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José María Creonte es uno de los pesistas aficionados más extravagantes que conozco. Durante los entrenamientos usa una capa al estilo de los superhéroes, unos zapatos de suela gruesa (es de baja estatura), una camisilla de malla y una pañoleta en la cabeza. Cuando está fuera del gimnasio es un tipo tranquilo, formal y de hablar pausado. En el gimnasio se acelera, se torna infantil y eufórico. “¡Soy un monstruo!”, grita a cada momento alzando los hombros y abriendo los brazos como si no le cupieran los dorsales.

Me le acerco y le digo que quiero hacerle unas preguntas para un artículo sobre fisicoculturismo que estoy escribiendo. Me dice que tiene mucha hambre, que ya se han completado tres horas desde su última comida, que mejor lo acompañe a almorzar a su casa. Lo conozco desde que abrieron este gimnasio hace cinco años, pero no conversamos mucho. Nuestra amistad se limita a las paredes del gimnasio, a algunas bromas y a una mano cuando necesitamos ayuda con las pesas.

De camino a su casa, va conectado a un mp3 escuchando la misma música electrónica del gimnasio: una música repetitiva que parece hecha para los ejercicios. Su casa queda en un conjunto residencial cerca del gimnasio. Al llegar, le pido prestado el baño. Tiene un afiche de Arnold Schwarzenegger detrás de la puerta. Casi puedo ver a José María cagando y mirando el rostro estreñido de Arnold. En la mesa del comedor ya está servido su almuerzo: media libra de pollo y una montaña de arroz, acompañadas de un preparado multivitamínico. Delante de su plato hay una hilera de pastillas: varias píldoras de creatina (para ganar energía anaeróbica y tamaño muscular) y un par de tabletas de hydroxycut (le ayudan a quemar la grasa y a definir los músculos). Antes también consumía un producto para resaltar las venas, Nitrix, pero dejó de usarlo, porque comenzaron a darle dolores de cabeza.

Cuando José María recuerda su niñez o se mira en los álbumes familiares, siempre ve un niño quebradizo metido holgadamente en un disfraz de Superman. Aunque no fuera carnaval ni noche de brujas, él solía ir vestido como el hombre de acero con su capa roja ondeando en la espalda. Desde que su mejor amigo en la escuela se cayera de un árbol y se rompiera el cuello, aquella era su forma de sentirse seguro.

Gran parte de su vida ha transcurrido al lado de las pesas. Entre tanda y tanda de ejercicios aprendió a bailar, por ejemplo. Aprovechaba las pausas para que su compañero de pesas le enseñara salsa, merengue y vallenato. Una vez su papá entró al cuarto de los hierros y los descubrió en plena lección de baile. El viejo, moviendo la cabeza, farfulló:

“Ya decía yo que ese deporte te iba aflojar los muelles”.

José María estudió técnica metalúrgica y desde hace diez años supervisa el proceso de galvanizado en una fábrica de hierro. Sin que se lo pregunte, me explica que es un proceso mediante el cual se recubre un material con otro menos noble para mejorar sus propiedades. “Me parece curioso –le digo– que un material deba untarse de otro menos noble para mejorar. ¿No será eso lo mismo que pretendemos con las pesas?”.

Mira el reloj: en tres horas tiene que volver a comer otra ración de proteínas y carbohidratos. Como su horario de trabajo se extiende toda la tarde hasta la noche, mete otra pechuga y otra porción de arroz en un portacomidas, recarga un termo con más preparado y alista más pastillas en una cajita. Cuando vuelva del trabajo, se subirá a una máquina elíptica que reposa en su cuarto y hará cuarenta minutos de cardio. Antes de dormir, volverá a comer. Mañana se repetirá la jornada.

Mi horario también es muy rutinario. Todas las mañanas al levantarme, enciendo el computador y leo varios periódicos. Luego de desayunar, tomo notas y adelanto un poco. Dejo más o menos organizado lo que voy hacer en el día y me voy al gimnasio a hacer mis rutinas de ejercicios. Entreno poco más de una hora. Cuando no completo ese tiempo, me da remordimiento. José María dice que le pasa lo mismo con las dos horas sagradas que él le dedica. Es como si se tratara de un karma, coincidimos, así ha sido durante los veinte años que cada uno lleva alzando pesas.

Si tuviéramos que escoger un santo patrono, creo que sería Sísifo, ese griego condenado a subir sin cesar una roca a la cima de una montaña para volverla a soltar. Cuando Albert Camus lo definió una vez, de paso nos bautizó a todos los pesistas: el proletariado de los dioses.

Master Gym

El gimnasio es una vieja casa reacondicionada en un barrio popular. Encima de la persiana metálica de la entrada hay un aviso luminoso: Master Gym. Las cintas, elípticas y bicicletas estáticas están alineadas donde antes estaban la sala y el comedor; muchas no sirven. La casa se amplió a una parte del patio. Debajo de un techo de zinc y sobre un tapete de caucho agrietado, que cubre a duras penas el piso de cemento, se extienden las máquinas de musculación, la mayoría de ellas remendadas. Donde antes estaban las habitaciones derribaron las paredes y construyeron un solo salón para los aeróbicos. El garaje alberga el área de pesas libres, territorio prácticamente exclusivo de los hombres. A veces se asoman niños descalzos y sin camisa para reírse de las caras de sufrimiento que ponemos. Del otro lado de la calle hay un paradero donde se detienen buses repletos de pasajeros que se quedan mirándonos extrañados.

Casi todos los espejos del gimnasio están rotos. Las paredes se ven sucias y la pintura desconchada, sobre todo a una cuarta del piso, donde la gente tiende a recostar los discos de hierro. Hay calados en casi todas las paredes, que apenas alivian el calor abrasador. Unos cuantos afiches, amarillentos y cuarteados por el vapor y los sudores, adornan las paredes: uno de ellos siempre me ha llamado la atención. Es Sergio Oliva, apodado El Mito: el único latino que ha ganado Mister Olympia. Lo hizo en tres ocasiones consecutivas, de 1967 a 1969, y fue el único fisicoculturista en dejar a Arnold Schwarzenegger de segundo en el podio. Su cara mestiza podría ser la de cualquier parroquiano y eso de alguna forma alienta a más de un usuario del gimnasio.

En el salón de aeróbicos hay otros afiches: Shakira y Beyoncé. Varios carteles, manchados como si alguien se hubiera limpiado en ellos, advierten: “No limpiarse en las paredes. Demostremos nuestros buenos modales”. Otros pequeños carteles informan el horario y el precio irrisorio de la sesión: 1.500 pesos. Hay dos baños. El de mujeres se mantiene limpio, pero el de hombres parece de una cantina. A veces es tan acre el olor que desprende, que no se puede entrenar en sus alrededores.

José María compara el gimnasio con el taller de metalurgia de su empresa, donde solo a punta de golpes y altas temperaturas se forjan nuevas formas.

La fiebre verde

Mi comienzo en este deporte fue precoz. Apenas tenía siete años cuando tuve mis primeras pesas. Las hice yo mismo con cosas que encontré en el patio. Recuerdo un cigüeñal de carro y unas latas de cemento fraguadas en los extremos de una varilla. Ya entonces me tomaba en serio los ejercicios, con masoquismo, como debe ser. Me animaba aquella serie televisiva de los años ochenta, Hulk, y otra que veía desde más pequeño: Popeye, por quien era el único niño que comía compota de espinacas.

En principio no fue una cuestión de vanidad, sino de supervivencia. Era muy flaco, un pitillo, y no me respetaban lo suficiente. La historia es típica. Un día, en recreo, me tropecé con un niño de un curso superior y sin querer le derramé la gaseosa. El niño, mucho más robusto que yo, me empujó y salí volando. Alrededor, todos se rieron. Me sentí impotente. Para rematar, unos días después vi a la niña que me gustaba hablando animadamente con el patán. Me puse verde de la ira, pero no lo suficiente como para convertirme en el Hombre Increíble; tampoco las espinacas sirvieron para mucho, entonces debí consolarme con una mutación más gradual.

Por supuesto, la fiebre me duró poco. Influyó que varias personas me advirtieran: “Te vas a quedar enano”. Aguanté unos años, llevando la flacura con abnegación. Cuando cumplí quince no pude seguir posponiendo mi ideal y volví a las pesas. Esta vez mi mamá me hizo la caridad de comprarme una mesa de ejercicios y un lote de discos de hierro en Sears. A la mesa se le podía graduar el espaldar y tenía una serie de implementos para hacer varias clases de ejercicios. Me acompañaba en los entrenamientos un amigo del barrio todavía más flaco que yo, a quien la abuela le rogaba: “Trata de engordar”.

La filosofía que adoptamos fue la misma que había vislumbrado a los siete años: dosificar el dolor, canalizarlo en un masoquismo sistemático y rutinario, en un sufrimiento secuencial. Es cierto que al final se liberan tensiones, pero durante el ejercicio no existe una compensación inmediata en el ánimo. No se parece en esto a los otros deportes. No hay anotaciones, ni jugadas audaces, mucho menos esa comunicación profunda y primitiva entre los jugadores. Se trata de un asunto rabiosamente individual. No hay compañero ni oponente directo. No existe verdadera competitividad. Uno se vuelve narcisista midiéndose con el espejo y vagando por el gimnasio como alma en pena, aferrado a la pantalla de un televisor, a la música del equipo o a las nalgas de una muchacha.

La ley de la gravedad

Durante el ejercicio solo se piensa en números: el número de repeticiones que faltan para terminar una tanda, el número de series para terminar el entrenamiento, el número de sesiones para que comiencen a verse los resultados. El gimnasio es como una eterna sala de espera. Nos consolamos diciéndonos a cada momento: “Ya falta poco, ya falta poquito”. En otros deportes existen momentos épicos o intensos en los que el jugador se desprende de las leyes físicas, se olvida del tiempo y el espacio, quebranta el número y la sucesión, y se desliza sin fricción ni gravedad hacia una canasta o un gol. En el gimnasio, en cambio, estamos condenados a una gravedad inexorable. Nadie va a abrazarte, a ponerse eufórico ni a alzarte en hombros cuando termines una tanda de pecho inclinado.

En las pesas el milagro opera de otra forma, por una especie de acumulación. Rellenas el recipiente poco a poco, repetición tras repetición, tanda a tanda, y quizá al final se desborde una gota y puedas ver un mínimo cambio en tu imagen. Ésa es nuestra única esperanza, una esperanza solitaria frente al espejo: que un pequeño músculo se levante.

José María lo compara con su trabajo: “Se trata de sacar del material algo que está en el interior de sus moléculas, latente, escondido como su fuerza atómica”. El primer tanto será cuando al fin alguien detallista note por encima de tu ropa esa pequeña hinchazón y te haga aquel bálsamo de pregunta: “¿Estás alzando pesas?” Que muy pronto cambiará por otra, según la ropa que lleves puesta: “¿Ya no estás alzando pesas?” O peor aún, a una más frecuente y llena de perfidia: “¿No haces piernas?”

Si respondes que sí, que sí estás alzando pesas o que sí estás haciendo piernas, te responderá: “No se nota”. Si, por el contrario, le sigues la corriente y dices que no, que nunca has tocado una pesa, no dudará en rematarte: “Ya lo decía yo” o “¡Con razón!”. La única respuesta posible es seguir siendo terco, rutinario y masoquista. Hace poco me hicieron una de esas preguntas crueles: “¿Estás comenzando en el fisicoculturismo?”. Lo único que atiné a responder fue: “¡Ya terminé!”.

No todo se reduce a un asunto de fuerza bruta. Aunque la inteligencia sirve en este deporte de manera administrativa: rutinas, ejercicios, alimentación, suplementos, estilo de vida, etc., no es útil al momento exacto de la actividad, cuando tienes las pesas encima. En ese momento no hay opciones o estrategias a seguir, hay que pujar y punto, como una mujer cuando está pariendo. Kaká depende de su agudeza para ejecutar un pase preciso y oportuno; Ronnie Coleman, en cambio, no malgasta su sangre en el cerebro sosteniendo una tonelada en sus hombros, simplemente la concentra en sus músculos.

La fuerza interior

Le pregunto a José María cuál es el músculo más difícil de sacar y me señala enseguida las pantorrillas. Tenemos casi veinte años ejercitándolas y lo máximo que crece es una vena que pasa por ahí. Sin embargo seguimos cultivándolas, esperanzados en que los fetos atrofiados que nos asignó la naturaleza por pantorrillas evolucionen a unos potentes gemelos. Somos como esas personas que compran la lotería toda la vida aunque nunca se la hayan ganado o que rezan diariamente con las rodillas ya escocidas y sangrantes. En nuestro caso, con todas las articulaciones del cuerpo machacadas. En el fondo nos complace sumergirnos en un ambiente de martirio y penitencia, porque sabemos que solo al final de ese itinerario de sacrificio y aburrimiento está la verdadera felicidad.

Por eso nos emociona más el entrenamiento de Rocky que el del ruso Iván Drago en la cuarta película de la saga. Un entrenamiento que se aleja del confort y de las comodidades tecnológicas, que depende más de nuestra fuerza interna que de la ergonomía de las máquinas. Por la misma razón me atraen más los gimnasios populares. En el que estoy afiliado ni siquiera hay que llevar toalla. La gente va hasta en chancletas. Las máquinas están tan desportilladas que parecen parapléjicas. En cada rincón acechan el óxido y el tétano. Las guayas están a punto de romperse. La prensa para piernas es una guillotina, una trampa mortal. En cada momento te juegas el pellejo, pero eso te hace sentir acreedor a una mayor recompensa divina.

Fiel a esa fórmula ascética lo que más me gusta hacer es piernas. A veces, después de una tanda de sentadillas, se me van las luces, la sangre no me lleva suficiente azúcar a la cabeza y “la pálida”, esa forma violenta que tiene el mundo de dar vueltas dentro de tu cabeza, me aplasta. La Pálida que ronda en los gimnasios no es otra cosa que la Muerte.

Pero entonces, si son tan terribles e inhumanas las pesas, ¿por qué sigo levantándolas? Quien ha tenido una peladura en la boca se acordará de la saña placentera con que siguió lastimándose. Recordará el gustico que le cogió al dolor. Más allá de esta consideración masoquista y de otras más obvias (gustarles a las mujeres o intimidar a los hombres), la razón principal por la que sigo matándome en el gimnasio está en la misma raíz de esta palabra. Gym es un vocablo griegoque significa “desnudo”. La palabra griega gymnasium significaría “lugar donde ir desnudado”, y se utilizaba en la antigua Grecia para referirse al lugar donde se educaban los jóvenes. Me gusta pensar en el gimnasio como ese lugar donde uno se empelota, se aligera. Después de luchar dos horas contra la gravedad, se experimenta una milagrosa sensación de ingravidez; uno se siente más desnudo que nunca, precisamente porque ha dejado en segundo plano el trasto más pesado del cuerpo: el cerebro y su férrea dictadura.

Más allá del dolor

Como todo escenario, los gimnasios tienen su propio elenco. Nunca falta, por ejemplo, la instructora marimacha. Me cuenta José María que una vez le presentaron una en España. Había ido a hacer un curso de metalurgia financiado por la empresa y no pudo evitar pasarse por un gimnasio. Aunque allá se acostumbra a dar dos besos cuando te presentan a una persona del sexo opuesto, instintiva y temerosamente José María le extendió la mano, lejos de sus mejillas.

Está también la gorda eterna e insistente, a la que lo único que se le va enflaqueciendo es la esperanza. El chulo o la chula que va a pantallar y a arreglar el plan del fin de semana. El usuario que asiste una vez y no vuelve jamás. El entrenador avión, que manosea a las ingenuas y las pone en las posiciones más inverosímiles. El fanfarrón que hace más ruido que ejercicio. Los que ejercitan más la lengua que los otros músculos. Los que solo van a recibir clases de aeróbicos, bodypump o aerobox, y que para José María son los astronautas del gimnasio: saltan y bailan como si la gravedad –esa dueña y señora del gimnasio– no existiera. En las clases de spinning incluso apagan la luz y ponen flashes y luces fluorescentes como si estuvieran en una nave espacial.

Está la muchacha asustada que llega por primera vez al gimnasio y le preguntan:

—¿Tú quieres reducir, endurecer o tonificar?
—Huir.

También están los que siempre se lesionan y accidentan. A un compañero de José María le cayó una torta de hierro de 25 libras en el pie infligiéndole un corte de unos seis puntos. Lo tuvieron que llevar cargado hasta donde un médico del barrio. El compañero que ayudó a José María a trasladar al accidentado se estaba quejando, porque tenía que cargarlo de forma desequilibrada y se le iba a desarrollar más un músculo que el otro. Justo cuando el médico lo fue a atender, se soltó el perro de la casa, saltó sobre el herido y le mordió el pie. De los seis puntos que iban a ponerle, tuvieron que coserle nueve. José María y el otro pesista dejaron todo en manos del doctor y volvieron al gimnasio a terminar religiosamente la sesión. El accidentado regresó al día siguiente y mostró la cicatriz como un trofeo de guerra; de inmediato se dedicó a hacer pesas de la cintura para arriba.

Interrumpo a José María en su chorro de anécdotas y lo confronto: Al final ¿qué es lo que buscas en el fisicoculturismo? Se queda pensativo. “Algo que está más allá del dolor”, afirma enigmáticamente. Entonces recuerdo unas palabras de Rocky justo antes de la gran pelea contra Apollo en el Sport Arena de Los Ángeles: “Quiero que se sude poesía, pues el final del combate debe ir más allá del dolor”. A José María y a mí nos interesa ese momento en que, agotados el sudor, las lágrimas y la sangre, queda por exprimirle poesía al dolor.

Antes de despedirme, reparo en su atuendo y recuerdo que le falta algo: ¿por qué usas la capa de superhéroe durante los entrenamientos? Se ríe. “Esa capa no sirve para nada y si quieres pregúntaselo a cualquier superhéroe. Todos la usamos de adorno. Pero por lo menos da la impresión de que con ella estás violando la ley de gravedad. Me gusta esa esperanza en el espejo”.

A los 86 años Emiliano Zuleta Baquero conoció el aburrimiento.

Ocurrió en septiembre de 1998, cuando sus problemas cardíacos lo forzaron a marcharse del pueblo de Urumita para la ciudad de Valledupar.

La mudanza fue ordenada por sus cardiólogos, con el argumento de que en Valledupar era más fácil controlarle la salud. Antes de venirse para acá, dice Zuleta, había sentido el dolor y la tristeza, jamás el tedio.

—Uno se aguanta el dolor y tarde o temprano lo supera –advierte–, pero esto de ahora es lo peor. Yo creo que es mejor morirse que estar aburrido.

Desde su taburete de cuero, el compositor Alberto Murgas, que me acompaña, guiña un ojo. Cuando veníamos por el camino, me había contado que el hastío de Zuleta en Valledupar se debe a que se siente reprimido por sus hijos mayores, que viven aquí y no le permiten ni oler un trago de whisky. En cambio en Urumita, lejos de esa supervisión exasperante, bebía todos los fines de semana.

Desde cuando a Zuleta le instalaron el marcapasos, sus amigos sólo lo visitan de lunes a viernes. Los fines de semana se le pierden, porque saben que él los invitará a tomar unas copas y no quieren pasar por la pena de decirle que no a un hombre que merece respeto. Complacerlo implica el peligro de matarlo, y nadie está dispuesto a echarse encima la cruz de ese muerto.

De repente, Ana Olivella, la compañera de Zuleta, llega al patio, con una bandeja que contiene tres pocillos de café tinto y un tarro de azúcar. Le sirve primero a los visitantes y después se dirige a su marido:

—El suyo no lo endulcé, viejo Mile.

Ana Olivella es una mujer tímida que responde con frases estrictas a lo que se le pregunta. Si no se le pregunta nada, puede permanecer callada durante horas. A veces, cuando sus ojos se tropiezan con los del visitante, esboza una sonrisa que evidentemente le cuesta trabajo. Y en seguida desaparece de la escena de la misma manera en que ha aparecido: caminando con sigilo, casi en puntillas, como queriendo volverse leve para que sus pisadas no llamen la atención.

Cuando la mujer se marcha, Zuleta dice que si por lo menos tuviéramos una botella de whisky, la conversación sería agradable. Hago como si no hubiera entendido la insinuación.

En este instante, el maestro no tiene aspecto de víctima. La simple evocación del licor pareciera emborracharlo de alegría.

—A mí el ron me gusta tanto –dice, con los ojos encendidos–, que nunca lo combino con comida, para no dañarlo. Vea: uno come y en seguida se le quitan las ganas de beber. Queda uno pasmado. Mejor aguanto hambre y así estoy en pie hasta que se termina la parranda.

En una región en la que los hombres se comparan con gallos de riña o con ceibas que resisten tempestades, mantenerse despierto aunque se beban galones de whisky es una exhibición de virilidad. De allí que Zuleta se jacte de que todavía puede amanecer tomando trago.

—Todo el mundo se ha empeñado en que esté quieto –señala, esta vez con la misma expresión aburrida del principio– y por eso me he vuelto dormilón. Lo que me vence es el sueño. El trago no me hace ni cosquillas.

Luego agrega, con seriedad teatral, que el primer trago de ron que se tomó no fue por gusto sino por necesidad. Tendría tal vez 10 años cuando una vecina lo vio comiendo barro. Enterada del incidente, Sara Baquero, la madre de Emiliano, dijo que ahora entendía porqué a su hijo se le soplaba la barriga con tanta frecuencia. La vecina le indicó a la vieja Sara que para quitarle la mala costumbre al muchacho, debía darle ron con quina.

—Lo más maluco que yo he probado en mi vida –señala el maestro– fue ese primer trago. Me dieron ganas de trasbocar. Claro que a la semana de estar en el tratamiento, le agarré el gusto al remedio, y hasta me parecía más sabroso cuando me lo tomaba sin quina. Dios debe tener en su santa gloria a esa vecina que le dio el sabio consejo a mamá. ¡El ron me salvó del barro!

Convencido tal vez de que la risotada que ha generado su chanza es señal de buen clima, Zuleta me manda por fin el sablazo que venía preparando:

—Si está pensando en comprar algo, que sea whisky, oyó. El cuerpo de uno se vuelve pretencioso en la vejez. Antes yo me tomaba el primer ron barato que me ofrecieran, pero el médico me ha dicho que ya no puedo hacer eso. Sólo puedo tomar whisky, y no muy puro que digamos, sino con mucho hielo y bastante agua.

Beto Murgas, que había estado callado, me salva la vida:

—Déjese de eso, viejo Mile. Yo lo complací hace poco, exponiéndome a un problema con sus hijos. Acuérdese del incidente de Barranquilla.

El incidente al que se refiere Murgas, estuvo a punto de acabar con la vida de Zuleta. Emocionado por los aplausos que el público le prodigaba en una presentación pública, bebió whisky a pico de botella y cantó en un tono mucho más alto de lo que su voz le permite. Cuando las piernas empezaron a aflojársele, él pareció ser la única persona entre las miles que ocupaban el Paseo de Bolívar que no se dio cuenta de que se estaba cayendo. Mientras caía al piso lentamente, seguía entonando La gota fría, como si apenas estuviera durmiéndose con el arrullo de su propio canto. Despertó dos días después, en la camilla de un hospital.

—Desde hace más de 30 años –dice Zuleta– vengo oyendo que el ron me hace daño, que me va a matar, que como siga así no voy a festejar la próxima Navidad, y vamos a ver que ya estoy llegando a los 90 años. Yo he hecho quedar mal a los médicos. Un hombre que ha sido trabajador como yo, no está para que lo manden sino para mandar. A mí el cuerpo siempre me ha pedido que le dé ron, música y mujer. Y a un cuerpo que ha sido tan servicial y voluntarioso, yo no podría negarle lo que me pide.

***

Desde pequeño, Emiliano Zuleta Baquero escuchó que ir a la escuela es una pérdida de tiempo. Con saber oler el viento y leer las nubes –decía su tío Francisco Salas–, con saber cultivar la tierra y conseguir la malanga para el almuerzo, con eso es más que suficiente.

Ese conocimiento primario, que en cualquier urbe de nuestros días parecería anacrónico, fue vital en La Jagua del Pilar durante gran parte del siglo pasado. En esta pequeña aldea de La Guajira nació Zuleta, el 11 de enero de 1912.

La primera carretera que hubo en La Jagua del Pilar fue construida a finales de los años 50. En aquel tiempo, nadie había visto por aquí un periódico ni escuchado un programa de radio. No había ni escuelas ni hospitales. Las noticias de la vida y de la muerte andaban a lomo de burro.

Interpretar los caprichos del clima en medio de semejante aislamiento no era poca cosa. De eso dependían el prestigio y la estabilidad económica de los hombres de bien. Todavía hoy, el viejo Mile se ufana de su habilidad para anticipar con precisión si lo que anuncian las nubes es una lluvia o una sequía.

El campo en el que Zuleta creció como un muchacho silvestre de pie en el suelo era una despensa universal que lo abastecía de todo lo que necesitaba. En el principio, fue remedio: las raíces de las plantas servían, según el caso, contra la insolación o como analgésico. Con la corteza del paico, un árbol ordinario que abunda en la región, se creaba el jarabe conocido como Carlos Santos, que lo mismo se recetaba para matar los parásitos que para aliviar un dolor de muelas. Las matas tenían nombres de acuerdo con las enfermedades para las cuales se utilizaban: había Calentura de vieja y Languidez de muchacho, Sofoco de señorita y Comezón de abandonado. En el campo estaban, en fin, los medicamentos para todos los malestares del mundo, y el que se moría era porque le tocaba, de la misma manera en que se muere la gente en los hospitales. “Los hombres vivían felices y se morían viejos”, dice el maestro.

La choza donde nació y se crió Zuleta fue construida con paja y bahareque a mediados del Siglo XIX. El piso era de tierra y la segunda planta, donde dormían todos, era un zarzo de varas de bambú, protegido con esteras de junco.

Las cuatro familias que se levantaron con Emiliano Zuleta se las arreglaban con sus escasos pertrechos domésticos: una olla de barro para hacer la comida, una cazuela, también de barro, para echar la sopa y un juego de cucharas de totumo. Las hojas del platanal servían como platos y como manteles. Las sillas eran los troncos de las bongas añosas que se derrumbaban. Cuando había que partir algo, los 13 inquilinos del rancho usaban por turnos el único cuchillo que tenían. A ese cuchillo, por cierto, no le se gastó la hoja sino la cacha, a fuerza de andar de mano en mano.

—Fue una infancia feliz y se lo digo con toda la boca –afirma el maestro, nostálgico–. No teníamos nada pero al mismo tiempo lo teníamos todo. Teníamos el agua, la leña y la verdura. Sembrábamos caña de azúcar, para hacer panela y endulzar con ella todo lo que hubiera que endulzar. La carne era gratis, porque cazábamos palomas, perdices, saínos y conejos. Lo único que había que comprar era el sebo de la res y la sal. El resto estaba en la casa, oyó, hasta el fuego.

Zuleta me pregunta, con aire de burla, si tengo idea de cómo producían ellos el fuego. Se ve convencido de que ignoro la respuesta y me lo hace sentir con una cierta zorrería en los ojos. A lo mejor piensa también que soy una criatura disminuida, un pobre cristiano que estaría liquidado si la Civilización no actuara por él. Cuando confirma que, en efecto, no sé de qué diablos me está hablando, Zuleta responde su propia pregunta. La candela, explica, era creada mediante una invención artesanal de los antepasados, conocida como “dislabón”. El procedimiento era simple: una mecha de algodón suspendida en el centro se encendía cuando la piedra y el hierro que la circundaban entraban en contacto. Entonces aparecía, como acabado de fundar, el fuego. Cada hombre tenía que ser capaz de iluminarse en la oscuridad con la lumbre creada por sus propias manos, para demostrar que era útil.

Zuleta conoció muy pronto el derecho y el revés de ese alfabeto único del monte que le obsequiaron sus mayores. Sin embargo, su sabiduría llegaba hasta donde alcanzaba su vista. Más allá de ese límite, la vida se le trastornaba: el fácil paisaje empezaba a ser un error de Dios, el mundo se poblaba de elementos nuevos que se rebelaban contra su dominio de muchacho autosuficiente.

A los 12 años, cuando debió salir de La Jagua del Pilar, Mile conoció la ignorancia. En ese momento fue entregado como peón en la finca La Sierra Montaña, cercana a Valledupar. El arreglo se hizo directamente entre Sara Baquero, madre de Zuleta, y Conchita Ustáriz, la dueña de la hacienda. El contrato verbal obligaba a la señora Ustáriz a pagar 30 centavos mensuales, a razón de un centavo diario, a la mamá del niño. La modalidad, conocida con el nombre de concertación, fue muy común en la antigua región del Magdalena Grande, durante la primera mitad del siglo XX. A cada menor de edad que era cedido por sus propios padres en los latifundios se le llamaba “concertado”, una denominación benévola –y hasta lírica– para esta suerte de esclavismo trasnochado.

La noche de su llegada a La Sierra Montaña, Zuleta no pudo dormir, porque su cuerpo, acostumbrado a descansar sobre trojas, no halló acomodo en el colchón de lana que le asignaron.

Al día siguiente se levantó temprano y se encontró con un chico de su edad que, al parecer, había pasado también la noche en vela. Algo en el semblante de aquel niño dejaba entrever un garbo que principiaba a desteñirse, en medio de esa tierra prestada, desconocida, esa vida que no le pertenecía. Zuleta reconoció su propia desdicha en los ojos tristes del hombrecito de apariencia correcta que tenía al frente. Quiso abrazarlo, caramba, o por lo menos darle las gracias por notificarle, con su sola presencia, que el destino no podía ser tan injusto. Ahí estaban, pues, esos dos mocosos desamparados: escrutándose, oliéndose, descubriendo juntos el nacimiento de una complicidad que sería afortunada para ambos.

En vez de abrazarlo como quería, Zuleta se limitó a decirle buenos días, con una voz quebrada por la emoción. El otro ni siquiera se dignó a contestarle. Y Zuleta tuvo ganas de correr, para fugarse de una vez por todas de aquella geografía desconsiderada que lo hacía sentir insignificante.

Conchita Ustáriz le salió al paso y Zuleta le preguntó que quién era ese niño maleducado que estaba en el corredor del rancho de los corraleros. La señora, extrañada, le respondió que el único concertado que ella tenía en ese momento en su finca, era él. Como Zuleta insistió en que acababa de ver a un muchachito que no le había devuelto el saludo, la mujer empezó a impacientarse. Para quitarle la pataleta, decidió ir con él hasta el lugar mencionado. Cuando llegaron, vieron que, en efecto, ahí estaba el niño. Esta vez, sin embargo, había algo inquietante: al chico lo acompañaba la mismísima Conchita Ustáriz. ¿Cómo podía ser que Conchita Ustáriz tuviera el don de repetirse, para estar parada al lado de aquel monstruo malcriado y al mismo tiempo al lado de Zuleta? Sintiendo que terminaría desquiciándose, Mile extendió un dedo acusador sobre el muchacho, justo en el instante en que el muchacho alargaba la mano para señalarlo a él.

—Ay, mijo –dijo la patrona, muerta de la risa–, eso es un espejo.

Zuleta anda siempre con el chascarrillo en la punta de la lengua y es de los que festejan sus propios apuntes. Pero esta vez no ha sonreído, tal vez porque siente que la historia del espejo es más sobrecogedora que jocosa.

—Yo me conocí a los 12 años –agrega, con una expresión mansurrona en los ojos.

Hoy, cuando se mira en el espejo, Zuleta encuentra algunas diferencias con el niño aquel que se negó a contestar su propio saludo: la estatura es casi la misma, un metro con 66 centímetros, pero la piel, a salvo de los soles indómitos que la percudieron en la infancia, es ahora más blanca. La energía que parecía predisponerlo a llevarse el mundo por delante ha derivado en unos ademanes lentos. Viéndose de cuerpo entero, no se explica a qué horas le siguieron creciendo las orejas. Los ojos de ardilla, en cambio, se han ido achicando cada vez más, hundidos en unos gruesos lentes que no han podido embozalar la astucia de su mirada.

A ratos, frente al espejo, Zuleta es un Narciso que quiere precipitarse hasta el fondo de sus propios ojos, allí donde, según cuenta, se ahogaron más de tres hembras ariscas. Entonces, con esa vanidad tan suya que no tiene fisuras por ninguna parte, se dice en voz alta, para escucharse a sí mismo y para que lo escuche su propia imagen, que él, Emiliano Zuleta Baquero, es un viejo sinvergüenzón, carajo. Contemplando ese rostro que se le antoja jovial a pesar de los años, el maestro tiene a menudo la impresión de que las canas que le blanquearon la cabeza son, literalmente, una tomadura de pelo, un maquillaje de juguete del ocioso tiempo, empeñado en embromarle la paciencia. De ahí que sean contadas las veces en que se quita la gorra de marinero. La gorra con la que, en este momento, se abanica el pecho.

A continuación, Zuleta señala que apenas estuvo en capacidad de decidir sobre su propia vida, abandonó La sierra montaña y volvió a La Jagua del Pilar. Su madre le decía que se sentía orgullosa de él, puesto que había demostrado ser un hombre de servicio, capaz de defenderse solo y ayudarla a ella a costear la crianza de sus otros hijos.

Por esos días, Mile empezó a componer coplas. Las hacía de 10 versos, influenciado, como tantos viejos trovadores del Magdalena Grande, por el Romancero de Castilla, que algún antepasado difundió por aquellos andurriales. Zuleta y todos los de su estirpe se animaban con sus propios cantos en las ásperas labores del campo.

En los primeros tiempos, cada canto era una crónica que narraba un suceso significativo de la región: las travesías mundanas de un sacerdote al que todos creían casto, el chismorreo que le sirve a ciertos pueblos como ejercicio colectivo contra el tedio, o la fuga de una muchacha rica y bonita con un muchacho pobre y feo. Esos motivos elementales, al ser contados con gracia y precisión, adquirían una gran fuerza expresiva. Era una música hecha para el consumo vital de sus propios cultores: cada verso se festejaba ruidosamente en el lugar mismo en el que nacía y en el momento mismo de su creación, y nadie esperaba que la práctica de aquella vocación primaria le condujera a la fama o le engordara los bolsillos. Cantaban por puro gusto. Para poner un poco de color en la gris labranza de todos los días, y como pretexto para departir con los amigos.

La vieja Sara levantaba el pecho para decirle a todo el que quisiera oírla que la inteligencia de Mile para la improvisación era una herencia de ella. Cuando el muchacho aprendió a tocar el acordeón ya no fue más el hijo de mostrar sino un pedazo de animal bruto, una nueva víctima de ese instrumento diabólico que empujaba a los hombres a tomar ron y a preñar a cuanta mujer se les atravesara. La señora se preguntaba cuál sería la falta que había cometido, para que la castigaran con un hijo de perdición que con seguridad sería mal visto por la gente decente.

El pecado era haberlo criado en la misma casa donde vivía el tío Francisco Salas, quien tenía seis acordeones colgados en las paredes de su alcoba.

Todos los días, Mile veía con impotencia cómo su tío se sudaba y se despeinaba tocando los acordeones, y en vez de aprender, empeoraba. El pobre hombre era tan tosco que ni siquiera se daba cuenta de su incapacidad y, por el contrario, parecía convencido de que sabía mucho. Cada ejercicio era peor que el anterior, un desastre que sólo sería superado por el autor, en la jornada siguiente. Jamás se acercaron las manos del tío a algo que pudiera asemejarse a una melodía. Oyéndolas desde lejos, sus notas se confundían con los aullidos de un cerdo envalentonado. Eso sí: viéndolo entregado a sus prácticas con los ojos cerrados por el entusiasmo, viendo su constancia tremenda, resultaba infame decirle que su torpeza no tenía remedio.

Francisco Salas no permitía que nadie más colocara un dedo encima de sus acordeones. Pero Emiliano les tenía puesto el ojo desde el primer momento en que los vio y sintió una comezón en la sangre. Cuando Salas se descuidaba, Mile desacataba sus advertencias, como si el acordeón le echara brujería. Apenas el tío escuchaba las notas, venía hecho una furia y regañaba al insolente, pero la tarea de aprendizaje ya estaba adelantada, y además iba a continuar, a las buenas o a las malas.

Zuleta compara su situación de aquellos días con la de un enamorado que se entiende a escondidas con una muchacha. Según dice, eso no hay papá celoso que lo ataje. Y siempre se llega hasta donde el tipo y la mujer quieren que se llegue. Cuando necesitan manosearse, se manosean, así los padres los encierren en una jaula de hierro, así se ofendan los trastos de la iglesia.

Al mes, el progreso de Mile con el acordeón era notable. Un día decidió que no estaba dispuesto a aceptar que el viejo Francisco siguiera interrumpiéndole los coitos, con sus apariciones inoportunas. Entonces, como un novio que se lleva a la novia para darse gusto con ella donde nadie los estorbe, tomó el acordeón y se largó de La Jagua del Pilar.

—Mamá descubrió la trastada cuando ya era clavo pasado y no había nada que hacer –dice el maestro, mientras cruza las piernas en su butaca.

Varios días después, cuando la amante le había entregado hasta la última de sus gracias, Zuleta volvió al pueblo con el ánimo de devolvérsela al dueño. Además, compuso una canción, para cantársela al agraviado al pie de su ventana. Llegó de noche. Una noche clara y fresca, recuerda. Una noche de las que le gustaban al tío. Con una noche así, sería difícil que no lo perdonaran.

La primera estrofa de la pieza, era un portento de inocencia. Zuleta la entonó con un sentimentalismo infantil, casi en los límites del villancico. Decía así:

Le vivo pidiendo a Dios
que me perdone mi tío
por culpa del acordeón
que yo le saqué escondío”.

Era una letra más bien pobre, en la cual las buenas intenciones superaban al talento. Lo extraordinario fueron las notas del acordeón que acompañaban el almibarado canto: unas notas desenvueltas, precisas, afinadas, enriquecidas por la profundidad de los bajos. El tío las escuchó alelado, en un limbo que tenía tanto de gozo como de desdicha. Cuando el sobrino terminó la serenata, Francisco Salas le dio un abrazo estremecido, le dijo que podía quedarse con el acordeón y se fue para su cuarto sin añadir ni una sola palabra. Nunca más volvieron a verlo en sus prácticas desatinadas y enjundiosas. Mile se quedó con el acordeón que le obsequiaron. Y los otros acordeones se enmohecieron para siempre en las paredes descascaradas de su dueño.

También con un canto, afirma, se ganó a la primera novia. Ocurrió cuando tenía 18 años. No hubo matrimonio, pero los padres de la muchacha exigieron formalizar la relación, mediante un acta notarial. Zuleta duró tres días ensayando su firma, para no pasar por la vergüenza de que le dijeran que había conseguido mujer, sin saber leer ni escribir. El lápiz con el que garabateó su nombre fue el primero que vio en su vida.

Zuleta piensa, y lo dice con una sonrisa bandida, que la escuela podrá ser muy buena para hacerse doctor, pero no es necesaria para arrimarse a las muchachas. El que quiere besar, simplemente busca la boca, y ahí no hay abecedario que valga. Lo que único que vale es tener dulce en el pellejo, para que las mujeres se vayan pegando como enjambres de mariposas. El que no tiene eso, está muerto, así sea dueño de todos los códigos y de todas las biblias. Si naciste mal despachado de miel, las mujeres no se engolosinarán contigo, y deberás conformarte con verlas volar a lo lejos, bonitas y sabrosas, pero ajenas.

Llegado a este punto, los ojos de Zuleta tienen el desenfreno del glotón que está por fin frente al banquete prometido. Ningún otro tema le produce un estado de gracia similar. Casi podría decirse que en este momento la tierra es poca cosa para él. Está levitando en cuerpo y alma. Me está hablando desde arriba.

—Las mujeres –suspira, relamiendo cada palabra–. Las mujeres. Cosa linda en la vida.
—¿Tuvo muchas?
—Caramba, mijito, yo tuve de 80 mujeres para arriba, porque fui travieso. Y si hubiera sido joven en esta época, hubiera tenido muchas más, porque ahora la mujer es más fácil y más silvestre. La mujer de ahora es mango bajito.

Zuleta se agarra la barbilla con los dedos índice y pulgar de la mano derecha:

—Las mujeres antes escaseaban –dice.

Casi en seguida, y sin ninguna transición, el semblante reflexivo da paso a un engreimiento de pavo real. Entonces, lleva su desvergüenza hasta el extremo de protestar porque en una situación tan ventajosa como la actual, “cualquiera es mujeriego”.

—Antes –añade– los únicos mujeriegos éramos los acordeoneros y los choferes. Y con tanto estorbo que ponían los padres de las muchachas era mucho mérito que uno fuera capaz de conquistarlas y llevárselas. En cambio ahora es más fácil. Yo veo que las mujeres se les meten a los nietos míos en el cuarto y ellos son los que tienen que quitárselas de encima, oyó, como si estuvieran espantando moscas.
—Cuidado lo oyen las mujeres llamándolas “mangos bajitos” y “moscas de espantar”. Lo van a linchar, maestro.
—A mí me enseñaron que patada de yegua no mata a caballo. Las mujeres tienen que hacerme es un monumento, porque bastante que las he querido. Yo digo como los viejos de mi pueblo: desde la madre de Jesús para acá, que vivan todas las mujeres. Si no fuera por ellas, ¿qué hombre trabajaría? Ellas son las que nos hacen a nosotros en todo sentido. Que viva la mujer que lo parió a usted y la mujer que me parió a mí. Que vivan las hijas del ministro, las hijas del carpintero y las hijas mías. Todas, todas ellas. Que no se mueran nunca, que Dios no nos haga la maldad de llevárselas.

En la región en la que se crió Zuleta, es normal que los hombres no tengan reparos de conciencia frente a sus múltiples travesuras amorosas. Muchas mujeres, incluso, ven en el macho aventurero un símbolo de respetabilidad, un animal marrullero que por haber sido jugado en varias plazas, les inspira tanto temor como atracción, y de ñapa les plantea el reto de ver si son capaces de amansarlo. Domarlo no significa, desde luego, ser la única en su vida, sino ser la principal, el puerto de partida y de llegada, la que puede dormir con él toda la noche sin que la llamen vagabunda, y luego echar el cuento de que ahí, en su cama, es donde él amanece todos los días. Ni las de la casa ni las de afuera se consideran las víctimas de un destino miserable. Ninguna piensa que está recibiendo migajas. Cada una se cree poseedora de la mejor parte del surtido, pero en el fondo saben que alcanza para todas. Por eso lo comparten sin problemas. Por eso, hasta se dan el lujo de utilizar al marido común como mensajero, para intercambiar sus especialidades culinarias. Como además tienen un sentido primario del clan, preservan por encima de todo la unión de la familia: los hijos que le nacen a la una son hermanos de los que le nacen a la otra y a la de más allá, y esa ligazón de sangre no merece que nadie la arruine por algo tan mezquino como los celos.

Los hombres, por su parte, escuchan desde pequeños un verbo que en los diccionarios resultaría pérfido, pero que los mayores conjugan sin sonrojarse, ya que ni a las mujeres mismas les parece ominoso: el verbo mujerear.

A Sara Baquero, una matrona inconfundible de la región, no le preocupaba en lo más mínimo que Emiliano hiciera versos. Por el contrario, insistía en que la vena poética del muchacho era herencia de ella. El problema era que los cantos estuvieran apareados con el acordeón, un instrumento que, según ella, volvía irresponsables a los hombres. Sin embargo, la vieja Sara tuvo claro desde el principio que esa causa estaba perdida, porque si su hijo cantó antes de hablar; si fue capaz de componer y de aprenderse largas canciones en décimas, sin saber leer ni escribir; si se convirtió en un diablo del acordeón, desafiando el duro carácter de su tío Francisco, entonces no habría poder humano ni divino que lo apartara de la música.

Que Emiliano fuera mujeriego tampoco le quitaba el sueño a Sara Baquero. Lo máximo que podía hacer era aconsejarles a las mujeres que amarraran a sus hijas, que por las calles andaba suelto un gallo de casta. Además, si se miraban las cosas al derecho, Mile no era más que el típico hijo de tigre que salía pintado, ya que el sinvergüenza de su padre sólo estuvo con ella a la hora de engendrarlo, y después de eso no se dejó ver ni el visaje.

Con semejantes antecedentes, era natural que Emiliano no se ajuiciara. Por los días en que se puso a convivir con su primera mujer, empezó su reconocimiento. Era un reconocimiento que le pertenecía más a los cantos que a él mismo. Las personas que tarareaban sus versos en aquellos pueblos y veredas retirados de la Civilización no lo habían visto a él ni en pintura. No sabían cómo era su rostro ni les interesaba. Pero reconocían en sus coplas el mejor correo posible, porque no les informaba sobre lo urgente –nada era urgente– sino sobre lo importante. Por eso las acogían aunque llegaran retrasadas: venían de muy lejos y conservaban el aroma de los montes. Quienquiera que fuera su autor, les estaba regalando ricas historias, contadas a la manera de las buenas crónicas periodísticas: historias completas, redondas, en las que había burla, deliciosos arcaísmos, apuntes sobre la suerte de las cosechas, regaños para bajarle los humos a algún aparecido, guiños a una mujer amada que hoy se llamaba Manuela y mañana María.

Conforme a la tradición, sus versos parecían destinados no más que a los compañeros de parranda y de labranza. Pero tenían tanta gracia melódica, tanta vitalidad narrativa, que, a pesar de que no habían sido grabados aún, se extendieron de boca en boca, de manera espontánea, por toda la costa caribe colombiana. En las trochas malsanas de la región se desnucaban las bestias, se extraviaban los caminantes, y los versos seguían su marcha a lomo del viento, porque fueron hechos por uno de esos juglares auténticos que no necesitan fijar su voz en el papel para protegerla del olvido. Un juglar que no se dejó extinguir durante el tiempo en que permaneció a la zaga de su propio canto.

—Si me hubiera tocado pagar para cantar –dice Zuleta–, lo hubiera hecho sin problemas.

Zuleta refiere sus historias de manera lenta y lineal. Las satura de detalles, para alargarlas y regodearse con ellas. Y no permite que lo desprendan de la palabra. Si lo interrumpen, o si le formulan una pregunta que maliciosamente pretenda precipitar el final, escupe fuego por los ojos, en dirección al insolente, y retoma el hilo del relato en el mismo punto en que trataron de arrebatárselo. Así, hasta que termina de saborear la golosina de su propio verbo. Lo que más le gusta son las anécdotas, que en su boca fluyen copiosas y continuas, como un aluvión.

Justo en este momento, Zuleta esboza una sonrisa bribona. Acaba de recordar una de las muchas historias divertidas que protagonizó, durante sus correrías como trovador celebrado y anónimo. Sucedió a mediados de 1949, en un caserío conocido con el nombre de Hatico de los Indios, donde lo contrataron para que amenizara una fiesta de matrimonio.

Para el joven esposo fue un honor decirles a los presentes que ese que estaba ahí con su acordeón era nada más ni nada menos que Emiliano Zuleta Baquero, viejo conocido suyo, sí señor, el compositor de La gota fría, una pieza que ya gozaba de prestigio en toda la comarca. El muchacho, sin embargo, no se quedó en el amplio patio para acompañar la rumba que había inaugurado: sus afiebradas glándulas de marido novicio lo arrearon antes de tiempo hacia una habitación del segundo piso, donde lo esperaba la novia.

En su condición de animador de la fiesta, Zuleta era el menos indicado para preocuparse por la suerte de los casados en su estreno. Pero, como buen chismoso, era el que estaba más pendiente. Incluso, cuando el muchacho se retiraba hacia la alcoba, le deseó suerte, con un guiño cómplice de su ojo izquierdo.

No habían pasado ni dos horas cuando el novio bajó del segundo piso, despeinado y desencajado. Parecía venir de un velorio y no de un festín exquisito. Ubicado en un sitio estratégico en el que no era percibido por los invitados a la parranda, el joven aprovechó una pausa del conjunto musical y llamó a Emiliano Zuleta, con una seña de la mano. Éste acudió en seguida, diligente, descarado, como si llevara años esperando ese momento. Como si la demora lo perjudicara a él y no al otro.

—Hombre, señor Emiliano –dijo el muchacho–: me está sucediendo un problemita y de pronto usted me pueda ayudar.
—Usted dirá –respondió Zuleta, con un tono displicente, para disimular que lo mataba la curiosidad.
—Es que llevo un buen rato encerrado en el cuarto y no he podido hacerle nada a la mujer.
—¿Cómo así?
—Yo más bien ya tengo es pena con ella, porque no he podido pasar del jugueteo ese del principio.

Como hombre ducho y avispado, Zuleta supo en el acto qué era lo que ocurría: el muchacho no estaba preparado todavía para alcanzar el fruto principal y por eso se aburrió del paraíso aunque nadie lo hubiera expulsado. Para confirmar su sospecha, el maestro no tuvo mejor idea que emboscar a su agitado interlocutor con una pregunta maligna.

—Bueno, pero dígame una cosa: ¿usted alguna vez que no fuera hoy había probado mujer?

El joven no estaba para dárselas de héroe sino para resolver un problema que consideraba gravísimo. Intuía que la efectividad del consejo que solicitaba dependía de que fuera sincero. Por eso respondió, humilde, sin pensarlo dos veces.

—No, señor Emiliano. Ésta es la primera.
—Ah, caramba –se pavoneó Zuleta, como si fuera el oráculo divino que le salvaría la vida al otro–, ya yo sé qué es lo que pasa.
—¡Yo sabía que usted me iba a ayudar, señor Emiliano! ¡Yo sabía!
—Mire: lo que pasa es que las mujeres tienen dos tiempos. Está el tiempo en que son señoritas y está el tiempo en que son señoras. Cuando son señoras, eso es facilito, porque ya lo que había que vencer está vencido. Pero cuando son señoritas es más difícil: hay que conocer la técnica. Lo que usted me dice, deja dicho que usted no la conoce.
—¿Y qué es lo que tengo que hacer?
—Cálmese. Tómese un vaso de agua. Y no se desespere, que la desesperación no es buena para estas cosas. Ya verá que si se tranquiliza, le va a ir bien.

Zuleta le dio una palmada alentadora en el hombro y le anunció que volvería al patio, para seguir animando la fiesta con su acordeón. Tenía cara de haber cumplido con su deber. Pero entonces ocurrió lo inesperado: el muchacho no se dio por satisfecho sino que le dijo a Zuleta que necesitaba “un último favor”.

—¿Cuál sería?
—Vea, señor Emiliano, usted, que es un hombre veterano, ¿por qué no me hace el favor de estar con mi mujer?

Parte del morbo con el que Zuleta había seguido el desenlace de la velada nupcial se debía a que la recién casada era una hembrota de carnes prietas, y caminaba con un bamboleo perturbador en las caderas, esas caderas que les producían a los hombres que las miraban, cuando las sabían ajenas para siempre, físicas ganas de morirse. Zuleta no iba, pues, a rechazar la oferta que acababa de recibir, por escrúpulos que no le pertenecían. Ahora bien: tampoco podía mostrar su interés de manera tan rápida, porque eso sería una descortesía innecesaria con el marido. Para tomarse su tiempo, lo que hizo fue expresar el temor de que la mujer no aceptara y entonces él quedara en ridículo, después de haber subido hasta la habitación. El muchacho insistió en que ése no sería ningún problema.

—Ah, bueno –dijo por fin Zuleta, condescendiente–: la verdad es que yo nunca en mi vida he hecho un favorcito de esos que usted me pide. ¡Pero me sentiría muy mal si le digo que no!

***

—Sigamos hablando de mujeres –propone el viejo Mile, socarrón.
—¿Qué más va a decir sobre ellas?
—No sé. Me gustaría hablarle de las mañitas que uno emplea para conseguirlas.

La periodista Griselda Gómez, quien hoy me acompaña, me mira sonriente, como si el de la gracia fuera yo. Luego mira al viejo, que evidentemente quiere impresionarla a ella y no a mí.

A continuación, Zuleta advierte que frente a una mujer difícil no hay mejor arma que apartarse por un tiempo del camino. La indiferencia, según él, le desbarata el orgullo y la lleva a buscar al tipo con la cabeza gacha. En ese momento, como ya no está en una posición ventajosa, “es posible que dé lo que antes había negado”.

Con las dos manos en el vientre, muriéndose de la risa, Griselda Gómez trata de decir algo que no se le entiende. Pasada la histeria, le recuerda a Zuleta que no todas las mujeres caen en la trampa del hombre que se retira. Algunas, incluso, hasta respiran aliviadas cuando eso sucede.

Como si llevara siglos con la respuesta preparada, Zuleta dice entonces, con la malicia de siempre, que en ese caso el hombre tampoco pierde, porque se quita de encima la mortificación de una mujer que no nació para él.

Griselda le pregunta al viejo que si acaso una mujer que no se acuesta con él es una mortificación. Se nota que disfruta tirando al viejo de la lengua.

Zuleta le responde en el acto que la mujer que dice que no desde el principio, merece todo su respeto. La que lo saca de quicio es la otra: la que muestra para atraer y luego esconde para matar. La que pinta la cama al comienzo y la borra después con una patada. La que toca y se deja tocar, pero sale corriendo cuando siente que la mano del hombre se pone seria.

Ana Olivella, que está en el lavadero fregando la ropa, voltea sonriente para donde estamos nosotros. Parece más interesada en la risotada fácil de Griselda que en el apunte de su marido. Justo en ese momento descubre que la estoy mirando, y entonces gira el cuerpo y vuelve a concentrarse en su oficio.

El maestro aclara que, de todos modos, para que la mujer difícil busque al hombre cuando este se le pierde de vista, se necesita que el hombre le haya caído en gracia desde el primer momento. Que la haya hecho reír, por ejemplo. O que le haya enseñado que no todo lo que parece verde es verde. O que le haya hecho pensar cosas que antes no había pensado. Muchas veces, añade, el problema se debe a que el hombre halaga a la mujer más de la cuenta, y entonces ella piensa que, como es perfecta, no necesita a un tipo sino a Dios.

Animado por la euforia que ha desatado su apunte, el viejo Mile se pone de pie, y desde esta nueva posición, sintiéndose ya el dueño absoluto de la reunión y del universo, enuncia el mandamiento central de su decálogo vagabundo:

—Por muy difícil que sea la mujer –sentencia–, el hombre es el único dueño de esa cosa que a ella tanto le gusta.

Zuleta cree –y lo expresa guiñándome un ojo– que por cada mujer que un hombre no consigue, hay dos esperando más adelante.

—La que no está para mí está para otro tipo. Y eso es lo que se necesita, oyó, para que todos seamos felices. Mujeres y hombres siempre se acotejan, porque son como la caja y la tapa. Ellas ponen la cerradura y nosotros ponemos la llave. ¿Así quién no se acomoda?

Y entonces, como para comprobar que, en efecto, ha sido un sinvergüenza temible, esgrime su prontuario:

—Antes de casarme con la señora Carmen Díaz, yo tuve dos hijos. Mi hijo mayor se llama Cristóbal y debe andar por los 66 años. El segundo lo tuve con una mujer de Urumita. Se llama Teobaldo pero le dicen El beato. Yo he tenido hijos como con seis mujeres. En La Jagua dejé un hijo. En Villanueva, otro. Tuve ocho con Carmen y uno con Mirce. De pronto no tengo las cuentas bien claras: usted sabe que en el tiempo de antes, uno a veces ni se enteraba. Menos mal que uno no embaraza a todas las mujeres con las que se tropieza.

Zuleta ha vuelto a sentarse en la hamaca. Ahora habla de un caserío de la Guajira llamado El Monte de la Rosa, donde vivió un tiempo. Allí, según él, hay dos clases de mujeres: las que lo odian y las que lo aman. Unas y otras se parecen en que no pueden vivir sin mencionarlo, como lo sugiere en una de sus mejores canciones:

En El Monte de la Rosa
las mujeres bien temprano
se van a enjuagar la boca
con el nombre de Emiliano.

De repente, Ana Olivella pasa frente a nosotros con un platón lleno de ropa. Cuando Mile la ve, la señala con el dedo y dice que ella fue una de las víctimas del método de la indiferencia. La mujer sonríe. Casi podría decirse que interpreta las palabras de su marido como un piropo. Sin embargo, fiel a su costumbre de escabullirse, sigue de largo hacia la sala y no escucha el resto de la historia.

Cuenta Zuleta que cuando quedó viudo de Mirce Molina, empezó a montarle la cacería a Ana Olivella, no para sumarla a su lista de aventuras, sino para organizarse con ella seriamente. El tiempo pasaba y Zuleta no veía que se concretara ninguna de las promesas que la mujer le enviaba con sus miradas. Cansado, dejó de frecuentarla y hasta pensó en marcharse de Villanueva.

No había pasado ni una semana cuando una hermana y una prima de Ana fueron a buscarlo, para averiguar por qué no había vuelto a visitarlas. Que si acaso en la casa de ellas le habían echado agua caliente, le preguntaron. Zuleta captó el mensaje, y el relato termina en esta casa de Valledupar, donde hoy sigue junto a Ana, después de 19 años de convivencia.

—Ay, carajo –dice de pronto el maestro–. Se me estaban olvidando los tres hijos que tengo con Ana. También me faltó un muchachito que tuve con una hembra de El Piñal.

El viejo Mile nos advierte de que a cada mujer que ha tenido, así sea de paso, le ha dedicado por lo menos una canción. Él tiene que vivir para poder cantar, explica, pues no cree en esos compositores que hacen en versos lo que nadie les ve hacer en la vida real.

—Yo no podría emocionarme cantando embustes –concluye, tajante.

La canción que le costó más trabajo, nos informa, fue El milagro, inspirada en la aventura que vivió en secreto con una de sus ahijadas, una mujer que parecía incapaz de matar una mosca y al final le jugó sucio. Zuleta añade que la deslealtad no lo sorprendió en absoluto, porque él ya estaba entrado en años y la muchacha tenía un fuego que no se apagaba con cualquier lloviznita.

—Uno tiene que ser realista –agrega– . Después de cierta edad, uno ya no puede con una muchacha de esas. Ahí lo mejor es que uno calme la bestia.

Acostumbrado a hacer canciones con cuanta cosa le sucedía, Zuleta no sabía cómo contar esta historia. Por un lado, necesitaba denunciar a la traidora. Pero, por el otro, temía quedar al descubierto como un hombre sin escrúpulos, capaz de acostarse con sus ahijadas.

—Mencionar a la muchacha con el nombre verdadero –señala– hubiera sido un irrespeto con mi comadre, y yo siempre he sido un hombre respetuoso.

En esta oportunidad, el viejo no se suma a nuestras carcajadas. Quien lo vea y no lo conozca no alcanzaría a percibir la chispa de picardía que titila en el fondo de su gravedad teatral.

El problema –explica, todavía serio– se solucionó de manera simple: diciendo el nombre del milagro, pero ocultando el del santo. Sin que nadie se lo solicite, tararea una estrofa de la canción que se derivó de ese episodio:

Le comuniqué a un amigo
lo que le pasó a Emiliano
pero yo tengo un motivo
para quedarme callado
por eso digo el milagro
pero el santo yo lo olvido.

Zuleta revela que una de las mujeres más importantes de su vida fue La Pula Muegues, a quien se refiere con un adjetivo rudo: “bellacona”. La vieja Sara la detestaba y recurría a los brujos de la Provincia, para suplicarles el favor de alejarla para siempre del corazón de su hijo. Mile, siempre atento a los designios de su madre, quería complacerla pero no podía: los bebedizos de cebolla en rama con leche de vaca recién parida lo hundían cada vez más en las polleras de La Pula.

Un día, La Pula Muegues amaneció con un par de úlceras en las corvas. No hubo remedio al que no apelara. Se untó Quítame este mal y Sácame de esta desgracia. Bebió consomé de torcaza preparado por una mujer señorita. Rezó el rosario de madrugada, con el Cristo al revés. Pero las llagas siguieron progresando, hasta postrarla en una cama de lienzo. A esas alturas, Mile había decidido llevársela a Jerónimo Montaño y al Indio Manuel María, los dos brujos más afamados de la región.

Justo entonces ocurrió un suceso que alteró sus planes: llegó a Urumita, Guajira, un circo de pueblo, cuyo propietario, según los rumores, “era casi Dios”. Se llamaba Cocoliche y usaba una boa enrollada en el cuello.

La avidez de Zuleta por el diagnóstico de Cocoliche desapareció más temprano que tarde: en cuanto apareció en el recinto una mujer de pelo negro y ojos almendrados, que portaba un tarro humeante con aroma de eucalipto. Venía vestida con una túnica de cañamazo y traía unas sandalias de cordobán. Tras cruzar dos miradas con ella, Zuleta comprendió que el romance no iba a necesitar de mayores preámbulos, porque ya estaba madurito. Era, concluyó en el instante, una mujer que le habían guardado: no más tenía que reclamarla.

Aprovechando una ausencia momentánea de Cocoliche, Mile se abalanzó sobre su presa sin chistar ni un monosílabo. Guiado por el instinto, tomó su mata de cabello entre las manos, y al colocársela en el rostro, sintió que se desbarrancaba por un abismo sin fondo que olía a limones tiernos. Allí estuvo retozando durante un tiempo que aún hoy no es capaz de medir. Descarado, irresponsable. Más como un polluelo desprotegido que como el gallo de casta que dice ser. Con el cabello de la mujer improvisó un cobertizo seguro, adonde no llegaban ni las dolencias de La Pula Muegues ni los maleficios de la vieja Sara. Estando allí, no valía la pena preocuparse por la posibilidad de que Cocoliche fuera el padre o el marido de la mujer, y apareciera de repente con un machete, dispuesto a dañarle el momento.

Todavía hoy Zuleta no sabe si Cocoliche vio o no vio, ni le importa. Lo cierto es que

cuando el hombre regresó, Zuleta no le consultó nada más sino que le pidió empleo. De modo que los siguientes dos meses de su vida transcurrieron bajo la mugrosa carpa del circo, hoy en Uribia y mañana en San Juan, desenamorado en un lado y enamorado en el otro, ajeno por completo a la suerte que hubiese corrido La Pula Muegues.

De la vivencia en el circo, señala Zuleta, también salió una canción, que fue grabada por Colacho Mendoza. Por solicitud mía, entona una estrofa:

“Dos limones en el suelo
yo cogí el que estaba biche
voy a hablar con Cocoliche
pa’ irme con los maromeros.

El viejo Mile salta de golpe hacia un burro que alquiló no sé dónde, para llevar a La Pula Muegues hacia Sabanas de Manuela, donde vivía Jerónimo Montaño. Lo acompaña Andrés Salas, hermano y compadre suyo, quien viaja a lomo de un caballo barcino. Noto que a pesar de que suele ser meticuloso en los detalles de sus anécdotas, no me ha contado ni cómo abandonó a la mujer del circo ni cómo encontró a su compañera, después de su larga ausencia. Cuando lo hago caer en la cuenta, me despacha con un cierto desdén, como si el tema que le propongo fuera secundario. Dice simplemente que La Pula había empeorado y que por eso era que se la llevaba al mejor brujo de la región.

Lo importante, afirma Zuleta, es que dejó a su mujer en manos de Montaño, quien se comprometió a devolvérsela curada en el término de dos semanas. Él, entre tanto, siguió de largo con su hermano Andrés hacia Guayacanal, para asesorarse con el otro gran gurú de la Provincia, el Indio Manuel María. El hecho, me recuerda Zuleta, está recreado en una canción suya:

Ay, el indio Manuel María
que vive en Guayacanal
ese sí sabe curar
con plantas desconocidas
Ay, cómo se dejan quitar
los médicos su clientela
de un indio que está en la sierra
y cura con vegetal.

Zuleta interrumpe su relato sobre La Pula Muegues para hablar de Carmen Díaz, a quien considera la mujer más importante de su vida.

—Fue la más importante –repite–, pero fue también la que menos me sirvió, porque se gastaba un genio imponente y quería gobernarme a toda hora, delante de mis amigos. No nos quedó más remedio que abandonarnos.
—Usted le ha hecho a ella por lo menos una docena de canciones.
—Sí, claro, y eso a Carmen la acreditó mucho. Imagínese usted: ser la mujer de Emiliano Zuleta. Gracias a mí es que la conocen a ella. Sobre todo, cuando yo digo en una canción: “me siento lo más contento/ porque resolví casarme/ si me caso en otro tiempo/ me vuelvo a casar con Carmen”. Ahí fue cuando ella cogió vuelo y se volvió orgullosa, que no quería hablarle a nadie. Ni a mí.

Zuleta se conoció con Carmen Díaz en Manaure de la Montaña, un pueblito del Cesar, gracias a un enamorado que ella tenía. Ocurrió en un mes de diciembre.

Emiliano estaba parrandeando con unos amigos, la noche en que llegó un señor con acento del interior del país, a preguntarle que cuánto le cobraba por acompañarlo a llevar una serenata.

Según el hombre, cuyas ropas percudidas revelaban que venía de una andadura larga, la mujer a la cual pretendía conquistar con la serenata era la más bonita que existía en 20 pueblos a la redonda.

Desde el momento en que el tipo le describió a la mujer, Zuleta intuyó que sería él quien terminaría consiguiendo sus favores:

—Yo pensé: ay, papa Dios: este cliente se está matando solito. ¡Porque si la hembra está buena, me tiene que tocar es a mí!

Una vez más, Zuleta se levanta de su hamaca, como en busca de más espacio para reafirmarse como el héroe de la película, el chacho de las conquistas, un terreno en el que se cree superior al resto de los hombres.

La noche de la serenata, Carmen Díaz no se dio por enterada. Fuera por desatención o fuera por su sueño tan profundo, lo cierto es que no se asomó por ninguna de las dos ventanas. La que sí salió para dar las gracias fue Julia Bula, una prima de Carmen, que al parecer estaba convencida de que el detalle era para ella.

Un hombre como Emiliano Zuleta no nació para quedarse con intrigas en asuntos de mujeres. Así que esa misma noche, mientras se despedía de sus músicos y del pretendiente frustrado, empezó a urdir el plan que ejecutaría pocas horas después, cuando clareara la luz del día. Volvería a esa casa de frente, sin aspavientos, para decirle a la tal Carmen Díaz que era “la mujer más bonita de 20 pueblos a la redonda”.

En este punto, el maestro me dirige una mirada vivaracha y suelta una broma inspirada:

—Ajá, para algo que tenía que servir la frase del cachaco.

Cuando Zuleta volvió a la casa donde se encontraba Carmen Díaz, eran las 10 de la mañana. No necesitó que se la presentaran para conocerla. Estaba sola en la sala, sentada en una mecedora de mimbre, pelando plátanos con un cuchillo basto. Tenía el cabello recogido en un moño de gasa morada y llevaba un traje cerrado de negro desde los pies hasta el cuello. Más allá de su indumentaria severa, que insinuaba un luto más antiguo que ella misma, la mujer se gastaba una estampa de faraona que invitaba a besarle los pies. “Es una hembraza”, pensó Zuleta.

Como siempre que veía a una mujer que le gustaba, Mile quiso arrojarse sobre ella en el acto. Pero no lo hizo, porque percibió en su adusto semblante de doña la amenaza de que si se pasaba de la raya, era hombre muerto. De modo que se limitó a contemplarla, alelado. Ni siquiera la saludó. Y ella seguía desconchando aquellos plátanos, sin determinarlo.

De pronto, a Carmen Díaz se le cayó un plátano. Mile lo recogió del suelo, le sacudió la tierra en su propio pantalón, y se lo devolvió. Carmen, a duras penas, le dio las gracias, reconcentrada en su faena, ajena por completo al hombre con cara de bobo que tenía enfrente.

En ese momento, Julia Bula entró en la sala. Había visto la última parte de la escena y venía carraspeando con ironía.

—Anda, prima –gritó, como para que la escucharan en el resto del pueblo–. Por haber dejado caer el plátano, vas a salir en un disco de Emiliano Zuleta.

A Mile le pareció que la aparición de esta mujer era un regalo del cielo. A todas estas, Carmen Díaz no había vuelto a mirarlo.

Carmen le preguntó a su prima que si el Emiliano Zuleta al cual se refería era el que había compuesto La gota fría.

—¡Ese mismo! –chilló Julia–. ¿Cuántos Emilianos Zuletas compositores hay en La Guajira?

Con la turbación de quien todavía no ha comprendido por dónde le entra el agua al coco, Carmen preguntó que porqué motivo Emiliano Zuleta le iba a sacar una canción a ella.

—¡Porque pelaste el plátano y lo dejaste caer! – gritó Julia, con doble intención.

Entonces, a Carmen Díaz se le salió una frase inocente, con la cual apretó el nudo de su propia horca:

—¿Y dónde está el Emiliano de mierda ese? Yo siempre lo he querido conocer.

De ahí para allá, dice Zuleta, el amorío ya estaba pilado. Por la noche volvió a la casa para ofrecerle una serenata a Carmen. Esta vez –agrega, vanidoso– la mujer sí se levantó para agradecer el detalle. Y no sólo eso: salió de la casa y les pidió a los músicos que interpretaran una cuarta canción por su cuenta, para ella bailarla con Emiliano en plena calle. En la mitad de la pieza, Carmen se quitó un anillo de oro y se lo colocó a su parejo en la mano izquierda, un ritual muy frecuente en La Guajira por aquellos tiempos.

En este punto, el viejo esboza una de esas risas picaronas que preceden a sus chanzas.

—Apenas me vi ese anillo puesto, pensé: carajo, este anillo está bueno para cambiarlo por una caja de whisky.

Retorciéndose de la risa, Griselda Gómez exclama:

—¡Este viejo es la trampa!

A Zuleta le encanta el cumplido. Cuando abre la boca de nuevo es para decir que Carmen Díaz le quitó el anillo al rato de habérselo puesto, porque, avispada que es, debió de haber calibrado sus intenciones. El caso es que a él no le gustó esa actitud, porque consideró que era una injusta señal de desconfianza.

—¿Y usted no acaba de decir que pensó en beberse el anillo?
—Eso fue algo chusco que se me salió, para hacerlos reír a ustedes. Pero yo nunca haría una cosa de esas. A lo máximo que llegué con una mujer, fue a pintarle pajaritos en el cielo, para que se amañara conmigo. Pero aprovecharme del cariño para sacarle plata o regalos…¡eso, nunca!

Carmen se despidió de Emiliano porque debía regresar a Villanueva, su pueblo natal. Quedaron de verse el seis de enero, cuando él fuera a la casa de ella para pedir su mano de manera formal. Ese día –le advirtió– le devolvería el anillo. Y sería para siempre.

Zuleta no cumplió la cita sino en abril, y además lo hizo por pura casualidad. Cuando regresaba de Guayacanal hacia Sabanas de Manuela, para recoger a La Pula Muegues en la casa de Jerónimo Montaño, tuvo que pasar por Villanueva.

—Apenas vi las primeras casas del pueblo –señala–, le dije a mi hermano Andrés: mierda, compadre, acabo de recordar que yo tengo una novia aquí. Espéreme un momentico, que voy para allá a ver si esa mujer todavía se considera novia mía.

Contrario a lo que temía Emiliano, Carmen Díaz lo recibió con los brazos abiertos. Hasta buscó a los parranderos del pueblo para que lo acompañaran, mientras ella preparaba un sancocho de gallina en el patio. Sólo por la noche Zuleta se acordó de que había dejado a Andrés Salas esperándolo en el cementerio. Lo mandó a buscar, pero el hombre ya se había marchado.

—Qué pena con mi compadre –dice el viejo Mile, con un tono de lamentación que ni él mismo se cree.

La parranda duró tres días, al cabo de los cuales Emiliano Zuleta comprendió que estaba enamorado y le pidió a Carmen que se fuera a vivir con él. A partir de ese momento, La Pula Muegues fue historia, materia de olvido. Del mismo modo en que su rostro había reemplazado un rostro anterior, ahora había una piel fresca donde antes había estado la suya. Ya vendría otra que desplazara a Carmen Díaz del lecho del que ahora disfrutaba. En el fondo, todas ellas son la misma mujer que se renueva en los balcones, protagonistas de una historia escrita en el viento. Una historia que nunca termina, porque siempre habrá otra mujer disponible, al otro lado de la ventana.

—Estas experiencias –concluye Zuleta– son las que me han hecho cantar. Si no hubiera mujeres en este mundo, téngalo por seguro que yo no hubiera sido compositor.

***

No sólo el amor predispuso a Zuleta para el canto. Tan poderoso como esa motivación, ha sido el odio. El maestro lo reconoce con una franqueza pasmosa.

—Desde chiquito fui rencoroso –dice– y no sé por qué tuve que haber salido así, si nunca vi ese ejemplo en mamá.

Zuleta aclara, sin embargo, que jamás ha dado un paso que pudiera conducirlo del rencor a la venganza, y tampoco ha manejado sus odios de manera desleal, a espaldas de sus enemigos. Lo suyo no es levantarse de la cama preguntándose qué hará durante el día para destruir a un fulano incómodo, sino detestar a secas. Amargarse la vida viéndole la cara al tipo que le cae mal. Pensar lo peor de él. Negarse de manera radical a reconocerle algún mérito, en especial si es en público.

—Es que también soy muy envidioso –confiesa sin rubor.

Zuleta no concibe que pueda existir un compositor más hábil que él para improvisar, y en esto no se anda con medias tintas: dice que su cabeza es la más inteligente, que sus palabras no tienen pierde, que su lengua es la más picante, que sus melodías son las mejores.

Cuando amanece humilde –una situación tan frecuente como un eclipse de sol– acepta que hay compositores mejores que él. Menciona, por ejemplo, a Rafael Escalona, a Máximo Movil y a Calixto Ochoa. No muchos, en todo caso. La explicación del fenómeno obedecería, según Zuleta, a que quienes aprendieron a escribir derivan de esa circunstancia alguna ventaja para contar historias. Hecha esa pequeña concesión, vuelve por sus fueros con un argumento rotundo:

—Si usted se pone a buscar compositores mejores que Emiliano Zuleta, los va a encontrar. ¡Pero el que compuso La gota fría fui yo!

Donde no concede ni un milímetro es en el Olimpo de la improvisación. No hay nadie como él, repite con la boca llena, a la hora de repentizar. Es él quien le saca más partido a los temas, el más aplaudido por la gente, el que doblega al contendor de tal manera que no le deja más opción que la del retiro.

Las cuartetas no le gustan porque, según él, “eso lo canta cualquiera”. Prefiere las décimas –“versos de 10 palabras”, las llama él– porque representan un reto superior. El maestro no tiene ningún reato para vociferar que es capaz de contar una historia completa –y además en décima, siempre en décima– sobre un suceso que en apariencia es insignificante. Para demostrarlo, canta la canción que hizo el día que se mandó a lustrar los zapatos en un pueblo ajeno, y a la hora de pagar descubrió que le habían robado la plata.

También se ufana de la métrica de Con la misma fuerza, un merengue clásico del vallenato que ha sobrevivido a cuatro generaciones:

Dice Zuleta Baquero
El hijo de la vieja Sara
Me dicen que ya estoy viejo
Pero no estoy viejo nada
Yo estoy como una naranja
Viviendo a sol y sereno
Recibo los aguaceros
Prendido del mismo ramo
Y aunque se estremezca el palo
Nunca arrastro por el suelo.

Antes de que surgieran las voces andróginas de hoy; antes de la invasión de acordeoneros afectados que no parecen tocar su instrumento con dedos recios sino con una plumita de ganso; antes de que las composiciones se volvieran una mezcla insufrible de novelita rosa con balada –papel higiénico de empleadas domésticas desarraigadas–, el vallenato era una música genuina y vigorosa. Nada de melcochas, ni de paños de lágrimas, ni de palabras escogidas de afán en los basureros del diccionario. Se trataba de contar historias. De cantarle a la tierra mojada, al cruce de los novillos por el playón, a la leche espumosa que se apura al pie de la ubre, al compadre resentido por el bautizo aplazado, al sacerdote que pontifica aunque se haya robado los trastos de la parroquia, a la pezuña que deja una huella en forma de corazón, al lucero que es más alto que el hombre, al enamorado que espera hallar a la novia perdida, mediante el recurso cándido de describir sus cejas encontradas; al sol, que es viejísimo pero todavía alumbra; a la hembra que mueve el caderaje, para que Dios se sienta engreído; a la víspera de Año Nuevo, estando la noche serena; a la hamaca que es más grande que el Cerro de Maco; al jornalero que apenas tiene una camisa, pero sabe usar la brisa como sombrero.

Los trovadores de la región, dueños de un primario sentido de la virilidad y el orgullo, también cantaban para aniquilar a los otros. Tarareaban alto para notificarle al mundo que no estaban dispuestos a permitir más gallos en su gallinero. Así nació la piquería, una expresión folclórica que consiste en enfrentar a dos cantores, para que se destrocen a punta de coplas.

Cultor aventajado de esa modalidad fue Emiliano Zuleta.

Tanto le gustaba la pugna, que la primera enemistad la buscó en su propia casa. El rival fue nada menos que Antonio Salas, uno de sus hermanos, quien –crecidito por el efecto de un par de copas– cometió la insolencia de compararse con Emiliano. El tatequieto de Zuleta fue inmediato:

Una noche en Villanueva
se quiso Toño lucir conmigo
Pero a veces me imagino
Que esa es la gente que lo aconseja
Díganmele a Toño
A toño mi hermano
Qué él está muy pollo
Y yo soy muy gallo.

La puja entre los dos hermanos duró 20 años, al cabo de los cuales se habían dedicado, por lo menos, una docena de canciones coléricas. Por cierto, ambos sienten que la cálida relación de la que disfrutan a estas alturas se debe en gran parte a todas las ofensas que se gritaron.

—Ni Toño ni yo nos quedamos con nada guardado, y por eso estamos en paz –dice Zuleta.

Zuleta opina que era mejor antes, cuando los hombres se contramataban con décimas y no con plomo. En seguida, más en serio que en broma, añade que aunque ya me informó que él y Toño se reconciliaron para siempre, “de todos modos a la gente le quedó claro que el gallo soy yo y el pollo es él”.

La discordia con su hermano no fue tan enconada como la que, años después, mantuvo con Lorenzo Morales, otro juglar valioso de la región.

Azuzados por sus seguidores, los dos cultivaron la antipatía a la distancia, sin conocerse siquiera. En su casa de Guacoche, Guajira, alguien le contó a Morales que Emiliano andaba diciendo que era mejor que él. Zuleta, por su parte, escuchaba con frecuencia, en su casa de El Plan, que el rey del acordeón y de los versos era Lorenzo Morales. En ese correveidile, ambos se fueron llenando de requisitos para desplumarse cuando se encontraran.

Zuleta y Morales pasaron nueve años detestándose por correspondencia, lanzando coplas envenenadas en el buzón del viento, para que el monstruo del odio común, que ambos necesitaban, no fuera a resecarse por el abandono. Cada agresión los lastimaba y los redimía. A ellos y a sus corifeos. Y, de paso, iba levantando un reguero de polvos y colores en los senderos. Documentando el recuerdo. Haciendo la vida llevadera mientras llegaba la hora inevitable de cruzarse en alguna vereda neutral, para desenterrarse las espinas y definir de una vez por todas quién era el mandamás de la rima y del acordeón.

Aunque ambos eran tajantes en cuanto a que no se prestarían para un enfrentamiento en el terreno del contrario, la oportunidad de matarse las pulgas se presentó en Guacoche, sede de Morales, de la manera más inesperada.

Zuleta había salido de El Plan hacia Bosconia para realizar una diligencia personal. Cuando pasaba por Guacoche vio una parranda que le llamó la atención y se arrimó a curiosear. En el centro de la ronda estaba un hombrecito menudo, que parecía un colgandejo ridículo de su propio sombrero. Tenía los garbos de un monarca que cree que no hay más ley que la suya, y tocaba el son de monte con una solvencia ofensiva, moviéndose de un lado para el otro con una cierta vanidad, como si estuviera convencido de que, además de buen acordeonero, era un tipo bonito.

Zuleta pensó en el acto que ese hombre estaba muy chiquito y muy mohoso para que anduviera con tantas ínfulas. Luchando contra la primera impresión que tuvo –la de que el tipo “tocaba hasta bien”–, estuvo a punto de decirle a uno de sus vecinos ocasionales que lo único que le servía a aquel hombre que gobernaba la parranda, era su acordeón. En vez de ese comentario bilioso, lo que se le salió fue una pregunta mansa:

—¿Quién es el que toca el acordeón?

El vecino lo ignoró. Siguió mirando al hombrecito del centro, con la cara idiotizada por la veneración. A Zuleta le cayó el detalle como una patada en el hígado. Ya era demasiado: primero, tener que soportar que un enano fuera dueño del acordeón más bonito que él había visto en su vida. Después, descubrir que no lo tocaba mal. Y ahora, saber que sus paisanos no lo estaban escuchando sino adorando. Y, para como de males, sentir que él, Emiliano Zuleta Baquero, era uno más de la comparsa.

Cuando Zuleta repitió la pregunta, ya presentía lo peor:

—¿Quién es el tipo del acordeón?

La respuesta que recibió no sólo confirmó sus sospechas sino que, además, tenía una carga de atrocidad con la que él no había contado.

—Ese es Lorenzo Morales –le dijo el vecino, todavía sin mirarlo–. Lorenzo Morales, el papá de Emiliano Zuleta.

Golpeado en su orgullo, Zuleta le preguntó a su interlocutor que si acaso él conocía a Emiliano Zuleta para que estuviera tan seguro de que no era buen acordeonero. La respuesta, esta vez, fue más insolente.

—A ese Zuleta no lo conocen sino en el pueblo de él –dijo el inamistoso vecino, que seguía mirando los malabares del dueño de la parranda–. El chacho es Moralito.

Zuleta se quedó petrificado. De repente, el entorno se convirtió en un mapa de manchas, una cara borrosa por aquí, una expresión de alegría por allá, y en el centro, presidiendo el horror, Lorenzo Morales con sus notas de pesadilla. Por un momento, Zuleta se vio a sí mismo como la única criatura que estaba al margen del carrusel, que giraba y giraba ante sus ojos enfermos. Se sintió como un bicho minúsculo en medio engendros enormes que zarandeaban su honor a placer, sin percatarse siquiera de su presencia. Eran los colmillos del desprecio, que apenas ahora se le revelaban y que lo dejaban sin reacción.

En ese trance no duró mucho tiempo porque, al fin y al cabo –me dice ahora–, un hombre como él siempre encuentra la manera de aclararse entre el oscuro.

Para asegurarse de que esta vez su interlocutor no le iba a responder sin mirarlo, Zuleta le habló mientras le daba una palmada brusca sobre el hombro.

—Oiga –le dijo–. Yo también toco acordeón.

El hombre lo miró por fin. Pero su mirada fue tan hostil como su desdén. Lo reparó de pies a cabeza, con el gesto de quien muerde un limón demasiado ácido, y volvió a concentrarse en la faena de Morales.

Zuleta repitió el procedimiento: la palmada áspera sobre el hombro y la información de que él también era acordeonero. Entonces el vecino le prometió que le conseguiría un acordeón para que se metiera en la ronda y participara en la parranda, siempre y cuando le jurara que no lo haría quedar mal.

—Yo lo hago quedar bien –contestó Zuleta.

Cuando acabó la canción, el hombre se dirigió a Morales.

—Oye, Lorenzo: aquí está un tipo con la cantaleta de que quiere tocar tu acordeón. Préstaselo un momentico, para que se le quite la idea.

Zuleta considera que lo más humillante de la escena fue la amabilidad de Lorenzo Morales. No entiende cómo un hombre que tiene un acordeón tan bonito sobre el pecho, se desprende de él de buenas a primeras, para entregárselo al primer desconocido que dice querer tocarlo. A menos –añade después, con aire reflexivo– que esté muy seguro de sí mismo y piense que el otro es un pintado en la pared.

Mientras le pasaba el instrumento, Morales lo miró por primera vez en su vida. No había arrogancia en sus ojos, sino una especie de humildad que a Zuleta, de todos modos, le resultó insoportable.

—Yo me tercié el acordeón al pecho y toqué una puya –recuerda el maestro–. La toqué tan bien, que alguien destapó una botella nueva de ron y me ofreció a mí el primer trago.

Zuleta me explica que en aquel tiempo había un código de honor que determinaba que, al abrir una botella de ron, los tragos se repartían de acuerdo con la importancia de los bebedores: el primero le correspondía al acordeonero. Si había más de uno, se empezaba por el que tuviera mayor reconocimiento y de ahí en adelante se iba descendiendo. Después seguían, en estricto orden jerárquico, el tamborero, el guacharaquero, el resto de los músicos y el público.

A Morales le sentó mal que le hubieran ofrecido aquel primer trago a un advenedizo. En cambio Zuleta, emocionado por los halagos de la gente, pidió dos copas más y se las bebió de un tirón. Y a continuación, se dispuso a tocar una nueva pieza. Entonces Morales, botando fuego por los ojos que minutos antes parecían tranquilos, le arrebató el instrumento con un zarpazo feroz.

—Traiga acá mi acordeón –fue lo único que dijo.

Pero Zuleta, aun sin el acordeón, no quedó inerme: todavía le quedaba su lengua afilada.

—Oiga –le dijo a Morales, con ironía–: usted me prestó y me quitó el acordeón, y no me ha preguntado ni el nombre.

Morales intentó desentenderse del intruso. Abrió su acordeón, amagando con tocar una nueva canción, para taparle la boca. Pero Zuleta no le dio respiro.

—Yo me llamo Emiliano Zuleta Baquero. ¿Ese nombre no le dice nada?

Después, los dos bandos echaron el cuento de aquel primer encuentro según sus conveniencias. Morales dijo que le había dado una lección a Zuleta. Zuleta dijo que Morales tembló de susto cuando lo reconoció. Los seguidores del primero afirmaron que Zuleta era tan desganado que ni siquiera cargaba un acordeón propio. Los seguidores del segundo advirtieron que Morales se corrió como los gallos bastos. Unos y otros coincidían en que había que propiciar un cita definitiva, para saber de una vez por todas quién era el mejor.

Pasaron muchos años, sin embargo, antes de que Zuleta y Morales volvieran a verse las caras. Según Zuleta, porque Morales estaba muerto de miedo. Y según Morales, porque Zuleta lo esquivaba. Lo cierto es que, desde sus distanciadas trincheras, siguieron disparándose con versos. Ambos perdieron la cuenta de las canciones que se dedicaron en aquellos años de ofuscación. Muchas de esas canciones, a propósito, son de una calidad lamentable. Que a estas alturas los dos hayan conseguido olvidarlas es un argumento a favor de quienes creen que el diablo es más sabio por viejo que por diablo.

Zuleta me informa que antes del tropezón que motivó su canción más conocida, hubo una cita que no se pudo concretar, porque Morales, por pura maldad, le dañó un pito a su acordeón, para justificar su cobardía. Él creía que el segundo encuentro, si acaso se producía, sería obra de la casualidad, pero se equivocó de cabo a rabo.

Emiliano estaba parrandeando en Urumita cuando le llegó el rumor de que en la plaza del pueblo había un hombre rabioso preguntando por él. Zuleta pensó que podría tratarse de algún enamorado resentido por una hembra que perdió. Jamás habría imaginado que quien lo buscaba era Lorenzo Morales en persona.

Al rato de haberse marchado el hombre que le llevó el rumor, llegó Morales.

—Venía –cuenta Zuleta– con una gavilla detrás, porque no hubiera tenido el valor de enfrentarme estando solo.
—¿Y estaba rabioso de verdad?
—Yo ceo que era puro teatro. Se notaba a leguas que traía un repertorio preparado y por eso se sentía valiente. A mí no me van a salir con el cuento de que Lorenzo había venido a improvisar conmigo.

Zuleta señala que, en principio, sus amigos se opusieron al enfrentamiento, porque él estaba borracho y sin dormir desde hacía dos días, y en cambio Lorenzo Morales se encontraba en sus cabales. Sin embargo, añade, él no iba a desperdiciar la oportunidad que había buscado durante tanto tiempo.

Emiliano tocó primero y lo hizo con una torpeza bochornosa, que él atribuye a su borrachera.

Lorenzo se dispuso a aprovechar su turno con la cara de felicidad del que se va a comer una mogolla. No contaba con que en la cuerda contraria había gente tramposa, decidida a sabotearle la presentación.

—Esto no puede seguir –planteó uno de los seguidores de Zuleta–. Emiliano está muy borracho y hay que acostarlo para que se recupere. Vamos a continuar la piquería a las cinco de la madrugada.

Zuleta reconoce que dejar a Morales solo, como un cualquiera, no fue precisamente una muestra de buena educación. Pero no se arrepiente, porque sabe que era el único camino que le quedaba para no darle a Morales el gusto de decir que le había ganado. En su favor, alega que enfrentar al otro sin haber dormido, no iba a servir, de todos modos, para definir quién era el mejor. La verdad se sabría cuando ambos estuvieran en igualdad de condiciones. O los dos borrachos o los dos buenos y sanos.

—Además –dice el maestro, con un guiño sinvergüenza–, mis amigos desagraviaron a Lorenzo. Porque mientras yo dormía, ellos lo contrataron para que siguiera animando la parranda. Que no se le olvide que por cuenta de mis amigos, se ganó 50 centavos.

Zuleta calcula que habían pasado dos horas cuando despertó y escuchó el acordeón de Lorenzo Morales. Entonces se levantó de la cama, volvió a la reunión y planteó reanudar la contienda. Esta vez fue Morales el del desplante: dijo que le dolía la cabeza, que él también tenía derecho a dormir, que el reto que valía era el primero, no el segundo. Y que sólo aceptaría el desafío a las cinco de la madrugada, después de que hubiera descansado.

De modo que los papeles se invirtieron: Zuleta se quedó en la parranda en la que había estado Morales y Morales se fue a dormir en la cama en la que había dormido Zuleta. El cuento se alargaba –y aún se alarga– de manera perniciosa, lo que confirma que, en el fondo, fue más una guerra de compadres que de enemigos. Parecidos, casi idénticos en el carácter y en el talento, los dos se sentían a gusto en una reyerta que no era más que polvorín para la platea, alharaca para mantener vivo el odio sin necesidad de matarse, mientras se presentaba la ocasión de darse por fin el abrazo que ambos querían sin saberlo.

Así las cosas, no fue raro que a las cinco y quince de la madrugada, cuando dos de los parranderos fueron a buscar a Morales, encontraran la cama vacía.

Zuleta asegura que apenas se enteró de lo que había sucedido, se le ocurrieron dos de los versos de su canción:

“Te fuiste de mañanita
sería de la misma rabia”.

Tal y como la primera vez, cada uno cantó y contó el cuento a su manera. Morales dijo que Emiliano era tramposo y embustero. Zuleta le llamó cobarde al derecho y al revés. Y así, el círculo vicioso volvía al mismo punto: las coplas desde lejos, la ojeriza que no mata ni engorda.

Lo único novedoso, en esta ocasión, fue que Morales apeló al color de la piel, para lastimar: le dijo a Zuleta que era un blanco descolorido. Y además lo llamó hijodeputa. Fue en ese momento cuando Emiliano Zuleta se sentó a hilvanar los versos de La gota fría, que le salieron de chorro.

Morales mienta mi mama
solamente pa’ ofender
para que también se ofenda
ahora le miento la de él.

El título de la canción, explica Zuleta, se debe a una historia que le escuchó a un expresidiario. El hombre había estado recluido en Tunja, Boyacá, dentro de un calabozo que en el piso era caliente y por el techo filtraba una gota helada, interminable, que no mataba de pulmonía sino de tristeza. El cuento del exconvicto causó revuelo en La Guajira, me informa el maestro. El que recibía un castigo, o le iba mal en alguna siembra, o perdía una pelea, era rematado con esa frase lapidaria: le cayó la gota fría.

Qué criterio, qué criterio
va a tener, un negro yumeca
como Lorenzo Morales
Qué criterio va a tener
Si nació en los cardonales.

Zuleta pronuncia ahora un lugar común: la canción fue el comienzo del fin. Después de haberse gritado pálido y negro yumeca, embustero y más embustero es él, hijodeputa y yo también le miento la de él, cobarde y más cobarde serás tú, los dos se habían quedado sin agravios. Así fuera por física sustracción de materia, no les quedaba más remedio que hacer las paces.

El que tomó la iniciativa fue Zuleta, un día que se encontró a Morales en la plaza de Urumita. Ninguno de los dos se había tomado un trago, por lo que el acercamiento –presume Zuleta– no fue una simple zalamería de borrachos. Ese día se pusieron a ver que los únicos que ganaban con su discordia, eran los chismosos que no saben vivir sin sembrar cizaña. Gente que nació para ser bulto, compañía de ocasión, y que no le daba por las rodillas a ninguno de ellos dos.

Pienso –y se lo digo al maestro– que como no pudieron matarse, como Morales no se lo llevó a él, ni él se llevó a Morales, ni se acabó la vaina, optaron por el recurso fácil de declararse empatados en un estadio superior, desde el cual pudieran vivir su delirio sin estorbos, por encima de los demás mortales.

Zuleta me responde que la admiración y el cariño que le profesa a Morales son sinceros. Que lo que pasa es que ambos son muy envidiosos –“competentes pero envidiosos”– y por eso tardaron mucho tiempo en descubrir que nacieron para quererse. Además me informa que Lorenzo lo puso de padrino de uno de sus hijos, que conversan por teléfono casi todos los días –“cuando yo no lo llamo, me llama él a mí”– y que en la casa de Morales no se prepara ningún plato especial al cual no lo inviten a él.

—Él está más enfermo que yo y, sin embargo, viaja especialmente para verme, como si pensara que me voy a morir primero que él. Y siempre se presenta con una ollita de sancocho. No más le falta que me ponga un babero y me la dé, cuchara por cuchara.

Zuleta carga con su compadre adonde quiera que lo invitan a dar un concierto, porque estima apenas justo dejarlo participar de las ganancias que ayudó a forjar. Sabe que sin él, su canto habría quedado inconcluso. Sabe que el odio paciente y disciplinado de Morales fue la mejor arcilla posible, porque le permitió pegotear sus versos de mil maneras, hasta que le salió una obra maestra. Sabe que los dos están condenados a perpetuarse juntos.

Hace poco, a Zuleta se le ocurrió que apostaran un dinero, a ver quién se moría primero. Morales consideró que la apuesta era una tontería, porque de todos modos el perdedor se iría de este mundo sin pagarla. Y propuso, más bien, hacer un pacto de sangre: cuando uno de los dos se muera, el otro deja de tocar el acordeón para siempre.

A Zuleta le sigue sonando la idea. Pero ahora, con su cara de truhán, me dice que está seguro de que Morales se va a morir primero.

—Y cuando eso suceda –remata, haciendo esfuerzos por contener la risa– yo voy a seguir tocando escondido.

Los valientes sastres de la mafia

Publicado: 27 junio 2011 en Gay Talese
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Existe un leve desorden mental, endémico en el negocio de la sastrería, que comenzó a tender sus hilos en la psique de mi padre durante sus días de aprendiz en Italia. Por entonces él trabajaba en el taller de un artesano llamado Francesco Cristiani, cuyos antepasados varones habían sido sastres durante cuatro generaciones sucesivas y, sin excepción, habían exhibido síntomas de esta enfermedad ocupacional. Aunque nunca ha atraído la curiosidad científica —y por lo tanto no puede clasificarse con un nombre oficial—, mi padre describió una vez esta enfermedad como una suerte de prolongada melancolía que a veces estalla en arrebatos de mal humor.

Es el resultado, sugería mi padre, de excesivas horas de una lenta, laboriosa y microscópica labor que puntada a puntada —centímetro a centímetro— va abstrayendo al sastre en la luz que se refleja sobre la aguja que destella dentro y fuera de la tela. El ojo de un sastre debe seguir la costura con precisión, pero su pensamiento está libre para desviarse en diferentes direcciones: examinar su vida, reflexionar sobre su pasado, lamentar sus oportunidades perdidas, crear dramas, imaginar banalidades, cavilar, exagerar. En términos simples, el hombre, al coser, tiene demasiado tiempo para pensar.

Mi padre servía como aprendiz todos los días, antes y después de sus clases en el pueblo de Maida, en el sur italiano. Él sabía que algunos sastres podían quedarse sentados durante horas, acunando una prenda entre sus cabezas gachas y sus rodillas cruzadas, cosiendo sin esforzarse ni moverse excesivamente, sin un soplo de oxígeno fresco con qué aclarar sus mentes. Y luego, con inexplicable inmediatez, podían ponerse en pie de un salto y estallar en furia ante cualquier comentario casual de un colega, así fuese sólo una frase trivial sin intención de ofender a nadie. Cuando esto ocurría, mi padre solía refugiarse en una esquina mientras los carretes y los dedales de acero volaban por la habitación. En el caso de que el airado sastre fuera acicateado por sus insensibles colegas, hasta podía buscar el instrumento más terrorífico dentro del taller: las tijeras, largas como un par de espadas.

También había ocasionales disputas entre los clientes y el propietario, el ufano y diminuto Cristiani, quien se enorgullecía enormemente de su ocupación y creía de sí mismo y de los sastres bajo su supervisión que eran incapaces de cometer un error. Y si así fuese, él no estaba dispuesto a aceptarlo. Una vez un cliente entró a probarse un traje nuevo, pero no pudo ponerse el saco porque las mangas eran muy angostas. Francesco Cristiani no sólo descartó disculparse con él. Peor aún, se comportó como insultado por la ignorancia del cliente sobre el exclusivo estilo de la casa Cristiani en moda masculina.

—¡No se supone que deba pasar sus brazos por las mangas del saco! —le dijo en tono autoritario—. Este saco está diseñado para ser usado sobre los hombros.

En otra ocasión Cristiani se detuvo en la plaza de Maida después del almuerzo, dispuesto a escuchar una banda durante su concierto de mediodía. De pronto se percató de que el nuevo uniforme entregado por él al tercer trompetero mostraba un pliegue detrás del cuello cada vez que el músico se llevaba el instrumento a los labios. Preocupado porque alguien pudiera darse cuenta y fuese a criticar su calidad como sastre, Cristiani ordenó a mi padre —por entonces un flacucho muchachito de ocho años— deslizarse detrás del estrado y, con furtiva fineza, jalar el borde inferior de la chaqueta cada vez que el bulto apareciera. Una vez terminado el concierto, Cristiani ideó un medio sutil por el que al fin pudo recuperar y reparar la chaqueta.

***

Por aquel entonces, primavera de 1911, ocurrió una catástrofe en la tienda para la que parecía no haber solución. El problema era tan serio que la primera idea que se cruzó por la cabeza de Cristiani fue dejar el pueblo por un tiempo en vez de quedarse en Maida y enfrentar las consecuencias. El incidente que provocó tal pánico había sucedido en el taller de Cristiani el sábado anterior a la Pascua, y se resumía en el daño accidental pero irreparable causado por un aprendiz a un traje nuevo confeccionado para uno de los más exigentes clientes de Cristiani. Era alguien que estaba entre los más renombrados uomini rispettati de la región. Hombres popularmente conocidos como la Mafia.

Antes de percatarse del accidente, Cristiani disfrutaba de una próspera mañana en su tienda recibiendo el pago de varios clientes satisfechos que habían ido llegando para la prueba final de sus trajes. Eran los trajes que vestirían al día siguiente en la passeggiata de la Pascua: el evento de exhibición más esperado del año por los hombres del sur de Italia. Mientras las modestas mujeres del pueblo pasarían el día después de misa colgadas de sus balcones —a excepción de las más atrevidas mujeres de inmigrantes norteamericanos—, los hombres pasearían por la plaza, conversando tomados del brazo, fumando y examinando meticulosamente el corte de los demás trajes. A pesar de la pobreza del sur de Italia, o quizás a causa de ella, había un excesivo énfasis en la apariencia —parte del síndrome fare bella figura de la región—, y muchos de los hombres que se congregaban en la plaza de Maida, como en docenas de lugares similares por todo el sur de Italia, eran insólitamente versados en el arte de la sastrería fina.

Todos podían evaluar la hechura de un traje ajeno en segundos, apreciar cada diestra puntada o elogiar el dominio de la tarea más difícil para un sastre: el hombro, del que más de veinte partes del traje debían colgar en armonía y permitir fluidez de movimiento. Casi todo hombre de respeto, al entrar en un taller para elegir la tela de su nuevo traje, sabía de antemano las doce medidas principales de su cuerpo, empezando con la distancia entre el cuello y la cintura de la chaqueta, y terminando con el ancho exacto de las perneras, por encima de los zapatos. Entre estos hombres había muchos clientes que habían tratado con la empresa familiar de los Cristiani durante toda la vida, como antes lo habían hecho sus padres y abuelos. En efecto, los Cristiani habían estado haciendo ropa para hombres desde 1806, cuando la región estaba bajo el control de Napoleón Bonaparte. El día en que el cuñado de Napoleón, Joaquín Murat, instalado en el trono de Nápoles, fue asesinado en 1815 por un escuadrón de tiradores españoles borbones en la villa de Pizzo —unas millas al sur de Maida—, el guardarropa que Murat dejó tras de sí incluía un traje hecho por el abuelo de Francesco Cristiani.

Pero ese Sábado Santo de 1911, Francesco Cristiani afrontaba una situación en la que de nada valía esa larga tradición familiar en el negocio. En sus manos sostenía un pantalón nuevo, con un corte de dos centímetros y medio en la rodilla izquierda. Era un corte hecho por un aprendiz que había estado manipulando descuidadamente unas tijeras sobre la mesa en la que habían colocado el pantalón para la inspección final de Cristiani. Aunque a los aprendices se les recordaba repetidamente que no debían manipular las pesadas tijeras —su principal misión era pegar botones y coser bastas—, algunos jóvenes violaban inconscientemente la regla en su afán por adquirir experiencia como sastres. Pero lo que magnificaba el delito del joven en esta ocasión era que el pantalón dañado había sido hecho para alguien a quien todos llamaban el mafioso, cuyo nombre era Vincenzo Castiglia.

Castiglia era un cliente primerizo proveniente de la cercana Cosenza. Y era tan desfachatado sobre su profesión criminal que mientras le tomaban las medidas para el traje, un mes atrás, le había pedido a Cristiani un espacio amplio dentro del saco para llevar la pistola en su sobaquera. Aquella vez el señor Castiglia había hecho también otros requerimientos que ante los ojos del sastre lo elevaron a la categoría de un hombre con un alto sentido de la moda: alguien que sabía exactamente lo que podría favorecer su corpulenta figura. Castiglia había pedido que las hombreras del traje fueran extra anchas para dar a sus caderas una apariencia más estrecha. Además había procurado distraer la atención de su protuberante barriga ordenando un chaleco plisado con anchas solapas en punta, y un agujero en el centro para que él pudiera pasar una cadena de oro unida a su reloj de bolsillo adornado con diamantes.

El señor Castiglia también especificó que las bastas de su pantalón fueran volteadas hacia arriba, de acuerdo con la última moda del continente. Y al asomarse al taller de Cristiani, había expresado su satisfacción al observar que todos los sastres estaban cosiendo a mano y no empleando la ya por entonces difundida máquina de coser que, a pesar de su velocidad, carecía de la capacidad para moldear las costuras y los ángulos de la tela. Según Castiglia, esto sólo era posible en las manos de un sastre talentoso. Inclinándose con respeto, Cristiani le aseguró que su casa de moda jamás sucumbiría a la desgraciada invención mecánica, aunque las máquinas de coser ya fueran ampliamente usadas en Europa y América. A la mención de América, Castiglia sonrió y dijo que había visitado una vez el Nuevo Mundo y que tenía varios parientes establecidos allí (entre ellos estaba un primo, Francesco Castiglia, que años después, al empezar la era de la prohibición, lograría gran notoriedad y riqueza bajo el nombre de Frank Costello).

En las semanas siguientes, Cristiani dedicó casi toda su atención a satisfacer las especificaciones del mafioso, y dijo que se sentía muy orgulloso de los resultados. Hasta el Sábado de Gloria, cuando descubrió el corte de dos centímetros y medio que atravesaba la rodilla izquierda del nuevo pantalón del señor Castiglia. Vociferando angustiosa y furiosamente, Cristiani muy pronto obtuvo la confesión del aprendiz, que admitió haber estado cortando retazos de tela en el borde del molde donde se encontraba el pantalón de Castiglia. Cristiani se detuvo en silencio, aturdido durante varios minutos, rodeado por sus igualmente preocupados y mudos asociados. Él podía, por supuesto, huir y esconderse en las colinas. Tal vez ésa fuese su primera reacción. Pero también podía devolverle el dinero al mafioso, explicarle lo sucedido y ofrecerle al culpable aprendiz en sacrificio para que sus hombres diesen cuenta de él.

En este caso, sin embargo, existían circunstancias especialmente disuasivas. El culpable aprendiz era el sobrino de María Talese, la esposa de Francesco Cristiani. Ella era la única hermana del mejor amigo de Cristiani, Gaetano Talese, quien por entonces trabajaba en América. Y el hijo de Gaetano, ese aprendiz de ocho años llamado José Talese —quien habría de convertirse en mi padre—, estaba llorando convulsivamente. Mientras Cristiani trataba de consolar a su arrepentido sobrino, su mente seguía buscando una solución. No había manera.

En las cuatro horas que quedaban antes de la visita de Castiglia era imposible hacer un segundo pantalón aunque tuvieran todo el material del mundo para hacerlo. Tampoco había modo de disimular el corte en la tela, aun con una maravillosa labor de zurcido. Sus compañeros insistían en que lo más sabio era cerrar la tienda y dejar una nota para el señor Castiglia alegando enfermedad o alguna otra excusa que demorase la confrontación. Cristiani les recordó que nada ni nadie podría absolverlo si dejaba de entregar el traje del mafioso a tiempo para la Pascua. Estaban obligados a encontrar una solución al instante, o al menos en las cuatro horas que quedaban antes de que Castiglia arribase.

Mientras el campanazo del mediodía tañía desde la iglesia en la plaza principal, Cristiani anunció con su voz más lúgubre:

—No habrá siesta para ninguno de nosotros. Éste no es momento para comer ni para tomar un descanso: es momento de sacrificio y meditación. Así que quiero a todos donde están, pensando en algo que pueda salvarnos del desastre.

Fue interrumpido por los gruñidos de los demás sastres, que se resistían a tener que perder su almuerzo y su descanso vespertino. Pero Cristiani se impuso y envió de inmediato a uno de sus hijos al pueblo para avisar a las esposas de los sastres que no esperasen el retorno de sus maridos hasta que cayera la noche. Después indicó a los otros aprendices, incluido mi padre, que corrieran las cortinas y cerrasen las puertas frontal y trasera de la tienda. Durante los siguientes minutos, el equipo entero de doce hombres y niños se congregó calladamente tras los muros del oscurecido taller, como si participasen de una vigilia.

Mi padre se sentó en una esquina, aún estremecido por la magnitud de su falta. Cerca de él se sentaron los demás aprendices, irritados con él, pero obedientes a la orden de su maestro de permanecer en confinamiento. En el centro del taller, sentado entre sus sastres, se hallaba Francesco Cristiani, un pequeño y huesudo hombre de diminuto bigote, sosteniendo su cabeza entre sus manos y levantando la mirada cada pocos segundos para dar un vistazo al pantalón que yacía frente a él.

***

Varios minutos más tarde Cristiani se puso de pie chasqueando los dedos. Medía apenas un metro sesenta y siete, pero su porte erguido, su fina elegancia y su penacho añadían fuerza a su presencia. Había además un destello de luz en sus ojos.

—Creo que se me ha ocurrido algo —anunció lentamente, haciendo una pausa para dejar que el suspen-so creciera hasta captar la atención de todos—. Lo que puedo hacer es un corte en la rodilla derecha que coincida exactamente con el de la rodilla izquierda dañada y…
—¿Te has vuelto loco? —interrumpió el sastre mayor.
—¡Déjame terminar, imbécil! —gritó Cristiani, azotando su puño contra la mesa.

Luego continuó:

—Después puedo coser ambas rodillas con bordados decorados que coincidan exactamente, para luego explicarle al señor Castiglia que será el primer hombre en esta parte de Italia en vestir pantalones diseñados a la última moda, con las rodillas bordadas.

Los demás escuchaban asombrados.

—Pero, maestro —le dijo uno de los sastres más jóvenes en tono cauto y respetuoso—, ¿no se dará cuenta el señor Castiglia, cuando usted le presente esta nueva moda, de que nosotros mismos no estamos vistiendo pantalones que sigan esta usanza?

Cristiani levantó las cejas levemente.

—Buen punto —admitió, y una ola de pesimismo retornó a la habitación.

Pero segundos después sus ojos destellaron de nuevo, y exclamó:

—¡Pero sí estaremos siguiendo esta moda! Haremos cortes en nuestras rodillas y los coseremos con bordados similares a los del señor Castiglia.

Y antes de que los hombres pudieran protestar, añadió:

—Pero no cortaremos nuestros propios pantalones. ¡Cortaremos los pantalones que guardamos en el armario de las viudas!

Inmediatamente todos voltearon hacia el armario cerrado en la parte trasera del taller dentro del que colgaban docenas de trajes usados anteriormente por hombres ya muertos. Esos trajes que las acongojadas viudas habían entregado a Cristiani para que no les recordaran a sus difuntos esposos, con la esperanza de que fueran donados a desconocidos que anduviesen de paso y se llevaran los trajes a pueblos lejanos. Cristiani abrió la puerta del armario, tomó varios pantalones de los ganchos y los arrojó hacia sus sastres, urgiéndolos a probárselos. Él mismo se hallaba ya de pie, con su ropa interior de algodón blanco y ligas negras, buscando un pantalón que pudiera acomodarse a su menuda estatura. Cuando lo consiguió, se deslizó adentro, trepó a la mesa y se paró como un orgulloso modelo frente a sus hombres.

—Vean —dijo señalando el largo y el ancho—: un entalle perfecto.

Los otros sastres también empezaron a hacer lo mismo. Pero ya para entonces Cristiani estaba parado en el piso, con el pantalón afuera, cortando la rodilla derecha del pantalón del mafioso para reproducir el daño hecho a la izquierda. Luego aplicó incisiones similares a las rodillas del pantalón que él había elegido para sí.

—Ahora presten mucha atención —llamó a sus hombres.

Con un movimiento de la aguja enhebrada con un hilo de seda aplicó la primera puntada al pantalón del difunto, atravesando el borde inferior de la rodilla con una pasada que hábilmente unió al borde superior. Era un movimiento circular que él repitió varias veces hasta que logró unir firmemente el centro de la rodilla con un diseño bordado, pequeño y curvado, como una corona de la mitad del tamaño de una moneda de diez centavos. Luego procedió a coser el lado derecho de la corona: una costura de menos de un centímetro, ligeramente decreciente e inclinada hacia arriba sobre el final. Tras reproducirla en el lado izquierdo del zurcido, erigió la minúscula imagen de un ave con las alas extendidas, volando directamente hacia quien la viera. Era un ave semejante a un halcón peregrino. Cristiani había creado así un modelo de pantalón con un diseño alado en las rodillas.

—Bueno, ¿qué piensan? —preguntó a sus hombres, dando a entender que no le interesaba realmente lo que estuvieran pensando.

Mientras ellos se encogían de hombros y murmuraban algo por lo bajo, él continuó perentoriamente:

—De acuerdo, rápido. Corten las rodillas de los pantalones que están vistiendo y cósanlas con el diseño bordado que acaban de ver.

Sin esperar oposición —y sin recibirla— Cristiani se inclinó para concentrarse en su propia tarea: terminar la segunda rodilla del pantalón que él mismo habría de vestir y empezar luego con el pantalón del señor Castiglia. En este caso, Cristiani planeaba no sólo bordar un diseño de alas con un hilo de seda que coincidiese exactamente con el color usado en los ojales del saco, sino insertar un trozo de seda en el interior de la parte frontal del pantalón. Quería extenderse desde los muslos hasta las pantorrillas, para proteger así las rodillas del señor Castiglia del roce y disminuir la fricción contra los zurcidos mientras Castiglia desfilara en la passeggiata.

Las dos horas siguientes todos trabajaron en enfebrecido silencio. Mientras Cristiani y sus sastres aplicaban el diseño alado a las rodillas de todos los pantalones, los aprendices ayudaban con las alteraciones menores: cosían botones, planchaban puños y se entregaban a otros menudos detalles que al final dejaran los pantalones de los difuntos tan presentables como fuera posible. Cristiani, por supuesto, no permitía que nadie además de él manipulara la vestimenta del mafioso. Cuando doblaron las campanas de la iglesia marcando el final de la siesta, Francesco Cristiani escudriñaba con admiración la costura que había hecho y agradecía en silencio a su tocayo en el cielo, san Francisco de Paula, por su inspirada guía con la aguja.

Ya se sentían los ruidos de actividad en la plaza. Los campaneos de los carros jalados por caballos, los gritos de los vendedores de comida, las voces de los compradores que iban pasando por el camino empedrado frente al pórtico de Cristiani. Las cortinas de la tienda del sastre acababan de abrirse, y mi padre junto con otro aprendiz fueron destacados en la puerta con instrucciones de avisar tan pronto tuvieran a la vista el carruaje del señor Castiglia.

Adentro, los sastres estaban en fila detrás de Cristiani. Se sentían hambrientos, fatigados y nada cómodos dentro de sus pantalones de muertos con rodillas aladas. Pero la ansiedad y el temor que inspiraba la reacción de Castiglia a su nuevo traje de Pascua dominaban sus emociones. Y sin embargo Francesco Cristiani parecía inusualmente calmado. Además de su pantalón marrón recientemente adquirido, cuyas piernas tocaban sus zapatos abotonados con bordes de tela, el sastre vestía un plisado chaleco gris sobre una camisa a rayas de cuello blanco, adornado por una bufanda borgoña con broche de perla. En su mano, sobre un gancho de madera, sostenía el traje de tres piezas del señor Castiglia que momentos antes había cepillado suavemente y planchado por última vez. El traje aún estaba tibio.

***

Veinte minutos después de las cuatro de la tarde, mi padre entró corriendo y, con un chillido que no podía ocultar su pánico, anunció: “¡Sta arrivando!”. Un carruaje negro tirado por dos caballos se detuvo repiqueteando frente a la tienda. El cochero, armado con un rifle, descendió de un salto para abrir la puerta. De allí apareció la oscura silueta de Vincenzo Castiglia, quien rápidamente dio los dos pasos que lo separaban de la acera. Lo seguía un hombre, su guardaespaldas, con un sombrero negro de ala ancha, una capa larga y botas abrochadas. El señor Castiglia se quitó su fedora gris y con un pañuelo limpió el polvo del camino de su frente. Estaba entrando en la tienda cuando Cristiani salió a toda prisa para saludarlo.

—¡Su maravilloso traje de Pascua lo espera! —proclamó Cristiani sosteniendo el gancho en lo alto.

Castiglia examinó el traje sin pronunciar comentario alguno. Luego, después de rechazar cortésmente el ofrecimiento de whisky y vino de parte de Cristiani, indicó a su guardaespaldas que lo ayudara a quitarse el saco para probarse su indumentaria de Pascua. Cristiani y los demás sastres aguardaban muy quietos, observando cómo la pistola en la sobaquera de Castiglia se balanceaba al extender sus brazos y recibir el chaleco plisado gris, seguido del saco de hombros anchos. Conteniendo el aliento en el momento de abotonar el chaleco y el saco, Castiglia giró hasta ubicarse al frente del espejo de tres cuerpos que había al lado del probador. Admiró su reflejo desde cada ángulo y volteó hacia su guardaespaldas, quien asintió con un gesto. Por fin el señor Castiglia comentó con voz de mando:

—¡Perfetto!
—Mille grazie —respondió Cristiani inclinándose ligeramente mientras retiraba el pantalón del gancho y se lo entregaba.

Castiglia pidió permiso para ingresar en el probador y cerró la puerta. Algunos sastres empezaron a dar vueltas por el cuarto, pero Cristiani se mantuvo firme, silbando suavemente para sí. El guardaespaldas, todavía con su capa y su sombrero puestos, se había sentado cómodamente en una silla con las piernas cruzadas. Fumaba un cigarrillo. Los aprendices se reunieron en la trastienda, a excepción de mi nervioso padre, quien permaneció en el salón, ordenando y reordenando pilas de materiales en un mostrador mientras mantenía un ojo pegado al probador.

Nadie dijo ni una palabra durante más de un minuto. Los únicos sonidos que se escuchaban eran los que hacía el señor Castiglia al cambiarse de pantalón. Primero se oyó el golpe seco de sus zapatos cayendo al piso, y luego la leve fricción de la fina tela elegida para su traje. Segundos después un fuerte estruendo hizo estremecer la división de madera: presumiblemente Castiglia había perdido el equilibrio cuando se paraba en una sola pierna. Tras un suspiro, una tos y el rechinar de sus zapatos de cuero, volvió el silencio. Pero entonces, de repente, una grave voz detrás de la puerta bramó:

—¡Maestro!

Y luego más fuerte:

—¡¡¡Maestro!!!

La puerta se abrió de golpe, revelando el airado rostro y la encorvada figura del señor Castiglia. Con sus dedos señalaba sus rodillas dobladas y el diseño de alas en el pantalón. Luego, balanceándose hacia Cristiani, volvió a gritar:

—Maestro, ¿che avete fatto qui?

El guardaespaldas se levantó de un salto, con la mirada puesta en Cristiani. Mi padre cerró los ojos. Los otros sastres dieron un paso atrás. Pero Francesco Cristiani siguió de pie, impasible a pesar de que el guardaespaldas se había llevado la mano dentro de la capa.

—¿Qué ha hecho? —repitió Castiglia aún con las rodillas arqueadas, como si sufriera de parálisis.

Cristiani lo observó un par de segundos y finalmente, con el tono autoritario de un maestro enseñándole a un alumno, le respondió:

—¡Oh, qué decepcionado estoy! Qué triste e insultado me siento de que usted no sepa apreciar el honor que estaba tratando de brindarle porque pensé que lo merecía. Pero lamentablemente estaba equivocado.

Y antes de que el confundido Vincenzo Castiglia abriera la boca, continuó:

—Usted me exige saber lo que hice con su pantalón sin darse cuenta de que yo he querido presentarle el Nuevo Mundo, que es adonde pensé que usted pertenecía. Cuando entró en la tienda para su primera prueba el mes pasado, usted parecía muy diferente de la gente retrógrada de esta región. Tan sofisticado. Tan individualista. Usted había viajado a América, me dijo, había visto el Nuevo Mundo, y yo asumí que estaba en contacto con el espíritu contemporáneo de la libertad. Pero me equivoqué. Nuevas ropas, en realidad, no rehacen al hombre en su interior.

Dejándose llevar por su propia grandilocuencia, Cris-tiani volteó hacia su sastre mayor, que se hallaba más cerca de él. Impulsivamente repitió un viejo proverbio del sur de Italia que lamentó haber dicho en cuanto las palabras salieron de su boca.

—Lavar la testa al’asino è acqua persa (Lavar la cabeza a un asno es un desperdicio de agua) —entonó Cristiani.

El pasmo se esparció por toda la tienda. Mi padre se escabulló detrás del mostrador. Los sastres de Cristiani, horrorizados ante tal provocación, temblaron al ver que su rostro enrojecía y sus ojos se entrecerraban. Nadie se habría sorprendido si el siguiente sonido hubiera sido el disparo de una pistola. En efecto, hasta el mismo Cristiani bajó la cabeza y pareció resignado a su suerte. Pero extrañamente, habiendo ido demasiado lejos como para regresar, Cristiani repitió sus palabras sin considerar las consecuencias:

—Lavar la testa al’asino è acqua persa.

El señor Castiglia no respondió. Resopló, se mordió los labios, pero no dijo ni una palabra. Quizá nunca antes había sentido semejante insolencia de nadie, y menos aún de un pequeño sastre. Castiglia estaba demasiado sorprendido como para actuar. Incluso su guardaespaldas parecía paralizado, con una mano todavía oculta bajo su capa. Tras unos pocos segundos de silencio, los ojos de la cabizbaja tez de Cristiani se levantaron tímidamente, y vio al señor Castiglia de pie con los hombros caídos, la cabeza ligeramente inclinada y la mirada perdida y llena de remordimientos. Castiglia miró a Cristiani y pestañeó. Finalmente dijo:

—Mi difunta madre usaba esa expresión cuando yo la hacía enojar —les confió a todos.

Tras una pausa, añadió:

—Ella murió cuando yo era muy joven.
—¡Oh, cuánto lo siento! —dijo Cristiani al notar que la tensión se disipaba en el ambiente—. Espero, sin embargo, que acepte mi palabra de que nosotros sí tratamos de hacerle un bello traje para la Pascua. Sólo estaba muy decepcionado de que no le gustase su pantalón diseñado a la última moda.

Mirando otra vez sus rodillas, Castiglia preguntó:

—¿Esto es la última moda?
—Sí, así es —reafirmó Cristiani.
—¿Dónde?
—En las grandes capitales del mundo.
—¿Pero no aquí?
—No aún —dijo Cristiani—. Usted es el primero entre los hombres de esta región.
—¿Pero por qué tengo que empezar yo la última moda en la región? —preguntó Castiglia con una voz que ahora sonaba inse gura.
—Oh, no. Realmente no ha empezado con usted —lo corrigió Cristiani—. Los sastres ya hemos adoptado esta moda.

Y levantando una de sus rodillas, dijo:

—Véalo usted mismo.

El señor Castiglia bajó la mirada para examinar las rodillas de Cristiani y luego giró para inspeccionar la habitación entera. Al chocarse con la mirada de los demás sastres, éstos fueron levantando sus rodillas y asintiendo uno tras otro, señalando el ya familiar diseño alado del ave infinitesimal.

—Ya veo —dijo Castiglia—. Y veo también que le debo una disculpa, maestro. A veces le toma tiempo a uno darse cuenta de lo que está a la moda.

Estrechó la mano de Cristiani y le pagó. Pero como al parecer no quería quedarse un minuto más en ese lugar donde su ignorancia había sido expuesta, el señor Castiglia llamó a su obediente y mudo guardaespaldas y le lanzó su traje viejo. Vistiendo el nuevo, con el diseño alado en ambas rodillas, e inclinando el sombrero en señal de despedida, el señor Castiglia se dirigió a su carruaje. Mi padre ya le había abierto la puerta de la tienda de par en par.

El benjamín

Publicado: 15 septiembre 2010 en Sandra Botero
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A mi primo Carlos los juguetes que le regalaban en Navidad no le sobrevivían 24 horas. Su mamá cuenta que desde cuando estaba en su barriga se movía y pateaba con más fuerza que sus tres hermanos mayores, todos de carácter sereno.

Carlos nació en una familia bogotana de clase media el viernes 13 de mayo de 1966. Como el menor de los hijos, el benjamín, pudo haber sido el consentido de sus papás; pero en cambio se convirtió en la oveja negra de la casa: el autor de las más temerarias travesuras de niño y la personificación de la vergüenza familiar de adulto. A diferencia de sus hermanos, un físico, una matemática y una licenciada en idiomas, Carlos no se hizo profesional en nada excepto en el robo: desde la billetera de su papá hasta carros, almacenes y bancos, todo para financiar su enredada vida y el consumo de diversas drogas. Fumadas, inhaladas, tomadas.

–Nunca me inyecté, porque yo sabía que de ese viaje no me salvaba. Por eso y por mi hijo creo que hoy estoy vivo. Desbaratado, pero vivo.

Lo dice mirando su pierna izquierda, sin movimiento desde la cadera hasta los dedos de los pies; el vestigio más notorio de su supervivencia a décadas de drogas y alcohol, a dos puñaladas en el pecho, a un intento de suicidio en el que se arrojó del cuarto piso de un colegio, a huidas en medio de balaceras, a torturas con descargas eléctricas, a una tentativa de ahorcamiento –estas dos mientras estaba en la cárcel– y al golpe final, que le dejó inmóvil la pierna: un tiro que le entró en medio de las cejas y se alojó en su cerebro, disparado por la última de sus víctimas luego de que le rapara el teléfono celular una tarde en la Avenida Caracas con calle 64, en Bogotá.

–Era un señor calvo, panzón. Qué me iba a imaginar yo que andaba armado.

La bala expansiva le dejó incrustadas cuatro esquirlas en el hemisferio derecho. Los médicos del hospital Simón Bolívar, adonde lo llevó una ambulancia que casualmente pasaba por la Caracas, se las extirparon todas menos una que se le enterró profundamente. Se despertó a los cinco días. Después de la esquirlectomía, cubierta por el servicio médico estatal, y de una cirugía reconstructiva que le pagó su hermana la matemática en una clínica privada, tardó seis meses en poderse parar de la silla de ruedas en la que vivió en casa de su última mujer, Lola, a quien conoció en la cárcel un día de visitas. Pero Lola no lo quiso más porque ya no podía hacer mandados, como les llamaba a los atracos.

–Ni le podía responder igual como hombre. Al final ya no me quería ayudar ni siquiera a entrar al baño, y me dejaba quemar –lloriquea Carlos.

Desde entonces hasta hoy, cojea. Usa su pierna izquierda, rígida, apenas para apoyarse, ayudado de su bastón. Poca cosa para alguien que ha recibido un disparo en la cabeza.

***

Pero de lo primero que Carlos necesitó salvarse fue de los castigos de su papá, mi tío Anastasio. O “Anasfacho”, como le dice Carlos. Palizas, encierros y largas sesiones de cuclillas. Una de las reprimendas memorables para mi primo se la dio a los 11 años cuando descubrió que le había asaltado la billetera.

–Mi papá siempre cargaba buena plata; yo le sacaba poquitos y luego fui descarándome, hasta que me pescó.

Esa noche, después de estar amarrado a una viga y de recibir varios golpes de Anasfacho con un serrucho, Carlos tuvo que dormir con Ney, el perro de la casa, en el patio de atrás.

Muchas de las zurras venían tras las acusaciones de nuestra abuela, quien vivió en la casa de mis primos hasta su muerte. Ella crió sola a sus hijos y les dio su apellido. Además de carencias tuvo que aguantar los señalamientos por ser madre soltera, sañudos en la época.

Yo la recuerdo cariñosa, y también lo fue con mis otros primos.

–Pero con Carlos nunca pudo –comenta la mamá, quien supone que a la abuela no le caía en gracia que el niño fuera oscurito y sus hermanos de piel clara–. Todos los días tenía una queja de “ese negro polizón”. Y yo, para que el papá no llegara en la noche a darle, mandaba a Carlos a la calle a jugar en el día; para que así no hubiera quejas.

–Sí, yo le hacía muchas diabluras a mi abuela –dice Carlos–. Le escondía los cigarrillos, las gafas. Ella se quejaba de que no veía, pero si yo estaba en el parque al frente de la casa, ahí sí veía todo lo que hacía y me aventaba. Yo creo que me le parecía a mi papá. Él también fue niño problema, y como mi abuela no tenía marido era una generala. Ella era de las que decía, con su cigarrillo y su acento paisa, que “a los niños hay que consentirlos pero dormidos”.

”A mi papá le tocó otra época, y fue y es aún hoy tomatrago. Tuvo la suerte de tener un buen trabajo y plata. Pero donde hubiera vivido mi vida, estoy seguro de que hubiera sido drogo también.

”Yo soy muy parecido a él. Atravesados. Uno de los primeros recuerdos que tengo de niño es que a veces cuando mi papá llegaba borracho en las noches, no golpeaba a la puerta sino que hacía un par de tiros al aire. Mi mamá se levantaba y corría a abrirle. Se creía cowboy el hombre. A mí la vida me ha calmado. Y a él, el cáncer de próstata que le dio; porque ni los años le bajaban el voltaje”.

Las calles del barrio Mariano Ospina Pérez, de Bogotá, empezaban en los años setenta a convertirse en expendios de marihuana. Justo al frente de la casa del tío Anastasio había un parque que se volvió una olla de venta de drogas. Allí, Carlos a los diez años probó por primera vez la marihuana que le regaló un compañero del colegio: Camilo Cardona, el Caca, que hoy está muerto; al igual que la mayoría de sus amigos de la niñez y adolescencia.

–Yo era chiquito y era curioso y era casposo. Veía que fumaban y me provocaba. Le insistí tanto al Caca, lo jodí tanto, que un día en medio de su traba me la dio a probar.

En la familia siempre estuvo presente el alcohol. Por eso no fue raro que el primer trago de aguardiente de la vida de Carlos se lo diera un pariente beodo, cuando él estaba en segundo año de primaria, durante una típica reunión después de una misa de novenario. Lo insólito fue que al pariente nadie lo reprochó por ello, pero Anasfacho sí castigó a Carlos a la mañana siguiente porque no se despertaba para ir a estudiar, por el guayabo.

–Me levantó a palo y me obligó a irme así.

Carlos pasó por varios colegios antes de terminar el bachillerato.

–Me iba bien académicamente, pero no me volvían a recibir por mal comportamiento. Y en cada parte nueva encontraba siempre compañeros colinos.

Una de esas instituciones fue el Camilo Torres, donde conoció compañeros de diferentes estratos. Y amigas, pues antes sólo había estudiado en colegios masculinos.

–Siempre he sido entrador, hago amigos donde voy. En el Camilo me fue muy bien con las viejas. Antes sólo había tenido experiencia con una prostituta que me pagó mi papá, en Honda, Tolima. Un día me dijo que nos íbamos los dos solos a un paseo. Se me hizo muy raro, y resultó ser para eso. Pero ya luego yo hice mis propias amigas, muchas, y eso que vivía con la cara raspada porque me caía por las trabas; pero aun así tenía éxito. Y en ambientes de trago y drogas, ellas lo daban fácil.

”Me gustaba el rock, Led Zeppelin, Black Sabbath. La gente me recordaba por mi manera de ser y por marihuanero. Aproveché eso para hacer negocio y empecé a vender la yerba. Me iba muy bien”.

Carlos conoció una nueva droga, después de la marihuana: las pepas, que conseguía en el barrio La Perseverancia, cercano al colegio, junto con su amigo Hernando Robayo. Les decían mándrax o rorrer; o jumbos, porque ponían a volar.

–Hernando venía de un hogar disfuncional también. El papá vivía en otra ciudad y la mamá trabajaba todo el día. Todas las mañanas nos trabábamos en su casa mientras hacíamos las tareas. Y por la tarde a veces capábamos clase y nos íbamos a comer rueditas, o sea pastillas, que estallábamos con marihuana. Se sentía muy rico, era una traba muy especial.

”Para poder comprarlas nos volvimos retacadores en la calle. Hernando se metía un Alka-Seltzer en la boca y yo le decía a la gente que era epiléptico y tenía un ataque, y les pedía plata para llevarlo al médico. Todo el mundo nos daba porque éramos unos chinitos de 14 años.

”A Hernando lo atropelló un carro a los 16, un 25 de diciembre que iba trabado a visitar a la novia. Y se murió”.

Mi primo me cuenta sus vivencias como picardías de niño, con una expresión que no refleja ni su edad ni la crudeza de las historias que narra.

***

El timbre de la voz de Carlos es grave. Comenzó a estudiar locución y medios audiovisuales pero sólo hizo dos semestres, porque las horas que dedicaba cada día a conseguir droga, a drogarse y luego a salir de la traba, no le dejaban tiempo para llevar una vida con continuidad en nada. Cada día era distinto y a esa diversidad también se volvió adicto. Así y todo, tuvo una novia muchos años.

–A los 17 me ennovié con mi vecina Callita. Le mostraba una doble cara. Para ella yo era sano y además era su héroe porque un tipo le cogió el rabo un día que iba sola por la calle, y yo paré al hombre. Era un malandro, nadie se metía con él, le tenían miedo. Le decían El Desbaratado, porque en ese entonces ya estaba más maltrecho que yo ahora.

”Le busqué pelea una noche en un sector de tiendas del barrio al que todavía hoy le dicen Tintofrío, que huele a orines a una cuadra de distancia. Yo sentí que me dio un puño en el pecho, cuando de pronto me toqué y estaba sangrando; me había apuñalado”.

Carlos suspende su narración y me mira con ojos alegres:

–¿Sabes que ésa fue una de las pocas veces que sentí a mi papá conmigo, apoyándome? Él llegaba de un paseo con unos amigos en ese momento, y un vecino le contó lo que estaba pasando en Tintofrío.

”Mi papá le dio un cachazo en la cabeza al Desbaratado. Entonces se le soltó un tiró de la pistola, que le rozó la cabeza al tipo; casi lo mata. Le dejó un quemón arriba del tabique.

”Luego me llevó a la clínica San Pedro Claver. El médico le dijo que si la puñalada hubiera sido un centímetro más arriba me hubiera perforado el corazón. Anasfacho se puso a llorar. Y yo también lloraba, pero por él. Yo no puedo odiar a mi papá, así sólo lo viera reírse en Navidad y Año Nuevo, o cuando ganaba Millonarios”.

–¿Cómo le ocultabas a tu novia que consumías droga; los ojos rojos, el olor, el mareo?

–Yo usaba siempre gotas y loción. Además ella era muy inocente. O más bien remilgada. Las visitas que le hacía tenían que ser supervisadas por su abuela. Si un beso duraba más de unos segundos, la señora ladraba.

”Pero yo quería más sensaciones. Entonces empecé a frecuentar prostíbulos y conocí el bazuco, que es lo peor. Es tremendamente adictivo. Mi necesidad de consumir, y de plata para comprar, era cada vez más grande.

”Vendiendo droga conocí a militantes del M-19, de los Comandos Urbanos Especiales, CUES, y empecé a ir a sus reuniones. Me volví su amigo, aunque eran mayores que yo. Ellos estudiaban en la Universidad Nacional. Vivían por temporadas en diferentes casas del sector, en calidad de compartimentados, decían ellos; o sea, que intercambiaban casas.

”Tocábamos guitarra, cantábamos canciones revolucionarias y fumábamos baretos comunales. Empecé a ir a la Nacho y a participar en las manifestaciones y pedreas. Para mí lo máximo era la Universidad Nacional, pero todo era por el vicio. Marihuana y bazuco. Me estaba metiendo en un chicharrón muy delicado y no me daba cuenta”.

Carlos se volvió grafitero. Un día escribió: “Juventud Revolucionaria Nacionalista: un nuevo frente combatiente, con la Coordinadora Nacional Guerrillera” en la pared recién pintada de la iglesia del barrio. Callita, que no fallaba un domingo a misa, creyó reconocer la letra de su novio, de trazos tan particulares; los mismos con los que le escribía tarjetas y esquelas cada mes que cumplían de estar juntos.

–Yo le negaba todo, y le calmaba las dudas con regalos. Muchos regalos.

Pero el bazuco ya estaba dejando huellas en Carlos, en su carácter que se tornaba violento y en su boca que empezaba a perder dientes.

–Como no me daba hambre, me volví un flaco eterno. En la casa también empezaron a darse cuenta, y mi relación con mi papá se puso peor. No nos hablábamos.

Una tarde, luego de salir de una reunión con los del M-19 en el barrio Las Malvinas, fundado en una colina del suroccidente de Bogotá por este grupo guerrillero y donde en varias casas se izaba su bandera, Carlos fue obligado a subir a un Renault 4 blanco. En el camino hacia el sector de Paloquemao, uno de los hombres en el carro le dijo que estaba fichado por guerrillero y por expendedor de droga, y que si no quería irse a la cárcel tendría que “colaborar”.

–Me ofrecieron plata para ser sapo, y así empezó la caída de mi vida.

Llegaron al Departamento Administrativo de Seguridad, DAS. Lo subieron al piso nueve y allí recibió instrucciones. Su trabajo consistía en delatar, y el pago se lo daban al final de cada mes, sin nombre, con un código y firmando con su huella. Era más dinero del que nunca antes le robó a su papá o reunió vendiendo marihuana.

Se volvió aficionado a la ropa de marca y empezó a consumir licor.

–Bebía todos los días con un coronel al que le decíamos Carlos Primero porque todo el tiempo estaba tomando de ese brandy. Al menos dejé el bazuco un tiempo, hice un upgrade.

De la mano del alcohol, vino la cocaína.

–Era muy fácil conseguirla. Yo delataba ollas, íbamos, la incautábamos y nos la metíamos. Igual pasaba con dólares chimbos que quitábamos en imprentas de la ciudad, y luego los cambiábamos a pesos. Y con tarjetas de crédito falsas; se decomisaban y después las usábamos. Al final hacíamos lo que se conocía en el das como control, o sea oficializar la confiscación. Algunas incautaciones se informaban, otras no. Yo iba aprendiendo cómo era la movida.

”Ellos sabían cómo tenernos comiendo de su mano, por nuestra adicción. Me volví de los consentidos del DAS. Me tocó decir en la casa lo que estaba haciendo y por qué tenía plata; si no, hubieran pensado que seguía chalequeando a mi papá. Y no me pusieron problema”.

Pero mientras la situación en su casa se apaciguaba, Carlos hacía cada día más enemigos.

–Andar delatando no era rico. Yo perdí mucho criterio, y lo peor es que me quedé sin amigos. Me calenté con media Bogotá y vivía paranoico todo el tiempo.

Aun así, se sentía poderoso por la protección del DAS, el dinero y la alteración mental con que permanecía. Y andaba armado.

–La gente lo sabía, nadie se metía conmigo. Pero no faltó una noche que me tocó volármele corriendo a un guerrillo que me hizo disparos. Me metí a un solar de una casa y no pude salir hasta el otro día.

En 1992, la dirección del DAS cambió y el trabajo a Carlos se le acabó. Se había acostumbrado a la plata fácil y a los lujos, estaba adicto al alcohol y a más drogas y le ayudaba a pagar la carrera universitaria a su novia, que seguía sin hacer mayores preguntas.

Con el último pago que le dieron en el DAS, compró una moto. Pensó en ser mensajero pero un salario mínimo ya no satisfacía sus gustos y necesidades, y un trabajo con horario no conjugaba con su ritmo de vida. Se le acabó el dinero. En su crisis, aumentó su consumo de drogas y ya no le importó que su novia lo descubriera. Además, ella se enteró de que él visitaba prostíbulos y también lo culpó de haber inducido a su hermano pequeño a fumar marihuana; lo cual, según Carlos, no fue cierto. La relación terminó después de siete años.

–Estaba deprimido, desubicado y muy vicioso. Con la moto terminé dando el siguiente paso en mi camino de bandido, pues empezaron los atracos. Al taller de mecánica donde la llevaba llegaban motos robadas, y me fui relacionando con los atracadores. Empecé robando radios extraíbles de carros.

”Por esos días conocí a la mamá de mi hijo. Yo tenía 27 años y ella 15. Quedó embarazada y yo me puse feliz. Me lo confirmó un día de Navidad. Me fui a vivir con ella a su casa. Pasé de robar radios de carros a robar carros, que guardaba y desguazaba”.

Cristian nació un 16 de agosto, y para Carlos toda la fuerza y emprendimiento por su hijo se traducían en hacer robos cada vez mayores.

Al tiempo, la relación con su mujer se iba deteriorando.

–Ella era una niña de su mamá y la mamá se nos metía en todo. Hasta dormía con ella, y yo solo. Así que me convertí en un proveedor y no más, pero vivía feliz junto a mi niño y quería darle todo lo que los hijos de mis hermanos tenían.

”Unos amigos me invitaron a ser parte de una banda de atracadores de bancos, en la modalidad conocida como flete: una persona adentro miraba y con señas nos mostraba quién salía con fajos gordos de billetes. Yo daba moto, o sea que esperaba afuera, y los sacaba de escena”.

Nadie oponía resistencia y los atracos se hacían sin sangre, hasta que un día la víctima resultó ser un conocido de Carlos.

–No me mate, Carlos. Por favor, Carlos.

–Que no me nombre más, hermano, cállese.

–Apáguelo ya, Charlie, que es él o nosotros –mandó el jefe de la banda–. ¡Apáguelo, ya!

Y lo apagó. Fue con una Smith & Wesson 38, que había conseguido en la zona El Cartucho, de Bogotá, tan fácil como pan en panadería.

–Esa noche me emborraché. No pude dormir por varios días. El hombre era casado, tenía hijos. Pero sabía todo de mí. Con seguridad nos íbamos a la cárcel.

La noticia apareció en el periódico de crónica roja El Espacio.

–Recuerdo que eso para la banda no fue malo, nos sentíamos famosos, ya estábamos cogiendo cartel. Después del primer muerto uno cambia su manera de pensar. Otra vez empecé a fumar bazuco. Me volví un sangre fría.

”Pero no quise seguir dándole gatillo a nadie y me retiré. Entonces conocí a una banda de cuello blanco del Banco Central Hipotecario, que robaba desde adentro, y empecé a trabajar con ellos.

”Mi labor consistía en abrir cuentas de ahorro con cédulas falsas, y ellos me pasaban los picos de plata que la gente deja en las cuentas que no permiten que el saldo quede en ceros. Nadie se daba cuenta. En cada golpe recogíamos unos 30 millones; había que repartirlos con todos los involucrados. Yo era el que menos recibía, el último de la cadena, y me llegaban dos millones. Hasta que el banco se la pescó y se acabó ese negocio.

”Me compré una moto Yamaha, cero kilómetros, pero la perdí en seguida. La alquilaba para tumbes y me la tumbaron, porque yo andaba llevado por el vicio y ni me daba cuenta de nada.

”Mi mujer me dejó por un amigo. Mi familia ya no me recibía en la casa. Mi mamá a veces me daba comida y me lavaba la ropa a escondidas. Me volví un drogo de dormir en las calles. Pero querer ver a mi hijo siempre me sacaba del viaje.”

”Un día mi ex no me dejó entrar a visitarlo. Me puse muy mal. Me subí al cuarto piso de un colegio cerca de la casa de mis papás, al lado del parque, y me tiré. Sólo me partí el brazo y me tumbé más dientes de los que ya se me habían caído. Pero eso los conmovió y me dieron la mano”.

***

En un centro de rehabilitación cristiano, en Viotá, Cundinamarca, adonde sus hermanos lo llevaron y le pagaron un tratamiento de desintoxicación, la voluntad de cambio de Carlos duró poco.

–Aguanté casi un año limpio, pero nunca dejé de anhelar la traba. Fue importante ver que había otro camino, pedirle perdón a Dios, sentir que sí había misericordia para mí. Pero era muy difícil vivir aislado de todo, de mi hijo, de la televisión, del vicio. No nos podíamos ni pajear porque era pecado.

”Finalmente salí, con todo el deseo de rehacer mi hogar, y me encontré con que mi ex ya estaba viviendo con otro man y a Cristian lo criaba mi ex suegra.

”Empecé a manejar un taxi de un conocido de mi familia. La cuota diaria que debía entregarle no me dejaba casi nada para mí, entonces me rebusqué con unos amigos y terminé prestando el carro para hacer un atraco a una discoteca. Y nos boleteamos; cogieron las placas del carro. Decidí desbaratarlo, venderlo por partes y decir que me habían asaltado.

”Obviamente mi familia no me creyó y quedamos otra vez de pelea. De nuevo me fui a la calle, a meter, a putear y a robar. Y en un atraco en el año 2000 a un almacén de cocinas me cogieron, y fui a parar a la Cárcel Modelo”.

***

“En la Modelo empecé a pasar las duras y las maduras en el Patio 4, para delincuencia común. Me eché encima un enamorado, envidioso por un trabajo como ordenanza que le gané. Me dijo “todo bien”, y en la cárcel “todo bien” significa “todo mal”. Me apuñaló y me perforó el pulmón. Me operaron en un hospital del sur. Uno siente en el aire que lo están atendiendo por cumplir. Me dejaron una cremallera inmunda en el pecho. Me dolía respirar, me dolía moverme. Y eso que yo soy aguantador. Me tuvieron que poner morfina.

”Luego me reconocieron unos tipos de una imprenta que yo había echado al agua en mi época de sapo, y esta vez me echaron al agua fue a mí pero de verdad: en un recoveco de un pasillo, donde bajan las cañerías, me metieron desnudo en una caneca con agua hasta la cintura, y con un cable con las dos puntas peladas empezaron a hacerme descargas eléctricas.

”Yo sentía escalofrío, debilidad total, estaba hipotérmico. Ya después de dos días estaba en las últimas, cuando empezó a gritar todo el mundo que a encambucharse porque había una gresca de paramilitares.

”Fue lo peor que me tocó allá, pero por eso me salvé. Fue el 26 de abril del 2000: los paras querían tomarse el Patio 4 para quedarse con sus negocios: el derecho a celda, a seguridad, la droga, las mujeres, la plancha –o sea la cama– de más abajo, pues vienen de a tres, como camarotes de cemento, con espacios de más o menos 90 centímetros de ancho por 70 de alto, y la de abajo es la más valorizada para la visita conyugal. Todo vale plata en la cárcel. Un bombillo. Un jabón. Todo cuesta allá.

”Se armó un Beirut en esa cárcel… hasta granadas hubo. Y muchísimos muertos, nunca he visto tanto muerto junto. Yo estaba en la caneca ahí botado cuando pasaron los paras haciendo la corbata, que es ahorcar con un nylon. Me les desmayé y pen saron que estaba muerto. Ya en la madrugada del otro día me desperté en el carro de la basura, en el pasillo que lleva a la morgue de la cana, desnudo, untado de sangre, en la mitad de una pila de cadáveres.

”Caminé como pude hasta el puesto de sanidad, que quedaba en el pasillo central, y allá me refugié porque los paras seguían matando. Luego supe que entraron la Defensoría del Pueblo y la Cruz Roja a negociar; sólo hasta por la noche se vinieron a calmar las cosas.

”Después de ese incidente pude pasar al corredor del Patio 5, al que le decían La Isla, donde estaba la gente que se declaraba en peligro y que no tenía protección. Sólo pulgas y chinches. El bazuco fue mi salvación en todos esos trances”.

–¿Cómo te ayudaba el bazuco?

–No me ayudaba sino que el día se me iba en consumir, porque el bazuco te genera una adicción compulsiva y sólo quieres meter y meter y no piensas en nada más. Por eso en la cárcel a los ñeritos que ya no tenían ni dios ni ley, los mismos internos les daban de a diez papeletas de bazuco y un hacha, para que desaparecieran a los muertos que salían de los tropeles. Esas imágenes no se me borran de la cabeza. Ni los olores. Especialmente era duro el día lunes, después del domingo de visitas, que llegaba plata, pues era cuando se cobraban las deudas de la semana. Ahora he sabido que eso cambió, que ya no se permite que haya plata en la cárcel. Pero en ese entonces era una matazón cada semana.

–¿Vivías con miedo?

–Pues sí, pero como uno termina viviendo sólo para fumar bazuco, no se piensa en más, no se siente nada más. Hubo un día en que sí sentí miedo –Carlos se ríe–: hicieron una campaña de salud en la cana, y si querías te hacían el examen del sida. Afortunadamente salí negativo –suspira con gesto de alivio y se ríe más.

”Yo empecé a vivir verdaderamente tranquilo en la Modelo después de que no me dejé violar de un cacorro que se supone que era el cuchillero más bravo. Me gané el respeto. Pasé al Patio 1, y allá, un domingo de visitas, conocí a Lola, hermana del Tripas, condenado por homicidio y extorsión. Él era líder y yo me volví su cuñado y su protegido, hasta que salí libre y me fui a vivir con Lola.

”Apenas llegamos de la Modelo a la casa, ella me dio de regalo un revólver, como bienvenida a la libertad. ‘Para que empieces a trabajar, papi’, me dijo”.

***

Cuando fui a visitar a mi primo, luego de no verlo por años, al hospital Simón Bolívar, donde lo estaban atendiendo por el disparo en la cabeza, conocí a Lola. Una mujer de unos 40 años, con buena figura, menos de 1,50 metros de estatura, rubia, blanca, sin maquillaje, con un bluejean de marca ceñido y una chaqueta entallada azul oscura.

La imagen que percibí de ella cambió totalmente en cuanto me espetó tres palabras de saludo:

–¿Cómo le va? –me dijo, con una marcada entonación de bajo fondo bogotano. Sentí miedo.

Vi en Carlos, sedado en la cama, a otra persona diferente de mi primo. Tenía bigote, el pelo rapado y la cara muy huesuda. Lo vigilaba un policía apostado en la puerta.

Le susurré al oído:

–Ya no más, primo. Para ya. Si no te moriste es por algo. Para ya.

Le di un dinero a Lola, le pedí su teléfono y me despedí. Ella me aseguró que la plata sería para sumar al pago de un abogado que libraría de cargos a mi primo. Meses después supe que así fue.

Llamé por teléfono repetidas veces a Carlos y las diferentes personas que me contestaron nunca me lo comunicaron. Jamás volví a oír a Lola. Me desentendí. Quise por fin olvidarme de mi primo el drogo, como el resto de la familia.

***

Seis meses después, Carlos me llamó. Era su misma voz pero hablaba con la cadencia de Lola, tan intimidante para mí. Me avisaba que había estado en silla de ruedas por meses, deprimido, con ganas de matarse, con dolores de cabeza insoportables que sólo le mitigaba la marihuana y que había hecho terapia por su cuenta y ya podía caminar con un bastón, arrastrando su pierna izquierda.

Lola lo había cuidado un mes pero se había aburrido. Además trataba displicentemente a Cristian cuando lo llevaban a visitar a su papá, y eso los hizo romper. Sin mayor aviso un día Lola se fue a Estados Unidos, adonde viajaba con frecuencia para visitar a su hermana, cuya familia era delincuente allí; se dedicaban a robar ropa y accesorios finos en almacenes. De ahí su indumentaria.

En la casa se quedaron la hija adolescente de Lola y su esposo, al cuidado de Carlos; hasta que él se recuperó lo máximo posible y pudo marcharse. El olor de Lola le duró mucho tiempo en la piel, a pesar de tratar de zafárselo en la ducha cada mañana.

Pasó noches en casa de un amigo y de otro, pero todos le proponían delinquir.

–Porque en Colombia hay oportunidades para los guerrilleros que secuestran y los paramilitares que torturan, y se entregan, pero no para los delincuentes que se quieren redimir –comenta Carlos con resentimiento.

Llegó entonces al nuevo apartamento de sus papás, en el norte de Bogotá, y les dijo que él ya había corrido su última carrera, que robar y perderse en el vicio no era más una posibilidad. Anasfacho, en pleno tratamiento de un cáncer de próstata que finalmente fue efectivo, por primera vez en años dijo sí.

Los viejos lo recibieron en su finca de una población de clima cálido, donde Carlos vive hoy y comparte temporadas con ellos en medio de una relación de tolerancia.

–Me aburre que me controlen los horarios como si fuera un adolescente de 42 años, pero qué puedo hacer. A la final agradezco que mi papá me haya recibido. Yo sé que él nunca me quiso hacer mal, a pesar de sus métodos. Uno para un hijo sólo quiere lo mejor.

Carlos pasa hoy sus días confeccionando tirantas de brassieres para la fábrica de una señora amiga de la familia. Con delicadeza, le pone a cada una el herraje y las empaca por pares.

Es amigo de todos en los alrededores de la finca, los vecinos lo saludan con calidez. Allí recibe las visitas de Cristian, que ya es adolescente y quiere ponerse un piercing. Carlos lo abraza, lo besa hasta que el muchacho se fastidia; le repite y le vuelve a repetir que lo ama, y que lo tome como ejemplo de todo lo que no debe hacer en la vida. Le prometió que le dará la plata y lo acompañará a que le hagan el piercing, sólo si mejora sus próximas calificaciones del colegio.

–Me pagan 300 pesos por cada docena de tirantas, me hago 50 mil quincenales. Al menos para el transporte, visitar a mi hijo y comprarme un baretico de vez en cuando.

Tener la pierna izquierda inmóvil no ha impedido que Carlos tenga sueños. Entre otros, quiere conseguir un empleo de conductor.

–¿Y cómo manejarías el pedal de los cambios?

–Empujo la pierna con el cuerpo. Ya lo he hecho varias veces. El riesgo es que se me zafe el pie del pedal, pero podría asegurarlo con un pequeño acople. Quiero trabajar honradamente, poder darle a mi hijo lo que necesita. Yo aguanto lo que sea, tengo el cuero duro.

Lo dice mirando su pierna rígida, en la silla.

–Aguantaste un tiro en la cabeza. ¿Cómo es eso, sentiste dolor?

–No. Sentí un golpe seco en la frente, que me tiró al suelo, y luego como bajar y bajar en una montaña rusa. Empecé a tragar sangre y grumos. La luz del sol se volvió de un color naranja muy fuerte, me encandiló, yo veía negras en contraste las caras de la gente que me miraba ahí tirado. Alguien dijo “este muchacho se está muriendo”. Otro me preguntó mi nombre. Yo, que siempre usaba nombres falsos, como pude lo dije completo; y también el teléfono de mis papás. No quería que me echaran a una fosa común. Después oí una sirena y lo último que recuerdo es que me pusieron electrochoques en la ambulancia. Es verdad eso de que uno ve imágenes de la vida cuando se está muriendo. Yo veía a mi papá cuando me castigaba de niño, y a mi hijo cuando nació.

Carlos se queda callado un rato y sus ojos se encharcan mientras mira al suelo.

–No le pude comprar a Cristian el Play Station que quería para su cumpleaños, que era al día siguiente. Para eso estaba trabajando ese 15 de agosto del 2001, cuando me pegaron el tiro. Eso fue en lo primero que pensé cuando me desperté. Luego sí me di cuenta de que no me había muerto.

”Pero Cristian me ha dicho que el mejor regalo es tenerme a su lado. Y aquí estoy yo, vivo, por él.

Entonces se ríe:

–Es que, prima, le juro que yo me voy a morir de una gripa.

UNO

Muchos años después, frente a una taza de café en un hotel de Segovia, el fotógrafo Daniel Mordzinski había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el circo. Cada asistente recibía en la entrada un número de papel con el cual participaría en una rifa: el padre de Daniel dobló los dos papelitos, el suyo y el de su hijo, y los guardó en algún bolsillo; y tanto Daniel como su padre se olvidaron de ambos papelitos hasta el intermedio, cuando un payaso ocupó el centro de la pista, hizo el sorteo, sacó el número ganador y lo anunció: era el catorce.

–Nosotros lo tenemos –le dijo Daniel a su padre–. Ganamos, papá.

Su padre buscó el número, revisó cada bolsillo y cada pliegue de la ropa, pero solo encontró el trece. “El otro está por ahí”, le dijo Daniel, y el padre buscó, pero sin éxito: lo había perdido. Daniel, sin amilanarse y con el número trece en la mano, se acercó a la pista. “Soy yo”, le dijo al payaso, “pero el número lo perdimos”. Le debió de parecer inverosímil que el payaso no le creyera, ni siquiera cuando Daniel le hizo notar que ellos dos tenían el trece, que nadie más tenía el catorce, y que si ellos tenían el trece, era evidente que ellos habían tenido el catorce. El payaso repitió el procedimiento, otro número salió, y este número, esta vez, sí tenía dueño. Daniel, que por entonces tendría unos seis o siete años, no recuerda quién fue el ganador, pero sí recuerda –recuerda perfectamente– cuál fue el premio: una cámara Kodak Fiesta instamatic. Se fue de la rifa llorando y no dejó de llorar en toda la tarde. Y muchos años después, frente a una taza de café en un hotel de Segovia, Daniel dice: “Toda la vida. Toda la vida vengándome de esa cámara que me quitaron. Yo sé que es una interpretación muy psicoanalítica de mi oficio, muy argentina. Pero es que me la quitaron, ¿sabés? Era mía y me la quitaron”.

DOS

La revancha, todo hay que decirlo, le ha salido bastante bien: Daniel Mordzinski, ese niño argentino, es hoy uno de los grandes fotógrafos de escritores del mundo, y todo lector asiduo ha visto alguna vez (aunque no la haya reconocido, aunque no sepa quién es Daniel Mordzinski) una de sus fotos. Hasta su fecha de nacimiento es excepcional: 29 de febrero del año bisiesto de 1960. Haber nacido en un día que no existe todos los años lo ha afectado de maneras más o menos ocultas, pero Daniel dice, por ejemplo, que a eso debe su hiperactividad: todos los años tienen para él un día menos de lo debido, y claro, hay que aprovecharlos al máximo.

Ahora pido disculpas y me pongo levemente autobiográfico. Conocí el trabajo de Mordzinski en 1996, después de que un tío, que se había enterado de que me iba a París, sospechara con buen ojo que las razones tenían que ver con la literatura. En la feria del libro de Bogotá se encontró un libro grande, negro y muy bien editado por Norma, donde un fotógrafo de apellido judío fotografiaba a cuanto escritor latinoamericano hubiera pasado por París. El libro se llamaba La ciudad de las palabras, y el fotógrafo, bueno, ya saben ustedes quién era.

El asunto es que poco después, antes de que terminara ese año, conocí a Mordzinski. Fue en la Maison de l’Amérique Latine de París, y una de las primeras cosas que hizo Daniel fue mostrarme a una mujer y decirme: “Es Ugné Karvelis, la ex de Cortázar. ¿Quieres conocerla?”. Y todavía más que el hecho mismo de aceptar que nos presentara (que a mí me emocionó de la manera un poco ridícula en que se emocionan las groupies cuando consiguen, no sé, un mechón de pelo de John Lennon), recuerdo la soltura de Daniel, su simpatía instantánea, su generosidad. Llevo ya doce años viéndolo sacar fotos en varias ciudades, y a todo eso se ha añadido la admiración, no solo por su trabajo, sino por la manera en que hace su trabajo. Hace poco leí un texto de Enrique Vila-Matas que retrata a Daniel de cuerpo entero:

Dice John Banville que en cualquier parte todos los escritores son iguales: obsesivos, resentidos, celosos hasta la enfermedad y siempre pobres. Pero Mordzinski hace caso omiso de esto. Parece uno de sus secretos. Otro es más sutil: los halaga mucho y al mismo tiempo –nadie aún sabe cómo– los maltrata.

Pero los maltrata con infinito cariño. Y yo suscribo lo que dice Vila-Matas: no sé cómo lo hace. En Porto, en octubre de 1998, poco después de que se anunciara el premio Nobel a José Saramago, lo vi pedirle al escritor que trotara delante de un grupo de sus colegas. En la foto (en las tres fotos: es una secuencia) aparece un premio Nobel encorbatado hasta las narices y dando zancadas largas como un niño que se acabara de robar un libro en la esquina. No lo vi, en cambio, con el mismo poder de convicción, lograr que Javier Cercas se metiera vestido en una piscina de plástico, que Juan Marsé jugara al hockey sobre hierba con su nieto, que Enrique de Hériz lo llevara a un faro del Mediterráneo y allí se dejara fotografiar en vestido de baño, que Quim Monzó se parara en mitad de un parqueadero subterráneo y levantara las manos al cielo como un idólatra en trance. Por alguna razón, cuando Mordzinski pide algo, los escritores acceden. Y sobre eso pueden hacerse muchas teorías, pero yo tengo para mí que la cosa es muy simple: Mordzinski es un tipo que siente un interés genuino por los libros y por (casi todos) los que los hacen. Así como los perros huelen el miedo, los escritores detectan a los lectores de verdad, y secretamente les agradecen su existencia. Y la consecuencia es una colección de retratos que abarca todo el ámbito hispánico: un verdadero inventario gráfico de la literatura en nuestro idioma.

Cada lector que conozca a Mordzinski tiene sus fotos consentidas. Las fotografías de Borges y de Cortázar son valiosas como reliquias, porque fueron tomadas cuando el fotógrafo contaba menos de veinte años; pero el retrato de Vargas Llosa con la cara entre las manos, o el de García Márquez con un faro al fondo, tomado desde abajo a lo Orson Welles, son ya verdaderos clásicos. A mí, por razones personales, me gustan las fotos de Ricardo Piglia en un café de París y de Cabrera Infante sentado sobre una pila de libros. Pero las que más me gustan son aquellas en que he sido contratado como extra. Resulta que Daniel prefiere que en sus fotos no se sepa a primera vista quién es el escritor; y a veces, cuando el escenario es un lugar poco concurrido (por ejemplo, un hotel de aeropuerto a medianoche), la gente no suele abundar; y, para que el retrato del escritor (por ejemplo, Héctor Abad) salga bien, algunos hemos debido aceptar la curiosa tarea de figurar en el fondo (por ejemplo, mi esposa y yo). Y todo eso para cumplir con el capricho del fotógrafo. Que no es capricho, por supuesto, sino la forma que tiene sobre el escenario la intuición compositiva de Daniel Mordzinski.

Desde que me fui de París lo he visto en varios lugares, le he servido de extra en varias fotos, y muchas veces he sostenido el telón de terciopelo negro detrás del fotografiado. Esos encuentros suelen suceder menos de lo que ambos quisiéramos, en parte porque su trabajo consiste en salir de su casa, y el mío, justamente, en quedarme en la mía, y en parte por el simple ajetreo de esa vida que él ha escogido para vengarse de una cámara que le quitaron de niño: Daniel se pasa el día cruzando París en moto, siempre vestido de negro, para fotografiarlo todo y a todos; y en los últimos años su reputación lo ha llevado a viajar más de lo que incluso él, viajero impenitente, suele hacer. En marzo pasado expuso en el Salón del Libro de París, al mismo tiempo que Gallimard publicaba sus retratos de escritores israelíes: Terre d’écritures. Enseguida estuvo en Bolzano, donde se hizo un homenaje a su gran amigo Luis Sepúlveda, y Daniel contribuyó con un recuento fotográfico de sus últimos veinte años. Siguieron el Hay Festival de Granada, una exposición en Matosinhos, Portugal, y una participación en la muestra colectiva que se organizó en España tras la entrega del premio Cervantes a Juan Gelman. De julio a septiembre, la Casa de América de Madrid organizó la retrospectiva más importante que se haya hecho hasta ahora sobre su trabajo, y el resultado fue un libro: Fotógrafo entre escritores. 30 años. Otro libro se presentó en Segovia, apenas unas semanas más tarde: Crónica de un festival, editado por la Fundación Mapfre. En noviembre fue invitado al I Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires, filba, a mostrar su trabajo en el Museo Malba. Mucha agua ha pasado bajo el puente –quiero decir: mucho líquido revelador sobre los negativos– desde que Mordzinski tomó su primera foto oficial, su primera foto reconocida. Es de justicia poética que el fotografiado haya sido el padre de toda la literatura latinoamericana viva: Jorge Luis Borges.

TRES

Alguna vez le pedí que me contara cómo había sido ese momento. “Tenía 18 años, estudiaba cine en Buenos Aires, no era nadie y no había hecho nada”, me dijo Daniel. “Pero un buen día el director argentino Ricardo Wullicher confió en mí y me dejó hacer un meritorio, era el rodaje del film Borges para millones”. Meritorio: en argentino, dícese de joven asistente (de dirección, en este caso). Así es: antes que la fotografía, la pasión de Mordzinski era el cine, y trabajar con Wullicher, el autor de Quebracho –una película sobre la explotación maderera que Daniel recuerda con fascinación–, era una oportunidad irremplazable. Daniel la persiguió como pudo, poniéndose en el pecho un cartel ficticio del festival de Cannes para entrar adonde estaba prohibido, cambiando ese cartel por otro de Marketing si era necesario, viajando dos días en tren y quedándose dos noches en el hotel de Wullicher. Ya era el Mordzinski que sería después: el hombre capaz de arreglárselas en cualquier situación, el buscavidas por excelencia, un personaje de clara estirpe picaresca.

Borges para millones era un caso especial: la única vez que Borges aceptó ser actor. Wullicher metió sus cámaras a la Biblioteca Nacional, y durante siete horas se dedicó a seguir a un Borges ya completamente ciego, con la intención de hacerle una entrevista después, por aparte, y al final unir los dos resultados (las imágenes de un ciego por un lado; sus palabras por el otro) en el mismo producto. Pero las imágenes no fueron suficientes, y Wullicher le pidió a Borges un segundo encuentro. Borges accedió. “Rodábamos en el barrio porteño de San Telmo, en lo que creo era una antigua pensión”, me dijo Daniel. “Y también allí me acompaño la vieja Nikormat que mi papá me prestaba. Y mirá, será humor negro, pero hice esa foto sintiendo que la ceguera de Borges me daba a mí cierta ventaja”. Daniel se quedó pensando y luego dijo: “Claro, la foto está tomada de lejos. Eso es señal de timidez”.

Una vez le pregunté, por correo electrónico, si ya había decidido una carrera de fotógrafo. Esto fue lo que me contestó:

Ahora es fácil decir que sí, que siempre lo supe. Pero la verdad es que eran tres pasiones las que luchaban por mi corazón: la fotografía, el cine y la literatura. Leía, miraba y soñaba a tiempo completo. Pero es cierto que lo que sí me hubiera gustado hacer es cine. La fotografía fue, digamos, el fruto de una noche de amor entre el azar y la necesidad. En el fondo todo forma parte de lo mismo: de una búsqueda de la verdad invisible, de la maravilla de la narración. Y ese secreto está codificado con palabras/imágenes que igual sirven para hacer películas, fotografías o cartas de amor.

Mordzinski siempre ha dicho que sus influencias no están solo en el mundo de la fotografía. Otra vez le pregunté de dónde salía su idea del retrato, y me dijo: “Si digo Cartier-Bresson no puedo evitar decir Goya, y al mismo tiempo Martial Solal al piano”, dijo él. “Hay tantos… Eso es como elegir un pintor o un músico favorito. A cierta hora del día querés escuchar jazz y en algunos momentos necesitás tararear a Mozart”.

Yo le había oído decir que retrataba con los oídos. Tal vez de eso se trataba, le dije. De la influencia de la música en su trabajo. Daniel me corrigió: “Se trata de otra cosa. No solo de ver en papel el rostro de un escritor sino de oírlo, imaginarlo, captar cierto imaginario compartido. Sí, en cierto modo es oír, o al menos tener la actitud de escuchar”.

CUATRO

Daniel Mordzinski se fue de Argentina, como tantos otros, en plena dictadura militar. Pero nunca –y esto lo ha subrayado con frecuencia– militó en política. Alguna vez me dio su razón, que me pareció tan simple y honesta como válida: no tenía el valor para hacerlo. Cuando se fue, sin saber que no iba a volver nunca, su vida no corría peligro como la de tantos jóvenes en esa época. “Me dan pena los que reivindican un pasado heroico que no tuvieron”, me dijo una vez (él, amigo de muchos expulsados de la dictadura de su país y también de la chilena, está plenamente autorizado para opinarlo). Sea como fuere, Argentina era para él un país donde todo estaba prohibido y donde se vivía bajo el terror, así que la decisión de salir no fue difícil. Pero estaba el asunto práctico: qué hacer y dónde.

Mordzinski había pasado ya por el FotoClub Buenos Aires y por la Escuela Panamericana de Arte, y acabaría llegando a la ESEC, la École Supérieure Libre d’Études Cinématographiques de París. En esos lugares y en esos años recibió todo su aprendizaje teórico. “Todo lo que he estudiado, y ahora, cada día, actualizándome –o intentándolo al menos– a medida que avanza la tecnología, me resulta imprescindible y secundario al mismo tiempo. No desprecio la técnica, que es básica y un buen aliado para un fotógrafo, pero me resisto a darle más importancia que a la mirada, la intuición, la memoria o la pasión”. Y es que había, además, otros aprendizajes por hacer, y por otros caminos.

“Llega un momento”, me dijo hace poco en Segovia, “en que a los fantasmas –ya sean sentimentales, familiares, religiosos o políticos– hay que plantarles cara. Probablemente en Israel estaban muchos de los míos, y los fui a visitar”.

Le pedí que me hablara de eso.

“Durante siete años conviví con utopías y amores esenciales en mi formación”, me dijo. “En la Facultad de Tel Aviv estudié literatura y conocí a Vivi, el amor de mi vida”. La fotografía, la literatura y Viviana Azar, música de profesión y madre de Jonás y Anaël: no por nada Mord zinski se siente tan atado a esas tierras. Las utopías a que se refiere tienen que ver con su amistad con Miki Kratsman, un fotógrafo argentino-israelí que se ha dedicado durante años a traernos imágenes de los territorios palestinos. En 1982 Daniel comenzó su carrera de fotógrafo profesional como corresponsal de Media Images y Sipa Press, y durante los años que siguieron solía agarrar su cámara y acompañar a Kratsman, cada semana, a los territorios ocupados. “No sabía por qué lo hacía”, me dijo Daniel. “Era igual que coleccionar escritores, una cosa un poco irracional. Quería fotografiar la Intifada, pero no solo las cosas que suceden, sino por qué suceden. Ver un cuarto palestino con cuatro colchones en el suelo te hace entender más que ver a un niño tirando una piedra”. Daniel siempre ha preferido a esos fotógrafos viajeros: “Los que tienen una idea road movie de la fotografía, ¿sabés? La cámara como pasaporte, como medio para conocer al otro”. Israel hizo parte de esa ética. Conocer, entender, fueron palabras que repitió con frecuencia en esa época. Y uno siente que sí: que ha conocido, que ha entendido. “De las mil maneras que hay de ser judío”, dice, “yo siempre he preferido la que me vincula con una tradición intelectual, con esa condición moral del exiliado que tiene algo de hidalgo medieval y prefiere pasar hambre antes que agredir a un hermano”.

Me di cuenta de que nunca habíamos hablado de esos años. A pesar de mi interés por el tema, nunca le había hecho a Daniel preguntas sobre su judaísmo, ni sobre la religiosidad de su familia, ni sobre su relación con Israel. Me había quedado sorprendido, eso sí, después de oírle casualmente hablar en hebreo perfecto con los asistentes a una conferencia literaria; pero tampoco entonces le había preguntado todo lo que me hubiera gustado saber (siempre me han interesado las personas divididas, que llevan más de una religión o lengua o nacionalidad a cuestas, y Mordzinski es una de ellas). Pero Daniel no habla demasiado de sí mismo, quizás por las mismas razones que lo hacen vestir siempre de negro y negarse a ser él mismo fotografiado. Si hay una foto suya, tenga por seguro el lector que le ha sido tomada a la fuerza, o por lo menos con chantajes más o menos cariñosos. A Daniel no le gusta, nunca le ha gustado, ser el protagonista.

En marzo de este año, el Salón del Libro de París se dedicó a la literatura escrita en lengua hebrea. En el marco de ese salón se organizó una exposición de Mord zinski: eran retratos de escritores israelíes que Daniel había tomado unas semanas atrás, dieciocho años después de haber dejado su vida en Israel, y que se acababan de publicar en Terre d’écritures. Ya he hablado en otra parte de la dificultad que tuvo Daniel para escoger la portada del libro: las imágenes que más le gustaban eran las más políticas, y no le interesaba reducir al problema político la imagen de unos escritores que se han esforzado siempre por trascenderlo. Pero siempre se puede contar con la realidad política, o con la estupidez que impregna la realidad, para echar abajo cualquier intento de sutileza o aun de tolerancia. Y así sucedió que un grupo de fanáticos decidió aprovechar el Salón del Libro para montar, con el apoyo de algunos escritores y editores árabes, un boicot de la literatura hebrea. “¿Te imaginas boicotear a Grossman, Oz, y a todos esos escritores que son los protagonistas del diálogo, que apoyan la creación de un Estado palestino?”, me escribió Daniel por esos días. “El boicot es un auto de fe y solo beneficia a los extremistas”.

El domingo anterior a este intercambio, con el Salón lleno de familias con hijos pequeños, había sido necesario evacuar las instalaciones tras una llamada anónima y amenazante. Se suspendieron todas las conferencias de la tarde. Entre ellas había una que le interesaba a Daniel particularmente: Abraham B. Yehoshua, un gran escritor israelí que Daniel había fotografiado en su propia casa, iba a hablar de la paz.

CINCO

En1988 hubo un nuevo cambio de vida. “Sentí que París volvía a llamarme y se me impacientaba”, suele decir Mordzinski. “Así que regresamos”. Y ya no se ha movido de allí.

París es un gran tema con Daniel: como tantos latinoamericanos de su generación y de las siguientes, la conoció primero en las páginas de Rayuela; irse a vivir allí fue, entre muchas otras cosas, un acto literario. París le obsesiona: no por nada es el escenario de La ciudad de las palabras, 31 retratos de escritores latinoamericanos en esa ciudad que ha sido un fetiche, un desencanto, un milagro, un conflicto. “El más latinoamericano de los franceses y el más francés de los latinoamericanos”, lo ha llamado José Manuel Fajardo.

Allí, en París, nos encontramos en octubre pasado. Yo había comenzado ya a escribir este texto, y le pedí que nos viéramos para hablar. Daniel llegó a las nueve de una mañana lluviosa (y perdón por hacer literatura) a mi hotel de la Avenue d’Italie, muy cerca del apartamento donde pasó siete años, donde nacieron sus dos hijos y al cual iba yo a visitarlo cuando vivía en París. En el sótano inhóspito, mientras yo desayunaba una taza de café y un par de frutas sin gracia, hablamos de todo y de nada, sin grabadora ni libreta de apuntes. Le pregunté algo que –increíblemente– nunca le había preguntado: si la vida le ha salido como la había querido. “El precio que se paga por hacer lo que te gusta es el de la precariedad y la inseguridad”, me dijo Daniel. “Llevo treinta años haciéndolo y aún me asaltan las dudas de si no debería sentar cabeza y buscar un empleo fijo en un periódico. Pero al mismo tiempo siempre he sabido –sí, desde el principio– que esto era lo mío”.

Esto, dice Daniel Mordzinski. Esto era lo mío. ¿Pero qué era esto? ¿Fotografiar escritores? La especialización es, cuando menos, poco usual, y en todo caso paradójica: ¿no es cierto que lo importante de un escritor es todo lo que no es su imagen?

“Imagino que soy un letraherido, simplemente”, dijo Daniel. “Al fin y al cabo hago lo que me gusta. Me he salido con la mía: fotografío –y conozco y frecuento y quiero– a los autores que me hacen soñar, llorar o reír cuando leo. Digamos que, en cierto modo, he llevado la fantasía del lector cortazariano al extremo”.

(Vila-Matas estaría de acuerdo. En ese texto suyo que he recordado antes se lee: “Mordzinski es el cortazariano más consciente de ser cortazariano que he conocido”.)

“Pero lo tuyo es una obsesión”, le dije. Es lo que le hubiera dicho cualquiera al verlo perseguir como un cazador a una de sus víctimas: yo, por lo menos, lo he visto colgarse de escaleras en espiral, o darse cuenta de algo y en un instante lanzarse a un sprint olímpico para llegar a algún sitio antes que el potencial fotografiado. “¿Cómo nació? ¿Con un libro, con un autor, con un incidente?”.

“Imagino que nació cuando cobré conciencia de que esos escribientes, esa gente que para mí era importante, a la que había dedicado muchas horas de lectura, eran seres de carne y hueso”, dijo Daniel.

“De carne y hueso”, dije yo.

“Gente normal con sentimientos y dudas”, dijo Daniel, “y no cómplices de un producto prefabricado. Supongo que eso se debe a que leía a Cortázar o a Juarroz en lugar del Reader’s Digest”.

“Pero es que no son gente normal”, le dije. “Justamente”.

“Ha habido de todo”, dijo él, “y cada caso es distinto. Yo he encontrado grandes amigos y sorpresas desagradables, pero éstas son las menos. He aprendido que una cosa es el escritor y otra lo que escribe, y también que no hay ninguna relación entre la calidad literaria y la fluidez en el retrato. Y además hay días buenos y días malos, para los escritores y para mí. No hay normas. Lo grande es que el balance es positivo y creo que voy consiguiendo algo que a la gente le interesa y le gusta y, mejor aún, resulta útil, en ocasiones, a quienes se acercan al mundo de las letras o quieren conocer mejor a un escritor. Lo mejor es que tengo muchos y grandes amigos entre los escritores que he retratado. Tal vez porque la amistad flota en todo este proceso con un peso muy específico”.

Amistad es una palabra grande en el diccionario de Daniel. Después de unos años con él, a cualquiera le gustaría aplicarle aquella frase de García Márquez sobre Cortázar: “El argentino que se hizo querer de todos”. Daniel está inmerso en un nuevo proyecto: una serie de fotografías de escritores en cuartos de hotel. “¿Qué escritor no ha escrito una página o tenido una idea en un hotel? El hotel como metáfora de la vida: un lugar de paso”. Después de despedirnos me quedé pensando en hoteles. El hotel como escenario de ficción: el Hotel Savoy de Joseph Roth, el Hotel New Hamsphire de Irving, el Hotel Majestic de Simenon. Pensé también en una de las primeras cosas que hice al llegar a París en 1996: recorrer la ciudad en plan descaradamente fetichista, buscando los hoteles donde habían vivido algunos de los escritores que me gustaban. El Hotel d’Alsace, en la rue des Beaux-Arts, era uno de mis favoritos: ahí murió Oscar Wilde, ahí se hospedaron Borges y Cioran. En el Hotel de l’Élysée se encontraron una vez Joyce, Eliot y Wyndham Lewis. En la tarde, al llegar a mi casa de Barcelona, le puse un email a Daniel con estas informaciones, pensando que tal vez podrían servirle, porque Daniel también tiene su lado fetichista, porque también él llegó a París con un libro en la mano. Me contestó al día siguiente:

Lo que quiero con este libro es desmitificar el acto de la escritura y mostrar algo tan simple (pero tan difícil de atrapar) como el recogimiento del autor. Ese momento en que está en el cuarto de escritura. La pieza de hotel, la ventana que da al patio, el espejo ajeno donde se mira antes de poner manos a la obra. O donde se acaba por escribir una obra maestra, quién sabe. En realidad, es todo muy sencillo: hay un momento del día, del mes o del año, en que el escritor mira a su alrededor y se ve rodeado por un papel pintado que no puede ser de verdad y bajo unas goteras que quizá nunca vuelva a ver, y decide escribir. Y nosotros, lectores, leemos y soñamos esas palabras durante el resto de nuestras vidas.

Ahora Daniel Mordzinski está en Cartagena, dándole un nuevo peldaño a esa relación, que ya es de una complicidad envidiable, entre sus fotos y el Hay Festival. “Los del Festival, la gente de Mapfre, han cambiado la relación que hay entre la cultura literaria y la gente”, dice. “No me cabe la menor duda. Yo nunca he visto en ninguna otra parte del mundo esa relación entre los autores y su público. Y para mí ha sido un honor ser fotógrafo de ese evento en marcha”. Pues bien: allí, en Cartagena, prepara una exposición de sus fotos donde los lectores podrán ver con sus propios ojos todo lo que digo: que Mordzinski maltrata a los escritores, que a los escritores les gusta, que el resultado del tierno maltrato es un trabajo extraordinario, y que los parecidos entre un fotógrafo y un escritor son más de los que suelen aparecer a primera vista. No es por nada que Daniel suela ir por ahí recordándole a la gente el significado de la palabra fotógrafo, que quiere decir “el que escribe con la luz”.