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Al penal La Esperanza se entra por la biblioteca. Un oscuro patio de columnas, encharcado y maloliente, que tiene al fondo las puertas oxidadas de dos celdas gemelas, sin estantes, libros ni bibliotecario, literalmente atestadas de hombres sin camisa sentados en el suelo. Un pasillo lateral conduce al núcleo central de la cárcel, que se divide en sectores separados por muros, pasillos laberínticos y puertas enrejadas. El ligero olor a detergente no logra ocultar otro, más denso, a alcantarilla. Todo el penal huele, siempre, día y noche, a tierra, basura y años de humedad. No importa las veces que se desinfecten los suelos ni cuánto froten los reos con agua enjabonada las baldosas rotas o los muros de hormigón; el aliento del penal La Esperanza, al que todos llaman Mariona por el cantón San Luis Mariona, del municipio de Ayutuxtepeque, en el que está clavado, apesta a abandono.

Son las 8 p.m. Por la noche, cuando ni el sol ni el ruido confunden los sentidos, los olores de la cárcel son más agudos y perceptibles. Sobre todo en la biblioteca, la antigua biblioteca convertida desde 1996 en módulo de aislamiento.

Atravieso el patio encharcado tratando de no pisar esas bolsas de plástico rellenas que hay esparcidas por el suelo y me acerco a una de las celdas. La de la derecha. Los presos sentados más cerca de los barrotes me devuelven el saludo con timidez o desinterés, pero al saber que soy periodista me escanean con la mirada y se convierten rápidamente en un coro de personas volcadas sobre una reja que denuncian lo evidente: que viven en condiciones medievales.

Se quejan de la falta de agua y sol, de la humedad que lo penetra todo, de la comida insuficiente y de la lenta atención médica, de los ratones y cucarachas, de la falta de camas. Me muestran los cartones sobre los que casi todos duermen en el suelo, porque en la celda solo hay una hamaca y un camarote con dos colchones. Algunos aprovechan para revelar supuestas injusticias en su condena o para reclamar mejor atención médica. Otros me preguntan a qué equipo de fútbol apoyo. Los que en la esquina derecha ocupan el solitario camarote, callan. Son los veteranos que saben que, en un sistema penitenciario como el salvadoreño, con 25 mil reos en 19 cárceles que solo tienen camas para 8 mil, pedir a un periodista que te cambie la vida es como echar una moneda en una fuente.

Separado de él por la puerta enrejada, escucho la historia de Douglas, un joven nicaragüense de 25 años que ya ha pasado por cuatro cárceles en El Salvador y que está en aislamiento -si a estar con otras 22 personas en una celda se le puede llamar aislamiento- porque reos de otro sector de la cárcel, el 3, le robaron la ropa y los zapatos hace un mes y le amenazaron con matarlo si les denunciaba. Les denunció, y por eso las autoridades lo esconden en una celda de la biblioteca.

Al cabo de un rato agachado tomando notas, las piernas se me duermen y me levanto para estirarlas. De inmediato se pega a mi rostro una máscara asfixiante de sudor, orina y calor. Son los olores que despiden los 23 cuerpos apiñados en esta caja de tres por cuatro metros. Me mareo. Apenas estoy a un metro y medio de altura, pero los gases buscan el techo y me hacen difícil respirar. Me avergüenza, pero siento náuseas.

Antes de volver a agacharme en busca de oxígeno, entre los barrotes veo a un hombre que se acerca a la pared del fondo y orina en un ancho tubo de plástico hecho con botellas vacías encajadas unas en otras. El artilugio da a un pequeño sumidero en el suelo. Permite a los presos orinar de pie y evita más suciedad.

En la otra celda no hay sumidero, ni artilugio. A un metro de distancia, a mi izquierda, un preso saca un brazo por la puerta, agarra una botella de plástico del suelo, la destapa, se apoya contra los barrotes, saca el pene de su pantalón corto y, con pericia aprendida, orina en la botella. Al terminar, la tapa y la deja de nuevo en el suelo, con las otras. 20 botellas con orines de diferentes tonos de amarillo cercan por fuera la puerta de la celda. La misma puerta enrejada en la que tres veces al día les entregan la comida.

Por ser celdas para reos problemáticos o amenazados de muerte por otros internos, los hombres de la biblioteca solo tienen derecho a salir al patio 10 minutos por la mañana y 10 minutos por la tarde. Justo antes del desencierro de las 6 a.m. y poco después del encierro de las 6 p.m., para no coincidir con los demás. 20 hombres encerrados día y noche sin urinario.

—¿Y dónde cagan? —pregunto.
—Uno trata de educar el vientre para ir al baño en los ratos que nos dejan salir —dice Douglas.
—¿Y si no?
—Si no, como en esta celda no hay letrina, cagás en una bolsa y la tirás al patio.

Ahora sé qué hay en las bolsas plásticas del patio encharcado.

Los hombres de la otra celda reclaman mi atención. Piden contar también su historia. Bromean. Unos desean que hable con el gobierno para que les saque de aquí; otros que les consiga una chica. Cuando al cabo de un rato me despido de todos ellos y me alejo, vuelven poco a poco al silencio y a dejar caer los minutos a la espera de una razón para dormir. La cárcel más grande de El Salvador, La Esperanza, Mariona -o Miami, como la llaman a veces sus 5 mil internos-, en teoría está en letargo desde hace más de dos horas.

* * *

El despacho del comandante Mundo es rudimentario y limpio. No tiene recuerdos ni fotos familiares. Parece el lugar de trabajo de alguien que está de paso, o que está acostumbrado a la austeridad. Tal vez sean las dos cosas. Por un lado, Mundo fue militar; por otro, el empleo de subdirector de seguridad de Mariona -un penal con largo historial de sangre- no es un trabajo para toda la vida.

Cuando, meses atrás, me presenté en este despacho con un permiso especial de la Dirección General de Centros Penales y del director de Mariona para visitar periódicamente la cárcel durante la noche, Mundo -diminutivo de Edmundo- se mostró extrañado. La cárcel no suele tener más visitas que las de los familiares y abogados de los presos. Además, por las noches aquí, supongo que pensó, todo duerme y no hay mucho que ver.

A los sectores 2 y 3 del penal de Mariona se accede por un pasillo interior protegido por alambre razor y desde hace unos meses controlado con cámaras de vigilancia.

El fotógrafo Pau Coll y yo opinábamos lo contrario. Las 12 horas que dura la noche de los presos, las 12 horas que pasan cada día comprimidos en sus celdas, son las que dan verdadero significado a la palabra hacinamiento, que se ha convertido ya en cliché cuando se habla de las cárceles salvadoreñas. “Hacemos esfuerzos para mitigar el hacinamiento”, repiten los funcionarios, que tras esa palabra de cinco sílabas esconden las posturas corporales, olores, temperaturas y roces de pieles de 5 mil hombres habitantes de una cárcel diseñada para 800. El hacinamiento genera sus propias rutinas, enfermedades y leyes. Pau y yo queríamos acercarnos a las lógicas internas de esa vida en sociedad apartada de lo que los hombre libres llamamos sociedad.

Hubo un tiempo en el que esta pequeña sociedad de Mariona se gobernó a machetazos. Por las puertas del penal, en los años 90, salían cadáveres y heridos todas las semanas. Las bandas peleaban entre sí para controlar el mercado interno de drogas y el favor de las autoridades corruptas. Ahora, te aseguran los internos más veteranos con el orgullo de los sobrevivientes, ya no es como antes. Está todo más tranquilo. Eso dicen.

Aun así, Mundo se acaricia la quijada perfectamente afeitada cuando le digo que queremos asistir al encierro de las 6 de la tarde. Se reacomoda en su vieja silla de oficina y parece dudar. Con su marcado acento de San Miguel, una ciudad al oriente del país –su voz recuerda constantemente a la de los viejos discursos de Roberto d’Aubuisson-, me dice que el encierro es uno de los momentos más complicados para los custodios. Y por complicado debe entenderse peligroso. Especialmente en los sectores 2 y 3.

* * *

El sector 2 de Mariona tiene una población de unos 2 mil presos y camas para menos de mil. Durante el día, si no llueve, su patio es un denso ir y venir de cantos de alabanza, partidos de fútbol, tareas de limpieza y lavandería y, sobre todo, espera. La teoría dice que el sistema penitenciario ofrece talleres, escuela primaria y bachillerato a los presos que lo desean, pero lo cierto es que no hay cupo para todos y en los talleres cada cual ha de comprar su propia materia prima, sea madera, hilo o pintura. Los talleres son, en Mariona, cosa de solo unos pocos. Alguno que otro monta en el patio su propio negocio de reparación de calzado o de corte de pelo, pero la mayoría invierte el tiempo en la nada, en esperar los horarios de comida y el ceremonial encierro de las 6 p.m. en el que cuatro custodios asumen la responsabilidad de que 2 mil hombres se metan por grupos de 30 o 40 en celdas para 16, como si en Mariona, por arte de magia, cada noche la pasta dentífrica volviera a entrar en el tubo.

Es martes y rondan las 5:30 p.m. Se abre un candado y accedemos al patio del sector 2. Junto a la puerta, un enorme montículo de basura y restos de comida fermentados al sol nos dan la bienvenida. En teoría los deshechos de cada sector se recogen una vez al día, pero hoy no hubo recogida.

Decenas de reos nos miran curiosos y forman un pasillo. La ley establece que los presos que tienen condena han de estar separados de quienes esperan juicio o sentencia, y que debe haber espacios diferenciados por tipo de delito, grado de reincidencia, etcétera. En Mariona no hay sitio para esos remilgos. El sector 1 es para la fase de adaptación de los recién llegados y el 4 uno de muchos espacios reservados para aislar a los más violentos, pero el 2 y el 3 son dos crisoles confusos de delitos e historias. En este patio hay desde estafadores de unos cientos de dólares hasta asesinos múltiples; desde ladrones de relojes encarcelados por primera vez hasta líderes de bandas de secuestradores que ya suman tres ingresos en prisión.

Camino al edificio de dos pisos en el que están las celdas, pasamos junto a los lavaderos, que están flanqueados por dos hileras de cubículos sin puerta. Son las letrinas. No es necesario que nadie lo diga, pues el hedor las delata. Una cabeza asoma de una de ellas, para averiguar el por qué de la inusual algarabía que nos acompaña. Aunque se acerca la hora del encierro, la cena, que en teoría se sirve a las 5, aún no ha llegado y la mayoría de presos está en el patio.

“Tampoco hubo agua en todo el día”, dice Carlos, uno de los presos que hace funciones de coordinador del sector, y que hace un minuto ha cumplido con el ritual de autorizar nuestra entrada al recinto, lo que significa, en el fondo, que La Raza, la organización de reos que manda en este sector, garantiza nuestra seguridad.

* * *

Justo antes del encierro se reparte la cena, que hoy incluye frijoles y huevo de soya. En una de las celdas del sector 2 los internos ponen su recipiente en el suelo y esperan su ración.

—Eran las 9:30 o 10 de la mañana. Nos rodearon como 10 babosos, así con corvos. Pero en serio… Y otros se pusieron rodeándonos así, al otro lado, y a mi compañero dos lo agarraron de aquí, de la nuca, de las manos, y le pusieron un corvo en la espalda. Y le dijeron: “Danos el celular”.

Es miércoles y el patio principal del sector 3, con sus murales en las paredes, con sus porterías solitarias, tiene la calma triste de un colegio sin niños. Son casi las 9 de la noche. Hace menos de una hora que terminó el lento encierro de hoy, celda por celda, candado por candado, y uno de los custodios ha accedido a contarme un poco de lo que sabe y ha vivido aquí. Juega con las llaves en la mano. Tiene un hablar pausado y desprendido, como si todo en la vida fuera inevitable.

—Claro, nosotros lo habíamos decomisado porque es un ilícito, ¿verdad?

Ilícito es como en la cárcel llaman a todo lo que está prohibido por el reglamento interno. Se tienen ilícitos. Se cometen ilícitos. Una paliza, una violación, un asesinato. Una pistola, un cuchillo, un punzón, una porción de crack, una botella de vodka, una pastilla de jabón, un paquete de cigarrillos… Un teléfono. Los reos usan los teléfonos celulares para hablar con su familia, para que las bandas o pandillas repartan órdenes de un penal a otro o de un sector a otro, para denunciar con pequeños videos su situación, y a menudo para extorsionar a transportistas o comerciantes de todo el país. Un celular, en Mariona, es una ventana ilegal a la libertad. Hace algunos meses, el custodio con el que hablo entró al sector 3 para una gestión de rutina, descubrió por azar a un interno que hablaba por celular y le hizo entregárselo. Cuando él y su compañero salieron al patio camino de la puerta del sector, los estaban esperando.

—Nos pusieron los corvos y unos punzones. Así, ¿ve? —dice, y repite el gesto como si él mismo se fuera a apuñalar en las costillas—. Y uno no se puede querer poner en su lugar, de autoridad, en un momento así, porque… porque tiene familia uno. ¿Y cómo?

—¿Y qué pasó con el teléfono?
—Se lo llevaron de nuevo —dice, y con la mirada me repite ese lapidario “¿Y cómo?”, que se puede traducir por un “Usted no ha entendido nada todavía”.
—…
—Así nos bailaron los corvos, mire, contra el piso, que hasta les sacaron fuego.
—Ustedes no llevaban armas.
—No, así entramos. Sin arma, por si acaso.

Lógico, porque entrar al sector armado y en minoría numérica es regalar el arma. Y porque en un sector como el 3, de casi 3 mil reos, los custodios siempre están en minoría numérica.

—Uno, con la experiencia que ha adquirido, aprende a ubicarse. Porque nosotros no nos podemos poner en contra de ellos, ¿verdad? Yo sé que es mi trabajo, y si puedo lo hago…
—Usted cuando entra al sector, ¿no tiene la sensación de que está en manos de los internos?
—No es una sensación. Sabe uno que es una víctima. Si ellos quisieran hacer algo, lo hacen. ¿Y qué va a hacer uno? Por eso entrás tranquilo, sereno, con respeto, pidiendo las cosas por favor.
—Como si domara leones.
—Como si uno fuera súper especial para que no le pase nada, ja, ja. Es lo que hay.

Es lo que hay. Con las actuales cifras de presos, el número de custodios y de celdas necesarios para garantizar un cierto control de lo que sucede en los penales triplica la cifra real. Por no hablar de la compleja distribución física de los sectores, que los convierte en ratoneras y complica cualquier acción en caso de motín. Este custodio lo sabe, y su jefe también. La primera vez que me senté con el comandante Mundo a comienzos de año, le pregunté por el publicitado y aplaudido papel del ejército en la seguridad del penal.

—Ellos están en la seguridad perimetral, y nosotros en la seguridad intermedia —me dijo.
—¿Intermedia? ¿Y la seguridad en los sectores?
—Ah, no, esa depende de los mismos internos.

No quise preguntarle cómo garantiza entonces el Estado —custodios, Policía y ejército— la seguridad de los internos, porque es evidente que no lo hace. Tampoco le pregunté si él, como subdirector del penal, se sentía responsable por la rehabilidación de los presos o no, teórico fin último del encarcelamiento. Me arrepiento. Hubiera sido curioso conocer su respuesta.

* * *

Durante el encierro, en los estrechos pasillos del sector 2 cientos de cuerpos se empujan en idas y venidas, en un frenesí como de estación de trenes en último minuto. “Hay galletas, galletas”, “Sí hay chile y mayonesa”, zigzaguean entre la multitud los que venden algo. En el patio, dos parejas de jugadores ultiman sus partidas de ajedrez. Muchos presos esperan en fila pegados a la pared, junto a la puerta de su celda, a que les llegue el turno de entrar, mientras cuatro custodios, empequeñecidos y acorralados por los cientos de hombres a los que en teoría vigilan, se abren paso de una celda a la siguiente, como viejos guardallaves a sueldo cuyo cometido fuera solo abrir y cerrar las puertas de una casa ajena.

Junto a ellos, un interno, cuaderno y lapicero en mano, cuenta cabezas. Una serpiente interminable de hombres entra por la boca de la puerta. Uno, otro… 10, 11… algunos se empujan con prisa, como si en vez de a una caja de cerillas entraran a un bus que les lleva a casa. 15, 16… 22, 23… el desfile sigue, como si la celda no tuviera fondo. 30, 32, 34… Los rostros de los últimos en entrar son inexpresivos. Sus pasos, displicentes, distraídos.

Suena el candado que cierra el pestillo que cierra la puerta de hierro viejo y los custodios y el contador se mueven a la siguiente celda. El candado se balancea pesado y oscuro, serio, como si en realidad cerrara algo. La última vez que los internos decidieron no encerrarse, en noviembre de 2010, no intentaron abrir los cerrojos ni tumbar las puertas. Fue más fácil derrumbar los viejos muros junto a ellas, abrir huecos por los que podían pasar dos personas al mismo tiempo. Estuvieron 10 días en rebeldía. Entrando y saliendo a toda hora de esas celdas de puertas cerradas y paredes abiertas.

Dos hombres atraviesan la muchedumbre con cubos de plástico en cuyo fondo se adivinan un par de litros de un líquido oscuro. Es sopa de frijoles. Otros dos les siguen con recipientes en los que hay huevos de soya y arroz. Como la cena se retrasó, a la mayoría de internos les tocará cenar dentro de la celda, sentados todos codo a codo en el mismo suelo en el que duermen y con el plato en la mano; o de pie, apoyados en la pared, antes de meterse en la “cueva”, el espacio bajo las camas, donde pasarán la noche.

El proceso de reparto de comida es un ejercicio de urgencia casi animalesca. Aliprac, la empresa privada que alimenta a todos los reos de El Salvador, descarga cada día en un patio trasero de Mariona enormes bandejas y ollas con la dieta para un número preciso, que suele rondar las 5 mil personas. Después, sus empleados, con jarras plásticas o cucharones, vierten cantidades aproximadas a los enormes cubos plásticos con los que se presentan los encargados de cada sector. “Para 35”, dice un hombre, y un joven de camisa blanca le vuelca una jarra de sopa o de jugo. “Para 43”, dice el siguiente, y de nuevo el joven vuelca una jarra llena en el nuevo cubo plástico. “Para 19”, y el sentido común hace que el joven le vuelque, aproximadamente, media jarra.

Hoy, las primeras celdas se han ido cerrando y el patio está mucho más descongestionado. A un lado, un hombre se baña desnudo, a guacaladas, a la vista de todos. En otra esquina del patio, frente a la celda 16-B, los frijoles, el huevo que no es huevo y el arroz pasan a manotazos de los cubos a una treintena de recipientes de plástico de diferente forma y tamaño colocados en el suelo. Muchos son fondos de botella plástica. Las botellas de gaseosa vacías son la principal pieza de vajilla multiusos en la cárcel.

Con la mano, un hombre de unos 30 años pellizca de uno de los platos ya servidos un poco de arroz apelmazado y lo deja en otro. Después, mete los dedos en un tercer recipiente y vuelca algo de caldo de frijoles en el de al lado. Repite la operación una y otra vez, como si sus dedos grasientos fueran la cuchara de la que todos comerán, y como si tuviera en los ojos una báscula que mide los miligramos y cumple alguna lógica oculta de equitatividad o privilegio, por la que a uno de sus compañeros de celda le corresponden veinte granos de arroz más, o en aquel plato más profundo y estrecho el montículo de comida apelmazada debe ser un poco menos alto. Las cantidades en los recipientes, digan lo que digan las cifras de los informes que habrá firmado algún nutricionista, son evidentemente insuficientes para la alimentación de un hombre adulto. Alrededor del árbitro de los dedos grasientos, una docena de hombres espera con la mirada cargada de atención y hambre. Nadie se queja.

Por fin, las últimas celdas se cierran y se hace algo que parece silencio. En los pasillos solo quedan los charcos. A través de los barrotes de las puertas se ven escenas repetidas. En casi todas las celdas los internos han colgado sábanas a modo de cortinas que tratan de reservar algo de intimidad a quien ocupa cada cama y que maquillan estas mazmorras oscuras con su colorido. El olor a humedad y a orines, sin embargo, no se disipa y parece emanar de los mismos muros. Ajenos, manojos de rostros se vuelcan sobre sus pequeños recipientes de comida, con una cuchara algunos, con las manos muchos más.

Por el pasillo aparece un gato negro. En una de las primeras celdas que se cerró, dos chicos de menos de 30 juegan al parchís mientras el resto se acomodan de dos en dos en los colchones. Todos pasarán las próximas 12 horas pegados unos a otros en un calabozo en el que no hay espacio para caminar y apenas pueden estirarse para dormir. Muchos de los internos tienen enfermedades cutáneas por la humedad y la suciedad del suelo. “Sarna” es una palabra de uso corriente en Mariona. Se escucha a alguien lavarse. Desde el segundo piso llega un murmullo de alabanzas.

En medio del patio interior en el que estamos, decenas de sillas vacías se arremolinan mirando a un televisor apagado y cubierto con una bolsa negra. “Por la noche cada uno deja su asiento, porque si no, al día siguiente no encuentra lugar. Y mañana, además, hay partido”, me explica Carlos. Los cuatro coordinadores del sector se han quedado un rato más fuera de sus celdas para acompañarnos en lo que queda de recorrido.

Insisten en mostrarnos las celdas de los ancianos y las de los enfermos. Victimarios que aquí son víctimas. En las celdas de los más viejos, se amontonan hombres escuálidos malafeitados y desdentados, de ojos desorbitados. Todos tienen más de 60 años. Algunos superan los 70. Su fragilidad desgarra. Recuerda a las torturadas víctimas del genocidio nazi. Pregunto a uno de ellos por qué está aquí. “Por violar a una niña”, me responde uno de sus compañeros, sin darle tiempo a alegar. “¿Y usted?” “Por extorsión”.

En la celda de los enfermos, la 26-A, está Jaime. Tiene 38 años y cuando entró en la cárcel hace cinco años por intento de homicidio tenía las dos piernas. En Mariona contrajo erisipela, una enfermedad de la piel, muy contagiosa, que le infectó el torrente sanguíneo y acabó causándole una trombosis en el pie. Una dolencia que en teoría se cura con penicilina acabó desgarrándole la carne en una herida sangrante, y pudriéndole el hueso. Le amputaron la pierna izquierda a la altura del muslo. Ahora tiene la misma dolencia en la otra pierna. Comparte cama con otro amputado.

Jaime (a la derecha, con el rostro fuera de cuadro) perdió la pierna en Mariona, a causa de una enfermedad cutánea mal curada y comparte celda con otros enfermos y lisiados.

Contra toda lógica de atención sanitaria, en la celda de los enfermos el nivel de hacinamiento es mayor que en otras. Son 40. Los coordinadores, con un discurso que no por ser cierto deja de sonar a aprendido, reclaman que la clínica del penal está desbordada y las visitas programadas no se cumplen. Claro, por eso han creado para los más enfermos un gueto.

—Los separamos en una sola celda porque así es más fácil sacarlos si necesitan atención por las noches —explica uno de ellos.

No les creo. Si fuera así, no estarían en las últimas celdas, las más escondidas, las más alejadas de la puerta principal.

En otra de las puertas, un hombre joven me pide atención y suplica que le ayude. Dice que es inocente. En esta parte del pasillo no hay luz, pero entre las sombras veo justo detrás de él las risas de sus compañeros de celda. A medida que insiste, que cuenta que está acusado de violación, que no lo hizo, que le pregunto qué sucedió y él insiste en que lleva seis años preso sin culpa, las risas se vuelven jaleo y burlas que ya llegan desde otras celdas. “Llorá para que te crean, culero”, le grita alguien. “Yo no conocía a la chica que me denunció”, dice él. “¡Echale huevos!”, le braman desde la celda de enfrente, entre un coro de carcajadas.

Al otro lado del patio, tras otras rejas, una luz anaranjada rompe los grises de las paredes y la penumbra. Es un preso que calienta los frijoles que le tocaron en un hornillo eléctrico artesanal -una larga espiral de alambre hecha a mano y encajada en un surco en un ladrillo-, conectado a dos cables sucios que suben por la pared y terminan en la única bombilla de la celda.

Las autoridades han intentado retirar los enchufes de las celdas para que los reos no carguen sus celulares, pero es un esfuerzo absurdo en una cárcel con muros frágiles, a no ser que decidas quitar cualquier luz eléctrica y el televisor colectivo. Los techos de Mariona están plagados de agujeros por los que asoman manojos de cables viejos y despellejados. Las lámparas de los techos son simples bombillas que se bambolean cuando hay viento, y que los mismos presos han de sustituir cuando se funden. “Si se estropea el foco de una celda lo pagan entre los de la celda. Si es de un pasillo, entre todo el sector”, me explica Carlos. “En la ferretería del penal nos venden los focos a 4 dólares cada uno. ¿Y sabe cuánto cuesta uno allá afuera?” Sí, uno de 100 watts cuesta 45 centavos.

La Ley Penitenciaria prohíbe que los internos tengan aparatos eléctricos, así que el hornillo es un ilícito, pero el custodio que nos acompaña lo mira sin atención y no dice nada.

—¿Qué tal es la relación con los “charlis”? —pregunto a Emilio, otro de los coordinadores. “Charlis”. Así llaman los internos a los custodios.
—Con ellos no hay problema. Solo con alguno que tenga un modo raro.
—¿Y con los nuevos?
—Ah, los nuevos todos vienen raros.

Los nuevos son los que durante este último año han salido de la reestructurada Escuela Penitenciaria, para sustituir a los cientos de custodios despedidos desde que Douglas Moreno asumió el cargo como director general de Centros Penales. En algunos penales, como el de máxima seguridad de Zacatecoluca, mandó a su casa a todos de una sola vez, porque concluyó que todos eran culpables —o en el mejor de los casos cómplices— de la corrupción en el penal.

Le pregunto al custodio que nos acompaña cuánto tiempo lleva en este trabajo. Seis años. Parece que es de los que no da problemas, de los que cumple las normas… de los presos. Cuando salgamos del sector, su noche por fin podrá ser tranquila.

* * *

Uno de los dos patios interiores del sector 2, que alberga actualmente a 1.881 reos civiles. Solo en la planta baja residen 937 presos en 30 celdas.

Limpiar los patios y las celdas, recoger y servir la comida, lavar los trastos usados, ayudar al encierro, vocear por los pasillos la lista de reos que tendrán audiencia judicial o cita en la clínica al día siguiente… Las tareas rutinarias internas de Mariona se desarrollan con un ritmo y orden casi mágicos, con reos que trabajan para el colectivo con una aparente espontaneidad que remite de inmediato a la precisión de los ires y venires de las hormigas en el hormiguero. Y cuesta creer que sea solo el instinto y la solidaridad la que lo impulsa. En una jungla de cientos de hombres con diferentes fuerzas, motivos y límites morales, el espíritu de comuna que los coordinadores exhiben en la visita guiada resulta teatral.

Recuerdo un diálogo sostenido a inicios de año con un coordinador del sector 3, acerca de sus funciones y del mantenimiento del orden entre los reos. Le pregunté quién elige a los coordinadores y me dijo que los propios internos, en votación. Le pregunté cómo evitan que los rencores acaben -como ocurría hace apenas una década- en continuos ajustes de cuentas y cadáveres, y me quiso convencer de que la vida, incluso en Mariona, es paz y amor.

—Los internos obedecen más a otro interno que a la seguridad del penal. Ostentar un cargo de coordinador en medio de 2 mil o 2 mil 500 personas no es fácil, pero el respeto se gana siendo transparente, siendo correcto, siendo honesto, y no inclinándote por este o aquel, aunque sea tu amigo.
—¿Y si alguien se sale de orden?
—Ehhhh… la situación aquí es dialogando, es dialogando.
—Entenderás que no te creo…
—Ja, ja, ja, ja, ja.

Lo dice el sentido común, lo dicen los funcionarios de prisiones, pero sobre todo lo dicen los reos cuando logras hablar con alguno aparte, en confianza: los coordinadores no son los que mandan. Son internos con don de palabra, con buena cabeza y sentido del orden, que trabajan para los verdaderos líderes del sector. Por eso los coordinadores siempre trabajan por parejas y se vigilan entre sí. Ninguno habla con custodios o periodistas, ni toma decisiones, si no está presente al menos otro coordinador. Su humildad y atenciones al visitante son algo ensayadas. No están guiándote por su terreno, sino por el territorio de otros; de hombres sin nombre, invisibles. En las bandas de civiles -presos que no son de pandillas- a quienes dan las órdenes también se les llama palabreros, y en los sectores 1, 2 y 3 de Mariona, después de unos años en los que la banda de Los Trasladados amenazó su control, quienes mandan son los palabreros de La Raza.

La noche que nos acompañaron durante el encierro, a los coordinadores del sector 2 les tocó responder a la misma pregunta que hice a los del 3. ¿Cómo se garantiza el orden?

—Entre los internos tenemos un jefe de disciplina —dijo Carlos.
—¿Y podemos hablar con él? ¿Se puede saber su nombre?
—No, no se puede.

* * *

Ha pasado una semana desde que estuvimos en el encierro del sector 2 y, mientras los internos duermen, en los pasillos vacíos del sector 3 decenas de botellas de agua, pares de zapatos y mesas de madera cuelgan de las paredes. Dentro de unas horas, cuando comience el desencierro, a medida que se abran de una en una las celdas, los dueños de esas mesas saldrán y correrán a toda velocidad para descolgarlas e instalar antes que el resto sus puestos de venta en lugares ya asignados. Champúes, rollos de papel higiénico, maquinillas de afeitar, algunas medicinas para dolencias comunes, dulces, bolsas de churros, flautas de pan… Por la mañana estos pasillos serán un mercado. Un mercado que tributa a La Raza.

Para tener un puesto de venta en el sector hay que pagar un impuesto a La Raza. Para poder hacer fila en la puerta de la tienda oficial del penal, en la que el Estado vende artículos de higiene, gaseosas y boquitas a los internos, hay que pagar un dólar a La Raza. Para que los pequeños puestos de los presos con mesas de madera te vendan lo que ofrecen tienes, antes, que pagar un dólar a La Raza.

Un sistema de control del dinero y las mercancías en el que no basta con poder pagar. En la cárcel todos los favores se venden y se compran, y si La Raza no lo autoriza, un interno no podrá comprar ni vender; su dinero será papel mojado. En Mariona hay algo más importante incluso que los dólares: tener el visto bueno de La Raza, que da órdenes a los coordinadores, que dicta las normas de orden y funcionamiento de cada sector. Que las hace cumplir.

Hombres que llevan un buen número de años en el penal aseguran que la estructura de poder de la banda incluye actualmente a cerca de 500 personas por sector, y que llega a mover alrededor de 12 mil dólares al mes en tributos de todos los presos. 144 mil dólares al año. Cada preso que es enviado por un juez a Mariona paga entre 6 y 8 dólares al llegar a los sectores 2 o 3 desde otro sector o cárcel, y todo el mundo entrega un dólar como cuota fija mensual a partir de ese momento, aparte de los otros impuestos.

Quienes gobiernan Mariona y administran ese dinero no tienen celdas individuales como los narcos mexicanos, ni televisores de plasma como los mafiosos de las películas. Sería demasiado evidente. En Mariona todavía se recuerdan los años en los que Bruno era el único líder de La Raza y tenía una celda solo para él, las mujeres que llegaban a visitarle y sus dos perros. Esos tiempos, en El Salvador, ya pasaron. Pero, con lo que recaudan, los palabreros de La Raza costean sus gustos, mantienen satisfecha a su estructura de fieles en el penal y logran que, pese al cerco perimetral de la Fuerza Armada, en Mariona siga habiendo drogas, siga habiendo alcohol embotellado -aparte de la tradicional chicha, destilada por los mismos reos- y sigan entrando celulares.

—¿Pese a la renovación de custodios, siguen aceptando sobornos? —le pregunto a un hombre que ha cumplido más de 10 años en Mariona y ha probado los placeres de ser cómplice de La Raza.
—No solo ellos —responde. Y se lleva la mano a la sien, simulando un saludo militar.

Por dejar entrar un teléfono normal, con su correspondiente cargador, se pagan entre 300 y 400 dólares a un custodio o militar del Comando San Carlos dispuesto a ser tuerto. Por dar vía libre a un Blackberry que permita a un reo acceso a internet, se pagan 600 dólares.

* * *

En Mariona hay días en los que no hay agua y en los retretes rebalsan las heces de cientos de hombres con la salud destrozada por el moho, el encierro y la escasa comida. Y hay noches en las que el sonido de torrentes abiertos indica que sí hay agua pero no chorros que la contengan. En el patio trasero del sector 3, entre pequeños huertos, un enorme lavadero se rebalsa para formar un riachuelo que se pierde en una alcantarilla. En el hierro forjado de la tapa se lee una fecha: 1969. Estamos en un penal con más de 40 años de edad.

Después de unos minutos de impasibilidad, un custodio arranca un pedazo de bambú de las plantas del patio y trata de tapar el chorro, que queda goteando. En el patio también hay mesas de piedra y algunos restos de hogueras que los internos usan durante el día para cocinar lo poco que logran cultivar, comprar o guardar, porque desde hace más de un año tienen prohibido recibir alimentos del exterior.

La cárcel está en silencio. Los muros externos de las celdas dejan salir haces tenues de luz. Las débiles paredes están llenas de agujeros. Son respiraderos, abiertos a base de golpes para aliviar algo el calor de los cuartos sobresaturados. Vista desde aquí, la infraestructura de Mariona revela la ruina que en realidad es. Al piso superior se sube por escalones de hormigón sin barandilla y carcomidos en sus bordes, como si el tiempo o los mismos reos los mordisquearan sin cesar hasta dejar al descubierto las varillas de acero que los sostienen.

Los tres controles de seguridad que hay que pasar para llegar hasta aquí se vuelven de pronto ridículos. ¿Armas? Basta con trepanar la cabeza de alguien contra una de esas varas de acero, o golpearlo con uno de los cientos de adoquines sueltos que las múltiples iglesias evangélicas con presencia en el sector apilan a modo de bancos para improvisar en el patio principal sus templos. Por no contar los pozos de agua sin tapadera o los larguísimos metros de cables y alambres que se reparten por el penal. Aquí, como decía el custodio, quien no mata es porque no quiere. O porque hay alguien de La Raza que da la orden de no hacerlo.

Camino a la salida, atravieso el patio principal en el que aquel día el custodio tuvo que devolver el celular decomisado. Sobre mi cabeza, decenas de largas líneas de alambre cruzan la enorme explanada. De día, son tendederos que además de airear la ropa convierten parte del patio en un inmenso laberinto cuyos rincones escapan del control visual de los guardias. El motín en el penal de Quezaltepeque el pasado julio, que terminó con siete heridos, comenzó porque los custodios obligaron a los pandilleros allí encerrados a retirar unas sábanas colgadas que les impedían la vigilancia.

En Mariona, entre esas sábanas y en los pasillos de los sectores, reina la ley del ver, oír y callar que encubre las razones de muchos otros heridos que no son noticia, de escaramuzas cuya verdadera causa nunca se acaba de conocer fuera de estos muros. La mayoría de los reos te dicen que solo quieren pasarla sin problemas y que en Mariona se vive mal pero tranquilo. Mienten. Los que saben que pasarán aquí más tiempo se han de someter a la autoridad de la mayoría y confiar en caer bien, o ganarse el respeto con inteligencia y fuerza física. Los débiles viven una condena dentro de su condena, sometidos a robos, golpes o violaciones. Ya no se pasea el corvo colgado del hombro, como ocurría en los años 90, pero entre tablones, ladrillos y colchones la mayoría de reos esconde algún arma afilada con la que defenderse.

—Para matar, un punzón es mejor que un corvo. Es mejor puyar que dar un filazo –me explica el mismo condenado que habló de los sobornos a militares.
—¿Por qué?
—Porque la víctima se desangra por dentro y se ahoga en su sangre. Y es más difícil saber qué órganos están heridos.

Miro su mano y descubro un bolígrafo, con el que gesticula para explicar mejor a qué se refiere.

—Yo ya no ando en eso, pero hay que estar preparado. En la cárcel siempre hay que estar alerta.

La Raza también está siempre alerta. El 29 de octubre en el sector 3 de Mariona hubo una pelea que causó cinco heridos. La versión oficial dijo que se habían emborrachado con chicha y eso originó la pelea. En Mariona hay quien dice que varios de ellos eran pandilleros, que la MS-13, el Barrio 18, la Mao Mao, la Máquina… todas las pandillas tienen a gente sin tatuar infiltrada en el penal, para saber lo que sucede y, algún día, si pueden, cuando sean suficientes, luchar por el control. Si efectivamente lo intentan, la seguridad perimetral e intermedia no podrán hacer nada por evitar que haya muertes. El verdadero poder que rige la vida de los presos no se elige en las urnas ni, de momento, lo designa el presidente de la República.

* * *

En la biblioteca, la humedad y el calor mantiene a los reos semidesnudos. A los confinados en estas celdas de aislamiento solo se les permite salir al patio 20 minutos al día.

Del penal La Esperanza, en Mariona, se sale por la biblioteca. Tras dejar atrás los enormes patios de los grandes sectores, se pasa junto a dos celdas asfixiantes y sin letrinas en las que 43 hombres condenados por la justicia del Estado y amenazados por las autoridades de La Raza están sentenciados a dormir en el suelo semidesnudos y a ver pasar a todo el que entra y sale. Me despido. Douglas, el nicaragüense, devuelve el saludo mientras se afeita la cabeza. “Por higiene”, dice.

Los controles de seguridad al salir son más permisivos que al entrar. El cacheo es menos exhaustivo. La revisión de libreta y grabadora más rápida. A pocos metros, un militar encapuchado hurga en la bolsa de un custodio vestido de civil que entra al turno de noche. Trae ropa, champú para la mañana, y una enorme caja de donas. El soldado las mira dubitativo y hace un amago de tocarlas con sus guantes de látex, pero le vence la vergüenza y decide no estropear la comida. Yo, no puedo evitar enumerar mentalmente las sustancias u objetos que podrían ir ocultos en esas donas. Ni puedo dejar de pensar que los muros de Mariona no protegen nada, ni a nadie. Solo delimitan una ciudad infierno.

Las gotas de sudor le escurrían por la barbilla y bajo sus manos y rodillas sentía el monte seco y la tierra caliente de aquel llano donde la tenían en posición, dispuesta para ser violada. Su camiseta había sido hecha jirones segundos antes por uno de esos hombres con aspecto de agricultores que salieron de la breña, con sus escopetas y machetes, oliendo a pasto, ahí por La Arrocera. Paola, serena a pesar de estar “de perrito”, como ella dice, sabía que aún le quedaban dos cartuchos: su ingenio y su talante.

Sin voltear a ver a quienes merodeaban su retaguardia, Paola, el transexual guatemalteco de 23 años, escuchaba los sonidos de cinturones desprendiéndose y de negociaciones entre bandidos.

-Dale tú primero, pues. Después voy yo -dijo uno. Y entonces Paola los interrumpió, dejándolos atónitos.

-Miren, hagan lo que quieran, pero por favor pónganse condones, ahí hay unos en mi mochila, la rojita. Se los recomiendo, porque tengo sida. Es que yo pensé que eran machos, y que solo a mujeres violaban -les dijo, a pesar de que hace años se reconoce como mujer y de que si se le llama por su nombre de nacimiento ya hace mucho que no voltea la cabeza. Paola no tiene sida. Lo que tiene, luego de cinco años de prostituirse en su país y en la capital mexicana, es la medida de los hombres perversos. Lo que tiene es su ingenio y su talante.

Hubo silencio unos segundos. Paola cree que entre ellos se volteaban a ver desconcertados, pero no está segura, porque seguía ahí, clavada al suelo, con el sol en la espalda, sin girarse. Digna a pesar de estar como estaba, con la cabeza levantada y los ojos perdidos en el horizonte.

-¡Levántate, pinche puto! ¡Váyanse a la verga todos ustedes! -le dijeron a ella y a su grupo como confirmación de que sus últimos dos cartuchos habían sido efectivos.

Ya sin un cinco en la bolsa, todos continuaron su camino al norte por las mismas veredas perdidas en los montes.

-Es que yo ya venía preparada, como dicen que siempre le pasa eso a una cuando viene migrando -termina su relato Paola, a la vera del tren estacionado en Ciudad Ixtepec, al norte de donde tuvo que zafarse de aquella incómoda postura.

Ahora, alta, morena y echando mano de lo que le dejaron en su mochila roja, se ha maquillado, se ha puesto una blusa negra y escotada y un pantalón vaquero. Ahora ya sabe que siempre pasa algo, desde hace años, en ese lugar, reducido a un nombre, La Arrocera. Los 45 que llegaron con ella a este punto fueron asaltados en ese tramo entre Tapachula y Arriaga. Este es punto rojo para nosotros los migrantes, dicen unos. Este es el lugar más perro para pasar, dicen otros. Pero la mayoría, sin saber que con el nombre de unas pocas hectáreas resumen 262 kilómetros de camino, le llaman simplemente La Arrocera. Apodan a toda esa espesura utilizando el nombre de un pequeño asentamiento, de unos 28 ranchos, que toma su nombre de la inhabilitada bodega de arroz que aún se destartala en la carretera.

Eso lo saben ella y muchos migrantes centroamericanos más. Muchas autoridades y muchos que lo supieron tarde, antes de morir entre esos matorrales.

Lo supo incluso la mujer guatemalteca que antes de asfixiarse en El Relicario, con la boca llena de pasto seco y con su propia blusa atorada dentro de su garganta, solo logró ver sobre ella al hombre que la agredía.

Fue el 10 de noviembre de 2008. Ella era guatemalteca. Eso dijeron algunas personas que aseguraron haberla conocido en Tapachula, frontera con Guatemala. Que aseguraron conocer también al hombre con el que andaba en El Relicario esa noche, caminando por las vías del tren, por donde a diario pasan decenas de indocumentados. Un hombre con un escorpión tatuado en la mano. Ocurrió en El Relicario, entre casas de teja y un amasijo de cemento y bahareque incrustradas entre crecidos pastizales.

Nadie sabe muchos detalles y eso es normal. Aquí, la policía rural no existía entonces, y ahora que existe son siete hombres del pueblo con garrotes que cuidan como pueden en sus tiempos libres. Lo que se sabe es que aquella muerte no fue lenta. En la fotografía que se publicó en un pequeño diario de la zona, El Orbe, mezclada con la de otros dos muertos en media página, aparecía la muchacha con los ojos bien abiertos, puñados de zacate con tierra y hojas secas saliéndole de la boca, y la mitad de la cabeza que nace en la frente ya sin pelo, como si la hubieran arrastrado por pavimento antes de meterla a la breña crecida entre los escombros donde la encontraron. O como si le hubieran arrancado a mano limpia los mechones. Estaba desnuda y tenía las piernas abiertas y ligeramente flexionadas, como si un cuerpo hubiera tenido que caberle entre ellas.

No hay investigación abierta. De ella, solo queda el relato de Orlando, el viejo enterrador del cementerio de Huixtla, que saca la lengua lo más que puede para explicar que al cuerpo de la guatemalteca se le salió más de lo normal cuando él logró extraerle de la garganta la blusa que le habían metido. Solo eso queda, y una cruz púrpura y pequeña, escondida en el panteón. Y un epitafio: “Falleció la joven madre y sus gemelos. Nov. 2008.” Y sus gemelos. Estaba embarazada.

Quién sabe si el que la mató eligió con precisión de homicida experto el lugar. Lo cierto es que, lo hiciera queriendo o no, le salió bien. En estos montes de los migrantes, en esta espesura de Chiapas, como descubrimos cada día desde que iniciamos este recorrido, los cadáveres son incontables, las violaciones pan de cada día, y los asaltos el mal menor.

La guerra tardía

Llegamos en tiempos hostiles. Desde inicios de este año, y por primera vez, el gobierno del Estado de Chiapas le ha puesto cara a los asaltantes de estos senderos. Asaltantes que hace años empezaron como jornaleros de los ranchos que veían pasar a filas y filas de indocumentados centroamericanos huyendo de las autoridades. Hasta que se les encendió el foco e hicieron sus conjeturas: si ocupan estas sendas para evitar a las autoridades quiere decir que nunca se les ocurriría buscarlas ni siquiera para denunciar un asalto, una violación, un asesinato.

Los migrantes cruzan el río Suchiate que divide a México del istmo. Y desde entonces, empiezan su intermitente viaje en microbuses (combis les llaman aquí). Suben a una, bajan de ella cuando está por acercarse a una caseta de revisión migratoria en la carretera. Se internan en el monte y caminan varios kilómetros, bordeando, hasta que más adelante retornan al pavimento y esperan otra combi. Cinco veces lo hacen en estos 282 kilómetros, hasta que llegan a Arriaga, donde pueden abordar el tren de mercancías como polizones, colgados de sus techos.

Durante años los indocumentados han asumido este peaje de la delincuencia como un obstáculo infranqueable. “Lo que Dios quiera”, repiten. Los coyotes empezaron a dar condones a las mujeres y a advertir a los hombres de que no se opusieran. Las historias de maridos, hijos, madres que han visto a sus mujeres vejadas por esos asaltantes han abundado durante más de 10 años en este México profundo, olvidado, escondido.

A principios de 2009, luego de una década de peticiones de organizaciones de derechos humanos, el gobierno chiapaneco hizo caso a las repetidas medidas de presión. Una visita de los cancilleres de Guatemala y El Salvador y una carta enviada por más de 10 organizaciones, incluida la Iglesia Católica, lograron que se diera el primer movimiento. Se creó la Fiscalía Especial para la Atención de los Migrantes, y el gobernador Juan Sabines giró órdenes a las comandancias de la Policía Sectorial de Huixtla y Tonalá para que patrullaran esas zonas de vez en cuando. En este punto estamos, cuando por fin han decidido empezar a escarbar en este vertedero de maldad impune. Y toda la porquería está saliendo a flote. Por todas partes. Y los delegados de recogerla se dan cuenta de que son muy pocas las palas que tienen para levantar todo el desperdicio acumulado en tantos años.

El comandante Máximo nos recibe en este caluroso día. Son los meses extremos en esta región ya de por sí sofocante. Mantener la camisa seca es misión imposible. A cada paso, decenas de gotas de sudor salen a toda prisa. El comandante de la región, que cubre de Tonalá a Arriaga -la mitad de este infierno- ordena que le traigan mapas, documentos y una jarra de limonada con mucho hielo.

-Bueno, muchachos -se dirige al fotógrafo Toni Arnau y a mí, antes de que empecemos a preguntarle-. Como verán, hemos atacado el problema de raíz, y le hemos dado solución. Yo les digo que en mi área no hay ni un solo asalto ni violación más.

La pila de hojas que pone sobre la mesa se titula “Operativo amigo”. En su interior hay una página que nos llama la atención. Se ve a ocho hombres, ninguno mayor de 35 años. Arriba se lee: “Supuestos delincuentes agresores en los sucesos en el tren el día 23 de diciembre de 2008”. Se supone que son asaltantes que, aún en Chiapas, dejaron la zona de a pie y ampliaron su área de pillajes al tren que sale de Arriaga. En ese asalto, mataron a un migrante guatemalteco que se opuso. Machetazos, balas y lanzamiento desde la locomotora en marcha.

-¿Y a cuántos han detenido? -pregunto al comandante.

-Creo que uno está a disposición de las autoridades -responde.

Luego de eso, Maximino (llamado Máximo por sus subordinados), saca otro folio para quitarse el mal sabor, lo pone sobre la mesa, lo abre en una hoja y le da golpecitos con el dedo índice, que resuenan sobre la mesa de plástico:

-Este es uno que acabamos de agarrar en la zona de El Basurero. Él se encargaba de desviar a los migrantes en el crucero Durango y mandarlos directo al asalto. A ese ya lo atrapamos.

Es la foto de Samuel Liévano, un viejo ranchero de 57 años que tiene su pequeña parcela justo en ese desvío, donde la calle de tierra desemboca en la carretera. Ahí se bajan los indocumentados, para sortear la última caseta, la de los policías federales que está antes de entrar a la ciudad del tren. Liévano les indicaba que siguieran hacia El Basurero por las inhabilitadas vías férreas. Ese sitio es un botadero al aire libre y un famoso punto de asalto y violaciones, que muchas veces se esconde bajo el nombre de La Arrocera. Lo atraparon justo ahí, luego de haber mal enrumbado a dos hondureños que denunciaron el asalto en el albergue de Arriaga, de donde llamaron a Maximino.

Los denunciantes son dos muchachos negros. Llegan relucientes, sin una sola gota de sudor al albergue, a las 3 de la tarde. Son de la ardiente costa atlántica hondureña, buceadores a pulmón, acostumbrados a achicharrarse en cada jornada de trabajo, que compensan luego bailando ritmos garífunas descalzos en la arena. Ellos fueron los que denunciaron al viejo Liévano. Y ahora, tras más de cinco días esperando que la Fiscalía los llame para el careo, están hartos, y quieren seguir sus caminos. Elvis Ochoa, de 20 años, aventurero y experimentado, es uno de ellos: “Esto no es nada”, dice y chasquea los dedos al estilo de los iconos pandilleriles de Los Ángeles, donde ya estuvo durante unos meses. Andy Epifanio Castillo, de 19 años, primerizo y cándido, ya tuvo su dosis y no quiere volver a poner un pie nunca en este país: “Es andar arriesgando la vida por conseguir una mejor”, se lamenta con sus grandes ojos abiertos y encorvando los hombros. Si se van mañana, Liévano volverá a su rancho, a indicar el camino a los migrantes que se bajen en el crucero Durango, y las palabras de Maximino quedarán ahí, como testimonio de otro intento superficial de terminar con un problema estructural.

Los asaltantes, los que desplumaron a Andy y Elvis dos minutos después de haber escuchado a Liévano, aún siguen por aquí, uno con su 9 milímetros y el otro con su escopeta 12.

Al salir del albergue, vamos a hacer un intento por entrar en la zona de asaltos con algo de protección. Maximino nos dio un recorrido por la zona de El Basurero, pero es de tontos esperar que las cosas fluyan con la normalidad que fluyen para el indocumentado cuando se viaja en un pick up con cuatro policías cargando sus fusiles Galil.

Nos queda una opción. La Fiscalía especializada está en ronda de operativos. De esa oficina piden apoyo al Ministerio Público (MP) de los diferentes pueblos, que les asignan a agentes ministeriales. Entonces, se internan como migrantes en los lugares de asesinatos y violaciones, a la espera de una emboscada, y luego se cuecen a tiros con los delincuentes.

Nada más hace tres semanas, aquí cerca, en El Basurero, cuatro policías infiltrados se toparon con un asalto. Dos delincuentes salieron de la breña y empezaron su procedimiento.

-¡Quietos, hijos de puta, al que se mueva lo reviento! -les ordenaron los asaltantes.

Pero se movieron. Los policías infiltrados desenfundaron sus pistolas y los asaltantes dispararon las suyas y echaron a correr. Los dos fueron atrapados: Wenceslao Peña, de 36 años, y José Zárate, de 18, los dos mexicanos. Mientras huían, uno fue alcanzado por el disparo policial en el cuello. El otro se llevó dos impactos que le atravesaron por atrás un muslo. Cuando todo terminó, solo dos de los participantes en la refriega estaban intactos. Los asaltantes quedaron tendidos, y dos policías también. Las balas expansivas de escopeta los alcanzaron. Todos están aún en el hospital de Tonalá.

En la oficina del MP, tres muchachos se derriten como helados frente a un ventilador. Al ver que nos asomamos, entreabren la puerta, y uno de ellos pregunta qué queremos. Le explicamos, y de la puerta sale Víctor, un agente que estuvo en aquel combate. Lleva la camisa desabrochada en sus últimos botones. La panza estira la tela, y se puede ver asomar por el cinto la cacha de su 9 milímetros.

-Díganme -nos saluda.

-Le explicamos a su compañero lo mismo que a Ludman, el asistente del fiscal Enrique Rojas. Llevamos una semana en la zona, intentando internarnos en la ruta del migrante, para ver la situación como les ocurre a ellos, pero no hemos conseguido nada -explicamos.

-O sea, ¿qué es lo que ustedes quieren?

-Acompañarlos en una de las operaciones donde se infiltran.

Víctor lanza una fugaz mirada a su compañero que lleva cruzada al pecho la cinta que sostiene su fusil. Ambos esbozan una sonrisa ladeada.

-Nooo, eso es imposible, es muy peligroso, hasta para nosotros que vamos armados. Ahí se arma la tiradera, esos delincuentes no se la piensan para disparar. Nosotros caminamos armados, y vamos protegidos por un grupo encubierto de cinco agentes que nos siguen a unos kilómetros.

Le damos nuestros argumentos, le insistimos, pero a cada interlocución nuestra, otra gota de sudor le resbala desde la cara hasta el ombligo y agrega un nuevo contraargumento.

-Peor en la zona de La Arrocera (entendido esta vez solo como la parte del municipio de Huixtla). Ahí hay bandas organizadas que operan con AR-15. Ahí entramos con operativos más planificados.

Nos alejamos sabiendo que la última opción es aproximarse e improvisar. No es usual que nadie quiera internarse en este lugar. Los cadáveres se cuentan cuando ya han sido evacuados. Los periodistas y organizaciones de derechos humanos denuncian lo que escuchan en relatos que les llegan de albergues, pero este es terreno no pisado. Aquí, y nunca mejor dicho, es la ley del monte.

El año pasado, los cancilleres guatemalteco y salvadoreño recorrieron unos kilómetros del lugar. Para ello, se montó todo un espectáculo: cerca de 30 agentes de la policía federal los escoltaban, más dos cuadrillas de caballería de la policía sectorial que iban adelante barriendo la zona, mientras varias patrullas de la estatal esperaban en la carretera. Un ejército de uniformados. Honduras está preparando su visita guiada para este año, y bajo las mismas condiciones. De ahí salieron titulares que a los hondureños garífunas, a los fiscales infiltrados o a Paola -el travesti guatemalteco- les hubieran sacado al menos una sonrisa irónica: “En Chiapas se garantizan los derechos humanos de los migrantes”, titularon con pequeñas variantes por aquellas fechas tres de los diarios que circulan aquí.

El comandante Roberto Sánchez -conocido como comandante Maza- nos recibe en las afueras de Huixtla. El sofocante calor no da tregua. Acaba de llover, pero parece que el agua se hubiera filtrado hasta las capas más profundas de la tierra para luego salir como vapor infernal.

Sánchez nos da todo su apoyo. La conversación es breve y fluye entre apodos, muertos e impunes. Que al Chayote -famoso asaltante de migrantes en la zona- lo detuvieron hace cuatro meses, pero fue liberado en unos días porque los agraviados siguieron su marcha. Que luego, el mismo Chayote hubiera preferido pasar unos años en la cárcel antes de acabar lapidado hace dos meses abajo de uno de los puentes de La Arrocera, seguramente por migrantes que se defendieron. Que El Calambres, de la cuadrilla del anterior, está detenido en Tonalá, pero que sus denunciantes -“¿Qué creen?”- también prefirieron continuar. Es normal. Chiapas es el Estado de México donde se registran más abusos a los centroamericanos por parte de los policías. Ponerse en sus manos, en el mundo de los indocumentados, es equivalente a pedirle a un soldado que vaya a solicitar agua a la guarnición enemiga.

Mañana iremos al campamento de los ocho policías de caballería que desde hace tres meses patrullan el sector. Seguimos en el mismo embrollo: lo que tenemos es un recorrido por la zona peligrosa sin posibilidades de oler el peligro que los migrantes respiran a diario.

A pie con los migrantes

Llegamos a las 6 de la mañana. Los patrulleros hacen su recorrido cuando el sol todavía no atormenta. En el campamento nos encontramos una sorpresa: hay tres migrantes salvadoreños que pidieron posada para descansar un poco antes de seguir su ruta y bordear su primera caseta, la de Huixtla.

Ahí se desperezan -después de apenas cuatro horas de sueño- Eduardo, el panadero de 28 años que huye de las maras; Marlon, el repartidor de pan de 20 que huye con su jefe, y José, el albañil de 26 que se les unió en el intento. Les dieron posada por esta noche en el rancho, y les recomendaron no seguir hasta que el sol saliera, porque bajo la luna, ni los uniformados se pasean por La Arrocera.

Los tres salvadoreños se unen a los tres policías y a nosotros en la marcha. El recorrido empieza con un gesto de amabilidad entre el monte. Al salir del potrero que hace de base de esta cuadrilla de caballería, hay una casita de teja y cemento descascarado. En el portal de la casita está un señor de unos 40 años, descalzo y sin camisa, que toma de bracete a su hija de unos 12 años. Ambos levantan y mueven sus manos diciéndonos adiós.

-¿Y ellos? -pregunto al agente que llevo a la par-. ¿Amigos?

-Espías -contesta-. Trabajan con las bandas de asaltantes. Son los que desvían a los migrantes para donde los esperan los asaltantes, y nos controlan cada vez que salimos a dar la ronda.

Enfilamos por las vías del tren que el huracán Stan destrozó en 2005, y que ya solo sirven de guía a los indocumentados. A nuestra derecha, a pocos metros, detrás de la barrera de vegetación, está la caseta migratoria de El Hueyate. Aquí, lo verde es espeso y nos cubre, el suelo es un lodazal y los charcos son pequeños pantanos. Si se observa fijamente detrás de los pastizales, se siluetean callejuelas escondidas, que llevan a ejidos o ranchos perdidos. Más parecen pasadizos secretos.

-Aquí fue -dice a secas el agente, mientras cruzamos un pequeño puente férreo, y señala la bóveda que nos queda bajo los pies.

Ahí fue donde mataron el año pasado a uno de sus compañeros que patrullaba. Un machetazo seco le rompió el hueso de la frente cuando se topó con unos asaltantes. Un machete afilado, que para algunos de los delincuentes es más un arma que una herramienta de trabajo. La utilizan como espadachines en esta zona donde muchas discusiones de cantina se saldan a fierrazos. Lo ocupan para desmalezar la tierra, para asaltar, para defenderse. Lo llevan siempre en la mano, como una extensión natural de su cuerpo. El machete es su fiel compañero, su quinta extremidad.

En el camino se escuchan ladridos de perros y tras las verjas de las casitas se ven ojos que salen a enterarse.

-Ahorita nos tienen bien vistos -prosigue el agente, antes de soltar otra de sus parcas referencias-. Lo que le dije de los huesos, aquí fue; y a El Chayote, lo encontramos allá.

Lo de los huesos fue literalmente eso, un esqueleto que encontraron hace unos meses ahí entre un montarrascal igual a los demás. Los zopilotes merodean el área siempre, por la cantidad de ganado que muere, y no tardan en encontrar un cadáver que consumir. Por eso, aquí huesos no es sinónimo de fósil, sino más bien de cadáver reciente. Y El Chayote, el asaltante, apareció metido en otra de las bóvedas que vemos desde este punto, acostado en el suelo, con una magulladura en la frente, que le había reblandecido la sien como si fuera de plastilina. Otras rocas estaban a su alrededor. Si el machete es lo suyo para muchos asaltantes de poca monta, la piedra lo es para los migrantes que se proponen defenderse.

Aquí se camina entre muertos, la vida se relativiza como un valor que se menea en una cuerda floja. Matar, morir, violar, ser violado pierden sus dimensiones. Es rutina. Punto de referencia: aquí, en esta piedra, violan; allá, en ese arbusto, matan.

-Allá las separan a las mujeres del grupo cuando las violan -señala el agente una pequeña parcela de plataneros-. Y hasta aquí llega nuestra ronda diaria.

Hemos caminado apenas media hora, y hasta aquí llegan. Luego, suelen regresar por el otro lado de la carretera, lo que llaman La Arrocera alta, cerros que se levantan de la planicie que ahora pisamos, al otro lado de la carretera. Pero hasta aquí, no es ni la mitad de una décima parte del camino del indocumentado. Hasta aquí es apenas parte del comienzo. La primera caseta, el primer punto caliente.

Este cruce lo conocen como La Cuña, una callejuela que sale a la carretera, adelante de El Hueyate. Un árbol de mango donde violan, una terracería donde algunos coyotes de Huixtla entran a dejarle migrantes a los asaltantes, con los que están de acuerdo.

El agente sigue hablando mientras los salvadoreños, con miradas, nos preguntan qué haremos.

-Por aquí todavía andamos buscando a un malhechor de esos. Le dicen La Rana, tiene una cicatriz en el rostro y opera en la parte alta, pero no lo encontramos. Como nos tienen bien vigilados desde que salimos, siempre dan el pitazo cuando andamos de ronda.

Apenas termina la frase, estrechamos su mano sin darle explicaciones y le decimos que vuelvan, que seguiremos hasta Arriaga, hasta el tren, con Eduardo, José y Marlon. Los agentes se quedan desconcertados, pensando qué dirá el comandante Sánchez de esto. Para las autoridades, un migrante muerto es cosa normal, pero un periodista es otra cosa, y nadie quiere ese cadáver en su región.

En esto -y en nada más- nos ayuda esta geografía. Al poco tiempo, los hemos perdido de vista entre la maleza y los arbustos. Ahora, empieza el viaje de un migrante.

Avanzamos entre la espesura unos cinco kilómetros más, hasta que encontramos un sendero que lleva a la carretera. El retén ha quedado atrás, y Eduardo sale a la carretera a detener una combi para seguir avanzando hasta Escuintla, el siguiente poblado.

La caminata por La Arrocera, el lugar que le da nombre a toda esta región escondida, nos ha dejado claro que los esfuerzos chiapanecos por limpiar la zona están muy lejos de lograr su éxito. La Rana sigue por aquí, los asaltantes de los hondureños están más adelante, y los cadáveres aún son un recuerdo fresco, que aún apesta. Pero lo que más nos ayudó a tener clara la situación fue El Calambres. Se llama Higinio Pérez Argüello, tiene 26 años, es reconocido por la comandancia de La Arrocera como asaltante de migrantes, y desde hace tres meses guarda prisión en el penal de Huixtla, donde aceptó recibirnos y conversar con nosotros un día de estos si acatábamos su única regla: que lo que contara lo contaría en tercera persona, que se dijera “ellos” donde se podría decir “nosotros”.

Una charla con El Calambres

Estaba acusado de violación, portación de arma prohibida y asalto. Se le acusó de violar a una migrante, pero la denunciante desapareció. Le quedan los otros dos cargos, y espera la sentencia.

El director del penal nos habilitó su despacho para la charla, y ya antes había advertido que era probable que Higinio aceptara. Su argumento fue desconcertante, pero es comprensible en esta zona:

-Yo digo que hablará, porque aquí no tenemos a gente acusada de crímenes graves: están acusados de homicidio, violación o robo, pero nadie está por narcotráfico.

Delgado, de facciones afiladas, con una larga camisa que le da un extraño look de pandillero a pesar de sus campesinas maneras, sus brazos venosos. De 1.65 metros de altura, con sus uñas largas y afiladas, ojos achinados, siete crucifijos y rosarios colgándole del cuello y un bigote escaso y asimétrico, Higinio se sentó, se cruzó de brazos, clavó la mirada en el piso y empezó la conversación en código.

-Sí, yo conozco lo que pasa por ahí (La Arrocera). Yo vivía en un rancho por ahí. Sí, ahí asaltan los que andan ahí siempre chingando -inició.

-¿Quiénes andan chingando? -pregunté.

-Gente que vive o trabaja ahí. Yo he visto bandas organizadas. Ahorita anda una banda, una que se viene desde Tapachula a hacer sus cosas ahí. El Chino es el que se ha venido de allá abajo, y El Harry es el otro jefe, y ya hace tiempo que operan por ahí. Es su trabajo, andar cazando indocumentados.

-¿Y por qué solo asaltan a los indocumentados?

-Porque saben que esas personas van de paso, no causan daño, en cambio si asaltan a alguien de aquí, saben que es un problema, te metes en un problema. Los otros van de paso.

El Chino aún sigue por la zona. Se le conoce solo por el apodo, y es un famoso delincuente de La Arrocera. El Harry es aún más mítico. Él fue uno de los primeros que iniciaron con la dinámica de asaltos y violaciones, a él se le prendió el foco antes que a nadie. Lo atraparon, y estuvo preso en Tapachula, por asalto, pero logró pagar los 50 mil pesos de fianza, y ya anda libre de nuevo. El Harry cayó junto con El Cochero (Filadelfo González) y El Diablo (Ánderson). Ellos dos están presos en el penal de El Amate, el centro de reclusión más grande de Chiapas, sobre el que el Estado no tiene control. Ahí adentro mandan los narcotraficantes, ellos ponen cuotas a los nuevos internos, y no permiten el paso de custodios ni de autoridades a la zona de celdas. Ellos dos eran la banda de Harry. Gente ruda que desde 1995 se paseaba en motos expoliando a los indocumentados que no tomaban el tren por miedo a un operativo migratorio, que preferían caminar ocultos en el monte. El Cochero mostró su talante entre grandes delincuentes haciéndose jefe de uno de los sectores, del módulo verde. Él lo administra, él cobra cuotas, él asigna celdas. Así lo decidió el jefe de la prisión (el preciso general le dicen en la jerga carcelaria), el narcotraficante Herminio Castro Rangel, al ver la violencia con la que El Cochero actuó cuando hubo que luchar durante dos días por decidir qué grupo se quedaba con el control de El Amate.

-Pero no entiendo: ¿Cuánto puede sacar alguien asaltando migrantes? -pregunté.

-Depende de lo que lleve la gente, pero hay desde los que llevan 10 pesos hasta los que llevan sus 5 mil u 8 mil pesos. Es que no solo aquí los chingan, los vienen chingando desde allá abajo, así que algunos ya llegan sin dinero -contesta.

-¿Y cómo es el negocio? ¿Si yo quiero agarro mi machete y empiezo a asaltar?

-Nooo, ahí mandan las bandas del lugar, ellos se reparten los lugares, y solo ellos pueden operar. Si te metes, te sacan a balazos.

-Si un migrante se opone, ¿no se tientan para dispararle?

-¡Uuuh! No, no, pues, por eso los matan, porque se oponen.

-Habrá muchos muertos ahí que nadie ha encontrado, ¿verdad?

-¡Uuuh! Un chingazal.

Le expliqué a El Calambres lo que los comandantes Maximino y Sánchez nos habían dicho. Le conté que aseguraban que el problema estaba resuelto. El Calambres levantó la vista, cruzamos una mirada de obviedad por un segundo, y sonrió para sí mismo.

-Es que no es solo uno el que anda ahí, son bandas, y no es solo una. Ahí no para, no es que vaya a dejar de haber alguien. Si cae uno, entra otro. Ahí es terreno grande, miran la ley cuando va, ellos vigilan. Están en el alto, y la ley los va buscando, pero ellos ya están viendo a la ley, y esta gente conoce mejor su terreno que la ley. La ley no alcanza a rodear todo. Esa zona es muy grande. Y si los encuentran, se echan bala con la ley. Escopeta 12, AR-15, .357. Hasta chaleco antibalas tienen.

Y es que, como bien dijo aquel agente del MP, La Arrocera en Huixtla es otra cosa, ahí hay bandas mejor preparadas. El Calambres asegura que esos grupos se dedican a lo de los migrantes como negocio fijo, pero que a veces “gracias a sus conectes”, les ofrecen otros negocios: asaltar joyerías, robar carros, comercios. Que esas bandas no trabajan solas, que hay autoridades que se llevan su tajada de las cinco bandas. Lanzamos las últimas preguntas. Para responderlas, El Calambres se encogió, habló en susurro, bajó más la cabeza y ya no la volvió a levantar.

-Y entonces, lo de violar a las migrantes, ¿qué es? ¿La diversión luego del asalto? -pregunté.

-Sí, pues, una diversión para ellos… una diversión…

-Claro, es fácil violar a alguien que sabés que no se va a quedar a denunciar.

-Sí, pues… sí, pues…

Salen de sus casas por las mañanas, como si fueran empresarios rumbo a sus empresas. Salen de la colonia El Relicario, Buenos Aires, El Progreso, Cañaveral, El Espejo, de ejidos, y ponen su puesto de asalto y violación, y se reparten el botín y vuelven a sus casas a esperar una nueva jornada de trabajo.

Los ranchos, el cansancio, la tensión

Ya en Escuintla, un pequeño pueblo de casas bajas y puestos callejeros, Toni, el fotógrafo, se pelea con el motorista de la combi que nos ha traído y que, a pesar de saber que los tres migrantes salvadoreños viajan con dos periodistas, intenta cobrar de más por el pasaje.

-¡Cinco pesitos, pa’l chesco, puta, unos pesitos de más!

Eso quiere, cinco pesos más por cada pasaje. A pesar de ser injustificada, sigue siendo una cuota decente para lo que suelen hacer estos asaltantes diplomáticos. Hay algunos que cobran a los migrantes 200 pesos por un pasaje que a un oriundo le cuesta solamente 10. No pagamos su impuesto, y seguimos en otra combi rumbo a Mapastepec. De nuevo la misma dinámica. Antes de llegar al segundo retén, pedimos bajarnos. Nos quedamos bajo un puente peatonal, donde preguntamos a un señor que espera su autobús si las vías del tren están muy lejos.

-Como a unos cinco kilómetros para allá, pero síganlas, no se vayan por este lado de la carretera, que hace como dos semanas los ladrones mataron a un migrante ahí.

Nos internamos en el monte una vez más, con la idea en la cabeza de que si nos toca, nos tocará, de que es inevitable. Hay algo en lo que pocos reparan. Los migrantes no solo mueren y son mutilados, no solo son baleados y macheteados. Las cicatrices de su viaje no quedan solo en sus cuerpos. Hay algo luego de tanta tensión que tiene que quedarse dando vueltas en la cabeza. Son más de 25 días de viaje. Escondiéndose, temiendo, pensando si el siguiente paso no es el paso en falso y tras él está la migra, el asaltante, el violador.

Pocos piensan en las consecuencias sicológicas de esas miles de centroamericanas que fueron violadas en esta espesura. ¿Quién las atiende? ¿Quién les cura esa herida oculta? Bien lo definió Luis Flores, encargado de la Organización Internacional para las Migraciones: “Aquí el gran problema no es solo lo que se ve, va más allá. Se trata de toda una visión de las cosas, de una mentalidad. Las mujeres migrantes tienen un rol ante los asaltantes, ante el coyote y entre su propio grupo, y durante todo el viaje viven bajo esa presión, asumiendo una lógica: ‘Sé que me va a suceder, pero ojalá que no’.”

Y su papel es el de un ser humano de segunda. Migrante y mujer equivalen a blanco fácil. Y eso nos quedó muy claro cuando hace unos días visitamos en las oficinas de Migración a Yolanda Reyes, la hondureña de 28 años, que desde 1999 vive en Tapachula como indocumentada. Tras tantos años, hizo su vida, la intentó normalizar, pero hay algo que no se borra: Yolanda seguía siendo centroamericana, seguía siendo indocumentada. El día que la conocimos ella terminaba de sacar sus papeles, tras todo un proceso de denuncia, luego de que su pareja, un policía sectorial de Chiapas, le metiera 11 machetazos, cuatro de ellos en la cara, por un simple coraje, y mientras le gritaba con todas sus fuerzas:

-¡Puta, puta, vas a aprender, eres una pinche centroamericana y aquí no vales nada!

Tras dos horas de caminata, las camisas ya escurren sudor. El sol nos ha tostado la frente, y las piernas empiezan a resentir la caminata. Estamos a la altura de Madre Vieja, un ejido, igual que el resto: monte, lodo, silencio. Aquí, hace unos ocho meses encontraron al último muerto de la zona.

Salimos a la carretera, pero el retén aún sigue a unos 400 metros. ¡Hemos caminado dos horas y sigue ahí! Es que tuvimos que internarnos primero en el monte, hasta encontrar las vías, antes de empezar a comer camino. Nos escondemos en el camellón que divide la carretera, entre un montarrascal. Cruzamos hasta el otro lado de a poco, como animales asustados, hasta que logramos meternos en otra combi. Ya hemos bordeado dos casetas.

Apenas nos bajamos en Mapastepec, nos embutimos en otra combi, para seguir hacia Pijijiapan. La rutina provoca hartazgo. De nuevo, le pedimos al motorista que nos baje antes del retén. El conductor nos deja en El Progreso. Ya es mediodía. Cuando nos volvemos a perder entre los montes de nadie, sentimos el calor infernal con toda su inclemencia. Ni Eduardo ni Marlon ni José hablan mucho ya. Cuando esta caminata termine y el tren aparezca, a ellos les faltará más del 90% de México por cruzar. El solo pensar eso hace que uno quiera pedirles que se rindan.

Aquí cruzamos por ranchos privados. Hemos atravesado siete cercas de alambres de púas, 10 ranchos de ganado, un río. Tomamos este camino por recomendación de un viejo al que encontramos en los primeros cinco kilómetros de este tramo. Ese viejo nos advirtió que allá adelante a veces asaltaban, y que no lo fuéramos a acusar de cómplice si eso pasaba, que él solo nos recomendaba el camino más corto para regresar a la carretera. No importó. Había otro camino, pero era más largo. Solo queríamos agua y sombra, y la palabra atajo se impuso a la amenaza de asalto.

Llevamos tres horas caminando por estos ranchos. No sabemos si hemos enrumbado bien o si estamos dando círculos. Había otra mejor opción, bajarnos en El Mango, un desvío adelante de El Progreso, pero ahí el asalto es garantía, nos dijeron. Al fin, en una casita destartalada, encontramos todo lo que necesitamos: un viejo que nos guíe y un pozo de agua. El viejo nos dice que tenemos suerte, que las cosas están más tranquilas, y que pronto dejarán de estarlo. Hace dos semanas, la policía atrapó a padre e hijo, ambos asaltantes de Santa Sonia, una zona ubicada al otro lado de la carretera. Que debido a eso, los sobrinos de ese señor, también asaltantes, habían bajado la frecuencia de sus ataques de este lado.

-Es por un rato, mientras todo se tranquiliza, luego ahí van a andar otra vez.

Por fin salimos a la carretera y logramos enrumbar en combi hacia Pijijiapan. De nuevo nos bajamos de esta para subirnos a otra que va a Tonalá. Preguntamos, y nos dicen que el retén que hay es militar, que solo buscan droga y armas, que no piden documentos. Estamos cansados, no nos importa un riesgo que muchos kilómetros atrás no hubiéramos asumido. Es un retén menos. Lo aceptamos con alegría, convenciéndonos de que no nos bajarán, aunque sabemos que muchas veces sí lo hacen.

Pasamos. Solo buscaban armas y droga. Tuvimos suerte.

Tras 40 minutos de combi, pedimos que nos bajen en el crucero Durango. Estamos a 20 minutos en combi de Arriaga, del tren, pero no, tenemos que bajarnos y caminar dos horas más. El silencio empieza a convertirse en enojo. Aquí nos encontramos, entrando por donde el viejo Liévano desviaba a los migrantes para que fueran asaltados.

El paraje cambia. Ya no se trata de ninguna espesura verde. Caminamos por piso de piedras sueltas siguiendo las vías. Es un sitio mucho más apocalíptico. Seco, yermo. Adelante, pasamos al lado del famoso basurero, un punto esperpéntico de asaltos y violaciones. Un basurero al aire libre repleto de bolsas y cartones multicolores que vuelan con el viento y se prenden en las verjas de los ranchos, creando una escena que parece posterior a la explosión de algo que ha dejado sus pertrechos regados por todas partes.

Hemos caminado dos horas más. Tenemos llagas en los pies después de 45 kilómetros bordeando casetas. El puente férreo que da entrada a Arriaga aparece al fondo como una puerta industrial a una pequeña ciudad sin ningún atractivo. Pero para nosotros es una visión única. Hemos caminado desde las 6 de la mañana hasta esta hora, las 7 de la noche, pensando todo el tiempo que en algún momento nos asaltarán. El puente de Arriaga es lo único que queríamos ver.

Nos despedimos. Marlon, Eduardo y José, los salvadoreños, se van al albergue, mientras nosotros regresamos a Huixtla. No hubo asalto en toda esa inmensidad conocida como La Arrocera. Quizá se han calmado los delincuentes. Tal vez El Calambres no tenía razón, y tras una banda no viene otra. Quizá la historia cambia aquí en Chiapas, y los fiscales y los comandantes están logrado su objetivo.

Nada es lo que parece

Hace cuatro días que hicimos la caminata por los montes de los migrantes. Desde entonces, he conversado con tres personas para saber cómo sigue el área. Para conocer si los demás que han pasado han corrido con nuestra misma suerte.

Carlos Bartolo, encargado del albergue de Arriaga, me cuenta que solo hoy han llegado cuatro migrantes asaltados. Uno de ellos es Ernesto Vargas, un joven de 24 años, de Atiquizaya. Le quitaron 25 dólares y 200 pesos. Fue un hombre con un machete el que lo revisaba, mientras su compañero le apuntaba al pecho con un revólver .38.

Llamo al comandante Maximino, quien explica que está saliendo a un reconocimiento. Al parecer, una banda de asaltantes de La Arrocera se ha trasladado a los límites con el estado de Oaxaca, y han establecido una casa de seguridad en el monte. Su consigna parece ser que si no pueden asaltar a los que van a pie, asaltarán a los que viajan en tren. Le pregunto si ya coordinaron con las autoridades del estado de Oaxaca, si ya les dijeron lo que saben. Responde:

-Es que a ellos no les interesa, no están metidos en el tema, no se puede coordinar con ellos.

Un día más ha pasado. Llamo a Alejandro Solalinde, el encargado del albergue de Ixtepec, Oaxaca, donde llega el tren que lleva a los que han salido de Arriaga. Me cuenta que el tren que llegó esta mañana, después de muchos meses, fue asaltado. Unos vándalos se subieron al vagón en los límites entre Chiapas y Oaxaca, y a punta de pistola y filo de machete, desplumaron a los viajeros.

Una vez más llamo al albergue de Arriaga. Hoy llegaron otros tres salvadoreños asaltados en Huixtla, y una mujer. Una joven hondureña de 24 años. Hace dos días fue violada. Fue en La Arrocera. Lo hicieron sus mismos compañeros de viaje, que dijeron ser migrantes cuando la convencieron de que los acompañara. La violaron los tres y le patearon el estómago hasta que perdió el conocimiento. Cuando despertó, ni ellos ni su amiga estaban. Como pudo, caminó hasta la carretera a pedir ayuda. Sangraba. Era su hijo que se le escurría por las piernas. Se lo mataron a patadas en La Arrocera.