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Tres años atrás, en su casa de Montevideo, Homero Alsina Thevenet —uruguayo, periodista, crítico de cine— sintió que se moría.

No fue una metáfora ni algo pasajero. La asfixia empezó en la cama y él, ciego de miedo, se arrastró hasta el living y encendió el nebulizador.

—Eran las tres de la mañana. Me recuerdo a mí mismo sentado acá, jadeando durante largo rato. Mascarilla, jadeo jadeo jadeo. Estaba completamente lúcido, y sabía que me estaba muriendo.

Ese día Homero Alsina Thevenet tenía 80 años, 65 de carrera periodística, era el crítico de cine más riguroso del Río de la Plata, la primera persona fuera de Suecia en descubrir que Ingmar Bergman era un genio, y el fundador del suplemento cultural más sólido —e improbable— del Río de la Plata.

Y esas eran algunas —sólo algunas— de todas las cosas que había hecho Homero Alsina Thevenet el día que se estaba muriendo.

De todas, fumar fue la única que casi lo mata.

***

Es una tarde helada en el barrio de Pocitos, Montevideo, capital de Uruguay. Al otro lado de la puerta de una casa —blanca, magra, una casa como cualquier otra— se escuchan pasos, cerrojos, llaves. La puerta se abre y se ve esto: un living, bibliotecas, una mesa redonda cubierta por un tapete verde, sillones y un hombre pequeño —bajo—, de pelo y bigote blancos, suéter y abrigo de lana, pantuflas.

—Bienvenida —dice Homero Alsina Thevenet, el hombre que hace tres años se moría—. Ya ni aquí se puede dejar la puerta abierta.

Sobre la mesa con tapete verde hay pocas cosas: tazas para el té, algunos libros, papeles.

—Preparé mi currículum y una bibliografía, así tenés datos precisos.

Datos, recalca Homero, precisos: más de veinte libros pu blicados (Censura y otras presiones sobre el cine, Listas negras en el cine), uno por publicarse en 2006 (Historias de películas, Buenos Aires, editorial Cuenco de Plata), dos en proyecto.

—Pero vení, sentate. Tomemos té. ¿Por dónde querés empezar? ¿En orden cronológico?

Tiene la voz que ha tenido siempre: hecha de ladridos, ronca.

***

Homero Alsina Thevenet nació el 6 de agosto de 1922 en Montevideo, hijo de Judith Thevenet —maestra— y de Eugenio Alsina —crítico teatral—, tercer vástago —y último— de una familia atravesada por sombra de muerte.

—Hubo un primer hijo que murió pequeño. Una enfermedad mal curada. Se llamaba Leopoldo. Fue terrible para mi madre. Después llegó una niña, Mireya. Después yo.

—¿Por qué te pusieron Homero?

—No sé. Mi padre se habrá querido hacer el intelectual.

Cuando el niño de nombre desmesurado tenía pocos meses, sus padres se separaron. Judith quedó sola con dos chicos, y entonces sí, las cosas se pusieron bravas.

—Aquí, en este terreno donde estamos ahora, mi madre hizo un ranchito, con su sueldo de maestra y mucho sacrificio. Nunca me morí de hambre, pero necesidades hubo, y envidia por la gente rica también. Siempre supe la diferencia entre lo que se puede y lo que no se puede. Toda la vida me impresionó una frase de Scott Fitzgerald, de un tipo pobre con la nariz apretada contra el vidrio, mirando la fiesta desde afuera. Nada. Mi vida era eso.

Y entonces, cuando su vida era eso —mirar desde afuera las fiestas ajenas, saber la diferencia entre lo que se puede y lo que no—, su padre, una bicicleta y una clavícula rota torcieron el destino y le dieron vocación. Le gusta contarlo así: que una noche de 1934, en Montevideo y alrededor de las siete de la tarde, hubo un apagón que duró horas. Que en la esquina de su casa una banda de chicos improvisó una fogata y él, once años, quiso estar. Que bailaba cual indio en torno al fuego cuando un ciclista lo atropelló y le hizo trizas la clavícula. Que siguieron 45 días de yeso, y un corset. Que su padre, por entonces funcionario de Espectáculos Públicos del Municipio, intentó aliviar la convalecencia regalándole un carnet de entrada libre para el cine del barrio: el Latino.

—Empecé a ir tres, cuatro, cinco veces por semana. Con el brazo así.

Así, dice, y se imita, niño endurecido por el yeso, entregado a la blanda oscuridad del teatro Latino.

—Desarrollé una gran capacidad para asimilar repartos de películas. Aún hoy veo películas viejas y puedo identificar a todos los actores secundarios.

Tenía 15 años, una adolescencia humilde, una madre maestra y era pésimo alumno del colegio secundario cuando, en 1937, se cruzó en la esquina exacta de 18 de Julio y Yi (la esquina exacta: no se olvidan los guiños del destino) con Arturo Despoeuy, una suerte de dandy intelectual, fundador de la revista Cine Radio Actualidad.

—Le hice un comentario elogioso de la revista, y me dijo que tenía que escribir ahí. Así empecé. Pero no puedo decir que eran mis crónicas porque era vapuleado por Despoeuy, con toda razón.

—¿No te sentías humillado?

—No. Sentía que tenía que mejorar.

Víctima voluntaria de maestro cruel, soportaba bien los embates del hombre que tachaba sus originales al grito de “¿Por qué decís esto, mocoso, si no sabés?”.

—Él tenía razón. Si tengo que reconocer una actitud mía es la autocrítica. Y si hay algo que debo decir sobre la crítica de cine, es que también es una autocrítica. Uno empieza viendo cine y creyendo en la verdad de lo que ve. Y de a poco empieza a desconfiar. A ver que las películas son más complicadas, que hay una historia detrás, que hay mentira, que hay censura.

Autodidacta profundo, y sin quejarse, en Cine Radio Actualidad Homero acusaba los golpes en silencio. Como un indio paciente volvía a su escritorio y ajustaba tuercas, podaba frases frondosas y se hacía, de a poco, fundamentalista de la precisión.

—A mí me ponen mal los errores, quizás como herencia de mi madre maestra. Porque un error hace desconfiar al lector. Dice: “si se equivoca en esto, qué me va a enseñar este tipo”. Ahora veo que se chequean datos por internet. Yo tengo un episodio con internet. Cuando apareció la película Titanic hice la nota, y yo tenía mi lista de películas sobre el Titanic, pero podía haber otras. Busqué en internet y en efecto aparecieorn otras. Y también aparecieron películas de menos. Hay una película que se llama A night to remember, del año 1958, y como la palabra Titanic no figura en el título, internet no la registra. En cambio me dio una que se llama Titanic Orgy: orgía titánica. Una película porno. Pero en 1937, cuando no había internet ni revistas importadas, para redactar la ficha técnica de una película me iba a la cabina de proyección y tomaba nota mirando la película a contraluz. Claro, todo ese trabajo me quitaba tiempo para el estudio. Fui pésimo alumno. Hice el secundario, pero abandoné el preparatorio de derecho.

—¿Por qué derecho?

—Porque derecho era casi clavado para alguien que se ocupaba de las letras. ¿Lo otro qué es, escribanía, notariado?

—No. Algo más afín con las humanidades. No sé… filosofía.

—Sabés que no. Le tengo desconfianza a la filosofía. Puro bla bla. Como el psicoanálisis. Los psicoanalistas inventan muchas cosas. Me recuerda aquella discusión del filósofo y el religioso en la cual el sacerdote dice que un filósofo le recuerda a un ciego en un cuarto oscuro buscando un gato negro que no está. Y el filósofo le replica: “Sí, pero usted lo habría encontrado”.

En 1939 un periodista uruguayo llamado Carlos Quijano fundó la revista Marcha, que sería uno de los semanarios de cultura y política más importantes de América Latina. Homero tenía 17 años, dos de experiencia laboral, una vida bohemia —lejos de casa, cerca de los bares, la noche, los amigos—, y se ofreció como voluntario en esa nueva publicación: lo hicieron corrector de galeras y él se hizo amigo del secretario de redacción, un hombre hosco que vivía al fondo del local donde funcionaba la revista: Juan Carlos Onetti.

—Vivía ahí, en una pieza donde se amontonaban el baño, la cocina, el cuarto y una mujer que no recuerdo. Íbamos a la barra del café Metro, una especie de peña literaria. Yo fui uno de los que llevó bajo el brazo su novela, El pozo, para venderla por unos céntimos. En 1943 me fui a Buenos Aires siguiendo a una chica que por suerte no me hizo caso, y allá estaba Onetti, que era el secretario de redacción de Reuters, y compartimos el alquiler en una pensión de una señora que no sé si era húngara o austríaca, pero tenía un tío que fumaba mucho, y la casa estaba todo el tiempo llena de humo.

—Pero vos fumabas.

—Sí.

—Y Onetti también.

—Por eso.

En 1944 Homero sufrió un neumotórax y tuvo que regresar a Montevideo. Allí, en 1945, se casó con Andrea Bea que sería la madre de Andrés. Andrés: el único —el único— hijo de Homero. Tres años después se divorciaron, y ella se casó con Jorge Onetti, hijo de Juan Carlos.

—Y acá viene la pregunta. Si yo me divorcio de una mujer, y esa mujer se casa con el hijo de Onetti, ¿qué vengo a ser yo de Onetti? La respuesta es: admirador.

Cuando Pablo Rocca, autor del libro El 45 (Ediciones Banda Oriental, 2004), le preguntó a Homero si él era el Bob del cuento “Bienvenido Bob” que Onetti le dedicó en 1944 (y que cuenta la transformación del joven e ilusionado Bob en el abyecto adulto Roberto), Homero respondió lo que sigue:

“—No creo. Alguna vez lo conversamos con Onetti. No tiene nada que ver, siempre tuvimos un vínculo muy cordial.

”—Sin embargo, llama la atencion que cuando apareció La vida breve (1950) usted escribió un largo artículo en Marcha en el que habla del agotamiento de la obra de Onetti.

”—Esa era mi visión de ese momento. Naturalmente, hoy no la mantengo.

”—Pero sí la mantenía en 1964, cuando en una contratapa de Marcha —que recoge comentarios sobre el texto a 25 años de su publicación— se muestra bastante escéptico con su obra.

”—¿De veras? No me acordaba”.

Esta tarde Homero elige recordar que, tiempo después, se cruzó con Onetti en un ómnibus y los dos, al mismo tiempo, gritaron: “La culpa es tuya”. Que se rieron, dice. Que no hay nada que agregar sobre el asunto.

***

Afuera es gris. Adentro caen las sombras de la tarde.

—¿Querés más té? Es de durazno.

Sobre la mesa con tapete verde hay un trozo de strudel, fotos y un libraco que emana un vapor dulzón: los ejemplares encuadernados de la revista Film, de la que Homero fue cofundador y codirector entre 1952 y 1955.

—Esto te va a sorprender —dice y abre el libro en la página que corresponde a un artículo suyo publicado en junio de 1953 en el que se lee: “No se sabe lo que Bergman piensa de su fama, pero se sabe que está preocupado de sí mismo, que le importan el bien y el mal, que es joven, que es talentoso, que sabe lo que es”.

—Es que en 1952 pasaron cosas —aclara, aunque su currículum (dos hojas escuetas, escritas con prosa de hueso y latigazos) no dice nada de esas cosas que pasaron: apenas reseña que, entre 1945 y 1952, trabajó en la revista Marcha a cargo de la página de espectáculos, y que luego pasó a la revista Film.

—En 1952 el director de Marcha se opuso a que la revista cubriera el Segundo Festival Internacional de Cine de Punta del Este porque consideraba que era un despilfarro para el país. Yo, en cambio, creía que era un evento de importancia fundamental. Entonces me fui de Marcha. El año anterior el festival se había hecho con apoyo estatal, pero ese año no tuvo ningún apoyo. Se hizo con el esfuerzo de embajadas y distribuidores privados y, por tanto, no hubo un jurado oficial, sino un jurado de la crítica en el que éramos once y del cual formé parte. Por supuesto, el pronunciamiento del jurado no era oficial, era doméstico, y se vieron varias películas, tales como Rashomón. Y se vio también Juventud divino tesoro, una de las primeras películas de Bergman que se presentaban en América Latina. Fue una revelación. Lo que vimos ahí no se podía hacer en teatro, ni en poesía, ni en literatura. Eso era cine puro.

Cine puro, ni teatro ni poesía, pero por esos años, en América Latina y el resto del mundo, Bergman era un absoluto desconocido: nadie, nada. En 1946 el estreno de su película Suplicio había pasado sin pena ni gloria por Buenos Aires, pero gracias a aquel espaldarazo en el Festival Internacional de Punta del Este, films como Puerto, Sed de pasiones y Noche de circo fueron estrenados con éxito en Uruguay y Argentina.

Mientras en Suecia un crítico de nombre Olof Lagercrantz escribía en el Dagens Nyheter acerca de Sonrisas de una noche de verano: “los elementos de esta comedia son la penosa fantasía de un jovencito con acné, los descarados sueños de un corazón inmaduro y un ilimitado desprecio por la labor artística y humana. Me avergüenzo de haberla visto”, en Uruguay Homero diría sobre Noche de circo (1953): “Este drama pesimista y patético se apoya en una de las más perfectas construcciones cinematográficas que Bergman haya logrado en su carrera.” En 1954, dos años después de cose char elogios en Uruguay, Juventud sería vapuleada en el Festival de Venecia y recién en 1956 Sonrisa de una noche de verano ganaría el premio a la mejor comedia en el festival de Cannes, sería exhibida en Francia y todos dirían, acerca de Bergman, oh.

—¿Los suecos se enteraron de tu descubrimiento?

—Se enteraron. Bergman nació en julio de 1918, y en 1998 estaba cumpliendo 80 años. Me llamaron de una radio de Estocolmo, de un programa en castellano, para preguntar qué tenía que decir de los 80 años de Bergman.

—¿Y Bergman sabe que fuiste el descubridor?

—Seguramente.

—Pero nunca tuviste relación con él.

—No. Ni debo. Porque todas esas relaciones entre críticos y obra son equívocas. Además, no fui solamente yo. Los miembros de aquel jurado éramos once.

Once, dice Homero, que cultiva con ímpetu su vicio de actor secundario: gente indispensable, pero gente discreta.

***

En 1954 Homero trabajaba en el diario El País, de Montevideo, que publicaba críticas de cine y teatro si había tiempo, lugar y ganas, y pensó que hacer de ese desorden un sistema podía traer beneficios a la única persona que, ya entonces, empezaba a importarle en la cadena alimenticia de los medios: el lector.

—Nos juntamos cuatro periodistas y propusimos hacer la página de espectáculos. Y la hicimos. Pero las crónicas de teatro eran muy largas, porque si tenían que comentar Seis personajes en buscar de autor, de Pirandello, primero el crítico tenía que explicar quién era Pirandello, después la obra, después la crítica. Entonces dije: “El día anterior publicamos quién es Pirandello y qué es esta obra. Al día siguiente damos la crítica”. Y fue tremendamente pedagógico. Un día nos llama el director del diario y nos dice: “Esa paginita que ustedes inventaron está muy bien, pero tiene un defecto: están comentando todo demasiado tarde, yo fui a ver la obra el martes y ustedes publicaron la crítica el jueves”. Y le dije: “Pero si estrenaron el martes no se puede publicar el miércoles”. Agarró el teléfono y le dijo al secretario de redacción: “Las notas de estrenos de teatro en espectáculos tienen el cierre abierto hasta la medianoche, orden de arriba”. Y ahí tuvimos que correr. El método era: estrena la obra, el crítico va, ve la obra, vuelve, escribe, se publica. Esa sección tuvo un éxito delirante. La gente se quedaba hasta las tres de la mañana esperando la crítica. Después, claro, nos copiaron todos.

Homero tenía 32 años cuando empezaba a ser un pedagogo irredimible y, quizás por lo mismo, un enemigo enérgico de la teoría del cine de autor impulsada por la revista Cahiers du Cinéma. Ya por entonces decía, a quien quisiera oírlo, que una película como Lo que el viento se llevó no podía atribuirse a un director llamado Victor Fleming, sino a un productor llamado David O. Selznick que lo había decidido todo, incluida la contratación y el despido de tres directores.

—El cine de autor es una falsedad con la cual los críticos se simplifican la vida. Una película de Bergman, de Orson Welles, de Chaplin, yo no me quejo. Pero contra eso hay 85% de directores mediocres que son esclavos de la empresa y tienen que obedecer órdenes, y no podés decir que una película es de ellos.

“[...] para entender el cine de Hitchcock con Selznick no alcanza con leer a Claude Chabrol, Eric Rohmer, François Truffaut y toda la colección de Cahiers du Cinéma —escribiría años después en un texto titulado “Alfred Hitchcock y David O. Selznick, cuentos de dos gigantes”, recogido en su libro Nuevas crónicas de cine (Ediciones de la Flor, 1999)—. Hay que empezar por leer sobre Selznick, que fue el responsable de toda decisión (…) A Hitchcock le encantaban la proezas, los trucos y los enfoques originales, como filmar toda una película sobre un bote, o hacerla en una sola toma continua, sin corte aparente. Pero los libretos eran su punto débil y así su carrera alternó reconocidos brillos con torpezas argumentales como Marnie, Cortina rasgada y Topaz (1964 a 1969), que sufren de puerilidad y de discurso. En su última etapa Hitchcok era ya su propio productor, filmaba con mucha libertad y se dejaba acariciar el ego por los críticos franceses”.

A Homero no le gustan los egos inflamados.

Esos monstruosos roles protagónicos.

***

En 1960 conoció a Eva, una mujer de 27 años —separada, cuatro hijos— con la que se casó dos años más tarde. Pero antes, en 1959, conoció a Marlene Dietrich.

—En 1959 Marlene Dietrich llegó a Buenos Aires, y no iba a venir a Montevideo. Entonces, fui a Buenos Aires. Iba a dar una conferencia de prensa en el cine Ópera, y había una multitud. Un colega me dice en secreto: “Se iba a hacer en el cuarto piso, pero se hace en el octavo”. Llegué al octavo y el secreto había trascendido: era una sala con butacas, todas llenas. Entonces me fui a la primera fila, y me senté en el suelo. A los dos minutos se abre la cortina, sale Marlene, y yo en el piso. Marlene se sienta, y empieza la conferencia de prensa. Yo le hice una pregunta y se ve que le gustó, porque me dio el resto de la conferencia a mí.

—¿Y qué le preguntaste?

—Yo qué sé. Lo que se le podía preguntar a Marlene: nada muy importante. Ese día se supo que finalmente iría a Montevideo, y que iba a dar una conferencia en el hotel Victoria Plaza. Fui. El hotel era enorme, pero no había tantos periodistas. Habría unos veinte, y lugar de sobra. Entonces hice una travesura: me senté adelante, en el piso. Ella salió de atrás de la cortina, me miró y dijo: “¡Ah, look who’s here!”, miren quién está acá. Y me tiró de vuelta toda la conferencia de prensa a mí.

—La enamoraste.

—Sabés que literalmente pasó eso. Estaba el fotógrafo y me dijo: “Che, tenés que sacarte una foto con ella”. Yo dije muy bien. Y nos sacamos la foto. Mirá.

Homero —de pie, pequeño, bigote a lo Chaplin— mira a cámara, las manos apoyadas sobre la mesa con gesto de campeón. Empequeñecida, con un sombrero negro y guantes blancos, mirándolo arrobada, el ángel alemán —ese león—, y el epígrafe que dice “Marlene enamorada”. Porque le divierte, pero mucho también por sentar bandera, Homero cultivó con deleite esos guiños burlones. En una foto tomada junto a Louis Armstrong en julio de 1957, el epígrafe reza: “Alsina Thevenet y Armstrong. Armstrong es el de la derecha”.

—Mirá. ¿Sabés de quién es esta carta? —dice, sacando una carta de uno de sus libros sobre la censura en el cine—. De Guillermo Cabrera Infante. Le mandé el libro y me rezonga porque no mencioné a Raymond Chandler como responsable del guión de Double Indemnity. Está bien, tiene razón.

—¿Y le contestaste?

—No. Me cayó mal en el momento. Qué le iba a decir.

—¿Te cayó mal la carta?

—No. Ya ves. La guardé.

“Es una pena —escribió Cabrera Infante— no haber sabido que escribía usted su libro, pues podría haberle hablado de la censura antes de Castro, con las campañas de la legión de la decencia contra películas tan inocentes como La mujer que inventó el amor. También le hubiera hablado de la censura bajo Castro…”.

—Y ahora ya no le podés contestar.

—Así es. Ya ves. Se murió él, la carta quedó.

***

En 1965 Homero cruzó otra vez el Río de la Plata para vivir en Buenos Aires, donde trabajó en revistas como Primera Plana, Adán y Panorama, y publicó varios libros. Pero en 1972 Andrés, su hijo, comprometido con partidos de izquierda, fue detenido y acusado del secuestro de un empresario.

—Estaba en la guerrilla, y lo condenaron a seis años de prisión, pero en marzo de 1973 vino el peronismo, que dejó libre a todo el mundo. De todos modos él estuvo catorce meses preso, y yo le tenía que avisar a Andrea, su mamá. El hi jo de Onetti estaba con un puesto de periodista en Prensa Latina de Chile. Conseguí el teléfono y logré pasarle el mensaje. Resultado: me llama ella por teléfono desde Santiago y me pregunta: “Decime una cosa, ¿ahí es posible comprar un televisor y sacarlo del país?”. Le dije: “Mirá, era posible, pero después de tu llamado ya no”. Tenía un costado frívolo esa mujer.

Homero mueve la cabeza. Los recuerdos lo perturban, los recuerdos lo divierten, los recuerdos lo perturban.

—La cárcel es una cosa terrible. Humillante. Humillante para los familiares. Para llevarle algo a mi hijo… destrozaban una torta a cuchillazos para probar que yo no llevaba nada escondido ahí.

Cuando parecía que lo peor había pasado —un amargo periplo por las cárceles tras los pasos del hijo querido— sucedió en Argentina el golpe militar de 1976 y Homero se exilió en España: tenía 54 años cuando marchó con Eva a Barcelona, a empezar todo de nuevo.

—Yo ya tenía una carrera hecha, y allá no pude hacer nada porque los catalanes son muy nacionalistas. Estuve haciendo traducciones y escribí una biografía de Chaplin, a pedido de editorial Bruguera. Tuve tanta mala suerte que el libro salió a comienzos de diciembre del 77, con la vida completa de Chaplin, excepto su muerte: murió 20 días después, el 25 de diciembre de 1977. Dos meses después, encontré el libro en las mesas de saldos de El Corte Inglés.

Fueron ocho años en España, pero no fueron años buenos.

Eso dice: que no hay nada que contar.

***

—¡Homero, las gotas!

Eva aparece alarmada, gotero en ristre. Las gotas para los ojos, dice, son vitales.

—Tiene presión ocular.

Homero la mira divertido. Pocas cosas le gustan más que hacer de bufo. Camina apresurado hasta un sofá, se arroja, y echa la cabeza hacia atrás con un gesto exagerado. Eva se pone a horcajadas.

—¿Te molesta el paso del tiempo?

—Eh, a quién no. Si no es el estómago, es la columna y si no, son los ojos. Tuve una úlcera a los 30 años, y mi estómago se recompuso, pero sin los jugos gástricos correspondientes, con lo cual si como cosas indebidas, lo sufro después. Fritos en general, leguminosas, garbanzos, lentejas, porotos. Nueces. Mis nanas son historias sórdidas.

—Pero las enfrentás con elegancia.

—Porque soy elegante —dice, y mueve la pantufla.

Un año atrás Homero se fracturó la cadera y entonces hubo alarma: huesos rotos y edades altas no se llevan bien. Pero dos meses más tarde chapoteaba en el Caribe, rehabilitado y feliz. Inoxidable.

—Nos fuimos a Punta Cana con Eva, y en ese mar me rehabilité. Me pasaba horas en el agua contemplando las uñas de mis pies, que son preciosas. Fuimos a uno de esos lugares con sistema todo incluido. Un sistema fabuloso. Vas pagando con fichas, no usás dinero. Ah, y mirá lo que tengo.

Despliega un corset ortopédico rosado, lleno de ballenas. Empieza a ponérselo sobre la ropa cuando Eva pregunta:

—Homero, ¿eso no hay que devolverlo?

—No. Ahora es nuestro. Lo pagué.

Le gustan esas cosas: las cosas útiles. Corsets, gotas en los ojos. Viajes todo incluido, freezers, microondas y control remoto. Cosas que solucionan problemas. No bellas, pero eficaces.

***

En 1984 Argentina estaba en democracia y en España Homero no encontraba mucho para hacer. Entonces levantó la poca casa que tenía y, con Eva, regresó a América del Sur: no a Montevideo sino a Buenos Aires. Era 1985 cuando Jacobo Timmerman (periodista fallecido en 1999 y fundador de medios importantes y emblemáticos como La Opinión) le ofreció la jefatura de espectáculos del diario La Razón, que pasaba por su peor momento. Homero tenía 62 años, y pensó que un periódico que se iba a pique era una gran oportunidad para hacer cosas, pero lo echaron poco tiempo después por negarse a cortar una de sus críticas, que no entraba en el diseño pautado.

—Ah, la tiranía del dibujito. No me hables. Yo tengo unos cuentos con eso.

En 1987, dos años después del episodio en La Razón, Homero era jefe de espectáculos del diario Página/12, y además de críticas de cine —que despertaban las más extremas rabias de cabotaje de directores argentinos como Fernando “Pino” Solanas, Alejandro Agresti o Leonardo Favio— escribía columnas de opinión tales como “Mahoma, todavía”, en la que sostenía que “el caso Mahoma versus Rushdie ha suscitado algunas reclamaciones similares, que conviene incorporar ya a los manuales de filosofía y letras: a) Del Diablo contra Dante Alighieri, por la Divina Comedia (circa 1310). Aduce que el retrato del infierno es harto desfavorbale (…). b) Del gobierno de Dinamarca contra William Shakespeare, por Hamlet (1600). Apunta que la frase ‘hay algo podrido en Dinamarca’ se contrapone a los notorios progresos del país en cuanto a higiene, refrigeración y manejo de materiales biodegradables”.

Además de escribir cosas como esa, Homero libraba su batalla contra la tiranía del dibujito.

—El jefe de diagramación de Página/12 se llamaba Daniel Iglesias. También llamado “el Zorro” Iglesias, también llamado “no hay peor sordo que el Zorro Iglesias”. Una vez entregué una nota que ni siquiera era mía. Me llaman de diagramación. “Sacale doce centrímetros”. Que sí, que no, la discusión subió de tono y viene el Zorro Iglesias y me dice: “¿Qué pasa con tu gente? ¿Son todos Shakespeare y Cervantes que no se les pueden cortar doce centímetros?”. Le digo: “No, no son todos Shakespeare y Cervantes. Ahora, tu gente, ¿son todos Rembrandt y Velázquez que no se les puede cambiar el dibujito?”. Gran bronca. Esa misma noche en la escuela de periodismo TEA [Taller, Escuela, Agencia] me daban un premio homenaje, y doy un discursito improvisado de agradecimiento: “Jóvenes periodistas, ustedes han elegido una profesión que está llena de promesas, pero no se crean que es fácil. Porque cuando ustedes entren a un diario se van a encontrar con un jefe que les dice: ‘Che, hay que hacer una nota a tal’. Vas y hacés la nota. La entregás. El jefe la mira y dice: ‘Sí, está bien, pero faltaría tal y cual aspecto’. Vos vas y agregás tal y cual aspecto. Volvés. Y el jefe te va a decir: ‘¿Sabés lo que le falta a esto? Una entrada, un copete’. Vas, volvés con el copete. Te dice: ‘Le falta un final, una cosa que restalle’. Lo encontrás. Terminás la nota y estás muy contento. ¿Y te creés que ahí terminó la cosa? No señor. Ahí la nota pasa al diagramador. Y el diagramador es un personaje que se dedica a quitarle doce centímetros a todas las notas: es una vocación. Me ha pasado”.

***

La bibliografía de Homero incluye muchos títulos —más de veinte— casi todos sobre cine: Ingmar Bergman, un dramaturgo cinematográfico (con Emir Rodríguez Monegal, ed. Renacimiento, 1964), Censura y otras presiones sobre el cine (Buenos Aires, ed. Fabril Editora, 1972), Cine sonoro americano y los Oscar de Hollywood (Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 1975), El libro de la censura cinematográfica (Barcelona, Lumen, 1977), Listas negras en el cine (Buenos Aires, Editorial Fraterna, 1987), Nuevas crónicas de cine (Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1999), Historias de pe lículas (Ediciones Cauce, 2000). Pero hay dos volúmenes. publicados en los años ochenta y llamados Una enciclopedia de datos inútiles (Ediciones de la Flor, 1986) y Segunda enciclopedia de datos inútiles (Ediciones de la Flor, 1987), en los que este hombre dibujó su visión del mundo: el mapa de sus intereses, sus desprecios, sus curiosidades. El texto que sigue fue incluido en la Segunda enciclopedia de datos inútiles: “1987: Al reseñar un libro titulado Una enciclopedia de datos inútiles, el erudito Pablo Schwarz (en Brecha, Montevideo, Uruguay, junio 5) se queja de que el autor utilizó demasiadas fuentes de segunda mano. El señor Schwarz encontró seis errores en un libro de 260 páginas, que abarcan 104 capítulos diversos y 16 páginas de índices. Con seis errores el cronista llenó 344 centímetros cuadrados del semanario [Brecha], más un dibujo y un título. Entre las informaciones de segunda mano que el cronista objeta figuran la muerte de Julio César. En el libro había sido escrito que ese emperador romano ‘… murió con otros tajos, tras una conspiración muy célebre, y la leyenda dice que sus últimas palabras habrían sido Et tu Brutus!, al reconocer con sorpresa a uno de sus asesinos’. El señor Schwarz, que sabe latín, sostiene que Julio César no debió haber dicho Brutus sino Brute, para no caer en un solecismo en el momento de su muerte (un solecismo es una falta de sintaxis y suele ser considerado como menos grave que 23 tajos mortales). A esa tesis el señor Schwarz (que sabe griego) añade que Julio César no murió quejándose en latín sino en griego. Habría dicho “kay sy téknon”. Con ese dato el señor Schwarz corrige de paso a William Shakespeare, un reconocido autor de segunda mano, que en su tragedia histórica Julio César (1599) cometió el imperdonable lapsus de hacer morir al emperador en latín mientras sus asesinos lo mataban en el inglés de la época. El punto consagra al señor Schwarz como la única persona del siglo XX que estaba presente en la muerte de Julio César, en el año 44 a.C., y que puede documentar su última frase en griego sin fiarse de fuentes de segunda mano. Sin embargo, eso no es tan milagroso como su buena memoria después de 2.031 (dos mil treinta y un) años”.

Ambas Enciclopedias reúnen más de 500 páginas como esta: todas de colmillos largos.

Dos años después de la publicación del segundo tomo Homero cruzaría una vez más el Río de la Plata, hacia su casa y su cuna. Uruguay.

***

—En 1989 en Uruguay se hizo un plebiscito. Se discutía la Ley de Caducidad, si les dábamos o no el perdón a los militares. Vine a votar, y Jorge Abbondanza, jefe de espectáculos del diario El País, me ofreció volver a hacer un suplemento cultural. Pero yo no sé de teatro, de arquitectura, de música, y me dio miedo. Lo contacté a Elvio Gandolfo [escritor y periodista argentino, cuyas notas han aparecido en números anteriores de El Malpensante, y a quien Homero había conocido en Buenos Aires] y le dije: “Me proponen esto y me tengo miedo, porque no soy un culto general”. Y me contestó: “Ni vos ni yo sabemos de pintura y de música como para escribir de pintura y de música, pero hay algo que sabemos y eso es manejar el material de otra gente”. Así que buscamos colaboradores y, efectivamente, salimos adelante.

—Vos no figurás en el staff como director.

—No, porque no lo hago por la performance. Yo sé lo que se hace y cómo se hace, entonces para qué más.

Y lo que se hace es, probablemente, el producto cultural más extraño de todo el Río de la Plata: el suplemento cultural del diario El País de Montevideo, que sale los viernes, se anuncia como un suplemento sobre artes, ciencias y letras, y tanto caben en él una reseña implacable sobre el último culebrón literario de Jeffrey Eugenides (Middlesex) como artículos sobre Will Eisner, John Ford, Santiago Calatrava, Thelonius Monk o la teoría del caos.

En el suplemento cultural del diario El País de Montevideo, que Homero fundó a los 68 años, no se publican avisos porque no se buscan avisos: no se propician avisos; no se usa color por cuestiones prácticas (obliga a disponer de fotos de mayor calidad); se eliminaron las bajadas (porque si el lector lee un resumen de lo que sigue, no lee lo que sigue) y, en tiempos en que la sobrevaluada religión del nuevo periodismo obliga al yo, se aborrece la primera persona.

—La primera persona es una traición, porque termina siendo más importante el escritor que lo escrito. Eliminamos los copetes porque si el copete dice todo lo necesario, el lector se va a ir. En el Cultural hice lo que yo quería hacer. Un suplemento sin concesiones. No le doy bolilla a Planeta si me dice que tal libro es muy importante, o si viene tal tipo con su libro de poesía para que se lo comente. No lo atiendo, no lo publico. Tenemos total independencia. Estoy trabajando con una libertad periodística que en la Argentina no tendría. Allí la crítica de cine está convertida en pildoritas con estrellitas: tres estrellitas, cuatro estrellitas, cinco estrellitas. Si hay que hacerlo se hace, pero hay que superar la instancia de esa crítica que dice “esto es largo, es feo, es malo, es bueno, entretenido”. Cuando uno se empieza a preguntar cómo lo hizo, por qué lo hizo, para qué lo hizo… eso es un progreso.

Durante años, cada vez que un nuevo periodista era incorporado al suplemento Cultural, se le entregaba el manual de estilo, una versión resumida de un texto que Homero había incluido en una de sus Enciclopedias de datos inútiles bajo el título de “Algunas sugerencias para periodistas modestos” y que decía —dice— así: “Comience toda nota en el centro del tema [...] Las primeras líneas deben apresurarse a establecer Qué, quién, dónde, cuándo. El cómo puede esperar al segundo parrafo. Elimine al máximo el Yo, el Nosotros, los otros pronombres respectivos (me, mí, nos). El enfoque gramatical de primera persona debe reservarse para aquello que es absolutamente intransferible [...] Salvo casos de extrema necesidad, elimine los signos de interrogación; el lector quiere respuestas y no preguntas. [...] Evite los signos de admiración: el concepto deberá ser bastante asombroso con sólo enunciarlo, sin que usted le coloque una bandera encima [...] Elimine las referencias al hecho mismo de estar escribiendo una nota. Sea un espejo sin decir ‘aquí estoy como un espejo’. La prosa tersa no se dobla sobre sí misma. [...] Reescriba toda vez que pueda hacerlo. Si tiene a mano un lector que ignore el tema, confíele una primera revisión del texto. Si él no entiende algo, la culpa es de usted [...] Elimine rodeos y larguezas. Un título periodístico llega a alargarse para llenar espacios, como ‘Se experimentaron precipitaciones pluviales en todo el sur de la república’, pero siempre será mejor que usted escriba, llanamente, ‘llovió en todo el sur del país’ ”.

—Me traían prosas cargadas de adjetivos, vueltas y desvíos del tema. Yo cuando leo eso digo: “Este tipo está mintiendo, este tipo no sabe lo que debe saber”.

—Pero hay estilos.

—Claro.

—Está Bryce Echenique.

—Y Proust. Pero tienen sustancia. Todos los jovencitos ahora tiran palabras, tiran palabras. Y yo les digo de antemano: el material está hecho para el lector. La prosa no es tuya, es del lector. Si no lo seducís en las primeras cuatro líneas se va, y no vuelve.

Hoy el suplemento Cultural de El País es objeto de colección: los puestos de libros de la feria dominguera de Tristán Narvaja, en Montevideo —cuadras y más cuadras donde se consiguen tomates y discos, zapatos y antigüedades— venden los números atrasados.

—¿En serio se vende en la feria? No sabía. Yo siempre supe que tenía que trabajar y hacer lo mío. Hace poco leí una frase de un filósofo. Me gustó y me di cuenta de que la estaba aplicando desde hace mucho tiempo: “Pocas personas en este mundo son conscientes de que han salido de la nada y volverán a la nada”. Y es muy cierto. Uno después piensa: Bueno, pero el rato que estemos aquí vamos dejar hecho algo. Algunos han dejado guerras y revoluciones como Hitler y Fidel Castro. Yo dejo un poco de crítica de cine, y es bastante mejor.

—El año pasado eras candidato al premio Homenaje de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.

—Sí. Me lo dieron.

—No…

Homero se levanta, rápido como un soplo, y vuelve con un trofeo: el Cóndor de Plata, una distinción que entrega la Asociación de Cronistas Cinematográficos de Argentina, y que le dieron en 2002 por su labor como crítico.

—No, Homero, era un premio de la fundación colombiana y no lo ganaste vos, lo ganó un periodista brasileño.

—Ah. Entonces no tengo idea qué será —dice y devuelve el Cóndor a su lugar, desinteresado—. ¿Querés más té?

En 2004 Homero fue firme candidato al premio Homenaje que entrega la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, que finalmente ganó Clovis Rossi, un periodista nacido en São Paulo en 1943, actual columnista de la Folha de São Paulo que cubrió más de un frente de guerra y que mide dos metros.

La crítica cinematográfica es —siempre ha sido— un oficio de actores secundarios.

***

En el living hay fotos. Muchas. Fotos de su madre, fotos de su mujer, fotos de Toc, el perro.

—No sabés qué perro. Es un golden retriever, un recuperador. Si tirás algo al agua, se tira y te lo trae. Un día se nos quejaron porque sacó a un tipo del agua.

—¿Y el tipo se estaba ahogando?

—No. Por eso se quejaron.

Fotos de los hijos de su mujer, fotos de los nietos: fotos de los hijos de los hijos de su mujer. Entre todas, no hay una sola foto de su hijo Andrés. Su único hijo.

—Estamos distanciados. Hace siete años y pico. No debo haber sido un buen padre. No me daban el tiempo ni el dinero para la atención debida. Entonces, entramos en el capítulo separación de mi hijo. Que es así.

Su hijo, que se exilió en Suecia en 1977, regresó a Uruguay en 1989. Durante nueve años él y Homero se vieron una vez por semana e hicieron las cosas que hacen padres e hijos: comieron, conversaron, no se dijeron tantas cosas. En 1998 Homero decidió poner en orden los papeles de la casa donde vive, que como herencia de su madre podía presentar alguna dificultad.

—Hice un testamento a favor de mi mujer y ése fue el detonante. A los dos días me llama mi hijo. Que no estaba conforme con el testamento. Empezó un discurso de una hora y media delante de su mujer. Nunca fui tan insultado. Me dijo que fui un mal padre toda la vida, que fui un egoísta, que no tengo sentimientos. En fin. Volví a casa, agarré la máquina, escribí un memorándum y se lo mandé. No me contestó, no nos vimos más.

—¿Y vive cerca?

—A cuatro cuadras.

Homero cree que son estos, precisamente, los datos superfluos.

Los datos que a nadie importan.

***

En el artículo “La influencia de los hongos en la vida literaria”, recogido en uno de los volúmenes de la Enciclopedia de datos inútiles, Homero asegura que el tomate fue “uno de los viajeros más ilustres entre los llegados a Europa durante el siglo XVI”. La papa, sigue Homero, superó al tomate en la rápida adaptación al nuevo medio, pero fue víctima de un feroz enemigo natural, un hongo agresivo, el Phytophthora infestans, que llegó en la bodega de los barcos y produjo el catastrófico fracaso de las cosechas irlandesas de papas de los años 1845 y 1846, que terminó con la muerte de quinientas mil personas y la emigración de un millón de irlandeses “que cayeron sobre Inglaterra, Estados Unidos, Canadá y Australia, generando una diáspora que duró más de un siglo”. El artículo termina así: “Entre los emigrados irlandeses y sus descendientes se contarían después los escritores Oscar Wilde, George Bernard Shaw, James Joyce, Sean O’Casey, Eugene O’Neill, Liam O’Flaherty. La influencia de los hongos sobre la vida literaria no ha sido estudiada a fondo”.

Tiempo después, Homero le diría a una mujer que escribía su biografía (y que pretendió analizar la obra del señor Alsina a partir de un supuesto interés en personas que, al igual que él, habrían tenido infancias difíciles, como Pablo Picasso u Orson Welles): “Lo que yo soy es lo que está escrito”.

Es probable que el artículo sobre la influencia de los hongos en la vida literaria sea una parodia de lo que este hombre piensa del psicoanálisis y de aquellos que creen que en su oscura infancia —en la relación devota con su madre o en el vínculo difícil con su padre— encontrarán algo significativo.

También es probable que el artículo sobre la influencia de los hongos en la vida literaria sea, simplemente, un artículo sobre la influencia de los hongos en la vida literaria.

Sea como fuere, aquella biografía nunca se publicó.

***

Datos precisos, concretos. Los datos que importan.

Homero ya no fuma, tiene 83 años, una mujer, un hijo con el que no habla y, salvo cuando el invierno le impide salir, va todos los días a la redacción del suplemento Cultural.

—En el diario soy un resistente. Mientras me dejen hacer el suplemento, me quedo quieto.

—Y si no te dejaran.

—Y… voy a pelear, supongo.

—¿Y si perdieras?

—Y si perdiera, estoy en condiciones de jubilarme.

—¿Y por qué no te jubilás?

—Ganaría una miseria. Imposible. Porque tengo que mantener una casa, un auto, una mujer, un perro y una patente de perro.

—¿Una qué?

—Patente de perro. Acá hay que pagar por tener perro.

—¿Y a qué te da derecho?

—A tener perro con collar. Eva sabe.

—¿Y si no pagás la patente?

—Se llevan preso al perro.

—No puede ser.

—Si, ya vas a ver.

Homero se pone de pie con un saltito ágil y desaparece. Regresa minutos después.

—Ya averigüé todo. Es un impuesto de prevención de la rabia. Pero hete aquí que hace veintitrés años que no hay rabia en el Uruguay. ¿Dónde va el dinero de esa patente anual?

—¿Dónde?

—No se sabe.

Afuera es noche, tarde, y hace frío.

—¿Te pido un taxi? Ahora vas a ver qué sistema fabuloso. Ni siquiera tengo que decir mi nombre. Les sale mi dirección en la computadora.

Camina hasta el teléfono. Marca un número. Alguien, al otro lado de la línea, dice Hola. Homero dice:

—¿Me manda un taxi, por favor?

Y cuelga.

Computadoras que no hacen preguntas inútiles. Datos precisos. Cosas eficaces.

—Ya vas a ver. Llegan en dos minutos.

Después, camina hasta la ventana. Con las manos en los bolsillos vigila plácidamente la calle.

—Yo tenía un amigo aquí, Mauricio Miller. Era muy divertido. Y le daba al juego de palabras que no te digo. Tenía a su vez otro amigo, Carlos Martínez Moreno, y eran muy graciosos. Habían inventado una tarjeta de visitas para ambos que decía “Carlos Martínez Moreno-Mauricio Miller: Gracioso”. Nunca llegaron a imprimirla. Y yo con Mauricio había inventado mi tarjeta, que tampoco imprimí, y que decía así: “El señor Alsina-Se hacen cosas”.

Un taxi se detiene afuera. Homero sonríe, satisfecho.

—Te dije. Un sistema fabuloso.

Hay una habitación de hotel, hay una ventana, hay un edredón tiñéndose de rojo con la luz del atardecer. Hay una ciudad llamada Columbus, en el estado americano de Ohio y hay, en la habitación, un hombre que escribe: un hombre joven que escribe una de las cartas que, durante esos días, intercambia con la experta en arte contemporáneo Lynne Cooke y que, tiempo después, formarán parte de un texto llamado Letters (Cartas, 15/7/1994-10/10/1994). El hombre escribe –en esa carta– que está sentado frente a una ventana en una habitación de hotel y que, por la ventana, ve la ciudad de Columbus, en el estado americano de Ohio: “A lo largo de los años he coleccionado metáforas sobre el arte basadas en fragmentos de canciones, películas o poemas, en anécdotas o situaciones de la vida cotidiana. Pero estoy lejos de casa y tu pregunta me sorprende en este hotel de Columbus, Ohio. Tengo la cabeza vacía. Estoy sentado frente a esta enorme ventana, por la que se ve toda la ciudad. Todo ahí afuera parece pedir: ‘Desciframe’; exigir: ‘Haceme mejor, más oscuro, más simple, más osado… haceme lo que sea, pero haceme algo que sea tuyo’. Ahora, yo solo ruego: llevame de regreso a casa”.

Y cuando Guillermo Kuitca –pintor, argentino– escribe la palabra casa piensa en una casona de tres pisos en el barrio porteño de Belgrano donde viven él y un perro. Y eso, para Guillermo Kuitca, es el hogar: un sitio vertical habitado por un perro, por un hombre solo.

*****

El estilo señorial está contrariado por un frontis plano y dos puertas de madera cruda, altas. La casa, en el corazón elegante del barrio de Belgrano, Buenos Aires, tiene rejas y, sobre las rejas, grafitis y, detrás de las rejas, un jardín. Es una mañana de fines de junio de 2008. Cuando las puertas se abren aparece Daniela, la mujer uruguaya que junto a su marido, Sergio, se ocupa, desde que Kuitca vive aquí –1994– de que la casa funcione: pague sus impuestos, degluta sus mensajes telefónicos, alimente a su dueño.

–Pase. Ya le aviso a Guillermo que llegó.

El recibidor es así: un espacio con paredes verdes donde hay un baúl con la inscripción White Chappel Art Gallery y, sobre el baúl, un teléfono, un cuaderno en el que Daniela anota mensajes (“Llamó su papá. Pregunta si recibió el mail”; “Llamó el señor Javier. Está en México. Lo va a volver a llamar”) y la foto de un perro. Hay un cuadro –un Kuitca– y, por lo demás, no hay adornos ni muebles ni objetos caros, nada que indique que aquí vive un hombre de 47 años cuya obra es las más cotizada entre la de los pintores argentinos vivos y que ha sido exhibida en el MoMa, en el Reina Sofía.

El taller está junto al recibidor y es un espacio grande lleno de cuadros y lienzos y estanterías y libros y brochas y pintura –seca y no tanto– y pinceles –secos y no tanto– y pilas de cedés y un equipo de música y un piano de cola y, sobre el piano, más libros y más pinceles y ejemplares del New Yorker.

Cuando Guillermo Kuitca aparece –bajando las escaleras que llevan a los pisos superiores– no tiene el aspecto de ser alguien que fue desaforado. Usa un suéter claro, pantalón amplio, el pelo corto, la voz suavísima y lejana cuando dice miren quién llegó.

–Miren quién llegó.

Y entonces se agacha y sonríe y tiene el gesto de franca alegría cuando acaricia a Don Chicho, el otro habitante de esta casa donde viven el hombre solo, el perro.

*****

Hijo de Jaime, contador, y de María –Mary–, psicoanalista especializada en niños, hermano menor de una hermana llamada Rut –Ruty– nació Guillermo David en el año 1961 y se crió en un departamento –en este departamento– de La Recoleta, el barrio elegantísimo de Buenos Aires.

–Íbamos a la playa –dice Mary Kuitca, que cumplirá ochenta en unos meses– y Guillermo tenía dos años y alisaba la arena y dibujaba casitas con puertas y ventanas y chimeneas. Yo veía ese nivel de dibujo, que era de un chico de unos siete años, y decía bueno, hay que prepararse, acá hay una personita.

Por sugerencia de alguna maestra del kínder sus padres lo inscribieron en un taller de dibujo, pero el pequeño Kuitca era un dibujante limitado: alguien incapaz de copiar un jarrón o el rostro de un héroe de historietas. De modo que le fue mal y peor, en ese y otros talleres, hasta que, a los nueve años, dio con quien sería su maestra: Ahúva Slimowicz, una mujer que –al ver los arañazos, los dedos mutilados, los rostros en torsión que el niño era capaz de arrancar a su mundo sumergido– lo puso a compartir clase con señoras y señores de cuarenta. Después de una infancia que no recuerda tortuosa –en la que odiaba, sobre todo, ir al analista– el alumno precoz decidió exhibir su obra, de modo que salieron –él y su padre– a buscar galería. No fue fácil: en todas aducían que, a edad temprana, una muestra podía aniquilar cualquier carrera promisoria. Pero Kuitca insistió hasta que una galería llamada Lirolay dijo que sí y, el 16 de septiembre de 1974 –regordete, rulos, ropa negra–, el artista cachorro inauguró la muestra propia. Vendió seis cuadros, fue invitado a un programa de televisión (al que se negó a ir) y un diario publicó una reseña: elogiosa. A los trece años era eso que no volvería a ser en mucho tiempo: un éxito.

*****

Sentado a una mesa redonda, junto a una de las ventanas del taller, Kuitca dibuja –garabatea mientras habla– no sobre un papel sino sobre la mesa: sobre el lienzo que la cubre. Este y otros lienzos forman una serie de cuadros llamada Diarios, que se construye precisamente así: con las cosas que Kuitca garabatea mientras habla.

–Yo recuerdo que cuando era chico me encantaba el colegio. Lo que no me gustaba era ir al analista. Pero en esa época, estornudabas y en vez de mandarte al clínico te mandaban al analista. Hace años, a la inauguración de una muestra, llegó un hombre y me dijo “Yo fui tu primer analista”. Y me dijo que a mí no me gustaba dibujar, que lo que me gustaba era verlo dibujar a él. Fue una revelación. Porque el mito familiar dice que a mí siempre me gustó dibujar. Y pensé que es probable que todos armemos nuestra historia en torno a un origen que en verdad nunca es tan puro como se supone. Yo creo que era un chico muy tímido y que pintando no lo era tanto. Y que mis viejos me mandaron a los talleres por eso: porque les habrán dicho que me iba a hacer bien.

En el centro del taller hay una columna y, en la columna, papeles adheridos y, en los papeles, palabras sueltas, frases, posibles títulos de cuadros y de muestras: Mi soledad es una grieta, Deshielo, Desenlace, Farsa, Evasión fiscal, Desesperación y aislamiento.

–Pero la gente no tiene sentido del humor. Desesperación y aislamiento a todo el mundo le pareció fatal.

Y, cuando levanta la cabeza –los ojos claros–, tiene una mirada que tendrá otras veces: compungida, enteramente triste. Pero se ríe: como quien dice –como quien quiere decir– no me hagan caso.

*****

En el último piso de la casa hay un pequeño estudio. Una biblioteca armada con estantes de los que se compran en el supermercado recorre las paredes y en los estantes hay objetos abandonados por una marea distraída: catálogos de Christie’s, una bufanda, una cámara de fotos, cables. Desde un placard, mal cerrado, asoman bolsos y valijas. Por estos días Kuitca pasa, aquí, más horas que en su taller. Revisa las propuestas para la tapa del catálogo de Plates Nº 01-24, la muestra que su galería europea, Hauser & Wirth, organiza en sus dos sedes de Londres; trabaja en el diseño del telón para la Winspear Opera House de Dallas, un edificio que lleva la firma de Foster & Partners y que abrirá en otoño de 2009; corrige su biografía y elige fotos de infancia para el catálogo de la muestra itinerante que comienza el 9 de octubre de 2009 y continúa hasta el 30 de enero de 2011 con el título Everything: Guillermo Kuitca, Paintings and Works on Paper, 1980-2008, que pasará por el Miami Art Museum, la Albright-Knox Art Gallery de Buffalo, el Hirshhorn Museum and Sculpture Garden de Washington, y terminará en The Walker Art Center, Minneapolis.

–Mirá, encontré esta foto para el catálogo de Everything, mi hermana y yo de chiquitos.

En el original su hermana aparecía con los ojos cerrados, de modo que Kuitca le aplicó ojos abiertos y el resultado es pavoroso: el rostro agradable de Rut parece el de alguien con un terrible padecimiento psíquico y un lejano parecido a un axolotl: los ojos anormalmente separados, no ensoñados sino arrasados por alucinaciones.

–Me parece que le puse dos ojos izquierdos. ¿Se nota mucho?

Se ríe. Después, es igual: su risa se retira, como un mar reservado y discreto, no se sabe si triste.

–Es la una. ¿Vamos a comer?

Cada día, a la una de la tarde, Kuitca y sus dos asistentes, Jorge Miño y Mariana Slimowicz (hija de Ahúva, ya fallecida) se reúnen en la cocina de la planta alta (un lugar angosto, una isla de mármol rodeada de bancos altos: un sitio para un hombre solo, un perro), disponen la comida que Daniela deja preparada, y almuerzan. Y así fue, y así es, y así será mientras se pueda.

–No estoy seguro de cuál es la ventaja de cambiar –dice, sorteando el cuerpo dormido de Don Chicho, bajando las escaleras hacia la cocina–. A mí la falta de rutina me inquieta.

*****

Tenía dieciséis años cuando sus padres le alquilaron un taller, un pequeño departamento donde empezó a dar clases mientras intentaba lo que parecía natural: volver a exponer. Pero no pudo: ahora, extrañamente, su obra parecía no interesar a nadie. Y, si infancia no fue del todo mala, adolescencia fue feroz: a los diecisiete descubrió que todos sus amigos, menos él, tenían un plan. Ingresó a la Escuela de Bellas Artes, asistió a una clase –de filosofía– y la abandonó para siempre. Era 1979 (y plena dictadura militar en la Argentina) cuando, un día de tantos, vio una obra de Pina Bausch en el teatro. El ascetismo lacerante de la puesta, los gestos severos y económicos, cayeron sobre él como una revelación y supo que eso quería para sus cuadros: esa peligrosa austeridad. “El teatro de Pina Bausch –diría en una entrevista con Hans-Michael Herzog en el libro Das lied von der Erde (Daros Latinoamérica) me pareció lleno de violencia y de enorme verdad. Pina Bausch había dicho [...] que en la danza con caminar era suficiente [...] Y eso hizo que me preguntara cómo hacer mi obra desde esa perspectiva. [...] en mi pintura yo no había hecho nunca eso. Me había pasado todo el tiempo dando saltos”. Pero, por entonces, era un pintor joven y un joven frustrado, y no pudo hacer, con la centella de ese deslumbramiento, nada. Lo creía todo perdido cuando, en 1980, Jorge Helft –coleccionista y flamante dueño de un espacio llamado Fundación San Telmo– llegó a su taller y vio su obra. Poco después, Kuitca y sus cuadros desembarcaron en la Fundación San Telmo con una muestra llamada Cómo hacer ruido en la que vendió tres dibujos, una pintura y ganó cinco mil dólares. Con ese dinero se fue a Europa: a seguir los pasos de Pina Bausch. En Wupper tal, donde la coreógrafa tenía la base de su compañía, se quedó dos semanas. Y lo que vio allí –una obra llamada Bandoneón– lo dejó peor: paralizado. Cuando regresó a la Argentina era 1981, tenía veinte años y estaba arrasado por la fuerza del despojo: no tenía qué ni cómo pintar.

Es viernes. En la casa no hay ruidos ni música: apenas el teléfono que suena cada tanto, la respiración leve de Don Chicho, la voz suave de Kuitca que, sentado frente a la mesa del taller, dice:

–Tenía la sensación de que mi obra no iba ni para atrás ni para adelante. No tenía idea de lo que podía o quería hacer. Estaba paralizado. Un día dije “Voy a trabajar con lo que tenga a mano, no voy a comprar materiales”. Había un pote rojo de témpera seca que disolví con agua y que apenas podía mover. Tenía pinceles muy secos. Y había un par de puertas viejas, un mueble que yo había desmontado. Me puse a pintar sobre esas cosas: puertas, pedazos de muebles. Y la primera imagen que apareció fue la mujer de espaldas.

La mujer de espaldas es una figura de pocos trazos, siniestra en su agobio, que apareció por primera vez en 1982 y trajo consigo la serie Nadie olvida nada, un puñado de cuadros con los que Kuitca comenzó a ser Kuitca y en los que, en medio de espacios abrumadores, hay figuras humanas pequeñas (la mujer de espaldas es una de ellas) que parecen sorprendidas en el minuto exangüe y tenso de una tragedia que acaba de empezar y que podría no terminar nunca.

–Cada vez que hacía a la mujer, el cuadro me devolvía una imagen muy potente. Y siempre tenía la sensación de que estaba desmembrada o tenía una enorme carga psicológica. Estaba tan conectado. Yo creo que es un momento que te pasa una vez en la vida.

Kuitca empezó por esos cuadros, y ya no se detuvo. A esa serie siguieron otras: Si yo fuera el invierno mismo, Siete últimas canciones, El mar dulce. En todas hay camas vacías, cochecitos de bebés rodando por escaleras tremebundas en claras citas al Acorazado Potemkin, camas en las que duermen niños a punto de ser aplastados por un garrotazo de madre, sillas tumbadas, figuras humanas diminutas rodeadas por paredes del tamaño de olas de tsunami, parejas enredadas en cópulas estériles. “Esos cuadros producen el mismo pavor que producen las cercanías en la oscuridad –escribe el crítico de arte Jerry Saltz en Un libro sobre Guillermo Kuitca, editado por la Fundación de Arte Contemporáneo de Amsterdam y el ivam, de Valencia–: hay en ellos algo ciego, algo que tantea, algo visto solo a medias”.

En 1984, Kuitca mostró esos cuadros en la galería del Retiro, de Julia Lublin. Dos años más tarde la misma galería organizó la muestra Siete últimas canciones. Después de eso, la crítica empezó a llamarlo “el joven Kuitca” y a aplicar, a lo que hacía, el adjetivo de prodigio.

Él, mientras tanto, vivía en casa de sus padres, estaba en el centro exacto de un vórtice oscuro y, aunque no podía saberlo, Siete últimas canciones sería la última muestra que haría en su país durante los próximos diecisiete años.

–Se especuló mucho con eso de que yo no exponía acá y no fue nada pensado. Empezó a pasar el tiempo y cada vez tenía más compromisos afuera, y de pronto pasaron cinco, diez años. Yo no especulé hasta que en un momento pensé “Esto no está tan mal, esto interesa”. Me gustó la idea de que el artista esté en un lugar y su obra afuera.

Afuera la mañana es azul, impávida. En el taller, semana tras semana, pocas cosas cambian: los dibujos siguen allí; las pilas de cedés siguen allí; el piano de cola sigue allí, cubierto de todas las cosas que siguen allí. El cambio, en el taller, es apenas.

–¿Te molesta si pinto mientras hablamos?

Se sienta frente a un lienzo. Fondo blanco, recorrido por una pérfida corona de espinas. El pincel hace un ruido seco sobre la tela: raspa. Después de aquellos cuadros de los años ochenta, las figuras humanas desaparecieron de su obra y los temas fueron, de pronto, otros: una planta de departamento (la misma enloquecedora planta de departamento cuyo perímetro está formado por huesos o jeringas o la frase gimme shelter,entre otras cosas), planos de ciudades, mapas, mapas pintados sobre colchones de camas liliputienses (“La cama y el mapa –dice en Guillermo Kuitca, conversaciones con Graciela Speranza, Grupo Editorial Norma– eran para mí imágenes de dos espacios extremos –la cama como el espacio más privado y el mapa como el espacio más público posible– y pienso que, cuando pinté los mapas sobre colchones, esos extremos, la cama y el mapa, se reunían”), cintas transportadoras de equipajes, plantas de prisiones, plantas de cementerios, plantas de teatro, coronas de espinas.

–Empecé a trabajar en una planta de departamento y entonces pensé en una suerte de zoom en el que la cama está en una habitación, y luego la habitación está en una casa, y después la casa en una ciudad. El primer mapa fue un mapa de Praga que hice en 1987. Y fue tan fascinante la idea del mapa que no la abandoné más. Fue como si lo hubiera encontrado en la naturaleza: como si hubiera excavado y lo hubiera descubierto: “Oh, un mapa”.

Desde 1985 y hasta fines de los ochenta expuso en Bélgica, São Paulo, Rio de Janeiro. En 1991 hizo una muestra individual en la serie Projects del MoMa e implementó la beca Kuitca (que implica su asesoramiento personal, espacio de trabajo y dinero para materiales). En 1992 fue el único artista latinoamericano en la IX Documenta Kassel. En 1993 su muestra antológica –Guillermo Kuitca, Obras 1982-1992– se exhibió en el IVAM de Valencia y en el Museo Rufino Tamayo de México. En 1994 Burning Beds, otra muestra antológica, se exhibió en el Wexner Center for the Arts en Columbus, Ohio, y viajó el año siguiente al Miami Art Museum y a la Whitechapel Art Gallery de Londres. En 1995 uno de sus cuadros de la serie El mar dulce se vendió en un remate por 156.000 dólares: un récord para un artista local contemporáneo.

Kuitca se pone de pie, se aleja un par de pasos, mira lo que pinta, vuelve a sentarse.

–¿Sabés tocar el piano?

–No. Era de un dealer que yo tenía, y que también arreglaba pianos. Me lo dejó acá porque no tenía dónde ponerlo. Cada tanto venía él y tocaba. Y un día se murió. Se llamaba El Colo.

Empezó a tomar cocaína en 1983, un año después de haber iniciado la serie Nadie olvida nada, y siguió tomando, en forma sostenida y creciente, hasta 1987. Cuatro años de consumo impiadoso, entre los 22 y los 26: los años en los que Kuitca se hizo Kuitca.

–Estar en el taller, tomar, pintar, tenía algo que no pasaba de otro modo. La serie de Siete últimas canciones la hice completamente drogado. Había algo en la cocaína que no era lo que te dejaba hacer, sino lo que no te dejaba. Los estados de bajón eran horribles y te daban una sensibilidad tremenda. Ahora veo esos cuadros y están llenos de un desgarramiento enorme. Y detrás de ese desgarramiento está el bajón de merca. La cocaína no servía para nada, excepto cuando no estaba. Me iba a una casa en las afueras, a pintar, y le pedía a tal que me mandara un libro y adentro del libro venía la merca. O si no tomaba anfetaminas. Picaba anfetaminas en el mate. Me estaba empezando a ocupar de eso: compraba cápsulas, ponía la anfetamina ahí. La muestra de Siete últimas canciones fue un hit total. Después de eso me tenía que ir a España. Llegué, hice dos o tres intentos de probar heroína y vomité como una bestia. Y largué todo. No volví a tomar nunca. Creo que la cocaína tenía esa especificidad: pintar. Me hacía una raya, ponía a los Rollings, corría y pintaba, eufórico, y lo que quedaba en el cuadro era una imagen depresiva y bajoneada. Los cuadros de Tres días y Tres noches fueron pintados en ese estado.

Los cuadros de Tres días y Tres noches: parejas unidas en cópulas secas, una bruma lechosa sobre todo. El rastro violento de la felicidad cuando se acaba.

–Seguramente era lo que duraban esos días. Tres días y tres noches.

Afirmado en el respaldo de la silla, el rostro de quien dice esto también pasó: yo fui también el hombre que hizo eso.

–Aguantaba hasta que me caía.

*****

Sonia Becce conoció a Guillermo Kuitca cuando Guillermo Kuitca era ya un artista formado, conocedor autodidacta de la pintura y del cine. Eso quiere decir que Guillermo Kuitca tenía catorce años. Desde entonces, Sonia es su mano derecha, su amiga, su asistente, la curadora de algunas de sus muestras.

–Era tan joven y sabía tanto y todo lo había aprendido por su cuenta. Un día lo estaba viendo pintar. Hizo así, un solo trazo, un zapato rojo de taco rojo. Y ya estaba. Y tuvo una elegancia para hacer eso. Todo tan precioso, tan precioso. Y quedó tan bien y era lo que le faltaba. Cuando se hizo el homenaje a la muerte de Van Gogh él fue a Holanda, a participar, y me acuerdo que bajé en el aeropuerto y estaba la postal que había hecho él, en medio de los artistas más famosos del mundo. Y cuando vi eso lloré mucho. Él es una persona encantadora, generosa. Claro que de recatado y de santo, nada. Hubo una época, sobre todo en los ochenta, que íbamos a bailar cuatro veces por semana. Caíamos en lugares complicados. Recorrimos todo Rio buscando un disfraz de cura para él, y uno de monja para mí, para ir disfrazados a la inauguración de una muestra suya. Eran años… desaforados.

–Fui un desaforado –dirá Kuitca después–. Puedo serlo todavía. Pero ahora la temeridad está puesta en los cuadros. No en la vida cotidiana. Creo que es el lugar donde ser valiente tiene sentido.

Rut Kuitca tiene tres hijos, un marido, es licenciada en Educación. Aquí, en el living de su casa, tiene un par de cuadros de su hermano, un enorme mueble repleto de retratos de familia, gran televisor.

–Jugábamos a recortar del diario los avisos de ventas de departamentos, donde salían las plantas dibujadas. Las recortábamos, las pegábamos en hojas y jugábamos a la inmobiliaria. Él siempre estaba dibujando, mamarracheando. Siempre fue generoso con nosotros. Cada vez que necesitamos, estuvo. Yo casi no voy a la casa. Es muy reservado. Me imagino que debe llevar una vida social muy activa. Una sola vez le pregunté si no tenía ganas de tener una pareja, de casarse. Y me dijo que para él sería un caos. Muchas veces mi mamá me toca el tema a mí: “¿Por qué será que no tiene pareja?”. Y le digo “Tendrá otros intereses”.

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Una vez a la semana o cada veinte días, Guillermo Kuitca cena con un grupo de amigos: cinco o seis cineastas, artistas, galeristas a los que conoce desde hace muchos años. A esas cenas las llaman Copas y el grupo de las Copas es un grupo ritual: se reúne regularmente, nadie puede irse antes de la una de la mañana y, hacia el final, Kuitca y un amigo cantan a dúo la misma canción –“Voyage, voyage”– imitando uno a Mercedes Sosa, el otro a una mujer llamada Nacha Guevara. Y así fue y así es y así será mientras se pueda.

Porque Kuitca es puntual. Kuitca no se toma vacaciones excepto una semana de tiempo compartido en Punta del Este en baja temporada. Kuitca no tiene caprichos culinarios: Kuitca come lo que le ponen delante. Kuitca alquiló, durante quince años, el mismo departamento en Nueva York, y tiene los mismos asistentes –Jorge, Mariana– desde 1989. Kuitca no tiene electrodomésticos caros ni muebles de estilo ni auto lujoso: Kuitca tiene un Peugeot que compró después de dos años de pensarlo mucho y los únicos objetos caros de su casa son sus propios cuadros. Kuitca almuerza todos los sábados con sus padres y le gusta mirar televisión (y eso incluye realitys y programas de chimentos), no va a fiestas ni a muestras y come, siempre, a la una de la tarde.

Kuitca pintó cuadros de ambientes ominosos, y después pintó plantas de departamentos y después planos de ciudades y después mapas y después cintas transportadoras de equipaje y coronas de espinas y plantas de teatro y –ahora– abstracciones.

En su pintura, Kuitca hizo, del cambio, una extraña forma de fe.

Pero, en todo lo demás, Kuitca no cambia.

En todo lo demás, Kuitca permanece.

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Horacio Dabbah es empresario textil, dueño de una galería de arte –Dabbah-Torrejón– y amigo de Kuitca desde hace veinticinco años.

–Yo lo adoro. Tiene como una melancolía, una especie de tristeza alegre. ¿Te contó que fue a Disney cuando tenía 30 años? Es como un chico. Cuando se mudó a la casa de Belgrano no tenía idea de dónde comprar sábanas, toallas. Él no tiene una vida burguesa, no tiene idea de esas cosas. Con los objetos tiene una relación muy distante, como con el dinero. En las Copas paga muchas veces él. Es muy generoso con sus amigos. Cuando uno conoce mucho a alguien, ve su obra y ya sabe qué le pasa. Y yo vi su retrospectiva en Miami y vi toda la serie de Nadie olvida nada junta y… me aterra esa serie. Me produjo mucho dolor.

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En febrero de 2003, cuando un cuadro suyo (La consagración de la primavera, 1983) compartía espacio en el Museo Nacional de Bellas Artes junto a los de los pintores más importantes del siglo XX en la Argentina y cuando su obra de los mapas pintados sobre pequeñas camas había sido comprada por la Tate de Londres, el Museo Reina Sofía, en Madrid, organizó una muestra retrospectiva: Guillermo Kuitca, Obras, 1982-2002. Un video muestra aquellos días: Kuitca en las salas todavía desnudas, parado frente a enormes cajas de madera, viendo cómo su obra, dispersa por el mundo, llegaba hasta él. Pocos meses más tarde la misma muestra desembarcaba en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) y miles de personas se amontonaban para ver el regreso del pródigo. Así, después de diecisiete años de ausencia sin haberse ido, Kuitca volvió a exponer en su país y supo –por primera vez– cómo era aquello de salir de una muestra propia y no irse a dormir a un hotel.

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–La muestra del malba fue maravillosa, pero me quedé sin lo que más me gusta, que es el contacto con artistas locales. Por algún motivo la muestra llegó como una especie de ovni, y yo no pude estar rodeado de colegas que me dijeran lo que les parecía mi trabajo. Me gustaría hacer una muestra acá, alguna vez, que no llegue como si llegara el circo de Moscú.

En el primer piso de la casa, en una biblioteca enorme, mezclados con libros de Sebald, Carver, Deleuze, Stevenson, Salinger, hay objetos, algunos identificables: entradas a recitales, fotos de Don Chicho, casetes despanzurrados. Abajo suena el teléfono, una y otra, y otra vez. La voz de Daniela pregunta de parte de quién, y dice no, no está. Kuitca, sentado en el primer piso, se ríe. Con esa risa –un poco amarga– que –quizás– quiere decir no me hagan caso.

–Esta casa parece la KGB. Viene poca gente. A mis viejos les digo que salgo mucho. Sería cruel decirles que me quedé mirando televisión y hacerles entender, además, que lo pasé bien. Acá mis viejos vienen poco. Y cuando vienen, son una máquina de decir boludeces. Mi viejo dice siempre lo mismo: “Uh, qué trabajo”. O “A mí me gustaban las camitas”. No entienden nada, y la verdad no puedo creer que no entiendan nada.

A metros, algunas de las pequeñas camas sobre las que pintó mapas y, bajo una ventana, sobre un zócalo, un cuadro ínfimo: la camita amarilla. En los años ochenta, durante las muestras en la galería de Julia Lublin, uno de los cuadros de la serie Nadie olvida nada –este cuadro– desapareció.

–Un día me llama un tipo y me dice “Yo tengo la camita amarilla. Si querés te lo devuelvo porque me dijeron que sos un buen tipo”. Vino con la camita amarilla envuelta en papel de diario. Cuando lo desenvolví vi que tenía una mancha de tuco. Y le dije “Che, comiste arriba del cuadro”. Y me puteó. Era un arquitecto que estaba muy loco. Se llevó el cuadro porque se había enojado con las dueñas de la galería.

–¿Y cuánto vale ese cuadro?

–Un montón de plata. Pero ya ves dónde está. Mi obra está más protegida en las manos de otro que en mis manos. En mi casa no son objetos de culto. Son cuadros, nada más.

Un día de tantos la casa quedará sola. En el estudio, en el taller, en las habitaciones: nadie. En los baños, en el pequeño cuarto donde se amontonan cuadros, en la cocina y en la biblioteca: nadie. La camita amarilla estará arriba. Sola.

Arriba y sola, y la puerta de la calle con la llave puesta.

Jaime Kuitca tiene ochenta años y está sentado frente al escritorio de su estudio, en la casa de La Recoleta.

–Siempre supo que quería ser pintor. Y nosotros pensamos que si él hubiera querido ser abogado o médico le hubiéramos financiado la carrera, así que había que hacer lo mismo con esto. Pero una vez tuve que ir a retirar un cheque en el Bank of America. Cuando vi un cheque de 5.000 dólares a nombre de mi hijo quedé impresionado. Empezaba a ver resultados económicos mucho más rápido de lo que pensábamos. Y esas cifras empezaron a transformarse en rutina y a crecer, a ser muy diferentes. Yo le llevo la contabilidad, y un día no sé qué comentario hizo mi señora, acerca de cuidar el dinero. Y yo le dije “Mary, él hizo en un año lo que nosotros no hicimos en toda la vida. Así que callémonos”. Lo que a uno le gustaría es verlo en una estructura familiar. Yo me imagino que su vida debe ser socialmente muy activa, que debe salir bastante. Porque es feo comer solo. Pero no sé. Se habrá casado con la pintura. Pero cuando pienso que… bueno, que va a estar en los museos del mundo, y por ahí uno no va a poder ver…

Jaime Kuitca titubea. Se humedece.

–Perdonemé. Es un gran hijo.

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Desde 2003, Kuitca hizo muestras en Cartagena, Nueva York, Zurich, París. En 2003, además, montó en el Teatro Colón la escenografía de El holandés errante. En 2007 su muestra Stage Fright se vio en la Gallery Met, del MET de Nueva York. Ese mismo año fue invitado a la 52 Bienal de Venecia donde compartió espacio en el pabellón central con Sophie Calle, Sol Lewitt, Félix González Torres y, en vez de llevar su obra de siempre, llevó cuatro enormes pinturas abstractas. “No hace falta decir que fue un momento alto en su carrera –dice desde Nueva York Angela Westwater, de Sperone Westwater, su galería desde hace 15 años que también maneja a artistas como Bruce Nauman y Richard Tuttle y vende obra de Andy Warhol y De Chirico–. Y, en vez de ir a lo seguro, Guillermo decidió presentar cuatro pinturas muy dramáticas, de gran escala, de estilo cubista”.

En las subastas de arte contemporáneo la obra de Kuitca aparece, hoy, junto a la de Basquiat o la de Félix González Torres y puede alcanzar –dicen quienes saben– precios de 400.000 dólares.

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En un cuarto rojo, en la última planta de la casa, hay un sofá, un proyector, películas, una heladera para vinos tintos desenchufada que guarda geles descongestivos. En la habitación de Kuitca, contigua al cuarto rojo, hay zapatos amontonados junto al colchón que está en el piso. Entre el colchón y el vestidor hay una cinta de correr sobre la que se acumulan bolsas vacías, pilas, toallas. La cinta tiene ropa colgada en las manijas. Es viernes, de mañana. Hay sol, las ventanas están abiertas y la casa parece la casa de alguien que acaba de mudarse o la casa de alguien que está a punto de irse de allí.

–Nunca me imaginé casado, ni viviendo con nadie. Creo que probablemente nunca tenga una pareja estable y viva rodeado de la gente con la que trabajo, mis amigos, los perros. Y creo que acepto eso con cierta… resignación. Me gusta mucho estar solo y soy muy inestable. Tuve novias cuando era más joven. Tuve una novia por un tiempo más largo con quien pensé que en algún momento iba a tener una vida en común, pero me parecía que no era muy honesto seguir una relación con una mujer cuando yo tenía más bien otra inclinación sexual. A veces pienso que no encontré a la persona. Y a veces pienso que no quiero algo muy distinto a lo que tengo.

Un día, cuando sea de noche, cuando llegue a la cocina y abra la heladera y encuentre la tarta de pollo que le gusta y descubra que tiene el crucigrama del diario todavía sin hacer. Un día, cuando se siente solo en la isla negra de la cocina y cene solo haciendo el crucigrama, sentirá crecer dentro del cuerpo un brote de felicidad. Un brote de felicidad perfecta. Y se preguntará si es bueno: que la felicidad sea así. Que la felicidad pueda ser eso.

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Formas de recorrer un museo.

Encontrarse con Guillermo Kuitca una noche lluviosa en el MALBA. Dejar los abrigos en el guardarropas. Subir una escalera mecánica hasta la planta alta. Caminar. Detenerse, aquí y allá. Escucharlo hablar con cariño de Frida Kahlo. Con horror de Pettoruti. Sentarse frente a una pantalla y ver un video en el que un hombre altísimo y varias ovejas giran en torno a un mástil. Deliberar acerca de si la oveja es la misma o si son varias. Quedarse mucho rato. Volver a caminar. Hablar de televisión: de realitys de televisión, de programas que venden objetos absurdos a altas horas de la madrugada por televisión. Caminar. Detenerse. Escucharlo decir, frente al cuadro de alguien que no suele hacer cosas horribles, “Esto es horrible”. Escucharlo, después, decir “Una vez el New York Times dijo que en una muestra mía en Nueva York había cosas really awful. Y yo pensé que mi carrera se había terminado ahí”. Bajar las escaleras mecánicas. Entrar al bar del museo. Elegir una mesa junto a la pared de vidrio porque llueve: para que no deje de llover. Sentarse. Pedir un té. Hablar de psicoanálisis. Hablar de la posibilidad de abandonar el psicoanálisis. Hablar de la posibilidad de conseguir un psicoanalista que haya estudiado por correspondencia o que haga terapias de vidas pasadas o que trabaje como panelista de programas de televisión. Escucharlo decir “Entregarle la mente a un tránsfuga. Qué lindo”.

Dejar correr el tiempo. Después reír. Después pagar. Y después irse.

Y verlo irse, también, bajo la lluvia.

Un hombre sin hogar, tratando desesperadamente de volver a alguna parte.

Desde la primera vez que se presentó como candidato a la Presidencia de Irán, hace cuatro años, Mahmoud Ahmadineyad ha demostrado tener un hábil manejo de las comunicaciones. Tiene un blog, que se llama “Memos personales de Mahmoud Ahmadineyad”, en el cual habla sobre Dios, sobre filosofía y sobre su infancia, y responde mensajes de los lectores. Los videos de su campaña presidencial de 2005 eran producciones de dos minutos y medio que lo presentaban claramente como un hombre del pueblo. En una escena, Ahmadineyad está haciendo cola para almorzar en una cafetería de autoservicio; en otra, va caminando entre un grupo de gente pobre. Los videos eran transmitidos constantemente por la televisión. El lema de la campaña era: “Es posible… y nosotros lo podemos hacer”.

Los videos fueron concebidos y producidos por Javad Shamaqdari, un hombre grande y barbado, que se desempeña como “asesor cultural” del presidente. Recientemente, Irán exigió una disculpa de parte de Hollywood por haber soportado “treinta años de insultos y acusaciones”. Shamaqdari mencionaba la película 300, del año 2006, acerca de la batalla entre los espartanos y los persas, a quienes presentaban como un pueblo perverso y decadente, y la cinta del año pasado El luchador, en la cual Mickey Rourke lucha contra un viejo vengador llamado “el Ayatolá”, quien trata de estrangular al personaje de Rourke con una bandera de Irán. Durante la campaña, sin embargo, la función de Shamaqdari se parecía más a la de un jefe de comunicaciones norteamericano.

Shamaqdari y Ahmadineyad se conocieron cuando los dos estudiaban ingeniería en Teherán, a finales de los setenta. Durante la guerra contra Irak, Shamaqdari produjo documentales acerca de la vida en el frente. Luego comenzó a hacer largometrajes, entre otros Sandstorm, acerca de la fallida operación norteamericana para rescatar a los rehenes, en 1980. Shamaqdari dijo que, cuando Ahmadineyad se convirtió en alcalde de Teherán, en 2003, y rechazó el salario que le ofrecía la municipalidad pues prefirió quedarse solamente con lo que le pagaban como profesor universitario, “yo sentí que Irán necesitaba tener a la cabeza del país a una persona como él. Así que cuando me enteré de su candidatura le ofrecí mi ayuda”.

Shamaqdari me mostró algunas escenas que fueron suprimidas de los videos, pues Ahmadineyad las consideró “demasiado íntimas”. En ellas Ahmadineyad aparece besando tiernamente en las mejillas a su anciano padre y recitándole poesía persa. “Lo que yo quería mostrar era su honestidad y su sencillez”, dijo Shamaqdari. “Estaba seguro de que el pueblo iraní votaría por él si veían eso”.

Shamaqdari tenía razón. El poder religioso de Irán, de tendencia conservadora y dirigido por el ayatolá Ali Jamenei, el Líder Supremo de Irán, había frustrado los esfuerzos del presidente Mohammad Jatami, que se había presentado como reformista, de abrir Irán al mundo. Los religiosos apoyaron la novedosa e inesperada candidatura de Ahmadineyad y, en junio de 2005, fue elegido presidente con el 62% de los votos.

Las próximas elecciones presidenciales de Irán tendrán lugar en junio de este año. Ahmadineyad ha presentado su candidatura; Jatami también era candidato, pero en marzo renunció a favor de otro reformista, el ex primer ministro Mir Hossein Musavi. Una vez más, los conservadores de Irán se enfrentarán con los supuestos reformadores del país. Y Ahmadineyad está confiando otra vez en el peso de su popularidad.

Shamaqdari me repitió las historias que ya había escuchado varias veces en Teherán, acerca de cómo Ahmadineyad enrolló las antiguas alfombras persas del palacio presidencial y las envió a un museo; cómo rechazó la idea de ocupar el mejor asiento en el avión presidencial; cómo quería seguir viviendo en la modesta casa de su familia en Teherán, hasta que sus asesores de seguridad lo convencieron de mudarse. “Pero no se fue a vivir al palacio presidencial”, dijo Shamaqdari, “sino a un edificio normal, situado en un área restringida”. Ahmadineyad les ofrece a los votantes donaciones en efectivo, llamadas “cuotas de justicia”, que según dicen alcanzan el equivalente a sesenta dólares.

Dentro del poder político de Irán mucha gente desprecia en privado a Ahmadineyad, precisamente debido a su origen. “Antes de llegar al poder solo había salido de Irán en una ocasión, y apenas hasta Irak, por un par de días”, decía un antiguo diplomático. Un funcionario europeo dijo que un empleado del gobierno iraní que llevaba muchos años en su cargo le había confesado que, antes de que Ahmadineyad llegara a ser presidente, era la clase de hombre al que él hacía esperar durante treinta minutos en la puerta de su oficina, solo para ponerlo en su lugar.

Sin embargo, descartar a Ahmadineyad tachándolo de palurdo es un error de comprensión. Ahmadineyad es un populista similar a Hugo Chávez, un político que sabe que su país está lleno de gente como él, y sabe cómo hablarle a esa gente. Para algunos de sus seguidores, Ahmadineyad representa un regreso a las verdades ideológicas de los primeros años de la República Islámica, cuando gobernaba el ayatolá Ruholla Jomeini y los adolescentes se ofrecían voluntariamente al sacrificio. Para muchos iraníes, la promesa de Ahmadineyad de devolverle a Irán el “lugar que le corresponde” en el mundo, y otorgar subsidios y crear empleos, resulta muy atractiva.

La insistencia de Ahmadineyad en continuar con su programa nuclear apela a ese sentimiento nacionalista y tiene amplio apoyo entre los iraníes. “Lo que ellos quieren es respeto”, dice Lee Hamilton, un ex congresista y co-director del Grupo de Estudio para Irak, que ha tenido gran influencia en la definición de la política norteamericana hacia Irán. “Y la mejor manera que vieron para conseguirlo fue dominar el ciclo de combustión nuclear”.

Pero en los cuatro años que han transcurrido desde que Ahmadineyad se presentó por primera vez a la Presidencia, Irán y sus rivales han cambiado: los iraníes se han visto muy afectados por la crisis económica mundial y por la caída de los precios del petróleo; Irán está notoriamente más cerca de convertirse en una potencia nuclear y George W. Bush ha sido reemplazado por Barack Obama. La pregunta ahora es cómo va a manejar Ahmadineyad la presión doméstica y la de esta nueva administración de Washington, mucho más sutil.

El 20 de marzo, al inicio del Año Nuevo persa, Obama grabó un video dirigido al pueblo iraní, en el cual hablaba respetuosamente de la antigua civilización iraní y ofrecía un compromiso “honesto”. El ayatolá Jamenei respondió al video diciendo que “las palabras no eran suficientes” y que Estados Unidos tenía que cambiar sus políticas si esperaba que Irán hiciera lo mismo. Luego, el 31 de marzo, durante una conferencia sobre Afganistán en La Haya, Richard Holbrooke, el representante especial de Obama, conversó con el viceministro de Relaciones Exteriores de Irán. Las dos partes le restaron importancia al encuentro: “Fue cordial e inesperado y los dos acordaron mantenerse en contacto”, afirmó la secretaria de Estado Hillary Clinton. Pero la verdad es que, en términos de contacto directo, ese encuentro fue una verdadera novedad.

En los años de la administración Bush era fácil para Ahmadineyad afirmar que el presidente americano no estaba interesado en tener con Irán nada distinto a una relación hostil. Pero el mensaje de Obama representó un “cambio de juego”, declaró Vali Nasr, un experto en Irán y antiguo miembro del Consejo de Relaciones Exteriores. “Ahora Estados Unidos ha producido un mensaje extraordinariamente distinto, afectuoso, que parece sincero en su deseo de llegar a un acuerdo con Irán. Así que los iraníes le van a preguntar ahora a su gobierno: ¿por qué no aceptan el ofrecimiento?”. Y luego agregó: “Obama ha sido muy astuto al generar un debate entre el pueblo iraní y sus líderes y dentro del mismo grupo de líderes… y, en la medida en que esto sucede tres meses antes de las elecciones, también logró convertirlo en un tema de campaña”.

Por otra parte, la elección también plantea un dilema para los miembros de la administración Obama. Si parecen muy dispuestos a ceder, Ahmadineyad puede afirmar que ha logrado imponerse sobre Estados Unidos, lo cual lo fortalecería en las urnas, y los norteamericanos “no quieren hacer nada que ayude a Ahmadineyad antes de la elección”, dijo sir Kieran Prendergast, el antiguo subsecretario general para asuntos políticos de la Organización de Naciones Unidas, quien ha tenido mucho que ver con Irán. Pero la espera también representa riesgos: Ahmadineyad podría ganar sin recibir ninguna ayuda; o una victoria de los reformistas podría poner a los religiosos a la defensiva e inclinarlos más a bloquear cualquier tipo de acuerdo con Estados Unidos. “En los dos bandos hay partidarios de la línea dura a los que les gustaría ver fracasar cualquier intento de apertura hacia Irán”, afirmó Prendergast. Y Nasr añadió: “No podemos confiar en la lectura de las hojas de té para saber quién va a ganar las elecciones… Ese es un juego muy riesgoso”.

Lee Hamilton declaró que Estados Unidos no podía darse el lujo de demorarse en tomar una decisión, con la esperanza de que Ahmadineyad sea reemplazado por alguien más favorable. “Estamos preparándonos para comenzar a dialogar sobre un amplio abanico de temas y tenemos claro a dónde queremos llegar”, dijo. “Debemos seguir nuestro propio cronograma, no el de ellos”, y agregó: “Obama quiere poner las relaciones con Irán sobre una base mejor y más firme, al igual que yo. Desde la Revolución hemos estado discutiendo si debemos hacer acuerdos o no y nunca lo hemos resuelto. Ahora la discusión no es si vamos a hacer un acuerdo, sino cómo… No creo que haya ningún otro país en el mundo que nos haya causado más preocupaciones durante las últimas décadas que Irán”, siguió diciendo Hamilton. “Hay que reconocer que tenemos una larga lista de reclamos contra Irán… y lo mismo le sucede a Irán con nosotros”.

Ahmadineyad parece deleitarse con su papel de provocador diplomático: como cuando descartó el Holocausto tachándolo de “mito”, cuando pidió el fin del “régimen sionista” de Israel y cuando se ufanó de los progresos alcanzados por el programa nuclear de Irán. Tiene 52 años, es de baja estatura –mide cerca de uno cincuenta– y se mantiene muy delgado. Lleva siempre una barba de cinco días, en señal de devoción. Sus ojos son inusualmente pequeños y negros, como un par de uvas pasas, y los tiene muy hundidos. Cuando uno lo ve de lejos, esto puede darle una apariencia remota, como si fuera ciego. Frente a grandes aglomeraciones, Ahmadineyad se porta como un demagogo y habla con seriedad –un guerrero infeliz–, mientras apunta con el dedo y agita los puños. Pero en ambientes más íntimos proyecta una jovialidad casi inapropiada. Habla dando rodeos acerca del bien y el mal, Oriente y Occidente, Dios y el hombre, pero en sus sinuosos comentarios, siempre ambiguos y evasivos, hay un cierto eco de Chauncey Gardiner, el personaje de Peter Sellers en Desde el jardín, como si estuviera un poco perdido.

El invierno pasado, el presidente Rafael Correa, de Ecuador, un protegido de Chávez, viajó a Teherán para firmar una serie de acuerdos comerciales. Durante la ceremonia, Correa, que es bastante corpulento, se acomodó en un sofá en una actitud muy relajada y expansiva. Ahmadineyad se veía diminuto al lado de Correa, vestido con un suéter de lana y un traje gris arrugado. Sonreía a destiempo y se veía incómodo, sin saber qué decir. Parecían una pareja dispareja, un matrimonio arreglado. Correa dijo todo lo que tenía que decir, en su calidad de líder extranjero que esperaba obtener créditos financieros de parte de Irán. “Creemos que los iraníes son un pueblo heroico que supo deshacerse de una sangrienta dictadura apoyada por Occidente”, dijo. “Este ejemplo nos inspira en Latinoamérica”. Claramente complacido, Ahmadineyad se volvió hacia Correa, lo abrazó y exclamó: “He encontrado un nuevo amigo y no voy a perderlo”.

Conocí a Ahmadineyad poco después de que se convirtió en presidente, durante una sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, cuando ofreció un desayuno en su hotel de Nueva York para académicos y periodistas norteamericanos. Ahmadineyad estaba nervioso y miraba para todos lados. Comenzó recitando algunos versos del Corán y luego, mientras que sus asistentes más experimentados miraban con expresión imperturbable, habló de manera confusa acerca de “problemas de identidad y moralidad en Europa” y concluyó con una letanía de preguntas retóricas: “¿Cuáles son las causas profundas de nuestros problemas? ¿Cuál es la solución? ¿Hacia dónde nos lleva la tendencia actual?”. Éstos, asombrosamente, fueron los puntos centrales de Ahmadineyad esa mañana.

Alguien preguntó sobre la ola represiva que se había desatado en Irán contra las libertades académicas y los medios de comunicación. “Verá usted: en Irán, la libertad es una libertad muy privilegiada”, respondió Ahmadineyad. “Así como ustedes arrestan a un hombre que comete violaciones a las reglas del tráfico, debe haber leyes sociales… Tenemos que volvernos unos seres humanos puros. El hombre tiene que seguir avanzando por un camino sublime”. Luego habló acerca de la justicia y dijo que a los palestinos se les había hecho un gran mal en nombre de los sobrevivientes judíos del Holocausto, el cual, después de todo, ocurrió en Europa. “Es claro que se necesita más investigación”, dijo, al referirse a la masacre de judíos europeos. “¿Por qué no permitimos que haya más investigaciones acerca de esto?”. Ahmadineyad miró a su alrededor y sonrió.

Hubo una pregunta acerca de una fatua emitida en el año 2005 por el ayatolá Jamenei, donde afirmaba que “la producción, el almacenamiento y el uso de armas nucleares está prohibido bajo el Islam, y la República Islámica de Irán nunca va a adquirir esas armas”, aunque, desafiando a la comunidad internacional, Irán ha expandido de manera inexorable su potencial nuclear. Ahmadineyad contestó que la fatua del Líder Supremo expresaba todo lo que había que decir acerca de las intenciones de Irán: “Una de las cosas que caracteriza a la diplomacia iraní es su transparencia. Nosotros somos muy claros”.

Sin embargo, no es muy claro cuánto poder tiene realmente Ahmadineyad dentro de la compleja estructura del estado iraní. No hay nadie más poderoso que el ayatolá Jamenei, quien ha sido el Líder Supremo, la principal autoridad política y religiosa del país y el comandante en jefe de las fuerzas armadas desde la muerte de Jomeini, en 1989. Para pasar una ley Ahmadineyad necesita la aprobación del Majlis o Parlamento iraní; Jamenei puede lanzar una fatua. Después de su elección, Ahmadineyad besó públicamente la mano de Jamenei, en una demostración de su lealtad. Hossein Shariatmadari, el representante del Líder Supremo y editor de Kayhan, el periódico del estamento religioso, dijo: “El señor Ahmadineyad solo es la cabeza de la implementación en Irán”.

Pero su relación es más complicada que eso. En una visita que hice a Teherán con el presidente iraquí Jalal Talabani, en diciembre de 2006, algunos funcionarios iraquíes que estuvieron presentes en las reuniones de más alto nivel me dijeron que Ahmadineyad trataba con respeto al Líder Supremo, pero que era evidente que los dos hombres trabajaban de manera estrecha. Uno de los asesores más antiguos de Talabani relató un momento significativo. Talabani hizo una descarnada presentación de la situación de Irak; en ese momento, los asesinatos entre las sectas chiítas y sunitas estaban en su punto más crítico y las milicias respaldadas por Irán estaban claramente involucradas. Mientras Talabani describía la violencia, Jamenei exclamaba una y otra vez: “¡Ay, qué horror! Estamos orando por ustedes”. Finalmente Talabani lo interrumpió: “Lo que necesitamos no son oraciones, necesitamos medicinas”. Jamenei contestó: “Yo proporcionaré las oraciones y él”, dijo y señaló a Ahmadineyad, “suministrará la medicina”.

“Nos podemos romper la cabeza tratando de entender las intricadas relaciones de la política iraní”, decía Lee Hamilton, “y nunca sabremos realmente la verdad”. Y Vali Nasr agregó: “Hasta la autoridad de Jamenei está restringida por toda una red de relaciones”.

Thomas Pickering, un antiguo subsecretario de Estado que se ha reunido varias veces con iraníes en un esfuerzo para ayudar a formular un nuevo enfoque político de Estados Unidos hacia Irán, dijo: “Después de hablar con iraníes durante varios años, hemos descubierto que es difícil conocer con certeza la arquitectura política interna iraní. No hay manera de tener la inteligencia superior que se requiere para saber cuándo es un momento oportuno para tratar de hablar con ellos. Gracias a la opacidad de su sistema, eso siempre va a ser una empresa riesgosa”.

Mohammad Jatami, el antecesor y rival de Ahmadineyad, es un religioso moderado, lo cual, en términos iraníes, equivale a un reformista. Esa es la formulación corriente. Pero ¿qué significa eso en realidad? Existe una asombrosa gama de definiciones para los modelos políticos en Irán, que van desde los conservadores religiosos de línea dura, representados por Ahmadineyad, hasta los pragmáticos y los reformistas religiosos. “Reformista” es un término relativo. En la política iraní nadie está hablando abiertamente de la separación entre Iglesia y Estado, por ejemplo, y ni siquiera la contemplan seriamente. Cuando hablé hace poco con Jatami, dijo que Irán podría tener “democracia, derechos humanos y todas las libertades que queremos”, pero solo dentro de un “marco moral” islámico.

Jatami estuvo indeciso durante varios meses con respecto a la idea de presentarse a la contienda electoral de este año, una indecisión que causó frustración entre sus seguidores. Desde el comienzo había dicho que si Mir Hossein Musavi se presentaba como candidato él se retiraría, y así lo hizo después de cinco semanas. Musavi, que tiene 67 años, fue primer ministro entre 1981 y 1989, pero luego se retiró de la política durante más de una década, después de perder una batalla política con el ayatolá Jamenei. (Al resaltar el regreso de Musavi, un comentarista lo llamó el “Cincinato persa”.) Lo que la mayor parte de los iraníes recuerda de él es que logró manejar un efectivo sistema de racionamiento durante la guerra contra Irak, lo cual significó que las familias recibían los productos básicos a pesar de la severa escasez que azotaba al país. Musavi surgió de la izquierda radical iraní, los miembros de la generación de revolucionarios que se unieron a los religiosos para expulsar al sha y que no simpatizaban con Occidente ni con la economía de libre mercado. “Muchos de los que se volvieron reformistas fueron al comienzo islamistas de izquierda”, dice Nasr. Musavi está del lado de los reformistas y, debido a sus polémicas con Jamenei y a su reputación como administrador, se considera él mismo un reformista: alguien que está dispuesto a desafiar a los teócratas. Pero su pasado lo vuelve relativamente atractivo para los religiosos de Irán y los Guardias Revolucionarios, quienes no lo desprecian, como sí desprecian a Jatami.

Al parecer, la campaña reformista estimó que Musavi es quien tiene mejores oportunidades de ganar. (Otro candidato del ala moderada, Mehdi Karroubi, tiene una base principalmente rural.) Además, había cierta preocupación por la seguridad de Jatami; dos días después de anunciar su candidatura casi es víctima de un ataque por parte de una chusma de partidarios de la línea dura, y un editorial de Kayhan, el periódico de Shariatmadari, sugería que era posible que Jatami corriera la misma suerte de la líder Benazir Bhutto de Pakistán, quien fue asesinada en 2007. La campaña va a ser dura y, de acuerdo con Nasr, “Jatami no sirve para ese tipo de cosas”.

El invierno pasado Jatami me recibió en la mansión que alberga su fundación, en un suburbio de Teherán que se llama Niavaran, un barrio de mansiones de piedra enclavadas en medio de terrenos arborizados, ubicado contra la base pedregosa de las montañas Elburz. Enseguida dijo que él había hecho grandes esfuerzos durante sus dos períodos como presidente para mejorar las relaciones con Estados Unidos, y habló del apoyo tras bambalinas que le había brindado su gobierno a la campaña norteamericana para derrotar a los talibanes en Afganistán, en 2001, después de los ataques del 11 de septiembre. “Después llegaron los neoconservadores y destruyeron todo”, dijo Jatami. “Creo que todos hemos aprendido lecciones importantes. Obama ha llegado con promesas de cambio. Y tenemos la oportunidad de mejorar otra vez las relaciones, pero solo si, uno, Obama se distancia de los agitadores y partidarios de la guerra que hay en los dos partidos, y dos, se distancia de las actitudes de Bush; en otras palabras, de la actitud de considerar a Estados Unidos como el Gran Hermano. En lugar de eso, Estados Unidos debería ser un gran amigo. Y, también, si Obama reduce la influencia del lobby sionista”.

Luego siguió diciendo: “Soy hijo de la Revolución, usted sabe. Estuve involucrado con el ayatolá Jomeini desde el comienzo. Nosotros sabíamos que había habido cambios en el mundo, en la ciencia y la tecnología, y que no podíamos hacer caso omiso de eso. Pero Irán también necesitaba su independencia. Irán ha tenido una gran civilización. Los intelectuales religiosos pensamos que podíamos lograr todo eso, que podíamos alcanzar la modernidad y ser islamistas al mismo tiempo”. Jatami hizo una pausa y luego agregó: “Éramos muy distintos de aquellos que quieren hacer retroceder al mundo… El destino del Islam depende del resultado de esto: de un Islam que pueda ofrecer diálogo y lógica en lugar de terrorismo, y que le aporte realmente cosas al mundo. Yo creo que eso es lo que quieren los iraníes. Y creo que eso también era lo que quería el imán Jomeini”.

No muchos iraníes experimentan un sentimiento antiamericano especialmente fuerte ni están tan interesados en política. Pero Ahmadineyad es producto y defensor de una fuerza profundamente arraigada en la cultura política iraní, que tiende, según lo atestigua la historia, hacia el absolutismo. Jomeini y los religiosos que lo acompañaban despreciaban las trampas imperialistas del régimen del sha, pero compartían su creencia en el pasado y la gloria futura de Irán, en su carácter excepcional. La sociedad iraní de hoy se caracteriza por una irreconciliable mezcla de nacionalismo religioso y pragmatismo cotidiano. La xenofobia va acompañada de un sentido del derecho. El Estado es una quimera: una teocracia islámica casada con un régimen elegido en medio de unas reñidas elecciones (aunque no totalmente libres) y una economía globalizada. Las elecciones de este verano ayudarán a determinar si las fisuras de Irán –las domésticas y las de su política exterior– pueden ser reparadas a través de la moderación y el acuerdo, o si el régimen continuará manteniéndose a través de la represión.

Shariatmadari, el representante del Líder Supremo, dijo que estaba seguro de que Ahmadineyad sería reelegido. “Él ocupa un lugar especial entre las masas, en especial entre las masas”, dijo. “Otros se le enfrentarán, pero nadie puede competir con Ahmadineyad”.

Mahmoud Ahmadineyad nació en octubre de 1956 en Aradan, un pequeño pueblo situado en una región miserable, desértica y arrasada por el viento, ubicada a noventa kilómetros al sureste de Teherán. Caracterizada por un calor ardiente en el verano y un frío helado en el invierno, carece de estaciones intermedias. Mahmoud fue el cuarto de siete hijos y todavía era un bebé cuando su padre, Ahmad, el dueño de una tienda de víveres en Aradan, se mudó con la familia a Teherán, como parte de una oleada de campesinos que emigraron a las ciudades en busca de una vida mejor. Aparte de cambiarse de sitio, su padre también cambió de apellido y pasó de llamarse Saborjhian, que significa “pintor de hilos”, uno de los trabajos de más bajo nivel en la industria de las alfombras persas, a llamarse Ahmadineyad, que puede significar “raza de Mahoma” o “raza virtuosa”.

La familia se estableció en Narmak, un barrio popular al sur de Teherán, y el padre comenzó allí una herrería, en la cual fabricaba rejas de hierro forjado para puertas y ventanas. Ahmadineyad todavía conserva la casa familiar, una modesta construcción de ladrillo de dos pisos enclavada en medio de edificaciones más grandes. En 1980, cuando tenía 24 años, se casó con una compañera de estudios, Azam al-Sadat Farahi, y ella se fue a vivir con la familia de él. Tienen dos hijos y una hija. Cuando visité Narmak, vi guardias que patrullaban los alrededores de la casa y un grupo de niños que pateaban un balón de fútbol en la calle. En la acera había una caseta de madera, donde varios jóvenes recogían peticiones y quejas. Ahmadineyad instituyó ese sistema cuando fue alcalde de Teherán; cada día se recogían cerca de doscientas cartas, que eran seleccionadas y enviadas a una oficina que se encargaba de procesarlas.

Nasser Hadian, un profesor de ciencia política de la Universidad de Teherán, creció con Ahmadineyad en Narmak. Hadian me lo describió como un buen estudiante, muy disciplinado y trabajador, que se destacaba particularmente en ciencias: lo que hoy llamaríamos un nerd. “A los papás les gustaba que sus hijos fueran amigos de él”, dice Hadian. Para ser un par de adolescentes en la Teherán de la época del sha, los dos eran más bien conservadores. “Éramos muy sanos, no vivíamos persiguiendo chicas, ni bebiendo ni fumando hachís”.

Después de graduarse de la secundaria Ahmadineyad entró a la Universidad de Irán de la Ciencia y la Tecnología y siguió viviendo en casa de sus padres. A Hadian sus padres lo enviaron a estudiar medicina en el San Jacinto College de Texas. Allí cambió la orientación de sus estudios a sociología y se involucró en el Islam y la política; en Teherán, Ahmadineyad siguió el mismo camino. “Comenzamos a escribirnos y teníamos la costumbre de encabezar las cartas con la frase ‘En nombre de Dios, el más misericordioso, el más compasivo’ ”, cuenta Hadian. “Cuando mis padres descubrieron eso quedaron atónitos y me pidieron que dejara de estudiar sociología, pues pensaban que me estaba influenciando demasiado. Tenían razón”.

Hadian dice que él y Ahmadineyad se sintieron muy influenciados por las ideas de Ali Shariati, un filósofo iraní educado en Francia, que adaptó el marxismo y la teoría anticolonialista a una nueva comprensión del Islam y la “sociología de la religión”. Shariati conoció a Jean-Paul Sartre, tradujo al farsi el libro Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon, y abogó por una especie de teología islámica de la liberación. “Shariati era nuestro puente entre la lectura ideológica del Islam y el Islam conservador tradicional”, dice Hadian. En 1973 Shariati fue llevado a prisión por el régimen del sha, durante dos años, y poco después de ser liberado murió en el exilio en Inglaterra, de un ataque al corazón. (Aunque persisten las especulaciones acerca de que fue asesinado por agentes del sha.)

Después de la muerte de Shariati los futuros revolucionarios de Irán se aglutinaron alrededor del ayatolá Jomeini. El radicalismo sincrético de Shariati representaba una herejía para muchos de los mulás tradicionales de Irán, pero Jomeini, que seguía su propia versión del Islam político, se negaba a condenarlo. Jomeini había sido expulsado por el sha en 1964; primero huyó a Irak y luego volvió a salir a la luz publica, después de años de ausencia, cuando llegó a Francia, a finales de 1978. Para ese momento en Irán ya se estaba gestando el movimiento revolucionario. Otro de los amigos de infancia de Ahmadineyad, Ahmad Derahvasht, que es hoy en día dentista y vive frente a la secundaria a la que asistió Ahmadineyad, recuerda cómo ambos solían distribuir los panfletos clandestinos de Jomeini en sus bicicletas.

En un texto aparecido en su blog, Ahmadineyad escribió acerca de este período y su creciente adoración por Jomeini: “Cuanto más me familiarizaba con sus pensamientos y su filosofía, más afecto sentía por ese líder divino, y su separación y ausencia resultaban intolerables para mí”.

Ahmadineyad culpaba del empobrecimiento de los iraníes a “la depravación del clan de libertinos que rodeaba al sha”, y mencionaba en particular “las desastrosas fiestas” que el sha organizó en 1971 para conmemorar los dos mil quinientos años de la monarquía iraní. Entre los invitados a las celebraciones, que duraron tres días, estuvieron el duque de Edimburgo, la princesa Grace, Imelda Marcos y Spiro Agnew. Uno de los menús se componía de asado de pavo real relleno de foie gras, y a los invitados se les agasajó con champaña Moët & Chandon de 1911. Gracias a la extravagancia del sha, “la almádena y el yunque de mi padre no alcanzaban a cubrir los gastos básicos de mi familia… ni los costos de mi educación”, escribió Ahmadineyad. Por eso, mientras continuaba sus estudios trabajaba en una tienda que vendía sistemas de refrigeración. No fueron épocas fáciles, recordaba Ahmadineyad. “El traidor del sha y su pandilla trataron de abolir las creencias islámicas y los motivos revolucionarios entre los estudiantes, a través de la propagación de la inmoralidad, la promiscuidad y la perversión”, afirmaba Ahmadineyad, insinuando que él logró resistirse a esas tentaciones.

El 16 de enero de 1979 el sha huyó del país. El 1 de febrero Jomeini llegó a Teherán. Los comités islámicos revolucionarios que se formaron en las calles saquearon los cuarteles del sha en busca de armas; Derahvasht dice que Ahmadineyad dirigió durante un tiempo corto el comité de su propia calle. Rápidamente los comités fueron absorbidos por las fuerzas de policía y algunos de sus miembros, como Ahmadineyad, se unieron a un ejército paramilitar voluntario llamado los Basij. Al ser esencialmente un ejército civil, los Basij funcionan como el brazo de refuerzo social de la Guardia Republicana y con el tiempo se han convertido en una importante base de apoyo para Ahmadineyad. Mohammad Atrianfar, un importante editor, me describió a los Basij como “la policía moral de Ahmadineyad”. En tiempos de Jatami, los miembros de los Basij solían atacar a los agitadores estudiantiles; hoy son menos visibles porque hay menos oposición.

Ahmadineyad también se unió a un grupo estudiantil radical que seguía a Jomeini, la Oficina para Consolidar la Unidad entre Universidades y Seminarios Teológicos, la cual dirigió la toma de la embajada de Estados Unidos. Varias personas que fueron retenidas allí han afirmado que Ahmadineyad participó en su captura e interrogatorio; Ahmadineyad ha rechazado esa acusación y antiguos colegas suyos están de acuerdo y dicen que, de hecho, Ahmadineyad se opuso en su momento a la toma de la embajada.

Ahmadineyad y Hadian, que ya había regresado del exterior, asistían a la misma mezquita en Narmak, la cual comenzó a ofrecer clases de islamismo. “Ahmadineyad me introdujo en esto”, dice Hadian. “Ahora parece increíble, pero la verdad es que a pesar de nuestra edad –¡teníamos 22 años! – los dos estábamos enseñando. Yo daba clases de política contemporánea y él enseñaba principios religiosos”. En junio de 1980 Jomeini cerró las universidades de Irán para poder revisar minuciosamente los antecedentes de los empleados y profesores y depurar los currículos de “influencias occidentales y no islámicas”; tres años después las volvieron a abrir. Cuando comenzó la guerra contra Irak, en septiembre de ese año, Ahmadineyad se presentó de manera voluntaria y entró a prestar servicio a la unidad de construcción.

Ahmadineyad nunca ha sido muy abierto con los detalles de su vida, y los años ochenta son un período particularmente vago. No obstante, se sabe que tuvo una serie de puestos administrativos en la provincia de Azerbaiyán Occidental. Durante esos años también obtuvo su grado en ingeniería. En 1993 fue nombrado gobernador de Ardabil, una provincia recién creada en el noroeste de Irán. Cuando el presidente Jatami asumió el poder, en 1997, nombró a otra persona en la gobernación y Ahmadineyad regresó a su antigua universidad a trabajar como profesor. Ese año recibió un doctorado en manejo del tráfico.

“En la universidad, Ahmadineyad era muy activo en la organización de los Basij, y cuando llegaron al poder los reformistas con Jatami, en 1997, solía ponerles problemas a los profesores y llegar a clase con el tradicional kaffiyeh, para mostrar su solidaridad con la causa palestina”, dice Hadian. Ahmadineyad enseñó en la universidad hasta 2003, cuando el concejo de la ciudad de Teherán, que en ese momento estaba en manos de una facción política conservadora de línea dura, lo nombró alcalde.

Desde entonces, los caminos de Ahmadineyad y Hadian se han separado de manera significativa. “Seguimos siendo amigos, pero también teníamos terribles discusiones. Siempre fue así entre nosotros”, dice Hadian, que prefirió mantenerse lejos de Ahmadineyad para no crearle problemas. “La gente que lo rodeaba me veía como un personaje occidentalizado o incluso un espía. Él me defendió. Pero lo cierto es que tenemos posiciones opuestas en casi todos los temas”. Y Hadian agrega: “Su entrenamiento como ingeniero lo hace pensar que el mundo social es como el mundo físico, que uno puede cambiarlo como quien organiza ladrillos. No es un problema de cociente intelectual, es un problema de conocimiento y entrenamiento”.

Ahmadineyad es un chiíta duodecimano, es decir, seguidor del duodécimo imán, y un ferviente mahdista, lo cual, en el contexto iraní moderno, significa que es el equivalente de un cristiano renacido. En la tradición chiíta, el duodécimo imán, o el Mahdi, desapareció en el siglo IX, oculto por Dios. Su regreso, junto con el de Jesucristo, será el preludio del paraíso terrenal. (En el Islam, Cristo es visto como uno de los primeros profetas.) Esto explica las alusiones evangelizadoras de Ahmadineyad al “prometido”, cuando se ha dirigido a la Asamblea General de las Naciones Unidas. Esas demostraciones públicas de fervor le han atraído críticas de los mismos iraníes, entre otros de religiosos viejos, uno de los cuales lo criticó por producir la impresión de tener un vínculo especial con el imán escondido. En el desayuno al que asistí, Ahmadineyad se refirió al Mahdi como “el hombre perfecto”.

Un importante político iraquí que se ha reunido con Ahmadineyad en diversas ocasiones contó que hace dos años, en una reunión en Teherán, Ahmadineyad casi no habló de otra cosa que del Mahdi. El político también dijo que había oído que Ahmadineyad ya tenía los planos de una superautopista triunfal y un sitio de recepción en Teherán, que serían construidos para prepararse para la eventual llegada del Mahdi.

El mentor espiritual de Ahmadineyad es el ayatolá Mesbah-Yazdi, el líder de la escuela Haqqani, de tendencia ultraconservadora. Mesbah-Yazdi ha abogado por el uso de la violencia política en contra de los moderados; algunos miembros de la escuela han dicho que están dispuestos a ejecutar la fatua lanzada en 1989 contra Salman Rushdie. En 2005 Mesbah-Yazdi les ordenó a sus seguidores que votaran por Ahmadineyad; un gesto polémico, en la medida en que se supone que los clérigos deben abstenerse de avalar explícitamente a algún candidato, aunque todo el mundo conoce su posición. (Cuando le pregunté a Shariatmadari, el representante de Jamenei, si el ayatolá apoyaba la reelección de Ahmadineyad, Shariatmadari sonrió y me advirtió: “El Líder Supremo nunca revela por quién vota. ¡Ni siquiera sus hijos lo saben!”.) “Algunas personas piensan que el ayatolá Yazdi formó una especie de partido y preparó a Ahmadineyad para llegar al poder”, dijo Hojatoleslam Gharavian, un asistente de Mesbah-Yazdi, cuando nos encontramos en la ciudad sagrada de Qom. “No es cierto. Ellos terminaron acercándose gracias a la similitud de su pensamiento”.

Gharavian enumeró las virtudes de Ahmadineyad: su modestia, su patriotismo, su determinación de luchar contra la corrupción. Otro asistente, un investigador religioso, intervino y contó una historia acerca de cómo, cuando era alcalde, Ahmadineyad limpió una alcantarilla tapada con sus propias manos. “Igual que en Los miserables”, dijo. “Esta historia se difundió por todas partes”.

Muchos iraníes educados con los que hablé trataron de convencerme de que la posición de Ahmadineyad acerca del Holocausto no era más que una muestra de ignorancia. Pero hay mucha gente en las altas esferas del régimen que comparte o apoya esas opiniones. El “antisionismo” se volvió parte del discurso oficial después de la Revolución Islámica, y la comunidad judía de Irán, que alcanzaba cerca de 80 mil personas en los setenta, se redujo a cerca de 20 mil, pues muchos de ellos emigraron. A los judíos iraníes se les permite practicar su credo religioso y están representados en el Parlamento, pero bajo Ahmadineyad la antipatía oficial de Irán hacia los “sionistas” se ha transformado en algo mucho más feo.

La Exposición Internacional de Caricaturas sobre el Holocausto fue inaugurada en Teherán en el año 2006. Muchas de las caricaturas participantes representaban a los judíos con narices ganchudas y grotescamente largas, o como judíos nazis. Visité la exposición y hablé con Shamaqdari, el asesor artístico de Ahmadineyad, acerca de ella. “Lo que descubrimos después de que cuarenta países enviaran sus contribuciones fue que todo el mundo piensa de forma muy parecida”, dijo Shamaqdari, y luego me mostró una caricatura que le gustaba. En ella aparecía el famoso aviso de “Hollywood”, pero decía “Holocausto”.

En enero de este año, una semana después de la posesión de Barack Obama, tuvo lugar en Teherán una conferencia titulada “¿El Holocausto? Una mentira sagrada de Occidente”. En unas palabras de bienvenida que envió a la conferencia, Ahmadineyad decía que los sionistas habían “enredado a muchos políticos y a muchos partidos”. Y en una declaración posterior agregó: “Ocurrió un incidente conocido como 9/11. Todavía no está claro quién lo llevó a cabo, quién colaboró con los atacantes ni quién les allanó el camino. El suceso tuvo lugar y, al igual que en el caso del Holocausto, lo sellaron y se negaron a permitir que grupos de investigación objetiva averiguaran la verdad”.

Le pregunté a Thomas Pickering por qué Ahmadineyad habría elegido ese momento en particular para hablar de manera tan provocadora acerca del Holocausto. “Creo que probablemente se sintió alentado por el Papa”, respondió Pickering, haciendo referencia a la noticia de esa semana según la cual Benedicto XVI le había levantado la excomunión a un obispo británico que negaba el Holocausto. (Después el Papa le pidió al obispo que se retractara.)

La persona que asesora a Ahmadineyad en el tema del Holocausto es Mohammad Ali Ramin, y se dice que él es quien le ha dado forma a las opiniones del presidente a ese respecto. Ramin aceptó reunirse conmigo y con un intérprete una mañana del invierno pasado, en el campus de la Universidad del Mensaje de la Luz en Teherán, donde enseña filosofía comparada. Nos sentamos al aire libre, en una caseta con bancos de cemento que semejaban tocones. Ramin es un hombre alto, de unos cincuenta y tantos años, inusualmente blanco para ser iraní, tiene el cabello rubio, que está comenzando a escasearle, y lleva la barba corta. Vivió y trabajó en Alemania durante muchos años, pero nunca dice en calidad de qué.

Ramin nos explicó que la historia del Holocausto que primaba entre la opinión pública era injusta. Occidente, dijo, le había transferido al Medio Oriente su “problema judío”. “Pero parece que Estados Unidos y otros gobiernos occidentales finalmente han decidido deshacerse de los judíos”, dijo Ramin. “Al traer a Hitler y llevar a los judíos al mundo musulmán han creado una situación en la cual los judíos serán destruidos. Han creado una situación en la cual los judíos son más odiados que nunca, debido a que están matando palestinos”. Luego se puso sus lentes y, por primera vez, me miró a los ojos. “Y así se puede ver que Israel fue creado no solo para destruir a los musulmanes sino a los judíos mismos”.

Después de un rato comenzó a hacer frío, pero Ramin parecía renuente a llevarnos a su oficina. Finalmente nos hizo seguir de mala gana y miró nerviosamente a su alrededor cuando entramos. Cuando nos sentamos frente a su escritorio, Ramin me informó que los judíos habían ejecutado los ataques del 11 de septiembre. “Los sionistas han culpado del ataque a los musulmanes para tener la excusa de atacar a algunas naciones musulmanas”, dijo. Pero todo había sido en vano. Los judíos también habían ayudado a Nerón, pero eso no había salvado al Imperio Romano de la destrucción.

Detrás del escritorio de Ramin había una inmensa biblioteca que iba de pared a pared. Me llamaron la atención un par de fotos que tenía exhibidas en uno de los estantes. Una era de Imad Mugniyah, el líder de Hezbollah, quien fue asesinado por la explosión de un carro bomba en Damasco, en febrero de 2008. En la otra aparecía un grupo de hombres, judíos ortodoxos, cuya silueta se recortaba sobre un fondo amarillo. En la parte inferior de la foto se veían los elegantes trazos de unas palabras escritas en farsi, en tinta roja. Cuando Ramin tuvo que levantarse para atender un asunto en la puerta durante un momento, le pedí a mi intérprete que me tradujera rápidamente las palabras que había en la foto. Entonces dijo: “Dice ‘usureros, sanguijuelas’ ”.

Para muchos iraníes la supremacía de Ahmadineyad representaba el carácter invencible de la ley religiosa y la derrota de los reformistas. “Ahora los reformistas tienen los pies sobre la tierra”, dice Hamid Reza Jalaipur, un analista político y reformista religioso. “Ya no buscan imponer una democracia laica de la noche a la mañana. Hay un nuevo pragmatismo”. Y luego agregó con una sonrisa amarga: “Entre los que quedan”.

Pero los iraníes siguen ampliando los límites en otras áreas distintas a la política electoral, particularmente en las artes. Vi una exposición de cuadros pintados por una joven, Sara Dowlatabadi, que se centraba en las ejecuciones en Irán, en especial las ejecuciones de mujeres. El asesinato, la violación, el tráfico de drogas, la apostasía y la homosexualidad son todos delitos castigados con la muerte. (No obstante, no son cosas tan raras: se calcula que hay cerca de dos millones de adictos al opio y la heroína en Irán). Hasta hace poco, los condenados eran ahorcados ante el público, colgándolos de grúas. En 2008 Irán ejecutó al menos a 346 personas, entre ellas a seis menores de edad, lo cual lo sitúa en el segundo lugar mundial, después de China. (Estados Unidos quedó en quinto lugar, con 37 ejecuciones.) En julio pasado 29 prisioneros fueron ahorcados el mismo día en la infame cárcel de Evin, en Teherán.

Los cuadros de Dowlatabadi eran lienzos minimalistas que mostraban lo que parecía un manojo de nudos que representaban personas, colgadas de cuerdas. Estaban intercalados con pinturas que parecían no tener nada que ver con ejecuciones. Después me dijeron que las habían organizado de esa manera pues les preocupaban las consecuencias de ser demasiado explícitos.

El temor a una retaliación no es infundado. En el año 2003, Zahra Kazemi, una reportera gráfica irano-canadiense, fue arrestada mientras tomaba fotografías afuera de la cárcel de Evin. Después de casi tres semanas de arresto, murió. Inicialmente las autoridades declararon que Kazemi había sufrido “un ataque” y se había caído “accidentalmente”. Un médico del Ministerio de Defensa, que huyó después a Canadá, dijo que había examinado a Kazemi cuatro días después del arresto y había encontrado señales de golpes y violación; le habían arrancado varias uñas y tenía el cráneo fracturado. En medio del clamor internacional, un agente de inteligencia fue acusado de “asesinato casi intencional”. Pero el hombre fue absuelto cuando las autoridades declararon que la muerte de la periodista había sido un accidente.

La cárcel de Evin está situada en un barrio que limita con una zona muy popular para escalar y hacer picnic. Una noche un amigo me llevó a ver las murallas de ladrillo que rodean la prisión, bajo la vigilancia de los guardias y potentes luces amarillas. La cárcel es el lugar de retención de miles de prisioneros, el escenario de masacres no reconocidas donde murieron miles de víctimas y el sitio de varias fosas comunes.

Nasrin Sotoudeh es una de las pocas abogadas de derechos humanos que trabaja abiertamente en Irán. La visité en su diminuta oficina, en un apartamento en Yousef Abad, la zona más antigua de Teherán. Sobre el escritorio tiene una estatuilla de bronce que representa a la Justicia. Cuando nos sentamos, Sotoudeh se quitó la bufanda que llevaba en la cabeza. Es una mujer pequeña, de poco más de cuarenta años, con pelo negro corto y lentes. Envuelta en su amplia túnica negra, parece una monja.

Una de las clientes de Sotoudeh es una mujer que fue arrestada por asistir a una reunión sobre la Campaña del Millón de Firmas, una iniciativa que busca la revocación de las leyes más duras contra las mujeres en Irán. La mujer fue sentenciada a recibir azotes y pasar dos años y medio en prisión. Sotoudeh resaltó que, hoy por hoy, el 60% de los estudiantes universitarios en Irán son mujeres; sin embargo, ante la ley, el testimonio de una mujer iraní equivale a la mitad de la declaración de un hombre. Desde los nueve años las niñas tienen la obligación de comenzar a usar el hijab, el velo islámico, y esa también es la edad a la que se vuelven totalmente responsables ante la ley. Los niños, en cambio, solo son legalmente responsables desde los quince años.

Si Ahmadineyad sale reelegido en junio, dice Sotoudeh, las cosas se van a poner “mucho más horribles” que lo que están hoy. Si ganara un reformista sería mejor, pero ella no está esperando ningún “milagro”. Ella tiene la esperanza de que Irán y Occidente puedan resolver sus diferencias, pero la perspectiva de un acuerdo también la preocupa. “Después de que Occidente llegó a un acuerdo acerca del tema nuclear con Gaddafi, los derechos humanos de los libios cayeron en el olvido”, dice. “Para mí, las prioridades son los derechos de las mujeres iraníes, de los niños y de los activistas de derechos civiles”.

En una casa de té al norte de Teherán conocí a otra de las clientas de Sotoudeh, Mansoureh Shojaee, una antigua bibliotecaria de 50 años. Shojaee tiene el pelo oscuro y lleva una bufanda a rayas de colores vivos, un suéter rojo grueso e inmensos aretes de plata que le cuelgan de las orejas, una manera de vestir que, en Irán, ya es una declaración política en sí misma. Shojaee estuvo muy involucrada en la Campaña de las Firmas y ha sido detenida, amenazada e interrogada con frecuencia por la policía. También le confiscaron el pasaporte. Hace dos años, después de uno de esos arrestos, Sotoudeh y Shirin Ebadi, la activista por los derechos humanos más famosa de Irán y ganadora del Premio Nobel de Paz en 2003, consiguieron que la dejaran salir de Evin. “Ellos dijeron que la Campaña de las Firmas era una acción ‘contra la seguridad nacional’ ”, dice Shojaee. “Les dije a los que me estaban interrogando que ya tenía cincuenta años y estaba preparada para pasar en prisión los próximos cincuenta, así que no tenía miedo”. Shojaee describe su situación como una especie de arresto domiciliario en casa abierta y, sin embargo, se niega a mantener un bajo perfil. “¿Por qué tenemos que encerrarnos? Dejemos que ellos nos metan a la cárcel”.

Shojaee se lamenta por la falta de astucia y visión de los reformistas. “El otro día, mientras se refería a la caída de los precios del petróleo, Ahmadineyad dijo que podría gobernar Irán aunque el precio del crudo cayera hasta los cinco dólares por barril”, dice. La afirmación es absurda, indica Shojaee, pero es concisa, transmite seguridad y cala efectivamente en la gente. “Ese mismo día, los medios recogieron las siguientes palabras de Jatami: ‘La raison d’être de la filosofía del diálogo entre civilizaciones se basa en la humanidad’”. Shojaee sonríe y agrega: “Con esos galimatías, ¿por quién cree que votará la gente del común?”.

Al anunciar su campaña para la Presidencia, Mir Hossein Musavi dijo: “La tecnología nuclear es uno de los ejemplos de los logros de nuestra juventud”. Los políticos iraníes, tanto los reformistas como los conservadores, comparten esa visión. Están orgullosos de los científicos de su país y creen que a Irán se le debe permitir poseer energía nuclear, si no armas nucleares. Mohammad Hashemi, el hermano menor del ex presidente Ali Akbar Rafsanjani, un reformista que era estudiante de Berkeley en los años setenta, se quejó de la existencia de una “doble moral”: “¿Por qué a India se le permite tener energía nuclear, pero no a Irán?”.

Cuando sugerí que tal vez tenía que ver con la retórica incendiaria de Ahmadineyad, Hashemi se rio: “Tenemos muchos otros líderes”, dijo. “De hecho, tenemos varios matices de gris, pero ustedes insisten en ver solo el negro”.

En 2003 Jatami aceptó suspender los esfuerzos de Irán para enriquecer uranio, un proceso que puede producir combustible para un arma nuclear. En ese momento, el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) creía que Irán estaba instalando 160 centrifugadoras. En el año 2006 Ahmadineyad reactivó el proceso de enriquecimiento de uranio, y en abril de 2007 los inspectores de la OIEA confirmaron que Irán tenía 1.300 centrifugadoras; en noviembre pasado, Ahmadineyad anunció, lleno de júbilo, que el número era 5 mil. “Y si uno puede operar 5 mil, puede operar 60 mil”, dijo un experto internacional en el tema nuclear. (En ese punto, se vuelve viable un programa nuclear, ya sea para fines civiles o militares). Irán también ha aumentado el alcance de sus misiles. Estos últimos desarrollos han producido un alejamiento diplomático con la Unión Europea y Estados Unidos y han puesto a Irán a las puertas de recibir sanciones. Las negociaciones nucleares se han estancando debido a la insistencia de Estados Unidos en que Irán abandone el proceso de enriquecimiento de uranio antes de comenzar a dialogar y también debido a la intransigencia y la actitud evasiva de los iraníes.

“Esto no solo es decisión de Ahmadineyad”, dice el experto nuclear. Aun si Ahmadineyad pierde las próximas elecciones, dice, el programa de enriquecimiento de uranio va a continuar en Irán. “Hoy día ese es el primer tema de la agenda nacional en Irán. No creo que, hoy por hoy, nadie pueda hacer un acuerdo acerca del tema nuclear. Los iraníes tienen la ambición de alcanzar un estatus global, no solo capacidad nuclear. Y eso significa que uno pueda ir a cualquier parte del mundo y nadie lo pueda comprar”.

Algunos expertos creen que, al final de este año, Irán habrá producido suficiente uranio enriquecido como para fabricar una bomba atómica, independientemente de que ése sea o no el propósito. Sin embargo, no hay consenso respecto a este punto entre la comunidad de expertos. Benjamin Netanyahu, el nuevo primer ministro de Israel, ha calificado a Irán de “amenaza existencial” para Israel y ha dicho en repetidas ocasiones que Israel no va a permitir que Irán se convierta en una potencia nuclear. En días pasados, el periódico israelí Ha’aretz afirmó: “Algunos políticos cercanos a Netanyahu dicen que él ya tomó la decisión de destruir las instalaciones nucleares de Irán… por la fuerza, aunque Israel es el único interesado en usar la fuerza”. Esas declaraciones pueden ser parte de un intento por convencer a la administración Obama de adoptar una actitud más agresiva con respecto a Irán; no está claro si Israel tiene la capacidad de lanzar un ataque exitoso contra las instalaciones nucleares de Irán –mediante ataques aéreos, por ejemplo– sin la participación de Estados Unidos. Pero ese movimiento parece improbable, si se tienen en cuenta las prioridades de la administración Obama. Eso solo deja la opción de buscar un acuerdo político.

Ali Larijani, un conservador pragmático y ex candidato presidencial, que se desempeñó dos años como negociador nuclear de Irán (ahora es vocero del Parlamento) y es una figura ampliamente respetada tanto dentro como fuera del país, autor de un libro sobre Immanuel Kant, dijo que Irán podía “encontrar una fórmula que satisficiera a la comunidad internacional” y resaltó que la administración Bush había dicho que el Irak de Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva, aunque no habían encontrado ninguna. Pero expresó un sentimiento de impaciencia frente a los miembros del equipo de Obama. “Con respecto al tema nuclear, están repitiendo las mismas cosas que decía la gente de Bush”, dijo Larijani. “Es como si Estados Unidos no quisiera que los musulmanes tuvieran tecnología nuclear. Así que parece que con Obama cambiaron los colores y las tácticas, pero no las estrategias. Tiene que haber un nuevo enfoque o, de lo contrario, no va a haber muchos cambios. La política del ‘garrote y la zanahoria’ no es la manera de hablar con Irán”.

Lee Hamilton dice que no cree que “hayamos resuelto o sepamos con certeza” si los iraníes realmente van a construir una bomba, en caso de que lleguen a tener la capacidad de hacerlo. Pero “la idea central de la administración Bush, que estaba exigiendo la suspensión del programa de enriquecimiento de uranio como condición para los diálogos, era impracticable y Obama parece haberse dado cuenta de eso”. Tiene que haber incentivos, dice, y éstos tienen que ir de la mano con la amenaza de sanciones. “Hay que tener una política diplomática inteligente, pero no se puede renunciar a los puntos de influencia”. Hamilton había oído que Estados Unidos tenía en curso una serie de operaciones secretas contra Irán; mencionó programas de “manipulación de la moneda y desinformación”, lo cual piensa que podría servir. Pero, dice, “si se trata de acciones encubiertas de carácter militar o paramilitar y dirigidas a cambiar el régimen, creo que hay que abandonarlas. Hay que olvidarse de cambiar el régimen, nuestra política puede estimular más bien un cambio de comportamiento; esa es la línea que yo trazaría. Por nuestra parte, hay que cambiar la retórica, el uso de un lenguaje menos belicoso ayudaría”, sigue diciendo Hamilton. “Ningún presidente va a retirar de la mesa la opción militar. Pero el hecho de hablar menos acerca de ella puede ayudar”.

En una conferencia de prensa que ofreció el 24 de marzo, el presidente Obama habló de una “filosofía de la persistencia”, la cual aplicó tanto a la crisis económica como a las relaciones con Irán. “Hicimos un video para enviarles un mensaje al pueblo iraní y a los líderes de la República Islámica de Irán. Y algunas personas dijeron: ‘Pero ellos no se comprometieron inmediatamente a eliminar las armas nucleares y a dejar de financiar el terrorismo’. Pues bien, eso no era lo que estábamos esperando. Esperamos poder hacer progresos constantes en ese frente”.

“Siempre supimos que no iba a ser fácil con Irán”, dijo Vali Nasr. “Hay demasiados temas, demasiadas autoridades paralelas y no hay ningún antecedente ni hay confianza. Hace treinta años que los dos países no tienen relaciones y no tenemos un buen conocimiento de los actores de la otra parte”.

Lo más probable es que los próximos pasos sean coordinados por Dennis Ross, un negociador veterano del Departamento de Estado, experto en Medio Oriente, quien ha sido designado como asesor especial sobre Irán de la secretaria de Estado Hillary Clinton. Un lugar para empezar es Afganistán, donde Irán tiene mucha influencia en las regiones del norte y el occidente. En la reciente conferencia en La Haya, los iraníes se comprometieron a ayudar a combatir el tráfico de drogas en Afganistán, lo cual, tal como declaró Clinton después, “es una preocupación de los iraníes que nosotros compartimos”.

Thomas Pickering elogió el enfoque de Obama hasta ahora, pero advirtió que no hay manera de predecir si será fructífero. “Estoy tratando de ser lo más realista posible en mis evaluaciones”, dijo Pickering. “Pero siempre he creído que, si en una habitación hay una puerta cerrada, hay que tratar de abrirla”.