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Hay casas que hablan. Gritan cosas, cuentan retazos de grandes historias. Esta, en la que recién entramos, es una de ellas. No es muy grande: cuatro cuartos, una pequeña terraza y un patio. Por los acabados que sobreviven -piso cerámico, ladrillo rojo que decora las paredes exteriores, portón de rejas metálicas- uno diría que la familia que vivió aquí le puso mucho cariño y empeño a esta casa. Por las advertencias pintadas en las paredes, uno también diría que la familia que vivió aquí sufrió el desplazamiento, la huida, el dejarlo todo.

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Si la vida de Sabine Moreno pudiera explicarse con una línea de tiempo, una sucesión de hechos representados por coordenadas y picos unas veces altos, otras veces bajos, podríamos decir que la antigua vida de Sabine Moreno acabó cuando su familia recogió lo poco que podía y huyó de la comunidad sin rumbo fijo.

Pico alto en el diagrama: la familia huye sin rumbo fijo. Un momento trágico, aunque quizá no tanto como el asesinato del abuelo, emboscada en el camino, no muy lejos de la comunidad, muy cerca de la estación de taxis; tres balas, ningún testigo, sangre manando de la boca. Un momento no tan trágico, quizás, pero doloroso al fin de cuentas.

Pico alto en el diagrama: asesinato de su abuelo. Mauricio Moreno. Q.E.P.D. 06/10/1960 – 18/11/2010.

El asesinato de Mauricio activó por fin esos sensores nerviosos que desde el cerebro le ordenan a los pies correr. Los mismos sujetos que se presume lo mataron, en ese mismo año, ya habían acabado a otros seis miembros de la familia de Sabine, para entonces una colegiala de 16 años con muchos sueños. Uno podría preguntarse: ¿por qué esa familia no huyó cuando cayó la primera de sus víctimas? ¿Quién aguanta tanta muerte antes de decidir largarse de su comunidad? Entre las mujeres que ahora lideran a la familia hay versiones encontradas. Blanca, la madre de Sabine, dice que al principio no creyeron que esas muertes tuvieran que ver directamente con ellos. Amelia, la abuela paterna de Sabine, dice que no se iban por culpa de su marido. La familia hacía todo lo que dispusiera Mauricio, y Mauricio se oponía a abandonar ese pedazo de tierra en medio de huertas y cafetales que tanto les había costado a todos.

Mauricio era un evangélico comprometido y confiaba en que Dios resolvería todos los problemas en los que se metieron solo por el hecho de vivir donde vivían. Decía que si Dios quería que dejaran este mundo, no había por qué oponérsele. Pero el abuelo también era un pecador. Lo dice Amelia, su viuda. Se refugiaba en la iglesia para huir del trago. En su batalla interna entre el bien y el mal, los asesinatos en contra de sus familiares poco a poco fueron inclinando la balanza hacia su principal flaqueza. Por eso, en una de sus tantas borracheras perdió la compostura y desenmascaró sus rencores frente a unos ojos que se enfurecieron cuando lo escucharon proferir una amenaza. Una noche, a la orilla de un camino que atraviesa la comunidad, tambaleante y extasiado Mauricio se olvidó de Dios y dijo que haría justicia con sus propias manos. A los días de esa borrachera y de esa amenaza lo emboscaron y lo acribillaron a balazos. Su familia encontró su cadáver ensangrentado, con tres balas en el pecho y una en el rostro. A esos que ofendió no les gusta que los amenacen.

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Habrán sido, alguna vez, felices. Lo dice, en primer lugar, ese paisaje que sobresale detrás de una ventana sin vidrios y sin barrotes. En ese hueco está pintado el volcán de San Salvador. Es un cuadro hermoso: el río bajo la cumbre, la carretera, una milpa -el maizal infaltable en el paisaje salvadoreño-, y al fondo el volcán, imponente, sombreado por unas nubes.

Quienes vivieron aquí añejaron muchos recuerdos. Lo dicen los árboles de mango y mandarina que inundan con su aroma todo el patio. A juzgar por su altura -ocho metros la mandarina, 15 metros el mango-, los árboles llevan varios años echando frutos.

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Muerto el abuelo, ya no había poder que se opusiera al éxodo de la familia Moreno. Una mujer bajita, morena y resuelta decidió por todos. Amelia, la abuela de Sabine, viuda de la noche a la mañana, se echó a cuestas el control de toda la familia, compuesta por 20 integrantes. La séptima muerte en la familia los hizo partir. El miedo por fin fue miedo, y ordenó a los pies de esas 20 almas correr en abierta y urgente estampida. Se lo dijeron a Blanca, la mamá de Sabine, el sábado 11 de diciembre de 2010. Sabine lo escuchó todo.

—Dijeron que nos íbamos a ir pero no dijeron cuándo. Para nosotros fue una gran sorpresa cuando al siguiente día nos avisaron que alistáramos las cosas -dice.

Huir, abandonarlo todo, sacudió las fibras más íntimas de Sabine. No es fácil abandonar el terruño, piensa ella. No es fácil que le roben el terruño a punta de pistolas y muertos. Lo comprendió cuando buscó sus cosas para meterlas en una maleta. Sintió un vacío en el pecho, pensó que es difícil dejar atrás toda una vida, sobre todo cuando ahí han crecido tres generaciones de una gran familia. Ella (16 años), su madre (35 años), su abuela materna (50), su abuela paterna (52), habían nacido ahí, en el cantón El Guaje, y a partir de aquella noche ya nunca más regresarían ahí, donde lo dejaron todo. Al igual que ellos, otras 23 familias de esa comunidad huyeron en diferentes oleadas a lo largo de 2010.

Recuerdo de Sabine: empaca lo que puede en cuatro horas. Se siente triste, se pregunta: ¿se puede meter toda una vida en una maleta? La respuesta es obvia. Apenas y alcanza llevarse, además de la ropa, un televisor. Sabine cree que hacia donde la llevaban podrá conectar el televisor. Un carro patrulla de la Policía Nacional Civil entra a la comunidad. Sigue a otro vehículo con placas particulares, prestado por un amigo. Es un camión. Es lo único que la autoridad puede hacer: entrar y salir, custodiar la partida. Todos se encaraman en la cama de los vehículos. Huyen. Se largan para nunca más volver.

Coordenada: Sabine Moreno y su familia huyen de la Mara Salvatrucha 13.

Pico alto: Sabine es desplazada del cantón El Guaje, en Soyapango, El Salvador. Soyapango, parte del Área Metropolitana de San Salvador, es la segunda ciudad más populosa del país.

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La casa abandonada habla más que la vecina nerviosa que vive en la casa de al lado, que revuelca las pocas palabras que salen de su boca y responde apresurada y nerviosa a las preguntas de Houston, el policía que nos acompaña. Esa vecina no recuerda el nombre de los inquilinos. “Se fueron hace mucho tiempo. No los trataba mucho”. La casa dice que la desmantelaron. No hay techos ni focos ni ventanas ni cableado eléctrico. Tampoco grifos en las pilas ni palanca para el retrete.

La casa también le pone nombre y apellido a “los muchachos” que ahuyentaron a los que aquí vivían. En una de las paredes, hay dos letras pintadas en negro. Una es M y la otra S. Son dos letras mayúsculas, muy grandes. Son las siglas de la Mara Salvatrucha 13, unas de las pandillas más peligrosas del mundo. En otra pared, esas letras están separadas por dos manos huesudas, con uñas largas, como cuchillos. Las manos hacen señas. Una es una garra, la otra es una letra. Abajo hay tres letras más. Son las iniciales que dan nombre a la clica que se tomó esa casa: Diábolicos Criminales Salvatrucha (DCS).

En el patio, debajo del árbol de mango hay frutos masticados, semillas chupadas, colillas de cigarrillos, una botella plástica que alguna vez almacenó guaro. En el retrete hay restos de heces. Ya están secos. Houston dice que aquí se reúnen los muchachos. Que la casa para ellos es estratégica, porque desde este punto de la colina pueden observar cuando los policías entran o salen de esta colonia. Houston dice, sin dramatismos, que los muchachos se reúnen aquí “para planear sus fechorías”.

—Por eso expulsaron a los inquilinos -dice.

Nos alejamos del sector y después de cruzar dos redondeles y tres calles estamos en otra colonia. Houston nos muestra otros pasajes con casas abandonadas. Pero aquí los muchachos que ahuyentan a la gente tienen otra nomenclatura para autonombrarse. “Fuck the police”, escribió alguien en una pared. “18″, cierra esa frase. Aquí controla la pandilla Barrio 18, otra de las pandillas más peligrosas del mundo, y enemiga de la Mara Salvatrucha.

En un radio de unos dos kilómetros, las pandillas con mayor fuerza, poder y presencia territorial de El Salvador envían mensajes por medio de los grafitos de las casas abandonadas.

Otra casa que habla. Y otra más: alguien arrancó los ladrillos de esta y ha sembrado una pequeña huerta en el patio y en el último cuarto. En otra, unos niños han entrado a jugar con pintura. Se mancharon las pequeñas manos y las estamparon sobre las paredes. En otra alguien le declaró su amor a alguien más. “Dagoberta y Seco. Amor por siempre y para siempre”, escribieron, junto a un corazón pintado con tiza en la pared, y un cártel de Minnie y Mickey tomados de la mano.

En este pasaje de 70 casas hay 25 abandonadas. ¿Qué les pasó a esas familias? ¿Por qué huyeron? ¿De qué huyeron? ¿Quién compra o alquila una casa para luego dejarla abandonada? ¿Por qué nadie llega a vivir ahí? ¿Por qué ningún vecino explica adónde se fueron esos otros vecinos?

Nadie, en este pasaje, se atreve a contestar esas preguntas. Menean la cabeza en señal negativa y entre el silencio y la mirada esquiva uno alcanza a percibir algo que se podría traducir como miedo. Miedo a decir algo que no deben decir. Miedo a ser vistos hablando con la policía. Pero Houston, 23 años como policía, es atrevido y desconfiado. Dice que la gente que se ha quedado no contesta porque son familiares de “los muchachos”. Uno no sabe si creerle a él o sospechar que esos que se han quedado simplemente tienen miedo. Quién sabe.

Houston pide que aceleremos el paso. Lo pide luego de que un par de niños se nos han atravesado, por tercera vez, montados en unas bicicletas. “Son orejas de la pandilla. Andan queriendo saber qué estamos haciendo”, dice Houston, de nuevo, sin dramatismos. Uno piensa que esos niños, a estas horas de la mañana, deberían estar en clase, pero tal vez reciben clases en la tarde. Quién sabe.

Los compañeros de Houston -otros siete policías- se repliegan y avanzan hasta el carro patrulla. Hace unos minutos, dos de ellos custodiaban con sus rifles la entrada del pasaje de las casas abandonadas. Otros dos estaban en el otro extremo del pasaje, y el resto había hecho un cerco alrededor nuestro. Nos daban las espaldas y miraban en todas direcciones, incluyendo a los techos de las casas de un solo piso. Todos vigilaban. Saben que este es territorio de la pandilla y de nadie más.

Salimos de Lourdes, Colón, uno de los municipios más violentos de El Salvador ubicado unos 15 kilómetros al oriente de San Salvador. Salimos apenas con una idea de lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo en este país. Las casas han contado algo pero no lo suficiente. Sus inquilinos han desaparecido y es casi una norma para los desplazados continuar así: olvidados por todos. Es preferible eso a meterse en problemas con aquellos que los expulsaron. Por eso, para entender lo que esas casas no pueden terminar de contar, habrá que rastrear a esos fantasmas desplazados, subir una cumbre ubicada en las afueras de la ciudad, luego bajar, acercarse a las orillas de un río y entrar a una casa con paredes de lámina y piso de tierra. Habrá que seguir hablando en el último refugio de Sabine Moreno.

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Hace más de 30 años, El Salvador entró por una puerta angosta a uno de los capítulos más oscuros de su historia. En las montañas tronaban las balas, estallaban las bombas y morían centenares de salvadoreños. En algunos puntos del país se cometieron barbaries contra hombres, mujeres y niños. Bombas, balas, sangre, muertos. Acusados de pertenecer a uno u otro bando (el ejército o la guerrilla) muchos campesinos decidieron dejar sus ranchos, bajar de las montañas y esconderse donde fuera. Fueron desplazados. Se movieron a las ciudades, a la orilla de los ríos, o a pequeñas comunidades marginales que con el tiempo crecieron y se convirtieron en colonias legales. Muchos otros no solo fueron desplazados sino que se convirtieron en migrantes y lograron llegar hasta los Estados Unidos.

Pico alto para El Salvador: guerra civil. 1980-1992.

Finalizada la guerra, hace 20 años, a El Salvador regresó la paz. Pero sería difícil precisar cuánto tiempo duró esa paz, porque el país comenzó a experimentar otra guerra: la de las pandillas. No hay nada concluyente sobre la razón que originó esta nueva guerra, y solo el odio se asoma por la puerta como posible explicación a las discordias entre los dos bandos.

Todo comenzó cuando unos jóvenes, deportados de los Estados Unidos, se mezclaron con otros muchachos más jóvenes en barrios, plazas y parques. Los que bajaron del norte tenían un nuevo estilo no solo de ver la vida sino de la moda. Vestían camisas flojas, pantalones flojos, pañoletas, gorras… Los de acá se fascinaron con esa nueva moda. Que se mezclaran no fue ningún problema. El problema fue que los de aquí hicieron crecer a las pandillas de los que venían de allá. Los odios continuaron. Dos de las pandillas más peligrosas del mundo encontraron en El Salvador un campo fértil para la batalla, y el Estado se convirtió apenas en un observador silencio de esos enfrentamientos.

No está nada claro, pero si la historia reciente de El Salvador fuera una línea de tiempo, en los últimos 20 años podrían ubicarse muchos estallidos, representados por picos altos, que demuestran la evolución de las pandillas a base de peleas, cuchillos, balas y muertes. Ahí donde vivían sus miembros, las pandillas comenzaron a dominar el territorio, se expandieron, y pelearon otros territorios, a lo largo y ancho del país. Para 2005 habían dominado las colonias de Lourdes, Colón, en La Libertad. Esas colonias que patrullamos junto a Houston y sus policías. Cinco años más tarde, en 2010, la Mara Salvatrucha conquistó el Cantón El Guaje, el hogar de la familia de Sabine, en Soyapango.

El ministro de Seguridad, David Munguía Payés, ha llegado a sugerir que las pandillas son un ejército que acerca a los 70 mil miembros directos, más el aporte que dan sus familiares. Si la estimación es exacta, uno de cada 100 salvadoreños es pandillero. El ministro es de los que creen que los familiares han dejado de ser actores pasivos en la estructura de las pandillas.

Lo cierto es que el de las pandillas no es un mundo de blancos y negros. Y es en ese gris tan confuso donde se entremezclan simpatías, miedos, obediencias, abusos, extorsiones y silencios. Sobresale en ese gris confuso la clara utilización de la violencia para obtener control territorial. La población que vive en los territorios dominados por las pandillas está expuesta a normas que aunque no están escritas, se cumplen al pie de la letra. “Ver, oír y callar”, es la principal, dice Sabine Moreno. Luego hay otras, muchas, demasiadas…

Si uno vive en una comunidad MS no puede transitar por la vecina comunidad 18, so pena de que cualquiera de las dos pandillas concluyan que uno es un espía.

Uno no puede estudiar en un instituto nacional si vive en una zona controlada por la Mara Salvatrucha, como no puede estudiar en un instituto técnico nacional si vive en una zona controlada por el Barrio 18. En El Salvador, hasta la definición de la educación media es algo que miles de jóvenes tienen que pensar bajo los esquemas de las pandillas, que también reclaman para ellas esas instituciones del Estado.

Uno no puede ser visto hablando con la policía porque automáticamente se convierte en un sospechoso soplón.

Uno no puede tratar mal ni con miradas, gestos o palabras subidas de tono a los pandilleros, porque eso es una ofensa que puede pagarse con la vida.

Si se es mujer, se corre el peligro de que usurpen tu cuerpo uno o varios de los miembros de la pandilla que dominan la colonia.

Cuando una clica de las pandillas Barrio 18 o Mara Salvatrucha entra a un territorio y lo conquista, lo conquista todo. No está nada claro qué buscan, pero el narcomenudeo, la ganancia que deja el control de las extorsiones y la expansión territorial para hacer crecer esas dos fuentes de ingreso se asoman como posibles explicaciones. Hay otros casos, como en El Guaje, en Soyapango, en donde solo la geografía del territorio es apetecida por las pandillas.

El municipio de Soyapango, en San Salvador, por años fue considerado como la primera gran ciudad dormitorio del país. En las décadas de los 60 y 70 allí se afincaron familias obreras que crearon un bum inmobiliario que convirtió las otroras fincas de café o cañaverales en laberintos inmensos adornados con diminutas casas de concreto de dos y, con suerte, tres cuartos y un patio. Soyapango es una de las ciudades más densamente pobladas del país. Es la ciudad creada para las familias obreras del Área Metropolitana de San Salvador. Y en esa mancha de concreto son pocas las islas verdes que le sobreviven. El cantón El Guaje es una de ellas.

Cuando una clica de la Mara Salvatrucha (la Sureños Locos Salvatrucha) conquistó la comunidad del cantón El Guaje, e instaló ahí una sucursal con el nombre de la comunidad en la que creció Sabine Moreno (la clica “Guajes Locos Salvatrucha”) fue porque le interesó la geografía del lugar. Le interesó lo aislado del terreno para organizar ahí reuniones con las clicas más fuertes de Soyapango y, según la policía, para dejar regadas a sus víctimas.

Lastimosamente para familias como las de Sabine, saberse conquistados siempre se explica con violencia, intimidación y muertes.

Si antes los desplazados huían de las bombas o de los reclutamientos forzados -sobre todo del ejército, pero también de la guerrilla- ahora huyen casi que por las mismas razones. Huyen porque no quieren que sus hijos se hagan pandilleros, no quieren que los fuercen a hacerse pandilleros, porque no quieren que sus hijas sean violadas, porque muy cerca han impactado las balas, porque los acusan de estar con la policía o con la pandilla contraria. Eso le pasó a la familia de Sabine. Los rumores los acusaron de informar a la policía y de ayudar a la pandilla contraria.

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Recuerdo de Amelia, la abuela de Sabine: El Guaje era un lugar tranquilo en el que se podía vivir. Era una antigua finca, donde se asentaron unos colonos y sus descendientes desde hace más de 50 años. Ahora diezmada y convertida en una especie de oasis en medio de dos colonias con mala fama, en el Guaje sobreviven diminutos cafetales y huertas. Rodean a esa comunidad rural las colonias Santa Lucía y Sierra Morena. Hace siete años, esas dos colonias fueron noticia cuando por primera vez se habló en la prensa de toques de queda impuestos por las pandillas.

El 2005 fue un año de toques de queda en los barrios. Se peleaba el territorio, y las pandillas advertían a los habitantes de esos territorios que no debían salir de sus casas pasadas las 7 de la noche, para no ser confundidos con el enemigo. Al menos eso reportaba la policía. Eso pasaba muy cerca de El Guaje, que para ese momento seguía siendo una comunidad tranquila.

A El Guaje la Mara Salvatrucha llegó cuando se pavimentó el camino que conecta a Soyapango con el municipio de San Marcos. Antes quien entraba a El Guaje solo era alguien que tuviera algo que ver con El Guaje. Pero a mediados de 2008, un grupo de jóvenes, extraños, circuló por esa carretera y le gustó aquello con lo que se encontró.

Recuerdo de Sabine: eran cinco jóvenes. Llegaban a la cancha de fútbol de la comunidad. Se hicieron amigos de los jóvenes de la comunidad. Fumaban cigarrillos y “le decían cosas a las bichas”.

Desde cerca, que cinco jóvenes intenten controlar una pequeña comunidad en medio de la nada puede significar muy poco. Una pandilla de barrio, una pequeña pandilla. Pero si se amplían las coordenadas, esos cinco jóvenes ya no son una pequeña pandilla, sino más bien los emisarios de una organización muy grande, con nexos en todo el país, con normas en todo el país. Normas que no tardaron mucho en calar en El Guaje.

Cuando esos cinco jóvenes que Sabine recuerda llegaron a El Guaje, Remberto Morales tenía 12 años. Remberto era, según Sabine, “un niño bien, que se vestía bien, amable, que jugaba con nosotros”. Pero Remberto tomó la decisión de acatar y de hacer cumplir las normas de la mara. Se hizo amigo de esos muchachos y entonces dejó de ser amigo de Sabine. Remberto Morales, brincado por la clica Guajes Locos Salvatrucha, se convirtió en El Panadol.

Recuerdo de Sabine: Desde que le pasó eso, se hizo huraño, pasaba con el ceño fruncido y a quien le mirara mal lo amenazaba de muerte.

No pasaría mucho tiempo cuando Sabine y su familia fueron amenazadas de muerte después de la masacre en la que fue asesinado El Panadol.

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El Salvador es un país con 6.2 millones de habitantes y en el que en 2011 hubo un promedio de 12 asesinatos diarios. Una tasa de homicidios de alrededor de 70 por 100 mil habitantes. Desde cuando los pandilleros comenzaron a ser noticia recurrente, en el año 2003, tras el lanzamiento del primer plan mano dura -un plan represivo que consistía en encarcelar pandilleros acusados de “asociaciones ilícitas”- muchas comunidades, asentamientos y colonias fueron estigmatizados.

Lo que nunca nadie cuestionó fue la incapacidad del Estado para recuperar el control de esos territorios. Lo policía hacía redadas en las colonias dominadas por las pandillas pero eso nunca garantizó que el Estado volviera a controlar esas zonas. Solo eso explica que para 2012, junto a ese elevado promedio de homicidios diarios, se creara una lista de 25 municipios considerados como los más peligrosos del país. Entre estos se incluye a Soyapango, en el oriente de San Salvador, y a Colón, en el occidente de la capital. En medio de todo ese caudal de cifras y muertos, el drama de las familias que huyen de la violencia, moviéndose de un lado a otro, como nómadas, nunca fue ni ha sido tomado en cuenta.

No hay una cifra de desplazados por la violencia en El Salvador porque simplemente el fenómeno no se ha estudiado con rigurosidad y profundidad. No es un dato que exista porque no es un dato que se denuncie ni se sistematice, y los casos son tan complejos, y los escapes tan silenciosos, que solo los afectados saben lo que les está ocurriendo. La policía se ve amarrada a brindar seguridad a las retiradas y luego hace conjeturas sobre las razones que llevan a una familia a abandonar su casa, sus pertenencias, su vida. Del lado de las familias, la norma no establecida dicta que nadie ponga denuncias por temor a represalias, porque lo que más quieren es desaparecer, pero con vida, no enterrados bajo tierra.

Quizá el dato que más se acerque a la magnitud del problema sea una lista de casas desocupadas que maneja el Fondo Social para la Vivienda (FSV), institución estatal que facilita préstamos para que las familias de bajos recursos adquieran una casa propia. Para siete colonias dominadas por las pandillas, ubicadas en los departamentos de San Salvador y La Libertad, la cifra llega a las 613. Si el promedio de personas por familia en El Salvador es de cinco, según el censo de población de 2007, eso significa que unas tres mil personas abandonaron su hogar sin una razón clara.

Uno bien podría pensar que los inquilinos de esas casas se fueron porque no pudieron seguir pagando la cuota, según responden de manera oficial las autoridades del FSV. “La norma que une a todos esos casos es que por alguna razón cayeron en mora, y eso obligó a un proceso de recuperación de esas viviendas”, dice el gerente de créditos de la institución, Luis Barahona.

Pero uno también podría sospechar que hay algo más fuerte detrás de tanta casa abandonada en esas colonias, dadas las coincidencias entre el elevado número de viviendas solas y la presencia de pandillas.

— ¿Uno puede hacer esa relación simple entre casas del Fondo deshabitadas y el contexto de la colonia en donde está ubicada? ¿Uno puede decir, por ejemplo, que quienes se fueron de la colonia La Campanera, dominada por el Barrio 18, se fue huyendo de la violencia de esa pandilla?

— No creemos que sea el factor principal, pero no podemos negar que en algunos casos se nos ha manifestado que se van porque se ven afectados por la delincuencia de la zona. El problema es que no estamos ante una estadística concreta, como para poder decir: es un 5% de todos los casos, un 10%. Le mentiríamos.

El FSV no es la institución competente para crear una lista de casos, pero al menos reconoce que en aquellas zonas en donde tienen presencia como autoridad, compiten con la autoridad de las pandillas. A quienes solo tienen esas colonias como opción de vida, el FSV les llama “segmento vulnerable”.

Es un círculo vicioso. Entre las ofertas de ayuda que da el FSV a aquellos que huyen de la violencia -previa comprobación con una denuncia policial- está la permuta de esa vivienda en otro sector con similares características. Eso, por defecto, y sin que la institución pueda hacer nada, incluye la presencia de alguna de las dos pandillas en el paquete de compra.

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Coordenadas: es el 31 de julio de 2010. Es de noche. En el cantón Cuapa, fronterizo con El Guaje, unos jóvenes organizan un baile. Si algo puede explicar mejor hasta dónde llegó la violencia en el cantón El Guaje, para que de ahí huyeran 23 familias, fue lo ocurrido después de ese baile, al que acudieron cinco jóvenes, otrora amigos de Sabine Moreno. Uno de ellos era aquel niño que se vestía bien y que terminó, con 14 años, convertido en El Panadol. También iba un joven de 19 años que recién se había convertido en padre. Su nombre era Dagoberto, quien junto a una morena y pequeña joven de nombre Lucía, hermana de Sabine, había procreado a una pequeña niña que para mediados de 2010 tenía año y medio. Dagoberto, un joven inquieto, sin ideas claras sobre qué hacer con su vida, era amigo de El Panadol y de los homies de El Panadol.

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En los territorios dominados por las pandillas, la frontera que divide la amistad, el apego y el cariño entre los pandilleros, sus familias y sus vecinos a veces es tan difusa, tan poco clara, que omite certezas. Esa falta de certidumbre puede conducir a resultados trágicos, potenciados por conclusiones apresuradas. A la familia de Sabine, esas conclusiones apresuradas fueron las que la diezmaron. La única muerte que nada tuvo que ver con esas conclusiones fue la que inició la tragedia de los Moreno.

Pico en la familia de Sabine: Ernesto Quintanilla, un expandillero deportado de los Estados Unidos, muere asesinado el 14 de febrero de 2010.

Ernesto era un hombre tatuado y deportado. En Los Ángeles fue miembro de la Mara Salvatrucha y ni Sabine ni su madre pueden precisar de cuál clica era. Lo cierto es que en el año 2000, Ernesto llegó a vivir a El Guaje, porque en El Guaje vivía el único familiar que lo ataba a El Salvador. Vivió en paz Ernesto, sin meterse con nadie, escondido en esa zona rural rodeada por colonias de concreto, hasta que una clica de la MS comenzó a visitar el lugar. La clica lo ubicó, le pidió que hiciera cosas, pero Ernesto se negó. Por eso lo mataron, porque es muy difícil que un pandillero retirado pueda vivir tranquilo sin hacer cosas por el barrio.

Recuerdo de la madre de Sabine: su hermana se puso muy triste. Nunca pensaron que esa sería la primera de muchas muertes, porque siempre creyeron que lo que le ocurrió a Ernesto no tenía nada que ver con ellas.

El problema es que otro familiar hizo que tuviera mucho que ver.

Pico alto en la vida de la familia Moreno: José Mena desaparece en abril de 2010.

José Mena era un vendedor de muebles de madera que se crio en El Guaje y terminó casado con Beatriz Cruz, una mujer risueña que vivía de lavar trastos y cocinar sopas en un mercado. Beatriz Cruz era tía de Sabine Moreno.

José Mena y Beatriz Cruz frecuentaban mucho la casa de Ernesto Quintanilla, porque José y Ernesto, con el tiempo, se hicieron buenos amigos. El dolor que le provocó la muerte de Ernesto hizo que José perdiera la compostura. En la tienda de la comunidad, José dijo que sabía que los muchachos de la pandilla tenían que ver con el asesinato de Ernesto. A José, a los días de andar haciendo esas acusaciones, se lo tragó la tierra. Desapareció sin dejar rastro. A oídos de la madre de Sabine Moreno llegó el rumor de que El Panadol y el resto de miembros de la clica Guajes Locos Salvatruchos habían asesinado a José en el cafetal, después de obligarlo a cavar su propia tumba. Pero Blanca fue astuta. Escuchó el rumor y calló.

El cafetín en el que José Mena acusó a los pandilleros por la muerte de su amigo Ernesto Quintanilla, era regentado por Fidelina y Yesenia Moreno, prima y sobrina de Mauricio, el abuelo de Sabine. Era ese un cafetín modesto, en el que se vendían almuerzos y se cocían pupusas. Era ese un cafetín frecuentado por todos: vecinos, amigos, pandilleros y policías. Pero que los policías lo visitaran, lejos de traer seguridad, solo provocó otra desgracia para la familia Moreno. Como los rumores pueden ser una suerte de verdades para aquellos que se los creen, Fidelina y Yesenia recibían en ese lugar a los policías para contarles de las andadas de los pandilleros de El Guaje.

Pico alto en la familia de Sabine: en la mañana del 16 de junio de 2010 fueron asesinadas Fidelina y su hija Yesenia.

Las acribillaron en medio de la carretera, antes de que prepararan su puesto de venta de pupusas. Por ese asesinato, Mauricio Moreno, el abuelo de Sabine, comenzó a tomar de nuevo.

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El baile en realidad no era un baile sino que una emboscada. Así como la MS se tomó El Guaje y reclutó pandilleros en El Guaje, el Barrio 18 hizo lo mismo en un cantón aledaño a El Guaje: el cantón Cuapa. Muy tarde lo comprendieron los cinco jóvenes que iban hacia aquel baile.

A las 11 de la noche de aquel sábado 31 de julio, la puerta de la casa de la viuda de José Mena fue sacudida por una lluvia de golpes y gritos.

—¡Abra la puerta! ¡Abra la puerta! -gritaban los jóvenes.

Beatriz se sorprendió al ver, en la cabeza de aquel grupo asustado, a Dagoberto, el marido de Lucía, su sobrina. Beatriz los dejó pasar, y no pasó mucho tiempo cuando otra lluvia de golpes sacudió de nuevo la puerta.

Cuando Beatriz abrió de nuevo, fue abatida por un empujón, y solo alcanzó a ver a unas sombras desconocidas que apalearon uno por uno a los jóvenes.

Recuerdo de Blanca, la madre de Sabine: Beatriz, su hermana, nerviosa y asustada, sacude la puerta de su casa y le cuenta lo sucedido. Le dice que la empujaron y que se los llevaron con las manos amarradas con las cintas de los zapatos. Luego Beatriz regresó a su casa, a trancar muy bien las puertas, y retornó donde Blanca todavía más afligida.

Recuerdo de Sabine: ella estaba dormida y la despertaron unos disparos. Al rato llegó Beatriz, gritando: “¡Ya los mataron, Blanca! ¡Escuché unos gritos por el maizal”

Los gritos fueron seguidos por unos disparos, los disparos que despertaron a Sabine Moreno.

A la mañana siguiente, esa masacre en El Guaje fue noticia a nivel nacional. Dagoberto, el cuñado de Sabine, padre de una bebé recién nacida; Remberto, el otrora amigo de Sabine, convertido en el pandillero El Panadol, fueron asesinados. De los cinco, solo Dagoberto, que no era pandillero, sino que amigo de pandilleros, conservó intacta la cabeza.

Recuerdo de Sabine: a los demás les cortaron la cabeza y les cortaron sus partes íntimas. Luego las partes íntimas se las metieron en la boca.

Corrección de Blanca: solo a uno de ellos le arrancaron sus partes íntimas para metérselas en la boca.

Un mes después de esa masacre, las conclusiones apresuradas volvieron a enlutar a la familia de Sabine. El rumor decía que Beatriz Cruz había “vendido” a los cuatro miembros de la clica Guajes Locos Salvatruchos con la pandilla rival. Los rumores decían que quienes llegaron a sacarlos de su casa no eran policías, sino pandilleros del Barrio 18, disfrazados de policías, y alertados por Beatriz. Para la madre de Sabine, esos rumores guiaron a un desconocido hasta el mercado en el que trabajaba su hermana. Pico alto en la familia de Sabine: el mediodía del 28 de agosto de 2010, Beatriz Cruz fue asesinada a los pies de una cantarera.

Dos días después, una amenaza recorrió por todo El Guaje. Aquellos que no tuvieran familiares pandilleros debían salir de la comunidad o de lo contrario serían exterminados. El mensaje llevaba una dedicatoria expresa a la familia de Sabine. Dicen que el papel decía: “Empezando por toda la familia de Mauricio Moreno…”.

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Mauricio Moreno era un hombre que no le temía a las serpientes. Lo dice su mujer, Amelia de Moreno. Lo dicen tres fotos que la familia conserva en un álbum. En las fotos, tomadas en diferentes momentos todas, Mauricio alza tres diferentes masacuatas, unas boas que pueden superar los dos metros de largo. En las fotos, Mauricio sonríe. Se le ve contento.

Tras la muerte de Beatriz, pasaron tres meses en los que ocurrió muy poco en El Guaje. Mauricio Moreno pensó que había zanjado el problema denunciando a la policía lo expuesta que estaba su familia después de tantos asesinatos y amenazas. La policía entonces patrulló un par de veces a la semana pero en noviembre dejó de hacerlo. Y Mauricio, que durante todo ese tiempo siguió tomando, y en más de alguna ocasión profiriendo amenazas, diciendo que haría justicia con sus propias manos, retó a los mareros.

No pasó ni una semana cuando él también cayó muerto.

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El primer refugio fue un infierno.

Recuerdo de Sabine: lloviznaba. El camión los aventó en una calle frente a una gruta, a la orilla de un río. Ella no sabía ni siquiera cómo se llamaba ese lugar, pero sintió que en nada se comparaba al lugar en el que vivían, porque el frío en esa montaña calaba hasta los huesos. Llegaron a esa gruta por sugerencias de otra vecina que también había huido de El Guaje, tres meses antes que ellos.

Esa vecina, esa amiga, a la mañana siguiente, cuando se enteró del arribo de la familia de Sabine, fue a darles abrigo. Les cocinó salchichas con huevo y tomate. Sabine recuerda que la tristeza, la rabia, el enojo, le quitaron el hambre. Quería largarse de ahí, y entonces supo que no tenía ningún otro lugar a donde ir.

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¿Cuántas familias son desplazadas en El Salvador? La respuesta a esa pregunta podría ser una incógnita para siempre. Lo cierto es que mientras más se pregunta, mientras se revuelve entre las historias de amigos y conocidos, siempre aparecen muchos casos. Demasiados.

Caso 1: Jaime, un policía de Soyapango, ahora asignado a otra unidad, huye a mediados de 2011 de la colonia en la que compró su casa porque se descubrió vecino de pandilleros del Barrio 18. Al principio trazaron un pacto de caballeros, pero a medida que la convivencia convirtió esa frontera imaginaria en un barril en el que pueden depositarse todas las rencillas, Jaime prefirió huir. Ya había amenazado con una pistola y no quería sacarla por segunda vez. Temía que lo mataran o terminar preso por el simple hecho de defenderse de aquello que él consideraba como una amenaza.

Recuerdo de Jaime: Una noche de mediados de 2001 tomaba con un vecino, en la tienda de la colonia, cuando sus vecinos pandilleros, también embriagados, llegaron a preguntarle si él era de los policías que mataban homies. Jaime, que estaba sentado, se paró y sacó su pistola. Se volvió a sentar y la posó en su pierna derecha. “Si quieren, probamos”, les dijo.

Al día siguiente recibió un anónimo debajo de la puerta de su casa: “O te vas o se mueren vos, tu mujer y tus dos hijos”.

Jaime lo dejó todo. Todavía intenta vender la casa y ahora alquila otra en otro municipio, en otro departamento.

Caso 2: Carolina nació, creció y se desarrolló en una comunidad dominada por la Mara Salvatrucha. Esa frontera gris que obliga a convivir con pandilleros, compartir con ellos, respetarlos a ellos, terminó definiendo el amor de Carolina hacia uno de esos pandilleros. Carolina se hizo su mujer y tuvo un varón de esa relación. Cuando el niño tenía dos años, su padre cayó preso.

Recuerdo de Carolina: su marido la obligó a visitar el penal de Ciudad Barrios, al oriente del país, todas las semanas, y en cada visita la obligó a meterse droga y chips de celulares en la vagina. A mediados de 2009, unos custodios la descubrieron con un paquete de marihuana que llevaba en la vagina. Se le cayó después de que la obligaron a hacer decenas de cuclillas. Fue encarcelada seis meses en el penal de Mujeres, en el municipio de Ilopango. Cuando salió, los pandilleros de la colonia la llegaron a buscarla hasta su casa. Le dijeron que debía continuar con las misiones. Carolina se negó, la golpearon enfrente de su hijo. La dejaron malherida.

Carolina decidió largarse de su casa, abandonar a su familia, y cargar con su hijo, hoy de cinco años. Alquiló una casa en el departamento de Santa Ana, al occidente del país, pero hasta allá la persiguió la pandilla. Alguien la denunció como desaparecida y en agosto de 2011 colgó su imagen en el noticiero 4 Visión, uno de los de mayor rating en El Salvador. Al siguiente día, una vendedora de celulares, mientras ella cargaba su saldo, la reconoció y le preguntó que por qué se había fugado de su casa.

Recuerdo de Carolina: caminó de regreso a su casa, junto a su hijo, mirando por el rabillo del ojo. Cruzó el centro de la ciudad, llegó al mercado, lo atravesó, y por todo ese trayecto sintió que alguien la perseguía. Al día siguiente se dio cuenta de que la vendedora no guardó su secreto, y que incluso distribuyó su celular. Lo supo porque alguien marcó a su teléfono, y antes de que esa voz terminara de decir: “Al fin te encontramos, bicha hija de…”, ella aventó el aparato en un basurero del parque central. Carolina se movió a otro departamento, y luego cruzó, indocumentada, hacia Guatemala. No piensa regresar.

Caso 3: A Juan lo acaban de amenazar de muerte. Lo han amenazado sus propios sobrinos, que ahora “caminan” con la Mara Salvatrucha. Juan vive en una comunidad al occidente del país, y no sabe qué hacer con su vida. Entres sus alternativas todavía no contempla huir, porque dice que adonde quiera que vaya pasará lo mismo.

—Las pandillas están en todas partes. Tengo dos lugares adonde ir, pero en esos dos lugares también hay pandillas. A lo mismo voy a ir a dar -dice Juan.

—¿Y entonces qué piensa hacer?

—Esa es la cuestión. Yo no quiero perder todo lo que tengo acá, así que a lo mejor me toca defenderme por mis propios medios. Porque a uno, de pobre, ¿quién va a venir a prestarle ayuda?

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El segundo refugio fue toda una molestia. La familia de Sabine se movió a la orilla de un río, porque 20 personas no pueden vivir sobre un camino vecinal, interrumpiendo el tráfico de vehículos más de dos días. Por eso al segundo día los hombres levantaron unas chozas con techos de aluminio encima de unas peñas gigantescas. No tenían agua para beber ni para lavar la ropa y la del río no daba consuelo porque estaba y sigue contaminada. No tenían en qué cocinar la comida porque todos los utensilios quedaron en la casa que dejaron en El Guaje. No tenían en dónde bañarse ni en dónde defecar, más que en un hueco pestilente que quedaba entre los peñones del río.

—Pasamos dos semanas serenándonos (a la intemperie)… Mire: sufrir así, esto no se le desea a nadie -dice Sabine.

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El tercer refugio es una champa protegida detrás de un portón de hierro largo y alto. Este pedazo de tierra que no es suyo, que nunca será suyo, era el parqueo de la casa de otra familia que les ha brindado cobijo.

En la sala hay un sillón largo, dos sillas de plástico y aquel televisor que Sabine logró rescatar en la huida de El Guaje. El sillón, las sillas plásticas, las láminas, la cocina de leña, la mesa del comedor, son cosas que ha tocado conseguirlas a base de sacrificios que Sabine y su madre no tenían contemplados. Aquí no hay trabajo para ninguna y les toca sobrevivir vendiendo pastelitos rellenos de papa y empanadas de plátano a sus vecinos, entre lo que se encuentran otras tres familias de refugiados de El Guaje.

La sobrina de Sabine, la hija de Remberto, el joven asesinado junto a otros cuatro pandilleros justo hace dos años, enciende el televisor. Están pasando la caricatura de Bob Esponja.

—¿Ustedes quieren regresar? -preguntamos.

—Por mí, yo quisiera estar en mi lugar otra vez, pero es imposible regresar. Las casas de nosotros ya están ocupadas por gente de los mismos pandilleros. Ellos se apoderaron de ese lugar -responde Sabine.

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En marzo de 2012, ocurrió un suceso inédito en El Salvador. El gobierno hizo un pacto con la pandilla Barrio 18 y la Mara Salvatrucha 13 que consistió en la reducción de los homicidios a cambio de traslados de los líderes de las pandillas de penales de máxima seguridad a cárceles con menores restricciones.

Los traslados de 30 líderes de las pandillas coincidieron con la reducción significativa de los homicidios. A un mes de la tregua y de esos traslados, los homicidios se desplomaron en un 59%, de 13.6 a 5.6 diarios. Reducción que para agosto de 2012 se mantiene. Si la tendencia sigue a lo largo del año, El Salvador se alejaría muchísimo de la tasa de muertes con la que cerró 2011 (alrededor de 70 homicidios por cada 100 mil habitantes), y que lo ubicaron como el segundo país más violento del mundo, solo superado por Honduras, que registró 82 homicidios por cada 100 mil habitantes.

El gobierno de El Salvador, encabezado por el presidente Mauricio Funes, niega la existencia de negociaciones del gobierno con las pandillas, pero desde entonces ha caído en una suerte de contradicciones al tiempo que se ha comprometido a buscar apoyos en los partidos políticos, la empresa privada y la sociedad para acabar de una vez por todas con la violencia entre las pandillas. Además, el mismo ministro de Seguridad, David Munguía Payés, ha dejado claro que el plan de conciliación entre las pandillas fue afinado en su despacho y con pleno conocimiento de Funes.

Oficialmente, lo que ha ocurrido en El Salvador es una tregua entre el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha respaldada con el apoyo logístico del gobierno.

Pico alto para El Salvador: después de años de violencia, hoy es tiempo de tregua entre las pandillas.

—¿La tregua no las anima para regresar a sus casas?

Comentario de Sabine: esa tregua es mentira y para nosotros no sabe a nada. Nadie revivirá a mis familiares muertos y nadie nos garantiza que podemos regresar, y estar sanas y salvas, en nuestro lugar de origen.

“¿Quién dijo miedo detrás de una palmera?”.
Dicho de los campesinos del Movimiento Unificado Campesino del Aguán (MUCA), Honduras.

Doris en el laberinto

A las 11 de la noche del 25 de diciembre de 2009, Doris Pérez se preparó para una emboscada. Se puso unos vaqueros, una camisa grande de hombre, de botones, cuadriculada, unas botas de hule y sobre el cabello castaño un gorro negro.

Cinco horas más tarde cargaba un machete en una mano. Avanzaba despacio y en silencio. Los rayos de la luna se colaban raquíticos hasta los senderos que separan a unas palmas africanas de otras palmas africanas. Gracias al follaje de las palmeras, elevado 25 metros, ella y el resto de campesinos eran sombras sigilosas que esquivaban como podían las ramas secas del camino. El menor ruido, cerca de la estación de guardias de seguridad, a la entrada de la finca, podía frustrar la misión.

En el Valle del Aguán, al noroeste de Tegucigalpa, Honduras, una plantación de palma africana puede convertirse en un laberinto sin paredes. Forma senderos interminables y desde cualquier punto evoca un espejo infinito: palmeras gigantescas, casi idénticas, alineadas una detrás de la otra, una a la par de la otra; cientos a la derecha, cientos a la izquierda y en diagonal… Un mar geométrico de árboles en el que solo los expertos saben entrar, salir, esconderse.

Doris no conocía ese laberinto pero no iba sola. Era una más entre el grupo de 100 usurpadores que avanzaban, decididos, para tomarse La Aurora, una de las plantaciones propiedad de la Exportadora del Atlántico, empresa de Miguel Facussé, uno de los hombres más poderosos de Honduras. La mayoría de los sigilosos invasores cargaba machetes y gorros como los de Doris. Unos pocos, los que lideraban la expedición, se cubrían además el rostro con pasamontañas. Esos cargaban armas de fuego.

El asalto fue rápido. “¡Ahí vienen los campesinos!”, gritó un guardia a lo lejos. Alguien disparó, otros respondieron y Doris se escondió detrás del tronco de una palmera. La División Nacional de Investigación Criminal (DNIC) en el municipio de Tocoa, departamento de Colón, insinúa que fueron los campesinos los primeros en apretar los gatillos. “Los campesinos amenazaron con armas de fuego”, escribió en un informe -elaborado año y medio después, en mayo de 2011- el jefe departamental de la división, Nelson Aguilera. Según los campesinos, ellos únicamente respondieron al fuego de los vigilantes. En el Bajo Aguán, las versiones sobre los enfrentamientos siempre están divididas.

De los hechos de aquella madrugada basta decir que había 25 guardias armados contra un centenar de campesinos. Los guardias huyeron serpenteando entre las palmeras. Cuando uno de los campesinos de la delantera descubrió la retirada, gritó: “¡Vencimos!” Doris también gritó, varias veces, mientras alzaba su machete, mientras brincaba, mientras se fundía en un abrazo con Geovany, el joven que venía a su lado: “¡Ganaron los campesinos! ¡Ganamos! ¡Que vivan los campesinos!”

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El Valle del Aguán es una inmensa alfombra verde que atraviesa los municipios de Tocoa y Trujillo, en el Caribe hondureño. Es un paraíso agrícola en el que confluyen transnacionales como la Standard Fruit Company, con sus furgones planchando día y noche la Carretera Panamericana; poderosos terratenientes como Miguel Facussé, con más de 16 mil hectáreas de tierra; un ejército de guardias privados para custodiar la carretera y las fincas; y más de 3 mil campesinos pobres y sin tierras.

Hace tres años, en mayo de 2009, se expresaron aquí las profundas diferencias entre esos hombres y mujeres pobres y los terratenientes millonarios. En una revuelta pacífica y sorpresiva, un millar de campesinos ocuparon la planta El Chile, una de las procesadoras del aceite de palma africana de la Corporación Dinant, la empresa insignia de Miguel Facussé.

Esa toma generó pérdidas millonarias a Dinant, porque en un mundo con una creciente crisis energética los derivados del aceite de la palma africana generan cada día millones de dólares en ganancias. El aceite de palma es el cuarto producto de mayor exportación en Honduras, y en los últimos 10 años ha colocado al país en la lista de los 10 principales productores del mundo. Pero más allá de lo económico, se impone el valor simbólico de lo que ocurrió hace tres años: por segunda ocasión en una década, los campesinos de esta zona del país entonaban un mismo cántico revolucionario. Exigían más tierras para los pobres a costa de quitar tierras a los ricos.

Doris Pérez y el resto de los que participaron en aquella primera toma de 2009 y en las que la han seguido desde entonces, están inspirados por otros que en el año 2000 se tomaron por primera vez tierras en el Aguán. En aquel entonces, la región intentaba recuperarse de la devastación provocada por el Huracán Mitch de 1998, que dejó inundaciones, ríos revueltos, puentes destruidos, derrumbes y muerte. Más de un millón de damnificados, 5 mil fallecidos y 8 mil desaparecidos. Honduras, el país más afectado por el huracán, tenía hambre y frío. Entonces de todos los rincones del país, una masa de campesinos caminó hasta el Valle del Aguán, aquel que en otros tiempos había sido un edén de productividad agrícola, de empleo, de estabilidad, pero que para el nuevo siglo se había convertido en un intrincado sistema de compraventas, de cooperativas campesinas quebradas, estafadas, sobornadas. Todo eso lo sabían los campesinos, pero aún así las familias marcharon cargando machetes, una muda de ropa, animales de granja y niños. Decían que si la tierra alguna vez fue de los campesinos debía volver a manos de los campesinos. Decían que el Estado no los podía dejar morir de hambre. Se instalaron en las tierras del otrora Centro Regional de Entrenamiento Militar (CREM), el campamento en el que Estados Unidos entrenó en tácticas contrainsurgentes a los ejércitos de Centroamérica, hace más de 30 años, en los 80. Se instalaron y ya nunca se fueron. Luego de meses de negociaciones, los campesinos aceptaron asentarse en una porción de tierra lo suficientemente grande como para que ahora quepan ahí los cultivos, las edificaciones, y hasta la tercera generación de esos primeros colonizadores.

Los campesinos de 2009, autonombrados como el Movimiento Unificado Campesino del Aguán (MUCA) emularon aquellas tomas pero le agregaron un nuevo matiz: se armaron. El entonces presidente de Honduras, Manuel Zelaya, intentó reaccionar y diluir el movimiento aceptando sus motivos, negociando entregas parciales de tierras y prometiendo soluciones futuras, pero el golpe de Estado que lo derrocó en junio de 2009 truncó cualquier posible acuerdo.

El movimiento creció y se organizó. Para el primer semestre de 2010 eran 23 las plantaciones tomadas, en una operación que paralizó la producción en más de 20 mil hectáreas de tierra, el equivalente al área urbana de la capital del país, Tegucigalpa, o a casi cuatro veces la isla de Manhattan, en Nueva York. El 10 de diciembre, 200 campesinos se tomaron 950 hectáreas de la finca La Confianza; el 22 de diciembre cayó la finca San Isidro; en la madrugada del 26, Doris y sus compañeros se tomaron La Aurora; el 5 de enero de 2010 cayó la Finca Concepción…

El gobierno de Porfirio Lobo, electo a finales de 2009 e instalado el 27 de enero siguiente, se encontró con un fenómeno desbocado y ya no pudo hacer mucho. Las tomas siguieron. El nuevo presidente apenas alcanzó a colocarse como intermediario entre los campesinos y los terratenientes, encabezados por Miguel Facussé, dueño de 12 de las 23 fincas tomadas. La intermediación solo consiguió que los campesinos entregaran la mayoría de las tierras a sus actuales dueños y se instalaran en poco más de 4 mil hectáreas, a cambio de una promesa de compraventa, de remediciones y acciones jurídicas que definieran si era legal que un pequeño grupo de terratenientes tuviera tanta tierra en su poder. Así se desarrolló el conflicto: con el gobierno negociando con cada grupo por separado, y con los bandos enfrentados entendiéndose con las armas. Lo dicen los hechos. Lo dice el odio que ha crecido en estos tres años entre los dos bandos armados. Lo dicen los muertos que comenzó a cobrarse y que se sigue cobrando el conflicto del Bajo Aguán.

Como los tres guardias que en enero de 2010, cinco semanas después de la toma en la que participó Doris Pérez, regresaron a sus puestos de vigilancia en La Aurora creyendo que la Policía había desalojado a los usurpadores. Se encontraron con las armas de los campesinos, decididos a preservar a cualquier precio la tierra conquistada. Los tres fueron abatidos a balazos. Del lado de los campesinos no hubo ninguna baja. Las autoridades no realizaron capturas. Por ninguna de las más de 60 muertes que ha caudado la guerra por el Bajo Aguán hay capturas. Ni una sola. Los guardias, eso sí, han vengado a los suyos por la vía de las armas, en otros enfrentamientos, de otras maneras.

Zona de guerra

—¡Ahí van esos hijos de puta! ¡Sígalos, compa, sígalos!

Contagiados de la urgencia que hay en la voz de Vitalino, giro a toda velocidad el timón, damos media vuelta y enrumbamos de regreso a Tocoa. El pick up con el que nos acabamos de cruzar y que ha despertado la cacería desaparece en una curva. Aceleramos. 80 kilómetros por hora. Lo redescubrimos a lo lejos, en la recta de asfalto. En la cama del pick up van, parados, sujetos a un armazón de hierro, media docena de hombres. Algunos llevan pasamontañas. Van armados, pero por la distancia no sabemos si lo que cargan son escopetas, fusiles o -quién sabe- armas de juguete. Vitalino Álvarez, “El Chino”, el vocero del MUCA, que está sentado a mi lado y nos sigue animando a darles alcance, asegura que vio armas largas.

—¡Ahí llevan AK-47, compa! ¿No las vio? ¡Métale, compa! Métale para que les saquen la foto.

En el asiento trasero, el fotoperiodista alista su cámara. Los guardias bajan la velocidad cerca de la entrada a Tocoa, en un desvío en el que hay una gasolinera y que separa a la ciudad de las plantaciones. Entre Tocoa y las plantaciones de palma de Miguel Facussé hay 15 minutos en automóvil. La división entre lo urbano y lo rural es una nada.

Nos llevan 200 metros de ventaja cuando llegan al desvío y cruzan a la derecha. Vitalino, mi copiloto, sube el vidrio y se enrolla en el asiento. Perseguimos a los guardias de la finca San Isidro, la propiedad que colinda con el asentamiento campesino de La Confianza y con la finca La Aurora. Esta zona de plantaciones es como un rombo en el que en cada esquina hay hombres armados. Los guardias controlan una de las cuatro partes del territorio en disputa. Los campesinos las otras tres.

Los encapuchados giran a la derecha y se meten en una calle de tierra, paralela a la Carretera Panamericana. Vitalino grita:

—¡Siga recto, compa! ¡Ahí ya no nos metamos! ¡Esa es zona caliente!

Apenas y asoma los ojos chinos por la ventana, mientras los guardias se alejan, escoltados por una nube de polvo. No hemos tenido oportunidad de fotografiarlos. Damos media vuelta, ya despacio, y emprendemos el camino original hacia La Confianza. Vitalino no sale del caparazón en el que convirtió el asiento de copiloto hasta que retomamos la Carretera Panamericana. Son las 6:30 de la mañana. Es martes 29 de mayo de 2012 y faltan dos días para que venza un ultimátum que lanzó el terrateniente Miguel Facussé.

Han pasado tres años desde las primeras tomas en el Bajo Aguán y el gobierno no ha resuelto nada. Aquí todavía suenan las balas y caen los cuerpos. La lista de asesinados supera, repito, los 60. La mayoría de las bajas son del lado campesino. Las autoridades no han hecho, repito, ni una sola detención. El terrateniente dijo hace dos semanas que los campesinos tienen que desocupar las 4 mil hectáreas en las que se replegaron mientras esperan que el gobierno haga algo que convenza a todos, que deje satisfechos a todos. Pero en estos días nadie entiende, ni siquiera el gobierno, por qué el terrateniente tiene tanta prisa. Los campesinos han respondido que de esta tierra solo los sacan muertos.

Por fin atravesamos La Confianza, el asentamiento campesino más organizado del Bajo Aguán, y nos topamos con la cerca que separa la finca San Isidro de las tierras a las que las gentes del MUCA llaman con mística revolucionaria “territorio liberado”. La calle se convierte en una T que surca un océano de palmeras. Si vamos hacia la izquierda, nos explica Vitalino, daríamos con la misma “zona caliente” donde se metieron los guardias que perseguíamos. Ahí no entra nadie, dice. A la derecha está el sector de Sinaloa, con las instalaciones del Instituto Nacional Agrario (INA) y el camino hacia la finca La Aurora, ambas en manos de los campesinos. Enfrente, 50 metros detrás de la cerca que protege la finca San Isidro, sobresale una barricada.

Es un muro de sacos de arena levantado debajo de las palmeras. Parece que no hay nadie, pero igual nos sentimos observados. Tomamos fotos. Esta es “zona caliente”, tierra de sospechas, de paranoias. Enfrente tenemos el territorio que ocupan los hombres de Facussé.

Vitalino nos invita a un café en un chalé ubicado en medio de los dos territorios enemigos. Bromeamos con que este lugar fue la Casablanca del Bajo Aguán, como en la película. Aquí, hace solo un año, guardias y campesinos coincidían a la hora del almuerzo. Hoy se han acumulado demasiados odios como para que eso se repita. Aquí, en este Rick’s centroamericano, mientras su dueña prepara huevos fritos, calienta el café y hornea las tortillas, Vitalino nos cuenta de una campesina aguerrida, una líder del movimiento. Nos habla de Doris Pérez.

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A las 6 de la mañana del 5 de junio de 2011, Doris Pérez preparó cinco pollos que comerían su familia y sus amigos más tarde, en el almuerzo. Primero les torció el pescuezo. Luego los desplumó. Por último, les sacó las entrañas.

Terminando estaba con el último animal cuando unos jóvenes le advirtieron que los guardias de la finca San Isidro hacían “una gran disparazón”. “Ahí que se maten ellos, nosotros no les estamos haciendo nada”, respondió ella. Los jóvenes le dijeron que por atenida le podía ir mal, y se marcharon.

Media hora más tarde, cinco mujeres pasaron junto a Doris corriendo, espantadas. Cuando, intrigada, fue a ver qué pasaba al otro lado de la casa, que alguna vez funcionó como oficina gubernamental, a Doris se le aguadaron las piernas. Un grupo de guardias armados cruzaba la calle de tierra y estaba a punto de entrar al INA, el sector ocupado por los campesinos en el que desde un año antes vivía Doris. A gatas se metió a la casa y encontró a tres de sus cuatro hijos escondidos debajo de una cama. La mayor, de 11 años, que ya no cupo en el hueco, le dijo: “¡Hoy nos matan, mamita!”. Ambas se tiraron al suelo cuando la casa fue barrida por los disparos.

Pasaron unos minutos hasta que el silencio que suele seguir a las balas logró convencer a Doris de que era hora de escapar. Uno de los pasillos internos de la casa conducía al patio, donde quedaron unos pollos sin plumas, encima de una pila. Ahí reunió a los niños, que temblaban, y les dijo: “Primero Dios no nos pasa nada, pero tenemos que correr con todas nuestras fuerzas”. Les ordenó desfilar uno detrás del otro, lo más recto posible. Doris imaginaba que si corrían en grupo serían un blanco fácil. No habían avanzado ni 10 metros cuando le dieron la razón los zumbidos de los disparos que caían a los lados de la fila, que zigzagueaba entre los arbustos.

Cerca de la salida de la propiedad encontraron apretujadas, asustadas, congeladas, a las mismas que huyeron cuando inició el ataque. “¡Levántense, que ahí vienen los guardias!”

Y entonces Doris sintió el balazo.

Todavía siguió corriendo junto a sus hijos por unos minutos, hasta que uno de sus compas, que acudía en auxilio de quienes huían en desbandada, se le echó encima y la aventó al suelo. “¡Cuidado, muchacha!”, le dijo, antes de que ambos rodaran en la tierra, antes de que una bala zumbara justo donde ella estaba parada. Ese hombre, cree ella, le terminó de salvar la vida. El compa se levantó, tomó su fusil y se fue a repeler a los guardias. Antes de irse, le dijo a otro que auxiliara a Doris, gravemente herida. Solo entonces Doris se tocó el vientre y se manchó con su propia sangre; solo entonces se dio permiso para ser débil. Sintió algo ácido en el estómago y vomitó.

La bala había atravesado el celular que cargaba en la cintura, sostenido por unos apretados vaqueros, y se le había alojado en las entrañas. Ella cree que esa costumbre de cargar ahí los celulares le permitió sobrevivir. Ahí carga ahora su nuevo celular, cubriendo la cicatriz del disparo. “Imagínese me agarran de nuevo”, dice Doris Pérez.

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Los guardias de los terratenientes tienen bien ganada mala fama entre los campesinos y entre oenegés que velan por los derechos humanos en Honduras. En la semana del ultimátum de Miguel Facussé un grupo de estas oenegés instauró en Tocoa un juicio simbólico en el que se recogieron más de 15 testimonios que hablan de asesinatos, maltratos, desapariciones, persecuciones a manos de esos guardias. Asistieron cientos de habitantes de las comunidades de la zona y de los asentamientos del MUCA. En la mesa de honor lograron sentar a un representante de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA.

Nadie contó el caso de Carmela Chacón. El 15 de mayo de 2011, los guardias de la finca San Isidro secuestraron a Pascual López, su cuñado. Pascual, de 45 años, le cuidaba unas vacas a Carmela en un pastizal ubicado al extremo norte de la finca, que linda con otro asentamiento de campesinos llamado Rigores. Cuando los guardias lo vieron, le dispararon en una pierna y luego lo arrastraron hacia el laberinto de las palmeras. Todo esto ocurrió frente a los ojos de Jaime, un niño de 12 años que acompañaba a Pascual aquella tarde. Será porque iba al otro lado del rebaño, cubierto por una docena de vacas, pero no vieron a Jaime, que cuando escuchó los disparos se escondió detrás de unos matorrales. Un año después, el niño no logra sacarse de la cabeza aquella imagen: un hombre arrastrado hacia una plantación mientras grita que lo suelten, que le den auxilio. Pascual, a la fecha, no aparece. Su cuñada, cuando lo recuerda, todavía llora.

Cuando inició el conflicto, los principales periódicos de Honduras, el gobierno y buena parte de la sociedad, cuando hablaban de la guerra en el Bajo Aguán se referían únicamente al terror que provocaban los “campesinos guerrilleros”. La violencia ejercida por el ejército de guardias armados que custodian las fincas de los terratenientes no encontraban espacio en ninguna portada ni en ningún discurso gubernamental. Si se pregunta a las autoridades, casi siempre dicen que los guardias actuaron en legítima defensa. Tuvieron que pasar tres años, y más de 60 muertos, la mayoría campesinos, para que los campesinos dejaran de ser víctimas de “la violencia” -así, en abstracto- de un país devorado por la delincuencia y con la medalla de tener la tasa de homicidios más alta del mundo. Ahora los periódicos comenzaron a preguntarse quién asesina a los campesinos del Aguán y a pedir reacciones a la Corporación Dinant, a la que los campesinos acusan de ordenar la mayoría de asesinatos. Dinant se lava las manos. Le reclama al gobierno porque no logra poner orden en la zona. Hoy que le toca responder, cuando un campesino cae muerto o desaparece, la empresa de Facussé responde que no se dedica a la eliminación sistemática de personas.

Los familiares de estos campesinos no creen a Dinant.

Yamileth Valle es una de las que desconfía. A mediados de marzo de 2012, dos fiscales del municipio de Trujillo ingresaron al recién inaugurado cementerio del asentamiento campesino en La Confianza. Pretendían exhumar un cadáver, pero no pudieron iniciar la excavación porque Yamileth Valle, de 16 años, estaba sentada sobre la tumba recién sellada y no quería levantarse. Tenía una mirada furiosa, en la mano derecha una piedra, y alrededor de los pies otra docena. Yamileth desafió a los fiscales a que intentaran desenterrar a su padre, Matías Valle, asesinado un mes antes, pero les advirtió que con las piedras apuntaba a la cabeza. Los fiscales no lo intentaron demasiado.

Yamileth desconfiaba de los fiscales. Ni siquiera creía que fueran fiscales. Aún hoy no tiene cómo comprobarlo, pero en el conflicto del Bajo Aguán casi nadie trata de confirmar sus sospechas. Aquel día, Yamileth temía que esos hombres estuvieran del lado de los asesinos de su padre, uno de los máximos líderes del MUCA. Desde el día del asesinato, los rumores decían que los sicarios que lo mataron no podían cobrar su pago porque les pedían la cabeza de Matías Valle como prueba para cobrar la recompensa.

Matías Valle se había convertido en los últimos años en uno de los principales promotores de la lucha campesina en el Bajo Aguán. Exsoldado, se convirtió a la causa campesina después de asistir a algunas asambleas que el MUCA organizó en su comunidad, ubicada muy cerca de una de las fincas de Miguel Facussé. Al principio, Valle llegaba a escuchar, pero pronto comenzó a hacer oír su voz y se acabó por convertir en el enlace de los campesinos del Aguán con las organizaciones campesinas del resto del país. Él fue el principal organizador de la revuelta pacífica que culminó con la toma de la planta extractora de aceite de palma de la Corporación Dinant en mayo de 2009. La primera toma campesina, la que dio inicio al conflicto armado entre los campesinos pobres y los guardias de los terratenientes.

La identidad del hombre que ordenó la muerte de Matías Valle quizá sea, para siempre, un misterio sin resolver. Yamileth da por hecho que los gatilleros eran hombres de Miguel Facussé. En la mañana en que fue asesinado, Valle esperaba un autobús en una parada cuando dos sicarios, en moto, lo acribillaron. Tres de los disparos le entraron en el tórax. Matías Valle quedó tendido sobre un piso de tierra, con los ojos completamente cerrados, frente a unas cajas de cervezas y gaseosas llenas de botellas vacías.

Lo velaron en su comunidad, y en la noche de la vela un amigo corrió el rumor de que los sicarios, guardias de una de las fincas, necesitaban cortarle la cabeza al cadáver para cobrar por el trabajo. Por eso en el cementerio de Quebradas de Arena se abrió un nicho para un cuerpo que nunca se enterraría. La familia decidió hacerlo en otra comunidad llamada Suyapa, pero el rumor también los alcanzó hasta allí. Matías Valle fue enterrado en los terrenos de La Confianza porque es zona liberada y los policías y fiscales saben que no pueden llegar hasta allí sin bajar los vidrios de los autos y, sobre todo, sin permiso del MUCA. La tumba fue cavada debajo de unas palmas africanas.

El sueño del guerrillero

Si no hubiera tanto en juego, las muertes en el Bajo Aguán quizá hubieran significado poca cosa en Honduras, el país más violento del mundo. Su tasa de homicidios para 2011 fue de 82 por cada 100 mil habitantes, y diluidos en esas cifras los asesinatos por este conflicto bien podrían pasar inadvertidos. Pero lo que ocurre aquí importa. Están en juego millones de dólares representados por miles de hectáreas agrícolas cultivadas con palma africana. Y está en juego un proyecto político.

En 2009 se expresaron aquí las profundas diferencias entre Manuel Zelaya, un presidente que se salió del molde de las élites hondureñas, y la poderosa clase empresarial del país. Es curioso que para entender el conflicto del Bajo Aguán haya que revisar el papel de un antiguo terrateniente convertido en político y derrocado con un golpe de Estado.

En junio de 2009 Zelaya, un finquero hijo de finqueros de la región ganadera de Olancho, había dado la espalda al ala tradicional del Partido Liberal, que lo llevó a la presidencia, y se había convertido en aliado del presidente venezolano Hugo Chávez. También se había revelado como un defensor populista de las causas campesinas en Honduras. El 17 de junio de 2009, en una reunión con un millar de campesinos del Bajo Aguán, realizada en la ciudad de Tocoa, Zelaya lanzó una bomba para el sector político empresarial del país: prometió remedir las tierras de los terratenientes y entregar los excedentes que estuvieran fuera de la ley, junto a otras tierras ociosas, a unos 100 mil campesinos que reclamaban suelo cultivable. Los líderes del MUCA que participaron en la firma de ese acuerdo no pudieron ser más felices. Zelaya movió hilos en el Congreso y aprobó el decreto que haría realidad sus promesas. El conflicto del Bajo Aguán parecía solucionado. Pero la alegría campesina duraría muy poco. 11 días después de esa promesa, el domingo 28 de junio de ese mismo año, el ejército, tras conspirar con la élite económica del país y con la mayoría del Congreso, sacó a Zelaya de su casa en plena madrugada y lo subió a un avión con destino a Costa Rica. Allá llegó exiliado el presidente derrocado. Allá se bajó de un avión, vestido en pijamas.

“Eso nos hizo entender que había que actuar por la fuerza, dado que el sistema estaba colapsado. No había otra salida”, dice hoy Jhony Rivas, uno de los líderes políticos del MUCA y el negociador en la mesa del gobierno de Porfirio Lobo, que tres años después todavía intenta solucionar el conflicto.

¿Qué pasó en el Bajo Aguán tras el golpe? Hasta agosto de 2009, dos meses después del golpe, los campesinos no hicieron nada. Se sumaron al Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP), un movimiento que abrazaba a un sinnúmero de gremios, oenegés y asociaciones que van desde defensores de derechos humanos, maestros, sindicalistas, estudiantes, obreros, políticos y campesinos opuestos al golpe de Estado. El FNRP era una nueva izquierda visible, y quería el regreso de Zelaya. Para agosto de 2009 ya era evidente que no lo lograría. Entonces los campesinos se decidieron a actuar.

“Si algo estalla, va a estallar en el Bajo Aguán. Allá hay comunidades entrenadas, comunidades con armas”, nos dijo aquel agosto un activista beligerante del FNRP en Tegucigalpa. Este activista, en esa época, era uno de los encargados del sistema de comunicaciones, tenía contactos con la mayoría de líderes de esa resistencia.

Tres años después, en el Bajo Aguán hay una guerra entre dos frentes: los campesinos y los guardias de los terratenientes, y el Estado es apenas un testigo silencioso de lo que aquí está ocurriendo.

En septiembre de 2011 el general René Osorio, jefe de las Fuerzas Armadas hondureñas, calificó de “guerrilla” a uno de los bandos en esta guerra. Se refería a los campesinos.

***

Atardece en el Bajó Aguán, a la redonda todo se ha pintado gris y se aproxima una tormenta. La anuncia una llovizna que humedece la frente de Vitalino Álvarez, “El Chino”, el hombre con el que estuvimos persiguiendo a un pick up lleno de guardias. Recién cruzamos la caseta de control de la entrada principal y un hombre con pistola al cinto y un fusil en la mano le pregunta a Vitalino quiénes somos. Se lo pregunta con un semblante serio, con desconfianza. “Vienen conmigo, compa. Vienen a conocer el asentamiento”, explica Vitalino. El equipo de seguridad tiene todas las alertas encendidas.

Entramos a La Confianza y desde decenas de ranchos de manaca (como se llama aquí a las chozas hechas con ramas de palma africana unidas con nailon y recubiertas con barro) hombres, mujeres y niños nos observan curiosos. Los campesinos han soñado con que esto algún día se convierta en una bonita colonia. Las calles ya están trazadas, hay una escuela con techos de lámina, un templo católico, uno evangélico, los cimientos de una casa comunal y el pasto para una cancha de fútbol. El dinero para todo esto ha salido de la venta de la fruta de la palma africana que los campesinos han cosechado en las fincas tomadas. Los líderes del MUCA estiman que solo en 2011 lograron un producción de 114 millones de lempiras (alrededor de 6 millones de dólares). La administración de estos fondos recae en una asamblea comunitaria. Los del MUCA se han convertido en millonarios, por decirlo de alguna manera. En la tierra ocupada dan empleo a cientos de familias y con los beneficios pagan salarios que rondan los mil 300 lempiras semanales (68 dólares) por ocho horas de trabajo. Comparando con los 38 dólares semanales que ganaban trabajando para los terratenientes en estas mismas fincas, con jornadas que superaban las 12 horas diarias, los campesinos dicen sentirse satisfechos.

El MUCA asegura que el pago de salarios consumió el 60% de lo que el movimiento ganó en 2011. El resto lo invirtieron en seguir edificando La Confianza y en el mantenimiento de la organización. Y el mantenimiento de la organización incluye la compra de armas. En lo que va de conflicto, la Policía ha recogido rumores sobre las armas de los campesinos a lo largo y ancho del caudal del río Aguán. Solo rumores, porque armas de guerra no ha pescado ninguna. Esos rumores dicen que las AK-47 están escondidas en el follaje de las palmeras oenterradas a la orilla del río o en cajas, debajo de las chozas en los asentamientos… Hay fotografías que alimentan esos rumores: hace dos años, un fotógrafo de La Prensa captó la imagen de un grupo de encapuchados que cargaban lo que se presume eran unos fusiles de guerra.

Más rumores. Un periodista de la Resistencia Nacional, que nunca publica nada con su nombre real, que viaja por todo el país para monitorear cómo se está moviendo la Resistencia, invita a creerle y a no creerle cuando habla de los secretos del Aguán. “En una de las zonas tomadas hay un campo de entrenamiento militar, pero como nunca los dejarán llegar hasta ahí, y como el periodismo vive de confirmaciones, esto que les cuento no les sirve de nada”.

Lo cierto es que en La Confianza hoy Vitalino carga en la cabeza una gorra; en la espalda una mochila; y en la cintura, por debajo de la camisa, una pistola nueve milímetros. “Está en regla”, dice. Es decir, que es un arma legal, registrada a su nombre. Con la pistola se protege cuando sale del perímetro custodiado por el equipo de seguridad, porque el vocero del MUCA, dice, no puede andar desarmado cuando viaja a otros lugares. “Los compas me lo han exigido”. Los compas se la han comprado. Luego nos pide que no hablemos de las otras armas, que no fotografiemos las otras armas, que no escribamos de las otras armas.

Vitalino no es campesino. Al menos no un campesino que cultive palma africana. Es un activista político que antes del golpe de Estado trabajaba en la construcción y administraba una pequeña tienda. Ahora trabaja a tiempo completo como vocero del MUCA y enlace del movimiento con la prensa nacional e internacional. “¡Hasta la victoria siempre!”, se lee en su tarjeta de presentación. Vitalino ha sido político siempre. Es un sobreviviente de la década más represiva de un país que aniquiló, en los 80, todos los intentos de la izquierda de acabar por las armas con “los opresores” de este país. En Honduras hubo un intento de formar una guerrilla, como la de El Salvador, como la de Nicaragua, como la de Guatemala, pero fracasó. Vitalino sueña ahora con una segunda oportunidad.

En aquella época hubo dos famosas células guerrilleras ligadas al Partido Comunista de Honduras: las Fuerzas Populares de Liberación “Lorenzo Zelaya”, y los Cinchoneros. A los integrantes de la primera los llamaban “Lenchos”, en honor al pionero de las luchas campesinas, asesinado en 1935. Los de la segunda le deben su nombre a Serapio Romero, un campesino que vivía de hacer cinchos y correas para caballos. Hace un siglo y medio, Romero lideró una revuelta en contra del presidente de turno, fue capturado y murió decapitado, por orden judicial, el 20 de julio de 1868.

—A una de esas células pertenecía, pero no les voy a decir a cuál –dice Vitalino, mientras tomamos gaseosas al pie del rancho que comparte con su pareja, una morena de pelos rizados y labios gruesos. En una esquina del solar que ocupa en La Confianza, Vitalino tiene una letrina, y la puerta de lámina de la letrina está recubierta por una llamativa bandera de Estados Unidos. “Es que el imperio se ha cagado tanto en nuestros pueblos, compa, que hay que jugarle una broma”, dice Vitalino, mientras ríe con los dientes completamente pelados. Según él, en algo tiene uno que pensar mientras caga.

***

A Vitalino no le gusta revelar muchos secretos. No es originario del Bajo Aguán. Su verdadera residencia está a siete horas de camino, en otro departamento. Allá viven sus hijos y la madre de sus hijos. “Aquí está mi otra familia. Aquella ya la formé, ya camina sola. Ahora aquí me necesitan más”, dice. A su modo, Vitalino protege a los suyos, intercede por los suyos. Y ellos se lo agradecen.

“¡Chino! ¡Chino!”, grita una niña pelirrubia que nos sale al paso, con los brazos abiertos, bajo la llovizna. Seguimos recorriendo La Confianza y la niña prácticamente se cuelga de Vitalino, que la carga y la abraza mientras hace de guía en esta utopía de comunidad autorregulada. “El robo y el hurto comprobado se sanciona con tres veces el valor de lo robado, y se anotará en el expediente personal del compañero sancionado. Att. Junta de Disciplina y Vigilancia”, se lee en un rótulo colgado en la puerta de la administración de la comunidad.

Avanzamos. Un niño chapotea casi desnudo en una poza que se ha formada en la calle de tierra. Vitalino se molesta. Hay visita -nosotros- y quiere que todo brille en el asentamiento estrella del MUCA y un niño careto, con los calzones llenos de lodo, rompe con la estampa. Le grita a la mamá del niño y le hace señas. Se lo llevan. “¿Quieren ver la quesera?”, nos pregunta Vitalino, mientras la madre y el niño se escabullen dentro de una champa. “Eso que ven allá, al fondo, es el bulevar. Ya casi está terminado”. En una ancha avenida de tierra, una docena de lámparas formadas en línea recta esperan a que llegue el cemento.

Una reportera de la televisión local, del municipio de Tocoa, se entretiene entrevistando a la niña pelirrubia de siete años, ojos vivaces y pestañas colochas.

—¿Qué querés ser cuando seas grande? –le pregunta.
—Una socia de la cooperativa porque aquí vivo muy bien –contesta la niña, risueña pero apenada, moviendo los pies, apretándose los dedos, mirando hacia el suelo barroso.

Vitalino, complacido, sonríe. “Estos niños ya saben lo que significan las siglas del MUCA. Desde pequeños los vamos preparando”, nos dice. En las escuelas de los asentamientos, además de enseñarles a sumar y a restar, a los niños les inculcan la historia y los valores del movimiento campesino.

La reportera entrevista a Vitalino. “(…) Esta es una lucha que nunca vamos a dar por perdida”, alcanzamos a escuchar, mientras nos concentramos en la pelirrubia que ahora juega sobre un montículo de arena.

—¿Qué es el MUCA? ¿Qué significa? –le preguntamos.

La niña levanta el dedo índice y gira 360 grados, al tiempo que responde, risueña, con la mirada perdida en algún punto del asentamiento, que desde aquí luce inmenso:

—Todo esto es MUCA.

***

Son las 2 de la tarde y en el Bajo Aguán el calor provoca sudores a un millar de campesinos que rodean al ministro de Agricultura, César Ham. Ham es un ingeniero agrónomo de la Universidad Nacional de Honduras que con el tiempo se convirtió en burócrata y en uno de los líderes del partido de centroizquierda Unión Democrática (UD). Cuando derrocaron a Manuel Zelaya fue uno de los principales opositores al golpe y al gobierno de facto de Roberto Michelletti, pero no renunció a participar como candidato a la presidencia por UD en las elecciones que ganó Porfirio Lobo. El FNRP no se lo perdona. Le acusan de legitimar el proceso electoral y con ello al gobierno de facto. Peor fue cuando Ham aceptó integrar el “gobierno de unidad” que Lobo instauró, y se convirtió desde 2010 en ministro de Agricultura. A él le ha correspondido actuar como mediador en el conflicto de tierras en el Aguán. Sin resultados hasta el momento.

Ham es un hombre recio y desconfiado. No confía en los campesinos y tampoco confía en los guardias de Miguel Facussé. Hace dos horas entró al INA, el lugar en el que casi perdió la vida Doris Pérez, custodiado por un convoy militar compuesto por tres vehículos Humvee armados con metralletas M-60. Cuando entraron, los soldados apuntaron hacia los campesinos con sus armas. Un grupo compuesto por unos 30 campesinos respondieron apuntándoles con sus celulares. Decían que había que registrar en fotografías esa “intimidación”. Los soldados se retiraron del lugar, y se parquearon frente a la finca San Isidro, sin dejar de apuntar con sus metralletas. La reunión está por terminar y los soldados siguen patrullando el perímetro.

Ham ha venido para dar otro ultimátum a los campesinos: o firman un acuerdo de compraventa con el gobierno y asumen un préstamo con bajos intereses para pagar con él las tierras ocupadas a Miguel Facussé, o serán desalojados. “Es ahora o nunca, compañeros, tienen que firmar”, dice el ministro Ham. Le responde el silencio. Los campesinos no entienden por qué el gobierno se ha contagiado con la prisa del terrateniente.

Antes de que se retire, una campesina increpa al ministro:

—¿Por qué nos llama compañeros, si mire cómo nos viene a visitar: presionándonos, intimidándonos con esos hombres y esas armas?
—Compañeros, a mí me hubiera gustado ir a la finca La Aurora para reunirme allá con ustedes, pero es que no nos engañemos: esta zona es caliente allá y acá, y uno solo quiere ser precavido.

Ham se monta en su camioneta, y atraviesa La Confianza para buscar la Carretera Panamericana. Ni un ministro custodiado con tres Humvees se atreve a tomar el camino que corre a lo largo de la finca San Isidro, la zona caliente. En esta zona hay que ser precavidos.

***

El ministro se fue hace 10 minutos y nosotros queremos conocer a los famosos guardias del terrateniente. La guerra del Aguán se ha cobrado ya una docena de bajas de su lado y ellos también tendrán algo que decir. Pese a las advertencias de Vitalino Álvarez y a la precaución del mismo César Ham, decidimos que es ahora o nunca, así que tomamos la calle de la zona caliente y la atravesamos. Avanzamos a 10 kilómetros por hora. Desde ambos lados de la calle, el laberinto de palmeras africanas nos vigila.

A los pocos minutos los vemos. Serán unos ocho o 10. Quizá una docena. No hay tiempo para contarlos. Unos están sentados en una especie de banca y otros están parados. Parecen posar para una foto de postal, con el paisaje de las palmeras al fondo. Portan armas. Parecen escopetas. A su alrededor hay pichingas de agua. El grupo es una mancha azul turquesa en medio del negro de las sombras de las palmeras y del verde del follaje. De un inconfundible azul chillón es la camisa de su uniforme.

Vamos a detenernos. Levantamos la mano para saludar. Ellos nos han visto llegar y ahora nos pueden distinguir a través de la ventana abierta del copiloto. Es entonces cuando escuchamos un disparo. ¿Un disparo? En esta zona hay que ser precavidos, ya lo dijo el ministro, así que para efectos prácticos ese tronido fue un disparo. Aceleramos. Las llantas traseras se barren. ¿Se barrieron? Nos perdemos delante de una nube de polvo. ¿La levantamos?

Un día después, le narramos lo sucedido al jefe policial del municipio de Tocoa, Daniel Reyes.

—¿Un arma con silenciador? Tal vez un disparo a la tierra. ¿50 metros? ¿Dice que había palmeras? El sonido pudo ahogarse entre las palmeras… Pero mire, déjeme decirle algo… Eso que hicieron es una imprudencia. ¡Si ni nosotros vamos por esa ruta! Y si vamos nos coordinamos primero con ellos. ¿Es qué don Vitalino no les advirtió que esa es zona caliente?

En ese camino, en esa zona caliente, el 15 de agosto de 2011 cinco personas fueron asesinadas. Tres hombres y dos mujeres. Recién habían salido de las instalaciones ocupadas del INA. Nadie sabe por qué tomaron la calle de la zona caliente. Nadie les dijo que debían ser precavidos. Lo cierto es que un pick up los interceptó y desde el pick up los acribillaron. Cuatro de los asesinados eran empleados de la embotelladora Pepsi, que venían de pintar unas vallas publicitarias. La quinta era la dueña del negocio favorecido con la publicidad de esa compañía. Por esta masacre no hay ningún sospechoso, mucho menos algún capturado. Ya hemos dicho que por las muertes en el Aguán no hay nadie detenido. Nadie.

Tres días más tarde, en Tegucigalpa, le narramos lo mismo al gerente financiero de la Corporación Dinant, Roger Pineda.

—Honestamente no sé qué decirle. La verdad es que los nervios están crispados. No se justifica, pero (los guardias) deben tener una paranoia, sobre todo cuando ven gente extraña. Bueno, ustedes lograron captar la esencia del ambiente que está ahí, ¿no?

El terrateniente padece dolores de espalda

A juzgar por una foto colgada en el lobby de su oficina en la ciudad de Tegucigalpa, en la que se le ve con una banda azul cruzándole el pecho, uno pensaría que Miguel Facussé Barjum es el presidente de Honduras y está pasado de años. Por las fotos que hay en un taburete de su oficina, sin embargo, el terrateniente es un abuelo canoso, bonachón y sonriente. Y por el aparato de masajes dispuesto frente al ventanal, en el que se somete a dos sesiones diarias de terapia, Facussé es un anciano de 85 años que debe inclinarse mucho, boca arriba, para intentar sosegar sus fuertes achaques en la espalda.

Facussé es todo eso y más. Es uno de los empresarios más poderosos de Honduras y sus detractores dicen que es pieza clave para poner y quitar presidentes en su país. Su influencia se extiende por todo el istmo centroamericano, donde su empresa, Corporación Dinant, tiene fuertes inversiones. Inunda las cocinas -y los anuncios en televisión- con el popular aceite vegetal “Mazola” y las pastas marca “Issima”. En las tiendas y supermercados introdujo la marca “Yummies”, especializada en las tajaditas de plátano “Zambos”, en los palitos de papa “Zibas”, y en los aros de cebolla “Taco”. Las inversiones de Facussé inclusive saltan hasta México, al Norte; y Colombia, al Sur. El 4 de mayo de 2011, un fan escribió en la página de Facebook de la compañía: “Grande el Zar de las marcas”. Dinant produce y exporta snacks, jabones, lejías, pastas y aceite de palma. También ha invertido con éxito en biogás, biodiésel y biomasa. Todo esto último gracias a la palma africana.

A Facussé en las esferas políticas de Honduras todavía lo llaman “Tío Mike”, un mote que cobró relevancia cuando su sobrino, Carlos Flores Facussé, gobernó el país entre 1998 y 2002. Pero para los campesinos del Bajo Aguán este empresario es “el terrateniente”. El mote tiene un asidero lógico: según Dinant, antes de las tomas Facussé tenía en Honduras 16 mil hectáreas destinadas al cultivo de palma africana. Eso sin contar las propiedades que aseguran poseer en Nicaragua. El mote también lleva un dejo de rencor que asoma en la voz de los campesinos cada vez que hablan del conflicto: ¿De quién son esas tierras? “Del terrateniente”. ¿A dónde trabajaba antes de ingresar al MUCA? “En la palma del terrateniente”. ¿Quién mató a su esposo? “Los guardias del terrateniente”. ¿Por qué no denunció el asesinato? “Porque la Policía está con el terrateniente”.

En su oficina hay otros dos objetos que lo perfilan: un cuadro pequeño, con un dibujo a grafito, en el que sobresale orgullosa una palma africana, y una avioneta a escala que reposa sobre un archivero, al lado del escritorio. “¡Le fascinan!”, dice Anabela, su asistente en los últimos 25 años. En Honduras dicen que Facussé suele poner a disposición de los presidentes y de la élite política centroamericana sus avionetas. También hay quienes dicen que muchas de esas avionetas aterrizan con fines sospechosos en las plantaciones de palma del terrateniente. Sobre todo después de que la organización WikiLeaks revelara en 2011 algunos cientos de cables confidenciales de la embajada de Estados Unidos en Honduras.

En uno de esos cables, fechado el 4 de marzo de 2004, la embajada reporta el aterrizaje, descarga y posterior destrucción de una narcoavioneta en una finca de Facussé, ubicada en el municipio de Trujillo.

En el conflicto del Bajo Aguán, el narcotráfico ocupa un papel importante. Según el ejército, gracias a los narcos los campesinos se han armado hasta los dientes. Según los campesinos, algunos de los enfrentamientos en los que han muerto guardias e incluso policías han sido en realidad revueltas entre narcotraficantes y guardias o policías que se les enfrentan. Lo único cierto es que se ha comprobado que los narcotraficantes utilizan las fincas más cercanas al mar Caribe para aterrizar sus avionetas o descargar narcolanchas. Lo único seguro es que esta región está dominada por el narcotráfico.

Según el mismo cable develado por WikiLeaks, en marzo de 2004 fue el mismo Miguel Facussé quien reportó a las autoridades que una narcoavioneta fue derribada por los guardias cuando sobrevolaba su finca. Al margen de las diferentes versiones que la embajada norteamericana recogió sobre el suceso, el entonces embajador Larry Palmer cerró el cable considerando “de mucho interés” el hecho de que en los 15 meses previos al reporte otros cargamentos de droga habían tratado de desembarcar en esa misma propiedad de Miguel Facussé:

“In July 2003, a go-fast boat crashed into a sea wall on the same property and engaged in a firefight with National Police forces. Two known drug traffickers were arrested in this incident and 420 kilos of cocaine were recovered. Earlier in the year, another air track terminated at the same property and appeared to have used the same airstrip”.

***

Es lunes 4 de junio de 2012. El plazo para que los campesinos firmen con Facussé un acuerdo de compra o desalojen las tierras se ha vencido, y aunque la Policía ya recibió las órdenes de desalojo, por instrucciones del gobierno no han actuado y dan un compás de espera. El MUCA, acorralado, ha anunciado que firmará el acuerdo y comprará las tierras usurpadas. En la sede de Corporación Dinant, un complejo de oficinas situado en una loma, en el centro de Tegucigalpa, nadie está celebrando nada. Facussé no está en casa. Pese a la promesa de su equipo de relaciones públicas, el empresario designa a otro para que hable en su lugar: el gerente financiero, Roger Pineda. Al terrateniente no le gusta hablar con la prensa.

Pineda es un ingeniero agrónomo, experto en banca, que lleva 16 años trabajando para Facussé. Es un hombre de buenas maneras que habla fluido, como un candidato entrenado en plena campaña electoral, y quizá sea por eso que me recuerda a los diputados cuarentones, pasados de peso, que se saben ganadores porque hay alguien mucho más fuerte detrás de ellos que los respalda. Pineda es el representante y vocero de Facussé para el conflicto en el Bajo Aguán. Es quien da la cara a la prensa por su jefe. Desde septiembre de 2011 no viaja a la zona porque dice que lo han amenazado de muerte. Hace una semana, por sugerencias del departamento de seguridad de la compañía, blindó su camioneta.

Pineda asegura tener una visión clara de lo que está ocurriendo en el Bajo Aguán, pero antes de compartirla con nosotros ofrece copias de denuncias por usurpación y de un informe elaborado por la Dirección Nacional de Investigación Criminal de la Policía de Honduras, en donde se detallan todos los ataques contra la Exportadora del Atlántico en el Bajo Aguán. Pineda muestra fotocopias de notas periodísticas que habla de campesinos armados y violentos. Habla de guardias desaparecidos. De guardias torturados “a los que les arrancaron la oreja como salvajes”.

—Contra los guardias de esta empresa también hay serias acusaciones –le decimos.
—¿Pero dónde están judicializadas? ¿Dónde están las pruebas? Nosotros amparamos nuestras acusaciones sobre la base de denuncias verificables en las oficinas destinadas a perseguir el delito. Los dichos de los campesinos, en cambio… ¿cuál es el asidero de sus denuncias?
—¿Los guardias de esta empresa nunca han disparado un arma contra un campesino?
—Siempre que han utilizado un arma de fuego es para defenderse. Nuestros guardias siempre han fallecido adentro de las fincas, no fuera de ellas.
—¿Qué ocurrió en la finca El Tumbador?
—No hay una conclusión clara sobre lo que pasó, pero nuestros guardias portaban pistolas y escopetas. Sin embargo, los campesinos tenían disparos de AK-47. Como le repito, nosotros pusimos a disposición de la justicia a nuestros guardias pero no hubo y a la fecha no hay certeza de lo que pasó.

El 15 de noviembre de 2010, en la finca El Tumbador, ubicada en el municipio de Trujillo, cinco campesinos fueron asesinados y otra media docena fueron heridos de gravedad, tras una toma que terminó en tragedia, los 100 campesinos que intentaron hacerse de la finca terminaron huyendo despavoridos. Según la Fiscalía, los cinco asesinados fueron abatidos fuera de la finca custodiada por los guardias de Dinant. Una de las víctimas, un joven de 23 años, José Luis Sauceda, padre de dos niños, recibió “varios disparos en la cabeza”.

—¿Qué tipo de armas utilizan los guardias de la empresa?
—Armas legales: escopetas y pistolas.
—¿No utilizan armas de guerra?
—Hay fotografías, de la prensa, en donde usted se da cuenta que son los campesinos los que utilizan armas ilegales. Yo no sé qué pasó en esa ocasión en El Tumbador… Supongo que ellos mismos, en la desesperación, fueron presas del cross-fire.
—El jefe de la policía municipal en Tocoa dice que en los enfrentamientos entre guardias y campesinos nunca han encontrado casquillos o municiones de escopetas o pistolas. Dice que los enfrentamientos son con armas largas.
—¡Pues claro! ¡Son las que usan los campesinos!

Roger Pineda saca una última fotografía: es una ampliación a colores. En la imagen, un hombre carga una pancarta de color rojo con las siglas MUCA pintadas de blanco. En la esquina de la pancarta aparece dibujado, en negro, el rostro del Che Guevara. Para Pineda detrás de las acciones de los campesinos hay una motivación política.

***

Un sábado de 2010 –Pineda no recuerda la fecha- un hombre que lo había visto en la televisión lo abordó a la entrada de un supermercado. Para esa fecha, primer trimestre de 2010, las 23 fincas en el Bajo Aguán seguían tomadas. El hombre le preguntó a Pineda si ya habían resuelto el problema, y Pineda le respondió que lo estaban intentando resolver. Entonces el hombre se le quedó mirando, serio, y Pineda se asustó. Después, se sorprendió. “Dígame la verdad –le dijo aquel hombre-, tengo 45 manzanas de tierras y quiero saber si las voy a perder o no”.

—Ahí me cayó el 20 de por qué el MUCA ha hecho esto, sobre todo a don Miguel. Lo que han logrado es crear en la mente de la población un estado de indefensión inmediato, bajo la siguiente lógica: la gente ve el escenario y se pregunta: ¿si al grande, o a uno de los más grandes lo botaron, por qué no me van a botar a mí?

Pineda está convencido de que hay un grupo detrás de los campesinos que está utilizando la fuerza como estrategia de una campaña política, pero no se atreve a ponerle nombre alguno a sus suposiciones. “No, sé, no sabría decirle…”

Pineda cierra su hipótesis citando otros hechos. Según él, la guerra por el Bajo Aguán lo que ha hecho es levantar otros frentes de guerra. Para junio de 2012, en varias regiones del país, incluido el Valle de Sula, departamento de Cortés, movimientos campesinos se habían tomado miles de hectáreas de cultivo de caña de azúcar. La industria azucarera de Honduras reportó pérdidas superiores a los 300 millones de lempiras debido a la toma de las tierras. Los campesinos de esa zona han copiado la organización de las tomas en el Bajo Aguán.

Los hombres más tristes del mundo

La penúltima vez que vimos a Jhony Rivas, el líder político del MUCA, a Vitalino Álvarez, el vocero, y a Doris Pérez, la campesina que se tomó La Aurora y fue baleada en el INA, fue el viernes 1 de junio, en la toma del puente sobre el río Aguán, que sirve de entrada al municipio de Tocoa. El día anterior había vencido el ultimátum del terrateniente y del gobierno.

Vitalino llevaba gorra, camiseta y su nueve milímetros en la cintura; Jhony Rivas un fólder en la mano y dos custodios en los costados; Doris Pérez llevaba sombrero, una camisa cuadriculada de botones tallada en la cintura, jeans apretados y un par de botas negras con tacón alto. Parecía una vaquera a la moda.

Vitalino soñaba con que en la marcha los campesinos desfilaran con los machetes en alto y con los malayos con los que cortan la fruta de la palma africana. El malayo es un tubo de aluminio de 25 metros de largo que tiene acoplada una hoja curva y afilada en la punta. “¿Ha visto cómo desfila el ejército chino, compa? Eso da una impresión de poder”, nos dijo días antes de la marcha. Pero en la marcha eran muy pocos los campesinos que cargaban machetes y solo él y los guardias de Jhony Rivas estaban visiblemente armados. Ese viernes, el MUCA, a sus campesinos, les aseguraba que nadie podía presionarlos, que la lucha llegaría hasta las máximas consecuencias.

Dos días después, el domingo 3 de junio, nos reencontramos con ellos en Tegucigalpa. Estaban recluidos en un hotel custodiado por el equipo de seguridad del MUCA. Después de la marcha en el puente, el equipo de negociación de los campesinos, liderado por Jhony Rivas, se había movilizado de urgencia para pensar mejor las cosas y había acabado por aceptar el acuerdo ofrecido por el gobierno, con cierta sensación de derrota.

Doris Pérez se alegró al vernos, pero rápido regresó a la melancolía que reinaba en el lugar. Nos dijo que los habían presionado con el uso de la fuerza, con las amenazas de desalojo, que firmaron sin querer firmar. Lo mismo repitieron Vitalino y Jhony Rivas.

Vitalino improvisó una conferencia de prensa y Johny Rivas se lanzó a hablar. A medio discurso entró al salón uno de los máximos dirigentes del Frente Popular de Resistencia Nacional de Honduras. Nos vio, saludó y se retiró. Era Rafael Alegría, uno de los hombres más cercanos al depuesto presidente Manuel Zelaya, que hoy impulsa la candidatura presidencial de su esposa, Xiomara, por medio del Partido Libre, extensión del FNRP.

La conferencia de Rivas se alargó una hora. Aunque la lógica mandaba que estuvieran felices porque ahora La Confianza y más de 4 mil hectáreas de tierra iban a ser suyas, porque ya no habría amenazas de desalojos y las escrituras estarían a su nombre, porque el conflicto, en teoría, estaba resuelto y cesarían los enfrentamientos, la violencia, los asesinatos, Jhony y Vitalino estaban tristes. En aquel hotel, lejos de celebrar que habían ganado tierra para más de 600 familias campesinas, actuaban como si lo hubieran perdido todo.

***

Un hombre camina lento en un camino de tierra, a un costado de una plantación de palma africana. Esa plantación es el laberinto de la finca Paso Aguán, otra de las propiedades del terrateniente Miguel Facussé. El campesino se llama Gregorio Chávez, tiene 69 años. Gregorio es miembro activo del MUCA. Alguien aborda a Gregorio y Gregorio desaparece sin dejar rastro. Desaparece en la tarde del domingo 3 de junio, el mismo día en el que el MUCA decidió darle una tregua al conflicto. A la fecha, Gregorio sigue desaparecido.

***

Un grupo de hombres encapuchados, sigilosos, armados, se abre paso entre las palmas africanas. Es la madrugada del domingo 8 de julio. Ha pasado un mes desde que los campesinos, el gobierno y Miguel Facussé acordaron la tregua; un mes desde la desaparición de Gregorio Chávez en la finca Paso Aguán. Los campesinos que caminan entre los árboles de palma saben que hay un acuerdo firmado y saben que hay un desaparecido más. Por supuesto que lo saben. Quizá albergan esperanzas de encontrar mientras avanzan los restos de Gregorio Chávez. Pero su objetivo es otro. El grupo sigue avanzando y esquiva como puede las ramas secas del camino. El menor ruido, cerca de la estación de guardias de seguridad, a la entrada de la finca Paso Aguán, podía frustrar la misión…

Capítulo I. El origen del odio.

No es que el joven palabrero de la Fulton fuera muy dado a hacer las paces. De hecho, no se ganó el sobrenombre de Satán por promover treguas con sus enemigos.

Era el líder de la clica de la Mara Salvatrucha en el Valle de San Fernando, que colinda con la ciudad de Los Ángeles.

Había recibido uno de los mejores entrenamientos del ejército salvadoreño y fueron precisamente sus habilidades militares las que lo convirtieron, al cabo de apenas un año, en el líder de una de las más poderosas clicas de la Mara Salvatrucha en Estados Unidos. Decir eso no es poco. Dentro de los protocolos pandilleriles casi nadie pasa en solo un año de ser un bulto movido a patadas durante el bautizo inaugural, el brinco, a ser el que decide quién se convierte en bulto y quién no.

Era capaz de armar y desarmar armas cortas y armas largas; sabía de repliegues estratégicos, de emboscadas, de la función de las pequeñas unidades, de la importancia de mantener firmes algunas plazas. Probablemente sabía matar. Sabía mucho de guerra el Satán.

Ernesto Deras, que con ese nombre nació el Satán, jamás fue un Rambo de película salvo tal vez por su voz cansada, porque susurra más que habla, porque parece alguien infinitamente triste. Salvo porque quienes lo conocen dicen que nunca lo han escuchado gritar, ni reírse a carcajadas. Salvo porque se formó con el entrenamiento de Boina Verde que impartían los asesores gringos a los Batallones de Reacción Inmediata durante la guerra civil salvadoreña.

Fuera de eso, Ernesto bien podría ser el cliché del migrante salvadoreño que llegó a Los Ángeles en 1990: era un veinteañero flaco y duro como una rama de guayabo, lampiño y huraño. Venía huyendo de la guerra civil y había entrado a los Estados Unidos a hurtadillas, como un animalillo nocturno.

También es importante decir de nuevo que Ernesto era Satán y que no era muy dado a hacer las paces con los enemigos.

Por eso en 1993, cuando una pareja de mediadores intentaron convencerlo de que asistiera a reuniones de paz, tuvieron que mencionar a los que no se mencionan, tuvieron que explicarle que el asunto tenía el visto bueno de la Mafia. Y en esos ambientes todos saben que a los Señores es mejor no hacerles el feo.

***

La pandilla a la que se incorporó Satán en 1990 era una pandilla paria.

Cuando los salvadoreños llegaron en masa a California en los últimos años 70 y en los primeros 80 –buscando refugio del horror que presentían en su tierra-, los mexicanos y sus descendientes, los chicanos, ya tenían décadas de organizarse en pandillas para plantar cara a los desprecios blancos y no estaban dispuestos a que los recién llegados tuvieran en aquellas calles una bienvenida que ellos no tuvieron.

Por eso cuando los salvadoreños fundaron su propia pandilla para plantar cara a los desprecios morenos, los mexicanos y sus descendientes los miraron con asco. No es fácil ser el nuevo del barrio y esperar que los demás te inviten a jugar con ellos. Incluso si el juego consiste en hacerse la guerra.

Como en todo ecosistema, lo esencial para sobrevivir es aprender quién se come a quién. Cuando la Mara Salvatrucha apareció, hacía ratos que en el Sur de California eso estaba claro: cada pandilla podía ser presa de cualquier otra, y en la cúspide de la cadena alimenticia habitaba sola y voraz la Mafia, la organización de los Señores, que a fin de cuentas decidía quién jugaba y quién no.

La Mara Salvatrucha, por ejemplo, no podía jugar.

La Fulton, la clica que Satán comenzó a dirigir en 1991, era la única célula de la Mara Salvatrucha en todo el Valle de San Fernando, en el sureste de California, donde guerreaban al menos otras 75 pandillas por esa época. Para todas ellas la Mara era un enemigo común.

La conciencia de saberse presa universal hizo de la Fulton una clica arisca, huraña y muy violenta. Los años de ser el enemigo común le enseñaron a desconfiar de todos… por eso cuando en 1993 dos tipos se acercaron a Satán para invitarlo a entrar a una potencial trampa, el instinto militar del muchacho le aconsejó tener un plan de salida, o al menos un plan para que –dado el caso- no fueran los homies de la Fulton los únicos muertos de la jornada.

***

Del excampeón mundial de Kick Boxing, William “Blinky” Rodríguez, y de su socio, Big D, hablaremos luego. Por lo pronto basta decir que estos dos amigos de infancia renacidos en el cristianismo se habían embarcado en una cruzada por conseguir lo que parecía una simple tontería de fanáticos religiosos: un acuerdo de paz entre todas las pandillas del Valle de San Fernando.

El asunto se vuelve más terrenal al decir que ambos tenían permiso para ondear el estandarte de la Mafia. Los Señores habían dado el visto bueno a este par de cruzados y eso les garantizaba, como mínimo, la atención de los líderes de todas las pandillas.

El día de Halloween de 1993, los dos mediadores consiguieron reunir por primera vez a decenas de pandillas en el parque Pacoima, en uno de los distritos del Valle de San Fernando, sin que hubiera ningún incidente violento entre ellas. Les hablaron de Dios y les invitaron a acercarse a dirimir sus conflictos hablando… y ocurrió. La prensa californiana miró aquello con una ceja arqueada: ante sus cámaras estaba ocurriendo lo que parecía imposible. A partir de ese día, aquellas reuniones tuvieron lugar cada domingo. Como era de esperar, la Mara Salvatrucha fue de las últimas en ser invitada.

Satán sabía lo que estaba ocurriendo y sabía también que la invitación no tardaría en llegarle:

“Llegaron a buscarme. Me llamó la atención y les dije que sí. No a hacer paz, pero que íbamos a ir, porque si no íbamos iban a decir que nos estábamos acobardando. Les dije que llegaría el siguiente domingo, pero me dijeron que esperara para que ellos prepararan el terreno. Dijeron que iban a preparar a los demás para la llegada de la Mara. Tiramos un meeting y les dije a los homeboys: ‘parece que los Señores están arriba de esto, pero lleven el armamento necesario porque vamos a ver a nuestro enemigo cara a cara, vamos a entrar como una liebre a una jaula de leones’. Fuimos los últimos en llegar al parque de Pacoima. Entramos unos 30 y se quedaron unos 10 afuera, armados. Ellos ya sabían lo que tenían que hacer si algo pasaba. Ahí entramos diciendo: salimos o no salimos.

“Había reporteros, el parque estaba lleno de pandillas, se levantaron todos. Algunos comenzaron a buscar bronca, pero no pasó nada. Cuando los reporteros se enteraron de que era la Mara la que estaba llegando corrieron a buscarnos, pero los homeboys los mandaron al carajo, no los dejaron entrevistarlos ni tomarles fotos. A mí uno de los organizadores me llegó a decir que si me quitaba el gorro, por respeto.”

Para dejar claro con quién estaban hablando, Satán se había vestido para la ocasión: llevaba sus holgados atuendos de cholo y la cabeza tocada con un gorro en el que se leía: “Fuck everybody”, que en en una muy libre traducción al español vendría siendo como un “váyanse todos a la mierda”. El palabrero de la Fulton entró en aquel parque con talante buscapleitos. El excampeón de kickboxing, Blinky Rodríguez, temió que aquel gorro terminara en una batalla campal y le pidió a Satán, con las mejores maneras que supo, que se lo quitara por respeto a sus enemigos. Satán accedió sin darle mucha importancia. Aquel fue el primer gesto de paz de la Mara Salvatrucha.

Los últimos migrantes

Hay quien cree que la Mara Salvatrucha nació en la calle 13 del Suroeste de Los Ángeles. El presidente de la República de El Salvador, Mauricio Funes, ha llegado a decirlo en público sin ruborizarse. El problema es que esa calle no existe. Su lugar en esta ciudad de avenidas con estrellas y calles plagadas de pandillas lo ocupa el pulcro Boulevard Pico, muestrario de comercios latinos y paralelo con la calle 12, que corre al Norte hacia el ahora revalorizado Downtown, y a la 14, que aparece y desaparece en los mapas una cuadra al Sur.

Hay también quien piensa que la Mara Salvatrucha brotó de una escisión en la Eighteen Street Gang. Y sí, esas cosas ocurren en el mundo de enormes promesas de gloria callejera y frágiles lealtades en que habitan las pandillas: la misma Eighteen Street, la Pandilla 18, nació a finales de los años 40 como una fractura de la veterana Clanton 14, que desde la década de 1920 callejea por la ciudad y es probablemente la pandilla latina de mayor antigüedad de las que aún existen en California.

Pero no, la MS no nació de la 18. El 13 es en realidad un apellido que indica pleitesía a una fuerza criminal mayor, a los Señores, a la Mafia Mexicana, que reina en el Sur de California. Y la MS tardaría algunos años en necesitar, desear y merecer esa amistad y esos números.

A finales de los 70 en Los Ángeles la Mara Salvatrucha era solo una panda de adolescentes desarrapados y aficionados al heavy metal. Se hacían llamar “stoners” en traducción del término “roquero” y por influencia de los Rolling Stones, como muchos otros grupos de jóvenes -los Mid City Stoners, los The Hole Stoners…- que por esos días consumían rock y marihuana en las esquinas y parques de sus barrios.

Ninguno de los miembros de la Mara Salvatrucha Stoners pasaba de los 18 años. La mayoría había llegado a Estados Unidos hacía poco, con sus padres que huían de la pobreza en El Salvador. Eran los últimos migrantes en arribar y ninguno podía decir todavía que fuera territorio suyo ni un solo pedazo de asfalto en aquella ciudad compleja plagada de afroamericanos, mexicanos o coreanos.

Aun así, hablar hoy de stoners en la Mara Salvatrucha es invocar lo puro, lo radical, lo auténtico. En la Mara, que tiene la memoria borrosa de las tradiciones orales, se suele decir que ya no queda vivo ninguno de aquellos pioneros, pero aún hay pandilleros que aseguran con aparente desinterés haber entrado al juego en aquellos días, conscientes de la herencia de prestigio que eso deja. Los pasados borrosos abundan en la constante guerra por el respeto que se libra en las pandillas.

La policía de Los Ángeles tiene memoria de la existencia de grupos de la Mara Salvatrucha Stoners en 1975. Investigadores como Tom Ward, de la Universidad de California, han constatado la fundación de pequeñas clicas o núcleos de stoners de la MS en 1978.

No hay certeza de cuál fue su primer asentamiento, pero algunos veteranos salvatruchos angelinos cuentan que a finales de los 70 una docena de stoners comenzaron a reunirse habitualmente en el Seven Eleven que aún existe en el cruce de Westmoreland Avenue y James M. Wood Street. Esa, la Seven Eleven, fue probablemente la primera clica de la Mara Salvatrucha. Todavía hay, en Los Ángeles y en El Salvador, pandilleros que se brincaron años después y pertenecen a ella.

Los salvatruchos se sentían malvados. Vestían jeans ajustados y rotos a la altura de las rodillas, camisas negras con portadas de discos de ACDC, Led Zeppelin o Kiss, y largas melenas que gritaban rebeldía. Se involucraban en peleas con grupos similares, robaban caseteras de carro y se hacían respetar en escuelas como la Berendo Middle School, a cuatro cuadras del cruce entre Normandie Avenue y Pico Boulevard. Algunos incluso presumían de ser satánicos mientras cantaban Hell Bent for Leather, de Judas Priest. Pero apenas tenían más horizonte y ambición que sentirse fuertes e ir juntos al próximo concierto y levantar el puño simulando con los dedos un par de cuernos. De momento.

Miembros de la clica Western Locos de la Mara Salvatrucha Stoners a mediados de los 80 en Los Ángeles. Uno de ellos, el Puppet, regresó años después a El Salvador y vivió en la colonia Amatepec de San Salvador, donde murió asesinado.

Miembros de la clica Western Locos de la Mara Salvatrucha Stoners a mediados de los 80 en Los Ángeles. Uno de ellos, el Puppet, regresó años después a El Salvador y vivió en la colonia Amatepec de San Salvador, donde murió asesinado.

***

En la primavera de 1984 la cercanía de la inauguración de los Juegos Olímpicos hizo que la alcaldía de Los Ángeles decidiera barrer de sus calles todo aquello, y a todos aquellos, que pudieran ensuciar la fotografía de lo que debía ser una demostración de la superioridad deportiva y social de occidente sobre el enemigo soviético.

En plena Guerra Fría, cuatro años después del boicot estadounidense a los Juegos de Moscú, Ronald Reagan quería que los de Los Ángeles no solo pasaran a la historia como los primeros Juegos rentables y organizados por una corporación privada, sino como un escaparate de la armonía social prometida por la receta única del modelo capitalista.

En un planeta atenazado por la amenaza nuclear, Los Ángeles debía ser una ciudad segura. Y esa seguridad pasaba por limpiar de pandillas el Centro-Sur y el Oeste de la ciudad, aunque fuera por unas semanas. Las calles se militarizaron. Hubo redadas y planificadas detenciones masivas. Los sospechosos habituales fueron encarcelados. Los cabecillas de las principales pandillas latinas, negras y asiáticas de la ciudad estaban entre ellos.

La Chele ya era por esos días miembro de la Mara Salvatrucha y vestía como una stoner. Aunque nació en El Salvador, se crió en Los Ángeles. A los 8 años soportó burlas de otras niñas porque, aunque hablaba mejor inglés que castellano, no sabía jugar a las Cuatro Esquinas, un típico juego infantil estadounidense. A los 11 una amiga de la escuela trató de convencerla de que se uniera al Barrio 18 y no quiso. Cuando tenía 13 años, harta de soportar golpes y sentirse acorralada por las pandillas chicanas de su instituto, se unió a la Mara.

─Para los Juegos Olímpicos de 1984 los policías levantaron a los cholos pesados de las pandillas grandes, y el vacío ayudó a asentarse a la Mara. -dice.
─¿Por qué solo a la Mara?
─No, no solo a la Mara. En todo Los Ángeles el número de pandillas aumentó, y sus membresías crecieron.

Descabezadas, muchas clicas de pandillas angelinas pasaron durante los años 84 y 85 por violentas batallas internas para redefinir liderazgos. La Mara, ajena todavía a la luchas intestinas por un poder que no tenía, se dedicó únicamente a crecer por la vía de cautivar a los cada vez más y más adolescentes salvadoreños que llegaban a Los Ángeles con sus familias, huyendo de la guerra civil; y a ganar territorio peleándolo con los puños o con cuchillos.

─Sam, el águila, la mascota de aquellos Juegos, fue el culpable de lo que la Mara es hoy -dice la Chele. Y se ríe.

Los detalles de cómo la Mara fue arrebatando terreno a las pandillas chicanas dependen de quién relate la historia. Pandilleros de Los Ángeles cuentan hoy lo que quieren recordar o lo que oyeron de sus homeboys más veteranos: que armados de juventud y furia guanaca arrebataron ferozmente las esquinas y las calles a hombres menos locos, menos tenaces o simplemente menos hombres.

Pero hay versiones menos épicas. Un veterano de la pandilla Playboys cuenta, por ejemplo, que en los primeros años 80 el Flaco, palabrero de la clica Playboys Normandie Locos, que controlaba el cruce entre Normandie Avenue y la 8th street, recibió una grave herida de bala en la espalda y tuvo que someterse a varias operaciones. Cuando al cabo de algunos meses el Flaco salió del hospital, atado para siempre a una silla de ruedas, algunos de sus homeboys se habían dispersado por la ciudad y su clica estaba deshecha. La Mara Salvatrucha, antes sometida, huesped en territorio Playboys, heredó ese cruce de calles sin dueño e hizo suyo el nombre de la desaparecida clica de los Playboys para alumbrar una de sus clicas más poderosas: la Normandie Locos Salvatrucha.

Fueron meses de crecimiento y de cambios frenéticos para la Salvatrucha. Quienes se integraron a la Mara en la segunda mitad de los 80 cuentan que la mayoría de las pandillas chicanas no aceptaba a aquel grupo de recién llegados y los condenó a un constante acoso, a una evidente enemistad. Como si pensaran que discriminar al recién llegado, al nuevo migrante, otorgara al victimario un carné de no-migrante. Como si uno tuviera que discriminar como un estadounidense para ser estadounidense.

Los mareros eran ridiculizados en las cárceles y en las calles por utilizar palabras como cipote, cerote, vergo y mara, que los chicanos consideraban vulgares. Pero esa reivindicación de origen, de carácter, los fue consolidando. Solos, se unieron más. Golpeados, se fortalecieron. La Mara Salvatrucha no gustaba pero cada vez pasaba menos desapercibida. Pronto se ganó fama de brutal. Mientras otros grupos peleaban con cadenas y cuchillos, la MS comenzó a utilizar cumas; antiguos miembros de la Playboys dicen haber conocido a mareros que caminaban armados con hachas.

A medida que algunos de sus miembros eran detenidos por pequeños delitos y enviados a las prisiones juveniles, su identidad metalera fue quedando en un segundo plano y su carácter de pandilla callejera cobrando forma. Con las melenas afeitadas a la fuerza nada más ingresar al penal, aislados de sus compañeros en las calles e indefensos frente a grupos enemigos más numerosos en los patios , los salvatruchos fueron aprendiendo los códigos carcelarios del Sur de California y se vieron en la necesidad de asumir la estética de los cholos para tratar de diluirse en el grupo.

Si la calle fue en los primeros años de la Salvatrucha un espacio relativamente libre en el que abrirse camino, la cárcel se convirtió en el verdadero espacio de socializac ión para esos nuevos migrantes. Como una procesadora de carne que te convierte en lo que el sistema te dice que eres, la cárcel acabó de educar en la lógica pandilleril de Los Ángeles a los miembros de la Mara.

Si el sistema te dice que eres como los demás, un pandillero latino, tú lo asumes y te vistes como lo que te han convencido que eres: un pandillero latino.

Para 1985 la mayoría de clicas de la MS habían dejado atrás la estética, la identidad y el apellido stoner y en los años siguientes se fueron integrando en la rutina de la venta de drogas a pequeña escala, o extorsionaban a los dealers de su zona. Dominar la calle no tenía sentido si no se podía obtener beneficio económico por ello. Competir con otras pandillas era querer ganar en todas las categorías: presencia, control, violencia… dinero. La Chele recuerda cómo los homies que salían de la cárcel iban aleccionando a los nuevos en las artes de la intimidación y el poder, aprendidas en largas conversaciones de celda. Ella misma, a la salida de una breve estancia en un penal, se encargó de poner orden en su clica, que según ella perdía dinero porque solo cobraba el impuesto a los vendedores de droga una vez a la semana.

─El homie que había estado encargado me dijo: “¿Como venís de la pinta creés que podés mejorar la teoria?”, y yo le dije: “Simón, la renta se cobra cada dia, y además los traqueteros te miran a leguas llegar con esa troca roja tuya, se te esconden y por eso no apañas nada.”
─¿Explicaron las nuevas reglas a los dealers?
─Ellos ya sabían cómo era la onda. Pero se les dejó decidir: si querían vender droga en territorio de la pandilla debían pagar renta, o se podían ir a otro territorio. Siempre tiene que haber más de una opcion; sin eso el ser humano no dispone de, digamos, voluntad. Y la voluntad es lo que realmente nos separa de las bestias.
─¿No hubo quién se resistió a pagar a diario?
─Siempre lo hay, pero cuando alguien abre un negocio sin registrarse en el Ministerio de Hacienda tarde o temprano llega alguien a pedirle el tributo. Hubo que dar algún castigo ejemplar, claro, de la misma manera que un padrote cachetea una prostituta para dar un ejemplo o que una monja en un orfanato golpea las manos de un huerfano con la biblia… Creeme, todo en las pandillas es un reflejo de la sociedad.
─¿La mara mató a alguien para dar ejemplo?
─Eso te lo puede contestar mejor la Policía… La violencia es mala para el negocio, pero nadie dijo que estos locos tenían un MBA (Master in Business Administration).

La Mara había conservado el símbolo de los cuernos metaleros, al que ahora los salvatruchos llaman “la garra”, pero sin tiempo apenas para disfrutar su adolescencia era ya una pandilla adulta. Tenía al menos 12 clicas en el Centro-Oeste de Los Ángeles, entre las que destacaban la Normandie, la Hollywood, la Leeward y la Western.

Había cultivado en el vecino Valle de San Fernando una clica más, especialmente díscola y desafiante, la Fulton, que rápidamente creció y se ganó respeto entre sus iguales. Esa clica que algunos años después iba a liderar Ernesto Deras, Satán.

La Salvatrucha tenía ya incluso un primer mártir, asesinado ese mismo año, 1985, en el parqueo posterior del Seven Eleven de la James M. Wood Street. En ese mundo, matarte es de alguna manera aceptarte, dejar claro que se te considera parte del juego de la guerra por las esquinas. El apodo del primer MS muerto en las guerras entre pandillas, un apodo todavía stoner, era Black Sabath.

Miembros de la pandilla Playboys de Los Ángeles. Durante los años 80, las pandillas sureñas más antiguas solían usar vestimenta de “pachuco” en las noches de fiesta. Abajo a la derecha aparece El Flaco, antiguo palabrero de la clica Normandie Locos.

Miembros de la pandilla Playboys de Los Ángeles. Durante los años 80, las pandillas sureñas más antiguas solían usar vestimenta de “pachuco” en las noches de fiesta. Abajo a la derecha aparece El Flaco, antiguo palabrero de la clica Normandie Locos.

Un paseo por gangland

El edificio Curacao no va a aparecer nunca en un atlas de arquitectura. Al menos en ninguno sobre obras bonitas, o construidas para adornar nada. Es un monstruo gordo de cemento y vidrios oscurecidos, con el mismo encanto de un general golpista parado en medio del distrito de Pico Union, en la frontera sureña del West Side de Los Ángeles.

La única virtud de esa mole –al menos si uno no tiene que pasar en ella ocho horas diarias- es la fragancia única que despide la sucursal de Pollo Campero que perfuma los primeros pisos. Esta cadena guatemalteca de pollo frito se ha convertido en el centro de las nostalgias estomacales de los salvadoreños y quizá ese perfume, que recuerda a la tierra dejada, pueda darle a este edificio duro algún ligero baño de ternura.

El Downtown angelino no consigue sacudirse aún la mala fama que le dejaron las décadas de los años 80 y 90. En aquel tiempo se le presuponía un lugar lleno de chusma, de malolientes mendigos negros que arrastraban carretas de supermercado llenas de basuras acaso más malolientes que ellos mismos; de hordas de enloquecidos latinos matándose entre sí por cualquier esquina mugrosa; de lugar de despacho de drogas, de robos, de balaceras. En otras palabras, los gringos lo presuponían un lugar lleno de migrantes ilegales. Y tenían razón.

Con la llegada de nuevas oleadas migratorias, los barrios poblados de indocumentados fueron corriéndose hacia las periferias del Downtown, arrastrando con ellos el sonido molesto que hacen los marginados al llegar. Uno de esos lugares es el distrito de Pico Union, epicentro de la migración salvadoreña de aquellas décadas. Ahí está ahora la torre Curacao perfumada de Pollo Campero.

En el séptimo piso de ese lugar, en medio de un pasillo en el que las apretujadas oficinas comparten un baño, está la sede de Homies Unidos, que preside un salvadoreño pequeño y de barriga pronunciada llamado Alex Sánchez.

Una hoja de vida no oficial de Alex Sánchez diría algo así: llegó a Estados Unidos a los siete años huyendo de la guerra civil. Siendo muy joven ingresó a la Mara Salvatrucha y asegura que tiene el abolengo de haber sido stoner. Fue deportado a El Salvador en 1994. Volvió a entrar ilegal a los Estados Unidos un año después para fundar la organización de prevención y reinserción juvenil que aún dirige.

Homies Unidos goza en Los Ángeles de alta credibilidad, algo que en los últimos años ha perdido su homóloga salvadoreña.

En 2002 Alex Sánchez consiguió convencer a un jurado de estadounidenses de que en El Salvador su vida corría peligro debido a su pasado pandilleril y se convirtió en uno de los pocos casos en los que ese gobierno concede asilo humanitario. En 2009 una embestida del FBI en contra de la MS se lo llevó entre las patas: fue sacado de su casa y acusado de llevar una doble vida, como activista por la rehabilitación de pandilleros y como líder de la Mara. Junto a otras 24 personas fue acusado de una larguísima lista de crímenes, entre ellos el de asesinar y el de conspirar para asesinar. Estuvo dos años en la cárcel y tras un masivo movimiento civil en su favor fue puesto en libertad con la condición de que no abandone el estado de California, de que no beba alcohol y de que no tenga ninguna relación –eso incluye hablar- con miembros de la Mara Salvatrucha. Hasta la fecha, el caso sigue vivo en las cortes de California y su juicio está programado para 2013.

Habrá que decir que no encontramos a nadie en Los Ángeles, luego de hablar con funcionarios públicos, pandilleros activos y retirados, investigadores académicos y expertos, que creyera que Alex Sánchez es culpable de esos cargos. Él dice al que quiera oírlo que ha sido víctima de un complot tramado por policías vengativos.

En resumen, la vida de Alex Sánchez ha estado cruzada, como una cicatriz en la cara, por las pandillas; y cuando le pedimos que nos explicara algo importante sobre ese mundo nos dijo lo siguiente:

─El de las pandillas es un juego en el que, desde el momento en que te brincas, autorizas al enemigo a matarte en el momento en que te vea, por el solo hecho de ser de la pandilla que eres. En realidad, ser pandillero es, esencialmente, autodestructivo. Es solo una forma de suicidio.

Alex dejó la pandilla hace 10 años. En sus propias palabras dejó de suicidarse cada día hace 10 años.

─¿Por qué crees que las pandillas latinas se matan entre sí? Mira el rostro de un mexicano, de un salvadoreño, de un hondureño, un guatemalteco. ¿Qué ves? El mismo color de piel, y restos de los mismos rasgos aztecas, mayas. Y no ves a las pandillas latinas matando a blancos, ni peleando por el territorio de las pandillas afroamericanas, aunque sean enemigas.
─¿Qué quieres decir?
─Que la violencia de las pandillas nace de no querer ser quien eres. Es una lucha contra uno mismo, contra el espejo.

***

En los años 80, el mejor espejo de la Mara Salvatrucha era la veterana pandilla 18, que ya tenía 30 años de vida. Mientras otras pandillas de raigambre chicana rechazaban a los migrantes no mexicanos, o incluso se negaban a recibir a los nacidos en México, decididos a enarbolar únicamente la bandera chicana, la Eighteen Street se definió por ser una pandilla abierta a migrantes latinos de origen diverso, lo que le permitió convertirse rápidamente en una de las mayores pandillas de Los Ángeles. Todavía hoy, entre sus miembros, se usa el término “la grandota” para referirse a la 18.

La coincidencia geográfica de ciertas clicas de ambas pandillas, cierta visión paternalista de la 18 hacia los recién llegados, y la fuerte presencia de salvadoreños entre sus filas, facilitaron la afinidad entre la 18 y la Mara Salvatrucha. Las dos pandillas caminaban juntas. Miembros de una y otra acudían a las mismas fiestas y peleaban juntos frente a enemigos comunes.

Algunos dieciocheros con sangre salvadoreña admiraban, en secreto, la identidad de la Salvatrucha, que se negaba a ser igual que el resto. Si cuando llegué hubiera existido una pandilla salvadoreña como la MS, pensaban, yo ahorita no sería 18.

Muchos, para entrar en pandillas como la Playboys, habían ocultado y siguieron ocultando durante años que eran de San Julián, Chinameca o Santa Rosa de Lima. Otros, incluso en la plural pandilla18, habían borrado su acento para no ser menos, para ser uno más. Los salvatruchos no se obligaban a sí mismos a hablar como chicanos ni renunciaban a su origen: lo llevaban en el nombre de su pandilla.

Una antigua pandillera de la 18 recuerda que en los primeros 80 coincidía habitualmente en fiestas con los miembros de la MS y les ordenaba en son de broma que se cortaran el pelo, que vistieran mejor, que dejaran atrás su apariencia de vagos con pantalones rotos.

─Les decía que olían mal, y a alguno que me trató de conquistar le dije que ni se le ocurriera que iba a amarrar con uno de ellos. -dice- Pero éramos aliados. Y aunque se prohibía a las chicas de la 18 andar con chavos de otros barrios, varias homegirls mías acabaron de novias con homies de la MS.

Las barreras entre ambas pandillas eran tan porosas como la piel humana. Incluso ahora que la frontera entre la MS y la 18 tiene como centinela a la muerte, hay casos de dieciocheros que forman familia con chicas tatuadas con la M y la S, y viceversa. En aquellos días el cruce de miradas era normal. El lazo de afectos, tolerado.

Clicas de ambas pandillas llegaron a compartir territorio. Los MS de la Leeward y los dieciocheros de Shatto Park llegaron incluso a rifar barrio juntos, haciendo con la mano un gesto que unía en una sola seña la E de la Eighteen Street, la 18, y los cuernos de la joven MS. La Salvatrucha y el Barrio 18 juntos en una sola mano y unidos en el gesto por el que en una pandilla se grita, se mata o se puede morir.

Si alguna vez la Mara Salvatrucha tuvo un hermano en Los Ángeles se llamó Barrio 18. Tal vez por eso allí las dos pandillas colocan hoy su enemistad por encima de las que mantienen con el resto de grupos callejeros. El odio es siempre más profundo cuando se ha querido, cuando se ha estado cerca, cuando el sentimiento de traición esconde un dolor más íntimo: la vergüenza de haber confiado.

***

Alex Sánchez aprendió las reglas del odio primigenio por las malas y siendo un niño recién llegado a una jungla donde las normas ya estaban puestas: si tu acento y tus palabras suenan raras serás el bufón, a menos que tengás los huevos de marcar una raya a fuerza de puños.

A los ocho años propinó su primera paliza a un chicanito que le rompió un avión de papel. Fue suspendido de la escuela, pero su padre tenía dos trabajos y su madre estaba empleada en una fábrica a tiempo completo. De todos modos ninguno hablaba inglés, así que cuando llegó la notificación escolar, él mismo la firmó y asunto arreglado.

Los años le fueron borrando el acento salvadoreño y aprendió a desaparecer, a mimetizarse, a sentir vergüenza por el lastre heredado de sus padres: ese acento de mierda, esas palabras ridículas, ese país que era solo una sombra borrosa que no dejaba de perseguirlo. Con el tiempo descubrió que no era el único salvadoreño que iba por la vida disfrazado de chicano, que había otros muchachos que incluso habían conseguido colarse en algunas de las pocas pandillas que permitían el ingreso a personas de dudosa procedencia, como la Eighteen Street, o la Playboys.

Hasta que conoció al Cuyo.

Alex tenía 14 años cuando el Cuyo le presentó a la Mara Salvatrucha, una agrupación de adolescentes a la que la palabra pandilla aún le quedaba grande, como cuando los niños juegan a ponerse las corbatas y los zapatos de los adultos. Pero aquel grupo de jóvenes tuvo para Alex Sánchez un brillo genuino, abrazador: hablaban como lo que eran, un puñado de chavitos salvadoreños plantando cara a un mundo de chicanos y ganándose el derecho a estar ahí sin esconderse de nadie y levantando bandera. Claro que se sumó. Al poco tiempo él mismo se había embarcado en levantar las primeras clicas infantiles con estudiantes de la Berendo Middle School, cercada por las calles Berendo y Catalina. Fue parte de la clica Catalinos Locos, que luego, al descubrirse en conflictos abiertos con otras pandillas, tuvo que diluirse en una más grande, la Normandie, donde había muchachos un par de años mayores que él.

─Alex, ¿cómo comenzó entonces la guerra contra la pandilla 18?
─Esas primeras clicas de la MS se estaban defendiendo contra las otras pandillas que estaban en el área, sin embargo con la 18 siempre hubo una amistad, porque la pandilla 18 ya existía, y para muchos antes que la MS existiera, la 18 era la única pandilla que aceptaba inmigrantes centroamericanos. Entonces ya había pandilleros salvadoreños adentro de esa pandilla, y se mantuvo una relación con la 18 por muchos años. A veces los problemas suceden porque los muchachos acá se empiezan a pelear y ya van los malos acuerdos, los malos entendidos y de una pelea se llega a una enemistad y termina alguien muerto y empieza todo.
─Pero ¿cómo comenzó la guerra?
─Con la 18 se mantuvo una relación íntima.
─¿Íntima?
─O sea que la 18 y la MS tenían muchos enemigos y amigos comunes, con algunas excepciones como por ejemplo la pandilla Easy Riders, que siempre mantuvieron una relación buena con la MS pero no se llevaban con los 18. Pero en general la MS y la 18 nos defendíamos juntos en todo lugar. También a veces en las cárceles nos defendíamos entre todos contra otras pandillas. Pero el problema fue que había una clica de la MS que se llamaba King Boulevard Locos y ahí fue cuando hubo una pelea.
─¿Qué? ¿Llegó un 18 a matarlos?
─No… O sea, no, porque se llevaban… pero hubo una pelea parece que por una jovencita, y entonces el muchacho que perdió la pelea, de la 18, parece que no quedó satisfecho…
─¿Eso fue en la calle?
─Fue en un callejón, ahí donde se juntaban los MS entre King Boulevard y la Normandie.
─ (Tomando nota en la libreta) En-tr-e Ki-ng Bo-u-le-vard y la Nor-man-die.
─Mirá, si querés nos vamos a verlo.

***

Salimos del edificio Curacao en el Mazda compacto recién alquilado, con Alex Sánchez como copiloto, por el West Olimpic Boulevard, que conecta el Downtown con el West Side. Avanzamos hasta la calle Alvarado y doblamos a la izquierda. Pasamos el cruce con el Boulevard Pico, legendario en la nomenclatura pandilleril. Justo en la intersección de ambas calles hay un restaurante muy bien montado, que a simple vista parece una sucursal de cualquier cadena gringa de comida rápida y que en grandes letras rojas tiene escrito: “pupusería”.

Seguimos recto por la calle Alvarado, hasta que se convierte en Hoover, que corre paralela a la calle Bonnie Brea; atravesamos el Boulevard Venice –en la intersección hay otra ostentosa pupusería-, hasta cruzar a la derecha en el ancho Boulevard Washington. Durante todo el recorrido los rótulos son en español y mientras se van sucediendo las “lavanderías”, “taquerías” y ventas de autos –no cars, no vehicles- Alex Sánchez va pronunciando, como en una lotería, los nombres de las pandillas que reclaman cada cuadra: “Drifters”, “Playboys”, “Mid City”, “Harpies”, “Easy Riders”…

En el ecosistema angelino las pandillas tienen más de una preocupación. Generalmente sus territorios son estrechos, apenas divididos por callejuelas delgadas o, con suerte, por boulevares o avenidas que permiten mayor certeza acerca de quién controla cada acera. Algunas veces, dos pandillas vecinas se ven obligadas a rotular la misma esquina y a poner flechas en direcciones opuestas para que haya alguna seña que clarifique las fronteras. Otras veces –las más- simplemente viven en pleitos potencialmente mortales con sus vecinos más próximos. No siempre la 18 es la principal preocupación de la MS y viceversa. Se pelea con el que se tiene a la mano.

Los orígenes de este abanico de pandillas son muy variados: las hay que fueron un club de carros, o equipos de fútbol americano barriales, o no tan barriales, o agrupaciones de grafiteros… Actualmente se calcula que hay en Los Ángeles aproximadamente 400 pandillas latinas. Más de 700 en el Sur de California. Por no contar las pandillas negras, asiáticas, caucásicas…

Avanzamos sobre el Boulevard Washington, y aparece en paralelo, de forma intermitente, la calle 18. Un semáforo nos obliga a detenernos al lado del inmenso Angelous Rosadale Cementery. Ahí están sepultados cuatro hermanos amigos de nuestro guía. Los cuatro eran Easy Riders. Los cuatro murieron en las guerras pandilleriles de antaño. Un rótulo azul anuncia, justo después del cementerio, que esa calle ancha que atraviesa el Boulevard Washington es la avenida Normandie. Estamos entrando en territorio de la Mara Salvatrucha. Bajamos por la Normandie, que se introduce en una zona residencial de calles menos transitadas.

Durante los 80 y 90 aquí se libraron auténticas guerras. Las calles estaban rotuladas con la marca de sus dueños y los homeboys más jóvenes patrullaban las calles con armas de fuego, listos para defender el territorio que reclamaban. Los extraños eran de dos tipos: compradores de drogas o enemigos. En ambos casos había que estar listos para dar la respuesta adecuada.

Todo ese panorama cambió con las leyes conocidas como gang injunction, que aun hoy prohíben que tres o más pandilleros fichados por la policía como miembros de una organización delictiva estén juntos en la vía pública, so pena de ser arrestados y de pagar una multa de mil dólares. Sumado, siempre, el riesgo de ser deportados. Desde finales de los 80 y, sobre todo, durante la segunda mitad de los 90, las gang injunction hicieron a las pandillas cambiar de hábitos.

Ahora las calles del suroeste de Los Ángeles lucen como las de cualquier vecindario pacífico, donde los residentes pasean diminutos perros y las ancianas conversan en las aceras. De tanto en tanto, tatuadas en un árbol, o tímidas, sobre el propio suelo, se leen las iniciales de alguna clica. No hay pandilleros en las esquinas. Sin embargo, ojos desconfiados observan desde los balcones de los edificios.

El recorrido por este paisaje de calles con nombre de clica está por terminar. Dejamos la Normandie para entrar en el boulevard Martin Luther King Jr, donde Alex Sánchez nos da instrucciones de detenernos para entrar en un estrecho callejón, en el que el pequeño Mazda cabe justo. Es difícil en Los Ángeles encontrar una callejuela de tierra como esta. Sobre el piso se acumulan los charcos lodosos y a los lados crecen matorrales sin dueño al pie de cercas de madera. Unos mendigos negros han construido una champa de plástico al lado de la pared en la que alguna vez estuvo escrito “Rest in peace Shaggy”. Aquí fue donde todo comenzó.

Mural de la clica Leeward Locos de la Mara Salvatrucha situado en la parte trasera de Leward Avenue de Los Ángeles, entre las calles Westmoreland y Hoover. Fotografía tomada en la segunda mitad de los años ochenta.

Mural de la clica Leeward Locos de la Mara Salvatrucha situado en la parte trasera de Leward Avenue de Los Ángeles, entre las calles Westmoreland y Hoover. Fotografía tomada en la segunda mitad de los años ochenta.

La venganza del Shaggy

El cruce de Normandie Avenue con Martin Luther King Jr. Boulevard es territorio de la clica Western Locos de la Mara Salvatrucha. Y el largo callejón que se esconde a pocos metros, paralelo a la King Jr. y a Browning Boulevard, era en los 80 un lugar habitual de reunión para la MS. Todas las casas de la cuadra tienen todavía hoy dos pisos con ventanas de madera, una cochera y un pequeño jardín con puerta trasera al callejón. Dicen que la fiesta, aquella noche a finales de 1989, fue en una de esas casas.

En reuniones como aquella, pandilleros de la Salvatrucha y de diversas clicas de la 18 solían compartir cerveza y licor mientras en la atmósfera flotaba el olor alegre de la marihuana. La gente entraba y salía, y siempre había alguien nuevo a quien conocer en aquella telaraña de relaciones que era la estructura de clicas a lo largo y ancho de todo Los Ángeles. En la calle y en las casa de los vecinos resonaba con descaro la música a todo volumen: rock y hip-hop del momento, intercalado con algunos oldies de James & Bobby Purify, o de Mary Wells. Los dieciocheros insistían en pedir música de los 60, en llevar ellos trajes amplios de pachuco y sombrero, en hacerse ellas altísimos peinados. Vestir como pandilleros old school era una suerte de reivindicación de su historia, porque la tenían.

La Salvatrucha estaba apenas empezando a escribir la suya y solo respiraba el momento presente.

Nadie parece recordar el nombre de la chica por la que inició la discusión, pero la mayoría de versiones coinciden en que aquella noche la fiesta se rompió en una pelea entre el Shaggy, de la Western, y un dieciochero que acabó yendo por una subametralladora UZI y resolvió la disputa en el callejón, a balazos. Así lo cuentan, sin más. Como si las muertes nacieran de la nada, la memoria ha reducido aquel episodio trascendental a la imagen de un arma siendo disparada. Como si aquel estallido no necesitara explicación porque se diera por sobreentendido que la fiesta estaba bañada en pólvora. Dicen que el cuerpo del Shaggy quedó tendido sobre el suelo de tierra de ese callejón, en el que hoy duermen los vagabundos.

Pero ni siquiera eso es seguro. La génesis de la religión del odio es confusa.

El investigador estadounidense Tom Ward, que desde hace 20 años pregunta a pandilleros de los dos bandos cómo comenzó su guerra, ha recogido otros testimonios que hablan de un drive by, un ametrallamiento desde un carro en movimiento, en el que pandilleros de la MS quisieron matar a miembros de una pandilla rival, los Harpies, y por error alcanzaron a un dieciochero que se encontraba con ellos. Según esta versión, el Barrio 18 pidió a la MS una compensación económica por la muerte de su homeboy, un gesto habitual entre pandillas para demostrar arrepentimiento o pedir perdón. Pero la Mara no quiso pagar. Lo consideró una humillación y reclamó a la 18 por permitir que sus miembros se reunieran con los Harpies, enemigos de sus amigos.

Nadie cuenta, en ninguna de las versiones, quién apretó aquel primer gatillo. El nombre de quien desencadenó la guerra entre la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 ha desaparecido hasta de los rumores.

***

Alex Sánchez cuenta que la noche que mataron al Shaggy él estaba con amigos en su cancha, cerca de la esquina de Normandie con la 8th, cuando llegó alguien a darle la noticia. “Ya se reventó”, le dijeron.

No le extrañó. En los últimos años los roces con la 18 se habían ido haciendo más y más habituales. Por disputa de negocios, por enemistades personales, porque la calle engendra odios. Pero por encima de todo, la lenta pero constante migración hacia las filas de la Salvatrucha de dieciocheros salvadoreños ansiosos por dejar de fingir que eran chicanos, que se toleró en un principio, se había tornado cada vez más incómoda para los líderes del Barrio 18, inquietos por ver crecer a su hermano pequeño e indignados porque lo hiciera a costa de ellos, robándoles.

─Sentían que la Mara Salvatrucha les estaba faltando al respeto. -dice Alex Sánchez.

Y en el mundo de las pandillas cuando desaparece el respeto no queda nada que preservar y se esfuma la hermandad. Roto ese himen simbólico, en las pandillas solo queda el diálogo escueto y brutal de la violencia.

La noche que mataron al Shaggy, según cuenta Alex Sánchez, hubo quien propuso de inmediato buscar una solución pactada, tratar de ahogar el eco de las balas ya disparadas, antes de que se confundiera con el sonido de las balas de respuesta.

─Dijimos que había que hablar de lo que había pasado, tratar de ver una solución. No se podía empezar una guerra así con esta gente porque… porque no.
─¿Por la amistad? ¿Para que la Mara no sumara un nuevo enemigo?
─No me crean, pero en la Normandie éramos diferentes, porque en la zona de la Normandie estaban todavía los Playboys y mi clica en esos años todavía se llevaba muy bien con los Playboys, aunque eran enemigos de la 18. A nosotros de cierta manera no nos caían muy bien los 18. Pero otras clicas estaban bien atadas a ellos, y esa era la relación que se tenía que mantener.
─¿Y qué hicieron para solucionarlo?
─Nada. Se iba a tratar pero no dio tiempo. Los muchachos de la Western y los amigos íntimos de Shaggy no dieron oportunidad, y al amanecer ya había como cuatro muertos.

Engrasar la maquinaria de la venganza después de aquello fue fácil. El Barrio 18 y la Mara Salvatrucha eran tan cercanas que cada pandilla conocía los escondites de la otra y dónde vivían sus miembros. En los años que siguieron, cuando a un enemigo se le encendía una luz verde, una condena de muerte, siempre había alguien que sabía dónde encontrarlo. Y los nombres de los muertos nuevos fueron haciendo olvidar a aquellos primeros.

─A los pandilleros no les importa la historia. Si les importara, estarían estudiando historia en la escuela. -dice Alex Sánchez.- Yo conocí al Shaggy. Cuando lo mataron tenía más o menos mi edad, 17 años. Solía verlo pasar la tarde en un Taco Bell cerca de aquel callejón, junto a su novia. Pero ahora casi nadie en la Mara se acuerda de él. Viene la gente, se va… y solo quedan leyendas.

***

─¿De verdad crees que todo esto empezó solo por una mujer?

Sentada en la terraza de un bar en San Salvador, con su segunda cerveza delante, la Chele lanza una mirada de cansancio y repite lo que nos ha dicho ya otras veces: que la gente inventa historias, que agarra los hechos y les pone orejas y rabo, que en este mundo de las pandillas los homies hablan como si lo supieran todo pero casi nadie sabe de verdad qué o quién pasó por la historia de la Mara. La Chele suele presumir de feminista y ha apuntado con una pistola a la cabeza de hombres que la quisieron mirar de menos, pero repite que la guerra entre la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 empezó por algo más importante que el cariño de una chica.

─Pues eso dicen: que esa noche comenzó el pleito y que a la mañana siguiente ya había cuatro muertos. -le insistimos.
─Pues sí, pero la cosa no pasó de un día para otro. Venía de antes. La onda es que por esos días tres salvadoreños de la 18 se habían brincado a la Mara, pero por decirlo de algún modo no se habían salido de la 18 primero. Y dos de esos se habían brincado a la clica Western Locos.
─¿Y estaban en esa fiesta?
─Parece que sí. La cosa es que en esa fiesta se discutió por eso, y ahí viene lo de la UZI. Al Shaggy las balas le volaron una mano y lo mataron. Pero no fue planeado. Y el siguiente muerto no fue esa noche. Fue días después, esa misma semana.
─¿Quién fue?
─El Funny, de la 18. El Funny pasaba por el territorio de la Normandie sin saber nada de lo que había ocurrido, y los homies de la Mara lo llamaron. En una casa lo tuvieron horas haciéndole de todo, hasta que lo mataron.
─¿Para vengar al Shaggy?
─Sí. Iban uno a uno. Ahora se ha perdido la cuenta. Pero no fue por una mujer.

Una mujer es, en la pandilla, un ser insignificante. Hay veteranas pandilleras en Los Ángeles que dicen que a ellas, en su barrio, se les ha respetado, que han sido un igual, que su barrio es diferente a los otros, pero en la mayoría de pandillas latinas de Los Ángeles y especialmente en sus ramificaciones centroamericanas, hoy una mujer es un ser insignificante que no vale nada.

En Los Ángeles, desde hace años, clicas de la Mara Salvatrucha como la Fulton -la clica de Satán- no brincan a mujeres y las condenan a caminar a su lado con un rango menor al del pandillero. Temen que sean más propensas a delatar a sus homies o que causen conflictos internos. La pandilla 18, en El Salvador, tampoco acepta ya a mujeres en sus filas. La mujer da apoyo logístico, colabora en los negocios, es concubina de uno o de varios pandilleros, pero no tiene voto ni voz, ni merece la venganza que el honor exige cuando el enemigo mata a un homeboy. La mujer es prescindible.

Hay aguerridas excepciones. Como la misma Chele, que en Los Ángeles acumuló y conserva respeto. O como La Reina, una agresiva líder de la Mara Salvatrucha en Honduras a la que pandilleros en varios países atribuyen el control de buena parte del negocio de la droga y las armas en San Pedro Sula. Mujeres con más hombría que sus propios hombres. Eso: excepciones.

Por eso resulta extraño, retorcido casi, que pandilleros de los dos bandos enemigos aseguren, tanto en Los Ángeles como en Centroamérica, que el odio entre la Mara Salvatrucha y la pandilla 18 se originó en una pelea por una chica.

─El tema de fondo es que ellos no querían que los salvadoreños de la 18 se hicieran de la Mara. -insiste la Chele.- Querían que estuviéramos siempre a la sombra del grupo hispano más dominante.
─…
─¿De verdad crees que por un pleito por una mujer alguien iba a torturar a un hombre durante horas? ¿Que por una mujer le iban a introducir a un infeliz un palo de escoba por el ano, como le hicieron al Funny? No, hombre… fue algo más importante.

***

No cambia nada saber si alguna vez existió esa Helena de Troya de los callejones de Los Ángeles por la que dicen que se desató la guerra entre la MS y la 18. No importa si tuvo un nombre y se ha olvidado. Hay pandilleros que aseguran incluso que el Shaggy no fue el primer muerto de la guerra, que poco antes la 18 había matado a otro homie de la MS apodado el Boxer. No importa. Veintitrés años después de la fiesta en el callejón de King Jr., el rencor entre la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 no depende ya de a quién recuerdes.

Especialmente en Centroamérica, adonde ambas pandillas bajaron a comienzos de los 90 ya odiándose, ha habido tantos muertos, tantas decenas de miles de muertos, que cada pandillero tiene su propia razón para vengar. También se han deformado las dimensiones y límites de lo que se considera respeto.

Un antiguo pandillero del Barrio 18 cuenta que en la cárcel salvadoreña de Mariona, en 1995, hubo cursos de informática para presos que tuvieron que suspenderse porque sus antiguos homeboys de la 18 se negaban a usar computadoras cuyo sistema operativo era MS DOS. No es broma. Y las hebras envenenadas del conflicto son cada vez más imprevisibles y voraces. Una mala mirada puede importar lo suficiente como para matar, y una vida lo bastante poco como para canjearla por una palabra inoportuna.

Un veterano miembro de la MS en El Salvador, con más de 15 años en la pandilla, recuerda haber estado a finales de 2011 tomando con otros homies cuando uno más se incorporó al grupo. Le ofrecieron algo de beber y lo rechazó, con esta frase: “No, no quiero beber, ayer me puse una gran peda”. La reacción de la mayoría del grupo fue violenta, radical. Uno le dijo: “¿Cómo que una gran peda? Aquí uno se pone pedo, no peda. Solo los chavalas (los miembros de la pandilla 18) se ponen peda”.

─Y lo picaron, lo mataron. -dice con cierta repugnancia. Hace una década él pensaba que formaba parte de una fraternidad unida en una tradición y unos enemigos comunes. Pero uno de sus homeboys dijo una palabra en femenino y sus hermanos de clica, sus compañeros, lo condenaron por traición y lo mataron a puñaladas. Le repugna. Pero no revela asombro. En las pandillas salvadoreñas que alguien muera en nombre de un odio difuso, sin origen, no genera asombro.

***

Alejandro Alvardo tiene 38 años y fue pandillero de la 18. Aunque es guatemalteco lleva tanta vida en Los Ángeles que le cuesta hablar español. Hace años que está calmado, alejado de las armas y las calles, y trabaja en Homies Unidos, como Alex Sánchez, tratando de que otros pandilleros se calmen también. De eso habla mientras come sin ganas un sandwich en la planta baja del edificio Curacao: de la forma de romper el círculo de violencia en el que te mete la pandilla.

Le comentamos que en El Salvador la Mara Salvatrucha y la 18 acordaron el pasado marzo una tregua, que aseguran que ya no se van a matar entre ellos y han logrado una reducción drástica, casi increíble, de las cifras de homicidios. No parece sorprendido. A Alejandro Alvardo, que habla despacio y mira como si hubiera regresado hace solo unos minutos de un viaje de vida agotador, parece que nada de lo que le digamos o mostremos lo puede sorprender ya.

─Pues sí, se puede llegar a un acuerdo, pero también se necesita que haya más gente, porque ¿de qué sirven las paces si no hay recursos, si no hay alternativas? ¿Me entendés?
─Claro.
─Aquí también hubo un tiempo, por el año 93, en el que trataron de hacer paces, y no andar, you know, no andar balaceándose y todo eso. Funcionó por un rato. Pero comenzó a venir la función más antigua, la que dice que no puede ser así, porque somos enemigos y siempre va a haber algo muy adentro que no va a permitir que eso siga. Es como si esas paces fueran un refugio, como si tú pusieras vasos de agua en el desierto, ¿me entendés? Pero si alguien viene y quita esos vasos, como tu vida depende de tomar agua vas a regresar a lo mismo, porque la pandilla viene siendo como el agua para darte vida.
─¿Esa paz ya se rompió?
─Sí, ya se rompió. Sí.
─¿Por qué?
─Pues porque siempre hay alguien que va a comenzar algo. Porque en las pandillas no quiere decir que porque una persona cambie todos tienen que cambiar. Yo paré de tomar hace 12 años. No tomo, no fumo, y fumaba toda mi vida. Dos policías mataron a mi hermano y a mi primo, y yo no pienso ahora que todos los policías son malos, fíjate. O sea, yo soy un testimonio que una persona puede cambiar hasta esos extremos. Pero cada persona tiene su punto, cada persona tiene, you know, su check point para saber que hasta acá llegó.
─¿Entonces nadie te puede ordenar que te calmes?
─¿Y cómo? ¿Cómo si vienes herido, te han violado, te han maltratado, te han dañado físicamente y mentalmente? ¿Cómo vas a aceptar todo eso? ¿Me entiendes? Es como que le digas al borracho “ya no puedes tomar”. ¡Tu madre! Va a seguir tomando. Va a encontrar la manera de tomar, ¿tú me entendés?

Capítulo II. La letra 13.

El zumbido del helicóptero es una bendición. Si hubiera silencio la espera entre cada serie de golpes sería más estremecedora y los impactos parecerían más brutales todavía. Si hubiera silencio, el espectador lo llenaría imaginando el sonido de la porra al chocar con las rodillas, el torso y los brazos de ese hombre negro que rueda por el suelo lentamente mientras tres policías le vapulean. Uno de ellos abre las piernas como un bateador de beisbol para bajar su centro de gravedad y apalear con más fuerza y control. Un porrazo, otro, otro; una pausa; y de nuevo a la carga con una sucesión de tres golpes más en las piernas de ese saco de carne que se trata de incorporar desorientado; y otra pausa para respirar, y siete golpes más.

En las imágenes de televisión se pueden contar un total de 56 golpes. Si en la grabación no estuviera ese helicóptero para llenar el silencio con su atronador zumbido, uno imaginaría incluso el rechinar de los huesos a punto de romperse.

***

El video de la paliza a Rodney King dio la vuelta al mundo en 1991. Los bastonazos a aquel hombre negro de 25 años, un ex convicto por robo que esa noche de marzo se había negado a detener su carro pese a las órdenes de la policía, porque estaba bebido y temía regresar a prisión, fueron grabados por un videoaficionado y aparecieron en noticieros en los cinco continentes.

De inmediato se convirtieron en un símbolo de la brutalidad y el racismo de la policía de Los Ángeles, que desde la exitosa limpieza de calles del 84 había gozado de protección política para golpear o disparar con casi total impunidad. En el lugar de los hechos había quince agentes de uniforme que no movieron un dedo para detener la descarga de bastonazos, que duró más de diez minutos. Solo cuatro policías, los que usaron la porra y su sargento inmediato, fueron a juicio.

La sentencia para ellos se conoció un año y dos meses después, la tarde del 29 de abril de 1992: inocentes. Un jurado en el que diez de los doce integrantes eran blancos consideró que el video no era prueba suficiente de abuso de fuerza y desestimó los cargos.

En las calles de Los Ángeles, especialmente en los suburbios de Central South y South West, la noticia fue una inyección de furia. Primero fueron pequeños grupos de vecinos negros que gritaban en alguna esquina; después, descontrolados que apedreaban vidrieras e insultaban a los conductores blancos que atravesaban sus barrios. Al cabo de pocas horas el Suroeste de la ciudad ardía, literalmente. En los tres días que siguieron, la Policía tuvo que retirarse de barrios enteros y se generalizaron los saqueos y la violencia callejera. Gasolineras, comercios, edificios enteros fueron pasto de las llamas. Los bomberos registraron durante los disturbios un total de 7,000 incendios en todo el condado de Los Ángeles.

En medio del caos, la misma tarde del veredicto un helicóptero de un canal de televisión se encargó de responder a las imágenes de la paliza a King con una metáfora gráfica del ojo por ojo: los estadounidenses pudieron ver en directo, desde sus casas, cómo en el cruce de Florence Avenue y Normandie Avenue seis hombres negros detenían a pedradas un camión cargado de arena y sacaban de él a la fuerza al conductor, un hombre blanco llamado Reginald Denny. Lo tumbaron y se turnaron para molerlo a patadas, le golpearon en la cabeza con un martillo y, cuando ya estaba inconsciente, uno de los atacantes le aplastó el cráneo con un ladrillo de hormigón. Después de hacerlo, comenzó a danzar alrededor del cuerpo de Denny, que milagrosamente sobrevivió a las heridas.

Al macabro bailarín no le importaba ese detalle. Era un profesional de la violencia. Vestía una enorme camiseta blanca, pantalones anchos y un pañuelo azul en la frente. Era miembro de la pandilla Eight Tray Gangster Crips, una de las muchas bandas afiliadas a la gran federación Crips en Los Ángeles.

Mientras las autoridades desplegaban a la Guardia Nacional y convertían su sorpresa en un plan de reacción a los disturbios, los tres días consecutivos de estallido racial se convirtieron en el parapeto perfecto para quienes, en Los Ángeles, ya vivían al margen de la ley. No solo las principales pandillas negras -Crips y Bloods- se hicieron dueñas absolutas de sus territorios y se unieron para atacar a grupos de otras etnias; pandilleros latinos y blancos de toda la ciudad encabezaron acciones de pillaje y aprovecharon para saldar cuentas pendientes con bandas enemigas sin la incómoda presencia de la Policía. Cuando el día 2 de mayo el Ejército logró recuperar el control de las calles, ya se habían cometido 53 homicidios. Un tercio de las víctimas eran latinos.

También fueron latinos la mitad de los detenidos durante los disturbios. Uno de ellos, capturado por participar en uno de los miles de saqueos de esos días, era el pandillero fibroso y de mirada fría que dirigía la Fulton, la clica de la Mara Salvatrucha en el Valle de San Fernando. Su nombre era Ernesto y su apodo Satán.

***

Frosty y Silent, miembros de la pandilla Playboys de Los Ángeles mostrando armas de fuego. La imagen fue tomada entre los anos de 1993 y 1995.

Frosty y Silent, miembros de la pandilla Playboys de Los Ángeles mostrando armas de fuego. La imagen fue tomada entre los anos de 1993 y 1995.

Era la primera vez que iba a la cárcel, pero Satán sabía lo que le esperaba allí. Y sabía quiénes le esperaban.

Desde hacía algunos años, la Mara Salvatrucha vestía en su nombre un número que entre las pandillas del Sur de California lo significa casi todo: el 13. Muchas otras pandillas de Los Ángeles y sus alrededores, incluso algunas de las más antiguas -Florencia 13, Artesia 13, Norwalk 13- cierran hoy su nombre con esas cifras, que simbolizan la decimotercera letra del abecedario castellano: la M. Se trata de una cifra de lealtad. Y de sometimiento.

A finales de los años 50, en el correccional juvenil Deuel, en Tracy, muy cerca de San Francisco, una docena de adolescentes de diferentes pandillas, chicanos la mayoría, decidieron crear lo que concebían como una pandilla de pandillas, una banda integrada por los delincuentes juveniles de peor reputación y destinada a controlar por la fuerza ese y cualquier reclusorio al que los enviaran. Aunque todos eran menores de edad y muchos habían sido condenados solo por pequeños delitos, se bautizaron a sí mismos, con ambición desmedida, la Mafia Mexicana.

Pronto sus expedientes judiciales estuvieron plagados de asesinatos cometidos en cada cárcel a la que fueron destinados. Para inicios de los años 70 la fama, la brutalidad y el control de la organización se había extendido ya a todo el sistema penitenciario de California. Aunque apenas tenía una treintena de integrantes provenientes de distintas pandillas latinas del Sur de California, la Mafia Mexicana reinaba en los patios carcelarios y atemorizaba desde allí a casi todos los pandilleros latinos del Estado, que se sabían predestinados a pasar en algún momento por sus dominios amurallados.

Era como si en la cárcel te esperara el juicio final y la Mafia Mexicana se hubiera apropiado de las llaves del infierno. Para nombrarla y conjurar su influencia, en los ambientes pandilleriles comenzó a bastar con mencionar su inicial, la M, o la eMe.

Las cárceles californianas son además, desde hace casi un siglo, un hervidero de odios raciales en los que las pandillas encontraron la extensión de su guerras callejeras. Para gozar de la protección de la Mafia Mexicana ante las poderosas pandillas negras, por ejemplo, las pandillas latinas del Sur de California comenzaron paulatinamente a identificarse como Sureñas, a incorporar a su identidad el número 13 y a pagar tributo a los Señores. La cárcel manda en la calle porque la calle teme a la cárcel. También la Eighteen Street, el Barrio 18, es una pandilla 13, aunque por tener ya otro número no lo exhiba en su nombre.

Diferentes clicas de la Mara Salvatrucha comenzaron a considerarse a sí mismas sureñas y a rendir lealtad y tributo a la eMe desde mediados de los 80, a medida que sus líderes iban cayendo en manos de la ley y pasando por los penales juveniles, del condado o estatales. Los primeros en entrar a los dominios de la eMe sufrieron las violentas consecuencias de la indefensión, pero para finales de la década toda la pandilla había entendido que necesitaba el blindaje del 13.

En palabras de la Chele, que vivió la convulsión de aquellos años en la Mara, “fue como un proceso de difusión de innovaciones. Nadie dio una orden, ni hubo un meeting general para acordarlo. Simplemente, en unos pocos años, las clicas fuimos incorporando el 13 y haciéndonos todos sureños.”

En 1992 la Fulton ya era sureña y Satán sabía que en la cárcel lo esperaban los Señores. Como palabrero de su clica, era de hecho el encargado de recoger cada mes el dinero que se iba a tributar a la eMe, salido de los negocios de extorsión o venta de droga de los miembros de la clica, y de entregarlo en un meeting general de la Mara a la persona encargada de hacer llegar a la Mafia Mexicana el pago de toda la pandilla. Mes a mes, sin falta, como un diezmo que se entrega mirada al suelo. La violencia es solo uno de los dos idiomas de la pandilla, el que los extraños escuchamos más fuerte. El otro es el dinero.

Pero Satán también sabía que, pese a ser sureño, era un mal momento para entrar en el territorio de la eMe.

La teoría dice que iba a tener garantizada su seguridad física entre los muros porque, bajo la autoridad de la eMe, en la cárcel rige una tregua entre todas las pandillas sureñas, incluso entre aquellas que en la calle son enemigas. En las cárceles californianas, bajo la mirada paternal y estricta de la Mafia Mexicana, miembros de la Mara Salvatrucha y del Barrio 18, por ejemplo, comparten celdas y patios sin problemas. Es lo que se conoce como correr El Sur.

Pero El Sur tiene excepciones. La Mafia Mexicana protege pero también castiga. Y la MS-13, a principios de las 90, era sometida a continuos castigos por contravenir alguna orden, por atrasarse en un pago, por matar a quien no se debía o en el lugar que no se debía. La luz verde que autoriza u ordena a los sureños castigar en nombre de la Mafia Mexicana se encendía a menudo, en aquellos años, contra la díscola MS-13. Unas veces contra una clica en específico; otras, para la Mara Salvatrucha al completo.

Cuando Satán entró a la cárcel por primera vez, la Mara tenía encendida una de esas luces verdes que en las calles te buscan para golpearte o matarte y que con suerte puedes esquivar, pero que en la cárcel te alumbran con toda su fuerza, sin escapatoria. Ya en la estación de policía otros pandilleros detenidos, de otras pandillas sureñas, le habían dado una primera golpiza. El primer mensaje de parte de la eMe. Cuando llegó a la cárcel del condado la cosa fue peor.

“En esas luces verdes no es que te digan ‘ok, ya te dimos, te dejamos con los brazos quebrados y ya estuvo’. Si te madreaban, los guardias te sacaban de la celda y te ponían en otra, pero en esa también te tocaba. Así hasta que te mandaban al hospital. Llegó un momento en que a todos los homeboys de la Mara los ponían en una sola celda; pero a todos ibas a verlos con los ojos morados, con las manos quebradas…”

Él solamente tuvo que aguantar dos meses esa rutina de castigo. A principios de julio, un oportunísimo sarampión le regaló pasar en el hospital el tercer mes de condena mientras sus homeboys seguían recibiendo golpizas todos los días en la cárcel del condado.

Tres meses después, el 7 de octubre, un partido de fútbol iba a complicar aún más las cosas para los miembros de la Mara. El Salvador jugó un partido amistoso contra México en el Coliseo de Los Ángeles, el orgulloso estadio donde en el 84 Reagan había inaugurado los Juegos Olímpicos. Tres meses antes, el 26 de julio, en otro amistoso en el estadio Cuscatlán de San Salvador, los mexicanos ya se habían impuesto por 2 a 1, y en este juego volvió a ganar “El Tri”: 2 a 0. Pero lo más importante no fue el resultado ni ocurrió en la cancha. Durante el partido, en las gradas, ante las omnipresentes cámaras de televisión, un hincha salvadoreño quemó una bandera de México. Ese hombre con 15 minutos de fama era un homeboy de la MS-13 y se apodaba Ardilla.

A la Mara le salió cara la fama del Ardilla. La eMe, que presume de pureza azteca -se dice que desde los años 60 solo admite entre sus miembros a pandilleros de sangre mexicana-, se sintió directamente ofendida por ese gesto y respondió encolerizada. Desde la cárcel de máxima seguridad de Pelican Bay, donde la mayoría de los Señores cumplen pena, encerrados 23 horas al día en pequeñas celdas de aislamiento, se enviaron órdenes inapelables: la Mafia Mexicana ponía luz verde a todos los salvadoreños del Sur de California. No solo a los miembros de la Mara Salvatrucha, sino a todos los salvadoreños de la región. Aunque solo durara unos meses, la quema de esa bandera provocó la mayor luz verde que se haya puesto nunca en California.

“Nos ponían luces verdes por tonteras para que todos los sureños se fueran contra nosotros, pero fueron formando un monstruo. Ahora ya no tan fácil nos ponen luces verdes, porque ahora somos fuerza, fuerza para los mismos Señores, pero saben que si esa fuerza se les rebela automáticamente pierden fuerza, y la Mara Salvatrucha ya es muy reconocida.”

A Satán y a otros miembros de la MS-13 en Los Ángeles les gusta decir hoy que aquella época, aquella constante sucesión de luces verdes, los hizo más fuertes.

Stranger, pandillero de la clica Adams Locos, frente a un mural de la MS-13 situado en los alrededores de la calle Norton de Los Ángeles. La Adams se fundó a principios de los años 90. Fue una de las últimas clicas de la Mara Salvatrucha surgidas en Los Á

Stranger, pandillero de la clica Adams Locos, frente a un mural de la MS-13 situado en los alrededores de la calle Norton de Los Ángeles. La Adams se fundó a principios de los años 90. Fue una de las últimas clicas de la Mara Salvatrucha surgidas en Los Á

***

Una mañana de 1988 al ex campeón de kickboxing William “Blinky” Rodríguez lo despertó una llamada inesperada. Era Danilo García. Big D, como lo conocía todo el mundo, era un veterano miembro de la Mafia Mexicana -hay quien lo nombra incluso como uno de los fundadores de la eMe- que había pasado la mayoría de los últimos 31 años entre rejas. Hacía solo unos meses que había salido de la cárcel del condado de Los Ángeles.

Blinky le conocía bien. Aunque Big D era 13 años mayor, ambos habían crecido en el Valle de San Fernando y alguna vez habían coincidido en fiestas y bares. Se habían seguido la pista mutuamente. Blinky cuenta que en los años 70 tuvo un sueño en el que aparecía Big D. Un sueño en el que el mafioso se convertía al cristianismo y se unía a él en una especie de cruzada evangelizadora. Unos meses después le contó su sueño a Big D, que se encontraba en las calles con libertad condicional. El mafioso se limitó a mirar con desconfianza al ex campeón. Blinky se conformó con un silencio como respuesta. Probablemente agradeció que Big D no lo mandara matar.

Pasó más de una década antes de que uno volviera a saber del otro. Por eso aquella madrugada de 1988 a Blinky Rodríguez le costó reconocer la voz al otro lado del teléfono.

─Soy Dano… This is the Big D, man!
─Hey, Big D… What happens? -alcanzó a preguntar, todavía adormecido.

Desde el otro lado del teléfono, exaltado, eufórico, el mafioso le respondió:

─Jesus Christ happens!

***

─¿El de la silla del centro es (Augusto) Pinochet?
─¡Sí! Se llamaba Pinochet Ugarte. Aquí estamos en el palacio de Pinochet en Chile. Benny, Fumio Demura y yo. ¡Era el campeonato mundial de Karate, man, y recorrimos todo el país haciendo exhibiciones!

El recorte de periódico de El Mercurio está bien conservado para ser de 1982. En la fotografía en blanco y negro aparece el sonriente dictador chileno, vestido de civil y con las gafas oscuras bajo las que solía esconder sus ojos pequeños y mortecinos. Está en un salón del palacio de La Moneda, sentado junto a tres hombres corpulentos enfundados en trajes y corbata. El titular de la nota los llama “los karatecas invencibles”, y el pie detalla: “El presidente de la república de Chile Augusto Pinochet recibió a los campeones de karate Blinky Rodríguez, Fumio Demura y Benny Urquides”.

La fotografía ha salido de una carpeta atestada de otros recortes, de carteles, de revistas enteras en las que Blinky es portada o se hace referencia a su carrera como karateka y como experto en artes marciales mixtas. Es evidente que en los años 70 y 80 William “Blinky” Rodríguez fue una celebridad.

Tenía un estilo de pelea desgarbado, bravucón, poco técnico, pero en aquellos tiempos en los que las disciplinas de lucha y las reglas oficiales de las artes marciales se confundían entre sí y variaban de una pelea a otra en plena fiebre de innovación y mestizaje, se hizo un nombre. Junto con su cuñado, Benny “The Jet” Urquídez, para algunos el mayor campeón de artes marciales mixtas de todos los tiempos, Blinky recorrió medio planeta para participar en exhibiciones y combates. Holanda, Japón, Brasil…

Las paredes de su despacho en la sucursal de Communities in Schools para el Valle de San Fernando, la ong especializada en prevención e intervención en pandillas que él mismo abrió en 1995 en los suburbios de Los Ángeles, están plagadas de recuerdos de aquellos buenos tiempos. “Tenía más pelo”, bromea a sus 58 años, con la cabeza completamente afeitada.

Las fotos y los trofeos del despacho de Blinky no son solo adornos. Tienen algo de declaración de identidad. Los pandilleros que se calman, que dejan de delinquir y matar, que se alejan de su clica y de los negocios de su clica, los que lo logran, suelen mantener cierta apariencia de luchadores en letargo, capaces de subirse a la guerra cuando haga falta. Conservar la fiereza es como un salvoconducto. Blinky nunca fue pandillero pero conecta con esa filosofía. Es un luchador retirado que trabaja con expandilleros, con hombres que se ven a sí mismos como luchadores retirados.

También es un hombre religioso. Extremadamente religioso.

El 3 de febrero de 1990, alrededor de la 1 de la madrugada, pandilleros de la zona de Pacoima dispararon desde un vehículo en marcha al joven Bobby Rodríguez, de 16 años, y lo mataron de un tiro en el pecho. Bobby era mejor atleta que estudiante y solía vestir como un pandillero. Muchos en su escuela aseguraban que lo era, aunque no tenía antecedentes policiales. Era uno de los de hijos de Blinky.

La noticia de la muerte de Bobby no salió en los périódicos, pero sí fue noticia que Chuck Norris, compañero de entrenamiento de su padre en los años 80, cubriría parte de los gastos del sepelio. Al funeral llegaron excampeones de lucha, estrellas de cine y palabreros de varias pandillas del Valle de San Fernando, compañeros de instituto y de las andanzas callejeras del chico. Allí, frente al ataúd de su hijo, se acercaron a Blinky y le ofrecieron venganza. El luchador dice que se aferró a su fe para decidir qué pasos dar. Los frenó y les invitó a visitarlo unos días después en su casa. Para rezar.

Quién sabe si por compromiso o fascinados por aquel hombre corpulento que había logrado con sus puños prestigio y dinero, seis de aquellos pandilleros llegaron a la cita. Eran miembros de diferentes barrios, es decir, de diferentes pandillas. Fue la primera de muchas reuniones que se celebrarían en los meses siguientes, en las que Blinky predicaba pero tambien había tiempo para hablar de la vida en las calles y de los problemas de cada pandilla. Sin saberlo, Blinky se estaba empezando a convertir en un mediador. Actualmente, cuando habla de la muerte de su hijo, la llama “la semilla”.

***

Cuando sus reuniones con pandilleros comenzaron, Blinky Rodríguez llamó a Big D y le pidió ayuda. Tras su conversión religiosa, el mafioso había logrado algo que aún hoy parece imposible: retirarse de la Mafia Mexicana y seguir vivo. En honor a sus años entregados a la causa de la eMe, los Señores le habían dado el pase; es decir, le habían permitido alejarse sin rencores. Pese a ser ahora un predicador, Big D todavía atesoraba un enorme respeto en el mundo pandilleril del Sur de California.

Justo lo que Blinky necesitaba. El exluchador sabía que para seguir su labor no bastaría con rezar más intensamente. No podía dar pasos más ambiciosos sin tener al lado a alguien que hablara a los pandilleros en su mismo idioma. Y lo más importante: sin alguien que explicara a la eMe que las intenciones de Blinky no eran perjudicarla. Las pandillas de Los Ángeles y sus alrededores son el agua en la que navegan los intereses económicos de la Mafia Mexicana. Cualquier viento que haga olas en ese mar atrae la mirada de los Señores.

Big D hizo consultas, logró avales y las reuniones se trasladaron de la casa de Blinky al Jet Center, el enorme gimnasio que el exluchador había montado a principios de los años 80 con su cuñado Benny “el Jet” Urquilla. El número de pandillas participantes creció. El impacto de lo que allí se hablaba tambien.

Blinky recuerda una vez que un chico, un pandillero de unos 25 años, llegó a una de las reuniones con hematomas en el rostro y golpes por todo el cuerpo. Decía que un grupo de pandilleros de otro barrio le había dado una paliza. Sus homies le acompañaban. Querían saber quiénes y por qué lo habían hecho. Hablaban fuerte. Querían justicia callejera. El sentimiento de irrespeto les causaba un hueco en el pecho y lo querían llenar con el dolor de alguien. De repente, desde el fondo del gimnasio, un pequeño pandillero se abrió paso entre el resto, avanzó y dijo: “Hey, no te brincaron, yo te hice eso”.

El culpable confeso medía menos de metro sesenta y aparentaba unos 16 años. Alegó que el otro pandillero le había faltado al respeto, que lo había insultado delante de su novia. “Yo solito te partí el queso”, dijo. Y dice Blinky que al otro se le vio en la cara que era verdad.

─Los de su barrio se lo llevaron. Pero si esa situación no se hubiera aclarado, ¡matazón! -dice Blinky- Por una mentira de alguien que no quería quedar como cobarde, man. Antes de que hiciéramos esas juntas, si algo pasaba, se montaban en un carro, iban y ¡pum!, pegaban a cualquier persona, porque no había comunicación. No me importa si hay celulares, si hay periódicos… ¡No hay comunicación! En las calles aún hoy se cae la casa sin que se comunique uno con el otro.

Durante dos años, el Jet Center fue el epicentro de la vida pandilleril del Valle de San Fernando, un enjambre de distritos residenciales y suburbios en el que habitan más de un millón 800 mil personas. Cada domingo, Blinky y Big D resolvían conflictos puntuales y sermoneaban a los pandilleros: “Mirá, no es lo que estás haciendo al resto, sino lo que te estás haciendo a ti mismo. Tienes a tu propia madre secuestrada, man. Tu madre y la de tus homeboys se tienen que esconder detrás de las cortinas y vuestras hermanas no pueden salir a jugar a la calle, man.” Acuñaron un lema: “No mothers crying no babies dying”. Ni madres llorando ni hijos muriendo.

Lograron que las pandillas del valle alcanzaran un acuerdo de no agresión entre ellas. Una tregua.

Desde 1992 parecía haberse desatado una epidemia de treguas entre pandillas callejeras en el Sur de California. Después de los disturbios por el caso Rodney King, las dos grandes agrupaciones de pandillas negras del Estado, Crips y Bloods, habían abierto un proceso de diálogo y logrado que muchas de sus pandillas afiliadas cesaran los enfrentamientos entre ellas. Además, en parques de Los Ángeles y sus alrededores se venían celebrando también meetings esporádicos de pandillas latinas en los que importantes miembros de la Mafia Mexicana llamaban a la unidad de la raza y pedían paz entre los barrios Sureños. La eMe prohibió a las pandillas latinas hacer drive-by, es decir, disparos desde vehículos en movimiento, y atentar contra la familia de pandilleros enemigos. La policía desconfiaba y estaba desconcertada. Casi tanto como los palabreros de muchas de esas pandillas, que tras décadas de guerra entre ellas veían ahora a los Señores hablar de cesar el fuego, de darse mutuo respeto.

En el Valle de San Fernando, ya con una paz firmada, también las reuniones se trasladaron a un espacio abierto. El día de la noche de Halloween de 1993, el 31 de octubre, cerca de 300 pandilleros entre los que estaban los líderes de más de 70 pandillas diferentes del valle se reunieron por primera vez en Pacoima Park, ante los ojos de sus vecinos. Y ante los de la Policía, que no disolvió la reunión de ese día ni las siguientes, ni hizo detenciones pese a que estaban en vigor diversas gang injuction, las leyes antipandillas que prohibían la reunión en lugares públicos de tres o más pandilleros con ficha policial.

Blinky advirtió a las autoridades de lo que estaba haciendo y, con el apoyo de otras organizaciones como YMCA o iglesias de la zona, logró de los jefes policiales una promesa tácita de tolerancia.

En las siguientes semanas, en el parque de Pacoima se celebraron todos los domingos partidos de baloncesto, fútbol, béisbol y tacofútbol, una especie de fútbol americano sin protecciones al que en Estados Unidos se suele jugar en familia. Las diferentes pandillas formaban equipos y se enfrentaban. Sin armas. Sin golpes. Como si se hicieran realidad los spots televisivos de una asociación de boy scouts.

En esos torneos deportivos había representantes de todas las grandes pandillas del valle menos de la Mara Salvatrucha. El resto de barrios, todavía impregnados del racismo chicano, no la querían allí. Pero Blinky y Big D insistieron. Sabían que si la MS-13 no estaba en los meetings tampoco la alcanzaría la tregua, y una bala suya o para ellos acabaría por romper la paz del resto. Tardaron semanas en reblandecer a los palabreros de pandillas de la zona como Langdon Street, Dead End Boys o de la misma Eighteen Street Northside, la clica del Barrio 18 que opera en el Valle de San Fernando. Las pandillas sureñas sabían, además, que solo un año antes la eMe había prendido luces verdes contra todos los salvadoreños del condado de Los Ángeles. Se podría decir que odiar a la MS-13 estaba bien visto.

Al final prevaleció el argumento de la necesidad de unir a la raza latina y Big D habló con Satán, el palabrero de la Fulton. Le tendió la mano en nombre del resto de pandillas. Le aseguró que los meetings en Pacoima Park tenían el visto bueno de la eMe. Le convenció de que la tregua era buena para todos. Satán, receloso, accedió a consultar a sus homeboys. Llamó a un meeting de la clica y propuso ir a la reunión, unirse a la tregua. La primera respuesta que recibió fue desafiante: “Con otros barrios puede haber paz, pero nunca con los 18”. Le costó convencer a sus homeboys: Pactarían pero no se estaban rindiendo. No estaban renunciando a sus odios.

Acudieron. Llegaron armados y desafiantes. Mientras 10 de sus homies esperaban fuera listos para disparar, Satán entró sin pistola, acompañado de un pequeño grupo de salvatruchos. Llevaba un gorro con la leyenda “Fuck everybody” -”Jódanse todos”- que había elegido especialmente para la ocasión. Los organizadores le rogaron quitarse el gorro que llevaba porque insultaba a los otros pandilleros presentes y lo hizo. Avanzó por el pasillo que le abrían sus enemigos, devolviendo miradas y llegó al frente, dispuesto a escuchar. Satán sabía que ni siquiera a la batalladora Fulton le interesaba estar completamente sola y en guerra abierta con el resto de pandillas del valle.

“Hicimos la tregua. La cosa era algo así como: ‘Ok, si mis homeboys llegan a tu barrio y tú los llegas a golpear o algo por el estilo esto se va a terminar, automáticamente vamos a ir para atrás. Pero si tú miras a mis homeboys y le das el respeto les vamos a dar el respeto a tus homeboys también cuando los encontremosʼ. Porque la onda es que tampoco vas a dar respeto a uno que llega a tu territorio con la camisa abierta, mostrando tatuajes, todo felón. Si te dan respeto tú respetas. Así es la cosa.”

En aquel meeting en Pacoima Park alguien trató de reclamar a Satán por una pelea en la que un marero había participado días antes. El palabrero de la Fulton lo paró en seco. “Hablame de lo que suceda de hoy en adelante”.

Blinky asegura que después de esa reunión, durante un año entero, no hubo en el Valle de San Fernando ni un solo asesinato relacionado con pandillas. Pero eso no es del todo cierto.

La noche del 17 de septiembre de 1994 fue asesinado un joven de 25 años llamado Daniel Pineda. Regresaba a casa tras ver por televisión cómo Julio César Chávez derrotaba una vez más a Meldrick Taylor por el campeonato mundial de los superligeros, y se estacionó junto a un parque para tomar las últimas cervezas con sus amigos. Una pareja de pandilleros se acercó, le reconoció como un enemigo y lo acuchilló. Pineda, al que apodaban Droppy, trabajaba como pintor y era miembro activo de los San Fers, una pandilla del valle. Y era esposo de una sobrina de Blinky. Fue como si un guionista hollywoodense hubiera decidido cargar de ironía familiar la historia del fin de la tregua.

Blinky defiende que la de su sobrino fue la primera muerte en 11 meses desde la tregua de Pacoima Park, pero los registros policiales dicen que para entonces ya se habían cometido ese año, en el valle, nueve asesinatos relacionados con pandillas. Menos, en todo caso, que los 15 cometidos en el mismo periodo del año anterior.

La tregua había dado algunos frutos pero comenzaba a perder fuerza. A la reunión dominical de la semana siguiente solo llegaron representantes de 18 pandillas. Aunque Blinky y Big D siguieron celebrando encuentros en Pacoima Park hasta abril de 1995, sabían tan bien como los pandilleros del valle que el sueño se estaba desmoronando. Nadie lo dijo nunca abiertamente en un meeting, pero todos tenían señales de que la Mafia Mexicana, cansada de supervisar desde la lejanía, quería tomar control absoluto de sus asuntos en el Valle de San Fernando.

Disparos con silenciador

René “Boxer” Hénriquez, originalmente miembro de la pandilla Artesia-13 fue elegido para ser “carnal” de la Mafia Mexicana en los años 80. En su pecho luce el tatuaje de una mano negra reservado solo para los que alcanzan ese estatus.

René “Boxer” Hénriquez, originalmente miembro de la pandilla Artesia-13 fue elegido para ser “carnal” de la Mafia Mexicana en los años 80. En su pecho luce el tatuaje de una mano negra reservado solo para los que alcanzan ese estatus.

─Blinky, sabemos que en 1993, al mismo tiempo que ustedes estaban haciendo esto en el Valle de San Fernando, se estaban celebrando reuniones similares en la ciudad de Los Ángeles, reuniones que no coordinaban ustedes sino la eMe.
─Mira, yo tengo cuidado de no pronunciar ese nombre. No lo uso.

En California no se nombra a la eMe. Ni a sus soldados, elegidos de entre los miembros de las pandillas sureñas para que ejecuten órdenes y se manchen las manos matando por la Mafia. Ni a sus carnales, los verdaderos miembros de esta pandilla de pandillas, elegidos en secreto por el resto de carnales de entre los pandilleros más influyentes y de trayectoria más firme en el Sur del Estado. Al igual que sucede en muchas comunidades salvadoreñas, donde a los pandilleros de la Mara Salvatrucha o del Barrio 18 se les llama tímidamente “los muchachos”, para no incomodar, para no invocarlos con la palabra, en Los Ángeles a la Mafia Mexicana y sus hombres se les llama con respeto reverencial “los Señores”, o se elude directamente hablar de ellos.

─No lo usemos, ok.
─Había una diferencia. No quiero parecer un fanático religioso pero sí, soy un fanático. Por esto sigo aquí, en esta labor, 22 años después. Aquí sigo, en el filo de la navaja, todos los días. Mirá, yo no le digo a la gente todo lo que hacemos… -Blinky baja la voz, como diciendo un secreto- porque se celan. Es triste, man. Acá en Los Ángeles el gobierno quiere poner lo que hacemos en una cajita, con un lazo, y lo quiere vender… Porque en estos días este trabajo se ha vuelto bien sexy. Pero esto es una obra, man. Y requiere el sudor de la frente.
─¿Cuál es la diferencia con lo que pasaba en la ciudad de Los Ángeles?
─Lo de aquí (el Valle de San Fernando) para mí era un milagro. Suena sencillo, pero no lo es. Ellos sabían que a mí me mataron a mi hijo y que era un hombre íntegro. Y teníamos el apoyo de dos iglesias: una popular, de calle; y otra grande, la Church on The Way. Sin firmas, sin contratos… Lo que estaba pasando aquí tenía la mano de Dios.
─¿Y lo de Los Ángeles no?
─Allí era diferente programa.
─¿Y por qué terminaron las reuniones de Pacoima Park?
─Ya habían pasado tres años y para seguir adelante necesitábamos fondos. Y estaba el cansancio, man. No había instructores, no había trabajos que ofrecer a los vatos, no había dónde meter a esa juventud y a los adultos para ir a escuelas… Y estaba de por medio la política, porque ellos estaban viendo todo desde la cárcel. Ellos saben siempre más que la gente aquí fuera.

A Blinky le gusta dramatizar con el cuerpo y la voz cuando habla. Más que decir la última frase la ha susurrado. Pero cuesta no creerle. Es decir, uno considera la posibilidad de que parte de que lo que dice no sea cierto o incluya imprecisiones, pero cuesta imaginar que esté mintiendo, que no crea sus propias palabras. Habla de forma apasionada y en su español con acento estadounidense se confunden identidades y argots. “Vatos”, “madrecita”, “commodities”. Se recuesta en la silla y se coloca las manos tras la cabeza. A los 58 años es tan corpulento que sus brazos parecen demasiado cortos para haber sido los de un luchador. De repente se lanza de nuevo hacia adelante, para seguir hablando.

─Mirá, yo no soy tan pendejo como para no saber que estaban pasando otras cosas, pero esos no eran mis asuntos. Mi asunto era parar la violencia. Es como una batería: tiene un polo positivo y otro negativo… ¡pero produce energía, man! La cosa era cómo parar la violencia, cómo hacer que las madres del barrio pudieran dormir bien por la noche, por el barrio, por la raza latina. Cuando empezamos a ver elementos externos tratando de usar lo que nosotros estábamos haciendo dejamos de hacer las reuniones, pero seguimos haciendo el trabajo. Entonces fue que nos convertimos en una ong.
─En el 95.
─Es complicado, porque es gente a la que rechazan adonde vayan: “No valen nada”, “Ustedes son una bola de piratas de cualquier mar”, “Y sus padres igual”… Y está el interés económico: en este país hay muchos que quieren llenar las cárceles, porque las cárceles son privadas, y cobran 55 mil dólares al año por tener a alguien ahí. Ahora la cárcel está en el stock market y han hecho de las vidas un commodity.
─¿No exageras?
─Mira lo de Columbine… Dos chicos entran en el campus y pam, pam, pam… Cuando eso mismo pasa en el barrio, en los noticieros todo es “Mira a estos animales”, “Mira a estos hijos de todos sus… ¿Dónde están sus padres?”. Y por balacear a alguien en el brazo te dan de 25 años a cadena perpetua. Y mira Columbine: estos vatos lo planearon, bien planeado… Entraron en una escuela. Y mataron a gente. Y en la televisión todo era “¿Qué pasó con ellos?”. Y música bien blanda… “¿Por qué pasó esto? ¿Qué podríamos haber hecho nosotros por evitarlo?” Como con el otro que en Arizona atacó a una congresista: “Oh, What did We do wrong?”

***

Ernesto Deras tiene el semblante de los que se toman todas las cosas en serio. Aunque poco después del fin de las reuniones en Pacoima Park dejó de ser palabrero de la Fulton y un año después se calmó y dejó los negocios de la Mara Salvatrucha, todavía camina erguido, casi tenso, como si de sus tiempos del batallón Belloso le hubiera quedado el gesto, o como alguien cuya vida depende de no botar plante, de demostrar que todavía es un hombre firme.

En realidad, así es. Nos recibe en una sala de reuniones en las oficinas de Comunity in Schools, la ong que Blinky Rodríguez fundó cuando fracasó la tregua. Ernesto trabaja aquí desde 2005. Blinky volvió a convencerle. Su tarea es asesorar a jóvenes en riesgo e intervenir cuando hay actos de violencia en las calles, hablar con los palabreros para evitar venganzas, alimentar el diálogo ahora que no son tan habituales las reuniones en parques. Y para eso necesitas que los barrios sepan que tu nombre es Satán y te sigan teniendo respeto. El que fue su supervisor hasta hace unos meses sabía de eso: era Danilo García, Big D, que murió el pasado junio de cáncer.

Ernesto se sienta frente a la mesa y saluda. Es cordial, pero no ablanda la mirada. Clava los ojos en la grabadora aún apagada y nos aclara que ha tenido malas experiencias con periodistas antes. Que unos le han achacado crímenes de guerra y que otros han usado fuera de contexto sus palabras para justificar cosas que no son ciertas. Nos damos por enterados.

─Oíme, ¿por qué se jodió el acuerdo del Valle de San Fernando?

─Mirá, durante un año hubo tregua. Las cosas se dialogaban. Y todo funcionó bien durante un tiempo. Pero en el 94, poco a poco, Blinky y Dano (Big D) se salieron de ahí porque ya no querían meterse en política, por decirlo así. Ya esto no se estaba viendo bien y ellos retrocedieron. Y ya las únicas reglas que quedaron eran prohibir los drive-by y no hacer jales con jefitas (matar a las madres de los pandilleros). Pero la mayoría de cosas volvieron a ser como antes. Lo único es que ahora si querías matar a alguien tenías que bajarte del carro y después pegarle.

─Lo de los drive by fue una norma que impuso la eMe. ¿La tregua del Pacoima Park pudo hacerse sin el aval de la eMe?
─Es muy difícil, muy difícil. Para que llegue a suceder lo que sucedió en ese tiempo… Es muy difícil algo por el estilo a menos que ellos den una autorización, porque casi todas las pandillas tienen un respeto, un temor hacia esta gente, ¿me entiendes? No pueden hacer nada mientras no sea bajo la mano de ellos.

“Esta gente”. “Ellos”. De nuevo el temor a nombrar a la Mafia Mexicana. De nuevo la sensación de que en Los Ángeles todo el que tiene alguna relación con las pandillas se siente observado y amenazado desde la cárcel.

─Ernesto, ¿por qué se teme a la eMe?
─No es que se le tema… Es más como un respeto. Desde el momento en que quieres ser pandillero en el área de Los Ángeles automáticamente tienes que ser Sureño, llevar el trece. Y al hacerlo estás aceptando las reglas. Aceptas quién está encima de ti.
─Y aceptas que te enciendan luces verdes, como a la Mara Salvatrucha en los 90.
─En esos días, ya al ver lo de las luces verdes nosotros nos encendíamos y decíamos “que venga lo que venga”. Pero cuando se trata de cumplir reglas no se piensa en los homeboys que están afuera, sino en los que están adentro, porque digamos que hay unos cinco homeboys de la Mara en una prisión y unos 200 en contra suya, ¿qué vas a hacer? Hay que hacerle huevos acá afuera, por los homeboys que están torcidos.

***

A comienzos de los 90 la Mafia Mexicana era ya mucho más que una pandilla carcelaria. Desde sus celdas pero apoyados en los carnales que salían libres, los principales líderes de la organización extorsionaban a pequeños comerciantes de droga o ya administraban sus propios negocios de venta de crack y heroína.

Ademas, el tributo de las pandillas sureñas estaba prácticamente generalizado. Cada clica y cada pandilla aportaban según su tamaño y la importancia de sus negocios. Como en una espiral que asfixiaba cada vez más a las pandillas latinas, a medida que estas crecían y se involucraban en delitos más graves y lucrativos, más debían pagar y mayor era el poder de coacción que la eMe ejercía sobre ellas. Cuando te arriesgás a una condena de 20 años, tener aliados en la cárcel es mucho más necesario que cuando sos un ladronzuelo que solo teme pasar unos meses entre rejas.

Aun así, miembros retirados de la eMe han admitido durante los últimos años que a comienzos de 1992 la Mafia Mexicana quería consolidar de forma definitiva su control sobre las calles, y el rumbo lo iba a marcar uno de sus carnales: Peter Ojeda.

En enero de ese año Ojeda, al que todos conocían como Sana, convocó a todas las pandillas sureñas del condado de Orange, al sur del condado de Los Ángeles, a una reunión en el parque El Salvador, de la ciudad de Santa Ana. Una vez allí, ante cerca de 200 homeboys, se subió a lo alto de las gradas metálicas de la cancha de beisbol y les arengó en contra de los traficantes de drogas que hacían dinero en las esquinas y comercios del condado sin ser Sureños. Hay grabaciones de aquel encuentro, que lo muestran aquel día diciendo: “Este es su barrio. Ustedes mueren por su barrio. Y ellos deberían pagar por vender drogas en su barrio. Deberían pagar un impuesto”.

Ojeda se acababa de convertir en el primer líder de la Mafia Mexicana que ordenaba a las pandillas de su zona de influencia extorsionar a los comerciantes mexicanos de droga que operaban en territorio sureño.

Después, habló en defensa de la identidad latina frente a las pandillas negras del Sur de California, mostró un documento escrito y les anunció que desde aquel momento quedaban prohibidos los drive-by contra miembros de la raza. Quien rompiera esa regla sería castigado igual que un soplón o un violador.

A muchos de los palabreros presentes les costó entender lo que estaba diciendo aquel hombre de 49 años que vestía una camisa de cuadros tan grises como su cabello. Ojeda era un pandillero veterano, un viejo miembro de F-Troop, la pandilla más fuerte del condado, y tras pasar por penales míticos como San Quintín, Folsom o Pelican Bay, estaba de nuevo en la calle, desde donde controlaba negocios de venta de droga y alimentaba su adicción a la heroína. Todos le conocían. A él y a su reputación como uno de los primeros y más letales integrantes de la Mafia Mexicana. Pero lo que decía no acababa de tener sentido. Nunca hasta ese momento la eMe se había distinguido por ser especialmente pudorosa en las formas a la hora de matar.

Ojeda siguió celebrando reuniones similares durante los meses siguientes y fue doblegando cualquier resistencia a su mandato amenazando desde la cárcel con el puño de la eMe. Además, los disturbios por la sentencia del caso Rodney King fueron un chorro de gasolina sobre su encendido mensaje de reivindicación racial, que entre líneas era un llamado al combate de los latinos contra las pandillas negras. El mes de agosto, Ojeda logró congregar en el Parque El Salvador a más de 500 pandilleros.

Otros miembros de la Mafia Mexicana comenzaron a convocar a reuniones similares en los condados de San Diego, San Bernardino o Los Ángeles. El 18 de septiembre de 1993, el carnal de la eMe Ernest Castro, conocido como Chuco, miembro de una vieja pandilla del este de Los Ángeles llamada Varrio Nuevo Estrada, llegó a reunir a aproximadamente mil pandilleros en Elysian Park, a apenas una cuadra de la sede de la Policía local. Los periódicos reportaron la noticia y cronicaron cómo los organizadores revisaron a los asistentes uno por uno para asegurarse de que no portaban armas y les hacían levantarse la camisa para comprobar por sus tatuajes que realmente eran miembros de una pandilla sureña. Públicamente, miembros de las pandillas involucradas dijeron que el acuerdo de suspender los drive-by era el inicio de una tregua entre ellas.

Los pandilleros se sentían respaldados por la eMe para incrementar su control sobre el territorio mediante el impuesto a los vendedores de droga, pero en realidad se estaban adentrando más y más en la telaraña de tributos de la Mafia Mexicana.

Al mismo tiempo, la Policía de Los Ángeles insistía en denunciar que era consciente de que lo que parecía un llamado a reducir la violencia en las calles era en realidad una maniobra estratégica de la eMe para, mediante la imposición de nuevas reglas, aumentar su control sobre las pandillas sureñas. Además, evitar los drive-by reducía el riesgo de que en un tiroteo hubiera víctimas no pertenecientes a pandillas, y contribuía a que una menor presencia policial. La paz es buena para el negocio de venta de drogas. El teniente Sergio Robleto, jefe del departamento de homicidios del Sur de Los Ángeles, llegó a declarar a Los Ángeles Times: “Estoy a favor de la paz, pero lo que estamos viendo es en realidad el comienzo del crimen organizado”.

La eMe estaba reservándose la potestad de regular las rutinas profesionales del sicariato. Para matar, para hacer una pegada ahora un pandillero tendría que parquear el carro. No era cuestión de evitar muertes, sino de imponer a los pandilleros una nueva regla de tránsito.

Ernesto Deras recibió la orden en 1994 y la transmitió al resto de la Fulton. Fue una de las últimas órdenes que dio como pandillero activo: “La cosa es que el carro no fuera en movimiento. Podías tirar desde el carro detenido. Si no podías bajarte, podías hacer lo que tenías que hacer e irte. Esto evitó muchas muertes que nada tenían que ver con pandillas.”

Aunque durante 1993 la actividad pandilleril pareció reducirse en zonas tradicionalmente violentas como el Este de Los Ángeles o Pico Rivera, las cifras policiales confirman que la supuesta tregua impulsada por la Mafia Mexicana nunca llegó realmente a serlo. En 1993 la cifra de homicidios relacionados con pandillas se redujo ligeramente en el condado de Los Ángeles -724 frente a los 803 registrados en 1992-, pero en los dos años siguientes repuntó de nuevo hasta los 807 cometidos en 1995. Variaciones ligeras en todo caso, casi imperceptibles estadísticamente de no ser porque en esos mismos años la cifra total de homicidios en el área sí iba en descenso. En 2001 las muertes relacionadas con pandillas llegaron a suponer un 54.9% del total en el condado de Los Ángeles.

Al mismo tiempo, la Mexican Mafia se alimentó de aquellos encuentros para entrar en una nueva etapa de relación con las pandillas sureñas para consolidar sus negocios de extorsión y comercio de drogas, pero en Los Ángeles cualquier pregunta sobre los negocios de la Mafia Mexicana se encuentra con el silencio del miedo. Nadie sabe con certeza qué tan grande es hoy la organización.

El palo y la rama

Estamos sentados en una pequeña salita de este hostal, intentando cazar la furtiva señal de Internet que viene y va. Se trata de un pequeño lugar para mochileros en medio del Downtown de Los Ángeles, que parece haber sido decorado muy meticulosamente bajo una sola directriz: si algún objeto tiene colores chillones y es muy feo, ponlo dentro. Las lámparas de la pared están sepultadas en flores de plástico y las sillas tienen la forma de manos inmensas, diseñadas para sostener el trasero del visitante.

El hostalito queda justo entre el pasado y el futuro del centro angelino: unas cuadras hacia el este se apretujan los carritos de hot dogs y tacos callejeros; los tenderetes latinos, bulliciosos y saturados de baratijas; los homeless que duermen en las aceras hasta el medio día, y los chicos con apariencia de cholos que se agrupan en las esquinas. Unas cuadras hacia el oeste los inversionistas remodelan edificios para adaptarlos a los exigentes gustos de una nueva generación de profesionales exitosos; comienzan a abrirse clubs nocturnos de moda, donde las chicas rubias hacen largas colas con sus zapatos caros para conseguir mesa. El centro de Los Ángeles se está transformando y los personajes de dos mundos distintos se mezclan cada día alrededor del hostalito kitsch en el que ahora intentamos hacer una llamada desde Skype.

Durante los últimos días hemos tenido varios encuentros con Ricardo Montano, el Hipster, un palabrero de la Mara Salvatrucha en Los Ángeles al que conocimos casi por casualidad y que se ha mostrado muy interesado en que tomemos nota de que los mareros californianos no miran con buenos ojos lo que sus pares salvadoreños están haciendo “allá abajo”. Asegura que pocos homies gozan de tanto respeto como él en Los Ángeles y no ha tenido problema en que lo grabemos despotricando contra la manera en que los que llevan palabra en El Salvador están conduciendo la pandilla.

No solo eso. El Hipster nos ha prometido presentarnos a los palabreros de otras clicas que están interesados en darnos su opinión sobre la tregua pactada recientemente, en El Salvador, entre la MS-13 y la Eighteen Street. Le estamos llamando para acordar el lugar y la hora.

Al fin conseguimos enlazarnos, pero el Hipster suena diferente. Esta mañana ha recibido una llamada desde la cárcel de Ciudad Barrios, cuartel general de la MS-13 en El Salvador, y le habían hablado muy mal de El Faro. El dicharachero y amigable tipo con el que habíamos estado conversando los días anteriores ha desaparecido. Ahora tiene un tono amenazador. Nos queda claro desde un inicio que no habrá ninguna cita con sus homeboys.

─Vaya, mirá, la onda es que ustedes no me habían dicho que ustedes tenían pedo con los locos de abajo. Yo les hice el paro de hablar con ustedes y no quiero tener pedo por eso.
─A ver, Ricardo, ¿Qué te dijeron?
─La onda es que yo ni siquiera le dije al loco de qué medio eran ustedes, solo le dije que iba a hablar con unos periodistas de El Salvador y él me dijo que seguro eran de El Faro y que ustedes tenían sacados del cuadro a los locos de allá abajo, que habían dicho unas mierdas… La onda es que yo no sé qué pedo. Solo les digo una onda: yo sé que ustedes viven allá y que yo estoy aquí, pero si a mí me meten en pedos yo también puedo hacer cosas allá abajo.

Nos acabamos de enterar de dos cosas: la cúpula de la Mara Salvatrucha en Ciudad Barrios ha dejado saber a sus huestes que los tenemos sacados del cuadro, indispuestos, enojados, encabronados; y que este señor no se anda con tonterías para amenazar. Acordamos encontrarnos con él para arreglar las cosas cara a cara.

Unas horas después nos vemos en el parqueo de un Burger King. Nos saluda con un abrazo de medio lado y nos pide que sigamos su carro hacia un restaurante salvadoreño que él conoce. Nos volvemos a subir a nuestro Mazda alquilado. A medida que conducimos nos queda claro que el dichoso restaurante está dentro del territorio controlado por la clica del Hipster.

Dobla hacia el interior de un callejón estrecho que conduce a la puerta trasera de un local. Parqueamos junto a él y entramos en el lugar. A estas alturas la imaginación ya se ha echado a volar y cada uno, en secreto, está convencido de que hemos caído en una trampa.

Era el efecto deseado. Dentro del restaurante no nos aguarda ninguna celada, y el Hipster se destornilla de risa por nuestra cara de susto. “Ustedes creen que los traigo encaminados, jajajajajaja… No hombre. Si hubiera querido hacerles algo, ya lo hubiera hecho”, y se sigue cagando de risa.

Al final, el asunto se arregla más fácil de lo esperado: si hace dos días nos pidió explícitamente que lo citáramos mencionando su nombre, su apodo y la clica a la que pertenece -porque él es un homeboy con palabra y él no tiene que pedirle permiso a nadie para decir lo que le salga de los huevos-, ahora nos pide discreción y nos hace prometer que cambiaremos su nombre y su apodo, y que no mencionaremos su clica. Por eso Ricardo Montano es un nombre ficticio.

***

La relación entre los pandilleros de California y los de El Salvador ha cambiado profundamente desde que los primeros homeboys de la Mara Salvatrucha y del Barrio 18 fueron deportados a Centroamérica a finales de los 80 y 90. Los primeros bajados vivían pensándose en Los Ángeles. Pese a la distancia geográfica, aquellos que levantaron clicas de su pandilla lo hicieron intentando respetar los lazos de jerarquía y los códigos de “allá”.

Luego vinieron otras generaciones y ambas pandillas entraron en un proceso de expansión virulenta. No es extraño que la mayoría de deportados pertenecieran a aquellas pandillas que tras romper con el racismo chicano habían abierto sus puertas a guatemaltecos, salvadoreños y hondureños. El modo de vida y el carisma que irradiaban esos bajados atrajeron rápidamente a cientos de jóvenes que se brincaron en masa a los dos barrios y los hicieron mayoritarios. A la región también llegaron deportados miembros de otras pandillas sureñas como White Fence o Playboys, pero se hicieron casi invisibles ante el rapidísimo crecimiento de la MS-13 y la 18. Si Los Ángeles era un abanico amplísimo de pandillas, Centroamérica se volvió bipolar.

En 1993 las distintas clicas de la Mara Salvatrucha en El Salvador, conscientes de su nueva dimensión, se reunieron para tomar decisiones importantes en una especie de asamblea general que tuvo lugar en el estacionamiento del parque nacional “La Puerta del Diablo”. Aquella reunión cambiaría la historia de la Mara en Centroamérica y, a largo plazo, en Estados Unidos.

Hasta ese momento, cada vez que un homeboy fundaba una clica, por ejemplo, en Sonsonate, la bautizaba con el nombre de su propia clica en Los Ángeles. Por eso un montón de muchachos sonsonatecos aún hoy se consideran de la Normandie, o de la Hollywood. En aquella reunión se autorizó que las nuevas clicas fueran bautizadas con nombres locales, y así surgieron células como los Teclas Locos Salvatruchos, surgidos en Santa Tecla; o los Iberia Locos Salvatruchos, en la colonia Iberia de Soyapango. Fue el primer gesto de autonomía guanaca. Y era también el origen de un conflicto.

En los años siguientes, cuando un muchacho que se había brincado a la Mara en El Salvador migraba a Estados Unidos y buscaba refugio en la pandilla, los mareros angelinos le explicaban que en Los Ángeles no existía ninguna filial de la Teclas Locos, por ejemplo, y que tenía que volver a ser sometido a la golpiza bautismal para ser admitido en una de sus clicas. Del mismo modo, si en aquel grupo ya había alguien con su taca –su apodo pandillero-, el recién llegado tenía que resignarse a buscar una nueva. Así, el que llegaba a Los Ángeles siendo el Shadow de la Teclas Locos, podía terminar siendo el Goofy de la Leeward.

En justa respuesta, los pandilleros en El Salvador también fueron perdiendo el respeto a los deportados que siguieron llegando. Cuando uno de estos aparecía en una clica, altivo, reclamando un lugar de autoridad por su condición de californiano, los locales le explicaban que no señor, que eso ya no era así, y lo obligaban a someterse a las normas y jerarquías salvadoreñas.

El Hipster vivió en primera fila aquel conflicto noventero. Aunque nació en El Salvador y lleva cerca de 20 años indocumentado en Los Ángeles, se considera californiano, y para los pandilleros de su país natal reserva un descuidado “los de allá”, o “los locos de abajo”, o simplemente “los salvadoreños”.

─Hay muchos locos que llegaron deportados a El Salvador y que los mataron los mismos locos de allá.
─¿Por llegar muy felones?
─Simón. Eso creó, tipo 98, 99 y 2000, una mini guerra entre nosotros, porque a los que venían de El Salvador para acá también los reventábamos acá. Y muchas veces eran buenos soldados que traían ganas de aportar.
─¿Entonces hubo gente que vino a Los Ángeles y que aquí se encontró una bronca sin saber por qué?
─O sea que a veces llegaban a una clica queriéndose brincar y con el simple hecho de decir que venían de allá ya era motivo para que el que los recibía… no directamente los iba a matar, pero sí darles verga o no recibirlos en la clica, por el simple hecho de venir de allá. Se recibía mejor en ese tiempo a un civil que viniera de allá, pasmado, chúntaro, indio, paisa… que a uno que ya fuera miembro, por lo que estuvo pasando. Ahorita eso ya no pasa.
─¿Y cómo se calmó esa mini guerra?
─Eso se habla. Por ejemplo, cuando uno ya mira que eso está perjudicando, porque al final de cuentas somos homeboys, entre nosotros mismos no es difícil llegar a un acuerdo, porque siempre hay alguien con quien podés hablar.

***

Al Hipster lo conocimos en medio de un atestado restaurante salvadoreño. Justo un día en el que por enésima vez la selección de fútbol de Honduras derrotaba a la de El Salvador en un partido trepidante… o que al menos le resultaba trepidante a la hinchada salvadoreña que había colmado aquel lugar.

En la ciudad de Los Ángeles las cervezas Regias de litro o las Pílsener, o las pupusas de queso con loroco o los cócteles de conchas dejaron de ser productos nostálgicos hace rato. Desde antes de que en 2004 entrara en vigor el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos y El Salvador.

Aquella tarde las meseras no eran suficientes para atender a la clientela y pasaban apuradas, arrastrando un montón de miradas y de piropos, con bandejas llenas de cervezas guanacas y de pupusas recién hechas. En una esquina, con los ojos fijos en el televisor, estaba Ricardo Montano vociferando consejos técnicos, maldiciendo a algún defensa.

Estaba parado justo al lado de la única mesa vacía del lugar y parecía custodiarla. Cuando nos vio el gesto de rapiña, nos invitó a sentarnos. En ese momento no lo sabíamos, pero Ricardo Montano no estaba ahí para ver el fútbol. Estaba trabajando. Nos sentamos los tres y nos enzarzamos en un debate futbolero que, según nosotros, era de alta factura técnica. A dos mesas de distancia, el único hondureño en el lugar aprovechó un error en la zaga salvadoreña para pronunciar una ligera burla. Se hizo un enorme silencio. Hasta que alguien se animó:

─¡Mirá hijuelagranputa: la Casa Catracha está allá a dos cuadras, este es un restaurante sal-va-do-re-ño. ¿Por qué no te vas a decir pendejadas allá?!

Y el lugar entero explotó en carcajadas y en insultos, que el hondureño recibió partido de risa. Era un conocido del lugar, amigo de todos en aquel sitio. Solo eso explica por qué salió de ahí gozando de toda su dentadura.

La broma rompió el hielo y Ricardo terminó contándonos cómo llegó a Los Ángeles y cómo su historia se fue complicando. Nos explicó que a los 13 años se había enrolado en una pandilla, y como quien dice una bobada nos contó que esa pandilla se llama la Mara Salvatrucha. Antes de que siguiera despachándose la vida le advertimos que éramos periodistas y que estábamos en la ciudad justo buscando pandilleros. Se le iluminó la cara y decidió probar su punto: en medio de aquella multitud Ricardo Montano se levantó la camisa para mostrarnos unas enormes letras azules que tatuaban su cuerpo: MS. La clientela y el servicio miraron para otro lado y ahí mismo supimos que aquel señor no era un pandillero cualquiera, que al menos era uno con la suficiente confianza para levantar su bandera en público. Uno que se sabía temido.

En el oficio de periodista se aprende que nadie te regala su historia solo porque sí. Que quien cuenta el cuento de su vida quiere que se sepa algo, que se diga algo, que algo quede escrito. Ricardo Montano quería que supiéramos que en Los Ángeles él es alguien importante para la Mara Salvatrucha y quería que dijéramos lo que él piensa sobre cómo está siendo dirigida la pandilla en El Salvador. Quedamos de reunirnos al día siguiente para conversar.

Nos vimos en el mismo sitio, que sin partido de la selecta lucía desierto. Éramos los únicos en el restaurante y Ricardo Montano, que ya se había presentado como el Hipster, nos advirtió que tendríamos que interrumpir la entrevista unos segundos para que pudiera atender a una clienta. Es vendedor de droga.

La clienta había quedado en encontrarse con él en el parqueo del local y mientras ella llegaba Hipster nos mostró el producto: una bolsita pequeña de ziploc con un conjunto de piedritas transparentes dentro, como pequeñas astillas de vidrio. Una droga que está causando furor en Los Ángeles y que algunos carteles mexicanos comienzan a producir masivamente debido a que su elaboración y su traslado implican mucho menos riesgo en comparación de las voluminosas marihuana y cocaína. El producto se llama cristal y el Hipster sacó un pequeño fragmento y jugueteó con él mientras nos daba una cátedra sobre cómo usar esta droga.

─Mirá… ¿y no creés que se pueden molestar los dueños del restaurante porque saqués eso?
─ (Con el rostro cambiado, como si le preguntaras al Papa si Dios existe) ¿¡Y qué putas van a decir!? Si ellos bien saben que no tienen derecho a opinar nada, que si abren la boca ya saben lo que va a pasar.

Salió a despachar a su clienta y volvió abanicándose con un puñado de billetes: “Vaya, 180 dólares en un ratito, jejejeje… vaya pues, pregúntenme ondas”.

***

“En Los Ángeles la Mara, simón, está loca, mantiene la misma reputación, pero las acciones que se hacen en El Salvador no se hacen acá. El estilo en que se cometen allá no es el mismo acá.

Aquí en los Estados Unidos, debido al sistema judicial, tenés que actuar con más cautela, aquí se agarra escuela, clecha, para hacer las cosas. Aquí no se hace un jale o una pegada hasta que uno no está seguro de que la va a librar sin poner en riesgo a nadie, porque aquí te dan años como darte dulces. No es como allá, donde el 90% de acciones queda impune.

Cuando vienen homeboys de allá abajo vienen acelerados, porque vienen acostumbrados a hacer pegadas, ondas, sin ver consecuencias. Se les hace difícil adaptarse acá. Yo he estado varias veces en El Salvador. No es que estén más locos ellos que nosotros, sino que tener más libertad para operar, para hacer las cosas, te da confianza y eso es lo que aquí no podés tener. Aquí hay un sistema de respuesta mucho más rápido, diez a uno comparado con El Salvador.

Como te digo, no es que estén más locos, sino es que, simón, hay locos de allá que vienen con dos o tres calaveras, huyendo porque han reventado gente allá abajo. A veces uno tiene que controlarlos. Hay muchos locos que solo viniendo de allá ya están haciendo tiempo en la cárcel, como uno de (la clica) San Cocos, otro de Prados de Venecia que están torcidos porque vinieron acelerados. Como te repito la diferencia de los locos que vienen de allá para acá es que quieren venir a aportar y quienes van de aquí para allá se quieren ir a calmar.

Nosotros estamos en la misma sintonía con El Salvador, solo que el programa es diferente. Como por ejemplo eso que están usando allá abajo los locos de que si alguien no está activo o no está colaborando con el barrio le están poniendo básicamente una cuota. Básicamente se le está poniendo una renta al que no está activo.

Hay cosas que acá nosotros no respaldamos, pero allá en El Salvador hay homeboys que corren el programa a su manera. Cuando uno habla con ellos de aquí para allá, los locos algunas veces se te rebelan en el aspecto que dicen: “Ustedes no están aquí, nosotros corremos el pedo aquí y ustedes corren el pedo allá”. Nosotros no estamos de acuerdo en que los homies deportados que llegan a El Salvador tengan el deber de aportar allá cuando ellos van de aquí de hacer tiempo en la cárcel y que tengan que ir a someterse a las exigencias de los locos allá… ¡No!

Allá está la clecha de que si traés las dos letras sos de la Mara y por lo tanto tenés que aportar y someterte al programa y que si no aportás te quitan. Ahorita básicamente es la ley de la cárcel. Estos locos de los tabos tienen a los bichos afuera cobrando renta para que los estén manteniendo a ellos y quieren que les manden la feria a la brava y los bichos no pueden agarrar ni diez dólares, porque si el loco de la cárcel se da cuenta de que se lo quitaste, te manda a pegar.

Lo que pasa es esto: los locos te amenazan, te dicen: “simón, ya sabe, hijueputa, que cuando venga aquí lo vamos a mirar, lo vamos a esperar.”

La desventaja es que si no estás de acuerdo con lo que están haciendo en El Salvador es poco lo que se puede hacer, porque no siempre respetan tu palabra, aunque seás un homeboy con palabra. Está el caso de un homie deportado para Sonsonate, que era un loco pegador, con palabra. Salió de la prisión, lo deportaron y la clica que estaba ahí en Sonsonate le estuvo cobrando renta a él y a su mamá. La señora tenía su tiendita, ¿ves que allá la gente acostumbra a tener tiendita en su casa? Entonces el homie llamó desesperado para decir: “¿Qué ondas con estos hijos de puta? A mi jefita le están cobrando renta y me vinieron a amenazar”. Nosotros llamamos de aquí para allá y no quisieron tomar en cuenta lo que dijimos… En un 80% de los casos hay respeto, pero en el otro 20% les vale verga.

En el aspecto de conocer sobre el barrio, sus orígenes, sus políticas, nosotros tenemos más clecha, pero en el aspecto de huevos, de valor, de palabra, ellos tienen mucho conocimiento sobre eso. Esa es la diferencia de la Mara de El Salvador y miembros de la Mara aquí en L.A. nosotros tenemos gente loca, simón… pero con los huevos que aquellos locos allá, unos pocos. Decididos a morir por el barrio, como allá, unos cuantos…

Quiero que quede claro que mucha gente que vino huyendo de la guerra de El Salvador para acá en los 80, 90 tiene una ideología respecto a la MS-13 diferente a la que tienen segunda y tercera generación como la de hoy. La generación de hoy, en su ignorancia, dicen que aman las letras: “Yo estoy loco por la bestia, por La Mara, las dos letras yo represento, la M y la S”; pero ellos se están dejando llevar por sus emociones, porque no saben los orígenes, el principio. No podés querer algo que no sabés lo que es, y no podés morir representando algo que no tiene sentido para vos. Básicamente ahorita lo que ha pasado es que… “Mi primo y mi hermano eran de la Mara, o mi colonia es de la Mara y entones yo me voy a meter”… diferentes motivos. Tal vez quieren respeto, no tienen mamá, papá, están pobres, están solos, quieren alivianarse.

Con los cabecillas en El Salvador tenemos contacto. Cada clica de acá tiene uno o dos miembros deportados o presos en El Salvador; entonces nosotros nos damos cuenta a través de ellos. Ahora: estos locos de allá no están en la obligación de comentarnos a nosotros nada de lo que ellos quieran hacer en El Salvador, como nosotros no estamos en la obligación de decirles a ellos nada de lo que hacemos nosotros en L.A. Pero tienen que entender algo: nosotros somos el palo y ellos son una rama y están conscientes. En L.A. comenzó y se creó y es algo que no les gusta, pero nosotros somos el palo y ellos la rama.

Algo en la Mara está cambiando…

Este año el sistema de inteligencia de la PNC entregó a El Faro un cuadro con imágenes de la estructura jerárquica de la Mara Salvatrucha en El Salvador. Se trata de una lámina de Power Point titulada “Ranfla Nacional pandilla MS13” en la que aparecen 45 rostros, que según la policía constituyen la crema y nata de la elite marera en el país. En la cúspide de esa estructura aparecen Borromeo Enríquez Solórzano, El Diablito, de la clica Hollywood Locos y Ricardo Adalberto Díaz, La Rata, de la clica Leeward Locos, que son presentados como “Líderes Nacionales”.

Tanto El Diablito como La Rata ingresaron a la pandilla en Los Ángeles siendo unos adolescentes. De hecho, en las calles angelinas, al segundo aún se le recuerda como Little Rata, debido a que esa taca la heredó de su hermano mayor, que cayó en las guerras pandilleriles de los 90 abatido por cinco disparos.

A un lado de estos dos rostros la policía ha colocado un pequeño recuadro, el único sin fotografía en la lámina. Sobre el cuadrito sin rostro escribieron: “líder internacional” y abajo se lee: “(a) –de apodo- Comandari”.

Este organigrama parte de la vieja creencia en los organismos de seguridad centroamericanos de que la Mara Salvatrucha es una estructura con unas relaciones de jerarquía férreas, en cuyo trono máximo se sienta una especie de capo capaz de dirigir y de darle cohesión a la estructura.

Resulta que Comandari no es un apodo, sino el apellido de un salvadoreño llamado Nelson Comandari al que la Mara Salvatrucha encendió la luz verde hace años. Es decir que La MS-13 en lugar de obedecerlo más bien quiere matarlo.

Nelson Comandari apareció por las calles de California en los primeros años de este siglo y era un hombre de negocios -negocios no legales- que necesitaba esquinas y pies que movieran su mercancía. Comenzó una relación estrictamente comercial con la Mara; él tenía el producto y los homeboys las esquinas. Pero la posibilidad de mover cocaína no era lo único que hacía atractivo a Nelson Comandari para la Mara. Según varios pandilleros e investigadores -que desde luego pidieron no ser identificados al hablar de este tema- este señor ofrecía también a la MS-13 una conexión muy preciada: su suegro era El Perico, uno de los Señores de la Mafia Mexicana.

Por su herencia salvadoreña, la Mara nunca había conseguido que uno de sus miembros fuera tomado en cuenta dentro de la estructura de la eMe, que exige al menos una gota de sangre mexicana a quienes aspiran a llegar a ser carnales. Mientras que la Mara tenía vetado el paso a las camarillas de poder de la Mafia Mexicana, sus enemigos de Eighteen Street tenían desde hace años a varios de sus miembros ostentando el título de carnal. El vínculo directo de Comandari con El Perico era hasta ese momento lo más cerca que la MS había estado del Olimpo pandillero en California.

Interesados en sus lazos familiares, palabreros de la MS-13 no solo hicieron a Comandari miembro de la pandilla, sino que en poco tiempo le entregaron las llaves del barrio, es decir, lo nombraron corredor general del programa del Condado de Los Ángeles: palabrero de palabreros, un status por encima de los líderes de todas las clicas del Condado.

Pero el matrimonio de conveniencia duró poco. Ocho meses aproximadamente. El padrino de Comandari, El Perico, murió de una sobredosis de heroína dentro de la prisión y, sin su sombrilla, el corredor general perdió influencia. Además, su creciente visibilidad lo colocó en la mira de las autoridades. Al ser arrestado aceptó de inmediato convertirse en soplón del FBI y terminó delatando a varias personas vinculadas con la Mafia Mexicana. Pasó a ser recluido dentro del sistema de Protected Custody, cuyas siglas PC originaron el despectivo peceta que todas las pandillas utilizan para designar a los desertores.

Desde entonces tiene encendida la luz verde y desde entonces el gobierno de los Estados Unidos ha convertido su paradero en un secreto.

Aunque esto ocurrió en 2003, su leyenda sigue generando cuadritos sin fotografía en los organigramas que la policía salvadoreña elabora sobre la cúpula de la pandilla.

***

El viernes 13 de abril de este año, en algún lugar de Los Ángeles, la Mara Salvatrucha convocó a una reunión general de palabreros para discutir el “asunto” de El Salvador. California aún se siente con derecho a estar al tanto y a que su voz sea escuchada, y ha recibido como profunda ofensa que los homies en El Salvador ninguneen su opinión en un “asunto” tan relevante. El “asunto” es, por si queda duda, la inédita tregua entre la MS-13 y el Barrio 18 que ha desplomado la tasa de homicidios en El Salvador hasta fondos que no se creían posibles un año atrás.

Es difícil saber lo que se habló en aquella reunión. Los códigos de la pandilla convierten en rata a cualquiera que lo revele. Alguien que estuvo en ese meeting se limita a ronronear con desprecio unas pocas palabras: “Las cosas se van a poner más serias… De todos modos, en Los Ángeles tenemos cosas más importantes que discutir que lo que hacen los locos de allá abajo”.

La policía de Los Ángeles lanzó en las primeras semanas de junio una nueva embestida contra la Mara Salvatrucha y varios homeboys han cedido a la tentación de convertirse en informantes a cambio de protección judicial. Nadie confía en nadie en la calle, a los meetings se entra sin teléfonos y los pandilleros se miran entre sí con recelo. Algo está cambiando en la pandilla y las autoridades estadounidenses parecen saberlo.

El cambio no tiene nada que ver con lo que se esté tramando en El Salvador o en el resto de Centroamérica. Hace más o menos ocho meses, en un hotel de Hollywood, en la sofisticada parte norte de Los Ángeles, Little One, un pandillero, un muchacho de apenas 29 años, de madre mexicana, fue ungido como carnal de la eMe. Aunque en las calles angelinas aún hay homeboys que desconfían de la seriedad del nombramiento y temen que alguien en las cárceles esté tratando de engañar a la pandilla, otros celebran el hecho de que Little One se haya convertido en el primer miembro de la Mara Salvatrucha en ingresar a la Mafia Mexicana.

Este centro bautizado con el ambicioso nombre de Sendero de Libertad recibió en los primeros días de abril de 2011 a un menor de edad llamado Alexander. Condenado por tráfico de drogas, el juez ordenó su encierro después de saltarse las condiciones de su libertad condicional. Sus dos primeras noches Alexander las pasó, el procedimiento habitual con los nuevos, en uno de los módulos tercermundistas que hay junto al portón principal.

El reclusorio lo controlan pandilleros que se autodenominan retirados, que odian a muerte a los pandilleros activos, que a su vez odian a muerte a los retirados. Se respira demasiado odio en Sendero de Libertad. Por eso, antes de asignar sector a un recién llegado, las autoridades lo aíslan hasta que se convencen de que no es miembro activo ni a la Mara Salvatrucha (MS-13) ni al Barrio 18. Es cierto que la piel de Alexander estaba limpia de tatuajes como la de un adolescente ejemplar de una colonia bien, pero también lo es que hace años en El Salvador eso dejó de ser garantía de nada.

Tras las dos noches de aislamiento, avalaron su traslado al Sector 1. Allí lo esperaban 120 jóvenes con el verdadero examen de admisión. Un ex de la MS-13 que en la libre vivía en la misma colonia lo reconoció de inmediato y lo presentó como primo de un pandillero activo. Suficiente para dar por finalizado el interrogatorio. En ese momento Alexander debió sentir como si un bus se le viniera encima. Uno, diez, treinta puños pies antebrazos cabezas codos lo golpearon una y otra y otra vez. No tardó en caer al suelo reseco. Al principio trató de cubrirse. Lo pisotearon arrastraron patearon. Al poco ya no pudo. Lo patearon en la cara brazos nalgas piernas espalda pecho boca… Lo patearon.

Del personal del centro nadie intervino.

Cuando Alexander recobró el sentido, la turba lo tenía amarrado de pies y manos, y un niño se esmeraba en tatuarle una sentencia de muerte en el pecho: una M y una S del tamaño de dos manos, y tachadas por sendas cruces. Un tatuaje así te convierte en objetivo prioritario para la MS-13, sin importar las razones, muerte segura, y para nada te aparta del punto de mira del Barrio 18.

—¿Y qué iba a hacer ? Yo me vine a despertar con el ruidito de la máquina –me dice cuando lo entrevisto ocho meses después del ataque.

La máquina es un motorcito de un transistor ensamblado a una varilla metálica y a una aguja, un artilugio con el que los tatuadores artesanales inyectan bajo la piel –a falta de tinta– el espeso hollín que sale de los vasos plásticos blancos cuando arden. Suena horrible, pero Alexander sabe que tuvo suerte.

—Tuve suerte –dice–, gracias a Dios, porque a otros los han marcado a pura Gillette.
—¿Y los orientadores? ¿Y los custodios? ¿Nadie te ayudó?
—Y ellos qué iban a hacer…

La respuesta de Alexander tiene su lógica. Después entenderán.

Al día siguiente, desfigurado por el linchamiento y con su sentencia de muerte tatuada en el pecho, llegó al despacho del director y le contó lo ocurrido. Lo aislaron de nuevo, y aislado lleva hasta esta mañana de diciembre. El Estado salvadoreño que lo encerró para procurar su reinserción lo ha incluido en un programa de remoción de tatuajes que en tres o cuatro sesiones eliminará lo negro, pero que dejará siempre un delator surco de carne abultada.

Alexander y su pecho esperan volver a las calles este año.

***

Un día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, un custodio de los de la Portería se me acerca, enigmático.

—Ya lo he visto varios días por acá. Usted es periodista, ¿no?
—Sí, estoy llegando porque quiero conocer cómo es aquí…
—Pues si quiere conocer de verdad, debería llegar en la noche. Viera qué relajo. Los del Sector 1 se salen de las casas a beber y a endrogarse. Gritan, ríen, aquí ni hay encierro ni hay nada. Todas las noches. Los vecinos de la colonia Helen, la de atrás, se lo pueden contar también. Viera qué relajo.

***

Lo que hoy se conoce como Centro de Inserción Social Sendero de Libertad se inauguró el jueves 25 de mayo de 1995, en presencia del presidente de la República, del presidente de la Corte Suprema de Justicia y de un nutrido grupo de diputados; los tres poderes reunidos para la foto oficial de un lugar concebido como pieza fundamental del nuevo sistema de justicia juvenil. La reinserción social, ese concepto tan resbaladizo, ya tenía dónde y cómo.

Como si se tratara de un presagio, una mañanera tromba de agua deslució la inauguración, aunque no pudo con el optimismo.

El presidente de la República, Armando Calderón Sol, dijo que un Estado fuerte era indispensable para hacer frente a las maras, un fenómeno incipiente pero en franca expansión. Elizabeth de Calderón, su esposa y presidenta del Instituto Salvadoreño de Protección al Menor (ISPM), se comprometió a que la readaptación fuera “un objetivo primordial” del Gobierno. María Teresa de Mejía, la directora del ISPM, fue más allá: “El joven que ingrese tendrá probabilidades altas de no delinquir de nuevo”. Aquella euforia desmedida cristalizó en una frase escrita por uno de los periodistas que cubrió el evento: “El centro de menores de Ilobasco, construido en tiempo récord, ha sido calificado por consultores internacionales como el paradigma de Latinoamérica”.

Escribió: paradigma de Latinoamérica.

El optimismo quizá estaba justificado. Apenas tres años y medio atrás se habían firmado los Acuerdos de Paz, que pusieron fin a una dolorosa guerra civil que se prolongó doce años. El Salvador, un minúsculo país centroamericano que la Guerra Fría colocó en la agenda mundial, logró una solución negociada que satisfizo a tirios y troyanos, y que Naciones Unidas aún hoy presenta como uno de sus máximos logros.

De un día para otro el país se llenó de organismos internacionales, de agencias de cooperación y de oenegés que aterrizaron con las maletas llenas de dólares y de planes. Tras décadas de violaciones de los derechos humanos, crear un sistema de justicia juvenil apegado a directrices made-in-United-Nations se convirtió en obsesión: en 1993 se aprobó la Ley del Instituto Salvadoreño de Protección al Menor, en 1994 la que hoy se conoce como Ley Penal Juvenil, y un año después el Reglamento General de Centros de Internamiento para Menores Infractores. Había dinero para la causa, mucho, y en ese contexto surgió Sendero de Libertad.

De alguna manera, a El Salvador le ocurrió como a John Clayton –el mítico Tarzán– cuando regresó a Londres después de años de vida en la selva: se pensó que un bonito traje y unas pocas clases de etiqueta serían suficientes para calmar los instintos.

—Es un criterio muy personal, pero creo que no pensaron muy bien el tipo de población que se iba a atender. La Ley Penal Juvenil es buena, pero se dejó de lado una sociedad que salía de una guerra con carencias emocionales, con tanto huérfano. Nunca se hizo trabajo psicológico en las comunidades. Por eso hoy tenemos lo que tenemos.

Me dijo José Paulino Flores, Paulino, que algo debería de saber: trabajaba como orientador cuando Sendero de Libertad recibió a los primeros menores y hoy es el subdirector.

Construirlo y equiparlo costó una pequeña fortuna: $2.6 millones de la época. Se eligió Ilobasco, una ciudad provinciana a 55 kilómetros de San Salvador, y se apostó por unas instalaciones que satisficieran hasta los gustos del más exigente burócrata de Naciones Unidas: más de 12 manzanas para albergar a 250 personas (la principal cárcel salvadoreña, Mariona, es más pequeña y adentro se hacinan más de cinco mil personas); diez casas independientes para un tratamiento especializado; lockers y camas para cada interno; surtidísimos talleres de carpintería, sastrería, panadería, artesanías y computación; canchas de fútbol, baloncesto y voleibol; salón de usos múltiples y biblioteca y clínica médico-odontológica; ropa, calzado y útiles en abundancia… También se levantó una gigantesca torre, más alta que la de muchos aeropuertos, que serviría como reservorio de agua potable. Se tomaron tan en serio lo de que Sendero de Libertad fuera un espacio para la reinserción y no para el encierro, que apenas una malla ciclón separaba a los internos de su libertad.

La administración se dejó en manos del ISPM, institución que en 2002 fue rebautizada como Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia: el ISNA. El nombre, Sendero de Libertad, lo eligieron los propios internos meses después de haber abierto las puertas, una decisión que no hizo gracia a sectores conservadores de la sociedad, pues decían que les recordaba a Sendero Luminoso, la organización terrorista peruana.

Lo que queda diecisiete años después de la inauguración es una caricatura del paradigma ofrecido: sin biblioteca, sin centro de computación, sin camas. Siete de las diez casas están cerradas por inhabitables, y las otras tres huelen a hacinamiento, como cualquier celda de una cárcel salvadoreña. No es solo del olor. Las incontables fugas y la violencia entre los internos –y hacia los empleados– obligaron poco a poco a sectorizar, a crear zonas de aislamiento y a levantar garitones de vigilancia y muros coronados con alambre razor. La reducción del presupuesto a partir de 1999 y los motines en los que los jóvenes destrozaban las instalaciones contribuyeron, pero fue la expansión del fenómeno de las maras –y la inoperancia de la sociedad salvadoreña para detenerla– la que marcó el ritmo de la degradación física y sobre todo conceptual del centro.

Quienes vivieron los primeros años los recuerdan menos complicados: distintas pandillas bajo el mismo techo, respeto de los menores hacia el personal, más recursos… Por decisión del ISPM, el reclusorio lo administraba una congregación llamada Misioneros de Cristo Crucificado. Entre 1996 y 2001 el padre Jaime González Bran vivió y trabajó en Sendero de Libertad, primero como coordinador de orientadores y luego como director. Cuando lo visité en octubre en Atescatempa, un pueblo guatemalteco fronterizo con El Salvador donde ahora es párroco, me dio su versión del fiasco.

—Nuestro sueño para Ilobasco –dijo– era crear algo para los muchachos de primer ingreso y sin problemas de pandillas, porque Sendero no tenía ni infraestructura ni personal capacitado para tratar a muchachos con diez internamientos o con perfil psiquiátrico crónico. Pero los jueces empezaron a enviarnos a jóvenes exageradamente violentos, y con esos liderazgos negativos al interior se volvió más difícil rescatar al muchacho que fuera rescatable.
—¿Cree que hay muchachos no rescatables?
—Había muchachos con cierto perfil psiquiátrico que nunca debieron haber llegado a Sendero. Eso lo dijimos toda la vida. Ellos necesitan intervención psiquiátrica. No es que no fueran rescatables, sino que no teníamos los recursos para sacarlos a flote.

En torno al cambio de milenio, después del primer niño asesinado en una riña, se ensayaron estrategias para intentar revertir la degeneración. A finales del año 2000 el Estado creyó que separar las pandillas sería la solución, y Sendero de Libertad quedó para ex pandilleros y civiles. No funcionó. En abril de 2001 ingresaron los militares para imponer disciplina a través del ejercicio físico. No funcionó. A finales de 2003 se introdujo población femenina, en teoría menos conflictiva. No funcionó. Y en 2006 se creó una comunidad terapéutica para tratar drogodependencias. Tampoco funcionó.

Del paradigma de Latinoamérica solo quedó la referencia en los periódicos viejos. Tras la salida de los curas, en marzo de 2001, los directores se sucedieron uno tras otro, como si se tratara del banquillo de un equipo de fútbol mediocre. El centro empezó a generar titulares sobre muertos, fugas y motines, cada vez más escandalosos, como si desde el inicio alguien lo hubiera planeado todo para que Sendero de Libertad caminara inexorable hacia su propio 11-S, el 11 de septiembre de 2010.

***

La ley es cristalina como manantial de agua pura: aquí no debería haber internos arriba de los 18 años. Sin embargo, abundan.

—Ese que acaba de recibir la pelota tiene 29 años, pero un juez nos lo mandó para acá –me dijo Paulino, el subdirector.

Paulino es sincero, mesurado y propositivo. Todo al mismo tiempo. Tiene 38 años, esposa y dos hijas, pero su personalidad conserva chispazos juveniles, quizá porque lleva en este centro desde los 21. El sobrepeso, la cara redonda y los pequeños lentes que la miopía le obliga a cargar le dan aire de bonachón, de amigo de todos, de alguien a quien le cuesta mentir. Paulino conoce los nombres de todos sus compañeros y de la mayoría de los internos.

Presentarlo como subdirector podría generar confusión. Nominalmente lo es, sí, pero él se sigue viendo como un orientador. Entre las 85 personas que trabajan en el reclusorio hay psicólogos, instructores, trabajadores sociales, maestros, custodios… y la columna vertebral formada por una veintena de orientadores. Con turnos de 24 horas, son los que más contacto tienen con los jóvenes, los que deben monitorear y registrar sus avances y retrocesos, sus teóricos hermanos mayores.

Paulino camina por todos los sectores sin temor a ser agredido. Suena básico, pero no está al alcance de todo el personal. Escuché en más de una ocasión que algunos lo llaman Gordo, pero su figura es respetada y hasta generadora de empatía. Es porque nunca los ha denigrado ni los ha insultado, me dijo.

Una tarde de diciembre, cuando nos dirigíamos a la cocina, pasamos junto a un grupo de unos diez jóvenes que estaban ociosos bajo la sombra de un árbol.

—¡Júe! ¡Júe! –les gritó Paulino, como si yo no estuviera a la par.

La respuesta fue un coro desordenado pero voluntarioso: Júe, Júe, Júe…

—Pauli, ¿qué horas tenés? –preguntó uno.
—Las dos con treinta minutos, m’ijo.

Seguimos caminando.

—¿Oíste, va? –me preguntó–. Digo una palabra como Júe, y todos se emocionan… Uno tiene que aprender cómo crear asertividad. Es la base de todo.
—¿Cómo les decís: Júe o Húe?
—Júe, de juego. Si me preguntás qué es, ni yo lo sé. Comenzó hace años como Juela, y ahora me topo con que Júe se escucha en todo Ilobasco.

Otro día, un jueves de agosto que estábamos paseando por el Sector 2, clausurado por inhabitable pero que hasta su clausura albergaba a los activos de la MS-13, me contó algo que a su juicio ilustra la obtusa visión del fenómeno de las pandillas que, una vez terminada la guerra, tuvo toda la sociedad salvadoreña.

—¿Ha oído –aún nos tratábamos de usted– del partido de El Salvador contra México en las eliminatorias del Mundial 94? ¡Bien me acuerdo yo! Ganamos con golón del “Papo” Castro Borja. Lo vi por televisión: todo mundo feliz, y no sé por qué yo me fijé en una particularidad, quizá porque el destino va fijando las cosas, pero recuerdo que en la retransmisión dijeron: ¡Damos la bienvenida a estos compañeros de la Mara Salvatrucha, que han llegado al Cusca desde los Estados Unidos! Y les hicieron una toma. Creo que los comentaristas eran Carlos Aranzamendi y Tony Saca. Yo desde entonces me quedé pensando: Mara Salvatrucha.

Aquel partido se jugó en abril de 1993.

Apenas cinco minutos antes de contar la anécdota, Paulino me había señalado la fachada de una de las casas del Sector 2.

—¿Ve ese manchón chelito? Ahí había pintada una garra de la Mara Salvatrucha, de hueso, y usted ya sabrá que cuando es garra de hueso simboliza muertos. Es como un trofeo. La hicieron después de lo del 11 de septiembre, para que la vieran los del Sector 1.

Todos los días, en casi todas las conversaciones con personal o con internos de Sendero de Libertad, apareció el 11 de septiembre de 2010. Esa fecha se ha convertido en un referente, un punto de inflexión, un antes y un después.

El 11-S estalló la ira.

***

Otro día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, el mismo custodio de la Portería se me acerca, elocuente.

—¿Vio hoy cómo está aquí de full? Tenemos a 17…
—¿De nuevo ingreso todos?
—No, nada que ver. A muchos no los quieren abajo o los traen porque les han hecho sexo allá. ¿Ve ese que está ahí sentado? Lo violaron. Sus padres han puesto una denuncia en el juzgado que lleva su caso, el Segundo de Santa Tecla.

***

Tercermundista es un adjetivo peyorativo, políticamente incorrecto, trasnochado incluso. Hay quien cree que debió haberse abandonado su uso cuando cayó el Muro de Berlín. Pero a pesar de las burbujas de primermundismo que hay esparcidas por todo el país –léase: torresfuturas, grandesvías, haifais, residenciales altos-del-no-sé-qué, palcos viaipí, toyotaprados, estarbucs…–, El Salvador sigue siendo tercermundista.

Los módulos de la Portería –junto al portón principal de Sendero de Libertad– son tercermundistas, siendo generosos. Miden menos de un metro de anchura y menos de dos metros de largo. He conocido ascensores más espaciosos. Son de bloques de concreto, con una puerta metálica que ocupa todo lo ancho y tienen por techo una reja cuadriculada. Sin luz. Los inquilinos no se mojan solo porque están bajo la estructura que cubre todo el portón.

Los compartimentos se construyeron con el propósito de evitar que el recién llegado fuera transferido de un solo a sectores donde podía ser agredido. Pero la violencia incontrolable los ha convertido en un área permanente de aislados para los proscritos del Sector 1 y de la Exbodega, también conocida como Sector 3. El día lo pasan sueltos, aunque no pueden alejarse por su propio bien. De noche los encierran. Cuando en diciembre me recibe Alexander, el menor al que tatuaron su sentencia de muerte en el pecho, lleva seis meses viviendo aquí.

—Una vez en mi celda habíamos catorce –me dice.

Catorce menores –catorce espaldas, catorce cabezas, cincuenta y seis brazos y piernas– encerrados de seis de la noche a seis de la mañana en un espacio en el que no cabe un sofá, a oscuras, con botellas llenas de orines en las esquinas.

—¿Cómo se hace para dormir catorce?
—Unos pocos colgados del techo, en hamacas, y los demás en el suelo, sentados, con las piernas bien topadas al pecho… Si alguno durmiendo se me recuesta, pues ni modo, ¿qué le voy a hacer? Tampoco le voy a espabilar. Mejor tratar de llevar las cosas en paz.

En Sendero de Libertad impera la ley del más fuerte, y poco o nada pueden hacer las autoridades. Pero a pesar de su situación, Alexander me dice que no cambiaría su cubículo tercermundista por ningún otro lugar del reclusorio. Le aterroriza la idea de que lo muevan.

—Yo no puedo ir al Sector 1 porque está esa persona que dice que soy de la Mara. ¿Qué le dijeron al director la vez pasada? Si bajan a ese bicho, lo sacarán en bolsa negra. ¿Cómo voy a querer bajar? Y en la Exbodega me salieron con que me iban a hacer las letras en las piernas y tachármelas. ¡N’ombre, mejor aquí me estoy!

***

La víspera del 11-S, el 10 de septiembre de 2010, llegaron a Sendero de Libertad unos quince menores procedentes del Centro de Inserción Social de Tonacatepeque, el reclusorio que el Estado asignó hace una década a la MS-13. Todos eran ex de la Mara Salvatrucha –pesetas o retirados, según quién los etiquete– que llevaban semanas o meses aislados allá. Como Sendero de Libertad tenía un sector entero para ex pandilleros, los jueces creyeron que el traslado era lo más conveniente.

Pero esa decisión judicial resultó ser un detonador. Es cierto que había odio acumulado y que el control del reclusorio estaba desde hacía años en disputa entre emeeses y retirados, pero sin traslado no habría habido 11-S.

―Los jueces nos exigen el bienestar de los jóvenes, y muchas veces ellos los envían al matadero –me dijo Paulino una de las muchas veces que hablamos sobre lo ocurrido ese día.

El traslado de los quince se realizó en la tarde. Como en los reclusorios salvadoreños parece haber más teléfonos celulares que cepillos de dientes, de Tonacatepeque salió una orden precisa: nomás aterricen, tópenlos. Mátenlos. Durante el ingreso hubo amenazas, insultos, pedradas y carreras, pero la presencia de custodios armados y la inminencia de la noche pospusieron lo inevitable. El grupito fue llevado a una casita a la que llamaban la Conejera.

En la actualidad Sendero de Libertad tiene tres áreas para internos: el Sector 1, al fondo, con tres casas en las que malviven de 110 a 130 jóvenes, entre ex pandilleros y civiles; la Exbodega, una casita que un día fue la residencia de los orientadores y que ahora acoge a unos 30-50 expulsados del Sector 1; y los dos cubículos tercermundistas de la Portería. En 2010 había también un Sector 2 –más grande, más poblado– repleto de activos de la MS-13, y para aislados existía además la Conejera, que es adonde recalaron los recién trasladados. Llegar a la Conejera desde el Sector 2 exigía atravesar el Sector 1.

En la pandilla nadie puede negarse a la batalla. Le iría peor. Pero me sorprendió volver a comprobar la naturalidad con la que asumen que la violencia es la única salida. La única.

—¿Por qué uno cuando hay desvergue no puede quedarse en su cuarto y ya? –pregunté a uno de los catalogados como bien portados.
—No, porque… eso no se puede. No se puede. Si pasa algo… pues… todos ¿va? Cuando todos, todos, ¿va? No importa en lo que esté uno. Yo quizá quisiera estar solo viendo, pero tengo que estar ahí.

La misma sensación tuve otro día, durante uno de los paseos con Paulino. Nos detuvimos a hablar con un grupo, y la conversación fue tan lúcida o más como la que se puede tener en un aula universitaria.

—Estos serán de los tranquilos, ¿no? –le pregunté apenas nos alejamos tantito.

Paulino solo sonrió.

—Aquí todo eso es relativo, mi estimado. Ahorita puedes hablar con alguien y pensar que qué hace este chico aquí, pero ese mismo muchacho, si hay una efervescencia, tiene que acompañar y demostrar que es de los que va adelante.

La efervescencia del 11-S duró más de cuatro horas.

Inició poco antes del mediodía, cuando un emeese saltó el muro que separa los sectores y abrió el portón ubicado junto a la escuela. Aunque en principio no iba con ellos, el Sector 1 respondió, y arreció una lluvia de pedradas, alternada por esporádicos combates cuerpo a cuerpo. Las armas en ambos bandos eran las mismas: piedras, corvos hechizos, varillas de hierro y palos afilados, punzones y unos polines filosos de más de un metro a los que llaman matabúfalos.

En las primeras tres horas se sucedieron violentísimas y masivas arremetidas, de un lado y de otro, sin que ningún bando se impusiera, como en Verdún. Los heridos se acumulaban. El personal, más escaso que de costumbre por ser sábado, se limitó a buscar refugio. El Ejército y la Policía acordonaron el centro, pero el aval para el ingreso tardó demasiado. Casi al final, una nueva embestida de la MS-13 logró que sus rivales retrocedieran a su sector, pero un niño no alcanzó el portón antes de que lo cerraran. Los emeeses lo mataron con sadismo.

“La Policía encontró un interno brutalmente asesinado”, consignó al día siguiente El Diario de Hoy, un periódico local, pero la frase se queda corta. La turba deshizo a golpes el cuerpo, la cabeza se la vaciaron, su rostro desapareció. “Era como una bolsa de carne molida” y “Le sacaron toda la cara y quedó como huacalito” son descripciones de personas que vieron el cuerpo, cercenado con una saña que cuesta siquiera imaginar, pero que se ha convertido en una forma de vida para significativo sector de la juventud salvadoreña.

El interno asesinado se llamaba Víctor, y era un civil de 17 años que estaba preso por robo, aún sin condena, y que desde su llegada se había mostrado como un bróder, que es como en el bajo mundo se conoce a los evangélicos.

Paulino ingresó aquel día después de que lo hicieran varios pelotones de la Unidad de Mantenimiento del Orden (UMO). Aún brillaba el sol. Las instalaciones, destrozadas una vez más. Los pasillos, saturados de malheridos. El saldo del 11-S fue un fallecido y más de medio centenar de lesionados, de los que la mitad tuvieron que ser hospitalizados.

—Es doloroso ver que a jóvenes de 16, 15 o 20 años los matan como si fueran basura… –me dijo Paulino un día que hablábamos del 11-S mientras almorzábamos–. Yo tengo dos hijas, y me pregunto: ¿qué voy a dejarles? ¿Por qué crees que sigo aquí? No es por el sueldo, que es de 650 dólares antes de impuestos, poco para la responsabilidad que nos echamos. Yo lo hago por convicción, porque creo que algo se puede hacer para que esta sociedad deje de sufrir. No es por mí, que tengo casi 40 años y ya sufrí lo que tenía que sufrir, pero ¿qué voy a dejar a mis hijas? ¿Con quién se va a casar mi hija de 9 años? ¿O mi hija de 14? ¿Con quiénes?

***

Sus 45 años lo convierten en uno de los personajes más longevos de Sendero de Libertad. Natividad Díaz, don Nati, es el enfermero que desde febrero de 2008, de lunes a viernes, de 7:30 a.m. a 3:30 p.m., se preocupa por el bienestar general. Hay un doctor asignado, sí, pero llega salteado: cuatro horas lunes y miércoles, y dos más los viernes. El médico no deja de ser un visitante. Don Nati forma parte de.

Hoy es agosto y es jueves, y cuando llego a la casucha que funciona como Enfermería don Nati está solo, sentado detrás de un escritorio, encerrado por dentro porque nunca se sabe. Lleva desabotonada la bata blanca que lo singulariza, aunque su cortísima estatura basta para volverlo inconfundible.

—Don Nati, ¿hay algún secreto para trabajar aquí?
—La paciencia. A veces suceden cositas, como que los jóvenes por A o B motivo le dicen cosas a uno, pero uno se acostumbra. No necesariamente por un apodo uno se va a enojar. Uno tiene que adaptarse al tipo de lugar.

De la nada, una cabeza juvenil que se asoma por una ventana enrejada.

—Nati, regalame una pastilla pa’la cabeza, porfa.

Don Nati es un hombre curtido. Su bachillerato en Salud lo obtuvo en 1988, y comenzó como camillero de combate en el Batallón de Sanidad Militar, en plena guerra civil. Trabajó luego diez años en el Seguro Social, se fue mojado a Nueva Orleans, regresó a los dos años, y trabajó después para el ministerio y en una clínica privada, hasta que salió la plaza en Sendero de Libertad. Aquí hace casi de todo: regala pastillas para la goma, cose carnes abiertas, drena la pus de los diviesos, inyecta, atiende traumatismos y politraumatismos, trata la picazón de la escabiosis, imparte charlas sobre higiene personal, sana los cortes que deja el razor criminal…

—Me ha tocado incluso llevar pacientes al Psiquiátrico por tanta droga que consumen –dice.

También ve las infecciones por los tatuajes hechos con máquinas caseras.

De la nada, frente a la otra ventana enrejada pasa otro joven que, suponiendo a don Nati en la soledad, grita con ganas: “¿Qué ondas, pequeña xxxxx?”. No alcanzo a entender la última palabra, pero resulta evidente la voluntad de la humillación. El joven se aleja riendo una risa cavernosa. Don Nati me mira con pena. Yo hago como que no he escuchado nada.

Escenas similares ocurrirán más veces con más empleados. El respeto a la autoridad, a la edad, siquiera a la persona que algún día te puede sacar de un aprieto, no está muy extendido en Sendero de Libertad.

***

La arquitectura jurídica salvadoreña en materia juvenil está llena de artículos y numerales muy rehabilitadores, muy primermundistas todos. Pero no se hacen cumplir. Es más, parece que a casi nadie le importa su incumplimiento. Digamos: el 27 de la Constitución, el literal c) del 37 de la Convención sobre los Derechos del Niño, el 119 y el 127 de la Ley Penal Juvenil, el 17 y el 18 del Reglamento General de los Centros de Internamiento para Menores Infractores, el 31 y el 33 del Reglamento de las Naciones Unidas para la Protección de los Menores Privados de Libertad y etcétera y etcétera y etcétera.

Alguien sentado frente a una computadora, en un despacho bien acondicionado de San Salvador, Beijing o Riad, escribe que en lugares como Sendero de Libertad “la escolarización, la capacitación profesional y la recreación serán obligatorias”, pero es al docente, al orientador o al instructor de talleres al que toca explicárselo a unos niños con acceso a drogas, a alcohol y criados bajo una rígida estructura pandilleril.

“Yo no puedo obligarlos a ir a la escuela a la fuerza. Decirles: ¡vayan! Me los echaría de enemigos”, se sincera un profesor del Centro Escolar Sendero de Libertad, ubicado dentro de las instalaciones. De los quince matriculados en los grados que él atiende, solo siete asisten con regularidad, y hay días que da la clase solo para tres.

Los políticos, los opinadores, los periodistas nos escandalizamos –algunos, otros ni eso– cuando una fuga masiva, cuando un motín sangriento, pero asumimos con naturalidad las limitaciones presupuestarias, la desidia, la violación de derechos. En la actualidad, incluso después de la reforma que aumentó la pena máxima a 15 años de encierro, un niño que a los 17 cometiera mil y una barrabasadas recuperaría su libertad, lo más, con 32 años. Aunque solo fuera por puro egoísmo, a la sociedad salvadoreña debería interesarle su rehabilitación.

***

Los 11 de septiembre son y serán días de onomásticas sonadas. En el de 2011 se cumplieron diez años de los ataques a las Torres Gemelas en Nueva York, en Santiago de Chile conmemoraron 38 del magnicidio de Salvador Allende, y en la India se acordaron del 105 aniversario del inicio de la resistencia no violenta de Mahatma Gandhi. Sendero de Libertad también quiso celebrar el primer aniversario de su propio 11-S, y para recordar una fecha que ni los involucrados recordaban ya, el ISNA organizó un culto de agradecimiento a Dios, bajo el argumento de que se cumplían doce meses sin muertes. Toda una novedad.

Ese domingo amaneció fresco y luminoso en Ilobasco. Temprano, un grupo de hermanos de la Iglesia de Restauración Elohim llegó para acondicionar el salón de usos múltiples y para instalar el poderoso equipo de sonido y los instrumentos. Formaron la palabra JESÚS con vejigas de colores, desplegaron y alinearon medio centenar de sillas plásticas, y lograron un imposible: dar calidez a un local tan deteriorado que costaba creer que sirviera para algo más que para dar sombra. Mientras adecentaban el local, el subdirector de Inserción Social del ISNA, Israel Figueroa, y el director del centro, Hugo Castillo, visitaron la Exbodega.

—Miren, en primer lugar, quiero felicitarlos –les dijo Figueroa–. Este año he visto una gran diferencia: ahora estamos luchando por la vida, no por la muerte. ¡Eso ya se acabó! Y lo menos que podemos hacer es dar gracias a Dios. ¿Estamos de acuerdo, jóvenes?

Un año da para mucho. En un país en el que la atrocidad se ha naturalizado, la batalla del 11-S no había tenido impacto en la agenda mediática –media página en El Diario de Hoy y una triste columna en La Prensa Gráfica, sin seguimiento–, pero el ISNA removió al director y aprovechó la ola para trasladar a todos los pandilleros de la MS-13 a Tonacatepeque. Transcurrida una década desde que se planteara y quedara por escrito esa voluntad, Sendero de Libertad al fin se convirtió en un reclusorio exclusivo para ex pandilleros y civiles. No por ello cesó la violencia. Nada más alejado de la realidad.

La ausencia de la Mara Salvatrucha, el enemigo común, acentuó las tensiones internas. Un crisol de grupitos comenzó a disputarse el mercado de drogas, y esporádicamente siguen estallando revueltas para asumir el liderazgo. Con el Sector 2 en ruinas, los ataques entre internos obligaron a crear la Exbodega primero y a cambiar la función de la Portería después. Ante la pasividad del Estado, en Sendero de Libertad sigue habiendo extorsiones, violaciones, castigos salvajes, torturas y tatuajes-sentencia en contra de la voluntad. Unos jóvenes contra otros.

Hay además otro tipo de violencia que, visto lo visto, podría considerarse de baja intensidad, pero que ha calado en el diario vivir. Es la violencia que los cuadrados (así llaman a los que tienen condena firme y algún tipo de liderazgo) ejercen contra los provisionales.

Un viernes de septiembre ingresé en el Sector 1 junto a Pedro Gutiérrez, el coordinador de orientadores, justo cuando se repartía el almuerzo.

—A los nuevos les prohíben hasta hablar con nosotros si no hay un definitivo cerca –me dijo.

La entrega de alimentos es como en las cárceles: se dan bandejas llenas de comida –buena, muy buena comida, créanme– a un responsable por cada habitación, para que ellos la repartan. Pero a cada uno de los provisionales, para intentar garantizar que coman, se la ofrecen en mano, sin intermediarios, y cuando los cuadrados están saciados.

Cuando entré con Pedro, una hilera de niños esperaba su ración. A unos metros, dos cuadrados reían y tiraban puñadas del arroz que les había sobrado –casi siempre sobra– sobre los provisionales, que se limitaban a sacudirse resignados los granos del pelo.

—Deje de hacer eso a los cipotes ya, niño –dijo Pedro a uno de ellos.
—Cálmese, Píter. Estamos dando alegría a los vatos, les estamos felicitando –respondió uno de ellos sin dejar de tirar arroz, la risa acentuando cada palabra.
—No –trató de razonar Pedro–, pero eso se hace en la iglesia, cuando alguien se casa. No aquí.
—…
—Bueno –se rindió Pedro–, ustedes saben lo que hacen…
—Sííííííí… El Píter, ¿va?

Salvo que esté apadrinado por un cuadrado, a un nuevo le toca, en el mejor de los casos, aguantar vejámenes con resignación, lavar la ropa y hacer la limpieza. Pero es una violencia de baja intensidad a la que poco le cuesta saltar a la categoría de torturas. Dicen que se ha calmado tantito, pero las bromas habituales en Sendero de Libertad van desde revolcadas en el fango hasta ser metido en un barril y rodado por una pendiente. Un día que entré en la Exbodega había en la puerta del baño un folio escrito a mano que en otro contexto sonaría a niñería, pero que aquí no lo es. Decía: “El que arruine la puerta le va a tokar Batukada (hasta que el cuerpo aguante)”. Otro día que pude hablar largo y calmado con uno de los cuadrados del Sector 1 le conté el incidente del arroz.

—Pero eso no es nada. Aquí se bromea bien pesado. Si uno no se pone vivo, le cae una gran pedrada a uno. Yo estuve un tiempo en esas cosas, pero ya no…
—¿Y los orientadores qué hacen cuando ocurre eso?
—¿Y ellos qué van a hacer?

La violencia en el reclusorio ha devaluado tanto la figura del orientador que uno de ellos me llegó a decir que en la práctica se han convertido en los choleros de los niños. Son los que salen a comprarles las sodas de dos litros a la tienda que hay en la entrada y poco más, me dijo.

En estas condiciones, quizá sí era necesario el culto de agradecimiento a Dios por doce meses sin muertos.

Paulino se paró detrás del atril, frente a no más de 30 bróderes, y comenzó con la oración de bienvenida.

—Muy buenos días, hermanos, que la paz del Señor esté con ustedes. En esta mañana muy importante, muy especial y sobre todo muy confortante, necesitamos… ambientes diferentes, necesitamos personas diferentes, y los ambientes y las personas diferentes siempre son obra del Señor, porque él está ahí. Para Dios no hay nada imposible, nada…

El culto duró más de hora y media. Después, Figueroa se desplazó hasta el Sector 1, juntó a un buen número de jóvenes por unos minutos, y también los felicitó por su buen comportamiento desde el 11-S.

***

Hoy es el último martes de octubre, y esta tarde de cielos limpios es aún más calurosa dentro de la bodega enrejada de los víveres que el Estado compra para los muchachos. Sobre una larga mesa de madera en el cuarto de los refrigeradores –dos refrigeradores y dos congeladores llenos de carnes variadas, quesos, embutidos y cremas– hay un gran recipiente metálico, semiesférico y semilleno de semillas oscuras.

—Mire lo que tenemos aquí –dice Noé, la satisfacción impregnada en cada una de sus palabras–. ¿Sabe qué es? Es cacao, para hacerles chocolate. Les encanta, con leche y puro también.

La semilla de cacao sabe amarga.

Noé Alvarado tiene 24 años, es técnico en Gastronomía y se encarga no solo de que el menú sea idóneo en sabores, texturas y nutrientes, sino también de todo lo administrativo-financiero en la cocina. Ecónomo, le dicen a lo que él hace. No cualquiera puede serlo. Noé se graduó en diciembre de 2009 en la Escuela Especializada en Ingeniería ITCA-FEPADE, y antes trabajó como encargado de cocina en un concurrido restorán llamado La Bodeguita del Cerdito.

—Creo que comen mejor aquí que afuera. Dos veces al mes tengo que darles lonja, ¿y cuánto vale la libra de lonja? Ni en mi familia teníamos eso garantizado cuando yo estaba chiquito. Pero cuesta que comprendan… Quiero hacerles entender que coman vegetales, pero algunos no quieren, y más de uno hasta me ha ofendido alguna vez, aunque en general tengo buena comunicación. Son más los que lo aprecian a uno.
—Para esta noche, ¿qué están preparándoles?
—Vamos a ver…

Noé da un par de pasos y se asoma a la cocina, donde tres de sus subordinados preparan la cena. Unas hojas escritas a mano y pegadas en la pared explicitan el menú de toda la semana. Lee.

—Hoy cenarán plátano frito, casamiento, crema y pan francés. Y para desayuno les dejamos huevo duro con tomatada, frijolitos guisados, queso, dos franceses y la bebida: café con leche. Ah, y siempre se les da un pan dulce.
—¿Cuál es la comida que más les gusta?
—Para el almuerzo… carne a la plancha. Y en la cena, cuando hacemos hamburguesas, hot-dog o sándwich. Les encanta.

A Noé le encanta su trabajo. Me encanta mi trabajo, dice. Su padre no quería que estudiara cocina, lo veía poco apropiado, pero un hermano mayor lo apoyó. Noé es el séptimo de once, y el suyo fue un hogar en el que nunca sobró el dinero, pero en el que todos lograron el cartón de bachiller. La clave, dice convencido, es la familia. Si la familia funciona, la sociedad funciona.

—Casi todos los jóvenes vienen de familias desintegradas. Aquí hay de todo, pero muchos delinquen porque no tienen qué comer o para ayudar a la mamá. Por eso digo: si cometieron un error, tienen derecho a una segunda oportunidad. Si todos fuéramos juzgados por los errores que cometemos, todos estuviéramos presos.

Noé resultará el más optimista entre todas las personas con las que hable en Sendero de Libertad, quizá porque es de los que menos tiempo lleva.

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Hugo Castillo, la persona que asumió después del 11-S, es el director más atípico que ha tenido Sendero de Libertad. En términos futbolísticos sería un canterano, alguien de las categorías inferiores que se cuela en el primer equipo. Comenzó como orientador en diciembre de 1997, con 23 años, y subió todos los peldaños hasta convertirse en la máxima autoridad, un hecho sin precedentes. Mi universidad es acá, dice el director Castillo, quien también sigue viéndose –y actuando– como un orientador. Igual que Paulino.

—Es que aquí todos deberíamos ser orientadores, todos deberíamos orientar a los muchachos para que tuvieran una actitud positiva –dice un jueves de agosto en su modesto despacho, recalentado porque se ha ido la energía eléctrica y no funciona el ventilador–. Orientar debería ser una actitud, pero muchas veces nos vienen profesionales en equis carrera y se enfrascan en eso, en querer los casos ya, concretos. Yo soy licenciado y traeme el caso, dicen, pero algunos ni se acercan a platicar con los muchachos.

Por su personalidad –introvertido, poco confrontativo–, pero sobre todo por su cargo, al director Castillo le toca ser optimista. Dirige un centro ruinoso, donde a veces no hay ni para comprar una pelota o un chorro, pero prefiere ver el vaso medio lleno. Habla de cambios positivos en la actual administración del ISNA. Ahora ya nos tratan como parte de la institución, dice. Pero tres lustros viendo desde primera fila el enquistamiento no pasan en vano.

—Si un joven se deja ayudar, dos años son suficientes. El problema es que no se trata solo del joven: muchas veces la familia influye negativamente y el mismo ambiente en los centros de internamiento no es el más adecuado para tomar decisiones.

El director Castillo tiene un hijo de 13 años. Le cuesta concebir que pudieran encerrárselo en un lugar como el que él dirige.

—Muchos dicen que la ley es demasiado garantista, pero cuando yo veo a mi niño… No me lo imagino en Sendero de Libertad, y todos estamos expuestos a eso. Yo eso le digo a la gente para hacer conciencia: si su hijo estuviera en un problema, ¿le gustaría que pasara detenido 15 años?

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—Yo siento que la sociedad salvadoreña no cree en la juventud –dice Colette.

En unas horas noviembre de 2011 será pasado y en la pantalla de la computadora sonríe Colette Hellenkamp: 28 años, estadounidense, trabajadora social, voluntaria años ha en Cristianos por la Paz, una oenegé que durante 2006 y 2007 mantuvo un esmerado programa juvenil en Sendero de Libertad. Colette viajó docenas de veces de San Salvador a Ilobasco para trabajar con un grupito de niños infractores seleccionados por la dirección. En un plano personal, la experiencia fue muy enriquecedora, dice, pero no terminó de convencerla la dinámica interna. La desidia.

—Las personas que trabajan en lugares así, si realmente quieren ayudar, tienen que crear relaciones con los jóvenes, generar confianza. ¡Confianza! Hay que ir adonde están ellos, apoyarlos en sus problemas, ayudarlos… conocerlos bien, pues… como seres humanos que son.

Seres humanos que son, dice.

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Hay tantos informes sobre Sendero de Libertad que con sus páginas se podría empapelar el Palacio Nacional.

A las instituciones y a las oenegés parece que les gusta evaluar diagnosticar radiografiar. Tan solo en los últimos tres años, la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, la oenegé Fundación de Estudios para la Aplicación del Derecho (FESPAD), la Unidad de Justicia Juvenil de la Corte Suprema de Justicia y hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos han evaluado el reclusorio y redactado el respectivo mamotreto. Pero todos esos estudios pecan de superficialidad: se centran en cifras y en opiniones, no en dinámicas.

Paulino redactó hace unos meses, sin que nadie se lo pidiera, un remedo de ensayo en el que recoge una idea muy entendida entre los empleados de Sendero de Libertad. Más allá de clasificaciones por edad, sexo, pandilla o condición jurídica –repiten los que más de cerca viven el problema–, los jóvenes infractores se dividen en dos grandes grupos: los que quieren reinsertarse y los que no quieren.

—El Estado debería separarlos e invertir el grueso de sus recursos en los que quieren –me dijo Paulino con paradójico entusiasmo–, con un sistema de atarraya y de pesca para halar a los que en principio no quieren y pasarlos a los centros en los que estén los que quieren.

Quizá funcionaría, quizá no. Pero me sorprendió encontrar, después de haber leído tanto informe oenegero-institucional, una propuesta concreta, novedosa, medible. Nunca es tarde para recomponer las cosas, me había dicho Paulino cuando nos conocimos. En otra ocasión, mientras veíamos sentados sobre la grama la final de un torneo interno de fútbol rápido, a Paulino se le desató la vena filosófica, como tan seguido le sucede.

—Yo esto de la violencia lo comparo con el cáncer. No sabemos a las cabales cómo ni por qué se origina, pero se tiene un tratamiento relativamente efectivo: la quimioterapia. ¿Por qué entonces en El Salvador se pierde tanto tiempo y dinero investigando de dónde viene la violencia, cómo surgió, en lugar de esforzarnos en aminorarla? Es triste… es triste ver cuántos jóvenes están muriendo por gusto.

Las palabras pesan, el eco silencioso ensordece.

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El último día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, el custodio de los de la Portería se me acerca, mesurado.

—Está más calmado hoy aquí. Nueve tenemos nomás. Ayer trasladaron a cinco para Tonacatepeque. Descubrieron a tiempo que eran de la Mara.

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Jueza impone diez años de internamiento a menor

San Salvador, 11 de noviembre 2011 (Interjust). El Juzgado 3º de Menores impuso la medida definitiva de diez años de internamiento contra un adolescente de 17 años, procesado por homicidio agravado en perjuicio de David González, de 32. La jueza, Yanira Herrera, luego de haber establecido la agravante de la premeditación, impuso la  medida. El imputado continuará en el Centro de Internamiento “Sendero de Libertad”, en Ilobasco, departamento de Cabañas. Según datos del proceso, el homicidio se registró a la 1:20 p.m. del pasado 18 de julio en la zona  donde se comercializan “tortas mejicanas”, en el parque “Hula-Hula” de San Salvador. La víctima ya había abordado su vehículo cuando el menor le disparó. El móvil del hecho no fue clarificado. En el hecho fueron capturados en flagrancia el acusado y un vigilante del lugar. Asimismo no se logró establecer si el menor perteneciera a pandilla alguna. El proceso pasará a la orden del Juzgado 2º de Ejecución de Medidas.

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La Convención sobre los Derechos del Niño, en su artículo 40, obliga a los estados firmantes a dar prioridad a las “medidas alternativas a la internación”. A Naciones Unidas no le excita la idea de encerrar menores, y ese criterio lo aplica parejo a sociedades tan dispares como la suiza, la china o la salvadoreña.

El Salvador ratificó la Convención en julio de 1990, y en el plano jurídico la intención de respetarla es incuestionable. En la Ley Penal Juvenil vigente la privación de libertad se define como excepcional y se explicita que será “por el menor tiempo posible”. La Política Nacional de Juventud 2011-2024, elaborada durante el Gobierno del presidente Mauricio Funes, tiene entre sus metas a corto plazo “ampliar en un 30% las medidas alternativas a la privación de libertad”. En otras palabras: El Salvador se ha comprometido a priorizar las amonestaciones orales, los servicios a la comunidad y la libertad asistida para jóvenes como los de Sendero de Libertad.

El representante en el país de Unicef es un puertorriqueño llamado Gordon Jonathan Lewis. Cuando solicité hablar con él, creí que se atrincheraría en la defensa de la Convención y de los otros cuerpos normativos apadrinados por Naciones Unidas, como las Reglas de Beijing o las Directrices de Riad. Sin embargo, el escenario que planteó fue mucho menos radical, e incluso sugirió que, siempre que se respeten los principios rectores, El Salvador debería buscar su propio modelo para abordar la violencia juvenil.

—Esto no es negro o blanco; existe la posibilidad de que un Estado tome medidas que incluso contraríen reglas y directrices, solo que ante el Comité de los Derechos del Niño hay que justificar que responden a una realidad en el terreno, después de una evaluación rigurosa y sostenida. Pero en El Salvador hay una serie de realidades a las cuales tenemos que responder.

Lewis se refería, obvio, a las maras.

—El problema en El Salvador –dijo– es que estamos buscando soluciones inmediatas a problemas estructurales. Pero, ¿cuál es el problema de fondo aquí? Que tenemos un modelo económico y productivo que fomenta la desintegración familiar y el debilitamiento de las estructuras comunitarias.

Dos décadas después de la ratificación de la Convención, El Salvador tiene una arquitectura jurídica que poco difiere de la suiza, pero hablar de cambios en el modelo económico y productivo sigue sonando a chino.

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En Sendero de Libertad cualquier día, a cualquier hora, por cualquier motivo puede haber un linchamiento, una pelea entre bandos o un amotinamiento. O todo a la vez.

—Aquí mucho depende del estado de ánimo de los jóvenes –me dijo una vez Paulino.

En el fin de semana del 8 y 9 de octubre los jueces remitieron a cinco niños. Pasaron sus primeras noches en los módulos tercermundistas de la Portería –el procedimiento habitual con los recién llegados–, y el lunes en la tarde, después de que el psicólogo y los orientadores se convencieron de que no eran pandilleros, los llevaron al Sector 1. Allí los esperaban 120 jóvenes con el verdadero examen de admisión.

Hubo suerte dispar en los interrogatorios. A uno le compraron que era civil y se quedó en la Casa 6, la de los provisionales. Otros dos salieron relativamente bien librados: nomás los zarandearon, les dieron pescozones y los expulsaron del sector el mismo lunes, por la sospecha. Los últimos dos, una pareja de primos detenidos por extorsión y venidos desde Nueva Concepción, en Chalatenango, no pasaron el examen. Pero ese día ahí quedó todo.

—A un recién llegado lo entrevistan orientadores y psicólogos. ¿Qué hacen ustedes para concluir lo contrario que ellos? –pregunté otro día a un ex de la MS del Sector 1.
—¡Es que ellos solos se descosen! A las personas se les conoce por el hablado, por cómo caminan, por dónde viven… Y aquí activos sí que no queremos.
—Pero vienen sin tatuajes ni marcas, ¿cómo saben si están brincados?
—Es que no es que sea brincado o no. Media vez una persona anda en esto, ya estuvo. Mire, el deschongue del año pasado fue porque de años dejaron entrar activos que decían que no, que yo tranquilo, y muchos hasta bróderes se hicieron para mientras, ¿y qué pasó? Hicieron su grupito, levantaron ala, y terminaron quedándose con el Sector 2. Y por eso reventó esto.

Visto así, tatuar una sentencia de muerte en forma de dos letras tachadas no deja de ser un macabro mecanismo de defensa.

Quizá eso les esperaba a los primos de Nueva Concepción. Como si lo supieran, pasaron todo el martes 11 de octubre pegados al portón de acceso al sector. Poco antes de las tres y media de la tarde, la turba se les fue encima e inició el ritual del linchamiento. Esta vez el inconfundible sonido de unos balazos se apoderó de todo el reclusorio.

En Sendero de Libertad, la seguridad perimetral la brindan custodios de la Dirección General de Centro Penales y fuera de las instalaciones hay un mínimo contingente de militares. Cuando el linchamiento inició, fue el custodio del garitón de vigilancia el que disparó su arma al aire en repetidas ocasiones. Lejos de replegarse o tirarse cuerpo a tierra, los jóvenes la emprendieron a pedradas contra el garitón y obligaron al custodio a parapetarse. El linchamiento no se interrumpió. Un soldado de la entrada, al escuchar la bulla, también disparó su fusil de asalto.

—Si no dejan de disparar esos cerotes, vamos a topar el centro –gritó altanero el más influyente de los líderes del sector.

Un orientador se la jugó. Entró, cargó al menor que estaba más a mano y lo sacó. Al otro le fue peor. Inconsciente, tuvo que esperar a que Pedro y Paulino llegaran desde el edificio de la Dirección. Pedro lo cargó en brazos como pudo, y se lo llevaron de urgencia a un hospital. El bicho estaba  desconectado, me dijo un menor. Le habían abierto la cabeza con una barra de hierro.

—Sin esos disparos, lo hubieran matado –me dijo Pedro días después.

Al joven que amenazó con topar el centro lo llamaremos el Pincha. Es un ex de la MS con condena de siete años y al que me presentaron como alguien “de choque”. Su nombre apareció en incontables conversaciones durante cuatro meses. Para bien o para mal, daba la impresión de que en Sendero de Libertad nada se movía sin que el Pincha diera su aval. Un día aparecía corvo en mano encabezando una turba, otro pidiendo a las autoridades que le permitieran formar un equipo de fútbol. Un día estaba quebrando focos y pidiendo la cabeza del orientador que reportó ante el juez una fracción de sus desmanes, otro en un refugio para damnificados por las lluvias, al frente de la delegación de menores infractores que donó sus 120 almuerzos.

—Desde el momento que atraviesas la puerta y pones un pie aquí adentro, entras en un mundo diferente a todos. Estos jóvenes son únicos, y este lugar es maravilloso para conocer el género humano –me había advertido Paulino tiempo atrás.

Mes y medio después de los linchamientos del 11 de octubre, el problemático, ultraviolento y contradictorio Pincha recuperó la libertad.

—Uf, al fin se fueron los problemas del Sector 1… –me confesó uno de los orientadores.

Los problemas regresaron a las calles.

Los internos llaman a ese lugar Zacatillo, como la isla del Golfo de Fonseca en la que allá en 1915 se levantó un pequeño Alcatraz. En la cárcel de Mariona hay otras zonas de aislamiento, pero ninguna con el negro prestigio de esta, a la que las autoridades llaman con neutralidad “el sector 4”. En los años 90, esos tiempos en los que los cadáveres de presos ajusticiados en motines se amontonaban a las puertas de Mariona cada día, aquí se encerraba a quien había matado involuntariamente a alguien en un accidente de tránsito, para protegerlo del lado más salvaje de la cárcel. Ahora Zacatillo es un pozo al que se echa a los reos peligrosos, a los que no deben convivir con nadie más porque causan desórdenes y constantemente buscan pelea. Zacatillo es una cárcel dentro de una cárcel y alberga a hombres que en teoría deben estar alejados incluso entre ellos, aunque desde hace tiempo se amontonen cinco o siete en cada pequeña celda de dos camastros.

Es un jueves de octubre de 2011 y en Zacatillo las iniciales MD están por todas partes. Es imposible no verlas. Es como si un niño travieso hubiera jugado día tras día a estamparlas con pintura negra o con alguna cuchilla en las paredes sucias.

Alrededor de su minúsculo patio triangular, los muros del pasillo y de casi todas las celdas del sector 4 están cubiertas por grafitos. Algunos no tienen significado más que para quien los hizo: nombres, fechas, dibujos. Otros, al igual que sucede en las calles en las zonas que controla alguna pandilla, están dirigidos a todo el que los ve y son edictos, advertencias que convierten las paredes en las nuevas tablas de los mandamientos. El primero es una rigurosa trinidad que en la cárcel te mantiene vivo, como el oxígeno: “Ver, oír y callar”.

Ya digo que las siglas MD se repiten en todas las paredes, y cuesta creer que no signifiquen algo de gravedad. En la celda 6, junto a la cabecera del camarote de arriba, hay una pequeña M y una D separadas por puntos. Pregunto por esas letras a un preso alto y despeinado que sale de esa celda y me miente:

—No significan nada… Son cosas que pone la gente. Ya estaban ahí cuando yo llegué.
—¿Y esas otras?

Señalo un enorme MD que ocupa toda una pared, en el pasillo, encima de otro grafito mucho más comprensible, de un metro y medio de ancho, en el que se lee “100% TRASLADADOS”. Confío en que no va a ser capaz de responderme con otra nada. La importancia de esas siglas es demasiado evidente. Mariona es una cárcel de “civiles” -se supone que aquí no hay pandilleros- y los Trasladados son una de las bandas carcelarias de civiles más poderosas y sanguinarias del país. Nadie en su sano juicio pondría por capricho unas enormes letras vacías justo encima de una marca territorial de los Trasladados. En las calles y en la cárcel, donde exhibir autoridad es una herramienta esencial de supervivencia, eso se consideraría un desafío, un insulto. Y los insultos en la cárcel se pagan muy caro.

—Nada. No significan nada -me repite.

Inútil insistir. Me alejo y entablo conversación con otro preso, bajo y robusto, que resulta ser más hablador o tener más afán de protagonismo. Charlamos de las condiciones carcelarias, de las rutinas de Zacatillo. De repente se interrumpe y me pregunta si noto un olor extraño. “A sangre”, dice. Supongo que trata de impresionarme.

—Es porque anoche trataron de matar a un compañero aquí mismo, en ese camarote. Lo acuchillaron.
—¿Quién?
—Un loco que ahorita está en el hospital. Entre todos le dimos una buena penqueada.
—¿Y por qué atacó a tu compañero?
—Porque está loco.
—Ya, claro…

Aprovecho para preguntarle por esas siglas extrañas de las que parece prohibido hablar. El hombre duda, pero con un gesto me propone entrar a su celda. Allí, espera a que salga uno de sus compañeros y baja la voz:

—Es lo que les obligan a tatuarse a los de La Raza cuando se pasan a Los Trasladados.
—¿Y qué significa?
—Mara Desvergue.

***

A comienzos de los 90, recién firmados los acuerdos de paz, la mayoría de penales de El Salvador eran un ir y venir de pequeñas bandas y de efímeros líderes carcelarios que dormían con el corvo en la mano a la espera de que algún ambicioso tratara de destronarlos. De muros para adentro reinaban presos civiles, y los jóvenes mareros locales de la MZ, la Mao Mao o la Gallo, que no inspiraban más temor que cualquier delincuente común, trataban de pasar inadvertidos. Los primeros pandilleros deportados de la MS o la 18 eran hombres solitarios, anónimos y todavía sin poder en los patios. Los últimos presos vinculados a la guerrilla del FMLN, a los que aún se llamaba “los políticos” aunque muchos estuvieran entre rejas por cometer delitos comunes, gozaban de respeto entre el resto de internos, porque se sabía que en la libre tenían amigos que, con armas o ahora desde la política, podían responder por ellos o cobrar sus cuentas pendientes.

La cárcel de San Francisco Gotera estaba considerada un centro de máxima seguridad y tenía fama de recibir a reos problemáticos de todo el país, y los más violentos allí, en 1993, eran migueleños: los hombres de la banda de El Ruco. La memoria carcelaria, que es colectiva y se recita en los principales penales del país, ha olvidado el nombre de El Ruco, pero recuerda de él que era corpulento y había tenido entrenamiento militar. Presumía ante el resto de tener un pacto con el Diablo, y gobernaba Gotera como un demonio. Con un pequeño ejército de 30 hombres armados aplicaba impuestos, robaba impunemente a los recién llegados y sometía con violencia cualquier intento por organizarse en su contra. Los informes de trabajadores sociales de la época denuncian que El Ruco y su banda cometían constantes abusos sexuales contra aquellos que no se plegaban a su autoridad. En los días de visita, llegaron a violar a las madres o esposas de otros internos.

Entre los sometidos al yugo de El Ruco y sus migueleños estaba un grupo de presos llegados desde Mariona, la cárcel de la capital, y comandados por un ladrón de apellido Salamanca. A esos capitalinos, que se creían más duros que el resto y que tras su llegada cometieron pequeños robos entre la población interna, El Ruco y sus hombres -gentes de campo la mayoría-, los trataron como a la mala hierba y como castigo les golpearon y vejaron a diario durante meses. Hasta que en mayo la semilla de odio que El Ruco había sembrado por todo el penal germinó.

Una tarde, liderados por Salamanca, varias decenas de presos unidos por una enemistad común derribaron los muros internos que separaban los sectores de la cárcel y por primera vez atacaron a El Ruco y sus hombres, que se defendieron con piedras y armas hechizas. Esa vez no hubo muertos, pero El Ruco fue trasladado al penal de San Vicente y sus 30 soldados recluidos, para su propia protección, en celdas de aislamiento. El resto de presos había decretado sentencia de muerte contra ellos.

El 29 y 30 de octubre hubo un nuevo motín y perdieron la vida tres de los hombres de El Ruco. Al resto les tocó esperar, con la certeza de que también morirían, hasta que Salamanca consumara su venganza definitiva el 18 de noviembre.

Ese jueves, armados con corvos hechizos y con el rostro cubierto, Salamanca y su gente volvieron a recorrer el penal determinados a llevar al juicio final a quienes habían sido sus jueces. Acuchillaron, mutilaron y decapitaron. Para la macabra leyenda carcelaria del país quedará siempre el hecho de que que los verdugos acabaron jugando al fútbol con la cabeza de una de sus víctimas.

En aquel baile de cuchilleros encapuchados los hombres más cercanos a Salamanca, para reconocerse, gritaban una clave de dos letras, MD, que su jefe había ideado. Esa contraseña y su significado, Mara Desvergue, se convirtió con los años en un rasgo más de su identidad. Aunque esa banda carcelaria que nació sobre los cadáveres de 30 personas acuchilladas se la ha conocido más, durante años, como Los Trasladados.

El gobierno de Alfredo Cristiani, inmerso de lleno en la preparación de las elecciones presidenciales que se celebrarían cuatro meses después y con un delicado informe que una Comisión de la Verdad elaboró sobre los crímenes cometidos durante la guerra civil recién terminada, respondió a la masacre de Gotera dispersando por otros penales a Salamanca y sus hombres, identificados como cabecillas del motín. Estos no tardaron en ganar adeptos allí donde llegaron y entre enero y febrero organizaron tres motines en los penales de Sensuntepeque y Santa Ana que terminaron con siete muertes. Los Trasladados acrecentaban su leyenda y su estela de miedo y respeto.

Hasta que las autoridades de Centros Penales, en un intento por frenar la epidemia de amotinamientos, decidieron concentrar a todos los agitadores en un único lugar; el mismo del que menos un año antes habían salido: La Esperanza, de Mariona. Corría marzo de 1994.

El Ruco, encerrado en el penal de San Vicente, recibió las noticias de lo sucedido con sus hombres y del contagio de la violencia a otros penales. Supo también que Salamanca y su gente habían regresado a Mariona. Por eso, cuando semanas después recibió la notificación de que él también sería trasladado allí, supo lo que le esperaba. Antes de morir a manos de un asesino que no fuera él, se ahorcó en su celda de aislamiento.

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Era cuestión de tiempo. En la zona de Penados del sector 3 de Mariona, donde compartían celda los internos con más años de condena y más autoridad en la prisión, las discusiones sobre cómo acabar con la tiranía de Salamanca empezaban a generar fricciones entre los que reclamaban prudencia y aquellos que querían resolver la crisis por las armas. Desde su llegada, Los Trasladados habían instaurado un régimen de terror, aupados en el poder que les daba el rastro de sangre de los motines de inicio de año. Extorsionaban a otros internos y les aplicaban castigos arbitrarios más brutales aun que los que ellos habían sufrido en sus tiempos de sometimiento en Gotera. A diario salían de Mariona cadáveres mutilados o quemados. La tensión era tal que en cinco meses desertaron Mariona 27 custodios, huyendo de amenazas o de la certeza de que el penal iba a estallarles en la cara. Salamanca se había desbocado, actuaba como un tirano, y los presos que en los últimos años habían dirigido esa cárcel, agrupados en torno de hombres que ahora son mitos carcelarios, como Trejo, Posada o Guandique, se sentían relegados y ultrajados.

Pero no fueron ellos quienes derribaron a Salamanca. La tarde del 18 de agosto de 1994, en el taller de carpintería, dos internos que trataban de robar unos botes de thinner creyeron que un custodio les había visto. No era así, pero los presos estaban drogados y los nervios se les convirtieron en paranoia. Sin medir consecuencias, uno de ellos se lanzó contra el vigilante y lo macheteó hasta matarlo. Aquello fue la mecha que necesitaba el polvorín creado por Salamanca. La noticia llegó en pocos minutos a los sectores y los reos comenzaron a armarse para lo que pensaban que sería una batalla campal.

En realidad fue una cacería, que duró hasta la mañana del día 19. Varios internos que estuvieron en Mariona aquella larga noche aseguran que los custodios, con el aval de las autoridades del penal, irrumpieron en los patios disparando con el objetivo medido de matar a los hombres de Salamanca. Los buscaron, los hallaron y los asesinaron. Unos reportes hablan de 13 muertos, 12 internos y un custodio. Otros de hasta 20, la mayoría baleados. Un reo con respeto en los patios por aquellos días y que años después ha vuelto a caer preso, cuenta que a El Puro, uno de los hombres de Salamanca que había estado con él en Gotera, los custodios lo ejecutaron con un G-3 en un pasillo, en el lugar que hoy ocupa el despacho del subdirector de seguridad. A Salamanca lo capturaron vivo en el sector 1 cuando se le acabaron las balas del revólver que usaba y lo llevaron esposado hasta la zona de audiencias, a un salón de visitas conocido como “el de 10 minutos”. En todo Mariona se escucharon los disparos que lo mataron. Un interno del sector 2, que estaba allí aquel día, aferrado a un corvo temiendo lo que seguiría, completa el relato:

—Después de ejecutar a Salamanca, juntaron a todos los muertos y los picaron.
—¿Quiénes?
—Las autoridades.
—Pero, ¿por qué?
—Para decir después que los habían matado a machetazos otros internos.

Al día siguiente, mientras los medios de comunicación daban la noticia de lo que oficialmente fue un motin carcelario -¿qué vale la palabra de un reo frente a la de un custodio?-, las autoridades trasladaron a las bartolinas de la antigua Policía Nacional, en San Salvador, a 104 reos a los que identificaron como parte de la estructura de Salamanca. Unos lo eran; otros no, pero desde ese momento se convirtieron a la fuerza en miembros de la banda.

En los sótanos de la Policía Nacional estuvieron hasta octubre, cuando fueron llevados al penal de Cojutepeque, en aquel entonces considerado de máxima seguridad. Durante meses, allí se les sometió a la tortura de obligarles a hacer ejercicios físicos durante la madrugada mientras se les arrojaba agua helada. Muchos contrajeron tuberculosis, pero sobrevivieron. Y sobrevivió su identidad como grupo. 18 años después, la banda ha crecido y hay miembros de Los Trasladados en todos los penales de civiles del país. Pero nunca han vuelto a cobrar fuerza de Mariona.

***

A El Racero le gusta vestir bien. De hecho, hoy lo hace muchísimo mejor que yo, que hoy he venido a la cárcel con tenis gastados y una vulgar camiseta. Él luce zapatillas de un blanco impecable, pantalones perfectamente planchados y una camisa polo con un cocodrilo verde bordado en el pecho. No es extraño, supongo, en alguien que por su trayectoria de entradas y salidas de Mariona goza de cierto estatus entre los presos y que controla negocios muy lucrativos en la cárcel.

El Racero también estaba aquí cuando en 1994 los custodios mataron a sangre fría a Salamanca, y recuerda lo que en Mariona se aprendió de aquello. Fue uno de los que tomaron decisiones en aquellos días.

—Consolidamos la idea de que los reos necesitábamos una única estructura vigilante en el penal, alguien que prohibiera las extorsiones y los robos, y que mantuviera calmadas las aguas.
—¿Y que los protegiera de gente como Salamanca?
—Exacto. Después de aquello, por muchos años, aquí el que llegaba de otro penal se moría. Así de simple: se moría. Al final, el espacio en Zacatillo ya no daba, porque los trasladados ya ni llegaban a entrar a los demás sectores y se aislaban de un solo.

Hoy esa estructura que se creó en Mariona se llama La Raza, es el gobierno real del penal de Mariona, y su enemistad de sus integrantes -“marioneros” o “raceros”, los llaman en otros penales- con Los Trasladados permanece intacta. Ambos grupos se han expandido por diferentes cárceles y han crecido en miembros a medida que el sistema penitenciario salvadoreño se ha masificado. Todo el que ha pasado por Mariona queda marcado para Los Trasladados como sospechoso y tiende por tanto a buscar el amparo de La Raza allí donde llega. Cualquier preso con largo historial de traslados es, para quienes controlan Mariona, un posible infiltrado al que los mismos marioneros envían a aislamiento si no se somete de inmediato a la disciplina de los palabreros de La Raza.

Controlar una cárcel, un sector, es controlar los impuestos a los internos y la venta de drogas en el recinto, pero es algo más: es ser ley y justicia en ese lugar. Y desde ese lugar abanderar el odio a los enemigos. Los esporádicos motines son solo la punta del iceberg de la batalla permanente que ambos grupos libran por el control de los penales de reos comunes.

Que ya no son todos. En 2001, el evidente aumento de presos de la Mara Salvatrucha (MS-13) y el Barrio 18, y la acumulación de muertos en motines causados por enfrentamientos entre ambas pandillas, hicieron que el gobierno salvadoreño las separara en cárceles distintas. No mucho después, la masacre de agosto de 2004 en Mariona, por un enfrentamiento entre pandilleros de la 18 y el ejército de La Raza, asentó la idea de que los pandilleros tampoco debían compartir espacio con reos comunes o civiles.

Con esa misma lógica, ocho años después se han vuelto necesarias, además, cárceles diferentes para las dos facciones enemigas en que se ha dividido el Barrio 18 -Revolucionarios y Sureños- y sectores aparte para el creciente número de presos que abandonan las pandillas y automáticamente pasaron a estar condenados a muerte por sus antiguos homies.

El sistema carcelario salvadoreño se ha convertido en un rompecabezas en el que las piezas, en vez de encajar, se repelen entre ellas.

Ástor Escalante, que fue director general de Centros Penales entre 2004 y 2006, admite que, en su época, la única forma posible de administrar los conflictos en el sistema penitenciario era una constante dinámica de traslados. Ante cada acto de violencia, el traslado -de un sector a otro o de un penal a otro- como castigo. Ante cada sospecha de que se estuviera gestando una fuga o un motín, el traslado como prevención. Con eso no se desarticulaban las estructuras de poder y negocios que los internos mantenían -y aún mantienen- en cada penal, pero en palabras de Escalante “se les desordenaba temporalmente, se les incomodaba”.

Seis años y un cambio de gobierno después la situación no ha variado demasiado. En marzo de 2012 había en todo el país más de 575 presos en islas como el Zacatillo de Mariona. Como las 146 celdas de aislamiento que tiene el sistema no son suficientes para albergar a todos los reos violentos o en peligro de ser violentados por otros, en Chalatenango se usan como celdas los dos cuartos que se construyeron junto a la clínica para que durmieran las enfermeras; en Mariona, las celdas destinadas a enfermos de tuberculosis reciben a presos hartos de ser violados una y otra vez por otros presos; en Cojutepeque hay reos en lo que deberían ser cubículos para visita íntima; en Sensuntepeque la antigua capilla es ahora una celda más, una isla más en este archipiélago de enemigos a los que las autoridades tratan de mantener separados, como quien trata de separar a las abejas dentro de una colmena.

***

La mañana del miércoles 25 de enero de 2012, el entonces director general de Centros Penales, Douglas Moreno, dio órdenes por teléfono a los directores de cuatro de las mayores cárceles del país: “Prepárense para un traslado masivo. Tienen 24 horas”. A las 5:30 a.m. del jueves, media hora antes del desencierro y el recuento matinal, en los penales de Usulután y San Vicente los custodios despertaron a cientos de reos que aún dormían en sus camarotes y les ordenaron vestirse y salir. Apenas les permitieron llevar consigo las pertenencias que pudieron cargar en las manos, aunque también eso les fue arrebatado en registros posteriores.

En Apanteos, el sector 11 completo fue embarcado en buses antes de que muchos de ellos apenas pudieran saber qué estaba sucediendo. Hacía semanas que todos dormían en colchones en el suelo. El director del penal les había retirado los camarotes para evitar que usaran su estructura metálica para hacer fierros, como los presos llaman a los corvos y cuchillos.

A las 8 de la mañana, 580 presos viajaban con las manos vacías y esposadas camino a Mariona y otros 580 acababan de salir de allí para ocupar los lugares que acababan de quedar vacíos en los otros tres penales. Los que salían de la penitenciaría central no sabían por qué los trasladaban. En realidad no había ninguna razón disciplinaria o de seguridad para moverlos. No era nada personal. Simplemente, el Estado necesitaba cuadrar cuentas y a ellos les había tocado ser hoy números. Cuando hay grandes traslados, la suma final en cada penal debe ser cero. A Mariona iban a llegar 580 y a 580 tipos les tocó hacer hueco.

Fue el mayor movimiento simultáneo de presos desde que en 2010 se acabó de partir el Barrio 18 y hubo que colocar a sus miembros en cárceles separadas.

Las razones del traslado, esta vez, eran más confusas. Una semana antes, el jueves 19, la Dirección de Centros Penales había trasladado de Usulután a San Vicente a 34 presos. A las autoridades habían llegado rumores de que preparaban un motín destinado a encubrir una fuga. Con el movimiento, Centros Penales creía desactivar esos planes.

Pero no. El penal estalló de todos modos al día siguiente. El viernes 20 de enero aparecieron los cuchillos y hubo disparos de los internos y de custodios. Dos grupos de presos se batieron en el patio durante más de una hora. Un interno cayó abatido a balazos cuando corría por los techos de un módulo de celdas camino a uno de los garitones militares en el muro perimetral. Se dijo que quería fugarse, pero todo parece indicar que en realidad ese preso muerto no pretendía saltar a la calle, sino arrebatar al militar su fusil y, con él, seguir matando dentro del penal. Si con un polín afilado se mata, en medio de una molleja carcelaria tener un fusil ametrallador es ser todo un arcángel robavidas.

Aparentemente el soldado fue más rápido, aunque tres meses después las autoridades siguen diciendo que no saben quién disparó al reo. A nadie en El Salvador le ha importado averiguarlo. En El Salvador solo su familia llora a un preso. Ese día, en el penal de Usulután, hubo cinco presos muertos.

Los informantes de las autoridades -siempre hay presos que hablan; siempre hay quien rompe la ley de silencio de la cárcel y traiciona al miedo- atribuyeron el motín a un grupo al que llamaron “la MD”, y aseguraron que el grupo operaba también en otros dos penales del país: San Vicente y Apanteos.

El traslado masivo que siguió a las muertes tuvo más espacio en los periódicos y los noticiarios televisivos que las propias muertes. “Detectan una tercera pandilla”, escribió La Prensa Gráfica en su portada, como si en el país antes de ese día solo operaran la MS-13 y el Barrio 18, como si no existieran grupos como Mao Mao, La Máquina o La Mirada. Por 48 horas, el país se escandalizó al saber que había “una nueva mara” con las mismas siglas, MD, de una conocida marca local de zapatos.

Aunque no es un hombre de eufemismos, Douglas Moreno dijo a los medios que el nombre de esa banda era “Mara Desorden”, porque la palabra “desvergue” le pareció inapropiada. Según él, el grupo estaba formado principalmente por pandilleros retirados de la MS-13 y el Barrio 18 y con su traslado a Mariona se había “desactivado una bomba” que amenazaba al sistema penitenciario entero. Presentó a los MD como el grupo de presos más peligroso del sistema penitenciario. Dijo que concentrar a todos sus miembros en un mismo lugar, el sector 5 de Mariona -un enorme galerón sin divisiones y con camarotes para 600 personas, vigilado por cámaras- iba a “destruir” a la nueva banda.

Pero casi nada de lo que dijo Moreno tenía mucho sentido. Y Moreno lo sabía. “Las identidades en la cárcel son complejas. Los internos a los que hemos movido a Mariona se identifican con las siglas MD; eso es lo que sabemos hasta el momento. Pero no tomes como definitivo que se trate de un grupo de expandilleros. No pongo las manos en el fuego por ello”, me diría días después en su despacho.

***

—Son los Trasladados. MD y Los Trasladados es lo mismo.

A pesar de las esposas, El Chapín no acaba de parecer uno de los reos más peligrosos del país. Está evidentemente pasado de peso y muy despeinado, como si acabara de despertar de una noche difícil. Su rostro agotado parece hinchado por el calor. Viste totalmente de blanco, como los internos del penal de máxima seguridad de Zacatecoluca. Lleva una amplia camiseta, shorts y unas chancletas que le quedan pequeñas. Es la ropa que le han dado las autoridades. Sus pertenencias quedaron en una celda del penal de Usulután. Ha pasado una semana desde el traslado masivo y aquí en Mariona no tiene nada propio. Ni un cepillo de dientes.

—En Usulután se armó porque la MD trató de extorsionar a otro grupo, a los panaderos.
—¿Los panaderos? ¿Es una banda?
—No. Son los presos locales de Usulután, los representantes de La Raza allá, que controlan la panadería del penal y hacen buen dinero de eso. La MD lo vio y quiso cobrarles renta, y los panaderos se revolvieron contra esa extorsión y amenazaron con causar problemas si no sacaban de allí a la MD.
—Los denunciaron a las autoridades del penal.
—Cabal. Señalaron quiénes eran los de la MD y pidieron que los movieran. Pero igual se armó la molleja. Los panaderos tenían comprado al comandante de seguridad y al director del penal. Ellos los armaron. ¿De dónde si no iban a tener pistolas originales?

El Chapín lleva encarcelado 11 años y ha pasado ya por cuatro penales. Dice que hace al menos cuatro años que oye a Los Trasladados llamarse así: MD.

—¿Tú no eres de la MD?
—No. A mí me han traído acá porque la autoridad hizo atarrallazo en el penal de Usulután y no distinguió. Pero no soy de ellos. En realidad yo y muchos más aquí adentro somos su escudo humano.
—¿Cómo así?
—Aquí han traído a la crema y nata de Los Trasladados en todo el territorio nacional, pero no son tantos. Y saben que su seguridad depende en parte de ser muchos. Tienen que parecer grandes. Por eso les beneficia que estemos ahí con ellos.

Ser poderoso, o parecerlo, es un arma de doble filo en la cárcel. Puede ser el punto de partida para que alguien de verdad poderoso -con autoridad, dinero o armas ahí dentro- te considere una amenaza y te trate como a un enemigo, o que te extorsione confiando en que tengas dinero o negocios. Pero también puede ser tu salvoconducto para que nadie se atreva a tocarte. En este caso, para la MD, su aparente número de integrantes en Mariona es una batería de misiles más que garantiza que la guerra con La Raza siga siendo fría.

Junto al Chapín está sentado otro interno del sector 5 que ha asentido a cada palabra de su compañero. Lo llamaremos El Firme. Dice que tampoco él es miembro de la MD. Lleva a la vista un enorme tatuaje con el número 18.

—¿Eres expandillero? -le pregunto, siguiendo el rumbo de la versión oficial.
—No, yo estoy parado. Mis tatuajes están todos vivos- responde, mientras se levanta las mangas de la camisa y revela más tatuajes.
—¿Y qué hacías en Usulután, que es un penal para civiles?
—Pregúnteselo al sistema. El sistema sabe que somos pandilleros, pero él nos mueve adonde quiere.

En teoría no hay pandilleros en las cárceles de civiles, pero según El Firme los había en Usulután. Asegura que entre los 580 presos trasladados en enero hay 20 expandilleros de la 18 y 200 expandilleros de la MS-13 que sí se han brincado a la MD, pero también ocho pandilleros activos de la 18, algunos miembros de La Mirada Loca, la Máquina y la Mao Mao, y un sinfín de civiles no alineados, que en Usulután y Apanteos caminaban junto a la MD porque no les quedaba más remedio, porque la MD era la autoridad.

A todos ellos solo un muro los separa de los casi 3 mil internos del sector 3, entre los que se encuentran los dos centenares de dieciocheros y MS activos que, según dicen los mismos líderes de La Raza, se han infiltrado durante los últimos años en Mariona. Si ese muro cae, si algo pasa, si estalla una revuelta, a ojos de los machetes todos en el sector 5 serán MD si no demuestran lo contrario. En la cárcel, el sector en el que estás significa mucho. Y el 5 está acorralado.

El Chapín, con la mirada en el suelo, comenta, fúnebre:

—Creen que con habernos trasladado se soluciona todo, pero en verdad el problema se hace más grande. Esto se va a poner peor. En los otros penales quedaron solo unos pocos de la MD. Ahora La Raza se va a tomar los penales de Usulután, San Vicente y Apanteos. ¿A qué cree que han llegado los 580 que salieron de aquí para que entráramos nosotros?
—¿A qué?
—A tomar el control allá.

***

El director del penal de Apanteos es un hombre sonriente que parece saber todo lo que sucede dentro de los muros que le toca gobernar. Mientras sus ojos bailan inquietos detrás de unos lentes que parecen siempre querer caerse de su nariz, habla con fluidez de La Raza, de Los Trasladados y de sus alianzas y enemistades con la MS-13 y la 18. No conoce a El Chapín, pero su versión de la situación respecto a la MD coincide totalmente con la del preso del sector 5 de Mariona.

—Sí, son ellos, Los Trasladados. Solo han cambiado de nombre.
—¿Y son tan problemátcos como se ha dicho?
—A diferencia de la gente de La Raza, entre Los Trasladados o MD encuentras a más gente vinculada al crimen organizado, gente educada, pausada. Por lo general vienen de bandas, y tienen mucha identificación con el narcotráfico. La relación con la 18 es más reciente. Viene de lo que pasó a finales de 2010.

El director se refiere a lo que pasó el 24 de noviembre de 2010, al motín que terminó con dos muertos y con unos 200 pandilleros de la MS-13 desplazados a Gotera. Aquel día, pandilleros de la Salvatrucha se enfrentaron con Los Trasladados, que dominaban el penal, y se acabó de sellar una alianza entre Los Trasladados y la 18. Fue como si se cerrase un círculo: la 18 se consideraba enemiga de La Raza desde la masacre de 2004, y fue ese odio el que motivó la masacre siguiente, en 2007, precisamente en Apanteos. Pandillas y bandas de civiles con enemigos comunes no podían sino convertirse en aliadas.

Por eso podían sobrevivir pandilleros de la 18, como El Firme, en sectores de civiles en Usulután, siempre que se sometieran voluntariamente a la autoridad de Los Trasladados. Por eso, según asegura el director, el segundo coordinador del sector 11 de Apanteos, dominado por Los Trasladados, era hasta los traslados de enero un dieciochero.

—¿Y no se fortalece a Los Trasladados al reunirlos a todos?
—Puede ser, pero prefiero eso. Es un mal menor. Porque con Los Trasladados en Mariona vamos a tener tranquilidad en más penales, y eso nos permite trabajar en programas y talleres con el resto de internos.

En agosto de 2004 el entonces director General de Centros Penales, Rodolfo Garay Pineda, usó esa misma lógica para explicar la masacre de Mariona. Decía que Mariona era el cuarto desordenado del sistema penitenciario, el lugar en el que se guardaban los problemas que se dejan para el final, mientras se hacían mejoras en el resto de penales. Parece que ocho años después Mariona sigue siendo la alfombra bajo la que se esconde lo que no se puede solucionar.

—¿Y si no logra esa calma en el resto de penales? Dicen que el traslado de la MD va a hacer más fuerte a La Raza en penales como el de Apanteos.
—Claro. Es como si en un ecosistema haces desaparecer a un depredador. Otras especies se hacen fuertes, se mulitiplican. De hecho, en Apanteos la MS ya está enviando órdenes a otros sectores para tratar de controlar el penal… pero controlarlo para La Raza.
—¿Y entonces? ¿Qué va a hacer usted?
—Bueno, ahora el depredador de La Raza va a tener que ser el sistema penitenciario.

***

La pregunta es cómo van a lograr las autoridades algo que durante las últimas décadas les ha resultado totalmente imposible: someter bajo su control a La Raza, Los Trasladados, la MS-13 y la 18.

La política de traslados masivos ha tenido, históricamente, consecuencias imprevisibles: En 1993, llevar a Salamanca y otros 50 hombres de Mariona a Gotera acabó en el nacimiento de Los Trasladados. En 2001, segregar a las pandillas MS-13 y 18 en cárceles diferentes consolidó sus estructuras jerárquicas y forjó sus primeros líderes nacionales, un paso necesario para que se convirtieran en las poderosas organizaciones que conocemos hoy. En 2002 sacar repentinamente a José Edgardo Bruno Ventura de Mariona y poner fin a su reinado sobre La Raza destruyó el equilibrió de intereses -corrupción, extorsión y venta de drogas- en que se basaba la tregua entre bandas en el penal y el poder que en esa cárcel mantenía sometidas a las pandillas, y el mismo día de su traslado reos del sector 3 asesinaron a dos policías. Sacar en 2003 de Mariona a los últimos pandilleros de la MS-13 recluidos allí alteró los balances de fuerzas en los patios de la cárcel, permitió a miembros de la 18 armarse y derivó en la masacre de agosto de 2004.

Si uno cree a las autoridades, haber reunido en enero a Los Trasladados -o los MD, como se quiera llamarlos- en el sector 5 de Mariona fue una acción calculada, un ejercicio de pericia politica y policial. Pero a veces es difícil no sentir que estamos frente a un malabarista que lanza al aire sus cuchillos más afilados con los ojos vendados.

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El Tatuado es uno de esos cuchillos afilados. Es uno de los nuevos huéspedes del sector 5 de Mariona y luce en la piel, a la vista, el MD que desde la masacre de Gotera ha identificado a Los Trasladados. El tatuaje indica que fue en algún momento parte de La Raza, de los Marioneros. Se lo tuvo que hacer para disipar cualquier duda sobre su lealtad al grupo.

—No somos un problema social.

Lo dice con la serenidad del que dice la verdad. El Tatuado es en general un hombre sereno, de andares lentos, y tiene el cuerpo menudo de alguien a quien elegirías enfrentarte si tuvieras que pelear. Y te equivocarías. El hombre al que tengo delante cumple una larga pena por homicidio y su baja estatura no le ha impedido sobrevivir a golpe de corvo a una docena de motines. Forjó su serenidad en los peores años de los peores penales del país y no pienso que esté tratando de convencerme de que tiene las manos limpias ni de que la banda a la que pertenece sea un club de lectura.

Pero realmente cree lo que dice y trata de disipar el prejuicio que, parece opinar, arrastramos casi todos los que estamos fuera de una cárcel:

—Los Trasladados es un movimiento que creció queriendo aportar algo positivo a la sociedad, siendo una balanza en las cárceles.
—¿Balanza de qué?
—Balanza frente a las pandillas. En las cárceles somos como un Stop para que pasen los peatones. Creeme, hemos evitado asesinatos, robos… Esto tiene más de 20 años pasando, desde el 94 que estalló todo en este mismo penal.

El Tatuado es uno de los 104 hombres que en 1994 fueron sacados de Mariona tras la ejecución de Salamanca y ahora ha vuelto a casa, a esta penitenciaría central por la que parecen haber pasado la mayoría de historias de odio y alianzas entre grupos organizados del país.

—Hubo cosas horrendas que pasaron en este centro penal. Cosas injustas, como en toda guerra. Pero el problema de fondo es que siempre se nos ha tratado mal a los internos comunes, a los que los pandilleros llaman “civiles”, que somos el 75% de la población interna general. ¿Por qué el gobierno no entiende que el verdadero problema son las pandillas?
—¿Por qué crees que no lo entienden?
—Porque antes las autoridades tenían una visión más realista de la situación en las cárceles. Distinguían y ayudaban a quienes hacemos cosas positivas.

Ayudar, en boca de El Tatuado, quiere decir privilegios. Y cuando habla de cosas positivas, se refiere al compromiso de no matar, de gobernar la cárcel en silencio y con mano de hierro. A ayudar a que el sistema penitenciario no aparezca en las secciones de sucesos de los noticiarios, a cambio de un encierro más cómodo y de que que nada entorpezca los negocios de los reos. Mientras hablo con El Tatuado, a finales de febrero, parece que esos tiempos ya habían quedado atrás.

Unos días después de hablar con El Tatuado vuelvo a ver a El Chapín. Parece haberse adaptado rápidamente a su nuevo sector. Está peinado y recién afeitado. Diría, incluso, que ha empezado a hacer ejercicio y camina más erguido. Me cuenta que ya han recibido visita familiar y por eso tienen útiles de aseo. Asegura que en el sector ya circula la droga sin problema.

—Todo el mundo tiene corvos. Al principio empezaron a hacerlos los retirados de la MS, con polines de los catres, y la MD se los prohibió. Pero a los días les valió y siguieron fabricándolos. Ahora ya todo el mundo tiene algo para defenderse. Los de la MD se está preparando para lo que pase.
—¿Y los custodios no se dan cuenta? ¿No dicen nada?
—Eso me pregunto yo. No entiendo cómo no lo han visto con las cámaras. Ojalá estén mirando lo que pasa.