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No conocía el olor del cannabis silvestre hasta que una ráfaga de viento atrajo un aroma dulzón mezclado con selva húmeda. La mata de marihuana, tan oculta en las ciudades y tan perseguida por la policía, en esta parte del país es más alta que los palos de café y su fragancia es más intensa que la de cualquier otra planta.

La brisa aromática por momentos impregna el ambiente delatando cada cultivo que rodea el camino. Vamos en tres motos, adelante marcha el guía, un hombre blanco de 25 años, atrás el fotógrafo y en la cola voy yo siguiéndolos a escasos metros. Avanzamos por una trocha fangosa y serpenteante que se extiende desde El Palo, corregimiento de Caloto en el norte del Cauca, hasta Tacueyó.

Después de media hora de recorrido abandonamos los vehículos en el alero de la única casa que se encuentra en esa parte del camino y nos internamos a pie por un lodazal sembrado de platanales, maíz, café y coca. Los tres caminamos en silencio mientras escuchamos el sonido cada vez más cercano de una quebrada.

—Oigan, muchachos –dice el guía–, alístense que los voy a secuestrar –y luego suelta una carcajada burlona. Cuando deja de reírse dice que aquí no entra cualquiera. A pesar de ser tierra indígena y campesina, los guerrilleros vigilan todo y no les gustan los extraños.
—La gente tiene que obedecer. Ellos son los que representan la ley en las montañas –añade el guía.

***

El día anterior, cuando aún conservábamos el frío bogotano y mientras nos tomábamos un tinto sentados en una acera de El Palo, un joven como todos los de esa región: morenito, bajito y con unos bigoticos menudos, nos dijo que arriba nos estaban esperando. La orden era perentoria. “Arriba” es el monte; “arriba” significa guerrilla. Como los guerrilleros son la ley en las montañas y toca obedecer, como dijo nuestro guía, abandonamos el tinto y nos subimos en dos motos AKT 125 que nos llevaron, al fotógrafo y a mí, cuesta “arriba”.

El paisaje de la cordillera Central era un aliciente para la incertidumbre. Sus ondulaciones estaban bañadas con la última luz del atardecer, esa luz que se extiende como un manto dorado sobre la geografía. El trayecto duró poco, unos 20 minutos. Las motos se estacionaron en una casa que parecía haber sido desocupada especialmente para la reunión porque no tenía ningún signo de abandono. El joven que nos alertó en El Palo se dirigió hacia la parte trasera de la casa y volvió a aparecer un instante después dándonos la señal de que siguiéramos.

Bajo una enramada estaba un hombre grueso, vestido con una camiseta blanca y un bluyín. Sus ojos azules tenían esa mirada de quién había perdido con las armas el sentido de la lástima y la compasión. No se presentó. No venía para ser entrevistado sino para interrogar. Después nos enteramos que trabaja como jefe de milicia, un rango superior al de guerrillero raso. Nos preguntó quiénes éramos, por qué veníamos, le dijimos que éramos periodistas y queríamos ir a los cultivos de marihuana y conocer los cultivadores. Con cada una de nuestras respuestas nos miraba a los ojos para confirmar si estábamos diciendo la verdad.

Después de varias preguntas por fin bajó la guardia. El interrogatorio se tornó en conversación.

—Pobres campesinos –dijo– ellos hacen lo que pueden. Nosotros no nos metemos con ellos ni ellos con nosotros.

Luego de una pausa continuó:

—A veces mediamos en la disputas, pero eso es porque el Estado dejó abandonada está región por mucho tiempo y nos tocó asumir la autoridad.

El interrogatorio fue corto, quizá un cuarto de hora. El hombre se quedó en la silla esperando el momento de nuestra partida para desaparecer en las montañas.

***

La mañana siguiente, después de la broma del guía acerca del secuestro y de recordar las palabras del guerrillero, continuamos nuestra marcha por el lodazal, cruzamos la quebrada que oímos desde el inicio del camino y descubrimos, en medio de ese follaje espeso, dos mil plantas de marihuana tipo “corinto” o “corintiana” que alcanzaban los tres metros de altura.

En Colombia crecen diversos tipos de cannabis, los más conocidos son: Santa Marta Golden, que crece en los departamentos Magdalena y Cesar desde la bonanza marimbera de los años setenta; y “corinto” que se produce en el Cauca. Se diferencian por el contenido de tetrahidrocannabinol –THC-, el compuesto psicoactivo que genera en los consumidores una sensación de placidez. Según Martín Sepúlveda, ingeniero químico de la Universidad Nacional, la marihuana que crece en el norte del país tiene un porcentaje de 1,0 a 1,5 de THC. La que se produce en el Cauca tiene 2,0 por ciento.

En la jerarquía marihuanera, la “Santa Marta Golden y la “corinto” ocupan el último eslabón por debajo de 80 variedades más existentes en el mundo y que son conocidas como “cripi”. Estas variedades surgen de alteraciones en las semillas y solo crecen en invernaderos. Tienen mayor cantidad de THC, hasta un 18 por ciento,

Bajo los inmensos matorrales de hierba “corintiana” aparece la figura de Carmen, la dueña de la quebrada, de los platanales y, por supuesto, de la marihuana. Ella saluda con ese respeto propio de los indígenas, sin tutear, bajando los ojos ante una mirada desconocida y con una sonrisa tímida. Carmen tiene cuarenta y un años, es morena, bajita, de cabello negro y ojos oscuros e ingenuos que contrastan con sus manos gruesas y envejecidas.

Hace tres años llegó un holandés a este mismo lugar. Al ver semejantes plantas se cogió la cabeza y ahí se le acabó la cordura. Se botó encima de las plantas, corrió en medio de ellas y se restregaba hojas en los brazos, en el rostro, en las piernas. Carmen se ríe al recordar a ese hombre que parecía haber encontrado El Edén en su propia finca.

—Por poco y se embute las matas- Recuerda.

Tratando de hacer algo similar al holandés, pero en una escala bastante inferior, arranco una hoja verde y lanceolada que me restriego en la mano para conservar el perfume. Esa hoja prohibida pero tan conocida como los avisos de Coca-cola y con millones de adeptos en todo el mundo. Solo en Estados Unidos se calcula que hay 28.5 millones de personas que consumen o que han consumido. La cifra global alcanza los 200 millones sin contar los que prefieren fumar callados.

—¿Usted ha fumado marihuana? –le pregunto.

La campesina suelta una risa inocente como la que suelta un niño al hablarle de cosas de adultos. En medio de esa risita contesta que “no”, un “no” prolongado. Los indígenas y campesinos saben cómo se siembran las semillas, saben cómo se seca, prensa y vende, pero no saben cómo se arma un “bareto”, y mucho menos conocen la sensación de una “traba”. Los que fuman son los colonos.

Carmen viste una falda blanca sin adornos y una camisa rosada sin estampados. No tiene aretes ni cadenas, el pelo lo tiene recogido con la licra de una media velada. Dice que no tiene carro ni moto, que lo único lujoso es su televisor que ni siquiera es pantalla plana y un marido que la trata bien. Carmen se vuelve a reír.

Los maridos de esa parte del Cauca son fieles porque les toca. Así como la guerrilla soluciona problemas de plata entre los cultivadores y los “traquetos”, también se involucra en líos de faldas, no porque sean conservadores, sino para evitar espectáculos de arañazos y jalones de pelo entre las mujeres engañadas, o riñas a machete entre los hombres.

Luego de hablar de las bondades conyugales en esa zona, dice que si no fuera por la marihuana ya se habría ido con una pancarta de desplazada a Cali, y de paso correría el riesgo de perder a su marido.

—Si voy a vender mi plátano me toca pagar un transporte que me vale 20.000 pesos hasta Santander de Quilichao (a dos horas de distancia), si logro vender cinco palos de plátano me dan 7.000 pesos, si no logro venderlos me toca botarlos. Con la marihuana vienen los compradores, pagan chan con chan (de contado) y se van sin preguntar nada.

De cada planta se obtienen 350 gramos aproximadamente. Sumando las 2.000 plantas da un total de 700.000 gramos, que en libras significan 1.400, y en arrobas 56. En la región el precio actual por arroba es de 170.000 pesos. En un mes, cuando Carmen coseche, seque, desmoñe y venda, va a cobrar 9.520.000 pesos que son repartidos en parte iguales entre ella y su socio, otro campesino.

El tiempo que demora la hierba narcótica en germinar, crecer y enmoñar o florecer es de seis meses. Los 4.760.000 pesos que le corresponden de la mitad de la venta, es todo el dinero que tiene mientras sale otra cosecha. Para iniciar un nuevo cultivo tiene que devastar toda la tierra, comprar una libra de semilla que cuesta 10.000 pesos, e invertir un millón de pesos en insumos y en el sueldo de tres trabajadores que le ayudan a desprender los moños después de que las hojas ya están secas. Cada uno cobra 20.000 pesos por jornada de 12 horas y trabajan durante una semana.

***

Después de abandonar la plantación de Carmen, reiniciamos la marcha para ir a Tacueyó, municipio ubicado a una hora en moto desde El Palo. Tacueyó es un pueblo indígena, resguardo de la comunidad Nasa. Al llegar, lo primero que se ve es una iglesia evangélica y un hombre vestido de paño repartiendo volantes con frases que pretenden reclutar feligreses hablando de los pecados del alma y los sufrimientos del infierno.

A cinco kilómetros del pueblo indígena, escondido entre las montañas como todo lo ilegal en el país, se encuentra uno de los más de cien invernaderos que hay en la región. Está construido con una lona verde y plástico transparente en la parte superior. El dueño del cultivo, un hombre blanco con acento paisa, aprovecha el encierro y prende un bareto o cigarro de marihuana. En las ciudades de Colombia, un bareto de cripi puede costar 10.000 pesos, en Estados Unidos hasta 60 dólares.

Mientras aspira bocanadas y bocanadas, muestra con orgullo sus 200 plantas que ya alcanzan el metro de altura y que están bajo unos bombillos encendidos de 15 vatios.

—Las de esta mitad son “white widow”, las otras son “skunk #11” –lo dice como si toda la humanidad supiera de lo qué está hablando, como si fuera un conocimiento básico y general.

La “white widow” y “skunk #11” son dos de las 30 variedades de “cripi” que crecen en el país; otras son “super star”, “fulanita”, “wi-wi”, “american golden”, “purple #1” y “blueberry”. El precio por un sobre de cinco semillas varía entre 50.000 y 250.000 pesos, un precio muy superior a una libra de “corintiana” que, con más de cien simientes, cuesta 10.000 pesos. La ventaja del cripi está en que se cosecha en menor tiempo, cuatro meses, y la arroba se vende a 6.250.000 pesos a los comerciantes, casi cuarenta veces más que el cannabis común.

Las semillas de “cripi” surgen de manipulaciones genéticas en laboratorios europeos, especialmente de Holanda y España, y llegan al país empacadas en ollas, juguetes, televisores y en cualquier objeto donde se puedan esconder. En la web hay más de un centenar de sitios dedicados al comercio de la hierba como lahuertadejuanvaldes.com, semillasdemarihuana.es, growshop.es, cannabislandia.com y seedsamerica.com.

“El cultivo de semillas importadas es costumbre de blancos”, dice Don Gustavo, un agricultor dueño de 5.000 plantas de marihuana “corinto”. Don Gustavo vive en un villorrio de 26 casas, oculto entre un laberinto de caminos. Tiene tres hijos y una nieta de cuatro años que cuenta los números del uno al cinco en inglés y que aún no sabe qué es la marihuana y para qué sirve.

Eduardo, el hijo mayor del agricultor quiere estudiar ingeniería civil, pero mientras consigue la plata para estudiar en Cali se encarga del negocio familiar. El hijo recuerda que hace un año, le encargaron llevar veinte arrobas de hierba al municipio de Corinto, ubicado a una hora en carro, para venderlas a un cliente que venía de Medellín. Con Luz Ángela, su madre, empacaron la mercancía en la parte trasera del vehículo y en la silla delantera haciendo esfuerzos para que no se quedara nada por fuera. Ante el exceso de arrobas, el muchacho, que en ese entonces tenía 17 años, tuvo que irse colgado de la ventana del puesto del copiloto.

—Nos fuimos con el celular prendido y cada cinco minutos llamábamos a conocidos que vivían en la vía para avisarnos si había soldados. Cuando faltaba poco para llegar, se perdió la señal y solo quedaba encomendarnos a la Virgen. Mi mamá, como cosa rara, manejaba callada como si presintiera algo. En una curva vimos una brigada de infantería que estaba descargando maletas al lado de la vía, “¡jueputa!” dijo ella, “jueputa” pensé yo, nos cogieron los chulos.

Mientras Eduardo relata la historia, Luz Ángela se persigna dándole gracias a Dios por estar vivos. “Mi mamá siguió manejando sin cambiar la velocidad. Uno de los soldados extendió el brazo y estiró la mano indicándonos que paráramos. Cuando ya estábamos al lado del “chulo”, mi mamá aceleró. Empezamos a escuchar plomo, no solo de atrás, sino de las montañas, de todos lados, yo me metí como pude y cerré los ojos”.

—¿Y no han venido soldados?
—Claro, pero se les pasa la liga (dinero) o se les da una libra de marihuana seca, pero ese día no podíamos sobornarlos porque eran muchos y cuando están en patota no se puede hacer nada.

***

En la mitad de un campo de fútbol, un par de hombres extienden en el pasto una lona donde ponen a secar varios ramilletes de hierba seca. Al interior de una casa, una mujer con siete meses de embarazo corta con tijeras centenares de moños secos que se esparcen en el suelo sepultando sus pies. Lleva seis horas cortando y le duele la columna por el peso de la barriga. Sus dedos están cubiertos de una resina negra y pegajosa, esa resina es el hachís, y se vende a 400 pesos el gramo.

Una niña de doce años despliega su falda de uniforme bajo los pies de la embarazada y con sus dedos limpios escarba las ramas para sacar semillas.

—¿Y tú sabes para qué se usa la marihuana? –pregunto  mirando a la niña.
—Para la gripa, y las pepas son para dárselas a las gallinas.

La Organización Mundial de la Salud –OMS– desde 1948 considera el cannabis como una droga perjudicial para el ser humano. En 1997, un artículo publicado en la revista especializada New England Journal of Medicine expuso una serie de virtudes medicinales que desmienten la teoría de la OMS. Según la publicación, la planta de cannabis Sativa alivia las náuseas, vómitos y pérdida de apetito en los enfermos de cáncer, también previene ataques de epilepsia, calma dolores articulares, neuronales y musculares y destapa las vías respiratorias. La compañía inglesa GW Pharmaceuticals, con un producto en el mercado llamado Sativex, corrobora las conclusiones de la revista con pruebas realizadas en los últimos años en América Latina y Europa.

En las montañas los habitantes conocen las virtudes curativas de la marihuana por experiencia propia. Un grupo de seis indígenas, liderado por químicos de la Universidad del Valle, en Cali, procesan la planta y hacen pomadas especiales para aliviar la tos, reumatismos, neuralgias y dolores musculares. Aparte de la pomada para uso terapéutico, también se están elaborando productos cosméticos como esencias, perfumes y jabones. Debido a la ilegalidad de la marihuana, los artículos son comercializados dentro de la misma zona.

—Si hay gente que inhala gasolina y bóxer por qué no los prohíben. El alcohol y el cigarrillo son más dañinos, pero todo eso mueve mucha plata –dice Don Gustavo en un tono alterado. Cuando logra calmarse, ve a un personaje blanco, afeitado y con sombrero de gamuza que lo espera en la entrada de la casa. Don Gustavo se encamina a la puerta y luego desaparece con el recién llegado. Al volver dice que tiene un encargo para prensar y empacar 25 arrobas para el día siguiente.

La prensadora es un gato hidráulico sobre una caja de hierro. La marihuana se pone dentro de la caja con una tabla encima, y se prensa con el gato. Preparar cada arroba toma diez minutos. La hierba sale compacta, totalmente cuadrada, y lista para ser empacada en una bolsa negra, que se cubre con cinta por todos lados para no soltar ese aroma dulzón que huelen los perros de los policías en los retenes. Al dueño de la prensadora le pagan 5.000 por arroba, a la semana alcanza a empacar hasta 70.

Los traficantes que llegan a la región, pagan un impuesto a la guerrilla de 18.000 pesos por arroba. El grupo armado no les cobra ninguna comisión a los campesinos por los cultivos. Semanalmente salen del norte del Cauca hasta 30 toneladas para ser distribuidas por todo el país. Una libra de cripi, que en la región cuesta 250.000 pesos, se vende en Bogotá a 700.000 pesos y en España a 3.000 dólares. El precio se encarece por la cantidad de dinero que se da en sobornos a los policías que custodian las carreteras y a funcionarios de la Aduana en Buenaventura. Del puerto en el sur del país se lleva la droga en contenedores por vía marítima hasta Panamá, y de ahí a Europa.

Antes del medio día las arrobas están empacadas, selladas y organizadas en un rincón del patio. Don Gustavo tiene el brazo adolorido y se sienta sobre una de las arrobas. Frente a él hay tres gallinas picoteando el suelo en busca de semillas. Después de horas enteras de estar picoteando y llenándose con semillas no tienen los ojillos rojos, no intentan volar, no cacarean, y tampoco se estrellan contra el piso o las paredes. El THC se activa con el calor y por esa razón las gallinas no están “trabadas” “turras” o “groggys”.

Después de diez días de estar en El Edén de los marihuaneros, volvemos a Bogotá. Tenemos la ropa impregnada con ese olor dulzón de la hierba narcótica y en la maleta guardo una pomada de marihuana para aliviar la tos de mi hija. En el avión pienso que detrás de un porro hay una señora con siete meses de embarazo que le duele la columna, una indígena que no conoce la malicia, un joven que se salvó de las balas de los soldados y una niña que cree que la marihuana solo sirve para la gripa y alimentar gallinas. De esas vidas está hecho el humo del cannabis que se extiende en las ciudades y que se fuma en todos los idiomas.

Parte I: Los informes y los informantes

El viejo motor del pick up parece quejarse de la carga de más de una docena de costales blancos apiñados en la estrecha cama del vehículo. Harina Maseca, dice la viñeta de cada saco. Es el primero de dos vehículos que cruzan por un angosto puente de cemento, a través de la línea divisoria entre Honduras y El Salvador, en una frontera donde no hay retenes ni preguntas.

—¿Y no van a revisar? ¡Revisen! —reclama a dos soldados un visitante en esa zona, un policía vestido de civil que sorprende a los únicos vigías del tránsito en ese punto.

Los soldados defienden su indiferencia:

—Son muchos carros y gentes. No podemos revisar uno por uno —dice uno de los militares, en voz baja, como aceptando el regaño.

Ese punto se llama San Fernando, un municipio mínimo y pobre de Chalatenango que por núcleo urbano tiene un puñado de casas, una iglesia, un comedor, una escuelita y ningún puesto policial. El papel de policías y agentes aduaneros lo hacen dos hombres bajitos vestidos de verde olivo y cachucha. Cada uno carga un fusil M-16 y una sonrisa con la que reciben a los visitantes. Saludan el paso de cada carro a la entrada del pueblo. Sin preguntas ni trámites.

—No hay ni un policía, y de noche es más fácil transitar —dice el agente policial que sorprendió a los militares del Comando Sumpul, fuerza del ejército que tiene la misión de cuidar los puntos ciegos en las froteras salvadoreñas.

Los soldados regañados están acostumbrados a ver pasar libremente camiones, pick ups y todo tipo de vehículos.

Este es el punto ciego de San Fernando, Chalatenango, donde comienza la ruta de la cocaína conocida como El Caminito.

San Fernando es una puerta abierta de par en par, por donde igual que sale libremente gente y mercadería hacia Honduras, entra libremente gente y mercadería desde Honduras. En la frontera de San Fernando rara vez revisan si productos como los sacos de Maseca contienen en realidad lo que su etiqueta anuncia. Ahí circulan camiones cargados con mercadería, niños hondureños que llegan a San Fernando a estudiar, armas de fuego, sacos con harina y otros sacos que también contienen un polvo blanco, aunque se trata de una sustancia muy distinta: cocaína. San Fernando es el inicio de la ruta salvadoreña por la que transita parte de la cocaína proveniente de Suramérica en camino hacia Estados Unidos.

Es ahí donde, según tres distintos informes de inteligencia que sirvieron de base a esta investigación, empiezan los territorios de “Chepe Diablo”, el señor de la droga de occidente, jefe de uno de los cárteles más grandes del país y uno de los más acaudalados de los narcos en el norte del departamento de Santa Ana. “Chepe Diablo”, según la Inteligencia Policial y varios funcionarios del gabinete de seguridad, es uno de los tres fundadores del Cártel de Texis y se llama José Adán Salazar Umaña.

Salazar Umaña es un campechano salvadoreño de 62 años conocido en cuatro mundillos sociales: los empresarios del sector turismo lo conocen como hotelero; las personas del sector futbolístico lo conocen como el mecenas del equipo de fútbol de primera división Metapán y como presidente de la primera división del fútbol salvadoreño; en el sector ganadero se le conoce como un prominente ganadero, y en el sector de seguridad pública e informes secretos del Estado se le describe como “empresario, ganadero y narcotraficante”.

La Policía, el ejército y la Fiscalía saben de Chepe Diablo. Los informes de inteligencia obtenidos en esta investigación dicen con claridad que es uno de los jefes del cártel que controla esa ruta que inicia en San Fernando. El camino corre hacia el sur hasta Dulce Nombre de María, donde vira hacia el occidente, pasa por Nueva Concepción y llega al municipio de Metapán, en la esquina superior izquierda del mapa salvadoreño, y que es fronterizo con Guatemala. Este recorrido que hace la droga es un camino que en estos días está cerca de lograr un ascenso con la apertura de una autopista, la carretera Longitudinal del Norte. Los policías que investigan a Salazar y a su grupo llaman a la zona de operación del cártel La Ruta Norteña de la Cocaína o El Caminito.

El informe con el que inició la investigación tiene fecha del 22 de marzo de 2000, y El Faro lo obtuvo en diciembre del año pasado. Contiene datos obtenidos por investigadores policiales y está titulado “Caso Metapán”, número 003/00. En el transcurso del reporteo se sumaron otros documentos realizados entre 2008 y el presente año. Las pesquisas abarcan ya tres períodos presidenciales: las de Francisco Flores y Antonio Saca, de Arena, y la de Mauricio Funes, del FMLN. Las investigaciones policiales han sido realizadas bajo la dirección de cinco directores de la PNC: Mauricio Sandoval, Ricardo Menesses, Rodrigo Ávila, Francisco Rovira, José Luis Tobar Prieto y Carlos Ascencio.

La droga que pasa por San Fernando proviene en su mayoría de las costas del Atlántico hondureño y llega a Honduras por dos lugares principales. Por mar, las lanchas rápidas provenientes de Colombia atraviesan el abandonado Caribe nicaragüense haciendo breves escalas hasta trepar hacia el departamento hondureño y fronterizo de Gracias a Dios. Por aire, las avionetas descienden en el selvático departamento hondureño de Olancho o en la frontera entre ambos países marcada por el río Coco. La droga se abre rutas cortando la zona central hondureña hasta llegar al departamento de Ocotepeque, frontera con El Salvador, frontera con Chalatenango, frontera con San Fernando.

San Fernando es el punto de relevo donde los hondureños entregan la estafeta a los salvadoreños, en una carrera que dirigen los colombianos y mexicanos. Una autopista que mueve millones de dólares en ganancias para sus controladores disfrazados de empresarios, ganaderos, alcaldes, policías, pandilleros, coyotes y diputados. Cada uno juega un papel: los policías comprados por el narco custodian y transportan la droga, quitan retenes, avisan de operativos; los alcaldes dan permisos de construcción, formalizan los negocios, son informantes privilegiados y, en un caso, hasta líder del grupo; los pandilleros matan y trafican en mercados locales; los diputados dan acceso a las altas esferas del poder; y algunos jueces y fiscales se encargan de que cualquier intento de judicialización quede bloqueado por el peso de la burocracia más detallista.

¿Y cuánto dinero maneja Chepe Diablo? En los últimos cinco años ha declarado ingresos que suman más de 30 millones de dólares. Solo en el año insigne de la crisis financiera internacional, el 2008, José Adán Salazar Umaña reportó al fisco más de 9 millones de dólares en ingresos por actividades comerciales.

La Oficina de Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito calcula que por Centroamérica cruzan anualmente entre 500 y 600 toneladas de cocaína hacia Estados Unidos, al menos desde 2006. La administración antidrogas de Estados Unidos (DEA, por sus siglas en inglés) y la Policía Nacional Civil han asegurado en medios internacionales y directamente a este periódico que por El Caminito circula un gran porcentaje de la cocaína que pasa por El Salvador, que es la ruta de moda, la principal vía de abastecimiento para los cárteles de Guatemala.

Los narcos del Cártel de Texis trabajan como agentes libres en el mercado internacional de la cocaína: surten al Cártel del Golfo como pueden surtir al Cártel de Sinaloa o como pueden servir a Los Zetas… Quien paga obtiene sus servicios y tiene vía libre por El Caminito, que termina en la frontera salvadoreña de Santa Ana con el departamento guatemalteco de Jutiapa, conocido bastión de narcotraficantes de ese país.

Durante cuatro meses de investigación, El Faro recorrió El Caminito y habló con policías, militares, alcaldes, ministros, comisionados policiales, fuentes de inteligencia e investigadores que han trabajado para la DEA. Estos son los resultados y las pruebas. Estas son las voces que muchas veces pidieron anonimato y todas conocen del Cártel de Texis y saben de Chepe Diablo y sus socios.

—El camino que empezamos reparte dinero. ¿Vieron a esos dos soldados? —nos pregunta El Detective, una de las fuentes claves que nos guiaron.

El Detective es un investigador policial que ha participado en operativos antidrogas en colaboración con agencias como la DEA, de la que es uno de sus principales proveedores de información. Le respondemos que sí vimos a esos dos soldados.

—Ellos se conforman con nada: un plato de comida, 10 dólares…
—Estamos sorprendidos, por aquí podría pasar lo que sea y a cualquier hora.
—Es un chorro abierto. ¿Vio esos costales de harina? Cocaína pudo ser y nadie preguntó nada.

La primera pista del Cártel de Texis nos llegó en diciembre de 2010. Un hombre de confianza del ex presidente Antonio Saca se nos acercó para darnos información de lo que llamó “un caso grueso” que nunca ha sido resuelto por las autoridades.

—Esto no es nuevo, es un archivo que tienen la DEA, la PNC, la misma Fiscalía. Pregunten por su cuenta y van a ver que no estoy mintiendo –dijo.
—¿Y Saca supo de esto? —preguntamos.
—Ja, ja, ja, todo el mundo sabe de esto, son la competencia de Los Perrones.

Los Perrones son esa banda a la que la Policía comenzó a investigar en 2003 y que terminó desbaratando en 2008. Cuando las autoridades empezaron a seguirle la pista a los narcos del oriente del país, ya tenían al menos dos años de estar siguiendo la pista del Cártel de Texis.

La teoría que este contacto nos expuso aquel 15 de diciembre en una cafetería era que el crecimiento del Cártel de Texis y su profesionalización durante los últimos 10 años era tal que judicializarlo es un reto casi imposible para esta Policía, que no encuentra en la Fiscalía un aliado firme.

—Hasta que afecte muchos intereses de los gringos, hasta entonces va a haber movimientos –predijo.

Ese Primer Informe tenía 60 páginas con mapas de pistas de aterrizaje clandestinas, las fichas con datos generales de los principales miembros del cártel y los croquis con la ubicación de los negocios de las personas investigadas.

Ese Primer Informe incluía la mención de los principales socios de Chepe Diablo: Juan Umaña Samayoa, alcalde del municipio de Metapán, político prominente del derechista Partido de Conciliación Nacional (PCN); y Roberto Antonio Herrera, alias El Burro, ex presidente de la Feria Ganadera de Santa Ana, a quien el FBI y la DEA tienen en la mira desde hace al menos cinco años.

A principios de febrero de 2011, cuando la desconfianza en un informe que ni siquiera mostraba autoría alguna empezó a transformarse en certezas y pistas concretas, un prominente funcionario de la Policía nos confirmó que José Adán Salazar Umaña, Roberto Antonio Herrera y el alcalde de Metapán dirigen actividades delictivas. Dijo que según la Policía ese informe era cierto, y que hasta se quedaba corto en cuanto a la amplitud de la red. Lo dijo un comisionado policial a quien llamaremos así, El Comisionado.

Pasaron las semanas y un día El Comisionado se presentó con un folio bajo el brazo. Nos entregó el Segundo Informe, uno elaborado por la inteligencia policial, uno con autoría que confirmaba lo escrito en el Primer Informe y entraba en mayores detalles sobre los miembros de la red y las maneras de operar.

Pasaron los días y siguieron las conversaciones hasta un día cuando El Comisionado llegó acompañado de un hombre vestido de particular. Ese día, El Comisionado nos presentó a El Detective.

—Él sabe del tema que ustedes quieren investigar, es confiable y anda en el terreno —nos dijo, para presentarnos.

El Detective, desde esa primera reunión, empezó a comentar con detalle la función de cada miembro de este cártel oculto, nos dimensionó su tamaño y le puso una voz a los informes.

—Miren, todos estos narcos tienen un administrador general, hay más gente arriba. En occidente están estos. Ahora, cada uno tiene una red de personas. Detrás de cada cabeza hay una red de familiares, gente de confianza. Solo Chepe Diablo tiene más de 50 personas, y cada persona tiene a otras personas, él ya no se mancha las manos.

Aunque la Policía, como institución, se rehusaba a colaborar con nuestra investigación, nuestros informantes decidieron dar luz verde a abrirse ante nuestras preguntas y solicitudes de información, pero pronto se hizo necesario encontrar otras fuentes. No podíamos correr el riesgo de que el Primer Informe fuera también policial y tuviéramos un caso basado solo en información de una fuente. Sin embargo, hablar era muy difícil para los funcionarios a los que nos dirigimos. El de José Adán Salazar Umaña es un nombre del que oíamos hablar a todas las fuentes, pero que sigue libre a pesar de años de investigación. Es un narco muy bien protegido, decían. ¿Qué gano yo con hablar?, parecían preguntarse, porque la actitud de muchos que callaron era la de alguien que tiene aquello en la punta de la lengua, pero cierra la boca y se guarda el verbo.

Un buen día, otra de nuestras fuentes claves, a quien llamaremos El Funcionario, decidió escucharnos y colaboró a lo largo de toda la investigación. Es uno de los altos mandos en cuestiones de seguridad en este gobierno, un hombre de confianza del presidente Mauricio Funes.

La primera reunión funcionó como se había pactado: solo nosotros y él, nada de grabadoras. Mencionamos a José Adán Salazar Umaña, conocido como Chepe Diablo, y El Funcionario asentía; mencionamos a Juan Samayoa, alcalde de Metapán, y a Roberto “El Burro” Herrera, como principales socios, y volvía a asentir; el Cártel de Texis, el Cártel de Chepe Diablo, el Cártel de El Caminito, la Ruta Norteña, y El Funcionario asentía. Asentía, asentía, asentía…

—Me suena —dijo, finalmente, con naturalidad, sin exaltaciones—, todo esto me suena. Déjenme averiguar un poco más. Veámonos la otra semana.

Durante esa semana hicimos un intento con un jefe policial que, tras escuchar nuestra exposición, decidió guardarse el verbo. La semana pasó y llegamos ante El Funcionario, quien tenía en sus manos unas hojas de papel engrapadas.

—Entonces, ¿obtuvo algo de información?
—Sí, está aquí —contestó, dando un golpecito con el dedo índice al legajo, y luego volvió a callar.
—¿Y qué dice ahí?

Continuó en silencio unos segundos más. Puso los folios sobre la mesa, colocó su celular sobre las páginas y nos miró.

—¿Ustedes saben en lo que se están metiendo? —preguntó, con gesto serio—. Aquí tengo una información, pero quiero saber si saben en lo que se están metiendo, porque esta gente manda matar… así funcionan. Si te metés con ellos, ellos se meten contigo. No es ninguna broma.

Le contestamos que sí. Le contamos que esa frase, con otras palabras, la veníamos escuchando desde hacía semanas. Levantó el celular, abrió las páginas y nos leyó generalidades.

—Operan en la conocida como la Ruta Norteña… tienen conexiones internacionales con Guatemala, Honduras y México… la Policía de Metapán los protege… su forma de protección también es a través del sicariato…

Aclaró que no podía entregarnos el documento. Insistimos tanto que al final logramos un pacto. El Funcionario prepararía un informe basado en las preguntas que le hiciéramos llegar.

—Máximo nueve preguntas —nos advirtió. Nosotros le hicimos llegar 13, esperanzados en que se animara a responderlas todas.

Semanas después, El Funcionario nos entregó sus respuestas. Fue la primera vez que hablamos del Informe Secreto, que es como membretó el documento.

Durante aquellos días empezamos a ver más a El Detective. Logramos al menos cinco reuniones con él. El Detective no ve hechos aislados, sino tramas complejas que normalmente terminan con el nombre y apellido de un político o empresario del país.

—Haciéndola de abogados del diablo, ¿de dónde sacan este tipo de información? —le preguntamos durante una de nuestras últimas reuniones.
—Les cuento algo: hasta el año pasado teníamos a un informante que le conducía el carro a uno de los más importantes delincuentes de este país, uno de los cerebros de lavado de dinero… no les puedo decir más.

La Policía tiene detectives que poco pasan encerrados en oficinas. Es una red de más de 400 informantes repartidos en todo el país que mira, oye y sigue a personas fichadas por la PNC o por la DEA, pues a menudo ambas instituciones trabajan de la mano.

Así nacen los informes que llegaron a nuestras manos. El Primero y el Segundo Informe coincidieron en una cosa: en quiénes son los principales y más activos miembros del Cártel de Texis. Chepe Diablo, el Alcalde de Metapán y El Burro se repiten. Los informes tienen fotos de ellos juntos, en fiestas, en jaripeos… También revelan que mantienen una relación cercana, que se comunican y coordinan operaciones.

¿Qué tipo de operaciones coordinan los líderes del cártel? Los informes ejemplifican con hechos. La noche del sábado 8 de mayo de 2010, por ejemplo, José Adán Salazar Umaña mantuvo una reunión en uno de sus seis hoteles. La cita fue en el hotel Tolteka, ubicado en la entrada al departamento de Santa Ana. Llegó en un carro todoterreno. En la cita estuvieron Roberto Herrera, El Burro; un abogado al que la Policía y el cártel conocen como El Sapo, y otro miembro del cártel al que apodan El Men, quien había llegado en representación de un especialista en lavado de dinero y a quien vigilan y persiguen la Policía y la DEA.

El Detective comentó que en la reunión, Chepe Diablo recomendó a los principales miembros de la organización evitar la portación de armas de fuego. Argumentó que no era conveniente, que lo mejor era comprar protección de la PNC y del ejército. Para hacer efectiva la recomendación propuso con urgencia la creación de un fondo especial para el pago de sobornos a jefes policiales y oficiales militares.

Los espías habían realizado bien su trabajo. El Burro, por ejemplo, es un hombre al que la Policía le tiene un récord de siete antecedentes penales en El Salvador, entre lesiones menos graves, estafa y portación, tenencia y conducción de armas de guerra. Este salvadoreño también tiene nacionalidad estadounidense. En ese país, en California y Texas, fue detenido siete veces por portación de armas, intento de robo, posesión de vehículo robado, asalto agravado con arma, por lo que fue condenado a cinco años de libertad condicional y pago de una multa de 500 dólares.

El martes 18 de enero de este año a las 6:42 de la tarde, un fax etiquetado como “URGENTE” llegó a las oficinas de Interpol en San Salvador. El mensaje explicaba que dos agencias federales de los Estados Unidos buscaban a El Burro. Una de ellas, decía el texto, no pediría la extradición y la otra aún no confirmaba si lo haría. Por eso, la Interpol con sede en Washington solicitaba: “Favor de avisarnos si su país tiene la ubicación sobre el precitado con fines de detenerlo si la respuesta de la segunda agencia es afirmativa”.

Un mes después, agentes policiales salvadoreños lo persiguieron y lo retuvieron. Al día siguiente, La Prensa Gráfica reportó el hecho en su portada: “Capturan a presunto narco de occidente”. Sin embargo, la captura fue más una retención de horas. Hubo una confusión entre los agentes salvadoreños y la Interpol de Washington. Finalmente, ninguna de las dos agencias federales de Estados Unidos solicitó la extradición, por lo que no hubo argumentos para mantener detenido a El Burro.

Sus seguidores policiales en El Salvador concluyeron en 2010 un informe exclusivo sobre El Burro, que asegura que en El Salvador tiene contactos al más alto nivel. Para muestra, anécdotas: entre enero y febrero de 2010, los investigadores reportaron haberlo visto en una reunión en su hacienda El Rosario, de Santa Ana. Lo acompañaba el comisionado policial Fritz Gerard Dennery Martínez, jefe de la División Antinarcóticos del país. Ahí se reunieron con personas de Guatemala y México. A tres de estas personas, luego se les comprobó su pertenencia al cártel mexicano de Los Zetas. Un informe anexo que fue realizado para la administración actual del Ministerio de Seguridad y Justicia consigna con más contundencia cómo participa este alto funcionario.

“Está involucrado con la estructura de narcotraficantes que opera en occidente… Es señalado por varios testigos de recibir grandes sumas de dinero en efectivo y vehículos. También le proporciona información y despeja rutas de tráfico del occidente salvadoreño a la estructura. Ha participado en varias reuniones con El Burro y otros narcos del occidente en la Hacienda El Rosario, ubicada en la calle de Texis a Metapán”, dice el documento.

De todos los policías vinculados por los documentos al Cártel de Texis, este fue el único que puso a dudar a dos altos jefes policiales consultados. A pesar de que dijeron no tener conocimiento de sus reuniones en El Rosario, ambos justificaron a Martínez, asegurando que es uno de los hombres clave en la lucha contra el narcotráfico en el occidente del país.

El Primer Informe explica que El Burro y sus aliados operan redes numerosas. Por ejemplo, menciona que José Adán Salazar Umaña tiene al menos 41 personas y 19 vehículos en su red de distribución de cocaína tanto a nivel nacional como internacional. También explica que esa red opera en cinco zonas del país: Metapán, Ciudad Merliot, Centro Penal de Apanteos, Centro Penal La Esperanza (Mariona) y Apopa. Dicho informe tiene el número de placas de cada vehículo, el número de identificación tributaria (NIT) y el nombre de cada una de las personas de la red. A nivel internacional, los dos informes coinciden, al igual que El Detective y El Comisionado, en que el Cártel de Texis encaja como organización libre en el tráfico latinoamericano de cocaína. No son lugartenientes de los poderosos mexicanos ni de los colombianos que resurgen luego de sus años de crisis. Son empleados de quien pague. Pasan la mercancía de quien tenga el dinero.

La ruta que inicia en San Fernando es el eslabón más importante que El Salvador aporta a todo el tránsito latinoamericano de la cocaína que viaja hacia Estados Unidos.

Los informes van desde lo grueso hasta lo particular. Por ejemplo, un anexo del Segundo Informe incluye el tipo de funciones que realiza El Burro dentro de la organización. Dice el anexo: “El 12 de junio de 2009, El Burro coordinó el envío de 40 miembros de la pandilla MS a recibir adiestramiento de tipo militar de parte del “Grupo Los Z” en la zona conocida como La Laguna del Tigre, jurisdicción del departamento del Petén, Guatemala; de estos 40 pandilleros, 12 eran de nacionalidad salvadoreña; el resto, hondureños y guatemaltecos”.

La información sobre la supuesta relación de pandilleros y Zetas en aquella laguna guatemalteca apareció publicada en medios nacionales, e incluso en algunos extranjeros como la BBC.

El 14 de julio de 2010, espías policiales siguieron a El Burro hasta el restaurante Lover’s Steak House, de Santa Ana, y lo que ahí escucharon lo escribieron en el informe de 45 páginas que está dedicado a este personaje y sus conexiones. Ahí se reunió con tres comensales: el comisionado policial Víctor Manuel Rodríguez Peraza, jefe de la Delegación de Santa Ana; la subinspectora Nataly Pérez Rodríguez y la ex gobernadora departamental Patricia Costa de Rodríguez. Ella fue diputada suplente por el partido de derechas Arena pero terminó el período 2006-2009 en el de izquierdas FMLN. En marzo de este año abandonó el cargo de gobernadora para ser candidata a alcaldesa de Santa Ana por Arena. En la reunión, El Burro habló de los problemas que el comisionado Mauricio Arriaza Chicas, jefe regional de occidente, estaba poniendo al no querer colaborar con la estructura de tráfico de cocaína y ganado. Dos altos mandos policiales que no participaron en la elaboración de este documento aseguraron que conocen de la colaboración de la ex gobernadora con la estructura. El documento cita que la ex funcionaria se ofreció para negociar el traslado de Arriaza Chicas.

—Se está poniendo pendejo, hay que buscar la forma de apartarlo –sentenció El Burro.

También menciona el documento que en otra reunión fechada el 25 de julio de 2010, pocos días después de la anterior, esta vez en el restaurante El Ganadero, en la Feria Ganadera de Santa Ana, El Burro entregó al comisionado Peraza y a la subinspectora Pérez Rodríguez “un rollo de billetes”.

Los informes, confirmados por las voces policiales que nos guiaron, ubican a El Burro como un hombre de contactos al más alto nivel dentro de la Policía. Y no solo se refieren a contactos recientes, como el Comisionado antes mencionado, que había sido nombrado en el cargo apenas cinco meses antes de que, como se consigna, El Burro le entregara el rollo de billetes.

“Cuando José Luis Tobar Prieto fue director de la Policía, El Burro lo utilizaba como enlace de algunas actividades”, dice el informe anexo que detalla las conexiones del Burro. Tobar Prieto fue director de la PNC hasta mediados de 2009.

En el otro informe policial anexo, el que fue realizado para las jefaturas del Ministerio de Seguridad y Justicia, Tobar Prieto vuelve a aparecer como alguien que se vinculó con estructuras del narcotráfico y en actividades de lavado de dinero mientras fue director de la institución.

El Primero y el Segundo Informe crecieron cuando nuestras fuentes agregaron más comunicaciones oficiales de la Policía a esos archivos. Ambos son ricos en especificaciones, pero dejaban ciertos vacíos que solo las respuestas a las 13 preguntas que hicimos a El Funcionario podían respondernos en aquel momento.

Desde la última cita con El Funcionario habían pasado dos semanas. Él había prometido pensar, decidir si contestaría a nuestras preguntas, y fuimos a escuchar su decisión. Esperamos media hora hasta que alguien nos avisó que El Funcionario estaba ocupado en una reunión, pero que quería decirnos algo, que entráramos a su despacho. No nos dejó pronunciar ni una palabra. Estaba realmente apurado.

—Miren, yo ya les advertí, ustedes sabrán en qué se meten. No les puedo dar el documento, pero tienen media hora para sacar de él toda la información que puedan –dijo, y acto seguido lanzó sobre una mesa el documento membretado en cada una de sus páginas con la inscripción “Secreto”. Por primera vez tuvimos para nosotros un informe no policial, el Informe Secreto, proveniente de una de las instituciones del gabinete de Seguridad, que contestaba con datos de inteligencia a 13 preguntas que realizamos, y que van desde quiénes son los hombres de confianza de Chepe Diablo hasta qué funcionarios lo respaldan y cuál es su sistema de almacenaje y transporte de la cocaína.

Al salir del despacho de El Funcionario tuvimos, por primera vez, los tres informes que son la base de esta investigación. Los analizamos, los comparamos y obtuvimos rutas respaldadas por mapas, coincidencia de nombres de policías, diputados y alcaldes, vínculos con asesinatos y pandilleros. Luego corroboramos toda la información al recorrer dos veces El Caminito y otras zonas del país, lo que nos permitió conversar con militares de terreno, ex policías frustrados por las dinámicas fronterizas de la corporación e inspectores de Hacienda. Asimismo, estudiamos registros mercantiles, declaraciones de renta incluidas en los informes y órdenes de captura internacionales.

Los señalados como cabecillas del cártel son empresarios metidos en el mercado de los granos, en la ganadería, dirigentes del fútbol, dueños de hoteles… Este último negocio, el de los hoteles, hizo brillar a Chepe Diablo. Fue por ese lado que un fiscal empezó a notar su bonanza financiera y a sospechar. Este ex fiscal de la Unidad de Delitos Financieros supo de José Adán Salazar desde 2003.

—Es un señor que parece un contador, su oficina estaba en el sótano del hotel Capital, en San Salvador. Sus hoteles nunca han estado llenos, y esa es una forma muy conocida de lavar dinero, dedicarse a servicios que nadie puede comprobar —nos dijo el ex fiscal.
—¿Pero formalmente no estaba siendo investigado? –indagamos.
—Les explico: siempre ha sido sospechoso de lavar dinero, pero les mentiría si les digo que alguien trabajó como se debe este caso, pues para eso hay que tener luz verde. Procesarlo es otra cosa.

Parte II: Las cuentas sospechosas

La historia empresarial de José Adán Salazar Umaña comenzó en 1990. Según el Registro de Comercio, ese año Inversiones Salazar debutó en “la compra de cartera e inversión financiera”. Era una empresa familiar: los otros dos accionistas eran su esposa, Sara Paz Martínez Bojórquez, y su hermano Marcos Francisco Salazar Umaña, que ahora es diputado suplente del partido Arena por el departamento de Santa Ana.

La empresa dejó de reportar operaciones al Centro Nacional de Registros (CNR), en 1995, el mismo año que tuvo problemas para cobrar unos cheques sin provisión de fondos. Inversiones Salazar tenía activos por 49 mil dólares y alguien le había pagado deudas por 33 mil 535 dólares que en el balance general de la compañía fueron clasificados como “estimación para cuentas por cobrar de dudosa recuperación”. Desde entonces, ya no reportó actividades al CNR.

Un año después, en 1996, Salazar Umaña regresó al CNR a fundar otra empresa: Hoteles San José. En septiembre de 2004, se le unió una segunda empresa, llamada Servicios Turísticos.

En el Registro de Comercio, en las dos compañías aparece como socio de Salazar Umaña su hijo, José Adán Salazar Martínez. Mencionar a esas dos empresas es hablar de seis hoteles. Hotel Capital, en San Salvador; Hotel Pacific Sunrise, en el Puerto de La Libertad; Hotel Tolteka, en Santa Ana; Hotel San José, en Metapán; Hotel Bahía Dorada, en La Paz, y Hotel Sevilla, en Usulután.

Salazar Umaña dice que el éxito de sus negocios ha sido producto de la buena fortuna. “El hotel San José, en Metapán, fue un éxito financiero, gracias a un golpe de suerte ya que en pocos años había recobrado la inversión y todavía me quedó un poquito de ganancia, entonces me gustó y comencé a buscar créditos para un segundo proyecto: el Hotel Capital”, declaró al periódico santaneco El País, en julio de 2009.

Para llegar a ese éxito, Hotesa tuvo que endeudarse. El balance general de 1996 consigna que la empresa le debía a su mismo dueño, José Adán Salazar Umaña, 285 mil 700 dólares (2.5 millones de colones) por el terreno y el edificio del hotel metapaneco. Dos años después, la deuda ya no era con Chepe Diablo. Según el balance general de 1998, Hotesa adquirió un préstamo con la banca por 514 mil 67 dólares que le concedió el Banco Desarrollo.

Esas no son las únicas empresas de Salazar Umaña. Él también tiene participación en otras tres sociedades: Salazar Espinoza, S.A de C.V., Agroindustrias Gumarsal y Servicios Logísticos, según un informe de inteligencia policial titulado “situación fiscal” que coincide con los datos del Centro Nacional de Registro. Según la escritura de constitución, Servicios Logísticos se formó para dedicarse a “actividades relacionadas al transporte”. Uno de los fundadores es el diputado suplente Marcos Francisco Salazar Umaña, pero esa sociedad nunca reportó actividades empresariales al Registro de Comercio.

Pero no fueron ni sus seis empresas ni sus 14 propiedades inmuebles ni sus 35 vehículos -26 de ellos ya traspasados- los que despertaron las sospechas de la DEA. En una carpeta de investigación esa agencia estadounidense envió a la Fiscalía en 2001, se mencionaba a Salazar como sospechoso de lavado de dinero y narcotráfico, una acusación que salpicaba a una empresa constructora de su primo, Salazar Romero, S.A. de C.V., en la cual Chepe Diablo aparentemente no mete mano.

Otro ex fiscal, que trabajaba en el área antinarcóticos, conoció esas investigaciones.

—La DEA hizo su propia investigación. El problema era que algunas diligencias las revelaban a la Fiscalía y otras no. Recuerdo que en este caso ellos tenían una buena fuente de información, un informante, y en realidad no sé por qué nunca reventaron el caso.

El documento que el ex fiscal citó incluía las sospechas de la DEA sobre la constructora, que pertenece a familiares cercanos de Chepe Diablo. La compañía fue creada el 22 de abril de 1994 por José Raúl Salazar Landaverde. Su socio y representante legal de la empresa es su hermano Carmen Salazar, ex alcalde de Metapán por el partido Arena desde 1988 hasta 1994. Ambos son primos de Chepe Diablo.

Cuando la DEA incluyó esta empresa en la carpeta de investigación que remitió a la Fiscalía, sospechaba que podía haber lavado de dinero.

Otro que tiene sus propias empresas y que en el Primer Informe aparece como socio de Chepe Diablo es Juan Umaña Samayoa, alcalde pecenista de Metapán. Este ha invertido en granos. El 23 de mayo de 1997 fundó Agroindustrias Gumarsal, empresa dedicada al procesamiento de arroz y comercialización de productos de la canasta básica. A esta empresa se suman Gradeca, S.A. de C.V. y Agroarroz, S.A. de C.V.

Aparte de las empresas, el alcalde ha adquirido 34 vehículos que ha ido traspasando principalmente a sus empresas y familiares. Cinco camiones, cuatro tractores, dos furgones, dos rastras, un cabezal y el resto de vehículos livianos.

El alcalde Juan Umaña reportó al fisco que entre 2006 y 2009 percibió ingresos por 141,572 dólares. Esto es, unos 35 mil dólares al año entre 2006 y 2009.

El tercer personaje señalado por los informes como líder de la estructura, Roberto “El Burro” Herrera, reporta ingresos similares a los del alcalde. En cuatro años, de 2006 a 2009, percibió 139,849 dólares, según los datos que presentó a Hacienda. Sus ingresos provienen de dos actividades: comerciales y agropecuarias.

En cuanto a sus declaraciones de renta, en 2005, El Burro hizo una declaración que reportaba un salario mensual de 565 dólares e ingresos totales por 6,790 dólares. Para 2007, los 6,790 dólares ascendieron a 31,517 dólares. Un año después llegó a los 40,000 y en 2009 casi llegó a los 50,000.

En cuanto a vehículos, Chepe Diablo no se queda atrás del alcalde. A su nombre hay nueve vehículos, entre ellos una camioneta Porsche Cayenne y otros 26 que ha vendido o traspasado, por ejemplo, a la Alcaldía de Juan Umaña Samayoa.

Los amigos del camino

El Caminito que recorremos continúa entre calles, callejuelas y anécdotas de El Detective, que ora cuenta de una mansión en un pueblito, ora de un restaurante donde se reúnen a planificar. Pero, sobre todo, la conversación que brota con los kilómetros contiene nombres de personas, cargos y nombres de partidos políticos.

El camino de polvo que empieza en San Fernando lleva montaña abajo. En casi una hora estamos en Dulce Nombre de María, que tiene agua potable, luz, teléfono, correos, un puesto de Policía, un juzgado de paz, internet…

—Aquí estaba un jefe de la policía que se hizo rico. Tiene grandes terrenos, caballos, muy amigo del ex director Menesses –suelta de repente El Detective, que nos conduce en este viaje.

Esa versión la corroboraríamos después, cuando escucharíamos hablar del subinspector José Alfonso Mata Portillo.

Hace 21 meses, el 12 de agosto de 2009, a 25 kilómetros de Dulce Nombre de María, cerca de la presa del Cerrón Grande, fueron detenidos José Gerardo Ventura y Juan José López López. Los detuvieron en dos vehículos, cuando realizaban una negociación. En el pick up de López López fueron encontrados 88 kilogramos de cocaína, y el 10 de febrero de 2011 fue condenado por el Juzgado de Sentencia de Sensuntepeque a purgar 10 años de prisión. La droga fue valorada por la Fiscalía en 2 millones 216,650 dólares. El Informe Secreto asegura que esa red, la del Cártel de Texis, era la propietaria de esos 88 kilogramos de droga.

A solo 15 minutos de distancia de Dulce Nombre de María llegamos a una súper carretera, la gran obra casi terminada del proyecto Fomilenio: la Carretera Longitudinal del Norte. Esta conectará la frontera entre La Unión y Honduras con la frontera entre Santa Ana y Guatemala. Una línea casi recta de pavimento y cuatro carriles que cruza de punta a punta el norte de El Salvador.

—Bonita les están dejando la autopista —ironiza El Detective—. Como dicen los gringos y los hermanos lejanos: es un freeway, ja, ja, ja. La verdad, es un conducto abierto para el paso de coca, ganado y armas.
—¿Pero hay retenes? –preguntamos.
—Ja, ja, ja –vuelve a reír El Detective—. Mire, ahí hay un retén. ¡Es casi anunciado! Hay horarios, y los narcos los tienen. Los jueves y los viernes hay fiesta, son los días de retén. El viernes que más dinero ganan los policías que cuidan.
—Ajá, explíquenos eso.
—Usted viene en un camión cargado con cocaína o ganado de contrabando, ese que viene de Honduras. En el retén, el jefe de delegación que los puso ya sabe a qué policías mandó, los policías ya saben cómo operar. A lo mucho son dos.
—No terminamos de entender.
—¡Les dan 10 dólares, 100 dólares, y pasan! Con esta calle llegan más rápido.

El tramo de la carretera de Fomilenio, como ya ha sido bautizada por los habitantes de la zona, está también en el ojo del Cártel de Texis. No sólo sirve cómo vía rápida para acortar El Caminito, sino que también buscan utilizarla como una excusa para lavar dinero, según documentos oficiales de la Policía.

Fomilenio es un proyecto de desarrollo para la zona norte del país financiado con donativos de los contribuyentes estadounidenses. En septiembre del año pasado, una oficina de la Policía escribió un memorando confidencial en el que alertaba a las autoridades del gobierno salvadoreño sobre un grupo de narcos que estaban metiendo papeles para lavar dinero a través de la Cuenta del Milenio, que es el fondo con que se financia la carretera Fomilenio.

El memorando explica que una familia de narcos logró obtener un préstamo de 600,000 dólares a través de un proyecto de Fomilenio para el desarrollo agropecuario en la región. También dice que Reynaldo Cardoza, actual diputado del PCN, vinculado con la estructura criminal estaba buscando un préstamo de 800,000 dólares.

La familia de narcos a la que se refiere el memorando incluye a uno de los prófugos más buscados por la Policía. Se trata de un narcotraficante vinculado a una estructura de pandilleros de la Mara Salvatrucha. Es conocido como Medio Millón.

“Se ha logrado individualizar que Marcos Cisneros Mata (padre fallecido), José Misael Cisneros Rodríguez (a) Medio Millón, Manuel de Jesús Cisneros Rodríguez (a ) Millón, Douglas Alfredo Cisneros Rodríguez (a) Melón, José Moisés Cisneros Rodríguez y David Elías Cisneros Rodríguez son miembros activos de una estructura de narcotraficantes que manejan y controlan la mayoría de zonas y rutas de la zona norte de Chalatenango”, dice un documento que se escribió como anexo al Segundo Informe.

El Banco Multisectorial de Inversiones autorizó el desembolso el 28 de agosto de 2009 y, como prueba, la PNC envió el número de acta del comité de inversiones a los altos cargos del gabinete de Seguridad de El Salvador.

Medio Millón es, según la Policía y la Fiscalía, un narcotraficante de la zona occidental, señalado como socio de la Fulton Locos Salvatrucha, y uno de los más buscados por la PNC. De este personaje sabríamos mucho más cuando nos encontramos, más adelante, en su lugar de operaciones.

Una vez en la carretera asfaltada, El Detective vuelve a referirse a los narcos.

—¿Sabe quién más opera en esta zona? —pregunta, a sabiendas de que no sabemos, y entonces él mismo responde casi de inmediato—. El Rey, el diputado del PCN.

El Detective nos acaba de dar otro sobresalto.

—¿Reynaldo Cardoza?
—Ajá, él es otro de los malos. Tiene una pistola de oro, se la logramos decomisar, pero se la devolvió el juez –explica El Detective, que asegura que conoce a los colegas que realizaron el operativo donde le decomisaron el arma.

Vamos en un carro cuatro por cuatro y anotamos más peticiones de documentos para El Funcionario, El Comisionado y el resto de fuentes que conocen del Cártel de Texis.

El Rey, ese diputado del PCN, también aparece en la lista de personas que la PNC ha clasificado como narcotraficantes y que quieren usar Fomilenio para lavar dinero. A Cardoza lo ubican en las cercanías del Cártel de Texis, no como parte de la red, sino como aliado. El documento dice que el diputado del PCN es uno de los principales miembros de la estructura de narcotraficantes de la zona norte de Chalatenango. Dice también que se ha presentado ante las oficinas centrales del Banco Mutisectorial de Inversiones para solicitar un crédito de 800,000 dólares.

El 13 de septiembre de 2005, Reynaldo Cardoza fue capturado por la Policía acusado de pertenecer a una red de traficantes de personas y de la violación de dos menores de edad. Fue capturado junto a Juan Ovidio Cerón Moreno, un ex policía que fue arrestado y expulsado de la corporación por su vinculación con la banda de robafurgones de Margarita Parada Grimaldi. Al ahora diputado le decomisaron una pistola Jericho con una placa dorada con su nombre grabado. Según la Policía, esa placa es de oro. Además, le decomisaron una licencia de conducir mexicana, en la que la foto del diputado aparecía con un nombre diferente: Reinaldo Guerra Flores.

Cardoza quedó en libertad bajo fianza de 2,000 dólares en noviembre de 2005. Un año después, en noviembre de 2006, el caso se cerró definitivamente, ya que la Fiscalía no presentó la solicitud para reanudarlo. Dos años y dos meses después, en enero de 2009, fue elegido diputado del PCN.

De la autopista a los caminos de tierra

San Sebastián Salitrillo es la estampa de un pueblito. Así, con lo que conlleva el diminutivo. Cinco viejitos se sientan en las escaleras del parque a tomar el fresco bajo un árbol y a saludar a quien pase. Se sientan ahí porque queda justo frente a la cuadra más emocionante del lugar, la acera de la Alcaldía, donde unas 10 personas esperan en la puerta la llegada del alcalde como quien espera en la puerta de casa a un familiar. Las calles son de adoquín, las casas de teja, y el pueblo, todo él, una cicatriz de cemento delgada y recta en medio del monte. Es un conglomerado de cuatro cantones y 21 caseríos.

Llegamos hasta ahí a finales de marzo, cuando todavía no habíamos comprendido a la perfección la ruta precisa de El Caminito. Sin embargo, conocíamos ya sus principales puntos, sus dos brazos. Salitrillo, como lo conocen sus habitantes, seguía siendo una incógnita. ¿Por qué El Funcionario y El Detective nos mencionaron este lugar como clave? ¿Qué papel juega este pueblito en la ruta si no está justo en ella, si no es frontera con Guatemala, si no tiene más que calles de tierra? De hecho, Salitrillo queda del otro lado, en sentido opuesto. En lugar de estar entre las ciudades de Santa Ana y Metapán, está al suroeste de Santa Ana, en dirección opuesta a Metapán. Estábamos perdidos, pues, pero gracias a eso, comprendimos cómo las rutas marcadas se desvían lo necesario para alternar entre pueblitos y autopista.

Como esas 10 personas, entramos a la Alcaldía cuando entró Francisco Castaneda, el alcalde del FMLN, un hombre muy respetado en su comunidad. A él nunca le mencionamos nuestro verdadero interés. Para poder conversar sobre estas rutas, nos presentamos como unos reporteros cándidos que pretendían enterarse de cómo es que un lugar como este era eslabón de las rutas del contrabando, de la bagatela, de ganado y mercadería sin permiso y, de rebote, droga. Así en seco, sin nombres ni organizaciones.

Fuimos al grano, le preguntamos por qué su municipio sonaba tanto en esto del contrabando.

—Es que estamos en la red de caminos rurales. Esa mercadería no se tira por carretera directamente, se mete en estos pueblitos, utiliza los caminos de terracería y vuelve a salir a la autopista.
—¿Pero hablamos de personas caminando con cosas o de…?
—Nooo, aquí pasan furgones por estos caminitos, que se pierden allá atrás del pueblo. Pasa gente vinculada al narco y eso se vincula con el problema de las pandillas, de redes asentadas aquí para esa actividad, y eso es lo que perjudica al municipio, no el paso en sí, sino las necesidades que el paso genera.

Salitrillo cuenta con 50 policías que se turnan y que tienen tan solo dos patrullas que cubren no solo el casco urbano, sino las urbanizaciones como Ciudad Real, que están sobre la carretera y que, según datos de la Alcaldía, han llevado a duplicar el número de habitantes del municipio hasta dejarlo en 30,000.

Ciudad Real es un proyecto de aquella empresa constructora –Salazar Romero- valorada en más de 70 millones de dólares que despertó las sospechas de la DEA.

—En esas zonas residenciales que han proliferado se hace evidente que el contrabando nos ha alcanzado. En esas zonas nuevas no tenemos claro quiénes son sus habitantes –continuó Castaneda.

El alcalde fue amable, pero lo que nos dijo no nos bastó. Aunque salimos de su despacho convencidos de que lo que se transporta por esa zona no se trata de pequeñeces sino de rutas alternas, puntos de quiebre del Cártel de Texis para abandonar y reincorporarse adelante en El Caminito, necesitábamos más detalles. Gracias a un diputado santaneco logramos acceder a otra fuente que tiene bien estudiado el fenómeno de cambio que ha tenido el lugar.

Visitamos al informante y, de nuevo, los pactos del temor volvieron, y el anonimato con ellos.

La conversación fue breve y, en resumen, lo que nos contó es una historia que bien podría aplicarse a los narcos de El Salvador. Contrabandistas que cuando descubrieron algo mejor que contrabandear dejaron los quesos y se dedicaron a la cocaína.

—Aquí en este pueblito que antes era bien tranquilo se ha venido gente rara en sus grandes carros. Vienen a intentar comprar a los policías, a ofrecerles dinero así, como cheradas, como en buena onda. Necesitan asentarse en la zona. El tráfico de ganado y de vehículos pick up que se internan en los caminos comunales así sin más, y que seguro transportan droga, a veces se da a la luz del día, y llegan días en que cada cinco minutos pasan. Así, sin control –nos explicó el informante de Salitrillo.

La cuna del Cártel

Texistepeque es el lugar de nacimiento de la mayoría de los mencionados como los narcos que controlan El Caminito. Un municipio de poco más de 20 mil habitantes ubicado entre Santa Ana y Metapán, donde el Ministerio de Gobernación tiene identificadas como propiedades del narco algunas construcciones impresionantes, según cita en su página web.

En ese terreno es donde vive y coordina sus operaciones uno de los principales miembros del cártel: El Burro. Así lo señala un informe policial anexo que habla solo de este personaje, y que nos fue entregado por El Detective. Este personaje, según el documento, tiene una de las propiedades más sobresalientes del paisaje, una gran casa de incontables habitaciones, que a pocos metros tiene una especie de palenque donde ha sido visto el alcalde municipal, Armando Portillo Portillo, otro importante personaje de la estructura señalado en los informes.

La Policía mantiene una permanente vigilancia sobre esta propiedad de uno de los miembros del Cártel.

Portillo Portillo es un señor gordo en el que sobresale un delgado y peinado bigote. En una foto del Informe Secreto aparece sentado en su oficina y en un informe policial aparece junto a Chepe Diablo y El Burro. Es su primer período como alcalde y ganó las elecciones pasadas arropado bajo las banderas de una coalición entre PDC y FMLN.

Al pie de la foto, el Informe Secreto presenta a este jefe municipal como uno de los salvadoreños vinculado al Cártel de Sinaloa, de México. Aparece en la misma línea de mando que Chepe Diablo, El Burro y el alcalde de Metapán, en la mesa principal de los comensales que se alimentan de la ruta de El Caminito.

Los miembros del Cártel de Texis se reúnen y se ponen de acuerdo, pero no es una estructura vertical. El Burro tiene una cadena de gente que lo sigue, Chepe Diablo tiene otra cadena, el alcalde de Metapán y el de Texistepeque también, como el diputado del PCN y su primo, ex diputado del PDC. Esas estructuras, se lee en los informes, son locales y se enlazan para operar. Los capos del Cártel de Texis se ponen de acuerdo, coordinan.

Vamos en un carro cuatro por cuatro de la Policía que no ostenta ningún distintivo. Ya pasamos por San Fernando, Dulce Nombre de María y estamos en medio de la llamada calle Fomilenio. Vamos rumbo al tramo final, al lugar donde domina con más descaro el Cártel de Texis. Mientras avanzamos, conversamos con El Detective sobre la capacidad que han tenido estos narcotraficantes para operar impunemente. El Detective se queja, como hace desde que lo conocimos, porque desde su óptica no logra entender cómo es que teniendo tanta información de los servicios de inteligencia esta gente continúa por las calles.

Parte III: El manto protector del Cártel de Texis

Hace apenas dos semanas tuvimos la ocasión de sentarnos a charlar detenidamente con el subdirector de investigaciones de la PNC, el comisionado Howard Cotto. Llegamos a él con la duda que carcome a El Detective. Aunque ya teníamos una noción de cómo es que el Cártel de Texis logra seguir operando luego de más de 10 años de pistas que entran y salen de todos los despachos de los altos funcionarios vinculados al tema de seguridad. Necesitábamos escuchar qué respondía la institución encargada de combatir el crimen junto a la Fiscalía.

—Mire, lo que de verdad no entendemos es por qué no los procesan judicialmente —le comentamos.
—Vaya, le voy a contar una experiencia, tal vez así entienden. Hace un tiempo realizamos un operativo para secuestrar archivos documentales de uno de los miembros de esta estructura… Esto no es caricatura, la Policía tiene bien claro que obtener una orden de cateo en todo occidente es casi imposible. ¡Si supiera la amistad con ellos que tiene el juez más importante de ahí! El caso es que logramos obtener una orden de allanamiento a través de otro juez. Entramos a muchas propiedades y encontramos armas de guerra que no podía justificar. Hoy anda prófugo. Les cuento esto porque también encontramos otra sorpresa: este señor tenía en su casa una gorra que, por el identificativo, solo podía haber pertenecido a un director de la Policía.

El dueño de la casa donde la Policía encontró 13 armas, entre ellas dos de uso privativo de la Fuerza Armada y granadas, en abril de 2010, se llama Leonel Sandoval Villeda, y está prófugo y con orden de captura internacional girada por la Interpol. Sandoval Villeda se fugó luego de que el juez tercero de instrucción de Santa Ana le otorgara libertad bajo fianza de 100 mil dólares. Sandoval Villeda pagó la fianza, pero nunca volvió a presentarse.

Aunque lograron obtener orden de allanamiento con otro juez, la treta al final no pudo impedir la huida de Sandoval Villeda. Y el “importante juez” al que se refirió el jefe policial se llama Tomás López Salinas, un funcionario que ya es investigado por la Corte Suprema de Justicia por dejar en libertad a una banda de traficantes de personas. El Departamento de Investigación Judicial de la Corte Suprema de Justicia tiene el expediente del juez Salinas en la lista de los cinco casos más graves por resolver.

A finales de 2010, Salinas, juez especializado de instrucción de Santa Ana, dejó libres a nueve personas acusadas de integrar una red de tratantes, dos de ellas acusadas además de violar a una niña. En síntesis, el razonamiento del juez fue que los acusados fueron víctimas de engaño por una menor de edad que deseaba prostituirse.

El Detective, El Comisionado y Cotto coinciden en algo: en que los narcos de occidente han estado actuando con total libertad en gran parte porque los esfuerzos investigativos incluso a nivel judicial se metieron en oriente, en el caso de Los Perrones.

Intentamos conocer sobre las diligencias que ha realizado la Fiscalía General de la República en occidente. El 1 de febrero pasado pedimos una entrevista con fiscales de la División Élite contra el Crimen Organizado y la Unidad Antinarcotráfico. Además, pedimos entrevistas con los fiscales que, en la etapa de vigilancia penitenciaria, han dado seguimiento a la condena que se le impuso al concejal de Metapán Amadeo Figueroa Morales. Al cierre de esta nota, esa institución no ha resuelto sobre las tres peticiones de información.

Los personajes vinculados al Cártel de Texis se ven constantemente involucrados en hechos que siguen llamando la atención de la Policía, pero esto no parece traducirse en investigaciones desde la Fiscalía. Ejemplos llamativos sobran: el 16 de noviembre de 2010, José Salvador Cardoza, ex diputado del PDC por Chalatenango y mencionado por nuestros tres principales informantes como cómplice del Cártel de Texis, sufrió un secuestro e intento de asesinato. José Salvador Cardoza es primo de El Rey, Reynaldo Cardoza, el diputado por el PCN.

—¿Los señores Cardoza operan juntos? –preguntamos al jefe policial.
—Cada uno anda en lo suyo, pero los dos son gruesos. Les decía, a Salvador lo secuestraron, le quemaron el carro, no lo mataron porque no quisieron. Le dispararon un balazo en cada pierna, por las nalgas. ¿A quién le pasa eso?

Este atentado ocurrió en un municipio perdido de La Unión, Nueva Esparta. El ex diputado del PDC andaba esa vez con Alfredo Portillo Portillo, hermano del alcalde de Texistepeque. Este hecho, que durante uno de nuestros encuentros El Detective nos relató, aparece consignado en el Informe Secreto. El informe agrega que Cardoza sufrió el atentado cuando supuestamente supervisaba los trabajos de una empresa constructora de su propiedad.

Los hechos hablan de las dificultades para judicializar a los narcos de El Caminito. Sin embargo, fue un documento que recibimos casi al final, un último informe macro que describe los puntos de encuentro del Cártel de Texis con otras estructuras similares, el que nos dejó claro cuán difícil es para la Policía hacer de este conocimiento prueba judicial.

En la parte de recomendaciones para operar contra esa red de cárteles salvadoreños, los policías de inteligencia se dirigen a sus jefes en una especie de lista de deseos que devela lo que de momento no tienen.

Ahí se pide un equipo especializado en homicidios, tráfico de personas, lavado de dinero y activos y contrabando de mercadería. Se pide que ese equipo esté fuera de cualquier puesto policial y que se entienda solo con el Subdirector de Investigaciones, a fin de evitar la filtración de información. Se pide un grupo selecto de fiscales y el involucramiento del ministro de Justicia y Seguridad, el director de la PNC y el mismo presidente de la República.

La realidad dista mucho de la situación requerida. La Unidad de Investigación Financiera de la Fiscalía, por ejemplo, cuenta con solo dos fiscales en todo el país.

Ahí donde se suma la pandilla

El camino que inició en el pueblito fronterizo de San Fernando, que bajó hasta Dulce Nombre de María, que a 15 minutos de carro se convirtió en la flamante autopista de Fomilenio, llega a su punto de quiebre en otro municipio de suelo de adoquines y techos de teja: Nueva Concepción.

Este municipio que también tiene acceso por la nueva carretera de Fomilenio tiene casi 30,000 habitantes, y es la puerta de salida que el Cártel de Texis utiliza para dejar Chalatenango y entrar al departamento de Santa Ana.

Nueva Concepción es el lugar donde el paradigma de operación de los cárteles centroamericanos se rompe. En Guatemala y Honduras, las familias de narcotraficantes han optado por deshacerse de los pandilleros de las dos grandes organizaciones, la Mara Salvatrucha y el Barrio 18. En departamentos neurálgicos del narco de Guatemala, como Alta Verapaz o San Marcos, los pandilleros han sido expulsados por las familias dominantes, bajo amenazas de muerte. En Nueva Concepción, bajo este modelo horizontal de los cárteles salvadoreños, el que tiene control de una zona, tiene carta para participar del negocio, sea pandillero, empresario o policía. En Nueva Concepción, el control del crimen lo tiene la Mara Salvatrucha, y más concretamente uno de sus más poderosos “programas” nacionales que tiene vínculos hasta Estados Unidos: se trata de los Fulton Locos Salvatrucha, y todos señalan como uno de sus cabecillas a un prófugo llamado José Misael Cisneros Recinos, el conocido como Medio Millón.

Todos los informes coinciden en este nombre, a quien mencionan como representante de su pandilla en la organización dedicada al traslado de la cocaína

“Es importante mencionar que, en la relación Chalatenango-Santa Ana, esta estructura se vincula con el narcotraficante Misael Cisneros, quien el 15 de septiembre de 2010 escapó de un cerco policial que pretendía capturarlo en Nueva Concepción. Se considera que además de traficar cocaína, también abastece de armas a pandillas de la zona y posee acercamientos con mandos locales de la PNC”, dice el Informe Secreto.

A diferencia de los otros documentos, que lo ubican como miembro activo de la MS, este último lo deja en el grado de socio.

Respecto a cómo es que Medio Millón logró burlar un operativo policial que se venía planificando desde hacía meses, todas las fuentes con las que hablamos señalan como culpable a un subinspector activo: José Alfonso Mata Portillo, quien hasta febrero de 2010 fue jefe de la subdelegación de Dulce Nombre de María. De él dicen que fue quien, gracias a la relación que cultivaron cuando operaban en municipios vecinos avisó a Medio Millón de los detalles de la investigación en su contra. Mata Portillo es ahora jefe de la subdelegación de Ciudad Delgado, en el Área Metropolitana de San Salvador.

El Detective nos anexó un documento sobre el perfil de este subinspector. En 2010 su reporte de ingresos fue de 118,879 dólares. El mismo documento policial contiene las placas de los 28 vehículos que supuestamente están a nombre de Mata Portillo, entre ellos varios furgones y tractores. Este anexo cierra con una conclusión:

“Presenta irregularidades en sus declaraciones tributarias. Sus costos y gastos declarados son desproporcionales a sus ingresos”. Desde la jefatura policial no nos dieron un monto exacto, pero nos aseguraron que, en el caso de que reciba bonificaciones extras, no podría sobrepasar los 1,200 dólares mensuales libres de impuestos y descuentos.

Nueva Concepción es de esos lugares que aparentan sosiego y esconden secretos que son susurrados por todos, pero que al ojo inexperto son imperceptibles.

Hacemos una pausa en el recorrido por El Caminito, nos detenemos un momento para conversar con el jefe policial del municipio. El subinspector Quijano Aguilar tiene menos de un año como jefe de este complejo municipio perdido entre llanos secos, una autopista de lujo y cerros de vegetación tostada. Su respuesta era la obvia, que sabe poco, que aún se está enterando, que cree que Medio Millón sigue por la zona -pues sigue dando órdenes a los pandilleros-. Eso sí, cuando le preguntamos cuántos pandilleros podía haber en este pequeño lugar, su respuesta nos dejó muy claro por qué el Cártel de Texis tuvo que asociarse con la Mara Salvatrucha.

—Calculamos que la clica (Fulton Locos Salvatrucha) es de unos 200 muchachos con armas aquí en Nueva Concepción, casi todos ellos ubicados por nosotros.

No se refería al “programa”, sino solo a la clica, al grupo local de este municipio. Una clica grande, importante, suele tener a unos 50 miembros, aún cuando operen en zonas claves de la capital. En este rural punto de quiebre de El Caminito, la pandilla ha decidido cuadruplicarse.

Una potencia que no solo se demuestra en número de miembros, sino en capacidad armada. A las 5 de la mañana del pasado 3 de mayo, un operativo de la 4a. Brigada de Infantería y Descatamento Militar Número Uno, en conjunto con policías, detuvo a 12 presuntos pandilleros en Nueva Concepción. Entre el armamento decomisado en una vivienda del cantón Los Romeros había cuatro fusiles AK-47, un fusil G-3, una subametralladora Uzi y un lanzagranadas M-79.

Nueva Concepción no solo es clave porque agrega pandilleros a la lista que, a este punto, ya contiene a policías, alcaldes, jueces, empresarios y diputados. Nueva Concepción es el recodo, el punto donde El Caminito se divide en dos brazos que salen de Chalatenango para adentrarse en el departamento de Santa Ana. Ambos brazos terminan en la frontera con el departamento guatemalteco de Jutiapa, donde según las autoridades de ese país opera la familia Lorenzana, la más antigua de las familias chapinas del narco, de la que hay registros desde los años setenta.

Según lo recogido de los informantes, de los tres informes y sus anexos, uno de los brazos es más importante que el otro por flujo de cocaína, algo que infieren del control operativo que el Cártel de Texis muestra en cada lugar: más discreto en un ramal y mucho más descarado y monopólico en el otro.

El ramal menor continúa desde Nueva Concepción casi en línea recta. Antes de llegar a la frontera, atraviesa el cantón de Peñamalapa, luego el río Lempa hasta llegar al cantón Guarnecia, luego al caserío El Aguacate, hasta la ciudad de Texistepeque, desde donde parten para la ciudad de Santa Ana. Una vez ahí, se conducen hasta los puntos finales de cruce, los puntos ciegos que rodean los pueblos de Santiago de la Frontera y San Antonio Pajonal.

El otro ramal, el más importante, parte de Nueva Concepción hacia el oculto pueblito de Santa Rosa Guachipilín, que ahora tiene acceso de pavimento gracias a las obras secundarias generadas por la autopista de Fomilenio.

En el primer recorrido hicimos una parada en el camino. Visitamos al grupo de 14 militares que custodian los puntos ciegos alrededor de Santa Rosa Guachipilín, a medio camino entre Nueva Concepción y Metapán. Un lugar desde donde los cargamentos pueden desviarse por caminos rurales hasta buscar puntos ciegos de la frontera. Ahí nos recibió el jefe del grupo, a quien identificaremos como El Sargento.

No se esmeró en vendernos imponentes operativos ni complicados decomisos. Más bien, se mostró resignado ante la inmensidad de la zona y la normalización del paso de mercaderías ilícitas. Nos contó que el soborno está a la orden del día, que por 20 o 30 dólares, algunos militares o policías permiten pasar un camión.

Nos aseguró que el Cártel de Texis tiene un nombre para lo que en México llaman halcones y en Guatemala, banderas. Aquí llaman postas a esos niños, niñas, mujeres y ancianos que no se dedican sino a vigilar qué hacen El Sargento y los suyos, hacia dónde se mueven. Nos dijo que en lo que llegan a un punto ciego como Ostúa, El Valle de Los Quijada, El Despoblado, cerros perdidos en la frontera a más de media hora de lento avanzar en un vehículo con doble tracción, todos los de ese lugar saben que llegará un extraño. Lo dijo de una forma más gráfica.

—Desde que llegás, todos te ven como si fueras un extraterrestre.

Desde el polvoso Santa Rosa Guachipilín, la carretera permite acceder hasta Masahuat, igual de rural, pero más grande. Desde Masahuat, alguna droga se pasa por los cerros de alrededor, nombrados por sus pobladores por particularidades que solo ellos saben discernir. El grueso de los cargamentos continúa su viaje. Intercepta la carretera que conecta Santa Ana y la ciudad fronteriza de Metapán. La droga se incorpora alrededor del kilómetro 99 de esa carretera, y llega a su base final, el centro de operaciones de Chepe Diablo, la última escala antes de internarse en los puntos ciegos que besan Guatemala. La ciudad donde el Cártel de Texis muestra su poderío, su capacidad de sobornar y de matar.

Parte IV: Los policías que llevan coca

Metapán resplandece. Pareciera que el sol está más cerca del pavimento que en otras ciudades. Ciega. Metapán parece de día un gran mercado, al menos su centro, que no es sino unas callejuelas empinadas que desembocan en la carretera que lleva de Santa Ana hacia la frontera de Anguiatú, al norte del lago de Güija. En todas ellas, el comercio bulle, se toma las aceras. Hay ventas por todas partes. Comida, ropa, granos, artículos agropecuarios. Metapán se viste de ciudad fronteriza de Centroamérica.

Al llegar al hotel San José, contiguo a la carretera hacia Guatemala, nos atiende una amable recepcionista, que se despereza cuando suena la puerta que se abre.

—¿Tiene habitaciones?
—Sí.
—¿Dobles?
—Sí.
—¿No suele estar ocupado este hotel?
—Casi no, ahorita solo dos habitaciones tengo ocupadas.

El hotel, uno de los seis de Chepe Diablo, tiene cinco plantas, y cerca de 40 habitaciones. Es normal su desocupación. El costo de la habitación doble roza los 50 dólares en una ciudad acostumbrada a dar alojamiento a camioneros que no viajan con grandes fondos.

Si bien el Cártel de Texis no se descubre como uno de los más violentos de Centroamérica, esta es su ciudad de control por excelencia, su base de operaciones, y también la que ha sido testigo de que este tipo de negocios inevitablemente siembran corrupción y violencia a su paso. Eso consignan los tres informes.

Todos los informes y todos los informantes hicieron énfasis una y otra vez en que la subdelegación policial de esta ciudad pertenece a Chepe Diablo.

En una ocasión, mientras tomábamos un café, le pedimos a El Comisionado que nos contactara con algún agente de su confianza dentro de esta subdelegación. Cuando nos volvimos a reunir, luego de la semana que nos pidió para buscar un perfil como el que le pedimos, su respuesta fue contundente.

—No puedo recomendarles a ninguno.

La violencia, por otra parte, demuestra que el trabajo de funcionario municipal puede ser muy riesgoso en este municipio.

El 1 de diciembre de 2007, Bertín Valle Marín, síndico de la Alcaldía de Metapán, murió de un disparo en la cabeza. La información publicada en los periódicos, basada en lo que dijeron los policías del lugar, resume su asesinato así: dos hombres borrachos se agarraron a tiros en medio de un jaripeo de un cantón sin nombre de Metapán, y Bertín recibió una bala que no iba para él. Pero el Informe Secreto agrega algo que no apareció publicado en las noticias de esos días: dice que durante la investigación del asesinato, el actual alcalde, Juan Umaña, se empeñó en desvirtuar la hipótesis de que se trataba de rencillas entre narcotraficantes.

Ocho meses después, el 4 de agosto de 2008, el síndico que ocupó el puesto dejado por Bertín, fue secuestrado a plena luz del día y en su propio carro, luego fue llevado a un predio de un caserío de Metapán, donde le dispararon 13 veces. Israel Peraza Díaz también era pecenista.

Dos muertos a plomo en menos de un año. Dos síndicos. Y en realidad no eran las únicas víctimas de violencia vinculables a la estructura de Chepe Diablo o a las de sus socios. Tres semanas antes del secuestro y asesinato del síndico, el amigo de Chepe Diablo y alcalde de Metapán, Juan Umaña Samayoa, fue atacado a balazos en una zona muy peligrosa de su municipio. Eran las 8 de la noche cuando iba con tres de sus guardaespaldas en una calle oscura del cantón San Jerónimo. El tiroteo fue de tres contra dos. De tres guardaespaldas que se enfrentaron a dos atacantes resultó muerto uno de los hombres del alcalde. Este transitaba en un camino conocido como “punto ciego”, en San Jerónimo, uno de los lugares clave para la ruta controlada por este cártel.

Y eso no era todo. Dos años antes, el antecesor del alcalde Juan Umaña no había logrado sobrevivir a un atentado. El 4 de julio de 2006, Gumercindo Landaverde, amigo de Chepe Diablo y vinculado en los informes al Cártel de Texis, fue atacado por dos mujeres y un hombre que actuaron como sicarios. Esto ocurrió en la ciudad de Santa Ana y según los tres informes y El Detective, las dos mujeres eran pandilleras que pertenecían a una red de sicariato.

Cuando en una conversación preguntamos a El Detective por este asesinato, no dudó en responder que creía que había sido el mismo Chepe Diablo quien había ordenado su muerte debido a rencillas sobre la manera de manejar los traslados de cocaína. Días después, nos entregó otro anexo de Inteligencia Policial, donde se apuntaba el caso.

En el anexo, un informante declaró que el ex alcalde de Metapán, Gumercindo Landaverde, fue asesinado tres días después de terminar su periodo por órdenes de la estructura de Chepe Diablo y El Burro. El informante dijo que el alcalde habría proporcionado información de transacciones de drogas a un oficial de la Policía, que la estructura se dio cuenta y decidió ejecutarlo.

—El señor Gumercindo tenía conocimiento de planificaciones de la estructura, de embarques de drogas en la zona de Metapán, las cuales provenían de Guatemala -agrega el texto oficial.

El Primero y el Segundo Informe ya ubicaban al fallecido como uno de los miembros de la estructura. Gumercindo Landaverde fue alcalde por Arena durante dos períodos consecutivos, y ya era investigado por la Fiscalía por enriquecimiento ilícito en 2005. La Sección de Probidad de la Corte Suprema de Justicia detectó que en un año este alcalde incrementó en 500,000 dólares su patrimonio, y esto fue punta de lanza para que la Fiscalía abriera un expediente.

El Burro está siendo investigado por el homicidio de Abel Padilla. Uno de los anexos del Segundo Informe dice que el 14 de agosto de 2008, El Burro “ordeno el asesinato del señor, Abel Padilla”. Los investigadores explican en el documento que Abel Padilla perdió dos kilos de cocaína y que nunca canceló al Burro el dinero que valía esa cantidad de droga.

Unos baleados, otros secuestrados y asesinados, y otro de ellos preso. El récord de los funcionarios de Metapán augura trágicos destinos para sus cargos más altos.

El 25 de marzo de 2009, la División Antinarcóticos de la PNC arrestó a Amadeo Figueroa Morales, quien había sido elegido el 18 de enero de 2009 para integrar el concejo municipal de Metapán, representando al PCN y acompañando al alcalde Juan Umaña. El operativo de captura fue realizado en la colonia Jardines de Metapán. Junto al concejal también fue arrestada su esposa, Sonia Haydeé Mira de Figueroa. Ella es parte del núcleo cercano del alcalde de Metapán. Su hermana está casada con el hijo del alcalde, Wilfredo Guerra. En la casa de Amadeo y Sonia les decomisaron 2.42 kilogramos de cocaína, valorados por la Policía en 71,000 dólares. A Figueroa lo acusaron de tener tres años de dedicarse al comercio de drogas, y fue condenado a 12 años de prisión el 28 de octubre de 2009.

Jueces regionales, concejales, alcaldes y pandilleros, todos forman parte de esta red compleja según los informes y los informantes consultados. Y, como eslabón último de la cadena, las hormigas necesarias para hacer de este paso de la cocaína por El Caminito una ruta efectiva: algunos policías de la subdelegación de Metapán.

La corrupción, como bien lo saben los altos cargos policiales con los que hablamos, es una regla asumida entre los agentes de esta zona. Se refieren a esa corrupción baja, normalizada, la misma que tiene un policía que acepta mordida para dejar ir a un infractor de tránsito.

—A la mayoría, los contrabandistas que llevan ganado o mercancía sin declarar les dan 10 o 20 dólares porque los dejen pasar o no los revisen, eso así funciona –nos dijo en una de las conversaciones El Comisionado.

Esos son la mayoría, la base con la que opera la minoría, los que sí trabajan orgánicamente con el Cártel de Texis. Estos otros policías de la ciudad, identificados con nombre y apellido por los tres informes y los tres informantes, son señalados como encargados de librar de retenes el paso de los grandes cargamentos, e incluso de transportar ellos mismos la cocaína hacia los puntos de intercambio con los guatemaltecos.

Es de noche en Metapán, y salimos de un bar cuando pasa frente a nosotros, con lentitud, un pick up Nissan Frontier negro. Los hombres que van dentro nos observan con detenimiento y luego aceleran la marcha. Todo parecería normal si los hombres en ese carro sin identificación no fueran policías. Todo parecería normal si antes no hubiéramos conversado con nuestro informante que salió de la subdelegación.

Gracias a una serie de coincidencias, un policía radicado por ahora en otra zona del país, que prestó servicio recientemente en Metapán, comentó ante un reportero de este medio algo relativo a Chepe Diablo. Nadie había preguntado nada al policía sobre el tema. El colega, conocedor de nuestra investigación, se acercó a él, hablaron largamente, y él aceptó recibirnos con la condición de que no reveláramos su nombre ni su ubicación.

Una tarde calurosa, hace unos días, nos sentamos con el policía que, ante nuestra sorpresa, nos recitó los nombres de sus compañeros que aparecen mencionados en los informes que este agente nunca leyó. El policía se explayó en detalles.

—Mire, esto está bien organizado en Metapán, que es de lo que le puedo hablar, pero también uno de policía se entera de dónde viene esto. Desde arriba. Venía desde los comisionados de la zona, que generaban el encubrimiento del tráfico de armas, droga y ganado. Ahí estaba la comisionada Corina Palma, que permitía todo esto.

Empezó fuerte. Según este agente, todos los policías que han trabajado en Occidente saben cómo se mueven los hilos de la zona. En febrero del año pasado hubo muchos movimientos dentro de las jefaturas de occidente, uno de esos fue el de la comisionada Zoila Corina Palma, de 54 años, que ahora desempeña un cargo administrativo, cerca de papeles y lejos del terreno. Desde el 17 de febrero de 2010 es jefa de la Secretaría General de la PNC. Antes fungió como jefa regional de occidente. A ella no solo la menciona el policía que trabajó bajo sus órdenes, sino también un anexo a los informes policiales que asegura que despejaba rutas, recibía “grandes sumas de dinero” y proporciona información a la estructura de El Burro.

Muchas voces dentro de la institución aseguran que este es el mecanismo con el que la PNC se defiende de sus altos cargos sospechosos de corrupción. A falta de una Inspectoría fuerte y vinculante, por falta de voluntades políticas, optan por remover a las manzanas podridas de donde más daño causan. Esa, según nos informaron altos cargos policiales, fue la estrategia que utilizaron con la comisionada Palma y el subinspector José Alfonso Mata Portillo, el que es acusado por sus compañeros de haber ayudado a Medio Millón a escapar del cerco policial que le tendieron en Nueva Concepción. En la jefatura policial parece haber una filosofía clara: si no puedes deshacerte de los que sospechas, mantenlos cerca, para saber qué hacen.

—¿Quién es el encargado de la logística del traslado de la cocaína en la subdelegación de Metapán? —preguntamos a nuestro informante.

Sin dudar, mencionó un nombre que aparece en el Informe Secreto.

—El cabo Cástulo Enrique Morán Jiménez. Ese tipo se ha quedado encargado de estar apoyando la red en Texistepeque, Metapán, San Antonio Masahuat y Santa Rosa Guachipilín.

Agregó a la lista de nombres el de la alcaldesa de San Antonio Pajonal, Silvia Echeverría, en calidad de “aliada”.

—La red así opera, hay gente grande arriba que no más sepan de esta publicación nada les cuesta dar una orden.

Cada conversación con un informante agrega nombres a la lista. La red es grande, compleja, enraizada en el occidente del país. En este texto solo se han mencionado los nombres de quienes al menos dos fuentes de información que no pudieron haberse coordinado mencionaron. En el caso de la alcaldesa del partido Arena en el fronterizo San Antonio Pajonal, El Detective había mencionado su nombre antes de que conversáramos con el policía. Una alcaldesa de un pueblito fronterizo no transporta cocaína, necesariamente. Su función, nos dijo el policía, se reduce a saber y dejar hacer, a extender permisos de entrada y salida de mercancías al país, a facilitar bodegas y dar información. Otros, como el cabo Cástulo, son señalados en el Informe Secreto como operadores directos en el traslado de la droga.

A la pregunta de quiénes son los hombres de confianza de Chepe Diablo y dónde operan, el Informe Secreto respondió. “Se tiene conocimiento de algunos colaboradores, como Bernardo Antonio Cruz Baños y Cástulo Enrique Morán Jiménez, de la subdelegación de Metapán, colaboradores del alcalde”.

Ninguno de los jefes policiales con los que conversamos negó que estos agentes participaran en la red. Por el contrario, uno de ellos validó la información.

—Ahí operan los narcotraficantes en la zona del Valle de Los Quijada, San Jerónimo… Y no crean que la pasan los señores traficantes en sus vehículos de último modelo. ¡La pasa la Policía! Si hubiera una investigación sabrían que los alcaldes le han conseguido vehículos sin logo de la Policía a las diferentes subdelegaciones. La de Metapán y el puesto de San Jerónimo tienen vehículos sin logo, son pick ups Frontier negros y polarizados. Cambian droga por ganado, traen ganado de Guatemala a veces y van a entregar la droga en esos carros.

Según este policía, los pick ups regalados por la municipalidad, como el que vimos pasar frente a nosotros, sin logo alguno, son perfectos para operar. Sirven para no ser tan identificables como miembros de la institución. Continuó explicando que algunos policías, coordinados por Baños y Morán, ubican retenes vehiculares en las vías que vienen de puntos ciegos de la frontera con Guatemala, como El Valle de los Quijada o San Jerónimo. Lo hacen cuando sus compañeros van a entregar la droga del Cártel de Texis a los guatemaltecos, que muchas veces les pagan con “dos o tres camionadas de ganado”. Los retenes son ubicados para garantizar que nadie se interponga en el camino de la droga que va y el pago en reses que vuelve. Y, claro, como dijo nuestro informante, para “hacer la paja de que vigilan”. Todos los señalados como líderes del Cártel de Texis son asiduos a jaripeos y ranchos ganaderos. Roberto “El Burro” Herrera incluso fue presidente de la Feria Ganadera de Santa Ana.

—Si un agente llega a decomisar una camionada de esos animales, inmediatamente le buscan la baja, el traslado o le buscan otro problema para que no vuelva a intervenir –explicó el policía.
—¿Y cómo reclutan a la gente?—No es que anden ofreciendo trabajo, sino que es una estrategia política, si quien supervisa te lleva a eso, a que recibas mejor unos 10 o 20 dólares por cada camión que dejes pasar sin las cartas de venta o la guía, porque él sí recibe un buen dinero por mantener así la dinámica. Imagínese que el cabo Cástulo es el supervisor de retenes. Él mismo va a hacer entregas a los puntos ciegos, a entregarla a los chapines.
—¿Y quién les entrega la droga a los policías de Metapán?
—La vienen a dejar en vehículos chatarreros, de los que llevan chatarra, pick ups o camioncitos, y ahí la meten en los Frontier, que son todoterreno, y que sí se pueden meter en los puntos ciegos. Ahí pasan granos, droga, armas y ganado, y lo digo porque yo lo he visto, porque yo he estado ahí.
—¿Y cómo le pagan a estos policías como el cabo Cástulo Morán?
—Les compran casas en otro lugar. Por ejemplo a este cabo Cástulo le han comprado una casa en Chalchuapa, ubicada al norte de la pirámide El Tazumal, y una finquita en la zona de La Magdalena, rumbo a El Coco, así es como esta gente le paga a los que andan de lleno. A los que no saben, les basta con los 10, 15 dólares que les dan los de los camiones.

El sistema de pago a los funcionarios que se prestan como piezas del engranaje del Cártel de Texis es algo que nos confirmaron El Detective y El Comisionado. Esta manera de retribuir a los amigos es también una de las más difíciles de comprobar, ya que rara vez las propiedades se inscriben a nombre del propio cómplice. Se suele utilizar algún pariente.

Fin del viaje

Venimos del núcleo urbano de Metapán. Estamos en otra calle de polvo parecida a la de San Fernando, pero en terreno llano, sin montañas. Nos adentramos en los puntos ciegos que rodean la ciudad. El investigador de la División Especializada de Crimen Organizado que regañó al soldado de San Fernando ve para todos lados. El Detective saca su pistola. Por cada cambio de velocidad, la cacha de su arma recibe una caricia de la palanca. Saben que hay ojos que vigilan estas terracerías, y están nerviosos.

—Aquí agáchense, estamos en terreno peligroso —bromea el investigador, para distender el ambiente.
—Cerca de aquí fue que le dispararon al alcalde de Metapán —agrega, esta vez serio, El Detective.

Estamos pasando por Ostúa, un diminuto caserío que recibe a sus visitantes con una pared que sirve de letrero para quien quiere marcar dominio de la zona. “MS13”, dice la mancha que firma El Demonio. Cada letra es del tamaño de una persona. La pared pertenece a lo que parece la tienda más grande del caserío.

El Sargento con el que hablamos en Santa Rosa Guachipilín nos había hablado de que aquí vive Óscar, El Coyote, uno de los miembros de la red que opera en territorio de Chepe Diablo. Nos mencionó ese nombre para explicarnos cómo la gente que anda en esto gana buen dinero.

—Vean la casa que tiene –nos dijo-, tiene piscina y un bar solo para él.

Es la única referencia que tenemos de este caserío repartido a la orilla de un polvoriento camino por el que transitamos sin meternos en los callejones de tierra a buscar la mansión de Óscar, El Coyote. En el mapa de la droga, Ostúa aparece como uno de esos puntitos por los que hay que pasar antes de llegar a Guatemala sin necesidad de toparse con Migración y Aduanas. En un mapa oficial de El Salvador no aparece como paso fronterizo.

Está oscureciendo, y el camino por el que vamos recibe a otro carro. Va despacio, a la velocidad de una patrulla policial que hace una ronda de vigilancia.

El investigador anota el número de placas del único carro que apareció en el camino que conecta Ostúa con San Jerónimo, otro punto ciego utilizado por el Cártel de Texis. El investigador está atareado pidiendo a la central policial las referencias de la matrícula. Es la primera vez que ocupa su radio en el recorrido que ha durado ocho horas. Dice que los tres hombres que van en ese viejo automóvil son sospechosos.

—Creo que son pandilleros —nos dice, mientras alista una subametralladora que apareció en sus manos instantáneamente.

Estamos a media hora de llegar al punto ciego de San Jerónimo, el último de los puntos clave de El Caminito, donde el Cártel de Texis pasa la estafeta a los narcos de Guatemala, a los del departamento de Jutiapa. El carro con los tres hombres acelera repentinamente, nos deja atrás y sigue con rumbo a San Jerónimo. El Detective no quiere seguirlos, olfatea peligro.

—Vámonos, aquí no es bueno andar de noche —ordena.

Parte V: Epílogo

Domingo 15 de mayo de 2011. A las 7:40 de la noche realizamos la primera llamada. Marcamos el número celular de José Adán Salazar. Envía directamente al buzón de voz, pero no permite dejar mensajes. Marcamos al Hotel Capital, donde tiene su oficina, pero nos contestan que llegará hasta este lunes por la mañana. Desde entonces, marcamos a todos los teléfonos que obtuvimos de los principales mencionados en los informes. Fue imposible comunicarse con el alcalde de Metapán y con otros de los señalados en los documentos y por las otras fuentes. Dos comisionados, un ex director de la Policía y un diputado atendieron sus teléfonos. Todos aseguraron no saber nada de lo que les mencionamos. Dijeron no temerle a una investigación sobre su participación como colaboradores del Cártel de Texis. Estas fueron parte de sus respuestas.

Comisionado Víctor Manuel Rodríguez Peraza, jefe de la Delegación de Santa Ana: “De verdad desconozco de qué me está hablando, porque nunca he conversado con el señor Herrera. Es más, ni siquiera lo conozco. Lo ubico porque sé que estuvo de presidente de la Feria Ganadera, pero en ningún momento he entablado con él una relación de amistad. Jamás he conversado con él en ninguna reunión”, respondió, cuando se le relató el contenido de la investigación. Cuando se le mencionó que eran varios los informes que lo ubicaban como alguien que coopera con El Burro, volvió a negar, y agregó estar dispuesto a ser investigado: “Le repito, no tengo ninguna relación con el señor Herrera, me someto a cualquier tipo de investigación que en cualquier momento quisiera nuestra titular de la Policía ejercer (en clara referencia a Zaira Navas, la inspectora general de la PNC). Nunca he conversado con él. En caso saliera esa información me someto a cualquier tipo de investigación”.

Se le especificó que un informe de inteligencia policial lo ubicaba en un restaurante reunido con El Burro, en referencia a la información de que el 14 de julio de 2010 fue visto en el Lover’s Steak House de Santa Ana junto a la subinspectora Nataly Pérez Rodríguez y la ex gobernadora de Santa Ana, Patricia Costa de Rodríguez, conversando con El Burro sobre la necesidad de sacar de la zona al jefe regional de occidente, el comisionado Mauricio Antonio Arriaza Chicas. Rodríguez Peraza contestó: “Jamás he estado en un restaurante con el señor Herrera que usted menciona”.

Reynaldo Cardoza, diputado del Partido de Conciliación Nacional (PCN) por Chalatenango: su primera reacción al mencionarle que aparecía en los informes y en las declaraciones de los informantes como aliado del Cártel de Texis fue de sorpresa: “¡Qué raro ese volado! Al alcalde de Metapán claro que lo conozco, pero nomás porque es alcalde del partido, pero que yo sepa que anda relacionado en alguna cosa de esas, ni idea. Déjeme decirle que las investigaciones que las hagan, que las hagan correctamente, porque es bien feo que lo estén involucrando en estas cosas, no sé si será tema político y están siguiendo la corriente de lo que está pasando actualmente en el partido, o qué será el interés de sacar esta publicación. ¿Y lleva nombres y apellidos y todo?”, preguntó.

Luego se le mencionó que según la lógica de la información, un diputado como él era importante para el cártel por el nivel de información e influencias que maneja. Volvió a negar: “Por eso, pero donde usted me está diciendo acceso a los altos círculos de información, eso me implica de que como si yo estuviera dando información a estas redes… No entiendo cuál es el involucramiento, tienen que tener alguna evidencia clara para que a mí me estén… y me involucren y me saquen en una publicación de este tipo. De lo contrario, de lo contrario… Si a mí me investigaron por tráfico ilegal de personas, me detuvieron, y el tema se llevó en tribunales, de otra cosa ni sé, ni estoy involucrado dando información a ninguna persona, mucho menos en vínculo con tráfico de drogas y de ganado, me parece sorprendente”.

Aseguró tener algún conocimiento de José Adán Salazar. “¿Es el dueño del FAS?”, preguntó. José Adán Salazar fue propietario del Metapán, equipo de la primera división del fútbol salvadoreño.

Acerca de Roberto “El Burro” Herrera, dijo no conocerlo de nada, y justificó: “Yo, antes de la política, tuve un caballo de escuela, un caballito humilde, yo visité la feria (ganadera) de Santa Ana, yo era amigo de Horacio Ríos (ex diputado del desaparecido Partido de Acción Nacional), de muchos amigos que han andado en eventos de estos de jaripeo, pero que esté en alguna reunión privada con alguna gente de esas es totalmente imposible. Que haya llegado y le haya dado la mano a alguien eso es común de un político”.

Finalmente, hizo un llamado y volvió a negar enfáticamente su vinculación con actividades delictivas: “Para eso están los entes de investigación, que las hagan (las investigaciones), que no me quieran vincular por casos políticos, porque no sé… No se acepta, o que se quiera que por la imagen y el trabajo que he hecho en el departamento quieran comenzar a vincularme con otra cosa, pueda ser diferente. De lo contrario, estoy totalmente dispuesto a que hagan las investigaciones y las sigan haciendo… uno cuando no anda metido en ni mierda nada tiene que temer”.

Comisionado Fritz Gerard Dennery Martínez, jefe de la División Antinarcóticos de la Policía: Los informes de inteligencia policial dicen que el actual jefe de la División Antinarcóticos de la Policía se reunió con Roberto “El Burro” Herrera y otras personas en la Hacienda El Rosario, ubicada sobre la calle que de Metapán conduce hacia Texistepeque. “No me he reunido con ellos”, fue su primera respuesta. Y luego cuestionó: “Si es información de inteligencia, sus fuentes deben ser responsables ante esa información, que saquen pruebas si es que las tienen y que dejen de estar queriendo dañar imágenes de personas que somos trabajadoras. No me causa ninguna importancia esa información”.

A la pregunta de si conoce o guarda amistad con Roberto Herrera respondió: “Yo no soy de Texistepeque, soy de Santa Ana y a quien conozco de vista porque es de Santa Ana es al señor Herrera, verdad, ya de ahí que digan sus fuentes, que saquen la información, algo que a mí no me quita el sueño porque no he tenido ningún tipo de reunión. Lo conozco (a Herrera Hernández) como de seguro lo conoce mucha gente en el departamento de Santa Ana”.

Al jefe de la DAN se le intentó preguntar cuál ha sido el seguimiento o las diligencias de investigación que se han realizado contra José Adán Salazar Umaña, señalado por la inteligencia policial desde el año 2000. “Debería ser en persona su entrevista, ¿cómo sé que es de El Faro la persona que habla? No le voy a seguir contestando porque no sé si es usted o no es. Pida una entrevista y con gusto se la conceda en mi oficina”.

José Luis Tobar Prieto, director de la PNC de septiembre de 2008 a junio de 2009: La Policía lo señala en dos de sus informes como alguien que coordinó operaciones con “El Burro” Herrera, pero el ex director asegura que no conoce ni por el nombre ni por el apodo a la persona que le mencionamos. La conversación fue corta:

“Informes policiales lo vinculan a usted particularmente a Roberto Hernández, alias el Burro, un señor investigado como parte de estructura criminal que opera en el occidente del país”, le dijimos. “Primero que nada”, respondió”, “no conozco a ese señor que está mencionando. Segundo, que tienen que ser muy cuidadosos en el sentido de vincular a una persona, particularmente a mí, con una persona que no conozco”.

“¿No le suena nada el nombre de Roberto Antonio Hernández, El Burro, o José Adán Salazar?”, insistimos. “Por eso les digo”, siguió, “ustedes tienen que ser cuidadosos. Primero, no conozco a la persona, ni por el nombre ni por el apodo que me está dando; y, segundo, porque puedo tomar mis acciones legales”, contestó.

Mi otro yo, el malo

Publicado: 1 octubre 2010 en José Adan Silva
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“Podía haberle ocurrido a Juan Pérez, a Luis González o a Claudio Rodríguez. A cualquiera, menos a mí. ¿Por qué, Dios todopoderoso, por qué? Si yo estaba bien conmigo mismo. Me gustaba mucho mi nombre y siempre agradecí no llamarme Tyson, Michael, George o cualquier otro nombre de allá. No es porque don Justo Pastor Cruz Coronado se haya puesto de acuerdo con doña Gregoria García Ortega para engendrarme y regalarme el bonito Víctor Manuel al que tanto me acostumbré. ‘Víctor Manuel’, me llamaban y yo respondía: ‘¿cómo está usted paisano?’, ‘¿cómo le va señora?’, ‘¿qué me dice el patojito?’, ‘¿qué tal la cosa compadre?’. Oír mi nombre ha sido cosa tan común en mi vida como respirar. Y eso que he logrado identificar muchas cosas cuando me dicen mi nombre. Mi mujer me dice ‘Víc–tor Manuel’, casi deletreado, y yo sé que está enojada aunque no le vea la cara. Me recuerda cuando en la escuela la profesora decía mi nombre completo, al revés, para darme la regañada: ‘Cruz García Víctor Manuel’, y ya sabía yo que la tarea no había sido correcta. Mis hijos me dicen ‘papá Víctor, papá Víctor’, y entonces sé que tienen problemas, porque no es el mismo ‘papi Víctor’ mimoso y cantadito que oigo cuando quieren más de la mesada semanal. Mis amigos me dicen ‘Víctor, vamos por una cerveza’, y sé que no ocurre nada, pero ya cuando me dicen ‘Víctor Manuel’, a secas, sé que hay problemas. He logrado comprender muchas cosas de la vida por medio de mi nombre, de la forma en que me lo dicen y cuándo me lo dicen, pero en aquellos días oía mi nombre y apenas lo reconocía, sólo veía los rostros secos y las bocas que lo mencionaban mal y yo trataba de descifrar en esas caras adustas si el Víctor Manuel que citaban eran un Víctor Manuel condenado a prisión o un Víctor Manuel regresado a la libertad”.

Estados Unidos ha sido su principal proveedor y Centroamérica su mercado. Allá hay abundancia de repuestos, no piden muchos papeles y, por supuesto, los carros usados son más baratos que en El Salvador, Guatemala o Nicaragua. Así que decidió ir allá a traer las piezas y los carros viejos, armarlos en Guatemala y darles venta en toda la región.

Aunque parezca irónico, le empezó a ir mal en la vida cuando le comenzó a ir bien en el negocio. Primero, sus pocos amigos mecánicos que al inicio casi le ayudaban de gratis, empezaron a cobrarle más cuando vieron que el negocio ya daba sus frutos. Luego, cuando el taller creció, llegaron los del ayuntamiento a exigirle tributo, y después empezaron a llegarle rateros, pedigüeños y demás lacras que le hicieron la vida de cuadritos con aquello de que “si le traigo un carro robado, cuánto me da” o “si usted quiere que yo le brinde protección tiene que pagar un impuestito” o el clásico “oiga, amigo, ¿tiene un trabajo para mí?”. Y, con el trabajo, crecían también las necesidades de ordenarlo, porque había que llevar los libros de contabilidad y demás papeles al día.

Por ahí apareció la mala suerte cuando un mal día de 1999 contrató a un Judas llamado Carlos Aguilar Álvarez, Carlitos, quien años más tarde habría de venderlo con todo y documentos de identidad.

***

La desgracia de Víctor Manuel Cruz García inició en julio de 2004, cuando se enteró de que su ex trabajador había llegado a la alcaldía La Gomera, en el departamento de Escuintla, Guatemala, para indagar en el Registro Civil de las Personas. Quería los datos personales del que fuera su patrón. “Oiga, compadre, hace pocos días vino Carlitos a ver sus datos en los libros”, le comentó con alarma William Vega, el secretario de los libros. Víctor Manuel iba ocasionalmente a las oficinas municipales a pedir oficios legales para la venta y compra de los vehículos usados.

“No le creo, ¿por qué querría Carlitos mis datos si hace ya rato que no trabaja conmigo?”, replicó asombrado Víctor Manuel, quien dos años atrás lo había despedido porque le causó desconfianza, ya que de pronto empezó a rodearse de amigos extraños que tenían mucho dinero y los rumores del pueblo decían que andaba en cosas gruesas. “Vaya usted a saber, don Víctor, usted está al tanto de que los libros son públicos”, le respondió Vega.

El asunto pronto pasó al olvido, hasta que en abril de 2006, unos días antes de que Víctor Manuel saliera de viaje a Costa Rica a ver una Ford Ranger que le llamaba la atención, se le apareció el mismísimo Carlitos. Ya para entonces era otra persona: se ufanaba de mucha plata, gastaba a manos llenas en bares caros y se rodeaba de putas jóvenes de la Zona Rosa. A veces se perdía por semanas, meses, y luego regresaba cada vez más rico y sospechoso. Cambiaba de autos modernos con frecuencia y sus celulares de última tecnología nunca dejaban de repicar, aun en horas inverosímiles, como las seis de la mañana de un domingo cualquiera, como aquel primer domingo de abril cuando se presentó en el taller de su otrora patrón para preguntarle muy cordial, muy amigo, si seguía metido en el negocio de la compra y venta de autos de segunda. “Claro, de eso vivo”, le respondió Víctor Manuel, y Carlitos, siempre sonriendo, le ofreció otro trabajo: “Quiero que vaya a Panamá a traer una camionada de cosas para Guatemala, y aquí le pagamos mucho pisto. Yo le doy el boleto de ida y allá lo veo”.

A Víctor Manuel no le gustó la oferta y además no confiaba en un tipo al que había despedido porque le extraviaba las facturas, le perdía los documentos de pago y hurgaba entre sus papeles personales. Por eso, en aquel momento, pensó rápido: “¿Qué haría yo con un boleto sólo de ida a Panamá? ¿Y si estando allá no llega este carajo? ¿Qué camionada de cosas será?”. Sin dudarlo dijo que no, pero cometió el peor error de su vida: a modo de excusa, le contó sus verdaderos planes.

Víctor Manuel le confesó a Carlitos que ya tenía prevista una visita a Costa Rica el 8 de abril, que llegaría a Nicaragua el 7 y que no podía ir a Panamá porque el 10 debía estar de regreso en Guatemala para vender una Nissan Frontier. Carlos se le quedó viendo y le preguntó si le hacía un favor: “¿Podrías llevar a Nicaragua a un hermano mío? Él va a traer el camión de Panamá, ya que tú no puedes. Cuando estés en Managua yo te llamo”. Para salir de él, le dijo que no había problema, que con gusto le haría ese favor.

A los pocos días se le apareció un muchacho diciendo que ya estaba listo para viajar a Nicaragua. Al comerciante le dio mala espina viajar solo con un enviado de su sospechoso ex trabajador. Pensaba: “¿Por qué no le dio el boleto a Panamá a su hermano? ¿Y este hermano de Carlos de dónde salió si yo conozco a su familia en La Gomera y a este patojo nunca lo había visto?”. En medio de las dudas y antes de salir de la frontera guatemalteca, Víctor Manuel llamó a José Chavarría Mijangos y a Carlos Ponciano, unos amigos guatemaltecos que trabajaban en El Salvador, para pedirles que lo acompañaran a Costa Rica a traer el vehículo. No le dijo nada a su silencioso acólito y, tras confirmar la compañía de sus cuates salvadoreños, partió hacia Nicaragua el 7 de abril de 2006 a las cuatro de la mañana.

Durante el viaje, Víctor Manuel logró sacarle algunas cosas a su acompañante: decía llamarse Julio, aseguraba ser guatemalteco pero hablaba con un tono distinto al de sus compatriotas chapines y se veía muy nervioso en los retenes migratorios. Antes de llegar a San Salvador, Julio le preguntó a Víctor Manuel si iba armado. Víctor le dijo que no, y luego el hombre le pidió que lo dejara en un lugar de la carretera conocido como Lourdes, entrada a Acajutla. Dizque iba a visitar a unos amigos y que después llegaría por su propia cuenta a Managua.

Antes de bajar, se le quedó viendo a Víctor con condescendencia y le dijo serenamente: “Usted que es negociante debería caminar armado. La plata en la bolsa del hombre es el peor enemigo que existe, don Víctor Manuel”. Al guatemalteco le dio escalofrío aquel consejo y, en cuanto dejó al enviado de Carlitos, llamó a sus amigos para verlos en San Salvador. Así se hizo acompañar de Carlos Ponciano y José Chavarría, con quienes se fue al día siguiente a Managua, en la camioneta Nissan Frontier que ya había ofrecido en venta en Guatemala.

La tarde del viernes 7 de abril, mientras los tres guatemaltecos cenaban en un restaurante a orillas de la carretera a Estelí, un departamento al norte de Nicaragua y cercano al puesto fronterizo con Honduras, el celular de Víctor Manuel sonó y en su pantalla apareció un código de llamada restringida. Vaya sorpresa: era nada más y nada menos que Carlitos, diciéndole que necesitaba hablar urgentemente con él, esa misma noche, que si se podían ver en el mall de Metrocentro, en Managua.

“Claro que sí, pero decime qué pasa, vos”, lo interrogó Víctor, a lo que Carlitos le respondió relajado: “Víctor Manuel, nada pasa compadre, le tengo un negocio bonito en Managua que le va a interesar”.

Otra vez el escalofrío: sus amigos lo llamaban “Víctor” cuando la cosa era asunto de cuates, pero ya cuando decían “Víctor Manuel” era porque algo no andaba bien. Se armó de valor para enfrentar lo malo que podría haber tras aquel “Víctor Manuel”, y quedó de verse con Carlitos a las nueve de la noche en el sitio acordado.

Tomó un taxi y llegó puntual a la cita. No quiso manejar porque venía agotado de conducir toda la madrugada, así que dejó la Nissan estacionada en el patio del hotel de paso Ahualcas, sobre la Carretera Norte de Managua. Buscó a Carlos y no lo encontró, así que se entretuvo viendo los vehículos nuevos que se exhibían en una sala de la planta baja del centro comercial, que a esa hora ya estaba casi vacío. Mientras veía al interior de una pick up, sintió que alguien le ponía un cañón en las costillas: “Si te movés, te mato, Víctor Manuel”, le dijo una voz desconocida, y cuando el guatemalteco quiso ver el rostro del bromista, porque pensó que era una jugarreta, recibió un golpe en el estómago que lo tiró al piso. De nuevo el escalofrío recorrió su espina dorsal al identificar que el “Víctor Manuel” con que lo habían amenazado no lo había escuchado en toda su vida, ni en sus peores problemas. Tirado en el suelo, vio que cinco hombres vestidos de uniforme policial oscuro, armados y con pasamontañas lo estaban rodeando y poniéndole las esposas, mientras le decían que no hablara, que agachara la cabeza. Luego sólo sintió que lo empujaban contra el piso de un vehículo que arrancó raudo hacia la peor pesadilla de su vida.

***

Cuando se vio vestido de overol naranja, entrando atado de manos y pies a aquella celda pequeña y silenciosa, empujado por guardias que hablaban en inglés, Víctor Manuel se sintió derrotado como nunca antes en sus 46 años de existencia. En menos de 72 horas su vida era otra. Un torbellino de voces, caras y eventos sin sentido lo habían metido en una vorágine de locura, y apenas en ese momento, ya sentado sin cadenas ni esposas en la cama de la celda 30, podía discernir que su vida se le había escapado de las manos. Había caído en poder de la gente extraña que lo detuvo, lo golpeó, lo acusó, lo montó en un avión, lo llevó a Estados Unidos y lo metió en una cárcel. Todo por llamarse Víctor Manuel Cruz García.

A las pocas horas de estar ahí, ya extrañamente lleno de sosiego, repasó los turbulentos episodios de su recién pasado viaje, tratando de explicarse en qué había fallado. El 7 de abril le había dado un aventón al amigo de Carlitos, Julio, luego recogió a sus amigos Carlos Ponciano y José Chavarría, llegó a Nicaragua y recibió la llamada en Estelí, se fue a ver a Carlitos al Metrocentro. Ahí lo capturaron los oficiales antinarcóticos de Nicaragua para llevarlo a la Dirección de Auxilio Judicial, donde le quitaron la ropa y le pusieron un traje azul. Luego lo metieron en una celda y le dijeron que lo habían detenido por tráfico de drogas y que la justicia internacional lo buscaba.

Recuerda que al amanecer del sábado 8 de abril fue montado en un vehículo particular de vidrios oscuros y llevado a una oficina en un hangar del Aeropuerto Internacional de Managua, donde oficiales antinarcóticos con pasamontañas lo enfrentaron a unos hombres con apariencia de gringos, de gafas y trajes oscuros, que hablaban spanglish. Los tipos únicamente se identificaron como agentes de la Drug Enforcement Administration (DEA). Los vio firmar unos papeles y luego un oficial de la Policía lo entregó a los cheles, quienes le ataron pies y manos con cadenas. Se vio subir las escalinatas de un avión que estaba con los motores encendidos en la pista del aeropuerto y lo único que exclamó, antes de ver la ciudad desaparecer velozmente bajo sus pies, fue: “Dios mío, voy a Guantánamo”.

Más tarde se vio bajando del avión y subiéndose a una patrulla policial que lo llevó esposado a una enorme prisión donde dos guardias lo esperaban en una oficina. Le dieron una ropa color naranja talla extragrande, le dijeron cosas en inglés, le hicieron firmar unos papeles que él no pudo rubricar porque estaba aterrado y luego se vio caminando por unos pasillos bien limpios con celdas a cada lado, arriba y abajo, voces en inglés y guardias que lo llevaban jalado de las cadenas que no le quitaron hasta que entraron en una celda fría, al final de un largo pasillo metálico, separado del edificio principal por una enorme puerta de acero con acceso de llaves electrónicas.

***

Su captura no fue un asunto de mucha claridad legal. A Víctor Manuel lo atraparon y entregaron a la DEA en un procedimiento lleno de irregularidades y violaciones a sus derechos, según denunció en su momento el periódico El Nuevo Diario de Nicaragua. El rotativo investigó que la Dirección de Auxilio Judicial (DAJ), agencia legal de la Policía Nacional de Nicaragua, capturó el 7 de abril a los guatemaltecos Víctor Cruz García, José Chavarría Mijangos y Carlos Ponciano. A estos dos los puso en libertad al día siguiente, pero Cruz García no fue remitido a los tribunales, como manda la ley, sino que desapareció junto con su Nissan Frontier. La esposa del guatemalteco, Zoila Batres Valenzuela, llegó a Managua a investigar la suerte de su esposo y supo, por medio de los dos amigos, que Víctor Manuel había sido detenido por la Policía. La versión policial fue lacónica: nunca había sido capturado nadie con ese nombre, nunca lo habían visto.

La insistencia de los periodistas y la presión judicial llevaron a la policía a reconocer que había sido trasladado a Estados Unidos en un avión de la DEA, por estar vinculado al crimen organizado y a una red de narcotraficantes a la que supuestamente pertenecía el colombiano Luis Ángel González Largo. Este último había sido capturado cuando transportaba escondido en su camioneta un botín de más de un millón de dólares (que en el conteo oficial quedó reducido a 609 mil dólares), bajo custodia de la Corte Suprema de Justicia. González Largo estuvo varios meses detenido en Managua y fue entregado a la DEA en abril de 2006, en medio de un escándalo de corrupción, cuando se descubrió que la plata custodiada había desaparecido de las cuentas del Tribunal Judicial sin que a la fecha se sepa dónde fue a parar.

Posterior a la entrega del colombiano, los comisionados mayores de la policía, Clarence Silva, entonces jefe Antidrogas, y Alonso Sevilla, vocero de la institución, dijeron que habían deportado a Cruz García por estar ilegal en Nicaragua; que la DEA lo había arrestado en la zona internacional del Aeropuerto de Managua por estar vinculado a un cartel colombiano; que usaba identidad guatemalteca falsa pero en realidad era colombiano y estaba ligado al tráfico de armas, drogas e indocumentados.

Según el reporte de Inteligencia, su alias era El Flaco, de 46 años de edad, complexión delgada, pelo lacio negro, ojillos negros y tez morena, de andar pausado y modales tímidos. Que tenía su sede de operaciones en La Gomera, en el departamento de Escuintla, Guatemala, y que se identificaba con cédula falsa A–120997.

“¿Cuál caso criminal? ¿Qué asunto de drogas? ¿Cuál colombiano? Yo soy Víctor Manuel Cruz González, de oficio comerciante y originario de La Gomera, Escuintla, hijo de Justo Pastor Cruz Coronado y Gregoria García Ortega y padre de tres hijos…”. Y justo en este punto se echó a llorar como lloran los que han guardado durante muchos días las penas de duelos y martirios: agarrándose la cabeza entre las manos, posando las manos abiertas sobre los ojos para después desplomarse hacia delante entre golpes de convulsión en el pecho. No pudo seguir hablando y lo único que hizo el abogado de oficio, David W. Bos, fue darle una palmadita en el hombro y decirle por medio de un traductor: “Tranquilo hombre, la cárcel no lo matará”.

Víctor Manuel se le quedó viendo incrédulo y del llanto triste pasó al grito de rabia: “¿Cómo que esté tranquilo? Estoy aquí metido en una hija de puta celda de alta seguridad, rodeado de condenados a cadena perpetua, señalado de ser un narcotraficante colombiano de mierda y enfrentando un juicio por jodidas drogas que nunca he visto ¿y aún así quiere que esté tranquilo? ¡Cualquiera me puede matar! ¿Entiende eso?”. Su defensor se le quedó viendo compasivo, se despidió y le prometió regresar a la mañana siguiente. Él se quedó solo, frente al cubículo donde había hablado con su abogado, y fue regresado por los custodios a su celda, donde se quedaría pensando sobre su vida.

Apenas se acostumbraba a su nueva situación de reo, pero al menos ya tenía cuatro personas con quienes hablar español: el traductor de su abogado de oficio, la religiosa española que hacía oficios de asistencia humanitaria en la penitenciaría, un guardia boliviano y un ilustrado reo colombiano que hablaba con fruición de Simón Bolivar.

Con el que menos gozaba hablar era con su traductor, de quien ni siquiera quiso aprenderse el nombre. Daniel Quispe, el guardia de origen boliviano, lo entretenía con sus revelaciones: “¿Ves aquel negro que viene allá?, anda feliz porque hoy el juez le rebajó una cadena perpetua, ya sólo le quedan dos”. La madre María, una monja de la Orden de las Carmelitas, era quien le daba fortaleza por medio de la palabra de Dios y se encargaba de buscarle contacto con su familia en Guatemala.

Pero su sustento ideológico fue su amigo colombiano, quien le abrió el camino a un mundo que el vendecarros de Guatemala no conocía: la literatura. Le dio a leer biografías de Simón Bolívar, Alejandro Magno, Nelson Mandela, novelas como Guerra y paz, Crimen y castigo, obras de García Márquez y otras cosas que la memoria de Víctor Manuel no retuvo en aquellos días de barrotes.

Y si la vida en la celda 30 del primer nivel había sido muy aburrida, el cambio a la celda 6 del segundo nivel le sentó bien. Se hizo amigo del vecino de la celda 2, el colombiano ilustrado que, mientras pasaban las horas libres en la cancha de básquetbol, le preguntaba si había oído hablar de la guerra de Colombia. Pero Víctor Manuel no sabía que su nuevo amigo era todo un personaje. Un día, mientras conversaba con el guardia boliviano, se enteró de que quien le metía la idea de reclamar por sus derechos era el famoso cerebro financiero de las Fuerzas Revolucionarias de Colombia (FARC), Ricardo Juvenal Ovidio Palmera, mejor conocido por el seudónimo de Simón Trinidad. Del recuerdo de aquella inesperada amistad, el guatemalteco guarda una carta manuscrita donde Trinidad le expresa sus mejores deseos: “Te has sabido comportar con dignidad, fortaleza y valor. Para expresarlo con tus palabras: Dios te ha puesto a prueba y con creces has superado todos los obstáculos, has ganado más en tu fe y eres mejor cristiano. Ya te faltan menos días, tómalo con calma y acepta la realidad de la lenta burocracia gringa que así como fue ágil para cometer contigo una inmensa injusticia, es lenta para resarcir su gravísimo y grande error”.

Cuando Víctor le exigió a su despreocupado abogado que le explicara qué pasaba con su caso, la verdad se le estrelló en la cara con tanta fuerza que cree que en su vida no ha sentido calor más grande de rabia en el rostro como el de esa bofetada de confesión.

David W. Bos le dijo que estaba recluido en el Departamento Correccional del Distrito de Columbia, Washington, bajo acusación de conspiración, transformación y distribución de más de cinco kilogramos de cocaína en Estados Unidos. Le dijo sin prisa y con tranquilidad que su caso estaba archivado en el expediente criminal número 05–451, que su acusador era el Estado mismo, Estados Unidos, y que había sido detenido por una orden federal de arresto dictada por el magistrado judicial John M. Facciola, de la Corte del Distrito de Columbia. Mascando goma, Bos le dijo, además, que su caso estaba ligado a la captura de Luis Ángel González Largo y de René Oswald Cobart, ambos presos también en Estados Unidos por narcotráfico.

Víctor Manuel no podía creer que lo vincularan a Cobart, un conocido millonario en Guatemala del que se hacían oscuros comentarios sobre el origen de su fortuna y al que se le achacaban propiedades y riquezas que él, simple vendedor de carros, nunca había imaginado.

Sin dejar de mascar goma, Bos le explicó que la conspiración contra él, Víctor Manuel, había comenzado en 2004, cuando un agente encubierto de la DEA había participado en Las Vegas, Nevada, en una reunión con Cobart y un presunto narco colombiano conocido como El Flaco, residente en Guatemala y con documentos que lo identificaban como Víctor Manuel Cruz García, de oficio comerciante y originario de Escuintla. Allí pactaron la compra de 400 kilos de coca que serían entregados en Panamá para ser llevados a Estados Unidos. Desde esa fecha se abrió el caso en Estados Unidos y Cobart fue detenido en suelo estadounidense por la DEA.

A El Flaco, el otro Víctor Manuel, lo empezaron a buscar en Centroamérica y a González Largo le siguieron la pista porque supuestamente sería el encargado de pagar la droga. Víctor enfrentaba ahora una acusación que de ser comprobada lo mandaría entre 30 y 50 años a prisión.

Víctor Manuel se presentó a audiencia inicial en la Corte el Distrito el 10 de abril, el 14 del mismo mes, el 5 de junio y el 19 de julio, cuando por fin pudo conocer a González Largo y Cobart. Ambos, en un momento en que los dejaron solos durante un receso, le preguntaron si él era en realidad El Flaco. Víctor les dijo que no. Luego le comentaron que atestiguarían con la verdad y no lo implicarían en lo que no estaba metido.

Pese a que en las audiencias y en las conversaciones con los abogados siempre tuvo un intérprete a su lado, Víctor Manuel asegura que no recuerda los argumentos legales que se usaron a su favor para librarlo de las acusaciones, pero sí la infinidad de chequeos médicos e inspecciones que le realizaron en el rostro, en busca de cicatrices y huellas de cirugías faciales. “Me revisaron hasta la lengua y el pelo”, cuenta el guatemalteco.

Un día su abogado de oficio le explicó que alguien que había conocido a El Flaco en Nevada, aseguró ante los investigadores que Víctor Manuel no era el narco que había visto en Las Vegas. El 19 de julio su abogado lo visitó en la cárcel y le dijo: “Tú no eres”. Y él, hastiado de decir que era Víctor Manuel, pero no el que se había hecho pasar por él para meter drogas a Estados Unidos, le respondió con dureza: “Yo sé que no soy ése”. Su abogado le explicó: “El tipo que andan buscando es más bajo que tú, tiene cicatrices aquí, es más blanco y yo estoy seguro que tú no eres, así que podrás salir de aquí el 8 de septiembre”.

Sin embargo, el 18 de septiembre nuevamente llegó Bos mascando goma para plantearle una propuesta: “Si te declaras culpable, el fiscal asegura que sólo te clavan un par de meses aquí y luego te marchas, pero si no, podrías quedarte toda la vida”. La propuesta lo desmoralizó y sólo tuvo aliento para una respuesta: “No me importa, si Dios me quiere tener aquí toda la vida, toda la vida voy a estar, pero no aceptaré algo que no hice”. El otro levantó los hombros y, sin dejar de mascar, se fue. Regresó al día siguiente para decirle que la Fiscalía retiraría los cargos. “Nunca había visto un caso como el suyo, vaya que tiene mucha suerte”, le dijo sonriendo antes de despedirse del preso 309982 de la Correccional del Distrito de Columbia.

Oficialmente, a Víctor Manuel le notificaron que estaba fuera del juicio el 26 de septiembre, pero la carta firmada por el secretario de la Corte, Royce C. Lambert, le llegó a su celda el 24 de octubre y salió de ahí hasta el 6 de noviembre, aunque fue entregado a Migración y retenido en prisión un mes más en Hampton Roads Regional Jail, Virginia y Lousiana.

Finalmente llegó deportado a Guatemala a las once de la mañana del 8 de diciembre, ocho meses después de haber salido a Nicaragua. Al bajar del avión, le entregaron los documentos que le habían requisado en Managua, incluyendo su pasaporte, con las respectivas visas de México y Estados Unidos, su cédula y algunos dólares que portaba en la cartera. Compró una tarjeta de telefonía y llamó a casa. Antes que le respondieran, pasaron unos segundos que le parecieron siglos y finalmente oyó una voz al otro lado de la línea que preguntaba: “¿Bueno, quién habla?”. Era su esposa y él no sabía qué decir, hasta que por fin dijo algo: “Ya regresé”. Y escuchó cómo del otro lado le decían la palabra que tanto añoró oír en la cárcel: “¡Víctor!”.

***

Víctor Manuel Cruz García regresó a Managua el pasado mayo. Fue con su esposa a varias misiones: a recuperar la Nissan que le retuvieron cuando lo apresaron, a aclarar su situación migratoria con Nicaragua, a pedir ayuda de su embajada para obtener una disculpa oficial de las autoridades policiales de Nicaragua y a denunciar su caso ante el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos. Cuando se marchó, en junio pasado, sólo había logrado dos cosas: recuperar la camioneta que durante su ausencia se le había asignado a un jefe policial y denunciar su caso ante los derechos humanos, donde lloró incansablemente.

“Yo sólo quería una disculpa”, dijo antes de partir a su país y considerar una demanda contra Estados Unidos y Nicaragua. La Policía Nacional nicaragüense, hasta el momento de la partida de Víctor Manuel, no se daba oficialmente por enterada de la solicitud de disculpas y la embajada de Estados Unidos en Managua no respondió a la petición de una explicación sobre el caso del guatemalteco.

A Carlos Aguilar Álvarez nunca más lo volvió a ver. Al regresar a Guatemala tras su detención, fue a visitar a la familia y le dijeron que no sabían nada de él, que posiblemente estaba en Estados Unidos o muerto.

Antes de que regresara a Guatemala le pregunté a Víctor Manuel: “¿No se va cambiar el nombre?”. Muy sereno respondió: “No, mi nombre no me lo cambio, así me pusieron mis papás y así me llaman mis hijos, no me dejaré de llamar como me llamo. ¿Sabe usted algo? Yo estaba bien conmigo mismo. Me gustaba mucho mi nombre y siempre agradecí no llamarme Tyson, Michael, George o cualquier otro nombre de allá”.

El benjamín

Publicado: 15 septiembre 2010 en Sandra Botero
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A mi primo Carlos los juguetes que le regalaban en Navidad no le sobrevivían 24 horas. Su mamá cuenta que desde cuando estaba en su barriga se movía y pateaba con más fuerza que sus tres hermanos mayores, todos de carácter sereno.

Carlos nació en una familia bogotana de clase media el viernes 13 de mayo de 1966. Como el menor de los hijos, el benjamín, pudo haber sido el consentido de sus papás; pero en cambio se convirtió en la oveja negra de la casa: el autor de las más temerarias travesuras de niño y la personificación de la vergüenza familiar de adulto. A diferencia de sus hermanos, un físico, una matemática y una licenciada en idiomas, Carlos no se hizo profesional en nada excepto en el robo: desde la billetera de su papá hasta carros, almacenes y bancos, todo para financiar su enredada vida y el consumo de diversas drogas. Fumadas, inhaladas, tomadas.

–Nunca me inyecté, porque yo sabía que de ese viaje no me salvaba. Por eso y por mi hijo creo que hoy estoy vivo. Desbaratado, pero vivo.

Lo dice mirando su pierna izquierda, sin movimiento desde la cadera hasta los dedos de los pies; el vestigio más notorio de su supervivencia a décadas de drogas y alcohol, a dos puñaladas en el pecho, a un intento de suicidio en el que se arrojó del cuarto piso de un colegio, a huidas en medio de balaceras, a torturas con descargas eléctricas, a una tentativa de ahorcamiento –estas dos mientras estaba en la cárcel– y al golpe final, que le dejó inmóvil la pierna: un tiro que le entró en medio de las cejas y se alojó en su cerebro, disparado por la última de sus víctimas luego de que le rapara el teléfono celular una tarde en la Avenida Caracas con calle 64, en Bogotá.

–Era un señor calvo, panzón. Qué me iba a imaginar yo que andaba armado.

La bala expansiva le dejó incrustadas cuatro esquirlas en el hemisferio derecho. Los médicos del hospital Simón Bolívar, adonde lo llevó una ambulancia que casualmente pasaba por la Caracas, se las extirparon todas menos una que se le enterró profundamente. Se despertó a los cinco días. Después de la esquirlectomía, cubierta por el servicio médico estatal, y de una cirugía reconstructiva que le pagó su hermana la matemática en una clínica privada, tardó seis meses en poderse parar de la silla de ruedas en la que vivió en casa de su última mujer, Lola, a quien conoció en la cárcel un día de visitas. Pero Lola no lo quiso más porque ya no podía hacer mandados, como les llamaba a los atracos.

–Ni le podía responder igual como hombre. Al final ya no me quería ayudar ni siquiera a entrar al baño, y me dejaba quemar –lloriquea Carlos.

Desde entonces hasta hoy, cojea. Usa su pierna izquierda, rígida, apenas para apoyarse, ayudado de su bastón. Poca cosa para alguien que ha recibido un disparo en la cabeza.

***

Pero de lo primero que Carlos necesitó salvarse fue de los castigos de su papá, mi tío Anastasio. O “Anasfacho”, como le dice Carlos. Palizas, encierros y largas sesiones de cuclillas. Una de las reprimendas memorables para mi primo se la dio a los 11 años cuando descubrió que le había asaltado la billetera.

–Mi papá siempre cargaba buena plata; yo le sacaba poquitos y luego fui descarándome, hasta que me pescó.

Esa noche, después de estar amarrado a una viga y de recibir varios golpes de Anasfacho con un serrucho, Carlos tuvo que dormir con Ney, el perro de la casa, en el patio de atrás.

Muchas de las zurras venían tras las acusaciones de nuestra abuela, quien vivió en la casa de mis primos hasta su muerte. Ella crió sola a sus hijos y les dio su apellido. Además de carencias tuvo que aguantar los señalamientos por ser madre soltera, sañudos en la época.

Yo la recuerdo cariñosa, y también lo fue con mis otros primos.

–Pero con Carlos nunca pudo –comenta la mamá, quien supone que a la abuela no le caía en gracia que el niño fuera oscurito y sus hermanos de piel clara–. Todos los días tenía una queja de “ese negro polizón”. Y yo, para que el papá no llegara en la noche a darle, mandaba a Carlos a la calle a jugar en el día; para que así no hubiera quejas.

–Sí, yo le hacía muchas diabluras a mi abuela –dice Carlos–. Le escondía los cigarrillos, las gafas. Ella se quejaba de que no veía, pero si yo estaba en el parque al frente de la casa, ahí sí veía todo lo que hacía y me aventaba. Yo creo que me le parecía a mi papá. Él también fue niño problema, y como mi abuela no tenía marido era una generala. Ella era de las que decía, con su cigarrillo y su acento paisa, que “a los niños hay que consentirlos pero dormidos”.

”A mi papá le tocó otra época, y fue y es aún hoy tomatrago. Tuvo la suerte de tener un buen trabajo y plata. Pero donde hubiera vivido mi vida, estoy seguro de que hubiera sido drogo también.

”Yo soy muy parecido a él. Atravesados. Uno de los primeros recuerdos que tengo de niño es que a veces cuando mi papá llegaba borracho en las noches, no golpeaba a la puerta sino que hacía un par de tiros al aire. Mi mamá se levantaba y corría a abrirle. Se creía cowboy el hombre. A mí la vida me ha calmado. Y a él, el cáncer de próstata que le dio; porque ni los años le bajaban el voltaje”.

Las calles del barrio Mariano Ospina Pérez, de Bogotá, empezaban en los años setenta a convertirse en expendios de marihuana. Justo al frente de la casa del tío Anastasio había un parque que se volvió una olla de venta de drogas. Allí, Carlos a los diez años probó por primera vez la marihuana que le regaló un compañero del colegio: Camilo Cardona, el Caca, que hoy está muerto; al igual que la mayoría de sus amigos de la niñez y adolescencia.

–Yo era chiquito y era curioso y era casposo. Veía que fumaban y me provocaba. Le insistí tanto al Caca, lo jodí tanto, que un día en medio de su traba me la dio a probar.

En la familia siempre estuvo presente el alcohol. Por eso no fue raro que el primer trago de aguardiente de la vida de Carlos se lo diera un pariente beodo, cuando él estaba en segundo año de primaria, durante una típica reunión después de una misa de novenario. Lo insólito fue que al pariente nadie lo reprochó por ello, pero Anasfacho sí castigó a Carlos a la mañana siguiente porque no se despertaba para ir a estudiar, por el guayabo.

–Me levantó a palo y me obligó a irme así.

Carlos pasó por varios colegios antes de terminar el bachillerato.

–Me iba bien académicamente, pero no me volvían a recibir por mal comportamiento. Y en cada parte nueva encontraba siempre compañeros colinos.

Una de esas instituciones fue el Camilo Torres, donde conoció compañeros de diferentes estratos. Y amigas, pues antes sólo había estudiado en colegios masculinos.

–Siempre he sido entrador, hago amigos donde voy. En el Camilo me fue muy bien con las viejas. Antes sólo había tenido experiencia con una prostituta que me pagó mi papá, en Honda, Tolima. Un día me dijo que nos íbamos los dos solos a un paseo. Se me hizo muy raro, y resultó ser para eso. Pero ya luego yo hice mis propias amigas, muchas, y eso que vivía con la cara raspada porque me caía por las trabas; pero aun así tenía éxito. Y en ambientes de trago y drogas, ellas lo daban fácil.

”Me gustaba el rock, Led Zeppelin, Black Sabbath. La gente me recordaba por mi manera de ser y por marihuanero. Aproveché eso para hacer negocio y empecé a vender la yerba. Me iba muy bien”.

Carlos conoció una nueva droga, después de la marihuana: las pepas, que conseguía en el barrio La Perseverancia, cercano al colegio, junto con su amigo Hernando Robayo. Les decían mándrax o rorrer; o jumbos, porque ponían a volar.

–Hernando venía de un hogar disfuncional también. El papá vivía en otra ciudad y la mamá trabajaba todo el día. Todas las mañanas nos trabábamos en su casa mientras hacíamos las tareas. Y por la tarde a veces capábamos clase y nos íbamos a comer rueditas, o sea pastillas, que estallábamos con marihuana. Se sentía muy rico, era una traba muy especial.

”Para poder comprarlas nos volvimos retacadores en la calle. Hernando se metía un Alka-Seltzer en la boca y yo le decía a la gente que era epiléptico y tenía un ataque, y les pedía plata para llevarlo al médico. Todo el mundo nos daba porque éramos unos chinitos de 14 años.

”A Hernando lo atropelló un carro a los 16, un 25 de diciembre que iba trabado a visitar a la novia. Y se murió”.

Mi primo me cuenta sus vivencias como picardías de niño, con una expresión que no refleja ni su edad ni la crudeza de las historias que narra.

***

El timbre de la voz de Carlos es grave. Comenzó a estudiar locución y medios audiovisuales pero sólo hizo dos semestres, porque las horas que dedicaba cada día a conseguir droga, a drogarse y luego a salir de la traba, no le dejaban tiempo para llevar una vida con continuidad en nada. Cada día era distinto y a esa diversidad también se volvió adicto. Así y todo, tuvo una novia muchos años.

–A los 17 me ennovié con mi vecina Callita. Le mostraba una doble cara. Para ella yo era sano y además era su héroe porque un tipo le cogió el rabo un día que iba sola por la calle, y yo paré al hombre. Era un malandro, nadie se metía con él, le tenían miedo. Le decían El Desbaratado, porque en ese entonces ya estaba más maltrecho que yo ahora.

”Le busqué pelea una noche en un sector de tiendas del barrio al que todavía hoy le dicen Tintofrío, que huele a orines a una cuadra de distancia. Yo sentí que me dio un puño en el pecho, cuando de pronto me toqué y estaba sangrando; me había apuñalado”.

Carlos suspende su narración y me mira con ojos alegres:

–¿Sabes que ésa fue una de las pocas veces que sentí a mi papá conmigo, apoyándome? Él llegaba de un paseo con unos amigos en ese momento, y un vecino le contó lo que estaba pasando en Tintofrío.

”Mi papá le dio un cachazo en la cabeza al Desbaratado. Entonces se le soltó un tiró de la pistola, que le rozó la cabeza al tipo; casi lo mata. Le dejó un quemón arriba del tabique.

”Luego me llevó a la clínica San Pedro Claver. El médico le dijo que si la puñalada hubiera sido un centímetro más arriba me hubiera perforado el corazón. Anasfacho se puso a llorar. Y yo también lloraba, pero por él. Yo no puedo odiar a mi papá, así sólo lo viera reírse en Navidad y Año Nuevo, o cuando ganaba Millonarios”.

–¿Cómo le ocultabas a tu novia que consumías droga; los ojos rojos, el olor, el mareo?

–Yo usaba siempre gotas y loción. Además ella era muy inocente. O más bien remilgada. Las visitas que le hacía tenían que ser supervisadas por su abuela. Si un beso duraba más de unos segundos, la señora ladraba.

”Pero yo quería más sensaciones. Entonces empecé a frecuentar prostíbulos y conocí el bazuco, que es lo peor. Es tremendamente adictivo. Mi necesidad de consumir, y de plata para comprar, era cada vez más grande.

”Vendiendo droga conocí a militantes del M-19, de los Comandos Urbanos Especiales, CUES, y empecé a ir a sus reuniones. Me volví su amigo, aunque eran mayores que yo. Ellos estudiaban en la Universidad Nacional. Vivían por temporadas en diferentes casas del sector, en calidad de compartimentados, decían ellos; o sea, que intercambiaban casas.

”Tocábamos guitarra, cantábamos canciones revolucionarias y fumábamos baretos comunales. Empecé a ir a la Nacho y a participar en las manifestaciones y pedreas. Para mí lo máximo era la Universidad Nacional, pero todo era por el vicio. Marihuana y bazuco. Me estaba metiendo en un chicharrón muy delicado y no me daba cuenta”.

Carlos se volvió grafitero. Un día escribió: “Juventud Revolucionaria Nacionalista: un nuevo frente combatiente, con la Coordinadora Nacional Guerrillera” en la pared recién pintada de la iglesia del barrio. Callita, que no fallaba un domingo a misa, creyó reconocer la letra de su novio, de trazos tan particulares; los mismos con los que le escribía tarjetas y esquelas cada mes que cumplían de estar juntos.

–Yo le negaba todo, y le calmaba las dudas con regalos. Muchos regalos.

Pero el bazuco ya estaba dejando huellas en Carlos, en su carácter que se tornaba violento y en su boca que empezaba a perder dientes.

–Como no me daba hambre, me volví un flaco eterno. En la casa también empezaron a darse cuenta, y mi relación con mi papá se puso peor. No nos hablábamos.

Una tarde, luego de salir de una reunión con los del M-19 en el barrio Las Malvinas, fundado en una colina del suroccidente de Bogotá por este grupo guerrillero y donde en varias casas se izaba su bandera, Carlos fue obligado a subir a un Renault 4 blanco. En el camino hacia el sector de Paloquemao, uno de los hombres en el carro le dijo que estaba fichado por guerrillero y por expendedor de droga, y que si no quería irse a la cárcel tendría que “colaborar”.

–Me ofrecieron plata para ser sapo, y así empezó la caída de mi vida.

Llegaron al Departamento Administrativo de Seguridad, DAS. Lo subieron al piso nueve y allí recibió instrucciones. Su trabajo consistía en delatar, y el pago se lo daban al final de cada mes, sin nombre, con un código y firmando con su huella. Era más dinero del que nunca antes le robó a su papá o reunió vendiendo marihuana.

Se volvió aficionado a la ropa de marca y empezó a consumir licor.

–Bebía todos los días con un coronel al que le decíamos Carlos Primero porque todo el tiempo estaba tomando de ese brandy. Al menos dejé el bazuco un tiempo, hice un upgrade.

De la mano del alcohol, vino la cocaína.

–Era muy fácil conseguirla. Yo delataba ollas, íbamos, la incautábamos y nos la metíamos. Igual pasaba con dólares chimbos que quitábamos en imprentas de la ciudad, y luego los cambiábamos a pesos. Y con tarjetas de crédito falsas; se decomisaban y después las usábamos. Al final hacíamos lo que se conocía en el das como control, o sea oficializar la confiscación. Algunas incautaciones se informaban, otras no. Yo iba aprendiendo cómo era la movida.

”Ellos sabían cómo tenernos comiendo de su mano, por nuestra adicción. Me volví de los consentidos del DAS. Me tocó decir en la casa lo que estaba haciendo y por qué tenía plata; si no, hubieran pensado que seguía chalequeando a mi papá. Y no me pusieron problema”.

Pero mientras la situación en su casa se apaciguaba, Carlos hacía cada día más enemigos.

–Andar delatando no era rico. Yo perdí mucho criterio, y lo peor es que me quedé sin amigos. Me calenté con media Bogotá y vivía paranoico todo el tiempo.

Aun así, se sentía poderoso por la protección del DAS, el dinero y la alteración mental con que permanecía. Y andaba armado.

–La gente lo sabía, nadie se metía conmigo. Pero no faltó una noche que me tocó volármele corriendo a un guerrillo que me hizo disparos. Me metí a un solar de una casa y no pude salir hasta el otro día.

En 1992, la dirección del DAS cambió y el trabajo a Carlos se le acabó. Se había acostumbrado a la plata fácil y a los lujos, estaba adicto al alcohol y a más drogas y le ayudaba a pagar la carrera universitaria a su novia, que seguía sin hacer mayores preguntas.

Con el último pago que le dieron en el DAS, compró una moto. Pensó en ser mensajero pero un salario mínimo ya no satisfacía sus gustos y necesidades, y un trabajo con horario no conjugaba con su ritmo de vida. Se le acabó el dinero. En su crisis, aumentó su consumo de drogas y ya no le importó que su novia lo descubriera. Además, ella se enteró de que él visitaba prostíbulos y también lo culpó de haber inducido a su hermano pequeño a fumar marihuana; lo cual, según Carlos, no fue cierto. La relación terminó después de siete años.

–Estaba deprimido, desubicado y muy vicioso. Con la moto terminé dando el siguiente paso en mi camino de bandido, pues empezaron los atracos. Al taller de mecánica donde la llevaba llegaban motos robadas, y me fui relacionando con los atracadores. Empecé robando radios extraíbles de carros.

”Por esos días conocí a la mamá de mi hijo. Yo tenía 27 años y ella 15. Quedó embarazada y yo me puse feliz. Me lo confirmó un día de Navidad. Me fui a vivir con ella a su casa. Pasé de robar radios de carros a robar carros, que guardaba y desguazaba”.

Cristian nació un 16 de agosto, y para Carlos toda la fuerza y emprendimiento por su hijo se traducían en hacer robos cada vez mayores.

Al tiempo, la relación con su mujer se iba deteriorando.

–Ella era una niña de su mamá y la mamá se nos metía en todo. Hasta dormía con ella, y yo solo. Así que me convertí en un proveedor y no más, pero vivía feliz junto a mi niño y quería darle todo lo que los hijos de mis hermanos tenían.

”Unos amigos me invitaron a ser parte de una banda de atracadores de bancos, en la modalidad conocida como flete: una persona adentro miraba y con señas nos mostraba quién salía con fajos gordos de billetes. Yo daba moto, o sea que esperaba afuera, y los sacaba de escena”.

Nadie oponía resistencia y los atracos se hacían sin sangre, hasta que un día la víctima resultó ser un conocido de Carlos.

–No me mate, Carlos. Por favor, Carlos.

–Que no me nombre más, hermano, cállese.

–Apáguelo ya, Charlie, que es él o nosotros –mandó el jefe de la banda–. ¡Apáguelo, ya!

Y lo apagó. Fue con una Smith & Wesson 38, que había conseguido en la zona El Cartucho, de Bogotá, tan fácil como pan en panadería.

–Esa noche me emborraché. No pude dormir por varios días. El hombre era casado, tenía hijos. Pero sabía todo de mí. Con seguridad nos íbamos a la cárcel.

La noticia apareció en el periódico de crónica roja El Espacio.

–Recuerdo que eso para la banda no fue malo, nos sentíamos famosos, ya estábamos cogiendo cartel. Después del primer muerto uno cambia su manera de pensar. Otra vez empecé a fumar bazuco. Me volví un sangre fría.

”Pero no quise seguir dándole gatillo a nadie y me retiré. Entonces conocí a una banda de cuello blanco del Banco Central Hipotecario, que robaba desde adentro, y empecé a trabajar con ellos.

”Mi labor consistía en abrir cuentas de ahorro con cédulas falsas, y ellos me pasaban los picos de plata que la gente deja en las cuentas que no permiten que el saldo quede en ceros. Nadie se daba cuenta. En cada golpe recogíamos unos 30 millones; había que repartirlos con todos los involucrados. Yo era el que menos recibía, el último de la cadena, y me llegaban dos millones. Hasta que el banco se la pescó y se acabó ese negocio.

”Me compré una moto Yamaha, cero kilómetros, pero la perdí en seguida. La alquilaba para tumbes y me la tumbaron, porque yo andaba llevado por el vicio y ni me daba cuenta de nada.

”Mi mujer me dejó por un amigo. Mi familia ya no me recibía en la casa. Mi mamá a veces me daba comida y me lavaba la ropa a escondidas. Me volví un drogo de dormir en las calles. Pero querer ver a mi hijo siempre me sacaba del viaje.”

”Un día mi ex no me dejó entrar a visitarlo. Me puse muy mal. Me subí al cuarto piso de un colegio cerca de la casa de mis papás, al lado del parque, y me tiré. Sólo me partí el brazo y me tumbé más dientes de los que ya se me habían caído. Pero eso los conmovió y me dieron la mano”.

***

En un centro de rehabilitación cristiano, en Viotá, Cundinamarca, adonde sus hermanos lo llevaron y le pagaron un tratamiento de desintoxicación, la voluntad de cambio de Carlos duró poco.

–Aguanté casi un año limpio, pero nunca dejé de anhelar la traba. Fue importante ver que había otro camino, pedirle perdón a Dios, sentir que sí había misericordia para mí. Pero era muy difícil vivir aislado de todo, de mi hijo, de la televisión, del vicio. No nos podíamos ni pajear porque era pecado.

”Finalmente salí, con todo el deseo de rehacer mi hogar, y me encontré con que mi ex ya estaba viviendo con otro man y a Cristian lo criaba mi ex suegra.

”Empecé a manejar un taxi de un conocido de mi familia. La cuota diaria que debía entregarle no me dejaba casi nada para mí, entonces me rebusqué con unos amigos y terminé prestando el carro para hacer un atraco a una discoteca. Y nos boleteamos; cogieron las placas del carro. Decidí desbaratarlo, venderlo por partes y decir que me habían asaltado.

”Obviamente mi familia no me creyó y quedamos otra vez de pelea. De nuevo me fui a la calle, a meter, a putear y a robar. Y en un atraco en el año 2000 a un almacén de cocinas me cogieron, y fui a parar a la Cárcel Modelo”.

***

“En la Modelo empecé a pasar las duras y las maduras en el Patio 4, para delincuencia común. Me eché encima un enamorado, envidioso por un trabajo como ordenanza que le gané. Me dijo “todo bien”, y en la cárcel “todo bien” significa “todo mal”. Me apuñaló y me perforó el pulmón. Me operaron en un hospital del sur. Uno siente en el aire que lo están atendiendo por cumplir. Me dejaron una cremallera inmunda en el pecho. Me dolía respirar, me dolía moverme. Y eso que yo soy aguantador. Me tuvieron que poner morfina.

”Luego me reconocieron unos tipos de una imprenta que yo había echado al agua en mi época de sapo, y esta vez me echaron al agua fue a mí pero de verdad: en un recoveco de un pasillo, donde bajan las cañerías, me metieron desnudo en una caneca con agua hasta la cintura, y con un cable con las dos puntas peladas empezaron a hacerme descargas eléctricas.

”Yo sentía escalofrío, debilidad total, estaba hipotérmico. Ya después de dos días estaba en las últimas, cuando empezó a gritar todo el mundo que a encambucharse porque había una gresca de paramilitares.

”Fue lo peor que me tocó allá, pero por eso me salvé. Fue el 26 de abril del 2000: los paras querían tomarse el Patio 4 para quedarse con sus negocios: el derecho a celda, a seguridad, la droga, las mujeres, la plancha –o sea la cama– de más abajo, pues vienen de a tres, como camarotes de cemento, con espacios de más o menos 90 centímetros de ancho por 70 de alto, y la de abajo es la más valorizada para la visita conyugal. Todo vale plata en la cárcel. Un bombillo. Un jabón. Todo cuesta allá.

”Se armó un Beirut en esa cárcel… hasta granadas hubo. Y muchísimos muertos, nunca he visto tanto muerto junto. Yo estaba en la caneca ahí botado cuando pasaron los paras haciendo la corbata, que es ahorcar con un nylon. Me les desmayé y pen saron que estaba muerto. Ya en la madrugada del otro día me desperté en el carro de la basura, en el pasillo que lleva a la morgue de la cana, desnudo, untado de sangre, en la mitad de una pila de cadáveres.

”Caminé como pude hasta el puesto de sanidad, que quedaba en el pasillo central, y allá me refugié porque los paras seguían matando. Luego supe que entraron la Defensoría del Pueblo y la Cruz Roja a negociar; sólo hasta por la noche se vinieron a calmar las cosas.

”Después de ese incidente pude pasar al corredor del Patio 5, al que le decían La Isla, donde estaba la gente que se declaraba en peligro y que no tenía protección. Sólo pulgas y chinches. El bazuco fue mi salvación en todos esos trances”.

–¿Cómo te ayudaba el bazuco?

–No me ayudaba sino que el día se me iba en consumir, porque el bazuco te genera una adicción compulsiva y sólo quieres meter y meter y no piensas en nada más. Por eso en la cárcel a los ñeritos que ya no tenían ni dios ni ley, los mismos internos les daban de a diez papeletas de bazuco y un hacha, para que desaparecieran a los muertos que salían de los tropeles. Esas imágenes no se me borran de la cabeza. Ni los olores. Especialmente era duro el día lunes, después del domingo de visitas, que llegaba plata, pues era cuando se cobraban las deudas de la semana. Ahora he sabido que eso cambió, que ya no se permite que haya plata en la cárcel. Pero en ese entonces era una matazón cada semana.

–¿Vivías con miedo?

–Pues sí, pero como uno termina viviendo sólo para fumar bazuco, no se piensa en más, no se siente nada más. Hubo un día en que sí sentí miedo –Carlos se ríe–: hicieron una campaña de salud en la cana, y si querías te hacían el examen del sida. Afortunadamente salí negativo –suspira con gesto de alivio y se ríe más.

”Yo empecé a vivir verdaderamente tranquilo en la Modelo después de que no me dejé violar de un cacorro que se supone que era el cuchillero más bravo. Me gané el respeto. Pasé al Patio 1, y allá, un domingo de visitas, conocí a Lola, hermana del Tripas, condenado por homicidio y extorsión. Él era líder y yo me volví su cuñado y su protegido, hasta que salí libre y me fui a vivir con Lola.

”Apenas llegamos de la Modelo a la casa, ella me dio de regalo un revólver, como bienvenida a la libertad. ‘Para que empieces a trabajar, papi’, me dijo”.

***

Cuando fui a visitar a mi primo, luego de no verlo por años, al hospital Simón Bolívar, donde lo estaban atendiendo por el disparo en la cabeza, conocí a Lola. Una mujer de unos 40 años, con buena figura, menos de 1,50 metros de estatura, rubia, blanca, sin maquillaje, con un bluejean de marca ceñido y una chaqueta entallada azul oscura.

La imagen que percibí de ella cambió totalmente en cuanto me espetó tres palabras de saludo:

–¿Cómo le va? –me dijo, con una marcada entonación de bajo fondo bogotano. Sentí miedo.

Vi en Carlos, sedado en la cama, a otra persona diferente de mi primo. Tenía bigote, el pelo rapado y la cara muy huesuda. Lo vigilaba un policía apostado en la puerta.

Le susurré al oído:

–Ya no más, primo. Para ya. Si no te moriste es por algo. Para ya.

Le di un dinero a Lola, le pedí su teléfono y me despedí. Ella me aseguró que la plata sería para sumar al pago de un abogado que libraría de cargos a mi primo. Meses después supe que así fue.

Llamé por teléfono repetidas veces a Carlos y las diferentes personas que me contestaron nunca me lo comunicaron. Jamás volví a oír a Lola. Me desentendí. Quise por fin olvidarme de mi primo el drogo, como el resto de la familia.

***

Seis meses después, Carlos me llamó. Era su misma voz pero hablaba con la cadencia de Lola, tan intimidante para mí. Me avisaba que había estado en silla de ruedas por meses, deprimido, con ganas de matarse, con dolores de cabeza insoportables que sólo le mitigaba la marihuana y que había hecho terapia por su cuenta y ya podía caminar con un bastón, arrastrando su pierna izquierda.

Lola lo había cuidado un mes pero se había aburrido. Además trataba displicentemente a Cristian cuando lo llevaban a visitar a su papá, y eso los hizo romper. Sin mayor aviso un día Lola se fue a Estados Unidos, adonde viajaba con frecuencia para visitar a su hermana, cuya familia era delincuente allí; se dedicaban a robar ropa y accesorios finos en almacenes. De ahí su indumentaria.

En la casa se quedaron la hija adolescente de Lola y su esposo, al cuidado de Carlos; hasta que él se recuperó lo máximo posible y pudo marcharse. El olor de Lola le duró mucho tiempo en la piel, a pesar de tratar de zafárselo en la ducha cada mañana.

Pasó noches en casa de un amigo y de otro, pero todos le proponían delinquir.

–Porque en Colombia hay oportunidades para los guerrilleros que secuestran y los paramilitares que torturan, y se entregan, pero no para los delincuentes que se quieren redimir –comenta Carlos con resentimiento.

Llegó entonces al nuevo apartamento de sus papás, en el norte de Bogotá, y les dijo que él ya había corrido su última carrera, que robar y perderse en el vicio no era más una posibilidad. Anasfacho, en pleno tratamiento de un cáncer de próstata que finalmente fue efectivo, por primera vez en años dijo sí.

Los viejos lo recibieron en su finca de una población de clima cálido, donde Carlos vive hoy y comparte temporadas con ellos en medio de una relación de tolerancia.

–Me aburre que me controlen los horarios como si fuera un adolescente de 42 años, pero qué puedo hacer. A la final agradezco que mi papá me haya recibido. Yo sé que él nunca me quiso hacer mal, a pesar de sus métodos. Uno para un hijo sólo quiere lo mejor.

Carlos pasa hoy sus días confeccionando tirantas de brassieres para la fábrica de una señora amiga de la familia. Con delicadeza, le pone a cada una el herraje y las empaca por pares.

Es amigo de todos en los alrededores de la finca, los vecinos lo saludan con calidez. Allí recibe las visitas de Cristian, que ya es adolescente y quiere ponerse un piercing. Carlos lo abraza, lo besa hasta que el muchacho se fastidia; le repite y le vuelve a repetir que lo ama, y que lo tome como ejemplo de todo lo que no debe hacer en la vida. Le prometió que le dará la plata y lo acompañará a que le hagan el piercing, sólo si mejora sus próximas calificaciones del colegio.

–Me pagan 300 pesos por cada docena de tirantas, me hago 50 mil quincenales. Al menos para el transporte, visitar a mi hijo y comprarme un baretico de vez en cuando.

Tener la pierna izquierda inmóvil no ha impedido que Carlos tenga sueños. Entre otros, quiere conseguir un empleo de conductor.

–¿Y cómo manejarías el pedal de los cambios?

–Empujo la pierna con el cuerpo. Ya lo he hecho varias veces. El riesgo es que se me zafe el pie del pedal, pero podría asegurarlo con un pequeño acople. Quiero trabajar honradamente, poder darle a mi hijo lo que necesita. Yo aguanto lo que sea, tengo el cuero duro.

Lo dice mirando su pierna rígida, en la silla.

–Aguantaste un tiro en la cabeza. ¿Cómo es eso, sentiste dolor?

–No. Sentí un golpe seco en la frente, que me tiró al suelo, y luego como bajar y bajar en una montaña rusa. Empecé a tragar sangre y grumos. La luz del sol se volvió de un color naranja muy fuerte, me encandiló, yo veía negras en contraste las caras de la gente que me miraba ahí tirado. Alguien dijo “este muchacho se está muriendo”. Otro me preguntó mi nombre. Yo, que siempre usaba nombres falsos, como pude lo dije completo; y también el teléfono de mis papás. No quería que me echaran a una fosa común. Después oí una sirena y lo último que recuerdo es que me pusieron electrochoques en la ambulancia. Es verdad eso de que uno ve imágenes de la vida cuando se está muriendo. Yo veía a mi papá cuando me castigaba de niño, y a mi hijo cuando nació.

Carlos se queda callado un rato y sus ojos se encharcan mientras mira al suelo.

–No le pude comprar a Cristian el Play Station que quería para su cumpleaños, que era al día siguiente. Para eso estaba trabajando ese 15 de agosto del 2001, cuando me pegaron el tiro. Eso fue en lo primero que pensé cuando me desperté. Luego sí me di cuenta de que no me había muerto.

”Pero Cristian me ha dicho que el mejor regalo es tenerme a su lado. Y aquí estoy yo, vivo, por él.

Entonces se ríe:

–Es que, prima, le juro que yo me voy a morir de una gripa.

Rebelión en la granja

Publicado: 15 diciembre 2009 en Pablo Galfré
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“Los animales, asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro”.
George Orwell, Rebelión en la granja

Hacía dos días había caído preso por unas horas en la comisaría de Mataderos. La cana lo había agarrado con un par de dosis de paco. Estaba durmiendo cuando su madre y sus lágrimas lo despertaron y le rogaron por favor que se internara. Se durmió después de darle un beso y decirle que sí. Al despertarse miró por la ventana que daba a la calle: cuatro hombres corpulentos cruzados de brazos se reían entre sí mientras observaban detenidamente a la casa. Bajó las escaleras, saludó a su familia y se fue.

El viaje en coche hacia la comunidad fue de película. Estaba sentado en el asiento trasero del vehículo rodeado por dos monigotes de anchas espaldas y cuerpos longos. Cuando cometió el error de anunciarles que conocía la zona adonde lo estaban llevando, los cuatro integrantes del vehículo intercambiaron miradas cómplices y el chofer empezó a dar vueltas para despistarlo. El conductor de ese vehículo era Carlos Alberto Nenning.

El principio del fin

Era marzo de 2005. Con 19 años, dos temporadas de consumo de Aseptobrón (esas pastillas que calman el dolor de garganta pero que en grandes dosis sirven para otras cosas) y dos meses de consumo de paco, Marcelo hacía su entrada triunfal en la comunidad terapéutica Volver a Empezar: una típica casa quinta del norte de Buenos Aires, un chalet completamente enrejado rodeado por un parque de 500 metros cuadrados y una ligustrina enferma que lo rodeaba.

Cuando llegó, el sol ya estaba cayendo. Lo llevaron a su cuarto, le sacaron su reloj (el tiempo se había acabado para él) y le presentaron a sus compañeros de encierro: 14 chicos demacrados entre 16 y 22 años con las cabezas rapadas. Mientras comía fue testigo de cómo un coordinador reprendió a uno de los pibes por poner un tenedor de menos en la mesa. ¡Falopero de mierda! ¿Por qué te olvidaste de poner el tenedor? ¿Acaso no sabés contar? ¡200 saltos de rana ya! ¡Todos! Todos salvo él, porque era el nuevito.

A las 6 de la mañana del día siguiente los coordinadores los levantaron golpeando cacerolas y ollas al grito de ¡A desayunar, faloperos! Como todas las mañanas deglutieron un pedazo de pan y un mate cocido, en no más de cinco minutos. Los coordinadores cronometraban todos sus tiempos.

Luego, todos afuera, a correr y hacer flexiones de brazos alrededor del chalet. Javier Rojas (ex adicto, como todos los coordinadores de la institución) oficiaba del larguirucho sargento de la película Nacido para matar. Mientras los pibes corrían, como medida terapéutica, Rojas los obligaba a cantar: ¡Los dealers son todos hijos de puta!, ¡Vamos a comer tripas de dealer! o ¡Cocaína, mala, mala! Ésta era la metodología de Volver a Empezar para “la recuperación de los adictos”.

Por ese entonces Marcelo tenía el cuerpo despedazado por el consumo de drogas. Su ya diminuto cuerpo había adelgazado cerca de 15 kilos. “A los 40 minutos de correr el corazón me latía muy fuerte, sentía que me golpeaba el pecho, que en cualquier momento me desmayaba”. Estaba por parar de correr cuando se arrepintió al ver lo que le hacían a los que se atrevían a detenerse.

Alejandro (un tucumano de 17 años que había llegado a Volver a Empezar en septiembre del 2004 derivado por un juez de menores de su provincia llamado Oscar Ruiz) era arrastrado por el piso por otro de los coordinadores, Mariano Gordillo, en una zona de la quinta donde había adoquines y ripio. El pibe tucumano terminó todo ensangrentado y moretoneado. Durante cuatro horas estuvieron corriendo, haciendo saltos de rana y flexiones de brazos sin tomar un solo vaso de agua.

“De Carlos Nenning –presidente de Volver a Empezar, como a él le gustaba que lo reconozcan– nunca me voy a olvidar cuando nos hacían correr durante horas sin beber agua y él nos miraba desde una esquina tomando una gaseosa mientras nos gritaba: ¡Corran, corran, vamos tiernitos, maricones!”, recuerda con rencor Mauricio M., un compañero que Marcelo conocería después.

En un momento de descanso, Marcelo entabló una conversación con uno de los asistentes de los coordinadores.

- ¿Por qué estás acá?

- Mis viejos me pidieron que venga. Mi idea es estar acá unos tres meses, alejarme de las malas compañías del barrio y volver a mi casa.

- Ja, ja, ja. Acá la internación dura tres años y medio, y eso es lo que te vas a quedar –fue la respuesta que recibió.

La angustia se apoderó de él. No podría soportar semejantes apremios ni un día más. De inmediato pidió hablar con Alejandro Zaniratto, uno de los coordinadores de la comunidad, cuñado de su hermana y quien había recomendado a su familia que lo internaran ahí.

- Yo vine acá por mi propia voluntad, pero no me gusta como somos tratados. Me quiero ir. Llamá a mis padres, por favor- le pidió a Alejandro, sentado detrás del escritorio y con las piernas apoyadas en él.

- Vos de acá no te vas nada.

- ¿Cómo no me voy a ir? Llamá a mis padres por favor para que me vengan a buscar. ¿Acaso estoy privado de mi libertad?

Alejandro, su metro noventa de estatura y sus 100 kilos se levantaron y agarraron del cuello al metro sesenta y cinco y 50 kilos de Marcelo, y lo estrelló contra la pared de enfrente. Lo sostuvo en el aire acogotándolo durante varios segundos hasta que otros coordinadores los separaron. Marcelo, humillado, se fue para su cuarto sabiendo que su única opción era esperar un mes en esa madriguera hasta que llegara la primer visita de sus padres.

“Me quedé muy asustado. Esa noche no dormí. Me quedé paranoico, pensaba que me iban a matar”, recuerda. Pero hoy, en la pizzería donde trabaja mientras cuenta esta historia, está llorando y se calla. El horror es una constante factoría de silencios.

Las rutinas

Pasaban los días, y Marcelo iba conociendo al resto de sus 14 compañeros a la par que las técnicas terapéuticas que se utilizaban en Volver a Empezar para que los jóvenes dejaran las drogas. Aquí el decálogo.

El confronte: técnica utilizada por el conductismo que se reduce a que todos los adictos formen una fila, pongan las manos detrás de la espalda e insulten de a uno al compañero que cometió “una falta”.

Ducharse en 40 segundos. Mientras lo hacían, un compañero contaba al lado en voz alta: ¡1, 2, 3, 4…! ¡Fuera!

Pedir permiso para todo. Para beber agua y también para cagar.

Cumplir con penalizaciones que iban desde cavar pozos durante 15 días hasta quedarse cinco horas mirando fijo y parado el mismo árbol.

Cortar el pasto con tijeras escolares o machetes.

Flotar en invierno en una pileta con agua podrida hasta el cuerpo diga basta. Cuando se cansaban y se agarraban del borde, los coordinadores les pisaban los dedos y luego les hundían la cabeza hasta ahogarlos.

Vaciar la pileta con baldes y volver a llenarla con los mismos baldes.

Hacer gimnasia durante cuatro horas al día.

Hacer saltos de rana y flexiones de brazos dentro de una habitación hasta que los vidrios se empañaran.

Caminar de rodillas por un sendero de adoquines.

Pero la principal rutina y la que los coordinadores más disfrutaban era ponerlos en presión. Esto significaba ser el primero en levantarse al alba y el último en acostarse a la madrugada durante toda una semana, cumpliendo varias tareas.

A Marcelo la primera vez le tocó junto a un chico tucumano. “Teníamos que limpiar la casa constantemente, hasta lo que ya estaba limpio. A cada rato nos llevaban a confrontar. De comer nos daban un plato de ensalada. Pero nos obligaban a comer todo por separado: primero la lechuga, después la zanahoria, tercero la cebolla, cuarto el tomate, y sin poder tomar agua. Con toda la comida en la panza nos obligaban a hacer salto de rana”.

“Después teníamos que lavar los platos de los 20 que comían, pero solo nos daban 5 minutos para hacerlo, y si no llegabas agarraban lo que estaba limpio y lo ensuciaban de nuevo y volver a lavar, y así durante toda una semana. Era la tortura constante. Cada vez que querías ir al baño para lo que sea tenías que pedir permiso. ‘Permiso para defecar, permiso para orinar’, pero cuando estabas en presión no podías ir al baño. Te la tenías que aguantar o cagarte encima”. Y esa vez su compañero, el chico tucumano, se cagó encima nomás.

Mauricio

A diferencia de Marcelo, Mauricio estaba despierto en enero de 2004 cuando su padre le contó una mentira. “Te conseguí trabajo en una granja de la zona”, le dijo. Cuando llegó a la famosa “granja” y la tranquera se cerró tras sus espaldas, aún no sabía que esas míseras tablas de madera en realidad eran las rejas de su prisión.

Esta primera comunidad terapéutica se llamaba Juntos por la Vida. Cuando Mauricio llegó con sus 19 años y 120 kilos (se había descompensado luego de dos años de consumo constante de pegamento y marihuana) le podaron las rastas, como si fuera el Sansón de la falopa.

En esta fundación estuvo internado un año entero, también haciendo saltos de rana, corriendo sin parar y confrontando. Pero de lo que nunca se va a olvidar es de cuando le hicieron probar de su propia mierda. Uno de los castigos (o terapia, según ellos) era hacer cuerpo a tierra y arrastrarse con los codos por una zanja cubierta con excrementos que ellos mismos sacaban del pozo séptico. “Teníamos que hundir la cabeza ahí y hacer globitos”, cuenta Mauricio.

Un buen día, Carlos Nenning, que también tenía internado a su hijo pero que a su vez era uno de los padres que coordinaba a la institución, cansado de los maltratos que recibían los chicos decidió armar una nueva comunidad. “Un lugar distinto”, según decía. Ese lugar fue bautizado Comunidad Terapéutica Volver a Empezar. En realidad, Nenning no quería hacer nada distinto. Tan sólo quería ser el rey de la mierda.

Ya en esta nueva comunidad, una noche a mediados del 2004, Mauricio y un compañero aprovecharon que uno de los coordinadores se pasó de drogas y se quedó dormido estando de guardia. Sigilosamente le sacaron las llaves del bolsillo, abrieron la puerta del chalet y de puntitas de pie se fugaron de la comunidad.

Por tres semanas se refugiaron en la casa de la hermana de un amigo de Mauricio. “Cada tanto hablaba con mis viejos por teléfono y les explicaba por qué me había fugado, les decía todas las torturas que tenía que sufrir en Volver a Empezar”. Pero daba lo mismo. Ni los padres le creían. Luego de escuchar cómo les explicaban que los adictos son patológicamente mentirosos, prefirieron creer en quienes torturaban a su hijo.

Durante estas breves vacaciones, Mauricio aprovechó para realizar algo que hacía tiempo no hacía: el amor. Vivió un romance fugaz con la dueña de casa, una risueña adolescente, hasta que sonó un molesto timbrazo. La chica miró por la mirilla de la puerta y la imagen ovalada y deforme de Nenning le advirtió que algo no andaba bien. Intuyó que eran los verdugos de su amante, giró la cabeza y gritó: “¡Rajen de acá! ¡Ya!”.

Mauricio y su compañero subieron rápidamente las escaleras hasta el techo, y saltando de casa en casa se escaparon de sus captores. La ropa colgada de los tenders, las antenas de TV y los tanques de agua (esa postal tan porteña) fueron cómplices en la fuga.

Siguieron yirando hasta que no hubo más donde esconderse y Mauricio decidió confiar en las palabras de sus padres: “Volvé. No te vamos a internar”. Una vez en su casa, cuando estaba durmiendo en el sillón del living con sus dos perras pitbull como vigías, un portazo lo despertó. Javier Rojas y dos más lo levantaron de brazos y piernas y se lo llevaron ante la mirada atónita y culposa de sus padres.

“¡Antes de internarme prefiero que me maten! ¡En su puta vida me van a volver a ver!”, fueron lo último que escucharon de boca de su hijo. Sus captores lo agarraron de las bolas para callarlo y lo tiraron dentro de un Duna rojo. Nenning lo esperaba sentado al volante. Blandiendo una pistola, le dijo: “Quedate tranquilo. Ya está, ya estás adentro, ya no está mami, ya no está papi”. Ya no había nada.

Cuando lo depositaron de vuelta en la comunidad, la venganza fue terrible. Primero lo hicieron correr alrededor de la casa durante dos horas, intercalando con saltos de rana y flexiones de brazos, al grito de Soyundrogadictodemierda, todoestomepasaporfalopero, nuncamásmevoyaescapar. Después toda la casa lo confrontó: Matías, Alejandro, Marcelo y compañía fueron pasando y escupiendo en su cara al grito de Sosundrogadictodemierda, todoestotepasaporfalopero, nuncamástevasaescapar.

En tercer lugar, lo sentaron semidesnudo en una silla mientras los coordinadores le tiraban baldazos de agua helada. Como cuarta pena, estuvo cavando un pozo durante 30 días. Siempre el mismo. Cavaba y lo volvían a tapar. Quinto castigo y final: su ración de comida diario dejó de ser la miseria que comían todos los días para ser los restos de esa miseria. Sí, todos los días y todas las noches de este mes de penitencia Mauricio tuvo que comer de la basura.

La gran presión

Emulando el pensamiento enraizado en la derecha argentina, el pasado no existía dentro de la comunidad. Estaba totalmente prohibido referirse a sus vidas pasadas. Sólo existía el presente, tortuoso, y el futuro, indefinido. Pero una noche durante la cena Alejandro se atrevió a rebobinar un poco su vida y le comentó a un compañero: “… en Tucumán yo salía con los pibes del barrio y…”. Eso bastó para que Mariano Gordillo tejiera una sonrisa, le hiciera una seña a los otros coordinadores y todo se transformara en un gran caos demencial.

“Entraron los seis gritando ¡La casa está en presión, faloperos hijos de puta! Tiraron todos los platos al piso, la comida, los vasos, dieron vueltas las mesas y nos obligaron a todos a hacer cuerpo a tierra alrededor de todo el interior de la casa. Como ellos eran seis y tenían todas las esquinas vigiladas, era imposible parar”, testifica Marcelo.

En realidad era posible, pero sus consecuencias eran atroces. “Uno de los pibes, al que le decíamos ‘el tontito’ –el mito decía que había violado a su madre y a su hermana–, por el cansancio y el nerviosismo se acalambró y no pudo más. Entre dos coordinadores lo agarraron de los brazos y lo arrastraron por toda la casa golpeando su cuerpo contra las paredes y columnas. Después lo pusieron boca arriba, le sujetaron los brazos y las piernas, mientras otro coordinador le echaba pequeños chorros de agua en nariz y boca”.

Empiezo a imaginar que debe haber quienes aman y se excitan con este tipo de tortura, y después de buscar un rato encuentro la respuesta. Durante la época de la inquisición, Tomás de Torquemada y sus seguidores fueron los primeros en utilizar esta metodología tortuosa. Les apasionaba porque el agua es pura, cristalina, no deja huellas en los cuerpos vejados. 500 años después, George W. Bush y sus tropas utilizan la misma técnica sobre los presos de la prisión de Abu Ghraib, en Irak.

Cuando concluyeron las torturas físicas y la casa estaba hecha una laguna, los coordinadores les ordenaron a sus prisioneros secar todo. Pero no con secadores, sino con sus propios calzoncillos. Mauricio pidió desde el suelo que por favor le dieran un secador. Tomá, limpiá con esto, le contestó Javier Rojas alcanzándole una afeitadora Gillette. Tiene la misma forma que un secador, ¿no?

Y así estuvieron tres horas limpiando y fregando cuerpo a tierra. Un coordinador se acercó y preguntó: ¿Qué prefieren hacer ahora? ¿Doscientas flexiones de brazos o que mojemos todo de nuevo y ustedes secan? Los pibes, abatidos, optaron por el mal menor: el ejercicio físico. Pero si la pregunta fue sádica, la respuesta fue sanguinaria: La calle y las drogas eran fáciles. Acá dentro de la comunidad todo es difícil. Seis baldes desparramaban ríos de agua nuevamente por el suelo.

Terminaron de secar, esta vez con pocos trapos, y los obligaron a dormir ahí tirados. Pero la tortura no había concluido. “Cuando escucharon el primer ronquido aparecieron todos gritando y nos obligaron a hacer flexiones. Luego nos dejaron dormir y a los 10 minutos aparecieron de vuelta y lo mismo: ¡A correr manga de drogadictos!, y nos empezaron a tirar más agua”, recuerda Matías, otro joven tucumano también separado de su familia por el inefable juez Oscar Ruiz e internado tan sólo por consumo de marihuana. “Así nos tuvieron sucesivamente hasta que amaneció, no nos dejaron dormir en toda la noche. Yo lo único que esperaba era que llegaran mis viejo y me rescataran de ahí. Nunca me sentí tan humillado en toda mi vida”.

Todas estas atrocidades sucedían con la venia del director psiquiátrico de la institución, el Dr. Silvio Hoffman. Y los pibes lo recuerdan bien. “Cuando yo le decía las cosas que nos hacían él se reía en mi cara”, cuenta Alejandro. “Afirmaba que cavar pozos era parte de la terapia, que nos hacía bien para dejar las drogas”, dice Matías. “Cuando le contaba las cosas terribles que nos hacían hacer, él me decía: Mirá que lindo los colores de las cortinas, ¿te gustan?”, agrega Marcelo.

Traición de sangre

A mediados de abril de 2005, 45 días después de estar privado de su libertad en la comunidad Volver a Empezar, Marcelo recuperó por un momento el entusiasmo. Llegaba el primer día de visitas y sus padres iban a verlo. Sin que nadie se diera cuenta había armado su bolso y se había preparado para partir, confiado en que sus padres lo sacarían de allí.

Lo obligaron a vestir una polera para que no se notaran lo moretones del cuerpo, y cuando se disponía a encontrarse con ellos, un coordinador lo paró en seco y le advirtió: A tus padres no les vas a decir nada de lo que pasa puertas adentro. Igual, si les decís algo no te van a creer porque nosotros ya les dijimos que los drogadictos son todos mentirosos. Tus padres no confían en vos, confían en nosotros.

Marcelo asintió y se dirigió a sus padres cabizbajo pero decidido a contarles la verdad. Los abrazó desesperadamente, se sentó y los observó. “¿Me creerán a mí o a ellos?”, se preguntaba, y recién reaccionó cuando escuchó los gritos de un compañero. “¡Les suplico que me saquen de acá, por favor! ¡No les crean! ¡Créanme a mí que soy su hijo!”, eran las súplicas de Álvaro, otro chico tucumano también derivado por el juez Oscar Ruiz. Pero era inútil, sus padres ya habían escuchado atentos de boca de los coordinadores las supuestas mentiras que un drogadicto vertía.

El pibe se desesperó, huyó y se encerró en el coche de ellos. Uno de los coordinadores agarró una piedra y rompió el vidrio del vehículo. “¡Si me vuelven a meter en ese lugar, me como todo el vidrio!”, gritaba desesperado, amenazando con un puñado de vidrio en su mano enrojecida y viendo como la libertad se le escabullía una vez más. Segundos después, dos de los coordinadores entraban al auto y lo arrastraban hacia la comunidad mientras Álvaro pronunciaba palabras inentendibles con su boca llena de vidrio y sangre.

“Fue terrible ver eso. Me desmoronó. Si yo le hubiese dicho a mi viejo la verdad, él me habría creído y sacado de ahí –reflexiona Marcelo hoy con su beba en brazos– pero yo estaba vencido psicológicamente por temor a las represalias”. Los pibes de la comunidad Volver a Empezar ya sabían que no podían confiar en sus padres y que escapar solos tampoco era una opción.

Ya era la hora de una rebelión en la granja.

El gran escape

La huída se empezó a planear con susurros. Cuando no había un coordinador, se decían algo al oído. En el momento indicado, se deslizaban un papelito con información. Así, nueve de los pibes de la comunidad acordaron y tejieron durante 15 días un plan de fuga. Los pollitos habían decidido rebelarse contra los cerdos autoritarios.

Esa noche (la madrugada del 1 de abril del 2005) Alejandro y Mauricio estaban lavando los platos, custodiados por un asistente de los coordinadores que sin embargo esa noche mostró signos de humanidad: se echó al piso y se dejó atar y amordazar. Luego fueron recorriendo los pasillos del chalet haciendo un chistido, avisando al resto que era la hora. Los otros siete se levantaron y se sumaron al plan.

Muchos de sus compañeros estaban muertos de miedo y no se querían fugar. No tenían adónde ir o sabían muy bien que tarde o temprano sus padres los depositarían nuevamente dentro de la comunidad, y de nuevo las torturas. “Perdonen chicos, pero esta es la única forma que tenemos de irnos”, les dijo angustiado Alejandro a los coordinadores mientras los ataba. “No se preocupen, todo bien. Pero prométannos que afuera no la van a bardear, que se van a recuperar”, fue la respuesta de la camaradería.

Se repartieron las tareas entre los nueve. Agarraron machetes, cuchillos, cables y alargues para atarlos. El primer grupo entró a la habitación donde estaban durmiendo los coordinadores Julio (no figura su apellido en la causa), Maximiliano Ledesma y Gastón Santero. Los redujeron, los ataron, los amordazaron y los dejaron ahí tirados y quietitos.

Mientras tanto, el otro grupo entraba a los gritos –blandiendo los machetes y cuchillos- dentro de la oficina donde estaba durmiendo el cerdo mayor: el coordinador-torturador Mariano Gordillo. “Se puso pálido el negro cuando nos vió”, recuerda uno de los tucumanos. Algunos se le abalanzaron encima y le sujetaron piernas y manos mientras otros lo ataban y le amordazaban la boca.

“¿Dónde está la llave, dónde está la llave?”, fue la pregunta que le hacían al cerdo una y otra vez, sin recibir respuesta. Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío, pero algunos de los chicos no se pudieron aguantar y le empezaron a pegar con el canto del machete y lo obligaron a hacer saltos de rana. Ahora eran ellos los que gritaban: “Saltá faloperito, saltá”, mientras el cerdo saltaba y lloraba. Los pollitos habían tomado el poder.

“Cuando veo que le están pegando con el machete me asusto mucho. Había mucha violencia. Se estaba yendo todo a la mierda”, recuerda Marcelo de estos minutos finales. Pero dentro de este clima de rebelión donde lo único que importaba era escapar lo antes posible, cada uno se detuvo un segundo para buscar los objetos más valiosos que Nenning, Hoffman y sus secuaces les habían robado.

Matías buscaba desesperadamente la guitarra que había llevado desde Tucumán y que le habían prohibido tocar porque “se dispersaba”. La encontró.

Mauricio escudriñaba entre los cajones las fotos familiares que le habían secuestrado dos años atrás. Anhelaba una en especial: la de su hermano menor, de dos años, a quien no había visto crecer. La encontró y se la guardó en el bolsillo trasero del pantalón.

Marcelo buscaba en vano la alianza de compromiso que había comprado para él y su mujer. Algún coordinador ya la había empeñado.

Cuando Alejandro abrió uno de los placares, una lluvia de alfajores tucumanos, cigarrillos, chocolates, galletitas y cientos de golosinas se desperdigó sobre él. Eran algunas de las cosas que los familiares les mandaban y los cerdos incautaban. Le dio un mordisco a un alfajor de su tierra, encontró la llave y dijo: “La encontré, vayámonos”. Comieron desesperadamente algunas golosinas, agarraron sus bolsos, 70 pesos para movilizarse y un celular para que no los pudieran denunciar.

Abrieron la puerta de la casa desesperadamente, saltaron la tranquera de la quinta y con sus cuerpos torturados empezaron a correr hacia la libertad. El plan era que Mauricio (conocedor de la zona) condujera al grupo hasta la Panamericana. Luego Marcelo llevaría a los chicos tucumanos hasta su casa, para darles unos mangos y así poder volver a su provincia.

Los pollitos se habían fugado de la comunidad. La rebelión había concluido.

Epílogo

A la hora y media de haber escapado, los nueve pibes fueron apresados por la maldita policía bonaerense. El coordinador-torturador Mariano Gordillo se había desatado y realizado la denuncia. Los policías no creyeron la versión de los pibes, sino la de sus torturadores. No podía ser de otra manera.

Al día siguiente los cinco menores de edad fueron trasladados a institutos, mientras que los cuatro mayores (Mauricio M., Marcelo V., Matías R. y Alejando O.) estuvieron dos meses en un calabozo con 30 presos comunes. Lo que vivieron ahí adentro podría ser una nueva crónica.

Luego del pedido del fiscal de San Martín Héctor Scebba, el juez de garantías Oscar Quintana procesó a los cuatro mayores por robo (de un celular, una mochila, golosinas y 70 pesos) agravado por el uso de armas. Nunca se tuvieron en cuenta ni los testimonios de los jóvenes torturados, ni las lesiones que acreditaron los peritajes médicos, ni los testimonios de los vecinos del lugar corroborando las aberraciones que sucedían al interior de la quinta, ni la declaración de la psicóloga que trabajó en la institución. Tampoco podía ser de otra manera.

El fiscal Héctor Scebba es conocido por haber propiciado la libertad de un policía acusado de fusilar a dos pibes en José León Suárez. A su vez, el juez Oscar Quintana tuvo su minuto de fama cuando dejó en libertad a dos policías acusados de extorsión y privación ilegítima de la libertad.

Mientras los cinco menores fueron sobreseídos, los cuatro mayores esperan en libertad el juicio oral. De ser encontrados culpables, aguardan una condena de entre 5 y 10 años de cárcel.

Los padres de los cuatro chicos, al ver cómo el fiscal Héctor Scebba archivaba impunemente la causa, denunciaron a la fundación Volver a Empezar por torturas. La Fiscalía de Cámara de San Martín decidió el 24 de junio del 2006 reabrir la causa, ahora en poder de la UFI Nº 2 de ese partido. Sin embargo, después de más de dos años de instrucción, la fiscal Fabiana Ruiz sigue sin llamar a declarar a Nenning y a Hoffman, que a su vez son investigados por estafas por la UFI Nº 9.

A pesar de de tener causas abiertas por estafas, torturas y privación ilegítima de la libertad, Carlos Nenning, Silvio Hoffman y sus secuaces siguen operando bajo el seudónimo Asociación Civil Ligüen en dos predios que tienen en Morón y San Miguel.

Por ahora.