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7 horas 40 minutos

Publicado: 26 noviembre 2010 en Federico Bianchini
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La carrera ya empezó y yo todavía no me puse los pantalones cortos, ni la pechera reglamentaria. No, no estoy soñando. Tengo los ojos abiertos y ni siquiera siento que deba apurarme. En realidad, falta más de un mes para la largada pero acabo de recibir un mail donde me confirman la inscripción en la ultramaratón de 80 kilómetros de San Martín de los Andes, la primera de este tipo en la Argentina. Algunos piensan que las carreras empiezan uno o dos días antes de la largada, yo creo que al menos mentalmente arrancan cuando te anotás.

Se vienen días complicados. Días en los que me concentro y no quiero ver a nadie. No quiero que me pregunten cuánto voy a tardar, por dónde es la carrera, cómo estoy. Solo. Quiero estar solo. Enfocarme en cómo voy a reaccionar en cada momento, en la manera de regular los tiempos y las distancias. Nunca corrí 80 kilómetros sin parar. Gané carreras combinadas, como el tetratlón de Chapelco, pero no es lo mismo.

Va a ser una experiencia linda. El camino lo conozco. Nací acá, en San Martín de los Andes, hace 32 años. Estoy acostumbrado a andar en la montaña, a los distintos tipos de suelo, las diferentes clases de piedra. Muchas veces, cuando uno camina por los cerros, no les presta atención a estos detalles, pero en la carrera son importantes para anticipar lo que va a venir.

No me voy a encontrar con nada raro. Eso ya lo sé. Lo raro va a ser estar rodeado de tanta gente. Suelo ir solo, o con 10 ó 20 corredores. Esta vez vamos a ser 121 en los 80 kilómetros y dicen que en total, sumando a los de las otras categorías, hay casi mil inscriptos. Me entusiasma: la gente te alienta, te da ánimo si te ve caído. Hay mucha caballerosidad deportiva. También, por qué no decirlo, hay mucha locura. Sana locura. La carrera más larga en las olimpíadas tiene 42.500 metros y nosotros vamos a correr 80.000.

Aunque pocos lo admitan, este tipo de distancia es cosa de locos. Pero dicen que los locos saben disfrutar y ver de otra forma. Y también, aunque en voz bastante baja, dicen que, por miedo, los cuerdos se pierden demasiadas cosas.

Largada

Son las seis de la mañana. No nieva como habían pronosticado, pero garúa y hacen cuatro grados bajo cero de sensación térmica. De cualquier manera, el clima no cambia las cosas. Estoy preparado. No voy a rendir menos por esto. Sólo espero que no se largue una tormenta. Somos muchos. La música de los parlantes, el locutor. Las ganas de arrancar. La energía se siente en el aire.

Gritos. La cuenta inicial, cuatro, música a todo lo que da, tres, me persigno, dos, a dejar todo, uno. Salimos. Adelante, una moto nos marca el camino.

Cuatrocientos metros tranquilos y, luego, después del polígono de tiro, la primera subida. Voy trotando. Muchos me pasan. Corren como si volaran. Como si no supieran que la carrera es de 80 kilómetros. Si largás muy rápido, en algún momento la vas a pagar. Depende de tu entrenamiento, claro. Pero, por lo general, eso es lo que pasa.

Llevo musculosa, remera de manga larga, una mochilita y la pechera reglamentaria. En las piernas, medias de compresión para que la sangre circule y no se me hinchen los pies. Y en el gemelo derecho, dos parches antinflamatorios. El médico fue claro. El músculo no da más. Puede desgarrarse a los 200 metros, a los mil, o soportar toda la carrera. En la semana fui a hacerme masajes y no dolió. Lo siento tenso. Un parche a lo largo y otro a lo ancho. Voy tranquilo. Sólo pienso en el gemelo derecho. Lo pruebo despacio. En las pendientes muy empinadas trato de caminar. Subo, no molesta. Bajo sin sentir nada especial. Estoy esperando el tirón, un pinchazo profundo. Pero no aparece y, de a poco, voy tomando confianza.

Aún no amaneció, pero todos llevamos una lámpara frontal en la cabeza, como los mineros. Se ve bastante y como somos un grupo de diez corredores podemos ir anticipando lo que viene por cómo se mueve el de adelante.

Pasamos cerca de la laguna Rosales y entramos en una senda empinada. El viento viene de frente, corta la velocidad, tira para atrás. Acabamos de arrancar, estoy entero. Pero el desgaste mental es importante: ¿Qué va a pasar, después, si este viento sigue en la Pampa de Trompul, donde no hay un solo árbol?

Llego al filo con un grupo de diez corredores. Trato de no hablar mucho, pero ellos saben que soy de acá y preguntan. Y si uno pregunta, otro responde. Quieren saber si la planicie que viene es realmente plana y yo digo que sí. Ahora hay que ver qué consideran ellos plano. Para el que vive en Buenos Aires, plana es la ruta. Acá el plano tiene sus desniveles y no es lo mismo el plano en tierra, que en pasto, que en asfalto.

Puesto Colorado I (kilómetro 26)

Puesto de hidratación. Hay comida caliente, pero no. Sólo tomo un poco de agua. Desayuné fuerte: yogurt, banana, mate cocido y dos latas de un suplemento alimenticio: cada una reemplaza una comida. Durante la carrera voy a gastar entre diez mil y doce mil calorías. Sin embargo, estoy acostumbrado a ir con el tanque al límite y decidí seguir una estrategia a base de geles energéticos. Uno cada hora. Son dulces y de distintos gustos: vainilla, menta, chocolate.

En este puesto, algunos corredores tienen una bolsa con ropa extra que entregaron a la organización antes de la largada. Se cambian las zapatillas, las medias, la remera, llenas de transpiración y de lluvia. Yo sigo. Estoy acostumbrado a ir así. Soy medio arrabal, voy con lo que tengo y me aguanto.

Deja de llover. Un conocido me dice que estoy a un cuarto de hora del puntero, pero que a cinco minutos tengo a cuatro corredores. Trato de no hacerme la cabeza. Todavía quedan más de cincuenta kilómetros. Sigo tranquilo, con el mismo ritmo, mantengo la intensidad.

Atravieso varios mallines con bastante agua. El mallín es engañoso, zona de pantanos, si no conocés y pisás mal te hundís hasta la rodilla. Voy saltando, los paso sin problemas aunque veo a un par de corredores a los que se les complica. El objetivo es llegar a Quilanlahue.

Estoy entrenado para tramos largos. Es una fija: a partir de las dos horas me empiezo a sentir un poco mejor.

En 1996 y 1997 gané el tetratlón de Chapelco. El año siguiente fui a correrlo sabiendo que si lo ganaba tres veces seguidas me daban una copa. Salí segundo porque estuve todo el tiempo pensando en esa copa: no en mí, no en la carrera. Podría haber quedado último o primero, pero disfrutando la experiencia. No la disfruté. Me dolió mucho haber modificado mi forma de pensar por un trofeo. Y me prometí no volver a hacerlo. No lo hice y tampoco lo voy a hacer hoy. La respiración se agita, pero el cuerpo aguanta. ¡Vamos! ¡Vamos que vas bien! ¡Disfrutala que podés! ¡Vamoooos!

Puesto de Quilanlahue I (Kilómetro 34)

Puedo parecer medio loco, pero durante la carrera hablo solo. No soy el único. Hay que alentarse en los momentos buenos. Y un reto, en los malos, no viene mal. Hay que escucharse y escuchar al cuerpo. Algunos dicen que si no corren con música, la respiración los cansa. Puede ser. Cada uno tiene su técnica. Yo prefiero oír el bosque, el canto de los pájaros, el sonido de la lluvia.

Entro en el puesto de Quilanlahue, un enorme galpón de gendarmería y veo a uno de los chicos de la organización que abrigado ceba mate. Me imagino lo cómodo que debe estar, calentito, mirando a los que pasan y tengo ganas de quedarme acá, pedirle si no me hace un lugar, me ceba uno. Pero ya va a haber tiempo. Ahora, hay que seguir.

Trabajo con el reloj. En el entrenamiento, desde acá hasta Quechuquina tardo una hora y diez. Voy a tratar de hacerlo en una hora y media. Chequeo cómo voy. Si estoy bien, acelero. El reloj sólo sirve para compararme con el entrenamiento. Si lo uso con otro sentido, si me fijo qué hora es, cuánto falta, empiezo a quemarme: a pensar que el tiempo es como un líquido, que se acaba de a poco; y me desespero.

Puesto de Quechuquina (Kilómetro 46)

Hace tres años perdí a papá. Rodolfo Martín Muñoz. Él también competía; aunque arriba de una bicicleta. En esa época yo era muy chico: no llegué a verlo. Pero los que lo conocieron, dicen que era pura garra. Que no paraba, le metía y le metía, hasta el final.

Cuando empecé a correr, a los 16 años, iba conmigo a todas partes. Era llegar a los últimos doscientos metros y mirar, detrás de las vallas, para buscarlo entre la gente. Estaba ahí. Lloviera, hiciese dos grados o cuarenta, él estaba ahí. Esperándome. Y si me lo cruzaba, en el medio de una carrera, me decía como un reto cariñoso: dale, no jodás, vamos que acá tenés que dejar todo.

Y ahora, que me acerco a un lugar adonde él no va a estar, lo extraño. Falta una imagen, hay un espacio vacío. Pero te pido una ayuda, pá. Y sé que vos me la mandás. Te pienso y me siento bien, me siento acompañado.

Quechuquina. Fotógrafos y el pibe de la revista que me sigue desde hace varios días. En el puesto me dicen que no pare, que siga, que acá cerca tengo a tres corredores. Tranquilos, todavía falta bastante. Agarro un manojo de pasas de uvas, una banana y caramelos de miel. Me preguntan si quiero llevarme agua. No la necesito. A unos kilómetros hay un arroyo, donde puedo tomar. Corro un rato pero, después, camino mientras como la banana. Viene una subida de 25 minutos y tengo que cargar energías.  Troto. Los músculos vienen al límite, el gemelo derecho duele desde hace un rato. Los pinchazos se van esparciendo por toda la pierna como si quisieran desconcertarme. Duele todo. Estoy cansado, ya van más de cinco horas de carrera. El endurecimiento de los gemelos se empieza a extender hacia arriba y se transforma en un pequeño calambre que no me deja seguir. Freno. Elongo un poco, tomo agua, como unas pasas de uva y vuelvo a caminar. Trato de no ir rápido, pero adelante lo veo a Facundo Romero y, casi sin pensarlo, estoy corriendo otra vez. Lo paso, le saco diez metros y el cuerpo me vuelve a avisar. Tan rápido, no. Pero no le aflojo, sigo. A lo indio.

Voy dejando atrás a Romero. Cuando agarre el plano, el dolor se va a ir, pienso. Pero el plano llega y la molestia sigue estando. Siguen, chiquitos, los calambres en el gemelo y se me escapa alguna lágrima. Hasta que llego a la naciente del río Quilanlahue, quince metros de ancho, treinta centímetros de profundidad, y meto los pies y me siento como esos beisbolistas que después de haber jugado entran en enormes piletas con hielo. En 15 segundos, el tiempo que tardo en cruzarlo, las piernas se enfrían, los músculos se relajan, el dolor de las rodillas, los tobillos, las plantas de los pies se va yendo. ¡Dale, que podés! ¡Dale que podés!

Pampa Trompul (kilómetro 66)

Al principio corrés contra 120 corredores. Después, los otros desaparecen y te enfrentás contra vos mismo. Hay que aguantar. Si vas adelante, el esfuerzo es doble. Hace un rato, en Colorado, me dijeron que estoy séptimo. Arranqué demasiado tranquilo. Me va a sobrar resto. Debería haber empezado un poco más fuerte pero el posible desgarro me frenó. Tarde. Ya no puedo hacer mucho. Miro para atrás, no veo a nadie pero sé que están ahí. Y sé, también, que si me canso, freno o me tuerzo un tobillo, me van a pasar como a un poste. Me cruzo con corredores de la categoría de 50 kilómetros que me gritan: Vamos, loco, vamos. Voy a dejar lo último que queda.

Tengo hambre. Saco un gel de la mochila pero apenas lo veo me dan ganas de vomitar. Los dos primeros son ricos. El tercero aburre y el séptimo es una pasta inmunda. Igual, trato de abrirlo, algo tengo que comer, pero me asqueo y lo guardo. El cuerpo viene vacío. Por eso los calambres. Es el riesgo de hacer una estrategia de geles. Llovía, había viento, tampoco podía parar a comer y enfriarme. Queda menos. La rama que antes no sentía, ahora la siento. La piedrita que se me metió en la zapatilla, parece un adoquín. Me molestan cosas a las que antes no les daba bolilla. Pero queda menos para la llegada. Para encontrarme con mi vieja, mi hermana, mi sobrino. Los muslos pesan. Ya no salto los troncos como un ciervo, parezco una señorita: primero una pierna, después la otra.

Puesto Bayos (74 kilómetros)

Me preguntan cómo estoy. Entero, cansado, roto, pero con buen ánimo. Queda menos. Desde acá, es todo bajada. No voy a poder pasar a nadie. Ya está. Ahora, tengo que cuidarme. Bajás rápido, el cansancio, las molestias, pisás una piedra, te duele todo, te torcés el tobillo y la carrera termina ahí. Y después, la lesión.

Si alguna vez me dijeran que no puedo correr más, me pasaría como a los árboles: empezaría a morir por dentro. Me volvería loco. Tres días sin entrenar y ya estoy nervioso. Pero atento, me fijo dónde pongo los pies; sé que puedo hacerlo.

El tiempo y la distancia los sacás de la cabeza. No existen. Son pocos kilómetros pero si los pienso, no los hago. Pensé en la copa y salí segundo. Ahora, sólo trato de disfrutar. Si gano, mejor. Pero el disfrute, después, dura cuatro o cinco minutos y en cuarenta días, nadie se acuerda quién gano la carrera. Estoy entrenado para la multidisciplina: kayak, ski, mountain bike y hoy compito contra atletas que sólo corren. Lo lindo es llegar.

San Martín de los Andes (79,5 kilómetros)

Se está terminando. Estoy terminando los 80 kilómetros en algo más de siete horas y media. Es tremendo. Por suerte se me dio todo. Dolor hay, pero no se siente.

Dejo atrás la tierra. Entro a las calles pavimentadas del pueblo y me cruzo a mucha gente conocida. Largué un poco lento, pero no importa. Cumplí el objetivo que era llegar. Quedé séptimo. El médico fue claro. Por suerte, el gemelo resistió. Escucho los anuncios del locutor, en la costa del lago, y veo las carpas en la llegada; sólo faltan dos cuadras. La gente grita: ¡vamos! ¡Vamos que no falta nada! ¡vamos! Ya está. Pienso que puedo, y acelero hacia la meta.

Cuatro horas después de terminar la carrera

Cruzás la línea de llegada y el dolor te cae encima de golpe. Pero no hay que quedarse quieto porque por dentro el cuerpo sigue corriendo. Caminé las cinco cuadras que separan el lago de mi casa. Llegué acá, y comí enseguida. Lo ideal hubiese sido fideos o ravioles, para recargar energía. Pero tenía hambre y no iba a esperar que el agua hirviese. Comí lo que encontré en la heladera: pollo, ensalada rusa y papas fritas.

Me bañé y fui a hacerme unos masajes en las piernas. Ayudan, pero si camino diez metros, duele todo. A cuatro horas de haber terminado la carrera, no puedo ni elongar. Me agacho y siento como si los músculos fueran elásticos viejos a punto de rasgarse. Si estoy quieto, siento puntadas. Si me enderezo es peor. Y mañana, la incomodidad pura.

Los médicos dicen que en este tipo de competencias la última fibra se recupera un mes después de que dejaste de correr. Lo ideal sería reposar treinta días, pero quién puede. Ni los profesionales lo hacen. El cuerpo está cansado, sin embargo la cabeza necesita seguir entrenando. Además, el lunes tengo alumnos a la mañana. En verano y otoño, entreno gente. En invierno, trabajo en las pendientes como sillero o auxiliar de pista: siete u ocho horas arriba del cerro, y después bajo y salgo a correr.

Mañana, voy a andar un rato en bicicleta para hacer circular la sangre mala y sacar el torrente de ácido láctico que se generó por tanto desgaste.

Hasta hoy, el cuerpo estaba tranquilo. De golpe, se movió todo y luego otra vez la quietud. Un temblor, como los que hubo acá en San Martín de los Andes hace pocas semanas, sólo que interno pero con las mismas consecuencias.

Temblor de músculos y de venas, que cuando llega la calma terminan de desmoronarse.

8 horas 17 minutos

Publicado: 9 julio 2010 en Federico Bianchini
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Me llamo Damián Blaum. Tengo 28 años, y descalzo mido un metro setenta y seis, desnudo peso setenta kilos, y por así decirlo ahora estoy desnudo, acostado boca arriba, hablándole a la oscuridad en esta pieza de hotel. Un viejo maestro, Claudio Plit, que fue cuatro veces campeón del mundo, siempre decía que si la noche antes de una carrera uno logra mantener el cuerpo en posición horizontal y los ojos cerrados durante más de cuatro horas, tiene que estar agradecido. Pero miro el reloj, son las cinco menos cuarto de la madrugada, sólo dormí dos horas, y a las siete menos diez tengo que levantarme. En un rato arranca la carrera.

Muchas veces sueño con que llego primero a la meta. Otras tantas, con que me quedo dormido y me pierdo la largada. Ahora trato de no pensar. Intento no volverme loco. No es fácil. La semana pasada nadé desde Santa Fe a Coronda, 57 kilómetros. Nadé sin parar durante siete horas y el cuerpo lo siente.

Ayer llovió. Hoy, el río está muy alto. A pesar de lo contradictorio que puede sonar el calificativo para una carrera de 88 kilómetros, va a ser una carrera rápida. Habrá que esperar y ver qué pasa, arrancar tranquilo, percibir cómo se van dando las cosas, acomodarse y, recién ahí, pensar en atacar. Quizás llueva. Hace unas horas, en la charla técnica el prefecto dijo que si hay tormenta y mucho viento la carrera no se hace. Espero que no se suspenda. Es dura, pero me cae bien. Vuelvo a mirar el reloj. Pienso en el tiempo que me queda para disfrutar este relajo. Trato de dormir. Y duermo.

Largada

Domingo. Nueve cincuenta y cinco. El agua del Paraná está un poco mejor que la semana pasada, pero sigue caliente: veintitrés, veinticuatro grados. Y eso que todavía es temprano y el sol aún no quema. Me siento más cómodo en agua fría.

Estamos todos, los 21 nadadores, en una misma línea. La veo a Esther, mi novia, que también compite. Le sonrió. Espero que hoy le vaya bien. Nos avisan, vamos a largar. Explota la bomba y nadamos.

El plan de carrera es estar tranquilo, ver qué hacen los demás y, después, a medida que me sienta bien, ir incrementando el ritmo. Recorremos 40 metros en contra de la corriente, hasta una boya, y luego giramos con el río a favor. En segundos, la largada, el barco donde hicimos la preparación, la gente que aplaude, desaparecen. El río está rápido en serio. Va a ser una carrera corta.

Las primeras cinco horas hay que pasarlas, como sea, con el menor desgaste posible. Mantenerse relajado, divertirse dentro del primer pelotón. Salvo excepciones, las carreras se definen en los últimos minutos. Lo peor viene al final.

Una hora veinticuatro minutos

No tengo ojos. Cuando estoy en el agua, mis córneas son las de Gustavo Langone, mi guía, que va en un bote, ahora a mi derecha. Igual, veo: sé dónde está el alemán, detrás de mí, el italiano y el esloveno, la costa santafesina, la entrerriana, lo que falta para Brugo, pero es él quien maneja la carrera y quien decide, desde ahí arriba, hacia qué dirección tengo que ir. Además de gritar, y me grita bastante, Gustavo, o Guga como le digo, tiene una especie de pizarrón donde anota cosas que yo leo sin detenerme. Letras que quizás alguien sin experiencia no podría descifrar de un vistazo. Pero el hombre es un bicho de costumbre y yo, al agua, estoy digamos que acostumbrado.

Hice esta carrera unas cinco veces. Y antes, años atrás, por el campeonato nacional, nadé el último tramo otras siete. Conozco el terreno. Estamos en la zona del Víbora. Sigo primero.

Freno a tomar agua.

–¿Voy por acá? –grito y señalo hacia adelante.

Guga me responde, callado, con una sucesión de carteles. Escribe, me muestra, borra con un trapo, y vuelve a escribir.

Confiá en vos.

Y confiá en mí

Estás entrenado para nadar fuerte.

No para hacerle la carrera a los otros.

Sigo. Brazadas y patadas. Tac, tac, tac, tac.

Dos horas treinta y seis minutos

Van dos horas treinta y seis minutos de carrera. Lo sé por mi plan de hidratación. Cada doce minutos, Guga me da para tomar un carbohidrato puro que compramos en Alemania. Cada hora, tomo el carbohidrato mezclado con un gel que tiene cafeína. El gusto y la consistencia cambian y yo me doy cuenta de que pasaron otros 60 minutos. Precisión. A las dos horas doce minutos, cuatro horas doce minutos, seis horas doce minutos como, además, un pedazo de banana. Comer sirve para orientarme temporalmente. A las dos horas treinta y seis, cuatro horas treinta y seis y seis horas treinta y seis, tomo un ibuprofeno. Por reglamento el nadador no puede tocar al bote ni a su guía. Para evitar sospechas, me acerco, abro la boca y Gustavo, como si alimentara una orca, trata de encestarme en la garganta.

Pasamos Brugo, hay que cambiar de orilla. Nado por el medio del río. El alemán y los dos italianos prefieren ir más cerca de la costa. Estoy primero. La jugada viene bien pero en un momento, al cruzarse de margen ellos agarran una corriente y aparecen cien metros delante de mí. Mierda. Tengo que desgastarme para ir a alcanzarlos. Ellos trabajan juntos, yo vengo solo. Es como en el ciclismo, siempre es preferible pertenecer al pelotón. Acelero y llego, pero cansa y ahora tengo que recuperar. El río está sembrado de camalotes.

Cuatro horas doce minutos

Somos cinco en el primer pelotón. Yo, el alemán Studzinski, los italianos Valenti y Volpini y el esloveno Rok, en ese orden. Me siento bien. Voy a probarlos. Meto cambios de ritmo, piques cortos. Dos o tres minutos fuertes, les sacó quince metros, y relajo. Cuando se me acercan: dos o tres minutos fuertes, les sacó diez metros, relajo. Si les jugás a nadar tranquilo, algunos se agrandan, piensan que mandan ellos. Y se equivocan.

Cartel: creo que el cambio les está rompiendo las bolas.

No les va a ser fácil. Ahora, en el primer pelotón, sólo somos cuatro. Rok, el esloveno, quedó atrás. Mientras nado, meo. No necesito frenar.

Siete horas

Pasamos Villa Urquiza. Voy segundo. En la ribera, gente que aplaude. Faltan veintidós kilómetros, dos horas de carrera. Cruzamos el río, desde la costa entrerriana a la santafesina. Los tríceps, las piernas, se me empiezan a acalambrar. El cuerpo grita. Mientras tomo la bebida, dos segundos, trato de patear un poco de pecho, como las ranas, porque los músculos me duelen todos. Los que usé, mucho. En los otros tengo una sensación extraña, no es dolor, no es cansancio. Es una especie de entumecimiento, los dedos acalambrados. Trato de estirarlos, de hacerlos sentir vivos.

El cuerpo pregunta qué carajo pasa; el estómago se desconcierta: ¡Bebida, bebida, bebida, Coca Cola, banana, ibuprofeno! Se preocupa, pasa a ser un estómago angustiado y quejoso: ¡Qué me están dando hijos de puta, me va a agarrar una úlcera enorme!

El alemán está 80 metros delante de mí. No lo puedo seguir. Los hombros. Hay viento y muchas olas. Atrás tengo a los italianos, Valenti y Volpini. Me pregunto si estarán trabajando juntos para alcanzarme. La semana pasada salí cuarto en Santa Fe. No puedo salir cuarto de vuelta. Los hombros. No trabajé tanto para salir cuarto. Tengo que seguir a Studzinski.

Guga me grita que no baje los brazos. “¡El otro está tan cansado como vos, seguí, seguí, seguí, huevo, seguí, seguí!”, me dice. Puteo. Nadamos seis horas y media, esto parecía una pileta y ahora, en el momento más importante, empieza a haber olas. Quién mierda me mandó a hacer esto.

Cartel: No te entregués, los tanos siguen luchando.

Están atrás. Puedo. Los hombros. Le pido a Guga que me dé algo que me levante, que me saque de este pozo en el medio del río: Carbohidratopotasiomagnesio. Si a mí me duele, a ellos, a todos ellos, debe estar doliéndoles el doble, o el triple, o más. Sé cuán entrenado estoy. Lunes, martes, jueves y viernes, a la mañana y a la tarde: cinco horas por día en el agua, una de gimnasio. Puedo. Nado en aguas abiertas desde los seis años. Puedo. Me gusta, es mi trabajo y, como otros llenan planillas sentados detrás de un escritorio, me gano la vida con esto.

Los hombros. Siento que estoy nadando dentro de una armadura. Me duelen los hombros. Sin embargo, lo tengo claro, el dolor pasa. Pasa y después viene la gloria. No voy a sentirme bien, pero dentro del cansancio, voy a acostumbrarme. Si lo supero, voy a estar más fuerte. Y puedo superarlo.

De a poco, el bajón se va. Duele todo, pero me siento bien, y sigo.

Ocho horas doce minutos

El sol me da de frente. Sólo veo sombras y, a lo lejos, los edificios de Paraná. Más cerca, botes. Botes con gente que me grita que siga, que falta poco, que ya lo alcanzo.

En otros lugares del mundo, corro más tranquilo. Acá, en la Argentina, durante las tres semanas previas a la carrera sólo escucho: ¡Vamos que el domingo hay que ganar!, ¡Vamos que el domingo es tuya, campeón! Aliento, que indirectamente te presiona. Ayuda, aunque es más difícil.

A Studzinski no lo veo pero Guga está desesperado mirando adelante y grita: dale, boludo, seguí que lo tenés. Y si Guga está así, lo conozco, falta poco para alcanzarlo. La gente está eufórica. Gritan todos. Y hay un bote, a la izquierda, con unos flacos que tocan bombos. Guga escribe en el cartel: Apretá los dientes y buscá.

Si uno nadara bien, las piernas no se tocarían. Pero después de horas, cansancio, olas, ya no responden como uno quisiera y chocan entre ellas. Igual que los brazos. La cara contra el cuello. Me afeité al ras pero la barba, que no se ve pero existe, raspa continua y lastima.

Freno a tomar la bebida y una mujer, desde una lancha, larga un grito desgarrador, ¡Vaaaaaaamos Damiaaaaaán!, como si su vida dependiese de esto. Tiro el vaso hacia atrás, queda flotando, solo, en el medio del río, meto la cabeza bajo el agua y arranco. Saco fuerzas de donde no tengo y trato de llegar. Lo veo a Studzinski, quieto y con cara de dolor: el hombro no le da más. Adelante, la meta. Al verme, acelera. Nos cuesta. Seguimos juntos hasta el andarivel. Sólo faltan unos metros. No pienso en nada. Tampoco entiendo. Después de ocho horas, quién puede entender. La placa. Escucho a la gente, los gritos, el aguante, y quiero llegar a la placa. Y muevo los brazos, falta poco, las piernas, y Studzinski va quedando unos metros atrás, toco la placa. Me paro, llegué, gané, lo hice, siento un calor que me sube desde el estómago y vomito con fuerza.

Estoy sentado en un banco de la carpa de rehabilitación, con mi abuelo al lado, intentando bajar las pulsaciones. El primer pensamiento que te pasa por la cabeza después de tocar la meta es: no vuelvo nunca más. El río, a veces, es cruel. De Villa Urquiza hasta acá, nos trató mal. Apenas llegué, algunos periodistas me preguntaron cómo estaba. Cuando les dije que mareado, muy dolorido, realmente me siento mal, algunos se sorprendieron. No deberían, aunque sé que, sin haberlo vivido, es imposible entender cómo se siente uno después de nadar durante más de ocho horas. Quizás, se me ocurre, para que entendieran habría servido la frase que le dije a mi abuelo en la llegada, cuando lo abracé, después de tocar la placa y de que entre tres o cuatro tipos me sostuvieran, no podía mantenerme en pie, no podía parar de vomitar, estaba extenuado: “Las mil putas que los parió, me duele todo el cuerpo”, le dije.

Una noche más

Boca arriba en la cama del hotel, las piernas y los brazos flojos, el aire acondicionado a full. Ya está. Ya pasó, pero son las tres de la mañana y todavía tengo los ojos abiertos. El éxito es efímero: la premiación, las repercusiones en los diarios, el reconocimiento, las felicitaciones, los abrazos; que la gente te quiera sacar fotos no es poca cosa en un país tan futbolero. Pero no hay que flotar. En un abrir y cerrar de ojos, te golpeás contra la pared y así como te fue bien, te puede ir como el culo. Me cuesta dormirme. El cuerpo sigue en el río. Todavía está ahí. Los hombros, la piel, los músculos, las piernas, el cuello, los brazos. Duelen.

Fabiana, la encargada de prensa del equipo Minardi, queda muda unos segundos. Hablando en lenguaje de chat, su cara se transforma en ese emoticon con la boca llena de curvas. Cuando sale de la sorpresa me devuelve la pregunta:

-¿Quieres entrevistar a Robert Doornbos?

Aunque en realidad, por su forma de preguntarlo, la traducción más exacta sería: ¿De verdad quieres entrevistar al perdedor de Robert Doornbos?

Hoy es viernes en los suburbios de São Paulo. Dentro del Autódromo José Carlos Pace, en honor del ex piloto brasileño y conocido popularmente con su antiguo nombre de Interlagos, es el día de pruebas para la carrera del domingo. Por la zona de paddock, donde se pasean mecánicos y periodistas y modelos y gerentes de las empresas auspiciantes, hay tensión. Fernando Alonso pasa corriendo, arrancando de los micrófonos que lo esperan a la salida del baño. Juan Pablo Montoya camina inflando el pecho y negándose a dar entrevistas. Michael Schumacher, pese a la mala campaña, recibe una lluvia de flashes cada vez que se le ocurre caminar desde el garage de Ferrari a su camarín. Kimi Raikkonen habla de la puesta a punto mientras su mánager le cuelga la gorra de la McLaren. Niki Lauda despacha sus comentarios en directo para Alemania. En ese entorno, triunfalista y competitivo como pocos, hay corredores que se mueven sin recibir casi ninguna atención. Y hay un piloto, el holandés Robert Doornbos, el peor corredor de la temporada, al que le hacen tan pocas entrevistas que su propia encargada de prensa te pregunta si es cierto que quieres hablar con él.

-Bueno, si quieres vuelve en media hora -dice Fabiana, y la frase la balbucea en un italiano-español que saca a flote al enterarse de que la entrevista es para SoHo, para Colombia.

Dentro de la zona restringida del autódromo lo único que se habla es que Fernando Alonso puede salir campeón pasado mañana, aunque todo depende del accionar de los pilotos McLaren. El escenario, el autódromo de Interlagos, tampoco es un circuito cualquiera: aquí se corrió el primer Gran Premio de Brasil, que ganó Emerson Fittipaldi en 1973. Luego han triunfado en esta pista emblemas de la categoría, como Niki Lauda, Alain Prost, Ayrton Senna y Michael Schumacher. El año pasado fue Juan Pablo Montoya. La de este año será la primera carrera de Doornbos en Brasil.

A la media hora vuelvo al boxes de Minardi, una escudería chica que debutó hace exactamente 20 años aquí mismo, en Brasil, y que este año corre su última temporada: hace unos meses, Paul Stoddart, director de la italiana Minardi, anunció que la escudería desaparecerá el próximo año tras ser vendida en casi 100 millones de dólares a Red Bull Racing.

-Hola, soy Juan Pablo Meneses, estoy escribiendo un reportaje para Colombia y quería entrevistarte.

Doornbos sonríe. Casi siempre está riendo, mucho más que Alonso y Montoya y Kimi y Schumacher, todos juntos. El piloto de la Minardi es flaco y sorprendentemente alto para una categoría donde, al igual que en las carreras de caballos, el peso y la destreza es fundamental. Un piloto de carreras muy alto es tan raro como encontrar un tenista profesional obeso. Doornbos es flaco y tiene cuerpo de tenista. Doornbos fue tenista.

-Hice toda la carrera de junior como tenista y fui jugador semiprofesional en Holanda. Competí en varios torneos europeos. Tenía puntos en el ATP y auspiciadores. Iba camino a ser tenista, cuando se me cruzaron los autos- suelta casi de entrada, sin dejar de sonreír.

Desorientado. Nadie que llegue a ser el peor en algo tuvo siempre las cosas claras. Mientras Alonso, Montoya y Schumacher estaban a los 6 años arriba del karting, amarrados al asiento por sus propios padres, Doornbos durmió toda su adolescencia soñando ganar un Grand Slam. Cientos de noches imaginándote la bolea ganadora en la final de Wimbledon, irremediablemente te convertirán en un mal piloto de carreras.

-Hasta que un día, a los 17 años, me invitaron del equipo Williams a ver el Grand Prix de Bélgica. Acepté, porque siempre me habían gustado los autos. Después de ese fin de semana llamé a Jacques Villeneuve, que era piloto de Williams, y le dije que quería ser piloto de autos.

Dejó la raqueta colgada y, de la noche a la mañana, se largó en su aventura de ser corredor de autos. Aprendió que las curvas las debes tomar abiertas, que en el centro de la curva debes ir lo más cerca posible del pianito, que en las rectas debes buscar la parte del asfalto más limpia para agarrar más velocidad, que ojalá siempre vayas con el acelerador a fondo, que le metas, que le metas con todo salvo en contadas ocasiones donde debes bajar la velocidad. Y se largó.

Arrojo. El que no arriesga jamás llega a ser el peor de todos. Sin su ambición desmedida, Ed Wood jamás podría haber llegado a ser quien fue. Si eres cobarde, nunca serás el peor.

* * *

Hoy es sábado, el día de las clasificaciones. En el equipo de Minardi no logran entender que quiero hablar con Doornbos los tres días de carrera. Cuando me ve aparecer en los boxes, Fabiana, la encargada de prensa, me mira como se mira a los groupies psicópatas. Cada vez que me cruzo con Alejandro Burger, el periodista que transmite la Fórmula Uno en Venezuela, y le digo que sigo tras los pasos del piloto de la Minardi, otra vez me hacen sentir ese fanático obsesivo que se hace pasar por reportero para estar cerca de su ídolo. Como si nadie normal, en una actividad donde la competencia se mide hasta en microcentésimas de segundo y el ganador destapa una botella frente a tres mil millones de habitantes del planeta, pudiera seguir todo un fin de semana al peor.

-Doornbos no hizo karting de niño, y eso se nota mucho en la Fórmula Uno. Pasa que su familia es una de las más ricas de Holanda, y aquí eso influye mucho. El dinero. Pero como piloto, es bastante deficiente-, me dice Burger, antes de salir disparado tratando de entrevistar a Alonso.

Fabiana me dice que media hora después de las clasificaciones finales podré hablar con Robert.

Dentro de la pista no hay sorpresas. Alonso se queda con la Pole, segundo Montoya, último Doornbos.

El peor de la Fórmula Uno llega a la entrevista junto a su novia, Kim, una holandesa de melena rubia y anteojos de sol y escote juvenil. Los dos se ríen. No logro saber si están contentos por estar juntos, por estar dentro de la Fórmula Uno o porque alguien los esté entrevistando. Pero su alegría me contagia y, por un segundo, me doy cuenta de que en ese paddock nervioso, hipertecnologizado, con los millones de dólares paseando en las camisetas de mecánicos y pilotos, solo hay tres personas que sonríen: Doornbos, Kim y yo.

-¿Qué pasó en las clasificaciones de hoy, Robert?

-El auto no anda del todo bien, aunque anduvimos dentro del tiempo esperado. Recuerda que esto es Minardi, y no podemos competir con los equipos de avanzada. Nuestra realidad es otra.

Y la realidad de los números, fría pero certera, dice que en los 30 años de competencia la Minardi nunca obtuvo un gran premio. No solo eso, en tres décadas ni siquiera consiguieron un solo podio. Robert sí. En 1999, compitiendo en la Fórmula Opel de Inglaterra tuvo cuatro victorias. En el 2000, en la Fórmula Ford europea obtuvo un segundo lugar. En el 2002 estuvo en la Fórmula 3 alemana, donde tuvo cuatro podios. El 2003 en la Fórmula 3 europea logró siete podios. Y el 2004 corriendo en la Fórmula 3000, logró cuatro podios y pasó a ser piloto de pruebas de la Jordan. De ahí, hasta julio de este año, donde debutó como piloto de Fórmula Uno en el Gran Premio de Alemania. Ha largado en todas las carreras, aunque ha abandonado en dos de seis.

-Muy diferente el circuito del tenis al de la Fórmula Uno.

-En algunas cosas se parecen, como que hay muchos viajes y que te vuelves a encontrar siempre con la misma gente. Pero hay cosas muy diferentes. En los viajes del tenis yo andaba solo, en cambio acá estoy con 40 personas que forman el equipo. Dependo de los mecánicos, de los ingenieros, somos todos un gran equipo.

-¿Y en dinero?

-En dinero, se gana mucho más que en el tenis. Yo no, claro. Pero los pilotos de más arriba ganan mucho más que los tensitas. A mí, de todas formas, no me motiva eso.

Desinteresados. Nadie que quiera llegar a ser el peor puede pensar en el dinero como meta, ni siquiera como gran logro. El objetivo monetario es algo demasiado popular y masivo y aceptado, como para que te permitan ser el peor de todos.

Robert Doornbos nació el 23 de septiembre de 1981 en Rotterdam, Holanda, aunque ahora vive en Mónaco. En su vida diaria en las calles de Montecarlo maneja un Audi y suele jugar Fórmula Uno en la PlayStation.

-¿Cómo te sientes al quedar último en la largada?

-Bien, muy bien. Es parte de lo que esperaba. Tengo que pensar en hacer una buena carrera mañana, ya no puedo seguir pensando en mi clasificación. Además, logramos clasificar. Eso ya es un avance.

Optimismo. nunca olvidar que para el puesto del peor hay una sola vacante. Y que si te hechas a morir, puede irse de tus manos esa posibilidad. Ningún pesimista llega a ser completamente el peor.

* * *

El día final el autódromo está a tope. Varios espectadores llevan el casco más emblemático que ha tenido la Fórmula Uno, el “verde-amarelo” de Ayrton Senna: el más grande ídolo deportivo automovilístico de Brasil que tras perder el control de su Williams en la curva de Tamburello, en el autródromo de Imola, murió al estrellarse contra un muro de cemento el 10 de mayo de 1994.

Los momentos previos a la carrera los pilotos se pasean nerviosos por el paddock, seguramente pensando en mejorar sus tiempos, en lograr una buena ubicación y, es posible, sabiendo que cualquier mala maniobra por sobre los 250 kilómetros por hora les puede costar la vida.

-Nunca pienso en la muerte -me dice Robert Doornbos, minutos antes de salir.

Un periodista de Tele5 de Madrid, que lleva en directo para todo España la carrera, transmite las últimas declaraciones de Fernando Alonso antes de la largada: “No solo quiero ganar el campeonato, sino que también quiero ganar la carrera de hoy”. Al momento de la largada el ruido de los motores te aturde los tímpanos. Medio São Paulo, la ciudad de los 20 millones de habitantes y los cuatro mil rascacielos y los 600 helicópteros privados que van de un lado a otro, está atenta a lo que sucede.

Juan Pablo Montoya gana la carrera seguido de Kimi Raikkonen. Gracias a su tercer lugar, sale campeón de la temporada 2005 el español Fernando Alonso. Es el piloto más joven de la historia en conseguir el titulo. Robert Doornbos, el peor piloto de la temporada, quema el motor faltando 32 vueltas. Las imágenes muestran su boxes con humo, y Robert adentro recibiendo el gas de extintores. Y seguramente sonriendo.

Por la noche, en la discoteca Lotus del Word Trade Center de São Paulo, donde está el Hilton, hay una fiesta privada para celebrar el titulo. Los mecánicos son los que más celebran, y Fernando Alonso bromea y sonríe y se toma fotos con todos y la música va subiendo de volumen y al rato todos están en la pista, pero en la pista de baile. Afuera media São Paulo duerme, porque mañana es lunes. Algunos fotógrafos esperan afuera de la fiesta, a ver si consiguen alguna imagen. ¡Viva Alonso! Gritan en mal castellano los alemanes, los franceses, los ingleses, los brasileños. Primera vez que un campeón viene de España.

-¿Cuál es tu sueño en la Fórmula Uno?- le pregunté a Robert tras la carrera, mientras en las pantallas del paddock mostraban a Montoya y la bandera colombiana flameando al compás de su himno.

-Llegar a ser campeón. Alonso también partió en Minardi. Yo creo que si tuviera un buen auto, podría estar mucho más arriba y pelear el título. Esperemos que el próximo año, ahora que se acaba Minardi, pueda fichar por un buen equipo.

Soñador. Sin sueños, nunca serás el peor. Y para llegar a ser el peor de la Fórmula, Doornbos primero cumplió su sueño de ser piloto. En la fiesta final, donde Alonso abraza a sus mecánicos, y los mecánicos a unas promotoras, Robert Doornbos no se aparece. Y nadie lo extraña. Seguramente el holandés está con Kim, celebrando que ha vuelto a correr una carrera. O que sigue vivo. O tal vez, lo más seguro, planificando su segundo sueño: ser el mejor.

Dakar sin rally

Publicado: 22 enero 2009 en Juan Pablo Meneses
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Dakar es un rally, que por estos días recorre Argentina y Chile. Dakar es un negocio, que mueve millones de dólares en auspicios y se trasmite a medio mundo. Dakar es una marca, que los consumidores de vehículos asocian a las 4×4. Y Dakar, esto parece conocerse un poco menos, es el nombre de una ciudad africana. Así se llama la capital de Senegal, y a pocos minutos de aterrizar aquí, un oficial de la aduana senegalesa deja un Dakar timbrado en mi pasaporte.

–¡Bienvenu à Dakar!

Llegué a Dakar en vuelo directo desde París. Apenas aterricé, detuve el cronómetro: mi primer trayecto entre París y Dakar duró 5 horas y 32 minutos. Menos de seis horas, arriba de un boeing de Air France, para unir las mismas dos ciudades que los pilotos de rally enlazaban en quince días cruzando dunas y desiertos. Un trayecto donde los jeep y motos de último modelo cruzaban a toda velocidad por aldeas de hambruna, por caseríos adonde desde hace meses no llega el agua, por territorios de dictaduras feroces y mercado clandestino de esclavos. Buena parte de la fama mundial del rally París-Dakar se debe, precisamente, a eso: a lo adrenalina que vivían los competidores europeos acelerando al máximo por entre la pobreza africana.

Eso, hasta la edición 2009, en que los organizadores del rally cambiaron Dakar por Buenos Aires.

En la capital de Senegal hay casas mediterráneas, junto al mar, y el resto es arena y casas a medio construir y sol que pega en todos los ángulos posibles. El deporte popular es la lucha, pero no esa de mentira al estilo Titanes en el Ring, sino una con golpes de verdad y sangre y dientes volando: la tapa de los diarios, cada lunes, trae la foto de algún luchador levantando los brazos. Hay vendedores ambulantes por todo el centro viejo de Dakar, y hay muchos mercados: angostos, repletos, por donde caminan los pocos turistas que llegan hasta aquí.

–Aproveche, es una oportunidad histórica –dice la mujer, en uno de los callejones del Mercado Central de Dakar. Es medio-día, y el olor a pescado corre por todo el viejo edificio. Entre esos pasadizos con puestos de artesanía, verduras, especias, zapatos y tambores, está la vendedora. Lleva un largo vestidocolor esmeralda y un turbante negro. Su local es de camisetas para turistas. Tiene de equipos de fútbol europeo: del Barcelona (con todos sus colores), la última del Manchester, del Inter y del Chelsea. También vende remeras blancas con el mapa de África en el pecho: puede ser con el continente pintado negro, o con varios colores a la vez, o con un color por cada uno de los más de 50 países africanos. Hay varios modelos diferentes de camisetas con la bandera de Senegal, que tiene los colores amarillo, rojo y verde. Hay remeras con la cara de los luchadores más conocidos, en un país donde “la lutte” llena estadios, se transmite en directo por televisión. Sin embargo, la camiseta que ella ofrece como “una oportunidad histórica”, no es ninguna de las anteriores.

–Cómprela ahora, que es de colección –insiste. Y ahí está ella, en mitad del Mercado Central de Dakar, desplegando una polera negra que dice en letras naranjas: “Rally Lisboa–Dakar 2008, categorie marathon”.

La camiseta es histórica porque hace un año, pocos días antes de largar el “Rally Lisboa-Dakar 2008, categorie marathon”, cuando estaba todo listo para iniciar la edición 30 del Dakar, la prueba fue suspendida. Todas estas camisetas, que siguen vendiendo un año más tarde, estaban pensadas para los turistas que nunca llegaron. Suspender la prueba fue un desastre, no sólo para los vendedores de camisetas. Aunque ella no lo dice, la suspensión los dejó atrapados con cajas y cajas de camisetas de una edición 2008 que nunca se corrió. Ni se volverá a correr.

–Llévela como recuerdo, ahora que el París-Dakar se va a Sudamérica– dice ella.

El fin del Dakar por tierras africanas, en beneficio nuestro, tiene más de una lectura. Los meses que siguieron a la suspensión, las principales noticias fueron trasmitidas con ojos –y por medios– occidentales. En ellas, se insistía en mostrarnos ciudades africanas sumidas en el desconsuelo por perder la competencia.

–Fue una estrategia para que se crea que es un honor que el rally se corra en tu país, pero no siempre es así. Hace mucho tiempo que hay lugares que no querían más la competencia. De hecho, la primera ciudad en deshacerse de la competencia fue París– dice el periodista senegalés Akon NGoro.

En realidad, no hacen falta muchos días en la capital de Senegal para comenzar a escuchar otras historias. Esa otra cara, que habla del rally como una máquina depredadora de paisajes vírgenes, como una tromba salpicada de accidentes y como una caravana que cruzaba el oeste de África a toda velocidad, dejando a su paso polvo, prostitución, y un gran puñado de dólares.

Hoy, como casi todos los días del año, Dakar amaneció con el cielo totalmente despejado y repleto de pájaros negros del tamaño de un gato. Después de algunos días en la ciudad uno ya se acostumbra a las familias viviendo en casas que no se han terminado de construir, en barrios donde están por llegar la luz y el agua potable, cruzando calles que están empezando a pavimentar. Dakar, como muchas otras capitales africanas, parece una ciudad habitada antes de tiempo. O como si no hubiera alcanzado el dinero para terminarla.

–Mauritania, el país donde se corrían más etapas del rally, es un país muy pobre. En Senegal la situación no es muy distinta. Y el París-Dakar, el rally París-Dakar era una caravana con mil mecánicos con dólares en los bolsillos, que se sentían dueños de las ciudades por donde pasaban. Aumentaba mucho la prostitución, incluso de niños, y los gobiernos no hacían nada porque el París-Dakar traía dinero– continúa Akon.

Akon es flaco y alto, como muchos senegaleses, y viene de pasar un tiempo en París como corresponsal. Estábamos en el bar del Novotel, uno de los dos únicos hoteles de cadenas internacionales de la ciudad. En el lobby del hotel de la cadena francesa se veían viejas obras de arte africano, mejor mantenidas y –según Akon– más valiosas que todo el patrimonio del alicaído Museo Nacional de Senegal.

En Mauritania, el país donde se corrían más pruebas del rally, los ingresos por la competencia llegaban a representar el 15 por ciento del PBI del país. Aunque en países tan pobres esa cifra no signifique casi nada.

–Se la puedo dejar en cinco dólares –dice ella, mientras de los puestos vecinos se asoman para ver si finalmente me venderá o no la camiseta del Dakar 2008.

Senegal fue colonia de Francia hasta 1960 y en el centro de la ciudad todavía se destacan importantes edificios de esa época. Casi todas las grandes empresas francesas mantienen oficinas en el país, y en la mayoría de las playas hay casas de veraneo de jubilados franceses que pasan los tres meses de invierno europeo aquí. Jean Fernán es uno de ellos. Durante la colonia trabajó como funcionario de correos en Dakar, y desde hace quince años viene de vacaciones. Está vestido con traje de baño blanco y un gorro de KTM. En una mano tiene una botella de agua y en otra un puñado de lápices:

–Todos los días salgo a repartir lápices a los niños. Se ponen felices. Con mi mujer traemos varias cajas. Aquí la gente no tiene nada, es muy pobre, pero es tan alegre, tan agradecida.

Jean me dice que la gorra de KTM se la regaló un mecánico francés, el año pasado. KTM es uno de los equipos fuertesen el rally mundial. Le hablo del nuevo Dakar, por rutas de Argentina y Chile:

–Mirá, no es que quiera hablar contra Sudamérica, pero te digo que cuando el rally se corría aquí, el cariño de la gente era impresionante. En todos los pueblos los salían a saludar,
y en las ciudades los niños corrían para ver a los pilotos. Estoy seguro de que ese cariño tan fuerte no lo van a sentir ni en Chile ni en Argentina.

Aunque en la memoria colectiva el rally sigue siendo conocido como el París-Dakar, hace muchos años que la maratón de motores que cruzaba el desierto africano no partía desde la capital francesa. Hasta 1994, la carrera fue fiel a la ruta original. En los últimos años la partida ha variado entre ciudades europeas como Granada, Marsella, Barcelona o Lisboa. Era precisamente desde Lisboa, en Portugal, de donde debía largar la versión número 30 suspendida por amenazas de terrorismo. Un par de informes de espionaje, donde se hablaba de Al Qaeda y el sabotaje a los competidores y coches bombas y posibles secuestros de pilotos, determinó la suspensión de la edición 2008 y el traslado para Sudamérica.

La prueba fue fundada en 1979 por Thierry Sabine, un piloto francés que se extravió por el desierto africano y que a partir de entonces decidió que su experiencia se tradujera en el rally más duro e inhóspito del mundo. En pocos años, el pequeño rally trazado en forma casi amateur se fue convirtiendo en la megaempresa que es hoy. Las grandes compañías de motos y autos inyectaron millones de dólares en llegar primeros a la meta, y las pérdidas publicitarias por la suspensión alarmaron a los gerentes de las empresas mucho más que a los habitantes de Dakar.

–Me gustaba verlos llegar. Era una alegría, pero que duraba muy poco. Apenas dos o tres días, y nosotros vivimos aquí todo el año. Es triste que no venga más, pero para nada nos cambiará la vida, como dicen –explicó la jefa de reservas de uno de los hoteles donde descansaban los deportistas al final de la prueba, en la zona de Ngor. A pocos metros de nosotros está el monolito con la fotografía de Thierry Sabine, que murió durante el rally de 1986 cuando se estrelló el helicóptero en el que seguía la competencia.

Senegal es conocido en el mundo por el rally París-Dakar y, en otros círculos, por ser el país de Youssou N’Dour: elcarismático músico africano que hace veinte años vino a la Argentina para el recital de Amnesty Internacional. Hoy el músico lidera una campaña para promover el microcrédito en Senegal, y el año pasado la revista Time lo nombró como una de las 100 personas más influyentes del mundo. Youssou N’Dour es alto, usa anteojos modernos y una polera que dice “Africa Work”.

–No me gustaba el rally. No quiero referirme al tema de la suspensión, pero no me gustaba –dice, en una rueda de prensa de Birima, su proyecto destinado al microcrédito–. No me preocupa lo que vaya a pasar con los competidores, ni adónde se van a ir. Me preocupa la gente que perderá dinero, que perderá trabajo por el fin del rally. Quiero que esa gente que ya no tiene el rally busque nuevas alternativas de trabajo. Tenemos que llegar a ellos, y creo que si fomentamos el microcrédito, ya no vamos a tener que depender tanto de este tipo de cosas.

Hace tres años, 24 organizaciones no gubernamentales y ecologistas suscribieron e hicieron público un manifiesto donde pedían la suspensión del rally. Acusaban a la prueba de ser una millonaria comitiva publicitaria por el continente de la pobreza y criticaban el impacto para la zona de una caravana forma-da por cientos de vehículos todoterreno, especialmente arreglados para altas velocidades. Camionetas, jeeps, motos y camiones que con su cargamento de combustibles, aceites, carburantes, neumáticos y pinturas, destruían sistemas de dunas, pasaban a llevar vestigios arqueológicos y dejaban sordos a los camellos acostumbrados a la soledad del desierto.

–Es una buena compra –dice la vendedora, cuando le paso los cinco dólares, y antes de entregármela mete la polera negra del Dakar 2008 en una bolsa blanca que dice Senegal.

–¿Vendés muchas?

–Se venden, porque van a ser de colección. Pero creo que tardaré un par de años en venderlas todas.

Es un misterio qué sucederá al final del primer trazado del Dakar por Sudamérica. Aquí en Dakar, el primer rally fuera de la ciudad más bien se ignora. Para los contrarios a la competencia, su ausencia no genera mayores problemas. Para los seguidores, Dakar seguirá siendo el emblema de cualquier competidor de rally del mundo. Aunque sea un piloto amateur.

–Venimos de Costa Rica. Somos 14 amigos, que hicimos el recorrido del París-Dakar –dirá mañana Rodolfo Carboni, uno de los pilotos de una caravana amateur, con el entusiasmo de cumplir el gran sueño: llegar en moto hasta el verda-dero Dakar. Me mostrará fotos del cruce por Mauritania, las ruedas gastadas de la moto y sus manos endurecidas tras cruzar por el desierto de dunas. Me dirá que gastaron unos 15 dólares cada uno, que contrataron a un camión asistente en Italia y que hay muchos pilotos amateurs que siguen recorriendo esta ruta. Contará que él recorrió Argentina y Chile en moto, hace unos años, pero que no tiene comparación con esto. Me dirá que lo de Argentina y Chile es un paseo, y que todavía no puede creer que llegó en moto hasta la mismísima Dakar.

Mientras me lo cuente, se acercarán dos niños africanos a pedirnos dinero. Pero eso sucederá mañana, porque ahora estoy en el Mercado Central de Dakar, recibiendo una polera del Dakar 2008, mientras ella se guarda los cinco dólares y se pone a mirar de un lado a otro del pasillo, esperando que aparezca otro posible cliente, ojalá un nostálgico del rally a quien poder venderle otra de estas camisetas del último Dakar.