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El Justiciero

Publicado: 11 febrero 2013 en Jeovanny Benavides
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“Poetic justice”. El inglés Thomas Rymer acuñó esta expresión en 1678 para referirse a la posibilidad de hacer justicia sólo en el mundo de la ficción. Más de tres siglos después, Mauricio Montesdeoca Martinetti empieza a construir su historia a raíz de esta premisa y convierte la fantasía en realidad, alimentado por la venganza, dejando un legado de cientos de asesinatos regado en una fría e inolvidable ola de sangre, rencor y pánico en los cabecillas de las bandas del crimen organizado situadas en el corazón del mundo: el Ecuador.

Antes de que su cuerpo fuera abatido por 13 balas y muriera el 16 de julio del 2009, ya era conocido como El Justiciero, el criminal disfrazado de agente del grupo de operaciones especiales de la Policía más temido del país.

La leyenda comienza a consolidarse cuando apareció en la lista de los ecuatorianos fallecidos en los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001. Sin embargo, el origen de su historia (la pública) se cuajó años antes. Para ser exactos el 28 de diciembre de 1997. La brumosa noche trágica de aquel día, Mauricio se encontraba fumando con sus dos hermanos mayores: José Rey y Nicola. Los acompañaban José Aveiga y Joseph Zúñiga, dos amigos de la familia. Quienes los conocían solían referirse a ellos como “los niños ricos” de la ciudad. La familia Montesdeoca siempre tuvo una buena condición económica en Portoviejo, su padre, Reinaldo, fue dueño del cine Roma y representante en Manabí de los productos La Universal.

Pese a la ostentación de lujos y riqueza, José Rey y Nicola odiaban que los trataran como idiotas a la hora de hacer las cuentas. En esto Mauricio siempre quedaba al margen, pues prefería dedicarse a sus dos grandes pasiones: el rock y el deporte. En los negocios de su familia: ropa, alcohol y autos a sus dos hermanos siempre les gustaba sacar ventaja con el dinero. Aunque nunca traficaron drogas, sí las consumían. Su distribuidor era un hombre al que ni la madre lo conocía por su nombre (Daniel Bravo Pisco), sino por “Chani”. Aquella tarde de diciembre de hace quince años, fue él quien decidió hacerles una visita en una camioneta blanca, junto a tres encapuchados. Saltaron las verjas sin problemas y los encañonaron casi sin que se den cuenta. Justo antes de que ellos

llegaran, Mauricio tuvo ganas de orinar y fue a una habitación contigua. Desde ahí escuchó cómo empezaron a discutir. La razón: Las últimas cuentas por la venta de tres kilos de marihuana no cuadraron. Mauricio, de 27 años, tuvo ganas de salir, pero no lo hizo. Todo ocurría en el hall de la casa, mientras conversaban y escuchaban música de un convertible Ford Mustaine, color negro. Eran las 23h30. Un año antes Nicola había sido detenido por estafa al cambiar billetes falsos de cien dólares a unos comerciantes de camarón y, luego de haber estado preso un tiempo, lo dejaron en libertad condicional. Al parecer, en el último intercambio drogas-dinero los hermanos Montesdeoca deslizaron billetes adulterados. Aquello no le hizo gracia a Chani, quien fuera de sí gritó que a él “nadie le veía la cara de pendejo”. Insultos y reclamos; antes de que se hiciera medianoche todo era un caos. Según relatará Mauricio años más tarde, José Rey les dejó claro que no les iban a pagar y que los dejaran en paz de una buena vez. Fue ahí, en ese fugitivo instante, cuando el mundo se detuvo para quien la posteridad conocería como “El Justiciero”. Los encapuchados sacaron una cartuchera calibre 12, un revólver calibre 38 y otra arma calibre 22 y vaciaron en reiteradas ocasiones sus cartuchos sobre los cuerpos de los cuatro “niños ricos”.

José Aveiga y Joseph Zúñiga murieron de contado, mientras que José Rey y Nicola fueron trasladados al hospital dónde sólo se comprobó su deceso. Con los cadáveres de sus hermanos en las manos, Mauricio prometió vengarse. Jura que ni esa noche ni nunca derramó una sola lágrima. En cada uno de los cuerpos la Policía encontró más de cincuenta impactos de bala. Por ello, en un informe definirán el sangriento hecho como “una auténtica masacre” y confirmarán, tras las investigaciones, que el múltiple asesinato se debió a una deuda por drogas.

Aquel momento se le quedó alojado nítido en la memoria a Mauricio, porque no sólo eran sus hermanos, sino sus amigos y una gran parte de su vida la que murió la medianoche de aquel 28 de diciembre de 1997. Desde entonces nunca fue el mismo. Su mirada se volvió distante, profunda y evasiva. Quiso morir, pero el odio fue más fuerte. Lo único que lo mantuvo vivo en los posteriores años de intensa soledad en Estados Unidos (adonde fue primero) e Israel (donde se especializó después en el manejo de armas) fue el rencor y el irrefrenable deseo de venganza.

Se trasladó a Estados Unidos junto a su madre, Peggy Martinetti, y su hermana Karla. Alrededor de seis meses más tarde, retornó a Portoviejo (a 350 Kilómetros al norte de Quito, capital del país) para, supuestamente, ayudar a la Policía en la identificación y captura de los responsables de la muerte de sus hermanos. Antes del retorno hizo una

escala en Israel para aprender técnicas especializadas de combate, uso de repetidoras y armamento sofisticado.

Coincidencialmente, por la misma época, empezaron a aparecer muertos varios de los antisociales más peligrosos del Ecuador. A algunos de ellos, además, se los relacionaba con los homicidios sucedidos en la residencia de los Montesdeoca.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo consiguió aliarse al grupo de élite policial, específicamente con el Grupo de Intervención y Rescate (GIR), pero fue en noviembre de 1998 en que empieza hacerse sentir su furia contra los delincuentes. A manera de “El Cobrador” en el cuento de Rubem Fonseca en el que el protagonista siente que la humanidad le debe algo, Mauricio siente en cambio que son los criminales quienes le deben aquella felicidad no vivida y cortada de raíz a fines de 1997.

Si bien decenas de cadáveres de criminales habían despertado la curiosidad en todo el país, el origen de la leyenda se forja cuando por fin, y tras una búsqueda incesante de cuatro años, encuentra a Chani en un sitio inhóspito de la provincia de Bolívar, en Ecuador. Uno de los acompañantes de Mauricio dirá que antes de dispararle por sesenta ocasiones, le extirpó los genitales y le obligó a comérselos en un baño indiscriminado de sangre que en lo posterior aumentó el apetito desmedido de matar criminales los sábados en la noche sólo por no perder la puntería. La tarde del 3 de noviembre del 2002 que terminó con la muerte del principal culpable de la muerte de sus hermanos, Mauricio llevó un cartel hecho de espuma flex y encima adhirió una hoja bond en la que se dio modos para escribir estas palabras: “Ha llegado el tsunami para los delincuentes: El Justiciero”.

La Fiscalía concluyó en un informe que todos los delincuentes implicados en la matanza de su familia fueron asesinados. En todos encontraron los cadáveres con la misma leyenda. Su modus operandi era calcado en casi todos los casos: se ponía el uniforme de la Policía y una capucha, subía a sus víctimas, amenazándoles a punta de pistola, en una camioneta doble cabina. Después, esas personas aparecían abandonadas en terrenos baldíos con un número similar de tiros con los que mataron a sus hermanos. Además de Chani se le atribuyeron los crímenes de “El Chico del Millón”, fallecido el 6 de noviembre de 1998, “Chico Nike”, Kléver Auncacela y el “Loco Joffre” acribillados el 20 de diciembre del 2005, 9 de abril del 2008 y 1 de agosto del mismo año, éste último antes de ser asesinado se enfrentó a balas con El Justiciero, dejándolo herido.

Hacia el 2008 un avezado reportero le preguntó: ¿Eres El Justiciero?, ¿has asesinado a más de 100 personas? “El Justiciero somos todos. Todos y cada uno de los ecuatorianos

que reclaman justicia. El Justiciero está en el corazón de todos. Unos desconcertantes ojos verdes con lentillas rojas incendian de intriga los silencios”.

Entonces usaba ropa policial, un chaleco con la palabra SWAT, botas negras, guantes, pantalones militares. Del cuello le colgaba un collar con una cabeza pequeña de Eloy Alfaro, un revolucionario político ecuatoriano.

A inicios del 2004 la Policía menciona que operaba con su respaldo, aunque lo reconocía con el enigmático apelativo de “un informante clave”. Diputados de ese entonces como el socialcristiano Simón Bustamante e incluso el presidente del Congreso Jorge Cevallos, solicitaron formalmente a grupos policiales de élite que incorporen a sus filas a Mauricio “por ser experto en seguridad”.

Él tenía uniforme y armamento oficial. Y hasta dormía en los cuarteles de los grupos de Intervención y Rescate (GIR) y de Apoyo Operacional(GAO) en Manta. Y entonces, cuando la prensa hizo la denuncia, la Comandancia General de la Policía anunció una investigación. Pero, en la práctica, lo que sucedió fue que arrinconaron a El Justiciero y la policía después de tanta presión pública decidió quitarle el apoyo.

Fue a fines del 2006 que Mauricio supo que había que cambiar de estrategia o, de lo contrario, sería hombre muerto. Paradójicamente lo que hizo dejó perplejos incluso a sus más íntimos amigos.

Nadie sabe qué le dio por convertirse en un hombre público o en qué momento le picó el bicho de la política. Lo cierto es que un buen día de marzo del 2006 empezó a hacerse visible ante el miedo, la veneración y el desconcierto de todo un pueblo. Primero en centros comerciales, luego en sitios concurridos y avenidas… su paso no dejaba indiferente a nadie. Incluso había quienes lo trataban como un estrella de cine y le pedían autógrafos que él daba con la paciencia y el afecto de un anciano recluido en un asilo, como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si acallara las voces de un pasado que no hacía otra cosa más que gritarle las múltiples muertes de decenas de pedófilos, criminales y traficantes internacionales de drogas. Sin embargo, el tiempo dirá después que aquella fue la peor decisión de su vida.

Formó el Movimiento Justicia Libertaria Alfarista, por el cual encabezó la lista como candidato a la Asamblea Nacional Constituyente en el 2007. Quería ser asambleísta, porque creía que si el Ecuador iba a cambiar necesitaba hacerlo por medio de una nueva Constitución que se iba a redactar en Montecristi un año después. Él quería estar ahí ¿Por qué? “Deseo combatir la impunidad y la corrupción. Mi propuesta de seguridad integral está basada en tres ejes: seguridad jurídica, económica y ciudadana. Quiero

incluir estos puntos en la nueva Constitución. Estoy a favor de la pena de muerte para asesinos y políticos corruptos, siempre que se despoliticen las Cortes”.

Los otros candidatos le temían. Y contrario a lo que sucede en cada lid electoral ecuatoriana (y en cualquier parte del mundo, en realidad) en que unos descalifican a los otros y el pasado vergonzoso de un político es sacado a la esfera pública sólo para restarle votos, todos (sin excepción) respetaron a Mauricio. Consultaban sus recorridos para no tener la desafortunada coincidencia de cruzarse con él en los mítines.

“Más seguridad, menos delincuentes, seremos un látigo contra las injusticias y barreremos las ciudades de toda la escoria que tanto daño ha hecho al país y la humanidad”. Sus palabras seducían, conmovieron a miles. Pese a la fuerza y originalidad de sus ideas, no logró su objetivo. Perdió. El cómputo oficial arrojó 13.763 votos a su favor. Su slogan “Protegido por el Justiciero” acaparó la atención. Mauricio salía vestido de negro, armado con pistolas automáticas, sub-ametralladoras y hasta con granadas. También usaba guantes, gafas y un pañolón para cubrir su rostro. Su figura era un imán para miles de personas que se aglomeraban en los mítines y que veían extasiados cómo su ídolo, el que había barrido con más de la mitad de los delincuentes más temidos del país, estaba ahí, junto a ellos. Apretó miles de manos, recorrió con su equipo las calles del cantón, buscando un voto y ofreciendo seguridad, sobre todo. Caía el mito y se levantaba la leyenda. Disfrazado, Montesdeoca recorría Manabí para pedir votos. Saludaba a la gente desde el balde de la camioneta, aunque siempre con un pañuelo que sólo dejaba ver sus ojos verdes. Más de 100 escoltas lo acompañaban. Eran sus guardaespaldas, algunas de los cuales estaban mejor armados que él.

En plena campaña, el Grupo de Intervención y Rescate (GIR) detuvo a Mauricio con varias armas de fuego y municiones: una pistola 9 milímetros con dos alimentadoras.

Luego del incidente su discurso pretendía conquistar a los jóvenes, hizo popular la canción Somos de calle del reggaetonero Daddy Yankee, la que fue adaptada con su nombre y sus propuestas. Los sábados colocaba parlantes en las avenidas más populares para que la gente baile. Sus marchas denominadas Por la justicia fueron multitudinarias; incluso cuando terminó el conteo y vio que no ganó, organizó otra, con igual cantidad de asistentes.

Dos años más tarde, alcanzó la tercera posición cuando se postuló a alcalde de Portoviejo. Esta vez el cómputo oficial arrojó un total de 21.459 votos a su favor. Por entonces, cientos de stickers con ojos dibujados, con la consigna “Yo estoy con el justiciero” o sencillamente “Mauricio alcalde” se encontraban en todo lugar. Su campaña

fue muy llamativa, los colores rojo, blanco y azul invadieron la capital provincial. Pero esta última campaña fue distinta: ya mostraba su rostro. Lo tuvo que hacer obligado. Meses antes, en una comparecencia judicial, un fiscal le exigió que se quitara el pañuelo de la cara. Empezaba a diluirse el mito. Todos los diarios y noticieros lo mostraban: el atlético hombre de 1,90 era como el resto de gente.

Aún en campaña seguía practicando el volley, su deporte favorito, en canchas públicas. Rara vez perdía y, cuando se subía a su camioneta, instalaba a todo volumen los altoparlantes con la música que siempre le gustó: el heavy metal.

Aunque andaba resguardado con gente de su confianza, todos sabían que en algún momento lo iban a matar. Y aunque él fuera también consciente de que aquello iba a ocurrir tarde o temprano, acallaba las voces de su interior exhibiéndose aún más en entrevistas y encuentros con jóvenes y líderes barriales. Unas semanas antes de morir hasta se había despojado del chaleco marrón que lo había acompañado durante el tiempo que la gente lo conocía con la leyenda forjada de “El Justiciero”.

¿Quiénes? ¿De dónde provino la venganza? Familiares de los antisociales acribillados lo acusaron ante la Fiscalía de ser un asesino, demandas que no progresaron y terminaron en el archivo del olvido.

El mismo Mauricio recibió varias amenazas de muerte que provenían no solo de familiares de delincuentes asesinados. En octubre del 2008 acusó a la Policía de persecución y de querer atentar contra su vida. Denunció que varios integrantes de la institución eran cómplices de bandas delincuenciales. Acusó a uniformados como Luis Martínez, oficial del GOE, de estar involucrados con la banda “Los Choneros”, la organización criminal más temida del Ecuador, y hasta los responsabilizó de su posible muerte. Y en el medio, el Presidente de la República, Rafael Correa Delgado, cuestionado por la opinión pública, ordenó el 22 de noviembre del 2008 quitarle los permisos para portar armas. Un año antes, el 7 de julio del 2008 el fiscal Agustín Zamora anunciaba que Mauricio afrontaba por primera vez una investigación por asesinato.

De la noche a la mañana empezó a estar expuesto, era consciente de que se había exhibido más de lo necesario y, por ello, empezaba a ser más precavido de lo usual. Y sin embargo, pese a todo, la madrugada del 16 de julio del 2009 estaba sin la custodia con la que siempre vivía. Tomaba precauciones como ir a su casa por un camino diferente, pero esa noche se le durmió el diablo. Mauricio regresaba de una reunión social en el hotel Ejecutivo. Trataba de conformar un plan con el que se buscaba repeler la inseguridad en el Ecuador. En esa reunión y ante dirigentes sindicales expresó: “Por mi experiencia

estoy convencido de que esta criminalidad es cambiante, sanguinaria y sin límites, y para combatirla se necesita mano dura, sin contemplaciones, eliminando sus bases”

Iba a bordo de su automóvil Pathfinder Nissan, sin placas, cuando a cien metros de su casa, fue interceptado por dos camionetas Chevrolet D’max de color blanco y gris. 15 hombres armados y con el rostro cubierto con pasamontañas bajaron de los vehículos y lo emboscaron cuando iba a ingresar a su vivienda, localizada en la urbanización Ceibos del Norte. Los encapuchados rodearon el automóvil y comenzaron a disparar en cuestión de segundos. Fue un baño de sangre y una lucha desigual, porque mientras Mauricio se defendió con una pistola 9 milímetros, los agresores, en cambio, portaban fusiles 5.50, subametralladoras y pistolas.

Pedro Vera, guardia de seguridad, al escuchar los estruendos se lanzó al piso. Y desde ahí, temblándole todo el cuerpo, lo vio todo claro: un Mauricio jadeante y con el cuerpo cosido a balazos que, aún así, se logró poner de pie y empezó a disparar; sin embargo, un proyectil le perforó la pierna derecha. Con ello perdió estabilidad y cayó para no volver a levantarse nunca más. “Allí fue que lo remataron sus asesinos”, relató un testigo. Un amigo de la familia indica que llegó con vida hasta el hospital de Solca e incluso expresó que le dolía la pierna.

Ante la balacera, Luis Alfonso Espinoza, de 22 años, chofer y único acompañante de Montesdeoca no atinó a reaccionar. “El guardia se demoró en abrir la puerta. Entonces el jefe se bajó a repartir bala y fue allí que lo mataron. No pude hacer nada”, relató días más tarde.

Lo llevaron hasta el hospital de Solca, a pocas cuadras de la masacre, pero todo fue en vano.

Respecto a si llegó o no con vida al hospital hay otra versión: médicos del área de emergencia manifestaron que Mauricio Montesdeoca llegó sin signos vitales. Su corazón dejó de latir a las 00h30.

La noticia técnica de los peritos policiales fue contundente. Las balas fueron dirigidas al hombro derecho, muslo derecho, muslo izquierdo, intercostal derecho, brazo derecho, 2 en el abdomen, 2 en la región dorsal y 4 en la pierna derecha. Una lesión en la vena aorta fue la causa de su muerte tras recibir trece disparos, que en su mayoría presentaron orificios de entrada y salida.

Luis Espinoza resultó con heridas en el antebrazo izquierdo y codo derecho; mientras que el vehículo recibió 44 disparos en los parabrisas delantero y posterior, es decir del lado en que se movilizaba Mauricio. Había cumplido los 38 años.

El funeral fue fastuoso. Lo enterraron como un líder. El sacerdote Edmundo Viteri presidió la plegaria. Unas tres mil personas se aglomeraron en la Catedral para escuchar una corta liturgia. Terminada la misa, la caja de dos metros de longitud, donde guardaron el cadáver de Mauricio, fue retirada de la Iglesia y subida a la plataforma con destino al cementerio. Ahí, su esposa, María Fernanda Solórzano, lloró desconsoladamente. Frente al edificio de La Fiscalía el alboroto de quienes acompañaban el cortejo fúnebre se detuvo. ¡Justicia!, ¡Justicia!, ¡Queremos Justicia! Sin embargo, en estos tres años de su muerte el crimen sigue impune. Aquella tarde lúgubre del 17 de julio de 2009, perdido de todo, en un fragmento de realidad diferente, tres amigos de Mauricio se apartaron precipitadamente del ataúd: arrojaron al aire dos palomas blancas que no quisieron volar.

Se trata de una masa gelatinosa, salada, anaranjada, rellena de cuero y patas de chancho y con forma de lavacara. Angelita Pazuña, una mujer de un metro 60 centímetros, morena y de pelo lacio, corta con un inmenso cuchillo algunos pedazos de esta masa y los coloca en una funda plástica transparente que cabe en una de sus manos… Pero la mujer indígena que recibe el producto no entrega a cambio dinero. De su chal azul marino, deja caer, sobre un tarro blanco, un poco más de una libra de cebada en grano. El trueque está hecho.

El togro, como se conoce a esta masa gelatinosa, es la ‘estrella’ de la feria que cada miércoles se hace en Cusubamba, una parroquia de 9.000 habitantes, enraizada en las montañas de Cotopaxi, a la que se llega tras una hora de recorrido en carro desde Salcedo. Un poblado al final de un camino empedrado y lleno de agujeros, rodeado de pencas, cipreses y unos árboles alargados y curvilíneos que ni se inmutan con el frío, el viento y la neblina matinal, que cubre todo el verde y casi no deja ver.

En el centro, a dos cuadras de la feria de los miércoles, hay una de esas torres de fierros rojos y blancos y una luz roja titilante en la punta, que sirven para mostrarles a los pilotos de aviones dónde están los sitios más altos de la Tierra para que no vayan a estrellarse. Es un lugar tan alejado del mundo ‘normal’, que parece que sería más fácil medir su altura en ‘metros bajo el nivel del cielo’ que en ‘metros sobre el nivel del mar’.

En la feria, cada semana se oferta de todo: coloridos sombreros, ponchos y sandalias, panes que aún guardan el sabor a horno de leña, espumillas blancas y rosadas, pescado frito, panelas inmensas y pesadas, gaseosas y jugos artificiales, manteca de res… Pero los habitantes de Cusubamba esperan con ansias el togro. Muchos lo comen solo, otros con una funda de mote y mapahuira.

Los secretos

 Dos mujeres llevan el togro hasta las alturas. Además de Angelita Pazuña, de 45 años, está su tía, María Guanoluisa, de 76. Ellas trabajan en puestos separados y las conocen como ‘las togreras’. Guanoluisa lleva más 50 años subiendo a Cusubamba y Pazuña 25.

Ninguna tiene más de dos minutos seguidos para conversar. La feria está dividida en dos partes: Un galpón de unos 150 metros cuadrados, de paredes blancas y concho de vino, con mesas de baldosa blanca y piso de cemento. Y un espacio exterior de unos 700 metros cuadrados, en el que la hierba compite con el cemento.

Afuera, unos puestos están cubiertos por grandes plásticos de colores colocados sobre estructuras de madera, a manera de carpas; otros, en cambio, prefieren sentarse en el suelo para vender. Adentro, las vendedoras simplemente ponen sus productos sobre las mesas de baldosa.

‘Las togreras’ están adentro. A su alrededor, hay un incesante desfile. Cada vez que ven que alguien se acerca, ellas se apresuran a cortar un pedazo y extienden su mano: “vendrá, caserita, ¿qué va a llevar?”, “pruebe, ¿cuánto le doy?”… Y la rutina casi siempre es la misma: el cliente toma el pedazo, lo prueba. Luego saca la cebada, la coloca en tarros o en costales y recibe el togro. Aquí cabe a la perfección aquello de ‘vender al ojo’, porque cada ‘togrera’ sabe exactamente cuánta cebada vale 25 centavos, o 50, o 75…

El togro es el resultado de cocinar por todo un día las patas y el cuero del chancho es unas ollas muy grandes. Cuando el agua, las patas y el cuero comienzan a compactarse de tanto hervir, la preparación habrá llegado a lo que ‘las togreras’ conocen como ‘el punto’. Entonces, será el momento de colocar la mezcla en las lavacaras plásticas que le dan su forma final. Llegará el achiote en grano, que le da su color anaranjado. Y le seguirán los aliños y toques finales: cebolla, ajo, sal, orégano, leche y algunos otros detalles que estas mujeres se guardan. Luego, esperan hasta que termine de cuajar y está listo para la venta.

Como la preparación tarda más de un día, las ‘togreras’ empiezan a hervir todo desde la tarde del lunes, para alcanzar a estar en la feria a eso de las ocho y media de la mañana del miércoles. “Antes se demoraba más, porque teníamos que cocinar en leña, ahora, con las cocinas a gas ahorramos por lo menos unas ocho horas”, explica Angelita Pazuña.

La mayor de las ‘togreras’, María Guanoluisa, es pequeña, ancha y usa un delantal y un sobrero de tela sobre su lacia cabellera cana. Habla fuerte, mira siempre a los ojos y no puede contener su sonrisa cada vez que habla del togro. Nadie sabe con exactitud desde hace cuánto tiempo se vende este producto o quién lo inventó, pero ella tiene 76 años y asegura que sus abuelos ya lo preparaban y vendían.

Ella comenzó a venderlo desde que tenía 20 años. “Antes, teníamos que subir en burros o caballos. Desde hace poco nomás hay buses y camionetas”. Cada miércoles, suben desde una parroquia rural de Latacunga llamada San Felipe, en donde hacen la preparación. Desde que llegan, comienzan a cortar el togro para venderlo y no dejan de hacerlo hasta que se van, a eso de las 14:00, casi siempre sin sobrantes.

El trueque

‘Cusumbamba’ significa en kichwa ‘Tierra de gusanos’. Precisamente porque eso es lo que abundaba en este lugar en sus inicios: gusanos, según lo explica el Presidente de la Junta Parroquial.

Es un pueblo cuyo centro se limita a unas cuatro cuadras. Un parque lleno de plantas y flores, con un árbol gigante en una de las equinas. Una iglesia con la fachada de adobe, que guarda su forma original. Una pequeña escuela. Un vacío dispensario médico. Una unidad de Policía. La Junta Parroquial. Y un local de Internet, recientemente inaugurado por el Estado.

La mayoría de los habitantes son indígenas. Hay muy pocos jóvenes en las calles. En un miércoles de feria, la imagen es repetitiva: decenas de personas bajando con sus chales o costales llenos de cebada bajando a hacer compras y decenas de personas, ya sin cebada, pero con fundas o costales llenos.

El empedrado camino que llega hacia él está plagado de cerradas curvas, en medio de la vegetación. En las mañanas, la niebla es tan espesa que cuando cobija a los árboles parece el escenario perfecto para una película de terror. Es un sitio tan lejano que en el trayecto uno puede ver ovejas del porte de caballos, perros regordetes que vistos desde atrás parecen cerdos e incluso un perro plomo del porte de un pequinés, pero con una frondosa melena como de león.

El pueblo cumplió recién 149 años de vida. Pero para llegar o salir, la gente aún usa mayoritariamente unas camionetas organizadas como transporte público, que generalmente pasan repletas, como líneas populares en una gran ciudad. Al amanecer, los niños, con uniformes y mochilas son los principales usuarios. Muy pocos usan los buses pequeños y destartalados que llegaron recién hace seis años al lugar.

Esta historia se da en pleno siglo XXI y en un país dolarizado, pero en la feria de los miércoles casi nadie conoce el dólar. Sólo contadas personas. La mayoría aún vive con del ‘trueque’. Aquí el dólar se llama cebada y los centavos son otros granos, como el trigo y el maíz que no son tan cotizados. Cusubamba es un pueblo inminentemente agrícola. Y son precisamente los granos su principal producción. La cuestión es que muy pocas personas tienen tanto dinero en efectivo como pensar en ir de compras un miércoles de mañana. Y, pues, los vendedores, que vienen de comunidades y cantones aledaños, Salcedo, Latacunga, Llacturco, Rumiquiche, Atocha, Aguamansa, Pujilí, San José, Las 4 Estaciones y Mulalillo, han tenido que acoplarse a recibir en pago el único fruto del trabajo de los habitantes de Cusumbamba: la cebada.

Con algo más de tres libras de cebada, Moaña Guano, por ejemplo, lleva par su casa, cuatro panes, un jugo artificial, dos fundas grandes de mote y, por supuesto, el infaltable togro. “A mi marido le encanta el togro, a mí no tanto. Pero él come todos los miércoles. Todas las semanas, se levanta temprano y emocionado porque ya llevo su buen desayuno”.

Con la cebada la gente compra literalmente todo: pan, mote, pescado, jugos, gaseosas, togro, panela, manteca de res, sombreros, bufandas… Y la imagen es siempre la misma: la compradora escoge su producto, saca de su chal una porción del codiciado grano, la deposita en unos tarros blancos o costales, que todas las compradoras tienen, y reciben lo que pidieron.

El negocio

 En Cusubamba, todos son pequeños. Ninguno debe superar el metro y 60 centímetros. La mayoría son ancianos de sombrero, ponchos y pantalones o faldas de tela. A eso de las 10 de la mañana, la feria de los miércoles está repleta. Las ‘togreras’ para ese entonces ya tienen lleno medio quintal de cebada cada una. Si logran llenar, regresarán satisfechas a sus casas. Otros productos más populares, como el mote, ya han logrado llenar dos y hasta tres costales.

Las ‘togreras’ venden la cebada al regresar a Latacunga. Y la mayoría de los comerciantes hace lo mismo. Pero no todos. La señora que llega desde Pujilí con su pan recién horneado, por ejemplo, la utiliza ella directamente para alimentar a sus gallinas y para su propio uso en su casa.

Tampoco hay un precio fijo para cada quintal de cebada. María Guanoluisa dice que es una gran alegría cuando puede vender uno a 20 dólares. Pero Angelita Pazuña jura que puede conseguir un precio de hasta 25 dólares. Además, Pazuña vende, además del togro, las patas del chancho por separado, y para esa venta si exige dinero en efectivo. Cada pata cuesta entre 2 dólares y 3 dólares y medio.

Y eso afecta también en sus ganancias. Mientras Guanoluisa sale a pérdida todos los meses, Pazuña gana hasta 150 dólares.

Incertidumbre y modernidad

Cuando el reloj se aproxima a las 11, las tres cuartas partes de los costales de las ‘togreras’ están llenas. Cada vez hay menos gente desfilando por los puestos de la feria de los miércoles y algunos vendedores ya han comenzado la retirada. Ya en este punto, las vendedoras comienzan a recordar aquellos tiempos en que la feria era mucho más concurrida y el negocio era mucho mejor. La feria siempre ha sido los miércoles. Pero las ‘togreras’ añoran esos miércoles, antes de los buses, cuando regresaban a caballo o en camionetas pero con tres o cuatro costales repletos de cebada.

“Después llegó la modernidad. Los caminos empedrados. Las camionetas. Los buses. Los jóvenes comenzaron a emigrar a Quito, a Ambato, a Latacunga, a Guayaquil, a Cuenca, a España, a Italia… y mandaban dinero a sus familiares que se quedaron aquí. Y entonces ellos ya no necesitaban a esperar a la feria de los miércoles, bajaban hasta Salcedo y ahí en las tiendas compraban cualquier cosa cualquier día. Ahí ya la feria comenzó a decaer. Pero luego, cuando la gente comenzó a cobrar el bono solidario, muchos ya tenían dinero en sus bolsillos más seguido, llegaron los buses y ahora ya es más fácil que todos bajen a comprar en los pueblos más grandes”. Así define ese salto temporal María Guanoluisa, la mayor de las ‘togreras’.

A las 11 y media, la feria está casi vacía y los quintales de las ‘togreras’ casi llenos. A pesar de la baja en el negocio, las dos ‘togreras’ prometen que seguirán preparando este singular alimento hasta que sus fuerzas les acompañen. Angelita Pazuña, ya comenzando a limpiar sus lavacaras vacías, dice que está acostumbrada a ganar ese dinero y colaborar en su casa y que no piensa dejar de hacerlo. María Guanoluisa, también en labores de limpieza, confiesa que sus hijos ya no quieren que siga trabajando. “Me dicen que ya estoy vieja, que ya no venga, que me puede pasar algo, pero, auque pierda dinero, pero para mí quedarme encerrada ahí en la casa. Toda la vida he trabajado, ya no me acostumbro a estar sentada”. Y ahí estarán las ‘togreras’, mientras la feria de los miércoles que mantiene vivo el trueque se siga resistiendo a la modernidad y los habitantes de Cusubamba sigan buscando su añorado togro.

El Job de San Mateo

Publicado: 5 abril 2011 en Marcela Noriega
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Un día Dios hace una apuesta con el diablo. Satanás está seguro de que hasta el más creyente del mundo puede blasfemar contra el Todopoderoso si él lo tortura.Dios, por capricho o aburrimiento, quiere probarle que se equivoca. Le dice que lo intente con Job, el más bueno de todos los hombres que por esa época vivían.

Pan comido, piensa el diablo y se caga de risa. Va y mata a todos los hijos e hijas de Job, a sus criados, a sus ovejas. No le mata a la mujer para que lo siga jodiendo. Y no contento con eso, le envía una sarna maligna que cubre de costras su cuerpo, desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza. Job sufre como un condenado, no tiene paz, solo dolor y una picazón insoportable. Se rasca día y noche, se revuelca en el polvo como una gallina. Sus amigos se alejan, se burlan,lo critican. Pero él nunca reniega de Dios.

Tengo a un Job delante. Está sentando en la puerta de su casa, rascándose la piel llena de algo muy parecido a las escamas de un gran pez, escamas que pican, que arden cuando se secan, sangran, se infectan y, a veces, supuran pus.Sus padres, Vívida Yolanda, lavandera, y Jorge Isaac, pescador, murieron cuando era un adolescente. No perdió bienes ni hijos porque nunca los tuvo. Tampoco ovejas ni criados. Este es un Job de nacimiento que nunca tuvo nada más que pesares. Se llama José Jorge y se apellida López Franco. Tiene 41 años.

Bajo la cabeza como los perros cuando quieren entrar a una casa y no son bienvenidos. Esta tiene techo de zinc, una puerta de fierro negro, y el número309 pintado en blanco. Estoy en el barrio La Paz, de San Mateo, a 15 minutos de Manta, el pueblo de pescadores donde nacieron y viven José y Cruz Adelina, su hermana de 45 años.

Me quedo fuera esperando. Él ni me mira, le mosquea mi presencia, como la de cualquier extraño, más si sabe que tiene el oficio de entrometido profesional. San Mateo está a mis espaldas con sus lomas lisas, su enorme mar, sus redes, sus lanchas, sus casuchas de caña, sus casotas de cemento, sus cantinas, su música rocolera, sus recovecos polvorientos, su aridez.

La casa de José y Cruz queda en una pendiente. Las calles aquí son de tierra.Unos pocos perros flacos y unos niños casi desnudos corren por ellas. El aire es liviano, el aliento del mar lo purifica y se puede sentir en todo el lugar, donde viven unas 500 personas.

―¡Pase, pase!

La voz proviene de adentro. Es Cruz, una mujer pequeñita, de aspecto también huraño. Entro al humilde lugar de paredes blancas y piso perfectamente barrido.Unas fundas de cachitos, papas fritas, caramelos, chupetines y demás cuelgan de un estante. Más allá hay productos de limpieza, pintalabios, esmaltes de uña.Todo de venta. En esta casa no hay espejos, no hacen falta. A veces es mejor no mirar.

Les hablo, les sonrío, intento ser amable. Ellos no me quieren ahí, y se les nota.

―Sé muy bien que están cansados de los periodistas, solo vine a conversar, a ver cómo se sienten. También les traje esto -saco del bolso unas cremas bastante caras.

―Sí, esas son las que tenemos que usar-, dice Cruz, aún con el ceño fruncido. Le gusta verse más grande de lo que es, por eso encaja una silla de plástico en otra y solo entonces se sienta. Lleva un gracioso moño fucsia que le recoge el poquísimo pelo. José se hace el loco. Está descalzo, sus pequeñas zapatillas de plástico descansan a su lado.

Les cuento una historia de una vez en que el periodismo ayudó a alguien que sufría. Ella me escucha por educación, pero parece no creerme. Yo sigo hablando como si fuera una vendedora de enciclopedias que no sabe vender.

―Siempre vienen, nos sacan fotos, ¡no queremos más fotos!, -gruñe ella. José,impenetrable y callado, mira hacia el mar.

―¿Y qué es lo que quiere?, ataja Cruz.

―Nada, solo conversar un poco sobre, por ejemplo, cómo es vivir cerca del mar,-digo.

Cruz no contesta. Se va a la cocina a revolver la sopa de queso. Debe medir un metro cincuenta; es delgada, recta como una regla. José, al fin, habla, sin mirarme.

―Nosotros nacimos allá, en la punta de la playa, al pie del mar-, dice señalando hacia el océano. Su voz es extraña, suena como una emisora mal sintonizada y en un tono más alto de lo normal.

―Debe haber sido lindo crecer al pie del mar ¿te acuerdas de cuando eras pequeño? – No, no me acuerdo. Es que cuando uno nace no se acuerda de nada.

―Claro, pero ¿te gusta el mar?

―Sí, harto -se queda callado un rato–, aunque ahora me da miedo porque he escuchado decir que va a venir una ola de no sé cuántos metros de altura. Nomás me quedo en la arena, porque no sé nadar. Me da miedo el mar.

Me tiro al piso, me siento a su lado. Le cuento una historia de una vez que casi me ahogo. José intenta mirarme, le atrae mi voz. Sus ojos no le sirven de mucho. El uno casi ha desaparecido, y el otro es celeste y está desorbitado, con dificultad registra formas y colores. Me intriga saber si cree en Dios. No veo vírgenes ni santos por ningún lugar.

―¿Y ustedes son católicos o tienen alguna religión?

―No, no -dice tajante José. Pero Crucita que se ha vuelto a sentar en sus sillas,lo corrige–. Nosotros sí vamos a misa, somos católicos-.

―Je je je je, -se burla él.

―¿Y a usted le gusta ser católica?-, me pregunta José.

―No, qué va, a mí no me gusta eso-

―¿Por qué? Es bueno que vaya a rezar, a orar. Es bonito ser católico-, dice con ironía.

―Yo antes era evangélica, pero ya dejé esos malos caminos-. Ambos nos reímos.A Cruz no le gusta el chiste.

―La gente que se mete a eso del evangelio se vuelve como loca, se hacenfanáticos-, comenta muy seria.

Ella es la que cocina, lava, plancha, barre, trapea, va al pueblo a comprar las cosas para vender, y se las rebusca. José casi nunca sale, casi nunca hace nada.

―¿Y de fiestas, qué tal?

―No voy a fiestas, no me gusta.

―¿Y la cerveza tampoco?

―No, tampoco, siempre escucho en las noticias que eso afecta a uno, uno tiene que cuidarse

―¿Nunca has tomado alcohol?

―Sí, antes, pero ya no. Antes iba a fiestas, pero no me gustaba porque se enojaban si no tomaba. Casi no me gusta porque no quiero tomar. Hay muchos que se mueren por alcohólicos. Siempre me pongo bravo porque quiero que cierren esas cantinas y nada. Ya es de hacer una denuncia para que se acabe eso y no haya más problemas y no vuelvan a vender esas cosas-, contesta molesto.

San Mateo es un pueblo tranquilo, no hay delincuencia, pero sí burdeles. Los borrachos y sus pelas abundan los fines de semana.

―¿Y has tenido novia?

―Sí tenía antes, pero se fue a España a trabajar. Bueno, no era mi novia, solo éramos amigos, conversábamos-

―Y ¿cómo era ella?

―Era gorda

―¿Y bonita?

―Ajá

***

José y Cruz tienen una rara enfermedad genética llamada ictiosis lamelar. Según los registros de la Fundación Ecuatoriana de la Psoriasis, que investiga también la ictiosis, hay 32 personas en el país que sufren este mal incurable, del que existen varios tipos. En el caso de los hermanos López es congénita y hereditaria. Puede saltar hasta la quinta generación.

Los niños con ictiosis nacen con deformaciones y cubiertos totalmente por unas escamas grandes, semejantes a láminas, que les da la apariencia de peces. De hecho, la palabra ictiosis proviene del griego ictius que significa pescado. Lo que ellos viven es una descamación constante de la piel durante toda la vida.

Su piel se parece al lecho de un río seco, a la tierra cuarteada por la erosión. Seles resquebraja con facilidad y se les infecta, por eso deben ponerse cremas humectantes y bañarse, al menos, tres veces por día.

Sus sentidos también están afectados. La tirantez de la piel es tanta que impide el desarrollo completo del cartílago auricular. Además, las escamas se acumulan en el oído, y le impiden oír bien. José no tiene formadas las orejas y le cuesta mucho escuchar y escucharse.

Tampoco ve bien. Las personas con ictiosis nacen con los párpados volteados,las infecciones oculares son frecuentes. Los parientes de José me contaron que de niño él sufrió una grave infección en el ojo izquierdo, por lo que ahora es prácticamente inservible. El derecho otro tiene cataratas.

La enfermedad también produce caída de cabello. Los pelos de José en la parte posterior de su cabeza son escasos, y en la barbilla tiene menos de diez.

Pero su enemigo principal es el calor. No lo tolera, y la razón es que sus conductos sudoríparos están taponados. Con calor y sin agua el panorama es de terror. Hace unos pocos meses el presidente Rafael Correa llegó a San Mateo para inaugurar el alcantarillado, pero una cosa es lo que inauguran los políticos y otra lo que vive la gente.

―¿No tienen agua?

―A veces nos llega cada 15 días, otras, no hay un mes, tenemos que comprar del tanquero.

Un dólar cuesta el tanque; 1,50 en los aljibes-, contesta Cruz ya más en confianza.

―Por eso es que estamos mal ahorita con esta calor que hace, -rezonga José.

―¿Cuántas veces te tienes que bañar al día?

―Me baño tres horas. A las 7, a la 1 y a las 9 de la noche, cuando ya me voy a dormir.

A José le está pegando el sol del mediodía en la cara. Odia el sol. Se levanta,arrastra una silla y la pone junto a mí para seguir mejor “la conversa”.

En la pared hay un diploma al mérito dado por la UNE a Cruz por haber terminado la escuela. Ahora su sueño es estudiar computación, pero no tiene dinero para ir a Manta, pagar el curso y menos para comprar una computadora.

―José ¿y tú estudiaste?

―No me gusta, me da vergüenza, me marginan por ahí-, dice y lanza algo muy parecido a una carcajada.

―¿Cuántos años tienes?

―Yo tengo 41.

―¿Naciste en 1968?

―Creo que sí, no me acuerdo.

―¿Y por qué no fuiste a la escuela?

―Me pusieron, pero me sacaron porque hago mal la letra. No estudié en la escuela, estudié en la casa, cuando vivíamos en la playa en una casita de caña.Me enseñaba una profesora de Manta. Pero, por ejemplo, si usted me coge de la mano a mí me duele, por eso es que a mí no me gusta.

―¿Y a leer no te enseñó?

―No, pero venga usted para que me enseñe.

Adopta una pose seductora y un hilo de risa acompaña todo lo que dice. Le sigo el juego.

―¿No te aburres de no hacer nada en todo el día?

―No, yo me aburro de hacer las cosas. Mejor me pongo a ver televisión. Por eso es que quiero una chica para que me lave la ropa y me haga todo.

―Así son todos los hombres, vagos, no quieren hacer nada en la casa -lo toreo.

―Pero mamita para eso está la mujer. Por ejemplo, si yo estoy con usted aquí ami lado, usted se va a cocinar mientras yo veo televisión -me mata.

Cruz se ríe de los intentos de seducción de José, que van muy mal.

―Eso yo le digo a él: que me ayude aunque sea a barrer, a lavar los platos, que eso lo puede hacer él, -se queja la hermana.

―¿Ni los platos lava?

―¡Nada! -grita ella. Él se ríe socarronamente

―¿Y usted no quiere niños? -me pregunta él.

―No, no me gustan.

―Pero es bueno tener niños para que hagan los mandados.

―Ah, ¿para eso sirven los niños? Las mujeres para que cocinen, trapeen, y los niños para los mandados

―Sí, así es, por eso es bueno tener mujer e hijos. Se ríe a lo grande. Y sigue coqueteando.

—¿Y usted tiene teléfono en su casa para que me llame y podernos comunicar?

―Sí, tengo ¿cuándo quieres que te llame?

―Pero es para conversar nada más, no para otra cosa. Usted me puede llamar de noche, así sea domingo o entre semana. O puede venir a visitarme de nuevo, pero sola.

***

Uno entre 300 mil nacidos vivos nace con ictiosis lamelar. Cruz y José dicen que antes no hubo casos en su familia. Ellos tienen dos hermanas: Indalesia, madre de 9 hijos; y Adriana, que tuvo “solo 3”. También está Julián, pero él es hermano de crianza. Ninguno de los sobrinos tiene ictiosis. Pero en San Mateo hay alguien más que la sufre: un niño de 5 años llamado Cristopher, pariente lejano de Cruz y José, lo que confirma la herencia.

Para llegar a la casa de Cristopher hay que bajar la loma y enfilar hacia la playa.Ahí están Carmen Biler y Marcos Franco, abuelos de Cristopher. Marcos es primo hermano de Cruz y José. Ellos cuidan al niño, porque la madre lo abandonó al año y dos meses de nacido y el padre tiene 24 años y solo estudia.

―Dice la doctora que mi niño tiene mejor la piel que José y Crucita, porque de pequeño se empezó a tratar. En cambio, a ellos la mamá no los llevó al médico hasta que tuvieron 9 y 12 años -cuenta Carmen.

―Cuando él nació, el doctor no nos entregaba a la criatura. No quería que lo viéramos. Luego nos dijo que estuviéramos tranquilos, que el niño no era normal.

Lo vimos y nos dimos cuenta de que era como Crucita. Nosotros somos católicos,somos dados a la iglesia, a los santos, pero con esto yo casi pierdo la fe. Ya no quería ir a la iglesia, tenía un dolor tan grande. Pensaba cómo era que Dios nos podía castigar de esa forma. Ese es un castigo para nosotros, pero más va a ser para él cuando sea grande-, cuenta el abuelo, un pescador al que le cuesta solventar los gastos de esta enfermedad. Cada crema Eucerín cuesta 24 dólaresy dura, según el calor que haga, una semana. Además, deben comprar gotas para los ojos y jabones especiales.

A los dos añitos, mientras Cristopher estaba en una hamaca él empezó a mirarse.Alzaba el piecito o la manito y comenzaba a darse cuenta de lo que tenía. Ahoraestá preguntando por qué nació así. Pero intenta llevar una vida normal. Va a la escuela José Peralta y tiene amigos. “El niño es normal, solamente lo que tiene es la pielcita. Y hay que estar controlándolo con cremas porque si no se le parte la piel y se le infecta, le salen como naciditos. Se le pone cada 4 ó 5 horas. Él se lleva la crema al colegio, a veces dice que no se la ha puesto porque ha estado ocupado”, dice la abuela con la cara llena de cariño.

***

José no quiere ir al médico. La última vez que fue le sacaron piel para estudiarla y le dolió mucho. Ya ninguna promesa de tratamiento lo saca de su casa. Él y su hermana saben que esta enfermedad es incurable.

―Dios me hizo así y así me he de morir-, es la filosofía de José. Y Cristopher ahora último anda diciendo que Diosito es el que le ha regalado esos cueritos. Sus abuelos no han dejado de rezar ni de creer en la voluntad divina, porque “si estoviene de Dios nada malo ha de ser”.

En Galápagos casi nadie es de Galápagos. La mayoría de los residentes en la isla son, por así decirlo, especies introducidas. Te subes a la embarcación que atraviesa el corto canal entre Baltra -donde está el aeropuerto- y Santa Cruz, y el hombre que te cobra el pasaje es del Guayas. Te subes a una camioneta blanca de doble cabina, en Galápagos todos los taxis son camionetas blancas de doble cabina, y mientras pasan los treinta minutos que separan al muelle en el canal de la ciudad propiamente dicha, te enteras de que el chofer es de Tungurahua, que está aquí porque cuando erupcionó el volcán, en 2006, perdió todo y se endeudó de pies a cabeza. Llegas a otro muelle, esta vez en Puerto Ayora, te paras al borde, gritas taxi y una pequeña lancha a motor te recoge y te lleva a un lujoso hotel al que sólo se puede acceder por mar. La pequeña lancha se mete por entre los yates anclados, algunos harto ostentosos, otros viejos, oxidados, listos para ser escenografía combustible en una película de piratas. El piloto que te lleva al hotel es de Esmeraldas. Dejas tus cosas en la habitación y te dispones a almorzar, la chica que pone la mesa es de Manabí y el señor que trae las bebidas es de Loja. De repente te sientes en Nueva York, donde la pregunta más frecuente es ¿de dónde eres?, donde lo raro es encontrar neoyorquinos.

El Instituto Nacional Galápagos, mejor conocido como Ingala, tiene a su cargo la calificación y control de residencia en el archipiélago. Sus cifras más recientes datan de mayo de este año, y estiman que la población comprendida por los cantones San Cristóbal, Santa Cruz e Isabela, es de aproximadamente 25.000 habitantes, de los cuales entre 3.000 y 3.500 están en situación irregular, o sea que ingresaron como turistas, consiguieron un trabajo y pasaron a formar parte de una clandestinidad tramposa. Según la Ley Especial de Galápagos, que rige desde 1998 con el propósito de controlar el ingreso de personas y así conservar la reserva natural, existen tres y sólo tres formas de ser residente permanente: que hayas nacido en Galápagos y tus padres sean residentes permanentes, que te cases con alguien que sea residente permanente, o que hayas vivido en las islas –por un periodo no menor a 5 años- antes de que la Ley Especial entrara en vigencia hace diez años, el 5 de marzo para ser exactos. Las medidas de control a la ávida migración responden a otra cláusula legal: en Galápagos, por obligación, el empleador debe pagar al empleado un 75% adicional a su sueldo en el Ecuador continental, por compensación de vida. La región insular ostenta el más alto costo de vida en el país.

Orlando Romero, jefe provincial de control de residencia, un tipo amable y calmo, me cuenta en su oficina del Ingala el proceso para conseguir un permiso de trabajo y ser residente temporal. “Primero tienes que buscar mano de obra local. Si necesitas contratar a alguien, haces un oficio dirigido al Gobernador, luego tienes que hacer comunicados radiales durante tres días, dos veces por día, en los que la comunidad se entere de la oportunidad de trabajo. Entonces esperas otros tres días a que lleguen candidatos y los entrevistas. Si pruebas que ninguno de ellos satisface tus necesidades, puedes contratar a alguien del continente que pasa a ser un residente temporal. Esto pasa sobre todo en la industria hotelera, donde por lo general buscan a gente que hable varios idiomas y tenga sus años de experiencia. A los residentes temporales se les entrega un carnet, que deben renovar una vez al año, justificando su presencia”. Además del sector hotelero, están los choferes de taxis terrestres, pues el sindicato de choferes profesionales de Galápagos cerró a principios de los noventas y ya no se producen profesionales del volante en la localidad. En hoteles, taxis y restaurantes está la mayor parte de residentes temporales de la isla, el resto vive en tela de duda. Romero dirige las redadas que por lo menos una vez al mes salen a pescar personas irregulares. “Las batidas grandes, como les llamamos, son en barras, prostíbulos y discotecas, sitios donde es normal entrar con la policía. En los barrios están los niños, a los que puedes causarles un trauma si ven cómo uno de sus familiares es detenido. Nosotros tenemos las bases de control de residencia en computadoras portátiles, sabemos quiénes son residentes permanentes, temporales o turistas transeúntes. Si alguien dice no tengo papeles, se revisa la base de datos. Si no aparece ahí, debe presentarse en el Ingala para una audiencia, y si no logra justificar su permanencia en la isla, tiene 48 horas para abandonarla, de manera voluntaria o acompañado por la fuerza pública”. El mayor porcentaje de personas irregulares, dice Romero, se ocupa en el sector de la construcción. Las carreteras que surcan Galápagos comenzaron a construirse en la década del setenta, las manos que las labraron vinieron en gran parte de la sierra central del Ecuador, de donde muchos obreros irregulares siguen llegando hasta el día de hoy. Los contratistas tienen la obligación de cerciorarse de la situación legal de sus trabajadores, pero al parecer son pocos los que se toman la molestia, de cualquier manera no hay castigo para ellos en la Ley Especial. “No hay forma de ponerle una multa al auspiciante”, se queja Romero. “Personalmente, creo que debería existir algún tipo de sanción, acá la mayoría de trabajadores indocumentados han sido explotados. Si tienen papeles, pueden cobrar entre 25 y 40 dólares diarios, si no, les pagan 12 o 15. A veces los amenazan con denunciarlos al Ingala y simplemente no les pagan”.

En la isla Santa Cruz, capital económica y turística del archipiélago, viven un estimado de 14.500 personas, es decir, más de la mitad de la población total de Galápagos. Entre 1.500 y 2.000 de esos habitantes son salasacas, una comunidad indígena salida del centro mismo del país continental. Salasaca, el sitio geográfico, es una parroquia del cantón Pelileo, provincia de Tungurahua, justo en la mitad del camino que va de Ambato a Baños. El pueblo salasaca habla quichua, el español es para ellos una segunda lengua que todavía les cuesta trabajo dominar por completo. Se dice que son mitimaes, producto de un sistema de deportaciones en masa, que tenía como objeto la rápida asimilación de las tierras conquistadas por los Incas, y que llegaron de Bolivia hace cientos de años. Lo cierto es que a Galápagos llegaron desde el corazón de los Andes y su presencia en la isla ha ido aumentando con el paso de los años.

El barrio se llama La Cascada y podría estar en cualquier ciudad pobre de la costa ecuatoriana. Casas amontonadas al pie de un cerro, en el que se mezclan la roca viva y el musgo verde intenso. Casas diseñadas y construidas por albañiles. Casas por las que jamás pasaron ni la mano ni los ojos de un arquitecto. Casas que parecen dibujos de primer grado: cuadrados empotrados en la tierra, un rectángulo largo por puerta y cuadrados chicos por ventanas. A cualquiera que se le pregunte, dirá que La Cascada es un barrio salasaca, una especie de Chinatown, digamos, pero sin los restaurantes. A pocas cuadras de ahí, Margarita Masaquiza, presidenta de la Asociación de Salasacas residentes en Galápagos, abre la puerta de su casa, está sonriendo. Margarita llegó a Santa Cruz en 1980, tenía dieciséis y ya estaba casada. Hace veintiocho años, en Santa Cruz no había luz eléctrica ni puertas en las casas, era todo muy silvestre y confiable, la gente apenas cubría con sábanas las entradas de sus domicilios, la delincuencia era algo impensable. “Al principio venían sólo hombres, trabajaban dos o seis meses, de ahí regresaban a nuestra tierra, la familia los esperaba allá, se gastaban todo el dinero que habían ganado y vuelta volvían acá a trabajar”, cuenta Margarita. La asociación se formó precisamente en 1998, el mismo año en que surgió la Ley Especial, para socorrer a un Salasaca caído en desgracia. Se llamaba Bernardo Caiza, vivía en Puerto Ayora, trabajaba como albañil y aunque nadie recuerda su edad, los que lo conocieron se refieren a él como “un chico joven”. Caiza regresaba de su jornada de trabajo en el balde de madera de una camioneta, junto a una vaca. El animal se exaltó tras un bache en el camino, se puso nervioso, y pateó a Caiza que salió disparado del balde y rodó varios metros sobre la ruta empedrada. El cuerpo de Caiza sufrió severos golpes que acabaron con su vida poco después de llegado al hospital. Margarita Masaquiza recuerda ese momento con angustia. “Su única familia era un hermano menor de 8 o 10 años, un niñito. Nosotros somos indígenas, aquí lejos es como si todos los salasacas fuéramos familia, como primos. No teníamos dónde velarlo porque en ese año ninguno de nosotros tenía casa, sólo alquilábamos cuartitos de cuatro por cuatro, con baño aparte. Tocamos las puertas de las autoridades pero nadie nos quiso ayudar. Fue una persona particular la que nos prestó una casa que estaba construyendo para que el cuerpo pasara la noche allí. Compramos tablas para hacer el ataúd y recogimos plata entre todos para mandarlo a Quito”.

La situación de los salasacas en la región insular ha mejorado desde ese penoso incidente. Además de la asociación, existen la Comunidad de Salasacas Residentes en Galápagos, una sucursal de la cooperativa de crédito Mushun Ñan (camino nuevo), cuya oficina matriz está en Salasaca, y la escuela primaria Runa Cunapac Yachac (indígenas que aprenden), fundada hace dos años, donde 96 niños, vengan de donde vengan, reciben educación general y clases de quichua. Sin embargo, la comunidad aún no se termina de integrar. Caminando por las estrechas –algunas adoquinadas y otras de tierra- calles del barrio La Cascada, tratando de encontrar otros testimonios, preguntando a ratos al azar, uno se da cuenta de que los salasacas aún desconfían del hombre blanco. Además, está el agravante del idioma, entre ellos, hablan exclusivamente en quichua. Aún existe un dificultoso trecho entre las ideas de los salasacas y su expresión verbal en castellano. José María Caizabanda, presidente de la Comunidad de salasacas residentes en Galápagos, dice: “Nosotros salasacas hemos venido a servir, a trabajar humildemente, me duele cuando la gente dice que es de acá, que son dueños de Galápagos, esta tierra también es el Ecuador, es de todos”. José María llegó hace 15 años, subcontratado por “una persona de Otavalo” dedicada a traer mano de obra a la isla. Fue uno de esos que comenzó viniendo por temporadas de cuatro meses, alquilando cuartos apretados, y de a poco fue trayendo a su familia, que esperaba paciente en el continente. José María trabaja en una construcción durante la semana y los sábados maneja una camioneta blanca de doble cabina. Ahora tiene su casa propia, de dos plantas, en la última hilera de viviendas de La Cascada, casi trepada en el cerro. José María, su esposa y su hija adolescente habitan la planta baja. En la planta alta tienen inquilinos que pagan $250,00 mensuales por el departamento. Alquilar casas, divididas en cuartos o en departamentos, es un negocio prominente para los salasacas, sobre todo para los que han vuelto a la tierra que los vio nacer y reciben rentas desde el archipiélago. Una vecina de José María, robusta y mal encarada, está lavando tripas de cerdo en una lavacara, me pregunta qué hago por esos lares, se lo cuento y ella, sin desviar la mirada de las vísceras sanguinolentas, dice “aquí hay mucho salasaca”.

La señora lleva falda larga de paño, alpargatas, una camiseta fina y en la cabeza, a manera de turbante, lo que parece un chal con bordados indígenas. Con una pala recoge tierra amontonada en la calle que deposita en un tacho de plástico. Le pregunto algunas cosas pero me dice “yo no español mucho”, y sigue en lo suyo. Una vez que el tacho está lleno, usando una cuerda, lo ata a su espalda, se agacha, haciendo un esfuerzo se lo echa en la espalda y camina inclinada hacia el interior de un edificio de tres pisos. La sigo por un corredor oscuro que lleva al patio de lo que parece una vecindad, atravesado por finos cordeles de los que cuelgan prendas de vestir y cobijas con motivos de la selva, tigres y leones. Junto a dos bloques de cemento que sirven para lavar ropa, están sentadas varias mujeres, mujeres jóvenes con niños pequeños jugando alrededor, en sus manos cortos palos de madera, uno de ellos lleno de lana de oveja. Hilan la lana para luego hacer fachalinas que venderán a los turistas cuando estén de vuelta en su tierra. En esta vecindad viven nueve familias salasacas, los cuartos son de cuatro por cuatro y en su interior se acomodan como mejor pueden cama, televisor, equipo de sonido, ropa, hornillas eléctricas, platos, vasos y tasas. Los baños están aparte, pocos metros frente a los cuartos, uno para mujeres y otro para hombres. Antes de conversar, se miran entre ellas, se dicen cosas en quichua y sueltan risas cómplices. Jeaneth llegó hace pocos meses, acompañado a su marido, que trabaja poniendo losas en una construcción. Ella me cuenta que prefiere Salasaca a Galápagos, que en su tierra las legumbres salen de la tierra, no hay que comprarlas, pero “allá no hay trabajo, vuelta acá pegan mejor, aunque todo sea más caro”. Jeaneth no sabe cuándo volverá ni quiere hablar de “eso de los papeles”. En esta vecindad, el Ingala es el equivalente a la Migra gringa que persigue migrantes en el desierto tejano.

Son las cinco y media de la tarde, dentro de los cuartos suenan las voces de otra vecindad, la del Chavo del Ocho. Los hombres de esta célula salasaca empiezan a llegar montados sobre sus bicicletas, sus cuerpos cubiertos por una capa de tierra blanca. Franklin, el joven esposo de la joven Jeaneth, dice lo mismo que sus coterráneos cuando le pregunto por qué vino. “Por trabajo, pues. Imagínese, allá en continente, de oficial gano 45 y de maestro máximo 60, vuelta aquí gano 160 a la semana”. Franklin trabaja de lunes a viernes, de siete de la mañana a doce del día, tiene una hora para almorzar y vuelve a su puesto, hasta las cinco de la tarde. Tiene que salir de la isla cada tres meses y volver a entrar, como turista, casi enseguida para no perder su empleo. Los sábados, Franklin y Jeaneth pasan el día en la playa de la fundación Charles Darwin, por la noche vuelven a la casa, a ver televisión, dicen que con lo que gana Franklin no les alcanza para diversiones y que es mejor guardarse porque durante las noches ronda el Ingala. Aunque Franklin puede estar en la isla como cualquier otro turista, no tiene permiso para trabajar. Están casados sólo por lo civil; algún día, dicen, harán el eclesiástico en Salasaca. “Allá en mi tierra es mejor, creo yo, allá los matrimonios empiezan los domingos y la fiesta dura hasta el miércoles. Trago, música, comida, todo. Acá nos mirarían raro si hacemos eso”, cuenta Jeaneth antes de liberar una carcajada. Subimos a la terraza del edificio para ver el atardecer, Franklin pone música en su teléfono Nokia para amenizar. Las lámparas en los postes de La Cascada se encienden iluminando cientos de casas. Un niño acostado en una patineta se desliza gritando de contento por la calle, las ruedas traquetean sobre las piedras. Desde aquí no se ve el mar.

Había estado bebiendo desde las diez de la mañana. Llevaba años en Hoboken, Nueva Jersey, donde nació Frank Sinatra. Mientras un mecánico salvadoreño cambiaba las bujías a su auto, él tomaba cervezas de litro. Para equilibrar, le entró al perico y al perico para atrás. Jaló, fumó y pasó al whisky para no quedarse tieso. El día se hizo tarde y el salvadoreño despachó el carro cuando él llevaba rato encendido. Manejando, pensó que lo mejor era comprar algo de comer y hacer una siesta antes de salir a trabajar. Llegó a su apartamento con un pollo entero guardado en una funda de plástico. El pollo estaba frío. Se había enfriado en el camino o se lo habían vendido frío y él no se había dado cuenta. Fue a la cocina, encendió el horno y puso el pollo dentro. Algo noqueado, caminó hasta su cuarto y se desmoronó sobre el colchón, a esperar. Despertó mojado. Un tipo que sostenía un hacha le hablaba en inglés, su cueva estaba inundada y ahumada. El pollo se fue de largo, sonó la alarma, llegaron los bomberos. Firmó unos papeles, escuchó recomendaciones baja la frente y decidió que ya no tenía hambre. Se metió a la ducha, se sacudió, se arregló y salió del lugar, las suelas de sus zapatos levantando gotas del suelo. Esa noche tocó las congas y cantó lo que siempre cantaba, las canciones del otro. Subió al escenario del Golden Palace, cerca de Queensborough Plaza, con el Combo Caliente de Isidro Infante. El público la gozó y volvieron a decirle lo mucho que se parecía a ese que nadie sabía dónde andaba y que siempre llegaba tarde. Entrada la madrugada, fue al bautizo del hijo de un primo. Se amaneció. Las diez de la mañana del día siguiente, domingo, lo sorprendieron manejando solo, bebiendo y jalando, de vuelta en Nueva Jersey. Aquí lo inevitable: se durmió al volante. Clavó el mentón en el pecho, centímetros más arriba del pico de la botella, que descansaba entre sus piernas. El estruendo metálico lo levantó, tenía un vidrio clavado en la frente y no sabía contra qué había chocado. Días después, en la cama de un hospital, le contaron que tenía un alfiler de silicón uniéndole la cabeza y que se había estrellado en una escuela de judíos. Fue a la corte y tuvo que escoger entre la cárcel y la tierra de donde había llegado. Volvió a Guayaquil y en la aduana le preguntaron si era Héctor Lavoe. Freddy Barberán respondió que no, pero vio una oportunidad y la tomó. Las gafas y la chaqueta rosa se las había regalado el mismo Héctor Juan Pérez Martínez. El disfraz de Chaplin tuvo que comprarlo. Así engendró al Héctor Lavoe ecuatoriano. Era 1990.

El primer recuerdo que tiene Freddy Barberán es estar sentado en el patio terroso de su casa —un suburbio de Guayaquil, por la trece y Ayacucho—, en la segunda mitad de los cincuenta, haciendo un show. Terminado el almuerzo, hundía palitos de madera en el suelo y sobre ellos ponía las ollas de su madre. Golpeaba los peroles, cantaba cosas que no recuerda y los niños vecinos le hacían la ronda. Su segundo recuerdo es tocar las cacerolas dentro de casa para poder cobrar. Cree que cobraba un real por espectador cuando diez reales eran un sucre. Creció lavando carros, vendiendo caramelos, lustrando zapatos, robando limosnas de las iglesias y robando el dinero que su abuelo, peluquero de profesión, ganaba vendiendo brillantina líquida y sólida. Ante las reincidencias del angelito y habiendo suministrado mil palizas, el barbero optó por darle una fuente de ingresos dentro de su local. Colgó un cordel en un rincón de la peluquería y sobre él varias revistas que el nieto se encargaba de alquilar. El cuadro era tierno, pero la ternura no alcanzaba. Al poco tiempo, el querubín cambió las revistas que le había dado su abuelo por revistas pornográficas y subió el precio del alquiler.

A los quince probó marihuana. A sus vecinos no les gustaba fumar con él porque aguantaba más que el resto y, cuando los otros se dormían, les robaba la hierba y la poma de vino La Parra con que la acompañaban. A los dieciséis, en una clase de agropecuaria, un profesor le contó, en tono de broma, que el estiércol de vaca se podía fumar. Barberán dijo hable serio profesor y esa misma tarde hizo el experimento. Puso la freza en una olla de barro, le echó vino y aguardiente, la dejó tostar al sol unas horas y luego la enterró. Dice que el concentrado salía sancochado del suelo, fácil de enrollar. Se la mandó. Comprobó que podía volar y empezó a comercializar su creación entre sus compañeros del colegio Vicente Rocafuerte. Los cigarrillos FB se conocieron vulgarmente como cowboys y pegaron duro. El problema fue que la competencia surgió de inmediato, el monopolio se desvaneció en un parpadeo y Barberán tuvo que buscar otro empleo. Cumplió los diecisiete siendo corredor de películas. Su labor consistía en transportar, de un cine a otro, rollos de 35 mm. Los amarraba a la parrilla de una bicicleta que no era suya sino de su hermana. Montar una bici de niña no le molestaba demasiado, igual, iba quemando todo el camino. Y se quemó. Un día confundió los rollos, confundió los cines, confundió todo y lo despidieron. Cree que la película eran Los diez mandamientos y que dejó cinco por ahí y cinco por allá.

Cansado de oficios poco glamorosos y mal remunerados, Barberán penetró en la 18, la calle donde está la acción. Empezó desde abajo, siendo “aguatero de las putas”. Jabón en mano, limpiaba las lavacaras donde las obreras de la noche enjuagaban la herramienta. No era el mejor trabajo del mundo ni mucho menos, era solo una etapa. En sus pausas, Barberán observaba a un conguero golpear el cuero mientras alguna mujer se desnudaba. Su favorita era Nancy, que tenía una cicatriz en la cara, del costado derecho, desde la oreja hasta la barbilla. Inspirado por esa belleza partida, Freddy se adentró en los caminos de las congas y, en breve, fue él quien marcó el compás con el que ella se quitaba la ropa. Un compás que extravió varias veces, por baboso. Al final, un final pasajero, Nancy, de treinta y cinco, se lo llevó a vivir a él, de diecisiete, y lo mantuvo. Fueron felices o lo creyeron. Ella cambió la 18 por La Puerta de Fierro, un cabaret en Portete y Guerrero Valenzuela. Él cayó preso en una redada. Tenía tanto material en sus bolsillos, que los policías lo catalogaron como expendedor. Dice que no vendía, que solo le gustaba almacenar, tener siempre “de a bastante”. Tras las rejas, se unió a Fogata Combo, un grupo de salsa que había caído en pleno, hasta el utilero estaba preso por esconder marihuana en los estuches de los instrumentos. Los conciertos eran en la penitenciaría, para los presos y los vigilantes. Pasó de la celda al servicio militar, en la infantería de marina. Dice que es buzo, comando, paracaidista y que allí formaba parte de Los Bucaneros, una orquesta de marinos que amenizaba bailes oficiales y civiles. Dice que la pasó bien y eso que faltaba lo mejor.

Héctor Lavoe llegó al aeropuerto internacional Simón Bolívar en 1984. Tenía contratos en varias salsotecas del puerto, un gran concierto en el coliseo Volter Paladines Polo y una corta gira por ciudades de la Costa. Barberán, que conocía al dueño del William’s Exclusive Club, donde Lavoe tenía pactada una presentación, dice que estuvo ahí para recibirlo y que conectó con él de una. La noche destinada al coliseo, Lavoe estaba ebrio, pegado al techo, y se negaba a salir a escena. Según Barberán, entre fanáticos y empresarios tumbaron la puerta del camerino y lo empujaron hasta el escenario. Enfrente de miles de personas, con la orquesta tocando de fondo, El Cantante abrió la boca para insultar al público y adornar su berrinche con lo que los agentes del orden llaman gestos obscenos. La autoridad lo metió al bote en el acto. Lavoe estuvo en la cárcel una noche. Su orquesta, que no le vio futuro al asunto, se devolvió para Nueva York. Hubo que armar un ensamble salsero local para que El Cantante pudiera enmendar con los fanáticos ecuatorianos. Freddy Barberán estuvo en ese ensamble. Los músicos criollos ensayaban y ensayaban el repertorio de hits, mientras Lavoe hacía de las suyas. Barberán dice que la única vez que lo vio en un ensayo fue fugaz: llegó, escuchó los primeros minutos de Periódico de ayer, dio el visto bueno y se abrió. Dicen que cuando lo fueron a buscar para la primera función, Lavoe saltó del balcón de su cuarto en el hotel La Moneda, cayó en un toldo y luego corrió hasta, no se sabe cómo, llegar al Yatch Club. Allí se instaló en una mesa con la caspa de Atahualpa en una funda y continuó su peregrinación.

Barberán cierra los ojos, arruga la frente y dice: “Hicimos horrores y barbaridades”, dice que gastaron varios días en el sur de Guayaquil, en Las Malvinas, fundiendo y cambiándose de casa cada vez que algún empresario quería hacer trabajar a Lavoe. A la gente, su gente, le encantaba albergarlo, oírlo hablar de Puerto Rico y brindarle golosinas agridulces. Pero el asunto es que Lavoe y Barberán tocaron juntos varias veces, una de ellas en Las Vegas, algo parecido a un recinto ferial que existió en Portoviejo y donde, dicen, Lavoe pronunció por primera vez una de sus recordadas máximas. Cantaba Juanito Alimaña cuando se acercó al público para aceptar un trago de Caña Manabita. Se inclinó, su cadena de oro quedó flotando y una mano quiso arrancarla. Lavoe reaccionó, se enderezó y sentenció un “¡¿A papá?!” ,que es, hasta hoy, parte integral de ser portovejense. Esa noche Barberán tocó con él, dice que a Lavoe sí le robaron la cadena, pero varios de los que estuvieron en ese concierto lo niegan. En todo caso, Barberán también estuvo en el after party. Unos cuantos músicos acompañaron a Lavoe en un cuarto del hotel Cabrera, en el centro de la capital de los manabitas. Ahí, dice Freddy, le dieron al whisky y al polvo, la droga local, mientras dos fanáticas que los siguieron desde Las Vegas bailaban desnudas para ellos. Cuando se acabó el dinero, Lavoe se sacó uno de sus anillos y lo puso a disposición de los comensales. Barberán asegura que fue él quien llevó el aro hasta el barrio San Pablo y lo cambió por “una funda gigante de base de cocaína”.

El San Pablo es un barrio legendario, regado en un cerro al norte de Portoviejo, cerca del mercado #2, del cementerio general y de un colegio jesuita llamado Cristo Rey. Si Ciudad de Dios hubiese sido hecha en Portoviejo, hubiese sido filmada en el San Pablo. Me gradué de bachiller en el Cristo Rey y puedo dar fe de que el San Pablo es uno de esos lugares a los que simplemente no vas: zona roja. Aunque muchos de sus moradores no tienen nada que ver con el crimen organizado, el San Pablo sigue siendo el distrito del terror. Es muy posible que Freddy Barberán haya llegado hasta allí con el anillo de Lavoe si lo que buscaba era cambiarlo por drogas. Para esas diligencias, el San Pablo es the place to be. Sin embargo, ninguno de los vecinos dispuestos a colaborar con esta crónica recuerda el hecho o quién pudo haber recibido el anillo como pago. Ahora bien, el rumor existe, sobre todo entre quienes no vivimos en el San Pablo. Es uno de los mitos con los que me crie. Tal vez el anillo está ahí y no me lo quisieron mostrar. Alguien me dijo que si el anillo aún existe, no se lo van a enseñar a un periodista. Por lo pronto, es otra de esas historias que giran en torno a los días que pasó Héctor Lavoe en el Ecuador. Muchos la creen porque así Portoviejo es un mejor lugar para vivir, un lugar del que se puede hablar con orgullo. Freddy Barberán cree la historia del anillo y se cree el protagonista. La de Freddy también es una vida que parece inventada.

En la autobiografía oral de Freddy, él y Lavoe viajan de Guayaquil a Nueva York, en el mismo avión, el 30 de agosto de 1984. Aterrizan en el John F. Kennedy, el boricua le da su número telefónico y le pide que lo busque. Pasan unos meses y Freddy Barberán es miembro de la orquesta de Lavoe. La primera vez que se juntan, en EE. UU., lo hacen en un club llamado El Corso, Lavoe pregunta si hay ecuatorianos presentes, se levantan un par de manos y él dice: a pesar de que en la tierra de ustedes me tuvieron a pan y agua, yo no les guardo rencor, aquí hay alguien que va a sacar la cara por ustedes. Suena La fama, Lavoe le cede la voz principal a Barberán y aprovecha para meter la nariz en el camafeo que tiene por anillo. Barberán es un éxito. Los shows se repiten, siempre a punto de no suceder. Freddy es uno de los que tienen que ir rastreando a Lavoe. A veces lo encuentra doblado, tiene que arrastrarlo a la ducha y prepararle café. A veces lo encuentra puyándose en un baño, tratando de balancear la heroína, el coñac y la coca. A veces no lo encuentra, el show no puede continuar, no le pagan. Como precaución, Barberán consigue un trabajo a medio tiempo pintando oficinas. La otra mitad de su jornada la dedica a seguirle el ritmo a Lavoe. Dice que fueron a Montreal y, como Lavoe era un bulto en el avión, volvieron a confundirlos y el ecuatoriano gozó de todas las licencias de El Cantante. Tomó todo lo que quiso y hasta le permitieron entrar a la cabina a fumar un porrito. Dice que fueron a Cali y que, luego del concierto, los llevaron a un laboratorio y que Lavoe se puso como un niño en una juguetería. Dice que a la entrada de una disco se le acercó un policía, lo puso contra la pared, le dijo que tenía derecho a guardar silencio y a un abogado. Buscaban al otro. Lavoe se había metido con una menor de edad y el padre de la chica lo estaba cazando por todos los clubes de salsa. El asunto termina cuando llega la limosina de La Voz, los policías sueltan a Barberán y se llevan al verídico.

En septiembre del 86 muere Héctor Lavoe Jr., de diecisiete años, a quien su padre había anunciado como el futuro de la salsa. El Cantante se hunde y jamás vuelve a flotar. Barberán decide abandonarlo durante una jornada de heroína. Se da cuenta de que Lavoe se pincha con la aguja de cualquiera y concluye que eso es demasiado. Aun así, se pega el de despedida. La punta de la aguja se rompe en su brazo y le trepa por la sangre. Se pone morado, el cuerpo se quema por dentro y el corazón le aporrea el pecho a toda velocidad. Lo llevan a un hospital. Se salva. El médico le dice que abandone el licor y las drogas. Barberán no le hace caso, pero se hace caso a sí mismo y no vuelve a ver a Héctor Lavoe. Sigue en los excesos. Una noche despierta en medio de una lesbiana y un homosexual. Les propone matrimonio a los dos, pero ninguno acepta. Sigue cantando. Canta con Cheo Feliciano y Daniel Santos. Acepta un trabajo como coyotero para conseguir el dinero suficiente y armar su propia orquesta. La operación falla y él va preso por un año. Lavoe se desvanece. Barberán canta Lavoe, imita a Lavoe sobre y abajo del escenario. Un día empieza a beber a las diez de la mañana. Veinticuatro horas después estrella su auto en una escuela de judíos.

“Me cogieron Joe Mayorga y Los Hechiceros. Con el parecido a Lavoe, los contratos llovían. Hasta que entre el 95 y el 96 vinieron los DJ”. De ahí en adelante, Barberán trabajó con pistas, en solitario. Cuando el dinero escaseaba, se prostituía con lo que él llama “maricones bien”. Si no le hacían falta los hombres, se dedicaba a las mujeres. Como Lavoe, les pedía a sus acompañantes de turno que firmaran sus contratos por él. Como a Lavoe, los empresarios lo estafaban a menudo. No ganaba mucho, pero tomaba harto y no le faltaba compañía. Le gustaba andar siempre con dos. Con una se metía en la cama y a la otra la tenía de azafata, preparando los tragos, las líneas y, de vez en cuando, pidiendo un pollo frito a domicilio. Su último amor de cabaret se llamaba Lorena y trabajaba en La Isla del Tesoro, uno de los night clubs más populares de Guayaquil. Con ella lo perdió todo. Una noche fue a buscarla vestido de blanco, como Lavoe, se tambaleó entre las mesas, tumbó varios vasos, la gente le reclamó, pero él no hizo caso. Llegó al borde de la pista. Su chica estaba bailando, hilo dental y taco alto. La agarró del tobillo y se la quiso llevar. La gente gritaba “que se desnude Lavoe”. Barberán no tuvo fuerzas para bajar a Lorena del tubo. Lo sacaron del local sin estropearlo y él se quedó afuera, bebiendo junto a la caseta del guardia de seguridad, esperando a que la chica terminara su acto y complaciera a un cliente que le había puesto el ojo antes de que Barberán apareciera. Esa noche, como solía hacerlo, se fue con ella a su departamento de La Garzota. Hicieron el amor, tomaron y jalaron hasta el amanecer. Barberán despertó seco y se levantó agitado. A medio camino entre el cuarto y la cocina se desplomó. Sobredosis. La chica se fue, como el borracho de Pedro Navaja, esquivando el cuerpo. Horas más tarde tocaron la puerta. Era el casero, a quien Barberán le debía dinero de la renta. El señor olvidó la deuda por un momento y llamó a una ambulancia. Pasada la crisis, Freddy Barberán resolvió internarse en una clínica de rehabilitación.

Lleva más de un año sobrio. Se lo ve ansioso, siempre tomando algo: jugo, cola, agua; chupando caramelos y fumando cigarrillos. Esta precirrótico, a lo que se refiere como “la antesala de la muerte”. Habla de sus fondos en libertad, como parte de la terapia para no recaer. Dice que de lo que más se arrepiente es de haber golpeado a una de sus novias cuando estaba embarazada. Había estado fumando pistolas todo el día y le pidió a la mujer que le trajera un par de cervezas, ella se demoró y él la golpeó tan fuerte que interrumpió el embarazo. Tiene dos hijas, ambas mayores de edad, no las ve nunca o casi nunca, pero ahora que las dos son madres, la una quiere saber de la otra. Barberán sigue cantando las canciones del otro. En noviembre de 2000, escribió, dirigió y protagonizó la obra teatral El vuelo de Lavoe. Planea estrenar una versión extendida, corregida y mejorada en julio de este año, para las fiestas de Guayaquil. Otro de sus shows teatreros, cena incluida, se llama Máscaras: la tragicómica vida del cantante de los cantantes. La última puesta en escena de Máscaras fue el pasado diciembre. Freddy Barberán está vivo, feliz de estar vivo y trabajando con disciplina. Los fines de semana se lo puede encontrar en el club Cabo Rojeño o en la salsoteca Carlos Alberto, guaridas de los salseros de cepa en el puerto. Antes de salir a escena, el Lavoe ecuatoriano mira al cielo y dice “Perdóname, Señor, por ir a la tentación, pero este es mi trabajo”. Dice que cuando canta El Cantante le dan ganas de llorar, pero no lo hace, o por lo menos no frente al público. Lavoe no volverá. Barberán todavía no se ha ido y está en paz, siente que lo peor ya pasó.