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Este centro bautizado con el ambicioso nombre de Sendero de Libertad recibió en los primeros días de abril de 2011 a un menor de edad llamado Alexander. Condenado por tráfico de drogas, el juez ordenó su encierro después de saltarse las condiciones de su libertad condicional. Sus dos primeras noches Alexander las pasó, el procedimiento habitual con los nuevos, en uno de los módulos tercermundistas que hay junto al portón principal.

El reclusorio lo controlan pandilleros que se autodenominan retirados, que odian a muerte a los pandilleros activos, que a su vez odian a muerte a los retirados. Se respira demasiado odio en Sendero de Libertad. Por eso, antes de asignar sector a un recién llegado, las autoridades lo aíslan hasta que se convencen de que no es miembro activo ni a la Mara Salvatrucha (MS-13) ni al Barrio 18. Es cierto que la piel de Alexander estaba limpia de tatuajes como la de un adolescente ejemplar de una colonia bien, pero también lo es que hace años en El Salvador eso dejó de ser garantía de nada.

Tras las dos noches de aislamiento, avalaron su traslado al Sector 1. Allí lo esperaban 120 jóvenes con el verdadero examen de admisión. Un ex de la MS-13 que en la libre vivía en la misma colonia lo reconoció de inmediato y lo presentó como primo de un pandillero activo. Suficiente para dar por finalizado el interrogatorio. En ese momento Alexander debió sentir como si un bus se le viniera encima. Uno, diez, treinta puños pies antebrazos cabezas codos lo golpearon una y otra y otra vez. No tardó en caer al suelo reseco. Al principio trató de cubrirse. Lo pisotearon arrastraron patearon. Al poco ya no pudo. Lo patearon en la cara brazos nalgas piernas espalda pecho boca… Lo patearon.

Del personal del centro nadie intervino.

Cuando Alexander recobró el sentido, la turba lo tenía amarrado de pies y manos, y un niño se esmeraba en tatuarle una sentencia de muerte en el pecho: una M y una S del tamaño de dos manos, y tachadas por sendas cruces. Un tatuaje así te convierte en objetivo prioritario para la MS-13, sin importar las razones, muerte segura, y para nada te aparta del punto de mira del Barrio 18.

—¿Y qué iba a hacer ? Yo me vine a despertar con el ruidito de la máquina –me dice cuando lo entrevisto ocho meses después del ataque.

La máquina es un motorcito de un transistor ensamblado a una varilla metálica y a una aguja, un artilugio con el que los tatuadores artesanales inyectan bajo la piel –a falta de tinta– el espeso hollín que sale de los vasos plásticos blancos cuando arden. Suena horrible, pero Alexander sabe que tuvo suerte.

—Tuve suerte –dice–, gracias a Dios, porque a otros los han marcado a pura Gillette.
—¿Y los orientadores? ¿Y los custodios? ¿Nadie te ayudó?
—Y ellos qué iban a hacer…

La respuesta de Alexander tiene su lógica. Después entenderán.

Al día siguiente, desfigurado por el linchamiento y con su sentencia de muerte tatuada en el pecho, llegó al despacho del director y le contó lo ocurrido. Lo aislaron de nuevo, y aislado lleva hasta esta mañana de diciembre. El Estado salvadoreño que lo encerró para procurar su reinserción lo ha incluido en un programa de remoción de tatuajes que en tres o cuatro sesiones eliminará lo negro, pero que dejará siempre un delator surco de carne abultada.

Alexander y su pecho esperan volver a las calles este año.

***

Un día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, un custodio de los de la Portería se me acerca, enigmático.

—Ya lo he visto varios días por acá. Usted es periodista, ¿no?
—Sí, estoy llegando porque quiero conocer cómo es aquí…
—Pues si quiere conocer de verdad, debería llegar en la noche. Viera qué relajo. Los del Sector 1 se salen de las casas a beber y a endrogarse. Gritan, ríen, aquí ni hay encierro ni hay nada. Todas las noches. Los vecinos de la colonia Helen, la de atrás, se lo pueden contar también. Viera qué relajo.

***

Lo que hoy se conoce como Centro de Inserción Social Sendero de Libertad se inauguró el jueves 25 de mayo de 1995, en presencia del presidente de la República, del presidente de la Corte Suprema de Justicia y de un nutrido grupo de diputados; los tres poderes reunidos para la foto oficial de un lugar concebido como pieza fundamental del nuevo sistema de justicia juvenil. La reinserción social, ese concepto tan resbaladizo, ya tenía dónde y cómo.

Como si se tratara de un presagio, una mañanera tromba de agua deslució la inauguración, aunque no pudo con el optimismo.

El presidente de la República, Armando Calderón Sol, dijo que un Estado fuerte era indispensable para hacer frente a las maras, un fenómeno incipiente pero en franca expansión. Elizabeth de Calderón, su esposa y presidenta del Instituto Salvadoreño de Protección al Menor (ISPM), se comprometió a que la readaptación fuera “un objetivo primordial” del Gobierno. María Teresa de Mejía, la directora del ISPM, fue más allá: “El joven que ingrese tendrá probabilidades altas de no delinquir de nuevo”. Aquella euforia desmedida cristalizó en una frase escrita por uno de los periodistas que cubrió el evento: “El centro de menores de Ilobasco, construido en tiempo récord, ha sido calificado por consultores internacionales como el paradigma de Latinoamérica”.

Escribió: paradigma de Latinoamérica.

El optimismo quizá estaba justificado. Apenas tres años y medio atrás se habían firmado los Acuerdos de Paz, que pusieron fin a una dolorosa guerra civil que se prolongó doce años. El Salvador, un minúsculo país centroamericano que la Guerra Fría colocó en la agenda mundial, logró una solución negociada que satisfizo a tirios y troyanos, y que Naciones Unidas aún hoy presenta como uno de sus máximos logros.

De un día para otro el país se llenó de organismos internacionales, de agencias de cooperación y de oenegés que aterrizaron con las maletas llenas de dólares y de planes. Tras décadas de violaciones de los derechos humanos, crear un sistema de justicia juvenil apegado a directrices made-in-United-Nations se convirtió en obsesión: en 1993 se aprobó la Ley del Instituto Salvadoreño de Protección al Menor, en 1994 la que hoy se conoce como Ley Penal Juvenil, y un año después el Reglamento General de Centros de Internamiento para Menores Infractores. Había dinero para la causa, mucho, y en ese contexto surgió Sendero de Libertad.

De alguna manera, a El Salvador le ocurrió como a John Clayton –el mítico Tarzán– cuando regresó a Londres después de años de vida en la selva: se pensó que un bonito traje y unas pocas clases de etiqueta serían suficientes para calmar los instintos.

—Es un criterio muy personal, pero creo que no pensaron muy bien el tipo de población que se iba a atender. La Ley Penal Juvenil es buena, pero se dejó de lado una sociedad que salía de una guerra con carencias emocionales, con tanto huérfano. Nunca se hizo trabajo psicológico en las comunidades. Por eso hoy tenemos lo que tenemos.

Me dijo José Paulino Flores, Paulino, que algo debería de saber: trabajaba como orientador cuando Sendero de Libertad recibió a los primeros menores y hoy es el subdirector.

Construirlo y equiparlo costó una pequeña fortuna: $2.6 millones de la época. Se eligió Ilobasco, una ciudad provinciana a 55 kilómetros de San Salvador, y se apostó por unas instalaciones que satisficieran hasta los gustos del más exigente burócrata de Naciones Unidas: más de 12 manzanas para albergar a 250 personas (la principal cárcel salvadoreña, Mariona, es más pequeña y adentro se hacinan más de cinco mil personas); diez casas independientes para un tratamiento especializado; lockers y camas para cada interno; surtidísimos talleres de carpintería, sastrería, panadería, artesanías y computación; canchas de fútbol, baloncesto y voleibol; salón de usos múltiples y biblioteca y clínica médico-odontológica; ropa, calzado y útiles en abundancia… También se levantó una gigantesca torre, más alta que la de muchos aeropuertos, que serviría como reservorio de agua potable. Se tomaron tan en serio lo de que Sendero de Libertad fuera un espacio para la reinserción y no para el encierro, que apenas una malla ciclón separaba a los internos de su libertad.

La administración se dejó en manos del ISPM, institución que en 2002 fue rebautizada como Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia: el ISNA. El nombre, Sendero de Libertad, lo eligieron los propios internos meses después de haber abierto las puertas, una decisión que no hizo gracia a sectores conservadores de la sociedad, pues decían que les recordaba a Sendero Luminoso, la organización terrorista peruana.

Lo que queda diecisiete años después de la inauguración es una caricatura del paradigma ofrecido: sin biblioteca, sin centro de computación, sin camas. Siete de las diez casas están cerradas por inhabitables, y las otras tres huelen a hacinamiento, como cualquier celda de una cárcel salvadoreña. No es solo del olor. Las incontables fugas y la violencia entre los internos –y hacia los empleados– obligaron poco a poco a sectorizar, a crear zonas de aislamiento y a levantar garitones de vigilancia y muros coronados con alambre razor. La reducción del presupuesto a partir de 1999 y los motines en los que los jóvenes destrozaban las instalaciones contribuyeron, pero fue la expansión del fenómeno de las maras –y la inoperancia de la sociedad salvadoreña para detenerla– la que marcó el ritmo de la degradación física y sobre todo conceptual del centro.

Quienes vivieron los primeros años los recuerdan menos complicados: distintas pandillas bajo el mismo techo, respeto de los menores hacia el personal, más recursos… Por decisión del ISPM, el reclusorio lo administraba una congregación llamada Misioneros de Cristo Crucificado. Entre 1996 y 2001 el padre Jaime González Bran vivió y trabajó en Sendero de Libertad, primero como coordinador de orientadores y luego como director. Cuando lo visité en octubre en Atescatempa, un pueblo guatemalteco fronterizo con El Salvador donde ahora es párroco, me dio su versión del fiasco.

—Nuestro sueño para Ilobasco –dijo– era crear algo para los muchachos de primer ingreso y sin problemas de pandillas, porque Sendero no tenía ni infraestructura ni personal capacitado para tratar a muchachos con diez internamientos o con perfil psiquiátrico crónico. Pero los jueces empezaron a enviarnos a jóvenes exageradamente violentos, y con esos liderazgos negativos al interior se volvió más difícil rescatar al muchacho que fuera rescatable.
—¿Cree que hay muchachos no rescatables?
—Había muchachos con cierto perfil psiquiátrico que nunca debieron haber llegado a Sendero. Eso lo dijimos toda la vida. Ellos necesitan intervención psiquiátrica. No es que no fueran rescatables, sino que no teníamos los recursos para sacarlos a flote.

En torno al cambio de milenio, después del primer niño asesinado en una riña, se ensayaron estrategias para intentar revertir la degeneración. A finales del año 2000 el Estado creyó que separar las pandillas sería la solución, y Sendero de Libertad quedó para ex pandilleros y civiles. No funcionó. En abril de 2001 ingresaron los militares para imponer disciplina a través del ejercicio físico. No funcionó. A finales de 2003 se introdujo población femenina, en teoría menos conflictiva. No funcionó. Y en 2006 se creó una comunidad terapéutica para tratar drogodependencias. Tampoco funcionó.

Del paradigma de Latinoamérica solo quedó la referencia en los periódicos viejos. Tras la salida de los curas, en marzo de 2001, los directores se sucedieron uno tras otro, como si se tratara del banquillo de un equipo de fútbol mediocre. El centro empezó a generar titulares sobre muertos, fugas y motines, cada vez más escandalosos, como si desde el inicio alguien lo hubiera planeado todo para que Sendero de Libertad caminara inexorable hacia su propio 11-S, el 11 de septiembre de 2010.

***

La ley es cristalina como manantial de agua pura: aquí no debería haber internos arriba de los 18 años. Sin embargo, abundan.

—Ese que acaba de recibir la pelota tiene 29 años, pero un juez nos lo mandó para acá –me dijo Paulino, el subdirector.

Paulino es sincero, mesurado y propositivo. Todo al mismo tiempo. Tiene 38 años, esposa y dos hijas, pero su personalidad conserva chispazos juveniles, quizá porque lleva en este centro desde los 21. El sobrepeso, la cara redonda y los pequeños lentes que la miopía le obliga a cargar le dan aire de bonachón, de amigo de todos, de alguien a quien le cuesta mentir. Paulino conoce los nombres de todos sus compañeros y de la mayoría de los internos.

Presentarlo como subdirector podría generar confusión. Nominalmente lo es, sí, pero él se sigue viendo como un orientador. Entre las 85 personas que trabajan en el reclusorio hay psicólogos, instructores, trabajadores sociales, maestros, custodios… y la columna vertebral formada por una veintena de orientadores. Con turnos de 24 horas, son los que más contacto tienen con los jóvenes, los que deben monitorear y registrar sus avances y retrocesos, sus teóricos hermanos mayores.

Paulino camina por todos los sectores sin temor a ser agredido. Suena básico, pero no está al alcance de todo el personal. Escuché en más de una ocasión que algunos lo llaman Gordo, pero su figura es respetada y hasta generadora de empatía. Es porque nunca los ha denigrado ni los ha insultado, me dijo.

Una tarde de diciembre, cuando nos dirigíamos a la cocina, pasamos junto a un grupo de unos diez jóvenes que estaban ociosos bajo la sombra de un árbol.

—¡Júe! ¡Júe! –les gritó Paulino, como si yo no estuviera a la par.

La respuesta fue un coro desordenado pero voluntarioso: Júe, Júe, Júe…

—Pauli, ¿qué horas tenés? –preguntó uno.
—Las dos con treinta minutos, m’ijo.

Seguimos caminando.

—¿Oíste, va? –me preguntó–. Digo una palabra como Júe, y todos se emocionan… Uno tiene que aprender cómo crear asertividad. Es la base de todo.
—¿Cómo les decís: Júe o Húe?
—Júe, de juego. Si me preguntás qué es, ni yo lo sé. Comenzó hace años como Juela, y ahora me topo con que Júe se escucha en todo Ilobasco.

Otro día, un jueves de agosto que estábamos paseando por el Sector 2, clausurado por inhabitable pero que hasta su clausura albergaba a los activos de la MS-13, me contó algo que a su juicio ilustra la obtusa visión del fenómeno de las pandillas que, una vez terminada la guerra, tuvo toda la sociedad salvadoreña.

—¿Ha oído –aún nos tratábamos de usted– del partido de El Salvador contra México en las eliminatorias del Mundial 94? ¡Bien me acuerdo yo! Ganamos con golón del “Papo” Castro Borja. Lo vi por televisión: todo mundo feliz, y no sé por qué yo me fijé en una particularidad, quizá porque el destino va fijando las cosas, pero recuerdo que en la retransmisión dijeron: ¡Damos la bienvenida a estos compañeros de la Mara Salvatrucha, que han llegado al Cusca desde los Estados Unidos! Y les hicieron una toma. Creo que los comentaristas eran Carlos Aranzamendi y Tony Saca. Yo desde entonces me quedé pensando: Mara Salvatrucha.

Aquel partido se jugó en abril de 1993.

Apenas cinco minutos antes de contar la anécdota, Paulino me había señalado la fachada de una de las casas del Sector 2.

—¿Ve ese manchón chelito? Ahí había pintada una garra de la Mara Salvatrucha, de hueso, y usted ya sabrá que cuando es garra de hueso simboliza muertos. Es como un trofeo. La hicieron después de lo del 11 de septiembre, para que la vieran los del Sector 1.

Todos los días, en casi todas las conversaciones con personal o con internos de Sendero de Libertad, apareció el 11 de septiembre de 2010. Esa fecha se ha convertido en un referente, un punto de inflexión, un antes y un después.

El 11-S estalló la ira.

***

Otro día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, el mismo custodio de la Portería se me acerca, elocuente.

—¿Vio hoy cómo está aquí de full? Tenemos a 17…
—¿De nuevo ingreso todos?
—No, nada que ver. A muchos no los quieren abajo o los traen porque les han hecho sexo allá. ¿Ve ese que está ahí sentado? Lo violaron. Sus padres han puesto una denuncia en el juzgado que lleva su caso, el Segundo de Santa Tecla.

***

Tercermundista es un adjetivo peyorativo, políticamente incorrecto, trasnochado incluso. Hay quien cree que debió haberse abandonado su uso cuando cayó el Muro de Berlín. Pero a pesar de las burbujas de primermundismo que hay esparcidas por todo el país –léase: torresfuturas, grandesvías, haifais, residenciales altos-del-no-sé-qué, palcos viaipí, toyotaprados, estarbucs…–, El Salvador sigue siendo tercermundista.

Los módulos de la Portería –junto al portón principal de Sendero de Libertad– son tercermundistas, siendo generosos. Miden menos de un metro de anchura y menos de dos metros de largo. He conocido ascensores más espaciosos. Son de bloques de concreto, con una puerta metálica que ocupa todo lo ancho y tienen por techo una reja cuadriculada. Sin luz. Los inquilinos no se mojan solo porque están bajo la estructura que cubre todo el portón.

Los compartimentos se construyeron con el propósito de evitar que el recién llegado fuera transferido de un solo a sectores donde podía ser agredido. Pero la violencia incontrolable los ha convertido en un área permanente de aislados para los proscritos del Sector 1 y de la Exbodega, también conocida como Sector 3. El día lo pasan sueltos, aunque no pueden alejarse por su propio bien. De noche los encierran. Cuando en diciembre me recibe Alexander, el menor al que tatuaron su sentencia de muerte en el pecho, lleva seis meses viviendo aquí.

—Una vez en mi celda habíamos catorce –me dice.

Catorce menores –catorce espaldas, catorce cabezas, cincuenta y seis brazos y piernas– encerrados de seis de la noche a seis de la mañana en un espacio en el que no cabe un sofá, a oscuras, con botellas llenas de orines en las esquinas.

—¿Cómo se hace para dormir catorce?
—Unos pocos colgados del techo, en hamacas, y los demás en el suelo, sentados, con las piernas bien topadas al pecho… Si alguno durmiendo se me recuesta, pues ni modo, ¿qué le voy a hacer? Tampoco le voy a espabilar. Mejor tratar de llevar las cosas en paz.

En Sendero de Libertad impera la ley del más fuerte, y poco o nada pueden hacer las autoridades. Pero a pesar de su situación, Alexander me dice que no cambiaría su cubículo tercermundista por ningún otro lugar del reclusorio. Le aterroriza la idea de que lo muevan.

—Yo no puedo ir al Sector 1 porque está esa persona que dice que soy de la Mara. ¿Qué le dijeron al director la vez pasada? Si bajan a ese bicho, lo sacarán en bolsa negra. ¿Cómo voy a querer bajar? Y en la Exbodega me salieron con que me iban a hacer las letras en las piernas y tachármelas. ¡N’ombre, mejor aquí me estoy!

***

La víspera del 11-S, el 10 de septiembre de 2010, llegaron a Sendero de Libertad unos quince menores procedentes del Centro de Inserción Social de Tonacatepeque, el reclusorio que el Estado asignó hace una década a la MS-13. Todos eran ex de la Mara Salvatrucha –pesetas o retirados, según quién los etiquete– que llevaban semanas o meses aislados allá. Como Sendero de Libertad tenía un sector entero para ex pandilleros, los jueces creyeron que el traslado era lo más conveniente.

Pero esa decisión judicial resultó ser un detonador. Es cierto que había odio acumulado y que el control del reclusorio estaba desde hacía años en disputa entre emeeses y retirados, pero sin traslado no habría habido 11-S.

―Los jueces nos exigen el bienestar de los jóvenes, y muchas veces ellos los envían al matadero –me dijo Paulino una de las muchas veces que hablamos sobre lo ocurrido ese día.

El traslado de los quince se realizó en la tarde. Como en los reclusorios salvadoreños parece haber más teléfonos celulares que cepillos de dientes, de Tonacatepeque salió una orden precisa: nomás aterricen, tópenlos. Mátenlos. Durante el ingreso hubo amenazas, insultos, pedradas y carreras, pero la presencia de custodios armados y la inminencia de la noche pospusieron lo inevitable. El grupito fue llevado a una casita a la que llamaban la Conejera.

En la actualidad Sendero de Libertad tiene tres áreas para internos: el Sector 1, al fondo, con tres casas en las que malviven de 110 a 130 jóvenes, entre ex pandilleros y civiles; la Exbodega, una casita que un día fue la residencia de los orientadores y que ahora acoge a unos 30-50 expulsados del Sector 1; y los dos cubículos tercermundistas de la Portería. En 2010 había también un Sector 2 –más grande, más poblado– repleto de activos de la MS-13, y para aislados existía además la Conejera, que es adonde recalaron los recién trasladados. Llegar a la Conejera desde el Sector 2 exigía atravesar el Sector 1.

En la pandilla nadie puede negarse a la batalla. Le iría peor. Pero me sorprendió volver a comprobar la naturalidad con la que asumen que la violencia es la única salida. La única.

—¿Por qué uno cuando hay desvergue no puede quedarse en su cuarto y ya? –pregunté a uno de los catalogados como bien portados.
—No, porque… eso no se puede. No se puede. Si pasa algo… pues… todos ¿va? Cuando todos, todos, ¿va? No importa en lo que esté uno. Yo quizá quisiera estar solo viendo, pero tengo que estar ahí.

La misma sensación tuve otro día, durante uno de los paseos con Paulino. Nos detuvimos a hablar con un grupo, y la conversación fue tan lúcida o más como la que se puede tener en un aula universitaria.

—Estos serán de los tranquilos, ¿no? –le pregunté apenas nos alejamos tantito.

Paulino solo sonrió.

—Aquí todo eso es relativo, mi estimado. Ahorita puedes hablar con alguien y pensar que qué hace este chico aquí, pero ese mismo muchacho, si hay una efervescencia, tiene que acompañar y demostrar que es de los que va adelante.

La efervescencia del 11-S duró más de cuatro horas.

Inició poco antes del mediodía, cuando un emeese saltó el muro que separa los sectores y abrió el portón ubicado junto a la escuela. Aunque en principio no iba con ellos, el Sector 1 respondió, y arreció una lluvia de pedradas, alternada por esporádicos combates cuerpo a cuerpo. Las armas en ambos bandos eran las mismas: piedras, corvos hechizos, varillas de hierro y palos afilados, punzones y unos polines filosos de más de un metro a los que llaman matabúfalos.

En las primeras tres horas se sucedieron violentísimas y masivas arremetidas, de un lado y de otro, sin que ningún bando se impusiera, como en Verdún. Los heridos se acumulaban. El personal, más escaso que de costumbre por ser sábado, se limitó a buscar refugio. El Ejército y la Policía acordonaron el centro, pero el aval para el ingreso tardó demasiado. Casi al final, una nueva embestida de la MS-13 logró que sus rivales retrocedieran a su sector, pero un niño no alcanzó el portón antes de que lo cerraran. Los emeeses lo mataron con sadismo.

“La Policía encontró un interno brutalmente asesinado”, consignó al día siguiente El Diario de Hoy, un periódico local, pero la frase se queda corta. La turba deshizo a golpes el cuerpo, la cabeza se la vaciaron, su rostro desapareció. “Era como una bolsa de carne molida” y “Le sacaron toda la cara y quedó como huacalito” son descripciones de personas que vieron el cuerpo, cercenado con una saña que cuesta siquiera imaginar, pero que se ha convertido en una forma de vida para significativo sector de la juventud salvadoreña.

El interno asesinado se llamaba Víctor, y era un civil de 17 años que estaba preso por robo, aún sin condena, y que desde su llegada se había mostrado como un bróder, que es como en el bajo mundo se conoce a los evangélicos.

Paulino ingresó aquel día después de que lo hicieran varios pelotones de la Unidad de Mantenimiento del Orden (UMO). Aún brillaba el sol. Las instalaciones, destrozadas una vez más. Los pasillos, saturados de malheridos. El saldo del 11-S fue un fallecido y más de medio centenar de lesionados, de los que la mitad tuvieron que ser hospitalizados.

—Es doloroso ver que a jóvenes de 16, 15 o 20 años los matan como si fueran basura… –me dijo Paulino un día que hablábamos del 11-S mientras almorzábamos–. Yo tengo dos hijas, y me pregunto: ¿qué voy a dejarles? ¿Por qué crees que sigo aquí? No es por el sueldo, que es de 650 dólares antes de impuestos, poco para la responsabilidad que nos echamos. Yo lo hago por convicción, porque creo que algo se puede hacer para que esta sociedad deje de sufrir. No es por mí, que tengo casi 40 años y ya sufrí lo que tenía que sufrir, pero ¿qué voy a dejar a mis hijas? ¿Con quién se va a casar mi hija de 9 años? ¿O mi hija de 14? ¿Con quiénes?

***

Sus 45 años lo convierten en uno de los personajes más longevos de Sendero de Libertad. Natividad Díaz, don Nati, es el enfermero que desde febrero de 2008, de lunes a viernes, de 7:30 a.m. a 3:30 p.m., se preocupa por el bienestar general. Hay un doctor asignado, sí, pero llega salteado: cuatro horas lunes y miércoles, y dos más los viernes. El médico no deja de ser un visitante. Don Nati forma parte de.

Hoy es agosto y es jueves, y cuando llego a la casucha que funciona como Enfermería don Nati está solo, sentado detrás de un escritorio, encerrado por dentro porque nunca se sabe. Lleva desabotonada la bata blanca que lo singulariza, aunque su cortísima estatura basta para volverlo inconfundible.

—Don Nati, ¿hay algún secreto para trabajar aquí?
—La paciencia. A veces suceden cositas, como que los jóvenes por A o B motivo le dicen cosas a uno, pero uno se acostumbra. No necesariamente por un apodo uno se va a enojar. Uno tiene que adaptarse al tipo de lugar.

De la nada, una cabeza juvenil que se asoma por una ventana enrejada.

—Nati, regalame una pastilla pa’la cabeza, porfa.

Don Nati es un hombre curtido. Su bachillerato en Salud lo obtuvo en 1988, y comenzó como camillero de combate en el Batallón de Sanidad Militar, en plena guerra civil. Trabajó luego diez años en el Seguro Social, se fue mojado a Nueva Orleans, regresó a los dos años, y trabajó después para el ministerio y en una clínica privada, hasta que salió la plaza en Sendero de Libertad. Aquí hace casi de todo: regala pastillas para la goma, cose carnes abiertas, drena la pus de los diviesos, inyecta, atiende traumatismos y politraumatismos, trata la picazón de la escabiosis, imparte charlas sobre higiene personal, sana los cortes que deja el razor criminal…

—Me ha tocado incluso llevar pacientes al Psiquiátrico por tanta droga que consumen –dice.

También ve las infecciones por los tatuajes hechos con máquinas caseras.

De la nada, frente a la otra ventana enrejada pasa otro joven que, suponiendo a don Nati en la soledad, grita con ganas: “¿Qué ondas, pequeña xxxxx?”. No alcanzo a entender la última palabra, pero resulta evidente la voluntad de la humillación. El joven se aleja riendo una risa cavernosa. Don Nati me mira con pena. Yo hago como que no he escuchado nada.

Escenas similares ocurrirán más veces con más empleados. El respeto a la autoridad, a la edad, siquiera a la persona que algún día te puede sacar de un aprieto, no está muy extendido en Sendero de Libertad.

***

La arquitectura jurídica salvadoreña en materia juvenil está llena de artículos y numerales muy rehabilitadores, muy primermundistas todos. Pero no se hacen cumplir. Es más, parece que a casi nadie le importa su incumplimiento. Digamos: el 27 de la Constitución, el literal c) del 37 de la Convención sobre los Derechos del Niño, el 119 y el 127 de la Ley Penal Juvenil, el 17 y el 18 del Reglamento General de los Centros de Internamiento para Menores Infractores, el 31 y el 33 del Reglamento de las Naciones Unidas para la Protección de los Menores Privados de Libertad y etcétera y etcétera y etcétera.

Alguien sentado frente a una computadora, en un despacho bien acondicionado de San Salvador, Beijing o Riad, escribe que en lugares como Sendero de Libertad “la escolarización, la capacitación profesional y la recreación serán obligatorias”, pero es al docente, al orientador o al instructor de talleres al que toca explicárselo a unos niños con acceso a drogas, a alcohol y criados bajo una rígida estructura pandilleril.

“Yo no puedo obligarlos a ir a la escuela a la fuerza. Decirles: ¡vayan! Me los echaría de enemigos”, se sincera un profesor del Centro Escolar Sendero de Libertad, ubicado dentro de las instalaciones. De los quince matriculados en los grados que él atiende, solo siete asisten con regularidad, y hay días que da la clase solo para tres.

Los políticos, los opinadores, los periodistas nos escandalizamos –algunos, otros ni eso– cuando una fuga masiva, cuando un motín sangriento, pero asumimos con naturalidad las limitaciones presupuestarias, la desidia, la violación de derechos. En la actualidad, incluso después de la reforma que aumentó la pena máxima a 15 años de encierro, un niño que a los 17 cometiera mil y una barrabasadas recuperaría su libertad, lo más, con 32 años. Aunque solo fuera por puro egoísmo, a la sociedad salvadoreña debería interesarle su rehabilitación.

***

Los 11 de septiembre son y serán días de onomásticas sonadas. En el de 2011 se cumplieron diez años de los ataques a las Torres Gemelas en Nueva York, en Santiago de Chile conmemoraron 38 del magnicidio de Salvador Allende, y en la India se acordaron del 105 aniversario del inicio de la resistencia no violenta de Mahatma Gandhi. Sendero de Libertad también quiso celebrar el primer aniversario de su propio 11-S, y para recordar una fecha que ni los involucrados recordaban ya, el ISNA organizó un culto de agradecimiento a Dios, bajo el argumento de que se cumplían doce meses sin muertes. Toda una novedad.

Ese domingo amaneció fresco y luminoso en Ilobasco. Temprano, un grupo de hermanos de la Iglesia de Restauración Elohim llegó para acondicionar el salón de usos múltiples y para instalar el poderoso equipo de sonido y los instrumentos. Formaron la palabra JESÚS con vejigas de colores, desplegaron y alinearon medio centenar de sillas plásticas, y lograron un imposible: dar calidez a un local tan deteriorado que costaba creer que sirviera para algo más que para dar sombra. Mientras adecentaban el local, el subdirector de Inserción Social del ISNA, Israel Figueroa, y el director del centro, Hugo Castillo, visitaron la Exbodega.

—Miren, en primer lugar, quiero felicitarlos –les dijo Figueroa–. Este año he visto una gran diferencia: ahora estamos luchando por la vida, no por la muerte. ¡Eso ya se acabó! Y lo menos que podemos hacer es dar gracias a Dios. ¿Estamos de acuerdo, jóvenes?

Un año da para mucho. En un país en el que la atrocidad se ha naturalizado, la batalla del 11-S no había tenido impacto en la agenda mediática –media página en El Diario de Hoy y una triste columna en La Prensa Gráfica, sin seguimiento–, pero el ISNA removió al director y aprovechó la ola para trasladar a todos los pandilleros de la MS-13 a Tonacatepeque. Transcurrida una década desde que se planteara y quedara por escrito esa voluntad, Sendero de Libertad al fin se convirtió en un reclusorio exclusivo para ex pandilleros y civiles. No por ello cesó la violencia. Nada más alejado de la realidad.

La ausencia de la Mara Salvatrucha, el enemigo común, acentuó las tensiones internas. Un crisol de grupitos comenzó a disputarse el mercado de drogas, y esporádicamente siguen estallando revueltas para asumir el liderazgo. Con el Sector 2 en ruinas, los ataques entre internos obligaron a crear la Exbodega primero y a cambiar la función de la Portería después. Ante la pasividad del Estado, en Sendero de Libertad sigue habiendo extorsiones, violaciones, castigos salvajes, torturas y tatuajes-sentencia en contra de la voluntad. Unos jóvenes contra otros.

Hay además otro tipo de violencia que, visto lo visto, podría considerarse de baja intensidad, pero que ha calado en el diario vivir. Es la violencia que los cuadrados (así llaman a los que tienen condena firme y algún tipo de liderazgo) ejercen contra los provisionales.

Un viernes de septiembre ingresé en el Sector 1 junto a Pedro Gutiérrez, el coordinador de orientadores, justo cuando se repartía el almuerzo.

—A los nuevos les prohíben hasta hablar con nosotros si no hay un definitivo cerca –me dijo.

La entrega de alimentos es como en las cárceles: se dan bandejas llenas de comida –buena, muy buena comida, créanme– a un responsable por cada habitación, para que ellos la repartan. Pero a cada uno de los provisionales, para intentar garantizar que coman, se la ofrecen en mano, sin intermediarios, y cuando los cuadrados están saciados.

Cuando entré con Pedro, una hilera de niños esperaba su ración. A unos metros, dos cuadrados reían y tiraban puñadas del arroz que les había sobrado –casi siempre sobra– sobre los provisionales, que se limitaban a sacudirse resignados los granos del pelo.

—Deje de hacer eso a los cipotes ya, niño –dijo Pedro a uno de ellos.
—Cálmese, Píter. Estamos dando alegría a los vatos, les estamos felicitando –respondió uno de ellos sin dejar de tirar arroz, la risa acentuando cada palabra.
—No –trató de razonar Pedro–, pero eso se hace en la iglesia, cuando alguien se casa. No aquí.
—…
—Bueno –se rindió Pedro–, ustedes saben lo que hacen…
—Sííííííí… El Píter, ¿va?

Salvo que esté apadrinado por un cuadrado, a un nuevo le toca, en el mejor de los casos, aguantar vejámenes con resignación, lavar la ropa y hacer la limpieza. Pero es una violencia de baja intensidad a la que poco le cuesta saltar a la categoría de torturas. Dicen que se ha calmado tantito, pero las bromas habituales en Sendero de Libertad van desde revolcadas en el fango hasta ser metido en un barril y rodado por una pendiente. Un día que entré en la Exbodega había en la puerta del baño un folio escrito a mano que en otro contexto sonaría a niñería, pero que aquí no lo es. Decía: “El que arruine la puerta le va a tokar Batukada (hasta que el cuerpo aguante)”. Otro día que pude hablar largo y calmado con uno de los cuadrados del Sector 1 le conté el incidente del arroz.

—Pero eso no es nada. Aquí se bromea bien pesado. Si uno no se pone vivo, le cae una gran pedrada a uno. Yo estuve un tiempo en esas cosas, pero ya no…
—¿Y los orientadores qué hacen cuando ocurre eso?
—¿Y ellos qué van a hacer?

La violencia en el reclusorio ha devaluado tanto la figura del orientador que uno de ellos me llegó a decir que en la práctica se han convertido en los choleros de los niños. Son los que salen a comprarles las sodas de dos litros a la tienda que hay en la entrada y poco más, me dijo.

En estas condiciones, quizá sí era necesario el culto de agradecimiento a Dios por doce meses sin muertos.

Paulino se paró detrás del atril, frente a no más de 30 bróderes, y comenzó con la oración de bienvenida.

—Muy buenos días, hermanos, que la paz del Señor esté con ustedes. En esta mañana muy importante, muy especial y sobre todo muy confortante, necesitamos… ambientes diferentes, necesitamos personas diferentes, y los ambientes y las personas diferentes siempre son obra del Señor, porque él está ahí. Para Dios no hay nada imposible, nada…

El culto duró más de hora y media. Después, Figueroa se desplazó hasta el Sector 1, juntó a un buen número de jóvenes por unos minutos, y también los felicitó por su buen comportamiento desde el 11-S.

***

Hoy es el último martes de octubre, y esta tarde de cielos limpios es aún más calurosa dentro de la bodega enrejada de los víveres que el Estado compra para los muchachos. Sobre una larga mesa de madera en el cuarto de los refrigeradores –dos refrigeradores y dos congeladores llenos de carnes variadas, quesos, embutidos y cremas– hay un gran recipiente metálico, semiesférico y semilleno de semillas oscuras.

—Mire lo que tenemos aquí –dice Noé, la satisfacción impregnada en cada una de sus palabras–. ¿Sabe qué es? Es cacao, para hacerles chocolate. Les encanta, con leche y puro también.

La semilla de cacao sabe amarga.

Noé Alvarado tiene 24 años, es técnico en Gastronomía y se encarga no solo de que el menú sea idóneo en sabores, texturas y nutrientes, sino también de todo lo administrativo-financiero en la cocina. Ecónomo, le dicen a lo que él hace. No cualquiera puede serlo. Noé se graduó en diciembre de 2009 en la Escuela Especializada en Ingeniería ITCA-FEPADE, y antes trabajó como encargado de cocina en un concurrido restorán llamado La Bodeguita del Cerdito.

—Creo que comen mejor aquí que afuera. Dos veces al mes tengo que darles lonja, ¿y cuánto vale la libra de lonja? Ni en mi familia teníamos eso garantizado cuando yo estaba chiquito. Pero cuesta que comprendan… Quiero hacerles entender que coman vegetales, pero algunos no quieren, y más de uno hasta me ha ofendido alguna vez, aunque en general tengo buena comunicación. Son más los que lo aprecian a uno.
—Para esta noche, ¿qué están preparándoles?
—Vamos a ver…

Noé da un par de pasos y se asoma a la cocina, donde tres de sus subordinados preparan la cena. Unas hojas escritas a mano y pegadas en la pared explicitan el menú de toda la semana. Lee.

—Hoy cenarán plátano frito, casamiento, crema y pan francés. Y para desayuno les dejamos huevo duro con tomatada, frijolitos guisados, queso, dos franceses y la bebida: café con leche. Ah, y siempre se les da un pan dulce.
—¿Cuál es la comida que más les gusta?
—Para el almuerzo… carne a la plancha. Y en la cena, cuando hacemos hamburguesas, hot-dog o sándwich. Les encanta.

A Noé le encanta su trabajo. Me encanta mi trabajo, dice. Su padre no quería que estudiara cocina, lo veía poco apropiado, pero un hermano mayor lo apoyó. Noé es el séptimo de once, y el suyo fue un hogar en el que nunca sobró el dinero, pero en el que todos lograron el cartón de bachiller. La clave, dice convencido, es la familia. Si la familia funciona, la sociedad funciona.

—Casi todos los jóvenes vienen de familias desintegradas. Aquí hay de todo, pero muchos delinquen porque no tienen qué comer o para ayudar a la mamá. Por eso digo: si cometieron un error, tienen derecho a una segunda oportunidad. Si todos fuéramos juzgados por los errores que cometemos, todos estuviéramos presos.

Noé resultará el más optimista entre todas las personas con las que hable en Sendero de Libertad, quizá porque es de los que menos tiempo lleva.

***

Hugo Castillo, la persona que asumió después del 11-S, es el director más atípico que ha tenido Sendero de Libertad. En términos futbolísticos sería un canterano, alguien de las categorías inferiores que se cuela en el primer equipo. Comenzó como orientador en diciembre de 1997, con 23 años, y subió todos los peldaños hasta convertirse en la máxima autoridad, un hecho sin precedentes. Mi universidad es acá, dice el director Castillo, quien también sigue viéndose –y actuando– como un orientador. Igual que Paulino.

—Es que aquí todos deberíamos ser orientadores, todos deberíamos orientar a los muchachos para que tuvieran una actitud positiva –dice un jueves de agosto en su modesto despacho, recalentado porque se ha ido la energía eléctrica y no funciona el ventilador–. Orientar debería ser una actitud, pero muchas veces nos vienen profesionales en equis carrera y se enfrascan en eso, en querer los casos ya, concretos. Yo soy licenciado y traeme el caso, dicen, pero algunos ni se acercan a platicar con los muchachos.

Por su personalidad –introvertido, poco confrontativo–, pero sobre todo por su cargo, al director Castillo le toca ser optimista. Dirige un centro ruinoso, donde a veces no hay ni para comprar una pelota o un chorro, pero prefiere ver el vaso medio lleno. Habla de cambios positivos en la actual administración del ISNA. Ahora ya nos tratan como parte de la institución, dice. Pero tres lustros viendo desde primera fila el enquistamiento no pasan en vano.

—Si un joven se deja ayudar, dos años son suficientes. El problema es que no se trata solo del joven: muchas veces la familia influye negativamente y el mismo ambiente en los centros de internamiento no es el más adecuado para tomar decisiones.

El director Castillo tiene un hijo de 13 años. Le cuesta concebir que pudieran encerrárselo en un lugar como el que él dirige.

—Muchos dicen que la ley es demasiado garantista, pero cuando yo veo a mi niño… No me lo imagino en Sendero de Libertad, y todos estamos expuestos a eso. Yo eso le digo a la gente para hacer conciencia: si su hijo estuviera en un problema, ¿le gustaría que pasara detenido 15 años?

***

—Yo siento que la sociedad salvadoreña no cree en la juventud –dice Colette.

En unas horas noviembre de 2011 será pasado y en la pantalla de la computadora sonríe Colette Hellenkamp: 28 años, estadounidense, trabajadora social, voluntaria años ha en Cristianos por la Paz, una oenegé que durante 2006 y 2007 mantuvo un esmerado programa juvenil en Sendero de Libertad. Colette viajó docenas de veces de San Salvador a Ilobasco para trabajar con un grupito de niños infractores seleccionados por la dirección. En un plano personal, la experiencia fue muy enriquecedora, dice, pero no terminó de convencerla la dinámica interna. La desidia.

—Las personas que trabajan en lugares así, si realmente quieren ayudar, tienen que crear relaciones con los jóvenes, generar confianza. ¡Confianza! Hay que ir adonde están ellos, apoyarlos en sus problemas, ayudarlos… conocerlos bien, pues… como seres humanos que son.

Seres humanos que son, dice.

***

Hay tantos informes sobre Sendero de Libertad que con sus páginas se podría empapelar el Palacio Nacional.

A las instituciones y a las oenegés parece que les gusta evaluar diagnosticar radiografiar. Tan solo en los últimos tres años, la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, la oenegé Fundación de Estudios para la Aplicación del Derecho (FESPAD), la Unidad de Justicia Juvenil de la Corte Suprema de Justicia y hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos han evaluado el reclusorio y redactado el respectivo mamotreto. Pero todos esos estudios pecan de superficialidad: se centran en cifras y en opiniones, no en dinámicas.

Paulino redactó hace unos meses, sin que nadie se lo pidiera, un remedo de ensayo en el que recoge una idea muy entendida entre los empleados de Sendero de Libertad. Más allá de clasificaciones por edad, sexo, pandilla o condición jurídica –repiten los que más de cerca viven el problema–, los jóvenes infractores se dividen en dos grandes grupos: los que quieren reinsertarse y los que no quieren.

—El Estado debería separarlos e invertir el grueso de sus recursos en los que quieren –me dijo Paulino con paradójico entusiasmo–, con un sistema de atarraya y de pesca para halar a los que en principio no quieren y pasarlos a los centros en los que estén los que quieren.

Quizá funcionaría, quizá no. Pero me sorprendió encontrar, después de haber leído tanto informe oenegero-institucional, una propuesta concreta, novedosa, medible. Nunca es tarde para recomponer las cosas, me había dicho Paulino cuando nos conocimos. En otra ocasión, mientras veíamos sentados sobre la grama la final de un torneo interno de fútbol rápido, a Paulino se le desató la vena filosófica, como tan seguido le sucede.

—Yo esto de la violencia lo comparo con el cáncer. No sabemos a las cabales cómo ni por qué se origina, pero se tiene un tratamiento relativamente efectivo: la quimioterapia. ¿Por qué entonces en El Salvador se pierde tanto tiempo y dinero investigando de dónde viene la violencia, cómo surgió, en lugar de esforzarnos en aminorarla? Es triste… es triste ver cuántos jóvenes están muriendo por gusto.

Las palabras pesan, el eco silencioso ensordece.

***

El último día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, el custodio de los de la Portería se me acerca, mesurado.

—Está más calmado hoy aquí. Nueve tenemos nomás. Ayer trasladaron a cinco para Tonacatepeque. Descubrieron a tiempo que eran de la Mara.

***

Jueza impone diez años de internamiento a menor

San Salvador, 11 de noviembre 2011 (Interjust). El Juzgado 3º de Menores impuso la medida definitiva de diez años de internamiento contra un adolescente de 17 años, procesado por homicidio agravado en perjuicio de David González, de 32. La jueza, Yanira Herrera, luego de haber establecido la agravante de la premeditación, impuso la  medida. El imputado continuará en el Centro de Internamiento “Sendero de Libertad”, en Ilobasco, departamento de Cabañas. Según datos del proceso, el homicidio se registró a la 1:20 p.m. del pasado 18 de julio en la zona  donde se comercializan “tortas mejicanas”, en el parque “Hula-Hula” de San Salvador. La víctima ya había abordado su vehículo cuando el menor le disparó. El móvil del hecho no fue clarificado. En el hecho fueron capturados en flagrancia el acusado y un vigilante del lugar. Asimismo no se logró establecer si el menor perteneciera a pandilla alguna. El proceso pasará a la orden del Juzgado 2º de Ejecución de Medidas.

***

La Convención sobre los Derechos del Niño, en su artículo 40, obliga a los estados firmantes a dar prioridad a las “medidas alternativas a la internación”. A Naciones Unidas no le excita la idea de encerrar menores, y ese criterio lo aplica parejo a sociedades tan dispares como la suiza, la china o la salvadoreña.

El Salvador ratificó la Convención en julio de 1990, y en el plano jurídico la intención de respetarla es incuestionable. En la Ley Penal Juvenil vigente la privación de libertad se define como excepcional y se explicita que será “por el menor tiempo posible”. La Política Nacional de Juventud 2011-2024, elaborada durante el Gobierno del presidente Mauricio Funes, tiene entre sus metas a corto plazo “ampliar en un 30% las medidas alternativas a la privación de libertad”. En otras palabras: El Salvador se ha comprometido a priorizar las amonestaciones orales, los servicios a la comunidad y la libertad asistida para jóvenes como los de Sendero de Libertad.

El representante en el país de Unicef es un puertorriqueño llamado Gordon Jonathan Lewis. Cuando solicité hablar con él, creí que se atrincheraría en la defensa de la Convención y de los otros cuerpos normativos apadrinados por Naciones Unidas, como las Reglas de Beijing o las Directrices de Riad. Sin embargo, el escenario que planteó fue mucho menos radical, e incluso sugirió que, siempre que se respeten los principios rectores, El Salvador debería buscar su propio modelo para abordar la violencia juvenil.

—Esto no es negro o blanco; existe la posibilidad de que un Estado tome medidas que incluso contraríen reglas y directrices, solo que ante el Comité de los Derechos del Niño hay que justificar que responden a una realidad en el terreno, después de una evaluación rigurosa y sostenida. Pero en El Salvador hay una serie de realidades a las cuales tenemos que responder.

Lewis se refería, obvio, a las maras.

—El problema en El Salvador –dijo– es que estamos buscando soluciones inmediatas a problemas estructurales. Pero, ¿cuál es el problema de fondo aquí? Que tenemos un modelo económico y productivo que fomenta la desintegración familiar y el debilitamiento de las estructuras comunitarias.

Dos décadas después de la ratificación de la Convención, El Salvador tiene una arquitectura jurídica que poco difiere de la suiza, pero hablar de cambios en el modelo económico y productivo sigue sonando a chino.

***

En Sendero de Libertad cualquier día, a cualquier hora, por cualquier motivo puede haber un linchamiento, una pelea entre bandos o un amotinamiento. O todo a la vez.

—Aquí mucho depende del estado de ánimo de los jóvenes –me dijo una vez Paulino.

En el fin de semana del 8 y 9 de octubre los jueces remitieron a cinco niños. Pasaron sus primeras noches en los módulos tercermundistas de la Portería –el procedimiento habitual con los recién llegados–, y el lunes en la tarde, después de que el psicólogo y los orientadores se convencieron de que no eran pandilleros, los llevaron al Sector 1. Allí los esperaban 120 jóvenes con el verdadero examen de admisión.

Hubo suerte dispar en los interrogatorios. A uno le compraron que era civil y se quedó en la Casa 6, la de los provisionales. Otros dos salieron relativamente bien librados: nomás los zarandearon, les dieron pescozones y los expulsaron del sector el mismo lunes, por la sospecha. Los últimos dos, una pareja de primos detenidos por extorsión y venidos desde Nueva Concepción, en Chalatenango, no pasaron el examen. Pero ese día ahí quedó todo.

—A un recién llegado lo entrevistan orientadores y psicólogos. ¿Qué hacen ustedes para concluir lo contrario que ellos? –pregunté otro día a un ex de la MS del Sector 1.
—¡Es que ellos solos se descosen! A las personas se les conoce por el hablado, por cómo caminan, por dónde viven… Y aquí activos sí que no queremos.
—Pero vienen sin tatuajes ni marcas, ¿cómo saben si están brincados?
—Es que no es que sea brincado o no. Media vez una persona anda en esto, ya estuvo. Mire, el deschongue del año pasado fue porque de años dejaron entrar activos que decían que no, que yo tranquilo, y muchos hasta bróderes se hicieron para mientras, ¿y qué pasó? Hicieron su grupito, levantaron ala, y terminaron quedándose con el Sector 2. Y por eso reventó esto.

Visto así, tatuar una sentencia de muerte en forma de dos letras tachadas no deja de ser un macabro mecanismo de defensa.

Quizá eso les esperaba a los primos de Nueva Concepción. Como si lo supieran, pasaron todo el martes 11 de octubre pegados al portón de acceso al sector. Poco antes de las tres y media de la tarde, la turba se les fue encima e inició el ritual del linchamiento. Esta vez el inconfundible sonido de unos balazos se apoderó de todo el reclusorio.

En Sendero de Libertad, la seguridad perimetral la brindan custodios de la Dirección General de Centro Penales y fuera de las instalaciones hay un mínimo contingente de militares. Cuando el linchamiento inició, fue el custodio del garitón de vigilancia el que disparó su arma al aire en repetidas ocasiones. Lejos de replegarse o tirarse cuerpo a tierra, los jóvenes la emprendieron a pedradas contra el garitón y obligaron al custodio a parapetarse. El linchamiento no se interrumpió. Un soldado de la entrada, al escuchar la bulla, también disparó su fusil de asalto.

—Si no dejan de disparar esos cerotes, vamos a topar el centro –gritó altanero el más influyente de los líderes del sector.

Un orientador se la jugó. Entró, cargó al menor que estaba más a mano y lo sacó. Al otro le fue peor. Inconsciente, tuvo que esperar a que Pedro y Paulino llegaran desde el edificio de la Dirección. Pedro lo cargó en brazos como pudo, y se lo llevaron de urgencia a un hospital. El bicho estaba  desconectado, me dijo un menor. Le habían abierto la cabeza con una barra de hierro.

—Sin esos disparos, lo hubieran matado –me dijo Pedro días después.

Al joven que amenazó con topar el centro lo llamaremos el Pincha. Es un ex de la MS con condena de siete años y al que me presentaron como alguien “de choque”. Su nombre apareció en incontables conversaciones durante cuatro meses. Para bien o para mal, daba la impresión de que en Sendero de Libertad nada se movía sin que el Pincha diera su aval. Un día aparecía corvo en mano encabezando una turba, otro pidiendo a las autoridades que le permitieran formar un equipo de fútbol. Un día estaba quebrando focos y pidiendo la cabeza del orientador que reportó ante el juez una fracción de sus desmanes, otro en un refugio para damnificados por las lluvias, al frente de la delegación de menores infractores que donó sus 120 almuerzos.

—Desde el momento que atraviesas la puerta y pones un pie aquí adentro, entras en un mundo diferente a todos. Estos jóvenes son únicos, y este lugar es maravilloso para conocer el género humano –me había advertido Paulino tiempo atrás.

Mes y medio después de los linchamientos del 11 de octubre, el problemático, ultraviolento y contradictorio Pincha recuperó la libertad.

—Uf, al fin se fueron los problemas del Sector 1… –me confesó uno de los orientadores.

Los problemas regresaron a las calles.

Los internos llaman a ese lugar Zacatillo, como la isla del Golfo de Fonseca en la que allá en 1915 se levantó un pequeño Alcatraz. En la cárcel de Mariona hay otras zonas de aislamiento, pero ninguna con el negro prestigio de esta, a la que las autoridades llaman con neutralidad “el sector 4”. En los años 90, esos tiempos en los que los cadáveres de presos ajusticiados en motines se amontonaban a las puertas de Mariona cada día, aquí se encerraba a quien había matado involuntariamente a alguien en un accidente de tránsito, para protegerlo del lado más salvaje de la cárcel. Ahora Zacatillo es un pozo al que se echa a los reos peligrosos, a los que no deben convivir con nadie más porque causan desórdenes y constantemente buscan pelea. Zacatillo es una cárcel dentro de una cárcel y alberga a hombres que en teoría deben estar alejados incluso entre ellos, aunque desde hace tiempo se amontonen cinco o siete en cada pequeña celda de dos camastros.

Es un jueves de octubre de 2011 y en Zacatillo las iniciales MD están por todas partes. Es imposible no verlas. Es como si un niño travieso hubiera jugado día tras día a estamparlas con pintura negra o con alguna cuchilla en las paredes sucias.

Alrededor de su minúsculo patio triangular, los muros del pasillo y de casi todas las celdas del sector 4 están cubiertas por grafitos. Algunos no tienen significado más que para quien los hizo: nombres, fechas, dibujos. Otros, al igual que sucede en las calles en las zonas que controla alguna pandilla, están dirigidos a todo el que los ve y son edictos, advertencias que convierten las paredes en las nuevas tablas de los mandamientos. El primero es una rigurosa trinidad que en la cárcel te mantiene vivo, como el oxígeno: “Ver, oír y callar”.

Ya digo que las siglas MD se repiten en todas las paredes, y cuesta creer que no signifiquen algo de gravedad. En la celda 6, junto a la cabecera del camarote de arriba, hay una pequeña M y una D separadas por puntos. Pregunto por esas letras a un preso alto y despeinado que sale de esa celda y me miente:

—No significan nada… Son cosas que pone la gente. Ya estaban ahí cuando yo llegué.
—¿Y esas otras?

Señalo un enorme MD que ocupa toda una pared, en el pasillo, encima de otro grafito mucho más comprensible, de un metro y medio de ancho, en el que se lee “100% TRASLADADOS”. Confío en que no va a ser capaz de responderme con otra nada. La importancia de esas siglas es demasiado evidente. Mariona es una cárcel de “civiles” -se supone que aquí no hay pandilleros- y los Trasladados son una de las bandas carcelarias de civiles más poderosas y sanguinarias del país. Nadie en su sano juicio pondría por capricho unas enormes letras vacías justo encima de una marca territorial de los Trasladados. En las calles y en la cárcel, donde exhibir autoridad es una herramienta esencial de supervivencia, eso se consideraría un desafío, un insulto. Y los insultos en la cárcel se pagan muy caro.

—Nada. No significan nada -me repite.

Inútil insistir. Me alejo y entablo conversación con otro preso, bajo y robusto, que resulta ser más hablador o tener más afán de protagonismo. Charlamos de las condiciones carcelarias, de las rutinas de Zacatillo. De repente se interrumpe y me pregunta si noto un olor extraño. “A sangre”, dice. Supongo que trata de impresionarme.

—Es porque anoche trataron de matar a un compañero aquí mismo, en ese camarote. Lo acuchillaron.
—¿Quién?
—Un loco que ahorita está en el hospital. Entre todos le dimos una buena penqueada.
—¿Y por qué atacó a tu compañero?
—Porque está loco.
—Ya, claro…

Aprovecho para preguntarle por esas siglas extrañas de las que parece prohibido hablar. El hombre duda, pero con un gesto me propone entrar a su celda. Allí, espera a que salga uno de sus compañeros y baja la voz:

—Es lo que les obligan a tatuarse a los de La Raza cuando se pasan a Los Trasladados.
—¿Y qué significa?
—Mara Desvergue.

***

A comienzos de los 90, recién firmados los acuerdos de paz, la mayoría de penales de El Salvador eran un ir y venir de pequeñas bandas y de efímeros líderes carcelarios que dormían con el corvo en la mano a la espera de que algún ambicioso tratara de destronarlos. De muros para adentro reinaban presos civiles, y los jóvenes mareros locales de la MZ, la Mao Mao o la Gallo, que no inspiraban más temor que cualquier delincuente común, trataban de pasar inadvertidos. Los primeros pandilleros deportados de la MS o la 18 eran hombres solitarios, anónimos y todavía sin poder en los patios. Los últimos presos vinculados a la guerrilla del FMLN, a los que aún se llamaba “los políticos” aunque muchos estuvieran entre rejas por cometer delitos comunes, gozaban de respeto entre el resto de internos, porque se sabía que en la libre tenían amigos que, con armas o ahora desde la política, podían responder por ellos o cobrar sus cuentas pendientes.

La cárcel de San Francisco Gotera estaba considerada un centro de máxima seguridad y tenía fama de recibir a reos problemáticos de todo el país, y los más violentos allí, en 1993, eran migueleños: los hombres de la banda de El Ruco. La memoria carcelaria, que es colectiva y se recita en los principales penales del país, ha olvidado el nombre de El Ruco, pero recuerda de él que era corpulento y había tenido entrenamiento militar. Presumía ante el resto de tener un pacto con el Diablo, y gobernaba Gotera como un demonio. Con un pequeño ejército de 30 hombres armados aplicaba impuestos, robaba impunemente a los recién llegados y sometía con violencia cualquier intento por organizarse en su contra. Los informes de trabajadores sociales de la época denuncian que El Ruco y su banda cometían constantes abusos sexuales contra aquellos que no se plegaban a su autoridad. En los días de visita, llegaron a violar a las madres o esposas de otros internos.

Entre los sometidos al yugo de El Ruco y sus migueleños estaba un grupo de presos llegados desde Mariona, la cárcel de la capital, y comandados por un ladrón de apellido Salamanca. A esos capitalinos, que se creían más duros que el resto y que tras su llegada cometieron pequeños robos entre la población interna, El Ruco y sus hombres -gentes de campo la mayoría-, los trataron como a la mala hierba y como castigo les golpearon y vejaron a diario durante meses. Hasta que en mayo la semilla de odio que El Ruco había sembrado por todo el penal germinó.

Una tarde, liderados por Salamanca, varias decenas de presos unidos por una enemistad común derribaron los muros internos que separaban los sectores de la cárcel y por primera vez atacaron a El Ruco y sus hombres, que se defendieron con piedras y armas hechizas. Esa vez no hubo muertos, pero El Ruco fue trasladado al penal de San Vicente y sus 30 soldados recluidos, para su propia protección, en celdas de aislamiento. El resto de presos había decretado sentencia de muerte contra ellos.

El 29 y 30 de octubre hubo un nuevo motín y perdieron la vida tres de los hombres de El Ruco. Al resto les tocó esperar, con la certeza de que también morirían, hasta que Salamanca consumara su venganza definitiva el 18 de noviembre.

Ese jueves, armados con corvos hechizos y con el rostro cubierto, Salamanca y su gente volvieron a recorrer el penal determinados a llevar al juicio final a quienes habían sido sus jueces. Acuchillaron, mutilaron y decapitaron. Para la macabra leyenda carcelaria del país quedará siempre el hecho de que que los verdugos acabaron jugando al fútbol con la cabeza de una de sus víctimas.

En aquel baile de cuchilleros encapuchados los hombres más cercanos a Salamanca, para reconocerse, gritaban una clave de dos letras, MD, que su jefe había ideado. Esa contraseña y su significado, Mara Desvergue, se convirtió con los años en un rasgo más de su identidad. Aunque esa banda carcelaria que nació sobre los cadáveres de 30 personas acuchilladas se la ha conocido más, durante años, como Los Trasladados.

El gobierno de Alfredo Cristiani, inmerso de lleno en la preparación de las elecciones presidenciales que se celebrarían cuatro meses después y con un delicado informe que una Comisión de la Verdad elaboró sobre los crímenes cometidos durante la guerra civil recién terminada, respondió a la masacre de Gotera dispersando por otros penales a Salamanca y sus hombres, identificados como cabecillas del motín. Estos no tardaron en ganar adeptos allí donde llegaron y entre enero y febrero organizaron tres motines en los penales de Sensuntepeque y Santa Ana que terminaron con siete muertes. Los Trasladados acrecentaban su leyenda y su estela de miedo y respeto.

Hasta que las autoridades de Centros Penales, en un intento por frenar la epidemia de amotinamientos, decidieron concentrar a todos los agitadores en un único lugar; el mismo del que menos un año antes habían salido: La Esperanza, de Mariona. Corría marzo de 1994.

El Ruco, encerrado en el penal de San Vicente, recibió las noticias de lo sucedido con sus hombres y del contagio de la violencia a otros penales. Supo también que Salamanca y su gente habían regresado a Mariona. Por eso, cuando semanas después recibió la notificación de que él también sería trasladado allí, supo lo que le esperaba. Antes de morir a manos de un asesino que no fuera él, se ahorcó en su celda de aislamiento.

***

Era cuestión de tiempo. En la zona de Penados del sector 3 de Mariona, donde compartían celda los internos con más años de condena y más autoridad en la prisión, las discusiones sobre cómo acabar con la tiranía de Salamanca empezaban a generar fricciones entre los que reclamaban prudencia y aquellos que querían resolver la crisis por las armas. Desde su llegada, Los Trasladados habían instaurado un régimen de terror, aupados en el poder que les daba el rastro de sangre de los motines de inicio de año. Extorsionaban a otros internos y les aplicaban castigos arbitrarios más brutales aun que los que ellos habían sufrido en sus tiempos de sometimiento en Gotera. A diario salían de Mariona cadáveres mutilados o quemados. La tensión era tal que en cinco meses desertaron Mariona 27 custodios, huyendo de amenazas o de la certeza de que el penal iba a estallarles en la cara. Salamanca se había desbocado, actuaba como un tirano, y los presos que en los últimos años habían dirigido esa cárcel, agrupados en torno de hombres que ahora son mitos carcelarios, como Trejo, Posada o Guandique, se sentían relegados y ultrajados.

Pero no fueron ellos quienes derribaron a Salamanca. La tarde del 18 de agosto de 1994, en el taller de carpintería, dos internos que trataban de robar unos botes de thinner creyeron que un custodio les había visto. No era así, pero los presos estaban drogados y los nervios se les convirtieron en paranoia. Sin medir consecuencias, uno de ellos se lanzó contra el vigilante y lo macheteó hasta matarlo. Aquello fue la mecha que necesitaba el polvorín creado por Salamanca. La noticia llegó en pocos minutos a los sectores y los reos comenzaron a armarse para lo que pensaban que sería una batalla campal.

En realidad fue una cacería, que duró hasta la mañana del día 19. Varios internos que estuvieron en Mariona aquella larga noche aseguran que los custodios, con el aval de las autoridades del penal, irrumpieron en los patios disparando con el objetivo medido de matar a los hombres de Salamanca. Los buscaron, los hallaron y los asesinaron. Unos reportes hablan de 13 muertos, 12 internos y un custodio. Otros de hasta 20, la mayoría baleados. Un reo con respeto en los patios por aquellos días y que años después ha vuelto a caer preso, cuenta que a El Puro, uno de los hombres de Salamanca que había estado con él en Gotera, los custodios lo ejecutaron con un G-3 en un pasillo, en el lugar que hoy ocupa el despacho del subdirector de seguridad. A Salamanca lo capturaron vivo en el sector 1 cuando se le acabaron las balas del revólver que usaba y lo llevaron esposado hasta la zona de audiencias, a un salón de visitas conocido como “el de 10 minutos”. En todo Mariona se escucharon los disparos que lo mataron. Un interno del sector 2, que estaba allí aquel día, aferrado a un corvo temiendo lo que seguiría, completa el relato:

—Después de ejecutar a Salamanca, juntaron a todos los muertos y los picaron.
—¿Quiénes?
—Las autoridades.
—Pero, ¿por qué?
—Para decir después que los habían matado a machetazos otros internos.

Al día siguiente, mientras los medios de comunicación daban la noticia de lo que oficialmente fue un motin carcelario -¿qué vale la palabra de un reo frente a la de un custodio?-, las autoridades trasladaron a las bartolinas de la antigua Policía Nacional, en San Salvador, a 104 reos a los que identificaron como parte de la estructura de Salamanca. Unos lo eran; otros no, pero desde ese momento se convirtieron a la fuerza en miembros de la banda.

En los sótanos de la Policía Nacional estuvieron hasta octubre, cuando fueron llevados al penal de Cojutepeque, en aquel entonces considerado de máxima seguridad. Durante meses, allí se les sometió a la tortura de obligarles a hacer ejercicios físicos durante la madrugada mientras se les arrojaba agua helada. Muchos contrajeron tuberculosis, pero sobrevivieron. Y sobrevivió su identidad como grupo. 18 años después, la banda ha crecido y hay miembros de Los Trasladados en todos los penales de civiles del país. Pero nunca han vuelto a cobrar fuerza de Mariona.

***

A El Racero le gusta vestir bien. De hecho, hoy lo hace muchísimo mejor que yo, que hoy he venido a la cárcel con tenis gastados y una vulgar camiseta. Él luce zapatillas de un blanco impecable, pantalones perfectamente planchados y una camisa polo con un cocodrilo verde bordado en el pecho. No es extraño, supongo, en alguien que por su trayectoria de entradas y salidas de Mariona goza de cierto estatus entre los presos y que controla negocios muy lucrativos en la cárcel.

El Racero también estaba aquí cuando en 1994 los custodios mataron a sangre fría a Salamanca, y recuerda lo que en Mariona se aprendió de aquello. Fue uno de los que tomaron decisiones en aquellos días.

—Consolidamos la idea de que los reos necesitábamos una única estructura vigilante en el penal, alguien que prohibiera las extorsiones y los robos, y que mantuviera calmadas las aguas.
—¿Y que los protegiera de gente como Salamanca?
—Exacto. Después de aquello, por muchos años, aquí el que llegaba de otro penal se moría. Así de simple: se moría. Al final, el espacio en Zacatillo ya no daba, porque los trasladados ya ni llegaban a entrar a los demás sectores y se aislaban de un solo.

Hoy esa estructura que se creó en Mariona se llama La Raza, es el gobierno real del penal de Mariona, y su enemistad de sus integrantes -“marioneros” o “raceros”, los llaman en otros penales- con Los Trasladados permanece intacta. Ambos grupos se han expandido por diferentes cárceles y han crecido en miembros a medida que el sistema penitenciario salvadoreño se ha masificado. Todo el que ha pasado por Mariona queda marcado para Los Trasladados como sospechoso y tiende por tanto a buscar el amparo de La Raza allí donde llega. Cualquier preso con largo historial de traslados es, para quienes controlan Mariona, un posible infiltrado al que los mismos marioneros envían a aislamiento si no se somete de inmediato a la disciplina de los palabreros de La Raza.

Controlar una cárcel, un sector, es controlar los impuestos a los internos y la venta de drogas en el recinto, pero es algo más: es ser ley y justicia en ese lugar. Y desde ese lugar abanderar el odio a los enemigos. Los esporádicos motines son solo la punta del iceberg de la batalla permanente que ambos grupos libran por el control de los penales de reos comunes.

Que ya no son todos. En 2001, el evidente aumento de presos de la Mara Salvatrucha (MS-13) y el Barrio 18, y la acumulación de muertos en motines causados por enfrentamientos entre ambas pandillas, hicieron que el gobierno salvadoreño las separara en cárceles distintas. No mucho después, la masacre de agosto de 2004 en Mariona, por un enfrentamiento entre pandilleros de la 18 y el ejército de La Raza, asentó la idea de que los pandilleros tampoco debían compartir espacio con reos comunes o civiles.

Con esa misma lógica, ocho años después se han vuelto necesarias, además, cárceles diferentes para las dos facciones enemigas en que se ha dividido el Barrio 18 -Revolucionarios y Sureños- y sectores aparte para el creciente número de presos que abandonan las pandillas y automáticamente pasaron a estar condenados a muerte por sus antiguos homies.

El sistema carcelario salvadoreño se ha convertido en un rompecabezas en el que las piezas, en vez de encajar, se repelen entre ellas.

Ástor Escalante, que fue director general de Centros Penales entre 2004 y 2006, admite que, en su época, la única forma posible de administrar los conflictos en el sistema penitenciario era una constante dinámica de traslados. Ante cada acto de violencia, el traslado -de un sector a otro o de un penal a otro- como castigo. Ante cada sospecha de que se estuviera gestando una fuga o un motín, el traslado como prevención. Con eso no se desarticulaban las estructuras de poder y negocios que los internos mantenían -y aún mantienen- en cada penal, pero en palabras de Escalante “se les desordenaba temporalmente, se les incomodaba”.

Seis años y un cambio de gobierno después la situación no ha variado demasiado. En marzo de 2012 había en todo el país más de 575 presos en islas como el Zacatillo de Mariona. Como las 146 celdas de aislamiento que tiene el sistema no son suficientes para albergar a todos los reos violentos o en peligro de ser violentados por otros, en Chalatenango se usan como celdas los dos cuartos que se construyeron junto a la clínica para que durmieran las enfermeras; en Mariona, las celdas destinadas a enfermos de tuberculosis reciben a presos hartos de ser violados una y otra vez por otros presos; en Cojutepeque hay reos en lo que deberían ser cubículos para visita íntima; en Sensuntepeque la antigua capilla es ahora una celda más, una isla más en este archipiélago de enemigos a los que las autoridades tratan de mantener separados, como quien trata de separar a las abejas dentro de una colmena.

***

La mañana del miércoles 25 de enero de 2012, el entonces director general de Centros Penales, Douglas Moreno, dio órdenes por teléfono a los directores de cuatro de las mayores cárceles del país: “Prepárense para un traslado masivo. Tienen 24 horas”. A las 5:30 a.m. del jueves, media hora antes del desencierro y el recuento matinal, en los penales de Usulután y San Vicente los custodios despertaron a cientos de reos que aún dormían en sus camarotes y les ordenaron vestirse y salir. Apenas les permitieron llevar consigo las pertenencias que pudieron cargar en las manos, aunque también eso les fue arrebatado en registros posteriores.

En Apanteos, el sector 11 completo fue embarcado en buses antes de que muchos de ellos apenas pudieran saber qué estaba sucediendo. Hacía semanas que todos dormían en colchones en el suelo. El director del penal les había retirado los camarotes para evitar que usaran su estructura metálica para hacer fierros, como los presos llaman a los corvos y cuchillos.

A las 8 de la mañana, 580 presos viajaban con las manos vacías y esposadas camino a Mariona y otros 580 acababan de salir de allí para ocupar los lugares que acababan de quedar vacíos en los otros tres penales. Los que salían de la penitenciaría central no sabían por qué los trasladaban. En realidad no había ninguna razón disciplinaria o de seguridad para moverlos. No era nada personal. Simplemente, el Estado necesitaba cuadrar cuentas y a ellos les había tocado ser hoy números. Cuando hay grandes traslados, la suma final en cada penal debe ser cero. A Mariona iban a llegar 580 y a 580 tipos les tocó hacer hueco.

Fue el mayor movimiento simultáneo de presos desde que en 2010 se acabó de partir el Barrio 18 y hubo que colocar a sus miembros en cárceles separadas.

Las razones del traslado, esta vez, eran más confusas. Una semana antes, el jueves 19, la Dirección de Centros Penales había trasladado de Usulután a San Vicente a 34 presos. A las autoridades habían llegado rumores de que preparaban un motín destinado a encubrir una fuga. Con el movimiento, Centros Penales creía desactivar esos planes.

Pero no. El penal estalló de todos modos al día siguiente. El viernes 20 de enero aparecieron los cuchillos y hubo disparos de los internos y de custodios. Dos grupos de presos se batieron en el patio durante más de una hora. Un interno cayó abatido a balazos cuando corría por los techos de un módulo de celdas camino a uno de los garitones militares en el muro perimetral. Se dijo que quería fugarse, pero todo parece indicar que en realidad ese preso muerto no pretendía saltar a la calle, sino arrebatar al militar su fusil y, con él, seguir matando dentro del penal. Si con un polín afilado se mata, en medio de una molleja carcelaria tener un fusil ametrallador es ser todo un arcángel robavidas.

Aparentemente el soldado fue más rápido, aunque tres meses después las autoridades siguen diciendo que no saben quién disparó al reo. A nadie en El Salvador le ha importado averiguarlo. En El Salvador solo su familia llora a un preso. Ese día, en el penal de Usulután, hubo cinco presos muertos.

Los informantes de las autoridades -siempre hay presos que hablan; siempre hay quien rompe la ley de silencio de la cárcel y traiciona al miedo- atribuyeron el motín a un grupo al que llamaron “la MD”, y aseguraron que el grupo operaba también en otros dos penales del país: San Vicente y Apanteos.

El traslado masivo que siguió a las muertes tuvo más espacio en los periódicos y los noticiarios televisivos que las propias muertes. “Detectan una tercera pandilla”, escribió La Prensa Gráfica en su portada, como si en el país antes de ese día solo operaran la MS-13 y el Barrio 18, como si no existieran grupos como Mao Mao, La Máquina o La Mirada. Por 48 horas, el país se escandalizó al saber que había “una nueva mara” con las mismas siglas, MD, de una conocida marca local de zapatos.

Aunque no es un hombre de eufemismos, Douglas Moreno dijo a los medios que el nombre de esa banda era “Mara Desorden”, porque la palabra “desvergue” le pareció inapropiada. Según él, el grupo estaba formado principalmente por pandilleros retirados de la MS-13 y el Barrio 18 y con su traslado a Mariona se había “desactivado una bomba” que amenazaba al sistema penitenciario entero. Presentó a los MD como el grupo de presos más peligroso del sistema penitenciario. Dijo que concentrar a todos sus miembros en un mismo lugar, el sector 5 de Mariona -un enorme galerón sin divisiones y con camarotes para 600 personas, vigilado por cámaras- iba a “destruir” a la nueva banda.

Pero casi nada de lo que dijo Moreno tenía mucho sentido. Y Moreno lo sabía. “Las identidades en la cárcel son complejas. Los internos a los que hemos movido a Mariona se identifican con las siglas MD; eso es lo que sabemos hasta el momento. Pero no tomes como definitivo que se trate de un grupo de expandilleros. No pongo las manos en el fuego por ello”, me diría días después en su despacho.

***

—Son los Trasladados. MD y Los Trasladados es lo mismo.

A pesar de las esposas, El Chapín no acaba de parecer uno de los reos más peligrosos del país. Está evidentemente pasado de peso y muy despeinado, como si acabara de despertar de una noche difícil. Su rostro agotado parece hinchado por el calor. Viste totalmente de blanco, como los internos del penal de máxima seguridad de Zacatecoluca. Lleva una amplia camiseta, shorts y unas chancletas que le quedan pequeñas. Es la ropa que le han dado las autoridades. Sus pertenencias quedaron en una celda del penal de Usulután. Ha pasado una semana desde el traslado masivo y aquí en Mariona no tiene nada propio. Ni un cepillo de dientes.

—En Usulután se armó porque la MD trató de extorsionar a otro grupo, a los panaderos.
—¿Los panaderos? ¿Es una banda?
—No. Son los presos locales de Usulután, los representantes de La Raza allá, que controlan la panadería del penal y hacen buen dinero de eso. La MD lo vio y quiso cobrarles renta, y los panaderos se revolvieron contra esa extorsión y amenazaron con causar problemas si no sacaban de allí a la MD.
—Los denunciaron a las autoridades del penal.
—Cabal. Señalaron quiénes eran los de la MD y pidieron que los movieran. Pero igual se armó la molleja. Los panaderos tenían comprado al comandante de seguridad y al director del penal. Ellos los armaron. ¿De dónde si no iban a tener pistolas originales?

El Chapín lleva encarcelado 11 años y ha pasado ya por cuatro penales. Dice que hace al menos cuatro años que oye a Los Trasladados llamarse así: MD.

—¿Tú no eres de la MD?
—No. A mí me han traído acá porque la autoridad hizo atarrallazo en el penal de Usulután y no distinguió. Pero no soy de ellos. En realidad yo y muchos más aquí adentro somos su escudo humano.
—¿Cómo así?
—Aquí han traído a la crema y nata de Los Trasladados en todo el territorio nacional, pero no son tantos. Y saben que su seguridad depende en parte de ser muchos. Tienen que parecer grandes. Por eso les beneficia que estemos ahí con ellos.

Ser poderoso, o parecerlo, es un arma de doble filo en la cárcel. Puede ser el punto de partida para que alguien de verdad poderoso -con autoridad, dinero o armas ahí dentro- te considere una amenaza y te trate como a un enemigo, o que te extorsione confiando en que tengas dinero o negocios. Pero también puede ser tu salvoconducto para que nadie se atreva a tocarte. En este caso, para la MD, su aparente número de integrantes en Mariona es una batería de misiles más que garantiza que la guerra con La Raza siga siendo fría.

Junto al Chapín está sentado otro interno del sector 5 que ha asentido a cada palabra de su compañero. Lo llamaremos El Firme. Dice que tampoco él es miembro de la MD. Lleva a la vista un enorme tatuaje con el número 18.

—¿Eres expandillero? -le pregunto, siguiendo el rumbo de la versión oficial.
—No, yo estoy parado. Mis tatuajes están todos vivos- responde, mientras se levanta las mangas de la camisa y revela más tatuajes.
—¿Y qué hacías en Usulután, que es un penal para civiles?
—Pregúnteselo al sistema. El sistema sabe que somos pandilleros, pero él nos mueve adonde quiere.

En teoría no hay pandilleros en las cárceles de civiles, pero según El Firme los había en Usulután. Asegura que entre los 580 presos trasladados en enero hay 20 expandilleros de la 18 y 200 expandilleros de la MS-13 que sí se han brincado a la MD, pero también ocho pandilleros activos de la 18, algunos miembros de La Mirada Loca, la Máquina y la Mao Mao, y un sinfín de civiles no alineados, que en Usulután y Apanteos caminaban junto a la MD porque no les quedaba más remedio, porque la MD era la autoridad.

A todos ellos solo un muro los separa de los casi 3 mil internos del sector 3, entre los que se encuentran los dos centenares de dieciocheros y MS activos que, según dicen los mismos líderes de La Raza, se han infiltrado durante los últimos años en Mariona. Si ese muro cae, si algo pasa, si estalla una revuelta, a ojos de los machetes todos en el sector 5 serán MD si no demuestran lo contrario. En la cárcel, el sector en el que estás significa mucho. Y el 5 está acorralado.

El Chapín, con la mirada en el suelo, comenta, fúnebre:

—Creen que con habernos trasladado se soluciona todo, pero en verdad el problema se hace más grande. Esto se va a poner peor. En los otros penales quedaron solo unos pocos de la MD. Ahora La Raza se va a tomar los penales de Usulután, San Vicente y Apanteos. ¿A qué cree que han llegado los 580 que salieron de aquí para que entráramos nosotros?
—¿A qué?
—A tomar el control allá.

***

El director del penal de Apanteos es un hombre sonriente que parece saber todo lo que sucede dentro de los muros que le toca gobernar. Mientras sus ojos bailan inquietos detrás de unos lentes que parecen siempre querer caerse de su nariz, habla con fluidez de La Raza, de Los Trasladados y de sus alianzas y enemistades con la MS-13 y la 18. No conoce a El Chapín, pero su versión de la situación respecto a la MD coincide totalmente con la del preso del sector 5 de Mariona.

—Sí, son ellos, Los Trasladados. Solo han cambiado de nombre.
—¿Y son tan problemátcos como se ha dicho?
—A diferencia de la gente de La Raza, entre Los Trasladados o MD encuentras a más gente vinculada al crimen organizado, gente educada, pausada. Por lo general vienen de bandas, y tienen mucha identificación con el narcotráfico. La relación con la 18 es más reciente. Viene de lo que pasó a finales de 2010.

El director se refiere a lo que pasó el 24 de noviembre de 2010, al motín que terminó con dos muertos y con unos 200 pandilleros de la MS-13 desplazados a Gotera. Aquel día, pandilleros de la Salvatrucha se enfrentaron con Los Trasladados, que dominaban el penal, y se acabó de sellar una alianza entre Los Trasladados y la 18. Fue como si se cerrase un círculo: la 18 se consideraba enemiga de La Raza desde la masacre de 2004, y fue ese odio el que motivó la masacre siguiente, en 2007, precisamente en Apanteos. Pandillas y bandas de civiles con enemigos comunes no podían sino convertirse en aliadas.

Por eso podían sobrevivir pandilleros de la 18, como El Firme, en sectores de civiles en Usulután, siempre que se sometieran voluntariamente a la autoridad de Los Trasladados. Por eso, según asegura el director, el segundo coordinador del sector 11 de Apanteos, dominado por Los Trasladados, era hasta los traslados de enero un dieciochero.

—¿Y no se fortalece a Los Trasladados al reunirlos a todos?
—Puede ser, pero prefiero eso. Es un mal menor. Porque con Los Trasladados en Mariona vamos a tener tranquilidad en más penales, y eso nos permite trabajar en programas y talleres con el resto de internos.

En agosto de 2004 el entonces director General de Centros Penales, Rodolfo Garay Pineda, usó esa misma lógica para explicar la masacre de Mariona. Decía que Mariona era el cuarto desordenado del sistema penitenciario, el lugar en el que se guardaban los problemas que se dejan para el final, mientras se hacían mejoras en el resto de penales. Parece que ocho años después Mariona sigue siendo la alfombra bajo la que se esconde lo que no se puede solucionar.

—¿Y si no logra esa calma en el resto de penales? Dicen que el traslado de la MD va a hacer más fuerte a La Raza en penales como el de Apanteos.
—Claro. Es como si en un ecosistema haces desaparecer a un depredador. Otras especies se hacen fuertes, se mulitiplican. De hecho, en Apanteos la MS ya está enviando órdenes a otros sectores para tratar de controlar el penal… pero controlarlo para La Raza.
—¿Y entonces? ¿Qué va a hacer usted?
—Bueno, ahora el depredador de La Raza va a tener que ser el sistema penitenciario.

***

La pregunta es cómo van a lograr las autoridades algo que durante las últimas décadas les ha resultado totalmente imposible: someter bajo su control a La Raza, Los Trasladados, la MS-13 y la 18.

La política de traslados masivos ha tenido, históricamente, consecuencias imprevisibles: En 1993, llevar a Salamanca y otros 50 hombres de Mariona a Gotera acabó en el nacimiento de Los Trasladados. En 2001, segregar a las pandillas MS-13 y 18 en cárceles diferentes consolidó sus estructuras jerárquicas y forjó sus primeros líderes nacionales, un paso necesario para que se convirtieran en las poderosas organizaciones que conocemos hoy. En 2002 sacar repentinamente a José Edgardo Bruno Ventura de Mariona y poner fin a su reinado sobre La Raza destruyó el equilibrió de intereses -corrupción, extorsión y venta de drogas- en que se basaba la tregua entre bandas en el penal y el poder que en esa cárcel mantenía sometidas a las pandillas, y el mismo día de su traslado reos del sector 3 asesinaron a dos policías. Sacar en 2003 de Mariona a los últimos pandilleros de la MS-13 recluidos allí alteró los balances de fuerzas en los patios de la cárcel, permitió a miembros de la 18 armarse y derivó en la masacre de agosto de 2004.

Si uno cree a las autoridades, haber reunido en enero a Los Trasladados -o los MD, como se quiera llamarlos- en el sector 5 de Mariona fue una acción calculada, un ejercicio de pericia politica y policial. Pero a veces es difícil no sentir que estamos frente a un malabarista que lanza al aire sus cuchillos más afilados con los ojos vendados.

***

El Tatuado es uno de esos cuchillos afilados. Es uno de los nuevos huéspedes del sector 5 de Mariona y luce en la piel, a la vista, el MD que desde la masacre de Gotera ha identificado a Los Trasladados. El tatuaje indica que fue en algún momento parte de La Raza, de los Marioneros. Se lo tuvo que hacer para disipar cualquier duda sobre su lealtad al grupo.

—No somos un problema social.

Lo dice con la serenidad del que dice la verdad. El Tatuado es en general un hombre sereno, de andares lentos, y tiene el cuerpo menudo de alguien a quien elegirías enfrentarte si tuvieras que pelear. Y te equivocarías. El hombre al que tengo delante cumple una larga pena por homicidio y su baja estatura no le ha impedido sobrevivir a golpe de corvo a una docena de motines. Forjó su serenidad en los peores años de los peores penales del país y no pienso que esté tratando de convencerme de que tiene las manos limpias ni de que la banda a la que pertenece sea un club de lectura.

Pero realmente cree lo que dice y trata de disipar el prejuicio que, parece opinar, arrastramos casi todos los que estamos fuera de una cárcel:

—Los Trasladados es un movimiento que creció queriendo aportar algo positivo a la sociedad, siendo una balanza en las cárceles.
—¿Balanza de qué?
—Balanza frente a las pandillas. En las cárceles somos como un Stop para que pasen los peatones. Creeme, hemos evitado asesinatos, robos… Esto tiene más de 20 años pasando, desde el 94 que estalló todo en este mismo penal.

El Tatuado es uno de los 104 hombres que en 1994 fueron sacados de Mariona tras la ejecución de Salamanca y ahora ha vuelto a casa, a esta penitenciaría central por la que parecen haber pasado la mayoría de historias de odio y alianzas entre grupos organizados del país.

—Hubo cosas horrendas que pasaron en este centro penal. Cosas injustas, como en toda guerra. Pero el problema de fondo es que siempre se nos ha tratado mal a los internos comunes, a los que los pandilleros llaman “civiles”, que somos el 75% de la población interna general. ¿Por qué el gobierno no entiende que el verdadero problema son las pandillas?
—¿Por qué crees que no lo entienden?
—Porque antes las autoridades tenían una visión más realista de la situación en las cárceles. Distinguían y ayudaban a quienes hacemos cosas positivas.

Ayudar, en boca de El Tatuado, quiere decir privilegios. Y cuando habla de cosas positivas, se refiere al compromiso de no matar, de gobernar la cárcel en silencio y con mano de hierro. A ayudar a que el sistema penitenciario no aparezca en las secciones de sucesos de los noticiarios, a cambio de un encierro más cómodo y de que que nada entorpezca los negocios de los reos. Mientras hablo con El Tatuado, a finales de febrero, parece que esos tiempos ya habían quedado atrás.

Unos días después de hablar con El Tatuado vuelvo a ver a El Chapín. Parece haberse adaptado rápidamente a su nuevo sector. Está peinado y recién afeitado. Diría, incluso, que ha empezado a hacer ejercicio y camina más erguido. Me cuenta que ya han recibido visita familiar y por eso tienen útiles de aseo. Asegura que en el sector ya circula la droga sin problema.

—Todo el mundo tiene corvos. Al principio empezaron a hacerlos los retirados de la MS, con polines de los catres, y la MD se los prohibió. Pero a los días les valió y siguieron fabricándolos. Ahora ya todo el mundo tiene algo para defenderse. Los de la MD se está preparando para lo que pase.
—¿Y los custodios no se dan cuenta? ¿No dicen nada?
—Eso me pregunto yo. No entiendo cómo no lo han visto con las cámaras. Ojalá estén mirando lo que pasa.

Yo torturado

Publicado: 29 abril 2012 en Roberto Valencia
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 “Ya me duele mucho el alma de saber cómo se tortura a nuestra gente”.
Monseñor Óscar Arnulfo Romero, diciembre de 1977.

La hora de visita es de 1 a 2 de la tarde y son casi las 8 de la noche. El vigilante no tendría por qué haberle dejado, pero Norberto Fernández, Beto, ha logrado entrar en el Dr. José Molina Martínez, el único hospital público de Soyapango. La súplica para que le permitan ver a su sobrino siquiera unos minutos lo ha convencido. Beto conoce el centro y va directo al pabellón de  Cirugía-Hombres. Emboca el pasillo central y camina ligero mirando a los enfermos, la cabeza inquieta a un lado y a otro. Recorre el galerón entero, sin éxito, da media vuelta, y regresa para preguntar a la única enfermera que se ha cruzado en la ida.

—Disculpe, aquí es Cirugía-Hombres, ¿veá?
—¿Busca a alguien?
—A mi sobrino. Se llama Dani… Carlos Daniel Fernández. Lo ingresaron ayer noche. Tiene 17 años…

La enfermera se gira, camina un par de pasos, verifica un cartoncito, y da por terminada la conversación con un lacónico este es.

Tirado sobre una estrecha camilla hay un joven con un aparatoso vendaje en la cabeza que le cubre las heridas y el cabello teñido de rojo. A Beto le cuesta relacionarlo con la imagen mental de su sobrino. El rostro lo tiene descubierto, pero deformado por la hinchazón y con grandes llagas y manchas de sangre coagulada. Beto se acerca y comienza a orar, a pedir al Señor que lo saque de esta. Le agarra la mano, y Dani, al sentirla, se esfuerza por apretar la suya y abre los ojos con timidez.

—Tío… –susurra.
—Gracias a Dios. ¿Qué te pasó, m’hijo? ¿Quién te ha hecho esto?
—Los policías, tío, los policías me golpearon…

***

Hoy es 1 de febrero de 2012, miércoles, un día sin estridencias, de esos en los que parece que no sucede nada llamativo: el cielo azul de la estación seca, la campaña electoral que monopoliza los noticieros, el termómetro arriba de los treinta grados centígrados, protestas en los hospitales públicos, dieciocho asesinatos registrados por la Policía… Pura rutina salvadoreña.

Dani tiene día libre. Lo ha pasado en casa, en familia, pero a eso de las 3 de la tarde toma un bus de la ruta 41-D hasta el centro de San Salvador. El punto de reunión con sus amigos es la plaza Morazán, y ahí permanecen, sentados y platicando, hasta que se juntan seis. Dani viste como podría hacerlo cualquier otro joven de 17 años: camisa blanca con rayitas horizontales, jeans, tenis blancos y cachucha negra. Lo singulariza su pelo, teñido de rojo desde la coronilla hasta la frente. Lo lleva así porque estudió Cosmetología y trabaja en un salón de belleza.

—En mi trabajo uno tiene que andar fashion –me dirá otro día–, para que la gente tenga una buena imagen de uno.

Los seis cheros deciden tomar dosquetrés, recorren las dos cuadras de distancia que hay de la plaza Morazán al parque San José y entran en el chupadero-disco acostumbrado. Para cuando Dani termina su tercera cerveza Golden ya ha anochecido, y por un momento duda entre regresarse a casa o continuar tomando y dormir en algún hospedaje, como ha hecho otras veces. Opta por irse. Al rato se despide y se dirige solo a la parada de la ruta 3-microbús, a un costado del parque San José. Son las 8 de la noche cuando aborda la unidad.

Dani vive en el cantón El Limón de Soyapango, de Unicentro hacia el norte. En este cantón de colonias urbano-marginales mal ensambladas residen más de cuarenta mil personas, y es un hervidero de maras. Cuatro clicas de la Mara Salvatrucha (MS-13) controlan las cinco etapas de la urbanización Las Margaritas, y la facción de los Sureños del Barrio 18 manda en Montes IV, en Santa Eduviges, en la San Francisco, en Villa Alegre, en la San Antonio, en San Ramón y en el sonoro reparto La Campanera. También opera de forma marginalla Mao-Mao.

La casa familiar es de adobe y bambú, con techo de láminas, y se ubica en una zona semirrural, el asfalto a no menos de 400 metros. El área está salpicada de placazos (grafitos) del Barrio 18. De unos meses para acá los patrullajes de soldados y policías son habituales, pero en el fondo no ha servido de mucho: los de la distribuidora de energía eléctrica apenas llegan a leer el contador por miedo a los pandilleros y afinan el consumo con promedios. Si bien ir desde la lotificación donde está la casa hasta el reparto La Campanera toma no menos de 20 minutos caminando a buen ritmo, a todas las comunidades satélite del sector se las conoce como Las Campaneras. Dani vive con su madre, varios chuchos, su padrastro, dos hermanos menores –él y ella–, pollos, gallinas y una niña de un año que cuidan como si fuera propia.

Dani no es pandillero. Para nada.

El microbús que ahora lo regresa a casa no va muy lleno, todos sentados. La idea es bajarse en la parada del centro comercial Plaza Mundo, cruzar la pasarela del bulevar del Ejército, caminar hasta el centro de Soyapango, y tomar un bus de la 49. El tráfico está pesado, y a Dani el sueño le cierra los ojos apenas se recuesta sobre la ventana. Va dando cabezadas y, al despertar de una, se da cuenta de que ha subido una pareja de policías, los únicos parados. Nada anormal. Vuelve a dormitar.

Cuando reabre los ojos, el microbús está llegando al paso a dos niveles ubicado después de Plaza Mundo, donde está el desvío a la urbanización Sierra Morena. La reacción al ver que ha pasado su parada es levantarse y caminar hacia la puerta, pero uno de los policías se cruza y con la cabeza le indica que regrese a su asiento.

—Vamos a ir a la delegación –dice con tosquedad.

Dani conoce Sierra Morena y sabe que en efecto hay una delegación, por lo que en principio prefiere no alterarse. Son además agentes en toda regla: uniformes, placas doradas, cachuchas oficiales, pistolas, macanas…

El microbús pasa de largo la parada de la delegación, y Dani comienza a inquietarse. Recuerda un consejo que algún día le dio su padrastro para estas situaciones, e intenta ver los números de identificación bordados en el pecho, pero un fuerte golpe en la cabeza subraya la orden de mirar solo al piso. Le ordenan que baje una o dos paradas antes del punto de los microbuses. Hay media luna creciente sobre la Sierra Morena, pero para Dani todo es oscuridad. El microbús se aleja, los policías le piden que camine.

***

El Salvador es un país con 6.2 millones de habitantes y en el que en 2011 hubo en promedio doce asesinatos diarios. La tasa de homicidios por cada cien mil habitantes fue 70, el doble que Guatemala, cuatro veces la de México. La salvadoreña es una sociedad violenta, ultraviolenta, y los policías salvadoreños son parte de esa sociedad.

En la República de El Salvador el mandato constitucional de velar por el respeto y la garantía a los derechos humanos recae en la sigla PDDH, la Procuraduríaparala Defensade los Derechos Humanos. Es una institución joven, un logro de los Acuerdos de Paz que en 1992 pusieron fin a doce años de guerra civil. En dos décadas,la PDDH ha demostrado que opera con relativa independencia, pero carga el lastre de que sus resoluciones no son vinculantes. En la práctica, la institución es poco más que una caja de resonancia que acumula denuncias, que media en conflictos y que emite cientos de informes y pronunciamientos públicos.

A finales de cada año,la PDDH acostumbra a elaborar una especie de memoria de labores. La presentada en diciembre de 2011 señaló a por enésima vez la Policía Nacional Civil (PNC) como la institución pública más denunciada por violar los derechos humanos. De enero a noviembre acumuló un promedio diario de cinco denuncias –digo: cinco denuncias contrala PNC todos y cada uno de los días–, para un total de 1 mil 710. Las violaciones al derecho a la integridad física fueron, siempre según los datos oficiales, las más habituales.

Son miles pues los salvadoreños que en su diario vivir han tenido experiencias tan negativas con los policías que hasta se han atrevido a denunciarlo.

—¿Qué tipo de denuncias reciben contrala Policía? –le pregunté un día al procurador, Óscar Humberto Luna.
—Por uso excesivo de la fuerza. O sea, a la gente la siguen maltratando, golpeando… y son denuncias que llegan permanentemente. Los policías escogen a un joven, lo golpean, lo ponen en libertad… El problema es que el tema de la seguridad no puede enfrentarse solo con represión.

Las cinco denuncias diarias en la PDDH, sin embargo, no parecen quitar el sueño al ministro de Justicia y Seguridad Pública, el responsable político de la PNC. Luego verán. Y eso que las denuncias son apenas una fracción de lo que en verdad está ocurriendo en las colonias y comunidades de El Salvador. Luego verán también.

***

Hay media luna creciente sobre la Sierra Morena, pero para Dani todo es oscuridad. El microbús se aleja, los policías le piden que camine. Serán, lo más, las ocho y media.

Un agente ronda los treinta años, y cree haberle visto barba corta y bigotón. El otro está cerca de los cuarenta. Dani camina un metro por delante. Entran en un pasaje. Miedo. La mirada siempre al piso. Girarse supone golpe seguro. La colonia es un desierto, como si hubiera toque de queda. Dani sabe que es territorio de la MS-13. ¿¡A qué ibas a la SierraMorena!?, le preguntan. En Plaza Mundo quería bajarme, pero me dormí. Puños en la espalda, manotazos en la cabeza. Otro pasaje. De un golpe le botan la cachucha. El pelo teñido de rojo aflora. ¿¡Por qué!?, preguntan. Soy estilista. ¡Vos culero sos! La agresividad se intensifica. ¡Pendejo! Otro pasaje. Aún no se han cruzado con nadie ni se cruzarán. Dani es pura sumisión. Uno desenfunda su pistola. Miedo. ¡Un puto culero de mierda sos! A los policías les ha cambiado el hablado. “Puro marero”, piensa Dani. ¡Semejante culero! Otro golpe. Otro. Llegan al final de un pasaje. Está oscuro. Las últimas casas, deshabitadas, desmanteladas. Se detienen. Le ordenan que dé media vuelta. “El hablado de un marero, igualito, quizá ni policías sean”. ¿¡A qué venís a Sierra Morena!? Otro golpe. ¡Mono cerote! Otro. Pero esto recién comienza…

—¿Dónde vivís? –pregunta un uniformado.
—En Las Campaneras…

Como si fuera la señal que estaban esperando. Allá son Barrio 18. Un seco puñetazo en la quijada bota a Dani al suelo. Los dos se abalanzan rabiosos como perros rabiosos. Golpean duro. Parejo los dos. Al rostro. ¡Culerohijoeputa! Dani se cubre como puede. Le apartan los brazos, las manos. Quieren desfigurarlo. Aquí muero. Lo golpean. Lo golpean. Lo golpean. Los nudillos ensangrentados. La tortura. Aquí te vas a morir, culero. ¡Ayuda!, grita Dani. O cree que grita. ¡Callate, culero! Tortura, según la RAE: “Grave dolor físico o psicológico infligido a alguien, con métodos y utensilios diversos, con el fin de obtener de él una confesión, o como medio de castigo”. Más puñetazos más. Un ser humano a merced. Una vida a merced. La sangre mancha el suelo, la camisa. Jadeos de cansancio. ¿Qué piensan en ese instante los torturadores? ¿Qué piensa en ese instante el torturado? Aquí te vas a morir. Aquí me van a matar. Y sin embargo. Llanto. Forcejeo desigual. Más golpes más… hasta que cesan de a poco.

—¡Levantate, culero! –escucha al rato, aún escucha–. ¡Levantate y caminá, hijoeputa!

Dani se incorpora como puede. ¡Caminá, culero! Un policía saca su celular y llama. Está hablando de mí. Salen del pasaje. Embocan otro, cuesta arriba. La sangre gotea. ¿Salgo corriendo? No, dispararían. Caminan. Dani oye voces delante. Mira de reojo. Son tres jóvenes, delgados. Uno luce tatuajes en piernas y brazos. La esperanza se desvanece. Son pandilleros. Miedo. Se acercan. El policía los telefoneó a ellos. Hablan puro marero los cinco. Son cherada. Dani va el primero, pegado a la pared. Miedo. Apenas se juntan los dos grupos, uno de los pandilleros le agarra la cabeza y se la estampa contra el muro. Dani cae inerte. Ahora los escucha lejanos, cada vez más. Ya no comprende lo que dicen. Se pierde, se pierde, se pierde…

***

Kenia, la hermana dos años mayor que Dani, tenía 15 cuando desapareció el 23 de septiembre de 2007. Ese día se fue de la champa que la familia ocupaba en la colonia Veracruz, en Mejicanos, y no volvieron a saber de ella en meses. Fueron tiempos de incertidumbre: que si los pandilleros la habían matado, que si un día la vieron por el Parque Infantil, que si se había ido a Estados Unidos, que si estaba embarazada… Las dudas solo se disiparon cuando un investigador de la PNC los contactó para decirles que Kenia era uno de los cuerpos encontrados en un cementerio clandestino usado por la MS-13 en Finca Argentina, no muy lejos de donde vivían. En mayo de 2008 pudieron al fin enterrar las partes de Kenia que les entregaron.

En estos días Dani y los suyos se están acordando de ella más que de costumbre. Temen que suceda algo parecido a lo que ocurrió en 2007, cuando, en las semanas posteriores a la desaparición, comenzaron a caer llamadas y mensajes intimidatorios. Soy la muerte, decía uno. La presión fue acumulándose hasta que la familia se convenció de que eran objetivo de la clica de la MS-13 que opera en la Montreal, y esa presión estalló en una atropellada huida nocturna: en cuestión de horas tuvieron que desmontar la champa y escapar con lo puesto.

La migración forzada por las maras no es algo nuevo en El Salvador, solo que afecta casi exclusivamente a los escalafones más bajos de la pirámide social.

—Salir otra vez ahora… ¿y para dónde? –dice la madre–. Ya me pasó lo primero con la Kenia y ahora esto… Quizá lo quieran matar, o a cualquiera de nosotros, porque a Dani también le robaron el teléfono, y había fotos de todos.

Para un indeterminado pero amplio sector de la sociedad salvadoreña, la línea divisoria entre pandilleros, policías, narcotraficantes y soldados no está tan bien definida. Tampoco el reparto de roles de buenos y malos, confiables y no confiables. Dani siente hoy igual o más temor hacia policías y soldados que hacia los pandilleros.

***

Jaime Martínez, director de la Academia Nacional de Seguridad Pública, está convencido de que el policía salvadoreño tiene una formación sólida, envidiable en el contexto latinoamericano. Antes de graduarse, los agentes son capacitados un mínimo de once meses. Aprenden a desarmar a un delincuente, a custodiar la escena de un crimen, a redactar una esquela, a disparar… pero también se cultiva el respeto a los derechos humanos, asegura enfático Martínez, con materias específicas sobre derechos de la mujer, derechos de los jóvenes y filosofía de policía comunitaria. Martínez parece creerse lo que dice.

Su jefe inmediato es el general David Munguía Payés, ministro de Justicia y Seguridad Pública. También dice estar convencido de que los agentes de la PNC respetan los derechos humanos y el Estado de Derecho. Un día de mediados de febrero le pedí que intentara explicar por qué entonces cinco denuncias diarias en la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos.

—Bueno –respondió–, lo primero es que vivimos en un país democrático, y cualquier persona que se siente agraviada puede presentar una denuncia. Por eso algunos hacen denuncias hasta por una mala mirada, y ahí quedan, así que no me extraña que una corporación como la nuestra, que está en contacto permanente con la ciudadanía para darle protección, sea señalada por delincuentes o por organizaciones que pudieran estar relacionadas con los delincuentes.

***

Dani cae inerte. Ahora los escucha lejanos, cada vez más. Ya no comprende lo que dicen. Se pierde, se pierde, se pierde… Deben ser las nueve, nueve y poco.

[…]

Amanece. Dani recobra el sentido en una ambulancia que lo regresa del Hospital Rosales, en San Salvador, al Hospital Molina Martínez. Le duele todo, pero recuerda con claridad la paliza y a quienes se la dieron. Cuando le preguntan, da su nombre y el teléfono de su madre. Ella llegará a verlo pasadas a las 7 de la mañana.

Son unas ocho horas las transcurridas entre el cabezazo contra la pared en la urbanización Sierra Morena y el despertar en la ambulancia. Con los días Dani sabrá que al Molina Martínez ha llegado en la cama de un pick up de la PNC, en torno a las 10 de la noche. Los policías han dicho que un grupo de jóvenes lo estaba apedreando y que ellos lo han rescatado. Por el estado crítico en el que ha llegado, lo han trasladado al Rosales, lo han evaluado y ahora viaja de regreso hacia el único hospital público de Soyapango.

—Esos policías se llevaban con los mareros de la Sierra Morena–especulará Dani dentro de unos días–, y me dejaron vivo… pues a saber, supongo que se convencieron que yo no era pandillero.

La familia avala esa creencia. Los cuatro días más que Dani permanecerá ingresado los usarán para tratar de buscar justicia. Lo denunciarán en la delegación de la PNC de Soyapango. Lo denunciarán en la Oficina Fiscal de Soyapango. Lo denunciarán incluso en la Unidad de Asuntos Internos de la PNC, en la colonia San Benito de San Salvador. La sensación que les dejará tanto ir y venir de un lugar a otro es que el sistema trabaja para que los que denuncian este tipo de agresiones se desesperen y tiren la toalla. Quizá así sea.

Un mes y medio después de la paliza preguntaré en la Oficina Fiscal de Soyapango por el caso. Sin avances, se limitará a decir un fiscal. Fuera de grabación, y bajo condición de anonimato, me dirá que él estima que a juicio solo llega el 1% de los delitos que se cometen, y me dirá que las denuncias contrala PNC por agresiones son muy frecuentes, pero que no recuerda ni un solo caso que se haya podido judicializar. “Le voy a ser franco: yo, que trabajo aquí, a nadie le deseo ser víctima en un proceso penal que involucre a policías, porque todo es cuesta arriba”, dirá. Otro día le plantearé lo sucedido a un comisionado de la PNC, y –también fuera de grabación– confirmará no solo que las torturas y las agresiones son práctica común en la Policía, sino que es un hecho que hay agentes que tienen filiación con una u otra pandilla.

Fuera de grabación, El Salvador suena muy diferente al de los discursos oficiales.

***

Mañana calurosa en Soyapango la del jueves 8 de marzo. El doctor Manzano –cirujano general,

PUESIESQUE hace calor en el despacho de este doctor que ahorita se arranca en caliche 

gabacha blanca desabotonada, lentes– trata de reconstruir en su propio lenguaje las consecuencias

médico a contarme lo de Dani. A veces hablan como si no quisieran que los entendiéramos,

de la brutal paliza que los policías dieron a Dani: ingreso inconsciente en Emergencias, puntaje

como si fuera virtud usar esa terminología aséptica que disfraza la realidad. A Dani dos

abajo de 12 en la Escala de Glasgow, remisión inmediata a hospital de tercer nivel –al Rosales–

policías lo dejaron puro monstruo, pero a saber cuántos jóvenes terminarán tirados en una

por sospecha de trauma cráneo-encefálico, tomografía axial computerizada para evaluar posibles

quebrada, para que al día siguiente los periodistas digamos que lo mató la mara rival, la

daños en el cerebro, cirugía menor en cuero cabelludo, reconstrucción de la oreja derecha,

versión oficial. En El Salvador, cualquier día te agarran y te dan una taleguiada hasta bajarte 

penicilina sódica vía intravenosa, traumas contusos y abrasiones que derivaron en un proceso

el puntaje de Glasgow ese y ya: un expediente clínico más, y la sensación –la certeza– de que

inflamatorio agudo en el rostro, diclofenaco sódico vía intramuscular…

habrá más danis, mientras el país siga carcomido por la violencia. Y SIACABUCHE.

***

A Dani le dieron el alta médica ayer en la tarde, después de cinco días postrado en una cama. Al irse, una de las enfermeras, sabedora de que la familia había denunciado la paliza en la Fiscalía, quizá conmovida, le recomendó presentarse en el Instituto de Medicina Legal cuanto antes, mientras las marcas fueran visibles.

Hoy es martes, 7 de febrero, y permanecer parado todavía es una penitencia para Dani, lo poco que camina lo hace cauteloso como un octogenario, y su rostro –un collage de puntos de sutura, costras, moratones– sigue siendo una adivinanza de sí mismo.

—Pero ahora ya se ve bien –me dice la madre–, el jueves y el viernes estaba como que era monstruo.

En ruta a Medicina Legal, Dani ocupa el asiento del copiloto del Toyota del 81 de su tío Beto. Atrás, en la cama, vamos la madre, la hermana menor y yo. Cargan una copia de un requerimiento de “reconocimiento médico legal por lesiones”, con fecha del 2 de febrero y con sello de la Oficina Fiscal de Soyapango. Falta nada para las 9 de la mañana, el tráfico está calmado, y en poco más de veinte minutos el pick up recorre la distancia entre el cantón El Limón y las instalaciones de Medicina Legal, en el centro de San Salvador. Al llegar, solo permiten la entrada a Dani y a su madre. No tardan ni quince minutos en salir.

—¿Qué pasó? –pregunta Beto.
—¿Vas a creer –dice la madre– que dicen que ya llegaron al hospital? Que ya llegaron a reconocerlo, dicen, ¡pero si a él nadie lo ha visto ni le ha preguntado!
—A mí nadie me preguntó nunca nada –apuntala Dani.

Por lo visto, un médico forense llegó ayer al hospital y, dado que su informe contiene datos como la fecha de nacimiento, infieren que se limitó a leer el expediente clínico, donde quedó registrada la versión de los policías que llevaron a Dani moribundo a Emergencias.

—Todo está como que los agentes se lo encontraron tirado –dice la madre, cada palabra acentuada por la resignación– y lo rescataron de unos muchachos que le estaban tirando piedras. Y dicen que, si ya lo vio un médico, no lo pueden examinar otra vez.
—¿¡Pero cómo que otra vez si no lo ha visto nadie!? –responde Beto.

Beto agarra el requerimiento fiscal de las manos de su hermana, lo desdobla y lo lee en silencio hasta que encuentra algo que lo impulsa a elevar la voz: “…El peritaje se requiere en el plazo de veinticuatro horas, para ser agregado a diligencias que se siguen en la Oficina Fiscal de Soyapango”.

—¿Y vos enseñaste esto?
—Pues sí, se lo enseñé y me lo regresó, y ella dice que no, que ya fueron al hospital, que ya lo vieron y que no se puede hacer nada.

Beto se toma un instante para pensar su conclusión.

—¡Se tapan entre ellos!

Dani ha optado por el silencio, pero permanece de pie en el improvisado círculo. Por un momento da la impresión de que se marea, y sugiero que se siente en el carro. Esos segundos de silencio en los que camina cauteloso hasta el viejo Toyota son en los que, sin decirse nada, sin siquiera mirarse uno al otro, tío y madre parecen llegar a la misma conclusión.

—¿Y vos qué decís? ¿Vamos a los derechos humanos? –las preguntas de Beto son suspiros–. Aunque si aquí que tenían la obligación no han hecho nada…
—Yo digo que… mejor nos vamos a la casa. Quizá lo mejor sea orarle al Señor.

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(Aclaración: los nombres algunas de las personas que aparecen en este relato se modificron para proteger sus vidas)

Estoy de vuelta en El Salvador por primera vez en treinta años, y no reconozco nada. Tersas autopistas van del aeropuerto a San Salvador, la capital, y a lo largo del trecho de dunas que separa la autopista del océano Pacífico hay puestos animados donde los clientes se estacionan para comprar cocos y comida típica incluso a estas altas horas. Pero lo que yo recuerdo es una carretera de doble carril llena de baches, un sol inclemente que resaltaba cada detalle en la piel tiesa de los cadáveres, un hoyo en el suelo arenoso, la infamante noticia de que cuatro mujeres estadounidenses, tres de ellas monjas, acababan de ser desenterradas de ese agujero poco profundo.

“¿Hay algún monumento o algún letrero que señale dónde fueron asesinadas las cuatro americanas durante la guerra?”, le pregunto al conductor de la camioneta del hotel.

“Sí, allá en la universidad, en la UCA, donde murieron.”

“No, esos fueron los seis sacerdotes jesuitas, años después, en San Salvador. Me refiero a las monjas, aquí, en 1980.”

“Ah”, me responde. “De eso no me acuerdo.”

Aquel acontecimiento –la violación y el asesinato de cuatro religiosas que iban camino del aeropuerto a la ciudad– fue, sin duda, inolvidable para personas como Robert White, embajador de Estados Unidos en El Salvador durante el último año de la administración Carter. En el entierro al día siguiente, White, con el rostro demudado, parecía un blanco en potencia más de la facinerosa junta golpista de derecha que estaba en el poder. Ya había sido asesinado, meses atrás, el heroico arzobispo de San Salvador, Óscar Arnulfo Romero –para gran regocijo de la clase gobernante, que solía llamarlo “Belcebú”. Semanas después de su asesinato, orquestado en las trastiendas más oscuras del régimen por el infame ideólogo Roberto D’Aubuisson, el gobierno de Reagan lanzó su intervención militar en El Salvador y dedicó miles de millones de dólares a la lucha contra los grupos guerrilleros marxistas agrupados bajo las siglas del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).

Cuando terminó en 1992, la guerra de doce años había acumulado unos 70,000 muertos, pero esa guerra comenzó aún antes de que nacieran más de la mitad de los salvadoreños que viven hoy. ¿Por qué habría de recordarla un joven conductor? Y, sin embargo, El Salvador de hoy –infestado por una violencia peor que la de cualquier momento desde los primeros años de la guerra, inseparablemente vinculado a Estados Unidos por un fenómeno migrante que comenzó durante el conflicto, asediado siempre por la memoria del asesino Roberto D’Aubuisson, quien más tarde fundaría el partido que gobernó su país ininterrumpidamente hasta las más recientes elecciones de 2009– es inconcebible sin los años sangrientos de la guerra.

A los salvadoreños les gusta decir que si plancharan el país sería bien grande. Pero es pequeñito y arrugado; la lava de volcanes que se extinguieron hace milenios surca y ondula el paisaje de un lado y otro. San Salvador se encuentra en un valle al pie de un volcán y, puestos a adivinar, arriesgaríamos que hoy tiene tantos centros comerciales como, digamos, Fort Lauderdale, y también plazas y glorietas, y barrios tranquilos con guardias de seguridad en cada esquina. Es muy verde, e incluso los cinturones de miseria que se enredan por las colinas en las afueras de la ciudad resultan exuberantes para quienes están acostumbrados a tipos más urbanos de pobreza.

Justo al lado del volcán de San Salvador se encuentra el municipio de Mejicanos, famoso por su combatividad durante la guerra. Una calle larga y angosta sube desde su mercado y luego tuerce hacia abajo y desciende por los flancos de un estrecho cañón. Si uno sigue esa calle conforme se hunde en la zona, puede ver que entre las sombras de la vegetación hay también manchas de casas hechizas. Aquí y allá, un grupo de hombres flacos se apiña alrededor de lo que podría ser una pipa de crack, pero fuera de eso, la calle está vacía y silenciosa.

Tanto el barrio como la calle se llaman Montreal, y ambos gozan de mala fama. El año pasado le prendieron fuego a un autobús del transporte público que hacía su ruta hacia el centro de Mejicanos cuando llegaba al mercado. Diecisiete personas murieron quemadas, entre ellas una niña de un año y medio. Al menos unos cuantos de entre los muertos eran supuestamente integrantes de alguna mara, pandillas feroces con las que El Salvador contribuye al tráfico de drogas y al universo del crimen transnacional en el que este se desarrolla. Hijos de la guerra y de Estados Unidos en más de un sentido, los mareros –los miembros de las pandillas– son los responsables de la mayor parte de la desgarradora violencia actual. Hace unos veinte años comenzaron a atraer la atención pública, cuando lo que había sido un rabioso conflicto abierto fue transformándose en un amenaza cada vez más grande y omnipresente.

En aquel momento, Marisa D’Aubuisson de Martínez, hermana de Roberto D’Aubuisson, decidió crear un proyecto para las mujeres de los mercados y sus hijos pequeños en un barrio como Mejicanos. La enérgica personalidad de Marisa y su risotada fácil contrastan con la personalidad hipnótica y fatua de su hermano, lo mismo que con su política: ella es una activista católica de toda la vida, seguidora del valiente obispo al que su hermano asesinó. Roberto, que moriría de cáncer de garganta en 1992, entró a la política electoral en la década de 1980. En esos últimos años de la guerra, Marisa también cambió: se alejó de sus sueños utópicos de cambiar el mundo y se concentró entonces en proyectos más asequibles. Hablé con ella un día en la sencilla y soleada oficina en la que trabaja.

“En aquel entonces, la ayuda internacional llegaba sobre todo a los macroproyectos, pero yo comencé a impulsar algo muy pequeño”, me dijo. Con dinero internacional, Marisa fundó una organización llamada Centros Infantiles de Desarrollo (CINDE) cuya finalidad es proporcionar guarderías a bebés y niños pequeños, sobre todo a los hijos de las mujeres que trabajan como vendedoras en los mercados. Ahora existen tres centros, incluido uno en Mejicanos, a los que más tarde se añadirían instalaciones para preescolar y jardín de niños. Hace unos cuantos años, CINDE creó un programa conocido como “reforzamiento escolar”, en el que niños mayores pueden hacer su tarea en ambientes seguros y bajo la orientación de un adulto. Uno de estos centros está en Montreal, y es uno de los pocos lugares en los que personas ajenas al barrio pueden sentirse bienvenidas y a salvo de las maras.

El centro extraescolar consiste tan solo en un hangar abierto conectado a dos cuartos de bloques prefabricados de concreto que rara vez se utilizan, porque se calientan como un horno. Llegué al centro una tarde más bien fresca y venteada. Los niños estaban disfrutando de un alborotado recreo, pero cuando el maestro encargado dio un silbatazo, regresaron de inmediato a sus mesas de trabajo al aire libre y se concentraron en su tarea casi con voracidad. Todos, desde los maestros hasta los encargados voluntarios, se ocupaban de su trabajo con una concentración casi febril. Interrumpí la tarea de las niñas más grandes –que tenían ambiciosos nombres en inglés, como Jennifer y Natalie– para preguntarle a una si iba ahí a aprender o a divertirse, y me respondió al instante, muy seria: “aprendo y me divierto”. Sus calificaciones habían pasado de cincos y seises el año anterior a un promedio constante de nueve, pero seguía batallando, me dijo, con su materia menos favorita: matemáticas.

Quizás el entusiasmo general se debiera a la condición de último chance que tiene el centro mismo. Durante el recreo estuve observando a una jovencita lindísima que pateaba una pelota de futbol con sus compañeros como si fuese aún una niña, pero ya era alta para su edad, y púber, y me invadió una especie de terror por ella, pues había escuchado una y otra vez que los mareros acostumbran obligar a las adolescentes que viven en sus zonas de control al trabajo sexual, una labor que a menudo comienza con una violación colectiva. En el día de “visita íntima” –que en toda América Latina es nominalmente el día en que a las esposas se les permite privacidad con sus esposos o compañeros de vida encarcelados– una adolescente ya mayor podrá ser enviada como “esposa” a las prisiones donde los miembros de las pandillas están cumpliendo condena. Nadie sabe exactamente qué tan a menudo hay “visita íntima” en las prisiones salvadoreñas; como me dijo un amigo, cualquiera que obtenga acceso a alguna de las cárceles más infames puede acceder también a los cuartos de visita íntima. En los barrios mareros los padres de familia, desesperados por mantener a sus hijas alejadas de cualquier tipo de contacto con las maras, intentan muchas veces enviarlas al campo a que se críen con sus familiares, pero no todo el mundo tiene primos o familia en el campo, y el barrio de Montreal y sus peligros eran la circunstancia inevitable de esta niña.

Como lo es para los niños. “Tenemos un chico que siempre viene aquí y que es increíblemente listo, realmente muy especial”, me dijo uno de los maestros en voz baja. “Pero está a un paso de irse con las maras. ¡Es tan jovencito! Un muchachito apenas. Hemos hablado con él, porque aquí tratamos de no minimizar la realidad, pero él está que se va. No vamos a poder retenerlo.”

De regreso de Montreal, en el mercado de Mejicanos, descubrí algunas de las recompensas más inmediatas a disposición de un adolescente que se une a las maras. Las mujeres del mercado, que no tienen absolutamente ningún problema con las matemáticas, me explicaron su vida en números: le pagan a la municipalidad una renta de 35 centavos diarios por cada metro y medio lineal que ocupen sus puestos. Gastan 50 centavos en tarifas de autobús de ida y vuelta, multiplicados por el número de niños en edad escolar. Cuatro dólares de producto comprado al mayoreo, más tres dólares para transportar la mercancía a sus puestos. Las ganancias de un día, menos los cuatro dólares de las compras del día siguiente, menos las tarifas de autobuses y taxis, deja unos tres dólares –cuatro en días buenos– para comprar comida para la familia.

Y luego está “la renta”: la cuota de extorsión diaria que cobran los mareros; pero nadie quiso darme esas cifras. Tampoco quedó claro si la renta del mercado la cobran miembros de la Mara Salvatrucha –también conocida como MS-13– o del grupo rival cada vez más poderoso, el Barrio 18. Varios menores pertenecientes al Barrio 18 fueron juzgados y sentenciados por prender fuego al autobús en el que murieron diecisiete personas, pero de la gente con la que hablé nadie, ni siquiera los maestros del centro preescolar del CINDE, quiso hablar sobre el incidente.

Una tarde charlé con una mujer particularmente vivaz –llamémosla María–. Me estaba contando del cinde, y de cómo el programa de microcréditos que gestiona le había cambiado la vida, ya que ahora tenía un carretón para acarrear sus mercancías de un lado a otro, cuando dos chicos que rozaban, cuando mucho, los quince años llegaron a su puesto. María paró la conversación en seco mientras los niños elegían algunas de sus mercancías y se marchaban sin que dinero alguno pasara de manos. Los ojos de María relampaguearon de miedo cuando le pregunté si los mareros la estaban renteando (extorsionando). “Casi no, casi no”, susurró, mirándome, como suplicante. “No me piden dinero. Todavía no. Solo… regalitos.”

“Nosotros no renteamos”, tronó José Cruz, como si lo anunciara al mundo. “Eso es un invento de la prensa.” José tiene una voz sensacional de declamador, ojos achinados sobre altos pómulos, un rostro limpio de los tatuajes que son la marca de los mareros, un cuerpo ágil y unos gestos fantásticamente autoritarios. “¿Cómo está?”, vociferó al entrar al cuarto de visitas de la cárcel, extendiendo la mano esposada, y desde ese momento no dejó de arengarme. Después de nuestra conversación, un guardia de la prisión se me acercó y, mientras uno de sus compañeros vigilaba, me susurró que, en tanto líder de la pandilla Barrio 18, Cruz era la autoridad de facto del penal. Era Cruz, me dijo el guardia, quien decidía quién da entrevistas a la prensa (las daba él), a qué guardias se les permitía el acceso al área de celdas, donde entre 40 y 45 prisioneros son confinados cada noche en celdas de seis por seis metros, y quién recibía castigo.

Cruz tenía metas muy definidas: a sus veintinueve años ya había cumplido siete de su sentencia de homicidio, le quedaban quince y quería salir a tiempo y vivo. “Soy un preso rehabilitable”, me informó. No se alteraba. De noche, según escuché, se retiraba temprano (supuse que tendría aposentos más grandes que la mayoría) y dormía plácidamente. Después de nuestra conversación, me dijeron que en realidad, bajo el paliacate amarrado en la cabeza que usan los miembros encarcelados de las pandillas, sí llevaba tatuajes: dos ojos dibujados en la nuca, que permiten –no sería él el único en creerlo– que no pierda nunca de vista a sus enemigos. Cruz ya me había presumido sus numerosas entrevistas a cargo de periodistas franceses, holandeses, alemanes, estadounidenses, del mundo entero, y ahora intentaba engancharme en su retórica –somos víctimas de la sociedad, los ricos se vuelven más ricos y los pobres más pobres–, pero nada de lo que dijo resultó tan sugestivo como su presencia física y la información que me dio el guardia en un susurro, a pesar de que no era ningún secreto fuera de la cárcel: que las golpizas y las ejecuciones por apuñalamiento eran un hecho cotidiano en el penal de Quezaltepeque.

A diferencia de la mujer del mercado en Mejicanos, el guardia no tenía ninguna razón en particular para no hablar: todo el mundo sabe que el sistema penitenciario está en bancarrota, y que es imposible controlar un sistema de detenciones en que los presos –casi la mitad de ellos asesinos acusados o convictos– están amontonados en celdas cual ganado industrial. En El Salvador hay 65 homicidios por cada 100,000 habitantes, más del triple del índice actual en México y un número significativamente más alto que la cifra anual de muertes durante la segunda mitad de la guerra. De un total de 25,000 personas encarceladas, un tercio nunca han sido sentenciadas. El hacinamiento es tan extremo que el sistema penitenciario se negó este año a recibir más presos. Los acusados van ahora a jaulas de detención de la policía pero, dado el índice delictivo y el número de arrestos, las jaulas se han saturado con igual rapidez.

Ha habido motines y también huelgas pacíficas de presos que exigen mejoras en las condiciones, pero los huelguistas no están en la lista de prioridades de nadie. La suya es solo una de las muchas catástrofes de El Salvador, donde, veinte años después de la guerra que supuestamente salvaría al país –del capitalismo o del comunismo, dependiendo del bando en que uno estuviera–, hay medio millón de hogares uniparentales, como se dice, intentando criar a sus hijos en medio de la inseguridad. (La inmensa mayoría de estos hogares está a cargo de mujeres.) El gobierno está en bancarrota, el índice de pobreza es del 38%, y la economía, que se levantó ligeramente de un índice de crecimiento negativo de -2% en 2008 solo gracias al aumento en el precio del café, parece estancada.

Sería fácil echarle la culpa de este desastre social y económico exclusivamente al partido fundado por Roberto D’Aubuisson –la Alianza Republicana Nacionalista, o arena, por sus siglas– que, una vez firmados los acuerdos de paz en 1992, gobernó el país durante veinte años con un interés evidente, si no es que obsesivo, en el bienestar de los ricos. (En 2009, Mauricio Funes, el candidato del partido fundado por las antiguas guerrillas, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, o FMLN, ganó la presidencia.) Pero también hay que considerar el hecho descomunal de la guerra misma: las carreteras y demás infraestructuras destruidas, el colapso de la sociedad rural, el surgimiento de cinturones de miseria poblados por campesinos que huían de aquellas áreas remotas del país que fueron el escenario principal de la guerra, la práctica sistemática de la inmisericordia, el aumento drástico de familias monoparentales, la pérdida de una élite educada, el inmenso arsenal de armas que sobraron, al que nadie dio seguimiento. Y, no obstante, nada de esto explica de manera completa o satisfactoria la proliferación de los mareros, cuyo número según los cálculos ronda los 25,000, más otros 9,000 en prisión.

El fenómeno comenzó en Los Ángeles, con los hijos de los inmigrantes que habían huido de la guerra en El Salvador. Fueron niños con padres a los que nadie respetaba. Padecieron el bombardeo de comerciales para productos que no tenían esperanza alguna de poder adquirir. Se criaron en barrios peligrosos y heredaron enemigos y guerras pandilleras ajenas. Entre los salvadoreños de segunda generación de Los Ángeles, un número significativo acabó creando sus propios grupos para confrontar a las pandillas mexicanas y afroamericanas en cuyos barrios se habían asentado sus padres. De los dos grupos que controlan actualmente casi todos los barrios pobres de El Salvador, la pandilla Barrio 18 toma su nombre de la pandilla de la Calle 18 en Los Ángeles, cuyos integrantes suman miles. En cuanto a la Mara Salvatrucha, con la que arrancó el fenómeno, la única parte de su nombre en la que todo el mundo se pone de acuerdo es que “Salva” es un apócope de “salvadoreño”.

Conforme la política de inmigración de Estados Unidos se ha ido concentrando en deportar al mayor número posible de migrantes indocumentados, sin importar su situación, un altísimo número de deportados salvadoreños, algunos de ellos educados en Estados Unidos y que apenas hablan español, se han encontrado de buenas a primeras de regreso en su país de nacimiento. Algunos de ellos, repatriados involuntarios, son mareros que, o bien acaban integrándose a la mara de su barrio, o bien tratan de escabullirse de vuelta a casa (es decir, a Estados Unidos) sumándose así a la ruta migrante que atraviesa México y que utilizan cada año cientos de miles de inmigrantes potenciales a Estados Unidos. En el camino, los mareros suelen ser reclutados por los narcotraficantes mexicanos, que han desarrollado ramas altamente rentables de trata de blancas, prostitución infantil y extorsión a migrantes. Los asaltos, los robos y las violaciones son ahora un aspecto casi rutinario de la travesía migratoria por México.

Los viajeros más desafortunados son secuestrados en México y retenidos a cambio de un rescate, normalmente de entre 500 y 2,000 dólares. Si sus familiares no logran conseguir el dinero rápidamente, la víctima del secuestro muere asesinada. De acuerdo con la Comisión Nacional de los Derechos Humanos de México, 11,000 migrantes fueron secuestrados durante los seis primeros meses de 2010. No existen estadísticas del número total de muertos, pero sabemos que en agosto de 2010 72 migrantes fueron secuestrados y asesinados en un solo incidente. Seis meses después, otros 195 cuerpos fueron desenterrados en el mismo municipio. Entre los asesinos, y también, quizás, entre los asesinados, probablemente había mareros.

Howard Cotto, subdirector de investigaciones para la Policía Nacional Civil de El Salvador, ha estudiado las maras durante años. Cotto es el producto fino y articulado de los acuerdos de paz firmados entre el gobierno de arena y las guerrillas del FMLN en tiempos de la guerra, que incluyeron, según mandato de la ONU, una reestructuración de los antiguos cuerpos policiales asesinos; se transformaron en una sola fuerza que integró y entrenó a miembros de los dos bandos de la guerra. Otro comandante de la policía, Jaime Granados, me dijo, riendo, que la resultante Policía Nacional Civil es como el hijo feo que nadie quiere, en gran medida debido a sus esfuerzos por mantener la neutralidad. “Somos una buena policía, muy buena”, me dijo. “Pero nadie está de nuestro lado.” La policía carece de recursos y de equipo (solo hay un experto forense para todo el país) y la corrupción se está volviendo endémica nuevamente, pero quedan reductos importantes de eficacia y profesionalismo, y los diplomas y certificados internacionales que se alinean en la pared de la oficina de Howard Cotto –uno de ellos del FBI– dan señal del prestigio del comandante.

Cotto calcula que en los barrios los que apoyan a las pandillas suman quizás unas 80,000 o 90,000 personas, lo cual, si se añade el número de mareros en activo o encarcelados, representa cerca del 1.5% de la población del país. Si bien en el narcotráfico salvadoreño las maras se ocupan del narcomenudeo, Cotto no atribuye su crecimiento a la bonanza del narcotráfico en Centroamérica, a pesar de que la región se ha convertido en el principal corredor para transportar drogas sudamericanas hacia América del Norte. “Las pandillas son claramente parte del crimen organizado, como lo son los traficantes de drogas y armas y autos robados y demás”, me dijo Cotto una mañana en su oficina amueblada discretamente. “Pero los traficantes construyen organizaciones jerárquicas alrededor de intereses específicos –trata de blancas, contrabando, drogas– y atraen a la gente apoyados en ese [negocio]. Las pandillas hacen lo contrario: reclutan desde abajo.”

Las pandillas distribuyen drogas en el barrio al tiempo que se presentan a sí mismas como sus defensoras, dijo Cotto:

Pero en realidad, no defienden al barrio; lo aterrorizan. El barrio es el territorio donde extorsionan, distribuyen drogas, matan y hacen dinero. Sin embargo, no viven con grandes lujos; no son narcos. Sus orígenes están en la comunidad y lo que temen más que a la muerte misma es perder su autoridad ahí, porque en el momento en que la pierdan están muertos. Pero es una excelente manera de vivir cómodamente y repartir dinero entre una cantidad de gente; su fuerza radica en no romper esa cadena de distribución del dinero. Así es como les pueden decir [a sus subordinados]: “pelea por mí”.

Cotto charlaba tranquilamente bajo la ráfaga helada del aire acondicionado. “La vida [de un marero] es muy corta”, continuó:

En seguida les cae una sentencia de treinta años. Pero ellos piensan que en este país hay de dos: puedes ser un loser y seguir estudiando, y ya veremos si puedes encontrar un trabajo cuando te gradúes, o puedes tener catorce o diecisiete años y ser el big man del barrio. Puedes mandar, encargarte de la distribución de la droga. No tienes que mostrarles respeto a tus mayores; serás el que le pueda decir al vecino: “te me vas de este barrio ahora mismo”, y te instalas a vivir en su casa. Podrás decirle a la chica que te gusta y a la que no le gustas, “¿sabes qué?, te guste o no, vas a ser mía, o de cualquier otro que yo decida”.

A estas alturas Cotto ha visto muchos cadáveres: decapitados, desmembrados, quemados. (Se dice que lo primero que debe hacer un marero, sin importar cuán joven sea, es matar arbitrariamente a alguien. Después de eso, están listos para ser reprogramados.) Pero la escena de homicidio más perturbadora a la que ha llegado nunca fue en un bastión mara, en una de las casas colectivas que los muchachos llaman casa destroyer. “Me quedé frío”, dice. “Entramos a la casa y ahí estaban todos los chicos, en círculo. Y ahí estaba la persona muerta. Llevaba muerto varias horas, pero no se habían [deshecho de él]. Sencillamente se habían sentado alrededor del cadáver, y estaban platicando y pasando el rato como si nada.”

Alexis Ramírez, que se unió a las maras cuando tenía quince años, no parece capaz de matar despiadadamente, aunque está cumpliendo 50 años por homicidio, de los que le faltan 48. Tiene la piel morena, labios gruesos que parecen esculpidos, grandes ojos negros y luce mucho menor de sus 29 años. Le pregunté si cuando estaba libre no había sido peligroso para él caminar por la calle cubierto de tatuajes, y me sonrió de lado. “Si sabes cómo caminar, no es peligroso. De esquina a esquina… así es como me he recorrido todito El Salvador.” Y se bamboleó ligeramente, en un movimiento entre cohibido y seductor que me dejó ver cómo, efectivamente, pudo haber logrado esquivar muchos obstáculos agachándose y sonriendo.

El Salvador: El violento paisaje de las maras 5

Donna DeCesare

Venía de buena familia, me dijo; su padre, creyente evangélico, “estuvo siempre participando en los asuntos de la iglesia”, mientras que su madre “hace aproximadamente quince años que persevera en las cosas de Dios”. Sus hermanos trabajan en una carpintería. Su suegro recién había logrado sacar ilegalmente a la esposa de Alexis fuera del país, probablemente para alejarla de su influencia, y la pareja ya perdió la custodia de sus dos hijos –de cinco y nueve años–, que se encuentran a cargo de sus abuelos.

Alexis todavía estaba en la escuela cuando decidió unirse a las maras. “Vi los tatuajes [de los mareros de su barrio]. Vi cómo se portaban entre ellos”, dijo. “En mi barrio no le robaban a la gente; la cuidaban. Eso me gustaba.”

Su vida, le comenté, era bastante desesperanzadora. ¿No se arrepentía de haberse unido a las maras?

“Cuando elegimos ser lo que somos”, me contestó, “sabíamos que no había vuelta atrás”. Intenté, sin éxito, descifrar si ese bamboleo entre tímido y cool era el remanente sincero de lo que alguna vez fue una persona entera y amable, o el truco engañoso que un asesino despiadado guardaba entre su colección de armas.

José Eduardo Villalta, de veinticuatro años, tiene la palabra “dieciocho”, de “Barrio 18”, tatuada en francés e inglés en sus brazos y dedos, y en números romanos y varios otros códigos en todos los demás lugares donde cabe un tatuaje. No es encantador, pero en el curso de nuestra conversación salió a relucir que era originario del campo, y que su madre lo visita con regularidad. Le pedí que describiera cómo se prepara una milpa, y conforme repasaba ese ritual –desmonte, quema de maleza, siembra, deshierbe– tuve la visión momentánea de un joven respirando aire libre. Aún le queda la mayor parte de una sentencia de 50 años por delante, y le pregunté si eso no le resultaba deprimente.

“No”, me dijo sin titubear. “Aquí yo me siento bien. Esta es mi casa.”

Dicen que Krishna Zepeda es un niño genio. A los seis meses, ya balbuceaba “mamá”. A los dos años, ya sabía leer. Jamás fue a un kínder o a una preparatoria. Casi saltó de la cuna a la Universidad de El Salvador. Allí –cuando tenía cuatro años– solía resolver problemas de física, química y matemáticas. Ya sabía las capitales de todo el mundo. Y ya sabía diferenciar la vida y obra de Picasso, Van Gogh y Rembrandt. Krishna era el niño que abrazaban presidentes y ministros de Educación. El que recitaba la larguísima oración a la bandera un 15 de septiembre en la plaza Libertad.

—Su capacidad es asombrosa. Nunca había visto algo así –decía uno de sus profesores de matemáticas de la Universidad de El Salvador.
—Asume las tareas de un mes en una hora –decía su antigua maestra de inglés.

De todo eso hará siete años. Ahora, Krishna ha dejado de salir en periódicos y televisión. Y no es que ya no quepa en la etiqueta de niño genio. Es que creció. Los años pasan y pesan. Y simplemente, cada día, debe vivir como cualquier otro salvadoreño a sabiendas de que aún tiene capacidades “extraordinarias”. O que quizá podría desarrollarlas más y mejor.

***

La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que una persona es adolescente cuando su edad oscila entre los 10 y los 19 años. Krishna tiene 11. Pero aún parece un niño. Es delgado y bajito. Y no tiene asomos de tener la vanidad tan típica de los púberes. No se peina. Anda abajo el zíper del pantalón. Y, en general, parece indiferente al desgaste de su uniforme y el de sus zapatos de colegio. A veces, parece un minisabio de película que prefiere callar. A propósito, su nombre se pronuncia “Crisna”, sin la che.

—¿Mucho friega Krishna, verdad? –ironiza, desde su pupitre, uno de sus siete inquietos compañeros de séptimo grado.

Y Krishna, como si fuera una persona de más edad, prefiere hundir su rostro en su libro de “science”.

—¿Qué es esto? –el mismo compañero le pregunta qué cosa es una de las ilustraciones de ese libro. Parece un microbio.
—It’s a “diatom” –en inglés, Krishna responde que se trata de un tipo alga.

Su compañero se ríe, como satisfecho de haber desnudado a su compañero como “nerd”. Luego su profesor le pide leer algo del mismo libro: “To obtain food, an amoeba extends the cytoplasm of a pseudopod on esther side of a food particle such a bacterium”, lee Krishna en perfecto inglés.

La vida le cambió a Krishna cuando tenía cuatro años. Cuando era una celebridad mediática. A esa edad, en 2005, entró –becado– a este colegio bilingüe. Uno llamado “Los Robles”, situado al pie de las lomas del sur de Santa Tecla. Aquí, según Krishna, tiene por compañeros a algunos hijos de diputados y hasta uno, muy adinerado, que una vez llegó en helicóptero.

En 2005, Rosemarie de Sauerbrey, la superintendente de este colegio, le brindó una beca completa, desde primer grado a bachillerato. “Se tomó la decisión de apoyar al ministerio (de Educación), dándole una beca para sacarlo adelante. El potencial de Krishna es único”, dijo para una publicación de hace ya siete años.

También, desde hace siete años, cuando las clases terminan –por lo general a las 3 de la tarde–, su papá, quien ya cumplió 62 años, lo espera en el portón para llevarlo a casa, al otro lado del mundo, en la colonia Atlacatl. Es el único alumno que viaja en bus. Un viaje que solo de ida toma más de una hora y media.

—¡Papá, allí viene una 101-B! –grita Krishna contento porque, según él, lo usual es que “cueste que pase el bus”.
—Tené cuidado, Krishna, viene volando esa babosada. ¡Subí con cuidado! –advierte su papá, Jaime Manuel Zepeda, quien aborda el bus renqueando de una pierna. Más tarde, él se tropezará en el arrancón de otro bus.

Adentro del destartalado bus, Krishna busca el asiento más largo. El de atrás, el último. Quizá calcula que allí podremos sentarnos los tres y facilitar la entrevista.

—Krishna, ¿cuántas veces te has subido a este bus? –pregunta Jaime Manuel, su papá. Y el niño se pone un dedo índice en la boca como haciendo números.
—Creo que como siete veces. Ya me puedo este bus –asegura el niño, mientras se recuesta en el regazo de su desdentado padre, sin dejar de ver los grafitos del interior del bus.

En el trayecto, Krishna parece a punto de dormirse mientras su papá habla de finanzas. Él asegura que en su casa viven más de seis personas. Y que todos viven de la pensión de su mamá.

—Mi esposa y yo vivimos en la casa de mi mamá. Ella recibe dos pensiones: la de ella, y la que dejó mi papá. Entre las dos suman unos $275 mensuales. Y ella me da ese dinero para que yo disponga. Además de eso, unas primas a veces me mandan un poquito de pisto de Estados Unidos… Mi esposa cose ropa ajena y yo me rebusco con pequeñas cosas… Yo no podría pagar un colegio como el de Krishna –dice el papá de Krishna.
—Es caro. Creo que cuesta entre $300 y $400 mensuales… –dice el niño, quien ya parece haber sopesado el valor de su beca.

Jaime Manuel, el papá, interrumpe. Dice que a lo largo de sus 62 años ha trabajado o intentado hacer de todo. Estudió Medicina en la Universidad Nacional pero abandonó la carrera. En los setenta, trabajó como ayudante de mesero en Nueva York. En los ochenta dice que trabajó para la comisión nacional de desplazados. Después dice que trabajó, junto con su esposa, en la UCA, en el Instituto Universitario de Opinión Pública. Allí, solían ser encuestadores hasta que, en 1999, ya no los llamaron.

—Ahorita estoy cuidando la casa de unos vecinos que se fueron a Estados Unidos. Pero casi no saco nada, porque tengo que pagarles los recibos de luz y agua. Antes recogía latas de la calle. Y quizá por eso, cuando Krishna estaba más pequeño, hasta aprendió a identificarlas: “Fanta, Coca Cola, Sprite…”.

***

Desde que bajamos del bus, de la ruta 101-B en el Centro de Gobierno, Krishna se divierte recogiendo piedritas de las aceras las arroja, a manera de juego, contra las paredes. Parecen cosas de cualquier cipote. ¿Cómo se supone debe ser un niño genio?

—Krishna, ¿te considerás un genio?
–Sí, lo soy. Bueno, ummm… no estoy seguro –dice buscando ser modesto.

Ni el mismo Krishna, ni su papá ni el Gobierno, sabe cuál es su actual Coeficiente Intelectual (CI). Tradicionalmente, para determinar si un niño es superdotado se realiza una prueba de inteligencia o CI. Si en esta prueba el niño obtiene más de 130 puntos se dice que es superdotado.

Y fue hace muchísimos años, cuando Krishna realizó una de esas pruebas en la Universidad de El Salvador. Fue justo en 2005, cuando entró a Jóvenes Talento, programa gubernamental que refuerza el conocimiento en ciencias y matemáticas de decenas de jóvenes salvadoreños sobresalientes. Ese año, Krishna casi rozó los 130 puntos (o percentil 98) requeridos para ser considerado superdotado. Pero tenía apenas cuatro años. Y aún así obtuvo un percentil de 96, “pero con baja atención y psicomotricidad”.

Krishna aparenta estar distraido, viendo carros y rostros de transeúntes. Y aprovecho para preguntarle por qué decidió salirse del programa Jóvenes Talento.

—Umm… Es que allí las clases eran los sábados y yo quería explorar otras alternativas: jugar fútbol o aprender a tocar el piano.

Jaime Manuel, el papá, es mucho más platicar. No deja de hacerlo incluso cuando camina. Llama la atención que, al igual que Krishna, lleva un descomunal bolsón en la espalda. ¿Para qué?

—Es que uno no sabe qué se puede encontrar por el camino. Además hay que aprovechar el viaje. Hoy fui al supermercado y compré unas cositas. Aquí ando también unos libros bien pesados del colegio de Krishna –dice mientras corre hacia otro bus. Uno de la ruta 13, que ya empieza a andar.

El bus transita frente a la Corte de Cuentas. Y va lleno de gente y música, suena una de Thalía a todo volumen. Aún así –y pese a haberse caído de rodillas en un acelerón del bus– Jaime Manuel tiene manifiesta intención de seguir platicando. Asegura que ya ha escuchado de niños genios que estudian carreras universitarias. Algo así como el mítico Doogie Howser. El niño de la teleserie estadounidense que retrataba a un niño superdotado que se convirtió en médico de manera precoz.

O el caso, real, de Andrés Almazán. Un mexicano de 16 años que se acaba de graduar como psicólogo en la Universidad del Valle de México (empezó la carrera a los 12 años). O el otro caso, real también, de Moshe Kai Cavalin. Un niño californiano (hijo de un brasileño y una china), quien a sus tiernos 14 años está terminando una Licenciatura en Matemáticas en la Universidad de California (UCLA). Moshe ha escrito un libro llamado “We Can Do”, en el que busca que la gente “normal” no se deje apabullar por un niño genio. “Toda la gente tiene potencial de ser especial. Pero no lo hacen. Por eso me consideran a mí especial”, dice en su libro. Mientras tanto, Jaime Manuel ha dejado su mirada trabada en unas de las ventanillas del bus. Luego dice algo.

—Yo sé que Krishna ha roto esquemas. Muchos lo consideran genio. Pero a mí me gustaría que no arruinara su infancia. Imagino que le falta madurar su sistema nervioso como para ir a una universidad a estudiar una carrera. Y de todas formas, el Gobierno no sabe cómo atender a niños como Krishna. Si supiera qué hacer le hubiera dado seguimiento al niño, pero no. ¡El Gobierno jamás se ha preocupado!

—Papá, mire, allí está el carro rojo de míster Sandoval –interrumpe Krishna cuando ve, desde el bus, el vehículo estacionado de uno de sus profesores del colegio.
—A Krishna desde pequeño le gustan los carros. Los pasa dibujando. Sabe diferenciarlos por su forma o marca. Pero no quiere ser corredor, sino diseñador de carros. A ver, ¿y ese cuál es? –señala el padre uno.
–Umm… Me parece que es un Nissan Maxima.

Jaime Manuel podría jurar que jamás ha recibido instrucciones de cómo criar a un hijo como el suyo. Pero ha leído cosas en internet. Por ejemplo, que muchos niños genios suelen sentirse excluidos de su entorno social y optan por esforzarse por pasar desapercibidos. Y Jaime Manuel, desde hace años, ha decido cómo lo va a criar.

—Yo creería que Krishna no necesita ir a la universidad como otros niños con talento. Quisiera que vaya a un ritmo apropiado a su capacidad, yo no quiero presiones. Muchos medios de comunicación han querido sacar raja de él. O hay gente que me lo prueba, que le hace preguntas para ver si contesta. Krishna no es un fenómeno, ni un circo.

En El Salvador, a excepción del programa Jóvenes Talento no existe una entidad gubernamental que encauce el potencial de coeficiente intelectual alto. De hecho, los gobiernos de casi toda Latinoamérica no saben cómo tratarlos. Y eso que, según la OMS, aproximadamente el 2.28% de la población mundial corresponde a niños con estas características. Y los niños genios nacen, no se hacen, dicen los especialistas. Hasta recién el año pasado, por decreto legislativo, Costa Rica empezó a capacitar a profesores escolares y universitarios para atender a sus “genios”.

***

Son casi las 5 de la tarde .

Ha transcurrido más de una hora y media desde que Krishna salió del colegio. Y finalmente, luego de recorren un estrecho pasaje, donde no cabría un carro, aparece la casa de Krishna. Es una casa de esquina de varias ventanas y un plafón fracturado.

Su arquitectura es exactamente igual a la casa de enfrente y a la de al lado, y a la de los pasajes contiguos, donde vivió el pintor Camilo Minero. Toda esta colonia, la Atlacatl, fue inaugurada por una Junta Revolucionaria de Gobierno en 1958, y desde entonces ha tenido pocas o nulas modificaciones o mejoras.

—Esta casa es la única que no tiene defensas… No se las hemos podido poner –hace contraste Jaime Manuel mientras abre la puerta metálica de la casa.

Adentro, sobresale un escritorio de aire de los setenta que sirve de librero y ropero. Hay dos perros enormes y mal humorados: Chita y Nerón. Un gato del vecino que siempre se cuela por la ventana. Y tres sofás metálicos. En uno de ellos abandona su bolsón Krishna y sale escupido a cambiarse ropa al dormitorio que comparte con su madre.

Su mamá, Elsy Rubidia, da las buenas tardes detrás de una ennegrecida máquina de coser marca Singer. Elsy luce muy joven para tener 52 años. Zurce algo, acompañada de una estampita, rodeada de encajes. Una de Sathya Sai Baba.

Sathya Sai Baba era un líder espiritual indio que falleció recién el año pasado. Su imagen es difícil de olvidar: moreno, de encrespada cabellera afro y una túnica color azafrán. Elsy Rubidia nota que observo la imagen y me aclara algo.

—Nosotros somos cristianos-católicos, pero también hemos escuchado la filosofía de este hombre. No es religión. Además, Jaime Manuel tuvo un abuelo materno que era musulmán. Y quizá de allí viene el interés por las culturas orientales –aclara Rubia. Una mamá que parece de mente abierta.

Frente a ella, en la pared, hay otro retrato, más grande, de Sathya Sai Baba. Y otros de un dios indio llamado Shiva. También cuelgan muchísimos reconocimientos a Krishna. Y una foto autografiada por el expresidente Antonio Saca. Hay otra donde Ana Ligia de Saca, la ex primera dama, le obsequia una computadora. Una que ya se volvió vieja, pero que tiene el único lujo de esta casa: internet.

—Eso es lo único que le mantengo a Krishna –interviene Jaime Manuel que ha tomado asiento en un sofá.

En pocos minutos, Jaime Manuel y Elsy Rubidia me cuenta cosas que no sabía. Por ejemplo, que Krishna es el menor de cinco hermanos. Que Jaime Manuel tiene dos hijas más, producto de otro matrimonio. Que bautizaron al niño como Krishna porque escucharon que era el nombre de uno de los dioses más importantes de la India. Que Krishna tuvo un abuelo paterno llamado Manuel Zepeda que fue juez pero que le endilgaron injustamente un acto de corrupción que le costó su carrera. Que Krishna quizá heredó inteligencia de ese abuelo. Que fue Elsy Rubidia, la mamá, la que indujo a Krishna a que aprendiera a leer cuando estaba muy pequeño.

Que lo usual es que Krishna se levante a las 5 de la mañana para tomar sus dos buses. Y que se duerma, cansadísimo, entre las 9 y las 10. Que un chinito filósofo que vive en Belice, les dijo, hace bastante tiempo ya, que “Krishna tuvo problemas en su vida pasada, y que hoy viene a resolver esos problemas y a aprender de ellos”. Que en 2005 varias universidades privadas del país ofrecieron becas para Krishna, pero luego ya no dijeron nada. Que otra institución becó a Krishna para que aprendiera a tocar órgano. Y que el órgano se lo obsequió un grupo de salvadoreños que emigraron a Virginia. Y que Krishna aún se molesta un poco con sus papás cuando intentan ayudarle a aprender a deletrear palabras en inglés y omiten alguna palabra.

—¡Krishna mostrá cómo se lee al revés, por favor! –le pide Jaime a su hijo. Mientras, me pasa un libro de cuentos en inglés. Uno de Scooby Doo, que abro al azar.
—Finally, the Gullets stopped arguing long enough to explain “We have seen your Picture in the newspaper many times… –lee el libro que yo tengo abierto frente a mí y que él ve con las letras de cabeza.

Jaime Manuel se levanta de la sala y se interna en uno de los dormitorios de la casa. Regresa con fólderes y un montón de recortes. Lo primero en mostrarme es una libreta de notas de Krishna, la del año pasado: “Matemáticas: 84. Spelling: 98. Science: 95. Sociales: 91. Observaciones: No es ordenado y limpio en la presentación de sus cuadernos”. Aunque podría esperarse lo contrario, su caligrafía es garabateada y las puntas de sus cuadernos siempre están colochas.

Hay un recorte de periódico donde Krishna aparece caricaturizado por “Ruz”. Ruz dibuja a Krishna como un niño delgadito sentado en una silla donde una periodista lo entrevista con micrófono: “A ver, niño genio, ¿cuánto es 2,550 menos 783? La respuesta ‘sheñorita repostera’, es 1767”. Hay muchísimas notas de periódico. Entrevistas. Reportajes gráficos. Libros y publicidad con el rostro de Krishna.

—Mire este recorte del Banco Uno. Le tomaron foto al niño y ni siquiera para el pasaje del bus nos dieron. Hay gente que vio a mi hijo solo como una oportunidad de figurar…

Luego, el padre saca fotografías de Krishna con la exministra de Educación Darlyn Meza. Luego muestra un libro titulado “La Constitución para los niños”, con una dedicatoria de Schafik Hándal: “Para Krishna Emmanuel, a sus 4 años con toda mi admiración”. Luego aparecen más fotografías del niño junto a la exvicepresidenta de la República Ana Vilma de Escobar…

—Hace poco vino Ana Vilma de Escobar a la casa, vino para su campaña de diputada. Saludó otra vez al niño, pero le habló de empleos, violencia y de que ella sabe cómo crear empresas. Haciendo resumidas cuentas, al niño se le ha acercado desde Schafik Hándal hasta Norman Quijano y nada. Si no fuera por algunos organismos civiles que ayudaron a mi hijo, ¿qué sería de él? –se pregunta Jaime Manuel.

***

Krishna juega fútbol afuera de su casa. Parece que nadie le quita su apariencia despreocupada. “No voy a hacer tareas porque estoy en período de exámenes”, dice contento antes de dejar trabada su pelota de plástico sobre el plafón de una casa vecina.

Mientras mira cómo se mueve un insecto en un árbol, me revela que le gusta leer sobre algo que me parece incompresible, “reptilianos” e “illuminatis”… Y algo más, que no se siente más ni menos que alguien. Y quizá lo trae a colación porque mucha gente se pregunta cómo hace en su colegio, donde hay niños que tienen lo que él no.

—Hay algo que me reconforta y es que, a veces, soy mejor que ellos en el estudio—, dice, con humildad, Krishna, cuyo máximo sueño es crecer y vivir en “un lugar bonito”.
—Krishna, ¿y ya pensaste qué vas a hacer cuándo seas grande?
—Aún no lo sé. Pero tengo 11 años y para decidirlo todavía tengo tiempo y, ojalá, suerte.