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Lo más entretenido para un carabinero de guardia, en este caso para el que tiene asignado el aeropuerto Cerro Moreno, es ver cómo aterrizan y cómo despegan los pocos aviones que durante el día hacen escala en Antofagasta. Lo otro que se puede hacer para matar el tiempo es distraerse mirando azafatas y viajeros que vienen o se van de la ciudad: familias completas, parejas, ejecutivos de maletín y celular, guapas del norte grande. Lo normal es que no haya mucho más que hacer. Uno si es cabo de guardia está ahí por si acaso, por si pasa algo, esperando el suceso. Eso estaba haciendo el cabo Ricardo Fuentes el martes 26 de enero, poco antes de las cinco de la tarde, vestido de uniforme riguroso, a una hora en que hacía un calor del diablo: esperando a ver si pasaba algo.

Como no pasaba nada, y como uno toma bastante líquido en estos parajes pampinos, el cabo Fuentes aprovechó de ir al baño. Y aquí, en el baño del aeropuerto Cerro Moreno, a un costado del lavamanos, bajo el espejo, se encontró solo frente a un sospechoso: un sobre grande blanco sellado con huincha café de embalaje.

El cabo Fuentes se asustó: por el peso y por la textura metálica de algunos objetos que había dentro del sobre, pensó que podía ser una bomba. Con delicadeza llevó el sobre hasta el aparato de rayos X que hay en la zona de embarque de pasajeros, y pidió -nervioso- que por favor lo revisaran.

Lo que se vio a través de la máquina estaba lejos de ser una bomba. Había allí, dentro de otro sobre, un reloj, una lapicera, un anillo, una chequera, llaves oxidadas, sujetadores laterales de anteojos, un par de cristales ópticos y una billetera que después, al abrir el sobre, supieron que era de cuero color café. El paquete incluía también billetes, documentos de identidad, un carnet del Partido Radical, un carnet del Deportivo Progreso de Chillán, un destapador de botellas, una cortaplumas pequeña, fotografías familiares, tarjetas de bautizo, un contrato de trabajo del Banco del Estado, dos gomas de borrar y una nota manuscrita en inglés, sobre una de las caras del mismo sobre, que decía que todos estos objetos habían sido encontrados en el desierto de Atacama junto a un esqueleto humano tendido de cara al sol. El texto en inglés indicaba las coordenadas precisas del hallazgo, lo situaba cien kilómetros al sur de Antofagasta, y dibujaba la posición del cuerpo. El nombre que figuraba en todos los documentos colocados dentro del sobre estaba escrito y subrayado: Julio Riquelme Ramírez.

NADIE SABE QUIEN DEJO EL SOBRE en el baño del aeropuerto. Pudieron ser gringos que con cierta frecuencia hacen prospecciones mineras en el desierto, o chilenos que lo escribieron en inglés para despistar y desentenderse del tema. Lo que sí es claro es que quien encontró este esqueleto humano en plena pampa pensó que se trataba de un detenido desaparecido: por eso la entrega del sobre sin remitente en el aeropuerto antes de subirse a un avión, y por eso también la mención en el mismo sobre para que esta información fuera remitida al Arzobispado de Antofagasta.

La abogado Alicia Vidal se hizo cargo del tema, y al día siguiente, el 27 de enero de 1999, se abrió un proceso en el Tercer Juzgado del Crimen de Antofagasta. ¿Probable delito?: “Inhumación ilegal del detenido desaparecido José Riquelme”. Hasta ese momento, los actores de la película estaban bastante confundidos. De partida, confundían al detenido-desaparecido José Riquelme, que figura como tal en el Informe Rettig, con Julio Riquelme Ramírez. Es más: nadie de los que estaba participando del hallazgo en el desierto sabía prácticamente nada de este empleado de banco de 58 años de edad que viajó en tren al norte en febrero de 1956, de la maleta de cocaví que apareció solitaria en un vagón de tercera, y de la denuncia por presunta desgracia que presentó en Iquique Celinda Chávez, esposa de Riquelme Ramírez pero separada de él hacía veinte años.

En los días posteriores a la desaparición de Julio Riquelme Ramírez, la única nota de prensa publicada sobre el caso fue la del diario iquiqueño «El Tarapacá», el domingo 12 de febrero de 1956, una semana después de la fallida espera en la estación de trenes. Bajo el título “Un pasajero desapareció en forma misteriosa desde el Tren Longitudinal”, la crónica, junto con señalar a Pueblo Hundido como la última estación del norte en que le habían visto, aventuraba la antojadiza hipótesis de que Riquelme “habría sufrido un trastorno mental que le impidió regresar al tren”.

Pueblo Hundido, visto desde el tren Longino, marca según Andrés Sabella en su libro «Norte Grande» la frontera que separa al resto de Chile de la pampa: “Pueblo Hundido es eso: un pueblo metido en la amarillez del desierto. Las calles están desiertas y parece que el abandono es el verdadero dueño de todas las casas. Los cerros pelados de la costa se ven a dos trancos de la línea férrea, y adormecen sus letreros algunos hoteles. Unas mujeres gordazas, envueltas en seda chillona, mostrando senos que son un escándalo de carnes, suelen venir al paso del tren”. Lo peor, según Sabella, viejo conocedor del norte chileno, viene después, cuando el tren arranca de Pueblo Hundido rumbo a Iquique, que es cuando dijeron en «El Tarapacá» que habían dejado de ver a Riquelme Ramírez: “Cuando el Longino se desprende de la estación y se mete pampa adentro, el corazón empieza a llenarse de piedras, de perspectivas lúgubres”.

La “prolija búsqueda” de Julio Riquelme Ramírez referida por «El Tarapacá» duró sólo algunos meses, con suerte, y nunca se sabrá si fue prolija o no. En los tribunales de justicia del norte no existe ninguna carpeta que hable de este caso en esos años, puesto que un incendio referido por funcionarios de Investigaciones, incendio que ni ellos ni nadie precisan cuándo ocurrió, acabó con varios miles de expedientes en Iquique. Ese incendio sería la razón de que se hayan hecho cenizas o humo los documentos que pudieran certificar qué se hizo y qué no se hizo por encontrar a Julio Riquelme Ramírez.

Su desaparición, en todo caso, no fue tema nacional en esos días. Había otros perdidos: un avión pequeño cerca de Vallenar, al que los diarios le dedicaban unas pocas líneas; un perro negro alemán llamado Candilejas, extraviado en calle San Antonio con Merced, y reclamado por la revista «Vea» para que lo devolvieran a sus dueños; y el tesorero del sindicato industrial de la oficina salitrera San Enrique, un tal René Vivar Vivar que le hacía harto honor a su apellido: se había fugado con 96 mil pesos, abandonando de paso a su mujer y a sus siete hijos. El caso del tesorero Vivar era para hacer llorar al más fuerte: según el relato de «El Tarapacá», la esposa se había visto obligada a regalar a su bebé de sólo un mes porque no tenía cómo mantenerlo.

De Julio Riquelme Ramírez ninguna noticia: el hombre se perdía solo y en silencio. El Banco del Estado no sabe si en esa época hizo algo para conocer el paradero de este empleado suyo, auxiliar del Departamento Agrícola durante veinte años, y que hacía poco, en junio de 1955, había firmado un contrato como portero, documento que guardaba celosamente consigo y que fue encontrado casi medio siglo después dentro de su billetera, resquebrajado por el sol y por el tiempo.

EL MIERCOLES 3 DE FEBRERO de 1999, el subcomisario Walter Rehren salió a las ocho de la mañana del edificio de la Policía de Investigaciones de Antofagasta rumbo al desierto. Iba en una camioneta todo terreno, y en la parte de atrás del vehículo llevaba motos areneras para hacer los tramos más difíciles. Lo acompañaban el comisario Roberto Yáñez y el inspector Jorge Ruiz. En otro jeep iban el subcomisario Ricardo Bevilacqua, el inspector Claudio Salas y el geólogo Jorge Valenzuela, que había prestado un instrumento de orientación satelital (GPS) para dar con las coordenadas exactas y no perderse en la pampa. La orden del juez Jorge Cortés Monroy era clara: localizar el esqueleto humano mencionado en el sobre, y mandarlo a buscar de inmediato para constituirse en el lugar.

El día anterior, el martes 2 de febrero, detectives de Iquique habían interrogado por primera vez al único hijo vivo de Julio Riquelme Ramírez que entonces figuraba en las computadoras: Ernesto Riquelme Chávez, 63 años, jubilado, casado con Haydée Barrios, dos hijos, cobrador en las mañanas de Calzados Royle, defensa central vigente y de los duros en la liga de viejos cracks defendiendo la camiseta amarilla número 3 del equipo “Contadores”. De vuelta a casa después de una semana de vacaciones en Arica, invitado por su hija Patricia, Ernesto Riquelme Chávez se haía encontrado al llegar con una citación para ir a declarar a Investigaciones, doblada y dejada en el marco de la puerta de su departamento, en el barrio La Puntilla. No pudo dormir en toda la noche. Escuchó el ruido del mar más fuerte que nunca y no dejó de pensar en qué lío se había metido sin saberlo:

—Llamé temprano esa mañana por teléfono, y el detective que me atiende me dice que me quede tranquilo, que necesitan hablar conmigo por algo de mi padre…. Me vino un remezón fuerte… Imagínese… Yo no sabía nada, estaba desconectado de las noticias, no sabía que habían encontrado algo. A las once de la mañana me presenté en Investigaciones.

Un funcionario empezó a preguntarle si su padre había estado metido en política, si había sido dirigente de algún partido, si acaso era detenido-desaparecido después del golpe militar de 1973:

—Yo ahí lo interrumpí, le dije que nada que ver, y le conté la historia. Mi papá se había separado de mi mamá el año 36, y yo recién nacido me había venido con ella a Iquique desde Chillán. Después, cuando yo tenía 17 años, fui de vacaciones con mi hermano Rolando a Chillán para conocer a mi papá, y al final me quedé allá tres años. Le conté todo: que el año 55 me volví a Iquique, y que al año siguiente, el 56, mi papá se puso de acuerdo con mi hermano Rolando para venir al bautizo de uno de sus nietos, que es sobrino mío, y que se llama igual que mi papá: Julio Riquelme. Mi papá tomó el tren, viajó acá al norte en un vagón de tercera clase, pero en la estación sólo apareció la maleta del cocaví. Nunca más supimos del él. Eso fue lo que conté. Dije también que algunos pasajeros dijeron que se había bajado en Los Vientos y que había hecho amistad con otras personas arriba del tren, pero nada más: la gente sólo recordó cosas vagas. Nadie supo dar información precisa.

El testimonio de Ernesto Riquelme Chávez esa mañana ayudó a colocar las primeras piezas del puzzle judicial, pero no arrojó mayores luces sobre un rompecabezas que difícilmente podrá completarse algún día. El Tercer Juzgado del Crimen de Antofagasta sabía ahora a ciencia cierta algo que los familiares de Julio Riquelme Ramírez siempre supieron, y que no es ninguna novedad en esta historia: que él no era un detenido-desaparecido. Para confirmarlo legalmente, bastaban el relato del hijo y los billetes y documentos encontrados en el desierto, todos anteriores a 1960. El resto de la historia seguía siendo un misterio. ¿Por qué este pasajero se bajó en la estación Los Vientos? ¿O lo bajaron a la fuerza? ¿Qué significaban esas amistades mencionadas por otros pasajeros del tren? ¿Pasaba el tren por la estación Los Vientos de día o de noche? ¿Era posible perder el tren en medio del desierto, sin nada más que hacer y que ver en varios kilómetros a la redonda?

El detective Walter Rehren se hacía estas mismas preguntas, mientra su camioneta y el jeep con GPS saltaban y serpenteaban en medio de la pampa, sorteando zanjas y peñascos, para llegar a destino y cumplir la orden del juez:

—Antes de que llegáramos al esqueleto se pudo haber presumido que le robaron y lo mataron, pero igual era poco probable porque tenía todo: el anillo con sus iniciales, dinero, la pluma parker, el reloj Urbina… Siempre me acuerdo del reloj Urbina; eran famosos los relojes Urbina en esos años. Yo me pregunto: ¿por qué no siguió la línea del tren?, ¿qué lo llevó a meterse en el desierto sin ninguna referencia de nada, sólo piedras, tierra, cerros? A lo mejor se desesperó por tratar de llegar a tiempo al compromiso que tenía con su hijo porque no quería defraudarlo.

Diecisiete kilómetros y medio de distancia desde la abandonada estación Los Vientos marcaba el GPS del geólogo Valenzuela cuando la camioneta, el jeep y las motos areneras detuvieron su marcha: a treinta metros del punto exacto indicado por las coordenadas escritas en el sobre había una cruz hecha de piedras gordas en el suelo, y junto a ella, en la misma orientación de la cruz, un esqueleto humano, blanco-blanco, calcinado por el sol, acostado íntegro sobre la tierra en la misma posición en que lo habían encontrado los gringos, calzando zapatos, con restos de ropa a su lado y con un detalle para mencionar: el zapato derecho sujetaba un sombrero, lo había afirmado durante 43 años, para que no se lo llevara el viento.

LE AVISARON CORRIENDO AL JUEZ. Jorge Cortés Monroy llegó al lugar a las dos y media de la tarde. Era verdad. Ahí estaban los restos. Julio Riquelme Ramírez no había desaparecido de la faz de la tierra, como creyeron algunos en su familia. Porque esos fueron los primeros pensamientos: que le habían bajado los monos y se había ido a Bolivia, que había cambiado de idea arriba del tren porque no quería saber más de sus hijos, que lo habían matado cerca de la estación y lo habían enterrado bien enterrado para que nadie supiera jamás. Cuentos. Puros cuentos. Fantasías que ni siquiera servían ahora para tratar de explicar por qué se bajó en Los Vientos, o por qué se cayó del tren, como cree su hijo Ernesto:

—Yo le he dado varias vueltas, y de repente pienso que él se cayó del tren. Para mí que se cayó, que quedó medio aturdido, y que esto debe haber sido de noche. Cuando se paró no encontró a nadie, caminó un poco para buscar donde guarecerse, y ya al otro día se le perdió la imagen de todo. Subió un cerro, cayó a algún vacío, y empezó a dar vueltas sin saber dónde estaba porque en la pampa es muy difícil ubicarse, hay mucha gente que se ha perdido en la pampa y que no aparece jamás.
—¿Los empampados?
—Claro, los empampados. Eso es terrible. Yo lo he experimentado. Ahí donde se perdió mi papá es solitario total. Imagínese que mi papá estaba íntegro: no había buitres ni lagartos ni nada. El estaba íntegro, con su ropa, y por supuesto con el tiempo encima, los 43 años que estuvo ahí, botado… Había algodón, trozos de género de su camisa y de sus calzoncillos largos, un botón del pantalón, pedazos de su abrigo, y lo que me contaron es que cuando fue el juez y lo examinaron, cuando lo levantaron se voló todo lo que era carne porque estaba hecho polvo. Por eso quedaron los huesitos blancos.

Lo que no se voló estaba ahí, rígido sobre la tierra, y lo estaban examinando los detectives junto al juez Cortés Monroy: Julio Riquelme Ramírez se había perdido 43 años, acostado en el desierto a pleno sol y a plena luna, sin que nadie advirtiera su presencia. Esa es, más nítida imposible, la soledad de la pampa.

DESPUES DE REVISARLO durante tres horas, el juez ordenó que leventaran los restos de Riquelme, los guardaran en las clásicas bolsas negras con que trabaja la Brigada de Homicidios y los llevaran en camioneta al Servicio Médico Legal de Antofagasta para hacerle exámenes más especializados. A Walter Rehren le llamaron la atención los zapatos:

—No eran zapatos cualquiera. Eran zapatos de ocasión, para ir al bautizo. Azules con verde, elegantes, como de gamuza. ¿Qué hacía aquí, a casi veinte kilómetros de Los Vientos, un hombre con esos zapatos? No sé: a lo mejor se bajó del tren a hacer sus necesidades, a estirar las piernas. A lo mejor se había tomado sus tragos y tal vez se cayó. Y la estación tampoco quedaba a seiscientos metros de la carretera, como ahora. Entonces no había nada de nada. Quizás alguien lo vio perdido y le dijo que el camino más cercano era el de Paposo, en la misma dirección en que se perdió, hacia la costa, pero nadie le explicó que había entremedio como cincuenta kilómetros de puro desierto, sin ningún rastro humano: sol todo el día, mucho viento, y en la noche un frío tremendo. Aquí donde apareció Riquelme no llegan ni los jotes, ¿sabe por qué? Porque el esqueleto estaba íntegro, perfectamente armado, y cuando hay algún tipo de depredador los huesos quedan desparramados.

A Ernesto Riquelme le habían dicho que lo iban a mandar a llamar de Antofagasta, pero no aguantó más la espera, dice que le entró la “urticaria” y llamó por teléfono para acelerar los hechos. Habló con el detective Rehren, y fue citado para el día siguiente, el viernes 5 de febrero, a las ocho de la mañana. Agarró su mochila, viajó en bus a Antofagasta toda la noche y a la hora señalada estaba en la puerta de Investigaciones listo para entenderse con Rehren.

Lo que hubo ese día fueron diligencias y más diligencias, siempre acompañado de detectives. Primero una declaración en el Tercer Juzgado del Crimen en la que reiteraba la historia del viaje en tren a Iquique desde Chillán, y donde luego reconocía las pertenencias con todo detalle: “En cuanto a las llaves, las más chicas corresponden a los cajones de su escritorio, y la que está oxidada es la de la caja de fondos que tenía en su lugar de trabajo”.

Después Ernesto Riquelme fue a la morgue, y allí le sacaron sangre para poder hacer el examen de ADN en Santiago. Luego volvió al juzgado, para pedir formalmente que le devolvieran las pertenencias de su padre y también los restos de Julio Riquelme Ramírez.

No hubo problemas con los objetos: le entregaron todas sus cosas, hasta una peineta rosada de plástico, menos el carnet de identidad, por un asunto legal. Le dijeron que para poder entregarle los restos había que esperar los exámenes de ADN y el peritaje de los médicos legistas. Ernesto Riquelme no quiso ese día ver los restos de su padre:

—¿Para qué? Lo había visto en las fotos de los diarios. ¿Para ver otra vez lo mismo?

Tampoco quiso ir al desierto, al lugar del hallazgo.

ERNESTO RIQUELME volvió esa misma noche a Iquique, en bus, y ya nada fue como antes. No había necesitado ver los restos de su padre en una bolsa ni ir de nuevo a la pampa para empezar a entender la historia de Julio Riquelme Ramírez y la suya propia como la historia de un gran desencuentro, real, humano y con un final concreto, demasiado concreto tal vez, lejos de la ciencia ficción.

La historia aquí contada, como piensa el propio Ernesto Riquelme, no tiene nada que ver con cosas raras, con ovnis, con sujetos que aparecen y desaparecen y después salen en la televisión. “Pero esta historia hay que cerrarla”, dice. Por eso el hijo espera para los próximos días el dictamen del juez que ordene entregarle los restos del padre. Será el momento de reunir a la familia, de traer a la media hermana de Santiago, de juntar a los más de veinte nietos y entre todos despedir a Julio Riquelme Ramírez en Iquique: con vista al mar, lejos de Los Vientos, en un funeral distinto, donde será legítimo botar lágrimas guardadas en las entrañas, y donde sobre todo se castigará el olvido y se le rendirá un homenaje a la memoria.

Como todo en su vida, la segunda de sus ocho mujeres le fue revelada por una señal. Por un designio divino. Sucedió una noche de verano de 1992. Jacob, el hombre que unos años antes se había convertido en profeta de su propia iglesia, predicaba frente a sus feligreses en un templo improvisado de San Joaquín, una comuna popular, de casas bajas en el centro-sur de Santiago. Hablaba de las escrituras, de la injusticia, de los caminos luminosos, de la belleza de la vida cuando, de pronto, la voz de Dios, clara y potente, le dijo:

—Tú, al igual que Abraham, Isaac, Salomón y los otros profetas, vas a tener varias esposas. No las busques. Yo las voy a llamar –escuchó, desde el cielo, aquella noche durante la prédica y lo comunicó a sus seguidores.

En el templo todo fue algarabía. Una treintena de hombres y mujeres levantaron las manos, se emocionaron, creyeron en sus palabras. Sólo Noemí –su primera mujer, la madre de sus tres hijos, con quien se había casado a los 19 años– salió corriendo. Aunque ella creía ciegamente en la voz de Dios, este designio le pareció un exceso.

Jacob contempló su huida en silencio. Vio que sus hijos, mezclados entre los feligreses, lloraban, asustados, pero no la detuvo. La voz de Dios se lo impidió. Le dijo que hablaría con ella, que volvería pronto y que lo ayudaría a cumplir con su profecía.

Unas semanas más tarde Noemí regresó al templo e irrumpió en medio del culto, arrepentida y más creyente que nunca. Dijo que Dios la había convencido, que le había enviado dos señales. Primero, una terrible tormenta eléctrica que la sorprendió en el bus, en medio del desierto de Atacama, cuando estaba a punto llegar a la casa de sus padres en Calama. Después, sueños recurrentes, en los que Dios le señalaba a una joven de la iglesia, a la que nunca había visto antes, y le decía: “ella es la otra esposa del profeta y tu deber es comunicárselo”. Noemí obedeció y la noche de su retorno se acercó a una chica de 19 años, que estaba con su padre y sus hermanas, la tomó de la mano y la entregó a Jacob. A partir de ese día, sin que su padre o sus hermanas opusieran resistencia, la chica, a la que el profeta bautizó Tamar, se fue a vivir a su casa.

Ése fue el principio de muchas cosas: luego vendrían más sueños, más revelaciones, más mujeres.

—También llegaron los adversarios, los dolores, las persecuciones y las burlas. Son las pruebas que debe soportar una persona que porta una verdad trascendental, un mensaje que cambiará el mundo –dirá el profeta, 18 años después de aquella revelación, en uno de sus tres departamentos de Santiago, rodeado por cuatro de sus 28 hijos y en compañía de Rahab Saba, la mujer de 21 años que, dos meses atrás, abandonó todo lo que tenía (una modesta casa en Puerto Montt, su hija de cuatro años, su trabajo como auxiliar en el casino de una empresa), llegó a Santiago y cambió su verdadero nombre por uno bíblico que escogió Jacob.

Rahab estaba dispuesta a ser lo que un sueño le había indicado que hiciera: ser la nueva, la octava mujer del profeta.

Antes de que Dios lo nombrara el primer profeta del confín de occidente, Jacob se llamaba Hugo Pablo Muñoz Escobar. Era el séptimo de los nueve hijos de un matrimonio de obreros católicos –devotos, pero no demasiado practicantes–; vivía en San Joaquín y trabajaba en la empresa textil Comandari, donde luego de realizar unos cursos se integró al equipo de dibujo de la revista interna de la compañía. Ganaba bien, tenía amigos y, por curiosidad, había empezado a experimentar con la marihuana. Corría 1972, la libertad hippie estaba en boga y Jacob, dice, se estaba dejando llevar por esa tentación.

La leyenda personal del profeta, que a veces parece una mezcla de parábola, biografía y relato épico, dice que a los 18 años, luego de una fiesta, se cuestionó la vida que llevaba. Entonces, siguiendo un impulso irracional, llamó a la puerta de su vecina evangélica y le pidió prestada una Biblia. La señora Matus, quien predicaba en la población y lo había invitado antes muchas veces a orar en el templo, se puso a llorar, lo bendijo y le dio el libro. Él, conla Bibliabajo el brazo, tomó un bus y se fue al Cajón del Maipo, en la precordillera de Santiago, y buscó el cerro más apartado para leer y meditar. Y no sucedió nada. No hubo revelaciones. No hubo voces.

La falta de respuestas no lo hizo cesar en su búsqueda. Sólo lo obligó a volver semana tras semana al cerro y a la soledad, hasta que todo cambió un domingo por la mañana cuando, después de orar y leer un pasaje del Antiguo Testamento, el cielo nublado se abrió y, por unos segundos, pudo ver el rostro de un ángel. En la mirada límpida, el rostro sin barba y la sonrisa de este ser celestial, Jacob marca el inicio de su renacimiento, el primer paso en su búsqueda del camino luminoso.

Entonces dejó su trabajo en la empresa textil y salió a buscar la palabra de Dios por todo Chile. Abandonó la casa paterna y se casó –casto– con Noemí, una joven que conoció durante sus viajes. Fue padre de sus tres primeros hijos –Israel, Dina y Elizabeth– y peregrinó por distintas iglesias para encontrar una que se ajustara a las visiones reveladas por la divinidad, que comenzaron a hacerse recurrentes: imágenes en las que se veía predicando frente a seguidores, frases epifánicas sobre su misión.

Un día, cuando ya había cumplido los 25 años y llevaba más de cinco casado con Noemí, la voz de Dios le dijo que terminara con la búsqueda. Que ya tenía el conocimiento universal. Que ya había crecido en luz. Que la única iglesia posible era su propia iglesia. Desde ese momento comenzó a presentarse como Jacob, el único y legítimo iluminado del cielo que no proviene del mundo hebreo.

El primer profeta del sur austral.

Es viernes, es de mañana y la ciudad está vacía por el feriado católico que recuerda ala Virgen del Carmen. Frente al condominio donde vive Elena Barahona –una asistente social que trabaja parala Corporación de Fomento, oficia como una suerte de secretaria del profeta y es una de sus feligresas más antiguas y devotas– hay un furgón blanco. Jacob –56 años, larga barba cana, crespo pelo, silueta baja y maciza, y manos pequeñas– está al volante. Acaba de llegar a Santiago desde una de las dos parcelas que tiene en Lomas del Águila, en Champa, un sector agrícola a70 kilómetros al sur de Santiago. Ahí se retiró hace una década y vive con cinco de sus mujeres y la gran mayoría de sus hijos.

Hoy se levantó cerca de las 5 de la mañana para ordenar algunas cuentas de las tres pequeñas empresas eléctricas de las que es socio, para llamar a varios de sus feligreses que están pasando por malos momentos, para venir a visitar a sus mujeres que viven en Santiago, revisar las lecturas que compartirá esta noche con sus feligreses y escuchó algunos tangos en el camino.

En el interior de la furgoneta, agazapada, está Reina Esther, su séptima esposa, con tres de sus hijos.

—No la moleste. Tiene un genio complicado. Le pedí que diera la entrevista, pero no aceptó. Es mi mujer, respeta la palabra, pero no la puedo obligar a hacer cosas que no quiere.

Jacob camina hasta el portón del condominio y toca el timbre. En el citófono se escucha la voz de una mujer.

—Shalom, hermana Elena.
—Shalom, mi señor Jacob. Suba. Lo estaba esperando.

Después de subir cuatro pisos por una escalera, Jacob saluda a la dueña de casa y se derrumba sobre uno de los sofás del living. Suda. Toma aire. Y de inmediato acepta la taza de té que ofrece la hija menor de Elena, Deborah, una niña de 16 años y anteojos redondos. El lugar tiene pocos lujos. Hay una estufa encendida, una mesita de centro con una planta plástica, un librero lleno de enciclopedias. En las murallas hay citas bíblicas enmarcadas.
Textos de Salomón, Isaías y David.

Elena Barahona, su marido y sus tres hijos, son una de las sesenta familias que conformanla Legióndel León de Judá. Todos los lunes, miércoles y viernes se reúnen en una casa en San Joaquín para escuchar las prédicas de su señor y leer las escrituras. Sus encuentros comienzan pasadas las seis de la tarde y se pueden extender hasta la medianoche. El culto siempre está rebosante de público.

—Muchos hermanos han crecido en la iglesia, no tenían proyectos ni educación y mi señor los aconsejó y salieron adelante. Hoy tienen sus negocios, empresas y son testimonios de vida –dice Elena.

El profeta se mesa la barba.

—Elenita y su familia me acompañan desde que partió esta travesía de alegrías, flores, espinas, lágrimas y esperanzas. Ellos, como tantos otros, creen que el gran León de la tribu de Judá, yo, su profeta Jacob, soy el portador de la fe que salvará al tercer milenio. Ahora la palabra viene de un mensajero hebreo nacido en el occidente del fin del mundo –dice Jacob.

Elena y su hija Deborah asienten. Suena el citófono. Es uno de los hijos del profeta. Pregunta a qué hora bajará su padre.

El profeta tiene que ir a visitar a otra de sus esposas.

La Legión del León de Judá. Así Jacob bautizó a su iglesia cuando comenzó a predicar sus enseñanzas, después de abandonar el trabajo que tenía por entonces como predicador en una Iglesia Pentecostal en la población La Victoria.

Una verdad que Jacob –como “el gran león dela Tribude Judá”– expresa en sus rugidos. Así devela los deseos del Verbo Dios, el nuevo y final nombre del altísimo, que durante distintas épocas ha sido presentado con otros nombres. Jacob también dice que parte del Verbo Dios se ha encarnado en cada una de sus ocho esposas, bautizadas cómo las mujeres de los profetas bíblicos. El profeta las llama “las lámparas de la palabra”.

En su momento de mayor esplendor, a mediados de los ’90,La Legióndel León de Judá contó con más de un centenar de familias que seguían su palabra, todas provenientes de comunas populares como San Joaquín, San Miguel y Peñalolén. Hoy no superan los 60. Muchos lo abandonaron y sólo se quedaron “los justos, los verdaderamente creyentes”.

Todos ellos asisten a las reuniones del culto, que cada vez cambia de lugar y que por lo general se realizan en espacios facilitados por alguien de la congregación. Es una de las formas en que ayudan a su profeta. Las otras son un diezmo de su sueldo que entregan religiosamente y manteniendo total discreción sobre los detalles de su fe.

El Verbo Dios, dirá siempre el profeta, es algo serio. Algo de lo que no se puede hablar ligeramente.

Degenerado. Corrupto. Animal. ¡Déjame una!

Todo eso decían los rayados que en marzo de 1995 tapizaron el frontis de la casa donde el profeta vivía por entonces, en la calle Caracas de la comuna de Peñalolén. Los ataques con piedras de los vecinos del sector contra la amplia construcción cercada por rejas metálicas negras se replicaron en la prensa y en los noticieros televisivos.

Jacob fue detenido porla Policíade Investigaciones y derivado ala Penitenciaríade Santiago después de varios reclamos anónimos y de una denuncia de Víctor Ramos, padre de Tamar, Rahab Primera, Rebeca y Agar, cuatro de las cinco mujeres que ya integraban la familia y de otras dos que llegaron después.

El profeta fue acusado de polígamo y corruptor de menores. A la semana fue sobreseído. Sólo estaba casado legalmente con la primera de sus mujeres: las otras tres vivían con él por opción propia y habían aceptado “la voluntad divina” cuando ya eran mayores de edad. Y además Víctor Ramos, el padre denunciante, seguidor de la doctrina del profeta desde sus comienzos, retiró su acusación. Desde ese momento, Jacob se convirtió en leyenda.

Fue bautizado como “El profeta de Peñalolén”. Le hicieron crónicas y entrevistas en las que le preguntaban por su vida sexual, por los métodos anticonceptivos y, en los últimos años, por el Viagra. A regañadientes contestaba, pero después dejó de hacerlo.

—Me cansé de que me trataran de pervertido sexual. Esto tiene un sentido más allá de la carne. Pero una cultura monógama, que en secreto actúa como en Sodoma y Gomorra, no lo sabe –dice el profeta en su parcela en Champa. A este sector rural –al que se llega por un camino de tierra y donde abundan los árboles frutales– Jacob se retiró después de ser perseguido en las comunas que vivió luego de Peñalolén.

Aquí ha seguido con su culto, han crecido sus hijos y han llegado sus nuevas esposas.

Rahab Saba vivía en Puerto Montt, tenía una hija de 4 años y nunca había visto a Jacob. Sólo había escuchado su voz en las grabaciones que le hacía escuchar su novio, Sadrach, que tenía por entonces, cuando aún se llamaba Rubelia Chávez.

Con la familia de Sadrach, conoció las enseñanzas dela Legióndel León de Judá. Ellos habían descubierto a Jacob en Santiago y replicaban sus palabras a quien quisiera oírlas. Rubelia desde el principio se dejó seducir por estas prédicas, y comenzó a enviar una ofrenda de 25 mil pesos. El discurso del profeta le resultó tan impactante que después de terminar su relación con Sadrach mantuvo su fe.

A fines de 2009, Rubelia –21 años, pelo oscuro y ojos color carbón– comenzó a soñar. Primero se vio en medio de un campo con un bastón en la mano y ovejas que la seguían. Luego con un hombre de barba que la abrazaba con fuerza. Y, en la más recurrente de sus visiones, rodeada de niños que la seguían como una madre.

—Nadie tuvo que decírmelo. Era el Verbo Dios, me estaba hablando, que me decía que mi destino estaba cambiando, que dejara mi pasado, porque me tenía preparado algo mejor –dirá Rubelia, quien una tarde a fines de marzo fue donde la familia de su ex novio y les habló de sus visiones. La escucharon con atención y asombro.

Cecilia, la madre de Sadrach, había soñado lo mismo y le dijo que su destino era convertirse en la nueva esposa del profeta.

Esa noche, luego de buscar en internet la fotografía de Jacob y comprobar que era el mismo hombre que veía en sus sueños, Rubelia y Cecilia llamaron al profeta y le hablaron de los sueños que habían tenido. El profeta titubeó, le dijo que esperaran un tiempo. Semanas después las llamó para decirles que esperaba su llegada.

Así fue como un día de mayo de 2010, Rubelia dejó a Trinidad Juliette, su hija de cuatro años, con sus abuelos paternos, y tomó un bus rumbo a Santiago para presentarse como su octava mujer.

Jacob la esperó en el terminal de buses, conversaron en el patio de comidas de esa estación y se mostró dubitativo. Rubelia pensó que ella no era su tipo y le dijo que sólo seguía el llamado del Verbo Dios. Jacob, resignado, aceptó: no podía rebelarse contra ese mandato superior. Rubelia Chávez fue bautizada como Rahab Saba y Jacob la llevó a sus dominios en Champa para presentarla al resto de sus mujeres.

—Para mi señor no es fácil aceptar cualquier mujer, porque implica un sacrificio enorme y sus mujeres son muy celosas.

Es sábado. Ya pasó el mediodía. Rahab Saba está sentada en un sofá color café y mira a Esperanza y Beerseba, dos de las hijas de Jacob que corretean por el balcón del departamento donde vive desde que llegó a la ciudad.

Afuera un viento frío sopla agudo en la esquina de la calle Santa Rosa con Santa Ester, zona sur de Santiago. A Rahab Saba le preocupa que las niñas estén desabrigadas y les pide que entren y hace un gesto autoritario, para que guarden silencio.

—Tengo que protegerlas como si fueran mis hijas.

Esperanza y Beerseba la miran atentas. Tienen entre diez y nueve años, llevan parkas de colores y pelo suelto.

Rahab Saba luce más compuesta: el pelo tomado en un moño, falda más abajo de las rodillas y botas de caña larga. No tiene joyas. Una ínfima capa de maquillaje cubre su cara. Habla con voz aguda y termina cada frase con una sonrisa tatuada. Esa expresión de tranquilidad se desdibuja, por unos segundos, cuando comenta que hace meses no habla con Trinidad Juliette, su hija. Dice que es mejor así, porque llamarla sólo la haría perder el rumbo de la misión del Verbo Dios.

—Son los sacrificios para conseguir una felicidad más allá de lo terrenal. Mi señor dice que en el camino luminoso no siempre hay rosas –dice como hablándose a sí misma. Y por milagro la sonrisa se le tatúa otra vez.

La poligamia proviene del griego y significa “varios matrimonios”. Hoy el número de sociedades auténticamente poligámicas es reducido, pero destacan las naciones islámicas, donde este tipo de matrimonio sólo existe si es aceptado por las mujeres. Aunque en la sociedad grecorromana –base del cristianismo– esta práctica o más correctamente, la poliginia (muchas esposas), no fue aceptada, el Antiguo Testamento dice que todos los patriarcas bíblicos fueron polígamos. La actual doctrina dela Iglesia Católica lo condena, porque es contraria al amor conyugal, que es indivisible y exclusivo.

Cae la noche sobre la calle Tesuca dela Villa Santa Olga de Lo Espejo. Una reja de madera tosca flanquea una casa de bloques de cemento sobre la que se afirman otras dos construcciones de madera de ventanas pequeñas por las que despunta una luz. Isabel Ramos –29 años, melena crespa, maquillaje marcado– abre la reja con desconfianza. Pregunta si no hay cámaras de televisión y asoma la cabeza.

—Cuando están pobres de noticias vienen a molestarnos –se excusa y sube una escalera que cruje con cada pisada. Abre la puerta que da a un pequeño living con una mesa de madera cubierta por un mantel blanco, murallas decoradas con fotografías y un niño de doce años que mira televisión.
—Él es uno de mis cuatro hijos. Los otros ahora están en Champa con su papá. El señor profeta vino a buscarlos ayer. A diferencia mía, ellos lo extrañaban.

Hasta 2009 Isabel respondía al nombre bíblico Abisac, vivía en Champa con sus hijos, no se maquillaba y sólo podía usar zapatos bajos. Después de diez años siguiendo estas reglas, abandonó al profeta.

—Todavía lo respeto. Cada quién con sus creencias, pero necesitaba recuperar la libertad.

Me cansé de que me mandaran todo el tiempo. No era una enferma mental –dice Isabel, que volvió a la casa de su padre y empezó a trabajar en lo que le ofrecieran: mesera de un restaurante, limpiando en supermercado y vendiendo en la feria.

—Él me ayuda con algo de plata para los niños y les compra todo lo que necesitan, pero quería mis propias cosas.

Isabel no fue la primera de las mujeres en abandonarlo. Antes, una de sus hermanas mayores, que también había seguido al profeta, Sonia Ramos o Rahab Primera, había regresado a Lo Espejo con su hijo. Ahora vive en una casa cercana. A diferencia de Isabel, aún cree en la palabra y no quiere hablar del profeta:

—No porque sea profeta no va a tener errores. Lo dicen las escrituras –es su lacónico comentario al teléfono.

Luego de las deserciones de Sonia e Isabel, otra de sus hermanas, Romina, lo abandonó el 15 de mayo de 2009. Dos semanas después de Isabel.

—Ella se vino detrás de mí y vive en la casa de abajo con sus tres hijos, pero no quiere hablar. Le molesta aparecer en la prensa –dice Isabel Ramos
—Sabe, el profeta no es mala persona. Cree en lo que dice, no está vendiendo un cuento. Ha sufrido mucho por esto. Siempre le digo que si tuviera menos mujeres tendría más plata y menos problemas.

Por una ventana se ve la cordillera de los Andes, iluminada por un sol que lucha contra unas nubes dispersas. En su departamento, Elena Barahona, la seguidora y secretaria del profeta, marca por tercera vez el teléfono. Nadie responde. Deja de insistir. Ofrece té y habla de sus inicios en la iglesia. Intenta, en vano, mostrar el rostro de Jacob que, asegura, se dibuja en una de las montañas nevadas. Suena el teléfono. Ella contesta. Frunce la boca. Cuelga.

—Mi señor Jacob tuvo un problema, no vendrá –dice Elena y le pide a su hija Deborah que traiga más té.

La niña baja la cabeza y obedece. Cuando vuelve con la bandeja, su madre la contempla con una expresión de orgullo.

—Tengo una exclusiva –dice Elena.

Hace años le dijeron que, a raíz de un problema médico, no podría tener más hijos. Entonces oró al Verbo Dios para que le mandara una hija. Y quedó embarazada de Deborah. Se convenció de que era una señal y, ella y su marido hicieron una promesa para agradecer el milagro:

—Deborah, mi hija adorada, cuando cumpla la mayoría de edad se convertirá en la nueva esposa de Jacob.

Deborah baja la mirada.

—Todavía faltan dos años, y que ella tome su decisión. Pero ya sabe lo que quiere –insiste Elena y mira a Deborah.

Deborah carraspea y dice, con voz dura:

—Claro que quiero. Es lo que quiere el Verbo Dios.

Afuera la cordillera se ilumina repentinamente. Elena se pone de pie y señala a la ventana, eufórica.

—Miren, miren: ahora se puede ver perfecto el rostro de nuestro señor en el monte.

Después, se cubre la boca con las manos.

Ahí viene Gary Medel, con pelota dominada, listo para fusilarme. Es el domingo 16 de mayo, pasadas las cinco de la tarde y debajo del arco me dispongo a hacerle frente. En la plaza que está delante de la multicancha de calle Alberto González, de Conchalí, los vecinos se aglomeran para ver a una de las figuras de Boca Juniors y de la Selección chilena jugar una pichanga de baby fútbol junto a sus amigos del Sabino Aguad Kunkar, el club en el cual inició su carrera antes de saltar a la U. Católica.

-Dala, Gary, entrégala – le grita su hermano, Kevin.

Viene con la cabeza agachada, mirando el balón. Pero él tiene dominio de la situación. Los ojos se le achican, abre la boca para respirar mejor y los músculos de la cara se le tensan al punto que su cara se convierte en una expresión de fiereza. El cuello es tan ancho que pareciera la continuación de la espalda, y los pies se mueven rápidos y fuertes, como si quisiera taladrar la cancha.

Doy dos pasos hacia él, y me agazapo.

El día anterior, sábado 15, Gary había llegado en un vuelo comercial desde Mendoza, Argentina. No pudo jugar el último partido de la temporada por Boca, frente a Banfield, de visita: un par de contusiones en sus piernas lo habían descartado para ese encuentro. Así que Medel decidió conducir su auto Nissan 370z -deportivo blanco y con matrícula chilena- desde Buenos Aires hasta Santiago en su último viaje desdeArgentina, previo al Mundial. Lo acompañaba su polola, la trasandina Gabriela Acosta, y a causa del cierre delPaso Los Libertadores por mal tiempo, tomaron el avión a Santiago y dejaron el Nissan en el hotel donde se habían hospedado.

Gary llegó a la sede del club Sabino Aguad a eso de las ocho de la noche de ese sábado, cuando su hermano mayor y su padre, ambos de nombre Luis, jugaban brisca con otros dos amigos.-¿Y no fuiste a la Selección, Gary? -le preguntó un amigo de su padre. Al día siguiente se enfrentarían los equipos de Chile y México en el Estadio Azteca. Gary, titular indiscutido para Sudáfrica, hizo una mueca y lanzó la mano hacia arriba.

-No, Bielsa va a probar a otros mañana. Yo vengo a jugar con ustedes -se dio vuelta y añadió-¿Jugái a la pelota, periodista?

Asentí.

-Entonces trae equipo mañana y jugamos con los cabros.

Hombre de metas

Buenos Aires, viernes 7 de mayo. 11 de la mañana.

-Decile “Gary”, hijo. Decile “Gary”, para que te firme un autógrafo.

Un hincha y su hijo están pegados a la reja de la esquina norponiente de La Bombonera, la cancha de Boca Juniors. Gary Medel juega y bromea con tres compañeros más jóvenes y suplentes del club, en el sector del córner. Cuando la pelota cae cerca de la reja, el niño le grita “Gary”, el chileno lo ve y lo saluda con la mano.

A pesar de que Boca ha cumplido una de las temporadas más pobres de su historia (terminó 16 entre 20 equipos), Medel ha sido la revelación y una de las pocas figuras rescatables del equipo.

“Gary es un hombre de metas”, dice uno de sus amigos en Buenos Aires. “Uno de sus sueños era jugar en Boca Juniors. Lo logró rápidamente, pero él sabe que su vida en Argentina es breve, porque su siguiente paso es Europa. La otra meta que sigue es el Barcelona. De hecho, cuando juega fútbol en el PlayStation, lo hace como jugador del Barça”.

Pese a que se trata de un entrenamiento, Medel corre y se arrastra por el pasto como si se tratara de un partido de verdad. Los compañeros le gritan “Chile”, “Gary”. Ninguno le dice “Pitbull”.”Marcelo Bielsa habló con los dirigentes de Boca y recomendó a Gary a ojos cerrados”, cuenta Marcelo London, uno de los dirigentes del club xeneise. “Nosotros sabíamos perfectamente todos los problemas que había tenido Gary en Chile (detención por conducir en estado de ebriedad, peleas dentro de la cancha, la caída de una joven desde el balcón de su departamento en Huechuraba y el accidente que casi lo mata cuando se quedó dormido al volante entre Viña y Santiago). Pero en Argentina ha sido muy profesional. Dentro y fuera de la cancha”.

Hay periodistas en las butacas de La Bombonera. Observan a Gary, hablan entre ellos, dicen que los dirigentes no van a poder retener al chileno, que se va a Europa y que ya están buscándole un reemplazante.

“Este es un equipo difícil. No todos los jugadores que llegan funcionan”, cuenta Leonardo Aguilera, de TyCSports. “El hincha de Boca le pide algo más al jugador: que ponga, que luche cada pelota. Y Medel le dio ese plus. Todo se le hizo más fácil cuando le hizo dos goles a River en este estadio. Él responde al grito que tiene la hinchada de Boca, Boca, Boca, huevos, huevos, huevos”.

En Argentina Gary se ha peleado con un par de rivales y hasta con un compañero, pero también ha sido hábil para no entrar en conflicto con los líderes más emblemáticos del equipo: Palermo y Riquelme, enemistados entre sí.

“Almuerza con Palermo y cena con Riquelme”, dice un amigo de Gary. “No tiene problemas con ellos y es mucho más amigo de los jugadores jóvenes del plantel. Pero Medel tiene a sus verdaderos amigos fuera del fútbol, y como está de paso en Buenos Aires, y lo tiene clarísimo, prefiere tener buenas relaciones y no abanderarse con nadie”.

De hecho su tiempo en Argentina, se acabó.

Diez años de fútbol

Gary Medel vive en una casa de un piso en el residencial municipio de Vicente López, a 16 kilómetros al norte de Buenos Aires. No tiene muchos muebles (la cama, un sofá y un comedor) y sí muchas películas que ve en su computador (alrededor de 300, una de las últimas que vio fue El secreto de sus ojos). El lugar fue buscado por uno de los asistentes del representante de Gary, el argentino Fernando Felicevich, que se preocupa por todas los asuntos que el futbolista necesite.

-¿Sabés?, acá todos en el barrio lo quieren -dice un hombre pequeño y gordo, que sale de una caseta de vigilancia, a 10 metros de la casa del jugador-. Cuando Gary les hizo los dos goles a River, al frente los vecinos le colgaron un lienzo que decía: “Gracias, Gary”.

Juan Eduardo Bringas es el guardia que cuida las casas del sector. Cuando ha ido la familia de Medel, lo invitan a almorzar, habla con el abuelo y la madre del jugador le pide que le “cuide su guagüito”.

“Es un pibe que sale muy temprano a entrenar, y vuelve a la hora de almuerzo y a veces me pide que le llame un delivery para que le traiga una pizza. Duerme y a veces sale al mall a comprar. No sale nunca en las noches, ¿eh?, mirá que siempre preguntan eso. Es un pibe que vive para el fútbol”, dice.

De hecho, Medel no conocía el Obelisco hasta hace un mes, cuando el programa de Canal 13, Nacidos para ganar, lo llevó al monumento para hacerle una entrevista. Sin embargo, desde el momento en que comenzó a salir con Gabriela Acosta, su vida en Buenos Aires cambió un poco. De pasar el día en su casa chateando por Messenger y revisando constantemente su Facebook, comenzó a salir con ella a comer e ir de compras. En varias ocasiones se ha quedado en el departamento de Gabriela.

“Al principio era tímido, pero de a poco empezó a soltarse”, recuerda Cristián Erbes, el compañero más cercano que tiene Gary dentro de Boca. “Ahora es un buen amigo, compartimos habitación cuando el equipo concentra y nos ponemos a ver películas, a veces jugamos ping pong, y compartimos el gusto por la música. Él me presta reggaeton y yo le paso cumbias villeras”.

En Buenos Aires está de paso Marco López, el “Piri”. Es amigo de Gary desde que ambos se enfrentaban en una cancha de tierra; Medel, por el Sabino Aguad, y Marco, por su club, el Defensor Olímpico. Gary lo llamó y le dijo que si quería verlo jugar en la Bombonera ésta sería la última oportunidad.

-Me dijo que estaba todo listo -cuenta-. Que hablaron con él y que no vuelve a Argentina. Y que estos iban a ser sus últimos partidos en Boca. Le dijeron que tienen todo listo para que se vaya a Europa.

-Un día yo fui a buscar al Gary a Juan Pinto Durán, fue después del choque que tuvo, cuando se quedó dormido -recuerda Marco-. Y lo vi conversando con Bielsa. Después le pregunté qué habían hablado, y él me dijo que le había dicho que tenía que cuidarse. Le dijo: “El fútbol son sólo 10 años”, y hay que aprovecharlos.

Al terminar el entrenamiento, los jugadores comienzan a salir hacia el parque cerrado, donde están los autos.

Media docena de BMW, un par de Mercedes Benz, y el Nissan 370z de Gary. Le piden autógrafos, se saca fotos, habla con los hinchas y evita a los periodistas. Entra al auto, sube la ventanilla y pone un reggaeton.

La vida pop

Domingo 16 de mayo. Hora de almuerzo.

Gary Medel y sus amigos ven el partido de Chile con México en la sede del Sabino Aguad. De repente sale y afuera se pone a conversar con unos amigos sobre un episodio que ha pasado en la población. Uno de ellos le cuenta la historia de un muchacho que estuvo preso durante 15 años a causa de las drogas, y que se puso a estudiar en la universidad mientras duraba su condena.-La cagó, qué buena -dice el Pitbull.

La Selección cae por uno a cero frente a los mexicanos. Medel se lamenta con el casi gol de Beausejour y comenta acerca de la expulsión de Manuel Iturra. Se pone de pie. Pregunta si hay gente suficiente para la pichanga de más tarde.

De almuerzo hay porotos con chancho. Es una comida para cancelar la multa de 42 mil pesos que debe un jugador del Sabino Aguad por agredir al árbitro en el último partido. Gary pagó varios platos, pero desde chico que no le gustan los porotos. Le dan un pedazo de carne y ensalada. A Gabriela le dan pollo.

-Vos tenís cara de choro -me dice, y se le forma una mueca de alegría en la cara-. Él tiene cara de malo,¿cierto? -le pregunta al resto.

Los compañeros se ríen.

-Estoy orgulloso de mis hijos -dice el padre de Medel-. Hice buenas personas, pero hice mejores futbolistas.

Llega el hermano mayor, Luis. Viene vestido con el buzo de Boca Juniors y la camiseta de su hermano.

-Como familia estamos contentos de que el Gary alcance sus sueños -cuenta-. Imagínate, él salió de acá y sigue acá. Vuelve. Está solo en Argentina, lo vamos a ver, pero lo echamos de menos y él a nosotros. Y extraña esto: esta vida y este club. Aquí están sus raíces.

Por la tele hablan de los resultados del fútbol argentino, pero a Gary le importa muy poco. Ve la hora y se pone ansioso por la pichanga. De una bolsa, su hermano Kevin saca una polera calipso, shorts negros, calcetas y un par de zapatillas de tenis blancas, todo Nike.

Observo una foto de Gary con la selección chilena pegada en un fichero de la sede. Está “Chupete” Suazo, Alexis Sánchez, Matías Fernández y Claudio Bravo. Medel aparece en cuclillas con sus ojos semicerrados y laboca abierta.

-¿Estái listo, periodista? -me pregunta Gary con un empujón-. ¿Estái seguro de que quieres jugar con nosotros?, porque aquí no hay amigos, no hay familia ni hay periodistas. Aquí se juega con los codos, se pega y después se pregunta.

Salimos a la cancha. El sol está a punto de ponerse. Se arman tres equipos de cinco jugadores que se rotan al gol. Yo seré arquero en uno de ellos. Me toca jugar. Gary, en el equipo contrario, pisa el balón y engancha. Intentan quitarle la pelota, la suelta, corre para recibirla. Choca con un rival, Medel ni se mueve. Parece una armadura.

Gary la pide, Gary la lleva, Gary engancha, corre, patea, ataca. Tiene la camiseta empapada. Viene de nuevo, avanza, regatea, se pasa a uno, a dos y se acerca al arco hasta que estamos frente a frente. Salgo hacia su encuentro. Respiro hondo, espero el remate. Medel me ve, calcula, hace que va tirar y no tira, le da el pase a un compañero que va libre por su izquierda, éste la recibe, remata y gol.

Medel mira la pelota en el fondo del arco, los ojos se le achican y se ríe.

Su carcajada es como un ladrido.

La pastora acorralada

Publicado: 17 octubre 2010 en Juan Luis Salinas
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Una mujer aimara, de grueso pelo negro, ojos pequeños y oscura piel manchada, mira al vacío y escucha su sentencia. Mientras la voz del juez comienza a leer la resolución del tribunal, en su cara no se dibuja gesto alguno.
Parece congelada, como si no respirara. A sus espaldas, sus abogados defensores, los fiscales y casi una veintena de asistentes –unos cuantos periodistas, varios representantes de organizaciones indígenas, los gendarmes encargados de custodiarla– esperan con ansiedad contenida el veredicto que definirá la suerte de la mujer que ahora agacha su mirada y empuña sus manos morenas de palmas resecas.
—Se condena a Gabriela del Carmen Blas, ya individualizada, a sufrir la pena de diez años y un día de presidio mayor en su grado medio por su participación en calidad de autora del delito de abandono de un menor de tres años en un lugar solitario, establecido en el artículo 349 del Código Penal en relación al artículo 351, acaecido el 23 de julio de 2007 y del que fue acusada el 27 de marzo de 2009.
La voz del juez Guillermo Rodríguez estremece la sala dos del Tribunal Oral en lo Penal de Arica. Pasa el mediodía, el silencio es completo.
Las facciones de Gabriela Blas –27 años, vestida una blusa blanca con una mariposa de lentejuelas y pantalón rojo– se sombrean con una mueca indefinida. Un gesto que se debate entre la decepción y el aturdimiento. Gabriela mira, entonces, a sus abogados, quienes tratan de mantener la calma para reconfortarla. Y, luego, los ojos de Gabriela enfrentan a los únicos familiares que la acompañan en la sala: su hermano Cecilio, un hombre moreno de figura menuda, y su tía, Celedonia, una mujer de sesenta años. Ambos bajan la cabeza cuando se encuentran con su mirada.
Ninguno de ellos llora. Gabriela tampoco.
Más tarde, esa ausencia de lágrimas será destacada por las crónicas y por los reportajes televisivos que informarán sobre su condena. Todos hablarán de su falta de emociones. De su frialdad. Pero esa noche, antes de dormir, en la privacidad de su celda en la cárcel de Acha, al sur de Arica, Gabriela, quien se bautizó en la religión evangélica, leerá la Biblia y pedirá perdón por su error.
—Me condenaron por algo que yo no he hecho, por eso estoy triste. Sé que por mi descuido, mi hijo Domingo Eloy se perdió y se murió, pero no fue mi intención. Yo no lo dejé botado ahí en el frío, me duele que crean eso –murmurará un mes después del fallo, a trastabillones y con voz casi imperceptible.
Entonces, sólo entonces, a lo largo de ésta su única entrevista, una lágrima caerá por la cara de Gabriela. Ella la secará con el puño de su chaleco. Lo hará con un movimiento rápido.

***

La desaparición. Faltaba un mes para que Domingo Eloy Blas cumpliera cuatro años cuando desapareció en la inmensidad del altiplano, en la estancia Caicone, en la comuna de General Lagos, cerca del volcán Tacora y del límite con Perú. Fue al atardecer del 24 de julio de 2007. En la sentencia se señala que el niño volvía de pastorear junto a Gabriela. Habían salido cerca de las seis de la mañana con un ganado de llamas y alpacas por las planicies verdosas que se extienden alrededor de la estancia  –cuatro casas de adobe, un corral de piedra y un pozo de agua– a la que habían llegado cuatro días antes.

A diferencia de la mayoría de las pastoras aimaras del sector, el piño de animales no le pertenecía a Gabriela. A ella la contrató su dueño por tres mil pesos diarios. Esa vez serían diez días de trabajo y ganaría treinta mil pesos, de los que pensaba mandarle una parte a Víctor, su hijo mayor, que vive con uno de sus tíos en Arica, y compraría lo necesario para Domingo. Su hija menor Claudia, de dos años, había sido entregada a un hogar de Conin en Arica. Gabriela no podía cuidarla ni mantenerla.
Ese día fue tranquilo. El sol iluminó tibio y el viento, que acostumbra a pegar fuerte en las alturas, estuvo calmo. Gabriela dice que cargó a Domingo en su aguayo durante las casi dos horas de caminata al lugar donde pastaron los animales. Ahí almorzaron su “tostado” (maíz) y escucharon música de una emisora peruana en la radio que cargaban. Conversaron sobre plantas y antes de volver a la estancia lo retó porque se encaramaba en las piedras.
No era la primera oportunidad que Gabriela salía con Domingo a pastorear. Dice que comenzó a hacerlo desde que tenía pocos meses, pero a medida que fue creciendo trató de dejarlo al cuidado de su hermana mayor o con su madre en su casa en Fondo Huayla, un sector apartado al interior de una quebrada cordillerana. Ninguna de las dos pudo cuidarlo esta vez. Su cuñado no lo permitió y su mamá estaba enferma. Aunque sabía que el esfuerzo era doble, partió con el niño. Domingo ya pesaba mucho y era más inquieto. Llevarlo –dice– tampoco era algo extraño. Ella, al igual que sus seis hermanos, pastorearon con su madre hasta los seis años. Y luego comenzó a hacerlo en solitario o acompañada de su hermana mayor.
Gabriela cuenta que todo sucedió repentinamente, que nada fue premeditado. A las dos de la tarde, antes de que la sombra comenzara a caer, relata que cargó a Domingo y se encaminó de vuelta hacia la estancia. Durante el trayecto se vino tejiendo, arreando a los animales y descansando en algunos lugares. En su última declaración, señala que se le hacía difícil llevar todo el tiempo al niño en sus espaldas.
—Cerca de las cinco, cuando faltaba un poco más de medio kilómetro, me di cuenta de que dos animales se habían alejado del ganado. Se habían quedado en una loma. Le dije: hijito, dos llamos quedaron atrás. ¿Me vas a esperar? Y lo dejé sentado ahí en el aguayo. Le dije que no se moviera, que yo apuradamente iría a buscar al resto, a la mamá y al matón (una hembra y su llamo pequeño). Antes de irme miré que estuviera abrigado y que no hubiera algún peligro cerca. No había ningún cruce de agua, ninguna quebrada, ni tampoco animales salvajes, pensé que estaría seguro.
Por su experiencia, Gabriela dirá después en su defensa, que lo más indicado era hacerlo así. Dirá, también, que su madre así lo había hecho con ella en su infancia. Además, contará que no podía dejarlo en la casa en la estancia, porque eso era más peligroso.
—Ahí había cuchillos, estaban los perros y restos de fuego.
Pero la experiencia no es infalible. Cuando Gabriela regresó, cerca de una hora después, el niño no estaba. Sólo quedaba el aguayo tirado en el suelo. Ella cuenta que desesperada bajó a la estancia a buscarlo, porque pensó que había vuelto a la casa. No lo encontró. Dejó los animales y regresó adonde lo había dejado. En su declaración final señala que empezó a seguir su huella. Dice que lo hizo entre las seis y las nueve de la noche. Que gritó su nombre.
Que subió y bajó tantas veces hasta que cayó la noche y el frío comenzó a recrudecer y el viento a correr fuerte.
Entonces volvió a la casa, a esperar el otro día para seguir buscando. Esa noche, dice que no pudo dormir, porque sabía que Domingo no sobreviviría.

***

La cárcel. Es jueves. Un pálido sol amarillo de fines de mayo ilumina la carretera que se extiende vacía y los cerros ondulantes que enfrentan a la cárcel de Acha en Arica, el recinto penitenciario de alta seguridad que se inauguró en el sur de Arica en 2000. Ahí, según cifras de Gendarmería de Chile, hay 2.400 internos.
Gabriela Blas está retenida en este centro –conformado por construcciones que parecen enormes cajas de hormigón pintadas de colores aún más apagados que el desierto– desde hace tres años y ocupa una pequeña habitación en uno de los módulos del sector femenino, donde hay 276 mujeres. La mitad tiene nacionalidad peruana o boliviana y cargos por tráfico de drogas. Celinda, la compañera de celda de Gabriela, es una peruana de origen quechua que cumple una condena por narcotráfico. Esta mujer convirtió a Gabriela a la religión evangélica y es la mejor compradora de los bordados que hace para juntar algo de dinero. Sus trabajos no tienen nada que ver con lo que aprendió a hacer en su infancia. Ahora borda insignias de clubes deportivos como el Colo-Colo o la Universidad de Chile. Los otros, los más étnicos, no se vendían.
Su vida en la cárcel no ha sido fácil. Cuando llegó, varias de las internas comenzaron a amenazarla porque “había matado a su hijo”, pero todo quedó en palabras. Además, durante ocho meses estuvo en un módulo de aislamiento, donde prácticamente no recibió visitas. Sólo a los fiscales y a sus defensores.
—Eso la llevó a una depresión y afectó su salud. Gabriela ha pasado toda su vida en el altiplano, en espacios abiertos, y estar encerrada todo el tiempo es impensable para ella –dice Inés Flores, la interventora cultural de la Defensoría de la Región de Arica y Parinacota, la mujer que la ayudó a entender los términos legales que le resultaban ininteligibles durante los casi tres años en que se investigó su caso.
Inés Flores –profesora de castellano-aimara, madre de dos hijos universitarios y casada con un historiador– se ha convertido en una de sus amigas más cercanas y en una de sus más férreas defensoras. Ella también es aimara, creció en el altiplano y durante su infancia pastoreó con su madre.
—He conversado con mi madre y ella me ha contado que lo que hizo Gabriela es una práctica habitual en situaciones determinadas. Existen textos aimaras que dicen que en ciertas regiones era costumbre amarrar a los niños a piedras, cuando la madre debía dejarlos solos para enfrentar una emergencia con su ganado, como rescatar a un animal que cayó a un pozo en los bofedales –dice, mientras caminamos hacia el módulo donde se realizará la entrevista.
—¡Gabriela Blas, visita! –grita la gendarme que nos escolta a la sección de Gabriela.
Tras una reja pintada de negro y por la que se ve parte de una cancha de fútbol, donde algunas internas conversan y suena una canción de Américo, aparece Gabriela vestida con un suéter beige a rayas y un pantalón de buzo café. Saluda apenas. Sus ojos se achican con el brillo del sol.
—¿Por qué estás vestida con esos colores? ¿Qué pasó con tus chalecos coloridos? –le pregunta Inés.
Gabriela sonríe nerviosa.
—Es la única ropa que puedo conseguir acá –dice.

***

El pastoreo. Después de los mapuches, el pueblo aimara es el grupo étnico cultural más representativo y numeroso de Chile. Su presencia traspasa las fronteras impuestas por las naciones, abarcando parte de Perú, Bolivia, el norte grande de Chile y el noreste argentino. Además de las técnicas ancestrales de la agricultura que mantienen, también se dedican a la ganadería.
Según el académico del Instituto de Investigación Arqueológico y del Museo San Pedro de Atacama de la Universidad Católica del Norte, Hans Gundermann, en el pastoreo altoandino de camélidos domésticos y ovejas, las mujeres siempre han jugado un rol laboral destacado. También los niños cuando ya están en edad de colaborar. Aunque los hombres tampoco se sustraen de la ganadería, solían y suelen estar ocupados en viajes para trabajar. En la actualidad, con la migración a la ciudad, el pastoreo lo realizan preferentemente mujeres mayores que permanecen al cuidado de animales propios, de la restante familia y de parientes.
Aunque el antropólogo evita hablar del caso específico de Gabriela, comenta que es normal que en el pastoreo extensivo en los altos Andes del norte, algunas madres deban dejar momentáneamente solo a un niño para atender circunstancias especiales.
—Ningún aimara quiere dejar solo a un niño, pero a veces se dan situaciones en que debe hacerse para resolver algo indispensable o apremiante. En otro contexto cultural, eso también se puede observar en las madres urbanas, especialmente en aquellas con menos recursos económicos, jefas de hogar, con hijos pequeños que atender y necesitadas de generar ingresos o abastecerse de medios de vida indispensables –dice Hans Gundermann.

***

Vida torcida. Hay historias que deberían ser simples, pero que extrañamente terminan siendo escritas con líneas torcidas. Algo así sucedió con Gabriela. Menor entre seis hermanos, su madre la dejó a cargo de una hermana hasta los nueve años de edad. Llegó hasta sexto básico y a los 16 años fue violada por un primo de su madre y quedó embarazada de su primer hijo. El niño, que vio la luz en Arica, nació con problemas de salud y lo dejó a cargo de su hermano mayor quien vive en un campamento en el sector del Agro en Arica. Luego trabajó un tiempo como mesera en un restaurante de Zapahuira, camino a Putre, y como temporera en el valle de Azapa. Allí conoció al padre de Domingo, un hombre que estaba casado y la dejó con el niño. Después de eso volvió a vivir con sus padres y retomó por un tiempo las labores de pastoreo que había desarrollado en su infancia. Fue entonces cuando quedó embarazada de Claudia, su tercera hija. El padre fue su hermano Cecilio, con quien desde mucho antes había iniciado una relación incestuosa, por la cual también fue procesada pero resultó sobreseída.
—No me gusta hablar de eso. Sé que no fue lo correcto, pero había cosas que por el aislamiento en que vivimos durante mucho tiempo no entendía y de las que ahora me arrepiento y pido perdón a Dios –dice Gabriela en la sala de conferencias de la cárcel de Acha. Y cierra el tema.
Afuera sigue sonando Américo.

Ella masculla una cita bíblica que deja a medias.

***

La denuncia. El letrero que está en la entrada del poblado de Coronel Alcérreca dice que en aquí viven 10 personas, que hay un retén de Carabineros y está ubicado a 3 mil 985 metros de altura. Pero esta mañana de viernes no se ve ningún rastro de sus habitantes. Por las calles de Coronel Alcérreca –ubicado a 15 kilómetros de la estancia Caicone, en la comuna de General Lagos– todo es desolación. Sus casas están abandonadas y el único residente, además de los tres carabineros y un perro que corretea entre las murallas de adobe que alguna vez fueron habitaciones, es Santa Choque, una mujer de 48 años, que pastorea un rebaño de veinte ovejas.
—Todos bajaron ayer en bus a Arica –masculla Santa mientras carga un corderito en sus brazos.
El marido de Santa, que vive en Arica porque debe dializarse diariamente, es primo de Gabriela y ella era una de las pocas personas que estaban en el lugar cuando la pastora llegó el 24 de julio de 2007 a denunciar la pérdida de su hijo al retén. Las otras eran la hermana de Gabriela, su cuñado, su sobrino y el profesor de la escuela, quien también era padrino de Domingo Eloy.
Ninguno de ellos la acompañó cuando realizó la denuncia. Ninguno tampoco la fue a visitar cuando los carabineros “la invitaron” –según dice la Defensoría– a quedarse en el calabozo del lugar y le tomaron sus primeras declaraciones por la desaparición del menor.
—Estuvo casi siete días detenida con distintas policías del sector, primero en Coronel Alcérreca, luego en Tacora y en Putre, donde la interrogaron sin la presencia de un abogado defensor. Y eso terminó atemorizándola e influyendo para que realizara declaraciones contradictorias –explica Viena Ruiz Tagle, abogada de la defensa y especialista en temas de criminología feminista y derecho antidiscriminatorio.
La abogada Ruiz Tagle reconoce que, en un comienzo, Gabriela dio versiones contradictorias a las policías y que eso sustentó la teoría para que el magistrado fallara en su contra y para que la acusaran de obstruir la búsqueda del menor. El fallo consigna que la pastora declaró, primero, que su hijo se le cayó del aguayo. Luego que un camionero se lo llevó a Bolivia, y después, que ella misma lo mató con un palo. Incluso, confesó haberle dado muerte a golpes por causas sentimentales. Todas estas declaraciones fueron desechadas después de la investigación y los Carabineros que la recibieron en Alcérreca fueron sancionados por no haberla puesto en manos del tribunal en el plazo legal.
En anteriores declaraciones a “El Mercurio”, la fiscal Javiera López, quien llevó la causa y declinó hablar para este reportaje porque se encuentra pendiente la vista de un recurso de nulidad presentado por la defensa, y la sentencia todavía no está ejecutoriada, todas “las circunstancias previas, coetáneas y posteriores al extravío demuestran la intención de la mujer de deshacerse de su hijo, exponiéndolo a fríos de -20º C”.
—Lo que pasó es que me puse nerviosa, no sabía que tenía derecho a guardar silencio y sólo quería que me dejaran tranquila. Ellos decían que si no hablaba, meterían presa a toda mi familia y no los vería nunca más –dice Gabriela para explicar sus contradictorias declaraciones.

***

La polémica. A Domingo Eloy lo encontró el pastor Fortunato Tapia el 2 de diciembre de 2008. Diecisiete meses después de su desaparición y luego de una infructuosa búsqueda realizada por Carabineros, el Ejército y la Municipalidad de General Lagos. El menor estaba en Palcopampa, cerca del retén de Tacora, a 13 kilómetros de la estancia Caicone. Su cuerpo estaba boca abajo, tenía parte de sus extremidades comidas por la fauna altiplánica y otras en proceso de momificación. La autopsia señaló que murió en una fecha cercana al día de su desaparición, que la causa fue el frío y que no tenía lesiones externas atribuibles a terceros.
Pero entonces Gabriela ya estaba en prisión preventiva. A medida que fue siendo investigado, su caso dividió a la opinión pública y a los organismos judiciales de Arica. El defensor Víctor Providel arguyó durante el juicio la necesidad de que el tribunal considerara el contexto cultural indígena que establece el artículo 9 del Convenio OIT, que rige desde 2009 en Chile. Todo un precedente. Ninguna defensa anterior en Chile había invocado este argumento en un caso similar.
—Desde el principio creí en su inocencia y en cada entrevista que le realizábamos nos dimos cuenta de que recordaba detalles que argumentaban nuestra postura. Y eso se reforzó con los peritajes, al estudiar la literatura de pastoras aimaras, su cultura. Gabriela actuó como lo hacen y han hecho centenares de pastoras de su comunidad. Lo ocurrido es un accidente similar a la muerte de un pequeño ahogado en la piscina de un hogar urbano –dice Víctor Providel en su oficina, mientras revisa el recurso de nulidad que tramita en la Corte Suprema.
Providel tiene fe. Pese a que el juez Guillermo Rodríguez, que presidió el tribunal, dijo al final del juicio que “Gabriela Blas tuvo una conducta anómala para una madre, independiente de su origen étnico. Las conductas aceptables que se refieren al cuidado que una madre debe dar a sus hijos en nada difieren a las de otras culturas”.
La opinión del Ministerio Público y la fiscal Javiera López concuerda. En una entrevista para “El Mercurio” después del juicio descartó que se vulneraran los derechos de la acusada en su calidad de indígena. “Los jueces examinaron su pertenencia a la cultura aimara, pero concluyeron que ello no altera su responsabilidad penal”.
La polémica aumentó cuando la defensora nacional, Paula Vial, aseguró públicamente que los jueces aplicaron cánones occidentales para examinar expresiones culturales indígenas.

***

La esperanza. El pelo color cuervo de Gabriela brilla con la luz se cuela por las cortinas. Está sentada en la tarima de la sala de reuniones y comienza a responder en forma esquiva. Inés, la interventora cultural, la anima. Le pregunta si su tía Celedonia ha venido a verla.
—No. La espero para saber de mis hijos. Ella me trae noticias. La otra vez me dijo que mi hijo mayor estuvo enfermo y que mi niña está grande en el hogar de Conin.
Gabriela mira el suelo.
—Anoche tuve un sueño –dice repentinamente–. Estaba en un pozo lleno de arañas. Salía a la luz y encontraba unos zapatos que me quedaban grandes. Mi compañera de celda dice que creer en sueños va contra Dios, pero salir de un lugar oscuro es buena suerte. ¿No es cierto?

En la radio comienzan las noticias del mediodía. Luego de tres titulares -el funeral de un niño que esperaba un trasplante de hígado, la gravedad de Mercedes Soza y algo sobre una reciente encuesta presidencial- el locutor dice “conflicto mapuche”. Melanie Urban -una mujer de figura rotunda, carácter fuerte, siempre de jeans y botas de gamuza- se levanta del sofá donde ha estado sentada durante los últimos quince minutos. Le bastan tres largas zancadas, que retumban sobre el piso de madera de su casa, para llegar a un antiguo equipo musical que suena con discreto volumen. Mueve una perilla y la voz electromagnética gana potencia en los parlantes que están en cada esquina de su living. Instintivamente esconde los mechones de su melena rubia que cubren sus orejas y se queda ahí, de pie, concentrada, escuchando el relato. A medida que la noticia avanza, toda expresión desaparece de su cara.

Su espalda, en cambio, se pone rígida. Su pierna derecha comienza moverse con ritmo inquieto.

“El informe llega desde la Novena Región… un menor de diez años fue herido en las inmediaciones del fundo La Romana… comuna de Ercilla… la zanja que René Urban cavó para proteger su terreno… el niño estaba buscando a sus animales… un balín de goma… Fuerzas Especiales de Carabineros… comprometió un ojo, pero está fuera de riesgo vital en el hospital de Victoria”.

—¿Por qué no cuentan las cosas tal como sucedieron? —pregunta Melanie con voz seca y acalorada apenas termina la noticia.

Y se responde sola.

—Las comunidades mapuches siempre se las arreglan para quedar como víctimas. Están exagerando porque los balines no pegan tan fuerte. Los carabineros son cautelosos y sólo actúan cuando los grupos de encapuchados se ponen violentos. Ayer tú viste que fueron los mapuches quienes empezaron con las piedras y los disparos. No debimos habernos venido tan temprano. Te habrías dado cuenta de que en la noche se ponen más peligrosos, los ataques son más cercanos —dice mientras vuelve al sofá y se queda en silencio. En sus facciones se dibuja una mezcla de frustración y disgusto.

En la radio continúa la revisión noticiosa, pero cuando comienza a informar sobre las declaraciones de un candidato presidencial, Melanie se levanta y apaga el aparato.

—Sólo promesas, nada de soluciones concretas —refunfuña con gesto que puede bien parecer sonrisa o resignación, y mira el reloj.

—A las cuatro de la tarde iremos nuevamente al campo. A esa hora comienzan a reunirse los encapuchados. En la mañana tiran piedras un rato y siempre hacen un receso para almorzar. Yo creo que hasta duermen siesta —anuncia con ironía y desaparece por uno de los pasillos de la casona del fundo Aguas Buenas.

En esta casa -antigua, de techos y puertas altas y que perteneció a su abuela-, Melanie y sus padres viven desde noviembre de 2002. Aquí se refugiaron luego que un grupo de comuneros mapuches quemara la casona que ocuparon durante 30 años en el fundo Montenegro. El fuego-voraz y clandestino- carbonizó una construcción que había sido levantada por sus abuelos, quemó sus recuerdos de infancia y, de paso, se llevó los regalos de matrimonio que su hermana mayor, quien se había casado unas semanas atrás, todavía guardaba ahí.

Ese fuego no sólo encendió la lucha entre Los Urban y los mapuches; también fue el inicio de una vida bajo amenazas y de la vigilancia policial constante, 24 horas del día. Fue la partida de una vida familiar sitiada.

*

Melanie tiene 32 años, es soltera y la menor de los tres hijos de René Urban, el empresario agrícola que hoy es el principal blanco de ataque de los comuneros mapuches de la provincia de Malleco. Aunque en el sector existen otros medianos y pequeños agricultores afectados por la revolución de Arauco, los ataques a los dominios del clan Urban se han convertido en la postal de furia que los medios reproducen de este conflicto.

Para los grupos más radicales de Temucuicui -la comunidad mapuche más combativa de la Araucanía- , “La Romana” y “Montenegro” (los fundos emblemáticos de esta familia) son parte de su herencia ancestral. En su defensa, el empresario agrícola -un hombre de 65 años, manchas rosadas en la cara y pelo totalmente cano- dice que todos estos predios han pertenecido a su familia desde 1903. Que estas más de 600 hectáreas conforman su patrimonio. Pero aclara que su riqueza ya no es la de antes: ningún banco se atreve a asegurarle sus siembras de avena o trigo y la mitad de los bosques de árboles nativos que había en sus campos se ha hecho cenizas. Del ganado de más de quinientas cabezas que tuvo hace diez años, hoy sólo quedan 47 vacas.

Ligeramente encorvado en su metro 96 de altura, este hombre ha sorteado setenta ataques a sus propiedades. Hace tres años terminó con quemaduras en sus manos y con un preinfarto en la Clínica Alemana de Temuco, después de repeler un atentado incendiario contra un camión que él conducía en su predio. Luego contempló con asombro cómo parte de los cerros de Montenegro quedaban carbonizados por un incendio que nadie supo cómo surgió y, al poco tiempo, ocurrió lo mismo con 35 hectáreas de trigo a punto de cosechar en su fundo Santa Melanie.

—Tanta pelea y malos ratos le han pasado la cuenta a mi papá. Ahora tiene un by pass, toma un arsenal de pastillas y, con suerte, duerme tres horas —contó Melanie ayer por la mañana cuando nos conocimos.

Ella y su hermano Héctor lo ayudan con todas las tareas: Melanie se encarga de las labores administrativas, maneja los papeleos legales que han ocasionado las revueltas de los comuneros y es la vocera oficial de la familia. Héctor -técnico agrícola y padre de una hija- es su mano derecha en los negocios y en las labores del campo.

—Yo soy joven, no me puedo dar por vencida y dejar todo lo que mi familia se ha ganado con años de trabajo. Por eso me da risa cuando me hablan de deuda histórica con el pueblo mapuche. Esa deuda tenemos que pagarla todos los chilenos, no sólo unos cuantos agricultores de Malleco —comentó también ayer en mañana, mientras revisaba los archivos que guarda en el computador de su escritorio.

En ese espacio -que está en una esquina del living, rodeado por papeles, adornado con fotos antiguas y coronado por una imagen de Pinochet sonriente- trabaja todas las mañanas anotando cada detalle de los enfrentamientos. A qué hora empezaron. Cuántos heridos hubo.

También tiene un archivo con fotos de cada asalto.

—Mira, ésta es de cuando nos mataron el ganado y lo tiraron en el camino —y en la pantalla apareció una imagen de una vaca con las vísceras al aire.

—Déjame buscar otra en la que aparece una que estaba a punto de parir y tiene su cría muerta al lado —avisó y abrió otra carpeta.

La foto no apareció.

En su cara se dibujó un gesto similar a la desilusión.

*

Ercilla es un pueblo opaco, de calles tristes y gente silenciosa. Aunque tiene 3 mil 500 habitantes, durante el día luce vacío. Las hospederías y los locales de venta de productos artesanales -queso, tortillas, adornos de mimbre- ya casi no funcionan. Antes abundaban en la carretera, a la entrada del pueblo. Hoy los camiones y los automovilistas no paran por temor a un repentino ataque mapuche.

En las cuadras centrales del pueblo la vida también es mustia. Por sus calles —que tienen nombres de líderes mapuches históricos como Lautaro, Caupolicán, Galvarino— se ven pocos transeúntes. Por la tarde, aunque pega el sol, nadie toma sombra bajo los frondosos y enmarañados árboles de la plaza. Lo único que rompe esa calma son las risas de unos cuantos niños con uniforme escolar que se agrupan frente al colegio básico que manejan las monjas del sector. En esta escuela, al igual que en el liceo, se mezclan niños mapuches con niños “huincas”.

—Aquí en Ercilla no pasa mucho. Antes había hasta un Festival de la Cereza y para los 18 se hacían ramadas, pero ahora por la inseguridad no se hace nada de eso —dice Juana Astete, la madre del clan Urban.

Es hora de almuerzo en la casa y ella preparó una cazuela. En la mesa de la cocina, Melanie y René Urban conversan de lo que han dicho las noticias y los diarios sobre la fosa que cavaron ayer para evitar el ingreso al predio “La Romana” de los mapuches. Juana casi no interviene.

Juana —pelo oscuro, cara sin maquillaje y mirada apagada— prácticamente no se mueve de su casa. Algunas veces acompaña a su marido a Temuco para ver al doctor y los fines de semana visita la casa de su hija mayor, Patricia, en las afuera de Ercilla. Su principal preocupación es mantener ordenada la casona. Se nota. En el living los trofeos de básquetbol y de rodeo —los principales pasatiempos de René y Melanie, quien es la presidenta de asociación comunal de corredores— lucen brillantes. La preocupación también la delatan los reflejos desempolvados de los vidrios de cuadros antiguos que cuelgan en las paredes; los gigantes helechos que adornan la ventana y los floreros llenos con ramas de ciruelo en flor.

La otra preocupación, la más fuerte, la que intranquiliza, es conocer el paradero de su marido y de sus hijos cuando cae la tarde. Especialmente en los días conflictivos. Apenas comienza a oscurecer y se da cuenta de que ni René ni Melanie ni Héctor han llegado, Juana comienza a llamarlos por teléfono.

Pese a las indicaciones de Carabineros, Melanie y Héctor se han resistido a dejar de visitar sus terrenos cuando los ataques se hacen más violentos. Incluso han participado en operativos más peligrosos como ingresar al sector de Alaska -dos mil hectáreas que la maderera Mininco vendió a la Conadi y que luego ésta traspasó a Temucuicui- para recuperar parte del ganado que habían robado unos cuatreros mapuches.

—Vivo con miedo. Especialmente por la Mela. Sé que mi hija es fuerte, que tiene carácter, que se sabe cuidar, pero eso no sirve para nada afuera en el campo, en medio de los ataques —dice y se levanta para pasarle las pastillas que René tiene que tomar después de almuerzo.

Padre e hija, siguen conversando.

*

Hace siete años Melanie Urban no tenía grandes preocupaciones. Su futuro parecía simple. Vivía en Santiago. Recién había terminado sus estudios de Turismo y Hotelería en un instituto de Temuco y luego de hacer su práctica profesional fue contratada por el hotel Leonardo da Vinci de Las Condes. Arrendaba un departamento en Plaza Italia y una vez al mes viajaba a visitar a sus padres a Ercilla. Entonces, la idea de radicarse en ese pueblo de casas antiguas y horizonte verde claro no tenía espacio en su cabeza.

La madrugada del 19 de agosto de 2002 recibió una llamada de su padre para decirle que habían quemado la casa donde ella y sus hermanos habían crecido. Al día siguiente fue al hotel y pidió permiso para viajar. Nunca más volvió a su trabajo. Quería rearmar lo perdido.

—Ahora sé que eso no sucederá. Con el tiempo, los daños y los ataques siguen aumentando. Mucha gente debe pensar que sería más sencillo vender todo y empezar en otro lugar, pero eso sería darle la tarea fácil al gobierno y a las comunidades mapuches. Es como un cuento que no tiene final, un problema que nadie quiere resolver —dice Melanie, mientras conduce su jeep por el mal cuidado camino de tierra a “Montenegro” y “La Romana”.

En el asiento del lado la acompaña Evelyn, una escolta PPI (Protección a Persona Importante) que lleva un casco y chaleco antibalas doblado en el regazo. Melanie cuenta con esta medida de protección desde hace casi dos años, al igual que el resto de su familia. Su padre fue el primero en tenerla, cuando hace ocho años las amenazas de atentados se hicieron tan numerosas como intimidantes.

Actualmente la familia Urban y sus dominios cuentan con un personal de 18 carabineros destinados a su protección. La mayoría se reparte en las tierras que quieren tomarse las comunidades mapuches, otros hacen guardia en su casa de Ercilla y el resto acompaña al agricultor y a sus hijos.

Melanie dice que ya se acostumbró a vivir vigilada. También a ver cómo los rayados en contra de su padre se multiplican por las murallas de su pueblo. Lo que sí le complica es tener que explicarles a sus sobrinos —los hijos de su hermana mayor y de su hermano— que su abuelo René no es un asesino. Que las consignas pintadas con spray frente a los juegos infantiles de la principal y única avenida de Ercilla están equivocadas.

—Hubo un momento en que la fiscalía nos mandó a todos, adultos y niños, al psicólogo a Temuco porque estábamos al borde del colapso. Ahora ya no voy, supongo que estoy acostumbrada a esta vida anormal —cuenta Melanie sin quitar la vista del camino.

Prefiere ser cauta, estar atenta. Los caminos internos, en Ercilla, a veces son ásperos y pedregosos.

*

El cielo de las 6 de la tarde está surcado por alargados nubarrones de un gris anaranjado, corre un viento frío y vuelan unos queltehues. Para la decena de carabineros que custodian el fundo “La Romana” -un terreno de 60 hectáreas que desde 2002 es custodiado día y noche por fuerzas especiales- empiezan las horas críticas del quinto día de una semana agitada. Aunque durante los últimos años y con distintos grados de violencia los atentados se han repetido insistentemente, el lunes el panorama empezó a complicarse. En los días siguientes los ánimos se enrarecieron. Y este viernes 2 de octubre de 2009, se cuentan víctimas a ambos lados de la colina que separa al predio de Urban de la comunidad mapuche.

En la planicie verdosa del fundo sembrado con avena, seis carabineros muestran heridas de perdigones de escopeta en distintas partes de su cuerpo. En las tierras más agrestes y resecas de Temucuicui, sus voceros han reportado un niño lesionado en un ojo por un balín de goma y otros cinco jóvenes heridos por el ataque policial.

—Sólo este año se han registrado casi treinta enfrentamientos. Empezaron el 6 de enero, se intensificaron en agosto, septiembre se detuvieron un rato, pero esta semana ha sido la más dura y, creo, se pondrá peor —advierte Melanie después de conversar largamente con los policías que están en la destartalada garita de guardia.

Los problemas partieron cuando un grupo de comuneros mapuches montó una carpa en medio del terreno para marcar su dominio. No pasó mucho tiempo antes de que fueran desalojados por los carros lanzagases. Al día siguiente los Urban contrataron una máquina excavadora para hacer una profunda zanja que reemplazara al alambrado y contrarrestara los nuevos intentos de toma del predio. Esa misma noche, los comuneros mapuches se atrincheraron en la loma y comenzaron insultar a los carabineros. Luego del sonido de un kull-kull (cuerno de vacuno utilizado por los mapuches como señal de alerta), prendieron fogatas y se abalanzaron con piedras sobre la caseta de vigilancia de carabineros. La casucha de latas oxidadas donde hay un equipo de radio, una estufa hecha con un tambor y una mesa que amenaza con derrumbarse con cada remezón, soportó estoica el ataque que llegó por todos los flancos y se extendió por varias horas. Al día siguiente se repitió la misma dinámica y uno de los automóviles policíacos exhibió más de 700 impactos tanto de escopetas como de balas de calibre 22.

Esta tarde la jornada se anuncia igual de turbulenta. La noticia del niño mapuche herido ya encendió los ánimos. Los comuneros se aburrieron de tratar de cubrir la zanja con tierra, palos y ramas que sacaron del bosque cercano. Ahora tomaron sus boleadoras y juegan a acertar sobre los escudos protectores de los carabineros. El humo de las bombas lacrimógenas para dispersar a los atacantes se esparce por toda la parte baja de La Romana y se cuela por entre el escuálido bosque de pinos que rodean a Temucuicui.

—Mira allá hay uno con una escopeta, está apuntado para acá —le dice Melanie repentinamente a un carabinero y le indica con la mano a un muchacho encapuchado de negro y con parka azul que se escabulle por el bosque, a unos 300 metros de distancia de la caseta de vigilancia.

Ya pasaron las ocho de la tarde. El teléfono de Melanie no ha parado de sonar, pero no contesta. Sabe que es su mamá. Agazapada contra los latones de la caseta de vigilancia, dice que cuando vuelva a sonar el teléfono nos iremos. Se escuchan disparos. La lluvia de piedras cae como un ruido seco sobre los brotes de avena que con la oscuridad se ven azules.