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José María Creonte es uno de los pesistas aficionados más extravagantes que conozco. Durante los entrenamientos usa una capa al estilo de los superhéroes, unos zapatos de suela gruesa (es de baja estatura), una camisilla de malla y una pañoleta en la cabeza. Cuando está fuera del gimnasio es un tipo tranquilo, formal y de hablar pausado. En el gimnasio se acelera, se torna infantil y eufórico. “¡Soy un monstruo!”, grita a cada momento alzando los hombros y abriendo los brazos como si no le cupieran los dorsales.

Me le acerco y le digo que quiero hacerle unas preguntas para un artículo sobre fisicoculturismo que estoy escribiendo. Me dice que tiene mucha hambre, que ya se han completado tres horas desde su última comida, que mejor lo acompañe a almorzar a su casa. Lo conozco desde que abrieron este gimnasio hace cinco años, pero no conversamos mucho. Nuestra amistad se limita a las paredes del gimnasio, a algunas bromas y a una mano cuando necesitamos ayuda con las pesas.

De camino a su casa, va conectado a un mp3 escuchando la misma música electrónica del gimnasio: una música repetitiva que parece hecha para los ejercicios. Su casa queda en un conjunto residencial cerca del gimnasio. Al llegar, le pido prestado el baño. Tiene un afiche de Arnold Schwarzenegger detrás de la puerta. Casi puedo ver a José María cagando y mirando el rostro estreñido de Arnold. En la mesa del comedor ya está servido su almuerzo: media libra de pollo y una montaña de arroz, acompañadas de un preparado multivitamínico. Delante de su plato hay una hilera de pastillas: varias píldoras de creatina (para ganar energía anaeróbica y tamaño muscular) y un par de tabletas de hydroxycut (le ayudan a quemar la grasa y a definir los músculos). Antes también consumía un producto para resaltar las venas, Nitrix, pero dejó de usarlo, porque comenzaron a darle dolores de cabeza.

Cuando José María recuerda su niñez o se mira en los álbumes familiares, siempre ve un niño quebradizo metido holgadamente en un disfraz de Superman. Aunque no fuera carnaval ni noche de brujas, él solía ir vestido como el hombre de acero con su capa roja ondeando en la espalda. Desde que su mejor amigo en la escuela se cayera de un árbol y se rompiera el cuello, aquella era su forma de sentirse seguro.

Gran parte de su vida ha transcurrido al lado de las pesas. Entre tanda y tanda de ejercicios aprendió a bailar, por ejemplo. Aprovechaba las pausas para que su compañero de pesas le enseñara salsa, merengue y vallenato. Una vez su papá entró al cuarto de los hierros y los descubrió en plena lección de baile. El viejo, moviendo la cabeza, farfulló:

“Ya decía yo que ese deporte te iba aflojar los muelles”.

José María estudió técnica metalúrgica y desde hace diez años supervisa el proceso de galvanizado en una fábrica de hierro. Sin que se lo pregunte, me explica que es un proceso mediante el cual se recubre un material con otro menos noble para mejorar sus propiedades. “Me parece curioso –le digo– que un material deba untarse de otro menos noble para mejorar. ¿No será eso lo mismo que pretendemos con las pesas?”.

Mira el reloj: en tres horas tiene que volver a comer otra ración de proteínas y carbohidratos. Como su horario de trabajo se extiende toda la tarde hasta la noche, mete otra pechuga y otra porción de arroz en un portacomidas, recarga un termo con más preparado y alista más pastillas en una cajita. Cuando vuelva del trabajo, se subirá a una máquina elíptica que reposa en su cuarto y hará cuarenta minutos de cardio. Antes de dormir, volverá a comer. Mañana se repetirá la jornada.

Mi horario también es muy rutinario. Todas las mañanas al levantarme, enciendo el computador y leo varios periódicos. Luego de desayunar, tomo notas y adelanto un poco. Dejo más o menos organizado lo que voy hacer en el día y me voy al gimnasio a hacer mis rutinas de ejercicios. Entreno poco más de una hora. Cuando no completo ese tiempo, me da remordimiento. José María dice que le pasa lo mismo con las dos horas sagradas que él le dedica. Es como si se tratara de un karma, coincidimos, así ha sido durante los veinte años que cada uno lleva alzando pesas.

Si tuviéramos que escoger un santo patrono, creo que sería Sísifo, ese griego condenado a subir sin cesar una roca a la cima de una montaña para volverla a soltar. Cuando Albert Camus lo definió una vez, de paso nos bautizó a todos los pesistas: el proletariado de los dioses.

Master Gym

El gimnasio es una vieja casa reacondicionada en un barrio popular. Encima de la persiana metálica de la entrada hay un aviso luminoso: Master Gym. Las cintas, elípticas y bicicletas estáticas están alineadas donde antes estaban la sala y el comedor; muchas no sirven. La casa se amplió a una parte del patio. Debajo de un techo de zinc y sobre un tapete de caucho agrietado, que cubre a duras penas el piso de cemento, se extienden las máquinas de musculación, la mayoría de ellas remendadas. Donde antes estaban las habitaciones derribaron las paredes y construyeron un solo salón para los aeróbicos. El garaje alberga el área de pesas libres, territorio prácticamente exclusivo de los hombres. A veces se asoman niños descalzos y sin camisa para reírse de las caras de sufrimiento que ponemos. Del otro lado de la calle hay un paradero donde se detienen buses repletos de pasajeros que se quedan mirándonos extrañados.

Casi todos los espejos del gimnasio están rotos. Las paredes se ven sucias y la pintura desconchada, sobre todo a una cuarta del piso, donde la gente tiende a recostar los discos de hierro. Hay calados en casi todas las paredes, que apenas alivian el calor abrasador. Unos cuantos afiches, amarillentos y cuarteados por el vapor y los sudores, adornan las paredes: uno de ellos siempre me ha llamado la atención. Es Sergio Oliva, apodado El Mito: el único latino que ha ganado Mister Olympia. Lo hizo en tres ocasiones consecutivas, de 1967 a 1969, y fue el único fisicoculturista en dejar a Arnold Schwarzenegger de segundo en el podio. Su cara mestiza podría ser la de cualquier parroquiano y eso de alguna forma alienta a más de un usuario del gimnasio.

En el salón de aeróbicos hay otros afiches: Shakira y Beyoncé. Varios carteles, manchados como si alguien se hubiera limpiado en ellos, advierten: “No limpiarse en las paredes. Demostremos nuestros buenos modales”. Otros pequeños carteles informan el horario y el precio irrisorio de la sesión: 1.500 pesos. Hay dos baños. El de mujeres se mantiene limpio, pero el de hombres parece de una cantina. A veces es tan acre el olor que desprende, que no se puede entrenar en sus alrededores.

José María compara el gimnasio con el taller de metalurgia de su empresa, donde solo a punta de golpes y altas temperaturas se forjan nuevas formas.

La fiebre verde

Mi comienzo en este deporte fue precoz. Apenas tenía siete años cuando tuve mis primeras pesas. Las hice yo mismo con cosas que encontré en el patio. Recuerdo un cigüeñal de carro y unas latas de cemento fraguadas en los extremos de una varilla. Ya entonces me tomaba en serio los ejercicios, con masoquismo, como debe ser. Me animaba aquella serie televisiva de los años ochenta, Hulk, y otra que veía desde más pequeño: Popeye, por quien era el único niño que comía compota de espinacas.

En principio no fue una cuestión de vanidad, sino de supervivencia. Era muy flaco, un pitillo, y no me respetaban lo suficiente. La historia es típica. Un día, en recreo, me tropecé con un niño de un curso superior y sin querer le derramé la gaseosa. El niño, mucho más robusto que yo, me empujó y salí volando. Alrededor, todos se rieron. Me sentí impotente. Para rematar, unos días después vi a la niña que me gustaba hablando animadamente con el patán. Me puse verde de la ira, pero no lo suficiente como para convertirme en el Hombre Increíble; tampoco las espinacas sirvieron para mucho, entonces debí consolarme con una mutación más gradual.

Por supuesto, la fiebre me duró poco. Influyó que varias personas me advirtieran: “Te vas a quedar enano”. Aguanté unos años, llevando la flacura con abnegación. Cuando cumplí quince no pude seguir posponiendo mi ideal y volví a las pesas. Esta vez mi mamá me hizo la caridad de comprarme una mesa de ejercicios y un lote de discos de hierro en Sears. A la mesa se le podía graduar el espaldar y tenía una serie de implementos para hacer varias clases de ejercicios. Me acompañaba en los entrenamientos un amigo del barrio todavía más flaco que yo, a quien la abuela le rogaba: “Trata de engordar”.

La filosofía que adoptamos fue la misma que había vislumbrado a los siete años: dosificar el dolor, canalizarlo en un masoquismo sistemático y rutinario, en un sufrimiento secuencial. Es cierto que al final se liberan tensiones, pero durante el ejercicio no existe una compensación inmediata en el ánimo. No se parece en esto a los otros deportes. No hay anotaciones, ni jugadas audaces, mucho menos esa comunicación profunda y primitiva entre los jugadores. Se trata de un asunto rabiosamente individual. No hay compañero ni oponente directo. No existe verdadera competitividad. Uno se vuelve narcisista midiéndose con el espejo y vagando por el gimnasio como alma en pena, aferrado a la pantalla de un televisor, a la música del equipo o a las nalgas de una muchacha.

La ley de la gravedad

Durante el ejercicio solo se piensa en números: el número de repeticiones que faltan para terminar una tanda, el número de series para terminar el entrenamiento, el número de sesiones para que comiencen a verse los resultados. El gimnasio es como una eterna sala de espera. Nos consolamos diciéndonos a cada momento: “Ya falta poco, ya falta poquito”. En otros deportes existen momentos épicos o intensos en los que el jugador se desprende de las leyes físicas, se olvida del tiempo y el espacio, quebranta el número y la sucesión, y se desliza sin fricción ni gravedad hacia una canasta o un gol. En el gimnasio, en cambio, estamos condenados a una gravedad inexorable. Nadie va a abrazarte, a ponerse eufórico ni a alzarte en hombros cuando termines una tanda de pecho inclinado.

En las pesas el milagro opera de otra forma, por una especie de acumulación. Rellenas el recipiente poco a poco, repetición tras repetición, tanda a tanda, y quizá al final se desborde una gota y puedas ver un mínimo cambio en tu imagen. Ésa es nuestra única esperanza, una esperanza solitaria frente al espejo: que un pequeño músculo se levante.

José María lo compara con su trabajo: “Se trata de sacar del material algo que está en el interior de sus moléculas, latente, escondido como su fuerza atómica”. El primer tanto será cuando al fin alguien detallista note por encima de tu ropa esa pequeña hinchazón y te haga aquel bálsamo de pregunta: “¿Estás alzando pesas?” Que muy pronto cambiará por otra, según la ropa que lleves puesta: “¿Ya no estás alzando pesas?” O peor aún, a una más frecuente y llena de perfidia: “¿No haces piernas?”

Si respondes que sí, que sí estás alzando pesas o que sí estás haciendo piernas, te responderá: “No se nota”. Si, por el contrario, le sigues la corriente y dices que no, que nunca has tocado una pesa, no dudará en rematarte: “Ya lo decía yo” o “¡Con razón!”. La única respuesta posible es seguir siendo terco, rutinario y masoquista. Hace poco me hicieron una de esas preguntas crueles: “¿Estás comenzando en el fisicoculturismo?”. Lo único que atiné a responder fue: “¡Ya terminé!”.

No todo se reduce a un asunto de fuerza bruta. Aunque la inteligencia sirve en este deporte de manera administrativa: rutinas, ejercicios, alimentación, suplementos, estilo de vida, etc., no es útil al momento exacto de la actividad, cuando tienes las pesas encima. En ese momento no hay opciones o estrategias a seguir, hay que pujar y punto, como una mujer cuando está pariendo. Kaká depende de su agudeza para ejecutar un pase preciso y oportuno; Ronnie Coleman, en cambio, no malgasta su sangre en el cerebro sosteniendo una tonelada en sus hombros, simplemente la concentra en sus músculos.

La fuerza interior

Le pregunto a José María cuál es el músculo más difícil de sacar y me señala enseguida las pantorrillas. Tenemos casi veinte años ejercitándolas y lo máximo que crece es una vena que pasa por ahí. Sin embargo seguimos cultivándolas, esperanzados en que los fetos atrofiados que nos asignó la naturaleza por pantorrillas evolucionen a unos potentes gemelos. Somos como esas personas que compran la lotería toda la vida aunque nunca se la hayan ganado o que rezan diariamente con las rodillas ya escocidas y sangrantes. En nuestro caso, con todas las articulaciones del cuerpo machacadas. En el fondo nos complace sumergirnos en un ambiente de martirio y penitencia, porque sabemos que solo al final de ese itinerario de sacrificio y aburrimiento está la verdadera felicidad.

Por eso nos emociona más el entrenamiento de Rocky que el del ruso Iván Drago en la cuarta película de la saga. Un entrenamiento que se aleja del confort y de las comodidades tecnológicas, que depende más de nuestra fuerza interna que de la ergonomía de las máquinas. Por la misma razón me atraen más los gimnasios populares. En el que estoy afiliado ni siquiera hay que llevar toalla. La gente va hasta en chancletas. Las máquinas están tan desportilladas que parecen parapléjicas. En cada rincón acechan el óxido y el tétano. Las guayas están a punto de romperse. La prensa para piernas es una guillotina, una trampa mortal. En cada momento te juegas el pellejo, pero eso te hace sentir acreedor a una mayor recompensa divina.

Fiel a esa fórmula ascética lo que más me gusta hacer es piernas. A veces, después de una tanda de sentadillas, se me van las luces, la sangre no me lleva suficiente azúcar a la cabeza y “la pálida”, esa forma violenta que tiene el mundo de dar vueltas dentro de tu cabeza, me aplasta. La Pálida que ronda en los gimnasios no es otra cosa que la Muerte.

Pero entonces, si son tan terribles e inhumanas las pesas, ¿por qué sigo levantándolas? Quien ha tenido una peladura en la boca se acordará de la saña placentera con que siguió lastimándose. Recordará el gustico que le cogió al dolor. Más allá de esta consideración masoquista y de otras más obvias (gustarles a las mujeres o intimidar a los hombres), la razón principal por la que sigo matándome en el gimnasio está en la misma raíz de esta palabra. Gym es un vocablo griegoque significa “desnudo”. La palabra griega gymnasium significaría “lugar donde ir desnudado”, y se utilizaba en la antigua Grecia para referirse al lugar donde se educaban los jóvenes. Me gusta pensar en el gimnasio como ese lugar donde uno se empelota, se aligera. Después de luchar dos horas contra la gravedad, se experimenta una milagrosa sensación de ingravidez; uno se siente más desnudo que nunca, precisamente porque ha dejado en segundo plano el trasto más pesado del cuerpo: el cerebro y su férrea dictadura.

Más allá del dolor

Como todo escenario, los gimnasios tienen su propio elenco. Nunca falta, por ejemplo, la instructora marimacha. Me cuenta José María que una vez le presentaron una en España. Había ido a hacer un curso de metalurgia financiado por la empresa y no pudo evitar pasarse por un gimnasio. Aunque allá se acostumbra a dar dos besos cuando te presentan a una persona del sexo opuesto, instintiva y temerosamente José María le extendió la mano, lejos de sus mejillas.

Está también la gorda eterna e insistente, a la que lo único que se le va enflaqueciendo es la esperanza. El chulo o la chula que va a pantallar y a arreglar el plan del fin de semana. El usuario que asiste una vez y no vuelve jamás. El entrenador avión, que manosea a las ingenuas y las pone en las posiciones más inverosímiles. El fanfarrón que hace más ruido que ejercicio. Los que ejercitan más la lengua que los otros músculos. Los que solo van a recibir clases de aeróbicos, bodypump o aerobox, y que para José María son los astronautas del gimnasio: saltan y bailan como si la gravedad –esa dueña y señora del gimnasio– no existiera. En las clases de spinning incluso apagan la luz y ponen flashes y luces fluorescentes como si estuvieran en una nave espacial.

Está la muchacha asustada que llega por primera vez al gimnasio y le preguntan:

—¿Tú quieres reducir, endurecer o tonificar?
—Huir.

También están los que siempre se lesionan y accidentan. A un compañero de José María le cayó una torta de hierro de 25 libras en el pie infligiéndole un corte de unos seis puntos. Lo tuvieron que llevar cargado hasta donde un médico del barrio. El compañero que ayudó a José María a trasladar al accidentado se estaba quejando, porque tenía que cargarlo de forma desequilibrada y se le iba a desarrollar más un músculo que el otro. Justo cuando el médico lo fue a atender, se soltó el perro de la casa, saltó sobre el herido y le mordió el pie. De los seis puntos que iban a ponerle, tuvieron que coserle nueve. José María y el otro pesista dejaron todo en manos del doctor y volvieron al gimnasio a terminar religiosamente la sesión. El accidentado regresó al día siguiente y mostró la cicatriz como un trofeo de guerra; de inmediato se dedicó a hacer pesas de la cintura para arriba.

Interrumpo a José María en su chorro de anécdotas y lo confronto: Al final ¿qué es lo que buscas en el fisicoculturismo? Se queda pensativo. “Algo que está más allá del dolor”, afirma enigmáticamente. Entonces recuerdo unas palabras de Rocky justo antes de la gran pelea contra Apollo en el Sport Arena de Los Ángeles: “Quiero que se sude poesía, pues el final del combate debe ir más allá del dolor”. A José María y a mí nos interesa ese momento en que, agotados el sudor, las lágrimas y la sangre, queda por exprimirle poesía al dolor.

Antes de despedirme, reparo en su atuendo y recuerdo que le falta algo: ¿por qué usas la capa de superhéroe durante los entrenamientos? Se ríe. “Esa capa no sirve para nada y si quieres pregúntaselo a cualquier superhéroe. Todos la usamos de adorno. Pero por lo menos da la impresión de que con ella estás violando la ley de gravedad. Me gusta esa esperanza en el espejo”.

Un triple. Y luego otro triple. Después un tercero. Los comentaristas italianos directamente se ríen porque no se pueden creer lo que están viendo, es casi una burla. Dos triples más, después el sexto, y seguimos en la primera parte. Enfrente, la poderosa selección juvenil de Estados Unidos, país que extendía su dominio total en el baloncesto FIBA con dos triunfos en las dos ediciones anteriores del Mundial Sub 20. Cuando Kukoc llega a su séptimo triple hay gestos de desesperación en el banquillo porque ese chico se supone que no es un tirador ni un anotador. En ese equipo, los tiradores son Ilic y Djordjevic y los anotadores son los pivots: Vlade Divac y Dino Radja. Larry Brown, el entrenador estadounidense, pretende formar una tela de araña en la zona y ese espigado niñato no hace más que dejarlo en ridículo.

En Bormio, verano de 1987, la grada enloquece y cada vez que Kukoc se levanta se oye un griterío que antecede al sonido de la pelota entrando limpia en la red. Ocho triples, nueve. Gary Payton y Larry Johnson no saben qué hacer. Stacey Augmon mira a Scott Williams con cara de desconcierto. ¿De dónde ha salido este hijo de puta? Kukoc mete su décimo triple y luego el undécimo en doce intentos. Es un partido de primera fase, en principio intrascendente, pero quiere marcar bien pronto el terreno. Yugoslavia ya ha ganado sus anteriores partidos con una media de 119 puntos ante rivales muy inferiores como China o Nigeria.

Esto es diferente. Esto es Estados Unidos…

…Y ese día a Estados Unidos le caen 110 puntos, así como suena. 37 de ellos firmados por el espigado número siete que no se sabe muy bien si juega de base, de alero tirador o de ala-pivot, posición que le debería corresponder por su altura, en torno a los 2,05. El resto de la anotación corre por cuenta de Ilic, Djordjevic, Pecarski y en menor medida, Divac y Radja. Sin duda, es el principio de una época, un cambio de paradigma. Aquel equipo yugoslavo se volvería a encontrar con Estados Unidos en la final del torneo y, con más dificultades, volvería a vencer. La primera vez que un equipo no estadounidense se alzaba con el triunfo, un previo de lo que podría venir en Seúl 88 o Argentina 90. La llegada de un mito, del jugador total, de la fantasía hecha baloncestista.

Los años de la Jugoplastika

Bormio fue la consagración de Kukoc a nivel internacional pero eso no quiere decir que fuera un desconocido. Todos los miembros de su generación, la inigualable generación yugoslava del 68, venían arrasando en cada campeonato europeo, humillando a soviéticos, italianos, españoles… Pocos meses antes, Kresimir Cosic había hecho debutar a tres de ellos —Kukoc, Radja y Djordjevic-— en el Eurobasket de Grecia, y Divac ya había tenido la peor presentación posible en el Mundobasket de 1986, en Madrid, cuando brindó la oportunidad a la URSS de remontar un partido imposible con unos pasos propios del juvenil que era.

Todos ellos estaban bajo el radar europeo aunque no bajo el radar estadounidense, que seguía despreciando absolutamente a cualquiera que no hubiera salido de una de sus universidades. A los europeos se les criticaba su falta de físico y de mentalidad defensiva. Normalmente, una cosa iba unida a la otra, el ritmo de la NBA era simplemente demasiado fuerte.

El caso es que Kukoc y su generación aparecieron en un momento extraño para el baloncesto yugoslavo, un momento de transición. La selección llevaba ya siete años sin ganar nada, desde aquel oro en Moscú sorprendiendo en semifinales a los anfitriones soviéticos. Eran los tiempos de Delibasic, Dalipagic, Kikanovic, el propio Cosic… Desde entonces habían salido muy buenos talentos sueltos, anotadores compulsivos que se echaban el equipo a la espalda pero que no conseguían unir sus fuerzas con éxito como equipo: los hermanos Petrovic, Cutura, Perasovic, Dusko Ivanovic… Ese mismo año 1987, el combinado yugoslavo solo había podido ser bronce después de caer con Grecia en las semifinales y ganarle a España en el partido por el tercer puesto.

Yugoslavia estaba acostumbrada a más. Los 70 la habían colocado como referencia del baloncesto europeo y se sentía incómoda en los puestos intermedios. A nivel de clubes, todo funcionaba mucho mejor: al Bosna Sarajevo de Delibasic, sorprendente Campeón de Europa en 1979, le siguió la Cibona de Zagreb con dos títulos en 1985 y 1986 mientras Estrella Roja, Sibenka o Jugoplastika coqueteaban con las finales de torneos de segundo nivel como la Recopa o la Copa Korac.

En aquella época, salir de Yugoslavia antes de cumplir la treintena era casi imposible. Drazen Petrovic había conseguido la autorización para marcharse sin llegar a los 25 con la condición de que se quedara un año más en Zagreb y no fichara por el enemigo estadounidense sino por el Real Madrid. El resto de las grandes estrellas seguían jugando en sus clubes de origen: Paspalj y Divac en el poderoso Partizán, junto a Djordjevic; Cvjeticanin, Drazen Petrovic y Zoran Cutura, en la Cibona; Nebosja Ilic y Goran Grbovic en el Zadar… Velimir Perasovic y Goran Sobin en la Jugoplastika de Split.

Ahí nos quedamos, en Split. La liga yugoslava había pasado por un par de temporadas muy extrañas donde la Cibona había arrasado en la liguilla previa para acabar derrotada agónicamente en el último partido de algún play-off. Tras sus triunfos de 1984 y 1985, los de Zagreb daban paso al Zadar en 1986 y al Partizán en 1987. Era una competición de tal nivel, con tantos jugadores extraordinarios, que las eliminatorias por el título eran poco menos que una moneda al aire: al mejor de tres partidos cualquiera te podía vencer. Para la temporada 1987/88, después del éxito de Bormio, la Jugoplastika de Split contaba con sus dos estrellas juveniles, Radja y Kukoc, más su anotador Perasovic y el irregular Sobin, un pívot que siempre parecía que podía hacer más y que limitaba sus esfuerzos a momentos muy concretos. Para cuadrar el círculo, Boza Maljkovic, el joven entrenador, se trajo a Dusko Ivanovic, un anotador compulsivo, tirador de raza, que había liderado la liga en puntos varias temporadas a lo largo de los 80 y que aún tendría tiempo de deslumbrar en Split y vivir un retiro dorado en Girona.

El resultado no dejó dudas: 21-1 en la liga regular y victoria ante el Partizán en los play-offs.

¿Cómo era Kukoc entonces? Bueno, no era la primera opción del equipo, eso ha quedado claro. La Jugoplastika tenía un base muy definido en Sretenovic, dos aleros tiradores como Perasovic e Ivanovic y dos pivots de calidad: Radja y Sobin. ¿Qué podía hacer Toni Kukoc en medio de tanto rol establecido? Improvisar. Kukoc se acostumbró en su juventud precisamente a eso, a cubrir huecos, a hacer lo que los demás no podían hacer el día que no estaban finos. Si tenía que ponerse a defender a un pívot rival, ahí estaba él cogiendo rebotes, si Sretenovic no leía bien el ataque, él cogía el balón, lo subía desde su enorme altura, tremendamente encorvado, y repartía juego. Si Ivanovic no encontraba huecos para tirar, ya los encontraría él.

Quizá por su condición de mago, de jugador no encasillado en un rol, fue de los que más jugó aquel año, más de 30 minutos por partido a pesar de sus escasos 19 años, consiguiendo anotar 16,6 puntos con unos porcentajes escandalosos que rozaban el 50% en triples. Parecía capacitado para cualquier cosa, algunos le llamaban el “Magic Johnson europeo”, otros le comparaban con “La pantera rosa” por su espigadísimo cuerpo y su cara de niño… Poco a poco, mes a mes, se fue convirtiendo en la gran estrella de la liga yugoslava y llevó a su equipo a la Final Four de Munich en 1989. Allí tenía que enfrentarse ni más ni menos que al Barcelona, el Maccabi de Tel-Aviv y el Aris de Salónica de Nikos Gallis.

Los de Split eran la gran sorpresa del torneo y el gran candidato a irse de primeras a casa ante aquellos colosos europeos. “Por favor, no perdáis por veinte puntos”, recuerda Dino Radja que le decía la gente antes de salir para Munich. “Por favor, no hagáis el ridículo”. El equipo era el más joven y el más inexperto con diferencia. Ni siquiera su entrenador, Maljkovic, se había visto en una parecida, y por eso recurrió al “profesor” Asa Nikolic para que le ayudara a motivar a los muchachos y preparar alguna emboscada táctica. Nikolic era la gran referencia de los técnicos yugoslavos, había triunfado en casa y fuera —especialmente en Varese— y se conocía al dedillo la competición europea.

El primer rival de la Jugoplastika fue el Barcelona de Epi, Solozábal, Norris, Jiménez y ese largo etcétera de estrellas. Aquel Barcelona era el gran favorito de la competición después de la espantada del año anterior en Den Bosch, que le impediría llegar a la primera Final Four de la historia, en Gante. Kukoc se puso el traje de faena. Los aficionados españoles ya habíamos visto a Kukoc antes, en la final olímpica de Seúl, pero la constante renovación de jugadores en Yugoslavia unida al hecho de que lo normal era verlos una vez al año, en el torneo internacional de turno, hacía difícil que un nombre se te quedara grabado a la primera. Después de aquella semifinal en Munich, el nombre de Kukoc ya no se borraría en casi veinte años.

Recordemos que el chaval aún no había cumplido los 21. Ver a ese niño enfrentarse a hombres mucho más fuertes, más experimentados, en principio más sabios, era enternecedor. Verle salir victorioso una y otra vez, casi un milagro. Kukoc jugó un partido redondo: anotó de tres cuando hizo falta, pidió el balón al poste bajo cuando le defendía alguien más bajo y era capaz de sacar él mismo el contraataque después de coger el rebote sin ningún apuro, driblando a cualquier contrario para culminar con una de sus bandejas a cámara lenta, el brazo izquierdo alargado hacia el aro, o una asistencia sin mirar al Radja o el Sobin de turno. Hasta 24 puntos anotó contra los de Aíto García Reneses, con esa sensación que siempre daba de “y podrían ser más”.

Su visión de juego era inmejorable y su primer paso sencillamente imposible de parar. Kukoc cambió la manera de entender el baloncesto. Ya vivíamos en un tiempo de bases altos y aleros reboteadores, pero aquello era un escándalo. Podía jugar en las cinco posiciones y hacerlo bien. Además, algo raro en un yugoslavo, era generoso. Era humilde. No se pavoneaba después de una canasta ni saltaba moviendo los puños en el aire. Había algo casi burocrático en el talento de Kukoc, algo que hacía que no pudieras dejar de mirarle, sabedor de que cualquier cosa estaba a punto de pasar.

En la final, ante el Maccabi, supo dejar el protagonismo a Dino Radja, su compañero inseparable, que acabaría con 24 puntos ante la desesperación de Kevin Magee, Ken Barlow y Dorom Jamchy. Kukoc se quedó en 18 y unas cuantas asistencias. No hizo falta más. Aquel fue el primero de tres títulos consecutivos en una época en la que, para jugar la Copa de Europa, tenías que ganar sí o sí tu propia competición nacional, algo complicadísimo en Yugoslavia. El segundo año volvió a ganar al Barcelona, esta vez en Zaragoza, la patria chica del mismísimo Epi. En 1991, rozando el rizo, en un ambiente prebélico, Kukoc conseguiría la triple corona frente a su mentor, Maljkovic, que se había ido precisamente a la Ciudad Condal a devolverle al Barça todo lo que le había quitado, sin éxito alguno.

Aquella Jugoplastika crepuscular de principios de los 90, convertida ya en Pop 84, habitual de los torneos de Navidad en el Palacio de los Deportes, llegó a París sin Radja, sin Ivanovic, sin Sobin y sin Maljkovic. Dio igual. Solo la sombra de un Kukoc con la mente ya puesta en los millones de Italia bastó para convertir a Zoran Savic, hasta entonces un jornalero de la zona, en estrella y que incluso Lester, el improbable estadounidense que los de Split habían fichado aquella temporada, pareciera un buen jugador. No fue la mejor versión del croata, pero sirvió. El pánico del Barcelona hizo el resto. “No le tengas miedo al miedo, que más miedo te va a dar”, tituló la revista Gigantes del Basket con razón.

Kukoc dejaba un país al borde de la guerra civil después de tres ligas y tres Copas de Europa como MVP de facto de todos sus triunfos. Su nombre se vinculó al Barcelona, al Real Madrid, a la NBA… pero acabó en la Lega italiana, donde el dinero sobraba, la liga de los Shaw, Ferry, Radja y compañía. Su destino fue uno de los “nuevos ricos” de los noventa: la Benetton de Treviso.

Pero de eso hablaremos más tarde.

¿La mejor selección FIBA de la Historia?

El éxito de la Jugoplastika fue parejo al de la selección yugoslava. En parte fue una casualidad y en parte, no. Lo primero, porque solamente Kukoc y Radja se convirtieron en habituales de las concentraciones de verano. Lo segundo porque estos dos jugadores, como sabemos, formaban parte de la Generación de Bormio y estaban señalados para la gloria junto a muchos otros compatriotas: Paspalj, Divac, Radja, Djordjevic, Danilovic, Zdovc… jóvenes veinteañeros que se unieron a Drazen Petrovic, Zoran Cutura y demás estrellas de los 80 para configurar el que probablemente sea el mejor equipo FIBA de la historia.

Todo comenzó en Seúl, Juegos Olímpicos de 1988. Kresimir Cosic siguió con su ingrata tarea de renovación y volvió a confiar en los dos nuevos campeones croatas, Radja y Kukoc, para que se sumaran a Divac, Paspalj, Radulovic y Zdovc. Ninguno de ellos tenía más de 22 años. En 24 estaban Drazen Petrovic y el interminable Stojan Vrankovic. Cvjeticanin tenía 25. El más veterano de aquella selección era Zeljko Obradovic, base del Partizán de Belgrado, que acababa de cumplir los 28.

Como decía antes, eran malos tiempos para la selección yugoslava, incapaz de sumar un título en ocho años. La apuesta de Cosic sirvió para sentar las bases de un futuro salvaje: Petrovic seguiría siendo el eje del ataque pero ya no podría decidir él solo cada jugada. Tenía demasiado talento alrededor como para eso. Aquel equipo aún jugaba con el freno de mano puesto, temeroso de descarrilar en cualquier momento y pese a ello consiguió la plata olímpica después de caer ante la URSS de Sabonis en la final. A partir de ahí, la cosa no hizo sino ir a más: el Eurobasket de Zagreb de 1989 fue una exhibición. Los yugoslavos, ya en pleno “baloncesto total”, arrasaron a todos y cada uno de sus rivales ante una grada exultante. Petrovic se mostró menos histriónico y más centrado, Divac corría contraataques botando el balón de canasta a canasta, Kukoc inventaba pases imposibles, los exteriores eran imparables…

Lo que sentimos los adolescentes que vimos a la Yugoslavia de 1989 debió de ser algo parecido a lo que sintieron los que vieron jugar a la Holanda de Cruyff en 1974. Belleza, organización y éxito. Lo más parecido que he visto desde entonces son partidos sueltos de la España de Pau Gasol y Juan Carlos Navarro. Quizá aquella Yugoslavia fuera más completa, pero esta España sigue arrasando incluso trece años después de ganar su propio Campeonato del Mundo junior.

Eran tiempos de “la fiebre Kukoc”. Todos queríamos ser Kukoc. “Una canasta hace feliz a una persona, una asistencia hace feliz a dos”, dijo en una entrevista y todos nos lo guardamos para repetirlo siempre que pudiéramos. Yugoslavia se presentó en el Mundial de Argentina 1990, perdió un partido improbable ante Puerto Rico —su única derrota oficial en tres años— y después se paseó ante todos sus rivales, incluyendo los Estados Unidos de Alonzo Mourning en semifinales y la URSS sin jugadores lituanos en la final. Doce años después de que lo consiguiera la legendaria generación de Dalipagic y compañía, sus díscolos sobrinos, más cerebrales, más físicos, más técnicos, les igualaban la hazaña: campeones de Europa y del Mundo en años consecutivos.

Si Zagreb 1989 se asocia a la plenitud y Argentina 90 a la competitividad, Roma 1991 fue una demostración de suficiencia. Aquel torneo sería el último disputado por yugoslavos de Serbia, Croacia, Eslovenia, Montenegro, Bosnia y Macedonia. De hecho, a mitad de campeonato, el base Jure Zdovc fue obligado a abandonar la concentración por el recién constituido gobierno de Eslovenia, declarado en rebeldía frente a la administración federal de Belgrado. Puede que nadie se imaginara las matanzas posteriores pero desde luego tenía que palparse la tensión. Solo un año antes, en la celebración del Mundial, el serbio Vlade Divac había arrebatado a un periodista una bandera de Croacia y la había arrojado como un trapo al suelo, lo que se consideró una ofensa imperdonable en aquella república.

Divac sigue insistiendo en que fue un acto casi instintivo, una manera de decir “aquí no ha ganado Croacia ni Serbia, hemos ganado todos”, pero el gesto se recuerda 22 años después, así que es lógico pensar que estuviera en la mente de todos durante el verano de 1991.

Aquella Yugoslavia sin Petrovic, de descanso tras su segunda temporada en la NBA, ya era el equipo de Kukoc. El croata lo hacía todo con una sencillez encomiable. Estaba acostumbrado a liderar, al fin y al cabo aquel equipo era básicamente el de Bormio de 1987 con el añadido de algún veterano como Perasovic y algunos jovencitos como Danilovic o Komazec. El resto, o había estado en el Mundial junior o había participado con el grupo en algún Europeo de la categoría: Divac, Radja, Paspalj, Djordjevic, Zdovc… Completaban la convocatoria Sretenovic y Savic, como representantes de la triunfante Jugoplastika, y Zoran Jovanovic, jugador del Estrella Roja que no consiguió llegar al estrellato europeo.

Quitando a Perasovic, ninguno había cumplido los 25 años y su suficiencia era casi rutinaria. Despacharon a España, Polonia, Bulgaria y Francia antes de ganarle a Italia delante de su afición, el mismo país que les vio tocar la gloria como juveniles. Los italianos sabían qué esperar y aguantaron como pudieron la primera parte. En la segunda, el talento de Radja y Kukoc pudo con ellos. El alero-base-pivot croata acabaría con 20 puntos amén de jugar como base buena parte del partido ante la ausencia de Zdovc. Era una superioridad insultante. Los yugoslavos siempre habían sido competitivos al extremo, pero se basaban en una defensa de guerrillas, mucho contraataque enloquecido y el acierto puntual de los tiradores. Tenían días buenos y días horribles.

Estos chicos, no. Incluso sus peores días bastaban para ganarle a cualquiera. Su objetivo eran los Juegos Olímpicos de 1992, en los que se pensaban enfrentar al “Dream Team” de Jordan, Bird y Magic. Simplemente, no fue posible. La guerra estalló en Yugoslavia aquel mismo verano y los compañeros de infancia y juventud se convirtieron en enemigos nacionales. Toni Kukoc, como decíamos antes, se quedó en Italia, en Treviso, a pocos kilómetros del desastre.

La Final Four con la Benetton

A sus 23 años, Kukoc era la indiscutible estrella del baloncesto europeo. Jerry Krause, el manager general de los Chicago Bulls, se había obsesionado con él hasta tal punto que obligó a su superestrella a llamarle personalmente para convencerle de que se fuera a la NBA. Jordan cumplió el encargo pero no vio a Kukoc demasiado convencido. “Chaval, o cagas o dejas el baño libre”, le dijo, algo cabreado. El asunto Kukoc estaba dañando la química interior del equipo, volcado en conseguir su primer anillo. En concreto, Scottie Pippen, convertido ya en All Star, veía con recelo que un europeo fuera a cobrar más que él y que la directiva se empeñara en fichar a aquella piltrafa cuando él seguía sin renovar su contrato.

La presión de Krause sobre Kukoc fue tan intensa que el croata acabaría por recalar en la NBA, ayudando en la consecución de otros tres títulos más para la franquicia, pero no bastó para que el croata eligiera el desafío estadounidense por delante de la comodidad europea en el verano de 1991. Treviso estaba muy cerca de Split y la oferta económica era desorbitada, en torno a los cuatro millones de dólares al año. Aquellos eran los tiempos en los que Il Messagero, Scavollini, Benetton o la Philips de Milán rompían el mercado con fichajes multimillonarios y Kukoc se aprovechó de lleno.

La diáspora yugoslava hizo que el Partizán se quedara como único reducto de resistencia, con su sorprendente triunfo de 1992 ante el Joventut, pero mejoró el nivel del resto de ligas europeas, que podían contar con su anotador báltico formado en la mejor escuela a un precio razonable.

A principios de los noventa, Benetton estaba en la cresta de la ola. Empresa de éxito mundial, había escandalizado con su publicidad agresiva e incluso se había metido en el mundo de la Fórmula Uno. Quería dar otra imagen de los italianos, una imagen moderna, joven, atractiva. Kukoc encajaba perfectamente en el proyecto y junto a él llegó Vinnie Del Negro, un joven italoamericano que triunfaría posteriormente en los Spurs. El equipo lo completaban Marco Mian, Massimo Iacopini y una de las grandes estrellas jóvenes del baloncesto italiano, el pívot Stefano Rusconi. En el banquillo, otra leyenda croata, Petar Skansi.

El primer año de Kukoc en la Benetton supuso su record de anotación (21,1 puntos por partido) a los que había que añadir más de 5 rebotes y más de 5 asistencias por partido rozando de nuevo el 50% de acierto en triples. Tan importante era para el equipo que jugaba casi los 40 minutos. Al principio se habló de una cierta incompatibilidad con Del Negro, hombre también acostumbrado a amasar el balón, pero finalmente el esfuerzo de ambos sirvió para que el equipo ganara la primera liga de su historia.

El año siguiente, con la llegada de un tirador puro, Terry Teagle, en sustitución de Del Negro, permitió a Kukoc acaparar el control completo del juego, aunque no sirvió para revalidar el título de liga —el vencedor fue la Buckler de Bolonia de un imparable Danilovic—. La temporada se salvaba con la participación en la Final Four de Atenas, uno de los eventos más determinantes de la historia contemporánea del baloncesto europeo.

Aquella Final Four la jugaban Real Madrid, Benetton, PAOK de Salónica y Limoges. El Madrid se presentaba como campeón español y con la enorme figura de Arvydas Sabonis en su plenitud como jugador. La Benetton llegaba como favorita por la sola presencia de Kukoc y el PAOK de Salónica tenía al nacionalizado Prelevic, un tirador como se han visto pocos en Europa, al jornalero Levingston y al mítico Fassoulas. Además, el torneo se jugaba en su propio país. Al margen de los tres monstruos estaba el Limoges, un equipo sin más estrella que Michael Young, un tirador de rachas, y de cuyo esfuerzo defensivo, planeado por Bozidar Maljkovic, dependía por completo su suerte.

Para hacerse una idea, aquel Limoges era como la Jugoplastika de 1989 pero en feo.

Las semifinales enfrentaban a la Benetton con el PAOK. El partido fue durísimo, lleno de faltas, tiros libres, polémica y defensa al límite. El baloncesto más bonito de la historia había dado paso a un páramo de triquiñuelas y violencia encubierta. Especialistas defensivos. La Benetton se adelantó 51-45 al descanso tras una primera parte espectacular con Rusconi y Iacopini de estrellas. La segunda parte fue una guerra: Prelevic anotaba de tres, Cliff Levingston, el veterano ex NBA, imprimía carácter y contundencia, Korfas sorprendía con sus tiros a una mano… En toda la segunda mitad se anotaron solo 60 puntos: 28 para la Benetton, 32 para el PAOK. Fue suficiente para que Kukoc se clasificara para su cuarta final europea.

Allí no esperaba el Real Madrid de Sabonis, como hubiera sido de esperar. Los de Clifford Luyk habían caído en un partido infame ante el Limoges de Young, Dacoury y el sorprendente Bilba. Al frente de aquel Limoges, dirigiendo el ritmo pausado y plomizo, estaba un viejo conocido de Kukoc, el esloveno Jiri Zdovc, acostumbrado a su rol de segunda fila, dándolo todo para que los demás triunfasen. El Limoges había conseguido dejar al Madrid en 52 puntos, una anotación vergonzosa, pero, pese a esas credenciales, la Benetton partía como inmenso favorito.

Sin embargo, desde el principio se vio que el partido iba a parecerse más a la segunda parte frente al PAOK que a la primera. Kukoc estaba incómodo, espeso: perdió varios balones y falló canastas fáciles, incluso tiros libres. Casi por inercia, los italianos se fueron por delante al descanso. El resultado era espantoso: 22-28. Aquella final se sigue recordando como el inicio del anti-baloncesto que tanto tiempo ha asolado las pistas europeas y que llegaría al paroxismo cuando el AEK de Atenas se quedó en 44 puntos en la final de 1998.

44 puntos podía ser una anotación individual de Petrovic, Oscar o Gallis en los ochenta.

Entre Young y Bilba se las apañaron para conseguir mantener al Limoges vivo en el partido. Kukoc ya jugaba descaradamente de base, pero no lograba marcar diferencias, parecía cansado… A falta de ocho minutos, Young colocaba a su equipo por delante, 44-43 y Kukoc contestaba con un triple de los suyos, de los de mano en la cara. Un par de acciones brillantes de Bilba pusieron al Limoges con tres puntos de ventaja. Tres puntos de ventaja en un partido como aquel eran un mundo, pero Kukoc volvió a salir de la nada para empatar con otro triple. 50-50 a falta de tres minutos. Cuando los franceses volvieron a distanciarse, 50-55, de nuevo Kukoc les silenció con una asistencia y un tercer triple decisivo. Aquello parecía Bormio.

Quedaban 48 segundos para el final y Kukoc olía a MVP. Bilba aprovechó el uno más uno y dejó la penúltima posesión para los italianos. El propio Kukoc subió la bola muy lentamente desde su propio campo, sintiendo que jugaba para la Historia. Un cuarto triple y el título era suyo. Era lo que todos estábamos esperando delante de la televisión, que el croata ajusticiara a aquel equipo esperpéntico. Luchador y meritorio, de acuerdo, pero un pésimo ejemplo para el futuro del baloncesto europeo. Kukoc, mientras tanto, se entretenía dejando pasar el tiempo, jugueteando con el balón entre bloqueo que va y bloqueo que viene. En uno de esos bloqueos se da cuenta de que Zdovc se ha quedado atrás y se levanta para anotar otro triple… pero no cuenta con la ayuda de Forte, que mete la mano justo en mitad de la suspensión del croata y consigue tocar el balón e imposibilitar el tiro.

Es el fin del reinado de Kukoc en Europa. Un final triste, verde contra amarillo, de defensas que pueden con ataques. No queda nada que hacer en el continente: Paspalj, Radja, Petrovic, Divac… todos juegan en la NBA o están a punto de dar el salto. Kukoc también. Cansado de decir que no a Jerry Krause verano tras verano, al final decide aceptar la oferta de los Bulls. Lo que no sabe es que no estará Jordan para protegerle: llega a un equipo roto y con un líder difuso, un líder que, además, le odia, Scottie Pippen.

Los tres anillos con los Bulls

La llegada de Kukoc a Chicago fue complicada no ya por su estatus como jugador —Divac y Petrovic habían vencido a los prejuicios convirtiéndose en jugadores importantes de la liga— sino por la citada situación del equipo. Cuando el croata se decidió a marcharse a Estados Unidos, se encontró con una ciudad conmovida y en estado de shock tras la retirada prematura del gran dominador de la liga.

Para un equipo que había ganado tres títulos seguidos por primera vez en la historia de la NBA desde los tiempos de los Celtics de los 60, la noticia era devastadora. A falta de una estrella que marcara diferencias, Phil Jackson optó por un equipo coral, compacto, trabajador, en el que cada uno supliera las carencias del otro. En principio, eso debería beneficiar a Kukoc, pero pronto colisionó con el ego de Scottie Pippen, que acaparaba la posición de alero alto creativo y que aún no le perdonaba al croata ser el niño mimado de la directiva.

Del equipo que fuera campeón en 1993 se habían marchado Michael Jordan y John Paxson mientras Bill Cartwright acumulaba lesión tras lesión. A cambio, llegaron Steve Kerr, Luc Longley y el propio Kukoc. Seguía siendo un buen equipo que soñaba con un cuarto título, lo que habría sido una auténtica heroicidad. El rol de Kukoc empezó siendo secundario, avanzando a lo largo de la temporada. En los Bulls, el que manejaba el cotarro era Pippen, la referencia interior era Grant y la dirección caía en manos de B. J. Armstrong, que era más bien un anotador y no un director de juego. Jackson se dio cuenta en seguida de que el croata encajaba muy bien en su sistema de triángulos ofensivos, continua movilidad del balón y generación de espacios. Aquella primera temporada jugó 24 minutos por partido y superó los 10 puntos de media más 4 rebotes y casi 4 asistencias, saliendo casi siempre desde el banquillo.

Su día de gloria llegó en las eliminatorias de play-off contra los New York Knicks, semifinales de conferencia: los Bulls perdían 2-0 y se jugaban los últimos dos segundos de su tercer partido con empate a 102 en el marcador. Era el momento decisivo de la temporada y Pippen miraba la pizarra de Jackson para ver qué jugada preparaba, listo para asumir la responsabilidad que le correspondía… solo que Phil había decidido que el lanzador final fuera Kukoc. ¡La jugada del año y el técnico decidía darle el balón al “rookie”! El cabreo de Pippen fue tal que ni siquiera saltó al campo. Se negó. Lo consideró un insulto a su condición de líder y sus tres anillos.

Ni que decir tiene que Kukoc anotó milagrosamente sobre la bocina.

Los Bulls acabarían cediendo aquella eliminatoria después de años cebándose con los neoyorquinos. La vida sin Jordan tenía estas cosas: los árbitros no te respetaban tanto, los balones quemaban mucho más. La relación Pippen-Kukoc tenía una pinta horrorosa y Jackson hizo lo posible por calmar los ánimos, convirtiendo a ambos en las referencias ofensivas del equipo la siguiente temporada. En la 1994/95, Pippen se fue a los 21 puntos por partido, pero Kukoc subió a los 15,7 a pesar de mantener un pésimo porcentaje en los lanzamientos de tres puntos. Los dos se turnaban para subir el balón con Ron Harper, recién llegado de Cleveland, y después decidían.

Cuando Jordan se unió al grupo, a finales de temporada, se encontró con un equipo mucho mejor que el que había dejado un año y medio antes: no estaban Grant ni Cartwright pero estaban Kukoc y Longley. No estaba Paxson, pero estaba Kerr, lanzando por encima del 50% desde la línea de tres puntos. Para la intensidad defensiva quedaba Harper, quien, por otro lado, había sido toda su vida un gran anotador. Tanto talento junto era difícil de aunar y la llegada de un líder definido, sin fisuras, solo mejoró al resto de sus compañeros. Aquella temporada, los Bulls perderían ante los Magic de Shaquille O´Neal. Sería su última derrota en tres años.

Por si el plantel se quedaba corto, los Bulls decidieron fichar al muy excéntrico Dennis Rodman. Era una decisión arriesgada, pero Kukoc, como ala-pivot, era flojito y poco reboteador. El croata afrontaba su tercera temporada en la mejor liga del mundo sin necesidad de demostrar nada a nadie: aquel chico, efectivamente, valía y necesitaba espacio, alguien que le hiciera el trabajo sucio. Defendía lo justo, de acuerdo, pero en ataque seguía siendo el mago que ya había sido en Split o en Treviso.

La temporada 1995/96 supuso para Kukoc un cambio físico y mental. Se empezó a convertir en un jugador más ancho, nada que ver con el enclenque que había llegado a Chicago tres años antes. Ese aumento de masa corporal le hizo en un jugador un poco más lento, sin la explosividad en el primer paso que tenía en Europa, pero los años de adaptación habían servido para conocer a la perfección la dinámica de la NBA: hay que aparecer cuando tu entrenador te dice que aparezcas, adaptarte a un rol. La llegada de Rodman le relegaba al banquillo, pero eso no quería decir nada: los titulares no son los que empiezan un partido sino los que lo acaban. Para los finales ajustados, Kukoc siempre encontraba un lugar en el campo, fuera por Longley, por Harper o por el propio Dennis.

Obviamente, sus minutos de juego y sus puntos por partido bajaron, pero no demasiado. Consiguió subir su porcentaje de triples al 40% y se convirtió de nuevo en una amenaza exterior. Kukoc lideraba la “segunda unidad” de un equipo invencible, que se fue a los 72 partidos ganados y acumuló toda clase de premios, incluido el de Mejor Sexto Hombre para el croata. Los estadounidenses sabían ir mucho más allá de las apariencias aunque a veces pareciera lo contrario. Sí, los “highlights” iban para los grandes mates o los grandes tapones… pero los premios iban para los trabajadores que cambiaban partidos con inteligencia saliendo a mediados del primer cuarto.

La conexión Kukoc-Pippen-Jordan dominó la liga dos años más. Por supuesto, sin la “intendencia” de Harper, Rodman y Longley o la veteranía de los Wennington, Steve Kerr, John Salley, incluso “Buda” Edwards, el nuevo triplete habría sido imposible, pero básicamente el ataque dependía del talento del mejor jugador de la historia, el mejor escudero y el mejor europeo de su generación. Ni siquiera la lesión de 1996 hizo que Kukoc bajara el rendimiento aunque sí es cierto que su juego se fue “burocratizando”, limitándose a hacer lo justo. Por un lado, a los europeos nos orgullecía ver a uno de los nuestros triunfar en un equipo campeón. Por el otro, era inevitable pensar que al lado de Jordan su talento se veía limitado en demasiadas ocasiones.

A él no pareció importarle. En el Open McDonald´s de 1997, al que los Bulls acudieron como campeones vigentes de la NBA, Zeljko Obradovic comentó a unos periodistas españoles con respecto a Kukoc: “El problema de ese es que no le gusta el baloncesto”. Efectivamente, el croata había perdido parte de la ilusión, el jugueteo, la imaginación de sus primeros años, pero para no gustarle su trabajo lo cumplía con una efectividad exquisita: durante los tres años de anillos en Chicago clavó sus números: 13 puntos por partido, más de 4 rebotes y más de 4 asistencias jugando algo menos de 30 minutos.

Después de anotar la canasta más famosa de la historia, en Salt Lake City, para ganar su sexto anillo en ocho temporadas, Jordan decidió retirarse de nuevo —no sería la última vez— y con él se deshizo un equipo mágico, el equipo que había batido todas las marcas. Era como si Yugoslavia se desmantelara otra vez: Pippen se marchó a Portland, Longley a los Suns, Rodman coqueteó con los Lakers, Jackson se tomó un año sabático… y de ser el mejor equipo de la liga, los Bulls pasaron a ser el peor, capaces de ganar solo 13 de 50 partidos en aquella temporada reducida del lock-out de 1998.

Los únicos que quedaban tras el desgüace eran Kukoc y Harper. El escolta tardaría un año en irse a los Lakers con el Maestro Zen, Kukoc prefirió quedarse unos meses más para demostrar que podía liderar un equipo NBA si le dejaban. Pasó a jugar casi 40 minutos por partido y ser el máximo anotador del equipo con más de 18 puntos de media por partido, a los que había que sumar 7 rebotes y 5 asistencias. El único “pero”: sus porcentajes de tiro seguían siendo lamentables, un fenómeno difícil de explicar. A los 31 años, cansado de perder y perder, algo que no había experimentado en toda su carrera, Kukoc dejó los Bulls. Un año antes, en 1999, había hecho lo propio con la selección croata.

La extraña relación con Croacia

La desarticulación de la República Federal de Yugoslavia y la consiguiente guerra civil entre croatas, serbios, eslovenos, bosnios y macedonios puso fin al sueño del mejor equipo FIBA de todos los tiempos en un momento en el que la mayoría de sus jugadores apenas dejaban atrás la adolescencia. Ese talento se repartió a partes casi iguales. Del lado de Serbia quedaron los Djordjevic, Danilovic, Paspalj o Divac, más gran parte de los entrenadores del método Nikolic. Del bando croata quedaron Petrovic, Kukoc, Radja, Cvjeticanin, Komazec o Vrankovic, un talento más puro pero en ocasiones menos consistente.

La primera cita que debían afrontar por separado fueron los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona, pero justo cuando se preparaban para la clasificación, la FIBA decidió hacer extensivas las sanciones de la ONU contra Serbia y les expulsó del campeonato entre lagrimones de jugadores y técnicos, que suplicaron una segunda oportunidad, incluso se ofrecieron a competir bajo bandera neutral. La negativa del COI y la FIBA hizo que Croacia quedara como único heredero de la selección que había copado campeonatos de 1989 a 1991.

El problema es que aquellos Juegos ya tenían ganador de antemano: Estados Unidos y su “Dream Team”. Un equipo que, además, tenía un enemigo muy claro, Toni Kukoc. Los propios jugadores han admitido recientemente en un documental de NBA TV que, cuando jugaban contra Croacia, el objetivo era doble: ganarles y humillar a su estrellita. En especial Pippen y Jordan se cebaron con él, persiguiéndolo por todo el campo, utilizando el cuerpo de manera intimidatoria y negándole incluso la recepción del balón. Kukoc cayó en la trampa y entró en un ataque de ansiedad que le duró todo el torneo. Aunque Croacia consiguiera una meritoria medalla de plata, el alero de Split no estuvo a su mejor nivel: 11,5 puntos, 6 asistencias y 3 rebotes pese a jugar una gran cantidad de minutos. No es que fueran malos números, pero si se los comparaba con sus exhibiciones anteriores sabían a poco.

A partir de ahí, Kukoc, Radja y tantos otros empezaron una relación de amor-odio con su selección. Mientras los serbios, en cuanto fueron readmitidos, se volcaban cada verano para seguir arrasando en campeonatos europeos y mundiales, cuando llegaba el calor, a las estrellas croatas les costaba un poco lo del sacrificio nacional. Kukoc se saltó el Eurobasket de 1993, aquel en cuya previa moriría Drazen Petrovic en accidente de coche. Convertido ya en la estrella indiscutible, sin sombra que le protegiera, Toni sí participó en el Mundial de 1994 llevando a Croacia al bronce con nuevas muestras de su “juego total”: 11 puntos, 7 asistencias y 6 rebotes, ejerciendo de base y director de juego la gran mayoría del tiempo.

Con 27 años, participaría en el Eurobasket de Grecia en 1995, el primero en el que la nueva Yugoslavia —Serbia y Montenegro— podía participar después de la sanción y que ganó en una épica final a la Lituania de Sabonis. Croacia fue medalla de bronce de nuevo, cuarto pódium consecutivo, con Kukoc mucho más activo y metido en su papel de líder: 15 puntos, 8 rebotes y 5 asistencias por partido. El año posterior jugaría sus terceros Juegos Olímpicos en Atlanta, pero a Croacia le faltaba aire fresco y orden en el juego. Kukoc, que venía de ganar su primer anillo con los Bulls, cumplió con 16 puntos, 7 rebotes y 7 asistencias, unos números descomunales en un torneo tan competitivo pese a ser duda hasta el último momento por una lesión en un dedo. Los croatas cayeron en cuartos de final y apenas pudieron lograr el séptimo puesto.

Los rumores de distensiones internas empezaron a surgir por todos lados y mientras la nueva Yugoslavia acumulaba oros en el Eurobasket de 1997 y el Mundial de 1998, Kukoc veraneaba tranquilamente al margen de la competición. Solo volvió para disputar un último campeonato: el Eurobasket de 1999. Fue un desastre absoluto: Croacia, pese a tener un equipo muy competitivo, no superó ni la primera fase de grupos y acabó en un deshonroso undécimo puesto. Su estrella promedió 14 puntos, 6 rebotes y 6 asistencias, como si no hubiera pasado el tiempo, pero la renovación era necesaria y a él no pareció dolerle. No le verían como a Divac peleándose con sus rodillas a los 35 años para ganar el Mundial de Indianapolis. Kukoc colgó las botas de la selección y se centró en sus últimas temporadas en la NBA. Tenía 31 años y venía de hacer sus mejores números en la liga.

El siglo XXI y su lento declinar

Lo triste de los últimos años de Kukoc fue verlo convertido en un jornalero, un jugador más que iba pasando de equipo en equipo según necesidades de traspaso y que se limitaba a cumplir según el estado de ánimo. Tenía tanta calidad, tanto talento, que prolongó su carrera hasta los 38 años —insisto, para no gustarle el baloncesto, lo disimuló muy bien—. Su primer destino después de los Bulls fueron los Sixers de Philadelphia, los pujantes Sixers de Allen Iverson. El primer año, Larry Brown, aquel que dijera que era el mejor jugador joven del mundo cuando se enfrentaron en Bormio, le dio confianza y él cumplió con más de 12 puntos, 4 rebotes y 4 asistencias. El segundo año, Brown lo fió todo a una estrategia ultradefensiva, de “leñadores” que protegieran a Iverson, dejando sin sitio en la rotación al talento y la apatía del croata. Fue traspasado a mitad de temporada a los Hawks.

El final de año en Atlanta fue esplendoroso: casi 20 puntos por partido, más de 6 asistencias y 5,7 rebotes. Resultó un espejismo. En cuanto los Hawks decidieron quedárselo un año más, volvió a esa especie de melancolía que le acompañó en los últimos años, sin rastro de su cara de niño, el cuerpo hinchado por los distintos anti-inflamatorios y el abuso de las pesas. De 20 puntos pasó a 10 y los Hawks lo vendieron a los Bucks en el verano de 2002. Incluso a sus 34 años y su evidente desidia, Kukoc era aún un jugador con prestigio y renombre, capaz de firmar contratos honrosos y ayudar a equipos en reconstrucción. Milwaukee pasaba por un momento algo extraño, con George Karl en el banquillo y un buen montón de anotadores: Ray Allen, Michael Redd, Sam Cassell, Tim Thomas, Anthony Mason, Gary Payton… Kukoc volvió a su rol de jugador de banquillo que cambia el signo de los partidos, cada vez más especializado en la línea de tres y con alergia a pegarse bajo el aro. No lo hizo mal: 11,6 puntos, 4,2 rebotes y 3,6 asistencias. Los Bucks cayeron en primera ronda de play-offs, lo que se consideró un notable fracaso.

Sin embargo, Kukoc encajó con la ciudad de Milwaukee. Un hombre tranquilo para un entorno tranquilo, casi aburrido, perdido en la inmensidad de los Estados Unidos. Renovó su contrato, superó alguna lesión y fue llevando con dignidad su lento declive: hasta cuatro temporadas enteras jugaría en los Bucks. En ninguna de ellas superaría los 10 puntos por partido, pero siempre dejaba algún pase mágico, algún tiro imposible. Por el equipo pasaron diversos entrenadores y un buen montón de jugadores, pero ninguno consiguió que la franquicia pasara la primera ronda de los play-offs. Con su número siete aún en la espalda, a los 37 años, casi 38, y después de caer en cinco partidos ante los Detroit Pistons —él solo pudo jugar tres—, Toni Kukoc decidió que ya era hora de dejar el baloncesto. El asesino con cara de niño era ya casi un cuarentón ajado y con cierto sobrepeso. Habían pasado casi veinte años de aquella noche mágica de Bormio, trece desde que llegara a Estados Unidos como un crío aún asustado por la inmensidad del nuevo continente.

Hoy en día vive en Illinois, donde fijó su residencia después de la retirada. El sueño americano de la pantera rosa. De vez en cuando acepta colaboraciones puntuales con la Federación Croata de Baloncesto, ese cajón de sastre. Sus hijos prometen como futuras estrellas: Marin, de más de dos metros, juega en la NCAA; Stella se dedica al voleibol y al fútbol. Quizá ya se hayan dado cuenta de lo enorme que fue su padre, de hasta qué punto dominó él solo un continente y revolucionó un deporte. No habría un Nowitzki ni un Gasol si no hubiera habido antes un Kukoc. Él, junto a los Divac, Radja, Petrovic y compañía, llevó el baloncesto europeo a un nivel impensable. Todavía nos parece verlo de amarillo, esquelético, acompañando el balón en una enorme zancada y buscando el pase entre las piernas para que otro culmine el contraataque.

Una canasta hace feliz a una persona. Una asistencia hace feliz a dos.

En el vestuario se pasean una decena de hombres musculosos. Se miran. Hablan con sus entrenadores y se mueven inquietos. Están nerviosos. Entrenaron todo el año 2000, hicieron dieta durante meses, tomaron suplementos, licuados y pastillas esperando este día. El de la competencia. Siempre es así. Todos, en este momento, se miran y se comparan. Todos, en este momento, se ven más chicos que su adversario.

Luis Gigena es el único que está sentado en una esquina. Espera, callado, su turno para subir al escenario. Es el único que no parece nervioso. El único que no puede ver a sus rivales. Es el fisicoculturista ciego.

–¿Cómo están los demás? –le pregunta a su entrenador.
–Están bien pero vos estás mejor. Quedate tranquilo –le dice Alberto Rivera.

Y él se queda en silencio de nuevo.

Los culturistas lo miran pero solo algunos se acercan a saludarlo, le dan la mano, y enseguida se van.

–La tranquilidad de él los asusta –dirá Rivera años después- Lo ven y se ponen nerviosos. Y eso a él no le pasa porque no los puede ver.

Gigena llegó hace varias horas, acompañado por Laura Sosa, su esposa, y su entrenador. Solo entonces, al momento de inscribirse y hacer el pesaje reglamentario, se enteró de que tendría un solo rival. En su categoría, los que superan los 100 kilos, siempre son pocos. Pero hoy son solo ellos dos.

En el baño, Gigena empieza a desvestirse. Se saca –despacio- las zapatillas, la remera y el pantalón para empezar a pintarse con una crema tonalizadora. Es un ritual que todos cumplen antes de subir a competir. Algunos culturistas, como Gigena, lo hacen el mismo día. Otros, aquellos a los que les cuesta broncearse, empezaron hace una semana.

Rivera lo ayuda pasarse la crema en la espalda. Y luego, cuando terminan, saca dos pesas y bandas de un bolso. Gigena empieza a precalentar. Hace ejercicios con los brazos y hombros.

–Es para que el musculo se congestione y se hinche –dice– Pero antes de subir no ejercitas las piernas ni los abdominales, porque se llenan de agua.

Si eso pasa, o si están nerviosos a la hora de competir, es improbable que ganen. Y acá quedar segundo no sirve de nada. Acá todos quieren ganar.

–Yo subo tranquilo. Lo que hice, lo hice al tope y arriba se ven los pingos. Bah, ellos me ven a mí. Yo no los veo –dice y suelta una carcajada.

Esta tarde sube al escenario de Flores, acompañado por un asistente que lo ubica en el centro, frente a los jueces, y se aleja. Entonces empieza su coreografía. Durante el minuto reglamentario muestra los músculos del pecho y los brazos. Gira sobre su eje y enseña la espalda. Se mueve hacia un lado y hacia el otro, mostrando sus piernas con una decena de poses.

Así, sin intimidarse, se convertirá en el Campeón Argentino de Culturismo por la WABBA. El primero de los ocho campeonatos que conseguirá. Así también se convertirá en el primer campeón ciego del Mister Universo y será el primer argentino en ganar la medalla de oro en el torneo Arnold Classic, las dos competencias de culturismo más importantes del mundo.

Diarios de una bicicleta

Una tarde de verano de 1984 Luis Gigena pedaleaba detrás de Carlos Torres –un amigo de su madre- rumbo al arroyo Correa, en las afueras de la ciudad de La Plata. Tenía 13 años y probaba la bicicleta que había armado él mismo. Había pintado un viejo cuadro inglés de su abuelo. Durante tres años ahorró el dinero que le regalaban su abuela y su madre. Así, compró pieza por pieza.

Oscurecía y Gigena avanzaba rápido detrás del otro ciclista. Las bicicletas estaban unidas por una soga que se mantenía floja y a su lado pasaban cientos de autos, que parecían a punto de rozarlos.

En un momento, antes de llegar al arroyo, Torres le sugirió volver.

–Se está haciendo de noche y estamos lejos –gritó desde adelante, aflojando el ritmo.
–Por mí sigamos –le contestó Gigena- Si cuando salimos para mí también era casi de noche.

Habían salido de su casa temprano, cuando el sol todavía estaba alto y quemaba en la espalda. Gigena se estaba quedando ciego. Y lo sabía. Pero entonces, mientras pedaleaba, el viento le golpeaba la cara y se sentía libre. Poderoso.

Y eso no le sucedía muy a menudo.

Creció jugando con sus hermanos Analía y Adrian. Ellos y sus primos eran los únicos que jugaban con él. Los que no se reían si intentaba patear la pelota y le erraba. Los únicos que no se burlaban.

Cuando Luis Gigena nació los médicos se dieron cuenta de que algo no estaba bien en su vista, pero confiaron que con el tiempo se corregiría. Gigena empezó a caminar y se chocaba contra las cosas. Los médicos entonces pensaron que tenía estrabismo, una desviación en el alineamiento de los ojos que dificulta la coordinación. Dijeron, de nuevo, que había que esperar que terminara de desarrollarse para operarlo. Pero el tiempo pasó y él seguía llevándose las cosas por delante, buscaba sus juguetes y no podía encontrarlos, aunque estuvieran al alcance de su mano, y otras veces, mientras caminaba, se desviaba hacia un lado. Así, años tras año, fue perdiendo progresivamente la vista. Entre 1971 y 1977 lo sometieron a numerosos estudios en hospitales de La Plata y la Ciudad de Buenos Aires pero nadie parecía dar con el diagnóstico correcto. Hasta que un médico sospechó que el problema no estaba en sus ojos y ordenó una serie de análisis de sangre que, hasta entonces, no le habían hecho. Así, descubrieron que tenía toxoplasmosis congénita.

–Pero ya era tarde. La enfermedad estaba tan avanzada que me estaba quedando ciego y no había vuelta atrás –recuerda Gigena treinta y cuatro años después.

Sus padres, Stella Grecco y Carlos Gigena, se habían separado antes de que él naciera. Fue el niño mimado de su abuela Ester. Era su primer nieto, su bebé. Vivían en su casa, una vivienda humilde, construida con chapa y forrada en cartón. Y ella era quien lo cuidaba cuando su mamá se iba a trabajar. Tiempo después nació su hermana. Cuando Luis Gigena estaba por cumplir 5 años Stella Grecco conoció a su tercer hombre. Se casó y poco después nació Adrian. Ellos –sus hermanos- y sus primos fueron sus amigos de la infancia.

–Mi padrastro se hizo el bueno mientras mi abuela vivió porque ella me protegía. Pero no me quería y cuando mi abuela murió la empezó a volver loca a mi mamá porque no me soportaba –cuenta ahora Gigena.

Aquella tarde de marzo, mientras probaba su bicicleta, intentaba no pensar. Su abuela había muerto dos años antes y las cosas, en su casa, ya no iban bien. Pero entonces, mientras pedaleaba, sintió el viento tibio en la cara y, después de mucho tiempo, estaba feliz.

Aún no sabía que no habría más paseos como ese. Luego, en un exceso de confianza, intentó salir solo, pero antes de avanzar media cuadra un auto lo embistió. Esa carrera, la primera después de tres años de trabajo, fue –también- la última. Semanas después estaba completamente ciego y la bicicleta quedó olvidada, hasta hoy, en un viejo galpón.

¿Cómo ser un metrosexual aunque no puedas verte en el espejo?

Es una mañana fría de junio y Luis Gigena precalienta, antes de empezar su rutina de ejercicios en el Gimnasio Mab, de Villa Elisa. Se mueve confiado entre los aparatos, siguiendo un recorrido que ya parece conocer de memoria. A su lado está Sergio Schenone, uno de los instructores. Le prepara las barras y lo mira, mientras Gigena repite los ejercicios. Su trabajo se limita a eso. El fisicoculturista no parece necesitar más ayuda.

Hoy, Gigena se levantó a las cuatro de la mañana, se preparó un licuado proteico y tomo sus aminoácidos: creatina y glutamina. Limpió la licuadora y se volvió a acostar. Cuatro horas después volvió a desayunar con su esposa café con tostadas integrales y vino a entrenar. Cuando termine tomará otro batido, los aminoácidos y otro suplemento químico, almorzará pescado con arroz y, luego, volverá a los licuados, las tostadas integrales, el licuado, los aminoácidos, la carne magra, el licuado, los aminoácidos. Así durante todo el día. Así durante todos los días.

Ahora, en el gimnasio, levanta una barra en un banco inclinado. Y entre repetición y repetición cuenta su historia.

–¿Por qué empezaste a venir al gimnasio?
–Era muy flaquito y cuando tenía 17 años mis amigos habían empezado el gimnasio. Entonces yo también quería ponerme una remera ajustada y tener algo de músculos para conquistar a las chicas –dice y suelta una carcajada.

Hace una repetición y sigue:

–Después con el tiempo me motive solo porque me di cuenta que este era un deporte en el que todo dependía de mí. En el colegio de ciegos ya había hecho atletismo y tiro, pero no quería competir con personas que tenían una discapacidad como yo. Quería hacer otra cosa, demostrar que podía hacer algo de igual a igual con cualquier persona.

Su vida, sin embargo, no es la de cualquier atleta que se aferró al deporte para superar una discapacidad.

Luis Gigena se broncea en una cama solar tres veces por semana, se compra ropa en tiendas de marcas prestigiosas, usa cremas, ordena su ropero por colores, su mujer ya no sabe donde guardar las zapatillas y tiene tantos perfumes como para usar uno diferente cada día del mes. Un amigo, un gran amigo, le facilita el dinero para los viajes y las estadías para competir. Otro amigo, que vende productos para fanáticos del gimansio, le regala los suplementos vitamínicos.

–Cada vez que paso por el freeshop me traigo tres o cuatro –cuenta entre risas- Me gusta elegirme mis cosas solo. Lo mismo con la ropa. Antes de ir a comprar ya tengo en la cabeza lo que quiero, cómo quiero que sea y qué color.
–Es más coqueto que yo –dirá más tarde Laura Sosa- Aparte no va a usar cualquier cosa. Le gusta la ropa de marca y sabe qué colores le quedan bien.

Días después, su hermano Adrian contará algo más.

–Siempre le preocupó la imagen. Fue así toda la vida. Siempre tiene el pelo corto y la camisa planchada. Nunca está desalineado. Es un obsesivo con eso desde que era chico.

¿Cómo caminar por el mundo con los ojos cerrados?

Luis Gigena camina sobre la pasarela con su bastón blanco. Es una noche de junio de 1998 y el diseñador Roberto Piazza presenta su colección La vida y la muerte, con un desfile en el hotel Panamericano.

El fisicoculturista es el encargado de cerrar el show de moda. Tiene un slip blanco y unas alas de gasa que le tapan la espalda y caen, suaves, a cada lado de su cuerpo. Es el ángel que cierra el ciclo de génesis y reencarnación que preparó el modisto.

Camina junto a una novia, que sostiene a un bebé pequeño. Gigena sigue hasta el borde del escenario y vuelve sobre sus pasos, tal como antes lo hicieron los demás modelos. Ya trabajó como modelo publicitario pero este es su primer desfile. Sin embargo, tiene la misma tranquilidad con la que se mueve por su casa. La misma gracia con la que camina por las calles de La Plata, adivinando dónde está la calle que busca, o un café, o en qué esquinas están los semáforos. Como si tuviera un pequeño mapa mental, un registro del territorio, que le da independencia. Algo que aprendió hace mucho tiempo.

A los 13 años, cuando perdió definitivamente la vista, siguió con sus estudios secundarios y, por la tarde, mientras sus amigos miraban televisión, él iba al colegio de ciegos. Allí, en menos de dos meses le enseñaron a escribir en braille y, sobre todo, a desplazarse.

Una de las primeras cosas que aprendió fue a viajar en ómnibus hasta la escuela. Y lo aprendió solo. No necesitó que un perro lazarillo lo guié.

–Era algo impresionante porque sabía dónde se tenía que bajar, sin preguntarle al chofer. Ni los profesores entendían cómo se manejaba el tipo –recordará su hermano Adrian.

En su casa, en cambio, la relación con su padrastro era cada vez más áspera.

–El marido de mi vieja me maltrataba –dice Gigena- Por ahí me mandaba a buscar una tenaza y si yo no la encontraba iba a buscarla él y cuando volvía me decía «Acá está» y me pegaba con la herramienta por la cabeza. Y yo no veía. Era algo incomprensible.

Un día, después de una discusión, su madre le pidió que se fuera de la casa. Tenía 16 años. Fue a casa de unos amigos y, luego, viajó a la Ciudad de Buenos Aires. Allí, después de estar unos días en la calle, rompió un vidrio y lo llevaron preso. No tenía su documento y los policías no creían que fuera menor de edad. Lo tuvieron encerrado en el calabozo tres días: hasta que fue a buscarlo Stella Grecco. Entonces volvió a su casa. Las discusiones seguían y, cuando consiguió trabajo, su madre le volvió a pedir que se fuera. Entonces, fue a la casa de un amigo, luego a una parroquia, a la casa de otro amigo y de otro. Hasta que conoció a su primera esposa, una mujer que vivía cerca de la casa de uno de sus compañeros de trabajo.

–A los 21 años me case pero duramos poco –dice Gigena sonriendo -Tres años después ya estábamos divorciados.

Pero antes, Gigena había hecho algo: dejó de ser un hombre que iba al gimnasio en sus tiempos libres y empezó a entrenar para competir en los torneos locales. Todas las tardes, después de salir del trabajo, viajaba en tren hasta un gimnasio de Berazategui, una ciudad del conurbano bonaerense a unos 34 kilómetros de La Plata, y regresaba a su casa cerca de la medianoche.

En uno de esos viajes, cuando la relación con su primera esposa ya estaba deteriorada, conoció a Laura Sosa. Viajaba con tres amigas a la casa de su padre, en Villa Elisa. Días atrás, Gigena se había presentado en el programa de televisión de Susana Giménez y las chicas lo reconocieron. Se acercaron a saludarlo y siguieron hablando durante el viaje. Antes de bajar le contaron que era el cumpleaños de Laura y lo invitaron a su fiesta en la noche. Horas después, cuando volvía de entrenar, fue al cumpleaños. Esa noche, su mujer aún lo esperó hasta la madrugada. Sin embargo, tiempo después el fisicoculturista se casó con aquella chica que conoció en el tren.

Durante siete años siguió viajando solo hasta el mismo gimnasio de Berazategui. Entrenaba día, tras día.

Maciste, el personaje de Roberto Bolaño en Una novelita lumpen, fue un culturista que recorrió el mundo, se consagró campeón y, cuando quedo ciego, se encerró en su casa. Gigena, en cambio, se quedó ciego y salió al mundo.

–No entiendo cómo hace. El tipo tocó fondo y salió disparado –dice su amigo Carlos Metzler- Es impresionante lo que hizo con el deporte y cómo se maneja. En La Plata sabe donde está cada cosa, como si las estuviera viendo, y cuando tiene que ir al exterior el tipo se manda. No se queda pensando. Toma la decisión y le da para adelante.

Así viajó a Sudáfrica en el 2007. Solo y sin hablar inglés.

–Mi ex entrenador, Ramón Puig, iba a ir conmigo pero cinco días antes se echó para atrás. Yo ya tenía el pasaje y el hotel pago así que fui igual.

Gigena llegó a Johannesburgo tres días antes que los demás atletas. Quería estar tranquilo al momento de competir. Para eso, Laura Sosa le había reservado una habitación en un hospedaje y cubrió de antemano todos los gastos, incluso la comida. Cuando el fisicoculturista se encontró con el representante de la federación sudafricana en el aeropuerto le dio el itinerario que había preparado su esposa. Allí explicaba que estaría los primeros días en un hospedaje y luego se trasladaría con el resto de la reserva. Sin embargo, aquella misma noche lo llevaron directamente al hotel donde se quedarían todos los culturistas.

–No me di cuenta del error de hotel porque nadie me dijo nada–recuerda años después.
–Yo estaba desesperada porque lo llamaba al hotel donde había hecho la reserva y me decían que no estaba –cuenta Laura Sosa- Y encima él no se comunicaba.

El día que llegaron los demás atletas se dieron cuenta de que los pagos de Gigena no cubrían los días anteriores, ni la comida que había consumido hasta entonces. Él ya había gastado 600 dólares en pescado, ensaladas y desayunos, y no tenía dinero para cubrir esa deuda. Entonces los directivos del hotel tuvieron una idea: Habían visto que durante esos días la gente se acercaba a Gigena para saludarlo y sacarse fotos con él y le propusieron ser su sponsor en el campeonato. Así saldó la deuda que había generado durante esos días.

–El siempre dice que es un perro de la calle y que los perros de la calle se la rebuscan –recuerda su amigo Metzler.

Aprenda a posar usando las manos

Luis Gigena puede recordar episodios completos del Increíble Hulk. Cuando era chico –y aún podía ver algo con ayuda de unos anteojos– no había forma de sacarlo del televisor cada vez que trasmitían la serie del hombre verde.

Diez años después, cuando empezó a ir al gimnasio para conquistar chicas, todavía fantaseaba con los músculos de aquel superhéroe. Era la primera vez que iba un gimnasio y sin embargo pronto empezaría a entrenar como culturista.

Alberto Rivera, el entrenador que lo acompañó en su tercer campeonato argentino, el primero en que se consagró campeón, fue también quien le enseñó a posar:

–Era algo muy difícil porque las poses se enseñan frente al espejo, mirando y replicando. Y con él no podíamos hacer eso. Entonces me paraba delante de él, hacia las poses y él me tocaba para registrarlas y después las hacía.

Así practicaban todos los días. Un movimiento tras otro.

–Tiene una memoria increíble. Yo puse mi granito de arena pero el logro es de él, porque hay que acordarse los 30 o 40 movimientos que hay que hacer arriba del escenario sin ver nada –dice.

Es una mañana de julio de 2012 y Luis Gigena se mueve entre las máquinas del gimnasio con la misma habilidad que tenía cuando iba a la cancha de Estudiantes o al estadio Obras, para ver algún concierto de rock.

En el verano lo operaron de una hernia en el ombligo pero ya está entrenando para competir el próximo año en los torneos sudamericanos.

–¿Qué significó para vos ser el primer fisicoculturista ciego en ganar el Míster Universo?
–Fue un logró increíble. Por suerte fui el primer fisicoculturista ciego –dice mientras ejercita el pecho.
–¿Por suerte?
–Sí, porque atrás mío me entere que también hay un chico que compitió en Inglaterra, hay otro que está empezando acá, en Argentina, y de a poquito van apareciendo más. Siempre hay una persona que empieza y espero que detrás de mí, cuando me retire el año que viene, haya muchos más.
–¿Te retirás?
–Sí, estoy muy cansado. No del deporte sino todo lo que hay detrás. Es muy costoso, y si vas a pedir apoyo, te tratan como un mendigo y te cierran la puerta en la cara, y sos un deportista. Yo ya soy grande, tengo 40 años, y la verdad que me cansé.

Después de una hora y media de entrenamiento Gigena aún repite ejercicios en el trapecio. Y por la tarde volverá, para su segunda rutina diaria.

–¿Y del entrenamiento, cuál es la parte más tediosa?
–La dieta. Levantar peso me gusta. Hablo con los chicos, me divierto. Pero la dieta de los últimos meses antes de competir es terrible. Es más, una vez me acuerdo que volví del gimnasio y mi señora estaba comiendo unos sándwich de salame y queso y se lo tire por la ventana del departamento…Después me arrepentí pero ya me la había mandado.
–¿Cómo te examinas el cuerpo para ver donde hay que trabajar?
–Antes preguntaba pero ahora ya no. Con el tiempo aprendí a examinarme con las manos y me doy cuenta solo donde tengo el corte del musculo o cuando me falta para que se profundice.

Minutos después Gigena termina la quinta serie y busca su mochila. Camina entre las máquinas, rumbo a la calle. Esta mañana no lleva el bastón desplegable que tenía en el desfile. Y en sus pasos no se nota la diferencia.

Una carrera abominable

Publicado: 14 julio 2012 en Ander Izagirre
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La leyenda del Tour nació con un grito. En 1910 el ciclista Octave Lapize atacó desde la salida en la etapa Luchon-Bayona, la primera que recorría los caminos pirenaicos. En su escapada de 326 kilómetros, el francés pedaleó durante catorce horas y por el camino se topó con cinco monstruos que entonces nadie conocía: Peyresourde, Aspin, Tourmalet, Soulor y Aubisque. Lapize excavó la ruta de los mitos a golpe de dolor. Llegó a la cumbre del Aubisque gimiendo; tiró al suelo la bicicleta, se dirigió hacia uno de los organizadores del Tour y, cuando sus pulmones reunieron un poco de aire, cinceló la primera sentencia en las tablas del ciclismo: “¡Asesinos!”.

Octave Lapize resumió en una palabra lo que muchos corredores han descubierto durante más de un siglo: el instinto criminal del Tour. También lo descubrió Paco Cepeda, que se mató en el descenso del Galibier en 1935. Y Wim Van Est, el holandés que marchaba con el maillot amarillo en 1951, se despeñó por un barranco de setenta metros en el Aubisque y apareció vivo cuando bajaron a buscar su cadáver. Y Roger Riviére, un chaval que volaba hacia la victoria en 1960 cuando se estrelló en el Perjuret: se partió la columna vertebral y pasó el resto de sus días en una silla de ruedas. Y Fabio Cassartelli, el campeón olímpico que en 1995 se quedó para siempre en una curva del Portet d’Aspet. Y Jean Robic, un escalador de bolsillo que en los descensos se cargaba de plomo para compensar su poco peso y que llevaba un anillo con la inscripción bretona Kenbeo kenmaro, a vida o muerte. Robic, vencedor del Tour de 1947, se fracturó a lo largo de su carrera la muñeca izquierda, las dos manos, la nariz, la clavícula izquierda, el omoplato derecho, el fémur; se abrió una ceja y sufrió el desplazamiento de cuatro vértebras; se partió el cráneo dos veces y se lo tuvieron que reforzar con una plancha de acero. Era Robic trompe-la-mort, el engañamuertes. También Louis Malléjac esquivó el filo de la guadaña en 1953: “He creído morir subiendo el Mont Ventoux”. Malléjac acababa de intuirlo: la muerte esperaba en aquella montaña para llevarse un ciclista. En 1967 Tom Simpson dio sus últimas cuarenta pedaladas en el Ventoux y cayó fulminado por una mezcla de fármacos, alcohol y calor. El fallecimiento de este inglés, que en 1965 se había proclamado campeón del mundo en San Sebastián, removió las entrañas de miles de espectadores que seguían la tragedia en directo por televisión. Simpson se les murió en el salón de casa.

Esta competición de instinto feroz empezó a gestarse  a finales del siglo XIX, en las redacciones de dos diarios deportivos parisinos. En 1891, el diario Vélo organizó la París-Brest-París, una prueba ciclista de 1.260 kilómetros que ganó Charles Terrot tras 71 horas de pedaleo. Los lectores, ansiosos por conocer el relato de semejante aventura, agotaron los ejemplares de Vélo. El éxito asombró al director del diario, Pierre Giffard, quien no tardó en crear la Burdeos-París y la París-Roubaix, un monumento del ciclismo que aún hoy recorre las rutas empedradas de hace un siglo, conservadas exclusivamente para que los ciclistas sufran en ellas una vez al año. Aquellas primeras maratones ciclistas eran en el fondo un escaparate de dos negocios en simbiosis: la venta de diarios y la venta de bicicletas. El diario Vélo se financiaba en gran parte por los anuncios de los fabricantes de bicicletas, y ambos, periodistas y fabricantes, se aliaban para organizar grandes espectáculos deportivos. El objetivo era seducir con las hazañas ciclistas tanto a los espectadores que presenciaban en directo el paso de las carreras como a los lectores de las crónicas del Vélo, teñidas de épica rimbombante. Lo consiguieron: la venta de diarios deportivos y bicicletas se disparó en Francia.

Y así, otros periodistas franceses se inventaron el Tour para vender más diarios. El hombre clave fue Henri Desgrange. Este antiguo ciclista, que entre otras hazañas había establecido en 1893 el récord de la hora en 35,325 kilómetros, trabajaba de jefe de publicidad para Adolphe Clément, fabricante de bicicletas. Organizaba carreras ciclistas para promocionar las bicicletas Clément,  incluso lanzó la idea de construir el velódromo del Parque de los Príncipes -donde terminaría el Tour todos los años, hasta 1977-. Pero Clément y Desgrange rabiaron: el diario Vélo jamás publicaba noticias sobre las competiciones que ellos organizaban. Y cuando se dignó a mencionar el velódromo del Parque de los Príncipes, solo fue para sentenciar que resultaba “demasiado grande” y quedaba “demasiado lejos” del centro de París. Desgrange y Clement, indignados por el monopolio informativo y publicitario que ejercía Vélo, se reunieron con los presidentes de varios clubes y fabricantes automovilísticos -entre ellos, un tal Édouard Michelin- y en 1900 decidieron fundar un diario sobre automovilismo y ciclismo: L’Auto-Vélo. Henri Desgrange fue el primer director. Pero Pierre Giffard contraatacó pronto: denunció al nuevo diario por uso indebido de una marca registrada y ganó el juicio, por lo que Desgrange tuvo que eliminar la palabra Vélo y quedarse solo con L’Auto, a pesar de que también hablara de ciclismo.

Henri Desgrange, alias El Patrón, decidió luchar contra Giffard con su misma fórmula, y como primer ensayo organizó la carrera ciclista Marsella-París. La prueba tuvo cierto éxito, pero L’Auto no vendía más de 20.000 ejemplares mientras que el Vélo de Giffard rondaba los 80.000. Por eso, el 20 de noviembre de 1902, Desgrange reunió a sus colaboradores para pensar en algún proyecto más ambicioso que permitiera dar un revolcón a las cifras de ventas. La idea germinó en el cerebro del redactor Géo Lefèvre:

—Últimamente nos llegan cartas desde las ciudades de provincias, porque quieren ver a las figuras del ciclismo. Podríamos organizar una carrera por etapas que saliera de París y que recorriera las ciudades principales. Sería una vuelta a Francia.

El proyecto apasionó al Patrón, quien durante los siguientes días se reunió con Lefèvre en el restaurante Madrid para concretar los detalles de semejante carrera. Por fin, el 19 de enero de 1903, la portada del diario L’Auto anunció el nacimiento de la criatura: “La mayor prueba ciclista del mundo entero. Una carrera de un mes, del 1 de junio al 5 de julio, por Lyon, Marsella, Toulouse, Burdeos y Nantes. 20.000 francos en premios”. El proyecto aún estaba prendido con alfileres, pero Desgrange, publicista hábil, solo redactó esa especie de telegrama porque sabía que causaría expectación y que las cábalas de los demás diarios y de los lectores engordarían como una bola de nieve: “Una prueba monstruosa llamada a causar sensación” (Le Figaro), “Una carrera gigantesca, un espectáculo grandioso” (Le Soleil), “Nunca jamás se había anunciado una prueba deportiva de tal calibre” (Le Matin).

Hay que entender aquella euforia efervescente dentro de su contexto. A principios del siglo XX se vivía una fe algo ingenua en el progreso material. Era la época de las hazañas deportivas y las proezas técnicas, del avance imparable de las comunicaciones y los medios de transporte, de la creencia en que el progreso tecnológico acercaría a los pueblos del mundo y abriría camino a una fraternidad universal. Como escribió Josep Pla, aquellos hombres que estrenaron siglo creían que la paz y la tranquilidad humana dependían del mejoramiento del motor de explosión o de la telegrafía sin hilos. Divinizaban el tornillo, el cambio de marchas y la carburación.

También lo hacían los franceses de 1900: se inauguró el metro parisino, el piloto Blériot atravesó el canal de la Mancha en aeroplano, se organizó la prueba automovilística París-Madrid, los ferrocarriles se habían extendido ya por todo el país y todo el continente, los transatlánticos que zarpaban de El Havre tardaban menos de doce días en llegar a Nueva York. Y donde aún no se podían construir raíles, carreteras o motores, se dejaba vía libre a la poesía y la imaginación: el cineasta Georges Méliès estrenó su delicioso Viaje a la Luna. Muy poco después, en 1914, estalló la Gran Guerra y sobrevino la peor catástrofe jamás conocida, precisamente porque el progreso material había aumentado también la potencia de los horrores. Quedó un mundo en ruinas, amargo y perplejo. Pero aquella oleada de optimismo que bañó los primeros años del siglo XX dejó algunas huellas perdurables: el Tour de Francia, por ejemplo. Con la bicicleta, ese invento genial, los hombres se movían por su propio esfuerzo a velocidades similares o superiores a las que alcanzaban los automóviles de la época. Y esa máquina tan sencilla permitiría recorrer Francia entera, en una ruta que de paso era una exploración por los límites de la capacidad humana.

Porque la magia del ciclismo nace siempre de ese misterio que existe más allá de la frontera del sufrimiento. El corazón late como una lavadora a punto de estallar, hierven los muslos, los pulmones se ahogan. Saltan todas las alarmas y el cuerpo pide clemencia, pero el ciclista prolonga cuanto puede esa agonía: “Cuántas veces cerré los ojos sobre la bicicleta -escribió Pello Ruiz Cabestany-. Me acuerdo de esos momentos tan duros, en los que me olvidaba de todo: de mis amigos, de mi familia y de mí mismo. Todas mis fuerzas concentradas en las bielas que subían y bajaban. Toda mi imagen enfocada en la rueda trasera de quien me precedía. Mis ojos se cerraban para que no entrase ningún pensamiento que pudiera distraerme. Llegaba a los límites físicos, a salirme de mi cuerpo”. Cuestión de límites. La diferencia entre un buen ciclista y un campeón reside en la capacidad agonística, en ese punto del sufrimiento que distingue a unas personas de otras. “He llegado muy lejos en el dolor”, confesó Miguel Induráin.

Y el Tour de Francia dibujó esa ruta del dolor: 2.428 kilómetros divididos en solo seis etapas. Henri Desgrange perfiló los detalles de la prueba. Entre una etapa y otra habría dos o tres jornadas de descanso. Por miedo a quedarse sin corredores, Desgrange permitió que los ciclistas pudieran participar en algunas etapas y renunciar a otras, pero el triunfo final solo se disputaría entre quienes completaran todo el recorrido. Se establecían, además, dos categorías: una para los ciclistas que competían en equipos profesionales y disfrutaban de la ayuda de mecánicos y masajistas al final de las etapas, y otra para los isolés -aislados-, también conocidos como desherités -desheredados-, que se las apañaban para buscar comida y alojamiento, para lavarse la ropa y curarse las heridas, para reparar la bicicleta y parchear los neumáticos. Al contrario que en muchas pruebas de la época, no se permitía pedalear a rueda de motoristas o ciclistas ajenos a la prueba. Los corredores no podían llevar “coches de apoyo con víveres, repuestos o entrenadores”, ni “recibir comida o bebida de una mano amiga” -deberían buscarla en las posadas y fuentes del camino-; tampoco cambiar de bicicleta -“salvo que encontréis fortuitamente a un ciclista desconocido que acepte la vuestra en mal estado y os dé la suya en bueno”- y la ayuda mecánica estaba totalmente prohibida.

Desgrange contrató al ciclista y poeta italiano Rodolfo Muller, para que meses antes recorriera en solitario todo el trazado de la prueba, a modo de ensayo. Desde el final de cada trayecto, enviaba un telegrama para informar al Patrón sobre las condiciones de la ruta y los lugares adecuados para establecer controles de paso. Sobre aquellas carreteras de tierra y socavones, Muller dibujó la primera huella ciclista a través de toda Francia. Y los organizadores temieron que quizá fuera la última: a pocas semanas de la fecha de inicio, solo se habían inscrito quince ciclistas. Eso sí, entre ellos figuraban los nombres más prestigiosos del ciclismo europeo, como Maurice Garin, Léon Georget, Hippolyte Aucoutourier y el alemán Joseph Fischer. Pero Desgrange no estaba dispuesto a poner en marcha el Tour si al menos no participaban sesenta corredores. Para darle un impulso a las inscripciones, los organizadores retrasaron la fecha de salida y redujeron la duración de la prueba: se celebraría del 1 al 19 de julio, para que los corredores no profesionales pudieran participar con más facilidad, sin tener que abandonar el puesto de trabajo tanto tiempo. Y además de los premios, L’Auto ofreció una dieta de cinco francos para los primeros cincuenta de cada etapa, una pequeña ayuda que permitiría a muchos sufragarse los gastos mínimos de la aventura. En pocos días, la redacción recibió 78 nuevas inscripciones, aunque algunos de ellos decidieron borrarse al final.

Por fin, el 1 de julio de 1903, frente a una posada de carretera llamada Reveil Matin (“el despertador”) se apelotonaron 76 figuras extravagantes, ataviadas como una mezcla de aviador, minero y vagabundo, con los tubulares enrollados a la espalda, con un maletín de cuero en el manillar para cargar con la comida y una botella de vidrio. Al frente de ellos, hablaba un hombre de mostacho, chaqueta de tela y sombrero de panamá: el periodista Georges Abran, encargado de dar la salida.

—Señores, debido a unas obras en la carretera, la prueba comenzará seiscientos metros más adelante, en dirección a Draveil.

Los corredores recorrieron ese tramo a pie, con la bici en la mano, charlando y bromeando con amigos, familiares y seguidores.

—Alto.

Todos se detuvieron en silencio, mientras Abran levantaba un banderín amarillo -el color de las páginas de L’Auto, que en 1919 se convertiría en el color del maillot del líder-. A las 15 horas y 16 minutos de aquel 1 de julio de 1903, Abran bajó la bandera y los 76 ciclistas emprendieron la marcha en esa primera etapa de 467 kilómetros hasta Lyon. Nada más empezar, Aucoutourier lanzó el primer ataque de la historia del Tour. Este ciclista impaciente, que recurría al vino tinto para soportar el esfuerzo, acabó derrengando en una cuneta y se tuvo que subir al tren para llegar hasta Lyon.

Dentro del pelotón pedaleaba otro personaje insólito: Géo Lefèvre, el redactor de L’Auto a quien se le había ocurrido la idea original del Tour de Francia. Lefèvre cumplía los papeles de director de carrera, vigilante de los controles de paso, cronista y cronometrador. Tomaba la salida con los corredores y les seguía en bici durante veinte o treinta kilómetros, paraba en una estación y se subía al tren para adelantarse hasta otro tramo de la carrera, donde volvía a unirse a los corredores de cabeza. Al final, buscaba otro tren que le llevara a meta y allí se encargaba de tomar los tiempos. Fue el primer enviado especial al pelotón y el único de la historia que lo siguió con la fuerza de sus piernas.

El deshollinador Maurice Garin, ganador del primer Tour, venció también en esa primera etapa, después de pedalear durante toda la tarde, la noche y la madrugada, hasta alcanzar la meta de Lyon a las nueve de la mañana del día siguiente, tras dieciocho horas de esfuerzo. Cerca de él llegó su compañero de equipo Pagie, a un minuto, y en tercer lugar entró otro de los favoritos, Georget, a 35 minutos. Al mediodía, Géo Lefèvre dejó el cronómetro en manos de un ayudante y se marchó a redactar la crónica. Aún faltaban muchos participantes por llegar, pero gotearon hacia la meta de Lyon durante toda la tarde. El último llegó tras veintiocho horas de pedaleo, diez horas más tarde que Garin. Y como en esa etapa inaugural, era frecuente que los ciclistas se pasaran la noche entera pedaleando. La etapa Toulouse-Burdeos, por ejemplo, comenzó a las tres de la mañana mientras un cinematógrafo proyectaba en una sábana imágenes de las etapas anteriores.

Antes, en la segunda etapa, un suceso obligó a Desgrange a cambiar el reglamento sobre la marcha. Aucoutourier, el ciclista que bebió demasiado tinto y llegó a Lyon en tren, quedó descalificado para la clasificación general y ya solo optaba a las victorias parciales, de modo que alcanzó un acuerdo con Georget, el tercer clasificado: se fugarían juntos para atacar al líder Garin. Así lo hicieron, y se presentaron en una Marsella abarrotada de espectadores con 26 minutos de ventaja sobre Garin. Los dos compinches se repartieron el botín: Aucoutourier ganó la etapa y Georget recortó casi toda la ventaja perdida en la primera jornada. Desgrange, consciente de que los llamados “parciales” como Aucoutourier podrían influir en el resultado final, decidió dividir el pelotón en dos. Quienes no optaran a la clasificación general saldrían unas horas más tarde que el resto.

Garin aprovechó las siguientes etapas para vapulear a sus rivales. Este es un fragmento de la crónica nocturna escrita por Géo Lefèvre durante la tercera etapa: “Léopold Alibert y yo pedaleamos por la carretera de Nimes. En plena noche, luchamos contra las ráfagas del mistral desencadenado y las nubes de polvo. Alrededor de nosotros, la oscuridad completa. Solo la carretera blanca reluce bajo la luna. De pronto, cuatro fantasmas nos sobrepasan. Yo salgo tras ellos y les grito: “¿Quiénes sois?”. Me responde una voz: “¿Quién eres tú?”, y reconozco a Maurice Garin. Me presento. “¡Monsieur Géo! ¡Buenas noches!”, dice Garin. “He dejado atrás a Georget, lo tengo ya dominado”. Entonces habla la otra voz: “¡Yo soy Dargassies, Dargassies de Grisolles!”. Las sombras de Garin y Dargassies desaparecen en la noche. Pronto llegan los siguientes corredores, en plena persecución rabiosa. Nos gritan: “¡Apartaos a la derecha!”. Es la voz nasal de Rodolfo Muller, quien me grita: “¡Muy bien, Géo, cumples muy bien con la vigilancia!”.

La carrera fue un éxito completo. La tirada de L’Auto pasó de 20.000 ejemplares a los 50.000 que se vendían durante el Tour, y la cifra seguiría creciendo año tras año hasta los 320.000 en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Los lectores seguían con avidez las crónicas pedaleadas de Lefèvre, las entrevistas, las semblanzas de los campeones, los mínimos detalles magnificados por el plantel de periodistas de L’Auto. Cuando los 21 ciclistas supervivientes llegaron al atestado velódromo del Parque de los Príncipes de París, el público rompió en una ovación estruendosa. En la clasificación final, Garin, ganador de tres etapas, aventajó en casi tres horas a Pottier; y Muller, el ciclista que corrió dos Tours el mismo año, concluyó cuarto a cinco horas. El vencedor consiguió una velocidad media de 26 kilómetros por hora, superior a la que podían obtener los automóviles de la época por aquellas rutas.

Ya se iba gestando el mito. Los periodistas ensalzaban a los ciclistas con apelativos y epítetos de estilo homérico: acuñaron la expresión “gigante de la ruta” como sinónimo de ciclista; Garin era “el pequeño deshollinador”; Dargassies, “el herrero de Grisolles”; estaban “el poeta Muller”, “el terrible Aucoutourier” y “el escalador Fischer”. ¿El escalador, en un Tour plano, sin montañas? El apodo le había caído unos meses antes, al final de las 72 horas de París, una de esas pruebas ultramaratonianas tan del gusto de la época, en la que los ciclistas pasaban tres días seguidos dando vueltas al velódromo del Parque de los Príncipes. El alemán Fischer terminó la carrera al borde de la locura. Tiró la bici, salió del velódromo, escaló un árbol y se sentó allí, sobre una rama, en silencio. Durante un par de horas, el alemán no dijo media palabra y nadie le convenció para que bajara. Joseph Fischer, el escalador. Había nacido la leyenda del Tour y la leyenda de sus primeros personajes.

“He sufrido penurias; he pasado sed, frío y sueño; lloré entre Lyon y Marsella”, declaró Garin en L’Auto. “Ahora que la carrera ha terminado y que no estoy obsesionado con la siguiente etapa, puedo decir que vuestra carrera es la más abominablemente dura que se pueda imaginar. Habéis revolucionado el ciclismo. El Tour marcará un hito en la historia de las carreras en ruta”.

La vocación. En la familia de Gelvis Santamaría hubo siempre interés por el deporte. A sus padres les gustaba; él alguna vez practicó el básquetbol. Por eso, colgó en su cuarto un afiche de Michael Jordan en sus buenos tiempos de los Chicago Bulls. Pero, no podía faltar, tenía un tío que montaba en bicicleta y empezó a ponerle atención. “Me gustó la bicicleta y comencé a entrenar, a salir, le cogí cariño”. Y un día, llegó el gran impulso: una bicicleta Vitus, para él y su hermano, regalo de su papá. Empezó a salir cada ocho días, al Carmen de Apicalá, a La Mesa. Con los días el gusto fue creciendo. Entonces, “cada ocho días” fue muy poco. Se metió a la Liga de Ciclismo de Bogotá, montó más seguido. Cuando salió del colegio e ingresó a la Escuela Colombiana de Carreras Intermedias para estudiar Ingeniería de Plásticos, escogió la jornada nocturna para poder entrenar en las mañanas varias horas, como lo hacen los ciclistas profesionales. Y ahora, en su cuarto, al lado de su bicicleta Genios, la dulce compañía con la que duerme, hay también otros dos afiches: de Lance Armstrong, el gran campeón, y de Oscár Sevilla, alguna vez el mejor novato de la Vuelta a España.

Como un profesional. Vive y entrena como si fuera un profesional, pero no lo es. No todavía. No corre en un equipo de marca que le pague un sueldo fijo y le financie la costosa dotación que necesita un ciclista: al menos una bicicleta de diez millones de pesos; otra para entrenar de tres millones; el casco, las gafas, las zapatillas y el uniforme, que pueden llegar a sumar otro millón y medio de pesos. Sin contar los viáticos, los hoteles, los desplazamientos y la participación en las grandes carreras. Él es un corredor de liga: “La gente no sabe una cosa, los ciclistas de nombre como Santiago Botero, Israel Ochoa, viven de esto, tienen sueldo mensual, les dan sus bicicletas. Nosotros somos corredores de liga, no tenemos un sueldo, la liga a veces nos apoya y nos lleva en algunas carreras; en otras nos toca pagar nuestras inscripciones. En una carrera como la Vuelta al Valle, que dura cinco días, hay que pagar el transporte, la alimentación, el acompañamiento. Sin esto es difícil porque quién le pasa a uno agua, quién lo ayuda con un pinchazo. Esa es la diferencia con un equipo de marca”.

Quemar las naves. Cuando terminó su carrera de ingeniería de plásticos trabajó un tiempo en su profesión. Pero ya no podía entrenar como antes. Tuvo que elegir: lo que había estudiado o el ciclismo. A los 25 años, eligió el ciclismo. Desde el año pasado está dedicado de lleno a la bicicleta, entrenando cuatro o cinco horas diarias. Y lo puede hacer gracias al apoyo de su familia, que retribuye ayudándole a su papá en el taller de Volkswagen y a su mamá en el salón de belleza. Aunque necesita complementarlo con un poco de rebusque: vendiendo implementos o uniformes de ciclismo importados a gente conocida. Es que, definitivamente, se trata de un deporte muy costoso. Por estos días, le ha tocado entrenar con la bicicleta de competencia porque la de entrenamiento está varada por un repuesto que vale más de $600.000. La liga a veces da bonificaciones, pero son escasas e insuficientes para sus necesidades: “Aquí falta mucha oportunidad para salir adelante”. Sin embargo, está decidido a convertirse en un verdadero profesional del ciclismo: no solo vivir para el ciclismo sino vivir del ciclismo.

La meta. Correr en Europa, esa es su meta. “A la gente que ha ido allá se le nota. Nos llevan años de ventaja, en materia de técnica, de medicina. A cada ciclista le hacen la bicicleta y los uniformes a su medida, las zapatillas con su molde”. Y ganan más. Acá, un buen ciclista élite de los grandes equipos de marca —Orbitel, Colombia es pasión, Lotería de Boyacá— gana entre dos y tres millones de pesos.

Correr en Europa, como su novia, la ciclista Laura Lozano, que pertenece al equipo italiano Chirio Forno D´Asolo y participó recientemente en el tour femenino. Ella, con quien habla a menudo y le da consejos y lo anima, le dice que a pesar de la soledad vale la pena. Laura era patinadora, pero un día descubrió el ciclismo y le gustó. Ganó la Vuelta al Valle, la Primera Clásica Nacional femenina, y se la llevaron.

Gelvis sabe que ganar aquí una prueba importante es el pasaporte para irse. Y sabe que está lejos de conseguirlo y que no hay mucho tiempo: tiene 26 años. Pero no se desespera. Piensa que la clave del triunfo se encuentra en la dedicación y en la preparación. Para él, el ciclismo es un deporte en el que a mayor madurez se anda mejor. Y no es ningún invento: José Castelblanco, Álvaro Sierra, Israel Ochoa y Libardo Niño, a su juicio los mejores ciclistas del país, pasan de los treinta. O de los cuarenta: a sus cuarenta años cumplidos, Hernán Buenahora fue este año subcampeón de la Vuelta a Colombia y campeón de la Vuelta al Táchira.

Preparación para la Vuelta. Dentro de sus planes era muy importante correr la Vuelta a Colombia que este año tenía varios incentivos: la participación de Santiago Botero —un ídolo que le podía devolver algo del fervor multitudinario que tuvo en el pasado— y un recorrido bastante exigente. Dos mil doscientos sesenta y un kilómetros, catorce etapas —una de ellas, Paipa-La Vega, de doscientos treinta y dos kilómetros—, los tradicionales puertos míticos de categoría especial y primera categoría: el páramo de Letras y los altos de la Línea y Minas. Una contrarreloj de treinta y cinco kilómetros y premios adicionales de diferentes localidades a quien pasara primero. “Hacía como diez años que no había una vuelta así”, dice.

Quería ir y se preparó a conciencia. Corrió casi todas las carreras del calendario ciclístico nacional. Se entrenó en las montañas cercanas a Bogotá, porque el ascenso es su punto más débil. Hizo méritos y al final fue incluido en el equipo de diez ciclistas del Instituto de Recreación y Deporte de Bogotá —IDRD— dirigido por Oliverio Cárdenas. Desde luego, como gregario de los capos Fabio Duarte y Wálter Pedraza.

Además, un amigo muy querido, el ciclista Juan Barrero, había tenido un accidente en una Vuelta a Colombia —en la bajada de Manizales a Chinchina— y eso le traía malos recuerdos. Tenía que exorcizarlos.

La vuelta. Después de un prólogo en Barranquilla que ganó Santiago Botero empezó la primera Vuelta a Colombia para Gelvis Santamaría. Y empezó mal. En la primera etapa, Barranquilla-Aracataca, tuvo un pinchazo. Se quedó del lote que iba a gran velocidad porque su capo Wálter Pedraza había atacado y —para los otros equipos— él era de esos a los que hay que cuidar. Sus compañeros iban adelante y nadie espera a un gregario. El mecánico tardó mucho tiempo en llegar y no pudo volver a conectar con el lote. En total perdió veintiocho minutos. No le importó. De inmediato pensó que todavía quedaban muchas etapas y faltaba la montaña para la cual se había preparado.

Y en la tercera etapa, Barrancabermeja-Piedecuesta, consiguió salir de la cola. Era una etapa plana que terminaba en ascenso. Aunque perdió diez minutos con el lote principal, ese día la carrera se había partido en cuatro lotes y consiguió llegar en el segundo. Al otro día llegó la montaña: Socorro-Paipa, doscientos trece kilómetros. La esperada montaña que no fue nada fácil: se sintió toda la dureza de la Vuelta. Ahí, Fernando Camargo, de Paipa, el ganador de la etapa, tomó el liderato y Santiago Botero quedó décimo en la general. Hubo otras etapas duras como Paipa-La Vega, donde la lluvia fue inclemente, y difíciles como Manizales-Mariquita, donde se pasa por el páramo de Letras. Para Gelvis Santamaría, el vía crucis fue la etapa de Melgar-Bogotá, la más corta: ese día no tenía ritmo, no cogía el paso, las piernas no le respondían. Se dijo a sí mismo: “Voy a llegar a Bogotá, no me voy a subir al carro, no me voy a retirar”. Y no quedó de último, quedó de penúltimo: puesto ochenta entre ochenta y uno. ¿Cuándo volvió otra vez a ser colero en la general? No lo recuerda con exactitud. “De pronto un día hay varias expulsiones, retiros y el nombre de uno aparece al final del boletín”. No es algo tan dramático como parece. Y no se piensa en ser el último sino en otras cosas, más positivas: “Quedamos la mitad de los que empezamos”. Justo en ese momento se recuerda que hace diez años, el campeón Santiago Botero quedó entre los últimos de la Vuelta a Colombia y que al año siguiente tuvo que retirarse. Un campeón es también el que no claudica y sabe esperar con paciencia.

La recuperación. ¿Por qué se fundió Gelvis Santamaría en la etapa Melgar-Bogotá y solo lo mantuvo en carrera la ilusión de su familia viéndolo terminar la vuelta? ¿Por qué Lucho Herrera, luego de una tremenda etapa en el Tour de Francia, al otro día pierde dieciocho minutos y la posibilidad de ser campeón? La clave del ciclismo es la recuperación y por eso el polémico tema del doping tiene que ver con la recuperación. Alguna vez en Madrid, el ciclista Iván Parra le dijo al periodista colombiano Luis Eduardo Barbosa: “En una carrera por días no es el que amanezca mejor, sino el que amanezca menos cansado”. Cada día, el cuerpo va a estar más cansado y es el que mejor se recupere el que va a estar mejor, ahí reside la diferencia.

Después de que termina la etapa, que se han ido el público y los medios, empieza otra vida: la monótona rutina de la recuperación. Llegar al hotel, bañarse, almorzar —ensalada, arroz, pollo, pasta, un jugo, un postre: nada de fríjoles y poca carne—; esperar pacientemente el turno para el masaje —en el equipo de Gelvis había dos masajistas para diez ciclistas—; reposar un largo rato y a las seis cenar algo parecido a un almuerzo; ver televisión, jugar cartas un rato, llamar a la casa: llega la hora de acostarse para estar al otro día “menos cansado”. Y así durante catorce días: la vida del ciclista se parece a la del monje.

La otra vuelta. El gregario debe tener claro que es un apéndice, sus consideraciones personales no tienen lugar. El que va a pelear la carrera es el capo y en el equipo de Gelvis el gran capo era Fabio Duarte. Y el principal objetivo de Duarte: pelear el título de mejor sub23 con el venezolano Jackson Rodríguez, del equipo Lotería del Táchira. Ese fue para el equipo IDRD el objetivo principal y esa fue la verdadera vuelta que él tuvo que correr: en función de su capo. Tenía que cuidarlo, acompañarlo, esperarlo, llevarle comida o agua desde el carro. Hacer bien la tarea que hacen los gregarios. Y este objetivo estuvo en peligro. Jackson Rodríguez estuvo por encima de Fabio Duarte y después de la dura etapa Paipa-La Vega este se enfermo debido a la lluvia. Había que ganarle y el ataque estaba previsto para la etapa Calarcá-Agua de Dios. No fue necesario, porque al venezolano se le complicó una molestia que tenía en la rodilla y terminó retirándose antes del ataque previsto. “De todas maneras, Duarte le hubiera ganado. Ese día estaba volando y ganó la etapa”. El objetivo finalmente se cumplió y Fabio Duarte fue la figura de ese día, fue nombrado por todos. La gloria del ciclista es la gloria de un día. Y el gregario no tiene gloria: es la sombra de la gloria.

Los sueños intactos. Acompañamos a Gelvis Santamaría a una sesión de entrenamiento el lunes siguiente al que terminó la Vuelta. Es una sesión suave, para aflojar músculos. Empieza a las seis de la mañana. Sale de su apartamento, en el sector de Galerías y va hasta Patios, a siete kilómetros subiendo en la vía Bogotá-La Calera. Sube sin esfuerzo y aunque él no contabiliza el tiempo, contamos veinticuatro minutos desde la séptima. Para él, la vuelta ya quedó atrás y está pensando en lo que viene: el Clásico RCN, que tendrá la misma etapa Manizales-Mariquita en la cual Botero definió su triunfo. Le gustaría tener la oportunidad de prepararse allí. Después del entrenamiento conversamos un rato largo y habla de la experiencia que ganó en la Vuelta. Se le ve animado, con ganas. La meta de correr en Europa sigue en pie. Yo pienso en su puesto ochenta y uno, a más de cuatro horas de Botero y a doce minutos del penúltimo. En que hasta ahora su mejor desempeño ha sido ganar una prueba nacional de scratch en el velódromo Luis Carlos Galán. Pienso en si vale la pena tanto sacrificio y si de verdad podrá alcanzar su meta. Pienso en eso, pero le pregunto otra cosa: ¿cuál es el encanto del ciclismo? “No sé explicarlo, es como las ansias de estar ahí, de aguantar, de pelear una carrera. A veces uno sí se pregunta: ¿Dios mío, qué hago acá? Pero al final a uno le gusta. Yo creo que todos los corredores sienten lo mismo porque el que gana también sufre”. Ahí está dicho todo. Me voy y lo dejo con sus sueños intactos.