Posts etiquetados ‘Economía’

Con un poco de atención y una pizca de imaginación, cualquiera que se aventure por las calles del centro de Buenos Aires podrá ser testigo de un pequeño milagro: confundidos entre la multitud -esa marea de seres mal humorados que camina deslizando el pulgar por sus teléfonos inteligentes- surgen como sombras huidizas no uno sino diez Erdosain; veinte, tal vez treinta Astrólogos y un montón de Rufianes Melancólicos. Los héroes y villanos de Roberto Arlt están aquí, en esta Argentina del siglo veintiuno, más presentes si cabe que hace ocho décadas, para recordarnos que nada o muy poco ha cambiado y que la mosca, la biyuya, el vento o para entendernos mejor, la guita, sigue presidiendo las relaciones sociales en un país donde -dicen- nada es lo que parece.

“En las novelas de Arlt, el dinero define los enigmas y el suspenso de la trama”, escribe Ricardo Piglia en un ensayo sobre la literatura del autor de Los siete locos. Y las novelas de Arlt son, como se sabe, no sólo una radiografía exquisita de la Argentina de los años treinta. Son también relatos futuristas que nos envían desde el pasado continuas señales de alerta sobre nuestro presente. Pero dejemos por un momento a los lunáticos arltianos y centrémonos en esos seres atormentados que pululan por el centro de Buenos Aires. Hablan sin pausa del negocio que están a punto de concretar, de la subida desenfrenada de los precios, de un descuento mayúsculo en este o aquel supermercado, de un dos por uno imperdible en el cine, de las veinticuatro cuotas sin intereses con las que pagarán las vacaciones o de lo caro que está el dólar -siempre el dólar- y lo poco que rinde el salario.

Cuando me instalé en Buenos Aires, en enero de 2008, una de mis distracciones fue registrar extractos de conversaciones, palabras y frases entrecortadas con las que se podrían armar -como si se tratara de una novela de Perec- interminables historias de vida cotidiana. No es una tarea difícil. El argentino, que ama el exhibicionismo hasta límites insospechados, habla para que lo escuche no sólo su interlocutor más cercano sino, a ser posible, todo el mundo. Relegados a vivir en el culo del mundo por un malentendido con Dios (en el momento de crear al argentino todavía no estaban muy claros los atributos sublimes que desarrollaría el porteño, que todo lo sabe, hasta lo que desconoce), los argentinos tratan de que su voz se perciba allende los mares. No importa si no encuentran respuesta al otro lado del Atlántico. El argentino habla también -o antes que nada- para sí mismo. Vive, como vislumbró Ortega y Gasset, entregado no a una realidad sino a una imagen: “Es sobremanera Narciso. Es Narciso y la fuente de Narciso. Lo lleva todo consigo: la realidad, la imagen y el espejo”.

Con el paso de los años, la capacidad de observación se va diluyendo y el extranjero asume como normales ciertos hábitos y situaciones del país en el que vive, los mismos hábitos y situaciones ante los que el recién llegado no deja de asombrarse: después de vivir varios años en La Habana, por ejemplo, me parecía normal ver salir del agua en la bocana de la bahía a un buzo con un pargo de diez libras en las manos.

Hace ya tiempo que tengo tan asimilada la palabra “guita” como, por ejemplo, el hecho de que los autos circulen ocupando su carril y el del vecino. Tampoco pregunto ya a nadie en qué momento fueron bombardeadas las aceras de Buenos Aires, y asumo los esguinces como un daño colateral de esa guerra que debió de librar la ciudad. No arqueo ya las cejas cuando el cliente que está delante de mí en el Farmacity paga una pasta de dientes con su tarjeta de crédito en tres cómodas cuotas. Y hasta veo lógico que los colectivos de la línea que más uso -la 152, que va de Olivos a La Boca- pasen por la parada de tres en tres. Tampoco me sorprende ya, por otra parte, cruzarme con tantas librerías como bares de moscas hay en mi Madrid natal. Pero al principio sí me causaba perplejidad.

“La preocupación por el dinero es el tema de conversación preferido de los argentinos”, anoté en un cuaderno a poco de llegar a Buenos Aires. Era, obviamente, un comentario exagerado, pues nada hay más excesivo que tomar la parte por el todo y hablar de una sociedad en términos generales. Pero si asumimos como un acto de fe la inevitable generalización, a esa entidad que llamamos “argentino” (o más específicamente “porteño”), no parece importarle demasiado el contexto en que se encuentre para mentar la bicha. Hace unas semanas hablaba con una joven librera de la avenida Corrientes sobre la gran oferta cultural que brinda Buenos Aires, con su celebrada escena de teatro independiente, los recitales de todo tipo de música, exposiciones, ferias artísticas… “Sí, todo eso está muy bien si tenés plata -me interrumpió-, los recitales son caros y el teatro también”. Y a continuación me preguntó si yo me lo podía permitir. Solo le faltó interesarse por mi sueldo, una afición (la de querer saber cuánto gana el de al lado) muy argentina, sobre todo si el de al lado es extranjero. El único límite que parece haber en materia crematística es hablar del dinero propio -gran tabú- porque en el imaginario argentino el enriquecimiento personal y la corrupción caminan de la mano.

Para tratar de discernir qué hay de cierto en el mito de la obsesión de los argentinos con el dinero nada mejor que bucear un poco en la historia sociopolítica del país. La socióloga Ana Wortman, autora entre otros libros de Construcción imaginaria de la desigualdad social, me despeja algunas dudas. En los salones de tango de París -me cuenta Wortman- había un dicho recurrente: “Rico como un argentino”. Eran los tiempos de la acumulación de riqueza gracias al filón de la exportación de ganado y trigo. Aunque la riqueza -me aclara la socióloga- la ostentaba la oligarquía terrateniente: “Esa parte de la sociedad argentina se caracterizaba por estar al tanto de la novedad, ser consumista y viajar por Europa. Siempre estuvo muy atenta a la moda y tenía una vasta vida social donde sacaba a relucir sus adquisiciones en la casa y en la estancia. Y ahí quedó esa imagen del argentino como un tipo consumista, exhibicionista, que no tiene inconveniente en gastar y en mostrarse, en tirar lo que ha pasado de moda”.

Una imagen que ya percibieron algunos viajeros extranjeros hace más de cien años. Como el dramaturgo catalán Santiago Rusiñol, que visitó Argentina durante el centenario de la independencia (1910) y se quedó pasmado: “Acá el dinero es el rey”. O el escritor polaco WitoldGombrowicz, que vivió más de veinte años en el país a mediados del siglo pasado: “La Argentina -escribe en sus diarios- es un estanciero entre las naciones, un oligarca orgullosamente sentado sobre sus espléndidos territorios”.

La obsesión del argentino por el dinero se manifiesta, no obstante, tanto en épocas de abundancia como de crisis. En El País de las maravillas (1998), el escritor chaqueño MempoGiardinelli explica cómo se forjó ese vínculo especial con la plata: “Si hay muchos mitos que uno sabe que pueden tener validez en otras sociedades, como es lógico, probablemente éste sea uno de los más genuinamente argentinos. Y desde luego que tiene que ver con la perversa relación que hemos entablado con la economía a lo largo de por lo menos el último medio siglo; deriva de la pesadilla que hemos venido padeciendo los argentinos de por lo menos tres o cuatro generaciones: el proceso de constante empobrecimiento, lo que se llama la pauperización de la sociedad (y no sólo de las clases medias) llevó a esta especie de oficio paralelo que todos los argentinos tienen: ser un poco economistas aficionados por imperio de las circunstancias”.

Y las circunstancias han sido bastante convulsas en Argentina ¿Será entonces verdad que en cada argentino se esconde un economista? Los procesos traumáticos dejan huellas que condicionan la conducta futura del sujeto, me explica el psicoanalista Gabriel Rolón, autor de best-sellers como Historias de diván. “Los vaivenes económicos de la economía argentina han dejado marcas; procesos como el Rodrigazo (una gran devaluación del peso unida a un fuerte aumento de los precios) en los años setenta o la crisis de 2001 seguramente han dejado una inquietud acerca del tema del dinero que lo ha vuelto una cuestión de permanente ansiedad para nosotros”. Argentina -me recuerda Rolón- está poblada por descendientes de inmigrantes que vinieron huyendo de la guerra y el hambre en Europa, gente que guardaba cada peso que ganaba para construirse un futuro o para enviar a su familia en sus países de origen. Rolón ha viajado recientemente por España y Grecia y ha podido constatar que la virulencia de la crisis ya está dejando también su marca en la relación de esas sociedades con el dinero. “Psicológicamente hablando, el dinero no es más que un sustituto de la completitud y el poder. Hay otros valores, como la cultura, el talento, etc., que pueden ocupar ese lugar de hacernos sentir seguros y potentes, pero en la sociedad capitalista el dinero viene como anillo al dedo para buscar esa impostura en busca de una completitud que nunca será posible. El ser humano es un ser en falta, por suerte”. Me comenta Rolón que sus pacientes sólo le hablan de plata cuando tienen problemas económicos. Los ahorristas, por ejemplo, suelen ser sujetos bastante neuróticos.

Una ansiedad que se manifiesta a la hora de decidir cómo rentabilizar el dinero sobrante y que atañe por tanto a las clases medias y altas. Todo argentino al que le sobra un mango a final de mes sabe a cuánto cotiza el dólar, la moneda refugio de un país que vivió el sueño de la convertibilidad (un peso: un dólar) durante la década de los noventa, los años del “deme dos”, cuando muchos argentinos iban a Miami de compras como quien baja al quiosco de la esquina a por tabaco. Los años de pizza y champán, el gran legado político de aquel taumaturgo con patillas conocido popularmente como El Innombrable (por lo que respetaremos la sabiduría popular y no lo nombraremos), que privatizó medio país y prendió la hoguera para el gran incendio de 2001. A excepción de esos años, la preocupación por la cotización del dólar siempre ha estado presente entre los argentinos. Con una inflación que ronda el veinticinco por ciento anual (aunque el gobierno solo reconoce un diez por ciento), el ahorro en divisas era algo habitual entre las clases medias y altas hasta que la presidenta Cristina Kirchner logró la reelección en octubre de 2011 con una abrumadora mayoría y decidió acabar con lo que denominó “ahorro especulativo”. Y ella misma, para dar ejemplo, se aplicó el cuento y pesificó sus ahorros en dólares (es decir, dejó de especular). El control cambiario había llegado para quedarse. El Estado -argumentó el gobierno- necesitaba divisas para hacer frente al pago de importaciones y vencimientos de deuda. Y las divisas se estaban esfumando: 80.000 millones de dólares en los últimos cinco años, según datos oficiales: ni más ni menos que el dieciocho por ciento del PIB.

En el otro lado de la trinchera, los críticos vieron en el cepo al dólar una suerte de corralito en divisas. Sólo en algunos supuestos (viajes al exterior, pago de determinadas importaciones) se pueden comprar dólares de manera legal en el país que, después de Estados Unidos, atesora más billetes verdes en el mundo. A cada argentino le corresponderían, según datos del Tesoro norteamericano, 1.300 dólares frente a los seis dólares per cápita de Brasil. Aunque en las filas oficialistas se defiende la medida como una salvaguarda de la economía nacional, entre la tropa hay opiniones para todos los gustos, desde los defensores acérrimos del control cambiario hasta los que se preguntan por qué el gobierno al que votaron les obliga ahora a cometer una ilegalidad para adquirir dólares. “¿Por qué tengo yo que ir a una cueva (los chiringuitos financieros donde opera el mercado negro) como si fuera una delincuente?”, se pregunta una profesional relacionada con el mundo de la cultura.

Las quejas y alabanzas por el cepo al dólar se apropiaron en los últimos meses de las conversaciones sobre el dinero. En una cena con tres amigos kirchneristas (el antiguo binomio peronista/gorila quedó hoy superado por el de kirchnerista/antikirchnerista), todos caen en una curiosa contradicción: la norma es buena para el país -argumentan- y mala para ellos, que también necesitan dólares para salir fuera del país. “A mí me cagaron, viajo a Ecuador y necesito dólares”, se lamenta uno de ellos. “Yo intenté pedir dólares a la AFIP (la Hacienda argentina que autoriza unos cincuenta dólares por día para los viajes al exterior, aunque el sistema se cae cada dos por tres y en la práctica resulta totalmente arbitrario a la hora de asignar divisas) pero me pidieron una clave fiscal y no tengo”, confiesa otro. “Y ni se te ocurra pedirla”, interviene el tercero: “Cuanta menos información tengan de vos, mejor; están esperando que llames a su puerta para cazarte”.

Hablemos de guita

Pero cómo no hablar de dinero todo el tiempo si los medios de comunicación se desayunan con ese asunto y concluyen la jornada de la misma manera. No hay más que encender el televisor y sintonizar alguno de esos canales que ofrecen noticias (la misma noticia todo el tiempo) durante las veinticuatro horas del día. Ahí está el analista de turno hablando de guita. Hoy toca el salario de los porteros de Buenos Aires, un tema que no deja indiferente a nadie pues hay quien piensa que ganan demasiado (su sueldo está muy por encima del salario promedio, que ronda los cinco mil quinientos pesos mensuales, unos novecientos euros). “Si el portero de mi edificio gana más que yo, es que algo anda mal en este país”, recuerdo que me comentó un amigo periodista. Se equivocaba: lo que anda mal no es Argentina sino el oficio de periodista, aquí y en Pernambuco. Cambio de canal y escucho que alguien habla de la corrupción en España y los sobresueldos en el Partido Popular. “Mirá, estos españoles están copiando lo que hacíamos acá”. Sin embargo, no está muy claro quién copió a quién. No hay más que leer a Belgrano, uno de los próceres de la independencia, en una de las cartas que envió a su padre sobre lo que vio en la España de finales del siglo dieciocho: “Mi querido padre, la plata puede mucho bien dirigida, teniendo algún conocimiento en las cosas de la Corte y sabiendo los conductos se llega a conseguir lo que se quiere con ella; aquí más vale aparentar riquezas que pobreza, pues a todos abre los ojos el metal”.

Cambio de nuevo de canal y me topo con el objeto más deseado del momento: el dólar. En seguida pienso en Guillermo Moreno, el todopoderoso secretario de Comercio. En tiempos en que el dólar paralelo está batiendo todos los récords y ha superado los 7,50 pesos -es decir, un cincuenta por ciento por encima del oficial- Moreno acaba de pronosticar que el dólar oficial podría llegar a los seis pesos a finales de 2013; tengamos en cuenta que a principios de año ronda los cinco pesos. Y si lo ha dicho Moreno, una suerte de Rasputin del kirchnerismo capaz de recibir a ciertos empresarios con guantes de boxeo para poner las cosas claras desde el principio, como mínimo conviene prestar atención, por más complicado que resulte en este país asimilar rápidamente los avatares del dólar.

Si algún extranjero aterrizó por primera vez en Argentina el pasado 17 de enero, probablemente no haya podido entender los titulares de la prensa de ese día: “El dólar blue llegó a 7,50 pesos”. ¿El dólar blue? No tengo la menor idea de por qué al dólar que se vende en el mercado negro no lo denominan por su nombre, “negro”, en lugar de llamarlo blue. Y eso no es todo, porque en Argentina hay tantas especies de dólares que cuesta proponer un inventario. Está el dólar blue de las cuevas y el green de los “arbolitos”, esas plantas humanas que pueblan la céntrica calle Florida al grito de “cambio, cambio” y que poseen el don de la invisibilidad, pero sólo ante la policía. Está el dólar celeste de las operaciones inmobiliarias (porque en Argentina, ver para creer, los pisos se construyen en pesos y se venden en dólares) y el dólar turista de los gastos con tarjetas; hay un dólar soja, un dólar maíz, un dólar girasol: cada uno con su propia cotización. Y hasta un dólar bautizado con el extraño nombre de “contado con liqui”, que se utiliza para la fuga de capitales por la vía legal.

La asimilación social del dólar paralelo es tal que los principales diarios argentinos publican en sus páginas financieras no sólo la cotización del dólar oficial sino también la del negro (quiero decir, blue). Como no podía ser menos, en las redes sociales ya hay quien informa de la cotización del dólar paralelo a todas horas: @dolarblue, @dolarcable, @dolarlite.

Para rizar el rizo, recientemente apareció una aplicación informática que sigue los altibajos del dólar paralelo en tiempo real en iphonesyipads. Como se sabe, los argentinos son los reyes del invento. Ahí está Erdosain y su rosa de cobre para atestiguarlo. Se autoproclaman inventores del bolígrafo (que en Argentina llaman con el peculiar nombre de birome en honor a su creador, el húngaro nacionalizado argentino László Biro) y del autobús urbano o colectivo (puedo dar fe de que fueron ellos los creadores del cacharro: por Buenos Aires circulan los prototipos más viejos del planeta). Pues bien, una empresa argentina de sitios web, Bullpix, está detrás de la aplicación del dólar blue, una de las más demandadas de Apple en Argentina. “Primero regalamos la aplicación a nuestros clientes. Luego decidimos cargarla en el App Store de manera gratuita por dos días y la descargaron más de tres mil personas. La pasamos al modo pago para poder mejorarla. Ahora cuenta con notificaciones en donde se informa por hora los cambios en la cotización”, relata Alejandro Donzis, director comercial de la empresa, al diario El Cronista Comercial.

Sin tantos alardes tecnológicos, Agustín, un treintañero que lleva siete años en el negocio del dólar paralelo, cuenta y recuenta billetes tras una ventanilla en un local de Barrio Norte, una zona de clase media-alta de la capital. “Dame pesos”, ordena sin que haya nadie más a la vista. Unos segundos después, un bote de plástico desciende por una plataforma habilitada en una esquina del habitáculo donde trabaja. “Cien, doscientos, trescientos…”. Los dedos de Agustín son más rápidos que la vista. En unos segundos, le entrega 7.450 pesos a un cliente que le ha vendido mil dólares. Todo en la cueva de Agustín -el tabuco de dos por dos donde atiende, la luz mortecina, las paredes cuarteadas- tiene un aire de sordidez que no desentona con la actividad que allí se practica: la usura. El sociólogo alemán Georg Simmel ya advirtió en La filosofía del dinero (1905) que las relaciones humanas quedaron marcadas a fuego desde la aparición de un instrumento de comercio que se transformó en un fin en sí mismo. Con el dinero surge el individuo calculador en detrimento del individuo contemplativo.

“Esto no tiene mucha ciencia: se trata de comprar y vender”, me asegura Agustín. Pero tiene más ciencia de la que parece. “Faltan dólares en el mercado, por eso hay tanta demanda, y la va a seguir habiendo porque el gobierno no va a salir a vender dólares; hay que entender una cosa: el cepo cambiario no se va a acabar”.

El cuevero habla de economía con desparpajo. La espiral inflacionaria: ahí está el problema. Argentina se precipita hacia esa espiral y a la paralización del crecimiento. O sea: la temida estanflación. Agustín parece un economista, pero no lo es. “Lo que pasa es que leo mucho, me gusta estar enterado de las cosas, porque yo también muevo mi plata: en oro, en bonos, donde vea que va a ser más rentable”. Entre lección y lección, suena el teléfono. Y Agustín contesta telegráficamente: “Euro: ocho noventa”. Como si fuera un cambio legal, cada día, desde las diez y media de la mañana, los cueveros como Agustín llaman a una “central” para informarse sobre el precio de cada divisa de acuerdo a la oferta y demanda. “Son bancos y mesas de dinero de la City (el Microcentro porteño) las que marcan la pauta”.

Cada día el mercado negro mueve al menos veinte o treinta millones de dólares, el tres por ciento del total. Los técnicos lo llaman mercado ilíquido porque se trata de un volumen pequeño donde unos pocos jugadores pueden mover el tablero a su antojo. Pero Agustín no tiene dudas sobre quién respalda la existencia de ese mercado paralelo: “Al que más le interesa que exista es al propio gobierno, que así puede operar con sus dólares en los dos mercados: el oficial y el paralelo. Ellos son los formadores de dinero”.

El negocio del cuevero está estrechamente relacionado con la veneración que sienten los argentinos por el dólar. Moneda fetiche, el billete verde será siempre garantía de ahorro. “Yo lo explico con el ejemplo de la campera: Vos te olvidás una campera en mi negocio y regresás dentro de un año; en un bolsillo dejaste cien pesos y en el otro cien dólares; con el primer billete podrás comprar un treinta por ciento menos (por la inflación) mientras que el segundo lo seguirás guardando porque no perdió su valor, al contrario. ¿Se entiende?”.

Meridianamente.

Y mientras Agustín continúa hablando de márgenes y centavos, el ejemplo de la campera me lleva a pensar en todos esos lugares donde los argentinos guardan sus ahorros. La desconfianza en los bancos tras el corralito financiero de 2001 llevó a mucha gente a esconder el dinero en los rincones más insospechados de sus casas: bajo una encimera, en el balcón o entre la ropa, como esa campera ficticia de Agustín. Otros prefieren no arriesgar tanto y depositar sus dólares en los bancos, pero no en una cuenta sino en una caja de seguridad.

Según el diario Ámbito Financiero, en Argentina hay setecientas mil cajas fuertes en las entidades bancarias. Cuántos dólares acumulan esas cajas es un misterio. Hay también quien decide encastrar la caja fuerte en su propio hogar.

En el apartamento que alquilé cuando llegué a Buenos Aires había una enorme caja fuerte en el cuartito de la lavadora. De hecho, la caja tenía el tamaño de una lavadora. Estaba cerrada a cal y canto y nadie se acordaba de la clave para abrirla. Durante los primeros días soñé con que unos ladrones entraban en casa y me torturaban para que cantara la combinación. Como no la sabía, me iban cortando los dedos de las manos y cuando ya sólo quedaban muñones me despertaba gritando. Le pedí encarecidamente a la administradora del piso que se llevara esa cosa maligna de mi departamento o que al menos la dejara con la puerta abierta. Pero no fue tan sencillo. El dueño vivía en el extranjero y no recordaba la clave, así que la administradora tuvo que contratar a unos expertos en cajas de seguridad. Primero vino el operario estilista, pero aunque gesticuló como esos ladrones de guante blanco que salen en el cine, no logró dar con la fórmula adecuada. Se marchó cabizbajo. Después llegaron los reventadores profesionales, tipos rudos con taladradoras, martillos y refrescos de cola. La caja pesaba un quintal y la única forma de no fundir el ascensor era trocearla. Rompieron varias brocas antes de poder perforar el acero del armatoste. Nunca supe muy bien qué hicieron esos “expertos” tanto tiempo en el cuarto de la lavadora, pero estuvieron varios días hasta que finalmente consiguieron separar la puerta del cuerpo de la caja y mi pesadilla, por fin, se acabó.

Le he perdido el hilo a Agustín durante unos segundos pero no importa porque él sigue en lo suyo: “El dólar blue va a continuar subiendo aunque el gobierno devalúe el oficial; si no pone dólares a la venta, la brecha seguirá”, está diciendo ahora. No hay una salida fácil, según el economista cuevero, porque si se elimina el cepo cambiario la gente irá en masa a comprar dólares: “Es la cultura argentina; somos así”.

La obsesión por el dólar existe desde hace décadas. “Salarios, precios, tipo de cambio: todo el mundo habla de dinero, todos los que pueden permitírselo compran dólares en el mercado negro. Y pronto el visitante se ve afectado por la histeria”. Cualquiera podría suscribir esa frase hoy, pero fue escrita en 1972. V.S. Naipaul palpaba entonces la realidad argentina para escribir su extensa crónica sobre el peronismo: El regreso de Eva Perón. El traductor de Borges, Norman Thomas di Giovanni, que llevaba tres años viviendo en Buenos Aires, le traslada a Naipaul esa impresión: “Empiezas a tener la sensación de que te estás pasando los mejores años de tu vida en casa del cambista. Voy allí algunas tardes igual que otras personas van de compras; sólo para ver qué se ofrece”. Para seguir el consejo de Di Giovanni, me acerco a visitar a Agustín algunas tardes de este verano austral mientras paseo por Buenos Aires. Me gusta verle contando billetes a toda velocidad: cien, doscientos, trescientos, mientras ordena que bajen el frasquito con los pesos en su tabuco de dos por dos.

Es el triunfo de la sociedad del cálculo.

Coaching in theriverplate

Seguramente Agustín no necesite los consejos de Nicolás Litvinoff, un economista (con título universitario) devenido coach financiero. Cuando oí hablar de él no tenía idea de qué demonios era un “coach” financiero, una de esas maravillosas expresiones de nuestra época globalizada. “No es más que el coaching ontológico aplicado a las finanzas”, me suelta Litvinoff.

Sigo sin entender nada, así que abro su libro Es tu dinero e intento enterarme de qué hablamos cuando hablamos de coaching ontológico: “Se basa en la premisa de que existe una relación directa entre nuestra forma de observar el mundo, las acciones que emprendemos y los resultados que obtenemos; por ende, su meta principal es transformar el tipo de observador que somos (…) para alcanzar los objetivos planteados”.

Aplicado a las finanzas, el trabajo del coach es lograr que el inversor cambie y mejore su punto de observación de la realidad económica para lograr resultados tangibles. Voy entendiéndolo.

Nicolás me ha citado en una cafetería de Salguero y Libertador, una de las zonas más nobles de Buenos Aires, donde uno imagina que a la gente no le hacen falta muchos consejos para conseguir plata. “Lo que hago es darle una vuelta de tuerca al coaching y fusionarlo con las finanzas; trabajé en sociedades de bolsa manejando cuentas de terceros e impartí clases de economía financiera; junto todo eso y salgo con el coaching financiero”. Y para ello fundó Estudinero.net, un sitio de Internet al que se apuntan desde contables hasta mineros o taxistas en busca del tiempo (y del dólar) perdido. En sus clases, el coach enseña a sus alumnos a “invertir con fundamentos”. “La intuición siempre genera pérdidas”, es una de sus premisas.

Tenía mis dudas sobre las diferencias entre un coach y un asesor financiero, pero empecé a despejarlas cuando Nicolás me comentó que estaba terminando su primera novela: Maten al asesor financiero. Parece que los coach no se llevan muy bien con los asesores. “Hay siempre un conflicto de intereses entre el asesor y su cliente, porque el asesor piensa sólo en el bonus de fin de año que le corresponderá por la cantidad de productos que haya podido colocar”. Y el coach, según Nicolás, trabaja en un plano más emocional. ¡Qué buen rollo! En cualquier caso, a mí la parte de la charla con Litvinoff que más me interesa es cuando me revela que él no trabaja más de cuatro horas por día. Trabajar menos y ganar más, de eso se trata. Erdosain y el Rufián Melancólico se unen a nuestra mesa.

“La pregunta clave -nos informa el coach a los tres- es si conviene dedicar el ochenta por ciento de nuestro tiempo a generar los ingresos o, por el contrario, trabajar el veinte por ciento de nuestro tiempo para generar el ochenta por ciento de los ingresos”. Para ello, hay que vender bien nuestro talento. “Internet te da la posibilidad de llevar este tipo de vida que yo propongo: nunca fue tan fácil montar un negocio como hoy en día, se trata de buscar aquellos nichos no explorados”. Litvinoff los llama Vehículos Automatizados de Ingreso. Otra expresión maravillosamente posmoderna.

“Se vende talento. Razón aquí”, podría ser el lema del trabajo por cuenta propia que viene. El problema, según el coach, es que no todo el mundo sabe potenciar su capacidad. Y los que saben hacerlo -pienso yo- también pueden caer en las redes de la ansiedad: Litvinoff relata en su libro la aventura ficticia de un broker de bolsa argentino que decide manejar cuentas de terceros desde su casa. Después de informarse bien (siguiendo los mandamientos del coaching), invierte en paquetes de acciones de los países emergentes, los llamados Brics, muy en boga. Al principio le va de maravilla, con ganancias de mil quinientos dólares por día, el sueldo de un mes y medio en su trabajo anterior. Pero un día la Bolsa da un giro inesperado y el broker comienza a perder al mismo ritmo que antes ganaba. Todo eso le genera un estrés incontrolable, vive pegado a la computadora hogareña todo el tiempo, se queda desvelado hasta la madrugada para ver cómo se comportan los mercados asiáticos, come mal, discute con su novia: un infierno. Hasta que cambia la estrategia inversora y logra revertir la caída de su cuenta de terceros. El cuento tiene un final feliz, porque el broker acaba ganando en quince días tres mil quinientos dólares. Pero maldita la gracia. A punto ha estado de que lo llevaran a urgencias por un paro cardiaco. “Tiene algo de autobiográfico, sí”, confiesa Nicolás para saciar mi curiosidad.

Los consejos de Litvinoff sobre cómo utilizar el dinero y el tiempo se venden bien en las librerías, pero no han logrado batir a la auténtica estrella de la temporada, el best-seller de la divulgación económica: Economía a contramano, del periodista Alfredo Zaiat. “Yo no veo en la Argentina una obsesión con el dinero como objeto fetiche del sistema capitalista diferente a la que puede haber en otros países; lo que sí existe es una obsesión con el dólar”, me explica Zaiat.

En su libro -lectura de cabecera de la presidenta Kirchner-, Zaiat dedica un capítulo a esa obsesión. Y relata algunas curiosidades interesantes, como la peculiar manera en que viajan todos esos dólares que acumulan los argentinos desde la Reserva Federal hasta el Banco Central de Argentina. Todo un negocio para Washington. En concreto, el Tesoro norteamericano recibió tres mil doscientos veintitrés millones de dólares en intereses sólo en 2005. “Los argentinos que se aferran a esos billetes merecen saber que, de forma gratuita (…), han colaborado con esa suma millonaria a las finanzas de Estados Unidos”. Para Zaiat, lo que sí diferencia a Argentina de otros países es la cultura rentista que hunde sus raíces en la posesión de vastas áreas de tierra tremendamente productivas, pero en muy pocas manos. “Una cultura que no se dio en otras partes del mundo con una bendición de la naturaleza similar a la nuestra”, dice.

Defensor del control cambiario impuesto por el gobierno, el autor de Economía a contramano cree que lo que está en juego es la recuperación de la soberanía monetaria del país, rifada a su suerte durante décadas de políticas neoliberales.

Los libros de divulgación económica, como el de Zaiat, inundan las estanterías de las librerías argentinas. Pero el dinero no está muy presente en la literatura actual. No siempre fue así. La investigadora del Conicet Alejandra Laera, doctora en Letras, me cita en el bar del Museo Sarmiento para explicarme en qué momentos puso el foco la literatura argentina en el dinero. Laera, que pronto publicará su ensayo Ficciones del dinero. Argentina, 1890-2001, ha detectado una estrecha relación entre esas dos épocas. Dos momentos que combinan una gran modernización con un desastre económico. Esa tesis reveladora nos lleva a conectar a Julián Martel -el primer autor que se ocupó del dinero a conciencia en La Bolsa (1891)-, con los narradores contemporáneos que entre 1990 y 2001 escribieron obras en las que el dinero se articula como motor de la trama. En La Bolsa, Martel escribe por primera vez sobre un asunto -el dinero- que antes solo había aparecido de manera tangencial, como en los registros de gastos de Sarmiento que, por cierto, anotaba hasta las orgías.

“Es a partir de esa crisis de 1890 cuando las novelas se hacen cargo de esa nueva realidad, el dinero, la crisis, la especulación bursátil. Al mismo tiempo, los diarios comienzan a publicar noticias relacionadas con las finanzas, los suicidios que provoca la crisis, etc.”. Y ese ciclo de novelas relacionadas con el dinero concluirá a finales de la década del veinte, con Los siete locos y Los lanzallamas de Arlt. Después, y aunque otros grandes escritores, desde Borges a Saer, trataron el asunto a su manera, habrá que esperar hasta otra etapa de abrupta prosperidad y crisis para encontrarnos con el dinero como protagonista en la narrativa argentina.

En la década de 1990 se escriben, según Laera, cinco novelas que tratan el dinero no ya como el nuevo héroe moderno que proclamara Balzac sino como su reverso. “Son tramas que refuerzan la idea de la abstracción intrínseca del dinero; más que del dinero hablan de la desaparición del dinero”. Ahí están El aire (1992), de Sergio Chejfec, donde el vidrio reemplaza a monedas y billetes; Wasabi (1994), de Alan Pauls, donde la beca concedida a un escritor se transforma en una pesadilla que le provocará el crecimiento de un quiste; Plata quemada (1997), de Ricardo Piglia, donde arde el dinero de un robo; Varamo (1999), de César Aira, con el dinero falso como protagonista, y La experiencia sensible (2001), de Rodolfo Fogwill, donde una familia se ve abocada a gastar su plata en un casino de Las Vegas.

“Estas novelas -señala Laera- son una apuesta por escribir las ficciones del dinero desde la interpelación y la denuncia de situaciones vinculadas al contexto político y social del país, y creo que es importante la conexión con las obras del diecinueve. Aunque son novelas de temáticas y propuestas diferentes, las obras de finales del diecinueve y las de la década del noventa coinciden en algo esencial: destacar la tensión entre modernización y crisis; se trata de ciclos modernizadores con mucha inversión, mucho consumo lujoso, y ambos terminan con crisis no solo económicas sino institucionales”.

Pero si hay un escritor que sublimó el dinero como trama central de su obra fue Roberto Arlt, autor de algunas de las grandes novelas de la literatura en español del siglo veinte. Piglia ha visto en Arlt al gran urdidor de la ficción del dinero. “En sus novelas -escribe Piglia- el dinero aparece como causa y como efecto de la ficción. Causa, porque para tenerlo es preciso mentir, estafar, hacer el cuento. Efecto, porque ese enriquecimiento siempre postergado desencadena la historia de todo lo que se va a hacer, cuando se tenga dinero”. Laera también comparte esa lectura sobre la narrativa de Arlt: “Tanto Los siete locos como su continuación, Los Lanzallamas, representan el momento culminante de las ficciones del dinero”.

El escritor Martín Kohan (Buenos Aires, 1967), uno de los mejores narradores de su generación, también cree que Arlt da en el clavo al subrayar una de las dos fantasías que dominan el imaginario argentino: la riqueza repentina a través del batacazo. Su contracara es la ruina fulminante, que tanto ha cantado el tango. “La idea del batacazo arltiano va en contra de esa filosofía de nuestros abuelos, el trabajo diario, el separar el pesito, el ahorro”, me cuenta Kohan en el escenario del teatro Grand Splendid, rodeado de actores políglotas que no paran de tomar café. Llegó a la cita con una camiseta deportiva y una mochila a cuestas. No parece un intelectual. Pero su vida son los libros y la docencia. “Mi principal capital es el tiempo”, me confiesa, para luego explicar que le revienta perder un día en trámites burocráticos.

Kohan es un argentino atípico, poco o nada preocupado por el dinero. Aunque esa indiferencia no lo protege del virus: “Hoy fui a comer a una parrilla normal en un barrio normal y cuando me levanté para ir al baño pasé bordeando tres mesas y en todas escuché conversaciones relacionadas con el dinero. Es interesante pensar en esa persona que aunque no esté directamente ligada al tema de la plata se interesa de alguna manera, porque el dinero está en el ambiente. En mi memoria de argentino, siempre fue un tema del que había que saber algo, como el clima del día”.

A Kohan no le duelen prendas en reconocer que él mismo, un antimenemista declarado, se sintió de alguna manera mesmerizado por la convertibilidad. “El ideologema del uno a uno (un dólar: un peso) me quedó inoculado con una fuerza que iba más allá de la racionalidad”. De repente, a alguien como Kohan -que cultiva el anticonsumismo- se le encendían los ojos ante la cantidad de libros y discos importados que podía adquirir. “Más allá de que el uno a uno no tenía ningún fundamento económico y estaba destinado a desmoronarse, están las razones ideológicas por las que funcionó; la convertibilidad tocó un deseo colectivo, la voluntad de creer en que se puede ser otra cosa”.

La idea nos lleva de nuevo a principios del siglo veinte, a los estancieros que viajaban a Francia con su vaca en la bodega del barco, al sueño de una nación que quiso ser y no fue la Estados Unidos del sur. El peso mirando de tú a tú al dólar era eso: la idea de pertenecer a un primer mundo privilegiado, donde el consumo desbocado (“deme dos”) sería el nuevo becerro de oro. “La crisis de 2001, además de todo el empobrecimiento que causó, lastimó ese imaginario”, subraya el autor de Ciencias morales. Y el paciente ya estaba tocado después de sufrir la hiperinflación de finales de los años ochenta.

“El filósofo Tomás Abraham se refirió en un artículo a que el verdadero miedo social actual en Argentina viene estimulado por el fantasma de la hiperinflación, por encima de otros traumas sociales como el que dejaron en el país los represores de la última dictadura; es terrible pero auténtico”, apunta Kohan. Los traumas económicos marcaron a fuego en la sociedad un “reflejo defensivo” que no ha desaparecido y que no tiene nada que ver con la especulación pura y dura que practican algunos. “El dinero -dice el escritor- no es una cuestión relevante en mi vida, pero sí tengo ese reflejo de ahorro; no tengo avidez en ganar dinero: mi reflejo es no gastar”.

Me despido de Martín Kohan en la cafetería de la deslumbrante librería El Ateneo, ¿o era el escenario del Gran Splendid?, y me encamino hacia casa. Tengo que hacer algunos arreglos en la baulera. Cada vez que entro en esa covacha llena de trastos y veo la caja fuerte troceada me vienen a la memoria aquellos días de angustia, cuando me atormentaba la idea de que los expertos de las taladradoras y los martillos nunca pudieran terminar su trabajo. Arrumbada en una esquina de la baulera quedó la puerta de la caja. Nunca olvidaré el día en que uno de los operarios, con los ojos enrojecidos de tanto polvo tóxico, me gritó la buena nueva: “¡Ya está listo, capo!”. Quise ser testigo del momento de la apertura. ¿Qué preciado tesoro se escondía en aquel cofre misterioso? Entré apurado a la habitación y me asomé impaciente por encima de los hombros del operario. En la caja fuerte no había nada: ni un peso ni un dólar ni una joya. Ni siquiera un papelito socarrón con la frase “¡Te mataron por nada, pelotudo!”. Solo vacío y nada más.

Se trata de una masa gelatinosa, salada, anaranjada, rellena de cuero y patas de chancho y con forma de lavacara. Angelita Pazuña, una mujer de un metro 60 centímetros, morena y de pelo lacio, corta con un inmenso cuchillo algunos pedazos de esta masa y los coloca en una funda plástica transparente que cabe en una de sus manos… Pero la mujer indígena que recibe el producto no entrega a cambio dinero. De su chal azul marino, deja caer, sobre un tarro blanco, un poco más de una libra de cebada en grano. El trueque está hecho.

El togro, como se conoce a esta masa gelatinosa, es la ‘estrella’ de la feria que cada miércoles se hace en Cusubamba, una parroquia de 9.000 habitantes, enraizada en las montañas de Cotopaxi, a la que se llega tras una hora de recorrido en carro desde Salcedo. Un poblado al final de un camino empedrado y lleno de agujeros, rodeado de pencas, cipreses y unos árboles alargados y curvilíneos que ni se inmutan con el frío, el viento y la neblina matinal, que cubre todo el verde y casi no deja ver.

En el centro, a dos cuadras de la feria de los miércoles, hay una de esas torres de fierros rojos y blancos y una luz roja titilante en la punta, que sirven para mostrarles a los pilotos de aviones dónde están los sitios más altos de la Tierra para que no vayan a estrellarse. Es un lugar tan alejado del mundo ‘normal’, que parece que sería más fácil medir su altura en ‘metros bajo el nivel del cielo’ que en ‘metros sobre el nivel del mar’.

En la feria, cada semana se oferta de todo: coloridos sombreros, ponchos y sandalias, panes que aún guardan el sabor a horno de leña, espumillas blancas y rosadas, pescado frito, panelas inmensas y pesadas, gaseosas y jugos artificiales, manteca de res… Pero los habitantes de Cusubamba esperan con ansias el togro. Muchos lo comen solo, otros con una funda de mote y mapahuira.

Los secretos

 Dos mujeres llevan el togro hasta las alturas. Además de Angelita Pazuña, de 45 años, está su tía, María Guanoluisa, de 76. Ellas trabajan en puestos separados y las conocen como ‘las togreras’. Guanoluisa lleva más 50 años subiendo a Cusubamba y Pazuña 25.

Ninguna tiene más de dos minutos seguidos para conversar. La feria está dividida en dos partes: Un galpón de unos 150 metros cuadrados, de paredes blancas y concho de vino, con mesas de baldosa blanca y piso de cemento. Y un espacio exterior de unos 700 metros cuadrados, en el que la hierba compite con el cemento.

Afuera, unos puestos están cubiertos por grandes plásticos de colores colocados sobre estructuras de madera, a manera de carpas; otros, en cambio, prefieren sentarse en el suelo para vender. Adentro, las vendedoras simplemente ponen sus productos sobre las mesas de baldosa.

‘Las togreras’ están adentro. A su alrededor, hay un incesante desfile. Cada vez que ven que alguien se acerca, ellas se apresuran a cortar un pedazo y extienden su mano: “vendrá, caserita, ¿qué va a llevar?”, “pruebe, ¿cuánto le doy?”… Y la rutina casi siempre es la misma: el cliente toma el pedazo, lo prueba. Luego saca la cebada, la coloca en tarros o en costales y recibe el togro. Aquí cabe a la perfección aquello de ‘vender al ojo’, porque cada ‘togrera’ sabe exactamente cuánta cebada vale 25 centavos, o 50, o 75…

El togro es el resultado de cocinar por todo un día las patas y el cuero del chancho es unas ollas muy grandes. Cuando el agua, las patas y el cuero comienzan a compactarse de tanto hervir, la preparación habrá llegado a lo que ‘las togreras’ conocen como ‘el punto’. Entonces, será el momento de colocar la mezcla en las lavacaras plásticas que le dan su forma final. Llegará el achiote en grano, que le da su color anaranjado. Y le seguirán los aliños y toques finales: cebolla, ajo, sal, orégano, leche y algunos otros detalles que estas mujeres se guardan. Luego, esperan hasta que termine de cuajar y está listo para la venta.

Como la preparación tarda más de un día, las ‘togreras’ empiezan a hervir todo desde la tarde del lunes, para alcanzar a estar en la feria a eso de las ocho y media de la mañana del miércoles. “Antes se demoraba más, porque teníamos que cocinar en leña, ahora, con las cocinas a gas ahorramos por lo menos unas ocho horas”, explica Angelita Pazuña.

La mayor de las ‘togreras’, María Guanoluisa, es pequeña, ancha y usa un delantal y un sobrero de tela sobre su lacia cabellera cana. Habla fuerte, mira siempre a los ojos y no puede contener su sonrisa cada vez que habla del togro. Nadie sabe con exactitud desde hace cuánto tiempo se vende este producto o quién lo inventó, pero ella tiene 76 años y asegura que sus abuelos ya lo preparaban y vendían.

Ella comenzó a venderlo desde que tenía 20 años. “Antes, teníamos que subir en burros o caballos. Desde hace poco nomás hay buses y camionetas”. Cada miércoles, suben desde una parroquia rural de Latacunga llamada San Felipe, en donde hacen la preparación. Desde que llegan, comienzan a cortar el togro para venderlo y no dejan de hacerlo hasta que se van, a eso de las 14:00, casi siempre sin sobrantes.

El trueque

‘Cusumbamba’ significa en kichwa ‘Tierra de gusanos’. Precisamente porque eso es lo que abundaba en este lugar en sus inicios: gusanos, según lo explica el Presidente de la Junta Parroquial.

Es un pueblo cuyo centro se limita a unas cuatro cuadras. Un parque lleno de plantas y flores, con un árbol gigante en una de las equinas. Una iglesia con la fachada de adobe, que guarda su forma original. Una pequeña escuela. Un vacío dispensario médico. Una unidad de Policía. La Junta Parroquial. Y un local de Internet, recientemente inaugurado por el Estado.

La mayoría de los habitantes son indígenas. Hay muy pocos jóvenes en las calles. En un miércoles de feria, la imagen es repetitiva: decenas de personas bajando con sus chales o costales llenos de cebada bajando a hacer compras y decenas de personas, ya sin cebada, pero con fundas o costales llenos.

El empedrado camino que llega hacia él está plagado de cerradas curvas, en medio de la vegetación. En las mañanas, la niebla es tan espesa que cuando cobija a los árboles parece el escenario perfecto para una película de terror. Es un sitio tan lejano que en el trayecto uno puede ver ovejas del porte de caballos, perros regordetes que vistos desde atrás parecen cerdos e incluso un perro plomo del porte de un pequinés, pero con una frondosa melena como de león.

El pueblo cumplió recién 149 años de vida. Pero para llegar o salir, la gente aún usa mayoritariamente unas camionetas organizadas como transporte público, que generalmente pasan repletas, como líneas populares en una gran ciudad. Al amanecer, los niños, con uniformes y mochilas son los principales usuarios. Muy pocos usan los buses pequeños y destartalados que llegaron recién hace seis años al lugar.

Esta historia se da en pleno siglo XXI y en un país dolarizado, pero en la feria de los miércoles casi nadie conoce el dólar. Sólo contadas personas. La mayoría aún vive con del ‘trueque’. Aquí el dólar se llama cebada y los centavos son otros granos, como el trigo y el maíz que no son tan cotizados. Cusubamba es un pueblo inminentemente agrícola. Y son precisamente los granos su principal producción. La cuestión es que muy pocas personas tienen tanto dinero en efectivo como pensar en ir de compras un miércoles de mañana. Y, pues, los vendedores, que vienen de comunidades y cantones aledaños, Salcedo, Latacunga, Llacturco, Rumiquiche, Atocha, Aguamansa, Pujilí, San José, Las 4 Estaciones y Mulalillo, han tenido que acoplarse a recibir en pago el único fruto del trabajo de los habitantes de Cusumbamba: la cebada.

Con algo más de tres libras de cebada, Moaña Guano, por ejemplo, lleva par su casa, cuatro panes, un jugo artificial, dos fundas grandes de mote y, por supuesto, el infaltable togro. “A mi marido le encanta el togro, a mí no tanto. Pero él come todos los miércoles. Todas las semanas, se levanta temprano y emocionado porque ya llevo su buen desayuno”.

Con la cebada la gente compra literalmente todo: pan, mote, pescado, jugos, gaseosas, togro, panela, manteca de res, sombreros, bufandas… Y la imagen es siempre la misma: la compradora escoge su producto, saca de su chal una porción del codiciado grano, la deposita en unos tarros blancos o costales, que todas las compradoras tienen, y reciben lo que pidieron.

El negocio

 En Cusubamba, todos son pequeños. Ninguno debe superar el metro y 60 centímetros. La mayoría son ancianos de sombrero, ponchos y pantalones o faldas de tela. A eso de las 10 de la mañana, la feria de los miércoles está repleta. Las ‘togreras’ para ese entonces ya tienen lleno medio quintal de cebada cada una. Si logran llenar, regresarán satisfechas a sus casas. Otros productos más populares, como el mote, ya han logrado llenar dos y hasta tres costales.

Las ‘togreras’ venden la cebada al regresar a Latacunga. Y la mayoría de los comerciantes hace lo mismo. Pero no todos. La señora que llega desde Pujilí con su pan recién horneado, por ejemplo, la utiliza ella directamente para alimentar a sus gallinas y para su propio uso en su casa.

Tampoco hay un precio fijo para cada quintal de cebada. María Guanoluisa dice que es una gran alegría cuando puede vender uno a 20 dólares. Pero Angelita Pazuña jura que puede conseguir un precio de hasta 25 dólares. Además, Pazuña vende, además del togro, las patas del chancho por separado, y para esa venta si exige dinero en efectivo. Cada pata cuesta entre 2 dólares y 3 dólares y medio.

Y eso afecta también en sus ganancias. Mientras Guanoluisa sale a pérdida todos los meses, Pazuña gana hasta 150 dólares.

Incertidumbre y modernidad

Cuando el reloj se aproxima a las 11, las tres cuartas partes de los costales de las ‘togreras’ están llenas. Cada vez hay menos gente desfilando por los puestos de la feria de los miércoles y algunos vendedores ya han comenzado la retirada. Ya en este punto, las vendedoras comienzan a recordar aquellos tiempos en que la feria era mucho más concurrida y el negocio era mucho mejor. La feria siempre ha sido los miércoles. Pero las ‘togreras’ añoran esos miércoles, antes de los buses, cuando regresaban a caballo o en camionetas pero con tres o cuatro costales repletos de cebada.

“Después llegó la modernidad. Los caminos empedrados. Las camionetas. Los buses. Los jóvenes comenzaron a emigrar a Quito, a Ambato, a Latacunga, a Guayaquil, a Cuenca, a España, a Italia… y mandaban dinero a sus familiares que se quedaron aquí. Y entonces ellos ya no necesitaban a esperar a la feria de los miércoles, bajaban hasta Salcedo y ahí en las tiendas compraban cualquier cosa cualquier día. Ahí ya la feria comenzó a decaer. Pero luego, cuando la gente comenzó a cobrar el bono solidario, muchos ya tenían dinero en sus bolsillos más seguido, llegaron los buses y ahora ya es más fácil que todos bajen a comprar en los pueblos más grandes”. Así define ese salto temporal María Guanoluisa, la mayor de las ‘togreras’.

A las 11 y media, la feria está casi vacía y los quintales de las ‘togreras’ casi llenos. A pesar de la baja en el negocio, las dos ‘togreras’ prometen que seguirán preparando este singular alimento hasta que sus fuerzas les acompañen. Angelita Pazuña, ya comenzando a limpiar sus lavacaras vacías, dice que está acostumbrada a ganar ese dinero y colaborar en su casa y que no piensa dejar de hacerlo. María Guanoluisa, también en labores de limpieza, confiesa que sus hijos ya no quieren que siga trabajando. “Me dicen que ya estoy vieja, que ya no venga, que me puede pasar algo, pero, auque pierda dinero, pero para mí quedarme encerrada ahí en la casa. Toda la vida he trabajado, ya no me acostumbro a estar sentada”. Y ahí estarán las ‘togreras’, mientras la feria de los miércoles que mantiene vivo el trueque se siga resistiendo a la modernidad y los habitantes de Cusubamba sigan buscando su añorado togro.

La imagen de España en el mundo es más o menos así: paella, siesta, sol, vestidos estampados de lunares, toreros, sangría y olé. Hoy, en cambio, o también, es así: desempleados, desahucios, endeudamiento, indignados, recortes y caras de a-ver-cómo-salimos-de-ésta.

Pero viajemos por un momento al año 2007 a. C. (antes de la Crisis). Con un PIB mayor que el de Canadá, España juega en la champions league de la prosperidad. La economía ha crecido a un ritmo feroz, la tasa de desempleo es de un ridículo 8% —la más baja desde 1978— y, por primera vez, recibe inmigración masiva. El milagro económico español, que así se llamaba lo que empezó en 1998, estaba sostenido en ladrillos. El gobierno incentivó la construcción urbanizando áreas que nunca habían sido urbanas y los bancos prestaron millones a las inmobiliarias: la costa se llenó de edificios, el campo de chalés, los pueblos de Guggenheims y las calles de nuevos ricos. Sólo en 2005, las ochocientas mil viviendas construidas en España superaron a las levantadas en Alemania, Reino Unido y Francia juntas. Como esas casas había que venderlas, los bancos abrieron el crédito como quien abre una represa.

Con el parque inmobiliario más grande de la Unión Europea en plena construcción, la necesidad de mano de obra subió y del cielo cayeron dos millones de latinoamericanos atraídos por el Spanish dream. Por tierra y mar llegaron dos millones de africanos y europeos del este. España se conjugaba en futuro perfecto.

Pero los precios de la vivienda —ay— estaban infladísimos: un departamento normalito en Madrid o Barcelona podía costar cerca de medio millón de dólares (la hipoteca media nacional era de doscientos mil dólares). Aun a esos precios, los pisos se vendían. La gente firmaba hipotecas a cuarenta años, con cuotas de 80% de su sueldo, pero había sueldo y todos lo hacían. Los vendedores inmobiliarios tenían la suave tenacidad de ciertos grupos religiosos: “Y usted, hermana, ¿sigue desperdiciando su fe en el alquiler?”. Durante las vacas gordas se daban hipotecas como se da la hora. Según datos del Instituto Nacional de Estadística, en 2007 fueron casi cuatro mil al día: 1.4 millones al año. Entonces llegó 2008, año 1 de la era d. C. (después de la Crisis).

El 17 de septiembre de ese año, allende los mares, quebró un banco estadounidense. Y esa caída, la de Lehman Brothers, fue como el dedo en la primera ficha del dominó. Años de créditos alegres a entidades y personas de dudosa solvencia pasaron factura. Los bancos estadounidenses entraron a cuidados intensivos y a los españoles se les paró el corazón y dejaron de dar dinero. El consumo se desplomó, setenta mil empresas cerraron y sus trabajadores se fueron a la calle.

Y, por supuesto, la gente que no trabaja deja de pagar sus deudas.

De 2008 a 2009 fue una barbarie: de dos millones y medio de parados se pasó a cuatro millones doscientos mil. Ahora mismo, en 2012, seis personas por minuto, trescientas setenta y cinco por hora, nueve mil por día son despedidas. En 2007 había cerca de dos millones de parados. En 2012, apenas cinco años después, hay cinco millones.

***

Francisco Hernando, Paco el Pocero, fue un niño dickensiano: pasó su infancia en una chabola y no tuvo techo hasta los veintinueve, cuando compró su primera casa. “Pocero”, según la RAE, es el encargado de limpiar pozos o depósitos de inmundicias y eso era Paco hasta que se subió a la grúa de la construcción. En 2006 decía tener una fortuna de ochocientos millones de dólares. Mientras unos lo acusaban de corrupción, otros admiraban a la encarnación ibérica del self-made man. Dicen que no sabe escribir, que lee mal y que llama “toballa” a la toalla, pero la urbanización que lleva su nombre escrito en dorado es la mayor obra privada de la historia de España, con más de trece mil casas proyectadas y mucho delirio del yo: el parque lleva el nombre de su mujer y la calle principal una enorme estatua de sus padres.

Pero en 2008, cuando los bancos cerraron la llavecita de nuevos ricos, ni el propio Hernando pudo comprar los pisos de Hernando. Tenía tantas deudas que la urbanización, apenas inaugurada, pasó a ser propiedad de las cajas de ahorro que la financiaron. Mejor para él. Al ver que España se hundía, Hernando huyó. Hoy, a sus sesenta y siete años, dicen que construye como un poseso en África.

La urbanización Francisco Hernando, en Seseña (Toledo), es el museo de la crisis con todo su esperpento. Allí no vive nadie. Casi nadie.

Por una avenida vacía, postapocalíptica, el viento arrastra un vasito vacío de yogurt y su troc, troc, troc es un escándalo. De vez en cuando pasa una persona. Anna, polaca, vive desde hace poco en uno de los edificios de Hernando. Ante la falta de compradores, ahora hay alquileres convenientes. Anna dice que es una lotería: paga una mensualidad baja por un piso flamante en un complejo con piscina y canchas deportivas. Pero no hay vecinos. Los departamentos que hace cuatro años costaban trescientos setenta mil dólares, han bajado a noventa y dos mil. Y ni así.

—Hay otra familia en mi planta —dice Anna—. Y allá, ¿ves?, parece que hay gente.

***

La sala de reuniones de la Federación de Vecinos de Madrid, donde entran unas veinte personas, ya le quedó pequeña a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH). En una pared hay una placa: “Plaza de las Libertades”. En otra, una pizarra con carteles que invitan a actividades y manifestaciones contra el machismo, los bancos, los transgénicos. Uno de ellos, el de la Semana de la Lucha por el Derecho a la Vivienda, se repite en dos paredes. La convocatoria es a las siete, pero mucho antes las sillas ya están ocupadas. Los que se creían puntuales se suman a los que estaban detrás, y el grito no se escucha es la coletilla total. Pero nadie se va. Pasan las horas y nadie se va.

Cada desahucio detenido, cada novedad legal, es oxígeno para los que están ahogados por la deuda. Aquí no hay abogados ni expertos, sólo desesperados contándole su caso a otros desesperados. Jóvenes, jubilados, familias inmigrantes, madres solteras, profesionales y gente que no terminó el colegio. Al que va a perder su casa se le reconoce por una cara que trasciende la derrota, por la voz casi ajena con la que habla.

Carmen —chaqueta de lana lila, falda abajo de la rodilla— ha llegado temprano y está sentada. Cuando quiere leer algún papel, trata de ponerse los lentes que lleva en el pecho, pero la mano le tiembla. Esta ama de casa madrileña y su esposo jubilado vivían sin sobresaltos. La pensión del marido, ni mucho ni poco, era suficiente. La casa —su casa— la compraron con pesetas cuando el niño era niño. El hijo, que trabajaba en una fábrica, decidió comprar un departamento hace tres años. Papá y mamá fueron los garantes. Al firmar nadie pensó que llegaría la crisis, pero llegó: un recorte de personal dejó al joven en el paro, le quitaron la casa por no pagar y ahora el banco quiere la de los padres.

—Hemos recibido a mi hijo y a mis nietos en casa —dice Carmen mientras intenta abrir la carpeta, ponerse los lentes, leer su carta de desahucio—. Y ahora van a por nosotros.

—La ley hipotecaria de España es una de las más crueles del mundo —explican en la Plataforma—. El artículo 1911 del Código Civil establece que el ciudadano responde a una deuda con todos sus bienes presentes y futuros. Aquí la entrega de la propiedad no salda la deuda hipotecaria.

El banco embarga la vivienda por impago, pero la recibe a un valor menor del que tenía originalmente (lo que se llama retasación en términos financieros y putada en términos de la calle). Como la persona hipotecada tomó en su día trescientos mil y ahora la casa, para el banco, vale ciento cincuenta mil, esa diferencia hay que seguir pagándola. De modo que estás en la calle y, aun así, debes una fortuna. El banco tiene potestad de embargar todos los ingresos, sobre un mínimo, que una persona endeudada y sus garantes lleguen a tener. Eso incluye los bienes. Por eso a Carmen le van a quitar su casa de toda la vida.

Según datos de la Plataforma, desde 2007 y hasta hoy se han ejecutado más de ciento setenta mil desahucios y otros trescientos cincuenta mil están en curso.

—Hay que luchar —dice con su voz de niña Aída Quinatoa, una ecuatoriana hipotecada que se ha convertido en la líder de la batalla por parar los desahucios—. Esto ha sido una estafa masiva y lo único que tenemos es la lucha, hay que negociar para no quedarnos con la deuda: si el banco quiere, puede.

Juanjo, un camarógrafo treintañero, no ha vuelto a encontrar trabajo luego de que CNN lo despidiera. Si éste fuera un documental de la crisis y él estuviese filmándolo, haría un close up de sus uñas hundidas en la carne. Se verían sus manos mordidas y se escucharía su voz de fondo:

—Antes de esto, yo era una persona normal, ¿sabes?, un tío con su piso, con su coche, con su curro.

El trabajo no aparece. Juanjo vivía del subsidio por desempleo, pero ya se agotó. Su casa es un local comercial que era de sus padres. Era. Porque con él avalaron el restaurante de su hermana y su hermana quebró.

—El otro día volví y me habían cambiado la cerradura. Ahora cuando tocan no abro. Paso el día sin luz, en silencio, como un ratón: sólo salgo de noche. Si me echan, no tengo adónde ir. No hablo con mi hermana porque nos arruinó, mis padres están donde una tía —dice Juanjo mientras nos alejamos de la reunión de hipotecados—. De verdad, no tengo adónde ir.

***

Madrid se despereza, y al pie de la casa de Uddin y Hafiz, en el barrio de Lavapiés, ya hay unas cincuenta personas. Uddin ha comprado bizcochos de coco y hay chocolate caliente. Parece una fiesta popular, pero es un desahucio. Esta pareja, inmigrantes bengalíes con cuatro niños, compró hace tres años un modestísimo piso tan sobrevalorado que es inverosímil. A pesar de sus condiciones laborales precarias y de tener unos garantes en la misma cuerda floja, el banco les prestó trescientos treinta mil dólares. Las cosas iban bien y los alquileres eran tan altos como las mensualidades de las hipotecas. Pero cuando ella perdió su empleo en el servicio doméstico y a él le bajaron el sueldo en el restaurante en el que trabaja como camarero, las cuotas, de dos mil dólares mensuales, se hicieron imposibles. Al dejar de pagar, el banco retasó la vivienda en doscientos mil. Ahora tienen que pagar la diferencia, más intereses, más gastos de gestión: en breve estarán sin casa y con una deuda de trescientos diez mil dólares.

La multitud, al grito de este desahucio lo vamos a parar, logra que se aplace el desalojo. Hay aplausos y abrazos: otro triunfo del colectivo popular Stop Desahucios. Pero es sólo una tregua. Al cabo de pocos meses volverán los jueces y la policía a sacar de la casa a Uddin, Hafiz y los niños.

El segundo intento de desahucio es casi siempre definitivo.

***

Ana Rosa Quintana es la Oprah ibérica. Tiene programa, productora, revista (AR), perfumes, libros y fundación: La Última Frontera, para los más desfavorecidos. Ana Rosa convierte en noticia todo lo que toca y ha decidido tocar un comedor social infantil recién inaugurado. En el pequeño salón de la ONG Mensajeros de la Paz hay más cámaras que niños. De pronto, una bandada de fotógrafos empieza a aletear sin descanso. Ha llegado otra presentadora maravilla: Anne Igartiburu, la del programa Corazón, pasea su chaqueta de cuero naranja entre las mesas con manteles plásticos.

—¡Qué guapos sois todos!

La apertura del primer comedor infantil de la crisis, más el dato de Unicef de que hay dos millones de menores en riesgo de pobreza en España, hizo reflotar la posguerra en la prensa. Ana Rosa, presurosa, dedicó programas a recaudar dinero para esos pobres críos. Que vuelve el hambre, señores, que vuelve el lobo. Porque en España, hace menos de cien años, hubo un hambre perversa. Tras la Guerra Civil, en 1939, los campos españoles, como su gente, estaban arrasados. Pero hoy no es así. El Informe del Consumo Alimentario en España en 2011 revela que el año pasado se gastaron casi noventa mil millones de dólares en comida, es decir, 0.6% más que en 2010. Hablando en kilos, la de 2011 fue la caída más suave desde que empezó la crisis: de los 664 kilos de comida que nos metimos entre pecho y espalda en 2010, se pasó a 660 en 2011. Mercadona, una cadena de supermercados españoles conocida por sus precios bajos, batió récords de beneficios en 2011, un aumento de 19% en relación con 2010. Y más: según un informe de enero de 2012 de Unilever Food Solutions, al día más de 160 000 kilos de comida de restaurantes y bares van a la basura. A dos kilos por persona, podrían alimentar a 86 000 comensales.

En el comedor social de Ana Rosa las voluntarias traen bandejas con la cena de los niños, la mayoría hijos de inmigrantes que están ahí no por desnutrición, sino porque, mientras sus padres trabajan, les ayudan a hacer las tareas. El menú es macarrones con tomate, de primero, y albóndigas con papas, de segundo. Pan para todos. Torta de chocolate de postre. Los educadísimos hijos de Sulficar, un inmigrante de Sri Lanka moreno, alto, esperan mientras el padre cuenta que es jardinero y que gana bien, pero que como él y su mujer trabajan, los niños pasan la tarde en el centro social.

—Ahora con la cena es mejor: los llevo a casa listos para el baño y dormir.

Gloria, una dominicana de veintisiete años, madre soltera con dos hijos, pide llevarse algo para el día siguiente. Trabaja medio tiempo en un supermercado y el dinero le llega justito. Se zampa, antes de que se lo lleven, lo que han dejado sus hijos.

Termina de masticar una albóndiga y cuenta que el padre de los niños se volvió a Santo Domingo cuando se quedó en el paro. No quiere saber de ellos. Ni de España.

—Él dijo que aquí ya se había acabado todo.

***

“Quien regala caviar honra al receptor”, leo en la entrada del Salón de Gourmets, de Ifema, el recinto ferial de Madrid. El estand de caviar iraní Caspian Pearl es el más grande y más suntuoso de una feria grande y suntuosa. La encargada frunce los labios antes de responder si la crisis ha afectado el consumo de caviar en España.

—Ha bajado un poquito, pero vamos, no es una bajada que se considere importante.

Hablar de precios es del vulgo.

En otro estand dicen que cien gramos de buen caviar iraní pueden costar hasta tres mil dólares.

Según un estudio de la Asociación Española del Lujo, Luxury Spain, en 2011 las ventas de productos exclusivos en el país subieron 25% en relación con 2010. Los pasillos de la feria están llenos de gente que ha pagado cuarenta dólares para estar aquí. Alfredo Martín es uno de ellos. Trabaja en una importadora de productos gourmet y explica que el primer termómetro de la economía es la alimentación. Con la crisis ha notado que el carro de la compra es más reducido, pero no la calidad de los productos.

—Ahora mismo se está vendiendo muy bien esta agua que viene de un glaciar finlandés, que tiene características de calidad inmejorables.

Entre jamones de bellota expuestos como obras de arte, aceite de oliva en botellitas de perfume, chocolate con oro de veintitrés quilates y agua marca Porsche, pasea malencarada Marisa Varona. Dueña de un catering de lujo, los proveedores no la han atendido de forma profesional.

—Hay que recuperar el glamour de otros años. En la feria y en el país: hace falta glamour.

***

En el Paseo del General Martínez Campos, en el Madrid de portero uniformado y mármol, está el comedor de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Son las dos de la tarde de un día de perros. El guardia, un gigante bueno de nacionalidad rumana, cuenta que ha visto cómo cada vez llega más gente —gente de todo origen, de toda condición social—. Detrás de él, en un baño con la puerta abierta, cinco hombres se lavan los dientes y la cara.

Del comedor sale una mujer. Se llama Milena y está cubierta por un largo abrigo de piel marrón, tiene los ojos pintados, medias y botas de caña alta. Es de esas mujeres de buen tipo que pasan de los sesenta, pero aparentan diez años menos. Con su pañuelo estampado y sus gafas grandes, podría pensarse que acaba de salir de una de las cafeterías de la zona y no del comedor de unas religiosas.

—Yo también estoy en este barco —suelta con el tono que se dicen las cosas que empiezan por “aunque no lo creas”.

Milena cuenta que tuvo dinero, que la suya fue una familia adinerada, pero que, por la crisis, le toca pedir ayuda. Cuando la economía iba como la seda, pidió créditos y más créditos para poner negocios y para mantener el estilo de vida al que la herencia del padre —que gasté sin pensar— la tenía acostumbrada. Pero los negocios, esos que no explica del todo —tú escribe que eran entre inmobiliarios y financieros—, se hundieron con la crisis. Hace tres años se declaró en bancarrota.

—Ahora no tengo la casa que tenía antes ni la asistenta, pero, y disculpa que lo diga así, me importa un carajo porque verdaderamente eso se va a quedar aquí, yo no quiero ser la rica del cementerio, quiero a los pobres, sobre todo ahora que los he visto muy de cerca.

Milena usa palabras como “taxativamente”, “ruina económica”, “austeridad” o “fehaciente”. Llama por su nombre a los ministros de Economía de Zapatero y de Rajoy, al director del Banco Central Europeo, a los empresarios y, ahora, a sus compañeros de mesa en el comedor. Le pregunto si ha visto aumentar el número de españoles necesitados.

—Mucho más, gente con carreras, gente que no te imaginarías que por la situación han tenido que… Es así, pero no hay que sentir vergüenza, sino dar gracias a Dios que hay personas que nos ayudan tantísimo, ¿no?

Este comedor se ha hecho famoso en estos días porque un importante publicista español, Alejandro Toledo, acaba de donar un spot, —”Los nuevos pobres”— para Cáritas. El anuncio nació de su sorpresa al toparse con un ex colega del mundo del marketing que ahora, al no encontrar trabajo, debe almorzar allí. En el spot, un treintañero español con una niña rubia, de unos siete años, vagan por las calles con una maleta a cuestas, duermen en un cajero y comen en Martínez Campos. Toledo dijo en una entrevista que lo que más le sorprendió en el comedor fue que los comensales no se correspondían con la gente que esperábamos: “Eran gente como yo, vestidos perfectamente, que acudían porque no tenían dinero”.

***

Mercamadrid es una ciudad de comida. La llaman “La capital de los mercados” porque, dicen, es la plataforma de distribución alimentaria más grande del mundo. Todos, de una forma u otra, comemos de ahí.

Jimena es boliviana y Genaro dominicano. Se han hecho amigos porque coinciden cada semana en Mercamadrid. Jimena, que cuidaba a una señora, se quedó sin trabajo el año pasado. En casa, donde sólo queda el sueldo del marido —un ex trabajador de la construcción que hoy hace pequeñas reformas— para ella, su madre, su hermana y dos niños, hubo que hacer ajustes: se acabó la costumbre de pagar por verduras y frutas.

Jimena lleva el carrito repleto. Todo lo ha recogido de la basura de Mercamadrid porque allí, si una caja tiene un par de productos estropeados, se tira toda. En el suelo se ensucian tomates hermosos, naranjas, mangos en su punto, plátanos: cosas por las que se paga en el mundo real.

—Yo me ahorro ciento veinte euros a la semana —dice Jimena—. No me da vergüenza porque esto se iba a tirar y mis hijos tienen que comer.

Genaro hoy sólo ha recogido lo que le gusta a su gente: yuca, plátano verde, cilantro, limas. En el camino ha encontrado unas peras gorditas. Se las ofrece a Jimena. Las rechaza: ya no le cabe nada.

Carlos, trabajador de Mercamadrid, cuenta que antes los guardias echaban un químico rosado sobre los desechos para que no los recogieran. Ahora hay manga ancha.

—De todos modos no he visto que con la crisis venga más gente. Aquí hay una nave a la que vienen los comedores, los curas, la Cruz Roja a llevarse comida y las reparten en barrios. Esto queda lejos de todo —dice Carlos mientras fuma—. Aunque no lo creas ahora se tira más porque, por la crisis, no hay tanta venta y el distribuidor prefiere tirarlo. Fliparías con la cantidad de comida que se desperdicia al día aquí.

En toda la geografía de Mercamadrid, unas retroexcavadoras cogen los desperdicios del suelo y los depositan en grandes vagones. Ahí dentro, una ensalada gigantesca, como una pesadilla de Arcimboldo, se pudrirá.

Una madre y su hija, peruanas, pasan cerca de las peras huérfanas de Genaro. Les digo que están en perfecto estado. Sacuden el índice: buscan lechuga y no tienen tiempo para conversar.

Antes de subirse al autobús con la caja de mercadería, Jimena, la mujer boliviana, dice:

—Aquí en España, el que pasa hambre es porque quiere.

***

Camino por la Gran Vía. Zara ya exhibe la primavera en famélicos maniquíes con pestañas postizas. Decenas de personas salen llevando la característica bolsa azul marino de la tienda gallega. Inditex, dueña de Zara, incrementó en 2011 12% su facturación mundial y 1% en la local. Sólo en España vendió casi cinco mil millones de dólares. La crisis no va con ellos. Desde Inditex explican que esto se logra gracias a la suma de estrategias que tienen que ver con el control de costes de producción para mantener los precios, la venta por internet y la gran acogida de las colecciones.

Muy cerca de Zara he quedado con Eduardo Arcos, fundador de Hipertextual, un blog de blogs de temas tecnológicos, que recibe al mes doce millones de visitas y es el más leído en América Latina. La cita es en Le Pain Quotidien, una cafetería belga de la Gran Vía donde el café viene en un tazón sin asa.

A Eduardo, de barbita de candado, gafas de pasta, camiseta negra, piercings, le gustan los tazones sin asa y le gusta Bélgica, donde vivió. Este ecuatoriano, nacionalizado español, sonríe como sonríen los prósperos. Cuenta que su empresa está inscrita en España porque aquí está su principal inversor, Martín Varsavsky, un argentino de cuarenta y cinco años, que en los últimos veinte ha fundado siete empresas, una de ellas Jazztel, de telefonía e internet, valorada en mil millones de dólares. A Varsavsky le interesó Hipertextual cuando aún era pequeña. Invirtió en ella. Tuvo olfato: los clientes, desde mayo de 2011, se han cuadriplicado y, con ellos, la facturación. En su mayoría, quienes compran publicidad en Hipertextual son de Latinoamérica. Pero, y esto no se lo esperaba Eduardo, muchos son de España y han llegado en los peores meses de la crisis. Resumiendo: le va de puta madre.

—Éste va a ser el mejor año de Hipertexual ever.

El informe La Sociedad de la Información en España 2011, de Fundación Telefónica, asegura que los hogares con acceso a internet desde el celular subieron 218% en relación con 2010: 91% de los españoles tiene un teléfono desde el que se conecta a la red. La madrugada del 23 de marzo, primer día de venta del iPad 3, cientos de personas hicieron fila para ser los primeros en tenerlo —cuestan entre seiscientos y novecientos dólares—. Según un empleado de Apple en Madrid, desde entonces se venden setecientos iPad 3 diarios.

—¿Y la crisis?

Eduardo pone cara de chupar limón. Juega un segundo con el piercing de la lengua.

—Los españoles aún tienen cierto nivel de comodidad. Tampoco se están muriendo de hambre. Vas a un bar un viernes por la tarde y está a reventar. En Andalucía se nota más: hay más desempleo, es más evidente. Pero, oye, nada como un país latinoamericano, donde la gente está pidiendo en la calle, que ves miseria. Eso aquí no existe.

Eduardo no habla de cifras, pero en una entrevista de enero de 2011 soltó una, gorda: Hipertextual ingresa más de un millón de dólares al año por publicidad. ¿Cómo es que un chico de clase media, ecuatoriano, ha llegado a tener una de las empresas de internet más importantes en la España de la crisis? Según él porque vive persiguiendo esta frase de Ray Bradbury, su cita favorita: primero lánzate al precipicio, construirás las alas en el camino hacia abajo. Eduardo cree que la razón del enorme desempleo está en que los españoles hacen lo contrario: quieren que alguien les construya las alas, entonces ven si saltan.

—España vivió una época de comodidad absoluta. La generación entre los veinte y treinta y cinco años fue muy sobreprotegida. Entonces, salvo que tú les des condiciones sumamente óptimas dicen: ¿por qué tengo que trabajar? Tengo el paro, estoy en casa de mis padres. Yo todavía no he visto en España una persona que me diga mañana no tengo nada que comer. Y no creo que la vea.

***

—Aquí pasan cosas con la vida de uno.

Koka a veces se queda en silencio. Con las manos en la cara, los labios entreabiertos y los ojos vacíos. Prefiere hablar del presente y repetir mucho las anécdotas que hacen reír. Koka se llama Jaime Andi y dice que tiene setenta años sólo para que le respondas que parece de cuarenta. Le dicen así por la ciudad de Coca, en el oriente ecuatoriano, donde nació. Allí, hace diez años, dejó madre, padre, hija de ocho años y un país atontado por la moneda prestidigitadora: el dólar transformó los sueldos en calderilla, a la clase media en pobres y a los pobres en pordioseros. O en emigrantes.

—Las noticias que llegaban eran de que aquí se ganaba bien.

A Koka al principio le fue mal. Mal de llorar toda la noche después de un día despiadado recogiendo naranjas. Luego le fue bien. Bien de ganar tres mil setecientos dólares mensuales en una empresa de construcción. Pero él tenía una estrategia traicionera.

—Pensé que no iba a pasar esa crisis, y en 2009, teniendo trabajo, me boté al paro. Sabes que así es la vida, yo nunca pensaba que iba a pasar esto. Yo así hacía: cuando no quería ese trabajo porque me aburría, me botaba y encontraba otro, pero en el último no pasó así.

El último coincidió con la crisis que dejó en la calle a un millón y medio de trabajadores de la construcción. Desde entonces no ha vuelto a trabajar. Al quedarse desempleado, dejó de pagar el piso de cuatro habitaciones que se había comprado, él solo, cuando se creía rico, cuando tenía ropa cara y cuatro y cinco chicas. Ahora Koka vive en la calle como otras treinta mil personas —45% de ellas son inmigrantes, según cifras de Cáritas—. Duerme en el portal de El Corte Inglés de la calle Preciados. Y allí mismo, en El Corte Inglés, va al baño por la mañana. Los días de Koka empiezan igual: a las nueve, un policía lo despierta. El resto es aventura. Ir a comedores, esperar ese sábado de gloria en el que el restaurante de la Plaza Benavente regala paella. Le gusta la paella porque le recuerda al arroz marinero y le recuerda a él mismo cuando tenía llaves, nómina y plata en los bolsillos. Pero no le gustan los albergues.

—Una vez me fui. Ahí había rumanos, polacos, moros. Son problemáticos: te sacas los zapatos, al otro día no hay. Peor que en la calle.

Koka va limpio y afeitado. Fue a la Casa de Baños donde cobran quince céntimos por ducha. En un bolso negro tiene cinco pares de medias con etiqueta. Usa un par y, como no tiene dónde lavar, los tira.

—Como los ricos.

Le pregunto por qué no regresa a Ecuador, como esos treinta mil inmigrantes agobiados por el desempleo que, según el Instituto Nacional de Estadística, se han ido desde que empezó la crisis. Allá tiene una hija y un nieto bebé que no ha visto ni en fotos.

—Por motivos personales.

***

El 4 de mayo de 2011, el dueño de Novapress, una empresa editorial, llamó, uno a uno, a sus empleados. Hacía calor y hasta la pequeña oficina —decorada con las mejores portadas de su periódico— subían las voces y las risas de las terrazas abarrotadas. Una banda sonora extrañísima para las palabras que salen de la boca de un hombre en quiebra. Al regresar a su puesto, los trabajadores ya eran desempleados y la incertidumbre, como un taladro, les impedía pensar.

El ruido de la crisis rebotando en la cabeza: otro parado en un país de parados. Pero, un año después, sólo una de las dieciséis personas despedidas ese día ha tenido que volver a casa de sus padres. El resto está trabajando. Varios encontraron otro empleo. Uno tiene dos de medio tiempo, otro ha montado su propio negocio editorial, otra va de reemplazo en reemplazo como quien va de liana en liana, otro está en una ONG. Hay varios freelance que, con los sobresaltos de la condición, se confiesan mejor que antes. Lo sé bien: yo soy una de ellos.

***

Si alguien llegara hoy a Madrid desde, digamos, una isla remota, no entendería nada. El isleño vería en los quioscos de prensa estos titulares:

El Mundo: “El New York Times cree que España será el próximo país en caer”.

El País: “Rajoy prepara ‘medidas contundentes’ para espantar el fantasma del rescate”.

Diario de Jerez: “España entra en un callejón sin salida”.

Todo el tiempo, todos los días, en todo formato, éstas son las noticias, las únicas noticias. Pero ese visitante, acojonado por la prensa, pensando que lo asaltará en breve una masa de desesperados para rogarle por un mendrugo de pan, caminaría un par de pasos y vería esto: terrazas llenas, restaurantes llenos, tiendas llenas, supermercados llenos, filas para comprar artefactos tecnológicos, gente saliendo de los teatros y de los cines. El isleño sólo podría pensar en una palabra: esquizofrenia.

Josep-Francesc Valls, catedrático de la Esade, universidad de negocios con sede en Barcelona, y prestigioso analista del consumo en España, me explica esa esquizofrenia por teléfono.

—Aunque el nivel de consumo se ha reducido en forma considerable, cuando uno va por la calle sigue viendo que la gente compra productos caros, productos medianos y productos muy baratos. ¿Cómo se explica? Por una parte, el número de personas que no han perdido el trabajo es muchísimo más elevado que el de personas que lo han perdido y, segundo, las familias se están convirtiendo en un poder de resistencia que hace que muchos miembros que se han quedado en paro puedan seguir alimentándose de forma normal. Cabe destacar el papel de muchos jubilados que gracias a su pensión son capaces de mantener a la familia. Así que esto no es, para que nos entendamos, el corralito de Argentina ni ninguna otra crisis de Latinoamérica.

Para Valls, la diferencia entre los hábitos de compra antes de la crisis y ahora es que se miran más los precios, se compara. Se ve gente en las tiendas, sí, explica Valls, pero tal vez no todos están para comprar, sino para tomar nota e ir a otra tienda, y ahí donde lo encuentran más barato, compran. Los comerciantes se dan cuenta de eso y entonces voilà: ofertas, promociones, descuentos.

Valls insiste en que la situación de España no es dramática, en que hay muchas familias con grandes dificultades, pero la economía sigue tirando en términos normales.

“En plena crisis, la asistencia a los estadios crece en medio millón de entradas”, tituló, hace poco, El País. Casi diez millones de personas acudieron en la temporada 2010-2011 a los estadios de primera división, la cifra más alta de la última década (igual a la asistencia de 2005-2006).

“La productividad española crece 11.1% desde el inicio de la crisis”, publicaba Europa Press. El Observatorio Económico de España dio el 10 de abril pasado el dato de que la productividad española registró un crecimiento de 11.1% desde 2008, el mayor incremento entre los países de la zona euro, gracias a sus elevadas tasas de exportación y a la mejora de la competitividad.

El visitante isleño, después de ver tantos titulares catastróficos sobre un país en ruinas, creería, con lógica, que en España le van a robar hasta los órganos. Pero no. Los robos no han crecido. El último informe Evolución de la Criminalidad de la Secretaría de Estado de Seguridad, publicado en 2010, reveló que si en 2002 hubo dos millones de delitos y faltas en el país (51.5%), esa cifra a 2010 bajó a un millón setecientos mil (43.9%). Eso, traducido, quiere decir que tras la crisis la criminalidad bajó 15% y España es hoy un país más seguro que hace diez años. ¿Entonces?

—Es fácil afirmar que hay una vivencia subjetiva de crisis, probablemente independiente de la situación socioeconómica de la persona —dice Ricardo López, psiquiatra de un hospital público de Castilla-La Mancha—. Para explicar esto podemos quedarnos en una visión simplista y considerar que los medios de comunicación y los políticos transmiten una imagen apocalíptica y esto genera temor o considerar que hay un fenómeno de retroalimentación.

La retroalimentación consiste, según López, en que existe un grupo importante de personas sin trabajo (25% de la población), otro de gente con deudas que no puede asumir (quizá 35%) y 12% de personas con empleo que sienten que su puesto está amenazado por mala situación económica de la empresa o, en el caso del empleo público, por los recortes del gobierno.

—Podemos considerar que 47% de la población activa se encuentra en una situación como mínimo de incertidumbre.

—¿Pueden diez millones de personas, en una población de cuarenta y cinco millones, crear un estado de pánico generalizado?

—En la medida que la masa crítica es lo suficientemente alta como para que todos tengamos en nuestro entorno próximo a alguien afectado por la situación socioeconómica, nos va a influir y, a su vez, nosotros vamos a influir en otros. Todos influimos en todos e incrementamos la vivencia del miedo.

***

Crisis de esto-es-lo-que-hay es como la define Verónica Vicente, periodista de veintinueve años, que sospecha que su futuro, como el de trescientos mil españoles que han salido del país desde que empezó la crisis, está fuera. Esta alicantina recibió su título el mismo año en que España recibía el suyo como país en crisis. Encadenó trabajos de becaria, mal pagados o directamente gratuitos, con un trabajo en un periódico al borde de la quiebra y otro que, sin cierre a la vista, exige mucho por muy poco sueldo.

—Nunca he trabajado tanto por tan poco y hambre no paso, pero no me compro ropa, ni voy al cine ni viajo. Esto no es apocalíptico, pero no podría plantearme tampoco construir nada por mi cuenta si mi familia no estuviera ahí como respaldo. Mi situación familiar es privilegiada, pero la vida que llevo no es mía, sino fruto del sueldo de mis padres. Y yo: ni casa ni hijos. Es decir, no podría ni plantearme tener un bebé, pese a estar en edad de hacerlo. Lo de irme a parir a Canadá lo digo entre risas, pero entre broma y broma, la verdad asoma.

A Verónica, nieta de obreros, le vendieron el mismo sueño que a todos los jóvenes de su generación: termina una carrera, sé alguien, llegarás alto.

—Nos dijeron que si estudiábamos tendríamos contrato, buen sueldo, catorce pagas y un mes de vacaciones al año. Pero ya no viviremos como nuestros padres. Ésa es nuestra crisis: la frustración.

A la gente como Verónica, los medios le han dado un mote: nimileuristas. Gente preparada, incluso preparadísima, que no gana ni mil euros. Pero el bajo sueldo no es lo peor, sino las perspectivas. En un país cada vez más envejecido y con tanta gente joven que no cotiza a la Seguridad Social, el famoso estado de bienestar español (salud gratuita, educación gratuita, pensiones para los mayores) peligra.

***

Luis Leoz tiene esa edad crítica, veinte años, en la que el paro es una ruleta rusa.

Eurostat, el organismo estadístico de la Unión Europea, difundió que el dato de febrero de 2012 de desempleo juvenil, 50.5%, es el peor desde que en España hay registros. Uno de cada dos jóvenes está desempleado. Luis es el uno malo: no encuentra trabajo ni en el Burger King, a pesar de que ha falseado el currículo quitando cosas en lugar de ponerlas. Antes de que a la suya la empezaran a llamar “La generación perdida”, Luis quería estudiar Bellas Artes. Tercero de tres, sus hermanos son:

Gonzalo, el médico.

—Ése vive muy bien, muy, muy bien.

Ignacio, el licenciado en historia.

—Ése no trabaja de lo suyo, sino en la lavandería de un hospital y ha vuelto a casa porque no le llega el sueldo.

Y Luis, el que quería ser artista y aprenderá un oficio civil.

—Soldador o calderero, algo que dé de comer.

La generación anterior a la de Luis, acunada por la bonanza, estudió carreras larguísimas, hizo maestrías y doctorados, fue a la universidad en masa. Según un informe de la Fundación Conocimiento y Desarrollo (CYD), el paro afecta a uno de cada diez licenciados universitarios.

—Esto de que te llamen la generación perdida es desolador. No es nuestra culpa. Ya no hay supernobles, clase alta, media y baja como antes. Ahora, después de la crisis, hay clase alta y clase baja. Punto. Pero tú dices, me cago en la puta, no voy a dejar que me deprima esta gentuza que nos está dirigiendo. Yo sigo adelante, hay que espabilar. Creo que todos saldremos adelante.

***

—Tienes un visado de turista, no sé qué te esperas, nadie te va a dar trabajo.

Xemein Goñi, una arquitecta vasca de veintinueve años, escuchó esas palabras de una colega francesa en un parque de San Francisco, Estados Unidos. Tragó espeso. Era diciembre de 2011. Acababa de llegar.

—Y yo qué coño hago aquí, pero también y yo qué coño hago allá.

Hablo con Xemein por teléfono. Está contenta —debería decir eufórica— porque el estudio en el que estaba haciendo prácticas gratuitas, de nueve de la mañana a seis de la tarde, ha decidido hacer el trámite de su visado de trabajo.

—La Green Card de los cojones.

Xemein es una de los 3 576 arquitectos parados por la crisis. Diez años de estudio, especialización, idiomas, contactos: nada le sirvió para encontrar trabajo en el ex reino del ladrillo. El pinchazo de la burbuja inmobiliaria mandó a volar a los arquitectos españoles: están en Noruega, China, Brasil y Estados Unidos. Ninguno quiere volver.

—Sé que en los próximos diez años no voy a poder trabajar en España. Es duro porque tengo dos sobrinas y me lo estoy perdiendo todo.

Xemein tuvo que recordar varias veces, cuando escuchaba críticas a la inmigración en los años en que la España del ladrillo todavía era El Dorado, que hace apenas treinta años los emigrantes eran ellos, los españoles.

—Y todo vuelve.

***

Ramón Tamames, gafas de pasta a lo Yves Saint Laurent, chaleco turquesa, traje de tweed y pelo cobrizo de un vigor sospechoso, es, además de dandi, Premio Nacional de Economía, catedrático de la Sorbona, académico de la London School of Economics, miembro del Club de Roma.

—¿Está grabando? Yo sólo hablo una vez como el oráculo de Delfos.

El octagenario gurú ve el futuro desde su oficina. Al otro lado de la calle se escucha el chillerío de los niños en recreo.

—Es el único ruido que no me molesta.

Otros sí, como el que se ha montado en la opinión internacional con la crisis española.

—El país no está postrado ni colapsado, el país está viviendo. Tú sales y las carreteras están bastante activas y los teatros están bastante llenos, los restaurantes también. El paro es muy duro, la situación es problemática, pero tampoco es desesperada.

En lo que va de crisis, Tamames ha sacado tres libros. Uno, ¿Cuándo y cómo acabará la crisis?, resume eso que se llama La Gran Recesión, la colosal resaca con la que amaneció el mundo después de una sobredosis de Wall Street adulterado. Ramón Tamames dice que la situación no es desesperada.

—Pero a los cinco millones de parados sí les debe parecer desesperada.

—Sí, pero nadie habla, mi querida, de los dieciséis millones y medio de personas que están trabajando. Los medios tienen una obsesión con la crisis porque tiene morbo. Sólo hablan de los cinco millones de parados. Además, fíjese, aquí hay mucha gente trabajando que no está en las estadísticas: como un millón de personas sin papeles, otro millón de parados cobrando subsidio, que también hacen trabajos en economía sumergida. Y luego esos más de setecientos mil entre jubilados, pensionistas y personas del trabajo doméstico que no cotizan, pero por supuesto que trabajan.

Tamames está seguro de que en España hay casi tres millones de personas que, aunque engorden la cifra del paro, no están sin ingresos.

—Soy optimista porque yo he vivido momentos peores que éste. Yo creo que en dos, tres años estaremos en una situación de una economía más dinámica, más flexible, más internacionalizada y más competitiva.

***

Es domingo y es primavera. La calle Argumosa, en Madrid, está repleta de gente. Los camareros salen de los bares con bandejas llenas de cervezas, aceitunas y papas fritas y, ante los vasos helados, vuelve la palabra: crisis, crisis, la crisis.

En la Edad Media se decía que una ardilla podía cruzar España de norte a sur sin tocar el suelo, saltando de árbol en árbol. Ahora, la ardilla tendría que saltar de conversación sobre la crisis en conversación sobre la crisis.

Pero el invierno ha sido antipático y ahora el sol calienta. En las mesas se ríe y se blasfema como sólo se ríe y se blasfema en España. Este domingo de primavera, en esta esquina, lo único amargo es la cerveza.