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La tarde de su condena por genocida, a Efraín Ríos Montt le recibieron en la sala de audiencias con aplausos y gritos de viva Guatemala. No eran aún las 4 y una treintena de familiares y seguidores se soltó a vitorearle en su camino al banquillo. Nunca, en ninguno de los días del juicio, había tenido el anciano exdictador tanto respaldo en la sala, a 30 personas arropándolo. Los aplausos solo tardaron unos segundos en quedar sepultados bajo un breve pero eficaz manto de abucheos. La mayor parte de las 500 personas que abarrotaban el salón, las que ocupaban asientos, gradas y pasillos, las decenas reunidas en la plaza que se abre frente al edificio de la Corte Suprema de Guatemala con ganas frustradas de entrar, estaban allí para condenar a Ríos Montt.

Miente quien diga que la tarde del viernes 10 de mayo no esperaba una condena. Los mismos defensores del general retirado la habían anunciado el día antes, en su caso como una supuesta prueba de prejuicio del tribunal, de injusticia. Durante semanas habían denunciado que el proceso era “un linchamiento jurídico” y que la sentencia contra Ríos Montt, gobernante de facto en Guatemala entre marzo de 1982 y agosto de 1983, y contra su exjefe de Inteligencia, Mauricio Rodríguez Sánchez, acusados ambos de genocidio y crímenes contra la humanidad, ya estaba escrita. Y habían anticipado la intención de apelarla.

Los partidarios del castigo lo consideraban, en cambio, una consecuencia lógica de la avalancha de testimonios, pruebas y peritajes presentados por los acusadores para probar que la muerte de más de 1,770 indígenas ixiles, el desplazamiento de decenas de miles, y su persecución y tortura con la excusa de su supuesta vinculación con la guerrilla, constituían un plan de exterminio. En más de un mes de juicio, la defensa se había mostrado torpe en la sala de audiencias, aunque agresiva en los pasillos de las cortes de apelaciones; había estado más interesada en frenar el juicio o anularlo que en probar la inocencia de sus defendidos. Durante las últimas tres semanas había logrado constantes suspensiones del juicio, que en algún momento pareció estar herido de muerte. Pero no. En tres días la jueza Yassmín Barrios había esquivado trabas legales, precipitado el fin del debate público y dejado el caso visto para sentencia.

Barrios ya tenía como credencial de carácter el haber condenado en 2001 a los asesinos del obispo Juan Gerardi, y había demostrado desde el inicio del juicio el 19 de marzo un evidente interés en escuchar testimonios y dictar sentencia lo antes posible. Enzarzada en una batalla personal contra los intereses políticos opuestos por años a la tesis histórica del genocidio, que ahora trataban junto a la defensa de detener el juicio, en las últimas jornadas la jueza había interpretado de forma claramente restrictiva cada posición de la Corte de Constitucionalidad o cada derecho de los acusados y sus abogados que pudiera implicar una nueva suspensión. Ninguna de las posibles razones -apegadas a la ética y al derecho o no- a las que se pudiera atribuir al deseo de Barrios por dictar sentencia favorecían al exdictador.

Por eso la mayoría de los presentes en esa sala el viernes 10 a las 4 de la tarde se sabían parte de un pedazo de historia. Y ansiaban ver el gesto del general en el momento preciso en que por fin escuchara la sentencia. Pero una cerrada barrera de fotógrafos volcados al acecho de ese mismo morbo ocultó desde el primer minuto a Ríos Montt y a sus abogados, y el público, privado de la tentación del escarnio, sin esa distracción, quedó a solas con las palabras de la jueza, obligado a masticarlas en absoluto silencio como si las escuchara por radio.

La nueva verdad histórica

Barrios comenzó la lectura de la sentencia con ritmo vivo, tras anunciar que se trataba de una versión condensada de la misma y que la sentencia completa se haría llegar a las partes el viernes 17 de mayo. Desde los primeros compases fue obvio que daba por válidas las pruebas y argumentos de la acusación: “… a los ixiles se les estigmatizó para exterminarlos…”; “… el ejército no hizo diferencia entre población civil y gente armada…”; “… se persiguió la creación de un nuevo modelo de indígena…”; “… matarlos de hambre…” La sala permanecía muda. Sentada en la cuarta fila, entre decenas de mujeres ixiles y de otras etnias mayas, la premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú se frotaba nerviosa las manos, con cierto disimulo, y no dejaba de hacer temblar la pierna derecha. Los labios fruncidos. La mirada al suelo, arriba, de nuevo al suelo…

A las 4:13 de la tarde, tras la detallada enumeración de hechos, Yassmín Barrios afirmó por primera vez en la historia que en Guatemala se había cometido el delito de genocidio. Lo repetiría a las 4:37. Y varias veces más hasta el final de su sentencia. Silencio aún. Solo miradas cruzadas entre quienes, ante el nacimiento de una nueva historia oficial en Guatemala, necesitaban confirmar que habían escuchado bien. Soplidos, miradas, pero ni una palabra. Solo las de Barrios.

Como brotes en ese huerto de tensión, comenzaron a rodar las lágrimas de algunas de las víctimas. Primero una mujer de rostro triste e inmutable, sentada en la cuarta fila justo al lado de Rigoberta Menchú, que le pasó el brazo sobre los hombros; después, un hombre en la fila tercera, sombrero, bastón de autoridad indígena, inclinado hasta casi guardar la cabeza en su saco rojo de líder ixil para intentar secarse con las solapas los ojos, por debajo de las gafas; y otra mujer en la fila siete, y una anciana sentada a tres asientos de la primera. En diferentes puntos de la sala, en desorden, pañuelos, mangas y manos se pusieron a enjugar en movimientos lentos. Ni un sollozo, ni siquiera un gesto de dolor… solo lágrimas calladas. A medida que escuchaban a la jueza describir lo sucedido “… violación para destruir la semilla ixil…”, “… prueba objetiva de la intención de destruir al grupo ixil…”, “… por querer cambiar sus condiciones de vida se les llegó a considerar enemigos…”, y nombrarlo como verdad probada, las víctimas indígenas revivían el dolor de su historia de muerte, tortura, rapto, huida y hambre, y lloraban la alegría de que a partir de ahora nunca nadie en Guatemala pudiera volver a llamarles mentirosos por contarla. “… Siendo el racismo la base para el genocidio…”

En cuidado orden lógico, Barrios fue encajando como piezas los peritajes de la defensa hasta llegar a la afirmación de que Efraín Ríos Montt estaba informado de la estrategia de exterminio que su ejército ejecutaba en las aldeas del área ixil, y recurrió incluso a lo declarado en juicio por un perito de la misma defensa, el general José Luis Quilo Ayuso, para sustentar que el exdictador estaba, desde su despacho en la capital, al mando de esas operaciones. Sentenció que los planes militares Victoria 82, Firmeza 83 y Sofía concordaban entre sí, que la mayoría de masacres cometidas por el ejército tenían el mismo patrón de conducta, que lo sucedido “no fue espontáneo sino planificado”.

La versión de la defensa del exdictador, y de buena parte de la élite empresarial del país, y de la Asociación de Veteranos Militares de Guatemala (Avemilgua), y del presidente de la república, el también militar Otto Pérez Molina, y del mismo Ríos Montt, empeñados todos ellos en decir una y otra vez que en Guatemala no hubo genocidio, que durante la guerra se habían cometido solo “excesos” aislados imposibles de evitar por las autoridades, se convertía en apócrifa.

Cumplida media hora de lectura ininterrumpida, el silencio entre el público seguía siendo absoluto. Sentada entre varios periodistas, la defensora de derechos humanos Helen Mack mantenía los labios apretados y el gesto concentrado. A su hermana Myrna la asesinaron en 1990 por documentar y denunciar la tragedia de los ixiles. El juicio a Ríos Montt y su gobierno era el juicio a la brutalidad de décadas de gobiernos militares. Mientras, Barrios avanzaba imparable -“… desde su posición podía haber impedido…”, “… la responsabilidad alcanzó al jefe de Estado de facto Efraín Ríos Montt…”, “tuvo conocimiento de todo y no lo detuvo a pesar de tener capacidad para hacerlo…” Apuntalada ya, su siguiente afirmación cayó por su peso: “Consideramos que la conducta del acusado Efraín Ríos Montt se encuadra en el delito de genocidio en calidad de autor, de forma que debe imponerse la condena correspondiente”. Culpable.

Culpable por saber. Culpable por ser, como jefe de Estado, el responsable. Aun dando por posible que Ríos Montt no ordenara expresamente el genocidio, culpable por ampararlo y por no hacer nada para impedirlo.

Eran las 4:44 de la tarde. De forma inexplicable la sala se aferró todavía al silencio. Con gesto compungido Rigoberta Menchú comenzó a buscar miradas en las que apoyarse. Como si se sintiera sola y necesitara ayuda para sobrellevar las emociones que se le agolpaban en el cuerpo 14 años después de haber iniciado ella, ante la Audiencia Nacional de España, el primer proceso por genocidio contra el exdictador en nombre de las mismas víctimas que ahora estaban venciendo en este juicio guatemalteco. Barrios anunció que absolvía a Mauricio Rodríguez por falta de pruebas: “… la duda favorece al reo…” Y hubo entre el público un rumor de descarga. La jueza repitió afirmaciones para referirse al segundo delito imputado, el de crímenes contra la humanidad, o “crímenes contra los deberes de humanidad”, según el Código Penal de Guatemala, y declaró a Ríos Montt de nuevo culpable, y a Rodríguez otra vez inocente.

Los alegatos del abogado de Rodríguez, un día antes, habían sido sólidos, rocosos, centrados en el supuesto carácter consultivo de la figura de Director de Inteligencia dentro de la cadena de mando del ejército y en la falta de pruebas en su contra. El mismo general retirado comentaba una hora antes de la lectura de la sentencia: “No han demostrado que yo haya participado en la elaboración de esos planes ni que yo tuviera mando operativo de las acciones. Pero es que tampoco soy yo el que les importa: la joya de la corona en este juicio es Efraín Ríos Montt”.

Como si la condena no lo significara todo, como si el castigo fuera la verdadera medida de la justicia, fue el anuncio de la pena de cárcel la que desató la respiración de la sala e hizo estallar gritos de “¡Bravo, bravo!” Las víctimas se permitieron, por fin, sonreír, celebrar: “El artículo 376 del Código Penal establece delito de genocidio, contemplando la pena de 30 a 50 años de prisión. Dentro de ese parámetro, los juzgadores hemos optado por imponer la pena de 50 años de prisión inconmutables”. Y 30 más por crímenes contra la humanidad. 80 años de cárcel para un hombre que casi tiene 87. Una cifra para sentar precedente.

Y un gesto para no dejar dudas de la decisión de castigar: la anulación de las medidas sustitutivas que, desde que comenzó el juicio en su contra hace más de un año, habían permitido al exdictador permanecer en su casa, bajo arresto domiciliario, en lugar de en una celda. Solo las cámaras de fotos, las de televisión, las de los documentalistas que pretenden firmar la historia de este juicio en sus imágenes, vieron el gesto de Efraín Ríos Montt cuando se oyó culpable. Y solo ellas captaron su reacción cuando escuchó que se ordenaba su detención y su ingreso inmediato a prisión, una medida que muy pocos de sus adversarios esperaban, dada la edad del exgobernante.

Leída la sentencia, Barrios prohibió al condenado salir de la sala hasta que llegaran agentes de la Policía para llevárselo. Rodríguez, que asistió a todo el juicio en silla de ruedas, fue empujado hacia la salida entre abrazos de sus familiares. No quedará libre hasta que la sentencia sea firme pero no podía deshacer la sonrisa. La mayoría de quienes acompañaban a Ríos Montt también salieron, por órdenes del tribunal, para evitar enfrentamientos con otros asistentes. Un joven del público gritó a la jueza “¡egoísta!”, “¡con el mal no se combate el mal!” antes de retirarse. El resto, el salón aún repleto, no quiso marcharse. No hasta ver al exdictador, al genocida, encaminarse a la cárcel, tal vez esposado.

Una sala en catarsis

Siguieron momentos de desorden, casi de riesgo. El enjambre de camarógrafos que habían permanecido todo el juicio volcados sobre la mesa de Ríos Montt y sus abogados se convirtió de repente en una animalesca marabunta hambrienta de una frase del condenado y una fotografía más cercana aún, como si la intimidad de la imagen se alimentara de centímetros. Los empujones derribaron la mesa, acorralaron a Ríos Montt, hicieron temer por su seguridad. “Señora jueza, me están maltratando”, se oyó gritar al anciano, aprisionado entre sus guardaespaldas y la turba de periodistas. Por momentos pareció que el exdictador saldría herido.

Hubo un conato de pelea entre un periodista y uno de los nietos del general retirado que intentó intervenir para garantizar espacio a su abuelo. Los gritos de la jueza, entre la exigencia de orden, la insistencia en que el acusado no podía salir de la sala y los ruegos tardíos a los periodistas, no consiguieron nada. Tuvo que ser el público el que, al clamor de “quítense, quítense”, obrara la cordura.

Después vendrían la paz y cierto ambiente de milagro. La larga espera, de casi una hora, hasta que el general retirado fue formalmente detenido y escoltado -sin esposas, nunca se le esposó- hacia una patrulla policial, convirtió el salón de audiencias en una vigilia que fue asentando emociones y destilando los gestos. Mack, sin levantarse de la silla, hundida la mirada en el suelo, lloró en silencio, agotada y feliz. El día que la jueza de primera instancia Carol Patricia Flores trató de anular este juicio había dicho: “No hay un mínimo respeto a seres humanos que han esperado 30 años para obtener justicia. No puedes tener paz cuando el Estado ignora a sus propios habitantes.” Lloraba porque se acababa de asentar una esquina de esa paz.

Rigoberta Menchú, entre abrazos y abrazos, daba declaraciones a la prensa. De fondo, el murmullo de las conversaciones se fue volviendo un canto, suave al principio, más fuerte luego: “… aquí no lloró nadie / aquí sólo queremos ser humanos…” Era un poema de Otto René Castillo al que el cantautor Fernando Pérez puso música hace algunos años.

“A partir de ahora el ladino no tiene que ser siempre el que nos juzga, el que nos dice que no hablamos bien, que dice que solo inventamos, el que nos acusa una y otra vez”, decía Menchú. Detrás de su voz, el canto parecía acallarse por momentos, avergonzado de ofender la presunta solemnidad de la sala. Pero cada vez que los versos parecían diluirse, la alegría de parte del público vencía y se repetía con más fuerza la estrofa: “… aquí sólo queremos ser humanos / comer, reír, enamorarse, vivir / vivir la vida y no morirla…” Rigoberta Menchú también seguía: “Hoy se sienta un precendente contra el odio que nos han tenido todos estos años. Aquí se están rompiendo esquemas muy grandes; espero que los guatemaltecos tengamos la altura para soportarlo.”

El canto se prolongó por minutos, mientras Ríos Montt, siempre invisible, ahora tras un cordón de agentes de seguridad, permanecía arrinconado a un extremo de la sala, asediado aún por las cámaras. La fiesta en la sala se celebraba sin él. Maryelena Bustamante, hermana de desaparecido y activista pro derechos humanos, vertida en lágrimas, se acercó a dar la mano, uno por uno, a los 12 abogados que conformaban la acusación. Bustamante había sido una presencia constante durante las audiencias del juicio. Llevó flores rojas a las mujeres ixiles que testificaron sobre las violaciones que habían sufrido en los 80, gritó “¡Ríase, general, pero los gusanos lo vomitarán por asesino!” a Ríos Montt en su cara cuando salía de una audiencia, volvió a regalar flores el día que Yassmín Barrios se nego a acatar, por considerarla ilegal, una orden de anular el juicio.

“Hemos esperado 31 años. Este no es directamente el caso de Emir, pero no solo es él, no son solo los ixiles, en todo el territorio hubo miles de desaparecidos”, decía Bustamante, ladina, entre lágrimas, a quien le escuchaba. “Esta sentencia es un canto a la vida. Sé que no me van a regresar a mi hermano, y no se puede resarcir todo el dolor de este pueblo, pero por algo se empieza a escribir el nunca más en esta tierra.” Y luego, como si se lo dijera a sí misma, como si se tratara de pellizcar para salir del sueño, repetía, en referencia al tribunal: “Se atrevieron. Se atrevieron”.

Justo antes de que la Policía se llevara al exdictador, los partidarios de la causa ixil comenzaron a corear a la que ya consideran “su” jueza: “Justicia, justicia”, “Yassmín, Yassmín”, gritaban en medio de la alegría por la condena. Barrios, en un gesto que da más combustible a quienes la acusan de ser parcial, de estar volcada hacia el lado de la acusación, se levantó sonriente y cruzó los brazos simulando un abrazo. Después saludó con la mano en alto a quienes la coreaban. Una complicidad incómoda en un proceso como este.

Por la noche ya circulaba por la ciudad un lema que se ha convertido rápidamente en viral en ciertos círculos: “La justicia es colocha”, una referencia al cabello rizado de las dos nuevas heroínas de los defensores de los derechos humanos, la fiscal general Claudia Paz y Paz y la jueza Yassmín Barrrios.

El juicio no termina

La sentencia, aplaudida por los organismos de derechos humanos y por la comunidad internacional, no cierra sin embargo el debate que durante el último año se ha ido asentando en la sociedad guatemalteca acerca de la conveniencia de juzgar el pasado y de encarar su propia historia negra. En un país en el que las estructuras militares, políticas y económicas que administraron la guerra contrainsurgente en los años 80 conservan todavía una fuerte cuota de poder, la batalla de apelaciones que ya han prometido los abogados de Efraín Ríos Montt será, como lo ha sido en estas semanas en que el juicio pendía de un hilo, una prueba constante para la institucionalidad y los ríos de influencias que desembocan en la Corte de Constitucionalidad.

“Vamos a botar esta sentencia. El juicio nació muerto. El juicio nació viciado. Con la zurda boto este fallo, se lo garantizo”, amenazaba el defensor del exdictador, Francisco García Gudiel, la mañana del día 10, antes de conocer oficialmente la sentencia. Ya después del veredicto, su colega Francisco Palomo le complementaba: “Lo tendremos que resolver (el caso) a través de los recursos. Si los magistrados de la Corte Suprema y la Corte de Constitucionalidad, que son gente mucho más seria, no cede ante las presiones de la comunidad internacional, los recursos deberían prosperar”.

De momento, la absolución de Rodríguez puede tener un efecto de vacuna para la sentencia, puesto que divide los intereses de una defensa que hasta hoy actuó unida. Al ex jefe de inteligencia de Ríos Montt le interesa ahora que la sentencia sea firme cuanto antes, para quedar libre. Los amparos pendientes, que buscaban anular el juicio, se convierten en un peligroso obstáculo para ello. Queda ver si Efraín Ríos Montt insiste en anular el juicio a costa de arrastrar de nuevo a un largo proceso a su antiguo subordinado.

La reacción del presidente Otto Pérez Molina al fallo del tribunal puede servir, en cualquier caso, de medida para el nivel de crispación política que el juicio ha provocado en Guatemala. Otto Pérez dijo a El Faro el pasado 24 de abril que no se sentía “políticamente implicado” en el juicio contra Ríos Montt. En una entrevista a CNN en español concedida el mismo día de la condena, su primera respuesta al periodista Fernando Rincón fue sin embargo para recordar que la sentencia del tribunal que preside la jueza Barrios no es todavía firme y que, por tanto, todavía se pueden permitir, él y quienes piensan como él, afirmar que en los 80 no hubo genocidio.

Él, general retirado, que en 1982 estuvo destinado como comandante en el área ixil de Nebaj bajo el alias de “Tito Arias”, está especialmente interesado en que así se corrija el fallo de la jueza Barrios. Durante el juicio, uno de los testigos de la acusación contra Rios Montt le nombró directamente como responsable de torturas y de ataques a aldeas ixiles, y si su nombre no resonó más veces en la sala es porque el Ministerio Público, temeroso de agitar más el avispero político que amenazaba con detener el juicio, retiró a los testigos que pudieran incriminarle.

El tribunal dejó además en su sentencia un mensaje ambivalente para quienes, como el presidente, se sienten amenazados por esta justicia incómoda que se niega a olvidar el pasado. Por un lado, la absolución de Mauricio Rodríguez podría interpretarse como una clarificación de la prioridad que, en términos de justicia restaurativa, se marca el sistema judicial guatemalteco, enfocado en el castigo ejemplarizante de los máximos responsables políticos de lo sucedido, por encima de la persecución de los autores materiales. Sin embargo, Barrios anunció explícitamene lo contrario durante su veredicto: “El tribunal ordena al Ministerio Público que continúe la investigación en contra de cualquier persona que pudiera haber participado en los hechos que se señalan.” Al escuchar esta frase, el público presente en la sala, especialmente los ixiles que seguían la sesión por el sistema de tradicción simultánea instalado por la asociación querellante AJR, estallaron en aplausos.

Pesonas cercanas a la otra de las organizaciones querellantes, CALDH, consideran lejana la posibilidad de abrir una serie de nuevos casos contra responsables directos de las masacres de los 80 en territorio ixil, por el enorme esfuerzo humano y económico que supone un juicio de estas dimensiones, pero es, al fin y al cabo, lo que desean muchas de las víctimas.

Tomás Raimundo, de la aldea Salquil Grande, lo decía claro a la salida de la audiencia del viernes, quizá contagiado de la euforia de la victoria judicial: “Tanta mentira en lo que hablan, tanta discriminación… Ya se confirmó que es la verdad lo que contamos. Creímos que no lo lograríamos. El día de ayer teníamos baja la moral, porque los abogados de los militares dijeron que éramos ignorantes, y eso nos bajó la moral, pero ganamos. Ahora lo que queremos es que ojalá siga y salgan en juicios todos los oficiales que fueron, porque no fueron nada más estos dos”.

A su lado, Gaspar Velasco, por años miembro de la directiva de AJR, pero que hace tres años delegó el puesto en un vecino de su comunidad, asentía: “Hay más. Solo los están tapando”. ¿Tienen fuerzas para seguir?, le pregunté. “Claro. Solo si nos morimos vamos a parar. O tal vez no pueda caminar pronto, pero siempre puedo ser testigo sentado”.

—¡Hay un muerto, hay un muerto!

El que gritaba era un muchacho que el conserje del edificio describió como una nena presa de un ataque de nervios. Un marica de unos veinte años, precisó. Decía ser el ahijado del hombre que vivía en el 1° D. Decía que minutos antes, caía la noche en Buenos Aires, había encontrado a su padrino tendido boca abajo sobre un charco de sangre.

—Venga, por favor, venga, hay un muerto –suplicó.

El alerta del conserje movilizó al mismísimo jefe de la División Homicidios de la Policía Federal, que no dudó de marcar el número de la viceministro de Seguridad Cristina Caamaño. La funcionaria se dirigió a la escena del crimen tras ser informada, quien sabe por qué curiosa razón, que el fallecido era Galvarino Apablaza, ex subversivo chileno acogido a asilo político y reclamado en su país por la muerte de un senador.

Ya en el lugar de los hechos quedó claro que se trataba de un chileno muy distinto al que se creía. Un chileno tanto o más célebre, que merecía el sensacional despliegue que estaba en marcha.

Enrique Arancibia Clavel, sesenta y seis años, ex agente de la dictadura de Pinochet condenado por el crimen del general Carlos Prats y su esposa, había sido brutalmente apuñalado en su departamento de Lavalle 1438, en pleno centro de la ciudad. La noche de 28 de abril de 2011, cientos de víctimas de las dictaduras de Chile y Argentina se cobraban Justicia de una manera insospechada.

Lo que vio el muchacho que encontró el cadáver y más tarde la viceministro y la policía y los médicos era para poner los nervios de punta a cualquiera: un cuerpo tendido boca abajo sobre el piso de una salita de estar que hacía las veces de oficina; el reguero de sangre que avanzaba hacia el pasillo, la toalla ensangrentada cubriendo un cuerpo perforado. En esa escena, un tipo de crimen que se repite como la cara más violenta de la homofobia, víctima del odio, murió el espía más siniestro de Pinochet.

El informe de autopsia, elaborado esa misma noche, estableció que el ex agente había recibido treinta y cuatro lesiones de distinta profundidad realizadas por arma blanca. Los cortes más comprometedores se encontraban a la altura del cuello.

La salita no presentaba muestras de una escena violenta, siquiera un forcejeo. En el lugar había una gran pantalla LCD, un juego de sillones, un mini bar y esa fabulosa colección de películas clasificadas del uno al seis mil, que llamó la atención de la policía. La mayoría eran de corte familiar: dramas, bélicas, comedias románticas, y algunas pocas porno. De no ser por algunas salpicaduras de sangre, el video club personal de Arancibia exhibía una pulcritud admirable.

Temblando, entre sollozos, el muchacho que se identificó como David Elías Borelli dijo que su padrino vivía solo. Y que esa tarde, como no contestaba los llamados, decidió ir a verlo a su departamento. Que lo había encontrado. A la medianoche, en la División Homicidios, reconoció que Arancibia no era su padrino sino su novio, que lo había conocido en un foro por Internet. En un par de meses cumplirían dos años de relación.

Borelli decía desconocer el pasado de Arancibia Clavel. Para el muchacho, entonces de diecinueve años, estudiante nocturno de secundaria, el chileno era una persona “muy culta”, aficionado al cine y la literatura, que vivía con cierta comodidad gracias a una flota de taxis que administraba por intermedio de un testaferro al que conoció en prisión.

Unos meses después, Rodolfo Gutiérrez, jefe de la División Homicidios de la Policía Federal, dirá que desde un primer momento, por razones obvias, David Elías Borelli encabezaba la lista de sospechosos. También dirá que ese muchacho flacuchento, que tenía un modo de nena, tan sumiso, tan frágil, no encajaba con el perfil de un asesino.

***

Con la melena a la altura de los hombros, estilo Roberto Carlos, Hugo “Adrián” Zambelli fue al aeropuerto de Ezeiza para recoger a su novio chileno que volvía de un viaje de negocios. Era noviembre de 1978. Chile y Argentina estaban próximos a irse a la guerra por tres islas del canal de Beagle. El efusivo beso con que recibió a Enrique Arancibia Clavel quedó a la vista de los agentes encubiertos argentinos que seguían los pasos de la pareja.

Luego de que subieran a un auto, la policía los detuvo. El chileno estaba acusado de espiar al gobierno argentino por encargo del gobierno de su país. Un buen embrollo quedaba al descubierto. El doble agente tenía una doble vida.

Arancibia lo había conocido a principios de 1974, cuando Zambelli, bailarín y peluquero argentino, formó parte de la primera compañía de revistas montada por Susana Giménez. La Revista de Oro, éxito de taquilla del Teatro Astros. A su modo, en el contexto de la época, Zambelli era una celebridad. Había grabado un disco intrascendente que tituló Ay, amor, dime que sí, y su nombre figuraba en espectáculos de revistas de Moria Casán, Valeria Lynch y la Giménez.

Compartían un departamento en Virrey Loreto, en barrio Belgrano, y secretos de alcoba que también eran secretos de Estado. En 1978 Arancibia informaba a su país del amorío que mantenían el almirante Massera con la vedette Graciela Alfano, compañera de trabajo de Zambelli. “Últimamente se ha sabido de costosos regalos que le fueron hechos” a la vedette por el marino, se lee en el cable secreto que reveló los alcances de una relación afectiva.

La del agente y el bailarín era una relación estable y seria, de compromiso. El coreógrafo Salvador Estévez, que dirigió la Revista de Oro, testificó ante la justicia que el vínculo entre ambos “era íntimo por su estrechez y por la importancia que tenía para ambos”. Un vínculo secreto. Tan secreto como las actividades de espionaje que el chileno desarrollaba tras una fachada de ejecutivo bancario.

Arancibia era hijo, nieto y hermano de militares chilenos. Militares machos, conservadores y de derecha, cuyas vidas parecen predestinadas aún antes de nacer por una matriz de rectitud que no admite fisuras. Arancibia, a su modo, formaba parte de una matriz de fisuras.

Tras un corto paso por la Escuela Naval, y mientras estudiaba Ingeniería en la Universidad trasandina, se vinculó a grupos subversivos de derecha que pretendieron impedir el ascenso al poder de la izquierda en Chile. Su nombre aparece mencionado en el proceso judicial que se siguió por la muerte del ex comandante en jefe del Ejército René Schneider. Cuando fue identificado por la justicia ya estaba refugiado en Buenos Aires. Era 1971, primer año de experimento de gobierno socialista a la chilena.

En Argentina se vinculó a nacionalistas decididos a enfrentar con todos los medios de lucha el avance de la izquierda en el continente. Y esos medios se facilitaron enormemente una vez que los militares se tomaron el poder en Chile y más tarde en Argentina.

Según quedó acreditado en la sentencia judicial que lo condenó a cadena perpetua por el crimen del general Prats, desde marzo de 1974 Clavel operó oficialmente como agente del Departamento Exterior de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), “cargo de extrema confianza” que ejerció bajo la cobertura de gerente bancario. Para esos efectos operaba con el nombre de Luis Felipe Alemparte Díaz.

“El ingreso de Arancibia a tan selecto grupo pudo hacerse realidad en virtud de la estrecha ligazón familiar que existía entre su padre y hermanos -todos ellos militares de profesión- y los círculos castrenses”, se lee en la sentencia. También se lee que la asociación ilícita de la que participó activamente tenía “el fin de perseguir, reprimir y exterminar sistemáticamente a los opositores políticos del nuevo régimen dictatorial establecido en la República de Chile”.

El papel que le cupo en la persecución de opositores comenzó a revelarse en toda su magnitud a partir de 1978, cuando fue detenido en compañía del bailarín de Susana Giménez.

Al allanar la casa que ambos compartían en Belgrano la policía encontró un completo archivo con informes secretos que el agente enviaba regularmente a Chile. Un archivo del horror que documenta los alcances de la colaboración entre los servicios de inteligencia del cono sur para eliminar opositores. En esos informes está la punta de la madeja de casos de personas a las que se les perdió el rastro para siempre o que aparecieron muertas.

Ayudado por la Secretaría de Inteligencia de Estado argentino, el agente chileno tenía montada una máquina de espionaje que se ocupaba de los más mínimos actos de disidencia.

En un cable fechado en diciembre de 1974, comunicaba a Santiago de las actividades del grupo musical chileno Los Jaivas, cuyas canciones “en un 90% son dedicadas a insultar al actual gobierno nuestro”. Luego de clasificar el repertorio del conjunto como “música de protesta”, el agente recomendaba que “sería interesante tomar medidas a nivel oficial con esta gente”.

Si bien los cables quedaron adjuntos al proceso judicial por la acusación de espionaje, estos no cobraron publicidad sino hasta 1986, cuando la periodista chilena Mónica González los encontró en un armario judicial. Catorce años después, esos cables sirvieron como medios de prueba para condenar a Arancibia Clavel por su papel en la planificación del atentado explosivo que en septiembre de 1974 despedazó al general Carlos Prats y su esposa Sofía Cuthbert.

Una segunda condena se le vino en 2002. Las chilenas Laura Elgueta y Sonia Díaz reconocieron a Arancibia como uno de los hombres que las torturaron en el campo de detención Club Atlético. Lo delató su rostro, su voz y esa inconfundible estela a colonia Flaño, muy de moda entre los machos chilenos de la época, que el agente dejaba a su paso. En su declaración judicial, Elgueta recordó que fue sometida a la picana eléctrica y que el agente chileno jugaba al policía malo mientras otro de origen argentino hacía de bueno.

En estas cosas ocupaba sus días el hombre que se hacía llamar Luis Felipe Alemparte Díaz, falso ejecutivo bancario que en las noches se confundía con la rutilante decadencia de la farándula porteña.

***

En el estilo parco y notarial de la Justicia, el fiscal a cargo del caso recogió el informe de la médico legista Ana Patricia Spinetti para dar cuenta de algunos hechos observados en el lugar donde fue hallado el cuerpo de Arancibia Clavel:

“Se dejó constancia que el cadáver fue hallado tapado parcialmente por un toalla ensangrentada, la cual fue removida por personal del SAME (Sistema de Atención Médica de Emergencia) al momento del arribo; que poseía una camisa, un jogging deportivo y no tenía ropa interior, poseyendo colocados un reloj y un anillo.

En cuanto al examen lesionológico se dejó asentado que se observaban múltiples lesiones causadas por arma blanca punzo-cortante en varias regiones corporales, concentradas especialmente en rostro, cuello y parte superior de tórax.

Por otro lado se ha indicado que la puerta de entrada a la vivienda no se encontraba forzada, lo que permitía presumir que la víctima permitió el ingreso del agresor, también se indicó en cuanto al número de atacantes que presuntamente fue uno solo, aunque no puede descartarse la participación de otra persona; escasos signos de violencia en la morada en sí, cuya mayoría de objetos y muebles no revelaban el desorden de una gran lucha, y escasos signos de lesiones de defensa en las manos del occiso.

Asimismo se ha dejado asentado que todas las lesiones fueron causadas por un arma blanca y son vitales, es decir, han sido ocasionadas en vida de la víctima, como así también que las heridas resultan ser de dos clases: incisas o cortantes y punzo cortantes, cuyas características permiten presumir que el arma se trataba de un elemento cortante de buen filo.

En cuanto al ataque se ha sostenido que resultó fulminante y por sorpresa, no dando margen a maniobras de defensa significativas o de escape a la víctima, estimándose en muy breve tiempo de sobrevida de la víctima como consecuencias de las cuantiosas hemorragias en virtud de las numerosas y extensas lesiones en la región del cuello”.

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Al caer la noche, este edificio del centro de Buenos Aires cobra un aire triste. Las oficinas de abogados, médicos y contadores comienzan a vaciarse y la calle, que ha tenido un nervioso ajetreo, se torna inhóspita y fantasmal: una tierra de nadie.

Tras acogerse a una rebaja de pena que le permitió ahorrar años de cárcel, Arancibia llegó a vivir aquí en 2007. Ocupaba un departamento de dos ambientes y era uno de los pocos residentes del edificio. No es extraño entonces que en esa tarde abril nadie hubiera escuchado gritos, siquiera un alboroto, proveniente del 1° D.

A partir del testimonio de su novio, y de los pocos que lo frecuentaban con regularidad, se puede establecer que su día arrancaba tarde, hacia el mediodía, con un café, un cigarrillo, una batería de suplementos vitamínicos y minerales y una aspirina. Luego de una ducha encendía la computador.

Ya sea por pereza o seguridad, Arancibia no era de salir. Lo hacía por asuntos muy puntuales. Para comprar cigarrillos Winston en el quiosco de la entrada del edificio, para recoger la recaudación del día de los taxis o cenar en algún restaurante del barrio. El resto del tiempo transcurría frente a la pantalla del computador.

Para un ex agente secreto como Arancibia, que vivía bajo libertad vigilada, que no podía salir del país ni confiarse demasiado, internet era todo. Un mundo virtual, solitario, monótono. Mataba el tiempo leyendo la prensa en línea y navegando entre correos, foros y juegos de rol. Glory of Rome lo tenía atrapadísimo: el juego exige la conquista estratégica de territorios para la conquista de una civilización superior.

A alguna hora del día, entre las películas y los comentarios en distintos foros, Arancibia también trabajaba.

Marcelo Roma, el fiscal que llevó la investigación, dirá que Arancibia anotaba cada peso que entraba o salía de los taxis. Lo mismo hacía con su colección de películas, de las que llevaba un registro acabado de títulos ordenados alfabéticamente y numerados del uno al seis mil y tanto. Quizás por su formación militar, quizás por sus estudios de ingeniería, el ex agente era un hombre estructurado como un cubo, de ideas fijas y rutinas inalterables.

Esa manía enfermiza por el orden y las cuentas lo llevó a conservar el archivo de cables secretos que la policía encontró a fines de los setenta. Probablemente esa manía también ayudó a que el negocio de los taxis marchara sobre ruedas. Llegó a tener cuatro. En los días en que fue apuñalado estaba próximo a comprar un quinto.

El fiscal Roma dirá también que la mayoría de los contactos sexuales los conseguía en foros de Internet. A David Elías Borelli lo conoció así. Borelli estaba con Arancibia por algo más que un interés económico. El chileno lo obligaba a pagar las cuotas del teléfono celular que le había comprado. Así era Arancibia.

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Desde la División Homicidios de la Policía Federal, un lugar frío y silencioso, el subcomisario Rodolfo Gutiérrez dirá que si bien nada podía descartarse en la investigación desde un comienzo se pensó en un crimen pasional. Todos los elementos apuntaban a eso. El perfil de la víctima. El ensañamiento irracional del victimario. Los objetos valiosos que nadie robó.

El círculo íntimo de Arancibia se reducía a tres personas. Cuatro, contando al novio. Estaban Borelli, una empleada doméstica, un joven asistente que se relacionaba con los chóferes de la flota de taxis y un socio y testaferro al que había conocido mientras estuvo detenido en el Edificio Centinela.

Juan Carlos Ortigoza era el gendarme encargado de llevar el almuerzo y la cena a los pocos y renombrados detenidos que se encontraban en el Centinela. Ahí trabó amistad con el chileno, a quien respetaba por su deferencia y su buen trato. También por su cultura, especialmente en “temas literarios”, según le dirá al fiscal.

Entre ambos había una un respeto, una estima mutua, no más que eso, precisará Ortigoza.

Una vez que el chileno salió en libertad, Ortigoza terminó confiándole sus ahorros para la compra de taxis que quedaron a su nombre. Al testaferro de Arancibia la política lo tenía sin cuidado. Recibía un porcentaje de las ganancias y se mostraba agradecido.

De la recaudación se encargaba su joven ayudante, sino él mismo, que bajaba a calle Lavalle a buscar la recaudación del día. Se la entregaban los chóferes. No tenía buen trato con ellos, dirá el fiscal. Desconfiaba, los miraba en menos, especialmente a los paraguayos.

Los chóferes, como el novio, el socio y el asistente personal estuvieron en la mira de la investigación. Los contactos sexuales de ocasión, también.

La policía revisó el historial de los computadores y los teléfonos. A dos semanas del crimen, después de un largo desfile de chicos, surgió una pista. El 28 de abril Arancibia había recibido una llamada hecha desde un locutorio telefónico de la Avenida de Mayo. Tras revisar los videos del local, y poner un policía de custodia, identificaron a un chico con heridas en brazos y piernas. Se llamaba Ángel Gabriel Cabral. En la habitación que compartía con otro muchacho, la policía encontró un cuchillo cocinero con manchas de sangre y el teléfono móvil de Arancibia.

—Cuando lo detuvimos, el chico lloró y confesó –me dirá Gutiérrez-. Pero después se mostró tranquilo y guardó silencio… ¿Cómo era? Un chico, normal, delgado, pelo crespo, morocho, veinte años, bien vestido. Me parece que venía de Misiones. Un lindo chico.

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Ángel Gabriel Cabral no declaró ni lo hará. Permanece detenido desde entonces, a la espera de un juicio por un hurto, previo al asesinato de Arancibia. El fiscal lo acusa de homicidio agravado y pide cadena perpetua. Lo inculpan los objetos hallados en su poder y las muestras de sangre encontradas en el departamento.

El novio de Cabral sí declaró. Francisco Javier Arzamendia dijo que en los días previos al crimen Cabral estaba de muy mal humor, irritable, agresivo. Algo lo violentaba profundamente. Se habían conocido hace pocas semanas en las cercanías del Obelisco. Arzamendia era botones de un hotel; Cabral decía ser empleado de una empresa de aseo, aunque en realidad se ganaba la vida como taxi boy.

El día del crimen Cabral llegó con cortes en los brazos y las piernas. Le dijo a su novio que habían intentado asaltarlo. Esa noche lo invitó a cenar. El ánimo mejoró con el correr de los días.

Ya detenidos, y aprovechando un traslado, Cabral y Arzamendia volvieron a reunirse. Cabral negó haber matado a Arancibia pero al rato, según Arzamendia, confesó:

“Me explicó que él había matado a ese señor, que había sido en calle Lavalle, en el departamento del sujeto entre las 13 y las 14. Le pregunté por qué lo había hecho. Me dijo que era por una cosa muy fea que él le había hecho y no quería hablar del tema, pero finalmente me lo contó. Me dijo que a este hombre lo conocía desde hacía ya meses, que había sido drogado y abusado por este hombre, y que eso lo hacía el señor cuando lo invitaba a su casa. Me dijo que él se despertó un día y estaba desnudo, sin saber lo que había pasado y que desde ese día lo volvió a ver una vez más y me confesó que fue por ese motivo que lo tuvo que matar”.

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A partir de los antecedentes disponibles en el proceso judicial, y de algunos otros aportados por testigos y policías, se puede establecer algunos supuestos. Cabral salió de la pensión que compartía con Francisco Javier Arzamendia con la intención de matar a Arancibia a cuchillazos, para eso se llevó un cuchillo cocinero. Cabral no era la única pareja ocasional de Arancibia, pues en su poder se encontraron llaves de otros departamentos. David Elías Borelli desconocía que Arancibia tenía otras parejas y que se enteró de eso en el transcurso de la investigación. Enrique Arancibia Clavel fue atacado por sorpresa, probablemente por la espalda. Pese a las fuertes estocadas, intento algún acto de defensa. Arancibia nunca reconoció culpa o responsabilidad alguna en casos de Derechos Humanos, cuanto más, alguna vez admitió haber colaborado con la servicios policiales de Pinochet, pero de eso no estaba arrepentido, sino más bien lo contrario. Fue juzgado por un porcentaje mínimo de los crímenes en los que estuvo implicado. Es muy probable que, de no ser por Cabral, Arancibia hubiera seguido caminando por Buenos Aires. La justicia tarda y, a veces, impulsada quizá por fuerzas sobrehumanas, acude en momentos y modos insospechados, a veces particularmente crueles.

Una tarde fui a conocer al dictador más malvado del mundo. Su nombre es Charles Taylor, gobernaba Liberia y era un asesino en serie con el disfraz de un presidente. Había ido a entrevistarlo a su residencia de Monrovia, la capital de ese país, en los días que había ordenado exorcizar su palacio presidencial. No era un megalómano como Saddam Hussein, quien se creía la reencarnación del rey Nabucodonosor de Babilonia, y ejercía su poder de una manera tan absoluta y brutal como otro de sus héroes favoritos, Stalin. Tampoco era como el disparatado de Kim Jong II, el sol Radiante de Corea del Norte, cuyos caprichos llegaban hasta raptar a directores de cine para que rodaran películas bajo su dirección, y era hijo de su fallecido papá Kim Il Sung de quien había heredado su poder dinástico y, gracias a ese curioso sincretismo de estalinismo y confucionismo, también su estatus de dios viviente. Tampoco encajaba en la estirpe de dictadores fundamentalistas como Pinochet, quien desde una lógica nazi y anticomunista de la Guerra Fría, creía que todos sus crímenes eran por el bien de su pueblo.

No es ninguna novedad decir que los dictadores son malvados, pero siempre será un desafío entender el origen y el método de su maldad. El presidente de Liberia había asesinado a más de medio millón de inocentes. La explicación es tan simple que hasta podría parecer la de una madre a su niño: Charles Taylor mataba porque quería más riqueza, más poder y, al parecer, mataba también porque le daba la gana.

Pero mi fascinación por Taylor no había nacido sólo al enterarme de las terribles noticias sobre él, sino también porque yo había vivido en Liberia, cuando era un adolescente. Entonces me había internado en su selva más hostil y visitado varias veces el caserío Balama, donde vivía gente de la etnia Bpelle. La primera vez que bailé en mi vida fue con ellos y sus habitantes me bautizaron con un nombre honorífico: Saki. Significaba, según me dijeron, “el chico que llegó por sorpresa”. Durante años llevé con orgullo ese nombre, y desde entonces soñaba siempre con volver a Liberia. La oportunidad fue cuando me enteré de que Charles Taylor había aparecido monte adentro, como líder de unos guerrilleros.

Liberia deriva, es obvio, de libertad. La tradición decía que el poder quedaría en manos de los libero-americanos, es decir, de los descendientes de los esclavos norteamericanos devueltos a África, quienes a mediados del siglo XIX fundaron el país de Liberia, la primera democracia de África. Todo iba como de costumbre –harta corrupción sin una violencia descarada–, hasta que en 1980, un sargento de la etnia Krahn, Samuel K. Doe, dio un golpe de estado. Para comenzar, Doe y sus amigos destriparon al entonces presidente William Tolbert en su cama. La primera dama fue violada y luego desnudada y humillada en público.

Doe invitó a la prensa internacional a Monrovia para que fuesen testigos de una serie de ejecuciones en una playa cerca de la capital. Allí sus soldados mataron a balazos a los principales ministros del gobierno del ex presidente Tolbert. Fue el fin de una era, la del poder de los libero-americanos. Fue el principio del poder de los de monte adentro y también de una guerra tribal sangrienta.

Uno de los primeros aliados de Doe fue Charles Taylor, hijo de un maestro bautista, quien se había puesto a sus órdenes al día siguiente de su golpe de estado. Entonces Taylor era un activista estudiantil que acababa de volver de Massachussets, donde había estudiando administración de empresas en un college. De inmediato se lució al lado del analfabeto Doe. Llegó a ser el ministro de la Agencia de Servicios Generales, que vigilaba todas las compras del gobierno y aprovechó al máximo su tarea: acusado de un desfalco de un millón de dólares, Taylor se esfumó de Liberia y volvió a aparecer en Boston, su antigua morada, cuando estaba a punto de ser arrestado (y quién sabe si asesinado por Doe). A insistencia de éste, fue capturado por la policía de los Estados Unidos y encarcelado, en espera de su extradición. Dos años después, Taylor escapó de la cárcel y se volvió un misterio.

La Nochebuena de 1989, el hombre más buscado de Liberia apareció en la selva fronteriza de este país encabezando un grupo armado, el Frente Patriótico Nacional. Se sabe que antes había estado en Libia, recibiendo armas y entrenamiento de Muammar Kaddafi para su gesta libertadora. Y Taylor empezó la guerra. A los seis meses, sus guerrilleros habían avanzado hasta las afueras de Monrovia. Lo único que los frenaba era la intervención de tropas de los países vecinos, sobre todo de Nigeria. En medio del caos, uno de sus principales lugartenientes, Prince Johnson, rompió con Taylor, lideró su propia facción, y frente a las narices de las tropas extranjeras capturó al presidente Doe. Después, en una noche de cerveza, videos y sangre, lo torturó hasta la muerte filmándolo todo.

Me fui acostumbrado así a las noticias de Liberia. La televisión exhibía, como un macabro carrusel, las imágenes de sus guerreros adolescentes, vestidos con batas de ama de casa, pelucas y máscaras tipo Viernes 13, envueltos en una orgía de sangre que iba a exterminar a por lo menos doscientos mil liberianos en los siguientes siete años. Taylor se había hecho invencible en un pueblo del interior –próximo a Balama, ese caserío selvático de mi adolescencia–, donde vivía custodiado por sus incondicionales soldados que vigilaban los puntos de entrada a su refugio y que adornaban sus retenes con calaveras y vísceras humanas. Cuando veían mujeres embarazadas, los guerreros de Taylor hacían apuestas jugando a adivinar el sexo de los fetos. Para averiguar quién era el ganador, abrían los vientres de las mujeres con bayonetas y machetes. Les gustaba bautizarse con nombres tipo General Fuck Me Quick, Babykiller y Dead Body Bones. A ojos de todos, arrancaban los corazones de personas vivas y se los comían crudos en plena calle, con el doble propósito de intimidar a los transeúntes y, según las viejas creencias tribales, adquirir el poder de los fallecidos.

No fue suficiente quedarse a jugar a ser el diablo en Liberia. Otro de sus lugartenientes, Fondoy Sankoh, volvió a Sierra Leona, su país natal fértil en diamantes y vecino del infierno de Taylor. Entre su séquito, el nombre en clave de Sierra Leona era Kuwait. Allá, en su patria, Sankoh fabricó una guerra civil y más muertes con su fúnebre ejército de guerreros arrancalenguas y cortabrazos. Desde sierra Leona, Sankoh enviaba a Taylor los diamantes de las minas conquistadas para que éste los vendiera a su antojo. En 1997, dueño de las tres cuartas partes del territorio de Liberia, Taylor accedió a presiones internacionales para participar en elecciones democráticas, a sabiendas de que las iba a ganar. Su escalofriante eslogan de campaña era “Better the Devil you know than the Angel you don’t”. Más vale demonio conocido que ángel por conocer. Taylor ganó. Setenta y cinco por ciento de los votantes eligieron al diablo conocido. Sabían que, si no votaban por él, el diablo continuaría su guerra.

Volví a Liberia un año después de la llegada al poder de Taylor, quien entonces ya era el presidente legítimo de Liberia. Monrovia era casi una ruina, sin luz eléctrica ni agua potable. Taylor se había mandado a construir una villa despampanante en un suburbio, Congotown, muy cerca de un campamento de desplazados de la guerra. Aquella residencia estaba amurallada y adentro tenía una capilla privada, una cancha de tenis y otra de baloncesto, una piscina y una flota de Mercedes Benz. Vivía ahí con su mujer y una cuarentena de huérfanos de guerra a quienes trataba como si fueran sus hijos. Cada mañana, Taylor salía de su residencia escoltado hacia sus oficinas de la Mansión Presidencial en un convoy de unos treinta vehículos manejados a alta velocidad por sus niños asesinos –los llamaba su Special Security Service–, quienes apuntaban sus Kalashnikov y cohetes antitanques RP-7 a todo civil que aparecía a su paso por la calle. De vez en cuando, mataban a alguien.

Afuera de esa mansión hubo una estatua conmemorativa del soldado desconocido. Había estado allí hasta unas semanas antes de mi llegada a Liberia, cuando el dictador ordenó su destrucción a través de un “ritual de purificación” de ese palacete. Fue el propio consejero religioso del presidente, el obispo Alfred Reeves, quien me explicó que era una operación urgente y necesaria: había rumores de que, como un ritual de sacrificio, el ex presidente Doe había enterrado vivo a un niño bajo ese monumento. El obispo en persona se encargó de esa ceremonia de purificación, que, además de la demolición de la estatua, involucró la “consagración” de cada habitación de la Mansión Presidencial. Setenta clérigos se dividieron en siete y siete, y se pasaron siete días trasladándose de una sala a otra, orando y en ayunas. “El número siete –me recordó el obispo– es el número de suerte del presidente”. A pesar de estos rituales, según el consejero, era posible que la purificación no hubiera funcionado del todo. En los últimos días se había detectado un gato negro husmeando por el palacio. No era un gato cualquiera: “Es un brujo transformado en gato”, me dijo el obispo. “Y esto es muy peligroso”, advirtió.

Un día, mientras visitaba la Mansión Presidencial, vi que estaban talando los árboles del jardín. Un soldado me dijo que los estaban cortando porque habían visto un búho. Y era obvio: los búhos no eran búhos, sino brujos. La brujería, el Juju, ha sido siempre fundamental en la política de Liberia, y en algunas de sus prácticas como el canibalismo y los sacrificios humanos. La ceremonia de consagración de La Mansión era un indicio de que Taylor era creyente del Juju. Los rumores que circulaban en Monrovia durante mi visita decían que Taylor tenía un balde de sangre fresca humana al lado de su cama, y que cada día se bañaba en él. Pero también que él era culpable de la serie de asesinatos rituales cometidos por esos días por los cazadores furtivos de corazones humanos, llamados “hombres-corazón”, quienes proveían de órganos vitales a gente con ambiciones políticas, o a políticos que deseaban aún más poder. Así mataban a civiles incautos, les arrancaban el corazón y se los daban a los candidatos, quienes se lo comían con la convicción de que iban a acrecentar su poder.

Algún tiempo antes, Charles Taylor se había añadido el título Dakhpannah al de presidente, que, entre las doce tribus de Liberia, significa “Zo Supremo”, o Gran Jefe de todas las tribus del país. Existen dentro de ellas unos seres llamados “Diablos del Monte”, quienes ejercitan su poder en complicidad con los jefes tribales de la estrategia del terror. Son hombres de verdad, shamanes que viven escondidos en la selva y que sólo aparecen de noche, disfrazados de máscaras y disfraces espantosos para ejecutar rituales, sermonear a las tribus y castigar con maldiciones de Juju a los pecadores. Taylor se había hecho no sólo con el poder político de Liberia, sino también con ese poder folclórico, el del terror de los diablos del monte. No era un presidente cualquiera, sino el Supremo.

Aquella tarde que fui a visitar a Taylor a su residencia en Monrovia, el dictador me recibió en la cochera de su casa, frente a la fila de sus Mercedes Benz. Era un hombre bajo, atlético, con barbita y cara de luna. Vestía un camisón y pantalones sueltos de color marfil, calzaba unas pantuflas de piel de pitón con adornos de oro, un reloj de oro incrustado de diamantes y anteojos negros con mangos de oro. Se protegía del sol con una gorra de béisbol negra adornada, en hilo dorado, con unas letras que decían: “President Taylor”. Sus manos descansaban sobre un palo color sangre de buey. Me dijo que ese palo provenía de un árbol sagrado de la selva cuya virtud era causar la muerte de todo animal que se acercaba. A primera vista, Taylor parecía el espectro de un rey de la Edad Media.

Sentí que me estaba confirmando todo lo que sospechaba de él: con su respuesta sobre el palo, me estaba diciendo que tenía poder sobre la muerte y que le gustaba conservarla siempre cerca. Sentía una profunda repugnancia, pero también una extraña fascinación hacia él. Quería saber hasta dónde estaría dispuesto a revelar su verdad, saber si aún podía existir una gota de conciencia en ese hombre. Le pregunté si sentía alguna responsabilidad moral por todas las atrocidades cometidas en su país durante la guerra. “Yo ya me he disculpado con la gente de Liberia. He pedido su perdón”, me dijo. “Y también los he perdonado”. Lo interrogué también sobre los rituales Juju de su ceremonia de consagración. “¿Fue un exorcismo?”, pregunté. “Ay, no, mi querido, yo no diría que fue un exorcismo”, me dijo, riéndose a carcajadas. “A través de los años de guerra en Liberia, hemos rezado y ayunado. Somos un pueblo muy, muy, muy religioso. Somos gente que reza, como en los Estados Unidos. Quiero decir, allí está nuestra fuerza y en Dios confiamos”, me dijo.

Su modo de evadirme y la falta de sinceridad eran evidentes. Hablaba sin convicción alguna, sus ojos vagaban a los lados y no dejaba de acomodarse en su tronito. Taylor seguía explicándome en un tono altanero y pedagógico. “Tú sabes, en algunas partes de África hay todavía gente que cree en los sacrificios humanos. Todas esas cosas son pura vanidad”. Taylor dejaba todas las sospechas sobre él flotando en el aire. Y era lógico: en la duda está el terror. Y en el terror está su poder. “Así que, después de la guerra, y cuando llegué a ser presidente –continuó– creímos esencial consagrar esta Mansión Presidencial. La purificación era para rezar y agradecer a Dios por traer un presidente a este edificio”. Y me dio una sonrisa complaciente.

He conocido en persona a varios dictadores, pero nunca a alguien tan malo como Taylor. A su lado, Fidel Castro es un santo caribeño digno de beatificación. El propio Pinochet, con quien conversé varias veces antes de que lo detuvieran en Londres, estaba consciente de que era responsable de unos tres mil muertos, pero el tono de sus evasivas me hizo comprender que sabía muy bien que había cometido esos crímenes y que temía ser juzgado y castigado. Dentro de él, había, muy escondida, una conciencia moral que él mismo había violentado. Pinochet fue cobarde y criminal, pero no me pareció un hombre intrínsecamente malo. También había ido a Irak a investigar a Saddam Hussein, y llegué a conversar con amigos muy cercanos de él. Su cirujano plástico de cabecera me lo definió como un hombre muy práctico, algo paranoico y brutal: “Es muy bueno con su amigos”, me dijo, “pero implacable con sus enemigos”. Su caso es comprensible, en su tradición regional, donde el ejercicio del poder ha sido de lo más paranoico y sangriento.

Saddam Hussein quizás estaba loco, pero con cálculo: mataba y tenía delirios de grandeza, pero hacía obras sociales. Taylor, en cambio, parecía ejercer mal como un destino en sí, y existir incluso al margen de sus deberes públicos de presidente: se quejaba conmigo de que la gente le molestara demasiado con sus súplicas, pidiéndole ayuda siempre. En un año de gobierno, no había hecho ninguna construcción, excepto la de su propia mansión. Puede entenderse que haya hombres que se corrompen con el poder, incluso que los seres humanos más normales y anodinos sean capaces de crueldad en situaciones extremas de guerra y de miedo. Pero Charles Taylor ejercía esa maldad perversa de los asesinos en serie, que se deleitan con hacer sufrir a sus víctimas prolongando su agonía, esa crueldad espantosa que uno se pregunta si puede provenir de un ser humano.

La maldad de Taylor era tan insólita que él era un extravagante del mal. Si hacemos matemáticas –entre Liberia, Sierra Leona y Guinea, otro país vecino adonde ha llegado el efecto Taylor– más o menos medio millón de personas ha muerto por él, un promedio de cincuenta mil vidas al año y de modos tan atroces que no me atrevería a contar. ¿Cuántos más iban a morir por él mientras viviera? Había que entender que Taylor era como Nosferatu: necesitaba sangre fresca para mantenerse poderoso y con vida. Si alguien puede tomarse la molestia y hacer el favor de fulminarlo de una vez, se salvarán miles de vidas humanas.

¿Cómo termina? El dictador muere, marchito y demente, en su cama; huye de los rebeldes en un avión privado; es atrapado escondiéndose en un puesto de montaña, en una cloaca, en el hueco de una araña. Es enjuiciado. No es enjuiciado. Es arrastrado, sangrando, alucinado, a través de las calles; luego, es ejecutado. La humillación llega en una miríada de formas, pero lo que se revela es siempre lo mismo: las tecnologías de la paranoia, las historias de matanza y miedo, las bóvedas, las economías nacionales utilizadas como propiedad personal, las mascotas absurdas, las prostitutas, los arreglos dorados.

Instintivamente, cuando los dictadores son derribados, invadimos sus castillos y exponemos sus vanidades y lujos –los zapatos de Imelda, las joyas del Sha. Saqueamos y profanamos, para poder, al fin, inútilmente, reducir su estatura. Después de la caída de Bagdad, visité el más chillón palacio de Saddam, examiné sus obras de arte de mal gusto, sus cigarros cubanos, sus lagos privados con sus peces gigantes especialmente criados, las efigies de bronce de autoadoración. Vi treinta años de cuerpos en tumbas secretas, junto con los de iraquíes atados y fusilados apenas horas antes de la liberación. En Afganistán, el Mullah Omar, un déspota de gustos más simples, dejó detrás poco más que flores de plástico, algunos Land Cruisers con CDs de música islámica, y un jardín descuidado donde había pasado horas mimando a su vaca favorita.

Durante el largo levantamiento en Libia, recorrí las ruinas de los cuarenta y dos años de Muammar Gadafi en el poder. Estaban los usuales oropeles de la autoridad solipcista –los armamentos y los ornamentos–, pero sobre todo había un vacío, la sensación de que su manía no había dejado espacio en el país para ninguna otra cosa. Gadafi no era el peor de los dictadores del mundo moderno; la pequeñez de la población libia no le proveyó el adecuado lienzo humano para competir con Saddam o Stalin. Pero pocos fueron tan vanos y caprichosos, y en tiempos recientes sólo Fidel Castro –quien pasó casi medio siglo como Jefe Máximo de Cuba—reinó durante más tiempo.

¿Cuál es el momento correcto para irse? Nicolae Ceausescu no comprendió que era odiado hasta que una noche de 1989 una multitud de sus ciudadanos comenzó súbitamente a abuchearlo; cuatro días más tarde, él y su mujer enfrentaban un pelotón de fusilamiento. Del mismo modo, Gadafi esperó hasta que era demasiado tarde, y continuó desafiando y pronunciado discursos rimbombantes mucho después de que su gente lo había rechazado. En una entrevista en las primeras semanas de la revuelta, desestimó la sugerencia de la periodista Christiane Amanpour de que podría ser impopular. Ella no entendía a los libios, dijo: “Toda mi gente me ama”.

Para Gadafi, el fin llegó en etapas: primero, los levantamientos en el Este, las sucesivas luchas a lo largo de la carretera de la costa, los bombardeos de la OTAN, los sitios de Misurata y Zawiyah; luego, la caída de Trípoli y, finalmente, el sangriento final de juego en la ciudad mediterránea de Sirte, su lugar de nacimiento. En los días que siguieron a la toma de Trípoli, este agosto, la ciudad era un sitio irreal y nervioso. Los rebeldes dramatizaban su triunfo removiendo los símbolos visibles del poder de Gadafi donde fuera que los encontraban. Profanaban los ubicuos retratos del Hermano Líder y colgaban caricaturas en las que lo retrataban con el cuerpo de una rata. Reemplazaron sus banderas verdes con la verde, roja y negra anterior a él. Arrastraron fuera alfombras que llevaban su imagen –una vista común en los edificios oficiales—para que fueran pisadas en umbrales o arruinadas por el tráfico. En uno de los muchos Centros para el Estudio e Investigación del Libro Verde, una gran pirámide de cemento verde y blanca, la puerta de vidrio estaba en pedazos, el interior destrozado. Adentro, encontré una docena de copias del Libro Verde —el depósito de las excéntricas ideas de Gadafi— flotando en una fuente.

Los rebeldes tomaron cautelosamente el pulso de la ciudad, investigando áreas selladas y cazando a enemigos escondidos. Algunos buscaban los cuerpos de amigos caídos; otros querían castigar a los que creían responsables de los crímenes de guerra. A medida que su victoria se tornaba más segura, los ciudadanos comunes comenzaron a aventurarse y a explorar los lugares desde los que Gadafi los había gobernado por décadas.

Con todo, una inquietud existencial prevalecía. Era imposible imaginar la vida sin Gadafi. El 1 de septiembre de 1969, el día en que él y un grupo de sus camaradas, oficiales inferiores del ejército, arrebataron el poder al monarca libio, Rey Idris, Richard Nixon tenía siete meses en la Presidencia; el festival de Woodstock había tenido lugar dos semanas antes. En África, pese a una década de dramática descolonización, diez países languidecían bajo el dominio colonial o de la minoría blanca. Gadafi tenía apenas veintisiete años, era carismático e innegablemente apuesto. Nada sugería la figura payasesca y despotricante de años posteriores.

A medida que la población libia más que triplicó su número, de menos de dos millones a más de seis, Gadafi se convirtió en un dictador tan completo como la región había visto: viéndolo todo, controlándolo todo, megalómano. Para el mundo exterior, era el Michael Jackson de la política global, una figura desquiciada cuya vasta riqueza compró repetidas indulgencias a su comportamiento indecente. Dentro de Libia, su imagen era definida por los mecanismos y la profundidad de su control.

Aunque Gadafi era ampliamente despreciado, era admirado hasta la reverencia por su astucia —tanto que aún después de que abandonó Trípoli a los rebeldes muchos libios temían que fuera todavía capaz de superar a sus enemigos y volver al poder. Un ex alto funcionario de gobierno me dijo: “Me siento como un hombre que está en un agujero oscuro, que ha llegado a la luz y está nublado… ¿Qué ocurrirá ahora?”. Gadafi lo inquietaba. “Es un genio”, dijo. “Es como un zorro. Es un hombre muy peligroso y todavía tiene trucos bajo la manga. No podré convencerme de que se fue hasta que lo vea muerto”.

En el otoño de este año, Regeb Misellati, el ex director del banco central de Libia, me recibió en su elegante casa en Trípoli. Como muchos ex funcionarios del régimen, Misellati se definía como un outsider, incluso una víctima. “Nos hemos librado de Gadafi, pero ¿qué vamos a hacer ahora, luchar entre nosotros?”, preguntó. “Los libios estamos como detenidos en 1969 –incluso intelectualmente, estamos retardados. Aquellos de nosotros que viajamos pudimos descubrir el resto del mundo, otras ideas. Pero para la mayoría de la gente no hay nada que aprender excepto las enseñanzas del Libro Verde y las consignas –muchas consignas. No había instituciones civiles, ni sociedad civil. Gadafi no dejó nada excepto la destrucción material y cultural”.

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Bab al-Aziziya, el complejo de Gadafi en Trípoli, no era el tipo de residencia presidencial que permite tours de escolares. Muros de cementos, ranuras para armas y torretas de guardias separaban a Gadafi y su círculo íntimo de la vida en la capital. Dentro de los muros había un extendido entramado de complejos que se intersectaban. En el camino de entrada, un par de viejos carteles rezaban: “Abajo, Abajo EE.UU” y “Amamos a Nuestro Líder Muammar Por Siempre”.

La más llamativa estructura de la propiedad era la icónica Casa de la Resistencia, donde Gadafi y su familia vivieron hasta que en 1986 fue bombardeada por aviones norteamericanos; la administración Reagan atacó el complejo después de determinar que Libia estaba detrás del atentado con bomba contra La Bella, la discoteca de Berlín frecuentada por soldados norteamericanos. La incursión norteamericana, que golpeó en blancos de Trípoli y Benghazi, mató a treinta y nueve libios, y Gadafi afirmó que su pequeña hija adoptada, Hana, estaba entre ellos.

La casa en ruinas fue preservada como símbolo de la victimización de Libia por los “grandes poderes”, y Gadafi la utilizó como escenografía cada vez que recibía a dignatarios extranjeros y jefes de Estado. Fue aquí, también que hizo algunos de sus discursos legendarios. En febrero último, apareció vestido con una túnica y un turbante de exuberante marrón, y juró perseguir a los rebeldes “pulgada a pulgada” y “callejón por callejón”. Alguien creó un video de esta actuación, le agregó música y un burlón remix, y, mostrando a una bella chica bailando sugestivamente al ritmo, se convirtió en un suceso viral.

Después de la caída de Trípoli, me uní a la multitud de libios curiosos que entraban a torrentes en el complejo, que se había convertido en destino de excursiones familiares. Venían chicos con chicas de pañuelos en la cabeza, como si fuera una cita, y posaban para la foto junto a los edificios despedazados, asombrados de estar parados donde Gadafi había estado. Pasaban música y bailaban. Un hombre que llevaba una videocámara de mano me dijo, como mareado: “En cuarenta años, ningún libio pudo jamás soñar con venir aquí”.

Alrededor de la Casa de la Resistencia se hallaban los restos quemados de varias de las elaboradas tiendas de Gadafi –equipadas con unidades de aire acondicionado, candelabros y alfombras verdes—donde mantuvo reuniones con jefes de Estado y entrevistas con los medios. Cerca, un sedán negro BMW 7-Series era el centro de alguna atención: a través de sus puertas, abiertas de par en par, se veían asientos de cuero con revestimiento de nogal, ventanas con vidrio blindado de cuatro pulgadas. Cerca, otro automóvil, totalmente quemado, todavía ardía. Los hombres cargaban colchones de una casa de guaridas a una pickup. Por todas partes, sembrados en el terreno, yacían pedazos de cartón plateado de aire festivo: cajas descartadas de munición para pistolas Beretta.

Unos caminos llevaban a través de jardines hasta un montículo artificial, donde una casa con forma de disco –la residencia de Gadafi—estaba construida bien adentro de la tierra, como un ovni semienterrado. Los libios vagaban alrededor con caras de shock. Muchos de ellos, aparentemente, habían crecido las repetidas afirmaciones de Gadafi de que recibía un modesto salario y llevaba una austera vida de beduino. En cambio, vieron un gimnasio privado, una piscina interior, un salón de peluquería. Exploraron una red de túneles a prueba de bombas, construido por una compañía alemana en los ‘80s y ‘90s. Bajé una escalera bajo un casquete cubierto de césped, a quinientos pies de la Casa de la Resistencia y diez minutos después, me hallaba adentro de la casa de Gadafi.

La casa ya había sido saqueada y parcialmente quemada. Había arrancados pósters de Gadafi en el piso; cualquier cosa con su imagen en ella había sido destrozada. Di con una colección de videos, la mayoría caseros y etiquetados a mano. Entre ellos divisé “Revancha”, una película de acción y romance de 1990 protagonizada por Kevin Costner; una película de artes marciales con subtítulos en árabe; un video de mujeres libias bailando y moviendo sus cabelleras sensualmente al son de música tradicional. Otro cuarto contenía álbumes familiares y retratos: Gadafi con sus hijos cuando eran jóvenes, con Nikita Kruschev, con Condoleezza Rice. Un certificado enmarcado lo honraba con una membresía de la Comisión Internacional para la Prevención del Alcoholismo.

Los rebeldes habían registrado los placares y pilas de ropas yacían en el suelo. Vi a un hombre emerger de un cuarto en una bata de seda negra y declarar: “¡Soy Gadafi, Rey de África!”. En verdad, los trofeos del viejo orden se pusieron de moda en Trípoli. Una noche, vi a un soldado rebelde que controlaba un bloqueo de calles con una Kalashnikov de placas doradas, una de varias armas similares halladas en la residencia de Gadafi. Durante un acto en la Plaza Verde, centro de protestas de Trípoli, un combatiente bailaba junto a mí, vestido con piel de leopardo y satén verde. Dijo que había salido del ropero de Gadafi, y supuso que había sido un regalo de un médico brujo que lo visitó. Era un artículo de fe entre los rebeldes que Gadafi usaba magia regularmente para sostener su largo reinado. ¿Qué otra explicación podía existir?

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Fotografías de los ’60, cuando Muammar Gadafi era un oficial uniformado de veinte años, muestran a un joven delgado de aire orgulloso y erguido (Su sobrenombre entonces era Al Jamil –el apuesto. Para la época de su muerte, había cambiado a Abu Shafshufa, o Viejo Ruludo). Gadafi había nacido en 1942, en la tribu al-Qadhadhfa, y pasó su primera infancia en una tienda del desierto beduino fuera de Sirte. Libia estaba apenas emergiendo de una larga lucha contra el dominio colonial. Italia había invadido en 1911, y por veinte años los libios resistieron. Los italianos respondieron con una red de campos de concentración y trabajos forzados que mataron a casi un tercio de la población; la revuelta fracasó y los italianos se quedaron hasta que los británicos los expulsaron. Pero la resistencia siguió siendo una fuente de orgullo nacional. El padre de Gadafi le hablaba a menudo de la lucha en la que había sido herido y el abuelo había muerto.

La familia vivía como nómade, y Gadafi no tuvo educación formal hasta los diez años, cuando su familia lo envió a la escuela en Sirte. No podían pagar un cuarto para él, así que dormía en una mezquita y hacía dedo a casa los fines de semana, adonde a veces volvía en camello o burro. Fue a la escuela secundaria en la ciudad sahariana de Sabha, donde desarrolló una admiración que duraría toda su vida por el líder egipcio Gamal Abdel Nasser. Nasser, un oficial del ejército y panarabista, trabajó con un grupo revolucionario llamado “Los Oficiales Libres” para derrocar al monarca, Rey Faruk, en 1952. Como presidente, indignó a Occidente al nacionalizar el Canal de Suez. Gadafi también desarrolló fuertes sentimientos por la causa palestina y una antipatía hacia los extranjeros, especialmente los británicos, que habían asumido la administración militar de Libia durante la Segunda Guerra Mundial; aunque Libia adquirió formalmente su independencia en 1951, bajo el Rey Idris, al que respaldaban los británicos, siguió siendo un virtual protectorado. Gadafi se metió en problemas al levantar en forma desafiante la imagen de Nasser en clase y fue finalmente expulsado por organizar protestas.

En 1963, entró en la academia militar libia, en Benghazi. Barney Howell, un sargento mayor de regimiento de los British Coldstream Guards y alto oficial de la academia, lo recordaba como un agitador de la chusma. Gadafi escupía a Howell cada vez que éste se atrevía a corregirlo durante el entrenamiento. “Una o dos veces, cuando terminó en mi ropa, lo informé, y fue separado y severamente castigado”, recordó Howell. “Esto, sin duda, no contribuyó a su amor por el mundo occidental, pero ¿qué podía hacer?”.

En abril de 1966, cuando Gadafi tenía 23 años, dejó Libia por primera vez. Con un grupo de jóvenes oficiales, fue enviado a la academia militar en Beaconsfield, Inglaterra, a un curso de entrenamiento para el cuerpo de señales. Su primer encuentro con un oficial británico terminó mal; Gadafi describió más tarde al hombre como un “colonialista británico típicamente horrible” que “odiaba a los árabes”. Para evitar toda interacción con él, Gadafi fingió que no entendía inglés. Después de varios días de “opresión e insultos”, él y sus compañeros de clase libios fueron enviados a otro instituto, donde, según contó él mismo, “nos encontramos con algunos hermanos árabes de Yemen, Arabia Saudita e Irak, y formamos un grupo sólido”.

Allí Gadafi se separó aún más de su entorno, al colgar la foto de una tienda beduina en la pared de su cuarto. En su primer viaje a Londres, lució un jird blanco, una túnica tradicional libia, en Piccadilly Circus. En una fotografía del momento, un Gadafi resuelto avanza en ropa nativa, el mentón alzado. “Me movía un sentimiento de desafío y el deseo de reafirmarme”, recordó. “Nos volvimos introvertidos de cara a la civilización occidental, que entraba en conflicto con nuestros valores”.

El “Swinging London” debe haber sido un shock para el prolijo y joven oficial del desierto libio. Después de su única salida, no se aventuró de nuevo por la ciudad. Como contó impávidamente a un entrevistador algunos años más tarde, “no exploré la vida cultural de Londres”, y prefirió pasar su tiempo libre en el campo. Cuando el curso terminó, se apresuró a volver a casa. Había visto poco que lo impresionara, y mucho que no. Regresó, dijo, “más confiado y orgulloso de nuestros valores, ideales, herencia y carácter social”.

De vuelta en Libia, organizó un grupo nacionalista clandestino, de inspiración nasserista. El movimiento, también llamado Oficiales Libres, progresó lentamente al principio –realizaba encuentros, desarrollaba “procedimientos organizacionales”, distribuía un periódico revolucionario. En pocos años, los oficiales comprendieron que las circunstancias estaban en su favor. Idris estaba viejo, enfermo y aparentemente desinteresado en gobernar. En 1969, mientras estaba fuera del país, los Oficiales Libres tomaron el control.

El mayor héroe histórico de Libia fue Omar Mukhtar, quien fue colgado por liderar la resistencia contra los italianos. Gadafi, en el espíritu tanto de Mukhtar como de Nasser, exigió la salida de los británicos de su base naval de Tobruk y de los norteamericanos de una base aérea en las afueras de Trípoli. Veinte mil inmigrantes italianos, restos de lo que fuera una colonia cuantiosa, fueron expulsados y sus posesiones confiscadas; aún los huesos de los italianos enterrados allí fueron desenterrados y embarcados rumbo al exterior.

Idris había dejado una próspera industria petrolera y Gadafi, viendo una oportunidad para aumentar la “soberanía económica” de Libia, se puso a negociar términos más favorables con las compañías petroleras occidentales. Henry Schuler, el norteamericano que representó a Hunt Oil en las negociaciones, me contó recientemente: “Al final, Gadafi ganó, lo que le llevó a la conclusión de que si presionaba lo suficiente obtendría lo que quisiera”. Al hacerlo, Gadafi cuadruplicó, de hecho, los ingresos petrolíferos de Libia y se estableció como un héroe nacionalista. Estas fáciles victorias le permitieron cimentar su autoridad y establecieron un patrón de conducta que jamás cambió. “Gadafi aprendió que todo hombre tenía su precio”, dijo Schuler, “y eso es lo que le permitió permanecer en el poder por tanto tiempo”.

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Una tarde, mientras caminaba en una zona de las afueras de Trípoli conocida como “la granja de Gadafi”, tres hombres llegaron por el camino. Cuando les pregunté quién había vivido en las villas desperdigadas en la propiedad, se encogieron de hombros vagamente y dijeron: “Todo era del Líder”.

Cerca, visité un complejo conocido como el Club de Caballos, que también había pertenecido a Gadafi. El club contenía un pequeño hipódromo y, más allá, establos. Como muchas de las propiedades de Gadafi, tenía la atmósfera de una instalación de seguridad, protegida por muros y un portón, ahora abandonada. Entre los paddocks y el césped había un edificio de oficinas con un cartel que portaba un título gubernamental, y pedí a mi amigo Suliman Ali Zway, un contratista de materiales de construcción que me ayudaba como traductor, que me dijera qué decía. Lo miró por largo rato y finalmente me dijo: “Dice algo así como ‘Comité Temporario de la Facultad de Defensa del Comandante en Jefe’”. Pregunté qué significaba eso, y Suliman me miró perplejo. “Esa era una de las cosas de vivir bajo Gadafi”, replicó. “Estaba basado en la confusión. No sabíamos qué eran estos comités. Nunca supimos. Todos tenían largos nombres, como este, que no tenían sentido alguno para nosotros”.

La confusión deliberada es una táctica común de los autócratas. Fidel Castro estuvo en el poder durante cuarenta años antes de que su entorno recibiera el permiso de divulgar el nombre de su esposa, Dalia. También existía el misterio de dónde vivía; cierta gente de La Habana sabía que su casa estaba en el terreno del ex country club, pero aquellos que la visitaban nunca hablaban de lo que habían visto. Muchos cubanos creían que Fidel usaba túneles subterráneos que conducían fuera de su propiedad escondida, lo que le permitía aparecer como de la nada en las principales calles de La Habana.

Saddam Hussein también cultivó un intenso secreto. Entre su derrota en la primera Guerra del Golfo, en 1991, y su salida del poder, en 2003, apareció en público sólo un par de veces, y en ceremonias no anunciadas y altamente custodiadas. Construyó gran cantidad de palacios de piedra y mármol en todo el país, y se movía furtivamente entre ellos, como en un juego de ¿dónde está la bolita? Cada vez que uno de los guías del régimen me conducían junto a uno de ellos, les preguntaba qué era ese edificio gigantesco; se quedaban callados, con miedo, y luego susurraban: “una casa de huéspedes”.

Los libios habían aprendido similares hábitos de voluntaria ignorancia. En las semanas posteriores a que Gadafi huyera de Trípoli, nadie, aparentemente, quería aparecer como demasiado conocedor de los mecanismos del viejo régimen, so pena de ser acusado de haber sido parte de él. En cualquier caso, Gadafi, un maestro de la confusión y la conspiración, había dejado pocas respuestas claras a las preguntas más básicas. ¿Dónde vivía? ¿Qué pasaba en el interior de esos edificios de títulos tan abstrusos? ¿Qué pasaba con todo el dinero del petróleo? ¿Y cómo era posible que el régimen hubiera masacrado a tantos prisioneros políticos —incluyendo a 1.200 detenidos en un solo día, en la prisión de Abu Salim, en 1996— y lo hubiera mantenido en secreto por años? Nadie sabía nada con certeza, aparentemente, en Libia. Gadafi había creado un estado de no saber y eso, también, legó.

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En noviembre de 1979, la periodista italiana Oriana Fallaci entrevistó a Gadafi en Trípoli. Para entonces, el Hermano Líder había estado consolidando su poder durante diez años y trabajaba para reemplazar el sistema previo de ley libia con sus escritos del Libro Verde. El libro, un volumen delgado de cuatro pulgadas por seis, contenía la guía completa de Gadafi para rehacer la sociedad; junto con guías para el gobierno y la economía, incluía reflexiones sobre educación, los negros, el deporte, la equitación y la técnica teatral. Fallaci, famosa por su estilo confrontativo, trató el libro con poco respeto. Era “tan pequeño”, dijo, que lo había terminado en quince minutos. “Mi polvera es más grande”. Impertérrito, Gadafi objeto que escribir el Libro Verde le había costado años y que había llegado a sus conclusiones en un estado de sabiduría oracular. Obviamente, ella no lo había leído con atención, dijo, o habría captado su mensaje central, Jamahiriya —una palabra de su invención, que traducía como “el Estado de las masas”

En un capítulo sobre organización política, proclamaba que “el parlamento es una falsa representación del pueblo” y que el sistema de partidos es una “forma de dictadura contemporánea”. Abolió ambos en Libia y los reemplazó con un conjunto de comités locales del pueblo, en los cuales, hipotéticamente, todo el mundo participaba. Estos pequeños cuerpos transmitían la voluntad del pueblo al Congreso General del Pueblo. Para reafirmar que el pueblo tenía el control, Gadafi achicó su larga lista de títulos oficiales a sólo dos: Hermano Líder y Guía de la Revolución. Dijo a Fallaci que había creado un Estado en el que “no hay gobierno, no hay parlamento, no hay representación, no hay huelgas y todo es Jamahiriya”. Cuando ella se mofó, él replicó: “oh, qué tradicionalistas son ustedes los occidentales. Sólo entienden la democracia, la república, cosas viejas como esas… Ahora la humanidad ha pasado a otro estadio y creó Jamahiriya, que es la solución final”.

El Libro Verde rechazaba el comunismo y el capitalismo, afirmando que ambos sistemas daban a los ciudadanos una oportunidad insuficiente de compartir la riqueza del país. Como parte de su amplia reforma económica, Gadafi abolió la propiedad personal y, en 1978, anunció que todas las fábricas eran entregadas a los trabajadores. Regeb Misellati, el ex director del banco central, me contó: “Cambiaron la gerencia, destituyendo a todos los gerentes y reemplazándolos con comités revolucionarios; también lo hicieron en las escuelas y los hospitales. Esto significa que, en algunos casos, los ordenanzas fueron nombrados gerentes”. Gadafi usó tácticas igualmente rupturistas en política, dividiendo a Libia en diez distritos administrativas, luego en 55, 48, 28 –cada vez con una purga completa del personal, de modo que nadie, excepto él, pudiera mantener la autoridad por mucho tiempo.

La más sucinta afirmación del Libro Verde sobre el gobierno en Libia llegó como una advertencia acerca de los peligros del gobierno por las masas: “En Teoría, esa es una democracia genuina, pero en la realidad el más fuerte siempre gobierna”. Husni Bey, uno de los más prominentes hombres de negocios de Libia, me contó que Gadafi desarrolló un elaborado sistema para ejercer el poder mientras minimizaba la responsabilidad directa. “Gadafi nunca dejaba nada por escrito”, dijo. “Dictaba órdenes a secretarios, pasando por encima de sus ministros. Los secretarios a los que ordenaba formaban un grupo llamado El Qalam, en el que tenía un representante para todo; había uno para el petróleo, uno para las tribus, uno para seguridad, y así siguiendo. Esa gente, a su vez, no escribía nada, sino que llamaba al ministro en cuestión y éste obedecía, sabiendo que la orden había venido de Muammar Gadafi. De este modo funcionaba el sistema, un sistema sin responsabilidad última respecto de nada”.

A poco de estar en el poder, Gadafi había puesto claro que su régimen abrazaba el panarabismo nasserista, apoyaba a Palestina y era hostil a Israel y a los “poderes imperialistas” de Gran Bretaña y los Estados Unidos. Para principios de los ’70, los Estados Unidos habían retirado a su embajador. Gadafi, habiéndose separado de Occidente, comenzó a comprar armas a Moscú. A medida que construía su ejército, compró cientos de cazas y tanques; a través de un par de agentes renegados de la CIA, adquirió toneladas de explosivos plásticos.

Parecía decidido a provocar indignación, en especial con su modo de apoyar a la causa palestina. En 1972, aplaudió los ataques terroristas en las Olimpíadas de Munich, en los que once israelíes fueron asesinados; en verdad, se creyó que él era el patrocinador de Septiembre Negro, el grupo palestino que ejecutó los ataques. Proclamó a Libia santuario de cualquiera que quisiera entrenarse para combatir en nombre de los palestinos. Muchos fueron, incluyendo al notorio terrorista Abu Nidal. Gadafi también dio apoyo financiero al IRA Provisional, a las Brigadas Rojas italianas, al asesino venezolano Íllich Ramírez Sánchez (más conocido como Carlos el Chacal) y a grupos guerrilleros en África, América latina, incluso Filipinas. En los ’70, envió ayuda a los sandinistas en Nicaragua. Cuando el renegado sandinista Edén Pastora, conocido como Comandante Cero, cayó en desgracia ante sus camaradas, se fue a Libia a pedir a Gadafi que respaldara una contrarrevolución. Pastora me contó luego que el líder libio lo escuchó pero no se interesó por sus planes. En cambio, le ofreció cinco millones de dólares para difundir la causa revolucionaria en Guatemala.

Para algunas causas impopulares, Gadafi ofrecía un último recurso. Meses antes de que llegara Fallaci, intervino en Uganda para proteger al dictador Idi Amin de las invasoras tropas de Tanzania y, más tarde, lo hizo esfumarse y reaparecer en una casa cerca de Trípoli. En la entrevista, Gadafi defendió a Amin. Aunque concedía que podían no gustarle las “políticas internas” del déspota de Uganda –que incluían la tortura y el asesinato masivo–, era un musulmán y se oponía a Israel, y eso era todo lo que importaba.

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La periodista británica Kate Dourian, que viajó a Libia frecuentemente durante los ’80, me contó que Gadafi parecía despegarse cada vez más de la realidad. Era efecto de su poder sin control, sugirió, amplificado por la atención mediática que recibía. “Invariablemente, era descripto como ‘notablemente apuesto’ en el primer párrafo de cada artículo escrito sobre él, y probablemente se le subió a la cabeza”, dijo. “Nos llevaba en avión al desierto a ver el Gran Río Hecho por el Hombre”, su proyecto de miles de millones de dólares para canalizar el agua de un acuífero del Sahara a las ciudades de la costa. “Luego, nos dejaba ahí –periodistas, diplomáticos, funcionarios—hasta que el sol estaba en el punto justo, de modo que pudiera aparecer en su caballo con la luz en el ángulo correcto”.

El ethos de Jamahiriya era pretendidamente feminista, pero Gadafi tenía actitudes peculiares hacia las mujeres. En el Libro Verde, escribió sobre ellas desde una distancia casi zoológica: “Las mujeres, como los hombres, son seres humanos. Esta es una verdad incontestable… De acuerdo con ginecólogas, a diferencia de los hombres, menstrúan cada mes”. Aunque abolió las restricciones para que las mujeres tuvieran licencias de conducir, explicó luego que la ley era redundante, porque los padres y maridos de las mujeres podían tomar la decisión por ellas. Era atendido por enfermeras que trajo de Ucrania, y durante años mantuvo un escuadrón de mujeres guardaespaldas, las Enfermeras Revolucionarias. Gadafi afirmaba que emplear guardianas demostraba su devoción por el feminismo. Otros decían que creía que los hombres árabes no dispararían a las mujeres.

Después de la bomba en la discoteca de Berlín, en 1986, Dourian asistió a una conferencia de prensa en Trípoli, y recuerda que Gadafi pasó la mayor parte de ella mirando a las mujeres de la audiencia. “Tenía una mirada altanera, que nos examinaba, y luego bajaba los ojos y tomaba notas”, recordó. “Más tarde comprendimos que estaba eligiendo las mujeres que le gustaban y describiéndolas a sus asistentes para que pudieran identificarnos”. Después de la conferencia, ella se fue en un autobús con otros periodistas. “El autobús fue detenido, alguien subió y dijo que debía ir con él”. Fue llevada a Bab al-Aziziya, donde Gadafi estaba esperando con otras mujeres occidentales que había seleccionado. “Levantó los ojos y dijo, en árabe: ‘He aquí la que quiero’. Luego señaló a otra mujer” —una morocha, como Dourian— “y dijo: ‘Parece beduina. No puedo decidir cuál me gusta’”.

Gadafi hablaba sobre libros y música occidentales que admiraba: “La Cabaña del Tío Tom”, “El Extranjero”, las sinfonías de Beethoven. En algún punto, pidió a la otra morocha que lo acompañara a un cuarto adyacente. Más tarde, la mujer contó a Dourian que la agarró y le declaró su amor y su deseo de casarse con ella.

Una semana más tarde, Dourian y la otra mujer encontraron a Gadafi en una reunión familiar, en una tienda. Él vestía una larga capa flotando con tocado color salmón. Su esposa, Safia, estaba allí con los niños.

“Eventualmente, despachó a su familia y nos dijo: ‘Vamos a tomar el té’”, relató Dourian. Regresaron a Bab al-Aziziya, donde desapareció por un rato y regresó con un atuendo distinto. “Era la cosa más extraordinaria, un enterito après-ski, de azul pálido, acolchado”, contó. “Me miró y dijo: ‘Vení’. Me tomó la mano y fuimos a un cuarto sin luz. Había una cama doble y la TV estaba encendida. Recuerdo que él mismo estaba en la TV; había un solo canal y todo lo que pasaba era él mismo. Se tiró en la cama y dijo: ‘Vení y sentate’. Trató de atraerme gentilmente hacia él, y yo me retiré. Preguntó: ‘¿Sos una chica o una mujer?’ Trataba de saber si era virgen. Dije era que una chica y que no toda mujer occidental era promiscua”.

Dourian trató de distraer a Gadafi hablándole de su herencia armenia, de política –cualquier cosa que no fuera el tema en cuestión. “Me preguntó sobre Ronald Reagan, con quien parecía obsesionado, y quería saber si era realmente popular”, dijo ella. “No era muy viajado en esa época; sentía que tenía que explicarle las cosas como a un niño. Se había rodeado de ese pequeño mundo de fantasía, pero había cierta ingenuidad respecto de lo que se hallaba fuera de él”.

Finalmente, Dourian pidió marcharse, diciendo que sus amigos estarían preguntándose qué había pasado. Mientras se paraban para irse, Gadafi sugirió que no debía estar avergonzada. “Me plantó un beso en la frente y dijo, con una carcajada, ‘La resistencia armenia –muy fuerte’”.

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Durante las primeras décadas de gobierno de Gadafi, la Jamahiriya fue, en ciertos aspectos, una mejora para muchos libios. En un país donde más del 80 por ciento de la población era analfabeta, un programa de educación gratis hasta el nivel universitario ayudó a subir el nivel de alfabetismo por encima del 50 por ciento. La atención sanitaria, aún si rudimentaria para los estándares norteamericanos, era gratis. El salario anual promedio, que había sido de 2.000 dólares bajo el Rey Idris, subió a 10.000 dólares. Todos estos programas fueron sustentados por la crecientemente rica economía petrolera. La crisis mundial de 1973 lanzó hacia arriba los precios y Libia hizo una fortuna. Gadafi repartió dinero y empleos a sus ciudadanos mediante el patronazgo, los proyectos de infraestructura y un sector público que en determinado momento empleaba a tres cuartos de la población económicamente activa.

Pero la prohibición de la empresa privada creó mucha escasez de comida y mercancías; las bananas, por ejemplo, se convirtieron en un lujo. David Sullivan, un investigador privado de San Francisco, trabajó para un contratista en Libia montando sistemas de telecomunicaciones en todo el país. “Casi todo el trabajo era realizado por extranjeros”, dijo. “Los empleos eran clasificados de acuerdo con la nacionalidad, con los africanos negros al fondo de todo. Vivían en containers de carga a lo largo de la costa. Los libios pasaban sus días perdiendo el tiempo en las casas de té con nada que hacer, todos ellos en el desempleo. Gadafi decidió un día que los hombres que holgazaneaban en las casas de té daban la impresión de que los libios eran haraganes, así que decretó que fueran cerradas. Estaba comprando un té el día en que la orden fue ejecutada –sin previo aviso, por supuesto. Aparecieron camiones con soldados que comenzaron a golpear a todo el mundo y destrozaron las mesas y la vajilla”.

Sullivan se convenció de que Gadafi era un loco que había convertido a Libia en un manicomio. “Un día, conduciendo por Trípoli, vi camellos muertos por todas partes”, recordó. “Gadafi había decidido que tener camellos dentro de los límites de la ciudad hacía que Trípoli pareciera un lugar retrasado. Como intentaba convertirse en jefe de la Organización para la Unidad Africana, no era algo bueno, así que hizo que todos los camellos en camino a la ciudad fueran ejecutados”.

Esa mezcla de paternalismo y violencia era típica. Como un ex diplomático libio me contó, “la ideología del régimen no era para nada convincente, pero el terror era muy efectivo”. La policía secreta de Gadafi y los comités revolucionarios alimentaban una amplia red de informantes, montada con la ayuda de los alemanes del Este. Un ex oficial de inteligencia describió el proceso: “Nos daban el nombre de unos civiles. Movíamos gente para vigilar a la persona y también usábamos vigilancia técnica –grabaciones y cosas así. Para cuando el expediente llegaba al director, había suficiente información sobre la persona como para convertirse en su mejor amigo”.

Estudiantes recalcitrantes y disidentes políticos eran señalados, torturados, sometidos a juicios ejemplificadores y enviados a prisión o colgados. Los ahorcamientos tenían lugar a menudo en los terrenos de las universidades, con otros estudiantes y los padres obligados a mirar. Una ejecución especialmente vívida y ejemplar ocurrió en 1984, cuando un joven llamado Sadiq Hamed Shwehdil fue juzgado en el estadio de basketball de Benghasi por cargos de terrorismo. Cientos de escolares fueron enviados en autobús para asistir, y el juicio fue transmitido en vivo por la televisión nacional. Shwehdi, de rodillas, lloró mientras confesaba que se había unido a “perros de la calle” —término de Gadafi para sus opositores exiliados— mientras estudiaba en los Estados Unidos. Un panel de jueces revolucionario lo sentenció a muerte y fue conducido al patíbulo que lo esperaba. Shwehdi colgó de la cuerda, que lo estrangulaba lentamente, cuando súbitamente una joven en uniforme verde olive, una “voluntaria” llamada Huda Ben Amer, se adelantó y tiró violentamente de sus piernas. Gadafi recompensó a Ben Amer por su celo revolucionario y más tarde ella completó dos períodos como alcalde de Benghazi.

En Trípoli, conocí este verano a Mohamed El Lagi, un hombre rimbombante y cincuentón que había sido un alto oficial de asuntos internos en el ejército antes de cambiar de bando en secreto. Mientras todavía trabajaba para el régimen, comenzó a cooperar con la Brigada Omar Mukhtar, una fuerza rebelde con base en Benghazi. En un complejo amurallado en las afueras de la ciudad, El Lagi ayudaba a operar una suerte de casa de altas para desertores. Entraba un torrente de hombres, algunos de los cuales habían sido capturados o se habían rendido, y algunos que habían sido convocados por El Lagi. En los cuartos traseros, eran interrogados y luego presionados para traer a otros ex miembros del régimen. El Lagi fumaba Marlboro Reds sin parar, y estaba ansioso y sin afeitar. Cuando nos encontramos, no había dormido durante días. Todavía temeroso del antiguo régimen, me contó que bajo Gadafi había ayudado a compilar informes de inteligencia sobre el Ejército libio. “No había interés real en el estado del Ejército mismo”, dijo El Lagi, “pero si informaba sobre alguien crítico de Muammar Gadafi se desataba el infierno”.

Un par de grandes cajas de cartón, llenas de grabaciones de cinta de carreta, se hallaban sobre el suelo. El Lagi dijo que eran grabaciones secretas de las reuniones de Gadafi. “Esta es una cinta de vigilancia de líderes africanos de visita”, indicó, levantando una, “y esta, de 2009, fue hecha adentro del palacio del Presidente en Chad”. Se rió y exclamó: “¡Esto era Gadafi! ¡Tenía inteligencia en todas partes!”.

Los libios ocasionalmente luchaban contra esta represión y, a lo largo de los años, Gadafi sobrevivió a al menos ochos planes serios de golpe de Estado y una cantidad de intentos de asesinato. Una noche de agosto pasado, en un acto por la victoria en la Vieja Ciudad de Trípoli, una mujer mayor en una abaya negra vino hasta mí sosteniendo una fotografía en blanco y negro de un oficial. Se presentó como Fatma Abu Sabah y dijo que la fotografía era de su difunto marido, que había sido miembro del antiguo grupo revolucionario de Gadafi, los Oficiales Libres. En 1975, explicó, un grupo de oficiales, incluyendo a su marido, planeó un golpe. “Creían que Gadafi se había desviado de los principios de la revolución”, dijo. Antes de que pudieran ejecutar el plan, fueron traicionados por un camarada, general en el régimen de Gadafi, y puestos bajo custodia militar.

Hubo dos juicios, indicó Fatma. En el primero, los oficiales condenados recibieron condena perpetua. Cuando apelaron, fueron sentenciados a muerte y veintidós de ellos –incluyendo a su marido—fueron ejecutados por un pelotón de fusilamiento. Me contó: “No sabemos dónde está enterrado y se nos prohibió tener un período de duelo”. Fue desalojado de su casa con sus hijas, de uno y tres años de edad. “Pusieron cera roja en la puerta para sellarla para que nadie más pudiera entrar”.

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Hasta donde los libios podían imaginar un futuro más allá de Gadafi, a menudo se preguntaban quién lo reemplazaría cuando muriera. En buena parte del Norte de África y del Medio Oriente, el poder es dinástico y es costumbre esperar que el líder entregue el poder a su hijo; en Siria, Bashar al-Assad sucedió a su padre y en Egipto se contaba con que Gamal Mubarak sucediera al suyo. En Libia, el cálculo era complicado: Gadafi tenía nueve hijos vivos y todos, excepto una, eran varones. Mohamed, el mayor, nació en1970, de la primera mujer de Gadafi, Fatiha. Poco después, Gadafi se divorció de Fatiha y se casó con Safia, una enfermera, con quien tuvo seis varones y una niña: Seif al-Islam, Saadi, Aníbal, Aisha, Muatassim, Seif al-Arab y Khamis. Adoptaron un séptimo varón, Milad.

La mayoría de la cría de Gadafi disfrutó de lucrativas sinecuras en las agencias que dominaban las telecomunicaciones, la energía, los bienes raíces, la construcción, la provisión de armamento y las inversiones en el extranjero de Libia. Varios de los hijos tenían roles de consejeros que estaban vagamente definidos pero les daban poderes vastamente más grandes que los que poseían los ministros de gobierno. Khamis comandaba el cuerpo de élite militar de Libia, la Brigada Khamis, que condujo un sitio de cuatro meses en la ciudad de Misurata que mató a más de mil civiles. Mohamed manejaba la Compañía de Correo Central y Telecomunicaciones, que poseía el monopolio de los servicios de teléfonos satelitales y celulares. Aníbal tenía un alto cargo en la Compañía de Transporte Marítimo libio, que manejaba los embarques de petróleo. Libia era menos una nación que un próspero negocio familiar.

Con todo, Gadafi a menudo parecía más interesado en poner a sus hijos uno contra otro que en desarrollar un legítimo sucesor. No es que tuviera muchas buenas opciones. Saadi, el tercer hijo, tenía la reputación de ser un fiestero bisexual y un entrepreneur diletante. Su padre, angustiado por su estilo de vida, le dio el control de una brigada militar, pero él no estaba interesado. En cambio, jugó brevemente en un equipo de fútbol italiano –hasta que fue suspendido bajo sospecha de dóping—y luego formó una compañía de producción de películas llamada World Navigator Entertainment, que reunió unos cien millones de dólares, según se informó, para financiar proyectos de películas en Hollywood. Laura Bickford, una productora de películas norteamericana, me contó que la compañía de Saadi le había ofrecido un financiamiento que eventualmente ella declinó. “Cuando sos una productora de películas independientes en busca de capital, te podés encontrar hablando con el hijo de un dictador”, dijo. “Pero tomar dinero del hijo del hombre que ordenó el atentado de Lockerbie era demasiado”.

Muatassim, alto y de pelo largo a la moda, competía con Saadi en hedonismo y con Seif al-Islam, el segundo hijo, por la confianza de su padre como consejero de seguridad. En 2009, Muatassim lanzó una fiesta de vísperas de Año Nuevo en St. Bart’s y contrató a Beyoncé y a Usher para actuar para sus amigos. Después de que comenzó el levantamiento libio, el publicista de Beyoncé anunció que ella había donado su caché, un millón de dólares, para las víctimas del terremoto de Haití.

Hacia el fin de la década, se tornó claro que Seif al-Islam —“espada del Islam”— sería el heredero de su padre. Por años había vivido en Londres, donde parrandeaba en los más elegantes clubes de Mayfair y adquirió un entorno de facilitadores en todos los sectores de la sociedad británica. En 2008, obtuvo un doctorado en filosofía política en la London School of Economics (LSE); poco después, se comprometió a dar a la escuela 2,2 millones de dólares a través de una fundación de caridad que controlaba. Seif se presentaba como un “reformador”, abierto a las ideas y la inversión de Occidente –una suerte de balance racional a la imagen lunática de su padre. Jugó un papel clave en las negociaciones con Occidente, patrocinó una apertura política para los opositores domésticos de su padre y arregló una amnistía para los disidentes presos. Montó una fundación para promover sus ideas, arregló viajes pagos de la prensa extranjera a Libia y argumentó en favor de la modernización y la apertura; a veces criticaba a su padre y luego se peleaba con él, ostensiblemente por no iniciar reformas lo suficientemente rápido.

Pero si Seif estaba genuinamente interesado en la liberalización, su padre no. Ashour Gargoum, un ex diplomático libio, trabajó en una comisión de derechos humanos creada por Seif. Después de que la masacre de Abu Salim saliera a la luz, dijo, Seif lo envió con una delegación a Londres para reunirse con Amnesty International, que estaba reclamando una investigación de las muertes. “Muammar Gadafi quería un informe mío sobre eso”, dijo. “Hablé con él cara a cara, usando palabras que sabía que aceptaría. Lo formulé como ‘el problema Abu Salim’ y dije: ‘Necesitamos resolverlo’, ese tipo de lenguaje. Él dijo: ‘Pero no tenemos presos políticos’. Yo dije: ‘Sí, tenemos.’ Él dijo: ‘Pero son herejes’” —lo que quería decir: islamistas radicales. “‘Ellos no tienen derechos’”.

Al final, la ecuanimidad reformista de Seif pareció abandonarlo. Poco después de que comenzara el levantamiento, apareció en un video agitando un arma enfrente de una banda aullante de simpatizantes. Prometiendo defender el régimen hasta la muerte, predijo que “ríos de sangre” correrían en Libia. El L.S.E. está investigando denuncias de que la disertación doctoral de Seif fue redactada por un escritor fantasma; el decano renunció. La universidad dijo que distribuiría la porción de la donación de Seif que ya había sido pagado, alrededor de medio millón de dólares, mediante un fondo de becas para estudiantes del Norte de África y que rechazaría el resto. Para junio, Seif, junto con su padre, había sido acusado por crímenes de guerra por la Corte Penal Internacional.

***

Los hijos de Gadafi poseían villas en la ciudad, casas en la playa y retiros en el campo, y a medida que esas casas fueron allanadas los saqueadores encontraron una decadencia inimaginable: gimnasios de última generación, jacuzzis, autos exóticos, zoológicos privados. Aunque el patriarca de la familia prohibió el alcohol en 1969, muchos de los hijos de Gadafi tenían gabinetes de licor bien provistos. La casa de Aisha en Trípoli tenía un conjunto de sofá en una escultura dorada de una sirena diseñada para parecérsele. La casa de Seif tenía jaulas para sus tigres blancos. Había bolsas de compras laqueadas de Versace, Hermès, Rado, Louis Vuitton, Cartier, La Perla. Las casas de los hijos, como las de su padre, tenían redes de túneles, con clínicas, cuartos amueblados y oficinas, todos pulcramente limpios, esperando la retirada final.

La mansión de Saadi, unas pocas millas afuera de la ciudad, era, quizás, la más indulgente. Se hallaba en unos diez acres de olivares y naranjales, rodeada de paredes de piedra que se deslizaban sobre rieles eléctricos, que permitían que la casa se cerrara como una fortaleza. La casa principal estaba montada como una V alrededor de una vasta piscina con una isla central ligada a la casa mediante un puente levadizo hidráulico. Cuando lo visité, este otoño, una rosa de tallo largo yacía en la piscina vacía, junto con el contenedor de cartón de una botella de champagne rosado Laurent Perrier. A pocos minutos de caminata estaba la casa de fiestas que contaba con una esfera de vidrio a prueba de balas de cuarenta pies culminada en una corona dorada y turquesa. Un libio, que también recorría la propiedad, observó con disgusto: “Así que esto era propiedad de un hombre que recibía un salario de 175 dinares”.

En la puerta vecina, en una curiosa yuxtaposición, había una instalación llamada Centro Africano para la Investigación y el Control de las Enfermedades Infecciosas. Los combatientes tenían un control de ruta allí y unos pocos de ellos saltaron a un auto y me urgieron a seguirlos. A cinco minutos de allí, en un área boscosa fuera de la carretera principal, me mostraron varios misiles crucero contra barcos de la era soviética de veinte pies que habían sido escondidos entre los árboles. Los combatientes estaban ansiosos por los misiles, porque no estaban bajo custodia. Creyendo que el hombre que los había descartado era capaz de cualquier cosa, les preocupaba que pudieran ser armas químicas.

Las bien conocidas escapadas de los hijos de Gadafi incluían vivir a full en el Festival de Cine de Cannes y pagar estupendamente para ser entretenidos por estrellas de pop extranjeras. Pero al menos uno de ellos, Aníbal, mostró una inclinación por el sadismo que recordaba al de Uday, el psicótico hijo mayor de Saddam Hussein. Durante una visita reciente a Trípoli, fui al Hospital de Cirugía Plastica y Quemaduras para encontrarme con una etíope de treinta años llamada Shweyga Mullah. Por un año, fue la niñera de los hijos de Aníbal y ahora se estaba curando de las quemaduras de cuarto grado infligidas por la esposa de Aníbal, Alina, una ex modelo libanesa. Un médico me llevó hasta el cuarto de Shweyga, en el que se hallaba en cama, con una vía insertada en uno de sus brazos. Había olor a carne quemada. El médico me contó que había sido llevada por un guardia de seguridad de Gadafi, que les ordenó que la registrara como Anónima.

“Está quemada en todas partes”, dijo el doctor. Shweyga estaba frágil, pero consciente. Con voz tímida, me contó que, antes de trabajar para los Gadafi, había vivido con sus padres en Addis Abeba. No se había casado y su padre a menudo estaba fuera, empleado como trabajador de granja. La embajada libia estaba buscando empleadas domésticas, así que se presentó y fue contratada para ir a Libia y trabajar para los Gadafi. Ella no lo sabía, pero ambos tenían una reputación de violencia. En 2008, fueron arrestados por la policía suiza después de que empleados del Hotel Presidente Wilson de Ginebra informaran que Aníbal y Alina los habían golpeado con perchas. Los Gadafi fueron rápidamente liberados bajo fianza, pero, en represalia, Muammar Gadafi detuvo a dos hombres de negocios suizos por más de un año, retiró miles de millones de dólares de los bancos suizos y suspendió embarques de petróleo a Suiza. El presidente suizo, Hans-Rudolf Merz, fue finalmente forzado a volar a Trípoli y emitir una disculpa pública por los “arrestos injustificados”.

Cuando Shweyga llegó primero a la casa de los Gadafi, contó, “tenía miedo, porque ví a la esposa de Aníbal abofeteando gente”. La cabeza del personal doméstico, sin embargo, le dijo que no se preocupara —Alina no la lastimaría. Fue puesta a cargo de los dos hijos de los Gadafi, un niño de seis y una niña de tres. Alina, dijo, llevaba una vida de niña mimada —“leía revistas, miraba televisión” — y no le gustaba ser molestada. “Me golpeaba si los niños lloraban”, indicó. Pensó en huir, dijo, “pero no había escape”.

Una mañana, dijo, “estaba reuniendo las ropas de su hijo, pero no lo hice apropiadamente. Así que durante los siguientes tres días me hizo quedarme parada en el jardín. No me permitía comer ni dormir”. Cuando Alina autorizó que Shweyga volviera a entrar, ésta fue a la cocina, sedienta, y bebió algo de jugo. “La esposa vino y dijo: ‘¿Qué estás haciendo aquí?’ Me acusó de comer un manjar turco. Insistí en que no lo había hecho. Me llamó mentirosa”. A la mañana siguiente, Alina indicó a los otros sirvientes que ataran a Shweyga y que pusieran agua a hervir. “Ataron mis piernas y mis manos detrás de la espalda. Fui llevada al baño y puesta en la bañera, y ella comenzó a echarme el agua hirviente encima, sobre la cabeza. Tenía la boca tapada, así que no podía gritar”. Aníbal estaba allí, dijo, pero no hizo nada. Shweyga fue dejada en el baño, atada, hasta el día siguiente. “Era demasiado dolor”, recordó. Después de unos diez días, el guardia de seguridad la llevó en secreto al hospital, pero Alina lo descubrió. “Dijo que si no me llevaba de regreso lo enviaría a prisión, así que me llevó de regreso. Sólo después de que Alina huyó de Trípoli, Shweyga fue llevada de vuelta al hospital. Estaba allí desde entonces.

Fuera del cuarto, el médico me dijo que probablemente sobreviviría, pero necesitaría cirugía plástica continua. “Su vida está arruinada”, concluyó. Furioso por la crueldad de Alina, dijo: “Deberían hacerle lo que le hizo a Shweyga”. Alina está ahora en el exilio en Argelia, como Aníbal. En verdad, la mayoría de los hijos de Gadafi han huido para salvarse. Se dijo que Seif al-Arab y Khamis habían muerto en el levantamiento. El 20 de octubre, Muatassim fue ejecutado con su padre.

***

Si la revolución se transformó en dictadura, Gadafi no abandonó jamás la esperanza de Nasser de un Estado árabe unificado. A lo largo de los años, intentó unir a Libia con algunos de sus vecinos –Túnez, Egipto, Siria–, pero estas “uniones árabes” eran, invariablemente, de corta vida. Frustrado, fustigó a los otros líderes árabes por no hacer lo suficiente para ayudar a los palestinos y por tratar de ganarse el favor de Occidente. Después de que la OLP asistiera a las conversaciones de paz en Oslo con Israel, expulsó a treinta mil inmigrantes palestinos de Libia.

Si los estados árabes no podían ser unificados, existía al menos el prospecto de una hegemonía en África. Gadafi entregó vastas cantidades de dinero y armas a una desconcertante lista de causas revolucionarias en el África subsahariana. También apoyó la lucha contra el apartheid en Sudáfrica. En 1997, Nelson Mandela apareció en Trípoli para proclamar que “el apoyo desinteresado y práctico (de Libia) ayudó a asegurar una victoria que fue tanto suya como nuestra”.

A mitad de los ’70, Libia y Chad comenzaron un largo conflicto por un pedazo de frontera rico en uranio llamada la Franja de Aouzou. En 1987, las fuerzas de Gadafi fueron finalmente superadas por los soldados locales respaldados por Francia y los Estados Unidos. Perdió 7.500 hombres –un décimo de la fuerza total—y 1.500 millones de dólares de equipo militar. Ashour Gargoum, el ex diplomático libio, me dijo que el episodio de Chad fue “un desastre para Gadafi”. Habiéndose fijado ambiciones de unificación regional, se había demostrado incapaz de manejar incluso a sus vecinos más débiles. Después de esto, dijo Gargoum, se volvió “paranoico y distanciado de la realidad”.

En los ’80, Gadafi era un patrocinador significativo del terrorismo en Occidente. Libia estuvo vinculada a una serie de ataques: el secuestro del crucero Achille Lauro; las bombas en los aeropuertos de Roma y Viena; el ataque a la discoteca de Berlín. El presidente Reagan, que llamó públicamente a Gadafi un “perro rabioso”, envió a los militares norteamericanos a Libia, primero derribando a dos cazas fuera de la costa de Trípoli y más tarde lanzando el ataque aéreo que destrozó la Casa de la Resistencia.

Justo antes de la Navidad de 1988, un jet de Pan Am que volaba de Londres a Nueva York estaba pasando sobre la pequeña ciudad de Lockerbie, Escocia, cuando una bomba escondida en el compartimento del equipaje explotó. Los doscientos cincuenta y nueve pasajeros a bordo, en su mayoría norteamericanos, murieron, así como once personas en tierra. En la investigación subsiguiente, dos agentes libios fueron acusados. Gadafi calificó las acusaciones como “risibles” y se rehusó a extraditar a los sospechosos. Libia se convirtió en un Estado paria.

Tomó algún tiempo, pero las Naciones Unidas y los Estados Unidos aprobaron una serie de sanciones crecientes, que detuvieron el comercio internacional de Libia, congelaron las cuentas bancarias del país e impidieron que los libios viajaran al exterior. Si bien las sanciones fracasaron en echar a Gadafi del poder, la economía se detuvo y su sistema de patronazgo se volvió débil. El Lagi, el ex oficial de asuntos internos del Ejército, me contó que comenzó a cuestionar al régimen cuando algunas mujeres, desesperadas, empezaron a trabajar como prostitutas. “¡En Trípoli, podías levantar mujeres libias por diez dinares!”, exclamó. “La diferencia entre la familia cercana de Gadafi y su clan, y el resto de nosotros era enorme. Tenían villas, seguro de salud extranjero, educación extranjera, todo pagado por el gobierno. Pero un veterano de la guerra de Chad no conseguía nada comparable”. El Libro Verde, comprendió, era “una teoría fallida”.

En 1999, Gadafin accedió finalmente a entregar a los sospechosos de Lockerbie para que fueran juzgados en Holanda bajo la ley escocesa. Uno de los dos sospechosos fue hallado inocente; el otro, Abdel Basset al-Megrahi, fue condenado y eventualmente sentenciado a un mínimo de veinte años en una prisión escocesa. Muchos observadores legales argumentaron que el caso de la fiscalía tenía fallas y que el juicio fue influido indebidamente por la política. Pero, perversamente, el caso jugó un rol en la reconciliación de Gadafi con Occidente. Después del juicio, anunció que Libia no apoyaría más a organizaciones terroristas. Y cuando los Estados Unidos invadieron Irak, en 2003, vio la oportunidad. Reveló sus propias instalaciones de armas químicas y programa de obtención de armas nucleares, y ofreció desmantelarlos a cambio del fin de las sanciones. Aceptando “responsabilidad”, si no culpa, por su involucramiento en el terrorismo, acordó reparar lo de Lockerbie y pagó en silencio casi tres mil millones de dólares en daños a las familias de las víctimas.

Enemigo de larga data de los islamistas radicales en Libia, Gadafi también comenzó a colaborar con Occidente contra los extremistas musulmanes. Documentos de inteligencia que vi en Trípoli este verano revelaban una cómoda relación entre los servicios de inteligencia de Gadafi y la CIA y el MI6, que permitieron “entregas extraordinarias” de sospechosos libios. En una carta de 2004, el jefe de contraterrorismo británico, Mark Allen, escribió en confianza a su contraparte libio, Moussa Koussa, acerca de la reciente entrega de un combatiente islamista conocido como Abu Abdallah: “Gracioso, recibimos un pedido de los norteamericanos de canalizar los pedidos de información para Abu Abdallah a través de los norteamericanos. No tengo intención alguna de hacer tal cosa. . . . Siento que tengo el derecho a tratar con usted directamente en esto y estoy muy agradecido por la ayuda que nos están brindando”. Allen —ahora Sir Mark— ha dejado el gobierno y trabaja como consejero para British Petroleum. Abu Abdallah, cuyo nombre real es Abdel Hakim Belhaj, pasó siete años en prisión y es ahora el comandante militar de Trípoli por el Consejo Nacional Transitorio de los rebeldes.

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Para 2004, las sanciones habían sido levantadas. Las embajadas reabrieron; los acuerdos de negocios se firmaron; el petróleo fluyó. Tony Blair y Nicolas Sarkozy llegaron de visita. Silvio Berlusconi acordó pagar reparaciones de cinco mil millones de dólares por el daño que su país había infligido a Libia; en una reunión de la Liga Árabe en Sirte, besó las manos de Gadafi.

Los norteamericanos, también, comenzaron a reconcebir al “perro rabioso” como un aliado. En abril de 2009, Hillary Clinton recibió al hijo de Gadafi, Muatassim, en el Departamento de Estado y se declaró “encantada” por la visita. Pocos meses antes, una delegación del Congreso liderada por el senador John McCain visitó Libia y prometió, según se informó, ayudar con sus necesidades en materia de seguridad. Después de un encuentro a última hora de la noche en la tienda de Gadafi, McCain tuiteó: “Interesante encuentro con un hombre interesante”. En Washington, Gadafi contrató al Livingston Group, una prominente compañía de lobby para trabajar por sus intereses. Un informe confidencial de agosto de 2008 delineaba un plan para, entre otras cosas, “comenzar el proceso de aligerar las restricciones a las exportaciones de los Estados Unidos en materia militar y de materiales de uso dual”. Ese mismo año, después de negociaciones controvertidas, Megrahi, el condenado por Lockerbie, que tenía cáncer de próstata, fue liberado por “razones de compasión” y voló a Trípoli en el jet de Gadafi. Tuvo una bienvenida de héroe en Libia, donde todavía vive.

A principios de este mes, hablé con un rico hombre de negocios occidental que estuvo cerca de los Gadafi. Cuando llegué a su casa palaciega en Inglaterra, estaba tomando una llamada de un amigo árabe. “Kareem, ¿cómo estás?”, exclamó. Dijo al que llamaba que tenía un visitante y que le hablaría más tarde, pero quería que entendiera que estaba ahora “firmemente con mis amigos en el Consejo Nacional Transitorio”. Me dijo que esperaba que el nuevo orden le diera espacio para operar. Pero, en su experiencia, explicó, la Libia de Gadafi no había estado tan mal. “La peor cosa que Gadafi hizo realmente fue eso de Abu Salim”, apuntó, refiriéndose a la masacre de 1996. “Quiero decir, matar a un montón de prisioneros en el sótano de una prisión no es lindo, pero, sabe, estas cosas pueden ocurrir. Basta con que alguien malinterprete una orden –¿entiende lo que quiero decir? Sí, los estudiantes fueron colgados en los ’70, y estuvo lo de Abu Salim, pero no hay mucho más. La policía secreta estaba, pero no era demasiado entrometida. Si uno era metido en prisión, le permitían a la familia visitarlo y llevarle cuscús”.

En septiembre de 2009, Gadafi hizo su primera aparición en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Divagó y despotricó por noventa y seis minutos, demoliendo a los Estados Unidos por su historia de intervención en el extranjero, reclamando nuevas investigaciones sobre los asesinatos de J.F. Kennedy y Martin Luther King, Jr., y especulando con que la gripe porcina había sido desarrollada como un arma química. En el camino, rompió una Carta de la ONU y agitó sus copiosas notas salvajemente en el aire. Fue un comportamiento vergonzoso, pero, dada la reputación de excéntrico de Gadafi —y su percibida utilidad como un aliado contra los extremistas musulmanes— le hizo poco daño a su imagen internacional, y el gobierno norteamericano no hizo comentario alguno. En casa, su control sobre el poder parecía seguro.

El Lagi me dijo: “Con todo el debido respeto por los norteamericanos, son mentirosos… Los norteamericanos van hablando sobre los derechos humanos, pero lo alojaron –no lo arrestaron. ¡Montó su tienda en la tierra de Donald Trump! Los norteamericanos recibieron a Seif y a Muatassim y los alojaron por tres semanas en los Estados Unidos como amigos”. Gadafi, mientras tanto, usaba cada oportunidad disponible para burlarse de Occidente, a menudo de modos que los observadores occidentales no entendían. El Lagi apuntó: “En las Naciones Unidas, él escribió sobre un pedazo de papel en blanco de modo que las cámaras de televisión lo tomaran ‘Estamos aquí’. Esto fue para los libios. Y cuando Tony Blair vino, Gadafi le mostró la suela de su zapato; esta era una señal de falta de respeto y fue mostrada por YouTube en toda Libia. Cuando Condi Rice vino, él se rehusó a estrechar su mano y, más tarde, durante su charla, le entregó una guitarra libia, como para decirle que cantara. Ella debería haberse marchado en el momento en que él se rehusó a estrechar su mano, pero no lo hizo. Los intereses de las compañías norteamericanas prevalecieron. Todos estos gestos fueron profundamente decepcionantes para los libios, porque sabíamos que significaban que podía comprar a cualquiera”.

***

Gadafi siempre insistió en que combatiría y moriría en Libia, y fue fiel a su palabra. Después de que Trípoli cayera, desapareció, y existió la especulación de que había escapado al Sahara y estaba siendo protegido por las tribus Tuareg. Pero el 20 de octubre, en el borde occidental de su ciudad natal de Sirte, él y las últimas fuerzas que le quedaban, una guardia de más o menos cien hombres, fueron rodeados finalmente por combatientes del CNT. Viajando rápido, en un convoy de varias decenas de vehículos de combate, escaparon hacia una rotonda dos millas afuera de Sirte, y allí se encontraron bajo fuego. Cuando se volvieron para luchar, en un campo cubierto de basura, un avión francés y un avión no tripulado Predator norteamericano volaron por encima y los bombardearon donde estaban; veintiún vehículos fueron incinerados y al menos 95 hombres murieron. Gadafi y unos pocos leales lograron llegar a un par de desagües enterrados en la berma de tierra de un camino.

Fueron rastreados por un grupo de combatientes de la unidad de Misurata. Después de un tiroteo, uno de los hombres de Gadafi emergió del conducto para suplicar ayuda: “Mi amo está aquí, mi amo está aquí. Muammar Gadafi está aquí y está herido”. Salim Bakir, uno de los combatientes de Misurata, contó a un reportero luego que se aproximó al desagüe y quedó estupefacto al ver a Muammar Gadafi allí. Mientras los rebeldes lo arrastraban fuera del caño, contaron, parecía confundido y repetía continuamente: “¿Qué anda mal, qué está pasando?”. Otros combatientes llegaron corriendo a ver al Líder capturado, una muchedumbre de hombres gritó “¡Muammar!”. Varios tenían teléfonos con cámaras y su filmación a las sacudidas compone un relato escalofriante de lo que ocurrió luego.

Gadafi, con el pelo enredado, sangrando de una herida en el lado izquierdo de su cabeza, es subido a empujones por el terraplén. En el camino, un combatiente viene por atrás y parece empujar violentamente una barra de metal en su ano. En el camino, los rebeldes sujetan a Gadafi sobre la capota de una camioneta Toyota. Una horda de hombres aullantes clama por verlo, insultarlo, herirlo. Uno lo golpea con sus zapatos, diciendo: “Esto es por Misurata, perro”. Gadafi es puesto de pie, sangra más fuerte e intenta débilmente defenderse mientras los rebeldes se acercan para golpearlo. El video recae en el caos: alguien dice “Mantenganlo vivo”, una mano sostiene una pistola, un grito sostenido de “¡Allahu akbar” (Dios es Grande). Le tiran de los cabellos. Escuchamos el disparo de un arma.

En el siguiente momento que vemos a Gadafi, yace en el piso, la cabeza colgando hacia atrás, los ojos medio abiertos pero sin ver. Sus torturadores están tirando de su camisa, dándolo vuelta para desnudarlo. En otra imagen, vemos claramente que alguien le ha disparado en la sien izquierda. Esa fue la causa oficial de muerte dada por el médico examinador en Misurata, donde el cuerpo de Gadafi yació a la vista durante días en un armario refrigerado, ante el que miles de personas desfilaron tomando fotografías. Los líderes del CNT anunciaron que Gadafi murió por sus heridas “en un fuego cruzado” mientras estaba siendo transportado al hospital; uno de ellos incluso sugirió que la propia gente de Gadafi le había disparado. Nadie lo cree. Las imágenes están alli y cuentan una historia distinta.

Más adecuada, quizás, es la versión relatada por el joven comandante de la fuerza de Misurata que halló y mató a Gadafi. En el desagüe, el Rey de Reyes se reveló como un anciano herido y confundido, sin siquiera el confort de su gorra beduina para ocultar su pelada. Pero, observó el comandante con cierta clase de gruñón respeto, hasta el mismo final Gadafi siguió creyendo que era el Presidente de Libia.

El intérprete

Publicado: 24 septiembre 2011 en Carlos Loret de Mola
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Esa tarde Ayman empezó a morirse. No pudo respirar por cincuenta segundos. Primero se inquietó, intentó jalar aire, pero sentía sus pulmones tapados por los gases lacrimógenos que la policía de Egipto roció sobre él y un millón de activistas reunidos en la Plaza Tahrir de El Cairo para protestar contra la dictadura de Hosni Mubarak.

Cuando se dio cuenta de que no tenía oxígeno —y no iba a tener—, pensó: “Esto es todo”. Rezó la frase “La ilaha illa Allah” (“No hay Dios como Alá”) y, recostado en una banca de la vecina Universidad Americana a donde se metió en busca de refugio esa tarde del 28 de enero de 2011, bajó la guardia ante el destino.

No lloró de miedo porque ya no le quedaban lágrimas. Se las había sacado todas el gas de los minutos previos. Pensó en su hijo de un año y su esposa de treinta y cinco, de quienes se había despedido esa mañana tras desayunar té y queso crema. Aída lo quería acompañar, pero sigue amamantando a Noor.

Programó a su familia en el último pensamiento, pero quiso morir viendo a sus compañeros de lucha. Los tenía allí enfrente: combatían en una batalla desigual —el marcador final de muertos fue 365 a 35, a favor de las fuerzas oficiales—, lanzaban piedras, botellas y alguna bomba molotov contra el personal uniformado que llevaba ropa antibalas, escudos, toletes, potentes chorros de agua, pistolas de descarga eléctrica, balas de goma, tanques de guerra, vehículos blindados, armas letales y de disuasión, granadas de gas y de pólvora y la instrucción de reprimir al costo que fuera.

***

Ayman Fareh estudió Turismo con posgrado de traducción árabe-inglés. Se empleaba como guía de turistas y era activista en sus ratos libres. La última vez que trabajó fue el 23 de enero, cuando llevó a un grupo de australianos a conocer las pirámides de Sakkara, que dan nombre a una de las cervezas claras más populares del norte de África. Fue un muy buen domingo: le pagaron cien dólares por diez horas, en un país donde un urólogo gana doscientos al mes. Ayman se quedó sin empleo cuando la primera manifestación ahuyentó a los visitantes.

Fue el día 25, cuando ocurrió un milagro en la Plaza Tahrir. Para protestar contra el desempleo, la carestía y la falta de libertades, los activistas egipcios habían invitado a un plantón a través de Facebook y Twitter, inspirados por el movimiento juvenil que en Túnez tiró a Ben Ali tras dos décadas en el poder. “Esperábamos que llegaran unas seiscientas personas, ¡pero se juntaron como sesenta mil!”, lo decía Ayman y se le abría la boca de asombro. Los suyos abarrotaron la célebre explanada donde convergen el Museo Nacional de Egipto, la sede de la Liga Árabe, el campus de la Universidad Americana de El Cairo, la oficina de pasaportes, el hotel Ritz a medio construir, el edificio del partido oficial y siete avenidas.

La policía política les dio el “trato Mubarak”: murieron tres opositores. Esta represión los envalentonó, los mantuvo en la calle el miércoles (hubo otros tres muertos), el jueves (un caído) y los hizo llamar a una gran movilización para el viernes 28.

“A ésta no puedo faltar”, se recriminó Ayman acariciándose la barba corta, negra y desigual de su rostro graso enmarcado por lentes discretos, mientras leía un mensaje de texto que un amigo le envió al celular para convocarlo. Le pesaba un poco el remordimiento porque —justificante de enfermedad— se perdió las primeras.

En español Ayman quiere decir “virtuoso”. Y en el mundo árabe, lo virtuoso es aprovechar que el viernes se descansa para dedicar un tiempo al rezo. Por eso, aunque el gobierno ya tenía congelado internet, los opositores apostaron al 28 de enero como fecha de la movilización cumbre: era feriado y para los ciudadanos sería más fácil acudir. Así que ese día, antes de empezar a morirse ahogado, el traductor, devoto, virtuoso al fin, hizo una escala de media hora en la mezquita y se fue a la plaza.

“¡Seremos sesenta mil personas, no lo puedo creer!”. En el camino de la oración a la revolución, apostó que ese viernes habría por lo menos los mismos opositores que el martes. Cuando llegó a Tahrir —Plaza de la Liberación, traducido del árabe—, había un millón. Se prendió. Corrió y coreó. Encaró con descaro. Emocionado, enchinada la piel porque, más que estar protestando, se sentía sublime, puntual a una cita con el bronce, con los libros de texto, con la historia.

Esa tarde fallecieron aproximadamente cien egipcios opositores a la dictadura, la mayoría por disparo de arma de fuego. Mubarak ordenó a sus leales apuntar a la multitud. El Ejército se negó. La policía política lo hizo. Fueron dos posturas que terminarían determinándoles el futuro: el Ejército sobrevivió al golpe de Estado (de hecho, técnicamente fue un golpe realizado por el Ejército, que quedó al frente de Egipto tras la huida del autócrata), mientras la policía política desapareció y su millón y medio de integrantes se diluyó entre los ciudadanos.

Gaseado, pálido su afilado semblante, el guía de turistas de treinta y siete años no podía respirar. Ya no manoteaba. Disipada su desesperación por la asfixia, cerrados los ojos verdes, entregado —tranquilo y orgulloso— a la idea de ser mártir por la democracia en su Egipto, Ayman Fareh no se murió. Un golpe de oxígeno lo hizo toser, pararse, recuperarse y volver a la línea de fuego.

Al día siguiente, en el periódico leería que el gas lacrimógeno esparcido por los agentes estaba vencido, caduco, y por eso, en lugar de sólo inhabilitar al rebelde con el picante en la vista, generó episodios de ahogamiento. Le resultó tan familiar como indignante.

***

Ayman no tenía en agenda ninguna movilización importante en enero. La oposición egipcia —tolerada al mínimo, arrinconada, oficialmente prohibida— se preparaba para un gran movimiento político en septiembre próximo: corrían rumores de que, en ese mes, Hosni Mubarak se alistaba para dejar el cargo… en manos de su hijo Gamal. ¿Que los Mubarak jugaran a la monarquía? Eso sí que no.

La renuncia de Ben Ali en enero, en Túnez, los animó por sorpresa, pero a la postre cuentan que jamás imaginaron que lograrían la caída de su dictador…, jamás…, hasta el 28 de enero de los cien muertos.

Ese saldo rojo impulsó a los medios de comunicación del planeta a mandar reporteros a El Cairo. Antes, ni siquiera la televisora más influyente en el mundo árabe, Al Jazeera, había prestado demasiada atención a la revuelta. Súbitamente, la prensa empezó a volar con dirección a las pirámides.

Cuando un reportero llega a un país extranjero lo primero que necesita es un vehículo y un traductor. Como si se pasaran la voz en la era de la globalización, los trabajadores del sector turístico —taxistas, guías, fixers— suelen, en tiempos de conflicto en sus países, apostarse afuera de los aeropuertos o garitas migratorias para cazar periodistas que requieran de sus servicios, con quienes los comunicadores terminan arreglándose en una especie de tarifa internacional basada en otras experiencias de crisis y la urgencia de salir a reportear. Durante la invasión estadounidense en Afganistán de 2001, en la guerra civil de 2004 o el sismo de 2010 en Haití, en Egipto y Libia de 2011, un vehículo compacto, viejo, con conductor, se renta por cien dólares al día, y el traductor-guía por otros cien, máximo ciento cincuenta.

Vytas Rudavicius era uno de esos traductores. Conoció al enviado especial de Televisa, Leonardo Kourchenko, cuando fue a cubrir la disolución de la Unión Soviética. Lituano, con buen inglés y diecinueve años de edad, resultó ser más inteligente, atrevido y mediático que el fixer promedio. Cuando Kourchenko regresó a sus tareas habituales lanzó una propuesta hacia Lituania y otra a México: “Si tú aprendes español, nosotros te contratamos como corresponsal”, le propuso a Vytas.

Veinte años después, Vytas habla un español culto con un fascinante acento que no quiere perderse una sola erre, que remarca con toda la vibración que la lengua y los dientes son capaces. Leonardo es jefe de todos los corresponsales internacionales de Televisa. Vytas es corresponsal en Londres. Leonardo le cumplió.

A seis horas de vuelo de Gran Bretaña, Vytas estuvo en el primer equipo desplazado para informar desde Egipto cuando el movimiento revolucionario contra Hosni Mubarak se bañó de sangre. El universitario rubio y de ojos claros, que traducía del ruso al castellano cuando se colapsó el mundo soviético a inicios de los años noventa, atestiguaba ahora —nuevo milenio, cuarentón, casado, tres hijos, barba de cuatro días, periodista experimentado, caballeroso, compañero solidario, un tipo encantador— otro colapso: el de los faraones del siglo XXI.

—Yo hablu un puco de espaniol —sonrió Ayman a Rudavicius, el 10 de febrero.

Vytas extendía el micrófono esa noche en Tahrir para recoger voces de desánimo, de irritación, luego del discurso del presidente Mubarak, emitido por la televisora del Estado: se esperaba que anunciara su dimisión, pero sólo adelantó pequeños cambios en su gobierno para que sonaran a concesiones democráticas (nadie pensó que a la mañana siguiente se daría a conocer que el presidente dejaba el poder y se refugiaba en su casa de playa en Sharm el-Sheij).

Un nacido en Lituania, que vive en Inglaterra y trabaja para una cadena de México, hizo un breve examen del idioma de España a un ciudadano de Egipto que terminó guiándolo a Libia y hablándole como en Estados Unidos. El egipcio contó que, de los nueve niveles del Instituto Cervantes, había llegado al segundo. Pero en inglés tenía maestría. Así se entendieron. Vytas apuntó el teléfono por si lo necesitaba más adelante, pues llevaba semana y media en la zona y ya contaba con un guía, pero sabía que pronto vendría otro equipo de México a realizar una serie de programas especiales, y seguramente necesitarían un buen intérprete.

Ayman estaba listo. Deseaba trabajar después de diecinueve días de desempleo revolucionario. Desde el inolvidable 28, el licenciado en Turismo se quedó a vivir dentro de una tienda de campaña en la Plaza Tahrir. Con él, cientos de miles de egipcios. Cada tres días viajaba a su casa de ciento setenta metros cuadrados en los suburbios clasemedieros de El Cairo. Besaba a Aída y Noor, se daba al fin un baño, comía algo y de regreso a la revolución.

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El día que aterrizamos en Egipto, Vytas acudió al aeropuerto con un siempre sonriente traductor árabe-español que, quizás extasiado tras esperar once horas, porque el vuelo se retrasó, saludó de doble beso en la mejilla al productor José Luis El Choco Valdivieso. “Ya ligaste, cabrón”, se escuchó. No era Ayman. Se llamaba Walid. Lo había contratado la oficina desde México.

Con poco tiempo para reportear todo lo deseado, el equipo pidió a Walid no hacer escala en el hotel, ni siquiera para dejar el equipaje, sino ir directamente a una de las zonas más pobres de El Cairo, con el objetivo de retratar el efecto social del aumento en los precios de los alimentos, detonador del conflicto árabe.

Mientras los camarógrafos Rafael El Piojo Ruiz y Gustavo Sánchez grababan escenas de la vida cotidiana en un barrio marginado, una treintena de simpatizantes del colapsado Mubarak nos rodearon increpándonos que la prensa internacional aceleró la dimisión de su líder. Nos exigieron que dejáramos de grabar, recogiéramos las cosas y nos subiéramos al taxi tipo Tsuru que nos había transportado —encimados, dos reporteros, un productor, dos camarógrafos, el traductor y el chofer del vehículo—. Pero no dejaron que el taxi se moviera. Querían simplemente tenernos ahí contenidos en lo que discutían entre ellos qué hacer con nosotros. Golpearon al conductor, zarandearon y regañaron a Walid, amagaron con desenfundar armas y finalmente acordaron llamar al Ejército, que logró sacarnos de la turba enfurecida para escoltarnos hacia una instalación militar, retenernos ahí, confiscarnos celulares, aislarnos del traductor (quien para entonces había demostrado que su sonrisa no era perenne) y soltarnos tres horas más tarde. Escondidos los dientes, descompuesto el semblante, Walid renunció a ser guía de periodistas.

Mientras todo eso sucedía —once horas de retraso, dos de traslado, una de reporteo, una de conflicto, tres de retención— Ayman esperaba en el hotel Semiram, privilegiada ubicación entre el Nilo y la Plaza Tahrir, donde estaba nuestra reservación. Vytas lo había citado temprano con la oferta de volverse su traductor —con dos, el equipo podría dividirse y abarcar más—. Cuando cayó la noche y Ayman no vio ningún periodista lituano, optó por irse. Casi a medianoche, Vytas hizo la llamada que Ayman estuvo esperando todo el día. Tras la explicación del periplo, quedó contratado como traductor, el único traductor.

A la mañana siguiente, Ayman llegó tarde. Urgía completar el reportaje con entrevistas en la calle, así que sin esperarlo salimos del hotel, caminamos diez minutos en medio de la estrecha vigilancia militar que es sinónimo de “ya volvió la normalidad a El Cairo” y tuvimos que hacer la primera entrevista con señas.

A cuadra y media del sitio donde acamparon los rebeldes durante dieciocho días, Mustafá, un niño de diez años que vende pan árabe en la calle (que es como la tortilla mexicana), explicó que antes, con una libra egipcia (dos pesos mexicanos) a sus clientes les alcanzaba para comprar veinte piezas y ahora sólo se pueden llevar seis.

Las primeras protestas de enero fueron porque aumentó casi al doble el precio del trigo. Se montaron a ellas los jóvenes —que son más de la mitad de la población— con estudios universitarios pero sin trabajo, con acceso a las tecnologías pero sin dinero, con Facebook y Twitter pero sin salario, con vida pero sin esperanza. No “ninis” sino “yanis”, porque ya estudiaron pero no trabajan. La suma de quejas por la carestía y el desempleo se potenció cuando se topó con la represión gubernamental del 28 de enero. A partir de ese día, todo empezó a tratarse de la libertad.

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“Ese día nos dimos cuenta de que podíamos tirar a Mubarak porque fue una masacre. Una vez que empezó a perder la cabeza tanto, matando gente y ordenando a sus fuerzas de seguridad que mataran, dije: ya cayó. Antes, yo corría cuando me daba cuenta de las bombas de gases lacrimógenos, pero una vez que vi un cadáver, ya no corrí, me empecé a parar y les planté la cara”, explica junto a su gato esponjado, una bandeja de té de dos sabores y una foto en la pared que a todos llamó la atención, Nawarra Negm, bloguera de treinta y siete años que, por su buena oratoria en inglés, terminó involuntariamente de vocera de la oposición, entrevistada en las más importantes cadenas mundiales de noticias, icono en la pantalla de la Revolución 2.0, como la han llamado los expertos.

Ayman se sacó la espina de su retardo. Esa misma noche guió a su tropa mexicana hasta un terreno baldío que sirve de estacionamiento. Tomó el celular, hizo una llamada, habló en árabe y al colgar informó: “Aquí es. Nos está esperando”. Nervioso, ansioso, contento por su logro.

Nawarra es una figura en Egipto. Vive en el corazón de El Cairo, en un edificio que parece que se está cayendo. En el elevador, que llega hasta su departamento en el piso doce, no caben más de tres personas, se sube más rápido por las escaleras. Ella abre la puerta y ofrece té, en la tradición de la hospitalidad musulmana: ¿verde o rojo? De sonido ambiente, la tele prendida en la que Al Jazeera informa de la brutalidad de Muamar el Gadafi contra su pueblo en Libia. La laptop chueca en el asiento del sillón revela que acaba de abandonar los muslos de su dueña.

—¿Era tu pariente o sólo eres su fan? —le pregunto cauto al ver colgada en la pared, junto a las fotos familiares —que son cursis en Oriente y Occidente—, una imagen sonriente de Hassan Nasrallah, líder del movimiento político y paramilitar Hezbollah.

—Sólo su fan —responde, hasta con cierto reto en la mirada, la bloguera de Tahrir, rostro robusto y terso, de gestos firmes, que es lo único de piel que asoma bajo su velo islámico rojiblanco apenas estampado, su falda de mezclilla azul a los tobillos y su blusa roja de manga larga abotonada por completo.

Tenía ocho años cuando la policía secreta de Mubarak irrumpió a las cuatro de la madrugada en su casa y entró a su recámara, una añeja tradición familiar: “A mis padres por lo general los arrestaba Sadat [antecesor de Mubarak], ¡el hombre de paz! —suelta irónicamente—. Arrestaba a todo mundo”.

Ayman traga saliva. Mira asombrado, emotivo, orgulloso, por momentos hiperactivo, fija siempre su atención en cada palabra de la protagonista. Sabía de Nawarra, la había visto en la tele, leído en la web, pero jamás se la topó entre el millón de personas que acamparon en la Plaza de la Liberación, incluso días después de haber depuesto al dictador. Él había conseguido la cita, y cuando tocó la puerta del modesto departamento —tripié al hombro para ayudar con la carga pesada de un set de televisión portátil— casi temblaba. Saludó en árabe, encendidos los ojos verde oscuro, y minutos enteros se siguió en esa lengua de la que sus empleadores sólo alcanzábamos a identificar un “Tahrir” por aquí, un “Mubarak” por allá, un “Gadafi” por acullá.

“¿Podemos empezar la entrevista, Ayman?”, hubo que interrumpirlo con sentido del humor, al verlo poseído por su interlocutora. Servicial, caballeroso, reaccionó rápido, apenado, tratando de reparar el mínimo descuido. Él no era sólo fan del retrato sino de quien lo había colgado en la pared.

Ayman tenía veintiséis años cuando la policía de Mubarak entró a su casa, a las dos de la madrugada, y se lo llevó tres días. No le gustó al régimen que perteneciera a una fundación que recaudaba de los ricos y repartía a los pobres: “Me pegaron en la cara y en el cuerpo, me interrogaron, me dieron choques eléctricos. No podías preguntarles: ‘¿Por qué estoy aquí?’, ésa no era una pregunta válida; ellos, en cambio, me preguntaron qué hacía, quién trabajaba conmigo, sus nombres, qué estaba leyendo. Yo les dije que mi trabajo lo hacía a la luz pública, dando recibos y con autorización oficial, pero ése no era el problema: el problema es que no les gustaba que la gente te quisiera, que pensara que eras mejor que el gobierno”.

Cuenta y se pone serio, duro, agraviado, contestatario, con la dosis de ira justa para no ser descortés. A veces no hay que escarbar en la memoria. Es el caso. Su padre contactó a un viejo amigo militar que intercedió por la vida del entonces estudiante. “Al soltarme, me advirtieron que dejara de hacer trabajo social. Pero esa experiencia sólo me hizo volverme más activo”.

Sí. Más activo. Porque lo era desde antes. Asiduo participante en cuanta manifestación se convocara en sus tiempos universitarios: “Protestábamos por la carestía, por los bajos salarios, por las guerras de Irak y Afganistán, por los presos políticos, por libertad de expresión, porque Israel atacara Palestina, porque subían las colegiaturas”.

Fue entonces que empezó a leer de la Hermandad Musulmana, la organización política opositora más fuerte de Egipto, a la que Hosni Mubarak prohibió convertirse en partido, pero a la que toleraba que, con otras siglas, llevara a sus dirigentes al Congreso.

Me apresuré a terminar la entrevista porque soy alérgico a los gatos y el exhuberante minino anaranjado de la opositora web tenía mi mirada en granate y mi nariz fluyendo como el Nilo. Desde luego, Ayman no pudo resistir la tentación: “¿Puedo sacarme una foto contigo, Nawarra?”. Todos posamos. “La voy a colgar en la sala de mi casa”, remató en adelanto.

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—No saben cuántas veces pasé por esta calle sin atreverme siquiera a voltear hacia este edificio.

Camarógrafos, productor, reportero, en silencio. Ayman habla arrepentido, nostálgico, confesando, mirada perdida, triste, hacia una estructura descuidada que hace décadas pintaron de amarillo. Ni un solo letrero que indicara que ahí operaba la oposición.

Sus conexiones habían concertado entrar a las oficinas centrales de la Hermandad Musulmana. Ocupan dos departamentos, en el primero y segundo pisos. La puerta es suntuosa, de madera tallada como en las mezquitas, pero el resto es, más que austero, pobre: pisos sin pulir, cortinas sucias y recogidas por sus roturas, escritorios descarapelados, archiveros pandeados, casi sin sillas ni mesas, un sofá viejo frente a una tele que le es contemporánea.

Dos semanas antes, pasar por la calle sede de la Hermandad Musulmana era un desafío al dictador. Tenía espías en derredor. Voltear siquiera hacia el edificio era tomado como declaratoria de complicidad que podía significar al atrevido un castigo similar al que sufrieron, en distintos momentos del gobierno treintañero, todos los integrantes del buró político de esta institución opositora: la cárcel.

Ayman subió las escaleras con la cadencia de quien entra a un lugar sagrado. Dos niveles. Cuando le permitieron el paso oficina adentro, se quedó con pasmo, se tomó un par de segundos para reponerse de la impresión que le abrió los párpados como en automático, giró medio cuerpo y me explicó en secreto con cara de alerta: “Éstos son tres de los más altos directivos”.

Sentados en el sillón viejo, tazas de té caliente sostenidas en la palma de la mano, tres hombres —cincuentas uno, sesentas otro, setentas el de la barba más blanca— se regocijaban viendo la repetición de un programa de entrevistas nocturno en el que, finalmente, en la televisora del Estado hablaban bien de ellos.

Entraron tres más, se acomodaron como pudieron en el sofá y una silla endeble, y luego de permitir que se les grabara departiendo, el designado como vocero dijo a su asistente: que les sirvan té. Y a nosotros: en un momento bajo a la entrevista.

Ayman había confesado su simpatía por la Hermandad, aunque no le gustaba que consideraran que una mujer no pudiera ser presidenta de Egipto. “Dicen que porque si se embaraza no estaría en posición de enfrentar una crisis nacional, una amenaza de guerra, por los constantes cambios de ánimo que conlleva la gestación, pero yo no estoy de acuerdo en eso”, puntualizó en el camino, ayudando a preparar las preguntas.

El guía, desde que nació en Giza, cerca de las pirámides, en la zona metropolitana de El Cairo, está acostumbrado a decir lo que piensa. Eso lo distinguió de su familia, más bien callada y sumisa. Su madre recuerda que cuando regresaba de nadar en el canal o de jugar futbol con sus amigos de la infancia en el barrio marginado de Bashur, era capaz de oponerse hasta del orden instruido para hacer la tarea, bañarse y cenar. Y ni cómo reclamarle: fue siempre primer lugar en el salón y se sigue sabiendo de memoria la mitad de los ciento catorce capítulos del Corán. Así que será seguidor de la Hermandad Musulmana, pero recetarles corchetes en el diagrama ideológico parece hasta natural en él.

En la entrevista, el doctor Esam el-Erian, jefe del Comité Político y vocero del movimiento, aclaró retando: “Si el pueblo la escoge no estamos en desacuerdo, pero mire usted a Estados Unidos: es democrático, pero ninguna mujer se puede presentar como candidata aun ahora; cuando Hillary Clinton quiso ser la candidata, no pudo”. Ayman descansa.

—No lo hubiéramos logrado sin la Hermandad Musulmana —explicaba minutos antes el traductor. Tahrir era un desastre hasta que llegaron ellos, armaron cercos de seguridad, instalaron una oficina de prensa, juntaron a los abogados para defender a los detenidos, coordinaron que se cocinara y repartiera comida. Estos cuates son muy organizados, y desde atrás, sin restar protagonismo a los jóvenes de la revuelta, dieron forma a la revolución.

Así han labrado su prestigio entre los ciudadanos del norte de África y Medio Oriente: recaudando fondos de los petroleros millonarios del mundo islámico, invirtiéndolos transparentemente en obras sociales y rechazando la violencia como método de lucha política, al grado de ganarse la enemistad de la red terrorista Al Qaeda y particularmente del número dos de Osama bin Laden, Ayman al-Zawahirí, egipcio que solía pertenecer a la Hermandad Musulmana.

El-Erian recuerda eso. Lo enfatiza —”No nos confundan con Al Qaeda. Al Qaeda nos odia”— porque Occidente ha erguido miradas de sospecha hacia su organización por temor a que convierta Egipto en un país dominado por una cúpula religiosa, como Irán, con tendencias extremistas. “Queremos un Estado laico. Estamos listos para competir y ganar democráticamente el poder…, y para perderlo”, contesta a pregunta expresa. Anuncia que formará un partido político, que por ahora no buscará la presidencia sino una bancada en el Congreso, explica que debe reformarse la constitución y celebrarse a la brevedad elecciones libres. Lo tiene tan claro que parece haber ensayado por décadas para cuando llegara este momento.

Ayman, con cara del que ya planeó la travesura pero quiere que pase inadvertida, nos pide un momento. En lo que el equipo desinstala luces, cables y micrófonos, sube a zancadas las estrechas escaleras sin luz, en la ruta va sacando de la apretada bolsa del pantalón caqui su cámara y llega a pedir una foto con cada uno de los directivos de la Hermandad Musulmana. Porta la expresión del niño que llega al Reino Mágico y se topa al fin, en persona, con Mickey Mouse.

LAS LETRAS QUE CON SANGRE ENTRAN

Cuando tenía siete años, Ayman no sintonizaba las caricaturas de Disney. Menos en octubre. Para conmemorar la histórica victoria egipcia sobre Israel, en octubre de 1973, ese mes la pantalla de la televisión oficial, la única, se llenaba de películas que engrandecían el espíritu nacional.

Una escena se le quedó marcada: el Ejército de Egipto logra entrar a la península del Sinaí, a pesar del ataque de Israel. De uno de los tanques de guerra desciende un soldado para escribir en la pared defendida un rezo: Allah Akbar (“Dios es grande”), pero se le termina la tinta roja en Allah. El uniformado se corta la piel y con su sangre termina de pintar la frase.

La cuenta como si la hubiera visto ayer, como si se la hubieran escrito en rojo con sangre propia. Sintonizaba los filmes nacionalistas cada octubre con su familia, que en realidad estaba formada por dos hermanos, dos hermanas y su mamá. Su padre trabajaba en Libia —lo hizo durante ocho años— y sólo los visitaba una vez al año durante más o menos cuatro semanas.

Por eso, cuando le dije: “Hay que ir a Libia a cubrir la guerra civil”, se exaltó, buscó, giró, marcó su celular, enlistó todo lo que se necesitaba pero, sobre todo, se supo la ruta de memoria: de El Cairo a Salloum, que es la frontera egipcia, son como diez horas de carretera; cruzar puede ser un tedio debido al Ejército de Egipto, y ya del otro lado son como seis horas hasta Bengasi, el bastión de la oposición, donde la prensa extranjera es bienvenida, a diferencia de los territorios Gadafi donde se anunció que se daría a los reporteros trato de terroristas.

A la distancia, creo que Ayman me hizo trampa, porque inexplicablemente retrasó una noche el viaje a Libia, con los pretextos de que no había garantías, que no conseguía vehículo para el traslado, que no quedaba clara la ruta, que si el toque de queda…, días después me enteré de que el guía no tenía a la mano su pasaporte, se lo había dejado a un primo, el primo no contestaba el teléfono, y sin pasaporte no podía salir de su país: un revolucionario de ese ímpetu, con Tahrir suministrándole adrenalina en la memoria, no se perdonaría perderse la incursión a lo que Pérez-Reverte denominó “territorio comanche”.

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Dejar territorio egipcio es una monserga burocrática a contrapelo. En efecto, los militares obstaculizan lo que pueden —curiosamente, a la caída del dictador Mubarak, el Ejército impuso un estado castrense al que la oposición se acomodó rápido— y ante todo intentan que la garita Libia-Egipto no reviente de la cantidad de aspirantes a refugiados de guerra.

En contraste, del lado libio, dos combatientes con chalecos fosforescentes, como de trabajador de limpia nocturno, Kaláshnikov al hombro, sonríen, dan la bienvenida a los corresponsales extranjeros y hasta organizan que aborden vehículos privados, dólares de por medio, que los lleven hasta las ciudades conquistadas por los libertarios.

Tobruk es la primera población relevante, a dos horas de la frontera. En el camino no hay casi vehículos, las carreteras están vacías y el silencio del desierto, las dunas desoladas y las frecuentes tormentas de arena acentúan el miedo. Las poblaciones aparecen cada treinta, cuarenta kilómetros. No se ve a nadie en sus calles. No hay trabajos, no hay escuela, casi no hay comercios. Lo que hay es guerra. Guerra civil.

En cambio, en el centro de Tobruk, la plaza hierve en oposición a Muamar el Gadafi. Visten bien, la mayoría tiene celular en una ciudad que hasta luce un hotel de diseñador, como arrebatado de Nueva York. Libia no es pobre: su flota vehicular es moderna, sus carreteras amplias y bien mantenidas, su tipo de cambio es casi uno a uno con el dólar, su ingreso per cápita triplica al de México y no producen más petróleo porque no necesitan el dinero. Pero no tienen libertad. Ninguna. Y por eso estalló.

Ayman está de vuelta en plaza llena, como en los tiempos de Tahrir. Vytas enciende el micrófono, El Piojo la cámara, y se ponen a entrevistar al público reunido para exigir la caída del excéntrico que los ha sometido cuatro décadas. Cuando Vytas voltea en busca de su traductor para que aterrice en inglés los gritos en árabe, éste se ha ido. ¡Ayman, Ayman!

Ayman está de regreso en la revolución y se ha agenciado una audiencia a quien platica cómo le hicieron en El Cairo, cómo durmieron en Tahrir, cómo sufrieron la represión y cómo vencieron. Su pensamiento va más rápido que sus palabras, y sus ojos más rápido que todo. Gesticula, anima, abraza, aconseja, ¡pero no traduce! Los libios lo escuchan como al hermano grande que ya pasó por éstas. ¡Ayman, Ayman, please help us here!

—Sorry, sorry —alcanza a responder agobiado, sobrepasado por el momento, y regresa a su labor decodificadora del lenguaje.

Los rebeldes anti-Gadafi se desprenden de teléfonos móviles, tarjetas de memoria, almacenadores USB, comparten por Bluetooth archivos con las imágenes de balaceras, muertos, descuartizados, fotos y videos de la guerra que los medios de comunicación no han podido reflejar porque el dictador cerró las fronteras, canceló internet, interrumpió comunicaciones, secó los visados y prohibió la emisión de señales de satélite.

En Libia, los ciudadanos ven una cámara y se lanzan sobre ella. Le quieren contar lo que llevan cuarenta y dos años guardándose. Cambiados al bando de los manifestantes, soldados de civil y armados improvisan un cerco de seguridad en torno a los periodistas para que la desesperación del pueblo por aprovechar el nacimiento de su libertad de expresión no los tumbe y puedan mantener una mínima distancia que permita a la lente captar algo que no sean manos y caras estrelladas contra la pantalla.

***

Las antenas de transmisión no están en Libia. Están en Egipto. El temor a la rapiña de guerra, los bombardeos y la inestabilidad las mantiene ahí. Es más fácil que un reportero se suba a su coche y salga huyendo a que se desmonten quinientos kilos de electrónica, se carguen en un vehículo pesado y entonces se busque la ruta de salida.

Así que hay que abandonar el oasis de información rebelde para regresar a la frontera y transmitir lo que se haya conseguido tan pronto como se pueda. Pero los libios no quieren: como si estuvieran adiestrados para conocer y satisfacer las necesidades del reportero, tan pronto detectan a uno lo llevan a los edificios manchados por el humo de los incendios, las estructuras bombardeadas, las paredes agujereadas por la artillería, los sótanos de las cárceles que aún huelen a tortura, y exhiben papeles confiscados y les faltan horas aire para denunciar. Pero de nada sirve reportear una nota si no se publica: adiós Tobruk, aunque cueste. Al día siguiente vendrán Al Birdia, Bengasi, Al Baida, lo que se deje en esa costa del Mediterráneo que seguro es un paraíso… en otro momento.

En la noche, un tequila para el miedo; y en el día, el desierto helado y tormentoso que no deja ver más de dos metros a un coche que avanza a 140 km/hr. La prisa, el riesgo, migración y aduana, la carretera en medio de la nada, se volvieron rutina de unos días.

—¿Me quedo hasta que caiga Gadafi? —pregunté.

—No. Regresa ya. El viaje era de una semana y quién sabe hasta cuándo vaya a caer ese güey —responde el jefe, al otro lado del mundo.

Es viernes por la mañana en Libia, 25 de febrero de 2011. Ayman está convencido de que, tras revelarse que bombardeó a su gente, Gadafi caerá hoy. En viernes huyó Ben Ali de Túnez, en viernes renunció Mubarak en Egipto, en viernes se tiene que ir Gadafi, explica el intérprete. Y recuerda aquel viernes en que salió de su casa tras desayunar queso crema y una taza de té, tras besar a Noor y Aída, sin pensar que besaría también la muerte por asfixia, acamparía dos semanas en la plaza, tumbaría un dictador, conocería a un periodista lituano que le presentaría a su colega mexicano y estaría de nuevo en suelo rebelde rezando —en viernes como rezan los musulmanes— por la caída de otro asesino.

***

A la mañana siguiente, siete en punto, el equipaje está cargado en la combi para volver a El Cairo, y de ahí a México. Ayman se acerca: “Carlos, yo sé que mi labor es llevarte hasta el aeropuerto y ver que salgas con bien de mi país, pero quiero pedirte algo: déjame quedarme en Libia, quiero seguir luchando”.

Se quedó allá. Se metió a Tobruk de nuevo, llegó hasta Bengasi y la última vez que hablé con él, ya por teléfono desde el Distrito Federal, me dijo que intentarían entrar a Trípoli y conquistar la capital para derrocar al dictador. “Y ya sabes, aquí te espero cuando caiga Gadafi”.

Recuerdo que le pregunté si no le daba miedo morirse. Se me quedó viendo. Serio como quien explora las respuestas en otra frontera de guerra, la del alma con el corazón:

“No estoy luchando por luchar, sólo estoy haciendo algo que debo hacer. Yo creo, como musulmán, que mis segundos, minutos y horas están predeterminados. El momento en que moriré está predeterminado. Todos morimos en el momento en que Dios lo haya diseñado. Nadie morirá un minuto después ni un minuto antes. Nosotros creemos que la vida no se termina con esto, sino que la vida inicia después de esto. Extraño a mi hijo, lo amo muchísimo: a él, a mi familia, mi papá, mi mamá. Pero el día más feliz de mi vida no fue cuando nació mi hijo, sino cuando cayó Mubarak, porque entonces sabía que mi hijo iba a crecer feliz, con libertad. Sólo estoy haciendo lo que debo hacer. Y si me muero, me gustaría que Dios estuviera satisfecho conmigo.”