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Los perros del barrio me delatan mientras me aproximo a la puerta de la casa. Sólo ayer llegué hasta esta misma puerta buscando a la madre de Jaime Cifuentes Salazar. Pero ella no me quiso hablar. Dijo que no creía lo que yo le anunciaba, que volviera al día siguiente con documentos y le contara cómo sucedió. Eso hago. Golpeo. Los perros me siguen ladrando. Ella se asoma.

Apenas entro a su casa me ofrece asiento y un vaso de jugo. Me lo entrega, se sienta en una mecedora y empieza a mirarme. Le hablo del calor, de lo linda que es su nieta que juega en un rincón. Su mirada transmite ansiedad y nerviosismo. Supongo que la mía también. En sus ojos hay también algo de miedo. Sentada, espera que le diga lo que probablemente no quiere escuchar.

¿Cómo decirle que Jaime Cifuentes Salazar murió hace más de un año, que estuvo 10 meses en el Servicio Médico Legal (SML), que lo autopsiaron, que lo diseccionaron unos estudiantes, que nadie se preocupó de avisarle, que nadie lo reclamó, que se deshicieron de él por “un tema sanitario y de espacio” y que cuando lo enterraron junto a otros 12 cuerpos nadie lo acompañó?

“Señora, su hijo está muerto”

La madre sigue allí sentada esperando. Y mientras la miro y ordeno una vez más la cronología de lo que ocurrió con su hijo, me doy cuenta de que otras mujeres pueden estar como ella: preguntándose dónde estará su hijo, su padre o su hermano, sin tener idea de que llevan días, meses y hasta años, muertos.

De las cerca de 85.500 muertes que ocurren al año en Chile según las cifras del Registro Civil, alrededor de 10.500 van a parar a las salas de autopsia del SML. Pero no hay estadísticas que hablen de la cantidad de cuerpos que esperan que alguien los reclame. Solamente en Santiago, al 14 de octubre había 77: de ellos, 28 identificados y 35 no reconocidos aún. Las cifras del resto del país comenzaron a recopilarse sólo después de que CIPER las solicitó y hasta hoy sólo han respondido 8 de los 37 SML provinciales.

Pero a la mamá de Jaime Cifuentes no le interesa todo eso. Ella quiere saber qué pasó con el menor de sus hijos, al que llamaban Junior. Y ahí está, sentada y esperando que yo se lo diga.

Saco de mi bolso los documentos: un artículo de un diario, una copia del informe de su autopsia, su registro en Dicom, su certificado de defunción… Y bebo un sorbo de jugo.

Le cuento que el nombre de Jaime apareció en un pequeño artículo publicado en El Mercurio el 10 de abril de este año, que hablaba de un entierro múltiple en el Cementerio General. El día anterior, 13 cuerpos llegaron hasta allí desde el SML de Santiago luego de pasar casi todo el 2007 sin ser reclamados. El más antiguo está ahí desde el 2001. Doce de ellos fueron identificados. Jaime estaba en esa nómina. Le explico que todos los cuerpos que ingresan tienen tres factores en común: tuvieron muertes imprevistas o violentas, sus decesos no han podido ser certificados y llegaron al SML por orden de un fiscal que investiga si hubo o no delito en sus muertes.

Ella escucha con atención sin dejar de mirarme.

También le digo que los cadáveres llegan en una camioneta del SML desde la calle, un hospital o una casa. Que pueden estar vestidos o desnudos. Que puede ser una anciana que sufrió un paro cardíaco, un joven que protagonizó una riña o un hombre que bebió hasta morir. Y que pueden entrar identificados o caratulados como N.N. Que luego pueden ser reclamados o quedar abandonados.

Que eso último fue lo que le ocurrió a su hijo.

Nadie los reclama

En promedio, el SML de Santiago recibe 10 cuerpos diariamente. Muchos permanecen allí hasta tres días, aunque en general sólo pasan 24 horas antes de salir por la puerta de avenida La Paz, donde sus familiares los esperan. Al llegar se ve a grupos de mujeres que lloran y se abrazan mientras algunos hombres caminan de un lado a otro y otros más jóvenes, con muecas de impaciencia, fuman uno, dos, tres cigarrillos. También hay unos pocos niños que corretean sin entender mucho lo que ocurre. Todos esperan a la víctima de un accidente, una enfermedad o un asesinato, para poder cumplir con el rito atávico de enterrar a los suyos.

Pero Jaime Cifuentes no tuvo un funeral ritual. Murió en un accidente el 2 de junio de 2007 y su cuerpo permaneció 10 meses en una cámara del SML, refrigerado a -4ºC, el sitio destinado a los muertos que nadie quiere y donde sólo hay lugar para 112 cuerpos. De los 77 que permanecían hasta el 14 de octubre en las cámaras del SML sin ser reclamados, el que llevaba más tiempo llegó hace siete años. El último llevaba sólo unas horas esperando.

Según el artículo 139 del Código Sanitario, “ningún cadáver podrá permanecer insepulto por más de 48 horas, a menos que el Servicio Nacional de Salud lo autorice, o cuando haya sido embalsamado o se requiera practicar alguna investigación de carácter científico o judicial”. Pero sólo el fiscal puede autorizar su salida.

-En muchos casos nadie los reclama a pesar de estar reconocidos. Entonces, el SML no les da “cristiana sepultura”. Permanecen en una lenta espera hasta que la mitad de las cámaras se llena. En ese momento un funcionario (del SML) le pide al fiscal que certifique que ha entregado el cuerpo para efectos de disponer -cuenta Leonardo De la Prida, fiscal jefe de la Fiscalía Centro Norte.

Existen tres formas de “disponer”: enterrarlo en el Cementerio General, incinerarlo o, en caso de que alguna universidad lo solicite -y que cumpla los requisitos-, se le entregue para su estudio.

Le informo a la madre que lo primero, enterrarlo en el Patio 129 del Cementerio General, fue lo que se hizo con su hijo y los otros 12 cuerpos que nadie reclamó. Sin dejar de mirarme, ella dice: “¿Y cómo murió?”. La mayor de sus hijas, que acaba de llegar, la apoya con sus ojos. Les muestro el certificado de defunción. La madre lo revisa, lee “electrocución” y se contiene. Vuelve a mirarme y dice que ahora entiende cómo murió, que más tarde me lo dirá, que primero le cuente lo que sé.

Y empiezo mi relato con lo que hace sólo unos días me dijo el único testigo de su muerte.

La muerte del joven sin papeles

Luis Cárdenas es dueño de una confeccionadora de ropa de trabajo en Independencia. Recuerda muy bien cómo conoció a Jaime Cifuentes y también cada detalle de lo que ocurrió aquel 2 de junio de 2007, el día de su cumpleaños y que terminó presenciando la muerte de Jaime:

Lo conocí un domingo que fui a La Vega, más o menos un mes antes de mi cumpleaños. Jaime tenía una imagen precaria, pero se notaba que no era una persona de la calle. Hablaba bien, no usaba palabras en coa así que me dio buena impresión. Medía alrededor de 1,65 ó 1,70 metros, era más bien delgadito, de pelo castaño claro, ojos verdes, piel blanca. Vestía una parka azul oscura y un blue jeans que ya estaba bastante ajado.

Ahí en La Vega me lo presentó un muchacho que había trabajado conmigo. Le pregunté a qué se dedicaba. Me dijo que andaba cesante y tenía problemas; que era de Los Ángeles, que había dejado su trabajo como vigilante, que no lo habían finiquitado, que le debían plata y que estaba prácticamente en la calle. Dormía en una hospedería de General Velásquez donde pagaba $2.000 por noche. Le pregunté si tenía una especialidad.

-No -me contestó-, la verdad es que las veces que he trabajado en Santiago ha sido de guardia en alguna empresa, pero especialidad no tengo. Le agradecería si usted pudiera darme una manito.

Le dije que vería qué podía hacer. Le pregunté si tenía su carnet de identidad y certificado de antecedentes. Pero no. Me dijo que un día se quedó dormido en la hospedería y le robaron la mochila. La cosa es que pasó el tiempo y me olvidé del tema. Un día pasaba por el costado de la Catedral, cuando lo vi sentado allí donde se instalan los peruanos. A esa altura se veía que estaba bastante deteriorado porque ya tenía mucho más sucia la ropa. Y era la misma que la otra vez.

-Hola, compadre, ¿cómo está? -le dije.

-Nada, aquí estamos, mal. No me ha ido bien. He estado complicado con el tema del trabajo.

-¿Y tus papeles? ¿No has podido hacer algo? Cargar en La Vega, lo que sea para salir de esa situación.

-No, está complicado, porque en La Vega son grupos que se juntan y no dejan entrar a cualquiera… Ya no tengo plata para pagar la hospedería…

Así que le pedí que me ayudara a construir una pared en mi casa. Podía hacerlo solo, pero lo invité por una cuestión humanitaria. Le iba a pagar $20.000. A los pocos días me llamó y el 2 de junio llegó, con la misma parka y el mismo blue jeans.

Empezamos a trabajar como a las 11:00. Ya tenía todo bastante avanzado: terminé el molde de madera y le dije que se preocupara de la mezcla. Mientras trabajábamos, él decía que iba a sacar sus papeles y que con eso iba a encontrar algo. Estaba súper entusiasmado: no le alcanzaba a pedir una cosa y él ya estaba corriendo. Le pregunté si tenía polola o si era casado. Me dijo que no, que nada, aunque me pareció que se tiró por el desvío. Era muy hermético con sus cosas. Incluso pensé que tenía antecedentes y le daba vergüenza reconocerlo. Cuando me lo encontré en Catedral le pregunté por su familia.

-¿Sabe, don Luis? A mí no me gusta que me pregunten sobre mi vida privada-, me contestó en seco. Nunca más le pregunté…

Ya listos el molde y la mezcla, le dije que tenía que llenar el balde, pasármelo y yo iría rellenando. En un momento me di cuenta que la carga no avanzaba, que había una fuga, así que entré a arreglarlo. De repente, escuché un grito fuerte. Me asusté. Salí y lo vi de pie y temblando en medio de la mezcla con agua y con una galletera eléctrica en las manos. Me desesperé. Me tiré encima de él pero la corriente me tiró para atrás. Me paré de nuevo y tiré del cable para desenchufar la máquina. Y ahí cayó. Se quejaba, le costaba respirar. Traté de hacerle primeros auxilios: se estabilizó un poco, pero se quejaba mucho. Me decían que llamara a la ambulancia, pero convencí a una vecina de que lo lleváramos de inmediato al hospital J. J. Aguirre, que estaba a sólo tres cuadras.

Apenas entramos a la unidad de urgencia los médicos se llevaron a Jaime a un box donde empezaron la resucitación. Yo estaba como despegado del suelo…La cosa es que como a la hora me llaman. Me alivié: pensé que ya lo habían estabilizado.

-Mire señor, el joven no pudo resistir -me dijo el doctor.

Hasta allí le transmito a la madre paso por paso el relato que me hizo Luis Cárdenas de la muerte de Jaime Cifuentes. Pero ella sigue mirándome sin hacer comentario alguno.

Le digo que a las 17:15 de ese sábado 2 de junio, su hijo murió. Que unos carabineros llegaron hasta el hospital para tomarle declaración a Luis Cárdenas; que el testigo de la muerte de su hijo trató de recuperar el cuerpo para enterrarlo; que no pudo porque había una investigación en curso en la fiscalía. En mayo de este año lo intentó de nuevo: le dijeron que ya lo habían retirado. Creyendo que había sido su familia, se quedó tranquilo y se olvidó del asunto. Hasta que CIPER lo contactó y supo que a Jaime nunca lo reclamaron.

La madre y su hija me siguen mirando. Les digo que Luis Cárdenas no logra entender por qué Jaime tomó la galletera porque no la estaban usando. Sólo entonces la madre habla. Dice que lo conocía lo suficiente como para estar segura de que lo hizo a propósito. Que ya lo había hecho antes…

Entonces la madre se decide y abre la compuerta de la otra vida de Jaime Cifuentes.

Junior se fue

El 30 de mayo de 1998 Jaime Cifuentes Salazar se iba a graduar de su servicio militar en Los Ángeles. La madre y su esposo estaban invitados a la ceremonia. Jaime había pasado el último año trabajando en la lechería y el rancho del regimiento. Tenía 22 cicatrices en la cabeza -que quedaron al descubierto cuando lo raparon- y las manos agrietadas. Algunos le decían Jimmy, otros Jaimito, pero como su papá -jubilado de Carabineros- tiene el mismo nombre, en su casa le decían Junior. Y el día de su graduación como conscripto, Junior no recibió la visita de sus padres. No pudieron viajar. En los días siguientes los padres esperaron su regreso. No llegó. Pasaron más días, semanas, meses. Nada. Siguieron esperando.

La verdad, no se extrañaron mucho. Él solía desaparecer sin avisar. Partía con lo que tenía puesto -muchas veces sin documentos- para luego aparecer sin anunciarse: nunca pudieron controlarlo.

La madre dice que ya cuando su hijo tenía dos años, no podía ni darse vuelta porque el niño desaparecía. Luego sigue recordando y cuenta que años más tarde Jaime se subía al techo de la casa y también a los eucaliptos en una parcela que tenían en Isla de Maipo: “Amarraba una cuerda y se lanzaba desde los árboles balanceándose a lo Tarzán”. Una vez tomó el arma de su padre y disparó dentro de su habitación: la bala le pasó junto a la cabeza después de rebotar en la pared. Ese fue el segundo tiro porque más tarde le contó a una tía que el primero lo disparó apuntando a su frente. “Mirando el hoyito”, le dijo. Se salvó porque el padre siempre dejaba el arma con el primer tiro vacío.

A los 10 años se amarró una toalla al cuello y se colgó de la barra de la ducha “para saber lo que sentían las personas que se ahorcaban”. Cuando salía, se colgaba de las micros y cuando jugaba con autos deportivos de juguete, decía que de grande le encantaría tener uno igual para manejarlo rápido y “chocar fuerte, pero que no me duela”.

-Le encantaba llevar las cosas al límite. Era temerario -recuerda su hermana.

La mamá de Jaime reconoce que todos en la casa estaban pendientes del hijo menor, que todo giraba a su alrededor y que ella estuvo “en un 95% para él y sólo un 5% para los demás”. Por eso, cuando no volvió después de terminar el servicio militar, ella lo empezó a buscar. Por paraderos, por estaciones de buses, por calles de Santiago y de Los Ángeles. No lo encontró. Meses después supo por una tía que Junior había vuelto al regimiento.

A los militares les dijo que en su casa no lo querían, que su madre era su madrastra y que le había intentado disparar, que lo habían maltratado toda su vida, que no tenía hogar. “Todos le creyeron”, dice la madre.

Jaime y sus mentiras

En la casa de Jaime todos recuerdan sus dotes de actor. Su mamá cuenta que un día en que Jaime debía estar en el colegio, lo encontró sentado en la puerta de un almacén con un pedazo de pan en la mano. Había estado todo el día ahí sentado. Se lo llevó a la casa y al llegar, cuando le abrió la mochila, descubrió que estaba llena de panes.

-Decía que no tenía comida, que no lo alimentaban en su casa y pedía pan. A todos los convenció. Le encantaba dar la apariencia de no ser querido por la familia. Y era el que más recibía…

-Y se manejaba muy bien. Era muy bueno para vender la pomada y quedar como el pobrecito -acota su hermana.

De adolescente, Jaime siguió siendo hiperactivo y muy despreocupado, dice la madre. Tampoco se bañaba. Pero la mayor de sus dos hermanas logró hacerlo cambiar: le enseñó a cuidarse, a echarse gel en el pelo y a vestir bien. Otro problema era que se gastaba toda la plata que tenía a su alcance en golosinas y juegos electrónicos. Cuando lo mandaban a comprar a la esquina, demoraba más de una hora y volvía contando que le habían robado o que había perdido la plata.

Después de llevarlo al psiquiatra, descubrieron que Junior era mitómano. Años más tarde, otro profesional le diría a la madre que, por sus características, podría ser esquizofrenia.

Dos años estuvo Junior fuera del hogar. Cuando regresó ya tenía una hija, aunque dijo que no la veía desde hacía un tiempo. El reencuentro con su familia fue breve. Al cabo de unos meses, volvió a partir.

-Lo que quería era vivir, llevar otra vida -dice su madre.

Y para avalar sus dichos la madre dice que Jaime nunca tuvo proyectos. De niño se interesó por las faenas agrícolas -de ahí que haya entrado a la lechería en el regimiento- y estuvo en un colegio especializado en Los Ángeles. Pero en segundo medio lo abandonó y ya no quiso estudiar más. Su idea era vagar. En una de sus idas y venidas al hogar, contó que pasó un año recorriendo el país con el circo Las Águilas Humanas. Nunca supieron si fue verdad.

Cuando su hija tenía poco más de un año, recién su familia la conoció. Ella y su madre se fueron a vivir junto a la familia de Jaime. Él las acompañó un tiempo, pero volvió a desaparecer. Después, ellas también se fueron. Supieron que trabajó de copero en distintos restaurantes, de guardia en otras tantas empresas, pero nunca tenía dinero. Dormía en pensiones. Siempre la madre lo buscaba. Una vez lo ubicó en una pensión y cuando llegó a verlo, Junior ya se había ido. No sólo nadie sabía nada de su paradero, sino que había dejado deudas. La madre pagó y siguió buscándolo.

La última vez que la madre lo vio fue hace cuatro años. Junior pasó un tiempo en la casa familiar, pero la madre confiesa que la situación ya la había hartado. Le dijo que no le iba a pasar más plata. Y ocurrió lo mismo que cuando era un niño. No estaba enojado, sólo dijo “chao” y salió con lo puesto. Junior nunca volvió.

Era diciembre. Al finalizar ese mes llegó a la casa una carta anunciando que lo habían despedido por no volver al trabajo. Sus hermanas dicen que después -no recuerdan bien cuándo- lo volvieron a ver en la calle. Él se escondió. Nunca más supieron de él.

-Toda mi vida pensé que iba a terminar mal. De cada diez cosas que hacía, sólo una era buena -dice la madre.

“No me extraña, él era así”

Le pido a la madre que me diga por qué dijo saber cómo murió cuando leyó su certificado de defunción.

-Porque él era así. Lo más probable es que haya tomado la herramienta y se haya metido a la mezcla de adrede para saber qué se siente. Sólo que no esperaba que el golpe de corriente fuera tan fuerte. Jaime era muy inteligente, pero también muy tonto -dice.

La madre también tiene nuevas dudas. Quiere saber si vi su foto, si estoy seguro de que el cuerpo del muerto era Jaime. Le digo que sí, que vi la imagen en la carpeta del SML, la de la autopsia… “No siga…, no siga, no diga nada más”, dice.

Ya oscureció. Antes de partir le digo que su tumba es la 713 en el patio 129 del Cementerio General. Su madre dice que lo dejará ahí mismo. Desde atrás, la hermana dice que tienen que discutirlo.

Me voy con la promesa de no incluir sus nombres en mi reportaje y sabiendo que no les dije lo que no querían escuchar: que en el SML lo abrieron una vez para su autopsia; que lo volvieron a abrir unos estudiantes universitarios; que después de certificar que en su muerte no había delito, lo dejaron botado; que nadie se hace responsable de no haberles avisado; que su sepultura es una de las más abandonadas del patio 129.

Jonathan no tiene tatuajes

Publicado: 30 noviembre 2009 en Roberto Valencia
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El cuarto alguna vez fue blanco. Es un cuadrado casi perfecto, tres por tres. La puerta es de metal, negra y maciza, como si se quisiera esconder algo valioso. La ventana, alargada y estrecha, con barrotes. Entra poca luz. El moblaje es mínimo, solo una camilla oscura con apoyabrazos y cinturones que permite suponer que aquí hubo muertos.

Las únicas tres condenas a muerte por inyección letal que se han ejecutado en América Latina se consumaron en esta salita de la Granja Modelo de Rehabilitación Pavón, en Guatemala. Un tal Manuel Martínez fue el primero, el 10 de febrero de 1998. Además de autoridades, periodistas y un pastor evangélico, su agonía la vieron a través de un cristal renegrido la esposa –con quien había contraído matrimonio unas horas antes– y los tres hijos de la pareja. Una familia completa reunida en el Módulo de la Muerte para ver morir al padre condenado por un séptuplo homicidio.

Más de una década después, otra familia se reúne en el mismo lugar. La forman un pandillero llamado Neck –el rostro tatuado, 36 años de condena–, la esposa, la hija y Jonathan, el hijo que quiere ser como su papá. Como Pavón permite a las visitas quedarse el fin de semana, raro es el sábado en el que no duermen los cuatro sobre el mismo colchón en un cuarto contiguo al de la camilla.

Pero hoy es miércoles y Jonathan no ha venido. A esta hora, cuarto para la 1, debe de estar preparándose para ir a clases. Estudia quinto grado. Acaba de cumplir 13 años y ya le sombrea el bigotillo. Es un muchacho despierto, de mirada fija y locuaz, con una voz que le ha desarrollado más que el cuerpo. Su profesora dice que es muy bueno dibujando.

—Y vos que sos del Barrio –pregunto a Neck–, ¿no te llegaría que Jonathan también lo fuera?
—Preguntáselo a ella –señala con la mirada a su esposa–, a ver qué te dice.
—Es un problema que tenemos, porque a Jonathan le llama mucho la atención ser 18, igual que su papá. Incluso se pinta en las piernas el 1 y el 8.

Jonathan no tiene tatuajes.

*

Su ficha en la Dirección General del Sistema Penitenciario asegura que nació un día 13, en septiembre de 1979. Pero Neck no siempre fue Neck. Durante 13 años se llamó Erick Gerardo Vallecillo Alarcón, sin más, el menor de tres hermanos, hijo de una alcohólica llamada Blanca Inés y de un padre de cuyo nombre no quiere acordarse.

Neck nació sin tatuajes.

Su primera casa –hogar es demasiado cálido– estaba en Guamilito, un céntrico barrio de San Pedro Sula. Después de saber de lo que ha sido capaz, cuesta imaginarse a Neck con camisita celeste y pantaloncitos gris plomo, su uniforme en la escuela José Trinidad Cabañas. Cuesta imaginarlo como un niño que sumó y restó, rió, traveseó, beisboleó, soñó. Todo eso duró demasiado poco. En 1992 su madre murió. Su padre se alcoholizó aún más. Lo corrieron de casa. Y se tiró a la calle. Ya solo podía prosperar.

Erick Gerardo cayó en la colonia Francisco Morazán, la Mora. Allí estaba bien parada la pandilla Barrio 18, y no había cumplido los 14 cuando ya caminaba con ellos. Con los meses, afloró la fidelidad hacia los dos números, lo golpearon durante 18 segundos y lo rebautizaron: Neck.

La nueva vida ofrecía ventajas. Se movía dinero y el dinero movía todo lo demás: la comida, el alcohol, las prostitutas, la marihuana, el techo. Y había hermandad. Una vez cayó preso y un par de homeboys (compañeros de la pandilla) lo rescataron. Lo hicieron cuando lo trasladaban a pie hacia unos tribunales. Llegaron, cuadraron a los agentes y los amarraron con sus mismas esposas. Ni siquiera hubo que asesinarlos.

Problemas con la justicia fueron los que lo obligaron a dejar su hogar en San Pedro Sula. Siempre protegido por los dos números, durante dos años estuvo rebotando entre Honduras, El Salvador y Guatemala, donde en el año 2000 lo condenaron a 21 años de prisión por homicidio en grado de tentativa, robo agravado y amenazas. Los minutos se hicieron horas; y las horas, días.

El odio a muerte entre el Barrio 18 y Mara Salvatrucha (MS-13) suena eterno, pero comenzó a inicios de los noventa. Ambas son de la zona sur del condado de Los Ángeles (Estados Unidos), ambas rinden tributo a la Mafia Mexicana, y ambas llevan con orgullo el número 13 que las identifica como sureñas. En esa su guerra fratricida, de hecho, ha habido treguas, como las que aún mantienen en las cárceles estadounidenses; entonces se dice que se corre el Sur. Pero Centroamérica es otra historia. El 15 de agosto de 2005 la Mara Salvatrucha extendió su guerra con el Barrio 18 a los únicos lugares de Centroamérica donde aún se mantenía el pacto de no agresión: los centros penales de Guatemala. Se rompió el Sur, y Neck lo vivió en carne propia en una cárcel llamada El Infiernito.

—Ese día solo los locos del Barrio fuimos los paganos, ¿mentendés?

A plena luz del día se le acercaron dos y con un cuchillo hechizo le abrieron el cuello y la cabeza una y otra y otra vez. Neck terminó siendo un número más en el balance oficial de 35 muertos y 80 heridos –casi todos dieciocheros– que resultó de ese primer día de guerra abierta.

Se recuperó a tiempo. El 22 de octubre 19 presos de El Infiernito se escaparon por un túnel de 120 metros que cavaron en 10 meses bajo el piso. Fue la fuga más sonada de la última década, en la que los fugados incluso dejaron escrito en la pared un mensaje para ridiculizar al Gobierno. Neck fue uno de esos 19.

El escándalo propició que se elaborara una baraja de cartas con los rostros y se repartiera entre los policías. A Neck lo recapturaron el 7 de noviembre en los suburbios de Ciudad de Guatemala.

—Ese día, ¿mentendés? Estaba así, impaciente por querer salir, y todavía le pregunté a una bicha: ¿no hay juras? No, me dice. Ah, entonces voy a traer el fusil (un AK-47). Yo llevaba 30 tiros, ¿va? para el AK, ¿mentendés? Porque lo tenía a cargo, ¿mentendés? Yo ahora he cambiado bastante, pero era del pensar de que no me iban a agarrar vivo, ¿mentendés? Porque laneta, si yo iba a morir, me iba a llevar a por lo menos tres o cuatro puercos conmigo, ¿mentendés? Pues sí, yo iba para la casa del homeboy, y como a media cuadra me cuadraron dos juras. Que si la hacen bien, si hubiera entrado en la casa, ahí hubieran encontrado no solo el AK, ¿mentendés? Y yo hubiera tenido una gran bronca encima, hasta con el Barrio, ¿mentendés?

De nada sirvió la baraja. A pesar de que estaba más cerca de los 30 que de los 20, la cédula que el Barrio le facilitó y su aire juvenil lograron que durante tres días uno de los más buscados permaneciera detenido pero anónimo en un centro para menores de edad. Cuando las autoridades al fin se enteraron de que era el Neck, hubo un motín para evitar el traslado. Lo tuvo que sacar el Ejército.

El balance de la fuga fueron 17 días de libertad, una mano huesuda tatuada en el rostro y un XVIII en la frente, 15 años más de condena por evasión y transporte de armas de fuego y una mal disimulada sensación de arrogancia.

Desde entonces está encerrado.

*

Jonathan es muy bueno dibujando. Le fascina, dice Silvia Henríquez Orozco, su profesora de quinto grado en la escuela pública donde estudia. Por lo demás, se le atragantan casi todas las materias, con frecuencia falta a clases, y cuando asiste raro es que no se le haya olvidado algún cuaderno. En julio lo cambiaron de grupo porque fotografió debajo de la falda de una compañera con un teléfono celular.

Los dibujos que hace no son paisajes ni flores ni familias felices ni santaclaus. Le gusta dibujar calaveras, letras y números góticos y una mano huesuda y con largas uñas que tiene el dedo índice extendido y los otros cuatro retorcidos para formar un ocho.

En la escuela de Jonathan no saben que el padrastro es pandillero, que su condena concluye en el año 2036 y que esa mano huesuda que tanto dibuja es un íntimo tributo a Neck y a todo lo que representa.

*

Brigitte De la Hoz nació en 1981 hija de un policía y de Delmi Castro. Su padre es hoy apenas un recuerdo; murió cuando tenía 3 años. Su madre es poco más que una voz distante y unos dólares remesados; cuando enviudó, huyó hacia Estados Unidos. Sin padre ni madre, Brigitte y su hermana menor se criaron con una tía abuela a la que comenzaron a llamar Mamá Corina.

Su niñez la pasó en La Chácara, una colonia marginal donde el Barrio 18 tenía y tiene presencia, pero su sentimiento hacia los dos números se quedó nomás en la simpatía. Sin padres y con un carácter como el suyo, Brigitte se propuso tomar desde muy joven las riendas de su vida, y la consecuencia fue su maternidad precoz: con 15 años ya había parido a Jonathan; con 16, a Susana. Pero ni siquiera esto suavizó su temperamento, sus malas palabras, su propensión a la violencia. Mamá Corina, que es un pedazo de pan, cree que solo ella la aguanta.

—Solo yo la aguanto porque ¡ja! la Brigitte tiene un carácter…

La persona con la que se casó en 2007 también la aguanta, a su manera. Pero antes está 2006, un año convulso. Lo inició encarcelada. Había estado presa ya, otras cuatro veces, entradas siempre de menos de siete días. Esta vez fueron casi cuatro meses.

—¿Y por qué, si puedo preguntar?
—Porque le volé un pedazo de cabeza a una chava y le corté todo el cuello con un espejo.
—¿Y ella murió?
—No, gracias a Dios que no.

En marzo recobró la libertad. Pero al poco ella y Jonathan y Evelyn Susana y Mamá Corina tuvieron que dejar La Chácara. El cuñado de Brigitte asesinó a una persona y creyeron que irse era lo mejor. Se trasladaron a Chinautla, en la zona norte de la capital. Recién instalados supo del asesinato de la que era su pareja hasta entonces. El año no suspiró sin un nuevo ingreso en la cárcel, esta vez como visitante.

*

Neck y Brigitte se conocieron en el Preventivo para Hombres de la Zona 18 a finales de 2006. Ella llegó vestida de luto: falda negra, suéter negro. Acababa de morir su pareja. Su estancia en la cárcel obedecía nomás al deseo de acompañar a su hermana menor, que visitaba al padre de sus hijos. Neck y Brigitte cruzaron miradas.

Brigitte lo contará así:
—Llegamos al penal a ver a mi cuñado. Y cuando vi que él pasó… a mí sí me gustó desde que lo vi, y donde se dio la vuelta y le vi el tatuaje de la cara. ¡Ihhh…! Pero si es 18, sí ¿va? Y cabal, vi que era 18. Y en la misma me dijo mi hermana: mirá quién está ahí, el chavo de los tatuajes en la cara. ¿Y lo conocés?, le dije ¿Y no es el que salió en la tele, el que se hizo pasar por menor?, me dijo.

Neck lo contará así:
—El cuñado de ella la anduvo ofreciendo, que ya estaba soltera, ¿mentendés? Que iba a venir una cuñada a verlo, y al que más miedo tenían en el sector era a mí. Y llegó y dijo hey, que va a venir mi cuñada, va a venir mi cuñada.

Brigitte se convirtió en la haina de Neck. Así llaman en la pandilla a la pareja de un pandillero cuando ella no es miembro activo.

Pero cuando está delante de otras personas le dice esposa. Entendido. Porque ella es su esposa.

Neck y Brigitte se casaron en el mismo penal en que se habían conocido cuatro meses atrás. Sucedió el 14 de febrero de 2007. Los casó un pastor evangélico, en un día de visita.

—Ni cuarto nos dieron –dirá él.
—Ajá –asentirá ella.

*

Ingresar en Pavón resultó menos complicado que lo que creía. Apenas un cacheo superficial, sin escáneres ni perros ni aparatos de esos que se alteran cuando sienten el metal cerca. Podría haber entrado con un par de gramos de cocaína en el bolsillo y nadie se habría dado cuenta.

Hoy es un miércoles nublado de julio, día de visita. A este lado de la puerta principal hay pegados a las vallas un centenar de internos que esperan a una madre, a una esposa, a unos hijos. Detrás, a cien metros, están las oficinas administrativas, un edificio estirado y de una sola altura con una torre alta y acristalada a la mitad. Parece un aeropuerto de provincias.

Gustavo Cifuentes –pequeño, compacto, piel clara, pelo negro– saluda a diestra y siniestra. Gustavo es una de esas personas cuya biografía no cabría en un libro. Con 38 años encima, es un pandillero calmado del Barrio 18 al que todos conocen como Mish, su viejo nombre de guerra. Le entregó tanto al Barrio que pudo salirse de la pandilla sin bronca. Es generoso, extrovertido y le gusta bromear cuando está contento. Ahora trabaja para la Asociación para la Prevención del Delito (APREDE) y para el Ministerio de Cultura y Deportes. Desde esas dos trincheras lucha por un imposible: mejorar las condiciones de los conocidos que tiene dentro de los penales y evitar que los de afuera que están a un paso de convertirse en delincuentes lo den.

Sin Mish habría sido imposible conocer –conocer– a Neck.

Entre el gentío junto a la puerta de entrada reconozco la mano huesuda en el rostro debajo de una cachucha. Me acerco. Tiene cara de marido preocupado.

—Ahora no, carnal, que no quieren dejar entrar a… –su voz se aleja con él, que intenta buscar un mejor lugar para saber qué está pasando.

Afuera del penal, en la fila de entrada para las visitas, arranca un tumulto. Desde adentro comienzan los sueltalaijoeputa, los dejenlapasar. Parece como si se organizara un linchamiento. El detonante resulta ser Brigitte, que ahora grita con lágrimas en los ojos, sin saber contra quién descargar su furia.

Hace unos minutos, cuando bajaba del taxi que la trajo, vio que se llevaban detenida a su hermana menor porque en el registro le habían hallado unas botellas de alcohol. Iracunda, se abalanzó como una leona sobre la agente que la escoltaba y le lanzó un manotazo en el rostro. Tuvieron que detenerla entre tres custodios. Por ese arrebato luego no querían dejarla entrar.

Pero la visita se respeta en Pavón, es sagrada, y desde adentro se ve lo que ocurre en la fila de ingreso; por eso arrancó el tumulto, que solo se calma cuando permiten el ingreso de Brigitte y de todo lo que trae: comida, una mesa playera y unas sillas verdes de plástico.

Cuando más tarde la veo, sigue preocupada por lo de su hermana. Es la primera vez que nos saludamos y que puedo mirarla con detenimiento. No es muy alta y tiene el pelo y los ojos de un negro intenso. Carga unas libras de más, pero las mueve con sensualidad, como una buena bailarina de samba; tiene 28 años y la redondez aún le sienta bien. Ahora viste jeans y unas botas altas con tres dedos de tacón. Va escotada, una o dos tallas menos en el brasier, para que se vea bien su nombre tatuado en su pecho. Para Neck, Brigitte es la mujer más bonita del mundo.

Ha venido sola, sin Jonathan.

*

Juan Francisco Escobar está sentado en una silla fuera del cuarto en el que duerme. Es un tipo enorme, con barba, el pelo amarrado y largo. Antes de dedicarse al narcotráfico había sido paracaidista, de las fuerzas especiales. Escobar juega con un mapache, su mascota. Lo enrabia, lo agarra con su manota por el cuello y lo agita como si fuera un trapo. Se llama Tuco. Dice que los mapaches son buena compañía, que ayudan a sobrellevar, que los consigue en un plis-plas cuando tiene un comprador.

—Si querés uno, te lo vendo por 100 quetzales (unos 12 dólares). Los estoy dando por 150 o 200, pero a ti te haría precio. Dame 100 ahora y te lo tengo para cuando vengás.

Estamos dentro de la Granja Modelo de Rehabilitación Pavón.

La revista Gatopardo publicó un artículo sobre Pavón en marzo de 2007. El llamado de portada era “La prisión donde mandaban los presos”. Así, en pasado. La nota narraba cómo a finales de 2006 más de 3,000 policías y soldados con tanquetas, ametralladoras y helicópteros ejecutaron el Operativo Pavo Real. El Gobierno vendió la idea de que todo regresaría a su cauce, de que Pavón volvería a ser un penal en el que las autoridades autorizan y los presos obedecen. Fue todo un golpe de efecto. Su promotor, el director del Sistema Penitenciario, Alejandro Giammattei, oficializó pocas semanas después su candidatura a la Presidencia. Como consecuencia de la avalancha mediática orquestada que acompañó al operativo, Pavón conserva aún hoy una imagen de que el Gobierno tiene el sartén por el mango. Nada más lejos de la realidad.

Comparada con otras cárceles, Pavón es generosa con sus internos: sus cifras no indican hacinamiento, disponen de una radio interna, de talleres y tierras de cultivo, y se permiten visitas tres días por semana, con posibilidad incluso de que los familiares se queden los sábados. Los presos caminan a sus anchas y hay decenas de tiendas de comida, billares, milpas, un auditorio y una cancha de fútbol. También hay una regla no escrita que compromete a asesinos, narcotraficantes y violadores con una máxima: la visita se respeta. El resultado de ese orden, impuesto por los propios internos, es un aparente clima de tranquilidad.

—Hay muchas mujeres que cuando vienen de visita se ponen las joyas al entrar y se las quitan al salir –dice satisfecho Noel de Jesús Beteta, uno de sus internos más famosos.

Pero de esa sensación a que el Estado tenga absoluto control hay un abismo. En los tres días que pude ingresar, además de que me intentaran vender un mapache, presencié consumo de marihuana y crack, me invitaron a tomar chicha, y comprobé que disponer de un teléfono celular es tan sencillo como tener un cepillo de dientes.

*

Está endiabladamente bien hecha y es como un imán. Se la mandó tatuar como mecanismo de defensa, para que no lo reconocieran cuando se fugó de El Infiernito. Por más que uno lo intente, cuesta dejar de mirar esa mano huesuda con forma de 18 tatuada en la cara. La tiene en su lado derecho. Nace de la yugular y se extiende sobre su pómulo con textura, profundidad y detalle. El dedo índice llega hasta encima de la ceja; y el dedo gordo, hasta los labios. Alguien podría considerarla una obra de arte, pero para él es una condena a ser inconfundible, a ser dieciochero a perpetuidad. Neck es un hombre pegado a una mano huesuda.

—¿Y tiene algún significado especial?
—Mala suerte, ¿mentendés? –responde, una manera de decirme que deje de preguntar, que no conviene hablar de los tatuajes.

Pienso en que Jonathan debe de dibujar realmente bien, como dice su maestra, si es capaz de replicar esta mano huesuda en sus cuadernos.

Hace más de una hora que los custodios nos encerraron en el Módulo de Aislados de Pavón, el sector en el que están algunos de los prisioneros más peligrosos y/o inadaptados de todo el penal. Casi todos son del Barrio 18 o de su entorno. Mish se ha echado a dormir, y ahora estoy con Neck y Brigitte sentado alrededor de la mesa de plástico verde. Ella pregunta la hora –faltan minutos para mediodía–, y pide permiso para levantarse y comenzar a preparar la comida. Al poco regresa, y deja un repollo sobre la mesa, justo delante de Neck.

—No me lo vayas a deshojar todo –eleva la voz Brigitte, y sigue con lo suyo sobre una repisa que le sirve de mesa de cocina.

Neck me ofrece otro vaso de naranjada, y continúa con su vida. La conversación está resultando amena y fluida, como si agradeciera el simple hecho de que alguien se haya molestado en preguntar. Decide liarse un puro. Conseguirlos aquí adentro es tan sencillo como disponer de 2 quetzales ($0.25). Lo ofrece. Neck conserva ese rasgo de ruralidad que lo empuja a uno a compartir lo que tiene, por poco que sea.

—…entonces tiré el arma, ¿mentendés? –divaga Neck.
—Mirá, Gordo –interrumpe Brigitte, casi un grito–, necesito aquel traste verdecito, porfa. Ah, y me traés una cebolla también, porfa.
—Va.
—Una así –extiende sus dedos–, más o menos, porque va a servir para la ensalada y para el chirimol.

Lo llama Gordo nomás por molestar. Neck mide en torno al metro setenta y cinco, pero es delgado como cebollín. Si dejamos a un lado los tatuajes, es bien parecido, un cazador. Tiene una cara simétrica, imberbe, la sonrisa como gesto dominante y de cada una de sus orejas cuelga un arete. El pelo le gusta llevarlo corto, lo justo para tapar las marcas en su cabeza. Su cuello está también surcado por cicatrices y en el brazo derecho tiene un balazo calibre 22. Pese a sus 30 años de vida y 10 en prisión, conserva un aire adolescente en su mirada, en su vestir y en su caminar.

—…pues ese día –retoma la plática y el repollo cuando regresa con el traste– perdimos una nueve milímetros, una Baby Glock, ¿va? Porque uno cuando…
—¡Todo me lo deshojaste ya, vos! –grita Brigitte, el enojo en la mirada– ¡Medio repollo vamos a hacer!

Neck calla y me mira cómplice, como pidiéndome disculpas. No replica. Se levanta y sale a buscar la cebolla.

*

Los internos lo conocen como el Módulo de Aislados o simplemente el Módulo. Se trata de la estructura que el Gobierno de Guatemala construyó en 1997 para aplicar la inyección letal. Además del cuarto cuadrado tres por tres con la única camilla para inyecciones letales de América Latina, se construyeron una serie de salas adicionales: una amplia y acristalada para presenciar la ejecución; otra para que el reo pasara sus últimas horas; otra más como confesionario; otra chiquita para el verdugo… Y como si se avergonzaran, lo edificaron alejado de todo, en una esquina de Pavón, y lo rodearon con un muro gris de siete metros de altura. Entre 1998 y 2000 ejecutaron a tres: Manuel, Luis Amílcar y Tomás. La estructura luego cayó en desuso hasta inicios de 2008, cuando se rehabilitó para volver a recibir a condenados a muerte. Se pintó y se reacondicionó, pero la aplicación de la pena máxima volvió a congelarse. Entonces, alguien tuvo la idea de convertirlo en el lugar de confinamiento para presos problemáticos.

Para ingresar al Módulo hay que llamar a los custodios que están en la entrada del penal, a más de cien metros. Llegan, abren la puerta, se entra, ellos se van y cierran la puerta con llave. Mish es bien recibido aquí porque casi todos son del Barrio 18, como él, y por cosas como esta: cuando ayer vinimos por primera vez, trajimos cuatro gallinas vivas. Despescuezaron de inmediato a dos para el almuerzo.

De los diez que están estos días de julio solo cuatro pueden salir y moverse por el resto de Pavón. Neck es uno de los privilegiados. Por eso y también por las visitas constantes. Rara es la semana en la que Brigitte no llega al penal tres días. Los hijos, Jonathan y Evelyn Susana, llegan los fines de semana.

—¿Y qué haces con tu familia cuando te visita?
—Salimos –dice Neck– y vamos arriba, al campo, jugamos un cacho, hacemos algo de comer… Y nos venimos a dormir ya un poquito tarde, para que no se aburran tanto aquí adentro, ¿mentendés?

Una familia se esfuerza por tener vida al interior de este edificio que el Estado guatemalteco construyó para matar.

*

Huele a carne frita, suena a carne friéndose. Brigitte cocina en el pasillo. Lo hace sobre una resistencia eléctrica incrustada en medio bloque de concreto. Neck continúa hablando, sentado y con los brazos cruzados, en este cuarto del Módulo que hace las veces de vestíbulo. Ya me ha convencido con creces de que los delitos por los que está condenado son una fracción mínima de todo lo que ha hecho en su vida.

—Por decírtelo así, no te pueden comprobar nada, ¿mentendés? ¿Cómo te lo van a comprobar si no te han encontrado en el hecho?

Brigitte llega con un pequeño plato blanco en su mano, y sobre el plato, una moronga humeante. Por la cara que pone Neck debe de ser uno de sus platos favoritos. Brigitte se sienta a la par de su esposo, le sujeta la mano que no usará para comer, y se la comienza a acariciar. Pregunto si han pensado en tener algún hijo. “En esas vueltas ando”, dice Neck, la boca llena. Si de elegir se trata, prefiere que sea varón, como Jonathan.

De la nada aparece Mish. Se apoya en el vano y se dirige a Neck.

—Llecuneva hocunoras encerracunado, ¿no puecuneden sacunacar a Cocunoco un racunato?
—No, no… No. Ahí que se quede, carnal. El vato ahí que se quede, mucha plancha ya.

Mish no insiste. Da media vuelta y desaparece rumbo hacia las celdas. Ante mi gesto de desconcierto, Neck explica que con esas palabrejas le ha pedido que dejen libre un rato a Coco, uno de los internos del Módulo al que los demás han encerrado bajo llave. Los pandilleros operan aquí adentro igual que afuera, con rígidas normas de disciplina interna.

Brigitte, sin ser pandillera activa, también ha entendido todo lo que dijo Mish.

La jerigonza se la volveré a escuchar en distintas situaciones durante los próximos días. Se trata de un sistema de comunicación entre pandilleros, compartido por dieciocheros y por salvatruchos, que garantiza intimidad en presencia de oídos extraños. Más preocupante que conocer o no lo que dicen, pienso, es el hecho de nunca antes haber tenido referencia alguna sobre este sistema, ni en libros o investigaciones supuestamente especializadas. Me pregunto cuánto se han molestado las sociedades centroamericanas en conocer el fenómeno de las maras.

Parecunece que pocunoco.

*

Las noches que Brigitte pasa separada de su esposo transcurren en Tierra Nueva I, una colonia en el área metropolitana de Ciudad de Guatemala. Pertenece al municipio de Chinautla, pero está más volcada hacia Mixco. Ahí vive desde hace tres años junto a sus hijos y a Mamá Corina.

La colonia no tiene mayores secretos. Es una carretera principal asfaltada y decenas de calles polvosas que salen de forma perpendicular y que lo llevan a uno a la escuela, al estadio de fútbol, al mercadito. A ambos lados de cada una de esas arterias, una casa tras otra, de bloque y tejado de lámina la mayoría, sin parques, sin árboles. La escuela de parvularia tiene en su muro un gran mural que dice En el alma del niño sembramos las doradas semillas del bien. Pero a pesar de esta siembra, Tierra Nueva I, como casi todo Mixco, es tierra de pandillas. Y Jonathan tiene 13 años.

—¿Y está fuerte el Barrio en Tierra Nueva? –pregunté a Brigitte.
—Sí, pero gracias a Dios mis hijos no salen a la calle. De la escuela para la casa; y cuando no, en la casa de su tía pasan.

Mamá Corina tiene 81 años, el pelo blanco como la espuma y lucidez de sobra. Nunca se casó ni tuvo hijos, pero intentó criar a Brigitte y su hermana, y ahora hace lo propio con Jonathan y su hermana. Mamá Corina desde hace años mira a su alrededor, y en su propia casa se siente como la última de una estirpe.

—Antes no era así. Mi papá jamás –y remarca el jamás– trató mal a mi mamá. Cuando murió, mi mamá mi dijo que fue un hombre que nunca le dijo ni babosa.

Ahora se queja de que Brigitte es muy enojada, de que levanta seguido la mano a sus hijos, de que Jonathan pega a su hermana, de que la hermana pega a Jonathan…

Los cuatro viven hacinados en un mesón. Alquilan por 500 quetzales ($60) al mes una pieza sin ventanas de apenas 5 por 4 metros. El baño es compartido con los vecinos. Algunas celdas del Módulo son más grandes que el cuarto en el que viven.

*

—No confío en nadie. He visto a muchos compadres asesinar a sus mismos compadres, ¿mentendés? Por una mujer, por varas, por vicio… Incluso adentro del Barrio ya no confío en nadie, ¿mentendés? Porque hasta tu homeboy… Si vos vas para arriba, ¿mentendés? Existe aquello de… ¡la maldita envidia! ¿Mentendés?

Es lo que me respondió Neck hace un rato, justo antes de sentarnos a almorzar. Le había preguntado si no tiene algún homeboy al que considera un buen amigo.

Su familia es desde hace meses el único pilar emocional para sobrellevar el encierro, aunque quizá no sea él quien más se esté beneficiando de la relación. Brigitte ha conseguido una figura paterna para sus hijos, sobre todo para Jonathan. Neck se ha convertido en un referente al que escucha y al que llama papá cuando no tendría por qué hacerlo. Hay sintonía.

Brigitte lo cuenta mientras recoge platos después del almuerzo. Se calla cuando aparece en el Módulo el director del penal, David Barillas, que asumió el cargo hace un par de meses. Tiene 37 años, pero parece mayor, quizá por su evidente sobrepeso. Es moreno y viste informal: camisa de botones, pantalón, tenis. Lo acompaña un joven agente uniformado y de gesto serio del Sistema Penitenciario.

Mish aprovecha para proponer una idea: que la dirección permita a los internos del Módulo montar una pequeña granja de conejos. Neck y Brigitte tienen su propia propuesta: instalar un puesto de venta de comida arriba, junto al resto de puestos. Brigitte cocina realmente rico, de eso se gana la vida. El director Barillas escucha con aparente atención, asiente y les invita a que envíen las propuestas por escrito, una manera elegante de evadir el tema.

En unas semanas tendré la oportunidad de preguntar al ministro de Cultura y Deportes, Jerónimo Lancerio, si cree en la rehabilitación. Responderá como un político: “Si bien es cierto que el porcentaje de personas que logran una reinserción social completa es bajo, todos los reclusos tienen el derecho a la oportunidad de rehabilitarse para retomar su puesto en la sociedad productiva y así mejorar sus condiciones de vida y las de sus familias”. Retomar su puesto en la sociedad, dice.

Salimos del Módulo con el director Barillas poco antes de las 2 de la tarde. El matrimonio se queda adentro. A ella espero verla mañana en Tierra Nueva I, pero sé que pasará tiempo hasta que vuelva a ver a Neck.

*

Han transcurrido más de seis semanas desde mi última visita al Módulo. Aquí adentro ha habido cambios. La milpa que rodea el edificio está pidiendo ser doblada y junto a la entrada hay una mata de güisquil que florea. Ya no son 10 sino 13, y el aumento ha obligado a ocupar como dormitorio el cuarto cuadrado tres por tres de las inyecciones. A la camilla le han arrancado la parte acolchada para ablandar el suelo sobre el que uno de los nuevos duerme.

En el penal el director ya no es David Barillas.

También encuentro distinto a Neck. La mano huesuda sigue en su sitio, cautivadora siempre, pero él luce demacrado, el pelo más largo y desordenado, los ojos hinchados como solo los hinchan las lágrimas o el crack. Parece incluso más bajo, más poca cosa.

Me pide que le describa cómo es Tierra Nueva I. Él no conoce las calles por las que a diario caminan su esposa y sus hijos. Hablamos sobre Jonathan, sobre la visita a su escuela, sobre los dibujos que escandalizan a su profesora. Resuenan las palabras que Brigitte dijo en la visita anterior: él le hace ver a Jonathan todas las consecuencias que trae ser pandillero.

—¿Y qué tipo de consejos le das? –pregunto.
—Que no ande con gente que anda tatuada, que no ande con gente que sabe que roba…

Neck baja la mirada, se empequeñece, consciente quizá de que su siguiente frase debería ser: “Que no ande con gente como yo”.

—A él le digo que como persona se tiene que desarrollar, ¿mentendés? Tiene que aprender a hablar y a expresarse.
—¿Y qué te gustaría que fuera de mayor?

Neck calla un par de segundos, tres, cuatro. Baja la mirada de nuevo. Al fin responde que le gustaría que Jonathan se convirtiera algún día en médico o en arquitecto. Pero su respuesta me suena improvisada y hueca, como si nunca antes nadie le hubiera preguntado algo parecido, como si nunca antes hubiera pensado que existe un futuro.

*

Epílogo (trágico)

Martes, 26 de enero de 2010, 9:34 p.m. Un correo electrónico llega a mi cuenta desde la cuenta de Mish.

“(…) te contamos una mala noticia en estos dias neck tubo un posible accidente y ayer fallecio me da mucha pena escribirte para darte malas noticias pero creo que lo debes saber ojala te veamos pronto por aca mishell”.

Mishell es la pareja de Mish y la madre de tres de sus hijas. La conocí también durante el reporteo para escribir esta historia. Leer sus palabras sobre Neck entristece. Unas llamadas me servirán para saber más del “posible accidente”. Neck se cayó la semana anterior desde una altura de unos diez metros al interior de la Granja Modelo de Rehabilitación Pavón. Tuvo fracturas en el cráneo y en el rostro, y la pierna se machacó de tal manera que los médicos recomendaron su amputación por el muslo. Estuvo varios días moribundo en un hospital público, no resistió la segunda operación con anestesia general, y el lunes murió. Neck le alcanzó a susurrar a Brigitte que se cayó él solo, que nadie lo empujó.

A Neck lo entierran en la tarde del jueves veintiocho de enero de 2010 en un nicho del Cementerio General de Ciudad de Guatemala. Sobran los dedos de las manos. No hay hombres suficientes para cargar el ataúd, y las mujeres arriman el hombro. También Jonathan. El nicho está alto y un desbalance en el improvisado cortejo fúnebre hace que la caja se voltee, que se abra la tapa y que a través de un cristal aparezca por última vez el rostro tatuado y magullado de Neck. Brigitte llora y grita casi hasta el colapso. Jonathan llora más y grita más.

—Mi papiiiito, mi papiiiito…

Jonathan aún no tiene tatuajes.

Al poco llega una máquina para poder subir el ataúd. Brigitte llora. Jonathan llora más. Lloran en el entierro de Luis Efraín Sagastume López. Nadie desde su San Pedro Sula natal ha venido, quizá ni se hayan enterado. Tampoco ha venido nadie de la que Neck un día consideró su familia: el Barrio 18.

El Pasaje Tres de la Sierra Alta es un callejón sin salida. De día sesenta metros de pendiente malempedrada se desbarrancan en una vista imponente del valle con el cerro de Guazapa al fondo: una vista privilegiada que miente como suelen mentir las apariencias. Aquí arriba no hay horizontes. Aquí arriba lo único que se impone es un silencio profundo, enquistado, oculto como los miedos viejos bajo los ruidos y voces cotidianas.

El Pasaje Tres son veinte casas con puertas metálicas siempre entreabiertas y tejados irregulares. Una antigua sede de Alcohólicos Anónimos bebe del sonido de los televisores ajenos, los pasos despistados de dos niños que buscan juego en la calle y el aburrimiento de un perro. Después, como cada tarde, Niña Elena freirá yuca o papas en la calle. Abierto al cielo, con luz de día, la primera vez que estuve en el Pasaje Tres me pareció un lugar familiar, lleno de oxígeno, habitable.

Ahora sé en qué casa vive un joven de 27 años mutilado a machetazos, y dónde vivía el taxista al que asesinaron el pasado julio. Y sé que al fondo, a la derecha, está la pequeña casa de dos cuartos en la que vivía José Noé Sánchez Ramírez con sus padres, su hermana, su abuela, su esposa, su hijo. Y un poco más acá, veo la de Michael Douglas Ávalos, el niño al que no le gustaba hacer mandados. Y aquí al inicio, la agujereada fachada amarilla contra la que los mataron a ambos.

Y unos pasos más allá, al otro lado del camino principal, me siento amenazado por las dos pequeñas mesas redondas de piedra donde se apostaron a vigilar el 3 de octubre de 2008 tres de sus asesinos, mientras los otros dos los acribillaban. Se dice que eran pandilleros de la Mara Salvatrucha (MS o MS-13).

***

Noé creía que le habían perdonado la vida, pero no era así. En realidad nunca tuvo la certeza de estar condenado. Pero por años supo que tenía razones de peso para temer y se cuidaba con la serenidad de los que no se esconden porque se creen imbatibles y caminan por los días como si para los guapos y descarados todo dependiera de un golpe de buena suerte; con la prudencia de los que conocen las reglas del juego y saben que un as del mejor tahúr puede perder la partida frente a una bala.

—Mire, papá, uno no es que busque la muerte, uno ya tiene el día y la hora –dijo una vez.

Pero se negaba a ir al terreno que la familia tiene al final de la calle Progreso porque decía que había tenido problemas con los chicos de allá y, como el resto de jóvenes del barrio, nunca jugaba a fútbol en la cercana cancha de la colonia Buenos Aires, porque no era suya, era de otros.

Aquel viernes de 2008 Noé llegó a eso de las cinco y media de la tarde a casa. Yenson Amílcar, su hijo, cumplía cinco años pero no había habido piñata. Noé venía de una entrevista de trabajo en la fábrica Muebles Capri y le latía en el pecho una sensación de futuro. A sus 21, después de años de ocupaciones temporales, de estudiar electricidad, de aprender costura con el tesón de los que no se rinden o de acompañar a su padre a vender queso y juegos de sábanas puerta por puerta, iba a tener un sueldo fijo, seguro social, plan de pensiones. En una colonia llena de jóvenes desempleados, esa fábrica era una llave a una nueva vida que empezaba el lunes.

—Voy a ganar bien, ya no voy a andar de arriba para abajo –dijo a su padre, Don Rigoberto, que regresaba de un mal día de negocio–. ¿No trae un dólar que me dé?

Y con ese dólar se fue a jugar naipes a la calle. El cielo estaba cubierto de nubes.

—No salgás –le dijo Lissette, su esposa, mientras contestaba al teléfono–. Andás siempre afuera jugando. Dios no quiere eso.

—Ojalá que Dios no me haga entender por las malas, porque eso no lo quiero –respondió con una sonrisa cómplice–. Me voy para afuera.

—Te apurás.

—Sí, solo voy a jugar un rato.

Pasó llamando a Michael, el hijo de Doña Gladis, de 15 años. Ambos se sentaron en unos pequeños escalones a la entrada del pasaje y abrieron la partida de póquer con apuestas de unos pocos centavos de dólar.

La descarga de disparos sonó en todas las casas de todos lo que juran no haber visto nada. Lissette pensó que era el ruido de algún cohete. El resto de vecinos supo que habían matado a alguien. Eran poco más de las seis.

***

—Hoy han matado a uno de los que se dio gusto con mi hijo –me dijo Don Rigo la tarde en la que nos conocimos, en su casa, una tarde a finales de julio.

Ese miércoles, la clínica parroquial había permanecido cerrada desde la mañana y la ruta 2 de buses había trasladado unas cuadras el fin de su trayecto, para evitar problemas. Era el velorio de un pandillero de la MS, Noel, al que alguien de su misma mara había asesinado unas horas antes. Tenía 17 años y él también era un asesino.

—Era el hijo de Érika y tiene una hermana de 14 que acaba de quedar embarazada.

Me cuenta Toño, el padre Toño, como lo llaman señorialmente los parroquianos.

—Era uno de los que mataron a Noé y Michael –tanteo.

—Sí, eso dicen.

Pregunto a Toño el apellido de Noel, y mientras rebusca en su memoria tantea la mesa en busca de su teléfono celular, marca un número de su agenda y espera.

—Hola, ¿Érika? ¿Con quién hablo? ¿No está Érika? Soy el padre Toño. No, no le diga nada, ya la llamaré yo después.

Toño es un cura joven, de esos incómodos para la jerarquía eclesial porque llaman por su nombre de pila a pandilleros y ladronas y porque marcan al teléfono de la madre de un joven asesino muerto.

Es español aunque a veces disimula las zetas al hablar, y conoce las muertes de los jóvenes de la zona oriental de Mejicanos, pero también conoce sus vidas. A Noel lo conoció cuando tenía 7 años, porque los asesinos también tuvieron 7 años y en este caso un abuelo bromista. Y conoce a Érika, como la conocen todos en la zona. Porque en cada colonia todo el mundo conoce al que dispara y a su víctima, y la madre de la víctima a menudo conoce a la madre, padre y hermanos del que dispara o acuchilla.

En la Sierra Alta todos conocen a Zenaida, sobrina de Don Rigo, que se metió en el Barrio 18 con 14 años y a los 16 tuvo que embarazarse porque se lo exigió su clica al completo; y huyó, y abortó ese niño que no sabía seguro de quién era.

Saben que los hijos de la niña Felícita, Tomás y Alejandro, se hicieron de la MS y ahora están muertos; y que la hermana que queda a veces acompaña a Felícita a repartir sopa en el céntrico parque Libertad a los mendigos, pagada por un empresario de San Salvador.

—A Noel lo mató otro pandillero, Jovel. Pero él antes, en noviembre del año pasado, había matado a Josué, “Pintín”, que tenía 14 años.

Un redoble de asesinados entre miembros de la misma clica. La MS de la Buenos Aires se autoextermina con la misma soltura con que marca los tiempos en la vida de los barrios y colonias que la rodean.

Hubo un tiempo en el que enormes grafittis de letras góticas señalaban los límites del territorio controlado por cada pandilla. Hoy los miembros de la Salvatrucha y de la 18, las dos pandillas rivales que dominan la violencia juvenil en El Salvador, toda Centroamérica y parte de México, no se tatúan para no ser reconocidos con tanta facilidad por la Policía. Barrios enteros o pequeños municipios se sienten marcados sin necesidad de que sus paredes estén manchadas. Basta el asedio de enterarte cada mañana en primera persona, en la panadería, de lo que el resto del país solo sabe por los noticieros.

Toño recibe a menudo en su oficina recados anónimos, mensajes en el celular, pedazos de papel o algún croquis que le indican dónde hay otro cadáver.

—Cuando encuentras un muerto, va a haber otro. El fin de semana pasada hubo cuatro, y la semana que viene va a haber cinco.

Porque cada crimen es el comienzo de una venganza. Toño sabe –toda la comunidad sabe– que en un año han muerto cuatro de los cinco pandilleros que supuestamente estuvieron allí. Don Rigo y los jóvenes de la Sierra Alta dicen no tener nada que ver, pero cuando lo oyes por primera vez cuesta no sospechar que alguien esté saldando cuentas. El tiempo te hace cambiar de opinión. Una vez respiras la cadencia con que camina la muerte en este territorio empiezas a aceptar que la velocidad de caída de los cuerpos puede deberse a una simple razón física, porque el mundo de las maras tiene su propia ley de la gravedad.

***

Vestidos de negro, los dos pandilleros dieron el tiro de gracia a Michael primero y a Noé después. Uno de ellos llevaba la cabeza descubierta; el otro, tapada con una capucha. No tenían más de 15 años. Apuntaron con sus pistolas ya sin balas a las ventanas y puertas que vieron abiertas, y el silencio fue el sí que esperaban. Nadie reconocería nunca haberles visto. Salieron corriendo hacia la senda que lleva a la Buenos Aires. Hay quien dice que se metieron en una vigilia. Hay quien insiste en que cuando la Policía llegó y lo supo no quiso ir a buscarlos.

Michael, que había recibido los disparos por la espalda, trató de llegar a su casa. Apenas dio un par de pasos y cayó, con los naipes al alcance de la mano. A Noé lo recogieron aún con vida en el lugar en el que estaba sentado. Don Rigo pidió con desesperación un carro pero solo encontró un muro de miradas. A pocos metros había un taxi pero el dueño parecía haberse esfumado. El resto de quienes en la colonia tenían vehículo se encerraron. En el otro pasaje, Carlos, “el Garra”, ya emprendía marcha cuando llegaron a pedirle el auto. Hizo bajarse a su familia, cargó lo que quedaba de Noé y voló hacia el Hospital Zacamil. En el carro iba también Zulma, una prima de Noé.

Arriba, en la comunidad, se había desatado una lluvia tenaz y Doña Gladis, la madre de Michael, colocó una sombrilla negra sobre el cuerpo de su hijo, para que no se mojara. La Policía había acordonado la zona pero Medicina Legal tardó cerca de tres horas en aparecerse. Para cuando lo hicieron, ya casi todos los vecinos estaban en sus casas.

Cuando Noé llegó al hospital, los enfermeros no quisieron bajarlo del vehículo porque pensaban que ya estaba muerto, pero Zulma le habló entre lágrimas:

—No nos dejés.

Noé alcanzó a mover un brazo. Murió a los pocos minutos, en una camilla.

***

Doña Gladis es una mujer pequeña y vivaracha que esconde su energía detrás de un puesto del mercado de Mejicanos y su dolor tras dos ojos achinados que se ríen todo el tiempo. Diluye la ausencia de Michael en sus dos perros, en días llenos de prisa y preocupaciones rutinarias que ya lo eran hace un año, pero que ahora se levantan como un parapeto para que el día a día le permita no pensar en el día a día. Falta más de un mes y medio para que se cumpla un año exacto del asesinato pero me pregunta si el padre Toño ha dicho algo sobre los recuerdos, unas estampas de cartón impreso que Don Rigo y ella quieren entregar a quienes asistan a la misa de aniversario.

Está impaciente porque me marche, pero me muestra un recorte de periódico de dos días después del crimen. En él se dice que los dos jóvenes eran ex pandilleros en rehabilitación.

—No es cierto –dice.

No es cierto que fueran ex pandilleros en rehabilitación, pero sí lo es que Noé estuvo a punto de brincarse cuando estaba en noveno grado. El año anterior lo habían expulsado de la escuela República de Francia. Allí había conocido a Alexander, el “Araña”, un líder local de la MS, que le agarró cariño pese a que tenían un par de años de diferencia de edad.

Noé era vivo, descarado, inconforme, y buscaba opciones. Compartió horas muertas, tabaco y marihuana con el “Araña” y otros pandilleros. Vaciló con la MS, como tantos otros hacen atraídos por la violencia, que por momentos parece un rasgo de determinación ante una vida, la verdadera culpable de las desgracias. El “Araña” le dijo que no se metiera, que era un camino difícil, y él le hizo caso. Al “Araña” lo mataron a finales de 2007.

—Unos primos me lo han dicho. Incluso dicen que sí se había brincado –confirma Zulma, que vive en la casa contigua a la de Don Rigo.

Brincarse es cruzar la frontera difusa entre el dentro y el fuera de la pandilla. Y a la pandilla no le gustan las fronteras ni los que las frecuentan ni quienes tratan de regresar atrás después de haberlas cruzado. Noé creyó por un tiempo que la MS le había perdonado la vida porque se había calmado y tenía un hijo, pero en los últimos meses comentó a un par de amigos y conocidos su miedo a la ira de la MS. Es difícil, aun así, estar seguro de por qué murieron Noé y Michael.

—Fue la 18.

Moisés es, de los muchos primos de Noé, el que más tiempo pasaba con él, y cuando dice que lo mató la 18 lo hace con la seguridad de los jóvenes que creen haber vivido más que sus mayores. Quince días después del asesinato, se encontró con Walter, “el Pelón”, el líder de la MS que sucedió al “Araña”:

—¿Es verdad que mataron a “la Perra”? –preguntó usando el apodo que muchos amigos daban a Noé.

—Sí. Y todos dicen que fueron ustedes.

—En ningún momento. Yo no di orden ni autorización para que subieran a fregar aquí.

Y Moisés le cree, porque dice que Walter es “el que lleva la palabra, quien decide quién vive y quién muere”. Y porque otros vecinos le han dicho que la noche del 3 de octubre estaba entre los verdugos de negro un 18 al que todos conocen. Moisés cree que iban por otros.

—Fue como dejar un mensaje: no los encontramos, pero matamos a estos y volveremos. Y no ha quedado ahí… Por eso los mismos mareros siguen subiendo.

Siempre suben a la Sierra Alta. Pero nunca se quedan, porque aquí los jóvenes presumen de no estar en maras, pero también de ser valientes y de haberse enfrentado con ellas a pedradas y cuchilladas hace años, cuando las maras aún no eran una rueda dentada de matar. Los que hace diez años eran jóvenes en la comunidad, Carlos “el Garra”, “Calín” y algún otro que roza la treintena, tenían tres “chacas” –escopetas hechizas– y baldes con piedras escondidos por si los pandilleros se acercaban. Carlos, que llevó en su carro a Noé al hospital, tiene dos cicatrices de cuchillo y causó otras tantas. Eran tiempos de cierto tú a tú. Mandaba el cuerpo a cuerpo.

De aquella época vienen extraños respetos que hacen que los de la Sierra Alta no puedan bajar a la colonia Montreal o la Buenos Aires, pero los de allá o los de la Mónico tampoco puedan pasear por los pasajes de la Sierra Alta si no están dispuestos a recibir o dar palos o tiros. En los jóvenes de la Sierra Alta hay una fuerza desafiante que no se apaga con muertos.

—Es mejor que no sepas. Mejor no preguntes.

Le dijeron a Elizabeth, que vive en el Pasaje Dos, una vez que preguntó a sus amigos por qué la rivalidad entre los jóvenes de la Sierra Alta y los pandilleros de la Buenos Aires. Le contaron que el problema es que la MS quiere, siempre ha querido, que los chicos de la Sierra Alta se hagan pandilleros. Le dijeron que amenazan con matar a quien no se les une. Pero no es del todo cierto.

—La mara no recluta –dice Toño.

—La mara no presiona. Meterse es voluntario –dice Moisés.

Lo que le ocultan a Elizabeth es que muchos jóvenes de la Sierra Alta fueron años atrás de la Mara Gallo, una de esa pequeñas pandillas como la Mao Mao, como la Mara Chancleta, que nacieron a principios de los 90 para pelear por el control de unas pocas cuadras y acabaron sucumbiendo o siendo absorbidas unos años después por la violencia casi industrial de la MS y del Barrio 18. Ahora los mapas de municipios como Mejicanos se dividen entre zonas controladas por una u otra, y zonas en disputa. No hay más. Como mediante un GPS artesanal, el espacio se define respecto a la mara más cercana.

***

Después de la muerte de Noé y Michael hubo como seis meses de toque de queda sin que nadie lo decretara. Ningún niño o joven salía a la calle después de las cinco. Muchos se fueron a pasar una temporada a casa de algún familiar, lejos. Niña Elena no vendía comida por las tardes. Dejó de haber partidas nocturnas de cartas. Un año después, a un mes justo del aniversario, el temor ha cedido pero la Sierra Alta solo despierta a ratos.

—Esto está peor. Están subiendo más a menudo; casi todos los días. Es insoportable.

Al otro lado del teléfono, Elizabeth es más serena que sus palabras.

Días después, en su casa, me cuenta que el viernes 14 robaron el celular a Edgardo, “el Flaco”, que vive en el Pasaje Cuatro, y le amenazaron con matarlo si volvían a verlo. Esa misma noche subió sus cosas al baúl del carro de su hermano y se fue.

El día antes, el jueves 13, la madre de Elizabeth dormía en una hamaca en el patio de su casa y escuchó a eso de las diez de la noche un tropel y voces juveniles.

—Aquí pasan, aquí se reúnen esos hijos de la gran puta, aquí suelen estar como a estas horas.

Eran los de la MS de la colonia Montreal, pero esa noche no había nadie. Los jueves, de vez en cuando, un grupo de jóvenes de barrio se reúne en la calle con un monitor de la parroquia, para hablar. Durante el último año han cambiado su rutina y no tienen ni día ni lugar fijo para esas reuniones. Por seguridad. Saben que para la mara cualquier concentración de jóvenes, cualquier grupo organizado, es un adversario. Ni siquiera dejan que los vecinos de la comunidad sepan con antelación dónde y cuándo será la próxima cita. No se fían.

Porque hay una vecina que todos dicen que llama por teléfono a los mareros para avisar si los jóvenes están reunidos o dónde están los chicos jugando cartas. Y hay un joven del Pasaje Tres del que se cree que anda de novio con una pandillera de la 18. Y hay otros que se juntan con los de la MS y viven en el Pasaje Ocho. En la colonia ya nadie sabe bien en quién confiar. Cada vecino está solo, y ninguno cree en la Policía.

—Cuando te llamen, espera a la balacera y solo llegas a reconocer a las víctimas. Así no te arriesgas. Si no, no vas a durar mucho en este trabajo.

Dice una vecina que instruyeron a un primo suyo, cuando ingresó en la Policía Nacional Civil.

Los vecinos también tienen sus propias instrucciones, impuestas por la mara: “Ver, oír y callar, o vos seguís”. Y para cumplir es mejor ni siquiera mirar cuando alguna tarde pasan jóvenes con una pistola en la mano, y es conveniente que nadie sospeche que hablas de lo que no debes.

Por eso Doña Gladis, la madre de Michael, apenas me habla y teme que los vecinos sepan que soy periodista.

***

Desde el Hospital Zacamil, Carlos regresó al pasaje pero de inmediato se fue adonde un amigo a lavar el carro.

—Le tuvimos que meter el taladro al suelo del lado del copiloto para vaciar la sangre que se había encharcado, porque no había de otra manera. Hicimos cuatro agujeros con un taladro y dejamos que se vaciara. Todavía están ahí los agujeros, debajo de la alfombrilla de mi carro.

La noche en que Carlos “el Garra” me cuenta esto a pocos metros de la esquina del crimen, Don Rigo, a mi lado, de pie en la calle, llora en silencio y mira hacia otro lado. Noé llegó al hospital casi sin sangre en las venas, con la mandíbula y parte de la cara destrozada. Y su padre lo escucha, como si mi necesidad de averiguarlo le obligara a revivirlo.

La vela de Noé y Michael fue multitudinaria. Por la Funeraria López desfiló toda la comunidad, entre el dolor y la ira. A los jóvenes de la Sierra Alta les prohibieron acudir en grupo y lo hicieron en relevos, acompañados de sus familias. Les dijeron que era más seguro. Aun así, fue una noche de miedos. Corría el rumor de que iban buscando a otro más de los muchachos para matarlo.

—Decían que allí mismo andaban los que dispararon a Noé.

Cuenta Lissette con un susurro casi mecánico que parece frío, o tal vez habituado a arrastrar a velocidad constante el peso incómodo de las palabras. Me ha recibido con frialdad. No está de acuerdo con que se remueva lo sucedido. A su lado, Yenson juega en el suelo y al cabo de un rato se hace el muerto. Me pregunto si todos, de niños, jugamos a morirnos. Supongo que sí, pero nunca me pareció tan turbador.

Lissette y el niño, aterrados, se fueron de la Sierra Alta al día siguiente del funeral. Ahora están con la madre de ella cerca de la frontera con Honduras en el departamento de  Morazán o en el La Unión, no sé bien, porque temo que ella me miente cuando me dice dónde está viviendo.

La madre de Noé, Nora, tardó unos meses más en abandonar a su esposo. Lo hizo poco a poco, pasando cada vez más tiempo fuera al principio, llegando tarde por las noches después, hasta que un día ambos se encontraron en la calle y ella aprovechó para decirle que no la esperara despierto, que no iba a regresar. No soportó la soledad de no tener a Noé, el único que la defendía en las disputas familiares. Dejó a Don Rigo engrillado a una casa sin heredero, en la que hace un año vivían siete personas y ahora son solo tres, y de la que Guadalupe, su hija, se irá también en cuanto pueda.

Como pretende hacer Zulma.

—Lo que quiero es trabajar y marcharme de este sitio. No por mí, sino porque mis hijos acaban siendo un factor de riesgo –dice.

Tiene dos: uno de diez y otro de doce. Los sacó de la escuela Francia, en la que estudió ella, en la que estudiaron Noé y Michael, y “el Garra” y “Calín” y Noel y “Pintín”. Y la mayoría de los que han estado a uno de los dos lados de un cañón de pistola los últimos años en esta zona. Dice que allí las pandillas están ya hasta en las aulas de cuarto grado.

—Yo si hubiera tenido la conciencia social que tengo ahora no tendría hijos; me hubiera esterilizado. Y los amo, pero este país no es apto para tener hijos.

***

Hugo Ramírez tiene nuevo despacho. Hubo cambio de mandos en la Policía hace unas semanas y el subcomisionado Ramírez ha ascendido a subdirector nacional de Seguridad Pública. Dicen de él que es uno de los que mejor conoce a las pandillas en El Salvador, desde sus años de trabajo de campo en Mejicanos.

Me recibe cordial y comenta el último parte policial que ha llegado a su mesa: pandilleros de la MS en un vehículo le arrebataron de los brazos a su hijo a una pandillera de la 18 que esperaba turno en una unidad de salud del barrio Concepción, en el centro de San Salvador. El bebé de 13 meses apareció al día siguiente en un predio baldío de Quezaltepeque, a 20 kilómetros de la capital. Lo habían degollado con una hoja de afeitar. Se hace un silencio y me ofrece café. Dice que un amigo le ha traído un café colombiano que es delicioso.

—Hemos previsto recuperar el sistema de patrullajes porque se puede decir que hemos perdido control el territorio.

Admite cuando le pregunto por la situación actual del combate a las pandillas en el país. Asegura que las políticas de los anteriores gobiernos hicieron menos eficiente a la Policía, pero dice que eso va a cambiar. Cree que la Policía ha estado separada de la comunidad, que hay una crisis de confianza y, cuando le pregunto por la muerte de Noé y Michael, busca en sus tablas y no encuentra nada. Ni siquiera los dos cadáveres. Se quita las gafas.

—Que raro… uno en 2003, otro en 2005, en 2006 me aparecen dos… un total de cuatro, pero después no me aparecen más homicidios en esa zona. Habría que revisar.

El subcomisionado se compromete a investigar y lo hace. Un par de semanas después me llamará para confirmarme que la única pesquisa que se hizo sobre el doble asesinato en la Sierra Alta fue una inspección ocular la lluviosa noche del 3 de octubre. Desde entonces, nada. Es uno de los miles de casos que nunca se resolverán en un país que en 2009 promedia 13 homicidios diarios.

—¿Qué papel tienen los vecinos en la lucha contra las pandillas?

Ramírez, con el pelo corto plagado de canas y bigote, casado y sin anillo, levanta la cabeza y mira al techo, no se bien si esperando que en su cerebro se decante la mejor respuesta o improvisando una para una pregunta que nunca se ha hecho. Un ayudante suyo, Wilfredo Preza sale al paso.

—Es que… ¿habrá que llamarlo lucha?

Le veo intenciones de lanzarse a una reflexión sobre la prevención y el abordaje de la violencia desde las teorías del desarrollo humano sostenible. No le da tiempo.

—En la práctica es una guerra, una guerra social, no política –arranca por fin Ramírez, como callando al pupilo–. La Policía nunca ha sido un objetivo para ellos en términos e beligerancia…

—¿Y qué ha sido la gente común?

— Mientras no haya más organización de las comunidades, fuerte estructuración, presión social, ellos van a tener un papel intrascendente, de espectadores… de víctimas.

***

Los compañeros de equipo de Noé y Michael no han venido a la misa del aniversario de su muerte. Dicen que tenían partido, que no podían faltar. Supongo que alguno de ellos se habrá dicho a sí mismo qué es lo que Noé y Michael hubieran querido. No han visto derrumbarse en la última fila de bancos de la Iglesia a Doña Gladis, deshecha en llanto, casi cargada sobre los hombros de su madre y de Elizabeth, ni la han visto reinventarse en risas en cuanto terminó la ceremonia, hablando de su perrita que va a dar a luz, echándome en cara con gestos de madre que hace días que no voy a visitarla.

Don Rigo ha llegado del cementerio bien peinado, con una impecable camisa amarilla, y se ha sentado en un banco de adelante él solo, con la sonrisa de un día de fiesta, nervioso, después de haber llorado lo necesario de rato en rato durante todo el día y anfitrión ahora de la conmemoración del vacío alrededor del que gira su vida.

La iglesia está casi vacía. La madre de Noé no ha llegado, ni ha llamado en todo el día, ni existe ya en esa familia. El pequeño Yenson se ha dormido en brazos de Lissette, sentada en una de las últimas filas. Han hecho un viaje de seis horas para estar aquí pero mañana se van de nuevo.

—No podemos seguir callados ante estos niveles de impunidad; no podemos mantener la cabeza agachada.

Predica el padre Toño, sin tono de arenga. El único que asiente con evidente convicción es un seminarista aplicado que escucha a pocos metros delante de mí. Tras el “pueden ir en paz”, Don Rigo se acerca hasta donde está Doña Gladis y saluda con simpatía y sin ceremonia, como se saluda a quien se ve todos los días. Ambos comparten la risa ligera, cordial, de quienes acumulan dolor pero no se conceden el lujo de la tristeza.

Un rato después, ya en casa, un Don Rigo más sombrío ve un mal partido de fútbol en la televisión mientras Lissette y Guadalupe callan como única compañía. El niño duerme, su bisabuela también. Pasaje arriba, me despido de Zulma mientras cierra el portón de su casa. Unos días antes me había dicho, con la solvencia de la víctima.

—Cuando llegue a tocar al rico, entonces sí se va a sentir que hay delincuencia en el país. Mientras los pobres se estén matando entre sí no importa: nos van a seguir viendo como nos ven ustedes los periodistas, como un laboratorio. Pero un día sus hijos van a vivir la realidad, como la viven los míos.

También me dijo que estuvo tentada de agarrar un arma para vengar a Noé, pero no lo hizo por falta de valor y de recursos. No la detiene ningún principio moral sino la cobardía de los buenos. Supongo que por eso hay tantos jóvenes asesinos en El Salvador: porque sobran desesperados y valientes.

Son más de las siete y media. Ha llamado a los niños para adentro y va a hacer las últimas compras a la tienda de Niña Elena. Allí, siete chicos juegan a las cartas. Una pareja de adolescentes sube la pendiente agarrada de la mano. La puerta de Doña Gladis está cerrada, muda.

En la esquina siguen los ocho agujeros de bala que desde hace un año dan testimonio de la muerte de Noé y Michael. Busco en ellos con el dedo algún contacto mágico con el plomo del proyectil, con quien lo disparó, con sus razones. Y recuerdo lo que dijo otro día Elizabeth.

—No sé por qué no los han tapado. Yo ya lo hubiera hecho.

Tal vez siguen ahí porque nadie se atreve a deshacer lo que hizo la mara, esa deidad de antiguo testamento que se teme y está de alguna manera dentro de todos los de la comunidad. Miro de lejos hacia las mesas de la esquina, que reinan vacías en la Sierra Alta. Todavía se sientan allí algunos días los herederos de los verdugos de Noé y Michael. Ahí fuman como sombras, haciendo girar sus pistolas y chasqueándolas, para que los vecinos de las casas cercanas oigan ruido de metal y, aunque no los vean, sepan que están ahí.

La mañana del martes 17 de enero de 2006, una camioneta tipo van ingresó al fundo Los Boldos de Santo Domingo, en la costa central. Sus siete ocupantes –un chofer, un funcionario de la Policía de Investigaciones y dos peritos bibliográficos acompañados por tres ayudantes– no tuvieron inconvenientes para ingresar a la propiedad de descanso de Augusto Pinochet Ugarte. Traían una orden del juez Carlos Cerda, instructor del caso por las millonarias cuentas del banco Riggs, para determinar el valor y origen de los volúmenes existentes en las bibliotecas que el general había ordenado construir en sus residencias.

Si bien ya se habían identificado en la guardia de entrada, al llegar a la bifurcación de avenida Don Augusto con paseo Doña Lucía, donde está la casa de los escoltas, la comitiva tuvo que repetir el procedimiento anterior. Mostraron sus identificaciones y la orden del juez. Entonces, como todo seguía en regla, continuaron la marcha por avenida Don Augusto y llegaron hasta una de las alas de la casa principal: un amplio espacio de entrada independiente y vista al mar donde el general tenía su biblioteca.

Al entrar, acompañados muy de cerca por cinco comandos vestidos con traje de campaña y armas de guerra a la vista, dos cosas llamaron la atención de los peritos. Una fue la gran cantidad de libros que había en ese amplio espacio, distribuidos en repisas, cajas de cartón y estantes corredizos o full space. Otra, el desorden reinante que presentaba ese despacho, además de una evidente falta de aseo, en el que miles de libros empolvados se hacían un lugar entre adornos, recuerdos, chocolates y objetos personales –como colonias, perfumes, desodorantes, toallas desechables, relojes, fotos, dagas, abrecartas y tarjetas de saludo, visita y Navidad, además de camisas, corbatas y calcetines nuevos, algunos aún con su papel de regalo a medio abrir– que su propietario dejó alguna vez ahí y muy probablemente después olvidó, sin que nadie se atreviera a sacarlos o cambiarlos de lugar, siquiera a pasarles un plumero.

No hubo tiempo ni lugar para comentarios. Eran cerca de las diez de la mañana cuando los cinco peritos bibliográficos, encabezados por Berta Inés Concha Henríquez y Hernán Gonzalo Catalán Bertoni, dieron inicio a la primera de varias jornadas de trabajo que se extendieron a las residencias de Santiago y El Melocotón, una zona precordillera cercana a la capital, además de las bibliotecas de la Academia de Guerra del Ejército y de la Escuela Militar, a las que el general donó cuantiosas piezas poco antes de abandonar la comandancia en jefe del Ejército en 1998. Había mucho trabajo por delante.

De acuerdo con el resultado de ese informe pericial, que quedó adjuntado entre fojas 71894 y 71912 y que hasta ahora ha permanecido inédito, el equipo de expertos bibliográficos trabajó 194 horas en terreno y otras 200 dedicadas a pesquisas e investigaciones tendientes a determinar el valor monetario y patrimonial de los volúmenes y su mobiliario. El estudio persiguió cuantificar los montos que el general invirtió en este rubro, a partir de dineros que en su gran mayoría se suponen provenientes de fondos de gastos reservados asignados a la Presidencia de la República, a la Casa Militar y a la comandancia en jefe del Ejército.

El informe establece que los libros adquiridos por el general Pinochet son cerca de 55,000, cuyo valor global fue estimado en $2,560,000. A este monto se suman los valores del mobiliario, encuadernación y transporte de publicaciones editadas en el extranjero, todo lo cual fue tasado en $52,000, $75,000 y $153,000, respectivamente. El estudio trasciende las consideraciones económicas.

Tras dar cuenta de la existencia de piezas únicas, primeras ediciones, antigüedades y rarezas, algunas que ni siquiera se encuentran en la Biblioteca Nacional, el informe concluye que “las bibliotecas objeto del peritaje contienen obras y colecciones de altísimo valor patrimonial”.

Entre las muchas obras antiguas que atesoró Pinochet y que aún conserva su familia, aunque sujetas a embargo judicial, se cuenta una primera edición de “La histórica relación del Reino de Chile” fechada en 1646; dos ejemplares de “La Araucana” que datan de 1733 y 1776, respectivamente; un “Compendio de geografía natural” y otro de “Historia civil” impresos en 1788 y 1795; un “Ensayo cronológico para la historia general de La Florida” de 1722; una “Relación del último viaje de Magallanes de la fragata S.M. Santa María de la Cabeza” de 1788; y un libro de viajes a los mares del sur y a las costas de Chile y Perú, publicado en 1788.

Además, el general se hizo de una parte de la biblioteca privada del ex presidente chileno José Manuel Balmaceda (1840-1891), incluida una edición a las honras fúnebres del mandatario, en cuyo interior se encuentra una tarjeta de la viuda de este; una carta original del prócer independentista Bernardo O’Higgins (1778-1842) y una particular edición sobre el héroe popular Manuel Rodríguez (1785-1818) que lleva el timbre de la biblioteca del Instituto Nacional.

“En términos generales, es una biblioteca cara por los volúmenes, muebles y encuadernaciones. Cara por las piezas únicas, por sus colecciones relevantes y, en algunos casos, por su valor documental”, sostiene Berta Concha, editora y librera, quien por primera vez se refiere al trabajo realizado por encargo del juez Cerda. “Encontramos por ejemplo una biografía de Francisco Franco que Manuel Fraga Iribarne dedicó a Pinochet. También un ejemplar dedicado al mismo por Manuel Contreras (ex director de la Dirección de Inteligencia Nacional, hoy detenido). Esos elementos le dan un innegable valor agregado.”

Tenida sport. ¿Sabía el general qué tenía exactamente y cuál era su valor monetario y patrimonial? ¿Contaba con asesoría profesional? ¿Consultaba o leía con cierta regularidad las piezas más preciadas de su biblioteca? El informe pericial no responde esas preguntas. Tampoco parecen saberlo con precisión los comerciantes de libros, colaboradores y familiares de Augusto Pinochet que prestaron testimonio para esta investigación.

Al menos en público no se caracterizaba por demostrar una gran cultura, todo lo contrario. El general proyectaba ser un hombre básico, de conceptos elementales. Sus propios adeptos reconocen que era profundamente desconfiado, acostumbrado a compartimentar información y guardarse opiniones y sentimientos.

Una cosa es segura. El hombre que llegó a ser dueño de una de las colecciones bibliográficas más valiosas del país, con una inversión total que se calcula en 4 millones de dólares (si se le agrega el valor de la biblioteca napoleónica y sus bustos sobre el mismo personaje), tenía un aprecio particular por sus libros. Ese aprecio quedó de manifiesto la mañana del martes 17 de enero, a poco de iniciarse el primer peritaje en la casa de Los Boldos.

Acompañado por un médico, un asistente y dos o tres guardaespaldas debidamente armados, Pinochet apareció caminando por sus propios medios, ayudado por un bastón. Según recuerdan los peritos, porque esa imagen resulta inolvidable, vestía polera verde de manga corta marca Lacoste, shorts blancos tipo bermudas, zapatos sport claros y calcetines al tono y subidos casi hasta las rodillas. Tras saludar de beso en la mejilla a uno de los asistentes de los peritos jefes, una muchacha joven que permanecía en la entrada, se instaló tras su escritorio principal para observar en silencio a los intrusos que revolvían su más personal y preciado tesoro.

“Debió haber sido espantoso para él que fuéramos a hurgar en su reino. Pinochet era el rey de ese caos y nosotros habíamos llegado a invadírselo”, dice Berta Concha, quien sostuvo un curioso diálogo con el dueño de casa tras los saludos de rigor. Al notar que ella portaba como colgante una lupa de marco artesanal, adorno y a la vez instrumento de trabajo, el general quiso saber detalles.

—Es una lupa mexicana –se explicó Berta.
—¿Mexicana?
—Mexicana. Yo viví en México desde 1973.
—Yo tengo muchas lupas –dijo el general y procedió a buscar las lupas que había dejado en algún lugar de su biblioteca.

Los peritos siguieron en lo suyo. El general siguió buscando sus lupas sin éxito. Los guardaespaldas lo seguían y el médico abordó a los peritos para pedirles que no prestaran atención a los chocolates que el dueño de casa escondía en medio de los libros.

—Es diabético –confidenció en voz baja.

Al rato Pinochet se olvidó de las lupas y procedió a retirarse acompañado de su médico, su asistente y escoltas. En la despedida creyó necesario recordar que a los presidentes de la República les suelen regalar muchas cosas, de preferencia libros, y que él lo había sido durante 17 años.

Los peritos continuaron trabajando durante todo el día. Augusto José Ramón Pinochet Ugarte no volvería a aparecer esa jornada. Tampoco las siguientes, ni en su casa de Los Boldos ni en Santiago, menos en El Melocotón. De acuerdo con el libro testimonial “Caso Riggs. La Persecución Final a Pinochet” firmado por su nieto Rodrigo García, “la impotencia de ver a pelafustanes entrar y salir de su escritorio, con sus libros entre sus manos, le hicieron caer en cama por algunos días”.

Compulsivo y tacaño. Dos años y medio antes de ser objeto del primer peritaje bibliográfico, cuando las millonarias cuentas del banco Riggs aún permanecían secretas, Augusto Pinochet apareció sorpresivamente por una antigua galería comercial de calle San Diego, en el centro de Santiago. Sin previo aviso, acompañado de su escolta, llegó a visitar a su más fiel y entrañable librero.

En ese entonces Juan Saadé tenía tantos años como Pinochet, que iba para los 90, y aún estaba al frente de la librería de viejos que había fundado en 1941 con el nombre de La Oportunidad. Decía conocer a su cliente predilecto desde que este era subteniente y solía comprarle libros de historia y geografía de Chile con cheques a plazo. Una vez que quedó instalado en el gobierno, el general de Ejército comenzó a pagar con cheques al día a nombre de la Presidencia de la República.

La afición por los libros fue creciente y antecede a la toma del poder mediante un golpe de Estado que derrocó al ex presidente socialista Salvador Allende.

En su declaración jurada de bienes, realizada el 21 de septiembre de 1973, declaró poseer una biblioteca particular por un valor de 750 mil escudos, correspondientes a poco más de $12,000 de la actualidad. De esa época se conservan antiguos ejemplares que llevan el timbre del teniente o ayudante mayor Augusto Pinochet Ugarte. También esas primeras ediciones rústicas de “ Geopolítica” (1968) y “Campaña de Tarapacá” (1972), dos libros de su autoría que tuvieron una cierta repercusión en el mundo militar.

Desde joven fue aficionado a los libros, en particular a los de historia, geografía y guerras. De eso no parece haber dudas. Pero lo que resulta irrebatible, porque las cifras son demoledoras, es que a contar del golpe de Estado, su biblioteca personal experimentó un sorprendente y sostenido incremento, producto no solo de regalos propios del cargo.

Luis Rivano es vecino de la librería de Juan Saadé y aún guarda cientos de fotocopias con portadas de libros usados que ofrecía con sostenida regularidad al general Pinochet. En su mayoría son textos de ciencias sociales, muchos de ellos de marxismo y política de las décadas de los 60 y 70 que se salvaron de la hoguera en los días posteriores al golpe de Estado. Cuando el general se interesaba por algún título, cosa bastante frecuente, marcaba con un visto bueno la fotocopia de la portada para que Rivano se lo hiciera llegar a través de algún oficial encargado especialmente del tema.

De esta forma llegaron a sus manos títulos como “Si yo fuera presidente” de Tancredo Pinochet, “El movimiento contra la tortura Sebastián Acevedo” de Hernán Vidal, “El gran culpable” de José Suárez Núñez, “El guerrillero” de Chelén Rojas, “Teoría secreta de la democracia invisible” de José Rodríguez Elizondo y “El Mercurio y su lucha contra el marxismo” de René Silva Espejo.

El procedimiento fue el mismo con otros libreros de viejos de las Torres de Tajamar, en la comuna de Providencia. Uno de ellos, que pide guardar reserva de su nombre, recuerda que el general era un comprador compulsivo y de gustos muy definidos. Pedía todo lo que hubiese de Napoleón Bonaparte. Absolutamente todo. Era su gran obsesión. Casi tanto como Ortega y Gasset.

También los libros de línea, como enciclopedias, diccionarios y atlas. Los libreros de las Torres de Tajamar sabían qué ofrecerle y esperar de él: aunque era un cliente leal, que compraba de manera sistemática, a veces desenfrenada si estaban de por medio sus preferidos, solía adjudicarse rebajas unilaterales.

“Era ratón para pagar”, refrenda Octavio, hijo de Luis Rivano, que trabaja en Providencia y tuvo la osadía de devolver a La Moneda, la casa de gobierno en Chile, un cheque por $160 que el general había cancelado a cambio de un ejemplar de “La independencia de Chile”, editado por Santos Tornero. “Yo sabía que el libro era bueno y que a él le servía, entonces por una cuestión de prestigio de librero insistí en que me pagara lo que valía.”

Al poco tiempo Octavio Rivano recibió un sobre con el mismo cheque por $160 y un adicional en dinero en efectivo. No se habló más del asunto.

Mi primera biblioteca. La última vez que el ex ministro Francisco Javier Cuadra se reunió con Pinochet fue hacia comienzos de 2006. Cuadra, que fue vocero del dictador, le contó que había conocido a la familia de Fernando Vega, un ex ministro de Fujimori que posee la colección más importante de textos antiguos sobre Chile. Pinochet le contó que hace no mucho había muerto Juan Saadé, su librero de toda la vida, y le pidió que le recomendara el suyo. Cuadra y Pinochet, a decir del primero, hablaban este tipo de cosas, incluso cuando ambos ocupaban oficinas en la sede de gobierno y las urgencias eran otras.

El ex vocero sostiene que en esa época, mediados de los 80, el general permanecía atento al proceso político soviético por medio de libros de actualidad sobre el tema que leía en francés. “Estaba al tanto de las últimas publicaciones sobre marxismo, si salía un libro nuevo, él tenía que tenerlo.” Dice Cuadra que para estas y otras materias modernas, se abastecía a través de editoriales y librerías que solían enviarle catálogos con novedades. Dice también que compraba bastante en librerías especializadas del extranjero.

A este respecto, la investigación judicial por las cuentas del Riggs ha indagado en las compras de libros y otros objetos de uso personal que llevaron a cabo los agregados militares chilenos por encargo personal de Pinochet y a costa de fondos públicos. En la resolución que el juez Cerda dictó en octubre último, se lee: “Algunos de los pedidos eran ejecutados por los oficiales del Ejército de Chile que oficiaban como agregados en las misiones de Washington y Madrid o en las diversas agregadurías”.

Como se va viendo, las fuentes de abastecimientos fueron múltiples.

Hubo muchos regalos, por cierto. Algunos de importancia patrimonial, como el “Compendio de historia civil del abate Molina” que el almirante Merino, ex integrante de la Junta de Gobierno pinochetista, compró a Luis Rivano con motivo de un cumpleaños del general. Ese ejemplar de 1795 permanece en la casa de La Dehesa, en el barrio alto capitalino, sujeto a embargo judicial, y fue tasado en $1,500. En una categoría similar está el Epistolario del ex ministro Diego Portales (1793-1837) obsequiado por el ex ministro Cuadra.

Hubo ese tipo de gestos y también compras directas y de montos considerables que el general realizó a costa de dineros públicos.

Un gerente editorial de la época, que aún sigue ligado al negocio y pide reserva de su nombre, fue citado hasta los mismos salones de La Moneda, para que expusiera colecciones y textos de línea, en especial sobre historia. Como era un proveedor nuevo, hubo que dejarle en claro que al general no le interesaba en lo más mínimo la ficción. Para qué decir la poesía. El único texto propiamente literario que conservó en la biblioteca de Los Boldos se titula “El rigor de la corneta” y es un clásico de la literatura militar chilena.

Cuando el librero llegó a la casa de gobierno, fue instruido para que dispusiera los textos en una sala contigua al despacho presidencial y se mantuviera en silencio en una esquina, dispuesto a responder las preguntas que pudiera formularle el general. Así lo hizo, pero cuando este apareció, acompañado de un pequeño séquito, no le dirigió la palabra, siquiera una mirada. Revisó los textos –entre los que se contaban un libro de música con tapa de madera, varias enciclopedias y una historia taurina y otra de castillos españoles– y se limitó a hojearlos y a dictarle a un asistente sus preferencias.

La ceremonia duró unos pocos minutos. El librero se retiró en silencio con sus cosas y al día siguiente, siguiendo instrucciones, regresó a La Moneda para dejar la factura y cobrar un cheque girado a nombre de la Presidencia de la República.

Mediante este conjunto de prácticas, Pinochet llegó a acumular una cantidad impresionante de libros de todo tipo. Incluido el manuscrito original del Diario Militar del héroe independentista José Miguel Carrera que hace un par de años fue devuelto al Museo Militar. Pero todo eso, a entender de la perito Berta Concha, no hace necesariamente una buena biblioteca.

“Aunque tiene muy buenas cosas, y se nota que tuvo una asesoría detrás, es una biblioteca muy poco organizada, sin un gran orden, con un afán por atesorar por atesorar. Hay una cantidad de obras de referencia, enciclopedias casi escolares, que develan un escaso conocimiento y una escenografía del poder. Después de leer al personaje a través de su biblioteca, mi conclusión es que este señor miraba con mucha fascinación, temor y avidez el conocimiento ajeno a través de los libros. Quien mandó a quemar libros forma la biblioteca más completa del país. Eso es interesante. De alguna forma conoce la dinámica y el poder de los libros.”

De cualquier modo, el de Pinochet fue un proyecto en grande, megalómano, al borde del delirio, que no se fijó límites en gastos y procedimientos.

De acuerdo con el informe pericial ordenado por el juez Cerda, “no menos de un 5 por ciento (2,750 ejemplares) han sido especialmente encuadernados en piel”, lo que supone una inversión de $82,500. Lo que no precisa ese informe es que el trabajo realizado a piezas de todo tipo, desde valiosas colecciones completas del historiador Benjamín Vicuña Mackenna a vulgares ediciones rústicas o simples revistas, fueron realizadas por Abraham Contreras, el más prestigioso encuadernador que ha tenido el país.

Como los grandes coleccionistas, el general también tuvo la ocurrencia de marcar varios de sus ejemplares con un ex libris o sello de propiedad que mandó a fabricar a la Casa de Moneda de Chile. El sello tiene el diseño de una mujer alada que levanta una llama de la libertad al tiempo que sostiene un escudo con las iniciales de Augusto Pinochet Ugarte. La idea surgió casi a la par con el proyecto de ampliación de la biblioteca de El Melocotón, en la localidad precordillerana de el Cajón del Maipo. Las obras fueron realizadas a mediados de los 80 y movilizaron recursos y personal de CEMA Chile, institución estatal de beneficencia que dirigía la esposa del general, Lucía Hiriart. La modesta casa de piedra, que originalmente estaba destinada a los escoltas, quedó convertida en un lujoso espacio de 80 metros cuadrados al que muy pocos tuvieron acceso.

Rodrigo García Pinochet fue uno de ellos.

El nieto del general recuerda que la biblioteca de El Melocotón era “como un lugar sagrado, un verdadero santo santorum” al que se introducía un poco a escondidas de su abuelo cuando lo acompañaba los fines de semana. “Era muy receloso de sus libros, siempre los ordenaba personalmente y llevaba una férrea contabilidad de los mismos”, testifica el nieto al teléfono desde Estados Unidos, donde actualmente cursa estudios de postgrado.

Tan cómodo y a sus anchas se sentía el general en su biblioteca de El Melocotón que, según su nieto, pensaba pasar ahí sus últimos días.

Todo cambió a partir de esa tarde de domingo 7 de septiembre de 1986, cuando regresaba a Santiago en compañía de su nieto. Tras salvar milagrosamente de una emboscada de aniquilamiento, en un hecho que dejó cinco escoltas muertos, nueve heridos y un libro llamado “Operación siglo XX” que llegó a la biblioteca del general, la casa de El Melocotón comenzó a ser objeto de un progresivo abandono.

La dispersión. En septiembre de 1989, ya resignado a dejar el gobierno y atrincherarse en la comandancia en jefe, Augusto Pinochet Ugarte inauguró la biblioteca de la Academia de Guerra del Ejército que lleva su nombre y reúne cerca de 60,000 títulos, la mitad de los cuales fueron donados por él.

Ahí están varios de los textos de ciencias sociales que durante años le vendieron Juan Saadé y Luis Rivano. También varias de las enciclopedias y libros de línea y divulgación que el general adquirió de manera frenética. Hay piezas valiosísimas en términos patrimoniales, algunas como el “Ensayo cronológico para la historia general de La Florida” (1722), de Gabriel Cárdenas, tasada en más de $3,000 y que ni siquiera se encuentra en la Biblioteca Nacional. Hay cosas extrañas, como una horripilante versión de Martín Fierro forrada en cuero de vaca y dedicada por uno de los hijos del locutor radial Raúl Matas al “estimado presidente”. Hay cosas dignas de atención, como una reproducción del despacho que el general ocupó en La Moneda. Cosas históricas, como una firma que el ex director de la sangrienta DINA, Manuel Contreras, estampó en el libro de visitas ilustres. Y hay también una de las más completas colecciones de libros que analizan, para bien y para mal, el régimen militar.

El fondo bibliográfico aportado por Pinochet a la mayor biblioteca del Ejército se calcula en cerca de 29,729 títulos, poco más de la mitad de lo que aún se mantiene en poder de la familia entre las residencias de Los Boldos y La Dehesa. En El Melocotón no quedan más que 200 libros sin mayor valor.

Una importante colección relativa a Napoleón Bonaparte, además de once esculturas en miniatura del mismo personaje, permanecen en la bóveda del museo de la Escuela Militar, a la espera de que el juez Cerda levante su embargo o determine otra cosa. Los libros suman 887 volúmenes y fueron donados en septiembre de 1992 por el mismo Pinochet. Hay además 633 títulos de diferentes temáticas que fueron a parar a la Fundación Pinochet y 37 que se encuentran en la biblioteca central de la Universidad Bernardo O’Higgins, ligada a la oficialidad que participó de la dictadura militar.

En el penúltimo caso, que no ha sido objeto de la investigación del juez Cerda, varios de los libros que pertenecieron al general son relativamente recientes, en apariencia sencillos, sin mayor valor agregado. No hay grandes colecciones, rarezas ni antigüedades. Sin embargo, por razones diversas, tuvieron una significación especial para el hombre que los donó en 2000, al poco de retornar de su detención de dos años en Londres.

Entre esos 633 libros que permanecen en la Fundación Pinochet, hay una autobiografía de Erich Bauer, almirante de la marina del Tercer Reich, que aparece subrayada en la definición que entrega el autor sobre el vicealmirante Von Ingenohl. Esa definición retrata con formidable lucidez al propio general Pinochet: “Resultaba difícil adivinar su pensamiento íntimo, pues no descubría jamás sus planes a los ojos de los demás de manera abierta”.

Hay también marcas de lector en “El libro negro del comunismo. Crímenes, terror y represión” (1998), donde se subraya que las víctimas de los regímenes de la órbita soviética “ya se acercan a la cifra de cien millones de muertos”, y una dedicatoria que el autor de “Estrategia y poder militar”, Fernando Milia, capitán de la Marina argentina, escribe en noviembre de 1976 “al señor general Augusto Pinochet, reconocido geopolítico ayer y pilar antimarxista hoy, con todo mi respeto intelectual”.