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Se dice que Marilyn Monroe, después de tomarse una sobredosis de barbitúricos para matarse, cogió el teléfono para llamar a alguien. Hay un poema de Ernesto Cardenal que registra ese doloroso instante en que quizá la sex-symbol de los años cincuenta pudo haberse salvado. A esta muchacha que “como toda empleadita de tienda / soñó con ser estrella de cine / la hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono. / Y los detectives no supieron a quién iba a llamar. / Fue como alguien que ha marcado el número de una única voz amiga / y oye tan solo la voz de un disco que le dice: Wrong Number. / Señor: / quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar / y no llamó (y tal vez no era nadie / o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de Los Ángeles) / ¡contesta tú al teléfono!”.

Ahora en Bogotá y en Medellín hay varios números a los que se puede llamar si sentimos el impulso de matarnos, pero queremos hablar con alguien antes de dar el salto. A veces la sola ilusión de sentir que nos oyen y que a alguien le importamos, puede ser suficiente para cambiar o al menos postergar la decisión de quitarnos la vida. Estas llamadas también le pueden dar paso a una ayuda psiquiátrica especializada.

En la capital el número es el 125, el mismo que se usa para todas las emergencias de salud; en Medellín, el 123, que también se usa para todo tipo de urgencias, pero de ahí, si se trata de un caso de salud mental, nos pasan a alguno de los psicólogos disponibles en el “123 Social”. Además de estos números oficiales que dependen de las alcaldías, existe también en ambas ciudades el “Teléfono de la Esperanza”, 2846600 (en Medellín) y 3232425 (en Bogotá), patrocinado por una ONG, y la Línea Amiga de Carisma, 4444448, donde responden orientadores, médicos, psicólogos y trabajadores sociales.

Es bueno que existan estos números de emergencia y, al menos bajo ciertas circunstancias, me consta que pueden resultar muy útiles. Pero, como casi siempre, las cosas funcionan mejor en el papel que en la realidad. El domingo 9 de enero, de cuatro a seis de la tarde, quise suponer que yo era Marilyn Monroe, en una crisis depresiva, y llamé durante dos horas al Teléfono de la Esperanza en Medellín, pero este sonó siempre ocupado. Llamé también a la Línea Amiga de Carisma y una grabación me dijo, en un español más bien macarrónico, lo siguiente: “Lamentamos informarle, pero no atendemos en este horario”. Llamé después al 123 (Número Único de Seguridad y Emergencias) y después de explicarle al telefonista que quería hablar con un psicólogo, me pasaron al Número Social, y allí me dijeron que el psicólogo estaba en la cafetería. Dejé mis datos para que me llamara cuando volviera y todavía estoy esperando la respuesta. Tal vez sea por el horario dominical, pero en definitiva, si Marilyn hubiera vivido en Medellín y hubiera querido matarse en esa lánguida tarde de domingo, de nada le habrían valido estas ayudas y estaría tan muerta como la encontraron aquel 5 de agosto de 1962.

Las dificultades para acceder a este servicio me recordaron algo que vi hace muchos años en un puente de Mérida, en los Andes venezolanos. Resulta que el viaducto que conecta dos partes de la ciudad por encima de un abismo profundo y pedregoso, es el sitio predilecto de los suicidas para matarse. En vista de esto, algunas personas caritativas, resolvieron poner allí un número de atención a los desesperados. Recuerdo que decía: “Si tienes problemas llama al…” Pero lo tragicómico era que varios números de ese teléfono se habían borrado por efecto del tiempo y la intemperie. Una vez más el monje Cardenal habría tenido que decir: “Señor: ¡Contesta tú al teléfono!”.

Poco antes del día de Navidad del año pasado pasé dos jornadas, de noche y de día, con la gente del CRU (Centro Regulador de Urgencias) en Bogotá. Estuve en la Sala donde se reciben las llamadas, al lado de varias telefonistas, dos médicos y una psicóloga, y también pasé parte de la noche en una ambulancia de emergencias psiquiátricas, con el médico y los enfermeros especializados. Fue una experiencia dura, aunque, al menos en esos dos días, nunca fue trágica. En lo que tiene que ver con las llamadas por amenaza o intento efectivo de suicidio, hubo dos casos leves y dos serios.

Los leves fueron casi graciosos: un hombre enfurecido con la familia, después de una discusión en la mesa, se metió en el baño y se roció sobre la cara y el cuello, aunque sin ingerirlo, todo un tarro de insecticida Raid en aerosol. La ambulancia se presentó en el domicilio y verificó que, por fortuna, los seres humanos no nos morimos con insecticidas tan fácilmente como las cucarachas, por el mero contacto con la piel. Los parientes no quisieron que el paciente fuera trasladado. El otro caso fue, si se puede, menos grave: después de una acalorada discusión con su marido, la esposa enfurecida se tomó unas pastillas. “¿Cuántas y de qué?”, preguntó la enfermera telefonista: “Tres aspirinas”, fue la respuesta. El médico resolvió no enviar la ambulancia psiquiátrica al sitio, pero programó algunas llamadas a la mujer para verificar en los días siguientes que no quisiera aumentar la dosis de analgésico.

Las fiestas de fin de año predisponen más al suicidio a las personas deprimidas: el contraste entre su tristeza y aislamiento comparados con la alegría ambiente y el espíritu festivo de la mayoría acentúa aún más la sensación de sinsentido. En los primeros 22 días de diciembre del año pasado, en el número 125 de Bogotá, se habían reportado 31 intentos de suicidio. Y entre Navidad y Año Nuevo, esos intentos parecen multiplicarse por arte de la felicidad de los demás, tan en contraste con el propio hundimiento.

“Hay que temerles más a los meditabundos que a los impulsivos”, me aclara el psiquiatra. “Los primeros llevan más tiempo pensando en su muerte y la planean mejor; los impulsivos casi siempre fallan en el intento”. Le pregunto si hay diferencias entre hombres y mujeres o por grupos de edad. “Hombres y mujeres lo intentan por igual, pero los hombres son más efectivos. Al final de la adolescencia y al principio de la vejez los casos son un poco más frecuentes, pero ninguna edad está exenta de riesgos”.

De hecho, los dos casos graves a los que asisto en esta noche cercana a la Navidad, son de personas muy jóvenes. La primera es una muchacha de 18 años, que vive por Chapinero, y que después de una discusión familiar (ella había perdido el año y se siente mal con su familia) se tomó 13 pastillas de Amitriptilina, un antidepresivo. Al parecer vomitó, pero cuando la mamá la llevó hasta un centro de atención, a eso de las tres de la madrugada, la paciente llegó muy agresiva y golpeó varias veces al personal de enfermería. Cuando el psiquiatra llega en la ambulancia que envían del CRU, se encuentra con que la médica de turno tuvo que darle dos dosis inyectadas de un sedante para calmarla, y no fue posible practicarle un lavado gástrico. Así que la entrevista psiquiátrica tiene que ser postergada pues la niña está en un sueño profundo. La mamá no ha vuelto desde que la dejó ahí en la madrugada. No tienen tampoco los datos familiares, ni el teléfono. Habrá que esperar unas ocho horas hasta que se despierte.

El solo hecho de que su madre la haya dejado sola, indica el desinterés de su familia y la soledad de la muchacha. La miro desde la puerta del cuarto: muy flaca, la boca abierta y la respiración regular. Hay signos del momento duro que acaba de pasar: está despelucada, tiene rasguños en la cara y las uñas sucias. Es casi bonita y me pregunto si será una empleadita de tienda que sueña con ser actriz de telenovela; su cara se ve tan tranquila que parece imposible que pocas horas atrás hubiera estado a punto de matarse. Por un momento la luz del cuarto titila y recuerdo algo que escribió un ensayista inglés:

“Lo mismo que las luces de la cárcel disminuyen cuando se hace pasar la corriente por la silla eléctrica, así nos estremecemos en el fondo de nuestro corazón ante cada suicidio, pues no hay suicidio del que la sociedad entera no sea responsable”. Si ni siquiera sabemos su nombre y sus mismos parientes la dejaron sola aquí, este 22 de diciembre, en el momento más oscuro de su vida ¿quién no abandonará a esta muchacha? ¿Quién le contestará al teléfono si ella quisiera llamar a pedir ayuda?

La psicóloga de turno en el 125 contesta siempre de la misma manera: “Salud mental, buenos días” o “Salud mental, buenas tardes”. Como no hay un turno nocturno, nunca se saluda “Salud mental, buenas noches”, y es una lástima porque según las estadísticas durante la noche aumenta la propensión al suicidio. Basta pararnos un momento a imaginar nuestra muerte deliberada para saber que probablemente sería así: menos cerca del mediodía que de la medianoche. Como me dice la psicóloga, “de noche se acentúa el contraste entre quienes están durmiendo y quienes no pueden dormir”. Como confirmación de esto, no es la psicóloga diurna sino el médico de turno nocturno quien recibe el último caso al que asisto, el más grave de los que me tocan.

Se trata de un joven de 24 años, que vive por Teusaquillo. Ya es un conocido en el servicio pues ha tenido otros episodios de agresividad contra otros o contra sí. Es drogadicto, de lo que sea, pero como últimamente no se puede pagar ninguna droga, ni siquiera marihuana, se ha dedicado a oler pegante. Su familia es disfuncional; el padre le pega, la mamá, separada, no quiere volver a verlo ni saber de él. Viven en una casa que por fuera es casi burguesa, pero por dentro es una pocilga de desorden, ruido y suciedad. De la cocina sale un vaho maloliente, y el aspecto del muchacho (incoherente, sucio, perdido) rima con el estado de la casa.

Lo tienen amarrado pues hace unas cuantas horas decidió que sabía volar (eso dice un hermano), y se tiró por la ventana. Rompió varios cables de teléfono, lo que amortiguó el impacto de la caída y por eso nada le pasó. El muchacho niega esa versión, dice que no quiere volar, que simplemente se quería matar. Cuenta que el papá le pega, que a veces no tiene dónde dormir, que no le dan plata. El papá aclara que todo lo que le da se lo gasta en droga. El muchacho lo admite, pero dice que no es capaz de dejarla, que la necesita. Está mugriento, inquieto, tiembla de frío, tiene la ropa raída. Por momentos se pone agresivo y se levanta; grita y le quiere pegar a alguien de la familia. Al psiquiatra y a los enfermeros -que ya lo conocen- los trata con más respeto.

Ya ha estado varias veces en el hospital. Cuando no lo tienen sedado, se escapa. Ha intentado desintoxicarse en algunos centros especializados, pero no ha sido capaz de seguir nunca el tratamiento. Cuando está en fase agresiva, lo llevan a la policía, y allí lo esposan. A veces le pegan. También en la casa le pegan o lo amarran. El psiquiatra, aunque es pesimista sobre lo que puedan hacer, pues sin el apoyo de la familia es difícil que cualquier tratamiento surta algún efecto, resuelve internarlo de nuevo en el hospital. Eso no lo curará; solo le dará algunos días de tregua. El muchacho no quiere que se lo lleven, pero el enfermero le pone una inyección que en dos minutos lo deja desmadejado, dócil.

“Esta cosa acabó con las camisas de fuerza. Esto es mucho mejor que cuatro enfermeros fornidos”, me explica el enfermero mostrándome la jeringa. De hecho, el joven se deja manejar como un trapo, obedece tranquilo, se lo llevan en andas y lo acuestan en la camilla.

Mientras lo acompañamos en la ambulancia hacia el hospital, trato de ponerme en su lugar. Creo que el razonamiento de muchacho, repetido una y otra vez, por inconexo que sea, no es del todo equivocado. Él se quiere morir. No le ve ningún sentido a su vida, ninguna perspectiva. Lo que el Estado le ofrece como solución (y ya es algo) es solamente un asilo temporal, que no lo curará de la adicción. La familia lo tiene abandonado; a duras penas pueden sobrellevar sus vidas; no son capaces de solucionar también la de él. Su infelicidad es tan honda, y sus perspectivas de mejoría tan remotas, que estoy por pensar que lo que él ha pensado hacer no es lo más insensato. En el suicida, escribió el poeta Yehuda Amijai, “la soledad de la muerte es la muerte de la soledad”. La tristeza de la muerte sería también, en su caso, la muerte de la tristeza.

Pero harán un nuevo intento con la familia. Un hermano promete apoyarlo si él decide someterse a un tratamiento, gratuito, contra la drogadicción. Habrá que ver cuánto duran sus buenas intenciones; habrá que ver si tiene el tiempo y el valor para acompañar a su hermano, pues él mismo, desempleado y pobre, no está mucho mejor.

La vida, sin duda, es un gran valor: podemos disfrutar de la naturaleza, de los animales, la comida, el sexo, el arte, la curiosidad intelectual. Pero ¿qué pasa cuando la realidad de nuestras vidas concretas nos niega todo esto? Este joven que dejamos en el hospital no tiene nada, ni novia, ni afecto, ni apoyo, nada. Solo su adicción, y ni siquiera los recursos para hundirse en ella. Tal vez cuando escribo esto ya haya dado el salto definitivo desde una ventana más alta, y sin cables que lo atajen. Las luces de la ciudad titilan y todos deberíamos sentir un poco de la culpa por su muerte. Más que él. Él no tiene la culpa. Tal vez él, al suicidarse, escogió lo menos malo que, en sus circunstancias, podía hacer.

Los teléfonos de emergencias ayudan, en muchos casos. Pero no pueden cambiar ni enderezar una familia entera, una vida entera, toda una sociedad. Pienso en esto y me imagino a Marilyn Monroe hundiendo las teclas del número de ayuda: uno, dos, cinco. No es el Señor quien contesta, sino la voz amable de una psicóloga que hace lo posible por ayudar: “Salud mental, buenas tardes”. ¿Marilyn Monroe se habría dejado de matar?

No conocía el olor del cannabis silvestre hasta que una ráfaga de viento atrajo un aroma dulzón mezclado con selva húmeda. La mata de marihuana, tan oculta en las ciudades y tan perseguida por la policía, en esta parte del país es más alta que los palos de café y su fragancia es más intensa que la de cualquier otra planta.

La brisa aromática por momentos impregna el ambiente delatando cada cultivo que rodea el camino. Vamos en tres motos, adelante marcha el guía, un hombre blanco de 25 años, atrás el fotógrafo y en la cola voy yo siguiéndolos a escasos metros. Avanzamos por una trocha fangosa y serpenteante que se extiende desde El Palo, corregimiento de Caloto en el norte del Cauca, hasta Tacueyó.

Después de media hora de recorrido abandonamos los vehículos en el alero de la única casa que se encuentra en esa parte del camino y nos internamos a pie por un lodazal sembrado de platanales, maíz, café y coca. Los tres caminamos en silencio mientras escuchamos el sonido cada vez más cercano de una quebrada.

—Oigan, muchachos –dice el guía–, alístense que los voy a secuestrar –y luego suelta una carcajada burlona. Cuando deja de reírse dice que aquí no entra cualquiera. A pesar de ser tierra indígena y campesina, los guerrilleros vigilan todo y no les gustan los extraños.
—La gente tiene que obedecer. Ellos son los que representan la ley en las montañas –añade el guía.

***

El día anterior, cuando aún conservábamos el frío bogotano y mientras nos tomábamos un tinto sentados en una acera de El Palo, un joven como todos los de esa región: morenito, bajito y con unos bigoticos menudos, nos dijo que arriba nos estaban esperando. La orden era perentoria. “Arriba” es el monte; “arriba” significa guerrilla. Como los guerrilleros son la ley en las montañas y toca obedecer, como dijo nuestro guía, abandonamos el tinto y nos subimos en dos motos AKT 125 que nos llevaron, al fotógrafo y a mí, cuesta “arriba”.

El paisaje de la cordillera Central era un aliciente para la incertidumbre. Sus ondulaciones estaban bañadas con la última luz del atardecer, esa luz que se extiende como un manto dorado sobre la geografía. El trayecto duró poco, unos 20 minutos. Las motos se estacionaron en una casa que parecía haber sido desocupada especialmente para la reunión porque no tenía ningún signo de abandono. El joven que nos alertó en El Palo se dirigió hacia la parte trasera de la casa y volvió a aparecer un instante después dándonos la señal de que siguiéramos.

Bajo una enramada estaba un hombre grueso, vestido con una camiseta blanca y un bluyín. Sus ojos azules tenían esa mirada de quién había perdido con las armas el sentido de la lástima y la compasión. No se presentó. No venía para ser entrevistado sino para interrogar. Después nos enteramos que trabaja como jefe de milicia, un rango superior al de guerrillero raso. Nos preguntó quiénes éramos, por qué veníamos, le dijimos que éramos periodistas y queríamos ir a los cultivos de marihuana y conocer los cultivadores. Con cada una de nuestras respuestas nos miraba a los ojos para confirmar si estábamos diciendo la verdad.

Después de varias preguntas por fin bajó la guardia. El interrogatorio se tornó en conversación.

—Pobres campesinos –dijo– ellos hacen lo que pueden. Nosotros no nos metemos con ellos ni ellos con nosotros.

Luego de una pausa continuó:

—A veces mediamos en la disputas, pero eso es porque el Estado dejó abandonada está región por mucho tiempo y nos tocó asumir la autoridad.

El interrogatorio fue corto, quizá un cuarto de hora. El hombre se quedó en la silla esperando el momento de nuestra partida para desaparecer en las montañas.

***

La mañana siguiente, después de la broma del guía acerca del secuestro y de recordar las palabras del guerrillero, continuamos nuestra marcha por el lodazal, cruzamos la quebrada que oímos desde el inicio del camino y descubrimos, en medio de ese follaje espeso, dos mil plantas de marihuana tipo “corinto” o “corintiana” que alcanzaban los tres metros de altura.

En Colombia crecen diversos tipos de cannabis, los más conocidos son: Santa Marta Golden, que crece en los departamentos Magdalena y Cesar desde la bonanza marimbera de los años setenta; y “corinto” que se produce en el Cauca. Se diferencian por el contenido de tetrahidrocannabinol –THC-, el compuesto psicoactivo que genera en los consumidores una sensación de placidez. Según Martín Sepúlveda, ingeniero químico de la Universidad Nacional, la marihuana que crece en el norte del país tiene un porcentaje de 1,0 a 1,5 de THC. La que se produce en el Cauca tiene 2,0 por ciento.

En la jerarquía marihuanera, la “Santa Marta Golden y la “corinto” ocupan el último eslabón por debajo de 80 variedades más existentes en el mundo y que son conocidas como “cripi”. Estas variedades surgen de alteraciones en las semillas y solo crecen en invernaderos. Tienen mayor cantidad de THC, hasta un 18 por ciento,

Bajo los inmensos matorrales de hierba “corintiana” aparece la figura de Carmen, la dueña de la quebrada, de los platanales y, por supuesto, de la marihuana. Ella saluda con ese respeto propio de los indígenas, sin tutear, bajando los ojos ante una mirada desconocida y con una sonrisa tímida. Carmen tiene cuarenta y un años, es morena, bajita, de cabello negro y ojos oscuros e ingenuos que contrastan con sus manos gruesas y envejecidas.

Hace tres años llegó un holandés a este mismo lugar. Al ver semejantes plantas se cogió la cabeza y ahí se le acabó la cordura. Se botó encima de las plantas, corrió en medio de ellas y se restregaba hojas en los brazos, en el rostro, en las piernas. Carmen se ríe al recordar a ese hombre que parecía haber encontrado El Edén en su propia finca.

—Por poco y se embute las matas- Recuerda.

Tratando de hacer algo similar al holandés, pero en una escala bastante inferior, arranco una hoja verde y lanceolada que me restriego en la mano para conservar el perfume. Esa hoja prohibida pero tan conocida como los avisos de Coca-cola y con millones de adeptos en todo el mundo. Solo en Estados Unidos se calcula que hay 28.5 millones de personas que consumen o que han consumido. La cifra global alcanza los 200 millones sin contar los que prefieren fumar callados.

—¿Usted ha fumado marihuana? –le pregunto.

La campesina suelta una risa inocente como la que suelta un niño al hablarle de cosas de adultos. En medio de esa risita contesta que “no”, un “no” prolongado. Los indígenas y campesinos saben cómo se siembran las semillas, saben cómo se seca, prensa y vende, pero no saben cómo se arma un “bareto”, y mucho menos conocen la sensación de una “traba”. Los que fuman son los colonos.

Carmen viste una falda blanca sin adornos y una camisa rosada sin estampados. No tiene aretes ni cadenas, el pelo lo tiene recogido con la licra de una media velada. Dice que no tiene carro ni moto, que lo único lujoso es su televisor que ni siquiera es pantalla plana y un marido que la trata bien. Carmen se vuelve a reír.

Los maridos de esa parte del Cauca son fieles porque les toca. Así como la guerrilla soluciona problemas de plata entre los cultivadores y los “traquetos”, también se involucra en líos de faldas, no porque sean conservadores, sino para evitar espectáculos de arañazos y jalones de pelo entre las mujeres engañadas, o riñas a machete entre los hombres.

Luego de hablar de las bondades conyugales en esa zona, dice que si no fuera por la marihuana ya se habría ido con una pancarta de desplazada a Cali, y de paso correría el riesgo de perder a su marido.

—Si voy a vender mi plátano me toca pagar un transporte que me vale 20.000 pesos hasta Santander de Quilichao (a dos horas de distancia), si logro vender cinco palos de plátano me dan 7.000 pesos, si no logro venderlos me toca botarlos. Con la marihuana vienen los compradores, pagan chan con chan (de contado) y se van sin preguntar nada.

De cada planta se obtienen 350 gramos aproximadamente. Sumando las 2.000 plantas da un total de 700.000 gramos, que en libras significan 1.400, y en arrobas 56. En la región el precio actual por arroba es de 170.000 pesos. En un mes, cuando Carmen coseche, seque, desmoñe y venda, va a cobrar 9.520.000 pesos que son repartidos en parte iguales entre ella y su socio, otro campesino.

El tiempo que demora la hierba narcótica en germinar, crecer y enmoñar o florecer es de seis meses. Los 4.760.000 pesos que le corresponden de la mitad de la venta, es todo el dinero que tiene mientras sale otra cosecha. Para iniciar un nuevo cultivo tiene que devastar toda la tierra, comprar una libra de semilla que cuesta 10.000 pesos, e invertir un millón de pesos en insumos y en el sueldo de tres trabajadores que le ayudan a desprender los moños después de que las hojas ya están secas. Cada uno cobra 20.000 pesos por jornada de 12 horas y trabajan durante una semana.

***

Después de abandonar la plantación de Carmen, reiniciamos la marcha para ir a Tacueyó, municipio ubicado a una hora en moto desde El Palo. Tacueyó es un pueblo indígena, resguardo de la comunidad Nasa. Al llegar, lo primero que se ve es una iglesia evangélica y un hombre vestido de paño repartiendo volantes con frases que pretenden reclutar feligreses hablando de los pecados del alma y los sufrimientos del infierno.

A cinco kilómetros del pueblo indígena, escondido entre las montañas como todo lo ilegal en el país, se encuentra uno de los más de cien invernaderos que hay en la región. Está construido con una lona verde y plástico transparente en la parte superior. El dueño del cultivo, un hombre blanco con acento paisa, aprovecha el encierro y prende un bareto o cigarro de marihuana. En las ciudades de Colombia, un bareto de cripi puede costar 10.000 pesos, en Estados Unidos hasta 60 dólares.

Mientras aspira bocanadas y bocanadas, muestra con orgullo sus 200 plantas que ya alcanzan el metro de altura y que están bajo unos bombillos encendidos de 15 vatios.

—Las de esta mitad son “white widow”, las otras son “skunk #11” –lo dice como si toda la humanidad supiera de lo qué está hablando, como si fuera un conocimiento básico y general.

La “white widow” y “skunk #11” son dos de las 30 variedades de “cripi” que crecen en el país; otras son “super star”, “fulanita”, “wi-wi”, “american golden”, “purple #1” y “blueberry”. El precio por un sobre de cinco semillas varía entre 50.000 y 250.000 pesos, un precio muy superior a una libra de “corintiana” que, con más de cien simientes, cuesta 10.000 pesos. La ventaja del cripi está en que se cosecha en menor tiempo, cuatro meses, y la arroba se vende a 6.250.000 pesos a los comerciantes, casi cuarenta veces más que el cannabis común.

Las semillas de “cripi” surgen de manipulaciones genéticas en laboratorios europeos, especialmente de Holanda y España, y llegan al país empacadas en ollas, juguetes, televisores y en cualquier objeto donde se puedan esconder. En la web hay más de un centenar de sitios dedicados al comercio de la hierba como lahuertadejuanvaldes.com, semillasdemarihuana.es, growshop.es, cannabislandia.com y seedsamerica.com.

“El cultivo de semillas importadas es costumbre de blancos”, dice Don Gustavo, un agricultor dueño de 5.000 plantas de marihuana “corinto”. Don Gustavo vive en un villorrio de 26 casas, oculto entre un laberinto de caminos. Tiene tres hijos y una nieta de cuatro años que cuenta los números del uno al cinco en inglés y que aún no sabe qué es la marihuana y para qué sirve.

Eduardo, el hijo mayor del agricultor quiere estudiar ingeniería civil, pero mientras consigue la plata para estudiar en Cali se encarga del negocio familiar. El hijo recuerda que hace un año, le encargaron llevar veinte arrobas de hierba al municipio de Corinto, ubicado a una hora en carro, para venderlas a un cliente que venía de Medellín. Con Luz Ángela, su madre, empacaron la mercancía en la parte trasera del vehículo y en la silla delantera haciendo esfuerzos para que no se quedara nada por fuera. Ante el exceso de arrobas, el muchacho, que en ese entonces tenía 17 años, tuvo que irse colgado de la ventana del puesto del copiloto.

—Nos fuimos con el celular prendido y cada cinco minutos llamábamos a conocidos que vivían en la vía para avisarnos si había soldados. Cuando faltaba poco para llegar, se perdió la señal y solo quedaba encomendarnos a la Virgen. Mi mamá, como cosa rara, manejaba callada como si presintiera algo. En una curva vimos una brigada de infantería que estaba descargando maletas al lado de la vía, “¡jueputa!” dijo ella, “jueputa” pensé yo, nos cogieron los chulos.

Mientras Eduardo relata la historia, Luz Ángela se persigna dándole gracias a Dios por estar vivos. “Mi mamá siguió manejando sin cambiar la velocidad. Uno de los soldados extendió el brazo y estiró la mano indicándonos que paráramos. Cuando ya estábamos al lado del “chulo”, mi mamá aceleró. Empezamos a escuchar plomo, no solo de atrás, sino de las montañas, de todos lados, yo me metí como pude y cerré los ojos”.

—¿Y no han venido soldados?
—Claro, pero se les pasa la liga (dinero) o se les da una libra de marihuana seca, pero ese día no podíamos sobornarlos porque eran muchos y cuando están en patota no se puede hacer nada.

***

En la mitad de un campo de fútbol, un par de hombres extienden en el pasto una lona donde ponen a secar varios ramilletes de hierba seca. Al interior de una casa, una mujer con siete meses de embarazo corta con tijeras centenares de moños secos que se esparcen en el suelo sepultando sus pies. Lleva seis horas cortando y le duele la columna por el peso de la barriga. Sus dedos están cubiertos de una resina negra y pegajosa, esa resina es el hachís, y se vende a 400 pesos el gramo.

Una niña de doce años despliega su falda de uniforme bajo los pies de la embarazada y con sus dedos limpios escarba las ramas para sacar semillas.

—¿Y tú sabes para qué se usa la marihuana? –pregunto  mirando a la niña.
—Para la gripa, y las pepas son para dárselas a las gallinas.

La Organización Mundial de la Salud –OMS– desde 1948 considera el cannabis como una droga perjudicial para el ser humano. En 1997, un artículo publicado en la revista especializada New England Journal of Medicine expuso una serie de virtudes medicinales que desmienten la teoría de la OMS. Según la publicación, la planta de cannabis Sativa alivia las náuseas, vómitos y pérdida de apetito en los enfermos de cáncer, también previene ataques de epilepsia, calma dolores articulares, neuronales y musculares y destapa las vías respiratorias. La compañía inglesa GW Pharmaceuticals, con un producto en el mercado llamado Sativex, corrobora las conclusiones de la revista con pruebas realizadas en los últimos años en América Latina y Europa.

En las montañas los habitantes conocen las virtudes curativas de la marihuana por experiencia propia. Un grupo de seis indígenas, liderado por químicos de la Universidad del Valle, en Cali, procesan la planta y hacen pomadas especiales para aliviar la tos, reumatismos, neuralgias y dolores musculares. Aparte de la pomada para uso terapéutico, también se están elaborando productos cosméticos como esencias, perfumes y jabones. Debido a la ilegalidad de la marihuana, los artículos son comercializados dentro de la misma zona.

—Si hay gente que inhala gasolina y bóxer por qué no los prohíben. El alcohol y el cigarrillo son más dañinos, pero todo eso mueve mucha plata –dice Don Gustavo en un tono alterado. Cuando logra calmarse, ve a un personaje blanco, afeitado y con sombrero de gamuza que lo espera en la entrada de la casa. Don Gustavo se encamina a la puerta y luego desaparece con el recién llegado. Al volver dice que tiene un encargo para prensar y empacar 25 arrobas para el día siguiente.

La prensadora es un gato hidráulico sobre una caja de hierro. La marihuana se pone dentro de la caja con una tabla encima, y se prensa con el gato. Preparar cada arroba toma diez minutos. La hierba sale compacta, totalmente cuadrada, y lista para ser empacada en una bolsa negra, que se cubre con cinta por todos lados para no soltar ese aroma dulzón que huelen los perros de los policías en los retenes. Al dueño de la prensadora le pagan 5.000 por arroba, a la semana alcanza a empacar hasta 70.

Los traficantes que llegan a la región, pagan un impuesto a la guerrilla de 18.000 pesos por arroba. El grupo armado no les cobra ninguna comisión a los campesinos por los cultivos. Semanalmente salen del norte del Cauca hasta 30 toneladas para ser distribuidas por todo el país. Una libra de cripi, que en la región cuesta 250.000 pesos, se vende en Bogotá a 700.000 pesos y en España a 3.000 dólares. El precio se encarece por la cantidad de dinero que se da en sobornos a los policías que custodian las carreteras y a funcionarios de la Aduana en Buenaventura. Del puerto en el sur del país se lleva la droga en contenedores por vía marítima hasta Panamá, y de ahí a Europa.

Antes del medio día las arrobas están empacadas, selladas y organizadas en un rincón del patio. Don Gustavo tiene el brazo adolorido y se sienta sobre una de las arrobas. Frente a él hay tres gallinas picoteando el suelo en busca de semillas. Después de horas enteras de estar picoteando y llenándose con semillas no tienen los ojillos rojos, no intentan volar, no cacarean, y tampoco se estrellan contra el piso o las paredes. El THC se activa con el calor y por esa razón las gallinas no están “trabadas” “turras” o “groggys”.

Después de diez días de estar en El Edén de los marihuaneros, volvemos a Bogotá. Tenemos la ropa impregnada con ese olor dulzón de la hierba narcótica y en la maleta guardo una pomada de marihuana para aliviar la tos de mi hija. En el avión pienso que detrás de un porro hay una señora con siete meses de embarazo que le duele la columna, una indígena que no conoce la malicia, un joven que se salvó de las balas de los soldados y una niña que cree que la marihuana solo sirve para la gripa y alimentar gallinas. De esas vidas está hecho el humo del cannabis que se extiende en las ciudades y que se fuma en todos los idiomas.

En medio de la tempestad más potente que descalabró a Medellín durante el 2002 –según los registros meteorológicos- se escuchó de pronto un crujido en el Parque de Bolívar. Eran las 3:08 p.m. del viernes 24 de mayo, y las personas que nos guarecíamos de la atronadora cascada de agua en los locales circundantes vimos al gigante girar sobre su tronco, sacudirse como muñeco de retrovisor con vientos que arrastraban sombrillas y pedazos de cosas, y tras un ruido de madera rasgada venirse abajo: la cosa viva más grande que muchos hayamos visto caer al suelo. Después de más de un siglo de estar parado en el mismo sitio, uno de los viejos y descomunales árboles de caucho del costado sur del Parque de Bolívar se acostó en el pavimento.

Desde la esquina de Junín con Caracas, al otro lado de la Basílica Metropolitana, el paisaje era vertiginoso minutos antes del desplome. Chorros de agua caían en diagonal, granizo traqueteaba sobre los carros, y los techos de las casetas de los emboladores se arqueaban. El Ideam registró esa tarde del viernes 24 de mayo vientos huracanados de hasta 120 kilómetros por hora.

El agua rebosaba el paseo Junín, con oleadas cafés que se metían hasta los locales comerciales mojando los zapatos de la gente. Sobre un cielo gris chispeante de relámpagos, las ramas de los árboles ondulaban imitando brazos de locos eufóricos. Una sonora rasgadura hizo girar montones de cabezas, y cuando la mole vegetal se dejó ir de costado, como gigante desmayado, muchas bocas soltaron un amplio “¡Aaah!”. “¡Ay jueputa!, ¡ese palote como llevaba de años ahí!”, gritó un tusito enfundado bajo su capucha, y luego dijo conmovido: “Cien años fueron nada para ese hermoso palo”. Junto a él, un hombrecito con cara de conejo temblaba espantado: Guelmar de Jesús Marín, alias “Cocolín”, se salvó de ser aplastado cuando el techo metálico de su puesto de embolador detuvo uno de los brazos del gigante:“Quedé en estado de coma. Yo pensé que era una bomba”.

El árbol derribado recibió sobre su follaje despelucado y su tronco de ballena media hora más de aguacero, pero para él apenas comenzaba el “aguacero de palabras” con el que los medellinenses lo habrían de cubrir durante los ocho días que transcurrieron antes de que en su lugar no quedara más que un círculo de tierra decorado con basura y nubes de mosquitos.

Cuando dejó de llover, el árbol comenzó a irradiar magnetismo. De todas las calles que desembocan al Parque llegaba gente atraída por el caído, y en cuestión de minutos estaba tan rodeado como cualquiera de los hombres que se desploman en las calles de “Medallo”. “¿Ese árbol se cayó?”, preguntó una niña con la respuesta al frente, “No, se está refrescando las raíces y ahorita se vuelve a parar”, le respondió un vendedor de chicles.

Un gamín llegó corriendo y anunció: “¡Se ha caído el primer nido de ratas del Parque, y el meadero municipal!”, con lo que generó una alborotada cadena de conversaciones sobre la planta: “Esas raíces son un guardadero de chuzos”, “y de drogas”; “ahí debajo se metían los sordos a tomar trago y manosearse”; “ahí vivía mucho pajarito”, y la lista seguía. Mientras tanto, una savia blanca y pegajosa comenzaba a gotear entre las ramas fracturadas del caucho.

Cuando la Policía llegó, a las 4:03 p.m., la escena que encontró era la de un siniestro en proceso de saqueo. Una multitud de curiosos removía los restos de la tragedia. Un grupo de niños reptaba por el ramaje; una señora y su hijo picoteaban por el reguero de semillas; una anciana vestida de negro hacía un ramillete con sus hojas; y un hombre barbado salía de la fronda con una carcasa de aluminio, “¡Hey, no se lleve eso!”, gritó alguien. “¡Quién se lo va a llevar, si eso es robo al Estado!”, dijo el barbado, poniendo la cabeza de una lámpara de alumbrado público en una jardinera: porque, vencido como un palillo de dientes, un poste había quedado retorcido bajo el caucho. Los policías observaron el cuadro, se miraron, y abandonaron el lugar. “Les dio pereza levantar este cadáver”, escupió un muchacho recostado en un poste.

A las 5:35 p.m. más de 130 curiosos observaban el desplomado. Con el desprendimiento del árbol no se abrió en la tierra un profundo boquete, como se supondría: lo que había en el sitio en el que por décadas se aferró al suelo, era un redondel de tierra de menos de metro y medio de diámetro. Llovían hipótesis: “Estaba pegado de nada, no tenía ni raíces”, dijo un viejito que miraba la base plana del árbol. “Estaba pegado con pega-loca”, le contestaron.

Un par de botas grulla se detuvieron frente al árbol. El ingeniero Pascual Guerrero dio el “parte forense”. Nombre común: Caucho. Nombre científico: Fycus Lyrata. Familia: Morácea. Peso aproximado: veinte mil kilos de madera, savia, semillas y hojas. Móvil del desplome: precipitaciones y vientos huracanados equivalentes a los de un vendaval en la selva chocoana. Y con su índice apuntando hacia la base enunció la causa de su baja: “sus raíces están sanas. En teoría tenía cómo sostenerse, pero hace muchos años se le cortó su crecimiento a punta de cemento”.

Mientras estuvo en pie, menos de la mitad de la base del árbol lograba conectarse con la tierra. El resto se apretaba contra el empedrado con que se le rodeó en una vieja remodelación del Parque, y que se convirtió en una guillotina de roca que impidió a las raíces nuevas alcanzar la tierra. “Qué bueno poder escuchar el llanto de los árboles”, dijo un crespo. Y en esas llegaron las cuchillas.

Una cuadrilla de hombres-sierra bajó de una volqueta de las Empresas Varias. Rodearon el tronco, y con sonido de motosierras comenzaron su trabajo. El árbol sería despedazado. Cada corte formaba un círculo de savia lechosa que empezaba a gotear. La carne roja del tronco, la corteza rizada, el tapete de aserrín naranja que se formaba, las raíces curvas… todo era mirado, tocado, cogido, llevado a otro lugar. Una mujer se agachó, agarró un tronco mediano, lo envolvió en tela y se fue. Un hombre de pantalón desteñido arrancó una hoja, y comenzó a raspar la savia que salía de un corte lateral: una bolita de caucho creció con el movimiento de sus dedos. Ángel Rojo García, un veterano manchado de sol, recolectaba ramas y semillas para sembrarlas en Amagá.

Durante los ocho días que siguieron a la caída del árbol, cuadrillas de hasta quince aserradores lucharon a machete y sierra por reducirlo a pedacitos. Y la gente no cesó de apoderarse de sus restos.

La señora Alba Luz Arango cogió dos pedazos de raíz ondulada y los llevó a su apartamento. Los chinos del restaurante Chung-Wah obtuvieron dos docenas de rodajas de árbol para picar en ellas todo aquello que los chinos pican. Ana Caballero detuvo un taxi, y llevó tres troncos a su granero del barrio Castilla. Un embolador llamado César hizo dos recorridos de diez cuadras con pedazos de tronco al hombro, y los descargó en el consultorio de un médico que pensaba tallarlos. Y en el puesto de trabajo de ese mismo embolador los clientes comenzaron a posar los zapatos sobre un rectángulo de madera.

El resto del árbol fue llevado al basurero. O casi todo, porque Hugo, el conductor de la volqueta de las EEVV que realizaba el trayecto Parque de Bolívar-Curva de Rodas se detuvo en un taller del Barrio Miranda. Dos de sus amigos treparon al volco, escogieron, y se surtieron de butacos. Durante los tres primeros días de descuartizamiento del árbol la volqueta ingresó tres veces al relleno sanitario con el portador lleno, y en el viaje más pesado la báscula marcó 9.970 kilos de caucho, Fycus Lyrata, descargados cerca de una pila de ataúdes destrozados, y que junto a los demás cargamentos de madera reposa ya bajo un lodazal custodiado por multitudes de gallinazos.

***

El árbol de caucho se fue del Parque de Bolívar hace más de un año, y aún sigue por ahí, ejerciendo variedad de oficios. Lo han tratado como un mueble, un trasto, un perro, un estorbo, y hasta lo han tratado con amor.

La señora Alba Luz Arango recuerda sorprendida el día del diluvio. Llovía como nunca y las ventanas de su apartamento del piso 19 cimbraban con los coletazos del temporal. Su panorámica del centro de Medellín desaparecía, y cuando el diluvio se aplacó vio derrumbado a su viejo vecino vegetal. Durante tres días visitó el árbol, embelesada con los colores y las formas. Llevó a su apartamento dos trozos de raíz, y los puso junto a la misma ventana desde la que lo vio erguido. Las raíces hicieron parte de su pesebre navideño, sirviendo de leña para un leñadorcito. Y con ellas en la mano dice que con su hija les encuentra formas secretas: desde cierto ángulo es un sapo. Y desde otro lado, asegura, es un perro.

Ese día aparecieron dos hombres menudos de ojos rasgados, caminando entre los trozos del árbol derribado como seleccionando pescado. Rato después entregaron seis cajas de alimento chino y cuatro litros de gaseosa negra a los hombres-sierra, y más tarde, en la cocina del restaurante “Chung Wah” reposaba una docena de tablas bien cortadas que en adelante se usarían para picar los ingredientes del Wan Tun o del Chaw Pat Chin. Un año después, bajo una medialuz roja y junto a la caja registradora, Juan Pablo Cheng resume en una frase el destino de las tablas: “madera no buena pa’ tabras”. Al secarse, se comenzaron a rajar y casi todas fueron desechadas. Ahora, sólo una cumple su labor en las preparaciones del “Vieja China”, a cuya cocina –dice Cheng- un peatón cualquiera “no puede entrar, patrón no gusta”.

Ana Caballero encontró lavado el centro de Medellín. Llegó al Parque de Bolívar y se topó con el caucho desplomado. Detuvo un taxi, y en la maleta le pusieron tres troncos. Los butacos del granero La Amistad ya son célebres en una de las lomas de Castilla. “!Cinco mil pesos por traer esos pedazos en taxi!”, se rió la barra de la esquina cuando Ana llegó con ellos. Pero con el paso de los días y las partidas de póker, parqués y dominó, los troncos se hicieron indispensables. Cuando juegan microfútbol cierran la calle con ellos, y si hay rumba en otro lado allá van los troncos, que siempre regresan. Duermen a la intemperie, fuera del granero, y ni así se van. “Es porque están mal recortados, y nadie se quiere encartar”, asegura don Silverio. “Y porque lo que es con ellos es con nosotros”, dice Hércules, y estallan risas.

La mañana brilla en el Parque de Bolívar y César está mal de trabajo: pocos se hacen lustrar. “¿El médico al que le llevé los troncos? Claro que sí.” Seis cuadras más allá, cerca al Parque San Antonio, el médico Joaquín Aviar asoma la cabeza tras las rejas de su consultorio en el edificio Nuevo Mundo, y de medio lado cuenta el destino de sus troncos. Hace un año pasó por el Parque cuando troceaban un caucho. Tiene el vicio de tallar madera, y le puso el ojo a un tronco. Le pagó tres mil pesos a un lustrabotas, que lo llevó hasta el consultorio y regresó al Parque con la espalda adolorida. Al rato apareció el médico con otro antojo, César se le midió de nuevo a la misión y transportó el segundo tronco. Volvió al Parque y, dice, se aplicó un Voltarén para el dolor.

Aviar hace una mueca y dice que hace ocho días se deshizo de ellos. Aplazó tanto su talla que le comenzaron a estorbar, ordenó tirarlos a la basura y no supo nada más. Pero el portero del edifico sabe que fueron sacados a la calle, los trabajadores de EEVV se negaron a llevarse uno y lo dejaron tirado en el andén. Ese pedazo de tronco ocupa ahora un rincón oscuro en el sótano del “Nuevo Mundo”, junto a un arrume de icopor, rondado por un gato arisco.

¿Y el tronquito rectangular en el que ponían los pies los clientes de César? Se lo robaron. Desapareció.

Hoy poco queda del árbol en el Parque de Bolívar, pero quien quiera puede pararse sobre un círculo de tierra en el que se comienzan a asomar mechones de hierba, y, si quiere, puede imaginarse como un viejo árbol de caucho, gigante y erguido, en pleno corazón de Medellín.

La vocación. En la familia de Gelvis Santamaría hubo siempre interés por el deporte. A sus padres les gustaba; él alguna vez practicó el básquetbol. Por eso, colgó en su cuarto un afiche de Michael Jordan en sus buenos tiempos de los Chicago Bulls. Pero, no podía faltar, tenía un tío que montaba en bicicleta y empezó a ponerle atención. “Me gustó la bicicleta y comencé a entrenar, a salir, le cogí cariño”. Y un día, llegó el gran impulso: una bicicleta Vitus, para él y su hermano, regalo de su papá. Empezó a salir cada ocho días, al Carmen de Apicalá, a La Mesa. Con los días el gusto fue creciendo. Entonces, “cada ocho días” fue muy poco. Se metió a la Liga de Ciclismo de Bogotá, montó más seguido. Cuando salió del colegio e ingresó a la Escuela Colombiana de Carreras Intermedias para estudiar Ingeniería de Plásticos, escogió la jornada nocturna para poder entrenar en las mañanas varias horas, como lo hacen los ciclistas profesionales. Y ahora, en su cuarto, al lado de su bicicleta Genios, la dulce compañía con la que duerme, hay también otros dos afiches: de Lance Armstrong, el gran campeón, y de Oscár Sevilla, alguna vez el mejor novato de la Vuelta a España.

Como un profesional. Vive y entrena como si fuera un profesional, pero no lo es. No todavía. No corre en un equipo de marca que le pague un sueldo fijo y le financie la costosa dotación que necesita un ciclista: al menos una bicicleta de diez millones de pesos; otra para entrenar de tres millones; el casco, las gafas, las zapatillas y el uniforme, que pueden llegar a sumar otro millón y medio de pesos. Sin contar los viáticos, los hoteles, los desplazamientos y la participación en las grandes carreras. Él es un corredor de liga: “La gente no sabe una cosa, los ciclistas de nombre como Santiago Botero, Israel Ochoa, viven de esto, tienen sueldo mensual, les dan sus bicicletas. Nosotros somos corredores de liga, no tenemos un sueldo, la liga a veces nos apoya y nos lleva en algunas carreras; en otras nos toca pagar nuestras inscripciones. En una carrera como la Vuelta al Valle, que dura cinco días, hay que pagar el transporte, la alimentación, el acompañamiento. Sin esto es difícil porque quién le pasa a uno agua, quién lo ayuda con un pinchazo. Esa es la diferencia con un equipo de marca”.

Quemar las naves. Cuando terminó su carrera de ingeniería de plásticos trabajó un tiempo en su profesión. Pero ya no podía entrenar como antes. Tuvo que elegir: lo que había estudiado o el ciclismo. A los 25 años, eligió el ciclismo. Desde el año pasado está dedicado de lleno a la bicicleta, entrenando cuatro o cinco horas diarias. Y lo puede hacer gracias al apoyo de su familia, que retribuye ayudándole a su papá en el taller de Volkswagen y a su mamá en el salón de belleza. Aunque necesita complementarlo con un poco de rebusque: vendiendo implementos o uniformes de ciclismo importados a gente conocida. Es que, definitivamente, se trata de un deporte muy costoso. Por estos días, le ha tocado entrenar con la bicicleta de competencia porque la de entrenamiento está varada por un repuesto que vale más de $600.000. La liga a veces da bonificaciones, pero son escasas e insuficientes para sus necesidades: “Aquí falta mucha oportunidad para salir adelante”. Sin embargo, está decidido a convertirse en un verdadero profesional del ciclismo: no solo vivir para el ciclismo sino vivir del ciclismo.

La meta. Correr en Europa, esa es su meta. “A la gente que ha ido allá se le nota. Nos llevan años de ventaja, en materia de técnica, de medicina. A cada ciclista le hacen la bicicleta y los uniformes a su medida, las zapatillas con su molde”. Y ganan más. Acá, un buen ciclista élite de los grandes equipos de marca —Orbitel, Colombia es pasión, Lotería de Boyacá— gana entre dos y tres millones de pesos.

Correr en Europa, como su novia, la ciclista Laura Lozano, que pertenece al equipo italiano Chirio Forno D´Asolo y participó recientemente en el tour femenino. Ella, con quien habla a menudo y le da consejos y lo anima, le dice que a pesar de la soledad vale la pena. Laura era patinadora, pero un día descubrió el ciclismo y le gustó. Ganó la Vuelta al Valle, la Primera Clásica Nacional femenina, y se la llevaron.

Gelvis sabe que ganar aquí una prueba importante es el pasaporte para irse. Y sabe que está lejos de conseguirlo y que no hay mucho tiempo: tiene 26 años. Pero no se desespera. Piensa que la clave del triunfo se encuentra en la dedicación y en la preparación. Para él, el ciclismo es un deporte en el que a mayor madurez se anda mejor. Y no es ningún invento: José Castelblanco, Álvaro Sierra, Israel Ochoa y Libardo Niño, a su juicio los mejores ciclistas del país, pasan de los treinta. O de los cuarenta: a sus cuarenta años cumplidos, Hernán Buenahora fue este año subcampeón de la Vuelta a Colombia y campeón de la Vuelta al Táchira.

Preparación para la Vuelta. Dentro de sus planes era muy importante correr la Vuelta a Colombia que este año tenía varios incentivos: la participación de Santiago Botero —un ídolo que le podía devolver algo del fervor multitudinario que tuvo en el pasado— y un recorrido bastante exigente. Dos mil doscientos sesenta y un kilómetros, catorce etapas —una de ellas, Paipa-La Vega, de doscientos treinta y dos kilómetros—, los tradicionales puertos míticos de categoría especial y primera categoría: el páramo de Letras y los altos de la Línea y Minas. Una contrarreloj de treinta y cinco kilómetros y premios adicionales de diferentes localidades a quien pasara primero. “Hacía como diez años que no había una vuelta así”, dice.

Quería ir y se preparó a conciencia. Corrió casi todas las carreras del calendario ciclístico nacional. Se entrenó en las montañas cercanas a Bogotá, porque el ascenso es su punto más débil. Hizo méritos y al final fue incluido en el equipo de diez ciclistas del Instituto de Recreación y Deporte de Bogotá —IDRD— dirigido por Oliverio Cárdenas. Desde luego, como gregario de los capos Fabio Duarte y Wálter Pedraza.

Además, un amigo muy querido, el ciclista Juan Barrero, había tenido un accidente en una Vuelta a Colombia —en la bajada de Manizales a Chinchina— y eso le traía malos recuerdos. Tenía que exorcizarlos.

La vuelta. Después de un prólogo en Barranquilla que ganó Santiago Botero empezó la primera Vuelta a Colombia para Gelvis Santamaría. Y empezó mal. En la primera etapa, Barranquilla-Aracataca, tuvo un pinchazo. Se quedó del lote que iba a gran velocidad porque su capo Wálter Pedraza había atacado y —para los otros equipos— él era de esos a los que hay que cuidar. Sus compañeros iban adelante y nadie espera a un gregario. El mecánico tardó mucho tiempo en llegar y no pudo volver a conectar con el lote. En total perdió veintiocho minutos. No le importó. De inmediato pensó que todavía quedaban muchas etapas y faltaba la montaña para la cual se había preparado.

Y en la tercera etapa, Barrancabermeja-Piedecuesta, consiguió salir de la cola. Era una etapa plana que terminaba en ascenso. Aunque perdió diez minutos con el lote principal, ese día la carrera se había partido en cuatro lotes y consiguió llegar en el segundo. Al otro día llegó la montaña: Socorro-Paipa, doscientos trece kilómetros. La esperada montaña que no fue nada fácil: se sintió toda la dureza de la Vuelta. Ahí, Fernando Camargo, de Paipa, el ganador de la etapa, tomó el liderato y Santiago Botero quedó décimo en la general. Hubo otras etapas duras como Paipa-La Vega, donde la lluvia fue inclemente, y difíciles como Manizales-Mariquita, donde se pasa por el páramo de Letras. Para Gelvis Santamaría, el vía crucis fue la etapa de Melgar-Bogotá, la más corta: ese día no tenía ritmo, no cogía el paso, las piernas no le respondían. Se dijo a sí mismo: “Voy a llegar a Bogotá, no me voy a subir al carro, no me voy a retirar”. Y no quedó de último, quedó de penúltimo: puesto ochenta entre ochenta y uno. ¿Cuándo volvió otra vez a ser colero en la general? No lo recuerda con exactitud. “De pronto un día hay varias expulsiones, retiros y el nombre de uno aparece al final del boletín”. No es algo tan dramático como parece. Y no se piensa en ser el último sino en otras cosas, más positivas: “Quedamos la mitad de los que empezamos”. Justo en ese momento se recuerda que hace diez años, el campeón Santiago Botero quedó entre los últimos de la Vuelta a Colombia y que al año siguiente tuvo que retirarse. Un campeón es también el que no claudica y sabe esperar con paciencia.

La recuperación. ¿Por qué se fundió Gelvis Santamaría en la etapa Melgar-Bogotá y solo lo mantuvo en carrera la ilusión de su familia viéndolo terminar la vuelta? ¿Por qué Lucho Herrera, luego de una tremenda etapa en el Tour de Francia, al otro día pierde dieciocho minutos y la posibilidad de ser campeón? La clave del ciclismo es la recuperación y por eso el polémico tema del doping tiene que ver con la recuperación. Alguna vez en Madrid, el ciclista Iván Parra le dijo al periodista colombiano Luis Eduardo Barbosa: “En una carrera por días no es el que amanezca mejor, sino el que amanezca menos cansado”. Cada día, el cuerpo va a estar más cansado y es el que mejor se recupere el que va a estar mejor, ahí reside la diferencia.

Después de que termina la etapa, que se han ido el público y los medios, empieza otra vida: la monótona rutina de la recuperación. Llegar al hotel, bañarse, almorzar —ensalada, arroz, pollo, pasta, un jugo, un postre: nada de fríjoles y poca carne—; esperar pacientemente el turno para el masaje —en el equipo de Gelvis había dos masajistas para diez ciclistas—; reposar un largo rato y a las seis cenar algo parecido a un almuerzo; ver televisión, jugar cartas un rato, llamar a la casa: llega la hora de acostarse para estar al otro día “menos cansado”. Y así durante catorce días: la vida del ciclista se parece a la del monje.

La otra vuelta. El gregario debe tener claro que es un apéndice, sus consideraciones personales no tienen lugar. El que va a pelear la carrera es el capo y en el equipo de Gelvis el gran capo era Fabio Duarte. Y el principal objetivo de Duarte: pelear el título de mejor sub23 con el venezolano Jackson Rodríguez, del equipo Lotería del Táchira. Ese fue para el equipo IDRD el objetivo principal y esa fue la verdadera vuelta que él tuvo que correr: en función de su capo. Tenía que cuidarlo, acompañarlo, esperarlo, llevarle comida o agua desde el carro. Hacer bien la tarea que hacen los gregarios. Y este objetivo estuvo en peligro. Jackson Rodríguez estuvo por encima de Fabio Duarte y después de la dura etapa Paipa-La Vega este se enfermo debido a la lluvia. Había que ganarle y el ataque estaba previsto para la etapa Calarcá-Agua de Dios. No fue necesario, porque al venezolano se le complicó una molestia que tenía en la rodilla y terminó retirándose antes del ataque previsto. “De todas maneras, Duarte le hubiera ganado. Ese día estaba volando y ganó la etapa”. El objetivo finalmente se cumplió y Fabio Duarte fue la figura de ese día, fue nombrado por todos. La gloria del ciclista es la gloria de un día. Y el gregario no tiene gloria: es la sombra de la gloria.

Los sueños intactos. Acompañamos a Gelvis Santamaría a una sesión de entrenamiento el lunes siguiente al que terminó la Vuelta. Es una sesión suave, para aflojar músculos. Empieza a las seis de la mañana. Sale de su apartamento, en el sector de Galerías y va hasta Patios, a siete kilómetros subiendo en la vía Bogotá-La Calera. Sube sin esfuerzo y aunque él no contabiliza el tiempo, contamos veinticuatro minutos desde la séptima. Para él, la vuelta ya quedó atrás y está pensando en lo que viene: el Clásico RCN, que tendrá la misma etapa Manizales-Mariquita en la cual Botero definió su triunfo. Le gustaría tener la oportunidad de prepararse allí. Después del entrenamiento conversamos un rato largo y habla de la experiencia que ganó en la Vuelta. Se le ve animado, con ganas. La meta de correr en Europa sigue en pie. Yo pienso en su puesto ochenta y uno, a más de cuatro horas de Botero y a doce minutos del penúltimo. En que hasta ahora su mejor desempeño ha sido ganar una prueba nacional de scratch en el velódromo Luis Carlos Galán. Pienso en si vale la pena tanto sacrificio y si de verdad podrá alcanzar su meta. Pienso en eso, pero le pregunto otra cosa: ¿cuál es el encanto del ciclismo? “No sé explicarlo, es como las ansias de estar ahí, de aguantar, de pelear una carrera. A veces uno sí se pregunta: ¿Dios mío, qué hago acá? Pero al final a uno le gusta. Yo creo que todos los corredores sienten lo mismo porque el que gana también sufre”. Ahí está dicho todo. Me voy y lo dejo con sus sueños intactos.

I

Mientras llega el camarero con nuestros almuerzos, Boricua Zárate advierte que está acostumbrado a ser un extraño para casi todas las personas con las que se tropieza en la calle. La última vez que pateó un balón —añade, meditabundo— fue en 1985, es decir, hace veintiséis años. Así que el mesero joven que nos atiende en este restaurante de Barranquilla tendría que ser sobrino suyo para haberlo reconocido. De otro modo, ¿cómo podría saber que el cliente de cabello ralo al que acaba de tomarle el pedido, el cojo de la pierna ortopédica, fue uno de los dos defensores centrales de la Selección Colombia que en 1975 quedó subcampeona de la Copa América?

Boricua aprieta con las dos manos el mango de su bastón. Luego insiste en que su época como jugador de la Selección Colombia pasó hace más de tres décadas. Resulta apenas lógico que a estas alturas él se haya envejecido y no se asemeje ya al mocetón que el país conoció en las canchas. Pienso que tiene razón pero me abstengo de decírselo. El Boricua de los años setenta era uno de esos zagueros intimidantes que parecen andar siempre a punto de descabezar a alguien. El de hoy es un sesentón maltrecho al que uno no se imaginaría en una cancha de fútbol ni siquiera como espectador. Uno se lo figuraría, más bien, jugando dominó en un parque de jubilados.

Como lo he frecuentado durante cuatro días estoy familiarizado con él, pero si me lo hubiera topado en cualquier esquina sin antes ojear en la prensa las imágenes de su aspecto actual, seguramente lo habría desconocido. Y eso que pertenezco a la generación de hinchas nacidos en los sesenta. Yo alcancé a ser testigo de su carrera, lo vi enfundado en las camisetas del Junior, del Medellín y de la Selección Colombia. Un domingo remoto de mi adolescencia, incluso, lo tuve a pocos metros de distancia en el viejo Estadio Romelio Martínez. Era un hombre brioso a pesar de su corpulencia, lo contrario de este señor menguado y lento que ahora empieza a tomarse la sopa.

Boricua se esfumó del panorama desde el momento en que se retiró de las canchas, y no volvió a aparecer en público. Jamás hizo el saque de honor en un partido importante ni en uno de poca monta; jamás fue entrevistado en los noticieros de televisión. Una que otra vez era evocado en son de mofa por los periodistas deportivos veteranos: cuando un zaguero pifiaba la pelota de manera horrible, o cuando la mandaba hacia las tribunas con un patadón antiestético, exclamaban: “Hizo la de Boricua”. Cuando el defensor se aturdía y en vez de rechazar el balón se quedaba estático viéndolo pasar por su lado, los comentaristas mayores citaban la frase burlona que el locutor Pastor Londoño decía a mediados de los años setenta: “No me la deje ahí, Boricua, no me la deje ahí”.

Se referían, cómo no, al error que estigmatizó a Boricua durante la mayor parte de su carrera. Sucedió en el juego de vuelta por la final de la Copa América de 1975. Colombia había ganado 1 a 0 el primer partido, disputado en Bogotá. En el segundo partido, el de Lima, estaba alcanzando el título gracias al empate parcial, pero el equipo peruano mandaba en la cancha. De pronto, un atacante de Perú que avanzaba por la derecha envió un centro aparentemente inofensivo al área colombiana. Parecía que Zárate controlaría la situación de manera fácil, ya que el balón cruzaba englobado, manso, frente a sus narices. Bastaba con darle un cabezazo para mandarlo al córner o hacia un costado. Zárate, los brazos pegados al cuerpo, las manos posadas en las piernas, se quedó idiotizado viéndolo pasar, como si esperara que al balón mismo le diera la gana de alejarse sin causar problemas. O como si creyera que podía desviarlo con una simple mirada. Cuando el balón lo rebasó, intentó reaccionar, pero ya era tarde: Juan Carlos Oblitas irrumpía como un bólido por la izquierda. Al peruano, sin embargo, también lo sobró el balón y por eso no disparó en seguida. En todo caso logró detenerlo antes de que traspusiera la línea final. Entonces, de espaldas al arco, decidió jugarse un albur: le pegó un taconazo con la zurda para centrarlo de nuevo, a ver qué sucedía. Y lo que sucedió fue que le rebotó a Zárate en el pie derecho y se metió en la portería de Colombia.

Desde ese día hasta el momento en que se retiró, diez años después, Boricua soportó las chanzas más pesadas. Cada vez que la pelota llegaba a sus predios el público rugía con saña, mientras Pastor Londoño soltaba el consabido gracejo:

—No me la deje ahí, Boricua, no me la deje ahí.

La gente se burlaba de él, incluso, en lugares distintos al estadio: en las calles, en los centros comerciales.

—No me la deje ahí, Boricua, no me la deje ahí.

Aunque la broma lo irritaba, Zárate se mostraba risueño ante los provocadores, en parte por su temperamento apacible y en parte porque entendía que si perdía los estribos le iría peor. Para consolarse apelaba, además, a un argumento ingenuo: si se mofaban de él era porque, al menos, lo reconocían. Pero eso fue hace mucho tiempo, dice ahora, mientras aparta hacia un lado de la mesa el plato ya vacío de la sopa. Hoy solo encuentra indiferencia a su paso. Nadie lo señala con el dedo índice, nadie le pregunta por la Selección Colombia del 75. El taxista que nos trajo al restaurante, a propósito, no lo reconoció, pese a que vivió en el mismo barrio suyo cuando ambos eran adolescentes. Zárate sonríe, insiste en que ya está acostumbrado a esa situación.

II

En esta Colombia vertiginosa donde las noticias caducan al instante, un futbolista de los años setenta pertenece a la prehistoria. Más aún si su carrera fue gris y nadie volvió a saber de su vida durante el último cuarto de siglo. Ese personaje es a la prensa lo que el medicamento vencido a la farmacia: un producto desclasificado, sacado de circulación. Lo máximo que los editores de los periódicos podrían concederle es un rinconcito en la sección de efemérides, para evocar algún acontecimiento suyo —un autogol, por ejemplo— o contarles a los lectores en qué anda tras el retiro. Eso sí: el día que el personaje sufra un percance o estire la pata, será incluido otra vez, sin falta, en las páginas de actualidad. Ahora, mientras el mesero nos entrega las bandejas de pescado que le pedimos, recuerdo la frase irónica de Chesterton: “El periodismo consiste en decir ‘Lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”.

Boricua hinca la punta del cuchillo en la posta de bagre frito. Dos años atrás nadie lo mencionaba, ni siquiera los locutores deportivos más viejos. Yo, lo confieso, tampoco lo extrañaba. No era que lo creyera ya un Lord Jones muerto: era que, sencillamente, su nombre se me había borrado de la memoria. Entonces sobrevino la calamidad que lo volvió noticia otra vez. “En estado crítico Boricua Zárate” —informaba El Heraldo a principios de 2010—: “Tiene diabetes y requiere ser amputado”. El reporte abundaba en detalles sobre las desdichas del personaje: sus dolencias, sus apuros económicos. Además advertía que Boricua no se encontraba afiliado a ninguna Empresa Promotora de Salud y, por tanto, los médicos se negaban a practicarle la cirugía. Sus excompañeros del Junior se aprestaban a organizar en Barranquilla un partido de veteranos para conseguirle fondos. Por primera vez nos mostraban el rumbo que tomó el personaje durante el tiempo en que le perdimos la pista. Al principio trabajó en las divisiones inferiores del Deportivo Independiente Medellín. Después se quedó sin empleo. Fue el momento en que surgieron las penurias: perdió el hogar, pasó hambre. Terminó yéndose para Mocoa, ciudad petrolífera de la región amazónica colombiana, donde se vinculó a una escuela de fútbol infantil. Un día amaneció con una uña del pie izquierdo encarnada. Como creyó que se trataba de un mal menor, no le prestó atención. Un mes después caminaba apoyado en un bastón.

—La pierna se me puso flaca como la de un niño con polio —dice Boricua.

Los cubiertos con los que corta el bagre naufragan en sus manos enormes. Mastica despacio, el ceño fruncido, la mirada grave.

Encuentro un parale-lismo entre el zaguero central que se durmió frente a aquel balón manso en la final contra Perú y el señor que se descuidó porque creyó que la uña encarnada era una minucia. Se me ocurre, además, una idea malévola: también este último Boricua “la dejó ahí”. Sin embargo, no me atrevo a comentarle en voz alta lo que estoy pensando. Me gustaría saber con qué ojos mira la realidad un hombre que no percibe ciertas señales de alarma que para los demás mortales resultan evidentes. Su hermana Isabel lo define como una persona ingenua y confiada. Físicamente parecería capaz de protegerse de cualquier adversidad, pero el pobre José —ella jamás le dice el apodo— siempre ha escondido a un niño indefenso dentro de ese cuerpo fortachón. Un niño que a veces es lento de reflejos.

—¿Por qué demoró para hacerse ver del médico la uña ulcerada?
—No, para nada, yo no me demoré. A mí la pierna se me adelgazó en cuestión de un momentico.

Me arrepiento de la pregunta: es injusto que uno se enferme y encima tenga que sentirse culpable. Veo otra vez el tenedor extraviado en la mano descomunal de Boricua, sus ojos que ahora no se me antojan graves sino afables. Definitivamente se parece al hombre que retrata su hermana: grandulón, desamparado, como un ogro bueno de historieta infantil. Así era también cuando jugaba: tosco, noble.

—Un locutor salió un día con este chiste: “Boricua pega más que un cable de energía pelado”.
—¿Y usted no era acaso pegador?
—A mí me expulsaron como dos veces apenas.
—Entonces, ¿de dónde salió esa fama?
—No sé. Vainas de ustedes los periodistas. Y como mido 1,82 y en esa época pesaba 86 kilos… Yo era muy fuerte. El que chocaba conmigo se caía, pero no era que me la pasara pegando patadas.

Manos grandotas, dedos muy gruesos. De alguna manera su contextura incidió en la clase de jugador que fue. Boricua no patrullaba la zona defensiva en la carroza de los príncipes sino en el burro de los leñadores. Quizá por esa razón lo olvidamos. Jugaba en el puesto de un exquisito como Beckenbauer pero pertenecía a la estirpe de un rústico como Scirea. ¿Lo que le cobramos, entonces, fue su falta de virtuosismo? Tal vez. El mundo no celebra al que corta la madera para hacer el violín sino al que crea la música.

Le digo a Boricua que el tiempo arrojó sobre él un manto de olvido pero, por otra parte, actuó en su favor. Si hubiera anotado aquel autogol a finales de los años ochenta o a principios de los noventa, cuando el fútbol colombiano estaba en la mira de las mafias y de los apostadores, posiblemente no estaría aquí echando el cuento.

—Huy, sí, de pronto me hubieran dado balín —dice con una expresión sombría.
—Así es.
—Vea usted el caso del finado Escobar…

En este punto Boricua hace el clásico gesto de la degollada, pasándose el índice derecho por el cuello. Se refiere al autogol que le costó la vida a Andrés Escobar tras el Mundial USA 94.

—Es preferible la broma de Pastor Londoño, ¿cierto?
—Sí, es preferible.

Y se ríe.

—¡No me la deje ahí, Boricua, no me la deje ahí!

Y se ríe otra vez.

¡Ah, el tiempo! He pensado mucho en el tiempo a lo largo de estos días. Boricua ajustaba 36 años cuando se apartó de los reflectores y 61 cuando regresó a ellos. Mucha agua ha corrido desde entonces bajo el puente. El personaje dejó de usar las patillas gruesas que usaba en los setenta, se encorvó un poco, perdió varios dientes. Y, sobre todo, sufrió quebrantos de salud y se convirtió en un desempleado frecuente. Sin embargo, en los archivos de prensa se mantuvo ocupado pateando balones, ostentando la firmeza de un guayacán. El reducido sector de la sociedad que se acordaba de él, lo divisaba aún dentro del mismo vagón de sus años mozos, pero él había concluido ese viaje hacía una eternidad. Seguimos viendo a los exfutbolistas tal y como eran cuando jugaban, prestos todavía a cobrar el córner, o calentándose en la pista atlética. El día que decidimos buscarlos a ellos mismos para que nos cuenten qué fue de sus vidas, la realidad nos entra en los ojos como un puñado de tierra. Pregunta uno por Bonifacio Martínez, aquel veloz puntero del Junior, y responde Boricua:

—Me dijeron que anda en chancletas vendiendo pescado por las calles de Soledad.

Después pregunta uno por Ernesto Díaz, delantero de la Selección del 75, y vuelve a responder Boricua.

—Murió en una cancha de Estados Unidos. No tenía ni cincuenta años cuando le dio el infarto ese.

Enseguida pregunta uno por Pescaíto Calero, otro integrante de la Selección del 75, y a Boricua se le quiebra la voz en la respuesta:

—Hombre, Pescaíto murió en un accidente de tránsito en Pereira.

Y así sucesivamente.

Ayer, enfundados en una camiseta que llevaba cruzada en el pecho los colores de nuestra bandera, representaban a Colombia ante el resto del mundo; hoy andan desaparecidos, necesitados, muriéndose sin que nos enteremos. Y no nos enteramos porque ya no nos interesan, ya les pasó su tiempo. Si en estos momentos no pueden darnos circo, ¿por qué tendríamos nosotros que darles pan? Todo exfutbolista que llega pobre a la vejez —nos recordaba el entrenador holandés Rinus Michels— se vuelve extranjero en su propio país.

III

Al final de la tarde, cuando baja la temperatura en Barranquilla, Boricua sale de su casa en el barrio Montes y le da doce vueltas a la manzana. El médico que le ordenó la terapia —el mismo que le amputó la pierna izquierda— le aconsejó recorrer un kilómetro diariamente. Boricua dice que cumple la tarea de manera juiciosa, pero en cierta ocasión su hermana Isabel me condujo a escondidas hacia el patio para desmentirlo.

—Esos son puros embustes de él —me dijo, bajando la voz y mirando con cautela hacia el interior de la casa—. Él no camina todas las tardes. Viera usted la lucha que hay que tener para que salga a hacer el ejercicio.
—Pero ayer caminó conmigo…
—Sí, claro, y hoy va a caminar otra vez. En estos días sale a caminar porque usted está aquí.
—Caramba…
—Yo quiero que usted lo regañe. Como usted es periodista, a usted le para bolas.
—O sea que si no hay periodistas él no da ninguna vuelta.
—Bueno, él sí sale algunas veces. Pero yo quiero que usted lo regañe, porque el médico le pidió que camine con el bastón y él camina es con el caminador.

Esta tarde Boricua también utiliza el caminador. Dice que con el bastón se cansa mucho. Además, si usara el bastón tendría que caminar muy despacio, lo cual, según él, es poco recomendable en este barrio peligroso. A ambos lados de la calle 29 hay vecinos que vociferan como si estuvieran en una plaza de mercado. Boricua los mira de reojo, los saluda, y en seguida vuelve a fijar la vista en el piso. La prótesis, engarzada en un zapato de punta vaciada, le llega hasta el muslo. El Boricua de hoy será un alfeñique en comparación con el zaguero macizo de los años setenta, pero seguro es Sansón al lado del paciente demacrado que nos mostró la prensa a principios de 2010, en vísperas de la cirugía. Tres pasos, seis pasos, pausa. No es que le falle el estado físico —se excusa— sino que necesita más tiempo para acostumbrarse a su condición actual. Entonces separa los dedos tensos de las empuñaduras del caminador y estira las manos en el aire.

El sector por el cual avanzamos es considerado la Meca del fútbol colombiano. Al fondo, allá en la calle 30, vemos el Estadio Moderno, donde el 7 de agosto de 1922 se disputó el primer partido oficial de nuestra historia. Ese día se enfrentaron dos equipos cuyos nombres parecían aludir a los colores de nuestros partidos políticos tradicionales: Los Colorados y Los Azules. Después, en 1946 —tres años antes del nacimiento de Boricua—, el estadio fue sede de la Selección Colombia que ganó invicta los Juegos Centroamericanos y del Caribe.

La pasión de Montes por el fútbol surgió antes de que existiera ese estadio. Como las calles eran desnudas, terrosas, resultaban favorables para ciertos juegos. También se practicaba el ‘bate de la chequita’, una especie de béisbol en el que las pelotas eran las tapas de gaseosa que los jóvenes solicitaban en las tiendas. Los padres, dice Boricua, preferían ver a sus hijos jugando que cotorreando en las esquinas, donde se exponían a ser influenciados por los viciosos y por los ladrones. Tanto apreciaban los habitantes estos deportes que en los años sesenta, cuando la Alcaldía de Barranquilla anunció que empezaría a asfaltar el barrio, se rebelaron. Para ellos el pavimento era un simple afeite, pues allí nadie era dueño de ningún carro ni le tenía asco a la arena. Además temían que la medida desencadenara una crisis social. ¿A qué se dedicarían los muchachos —desempleados y sin estudios universitarios— cuando ya no tuvieran dónde jugar?

Ahora bordeamos un canal de aguas negras. Boricua dice que el fútbol lo salvó de “agarrar el mal camino”. Empezó a practicarlo, más o menos, a los ocho años. Entonces a ningún muchacho se le ocurría la idea de que ese pasatiempo sirviera para ganar dinero. Para ganar dinero estaban los oficios serios de los mayores: cargar bultos en la terminal marítima, o lavar envases en la fábrica local de cervezas, o vender butifarras en el centro de la ciudad. El fútbol era un simple recreo, un burladero para escondérseles a las tentaciones del ocio. Cuando mucho, le reportaría a quien lograra jugarlo profesionalmente unos cuantos pesitos para garantizar la vespertina del sábado en El Mogador, el cine del barrio. Lo de “profesionalmente” es un decir: Boricua recuerda que en 1970, cuando principió su carrera en el Junior, se sintió como si estuviera trabajando en una tienda. El jefe de personal le daba en efectivo los tres mil pesos del sueldo, un billete detrás del otro, y luego lo ponía a firmar un cuaderno escolar averiado en el lomo.

—¿Qué más, viejo Bori? —le grita un señor, cerveza en mano, desde la tienda de la esquina.

Boricua responde el saludo. Luego, el rostro ceñudo de siempre, me dirige una frase que no sé si es broma o reclamo:

—Vea que todavía hay quien se acuerde de mí.

Para desagraviarlo le digo que no solo me acuerdo de él sino de la época difícil que le tocó durante su carrera, esos años perdidos que fueron una especie de Patria Boba del fútbol: no clasificábamos a los mundiales, no le ganábamos a casi ningún equipo (el subcampeonato en la Copa América del 75 fue un hecho aislado); nuestros mejores clubes jamás pasaban de la primera ronda en la Copa Libertadores, nuestros mejores jugadores no le interesaban a nadie en el exterior. Mientras Boricua se pone a conversar con un vecino que le sale al paso, reproduzco en mi memoria algunas instantáneas de aquellos tiempos: veo a Pedro Pablo Pasculli metiéndonos dos goles y a Jorge Luis Burruchaga rematándonos con el tercero, en el Estadio El Campín de Bogotá. Perdemos 3 a 1 con Argentina y quedamos por fuera de México 86. Veo a los brasileños masacrándonos 6 a 0 en el Maracaná, así que tampoco iremos a Argentina 78. Pero no hay drama: caer ante Brasil es el tipo de traspié anunciado que solo nos hace encoger los hombros. Veo a continuación una imagen que revela nuestra mentalidad de entonces: tras el cuarto gol brasileño, el delantero Eduardo Vilarete se ubica en el centro de la cancha para reanudar las acciones. Sin embargo, en lugar de hacer el saque reglamentario se sienta encima de la pelota y empieza a manotear, impotente, como diciendo que estamos vencidos desde siempre, que no tenemos salvación, y que lo razonable es arrellanarnos de una vez por todas sin mover ni un puto dedo, pues pase lo que pase perderemos. Y eso fue, justamente, lo que le sucedió a la Selección Colombia durante aquel periodo de desastre: siguió perdiendo.

Cuando Boricua debutó llevábamos ocho años sin asistir a un mundial; cuando se retiró aún nos faltaban cinco para volver a clasificar. Mala suerte, pienso, mientras lo veo despidiéndose del vecino. En su época andábamos tan mal que lo más parecido a una hazaña que podíamos exhibir era el empate ante la antigua Unión Soviética, conseguido en Chile 62. Empezamos perdiendo 3 a 0 y al final igualamos 4 a 4. El histórico partido era una referencia obligatoria en Colombia, incluso para quienes nacimos después de aquel mundial. Todos, tarde o temprano, contábamos el chiste que en este momento le estoy contando a Boricua.

—¿Usted sabe qué significaban las letras “CCCP” que las camisetas de los soviéticos llevaban en el pecho?
—Me lo sabía, pero ahora no me acuerdo.
—Con Colombia Casi Perdemos.

Boricua sonríe. Luego vuelve a su expresión adusta. Da dos pasos, tres pasos. Su rostro cetrino destila sudor. Por un instante tengo la impresión de que ha envejecido diez años durante esta caminata. Le pesa la andadura, le pesa el país. Cualquier equipo de los grandes habría sobrevivido a un zaguero central limitado como él. Brasil, como todos sabemos, ganó el Mundial del 70 prácticamente sin arquero. Hubiera podido ganarlo también con Boricua en la defensa. Por eso supongo que el problema de Colombia en la Copa América del 75 no fue la presencia de Boricua, sino la ausencia de Pelé, Rivelino, Tostão y Jairzinho. Quisiera compartir mi deducción con él, pero me temo que la entendería como un sarcasmo, o como un artificio encaminado a hacerlo sentir bien. Boricua se enjuga el sudor de la frente con el índice derecho, se detiene de nuevo. Más que como un enfermo agotado por el esfuerzo físico, lo veo como un penitente castigado por nosotros. Primero dejamos que cargara él solo una cruz que tendríamos que estar cargando entre todos, la de nuestras frustraciones. Después lo olvidamos. Y ahora, cuando es un veterano discapacitado y sin ingresos, le damos la espalda.

Nos encontramos justo al frente del Estadio Moderno. Está distinto, dice Boricua. Antes no existían esas paredes frontales. Los espectadores entraban libremente y se sentaban en las graderías de cemento. En realidad fueron muchos los cambios que se presentaron en Barranquilla durante su ausencia, que empezó en 1976, cuando fue contratado por el Deportivo Independiente Medellín, y terminó en 2010, cuando regresó arruinado y enfermo. Desapareció el bar de salsa El Boricua, que inspiró su apodo (se lo puso el periodista Carlos Castillo Monterrosa). Disminuyeron las primitivas casas bajas, aumentaron las modernas casas altas. En la ciudad se siente más el olor del humo industrial que el de los caños. Ya nadie juega al ‘bate de la chequita’, ya no venden cubos de brillantina en las tiendas. Las flores de batatillas solo perduran en las canciones de Esthercita Forero. Y también se extinguieron los barberos que recorrían el barrio en bicicleta para ofrecer sus servicios de casa en casa. En esta urbe anárquica, desconocida, José del Carmen Zárate Samudio, Boricua, se siente a la deriva.

—Duré veinticinco años sin venir a Barranquilla.
—El año pasado volvió debido a su problema de salud. Antes de eso, ¿cuándo había venido?
—En el 85 vine con el Cúcuta. Me acuerdo porque fue mi último año como jugador. El Estadio Metropolitano estaba recién inaugurado y yo lo estrené.
—¿Por qué tanto tiempo sin venir?
—Bueno, usted sabe, en Medellín vivía con mi mujer y mis dos hijos.
—No entiendo. ¿Por tener mujer e hijos en otra ciudad no podía venir ni siquiera de visita?
—Nadie sabe la sed con la que bebe el otro. ¿Cómo iba a comprar los pasajes, si no tenía ni cinco centavos? Me quedé varado en Medellín y me tocó irme para El Putumayo porque fue la única parte donde salió trabajito.
—¿Nunca buscó en Barranquilla?
—No.?—¿Y ahora?
—Ahora es más difícil.

Afuera del estadio hay tres muchachos que nos miran insistentemente. Quizá sienten curiosidad por el forastero que anota en su libreta las palabras del vecino cojo. Al momento de empezar la caminata, Boricua me había aconsejado dejar la grabadora, el reloj y el teléfono móvil en la casa. Y hace unos minutos, cuando nos aproximábamos al Moderno, me pareció que masculló algo sobre ellos. Uno de los muchachos, el torso desnudo, lleva la camisa enrollada en la cabeza como un turbante. Otro tiene el rostro atravesado por una gran cicatriz. El tercero está de espaldas a nosotros. De vez en cuando se voltea, nos observa y sigue cuchicheando con sus amigos.

Husmeo a través del portón a los veteranos que, allá en la cancha, disputan un partido. No hay cámaras, ni vallas publicitarias, ni público. Me imagino a los protagonistas de este juego vespertino como viejas glorias a las que nadie les presta atención. Tal vez alguno también sufre una enfermedad o está necesitado. Jamás lo sabremos porque para ellos hace mucho rato cayó el telón. Juegan en la trasescena, adonde no llegan las luces halógenas de la industria del fútbol. Ellos son el tiro de esquina sin el patrocinador, la página ya desgarrada del álbum, el moho en el Botín de Oro. Mientras podían competir estaban blindados contra la miseria: recibían sueldos, primas. Cuando se retiraron quedaron desprotegidos. El futbolista profesional goza de inmunidad tanto tiempo como sea productivo en el campo de juego. Termina su carrera y ahí mismo, al salir del estadio, reencuentra sus problemas de siempre.

—Nos vamos —dice Boricua.

Nos vamos. Cuando hemos avanzado, más o menos, cincuenta metros, vuelve a hablar.

—Esos muchachos que nos estaban mirando son de aquellos. Lo que pasa es que me conocen y por eso se quedaron quietos.
—¿“De aquellos”?
—Rateritos. Ahí en esa esquina se roban como tres celulares todas las tardes.

Entonces pienso otra vez en los veteranos a los que hace unos minutos me imaginé como exfutbolistas legendarios abandonados a su suerte. Después de todo, allá en la cancha se encuentran seguros. Porque en Colombia, no nos engañemos, los estadios funcionan más como trincheras para proteger la vida que como santuarios del buen fútbol. Al encerrarse a jugar, lo que esos veteranos hacen, aunque no se den cuenta, es salvarse de los pillos que montan guardia en los alrededores. La mala noticia es que el partido se acabará, y cuando eso suceda tendrán que salir a exponerse. El país, que no los acompaña en su juego, los espera afuera con todas sus inclemencias. Y en estas calles ninguna pelota sirve como escudo. Boricua respira profundo. Todavía nos queda un largo trecho por recorrer.

IV

Estamos rastreando los archivos de Boricua para ver si damos con una foto de la Selección Colombia que nos representó en los VI Juegos Panamericanos, celebrados en Cali en 1971. Es la segunda vez que exploramos el cuaderno donde él tiene pegados sus recortes de prensa, pero seguimos sin encontrar lo que buscamos. En aquel equipo del 71 Boricua coincidió con el atacante Jaime Morón, quien hace seis años también se complicó a causa de la diabetes. Primero perdió una pierna, luego la otra, y finalmente murió, a los 55 años, en su natal Cartagena. ¿Habrá alguna otra selección de fútbol sobre la faz de la Tierra en la que dos jugadores hayan terminado amputados?

Boricua calla, sigue revisando sus recortes de prensa. La diabetes, advierte, le trastornó la vida. En este punto cierra el cuaderno para subrayar con sus grandes dedos una retahíla de calamidades. Se quedó sin trabajo —y agita el meñique en el aire—, regresó de improviso a Barranquilla —y sacude el anular—, tuvo que aprender a caminar otra vez —y agita el dedo del corazón—, se “recostó como mantenido” en la casa de su hermana Chave —y mueve el índice— y, sobre todo, se convirtió en un paciente crónico que debe estar todo el tiempo consumiendo medicinas —y menea el pulgar—. Cuando se le terminan los dedos, cierra la mano como si fuera a descargar un puñetazo contra algo, pero solo la posa suavemente en su muslo derecho. Entonces, la voz quebrada, dice que lo más triste de todo lo que mencionó es sentirse una carga para su hermana y sus sobrinos.

Si hemos abordado estos temas difíciles, a propósito, ha sido sobre todo por la presión de Isabel. Según ella, es injusto que su hermano siga contando en las entrevistas cómo fue que rebautizó a Hernán Darío Gómez, exdirector técnico de la selección Colombia, con el apodo de Bolillo, o cómo metió aquel autogol viejísimo del que ya nadie se acuerda. Siempre lo mismo, lo mismo. ¿Y quién pregunta por el Anafrin, que vale setenta y pico mil pesos? ¿Quién habla de los doce centímetros cúbicos de insulina que necesita diariamente? Solidarizarse con un deportista que representó a Colombia no es tomarle fotos ni darle palmaditas en el hombro. Tampoco es despacharlo para su casa con los recaudos de un partido de caridad disputado en su honor, y luego desentenderse de sus necesidades. Chave aclara, eso sí, que sin la misericordia de los amigos del fútbol a su hermano le habría resultado imposible sobrevivir. Menciona a exjugadores, a directores técnicos, a periodistas deportivos. Ellos organizaron el juego amistoso para recolectar fondos, ellos le consiguieron la cirugía, ellos le dieron ánimo en los días posteriores a la amputación. Pero, y más allá de eso, ¿qué hay para él? No puede ser que la única consideración que se merezca sea la limosna. Bastante que se jodió el cuero chupando sol en los entrenamientos. ¿Es mucho pedir que los equipos para los cuales jugó le encarguen alguna tarea en la que pueda sentirse útil y al mismo tiempo ganarse unos pesitos de manera honrada?

Boricua evade mi mirada, pasa mecánicamente las páginas del cuaderno. En la sala se siente un silencio pesado. Isabel vuelve a la carga, esta vez bajando el tono de la voz. A José le tocaron sueldos malísimos en su época, dice. Tanto así que cuando ya era titular de la Selección Colombia seguía yendo en bus urbano a las prácticas del Junior. Reunía sus moneditas por la mañana y se plantaba en la esquina del Estadio Moderno a esperar el transporte. Ahora cualquier Don Juan de los Palotes que esté empezando y nunca haya sido llamado a la Selección, llega al club en tremendo carro último modelo. Cuando muestran en la televisión las sedes deportivas de los equipos, ella no sabe si los jugadores están entrenando o cuidando un parqueadero público. El giro que ha tomado la conversación entusiasma a Boricua. Entonces sí me mira, sonríe. A continuación cuenta que, en efecto, el Medellín de finales de los setenta les pagaba mal y tarde a sus jugadores criollos. En cambio a los extranjeros les cancelaba puntual y en dólares. Un viernes de 1979 los futbolistas nativos estaban en las oficinas administrativas suplicando que les abonaran siquiera uno de los sueldos pendientes. Aunque el tesorero repetía que no había dinero, los jugadores se negaban a marcharse. Unos jugaban cartas, los otros leían cómics, los de más allá charlaban. De pronto divisaron al argentino Juan José Irigoyen saliendo de la gerencia. Exhibía una sonrisa de oreja a oreja y traía un fajo de dólares en la mano. Cuando pasó frente a ellos, odioso, empezó a abanicarse con los billetes. Ahí mismo los colombianos montaron en cólera y se le fueron encima.

—¿Qué le pasa, gran marica? —gruñó uno.
—Vaya a burlarse de su madre —lo increpó otro.
—¿Alguno de nosotros tiene cara de puta? —le preguntó Boricua—. Porque las que son felices cuando les muestran la plata son las putas.

Aquella fue la única vez —advierte Boricua— en que estuvo a punto de liarse a golpes con un compañero. Entonces Isabel, que evidentemente no se desvive por esa parte de la historia, retoma su tema en el mismo punto en que lo dejó cuando fue interrumpida. La situación actual de José es insostenible, advierte. El pobre es dizque entrenador de los exjugadores del Junior que participan en un torneo local para mayores de 55 años. ¿Quién le habrá dicho a él que esos vejetes panzones necesitan director técnico? Mire, el campeonato de ellos es lo que en Barranquilla se llama un vacilón, es decir, un divertimento. Allí se juega por gusto, solamente como pretexto para juntarse y beber cervezas al final de los partidos. José se arrimó a curiosear un domingo cualquiera de 2010, cuando ya el muñón de su pierna había cicatrizado. Necesitaba, simplemente, salir del encierro y tener con quién hablar. Se sintió tan bien en el reencuentro con sus compañeros de gremio que siguió asistiendo a la cita los domingos siguientes. En cierta ocasión, uno de los jugadores propuso hacer una colecta para ayudar a Boricua. Algunos aportaron monedas; otros, billetes. El recaudo total fue de cuarenta mil pesos. La donación se repitió, puntual, semana tras semana, y así se convirtió en un acto sagrado de la rutina dominical. Entonces Boricua decidió hacer algo para merecerse los treinta mil o cuarenta mil pesos que aquellos camaradas le entregaban al final de cada jornada: se autodenominó ‘director técnico’ del equipo.

—Cuarenta mil pesos —afirma Isabel, afligida.

Boricua cierra el cuaderno. Dice que, definitivamente, no tiene ninguna foto en la que aparezca junto a Jaime Morón.

—Cuarenta mil pesos —repite Isabel.

Todos volvemos a enmudecernos. Abro el cuaderno que Boricua acaba de abandonar en la mesa y me aparece un retrato suyo del año 75. Aunque exhibe el rostro grave de siempre, refleja un aire de satisfacción. Quizá lo que en aquel momento lo hacía lucir rozagante era la certeza de que se aprestaba a jugar. Estaba vivo, se sentía importante. Seguramente cuando el fotógrafo se le paró al frente Boricua no oyó el disparo de la cámara, porque lo que predominaba en el ambiente era el rugido del público. Hoy, en cambio, el silencio es tan profundo que se oiría, nítido, el clic del obturador. Si lo retrataran ahora, derrumbado en su mecedora de mimbre, quedaría con una expresión melancólica. En este otro extremo de la boca del túnel que ayer lo conducía a la cancha no se percibe el bullicio de la gente, sino el peso de la soledad.