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Por una ladera escabrosa y empinada que se precipita hasta el fondo de un barranco, bajan dos señoras de sociedad, ayudadas por su chófer y guardaespaldas. Van levantando polvo y midiendo cada paso para no equivocar el pie que las haría rodar sin remedio hasta el fondo. El escolta las sujeta por los antebrazos con delicadeza y ellas intentan no perder la estampa y sonreír bajo un sol rabioso que está a punto de alcanzar el cenit.

Hace unos meses esta hondonada era utilizada como basurero al aire libre por los vecinos de la zona y junto con las bolsas de basura –en los casos afortunados en los que la basura era lanzada dentro de una bolsa- crecía una maleza silvestre e hirsuta. Años antes había funcionado una granja de pollos cuyos propietarios fueron abandonando con el paso del tiempo debido a la violencia que imperaba en el sector, hasta que la pequeña quebrada que ahora apenas lame las piedras con un agua sospechosa perdió el juicio en 2011, a causa de las lluvias torrenciales, e inundó este vallecito arrancando la estructura de la granja, rompiendo sus pilares y retorciendo las láminas contra las rocas. Entonces quedó a merced de la basura y la maleza.

Este sol cancerígeno les alborota los perfumes a las señoras y las ahoga en el vaho de su propia esencia. Llevan gafas de sol con enormes aros estilizados y mientras bajan la barranca a trompicones van enterrando sus delgadas zapatillas en el polvo. Sobre sus cabezas, adornadas con peinados al estilo Bouffant –muy de moda entre la aristocracia de los años 60- que levanta el cabello a fuerza de fijador hasta hacerlo parecer una corona, o un casco, gravita el hollín de hojarasca quemada.

Una de esas damas de sociedad es una señora vestida con elegancia casual y con evidentes retoques faciales para disimular la edad. La otra es Mercedes Gloria Salguero Gross, fundadora del partido Arena que gobernó el país durante dos décadas seguidas; redactora de la Constitución de la República de 1983 y ex presidenta del parlamento entre 1994 y 1997, desde donde promovió fervientemente, pero sin éxito, la pena de muerte para el delito de homicidio. Abajo, en el pequeño valle que se forma a los pies de estas laderas de tierra hay un toldo blanco con el escudo de la alcaldía de Ilopango bajo el que esperan dos pastores evangélicos, un sacerdote católico, el alcalde y buena parte de la poderosa clica de la Mara Salvatrucha (MS-13) que domina esta zona.

Ilopango es uno de los 14 municipios que conforman el área metropolitana de San Salvador y carga sobre su nombre el estigma de ser violento, muy violento y cundido de pandilleros violentos. En los últimos años la tasa de asesinatos se ha movido entre los 70 y los 100 por cada 100 mil habitantes. En números brutos, el año 2010 registró 85 homicidios, el año siguiente hubo 117, y el año pasado, en el que entró en vigor la tregua entre pandillas, hubo 62. Lo que resulta innegable es que los pandilleros tienen sobre este municipio una presencia poderosa y cotidiana.

Debido a su estigma de lugar pendenciero y peligroso y al entusiasmo con que su alcalde, Salvador Ruano, abrazó la idea de que la solución a la violencia del país pasaba por dialogar y negociar con las pandillas, Ilopango fue el primer municipio declarado “libre de violencia” por parte de las más altas autoridades de seguridad del país. El acto que está a punto de celebrarse es considerado por las autoridades municipales, por los clérigos, por Mercedes Gloria Salguero Gross y por la veintena de miembros de la Mara Salvatrucha un éxito y una clara señal de esperanza.

Marvin es el vocero de la Mara Salvatrucha de todo Ilopango, lo que de ninguna manera significa que sea el jefe de la MS-13 en este lugar. Significa solo eso: que algunas mentes, que algunas voces dentro y fuera de las cárceles creyeron que él era el apropiado para dar la cara. Cuando se le pide una entrevista Marvin responde: “Así como usted, yo tengo una jerarquía que debo respetar, déjeme consultar y yo le aviso a ver qué me dicen”.

Quienes lo nombraron vocero deben tener muy buen ojo para la imagen pública. Marvin se escapa de todo el estrafalario cúmulo de clichés sobre los mareros: no está tatuado de manera visible y de todas formas, si llevara tatuajes no sería fácil notarlos sobre una piel tan morena. Al verlo de espaldas parecería un adolescente en los años de la más temprana adolescencia; tiene una apariencia frágil, apenas por encima del metro y medio, con una espalda delgada y ropa que invariablemente parece hecha para alguien más corpulento. Pero su cara no es la de un niño, es la de un hombre, que nunca ríe, que mira detrás de unas gafas, que siempre mide lo que dice y que siempre habla en serio. Marvin es el tipo de personas a las que es fácil creer una promesa.

Este día el vocero de la Mara lleva –como siempre- cubiertos los antebrazos con una camiseta de algodón y un jeans metido en unas botas de hule blanco que son las de faena. Están a punto de inaugurar una nueva granja de pollos, en el mismo lugar que hace años funcionó otra. Esta vez han sido los hommies de la pandilla quienes la han construido con sus propias manos: han aserrado, martillado, cortado, clavado, serruchado… cada pieza de esta granjita.

De los trescientos pollos que recibieron hace dos días solo han muerto dos, y lo atribuyen al flash de una cámara de la alcaldía que retrató el momento. Así que ahora está prohibido alumbrar a los pollitos y los pandilleros se contienen las ganas de levantar los plásticos negros de la granja para mirarlos. Para entrar al corral, Marvin moja la suela de sus botas en agua yodada, para no contaminarlos, y los contempla con el gesto circunspecto: cree que la presencia de tantos medios de comunicación terminará matando a más de un pollo, pero también sabe que es un mal necesario. La alcaldía convocó a todos los periódicos, radios y canales de TV a cubrir la noticia.

Marvin espera que esta granja le de sustento a al menos 20 pandilleros y a sus familias. Pero no lo dice con gran contentura –aunque hay que decir que él no dice nada con gran contentura-. Torna los ojos para sacar cuentas: solo en Ilopango hay 14 clicas y la más pequeña es la Guanacos Locos, que tiene 20 miembros. Su propia célula tiene 45 homeboys activos. “Pero no es así nomás, solo nosotros tenemos como a 30 homeboys presos y no los podemos dejar perder, así que solo ahí habría 75 personas y ponele que cada clica ande por ahí… más los 37 muertos que tenemos, que también hay que ver por sus familias…”. Marvin estima que el tamaño del problema es de al menos 500 personas. “Y eso sólo de nosotros, de la MS. ¿cómo ves el problema? Púchica, es grande el problema ¿verdad?”.

Para no tener que partir el pastel en pedacitos más pequeños, algunas clicas han dejado de incorporar a nuevos miembros a la pandilla y repiten que no esperan mucho, que esperan un salario mínimo. “Somos como un animalito: agua y tortillas y sobrevivimos”, sentencia el Marvin, mientras controla con la mirada que todo esté ordenado, listo para el evento.

Una semana antes de la inauguración, otro homeboy explicaba sus preocupaciones con respecto al futuro de la empresa: “Lo que nos gustaría es que el Súper Selectos nos comprara todo el producto, por lo pronto lo que pensamos es venderlo en los mercados de aquí” y siguió reflexionando en voz alta: “pero en los mercados de acá distribuyen los del Pollo Sello de Oro, ahí la Mara va a tener que ver cómo hacerle para que ya no vengan o para que mejor nos compren a nosotros…”. Y luego, quizá al percatarse de cómo había sonado aquello: “Pues sí, pero no intimidando, sino haciéndole conciencia a la gente, porque si no eso ya sería como bravuconada ¿verdad? Y eso es lo que estamos tratando de evitar…”

Hay muchos pandilleros en este lugar, los más jóvenes fuman y escuchan música de sus teléfonos celulares, se acurrucan huraños, se reúnen en grupo, vigilan el sector, se tapan el rostro con pañoletas y enseguida lo destapan, acarrean cosas, echan vistazos a los pollos, intentan ayudar en algo. Algunos impostan al extremo la mirada pandillera: la cabeza ligeramente echada para atrás, el rostro de lado, los ojos orgullosos que miran retadores, los labios fruncidos… pero es imposible ocultar que apenas son niños. Los mayores están sentados sobre unas sillas plásticas, en actitud señorial, pegados a tus teléfonos que no paran de sonar.

No han venido autoridades de la policía, aunque se les invitó; tampoco llegaron los habitantes de los cantones y comunidades de la zona, aunque se les invitó, tampoco llegaron representantes del Barrio 18, aunque también se les invitó y no hay cámaras, ni canales de TV transmitiendo en vivo, ni radios, ni periodistas. Al comenzar solo hay una cámara de un canal religioso y luego llegaría una más del programa sensacionalista “Código 21”. En este lugar lo que hay es funcionarios municipales, pandilleros y algunos familiares de estos. Además justo ahora terminan de bajar la ladera dos sonrientes damas de sociedad.

Todos se apiñan abajo del toldo para dar inicio a la ceremonia. Se ha dispuesto una hilera de sillas para las autoridades e invitados especiales frente a otra hilera de sillas, para las autoridades de la Mara Salvatrucha en Ilopango. Los pastores bendicen la granja, felicitan a los muchachos, claman al cielo pidiendo apoyo, o si no es posible, pues el visto bueno del Creador. Raúl Mijango –que ha llegado solo, sin ninguna pompa, al evento- pronuncia unas palabras cortas y cede el micrófono a la ex diputada constituyente que ofrece un largo discurso motivacional:

“Gracias, un abrazo para todos y decirles que me siento muy contenta y muy feliz de estar aquí, desde el primer día en que nuestro querido alcalde me invitó yo dije: “voy a llegar” (…) siempre digo que uno tiene que ver y hablar pensando en Dios siempre. Hay gente que dice que el dinero es todo. El dinero no es todo en la vida, eso es falso, absolutamente falso, lo más importante es la familia, los amigos, el juego de los sábados, que haya juegos de fútbol, que haya música para la población, eso es lo bonito (…) Un trabajo honesto no da una gran cantidad de dinero, pero da paz (…) ¡no importa que no tengamos lujos ni nada de eso! Eso no es necesario. He visto gente con mucho dinero y muy desgraciados (…) Ustedes van a ser los más beneficiados. Y van a ver qué lindo es irse a acostar y decir. “ay, qué rico, mañana voy a trabajar en la granja, voy a ver los pollitos, van creciendo, el día de mañana van a tener huevos” (…)”. Frente a ella los pandilleros escuchaban con su gesto más protocolario.

En las actas que hacen constar los acuerdos entre la alcaldía y los pandilleros hubo un cambio de palabras: ya no se trataría de pandilleros, sino de “jóvenes en riesgo”. En algunas actas, para no confundirse, el secretario escribió: “jóvenes en riesgo (Mara Salvatrucha)”. La alcaldía se comprometió a entregarles carnés que hagan constar que esos jóvenes en riesgo están dentro del proceso iniciado por la comuna.

Llega el turno de Marvin, que pasa al centro de las dos hileras de sillas y sostiene el micrófono con las dos manos nerviosas. “Somos los jóvenes que estamos en riesgo en el municipio de Ilopango. Estamos ansiosos de trabajar, si nos ponen una pala lo hacemos, si nos ponen un martillo lo hacemos, ahora estamos viendo los frutos del esfuerzo. Este trabajo ha sido pesado, le pusimos un gran amor hasta que vimos los frutos. No descansamos ni un día, pasamos horas, pasamos días, meses, y nuestros muchachos cansados, pero seguían… y…”. Y Marvin se rompió, la voz no le aguantó el peso de la emoción y lloró avergonzado de llorar. El alcalde se puso de pie para darle un profundo abrazo y una botella de agua. Todos aplaudieron. Marvin intentó recuperar su discurso y su rostro de mármol, pero sólo alcanzó a decir algo sobre todo lo que habían perdido, sobre todos los que se habían perdido producto de sus propias decisiones y la voz le volvió a faltar. Solo pudo recuperarla para dar las gracias y devolver el micrófono. Marvin volvió a su silla mirando al piso.

Llegó el momento final, el plato fuerte del acto: el turno del alcalde Salvador Ruano. Tomó el micrófono con timidez histriónica, viendo al suelo siempre y comenzó a hablar en un tono apenas audible para agradecer a los presentes. Se paseaba mirando siempre al suelo, como si estuviera muy triste, pero más bien en su cabeza buscaba las palabras precisas para no vomitar el enojo que andaba dentro y la manera de medir el tono de un reclamo que ya se había guardado mucho tiempo. Cuando levantó la vista del suelo su voz ya sonaba a grito: “Voy a hacer un llamado a ya no andar con medias tintas al gobierno central, que ¡en lugar de estar gastando grandes cantidades en publicidad vengan y nos den un par de miles de dólares! y hacer un llamado a mi candidato a la presidencia Norman Quijano: ¡ya no ande con politiquería, necesitamos la ayuda, ya no podemos andar con esta cuestión de vernos bien y de oírnos bien, pero no dar resultados positivos!”. Luego dijo que se sentía solo y también se echó a llorar. “Mejor ya no digo más”, cerró de súbito, mientras los demás aplaudían y devolvió el micrófono a la maestra de ceremonias.

Enseguida Mercedes Gloria Salguero Gross rescató el ánimo del evento con una sorpresa: dos pelotas de fútbol para la Mara Salvatrucha. “Para que jueguen”. Y se las lanzó a los palabreros de la pandilla de un rodillazo a cada balón. Luego sacó de su cartera una inmensa bolsa repleta de dulces y los repartió a los presentes con una gran sonrisa, con sus lentes oscuros, con su peinado Bouffant.

“Claro que continúo con esa idea de la Pena de Muerte. Uno tiene que ser coherente. Si alguien violara a tu abuela y luego la matara y luego le robara ¿tú quisieras que esa persona siguiera viviendo?; ¿tú creés que esa persona merece vivir?”. Luego se retiró las gafas de sol y se volvió para llenar de dulces las manos de los pandilleros de la Mara Salvatrucha que la escuchaban divertidos.

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Detengo mi motocicleta en el andén de una gasolinera porque estoy perdido. Busco una pequeña casita en el laberinto de colonias idénticas y apretujadas que le han crecido a Ilopango durante dos décadas. En la acera está parado un hombre mayor con un carretón de panes, de esos panes aflautados que llevan dentro algo parecido a la mortadela. Me le acerco para averiguar qué tan lejos estoy de la novena etapa de San Bartolo. Me mira un rato sonriente, o temeroso y me pregunta para confirmar lo que ha oído: “¿Ahí quiere ir?”. Asiento con el casco puesto y me explica cómo llegar. Cuando vuelvo a encender la moto, se aleja de su carretón unos pasos, viendo hacia los lados y se me acerca susurrando, todo lo bajo que puede: “Tenga cuidado”. En aquella casita me esperan los homies del Barrio 18 a los que he acordado visitar hoy.

La entrada de una moto desconocida por este estrecho pasaje alerta a los muchachos, que se van poniendo de pie uno por uno y se hacen gestos de desconcierto. Antes de llegar a la casa que busco ya estoy rodeado de una decena de chicos con el gesto hosco y a mi no deja de aparecerme en la cabeza la cara de aquel sabio vendedor de panes. Les explico que he hablado con Edwin y lo mucho que me gustaría conocer –si no es mucha molestia- su panadería. Respiro cuando veo venir a Perro Loco, Edwin, trotando desde el fondo de un pasaje. Cuando me da la mano y me saluda con cordialidad, el resto de la clica me echa una última mirada y se dispersa.

Edwin es el homólogo de Marvin para la pandilla 18. A diferencia del vocero de la MS-13, este es un tipo rollizo, con el doble de cuerpo que la mayoría de los pandilleros que me dieron la bienvenida. Edwin tiene una enorme sonrisa infantil capaz de hacerte sentir cómodo y quizá por eso su taca –Perro Loco- ha sido suavizada en la costumbre de sus compañeros al más ajustado “Can”. Desde una casa sale el olor amistoso del pan recién hecho. Dentro es un cuarto estrecho y vaporoso en el que conviven un pequeño horno de pan, un estante para las bandejas de la masa cruda que hace turno y un rodillo para amasar. Los homeboys llevan delantales y mascarillas y se apretujan dentro de este cuartito, horneando, o amasando o embolsando o solo echando vistazos envidiosos a los que sí hacen algo.

Esta panadería de la clica Tiny Locos fue el primer proyecto de acercamiento entre la alcaldía y los pandilleros del municipio. De hecho, según el alcalde Salvador Ruano, fue en uno de los pasajes de esta colonia donde le sorprendió un dieciochero, con la cara completamente tatuada, mientras hacía campaña pidiendo el voto de los ciudadanos puerta por puerta: “¿Ajá, Ruano, y si ganás será que podemos hablar?” y Salvador Ruano le dijo que sí. Esta panadería es la prueba de que hablaron. El trato fue este: ¿Si la alcaldía les monta una panadería ustedes dejan de delinquir? Y el Barrio 18 estuvo de acuerdo, o eso dicen todos por aquí. Así que ahora pueden emplear a ocho panaderos y a 16 repartidores de pan. Con el tiempo se acercaron más clicas de la 18 y con los meses comenzaron los acercamientos con la Mara Salvatrucha.

Una niña muy pequeña viene aguantando el llanto, hasta que mira a su padre y corre a hundirle la cara en la panza para llorar cómoda y resguardada. Edwin me explica cómo las cosas han cambiado, mientras le acaricia el cabello a su hija que se ha raspado las rodillas jugando en el pasaje: insiste en que se han suspendido todo tipo de extorsiones para los vecinos con mini negocios y para entrar a la pandilla ahora ya no se obliga a matar, como hasta hace poco, como en sus tiempos de aspirante. Ahora, dice, eso es solo si al nuevo “le renace del corazón” hacerlo. Sin embargo, debido a las nuevas disposiciones, si uno de los pandilleros bajo su responsabilidad mata sin justificación, pues le tocaría a él romperle las manos con un bate.

La tarde va cayendo y todo el frenesí industrial de este municipio va calmándose poco a poco. El sol se adormita y se pone tierno y en las colonias los pasajes se van llenando de vida. La panadería trabaja a todo vapor, los vecinos no dejan de llegar a buscar pan francés, que es cortado y embolsado por manos tatuadas, y los repartidores vuelven sudorosos, con los canastos vacíos.

Hace algunos días hubo acá una jornada de pintura: los pandilleros blanquearon para las cámaras de los medios varios graffitis con sus números. Ese fue un gesto doloroso para varios hommies que llevan el 18 en la piel y que habían aprendido a defender su bandera con la sangre. También fue un gesto sorpresivo para los vecinos que habían aprendido que mear sobre una pared que estuviera plaqueada les hacía acreedores de una paliza; y borrar los números quizá de algo más grave. Con los días la cal se ha ido esfumando y sobre las paredes han vuelto a aparecer los distintivos que dejan claro quién manda aquí.

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El 22 de enero un grupo de niños gordos chapoteaba dentro de un par de piscinas en el centro de Ilopango. Se revolcaban en el fondo y hundían las caras para tener la ilusión de que buceaban. El sol amenazaba con derretir el plástico de aquellas piscinas inflables y dejarles las panzas a los niños sobre el pavimento hirviente del parque central. Encima de una tarima bailaban unas cachiporristas con falditas brillantes y escasas, piropeadas por la multitud y en las aceras del parque probaban suerte varios vendedores de comida y golosinas. Había ambiente de fiesta.

Ese es territorio de la Mara Salvatrucha: La alcaldía, el parque central, la escuela y los alrededores se consideran parte de los dominios logrados a fuerza de fuerza por la Mara. Por eso ellos se habían quedado con el parque, a la vista de todos, al lado de las piscinas inflables y habían reservado para sus huéspedes del Barrio 18 una esquina a un lado de la tarima. Ahí arrinconados, se apuñaban fuera de base, huraños, los dieciocheros, sintiéndose merodeados. Cuando los medios de comunicación se dieron cuenta de que en aquel rincón había pandilleros para entrevistar corrieron en horda apuntando con micrófonos y con cámaras al que se dejara y eso hizo sentir a los dieciocheros aún más vulnerables, más acorralados en el territorio de sus enemigos.

Más tarde hubo autoridades sobre la tarima y los discursos monopolizaron la atención de los reporteros, que dejaron en paz a los hommies, que poco a poco fueron sacando las cabezas de sus camisas, como tortugas y respiraron aliviados. Los políticos se saludaron y se felicitaron, hubo un diputado, hubo un ministro con su viceministro, jefes de policía, pastores, curas, oraciones y se liberaron palomas blancas y Marvin ofreció su discurso en representación de la Mara: “nos comprometemos ante Ilopango a regresarle la paz a este municipio”, y luego Edwin en representación del Barrio 18: “Ya no va a haber más derramamiento de sangre”. Y hubo aplausos.

Mientras los asistentes firmaban un acta para dejar registro de que a partir de aquel día Ilopango era un territorio “Libre de violencia”, los pandilleros de la MS-13 se agolparon en la esquina del parque y mostraron en grupo la seña que los distingue, la garra de la Mara Salvatrucha, y corearon el nombre de su pandilla y dejaron a los firmantes sin cámaras para filmarlos.

Cuando el acto terminó, el alcalde Salvador Ruano repartía pan dulce a quien asomara la mano. Era el pan de la panadería dieciochera que se esfumaba de la cesta en un santiamén, le faltaban brazos al alcalde que sudaba y daba pan, con la cara roja, con la lengua de fuera, feliz como un niño famoso.

Cuando se acabó la fiesta el alcalde resoplaba diciendo: “bueno, yo hice esto para ver si el gobierno nos ayuda con recursos, esperemos que así sea”. Entre enero y febrero de este año ocurrirían 6 homicidios en este municipio, a comparación de los 22 ocurridos durante el mismo período del año pasado. Al menos durante el mes siguiente Ruano no recibirá ni un centavo, ni verá al ministro de seguridad pública en persona, ni le contestaría ninguna de las tres llamadas que Salvador Ruano le haría a su celular.

A los gorditos que reptaban en sus charcas de plástico se les dijo que el cuento se había acabado, que había que desinflar las piscinas en las que tenían la ilusión de bucear y por las cunetas corrieron riadas de agua sucia.

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El 12 de febrero por la tarde el Godo salió a vender aguacates a pie, acompañado de su amigo. Era su segundo recorrido ese día. Por la mañana trabajaba como repartidor de pan para la panadería de la novena etapa de San Bartolo. Era pandillero activo del Barrio 18. Por la tarde vendía aguacates en un canasto. Su nombre real era Kevin Antonio Lemus Paz. Hacía unos días había cumplido 18 años. Cinco tipos le salieron al paso y no le dieron tiempo de nada. Le dejaron 14 agujeros en el cuerpo. Los expertos no se pusieron de acuerdo si fueron 8 u 11 balazos. A unos metros del cadáver quedaron desparramados sus aguacates. El chico que lo acompañaba aseguró que Godo ni siquiera pudo correr. La policía capturó a dos sujetos en flagrancia. Al menos uno tenía tatuada en el cuerpo la M y la S.

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La colonia Las Cañas es un barrio bravo. Siempre lo ha sido. Desde la carretera se puede ver el universo de casitas apiñadas, empujándose una a la otra, peleándose en un valle y luego trepando una colina para seguir el pleito arriba. De hecho el drama de este lugar se divide así: entre abajo y arriba.

En los noventa este lugar ya era arisco. Los Thrillers y los Ceibas hacían de las suyas, marcaban territorios y cometían fechorías, con las que los vecinos aprendieron a convivir. Les consideraban más bien una panda de vagos. Hasta que poco a poco fue siendo más notable la expansión de algo nuevo, más fuerte, algo que asustaba más. La Mara Salvatrucha y el Barrio 18 barrieron, en su virulento crecimiento, a cualquier otra pandilla noventera: cuando no pudieron incorporar, mataron. Y la vida en la colonia Las Cañas quedó dividida así: arriba controla y manda la MS-13 y abajo se respeta la palabra de la 18.

El problema es que los urbanizadores no contaban con este muro invisible, quizá indestructible, a la hora de hacer las cosas: abajo hay más gente, más familias con más jóvenes y más niños. Pero la escuela pública y la Iglesia Católica quedaron arriba. Y el problema de esta guerra es que no hay uniformes, así que quieran o no todos son posibles soldados: si sos de abajo sos mi enemigo o si venís de arriba te mato. Punto.

El Buen Maestro notó que las cosas estaban cambiando en 2010, cuando impartía bachillerato nocturno. No es que ignorara la guerra, ¿quién puede ignorar si es de noche o de día?, es solo que cada vez había más pupitres vacíos. También estaba acostumbrado a la deserción escolar: las ocupaciones de sus muchachos suelen ser demandantes: algunos eran panaderos, otros repartidores de pan, alguno trabajaba triturando maíz en un molino, otros eran pepenadores de basura, otros hacían cualquier cosa que les dejara algún dólar en la bolsa. Cualquier cosa. Sus estudiantes iban y venían. Hasta que ese año no vinieron más.

El año anterior El Buen Maestro había impartido bachillerato nocturno en tres secciones de 30 y tantos alumnos cada una. Pero aquel año los estudiantes se redujeron a la mitad. Y el año siguiente de nuevo a la mitad. Tuvieron que cerrar dos secciones y quedarse sólo con una. En dos años la escuela completa había perdido a más de 500 estudiantes, desde niños de preparatoria hasta adultos mayores de la escuela nocturna. Así que El Buen Maestro y otros profesores se organizaron para irlos a buscar.

Salieron de la escuela, atravesaron la avenida principal, que es la frontera de los territorios y bajaron al valle con encuestas que ellos mismos diseñaron. Se fueron a parar a los parques, a las pupuserías, a las calles y ahí preguntaron: ¿por qué no suben a la escuela a estudiar? Y la gente contestó: por miedo a la muerte. Alguien dijo que había sido amenazado por la Mara hace tres años y que jamás olvidó la amenaza, así que ahora que era papá temía subir a dejar a sus hijos a la escuela y estos se quedaron sin estudiar. Algunas familias que algún día subieron a comprar, o a visitar, o a la Iglesia, fueron señalados por el Barrio 18 como espías y se largaron de Las Cañas con la familia entera, y sacaron a sus tres hijos de la escuela, y a los dos chiquillos de la hermana, que temió que la sospecha le alcanzara también. El Buen Maestro pensó que con el anuncio de la tregua entre las dos pandillas la gente comenzaría a subir a cuenta gotas. No pasó. El miedo, como el hambre, no se quita por decreto.

Así que los profesores decidieron bajar a enseñar al valle. Al ver la posibilidad, 90 personas se inscribieron de un golpe y el grupo siguió creciendo. Pidieron dinero al ministerio de educación para alquilar una casita y el ministerio les dijo que no, que ahí en Las Cañas había ya una buena escuela, pintada con los colores de la bandera y con espacio para todos. Entonces los profesores reunieron dinero y alquilaron una casa con sus propios salarios. Carísima la casita. 35 dólares mensuales vale. Fea, pequeñita, con espacios crueles. A medida que el grupo fue creciendo, habilitaron el local de un partido político y otro de protección civil como salones de clase.

Como tampoco hay presupuesto para contratar a más profesores, pues tienen que apechugar con lo que hay y el que daba inglés, ahora también da ciencias, y el que enseñaba matemáticas ahora también se las ve con estudios sociales. En la noche, luego de dar el turno vespertino en la escuela, los profesores se dividen. El Buen Maestro atraviesa la avenida principal y baja a la casita fea y buena que él mismo paga para poder enseñar.

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Hoy hay reunión de padres de familia en la escuela de la Colonia Las Cañas, van a tratar el punto importante de la seguridad para los estudiantes. La directora convocó esta reunión extraordinaria a la que han llegado más de 300 padres y abuelos de los muchachos que se forman aquí. También ha venido el gerente general de la alcaldía y el jefe de policía del municipio. Pero en realidad la concurrencia ha venido a escuchar las promesas de la Mara Salvatrucha y el Barrio 18.

Cuando el año pasado la alcaldía formalizó las conversaciones con las pandillas, fueron las clicas de Las Cañas de las primeras en acudir. Las reuniones se llevaron –se llevan- a cabo en la misma sala donde se reúne el consejo municipal. La primera que quedó consignada en acta fue el 20 de diciembre de 2012 con la clica del Barrio 18, escrita por el puño y letra del jefe de policía, que hace de secretario de la comisión de pacificación: “Que se respete las divisiones de espacios de cada pandilla, que cada uno se mantenga y se respete el territorio desde el pasaje N hasta la parte baja; que se respete el derecho de servidumbre (de paso) en la entrada y salida a la colonia para ambas pandillas; que se permita a las personas visitar la iglesia católica y la escuela y que esas personas se limiten a su religión y al estudio”.

Al día siguiente fue el turno de la Mara Salvatrucha, que aunque estuvo de acuerdo en los puntos medulares objetó algunos matices: “Que están de acuerdo en respetar la línea divisoria; pero que reconocen como límite la avenida principal y no el pasaje N; que en el territorio de la MS no requieren vigilante y que ellos se responsabilizan de no robar, ni extorsionar a pequeños comerciantes; que están de acuerdo en el punto del derecho de servidumbre de entrada y salida, pero que lo hagan (los de la 18) en el transporte público y no a pie; que están de acuerdo en que los residentes visiten la Iglesia Católica y la escuela; siempre y cuando no tengan vínculo con los 18 o sean de ellos”.

Ambos se comprometieron a acatar una tregua total de no agresión y la 18 se comprometió además a llevar a cabo jornadas de ornato y limpieza en su territorio. Firmó el alcalde Salvador Ruano, firmó el gerente de la alcaldía y firmó el jefe de policía. Los pandilleros escribieron su nombre y estamparon su firma y en el espacio que el documento reserva para el cargo oficial que ocupa el firmante escribieron, MS o 18.

El gerente y el jefe de policía cumplieron con el trámite de decir unas palabras, sabedores ellos que la gente no estaba ahí para escucharlos e hicieron pasar sin mayores demoras a las dos delegaciones de pandilleros que subieron a la tarima juntos y una vez arriba se agruparon a unos metros de distancia.

Tomó la palabra un tipo sonriente, de gorra grande y elegantes anteojos negros: “De parte del sector del número, del Barrio 18, queremos pedirles perdón por los homicidios, por los familiares que han perdido, por los niños que han tenido problemas (…) Les pedimos perdón de corazón. El proyecto de la tregua de un sector contra el otro sector lo estamos respetando y se está llegando a la idea de que concluya para el bienestar del pueblo y el municipio de Ilopango. Aquí estamos dándoles la cara”, y se despidió anunciando a su enemigo: “Les voy a pasar al otro cipote”.

Marvin dio unos pasos adelante. Llevaba una mochila en la espalda que le hacía parecer un estudiante de secundaria. Fue más abundante en promesas, quizá sintiendo la responsabilidad que conlleva el hecho de que esta escuela, puesta en la parte alta de una loma, es territorio suyo: “Para todos muy buenas tardes, soy Marvin represento a la MS. Lo que hoy se ve es histórico en Ilopango, creo que ni en películas se ven estas cosas (…) Hemos retirado las ventas de droga dentro y en los alrededores de la escuela. Hemos retirado el reclutamiento de niños en cualquier esquina o escuela. (…) ya no queremos robarles el sueño con aquellas balaceras que ustedes conocen”. Y agregó, con el aplomo del que sabe que su palabra es ley: “si alguna vez alguien se está haciendo pasar por nosotros, o incluso si es alguien de nosotros mismos no tenga temor alguno de denunciarlo. Preséntenos problemáticas. Si en la escuela o en la colonia alguien le está exigiendo dinero a usted o a su hijo o mandándole papeles o lo está acosando, amenazándolo, busque la manera de acercarse a uno de nosotros y nosotros vamos a solucionar: Si somos nosotros lo vamos a investigar y si no somos nosotros también”.

Fue el líder de la célula de la Mara en Las Cañas -un chico delgado de enormes ojos listos, llamado Alfredo- el que anunció el fin de la maldición: “a partir de ahora todos los alumnos van a poder venir a estudiar en paz, a recibir su curso en paz”. Alfredo es estudiante de la escuela y para los maestros fue una sorpresa descubrir que ese alumno aplicado y de ejemplar conducta era el palabrero de la MS-13

La concurrencia les regaló a los pandilleros una ovación cerrada y larga. Varias mujeres mayores tomaron el micrófono y les agradecieron con lágrimas en los ojos, una mujer con el pelo gris y un largo vestido con flores les dijo que los amaba; otra que los admiraba por lo que estaban haciendo, un hombre de edad madura les pidió disculpas a nombre de su generación, por haber sido malos padres y finalmente una mujer joven tomó el micrófono y cantó a alaridos y con los ojos cerrados una alabanza religiosa.

Cuando bajaban de la tarima, un grupo de profesores les solicitó una audiencia a puertas cerradas y ambas delegaciones aceptaron gustosos. Se reunieron en el centro de cómputo y cuando estuvieron a solas tomó la palabra El Buen Maestro, con su tono didáctico y pausado, absolutamente neutro de emociones:

―Miren muchachos, a nosotros lo que hemos oído nos gusta, pero del dicho al hecho hay un gran trecho. Nos estamos quedando sin alumnos, porque abajo hay 10 veces más alumnos que aquí arriba.
―Mire profesor –atajó el representante del Barrio 18- queremos que los niños puedan subir a estudiar, ya no queremos más violencia.
―Yo les he dicho a los hommies –complementó Alfredo, de la MS- que ya no los quiero ver en los alrededores de la escuela. Esto es real –continuó-, esto no es política.

En la jerga pandilleril, “política” es sinónimo de intrigas, de conspiración, de dobles intenciones, de mentira.

Los jefes de las dos clicas guerreras le dieron sus teléfonos al Buen Maestro y el representante del Barrio 18 en las cañas se comprometió a ir en persona a decirle a los estudiantes de abajo que la maldición estaba rota, que la amenaza se esfumó, que podían subir a estudiar o a misa sin temor de ser vistos como traidores. El Buen Maestro apuntó los números en un cuaderno, y en su rostro serio y descreído apareció una pequeña lucecilla, tímida, pero visible, aunque demasiado tibia, demasiado oculta para llamarla esperanza.

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Se suponía que el palabrero del Barrio 18 llegaría ayer lunes a la casita para decirles de su viva voz a los estudiantes de abajo que podían subir a la escuela, en lugar de estudiar apiñados aquí, pero no llegó. Así que esperamos que venga hoy, en cualquier momento.

El Buen Maestro luce cansado y avanza despacio, llevando un ataché negro en la mano, con sus ropas formales y grises. Camina balanceando el cuerpo lado a lado por el pasaje que conduce a la casita, arriando a los muchachos que lo esperan afuera. En la primera planta un profesor enseña segundo grado a unos niños y a varios señores mayores que quieren reponer el tiempo perdido. En el único cuarto con puerta, otro maestro les hará hoy un examen de matemáticas a una treintenta de chicos de tercer ciclo. El Buen Maestro sube cansado unas mortales escaleras de caracol que lo llevan a la planta alta, que es un único salón en el que se acomodan más de cuarenta jóvenes de segundo de bachillerato. Hoy aprenderán a despiezar un cerdo.

Con el tiempo pudieron conseguir pupitres, que comparten entre dos, y una pizzara y en las paredes han colgado rutulitos de colores con “pensamientos sabios”: el que no nace para servir, no sirve para vivir. Hay seis pensamientos sabios.

Un carnicero despieza un cerdo para venderlo por partes y obtiene 42 kilos de carne, 20 de hueso… y si tomamos en cuenta que un kilo es igual a 2.2 libras… y cada cosa tiene su precio… y el Buen Maestro se pone de rodillas al lado de un pupitre para explicarle al chico este confundido la regla de tres; luego al otro que no entiende si las libras de hueso son iguales a las de carne… Intenta hacer una broma, les llama por su nombre, felicita a los que terminan, les resuelve el ejercicio…

El representante del Barrio 18 no llegó hoy, ni llegará mañana miércoles, ni el jueves, ni el viernes… ninguno de estos chicos subirá esta semana a la escuela.

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Después de la muerte de Godo, el vendedor de aguacates, los teléfonos del Barrio 18 echaron fuego, hubo quien habló de traición y para Edwin –Perro Loco- fue un problema contener la ira del hermano menor del difunto, que también se cuenta entre los homboys de la pandilla. Pero esa muerte se guardó con llave en los secretos de esta guerra. Los pandilleros solo alcanzan a explicar que esa no era clecha de la MS-13, que no fue una orden oficial y que los responsables le tendrán que responder a algunos cuyos nombres no se mencionan.

Cuando la Mara promovió una reunión con la 18 para tratar el punto, Edwin le respondió que se reuniría pero no en la alcaldía, porque ese era territorio enemigo y le lanzó a Marvin una propuesta maliciosa: ¿por qué no se miraban mejor en la cancha que está cerca de su territorio? Cualquier palabra mal dicha, el primer centímetro de una navaja descubierto, una amenaza mal disimulada pudiera haber calentado de más el asunto. Por eso tuvo que intervenir el gerente de la alcaldía, para servir de árbitro, para moderar un poco los ánimos. Una semana después del homicidio de Godo ocurrió la primera reunión conjunta en la sala de sesiones del consejo municipal. La Mara pidió “ser serios y saber que habrá problemas”, pero que aún así hay que seguir con el proceso. También ofreció que cuando un dieciochero entre en su territorio lo van a capturar, pero lo van a entregar con vida a sus enemigos y que esperan que así se comporten también los contrarios. A partir de aquella ocasión acordaron que todas las reuniones serían conjuntas y así ha sido desde entonces.

En esas reuniones los líderes de clicas de las dos pandillas suelen apartarse para abordar temas secretos; se juntan en grupos susurrantes de los que apenas se escapan algunas palabras: “Lo que no queremos es que vayan a aparecer ya armas y ahí ya se complica la cosa”; “la onda es que siempre hablémoslo pues”; “No, pero ¿los vatos iban en bicicleta o a pie?”; “No, no lo golpeamos, solo le levantamos la camisa… para revisarlo nada más”; “vaya, ahí ustedes sí se merecen una disculpa”…

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El 11 de febrero apareció el cadáver destrozado de un hombre desconocido. Al parecer había sido capturado en otra zona y obligado a caminar amarrado hacia uno de los lugares más miserables e indómitos de Ilopango, la Colonia San Mauricio. Todas las pistas indican que el tipo fue golpeado con brutalidad y que luego intentaron ahorcarlo en una estructura que no soportó el peso. Por eso los asesinos levantaron un tramo de los tubos de cemento que conducen aguas negras y con él le aplastaron la cabeza. La policía busca por esta muerte a dos miembros de la MS a los que solo conoce como Fredy y Alex.

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Esperamos frente a una escuela al hommie de la pandilla 18 que nos indicará cómo llegar al territorio de la clica Hollywood Gangsters. “Tímido”, el líder de aquella célula, ha prometido “mandarme” a alguien para que no me extravíe en estos laberintos que saben ser engañosos. Aparece el guía, que es un niño, aunque insiste en que hace unos meses cumplió la mayoría de edad. Se sube en el vehículo y nos advierte que tendremos que hacer unas maniobras complicadas.

Resulta que para ir a su territorio en carro hay que pasar por un punto de buses, que es controlado por la Mara Salvatrucha y el guía me pide correr. Sin embargo, justo esa parte de la calle está llena de túmulos, que amenazan con desarmarme el vehículo. El chico vio a alguien por la ventana y se tiró cuán largo era en el asiento de atrás, tapándose la cara con la gorra. “¡Píquele, ese que está ahí es… y si me miran…. ¡píquele!”. Ni el fotoperiodista ni yo conseguimos saber nunca en el rostro de qué hombre aquel chico había visto la muerte.

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Hace una semana, a la entrada de esta colonia había un enorme letrero, puesto sobre la pared más visible de todas, en el que la pandilla había escrito, con letras góticas y oscuras: “Si de la vida quieres gozar: ver, oír y callar”. Ahora ahí hay una gran mancha blanca, producto de la última jornada de pintura de graffitis. En esta colonia los hommies se jactan de haberlo hecho con pintura de verdad y no con la indecisa mezcla de cal, que se corre con la primera tormenta.

Los únicos placazos que quedaron son los que estaban recién hechos, en el fondo de la colonia, donde los escasos medios que llegaron a atestiguar la jornada de pintura no metieron sus cámaras.

Posiblemente para que pudiéramos verlo, o quizá porque les importa un pepino si lo vemos, los pandilleros que controlan este lugar se pasan una pistola de mano en mano y fuman marihuana sin parar. Alguno inhala una buena bocanada y luego pasa el humo con gran presión directo a la boca de otro pandillero. A eso le llaman “hacer un súper”. Compran una cerveza de litro en la tienda y la beben compartiendo sorbos. Escuchan música en el teléfono y se dejan tentar por las insinuaciones de una chica entrada en carnes que se contonea frente a ellos. Llaman para tener monitoreada la presencia de la policía, activan sus alarmas cuando entra un carro que a lo lejos parece desconocido, reciben a otros homeboys que vienen a este pasaje buscando algo de hierba, se gastan bromas, hablan de la historia de sus tatuajes, escupen, escupen mucho, se adormecen por el efecto pesado y relajante de aquel humo. Están.

A unos metros de ellos hay una cancha de baloncesto fulminada por el sol y en el centro de la cancha hay un niño solitario, que deberá tener cuatro o cinco años. Se llama César y aún le cuesta pronunciar algunas palabras. Intenta reproducir en su cuaderno un ángel caído, que ha pintado en el muro el grafitero de la clica. Pero lo que más le gusta dibujar a César es al Hombre Araña. Alguien le ha regalado un cartón lleno de pegatinas del Hombre Araña y él las atesora en su cuaderno. Pega una en el extremo de una página en blanco y luego intenta dibujarlo a lápiz. Está muy orgulloso el César de lo bien que le queda la máscara de Spiderman.

―¿Y no vas a la escuela, César?
―Iba, pero mi mamá ya no me puede llevar.
―¿Y por qué?
―Porque le quitaron el puesto en el mercado y dice que ya no tiene pisto para llevarme.
―¿Y qué vendía tu mamá?
―Mmmm… tomates ¡y galletas!, pero fíjese que ahora le dieron cinco dólares.

Cuando César levante la cabeza verá que a unos metros de él, hay un grupo de muchachos pasándola bien. Son los homeboys de alguna de las dos pandillas que controlan cada palmo del territorio de Ilopango y a unos metros de ellos hay un niño que es la respuesta a si la historia termina aquí.

1. Un detective busca el cadáver de su hija

Antes de caer hipnotizado por la calavera, en una mañana de diciembre, Noé Martínez examinó, con mucho detenimiento, el esqueleto dispuesto sobre la mesa de aluminio de la bodega de cadáveres del Instituto de Medicina Legal, en San Salvador. Era un esqueleto joven, a juzgar por su tamaño, con huesos finos, “completamente chelitos”. Pero esos huesos no le decían nada más.

A la calavera la vio de reojo, sobre otra mesa de aluminio a un costado del esqueleto. Él cree que la calavera le habló, y aquel momento se convirtió en un torbellino: dos huecos penetrantes le apuntaron a los ojos, y una mandíbula, con su dentadura saltona, le sonrió y le gritó: “¡Soy yo, papá! ¡Soy yo, Iris!”

Cuando relata ese momento, Noé lo dramatiza: “Luego vi como que me sonrió así”, y pela los dientes, hundiendo la mandíbula inferior para adelantar aún más sus dientes superiores.

Sacudido por aquel espejismo, la imaginación de Noé intuyó que algo quería decirle aquella calavera. Así que se acercó a ella, tanto, que hasta olfateó el olor a tierra húmeda impregnado en ella. Luego transformó sus ojos en dos lupas de detective forense y examinó la mandíbula superior. Eso era lo que querían decirle esos huesos: esa dentadura se parecía mucho a la de su hija. Noé vio que tenía los dientes superiores ligeramente pronunciados hacia adelante.

Para confirmar sus sospechas, se le ocurrió que necesitaba comparar la sonrisa de Iris, inmortalizada en una fotografía, con la dentadura de la calavera. De esa comparación, pensó, a lo mejor obtenía un resultado positivo. Eso se le ocurrió a este pobre hombre porque luego de dos meses de desaparecida su hija, él estaba convencido de que era el único que la andaba buscando.

***

Noé Martínez, en los últimos tres meses, se ha convertido en una especie de detective. Empírico, lo reconoce, pero detective al final de cuentas. Las sospechas y pistas que hay en el caso de su hija, asegura, fueron recogidas por él. Por él y nadie más.

La vida de Iris Martínez es como un rompecabezas al que le faltarán, quizá para siempre, muchas piezas. Noé lo sabe. Este vendedor de pizzas en motocicleta no tiene ni idea de qué fue lo que ocurrió, aunque las piezas que ha recogido en todo este tiempo le hacen sospechar, principalmente, de la posible participación de dos pandillas: la de la colonia en la que vivía su hija, Barrio 18, y la del Instituto Técnico San Luis, de Soyapango, la Mara Salvatrucha-13. Él sospecha más de la última que de la primera.

Cuando transcurrieron las primeras 24 horas de la desaparición, Noé se sintió solo. Buscó auxilio en la delegación policial de Agua Caliente, en Soyapango, pero se decepcionó con la atención brindada por el agente de turno. No quería tomarle la denuncia. Le dijo que debían pasar 72 horas para que su hija fuera catalogada como desaparecida. Noé insistió, y solo venció al oficial hasta que otros tres jóvenes llegaron a reportar la desaparición de otra muchacha. Noé se fue de ahí con la impresión de que ese policía lo único que hizo fue deshacerse de él para luego intentar deshacerse de los otros tres muchachos.

Creyendo que ningún policía le ayudaría, cuando se cumplieron 48 horas, Noé armó un plan de búsqueda en el que incluyó a varios de sus sobrinos, que le servirían para llegar adonde a él le sería más difícil: los amigos del Instituto en donde estudiaba Iris. Con su ayuda ubicó a los amigos de su hija y los buscó en sus casas, afuera del Instituto, o los contactó por teléfono.

A las 72 horas, Noé ya tenía avances. Días más tarde incluso dio con tres vecinos que le aseguraron que Iris “y una amiga” habían abordado el mismo microbús que ellos, y que se bajaron frente al centro comercial Unicentro, de la ciudad de Soyapango, en el oriente de San Salvador. Hasta esa parada se dirigió también Noé, con una fotografía de ambas chicas en la mano, preguntándole al viento si había visto quién se llevó a su hija y a su amiga. El viento, convertido en vendedora, recordó haber visto a dos muchachas, parecidas a las de la foto, que se subieron en un auto de color rojo.

Quien acompañaba a Iris Martínez aquella mañana era su amiga del Instituto, Verónica Platero. Verónica, desde hacía un mes, vivía en casa de Noé. Las dos estudiaban el bachillerato en salud del Instituto Técnico San Luis. Ambas tenían 20 años.

Noé, desde el inicio, creyó manejar una probable hipótesis. Katherine Martínez, de 15 años, hermana de Iris, había emigrado hacia Estados Unidos en marzo de 2012, obligada por su papá, para prevenir que unos estudiantes del Instituto la siguieran maltratando. En febrero de 2012 la golpearon una vez, y Noé no permitiría que a su segunda hija la golpearan una vez más. A Katherine la acosaban porque ella se resistía a formar parte de la Raza Técnica, la pandilla estudiantil con vasos vinculantes a la Mara Salvatucha-13. Cuando en sus averiguaciones Noé encontró indicios de que a Iris probablemente le estuvo ocurriendo lo mismo que a Katherine, preguntó a esta por teléfono. En una primera llamada, Katherine le dijo que no sabía nada. Días más tarde, desde Estados Unidos, Katherine le habló llorando a su papá. Se disculpó por no haberle dicho la verdad y le confesó que en septiembre de 2012 Iris le contó que tenía problemas con los mismos compañeros que a ella la habían golpeado. Katherine no había dicho nada porque se avergonzaba de haber guardado ese gran secreto.

Noé Martínez contrastó los nombres y apodos de los estudiantes acosadores que Katherine recordaba, con los que le dieron los compañeros y amigos de Iris. Cuando creyó haber encontrado coincidencias, lo reportó a la dirección del Instituto, pero la respuesta que obtuvo fue que el Instituto tenía controlado eso de las bandas juveniles. Fue entonces cuando Noé se dio cuenta de que él no es ninguna autoridad, que todo lo que él había averiguado probablemente no le serviría para nada.

Y, mientras tanto, ningún policía se acercó o lo contactó para ofrecerle ayuda o darle noticias sobre su denuncia.

Noé siguió buscando y encontró una pista más al hablar con los familiares de Verónica, la otra desaparecida. Risueña, simpática, Verónica había pedido posada en la casa de Noé porque aseguraba que era maltratada en la suya. Uno de los familiares de Verónica le dijo algo a Noé y él encontró otra probable ruta de investigación.

—Ellos me dijeron que la muchacha como que había tenido algo que ver con un joven de su colonia, que decían que era pandillero, y eso le había generado problemas. Por eso se había salido de su colonia.

Noé estaba desesperado y recordaba -aún recuerda- con mucho dolor algo que ocurrió cuando se cumplieron 72 horas de la desaparición de Iris. El jueves 1 de noviembre, en un despliegue exhaustivo, efectivo, de película, la Policía y la Fiscalía resolvieron la desaparición y posterior asesinato de otra joven, reportada como desaparecida un día después que su hija. Noé recuerda bien su nombre: “Helene Arias”. Noé no entendía cómo ese caso, y no el de su hija, recibió esa fuerte atención policial y de la Fiscalía.

Pieza suelta #1

2012 pasará a la historia como el año en el que los homicidios se desplomaron, gracias a una tregua negociada entre el gobierno y las pandillas (cese al fuego entre las pandillas a cambio, al menos, de beneficios en cárceles y la promesa de un plan integral de reinserción). Pero desplomados los homicidios de 12 a 5 diarios, la gente comenzó a especular que a la gente quizá la estaban desapareciendo. Eso se piensa, sobre todo, si en un país como El Salvador, desde 2004, se registran cementerios clandestinos en donde las pandillas han enterrado a sus víctimas.

La sospecha de que hay menos homicidios porque hay más desaparecidos es una constante difícil de borrar. Por ejemplo, el presidente de la Comisión de Seguridad de la Asamblea Legislativa, Ernesto Angulo, del partido Arena, está convencido de que los homicidios se han reducido no porque se deje de matar gente, sino porque se están desapareciendo los cadáveres.

El ministro de Seguridad, David Munguía Payés, ha pedido que creamos, desde marzo de 2012, que la cifra de desaparecidos ha ido a la baja. También ha mandado un mensaje a la población: al fenómeno se le está dando especial atención. Por eso, los casos más sonados de personas desaparecidas durante 2012 fueron investigados por una unidad élite: la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas.

En mayo, la atleta de lucha libre Alison Renderos desapareció en San Vicente, y la unidad policial encontró su cadáver, mutilado, 21 días después. En junio, cinco estudiantes desaparecieron en la ciudad de Santa Tecla, y la misma unidad dio con sus cadáveres, enterrados en una zona verde de esa misma ciudad, un mes más tarde. En septiembre, una maestra de un colegio privado desapareció, y la Policía logró ubicarla, viva, semanas más tarde, en Nicaragua. Luego, en octubre, desapareció Helene Arias, y la Policía resolvió el caso en tiempo récord: en menos de 48 horas. A simple vista, las cosas funcionan bien. Si uno desaparece, el Estado se encargará de buscarnos vivos o, al menos, de encontrar nuestros restos.

Pero hay piezas que no encajan en el rompecabezas de los desaparecidos en El Salvador. Y eso que no encaja bien es la prioridad que la Policía le da a unos casos a costa de la inmensa mayoría. La búsqueda exhaustiva que aplica la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas es prioritaria solo si los casos caen en una categoría especial, a discreción de la cúpula policial. De lo contrario, dependerá de los recursos de las delegaciones policiales en donde se denunció la desaparición, y de las ganas de los investigadores de esas delegaciones, para resolver lo que esas mismas autoridades califican como un eventual homicidio, sobre todo si el tiempo avanza y la persona no aparece.

¿Por qué un caso se investiga con prontitud y en otros el engranaje gira más lento? Según el subdirector de la Policía Mauricio Ramírez Landaverde, porque hay casos como el de la atleta Alison Renderos, o como el caso de Helene Arias, que son considerados como “casos importantes”, en virtud de la alarma social que dejan a su paso.

El Instructivo de Investigaciones de Personas Desaparecidas y Extraviadas de la Policía, un documento aprobado en junio de 2012 por la Dirección de la PNC, dice que son casos importantes la desaparición de autoridades públicas, funcionarios públicos, extranjeros con misión diplomática y policías o militares. Hay una quinta categoría que entra para como “caso importante”: aquel que cause alarma y conmoción nacional. Aquel que se refuerce con la presión mediática. Es la Dirección de la Policía la que decidirá, se explica en ese manual, si un caso ha causado la suficiente conmoción social como para que sea retomado por la unidad especial de investigación.

Iris Martínez y Verónica Platero desaparecieron el 29 de Octubre de 2012. Estudiaban el bachillerato en Salud en un instituto de Soyapango. Ambas tenían 20 años.

***

Una mañana después de que Noé se enterara del caso de Helene Arias, mientras manejaba su moto por la avenida Juan Pablo II, en el centro de San Salvador, se topó con un vehículo del Canal de Noticias 21. Se le atravesó al vehículo, se bajó y le contó su caso al conductor y al copiloto. Les dijo que él también andaba buscando a su hija desaparecida. El canal pasó la noticia de Iris y Verónica. Luego El Diario de Hoy publicó una nota. El 2 de noviembre, Día de los Difuntos y cinco días después de la desaparición de Iris y Verónica, el caso de las estudiantes de enfermería ya estaba en redes sociales.

A los días, y luego de varias publicaciones en medios, Noé Martínez recibió una llamada desconocida que luego le resultó sorpresiva. Desde el otro lado de la línea, un hombre se presentaba como investigador de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas de la Policía. El caso de Iris y Verónica, por fin, había sido tomado en cuenta.

Noé no recuerda exactamente la fecha, pero cree que fue entre el 15 y el 18 de noviembre cuando visitó por primera vez a los detectives de la Unidad de Búsqueda de Desaparecidos. Dos investigadores lo citaron en el cuarto piso del segundo edificio de la División Central de Investigaciones (DCI). Lo recibieron en una sala estrecha, con luces opacas, muy parecida a un cuarto de interrogación.

—Cuéntenos: ¿qué es lo que usted sabe? –le preguntaron.

Y Noé, el detective, les dio sus pistas y sus hipótesis a sus colegas.

Les dijo de Verónica y su posible relación sentimental con un pandillero. Les contó de los problemas que había tenido su otra hija, Katherine, y de los nombres de los supuestos estudiantes acosadores que él había conseguido. Por último, les confesó algo más. Les dijo que él, a mediados de 2011, tuvo una serie de desencuentros con los pandilleros que dominaban la comunidad en donde él vivió junto a sus hijas.

—¿Qué problemas, Noé? –le pregunto yo.
—No eran cosas serias. Ellos querían que uno los saludara con respeto y yo y mi hermano siempre les dijimos que el respeto se ganaban, no se imponía a la fuerza ni con la intimidación. Discusiones tontas… de esas con las que ellos intentan bajarle la moral a la gente. Pero uno no tiene que dejarse, porque media vez se deje, entonces ya se perdió todo. Eso fue lo que pasó.

Noé le contó a los detectives que para evitar problemas decidió migrar hacia Estados Unidos, a mediados de 2011. Una corta temporada, mientras la temperatura bajaba. Les dijo que regresó en febrero de 2012, para solucionar el problema de Katherine, y que los pandilleros y él arreglaron, en teoría, las cosas.

—¿Las arreglaron? –le pregunto.
—Yo creo que sí. ¡Si a esos cipotes yo los he visto crecer! ¡Son cipotes bayuncos! Yo creo que sí se arreglaron, pero después de todo este tiempo uno no sabe qué pensar. A veces creo que fueron ellos, todavía resentidos. Pero entonces me pregunto: ¿Pero por qué no lo hicieron antes, cuando yo no estuve, pues?

En aquel primer encuentro con los detectives, que duró alrededor de tres horas, Noé les dijo que sospechaba más de la pandilla estudiantil que acosó a sus hijas que de la pandilla que dominaba en su comunidad.

La segunda vez que Noé fue citado a la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas ocurrió a finales de noviembre.

—Solo eso me preguntaban: cuéntenos, ¿qué ha averiguado? Yo les dije que no sabía más de lo que ya les había contado, pero ellos no me quisieron decir si por su parte habían averiguado algo más.

La tercera vez, Noé no fue citado, sino que él llegó a preguntar a la unidad si ya había algún avance. Los detectives lo recibieron, de nuevo, con la misma pregunta: ¿y usted qué ha averiguado? Noé se molestó, pero aun así, quería que los detectives se interesaran y jalaran del hilo que él había descubierto en esos días.

En Estados Unidos, Katherine sostuvo un intercambio de mensajes por Facebook con un joven que decía tener información sobre el paradero de Iris y Verónica. El joven decía que fue novio de Verónica y que las protegía cuando ellas, contratadas por alguien a quien no conocía, servían de modelos o bailaban en barras show de la playa San Diego, en el departamento de La Libertad. Los detectives apuntaron esa información y Noé les dio el número de Katherine para que la corroboraran. Días más tarde, Katherine le comentó a su padre que los detectives ya le habían hablado.

***

El 17 de diciembre de 2012, Noé Martínez se creyó un médico forense y se le ocurrió que si comparaba esas mandíbulas de la calavera con la fotografía de la sonrisa de su hija, a lo mejor y le atinaba.

Pero un día más tarde, un verdadero médico forense le dijo que eso no demostraría nada, sobre todo porque su hija, según había declarado Noé, cuando la buscó en esas mismas oficinas, por primera vez, hacía dos meses, tenía una corona en una muela. La calavera, en cambio, no tenía alteraciones en ninguno de sus molares.

Noé Martínez cerró el año 2012 agobiado por una pesada incertidumbre.

—Uno nunca pierde la esperanza, pero a veces quisiera que al menos me dijeran que está muerta. Que me dijeran: ¡tomá, Noé, estos son sus huesos! Así tal vez yo me quedaría tranquilo –dice Noé, cuando se acerca el final del año.

El 3 de enero de 2013 reinició su búsqueda. Regresó -de nuevo- a preguntar a la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas si existía algún avance en el caso.

—Me salieron con que este caso era como buscar una aguja en un pajar, que no tenían hipótiesis… hi-pió-te-sis…
—Hipótesis.
—¡Eso! Que no tenían hipótesis que les dieran certezas de nada. Luego me dijeron cuáles son sus hipótesis, y mire: ¡lo que me da cólera es que son exactamente las mismas que les he dado yo!
—¿Pero siguen investigando?
—Me dijeron que no había forma ni pistas para seguir investigando, pero que le iban a seguir echando ganas. Eso no sé qué significa –dice Noé.

El jefe de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas es el inspector Jaime Ramírez Palma. En realidad, él es el jefe de la Unidad de Delitos Especiales, y bajo la sombrilla de esta oficina cayó la oficina que atiende los casos de desaparecidos. Ramírez Palma es un oficial de voz ceremoniosa, que antes de este cargo dirigió algunas delegaciones del occidente del país. Él dice que no es cierto que la Policía se haya quedado solo con la información recabada por el padre de una de las chicas, ni que el caso de Iris Martínez y Verónica Platero haya dejado de investigarse.

El inspector asegura entender la preocupación de los familiares de los desaparecidos, pero insiste en que ellos no pueden andar revelando detalles de sus investigaciones, para no entorpecer los casos.

—Las investigaciones continúan y van por buen camino. Estamos en un 50 %, del otro 50 % solo falta encontrar una pista que andamos buscando y ese caso se resuelve.
—¿Cree que están vivas? -le pregunto, y el inspector responde sin dar mucha información.
—Hay probabilidades de que pudieran estar fallecidas. Le voy a explicar una situación, y esta es una valoración personal. Si una persona lleva más de 12 días desaparecida, hay un 40 % de que esa persona esté fallecida. Y mientras más pasa el tiempo, esa probabilidad aumenta.

Pieza suelta # 2

Desde hace muchos años (desde 2004, según la PNC; 2005, según el criminalista Israel Ticas, de la Fiscalía General de la República; y desde 2008, según Medicina Legal), cientos de salvadoreños viven con la angustia de no saber qué ha pasado con sus hijos, hijas, esposos, esposas, madres, padres…

Y las cifras, al menos las que se han ventilado públicamente, hablan de muchos casos denunciados. En 2011, la PNC registró 1,267. En 2012, las denuncias aumentaron a 1,564, pero el número de personas que hasta la primera semana de enero continuaban desaparecidas cerró en 612. Al Instituto de Medicina Legal, en 2011, familiares llegaron a reportar 2,007 casos solo en el departamento de San Salvador. Pero en 2012, los reportes de Medicina Legal, a nivel nacional, fueron a la baja: 1,601.

Otra cifra: el criminalista Israel Ticas asegura que entre 2005 y 2012 ha encontrado, debajo de la tierra, en diferentes zonas del país, 655 cadáveres de 655 personas que en su momento fueron consideradas desaparecidas por sus familiares.

Más allá de estas cifras, no hay más cifras. Lo Policía reconoce que el manejo estadístico del fenómeno, hasta 2012, se hizo muy mal. “Eso es algo que yo, en lo personal, estoy interesado en corregir”, dice el ministro de Seguridad, David Munguía Payés.

Por ahora, hay tres bases de datos que hablan de los desaparecidos: los reportes que anota Medicina Legal, las denuncias que recibe la Policía, y los reportes que anota Israel Ticas, el criminalista de la Fiscalía. La suya es una lista informal, desordenada, apuntada en hojas sueltas, a lápiz, a lapicero, en pequeños papeles mal doblados en el interior de su cartera, o en cinco hojas de papel bond, llenas hasta los bordes, que guarda en el asiento trasero de su camioneta. Dice que en sus agendas, las viejas y las nuevas, tiene más, pero que prefiere no hablar de esas cifras porque lo suyo no es un dato oficial ni es un dato que pueda ser atribuido a la institución para la cual trabaja.

—Es un dato que toma Israel Ticas, el ser humano –dice-. El dato oficial, el dato que puede compartir Israel Ticas, el funcionario de la Fiscalía, es que yo he desenterrado, entre 2005 y 2012, 655 cadáveres de salvadoreños que estaban desaparecidos.

Si se tomaran como válidos el total de casos denunciados a la Policía entre 2011 y 2012, tendríamos como resultado que en dos años, los nuevos desaparecidos alcanzaron el número de casos de niños desaparecidos de manera forzada durante la guerra, según las estimaciones de la Asociación Probúsqueda de Niñas y Niños Desaparecidos. Pero el problema es que los casos denunciados entre 2011 y 2012 no son confiables. De hecho, uno puede no puede fiarse de la “reducción de casos” de la que hablan la Policía y el ministro de Seguridad, David Munguía Payés.

Intentemos resolver ese rompecabezas: La Policía ha dicho que en 2011 se registraron 1,267 “casos denunciados”. Y según sus registros, en 2012 el dato “casos denunciados” subió a 1,564. Entre un año y otro, los casos denunciados aumentaron. Sigamos. La Policía ha depurado los casos denunciados en 2012. Y concluye que del total de casos denunciados, 820 fueron archivados porque reaparecieron las personas. También dice que 132 personas fueron encontradas fallecidas, y que, al final, hasta la primera semana de enero, 612 continuaban reportadas como desaparecidas. De esa depuración, la Policía y el Ministro de Seguridad sacan la siguiente conclusión: respecto a 2011, hay 655 casos menos. Pero esa pieza del rompecabezas las autoridades la quieren introducir a la fuerza. Es una comparación imposible, a menos que queramos comparar peras con manzanas, comparar “denuncias” con “personas que continúan desaparecidas”.

La comparación errónea entre “casos denunciados 2011” contra “total de personas desparecidas 2012” fue un dato que Raúl Mijango, el negociador de la tregua entre las pandillas, filtró, el 11 de diciembre de 2012, en una reunión con los diputados de la comisión de Seguridad Pública de la Asamblea Legislativa. Mijango presentó esa “reducción de casos” como uno de los logros obtenidos en el año de la tregua. Mijango y la Policía aseguran que son datos oficiales, emanados de la propia PNC. La única diferencia entre los datos que presentó Mijango con los que la Policía dio a conocer en enero de 2013 fue la actualización de los mismos.

Luego de explicarle la inconsistencia en la comparación, el ministro de Seguridad, David Munguía Payés, reconoce que han hecho una comparación imposible.

—Lo que pasa es que antes de que llegáramos a la Policía había algunas falencias en el área de estadísticas que las estamos corrigiendo.
—Pero ustedes están comparando casos denunciados de 2011, es decir, el total de casos, contra casos depurados de 2012. Deberíamos contar con el dato de casos depurados de 2011 para que la comparación sea correcta.
—Sí. No existe en su totalidad el dato de 2011. A partir de 2012 sí está depurado, y hemos afinado los procedimientos estadísticos de investigación, de tal manera que hoy sí podremos hacer comparación de lo que sucedió en 2012 y lo que sucederá en 2013.

Durante dos meses, El Faro solicitó a la Policía el dato de denuncias de desaparecidos de 2011 –y de años anteriores- , pero al cierre de esta crónica no hubo respuesta. Al ser consultado al respecto, el jefe de la Unidad de Delitos Especiales, el inspector Jaime Ramírez Palma, explicó que sus jefes le había autorizado hablar de todo, menos de las cifras.

—Al menos aclárenos una duda. ¿Esos datos existen?
—Sí, existen. Tienen que existir.
—¿Usted los ha visto?
—No. Pero le voy a explicar una cosa: el año 2011 fue característico por la creciente de homicidios. Se me ocurre (y es una percepción, no estoy diciendo que así fue) que no era la prioridad andar buscando a personas desaparecidas con esa cantidad de homicidios que había. La prioridad en ese momento era ir a capturar a los homicidas. Esa era la prioridad.

Fotos de desaparecidos en el monumento a las víctimas de la guerra civil en el parque Cuscatlán de San Salvador. Foto Mauro Arias

2. El desaparecido al que nadie está buscando

—¿Quién desapareció?
—Amílcar Sadrat Santos.

El Sargento -así quiso que lo llamara, “El Sargento”- le preguntó a su compañero, otro policía, si le sonaba ese nombre. Se lo preguntó, también, a un soldado moreno y joven, que descansaba junto a ellos en la orilla del Puerto Joacaz, el embarcadero de lanchas de la Isla Tasajera, en la costa del departamento de La Paz.

El paisaje que nos rodeaba no podía ser más hermoso. El estero de Jaltepeque lucía inmenso, con sus canales y sus islas y sus manglares. Al fondo, sobresalía muy por encima de la línea del horizonte, el volcán de San Vicente.

Por un momento, la confusión y el asombro de los dos policías y el joven soldado contagiaban. Uno se preguntaba: ¿Quién puede desaparecer de un lugar tan hermoso? Las lanchas atravesaban el estero ora con turistas, ora con los habitantes de la isla, que cargaban provisiones desde San Luis La Herradura, el poblado en tierra firma más cercano, ubicado a uno hora de distancia, al otro lado del estero. Pero así es esta parte del mundo, calificada en 2011 como la segunda más violenta de la Tierra en la región más violenta de la Tierra. Hermosa y llena de contrastes. De ese paraíso, que las agencias de turismo no han sabido explotar, desapareció un joven de 21 años.

El Sargento terminó de sacar conclusiones con sus compañeros.

—Usted me está preguntando por El Piñata –dijo.
—¿El Piñata?
—Sí. Así le decían a ese vago. Ese era pandillero.
—¿Hay pandillas en la isla?
—No, no es que haya, pero ese quería comenzarla.
—¿Por qué dice que era pandillero?
—Era. Hubiera visto cómo caminaba.

El joven soldado interrumpió la conversación. Era moreno y se rehusó a identificarse. Mientras me contaba una historia, el otro policía, que tampoco quiso identificarse, apuntó mis datos en una libreta.

A inicios de 2012, dijo el joven soldado, ese al que le dice El Piñata bailaba en una fiesta, junto a un grupo de jóvenes “malas piezas de allá de La Herradura”. Luego El Piñata, junto a esos sus amigos, se hicieron señas, y se reían. Según el soldado, eran de esas señas que hacen los pandilleros.

—¿Y de que pandilla creen que era?

El Sargento se le adelantó al soldado.

—En La Herradura hay de las dos, pero es más fuerte la MS… Pero mire: ¿Y para qué anda perdiendo el tiempo, preguntando por el paradero de ese marero? –preguntó.
—¿Me está diciendo eso en serio?
—¡Sí, hombre! Que no ve todo el mal que hacen esos… Mejor que se desaparezcan, así dejan de andar jodiendo a tanta gente. Yo creo que la gente ha de estar feliz porque ellos desaparezcan.

Pieza suelta # 3

¿Cuántos desaparecidos hay en El Salvador? La respuesta a esa pregunta es un rotundo misterio o, si se quiere, es una respuesta parcial. La Policía solo puede dar como reporte oficial los 612 casos registrados en 2012, de 612 personas que todavía continúan desaparecidas (más los 132 casos de aquellos que estuvieron desaparecidos y que fueron encontrados fallecidos). Pero los casos de los años anteriores son un misterio. En 2011 hay 1,165 casos denunciados pero se desconoce el número real de desaparecidos. Hacia atrás, las datos (si es que existen) o están archivados en las delegaciones del país o son un secreto que la Policía no quiere revelar. Sin embargo, ante la falta de información, tampoco puede decirse que haya más o menos desaparecidos hoy que ayer.

En síntesis, aquel que es considerado como un grave problema desde hace muchos años, en el manejo estadístico (que serviría para analizarlo, formular planes de acción, etcétera) demuestra una de sus principales falencias.

Pero esa falla no es solo de la Policía. En junio de 2012, el director de Medicina Legal, Miguel Fortín Magaña, aseguró que había más desaparecidos que los que informaba la Policía. Entre enero y abril, según la institución, solo en el departamento de San Salvador, habían levantado 876 reportes, contra 397 informados por la Policía. Miguel Fortín Magaña dice que nunca han querido dar sus cifras como una verdad absoluta. De hecho, tras los desencuentros entre el Ministerio de Seguridad y el IML, él siempre sostuvo que los datos del IML debían tomarse como reportes que no podían mantenerse en el tiempo. “Nosotros no sabemos si a los dos días que un familiar vino a reportar a una persona desaparecida, esa persona desaparecida ha sido encontrada. Eso le compete a la Policía”, dice.

Para Fortín Magaña, la necesidad de divulgar esa información era para “registrar un fenómeno que me parece grave, y al que el país debe prestarle atención”. Pero lo que Medicina Legal no hizo público en esos debates, es que ellos también dijeron algo que no se correspondía o que no se sustentaba con cifras. En 2011, el Departamento Académico y Estadístico (DAE) informó a la prensa sobre 2,007 reportes de desaparecidos, solo en el departamento de San Salvador. Fue una noticia alarmante reproducida por varios medios de comunicación. Sin embargo, en el primer trimestre de 2012 el DAE descubrió que tras aquellos datos había reportes duplicados, amén de que, en ocasiones, a una misma persona desaparecida la habían llegado a reportar dos o más familiares, sin que ese segundo registro fuera depurado.

Al percatarse del error, el DAE corrigió, y digitalizó todos los reportes para detectar las duplicaciones. “Es un grave error. Pero ya corregimos del 2008, 2009, 2010. 2011 todavía nos falta, y puedo darle certezas de que 2012 ya no sufrió esa falla porque corregimos el mecanismo de toma de información”, dice Fortín Magaña.

Entre enero y diciembre de 2012, el IML registro 1,601 reportes “libres de fallas”. El IML no ha terminado de depurar los datos de 2011, y la institución sospecha que la falla no pasó de los 100 registros. Aún así, lo cierto es que en 2012 los reportes del IML no solo bajaron en la comparación interanual, sino que durante todo el año cayeron mes a mes. Así lo confirma el balance anual que la institución presentó en enero de 2013. Gracias a lo que la institución menciona en ese reporte, el IML también corrigió el dato que había dado en junio, cuando dijo que en el período de enero a abril del año pasado, habían registrado 807 reportes de desaparecidos. Según el balance de cierre de año, en ese periodo solo se levantaron 640 reportes.

***

Amílcar Sadrat Santos salió de su casa (dos cuartos grandes, con piso de arena de mar en el patio, en los cuartos, en la sala y en la cocina), al mediodía del 15 de junio de 2012. Por la mañana, dice José, su padre, Amílcar le ayudó a regar veneno en una milpa que la familia tiene en el norte de la isla.

A Amílcar, sus padres le conocían un solo pecado: cuando tomaba mucho, se ponía violento. Dicen que bebía, se embriagaba, y ya borracho armaba pleitos. Una vez incluso se agarró a trompadas con uno de sus amigos de la infancia, un pescador de la isla. Por ese pleito terminó preso tres días, acusado de lesiones, en la delegación de La Herradura. Quienes lo capturaron, y se lo llevaron preso, atravesando en una lancha el estero de Jaltepeque, fueron los policías comunitarios asignados a la isla. Al final, el amigo de la infancia de Amílcar, el pescador que lo denunció, dice que nunca se le cruzó por la mente vengarse, desaparecerlo. Tampoco la familia de Amílcar cree que Joel lo haya desaparecido, mucho menos por un pleito de borrachos.

—Si a los días que salió de la bartolina ya andaban molestándose, como cipotes que eran, de nuevo –dice el padre de Amílcar, el joven de 21 años de edad.

El día que Amílcar desapareció llevaba en su cartera 25 dólares. Se los había regalado su padre, para que se comprara unos tenis que desde hacía mucho tiempo él le había prometido. Los zapatos los iba a comprar en el mercado de San Luis La Herradura.

Antes de partir, Amílcar se despidió de su hijo, un niño de tres años, moreno, igualito a su papá. En enero de 2013, dice la abuela de Francisco, el niño todavía pregunta: ¿cuándo regresará del trabajo mi papi?

En el pueblo de La Herradura, Amílcar tenía dos casas en donde quedarse a dormir: la de uno de sus hermanos mayores, y la de la mamá de su hijo. Por eso sus padres no se preocuparon cuando él no apareció las noches del 15 y del 16 de junio. Pero cuando al tercer día Amílcar no contestó su teléfono, su padre presintió que algo malo podía haberle ocurrido.

Al cuarto día fueron a buscarlo. Cruzaron el estero, tomaron un autobús, y en cuestión de una hora llegaron a La Herradura. Amílcar no había llegado ni a la casa de su hermano ni a la de la madre de su hijo. Fueron a preguntar a la delegación policial de La Herradura, creyendo que a lo mejor había caído preso de nuevo, por andar tomando, pero Amílcar tampoco estaba ahí.

De su desaparición, rápido se enteraron todos en la comunidad. Incluyendo El Sargento y su compañero, y los soldados que les ayudan a patrullar la isla.

***

—Ese Piñata quería levantar una clica acá en la isla –dice El Sargento-. Quería comenzar a rentear acá. A él lo brincaron en La Herradura, vaya a preguntar por él a la delegación y allá se lo van a contar.
—La familia asegura que…
—Las familias de los mareros nunca quieren aceptar que sus hijos son mareros. Las hermanas de él saben, que a lo mejor la clica en La Herradura le dio chicharrón, porque no tenía autorización para hacer nada acá. Ellas saben pero no dicen nada.

Al puerto Joacaz se acercó un hombre que cargaba un plato con carne frita y tortillas. “¿Quiere culebra, Sargento?”, dijo, y le convidó una porción de su comida. El Sargento partió el trozo por la mitad y me entregó una de las dos partes. La anguila frita sabía a sal frita. El Sargento, mientras comía de su porción, se cuidó de no tragarse ninguna espina, y mientras se sacaba una que se le escabulló entre uno de los dientes, insistió:

—No ande investigando eso.
—¿Por qué?
—¡Porque era pandillero, hombre! Ta bueno que desaparezca. Ya lo vamos a encontrar en alguno de los cañales que hay por allá, por La Herradura.

En junio de 2012, la bitácora de denuncias de la subdelegación de La Herradura solo registra la desaprición de un joven de 20 años llamado Jorge Alberto Guillén. Fue reportada el 5 de ese mes.

En la delegación El Pedregal, a la cual están adscritas La Herradura y la delegación de la policía comunitaria de Tasajera, tampoco aparece el nombre de Amílcar para esas fechas. En esa delegación, el 9 de junio, solo hay dos reportes de dos mujeres desaparecidas. Luego, hasta el 12 de octubre hay otra quinceañera reportada como desaparecida; y dos meses después, el 17 de diciembre, fue reportado como desaparecido un hombre de 57 años.

***

Los padres de Amílcar Sadrat Santos acuden a una iglesia evangélica. Desde que Amílcar desapareció, todos los sábados, sin falta, los miembros de la congregación llegan hasta el patio de la casa de Amílcar para celebrar un culto en su nombre. Para que Dios lo proteja o para que, si está muerto, “lo tenga en su gloria”. Así lo dice María, su madre.

Ella agachó la cabeza cuando le dije que en ninguna de las delegaciones de la Policía aparece la denuncia de desaparición de su hijo. Francisquito revoloteaba la arena a los pies de su abuela.

—Es que cuando fuimos, la mamá de este niño fue la que entró a preguntar, y solo dijo que Amílcar no aparecía, y preguntó si no lo tenían preso.
—¿No le tomaron la denuncia?
—A lo mejor no… es que yo ya no sé.
—¿Usted no puso la denuncia?
—No, es que yo ya no entré.
—¿Quiere ir a poner la denuncia?
—Es que tenemos miedo…
—¿Los ha amenazado alguien?

María se encoge de hombros y guarda silencio durante un par de segundos.

—(…) Tenemos miedo de que nos pase algo por andar preguntando por él. Mire que en La Herradura salió la noticia de que los mismos policías andaban haciendo cosas malas, junto a unos pandilleros.
—Pero si no denuncian la desaparición, nadie va a buscar a su hijo.
—Ya mejor que quede así. Si está vivo, que Dios lo proteja, y si está muerto… Disculpe que lo hicimos venir hasta acá, pero ya no queremos que se anden revolviendo las cosas.

Entre la casa de la familia de Amílcar y la sede de la policía comunitaria de Tasajera solo hay un rancho de por medio. El viernes 4 de enero El Sargento no estaba, tampoco el soldado joven que aseguró haber visto a Amílcar haciendo señas de pandilleros. Sí había otros dos soldados y el compañero policía de El Sargento.

—¿La familia de Amílcar Santos no les reportó a ustedes la desaparición del muchacho?
—¿Y ese que no ya había aparecido?
—No, no ha aparecido.
—¡Qué raro! Nosotros entendíamos que ya había aparecido. Por ahí así andaban diciendo
—Ustedes, que ya saben que está desaparecido, ¿no pueden hacer nada para que alguien comience a buscarlo?
—Si dice que no hay denuncia, está difícil, mi hermano. A lo mejor si se metieran los derechos humanos…

Pieza suelta # 4

El 24 de mayo de 2012, Óscar Luna, el procurador de Derechos Humanos, se pronunció en el tema de los desaparecidos. Recomendó a la Fiscalía que investigue los casos, que cree una Unidad de Personas Desaparecidas, un sistema de datos confiables, en donde pueda consultarse información sobre los registros de personas desaparecidas y encontradas; y una red de intercambio de información entre hospitales, migración, cárceles, celdas policiales, iglesias…

A la Policía, el Procurador le pidió que refuerce las acciones para prevenir el fenómeno y para investigarlo.

Aún y cuando el Código Penal Salvadoreño ya tipifica la desaparición forzada como un delito, la Fiscalía dice sentirse con las manos atadas, debido a que la denuncia de desaparición de una persona en sí misma no es la denuncia de un delito. Hasta que la Policía devela insumos que apunten a la posible comisión de un delito (llámese este homicidio o privación de libertad) la Fiscalía actúa.

Fuera de estas dos grandes ramas de investigación, la Fiscalía se aproxima al tema, de manera indirecta, cuando investiga los casos de cementerios clandestinos, de donde el criminalista Israel Ticas ha desenterrado 655 cadáveres en siete años. Pero de nuevo: ese procedimiento no nace de la búsqueda de una persona desaparecida, sino de la información de un testigo criteriado o de una fuente infiltrada en las pandillas, que revela que en algún punto del país hay una decena de cuerpos escondidos bajo tierra. Oficialmente, a través de su departamento de prensa, la Fiscalía responde que en materia de desaparecidos no pueden actuar ni tomar una denuncia ni tomar una cifra sino hasta que la Policía recopila insumos que hablan de un delito que se pueda perseguir.

Aquello que la Fiscalía considera lo más aproximado al fenómeno es la privación de libertad. De esos, en 2012, la institución solo actuó en 12 casos.

La Procuraduría de Derechos Humanos hizo ese llamado en mayo, y a la fecha solo la Policía activó la unidad especial para buscar desaparecidos, y creó un instructivo para que actúe esa unidad, y el resto de unidades de investigaciones diseminadas en el país, que son en realidad las que trabajan la mayoría de los casos. La PDDH ya no dijo más. Pero al menos reconoce que también ha cometido una falla. Cuando a las oficinas de la institución llegan los familiares de los desaparecidos a reportar sus casos, o a reportar que perciben que las autoridades no les ayudan a encontrar a sus parientes, la PDDH no registra esos casos. Lo dicen las oficiales de prensa de la institución. Lo dice, también, el procurador adjunto Gerardo Alegría.

3. Una madre que busca auxilio encuentra a un amigo

Irma Guadalupe Pérez desapareció el 5 de Octubre de 2012, en Aguilares. Su desaparición la investigan su madre y un Policía amigo que le informa sobre la aparición de cadáveres en la zona.

En una de las entradas de la Catedral de San Salvador hay una fotografía de una chica que tiene 14 años. La chica es morena, lleva una camisa de tirantes color negro y en la foto sonríe a la cámara. “SE BUSCA”, dice el cartelito. Así, en letras mayúsculas.

La persona que pegó ese cartel es una mujer analfabeta. Tiene 37 años. No fue ella quien escribió lo que en ese cartel dice, sino que fue uno de sus hermanos. Su nombre es María. La que está en ese cartel es su hija, Irma Guadalupe.

Irma desapareció el 5 de octubre de 2012 a las 4 de la tarde. Vestía una camisa verde, un pantalón negro y zapatos cafés. Así dice el cartel, así la recuerda su madre. Lo último que le dijo a María, antes de que la tierra se la tragara, fue que iría al supermercado del municipio de Aguilares, un caluroso pueblo ubicado a 33 kilómetros al norte de la capital.

Dos horas pasaron para que María, que sabía que esa ida y esa vuelta no debían demorar tanto a su hija, se desesperara. María esperó dos horas más antes de decidirse a ir a reportar la desaparición de su hija a la delegación policial del pueblo, ubicada a dos kilómetros de su casa. El oficial de turno le dijo que no podía tomarle los datos, y le dijo que regresara hasta el siguiente día. Que a lo mejor su hija se había escapado con algún novio.

María, a las 8 de la mañana del siguiente día, regresó a la delegación. Le tomaron sus datos y le dijeron que le iban a avisar de algún avance, y que regresara si ella descubría algo por su cuenta.

Un día después volvió a llegar, y le dijeron que no se sabía nada. Al cuarto día ella decidió que tenía que buscarla sola. Se lo dijo a su hermana, Claudia, que vive en otra comunidad, muy lejos de Aguilares.

Su hermana, preocupada por la desaparición de su sobrina, también se preocupó por la seguridad y el bienestar de María. Sobre todo porque María es analfabeta, y, desesperada, le dijo que iría a buscar a su hija por todo el país.

La familia de María, pero sobre todo María, son muy pobres. Ella vive de lavar ajeno y, cuando puede, de vender papas fritas con salsa de tomate, mayonesa y queso rayado. A la semana, cuando había una buena semana, lograba 30 dólares entre las lavadas y la venta de papitas fritas. Desaparecida su hija, uno de los dos rubros se le cayó: Irma Guadalupe era quien le ayudaba a cargar el quintal de papas que compraban en el mercado La Tiendona, en San Salvador. Sin su hija, María no tiene con quién hacer ese viaje ni las fuerzas para cargar, ella sola, un quintal de papas.

Así que desde la desaparición de Irma Guadalupe, María solo se dedicó a lavar ajeno para sobrevivir. Y de las tres lavadas que hacía semanales, tuvo que quedarse solo con dos, porque cinco de los siete días de la semana los dedica a buscar a su hija. Su presupuesto se redujo.

Con 20 dólares, y sin saber ubicar nombres de calles ni direcciones, barrió –recuerda- todo el municipio de Aguilares, “siete montañas y cuatro barrancos” en las primeras dos semanas tras la desaparición. Se metía en los huatales y a pura memoria lograba salir por donde había entrado. No se metió en los laberínticos pasajes ni en las colonias con mayor presencia de pandillas porque sintió miedo. Eso de que hubiera pandillas ella lo intuía por los manchones en las paredes o porque algún buen samaritano le recomendaba no entrar a las zonas peligrosas.

Una vez, recuerda, un tipo que le salió en medio de una hondonada amenazó con violarla. Ella no sabe cómo se llama ese lugar. María imita la voz aguda de aquel hombre:

—¡Ay, mamacita, mirá dónde te agarré solita! –dice-. Así me dijo, fíjese.

El hombre caminaba a su alrededor, mientras seguía hablándole. María recuerda sus escalofríos.

—Estás bien rica para hacer el amor, mi amor.

María no entiende qué pasó con el hombre, y ahora se ha creado en la cabeza la escena de un milagro.

—Yo todavía no entiendo, porque cuando se me acercó solo me puse a llorar… Pero es que ni grité y el hombre de repente solo se fue.

La familia de María le pidió que ya no anduviera arriesgándose. Que ella sola no iba a encontrar a su hija. Le recomendaron, para calmar su ansiedad, que mejor pegara carteles con los datos de Irma Guadalupe y con el número de su teléfono celular.

Con el poco presupuesto con el que contaba, María solo pudo sacarle 256 fotocopias al cartel. Una de esas todavía hoy sigue pegada en una de las entradas de la catedral de San Salvador.

***

A finales de octubre de 2012 -no recuerda la fecha-, María recibió una llamada telefónica en su celular. Como María no sabe leer –solo puede reconocer los números- identificó que aquel era un número extraño porque no lo reconocía. María memoriza los números de sus contactos más asiduos.

—¿Usted es la mamá de la muchacha desaparecida? –le preguntó una voz de hombre.

Quien le habló se presentó como un policía. Le dijo que había encontrado uno de los carteles con la foto de su hija, y que a partir de ese momento él le iba a ayudar.

El policía amigo, en efecto, es un policía. Está asignado a una delegación que no es la delegación de Aguilares, sino a una muy cercana. Cuando en el radar a él le aparece la información del descubrimiento de un cadáver, se lo informa a María. En los últimos tres meses le ha informado de cinco hallazgos, pero en ninguno ha aparecido Irma Guadalupe. A los cinco él mismo acompañó a María, y se ha decepcionado junto a ella cuando confirman que en esos lugares la muchacha no está enterrada.

—Yo le voy a ayudar a ella en lo que pueda. Cualquier indicio o información que tengamos vamos a ver en qué se puede ayudar. Creo que para eso estamos, para ayudar a gente que necesita ayuda como esta señora –dice el policía amigo.

***

María, dice su hermana, se ha puesto mal de salud. Ha olvidado muchas cosas, ha adelgazado 30 libras, y por ratos se queda como ida, como perdida. Su hermana no se equivoca. Hoy día hay que repetirle a María las cosas, cuando se platica con ella, para que no pierda el hilo de la conversación. Algo más le ha pasado también a María: ha perdido la fe en Dios.

Cuando la conocí, hace dos meses, María vestía una falda larga, hasta los tobillos, y una camisa cerrada, que no dejaba escapar nada más abajo del cuello y nada arriba de las muñecas. Dos meses más tarde, y en contra de los estándares de la iglesia evangélica a la que asistía, se atrevió a ponerse licras pegadas y camisas escotadas. Me dice que por eso lleva como dos semanas sin visitar a su madre, para que no la regañe. La madre de María vive 33 kilómetros lejos Aguilares. Nunca, en el último año, su madre la ha visitado. Desde que desapareció su hija, en Aguilares, a María solo le queda su marido, un jardinero que trabaja de podar jardines ajenos en una colonia privada de San Salvador.

En la mañana del 3 de enero de 2013, frente a la casa de María, cientos de motoristas y cobradores cerraron la carretera, en una serie de protestas que paralizaron las entradas y salidas a la ciudad de San Salvador. Los transportistas le exigían al gobierno que mantuviera el subsidio al sector, o que se atuviera a las consecuencias: más bloqueos como el de ese día, paros o un incremento en el precio del pasaje.

En la carretera de Aguilares, frente a la casa de María, se armó un pequeño disturbio. Cuando María me cuenta lo que vio, es la primera vez, en los últimos dos meses, que la veo sonreír, emocionada.

—¡Hubiera venido! Viera qué alegre se puso eso. ¡Me daban ganas de hablarle para reportárselo en vivo y en directo!

Pero entones María perdió el hilo de la conversación. Se le fue a un costado, allá adonde había clavado la mirada. Su marido siempre regresa tarde a casa, o cuando no consigue paga, no regresa. Desde que Irma nació, ella había sido su única compañía. Más que madre e hija, dice, con Irma eran como dos inseparables amigas.

—¡Ay, amor! Viera qué desesperante es esto de sentirse tan sola.

***

—¿Cómo dice que se llama la desaparecida?
—Irma Gualupe Pérez.
—Permítame un segundo…

El policía de turno asoma la cabeza por la ventana de la delegación, y le pide a la gente que está afuera que guarden silencio. Son los familiares de los transportistas detenidos en la mañana. Son las 6:30 p.m., y la algarabía que hay afuera es porque no les han dicho si dejarán que sus familiares detenidos puedan recibir la cena que ellos les han llevado.

En la pared de la delegación de Aguilares hay tres fotografías de tres niños desaparecidos. Uno de los casos es el de una niña desaparecida en una provincia de Argentina. Pregunto cómo ha venido a parar ese cartel, con un caso ocurrido en Suramérica, hasta ese pueblo caluroso del país, y el oficial de turno reponde que un día llegaron los miembros de una oenegé y pidieron permiso para colgarlo.

El segundo cartel es el de un joven de unos 17 años. No se distingue nada de la información sobre ese joven porque alguien ha tachado todos los datos de contacto con manchones de lapicero. El tercer cartel es el de un niño, demasiado niño para la edad que dice en el cartel: 15 años.

En la delegación no está la foto de Irma.

Los investigadores que estuvieron de turno ese día ya se fueron a sus casas. Solo ha quedado rezagado uno, que se asoma a la recepción. El oficial de turno lo detiene.

—Hey, vo’: ¿quién llevaba el caso de la chamaca bonita que teníamos pegada en la pared?
—¿Cuál, vo’?
—El de la chamaca que frecuentaba a los vagos del parque, homb’e.
—¡Ahhhh! Ya sé cuál decís. No, ese no lo llevaba yo. Yo llevo el de la otra chamaca aquella… ¿por qué, vo’?

Entre los dos investigadores dan pistas sobre el investigador del caso de Irma Guadalupe. Antes de despedirse, el investigador rezagado advierte que Irma Guadalupe ya apareció. Le digo que eso es bien extraño, porque todo ese día estuve con la madre de la joven y ella, a la fecha, la sigue esperando.

—Pero es que mire, no le crea a esa señora. Esa maitra como que es algo zafadita, ¿o no?

***

Viernes 4 de enero.

—Sí, yo investigaba el caso de esa muchacha.

Al otro lado de la línea telefónica me responde el “Investigador Jaime”. Dice que solo lo llame así. Le pregunto que por qué dejó de investigar el caso de Irma Guadalupe, y me responde que porque una señora llegó a decir que ya había aparecido.

—La señora dijo que era la abuela.
—¿Y no lo ha corroborado con la madre de Irma? Ella la sigue buscando.

La voz detrás de la línea telefónica guarda silencio. Luego se despide.

—Mire, la verdad es que ahorita no tengo tiempo de seguir hablando porque debo ir a dejar una información a la Fiscalía. Hábleme más tarde.

Después, el Investigador Jaime nunca más atendió el teléfono.

Última pieza suelta

El subdirector de la Policía nos recibe en su amplia oficina ubicada en el segundo piso del cuartel central de la Policía Nacional Civil, en el centro de la ciudad de San Salvador. Mauricio Ramírez Landaverde, durante 2012, y sobre todo después de iniciada la tregua entre las pandillas, se convirtió en el portavoz de las estadísticas del gabinete de Seguridad. Sobre todo a partir de la segunda mitad del año, el Ministerio de Seguridad metió un gol al convocar, mensualmente, una conferencia en donde se informaba de -en la mayoría de los meses- la reducción de los homicidios. Una estrategia exitosa, un termómetro constante de la evolución de la tregua. Pero en esas conferencias, el tema de los desaparecidos siempre se mantuvo constante. Sobre todo porque hasta septiembre, el Instituto de Medicina Legal hizo lo mismo, diciendo que en sus reportes había más casos que los que daba a conocer la Policía. Al menos por el papel que le ha tocado jugar al subdirector, creemos que es quien mejor conoce no solo las estadísticas, sino también el fenómeno. Mientras el actual director, el general Francisco Salinas, apenas ingresó a la Policía a inicios de 2012, Mauricio Ramírez Landaverde tiene toda una carrera en la institución policial, y estuvo en mandos importantes para cuando, según dice, comenzaron en la Policía, a registrar el fenómeno. Eso fue, recuerda, allá por el año 2004.

—¿La Policía considera que hay un fenómeno grave detrás de las estadísticas de personas desaparecidas?
—Lo vemos con mucha preocupación, y sobre todo cuando es una situación que ha cobrado tanta relevancia y alarma social. Pero no es un fenómeno nuevo. Le hemos venido registrando desde hace muchos años.
—Si no es un fenómeno nuevo, ¿por qué se crea una unidad que investigue los casos hasta este año?
—Que la unidad haya nacido recientemente no significa que la Policía no haya enfocado sus esfuerzos para investigar el fenómeno. La Policía lleva muchos años enfocada en las estructuras que se dedican a cometer estas acciones.
—La Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas solo lleva los “casos importantes”. Si yo tomara el papel de un defensor de los derechos humanos, le diría: ¿no le parece que todos los casos son igual de importantes?
—No, yo le diría que no. Todos los casos son igualmente importantes… pero hay casos que la víctima… por ejemplo: el caso de una niña o un niño usted no lo puede ver igual que otro caso, usted tiene que velar por el interés superior del niño… Todos los casos de personas desaparecidas preocupan igualmente a la Policía, pero si es una niña, debemos pensar que estamos ante un caso de trata, de violación, el caso de que un pandillero la pretendía, y al no acceder a sus pretensiones mandó matarla… son criterios…

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿En qué parte se lo hicieron?
—En la pantorrila de la pierna derecha. Nos llevaron a un lugar donde nos hicieron el tatuaje. Nos dieron de comer y de oler una sustancia que me durmió. Cuando desperté ya tenía el tatuaje. Es una mariposa en una rama, la cual forma la zeta. Esa era la distinción, significaba que era de ellos, que era mercancía.

***

Grecia se ha ido. Relató dos veces de qué forma un grupo de crimen organizado utilizó su cuerpo como recipiente de lo que les dio la gana. Luego tuvo que irse. Lo relató ante las autoridades de El Salvador y ante las de México. Grecia ya no vive más en El Salvador. Es una refugiada en algún otro país. Por protocolo de seguridad pocos saben cuál es ese país.

Sé que tiene 29 años, que tiene tres hijos de seis, tres años y diez meses, que es casada y era desempleada cuando decidió migrar. Las únicas palabras de Grecia que he escuchado provienen de la grabación de una voz que no es suya. Se trata de los 52 minutos que tardé en leer para la grabadora la declaración anticipada que ella rindió para un juez en El Salvador.

En una diligencia hecha para el Juzgado Noveno de Paz de la ciudad de San Salvador, enfrente de uno de los que ella reconocía como victimario, a las nueve de la mañana del 2 de julio del año 2010, la testigo conocida como Grecia contestó a las preguntas de fiscales y defensores que le preguntaron qué le ocurrió. Cómo sobrevivió.

***

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Por qué razón fue citada por este juzgado? Usted fue citada por este juzgado para que se haga justicia sobre los delitos de secuestro, violación y trata de personas cometidos en su contra. ¿Cuándo inició el viaje a Estados Unidos?
—El día 13 de abril del año 2009.
—¿Con qué intención inició el viaje?
—Debido a la situación económica del país.
—¿Con quién inició el viaje?
—Con el señor Ovidio Guardado.
—Describa físicamente al señor Ovidio.
—Es una persona del sexo masculino de 69 años de edad aproximadamente, piel blanca, cabello corto, canoso, ondulado, de 1.77 aproximadamente de altura, sin dentadura. Tiene una cicatriz en la cabeza.
—¿Qué hizo este señor?
—Me engañó. En ningún momento me dijo que era coyote. Dijo que íbamos a ir a Estados Unidos, y ya estando en México mostró su verdadero objetivo.
—¿Y cuál era su objetivo?
—El primer objetivo de él era violarme, pero debido a la situación, esto no pudo ser.
—Cuando se menciona que inició el viaje, ¿cuántas personas la acompañaron en este viaje?
—Solamente el señor Ovidio.

Ovidio es un campesino moreno y arrugado, pero aún fuerte, como un árbol seco, sin hojas, pero que seguirá en pie por años. Ovidio es pariente del esposo de Grecia. Ovidio es vecino de la mamá y de la suegra de Grecia. Grecia confiaba en Ovidio.

***

Tal como le ocurrió a Grecia, el anzuelo en la mayoría de casos de mujeres convertidas en mercancía es la esperanza de salir de la pobreza. Uno de esos casos es el de la red de Barberena, que no solo habla de la procedencia de las víctimas, sino que revela muchas otras facetas de los grupos de tratantes de la región. La de Barberena era una estructura de 12 hombres y una mujer que operó hasta 2006 en Barberena, un municipio rural del departamento guatemalteco de Santa Rosa, en la costa Pacífica de aquel país. Una red asesina que incluso tenía una finca de maíz donde hacían sangrientos rituales para vestir de pánico a sus víctimas. Una red corrupta que tuvo la suerte de que un juez salvadoreño dejara en libertad a la mayoría de sus integrantes. Pero de esas facetas de la red ya habrá tiempo de hablar. Ahora mismo, lo que interesa es que ese grupo criminal arroje pistas de la selección de las víctimas.

La red de Barberena operaba desde el bar El Pantanal. La modalidad de engaño era sencilla. Enviaban en expedición a hombres salvadoreños o mujeres salvadoreñas que tras años de ser obligadas a servir sexualmente en El Pantanal –una de las sobrevivientes estuvo siete años encerrada ahí– terminaban creando una costumbre insana a la que se llega a través del exceso de maltrato.

Enviaban a estos hombres y mujeres a cantones y caseríos de los departamentos fronterizos de Santa Ana y Ahuachapán en El Salvador. Recorrían las humildes casas con la excusa de ser empleados de un supermercado y un comedor recién abiertos en Barberena que necesitaban de personal. Ofrecían 70 dólares semanales más todos los costos del traslado hasta Barberena, e incluso 50 dólares en mano para que la engañada dejara a su familia.

Los cuatro países del norte centroamericano son de origen, tránsito y destino de víctimas de trata, en los cuatro países ocurren casos de explotación sexual. Las cifras explican que Nicaragua, El Salvador y Honduras son los países de donde provienen la mayoría de las víctimas del mercado de la trata del norte de la región. Guatemala es el lugar por excelencia donde esas víctimas son esclavizadas. Y los cuatro son, gracias a los miles de migrantes que producen, la gran cantera de los tratantes mexicanos. Los expertos –oenegés, fiscales, policías, organismos internacionales– explican que la vecindad con México y el enorme flujo de migrantes que atraviesa Guatemala hacen de ese país un lugar ideal para las bandas de trata.

Los timadores que recorren cantones, aldeas y caseríos no trabajan como mormones que van de casa en casa buscando que con suerte les abra la puerta alguien dispuesto a tragarse su monserga. Estos timadores conviven en la zona, son de sus alrededores, conocen a los pobladores, se hacen pasar por benefactores, echan raíces con nombres falsos. Algunos, dice la encargada de atención sicológica de víctimas de trata de la Fiscalía salvadoreña, Silvia Saravia, saben tanto de las mujeres a las que se acercan, que incluso saben si han sido violadas en su entorno cercano. Los tratantes huelen el desamparo y la vulnerabilidad como los tiburones la sangre.

Las mujeres desesperadas que aceptaban debían viajar casi una hora hasta llegar a las puertas de El Pantanal. Sin ninguna demora, eran recibidas por hombres armados y una mujer guatemalteca, Sonia García. Sonia les pedía que cambiaran su ropa conservadora, de mujer evangélica en muchos casos, y que vistieran la minifalda y la camisa de amplio escote y colores chillones que les ofrecía. Les decía que desde ese momento debían salir a la sala principal de la casona y convencer a los hombres borrachos de que pagaran 50 quetzales (unos siete dólares) por desfogarse con ellas durante 30 minutos. Ellas, las víctimas, normalmente decían que no, que ese trabajo no era el acuerdo. Entonces, los hombres que rodeaban a Sonia, salvadoreños en su mayoría, les explicaban con los puños y con bates de beisbol que no se trataba de una oferta, sino de una orden.

Cuando en el penal de Apanteos, en Santa Ana, conversé a mediados de agosto con Rigoberto Morán Martínez, uno de los seis condenados por ser de la red de Barberena, él dijo que casi ninguna de las mujeres trabajó la primera semana durante los cerca de dos años que él sirvió en El Pantanal. La mayoría pasaba la primera semana con la cara desfigurada, morada. Y a los clientes de El Pantanal, las mujeres de rostro morado no les gustaban. Pero la conversación con Rigoberto, un hombre que toda su vida ha utilizado un fusil como herramienta de trabajo, nos enseñará luego otras lecciones.

A finales de 2007, 16 de las sobrevivientes de El Pantanal rendían declaración en el juzgado salvadoreño. Veintiséis mujeres en total habían sido rescatadas en un operativo conjunto entre la Interpol de Guatemala y la Fiscalía y Policía salvadoreñas. 20 de ellas eran salvadoreñas. Las otras seis eran nicaragüenses y guatemaltecas. Esto debido a que la mayoría de enganchadores de la red eran de El Salvador.

El informe de este año publicado por la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito explica que en El Salvador, las víctimas de trata para explotación sexual detectadas por la Policía entre 2005 y 2010 eran en un 79% nacionales. En cambio, en Guatemala, en el mismo período, solo el 4% de las víctimas era de ese país. El 89% eran personas de Honduras, El Salvador y Nicaragua.

El consenso de estudios y expertos es que las víctimas, eso sí, proceden de un lugar común entre estos países de Centroamérica: la pobreza.

Una salvadoreña rescatada de El Pantanal era menor de edad. Durante el proceso, para que rindiera declaración como testigo protegida, a ella le llamaron Carmencita. Sobre por qué aceptó, a sus 15 años, dejar a su familia e ir a trabajar a Barberena, esta fue su respuesta:

—Había días que mi mami no tenía para comprar frijoles.

Sobre aquello que tuvo que soportar en su búsqueda por conseguir esos frijoles, Carmencita dijo esto:

—Había días en los que estaba hasta con siete hombres, pero como a mí no me gustaba nada de eso, hacía berrinche. Un día que el dueño se puso bolo, nos comenzó a pegar con el machete y a mí me hirió la pierna. Yo, llorando, le decía que me llevara al hospital. La herida se me infectó, y sólo me decía que me limpiara la pierna porque daba asco a los clientes.

A los clientes, una niña de 15 años con una herida profunda en la pierna lo que les daba era asco.

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Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Y luego qué pasó?
—Una vez llegada la noche, el señor Ovidio me llevó hacia un establo que se encuentra a unas cuatro horas de un río que se llama Las Palmas. Eran las 11 de la noche aproximadamente, solo se veían tres caballos. Él me dijo que su Dios le había hablado y que yo tenía que ser de él.
—¿Hizo algo?
—Me puse agresiva, no me dejé tocar. (Ovidio) Se puso violento, me amenazó con una uña larga que tenía, dijo que no era la primera vez que mataba a una persona con una uña. Le dije al señor Ovidio que iba a hacer mis necesidades. En ese momento intento huir, salgo corriendo, llego a un lugar que le dicen El Batallón. Corrí por 45 minutos. Les dije que venía huyendo porque el señor Ovidio quería abusar de mí. Un soldado me contestó que no me preocupara, que me quedara a dormir en ese lugar.

Según su relato, al quinto día de haber salido de El Salvador, ya en México, en el Estado de Tabasco, Grecia se separó de Ovidio. Antes de que lo hiciera, recordó Grecia, él le dijo que conocería el infierno en la tierra. Luego de dormir una noche frente a una guarnición militar mexicana, Grecia volvió a buscar el camino para llegar hasta las vías del tren de Tenosique, la ciudad mexicana que abre la ruta Atlántica del llamado Tren de la Muerte, que abordan los polizones centroamericanos que buscan una mejor vida en Estados Unidos. Grecia encontró a un grupo de migrantes de diferentes países de la región y les preguntó si podía unirse a ellos, les contó lo que Ovidio había intentado una y otra noche durante el viaje. Ellos le respondieron que podía unirse. Y con ellos llegó hasta las vías, un sitio que Grecia describe de la siguiente manera: “Hay champas, hay tiendas, en la parte de enfrente hay como un hotel desalojado, también hay un pantano, había más personas indocumentadas y personas armadas”.

Tenosique, casi frontera con Petén, Guatemala, es una de las ciudades malditas de la migración. De hecho, el hotel al que Grecia se refiere es un hotel que funcionó hasta principios de 2009, y era utilizado por grupos criminales para alojar a los migrantes secuestrados antes de trasladarlos a otras ciudades del norte. Paradójicamente, el nombre del hotel era California.

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿A qué se refiere con personas armadas?
—Se encargan de llevar gente hacia arriba. Iban con jeans y camisas. Dominaban el lugar, ellos mandaban, controlaban las zonas de las vías del tren. Mencionaron que eran de una organización denominada Los Zetas, y que mandaban en la zona.
—¿Cuántas personas estaban en ese lugar?
—Unas 20.
—¿Qué tipo de armas tenían?
—Eran fusiles, armas grandes, pistolas, un hondureño que estaba ahí decía que era una Uzi…

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—¿Quién vigilaba a las mujeres en El Pantanal? –le pregunto a Rigoberto en este patio conocido como la zona verde del penal de Apanteos en El Salvador. Rigoberto es un hombre de 48 años que estudió solo un año en la escuela, que cultivó milpas de maíz toda su infancia y adolescencia, que en 1982, cuando tenía 18 años y la guerra civil salvadoreña apenas empezaba, fue reclutado por el Ejército, que cuando la guerra terminó siguió trabajando de cargar un fusil, en este caso como guardia de seguridad de una empresa de esas que alquila hombres como Rigoberto a negocios, farmacias, tiendas, supermercados, ferreterías…
—Era gente confiable de él, familia de él. Hombres armados –contesta este hombre bajito, recio, fibroso, de rostro anguloso con un delgado bigote. Se refiere a los hombres de Adán Cerritos, el jefe de la banda de tratantes de Barberena.
—¿Llevaban armas largas?
—¿Y no de eso estamos hablando, pues?
—¿Custodiaban a las mujeres todo el tiempo?
—Todo el tiempo.

La banda de Barberena dibuja con trazos claros muchos de los rasgos comunes de los tratantes de Centroamérica. Uno de esos rasgos es el de la confección del grupo con gente cercana, parientes de ser posible, que administran los burdeles; y, más abajo, unos pocos empleados sin poder, enganchadores y matones que se encargan de llevar chicas y atizarlas a golpes de vez en cuando. Si bien la banda de Barberena era una banda internacional que engañaba mujeres en tres países, no dejaba de ser un grupo pequeño, que lejos de parecerse a las monstruosas estructuras de los cárteles de la droga, optó por consolidar su bastión único en la comodidad de lo apartado y lo rural. Ahora, ser una banda pequeña no implica ser una banda solitaria.

—¿Por qué nunca denunció lo que pasaba ahí? –pregunto a Rigoberto, concediéndole por un momento una pizca de credibilidad a su argumento de que él era un simple “barrendero, cholero” en el bar El Pantanal. Rigoberto, tras dos años prófugo, fue condenado a seis años de prisión por el delito de trata de personas en febrero de 2011. La condena máxima en El Salvador por el delito de vender a alguien para que sea utilizado como un objeto es de diez años, tres meses y tres días en el caso de que haya agravantes, como que la víctima sea menor de edad. La versión de Rigoberto es que él llegó hasta ahí engañado por una salvadoreña que era enganchadora de la red de Barberena, cocinera en El Pantanal, y de la cual él se había enamorado perdidamente.
—Porque allá no se podía, ya le dije, estaba vendida la policía de allá. No se podía. Arriesgaba mi vida. Podía ser muerto. Yo no sé cuánto dejaba de dinero (Cerritos a la policía) –contesta mientras el sol cae.
—¿Nunca vio mujeres escapar o pedir ayuda?
—No se podía. Tal vez yo hubiera sido uno de los que les diera ayuda, pero no se podía, porque ese hombre (Cerritos) tenía comprada a toda la policía de Cuilapa, de Barberena. Cuando iba a llegar gente de la capital a hacer un cateo de mujeres, la policía ya le había avisado que escondiera a las mujeres. Tal vez dejaba a algunas mujeres que estaban legales. A las demás las escondía en un lugar ahí mismo en el bar, o un día antes las llevaba a esa mentada finca. Había un montón de cafetales alrededor, y él sembraba 60 manzanas de milpa.

La red de Barberena, pequeña y discreta, dueña de un solo burdel, operaba a escala como toda gran red criminal: corrompiendo. Rigoberto asegura que los policías de Barberena y Cuilapa, municipio vecino, pasaban a recoger semanalmente el pago que Cerritos les daba, y que además eran clientes VIP en El Pantanal, al igual que algunos empleados de las alcaldías de esos mismos municipios.

Las alianzas no terminaban ahí, Rigoberto explica que pandilleros de la Mara Salvatrucha de la zona de Ahuachapán, frontera con Guatemala, operaban también como enganchadores. De hecho, un pandillero salvadoreño, Marco Antonio Godoy, cumple condena como parte del grupo de tratantes.

La red de Barberena, pequeña y discreta, operaba a escala como toda gran red criminal: cometía todos los delitos a su alcance si estos dejaban lucro. Durante el juicio, dos de las mujeres rescatadas de El Pantanal aseguraron que en varias ocasiones los dueños del negocio vendieron por cantidades cercanas a los 5,000 dólares a recién nacidos paridos por las mismas víctimas de trata.

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El Salvador logró en 2011 ganar 11 casos de trata, todos de grupos pequeños. Y a pesar de que el número de casos ganados suena a poco, es el país centroamericano que más triunfos por este delito ha obtenido en las cortes hasta 2011, lo que habla de algún avance, pero de ninguna manera de un ideal en el tema.

La trata es un delito al alcance de la mano. Las víctimas pertenecen al ejército de los nadie de esta región, y los victimarios no necesariamente son delincuentes de trayectoria en el rubro, sino que muchas veces son emprendedores del mundo del crimen que ven en este delito un cóctel de ingredientes, entre estados débiles y víctimas desamparadas, muy apetecible. La UNDOC establece una constante desesperanzadora: solo una de cada 30 víctimas de trata en la región será detectada.

Los de Barberena, a comparación de otros tratantes, eran una red consolidada. Por ejemplo, en El Salvador, Ángel Mauricio Ayala, Kevin Oswaldo Chicas Lobato y Joel Josué Mendoza fueron condenados en 2011 a seis años y ocho meses de prisión por haber obligado a dos nicaragüenses que buscaban empleo en el oriental departamento de San Miguel a prostituirse en una cervecería y, a la que consideraban demasiado vieja para atender clientes, a servir sin paga como empleada doméstica. La vieja tenía 24 años.

Nelson Orlando Campos y Juan Humberto Ramírez Carranza engañaron a dos adolescentes guatemaltecas que, en lugar de modelar ropa, terminaron aplastadas por hombres sudorosos en una cervecería. Penan nueve y ocho años un mes. O Juan Alfonso Cuéllar, que vendió en México a una salvadoreña que viajaba indocumentada rumbo a Estados Unidos y que terminó siendo explotada sexualmente en ese país en un caso similar al de Grecia. Fue condenado a cuatro años el 9 de agosto del año pasado. Eso quiere decir que el 9 de agosto de 2013, al cumplir media condena, y si ha sido un reo ejemplar, podría pasar a fase de semilibertad, en incluso a libertad condicional. “¡Él vendió a un ser humano!”, se quejó indignada Violeta Olivares, la coordinadora de la unidad especializada de trata de la Fiscalía de El Salvador (FGR). En esa unidad, a las condenas de trata como poco las tildan de risibles. “Una mierda de penas”, me dijo una fiscal del equipo en un arrebato de franqueza. En El Salvador, un hombre que cometa el delito de robo, que, por ejemplo, asalte un bus y se lleve celulares, carteras y anillos, y sea detenido y condenado, estaría más años en la cárcel que Cuéllar, que vendió a una mujer. El ladrón recibiría entre seis y 10 años. El tratante recibió cuatro.

El Salvador reconoció este crimen en su Código Penal a partir de 2003, la primera condena se logra en 2006, van 39, y es hasta ahora que el tema parece retomarse con cierta fuerza con la creación del Consejo Nacional contra la Trata de Personas en septiembre de 2011. Ahora, ese consejo empieza a tapar los huecos de un muro en el que escasean los ladrillos.

En la conversación en el penal de Apanteos, Rigoberto Morán Martínez, el tratante de Barberena, que dice que llegó al bar El Pantanal bajo engaños de su amada, acaba de cometer un error que solo le deja argumentos absurdos para mantener su fachada de inocente. Su charada era decir que él no denunció por miedo, porque la policía estaba comprada y él era un simple sirviente bajo vigilancia. Sin embargo, en la plática admite que él trabajó ahí en dos períodos, y que en medio de eso regresó a descansar a El Salvador.

—Cuando ya se había ido por primera vez, sabiendo cómo trabajaban ahí, ¿por qué volvió a El Pantanal? –le pregunto a Rigoberto.
—¿Por qué volví? –intenta ganar tiempo cuando se da cuenta de su error.
—Si ya sabía que las tenían encerradas y las maltrataban, ¿por qué volvió? –pregunto de nuevo.
—Quizá no entienda… Hay cosas que estamos hablando…Quizá hay cosas que no las entienda. ¡Sabemos que las brujerías, las hechicerías, existen! La mujer de este señor (Cerritos) trabajaba así, con brujería. Adoraban a un tal San Simón. Así trabajaba la señora de él. Cuando la gente se iba y no quería llegar, la hacían llegar con esas cosas –responde el tratante de la red de Barberena.

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Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Cómo llegan las personas que menciona que dominaban la zona?
—Llegaban en carros, armados, entraban y salían.
—¿Cuántos días pasan en ese lugar?
—Tres días hasta que llega el señor Ovidio.
—¿Qué hacían las personas armadas?
—Ellos decían que nos uniéramos a la organización, que nos darían trabajo y comida. Eran el grupo de Los Zetas. Que me iban a pagar el viaje, que me darían comida.
—¿Qué trabajo le ofrecían?
—Que le iba a cocinar a la gente que estaba secuestrada, era más o menos el 20 o 22 de abril del año 2009.

Recapitulando: A este momento del relato, Grecia estaba en Tenosique, México, al inicio del camino de los indocumentados. Estaban en un municipio dominado por Los Zetas. Grecia se había alejado de Ovidio luego de que él intentara violarla en un potrero abandonado, y se había refugiado en un grupo de indocumentados salvadoreños y guatemaltecos.

—¿Qué sucedió cuando Ovidio llegó?
—Se me quedó viendo con una risa burlista y se fue para la casa de ellos (Los Zetas). Estaba como a cinco metros, se dirigió donde Chicho, un chavo de entre 24 y 29 años de edad con una cicatriz en la mejilla izquierda. Era de la organización. Hablaron como 45 minutos con Ovidio. Me miraban, me señalaban, yo estaba con el grupo de personas al que me había pegado.

En ese momento del relato, Grecia cuenta su viaje en tren junto a otros indocumentados secuestrados, custodiados por hombres armados que amenazaban de muerte a quien intentara escapar. Los Zetas utilizaron el tren para transportar a sus secuestrados. El tren de Tenosique viaja rumbo a Coatzacoalcos, Veracruz, y en el camino hace una serie de escalas en pequeños pueblos y rancherías aisladas. En uno de esos pueblos extraviados, en Chontalpa, Grecia recuerda que un salvadoreño de Los Zetas a quien llamaban El Pelón intentó venderla a un señor. Se supone que El Pelón quería hacer un favor a Grecia, pues le dijo que allá arriba a donde iban se sufría mucho. La venta no se consumó, y Grecia luego averiguaría que El Pelón no mentía. Entonces, el fiscal retomó la historia haciendo retroceder a Grecia en su relato.

—Cuando menciona la acción de vender, ¿ya lo habían hecho antes?
—Sí, el señor Ovidio… En mi cara le dieron el dinero por mí.
—¿El señor Ovidio iba en el tren?
—No, se fue a El Salvador con el dinero que le dieron.
—¿Cuánto le dieron?
—Dicen que 500 dólares… Chicho (uno de Los Zetas) me dijo.
—¿Luego qué pasó?
—Nos subieron a los camiones y nos llevaron a Reynosa… De Veracruz a Reynosa dura como un día y medio. Era el 26 de abril de 2009, era domingo.

A partir de ese punto, Grecia describió un clásico secuestro de indocumentados por parte de Los Zetas.

Reynosa está en Tamaulipas, el Estado bastión de Los Zetas: ahí aparecieron los 72 cadáveres de indocumentados en agosto de 2010, ahí atraparon este mes de septiembre a El Coss, considerado líder del Cártel del Golfo, la organización que dio vida a Los Zetas, ahí aparecieron 49 cuerpos más, sin cabeza, sin extremidades, el pasado mayo, bajo una enorme Z pintada en una pasarela sobre una autopista.

Al grupo de cerca de 300 migrantes los dividieron en tres casas de seguridad. Encerrados en cuartos sin ventilación, húmedos y oscuros, eran visitados por hombres con armas de fuego y bates que aseguraban que a aquel que no diera el número de teléfono de algún familiar al que pedirle rescate sería torturado. Y entonces, como siempre, algún centroamericano se resistió a dar ese número, se resistió a perder esos 300, 500, 700 dólares que suelen pedir, e intentó resistir la tortura, y todo el grupo de Grecia tuvo que ver cómo los hombres armados hacían chillar a uno que otro y prometían volver por más reacios. Así, contó Grecia, transcurrieron los primeros tres días. Al tercer día, apareció Omega.

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Puede describirlo?
—Alto, gordo, con bastante papada, blanco. También le decían Omega, Kike o el Apá. Le dijeron que había unas salvadoreñas como a él le gustaban. Nos señalaron, nos sacó del cuarto para poder ver bien si éramos bonitas. En el cuarto no había mucha luz. Era el jefe de la casa de seguridad.
—¿Por qué dice eso?
—Porque era una de las personas que llamaban a los familiares y les cobraba.
—¿Se quedó en esa misma casa?—No, me cambiaron de casa, me llevaron a una colonia residencial, a 10 minutos. En los camiones que nos habían trasladado hasta Reynosa. Iban varias personas. Nuevamente nos acuestan en el suelo. En ese lugar fui violada por Omega. Me pegó en la cara, porque le dije que ocupara condón. Me dijo que yo no estaba en lugar de pedir nada. Los abusos fueron constantes, y no solo él.
—¿Podría reconocer a esas personas en persona o en fotografía?
—Sí.
—¿Qué más pasó?
—Los abusos fueron constantes, y no solo él, unas ocho o nueve veces abusó de mí. Decía que él disfrutaba, que tenía que disfrutar también yo. Que no era para que sufriera. Me pegaba. Lo mismo pasaba con las demás personas, pero las que a él le gustaban era el primero en abusar de ellas.

Fueron, recuerda Grecia, varias semanas de abusos y golpes. Grecia asegura que pasaron tres meses y que, a pesar de que su familia en Estados Unidos ya había depositado el dinero de su rescate, ella fue vendida de nuevo.

—¿Cuánto tiempo pasó esto?
—Los tres meses, ya habían pagado todo el dinero, pero me dijeron que me iban a sacar más lucro. Me vendieron nuevamente a un bar que se llama La Quebradita. Ahí me llevaron a prostituirme. Era como una discoteca bar. El primer día fuimos rechazadas. Nos dijo la señora que era la encargada del bar que no teníamos la marca, porque éramos varias las que llevaban, y teníamos que tener marca. No sabía qué era, pero es un tatuaje.
—¿En qué parte se lo hicieron?
—En la pantorrilla de la pierna derecha. Nos llevaron a un lugar donde nos hicieron el tatuaje. Nos dieron de comer y de oler una sustancia que me durmió. Cuando desperté ya tenía el tatuaje. Tenía ardor en la pierna, porque sangraba, no mucho, sino por gotas. Es una mariposa en una rama, la cual forma la zeta. Esa era la distinción, significaba que era de ellos, que era mercancía. Eran cinco mujeres más, se lo pude observar como a cuatro mujeres más en distintos lugares, brazo, espalda, pecho, de distintos colores. El que yo tengo es entre negro y verde. Luego de habernos marcado ingresamos al lugar y comienzan a prostituirnos con los clientes que son de la misma mafia. Los clientes pagaban por nosotras y no recibíamos dinero a cambio. No sé cuánto pagaban.

Grecia cuenta que los clientes la forzaban a fumar crack, a consumir cocaína. Grecia cuenta que los clientes jamás aceptaban utilizar condón. Grecia cuenta que así pasó más de un mes. Grecia cuenta que durante ese tiempo nunca salió, que su vida fue la casa de seguridad, el bar La Quebradita y algunos moteles donde la llevaban los clientes. Grecia cuenta que si un cliente la llevaba a un motel siempre los acompañaba un hombre del bar que la custodiaba. Grecia cuenta que era normal que la golpearan, sobre todo por no querer tomar alcohol o por verse poco entusiasta a la hora de ofrecer su cuerpo a los clientes de La Quebradita. Grecia cuenta que una vez la golpearon tan fuerte que le quebraron la nariz.

Tanto la fractura de nariz como el tatuaje fueron constatados por médicos del Instituto de Medicina Legal en El Salvador, y forman parte del expediente fiscal del caso.

Grecia nunca intentó escapar. Pocos querrían hacerlo si hubieran visto lo que Grecia vio.

—¿Pasó algo más?
—Sí, a Sonia. La dejaron ir porque sus familiares ya habían pagado el secuestro. Los fue a denunciar a Migración. Los de Migración la entregaron a ellos mismos. La quemaron viva, la golpearon muchas veces con un bate. Le decían que eso no se hacía, que con ellos no se jugaba, que había perdido la oportunidad de ser libre. Nos decían que eso nos va a pasar si decíamos algo.
—¿Qué le provocó la golpiza a Sonia?
—La muerte.
—¿Con qué la golpearon?
—Con un bate, pero como no se moría, le prendieron fuego con gasolina. Gritaba de dolor, y ellos le pegaban más. Media hora, 45 minutos. El cuerpo quedó irreconocible, carbonizada, no se le veían pies. Carne quemada sin cabello. La colocaron en un altar de la Santa Muerte ahí mismo.

***

En los expedientes judiciales se consigna que el caso Barberena fue descubierto gracias a una denunciante. Basta conocer su periplo para saber que llamarle denunciante a esa mujer es tan simplista como llamarle activista a Gandhi. Esa sobreviviente es una de las 16 mujeres que declararon en el juicio salvadoreño bajo identidad protegida.

El dueño del bar El Pantanal, el tratante Adán Cerritos, tenía una finca de 60 manzanas de milpa rodeada por cafetales. La finca estaba en una de las zonas más rurales del municipio, en las afueras, más allá de la penitenciaría El Boquerón, una de las pocas razones por las que se habla de Barberena de vez en cuando. Esta red de tratantes diversificaba su delito, e igual cometían trata en la modalidad de explotación sexual que en la modalidad laboral. Las mismas mujeres que de lunes a jueves trabajaban la milpa, de viernes a domingo eran abusadas por decenas de hombres en El Pantanal.

Esa finca, según los testimonios que recogió la Fiscalía, y según el tratante con quien hablé, era también el lugar de castigos y escondite del grupo criminal. Ahí ocultaban a las mujeres cuando los policías corruptos de Cuilapa y Barberena les avisaban que venía un operativo de verificación desde la capital guatemalteca. Ahí esclavizaban en las milpas los fines de semana a aquellas que, debido a los golpes, no estaban aptas para el consumo de los clientes de El Pantanal. Ahí también les enseñaban que los castigos incrementarían en intensidad hasta las últimas consecuencias.

En una ocasión, relataron las sobrevivientes a las fiscales, las ubicaron en círculo, durante la noche, allá en la finca. En medio del círculo, dos hombres y una mujer. Afuera del círculo, hombres armados, resguardando que ninguna echara a correr. Los dos hombres mataron a golpes a la mujer en medio del círculo durante un ritual que duró varios interminables minutos. La mujer había intentado escapar de El Pantanal.

No fue la única. La mujer anónima que luego sería la denunciante vivió una situación similar. Sus constantes negativas a seducir a los clientes de El Pantanal le costaron una paliza de tales dimensiones que los tratantes pensaron que la habían matado. Dejaron el bulto ensangrentado en la finca y decidieron que se desharían de él al día siguiente. La mujer, la sobreviviente, despertó por la noche de su inconsciencia y poco a poco arrastró sus huesos molidos hasta la carretera. Desde ahí, de alguna manera que no se especifica, la sobreviviente llegó hasta la frontera y, ya del lado salvadoreño, se derrumbó frente a los policías, a quienes contó su calvario. En menos de una semana, la Fiscalía salvadoreña armó un operativo en coordinación con la Interpol en Guatemala. La coordinadora fiscal, Violeta Olivares, es muy clara cuando explica por qué no llamaron a la Policía guatemalteca: “No confiábamos en ella”.

En 2006, el juez especializado de Santa Ana, Tomás Salinas, creyó que ninguno de los ocho salvadoreños de la red de Barberena atrapados tenía por qué estar arrestado durante el juicio. Dio medidas sustitutivas, les permitió salir y que llegaran cuando se les convocara para diligencias. Algunos de los miembros de la red, al saber del operativo en El Pantanal, habían cambiado de domicilio en El Salvador, intentaban esconderse cuando fueron capturados. El juez pensó que los hombres que fueron atrapados escapando no escaparían. Todos escaparon. La Fiscalía apeló, y la Cámara Especializada en temas de crimen organizado revocó la decisión del juez Salinas. Ordenó que los capturaran a todos. De los ocho que el juez Salinas sacó de las rejas, seis han sido atrapados, el último de ellos es Morán Martínez. Dos siguen prófugos.

No es la única vez que Salinas dispuso enviar a casa a un procesado, para que este enfrentara el juicio en libertad. El caso más reciente es el de José Antonio Terán, mejor conocido como “Chepe Furia”, un viejo líder pandillero deportado de los Estados Unidos en 2006, fundador de una poderosa clica de la Mara Salvatrucha en el occidente del país, los Hollywood Locos Salvatrucha de Atiquizaya. Un grupo de cerca de 45 pandilleros, acusados de 11 asesinatos. En 2011, el juez Salinas excarceló a Terán para que enfrentara libre el juicio por su liderazgo de la clica. Consideró que, ya que era un hombre de familia, no iba a fugarse. Su decisión fue revocada por un tribunal superior, pero Terán ya huía. Fue recapturado este año, y ahora enfrenta juicio no solo por asociación ilícita, sino por el asesinato de un testigo protegido de la Fiscalía. La Fiscalía ha promovido un antejuicio en contra del juez Salinas por haberse negado a enviar expedientes necesarios para culminar un proceso penal.

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Los sicarios asesinan. Los traficantes corrompen, matan o amenazan A, B o C. Las bandas de robacarros son un rayo, actúan en un santiamén. Los tratantes son como el agua que horada la piedra: inclementes, persistentes. Ellos necesitan a su víctima viva y asustada. Viva y aterrorizada. Viva y sumisa. Las golpizas de la finca de Barberena no eran un correctivo para las atizadas. Ellas eran, para los tratantes, muertas vivientes. Las golpizas eran un correctivo para las demás mujeres: vean lo que les puede ocurrir.

El palo, el puño y la violación son el principal método de sometimiento de las redes criminales centroamericanas dedicadas a la trata. Tanto el jefe de esa unidad fiscal en Guatemala, Alexander Colop, como su colega salvadoreña, Smirna de Calles, coinciden en que un patrón en el delito de trata es que los jefes de la banda violen a las víctimas. “Son los primeros en rebajarlas, en utilizarlas, en imponerse ante ellas”, dijo Colop. Tal como lo vivió Grecia.

Como dice el auxiliar fiscal de la Fiscalía Especial Contra la Impunidad de Guatemala, Julio Prado, si bien las bandas como las de El Pantanal, que engañan víctimas que vienen de mundos ruines, que tienen armas cortas principalmente y técnicas brutales, son los grupos que más abundan en el norte de la región, esto no implica que no existan bandas más sofisticadas.

Prado asegura que en los peores lugares donde ha participado en operativos de rescate de víctimas, estas eran obligadas a entregarse 15 minutos a cualquier hombre a cambio de 50 quetzales (6 dólares), que eran cobrados por el tratante, mientras que ha visto casos de colombianas o rusas por las que algunos clientes pagan 500 dólares por utilizarlas una hora. “La pregunta -dice Prado- es qué tipo de clientes pueden pagar esa cantidad por pasarla bien una hora”.

A partir de 2006, las autoridades guatemaltecas investigaron una red de trata y prostitución para clientes de alto nivel económico. Prado participó en el reconocimiento a una discoteca llamada Caprichos, propiedad del empresario Herman Smith, un comerciante de la noche que se codeaba con funcionarios y personalidades de ese país. En el lugar encontraron salvadoreñas menores de edad, hondureñas y rusas, sistemas de puertas ocultas y túneles que conectaban con casas aledañas donde había libros de autoayuda, de superación y de teorías económicas que, según explicaron algunas víctimas, Smith, a quien llamaban “papito”, utilizaba para explicarles que ellas, a pesar de haber llegado al lugar bajo engaños, ya que estaban ahí podían convertirse en empresarias si aprendían a ver su cuerpo como mercancía. Smith, un tratante persuasivo, convencía a sus víctimas de que él no era su victimario, sino su benefactor. El juicio nunca terminó porque a Smith un sicario le disparó en la sien el 6 de mayo de 2008 dentro de la discoteca Caprichos. El sicario huyó.

Guatemala ya ha condenado a varios colombianos por el delito de trata, acusados de pertenecer a una red conocida como la red del departamento de Pereira, dedicada a traer mujeres voluptuosas desde esa región colombiana bajo la mentira de que se dedicarán al modelaje. Estas redes, asegura Colop, incluso moldeaban a sus víctimas, poniéndoles implantes de senos y nalgas, asegurándoles que eran necesarias para triunfar en el mundo de las pasarelas. “Las traían a Honduras, y cuando ya no gustaban las traían para acá”, explica Colop. La trata ocurría cuando a las mujeres se les decía que estarían encerradas hasta que con sexo pagaran por los implantes, el traslado, la alimentación, el vestuario. Una cuenta que nunca terminaba de saldarse. Prado incluso explica que la lógica de traer colombianas a Guatemala responde al ojo de buen empresario de los que entienden que los narcos de aquel país instalados en Guatemala pagarán grandes sumas por acostarse con una bella pereirana.

En El Salvador, la autoridad de mayor nivel a cargo de crear estrategias para combatir el delito de trata, el viceministro de Justicia y Seguridad, Douglas Moreno, asegura que “hay una estructura de gente organizada con mucho poder económico que se ha lucrado de esta situación y que no lo sabíamos. Gente que no nos imaginaríamos que está en este negocio y que lamentablemente aún no contamos con las pruebas que nos vinculen hasta ellos”.

Redes como la de Smith o la de Pereira representan esa otra cara de las redes de trata, la de solapar el esclavismo, esconderlo tras un porqué: porque debes pagarme esa deuda, porque te estoy ayudando a superarte, porque no tienes papeles y debes darme algo a cambio de mi protección… Otras redes, como la de Barberena, como muchas otras redes con ese poder intermedio, esa corrupción local, ese armamento mínimo, que abundan en Centroamérica, prefieren el mecanismo más barato para conseguir que sus víctimas hagan lo que les ordenen: puño, garrote, fuego, miedo.

Silvia Saravia, la jefa del equipo que atiende a las sobrevivientes de trata antes de permitir que la Fiscalía salvadoreña las prepare para juicio, ha visto decenas de casos de mujeres que se enfrentaron a esa modalidad cavernícola de redes más locales. De ellas, dice lo siguiente:

—Las que han estado encerradas tienen temor extremo, miedo tremendo por ellas y por su familia, que sufran las consecuencias de su escape. Bloqueo emocional, están totalmente encerradas. Muchas requerirán atención siquiátrica. Ideas suicidas, ideas de desaparecer, persecución. Creen que no pueden confiar en nadie. Saben que las personas no están jugando, saben que el victimario va a cumplir… Trastornos de ansiedad, se les quita el sueño, el hambre… Grecia, por ejemplo, ella tendrá que recibir… –piensa unos segundos– Todo un proceso de atención integral.

***

Tras casi tres meses de ser obligada a atender clientes en La Quebradita, una semana después de ver arder en llamas a Sonia, luego de que su tía depositara $3,500 como rescate, Grecia fue liberada por Omega. Le entregaron 300 pesos (unos $25), la dejaron en la terminal de buses de Reynosa y le ordenaron que se fuera lejos. Una de las fiscales que entrevistó a Grecia durante el proceso asegura que ella les contó que algo raro ocurría en esos momentos, y que el grupo de zetas parecía desmontar las casas de secuestros y emprender huida. Con 300 pesos, Grecia solo consiguió comprar un boleto hacia Monterrey, y descender unos 200 kilómetros en el mapa mexicano. Ahí, Grecia relató que fue un taxista quien se interesó por su situación, le preguntó si era indocumentada y la llevó hasta la oficina de atención al inmigrante, un albergue estatal, donde la encargada de la casa supo leer los síntomas de Grecia. A esa casa, según la revisión médica que le realizaron, Grecia llegó con infección vaginal y enfermedad inflamatoria pélvica.

***

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Qué pasa en atención al inmigrante?
—Al ver mi comportamiento, la encargada de la casa, al ver que lloraba, gritaba, no me veía normal, comenzó a preguntar. Poco a poco le fui diciendo… Me buscaron una casa albergue con el arzobispado, especial para personas que han pasado por el delito de trata… Me proporcionaron sicólogo… Me trasladaron de Monterrey al Distrito Federal… Por cinco meses fue asistida por tratamiento sicológico y jurídico.
—¿Participó en una investigación?
—Sí. Todo el tiempo que estuve ahí.
—¿Hubo personas detenidas?
—Sí, por secuestro y trata de personas. Me enseñaron unas fotos, y son aproximadamente de diez a doce personas entre hondureños y mexicanos (los detenidos).

El 23 de noviembre de 2009, Grecia ya estaba en Ciudad de México, en manos de la Fiscalía Especial para los Delitos de Violencia Contra las Mujeres y Trata de Personas (Fevimtra). Según el expediente fiscal, en la primera sesión de atención sicológica se mostró “deprimida, desconfiada y con imposibilidad del llanto”. Fueron necesarias 11 sesiones para conseguir su declaración. Gracias a lo que Grecia le dijo a las autoridades mexicanas, en 2009 se realizaron allanamientos a varias casas en Reynosa y se capturó a 12 presuntos integrantes de Los Zetas que operaban bandas de secuestros. El proceso en contra de esos hombres aún no termina, al igual que las secuelas de Grecia.

Cuando en diciembre de 2009 Grecia regresó a El Salvador, su situación empeoró. Grecia explicó que Ovidio, tal como ella temía, había amenazado a su suegra y a su madre. En el peritaje sicológico que le fue realizado por el Instituto de Medicina Legal de El Salvador, se registró que Grecia “no puede dormir por las noches, cualquier ruido siente que son balazos, ha pasado sin comer hasta dos o tres días, al encender leña recuerda a Sonia, el apetito sexual se le ha quitado, empuja a su pareja cuando tienen relaciones”. El informe concluye con una ficha resumen.

Pensamiento: depresivo, ansioso.

Orientación: en su declaración asegura que hay vacíos porque no recuerda eventos. Lagunas mentales.

Nivel de funcionamiento sicológico actual: neurótico.

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El miércoles 26 de mayo de 2010, una mujer salvadoreña de 29 años vio en un diario la fotografía de alguien que le parecía conocido bajando de un pick up esposado a otros dos hombres. La Policía había detenido la noche anterior en el parqueo de la discoteca Kairo’s, sobre el boulevard de Los Héroes, a un hombre gordo, a un mexicano, a cuatro salvadoreños y a una salvadoreña en una camioneta todoterreno negra con placas guatemaltecas. Al interior de la camioneta, en un compartimento secreto que se abría con interruptor eléctrico, la Policía encontró un fusil Galil, dos M-16, una carabina 30.30, dos escopetas, un revólver, una granada de iluminación de uso militar y 11 celulares. La mujer de 29 años creyó conocer al hombre gordo de la foto, pero intentó no pensar en ello durante el día. Por la noche de ese miércoles, el hombre gordo volvió a aparecer en todos los noticieros, incluso dijo algunas palabras y se escuchó su voz chillona. La mujer no pudo obviar más que ella conocía al hombre gordo. Lo conocía muy bien. La mujer era Grecia y el hombre gordo, Omega.

El verdadero nombre de Omega es Enrique Jaramillo Aguilar, tiene 35 años, nació en Apatzingán, Michoacán, México, y en diciembre de 2011 fue condenado a nueve años de prisión en El Salvador por el delito de tenencia y portación de armas de guerra y documentación falsa. Ahora mismo está encerrado en el penal de Apanteos. Jaramillo se identificó como guatemalteco ante las autoridades salvadoreñas y mostró un documento falso. Su arresto aquel miércoles 26 de mayo fue el resultado de un operativo policial que lo ligaba a Los Zetas. La alerta saltó cuando la Policía, gracias a un informante, se enteró de que el falso guatemalteco estaba ligado a la masacre de Agua Zarca en Huehuetenango, frontera con México, en noviembre de 2008, cuando presuntos miembros guatemaltecos del cártel de Sinaloa y Los Zetas se enfrentaron durante varias horas y dejaron 19 cadáveres regados en esa aldea. Aquel aún es recordado como uno de los eventos más importantes que evidenció la penetración de los grandes grupos mexicanos en Guatemala. Jaramillo fue arrestado acusado de ser uno de los zetas que participó, pero el Ministerio Público guatemalteco no consiguió probarlo ante un juez.

Grecia, al reconocer al hombre que asegura la violó en Reynosa, la vendió en La Quebradita, y cobró los 3,500 dólares a su tía, decidió denunciar ante la Fiscalía salvadoreña. Entonces, empezó el periplo de Grecia que la llevó a dar el testimonio adelantado ante un juez, dos fiscales, dos abogados defensores contratados por Jaramillo, y el mismo Jaramillo. Grecia pidió rendir declaración anticipada pues no quería enfrentar todo el proceso judicial en el país. Sentía terror de que Omega enviara gente a lastimarla. Luego de eso, Grecia, con el apoyo de la Organización Internacional para las Migraciones y la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, salió del país hacia alguno que no será revelado, obtuvo una nueva identidad e intenta rehacer su vida.

***

Miércoles 4 de julio de 2012. Juzgado Especializado de Sentencia B de San Salvador. 8:30 de la mañana. Alegatos finales en contra de los acusados Enrique Jaramillo Aguilar y Jesús Ovidio Guardado.

Jaramillo espera junto a Ovidio afuera de la sala. A Jaramillo le cuelgan los pellejos en la papada. Ha perdido mucho peso desde aquellas fotografías cuando fue detenido en la discoteca Kairo’s. Ha perdido pelo también. Lo lleva al rape en los lados e irregular arriba, como si en lugar de cortárselo se lo hubieran arrancado. Viste una polo de rayas horizontales grises y rosadas y un jeans roto en la rodilla izquierda. Va esposado de muñecas y tobillos. Ovidio luce aún más desgarbado, más consumido, luego de un año de haber sido arrestado. La camisa blanca de botones y el pantalón caqui de tela le quedan sobrados.

Adentro de la sala, los dos abogados privados que contrató Jaramillo restan cualquier solemnidad a lo que va a ocurrir en la sala. Bromean sobre un supuesto intento de suicidio que Grecia vivió en su adolescencia.

—200 pastillas dicen que se tomó, era narcótica –dice uno al otro con desparpajo.
—No, lo que me pregunto es dónde putas le cupieron –responde su colega. Ríen a carcajadas.

Luego, el primero pone en su teléfono celular un reggaeton al volumen que el aparato da. El secretario del tribunal le pide que por favor salga de la sala.

Las dos fiscales hacen su alegato final: Ovidio la vendió en la línea del tren… bar La Quebradita… Es tratada como mercancía… Jaramillo la violó constantemente… Tatuaje en su pierna derecha… La perito dijo que el daño de la víctima fue a causa de lo que pasó en México… Para Ovidio, violación en grado de tentativa y trata agravada… Para Jaramillo, violación continuada y trata agravada… Máxima pena en ambos casos.

Los abogados de Jaramillo contestan: ¿Que es de Los Zetas? ¿Dónde dice eso?… Inventos… El peritaje habla de lagunas mentales… La víctima dice una cosa y luego otra… Es una persona inestable… Su niño de siete años se viste de mujer… Que su niño saliera con esas cosas anormales no es por lo que dice que le pasó… Una víctima que no merece credibilidad.

Luego la abogada pública de Ovidio: el delito en grado de tentativa ni existe. ¿Hay penetración o no hay? No se configura.

Luego, sorpresivamente, pide la palabra Jaramillo. Con su voz chillona le llama “mi señoría” al juez y da sus argumentos para exculparse. El primero intenta hacer ver que Ovidio es demasiado viejo para andar en eso de la migración. El segundo, es un tanto confuso. Habla de que Grecia dijo que Ovidio solo tenía cinco dientes, pero cuando le preguntaron si sabía cuántos debía tener un ser humano dijo que sí, que 36. “Y hasta donde yo sé, son 32”. En el tercero asegura que él no vive en Reynosa, ni conoce a nadie de por ahí, que es de otro estado, de Michoacán (sin embargo, el expediente de antecedentes que enviaron desde México asegura que él es prófugo desde 2006 en el Estado al que pertenece Reynosa, Tamaulipas, por daño en propiedad ajena). El cuarto reza que él no ha sido militar nunca, y que Los Zetas son militares, que ha oído canciones que dicen que Los Zetas son 30 y que él no es uno de ellos.

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Viernes 6 de julio. Lectura del fallo judicial.

Absueltos.

El juez Roger Rufino Paz Díaz ha considerado que Grecia se contradijo. La causa principal es una versión distinta que Grecia dio a la Fiscalía salvadoreña y a la mexicana. Allá omitió incluir a Ovidio en la trama, y dijo haber sido vendida a Los Zetas por personas vinculadas a un albergue en Veracruz. Las fiscales del caso aseguran que Grecia hizo eso porque sabía que Ovidio estaba en el país, conocía a su familia y vivía muy cerca de su madre. Grecia, dicen las fiscales, temía que al denunciar a Ovidio en México, se informaría a las autoridades salvadoreñas, y al enterarse, Ovidio podía dañar a su familia. Por eso, lo borró de la historia cuando estuvo allá, y solo fue capaz de incluirlo cuando, ya en El Salvador, pudo constatar que su familia estaba bien y advertirles sobre el riesgo. Las fiscales explican que el peritaje sicológico de Grecia da argumentos que hacen creíble esa versión. Grecia, como dijeron los que la evaluaron, temía. Temía mucho.

La Fiscalía, en voz de la jefa de la unidad de trata, Smirna de Calles, montó ese mismo día una conferencia de prensa. Lamentó el fallo, explicó que las víctimas de este delito lidian con sus traumas y fantasmas a la vez que declaran. Aseguró que en ese mismo momento preparaban el recurso de revisión, para que sea la Corte Suprema de Justicia la que decida. El recurso aún no ha sido resuelto.

Grecia no volverá a declarar. Ni siquiera la Fiscalía sabe dónde está. Ella sobrevive en algún lugar.

Hay casas que hablan. Gritan cosas, cuentan retazos de grandes historias. Esta, en la que recién entramos, es una de ellas. No es muy grande: cuatro cuartos, una pequeña terraza y un patio. Por los acabados que sobreviven -piso cerámico, ladrillo rojo que decora las paredes exteriores, portón de rejas metálicas- uno diría que la familia que vivió aquí le puso mucho cariño y empeño a esta casa. Por las advertencias pintadas en las paredes, uno también diría que la familia que vivió aquí sufrió el desplazamiento, la huida, el dejarlo todo.

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Si la vida de Sabine Moreno pudiera explicarse con una línea de tiempo, una sucesión de hechos representados por coordenadas y picos unas veces altos, otras veces bajos, podríamos decir que la antigua vida de Sabine Moreno acabó cuando su familia recogió lo poco que podía y huyó de la comunidad sin rumbo fijo.

Pico alto en el diagrama: la familia huye sin rumbo fijo. Un momento trágico, aunque quizá no tanto como el asesinato del abuelo, emboscada en el camino, no muy lejos de la comunidad, muy cerca de la estación de taxis; tres balas, ningún testigo, sangre manando de la boca. Un momento no tan trágico, quizás, pero doloroso al fin de cuentas.

Pico alto en el diagrama: asesinato de su abuelo. Mauricio Moreno. Q.E.P.D. 06/10/1960 – 18/11/2010.

El asesinato de Mauricio activó por fin esos sensores nerviosos que desde el cerebro le ordenan a los pies correr. Los mismos sujetos que se presume lo mataron, en ese mismo año, ya habían acabado a otros seis miembros de la familia de Sabine, para entonces una colegiala de 16 años con muchos sueños. Uno podría preguntarse: ¿por qué esa familia no huyó cuando cayó la primera de sus víctimas? ¿Quién aguanta tanta muerte antes de decidir largarse de su comunidad? Entre las mujeres que ahora lideran a la familia hay versiones encontradas. Blanca, la madre de Sabine, dice que al principio no creyeron que esas muertes tuvieran que ver directamente con ellos. Amelia, la abuela paterna de Sabine, dice que no se iban por culpa de su marido. La familia hacía todo lo que dispusiera Mauricio, y Mauricio se oponía a abandonar ese pedazo de tierra en medio de huertas y cafetales que tanto les había costado a todos.

Mauricio era un evangélico comprometido y confiaba en que Dios resolvería todos los problemas en los que se metieron solo por el hecho de vivir donde vivían. Decía que si Dios quería que dejaran este mundo, no había por qué oponérsele. Pero el abuelo también era un pecador. Lo dice Amelia, su viuda. Se refugiaba en la iglesia para huir del trago. En su batalla interna entre el bien y el mal, los asesinatos en contra de sus familiares poco a poco fueron inclinando la balanza hacia su principal flaqueza. Por eso, en una de sus tantas borracheras perdió la compostura y desenmascaró sus rencores frente a unos ojos que se enfurecieron cuando lo escucharon proferir una amenaza. Una noche, a la orilla de un camino que atraviesa la comunidad, tambaleante y extasiado Mauricio se olvidó de Dios y dijo que haría justicia con sus propias manos. A los días de esa borrachera y de esa amenaza lo emboscaron y lo acribillaron a balazos. Su familia encontró su cadáver ensangrentado, con tres balas en el pecho y una en el rostro. A esos que ofendió no les gusta que los amenacen.

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Habrán sido, alguna vez, felices. Lo dice, en primer lugar, ese paisaje que sobresale detrás de una ventana sin vidrios y sin barrotes. En ese hueco está pintado el volcán de San Salvador. Es un cuadro hermoso: el río bajo la cumbre, la carretera, una milpa -el maizal infaltable en el paisaje salvadoreño-, y al fondo el volcán, imponente, sombreado por unas nubes.

Quienes vivieron aquí añejaron muchos recuerdos. Lo dicen los árboles de mango y mandarina que inundan con su aroma todo el patio. A juzgar por su altura -ocho metros la mandarina, 15 metros el mango-, los árboles llevan varios años echando frutos.

***

Muerto el abuelo, ya no había poder que se opusiera al éxodo de la familia Moreno. Una mujer bajita, morena y resuelta decidió por todos. Amelia, la abuela de Sabine, viuda de la noche a la mañana, se echó a cuestas el control de toda la familia, compuesta por 20 integrantes. La séptima muerte en la familia los hizo partir. El miedo por fin fue miedo, y ordenó a los pies de esas 20 almas correr en abierta y urgente estampida. Se lo dijeron a Blanca, la mamá de Sabine, el sábado 11 de diciembre de 2010. Sabine lo escuchó todo.

—Dijeron que nos íbamos a ir pero no dijeron cuándo. Para nosotros fue una gran sorpresa cuando al siguiente día nos avisaron que alistáramos las cosas -dice.

Huir, abandonarlo todo, sacudió las fibras más íntimas de Sabine. No es fácil abandonar el terruño, piensa ella. No es fácil que le roben el terruño a punta de pistolas y muertos. Lo comprendió cuando buscó sus cosas para meterlas en una maleta. Sintió un vacío en el pecho, pensó que es difícil dejar atrás toda una vida, sobre todo cuando ahí han crecido tres generaciones de una gran familia. Ella (16 años), su madre (35 años), su abuela materna (50), su abuela paterna (52), habían nacido ahí, en el cantón El Guaje, y a partir de aquella noche ya nunca más regresarían ahí, donde lo dejaron todo. Al igual que ellos, otras 23 familias de esa comunidad huyeron en diferentes oleadas a lo largo de 2010.

Recuerdo de Sabine: empaca lo que puede en cuatro horas. Se siente triste, se pregunta: ¿se puede meter toda una vida en una maleta? La respuesta es obvia. Apenas y alcanza llevarse, además de la ropa, un televisor. Sabine cree que hacia donde la llevaban podrá conectar el televisor. Un carro patrulla de la Policía Nacional Civil entra a la comunidad. Sigue a otro vehículo con placas particulares, prestado por un amigo. Es un camión. Es lo único que la autoridad puede hacer: entrar y salir, custodiar la partida. Todos se encaraman en la cama de los vehículos. Huyen. Se largan para nunca más volver.

Coordenada: Sabine Moreno y su familia huyen de la Mara Salvatrucha 13.

Pico alto: Sabine es desplazada del cantón El Guaje, en Soyapango, El Salvador. Soyapango, parte del Área Metropolitana de San Salvador, es la segunda ciudad más populosa del país.

***

La casa abandonada habla más que la vecina nerviosa que vive en la casa de al lado, que revuelca las pocas palabras que salen de su boca y responde apresurada y nerviosa a las preguntas de Houston, el policía que nos acompaña. Esa vecina no recuerda el nombre de los inquilinos. “Se fueron hace mucho tiempo. No los trataba mucho”. La casa dice que la desmantelaron. No hay techos ni focos ni ventanas ni cableado eléctrico. Tampoco grifos en las pilas ni palanca para el retrete.

La casa también le pone nombre y apellido a “los muchachos” que ahuyentaron a los que aquí vivían. En una de las paredes, hay dos letras pintadas en negro. Una es M y la otra S. Son dos letras mayúsculas, muy grandes. Son las siglas de la Mara Salvatrucha 13, unas de las pandillas más peligrosas del mundo. En otra pared, esas letras están separadas por dos manos huesudas, con uñas largas, como cuchillos. Las manos hacen señas. Una es una garra, la otra es una letra. Abajo hay tres letras más. Son las iniciales que dan nombre a la clica que se tomó esa casa: Diábolicos Criminales Salvatrucha (DCS).

En el patio, debajo del árbol de mango hay frutos masticados, semillas chupadas, colillas de cigarrillos, una botella plástica que alguna vez almacenó guaro. En el retrete hay restos de heces. Ya están secos. Houston dice que aquí se reúnen los muchachos. Que la casa para ellos es estratégica, porque desde este punto de la colina pueden observar cuando los policías entran o salen de esta colonia. Houston dice, sin dramatismos, que los muchachos se reúnen aquí “para planear sus fechorías”.

—Por eso expulsaron a los inquilinos -dice.

Nos alejamos del sector y después de cruzar dos redondeles y tres calles estamos en otra colonia. Houston nos muestra otros pasajes con casas abandonadas. Pero aquí los muchachos que ahuyentan a la gente tienen otra nomenclatura para autonombrarse. “Fuck the police”, escribió alguien en una pared. “18″, cierra esa frase. Aquí controla la pandilla Barrio 18, otra de las pandillas más peligrosas del mundo, y enemiga de la Mara Salvatrucha.

En un radio de unos dos kilómetros, las pandillas con mayor fuerza, poder y presencia territorial de El Salvador envían mensajes por medio de los grafitos de las casas abandonadas.

Otra casa que habla. Y otra más: alguien arrancó los ladrillos de esta y ha sembrado una pequeña huerta en el patio y en el último cuarto. En otra, unos niños han entrado a jugar con pintura. Se mancharon las pequeñas manos y las estamparon sobre las paredes. En otra alguien le declaró su amor a alguien más. “Dagoberta y Seco. Amor por siempre y para siempre”, escribieron, junto a un corazón pintado con tiza en la pared, y un cártel de Minnie y Mickey tomados de la mano.

En este pasaje de 70 casas hay 25 abandonadas. ¿Qué les pasó a esas familias? ¿Por qué huyeron? ¿De qué huyeron? ¿Quién compra o alquila una casa para luego dejarla abandonada? ¿Por qué nadie llega a vivir ahí? ¿Por qué ningún vecino explica adónde se fueron esos otros vecinos?

Nadie, en este pasaje, se atreve a contestar esas preguntas. Menean la cabeza en señal negativa y entre el silencio y la mirada esquiva uno alcanza a percibir algo que se podría traducir como miedo. Miedo a decir algo que no deben decir. Miedo a ser vistos hablando con la policía. Pero Houston, 23 años como policía, es atrevido y desconfiado. Dice que la gente que se ha quedado no contesta porque son familiares de “los muchachos”. Uno no sabe si creerle a él o sospechar que esos que se han quedado simplemente tienen miedo. Quién sabe.

Houston pide que aceleremos el paso. Lo pide luego de que un par de niños se nos han atravesado, por tercera vez, montados en unas bicicletas. “Son orejas de la pandilla. Andan queriendo saber qué estamos haciendo”, dice Houston, de nuevo, sin dramatismos. Uno piensa que esos niños, a estas horas de la mañana, deberían estar en clase, pero tal vez reciben clases en la tarde. Quién sabe.

Los compañeros de Houston -otros siete policías- se repliegan y avanzan hasta el carro patrulla. Hace unos minutos, dos de ellos custodiaban con sus rifles la entrada del pasaje de las casas abandonadas. Otros dos estaban en el otro extremo del pasaje, y el resto había hecho un cerco alrededor nuestro. Nos daban las espaldas y miraban en todas direcciones, incluyendo a los techos de las casas de un solo piso. Todos vigilaban. Saben que este es territorio de la pandilla y de nadie más.

Salimos de Lourdes, Colón, uno de los municipios más violentos de El Salvador ubicado unos 15 kilómetros al oriente de San Salvador. Salimos apenas con una idea de lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo en este país. Las casas han contado algo pero no lo suficiente. Sus inquilinos han desaparecido y es casi una norma para los desplazados continuar así: olvidados por todos. Es preferible eso a meterse en problemas con aquellos que los expulsaron. Por eso, para entender lo que esas casas no pueden terminar de contar, habrá que rastrear a esos fantasmas desplazados, subir una cumbre ubicada en las afueras de la ciudad, luego bajar, acercarse a las orillas de un río y entrar a una casa con paredes de lámina y piso de tierra. Habrá que seguir hablando en el último refugio de Sabine Moreno.

***

Hace más de 30 años, El Salvador entró por una puerta angosta a uno de los capítulos más oscuros de su historia. En las montañas tronaban las balas, estallaban las bombas y morían centenares de salvadoreños. En algunos puntos del país se cometieron barbaries contra hombres, mujeres y niños. Bombas, balas, sangre, muertos. Acusados de pertenecer a uno u otro bando (el ejército o la guerrilla) muchos campesinos decidieron dejar sus ranchos, bajar de las montañas y esconderse donde fuera. Fueron desplazados. Se movieron a las ciudades, a la orilla de los ríos, o a pequeñas comunidades marginales que con el tiempo crecieron y se convirtieron en colonias legales. Muchos otros no solo fueron desplazados sino que se convirtieron en migrantes y lograron llegar hasta los Estados Unidos.

Pico alto para El Salvador: guerra civil. 1980-1992.

Finalizada la guerra, hace 20 años, a El Salvador regresó la paz. Pero sería difícil precisar cuánto tiempo duró esa paz, porque el país comenzó a experimentar otra guerra: la de las pandillas. No hay nada concluyente sobre la razón que originó esta nueva guerra, y solo el odio se asoma por la puerta como posible explicación a las discordias entre los dos bandos.

Todo comenzó cuando unos jóvenes, deportados de los Estados Unidos, se mezclaron con otros muchachos más jóvenes en barrios, plazas y parques. Los que bajaron del norte tenían un nuevo estilo no solo de ver la vida sino de la moda. Vestían camisas flojas, pantalones flojos, pañoletas, gorras… Los de acá se fascinaron con esa nueva moda. Que se mezclaran no fue ningún problema. El problema fue que los de aquí hicieron crecer a las pandillas de los que venían de allá. Los odios continuaron. Dos de las pandillas más peligrosas del mundo encontraron en El Salvador un campo fértil para la batalla, y el Estado se convirtió apenas en un observador silencio de esos enfrentamientos.

No está nada claro, pero si la historia reciente de El Salvador fuera una línea de tiempo, en los últimos 20 años podrían ubicarse muchos estallidos, representados por picos altos, que demuestran la evolución de las pandillas a base de peleas, cuchillos, balas y muertes. Ahí donde vivían sus miembros, las pandillas comenzaron a dominar el territorio, se expandieron, y pelearon otros territorios, a lo largo y ancho del país. Para 2005 habían dominado las colonias de Lourdes, Colón, en La Libertad. Esas colonias que patrullamos junto a Houston y sus policías. Cinco años más tarde, en 2010, la Mara Salvatrucha conquistó el Cantón El Guaje, el hogar de la familia de Sabine, en Soyapango.

El ministro de Seguridad, David Munguía Payés, ha llegado a sugerir que las pandillas son un ejército que acerca a los 70 mil miembros directos, más el aporte que dan sus familiares. Si la estimación es exacta, uno de cada 100 salvadoreños es pandillero. El ministro es de los que creen que los familiares han dejado de ser actores pasivos en la estructura de las pandillas.

Lo cierto es que el de las pandillas no es un mundo de blancos y negros. Y es en ese gris tan confuso donde se entremezclan simpatías, miedos, obediencias, abusos, extorsiones y silencios. Sobresale en ese gris confuso la clara utilización de la violencia para obtener control territorial. La población que vive en los territorios dominados por las pandillas está expuesta a normas que aunque no están escritas, se cumplen al pie de la letra. “Ver, oír y callar”, es la principal, dice Sabine Moreno. Luego hay otras, muchas, demasiadas…

Si uno vive en una comunidad MS no puede transitar por la vecina comunidad 18, so pena de que cualquiera de las dos pandillas concluyan que uno es un espía.

Uno no puede estudiar en un instituto nacional si vive en una zona controlada por la Mara Salvatrucha, como no puede estudiar en un instituto técnico nacional si vive en una zona controlada por el Barrio 18. En El Salvador, hasta la definición de la educación media es algo que miles de jóvenes tienen que pensar bajo los esquemas de las pandillas, que también reclaman para ellas esas instituciones del Estado.

Uno no puede ser visto hablando con la policía porque automáticamente se convierte en un sospechoso soplón.

Uno no puede tratar mal ni con miradas, gestos o palabras subidas de tono a los pandilleros, porque eso es una ofensa que puede pagarse con la vida.

Si se es mujer, se corre el peligro de que usurpen tu cuerpo uno o varios de los miembros de la pandilla que dominan la colonia.

Cuando una clica de las pandillas Barrio 18 o Mara Salvatrucha entra a un territorio y lo conquista, lo conquista todo. No está nada claro qué buscan, pero el narcomenudeo, la ganancia que deja el control de las extorsiones y la expansión territorial para hacer crecer esas dos fuentes de ingreso se asoman como posibles explicaciones. Hay otros casos, como en El Guaje, en Soyapango, en donde solo la geografía del territorio es apetecida por las pandillas.

El municipio de Soyapango, en San Salvador, por años fue considerado como la primera gran ciudad dormitorio del país. En las décadas de los 60 y 70 allí se afincaron familias obreras que crearon un bum inmobiliario que convirtió las otroras fincas de café o cañaverales en laberintos inmensos adornados con diminutas casas de concreto de dos y, con suerte, tres cuartos y un patio. Soyapango es una de las ciudades más densamente pobladas del país. Es la ciudad creada para las familias obreras del Área Metropolitana de San Salvador. Y en esa mancha de concreto son pocas las islas verdes que le sobreviven. El cantón El Guaje es una de ellas.

Cuando una clica de la Mara Salvatrucha (la Sureños Locos Salvatrucha) conquistó la comunidad del cantón El Guaje, e instaló ahí una sucursal con el nombre de la comunidad en la que creció Sabine Moreno (la clica “Guajes Locos Salvatrucha”) fue porque le interesó la geografía del lugar. Le interesó lo aislado del terreno para organizar ahí reuniones con las clicas más fuertes de Soyapango y, según la policía, para dejar regadas a sus víctimas.

Lastimosamente para familias como las de Sabine, saberse conquistados siempre se explica con violencia, intimidación y muertes.

Si antes los desplazados huían de las bombas o de los reclutamientos forzados -sobre todo del ejército, pero también de la guerrilla- ahora huyen casi que por las mismas razones. Huyen porque no quieren que sus hijos se hagan pandilleros, no quieren que los fuercen a hacerse pandilleros, porque no quieren que sus hijas sean violadas, porque muy cerca han impactado las balas, porque los acusan de estar con la policía o con la pandilla contraria. Eso le pasó a la familia de Sabine. Los rumores los acusaron de informar a la policía y de ayudar a la pandilla contraria.

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Recuerdo de Amelia, la abuela de Sabine: El Guaje era un lugar tranquilo en el que se podía vivir. Era una antigua finca, donde se asentaron unos colonos y sus descendientes desde hace más de 50 años. Ahora diezmada y convertida en una especie de oasis en medio de dos colonias con mala fama, en el Guaje sobreviven diminutos cafetales y huertas. Rodean a esa comunidad rural las colonias Santa Lucía y Sierra Morena. Hace siete años, esas dos colonias fueron noticia cuando por primera vez se habló en la prensa de toques de queda impuestos por las pandillas.

El 2005 fue un año de toques de queda en los barrios. Se peleaba el territorio, y las pandillas advertían a los habitantes de esos territorios que no debían salir de sus casas pasadas las 7 de la noche, para no ser confundidos con el enemigo. Al menos eso reportaba la policía. Eso pasaba muy cerca de El Guaje, que para ese momento seguía siendo una comunidad tranquila.

A El Guaje la Mara Salvatrucha llegó cuando se pavimentó el camino que conecta a Soyapango con el municipio de San Marcos. Antes quien entraba a El Guaje solo era alguien que tuviera algo que ver con El Guaje. Pero a mediados de 2008, un grupo de jóvenes, extraños, circuló por esa carretera y le gustó aquello con lo que se encontró.

Recuerdo de Sabine: eran cinco jóvenes. Llegaban a la cancha de fútbol de la comunidad. Se hicieron amigos de los jóvenes de la comunidad. Fumaban cigarrillos y “le decían cosas a las bichas”.

Desde cerca, que cinco jóvenes intenten controlar una pequeña comunidad en medio de la nada puede significar muy poco. Una pandilla de barrio, una pequeña pandilla. Pero si se amplían las coordenadas, esos cinco jóvenes ya no son una pequeña pandilla, sino más bien los emisarios de una organización muy grande, con nexos en todo el país, con normas en todo el país. Normas que no tardaron mucho en calar en El Guaje.

Cuando esos cinco jóvenes que Sabine recuerda llegaron a El Guaje, Remberto Morales tenía 12 años. Remberto era, según Sabine, “un niño bien, que se vestía bien, amable, que jugaba con nosotros”. Pero Remberto tomó la decisión de acatar y de hacer cumplir las normas de la mara. Se hizo amigo de esos muchachos y entonces dejó de ser amigo de Sabine. Remberto Morales, brincado por la clica Guajes Locos Salvatrucha, se convirtió en El Panadol.

Recuerdo de Sabine: Desde que le pasó eso, se hizo huraño, pasaba con el ceño fruncido y a quien le mirara mal lo amenazaba de muerte.

No pasaría mucho tiempo cuando Sabine y su familia fueron amenazadas de muerte después de la masacre en la que fue asesinado El Panadol.

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El Salvador es un país con 6.2 millones de habitantes y en el que en 2011 hubo un promedio de 12 asesinatos diarios. Una tasa de homicidios de alrededor de 70 por 100 mil habitantes. Desde cuando los pandilleros comenzaron a ser noticia recurrente, en el año 2003, tras el lanzamiento del primer plan mano dura -un plan represivo que consistía en encarcelar pandilleros acusados de “asociaciones ilícitas”- muchas comunidades, asentamientos y colonias fueron estigmatizados.

Lo que nunca nadie cuestionó fue la incapacidad del Estado para recuperar el control de esos territorios. Lo policía hacía redadas en las colonias dominadas por las pandillas pero eso nunca garantizó que el Estado volviera a controlar esas zonas. Solo eso explica que para 2012, junto a ese elevado promedio de homicidios diarios, se creara una lista de 25 municipios considerados como los más peligrosos del país. Entre estos se incluye a Soyapango, en el oriente de San Salvador, y a Colón, en el occidente de la capital. En medio de todo ese caudal de cifras y muertos, el drama de las familias que huyen de la violencia, moviéndose de un lado a otro, como nómadas, nunca fue ni ha sido tomado en cuenta.

No hay una cifra de desplazados por la violencia en El Salvador porque simplemente el fenómeno no se ha estudiado con rigurosidad y profundidad. No es un dato que exista porque no es un dato que se denuncie ni se sistematice, y los casos son tan complejos, y los escapes tan silenciosos, que solo los afectados saben lo que les está ocurriendo. La policía se ve amarrada a brindar seguridad a las retiradas y luego hace conjeturas sobre las razones que llevan a una familia a abandonar su casa, sus pertenencias, su vida. Del lado de las familias, la norma no establecida dicta que nadie ponga denuncias por temor a represalias, porque lo que más quieren es desaparecer, pero con vida, no enterrados bajo tierra.

Quizá el dato que más se acerque a la magnitud del problema sea una lista de casas desocupadas que maneja el Fondo Social para la Vivienda (FSV), institución estatal que facilita préstamos para que las familias de bajos recursos adquieran una casa propia. Para siete colonias dominadas por las pandillas, ubicadas en los departamentos de San Salvador y La Libertad, la cifra llega a las 613. Si el promedio de personas por familia en El Salvador es de cinco, según el censo de población de 2007, eso significa que unas tres mil personas abandonaron su hogar sin una razón clara.

Uno bien podría pensar que los inquilinos de esas casas se fueron porque no pudieron seguir pagando la cuota, según responden de manera oficial las autoridades del FSV. “La norma que une a todos esos casos es que por alguna razón cayeron en mora, y eso obligó a un proceso de recuperación de esas viviendas”, dice el gerente de créditos de la institución, Luis Barahona.

Pero uno también podría sospechar que hay algo más fuerte detrás de tanta casa abandonada en esas colonias, dadas las coincidencias entre el elevado número de viviendas solas y la presencia de pandillas.

— ¿Uno puede hacer esa relación simple entre casas del Fondo deshabitadas y el contexto de la colonia en donde está ubicada? ¿Uno puede decir, por ejemplo, que quienes se fueron de la colonia La Campanera, dominada por el Barrio 18, se fue huyendo de la violencia de esa pandilla?

— No creemos que sea el factor principal, pero no podemos negar que en algunos casos se nos ha manifestado que se van porque se ven afectados por la delincuencia de la zona. El problema es que no estamos ante una estadística concreta, como para poder decir: es un 5% de todos los casos, un 10%. Le mentiríamos.

El FSV no es la institución competente para crear una lista de casos, pero al menos reconoce que en aquellas zonas en donde tienen presencia como autoridad, compiten con la autoridad de las pandillas. A quienes solo tienen esas colonias como opción de vida, el FSV les llama “segmento vulnerable”.

Es un círculo vicioso. Entre las ofertas de ayuda que da el FSV a aquellos que huyen de la violencia -previa comprobación con una denuncia policial- está la permuta de esa vivienda en otro sector con similares características. Eso, por defecto, y sin que la institución pueda hacer nada, incluye la presencia de alguna de las dos pandillas en el paquete de compra.

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Coordenadas: es el 31 de julio de 2010. Es de noche. En el cantón Cuapa, fronterizo con El Guaje, unos jóvenes organizan un baile. Si algo puede explicar mejor hasta dónde llegó la violencia en el cantón El Guaje, para que de ahí huyeran 23 familias, fue lo ocurrido después de ese baile, al que acudieron cinco jóvenes, otrora amigos de Sabine Moreno. Uno de ellos era aquel niño que se vestía bien y que terminó, con 14 años, convertido en El Panadol. También iba un joven de 19 años que recién se había convertido en padre. Su nombre era Dagoberto, quien junto a una morena y pequeña joven de nombre Lucía, hermana de Sabine, había procreado a una pequeña niña que para mediados de 2010 tenía año y medio. Dagoberto, un joven inquieto, sin ideas claras sobre qué hacer con su vida, era amigo de El Panadol y de los homies de El Panadol.

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En los territorios dominados por las pandillas, la frontera que divide la amistad, el apego y el cariño entre los pandilleros, sus familias y sus vecinos a veces es tan difusa, tan poco clara, que omite certezas. Esa falta de certidumbre puede conducir a resultados trágicos, potenciados por conclusiones apresuradas. A la familia de Sabine, esas conclusiones apresuradas fueron las que la diezmaron. La única muerte que nada tuvo que ver con esas conclusiones fue la que inició la tragedia de los Moreno.

Pico en la familia de Sabine: Ernesto Quintanilla, un expandillero deportado de los Estados Unidos, muere asesinado el 14 de febrero de 2010.

Ernesto era un hombre tatuado y deportado. En Los Ángeles fue miembro de la Mara Salvatrucha y ni Sabine ni su madre pueden precisar de cuál clica era. Lo cierto es que en el año 2000, Ernesto llegó a vivir a El Guaje, porque en El Guaje vivía el único familiar que lo ataba a El Salvador. Vivió en paz Ernesto, sin meterse con nadie, escondido en esa zona rural rodeada por colonias de concreto, hasta que una clica de la MS comenzó a visitar el lugar. La clica lo ubicó, le pidió que hiciera cosas, pero Ernesto se negó. Por eso lo mataron, porque es muy difícil que un pandillero retirado pueda vivir tranquilo sin hacer cosas por el barrio.

Recuerdo de la madre de Sabine: su hermana se puso muy triste. Nunca pensaron que esa sería la primera de muchas muertes, porque siempre creyeron que lo que le ocurrió a Ernesto no tenía nada que ver con ellas.

El problema es que otro familiar hizo que tuviera mucho que ver.

Pico alto en la vida de la familia Moreno: José Mena desaparece en abril de 2010.

José Mena era un vendedor de muebles de madera que se crio en El Guaje y terminó casado con Beatriz Cruz, una mujer risueña que vivía de lavar trastos y cocinar sopas en un mercado. Beatriz Cruz era tía de Sabine Moreno.

José Mena y Beatriz Cruz frecuentaban mucho la casa de Ernesto Quintanilla, porque José y Ernesto, con el tiempo, se hicieron buenos amigos. El dolor que le provocó la muerte de Ernesto hizo que José perdiera la compostura. En la tienda de la comunidad, José dijo que sabía que los muchachos de la pandilla tenían que ver con el asesinato de Ernesto. A José, a los días de andar haciendo esas acusaciones, se lo tragó la tierra. Desapareció sin dejar rastro. A oídos de la madre de Sabine Moreno llegó el rumor de que El Panadol y el resto de miembros de la clica Guajes Locos Salvatruchos habían asesinado a José en el cafetal, después de obligarlo a cavar su propia tumba. Pero Blanca fue astuta. Escuchó el rumor y calló.

El cafetín en el que José Mena acusó a los pandilleros por la muerte de su amigo Ernesto Quintanilla, era regentado por Fidelina y Yesenia Moreno, prima y sobrina de Mauricio, el abuelo de Sabine. Era ese un cafetín modesto, en el que se vendían almuerzos y se cocían pupusas. Era ese un cafetín frecuentado por todos: vecinos, amigos, pandilleros y policías. Pero que los policías lo visitaran, lejos de traer seguridad, solo provocó otra desgracia para la familia Moreno. Como los rumores pueden ser una suerte de verdades para aquellos que se los creen, Fidelina y Yesenia recibían en ese lugar a los policías para contarles de las andadas de los pandilleros de El Guaje.

Pico alto en la familia de Sabine: en la mañana del 16 de junio de 2010 fueron asesinadas Fidelina y su hija Yesenia.

Las acribillaron en medio de la carretera, antes de que prepararan su puesto de venta de pupusas. Por ese asesinato, Mauricio Moreno, el abuelo de Sabine, comenzó a tomar de nuevo.

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El baile en realidad no era un baile sino que una emboscada. Así como la MS se tomó El Guaje y reclutó pandilleros en El Guaje, el Barrio 18 hizo lo mismo en un cantón aledaño a El Guaje: el cantón Cuapa. Muy tarde lo comprendieron los cinco jóvenes que iban hacia aquel baile.

A las 11 de la noche de aquel sábado 31 de julio, la puerta de la casa de la viuda de José Mena fue sacudida por una lluvia de golpes y gritos.

—¡Abra la puerta! ¡Abra la puerta! -gritaban los jóvenes.

Beatriz se sorprendió al ver, en la cabeza de aquel grupo asustado, a Dagoberto, el marido de Lucía, su sobrina. Beatriz los dejó pasar, y no pasó mucho tiempo cuando otra lluvia de golpes sacudió de nuevo la puerta.

Cuando Beatriz abrió de nuevo, fue abatida por un empujón, y solo alcanzó a ver a unas sombras desconocidas que apalearon uno por uno a los jóvenes.

Recuerdo de Blanca, la madre de Sabine: Beatriz, su hermana, nerviosa y asustada, sacude la puerta de su casa y le cuenta lo sucedido. Le dice que la empujaron y que se los llevaron con las manos amarradas con las cintas de los zapatos. Luego Beatriz regresó a su casa, a trancar muy bien las puertas, y retornó donde Blanca todavía más afligida.

Recuerdo de Sabine: ella estaba dormida y la despertaron unos disparos. Al rato llegó Beatriz, gritando: “¡Ya los mataron, Blanca! ¡Escuché unos gritos por el maizal”

Los gritos fueron seguidos por unos disparos, los disparos que despertaron a Sabine Moreno.

A la mañana siguiente, esa masacre en El Guaje fue noticia a nivel nacional. Dagoberto, el cuñado de Sabine, padre de una bebé recién nacida; Remberto, el otrora amigo de Sabine, convertido en el pandillero El Panadol, fueron asesinados. De los cinco, solo Dagoberto, que no era pandillero, sino que amigo de pandilleros, conservó intacta la cabeza.

Recuerdo de Sabine: a los demás les cortaron la cabeza y les cortaron sus partes íntimas. Luego las partes íntimas se las metieron en la boca.

Corrección de Blanca: solo a uno de ellos le arrancaron sus partes íntimas para metérselas en la boca.

Un mes después de esa masacre, las conclusiones apresuradas volvieron a enlutar a la familia de Sabine. El rumor decía que Beatriz Cruz había “vendido” a los cuatro miembros de la clica Guajes Locos Salvatruchos con la pandilla rival. Los rumores decían que quienes llegaron a sacarlos de su casa no eran policías, sino pandilleros del Barrio 18, disfrazados de policías, y alertados por Beatriz. Para la madre de Sabine, esos rumores guiaron a un desconocido hasta el mercado en el que trabajaba su hermana. Pico alto en la familia de Sabine: el mediodía del 28 de agosto de 2010, Beatriz Cruz fue asesinada a los pies de una cantarera.

Dos días después, una amenaza recorrió por todo El Guaje. Aquellos que no tuvieran familiares pandilleros debían salir de la comunidad o de lo contrario serían exterminados. El mensaje llevaba una dedicatoria expresa a la familia de Sabine. Dicen que el papel decía: “Empezando por toda la familia de Mauricio Moreno…”.

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Mauricio Moreno era un hombre que no le temía a las serpientes. Lo dice su mujer, Amelia de Moreno. Lo dicen tres fotos que la familia conserva en un álbum. En las fotos, tomadas en diferentes momentos todas, Mauricio alza tres diferentes masacuatas, unas boas que pueden superar los dos metros de largo. En las fotos, Mauricio sonríe. Se le ve contento.

Tras la muerte de Beatriz, pasaron tres meses en los que ocurrió muy poco en El Guaje. Mauricio Moreno pensó que había zanjado el problema denunciando a la policía lo expuesta que estaba su familia después de tantos asesinatos y amenazas. La policía entonces patrulló un par de veces a la semana pero en noviembre dejó de hacerlo. Y Mauricio, que durante todo ese tiempo siguió tomando, y en más de alguna ocasión profiriendo amenazas, diciendo que haría justicia con sus propias manos, retó a los mareros.

No pasó ni una semana cuando él también cayó muerto.

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El primer refugio fue un infierno.

Recuerdo de Sabine: lloviznaba. El camión los aventó en una calle frente a una gruta, a la orilla de un río. Ella no sabía ni siquiera cómo se llamaba ese lugar, pero sintió que en nada se comparaba al lugar en el que vivían, porque el frío en esa montaña calaba hasta los huesos. Llegaron a esa gruta por sugerencias de otra vecina que también había huido de El Guaje, tres meses antes que ellos.

Esa vecina, esa amiga, a la mañana siguiente, cuando se enteró del arribo de la familia de Sabine, fue a darles abrigo. Les cocinó salchichas con huevo y tomate. Sabine recuerda que la tristeza, la rabia, el enojo, le quitaron el hambre. Quería largarse de ahí, y entonces supo que no tenía ningún otro lugar a donde ir.

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¿Cuántas familias son desplazadas en El Salvador? La respuesta a esa pregunta podría ser una incógnita para siempre. Lo cierto es que mientras más se pregunta, mientras se revuelve entre las historias de amigos y conocidos, siempre aparecen muchos casos. Demasiados.

Caso 1: Jaime, un policía de Soyapango, ahora asignado a otra unidad, huye a mediados de 2011 de la colonia en la que compró su casa porque se descubrió vecino de pandilleros del Barrio 18. Al principio trazaron un pacto de caballeros, pero a medida que la convivencia convirtió esa frontera imaginaria en un barril en el que pueden depositarse todas las rencillas, Jaime prefirió huir. Ya había amenazado con una pistola y no quería sacarla por segunda vez. Temía que lo mataran o terminar preso por el simple hecho de defenderse de aquello que él consideraba como una amenaza.

Recuerdo de Jaime: Una noche de mediados de 2001 tomaba con un vecino, en la tienda de la colonia, cuando sus vecinos pandilleros, también embriagados, llegaron a preguntarle si él era de los policías que mataban homies. Jaime, que estaba sentado, se paró y sacó su pistola. Se volvió a sentar y la posó en su pierna derecha. “Si quieren, probamos”, les dijo.

Al día siguiente recibió un anónimo debajo de la puerta de su casa: “O te vas o se mueren vos, tu mujer y tus dos hijos”.

Jaime lo dejó todo. Todavía intenta vender la casa y ahora alquila otra en otro municipio, en otro departamento.

Caso 2: Carolina nació, creció y se desarrolló en una comunidad dominada por la Mara Salvatrucha. Esa frontera gris que obliga a convivir con pandilleros, compartir con ellos, respetarlos a ellos, terminó definiendo el amor de Carolina hacia uno de esos pandilleros. Carolina se hizo su mujer y tuvo un varón de esa relación. Cuando el niño tenía dos años, su padre cayó preso.

Recuerdo de Carolina: su marido la obligó a visitar el penal de Ciudad Barrios, al oriente del país, todas las semanas, y en cada visita la obligó a meterse droga y chips de celulares en la vagina. A mediados de 2009, unos custodios la descubrieron con un paquete de marihuana que llevaba en la vagina. Se le cayó después de que la obligaron a hacer decenas de cuclillas. Fue encarcelada seis meses en el penal de Mujeres, en el municipio de Ilopango. Cuando salió, los pandilleros de la colonia la llegaron a buscarla hasta su casa. Le dijeron que debía continuar con las misiones. Carolina se negó, la golpearon enfrente de su hijo. La dejaron malherida.

Carolina decidió largarse de su casa, abandonar a su familia, y cargar con su hijo, hoy de cinco años. Alquiló una casa en el departamento de Santa Ana, al occidente del país, pero hasta allá la persiguió la pandilla. Alguien la denunció como desaparecida y en agosto de 2011 colgó su imagen en el noticiero 4 Visión, uno de los de mayor rating en El Salvador. Al siguiente día, una vendedora de celulares, mientras ella cargaba su saldo, la reconoció y le preguntó que por qué se había fugado de su casa.

Recuerdo de Carolina: caminó de regreso a su casa, junto a su hijo, mirando por el rabillo del ojo. Cruzó el centro de la ciudad, llegó al mercado, lo atravesó, y por todo ese trayecto sintió que alguien la perseguía. Al día siguiente se dio cuenta de que la vendedora no guardó su secreto, y que incluso distribuyó su celular. Lo supo porque alguien marcó a su teléfono, y antes de que esa voz terminara de decir: “Al fin te encontramos, bicha hija de…”, ella aventó el aparato en un basurero del parque central. Carolina se movió a otro departamento, y luego cruzó, indocumentada, hacia Guatemala. No piensa regresar.

Caso 3: A Juan lo acaban de amenazar de muerte. Lo han amenazado sus propios sobrinos, que ahora “caminan” con la Mara Salvatrucha. Juan vive en una comunidad al occidente del país, y no sabe qué hacer con su vida. Entres sus alternativas todavía no contempla huir, porque dice que adonde quiera que vaya pasará lo mismo.

—Las pandillas están en todas partes. Tengo dos lugares adonde ir, pero en esos dos lugares también hay pandillas. A lo mismo voy a ir a dar -dice Juan.

—¿Y entonces qué piensa hacer?

—Esa es la cuestión. Yo no quiero perder todo lo que tengo acá, así que a lo mejor me toca defenderme por mis propios medios. Porque a uno, de pobre, ¿quién va a venir a prestarle ayuda?

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El segundo refugio fue toda una molestia. La familia de Sabine se movió a la orilla de un río, porque 20 personas no pueden vivir sobre un camino vecinal, interrumpiendo el tráfico de vehículos más de dos días. Por eso al segundo día los hombres levantaron unas chozas con techos de aluminio encima de unas peñas gigantescas. No tenían agua para beber ni para lavar la ropa y la del río no daba consuelo porque estaba y sigue contaminada. No tenían en qué cocinar la comida porque todos los utensilios quedaron en la casa que dejaron en El Guaje. No tenían en dónde bañarse ni en dónde defecar, más que en un hueco pestilente que quedaba entre los peñones del río.

—Pasamos dos semanas serenándonos (a la intemperie)… Mire: sufrir así, esto no se le desea a nadie -dice Sabine.

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El tercer refugio es una champa protegida detrás de un portón de hierro largo y alto. Este pedazo de tierra que no es suyo, que nunca será suyo, era el parqueo de la casa de otra familia que les ha brindado cobijo.

En la sala hay un sillón largo, dos sillas de plástico y aquel televisor que Sabine logró rescatar en la huida de El Guaje. El sillón, las sillas plásticas, las láminas, la cocina de leña, la mesa del comedor, son cosas que ha tocado conseguirlas a base de sacrificios que Sabine y su madre no tenían contemplados. Aquí no hay trabajo para ninguna y les toca sobrevivir vendiendo pastelitos rellenos de papa y empanadas de plátano a sus vecinos, entre lo que se encuentran otras tres familias de refugiados de El Guaje.

La sobrina de Sabine, la hija de Remberto, el joven asesinado junto a otros cuatro pandilleros justo hace dos años, enciende el televisor. Están pasando la caricatura de Bob Esponja.

—¿Ustedes quieren regresar? -preguntamos.

—Por mí, yo quisiera estar en mi lugar otra vez, pero es imposible regresar. Las casas de nosotros ya están ocupadas por gente de los mismos pandilleros. Ellos se apoderaron de ese lugar -responde Sabine.

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En marzo de 2012, ocurrió un suceso inédito en El Salvador. El gobierno hizo un pacto con la pandilla Barrio 18 y la Mara Salvatrucha 13 que consistió en la reducción de los homicidios a cambio de traslados de los líderes de las pandillas de penales de máxima seguridad a cárceles con menores restricciones.

Los traslados de 30 líderes de las pandillas coincidieron con la reducción significativa de los homicidios. A un mes de la tregua y de esos traslados, los homicidios se desplomaron en un 59%, de 13.6 a 5.6 diarios. Reducción que para agosto de 2012 se mantiene. Si la tendencia sigue a lo largo del año, El Salvador se alejaría muchísimo de la tasa de muertes con la que cerró 2011 (alrededor de 70 homicidios por cada 100 mil habitantes), y que lo ubicaron como el segundo país más violento del mundo, solo superado por Honduras, que registró 82 homicidios por cada 100 mil habitantes.

El gobierno de El Salvador, encabezado por el presidente Mauricio Funes, niega la existencia de negociaciones del gobierno con las pandillas, pero desde entonces ha caído en una suerte de contradicciones al tiempo que se ha comprometido a buscar apoyos en los partidos políticos, la empresa privada y la sociedad para acabar de una vez por todas con la violencia entre las pandillas. Además, el mismo ministro de Seguridad, David Munguía Payés, ha dejado claro que el plan de conciliación entre las pandillas fue afinado en su despacho y con pleno conocimiento de Funes.

Oficialmente, lo que ha ocurrido en El Salvador es una tregua entre el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha respaldada con el apoyo logístico del gobierno.

Pico alto para El Salvador: después de años de violencia, hoy es tiempo de tregua entre las pandillas.

—¿La tregua no las anima para regresar a sus casas?

Comentario de Sabine: esa tregua es mentira y para nosotros no sabe a nada. Nadie revivirá a mis familiares muertos y nadie nos garantiza que podemos regresar, y estar sanas y salvas, en nuestro lugar de origen.

Este es un país al que le encantan las madres. No porque les garantice completo acceso a oportunidades laborales o porque tenga disponibles todos los servicios de salud en todos los rincones urbanos y rurales. Este país dice adorar a las madres cada mayo, cuando las tiendas se llenan de ofertas de planchas, flores, ropa o lavadoras. Y porque lo común es que, cada vez que se puede, se le atornille a la palabra “madre” una serie de adjetivos que hablan de abnegación, sacrificio, entrega, dolor y casi todo aquello que implique algún grado de sufrimiento. Por esto, no resulta raro que cada vez que aparece alguna madre que no encaje con ese imaginario de lo que debería ser la entrega indiscriminada, se le tache, de una y sin pruebas, de “desnaturalizada”. Por esto le tocó pasar a Silvia Beatriz Jiménez hace un par de días, cuando en la edición del mediodía un noticiero presentó lo que había hecho como “horroroso”.

Y hoy, viernes 13 de julio, sentada frente al juez Francisco Castillo Borja, le toca volver a escuchar palabras similares que salen de la boca de una fiscal que pide –exige– al juez “que se siente un precedente en este crimen horrible”. Silvia calla. Y se mantendrá así durante toda la audiencia inicial que se sigue en su contra esta mañana en el Juzgado de Paz de Apaneca, Ahuachapán. Apenas ha intercambiado unas cuantas palabras con su abogado defensor, que recién acaba de conocerla, y quien intenta que el delito que se le imputa no sea el de homicidio agravado en grado de tentativa, sino el de abandono, que tiene una pena menor. A Silvia, con la cara inexpresiva y la mirada perdida, tanto término le debe sonar desconocido. Pero no dice nada ni cuando el juez le da la palabra, quizá porque en realidad no sabe qué decir.

Después de escuchar a la fiscal hacer alusión al testimonio de un hombre que asegura haber encontrado al recién nacido hijo de Silvia vivo en un cafetal y después de escuchar al abogado defensor decir que no hay un informe forense que certifique que el bebé fue enterrado, el juez Castillo Borja decide no cambiar el delito y no dar a Silvia el beneficio del arresto domiciliar. Silvia, hasta este momento, reacciona y lo hace con llanto. Llora sin reparar en que sus gemidos rompen con el ambiente tan formal e impersonal que ha reinado en la sala. Silvia tiene otro hijo de dos años al que no ve ni toca desde hace cuatro días, cuando le tuvo que soltar la mano para irse con los policías que la arrestaron a unos cuantos pasos de su casa, cuando, dicen, aún tenía las piernas ensangrentadas.

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En casa de Silvia no se explican qué le pasó por la cabeza ese lunes 9 de julio por la mañana. “A mí ni me dijo que le dolía, ni me dijo que se sentía mal. A mí no me dijo nada. Que si yo hubiera sabido algo, en algo le hubiera ayudado, pero aquí no nos dimos cuenta. Es que a ella, yo siento, le faltó madurez”, cuenta Adela de Jiménez, madre de Silvia, quien esta mañana de viernes, a unas horas de que se celebre la audiencia inicial de Silvia, apenas sale del estupor para decir que jamás le notó este segundo embarazo.

Apaneca, para muchos, existe solo el fin de semana, cuando como turistas recorren sus calles en busca de una estampa de pueblo en la que se aprecie la belleza de los cerros cuadriculados de arbustos de café. Existe porque es la ciudad del país ubicada a mayor altura. O porque entre la neblina y las bajas temperaturas, el café y los antojos típicos del festival gastronómico saben mejor. Pero Apaneca es una cruel contradicción. Por sus calles céntricas es común ver a extranjeras o a mujeres de la capital que visten shorts y buscan comprar bufandas o bisutería. Pero al avanzar unas cuantas cuadras, la vista se llena de casas de madera o bajareque que huelen a fuego de leña, un fuego que, por lo general, es avivado por mujeres jóvenes, con baja escolaridad, sin oportunidades de empleo y que, por una razón u otra, han enfrentado la maternidad a corta edad, así como Silvia.

“Aquí en la casa ella es la que me ayuda. Ella saca los oficios, porque yo estoy enferma y ya no puedo”, cuenta Adela vencida, mientras toma asiento frente a un fogón en el que se coce el maíz para las tortillas de la cena. Todo el ambiente está inundado de humo. De esta casa de piso de tierra, techo de lámina y paredes de bajareque salió Silvia el lunes 9 de julio temprano en la mañana. Le dijo a Adela que regresaba en un ratito. A nadie se le hizo raro que se internara en un cafetal que comienza a unos cuantos metros de la vivienda. “Es que tenemos letrina, pero ahorita estamos cerrando una fosa y abriendo otra”, justifica Concepción de Jiménez, cuñada de Silvia y quien se ha unido a la plática con obvias ganas de defenderla, pese a que nadie la esté atacando, al menos no aquí.

Lo que del expediente judicial se contará en la audiencia inicial es que Silvia parió en el cafetal –uno de esos que se van en las fotografías de los turistas– a un niño que pesó cinco libras y midió 46 centímetros. Después de cortar el cordón umbilical, de acuerdo con un hombre que ha decidido servir de testigo, Silvia dejó ahí al niño y él, habiendo permitido que ella se alejara, tomó al bebé, lo envolvió en una camisa y bajó hasta la calle principal del cantón San Pedro Tizapa.

De tres personas a las que se les ha tomado testimonio, una dice que el niño estaba semienterrado. Otra dice que tenía “tierra encima” y una más dice que estaba colocado sobre la hojarasca. Al margen de que es un proceso todavía abierto, en Apaneca a Silvia se le conoce como “la que enterró al hijo”. Desde el alcalde Osmín Antonio Guzmán hasta la vecina de la familia de Silvia, cada quién maneja una versión distinta del caso, pero a ninguno de los consultados al azar le suena extraño. “Yo no entiendo qué ha pasado, porque es de una familia conocida a la que desde la municipalidad le entregamos ayuda”, refiere el munícipe, por teléfono, aprovechando la pregunta para llevar agua hacia su molino. “Es que no sé cómo hay muchachas se manean con uno, si mire la de este otro lado ha tenido ocho y ahí está entera”, dice la vecina con pañuelo blanco en la cabeza.

Cuando el hombre con el bebé en brazos terminó de llegar a la calle, según el expediente, pasaba una patrulla policial. Uno de los agentes es el que dice en su informe que varias personas se reunieron para ver al bebé y, entre ellas, estaba Silvia, quien confesó que era la que lo acababa de parir. Dan cuenta algunos hasta de la sangre que llevaba entre las piernas.

“Mire, la gente inventa, y lo que no les conviene, no lo dicen. En este rato en el que se armó la bulla, otro nieto mío fue corriendo a ver qué era lo que pasaba, y se vino para la casa diciendo que a un tierno habían hallado. En eso, yo solo vi que la Silvia ya se había lavado las canillas, agarró a este muchachito, y se fue a ver qué pasaba. Ella fue la que les dijo que el tierno era de ella. ¿Dígame si a ella lo que le falló ahí no fue la madurez? Es que no sé qué le dio para no decirme nada”. En el regazo de Adela ha venido a sentarse Eduardo, el hijo de dos años con dos meses de Silvia, al que ella le sostenía la mano cuando los policías la arrestaron.

A Eduardo le lloran los ojos y le moquea la nariz por el humo. Mira a la cámara con la boca abierta y las manitas juntas, como si fuera a rezar. Hasta ahora lleva cuatro días sin ver a su madre, y esta cuenta aumentará a semanas. Adela dice que de vez en cuando pronuncia mamá, pero nada más. Del dormitorio –una mera formalidad, porque esta casa en donde viven dos adultos y cuatro niños es solo un corredor y un cuarto– uno de los nietos de Adela saca la tarjeta de la unidad de salud en la que se da cuenta de la vacunación y el control de peso de Eduardo. Hasta el momento, Silvia logró cumplir con el esquema y a su hijo ya solo le falta una inmunización que se suministra a los cuatro años de edad.

En el suelo están aventadas unas ruedas de madera. Son los asientos de los banquitos enanos –no miden más de 25 centímetros de alto– que Silvia suele elaborar para vender en Juayúa, un municipio cercano, y en San Salvador. El mercado de Apaneca se le hizo pequeño a la familia debido a la competencia. Así que, cada fin de semana, ella se unía a su hermano y a su padre para cargar 40 o 50 banquitos de a $1 sin barniz y de a $2 con barniz.

Silvia es analfabeta. No sabe ni firmar. Concepción, la cuñada, dice que no todos tienen la misma “capacidad mental” y que a Silvia nunca le gustó ir a la escuela. En esto, el “Informe del estado mundial de las madres 2011”, realizado por Save the Children, es contundente y resulta casi una sentencia para jóvenes como Silvia: “Las mujeres con formación tienen mayores posibilidades de ganarse la vida y apoyar a sus familias. Los hijos e hijas de las mujeres con formación también tienen más probabilidades de recibir una alimentación saludable, terminar su educación y recibir atención sanitaria adecuada”.

Eduardo, que ahora parece usar la conversación como canción de cuna para conciliar el sueño, nació el 4 de mayo de 2010 en el Hospital de Ahuachapán. Midió 47 centímetros y pesó 6.4 libras. Del progenitor de este niño en esta casa se maneja una versión con pocos detalles. “Mire, a ella la agarró un hombre en Juayúa cuando andaba vendiendo orquídeas. El hombre le dijo que no dijera nada, porque si le contaba algo a la policía, él iba a venir a matarnos, porque él sabía dónde vivía ella. Así que ella no quiso andar en vueltas”. En esa etapa de embarazo, Silvia, fiel a su costumbre, casi no habló. “Yo solo la veía llorar y llorar, hasta que tuvo a este su niño”, agrega Adela mientras con los dedos le limpia la nariz a Eduardo.

En Apaneca, con el revuelo y la alarma social que se levantó en torno al caso del bebé enterrado, han salido a luz otras versiones, tan poco confirmadas como esta de la violación en Juayúa. Se dice que el padre es un familiar de Silvia, y nada más. Ninguna institución, hasta el momento ha querido romper el hermetismo de Silvia para averiguar si ha habido delito en la concepción tanto de Eduardo como del otro bebé. La figura del padre no parece formar parte ni del proceso de juzgamiento que se lleva a cabo en las calles del pueblo o en los medios de comunicación, como tampoco en el juzgado, en donde pese a que se descargó cualquier tipo de adjetivos en contra de Silvia, no se mencionó nada del progenitor o de que la forma en la que fueron concebidos ambos niños pudo haber afectado moral, emocional y psicológicamente a Silvia. Nada.

—¿Qué sabe Silvia de sexo, de la forma en la que se conciben los bebés?

La pregunta deja a Adela viendo para todos lados en un intento por encontrar una respuesta. Se acomoda a Eduardo en las piernas y mira a Concepción en busca de ayuda, quien atiende el llamado.

—Pues mire, aquí se le dijo, pero ya sabe que ahora en la televisión es que se mira todo y eso no es poco ni es mentira.

La idea de la maternidad como don, milagro o bendición está sin duda arraigada en la sociedad salvadoreña. Una encuesta realizada a finales de 2011 y publicada en enero de este año por LPG Datos apuntó que de 1,000 mujeres que habitan en el área urbana de municipios metropolitanos, el 47% consideró que ser madre es la mejor parte de ser mujer. Esto pese a que poco se ha hecho por poner al sistema a que funcione a favor de las mujeres que son madres. Por ejemplo, no avanzan iniciativas para aumentar el salario mínimo o para lograr equidad en los salarios, ya que las mujeres, según la DIGESTYC, ganan un 15.5% menos que los hombres. También hay deudas en acciones como garantizar protección efectiva en casos de violencia doméstica o evitar que las niñas sean las que engrosan las estadísticas de deserción escolar, por ejemplo, el año pasado descendió en 2.3% la tasa neta de cobertura educativa para las niñas en parvularia.

El Salvador ocupa el puesto 40 del nivel de países poco desarrollados del “Informe del estado mundial de las madres”, por debajo de Malasia o Vietnam. Está lejos, muy lejos de Noruega que, con sus 47 semanas de licencia por maternidad y sus 18 años en promedio de educación formal para las mujeres, ocupa el número 1 en el listado de los países desarrollados. En El Salvador la regla para la mayoría de mujeres sigue siendo la de tener que enfrentar cualquier cantidad de dificultades para criar a los hijos.

En casa de Silvia no conservan ni una foto de ella. Había una, una de un documento, pero se la han llevado para que sea parte de los trámites judiciales. Parece que lo único que hace constar que ella vivía en esta casa son, tiradas en el suelo de tierra, las piezas de ciprés y mondano con las que hacía los banquitos. Y Eduardo que, en todo este rato, no ha emitido ni un solo sonido, se ha limitado a apoyarse en el pecho de su abuela. Desde ahí dice adiós con la mano extendida.

La salida de la casa de Silvia es un pasillo de cemento flanqueado por champas en el que varios perros se han acostado. La regla es que huela a leña, que haya gallinas y pollos correteando y que en cada cerco de palos retorcidos y láminas agujereadas haya docenas de pañales, cuturinas, gorritos, mantas y calcetines de bebé secándose al sol.

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Al final de la audiencia inicial celebrada aquí en el Juzgado de Paz de Apaneca, a unas cuantas cuadras de la casa del cantón Tizapa en la que se han quedado Adela y Eduardo, Silvia deja de llorar. Escucha algo que le dice su abogado defensor mientras espera a que la trasladen hasta las bartolinas de la PNC de este municipio. Una de las agentes que la trasladará pregunta afuera si hoy no vendrán las cámaras de aquel noticiero que, al mediodía, mostró a Silvia esposada y la sentenció como culpable. Y no, no vinieron. La agente parece decepcionada.

Silvia, blusa celeste y falda oscura, sale del juzgado a paso rápido y en su camino, mientras el fotoperiodista le saca imágenes, alcanza a decir: “Basta, ya basta”. Esta será la única vez en la que le escucharemos la voz.

Una semana después de la audiencia inicial, el abogado Víctor Hugo Mata, quien ha trabajado en varios casos similares a los de Silvia, cuenta que intentó hablar con ella en las bartolinas de Apaneca para ofrecerle su asesoría gratuita. “A ella la sentí muy cohibida, muy retraída. Me dijo que su papi ya había contactado a un abogado privado para que la defendiera y ya”, dice en su oficina ubicada en San Salvador. Una contratación que no deja de llamar la atención si se considera, primero, la pobreza de esta familia y, segundo, el hecho de que una de las vías de investigación en casos de jóvenes sin un entorno social que permita una relación debería ser la de descartar si dentro de su círculo más cercano, la misma familia, hay algún agresor.

Mata sabe que el camino que está frente Silvia es complicado. Para apoyarse cita nombres como los de Karina Herrera Clímaco y Sonia Ester Tábora, ambas condenadas a 30 años de prisión por homicidio agravado en contra de sus recién nacidos. Después de pasar siete años en la cárcel, el caso de Herrera Clímaco fue revisado por el mismo tribunal que la condenó. Y en 2009 le fue levantada la condena. Ahora trabaja en una asociación de mujeres. “El lunes vamos a tener la revisión del caso del Sonia Ester Tábora”, anuncia Mata poco después de señalar que estos casos se complican por tres razones: la falta de investigación objetiva de la Fiscalía General de la República, la falta de capacidad jurídica de la defensoría pública y la falta de prudencia en los tribunales.

Mata, quien llevó el caso de Herrera Clímaco, es todavía más agudo y hace énfasis en que este es un delito por el que se procesa casi de forma exclusiva a mujeres extremadamente pobres, jóvenes, con baja escolaridad, con familias disfuncionales o con las que no tienen una relación sana y, en la mayoría de casos, desnutridas. “En estos casos no va a ver involucrada a una mujer de clase media, por esto, en parte, es que en estos casos se escucha tan poco a la mujer”.

Silvia cumplió 18 años el 28 de marzo de este año. Solo porque fue necesario para el proceso judicial es que se le está tramitando el DUI, porque no estaba en los planes de ella sacar el documento. Una lista de casos parece darle la razón a Mata en el perfil que describe. Lorena Beatriz Villalta López tenía 25 años cuando fue arrestada por intento de homicidio en contra de su hija recién nacida. Irma Liseth Morales tenía 21 años cuando en 2008 fue condenada a ocho años por lanzar a su hija a una fosa séptica. Y, entre otras historias y mujeres similares, Sonia Ester Tábora tenía 20 años cuando en 2005 fue arrestada bajo el cargo de homicidio agravado en contra de su hija recién nacida. Fue sentenciada a 30 años de cárcel de los que ya lleva siete años cumplidos. Del progenitor, en el caso de Tábora, tampoco se sabe nada más que era vigilante en la misma colonia capitalina en donde ella trabajaba como doméstica. Nunca fue parte del proceso averiguar más de él o procesarlo por abandono.

Después de dos suspensiones, por fin es lunes 30 de julio y por fin Sonia ha sido trasladada desde Ilopango hasta el Centro Judicial de Sonsonate en donde se realiza la revisión de su sentencia. Sonia ocupa una de las sillas ubicadas en el corredor frente a la sala en donde se desarrollará su proceso. Pese a sus 27 años de edad, parece una adolescente por su cuerpo escuálido y sus no más de 1.50 de estatura. Lleva las cejas perfiladas, la falda ajustada y con un hilo de voz apenas audible agradece a un oficial que le quita las esposas para que pueda comer lo que su hermana le ha llevado antes de que empiece el proceso en el tribunal.

Lo de Sonia se conoce en medios de varios países y en internet porque varias organizaciones de mujeres han hecho eco del caso. Ella parió el 19 de febrero de 2005 en un cantón de Sacacoyo, La Libertad. Jamás le dijo a su hermana o a su cuñado, con quienes residía, que estaba embarazada. Solo se alejó de la casa en la noche con una sábana en la mano, con la que se suponía iba a envolver a su hija. En medio de un cafetal tuvo a la bebé y sufrió un colapso nervioso. Su hermana mayor, Maritza, su cuñado y su padre la buscaron en el monte hasta que dieron con ella pasada la medianoche. Al verla ensangrentada, pensaron que había intentado matarse, ya que sufría de una profunda tristeza desde que unos meses antes muriera de cáncer uterino su madre, la única con la que platicaba. Sonia ha manifestado que no recuerda cómo llegó a un centro de atención en el cantón El Botoncillal, en Colón, La Libertad o el momento en que fue arrestada.

“Se propone una revisión del caso porque, prácticamente, Sonia fue condenada sin pruebas directas de que la bebé que tuvo haya nacido viva. Informes de peritos que han analizado los documentos indican que en realidad se trató de una mortinata, una niña que no respiró, nació muerta. Además, Sonia sufrió un colapso al momento del parto que la dejó inhabilitada para cuidarse ella, dar asistencia a un menor o pedir ayuda. En este caso, ella es una persona a la que no se le puede imputar un delito”, es parte de lo que Mata explica en el tribunal a las tres juezas que lo escuchan, una de ellas con un sueño tan evidente que tiene que pedir café durante la sesión de la tarde.

En esta sala, se pueden identificar acciones que hacen pensar en que quizá pocos son los que en realidad prestan atención a que en este momento se están definiendo los siguientes 23 años de la vida de una mujer joven a la que siendo una niña no se le dio la oportunidad de estudiar para ampliar su abanico de oportunidades; a la que tampoco se brindó seguridad, porque fue violada a los 16 años por un motorista de microbús que evitó el proceso judicial porque ella –aunque denunció– no encontró el apoyo para continuar; y a la que tampoco se le pusieron al alcance los servicios médicos oportunos, porque un día antes de dar a luz intentó ir al hospital más cercano, pero perdió el bus. Y aquí en la sala en donde se ventila la revisión de condena, una representante de la Procuraduría General de República, que en teoría está aquí para velar por los intereses de la hija que tuvo Sonia, no ha dejado de mandar mensajes en el chat de su BlackBerry, por ejemplo.

Pese a que ya son las 4 de la tarde y la diligencia se ha tomado ya por lo menos cinco horas, Sonia tendrá que regresar hoy a Cárcel de Mujeres, en Ilopango, porque el fallo de las tres juezas con respecto a la revisión de su sentencia se dará a conocer hasta el 14 de agosto. Antes de levantar la sesión, las juezas le dan a Sonia la palabra y lo único que sale de ese cuerpo flaco y corcovado es el mismo hilo de voz que a un metro de distancia solo hace entendible la palabra “oportunidad”.

Lo que Mata, de hecho, con su experiencia en estos casos sostiene es que a la sociedad de nada le sirve mantener a mujeres como Sonia, o como Silvia encerradas en la cárcel, al menos no sin antes hacer una investigación acerca de qué es lo que las llevó a comportarse como se comportaron ante sus hijos. “Es sumamente difícil que una mujer atente contra el niño que da a luz, solamente pasa en condiciones extremas y raras. Por naturaleza, las mujeres no atentan contra sus hijos. En la abrumadora mayoría de casos hay factores que llevan a las mujeres a este extremo. Entonces antes de acusar, hay que investigar qué es lo que ha pasado con esta señora, antes de decir que horroso, terrible o tremendo”.

Esto es algo a lo que también apela el abogado defensor de Silvia, Edson Morán Conrado: “A estos casos se les debería dar un tratamiento diferente. Ya se debió hacer una evaluación psicológica, porque no sabemos cómo fue la concepción del niño, no sabemos que circunstancias atravesó Silvia Jiménez en su embarazo. No sabemos las condiciones del parto. Nadie sabe nada. La película comienza desde que al menor lo encontraron en el cafetal”. En casos como los de Karina Herrera Clímaco y Sonia Ester Tábora esta evaluación psicológica se hizo, pero no en el momento en que fueron arrestadas, cuando recién habían dado a luz. Así el sistema judicial perdió la oportunidad de tener una fotografía del estado en el que se encontraban al momento de supuestamente haber cometido el ilícito del que se les acusa. A Silvia, tampoco le hicieron esa evaluación. Solo la detuvieron.

El bebé que tuvo Silvia el 9 de julio está ahora bajo la protección del Instituto Salvadoreño de la Niñez y la Adolescencia (ISNA). Desde ese momento en que fue encontrado en el cafetal, se ha cuestionado de muchas formas el instinto y las intenciones de Silvia. Pero entre las cosas de las que no muchos conocen es que poco después de que las cámaras la grabaran esposada, Silvia fue llevada al Hospital Francisco Menéndez, de Ahuachapán, para que le fuera extraída la placenta. Ahí también fue ingresado el bebé. Y durante por lo menos tres noches, los dos estuvieron juntos. Ella lo amamantó. Un acto que parece no cuadrar en una historia en la que los personajes se dividan en buenos y malos, víctimas o victimarios, a menos que se tome en cuenta que el de la maternidad es un concepto complicado que no acepta uniformes. Silvia es madre.