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“Ya ni los gringos vienen por putas”, protesta el cantinero apoyado sobre la barra vacía de un local desierto que huele asquerosamente a limpiasuelos. Está cabreado y lleva así muchos meses. “Qué se arreglen de una vez, pero que vuelva a correr la lana”, se lamenta mientras abre una Tecate tras otra, bajo un ventilador de techo que solo mueve la mugre que acumulan sus aspas. Echa de menos los tiempos en que tenía cierto sentido el letrero que hay colgado en la puerta: “Prohibida la entrada a cholos, menores, militares y perros”. Hoy no puede permitírselo y daría la bienvenida a cualquiera que traspase la puerta con intención de hacer gasto. Si encima es algunos de los gringos que vienen a coger y a comprar viagra barata, mejor que mejor.

El zumbido de los helicópteros forma parte del bullicio junto al puente fronterizo que conduce a El Paso (Texas). Una banda sonora con la que conviven diariamente los casi 2 millones de habitantes que viven en Ciudad Juárez, y que incluye los gritos de vendedores y cambistas de dólares con muchos gramos de oro en dedos y dientes. Una banda sonora que incluye el sonido de las ráfagas de AK-47 (el famoso cuerno de chivo) y el de las sirenas. Muchas sirenas.

Nuestro cantinero habla a pocos metros del local al que se le atribuye la creación del primer margarita de la historia. El mismo bar en el que un día se sentó Marilyn Monroe para probar el cóctel de tequila, licor de naranja y limón, y a pocos pasos de un decrépito cabaré donde muchas décadas atrás se presentaron Frank Sinatra o Pedro Infante. Pero esos eran otros tiempos. Fue la época dorada de una ciudad acostumbrada a convivir desde su fundación con el vicio, las drogas y los excesos, pero que a día de hoy atraviesa una cacería sin precedentes. Si pocos recuerdan los días de vino y rosas de esta ciudad, menos aún la ola de pánico que se vive.

Una situación que, según los expertos y con muchos matices, se puede resumir así: los cárteles de la droga tienen cada vez más problemas para mover la droga e introducirla en Estados Unidos. El Gobierno de Felipe Calderón ha hecho de la “guerra” contra el crimen organizado el eje central de su mandato y para ello ha desplegado más de 40.000 soldados en algunos de los estados calientes del país lo que ha convertido la plaza en un avispero. Paralelamente Estados Unidos ha reforzado su control fronterizo y en el vecino del norte la demanda de cocaína ha caído.

La versión oficial dice que Juárez es el suculento objetivo de la guerra que sostienen los sicarios de Vicente Carrillo, jefe del cartel de Juárez, y del Chapo Guzmán, jefe del cartel de Sinaloa. Desde aquí, casi en el centro geográfico de los más de 3.000 kilómetros de frontera entre México y Estados Unidos, es fácil distribuir la droga hacia cualquier punto del país vecino. Pero la realidad es que desde hace tiempo, a los cárteles del narcotráfico que se pelean la plaza ya no le vale con matar, si no que hay que hacerlo con saña, descuartizando al contrario, metiéndole los testículos en la boca y colgándolo de un puente. Hay que salir en televisión. Igual que aquí no existe el clima templado, y se pasa de la nieve al sofocante calor en pocos meses, tampoco existen los heridos. Al que no muere en la primera ráfaga, se le remata en el hospital.

La paradoja es que para hablar de la vida, y la fuerza que esconde Ciudad Juárez, es necesario irse a la morgue temprano, visitar la cárcel, tomar un tequila en el famoso Kentucky o hablar con quienes se ríen de los que dicen que jamás pondrían un pie en un lugar como este. Y nos ponemos manos a la obra.

La vida se explica en la morgue

Será porque la muerte es algo tan habitual como ver amanecer, la morgue de Ciudad Juárez es tan fría como un centro comercial. Su aspecto nada tiene que ver con el de un sórdido lugar donde venir a morir, sino con un lugar de tecnología de punta donde médicos y científicos coinciden cada noche con madres desesperadas que llegan para reconocer cadáveres. Quizá porque ser forense en Juárez es como tener un master en literatura francesa en la Sorbona, aquí las matanzas se llaman “eventos” y jamás diferencia entre buenos y malos.

Quien esperaba encontrar un lugar sórdido, oscuro y macabro se encontrará un moderno complejo en el que trabajan medio centenar de personas en las áreas de criminología, balística, química y genética, antropología y administración. Todo para intentar saber el quién y el cómo de los 14 muertos que entran diariamente.

“Hasta 2004 esta era una ciudad normal y aquí sólo llegaban muertos por accidentes de coche, armas blancas…pero desde hace algunos años esto se ha disparado y las matanzas son en lugares públicos, transporte colectivo, centros comerciales…”

―¿Le afecta tanta violencia?
―Desgraciadamente se acostumbra uno pero los descuartizados siempre son impactantes –señala un médico embutido en un traje de plástico blanco, como si fuera un astronauta.

En la camilla metálica el último cuerpo que entró a la morgue espera para la necropsia envuelto en una bolsa negra de la que se escapan dos dedos. Y sobre el plástico negro unos enigmáticos datos escritos a tiza: SAC 35. En la radio suena la música de El Buki mientras comienza la disección, de quien hace unas horas era Omar. No hay más datos.

Precisamente desconocer todo lo que rodea los cadáveres está la clave para la supervivencia de este centro y su personal. “Nosotros no hacemos labor de investigación, eso pertenece a la Procuraduría y la Policía. No nos importa saber qué hizo ni por qué lo hizo. Mi obsesión es que los médicos traten los cadáveres como les gustaría que los trataran ellos”, explica sentada en su despacho Alma Rosa Padilla, coordinadora del servicio médico forense (Semefo): “El servicio médico forense hace el levantamiento del cadáver y aquí entran con un folio que dice fecha, donde se encontró, quien lo encontró y los rasgos físicos más importantes: tatuajes, cicatrices, trabajos dentales, amputaciones… Si no hay posibilidad de saber su nombre se mete en una bolsa negra, se le clasifica como No identificado y se conserva su cuerpo en el refrigerador hasta que algún familiar pase a reconocerlo”.

De los 14 cuerpos que entran diariamente, 12 ingresan por muertes violentas y solo 2 lo hacen por accidentes de tránsito, suicidios o intoxicaciones. Después de unas semanas, si nadie viene a retirar el cuerpo, todos ellos acabarán en una fosa común a la afueras de Juárez. El gigantesco congelador tampoco distingue el origen de los muertos, y en las estanterías metálicas, envueltos en sabanas blancas, se acumulan decenas de cadáveres de jóvenes, policías y sicarios a la espera de la necropsia. A falta de más datos, los sociólogos ya definieron a la mayoría de sicarios que llegan hasta aquí como Ni-ni-ni-ni, ni estudios ni trabajo ni esperanza ni remordimientos.

El olor a carne y sangre se mete en la nariz y la ropa mientras recorremos las instalaciones. Una sala, otra sala, un laboratorio, un refrigerador, dos despachos… Interrogo, apoyado en una caja de cartón que parece contener documentos, a la jefa de la morgue más activa del mundo.

―El trabajo se dispara los fines de semana y por las noches. Además hay un cambio importante de patrón y las muertes son más violentas: decapitados, torturados, quemados…impresiona mucho analizar el cuerpo por un lado y por otro la cabeza. Eso no se te olvida nunca –explica.
―¿Cuánta gente trabaja aquí ?
―Diez médicos, diez prodisectores, un radiólogo, un odontólogo, 12 camilleros, cinco secretarios, arqueólogos, antropólogos…
―¿Y para qué un arqueólogo o un antropólogo?
―Pues para investigar huesos como estos, aparecidos en estado de descomposición.

La doctora abre la caja en la que me apoyo, una sencilla caja de cartón con algunos datos escritos en el lateral donde se acumulan varias osamentas.

Marisol, lo más vivo de Juárez

En la avenida principal de Ciudad Juárez, varias patrullas de la Policía Federal esperan a que el semáforo cambie de color encapuchados, con el arma apuntando a los vehículos y el dedo en el gatillo. En el informativo que sale por la radio del carro el presidente Felipe Calderón habla de contundencia y de que jamás negociará o mirará hacia otro en su lucha contra el narco como hicieron los gobiernos anteriores. En sus últimos discursos ha bajado el tono y ha sustituido la palabra “guerra” por “lucha”, y “narco” por “crimen organizado. Miles de policías patrullan la ciudad desde hace meses pero el número de muertos, lejos de descender, alcanza cifras récord. A la detención de Tony Tormenta, por ejemplo, le sucedió una matanza de siete jóvenes en Ciudad Juárez durante una reunión familiar. En Ciudad Juárez a cada buena noticia le sigue siempre una masacre mayor que la anterior.

Pero son ya muchos años oyendo hablar de las “muertas de Juárez” (que hicieron tristemente célebre esta ciudad) y muy poco de las “vivos de Juárez”, así que la satisfacción es doble al ir a ver a Marisol, conocida como “la mujer más valiente de México”.

Es joven, es mujer y es jefa de policía del polvoriento Práxedis, un pequeño pueblo del Valle de Juárez, epicentro de la guerra que sostienen los sicarios del cartel de Juárez y del cartel de Sinaloa. Un lugar donde la estadística dice que si compras lotería, como Marisol, casi siempre te toca. Pero lo dicen las estadísticas, lo publican los periódicos (que hablan del 2010 como el año más sangriento de la historia de Juárez) y lo confirma su antecesor en el cargo, acribillado de nueve disparos, o los 18 policías que estaban a sus órdenes, la mitad asesinados y la otra mitad declarados en deserción cuando la cabeza de uno de ellos apareció en una hielera.

Y aquí es donde habría que explicar de qué pasta está hecha Marisol. Explicar que, a mediados de octubre, como si fuera una película de vaqueros, una joven de 20 años, coqueta y con cara de no haber roto un plato, empujó la puerta del despacho del alcalde para decir “aquí estoy yo” y hacer lo que ningún hombre se atrevía: asumir la jefatura de la policía de un municipio de 3.400 habitantes situado a 75 kilómetros de Juárez, y junto a la alambrada que los separa de Estados Unidos.

Y ahí está ella, tranquila, en una oficina que tiene tres balazos en la puerta, y moviendo con soltura sus barrocas uñas rosa sobre el teclado para redactar los primeros informes de su vida. “Tengo que contar al alcalde lo que la gente necesita. Es lo que él me ha pedido”, explica mientras escribe.

Contar que se levanta sobre las 6:30, que le gusta arreglarse y que tras las gafas de pasta esconde una sonrisa tan dulce que parece salida de otros paisajes. Que le vuelven loca las alitas de pollo, que está casada y tiene un bebe, que terminó la carrera de Criminología con un expediente plagado de notables y sobresalientes y que el último libro que leyó fue Drácula. También que, como solo había dos policías cuando llegó al cargo, decidió crear un equipo sólo con mujeres “porque me siento mejor con ellas. Son más humildes, más sencillas y conocen mejor cómo se lleva una casa y lo que es una familia”.

―Claro que tengo miedo, todos tenemos miedo ahorita, pero necesitamos que el miedo no nos venza. Me arriesgué porque quiero que mi hijo viva en un pueblo diferente a la que hoy tenemos. Mi proyecto se basa en corto, mediano y largo plazo. En el corto, visitar cada una de las familias del pueblo para conocer sus problemas; en el medio, involucrar a los habitantes en el proyecto y que todos trabajemos por la seguridad; y en el largo, acabar reduciendo los delitos con la ayuda de todos –explica con un entusiasmo que le brilla en los ojos–. Queremos recuperar los valores de la familia, de la cultura, del deporte… dar a los jóvenes otras alternativas.
―¿Quién provoca la ola de terror que se vive en el pueblo?
―Prefiero no decir nada.
―¿Cómo se llama tu pequeño?
―Prefiero no decirlo.

Frente a ella tiene una bolsa de papas fritas, un bombón que alguien le regaló y varios folios escritos a mano con una caligrafía de un recién salido del colegio.

Pero en los cuatro meses que lleva al frente de la policía algunas cosas han cambiado: los vecinos han visto a una jovencita recorriendo casas e interesándose por sus problemas, el pueblo apareció por primera vez en las televisiones de medio mundo y Hermila García ya no está en su puesto. Ella, también mujer, joven y jefa de policía de un pueblo cercano, fue asesinada cuando sólo llevaba un mes en el cargo al frente de la Policía de Meoqui. Murió acribillada el 30 de noviembre, cinco minutos después de haber salido de su casa. Un grupo de sicarios la seguía en dos camionetas y le dieron alcance a la altura del poblado de Los García, a unos 10 kilómetros de su oficina. Allí, la obligaron a bajar de su coche, un Nissan Sentra color plata, y le descerrajaron al menos tres disparos sobre la banqueta. Sucedió en menos de dos minutos frente a una tienda de importaciones y no hay testigos. Marisol ha rechazo escolta y tampoco quiere llevar armas, “porque sin pistola en el bolso me siento más segura”, dice.

Después de una fría noche, dejo Práxedis y emprendo camino a Ciudad Juárez. Antes de partir el único hombre, sentado en un banco de la plaza del pueblo, parece querer impresionarme.

―El pueblo se quedó desierto, aquí los que mandan son ellos (el narco) y hasta los perros tienen miedo. ¿Ve ese perro cojeando? Se llevó un plomazo rebotado en la pata en la última balacera.

El famélico animal es un montón de huesos y piel arrastrándose por los primeros rayos de sol de una región sin medias tintas, ni el clima ni en la violencia.

El Samurái, líder de Los Aztecas

La celda en la que hablamos es de las sencillas. Seis literas, manchas de humedad, un aparato de música, una televisión, fotos de vírgenes y familiares, algunas velas prendidas, un váter sin tapa, una ducha y la reja, siempre la reja. En los patios de la prisión murales prehispánicos con dibujos de Cuauhtémoc, de la mítica ciudad de Tenochtitlán o de Quetzalcoatl, la serpiente emplumada de los aztecas. Son las señas de identidad de Los Aztecas, una banda nacida en los noventa en las cárceles de Estados Unidos, pero que hoy trabaja a destajo para los cárteles de la droga.

El golpe del cerrojo al cerrarse deja en los pasillos de la prisión un eco que se prolonga con cada vuelta de llave del funcionario. Ni ropa azul ni cinturones ni paquetes de tabaco abiertos. Esas son las condiciones para poder entrar. Una puerta, otra puerta, un pasillo, otro puerta más y por fin, en el patio central, El Samurái.

―¿Eres el líder de Los Aztecas?
―Digamos que soy el portavoz.
―¿Por qué estás aquí?
―Por homicidios.
―¿Cuántos?
―Unos cuantos…
―¿Por qué?
―Era parte de mi trabajo
―¿En qué consistía tu trabajo?
―En entregas… y en ejecuciones.

El Samurái prefiere no entrar en detalles sobre el delito que lo condenó a la cárcel, y menos si entre los homicidios está parte de su familia. Le cayeron 20 años, se llama Jesús, y está considerado el líder de Los Aztecas en la cárcel de Ciudad Juárez, pero le llaman El Samurái porque cuando se pone hasta arriba de marihuana se le achinan los ojos. Pero hoy no hay ni rastro de marihuana, ni en su mirada ni en sus respuestas, sino un tipo calmado, con tatuajes en el cuello y la piel desfigurada, que lanza respuestas como disparos de AK-47, tan breves como secas, sentado sobre la cama de la celda.

Moreno de piel, voz grave, espigado y fibroso. Sin voces ni estridencias, reparte órdenes a sus soldados con un movimiento de cejas. Tiene el cargo de sargento dentro de la estructura de Los Aztecas y con él me han remitido los propios presos para saber qué pasa aquí dentro. Aunque lleva varios años a la sombra, la banda que lidera es uno de los brazos ejecutores del cártel de Juárez.

―¿Cómo es el sicario de ahora?
―Son personas jóvenes e inmaduras que no han estado nunca en el negocio. De ahí vienen las órdenes ahora. Chicos de familias humildes y descompuestas que tienen ganas de cosas, de comer bien, de vivir bien. Son jóvenes y tienen sueños. La lástima es que duran muy poco porque en este mundo nuestro a vida es corta y todo se queda en sueños.
―¿De dónde salen?
―Muchos son jóvenes, pero otros son padres de familia que hasta ahora trabajaban en la industria ensambladora y de repente les ofrecen diez veces más de lo que ganaban. Sólo por vender o informar.
―¿Cómo se ha llegado a la situación actual?
―Ahora se mata a los hijos, a la familia y se les cortan las cabezas. Se mata por gusto
―¿Por gusto?
―Sí, la mitad de las muertes en las calles son por gusto. Hay que gente cansada y enrabietada y cualquiera tiene un arma.

Con Margarito recorro el resto de la cárcel. Es bajito, gordito, usa gafas y huele a colonia fresca. A pesar de un nombre y un aspecto que nada tiene que ver con las películas de Hollywood, es otro de los pesos pesados de la cárcel de Ciudad Juárez, fiel escudero de El Samurái, y el hombre que le cuida las espaldas, dice.

Margarito me enseña la huerta, la granja y los gallos de pelea que están criando. Nos explica que Los Aztecas están obligados a ducharse y afeitarse cada día, a mantener limpia la habitación y a cuidar su aspecto. Los que venden chucherías o artesanías en el patio pagan impuestos a esta pequeño Estado creado al interior de la cárcel y que utiliza los recursos para adecentar el lugar, arreglar el campo de fútbol o pagar los atuendos para las celebraciones religiosas.

Pero Margarito sólo puede acompañarnos unos metros, hasta donde comienza un gigantesco muro, porque más allá están Los Mexicles, al servicio del cártel del Golfo y los Artistas asesinos (AA), brazo ejecutor del cártel de Sinaloa. La prisión está dividida en tres zonas de enemigos irreconciliables que ni se ven ni se tocan, en una cárcel para 1.600 presos que está al doble de su capacidad.

Nada más traspasar el muro y entrar en el área de Los Mexicles, las palabras jerarquía, respeto y orden de Los Aztecas toman sentido. Se nota en su aspecto físico y en que solo quieren sacarme unas monedas y unos cigarros. “Todo esto se terminaría acabando con aquellos”, “Una foto por favor, una foto” “¿Y usted de qué parte viene?”, preguntan Los Mexicles. Aquí no hay granja, huerta ni talleres. Parecen más un grupo de drogadictos abandonados a su suerte.

El recorrido termina en el bar más viejo de la ciudad de la ciudad, el Kentucky, un local con la barra de madera más espectacular de la zona. Una barra que llegó en barco desde París en la década de los veinte. El lugar respira elegancia, maderas finas, espejos y lámparas y risas a media luz. Aunque hoy está de capa caída grandes personalidades en su día artistas como John Wayne, Steve McQueen, Elizabeth Taylor o Richard Burton se echaron muchos tequilas y margaritas apoyados en este espectacular trozo de madera llegada de París. Fueron los últimos en dar esplendor a un lugar al que ya ni los gringos vienen por putas.

Hasta hace 20 minutos tenía 14 años y se llamaba Raúl. Estaba parado en la esquina de su casa, charlando con dos amigos. Un coche apareció muy lentamente por el final de la calle llena de gente. Cuando estuvo a su altura, dos hombres -ni jóvenes ni viejos, ni guapos ni feos, nunca nadie ve nada en Ciudad Juárez- se bajaron y apuntaron sus armas sobre él. Un tiro, dos, tres…

Ahora ya no tiene 14 años ni se llama Raúl. Sólo es el último muerto de esta ciudad maldita donde el único negocio que florece es el de las funerarias. Un tiro, dos, tres… Así hasta 25. Los perros ladrando. El padre de Raúl escuchando los disparos, bajando a la calle, descubriendo justo lo que el presentimiento le iba diciendo al oído. Su hijo de 14 años, estudiante de secundaria, desplomado entre la acera y un Ford Thunderbolt de color crema. Con la cabeza destrozada a balazos.

Los perros no han dejado de ladrar ni la gente ha abandonado la calle. Jóvenes muchachos de la edad del difunto siguen charlando y comiendo helados mientras los agentes van poniendo un triángulo amarillo por cada casquillo encontrado. Veinticinco triángulos amarillos. Ninguno a más de dos metros de distancia de donde está el cadáver. Un fusilamiento perfecto. Ni la vieja chapa del Ford color crema ni las paredes de la calle Calexico han resultado dañadas. Raúl quiso huir, pero le dieron caza. Con la misma precisión que a sus dos amigos, que yacen al final de la calle, también rodeados por la curiosidad y los triángulos amarillos.

***

Un hombre joven fuma dentro del cordón policial. Es el padre de Raúl. Ni siquiera llora. Sólo fuma, un cigarro tras otro. Le cuenta al reportero sus últimos 20 minutos. Que escuchó los disparos. Que bajó atropelladamente temiéndose lo peor. Que se encontró a su hijo así:

“Como ningún padre querría ver nunca a su hijo. Hágase cargo. Tenía 14 años, estudiaba secundaria…”.

El parte, frío, escueto, que un funcionario municipal redactará horas después sobre la “triple ejecución” hablará de un joven “que en vida respondía al nombre de Raúl Alberto Rubio Ochoa”. Tiene razón. Los muertos no tienen nombre. No desde luego en Ciudad Juárez, donde este sábado de febrero escogido al azar serán ocho los jóvenes asesinados por las oscuras mafias de la droga. Ocho. No son demasiados; tres días después morirán 21. Ni demasiado jóvenes; una semana más tarde caerán seis niños bajo los disparos de tipos que siempre tienen tiempo de huir. Ocho muertos son sólo ocho líneas en cualquier periódico mexicano. Sólo si el muerto respondía en vida a un nombre famoso -un general condecorado o el jefe de un cartel principal- o si las causas de su muerte resultaron extraordinarias -lo cocinaron después de asesinarlo o lo ejecutaron tras construir un túnel para pasar droga…-, sólo entonces puede optar el difunto al raro honor de un titular en la portada de un periódico nacional. Un país donde el narcotráfico se lleva por delante a más de 6.000 personas al año -más de 16 cada día- no tiene más remedio que ir apilando tanto sufrimiento en la fosa común de las medias columnas, un pequeño trozo de papel escondido en una página par de un periódico de provincias. O hace eso -sin indagar por qué mataron a Raúl, casi un niño, sin investigar por qué su padre bajó las escaleras con el presentimiento envenenándole el aliento- o se arriesga a perder la sonrisa para siempre.

Al primer muerto del sábado lo mataron entre Marte y Saturno, una esquina a medio asfaltar de la colonia Satélite.

La llamada se produjo a las 9.45. Una ambulancia de la Cruz Roja corrió al lugar. Luego, los policías municipales. Luego, los estatales. Luego, los federales. Luego, el Ejército. Aseguraron la calle. Un agente en cada esquina. Con sus rifles Ak-47, sus AR-5, sus revólveres en la mano, sus chalecos antibalas, sus pasamontañas, su tensión que se huele… Su miedo.

- Pero si ya ha pasado todo.

- No siempre. A veces vuelven a por el cadáver.

- ¿Quiénes?

- Unas veces, sus amigos. Otras, sus rivales.

- ¿Para qué?

- Quién sabe. Unas veces, para rematarlos. Otras, los montan en las camionetas y se los llevan. Nunca aparecen. Es muy extraño.

***

El policía municipal que habla parece nervioso. Es un tipo bajito, mal uniformado. La canana que lleva alrededor del cinturón está medio vacía. Un cartucho sí, uno no. Todavía hoy muchos policías tienen que pagar de su bolsillo la munición que gastan. Y si por la mañana no llegan pronto al reparto de los escasos chalecos antibalas, deben salir a patrullar a cuerpo gentil, un blanco perfecto. El policía municipal va de un lado para otro. Apunta en una pequeña libreta los nombres de todos los que, policías o no, rebasan por un motivo u otro el cordón de seguridad. No llega a cruzar palabra con los agentes de otros cuerpos. Es una constante de Ciudad Juárez. Nadie se fía de nadie. Menos aquí, un lugar tristemente célebre por las decenas de mujeres que fueron asesinadas sin que aún hoy se conozcan los motivos ni los culpables. Hay además datos muy claros de que el narcotráfico tiene voluntades compradas entre los policías, entre los jueces, entre los políticos, entre los periodistas. Las miradas dicen: sabemos a quién pertenece tu uniforme, pero no a quién perteneces tú. No es nada personal. Sólo cuestión de supervivencia. La noche anterior, cuando el reportero llega al aeropuerto de Ciudad Juárez, dos agentes federales lo esperan a pie de avión. Han recibido la orden de escoltarlo durante el fin de semana, integrarlo en una de las patrullas de fuerzas especiales que recorren día y noche la ciudad en busca de sicarios. Pero cuando va a abandonar el aeropuerto, dos soldados le piden que abra la maleta y la mochila en la que transporta el ordenador portátil. Uno de los federales trata de aliviar el trámite y se dirige al militar:

- No se preocupe, oficial, viene con nosotros.

- Claro que sí. Pero tiene que abrir el equipaje.

- Pero

- Tiene que abrir el equipaje.

Nada personal. Sólo eso: nadie se fía de nadie. ¿O no es por los aeropuertos de México, y bajo la supervisión de agentes de la ley, por donde toneladas de droga y sustancias químicas ilegales entran en el país? La escena se repite dos o tres veces durante el fin de semana. Cada vez que el patrullero pasa por un puesto de control militar, los soldados lo paran y lo revisan como si se tratara de un vehículo particular. O tal vez más.

- ¿Adónde se dirigen?

- Vamos a instalar un control de carros robados a dos kilómetros de aquí.

- Correcto. Bájense y abran la cajuela.

***

El policía abre el maletero. El soldado mete la cabeza, casi olfatea el interior. Ni hay tensión ni deja de haberla. Los soldados no sonríen. Los federales tampoco. Es una guerra extraña la que vive México. Las bajas se cuentan por decenas, todos los días, como en cualquier guerra. Pero aquí no hay dos bandos. Hay muchos, y andan disfrazados.

- Está bien. Pueden continuar.

Unos metros más allá, el federal que hoy conduce el patrullero – un joven simpático que cita a los clásicos- le explicará al reportero por qué, aunque íntimamente les fastidie, obedecen a pie juntillas las instrucciones de los militares. Aparca el vehículo en el arcén, junto a la valla que delimita un depósito de vehículos. Parece uno de los muchos cementerios de automóviles destinados a chatarra que afean la ya de por sí poco agraciada Ciudad Juárez. Pero no. Es distinto. Aquí vienen a parar los carros incautados al narcotráfico o sujetos, como parte de la prueba, a algún proceso judicial. Los hay nuevos y viejos. Lujosos -allá al final se ve una Hummer en aparente buen estado- y simples utilitarios. El agente señala un todoterreno, varado no muy lejos de la carretera. Tiene, como muchos otros, la chapa agujereada por los tiros gruesos de los rifles de asalto. Pero es distinto. Es un vehículo oficial, un patrullero de la policía municipal. No le queda un trozo de chapa sano.

- ¿Una emboscada de los narcos?

- No. Los militares tenían instalado un control. Les dieron el alto. Los policías no quisieron parar. Los militares abrieron fuego. Los mataron a los dos.

Nada personal.

La una de la madrugada. Hotel Chulavista. Está cortado por el mismo patrón que los moteles americanos de carretera. Una recepción, un comedor y una serie de habitaciones alrededor de un aparcamiento. Ni bonito ni feo. Vulgar. Discreto. Hasta no hace mucho, un buen negocio. “Los que más nos visitaban”, explica el camarero, “eran puros gringos. Parejas que cruzaban desde El Paso, aparcaban el carro en la puerta de la habitación y sólo salían un rato a cenar algo o a emborracharse a buen precio. Ya casi no viene ninguno. Les da miedo”. Ciudad Juárez y también Tijuana, en la costa del Pacífico, constituían las míticas fronteras donde la fiesta sin tregua -el alcohol, el juego, los clubes de alterne- atraía cada fin de semana a cientos de turistas norteamericanos. Nunca fueron ciudades exquisitas ni bendecidas por el Vaticano, pero sí razonablemente seguras. De eso dependía el negocio. Ahora, muchos de los restaurantes ya han cerrado, los prostíbulos sólo atraen a clientes locales y desesperados, y la única ruleta que gira día y noche es a vida o muerte. El hotel Chulavista estaba prácticamente desahuciado. Pero entonces llegaron los federales.

Las fuerzas especiales. Muchachos jóvenes -casi ninguna mujer- procedentes en su mayoría de las filas del Ejército. Sus sueldos son bajos, pero para poder lucir ese uniforme azul han tenido que pasar exhaustivos exámenes de confianza, incluida la prueba del polígrafo. Según ha llegado a admitir Felipe Calderón, el presidente de México, más de la mitad de la policía mexicana “no es recomendable”. Hay casos, como el de Tijuana, donde se detectó que nueve de cada 10 policías locales habían sido comprados por el narcotráfico. Incluso entre los 11.000 federales recién contratados, la mitad resultó ser de moral distraída. Se supone que estos que ocupan el hotel Chulavista de Ciudad Juárez pertenecen a lo mejor de cada casa, pero, por si acaso, sus jefes nunca le dicen por dónde patrullarán cada noche o a qué tipo de malandro van a intentar detener. Van y vienen de sus habitaciones al comedor uniformados al completo, chaleco antibalas incluido, y con el rifle AR-15 en bandolera. Sus mandos les dan el tiempo justo para comer algo y dormir un rato. El resto de la jornada lo emplean en recorrer la ciudad de cabo a rabo. Sus vehículos son camionetas pick-up de doble cabina. Ellos ocupan la parte de atrás, siempre de pie, con el dedo en el gatillo de sus armas y el pasamontañas hasta la nariz. Vigilando, siempre vigilando.

- ¡Nos vamos! Esta noche nos acompañará un periodista español. Si hay suerte y detienen a algún delincuente, no me lo golpeen demasiado… Háganme ese favorzote, muchachos.

***

El oficial subraya la broma guiñando el ojo detrás del pasamontañas. Los muchachos se ríen. Será el único momento de relajación en cinco horas. Las camionetas de los federales se sumergen en la noche de Ciudad Juárez, cruzan a todo trapo avenidas casi vacías y se adentran por colonias polvorientas, sin pavimentación, donde sólo los perros con sus ladridos parecen reconocerlos. Al fondo se distinguen las luces de El Paso, al otro de lado de la frontera. El Paso es una de las ciudades más seguras de Estados Unidos. Ciudad Juárez, la más violenta de México. En El Paso, como en toda la frontera, se venden armas de grueso calibre sin ningún impedimento. Aquí se mata con ellas. Los policías se adentran en una de las colonias más peligrosas. Se sienten observados, por eso circulan sin luces, guiados por un agente local con un mapa y una linterna. El oficial comenta en voz muy baja:

- Esta noche vamos a hacer dos o tres cateos. Hemos recibido varios pitazos [chivatazos] sobre gente que podría estar vendiendo droga y armas.

***

Llegan al primer objetivo. Empieza un baile muy bien ensayado que se repite en cada registro. Los agentes saltan de las cuatro camionetas. Unos corren hacia las esquinas para asegurar el trabajo de sus compañeros y prevenir emboscadas. Los oficiales que van a penetrar en la casa -una especie de cortijo desvencijado- desenfundan sus armas cortas y quitan el seguro. Cada uno de ellos va escoltado por dos o tres compañeros con rifles de precisión. El puntito rojo de la mira se pasea por una pared que supo de mejores tiempos. Un perro encadenado parece enloquecer. Sale un hombre a la puerta de la casa. Descalzo. Despeinado. La camisa por fuera del pantalón.

- ¡Alto! ¡Federales!

El registro no dura más de 10 minutos. No parece que el dueño de la casa sea un narcotraficante. Parece más bien un nómada incómodo al que algún vecino quiere perder de vista denunciándolo a la policía. Hay niños por todos lados. Niños mal vestidos, niños canijos y sucios que juegan con juguetes rotos y que observan a los policías con serenidad, como si ya los hubieran visto más veces, como si formaran parte del juego al que están predestinados a jugar. “Negativo. No hay nada, ¡vámonos!”. La acción se repite dos veces más. Dos cateos. Dos negativos. Ha sido una noche tranquila que ha terminado en empate. No han detenido a nadie, pero tampoco se ha reportado ninguna baja.

Vuelta a la base. Mañana será otro día.

Dos horas después suena el teléfono de la habitación. “Han encontrado a tres muchachos ejecutados en la puerta de una discoteca. ¡Nos vamos!”. La misma historia del día anterior. La ambulancia. La policía local. La policía estatal. La policía federal. El Ejército. Y esperándolos a todos, sin inmutarse, la muerte.

Tres jóvenes. Boca arriba. Cada uno con su ración de plomo. Se parecen al joven ultimado en la colonia Satélite. Detallistas de la droga, camellos, narcomenudistas. Como mucho, aprendices de sicario. Clase de tropa. Carne de cañón. El perfil de las bajas del narcotráfico en México es el de jóvenes captados por los distintos carteles de la droga que luchan entre sí para afianzar su predominio en las plazas. No sólo han muerto en la frontera con Estados Unidos. También en la que separa un antes y un después de la historia de la droga en México. Lo que había hasta ahora está muy claro. Basta comprarse un CD de los Tigres del Norte o de los Tucanes de Tijuana para conocer las historias cotidianas del negocio o las leyendas de los grandes narcotraficantes como Amado Carrillo Fuentes, jefe hasta su muerte del cartel de Juárez. Le llamaban El Señor de los Cielos. De él se dice que tenía una docena de Boeing 727 con los que introducía cocaína en Estados Unidos. La épica de la frontera. Las reglas. El respeto. La complicidad de los gobernantes. Tú hasta aquí y yo hasta allí. Y como último recurso, la muerte. La muerte como herramienta de trabajo, de poder, de advertencia.

Todo eso se acabó hace algo más de un año. La versión oficial es que tantos años de complacencia con el crimen organizado habían llegado a horadar los cimientos de la República y amenazaban con privatizar el país en su beneficio. “Los señores de la droga ya estaban tocando las puertas de Los Pinos [la sede de la presidencia de la República]“, dice a media voz uno de los hombres más poderosos de México. “O los combatíamos o les entregábamos el país. Ya eran dueños de algunos cuerpos enteros de policía que trabajaban para ellos y no para los ciudadanos”. El caso es que el presidente, Felipe Calderón, tocó zafarrancho de combate. Hace de eso un año, dos meses y 7.000 muertos.

***

La furgoneta blanca del depósito de cadáveres llega al lugar de la triple ejecución. Se coloca junto a la ambulancia de la Cruz Roja. “El día que más miedo pasé”, comenta una enfermera del servicio de urgencias, “fue hace sólo unos meses. Recibimos el aviso de que había un joven malherido tirado en la calle. Acababa de ser víctima de un ataque armado. Fuimos hacia allá y llegamos cuando todavía respiraba. No había tiempo que perder. Lo metimos en la ambulancia y salimos corriendo hacia el hospital. A medio camino se nos cruzaron dos furgonetas con los cristales oscuros. Bajaron tres o cuatro encapuchados, nos apuntaron en la cabeza al chófer y a mí y nos dijeron que nos estuviésemos quietos. Fueron a la parte de atrás, sacaron al herido y le dieron el tiro de gracia en medio de la calle. Mira, te lo estoy contando y aún se me eriza la piel. Antes de irse aún tuvieron tiempo de amenazarnos. Nos dijeron que, por nuestro bien, la próxima vez no tuviésemos tanto interés en llegar tan rápido…”. Los dos grandes hospitales de la ciudad también han sido escenario de irrupciones violentas de sicarios que buscaban rematar un trabajo mal terminado. En una ocasión, y en previsión de que eso sucediera, el juez colocó a dos policías custodiando la puerta de urgencias. Por si llegaban los sicarios.

Llegaron. Mataron a los dos policías. Entraron en el hospital. Remataron al herido. Y se marcharon.

El jefe de la policía científica se dirige a los muchachos de la furgoneta blanca:

- Ya os los podéis llevar.

Los curiosos le echan un último vistazo. Certifican que los asesinados no son del barrio. De igual forma, unas horas antes, los vecinos de la colonia Satélite juraron que el primer muerto del sábado -chándal azul celeste, manos atadas a la espalda con una cuerda amarilla- jamás había sido visto por allí. Hay un testigo que dice haber observado cómo arrojaban al muchacho del chándal desde un vehículo, todavía vivo, y lo remataban en el suelo.

- ¿Y cómo era el carro?

- No me acuerdo, jefe.

- ¿Grande o pequeño?

- Normal.

- Y a éste -dice el policía señalando al muerto- ¿lo habías visto antes por aquí?

- Nunca. No es de aquí.

El procurador general de la República, Eduardo Medina Mora, maneja un dato estremecedor:

- Al 40% de los que mueren no los reclama nadie.

Fosas comunes. Esquinas de papel en los diarios. Y la batalla que no cesa. Todos los días, el Gobierno de México distribuye una serie de comunicados -partes de guerra- que dan cuenta de la incautación de armas, de la intervención de droga, de la detención de sicarios. Pero al día siguiente, invariablemente, los noticieros hacen recuento de las bajas, y raro es el día que no superan las dos cifras. Diez en Ciudad Juárez. Cinco en Tijuana. Dos en Culiacán. Total: 17. Hay ciudades marcadas por la tragedia diaria. Suelen ser las sedes fronterizas de los antiguos carteles de la droga, hoy atomizados por las guerras entre sí y por el embate del Estado, pero también se producen bajas muy cerca del mar Caribe, a pocos metros de las palmeras y los hoteles de lujo. El goteo es continuo y, aun así, nunca faltan nuevos soldados dispuestos a morir.

***

La caravana de federales regresa al hotel Chulavista. Un semáforo en rojo. De pronto, como surgido de la nada, un joven se acerca corriendo. Dos federales lo apuntan con sus armas. El muchacho parece muy nervioso. Discute con los policías del primer vehículo, que finalmente acceden a que suba con ellos. La caravana aborta el regreso a la base y se dirige ahora, a toda prisa, a una colonia cercana. Al parecer, el muchacho ha sido víctima de un robo. Unos jóvenes le han quitado su vehículo a punta de pistola. Pero mientras regresaba a su casa, a pie y asustado, ha creído ver a uno de los asaltantes meterse en una casita de una planta, como casi todas las de Ciudad Juárez. Los federales llegan al lugar indicado. Se bajan de las camionetas y rodean el inmueble. Mientras tres agentes, acompañados del denunciante, entran en la casa, otros aseguran la zona y revuelven en la basura. La operación es rápida. Los que han entrado en la casa salen con el sospechoso agarrado del cuello. La víctima lo ha reconocido. Los policías que se quedaron en la puerta también tienen su botín. Acaban de encontrar las matrículas del vehículo sustraído. El interrogatorio se hace en caliente. La madre del muchacho sale a la puerta y le pide al oficial, con una sonrisa en la boca:

“No sea malito, jefe, no me lo golpeen”.

***

El muchacho delata a un cómplice, y éste a otro, y el tercero habla de un tal? El vehículo es por fin recuperado. Casi al alba. Los policías se muestran exultantes, aunque el paisaje de fondo no es muy alentador. Chavales que manejan pistolas, roban coches, merodean por las calles sin asfalto en busca de su próxima víctima. El 40% de los muchachos de Ciudad Juárez ni estudia ni trabaja. Una buena parte sólo espera su turno de matar o morir. Su sueño es un carro del año, un buen revólver con las cachas de oro. Muchos mueren así, con el sueño de que un cantante famoso de narcocorridos le dedique una letra bien chingona a cada uno de ellos.

La patrulla regresa al hotel. Ya se divisa el alba cuando la voz del comandante da un nuevo parte:

“Se acaba de recibir un aviso. Han encontrado el cuerpo calcinado de un hombre encima de un contenedor de basuras. Diríjanse a la calle…”

El octavo muerto de este fin de semana tampoco tendrá nombre.