón de la jueza alcanza para todos. El 18 de diciembre de 1996, la jueza le pide al médico que la acompañe a visitar a alguien. Van al Hospital Penitenciario, un edificio anexo a la tétrica Penitenciaría donde está Jorge. Ella le dice a los gendarmes que va a interrogar a un reo. La dejan pasar y uno de los guardias anota con caligrafía nerviosa que la ministra visita a Manuel Fuentes Cancino, “El Perilla”, uno de los narcotraficantes más poderosos de Chile.

Fuentes Cancino está preso por drogas, y lleva algunas semanas en el hospital de la cárcel, víctima de una avanzada cirrosis. Su abogado ha pedido la libertad múltiples veces. Gloria Olivares ha votado por dársela al menos ocho, sin poder conseguirlo.

La jueza le pide a Lund que certifique que el Perilla está grave, para presentar después el documento ante otros jueces. El doctor otra vez firma lo que le ponen por delante. Esa noche se reúnen en el München de El Bosque. Carlos le pasa su diagnóstico. Gloria, dirá Carlos años después, le aconsejó colocar que estaba grave y que era necesario seguirle un tratamiento fuera de la cárcel.

El certificado se entrega. Manuel Fuentes, seis días después, queda libre pese a otro certificado médico, realizado por un doctor de Gendarmería un día antes que el de Lund, que señala que evoluciona bien. Semanas más tarde, Jorge también queda en libertad, no sin antes decirle a algunos de sus amigos presidiarios que se quedaran tranquilos, que su hermano tiene un buen contacto.

El doctor siempre ha dicho que cuando entró a la cárcel y pasó por todas esas barreras de seguridad se extrañó mucho, y que vino a saber tiempo después a quién había examinado, el día que El Perilla lo visitó en su casa. Cuando le recriminó a la jueza haberlo metido en el asunto, cuenta Carlos, ella lo calmó, le dijo que Manuel Fuentes Cancino era una persona muy agradecida.

Los mellizos y sus nuevos amigos.

EL DESCABEZADO

A comienzos de octubre de 1998, a Jorge Lund lo amenazan de muerte dos veces. Las dos amenazas vienen de amigos, y no quedan en nada.

Primero lo llama un amigo al que le debe plata. Contesta la nana de la casa del doctor, donde vive Jorge desde que salió de la cárcel. El hombre dice que si don Jorge no le paga, le quema la casa, cuenta la nana. Lund no le da importancia. Pero el irascible acreedor va a zapatear al portón. Lund, tranquilo. La nana dirá después en el tribunal, cándida, que eso pasó “en el mismo mes que se supo que don Jorge apareció sin cabeza”.

La segunda amenaza viene de otro amigo que quiere saldar cuentas y termina arriba del auto de Jorge gritando con un cuchillo en la mano. Tampoco la cosa pasa a mayores, y los dos terminan esa noche tomando unos tragos.

Las dos salidas de madre a Jorge Lund no le importan. Otras cosas le preocupan esa primavera:

Quince días antes de morir, en la visita que hace los martes a la Penitenciaría a los amigos que dejó en prisión, confiesa que quiere desaparecer. Lleva un año libre y están a punto de condenarlo por narcotráfico. Quiere irse a Miami, de ilegal, a trabajar en una constructora. Su hermano, dice, le consiguió el empleo.

Piensa entrar como espalda mojada por México.

En la cárcel, Lund conversa con Mario Araya Bogdanic, su amigo preso por culpa de la droga y del informante Patricio G. La policía hasta hoy cree que los dos estaban metidos en una operación de drogas. El día que desaparece, Lund de hecho va camino a la casa de Araya.

En la última visita hablan del informante:

-Se va a ir cortado-anuncia Lund. Nadie le cree. Les suena a fanfarroneada. Pero quince días después es Jorge Lund el que se va.

19 de octubre, 1998. El último día de su vida, Jorge Lund se levanta tarde. Recién al mediodía toma una ducha y se sienta a la mesa con su pareja, Alejandra. Es raro. Lund suele almorzar a las cuatro de la tarde. Pero esa mañana se sirve locos y machas al matico. Almuerza bien.

Jorge y Alejandra salen de la casa a las tres de la tarde. Pasan por la casa de la ex esposa de Lund, a buscar el auto que la hija les presta. Van a Recoleta, a ver a los padres de Alejandra. Lund le ha dicho a mucha gente que después tiene que resolver unos asuntos y, después, pasar por su novia para llevársela de nuevo a Vitacura.

Cinco horas más tarde, Alejandra regresa sola. Jorge nunca pasó a buscarla.

Esa noche en la casa del doctor hay nervios y risas. Carlos llama a sus amigos. Se metió con una mina, se quedó por ahí, le dicen. Nadie parece preocupado. Salvo Alejandra, que sabe que como sea la ausencia significa un desastre.

De lo que se ha podido reconstruir, Lund había quedado de pasar a la casa de Humberto López Candia para acompañarlo a ver a un amigo internado en una clínica en Ñuñoa. El encuentro jamás se realizó. Lo último que se supo de Jorge fue un contacto telefónico que tuvo Alejandra con él, donde entendió que estaba en una calle cercana a la casa de la esposa de Mario Araya, Marta Rivas, cerca del río Mapocho.

Al día siguiente, el doctor está preocupado. Su hermano no pasó a buscar a sus hijos para llevarlos al colegio. No es una farra. Algo pasó. Es hora de hablar con Horacio Woldarsky.

EL DETECTIVE

En junio de 1999, el nombre del ex detective Horacio Woldarsky ya estaba sonando en el Caso Lund, que para entonces ya lleva casi un año muerto. Lo tildan de ex agente de la CNI, amigo de la víctima y, por supuesto, sospechoso.

Las referencias de Woldarsky no son las mejores. Una vez, un alto jefe policial en un off the record con los periodistas había sido cauto: “Woldarsky. Ese hombre es peligroso”.

Él se presenta al tribunal. Dice ser investigador privado. Es conciso cuando explica su carrera: nueve años en Asaltos, un paso adscrito a la CNI para investigar Carrizal Bajo; un traslado como castigo por dispararle a un homosexual en el prostíbulo de la Carlina; premiado como uno de los mejores detectives de Santiago; una balacera a la salida de la cárcel con un muerto. Y un apodo: Horacio Norris.

Woldarsky conoció a Jorge Lund en la cárcel. Se hicieron amigos, y Lund, antes de salir libre, le dijo que se iba a mover con su hermano para conseguir su excarcelación, porque el doctor tenía una amiga ministro. Woldarky, conocido también como El Rucio, se siente deudor, y por eso se presenta en la casa del doctor al día siguiente que a Jorge se le pierde el rastro.

Durante mucho tiempo se habían visto. Woldarsky le había servido de tapadera a Jorge Lund cuando iba a la casa de su ex esposa. Ni Carlos ni Alejandra se enteraban que las veces que él afirmaba estar con el ex policía en realidad había visitado a Brigitte. O a Andrea, su hermana, con quien también tenía una relación.

Lund, según Woldarsky, pretendía seguir traficando. Y tenía miedo, porque le había pedido que le consiguiera una pistola con silenciador.

El narco le presentó a sus amigos a Woldarsky. Algunos de la cárcel, y a otros que se habían sumado. Uno de ellos era importante: Gonzalo Rojas Olivares, el hijo de la jueza.

El 21 de octubre de 1998, Woldarsky fue a los cuarteles de Narcóticos y Homicidios preguntando por su amigo. Ese mismo día le propuso al doctor presentar una presunta desgracia en Carabineros y denunciar la desaparición del auto.

El doctor le arrendó un auto a Woldarsky para que investigara. El Rucio fue a la cárcel, alertado por un rumor que hablaba de una posible boleta que alguien había ofrecido para cobrar, un crimen por encargo. Pero era mentira. En la cárcel habló con otros amigos. Le preguntaron cuántos días llevaba desaparecido Jorge. Luego, le dieron su sentencia: difícil que esté vivo.

A fines de noviembre, Woldarsky tuvo que viajar a Iquique. Antes de salir de Santiago, apareció la cabeza en el canal. Apenas regresó, pasó por la Brigada de Homicidios y conversó con los detectives a cargo. Planteó sus dudas sobre Lund. La cabeza, les dijo, podía ser la suya. Quedaron de llevar a los familiares al Servicio Médico Legal. Woldarsky no llegó a la morgue ese día.

Woldarsky no se detuvo. Siguió los pasos de Lund. Conversó con Narcóticos, les habló de la casa de Marta Rivas, donde iba a ir su amigo. La policía allanó la casa en diciembre: apareció droga y un laboratorio artesanal para procesarla. Y apareció otra persona en el arresto: el informante Patricio G.

Woldarsky tenía una lista de sospechosos: narcos peruanos, informantes. Había oído que Jorge era asiduo del Luca’s Bar, y que ahí se había metido con la mujer equivocada y había sido asesinado. Pero nada. Trabajó en el caso hasta que se enteró que Jorge Lund tenía un seguro de vida contratado por 60 millones, y que entre los beneficiarios estaba el doctor. No le gustó que no le contaran. Renunció.

Pero Woldarsky -a quien nunca le han probado nada relacionado con la muerte de Jorge Lund-, no desapareció de la historia. Un día, mientras declaraba ante la jueza Domínguez, allanaron su casa. La policía encontró un revólver, una baliza, municiones, una placa de detective falsificada, una granada de mano y estopines. Woldarsky explicó que eran de los tiempos en que estaba a cargo de la armería de la Brigada de Asaltos, y que se las había llevado a casa para que no se perdieran.

Woldarsky, el que descubrió algunas de las pocas pistas que hay en el proceso, siempre se preguntaba por qué había aparecido sólo la cabeza de su amigo. Lo consideraba una señal. En 1999 no paraba de preguntárselo:

-El que desaparece un cuerpo, ¿no puede hacer desaparecer la cabeza?

EL ASADO

La escena es extraña: el doctor Lund en noviembre de 1998 hace un asado en su casa. Llora mientras recibe el pésame de los amigos que llegan a la villa El Dorado a saludarlo. Acaban de identificar a Jorge, su mellizo, como la cabeza que apareció en el canal y Carlos hace un asado.

En realidad, no tiene nada de raro. Cada vez que está con sus amigos, el doctor Lund acostumbra tirar unas carnes para amenizar. Es casi un rito. Simplemente, es la única forma que conoce de congregar gente.

No es lo raro de esa noche: en medio del asado, se oyen los gritos de un joven que pide entrar para hablar con Carlos. El doctor sabe que le viene a pedir dinero, y por eso prefiere dejarlo afuera. Cuando el otro habla con Alejandra, la viuda de Jorge, y dice que él sabe lo que le pasó a su hermano mellizo, el doctor acepta recibirlo. Pero no escucha nada. El invitado a la fuerza le pide dinero y termina saliendo molesto.

Pero es una bomba. El joven de los gritos se llama Gonzalo Rojas Olivares, el hijo de la ministra Olivares.

El doctor llama a la casa de la jueza y le cuenta lo que acaba de oír. Sólo ellos dos saben qué se dijeron entonces. A partir de ese punto, la relación se quiebra violentamente.

Semanas después, Alejandra declara ante la jueza Domínguez lo que oyó de boca del hijo de la ministra. Queda estampado en el proceso el nombre del hijo de Gloria Olivares, y se suma al hecho de que el teléfono de la jueza está en la agenda electrónica del narco asesinado.

De a poco, el caso Lund se ha vuelto un caso imposible.

El desfile de sospechosos es enorme. La demora para acreditar la muerte, también. Tanto, que el Servicio Médico Legal tarda meses en constatar que la cabeza presenta una herida a bala.

La policía tampoco avanza: detienen a López Candia. Le encuentran una carta enviada a su señora, donde narra un sueño: los dos están haciendo dedo en una carretera, los recoge un tipo en un auto que se hace el lindo con la mujer, y “pasa lo que tiene que pasar” y el tipo se queda “sin auto y sin cabeza”. López Candia explica que fue un sueño. También hay cartas a Jorge Lund, tratando de hacerlo desistir de cometer, aparentemente, el asesinato de su esposa Brigitte.

López cae preso junto a un carnicero que posee una cortadora de carne y al que Jorge Lund también habría contactado telefónicamente el día que desapareció. Pero no hay nada contra de ellos. Quedan procesados por obstrucción a la justicia; más tarde, la Corte de Apelaciones los deja libres de polvo y paja.

En marzo del 99, la policía le cae encima al doctor. Se va preso, acusado de abortos. Cuando pide la libertad, Gloria Olivares se la niega. La jueza llega a pedir que se acredite con el título que el hombre -que meses atrás le extendía licencias- es médico.

-Ella tendría que haberse inhabilitado, por lo menos -se queja hasta el día de hoy el doctor. Culpa a la entonces jueza de haberlo tenido preso todos esos meses y haberle negado la posibilidad de estar en Capuchinos.

Las cosas empiezan a desbocarse. La jueza Domínguez reparte citaciones: detectives, para que hablen de Patricio G. (“alto, buena pinta, él dijo que había sido militar pero era una bomba de tiempo, ya que entregaba algo pero por debajo hacía sus negocios”, dice uno de ellos); ex agentes de la CNI (“como intuición, podría decir que fue una vendetta de parte de traficantes”, opina Álvaro Corbalán). El propio Manuel Fuentes Cancino declara, y describe una nueva causa de muerte en el quintil siniestro de la población capitalina:

-Porque no pagan la droga, y por eso la matan a la gente.

El caso Lund navega sin rumbo fijo. Tanto, que ni siquiera es posible declarar muerto al traficante: no existe certeza al 100% de su identidad. El certificado de defunción no es sólo un problema administrativo: se transforma en broma macabra cuando el 11 de marzo de 1999 Lund sea declarado culpable de tráfico de drogas y Muñoz resulte absuelto. A esas alturas, el condenado lleva seis meses muerto.

Marzo de 2000: el caso Lund está estancado. Pero va a explotar.

LA MALDICIÓN

Partió como nada: el abogado de los hijos de Lund, Oscar Núñez, denunció una rareza que tildó de “irregularidades múltiples” que afectaban la investigación del homicidio. La principal, que Gloria Olivares se había llevado para la casa el expediente del asesinato, donde aparecía mencionado su hijo. A esa denuncia le siguieron la relación con el empresario hindú y sus vínculos con el doctor.

Al comienzo, la Corte no creyó y se cuadró con la jueza. Pero los antecedentes fueron sumándose, y el presidente de la Corte Suprema debió enviarlos a la Comisión de Ética. Cuando se reveló la visita de la jueza a Manuel Fuentes Cancino, la carrera de Gloria Olivares explotó. Ese día, la magistrado se desmayó en su casa.

Poco le duró el desánimo. Cuando en mayo la Suprema decidió exonerarla, la ministra tiró el mantel y pateó la mesa: dijo que otros y no ella debían estar en el banquillo de los acusados. ¿Quiénes? “Al menos cuatro ministros de la Corte Suprema y 20 de la Corte de Apelaciones”. No fue todo: denunció que abogados de narcotraficantes habían invitado a un ministro de la Suprema y a otro de la Corte de Apelaciones a Cuba durante un mes.

Envuelta en llamas, Gloria Olivares gritaba a todo pulmón el nombre de Luis Correa Bulo, entonces miembro de la Suprema.

Lo que siguió fue una guerra. Luis Correa Bulo, un hombre importante en la Corte, y clave en fallos relacionados con Derechos Humanos, aguantó dos investigaciones judiciales y una acusación constitucional antes de salir del Poder Judicial en forma humillante.

A Manuel Fuentes no le fue mejor: el narcotraficante, que había pasado desapercibido desde que saliera en libertad provisional y se mantenía con una condena aún sin ratificar, fue detenido por Investigaciones, acusado de asociación ilícita para traficar. Actualmente, se encuentra en muy malas condiciones de salud, víctima de una cirrosis hepática.

En junio de ese mismo año, Gonzalo Rojas murió de un paro cardíaco. Su cadáver fue cremado. Nunca declaró en el proceso. Su madre trabajó unos años en la municipalidad de Providencia. Creó una oficina de abogados pero enfermó. Actualmente está en su casa, enferma.

El doctor Lund acaba de salir de la cárcel. Está más viejo, algo más cansado. Ya no gasta como solía hacerlo. En unas semanas, el juzgado que dirige la investigación del asesinato se cerrará. Y teme que todo quede como está. Sigue pensando en quién mató a su hermano y no sabe decir cuándo fue que la vida de los dos mellizos empezó a derrumbarse con todo lo que los rodeaba:

-Éramos muy diferentes: las drogas están condenadas en todas partes del mundo, y el aborto sólo en países estúpidos como el nuestro… No sé si todo esto fue coincidencia o un maleficio. El tiempo cura pero es cómplice de los asesinos. Esta investigación está parada, alguien no deja que avance. Alguna vez alguien hablará y sabremos la verdad de lo que pasó con Jorge.

La pastora acorralada

Publicado: 17 octubre 2010 en Juan Luis Salinas
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Una mujer aimara, de grueso pelo negro, ojos pequeños y oscura piel manchada, mira al vacío y escucha su sentencia. Mientras la voz del juez comienza a leer la resolución del tribunal, en su cara no se dibuja gesto alguno.
Parece congelada, como si no respirara. A sus espaldas, sus abogados defensores, los fiscales y casi una veintena de asistentes –unos cuantos periodistas, varios representantes de organizaciones indígenas, los gendarmes encargados de custodiarla– esperan con ansiedad contenida el veredicto que definirá la suerte de la mujer que ahora agacha su mirada y empuña sus manos morenas de palmas resecas.
—Se condena a Gabriela del Carmen Blas, ya individualizada, a sufrir la pena de diez años y un día de presidio mayor en su grado medio por su participación en calidad de autora del delito de abandono de un menor de tres años en un lugar solitario, establecido en el artículo 349 del Código Penal en relación al artículo 351, acaecido el 23 de julio de 2007 y del que fue acusada el 27 de marzo de 2009.
La voz del juez Guillermo Rodríguez estremece la sala dos del Tribunal Oral en lo Penal de Arica. Pasa el mediodía, el silencio es completo.
Las facciones de Gabriela Blas –27 años, vestida una blusa blanca con una mariposa de lentejuelas y pantalón rojo– se sombrean con una mueca indefinida. Un gesto que se debate entre la decepción y el aturdimiento. Gabriela mira, entonces, a sus abogados, quienes tratan de mantener la calma para reconfortarla. Y, luego, los ojos de Gabriela enfrentan a los únicos familiares que la acompañan en la sala: su hermano Cecilio, un hombre moreno de figura menuda, y su tía, Celedonia, una mujer de sesenta años. Ambos bajan la cabeza cuando se encuentran con su mirada.
Ninguno de ellos llora. Gabriela tampoco.
Más tarde, esa ausencia de lágrimas será destacada por las crónicas y por los reportajes televisivos que informarán sobre su condena. Todos hablarán de su falta de emociones. De su frialdad. Pero esa noche, antes de dormir, en la privacidad de su celda en la cárcel de Acha, al sur de Arica, Gabriela, quien se bautizó en la religión evangélica, leerá la Biblia y pedirá perdón por su error.
—Me condenaron por algo que yo no he hecho, por eso estoy triste. Sé que por mi descuido, mi hijo Domingo Eloy se perdió y se murió, pero no fue mi intención. Yo no lo dejé botado ahí en el frío, me duele que crean eso –murmurará un mes después del fallo, a trastabillones y con voz casi imperceptible.
Entonces, sólo entonces, a lo largo de ésta su única entrevista, una lágrima caerá por la cara de Gabriela. Ella la secará con el puño de su chaleco. Lo hará con un movimiento rápido.

***

La desaparición. Faltaba un mes para que Domingo Eloy Blas cumpliera cuatro años cuando desapareció en la inmensidad del altiplano, en la estancia Caicone, en la comuna de General Lagos, cerca del volcán Tacora y del límite con Perú. Fue al atardecer del 24 de julio de 2007. En la sentencia se señala que el niño volvía de pastorear junto a Gabriela. Habían salido cerca de las seis de la mañana con un ganado de llamas y alpacas por las planicies verdosas que se extienden alrededor de la estancia  –cuatro casas de adobe, un corral de piedra y un pozo de agua– a la que habían llegado cuatro días antes.

A diferencia de la mayoría de las pastoras aimaras del sector, el piño de animales no le pertenecía a Gabriela. A ella la contrató su dueño por tres mil pesos diarios. Esa vez serían diez días de trabajo y ganaría treinta mil pesos, de los que pensaba mandarle una parte a Víctor, su hijo mayor, que vive con uno de sus tíos en Arica, y compraría lo necesario para Domingo. Su hija menor Claudia, de dos años, había sido entregada a un hogar de Conin en Arica. Gabriela no podía cuidarla ni mantenerla.
Ese día fue tranquilo. El sol iluminó tibio y el viento, que acostumbra a pegar fuerte en las alturas, estuvo calmo. Gabriela dice que cargó a Domingo en su aguayo durante las casi dos horas de caminata al lugar donde pastaron los animales. Ahí almorzaron su “tostado” (maíz) y escucharon música de una emisora peruana en la radio que cargaban. Conversaron sobre plantas y antes de volver a la estancia lo retó porque se encaramaba en las piedras.
No era la primera oportunidad que Gabriela salía con Domingo a pastorear. Dice que comenzó a hacerlo desde que tenía pocos meses, pero a medida que fue creciendo trató de dejarlo al cuidado de su hermana mayor o con su madre en su casa en Fondo Huayla, un sector apartado al interior de una quebrada cordillerana. Ninguna de las dos pudo cuidarlo esta vez. Su cuñado no lo permitió y su mamá estaba enferma. Aunque sabía que el esfuerzo era doble, partió con el niño. Domingo ya pesaba mucho y era más inquieto. Llevarlo –dice– tampoco era algo extraño. Ella, al igual que sus seis hermanos, pastorearon con su madre hasta los seis años. Y luego comenzó a hacerlo en solitario o acompañada de su hermana mayor.
Gabriela cuenta que todo sucedió repentinamente, que nada fue premeditado. A las dos de la tarde, antes de que la sombra comenzara a caer, relata que cargó a Domingo y se encaminó de vuelta hacia la estancia. Durante el trayecto se vino tejiendo, arreando a los animales y descansando en algunos lugares. En su última declaración, señala que se le hacía difícil llevar todo el tiempo al niño en sus espaldas.
—Cerca de las cinco, cuando faltaba un poco más de medio kilómetro, me di cuenta de que dos animales se habían alejado del ganado. Se habían quedado en una loma. Le dije: hijito, dos llamos quedaron atrás. ¿Me vas a esperar? Y lo dejé sentado ahí en el aguayo. Le dije que no se moviera, que yo apuradamente iría a buscar al resto, a la mamá y al matón (una hembra y su llamo pequeño). Antes de irme miré que estuviera abrigado y que no hubiera algún peligro cerca. No había ningún cruce de agua, ninguna quebrada, ni tampoco animales salvajes, pensé que estaría seguro.
Por su experiencia, Gabriela dirá después en su defensa, que lo más indicado era hacerlo así. Dirá, también, que su madre así lo había hecho con ella en su infancia. Además, contará que no podía dejarlo en la casa en la estancia, porque eso era más peligroso.
—Ahí había cuchillos, estaban los perros y restos de fuego.
Pero la experiencia no es infalible. Cuando Gabriela regresó, cerca de una hora después, el niño no estaba. Sólo quedaba el aguayo tirado en el suelo. Ella cuenta que desesperada bajó a la estancia a buscarlo, porque pensó que había vuelto a la casa. No lo encontró. Dejó los animales y regresó adonde lo había dejado. En su declaración final señala que empezó a seguir su huella. Dice que lo hizo entre las seis y las nueve de la noche. Que gritó su nombre.
Que subió y bajó tantas veces hasta que cayó la noche y el frío comenzó a recrudecer y el viento a correr fuerte.
Entonces volvió a la casa, a esperar el otro día para seguir buscando. Esa noche, dice que no pudo dormir, porque sabía que Domingo no sobreviviría.

***

La cárcel. Es jueves. Un pálido sol amarillo de fines de mayo ilumina la carretera que se extiende vacía y los cerros ondulantes que enfrentan a la cárcel de Acha en Arica, el recinto penitenciario de alta seguridad que se inauguró en el sur de Arica en 2000. Ahí, según cifras de Gendarmería de Chile, hay 2.400 internos.
Gabriela Blas está retenida en este centro –conformado por construcciones que parecen enormes cajas de hormigón pintadas de colores aún más apagados que el desierto– desde hace tres años y ocupa una pequeña habitación en uno de los módulos del sector femenino, donde hay 276 mujeres. La mitad tiene nacionalidad peruana o boliviana y cargos por tráfico de drogas. Celinda, la compañera de celda de Gabriela, es una peruana de origen quechua que cumple una condena por narcotráfico. Esta mujer convirtió a Gabriela a la religión evangélica y es la mejor compradora de los bordados que hace para juntar algo de dinero. Sus trabajos no tienen nada que ver con lo que aprendió a hacer en su infancia. Ahora borda insignias de clubes deportivos como el Colo-Colo o la Universidad de Chile. Los otros, los más étnicos, no se vendían.
Su vida en la cárcel no ha sido fácil. Cuando llegó, varias de las internas comenzaron a amenazarla porque “había matado a su hijo”, pero todo quedó en palabras. Además, durante ocho meses estuvo en un módulo de aislamiento, donde prácticamente no recibió visitas. Sólo a los fiscales y a sus defensores.
—Eso la llevó a una depresión y afectó su salud. Gabriela ha pasado toda su vida en el altiplano, en espacios abiertos, y estar encerrada todo el tiempo es impensable para ella –dice Inés Flores, la interventora cultural de la Defensoría de la Región de Arica y Parinacota, la mujer que la ayudó a entender los términos legales que le resultaban ininteligibles durante los casi tres años en que se investigó su caso.
Inés Flores –profesora de castellano-aimara, madre de dos hijos universitarios y casada con un historiador– se ha convertido en una de sus amigas más cercanas y en una de sus más férreas defensoras. Ella también es aimara, creció en el altiplano y durante su infancia pastoreó con su madre.
—He conversado con mi madre y ella me ha contado que lo que hizo Gabriela es una práctica habitual en situaciones determinadas. Existen textos aimaras que dicen que en ciertas regiones era costumbre amarrar a los niños a piedras, cuando la madre debía dejarlos solos para enfrentar una emergencia con su ganado, como rescatar a un animal que cayó a un pozo en los bofedales –dice, mientras caminamos hacia el módulo donde se realizará la entrevista.
—¡Gabriela Blas, visita! –grita la gendarme que nos escolta a la sección de Gabriela.
Tras una reja pintada de negro y por la que se ve parte de una cancha de fútbol, donde algunas internas conversan y suena una canción de Américo, aparece Gabriela vestida con un suéter beige a rayas y un pantalón de buzo café. Saluda apenas. Sus ojos se achican con el brillo del sol.
—¿Por qué estás vestida con esos colores? ¿Qué pasó con tus chalecos coloridos? –le pregunta Inés.
Gabriela sonríe nerviosa.
—Es la única ropa que puedo conseguir acá –dice.

***

El pastoreo. Después de los mapuches, el pueblo aimara es el grupo étnico cultural más representativo y numeroso de Chile. Su presencia traspasa las fronteras impuestas por las naciones, abarcando parte de Perú, Bolivia, el norte grande de Chile y el noreste argentino. Además de las técnicas ancestrales de la agricultura que mantienen, también se dedican a la ganadería.
Según el académico del Instituto de Investigación Arqueológico y del Museo San Pedro de Atacama de la Universidad Católica del Norte, Hans Gundermann, en el pastoreo altoandino de camélidos domésticos y ovejas, las mujeres siempre han jugado un rol laboral destacado. También los niños cuando ya están en edad de colaborar. Aunque los hombres tampoco se sustraen de la ganadería, solían y suelen estar ocupados en viajes para trabajar. En la actualidad, con la migración a la ciudad, el pastoreo lo realizan preferentemente mujeres mayores que permanecen al cuidado de animales propios, de la restante familia y de parientes.
Aunque el antropólogo evita hablar del caso específico de Gabriela, comenta que es normal que en el pastoreo extensivo en los altos Andes del norte, algunas madres deban dejar momentáneamente solo a un niño para atender circunstancias especiales.
—Ningún aimara quiere dejar solo a un niño, pero a veces se dan situaciones en que debe hacerse para resolver algo indispensable o apremiante. En otro contexto cultural, eso también se puede observar en las madres urbanas, especialmente en aquellas con menos recursos económicos, jefas de hogar, con hijos pequeños que atender y necesitadas de generar ingresos o abastecerse de medios de vida indispensables –dice Hans Gundermann.

***

Vida torcida. Hay historias que deberían ser simples, pero que extrañamente terminan siendo escritas con líneas torcidas. Algo así sucedió con Gabriela. Menor entre seis hermanos, su madre la dejó a cargo de una hermana hasta los nueve años de edad. Llegó hasta sexto básico y a los 16 años fue violada por un primo de su madre y quedó embarazada de su primer hijo. El niño, que vio la luz en Arica, nació con problemas de salud y lo dejó a cargo de su hermano mayor quien vive en un campamento en el sector del Agro en Arica. Luego trabajó un tiempo como mesera en un restaurante de Zapahuira, camino a Putre, y como temporera en el valle de Azapa. Allí conoció al padre de Domingo, un hombre que estaba casado y la dejó con el niño. Después de eso volvió a vivir con sus padres y retomó por un tiempo las labores de pastoreo que había desarrollado en su infancia. Fue entonces cuando quedó embarazada de Claudia, su tercera hija. El padre fue su hermano Cecilio, con quien desde mucho antes había iniciado una relación incestuosa, por la cual también fue procesada pero resultó sobreseída.
—No me gusta hablar de eso. Sé que no fue lo correcto, pero había cosas que por el aislamiento en que vivimos durante mucho tiempo no entendía y de las que ahora me arrepiento y pido perdón a Dios –dice Gabriela en la sala de conferencias de la cárcel de Acha. Y cierra el tema.
Afuera sigue sonando Américo.

Ella masculla una cita bíblica que deja a medias.

***

La denuncia. El letrero que está en la entrada del poblado de Coronel Alcérreca dice que en aquí viven 10 personas, que hay un retén de Carabineros y está ubicado a 3 mil 985 metros de altura. Pero esta mañana de viernes no se ve ningún rastro de sus habitantes. Por las calles de Coronel Alcérreca –ubicado a 15 kilómetros de la estancia Caicone, en la comuna de General Lagos– todo es desolación. Sus casas están abandonadas y el único residente, además de los tres carabineros y un perro que corretea entre las murallas de adobe que alguna vez fueron habitaciones, es Santa Choque, una mujer de 48 años, que pastorea un rebaño de veinte ovejas.
—Todos bajaron ayer en bus a Arica –masculla Santa mientras carga un corderito en sus brazos.
El marido de Santa, que vive en Arica porque debe dializarse diariamente, es primo de Gabriela y ella era una de las pocas personas que estaban en el lugar cuando la pastora llegó el 24 de julio de 2007 a denunciar la pérdida de su hijo al retén. Las otras eran la hermana de Gabriela, su cuñado, su sobrino y el profesor de la escuela, quien también era padrino de Domingo Eloy.
Ninguno de ellos la acompañó cuando realizó la denuncia. Ninguno tampoco la fue a visitar cuando los carabineros “la invitaron” –según dice la Defensoría– a quedarse en el calabozo del lugar y le tomaron sus primeras declaraciones por la desaparición del menor.
—Estuvo casi siete días detenida con distintas policías del sector, primero en Coronel Alcérreca, luego en Tacora y en Putre, donde la interrogaron sin la presencia de un abogado defensor. Y eso terminó atemorizándola e influyendo para que realizara declaraciones contradictorias –explica Viena Ruiz Tagle, abogada de la defensa y especialista en temas de criminología feminista y derecho antidiscriminatorio.
La abogada Ruiz Tagle reconoce que, en un comienzo, Gabriela dio versiones contradictorias a las policías y que eso sustentó la teoría para que el magistrado fallara en su contra y para que la acusaran de obstruir la búsqueda del menor. El fallo consigna que la pastora declaró, primero, que su hijo se le cayó del aguayo. Luego que un camionero se lo llevó a Bolivia, y después, que ella misma lo mató con un palo. Incluso, confesó haberle dado muerte a golpes por causas sentimentales. Todas estas declaraciones fueron desechadas después de la investigación y los Carabineros que la recibieron en Alcérreca fueron sancionados por no haberla puesto en manos del tribunal en el plazo legal.
En anteriores declaraciones a “El Mercurio”, la fiscal Javiera López, quien llevó la causa y declinó hablar para este reportaje porque se encuentra pendiente la vista de un recurso de nulidad presentado por la defensa, y la sentencia todavía no está ejecutoriada, todas “las circunstancias previas, coetáneas y posteriores al extravío demuestran la intención de la mujer de deshacerse de su hijo, exponiéndolo a fríos de -20º C”.
—Lo que pasó es que me puse nerviosa, no sabía que tenía derecho a guardar silencio y sólo quería que me dejaran tranquila. Ellos decían que si no hablaba, meterían presa a toda mi familia y no los vería nunca más –dice Gabriela para explicar sus contradictorias declaraciones.

***

La polémica. A Domingo Eloy lo encontró el pastor Fortunato Tapia el 2 de diciembre de 2008. Diecisiete meses después de su desaparición y luego de una infructuosa búsqueda realizada por Carabineros, el Ejército y la Municipalidad de General Lagos. El menor estaba en Palcopampa, cerca del retén de Tacora, a 13 kilómetros de la estancia Caicone. Su cuerpo estaba boca abajo, tenía parte de sus extremidades comidas por la fauna altiplánica y otras en proceso de momificación. La autopsia señaló que murió en una fecha cercana al día de su desaparición, que la causa fue el frío y que no tenía lesiones externas atribuibles a terceros.
Pero entonces Gabriela ya estaba en prisión preventiva. A medida que fue siendo investigado, su caso dividió a la opinión pública y a los organismos judiciales de Arica. El defensor Víctor Providel arguyó durante el juicio la necesidad de que el tribunal considerara el contexto cultural indígena que establece el artículo 9 del Convenio OIT, que rige desde 2009 en Chile. Todo un precedente. Ninguna defensa anterior en Chile había invocado este argumento en un caso similar.
—Desde el principio creí en su inocencia y en cada entrevista que le realizábamos nos dimos cuenta de que recordaba detalles que argumentaban nuestra postura. Y eso se reforzó con los peritajes, al estudiar la literatura de pastoras aimaras, su cultura. Gabriela actuó como lo hacen y han hecho centenares de pastoras de su comunidad. Lo ocurrido es un accidente similar a la muerte de un pequeño ahogado en la piscina de un hogar urbano –dice Víctor Providel en su oficina, mientras revisa el recurso de nulidad que tramita en la Corte Suprema.
Providel tiene fe. Pese a que el juez Guillermo Rodríguez, que presidió el tribunal, dijo al final del juicio que “Gabriela Blas tuvo una conducta anómala para una madre, independiente de su origen étnico. Las conductas aceptables que se refieren al cuidado que una madre debe dar a sus hijos en nada difieren a las de otras culturas”.
La opinión del Ministerio Público y la fiscal Javiera López concuerda. En una entrevista para “El Mercurio” después del juicio descartó que se vulneraran los derechos de la acusada en su calidad de indígena. “Los jueces examinaron su pertenencia a la cultura aimara, pero concluyeron que ello no altera su responsabilidad penal”.
La polémica aumentó cuando la defensora nacional, Paula Vial, aseguró públicamente que los jueces aplicaron cánones occidentales para examinar expresiones culturales indígenas.

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La esperanza. El pelo color cuervo de Gabriela brilla con la luz se cuela por las cortinas. Está sentada en la tarima de la sala de reuniones y comienza a responder en forma esquiva. Inés, la interventora cultural, la anima. Le pregunta si su tía Celedonia ha venido a verla.
—No. La espero para saber de mis hijos. Ella me trae noticias. La otra vez me dijo que mi hijo mayor estuvo enfermo y que mi niña está grande en el hogar de Conin.
Gabriela mira el suelo.
—Anoche tuve un sueño –dice repentinamente–. Estaba en un pozo lleno de arañas. Salía a la luz y encontraba unos zapatos que me quedaban grandes. Mi compañera de celda dice que creer en sueños va contra Dios, pero salir de un lugar oscuro es buena suerte. ¿No es cierto?

Los perros del barrio me delatan mientras me aproximo a la puerta de la casa. Sólo ayer llegué hasta esta misma puerta buscando a la madre de Jaime Cifuentes Salazar. Pero ella no me quiso hablar. Dijo que no creía lo que yo le anunciaba, que volviera al día siguiente con documentos y le contara cómo sucedió. Eso hago. Golpeo. Los perros me siguen ladrando. Ella se asoma.

Apenas entro a su casa me ofrece asiento y un vaso de jugo. Me lo entrega, se sienta en una mecedora y empieza a mirarme. Le hablo del calor, de lo linda que es su nieta que juega en un rincón. Su mirada transmite ansiedad y nerviosismo. Supongo que la mía también. En sus ojos hay también algo de miedo. Sentada, espera que le diga lo que probablemente no quiere escuchar.

¿Cómo decirle que Jaime Cifuentes Salazar murió hace más de un año, que estuvo 10 meses en el Servicio Médico Legal (SML), que lo autopsiaron, que lo diseccionaron unos estudiantes, que nadie se preocupó de avisarle, que nadie lo reclamó, que se deshicieron de él por “un tema sanitario y de espacio” y que cuando lo enterraron junto a otros 12 cuerpos nadie lo acompañó?

“Señora, su hijo está muerto”

La madre sigue allí sentada esperando. Y mientras la miro y ordeno una vez más la cronología de lo que ocurrió con su hijo, me doy cuenta de que otras mujeres pueden estar como ella: preguntándose dónde estará su hijo, su padre o su hermano, sin tener idea de que llevan días, meses y hasta años, muertos.

De las cerca de 85.500 muertes que ocurren al año en Chile según las cifras del Registro Civil, alrededor de 10.500 van a parar a las salas de autopsia del SML. Pero no hay estadísticas que hablen de la cantidad de cuerpos que esperan que alguien los reclame. Solamente en Santiago, al 14 de octubre había 77: de ellos, 28 identificados y 35 no reconocidos aún. Las cifras del resto del país comenzaron a recopilarse sólo después de que CIPER las solicitó y hasta hoy sólo han respondido 8 de los 37 SML provinciales.

Pero a la mamá de Jaime Cifuentes no le interesa todo eso. Ella quiere saber qué pasó con el menor de sus hijos, al que llamaban Junior. Y ahí está, sentada y esperando que yo se lo diga.

Saco de mi bolso los documentos: un artículo de un diario, una copia del informe de su autopsia, su registro en Dicom, su certificado de defunción… Y bebo un sorbo de jugo.

Le cuento que el nombre de Jaime apareció en un pequeño artículo publicado en El Mercurio el 10 de abril de este año, que hablaba de un entierro múltiple en el Cementerio General. El día anterior, 13 cuerpos llegaron hasta allí desde el SML de Santiago luego de pasar casi todo el 2007 sin ser reclamados. El más antiguo está ahí desde el 2001. Doce de ellos fueron identificados. Jaime estaba en esa nómina. Le explico que todos los cuerpos que ingresan tienen tres factores en común: tuvieron muertes imprevistas o violentas, sus decesos no han podido ser certificados y llegaron al SML por orden de un fiscal que investiga si hubo o no delito en sus muertes.

Ella escucha con atención sin dejar de mirarme.

También le digo que los cadáveres llegan en una camioneta del SML desde la calle, un hospital o una casa. Que pueden estar vestidos o desnudos. Que puede ser una anciana que sufrió un paro cardíaco, un joven que protagonizó una riña o un hombre que bebió hasta morir. Y que pueden entrar identificados o caratulados como N.N. Que luego pueden ser reclamados o quedar abandonados.

Que eso último fue lo que le ocurrió a su hijo.

Nadie los reclama

En promedio, el SML de Santiago recibe 10 cuerpos diariamente. Muchos permanecen allí hasta tres días, aunque en general sólo pasan 24 horas antes de salir por la puerta de avenida La Paz, donde sus familiares los esperan. Al llegar se ve a grupos de mujeres que lloran y se abrazan mientras algunos hombres caminan de un lado a otro y otros más jóvenes, con muecas de impaciencia, fuman uno, dos, tres cigarrillos. También hay unos pocos niños que corretean sin entender mucho lo que ocurre. Todos esperan a la víctima de un accidente, una enfermedad o un asesinato, para poder cumplir con el rito atávico de enterrar a los suyos.

Pero Jaime Cifuentes no tuvo un funeral ritual. Murió en un accidente el 2 de junio de 2007 y su cuerpo permaneció 10 meses en una cámara del SML, refrigerado a -4ºC, el sitio destinado a los muertos que nadie quiere y donde sólo hay lugar para 112 cuerpos. De los 77 que permanecían hasta el 14 de octubre en las cámaras del SML sin ser reclamados, el que llevaba más tiempo llegó hace siete años. El último llevaba sólo unas horas esperando.

Según el artículo 139 del Código Sanitario, “ningún cadáver podrá permanecer insepulto por más de 48 horas, a menos que el Servicio Nacional de Salud lo autorice, o cuando haya sido embalsamado o se requiera practicar alguna investigación de carácter científico o judicial”. Pero sólo el fiscal puede autorizar su salida.

-En muchos casos nadie los reclama a pesar de estar reconocidos. Entonces, el SML no les da “cristiana sepultura”. Permanecen en una lenta espera hasta que la mitad de las cámaras se llena. En ese momento un funcionario (del SML) le pide al fiscal que certifique que ha entregado el cuerpo para efectos de disponer -cuenta Leonardo De la Prida, fiscal jefe de la Fiscalía Centro Norte.

Existen tres formas de “disponer”: enterrarlo en el Cementerio General, incinerarlo o, en caso de que alguna universidad lo solicite -y que cumpla los requisitos-, se le entregue para su estudio.

Le informo a la madre que lo primero, enterrarlo en el Patio 129 del Cementerio General, fue lo que se hizo con su hijo y los otros 12 cuerpos que nadie reclamó. Sin dejar de mirarme, ella dice: “¿Y cómo murió?”. La mayor de sus hijas, que acaba de llegar, la apoya con sus ojos. Les muestro el certificado de defunción. La madre lo revisa, lee “electrocución” y se contiene. Vuelve a mirarme y dice que ahora entiende cómo murió, que más tarde me lo dirá, que primero le cuente lo que sé.

Y empiezo mi relato con lo que hace sólo unos días me dijo el único testigo de su muerte.

La muerte del joven sin papeles

Luis Cárdenas es dueño de una confeccionadora de ropa de trabajo en Independencia. Recuerda muy bien cómo conoció a Jaime Cifuentes y también cada detalle de lo que ocurrió aquel 2 de junio de 2007, el día de su cumpleaños y que terminó presenciando la muerte de Jaime:

Lo conocí un domingo que fui a La Vega, más o menos un mes antes de mi cumpleaños. Jaime tenía una imagen precaria, pero se notaba que no era una persona de la calle. Hablaba bien, no usaba palabras en coa así que me dio buena impresión. Medía alrededor de 1,65 ó 1,70 metros, era más bien delgadito, de pelo castaño claro, ojos verdes, piel blanca. Vestía una parka azul oscura y un blue jeans que ya estaba bastante ajado.

Ahí en La Vega me lo presentó un muchacho que había trabajado conmigo. Le pregunté a qué se dedicaba. Me dijo que andaba cesante y tenía problemas; que era de Los Ángeles, que había dejado su trabajo como vigilante, que no lo habían finiquitado, que le debían plata y que estaba prácticamente en la calle. Dormía en una hospedería de General Velásquez donde pagaba $2.000 por noche. Le pregunté si tenía una especialidad.

-No -me contestó-, la verdad es que las veces que he trabajado en Santiago ha sido de guardia en alguna empresa, pero especialidad no tengo. Le agradecería si usted pudiera darme una manito.

Le dije que vería qué podía hacer. Le pregunté si tenía su carnet de identidad y certificado de antecedentes. Pero no. Me dijo que un día se quedó dormido en la hospedería y le robaron la mochila. La cosa es que pasó el tiempo y me olvidé del tema. Un día pasaba por el costado de la Catedral, cuando lo vi sentado allí donde se instalan los peruanos. A esa altura se veía que estaba bastante deteriorado porque ya tenía mucho más sucia la ropa. Y era la misma que la otra vez.

-Hola, compadre, ¿cómo está? -le dije.

-Nada, aquí estamos, mal. No me ha ido bien. He estado complicado con el tema del trabajo.

-¿Y tus papeles? ¿No has podido hacer algo? Cargar en La Vega, lo que sea para salir de esa situación.

-No, está complicado, porque en La Vega son grupos que se juntan y no dejan entrar a cualquiera… Ya no tengo plata para pagar la hospedería…

Así que le pedí que me ayudara a construir una pared en mi casa. Podía hacerlo solo, pero lo invité por una cuestión humanitaria. Le iba a pagar $20.000. A los pocos días me llamó y el 2 de junio llegó, con la misma parka y el mismo blue jeans.

Empezamos a trabajar como a las 11:00. Ya tenía todo bastante avanzado: terminé el molde de madera y le dije que se preocupara de la mezcla. Mientras trabajábamos, él decía que iba a sacar sus papeles y que con eso iba a encontrar algo. Estaba súper entusiasmado: no le alcanzaba a pedir una cosa y él ya estaba corriendo. Le pregunté si tenía polola o si era casado. Me dijo que no, que nada, aunque me pareció que se tiró por el desvío. Era muy hermético con sus cosas. Incluso pensé que tenía antecedentes y le daba vergüenza reconocerlo. Cuando me lo encontré en Catedral le pregunté por su familia.

-¿Sabe, don Luis? A mí no me gusta que me pregunten sobre mi vida privada-, me contestó en seco. Nunca más le pregunté…

Ya listos el molde y la mezcla, le dije que tenía que llenar el balde, pasármelo y yo iría rellenando. En un momento me di cuenta que la carga no avanzaba, que había una fuga, así que entré a arreglarlo. De repente, escuché un grito fuerte. Me asusté. Salí y lo vi de pie y temblando en medio de la mezcla con agua y con una galletera eléctrica en las manos. Me desesperé. Me tiré encima de él pero la corriente me tiró para atrás. Me paré de nuevo y tiré del cable para desenchufar la máquina. Y ahí cayó. Se quejaba, le costaba respirar. Traté de hacerle primeros auxilios: se estabilizó un poco, pero se quejaba mucho. Me decían que llamara a la ambulancia, pero convencí a una vecina de que lo lleváramos de inmediato al hospital J. J. Aguirre, que estaba a sólo tres cuadras.

Apenas entramos a la unidad de urgencia los médicos se llevaron a Jaime a un box donde empezaron la resucitación. Yo estaba como despegado del suelo…La cosa es que como a la hora me llaman. Me alivié: pensé que ya lo habían estabilizado.

-Mire señor, el joven no pudo resistir -me dijo el doctor.

Hasta allí le transmito a la madre paso por paso el relato que me hizo Luis Cárdenas de la muerte de Jaime Cifuentes. Pero ella sigue mirándome sin hacer comentario alguno.

Le digo que a las 17:15 de ese sábado 2 de junio, su hijo murió. Que unos carabineros llegaron hasta el hospital para tomarle declaración a Luis Cárdenas; que el testigo de la muerte de su hijo trató de recuperar el cuerpo para enterrarlo; que no pudo porque había una investigación en curso en la fiscalía. En mayo de este año lo intentó de nuevo: le dijeron que ya lo habían retirado. Creyendo que había sido su familia, se quedó tranquilo y se olvidó del asunto. Hasta que CIPER lo contactó y supo que a Jaime nunca lo reclamaron.

La madre y su hija me siguen mirando. Les digo que Luis Cárdenas no logra entender por qué Jaime tomó la galletera porque no la estaban usando. Sólo entonces la madre habla. Dice que lo conocía lo suficiente como para estar segura de que lo hizo a propósito. Que ya lo había hecho antes…

Entonces la madre se decide y abre la compuerta de la otra vida de Jaime Cifuentes.

Junior se fue

El 30 de mayo de 1998 Jaime Cifuentes Salazar se iba a graduar de su servicio militar en Los Ángeles. La madre y su esposo estaban invitados a la ceremonia. Jaime había pasado el último año trabajando en la lechería y el rancho del regimiento. Tenía 22 cicatrices en la cabeza -que quedaron al descubierto cuando lo raparon- y las manos agrietadas. Algunos le decían Jimmy, otros Jaimito, pero como su papá -jubilado de Carabineros- tiene el mismo nombre, en su casa le decían Junior. Y el día de su graduación como conscripto, Junior no recibió la visita de sus padres. No pudieron viajar. En los días siguientes los padres esperaron su regreso. No llegó. Pasaron más días, semanas, meses. Nada. Siguieron esperando.

La verdad, no se extrañaron mucho. Él solía desaparecer sin avisar. Partía con lo que tenía puesto -muchas veces sin documentos- para luego aparecer sin anunciarse: nunca pudieron controlarlo.

La madre dice que ya cuando su hijo tenía dos años, no podía ni darse vuelta porque el niño desaparecía. Luego sigue recordando y cuenta que años más tarde Jaime se subía al techo de la casa y también a los eucaliptos en una parcela que tenían en Isla de Maipo: “Amarraba una cuerda y se lanzaba desde los árboles balanceándose a lo Tarzán”. Una vez tomó el arma de su padre y disparó dentro de su habitación: la bala le pasó junto a la cabeza después de rebotar en la pared. Ese fue el segundo tiro porque más tarde le contó a una tía que el primero lo disparó apuntando a su frente. “Mirando el hoyito”, le dijo. Se salvó porque el padre siempre dejaba el arma con el primer tiro vacío.

A los 10 años se amarró una toalla al cuello y se colgó de la barra de la ducha “para saber lo que sentían las personas que se ahorcaban”. Cuando salía, se colgaba de las micros y cuando jugaba con autos deportivos de juguete, decía que de grande le encantaría tener uno igual para manejarlo rápido y “chocar fuerte, pero que no me duela”.

-Le encantaba llevar las cosas al límite. Era temerario -recuerda su hermana.

La mamá de Jaime reconoce que todos en la casa estaban pendientes del hijo menor, que todo giraba a su alrededor y que ella estuvo “en un 95% para él y sólo un 5% para los demás”. Por eso, cuando no volvió después de terminar el servicio militar, ella lo empezó a buscar. Por paraderos, por estaciones de buses, por calles de Santiago y de Los Ángeles. No lo encontró. Meses después supo por una tía que Junior había vuelto al regimiento.

A los militares les dijo que en su casa no lo querían, que su madre era su madrastra y que le había intentado disparar, que lo habían maltratado toda su vida, que no tenía hogar. “Todos le creyeron”, dice la madre.

Jaime y sus mentiras

En la casa de Jaime todos recuerdan sus dotes de actor. Su mamá cuenta que un día en que Jaime debía estar en el colegio, lo encontró sentado en la puerta de un almacén con un pedazo de pan en la mano. Había estado todo el día ahí sentado. Se lo llevó a la casa y al llegar, cuando le abrió la mochila, descubrió que estaba llena de panes.

-Decía que no tenía comida, que no lo alimentaban en su casa y pedía pan. A todos los convenció. Le encantaba dar la apariencia de no ser querido por la familia. Y era el que más recibía…

-Y se manejaba muy bien. Era muy bueno para vender la pomada y quedar como el pobrecito -acota su hermana.

De adolescente, Jaime siguió siendo hiperactivo y muy despreocupado, dice la madre. Tampoco se bañaba. Pero la mayor de sus dos hermanas logró hacerlo cambiar: le enseñó a cuidarse, a echarse gel en el pelo y a vestir bien. Otro problema era que se gastaba toda la plata que tenía a su alcance en golosinas y juegos electrónicos. Cuando lo mandaban a comprar a la esquina, demoraba más de una hora y volvía contando que le habían robado o que había perdido la plata.

Después de llevarlo al psiquiatra, descubrieron que Junior era mitómano. Años más tarde, otro profesional le diría a la madre que, por sus características, podría ser esquizofrenia.

Dos años estuvo Junior fuera del hogar. Cuando regresó ya tenía una hija, aunque dijo que no la veía desde hacía un tiempo. El reencuentro con su familia fue breve. Al cabo de unos meses, volvió a partir.

-Lo que quería era vivir, llevar otra vida -dice su madre.

Y para avalar sus dichos la madre dice que Jaime nunca tuvo proyectos. De niño se interesó por las faenas agrícolas -de ahí que haya entrado a la lechería en el regimiento- y estuvo en un colegio especializado en Los Ángeles. Pero en segundo medio lo abandonó y ya no quiso estudiar más. Su idea era vagar. En una de sus idas y venidas al hogar, contó que pasó un año recorriendo el país con el circo Las Águilas Humanas. Nunca supieron si fue verdad.

Cuando su hija tenía poco más de un año, recién su familia la conoció. Ella y su madre se fueron a vivir junto a la familia de Jaime. Él las acompañó un tiempo, pero volvió a desaparecer. Después, ellas también se fueron. Supieron que trabajó de copero en distintos restaurantes, de guardia en otras tantas empresas, pero nunca tenía dinero. Dormía en pensiones. Siempre la madre lo buscaba. Una vez lo ubicó en una pensión y cuando llegó a verlo, Junior ya se había ido. No sólo nadie sabía nada de su paradero, sino que había dejado deudas. La madre pagó y siguió buscándolo.

La última vez que la madre lo vio fue hace cuatro años. Junior pasó un tiempo en la casa familiar, pero la madre confiesa que la situación ya la había hartado. Le dijo que no le iba a pasar más plata. Y ocurrió lo mismo que cuando era un niño. No estaba enojado, sólo dijo “chao” y salió con lo puesto. Junior nunca volvió.

Era diciembre. Al finalizar ese mes llegó a la casa una carta anunciando que lo habían despedido por no volver al trabajo. Sus hermanas dicen que después -no recuerdan bien cuándo- lo volvieron a ver en la calle. Él se escondió. Nunca más supieron de él.

-Toda mi vida pensé que iba a terminar mal. De cada diez cosas que hacía, sólo una era buena -dice la madre.

“No me extraña, él era así”

Le pido a la madre que me diga por qué dijo saber cómo murió cuando leyó su certificado de defunción.

-Porque él era así. Lo más probable es que haya tomado la herramienta y se haya metido a la mezcla de adrede para saber qué se siente. Sólo que no esperaba que el golpe de corriente fuera tan fuerte. Jaime era muy inteligente, pero también muy tonto -dice.

La madre también tiene nuevas dudas. Quiere saber si vi su foto, si estoy seguro de que el cuerpo del muerto era Jaime. Le digo que sí, que vi la imagen en la carpeta del SML, la de la autopsia… “No siga…, no siga, no diga nada más”, dice.

Ya oscureció. Antes de partir le digo que su tumba es la 713 en el patio 129 del Cementerio General. Su madre dice que lo dejará ahí mismo. Desde atrás, la hermana dice que tienen que discutirlo.

Me voy con la promesa de no incluir sus nombres en mi reportaje y sabiendo que no les dije lo que no querían escuchar: que en el SML lo abrieron una vez para su autopsia; que lo volvieron a abrir unos estudiantes universitarios; que después de certificar que en su muerte no había delito, lo dejaron botado; que nadie se hace responsable de no haberles avisado; que su sepultura es una de las más abandonadas del patio 129.