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Sangre en los ojos

Publicado: 3 noviembre 2010 en Pedro Noli
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Alguien grita en el quinto piso. En la recepción, en plata baja, creen oír algo, pero el hotel más lujoso de San Miguel de Tucumán está frente a un oscuro parque y por las noches, siempre, ruidos extraños interrumpen la calma. El guardia y el recepcionista se miran otra vez. Se percatan de que no han oído un alarido colado por una ventana abierta; es una voz gruesa y pesada que se acerca. Se acerca con ecos de pasillos: “¡Mandame el ascensor, el ascensor!”. La señal lumínica indica que alguien lo llamó del quinto piso. Y vuelve el grito desesperado. El recepcionista da un paso largo, corre por la escalera y se detiene de repente, en el descanso entre el primer y el segundo piso. Ve algo. Se queda inmóvil, petrificado, con el espanto de quien ha visto aquello que no se puede contar porque recordarlo carcome el cerebro. Hay un hombre desnudo -de dos metros de alto y 120 kilos- sentado en la espalda de una mujer acostada en el suelo, también desnuda. Rubia y desnuda. La agarra del pelo y estampa su cabeza contra el suelo, que ya es un charco de sangre. Lo hace una y otra vez. La mujer no dice nada. Sólo sangra. El camino rojo viene del piso de arriba; la arrastró por las escaleras. El recepcionista está espantado. Acaba de ver el rostro de ella: no tiene los ojos. Hay dos agujeros negros donde deberían estar las esferas blancas con círculos azules. Por ahí, ahora, chorrea sangre. El hombre mira al recepcionista y le grita: “¡El ascensor que la maté, maté a mi mujer!” Y otra vez la golpea contra el piso. El empleado del hotel cierra los ojos y corre al teléfono.

Aquello pasó en la madrugada del domingo 28 de octubre, la noche del sábado. Horas después, mientras los tucumanos votaban para elegir presidente, el comentario de los ojos arrancados no faltó en ninguna de las mesas electorales. Los policías que trabajaron en el comicio repartieron la noticia antes de que salga en los diarios. Y se difundió con la rapidez que saltan los chismes en las ciudades en las que todos tienen, por lo menos, un conocido en común. Todos querían saber quién es el brutal asesino y por qué lo había hecho. Preguntaban, también, si había logrado escapar después su atroz crimen.

El día del asesinato, la pareja había llegado de La Banda, Santiago del Estero, a 200 kilómetros al sur de la capital tucumana. Ambos nacieron y se criaron ahí. Él, Pablo Antonio Amín, de 24 años. Exitoso vendedor y consumidor del polvo dietético Herbalife. Ganaba unos 7.000 pesos al mes. Robusto, gigante y morocho. Manejaba un Citroen C3, con calcos de la firma que lo había hecho adelgazar 40 kilos en cuatro meses, en 2005. Pesaba, entonces, 160 kilos. Desde que adelgazó, su vida giró en torno al producto adelgazante y tonificante. Ella, María Marta Arias. Le decían “Martita”. Estudiante de tercer año de Ciencias Económicas, callada y discreta. Pablo no había gustado a sus hermanos, pero no les prestó atención. Se conocieron de chicos, cuando cursaban Inglés, y tres meses antes del crimen se habían casado.

***

Ese sábado empezó con Pablo y sus puños en alto, al mediodía en una vereda céntrica tucumana, invitando a pelear a un vendedor de Herbalife que ni siquiera tenía frente a sus ojos. Ese mediodía disertó en una conferencia en el hotel Tucumán Center, en el corazón de la ciudad. Habló sobre la preparación de un licuado de Herbalife y notaron que transpiraba mucho. Hacía calor. Y si el calor tucumano es insoportable por lo húmedo, más lo será para un hombre que mide dos metros, que es gordo y tiene tendencia a engordar, que usa un pantalón de vestir oscuro, que se mueve a los gritos de una punta a la otra y que quiere pelearse con un vendedor de la misma empresa. Aquel mediodía, Amín retó a las piñas a Luis Bader, de quien sospechaba que quería robarle clientes. La vereda oeste de 25 de Mayo al 500 fue el ring que sólo tuvo al gigante con las manos arriba, pidiendo por un ausente Bader, hasta que llegó su mujer María Marta y lo tranquilizó. Bader no estuvo con Amín en la calle, ni el salón.

Los vieron irse por esa vereda angosta, entre los vendedores de películas piratas y la gente que se bajaba a la calle para poder avanzar. Él iba adelante, apurado y ella atrás a pasos largos, tironéandole la camisa. Buscaron su auto. Luego dejaron el vehículo en una estación de servicio, y según Amín, en su declaración judicial, a partir de ese momento empezó a escuchar una voz interior que decía que alguien lo quería matar. Era femenina: “Pablo, corré que te van a matar”. Huyeron, entonces, de esas amenazas virtuales durante más de dos horas, en taxis y colectivos, pero terminaron a tres cuadras donde habían empezado, en la Iglesia Catedral, frente a la plaza Independencia. Un recorrido incoherente.

La Catedral estaba bulliciosa por los llantos de los bebes que esperaban el bautismo, en la misa de las 17. Pablo y María Marta entraron apurados, quizás para callar esa voz asesina que los perseguía, quizás para simular locura y tener testigos fieles. Se pusieron primeros en la fila. No respetaron la cola.

-Padre, bautícenos-, pidió Amín. Y el párroco José Navarro le indicó que se corriera, que esperara al costado.

-Padre, necesito que nos bautice-, repitió y le hizo señas al fotógrafo que esperaba el turno de uno de sus clientes.

El Padre, sorprendido por aquella intromisión, le tocó el rostro y el fotógrafo Fabian Amante disparó en el momento justo. Luego los buscó para venderles la imagen, pero no los encontró. Esa foto la compró el diario El Siglo por $50, tres días después. “Se que valía mucho más, pero bueno, agarré la primera oferta”, se lamenta Amante, ahora que sabe fue la última foto con vida de la víctima del crimen más escalofriante que tuvo la provincia.

Antes de salir de la catedral, Pablo Amín tomó un trago de agua bendita. “Tenía prisa y los ojos perdidos. Su mujer lloraba”, recuerda el padre que ahora es párroco en el sur de la ciudad, donde las calles son de tierra y en el verano hay que abandonar las casas por las inundaciones. Por ahí vive la niña tucumana más famosa, Barbarita Flores, que fue el icono de la desnutrición nacional en 2001.

Pablo y María Marta se separaron cuando salieron de la Catedral. Ella se asustó por el extraño comportamiento de su marido y fue a buscar a sus amigos. Él quedó sólo y, en la Plaza Independencia, le pidió a un agente que lo arreste. Éste se sorprendió y llamó al móvil. Amín subió tranquilo y entró a la comisaría pidiendo agua. Le dieron un vaso y después se tiró al piso, a tomar del caño. LLegó su amigo Walter Cancino, otro santigueño que también trabaja en Herbalife y quien decidiría, después, que se alojarían en el hotel del crímen. Pero Pablo casi no le prestó atención. Le pidió que le acercara un tacho de Herbalife y empezó a ofrecerles el producto a los policías de la guardia, mientras esperaba la llegada del comisario. Los agentes recuerdan sus palabras: “Yo bajé con estos batidos 40 kilos. En casa lo tomamos todos, mi mamá, mi mujer”. Fueron los primeros en bautizarlo “el loco Amín”. Y hombre así seguía, mientras María Marta esperaba en la vereda sin entender qué le pasaba su marido.

-Jefe, déjeme acá. Enciérreme-, le pidió Pablo al comisario Ibáñez.

***

La noche ya había caído en Tucumán. Walter, el amigo de la pareja, se alojaba con su mujer en el hotel Catalinas Park, propiedad de Catalina Lonac, cónsul croata y mujer de Jorge Rochia Ferro, quizás los empresarios más poderosos de la provincia. Tienen ingenios, estaciones de servicios y en los últimos años se concentraron en la actividad hotelera. Compraron el Grand Hotel de Tucumán, lo refaccionaron y le cambiaron el nombre. En la calle es “el Catalina”.

El Catalina está en la Avenida Soldatti 340, frente al Parque 9 de Julio, un espacio verde que por las noches se vuelve oscuro. En sus calles internas se ofrecen las prostitutas, escondidas bajo los inmensos lapachos y sauces llorones. La fachada del hotel está iluminada desde abajo, lo que lo hace alto, majestuoso y elegante. El bar, en planta baja, hay un piano que brilla y cuadros costosos de artistas desconocidos, -seguro- amigos de los dueños. Ahí conversaron la noche del sábado, Walter Cancino y su mujer, sobre lo extraño que había actuado Pablo.

Amín y su mujer se registraron en el hotel a las 00.17 del domingo, consta en la planilla de la recepción. En la comisaría no lo quisieron encerrar y lo mandaron a un hospital. Luego fueron al hotel. Saludaron en el bar, y los vieron subir en el ascensor tomados de la mano hasta que se cerró la puerta. La única persona que sabe exactamente qué pasó de ahí en más es Pablo Amín. Y según su declaración en la Justicia, llegaron los dos a la habitación 514. María Marta se quitó su pollera corta y su remera verde, dobló las prendas y las dejó sobre la silla. Pablo se sacó el pantalón oscuro y la camisa transpirada. Se acostaron desnudos, sin hablar, hasta que ella le dio la espalda en la cama.

Pablo: ¿Por qué no fuiste a verme cuando estaba en la comisaría?

María Marta: Walter me dijo que estabas enojado conmigo.

Pablo: Mentira… ¿Por qué demoraron tanto en ir a buscarme al hospital?

María Marta: Porque te queríamos internar, Pablo.

El hombre, entonces, se enfureció. Montó sus 120 kilos sobre el pecho de María Marta y comenzó a ahorcarla con las dos manos. “Lo hice con toda mi fuerza”, declaró ante el juez. Los huéspedes de las habitaciones cercanas no escucharon gritos. O por lo menos eso dijeron. El televisor y el aire acondicionado de la 514 estaban encendidos, y Pablo Amín asfixiaba a su mujer sobre la cama. María Marta quedó muda, desmayada. Entonces, Amín, tomó un elemento cortante y con precisión de cirujano, cortó el perímetro del globo ocular derecho y, con cuidado de no dañarlo, lo tomó con los dedos y lo arrancó. Lo mismo hizo con el izquierdo y después los acomodó sobre la cama, uno a la par de otro. Quedaron así hasta que los encontró la policía. Luego, introdujo la punta filosa en la vagina de su mujer y giró la muñeca para un lado. Después para el otro. Una y otra vez. Cortó un pedazo de carne de dos centímetros que quedó tirado sobre la alfombra. Le hizo tajos en el ano y después en las mejillas, donde 15 minutos antes, cuando subían al ascensor, le había dado un beso.

Amín apareció desnudo en el pasillo del quinto piso, con su mujer en el suelo. Se acercó al ascensor y apretó el botón. Luego fue a la habitación 513 y golpeó violentamente la puerta. Dejó manchas de sangre. De ahí arrastró el cuerpo hasta la escalera y la tiró por el hueco. En el cuarto piso dejó una mancha grande, al caer y salpicar sangre. Ahí la volvió a tomar del pelo y la arrastró hasta el descanso entre el primer y el segundo piso, mientras pedía a gritos el ascensor.

Ahí llegó el recepcionista Sergio Nuñez. Y se espantó cuando lo vio. Cuando reaccionó bajó a llamar a la policía, que no demoró más de tres minutos. Y cuando subieron de nuevo seguía el cadáver de la mujer en el suelo, pero Pablo, ahora, la pateaba con bronca. “Tirate al piso”, le exigió el policía. Amín lo miró desde sus dos metros, desnudo, ensangrentado, agitado. A sus pies estaba el cuerpo destrozado de María Marta. “¡Tirate al piso, mierda!”, repitió el policía y sacó el arma. Y Amín se puso de espaldas, se arrodilló y luego se tiró al piso. Pabló, entonces gritó, desde el suelo: “¡Quiero agua tengo el anillo en la garganta! ¡Quiero agua! ¡Esto fue emoción violenta, estoy loco! El ascensor… ¡el ascensor no andaba!”. Los estudios médicos determinaron que a Amín que tenía un elemento circular en el estómago.

***

Las fotos que tomó la policía criminalística en la escena del crimen son horrosas. En la número 8 hay un mujer desnuda tirada en el descanso del primer piso. Tiene la bombacha rota, fuera de lugar, subida, cerca de los pechos. Hay sangre en la vagina. La número 16 es un primer plano de la víctima. Una mano sostiene la cabeza y una macha de oscura nace donde deberían estar sus ojos. Desde la número 26 hasta la 56 las imágenes registran los puntos donde hubo sangre en la escalera. En el cuarto piso hay una marca más grande que las demás. Hay sangre en el botón del ascensor del quinto piso. Hay sangre en la puerta de la habitación 513. Y hay mucha sangre en el acceso a la habitación 514. La fotografía número 72 muestra a dos globos oculares, uno a la par de otro, sobre la sábana blanca. “Unos huéspedes que habían llegado a filmar un documental se acercaron de casualidad. Uno empezó a vomitar y dijeron que se iban del hotel”, recuerda el policía Ibañez, quien estuvo esa noche mientras tomaban las fotografías.

El arma con que le arrancó los ojos nunca apareció. Los investigadores dicen que no la pudo haber tirado por el inodoro porque no encontraron sangre en el baño. Si la arrojó por la ventana, lo hizo desde la cama y la policía no la halló donde debería haber caído. El abogado de la víctima sospecha que la podría haber entregado a los huépedes de la habitación 513, que eran amigos de Amín. Ellos dijeron que no escucharon nada.

En los minutos que estuvo en el hospital, luego de estar en la comisaría, Pablo hizo un escándalo al caerse y derribar un modular con elementos quirúrgicos, según el abogado de la familia de la víctima. Y ese dato sería clave en la investigación del crimen. El hombre habría robado de ahí un bisturí. El médico le dijo que estaba bien, que necesitaba dormir. Así que Amín se quedó custodiado por la policía hasta que llegó su mujer, una hora después. Cuando se encontraron Pablo estaba tranquilo. Le dijo: “Ya te voy a explicar por qué me puse así”. Lo escuchó Ibañez.

***

Cada vez que llega un presidente a Tucumán, el Gobierno provincial se encarga de sacudirle el polvo a la ciudad. Pintan las calles, izan banderas y cambian los focos quemados. Pasó, otra vez, en la última cumbre del Mercosur, que empezó el 30 de junio pasado. Siete presidentes sudamericanos debatieron en la provincia pintada para la ocasión. Y se alojaron en el hotel Catalinas Park, donde ocho meses antes había ocurrido la noche sangrienta. A Hugo Chávez lo mandaron al quinto piso. Y una de las dos habitaciones que ocupó fue la 514, ahí, donde Pablo Amín le sacó cuidadosamente los ojos a su mujer, mientras aún vivía. “Chávez nunca se enteró dónde había estado. Nosotros nos quedamos calladitos. Bah, como siempre. En el hotel no se habla del crimen. Hay empleados que vieron esa noche a Amín y quedaron bloqueados. No les sale ni una palabra cuando se le pregunta. Y menos iban a comentarlo delante de los venezolanos”, cuenta una empleada que pide el anonimato. Para la llegada presidencial cambiaron la alfombra de la habitación.

Han pasado diez meses del crimen del Catalinas Park, y acá, en bar del hotel, nadie quiere hablar en voz alta de aquella noche. El repecionista que vio a la mujer sin los ojos, se asusta cuando se le pregunta del caso. Dice que ahora no contestará, que lo hará otro día, que le tiene que preguntar al gerente. Y se va.

En la habitación 514 se aloja una pareja de porteños, que se hospedó con total naturalidad. Sigue el mismo televisor, el aire acondicionado y los empleados que hablan lejos del hotel dudan si es la misma cama.

El mozo trae un café y de fondo se escucha a un inglés que intenta hablar español fluido y no puede. Llega el abogado de Amín, Marcelo Flores. Su cliente ahora está encerrado junto a los 25 delincuentes más peligrosos de la provincia, en la unidad número 9 de Máxima Seguridad, en el Penal de Villa Urquiza. Luego del crimen, lo llevaron al hospital psiquiátrico Obarrio, donde leía la biblia y dormía encerrado cuando tenía ataques violentos. Estuvo ahí hasta hace seis meses cuando la justicia decidió que debían llevarlo a una cárcel común.

“Lo tienen como a Hannibal Lecter”, dice Flores, que también pugna por la libertad de la mayoría de los homicidas y violadores que salen en los diarios. Su estrategia, ahora, es demostrar que Pablo Amín está loco. Pero la junta médica determinó que no lo está. “Nosotros exigimos un nuevo análisis. No se tomaron en cuenta los actos incohentes que hizo Pablo antes del crimen. Además la junta médica está integrada por mujeres y se impresionaron por la violencia del caso. Y otra cosa: cargan con la piedra de la condena social. Y es más fácil determinar que estaba bien, que es un asesino y no un loco. No es así. Pablo actuó fuera de sí. Es inimputable”.

La otra parte del juicio: el abogado de la familia de María Marta se llama Mario Leiva. Argumenta que Pablo Amín jamás pudo haber actuado en “emoción violenta” por la manera en que sucedió el crímen. “Se hizo pasar por loco, pero contrariamente se acordaba todo lo que había hecho con lujo de detalle. Una persona que actúa fuera de sí, como un loco, no tiene la habilidad para marcarle los ojos como un cirujano experto y luego arrancarlos sin dañarlos”, asegura Leiva.

Ambos penalistas tienen su estudio jurídico en el mismo edificio. Es más, son vecinos del tercer piso. El juicio aún no tiene fecha de inicio y Leiva parece llevar la delantera. “Ya lo caminó”, dice el portero de la torre que alberga sólo a abogados y está detrás de los tribunales tucumanos.

Según Leiva, Amín tendría celos de Walter Cancino y ese día su bronca se habría potenciado. También dice que tenía planeado matarla ese día. Y que por eso montó un siniestro plan de asesinato: un simulacro de locura para quedar impune ante la justicia, y así poder acribillarla con odio.

Y hay un dato que potencia su teoría: En las casillas de correo de los periodistas tucumanos hay fotos de María Marta desnuda, posando sexi para la cámara sobre una cama. Llegaron a los medios luego del crímen, pero nunca fueron publicadas. No faltó el reportero que indicó que Amín se habría enterado que María Marta hizo circular esas imágenes entre sus amigos, y por eso quiso vengarse.

Otros están convencidos de que no es así, que la historia es otra. Afirman que el extraño comportamiento de Pablo en las horas previas y durante el crimen, fueron las reacciones naturales de un desquisiado mental que mata, tortura, destroza, pero luego no lo recuerda. Amín jamás dijo que él le sacó los ojos, dice que su cabeza omite ese acto. Sí, afirmó, en cambio, que la ahorcó.

Poco importa ya todo esto en el hotel. Su nombre quedó manchado sólo para los tucumanos. Y los dueños quieren que se mantenga así. Por eso, tal vez, desistieron de la idea de derribar la habitación 514, y darle más espacio a la 513. En el pasillo iba a faltar un número. Seguro más de un turista curioso habría preguntado por qué. Y alguien de la ciudad tendría pie para contarle dónde empezó terrible historia de Pablo Amín y de los ojos azules de María Marta Arias. La 514 ahí está, intacta, con el televisor encendido y la cama doble tendida.

De todos los terribles escándalos sexuales en los que los jerarcas del Vaticano se vieron envueltos, ninguno tiene más probabilidades de asestar un fuerte golpe a la institución que la asombrosa historia del sacerdote mexicano Marcial Maciel. Los crímenes que otros sacerdotes y obispos cometieron contra niños pueden provocar indignación, pero también hacen que queramos mirar para otro lado. En el caso del padre Maciel, en cambio, es imposible tomar distancia del horrendo drama a medida que éste se difunde, página a página, revelación tras revelación, en la prensa mexicana.

El padre Maciel, que nació en México y murió en 2008 a los ochenta y siete años, era muy conocido en el mundo católico.

Superó obstáculos que habrían vencido a cualquier otro y fundó lo que se convertiría en una de las órdenes más dinámicas, rentables y conservadoras del siglo XX, que en la actualidad tiene casi ochocientos sacerdotes y aproximadamente setenta mil hombres y mujeres de todo el mundo que participan en el movimiento laico Regnum Christi. La Legión de Cristo, que tiene casi setenta años de antigüedad como orden, es relativamente chica, pero influyente: opera quince universidades y sus escuelas tienen 140.000 alumnos (en Nueva York, sus miembros enseñan en once escuelas parroquiales). Sus líderes, por otra parte, tienen desde hace mucho tiempo un notable acceso a la jerarquía del Vaticano.

Maciel, que pertenecía al círculo íntimo del papa Juan Pablo II, también era bígamo, pederasta, drogadicto y plagiador. Procedía de Michoacán, en el sudoeste de México, y creció durante los años de la Guerra Cristera (1926-1929), un conflicto que enfrentó a los católicos (cristeros) del México provincial con el gobierno anticlerical de la capital. Uno de sus tíos fue el general al mando de los cristeros. Otros cuatro tíos eran obispos. Uno de ellos, Rafael Guizar Valencia, lo llevó a un seminario clandestino en Ciudad de México. A los veinte años, cuando ni siquiera había tomado los hábitos, Maciel creó una nueva orden religiosa con ayuda de otro tío.

La nueva orden se proponía ser cosmopolita y estricta, pero dada la escasa edad de su fundador y la falta general de educación, no es sorprendente que los objetivos de la Legión de Cristo no estuvieran bien definidos (si bien en un fascinante estudio de Maciel que hizo el historiador y psicoanalista Fernando M. González nos enteramos de que uno de los estatutos de la orden especificaba que los sacerdotes debían ser decenti sint conspectu, attractione corripiant , o llenos de gracia y atractivos).

A los veintisiete años, el joven padre Maciel tuvo una audiencia con el papa Pío XII, que, según la historia oficial de los Legionarios, lo instó a usar la orden “para formar y ganar para Cristo a los gobernantes de América Latina y el mundo.” Esa es la misión de la orden desde hace sesenta años, y con gran rapidez emergió como una fuerza conservadora en condiciones de rivalizar hasta con el Opus Dei. ”El discurso de Maciel estaba muy enmarcado en el discurso anticomunista de Francisco Franco”, dice Roberta Garza Medina, editora del semanario Milenio y hermana del vicario general de los Legionarios. El conservadurismo de los Legionarios, agrega, “expresaba ante todo su postura respecto de los roles de género. Las mujeres tenían que adoptar una actitud pasiva. Las opciones eran la maternidad o la participación en el movimiento consagrado (las solteras). (…) A Maciel no le interesaba demasiado la política como tal. Lo que le interesaba era conseguir que personas con poder ingresaran al movimiento y aprovecharlas”.

Para el movimiento conservador dentro de la Iglesia, en cambio, agrega un ex sacerdote, “Maciel era alguien que podía proporcionar fieles, sacerdotes y dinero”. Era evidente que Maciel era un hombre de cierto magnetismo. Decenas de mujeres ricas hicieron generosos aportes para las buenas obras de los Legionarios, y la revista mexicana Quién, conocida por sus páginas de sociales, publicó hace poco un artículo sobre una de las viudas más ricas de México, Flora Barragán de Garza, que donó más de cincuenta millones de dólares durante los años de gloria de Maciel. “Le dio prácticamente toda la fortuna de nuestro padre”, le dijo la hija de Barragán al periodista de Quién, y agregó que la familia había tenido que intervenir para que la mujer, que ya era una anciana, no quedara en la miseria. La generosidad de la viuda le permitió a Maciel viajar en primera clase durante toda su vida, pero también proporcionó el dinero para crear la red de escuelas privadas a las que los mexicanos conservadores acaudalados mandaban a sus hijos.

La doble vida de Maciel

En 1997, Blanca Estela Lara Gutiérrez, una mujer mexicana que vivía en Cuernavaca, miró la tapa de la revista Contenido una publicación del tipo de Reader’s Digest y vio la cara de su pareja. La mujer había sido su pareja durante veintiún años y había tenido dos hijos de él. Pensaba que era detective privado o “agente de la CIA” y que, por motivos laborales entendibles, sólo hacía ocasionales apariciones por su casa. Ahora sabía que era sacerdote y que su verdadero nombre era Marcial Maciel. Era, decía la revista, la cabeza de una orden cuya severidad y extremo conservadurismo parecían ocultar algunos secretos. El artículo, que se basaba en información que habían revelado Gerald Renner y Jason Berry en el Hartford Courant, señalaba que nueve hombres, dos de los cuales habían contribuido al establecimiento de los Legionarios en los Estados Unidos, otro que seguía siendo miembro activo y los seis restantes ex miembros de la orden habían informado a sus superiores en Roma que Maciel había abusado sexualmente de ellos cuando eran seminaristas adolescentes a su cargo.

Las acusaciones no eran las primeras, ni serían las últimas.

En 1938, Maciel fue expulsado del seminario de su tío Guizar, y poco después también de un seminario de Estados Unidos. Según los testigos, Maciel y su tío tuvieron una gran pelea a puertas cerradas.

El obispo Guizar murió de un ataque cardíaco al día siguiente.

Más adelante se sabría que Marcial hacía que sus estudiantes y seminaristas le procuraran Dolantin (morfina). Eso llevó a la suspensión de Maciel como cabeza de la orden en 1956. De forma inexplicable, se lo restableció en su puesto pasados dos años. Más tarde, alguien se dio cuenta de que su libro, El salterio de mis días, que era de lectura más o menos obligatoria en las instituciones de los Legionarios, una suerte de Libro de Horas, o guía para la oración, era una copia completa de El salterio de mis horas, de un español que fue condenado a cadena perpetua luego de la Guerra Civil española.

Maciel tenía inteligencia para la política y las relaciones públicas. Pero había más: en una serie de artículos para el National Catholic Reporter, el infatigable Jason Berry detalló los distintos mecanismos por los que Maciel recibía dinero y luego lo derivaba al Vaticano. Los enviados de Maciel enviaban con regularidad sobres con miles de dólares en efectivo a jerarcas claves de la Iglesia. Las audiencias privadas con el Papa suponían hasta cincuenta mil dólares por visita, dinero cuya vía era Stanislaw Dziwisz, el sacerdote polaco que fue secretario privado del Papa desde 1966 hasta la muerte de Juan Pablo II. Según un ex jesuita que conoce bien la historia, una de las primeras donaciones considerables que recibió el movimiento polaco Solidaridad procedió de Maciel, que reunió dinero entre la elite conservadora mexicana cuya relación había cultivado. Sin duda el polaco Karol Wojtyla, para entonces Juan Pablo II, se enteró de ese acto de generosidad y valoró la posición ideológica de Maciel. Este estuvo al lado de Juan Pablo II durante la primera de las tres visitas que hizo el Papa a México. El dinero de los Legionarios, sus sacerdotes y su activo movimiento de personas laicas, el Regnum Christi, fortalecieron la campaña del Papa para eliminar a los sacerdotes liberales o de fuerte tendencia social de las posiciones de poder y dar mayor influencia a su catolicismo conservador.

Es difícil no concluir que esas fueron las razones por las que el Vaticano ignoró la carta detallada y conmovedora que le mandaron en 1998 ocho de los acusadores de Maciel (el noveno había muerto).

Por más que el público tomó conocimiento de las acusaciones a través del Hartford Courant y la prensa mexicana, que difundieron la noticia de inmediato, el Vaticano se negó a actuar. En lugar de ello, el papa Juan Pablo II impulsó la beatificación de la madre y el tío de Maciel, el obispo Guizar. Tan sólo en 2006, después de la muerte de Juan Pablo II, un comunicado del Vaticano anunció que se había “invitado (a Maciel) a llevar una vida reservada de oración y penitencia”. Pasó sus últimos años en silencio y murió en Estados Unidos. Los Legionarios, sin embargo, siguieron creciendo en cantidad y riqueza.

Para alguien que no es creyente es arriesgado tratar de evaluar cómo afectó el relato de Maciel a la Iglesia en su conjunto, ya que un extraño puede entender muy poco de la forma en que se vive una fe entre sus filas.

Hace algunos meses, los trabajadores que me hicieron la cocina prepararon el altar que instalan todos los 3 de mayo en toda obra en cuya construcción estén trabajando. En esa fecha se conmemora la ocasión en que la cruz en la que murió Cristo se encontró tres siglos más tarde, pero también coincide con las festividades que inauguraban la temporada de lluvias en la época precolombina. Los obreros tallaron y barnizaron con amor una pequeña cruz de madera a la que le inscribieron el año, la envolvieron en una suerte de vestido blanco, decoraron el vestido con cintas azules, la rodearon de flores dispuestas en latas de gaseosa a modo de floreros, encendieron una vela y pasaron un rato bebiendo a su alrededor. Sin duda esos hombres conocen o han oído hablar de un párroco que tenía un “ama de llaves” y tal vez una “sobrina” que vivía con él, ya que esas cosas nunca fueron poco comunes aquí, ni en ninguna otra parte, probablemente, si bien el esfuerzo por ocultarlo puede ser mayor. Pero los paraguayos no han abandonado a su alegre presidente, el ex sacerdote Fernando Lugo, a pesar de que se sabe que tuvo por lo menos tres hijos (parece pensarse que puede haber más) mientras era obispo.

En este lugar del mundo de tradición machista también se ha tolerado y en cierta medida, esperado la homosexualidad por parte de los sacerdotes de faldas largas. Es posible que para muchos católicos el bautismo, la confesión y la misa semanal sean trámites burocráticos, como votar u obtener un registro de conductor, y que esa verdadera fe sea algo que se ve en los altares improvisados y en las sendas mágicas de muchos rituales más antiguos, lo que permite que los sacerdotes hagan su vida siempre y cuando realicen un trabajo digno en sermones y entierros. Cabe pensar que el abuso sexual de niños y su encubrimiento son un asunto del todo diferente.

La pareja de Maciel con Lara Gutiérrez resultó no ser de exclusividad. Unos diez años después de conocerla, Maciel comenzó una relación larga con una camarera de diecinueve años de Acapulco a la que se presentó como un “operador de petróleo”. Tuvo una hija con ella y, según un reciente artículo del diario español El Mundo, varios hijos más con otras personas.

Silencio y abusos

Cuando descubrió que su marido no era un agente de la CIA sino un sacerdote que abusaba de niños, Lara Gutiérrez no reveló que estaba casada con él. Tal vez le aterraba el hombre que ella creía que “era Dios”, como diría diez años más tarde. Tal vez simplemente se sentía avergonzada. Luego, en marzo, dos años después de la muerte de Maciel, Lara Gutiérrez apareció con sus tres hijos en uno de los programas más vistos de México y escuchó en silencio mientras dos de sus tres hijos declaraban que su padre, Marcial Maciel, los había obligado a masturbarlo y, según dijo el mayor, había tratado de violarlo por primera vez cuando tenía apenas siete años.

Tenemos una doble visión de Maciel. Vemos la figura santa que conocen sus seguidores y, como a través del ojo de una cerradura, al otro Maciel de pesadilla que exige a niños que lo masturben y que luego asegura a los chicos traumatizados que el Vaticano le dio autorización para obtener por ese medio “alivio” para un terrible dolor físico. Pero sabemos, a través de las investigaciones de Fernando González, que Maciel era a su vez producto del abuso. En su lecho de muerte, un chico que había crecido con Maciel reveló lo que sabía.

El niño procedía de una familia muy pobre de la pequeña y piadosa población de Cotija, y Maciel era hijo de un próspero comerciante local. Pero tenía un temperamento delicado y constituía, por lo tanto, una ofensa para su padre machista. “Un día”, escribe González, el padre de Maciel dijo: “En mi casa no va a haber maricas. Te voy a mandar seis meses con los conductores de mulas para que aprendas a ser hombre”. Envió a Maciel a un grupo de conductores de mulas, como también lo hicieron con el chico que, en su vejez, confesó lo que sabía. Los conductores de mulas los violaron a ambos. “Mi padre va a pensar que yo provoqué esto”, le dijo Maciel al otro niño. “Quiero ahorcarme.” Los Legionarios ­Maciel financiaron la construcción de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe y San Felipe Mártir en Roma, que Maciel consideraba su mausoleo. Lo llamativo es que el sacerdote Maciel casi siempre concretaba sus dramas pederastas en la enfermería del seminario Legionario en el que se encontrara, como si fuera un lugar donde pudieran curarlo. Explicaba los actos masturbatorios a sus víctimas diciéndoles que eran un remedio para su dolor. En todo caso, sabía lo enfermo que estaba: dejó instrucciones a sus delegados de no iniciar el proceso de canonización hasta pasados treinta años de su muerte, cabe pensar que con la esperanza de que el recuerdo de sus pecados se hubiera desvanecido para entonces.

Aparte del daño que sufrieron las víctimas de Maciel, está la cuestión de por qué la Iglesia Católica como institución no lo condenó cuando se ordenó sacerdote, cuando fundó los Legionarios, cuando la historia de su pederastia llegó a las tapas de las revistas, cuando se encontraron pruebas suficientes para que el papa Benedicto XVI concluyera que Maciel tenía que pasar el resto de su vida en reclusión ni cuando los rumores alcanzaron un nivel que bastaba para justificar una investigación por parte del Vaticano.

La respuesta no es una sorpresa para nadie: en momentos en que las iglesias se vacían, los Legionarios son una fuente de ingresantes, dinero e influencia.

En México, desde Carlos Slim hasta Marta Sahagún, la esposa del ex presidente Vicente Fox, le dieron dinero o le pidieron favores a Maciel. No fue sino hasta el año pasado que el sucesor de Karol Wojtyla, el papa Benedicto XVI, autorizó por fin una visita una investigación, en la jerga de la Iglesia de la Legión de Cristo.

Como siempre, la prensa y algunos religiosos están muy por delante del Vaticano.

El escándalo de Marcial Maciel, por más grotesco que pueda ser, puede terminar en un escándalo para la Iglesia Católica. Está la inquietante cuestión del último Papa de la Iglesia, el popular Juan Pablo II, y sus relaciones con el sacerdote. También está la cuestión nada menor de que los Legionarios junto con Benedicto XVI y también Juan Pablo II representan la parte más conservadora de la Iglesia, y de que ahora aparecen inmersos en escándalos morales. Está, por encima de todo, el hecho de que toda una institución grande, próspera e internacional se encuentra ahora bajo sospecha (¿qué sabían los Legionarios de Maciel, cuándo lo supieron y quién era cómplice?) y de que la institución principal, la Iglesia Católica Romana, parece haber pasado décadas dedicada al encubrimiento.

Pero está también la cuestión del futuro de la Iglesia y de sus sacerdotes y monjas como seres sexuales. No es necesariamente psicología barata especular que la extrema represión sexual que impone la Iglesia a sus miembros lleva a la perversión, un tema que viene emergiendo de tanto en tanto desde hace siglos. Muchos sacerdotes y monjas, por lo que parece, optan por “obedecer” las reglas sin cumplirlas, según la formulación española (“obedezco, pero no cumplo”). Ofrezco esto sólo como prueba anecdótica, pero por lo que sé por mis relaciones informales, amistosas y a menudo de admiración con miembros de las órdenes católicas todas pertenecientes a la rama de activismo social de la Iglesia , una importante cantidad ha tenido algún tipo de relación de pareja.

Una vez asistí a una importante festividad religiosa en una ciudad chica en la que varios de los sacerdotes y monjas que llegaron para la misa lo hicieron abiertamente con sus parejas, homo o heterosexuales. En 1979, en momentos de la primera visita de Juan Pablo II a México, mantuve una conversación con un sacerdote español progresista que pasaba la mitad de su vida con su pareja, una mujer de mediana edad. Le pregunté por qué no abandonaba la Iglesia si tantas de sus normas violaban sus propias convicciones y su deseo de honestidad. Recuerdo que dijo, en efecto, que la posibilidad de hacer el bien en el marco de una institución tan enorme e influyente como la Iglesia era más importante que las posibilidades de hacer el bien fuera de ella. ¿Esa ecuación podrá estar cambiando?