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El intérprete

Publicado: 24 septiembre 2011 en Carlos Loret de Mola
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Esa tarde Ayman empezó a morirse. No pudo respirar por cincuenta segundos. Primero se inquietó, intentó jalar aire, pero sentía sus pulmones tapados por los gases lacrimógenos que la policía de Egipto roció sobre él y un millón de activistas reunidos en la Plaza Tahrir de El Cairo para protestar contra la dictadura de Hosni Mubarak.

Cuando se dio cuenta de que no tenía oxígeno —y no iba a tener—, pensó: “Esto es todo”. Rezó la frase “La ilaha illa Allah” (“No hay Dios como Alá”) y, recostado en una banca de la vecina Universidad Americana a donde se metió en busca de refugio esa tarde del 28 de enero de 2011, bajó la guardia ante el destino.

No lloró de miedo porque ya no le quedaban lágrimas. Se las había sacado todas el gas de los minutos previos. Pensó en su hijo de un año y su esposa de treinta y cinco, de quienes se había despedido esa mañana tras desayunar té y queso crema. Aída lo quería acompañar, pero sigue amamantando a Noor.

Programó a su familia en el último pensamiento, pero quiso morir viendo a sus compañeros de lucha. Los tenía allí enfrente: combatían en una batalla desigual —el marcador final de muertos fue 365 a 35, a favor de las fuerzas oficiales—, lanzaban piedras, botellas y alguna bomba molotov contra el personal uniformado que llevaba ropa antibalas, escudos, toletes, potentes chorros de agua, pistolas de descarga eléctrica, balas de goma, tanques de guerra, vehículos blindados, armas letales y de disuasión, granadas de gas y de pólvora y la instrucción de reprimir al costo que fuera.

***

Ayman Fareh estudió Turismo con posgrado de traducción árabe-inglés. Se empleaba como guía de turistas y era activista en sus ratos libres. La última vez que trabajó fue el 23 de enero, cuando llevó a un grupo de australianos a conocer las pirámides de Sakkara, que dan nombre a una de las cervezas claras más populares del norte de África. Fue un muy buen domingo: le pagaron cien dólares por diez horas, en un país donde un urólogo gana doscientos al mes. Ayman se quedó sin empleo cuando la primera manifestación ahuyentó a los visitantes.

Fue el día 25, cuando ocurrió un milagro en la Plaza Tahrir. Para protestar contra el desempleo, la carestía y la falta de libertades, los activistas egipcios habían invitado a un plantón a través de Facebook y Twitter, inspirados por el movimiento juvenil que en Túnez tiró a Ben Ali tras dos décadas en el poder. “Esperábamos que llegaran unas seiscientas personas, ¡pero se juntaron como sesenta mil!”, lo decía Ayman y se le abría la boca de asombro. Los suyos abarrotaron la célebre explanada donde convergen el Museo Nacional de Egipto, la sede de la Liga Árabe, el campus de la Universidad Americana de El Cairo, la oficina de pasaportes, el hotel Ritz a medio construir, el edificio del partido oficial y siete avenidas.

La policía política les dio el “trato Mubarak”: murieron tres opositores. Esta represión los envalentonó, los mantuvo en la calle el miércoles (hubo otros tres muertos), el jueves (un caído) y los hizo llamar a una gran movilización para el viernes 28.

“A ésta no puedo faltar”, se recriminó Ayman acariciándose la barba corta, negra y desigual de su rostro graso enmarcado por lentes discretos, mientras leía un mensaje de texto que un amigo le envió al celular para convocarlo. Le pesaba un poco el remordimiento porque —justificante de enfermedad— se perdió las primeras.

En español Ayman quiere decir “virtuoso”. Y en el mundo árabe, lo virtuoso es aprovechar que el viernes se descansa para dedicar un tiempo al rezo. Por eso, aunque el gobierno ya tenía congelado internet, los opositores apostaron al 28 de enero como fecha de la movilización cumbre: era feriado y para los ciudadanos sería más fácil acudir. Así que ese día, antes de empezar a morirse ahogado, el traductor, devoto, virtuoso al fin, hizo una escala de media hora en la mezquita y se fue a la plaza.

“¡Seremos sesenta mil personas, no lo puedo creer!”. En el camino de la oración a la revolución, apostó que ese viernes habría por lo menos los mismos opositores que el martes. Cuando llegó a Tahrir —Plaza de la Liberación, traducido del árabe—, había un millón. Se prendió. Corrió y coreó. Encaró con descaro. Emocionado, enchinada la piel porque, más que estar protestando, se sentía sublime, puntual a una cita con el bronce, con los libros de texto, con la historia.

Esa tarde fallecieron aproximadamente cien egipcios opositores a la dictadura, la mayoría por disparo de arma de fuego. Mubarak ordenó a sus leales apuntar a la multitud. El Ejército se negó. La policía política lo hizo. Fueron dos posturas que terminarían determinándoles el futuro: el Ejército sobrevivió al golpe de Estado (de hecho, técnicamente fue un golpe realizado por el Ejército, que quedó al frente de Egipto tras la huida del autócrata), mientras la policía política desapareció y su millón y medio de integrantes se diluyó entre los ciudadanos.

Gaseado, pálido su afilado semblante, el guía de turistas de treinta y siete años no podía respirar. Ya no manoteaba. Disipada su desesperación por la asfixia, cerrados los ojos verdes, entregado —tranquilo y orgulloso— a la idea de ser mártir por la democracia en su Egipto, Ayman Fareh no se murió. Un golpe de oxígeno lo hizo toser, pararse, recuperarse y volver a la línea de fuego.

Al día siguiente, en el periódico leería que el gas lacrimógeno esparcido por los agentes estaba vencido, caduco, y por eso, en lugar de sólo inhabilitar al rebelde con el picante en la vista, generó episodios de ahogamiento. Le resultó tan familiar como indignante.

***

Ayman no tenía en agenda ninguna movilización importante en enero. La oposición egipcia —tolerada al mínimo, arrinconada, oficialmente prohibida— se preparaba para un gran movimiento político en septiembre próximo: corrían rumores de que, en ese mes, Hosni Mubarak se alistaba para dejar el cargo… en manos de su hijo Gamal. ¿Que los Mubarak jugaran a la monarquía? Eso sí que no.

La renuncia de Ben Ali en enero, en Túnez, los animó por sorpresa, pero a la postre cuentan que jamás imaginaron que lograrían la caída de su dictador…, jamás…, hasta el 28 de enero de los cien muertos.

Ese saldo rojo impulsó a los medios de comunicación del planeta a mandar reporteros a El Cairo. Antes, ni siquiera la televisora más influyente en el mundo árabe, Al Jazeera, había prestado demasiada atención a la revuelta. Súbitamente, la prensa empezó a volar con dirección a las pirámides.

Cuando un reportero llega a un país extranjero lo primero que necesita es un vehículo y un traductor. Como si se pasaran la voz en la era de la globalización, los trabajadores del sector turístico —taxistas, guías, fixers— suelen, en tiempos de conflicto en sus países, apostarse afuera de los aeropuertos o garitas migratorias para cazar periodistas que requieran de sus servicios, con quienes los comunicadores terminan arreglándose en una especie de tarifa internacional basada en otras experiencias de crisis y la urgencia de salir a reportear. Durante la invasión estadounidense en Afganistán de 2001, en la guerra civil de 2004 o el sismo de 2010 en Haití, en Egipto y Libia de 2011, un vehículo compacto, viejo, con conductor, se renta por cien dólares al día, y el traductor-guía por otros cien, máximo ciento cincuenta.

Vytas Rudavicius era uno de esos traductores. Conoció al enviado especial de Televisa, Leonardo Kourchenko, cuando fue a cubrir la disolución de la Unión Soviética. Lituano, con buen inglés y diecinueve años de edad, resultó ser más inteligente, atrevido y mediático que el fixer promedio. Cuando Kourchenko regresó a sus tareas habituales lanzó una propuesta hacia Lituania y otra a México: “Si tú aprendes español, nosotros te contratamos como corresponsal”, le propuso a Vytas.

Veinte años después, Vytas habla un español culto con un fascinante acento que no quiere perderse una sola erre, que remarca con toda la vibración que la lengua y los dientes son capaces. Leonardo es jefe de todos los corresponsales internacionales de Televisa. Vytas es corresponsal en Londres. Leonardo le cumplió.

A seis horas de vuelo de Gran Bretaña, Vytas estuvo en el primer equipo desplazado para informar desde Egipto cuando el movimiento revolucionario contra Hosni Mubarak se bañó de sangre. El universitario rubio y de ojos claros, que traducía del ruso al castellano cuando se colapsó el mundo soviético a inicios de los años noventa, atestiguaba ahora —nuevo milenio, cuarentón, casado, tres hijos, barba de cuatro días, periodista experimentado, caballeroso, compañero solidario, un tipo encantador— otro colapso: el de los faraones del siglo XXI.

—Yo hablu un puco de espaniol —sonrió Ayman a Rudavicius, el 10 de febrero.

Vytas extendía el micrófono esa noche en Tahrir para recoger voces de desánimo, de irritación, luego del discurso del presidente Mubarak, emitido por la televisora del Estado: se esperaba que anunciara su dimisión, pero sólo adelantó pequeños cambios en su gobierno para que sonaran a concesiones democráticas (nadie pensó que a la mañana siguiente se daría a conocer que el presidente dejaba el poder y se refugiaba en su casa de playa en Sharm el-Sheij).

Un nacido en Lituania, que vive en Inglaterra y trabaja para una cadena de México, hizo un breve examen del idioma de España a un ciudadano de Egipto que terminó guiándolo a Libia y hablándole como en Estados Unidos. El egipcio contó que, de los nueve niveles del Instituto Cervantes, había llegado al segundo. Pero en inglés tenía maestría. Así se entendieron. Vytas apuntó el teléfono por si lo necesitaba más adelante, pues llevaba semana y media en la zona y ya contaba con un guía, pero sabía que pronto vendría otro equipo de México a realizar una serie de programas especiales, y seguramente necesitarían un buen intérprete.

Ayman estaba listo. Deseaba trabajar después de diecinueve días de desempleo revolucionario. Desde el inolvidable 28, el licenciado en Turismo se quedó a vivir dentro de una tienda de campaña en la Plaza Tahrir. Con él, cientos de miles de egipcios. Cada tres días viajaba a su casa de ciento setenta metros cuadrados en los suburbios clasemedieros de El Cairo. Besaba a Aída y Noor, se daba al fin un baño, comía algo y de regreso a la revolución.

***

El día que aterrizamos en Egipto, Vytas acudió al aeropuerto con un siempre sonriente traductor árabe-español que, quizás extasiado tras esperar once horas, porque el vuelo se retrasó, saludó de doble beso en la mejilla al productor José Luis El Choco Valdivieso. “Ya ligaste, cabrón”, se escuchó. No era Ayman. Se llamaba Walid. Lo había contratado la oficina desde México.

Con poco tiempo para reportear todo lo deseado, el equipo pidió a Walid no hacer escala en el hotel, ni siquiera para dejar el equipaje, sino ir directamente a una de las zonas más pobres de El Cairo, con el objetivo de retratar el efecto social del aumento en los precios de los alimentos, detonador del conflicto árabe.

Mientras los camarógrafos Rafael El Piojo Ruiz y Gustavo Sánchez grababan escenas de la vida cotidiana en un barrio marginado, una treintena de simpatizantes del colapsado Mubarak nos rodearon increpándonos que la prensa internacional aceleró la dimisión de su líder. Nos exigieron que dejáramos de grabar, recogiéramos las cosas y nos subiéramos al taxi tipo Tsuru que nos había transportado —encimados, dos reporteros, un productor, dos camarógrafos, el traductor y el chofer del vehículo—. Pero no dejaron que el taxi se moviera. Querían simplemente tenernos ahí contenidos en lo que discutían entre ellos qué hacer con nosotros. Golpearon al conductor, zarandearon y regañaron a Walid, amagaron con desenfundar armas y finalmente acordaron llamar al Ejército, que logró sacarnos de la turba enfurecida para escoltarnos hacia una instalación militar, retenernos ahí, confiscarnos celulares, aislarnos del traductor (quien para entonces había demostrado que su sonrisa no era perenne) y soltarnos tres horas más tarde. Escondidos los dientes, descompuesto el semblante, Walid renunció a ser guía de periodistas.

Mientras todo eso sucedía —once horas de retraso, dos de traslado, una de reporteo, una de conflicto, tres de retención— Ayman esperaba en el hotel Semiram, privilegiada ubicación entre el Nilo y la Plaza Tahrir, donde estaba nuestra reservación. Vytas lo había citado temprano con la oferta de volverse su traductor —con dos, el equipo podría dividirse y abarcar más—. Cuando cayó la noche y Ayman no vio ningún periodista lituano, optó por irse. Casi a medianoche, Vytas hizo la llamada que Ayman estuvo esperando todo el día. Tras la explicación del periplo, quedó contratado como traductor, el único traductor.

A la mañana siguiente, Ayman llegó tarde. Urgía completar el reportaje con entrevistas en la calle, así que sin esperarlo salimos del hotel, caminamos diez minutos en medio de la estrecha vigilancia militar que es sinónimo de “ya volvió la normalidad a El Cairo” y tuvimos que hacer la primera entrevista con señas.

A cuadra y media del sitio donde acamparon los rebeldes durante dieciocho días, Mustafá, un niño de diez años que vende pan árabe en la calle (que es como la tortilla mexicana), explicó que antes, con una libra egipcia (dos pesos mexicanos) a sus clientes les alcanzaba para comprar veinte piezas y ahora sólo se pueden llevar seis.

Las primeras protestas de enero fueron porque aumentó casi al doble el precio del trigo. Se montaron a ellas los jóvenes —que son más de la mitad de la población— con estudios universitarios pero sin trabajo, con acceso a las tecnologías pero sin dinero, con Facebook y Twitter pero sin salario, con vida pero sin esperanza. No “ninis” sino “yanis”, porque ya estudiaron pero no trabajan. La suma de quejas por la carestía y el desempleo se potenció cuando se topó con la represión gubernamental del 28 de enero. A partir de ese día, todo empezó a tratarse de la libertad.

***

“Ese día nos dimos cuenta de que podíamos tirar a Mubarak porque fue una masacre. Una vez que empezó a perder la cabeza tanto, matando gente y ordenando a sus fuerzas de seguridad que mataran, dije: ya cayó. Antes, yo corría cuando me daba cuenta de las bombas de gases lacrimógenos, pero una vez que vi un cadáver, ya no corrí, me empecé a parar y les planté la cara”, explica junto a su gato esponjado, una bandeja de té de dos sabores y una foto en la pared que a todos llamó la atención, Nawarra Negm, bloguera de treinta y siete años que, por su buena oratoria en inglés, terminó involuntariamente de vocera de la oposición, entrevistada en las más importantes cadenas mundiales de noticias, icono en la pantalla de la Revolución 2.0, como la han llamado los expertos.

Ayman se sacó la espina de su retardo. Esa misma noche guió a su tropa mexicana hasta un terreno baldío que sirve de estacionamiento. Tomó el celular, hizo una llamada, habló en árabe y al colgar informó: “Aquí es. Nos está esperando”. Nervioso, ansioso, contento por su logro.

Nawarra es una figura en Egipto. Vive en el corazón de El Cairo, en un edificio que parece que se está cayendo. En el elevador, que llega hasta su departamento en el piso doce, no caben más de tres personas, se sube más rápido por las escaleras. Ella abre la puerta y ofrece té, en la tradición de la hospitalidad musulmana: ¿verde o rojo? De sonido ambiente, la tele prendida en la que Al Jazeera informa de la brutalidad de Muamar el Gadafi contra su pueblo en Libia. La laptop chueca en el asiento del sillón revela que acaba de abandonar los muslos de su dueña.

—¿Era tu pariente o sólo eres su fan? —le pregunto cauto al ver colgada en la pared, junto a las fotos familiares —que son cursis en Oriente y Occidente—, una imagen sonriente de Hassan Nasrallah, líder del movimiento político y paramilitar Hezbollah.

—Sólo su fan —responde, hasta con cierto reto en la mirada, la bloguera de Tahrir, rostro robusto y terso, de gestos firmes, que es lo único de piel que asoma bajo su velo islámico rojiblanco apenas estampado, su falda de mezclilla azul a los tobillos y su blusa roja de manga larga abotonada por completo.

Tenía ocho años cuando la policía secreta de Mubarak irrumpió a las cuatro de la madrugada en su casa y entró a su recámara, una añeja tradición familiar: “A mis padres por lo general los arrestaba Sadat [antecesor de Mubarak], ¡el hombre de paz! —suelta irónicamente—. Arrestaba a todo mundo”.

Ayman traga saliva. Mira asombrado, emotivo, orgulloso, por momentos hiperactivo, fija siempre su atención en cada palabra de la protagonista. Sabía de Nawarra, la había visto en la tele, leído en la web, pero jamás se la topó entre el millón de personas que acamparon en la Plaza de la Liberación, incluso días después de haber depuesto al dictador. Él había conseguido la cita, y cuando tocó la puerta del modesto departamento —tripié al hombro para ayudar con la carga pesada de un set de televisión portátil— casi temblaba. Saludó en árabe, encendidos los ojos verde oscuro, y minutos enteros se siguió en esa lengua de la que sus empleadores sólo alcanzábamos a identificar un “Tahrir” por aquí, un “Mubarak” por allá, un “Gadafi” por acullá.

“¿Podemos empezar la entrevista, Ayman?”, hubo que interrumpirlo con sentido del humor, al verlo poseído por su interlocutora. Servicial, caballeroso, reaccionó rápido, apenado, tratando de reparar el mínimo descuido. Él no era sólo fan del retrato sino de quien lo había colgado en la pared.

Ayman tenía veintiséis años cuando la policía de Mubarak entró a su casa, a las dos de la madrugada, y se lo llevó tres días. No le gustó al régimen que perteneciera a una fundación que recaudaba de los ricos y repartía a los pobres: “Me pegaron en la cara y en el cuerpo, me interrogaron, me dieron choques eléctricos. No podías preguntarles: ‘¿Por qué estoy aquí?’, ésa no era una pregunta válida; ellos, en cambio, me preguntaron qué hacía, quién trabajaba conmigo, sus nombres, qué estaba leyendo. Yo les dije que mi trabajo lo hacía a la luz pública, dando recibos y con autorización oficial, pero ése no era el problema: el problema es que no les gustaba que la gente te quisiera, que pensara que eras mejor que el gobierno”.

Cuenta y se pone serio, duro, agraviado, contestatario, con la dosis de ira justa para no ser descortés. A veces no hay que escarbar en la memoria. Es el caso. Su padre contactó a un viejo amigo militar que intercedió por la vida del entonces estudiante. “Al soltarme, me advirtieron que dejara de hacer trabajo social. Pero esa experiencia sólo me hizo volverme más activo”.

Sí. Más activo. Porque lo era desde antes. Asiduo participante en cuanta manifestación se convocara en sus tiempos universitarios: “Protestábamos por la carestía, por los bajos salarios, por las guerras de Irak y Afganistán, por los presos políticos, por libertad de expresión, porque Israel atacara Palestina, porque subían las colegiaturas”.

Fue entonces que empezó a leer de la Hermandad Musulmana, la organización política opositora más fuerte de Egipto, a la que Hosni Mubarak prohibió convertirse en partido, pero a la que toleraba que, con otras siglas, llevara a sus dirigentes al Congreso.

Me apresuré a terminar la entrevista porque soy alérgico a los gatos y el exhuberante minino anaranjado de la opositora web tenía mi mirada en granate y mi nariz fluyendo como el Nilo. Desde luego, Ayman no pudo resistir la tentación: “¿Puedo sacarme una foto contigo, Nawarra?”. Todos posamos. “La voy a colgar en la sala de mi casa”, remató en adelanto.

***

—No saben cuántas veces pasé por esta calle sin atreverme siquiera a voltear hacia este edificio.

Camarógrafos, productor, reportero, en silencio. Ayman habla arrepentido, nostálgico, confesando, mirada perdida, triste, hacia una estructura descuidada que hace décadas pintaron de amarillo. Ni un solo letrero que indicara que ahí operaba la oposición.

Sus conexiones habían concertado entrar a las oficinas centrales de la Hermandad Musulmana. Ocupan dos departamentos, en el primero y segundo pisos. La puerta es suntuosa, de madera tallada como en las mezquitas, pero el resto es, más que austero, pobre: pisos sin pulir, cortinas sucias y recogidas por sus roturas, escritorios descarapelados, archiveros pandeados, casi sin sillas ni mesas, un sofá viejo frente a una tele que le es contemporánea.

Dos semanas antes, pasar por la calle sede de la Hermandad Musulmana era un desafío al dictador. Tenía espías en derredor. Voltear siquiera hacia el edificio era tomado como declaratoria de complicidad que podía significar al atrevido un castigo similar al que sufrieron, en distintos momentos del gobierno treintañero, todos los integrantes del buró político de esta institución opositora: la cárcel.

Ayman subió las escaleras con la cadencia de quien entra a un lugar sagrado. Dos niveles. Cuando le permitieron el paso oficina adentro, se quedó con pasmo, se tomó un par de segundos para reponerse de la impresión que le abrió los párpados como en automático, giró medio cuerpo y me explicó en secreto con cara de alerta: “Éstos son tres de los más altos directivos”.

Sentados en el sillón viejo, tazas de té caliente sostenidas en la palma de la mano, tres hombres —cincuentas uno, sesentas otro, setentas el de la barba más blanca— se regocijaban viendo la repetición de un programa de entrevistas nocturno en el que, finalmente, en la televisora del Estado hablaban bien de ellos.

Entraron tres más, se acomodaron como pudieron en el sofá y una silla endeble, y luego de permitir que se les grabara departiendo, el designado como vocero dijo a su asistente: que les sirvan té. Y a nosotros: en un momento bajo a la entrevista.

Ayman había confesado su simpatía por la Hermandad, aunque no le gustaba que consideraran que una mujer no pudiera ser presidenta de Egipto. “Dicen que porque si se embaraza no estaría en posición de enfrentar una crisis nacional, una amenaza de guerra, por los constantes cambios de ánimo que conlleva la gestación, pero yo no estoy de acuerdo en eso”, puntualizó en el camino, ayudando a preparar las preguntas.

El guía, desde que nació en Giza, cerca de las pirámides, en la zona metropolitana de El Cairo, está acostumbrado a decir lo que piensa. Eso lo distinguió de su familia, más bien callada y sumisa. Su madre recuerda que cuando regresaba de nadar en el canal o de jugar futbol con sus amigos de la infancia en el barrio marginado de Bashur, era capaz de oponerse hasta del orden instruido para hacer la tarea, bañarse y cenar. Y ni cómo reclamarle: fue siempre primer lugar en el salón y se sigue sabiendo de memoria la mitad de los ciento catorce capítulos del Corán. Así que será seguidor de la Hermandad Musulmana, pero recetarles corchetes en el diagrama ideológico parece hasta natural en él.

En la entrevista, el doctor Esam el-Erian, jefe del Comité Político y vocero del movimiento, aclaró retando: “Si el pueblo la escoge no estamos en desacuerdo, pero mire usted a Estados Unidos: es democrático, pero ninguna mujer se puede presentar como candidata aun ahora; cuando Hillary Clinton quiso ser la candidata, no pudo”. Ayman descansa.

—No lo hubiéramos logrado sin la Hermandad Musulmana —explicaba minutos antes el traductor. Tahrir era un desastre hasta que llegaron ellos, armaron cercos de seguridad, instalaron una oficina de prensa, juntaron a los abogados para defender a los detenidos, coordinaron que se cocinara y repartiera comida. Estos cuates son muy organizados, y desde atrás, sin restar protagonismo a los jóvenes de la revuelta, dieron forma a la revolución.

Así han labrado su prestigio entre los ciudadanos del norte de África y Medio Oriente: recaudando fondos de los petroleros millonarios del mundo islámico, invirtiéndolos transparentemente en obras sociales y rechazando la violencia como método de lucha política, al grado de ganarse la enemistad de la red terrorista Al Qaeda y particularmente del número dos de Osama bin Laden, Ayman al-Zawahirí, egipcio que solía pertenecer a la Hermandad Musulmana.

El-Erian recuerda eso. Lo enfatiza —”No nos confundan con Al Qaeda. Al Qaeda nos odia”— porque Occidente ha erguido miradas de sospecha hacia su organización por temor a que convierta Egipto en un país dominado por una cúpula religiosa, como Irán, con tendencias extremistas. “Queremos un Estado laico. Estamos listos para competir y ganar democráticamente el poder…, y para perderlo”, contesta a pregunta expresa. Anuncia que formará un partido político, que por ahora no buscará la presidencia sino una bancada en el Congreso, explica que debe reformarse la constitución y celebrarse a la brevedad elecciones libres. Lo tiene tan claro que parece haber ensayado por décadas para cuando llegara este momento.

Ayman, con cara del que ya planeó la travesura pero quiere que pase inadvertida, nos pide un momento. En lo que el equipo desinstala luces, cables y micrófonos, sube a zancadas las estrechas escaleras sin luz, en la ruta va sacando de la apretada bolsa del pantalón caqui su cámara y llega a pedir una foto con cada uno de los directivos de la Hermandad Musulmana. Porta la expresión del niño que llega al Reino Mágico y se topa al fin, en persona, con Mickey Mouse.

LAS LETRAS QUE CON SANGRE ENTRAN

Cuando tenía siete años, Ayman no sintonizaba las caricaturas de Disney. Menos en octubre. Para conmemorar la histórica victoria egipcia sobre Israel, en octubre de 1973, ese mes la pantalla de la televisión oficial, la única, se llenaba de películas que engrandecían el espíritu nacional.

Una escena se le quedó marcada: el Ejército de Egipto logra entrar a la península del Sinaí, a pesar del ataque de Israel. De uno de los tanques de guerra desciende un soldado para escribir en la pared defendida un rezo: Allah Akbar (“Dios es grande”), pero se le termina la tinta roja en Allah. El uniformado se corta la piel y con su sangre termina de pintar la frase.

La cuenta como si la hubiera visto ayer, como si se la hubieran escrito en rojo con sangre propia. Sintonizaba los filmes nacionalistas cada octubre con su familia, que en realidad estaba formada por dos hermanos, dos hermanas y su mamá. Su padre trabajaba en Libia —lo hizo durante ocho años— y sólo los visitaba una vez al año durante más o menos cuatro semanas.

Por eso, cuando le dije: “Hay que ir a Libia a cubrir la guerra civil”, se exaltó, buscó, giró, marcó su celular, enlistó todo lo que se necesitaba pero, sobre todo, se supo la ruta de memoria: de El Cairo a Salloum, que es la frontera egipcia, son como diez horas de carretera; cruzar puede ser un tedio debido al Ejército de Egipto, y ya del otro lado son como seis horas hasta Bengasi, el bastión de la oposición, donde la prensa extranjera es bienvenida, a diferencia de los territorios Gadafi donde se anunció que se daría a los reporteros trato de terroristas.

A la distancia, creo que Ayman me hizo trampa, porque inexplicablemente retrasó una noche el viaje a Libia, con los pretextos de que no había garantías, que no conseguía vehículo para el traslado, que no quedaba clara la ruta, que si el toque de queda…, días después me enteré de que el guía no tenía a la mano su pasaporte, se lo había dejado a un primo, el primo no contestaba el teléfono, y sin pasaporte no podía salir de su país: un revolucionario de ese ímpetu, con Tahrir suministrándole adrenalina en la memoria, no se perdonaría perderse la incursión a lo que Pérez-Reverte denominó “territorio comanche”.

***

Dejar territorio egipcio es una monserga burocrática a contrapelo. En efecto, los militares obstaculizan lo que pueden —curiosamente, a la caída del dictador Mubarak, el Ejército impuso un estado castrense al que la oposición se acomodó rápido— y ante todo intentan que la garita Libia-Egipto no reviente de la cantidad de aspirantes a refugiados de guerra.

En contraste, del lado libio, dos combatientes con chalecos fosforescentes, como de trabajador de limpia nocturno, Kaláshnikov al hombro, sonríen, dan la bienvenida a los corresponsales extranjeros y hasta organizan que aborden vehículos privados, dólares de por medio, que los lleven hasta las ciudades conquistadas por los libertarios.

Tobruk es la primera población relevante, a dos horas de la frontera. En el camino no hay casi vehículos, las carreteras están vacías y el silencio del desierto, las dunas desoladas y las frecuentes tormentas de arena acentúan el miedo. Las poblaciones aparecen cada treinta, cuarenta kilómetros. No se ve a nadie en sus calles. No hay trabajos, no hay escuela, casi no hay comercios. Lo que hay es guerra. Guerra civil.

En cambio, en el centro de Tobruk, la plaza hierve en oposición a Muamar el Gadafi. Visten bien, la mayoría tiene celular en una ciudad que hasta luce un hotel de diseñador, como arrebatado de Nueva York. Libia no es pobre: su flota vehicular es moderna, sus carreteras amplias y bien mantenidas, su tipo de cambio es casi uno a uno con el dólar, su ingreso per cápita triplica al de México y no producen más petróleo porque no necesitan el dinero. Pero no tienen libertad. Ninguna. Y por eso estalló.

Ayman está de vuelta en plaza llena, como en los tiempos de Tahrir. Vytas enciende el micrófono, El Piojo la cámara, y se ponen a entrevistar al público reunido para exigir la caída del excéntrico que los ha sometido cuatro décadas. Cuando Vytas voltea en busca de su traductor para que aterrice en inglés los gritos en árabe, éste se ha ido. ¡Ayman, Ayman!

Ayman está de regreso en la revolución y se ha agenciado una audiencia a quien platica cómo le hicieron en El Cairo, cómo durmieron en Tahrir, cómo sufrieron la represión y cómo vencieron. Su pensamiento va más rápido que sus palabras, y sus ojos más rápido que todo. Gesticula, anima, abraza, aconseja, ¡pero no traduce! Los libios lo escuchan como al hermano grande que ya pasó por éstas. ¡Ayman, Ayman, please help us here!

—Sorry, sorry —alcanza a responder agobiado, sobrepasado por el momento, y regresa a su labor decodificadora del lenguaje.

Los rebeldes anti-Gadafi se desprenden de teléfonos móviles, tarjetas de memoria, almacenadores USB, comparten por Bluetooth archivos con las imágenes de balaceras, muertos, descuartizados, fotos y videos de la guerra que los medios de comunicación no han podido reflejar porque el dictador cerró las fronteras, canceló internet, interrumpió comunicaciones, secó los visados y prohibió la emisión de señales de satélite.

En Libia, los ciudadanos ven una cámara y se lanzan sobre ella. Le quieren contar lo que llevan cuarenta y dos años guardándose. Cambiados al bando de los manifestantes, soldados de civil y armados improvisan un cerco de seguridad en torno a los periodistas para que la desesperación del pueblo por aprovechar el nacimiento de su libertad de expresión no los tumbe y puedan mantener una mínima distancia que permita a la lente captar algo que no sean manos y caras estrelladas contra la pantalla.

***

Las antenas de transmisión no están en Libia. Están en Egipto. El temor a la rapiña de guerra, los bombardeos y la inestabilidad las mantiene ahí. Es más fácil que un reportero se suba a su coche y salga huyendo a que se desmonten quinientos kilos de electrónica, se carguen en un vehículo pesado y entonces se busque la ruta de salida.

Así que hay que abandonar el oasis de información rebelde para regresar a la frontera y transmitir lo que se haya conseguido tan pronto como se pueda. Pero los libios no quieren: como si estuvieran adiestrados para conocer y satisfacer las necesidades del reportero, tan pronto detectan a uno lo llevan a los edificios manchados por el humo de los incendios, las estructuras bombardeadas, las paredes agujereadas por la artillería, los sótanos de las cárceles que aún huelen a tortura, y exhiben papeles confiscados y les faltan horas aire para denunciar. Pero de nada sirve reportear una nota si no se publica: adiós Tobruk, aunque cueste. Al día siguiente vendrán Al Birdia, Bengasi, Al Baida, lo que se deje en esa costa del Mediterráneo que seguro es un paraíso… en otro momento.

En la noche, un tequila para el miedo; y en el día, el desierto helado y tormentoso que no deja ver más de dos metros a un coche que avanza a 140 km/hr. La prisa, el riesgo, migración y aduana, la carretera en medio de la nada, se volvieron rutina de unos días.

—¿Me quedo hasta que caiga Gadafi? —pregunté.

—No. Regresa ya. El viaje era de una semana y quién sabe hasta cuándo vaya a caer ese güey —responde el jefe, al otro lado del mundo.

Es viernes por la mañana en Libia, 25 de febrero de 2011. Ayman está convencido de que, tras revelarse que bombardeó a su gente, Gadafi caerá hoy. En viernes huyó Ben Ali de Túnez, en viernes renunció Mubarak en Egipto, en viernes se tiene que ir Gadafi, explica el intérprete. Y recuerda aquel viernes en que salió de su casa tras desayunar queso crema y una taza de té, tras besar a Noor y Aída, sin pensar que besaría también la muerte por asfixia, acamparía dos semanas en la plaza, tumbaría un dictador, conocería a un periodista lituano que le presentaría a su colega mexicano y estaría de nuevo en suelo rebelde rezando —en viernes como rezan los musulmanes— por la caída de otro asesino.

***

A la mañana siguiente, siete en punto, el equipaje está cargado en la combi para volver a El Cairo, y de ahí a México. Ayman se acerca: “Carlos, yo sé que mi labor es llevarte hasta el aeropuerto y ver que salgas con bien de mi país, pero quiero pedirte algo: déjame quedarme en Libia, quiero seguir luchando”.

Se quedó allá. Se metió a Tobruk de nuevo, llegó hasta Bengasi y la última vez que hablé con él, ya por teléfono desde el Distrito Federal, me dijo que intentarían entrar a Trípoli y conquistar la capital para derrocar al dictador. “Y ya sabes, aquí te espero cuando caiga Gadafi”.

Recuerdo que le pregunté si no le daba miedo morirse. Se me quedó viendo. Serio como quien explora las respuestas en otra frontera de guerra, la del alma con el corazón:

“No estoy luchando por luchar, sólo estoy haciendo algo que debo hacer. Yo creo, como musulmán, que mis segundos, minutos y horas están predeterminados. El momento en que moriré está predeterminado. Todos morimos en el momento en que Dios lo haya diseñado. Nadie morirá un minuto después ni un minuto antes. Nosotros creemos que la vida no se termina con esto, sino que la vida inicia después de esto. Extraño a mi hijo, lo amo muchísimo: a él, a mi familia, mi papá, mi mamá. Pero el día más feliz de mi vida no fue cuando nació mi hijo, sino cuando cayó Mubarak, porque entonces sabía que mi hijo iba a crecer feliz, con libertad. Sólo estoy haciendo lo que debo hacer. Y si me muero, me gustaría que Dios estuviera satisfecho conmigo.”

Jaled Said ganó la batalla después de muerto. Como el Cid Campeador. Pero más aún: Jaled la inició y resultó victorioso muchos meses después de que policías egipcios lo asesinaran a golpes. Su madre sostenía un pequeño cojín blanco con su fotografía cuando llegó la noticia, casi inesperada, sorprendente, todavía increíble: el dictador Josni Mubárak había renunciado a la presidencia. Mejor dicho, lo habían obligado a renunciar, pero el detalle no importaba.

A las 6 de la tarde del 11 de febrero pasado, en el departamento del piso noveno de un edificio que da a la midan Tahrir (plaza de la Liberación), corazón de El Cairo, de Egipto y de esta Revolución de 18 días, los jóvenes del Movimiento 6 de Abril vieron el mensaje de apenas 30 segundos que dirigió el vicepresidente Omar Suleimán, y saltaron en una alegría confusa, preguntándose si era cierto lo que escuchaban, bailando con lágrimas y carcajadas.

Y la madre de Jaled —con gafas de aumento, un chal azul en la espalda y un velo negro sobre el cabello— buscó asiento para evitar un desmayo. Respiró. Comenzó a llorar. Su hermano y su hija se acercaron a abrazarla. Besaron la imagen de Jaled. Los activistas y los reporteros extranjeros se formaron para hacer lo mismo. En las últimas 24 horas, desde que Mubárak había hablado a la nación para hacer gala de terquedad, su derrota parecía lejana, faltaban muchos días y semanas de lucha. Ahora era la victoria de todos. El triunfo de Jaled después de muerto.

En la plaza, la mayoría de los cientos de miles de manifestantes, muchos de los cuales llevaban 18 jornadas acampados allí, no estaba al tanto de que Suleimán hablaba. Caía la oscuridad y la gente estaba distraída en las tres actividades principales que se realizaban en lo que los entusiastas llamaron la “República de Tahrir” (o, traduciéndolo, República de la Liberación): marchar y corear consignas, debatir apasionadamente, y pelear un lugar frente a cualquier tipo de cámara (de televisión, compacta o de teléfono móvil, nacional o extranjera) para expresar sus opiniones.

De repente, en el escenario principal donde algunos habían escuchado al vicepresidente, nació un grito poderoso que creció como una ola inmensa: “¡Mubárak se fue!” Los gestos en los rostros no lograban completar la transición entre la incredulidad y el júbilo. ¿Qué había pasado exactamente? ¿Lo habrían matado? ¿Habría caído enfermo? ¿O escapó del país? Detalles. Minucias en ese momento.

Los desconocidos se abrazaban. Nunca antes recibí tantos besos masculinos. Yo lamentaba que en este país las chicas no los dieran a los hombres. Encontré a Andrea Walden, una anarquista estadounidense de 22 años, que había venido a atestiguar una revolución. Curtida en enfrentamientos con la policía de California y en luchas en Palestina, normalmente parece madura y controlada. En ese momento, la felicidad la hacía lucir como una niña llorosa. Rodeada de jóvenes hombres egipcios, las restricciones sociales le impedían brindarles los abrazos que la emoción demandaba. No tuve más remedio que ayudarle con eso.

Fue distinto con Alshimaa Helmy, una cíber-activista musulmana de 21 años, a quien llamamos simplemente Shimaa. Nada de contacto físico más allá de las manos. Todo fluía por sus ojos y por su voz, a la que el enronquecimiento de semanas de pelea y gritos le había dado el tono de un muchacho adolescente, y que me transmitía la fuerza de su emoción. “¡Se fue, se fue, se fue, se fue!”, decía como si tratara de convencerme a mí y a sí misma, “¡se fue!”.

“Hemos sido nosotros”, dijo algunas horas más tarde. “Los árabes, los egipcios en quienes yo ya no creía más”. No sé si lloró en algún momento de esa noche de celebración. No me pareció que lo hiciera. Sólo me sonreía con esa cara ingenua y esos ojos de quien ha ganado la primera de muchas batallas que librará. Jaled Said levantó a los egipcios de su sueño. Toca a Shimaa y sus contemporáneos mantenerlos despiertos.

LISTA DE QUEJAS

“¿Por qué los tunecinos sí pueden y nosotros no?”, se preguntaba Shimaa después de que el 14 de enero, una revuelta civil terminara en Túnez con el gobierno de 32 años de Zine el Abidine Ben Ali. “No, esto no va a pasar aquí. Y no me importa, me voy a ir de este país”, pensaba.

Su escepticismo era compartido por muchos dentro y fuera de Egipto. En particular, Shimaa se había sentido decepcionada después de que fracasó la primera protesta por la muerte de Jaled Said, de 28 años. Lo atacaron agentes uniformados en un café internet de la ciudad de Alejandría, en la costa del Mediterráneo, el 6 de junio de 2010. Jaled había grabado en un video a policías que se repartían el dinero producto de una extorsión y lo había subido a YouTube. Lo golpearon salvajemente en el local y en la calle. Hasta matarlo. Las autoridades lo describieron como distribuidor de droga.

Otros activistas crearon el grupo “Todos somos Jaled Said”, en Facebook, y llamaron a protestar en Alejandría y en El Cairo el 25 de junio de 2010. “Nos convocaron a reunirnos junto al Nilo”, recuerda Shimaa, quien acudió pero se mantuvo a cierta distancia, calculando el riesgo de acercarse. “En Facebook, había dos mil miembros, pero en el acto sólo había unos 100, frente a dos mil policías. Los golpearon, arrestaron a algunos, a otros los subían a la fuerza a los taxis y los mandaban a casa. Pensé que no tenía sentido participar así, me pareció que era una pérdida de tiempo, todo en vano. Estaba muy deprimida y me enfocaba en escapar de aquí”.

Después de lo de Túnez, la sensación de que las cosas no eran inmutables en el mundo árabe se extendió a otros países y, en Egipto, desde páginas como “Todos somos Jaled Said” y la del Movimiento 6 de Abril (un grupo de jóvenes profesionales que apoyaron una huelga obrera realizada en esa fecha de 2008) convocaron a una manifestación antigubernamental para el martes 25 de enero de 2011.

Los dos hermanos menores de Shimaa la convencieron de vencer la apatía y los tres fueron a uno de los distintos sitios de El Cairo donde debía reunirse la gente, en la estación de metro Nasser. Constataron con sorpresa que llegaba mucha gente. Pasajeros del transporte público se bajaban para sumarse. Marcharon hasta la plaza Tahrir “donde había otra enorme demostración; cuando vi la cantidad de personas pensé que esto no estaba pasando, no podía creerlo, mirar a estas multitudes, los ecos de las voces, era increíble, yo estaba riendo tanto con mi hermana, y saludábamos a la gente. Después llegó otro enorme contingente desde Giza. Como a las 3 de la tarde éramos mil, para la puesta del sol, ¡ya sumábamos 50 mil!”

La seguridad del Estado atacó “con palos y armas de fuego”, continúa Shimaa. “Trataron de rodearnos, y de pronto vimos piedras arrojadas por la policía que pasaban por encima de nosotros, nos dio mucho miedo y empezamos a correr. No esperábamos que eso pasara: estaban golpeando gente, lanzaban gas lacrimógeno, nos atacaban con cañones de agua. Mi hermana se cayó, lloraba, todos llorábamos, tosíamos, era horrible”. Eran días de conflicto y la joven me daba la entrevista frente a sus amigos, que la escuchaban. “Entonces encontré la lata de una de las bombas de gas, y descubrí que había caducado, expiraba en 2008, ¡y la usaban en 2011!”

“¿Vas a presentar una queja porque te arrojaron bombas viejas?”, bromeé. Algunos rieron. Ella no estaba para eso: “¡Me voy a quejar por muchas, muchas cosas! ¡Tengo una lista!”

LA CRUZ Y LA MEDIA LUNA

En esa jornada murieron tres manifestantes y un policía, según las autoridades. Aunque en los días siguientes la cuota de sangre creció, en lugar de arredrarse, la gente les perdió el miedo a las fuerzas de seguridad. Al finalizar la oración del viernes (el momento más importante de la semana musulmana), el 28 de enero, la gente salió de las mezquitas para protagonizar el llamado “Día de Furia”, en protesta por la represión.

“Era totalmente increíble”, recuerda Shimaa, “éramos tres millones en El Cairo y ocho millones en todo Egipto, en Alejandría, en Mansura, en Suez, en Asuán. Y las organizaciones políticas, que habían estado a la expectativa, empezaron a sumarse: los marxistas, los liberales, la Hermandad Musulmana…”

El diez por ciento de los 83 millones de habitantes de Egipto había salido a las calles. La policía cambió los palos por balas, pero ya no asustaba a los manifestantes. El presidente Mubárak, que durante 30 años había gobernado en solitario, con el poder de una ley de emergencia permanente (que permite detener personas por tiempo indefinidos, prohibir organizaciones y cerrar medios de comunicación, todo sin dar explicaciones) y sin vicepresidente, de pronto encontró uno, Omar Suleimán, su amigo cercano y temido jefe de los servicios de espionaje. Los opositores rieron cuando la televisión presentó el nombramiento como una respuesta a sus demandas.

Ante el fracaso de la represión oficial, Mubárak optó por una táctica inesperada: hacer que el pueblo extrañara su mano dura. Mubárak verdaderamente se creía padre de los egipcios y su castigo para los majaderos era faltar, que se dieran cuenta de cuánto lo necesitaban. Les había dicho que él tenía que quedarse hasta septiembre, cuando terminaba su periodo, porque sólo él podía garantizar la seguridad: yo o el caos.

Después de que la policía perdió varias escaramuzas frente a los manifestantes, entre ellas una épica disputa en un puente sobre el río Nilo, de golpe desapareció de las calles.

“Se fue”, narra Shimaa, “sentimos que era nuestra victoria. Pero las caras de la gente cerca de mí empezaron a cambiar. Traían palos y parecían sospechosos. Todo se llenó de coches quemados, el enorme edificio del PND (Partido Nacional Democrático, el de Mubárak) estaba en llamas, y también las estaciones de policía, todas quemándose al mismo tiempo. Se metieron al Museo Egipcio y destruyeron piezas. ¿Quién podía organizar eso? La televisión del Estado, que nos había ignorado todos esos días, empezó a mostrar imágenes de la destrucción y a decir que habíamos sido nosotros. A mucha gente le dio miedo el desorden”.

Al mismo tiempo, los medios gubernamentales difundía rumores: que los manifestantes que ocupaban la plaza Tahrir estaban pagados (200 euros y una caja de pollo KFC diarios, decían), que los jóvenes que iniciaron el movimiento estaban manipulados por extranjeros que les hablaban a través de Facebook, que detrás del descontento operaban agentes secretos de varios países (Irán e Israel, Estados Unidos y Líbano) y que los periodistas occidentales y de otros países árabes (en particular la cadena de Qatar, Al Jazeera) trataban de destruir Egipto.

A nivel internacional, la diplomacia egipcia esgrimía otra variante del argumento preferido de Mubárak: yo o el islamismo. El dictador se hizo indispensable para sus aliados occidentales porque apoyaba al Estado de Israel y porque, según él, se trataba de la única persona capaz de impedir que Egipto cayera en manos de los supuestos “extremistas” de la Hermandad Musulmana, un importante grupo de oposición, al que falsamente ligaba con Al Qaeda. Una serie de ataques mortales contra iglesias y grupos de cristianos, ocurridos en el último año, parecían confirmar su argumento.

No era lo que se veía en la manifestaciones, sin embargo. Una cruz y una media luna entrelazadas, de una forma que recuerda a la hoz y el martillo, simbolizaban el respeto y la colaboración entre cristianos y musulmanes. En Tahrir las vi en muchas variantes: dibujadas con piedras sobre el pavimento, así como en carteles y banderas. Sobre todo los domingos, cuando los sacerdotes realizaban pequeñas ceremonias resguardadas por musulmanes.

Durante los duros enfrentamientos, cuando la policía arrojaba poderosos chorros de agua y los partidarios de Mubárak atacaban con piedras y balas, la obligación islámica de rezar cinco veces al día ponía a los fieles en situación muy vulnerable. Pero cuando ellos se inclinaban a orar, los cristianos se abrazaban para formar un muro de protección para sus compañeros.

LOS MOTIVOS DEL JIYAB

“Tendrán que hacerse investigaciones, pero es muy probable que los ataques contra cristianos los haya organizado el gobierno”, opina Shimaa. “Lo mismo ocurre con los rumores de que los cristianos secuestran a mujeres que se convierten al Islam. Es la regla básica: divide y vencerás”.

Shimaa y las revolucionarias de Tahrir desmienten prejuicios occidentales hacia las musulmanas que se cubren con velos el cabello y, a veces, el rostro. Se cree que una mujer así ha renunciado o ha sido despojada de su independencia y de su voluntad, que está totalmente sometida. Lo contrario se vio, por ejemplo, en los contingentes femeninos que con frecuencia marchaban dentro de la pequeña República de Tahrir, incansables, durante horas, con entusiasmo que hacía pensar que acababan de comenzar a caminar.

En Egipto, como ocurre en otras sociedades árabes, los hombres tienen una presencia aplastante y excluyente en la vida pública. En el vuelo que tomé de Trípoli (Libia) a El Cairo, por ejemplo, los pasajeros éramos 42 hombres y una sola mujer. Debido al conflicto, en esta ocasión no había servicio público de autobuses, pero en marzo del año pasado, uno que me llevó del aeropuerto a la ciudad parecía tener la marca “women-free”, no por la liberación femenina, por supuesto, sino porque estaba libre de mujeres.

En los medios urbanos, la participación femenina es mayor, pero sigue siendo escasa. El movimiento me sorprendió, sin embargo, por la fuerte presencia de mujeres, jóvenes y no tanto. Esto no es Irán, claro está, aquí son pocas las mujeres que ejercen liderazgo. La noticia es que las hay, contra lo que yo esperaba. Y sin quitarse los velos: a veces llevan el niqab (un vestido holgado negro que sube todo el cuerpo y sólo permite ver los ojos) y otras, el jiyab (pañuelo sobre el cabello y ajustado al mentón).

Como Shimaa, quien con sus 21 años, está en el último año de la carrera de biotecnología e ingeniería genética. Hija de padres islámicos, ella no lo es por imposición: “Hay gente que es emocionalmente religiosa; hay otros que nacieron musulmanes y nunca han pensado al respecto. Yo me he hecho muchas preguntas y sé bien que soy musulmana”. Por eso usa el jiyab: “Mi cuerpo y mi belleza son sólo para mí y para la gente que significa mucho en mi vida. No quiero mostrarlos a nadie. Creo que lo que debe importarle a la gente es mi personalidad, lo que tengo dentro de mi corazón, mis sentimientos, y ya. Mi aspecto físico no debería ser relevante”.

El niqab, por otro lado, no le gusta: “Cuando pienso en cubrir mi rostro, quiero que puedan ver mis reacciones, tener contacto visual con la persona con la que hablo”. Cuando pregunté si su participación política no entraba de alguna manera en conflicto con su religión, ella repuso que siente que ser útil para otros es su deber, ya que, “si eres musulmán, se espera que seas activo en la sociedad, si no, traicionas a tu propia gente, eres injusto”.

LA MICRO-FEUDALIZACIÓN DE EGIPTO

Mubárak había decidido cobrarle caro la osadía al pueblo. El turismo es una de las fuentes de ingreso más importantes para Egipto y, después de una campaña de extremistas islámicos que dejó decenas de turistas muertos en 1997, y de otra que lanzaron palestinos contra visitantes israelíes en la década pasada, el país HIZO un esfuerzo enorme para mejorar su imagen y convencer al mundo de que las condiciones de seguridad eran las mejores y de que los extranjeros serían muy bienvenidos.

El dictador echó todo por la borda. Las primeras en recibir la consigna de atacar fueron las bandas pro-Mubárak, compuestas por los policías que debían ofrecer protección y ahora, vestidos de civil, generaban destrucción; por bandidos y niños sin hogar que actuaban a cambio de algunas monedas; y por unos cuantos simpatizantes de verdad. En pandillas chicas y grandes recorrían la ciudad en busca de enemigos, y los periodistas y los extranjeros lo eran.

Estas pandillas eran lo peor. Muchos egipcios murieron por sus palizas. Varios reporteros fueron heridos, entre ellos uno por puñal. Los agentes de civil eran apenas menos peligrosos. Si a uno lo iban a detener, una vez que los arrestos injustificados se convirtieron en una herramienta (inútil) para impedir que la prensa informara de lo que estaba pasando, era preferible caer en manos de los militares. El Comité para la Protección de Periodistas elaboró una lista de más de 140 colegas que habían padecido abusos, golpizas, detenciones, secuestros y robos en sólo 18 días de conflicto.

Después vino la campaña en televisión que denunciaba a la prensa y a los supuestos agentes de otros países. La mentira se repitió tantas veces que impactó entre los revolucionarios, incluso en la plaza Tahrir. En los distintos accesos de la “frontera” entre la pequeña “República” y “Egipto”, controlados por dos líneas de opositores con el apoyo de uno o varios tanques del ejército (cuya posición supuestamente neutral le permitía mantener presencia allí), me sometían a torpes interrogatorios y revisiones que a veces terminaban con mi entrega a los soldados, quienes con igual falta de habilidad trataban de asegurarse de que yo no era agente secreto.

Ya en la plaza, abundaban los caza-espías autodesignados. Se acercaban a los extranjeros, hacían preguntas, tomaban fotos y video. Algunos egipcios querían ayudarnos, pero esto sólo derivaba en discusiones. Era peligroso: una vez que alguien empezaba a gritar que había encontrado a “un israelí” o algo similar, no se podía argumentar: una masa violenta se lanzaba a la persecución, con empujones, golpes y patadas. En ocasiones, los manifestantes más conscientes podían formar cadenas de protección, otras no. Hasta donde sé, los incidentes terminaban con la entrega del zarandeado “agente” a los militares.

Aunque se trataba de una minoría (en general, los revolucionarios se nos acercaban a agradecer la atención que le dábamos a su movimiento), eran persistentes y creaban un obstáculo extra. Porque circular por El Cairo ya era difícil: Mubárak no sólo retiró a la policía de las calles, también de las cárceles. Esto provocó el escape de miles de reos peligrosos y sin dinero, que de inmediato se dispersaron por las ciudades desprotegidas a robar y matar. Ése era el costo de ofender al gran padre de los egipcios.

Los vecinos improvisaron cuerpos de vigilancia que ayudaron a defender sus propiedades, pero contribuyeron al caos. El país quedó dividido en una infinidad de fragmentos autónomos, en donde se desconfiaba de todo aquel a quien no se conociera. El recorrido de mil 500 metros desde mi hotel hasta la plaza Tahrir podía tomar horas de explicaciones y revisiones. En cada cuadra había dos, tres o más grupos activos, a los que me acercaba sin saber si eran pro-Mubárak, anti-gobierno o neutrales.

Su organización era mínima, si es que la había. Se juntaban los que llegaran, sin jerarquías, sin entrenamiento ni idea de nada. No se ponían de acuerdo porque todos estaban intoxicados por el sentimiento de autoridad. Si después de revisar mis cosas y documentos, un adulto se daba por satisfecho y accedía a dejarme ir, un adolescente de bigotillo ralo salía con otra idea, manoseaba las páginas de mi pasaporte con dedos sucios y preguntaba con cara de inteligente: “México, ¿eh? ¿Cuál es la capital de México?” “Ciudad de México”. “Sí, pero ¿cómo se llama esa ciudad?”

Por si algo faltara, las comunicaciones estaban interrumpidas. Con la idea de evitar que la oposición se organizara, el gobierno cortó los servicios de internet y de telefonía móvil. Fueron víctimas de las exageraciones banales de ciertos medios de comunicación, que llamaron al movimiento iraní de 2009 “revolución Twitter” y ahora apodaban a ésta “revolución Facebook”: la red sirvió al principio para activar a la gente, pero el gran acierto de los activistas fue trasladar el mensaje de la pantalla al mercado y el autobús, porque cinco sextas partes de los egipcios no tienen acceso a internet. Donde sí pegó el bloqueo fue en las empresas. Por ejemplo, Egypt Air, la aerolínea nacional, simplemente fue incapaz de seguir trabajando y suspendió todas sus operaciones, lo que dejó a miles de pasajeros en tierra.

El impacto en la economía de la micro-feudalización del país, del cíber-apagón, de la campaña contra los extranjeros y de la violencia en general, todavía no ha sido evaluado en su totalidad, pero estimaciones preliminares evalúan las pérdidas en 310 millones de dólares diarios, y una caída en las previsiones de crecimiento del producto interno bruto de 5.3 por ciento al 3.7 por ciento.

¿CÓMO CRECERÁN LAS FLORES?

Eso ocurría en “Egipto”. En la República de Tahrir, la prioridad era la defensa del territorio. El ejército, que insistía en que no usaría la fuerza contra “su pueblo” (a pesar de lo cual secuestraba y torturaba, según denunciaron grupos de derechos humanos), se hizo a un lado para dejar pasar a los simpatizantes de Mubárak, que en la noche del miércoles 2 de febrero y a lo largo del jueves 3 usaron palos, bombas Molotov y armas de fuego para atacar los accesos, principalmente el que viene del oeste desde el Nilo, a un costado del Museo Egipcio. Los francotiradores asesinaron a un número indeterminado de personas.

Ahmed el Misikawi peleó duro en los enfrentamientos. Cuando lo conocí, me sorprendió el número de sus heridas: este hombre alto, de unos 30 años, tenía curaciones en el centro de la amplia frente, en un hombro, en una mano y en un pie, además de un ojo morado. La primera la causó una roca que dejaron caer desde un puente cerca de la plaza y le pegó en la cabeza. Ahmed corrió a una de las clínicas que improvisaron los revolucionarios en distintos puntos de la plaza. Lo atendieron y regresó a la pelea. Esto se repitió una y otra vez.

“No importa, no te fijes, ¡eso no importa!”, decía en respuesta a mi interés. “Lo mío no fue nada. Te enseñaré lo que sí importa”. Me mostró la portada de un periódico con ocho fotos de personas. Unas estaban destrozadas a golpes. Otras eran jóvenes vivos. Me impresionó en particular la de una chica de cabello ondulado, que mira a la cámara con sonrisa y ojos coquetos, graciosos. “A ellos los mataron”, lamentó Ahmed mientras pasaba un brazo por mis hombros. “Los asesinó Mubárak”.

Un recuento preliminar de Human Rights Watch contabilizó 365 muertos y 5,000 heridos durante la Revolución, sin especificar detalles. Se espera que la lista crezca porque el régimen ocultó crímenes.

La “República de Tahrir” funcionaba muy bien, a pesar del caos. Era una especie de anarquía autogestionada en la que cada quien se hacía cargo de una tarea: el que quería ayudar, buscaba una bolsa y recogía basura, o traía martillos para arreglar desperfectos, o daba talleres de caricatura política, etcétera. Uno montaba su habitáculo (tiendas de campaña o simples montones de plásticos) donde quería, aunque existía una tendencia a formar secciones profesionales: aquí, los electricistas, allá, los actores y cantantes; en esta parte, los abogados; por ahí, los alumnos de tal escuela; esos de al lado eran campesinos. Y abundaba la generosidad: la gente llegaba con comida y bebida para repartir; una noche en que yo temblaba bajo mi delgado saco de dormir, un desconocido se acercó sin preguntar y me colocó una manta encima. Otra tarde me regalaron una carpa (y eso que algunos sospechaban que yo era espía de Washington y Teherán al mismo tiempo).

Era una muestra pequeña de la diversidad de esta revolución, que unía en el rechazo al régimen a egipcios de todos los grupos sociales y de cada punto geográfico. Y que coincidía, además, en un punto innegociable: Mubárak se tenía que ir. Era la demanda original. Los 365 muertos la habían grabado en piedra. Cualquier solución que implicara la permanencia del dictador sería vista como traicionar a Jaled Said y a los demás shuhada (mártires). Omar El-Shennawy, un profesor de inglés de 21 años, hizo un gesto sobre el pavimento de una avenida en Tahrir al decirme: “Aquí cayeron nuestras lágrimas y aquí cayó nuestra sangre. Si él no se va, ¿cómo crecerán las flores?”

Rezaba un cartel: “Hitler mató al pueblo judío. Mubárak, tú mataste a tu propio pueblo. Hitler se suicidó. ¿Por qué no haces lo mismo?”

Y EL FARAÓN SE FUE

El vicepresidente Suleimán llamó a los partidos de oposición a dialogar. Prometió reformas, elecciones libres, castigo a ex ministros seleccionados para ser chivos expiatorios, casi cualquier cosa, siempre que se permitiera al presidente concluir su periodo en septiembre. “¿Qué necesitas hacer en ocho meses que no hayas podido hacer en treinta años?”, preguntaban los carteles en Tahrir.

La jugada de Suleimán –comprometer a los políticos en negociaciones y aislar así a los revolucionarios— fracasó porque los primeros (desde los liberales hasta los musulmanes) siempre supieron que sólo se representaban a sí mismos, que no podía tomar decisiones en nombre de los manifestantes y que había una línea roja clarísima que nadie podría cruzar: Mubárak se tenía que ir.

Una vez que se comprobó que el movimiento no perdía fuerza, sino que seguía creciendo en número (las manifestaciones de los martes y los domingos se sucedían rompiendo récords, extensión (se sumaban más grupos sociales y poblaciones, hasta que hubo seis mil centros de trabajo en huelga) e iniciativa (algunos llegamos a pensar que el movimiento se conformaba con aislarse en la plaza Tahrir, pero los manifestantes salieron a bloquear el parlamento, ministerios, la televisión y la casa presidencial), las demandas de que el presidente renunciara se extendieron hasta que el jueves 10 de febrero, el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas, el jefe de la CIA estadounidense y hasta el nuevo presidente del PND, anticiparon que Mubárak daría un discurso esa noche para renunciar. Era una oportunidad que los militares le daban para dirigirse a la nación y presentar su salida como mejor pudiera.

Las intenciones del presidente eran otras. Su amigo Ben Ali había tenido que escapar de Túnez en un avión que ningún país quería recibir, hasta que llegó humillado a Arabia Saudí. En su imaginación, Mubárak está seguro de merecer honores, no rechazo, por sus servicios al pueblo, al que ese día le habló en un tono cálido y paternalista. En Tahrir, la gente mostraba incredulidad cuando escuchaba al dictador decir que el descontento no tenía que ver con él en lo personal, que era un héroe que había defendido a su país, que moriría y sería enterrado en su suelo y que gobernaría hasta septiembre.

Algunos colegas percibieron rabia, frustración y tristeza entre los manifestantes. Yo no. Sentí, más bien, una determinación renovada de seguir adelante. “Él no se va, nosotros tampoco”, coreaba la gente. “Iremos hasta donde tengamos que ir”, reflexionaba Shimaa, “no tenemos miedo, es nuestro deber”.

Al día siguiente, viernes, se esperaba una manifestación todavía más grande y quedaba la expectativa de qué harían los generales, después de que el presidente los había hecho parecer tontos. La plaza Tahrir y todas las avenidas que llegan a ella se saturaron con una multitud de marchas que venían desde todos los puntos cardinales. La madre de Jaled Said visitaba a los chicos del Movimiento 6 de Abril. Andrea, la anarquista, conversaba con Amr y Omar, dos jóvenes manifestantes. Shimaa apoyaba a un documentalista estadounidense. Sería una noche de resistencia. Entonces salió Suleimán a dar su mensajito de 30 segundos, antes de desaparecer por completo de la escena pública. Mubárak renunció, dijo. Lo obligaron, trascendió. Y la República de Tahrir se convirtió en un carnaval de celebración.

LA PRÓXIMA SERÁ EN TU CASA

El sábado es para los musulmanes lo que el domingo para los cristianos: día de descanso y paseo, perfecto para visitar la República de Tahrir, que se convirtió en un pequeño zoológico: muchas personas que se habían quedado semanas en casa, escuchando las mentiras de la televisión estatal, ahora acudían en grupo a ver a los agotados revolucionarios que habían vivido y luchado ahí por 19 días. Los señalaban, les tomaban fotos, les ofrecían dátiles. Era una fiesta.

No duraría mucho: el ejército quería restablecer la normalidad cuanto antes. En lugar de dirigirse a los políticos tradicionales con los que conversó Suleimán, invitó a dialogar a los jóvenes que condujeron la lucha. Ofreció introducir reformas democráticas en la Constitución (como limitar a dos los periodos que puede cumplir un presidente, entre otras), investigar los crímenes y celebrar elecciones en septiembre, cuando todas las fuerzas políticas estén listas para competir. “Nos están diciendo las palabras correctas y están haciendo los sonidos correctos”, me dijo Abdulrahman Adly, un activista. “Tendremos que ver que cumplan”.

Una mujer mayor lo observaba con orgullo. “Nosotros nunca hicimos esto, nunca protestamos, los dejamos aplastarnos”, comentó. “La memoria de Jaled Said inspiró a los jóvenes y mira ahora, ¿quién hubiera imaginado hace sólo tres semanas que derrocarían al dictador?”

“Yo estaba desesperada”, recordó Shimaa. “Había perdido todas mis esperanzas en este país y en este pueblo. Cuando me subía a un autobús y había cien personas adentro, todas tristes, sin hablar ni quejarse, pensaba ‘de alguna forma merecen lo que sufren porque ni siquiera dicen que sufren’. Ahora siento que creo en ellos, cuando veo sus caras en las protestas, cuando veo sus espíritus, que nunca había visto desde que nací, sé que algo muy bueno esta pasando”.

En Egipto, cuando la gente celebra bodas, los novios dicen a los solteros “la próxima será en tu casa”. Tres días después de la victoria de la Revolución, al alejarme de la plaza Tahrir, dos alegres adolescentes preguntaron:

–¿De qué país eres?
–De México.
–¡La próxima será en tu casa!