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El hipopótamo es solo un fantasma que sentimos pero no vemos. Estamos cansados de andar decenas de kilómetros desde la madrugada hasta el crepúsculo sin hallar rastro del animal. Parecemos buscando una aguja en un pajar. Una aguja de dos toneladas en un pajar que es una inmensidad de fango y selva. Me siento en el umbral de la carpa para quitarme las botas de caucho. Es nuestra cuarta noche de campamento en el caño San Juan. Tengo los pies hinchados y los dedos parecen pegados unos a otros sin poder moverse. Necesito tomar agua y el fotógrafo, mi compañero de adversidades, me alcanza una olla con agua y mosquitos ahogados.

―No hay más -me dice con cara de lástima y enciende un tabaco para espantar a los bichos.

Las luciérnagas brillan como escarcha esparcida en el suelo y en el cielo las nubes amenazan con descargar una tormenta. Nos sentimos impotentes. Hemos recorrido prácticamente todo el Magdalena Medio y no tenemos más tiempo ni más energía. El pescado frito que teníamos reservado para la comida está lleno de hormigas.

―¿Qué pasa? -grito.

Las vacas del potrero empiezan a correr y sus mugidos parecen gritos de espanto.

―¡El hipopótamo debe estar detrás de las vacas! -dice Andrés, uno de los dos pescadores que vinieron con nosotros.

Corro con las vacas y salgo de la carpa para buscar refugio en el árbol más próximo. La lluvia se mezcla con el barro de la ropa y los pies se me llenan de fango y hormigas. A unos metros del campamento escuchamos unos ronquidos más graves que los gruñidos de un cerdo. Apagamos la linterna para no atraer a la bestia y me acurruco debajo del árbol como una niña pequeña. Quiero que se acabe la noche. No quiero -después de más de cien horas de búsqueda- que aparezca una mole de dos toneladas y nos triture con esos colmillos de cincuenta centímetros que ocasionan más muertes en África que los leones, las hienas o los cocodrilos.

En la tarde del día anterior, tras caminar cinco kilómetros siguiendo el cauce del caño San Juan hasta su desembocadura en el río Bartolo, nos sentamos a mirar las aguas en espera del hipopótamo. Vimos garzas y guacamayas en la copa de los árboles y en el caño pudimos apreciar varias babillas que surcaban lentamente sus aguas con la cola de un lado a otro. El silencio fue interrumpido por los cascos de un caballo.

―¡Hipopótamo! -nos gritó el jinete, un campesino joven y con sombrero.

La bestia está atrás, nos dijo, a unos trescientos metros. Intentamos correr pero las botas se nos quedaron clavadas en el piso y nuestra marcha fue tan lenta como la de unos alpinistas en el Everest, solo que con un calor y una humedad tan densa que podía haber renacuajos en el aire. El caño San Juan queda entre los municipios Puerto Berrío y Yondó en el occidente antioqueño. Para llegar hay que transportarse en un jeep desde Puerto Berrío, en dirección norte, hasta la vereda Bodegas. El camino está sin pavimentar y el trayecto es de hora y media. En Bodegas se alquila una lancha que baje por el río Bartolo hasta el punto donde se encuentra con el Magdalena en una travesía de dos horas. Allí se abren varios caños, entre ellos el caño San Juan, con su superficie verde: el escondite perfecto para un hipopótamo.

―Por aquí debería estar -dijo el campesino.

El animal se fugó hace dos años de la hacienda Nápoles por los mismos parajes que un día su dueño, el narcotraficante Pablo Escobar, transitó en los años ochenta huyendo de la DEA, la policía colombiana y sus enemigos del cartel de Cali. Pablo Escobar era catalogado según la revista Forbes como uno de los diez hombres más ricos del planeta, con un capital de cuatro mil millones de dólares.

En 1981, el narcotraficante, que en ese entonces tenía treinta y dos años, ordenó traer en aviones rusos Antonov mil novecientas especies exóticas: elefantes de la India, búfalos de Estados Unidos, canguros de Australia, flamencos, antílopes, venados, rinocerontes, una jirafa y nueve hipopótamos africanos. En diciembre de 1993 Escobar murió abaleado en Medellín y dejó huérfanos a los animales. El presupuesto anual del Ministerio del Medio Ambiente no era suficiente para mantenerlos por un mes. Rinocerontes, cebras, elefantes y un trío de hipopótamos fueron enviados a los zoológicos Matecaña de Pereira y Santa Fe en Medellín. Los demás animales se quedaron en Nápoles y los seis hipopótamos restantes se convirtieron en prácticamente los amos y señores de las 3.000 hectáreas de la hacienda localizada en Puerto Triunfo, a 217 kilómetros de Medellín. Allí se se aparearon, se multiplicaron y se triplicaron. En casi treinta años la población ascendió a veintidós ejemplares.

En noviembre de 2006, dos de los hipopótamos, después de copular en su charca, abandonaron la manada y se internaron en el río Cocorná que desemboca en el Magdalena. Salieron solos, tumbando cercas y devorando las plantas que encontraban a su paso. Avanzaron hacia Puerto Boyacá, Puerto Nare, Puerto Serviez, Zambito y Puerto Berrío, con lo que sumaron más de ciento cincuenta kilómetros de recorrido. Ocho meses después de la fuga la hembra parió dentro del agua una cría de cincuenta kilos. Y luego tuvieron que huir otra vez; en esta ocasión no del calor de la manada, sino de las balas y de los anzuelos que se engarzaban en su piel, abandonaron Puerto Berrío hace cuatro meses en busca de una zona alejada de los hombres, sus más grandes enemigos. Siguieron la corriente del Magdalena rumbo a Barrancabermeja, pero el río era tan ancho y tan profundo que los mamíferos se desviaron por el río Bartolo.

Cada tanto los pescadores se encontraban con tres pares de ojillos negros y sus hocicos colosales. Después solo veían un par de ojillos porque los otros desviaron la ruta, tal vez llevados por la corriente. La hembra y su cría dejaron al macho y se internaron en el caño San Juan metiéndose en el pantano que queda al frente del lugar donde hicimos el campamento. El macho abandonado siguió solo hasta llegar a la vereda Bodegas esperando encontrar a su compañera.

Bodegas es un conjunto de setenta casas de madera rodeadas de selva y río. La temperatura supera los 30 grados centígrados. Los niños corren descalzos sobre las filosas piedras detrás de un balón de fútbol desinflado. Sus cuerpos son flacos con la piel pegada a los huesos. Las mujeres se sientan en mecedoras frente a las puertas de las casas esperando que caiga la noche y los hombres se internan en busca de oro en las minas localizadas a menos de un kilómetro del caserío. Los soldados se sientan en canastas de gaseosa esperando la llegada de cualquier vehículo para pedir documentos de identidad.

Una semana antes de ver a las vacas corriendo como locas y de ocultarme bajo un árbol, llegamos en un jeep desde Puerto Berrío hasta Bodegas. Los soldados nos pidieron cédulas y nos dijeron que habláramos con un pescador llamado Carlos Méndez si queríamos información acerca del macho. El pescador estaba debajo de un puente en una casa construida con madera.

―¿Qué hay del hipopótamo? -le pregunté después de saludarlo.
―¿De Pepe?
―¿Pepe? ¿Quién es Pepe?
―Así bautizamos al hipopótamo macho, pero eso es historia. Ya le debieron haber pegado una tiroteada.
―¿Lo mataron?
―Eso dicen, porque Pepe aparecía todos los días a las seis de la tarde. Sacaba la cabeza, lanzaba agua, se escondía por un minuto y aparecía un kilómetro adelante. Era como ver a un marrano gigante.

El puente se llenaba de curiosos que venían de los municipios cercanos. La gente parecía histérica riendo o gritando cada vez que el animal hacia algún movimiento. Sólo faltó taquilla para que esta vereda pareciera un zoológico. William Ramírez, otro pescador de Bodegas, nos contó que también venían hombres de Medellín para ofrecer a los habitantes tres millones por la cabeza del hipopótamo para colgarla como trofeo de caza o para venderla a traficantes por veinte millones o más. Hasta los soldados, según nos dijeron otros habitantes, jugaban tiro al blanco con el animal que, al escuchar los disparos, se sumergía en el agua.

Después del narcotráfico, las armas y la explotación sexual, el comercio de especies en vías de extinción es el más rentable. En la República Democrática del Congo la especie ha disminuido en 95% en los últimos diez años por culpa de la cacería indiscriminada. En África los nativos y cazadores matan a los hipopótamos para vender los colmillos a traficantes ilegales. Apenas quedan 160.000 hipopótamos. En Colombia tenemos veintidós. La región del Magdalena Medio se asemeja al centro del continente africano por la temperatura, la humedad y las ciénagas.

Wilson Moreno, de la Fundación Vida Silvestre Neotropical, afirma que los hipopótamos en estado de libertad pueden ocasionar un desequilibrio en el ecosistema erosionando los suelos por el peso de sus pisadas o por la cantidad de comida que consumen -cincuenta kilos diarios-. También se corre el riesgo de que, a través de su materia fecal, transmitan enfermedades desconocidas a las especies endémicas del país. No son carnívoros. En el día se alimentan de plantas que encuentran en los ríos y al finalizar la tarde, con la penumbra, salen del agua para pastar. En la madrugada regresan al agua sacando la cabeza cada cuatro minutos para respirar.

Debajo de mi árbol protector, viendo cómo se aclaran los colores del cielo y titiritando de frío, saco del bolsillo un cigarrillo que fumo para apaciguar el hambre. El fotógrafo sale de la carpa con los ojos hundidos en los párpados y con la misma ropa embarrada del día anterior. Es la última oportunidad que tenemos. Al medio día debemos regresar a Bodegas en donde nos espera el dueño de la lancha. Son las cinco y media de la mañana y vamos con el cuerpo cansado y entumecido por el frío.

A medio kilómetro de la carpa vemos una mancha alargada de estiércol fresco revuelta con pasto. Una cagada más líquida que la de las vacas y de tonalidad verdosa. Más adelante vemos huellas de dos palmos que terminan en tres orificios, seguidas de unas huellas más tenues y más pequeñas. No hay duda. La hembra y su cría tuvieron que rondar estos parajes en la madrugada en busca de alimento. Con el corazón palpitante y la respiración entrecortada, recuerdo el pánico que sentí en la noche. Seguimos caminando moviendo la cabeza de lado a lado en busca de algún movimiento. Más adelante las huellas se pierden en los charcos que se han formado por la lluvia. Tenemos que esforzarnos más para continuar con la marcha. A cien metros veo una roca con tonalidades rosadas. Me detengo.

―¿Se te enterraron las botas? -me pregunta el fotógrafo.
―No -le susurro tomándolo del brazo y alargando una mano para señalar la roca.

De la roca aparece una cabeza de ojillos pequeños del tamaño de sus fosas nasales. Por un momento pensé que la obsesión por ver al hipopótamo, o el hambre, me estaba haciendo alucinar. “Esa es la hembra”, pensé. Me quedé petrificada. El fotógrafo, cuando pudo salir de la estupefacción, instaló el trípode y empezó a disparar. Yo quería correr. El hipopótamo puede desplazarse a cuarenta kilómetros por hora, los suficientes para alcanzarme en tres segundos y masticarme como una goma. La hembra, de movimientos lerdos nos mira con sus ojillos vidriosos.

Al igual que nosotros, no ha dormido en toda la noche buscando plantas para comer. De repente, apura las zancadas y se viene hacia nosotros. Sigo petrificada y el fotógrafo mantiene la sangre fría con el ojo puesto en el lente de la cámara. Los músculos maxilares son tan grandes como pelotas de baloncesto y la grieta de su hocico nace debajo de los ojos extendiéndose hacia todo lo ancho y lo largo de la gran carota.

El hipopótamo se desplaza arrastrando el vientre por debajo de unas patas chaparritas y gordas. Pero no es un cerdo gigante, los últimos estudios realizados por la profesora Jessica Theodor, del Departamento de Ciencias Biológicas de la Universidad de Calgary, demuestran que el hipopótamo es el animal más cercano a la ballena y a los delfines en la cadena evolutiva. Tal vez sea igual de inteligente.

Sin dejar de observarnos desvía su camino y luego nos da la espalda marchando pesadamente hasta el caño para ocultarse en sus aguas. Es una extraña hembra en una tierra extraña. Una gigante asustada que tal vez soñó con volver a África pero que le tocó conformarse con vivir en un país al otro lado del mundo, manteniendo a su cría alejada de los hombres, viviendo como ermitaños. Es una desplazada en un país de desplazados. Es otra víctima de Pablo Escobar.

No conocía el olor del cannabis silvestre hasta que una ráfaga de viento atrajo un aroma dulzón mezclado con selva húmeda. La mata de marihuana, tan oculta en las ciudades y tan perseguida por la policía, en esta parte del país es más alta que los palos de café y su fragancia es más intensa que la de cualquier otra planta.

La brisa aromática por momentos impregna el ambiente delatando cada cultivo que rodea el camino. Vamos en tres motos, adelante marcha el guía, un hombre blanco de 25 años, atrás el fotógrafo y en la cola voy yo siguiéndolos a escasos metros. Avanzamos por una trocha fangosa y serpenteante que se extiende desde El Palo, corregimiento de Caloto en el norte del Cauca, hasta Tacueyó.

Después de media hora de recorrido abandonamos los vehículos en el alero de la única casa que se encuentra en esa parte del camino y nos internamos a pie por un lodazal sembrado de platanales, maíz, café y coca. Los tres caminamos en silencio mientras escuchamos el sonido cada vez más cercano de una quebrada.

—Oigan, muchachos –dice el guía–, alístense que los voy a secuestrar –y luego suelta una carcajada burlona. Cuando deja de reírse dice que aquí no entra cualquiera. A pesar de ser tierra indígena y campesina, los guerrilleros vigilan todo y no les gustan los extraños.
—La gente tiene que obedecer. Ellos son los que representan la ley en las montañas –añade el guía.

***

El día anterior, cuando aún conservábamos el frío bogotano y mientras nos tomábamos un tinto sentados en una acera de El Palo, un joven como todos los de esa región: morenito, bajito y con unos bigoticos menudos, nos dijo que arriba nos estaban esperando. La orden era perentoria. “Arriba” es el monte; “arriba” significa guerrilla. Como los guerrilleros son la ley en las montañas y toca obedecer, como dijo nuestro guía, abandonamos el tinto y nos subimos en dos motos AKT 125 que nos llevaron, al fotógrafo y a mí, cuesta “arriba”.

El paisaje de la cordillera Central era un aliciente para la incertidumbre. Sus ondulaciones estaban bañadas con la última luz del atardecer, esa luz que se extiende como un manto dorado sobre la geografía. El trayecto duró poco, unos 20 minutos. Las motos se estacionaron en una casa que parecía haber sido desocupada especialmente para la reunión porque no tenía ningún signo de abandono. El joven que nos alertó en El Palo se dirigió hacia la parte trasera de la casa y volvió a aparecer un instante después dándonos la señal de que siguiéramos.

Bajo una enramada estaba un hombre grueso, vestido con una camiseta blanca y un bluyín. Sus ojos azules tenían esa mirada de quién había perdido con las armas el sentido de la lástima y la compasión. No se presentó. No venía para ser entrevistado sino para interrogar. Después nos enteramos que trabaja como jefe de milicia, un rango superior al de guerrillero raso. Nos preguntó quiénes éramos, por qué veníamos, le dijimos que éramos periodistas y queríamos ir a los cultivos de marihuana y conocer los cultivadores. Con cada una de nuestras respuestas nos miraba a los ojos para confirmar si estábamos diciendo la verdad.

Después de varias preguntas por fin bajó la guardia. El interrogatorio se tornó en conversación.

—Pobres campesinos –dijo– ellos hacen lo que pueden. Nosotros no nos metemos con ellos ni ellos con nosotros.

Luego de una pausa continuó:

—A veces mediamos en la disputas, pero eso es porque el Estado dejó abandonada está región por mucho tiempo y nos tocó asumir la autoridad.

El interrogatorio fue corto, quizá un cuarto de hora. El hombre se quedó en la silla esperando el momento de nuestra partida para desaparecer en las montañas.

***

La mañana siguiente, después de la broma del guía acerca del secuestro y de recordar las palabras del guerrillero, continuamos nuestra marcha por el lodazal, cruzamos la quebrada que oímos desde el inicio del camino y descubrimos, en medio de ese follaje espeso, dos mil plantas de marihuana tipo “corinto” o “corintiana” que alcanzaban los tres metros de altura.

En Colombia crecen diversos tipos de cannabis, los más conocidos son: Santa Marta Golden, que crece en los departamentos Magdalena y Cesar desde la bonanza marimbera de los años setenta; y “corinto” que se produce en el Cauca. Se diferencian por el contenido de tetrahidrocannabinol –THC-, el compuesto psicoactivo que genera en los consumidores una sensación de placidez. Según Martín Sepúlveda, ingeniero químico de la Universidad Nacional, la marihuana que crece en el norte del país tiene un porcentaje de 1,0 a 1,5 de THC. La que se produce en el Cauca tiene 2,0 por ciento.

En la jerarquía marihuanera, la “Santa Marta Golden y la “corinto” ocupan el último eslabón por debajo de 80 variedades más existentes en el mundo y que son conocidas como “cripi”. Estas variedades surgen de alteraciones en las semillas y solo crecen en invernaderos. Tienen mayor cantidad de THC, hasta un 18 por ciento,

Bajo los inmensos matorrales de hierba “corintiana” aparece la figura de Carmen, la dueña de la quebrada, de los platanales y, por supuesto, de la marihuana. Ella saluda con ese respeto propio de los indígenas, sin tutear, bajando los ojos ante una mirada desconocida y con una sonrisa tímida. Carmen tiene cuarenta y un años, es morena, bajita, de cabello negro y ojos oscuros e ingenuos que contrastan con sus manos gruesas y envejecidas.

Hace tres años llegó un holandés a este mismo lugar. Al ver semejantes plantas se cogió la cabeza y ahí se le acabó la cordura. Se botó encima de las plantas, corrió en medio de ellas y se restregaba hojas en los brazos, en el rostro, en las piernas. Carmen se ríe al recordar a ese hombre que parecía haber encontrado El Edén en su propia finca.

—Por poco y se embute las matas- Recuerda.

Tratando de hacer algo similar al holandés, pero en una escala bastante inferior, arranco una hoja verde y lanceolada que me restriego en la mano para conservar el perfume. Esa hoja prohibida pero tan conocida como los avisos de Coca-cola y con millones de adeptos en todo el mundo. Solo en Estados Unidos se calcula que hay 28.5 millones de personas que consumen o que han consumido. La cifra global alcanza los 200 millones sin contar los que prefieren fumar callados.

—¿Usted ha fumado marihuana? –le pregunto.

La campesina suelta una risa inocente como la que suelta un niño al hablarle de cosas de adultos. En medio de esa risita contesta que “no”, un “no” prolongado. Los indígenas y campesinos saben cómo se siembran las semillas, saben cómo se seca, prensa y vende, pero no saben cómo se arma un “bareto”, y mucho menos conocen la sensación de una “traba”. Los que fuman son los colonos.

Carmen viste una falda blanca sin adornos y una camisa rosada sin estampados. No tiene aretes ni cadenas, el pelo lo tiene recogido con la licra de una media velada. Dice que no tiene carro ni moto, que lo único lujoso es su televisor que ni siquiera es pantalla plana y un marido que la trata bien. Carmen se vuelve a reír.

Los maridos de esa parte del Cauca son fieles porque les toca. Así como la guerrilla soluciona problemas de plata entre los cultivadores y los “traquetos”, también se involucra en líos de faldas, no porque sean conservadores, sino para evitar espectáculos de arañazos y jalones de pelo entre las mujeres engañadas, o riñas a machete entre los hombres.

Luego de hablar de las bondades conyugales en esa zona, dice que si no fuera por la marihuana ya se habría ido con una pancarta de desplazada a Cali, y de paso correría el riesgo de perder a su marido.

—Si voy a vender mi plátano me toca pagar un transporte que me vale 20.000 pesos hasta Santander de Quilichao (a dos horas de distancia), si logro vender cinco palos de plátano me dan 7.000 pesos, si no logro venderlos me toca botarlos. Con la marihuana vienen los compradores, pagan chan con chan (de contado) y se van sin preguntar nada.

De cada planta se obtienen 350 gramos aproximadamente. Sumando las 2.000 plantas da un total de 700.000 gramos, que en libras significan 1.400, y en arrobas 56. En la región el precio actual por arroba es de 170.000 pesos. En un mes, cuando Carmen coseche, seque, desmoñe y venda, va a cobrar 9.520.000 pesos que son repartidos en parte iguales entre ella y su socio, otro campesino.

El tiempo que demora la hierba narcótica en germinar, crecer y enmoñar o florecer es de seis meses. Los 4.760.000 pesos que le corresponden de la mitad de la venta, es todo el dinero que tiene mientras sale otra cosecha. Para iniciar un nuevo cultivo tiene que devastar toda la tierra, comprar una libra de semilla que cuesta 10.000 pesos, e invertir un millón de pesos en insumos y en el sueldo de tres trabajadores que le ayudan a desprender los moños después de que las hojas ya están secas. Cada uno cobra 20.000 pesos por jornada de 12 horas y trabajan durante una semana.

***

Después de abandonar la plantación de Carmen, reiniciamos la marcha para ir a Tacueyó, municipio ubicado a una hora en moto desde El Palo. Tacueyó es un pueblo indígena, resguardo de la comunidad Nasa. Al llegar, lo primero que se ve es una iglesia evangélica y un hombre vestido de paño repartiendo volantes con frases que pretenden reclutar feligreses hablando de los pecados del alma y los sufrimientos del infierno.

A cinco kilómetros del pueblo indígena, escondido entre las montañas como todo lo ilegal en el país, se encuentra uno de los más de cien invernaderos que hay en la región. Está construido con una lona verde y plástico transparente en la parte superior. El dueño del cultivo, un hombre blanco con acento paisa, aprovecha el encierro y prende un bareto o cigarro de marihuana. En las ciudades de Colombia, un bareto de cripi puede costar 10.000 pesos, en Estados Unidos hasta 60 dólares.

Mientras aspira bocanadas y bocanadas, muestra con orgullo sus 200 plantas que ya alcanzan el metro de altura y que están bajo unos bombillos encendidos de 15 vatios.

—Las de esta mitad son “white widow”, las otras son “skunk #11” –lo dice como si toda la humanidad supiera de lo qué está hablando, como si fuera un conocimiento básico y general.

La “white widow” y “skunk #11” son dos de las 30 variedades de “cripi” que crecen en el país; otras son “super star”, “fulanita”, “wi-wi”, “american golden”, “purple #1” y “blueberry”. El precio por un sobre de cinco semillas varía entre 50.000 y 250.000 pesos, un precio muy superior a una libra de “corintiana” que, con más de cien simientes, cuesta 10.000 pesos. La ventaja del cripi está en que se cosecha en menor tiempo, cuatro meses, y la arroba se vende a 6.250.000 pesos a los comerciantes, casi cuarenta veces más que el cannabis común.

Las semillas de “cripi” surgen de manipulaciones genéticas en laboratorios europeos, especialmente de Holanda y España, y llegan al país empacadas en ollas, juguetes, televisores y en cualquier objeto donde se puedan esconder. En la web hay más de un centenar de sitios dedicados al comercio de la hierba como lahuertadejuanvaldes.com, semillasdemarihuana.es, growshop.es, cannabislandia.com y seedsamerica.com.

“El cultivo de semillas importadas es costumbre de blancos”, dice Don Gustavo, un agricultor dueño de 5.000 plantas de marihuana “corinto”. Don Gustavo vive en un villorrio de 26 casas, oculto entre un laberinto de caminos. Tiene tres hijos y una nieta de cuatro años que cuenta los números del uno al cinco en inglés y que aún no sabe qué es la marihuana y para qué sirve.

Eduardo, el hijo mayor del agricultor quiere estudiar ingeniería civil, pero mientras consigue la plata para estudiar en Cali se encarga del negocio familiar. El hijo recuerda que hace un año, le encargaron llevar veinte arrobas de hierba al municipio de Corinto, ubicado a una hora en carro, para venderlas a un cliente que venía de Medellín. Con Luz Ángela, su madre, empacaron la mercancía en la parte trasera del vehículo y en la silla delantera haciendo esfuerzos para que no se quedara nada por fuera. Ante el exceso de arrobas, el muchacho, que en ese entonces tenía 17 años, tuvo que irse colgado de la ventana del puesto del copiloto.

—Nos fuimos con el celular prendido y cada cinco minutos llamábamos a conocidos que vivían en la vía para avisarnos si había soldados. Cuando faltaba poco para llegar, se perdió la señal y solo quedaba encomendarnos a la Virgen. Mi mamá, como cosa rara, manejaba callada como si presintiera algo. En una curva vimos una brigada de infantería que estaba descargando maletas al lado de la vía, “¡jueputa!” dijo ella, “jueputa” pensé yo, nos cogieron los chulos.

Mientras Eduardo relata la historia, Luz Ángela se persigna dándole gracias a Dios por estar vivos. “Mi mamá siguió manejando sin cambiar la velocidad. Uno de los soldados extendió el brazo y estiró la mano indicándonos que paráramos. Cuando ya estábamos al lado del “chulo”, mi mamá aceleró. Empezamos a escuchar plomo, no solo de atrás, sino de las montañas, de todos lados, yo me metí como pude y cerré los ojos”.

—¿Y no han venido soldados?
—Claro, pero se les pasa la liga (dinero) o se les da una libra de marihuana seca, pero ese día no podíamos sobornarlos porque eran muchos y cuando están en patota no se puede hacer nada.

***

En la mitad de un campo de fútbol, un par de hombres extienden en el pasto una lona donde ponen a secar varios ramilletes de hierba seca. Al interior de una casa, una mujer con siete meses de embarazo corta con tijeras centenares de moños secos que se esparcen en el suelo sepultando sus pies. Lleva seis horas cortando y le duele la columna por el peso de la barriga. Sus dedos están cubiertos de una resina negra y pegajosa, esa resina es el hachís, y se vende a 400 pesos el gramo.

Una niña de doce años despliega su falda de uniforme bajo los pies de la embarazada y con sus dedos limpios escarba las ramas para sacar semillas.

—¿Y tú sabes para qué se usa la marihuana? –pregunto  mirando a la niña.
—Para la gripa, y las pepas son para dárselas a las gallinas.

La Organización Mundial de la Salud –OMS– desde 1948 considera el cannabis como una droga perjudicial para el ser humano. En 1997, un artículo publicado en la revista especializada New England Journal of Medicine expuso una serie de virtudes medicinales que desmienten la teoría de la OMS. Según la publicación, la planta de cannabis Sativa alivia las náuseas, vómitos y pérdida de apetito en los enfermos de cáncer, también previene ataques de epilepsia, calma dolores articulares, neuronales y musculares y destapa las vías respiratorias. La compañía inglesa GW Pharmaceuticals, con un producto en el mercado llamado Sativex, corrobora las conclusiones de la revista con pruebas realizadas en los últimos años en América Latina y Europa.

En las montañas los habitantes conocen las virtudes curativas de la marihuana por experiencia propia. Un grupo de seis indígenas, liderado por químicos de la Universidad del Valle, en Cali, procesan la planta y hacen pomadas especiales para aliviar la tos, reumatismos, neuralgias y dolores musculares. Aparte de la pomada para uso terapéutico, también se están elaborando productos cosméticos como esencias, perfumes y jabones. Debido a la ilegalidad de la marihuana, los artículos son comercializados dentro de la misma zona.

—Si hay gente que inhala gasolina y bóxer por qué no los prohíben. El alcohol y el cigarrillo son más dañinos, pero todo eso mueve mucha plata –dice Don Gustavo en un tono alterado. Cuando logra calmarse, ve a un personaje blanco, afeitado y con sombrero de gamuza que lo espera en la entrada de la casa. Don Gustavo se encamina a la puerta y luego desaparece con el recién llegado. Al volver dice que tiene un encargo para prensar y empacar 25 arrobas para el día siguiente.

La prensadora es un gato hidráulico sobre una caja de hierro. La marihuana se pone dentro de la caja con una tabla encima, y se prensa con el gato. Preparar cada arroba toma diez minutos. La hierba sale compacta, totalmente cuadrada, y lista para ser empacada en una bolsa negra, que se cubre con cinta por todos lados para no soltar ese aroma dulzón que huelen los perros de los policías en los retenes. Al dueño de la prensadora le pagan 5.000 por arroba, a la semana alcanza a empacar hasta 70.

Los traficantes que llegan a la región, pagan un impuesto a la guerrilla de 18.000 pesos por arroba. El grupo armado no les cobra ninguna comisión a los campesinos por los cultivos. Semanalmente salen del norte del Cauca hasta 30 toneladas para ser distribuidas por todo el país. Una libra de cripi, que en la región cuesta 250.000 pesos, se vende en Bogotá a 700.000 pesos y en España a 3.000 dólares. El precio se encarece por la cantidad de dinero que se da en sobornos a los policías que custodian las carreteras y a funcionarios de la Aduana en Buenaventura. Del puerto en el sur del país se lleva la droga en contenedores por vía marítima hasta Panamá, y de ahí a Europa.

Antes del medio día las arrobas están empacadas, selladas y organizadas en un rincón del patio. Don Gustavo tiene el brazo adolorido y se sienta sobre una de las arrobas. Frente a él hay tres gallinas picoteando el suelo en busca de semillas. Después de horas enteras de estar picoteando y llenándose con semillas no tienen los ojillos rojos, no intentan volar, no cacarean, y tampoco se estrellan contra el piso o las paredes. El THC se activa con el calor y por esa razón las gallinas no están “trabadas” “turras” o “groggys”.

Después de diez días de estar en El Edén de los marihuaneros, volvemos a Bogotá. Tenemos la ropa impregnada con ese olor dulzón de la hierba narcótica y en la maleta guardo una pomada de marihuana para aliviar la tos de mi hija. En el avión pienso que detrás de un porro hay una señora con siete meses de embarazo que le duele la columna, una indígena que no conoce la malicia, un joven que se salvó de las balas de los soldados y una niña que cree que la marihuana solo sirve para la gripa y alimentar gallinas. De esas vidas está hecho el humo del cannabis que se extiende en las ciudades y que se fuma en todos los idiomas.

La mujer está desnuda y cuando habla mira a los ojos: según dice, por una cuestión de respeto. Los pezones parecen pesarle como plomo; las tetas caen lánguidas sobre la panza. “Soy poco promiscua. Y venir a encuentros de gente sin ropa me permite ver penes de distintos tamaños y colores”, confesará después, cuando entre en confianza. Por el momento, sólo comenta que un desnudo no la excita. Dice que ella no ve cuerpos, ve partes: un brazo, un hombro, un testículo, un prepucio, una rodilla. Simula ser un urólogo aburrido, acostumbrado a tocar tejidos escrotales.

Sin embargo, es locutora. Tiene cerca de cuarenta años, la piel demasiado blanca y cuatro estrías que le recorren la panza en sentido vertical. No se debe haber depilado el pubis en los últimos doce meses: Un matorral oscuro le oculta la vagina. Caóticos, los pelos llegan hasta a unos pocos centímetros del ombligo.

Dice no tener problemas en mostrar el cuerpo, aunque es la segunda vez que se desnuda en público y, a diferencia de los nudonaturistas experimentados que se pasean orondos exhibiendo sus genitales, suele llevar una remera larga que la cubre hasta los muslos. Se presenta como Claudia.

La hija y la hermana de Claudia son las únicas personas de su familia que saben que se reúne con gente desconocida, se saca la ropa y actúa como si estuviera vestida. Claudia no piensa decir su apellido y trata de que no la llamen por su nombre. Prefiere un seudónimo. Tiene miedo de que su ex esposo se entere de su afición y le saque la tenencia de la nena. De que la gente comente y la señale como una loca, miedo a que la echen del trabajo. Se llama Claudia, sin embargo, insiste en que le digan “La locutora”. Desnudarse en público no es una tarea fácil.

Uno, dos, tres. Bajás el pantalón y el boxer y quedás casi desnudo: zapatillas, medias, piel. Tenés la toalla: podrías justificar que la llevás por higiene, para no manchar una silla con la transpiración de la cola pero, sabés, la usás para taparte. Hay un barrera propia —sentís que te están mirando, incluso si no hay nadie alrededor—, una barrera cultural muy poderosa que impide que te relajes. Te sentís incómodo, ridículo, vulnerable y no entendés el motivo que amerita la exposición. A las horas de estar sin ropa, olvidás la desnudez por un rato hasta que aparece alguien vestido y te trae la vergüenza.

En los recreos nudonaturistas, los nombres y apellidos, generalmente ficticios, identifican tanto como el tamaño de los genitales, la cantidad de pelo o las marcas de la piel. El apelativo es, quizás, una de las pocas cosas en las que puede mentir un nudista. “Hay personas que cada vez que vienen se presentan con una identidad distinta y eso nos crea un caos en los registros —cuenta José Blanco, de la comisión directiva de Edén, una quinta naturista en Moreno, Provincia de Buenos Aires— Nosotros les decimos que manejamos los datos con estricta confidencialidad pero no nos hacen caso. Así que les pedimos que si inventan un nombre, siempre usen el mismo”.

A su modo, Blanco dirá que un cuerpo desnudo es una verdad explícita. Sin embargo, para poder exhibir esa verdad, en muchos casos, la mentira se torna imprescindible.

Cuestión de convenciones

Preguntarse cuántos nudistas hay en la Argentina es similar a tratar de averiguar qué cantidad de personas divorciadas se masturba pensando en su ex pareja. Aun así, Eduardo Leiro, dueño de una agencia de viajes que ofrece destinos naturistas, calcula que cerca de 10.000 hombres y mujeres disfrutan de estar sin ropa. El número es relativo, azaroso, casual, por no decir inventado. No hay registros y nunca se hizo un censo. Lo cierto es que, de a poco, la cantidad aumenta. Muchos se animan en el exterior: en hoteles de Estados Unidos, en playas de Brasil, México o Uruguay, y luego quieren repetir la sensación.

A diferencia de lo que pasa en otros países, donde la gente con malla convive con el que no la tiene, en casi todos los lugares argentinos donde se practica el nudismo, sacarse la ropa es obligatorio. Y eso, para alguien que quiere iniciarse, para un textil

—como llaman al que porta tela sobre su cuerpo— puede significar la cancelación de la experiencia.

“Tratamos de evitar que vengan mirones —explica Miguel Suárez, coordinador del recreo naturista Yatán Rumi—. Sabemos que al principio puede costar un poco y por eso, para los debutantes, hay una hora de adaptación. Pero si después de ese tiempo la persona sigue sintiéndose incómoda, le pedimos que se retire”.

Para evitar este tipo de situaciones, en los foros de internet —donde se concentran, comunican y discuten los nudistas— hay consejos y advertencias de todo tipo. Allí, un novato puede aprender que está bien mirar, pero no fijamente. Que ante una erección: una toalla bien colocada, la zambullida en una pileta fresca o una puesta boca abajo son buenas actitudes. Que si uno se siente muy gordo o mal formado para hacer naturismo, no entendió para nada el espíritu. Que tener la malla puesta simboliza arrastrar, con una cadena, a la sociedad entera. Y que, a fin de cuentas, es sólo una cuestión de convenciones.

Non sexual journalist

Como en todos los ambientes, en el nudismo hay grupos y subgrupos. Hay alianzas, acuerdos y también oposiciones. En los foros de internet, la división es taxativa: nudismo familiar, nudismo para adultos con respeto de las normas del nudo naturismo (no se permite el ingreso de menores) y nudismo para adultos (a secas). “Muchos disfrutan el contacto con la naturaleza, pero otros buscan sexo. Ambas posturas son respetables: Lo importante es que la gente sepa dónde va, para que después no haya sorpresas ni problemas”, explica Eduardo, creador de la página web Sernudista.com.

Los nudonaturistas —practicantes del nudismo familiar— integran el grupo más cerrado. Sus conceptos son rígidos. Para ellos, el nudismo está lejos del apasionamiento sexual. Sacarse la ropa se interpreta como “la máxima prueba a la que se someten hombres y mujeres relacionándose sin prejuicios en la búsqueda primaria de una amistad profunda”.

Epicuro es su padre filosófico. El placer constituye el bien supremo y la meta más importante en la vida. Pero los placeres son intelectuales y no sensuales, ya que estos tienden a perturbar, íntegra, la paz del espíritu. En resumen: de sexo ni hablar.

Se comportan como una especie de pastores evangélicos de la desnudez. Tratan de convencer, insisten, aseguran que si uno prueba, sin dudas, va a repetir la experiencia. No hay forma de que alguien que se anime a disfrutar de un baño sin malla, se prive de ese placer en lo que le queda de vida.

En la Argentina, están nucleados en la Asociación Para el Nudismo Naturista Argentino (APANNA), tienen personería jurídica y siguen las reglas de la Federación Internacional de Naturismo, sintetizadas en un código de convivencia. No fotografiarás a nadie sin permiso. Reservarás los actos eróticos al ámbito privado. Usarás una toalla para sentarte. No consumirás “drogas ilegales”, no mantendrás actitudes hostiles, no harás gestos obscenos y así. “La observancia de estas sencillas normas hará más placentera la estadía de todos; quien las transgreda podrá merecer —según la gravedad de la falta— desde una advertencia hasta la expulsión”.

Los nudonaturistas temen que los tilden de pervertidoonanistas libertinopedófilos orgiásticoswingers exhibiocionistamasturbadores. Tienen pánico. Saben que, si alguna vez, incluso por error o casualidad, alguien se sintiese acosado en un recreo y el hecho se conociera, el mundo caería sobre sus cabezas.

“Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que el día que comáis del fruto del árbol que está en el medio del huerto, serán abierto vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal”. Y como la manzana era el fruto del pecado en el Jardín del Edén, la insinuación sexual es lo prohibido en el mundo nudo naturista. Y quien ose transgredir esas reglas, quien se anime a dar un mordisco, a liberar su instinto pecaminoso, será echado del huerto, para que labre la tierra de donde fue tomado.

Una vez por año, realizan “la maratón desnuda”. Tres kilómetros y medio en las sierras, sin más que un par de medias y zapatillas. Entre los invitados, hay corredores profesionales ajenos al ambiente. Al final de la competencia, una nudonaturista de raza le muestra fotos a uno de ellos. Todo va bien hasta que él, con un gesto demasiado preciso como para ser espontáneo, indica: “a ver esa” y roza, sutil pero firme, el pezón izquierdo, de arriba hacia abajo. “¿Qué hacés, imbécil?”, dice la chica. El hombre se disculpa acongojado. Es tarde. Ya mordió la manzana. En un rato —horas, quizás minutos— recibirá el mensaje de expulsión.

Fiestas. orgías, grandes quilombos

Si los lugares nudonaturistas representaran el paraíso, Palos Verdes, un campo de seis hectáreas en Moreno, Provincia de Buenos Aires, sería el Infierno. Aquí, a 60 kilómetros de Capital Federal, el fruto prohibido se alcanza con solo estirar el brazo.

Vestido, el dueño del lugar Ricardo Peralta comenta que el instinto no puede ignorarse, que los orgasmos “son algo fantástico”. A unos cincuenta metros, acostada sobre el pasto, una mujer lame el pene de su pareja como si con la lengua tratara de sacarle lustre.

Aquí, reina la calentura. “El templo de la diosa afrodita” es una especie de galpón con largos sillones. El que entra sabe lo que va a hacer y acepta lo que otros dispongan. Según cuenta Ricardo, en el lugar se han hecho “fiestas, orgías, grandes quilombos”. Y detalla: una señora sin dientes que practicaba sexo oral al que se ubicara en la fila. Una mujer culta, Verónica, de apariencia tranquila, “que se ponía en cuatro y pedía que fueran pasando”. A veces, eran cinco o seis los que la penetraban. Otras, llegaban a quince.

La esposa de Ricardo, Estela, no entiende a los nudistas. “Todo el tiempo hablan de libertad pero siempre llevan una toalla, como si la tuvieran atada”, dice irónica.

Sonreís. Tampoco entendés. Nadie te dice no mires, pero, está implícito, no tendrías por qué hacerlo. Te sentís incómodo, ridículo, vulnerable. Muy desubicado. No encontrás razones para sacarte la ropa. Ellos dicen que quien lo hace, lo repite. Que no hay forma de que alguien que se anime a disfrutar de un baño sin malla, se prive de repetir esa sensación en lo que le queda de vida. Sin embargo, sabés, esa libertad no alcanza. Haría falta mucho más que el placer de sentir el aire en las partes para animarte de nuevo y volver a comprobar que desnudarse en público no es una tarea fácil.